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iCONVlERTETE EN DETECTlVLI
CASOS MISTERIOSOS PARA LEER Y JLJ( ,Al'
¿Quién planeó el robo de las IIbroteJ:, (h 1
notas en el tercero B del Colegio [311011( 1
ventura? ¿Podrás encontrar los pl:,llli'
para dilucidar el atraco al Banco MI J
chosmlles? ¡Algo terrible sucedl6 ( 1JI,
la cajita que doña Sara guardélh(l (( 111
tanto celo! El Canguro, arquero (Iu 11 ,',
famosos Venadillos, ha sido secuoslrll(lu,
por suerte, logró enviar un mens(]J'J )11
clave a sus compañeros: desclfrurlu (1:, JI'
tarea.
Trece son las incógnITas, una por<'J ('1 H t. 1
cuento; y también trece los crucluré 11111 1'.
que podrás resolver, al final de CCJ(j(J I1
lato, si sabes usar el ingenio,
~< DE 77.-<J11(,

~~ NIVEL 3 OS'

~
COLEGIO CUMBRES MASCULINO
TRECE CASOS MISTERIOSOS
Ili.iBilll
10836 NOCOP.4
Querido lector:
Estos cuentos son para que te transformes en detective. Si
lees con atenciÓn y te fijas en los detalles, podrás enconfr(/1' la
pista que te llevará a descubrir al ClAlpable. Si no logras dilucidar
el enigma, ayúdate con un espejo: en páginas 105 - 117, las
soluciones están dadas, pero... al revés.
También te invitamos a resolver los crucigramas de cada
caso: muchas de sus definiciones -las que están con letra dife­
rente- tienen relación directa con el cuento que les corresponde.
Las soluciones de estos juegos aparecen, asimismo, en las pági­
nas mencionadas.
Te desafiamos a solucionar los trece misterios de este libro,
con igual sagacidad que el inspector Soto, personaje presente en
algunos de estos cuentos. Y no olvides: la observación es la
cualidad indispensable para un buen detective.
Las autoras
INDICE

El caso de las libretas de notas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1

El caso de las perlas grises 9

El caso del regalo de cumpleaños 19

El caso del atraco al Banco Muchosmiles . . . . . . . . . . . . 25

El caso del zafiro de doña Sara 33

El caso de las secretarias quejumbrosas. . .. . . . . . . . . . 41

El caso dc 1a moto embarrada 49

El caso dd joyero angustiado . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57

El caso del secuestro del arquero 65

El caso del ladrón con máscara 73

El caso del gato perdido . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79

El caso de la estatua Mujer Sentada Pensando. . . . . . . . 89

El caso de la pagoda de marfil . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95

Soluciones ..... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 105
EL CASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS

i El tercero medio A del colegio Buenaventu­

ra era un curso bastante revoltoso. Ese vier­

nes entregaban las notas del trimestre, y la

señorita Leonor dejó el alto de libretas blan­
cas en una esquina de su escritoriu. La lola­

lidad de los veinticuatro alumnos fijó sus ojos muy abiertos

en ellas: el panorama que presagiaban esas libretas no era

muy alentador.

- Tengo rojo en matemáticas -SUSUITÓ la gorda Marcela.

- y yo en química -cuchicheó Andrés, pálido por encima

de sus pecas.

-¡Adiós, fiesta' -suspiró Catalina, soplando con desáni­

mo su chasquilla.

-i Silencio! -interrumpió la scñori ta Leonor-. Qu iero de­

cirles que en general el rendimiento del curso durante este

trimestre ha sido pésimo, y las notas, muy malas... Repartiré

las libretas durante la última bora de clases, y tendrán que

traerlas firmadas el lunes, sin falta.

La profesora, luego de sentarse en su silla, llamó a Mauri­

cio al pizarrón. El muchacho, que tenía fama de m8tco, co­

menzó a resolver una complicada ecuación, y 18 clase siguió

len ta y pesada.

Media hora después una campanilla animó levemente

las sonrisas en los rostros: todos gum-daron sus libros y salie­

ron a recreo.

-¿Cómo convencer a la pro[e para que no nos entregue

las notas hasta el lunes? -preguntó Marccla, sin ánimo ni

para q:omer su emparedado de queso.
3
TRECE CASOS MISTERIOSOS
¡SlIl:¡iasl -le contestó la lánguida Constanza.
Fs que el asunto es grave: ¡nos quedaremos sin fiesta,
t'ulllJic! ¿No te das cuenta?
-¡Claro que me doy cuenta! ¿Por qué crees que estoy tan
deprimida? -El gesto de Constanza era de absoluto desalien­
lo. Se afirmó en la vieja palmera, en una pose de actriz
dramática.
En ese momento se acercó Mauricio.
-Al paso que van mis porras compañeras -dijo-, tendré
que bailar solo en la fiesta si entregan hoy las libretas...
-¡El genio Mauricio! ¡Nunca pierde la oportunidad de
hablar de sus maravillosos sietes! -comentó Marcela, dándo­
le la espalda.
-No sean tontas, nenas, si lo único que quiero es que
todos vayamos a la fiesta.
-Nosotros también queremos. ¿Qué propone el genio?
-interrogó Constanza, sin perder su desgano.
-Un ardid para e,vitar que nos entreguen las libretas
-respondió Mauricio, muy serio-o No olviden que tengo que
conquistar a Catalina ...
Marcela, al oír esto, levantó una mano y gritó:
-¡Eh! ¡Tercero A! ¡Reunión: el genio tiene su plan!
-No seas tonta, Marcela, si usaras más tu cabeza ... -Mau­
ricio llevó un dedo a su propia sien y luego se alejó con
expresión hosca.
Andrés y Catalina se acercaron a las dos amigas, que se
habían quedado mudas, contemplando a Mauricio.
-Con Catalina hemos estado pensando que hay que evi­
tar, como sea, la en trega de esas notas.
-·Otro genio que descubrió ia América: ¡lodos sabemos
que con esas notas hay que olvidarse de la fiesta! -se enojó
Marcela-. Pero hasta ahora nadie ha propuesto una solu­
ción ...
Connie golpeó con rabia el tronco de la palmera, y luego,
con un gesto asustado, mostró la yema de su pulgar herido
por una pequeña astilla.
-Una que se fue a la enfermería -comentó Andrés.
EL CASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS
1¡~1 @l+ )J3? M

