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                                                        Índice

El Matadero.................................................................................................................
  Esteban Echeverría..............................................................................................12
El retrato oval.............................................................................................................
  Edgar Allan Poe.....................................................................................................2
La ejecución...............................................................................................................
  Hermn Hesse.......................................................................................................27         1
La estatua de sal........................................................................................................
  Leopoldo Lugones................................................................................................24
La Gallina Degollada..................................................................................................
  Horacio Quiroga.....................................................................................................7
La luz es como el agua..............................................................................................
  Gabriel García Márquez.......................................................................................22
La noche que lo dejaron solo...................................................................................
  Juan Rulfo..............................................................................................................4
Leyenda china............................................................................................................
  Herman Hesse.....................................................................................................28
Primero Muerto que esclavo.....................................................................................
  Anónimo...............................................................................................................31
San Antonio................................................................................................................
  Ricardo Güirales...................................................................................................29
Una jaula de fieras.....................................................................................................
  Émile Zola............................................................................................................33
Una víctima de la publicidad....................................................................................
  Émile Zola............................................................................................................36
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El retrato oval
Edgar Allan Poe

El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme,
malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla
de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de
los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.

Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente.
Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas.                1
Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y
sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos
trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de
pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco.

Produjerónme profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros
colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la
arquitectura caprichosa del castillo hacia inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del
salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al
lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de
festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño,
distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño
volumen que había encontrado sobre la almohada y que trataba de su crítica y su análisis.

Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y
silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la
mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de
lleno sobre el libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de
sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había
hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta
entonces no advirtiera.

Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos.
¿Por qué? no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados,
analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar
tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y
preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos,
miré de nuevo el lienzo fijamente.

No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el
lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos,
haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.

El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. Se trataba sencillamente de un retrato de
medio cuerpo, todo en este estilo, que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él
mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas
de sus radiantes cabellos, perdianse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la
imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese
ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan
repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese
tomado la cabeza por la de una persona viva.

Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar
ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en
el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer,
acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y
Lectura y redacción, gpo.27

habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente
del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros.

Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña
y singular historia siguiente:

"Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y,
se desposó con él.

"El tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella,    1
joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no
odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás
instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la
dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse
pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se
filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso.

"El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día.

"Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no
veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los
encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él.

"Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama,
experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al
lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día. tornábase más débil y desanimada.
Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa,
prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin,
cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; Porque el pintor
había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez
del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía
sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas
semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar
un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una
lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante
quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto después, estremeciéndose,
palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible:

"-¡En verdad esta es la vida misma!- Volvióse bruscamente para mirar a su bien amada, ... ¡estaba
muerta!".
Lectura y redacción, gpo.27

La noche que lo dejaron solo
Juan Rulfo


    -   ¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así
        acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?
    -   Llegaremos mañana amaneciendo -le contestaron.-

Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras.                                                    1
Pero de eso se acordaría después, al día siguiente

Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche.

"Es mejor que esté oscuro. "Así no nos verán." También habían dicho eso, un poco antes, o quizá
la noche anterior. No se acordaba.

El sueño le nublaba el pensamiento Ahora, en la subida, lo vio venir de nuevo. Sintió cuando se le
acercaba, rodeándolo como buscándole la parte más cansada. Hasta que lo tuvo encima, sobre su
espalda, donde llevaba terciados los rifles Mientras el terreno estuvo parejo, caminó deprisa. A1
comenzar la subida, se retrasó; su cabeza empezó a moverse despacio, más lentamente conforme
se acortaban sus pasos. Los otros pasaron junto a él, ahora iban muy adelante y él seguía
balanceando su cabeza dormida.

Se fue rezagando. Tenía el camino enfrente, casi a la altura de sus ojos. Y el peso de los rifles. Y el
sueño trepado allí donde su espalda se encorvaba.

Oyó cuando se le perdían los pasos: aquellos huecos talonazos que habían venido oyendo quién
sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches: "De la Magdalena para allá, la primera
noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas -pensó-, si al
menos hubiéramos dormido de día". Pero ellos no quisieron: Nos pueden agarrar dormidos
-dijeron-. Y eso sería lo peor.

    -   ¿Lo peor para quién?.

Ahora el sueño le hacía hablar. "Les dije que esperaran: vamos dejando este día para descansar.
Mañana caminaremos de filo y con más ganas y con más fuerzas, por si tenemos que correr.
“Puede darse el caso."

Se detuvo con los ojos cerrados. "Es mucho -dijo-. ¿Qué ganamos con apurarnos? Una jornada.
Después de tantas que hemos perdido, no vale la pena "enseguida gritó: "¿Dónde andan?".

Y casi en secreto: "Váyanse, pues. ¡Váyanse!".

Se recostó en el tronco de un árbol. Allí estaban la tierra fría y el sudor convertido en agua fría.
Esta debía de ser la sierra de que le habían hablado. Allá abajo el tiempo tibio, y ahora acá arriba
este frío que se le metía por debajo del gabán: Como si me levantaran la camisa y me manosearan
el pellejo con manos heladas."

Se fue sentando sobre el musgo. Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche y
encontró una cerca de árboles. Respiró un aire oloroso a trementina. Luego se dejó resbalar en el
sueño, sobre el cochal, sintiendo cómo se le iba entumeciendo el cuerpo.

Lo despertó el frío de la madrugada. La humedad del rocío.
Lectura y redacción, gpo.27

Abrió los ojos. Vio estrellas transparentes en un cielo claro, por encima de las ramas oscuras.

"Está oscureciendo", pensó. Y se volvió a dormir.

Se levantó al oír gritos y el apretado golpetear de pezuñas sobre el seco tepetate del camino. Una
luz amarilla bordeaba el horizonte.

Los arrieros pasaron junto a él, mirándolo. Lo saludaron: "Buenos días", le dijeron. Pero él no
contestó.
                                                                                                              1
Se acordó de lo que tenía que hacer. Era ya de día. Y él debía de haber atravesado la sierra por la
noche para evitar a los vigías. Este paso era el más resguardado. Se lo habían dicho.

Tomó el tercio de carabinas y se las echó a la espalda. Se hizo a un lado del camino y cortó por el
monte, hacia donde estaba saliendo el sol. Subió y bajó, cruzando lomas terregosas.

Le parecía oír a los arrieros que decían: "Lo vimos allá arriba”.

“Es así y asado, y trae muchas armas."

Tiró los rifles. Después se deshizo de las carrilleras. Entonces se sintió livianito y comenzó a correr
como si quisiera ganarles a los arrieros la bajada.

Había que "encumbrar, rodear la meseta y luego bajar".

Eso estaba haciendo. Obre Dios. Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las
mismas horas.

Llegó al borde de las barrancas. Miró allá lejos la gran llanura gris.

"Ellos deben estar allá. Descansando al sol, ya sin ningún pendiente", pensó.

Y se dejó caer barranca abajo, rodando y corriendo y volviendo a rodar.

"Obre Dios", decía. Y rodaba cada vez más en su carrera.

Le parecía seguir oyendo a los arrieros cuando le dijeron: "¡Buenos días!" Sintió que sus ojos eran
engañosos. Llegarán al primer vigía y le dirán: "Lo vimos en tal y tal parte. No tardará el estar por
aquí."

De pronto se quedó quieto.

"¡Cristo!", dijo. Y ya iba a gritar: "¡Viva Cristo Rey!", pero se contuvo. Sacó la pistola de la costadilla
y se la acomodó por dentro, debajo de la camisa, para sentirla cerquita de su carne. Eso le dio
valor.

Se fue acercando hasta los ranchos del Agua Zarca a pasos queditos, mirando el bullicio de los
soldados que se calentaban junto a grandes fogatas.

Llegó hasta las bardas del corral y pudo verlos mejor; reconocerles la cara: eran ellos, su tío Tanis
y su tío Librado. Mientras los soldados daban vuelta alrededor de la lumbre, ellos se mecían,
colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de
las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.
Lectura y redacción, gpo.27

No quiso seguir viéndolos. Se arrastró a lo largo de la barda y se arrinconó en una esquina,
descansando el cuerpo, aunque sentía que un gusano se le retorcía en el estómago.

Arriba de él, oyó que alguien decía:

    -   ¿Qué esperan para descolgar a ésos?
    -   Estamos esperando que llegue el otro. Dicen que eran tres, así que tienen que ser tres.

Dicen que el que falta es un muchachito; pero muchachito y todo, fue el que le tendió la
emboscada a mi teniente Parra y le acabó su gente. Tiene que caer por aquí, como cayeron esos          1
otros que eran más viejos y más colmilludos. Mi mayor dice que si no viene de hoy a mañana,
acabalamos con el primero que pase y así se cumplirán las órdenes.

    -   ¿Y por qué no salimos mejor a buscarlo? Así hasta se nos quitaría un poco lo aburrido.
    -   No hace falta. Tiene que venir. Todos están arrendando para la Sierra de Comanja a
        juntarse con los cristeros del Catorce. Éstos son ya de los últimos. Lo bueno sería dejarlos
        pasar para que les dieran guerra a los compañeros de Los Altos.
    -   Eso sería lo bueno. A ver si no a resultas de eso nos enfilan también a nosotros por aquel
        rumbo.

Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el
estómago. Luego sorbió tantito aire como si se fuera a zambullir en el agua y, agazapado hasta
arrastrarse por el suelo, se fue caminando, empujando el cuerpo con las manos.

Cuando llegó al reliz del arroyo, enderezó la cabeza y se echó a correr, abriéndose paso entre los
pajonales. No miró para atrás ni paró en su carrera hasta que sintió que el arroyo se disolvía en la
llanura.

