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Una historia
Escenario 1.
Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo percibo como referente. Mi memoria, se desplaza
hacia atrás. Por esa vía configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si, desde ahí,
estuviera atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día, empecé a sentir el
desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al garete. Es una forma de
expresar el sentido que ha tenido mi recorrido. Incierto, desde ahí. Desde ese primer momento.
Enfrentado al mundo con cierto vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé disociando las ideas.
A contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir, asociando hechos, ideas,
momentos, ilusiones.
Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la vida, hubiese tenido un grado de dificultad mayor.
Porque fue un instante de profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las vivencias de
mi madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un acompañamiento conmigo
mismo. Como si hubiese sido necesario crear la duplicidad del yo. En el entendido de que debía ser
así. Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo necesario para no claudicar allí
mismo; sin haber iniciado el vuelo.
Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no haber intentado nunca el juego elemental
aritmético de retrotraer el calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no
satisficiese mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo
irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo que somos y hemos sido,
muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones de hechos. Como si, cada uno de esos
hechos, ya estuvieran codificados. Es una figura paliativa que nos induce a seguir adelante,
viviendo. Pero, a decir verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la historia. Esa
que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de una interpretación
más allá de la simple sociología del recuerdo.
En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante. Venía en crecimiento. No se si identificarlo como
suma de hombres y mujeres. No se si identificarlo como sucesión de acontecimientos vinculados
con el tránsito complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los acontecimientos.
De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las normas, asociadas al dominio
construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil, al mismo tiempo religioso y político. Perfil sin
matices distintos a esos que ya estaban y que habían permanecido desde 1810. Lo sentía como
tósigo que ya había sentido. No se si en los sucesivos sueños que tuve desde el primer día. Y que,
aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso de verme inmerso en un
territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo creo así, sin querer hacerlo.
Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo. Barrio hospedante. Típico de ese tiempo. Calles
como simples trazos, sin ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones que después
encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a apropiarlo. A hacerlo
mío, trascendiendo la actitud de infante sin reconocimiento de las cosas y de los hechos, al interior
de una casa. En esta, los hermanos y las hermanas, no eran otra cosa que figuras que percibía
como sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese momento, me percibí como
sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que compromete la lucidez; por cuanto la
ubica en una categoría conceptual alejada de los roles que cada quien puede o quiere asumir.
No podría precisar lo que sentí el mismo día en que accedí al espectro invariado de la casa. Si de
esa en que nací. Escuchaba las voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro, ahora, a
distancia, si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición de recién
llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera asirlas y entenderlas. Tengo la
sensación de haber escuchado, como ráfagas, los cantos. Desde la aldeana, hasta la pastora. Pero,
al mismo tiempo, tengo la sensación de haber escuchado las versiones libres que se hacían de las
historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían temblar. El
Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura larguirucha. A la espera de
poder entrar a las casas, para excitar la risa en la víctima elegida. Cosquilleo que no cesaba hasta
que se producía la muerte, entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad para retomar la
respiración normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que transitaba por las
calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra y desaparecer con él o con
ella. O la Patasola. Una expresión sin características físicas fijas, identificables. O la Llorona. Mujer
en búsqueda perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y variadas versiones de brujas.
Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que se atreviese a desafiar la soledad
y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante permanente, su mundo; su fortaleza.
Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi padre decía tener el antídoto o, al menos, la clave para
evitar que entraran a los cuartos. Se trataba de esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera
que ellas, precisamente por su tendencia a antojarse de cualquier objeto, se detendrían a
contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol y se ocultarían de manera inmediata. Su refugio,
durante el día, era desconocido.
Escenario 2.
O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad existían lugares que se exhibían como referentes.
Que la Plaza de Cisneros. Una especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San
Fernando. Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y puesta en
funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación del Ferrocarril. O El Pedrero, sitio
adyacente a la plaza de mercado. Sitio para el rebusque de promociones de tomates, plátanos,
cebolla, papas, legumbres, etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de aviesas
costumbres. O el Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El Bosque de la
Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el lago; el carrusel; la rueda
de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca, La Curva del Bosque. Sitio al cual arribaban los
bandidos: Pistocho y Pacho Troneras; después de haber asaltado un banco. Allí bebían ellos e
invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último centavo. O El Fundungo, Lovaina, Las
Camelias. Reconocidos como sitios, en veces, o como barrios, otras veces. De todas maneras,
zonas en las cuales se podían encontrar lo que se conocía como “casas de citas”. Y se llamaban así,
porque allí llegaban los hombres, adultos y muchachos, buscando mujeres. Y allí esperaban estas
para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas que administraban. O los dueños que
atendían, sin ninguna intermediación, las solicitudes y designaban a las muchachas; por riguroso
turno.
O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño. Nunca se supo porque esa denominación. Solo,
que por ahí atravesaban los rieles del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio en donde
se encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a recepcionar y servir de
reclusorio a los locos y las locas. El concepto de enfermedades mentales, solo lo manejaban los
médicos. Para todos y todas las demás, eran simplemente eso: locos o locas. Ubicado en
“cuatrobocas”; barrio Aranjuez.
Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón; La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur-
oriental. Desde muy pequeño supe que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre
Arturo. Hogar que fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos
Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de fincas en lo que era la
periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que la parte aledaña a la carretera que conducía a
Envigado. Con el correr del tiempo, tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le llevábamos el
almuerzo o la comida, o el desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches, preferiblemente. Allí
escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba las bellotas. Arturo
Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció de cerca algunos eventos. Que la
Guerra de los Mil Días. Que a Salvita ascendiendo en el globo inflado con helio. Y la tragedia de
Salvita; que murió en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de la construcción del túnel de la
quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero Francisco Cisneros; de origen cubano. Que
dirigió la construcción de ese túnel y también la construcción del puente colgante conocido como
“Puente de Occidente”; sobre el Río Cauca; entre Sopetrán y Santafé de Antioquia.