: ;.
~~~...
e;:p. ~.
5
TRECE CASOS MISTERIOSOS
y olrél que se va a la biblioteca: tengo que devolver un
lilllo. Catalina partió corriendo.
IlIllrés y Marcela quedaron pensativos.
Bueno, no me queda otra que resignarme a un sábado
si 11 liesta: estoy sentenciado -dijo Andrés con tono sepulcral.
Mal-cela quedó sola.
-¿Resignación? -repitió para sí-o iAh, no, eso nunca! -y
caminó a grandes zancadas en dirección opuesta a la de su
amigo.
Al poco rato la campanilla anunció el final del recreo y el
comienzo de la última hora de clases. Los alumnos entraron a
su sala en forma estrepitosa y cada uno tomó asiento en su
lugar. En ese momento, estalló la voz de la proCesara:
-¿QUIEN SACO DE AQUr LAS LIBRETAS DE NOTAS?
Un silencio total fue la respuesta.
La señorita Leonor insistió, en tono aún más agudo:
-Repito, por si no han entendido: ¿quién sacó de aquí las
libretas?
Los alumnos se miraron asombrados, pero ni una pala­
bra salió de sus bocas.
La profesora, entonces, se levantó de su silla.
-Niños: esto no es broma. Es gravísimo. Por última vez:
¿quién fue el gracioso o graciosa? Es mejor que se levante
ahora ...
Ni un suspiro se escuchó. Marce1a observaba a sus com­
pañeros en una inmovilidad total. Connie miraba a Marce1a.
Mauricio disimulaba una sonrisa con Catalina. Andrés raya­
ba con insistencia la tapa de su cuaderno. Un aire de expecta­
ción, mezclado con mal disimulada alegría, flotaba en el
ambiente. La voz de la profesora ahora amenazaba:
-Ustedes saben que este es motivo de expulsión, pero les
daré una últi ma oportunidad: me iré de la clase sólo por cinco
minutos y, si a mi regreso no están las libretas sobre el
escritorio', comunicaré el hecho a la Dirección.
Calló unos segundos, y luego prosiguió:
-Les doy una oportunidad para ser honestos. Si se pre­
'-;L'nta el culpable, el castigo no será tan drástico. Si no sucede
;lsí. alguien arrastrará a todo el curso con él.
EL CASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS
y salió de la sala.
En el primer momento nadie habló ni se movió. Estaban
todos paralogizados. Hasta que de pronto una figura -conoci­
da por los lectores- se incorporó de su banco y caminó hacia
el closet de los útiles. Tomó con ambas manos el alto de
libretas, escondidas tras las cajas de tiza, y, ante el estupor de
sus compañeros., avanzó hacia el escritorio de la señorita
Leonor.
Cumplido el plazo, cuando la profesora regresó, las vein­
ticuatro libretas blancas ya estaban en su lugar.
La señorita Leonor las tomó sin decir ni una palabra. El
curso entero estaba pendiente de sus más mínimos gestos. La
oyeron suspirar, y vieron cómo trataba, al parecer, elc borrar
una manchita sobre la primera Libreta. Su cara no reflejaba
ninguna emoción; pero a sus alumnos, que ya la conocían, no
les cupo duda de que ella estaba decidiendo algo. En ese
momento habló:
-Bien..., ahora falta que se presente el culpable.
Como el silencio se prolongaba, la maestra caminó entre
los escritorios para observar con detención a sus alumnos.
Los niños, nerviosos, se mantenían inmóviles. Catalina ape­
nas si respiraba; Mauricio se mordía el labio; Connie daba
vueltas al anillo en su dedo, Andrés retorcía el lóbulo de su
oreja, y Marcela había cerrado los ojos en actitud de mártir.
~
"¡
1,	 TRECE CASOS MISTERIOSOS
Cuando el recorrido hubo fínalizado, la voz fue tajante:
-Quiero que sepan que ya me he c..:nterado de quién es el
responsable.
y dijo un nombre.
La profesora no se equivocaba.
Con gesto compungido. la persona aludida confesó su
culpa.
Hábil lector: la señorita Leonor fue muy sagaz. ¿Qué vio
ella en su paseo entre los alumnos que la llevó a descubrir al
culpable?
ELCASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS
CRUCIGRAMA DE LAS LIBRETAS DE NOTAS
Horiwntales:
1.	 Sustantivo que modifica

y que transa billetes.

Hierba (inv.).

2.	 Medio baile polinésico.

Tercera letra. Pint<l de la

baraja.

3.	 Corno el Buenaventura.

Nombre de la profeso/-a,

Sil1 UrH
4.	 Este bárbaro europeo del

año 400 tiene uu comien­

zo para volar y termina Iv

negando.

5.	 Evaluad su precio. Si es

negra habrá lluvia. Cam- Ji

peón. n

6.	 Los guardaron antes de

salir a recreo.

7. D{a para devolver las libretas firmadas. Exclamación para toros (¡nv.).
8. Vocales que parecen velas. Contrario '11 par. Lo más allo en inglés.
9. Molusco (inv.). Medio progenitor. Al sol se la debemos.
10. Componente de la orina (inv.). Los del cuellto se la perdieron.
11. Nari7. del barco (inv.). Bes<! sin vocales. Furia.

12. Ell1wteo del cumlO. Madre a medias.

i3. Con "c" se cae. Desabl'ida y fome. Hágalo con los ojos.

Verticales:
l. Soplaba su chasq~li/la. Calcio.
2. Devasta. Aquí están las ciuco vocales, pero en desorden.
3. Así eran las 11olas. Fallecí (inv.).
4. Nombre del colegio.
5. Dios inglés. Socorro. Materia infecciosa.
6. Naves Orbitales Fantásticas. Letra gnega.
7. Era lánguida. Plumífero dios egipcio.
8. Vocales de tope. Tubo sin principio ni fin. Caza en el mar.
9. Objetos robados.
10. Dios del viento. El que lo es tiene un sobrino.
11. Vestidura (inv.). Ventoso infinitivo prohibido en clases.
12. Alfiler inglés. Quiera.
13. Se dañ.ó el dedo pulgar. Dos vocales idénticas.
EL CASO DE LAS PERLAS GRISES

La señora Fernándcz. cumplía cincuenta
a11os, y esa noche recibiría a sus amigos más
íntimos a cenar. De pie frente al espejo de
medialuna se contempló otra vez.. ¿Repre­
sentaba los cincuenta? Según Alvaro, su ma­
rido, nadie diría que sobrepasaba la cuarentena, pero ella, a
veces, dudaba de tales afirmaciones. Aunque la vida no le
había sido difícil, ni mucho menos, sus ojos ya sin el brillo de
la juventud, sus carncs un poco sueltas bajo la barbilla y esas
malditas manchas en las manos revelaban a la futura abuela.
Suspiró y terminó de acomodar sus cabellos en un moño.
El vesLido dejaba ver un cuello desnudo, empolvado y blanco,
listo para reci bir el regalo de Alvaro. Por supuesto que lo
había elegido ella misma, y había sido la primera vez. en su
vida que una joya le producía tal placer: ¿sería que los años le
habían traído también un apego a las cosas materiales? ¿O
era un inconfesado deseo de impae tar a su amiga Lulú, que se
jactaba siempre de tener las joyas más lindas de Santiago?
Con una sonrisa derramó gotas de perfume tras sus orejas.
-Adela: ¿no será un poco excesivo esperar a las doce de la
noche para entregarte el regalo delante de todos? -oyó la voz
de su marido desde el baño.
-Es parte del regalo, querido; el collar, acompañado de
la mirada de Lulú, será mi fiesta ...
-¡Curiosa amistad la tuya con Lulú l -murmuró Alvaro,
frunciendo la nariz. Terminaba de afeitarse.
EL CASO DE LAS PERLAS GRISES 11
111 TRECE CASOS MISTERIOSOS
¡ I<lS diez de la noche la casa de los Fernández resplande­
, 111 tk; luces y flores. Los invitados comenzaron a llegar. Lulú,
1;, primera, vestida de seda negra con collar y aros de mostaci­
llas que realzaban la palidez de su piel. Lo único de color en
l'Ila eran sus largas uñas rojas. Sergio, su marido, hombre
barrigón y entradoen años, paseaba con aire distraído miran­
do los cuadros colgados en las paredes.
-¿Sigues admirando a Pacheco Altamirano, Sergio?
--preguntó Víctor Astudillo, haciendo tintinear los hielos en
su vaso de whisky.
- Tú sabes, Víctor, que yo me en tiendo más con números
que con arte-le contestó Sergio, palmoteando el hombro del
más bohemio de sus amigos.
-·Deberíamos asociarnos, Sergio-bromeó Astudillo-. Yo
pongo mi ojo de conocedor y tú el capital: tengo un proyecto
excelente... iY este sí que no me fallará!
La dueña de casa lanzó una mirada disimulada a su
marido: era el mismo Víctor de siempre, a la caza de un
negocio que le permitiera vivir y obtener dinero sin esfuerzo.
-Estoy en tiempo de vacas flacas, amigo. -Sergio tenía
cierto air'c de preocupación-o Porprimcra vez me he quedado
sin dinero para invertir, y te lo digo en serio.
Astudillo levantó los hombros con desaliento, pero hizo
un gesto con su mano, como para quitar importancia al
asunto.
Adela, entonces, ofreció:
-¿Más whisky, Víctor?
-Sí, gracias. Y si quieres, agrégame un par de cubos de
hielo.
En ese momento llegaban los tres invitados restantes: el
matrimonio Gómez,jovial y alegre, cantando a coro cwnplea­
¡"'lOS feliz, y Laura, la amiga soltera de Adela, que pasaba por
una de sus crisis existenciales.
-Les anuncio que me vaya Europa: Santiago me ahoga
-declaró Laura con sequedad.
-¿Te ganaste la lotería, Laura? ¡lnvítame! -bromeó Víc­
lor, levantando su ceja derecha.
-¿Lotería? ¡la! Esa siempre se la ganan los ricos, Víctor
-contestó ella con gesto eseéptico-. Por suerte, existen los
créditos.
-Pero los créditos hay que pagarlos -insistió Víctor.
-Ese es problema mío. Y no estoy de ánimo hoy para
discutir asuntos materiales. ¡Venga un champán, querida
Adela!
Adela miraba el reloj con impaciencia, y los invitó al
comedor.
Se sentaron en torno a una mesa ovalada, cubierta por un
mantel de encajes: dos candelabros de plata hacíanjuego con
los cubiertos.
Los Gómez, él alto y de bigotes tiesos; ella bajita v tk
anteojos, no dejaban de hablar ni de contar sus pmbkmas
domésticos.
-Mi Martita sueña con un <lniJ!o como los de Lulú, pero
yo le digo que primero está cambiar el auto y alfombrar la
casa -dijo Gómez, moviendo sus bigotes al hablar.
Martita, para apoyar a su marido, estiró su mano desnu­
da, y dijo con mucha suavidad:
-Mientras tanto, me estoy dejando crecer las llllas.
Víctor hizo tintinear los cubos de hielo dentro del vaso:
-Muy interesante la conversación, pero permítanme in­
terrumpirlos para excusarme por seguir cenando con whisky
en lugar de vino: ¡no me gusta mezclar!
-Antes la salud que la buena educación -bromeó con
estruendo GÓmcz.
En ese momento Adela miró el reloj, por segunda vez en
la noche: eran casi las doce. Hizo una sella disimulacla a su
esposo. Alvaro, entonces, alzó sus manos, y pidió silencio:
--Adela, ¿qué prefieres? ¿La sorpresa antes o después de
la torta?
-¿Sorpresa? -exclamó Adela, fingiendo asombro, aun­
que inconscientemente tocó su propio cuello-. ¡Por ravor,
ahora! No quiero ni pensar en las velas que traerá la torta.
Alvaro insistió en que no debía fallar ni una ...
-¡Ay, tantas velas, qué hoo'or! -se escuchó musitar a Lulú.
Alvaro dijo "permiso", y se puso de pico Demoró unos
segundos en sacar un estuche negro de su bolsillo, ante una
13
TRECE CASOS MISTERIOSOS
L'
audiencia expectante. Adela no contenía su nerviosismo y
miraba a Lulú de reojo.
Cuando Alvaro abrió el estuche, catorce ojos estaban fijos
en él.
-¡Oh! -fue el murmullo general cuando apareció la joya:
tres vueltas de perlas naturales grises y tornasoladas cubrie­
ron cn unos ins tantes el desnudo cuello de Adela.
-¡Querido...1 ¿Cómo pudiste? ¡Gracias! -dijo Adela, po­
niéndose de pie para besar a su marido y observar a hurtadi­
llas la expresión de su amiga.
-¡Vaya, este sí que es un marido espléndido! Una sola de
esas perlas pagaría mi viaje a Europa de ida y vuelta -comen­
tó Laura, amargada.
-¡Alégrate, mujer, alégrate! No siempre una amiga cum­
ple cincuenta años -observó Lulú.
-¡La torta! iLa torta! -pidió en ese momento la seüora
G6mez, con tono infantil.
-No te apures tanto, Manita', antes brindemos por esas
perlas: hacía tiempo que no veía algo tan bello y auténtico
-interrumpió Víclor levantando su vaso de whisky.
-Tienes una rortuna cn tu cuello, querida Adela -comen­
tó Sergio-o Supongo que lo habrás asegurado, Alvaro.
-Aún no... -contestó el aludido.
EL CASO DE LAS PERLAS GRISES
Los Gómcz, mientras tanto, observaban en silencio y
abstraídos la triple hilera de perlas grises y nacaradas
En ese momento entró un enguantado mozo con una
enorme torta entre sus lnanos.
-Apaguen la luz -ordenó Alvaro.
Martita Gómez se levantó y se acercó al interruptor.
Bastó un movimiento para que el comedor quedara solamen­
te iluminado por la luz de las cincuenta velitas.
Adela se puso de pie y se acercó a la torta. Los otros la
rodearon. Sopló, y cuando apagaba las últimas cinco peque­
ñas llamas, todos gritaron, y Adela se sintió abrazada por SLlS
amigos.
Entre besos y felicitaciones pasaron algunos segundos
hasta que alguien nuevamente dio la luz. En ese momento se
oyó el gri to:
-¡Mi collar!
Los invitados estaban ahora sentados en el living. Adela, en
un siUón, miraba, pálida y nerviosa, a su esposo que se pasea­
ba a lo largo del salón.
-Si es una broma, ya dura demasiado -dijo Alvaro con
voz seca-o Ese collar me ha costado varios miles de dólares y
debe aparecer abora.
-¿No swtiste nada en el cucUo? -inquirió la señora Gó­
mez, con una mirada asustada tras sus gruesos anteojos.
-Bueno, todos me abrazaron. Solamente que..., no, no
sé ... ¡Estoy tan confundida! -gimió Adela.
-Tienes que pensar bien, Adela -habló Alvaro-, esto no
cs broma.
-Alguien tiene el collar, y de eso no tengo la menor duda.
-¿Por qué no comienzas por interrogar al mozo? -pre­
guntó Lulú, molesta.
-Eliseo está [llera de cuestión -replicó seguro y aún más
serio el dueño de casa-o Está con nosotros hace veinte años, y
pongo mis manos al fuego por él. Además, en ese momento, se
había retirado.
-¿Manos al fuego, dijiste? -saltó Adela con la voz aguza­
da-o ¡Eso era!
15
1· TRECE CASOS MISTERIOSOS
EL CASO DE LAS PERLAS GRISES
-¿ De qué hablas? -preguntó la voz tensa de Sergio, él su
ludo.
-¡Manos...! iPero muy heladas! ¡Eso fue lo que sentí en el
cuello' ¡Unos dedos muy, muy helados, y luego el pequeño
lirón!
Miró trémula a su esposo.
Alvaro observó a sus invitados uno por uno, y se decidió:
-Amigos míos: tendré que llamar a la policía, porque
entre ustedes está el ladrón.
Lo que siguió, mientras el dueño de casa se dirigía al
teléfono, no es difícil de adivinar: voces airadas, un int~nto de
desmayo de Laura y sollozos de Lulú. Los Gómcz, muy juntos,
se abrazaban. Laura, recostada en el sillón, miraba con ter­
quedad un punto fijo del cuadro de Pacheco Allamirano.
Lulú, con ojos ausentes, jugueteaba con sus cadenas de oro.
Víctor sostenía firme el vaso de whisky con hielo que no había
abandonado en toda la noche. Sergio, por su parte, sentado
junto a la dueña de casa, movía nervioso el pie, fruncido el
cci'¡o.
PnJJ1lo sc oyeron las campanillas del timbre: la policía.
Cuando el inspeclor Soto irrumpió en el living, el dedo de
Alvaro apuntó a uno de sus invitados:
-Creo, señor inspector, que esa es la persona culpable.
y sucedió que no se equivocaba. Las pesquisas del ins­
pector, famoso por su eficiencia -y también por sus grandes
orejas-, corroboraron su afirmación.
y bien, lector, ¿podrías deducir tú -al igual que Alvaro­
quién es el ladrón y qué 10 delató?
17
1(. TRECE CASOS MISTERIOSOS	 EL CASO DE LAS PERLAS GRISES
JO_ Para pescadores o depurtistas. Condimen lo par-a el arroz a la va lenciana
('RUCIGRAMA DE LAS PERLAS GRISES
11.	 Se prueban en la adversidad. Con "a" final, esta palabra habría sido mu
tozuda.
11(1' I/olltales: 12. Pusesivo nombre de acll'iz norLeamericana. Ninguno. Vacuno.
l.	 Medio gato. Suálil COI'I

1/11 alli/lo (inv.J.

2.	 J-:/'{/J'I tornasoladas. En la

Biblia, nuera fiel.

3.	 Deesla rnanera.Horapa­

ra W'/a sorpresa. Nace con

la aurora.

4.	 Terceras alfabéticas.

Nombre femeninu para

sonata.

S.	 Silenciosa forma verbal

por la que se camlna

(inv,). Un raton lc sacó a

él la espina <.le su auulori­

da pala.

6.	 Prometéis (inv.). Sud

América.

7. Cesio. Un kmidu huno.
8.	 Organizaciún de Elefan­

tes Latinoamericanus.

Pinocho hi'/,o f3mosa la

suya.
9. Aciverbio positivo. Festiva comiluna.
ID. Niña judia que escribió Ull diariu de vida. Cubre. De carnes suc'ltas.
11. Intentó desnwvarse. Vucales Jistintas. Tres consunantes vibradUl·as.
12.	 No los c0111et'as ni en el crucigrama ni en la vida. Color .bebestible
ql1i tasueüo.
13. Para el lvhiskv de lilctor. Bello griego.
Verticales:
l.	 Apellido de pintor admirado por SergIO. Quiere uecir "estú" (inv.).
2.	 Letra demustraliva. Súbditos del Avatolah.
3.	 CoLores para este cuento. Le fallÓ la ola para coronar una santa cabeza
4.	 Cuntracciónmetálica. Instrumentus musicales que llenan billeteras ita­
lianas. Función o papel.
5.	 Cumplía cincue'1la año.>. Fruslrado volador.
6. Devastaran.

7, Ultimo (rago amargo para Sócrates. Constelación peluda.

H. Amiga de Pedro de Valdivia. Arduo trabaju seda-tejerle una bufanda.

'>. Tcc,c1osio Oteíza. Nota musical (in",). Ato. Repetido, sería duro [rUlo

ll'<>pical.
EL CASO DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS
(Idea original de Elvira Balcells, 15 años)
Emilia abrió los ojos muy temprano esa ma­
ñana, y su primer pensamiento fue: ¡hoy
cumplo doce años!
En la casa todos dormían. Emilia tosió
varias veces para ver si su hermana se des­
pertaba; pero ésta, con un almohadón sobre la cabeza, mur­
muró unas palabras ininteligibles, y siguió durmiendo.
Luego de media hora que le parecieron cinco, escuchó un
ruido en el dormitorio de sus papás. Se levantó presurosa, y se
dirigió a la sala de baño. Carraspeó al pasar frente a la puerta
del dormitorio de sus padres, ahora con mejor resultado:
-¡Emilia! -llamó la mamá.
-¿Síii? -contestó esta, tratando de parecer casual.
-Emilia, ven, entra -escuchó ahora la voz del papá.
No se hizo esperar, y abrió de inmediato la puerta: en la
amplia cama matrimonial la esperaban su papá, con ese
mechón que caía sobre su frente todas las maii.arl8s, y su
madre, envuelta en su bata de levantarse floreada.
Los ojos de Emilia buscaron con disimulo un paquete
que, luego de besos y grandes abrazos, apareció entre las
sábanas.
Lo desenvolvió con dedos ágiles, tratando de no romper
el lindo papel de seda. Ante sus ojos quedó una cajita ovalada.
Alzó la tapa, y allí apareció, entre algodones, ese collar de
pepitas azules que tanto había admirado cada vez que pasaba
frente a la joyería que quedaba cerca del dentista.
-¡El collar! -gritó, exaltada, abrazando a su madre una y
otra vez.
21
EL CASO DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS
.l) TRECE CASOS MISTERIOSOS
-¿y a mí no me toca nada? -rió el papá.
-Es que... mi mamá sabía; pero, sí, papito, ¡gracias!
_¿Y yo no sé también, acaso, de tus gustos? -El papá
levantó la almohada y apareció un enorme mazapán con
chocolate v nueces.
Emilia estaba eufórica. Y esta vez, sin miramientos, co­
rrió a su dormitorio y echó hacia atrás la sábana que cubría el
rostro de su hermana.
-Carola, ¡mira! ¡Mira lo que me regalaron...!
Carola abrió un ojo y refunfuñó. Hasta que un ruido de
campanitas la hizo abrir el otro ojo. Entonces dio un salto en
la cama.
-¡Emilia! ¡El collarI ¡Póntelo!
Emilia lo hizo pasar por sobre su cabeza y saltó tres veces
en el mismo lugar, como niña chica que aún era:
-¡Mira, qué lindo sonido tiene cuando una se mueve! ¡Es
el primer collar de verdad de mi vida! -dijo, encantada con
cse ruido cristalino que producían las cuentas al entrecho­
L:ar-. iLo que van a decir mis amigas!
.-­
Las amigas de Emilia llegaron todas juntas a las cinco de
la tarde: Claudia, Nena, Carla, Nicky, Tere y Fran. De inme­
diato corrieron al dormitorio de su amiga para admirar los
regalos.
-¡Ohhhhhhhh! -exclamaron Claudia y Tere.
-¡Qué salvaje! -comentaron Claudia y Nicky.
Nena, Tere y Fran se acercaron a tocarlo.
-¿No te lo vas a poner? -preguntó Fran.
- Ya me lo probé en la mañana. Pero ahora los regalos
estarán en exhibición -respondió la festejada con una sonrisa.
Las amigas examinaron la palera de hilo -regalo de la
abuelita-; el mazapán, aún intacto; el dibujo de un gato con
lazo a lunares, obra de su hermana, y obligaron a Emilia a
abrir de inmediato los obsequios que ellas habían traído.
Después de algunos minutos llenos de exclamaciones y
risas en los que todas se probaron todo y dejaron la cama
hecha un desastre, pasaron al comedor. Allí una enorme torta
de merengue con doce velitas se veía muy tentadora, rodeada
de bebidas v confites.
Luego de comer y beber hasta que la mesa quedó casi
vacía, Emilia, muy consciente de su papel de anfitriona, pro­
puso salir al jardín.
-¿Juguemos a la pelota? -animó Fran.
-No. Ya les tengo unjuego organizado: el saltinotemojcs.
-¿Y qué es eso? -preguntó Claudia.
-Saltar baldes llenos de agua -explicó Emilia, entusias­
ta.
-¿Saltar baldes? ¿Y si nos mojamos? -alegó Nicky, mi­
rando de reojo sus impecables y nuevos zapatos blancos.
-¡Eso es lo entretenido! -exclamó Nena, dando un ágil
trote con sus zapatillas deportivas.
-¡Me carga saltar' -comentó Carla.
-¡Me ofrezco para ser la primera! -gritó Tere.
Emilia dispuso cuatro baldes en fila y los llenó de agua
con la manguera.
-¡Listo! ¡Toma vuelo, Tere!
Tere retrocedió varios pasos y, con expresión de saltado­
ra de vallas, partió corriendo y, de una sola vez, pasó por
encima de los baldes, aterrizando sentada, pero seca.
23
TRECE CASOS MISTERIOSOS
Se oyó una ovación.
Todas se animaron. Las amigas, en alegre griterío, inicia­
ron la competencia con difíciles piruetas. Carla aplaudía
sentada en una grada de la terraza, turnándose con Emilia
para llevar los cómputos.
-Va ganando Tere: tres saltos y ni una mojada.
-¡Espérense a ver esto! -gritó Nicky.
Ya los pOCOS segundos se oyó un estruendo seguido de un
chapuzón. Una Nicky empapada y mirando sus z.apatos con
ojos de angustia se levantó del suelo entre baldes volcados. Su
rodilla derecha estaba magullada y ella a punto de llorar.
-Descansa un rato -dijo Nena, levantando los baldes y
llenándolos nuevamente con agua.
Nicky pasó, junto a Emilia y Carla, a formar parte del
grupo de las sentadas. Las otras, una a una, siguieron por
largo rato entre saltos acrobáticos y gri tos estruendosos. Has­
ta Carola, con su aire de hermana mayor, se había unido al
juego y, pese a sus estrechos jeans, logró varios puntos al
saltar como una rana.
La tarde llegó a su fin. Y las niñitas, ya cansadas, entra­
ron en el living a escuchar música. Poco a poco el timbre fue
sonando y las invitadas se retiraron cada una con una barra
de chocolate en la mano, regalo de la mamá de Emilia.
Eran las ocho de la noche. La festejada, con un bostezo, se
dirigió a su dormitorio a guardar los regalos. Miró el desor­
den de su cama; hurgó en trc los pliegues de la colcha y rescató
sus obsequios. Algo llamó su atención. Removió entre los
papeles de regalo, miró debajo de la cama, levantó la almoha­
da y la colcha, hasta que se convenció: su collar había desapa­
recido.
Ante los gritos de la niña llegó toda la familia, el pqro
incluido. Se unieron a la búsqueda el papá,la mamá y Carola.
No hubo caso: el collar no estaba en la casa.
Lector: ¿podrías tú ayudar a Emilia? (.Se te ocurre cuál
de sus amigas podría haber sacado el collar? Ysi es asj, ¿cómo
le diste cuenta?
EL CASO DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS
Emilia no pudo descubrirlo, pero lo supo al día siguiente,
porque la culpable, muy avergonzada, regresó con él.
.',1	 TRECE CASOS MISTERIOSOS
CRUCIGRAMA DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS
Horizon tales:
1.	 Usaba zapatillas deporti­

vas. Número de años pc;ra

Emilia. Textual.

2.	 Conducto sanguíneo

(inv.). Río italiano. Ave

parecida al pato.

3.	 Cuando bulle el agua,

ella silba. Alimento de

bibliotecas.

4.	 Es en los Estados Uni­

dos. Cumpleañera. Letra

griega.

5.	 Carrera acuática. Nota

musical.

6.	 Recunid. Atrapan peces,

pelotas y mariposas.

7.	 Para deci r lo que debas, no los tengas en la lengua, La primera que saltó
los bal.lks.
8.	 En el cUlm/o, con lazo a lunares. Triunfador. .Quieras (inv.).
9.	 Tiene cinco misterios. Escuchad.
10. Espantamoscas vacuno (inv.). Medio roto. Oasis del náufrago.
11. Escozor. Laura Rojas.
12. Motivo de la fiesta. Plata.
Verticales:
1. Natas pequeñas. Onomatopeya para patos (inv.).
2. Consonantes para nene.
3. Inglesa red que sostiene al revés. Arreglo un desperfecto.
4. Saludo para el César. Género aterciopelado y acanalado (inv.).
S. Emilio. lUvo muchos. Contracción.
6. Querido nombre del poeta Nervo. Interjección apurete para animales.
7. Principio de ópticos. Pronombre (inv.). Quieres con locura (inv.).
8. Era. de pepitas azules. Afirmación. Señor campesino (inv.).
9. Instituto infantil. Regla y consonante (inv.). Conjunción inglesa (inv.).
10. Esta.ban llenos de agua.
11. Para monjas es este titulo. Del aire (plural).
12. Sangre de los dioses griegos. Si cae en buena tierra, dará buen fruto.
13. En este libro hay trece. En ella se sentó Carla (inv.)
EL CASO DEL ATRACO AL BANCO

MUCHOSMILES

Seis de la tarde. Juan Rodríguez, el crespo
cajero con chaqueta a cuadros del Banco
Muchosmiles, terminaba de hacer el arqueo
y anotaba unas cifras en su libro de registro
diario. Su compañero, Víctor Ponce, de es­
pesas cejas y barba negra -que más lo asemejaban a un
artista bohemio que a un empleado de banco-, lanzaba rui­
dosos bostezos luego de esa mañana agitada: era el último día
del mes para pagar impuestos fiscales, y como siempre los
clientes habían llegado a última hora.
Se abrió la puerta de la oficina de la gerencia; la señorita
Pussy, secretaria de don Pedro Retamales, salió a pasitos
cortos, empinada sobre sus cinco centímetros de tacos y ali­
sando su ceñida falda negra, que no contribuía en nada a
facilitar sus movimientos.
Juan Rodríguez ni siquiera levantó la mirada. Ponce, en
cambio, ajustó su chaqueta y preguntó en tono meloso:
-¿No sobraría un cafecito, por ahí, para un pobre cajero
exhausto?
-¡Ay, chiquillos: no pidan café a esta hora! ¡Estoy lista