Entonces se detuvo. Respiró fuerte y temblorosamente.
Lectura y redacción, gpo.27

La Gallina Degollada
Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio
Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la
boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba
paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el
sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su
atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente,
congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera         1
comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los
ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y
mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas,
empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta
absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de
casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia
un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada
consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que
es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron
cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el
vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía
más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente
buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia,
el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso,
colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
     - ¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
    - A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo
        lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
    - ¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
    - En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la
        madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco
        rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que
pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida
en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su
salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las
convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban
malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no
Lectura y redacción, gpo.27

alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el
primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de
una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse
el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus
cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el
instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a    1
caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban
mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores
brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de
frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años
desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera
aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su
infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le
correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias
que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la
atmósfera se cargaba.
     - Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—
         que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
    - Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
   - De nuestros hijos, ¿me parece?
   - Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:
    - ¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
    - ¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!...
        —murmuró.
    - ¿Qué, no faltaba más?
    - ¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
   - ¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
   - Como quieras; pero si quieres decir...
   - ¡Berta!
   - ¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas
se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro
desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la
pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Lectura y redacción, gpo.27

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del
todo de los otros. Su solorecuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a
cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora
afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel
sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía
afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el
hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a
una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada           1
cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale
forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los
vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca.
Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los
padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a
verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de
Mazzini.
   - ¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
   - Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa:
    - ¡No, no te creo tanto!
    - Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla!
    - ¡Qué! ¿Qué dijiste?...
    - ¡Nada!
    - ¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un
         padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.
   - ¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
   - ¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de
        delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los
        cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.
   - ¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale
        almédico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
        picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente
sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente
con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la
reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala
noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la
sirvienta que matara una gallina.
Lectura y redacción, gpo.27

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta
degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su
madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras
ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos
la operación... Rojo... rojo...
     - ¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y
felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más
intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.      1
     - ¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por
las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de
enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el
cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas
paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta.
Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún.
Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el
mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba acientemente dominar el
equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas.
No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando
cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo
logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse
cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
    - ¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
    - ¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del
        borde, pero sintióse arrancada y cayó.
    - Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los
        bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina,
        donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida
        segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
   - Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y
mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
   - ¡Bertita!

Nadie respondió.
   - ¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de
horrible presentimiento.
Lectura y redacción, gpo.27

    -   ¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio
        en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de
        horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el
grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se
interpuso, conteniéndola:
     - ¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y             1
hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
Lectura y redacción, gpo.27

El Matadero
Esteban Echeverría

        A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de
sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América
que deben ser nuestros prototipos. Temo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que
callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración, pasaban por los años de
Cristo de 183... Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires,
porque la iglesia adoptando el precepto de Epitecto, sustine abstine (sufre, abstente) ordena vigilia
y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice        1
el proverbio, busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el
imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al
individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.

        Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos,
sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda
especie de mandamiento, solo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para
el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula..., y no con el
ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los
mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.

         Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los
pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso
barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió
majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del alto. El Plata creciendo
embravecido empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por
sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las
bajas tierras. La ciudad circunvalada del Norte al Este por una cintura de agua y barro, y al Sud por
un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban
las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al
horizonte como implorando misericordia al Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los
beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores
atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del
mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros
pecadores! ¡Ay de vosotros unitarios impíos que os mofáis de la iglesia, de los santos, y no
escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no imploráis
misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las
frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros
crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia y el Dios de la
Federación os declarará malditos.

        Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural,
la culpa de aquella calamidad a los unitarios.

         Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía acreditando el
pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy
católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es
decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de
imprecaciones. Se hablaba ya como de cosa resuelta de una procesión en que debía ir toda la
población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el
Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces conjurando al demonio unitario de
la inundación, debían implorar la misericordia divina.

        Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la
ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso
lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.
Lectura y redacción, gpo.27

        Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince
días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos
los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y
enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beef-
steak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno
de la bendición de la iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias
plenarias. Las gallinas se pusieron a 6 $ y los huevos a 4 reales y el pescado carísimo. No hubo en
aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron
derechito al cielo innumerables ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas.
                                                                                                        1
         No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue.
Todos murieron de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras
rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras
tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros inseparables
rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos
cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el
fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse
un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el
pecado cometido por tan abominable promiscuación.

         Algunos médicos opinaron que si la carencia de careo continuaba, medio pueblo caería en
síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste
entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los
reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días
destinados por la iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra
intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos
inexorables vociferaciones de los ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen
con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas: a lo que se agregaba el estado de
flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos
algo indigestos.

         Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los
sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o donde quiera
concurrían gentes. Alarmose un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del Restaurador
creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes
unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la
inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población
y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de los
estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y
arremetiendo por agua y todo se trajese ganado a los corrales.

         En efecto, el decimosexto día de la carestía víspera del día de Dolores, entró a nado por el
paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto
para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al
menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa estraña que haya estómagos
privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los
estómagos!

         Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que
la iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil
principal no sea su voluntad sino la de la iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea
prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad
competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que
por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
Lectura y redacción, gpo.27

        Sea como fuera; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron,
a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes
vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.

        -   Chica, pero gorda -exclamaban.- ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!

        Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas
partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay
sermón sin Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de
hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a             1
aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.

         El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo
del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del
matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su
adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y
de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el mismo tema y concluyó
la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de
creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su ilustrísima para no abstenerse de carne,
porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la
religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.

       Siguió la matanza y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallan tendidos en la
playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. E1 espectáculo que ofrecía entonces
era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una
pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que el lector pueda percibirlo a un
golpe de ojo preciso es hacer un croquis de la localidad.

         El matadero de la Convalescencia o del Alto, sito en las quintas al Sud de la ciudad, es una
gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se
termina y la otra se prolonga hacia el Este. Esta playa con declive al Sud, está cortada por un
zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales, en cuyos bordes laterales se muestran
innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce, recoge en tiempo de lluvia, toda la sangrasa seca o
reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el Oeste está lo que llaman la casilla,
edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para
atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus
fornidas puertas para encerrar el ganado.

         Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales
apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento. En la
casilla se hace la recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de
reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y
que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador.
-Fáciles calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de semejante cargo. La
casilla por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no
estar asociado su nombre al del terrible juez y a no resaltar sobre su blanca cintura los siguientes
letreros rojos: «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra»,
«Mueran los salvajes unitarios». Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de
la gente del matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del
Restaurador, patrona muy querida de los carniceros, quienes, ya muerta, la veneraban como viva
por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce. Es el caso que
en un aniversario de aquella memorable hazaña de la mazorca los carniceros festejaron con un
espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete a que concurrió con su hija y otras
señoras federales, y que allí en presencia de un gran concurso ofreció a los señores carniceros en
un solemne brindis su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados
Lectura y redacción, gpo.27

patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta
que lo borre la mano del tiempo.

         La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y
nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel
suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de
figuras humanas de tez y raza distintas. La figura mas prominente de cada grupo era el carnicero
con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro
embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los movimientos
una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las                    1
harpías de la fábula, y entremezclados con ella algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o
se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado
cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho calado
y el lazo prendido al tiento, cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo de los
caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que mas arriba, en
el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne,
revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos los ruidos y voces del matadero y
proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. Esto se notaba al
principio de la matanza.

        Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacían, venían a
formarse tomando diversas aptitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos
cayese alguna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era, que inter
el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los
ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que
ojeaba y aguardaba la presa de achura salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un
tarazcón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de
cólera del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, -dichos y gritería descompasada de los
muchachos.

        -   Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía -gritaba uno.
        -   Aquel lo escondió en el alzapón -replicaba la negra.
        -   ¡Che!, negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo -exclamaba el carnicero.
        -   ¿Qué le hago ño, Juan?, ¡no sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas.
        -   Son para esa bruja: a la m...
        -   ¡A la bruja! ¡a la bruja! -repitieron los muchachos-: ¡se lleva la riñonada y el tongorí! -y
            cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.

        Hacia otra parte, entre tanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal;
allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de
sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en
hilera 400 negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el
avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban
panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas,
la achura.

         Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas
de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire
celebraba chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la
santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo
bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los
lectores.

        De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de
otro, hasta que algún deforme mastín lo hacia buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o
no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salia furiosa en
Lectura y redacción, gpo.27

persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con sangre, y acudiendo a sus
gritos y puteadas los compañeros del rapaz, la rodeaban y azuzaban como los perros al toro y
llovían sobre ella zoquetes de carne, bolas de estiércol, con groseras carcajadas y gritos
frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo.

        Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo tirándose horrendos
tajos y reveses; por otro cuatro ya adolescentes ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa
gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros
flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un
hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era este del modo bárbaro con que se ventilan en         1
nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se
representaba en el matadero era para vista no para escrita.

         Un animal había quedado en los corrales de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre
cuyos órganos genitales no estaban conformes los pareceres porque tenía apariencias de toro y de
novillo. Llegole su hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno hervía la
chusca a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos. Formaban en la puerta el más
grotesco y sobresaliente grupo varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y
armados del certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y chaleco y chiripá colorado,
teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutador y anhelante.

         El animal prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma furibundo y no había
demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro donde estaba como clavado y era imposible
pialarlo. Gritábanlo, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos
sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces
tiples y roncas que se desprendía de aquella singular orquesta.

        Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y cada
cual hacia alarde espontáneamente de su ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o
picado por el aguijón de alguna lengua locuaz.

        -   Hi de p... en el toro.
        -   Al diablo los torunos del Azul.
        -   Mal haya el tropero que nos da gato por liebre.
        -   Si es novillo.
        -   ¿No está viendo que es toro viejo?
        -   Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los cojones si le parece, cabro!
        -   Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su
            castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
        -   Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es
            barro?
        -   Es emperrado y arisco como un unitario. -Y al oír esta mágica palabra todos a una voz
            exclamaron: ¡mueran los salvajes unitarios!
        -   Para el tuerto los huevos.
        -   Sí, para el tuerto, que es hombre de cojones. para pelear con los unitarios.
        -   -El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!
        -   ¡A Matasiete el matahambre!
        -   Allá va, gritó una voz ronca interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz.
            ¡Allá va el toro!
        -   ¡Alerta! Guarda los de la puerta. Allá va furioso como un demonio!

        Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le
espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos
lados una rojiza y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el
lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de
Lectura y redacción, gpo.27

una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén una cabeza de
niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo
chorro de sangre.