Pero estaban, también, los barrios Manrique, Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado
(situados al centro y nororiente. O Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier,
Calasanz; Robledo.
Escenario 3.
Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora, recuerdo otras cosas. La ciudad seguía
expandiéndose. Con las limitaciones asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que hacen
del tránsito central un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro. Mientras las
pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Unas bien construidas. Otras, simplemente,
pautadas por los requerimientos de quienes llegaban del campo. Como ahora, en ese tiempo, había
desplazados. Porque la violencia se ensañaba con quienes habitaban las zonas rurales. No solo en
el Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores del desarraigo eran, al
mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y siguen siendo), al mismo tempo,
beneficiarios de la guerra. Por su condición usufructuarios de los sucesivos regímenes. Tenían el
control desde hacía mucho tiempo. Casi desde el mismo inmediato posterior a 1819.
Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de las
calles para auspiciar la lúdica. O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese territorio. Y,
entonces, creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos primarios. Por lo mismo,
en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo; que las escondidas; que la lleva;
que la guerra libertaria; que los trompos; y las bolas de cristal y, “las vistas” (recortes de las cintas
o las películas), con sus acepciones “cuadros” (para designar a aquellas en las cuales aparecían los
protagonistas o los denominados “el muchacho” y la “muchacha”); o el ejercicio de elevar las
cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los globos de papel, llenos del calor y el humo
producidos por el mechón encendido con gasolina o petróleo y el cebo o la esperma como
combustibles. O el ejercicio de lanzar piedras con caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían
en el centro un receptáculo hecho de cuero y en el cual se colocaba la piedra a lanzar). O el
intercambio de revistas (folletos con las aventuras de Tarzán, el Llanero Solitario, Batman y Robin;
El Pájaro Loco; el Conejo de la Suerte; El Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas)
en los teatros (salas de cine) de los barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique; Rialto;
Olimpia; Aranjuez; Belén. O la trenza humana (formaciones entre dos grupos. Uno al frente de
otro; cogido de la mano. Hombres y mujeres); a partir de la cual se cantaba matarile lire lo. O la
trenza en rueda que permitía o impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba
libre por fuera de la rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba listo
ya. O el juego de la perinola; o el de catapis (Jaz); o el juego del carga montón (se escogía la
víctima que tenía que aceptar que todos y todas cayeran encima de él o de ella). O el juego con el
lazo en los dedos, construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección de
cajetillas de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se jugaban. Como si fueran
billetes. (Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L & M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así,
sucesivamente). O la preparación y realización de novenario en la época de diciembre; incluido el
ejercicio alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el fútbol. La pelota
en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en la calle. Calle para el juego. Calle libre.
Inclusive con el vigía, encargado de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía municipal); la bola
(vehículo policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego. Porque estaba prohibido
tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición de quien o quienes, siendo
habitantes del barrio, odian la expresión lúdica.
Ahora bien, la confrontación entre grupos interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a
expresiones vandálicas, violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc.
Forzando un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre bandas en
los barrios y/o en los colegios
Y, entonces, esa apropiación de los espacios, corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros y
maestras. Muchos y muchas, autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la deserción
escolar. Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles, tolerantes, amigos (as). Que la sopa
escolar (una figura reducida del restaurante), a la cual accedían los niños y niñas cuyas familias
eran mucho más pobres que el promedio. Que el pan y la leche que se entregaba en los recreos y
que era posible, en razón al convenio con Caritas Arquiodecesana (organización religiosa-católica) y
las entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir de convenios
internacionales con países europeos o con EE.UU.
O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces; las
caminatas; el sancocho elaborado a partir de recursos propios recogidos en las escuelas. O a partir
de los aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas no eran mixtas. Además que,
las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m., hasta las 11:30 a.m. y desde la 1:30 p.m., hasta
las 4:30 p.m., de lunes a viernes. Los sábados de 8:00 a .m.; hasta la1:00 p.m.
Escenario 4.
Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde ahí, desde la escuela. El recuerdo no es vago.
Tanto así que tengo claro el momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el mundo
con los ojos de quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo protagónico. Es
decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita. Condicionamientos
acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con ella, mi madre, sin otro horizonte que el
centrado en nosotros y nosotras. El padre que deviene en un rol cercano al autoritarismo perverso.
Pero ahí; sin descuidar las exigencias derivadas de su posición como cohesionador forzado del
grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque, entendido como colateral a referentes
plenamente definidos, en nuestro caso no tenía porque existir. Éramos un conglomerado de
individualidades vinculadas a un espacio, nada más.
Siendo, como en realidad era, Norela una niña aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la
sensación de haberla visto antes de conocerla. No se porque, me viene a la memoria un cuadro de
desazón. Como si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de algunos hechos
poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras otro, sin término. Como si
no atinara a establecer con claridad mi estancia allí. En ese mundo hilvanado a partir de secuencias
enrarecidas. Veía, por ejemplo, a mi hermano mayor en un rol de sujeto vociferante. Yo estaba en
la cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era en el Fundungo; en Chagualo. De todas
maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado. Yo, ¡pero que hacía yo ahí; si estaba en la
cuna?. ¿Una ubicuidad no deseada? Lo único cierto, me sigo diciendo a mi mismo, es que él estaba
ahí Y yo con la escalera, tratando de auxiliarlo para que bajara del tejado. Por el patio. Estando el
padre, también vociferando. En la misma casita. Los mismos insultos. Iban y venían. Uno y otro.
¿Pero que hacía yo ahí, entre los dos?
Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la textilera
Coltejer. Y el televisor allí. En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la ventana,
tratando de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la pantalla se
veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los actuantes. Y Norela me miraba, a través de la
cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar. Y Norela con el plato en
la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla. Para que dejara la ventana.
Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos. El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el poder.
Siendo el cuadro político antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado desde ahí.
Desde ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López Pumarejo y su
Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. El
sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A ser libertador. A ser guerrero guiando
a un pueblo famélico y agarrotado. Nuestra familia era una de tantas miles sin horizontes
gratificantes.