para irme!
-¿Y el jefe? -levantó la voz Rodríguez para preguntar.
-Termina de hablar por teléfono, y también parte...
En esos instantes Retamales, el gerente, salió de su ofici­
na y con voz cortante ordenó:
-Señorita Pussy, avise al guardia que ya nos vamos.
Ponce y Rodríguez: ¿están listos?
Ponce asintió con un gesto.
.(, TRECE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DEL ATRACO AL BANCO MUCHOSMJLES 27
-Sí -dijo Rodríguez.
La señorita Pussy, con el abrigo sobre sus hombros, cami­
nó con aire inseguro hacia el guardia que aparecía tras una
columna.
-¡Nos vamos, Santelices! -musitó con su voz de gato al
alto y fornido guardia que infló un poco más su pecho.
Los cajeros se dirigieron al gerente.
-Señor Retamales, estamos listos para ir a la bóveda
-dijo Ponce con tono respetuoso.
Rodríguez, ya con una caja entre sus manos, donde se
alineaban clasificados v amarrados con elásticos los distintos
billetes, explicó a su j~re:
-Son dieciocho millones y fracción.
-Bien. Llévenlos ahora mismo -dijo el señor Retamales,
mirando la hora, apurado por irse.
Cuando los dos cajeros se aprestaban a obedecer', la puer­
ta vidriada del banco dejó ver en la calle una camioneta gris
que se estacionaba al frente.
-¡Viene el camión blindado, señor! -dijo con gesto de
sorpresa el guardián.
-j No puede ser! ¡Hoy no corresponde! -El gerente frun­
ció el cel'io.
Pero ya tres hombres vestidos de guardias se acercaban a
la puerta de en trada.
Santelices preguntó:
-¿Abro?
-Aguántese un poco -dijo el gerente.
Los hombres, afuera, esperaban.
-Señorita Pussy: llame por teléfono a la cenlral, y verifi­
que si ellos enviaron el camión blindado a recoger el dinero
-ordenó eljcfe a su secretaria.
Ella, nerviosa, dejó caer el abrigo de sus hombros y lomó
el auricular más cercano. Pero no alcanzó a discar: un estam­
pido hizo añicos el vidrio de la enorme mampara central, y
tres hombres irrumpieron, pistolas en mano.
El guardia, rápido, desenfundó su arma. Pero antes de
que pudiera apretar el gatillo, un chorro de líquido helado lo D~
paralizó. En medio de una angustiosa respiración que lo
29
.f,'¡ TRECE CASOS MISTERIOSOS
hada toser, Santelices se sintió sujeto de brazos y piernas, y
con la presión de una enorme tela adhesiva en la boca. Cayó
de bruces al suelo.
Todo esto transcurrió en menos de un minuto; cuando
Santelices pudo mirar a su alrededor, vio a la señorita Pussy
tiesa en una silla, maniatada y con mordaza, mientras sus
enormes ojos maquillados clamaban por socorro. El gerente
y los dos cajeros, boca abajo sobre el suelo, también con los
pies atados y las manos presas a sus espaldas, miraban a los
tres hombres de uniformes azules que huían con las cajas de
billetes y subían a la camioneta.
Todos ellos vieron cómo el vehículo se alejaba, raudo,
con un chirrido de neumáticos.
No había pasado una hora, y ya el inspector Soto interro­
gaba a los empleados del Banco Muchosmiles. Estos, senta­
dos frente a él y aún temblorosos, se esforzaban por recordar
cada detalle elel atraco.
-Sucedió todo como en las películas, inspector-gimoteó
Pussy, mien tras se abanicaba con un talonario de dcpósi los-:
pri mero fue la explosión en los vidrios, luego el pobre Santeli­
ces paralizado, y yo... tratada a empujones y sin ningún mira­
miento...
-Usted habla de vidrios quebrados, señorita, ¿y nooyó el
ruido de las alarmas?
Los cinco empleados se miraron con desconcierto. En
verdad, nadie había escuchado los timbres de alarma.
El inspector anotó algo en su libreta, y volvió a levantar
la cabeza, aún en espera de respuesta.
Santelices, el guardia, dijo inseguro:
-Las revisiones al sistema de alarma son diarias. Yo lo
revisé a las tres de la tarde. Y nadie extraño al banco conocc
su funciona mien Lo.
-En tonces, es evidente que alguien del banco desconectó
el sistema. -La voz autoritaria del señor Retamales tenía un
tono de incredulidad.
-Exactamente, señor, y no hay que ser demasiado perspi­
caz para darse cuenta de ello -Soto los miró, inquisitivo, y
EL CASO DEL ATRACO AL BANCO MUCHOSMILES
añadió-: ¿Solamente ustedes cinco estuvieron aquí en la
tarde?
-Sí, hoy sí... -respondió la hablantina sel10rita Pussy,
tratando de acomodar su melena ondulada.
-Bien, bien. -Soto acarició el lóbulo de su oreja-o Necesi­
to, con detalles, la versión de cada uno de ustedes del atraco.
-¡Ya se la di' -advirtió la secretaria, algo asustada.
-Contó sólo el principio: siga adelante -dijo el inspector,
tranquilizándola con una sonrisa.
-Bueno, a ver si no me falla la memoria... Luego que uno
paralizó al pobre Santelices con ese aerosol horroroso -iY no
se imaginan cómo tosía!- el otro nos encañonaba, mientras
que un tercero nos amarró uno a uno, de pies y manos. A mí
me dejaron en esta misma silla, con una tela en la boca, y, a
los demás, incluyendo a mi jefe, los lanzaron al suelo de un
solo empujón... ¡Y se mandaron cambiar con el dineral
...... '
.......... '
/
~
-----=---=-----=------­
./
1
ELCASODELATRACOALBANCOMlJClI(}~MIII'"
JU TRECE CASOS MISTERIOSOS
-¿Alguien quiere agregar algo a lo dicho por la señorita?
-interrogó Soto.
- Yo difícilmente podría aportar mucho, ya que ese mal­
dito gas me dejó fuera de combate y con la mente confusa:
sólo trataba de recuperar mi respiración -expresó el guardia,
con aire cabizbajo-o ¡Ese condenado aerosol fue más rápido
que mi pistola!
-¡Recuerdo que uno de ellos era muy alto, moreno y con
enormes ojos oscuros! Podría decirse que tenía aire oriental
-advirtió el gerente.
-¡Ay! ¡Qué horror! No vayan a ser terroristas ...
¿Se imaginan que me hubieran raptado? -gimió Pussy.
-Los tres eran morenos y de cuerpos más bien fornidos
-siguió Ponce-. Y si mal no recuerdo, uno tenía un lunar
entre los ojos, sobre la nariz.
-¿Y usted, qué me puede decir? -El inspector miró a
Rodríguez.
-Corroboro lo que dicen mis compañeros, y creo que
puedo agrcgar algo: estoy casi seguro de que la patente era
EE. o sea, de la comuna de La Reina. También leí los núme­
ros, pero con el nerviosismo no pude retenerlos.
El inspector se veía pensativo.
-A ver, hagamos una reconstrucción de escena -dijo,
luego de unos instantes.
Abrió su libreta en una página en blanco, y se preparó a
dibujar.
Los empleados se pusieron de pie, salvo la señorita Pussy,
que continuó en su asiento. Los cuatro hombres tomaron la
misma posición en que los habían dejado los asaltantes: el
señor gerente y los dos cajeros, tumbados en el suelo como
sapos, mientras Santelices. también contra el piso, tosía en
forma estrepitosa para hacer más veraz la escena.
El lápiz del inspector trabajó a toda velocidad. Una vez
terminado el boceto se quedó contemplándolo unos minutos.
-Ustedes dicen que ]a camioneta estaba estacionada
frente a la puerta, ¿no? -puntualizó.
-Exactamente -respondió Ponce.
-¿Así? -y Soto levantó su dibujo para quc tudo~ J() vi,'
rano
-¡Así! ¡Ay, qué bien dibuja, inspector, me hizo igualita!
-se admiró Pussv.
-o sea, en ~l dibujo no hay ningún error -insistió el
inspector.
-Yo diría que está perfecto -respondió Rodríguez.
-Malo, malo, malo ... -musitó Soto, y siguió mirando el
dibujo.
Los cajeros se miraron entre ellos y la muchacha suspiró
muy fuerte. El gerente se mordía las unas. Hasta que, de
pronto, los ojos de Soto se iluminaron y sus orejas parecieron
crecer.
-Por este dibujo, que todos han apwbado como fiel a la
realidad, debo decirles que uno de ustedes mintió. Eso delata
a alguien que quiere entorpecer mi labor. Y ese alguien es
u5led.
Su dedo casi toco la nariz de la persona aludida.
El personaje acusado se defendió y negó su eu] pabilidad.
Pero luego de un largo interrogatorio, que duró todo el día
siguiente, la verdad salió a relucir.
~ Soto, otra vez, tenía razón. y quien había desconectado
el sistema de alarma para facilitar d trabajo de los ladrones
terminó confesando su acción.
Lector: ¿qué hay en el dibujo ele SulO que Ik 'él a la
evidencia de que uno de los empleados minlió')
TRECE CASOS MISTERIOSOS
CRUCIGRAMA DEL BANCO MUCHOSMILES
Horizontales:
1.	 Región de famoso mago.
Número de cajeros.
2.	 Nombre del Baru:o.
3.	 Pueblo indígena pre­

cordillerano. Muere por

la boca.

4.	 Si es largo, prometes car­

ta (inv.). Cierto y de san­

gre azul.

5.	 Habían llegada a última

hora (sing.) En la fábula

se infló hasta reventar.

6.	 Apura. Cartas geográfi­

cas (inv.).

7. ...Tse Tung. Empleáis (inv.). Inteljección telefónica.
8.
Atrévete, hibernadora mamífera. Media amiga de Tobi. Orejuda inspectar.
9. Color {le unif017ne:s de asaltantrs. Terminación verbal.
10. Mar inglés (inv.). Ursula Yáñez. Alcohol para tortillas en llamas.
11. Batracios mirones.
Verticales:
l. Abuela alemana.
2. Zoila Uribe. Las cinco vocales revueLtas.
3. Como Rodrfguez y Porlce.
4. Nombre chino. Voeales cuadrillizas.
S. No lo dices. Antes de ser pescado (inv.).
6. Señoras para Adanes (inv.). Ingenuo.
7. Míster. Barbudo escritor chileno para niiios, auLor de Antai.
8. Periodicidad de revisión al sistema de alarmas.
9. Artículo neutro (inv.). Secretaria del gerente.
10. Deja a un lado.
11. Apellido del gerente (inv.).
12. Plumífero remedón.
EL CASO DEL ZAFIRO DE DOÑA SARA
(Idea original de Elvira Balcells)
Erase una vez una vieja muy sola. Tenía por
única alegría vivir de sus recuerdos. Todas
las noches, antes de acostarse, abría la anti­
gua arca de madera tallada para contem­
plar los vestidos que usó en su época de
gloriosa juventud, en compañía de su marido ya muerto.
Muchas veces, frente al espejo, con la túnica de seda india
sobrepuesta sobre su empequeñecida figura, se imaginaba
nuevamente a punto de salir a uno de esos saraos organizados
por sus excéntricos amigos. ¡Qué diferencia, la de esa vida
mundana que la hacía llevar su esposo, con la solitaria vejez
del presente! Entonces, la triste anciana, en vez de buscar el
consuelo de un amigo -pues ya no le quedaban- se aferraba
una vez más a una vanidad: su cajita de oro, símbolo para ella
de un antiguo esplendor. Así, todas las mañanas, lo primero
que hacía era coger del velador su dorado objeto y hablarle
como si éste tuviera vida.
Ese martes doña Sara amaneció con un pequeño males­
tar en el pecho.
-Es por oCulpa de Roberto -se confió a la cajita, luego de
levantar su tapa-o Este sobrino mío, siempre con sus proble­
mas de dinero que yo no puedo solucionar... Es que Nidia, su
mujer, es tan exigente...
Doña Sara palpó su garganta: le pareció que el dolor
ascendía por su cuello, y apretaba como una gargantilla.
Aunque no eran ni las siete de la mañana, se decidió a llamar
a la empleada; pero, antes de hacerlo, volvió a tomar la cajita
con manos temblorosas y susurró:
.l4
TRECE CASOS MISTERIOSOS
-Mañana seguimos conversando, me siento muy maL., y
no debo arriesgarme a que sepan de ti.
En respuesta, un ojo resplandeció: incrustado en un en­
garce de oro, en el fondo de lacaja, un enorme zafiro lanzó sus
destellos azules.
La vieja sintió los pasos de Gladys que subía la escalera.
Entonces cerró de un golpe el valioso objeto y 10 guardó en el
fondo de su velador. En el momento en que iba a echar lIavc a
la cerradura del cajón, nuevamente un dolor la atenazó.
Cuando Gladys entró en la pieza, doña Sara, desplomada
sobre su almohadón, yacía sin sentido.
A los gritos de la muchacha llegó Petronila, la cocinera,
que corrió hacia el lecho. Tocó las manos frías de su patrona e
inclinó su cabeza para escuchar su respiración: la anciana
emitía un débil quejido.
-Llama a la ambulancia -ordenó a la joven con voz de
mando-o La señora se nos muere...
Gladys salió corriendo.
EL CASO DEL ZAFIRO DE DONA SARA .l~
Doña Sara abrió los ojos. Cerca de la ventana, una enfer­
mera, con su blanca cofia iluminada por los rayos de la luna,
se mantenía en silencio. La anciana trató de hablar.
-Shhh.... tranquilita -dijo la enfermera en tono amable,
poniéndose rápidamente de pie para encender la luz del vela­
dor. Observó el rostro de la viejita y, luego de humedecer un
algodón con agua, lo pasó por esos resecos labios.
-La cajita..., la cajita...

-¿Quiere agüita, señora? -susurró la mujer.

-La llave...

- Tranquila, señora, le vaya dar agüita de la llave.

Doña Sara hizo un enorme esfuerzo y se incorporó a

medias en la cama.
-¡Me lo robaron! ¡Lo soñé!
En ese momento, Roberto abría la puerta de la pieza.
-¡Tía! ¿Cómo está? -Su cara se veía preocupada.
-Robertito, por favor, sé que me robaron el zafiro de la
cajita. Necesito que revisen el velador: la llave está puesta. Si
ha sucedido lo que pienso, llama a la policía...
La anciana perdió aliento.
Roberto se acercó entonces a su tía:
-Tía, no se agite... ¿Por qué se imagina esas cosas?
-Lo soñé, hijo..., lo soñé.-La voz de doña Sara era imper­
ceptible.
-Pero, tía ... -Roberto esbozaba una sonrisa.
-Roberto, la policía ... Roberto: te lo ordeno.
El sobrino alzó la mirada y se encontró con los ojos de la
enfermera. Roberto levantó los hombros y la mujer le mur­
muró:
-Sígale la corriente. No es bueno que se agite.
Pero doña Sara alcanzó a oírla:
-No, Roberto, no me engañes. ¡Llama a la policía!
-No la engañaré, tía: iré a su casa y revisaré el velador. Si
no está su joya, avisaré a la policía. Se lo prometo. Aunque
estoy seguro de que nada ha sucedido.
El sobrino palmeó con cariño un brazo de la enferma.
Esta suspiró, aliviada, y cerró los ojos.
37
~i •
TRECE CASOS MISTERIOSOS
A las ocho de la mañana el inspector Soto estaba en el
oscuro salón de doña Sara, con la cajita cerrada entre sus
manos...
Petronila, la cocinera, con su albo delantal sobre el uni­
forme verde, decía con voz gruesa y firme:
-Pobre señora, pobre señora... Primero la enfermedad, y
ahora esto.
Roberto, con una sonrisa un poco forzada, acotó:
- Tengo las mejores referencias de usted, inspector Soto.
Sé de sus muchos casos resueltos con gran éxito.
Soto carraspeó y movió sus grandes orejas.
~¿Alguien más estuvo ayer en esta casa? -preguntó. Y
con un leve movimiento de su índice levantó e hizo caer la
tapa del dorado objeto con un crujir de bisagra.
-Aparte de la Gladys y yo... ¡usted, pues, don Roberto!
Soto desvió la mirada hacia el joven.
-¿Ya qué vino?
-Bueno..., a ver a la tía. Y entonces me enteré de que ella
estaba en la clínica.
-¿La viene a ver muy a menudo?
-Es mi única tía, y la quiero mucho.
-Pero, ¿cuán seguido la viene a visitar?
-Como una vez al mes.
Soto meditó.
-¿Podría venir Gladys, señora Petronila?
La mujer caminó con lentitud y su gruesa voz retumbó en
la casa:
-¡Gladys' ¡Niña, ven rápido! -y regresó junto al inspecto¡',
murmurando-: A estas jóvenes modernas lo único que les inte­
resa es la ropa y el peinado. ¡Segul'O que se está aneglando!
Petronila no dejaba de tener razón: la muchacha venía
muy maquillada y a su paso dejaba un fuerte olor a perfume.
-¿ Síii?
-¿Sabe usted por qué estoy aquí? -fue la pregunta de
Soto.
-¡Ni idea! -sonrió la muchacha con displicencia.
-¿ Usted sabía lo que guardaba su patrona en esta cajita?
EL CASO DEL ZAFIRO DE DOÑA SARA
-¡Ni idea! ¡No la había visto nunca l La señora es bastante
desconfiada, y tiene la manía de guardar todo con llave,
-1;.n eso la Gladys tiene razón -comentó Petronila con
tono resentido.
El inspector se dirigió a la cocinera:
-¿Y usted, Petronila, sabía lo que guardaba la sellara
aquí adentro?
-Bueno, yo había visto esa cajita, pero cerrada. ¡Quién se
iba a imaginar que había una joya adentro!
- Yo lo sabía, inspector, y tantas veces le dije a mi tía que
ese no era un lugar para guardar algo así. --El índice ele
Roberto frotó con nerviosismo su barbilla.
El inspector no respondió. Miraba con insistencia la pun­
ta de su zapato.
-Perdón, pero ¿qué guardaba exactamente ahí la señora?
-preguntó Gladys.
-Bueno, don Roberto sabe... -comento Pctronila con ex­
presión maliciosa.
-Un valiosísimo zafiro azul -respondió el sobrino, muy
serio.
Gladys emi tió un silbido, y Petronila se llevó una mano al
pecho:
-¡Qué descuido'
39
t11
111:'10: ('AS(),,, MIS'I'I':R/OSOS
Se produjo un silencio, Todos miraron al inspector ras­
carse pacientemente su oreja izquierda mientras miraba un
punto fijo en el techo.
-¿Dónde está el teléfono? -dijo al fin, solemne.
Gladys, con su índice, mostró uno sobre la mesita de
caoba,
Soto discó un número. Luego de unos instantes, su voz
sonó seca:
-¿Aló? ¿Raúl Olave? Aquí Soto, Envía de inmediato un
radiopatrullas a Irarrázaval4074. Sí, por supuesto; tengo al
ladrón.
Lector: es tu turno para dilucidar el misterio. ¿Quién
robó el zafiro azul de doña Sara? ¿Gladys, Petronila o Rober­
to? Responde, y da tus razones.
EL CASO DEL ZAFIRO DE DOÑA SARA
CRUCIGRAMA DE DOÑA SARA
Horizontales:
l.	 Según Pelroru"fa, Gladys

lo era. Z

2.	 Prenda de veslir que SOlO

miraba corl insistencia.

Lo hice cuando me con­

taron un chiste (jnv.).

),	 Disco que detiene a los

automovilistas. Apuran.

Seflor.

4.	 Malvada mujer. Infiniti­

vo para enamorados.

5.	 Término de rebaje para

costureras. Bahia (inv.).

No provoques la de los

dioses.

6.	 También ilustró los

cuentos de Grimm (inv.). Consuelo de dalia Sara.

7.	 Rascó pacientemente su oreja. Destino.
8. Medio progeni loro Portar.
9. Avalúa (inv.). Igual que Petrol1ila.
10, El que calza 50 lo es. Liga de Nuevos Astronautas.
11. Sobrino. Póngale dorado.
12. AhE se guardaba la cajira. Ascelldra por el cuello de dOlía Sara.
Verticales:
1.	 Naciones. (inv.).
2.	 Piu1.ra preciosa del cuento. Anciana.
3.	 Si se atOran lo harán (inv.). Letra bailadora (inv,).
4. ¡Cabeza de tuna! Cilindro.
5. Balbuceo de bebé. Regalen.
6.	 Le dicen al evangélico (inv.). Peñasco (inv.).
7. Color de cajitas para dmia Sara. Repetido es un mono.
8. ¡Huy, qué picante! Sonido para gallina.
9. Alegra. Le faltó un tin para ladrar.
10.	 Le dicen a Elena. Huracán.
11.	 Terminación verbal. Si tuviera nna "u" al final, maullaría. Dos vocales
distintas. Altículo neutro (inv.).
12.	 Al mismo nivel (inv.). Se equivocó tanto que le puso tres "r" en vez de
dos.
13.	 Quedé ,"in Uave. Nota musical (inv.).
EL CASO DE LAS SECRETARIAS

QUEJUMBROSAS

-¿Aló? El inspector Soto, por favor.

-Con él, dígame.

-¡Hola, Heliberto! Habla Juan Mancilla.

-¡Juan l ¡Gustazo, hombre! ¿Enquétepuedo

servir?

-¡Problemas Necesito tu ayuda...
'
-Dime.
-Esta mañana hubo un robo en la oficina: ¿podrías venir
a verme?
-¿Se ha movido alguien desde el momento en que lo
descubris te?
-Desgraciadamente, creo que me di cuenta muy tarde:
estuvo la hora de colación de por medio.
-¡Lástima! Estaré allí lo antes posible.
-Gracias, viejo.
El señor Mancilla salió de su despacho, y cuatro secreta­
rias vestidas de verde y azul lo miraron expectantes.
-El inspector Soto estará aquí en un rato más, seüoritas.
Háganlo pasar. Mientras tanto, Silvia, páseme las llamadas
pendientes.
No habían transcurrido diez minutos cuando Soto, de
terno gris y corbata de humita, se presentaba en la oficina de
abogados Mancilla y Hermosilla.
-¿El señor Mancilla? -preguntó Soto, cortés.
-¿De parte de quién? -inquirió una secretaria rubia,
solícita.
-Heliberto Soto.
43
EL CASO DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS
l' TRECE CASOS MISTERIOSOS
-¡Ah, sí! Tome asiento, por favor. El señor Mancilla está
hablando por teléfono. Lo recibirá en cinco minutos. -La
secretaria dio una rápida mirada al tablero de la centralita
telefónica que marcaba una luz roja.
El inspector tomó una revista y se hundió en un sillón de
cuero. Se sumió en una atenta lectura.
Una de las secretarias se quejó. Soto, abstraído, ni siquie­
ra levantó la cabeza.
-¿Qué te pasa, Rebcca? -preguntó una morena de moño.
-¡Otra puntada en el oído! -y la aludida se llevó la mano
derecha a su oreja.
-¡Si supieras cómo me duele a mí la cabeza, después de la
escenita dc esta manana! -comentó Silvia, bajando la voz y
mirando de reojo al inspector.
-¿ Quién tiene una aspiFina? -se oyó una tercera voz.
-¿Qué te duele a ti, Pamela? -preguntó Rebeca.
-La famosa muela del juicio -respondió esta con cara de
sufrimiento.
- Te cambio tu dolor de muelas por mi maltratada co­
lumna... ¡Anoche creí que me moría! -refunfuñó Angela, so­
bando sus espaldas con ambas manos.
-A ver: ¿qué hay aquí? -dijo Rebeca, abriendo el cajón de
su escritorio-o Recurramos a nuestro botiquín de urgencia:
ofrezco pomada antiséptica, parches curitas, crema humec­
tante para cutis seco, aspirinas, gotas para la otitis, colirio
para los ojos, a ver, a ver..., pastillas de carbón, alcohol...
En ese momento Una campanilla anunció que la línea
telefónica estaba despejada, y Silvia anunció:
-Señor Soto, haga el favor de pasar.
Soto se puso de pie lentamente y avanzó hacia la oficina
de su amigo. Cerró la puerta tras él y se encontró con el rostro
preocupado dc Mancilla que lo saludaba con su mano exten­
dida.
-Soy todo oídos -señaló el inspector, rascándose con
energía dlóbulo de su oreja izquierda.
Juan Mancilla comenzó su relato.
-Esta mañana me llamó mi socio, Raúl Hermosilla. Me
dijo que había olvidado su billetera en la que había un cheque
abierto por quinientos mil pesos, en el primer cajón de su
escritorio. En ese momento recibí un llamado de mi señora
-que no fuc en realidad muy corto- y cuando fui a la oficina
de mi socio ya el cheque no estaba en la billetera.
-¿Y las secretarias?
-En ese instantc habían partido a almorzar.
-¿Cuánto rato, más o menos, hablaste con tu señora?
-Mínimo un cuarto de hora: había un problema con uno
de nuestros hijos en el colegio...
_¿Quién más puede haber oído la conversación con tu
socio? -Soto ahora rascaba su otra oreja.
-¡Nadie más! Es una línea directa a mi despacho que no
pasa por la central telefónica de la secretaria, aunque..., aho­
ra que 10 pienso ...
-¿Sí?
1.1
45
TRECE CASOS MISTERIOSOS
En el segundo piso hay una oficina en desuso, cuyo
1l'kfuno liene una doble línea con este, pero nadie lo ocupa.
-¿Qué hay en esa ofici na?
-Muebles viejos y un pequeño baño.
-Entonces está claro, pues, hombre. ¡Alguien escuchó tu
conversación por el otro teléfono! -exclamó SOlo-o ¿No escu­
chaste un dic?
-En real.ídad no me di cuenta de ese detalle -dijo el
abogado, confuso.
-¿Podríamos visitar esa oficina? -pidió el inspector.
-Por supuesto.
Las cuatro secretarias vieron pasar a su jefe, seguido del
orejudo inspector, que inclinó levemente su cabeza ante ellas.
Luego ambos subieron por una estrecha escalera, hasta llegar
a un pequeño cuarto que parecía abandonado, tal era el polvo
que cubría escritorio y estantes. En el fondo de la pieza había
una puerta que Soto abrió: era el baño. Se volvió hacia su
amigo.
-¿Y el teléfono? -preguntó, mientras buscaba a su alre­
dedor.
~ ~
EL CASO DE lAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS
Mancilla le indicó una pequeña mesita, arrinconadajun­
lo a la ventana. El inspector Soto se acercó y miró el aparato
telefó-oico, sin tocarlo.
-¡Las huellas digitales! -gritó Mancilla, sonriente.
-No te hagas ilusiones, mi amigo. ¿Notas que el auricu­
lar está limpio, mientras que el resto del artefacto está lleno
de polvo? Estamos ante un ladrón que sabe lo que hace.
Entonces Soto, con mucho cuidado, levantó el fono. Con
mirada de lince lo examinó de cerca, y algo llamó su atención.
Tocó con la yema de su índice la parte superior del auricular,
en tre los pequeños orificios para escuchar. Luego olió su dedo
y lo frotó contra la yema del pulgar.
Cerró los ojos para pensar. Cuando los abrió dijo:
-Aunque no me lo cr·cas, amigo, el caso cstá resuelto. Una
de tus secretarias tendrá mucho que explicar.
Lector: Algo advirtió Soto en el auricular que lo llevó a
identificar a la culpable. ¿Podrías tú decirnos qué? ¿Identifi­
caste, tú también, a la secretaria culpable?
47
1/, TRECE CASOS MISTERIOSOS	 EL CASO DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS
11.	 Mancilla lo llamó en su auxilio. Si tuviera en medio una "o" golpearía, '! SI
('IWClGRAMA DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS
tuviera una "i" seria un gesto nervioso.
12.	 Usted. Prot.aclimo. Ancianos.
13. Parte dell/1dice con que el inspectur locó el auriclllar. Igual que mal'ZO.
Ilol'Ízonlales: Nombre árabe que abre sésamos.
l.	 Dueña de su casa. Lu

abrió para buscar re/He­

dios. Adverbío de canti·

dad.

2.	 Posesi va. Cuidador de

harén. Prepusición dadi­

vosa.
3.	 Como las cuatro jóvenes

del cuell/O.

4.	 Dios mahometano. Pre·

posición invertida. Hay
 (o
I I I
/2 I I      
de letras y también de st'o
mula.
5.	 Bicho de pucu precio

Dale cuenta

6.	 Receptáculos para alma­
cenar papas. Pronombre para el Cid Campeador.

7.	 Por Poder. Mira y anda.
8.	 Pri//ler o!i'ecinúe¡;IO de Rebeca. Mal de Rebeca.
Y. Tiene suslo (inv.). CO/110 la //lirada de Soto.
/0. Dios (i¡¡v.). ['ara el cutis seco de Pal7lela. Risa única.
11.	 Antiguo nombre para Tailandia (inv.). Las da el cucú. Aniculo neutro
(ínv.).
12.	 Sala lo IocÓ con la yema de Sil dedo. De c~ta manera.
Vert.icales:
l.	 Adverbio que a veces se descose (inv.). Forma verbal que endereza.
2.	 UrlQ de ellas le daifa a Parnela. Agua francesa.
3.	 Faz onerosa. Calcular el largo.
4.	 Nota musical (inv.). Como la Venus de Milo (iuv.). Afirma y condiciona.
5.	 El del Lío no es literario. Quinta letra.
6.	 Hormiga inglesa. Hay quienes io guardan bajo la manga. OnomaLopeya

ele esLornudo.

7.	 Nombre de Mancilla. Papel.
8.	 Reja (inv.J. Prenda de vestir para jóvenes.
9.	 Carga eléctrica (inv.). Ant.e Meridiano. Estafar.
In.	 Las habla en el bOliquln de urgencia.
EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA

l'
Marcelo, Gonzalo, Ignacio y Felipe rodea­
ban la moto negra y brillante de Rodrigo.
Marcelo clavaba sus ojos extasiados en los
rayos ele las grandes y potentes ruedas que
hacían adivinar la velocidad que podían al­
canzar. Gonzalo acarició el manubrio, tocó con la punta de
sus dedos el acelerador manual, y elevó sus cejas en un gesto
de admiración.
-¡Fiuu l -silbó Felipe, con las manos en los bolsillos de
sus p31'clJados jeans.
-¿Puedo probarla? -preguntó Ignacio con ansiedad.
-¡Nones! Ese es mi privilegio -fue la respuesta categóri­
ca de Rodrigo.
-¡No seas mal amigo! -dijo Gonzalo, entre serio y bro­
mista.
-No soy mal amigo: ¡ni yo la puedo usar aún! Prometí a
mi papá que no andaría en ella hasta no tener licencia de
conducir.
-O sea, que nunca la vamos a usar -dedujo Marcelo, con
gesto de desaliento.
-Me temo que no todavía si no tienen tampoco la licencia
-se encogió de hombros Rodrigo.
Los amigos se quedaron en silencio.
-¿Te imaginas el impacto que yo causaría en Francisca si
me viera llegar en esa moto? -suspiró Gonzalo.
-¡Fiuuul -fue la respuesta dc Felipc, aún con sus manos
en los bolsillos y acariciando la moto, ahora con su mirada.
Rodrigo golpeó sus palmas.
'10
TREcE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA ',[
-f:3LIL'l1o, por hoy se guarda -dijo, mientras empujaba
SUélVL'l11enle el vehículo hacia el garaje-o ¡Acuérdense de la
prueba de química de mañana'
-¡Tener una moto nueva y pensaren estudiar...!-comen­
tó Marcelo.
-¿Y vas a dejar la llave puesta) -se sorprendió Ignacio.
-¿Estás loco? La dejaré escondida. -y Rodrigo colgó la
llave en un clavo, bajo un mesón atiborrado de botellas y
tarros de pintura viejos.
Luego de dar una última ojeada a la moto y de preguntar a
su dueño todo tipo de detalles técnícos, los amigos volvieron a
reco¡-dar su prueba de química, y se despidieron apresurados.
Ignacio, Marcelo, Felipe y Gonzalo se alejaron arrastran­
do sus zapatillas deportivas, las manos en los bolsillos de los
gastaclos jeans. Uno a uno fueron entrando en sus casas del
barrio.
Cuando Marcelo, el último en traspasar la reja de su
antejardín, llegaba a la puerta de entrada, la lluvia comenzó
a caer copiosa.
A las once de la noche, un pélr de zapatillas blancas
".litaron, esquivando charcos, y llegaron hasta el garaje de
Rodrigo. Una mano nerviosa abrió la puerta y buscó bajo la
mesa con botellas y tarros. Luego, la figura enfundada en
icans empujó silenciosa la moto hacia la calle solitaria.
Dos horas después, la misma figura repetía la operación,
pero a la inversa. Después corrió por el barrio, y una puerta se
cerró con un tenue chasquido.
A la mañana siguiente, los cinco amigos se levantaron
temprano para ir a clases. Pero Rodrigo, antes de salir, abrió
el garaje para dar el primer vistazo del día a su Oamante
moto. De inmediato, algo llamó su atención: las relucientes
ruedas del día anterior y los impecables cromados que ha­
bían despertado La admiración de sus amigos, se veían ahora
llenos de salpicaduras de barro. Su ceño se endureció y buscó
las llaves: allí estaban, en el mismo lugar donde él las había
dejado. Tuvo un momento de indecisión, pero miró la hora y
salió corriendo para alcanzar al bus que pasaba por la esqui­
na.
Su único pensamiento, durante el viaje hacia la universi­
dad, fue tener una rápida reunión con sus amigos y aclarar
con ellos el misterio. Alguien tendría que explicar muchas
cosas, porque -no cabía duda- uno de ellos había sacado
durante la noche su fabuloso regalo.
Luego de la prueba de química, que fue difícil y larga, los
cinco estudiantes de primer año de ingeniería se reunieron en
la casa de Felipe, invitados por este a tomar unas bebidas.
Todos bromeaban, ya relajados de haber pasado la prueba.
Menos Rodrigo, que miraba hogco a cada uno de sus compa­
ñeros.
-Animo, hombre, ¡tan mal no te puede haber ido! -bro­
meó Marcelo, dirigiéndose al serio amigo.
-Estás con cara de funeral-comentó Gonzalo, sL~biendo
el volumen de la música.
-jY teniendo esa moto, andar así me parece increíble!
-El tono de Felipe era de enojo.
53
'1HJ'CI'. C.~SOS MISTERIOSOS
1)'lldCjo, pUl' SU parte, sólo se encogió de hombros, mien­
ll;~ ulllaba un sorbo de su bebida.
Rodrigo se puso de pie y apagó con gesto brusco el equipo
de rnúsica.
- Tengo que hablar con ustedes a propósito de la moto
-comenzó.
Todos lo miraron, extrañados de su gravedad.
-¿Qué te pasa, Rodrigo)-preguntó Felipe, sirviendo más
bebidas en cada vaso.
-Alguien sacó mi moto anoche y la dejó toda embarrada
-dijo bruscamente Rodrigo.
Los otros se miraron en silencio y, antes de que dijeran
algo, Rodrigo insistió, con tono duro.
-Necesito que cada uno de ustedes me diga lo que hizo
anoche.
-¿y por qué dudas de nosotros? -habló primero Ignacio,
levantando hombros y manos en un gesto de extrañeza.
-Porque son los únicos que conocían el escondite de las
llaves.
-¡Medio escondite! -se escuchó decir a MaJ-celo.
-¿Qué hiciste anoche, Mal'celo) -preguntó entonces el
dueflo de la moto.
- Yo, mi viejo, comí, me acosté, intenté estudiar en la
cama ... y me desperté esta maúana con el lihro en la cara.
-Lo que es yo, me dediqué a estudiar y luego me relajé
con un superbaño de tina, antes de acostarme -dijo Felipe.
-Yo, después de estudiar, vi la última pelÍCula de la
noche... Claro que no me pregunten cómo se llamaba, porque
era de esas antiguas ... -explicó Ignacio.
-¿Y tú, Gonzalo) -preguntó Rodrigo, serio.
-Yo, fui a ver a Fmneisca. Tengo derecho a pololear, ¿no)
-¿Hasta qué hora) -volvió a inquirir Rodrigo.
-Hasta las.,. ¿once, serían), ¡qué importa I De ahí, dere­
cho a estudiar química.
En ese momento los muchachos se pusieron de pie para
saludar a la mamá de Felipe que entr2lba en el living.
-¿Qué taP -dijo ella, afable. Y dirigiéndose a Marcelo,
afladió-: Parece que hubo barullo anoche en tu casa ...
EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA
-¿Barullo? -se sorprendió el aludido.
-¿Cómo) ¿No te enteraste?
La expresión de Marcelo era de real consternación.
-Es que ..' soy de sueño pesado... y salí tan temprano en la
mañana ... ¡Nadie me dijo nada'
La señora sonrió.
_j Estos jóvenesl Sucede que a tu mamá anoche le dio un
ataque a la vesicula, y el doctor López, nuestro vecino, tuvo
que ir a verla... Claro, lindo, no quisieron despertarte ... ¿Y
cómo les fue en la prueba)
r
'-!JLT
/J
<;4 TRECE CASOS MISTERIOSOS
Los amigos abrieron la boca para responder al torrenle
de palabras de la señora, pero ésta, sin dar lugar a quc otro
hablara, siguió, dirigiéndose a Gonzalo:
-Lindo, supe que Francisca está con hepatitis.
Todos miraron a Gonzalo.
-¿Y cómo no nos habías contado? -preguntó Felipe.
-¿Y por qué tenía que contarles? -se defendió el amigo,
algo molesto.
-Tan reservado este niño ... -siguió la mamá de Felipe-.
Me dijo la señora del doctor Pérez que tenía para dos meses de
cama ... -Y, cambiando el tema, gritó hacia la cocina-: Laura,
¿es el cartero el que acaba de tocar el timbre?
-No -se oyó una voz joven-o Es el gasfíter que viene a ver
por qué el califont no funciona ...
-Ah, ifinalmen te!, porque ayer lo esperamos duran le el
día entero. Ojalá que no suceda lo mismo con el electricisla,
porque después del corte de luz que tuvimos anoche, algo
pasó con la lámpara del baño... ¡Todos los desperfectos vie­
nen juntos! ¿A ustedes no se les cortó la luz anoche? -pregun­
tó dirigiéndose a todos a la vez.
Los jóvenes, un poco mareados con tanta conversación,
se encogieron de hombros, menos Ignacio, que contestó, ama­
ble:
-Solamente parpadeó un poco, mientras veía la pelícu­
la...
-¿Tú también viste esa película maravillosa de la Doris
Day? -Inició una nueva conversación la señora.
-Sí, sí, claro -respondió Ignacio, mirando de reojo a
Marcelo, can cara de "¡hasta cuándo'"
Por suerte, para los muchachos, la voz de la empleada,
desde la cocina, se volvió a escuchar:
-Señora, ¿podría venir?
Ella entonces, prometiendo volver más tarde, salió de la
habi tación.
Rodrigo, cabizbajo, miraba los dibujos de la alfombra.
Cuando levantó la cabeza, sus ojos se clavaron en uno de sus
amigos.
-Ahora sé que fuiste tú -afirmó.
EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA
El rostro de uno de los muchachos enrojeció:
-Perdóname, no aguanté la tentación -d"ijo de in media­
too
Lector: ¿Cómo supo Rodrigo quién había sacado su mo­
to? ¿Cuál de sus amigos, evidentemente, mintió?
t'
D
,<
1
1(1 TRECE CASOS MlSTERIOSOS
CRUCIGRAMA DE LA MOTO EMBARRADA
Horiwutales:
1.	 EII'/'/óvil del cuento. Felipe

las silvió el1 su casa.

2.	 Felipe se dio uno relajarl­

le. Interjección para lla­

mar a alguien (inv.). For­

ma verbal que impulsa y

mueve (primera per~o­

na, plural).

3.	 Polola de Gonzalo. Extra­

ña.

4. Nené Cotelé. Dios egip- "

cjo (inv.). Ensució la mo­
to.

5.	 Así quedó la 1'1'1010. Nuevamente este dios alumbra.
6.	 Después. Las tre~ primeras sílabas de la antesala e1el cielo.
7.	 Enamorado de Francisca.
8.	 Verbo generoso. Momento del día en que se descubrió la molo ernban-ada.
9.	 Hermano de tu mamá. Nota musical que dobla. Doclor delveci'·ldCJ.l'lO.
10.	 Nota (inv.). Empleada que no se vio en el cuerllo. Sujeli1.
Verticales:
1.	 A este ballet folclórico chileno se le fueron a bailar las vocales. Miau.
2.	 Uno de los amigos.
3.	 Apellido de Pedro, español cronista del Reino de Chile. Colón descubrió
uno nuevo.
4.	 Casi tono. Besa con falta de ortografía.
5.	 Aferra.
6.	 Dos versiones para la misma leLra. Le fctltó la "d" para un lítulo británi­
co. Vocales distintas.
7.	 Verbos para hacer chuic o muac. Los yagas canLan esLa sílaba.
8. Los jeans de Felipe tenían más de uno. Vuela por los dos lados.
9. Rodrigo lo era de la molo.
10.	 Cuatro para Julio César. Lugar etílico. InLerjección para pedir una espal­
da.
11.	 Futuro verbal dadivoso. Triuufes.
12. Ata. Eleva (inv.).
13.	 Los habíCJ. sobre el mesón del garCJ.je.
14.	 Señores Anísl'ls Olvidado~. Como Carmen. Aída o Rlgoletto.
EL CASO DEL JOYERO ANGUSTIADO
()
•
Ya eslaban cerrando los lucales comerciales
de la calle Pruvidencia y las pesadas corti­
nas metálicas caían una tras aira. En el in le­
riur de la joyería El Zafiro Azul, don Pablu
Levi daba las últimas recomendaciones a su
fiel ayudante Timuteo:
-Cierra tú, pur favur. Estoy muy cansadu, y me iré direc­
to a ]a cama: no me quieru perder, además, las noticias de
esta noche en la lelevisión.
-Váyase tranquilo, dun Pahlo. Yo me encargu... -le con­
testó el viejo con voz cansada.
Pablu Levi se abotonó el abrigu con cuidadu, encendió un
cigarrillo yrecorrió el lugar con la mirada. Todo parecía eslar
en orden: la caja fuerte cerrada, las joyas baju llave en sus
escaparales, los catálugos ordenados y en su lugar.
-Recuerda que mañana tempranu vienen a reparar l'l
sislema de alarma -fueron sus úllimas palabras, anles dc
salir.
El viejo empleado rel'unfuñó en voz baja y comenzó a
pasar la aspiradora por la alfumbra. Unus golpes lu hicierun
levantar la cabeza: eran dos señoras de aspecto elcgante, que
con sonrisas y gestos pedían entrar. El vieju les muslró su
reluj y negó con la cabeza. Cumo ellas insislicran, Timolco
señaló el cartel que decía "Cerrado" y les diu la espalda.
Las señoras hicieron un gesto de desalientu, y se alejaron
del lugar situadu frenle al escaparate: fue rápidamente ocu­
pado por un vagabundo que se recostó jun lO a la pared.
Timoteu terminó de hacer el aseo, pasó el plumeru por
59
EL CASO DEL JOYERO ANGU'STIADO
IIH TRECE CASOS MISTERIOSOS
subre los mostradores, se quedó contemplando por unos ins­
tantes un collar de malaquita y plata -un tanto llamativo-, y
arrastró sus pies hasta el perchero donde colgaba su abrigo.
Apagó las luces, bajó la reja que protegía la entrada
-pero no la visión de las joyas que brillaban débilmente sobre
el peque60 escaparate-, dio tres vueltas a la llave del canda­
do. y se la guardó en el bolsillo. Echó una mirada distraída al
hombre que acurrucado contra la pared roncaba con estruen­
do, y se sobresaltó con la bocina de un bus que casi pasa a
llevar a un camión de mudanzas estacionado frente a la
joyería. Miró el cielo negro y amenazante. se subió el cuello de
su abrigo, y caminó con pasos lentos hacia la estación del
metro más próxima.
Con la primera llovizna los transeúntes fueron desapare­
ciendo. Sólo quedaron el vagabundo y los hombres del ca­
mión, que reían con estruendo. Cuando la lluvia comenzó a
caer más fuerte se apagaron súbitamente los faroles de la
calle, frente a la joyería. y el tipo echado en la vereda, ya sin
luz sobre su cabeza, se acomodó aún más sobre su bolsa de
trapos y, sin importarle la lluvia, siguió durmiendo.
Al día siguiente, muy temprano, el teléfono del inspector
Soto comenzó a sonar, insistente. Este dejó. con desgano, la
taza de café sobre el platillo, y levantó el auricular:
-Investigaciones..., ¿sí? ¿Dónde, dice? ¿Providencia? El
Zafiro Azul.... icorrecto! Allá vamos, señor...
La joyería El Zafiro Azul estaba acordonada por la poli­
cía. En su interior, con el rostro tcnso y demostrando angus­
tia, Pablo Levi miraba por turnos el escaparate desnudo, el
candado roto de la cortina metálica que tenía entre sus ma­
nos y el vidrio quebrado del escaparate.
-¿Me creerá que hoy vendrán a arreglar la alarma? ¡Pa­
rece una burla! -gimió el dueño de la joyería, dirigiéndose al
inspector.
Soto elevó sus cejas y se dirigió al viejo empleado.
-Vamos por orden. primero usted. ¿Cuáles fueron sus
movimientos desde que don Pablo lo dejó solo en la tienda?
61
Coll TRECE CASOS MISTERIOSOS
El viejo parpadeó, asustado. La barbilla le temblaba y
parecía no coordinar sus ideas. Luego de un largo silencio,
que el inspector respetó con paciencia, el viejo balbuceó:
-Yo... pasé hl aspiradora y... nada más.

-Piense bien, hombre, con calma. No lo estamos acusan­
do. ¿No vio nada sospechoso)
-Llevo treinta años al servicio de don Pablo.
-Por eso mismo tiene que ayudar. Haga memoria de cada
uno de sus movimientos.
-El viejo cerró los ojos y pareció concentrarse:
-¿Será importante decir que no dejé entrar a dos seño­
ras...)
- Todo es importante. ¿A qué hora fue eso? -i nsistió Soto.
-Antes de que llegara el hombre vago ...

-¿El vago) -saltó el dueño-o ¿Qué vago, Timoteo?

-Uno que se acostó a dormir apoyado en la pared de la

vitrina.
Los ojos del viejo miraron asustados.
-¿Y cómo no lo echaste? -recriminó Levi.
-No pensé ... Además estaba lloviznando y... ¡Perdón...
'
-Inspector -dijo Pablo Levi, serio-o ¡Hay que buscar a
ese vagabundo!
-Calma, señor Levi, ya haFemos todo lo necesario. ¿Sería
tan amable de decirme usted lo que hizo anoche?
-¿Yo? Bueno, dejé la tienda un poco más temprano que
de costumbre, porque quería llegar a ver las noticas... En
realidad trataba de aprovechar el silencio y paz de mi casa,
ahora que la familia está de vacaciones ...
Levi se interrumpió y ocultó en las manos su rostro.
-¡Usted no sabe, señor inspector, lo que esto significa
para mí!
-¿ No tenía las joyas aseguradas? -preguntó el inspector.
-Sí, si, pero... ¡Es primera vez que me sucede algo así y
usted comprenderá, inspector...!- Yun puño de Levi golpeóel
vacío con impotencia.
-Bueno, volvamos a lo que hizo anoche -repitió Soto.
-¿Qué más quiere que le diga) Me pasé viendo televisión
EL CASO DEL JOYERO ANGUSTIADO
hasta las dos de la mañana y luego... a dormil". ¡Si hubiera
sabido lo que estaba suced'iendo aquí. ..!
El' inspector dio unos pasos por la habitación y examinó
la vitrina: trozos de vidrio se veían aún sobre la acera, v una
piedra era, ahora, la única joya qUl' lucía sobre l'l tapiz de
terciopelo azul dd escaparate.
-¿Seguro que no quieren agregar algo más a su declara­
ción? -dijo Soto mirando al dueño y al ayudante.
-Bueno... Había un eamión de mudanzas estacionado al
frente -dijo Timoteo, aún tembloroso.
-¿Y cómo no lo habías dicho antes, Timoteo) ¡Eso puede
ser vital! -habló Levi, exaltado.
-Sí, sí. todo es vital. Me pregunto qué hada una empresa
de mudanzas a una hora tan poco usual-murmUl-ú el inspec­
tor.
63
01
(,	 TRECE CASOS MISTERIOSOS
_j Es seguro que tiene algo que ver! -exclamó Levi-. Y se
aprovecharon de la oscuridad de la acera y de la falta de
alarma. ¡Las condiciones idcales!
Las palabras de Levi hicieron que Timoteo levanlara de
golpe la cabeza, extrañado.
El inspector Soto, que lo estaba mirando, pidió permiso
para usar el teléfono.
Su conversación fue muy breve, Cuando volvió, su rostro
estaba serio.
-Señor Levi: puede tomar un abogado. Lo aCLlSO de auto-
nabo.
Querido lector: para el inspector Solo el caso era claro. Y
logró comprobar ante el juez que no estaba equivocado.
¿Cuáles fueron las evidencias que lo llevaron a esa conclu­
sión?
EL CASO DEL JOYERO ANGUSTIADO
CRUCIGRAMA DEL JOYERO ANGUSTIADO
Horizontales:
l.	 Caminas (inv.). Caza en

desorden.

2.	 Negocio de Levi. Quiere.
3.	 Flor de e~lanques japo­

neses. Incl'emenlO (ínv.).

4.	 Uberlinda Yávar. Nota 5

para músicos. Raúl Gú·

mezo tnicio de 1nicio.

S. Produclo de insectos la- 7

I I I
boriosos. Interjección de f?

a!lvlO.

6.	 Epoca. Alfileres ingleses.

Nuevo.

7.	 Pidi6 permiso para usarel
Idé/ono. Producto lácleo.

Calcio. "

8.	 Como Teresila de Los

Andes. Zona franca nor- 13

tina (inv.).

9.	 Nornbre de Lev/. Posesivo.
10. Fruta que dcsgasla. Carta de tnunfo.
1J. Usó la aspiradura. Preposición.
12.	 Se puso a dormur erl la vereda.. Forma verbal que existe.
13. Verde y habladora (inv.l. Apellido para este cuel'llo.
Verticales:
l.	 Se apagaron en la calle. Artículu. Miré a este seis rUlflallU.
2.	 D~lef¡os de liendas para 1A11 caso COl1l0 éste. Diminuti'o Iem~llin().
3.	 Por curiosa quedó sajada. A ella le cargan los gatos. Propia del pan.
4.	 Dimlllulivu sólo para Yolanda. Subre ingk~. Bnvu vegelal (im·.).
5.	 Imperativo para existir. Comiénl.o dc lóte1l1. Con '"c" final, estaría en la
Filarmónica.
6.	 Inlermedio para cuecas. Tuvo que ten~1 un pl'i~leipio. Velo para muñeca
vestida de azul.
7.	 Averiado lugar del alenlo. Aprubación y pertcncncia.
8.	 Elnoclim que pareció senlir Levi. Comien.w de c~cala cantarina (in,.).
9 Instrumento musical quc imita sonido de agua,. Articulo nClllro (In·.).
JO. Se nla.ci()l'Ió !i'el"lle a la juyerla.
11. Dios egipcio. Resonancias. Forma verbal que invita (im .J.
12. Nombre de la joyería. Por supuesto.
EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO

El domingo se jugaría el partido ele f(llbol
más importante del torneo infantil en Villa­
langa. Los dos equipos finalistas -los Masto­
dontes y los Venados- eran rivales irrecon­
ciliables y sus jugadores formaban parte de
las dos pandillas más conocidas del pueblo.
Los Mastodontes, tal como su nombre lo anunciaba, eran
grandotes, atropelladores, y hacían del foul su arma favori la
Eran, además, alumnos mediocres en la escuela y poco queri­
dos por los apacibles vecinos. Los Venados, en cambio, eran
más bien esmirriados y con inclinaciones intelectuales, si
bien, por ser ágiles y astutos, muchas veces lograban aven­
tajar a sus rivales en el marcador. Así, el partido del domingo
siguiente, que reuniría por primera vez a estos disímiles
equipos en una final, causaba expectación en sus hinchas y
prometía ser el acontecimiento deportivo del año.
Los Mastodontes se caracterizaban por su fútbol agresi­
vo y una resistencia física extraordinaria. Las esperanzas de
los Venados se fundaban en el contragolpe yen su magnífico
arquero, el Canguro Esteban. Este arquero no sólo era ágil en
la atajada y en los saltos, sino que calculaba siempre' el
ángulo exacto en que d,ebería colocarse para recibir el balón.
Una cosa lo distraía del fútbol: el estudio. Esteban era el
primero del curso, y tan bueno en las letras como cn las
matemáticas.
El vicrnes a las seis de la tarde sucedió algo fuera de lo
común: Esteban no asistió a¡ entrenamiento. Sus compañe­
ros se quedaron esperando en el campo de juego sin que la
(1(. TRECE CASOS MISTERIOSOS
alt<:; figura del Canguro apareciera. Dado que el arquero era
siempre tan responsable, el resto del equipo intuyó que algo
gr:we pasaba, Lo fueron a buscar a su casa; recorrieron el
l)CintO, llegaron donde la abuelita; revisaron el colegio y
hasta investigaron con disimulo en los carabineros. ¡Nada! El
Canguro se había esfumadt>.
Hasta que de pronto, a las ocho de la noche, se tuvo la
primera noticia. Un sobre amarillo se deslizó silencioso bajo
la puerta de la casa de Vicente, el capitán del equipo de los
Venados. De inmediato este ci tó a su casa a los diez jugadorcs
restantes y leyó con voz tensa:
lO'emM" 9J.m;
)Si, ~ o.. ..bu. ~,~ ~I).t.
~~~~t:~~­
"b... cU- ~ &u1-. ~O"i. .& ~
~ ~ ~k~·iQl>ot..
~~~
Luego de la lectura un coro dc voces se alzó indignado:
-¡Esto es obra de los Mastodontesl ¡Sólo ellos escribirían
doce con 51
-¡Finalmente, nos tienen miedo!
-¿Dónde lo tendrán escondido?
-¡No podrá entrenar!
-¡Ni jugar el domingo... '
-En ese caso, llamaremos a la policía ...
La voz del capitán los interrumpió:
-Hav que ir con calma. Esperemos el segundo mensaje y,
antes de 'hacer esto público, tratemos de vencerlos con n~e~­
tra astucia.
-Hagamos un último intento de búsqueda por el pueblo
--dijo el zaguero cen tral.
EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO ó7
Los diez amigos, cada Uno por su cuenta, recorrieron
cabizbajos todos los rincones de Villalongo. En la plaza se
habíanjuutado los Mastodontes, que a grandes voces comen­
taban:
-¿Qué les pasará a estos Venaditos que andan tan afana­
dos? ¿Se les perdería la mamadera:> ¡Agú, agú'
El capitán de los Venados, sin mirarlos, se limitó a con­
testar:
-¡No se sientan tan seguros! El que ríe último... goleará
melar .
. Se escuchó la carcajada de los Mastodontes atronar cnla
plaza.
. Al día siguiente todos sc reunieron en el club deportivo.
Los diez amigos se turnaban para vigilar la puerta, cuando, a
las doce en punto, un ruido de vidrios quebrados en la venta­
na trasera los sobresaltó. Corrieron hacia cllugar y alcanza­
ron a ver una figura maciza, enfundada en un capuchón gris,
desaparecer en la esquina de la calle. Vicente recogió del
sucio una piedra que traía un papel amarrado con un hilo. Lo
estiró con cuidado para no romperlo y, ante los diez amigos
que lo rodeaban expectantes, levó:
!lr~:

~~ cU. "' ...... ,.~OJ"

~.. ~h:::2~

o
dio... J r~_~ ~ . ' '" - (.(5-0
eU.
..uJl. ~'Cb ~
mo ~ ~ ~ ·M"ft;iA,,~ en.
~. ~""'~
.lM. ~ ~Co.Mnvun1) ~
• r>,
~~~~-~-~,
-¡Malditos' -gruñó Vicente.
-¡Cobardes' -siguió el mcdiocampista.
-Son unos estúpidos Mastodontes -agregó el puntero
69
1>1 TRECE CASOS MISTERIOSOS
derecho-o Además, asnos incultos: esta vez son cuatro las
faltas de ortografía en cuatro líneas.
-Pero igual los venceremos -dijo otro.
-Yo no estoy tan seguro... Al pobre Esteban no le deben
dar ni de comer para que esté débil el domingo -volvió a
opinar el mediocampista.
-¿Y si vamos a la policía? -preguntó el puntero derecho.
-No. Arreglemos el asunto entre nosotros: no me cabe
duda de que el Canguro es lo suficientemente intcIigente
como para escapar, o algo así... -concluyó Vicente.
El tercer mensaje llegó atado al cuello de Fido, el perro
del zaguero central.
-¡Si supieras hablar, Fido l ¡Espero que hayas mordido al
menos una pierna del que te amarró el mensaje l
El perro movía su cola y, por su mirada apacible, se
advertía que no era capuz de atacar ni a su propiu sombra.
Esta vez Vicente v los demás se inclinaron sobre el men­
saje. Esto fue lo que leyeron:
~ ~
EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO
~ ~ ch¡'etn ~ lx&m
~k~~,rrne~
~ em.J.J.J'n ~ 1ft dcrnilTlJp
~cY. en el caMJ' con~­
J"tÚY/ ~ ~ a AiU;
~
tVUA/
Se produjo un gran silencio. No cabía la menor duda: era
la lelra del Canguro. ¡Pero se resislían a pagar el rescate y
reconocer su total sumisión al chantaje!
-¿Se fijaron en las faltas de ortogra[ia? -preguntó el
capité'tn-. Parece que se contagió con los Mastodontes.
-Es seña de su nerviosismo ...
-¡Si hasta escribió mal su nombre'
-¡Pobre tipo, a lo mejor lo están torturando y ni sabe
cómO se llama! -se estremeció el puntero izquierdo.
-¡Y pobres de nosotros! No veo cómo vamos a salir de
esto airosos -suspiró el zaguero central.
Se quedaron mudos unos instantes. Hasta que de pronto
Jorge, uno de los laterales, exclamó:
-¡Pásenme el mensaje'
Lo volvió a leer en voz baja y con mucha atención.
71
lO	 TRECE CASOS MISTERIOSOS
-¡Ya sé! -gritó-o ¡Descubrí en qué lugado tienen! ¡Sígan­
me! Iremos, sin balón de fútbol, a su rescate.
El equipo completo de los Venados corrió a las afueras
del pueblo, y Jorge indicó un lugar, a la distancia, entre los
roqueríos. Avanzaron sigilosos. El zaguero derecho gri tó,
usando sus dos manos como bocina:
-Si en diez minutos no estamos en el club con Esteban,
nuestro capitán enviará a la policía ... ¡Ríndanse!
Hubo unos instanles de tensión. Del lugar no salía nin­
gún ruido.
-¿No te habrás equivocado, Jorge? -susurrÓ alguien.
-No, ¡estoy segurol
y lan seguro estaba, que no habían pasado cinco mínu­
tos, cuando la figura del Canguro aparecía frenle a ellos.
Lector: en el mensaje, lógicamenle, había una clave. Si
Jorge la descubrió, ¿por qué no tú:> ¿ En qué lugar ocullaron al
arquero?
Nota: El parlido se jugó, tal como estaba planeado, y los
Venados ganaron 3 x 2 a unos avergonzados Mastodontes.
EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO
CRUCIGRAMA DEL SECUESTRO DEL ARQUERO
Horizontales:
l.	 Terminación verbal. Pa­