        -   Se cortó el lazo -gritaron unos-: allá va el toro -pero otros deslumbrados y atónitos
            guardaron silencio porque todo fue como un relámpago.

        Desparramose un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el
cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito
semblante, y la otra parte compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe se escurrió en distintas      1
direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: ¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! -Enlaza, Siete
pelos. -¡Que te agarra, Botija! -Ya furioso; no se le pongan delante. -¡Ataja, ataja morado! -Dele
espuela al mancarrón. -Ya se metió en la calle sola. -¡Que lo ataje el diablo!

         El tropel y vocería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras sentadas en hilera al
borde del zanjón oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que
desenredaban y devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó porque el
animal lanzó al mirarlos un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y siguió adelante perseguido
por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras; otra rezó diez salves en dos minutos,
y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio
de achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa.

        El toro entre tanto tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta
más aguda del rectángulo anteriormente descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de
tunas, que llaman soles por no tener mas de dos casas laterales y en cuyo aposado centro había
un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero vadeaba
este pantano a la sazón, paso a paso en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus
cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano.
Azorose de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre
hundido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los
perseguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas sarcásticas: -Se amoló el gringo;
levántate, gringo -exclamaron, y cruzando el pantano amasando con barro bajo las patas de sus
caballos, su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después a la orilla, más con la
apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que de un hombre blanco pelirrubio.
Más adelante al grito de ¡al toro! ¡al toro! cuatro negras achuradores que se retiraban con su presa
se zabulleron en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba.

        El animal, entre tanto, después de haber corrido unas 20 cuadras en distintas direcciones
azorando con su presencia a todo viviente se metió por la tranquera de una quinta donde halló su
perdición. Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja profunda
y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse luego sus perseguidores que se hallaban
desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que espiase su atentado en el
lugar mismo donde lo había cometido.

        Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el Matadero donde la poca chusma
que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano
excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un
charco de sangre: su cadáver estalla en el cementerio.

        Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo hincapié y lanzando
roncos bramidos. Echáronle, uno, dos, tres piales; pero infructuosos: al cuarto quedó prendido de
una pata: su brío y su furia redoblaron; su lengua estirándose convulsiva arrojaba espuma, su nariz
humo, sus ojos miradas encendidas -¡Desgarreten ese animal! exclamó una voz imperiosa.
Matasiete se tiró al punto del caballo, cortole el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno
de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mostrándola
en seguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos
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bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma que proclamaba a
Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como orgulloso,
por segunda vez el brazo y el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarle con otros
compañeros.

        Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genitales del muerto clasificado
provisoriamente de toro por su indomable fiereza; pero estaban todos tan fatigados de la larga
tarea que la echaron por lo pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó: aquí están los
huevos, sacando de la barriga del animal y mostrando a los espectadores dos enormes testículos,
signo inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes          1
desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un toro en el Matadero era cosa muy rara, y aun
vedada. Aquél, según reglas de buena policía debió arrojarse a los perros; pero había tanta
escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor Juez tuvo a bien hacer ojo
lerdo.

       En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta el maldito toro.
Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su recado y se preparaba a partir. La matanza
estaba concluida a las 12, y la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en
grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne.

         Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó: -¡Allí viene un unitario!, y al oír tan
significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea.

        -   ¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero.
        -   Perro unitario.
        -   Es un cajetilla.
        -   Monta en silla como los gringos.
        -   La mazorca con él.
        -   ¡La tijera!
        -   Es preciso sobarlo.
        -   Trae pistoleras por pintar.
        -   Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.
        -   ¿A que no te le animas, Matasiete?
        -   ¿A que no?
        -   A que sí.

        Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de violencia, de
agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado:
prendió la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario.

        Era este un joven como de 25 años de gallarda y bien apuesta persona que mientras salían
en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones trotaba hacia Barracas,
muy ajeno de temer peligro alguno. Notando empero, las significativas miradas de aquel grupo de
dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando
una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la
distancia boca arriba y sin movimiento alguno.

        -   -¡Viva Matasiete! -exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre la víctima
            como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre.

        Atolondrado todavía el joven fue, lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres
feroces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy distante a buscar en sus pistolas el
desagravio y la venganza. Matasiete dando un salto le salió al encuentro y con fornido brazo
asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y
llevándola a su garganta.
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        Una tremenda carcajada y un nuevo viva estertóreo volvió a victoriarlo.

         ¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales!, siempre en pandilla cayendo como
buitres sobre la víctima inerte.

        -   Degüéllalo, Matasiete -quiso sacar las pistolas-. Degüéllalo como al Toro.
        -   Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.
        -   Tiene buen pescuezo para el violín.
        -   Tócale el violín.
        -   Mejor es resbalosa.                                                                           1
        -   Probemos -dijo Matasiete y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la
            garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le comprimía el pecho y con la
            siniestra mano le sujetaba por los cabellos.
        -   No, no le degüellen -exclamó de lejos la voz imponente del Juez del Matadero que se
            acercaba a caballo.
        -   A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mashorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes
            unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!
        -   Viva Matasiete.

       ¡Mueran! ¡Vivan!, repitieron en coro los espectadores y atándole codo con codo, entre
moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias arrastraron al infeliz joven al banco del tormento
como los sayones al Cristo.

        La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salían los
vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones
federales del Matadero. Notábase además en un rincón otra mesa chica con recado de escribir y
un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado
para el Juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas cantaba al son de la
guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma
llegando en tropel al corredor de la casilla lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la
sala.

        -   A ti te toca la resbalosa -gritó uno.
        -   Encomienda tu alma al diablo.
        -   Está furioso como toro montaraz.
        -   Ya le amansará el palo.
        -   Es preciso sobarlo.
        -   Por ahora verga y tijera.
        -   Si no, la vela.
        -   Mejor será la mazorca.
        -   Silencio y sentarse -exclamó el Juez dejándose caer sobre su sillón. Todos
            obedecieron, mientras el joven de pie encarando al Juez exclamó con voz preñada de
            indignación:
        -   Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?
        -   ¡Calma! -dijo sonriendo el juez-; no hay que encolerizarse. Ya lo verás.

         El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en
convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento
convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la
órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa
dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.

        -   ¿Tiemblas? -le dijo el Juez.
        -   De rabia, por que no puedo sofocarte entre mis brazos.
        -   ¿Tendrías fuerza y valor para eso?
        -   Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.
Lectura y redacción, gpo.27

        -   A ver las tijeras de tusar mi caballo; túsenlo a la federala.

        Dos hombres le asieron, vino de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto
cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.

        -   A ver -dijo el Juez-, un vaso de agua para que se refresque.
        -   Uno de hiel te haría yo beber, infame.

        Un negro petizo púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Diole el joven
un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo salpicando el asombrado rostro de           1
los espectadores.

        -   Éste es incorregible.
        -   Ya lo domaremos.
        -   Silencio -dijo el Juez-, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado
            con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas.
        -   ¿Por qué no traes divisa?
        -   Porque no quiero.
        -   No sabes que lo manda el Restaurador.
        -   La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.
        -   A los libres se les hace llevar a la fuerza.
        -   Sí, la fuerza y la violencia bestial. Ésas son vuestras armas; infames. El lobo, el tigre, la
            pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro
            patas.
        -   ¿No temes que el tigre te despedace?
        -   Lo prefiero a que maniatado me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas.
        -   ¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?
        -   Porque lo llevo en el corazón por la Patria, por la Patria que vosotros habéis asesinado,
            ¡infames!
        -   No sabes que así lo dispuso el Restaurador.
        -   Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle
            vasallaje infame.
        -   ¡Insolente! Te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si chistas.
        -   Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado
            sobre la mesa.

         Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre, suspendieron al joven y
lo tendieron largo a largo sobre la mesa comprimiéndole todos sus miembros.

        -   Primero degollarme que desnudarme; infame canalla.

        Atáronle un pañuelo por la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven,
pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la flexibilidad del junco, ora la
dureza del fierro y su espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente. Gotas
de sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y
las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran
repletas de sangre.

        -   Átenlo primero -exclamó el Juez.
        -   Está rugiendo de rabia -articuló un sayón.

       En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su
cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las
ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco
en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos,
Lectura y redacción, gpo.27

después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando: -Primero degollarme que
desnudarme, infame canalla.

Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de
desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del
joven y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones
quedaron inmobles y los espectadores estupefactos.

        -   Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno.
        -   Tenía un río de sangre en las venas -articuló otro.                                          1
        -   Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo
            serio -exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte, desátenlo y
            vamos.

        Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se escurrió la chusma en
pos del caballo del Juez cabizbajo y taciturno.

        Los federales habían dado fin a una de sus innumerables proezas.

          En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que
propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse que federación saldría
de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el
Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón;
a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de
la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en
el Matadero.
Lectura y redacción, gpo.27

La luz es como el agua
Gabriel García Márquez


En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

        -   De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
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        -   No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
        -   Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la
            ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un
muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían
apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella
pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se
ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo
sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote
de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

        -   El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay
            cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio
            disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el
bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

        -   Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
        -   Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y
            ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños
y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una
lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla
rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente,
sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario
sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía
con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

        -   La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante
y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de
tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con
todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

        -   Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para
            nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
        -   ¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
        -   No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
Lectura y redacción, gpo.27

El padre le reprochó su intransigencia.

        -   Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero
            por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los
dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del
rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los
equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los
padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas,             1
bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo
de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron
diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron
qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los
compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

        -   Es una prueba de madurez -dijo.
        -   Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la
Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía
por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un
torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa
rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la
sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que
aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de
su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de
guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de
la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada.
En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los
pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba
de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para
niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a
los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de
los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante,
y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de
hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por
versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá.
Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto
año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del
número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos
ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron
maestros en la ciencia de navegar en la luz.
Lectura y redacción, gpo.27

La estatua de sal*
Leopoldo Lugones

Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosistrato y sus compañeros habían alcanzado la
santidad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el pie de los santos monjes. Estos
fueron acabando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó solo. Estaba muy
viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado quince horas diarias, y
tenía revelaciones. Dos palomas amigas traíanle cada tarde algunos granos de granada y se los
daban a comer con el pico. Nada más que de eso vivía; en cambio olía bien como un jazminero por
la tarde. Cada año, el viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de        1
ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose en
éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien sabía que el
señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta el día de su ascensión a la
bienaventuranza, continuaba soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta, ningún
caminante había pasado por allí.

Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas, éstas asustadas de pronto, echaron
a volar abandonándole. Un peregrino acababa de llegar a la entrada de la caverna. Sosistrato,
después de saludarle con santas palabras, le invitó a reposar indicándole un cántaro de agua
fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después de
consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en compañía del monje.

Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesarea a las orillas del Mar
Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó a Sosistrato.

        -   He visto los cadáveres de las ciudades malditas -dijo una noche a su huésped-. He
            mirado humear el mar como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto a la
            mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva, hermano mío, y yo la he
            escuchado gemir y la he visto sudar al sol del mediodía.
        -   Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado De Sodoma -dijo en voz baja Sosistrato.
        -   Sí, conozco el pasaje -añadió el peregrino-. Algo más definitivo hay en él todavía; y de
            ello resulta que la esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he
            pensado que sería obra de caridad libertarla de su condena...
        -   Es la justicia de Dios -exclamó el solitario.
        -   ¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los pecados del antiguo mundo?
            -replicó suavemente el viajero que parecía docto en letras sagradas-. ¿Acaso el
            bautismo no lava igualmente el pecado contra la Ley que el pecado contra el
            Evangelio?...

Después de estas palabras, ambos se entregaron al sueño. Fue aquélla la última noche que
pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato,
y no necesito deciros que, a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satán en
persona.

El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del
santo. ¡Bautizar la estatua de sal, liberar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo
exigía, la razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron meses, hasta que por fin el monje tuvo
una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar el acto.

Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia,
tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas
cansadas apenas podían sostenerle. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban
alimentándole como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella resolución
afligíale en extremo. Por fin, cuando sus pies iban a faltarle, las montañas se abrieron y el lago
apareció.
Lectura y redacción, gpo.27

Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco a poco desvaneciéndose. Algunas piedras
quemadas, era todo lo que restaba ya: trozos de arcos, hileras de adobes carcomidos por la sal y
cimentados en betún... El monje reparó apenas en semejantes restos, que procuró evitar a fin de
que sus pies no se manchasen a su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de
advertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un recodo de las montañas desde el cual
apenas se los percibía, la silueta de la estatua.

Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era larga y fina como un fantasma. El sol
brillaba con límpida incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que
cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meridiana, parecían de      1
plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas dormían en su característica
inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en ellas, decían los peregrinos, cómo se
lamentaban los espectros de las ciudades.

Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su
rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la
invasión de la piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca. ¡El sol
la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de años, y sin embargo,
esa efigie estaba viva puesto que sudaba! Semejante sueño resumía el misterio de los espantos
bíblicos. La cólera de Jehová había pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de
peñasco. ¿No era temeridad el intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer
maldita sobre el insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura criminal, tal
vez una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se arrodilló a orar en la sombra de un
bosquecillo...

Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sabed únicamente que cuando el agua sacramental
cayó sobre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y a los ojos del solitario apareció una mujer,
vieja como la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y temblorosa,
llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo, sintió el pavor de aquella aparición.
Era el pueblo réprobo lo que se levantaba en ella. ¡Esos ojos vieron la combustión de los azufres
llovidos por la cólera divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con
el pelo de los camellos de Lot; esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la
espantosa mujer le habló con su voz antigua. Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del
incendio, una sensación tenebrosa despertada a la vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de
confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en
aquella sumersión de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su
visión reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades ardidas... todo aquello se
desvanecía en una clarividente visión de muerte. Iba a morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el monje
quien la había salvado! Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El
pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y sólo
este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de Lot estaba allí! El sol descendía hacia las
montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel
aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre
las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido
actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa mujer le era conocida!

Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose a la espectral
resucitada:

        -   Mujer, respóndeme una sola palabra.
        -   Habla... pregunta...
        -   ¿Responderás?
        -   Sí, habla; ¡me has salvado!

Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que incendiaba las
montañas.
Lectura y redacción, gpo.27

        -   Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para mirar.

Una voz anudada de angustia, le respondió:

        -   Oh, no... ¡Por Elohim, no quieras saberlo!
        -   ¡Dime qué viste!
        -   No... no... ¡Sería el abismo!
        -   Yo quiero el abismo.
        -   Es la muerte...
        -   -¡Dime qué viste!                                                                       1
        -   ¡No puedo... no quiero!
        -   Yo te he salvado.
        -   No... no...

El sol acababa de ponerse.

        -   ¡Habla!

La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba,
agonizando.

        -   ¡Por las cenizas de tus padres!...
        -   ¡Habla!

Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato,
fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por su alma.




* Nota de Ciudad Seva: Según la Biblia, en Sodoma dos ángeles le dijeron a Lot: «Date prisa, toma
a tu esposa y a tus dos hijas y márchate, no sea que te alcance el castigo de esta ciudad.» Una
vez fuera, le dijeron: «Ponte a salvo. Por tu vida, no mires hacia atrás ni te detengas en parte
alguna de esta llanura, sino que huye a la montaña para que no perezcas.» Entonces Yavé hizo
llover del cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre ardiendo que venía de Yavé, y que destruyó
completamente estas ciudades y toda la llanura con todos sus habitantes y la vegetación. La mujer
de Lot desatendió el mandato de los ángeles y miró hacia atrás: quedó convertida en una estatua
de sal.
Lectura y redacción, gpo.27

La ejecución
Hermann Hesse

En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se
encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran
muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos
ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los
tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían,
movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
                                                                                                       1
        -   ¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los
            discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie
            que manifieste compasión ni que llore.
        -   Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.

Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a
izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se
arrodillaba frente al tajo.

        -   Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza
            condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la
            ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta
            perfectamente que las puertas son doce!

Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:

        -   ¿Cómo lo adivinaste, maestro?

Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:

        -   No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de
            criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos
            llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que
            tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los
            perros sin que el pueblo se inmute.
Lectura y redacción, gpo.27

Leyenda china.
Hermann Hesse

Esto se cuenta acerca de Meng Hsie.

Cuando supo que últimamente los artistas jóvenes se ejercitaban en colocarse cabeza abajo,
decían que para ensayar una nueva visión, inmediatamente Meng Hsie practicó también este
ejercicio. Y después de probarlo un rato declaró a sus discípulos:

        -   Cuando me coloco cabeza abajo se me presenta el mundo bajo un aspecto nuevo y
                                                                                                      1
            más hermoso.

Esto se comentó, y los jóvenes artistas se ufanaban no poco de que el anciano maestro hubiese
respaldado así sus experimentos.

Se sabía que apenas hablaba, y que enseñaba a sus discípulos no mediante doctrinas sino con su
simple presencia y su ejemplo. Por eso sus manifestaciones llamaban mucho la atención y se
difundían por todas partes.

Poco después de que aquellas palabras suyas hubiesen hecho las delicias de los innovadores y
sorprendido e incluso indignado a muchos de los antiguos, se supo que había hablado otra vez.
Contaban que había dicho:

        -   Es bueno que el hombre tenga dos piernas, porque ponerse cabeza abajo no favorece
            la salud. Además, cuando se incorpora el que estuvo cabeza abajo el mundo se le
            representa doblemente más hermoso que antes.

Estas palabras del maestro escandalizaron a los jóvenes antipodistas, que se sintieron traicionados
o burlados, y también a los mandarines.

        -   Tal día dice Meng Hsie tal cosa, y al día siguiente dice lo contrario -comentaban los
            mandarines-. Es imposible que ambas sean verdaderas. ¿Quién hace caso del anciano
            cuando le flaquea el entendimiento?

Algunos fueron a contarle al maestro lo que decían de él tanto los innovadores como los
mandarines. Él se limitó a reír. Y como sus seguidores le demandaran una explicación, dijo:

        -   La realidad existe, pequeños míos, y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es
            decir, opiniones acerca de la realidad expresadas mediante palabras, hay muchas, y
            todas ellas son tan verdaderas como falsas.

Y por mucho que insistieron, los discípulos no consiguieron sacarle una palabra más.
Lectura y redacción, gpo.27

San Antonio (Castidad)
Ricardo Güiraldes

En el desierto absoluto, una choza empequeñecida por su soledad.
Como único ser viviente a la vista, un chancho. Alrededor de la estaca, a la cual una soga lo
retiene, el suelo, endurecido por traqueteo de pezuñas, forma un círculo que brilla. Dentro del
círculo, como agujero en una moneda, hay un charco maloliente.
Intenso calor pesa en la atmósfera; bajo el matiz ceniciento de un cielo tormentoso, nubes de
plomo se arrastran con pereza, y una quietud silente abruma el mundo.
                                                                                                         1
El chancho, inquieto, trota en su área hasta que el cansancio le echa en el barro, donde su vientre,
lleno de inmundos apetitos, se sobresalta en sacudimientos de risa satisfecha.
Eructa de contento, y su nariz adquiere la movilidad de un ojo.

En el interior de la choza, sobre tarima cubierta de harapos, un hombre duerme un sueño
tartamudo.
Por entre el embotamiento de sus sentidos percibe la vida exterior. Sabe que sueña, sin que su
voluntad sea capaz de arrancarle al mundo alucinante que le obceca.
Gruesas gotas de sudor corren por su cuerpo, produciendo cosquilleo desagradable. A veces, con
impaciencia, se rasca, y la piel ostenta largas estrías rojas.
El grosero tejido, sobre el cual su cuerpo sufre, irrita su epidermis; las moscas revolotean en torno,
posándose luego sobre su rostro, para recorrerlo en líneas quebradas y ligeras, cuya tenuidad
exaspera el cutis; y cuando la mueca refleja las espanta, retornan a su volido, cuya nota untuosa
es aún tortura.
En un rincón del cuarto, las dos piedras con que el ermitaño muele su trigo sudan presagiando
agua.
En la inconsciencia de su letargo, el monje persigue imágenes lascivas, y un episodio juvenil revive
en él idénticamente. Su sueño escalona recuerdos en orden sucesivo, y el acto que había de fijar
su vida en el camino de la santidad perdura en su sexo con toda la intensidad, suavísima, del
contacto femenil.