La heredad, provenía de dos íconos perversos. Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el divino
Laureano”. El perdulario que encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas achatadas.
Con una sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo intelectual. Hacedora de
fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que pretendía pasar a la historia como
héroe. En una Colombia desagarrada por él, y por Ospina Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los
azuzadores perennes. Un fascismo inveterado. Héroe de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la
tragedia de un pueblo inerme.
Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo
Alfonso López, que se arredró ante la infamia.
…Y yo en la ventana, mirando las imágenes distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las nueve
de la noche. Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando la cortina
para que yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la noche. Fin de la emisión. Y
Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada, hasta mañana.
Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y es
que las niñas recibían solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la
geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el padre Astete. Y, lo
demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es decir casi esclavas como mi madre.
Y que se repita el ciclo.
Escenario 5.
…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido
perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método
aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método soportado en el
manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a
prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se
desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está
pasando. Aquí y allá.
Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo
felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la
misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los
contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba.
Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar
politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que
volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el
odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones
periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de
ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en
travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer
el otro día.
Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el
pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar.
Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El
perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.
Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la
ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que
hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y
qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo.
Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí;
sin saber que hacer ni para donde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo
de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica
era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros
(¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para
la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las
reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia.
Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto
punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior.
Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en
la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha
libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada
etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al
lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por
debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido
con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el
oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a
minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún,
cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.
Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de
imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa
posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo
allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que
vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.
Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la
peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el
pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis
entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí
Escenario 5.
…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido
perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método
aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método soportado en el
manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a
prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se
desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está
pasando. Aquí y allá.
Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo
felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la
misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los
contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba.
Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar
politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que
volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el
odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones
periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de
ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en
travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer
el otro día.
Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el
pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar.
Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El
perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.
Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la
ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que
hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y
qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo.
Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí;
sin saber que hacer ni para donde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo
de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica
era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros
(¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para
la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las
reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia.
Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto
punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior.
Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en
la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha
libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada
etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al
lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por
debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido
con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el
oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a
minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún,
cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.
Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de
imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa
posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo
allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que
vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.
Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la
peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el
pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis
entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí
Escenario 6.
Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí así,
porque no levitaba. Porque no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo sujeto niño;
sin perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de la escuela y que
fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los sin horizontes. Al menos de esos que
siempre escuché hablar a los adultos y adultas que hablaban por las emisoras y que escribían en
las primeras páginas de El Colombiano y El Correo. Yo leía: Horizonte: sinónimo de futuro o de
lejanas aspiraciones.
Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío de la desescolarización. Con extravíos. Con los
imperativos y las imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con hilos
endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con un solidaridad
formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una ensimismada en sus procesos
internos. Las otras dos, ansiando ser matrimoniadas, lo más pronto posible. Para ausentarse de ese
territorio inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de ellas, desertando,
hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía paternas. Abuela ya reducida a la silla
de ruedas, casi sin ruedas. Más como silla estática.
Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería decir: un sujeto de comparación. Porque el
otro hermano mantuvo su escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del
bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente asociada a las
angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas partes. Hijo menor que ya, desde
ese entonces, alucinaba. Creando espacios y personajes enfermizos. Ese yo ahí. Aparentemente un
holgazán niño. Un sujeto en la quietud que suponían quienes me veían deambular; por la casa. O
por el barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella. Ya viajaba solo a lo que
denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria de ganados; al lado del
padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al lado del padre. A Sopetrán, San Jerónimo,
Santafé de Antioquia; Liborina. Pero, también a Rionegro y a Fredonia. Siempre al lado del padre.
Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a ser marcado, de por vida, por hechos y
situaciones que fueran adversas. De una u otra manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la
soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los cuales era víctima o
victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los truenos en una tormenta eléctrica. Pero,
más aún, por no hallar explicación ninguna. O porque me enseñaron a asociarlos con el exterminio
a que seríamos sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría, estaba situado yo. Por no ir a la
escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo. Porque, a decir verdad, me sentía
bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando esa angustia. Simplemente, los hechos,
están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y sufrí yo. Siendo niño, entre perverso y santo. Solo que la
santidad me abandonó, en proporción directa a mi incapacidad para ascender, para levitar; para
volar al lado de dios.
Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del compromiso, en el poder. Ya empezaba la feria
de las mudanzas. De los intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto ignominioso.
Pacto construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados. Pacto suscrito,
vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían nacer; ni crecer; ni mucho
menos expresarse.
Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando en
ese tránsito; sintiendo flotar en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos lo
impusieron. Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo siguen
haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza es vivir; y caminar; y
trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y soñar. Ellos que promovieron las muertes físicas
masivas. Y que promovieron la extirpación de las ilusiones. Y que, por esto mismo, han
lobotomizado los espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan al olvido. A creer
que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de los enemigos de la
patria.
Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de entender el modelo impuesto. El problema era que no
tenía ni medios; ni conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una predisposición a
seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir que venía
fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese grupo familiar vigente desde
antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para mí, presencia con el correr de los años; de mis
años. Ya, entonces, Chagualo y Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no accedía a el.
Simplemente, ahí en la casita o en las casitas. Ya la madre era esclava. Se hizo así, a partir de mis
miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias intelectuales. Miserias
políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de violentados. De violentos que conducían con rumbo
definido por ellos. Violentos que agredían aquí y allá. Violentos que protagonizaban ejercicios
aparentemente diferenciados; pero que eran lo mismo.
Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol protagónico de mi mismo; seguía el curso, mi curso. Ya
en la calle. Ya en la casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir ser visto
desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto niño sin posibilidad
de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de la escolaridad. Desertor, más no herético.
Porque el origen de esa deserción, la motivación de la misma, no estaban anclados en una opción
de vida diferente. Y no tenía porque serlo. Porque no tenía opciones alternativas. Simplemente ahí.
Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara y donde Arturo Gómez. Una vida al garete.
Incluso con tendencias y manifestaciones perversas; vistas con una óptica moralista. Sujeto niño
ahí; sin nada entre las manos.
Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también. Ya la ciudad no era la misma que conocí o que
imaginé. Ya los barrios en las pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla Y
Pedregal y Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas viviendas ya con
casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de El Poblado. Ya Bello y Copacabana, al
norte, se integraban; en un concepto de territorio mucho más vasto. No se si, desde ese primero
momento, se asumían los conceptos de zonas metropolitanas. Pero también, al sur, se acercaba
Itagui y, aunque de manera más lenta, Envigado.
Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar inmerso en un proceso no pensado; no
entendido. Pero estaba ahí. Como proceso envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad moderna,
actuaba independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y las otras. No
se, en fin de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento urbano, una opción como la
planteada por Manuel Castells. No se, si en el caso de los y las ciudadanas en mi ciudad y en las
otras ciudades. No se si la presión, a partir de los desplazamientos masivos, sobre la ciudad y, por
lo mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o no expresión en términos
de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no se si alguien, en nuestro país tuviera, en
ese entonces, posiciones como: “…Cuando se habla de problemas urbanos nos referimos más bien,
tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común a toda una serie de actos y de situaciones
de la vida cotidiana cuyo desarrollo y características dependen estrechamente de la organización
social general. Efectivamente, a un primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la
población, el acceso a las guarderías, jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una
gama de problemas que van desde las condiciones de seguridad en los edificios (en los que se
producen, cada vez con mayor frecuencia accidentes mortales colectivos) hasta el contenido de las
actividades culturales de los centros de jóvenes reproductores de la ideología dominante…”1
En verdad dudo que se hubiera desarrollado una opción de vida urbana, así en esas condiciones. Lo
que este sujeto niño perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de quien no tenía ni
siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún, reconociendo que,
cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una estructura escolar-académica en
donde el lugar para la profundización no existía. No iba más allá, como lo expresé arriba de
aglutinar una serie de saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa, particularmente la
católica.
Estaba, pues, situado en un reconocimiento del entorno inmediato y mediato. Reconocimiento que
no iba más allá de encontrar espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica podría
haber, en mi escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron y
mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar; particularmente de la
madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las posibilidades y justificaciones para profundizar en
torno al cuadro comparativo con mi hermano, el escolarizado, que seguía avanzando.
Entonces, una noción de ciudad y de país y de mi mismo y de los demás; que comprometía las
fijaciones que había venido construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes.
Expresiones en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi cuerpo y
que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas asumidas por mí antes.
Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a asumirlas. Opciones como latigazos.
Opciones que conminaban a no existir más. Opciones que me proponían huir de la casita y abordar
el camino del transeúnte sin referentes. Como si me propusieran jugarme la vida en el amplio
espectro que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a cualquier sitio sin ningún nexo con los
hermanos, las hermanos, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes que se erigían como
mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda angustia. En extravíos que yo
no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una angustia sobre otra. La mía propia y la
heredada de esos sueños absolutamente onerosos.
Y era el año que marcaba el inicio de otra década. Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi
dieciséis años. No era sujeto hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en la
posición de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de la
necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el conocimiento. Vale la pena
aclarar, ahora, que había innovado en lo que respecta a la justificación para desertar. Una figura,
1 Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”.Siglo XXI Editores, segunda edición en español,1976,
página 5
parecida a las imágenes que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y una voz que
me reta. Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad. ¿Pero sería
cierto eso? ¿De cuando acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún ahora no me lo creo. Yo
no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por el contrario, un bandido que se azuzaba así
mismo; vertiendo palabras. Sin poder construir una o dos frases con sentido. Solo, en esos sueños
tormentosos, venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa exterioridad que no percibía sino
en la vigilia del día a día.
Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo lo relacionado con la continuación del
exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese
pacto entre los mismos. Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho de
aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas las noches. Veía a los
campesinos y campesinas. Niños y niñas. En las travesías. Solo ahora, después de haber leído al
maestro Alfredo Molano, en su trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva adentro”, he
podido descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado de esas imágenes.
Los sin tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento a la vida. Como si esta estuviera
flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de asirla. Mientras tanto los aviones y la tropa de los jerarcas.
Apuntándoles. Matándolos. Y los gritos de rabia y las lágrimas y la ternura invitando a resistir. Y los
jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a reconocerlos como voceros válidos. Como
convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los
discursos ampulosos. Y llegó el segundo de la lista. El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad
blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no sabe nada de la vida de los y las demás. Que mantuvo la
línea de acción. Con los chafarotes a la ofensiva. Limpiando el campo. Siendo, esa limpieza, un
concepto asociado a la matanza. Generalizada y selectiva. E inundaban los campos de panfletos.
Convocando a la rendición. Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia.
Bandidos eran quienes no se dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de la
dignidad y, porque no, con las armas que habían logrado salvar. Y los niños ahí. Y las niñas
también. Muriendo ellos y ellas. Y sus madres. Y sus padres…y todos y todas.
Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les hablaba.
Una a una. Como macho subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos. Me disipaban
las angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría raudo, al salir de mi
jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba como flecha veloz. Y llegaba y Rosita ahí y
Gudiela también. Un día con una y al otro día con la otra. Y ellas accedían. No se porque. Tal vez
porque era adolescente alucinado. Con toda la carga emocional de los sueños. Me fui volviendo
taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por eso Rosita, la más cercana, la más tierna y la
más conmovida; me acogió. También me acogió su madre. Y Miguel, su hermano. Con él
profundicé en amistad.
Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque la veía, al lado de las imágenes tormentosas.
Porque con ella hablaba. Y ella decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión me transportaba al
universo en el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca de los años luz, como
ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo. Pero tenía miedo a la
soledad. Por eso, le conté a Rosita. Y, con ella, si quería viajar.
Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero más distante. Más fría. Me daba miedo esa
actitud. Hablar con ella no suponía, como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me hacía
falta hablarle. Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no lo expresaba.
Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me aceptó. Me consideraba
demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida. “Y ella, con ese personaje tan feo”. Esto me
lo contaba Gudiela. Y lloraba al decirlo. Me amaba, pero sufría con las expresiones de su madre.
Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un día cualquiera, se fue Gudiela. Su familia se
trasladó hacia Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de Rosita.
Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo que ir. Se que
no volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No puedo hacer nada, porque no soy libre.
Adiós”.
Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos
cómplices en todo. Caminar, desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable. Ella y
yo, de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella, incólume.
Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas.
Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba ahí. Al lado de las imágenes que me
atormentaban. “No sufras patico”, me decía. En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de
semana; como si no hubiéramos hablado todos los días, al salir de la escuela.
Escenario 7
Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en veremos. Muy intermitente, casi nula. Y, Rosita,
se volvió recuerdo. Como con Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra etapa del
peregrinar. Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo, otra vez, mi
deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre Prado, Campo Valdés. Volví a
mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones producidas por mi mismo. Y el grupo familiar se
había ido desmantelando. Ya no estaba el hermano mayor. Tampoco dos de las hermanas. Se
habían matrimoniado, huyendo de la casita inhóspita
Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas y en los ayunos, conocí al padre Daniel.
Exégeta, pero demócrata. Había logrado construir y posicionar grupos de acción, dentro de los
jóvenes cercanos al ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud Obrera
Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no como proceso
continuo y/o programático y político; sino como respuesta a los atropellos de los patronos. Yo, en
ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi actividad laboral, periódica e intermitente, con la
escolaridad. Y caminábamos las calles solicitando ayuda para los huelguistas. Recaudábamos
alimentos y algún dinero. Participábamos en las reuniones con ellos, con los trabajadores.
Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los sábados, en la sala de reuniones de la casa
cural. Y leíamos los evangelios. Y los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los hospitales,
a visitar a los enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por esa vía conocí a
Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant; y A Hegel; y a Hobbes; y a
Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo la red de los rebeldes. De los que
aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento profundo en las ciudades. Y fuimos relacionando esto
con la tragedia de nuestro país, tragedia de los nómadas forzados; los de las travesías; los
bombardeados; los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas muertas y muertos, al lado de
sus madres y de sus padres.
Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se empezó a desenvolver la actuación como proceso.
Como continuidad. Porque accedí a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la universidad,
sin matrícula. Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa. Y decanté lo
hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo Torres Restrepo. Todo porque el
sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una lucha acompañando a los desarrapados del
basurero. Hoy los llaman recicladores. Y Vicente convocó a Camilo, un día cualquiera de octubre. Y
estuvimos con él. Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de equilibrar mi religiosidad con
la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de la lucha de clases. Empecé a
reconocer, en todos los entornos, los objetivos fundamentales por los cuales luchar. Y se hizo
gigante y hermosa la espiritualidad; esa tendencia que había estado ahí y que fue resortada y voló
a todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad y a asumirla. Profundamente triste
y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo absoluto cabalgando en las nubes y en
el polvo cósmico. Iba y regresaba. De aquí hasta allá
Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo acontecido conmigo. Porque, en el día a día, sentía
morir por todos y por todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su reemplazo.
Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación impuesta a sangre y
fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien lo siguió; el otro Lleras. Porque el pacto entre los
perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los trasgresores y trasgresoras del orden
establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles. Fue la década de la infamia. La muerte de
Camilo; la muerte de Ernesto Guevara; las muertes de todos y todas. Soñadores y soñadoras;
intérpretes de la lucha diaria. Aquí, en esta ciudad que seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los
barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya estaba el barrio obrero, Campoamor; y había
crecido San José la Cima; y Santo Domingo y apareció Guadalupe y Loreto se extendió hacia el
oriente; y Villa Hermosa se fragmentó. Y sus aristas crecieron. Y se construyó la ciudad
universitaria, para agrupar las facultades que estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el
movimiento estudiantil Ya había demostrado su poder en los enfrentamientos en Estudios
Generales, sección de la Universidad de Antioquia. Y creció la lucha por vivienda digna y por un
servicio de transporte eficiente y masivo. Es decir, ahora si se estaba dando lo que preconizaba
Castells. Era otra ciudad, sin lugar a dudas. Éramos otros y otras.
Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi, allá. En una batalla callejera, izando la bandera de
la esperanza. La vi y me vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era de él. Y,
por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como manifestación latente. Como
figura dispuesta a aparecer al menor descuido.
Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita llamándome ¡ ven patico ¡. Y me negué a
seguir viviendo. Y desperté. Y navegué, deambulé por todos los espacios conocidos. Y no estaba en
condiciones de ir al tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he transitado.
Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando tanto o más que yo. Y volví a la
religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las laceraciones.
Escenario 8.
Por fin terminó la crisis. Volví a realizar acciones. En veces, en los barrios. Otras en las huelgas y en
las fábricas. Había retomado el proceso. Ya estábamos en 1968. Y supe del Mayo Francés. Y supe
de Daniel el Rojo, en Alemania. Y supe de la masacre en la Plaza Tlatelolco, en ciudad Méjico, en
plena realización de los Juegos Olímpicos. E interpreté el proyecto político de la tercera cuota del
Pacto. Y analicé su propuesta de modernizar el Estado, a partir de un concepto de eficiencia
coherente con el concepto de desarrollo capitalista periférico. Y conocí de su propuesta de Pacto
Andino; esbozo de mercado común regional. Y recorrí mil caminos, en esa ciudad que seguía
creciendo. Y se fue borrando el recuerdo de Rosita. Y recordé que no había sido tocado, en su
momento, por la Revolución Cubana. Y, en ejercicio retrovisor, volví a 1959; cuando era lo que ya
conté que era. Pero, intentando descifrar una imagen en uno de mis sueños. Imagen de contrastes.