labra para bajas tempe­

raturas. Acuática circen­

se.

2.	 Acción desplegada en el

cuento. Oro galo. f

3.	 Negación. Si no es un

poema de la Mistral, cor­

ta los bosques.

4. Muac (inv.). Flor de un i!

solo pétalo. I I I I I

5.	 Competencia in{antil en ~

Villalongo. El que lo hace l.

último lo hace mejor.

6.	 Este es un ondulado me- "

chón sin vocales. Unidad I¿

de fuerza. Escuchar.

7. Tres	 primera letras de Il, ! I I I I I

calurosa línea geográfi­
ca. Pronombre para ti.

8.	 UrJO de los equipos en competerlcia.
9.	 Las de rana son muy ricas apanadas. Preposición guerrillera.
10.	 Al {in al del cuento los Velwdos marcaron más. Tontonas.
11. Posesivo para ustedes. Futuro verbal para versificadores.
12.	 Letra griega (inv.). Capital para Allan Prost. Diminutivo masculino.
13.	 Nombre para d~scansar. Donde se reunlan los Venados.
Verticales:
1.	 El puntero derecho cal;ficó así a los Mastodontes. Quise (inv.). Dupla
{inv.).
2.	 Están entre rejas_ Apodo pora Esteban.
3.	 Antiguos habitantes del norte de Italia.
4.	 Hob&y de Venados y Mastodo-ntes. Igual. Letra griega.
5.	 Diosa ypresa. Harán cof-<:of.
6.	 Le faltó la "a" para estar rodeada de agua. A este mágico y diminuto
personaje le faltó la última sílaba. Color del caplJ.Chón del·mensajero.
7.	 Pudor (inv.). Lengua provenzal francesa. Posesivo para mí solo.
8.	 Puelto de la India, ex colonia portuguesa (inv.). Sala de recepción (inv.).
9.	 Arma faTJO'lita de los Mastodtmtes. Cuando es mínima no paga impuestos
(inv.).
J 1<1>1:1', CASOS MISTERIOSOS
EL CASO DEL LADRaN CON MASCARA
11' t ",.il'lI ,1,' IItI /nhuio. Ataste (inv,).

I i ¡', ,'1 'i" '1111' ¡lIdiea "junto él ", Dos vocales con punlOs, Selion. Pronombre

p.ll.1 li.
l' NIII del/JiIIO secllesfrado, Los ladralles la piden t1 cambio de la 'Ida,
El inspector Soto caminaba hacia su casa,
luego de una larga y agotadora jornada en su
oficina, Eran las diez .Y media ele la noche y,
al ver las luces del pequeño supermercado
del barrio aún encendidas, recordód encar­
go de su señora: una tarje1a poStal para unos amigos que
vivían en los Estados Unidos y estaban de aniversario de
matrimonio,
Entró con aire distraído al supermercado, Sólo una caja
funciona ba, Miró vagamente a la muchac'ha sen lada tras la
caja registradora, y se dirigió al anaquel giratorio donde se
exhibían postales. Contempló con calma los paisajes, y leyó
las tarjetas y sus dedicatorias: "A mi querida abuelita", "Al
mejor esposo del rmmdo", "¿ Un (//10 más? Con un suspiro
siguió buscando. Sólo se escuchaban el tintinear de la regis­
tradora a sus espaldas y los pasos ele los últimos parroquianos
que salían por la ancha puerta. Oyó un carraspeo de la cajera.
"Pobre muchacha", pensó; "debe estar tan cansada como
yo". Se decidió entonces por una gloriosa cordillera nevada
que brillaba tras un Santiago sin esmog.
Yen ese momen1o escuchó el grito.
Con la rapidez propia de su oficio se dio vuelta para ver,
ante sus propios ojos, a un encapuchado que encañonaba a la
muchacha con una pistola en la sien, Los ojos del hombre
brillaron al fijarse en Soto y, con un gesto, le indicó inmovili­
dad. El inspector vía cómo la tela se hundía bajo una boca
abierta.
Su mente funcionó a toda velocidad. Sí él actuaba, el
74 75
TRECE CASOS MISTERIOSOS
hombre podía herir a la mujer -tal era la decisión en su
gcsto-, mientras ella depositaba el dinero en una bolsa. La
cajera obedecía con manos temblorosas, y emitía unos entre­
cortados quejidos cuando el encapuchado la apuraba con
golpes de cañón contra su nuca.
No había pasado un minuto. El ladrón comenzó a retro­
ceder, y sin dejar de apuntar alternadamente a la mujer,! a
Soto, que estaba un par de metros tras ella, desapareció
corriendo por la puer ta principal.
Soto, sin ni siquiera ocuparse de la cajera que se desvane­
cía como en cámara lenta, salió becho un celaje tras el enmas­
carado. Lo vio correr por la solitaria avenida, desprender de
un tirón su máscara de tela, '! abordar un taxi colectivo que
pasaba en ese momento por la esquina.
Los ojos de lince de Soto buscaron con rapidez un vehícu­
lo para seguirlo. Sólo vio a un joven en moto que aparecía por
la orilla de la calle, junto a la vereda.
-¡Soy policía ¡Ayúdeme! ¡Siga a ese taxi' -gritó Soto,
'
montando a horcajadas tras el joven que, sin dudarlo un
instante, aceleró a fondo.
La persecución fue espectacular. El co1cctivo, gracias a
los semáforos en verde, seguía en forma expedita por la gran
calle de su recorrido. Pero la moto, más veloz que cualquier
aut.o y guiada por un adolescente que, en ese momento, se
sentía protagonista de una serie policial, no perdía terreno.
-¡Hazle una encerrona! -ordenó el inspector.
El chofer del colectivo miró con preocupación esa molo
que se acercaba peligrosamente a su costado, y disminuyó la
velocidad.
Soto gritó.
-¡Alto! ¡Policía!
Pero los pasajeros y el chofer del taxi, con los vidrios
cerrados, parecieron no escuchar.
-Adelántalu y crLIza te para que se detenga -cuchicheó el
inspector al oído del motorista, mientras a su vez hacía señas
al chofer con un brazo.
Finalmente, en una arriesgadísima maniobra, el excelen­
lL' conductor que resultó ser el joven de la moto logró su
EL CASO DEL LADRaN CON MASCARA
objetivo: con un gran chirrido de frenos, el taxi se detuvo en
medio de la calle.
La suerte estaba delladu de Solo: dos carabineros hacían
guardia en una esquina y, al ver esta extralla maniohra,
corrieron hacia ellos.
-¡Inspector Sotol -gritó este, con sus credenciales en
alto-: ¡Necesito ayuda! ¡En este taxi va un ladrón I
Los carabineros desenfundaron sus pistulas de servicio e
hicieron descender a los ucupantes del autu. Eran el chofer
más cuatro hombres vestidos con trajes oscuros, que miraron
sorprendidos.
-¡Regístrenlus -ordenó el inspector.
'
Los carabineros procedieron. Pero, ante el asombro de
Soto, ninguno de ellos tenía ni arma ni billetes. Sin embargo,
una rápida investigación dentro del auto mostró una bolsa
-con la pistola y el dinero-escundida bajo el asiento delante­
ro derecho.
-¡Ahá' -dijo Soto, r-asc6ndosc una de sus enormes
orcjas-: lo siento, señores, pero, al menos que alguno confie­
se, están todos detenidos.
- Yo no tengo nada que ver en esto -akgó d chofer, con
voz agudizada por los nervios.
-¡Ni yo tampoco l -siguió un señor ele anteojos, lcvantan­
77
'le> TRECE CASOS MISTERIOSOS
du las manos en actitud defensiva-o ¡Soy un pobre empleado
bancario, y mantengo con esfuerzo a mi familia.
-¡Esto es un atropello! -vociferó un tercer hombre de un
impecable abrigo negro-o i Ustedes no saben quién soy yo'
Junto con hablar sacaba tarjetas de su billetera.
- Yo soy un honrado vendedor viajero, y jamás he tenido
que ver con la policía -dijo a su vez un hombre de bigotes que,
por su voz nasal, mostraba un evidente romadizo.
-Yo..., yo, pe-pe-pero, noentien-do lo que pa-pa-papasa
-gimió el último, tartamudeando con gran desconcierto.
-¡Todos a la comisaría! -ordenaron los carabineros con
gesto decidido.
Uno de ellos ya pedía ayuda a través de su walkie lalkie.
La sirena del radiopatrullas no tardó en oírse.
El inspector Soto terminó de rascar concienzudamente
su otra oreja. Miraba fijo a cada uno de los sospechosos que
permanecían sujetos con firmeza de un brazo por los policías.
Entonces Soto, con su voz ronca, habló:
-Debo advertir quc todos irán a declarar a la comisaría.
Pero también les comunico que sólo uno irá esposado.
Los cinco hombres se miraron con sorpresa.
Soto musitó algo al oído de uno de los carabineros; este,
sin vacilar, se adelantó y colocó las esposas en las muñecas
del que indicaba el inspector.
EL CASO DEL LADRQN CON MASCARA
Otra vez Soto, con su aguda perspicacia, había dado en el
clavo: el ladrón, sintiéndose acorralado, confesó su culpa en
el camino.
Lector: ¿podrias tú deducir, al igual que Soto, cuál fue el
culpable y cómo se delató? Todas las pistas cstán dadas.
78 TRECE CASOS MISTERIOSOS
CRUCIGRAMA DEL LADRaN CON MASCARA
Horizontales;
l.	 Encargo de la señora de

Soto. Giramos en torno a

él.

2.	 Goloso y perezoso. Arte­
ria principal para tránsi­
to sanguíneo. Quiere.

3. Lugar del atraco.
4.	 Subterfugio (inv.). Des­

cansan en las estaciones

(inv.).

S.	 Conjunto de cosas pasa­

das por un hijo. Con "n" /O

final se comería a diario.

Negación prolongada 11

(inv.).

J
~~
W---I---+-I---j
6. Vocales gordas. País del norte que se emplea. Sin nombre.
7.	 Pronombre suyo. Sol egipcio. Afirmación rusa que ofrece. Carla de la
baraja.
8. As! estaba el ladrón.
9.	 Para enfermos supergraves. Campeón de tenis francés (inv.). Para velos
de novia.
10. Tan sagaz como los ojos de Soto. Cecina que comieaza muerta de la risa.
11. Descifra signos. Nombre masculino que casi fue adamascada fruta.
Verticales:
l.	 Forma verbal subjuntiva para acatarrados. País asiático de las úlrimas
olimpíadas.
2. Alisa el caballero sus bigotes (inv.). Así dice "hasta" el presidente.
3.	 Guardarropa para abuelitas. En sus comienzos este arte era mudo.
4.	 Este es el fin de Roberto. Demostrativo francés.
5.	 El imán lo hace con el metal. Anita Pacheco. Existe.
6. Tío con cabaña. Materia orgánica vegetal descompuesta (inv.).
7. Griego es este dios peleador. Quita.
8.	 Sube al árbol. Dedo del árbol.
9.	 Cadera.~ de caballo. Surtir (inv.).
10. Vocales distintas. OfTendan (inv.). Ex líder comunista chino.
11. Condición dd encapuchado. MorUó a horcajadas en la TT'oto dd. javen.
12. Vehículo clave para atrapa-r al ladrón. Le sigue el dos.
13. Se dirige. Como la voz; de uno de los oClLpa'ntes del taxi.
EL CASO DEL GATO PERDIDO

Seis de la mañana. Los gritos de doña Dora­
lisa despertaron al vecindario:
-¡Tutankamón! ¡Tutankamóooon! ¡Tu
leche, minino'
Del segundo piso de un pasaje del barrio
Ñuñoa, la cabeza blanca y despeinada se agitaba de un lado a
otro.
Diego, su vecino. abrió la ventana de su cuarto, y con
rostro soñoliento preguntó, asomándose:
-¿Qué pasa, doña Doralisa? ¡Estarnos en vacaciones, no
siga grllando!
-¿No has visto a Tutankarnón, hijo? ¡No está en su canas­
to por primera vez en mil cincuenta mañanas...! ¡Tutanka­
móoon I ¡Tutankamóoon! -siguió llamando en todas direccio­
nes.
Josefa también despertó. Restregando sus ojos se arrimó
a su hermano Diego, sin entender aún de qué se trataba el
barullo.
-¡Tutankarnóoon! ~seguían los gritos destemplados de
la anciana.
Las ventanas fueron abriéndose de una en una, y varias
caras dormidas y furibundas comenzaron a pedir silencio.
Pero doña Doralisa ya estaba en la calle, y corría con un
plato y una botella de leche, sin hacer caso de sus vecinos.
-¡Tutaaa l ¡Tutaaa! ¡Mininooo! -Uamaba ahora con voz
dulce y ojos húmedos.
A las nueve de la mañana Tutankumón aún no aparecía.
DOJ1a Doralisa casi se desmayó en la acera, y los dos herma­
nos salieron a buscarla.
81
HO TRECE CASOS MISTERIOSOS
-Si no vuelve Tutankamón, va no tenf?:O razón de vivir
-gemía la viejecita. " ~
Los niños la habían llevado a la casa y, recostada en su
mecedora de mimbre, se dejaba abanicar por Diego con una
revista mientras Josefa, con los ojos muy abiertos, le refresca­
ba la sienes con un pañuelo mojado.
Diego entonces ofreció:
-No se preocupe, doña Dora, le prometo por mi honor
que le traeré el gato de vuelta, vivo o muerto...
Un pun tapié de su hermana y un sofoco de la viej ita -q ue
puso los ojos en blanco y comenzó a ahogarse-lo hiw recliG­
caro
-Quiero dccir vivo ... Déme dos horas y tendrá a Tutanka­
món -añadió con voz de agen te del FBI.
Doña Doralisa pareció reanimarse. Josefa susurró al oído
de su hermano:
-¿Para qué te comprometes? ¿Y si el gato está muerlo?
Con un empujón firme, Diego la alejó de él; se paró muy
tieso y reiteró:
-Parto en misión: este será nuestro cuartel general, y
nadie podrá entrar ni salir sin mi autorización. Tú, Josefa, te
quedas aquí cuidándola.
-¡Ah, noo! Yo te acompaúo, porque doña Duralisa se
muere de ganas de descansar -dijo la niña, lanzando a su
hermano una mirada de furia-o Además, está respirando muy
raro..., ¿no es cierto, doña Doralisa?
-Tutankamón... -musitó la viejita.
-¿Ves? -dijo Josefa-. Ella quiere soñar con el gato, ¡va­
mos!
El plan de Diego era recorrer casa por casa en el pasaje,
h;;¡sta obtener fllguna pista. En realidad, Tutankamón era un
gato gordo, antipático y maullador, que no despertaba las
simpatías de los vecinos. ¡Pero de ahí a desear su muerte
había una diferencia!
Provistos de una grabadora de pila, para registrar las
declaraciones de los sospechosos -la manejaría Josefa-, Jos
dos hermanos comenzaron la pesquisa. En una casa les abrió
EL CASO DEL GATO PERDIDO
la seúora Torres; tenía a su guagua en brazos. Se veía ojerosa

V demacrada. Habló entre bostezos.

- -Por favor, niños, no hablen fuerte; recién logro que se

duerma. Me he pasado la noche en vela ... El pobrecilo llora­

ba, y yo no tenía la mamadera para darle más leche.