Vivía entonces con sus padres.
Mañanas luminosas llenaban de placidez el jardín oloroso, en cuyas yerbas refrescaba sus pies,
siempre secos por la misma fiebre.
Era él un niño sombrío y huraño, alimentando solitarias meditaciones con el hervor absorbente que
sentía burbujear en su carne.
Ella le entró en el alma con la caricia fresca de su belleza, apenas tocada por los primeros asomos
de la pubertad.
La misma tiranía de naciente deseo los aunó en la pendiente de pasión que había de esclavizarlos.
Pronto se aislaron, y el campo fue pequeño para sus exigencias de vida.
Al tercer día, mientras conversaban a la sombra de un tupido paraíso que sobre ellos llovía
pausadamente sus flores, un ímpetu irresistible le dio la audacia, e incrustándola sobre su pecho
por fuerza de brazos ávidos, había encerrado en los suyos dos labios húmedos que resbalaron.
Locura enorme que destruye la vida.
Tuvo miedo de sí mismo; fue aniquilado por la turbulencia de su deseo, y quedó en asombro ante
aquella impetuosidad desconocida, los ojos vacíos de mirada, atento a la trepidación sofocante de
su pecho.
Después siguieron como antes, sin aludir, pero más estrechamente unidos.
Una noche, el sueño huía del enamorado como fantasma inalcanzable, cuando oyó un crujido en la
puerta.
Su nerviosidad le hizo entrever mil incoherencias, pero nunca ésa.
Susana, desnuda, franqueaba el umbral del cuarto.
Todos los latidos de la sangre se amontonaron en sus sienes; un dolor comprimió sus músculos, y
los ojos vieron turbia, como inmaterial, la aparición inesperada que cautelosamente se encaminaba
hacia él.
Retúvose para no gritar, y temió que la afluencia de vida en ese momento rompiera sus venas.
Apoyado contra el muro, aterrorizado por la exaltación que en él sentía crecer, la vio aproximarse
Lectura y redacción, gpo.27

titubeando, los brazos hacia adelante, con el gesto de un anhelo ciego.
Susana tropezó en el lecho, y ambos tuvieron la sensación de un acto cumplido.
Temíala como una brasa, y, sin embargo, la sintió que entraba en las sábanas; el calor de su piel le
crispó como un sólo nervio...; luego, el contacto de su cuerpo, la calidez perfumada de su boca.
Rodaron uno sobre otro. Los brazos viriles se habían amalgamado con la cintura cimbreante; pero
antes que pudiera iniciar la caricia, un espasmo imposible le precipitó en el vacío. Su cráneo palpitó
al impulso tumultuoso de borbotones sanguíneos. Fue presa de bruscos sobresaltos, y se retorció
disparatadamente, como los cadáveres, sobre la plancha hirviente del horno crematorio.
La realidad de la alucinación ha despertado al asceta; sabe la tortura que le espera, y toda su
voluntad se esfuerza para ahuyentar el espíritu de lujuria, que le tritura en sus garras.                1
Ya el látigo está en sus manos, y, listo para la flagelación, corre hacia afuera arrastrado por voraz
necesidad de movimiento.
El primer azote ha insultado sus flancos; los plomos, que concluyen cada trenza como extraño
coronamiento de cabellera enferma, han llorado en el aire, y el múltiple latigazo ha puesto puntos
rojos en violáceos moretones.
Y entonces es el vértigo.
El brazo duplica sus fuerzas, los plomos caen sobre el dorso cual pesado granizo, que repercute
sordamente en el tórax descarnado. Los ojos se han dilatado, endurecidos de dolor. Una
borrachera sádica brota en formidable crescendo del cuerpo sanguinolento.
El penitente ríe, solloza, gime, presa de placer equívoco, en que se mezcla indescriptible angustia
y desvarío.
La disciplina acelera su velocidad, y las gotas de sangre se desprenden pulverizadas.
Al fin; los miembros, anudados por calambres, se niegan a la acción, y el santo cae boca abajo
como un haz de nervios retorcidos.
Sus brazos quisieran estrechar la tierra, blanda para sus dedos que la penetran. La arena cruje
entre sus dientes, convulsivos, y un último estrujón le curva sobre el muro como sobre una hembra.
Y silenciosa, horrorosamente, el milagro se cumple.