Porque, a veces, veía seres jubilosos, posicionados de un territorio que no supe ni pude identificar.
Pero, al mismo tiempo, seres en travesía; sufriendo los rigores de los bombardeos. Este último
territorio si me era familiar; pues lo había visto desde siempre. Que Tolima, Huila, Sumapaz;
Territorios Nacionales;
Y, así, fui desenvolviendo el ovillo, similar al nudo de Ariadna. Y reconocí, en esos contextos
enunciados, la posición alusiva al desarrollo capitalista tardío. Como el nuestro. Ya no era,
simplemente, el modelo de sustitución de importaciones. Ya era, todo un modelo de amplio
espectro. Pero no autónomo. Simplemente vinculado a los condiciones que imponía el Imperio. Fue,
entonces, cuando conocí las propuestas puntuales de Joaquín Vallejo Arbeláez, a la sazón ministro
en el gobierno de la tercera cuota del pacto (Carlos Lleras Restrepo). Y leí, ávidamente, todo el
texto sustentatorio de El Pacto Andino. Y lo cotejé con las propuestas de la CEPAL (Comisión
económica para América Latina). Y encontré las coincidencias. Algo así como un proyecto en el cual
cabían las opciones políticas y económicas, por la vía de entender una forma de la división del
trabajo. Obviamente a países como el nuestro, como Venezuela, como Ecuador, como Argentina,
Brasil, etc., nos correspondía la parte de lo accesorio. No podíamos acceder a la tecnología
necesaria para implementar un proyecto de industria pesada. Solo lo periférico; y eso sí, con
limitaciones.
Y, a partir de ahí fue que conocí la teoría del desarrollo desigual y combinado; lo cual no es otra
cosa que la implementación de los modelos precarios, súbditos. Y, por esa misma vía, conocí la
teoría de Celso Furtado, expresando la opción clásica del desarrollismo económico. Y conocí,
además, las teorías de Samir Amín (en la misma perspectiva del modelo de desarrollo desigual y
combinado). Y, de manera apenas obvia, profundicé los textos económicos de Marx, y de Rosa
Luxemburgo. Y leí el texto económico de Lenin “El desarrollo del capitalismo en Rusia”. Y conocí las
teorías de partido de Lenin, en lucha en contra de las postulaciones socialdemócratas en Rusia (Los
Mencheviques) y en Alemania (Rosa Luxemburgo). Y, muy posteriormente, conocí la teoría del
Programa de Transición de León Trotski. Y entendí que yo no había tenido el libreto completo; pero
esto fue culpa mía y solo mía. Cuando leí las obras de Mao y su descripción de la Gran Marcha,
antecedente de la Revolución China, me embelesé con su visión de Frente Patriótico.
Todo lo anterior, en paralelo a mi militancia partidista. Asumiendo opciones de riesgo. Ya, en mí, no
contaban tanto las realizaciones inconexas en la ciudad. Ya yo estaba del lado de un proceso y de
una posición programática para acceder al poder, por la vía armada. Y, aún hoy, no me arrepiento
de ello. Y, seguí en los barrios; difundiendo la doctrina. Y seguí en las huelgas, haciendo lo mismo.
Todo, en una perspectiva no de filantropía. Fue el tiempo en que conocí la Declaración de la
Habana. El nuevo curso de las revoluciones en América Latina, propuesto por el Partido Comunista
en Cuba. Texto de inmenso contenido teórico y práctico.
Y, en los barrios, hice mi carrera política fundamental. Estuve trabajando de manera grupal. Con
amigos y amigas coincidentes conmigo. Pero también con personas que no compartían mis
opciones. Pero, ahí, estuve con ellos y ellas. E hice alfabetización de niños, niñas y adultos (as);
teniendo como guía los escritos pedagógicos de José Martí (fundamentalmente “El Siglo de oro”);
pero también trabajé con la teoría de Paulo Freyre. Y conocí, derivado de allí, el modelo de
investigación-acción. Instrumento metodológico básico, para realizar todo un trabajo de
interpretación sociológica del desarrollo urbano y rural. Y, lo que es fundamental, de las tendencias
políticas, económicas y culturales; de tal manera que se pudieran construir opciones de
intervención revolucionarias. Y, en ese contexto, investigamos acerca de la vivienda urbana y
acerca del modelo gubernamental a través del ICT. Y conocí de cerca, a partir de ese modelo de
investigación, el significado del desplazamiento campo ciudad. Y, arriesgué mi propia teoría, en el
sentido de entender como migraciones ese proceso de desplazamiento y, además, hablé acerca de
identificar la diversidad cultural que se estaba asentando en las ciudades, particularmente en la que
vivía. Y, por esta vía, propuse la realización de eventos globales, que convocaran, a nivel local y
nacional, a quienes, desde diferentes perspectivas y opciones, trabajaban como nosotros y
nosotras, en los barrios. Y lo hicimos. Primero en mi ciudad. Y surgió el COBAPO (Comité de barrios
populares). Y movilizamos miles de miles de personas, alrededor de problemas como los asociados
a los servicios público; la vivienda; el transporte; la cultura; los hogares infantiles.
Pero, también, propuse una interpretación acerca del nexo del barrio con las luchas obreras.
Particularmente en torno a las familias de los huelguistas. Y fue por esa expresión que se concretó
uno de los eventos de masas más plenos, en términos de la relación lucha obrera-lucha barrial. Fue
en el Barrio Campoamor, cerca de Guayabal, en el camino hacia Itagui.
Escenario 8.
Pero había un gran vacío en mí. Por más amplia y apasionada que fuera mí actividad; seguía en esa
soledad interna. Los sueños me seguían atormentado. Identifiqué mi esquizofrenia. Estaba partido.