-¿La mamadera? ¿Se le quebró? -preguntó Josefa, mi­
rando al bebé.
-No sé ..., pasé tan mala noche, y en la confusión ...
-¿Confusión? -Josefa apretó el botón de la grabaclora.
-Sí..., entre los llantos del niño y los maullidos de ese
gato...
-¿Oyó al gato? -preguntó rápido Diego, entrecerrando
los ojos.
-Ehhh, sí ..., parece... -eontestó la señora Torres en forma
vaga.
-¿Cómo que parece? ¿No habló de unos maullidos? -in­
terrogó nuevamente Diego, y Josefa acercó el micrófono a la
boca de la señora.
La señora Torres retrocedió dos pasos, y preguntó:
-¿Qué significa este juego, niños?
-Significa que Tutankamón ha desaparecido y estamos
investigando -contestó Diego.
83
TRECE CASOS MISTERIOSOS
~2
--Pues vayan a investigar a otro lado, y no me molesten.
¡Era lo único que me faltaba!
y ccrró la puerta con estrépito. Al segundo, sintieron los
berridos de la guagua.
Diego y Josefa se miraron con aire de expertos y la niña
murmuró a la grabadora:
-Primera sospechosa.
De ahí se fueron a la casa número 2.
Estuvieron largo rato tocando el timbre, sin respuesta. A
los cinco minutos se oyeron unos pasos, y abrió un joven
adormilado y barbón. que los miró con desinterés:
-¿ Silii)
-Hola, Mateo: ¿has visto a Tutankamón? -preguntó Die­
go y se escuchó el clic de la grabadora.
-¿Al Faraón? -fue la respuesta del estudiantc.
-No. al gato -contestó Josefa, muy seria.
-Al gato maldito.... s610 lo escuché, ¡pero si lo veo, lo
mato!
-Conque lo matas..., ¡eh? -dijo Diego--. ¡Justifíeate'
-La que se va a tener que justificar es esa maldita vieja,
dueii.a de ese maldito gato que no lT1e dejaba estudiar el
maldito tomo de trescientas páginas de historia, y ahol'a me
vov a sacar una maldita nota ...
" Los niños retrocedieron ante ];:¡ ver'borrea furihunda de
Mateo. que ya había perdido su aire soñoliento y agitaba con
fuerza su melena chascona.
Se oyó el segundo portazo en el callejón y la voz de Josera
al decir:
-Sospechosísimo número 2.
-Prepárate. Josefa: nos toca interrogar a la scilora Ema
Araos -dijo Diego.
Josefa, entonces, encendió la grabadora y dictaminó:
-Sospechosa número tres.
-Josefa: ¡método! Te estás adelantando.
-Pero. Diego. todo el mundo sahe que la senara Ema odia
a los animales y le molestan los niños.
-.Preparémonos para un tercer portazo -susurró Diego,
mientras tocaba el timbre.
EL CASO DEL GATO PERDIDO
La puerta se abrió. Una señora Ema sonriente y plácida
los dejó un poco desconcertados.
-Hola, queridos: ¡qué gusto verlos l ¿En qué andan? ¡Pa­
sen'
-No, gracias, senara Ema. es algo rápido. Sólo qucría­
mas preguntarle si ha visto a Tutankamón, quc se perdió.
- y doii.a Doralisa está casi por morirse -añadió Josda.
lista para apretar el botón.
--¡Oh. nao! ¡Pobre gatito, y tan gordo que eral
-¿Era...) -Josefa encendió la grabadora.
-¿No me dicen que se murió? -preguntó la sei1ora, des­
concertada.
-Le dijimos que la que está por morirse es la sellara
Doralisa, pero de pena -le contestó Diego.
-¡Ahhh! Ya entiendo, no cs para menos -suspiró la scJio­
ra Ema.
-¿Entonces no ha visto al gato) -insistió Dicgo.
-No lo he visto ni lo he escuchado.
-Pero si anoche todo el barrio ovó sus maullidos -se
extrai1ó Josefa. .'
-Yo dormí como una piedra.: ¡mi hijo Serafín me anun­
ció visita' -sonrió feliz-o Ustedes saben que él vive en el
norte, y estoy tan contenta, que anoche podrían haber mau­
llado treinta gatos y me habría parecido un concierto de
violines.... ¡ja, ja'
La puerta se cerró suavemente y la escucharon cantar.
Los jóvenes detectives, algo perplejos, siguieron su cami­
no hacia la casa número 4.
-¡Algo no encaja! Mis células grises están confundidas
-refunfuñó Diego.
-Déjate cle imitar a Hércules Poirot -se burló su hermana.
Ygolpearon en la puerta siguiente, la casa número 4. que
no tenía timbre. Era la casa del escritor.
Cuando abrió la puerta, los nii10s se enfrenLaron a don
Juan García Gómez con su chaqueta y pantalones arrugados
como si hubiese dormido vestido.
-¿Y esta sorpresa) ¡Adelante! -dijo el escritor. Y sin
esperar respuesta caminó hacia el interior de su casa.
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  • 1. iCONVlERTETE EN DETECTlVLI CASOS MISTERIOSOS PARA LEER Y JLJ( ,Al' ¿Quién planeó el robo de las IIbroteJ:, (h 1 notas en el tercero B del Colegio [311011( 1 ventura? ¿Podrás encontrar los pl:,llli' para dilucidar el atraco al Banco MI J chosmlles? ¡Algo terrible sucedl6 ( 1JI, la cajita que doña Sara guardélh(l (( 111 tanto celo! El Canguro, arquero (Iu 11 ,', famosos Venadillos, ha sido secuoslrll(lu, por suerte, logró enviar un mens(]J'J )11 clave a sus compañeros: desclfrurlu (1:, JI' tarea. Trece son las incógnITas, una por<'J ('1 H t. 1 cuento; y también trece los crucluré 11111 1'. que podrás resolver, al final de CCJ(j(J I1 lato, si sabes usar el ingenio, ~< DE 77.-<J11(, ~~ NIVEL 3 OS' ~ COLEGIO CUMBRES MASCULINO TRECE CASOS MISTERIOSOS Ili.iBilll 10836 NOCOP.4
  • 2. Querido lector: Estos cuentos son para que te transformes en detective. Si lees con atenciÓn y te fijas en los detalles, podrás enconfr(/1' la pista que te llevará a descubrir al ClAlpable. Si no logras dilucidar el enigma, ayúdate con un espejo: en páginas 105 - 117, las soluciones están dadas, pero... al revés. También te invitamos a resolver los crucigramas de cada caso: muchas de sus definiciones -las que están con letra dife­ rente- tienen relación directa con el cuento que les corresponde. Las soluciones de estos juegos aparecen, asimismo, en las pági­ nas mencionadas. Te desafiamos a solucionar los trece misterios de este libro, con igual sagacidad que el inspector Soto, personaje presente en algunos de estos cuentos. Y no olvides: la observación es la cualidad indispensable para un buen detective. Las autoras
  • 3. INDICE El caso de las libretas de notas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1 El caso de las perlas grises 9 El caso del regalo de cumpleaños 19 El caso del atraco al Banco Muchosmiles . . . . . . . . . . . . 25 El caso del zafiro de doña Sara 33 El caso de las secretarias quejumbrosas. . .. . . . . . . . . . 41 El caso dc 1a moto embarrada 49 El caso dd joyero angustiado . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57 El caso del secuestro del arquero 65 El caso del ladrón con máscara 73 El caso del gato perdido . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79 El caso de la estatua Mujer Sentada Pensando. . . . . . . . 89 El caso de la pagoda de marfil . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95 Soluciones ..... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 105
  • 4. EL CASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS i El tercero medio A del colegio Buenaventu­ ra era un curso bastante revoltoso. Ese vier­ nes entregaban las notas del trimestre, y la señorita Leonor dejó el alto de libretas blan­ cas en una esquina de su escritoriu. La lola­ lidad de los veinticuatro alumnos fijó sus ojos muy abiertos en ellas: el panorama que presagiaban esas libretas no era muy alentador. - Tengo rojo en matemáticas -SUSUITÓ la gorda Marcela. - y yo en química -cuchicheó Andrés, pálido por encima de sus pecas. -¡Adiós, fiesta' -suspiró Catalina, soplando con desáni­ mo su chasquilla. -i Silencio! -interrumpió la scñori ta Leonor-. Qu iero de­ cirles que en general el rendimiento del curso durante este trimestre ha sido pésimo, y las notas, muy malas... Repartiré las libretas durante la última bora de clases, y tendrán que traerlas firmadas el lunes, sin falta. La profesora, luego de sentarse en su silla, llamó a Mauri­ cio al pizarrón. El muchacho, que tenía fama de m8tco, co­ menzó a resolver una complicada ecuación, y 18 clase siguió len ta y pesada. Media hora después una campanilla animó levemente las sonrisas en los rostros: todos gum-daron sus libros y salie­ ron a recreo. -¿Cómo convencer a la pro[e para que no nos entregue las notas hasta el lunes? -preguntó Marccla, sin ánimo ni para q:omer su emparedado de queso.
  • 5. 3 TRECE CASOS MISTERIOSOS ¡SlIl:¡iasl -le contestó la lánguida Constanza. Fs que el asunto es grave: ¡nos quedaremos sin fiesta, t'ulllJic! ¿No te das cuenta? -¡Claro que me doy cuenta! ¿Por qué crees que estoy tan deprimida? -El gesto de Constanza era de absoluto desalien­ lo. Se afirmó en la vieja palmera, en una pose de actriz dramática. En ese momento se acercó Mauricio. -Al paso que van mis porras compañeras -dijo-, tendré que bailar solo en la fiesta si entregan hoy las libretas... -¡El genio Mauricio! ¡Nunca pierde la oportunidad de hablar de sus maravillosos sietes! -comentó Marcela, dándo­ le la espalda. -No sean tontas, nenas, si lo único que quiero es que todos vayamos a la fiesta. -Nosotros también queremos. ¿Qué propone el genio? -interrogó Constanza, sin perder su desgano. -Un ardid para e,vitar que nos entreguen las libretas -respondió Mauricio, muy serio-o No olviden que tengo que conquistar a Catalina ... Marcela, al oír esto, levantó una mano y gritó: -¡Eh! ¡Tercero A! ¡Reunión: el genio tiene su plan! -No seas tonta, Marcela, si usaras más tu cabeza ... -Mau­ ricio llevó un dedo a su propia sien y luego se alejó con expresión hosca. Andrés y Catalina se acercaron a las dos amigas, que se habían quedado mudas, contemplando a Mauricio. -Con Catalina hemos estado pensando que hay que evi­ tar, como sea, la en trega de esas notas. -·Otro genio que descubrió ia América: ¡lodos sabemos que con esas notas hay que olvidarse de la fiesta! -se enojó Marcela-. Pero hasta ahora nadie ha propuesto una solu­ ción ... Connie golpeó con rabia el tronco de la palmera, y luego, con un gesto asustado, mostró la yema de su pulgar herido por una pequeña astilla. -Una que se fue a la enfermería -comentó Andrés. EL CASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS 1¡~1 @l+ )J3? M : ;. ~~~... e;:p. ~.
  • 6. 5 TRECE CASOS MISTERIOSOS y olrél que se va a la biblioteca: tengo que devolver un lilllo. Catalina partió corriendo. IlIllrés y Marcela quedaron pensativos. Bueno, no me queda otra que resignarme a un sábado si 11 liesta: estoy sentenciado -dijo Andrés con tono sepulcral. Mal-cela quedó sola. -¿Resignación? -repitió para sí-o iAh, no, eso nunca! -y caminó a grandes zancadas en dirección opuesta a la de su amigo. Al poco rato la campanilla anunció el final del recreo y el comienzo de la última hora de clases. Los alumnos entraron a su sala en forma estrepitosa y cada uno tomó asiento en su lugar. En ese momento, estalló la voz de la proCesara: -¿QUIEN SACO DE AQUr LAS LIBRETAS DE NOTAS? Un silencio total fue la respuesta. La señorita Leonor insistió, en tono aún más agudo: -Repito, por si no han entendido: ¿quién sacó de aquí las libretas? Los alumnos se miraron asombrados, pero ni una pala­ bra salió de sus bocas. La profesora, entonces, se levantó de su silla. -Niños: esto no es broma. Es gravísimo. Por última vez: ¿quién fue el gracioso o graciosa? Es mejor que se levante ahora ... Ni un suspiro se escuchó. Marce1a observaba a sus com­ pañeros en una inmovilidad total. Connie miraba a Marce1a. Mauricio disimulaba una sonrisa con Catalina. Andrés raya­ ba con insistencia la tapa de su cuaderno. Un aire de expecta­ ción, mezclado con mal disimulada alegría, flotaba en el ambiente. La voz de la profesora ahora amenazaba: -Ustedes saben que este es motivo de expulsión, pero les daré una últi ma oportunidad: me iré de la clase sólo por cinco minutos y, si a mi regreso no están las libretas sobre el escritorio', comunicaré el hecho a la Dirección. Calló unos segundos, y luego prosiguió: -Les doy una oportunidad para ser honestos. Si se pre­ '-;L'nta el culpable, el castigo no será tan drástico. Si no sucede ;lsí. alguien arrastrará a todo el curso con él. EL CASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS y salió de la sala. En el primer momento nadie habló ni se movió. Estaban todos paralogizados. Hasta que de pronto una figura -conoci­ da por los lectores- se incorporó de su banco y caminó hacia el closet de los útiles. Tomó con ambas manos el alto de libretas, escondidas tras las cajas de tiza, y, ante el estupor de sus compañeros., avanzó hacia el escritorio de la señorita Leonor. Cumplido el plazo, cuando la profesora regresó, las vein­ ticuatro libretas blancas ya estaban en su lugar. La señorita Leonor las tomó sin decir ni una palabra. El curso entero estaba pendiente de sus más mínimos gestos. La oyeron suspirar, y vieron cómo trataba, al parecer, elc borrar una manchita sobre la primera Libreta. Su cara no reflejaba ninguna emoción; pero a sus alumnos, que ya la conocían, no les cupo duda de que ella estaba decidiendo algo. En ese momento habló: -Bien..., ahora falta que se presente el culpable. Como el silencio se prolongaba, la maestra caminó entre los escritorios para observar con detención a sus alumnos. Los niños, nerviosos, se mantenían inmóviles. Catalina ape­ nas si respiraba; Mauricio se mordía el labio; Connie daba vueltas al anillo en su dedo, Andrés retorcía el lóbulo de su oreja, y Marcela había cerrado los ojos en actitud de mártir. ~ "¡
  • 7. 1, TRECE CASOS MISTERIOSOS Cuando el recorrido hubo fínalizado, la voz fue tajante: -Quiero que sepan que ya me he c..:nterado de quién es el responsable. y dijo un nombre. La profesora no se equivocaba. Con gesto compungido. la persona aludida confesó su culpa. Hábil lector: la señorita Leonor fue muy sagaz. ¿Qué vio ella en su paseo entre los alumnos que la llevó a descubrir al culpable? ELCASO DE LAS LIBRETAS DE NOTAS CRUCIGRAMA DE LAS LIBRETAS DE NOTAS Horiwntales: 1. Sustantivo que modifica y que transa billetes. Hierba (inv.). 2. Medio baile polinésico. Tercera letra. Pint<l de la baraja. 3. Corno el Buenaventura. Nombre de la profeso/-a, Sil1 UrH 4. Este bárbaro europeo del año 400 tiene uu comien­ zo para volar y termina Iv negando. 5. Evaluad su precio. Si es negra habrá lluvia. Cam- Ji peón. n 6. Los guardaron antes de salir a recreo. 7. D{a para devolver las libretas firmadas. Exclamación para toros (¡nv.). 8. Vocales que parecen velas. Contrario '11 par. Lo más allo en inglés. 9. Molusco (inv.). Medio progenitor. Al sol se la debemos. 10. Componente de la orina (inv.). Los del cuellto se la perdieron. 11. Nari7. del barco (inv.). Bes<! sin vocales. Furia. 12. Ell1wteo del cumlO. Madre a medias. i3. Con "c" se cae. Desabl'ida y fome. Hágalo con los ojos. Verticales: l. Soplaba su chasq~li/la. Calcio. 2. Devasta. Aquí están las ciuco vocales, pero en desorden. 3. Así eran las 11olas. Fallecí (inv.). 4. Nombre del colegio. 5. Dios inglés. Socorro. Materia infecciosa. 6. Naves Orbitales Fantásticas. Letra gnega. 7. Era lánguida. Plumífero dios egipcio. 8. Vocales de tope. Tubo sin principio ni fin. Caza en el mar. 9. Objetos robados. 10. Dios del viento. El que lo es tiene un sobrino. 11. Vestidura (inv.). Ventoso infinitivo prohibido en clases. 12. Alfiler inglés. Quiera. 13. Se dañ.ó el dedo pulgar. Dos vocales idénticas.
  • 8. EL CASO DE LAS PERLAS GRISES La señora Fernándcz. cumplía cincuenta a11os, y esa noche recibiría a sus amigos más íntimos a cenar. De pie frente al espejo de medialuna se contempló otra vez.. ¿Repre­ sentaba los cincuenta? Según Alvaro, su ma­ rido, nadie diría que sobrepasaba la cuarentena, pero ella, a veces, dudaba de tales afirmaciones. Aunque la vida no le había sido difícil, ni mucho menos, sus ojos ya sin el brillo de la juventud, sus carncs un poco sueltas bajo la barbilla y esas malditas manchas en las manos revelaban a la futura abuela. Suspiró y terminó de acomodar sus cabellos en un moño. El vesLido dejaba ver un cuello desnudo, empolvado y blanco, listo para reci bir el regalo de Alvaro. Por supuesto que lo había elegido ella misma, y había sido la primera vez. en su vida que una joya le producía tal placer: ¿sería que los años le habían traído también un apego a las cosas materiales? ¿O era un inconfesado deseo de impae tar a su amiga Lulú, que se jactaba siempre de tener las joyas más lindas de Santiago? Con una sonrisa derramó gotas de perfume tras sus orejas. -Adela: ¿no será un poco excesivo esperar a las doce de la noche para entregarte el regalo delante de todos? -oyó la voz de su marido desde el baño. -Es parte del regalo, querido; el collar, acompañado de la mirada de Lulú, será mi fiesta ... -¡Curiosa amistad la tuya con Lulú l -murmuró Alvaro, frunciendo la nariz. Terminaba de afeitarse.
  • 9. EL CASO DE LAS PERLAS GRISES 11 111 TRECE CASOS MISTERIOSOS ¡ I<lS diez de la noche la casa de los Fernández resplande­ , 111 tk; luces y flores. Los invitados comenzaron a llegar. Lulú, 1;, primera, vestida de seda negra con collar y aros de mostaci­ llas que realzaban la palidez de su piel. Lo único de color en l'Ila eran sus largas uñas rojas. Sergio, su marido, hombre barrigón y entradoen años, paseaba con aire distraído miran­ do los cuadros colgados en las paredes. -¿Sigues admirando a Pacheco Altamirano, Sergio? --preguntó Víctor Astudillo, haciendo tintinear los hielos en su vaso de whisky. - Tú sabes, Víctor, que yo me en tiendo más con números que con arte-le contestó Sergio, palmoteando el hombro del más bohemio de sus amigos. -·Deberíamos asociarnos, Sergio-bromeó Astudillo-. Yo pongo mi ojo de conocedor y tú el capital: tengo un proyecto excelente... iY este sí que no me fallará! La dueña de casa lanzó una mirada disimulada a su marido: era el mismo Víctor de siempre, a la caza de un negocio que le permitiera vivir y obtener dinero sin esfuerzo. -Estoy en tiempo de vacas flacas, amigo. -Sergio tenía cierto air'c de preocupación-o Porprimcra vez me he quedado sin dinero para invertir, y te lo digo en serio. Astudillo levantó los hombros con desaliento, pero hizo un gesto con su mano, como para quitar importancia al asunto. Adela, entonces, ofreció: -¿Más whisky, Víctor? -Sí, gracias. Y si quieres, agrégame un par de cubos de hielo. En ese momento llegaban los tres invitados restantes: el matrimonio Gómez,jovial y alegre, cantando a coro cwnplea­ ¡"'lOS feliz, y Laura, la amiga soltera de Adela, que pasaba por una de sus crisis existenciales. -Les anuncio que me vaya Europa: Santiago me ahoga -declaró Laura con sequedad. -¿Te ganaste la lotería, Laura? ¡lnvítame! -bromeó Víc­ lor, levantando su ceja derecha. -¿Lotería? ¡la! Esa siempre se la ganan los ricos, Víctor -contestó ella con gesto eseéptico-. Por suerte, existen los créditos. -Pero los créditos hay que pagarlos -insistió Víctor. -Ese es problema mío. Y no estoy de ánimo hoy para discutir asuntos materiales. ¡Venga un champán, querida Adela! Adela miraba el reloj con impaciencia, y los invitó al comedor. Se sentaron en torno a una mesa ovalada, cubierta por un mantel de encajes: dos candelabros de plata hacíanjuego con los cubiertos. Los Gómez, él alto y de bigotes tiesos; ella bajita v tk anteojos, no dejaban de hablar ni de contar sus pmbkmas domésticos. -Mi Martita sueña con un <lniJ!o como los de Lulú, pero yo le digo que primero está cambiar el auto y alfombrar la casa -dijo Gómez, moviendo sus bigotes al hablar. Martita, para apoyar a su marido, estiró su mano desnu­ da, y dijo con mucha suavidad: -Mientras tanto, me estoy dejando crecer las llllas. Víctor hizo tintinear los cubos de hielo dentro del vaso: -Muy interesante la conversación, pero permítanme in­ terrumpirlos para excusarme por seguir cenando con whisky en lugar de vino: ¡no me gusta mezclar! -Antes la salud que la buena educación -bromeó con estruendo GÓmcz. En ese momento Adela miró el reloj, por segunda vez en la noche: eran casi las doce. Hizo una sella disimulacla a su esposo. Alvaro, entonces, alzó sus manos, y pidió silencio: --Adela, ¿qué prefieres? ¿La sorpresa antes o después de la torta? -¿Sorpresa? -exclamó Adela, fingiendo asombro, aun­ que inconscientemente tocó su propio cuello-. ¡Por ravor, ahora! No quiero ni pensar en las velas que traerá la torta. Alvaro insistió en que no debía fallar ni una ... -¡Ay, tantas velas, qué hoo'or! -se escuchó musitar a Lulú. Alvaro dijo "permiso", y se puso de pico Demoró unos segundos en sacar un estuche negro de su bolsillo, ante una
  • 10. 13 TRECE CASOS MISTERIOSOS L' audiencia expectante. Adela no contenía su nerviosismo y miraba a Lulú de reojo. Cuando Alvaro abrió el estuche, catorce ojos estaban fijos en él. -¡Oh! -fue el murmullo general cuando apareció la joya: tres vueltas de perlas naturales grises y tornasoladas cubrie­ ron cn unos ins tantes el desnudo cuello de Adela. -¡Querido...1 ¿Cómo pudiste? ¡Gracias! -dijo Adela, po­ niéndose de pie para besar a su marido y observar a hurtadi­ llas la expresión de su amiga. -¡Vaya, este sí que es un marido espléndido! Una sola de esas perlas pagaría mi viaje a Europa de ida y vuelta -comen­ tó Laura, amargada. -¡Alégrate, mujer, alégrate! No siempre una amiga cum­ ple cincuenta años -observó Lulú. -¡La torta! iLa torta! -pidió en ese momento la seüora G6mez, con tono infantil. -No te apures tanto, Manita', antes brindemos por esas perlas: hacía tiempo que no veía algo tan bello y auténtico -interrumpió Víclor levantando su vaso de whisky. -Tienes una rortuna cn tu cuello, querida Adela -comen­ tó Sergio-o Supongo que lo habrás asegurado, Alvaro. -Aún no... -contestó el aludido. EL CASO DE LAS PERLAS GRISES Los Gómcz, mientras tanto, observaban en silencio y abstraídos la triple hilera de perlas grises y nacaradas En ese momento entró un enguantado mozo con una enorme torta entre sus lnanos. -Apaguen la luz -ordenó Alvaro. Martita Gómez se levantó y se acercó al interruptor. Bastó un movimiento para que el comedor quedara solamen­ te iluminado por la luz de las cincuenta velitas. Adela se puso de pie y se acercó a la torta. Los otros la rodearon. Sopló, y cuando apagaba las últimas cinco peque­ ñas llamas, todos gritaron, y Adela se sintió abrazada por SLlS amigos. Entre besos y felicitaciones pasaron algunos segundos hasta que alguien nuevamente dio la luz. En ese momento se oyó el gri to: -¡Mi collar! Los invitados estaban ahora sentados en el living. Adela, en un siUón, miraba, pálida y nerviosa, a su esposo que se pasea­ ba a lo largo del salón. -Si es una broma, ya dura demasiado -dijo Alvaro con voz seca-o Ese collar me ha costado varios miles de dólares y debe aparecer abora. -¿No swtiste nada en el cucUo? -inquirió la señora Gó­ mez, con una mirada asustada tras sus gruesos anteojos. -Bueno, todos me abrazaron. Solamente que..., no, no sé ... ¡Estoy tan confundida! -gimió Adela. -Tienes que pensar bien, Adela -habló Alvaro-, esto no cs broma. -Alguien tiene el collar, y de eso no tengo la menor duda. -¿Por qué no comienzas por interrogar al mozo? -pre­ guntó Lulú, molesta. -Eliseo está [llera de cuestión -replicó seguro y aún más serio el dueño de casa-o Está con nosotros hace veinte años, y pongo mis manos al fuego por él. Además, en ese momento, se había retirado. -¿Manos al fuego, dijiste? -saltó Adela con la voz aguza­ da-o ¡Eso era!
  • 11. 15 1· TRECE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DE LAS PERLAS GRISES -¿ De qué hablas? -preguntó la voz tensa de Sergio, él su ludo. -¡Manos...! iPero muy heladas! ¡Eso fue lo que sentí en el cuello' ¡Unos dedos muy, muy helados, y luego el pequeño lirón! Miró trémula a su esposo. Alvaro observó a sus invitados uno por uno, y se decidió: -Amigos míos: tendré que llamar a la policía, porque entre ustedes está el ladrón. Lo que siguió, mientras el dueño de casa se dirigía al teléfono, no es difícil de adivinar: voces airadas, un int~nto de desmayo de Laura y sollozos de Lulú. Los Gómcz, muy juntos, se abrazaban. Laura, recostada en el sillón, miraba con ter­ quedad un punto fijo del cuadro de Pacheco Allamirano. Lulú, con ojos ausentes, jugueteaba con sus cadenas de oro. Víctor sostenía firme el vaso de whisky con hielo que no había abandonado en toda la noche. Sergio, por su parte, sentado junto a la dueña de casa, movía nervioso el pie, fruncido el cci'¡o. PnJJ1lo sc oyeron las campanillas del timbre: la policía. Cuando el inspeclor Soto irrumpió en el living, el dedo de Alvaro apuntó a uno de sus invitados: -Creo, señor inspector, que esa es la persona culpable. y sucedió que no se equivocaba. Las pesquisas del ins­ pector, famoso por su eficiencia -y también por sus grandes orejas-, corroboraron su afirmación. y bien, lector, ¿podrías deducir tú -al igual que Alvaro­ quién es el ladrón y qué 10 delató?
  • 12. 17 1(. TRECE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DE LAS PERLAS GRISES JO_ Para pescadores o depurtistas. Condimen lo par-a el arroz a la va lenciana ('RUCIGRAMA DE LAS PERLAS GRISES 11. Se prueban en la adversidad. Con "a" final, esta palabra habría sido mu tozuda. 11(1' I/olltales: 12. Pusesivo nombre de acll'iz norLeamericana. Ninguno. Vacuno. l. Medio gato. Suálil COI'I 1/11 alli/lo (inv.J. 2. J-:/'{/J'I tornasoladas. En la Biblia, nuera fiel. 3. Deesla rnanera.Horapa­ ra W'/a sorpresa. Nace con la aurora. 4. Terceras alfabéticas. Nombre femeninu para sonata. S. Silenciosa forma verbal por la que se camlna (inv,). Un raton lc sacó a él la espina <.le su auulori­ da pala. 6. Prometéis (inv.). Sud América. 7. Cesio. Un kmidu huno. 8. Organizaciún de Elefan­ tes Latinoamericanus. Pinocho hi'/,o f3mosa la suya. 9. Aciverbio positivo. Festiva comiluna. ID. Niña judia que escribió Ull diariu de vida. Cubre. De carnes suc'ltas. 11. Intentó desnwvarse. Vucales Jistintas. Tres consunantes vibradUl·as. 12. No los c0111et'as ni en el crucigrama ni en la vida. Color .bebestible ql1i tasueüo. 13. Para el lvhiskv de lilctor. Bello griego. Verticales: l. Apellido de pintor admirado por SergIO. Quiere uecir "estú" (inv.). 2. Letra demustraliva. Súbditos del Avatolah. 3. CoLores para este cuento. Le fallÓ la ola para coronar una santa cabeza 4. Cuntracciónmetálica. Instrumentus musicales que llenan billeteras ita­ lianas. Función o papel. 5. Cumplía cincue'1la año.>. Fruslrado volador. 6. Devastaran. 7, Ultimo (rago amargo para Sócrates. Constelación peluda. H. Amiga de Pedro de Valdivia. Arduo trabaju seda-tejerle una bufanda. '>. Tcc,c1osio Oteíza. Nota musical (in",). Ato. Repetido, sería duro [rUlo ll'<>pical.
  • 13. EL CASO DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS (Idea original de Elvira Balcells, 15 años) Emilia abrió los ojos muy temprano esa ma­ ñana, y su primer pensamiento fue: ¡hoy cumplo doce años! En la casa todos dormían. Emilia tosió varias veces para ver si su hermana se des­ pertaba; pero ésta, con un almohadón sobre la cabeza, mur­ muró unas palabras ininteligibles, y siguió durmiendo. Luego de media hora que le parecieron cinco, escuchó un ruido en el dormitorio de sus papás. Se levantó presurosa, y se dirigió a la sala de baño. Carraspeó al pasar frente a la puerta del dormitorio de sus padres, ahora con mejor resultado: -¡Emilia! -llamó la mamá. -¿Síii? -contestó esta, tratando de parecer casual. -Emilia, ven, entra -escuchó ahora la voz del papá. No se hizo esperar, y abrió de inmediato la puerta: en la amplia cama matrimonial la esperaban su papá, con ese mechón que caía sobre su frente todas las maii.arl8s, y su madre, envuelta en su bata de levantarse floreada. Los ojos de Emilia buscaron con disimulo un paquete que, luego de besos y grandes abrazos, apareció entre las sábanas. Lo desenvolvió con dedos ágiles, tratando de no romper el lindo papel de seda. Ante sus ojos quedó una cajita ovalada. Alzó la tapa, y allí apareció, entre algodones, ese collar de pepitas azules que tanto había admirado cada vez que pasaba frente a la joyería que quedaba cerca del dentista. -¡El collar! -gritó, exaltada, abrazando a su madre una y otra vez.
  • 14. 21 EL CASO DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS .l) TRECE CASOS MISTERIOSOS -¿y a mí no me toca nada? -rió el papá. -Es que... mi mamá sabía; pero, sí, papito, ¡gracias! _¿Y yo no sé también, acaso, de tus gustos? -El papá levantó la almohada y apareció un enorme mazapán con chocolate v nueces. Emilia estaba eufórica. Y esta vez, sin miramientos, co­ rrió a su dormitorio y echó hacia atrás la sábana que cubría el rostro de su hermana. -Carola, ¡mira! ¡Mira lo que me regalaron...! Carola abrió un ojo y refunfuñó. Hasta que un ruido de campanitas la hizo abrir el otro ojo. Entonces dio un salto en la cama. -¡Emilia! ¡El collarI ¡Póntelo! Emilia lo hizo pasar por sobre su cabeza y saltó tres veces en el mismo lugar, como niña chica que aún era: -¡Mira, qué lindo sonido tiene cuando una se mueve! ¡Es el primer collar de verdad de mi vida! -dijo, encantada con cse ruido cristalino que producían las cuentas al entrecho­ L:ar-. iLo que van a decir mis amigas! .-­ Las amigas de Emilia llegaron todas juntas a las cinco de la tarde: Claudia, Nena, Carla, Nicky, Tere y Fran. De inme­ diato corrieron al dormitorio de su amiga para admirar los regalos. -¡Ohhhhhhhh! -exclamaron Claudia y Tere. -¡Qué salvaje! -comentaron Claudia y Nicky. Nena, Tere y Fran se acercaron a tocarlo. -¿No te lo vas a poner? -preguntó Fran. - Ya me lo probé en la mañana. Pero ahora los regalos estarán en exhibición -respondió la festejada con una sonrisa. Las amigas examinaron la palera de hilo -regalo de la abuelita-; el mazapán, aún intacto; el dibujo de un gato con lazo a lunares, obra de su hermana, y obligaron a Emilia a abrir de inmediato los obsequios que ellas habían traído. Después de algunos minutos llenos de exclamaciones y risas en los que todas se probaron todo y dejaron la cama hecha un desastre, pasaron al comedor. Allí una enorme torta de merengue con doce velitas se veía muy tentadora, rodeada de bebidas v confites. Luego de comer y beber hasta que la mesa quedó casi vacía, Emilia, muy consciente de su papel de anfitriona, pro­ puso salir al jardín. -¿Juguemos a la pelota? -animó Fran. -No. Ya les tengo unjuego organizado: el saltinotemojcs. -¿Y qué es eso? -preguntó Claudia. -Saltar baldes llenos de agua -explicó Emilia, entusias­ ta. -¿Saltar baldes? ¿Y si nos mojamos? -alegó Nicky, mi­ rando de reojo sus impecables y nuevos zapatos blancos. -¡Eso es lo entretenido! -exclamó Nena, dando un ágil trote con sus zapatillas deportivas. -¡Me carga saltar' -comentó Carla. -¡Me ofrezco para ser la primera! -gritó Tere. Emilia dispuso cuatro baldes en fila y los llenó de agua con la manguera. -¡Listo! ¡Toma vuelo, Tere! Tere retrocedió varios pasos y, con expresión de saltado­ ra de vallas, partió corriendo y, de una sola vez, pasó por encima de los baldes, aterrizando sentada, pero seca.
  • 15. 23 TRECE CASOS MISTERIOSOS Se oyó una ovación. Todas se animaron. Las amigas, en alegre griterío, inicia­ ron la competencia con difíciles piruetas. Carla aplaudía sentada en una grada de la terraza, turnándose con Emilia para llevar los cómputos. -Va ganando Tere: tres saltos y ni una mojada. -¡Espérense a ver esto! -gritó Nicky. Ya los pOCOS segundos se oyó un estruendo seguido de un chapuzón. Una Nicky empapada y mirando sus z.apatos con ojos de angustia se levantó del suelo entre baldes volcados. Su rodilla derecha estaba magullada y ella a punto de llorar. -Descansa un rato -dijo Nena, levantando los baldes y llenándolos nuevamente con agua. Nicky pasó, junto a Emilia y Carla, a formar parte del grupo de las sentadas. Las otras, una a una, siguieron por largo rato entre saltos acrobáticos y gri tos estruendosos. Has­ ta Carola, con su aire de hermana mayor, se había unido al juego y, pese a sus estrechos jeans, logró varios puntos al saltar como una rana. La tarde llegó a su fin. Y las niñitas, ya cansadas, entra­ ron en el living a escuchar música. Poco a poco el timbre fue sonando y las invitadas se retiraron cada una con una barra de chocolate en la mano, regalo de la mamá de Emilia. Eran las ocho de la noche. La festejada, con un bostezo, se dirigió a su dormitorio a guardar los regalos. Miró el desor­ den de su cama; hurgó en trc los pliegues de la colcha y rescató sus obsequios. Algo llamó su atención. Removió entre los papeles de regalo, miró debajo de la cama, levantó la almoha­ da y la colcha, hasta que se convenció: su collar había desapa­ recido. Ante los gritos de la niña llegó toda la familia, el pqro incluido. Se unieron a la búsqueda el papá,la mamá y Carola. No hubo caso: el collar no estaba en la casa. Lector: ¿podrías tú ayudar a Emilia? (.Se te ocurre cuál de sus amigas podría haber sacado el collar? Ysi es asj, ¿cómo le diste cuenta? EL CASO DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS Emilia no pudo descubrirlo, pero lo supo al día siguiente, porque la culpable, muy avergonzada, regresó con él.
  • 16. .',1 TRECE CASOS MISTERIOSOS CRUCIGRAMA DEL REGALO DE CUMPLEAÑOS Horizon tales: 1. Usaba zapatillas deporti­ vas. Número de años pc;ra Emilia. Textual. 2. Conducto sanguíneo (inv.). Río italiano. Ave parecida al pato. 3. Cuando bulle el agua, ella silba. Alimento de bibliotecas. 4. Es en los Estados Uni­ dos. Cumpleañera. Letra griega. 5. Carrera acuática. Nota musical. 6. Recunid. Atrapan peces, pelotas y mariposas. 7. Para deci r lo que debas, no los tengas en la lengua, La primera que saltó los bal.lks. 8. En el cUlm/o, con lazo a lunares. Triunfador. .Quieras (inv.). 9. Tiene cinco misterios. Escuchad. 10. Espantamoscas vacuno (inv.). Medio roto. Oasis del náufrago. 11. Escozor. Laura Rojas. 12. Motivo de la fiesta. Plata. Verticales: 1. Natas pequeñas. Onomatopeya para patos (inv.). 2. Consonantes para nene. 3. Inglesa red que sostiene al revés. Arreglo un desperfecto. 4. Saludo para el César. Género aterciopelado y acanalado (inv.). S. Emilio. lUvo muchos. Contracción. 6. Querido nombre del poeta Nervo. Interjección apurete para animales. 7. Principio de ópticos. Pronombre (inv.). Quieres con locura (inv.). 8. Era. de pepitas azules. Afirmación. Señor campesino (inv.). 9. Instituto infantil. Regla y consonante (inv.). Conjunción inglesa (inv.). 10. Esta.ban llenos de agua. 11. Para monjas es este titulo. Del aire (plural). 12. Sangre de los dioses griegos. Si cae en buena tierra, dará buen fruto. 13. En este libro hay trece. En ella se sentó Carla (inv.) EL CASO DEL ATRACO AL BANCO MUCHOSMILES Seis de la tarde. Juan Rodríguez, el crespo cajero con chaqueta a cuadros del Banco Muchosmiles, terminaba de hacer el arqueo y anotaba unas cifras en su libro de registro diario. Su compañero, Víctor Ponce, de es­ pesas cejas y barba negra -que más lo asemejaban a un artista bohemio que a un empleado de banco-, lanzaba rui­ dosos bostezos luego de esa mañana agitada: era el último día del mes para pagar impuestos fiscales, y como siempre los clientes habían llegado a última hora. Se abrió la puerta de la oficina de la gerencia; la señorita Pussy, secretaria de don Pedro Retamales, salió a pasitos cortos, empinada sobre sus cinco centímetros de tacos y ali­ sando su ceñida falda negra, que no contribuía en nada a facilitar sus movimientos. Juan Rodríguez ni siquiera levantó la mirada. Ponce, en cambio, ajustó su chaqueta y preguntó en tono meloso: -¿No sobraría un cafecito, por ahí, para un pobre cajero exhausto? -¡Ay, chiquillos: no pidan café a esta hora! ¡Estoy lista para irme! -¿Y el jefe? -levantó la voz Rodríguez para preguntar. -Termina de hablar por teléfono, y también parte... En esos instantes Retamales, el gerente, salió de su ofici­ na y con voz cortante ordenó: -Señorita Pussy, avise al guardia que ya nos vamos. Ponce y Rodríguez: ¿están listos? Ponce asintió con un gesto.