Pesadas gotas caen a intervalos, fustigando rabiosamente el suelo; bocanadas de polvo saltan en
explosiones crepitantes...; al rato, un abrazo turbio confunde cielo y tierra.
El chancho, panza arriba, recibe gozoso el chaparrón, que tamborilea en su vientre, cuya piel
tendida se ha vuelto, al tacto del agua, transparente y tersa como nalga de angelito.
Sus cuatro patas, cortas y tenues, en torno al consistente abdomen parecen adornos ridículos e
inútiles.
Su boca, abierta, símil a una grieta en cónica proa de carne, ríe beatamente.
Más lejos, San Antonio, desparramado sobre el suelo, como espantapájaros que volteara el viento,
es esclavo también del bienestar corpóreo.
El demonio ha sido desalojado de su pecho, y Dios le ha dado la paz anhelada por los mártires.
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  • 1. Lectura y redacción, gpo.27 Índice El Matadero................................................................................................................. Esteban Echeverría..............................................................................................12 El retrato oval............................................................................................................. Edgar Allan Poe.....................................................................................................2 La ejecución............................................................................................................... Hermn Hesse.......................................................................................................27 1 La estatua de sal........................................................................................................ Leopoldo Lugones................................................................................................24 La Gallina Degollada.................................................................................................. Horacio Quiroga.....................................................................................................7 La luz es como el agua.............................................................................................. Gabriel García Márquez.......................................................................................22 La noche que lo dejaron solo................................................................................... Juan Rulfo..............................................................................................................4 Leyenda china............................................................................................................ Herman Hesse.....................................................................................................28 Primero Muerto que esclavo..................................................................................... Anónimo...............................................................................................................31 San Antonio................................................................................................................ Ricardo Güirales...................................................................................................29 Una jaula de fieras..................................................................................................... Émile Zola............................................................................................................33 Una víctima de la publicidad.................................................................................... Émile Zola............................................................................................................36
  • 2. Lectura y redacción, gpo.27 El retrato oval Edgar Allan Poe El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. 1 Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Produjerónme profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacia inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que trataba de su crítica y su análisis. Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente. No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida. El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. Se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo, que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, perdianse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y
  • 3. Lectura y redacción, gpo.27 habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente: "Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y, se desposó con él. "El tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, 1 joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. "El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. "Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. "Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día. tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; Porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible: "-¡En verdad esta es la vida misma!- Volvióse bruscamente para mirar a su bien amada, ... ¡estaba muerta!".
  • 4. Lectura y redacción, gpo.27 La noche que lo dejaron solo Juan Rulfo - ¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto? - Llegaremos mañana amaneciendo -le contestaron.- Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras. 1 Pero de eso se acordaría después, al día siguiente Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche. "Es mejor que esté oscuro. "Así no nos verán." También habían dicho eso, un poco antes, o quizá la noche anterior. No se acordaba. El sueño le nublaba el pensamiento Ahora, en la subida, lo vio venir de nuevo. Sintió cuando se le acercaba, rodeándolo como buscándole la parte más cansada. Hasta que lo tuvo encima, sobre su espalda, donde llevaba terciados los rifles Mientras el terreno estuvo parejo, caminó deprisa. A1 comenzar la subida, se retrasó; su cabeza empezó a moverse despacio, más lentamente conforme se acortaban sus pasos. Los otros pasaron junto a él, ahora iban muy adelante y él seguía balanceando su cabeza dormida. Se fue rezagando. Tenía el camino enfrente, casi a la altura de sus ojos. Y el peso de los rifles. Y el sueño trepado allí donde su espalda se encorvaba. Oyó cuando se le perdían los pasos: aquellos huecos talonazos que habían venido oyendo quién sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches: "De la Magdalena para allá, la primera noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas -pensó-, si al menos hubiéramos dormido de día". Pero ellos no quisieron: Nos pueden agarrar dormidos -dijeron-. Y eso sería lo peor. - ¿Lo peor para quién?. Ahora el sueño le hacía hablar. "Les dije que esperaran: vamos dejando este día para descansar. Mañana caminaremos de filo y con más ganas y con más fuerzas, por si tenemos que correr. “Puede darse el caso." Se detuvo con los ojos cerrados. "Es mucho -dijo-. ¿Qué ganamos con apurarnos? Una jornada. Después de tantas que hemos perdido, no vale la pena "enseguida gritó: "¿Dónde andan?". Y casi en secreto: "Váyanse, pues. ¡Váyanse!". Se recostó en el tronco de un árbol. Allí estaban la tierra fría y el sudor convertido en agua fría. Esta debía de ser la sierra de que le habían hablado. Allá abajo el tiempo tibio, y ahora acá arriba este frío que se le metía por debajo del gabán: Como si me levantaran la camisa y me manosearan el pellejo con manos heladas." Se fue sentando sobre el musgo. Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche y encontró una cerca de árboles. Respiró un aire oloroso a trementina. Luego se dejó resbalar en el sueño, sobre el cochal, sintiendo cómo se le iba entumeciendo el cuerpo. Lo despertó el frío de la madrugada. La humedad del rocío.
  • 5. Lectura y redacción, gpo.27 Abrió los ojos. Vio estrellas transparentes en un cielo claro, por encima de las ramas oscuras. "Está oscureciendo", pensó. Y se volvió a dormir. Se levantó al oír gritos y el apretado golpetear de pezuñas sobre el seco tepetate del camino. Una luz amarilla bordeaba el horizonte. Los arrieros pasaron junto a él, mirándolo. Lo saludaron: "Buenos días", le dijeron. Pero él no contestó. 1 Se acordó de lo que tenía que hacer. Era ya de día. Y él debía de haber atravesado la sierra por la noche para evitar a los vigías. Este paso era el más resguardado. Se lo habían dicho. Tomó el tercio de carabinas y se las echó a la espalda. Se hizo a un lado del camino y cortó por el monte, hacia donde estaba saliendo el sol. Subió y bajó, cruzando lomas terregosas. Le parecía oír a los arrieros que decían: "Lo vimos allá arriba”. “Es así y asado, y trae muchas armas." Tiró los rifles. Después se deshizo de las carrilleras. Entonces se sintió livianito y comenzó a correr como si quisiera ganarles a los arrieros la bajada. Había que "encumbrar, rodear la meseta y luego bajar". Eso estaba haciendo. Obre Dios. Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las mismas horas. Llegó al borde de las barrancas. Miró allá lejos la gran llanura gris. "Ellos deben estar allá. Descansando al sol, ya sin ningún pendiente", pensó. Y se dejó caer barranca abajo, rodando y corriendo y volviendo a rodar. "Obre Dios", decía. Y rodaba cada vez más en su carrera. Le parecía seguir oyendo a los arrieros cuando le dijeron: "¡Buenos días!" Sintió que sus ojos eran engañosos. Llegarán al primer vigía y le dirán: "Lo vimos en tal y tal parte. No tardará el estar por aquí." De pronto se quedó quieto. "¡Cristo!", dijo. Y ya iba a gritar: "¡Viva Cristo Rey!", pero se contuvo. Sacó la pistola de la costadilla y se la acomodó por dentro, debajo de la camisa, para sentirla cerquita de su carne. Eso le dio valor. Se fue acercando hasta los ranchos del Agua Zarca a pasos queditos, mirando el bullicio de los soldados que se calentaban junto a grandes fogatas. Llegó hasta las bardas del corral y pudo verlos mejor; reconocerles la cara: eran ellos, su tío Tanis y su tío Librado. Mientras los soldados daban vuelta alrededor de la lumbre, ellos se mecían, colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.
  • 6. Lectura y redacción, gpo.27 No quiso seguir viéndolos. Se arrastró a lo largo de la barda y se arrinconó en una esquina, descansando el cuerpo, aunque sentía que un gusano se le retorcía en el estómago. Arriba de él, oyó que alguien decía: - ¿Qué esperan para descolgar a ésos? - Estamos esperando que llegue el otro. Dicen que eran tres, así que tienen que ser tres. Dicen que el que falta es un muchachito; pero muchachito y todo, fue el que le tendió la emboscada a mi teniente Parra y le acabó su gente. Tiene que caer por aquí, como cayeron esos 1 otros que eran más viejos y más colmilludos. Mi mayor dice que si no viene de hoy a mañana, acabalamos con el primero que pase y así se cumplirán las órdenes. - ¿Y por qué no salimos mejor a buscarlo? Así hasta se nos quitaría un poco lo aburrido. - No hace falta. Tiene que venir. Todos están arrendando para la Sierra de Comanja a juntarse con los cristeros del Catorce. Éstos son ya de los últimos. Lo bueno sería dejarlos pasar para que les dieran guerra a los compañeros de Los Altos. - Eso sería lo bueno. A ver si no a resultas de eso nos enfilan también a nosotros por aquel rumbo. Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el estómago. Luego sorbió tantito aire como si se fuera a zambullir en el agua y, agazapado hasta arrastrarse por el suelo, se fue caminando, empujando el cuerpo con las manos. Cuando llegó al reliz del arroyo, enderezó la cabeza y se echó a correr, abriéndose paso entre los pajonales. No miró para atrás ni paró en su carrera hasta que sintió que el arroyo se disolvía en la llanura. Entonces se detuvo. Respiró fuerte y temblorosamente.
  • 7. Lectura y redacción, gpo.27 La Gallina Degollada Horacio Quiroga Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera 1 comida. Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. - ¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. - A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. - ¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?... - En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no
  • 8. Lectura y redacción, gpo.27 alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a 1 caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. - Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. - Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: - De nuestros hijos, ¿me parece? - Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente: - ¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? - ¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró. - ¿Qué, no faltaba más? - ¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. - ¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. - Como quieras; pero si quieres decir... - ¡Berta! - ¡Como quieras! Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
  • 9. Lectura y redacción, gpo.27 Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solorecuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada 1 cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. - ¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . . - Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: - ¡No, no te creo tanto! - Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla! - ¡Qué! ¿Qué dijiste?... - ¡Nada! - ¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. - ¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! - ¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini explotó a su vez. - ¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale almédico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
  • 10. Lectura y redacción, gpo.27 El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo... - ¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. 1 - ¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba acientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. - ¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. - ¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. - Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. - Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. - ¡Bertita! Nadie respondió. - ¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
  • 11. Lectura y redacción, gpo.27 - ¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: - ¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y 1 hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
  • 12. Lectura y redacción, gpo.27 El Matadero Esteban Echeverría A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América que deben ser nuestros prototipos. Temo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración, pasaban por los años de Cristo de 183... Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la iglesia adoptando el precepto de Epitecto, sustine abstine (sufre, abstente) ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice 1 el proverbio, busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo. Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, solo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula..., y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo. Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del alto. El Plata creciendo embravecido empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad circunvalada del Norte al Este por una cintura de agua y barro, y al Sud por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando misericordia al Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros pecadores! ¡Ay de vosotros unitarios impíos que os mofáis de la iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia y el Dios de la Federación os declarará malditos. Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios. Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya como de cosa resuelta de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina. Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.
  • 13. Lectura y redacción, gpo.27 Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beef- steak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a 6 $ y los huevos a 4 reales y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derechito al cielo innumerables ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas. 1 No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación. Algunos médicos opinaron que si la carencia de careo continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas: a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos. Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o donde quiera concurrían gentes. Alarmose un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del Restaurador creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo se trajese ganado a los corrales. En efecto, el decimosexto día de la carestía víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa estraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos! Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