De un lado, una individualidad y una internalidad, profundamente afectadas. Sin sosiego. Aquí y
allá, busca salidas, sin encontrarlas. De otro lado mi profundo convencimiento de la necesidad de
revolucionarizar la vida política, económica y cultural del país. Y eso tenía que hacerse efectivo con
el combate directo, armado. Por eso yo definí la teoría que habla de lograr en la ciudad un apoyo
absoluto; para articularlo con la lucha armada en el campo. Inclusive alcancé a plantear una figura
de guerrilla urbana, como la propuesta y realizada por Carlos Mariguella en Brasil. Y es que ya
había leído algunos escritos de José Carlos Mariátegui, el esplendoroso líder y teórico ecuatoriano.
Y es que ya había leído a los nihilistas rusos y había conocido la teoría de Bakunin en Rusia.
Empecé a navegar entre la opción guerra de guerrillas y la teoría de la insurrección, tan cerca al
trotskismo.
Y vuelvo, entonces, al momento en que descifré mi esquizofrenia. Y ahí estaba yo, partido. Mi
interioridad seguía deteriorándose. Esos eternos sueños conmigo. Y empecé a buscar alternativas
para alcanzar el equilibrio necesario; sin lograrlo. Me acerqué a la tesis freudiana del malestar
espiritual, individual; por la vía de leer “El malestar en la cultura”. Pero, también leí, en esa
perspectiva, las interpretaciones de sociedad y desasosiego, de Hebert Marcuse (en “Eros y
Civilización” y en “El hombre unidimensional”). Y empecé a asociar mi fragmentada interioridad,
con el condicionamiento ideológico que está en la base de la dominación capitalista. Y, por esto
mismo, leí a Lukacs, tratando de descifrar el contenido de los códigos ideológicos. Pero,
simultáneamente, estaba leyendo a Kafka, sobre todo, sus obras “El Proceso” y “La metamorfosis”.
Y me iba perdiendo, cada vez más. Llegando casi al delirio. Y, esos sueños ahí. Y seguía viendo a
Rosita. Y trataba de dilucidar esos sueños con la madre azotada por el padre. Y, en ese momento,
reconocía que nunca había tenido en cuenta los asuntos relacionados con el inequidad de género.
Ni en el Partido; ni en nuestros trabajos y acciones cotidianos, valorábamos, de manera acertada,
la participación de nuestras compañeras mujeres.
Y, eso, me atormentaba. Y volví a analizar al grupo familiar. Seguía ahí, cada vez más reducido. No
solo en número; sino también en su vertebración fraternal. Una figura parecida a esos
conglomerados que están, pero que ninguno o ninguna de sus integrantes se reconocen el. Estar
con alguien, pero estar solo. Así lo sentía y así lo vivía.
Y es que mi individualidad no tenía referentes. Como cuando se siente que no te encuentras
contigo mismo. Cuando, por ejemplo, la imaginación se desenvuelve en un territorio enfermizo;
lleno de imágenes que no logras identificar. Como cuando no percibes ninguna ilusión. Y es que,
estando así, no logras asir nada diferente a tu propia angustia. Es una laceración mucho más
profunda y dolorosa que los azotes que yo mismo me infringía; cuando aspiraba a la santidad.
Cuando pretendía evadir la realidad, por la vía de inventarme un universo que tenía como centro la
divinidad. Esa que deviene de una concepción de dios y de sus efectos colaterales. Pues si que esos
sueños; en los cuales cabalgaba en un ser deforme. Parecido al caballo alado, pero con los ojos
desorbitados y con las orejas de conejo y con unos dientes afilados, acezando. Buscándome; y yo
encima de él. Vertiendo un líquido rojo, alusivo a la sangre que derramaban miles de seres que
estaban a lado y lado del camino. Y, despertaba sudoroso, llamando al Sol y a Júpiter; y a la luna.
Totalmente perdido. Y, volvía a empezar el sueño. Y, ahí estaban Rosita, Norela y Gudiela;
envejecidas; con enormes cadenas al cuello. Y me llamaban. Y me decían “patico, vuelve por
nosotras. No nos dejes al garete, por favor “. Y yo gritando y anhelando despertar pronto. Pero me
pesaban los párpados. Como paralizado todo. Sin mover ningún músculo. Y, entonces, veía al hijo
de poeta, llamándome. Mostrándome sus manos, ensangrentados. Y veía al divino Laureano, como
poseído, blandiendo un hacha; similar a la que se utilizó para dar muerte a Rafael Uribe Uribe. Y,
también, veía al primero de la lista elaborada para el Gran Pacto. Y me mostraba un inmenso lienzo
blanco. Allí estaban dibujadas las manos de todos los súbditos muertos. Allí estaban graficados
todos los caminos de la Travesía. Y veía a las abuelas y a los abuelos, con sus miradas perdidas,
absortos y absortas. Y, los niños y las niñas, estaban también ahí dibujados y dibujadas, con
inmensos ojos tristes. Y, también estaban las mujeres detrás de los hombres de la Travesía. Y, el
padre y la madre, cuando niños. Oteaban todos los territorios. Y la casita estaba dibujada, sin nada
adentro. Y, yo estaba dibujado, con la mirada al cielo; y con una aureola inmensa. Y me flagelaba y
quemaba mis dedos. Y estaba las piedras en los zapatos y corría como enajenado.
Y veía a María Cano y a Torres Giraldo. Este último gritaba. Y María Cano obedecía. Y la vi
trajinando mil caminos. Y la escuchaba en sus discursos. Sus manos izadas y repetía lo de la
masacre las bananeras. Y me decía que eso iba a volver a ocurrir; aquí y allá. Y me decía que,
como en Iquique, habría muertos y muertas. Que los obreros y las obreras. Que los campesinos y
campesinas. Que los niños y las niñas. Y me decía que leyera los poemas de Gabriela Mistral y que
recordara siempre a Picasso y su Guernica. Y que volviera a leer el Canto General de Neruda. Y
que, leyera las Venas Abiertas de América Latina y que entendiera el mensaje de Galeano.