  • 17. .(, TRECE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DEL ATRACO AL BANCO MUCHOSMJLES 27 -Sí -dijo Rodríguez. La señorita Pussy, con el abrigo sobre sus hombros, cami­ nó con aire inseguro hacia el guardia que aparecía tras una columna. -¡Nos vamos, Santelices! -musitó con su voz de gato al alto y fornido guardia que infló un poco más su pecho. Los cajeros se dirigieron al gerente. -Señor Retamales, estamos listos para ir a la bóveda -dijo Ponce con tono respetuoso. Rodríguez, ya con una caja entre sus manos, donde se alineaban clasificados v amarrados con elásticos los distintos billetes, explicó a su j~re: -Son dieciocho millones y fracción. -Bien. Llévenlos ahora mismo -dijo el señor Retamales, mirando la hora, apurado por irse. Cuando los dos cajeros se aprestaban a obedecer', la puer­ ta vidriada del banco dejó ver en la calle una camioneta gris que se estacionaba al frente. -¡Viene el camión blindado, señor! -dijo con gesto de sorpresa el guardián. -j No puede ser! ¡Hoy no corresponde! -El gerente frun­ ció el cel'io. Pero ya tres hombres vestidos de guardias se acercaban a la puerta de en trada. Santelices preguntó: -¿Abro? -Aguántese un poco -dijo el gerente. Los hombres, afuera, esperaban. -Señorita Pussy: llame por teléfono a la cenlral, y verifi­ que si ellos enviaron el camión blindado a recoger el dinero -ordenó eljcfe a su secretaria. Ella, nerviosa, dejó caer el abrigo de sus hombros y lomó el auricular más cercano. Pero no alcanzó a discar: un estam­ pido hizo añicos el vidrio de la enorme mampara central, y tres hombres irrumpieron, pistolas en mano. El guardia, rápido, desenfundó su arma. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, un chorro de líquido helado lo D~ paralizó. En medio de una angustiosa respiración que lo
  • 18. 29 .f,'¡ TRECE CASOS MISTERIOSOS hada toser, Santelices se sintió sujeto de brazos y piernas, y con la presión de una enorme tela adhesiva en la boca. Cayó de bruces al suelo. Todo esto transcurrió en menos de un minuto; cuando Santelices pudo mirar a su alrededor, vio a la señorita Pussy tiesa en una silla, maniatada y con mordaza, mientras sus enormes ojos maquillados clamaban por socorro. El gerente y los dos cajeros, boca abajo sobre el suelo, también con los pies atados y las manos presas a sus espaldas, miraban a los tres hombres de uniformes azules que huían con las cajas de billetes y subían a la camioneta. Todos ellos vieron cómo el vehículo se alejaba, raudo, con un chirrido de neumáticos. No había pasado una hora, y ya el inspector Soto interro­ gaba a los empleados del Banco Muchosmiles. Estos, senta­ dos frente a él y aún temblorosos, se esforzaban por recordar cada detalle elel atraco. -Sucedió todo como en las películas, inspector-gimoteó Pussy, mien tras se abanicaba con un talonario de dcpósi los-: pri mero fue la explosión en los vidrios, luego el pobre Santeli­ ces paralizado, y yo... tratada a empujones y sin ningún mira­ miento... -Usted habla de vidrios quebrados, señorita, ¿y nooyó el ruido de las alarmas? Los cinco empleados se miraron con desconcierto. En verdad, nadie había escuchado los timbres de alarma. El inspector anotó algo en su libreta, y volvió a levantar la cabeza, aún en espera de respuesta. Santelices, el guardia, dijo inseguro: -Las revisiones al sistema de alarma son diarias. Yo lo revisé a las tres de la tarde. Y nadie extraño al banco conocc su funciona mien Lo. -En tonces, es evidente que alguien del banco desconectó el sistema. -La voz autoritaria del señor Retamales tenía un tono de incredulidad. -Exactamente, señor, y no hay que ser demasiado perspi­ caz para darse cuenta de ello -Soto los miró, inquisitivo, y EL CASO DEL ATRACO AL BANCO MUCHOSMILES añadió-: ¿Solamente ustedes cinco estuvieron aquí en la tarde? -Sí, hoy sí... -respondió la hablantina sel10rita Pussy, tratando de acomodar su melena ondulada. -Bien, bien. -Soto acarició el lóbulo de su oreja-o Necesi­ to, con detalles, la versión de cada uno de ustedes del atraco. -¡Ya se la di' -advirtió la secretaria, algo asustada. -Contó sólo el principio: siga adelante -dijo el inspector, tranquilizándola con una sonrisa. -Bueno, a ver si no me falla la memoria... Luego que uno paralizó al pobre Santelices con ese aerosol horroroso -iY no se imaginan cómo tosía!- el otro nos encañonaba, mientras que un tercero nos amarró uno a uno, de pies y manos. A mí me dejaron en esta misma silla, con una tela en la boca, y, a los demás, incluyendo a mi jefe, los lanzaron al suelo de un solo empujón... ¡Y se mandaron cambiar con el dineral ...... ' .......... ' / ~ -----=---=-----=------­ ./
  • 19. 1 ELCASODELATRACOALBANCOMlJClI(}~MIII'" JU TRECE CASOS MISTERIOSOS -¿Alguien quiere agregar algo a lo dicho por la señorita? -interrogó Soto. - Yo difícilmente podría aportar mucho, ya que ese mal­ dito gas me dejó fuera de combate y con la mente confusa: sólo trataba de recuperar mi respiración -expresó el guardia, con aire cabizbajo-o ¡Ese condenado aerosol fue más rápido que mi pistola! -¡Recuerdo que uno de ellos era muy alto, moreno y con enormes ojos oscuros! Podría decirse que tenía aire oriental -advirtió el gerente. -¡Ay! ¡Qué horror! No vayan a ser terroristas ... ¿Se imaginan que me hubieran raptado? -gimió Pussy. -Los tres eran morenos y de cuerpos más bien fornidos -siguió Ponce-. Y si mal no recuerdo, uno tenía un lunar entre los ojos, sobre la nariz. -¿Y usted, qué me puede decir? -El inspector miró a Rodríguez. -Corroboro lo que dicen mis compañeros, y creo que puedo agrcgar algo: estoy casi seguro de que la patente era EE. o sea, de la comuna de La Reina. También leí los núme­ ros, pero con el nerviosismo no pude retenerlos. El inspector se veía pensativo. -A ver, hagamos una reconstrucción de escena -dijo, luego de unos instantes. Abrió su libreta en una página en blanco, y se preparó a dibujar. Los empleados se pusieron de pie, salvo la señorita Pussy, que continuó en su asiento. Los cuatro hombres tomaron la misma posición en que los habían dejado los asaltantes: el señor gerente y los dos cajeros, tumbados en el suelo como sapos, mientras Santelices. también contra el piso, tosía en forma estrepitosa para hacer más veraz la escena. El lápiz del inspector trabajó a toda velocidad. Una vez terminado el boceto se quedó contemplándolo unos minutos. -Ustedes dicen que ]a camioneta estaba estacionada frente a la puerta, ¿no? -puntualizó. -Exactamente -respondió Ponce. -¿Así? -y Soto levantó su dibujo para quc tudo~ J() vi,' rano -¡Así! ¡Ay, qué bien dibuja, inspector, me hizo igualita! -se admiró Pussv. -o sea, en ~l dibujo no hay ningún error -insistió el inspector. -Yo diría que está perfecto -respondió Rodríguez. -Malo, malo, malo ... -musitó Soto, y siguió mirando el dibujo. Los cajeros se miraron entre ellos y la muchacha suspiró muy fuerte. El gerente se mordía las unas. Hasta que, de pronto, los ojos de Soto se iluminaron y sus orejas parecieron crecer. -Por este dibujo, que todos han apwbado como fiel a la realidad, debo decirles que uno de ustedes mintió. Eso delata a alguien que quiere entorpecer mi labor. Y ese alguien es u5led. Su dedo casi toco la nariz de la persona aludida. El personaje acusado se defendió y negó su eu] pabilidad. Pero luego de un largo interrogatorio, que duró todo el día siguiente, la verdad salió a relucir. ~ Soto, otra vez, tenía razón. y quien había desconectado el sistema de alarma para facilitar d trabajo de los ladrones terminó confesando su acción. Lector: ¿qué hay en el dibujo ele SulO que Ik 'él a la evidencia de que uno de los empleados minlió')
  • 20. TRECE CASOS MISTERIOSOS CRUCIGRAMA DEL BANCO MUCHOSMILES Horizontales: 1. Región de famoso mago. Número de cajeros. 2. Nombre del Baru:o. 3. Pueblo indígena pre­ cordillerano. Muere por la boca. 4. Si es largo, prometes car­ ta (inv.). Cierto y de san­ gre azul. 5. Habían llegada a última hora (sing.) En la fábula se infló hasta reventar. 6. Apura. Cartas geográfi­ cas (inv.). 7. ...Tse Tung. Empleáis (inv.). Inteljección telefónica. 8. Atrévete, hibernadora mamífera. Media amiga de Tobi. Orejuda inspectar. 9. Color {le unif017ne:s de asaltantrs. Terminación verbal. 10. Mar inglés (inv.). Ursula Yáñez. Alcohol para tortillas en llamas. 11. Batracios mirones. Verticales: l. Abuela alemana. 2. Zoila Uribe. Las cinco vocales revueLtas. 3. Como Rodrfguez y Porlce. 4. Nombre chino. Voeales cuadrillizas. S. No lo dices. Antes de ser pescado (inv.). 6. Señoras para Adanes (inv.). Ingenuo. 7. Míster. Barbudo escritor chileno para niiios, auLor de Antai. 8. Periodicidad de revisión al sistema de alarmas. 9. Artículo neutro (inv.). Secretaria del gerente. 10. Deja a un lado. 11. Apellido del gerente (inv.). 12. Plumífero remedón. EL CASO DEL ZAFIRO DE DOÑA SARA (Idea original de Elvira Balcells) Erase una vez una vieja muy sola. Tenía por única alegría vivir de sus recuerdos. Todas las noches, antes de acostarse, abría la anti­ gua arca de madera tallada para contem­ plar los vestidos que usó en su época de gloriosa juventud, en compañía de su marido ya muerto. Muchas veces, frente al espejo, con la túnica de seda india sobrepuesta sobre su empequeñecida figura, se imaginaba nuevamente a punto de salir a uno de esos saraos organizados por sus excéntricos amigos. ¡Qué diferencia, la de esa vida mundana que la hacía llevar su esposo, con la solitaria vejez del presente! Entonces, la triste anciana, en vez de buscar el consuelo de un amigo -pues ya no le quedaban- se aferraba una vez más a una vanidad: su cajita de oro, símbolo para ella de un antiguo esplendor. Así, todas las mañanas, lo primero que hacía era coger del velador su dorado objeto y hablarle como si éste tuviera vida. Ese martes doña Sara amaneció con un pequeño males­ tar en el pecho. -Es por oCulpa de Roberto -se confió a la cajita, luego de levantar su tapa-o Este sobrino mío, siempre con sus proble­ mas de dinero que yo no puedo solucionar... Es que Nidia, su mujer, es tan exigente... Doña Sara palpó su garganta: le pareció que el dolor ascendía por su cuello, y apretaba como una gargantilla. Aunque no eran ni las siete de la mañana, se decidió a llamar a la empleada; pero, antes de hacerlo, volvió a tomar la cajita con manos temblorosas y susurró:
  • 21. .l4 TRECE CASOS MISTERIOSOS -Mañana seguimos conversando, me siento muy maL., y no debo arriesgarme a que sepan de ti. En respuesta, un ojo resplandeció: incrustado en un en­ garce de oro, en el fondo de lacaja, un enorme zafiro lanzó sus destellos azules. La vieja sintió los pasos de Gladys que subía la escalera. Entonces cerró de un golpe el valioso objeto y 10 guardó en el fondo de su velador. En el momento en que iba a echar lIavc a la cerradura del cajón, nuevamente un dolor la atenazó. Cuando Gladys entró en la pieza, doña Sara, desplomada sobre su almohadón, yacía sin sentido. A los gritos de la muchacha llegó Petronila, la cocinera, que corrió hacia el lecho. Tocó las manos frías de su patrona e inclinó su cabeza para escuchar su respiración: la anciana emitía un débil quejido. -Llama a la ambulancia -ordenó a la joven con voz de mando-o La señora se nos muere... Gladys salió corriendo. EL CASO DEL ZAFIRO DE DONA SARA .l~ Doña Sara abrió los ojos. Cerca de la ventana, una enfer­ mera, con su blanca cofia iluminada por los rayos de la luna, se mantenía en silencio. La anciana trató de hablar. -Shhh.... tranquilita -dijo la enfermera en tono amable, poniéndose rápidamente de pie para encender la luz del vela­ dor. Observó el rostro de la viejita y, luego de humedecer un algodón con agua, lo pasó por esos resecos labios. -La cajita..., la cajita... -¿Quiere agüita, señora? -susurró la mujer. -La llave... - Tranquila, señora, le vaya dar agüita de la llave. Doña Sara hizo un enorme esfuerzo y se incorporó a medias en la cama. -¡Me lo robaron! ¡Lo soñé! En ese momento, Roberto abría la puerta de la pieza. -¡Tía! ¿Cómo está? -Su cara se veía preocupada. -Robertito, por favor, sé que me robaron el zafiro de la cajita. Necesito que revisen el velador: la llave está puesta. Si ha sucedido lo que pienso, llama a la policía... La anciana perdió aliento. Roberto se acercó entonces a su tía: -Tía, no se agite... ¿Por qué se imagina esas cosas? -Lo soñé, hijo..., lo soñé.-La voz de doña Sara era imper­ ceptible. -Pero, tía ... -Roberto esbozaba una sonrisa. -Roberto, la policía ... Roberto: te lo ordeno. El sobrino alzó la mirada y se encontró con los ojos de la enfermera. Roberto levantó los hombros y la mujer le mur­ muró: -Sígale la corriente. No es bueno que se agite. Pero doña Sara alcanzó a oírla: -No, Roberto, no me engañes. ¡Llama a la policía! -No la engañaré, tía: iré a su casa y revisaré el velador. Si no está su joya, avisaré a la policía. Se lo prometo. Aunque estoy seguro de que nada ha sucedido. El sobrino palmeó con cariño un brazo de la enferma. Esta suspiró, aliviada, y cerró los ojos.
  • 22. 37 ~i • TRECE CASOS MISTERIOSOS A las ocho de la mañana el inspector Soto estaba en el oscuro salón de doña Sara, con la cajita cerrada entre sus manos... Petronila, la cocinera, con su albo delantal sobre el uni­ forme verde, decía con voz gruesa y firme: -Pobre señora, pobre señora... Primero la enfermedad, y ahora esto. Roberto, con una sonrisa un poco forzada, acotó: - Tengo las mejores referencias de usted, inspector Soto. Sé de sus muchos casos resueltos con gran éxito. Soto carraspeó y movió sus grandes orejas. ~¿Alguien más estuvo ayer en esta casa? -preguntó. Y con un leve movimiento de su índice levantó e hizo caer la tapa del dorado objeto con un crujir de bisagra. -Aparte de la Gladys y yo... ¡usted, pues, don Roberto! Soto desvió la mirada hacia el joven. -¿Ya qué vino? -Bueno..., a ver a la tía. Y entonces me enteré de que ella estaba en la clínica. -¿La viene a ver muy a menudo? -Es mi única tía, y la quiero mucho. -Pero, ¿cuán seguido la viene a visitar? -Como una vez al mes. Soto meditó. -¿Podría venir Gladys, señora Petronila? La mujer caminó con lentitud y su gruesa voz retumbó en la casa: -¡Gladys' ¡Niña, ven rápido! -y regresó junto al inspecto¡', murmurando-: A estas jóvenes modernas lo único que les inte­ resa es la ropa y el peinado. ¡Segul'O que se está aneglando! Petronila no dejaba de tener razón: la muchacha venía muy maquillada y a su paso dejaba un fuerte olor a perfume. -¿ Síii? -¿Sabe usted por qué estoy aquí? -fue la pregunta de Soto. -¡Ni idea! -sonrió la muchacha con displicencia. -¿ Usted sabía lo que guardaba su patrona en esta cajita? EL CASO DEL ZAFIRO DE DOÑA SARA -¡Ni idea! ¡No la había visto nunca l La señora es bastante desconfiada, y tiene la manía de guardar todo con llave, -1;.n eso la Gladys tiene razón -comentó Petronila con tono resentido. El inspector se dirigió a la cocinera: -¿Y usted, Petronila, sabía lo que guardaba la sellara aquí adentro? -Bueno, yo había visto esa cajita, pero cerrada. ¡Quién se iba a imaginar que había una joya adentro! - Yo lo sabía, inspector, y tantas veces le dije a mi tía que ese no era un lugar para guardar algo así. --El índice ele Roberto frotó con nerviosismo su barbilla. El inspector no respondió. Miraba con insistencia la pun­ ta de su zapato. -Perdón, pero ¿qué guardaba exactamente ahí la señora? -preguntó Gladys. -Bueno, don Roberto sabe... -comento Pctronila con ex­ presión maliciosa. -Un valiosísimo zafiro azul -respondió el sobrino, muy serio. Gladys emi tió un silbido, y Petronila se llevó una mano al pecho: -¡Qué descuido'
  • 23. 39 t11 111:'10: ('AS(),,, MIS'I'I':R/OSOS Se produjo un silencio, Todos miraron al inspector ras­ carse pacientemente su oreja izquierda mientras miraba un punto fijo en el techo. -¿Dónde está el teléfono? -dijo al fin, solemne. Gladys, con su índice, mostró uno sobre la mesita de caoba, Soto discó un número. Luego de unos instantes, su voz sonó seca: -¿Aló? ¿Raúl Olave? Aquí Soto, Envía de inmediato un radiopatrullas a Irarrázaval4074. Sí, por supuesto; tengo al ladrón. Lector: es tu turno para dilucidar el misterio. ¿Quién robó el zafiro azul de doña Sara? ¿Gladys, Petronila o Rober­ to? Responde, y da tus razones. EL CASO DEL ZAFIRO DE DOÑA SARA CRUCIGRAMA DE DOÑA SARA Horizontales: l. Según Pelroru"fa, Gladys lo era. Z 2. Prenda de veslir que SOlO miraba corl insistencia. Lo hice cuando me con­ taron un chiste (jnv.). ), Disco que detiene a los automovilistas. Apuran. Seflor. 4. Malvada mujer. Infiniti­ vo para enamorados. 5. Término de rebaje para costureras. Bahia (inv.). No provoques la de los dioses. 6. También ilustró los cuentos de Grimm (inv.). Consuelo de dalia Sara. 7. Rascó pacientemente su oreja. Destino. 8. Medio progeni loro Portar. 9. Avalúa (inv.). Igual que Petrol1ila. 10, El que calza 50 lo es. Liga de Nuevos Astronautas. 11. Sobrino. Póngale dorado. 12. AhE se guardaba la cajira. Ascelldra por el cuello de dOlía Sara. Verticales: 1. Naciones. (inv.). 2. Piu1.ra preciosa del cuento. Anciana. 3. Si se atOran lo harán (inv.). Letra bailadora (inv,). 4. ¡Cabeza de tuna! Cilindro. 5. Balbuceo de bebé. Regalen. 6. Le dicen al evangélico (inv.). Peñasco (inv.). 7. Color de cajitas para dmia Sara. Repetido es un mono. 8. ¡Huy, qué picante! Sonido para gallina. 9. Alegra. Le faltó un tin para ladrar. 10. Le dicen a Elena. Huracán. 11. Terminación verbal. Si tuviera nna "u" al final, maullaría. Dos vocales distintas. Altículo neutro (inv.). 12. Al mismo nivel (inv.). Se equivocó tanto que le puso tres "r" en vez de dos. 13. Quedé ,"in Uave. Nota musical (inv.).
  • 24. EL CASO DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS -¿Aló? El inspector Soto, por favor. -Con él, dígame. -¡Hola, Heliberto! Habla Juan Mancilla. -¡Juan l ¡Gustazo, hombre! ¿Enquétepuedo servir? -¡Problemas Necesito tu ayuda... ' -Dime. -Esta mañana hubo un robo en la oficina: ¿podrías venir a verme? -¿Se ha movido alguien desde el momento en que lo descubris te? -Desgraciadamente, creo que me di cuenta muy tarde: estuvo la hora de colación de por medio. -¡Lástima! Estaré allí lo antes posible. -Gracias, viejo. El señor Mancilla salió de su despacho, y cuatro secreta­ rias vestidas de verde y azul lo miraron expectantes. -El inspector Soto estará aquí en un rato más, seüoritas. Háganlo pasar. Mientras tanto, Silvia, páseme las llamadas pendientes. No habían transcurrido diez minutos cuando Soto, de terno gris y corbata de humita, se presentaba en la oficina de abogados Mancilla y Hermosilla. -¿El señor Mancilla? -preguntó Soto, cortés. -¿De parte de quién? -inquirió una secretaria rubia, solícita. -Heliberto Soto.
  • 25. 43 EL CASO DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS l' TRECE CASOS MISTERIOSOS -¡Ah, sí! Tome asiento, por favor. El señor Mancilla está hablando por teléfono. Lo recibirá en cinco minutos. -La secretaria dio una rápida mirada al tablero de la centralita telefónica que marcaba una luz roja. El inspector tomó una revista y se hundió en un sillón de cuero. Se sumió en una atenta lectura. Una de las secretarias se quejó. Soto, abstraído, ni siquie­ ra levantó la cabeza. -¿Qué te pasa, Rebcca? -preguntó una morena de moño. -¡Otra puntada en el oído! -y la aludida se llevó la mano derecha a su oreja. -¡Si supieras cómo me duele a mí la cabeza, después de la escenita dc esta manana! -comentó Silvia, bajando la voz y mirando de reojo al inspector. -¿ Quién tiene una aspiFina? -se oyó una tercera voz. -¿Qué te duele a ti, Pamela? -preguntó Rebeca. -La famosa muela del juicio -respondió esta con cara de sufrimiento. - Te cambio tu dolor de muelas por mi maltratada co­ lumna... ¡Anoche creí que me moría! -refunfuñó Angela, so­ bando sus espaldas con ambas manos. -A ver: ¿qué hay aquí? -dijo Rebeca, abriendo el cajón de su escritorio-o Recurramos a nuestro botiquín de urgencia: ofrezco pomada antiséptica, parches curitas, crema humec­ tante para cutis seco, aspirinas, gotas para la otitis, colirio para los ojos, a ver, a ver..., pastillas de carbón, alcohol... En ese momento Una campanilla anunció que la línea telefónica estaba despejada, y Silvia anunció: -Señor Soto, haga el favor de pasar. Soto se puso de pie lentamente y avanzó hacia la oficina de su amigo. Cerró la puerta tras él y se encontró con el rostro preocupado dc Mancilla que lo saludaba con su mano exten­ dida. -Soy todo oídos -señaló el inspector, rascándose con energía dlóbulo de su oreja izquierda. Juan Mancilla comenzó su relato. -Esta mañana me llamó mi socio, Raúl Hermosilla. Me dijo que había olvidado su billetera en la que había un cheque abierto por quinientos mil pesos, en el primer cajón de su escritorio. En ese momento recibí un llamado de mi señora -que no fuc en realidad muy corto- y cuando fui a la oficina de mi socio ya el cheque no estaba en la billetera. -¿Y las secretarias? -En ese instantc habían partido a almorzar. -¿Cuánto rato, más o menos, hablaste con tu señora? -Mínimo un cuarto de hora: había un problema con uno de nuestros hijos en el colegio... _¿Quién más puede haber oído la conversación con tu socio? -Soto ahora rascaba su otra oreja. -¡Nadie más! Es una línea directa a mi despacho que no pasa por la central telefónica de la secretaria, aunque..., aho­ ra que 10 pienso ... -¿Sí?
  • 26. 1.1 45 TRECE CASOS MISTERIOSOS En el segundo piso hay una oficina en desuso, cuyo 1l'kfuno liene una doble línea con este, pero nadie lo ocupa. -¿Qué hay en esa ofici na? -Muebles viejos y un pequeño baño. -Entonces está claro, pues, hombre. ¡Alguien escuchó tu conversación por el otro teléfono! -exclamó SOlo-o ¿No escu­ chaste un dic? -En real.ídad no me di cuenta de ese detalle -dijo el abogado, confuso. -¿Podríamos visitar esa oficina? -pidió el inspector. -Por supuesto. Las cuatro secretarias vieron pasar a su jefe, seguido del orejudo inspector, que inclinó levemente su cabeza ante ellas. Luego ambos subieron por una estrecha escalera, hasta llegar a un pequeño cuarto que parecía abandonado, tal era el polvo que cubría escritorio y estantes. En el fondo de la pieza había una puerta que Soto abrió: era el baño. Se volvió hacia su amigo. -¿Y el teléfono? -preguntó, mientras buscaba a su alre­ dedor. ~ ~ EL CASO DE lAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS Mancilla le indicó una pequeña mesita, arrinconadajun­ lo a la ventana. El inspector Soto se acercó y miró el aparato telefó-oico, sin tocarlo. -¡Las huellas digitales! -gritó Mancilla, sonriente. -No te hagas ilusiones, mi amigo. ¿Notas que el auricu­ lar está limpio, mientras que el resto del artefacto está lleno de polvo? Estamos ante un ladrón que sabe lo que hace. Entonces Soto, con mucho cuidado, levantó el fono. Con mirada de lince lo examinó de cerca, y algo llamó su atención. Tocó con la yema de su índice la parte superior del auricular, en tre los pequeños orificios para escuchar. Luego olió su dedo y lo frotó contra la yema del pulgar. Cerró los ojos para pensar. Cuando los abrió dijo: -Aunque no me lo cr·cas, amigo, el caso cstá resuelto. Una de tus secretarias tendrá mucho que explicar. Lector: Algo advirtió Soto en el auricular que lo llevó a identificar a la culpable. ¿Podrías tú decirnos qué? ¿Identifi­ caste, tú también, a la secretaria culpable?
  • 27. 47 1/, TRECE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS 11. Mancilla lo llamó en su auxilio. Si tuviera en medio una "o" golpearía, '! SI ('IWClGRAMA DE LAS SECRETARIAS QUEJUMBROSAS tuviera una "i" seria un gesto nervioso. 12. Usted. Prot.aclimo. Ancianos. 13. Parte dell/1dice con que el inspectur locó el auriclllar. Igual que mal'ZO. Ilol'Ízonlales: Nombre árabe que abre sésamos. l. Dueña de su casa. Lu abrió para buscar re/He­ dios. Adverbío de canti· dad. 2. Posesi va. Cuidador de harén. Prepusición dadi­ vosa. 3. Como las cuatro jóvenes del cuell/O. 4. Dios mahometano. Pre· posición invertida. Hay (o I I I /2 I I de letras y también de st'o mula. 5. Bicho de pucu precio Dale cuenta 6. Receptáculos para alma­ cenar papas. Pronombre para el Cid Campeador. 7. Por Poder. Mira y anda. 8. Pri//ler o!i'ecinúe¡;IO de Rebeca. Mal de Rebeca. Y. Tiene suslo (inv.). CO/110 la //lirada de Soto. /0. Dios (i¡¡v.). ['ara el cutis seco de Pal7lela. Risa única. 11. Antiguo nombre para Tailandia (inv.). Las da el cucú. Aniculo neutro (ínv.). 12. Sala lo IocÓ con la yema de Sil dedo. De c~ta manera. Vert.icales: l. Adverbio que a veces se descose (inv.). Forma verbal que endereza. 2. UrlQ de ellas le daifa a Parnela. Agua francesa. 3. Faz onerosa. Calcular el largo. 4. Nota musical (inv.). Como la Venus de Milo (iuv.). Afirma y condiciona. 5. El del Lío no es literario. Quinta letra. 6. Hormiga inglesa. Hay quienes io guardan bajo la manga. OnomaLopeya ele esLornudo. 7. Nombre de Mancilla. Papel. 8. Reja (inv.J. Prenda de vestir para jóvenes. 9. Carga eléctrica (inv.). Ant.e Meridiano. Estafar. In. Las habla en el bOliquln de urgencia.
  • 28. EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA l' Marcelo, Gonzalo, Ignacio y Felipe rodea­ ban la moto negra y brillante de Rodrigo. Marcelo clavaba sus ojos extasiados en los rayos ele las grandes y potentes ruedas que hacían adivinar la velocidad que podían al­ canzar. Gonzalo acarició el manubrio, tocó con la punta de sus dedos el acelerador manual, y elevó sus cejas en un gesto de admiración. -¡Fiuu l -silbó Felipe, con las manos en los bolsillos de sus p31'clJados jeans. -¿Puedo probarla? -preguntó Ignacio con ansiedad. -¡Nones! Ese es mi privilegio -fue la respuesta categóri­ ca de Rodrigo. -¡No seas mal amigo! -dijo Gonzalo, entre serio y bro­ mista. -No soy mal amigo: ¡ni yo la puedo usar aún! Prometí a mi papá que no andaría en ella hasta no tener licencia de conducir. -O sea, que nunca la vamos a usar -dedujo Marcelo, con gesto de desaliento. -Me temo que no todavía si no tienen tampoco la licencia -se encogió de hombros Rodrigo. Los amigos se quedaron en silencio. -¿Te imaginas el impacto que yo causaría en Francisca si me viera llegar en esa moto? -suspiró Gonzalo. -¡Fiuuul -fue la respuesta dc Felipc, aún con sus manos en los bolsillos y acariciando la moto, ahora con su mirada. Rodrigo golpeó sus palmas.
  • 29. '10 TREcE CASOS MISTERIOSOS EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA ',[ -f:3LIL'l1o, por hoy se guarda -dijo, mientras empujaba SUélVL'l11enle el vehículo hacia el garaje-o ¡Acuérdense de la prueba de química de mañana' -¡Tener una moto nueva y pensaren estudiar...!-comen­ tó Marcelo. -¿Y vas a dejar la llave puesta) -se sorprendió Ignacio. -¿Estás loco? La dejaré escondida. -y Rodrigo colgó la llave en un clavo, bajo un mesón atiborrado de botellas y tarros de pintura viejos. Luego de dar una última ojeada a la moto y de preguntar a su dueño todo tipo de detalles técnícos, los amigos volvieron a reco¡-dar su prueba de química, y se despidieron apresurados. Ignacio, Marcelo, Felipe y Gonzalo se alejaron arrastran­ do sus zapatillas deportivas, las manos en los bolsillos de los gastaclos jeans. Uno a uno fueron entrando en sus casas del barrio. Cuando Marcelo, el último en traspasar la reja de su antejardín, llegaba a la puerta de entrada, la lluvia comenzó a caer copiosa. A las once de la noche, un pélr de zapatillas blancas ".litaron, esquivando charcos, y llegaron hasta el garaje de Rodrigo. Una mano nerviosa abrió la puerta y buscó bajo la mesa con botellas y tarros. Luego, la figura enfundada en icans empujó silenciosa la moto hacia la calle solitaria. Dos horas después, la misma figura repetía la operación, pero a la inversa. Después corrió por el barrio, y una puerta se cerró con un tenue chasquido. A la mañana siguiente, los cinco amigos se levantaron temprano para ir a clases. Pero Rodrigo, antes de salir, abrió el garaje para dar el primer vistazo del día a su Oamante moto. De inmediato, algo llamó su atención: las relucientes ruedas del día anterior y los impecables cromados que ha­ bían despertado La admiración de sus amigos, se veían ahora llenos de salpicaduras de barro. Su ceño se endureció y buscó las llaves: allí estaban, en el mismo lugar donde él las había dejado. Tuvo un momento de indecisión, pero miró la hora y salió corriendo para alcanzar al bus que pasaba por la esqui­ na. Su único pensamiento, durante el viaje hacia la universi­ dad, fue tener una rápida reunión con sus amigos y aclarar con ellos el misterio. Alguien tendría que explicar muchas cosas, porque -no cabía duda- uno de ellos había sacado durante la noche su fabuloso regalo. Luego de la prueba de química, que fue difícil y larga, los cinco estudiantes de primer año de ingeniería se reunieron en la casa de Felipe, invitados por este a tomar unas bebidas. Todos bromeaban, ya relajados de haber pasado la prueba. Menos Rodrigo, que miraba hogco a cada uno de sus compa­ ñeros. -Animo, hombre, ¡tan mal no te puede haber ido! -bro­ meó Marcelo, dirigiéndose al serio amigo. -Estás con cara de funeral-comentó Gonzalo, sL~biendo el volumen de la música. -jY teniendo esa moto, andar así me parece increíble! -El tono de Felipe era de enojo.
  • 30. 53 '1HJ'CI'. C.~SOS MISTERIOSOS 1)'lldCjo, pUl' SU parte, sólo se encogió de hombros, mien­ ll;~ ulllaba un sorbo de su bebida. Rodrigo se puso de pie y apagó con gesto brusco el equipo de rnúsica. - Tengo que hablar con ustedes a propósito de la moto -comenzó. Todos lo miraron, extrañados de su gravedad. -¿Qué te pasa, Rodrigo)-preguntó Felipe, sirviendo más bebidas en cada vaso. -Alguien sacó mi moto anoche y la dejó toda embarrada -dijo bruscamente Rodrigo. Los otros se miraron en silencio y, antes de que dijeran algo, Rodrigo insistió, con tono duro. -Necesito que cada uno de ustedes me diga lo que hizo anoche. -¿y por qué dudas de nosotros? -habló primero Ignacio, levantando hombros y manos en un gesto de extrañeza. -Porque son los únicos que conocían el escondite de las llaves. -¡Medio escondite! -se escuchó decir a MaJ-celo. -¿Qué hiciste anoche, Mal'celo) -preguntó entonces el dueflo de la moto. - Yo, mi viejo, comí, me acosté, intenté estudiar en la cama ... y me desperté esta maúana con el lihro en la cara. -Lo que es yo, me dediqué a estudiar y luego me relajé con un superbaño de tina, antes de acostarme -dijo Felipe. -Yo, después de estudiar, vi la última pelÍCula de la noche... Claro que no me pregunten cómo se llamaba, porque era de esas antiguas ... -explicó Ignacio. -¿Y tú, Gonzalo) -preguntó Rodrigo, serio. -Yo, fui a ver a Fmneisca. Tengo derecho a pololear, ¿no) -¿Hasta qué hora) -volvió a inquirir Rodrigo. -Hasta las.,. ¿once, serían), ¡qué importa I De ahí, dere­ cho a estudiar química. En ese momento los muchachos se pusieron de pie para saludar a la mamá de Felipe que entr2lba en el living. -¿Qué taP -dijo ella, afable. Y dirigiéndose a Marcelo, afladió-: Parece que hubo barullo anoche en tu casa ... EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA -¿Barullo? -se sorprendió el aludido. -¿Cómo) ¿No te enteraste? La expresión de Marcelo era de real consternación. -Es que ..' soy de sueño pesado... y salí tan temprano en la mañana ... ¡Nadie me dijo nada' La señora sonrió. _j Estos jóvenesl Sucede que a tu mamá anoche le dio un ataque a la vesicula, y el doctor López, nuestro vecino, tuvo que ir a verla... Claro, lindo, no quisieron despertarte ... ¿Y cómo les fue en la prueba) r '-!JLT /J
  • 31. <;4 TRECE CASOS MISTERIOSOS Los amigos abrieron la boca para responder al torrenle de palabras de la señora, pero ésta, sin dar lugar a quc otro hablara, siguió, dirigiéndose a Gonzalo: -Lindo, supe que Francisca está con hepatitis. Todos miraron a Gonzalo. -¿Y cómo no nos habías contado? -preguntó Felipe. -¿Y por qué tenía que contarles? -se defendió el amigo, algo molesto. -Tan reservado este niño ... -siguió la mamá de Felipe-. Me dijo la señora del doctor Pérez que tenía para dos meses de cama ... -Y, cambiando el tema, gritó hacia la cocina-: Laura, ¿es el cartero el que acaba de tocar el timbre? -No -se oyó una voz joven-o Es el gasfíter que viene a ver por qué el califont no funciona ... -Ah, ifinalmen te!, porque ayer lo esperamos duran le el día entero. Ojalá que no suceda lo mismo con el electricisla, porque después del corte de luz que tuvimos anoche, algo pasó con la lámpara del baño... ¡Todos los desperfectos vie­ nen juntos! ¿A ustedes no se les cortó la luz anoche? -pregun­ tó dirigiéndose a todos a la vez. Los jóvenes, un poco mareados con tanta conversación, se encogieron de hombros, menos Ignacio, que contestó, ama­ ble: -Solamente parpadeó un poco, mientras veía la pelícu­ la... -¿Tú también viste esa película maravillosa de la Doris Day? -Inició una nueva conversación la señora. -Sí, sí, claro -respondió Ignacio, mirando de reojo a Marcelo, can cara de "¡hasta cuándo'" Por suerte, para los muchachos, la voz de la empleada, desde la cocina, se volvió a escuchar: -Señora, ¿podría venir? Ella entonces, prometiendo volver más tarde, salió de la habi tación. Rodrigo, cabizbajo, miraba los dibujos de la alfombra. Cuando levantó la cabeza, sus ojos se clavaron en uno de sus amigos. -Ahora sé que fuiste tú -afirmó. EL CASO DE LA MOTO EMBARRADA El rostro de uno de los muchachos enrojeció: -Perdóname, no aguanté la tentación -d"ijo de in media­ too Lector: ¿Cómo supo Rodrigo quién había sacado su mo­ to? ¿Cuál de sus amigos, evidentemente, mintió? t' D ,<