  • 14. Lectura y redacción, gpo.27 Sea como fuera; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero. - Chica, pero gorda -exclamaban.- ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador! Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a 1 aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia. El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo. Siguió la matanza y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallan tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. E1 espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo preciso es hacer un croquis de la localidad. El matadero de la Convalescencia o del Alto, sito en las quintas al Sud de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga hacia el Este. Esta playa con declive al Sud, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales, en cuyos bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce, recoge en tiempo de lluvia, toda la sangrasa seca o reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el Oeste está lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado. Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador. -Fáciles calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de semejante cargo. La casilla por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y a no resaltar sobre su blanca cintura los siguientes letreros rojos: «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra», «Mueran los salvajes unitarios». Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de la gente del matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de los carniceros, quienes, ya muerta, la veneraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce. Es el caso que en un aniversario de aquella memorable hazaña de la mazorca los carniceros festejaron con un espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete a que concurrió con su hija y otras señoras federales, y que allí en presencia de un gran concurso ofreció a los señores carniceros en un solemne brindis su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados
  • 15. Lectura y redacción, gpo.27 patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo. La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distintas. La figura mas prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los movimientos una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las 1 harpías de la fábula, y entremezclados con ella algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al tiento, cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo de los caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que mas arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos los ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. Esto se notaba al principio de la matanza. Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacían, venían a formarse tomando diversas aptitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era, que inter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la presa de achura salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un tarazcón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, -dichos y gritería descompasada de los muchachos. - Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía -gritaba uno. - Aquel lo escondió en el alzapón -replicaba la negra. - ¡Che!, negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo -exclamaba el carnicero. - ¿Qué le hago ño, Juan?, ¡no sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas. - Son para esa bruja: a la m... - ¡A la bruja! ¡a la bruja! -repitieron los muchachos-: ¡se lleva la riñonada y el tongorí! -y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro. Hacia otra parte, entre tanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hilera 400 negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura. Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraba chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores. De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacia buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salia furiosa en
  • 16. Lectura y redacción, gpo.27 persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con sangre, y acudiendo a sus gritos y puteadas los compañeros del rapaz, la rodeaban y azuzaban como los perros al toro y llovían sobre ella zoquetes de carne, bolas de estiércol, con groseras carcajadas y gritos frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo. Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo tirándose horrendos tajos y reveses; por otro cuatro ya adolescentes ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era este del modo bárbaro con que se ventilan en 1 nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se representaba en el matadero era para vista no para escrita. Un animal había quedado en los corrales de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo. Llegole su hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno hervía la chusca a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos. Formaban en la puerta el más grotesco y sobresaliente grupo varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y armados del certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y chaleco y chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutador y anhelante. El animal prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma furibundo y no había demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro donde estaba como clavado y era imposible pialarlo. Gritábanlo, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que se desprendía de aquella singular orquesta. Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y cada cual hacia alarde espontáneamente de su ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna lengua locuaz. - Hi de p... en el toro. - Al diablo los torunos del Azul. - Mal haya el tropero que nos da gato por liebre. - Si es novillo. - ¿No está viendo que es toro viejo? - Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los cojones si le parece, cabro! - Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino? - Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro? - Es emperrado y arisco como un unitario. -Y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron: ¡mueran los salvajes unitarios! - Para el tuerto los huevos. - Sí, para el tuerto, que es hombre de cojones. para pelear con los unitarios. - -El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete! - ¡A Matasiete el matahambre! - Allá va, gritó una voz ronca interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz. ¡Allá va el toro! - ¡Alerta! Guarda los de la puerta. Allá va furioso como un demonio! Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de
  • 17. Lectura y redacción, gpo.27 una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre. - Se cortó el lazo -gritaron unos-: allá va el toro -pero otros deslumbrados y atónitos guardaron silencio porque todo fue como un relámpago. Desparramose un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe se escurrió en distintas 1 direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: ¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! -Enlaza, Siete pelos. -¡Que te agarra, Botija! -Ya furioso; no se le pongan delante. -¡Ataja, ataja morado! -Dele espuela al mancarrón. -Ya se metió en la calle sola. -¡Que lo ataje el diablo! El tropel y vocería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras sentadas en hilera al borde del zanjón oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó porque el animal lanzó al mirarlos un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y siguió adelante perseguido por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras; otra rezó diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa. El toro entre tanto tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman soles por no tener mas de dos casas laterales y en cuyo aposado centro había un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano. Azorose de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los perseguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas sarcásticas: -Se amoló el gringo; levántate, gringo -exclamaron, y cruzando el pantano amasando con barro bajo las patas de sus caballos, su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después a la orilla, más con la apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que de un hombre blanco pelirrubio. Más adelante al grito de ¡al toro! ¡al toro! cuatro negras achuradores que se retiraban con su presa se zabulleron en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba. El animal, entre tanto, después de haber corrido unas 20 cuadras en distintas direcciones azorando con su presencia a todo viviente se metió por la tranquera de una quinta donde halló su perdición. Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse luego sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que espiase su atentado en el lugar mismo donde lo había cometido. Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el Matadero donde la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estalla en el cementerio. Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle, uno, dos, tres piales; pero infructuosos: al cuarto quedó prendido de una pata: su brío y su furia redoblaron; su lengua estirándose convulsiva arrojaba espuma, su nariz humo, sus ojos miradas encendidas -¡Desgarreten ese animal! exclamó una voz imperiosa. Matasiete se tiró al punto del caballo, cortole el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mostrándola en seguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos
  • 18. Lectura y redacción, gpo.27 bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma que proclamaba a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como orgulloso, por segunda vez el brazo y el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarle con otros compañeros. Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genitales del muerto clasificado provisoriamente de toro por su indomable fiereza; pero estaban todos tan fatigados de la larga tarea que la echaron por lo pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó: aquí están los huevos, sacando de la barriga del animal y mostrando a los espectadores dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes 1 desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un toro en el Matadero era cosa muy rara, y aun vedada. Aquél, según reglas de buena policía debió arrojarse a los perros; pero había tanta escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor Juez tuvo a bien hacer ojo lerdo. En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las 12, y la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne. Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó: -¡Allí viene un unitario!, y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea. - ¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero. - Perro unitario. - Es un cajetilla. - Monta en silla como los gringos. - La mazorca con él. - ¡La tijera! - Es preciso sobarlo. - Trae pistoleras por pintar. - Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo. - ¿A que no te le animas, Matasiete? - ¿A que no? - A que sí. Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de violencia, de agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: prendió la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario. Era este un joven como de 25 años de gallarda y bien apuesta persona que mientras salían en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno. Notando empero, las significativas miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la distancia boca arriba y sin movimiento alguno. - -¡Viva Matasiete! -exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre. Atolondrado todavía el joven fue, lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres feroces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy distante a buscar en sus pistolas el desagravio y la venganza. Matasiete dando un salto le salió al encuentro y con fornido brazo asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su garganta.
  • 19. Lectura y redacción, gpo.27 Una tremenda carcajada y un nuevo viva estertóreo volvió a victoriarlo. ¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales!, siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte. - Degüéllalo, Matasiete -quiso sacar las pistolas-. Degüéllalo como al Toro. - Pícaro unitario. Es preciso tusarlo. - Tiene buen pescuezo para el violín. - Tócale el violín. - Mejor es resbalosa. 1 - Probemos -dijo Matasiete y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos. - No, no le degüellen -exclamó de lejos la voz imponente del Juez del Matadero que se acercaba a caballo. - A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mashorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes! - Viva Matasiete. ¡Mueran! ¡Vivan!, repitieron en coro los espectadores y atándole codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los sayones al Cristo. La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero. Notábase además en un rincón otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado para el Juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma llegando en tropel al corredor de la casilla lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala. - A ti te toca la resbalosa -gritó uno. - Encomienda tu alma al diablo. - Está furioso como toro montaraz. - Ya le amansará el palo. - Es preciso sobarlo. - Por ahora verga y tijera. - Si no, la vela. - Mejor será la mazorca. - Silencio y sentarse -exclamó el Juez dejándose caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mientras el joven de pie encarando al Juez exclamó con voz preñada de indignación: - Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí? - ¡Calma! -dijo sonriendo el juez-; no hay que encolerizarse. Ya lo verás. El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones. - ¿Tiemblas? -le dijo el Juez. - De rabia, por que no puedo sofocarte entre mis brazos. - ¿Tendrías fuerza y valor para eso? - Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.
  • 20. Lectura y redacción, gpo.27 - A ver las tijeras de tusar mi caballo; túsenlo a la federala. Dos hombres le asieron, vino de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores. - A ver -dijo el Juez-, un vaso de agua para que se refresque. - Uno de hiel te haría yo beber, infame. Un negro petizo púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Diole el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo salpicando el asombrado rostro de 1 los espectadores. - Éste es incorregible. - Ya lo domaremos. - Silencio -dijo el Juez-, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas. - ¿Por qué no traes divisa? - Porque no quiero. - No sabes que lo manda el Restaurador. - La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres. - A los libres se les hace llevar a la fuerza. - Sí, la fuerza y la violencia bestial. Ésas son vuestras armas; infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro patas. - ¿No temes que el tigre te despedace? - Lo prefiero a que maniatado me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas. - ¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína? - Porque lo llevo en el corazón por la Patria, por la Patria que vosotros habéis asesinado, ¡infames! - No sabes que así lo dispuso el Restaurador. - Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasallaje infame. - ¡Insolente! Te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si chistas. - Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado sobre la mesa. Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa comprimiéndole todos sus miembros. - Primero degollarme que desnudarme; infame canalla. Atáronle un pañuelo por la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente. Gotas de sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre. - Átenlo primero -exclamó el Juez. - Está rugiendo de rabia -articuló un sayón. En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos,
  • 21. Lectura y redacción, gpo.27 después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando: -Primero degollarme que desnudarme, infame canalla. Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmobles y los espectadores estupefactos. - Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno. - Tenía un río de sangre en las venas -articuló otro. 1 - Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio -exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos. Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se escurrió la chusma en pos del caballo del Juez cabizbajo y taciturno. Los federales habían dado fin a una de sus innumerables proezas. En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse que federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el Matadero.
  • 22. Lectura y redacción, gpo.27 La luz es como el agua Gabriel García Márquez En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos. - De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena. Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían. 1 - No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí. - Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha. Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación. - El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible. Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio. - Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué? - Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está. La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa. Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. - La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido. - Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo. - ¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel. - No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