  • 32. 1 1(1 TRECE CASOS MlSTERIOSOS CRUCIGRAMA DE LA MOTO EMBARRADA Horiwutales: 1. EII'/'/óvil del cuento. Felipe las silvió el1 su casa. 2. Felipe se dio uno relajarl­ le. Interjección para lla­ mar a alguien (inv.). For­ ma verbal que impulsa y mueve (primera per~o­ na, plural). 3. Polola de Gonzalo. Extra­ ña. 4. Nené Cotelé. Dios egip- " cjo (inv.). Ensució la mo­ to. 5. Así quedó la 1'1'1010. Nuevamente este dios alumbra. 6. Después. Las tre~ primeras sílabas de la antesala e1el cielo. 7. Enamorado de Francisca. 8. Verbo generoso. Momento del día en que se descubrió la molo ernban-ada. 9. Hermano de tu mamá. Nota musical que dobla. Doclor delveci'·ldCJ.l'lO. 10. Nota (inv.). Empleada que no se vio en el cuerllo. Sujeli1. Verticales: 1. A este ballet folclórico chileno se le fueron a bailar las vocales. Miau. 2. Uno de los amigos. 3. Apellido de Pedro, español cronista del Reino de Chile. Colón descubrió uno nuevo. 4. Casi tono. Besa con falta de ortografía. 5. Aferra. 6. Dos versiones para la misma leLra. Le fctltó la "d" para un lítulo británi­ co. Vocales distintas. 7. Verbos para hacer chuic o muac. Los yagas canLan esLa sílaba. 8. Los jeans de Felipe tenían más de uno. Vuela por los dos lados. 9. Rodrigo lo era de la molo. 10. Cuatro para Julio César. Lugar etílico. InLerjección para pedir una espal­ da. 11. Futuro verbal dadivoso. Triuufes. 12. Ata. Eleva (inv.). 13. Los habíCJ. sobre el mesón del garCJ.je. 14. Señores Anísl'ls Olvidado~. Como Carmen. Aída o Rlgoletto. EL CASO DEL JOYERO ANGUSTIADO () • Ya eslaban cerrando los lucales comerciales de la calle Pruvidencia y las pesadas corti­ nas metálicas caían una tras aira. En el in le­ riur de la joyería El Zafiro Azul, don Pablu Levi daba las últimas recomendaciones a su fiel ayudante Timuteo: -Cierra tú, pur favur. Estoy muy cansadu, y me iré direc­ to a ]a cama: no me quieru perder, además, las noticias de esta noche en la lelevisión. -Váyase tranquilo, dun Pahlo. Yo me encargu... -le con­ testó el viejo con voz cansada. Pablu Levi se abotonó el abrigu con cuidadu, encendió un cigarrillo yrecorrió el lugar con la mirada. Todo parecía eslar en orden: la caja fuerte cerrada, las joyas baju llave en sus escaparales, los catálugos ordenados y en su lugar. -Recuerda que mañana tempranu vienen a reparar l'l sislema de alarma -fueron sus úllimas palabras, anles dc salir. El viejo empleado rel'unfuñó en voz baja y comenzó a pasar la aspiradora por la alfumbra. Unus golpes lu hicierun levantar la cabeza: eran dos señoras de aspecto elcgante, que con sonrisas y gestos pedían entrar. El vieju les muslró su reluj y negó con la cabeza. Cumo ellas insislicran, Timolco señaló el cartel que decía "Cerrado" y les diu la espalda. Las señoras hicieron un gesto de desalientu, y se alejaron del lugar situadu frenle al escaparate: fue rápidamente ocu­ pado por un vagabundo que se recostó jun lO a la pared. Timoteu terminó de hacer el aseo, pasó el plumeru por
  • 33. 59 EL CASO DEL JOYERO ANGU'STIADO IIH TRECE CASOS MISTERIOSOS subre los mostradores, se quedó contemplando por unos ins­ tantes un collar de malaquita y plata -un tanto llamativo-, y arrastró sus pies hasta el perchero donde colgaba su abrigo. Apagó las luces, bajó la reja que protegía la entrada -pero no la visión de las joyas que brillaban débilmente sobre el peque60 escaparate-, dio tres vueltas a la llave del canda­ do. y se la guardó en el bolsillo. Echó una mirada distraída al hombre que acurrucado contra la pared roncaba con estruen­ do, y se sobresaltó con la bocina de un bus que casi pasa a llevar a un camión de mudanzas estacionado frente a la joyería. Miró el cielo negro y amenazante. se subió el cuello de su abrigo, y caminó con pasos lentos hacia la estación del metro más próxima. Con la primera llovizna los transeúntes fueron desapare­ ciendo. Sólo quedaron el vagabundo y los hombres del ca­ mión, que reían con estruendo. Cuando la lluvia comenzó a caer más fuerte se apagaron súbitamente los faroles de la calle, frente a la joyería. y el tipo echado en la vereda, ya sin luz sobre su cabeza, se acomodó aún más sobre su bolsa de trapos y, sin importarle la lluvia, siguió durmiendo. Al día siguiente, muy temprano, el teléfono del inspector Soto comenzó a sonar, insistente. Este dejó. con desgano, la taza de café sobre el platillo, y levantó el auricular: -Investigaciones..., ¿sí? ¿Dónde, dice? ¿Providencia? El Zafiro Azul.... icorrecto! Allá vamos, señor... La joyería El Zafiro Azul estaba acordonada por la poli­ cía. En su interior, con el rostro tcnso y demostrando angus­ tia, Pablo Levi miraba por turnos el escaparate desnudo, el candado roto de la cortina metálica que tenía entre sus ma­ nos y el vidrio quebrado del escaparate. -¿Me creerá que hoy vendrán a arreglar la alarma? ¡Pa­ rece una burla! -gimió el dueño de la joyería, dirigiéndose al inspector. Soto elevó sus cejas y se dirigió al viejo empleado. -Vamos por orden. primero usted. ¿Cuáles fueron sus movimientos desde que don Pablo lo dejó solo en la tienda?
  • 34. 61 Coll TRECE CASOS MISTERIOSOS El viejo parpadeó, asustado. La barbilla le temblaba y parecía no coordinar sus ideas. Luego de un largo silencio, que el inspector respetó con paciencia, el viejo balbuceó: -Yo... pasé hl aspiradora y... nada más. -Piense bien, hombre, con calma. No lo estamos acusan­ do. ¿No vio nada sospechoso) -Llevo treinta años al servicio de don Pablo. -Por eso mismo tiene que ayudar. Haga memoria de cada uno de sus movimientos. -El viejo cerró los ojos y pareció concentrarse: -¿Será importante decir que no dejé entrar a dos seño­ ras...) - Todo es importante. ¿A qué hora fue eso? -i nsistió Soto. -Antes de que llegara el hombre vago ... -¿El vago) -saltó el dueño-o ¿Qué vago, Timoteo? -Uno que se acostó a dormir apoyado en la pared de la vitrina. Los ojos del viejo miraron asustados. -¿Y cómo no lo echaste? -recriminó Levi. -No pensé ... Además estaba lloviznando y... ¡Perdón... ' -Inspector -dijo Pablo Levi, serio-o ¡Hay que buscar a ese vagabundo! -Calma, señor Levi, ya haFemos todo lo necesario. ¿Sería tan amable de decirme usted lo que hizo anoche? -¿Yo? Bueno, dejé la tienda un poco más temprano que de costumbre, porque quería llegar a ver las noticas... En realidad trataba de aprovechar el silencio y paz de mi casa, ahora que la familia está de vacaciones ... Levi se interrumpió y ocultó en las manos su rostro. -¡Usted no sabe, señor inspector, lo que esto significa para mí! -¿ No tenía las joyas aseguradas? -preguntó el inspector. -Sí, si, pero... ¡Es primera vez que me sucede algo así y usted comprenderá, inspector...!- Yun puño de Levi golpeóel vacío con impotencia. -Bueno, volvamos a lo que hizo anoche -repitió Soto. -¿Qué más quiere que le diga) Me pasé viendo televisión EL CASO DEL JOYERO ANGUSTIADO hasta las dos de la mañana y luego... a dormil". ¡Si hubiera sabido lo que estaba suced'iendo aquí. ..! El' inspector dio unos pasos por la habitación y examinó la vitrina: trozos de vidrio se veían aún sobre la acera, v una piedra era, ahora, la única joya qUl' lucía sobre l'l tapiz de terciopelo azul dd escaparate. -¿Seguro que no quieren agregar algo más a su declara­ ción? -dijo Soto mirando al dueño y al ayudante. -Bueno... Había un eamión de mudanzas estacionado al frente -dijo Timoteo, aún tembloroso. -¿Y cómo no lo habías dicho antes, Timoteo) ¡Eso puede ser vital! -habló Levi, exaltado. -Sí, sí. todo es vital. Me pregunto qué hada una empresa de mudanzas a una hora tan poco usual-murmUl-ú el inspec­ tor.
  • 35. 63 01 (, TRECE CASOS MISTERIOSOS _j Es seguro que tiene algo que ver! -exclamó Levi-. Y se aprovecharon de la oscuridad de la acera y de la falta de alarma. ¡Las condiciones idcales! Las palabras de Levi hicieron que Timoteo levanlara de golpe la cabeza, extrañado. El inspector Soto, que lo estaba mirando, pidió permiso para usar el teléfono. Su conversación fue muy breve, Cuando volvió, su rostro estaba serio. -Señor Levi: puede tomar un abogado. Lo aCLlSO de auto- nabo. Querido lector: para el inspector Solo el caso era claro. Y logró comprobar ante el juez que no estaba equivocado. ¿Cuáles fueron las evidencias que lo llevaron a esa conclu­ sión? EL CASO DEL JOYERO ANGUSTIADO CRUCIGRAMA DEL JOYERO ANGUSTIADO Horizontales: l. Caminas (inv.). Caza en desorden. 2. Negocio de Levi. Quiere. 3. Flor de e~lanques japo­ neses. Incl'emenlO (ínv.). 4. Uberlinda Yávar. Nota 5 para músicos. Raúl Gú· mezo tnicio de 1nicio. S. Produclo de insectos la- 7 I I I boriosos. Interjección de f? a!lvlO. 6. Epoca. Alfileres ingleses. Nuevo. 7. Pidi6 permiso para usarel Idé/ono. Producto lácleo. Calcio. " 8. Como Teresila de Los Andes. Zona franca nor- 13 tina (inv.). 9. Nornbre de Lev/. Posesivo. 10. Fruta que dcsgasla. Carta de tnunfo. 1J. Usó la aspiradura. Preposición. 12. Se puso a dormur erl la vereda.. Forma verbal que existe. 13. Verde y habladora (inv.l. Apellido para este cuel'llo. Verticales: l. Se apagaron en la calle. Artículu. Miré a este seis rUlflallU. 2. D~lef¡os de liendas para 1A11 caso COl1l0 éste. Diminuti'o Iem~llin(). 3. Por curiosa quedó sajada. A ella le cargan los gatos. Propia del pan. 4. Dimlllulivu sólo para Yolanda. Subre ingk~. Bnvu vegelal (im·.). 5. Imperativo para existir. Comiénl.o dc lóte1l1. Con '"c" final, estaría en la Filarmónica. 6. Inlermedio para cuecas. Tuvo que ten~1 un pl'i~leipio. Velo para muñeca vestida de azul. 7. Averiado lugar del alenlo. Aprubación y pertcncncia. 8. Elnoclim que pareció senlir Levi. Comien.w de c~cala cantarina (in,.). 9 Instrumento musical quc imita sonido de agua,. Articulo nClllro (In·.). JO. Se nla.ci()l'Ió !i'el"lle a la juyerla. 11. Dios egipcio. Resonancias. Forma verbal que invita (im .J. 12. Nombre de la joyería. Por supuesto.
  • 36. EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO El domingo se jugaría el partido ele f(llbol más importante del torneo infantil en Villa­ langa. Los dos equipos finalistas -los Masto­ dontes y los Venados- eran rivales irrecon­ ciliables y sus jugadores formaban parte de las dos pandillas más conocidas del pueblo. Los Mastodontes, tal como su nombre lo anunciaba, eran grandotes, atropelladores, y hacían del foul su arma favori la Eran, además, alumnos mediocres en la escuela y poco queri­ dos por los apacibles vecinos. Los Venados, en cambio, eran más bien esmirriados y con inclinaciones intelectuales, si bien, por ser ágiles y astutos, muchas veces lograban aven­ tajar a sus rivales en el marcador. Así, el partido del domingo siguiente, que reuniría por primera vez a estos disímiles equipos en una final, causaba expectación en sus hinchas y prometía ser el acontecimiento deportivo del año. Los Mastodontes se caracterizaban por su fútbol agresi­ vo y una resistencia física extraordinaria. Las esperanzas de los Venados se fundaban en el contragolpe yen su magnífico arquero, el Canguro Esteban. Este arquero no sólo era ágil en la atajada y en los saltos, sino que calculaba siempre' el ángulo exacto en que d,ebería colocarse para recibir el balón. Una cosa lo distraía del fútbol: el estudio. Esteban era el primero del curso, y tan bueno en las letras como cn las matemáticas. El vicrnes a las seis de la tarde sucedió algo fuera de lo común: Esteban no asistió a¡ entrenamiento. Sus compañe­ ros se quedaron esperando en el campo de juego sin que la
  • 37. (1(. TRECE CASOS MISTERIOSOS alt<:; figura del Canguro apareciera. Dado que el arquero era siempre tan responsable, el resto del equipo intuyó que algo gr:we pasaba, Lo fueron a buscar a su casa; recorrieron el l)CintO, llegaron donde la abuelita; revisaron el colegio y hasta investigaron con disimulo en los carabineros. ¡Nada! El Canguro se había esfumadt>. Hasta que de pronto, a las ocho de la noche, se tuvo la primera noticia. Un sobre amarillo se deslizó silencioso bajo la puerta de la casa de Vicente, el capitán del equipo de los Venados. De inmediato este ci tó a su casa a los diez jugadorcs restantes y leyó con voz tensa: lO'emM" 9J.m; )Si, ~ o.. ..bu. ~,~ ~I).t. ~~~~t:~~­ "b... cU- ~ &u1-. ~O"i. .& ~ ~ ~ ~k~·iQl>ot.. ~~~ Luego de la lectura un coro dc voces se alzó indignado: -¡Esto es obra de los Mastodontesl ¡Sólo ellos escribirían doce con 51 -¡Finalmente, nos tienen miedo! -¿Dónde lo tendrán escondido? -¡No podrá entrenar! -¡Ni jugar el domingo... ' -En ese caso, llamaremos a la policía ... La voz del capitán los interrumpió: -Hav que ir con calma. Esperemos el segundo mensaje y, antes de 'hacer esto público, tratemos de vencerlos con n~e~­ tra astucia. -Hagamos un último intento de búsqueda por el pueblo --dijo el zaguero cen tral. EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO ó7 Los diez amigos, cada Uno por su cuenta, recorrieron cabizbajos todos los rincones de Villalongo. En la plaza se habíanjuutado los Mastodontes, que a grandes voces comen­ taban: -¿Qué les pasará a estos Venaditos que andan tan afana­ dos? ¿Se les perdería la mamadera:> ¡Agú, agú' El capitán de los Venados, sin mirarlos, se limitó a con­ testar: -¡No se sientan tan seguros! El que ríe último... goleará melar . . Se escuchó la carcajada de los Mastodontes atronar cnla plaza. . Al día siguiente todos sc reunieron en el club deportivo. Los diez amigos se turnaban para vigilar la puerta, cuando, a las doce en punto, un ruido de vidrios quebrados en la venta­ na trasera los sobresaltó. Corrieron hacia cllugar y alcanza­ ron a ver una figura maciza, enfundada en un capuchón gris, desaparecer en la esquina de la calle. Vicente recogió del sucio una piedra que traía un papel amarrado con un hilo. Lo estiró con cuidado para no romperlo y, ante los diez amigos que lo rodeaban expectantes, levó: !lr~: ~~ cU. "' ...... ,.~OJ" ~.. ~h:::2~ o dio... J r~_~ ~ . ' '" - (.(5-0 eU. ..uJl. ~'Cb ~ mo ~ ~ ~ ·M"ft;iA,,~ en. ~. ~""'~ .lM. ~ ~Co.Mnvun1) ~ • r>, ~~~~-~-~, -¡Malditos' -gruñó Vicente. -¡Cobardes' -siguió el mcdiocampista. -Son unos estúpidos Mastodontes -agregó el puntero
  • 38. 69 1>1 TRECE CASOS MISTERIOSOS derecho-o Además, asnos incultos: esta vez son cuatro las faltas de ortografía en cuatro líneas. -Pero igual los venceremos -dijo otro. -Yo no estoy tan seguro... Al pobre Esteban no le deben dar ni de comer para que esté débil el domingo -volvió a opinar el mediocampista. -¿Y si vamos a la policía? -preguntó el puntero derecho. -No. Arreglemos el asunto entre nosotros: no me cabe duda de que el Canguro es lo suficientemente intcIigente como para escapar, o algo así... -concluyó Vicente. El tercer mensaje llegó atado al cuello de Fido, el perro del zaguero central. -¡Si supieras hablar, Fido l ¡Espero que hayas mordido al menos una pierna del que te amarró el mensaje l El perro movía su cola y, por su mirada apacible, se advertía que no era capuz de atacar ni a su propiu sombra. Esta vez Vicente v los demás se inclinaron sobre el men­ saje. Esto fue lo que leyeron: ~ ~ EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO ~ ~ ch¡'etn ~ lx&m ~k~~,rrne~ ~ em.J.J.J'n ~ 1ft dcrnilTlJp ~cY. en el caMJ' con~­ J"tÚY/ ~ ~ a AiU; ~ tVUA/ Se produjo un gran silencio. No cabía la menor duda: era la lelra del Canguro. ¡Pero se resislían a pagar el rescate y reconocer su total sumisión al chantaje! -¿Se fijaron en las faltas de ortogra[ia? -preguntó el capité'tn-. Parece que se contagió con los Mastodontes. -Es seña de su nerviosismo ... -¡Si hasta escribió mal su nombre' -¡Pobre tipo, a lo mejor lo están torturando y ni sabe cómO se llama! -se estremeció el puntero izquierdo. -¡Y pobres de nosotros! No veo cómo vamos a salir de esto airosos -suspiró el zaguero central. Se quedaron mudos unos instantes. Hasta que de pronto Jorge, uno de los laterales, exclamó: -¡Pásenme el mensaje' Lo volvió a leer en voz baja y con mucha atención.
  • 39. 71 lO TRECE CASOS MISTERIOSOS -¡Ya sé! -gritó-o ¡Descubrí en qué lugado tienen! ¡Sígan­ me! Iremos, sin balón de fútbol, a su rescate. El equipo completo de los Venados corrió a las afueras del pueblo, y Jorge indicó un lugar, a la distancia, entre los roqueríos. Avanzaron sigilosos. El zaguero derecho gri tó, usando sus dos manos como bocina: -Si en diez minutos no estamos en el club con Esteban, nuestro capitán enviará a la policía ... ¡Ríndanse! Hubo unos instanles de tensión. Del lugar no salía nin­ gún ruido. -¿No te habrás equivocado, Jorge? -susurrÓ alguien. -No, ¡estoy segurol y lan seguro estaba, que no habían pasado cinco mínu­ tos, cuando la figura del Canguro aparecía frenle a ellos. Lector: en el mensaje, lógicamenle, había una clave. Si Jorge la descubrió, ¿por qué no tú:> ¿ En qué lugar ocullaron al arquero? Nota: El parlido se jugó, tal como estaba planeado, y los Venados ganaron 3 x 2 a unos avergonzados Mastodontes. EL CASO DEL SECUESTRO DEL ARQUERO CRUCIGRAMA DEL SECUESTRO DEL ARQUERO Horizontales: l. Terminación verbal. Pa­ labra para bajas tempe­ raturas. Acuática circen­ se. 2. Acción desplegada en el cuento. Oro galo. f 3. Negación. Si no es un poema de la Mistral, cor­ ta los bosques. 4. Muac (inv.). Flor de un i! solo pétalo. I I I I I 5. Competencia in{antil en ~ Villalongo. El que lo hace l. último lo hace mejor. 6. Este es un ondulado me- " chón sin vocales. Unidad I¿ de fuerza. Escuchar. 7. Tres primera letras de Il, ! I I I I I calurosa línea geográfi­ ca. Pronombre para ti. 8. UrJO de los equipos en competerlcia. 9. Las de rana son muy ricas apanadas. Preposición guerrillera. 10. Al {in al del cuento los Velwdos marcaron más. Tontonas. 11. Posesivo para ustedes. Futuro verbal para versificadores. 12. Letra griega (inv.). Capital para Allan Prost. Diminutivo masculino. 13. Nombre para d~scansar. Donde se reunlan los Venados. Verticales: 1. El puntero derecho cal;ficó así a los Mastodontes. Quise (inv.). Dupla {inv.). 2. Están entre rejas_ Apodo pora Esteban. 3. Antiguos habitantes del norte de Italia. 4. Hob&y de Venados y Mastodo-ntes. Igual. Letra griega. 5. Diosa ypresa. Harán cof-<:of. 6. Le faltó la "a" para estar rodeada de agua. A este mágico y diminuto personaje le faltó la última sílaba. Color del caplJ.Chón del·mensajero. 7. Pudor (inv.). Lengua provenzal francesa. Posesivo para mí solo. 8. Puelto de la India, ex colonia portuguesa (inv.). Sala de recepción (inv.). 9. Arma faTJO'lita de los Mastodtmtes. Cuando es mínima no paga impuestos (inv.).
  • 40. J 1<1>1:1', CASOS MISTERIOSOS EL CASO DEL LADRaN CON MASCARA 11' t ",.il'lI ,1,' IItI /nhuio. Ataste (inv,). I i ¡', ,'1 'i" '1111' ¡lIdiea "junto él ", Dos vocales con punlOs, Selion. Pronombre p.ll.1 li. l' NIII del/JiIIO secllesfrado, Los ladralles la piden t1 cambio de la 'Ida, El inspector Soto caminaba hacia su casa, luego de una larga y agotadora jornada en su oficina, Eran las diez .Y media ele la noche y, al ver las luces del pequeño supermercado del barrio aún encendidas, recordód encar­ go de su señora: una tarje1a poStal para unos amigos que vivían en los Estados Unidos y estaban de aniversario de matrimonio, Entró con aire distraído al supermercado, Sólo una caja funciona ba, Miró vagamente a la muchac'ha sen lada tras la caja registradora, y se dirigió al anaquel giratorio donde se exhibían postales. Contempló con calma los paisajes, y leyó las tarjetas y sus dedicatorias: "A mi querida abuelita", "Al mejor esposo del rmmdo", "¿ Un (//10 más? Con un suspiro siguió buscando. Sólo se escuchaban el tintinear de la regis­ tradora a sus espaldas y los pasos ele los últimos parroquianos que salían por la ancha puerta. Oyó un carraspeo de la cajera. "Pobre muchacha", pensó; "debe estar tan cansada como yo". Se decidió entonces por una gloriosa cordillera nevada que brillaba tras un Santiago sin esmog. Yen ese momen1o escuchó el grito. Con la rapidez propia de su oficio se dio vuelta para ver, ante sus propios ojos, a un encapuchado que encañonaba a la muchacha con una pistola en la sien, Los ojos del hombre brillaron al fijarse en Soto y, con un gesto, le indicó inmovili­ dad. El inspector vía cómo la tela se hundía bajo una boca abierta. Su mente funcionó a toda velocidad. Sí él actuaba, el
  • 41. 74 75 TRECE CASOS MISTERIOSOS hombre podía herir a la mujer -tal era la decisión en su gcsto-, mientras ella depositaba el dinero en una bolsa. La cajera obedecía con manos temblorosas, y emitía unos entre­ cortados quejidos cuando el encapuchado la apuraba con golpes de cañón contra su nuca. No había pasado un minuto. El ladrón comenzó a retro­ ceder, y sin dejar de apuntar alternadamente a la mujer,! a Soto, que estaba un par de metros tras ella, desapareció corriendo por la puer ta principal. Soto, sin ni siquiera ocuparse de la cajera que se desvane­ cía como en cámara lenta, salió becho un celaje tras el enmas­ carado. Lo vio correr por la solitaria avenida, desprender de un tirón su máscara de tela, '! abordar un taxi colectivo que pasaba en ese momento por la esquina. Los ojos de lince de Soto buscaron con rapidez un vehícu­ lo para seguirlo. Sólo vio a un joven en moto que aparecía por la orilla de la calle, junto a la vereda. -¡Soy policía ¡Ayúdeme! ¡Siga a ese taxi' -gritó Soto, ' montando a horcajadas tras el joven que, sin dudarlo un instante, aceleró a fondo. La persecución fue espectacular. El co1cctivo, gracias a los semáforos en verde, seguía en forma expedita por la gran calle de su recorrido. Pero la moto, más veloz que cualquier aut.o y guiada por un adolescente que, en ese momento, se sentía protagonista de una serie policial, no perdía terreno. -¡Hazle una encerrona! -ordenó el inspector. El chofer del colectivo miró con preocupación esa molo que se acercaba peligrosamente a su costado, y disminuyó la velocidad. Soto gritó. -¡Alto! ¡Policía! Pero los pasajeros y el chofer del taxi, con los vidrios cerrados, parecieron no escuchar. -Adelántalu y crLIza te para que se detenga -cuchicheó el inspector al oído del motorista, mientras a su vez hacía señas al chofer con un brazo. Finalmente, en una arriesgadísima maniobra, el excelen­ lL' conductor que resultó ser el joven de la moto logró su EL CASO DEL LADRaN CON MASCARA objetivo: con un gran chirrido de frenos, el taxi se detuvo en medio de la calle. La suerte estaba delladu de Solo: dos carabineros hacían guardia en una esquina y, al ver esta extralla maniohra, corrieron hacia ellos. -¡Inspector Sotol -gritó este, con sus credenciales en alto-: ¡Necesito ayuda! ¡En este taxi va un ladrón I Los carabineros desenfundaron sus pistulas de servicio e hicieron descender a los ucupantes del autu. Eran el chofer más cuatro hombres vestidos con trajes oscuros, que miraron sorprendidos. -¡Regístrenlus -ordenó el inspector. ' Los carabineros procedieron. Pero, ante el asombro de Soto, ninguno de ellos tenía ni arma ni billetes. Sin embargo, una rápida investigación dentro del auto mostró una bolsa -con la pistola y el dinero-escundida bajo el asiento delante­ ro derecho. -¡Ahá' -dijo Soto, r-asc6ndosc una de sus enormes orcjas-: lo siento, señores, pero, al menos que alguno confie­ se, están todos detenidos. - Yo no tengo nada que ver en esto -akgó d chofer, con voz agudizada por los nervios. -¡Ni yo tampoco l -siguió un señor ele anteojos, lcvantan­
  • 42. 77 'le> TRECE CASOS MISTERIOSOS du las manos en actitud defensiva-o ¡Soy un pobre empleado bancario, y mantengo con esfuerzo a mi familia. -¡Esto es un atropello! -vociferó un tercer hombre de un impecable abrigo negro-o i Ustedes no saben quién soy yo' Junto con hablar sacaba tarjetas de su billetera. - Yo soy un honrado vendedor viajero, y jamás he tenido que ver con la policía -dijo a su vez un hombre de bigotes que, por su voz nasal, mostraba un evidente romadizo. -Yo..., yo, pe-pe-pero, noentien-do lo que pa-pa-papasa -gimió el último, tartamudeando con gran desconcierto. -¡Todos a la comisaría! -ordenaron los carabineros con gesto decidido. Uno de ellos ya pedía ayuda a través de su walkie lalkie. La sirena del radiopatrullas no tardó en oírse. El inspector Soto terminó de rascar concienzudamente su otra oreja. Miraba fijo a cada uno de los sospechosos que permanecían sujetos con firmeza de un brazo por los policías. Entonces Soto, con su voz ronca, habló: -Debo advertir quc todos irán a declarar a la comisaría. Pero también les comunico que sólo uno irá esposado. Los cinco hombres se miraron con sorpresa. Soto musitó algo al oído de uno de los carabineros; este, sin vacilar, se adelantó y colocó las esposas en las muñecas del que indicaba el inspector. EL CASO DEL LADRQN CON MASCARA Otra vez Soto, con su aguda perspicacia, había dado en el clavo: el ladrón, sintiéndose acorralado, confesó su culpa en el camino. Lector: ¿podrias tú deducir, al igual que Soto, cuál fue el culpable y cómo se delató? Todas las pistas cstán dadas.
  • 43. 78 TRECE CASOS MISTERIOSOS CRUCIGRAMA DEL LADRaN CON MASCARA Horizontales; l. Encargo de la señora de Soto. Giramos en torno a él. 2. Goloso y perezoso. Arte­ ria principal para tránsi­ to sanguíneo. Quiere. 3. Lugar del atraco. 4. Subterfugio (inv.). Des­ cansan en las estaciones (inv.). S. Conjunto de cosas pasa­ das por un hijo. Con "n" /O final se comería a diario. Negación prolongada 11 (inv.). J ~~ W---I---+-I---j 6. Vocales gordas. País del norte que se emplea. Sin nombre. 7. Pronombre suyo. Sol egipcio. Afirmación rusa que ofrece. Carla de la baraja. 8. As! estaba el ladrón. 9. Para enfermos supergraves. Campeón de tenis francés (inv.). Para velos de novia. 10. Tan sagaz como los ojos de Soto. Cecina que comieaza muerta de la risa. 11. Descifra signos. Nombre masculino que casi fue adamascada fruta. Verticales: l. Forma verbal subjuntiva para acatarrados. País asiático de las úlrimas olimpíadas. 2. Alisa el caballero sus bigotes (inv.). Así dice "hasta" el presidente. 3. Guardarropa para abuelitas. En sus comienzos este arte era mudo. 4. Este es el fin de Roberto. Demostrativo francés. 5. El imán lo hace con el metal. Anita Pacheco. Existe. 6. Tío con cabaña. Materia orgánica vegetal descompuesta (inv.). 7. Griego es este dios peleador. Quita. 8. Sube al árbol. Dedo del árbol. 9. Cadera.~ de caballo. Surtir (inv.). 10. Vocales distintas. OfTendan (inv.). Ex líder comunista chino. 11. Condición dd encapuchado. MorUó a horcajadas en la TT'oto dd. javen. 12. Vehículo clave para atrapa-r al ladrón. Le sigue el dos. 13. Se dirige. Como la voz; de uno de los oClLpa'ntes del taxi. EL CASO DEL GATO PERDIDO Seis de la mañana. Los gritos de doña Dora­ lisa despertaron al vecindario: -¡Tutankamón! ¡Tutankamóooon! ¡Tu leche, minino' Del segundo piso de un pasaje del barrio Ñuñoa, la cabeza blanca y despeinada se agitaba de un lado a otro. Diego, su vecino. abrió la ventana de su cuarto, y con rostro soñoliento preguntó, asomándose: -¿Qué pasa, doña Doralisa? ¡Estarnos en vacaciones, no siga grllando! -¿No has visto a Tutankarnón, hijo? ¡No está en su canas­ to por primera vez en mil cincuenta mañanas...! ¡Tutanka­ móoon I ¡Tutankamóoon! -siguió llamando en todas direccio­ nes. Josefa también despertó. Restregando sus ojos se arrimó a su hermano Diego, sin entender aún de qué se trataba el barullo. -¡Tutankarnóoon! ~seguían los gritos destemplados de la anciana. Las ventanas fueron abriéndose de una en una, y varias caras dormidas y furibundas comenzaron a pedir silencio. Pero doña Doralisa ya estaba en la calle, y corría con un plato y una botella de leche, sin hacer caso de sus vecinos. -¡Tutaaa l ¡Tutaaa! ¡Mininooo! -Uamaba ahora con voz dulce y ojos húmedos. A las nueve de la mañana Tutankumón aún no aparecía. DOJ1a Doralisa casi se desmayó en la acera, y los dos herma­ nos salieron a buscarla.
  • 44. 81 HO TRECE CASOS MISTERIOSOS -Si no vuelve Tutankamón, va no tenf?:O razón de vivir -gemía la viejecita. " ~ Los niños la habían llevado a la casa y, recostada en su mecedora de mimbre, se dejaba abanicar por Diego con una revista mientras Josefa, con los ojos muy abiertos, le refresca­ ba la sienes con un pañuelo mojado. Diego entonces ofreció: -No se preocupe, doña Dora, le prometo por mi honor que le traeré el gato de vuelta, vivo o muerto... Un pun tapié de su hermana y un sofoco de la viej ita -q ue puso los ojos en blanco y comenzó a ahogarse-lo hiw recliG­ caro -Quiero dccir vivo ... Déme dos horas y tendrá a Tutanka­ món -añadió con voz de agen te del FBI. Doña Doralisa pareció reanimarse. Josefa susurró al oído de su hermano: -¿Para qué te comprometes? ¿Y si el gato está muerlo? Con un empujón firme, Diego la alejó de él; se paró muy tieso y reiteró: -Parto en misión: este será nuestro cuartel general, y nadie podrá entrar ni salir sin mi autorización. Tú, Josefa, te quedas aquí cuidándola. -¡Ah, noo! Yo te acompaúo, porque doña Duralisa se muere de ganas de descansar -dijo la niña, lanzando a su hermano una mirada de furia-o Además, está respirando muy raro..., ¿no es cierto, doña Doralisa? -Tutankamón... -musitó la viejita. -¿Ves? -dijo Josefa-. Ella quiere soñar con el gato, ¡va­ mos! El plan de Diego era recorrer casa por casa en el pasaje, h;;¡sta obtener fllguna pista. En realidad, Tutankamón era un gato gordo, antipático y maullador, que no despertaba las simpatías de los vecinos. ¡Pero de ahí a desear su muerte había una diferencia! Provistos de una grabadora de pila, para registrar las declaraciones de los sospechosos -la manejaría Josefa-, Jos dos hermanos comenzaron la pesquisa. En una casa les abrió EL CASO DEL GATO PERDIDO la seúora Torres; tenía a su guagua en brazos. Se veía ojerosa V demacrada. Habló entre bostezos. - -Por favor, niños, no hablen fuerte; recién logro que se duerma. Me he pasado la noche en vela ... El pobrecilo llora­ ba, y yo no tenía la mamadera para darle más leche. -¿La mamadera? ¿Se le quebró? -preguntó Josefa, mi­ rando al bebé. -No sé ..., pasé tan mala noche, y en la confusión ... -¿Confusión? -Josefa apretó el botón de la grabaclora. -Sí..., entre los llantos del niño y los maullidos de ese gato... -¿Oyó al gato? -preguntó rápido Diego, entrecerrando los ojos. -Ehhh, sí ..., parece... -eontestó la señora Torres en forma vaga. -¿Cómo que parece? ¿No habló de unos maullidos? -in­ terrogó nuevamente Diego, y Josefa acercó el micrófono a la boca de la señora. La señora Torres retrocedió dos pasos, y preguntó: -¿Qué significa este juego, niños? -Significa que Tutankamón ha desaparecido y estamos investigando -contestó Diego.
  • 45. 83 TRECE CASOS MISTERIOSOS ~2 --Pues vayan a investigar a otro lado, y no me molesten. ¡Era lo único que me faltaba! y ccrró la puerta con estrépito. Al segundo, sintieron los berridos de la guagua. Diego y Josefa se miraron con aire de expertos y la niña murmuró a la grabadora: -Primera sospechosa. De ahí se fueron a la casa número 2. Estuvieron largo rato tocando el timbre, sin respuesta. A los cinco minutos se oyeron unos pasos, y abrió un joven adormilado y barbón. que los miró con desinterés: -¿ Silii) -Hola, Mateo: ¿has visto a Tutankamón? -preguntó Die­ go y se escuchó el clic de la grabadora. -¿Al Faraón? -fue la respuesta del estudiantc. -No. al gato -contestó Josefa, muy seria. -Al gato maldito.... s610 lo escuché, ¡pero si lo veo, lo mato! -Conque lo matas..., ¡eh? -dijo Diego--. ¡Justifíeate' -La que se va a tener que justificar es esa maldita vieja, dueii.a de ese maldito gato que no lT1e dejaba estudiar el maldito tomo de trescientas páginas de historia, y ahol'a me vov a sacar una maldita nota ... " Los niños retrocedieron ante ];:¡ ver'borrea furihunda de Mateo. que ya había perdido su aire soñoliento y agitaba con fuerza su melena chascona. Se oyó el segundo portazo en el callejón y la voz de Josera al decir: -Sospechosísimo número 2. -Prepárate. Josefa: nos toca interrogar a la scilora Ema Araos -dijo Diego. Josefa, entonces, encendió la grabadora y dictaminó: -Sospechosa número tres. -Josefa: ¡método! Te estás adelantando. -Pero. Diego. todo el mundo sahe que la senara Ema odia a los animales y le molestan los niños. -.Preparémonos para un tercer portazo -susurró Diego, mientras tocaba el timbre. EL CASO DEL GATO PERDIDO La puerta se abrió. Una señora Ema sonriente y plácida los dejó un poco desconcertados. -Hola, queridos: ¡qué gusto verlos l ¿En qué andan? ¡Pa­ sen' -No, gracias, senara Ema. es algo rápido. Sólo qucría­ mas preguntarle si ha visto a Tutankamón, quc se perdió. - y doii.a Doralisa está casi por morirse -añadió Josda. lista para apretar el botón. --¡Oh. nao! ¡Pobre gatito, y tan gordo que eral -¿Era...) -Josefa encendió la grabadora. -¿No me dicen que se murió? -preguntó la sei1ora, des­ concertada. -Le dijimos que la que está por morirse es la sellara Doralisa, pero de pena -le contestó Diego. -¡Ahhh! Ya entiendo, no cs para menos -suspiró la scJio­ ra Ema. -¿Entonces no ha visto al gato) -insistió Dicgo. -No lo he visto ni lo he escuchado. -Pero si anoche todo el barrio ovó sus maullidos -se extrai1ó Josefa. .' -Yo dormí como una piedra.: ¡mi hijo Serafín me anun­ ció visita' -sonrió feliz-o Ustedes saben que él vive en el norte, y estoy tan contenta, que anoche podrían haber mau­ llado treinta gatos y me habría parecido un concierto de violines.... ¡ja, ja' La puerta se cerró suavemente y la escucharon cantar. Los jóvenes detectives, algo perplejos, siguieron su cami­ no hacia la casa número 4. -¡Algo no encaja! Mis células grises están confundidas -refunfuñó Diego. -Déjate cle imitar a Hércules Poirot -se burló su hermana. Ygolpearon en la puerta siguiente, la casa número 4. que no tenía timbre. Era la casa del escritor. Cuando abrió la puerta, los nii10s se enfrenLaron a don Juan García Gómez con su chaqueta y pantalones arrugados como si hubiese dormido vestido. -¿Y esta sorpresa) ¡Adelante! -dijo el escritor. Y sin esperar respuesta caminó hacia el interior de su casa.