  • 23. Lectura y redacción, gpo.27 El padre le reprochó su intransigencia. - Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro. Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, 1 bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad. En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso. El papá, a solas con su mujer, estaba radiante. - Es una prueba de madurez -dijo. - Dios te oiga -dijo la madre. El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños. Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.
  • 24. Lectura y redacción, gpo.27 La estatua de sal* Leopoldo Lugones Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosistrato y sus compañeros habían alcanzado la santidad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el pie de los santos monjes. Estos fueron acabando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó solo. Estaba muy viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado quince horas diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas traíanle cada tarde algunos granos de granada y se los daban a comer con el pico. Nada más que de eso vivía; en cambio olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año, el viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de 1 ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose en éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta el día de su ascensión a la bienaventuranza, continuaba soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había pasado por allí. Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas, éstas asustadas de pronto, echaron a volar abandonándole. Un peregrino acababa de llegar a la entrada de la caverna. Sosistrato, después de saludarle con santas palabras, le invitó a reposar indicándole un cántaro de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después de consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en compañía del monje. Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesarea a las orillas del Mar Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó a Sosistrato. - He visto los cadáveres de las ciudades malditas -dijo una noche a su huésped-. He mirado humear el mar como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto a la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he visto sudar al sol del mediodía. - Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado De Sodoma -dijo en voz baja Sosistrato. - Sí, conozco el pasaje -añadió el peregrino-. Algo más definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he pensado que sería obra de caridad libertarla de su condena... - Es la justicia de Dios -exclamó el solitario. - ¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los pecados del antiguo mundo? -replicó suavemente el viajero que parecía docto en letras sagradas-. ¿Acaso el bautismo no lava igualmente el pecado contra la Ley que el pecado contra el Evangelio?... Después de estas palabras, ambos se entregaron al sueño. Fue aquélla la última noche que pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato, y no necesito deciros que, a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satán en persona. El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de sal, liberar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía, la razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron meses, hasta que por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar el acto. Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas cansadas apenas podían sostenerle. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban alimentándole como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella resolución afligíale en extremo. Por fin, cuando sus pies iban a faltarle, las montañas se abrieron y el lago apareció.
  • 25. Lectura y redacción, gpo.27 Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco a poco desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas, era todo lo que restaba ya: trozos de arcos, hileras de adobes carcomidos por la sal y cimentados en betún... El monje reparó apenas en semejantes restos, que procuró evitar a fin de que sus pies no se manchasen a su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de advertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un recodo de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta de la estatua. Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era larga y fina como un fantasma. El sol brillaba con límpida incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meridiana, parecían de 1 plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas dormían en su característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espectros de las ciudades. Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la invasión de la piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca. ¡El sol la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de años, y sin embargo, esa efigie estaba viva puesto que sudaba! Semejante sueño resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se arrodilló a orar en la sombra de un bosquecillo... Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sabed únicamente que cuando el agua sacramental cayó sobre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y a los ojos del solitario apareció una mujer, vieja como la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo, sintió el pavor de aquella aparición. Era el pueblo réprobo lo que se levantaba en ella. ¡Esos ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el pelo de los camellos de Lot; esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la espantosa mujer le habló con su voz antigua. Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del incendio, una sensación tenebrosa despertada a la vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su visión reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades ardidas... todo aquello se desvanecía en una clarividente visión de muerte. Iba a morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el monje quien la había salvado! Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de Lot estaba allí! El sol descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa mujer le era conocida! Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose a la espectral resucitada: - Mujer, respóndeme una sola palabra. - Habla... pregunta... - ¿Responderás? - Sí, habla; ¡me has salvado! Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.
  • 26. Lectura y redacción, gpo.27 - Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para mirar. Una voz anudada de angustia, le respondió: - Oh, no... ¡Por Elohim, no quieras saberlo! - ¡Dime qué viste! - No... no... ¡Sería el abismo! - Yo quiero el abismo. - Es la muerte... - -¡Dime qué viste! 1 - ¡No puedo... no quiero! - Yo te he salvado. - No... no... El sol acababa de ponerse. - ¡Habla! La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando. - ¡Por las cenizas de tus padres!... - ¡Habla! Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por su alma. * Nota de Ciudad Seva: Según la Biblia, en Sodoma dos ángeles le dijeron a Lot: «Date prisa, toma a tu esposa y a tus dos hijas y márchate, no sea que te alcance el castigo de esta ciudad.» Una vez fuera, le dijeron: «Ponte a salvo. Por tu vida, no mires hacia atrás ni te detengas en parte alguna de esta llanura, sino que huye a la montaña para que no perezcas.» Entonces Yavé hizo llover del cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre ardiendo que venía de Yavé, y que destruyó completamente estas ciudades y toda la llanura con todos sus habitantes y la vegetación. La mujer de Lot desatendió el mandato de los ángeles y miró hacia atrás: quedó convertida en una estatua de sal.
  • 27. Lectura y redacción, gpo.27 La ejecución Hermann Hesse En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación. 1 - ¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore. - Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza. Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo. - Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce! Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron: - ¿Cómo lo adivinaste, maestro? Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja: - No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.
  • 28. Lectura y redacción, gpo.27 Leyenda china. Hermann Hesse Esto se cuenta acerca de Meng Hsie. Cuando supo que últimamente los artistas jóvenes se ejercitaban en colocarse cabeza abajo, decían que para ensayar una nueva visión, inmediatamente Meng Hsie practicó también este ejercicio. Y después de probarlo un rato declaró a sus discípulos: - Cuando me coloco cabeza abajo se me presenta el mundo bajo un aspecto nuevo y 1 más hermoso. Esto se comentó, y los jóvenes artistas se ufanaban no poco de que el anciano maestro hubiese respaldado así sus experimentos. Se sabía que apenas hablaba, y que enseñaba a sus discípulos no mediante doctrinas sino con su simple presencia y su ejemplo. Por eso sus manifestaciones llamaban mucho la atención y se difundían por todas partes. Poco después de que aquellas palabras suyas hubiesen hecho las delicias de los innovadores y sorprendido e incluso indignado a muchos de los antiguos, se supo que había hablado otra vez. Contaban que había dicho: - Es bueno que el hombre tenga dos piernas, porque ponerse cabeza abajo no favorece la salud. Además, cuando se incorpora el que estuvo cabeza abajo el mundo se le representa doblemente más hermoso que antes. Estas palabras del maestro escandalizaron a los jóvenes antipodistas, que se sintieron traicionados o burlados, y también a los mandarines. - Tal día dice Meng Hsie tal cosa, y al día siguiente dice lo contrario -comentaban los mandarines-. Es imposible que ambas sean verdaderas. ¿Quién hace caso del anciano cuando le flaquea el entendimiento? Algunos fueron a contarle al maestro lo que decían de él tanto los innovadores como los mandarines. Él se limitó a reír. Y como sus seguidores le demandaran una explicación, dijo: - La realidad existe, pequeños míos, y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es decir, opiniones acerca de la realidad expresadas mediante palabras, hay muchas, y todas ellas son tan verdaderas como falsas. Y por mucho que insistieron, los discípulos no consiguieron sacarle una palabra más.
  • 29. Lectura y redacción, gpo.27 San Antonio (Castidad) Ricardo Güiraldes En el desierto absoluto, una choza empequeñecida por su soledad. Como único ser viviente a la vista, un chancho. Alrededor de la estaca, a la cual una soga lo retiene, el suelo, endurecido por traqueteo de pezuñas, forma un círculo que brilla. Dentro del círculo, como agujero en una moneda, hay un charco maloliente. Intenso calor pesa en la atmósfera; bajo el matiz ceniciento de un cielo tormentoso, nubes de plomo se arrastran con pereza, y una quietud silente abruma el mundo. 1 El chancho, inquieto, trota en su área hasta que el cansancio le echa en el barro, donde su vientre, lleno de inmundos apetitos, se sobresalta en sacudimientos de risa satisfecha. Eructa de contento, y su nariz adquiere la movilidad de un ojo. En el interior de la choza, sobre tarima cubierta de harapos, un hombre duerme un sueño tartamudo. Por entre el embotamiento de sus sentidos percibe la vida exterior. Sabe que sueña, sin que su voluntad sea capaz de arrancarle al mundo alucinante que le obceca. Gruesas gotas de sudor corren por su cuerpo, produciendo cosquilleo desagradable. A veces, con impaciencia, se rasca, y la piel ostenta largas estrías rojas. El grosero tejido, sobre el cual su cuerpo sufre, irrita su epidermis; las moscas revolotean en torno, posándose luego sobre su rostro, para recorrerlo en líneas quebradas y ligeras, cuya tenuidad exaspera el cutis; y cuando la mueca refleja las espanta, retornan a su volido, cuya nota untuosa es aún tortura. En un rincón del cuarto, las dos piedras con que el ermitaño muele su trigo sudan presagiando agua. En la inconsciencia de su letargo, el monje persigue imágenes lascivas, y un episodio juvenil revive en él idénticamente. Su sueño escalona recuerdos en orden sucesivo, y el acto que había de fijar su vida en el camino de la santidad perdura en su sexo con toda la intensidad, suavísima, del contacto femenil. Vivía entonces con sus padres. Mañanas luminosas llenaban de placidez el jardín oloroso, en cuyas yerbas refrescaba sus pies, siempre secos por la misma fiebre. Era él un niño sombrío y huraño, alimentando solitarias meditaciones con el hervor absorbente que sentía burbujear en su carne. Ella le entró en el alma con la caricia fresca de su belleza, apenas tocada por los primeros asomos de la pubertad. La misma tiranía de naciente deseo los aunó en la pendiente de pasión que había de esclavizarlos. Pronto se aislaron, y el campo fue pequeño para sus exigencias de vida. Al tercer día, mientras conversaban a la sombra de un tupido paraíso que sobre ellos llovía pausadamente sus flores, un ímpetu irresistible le dio la audacia, e incrustándola sobre su pecho por fuerza de brazos ávidos, había encerrado en los suyos dos labios húmedos que resbalaron. Locura enorme que destruye la vida. Tuvo miedo de sí mismo; fue aniquilado por la turbulencia de su deseo, y quedó en asombro ante aquella impetuosidad desconocida, los ojos vacíos de mirada, atento a la trepidación sofocante de su pecho. Después siguieron como antes, sin aludir, pero más estrechamente unidos. Una noche, el sueño huía del enamorado como fantasma inalcanzable, cuando oyó un crujido en la puerta. Su nerviosidad le hizo entrever mil incoherencias, pero nunca ésa. Susana, desnuda, franqueaba el umbral del cuarto. Todos los latidos de la sangre se amontonaron en sus sienes; un dolor comprimió sus músculos, y los ojos vieron turbia, como inmaterial, la aparición inesperada que cautelosamente se encaminaba hacia él. Retúvose para no gritar, y temió que la afluencia de vida en ese momento rompiera sus venas. Apoyado contra el muro, aterrorizado por la exaltación que en él sentía crecer, la vio aproximarse
  • 30. Lectura y redacción, gpo.27 titubeando, los brazos hacia adelante, con el gesto de un anhelo ciego. Susana tropezó en el lecho, y ambos tuvieron la sensación de un acto cumplido. Temíala como una brasa, y, sin embargo, la sintió que entraba en las sábanas; el calor de su piel le crispó como un sólo nervio...; luego, el contacto de su cuerpo, la calidez perfumada de su boca. Rodaron uno sobre otro. Los brazos viriles se habían amalgamado con la cintura cimbreante; pero antes que pudiera iniciar la caricia, un espasmo imposible le precipitó en el vacío. Su cráneo palpitó al impulso tumultuoso de borbotones sanguíneos. Fue presa de bruscos sobresaltos, y se retorció disparatadamente, como los cadáveres, sobre la plancha hirviente del horno crematorio. La realidad de la alucinación ha despertado al asceta; sabe la tortura que le espera, y toda su voluntad se esfuerza para ahuyentar el espíritu de lujuria, que le tritura en sus garras. 1 Ya el látigo está en sus manos, y, listo para la flagelación, corre hacia afuera arrastrado por voraz necesidad de movimiento. El primer azote ha insultado sus flancos; los plomos, que concluyen cada trenza como extraño coronamiento de cabellera enferma, han llorado en el aire, y el múltiple latigazo ha puesto puntos rojos en violáceos moretones. Y entonces es el vértigo. El brazo duplica sus fuerzas, los plomos caen sobre el dorso cual pesado granizo, que repercute sordamente en el tórax descarnado. Los ojos se han dilatado, endurecidos de dolor. Una borrachera sádica brota en formidable crescendo del cuerpo sanguinolento. El penitente ríe, solloza, gime, presa de placer equívoco, en que se mezcla indescriptible angustia y desvarío. La disciplina acelera su velocidad, y las gotas de sangre se desprenden pulverizadas. Al fin; los miembros, anudados por calambres, se niegan a la acción, y el santo cae boca abajo como un haz de nervios retorcidos. Sus brazos quisieran estrechar la tierra, blanda para sus dedos que la penetran. La arena cruje entre sus dientes, convulsivos, y un último estrujón le curva sobre el muro como sobre una hembra. Y silenciosa, horrorosamente, el milagro se cumple. Pesadas gotas caen a intervalos, fustigando rabiosamente el suelo; bocanadas de polvo saltan en explosiones crepitantes...; al rato, un abrazo turbio confunde cielo y tierra. El chancho, panza arriba, recibe gozoso el chaparrón, que tamborilea en su vientre, cuya piel tendida se ha vuelto, al tacto del agua, transparente y tersa como nalga de angelito. Sus cuatro patas, cortas y tenues, en torno al consistente abdomen parecen adornos ridículos e inútiles. Su boca, abierta, símil a una grieta en cónica proa de carne, ríe beatamente. Más lejos, San Antonio, desparramado sobre el suelo, como espantapájaros que volteara el viento, es esclavo también del bienestar corpóreo. El demonio ha sido desalojado de su pecho, y Dios le ha dado la paz anhelada por los mártires.