Casi siempre, al despertar, sentía un inmenso cansancio. Como de no querer levantarme. Y volvía a
dormir. Y veía los hospitales. Y yo estaba ahí, amarrado y gritaba, alucinando. Y no reconocía a
nadie; como perdido; con la mirada en vacío; sin nada en ella. Creo que así debe ser la locura
profunda. Creo que así fue la locura de Van Gogh y la Nietzsche y la de Kafka. Y, ahí, estaba
Giordano Bruno, en la hoguera; sacrificado por buscar opciones diferentes, conceptos diferentes,
vidas diferentes. Y me trepé a los semáforos de cada esquina. Con una mano me asía para no caer
y con la otra le daba fuerza a mis palabras. Y me bajan de allí, los gendarmes. Y, otra vez, el
hospital y sus cadenas. Y estaba atado a la cama. Y me inyectaban un líquido que me enmudecía.
Y, así, no podía gritar ni defenderme.
Escenario 9.
Y comencé otra década. La anterior había sido, un tránsito de profundos cambios en mí y en mi
entorno cercano. La ciudad seguía creciendo, casi hasta la saturación total. Y el país también
crecía. Y ya se había posesionado el último de la lista del Gran Pacto. Conocí y actué ante el
grosero fraude en las elecciones de ese abril. Y estuve agitando y convocando. No tanto por el
General; sino mostrando y denunciando el comportamiento de los beneficiarios del Frente Nacional;
de ese Pacto entre reyezuelos. Ese que conminó a la democracia, para que dejara de existir. Y
estuve en los barrios y en sus calles. Con la bandera de la dignidad. Y llamé a todas las puertas. Y
les dije a todos y a todas que ahí estaba la opción. La Guerra total en contra de los mandarines
perversos y su ejército. Y hablé de la necesidad de la lucha armada; en el campo y en la ciudad.
Y llegó el momento de la partida. Había aceptado el reto. Me iría al campo. Pero no a cualquier
campo. Me iría a esos inmensos territorios de colonización. Era una decisión mía, la aceptación de
la propuesta. Y me preparé para esto. Y la madre y el padre y las hermanas y los hermanos, no me
importaban. Me iría, con la misma convicción y con la misma fuerza y con la misma pasión de
siempre. Y volvían los sueños. Y ahí estaba el hospital. Y ahí los hombres de blanco, aplicándome
otra vez la dosis que paraliza. Y, yo haciendo un esfuerzo inmenso por fugarme. Y ellos detrás,
persiguiendo a su presa. Y me volvía a subir a los semáforos y a los buses. Y gritaba vivas a la
lucha armada y a la guerra total contra los impúdicos auspiciadores de la amnesia individual y
colectiva. Y me bajaban, otra vez. Y despertaba y volvía a dormir. Y, otra vez, la rutina.
Partí un día cualquiera del séptimo mes, del primer año de la década. Me despedí del padre y de la
madre. A nadie más dije nada. Tampoco hubo mensajes. Para qué; si ya los había enviado todos. Si
ya había dicho lo que tenía que decir. Ya no me acompañaba el recuerdo de Rosita. Como si
hubiera mimetizado, del todo, el vacío inmenso que me causó su distanciamiento. Ya, en mí,
aparecía una especie de coraza. Endeble, pero coraza al fin. Las acciones preparatorias se limitaron
a estudiar la geografía de la zona. A conocer su historia lejana y reciente. Y, por esa vía, supe de
su existencia como campo de experimentación y como olvido absoluto. Y, entonces, Volvía a leer
“La Vorágine” de José Eustasio Rivera. Y volví a leer “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos. E
indague acerca de la historia de sucesivas vejaciones, por la vía del caucho y la siringa. Y
profundicé en el conocimiento del significado que tenía El Pato; Guayabero; el Unilla; La Uribe. Y
estudié acerca de la Macarena y de su condición de hospedante de la biodiversidad y de su riqueza
en flora y fauna. Y estudié acerca de las sucesivas migraciones de mucha gente de nuestro pueblo,
buscando paliar la miseria. Y conocí la historia de la guerra con el Perú y de la manipulación que se
hizo, por parte de los jerarcas de l historia oficial.
Y, entonces, conocí de los procesos de colonización; incluido el último, a partir de 1966. Ya Vaupés,
Arauca, Guanía, Putumayo, Amazonas, Vichada; se convirtieron en referentes políticos, económicos
y geográficos. Con pleno conocimiento. Y, desde ahí, preparé mi intervención. Dándole, a futuro,
un profundo significado. No solo en lo que respecta a mi intervención inmediata; sino, y
fundamentalmente, a la perspectiva que se abría.
Y llegué en plena época de lluvias. Había pasado por el Meta. Y, desde allí, volé a San José de
Guaviare; entonces vinculado geográficamente, a la Comisaría del Vaupés. Desde allí, por inmensos
lodazales, unas veces a pie y, en otras, en tractor, me desplacé hasta El Retorno, también conocido
como Caño Grande. Llegué un sábado, todavía corría el mes de julio. Y, ya allí, comencé el
recorrido, en términos de postular una intervención política, asociada al programa partidista. Ya,
allí, empecé a trabajar en esa línea. Me vincule, laboralmente, a la Cooperativa Integral de Caño
Grande, como contador y como asistente de la administración. Todos los fines de semana, además
de las labores de entre semana, colaboraba en la atención a los usuarios; en razón que, sobre todo
el domingo, el día de mercado. Y llegaban los colonos; después de haber recorrido inmensas
distancias. La remesa era repetida. La panela, las papas, las lentejas, el fríjol. Eventualmente se
incluían las herramientas de trabajo: machetes, rulas, azadones, palas. Extremadamente limitados
muchos de ellos y ellas. Porque dependía de algún préstamo del Incora, o de la Cooperativa, en su
condición de socios y socias. Una vida áspera; en donde el aliciente básico estaba del lado de las
mejoras que se pudieran alcanzar. Las siembras: maíz, arroz; ejercían como proyectos cíclicos. La
rozada tal mes, la quema en tal otro. Siguiendo el mismo ciclo relacionado con las lluvias y el
verano.
Y comencé a ejercer mi labor como conductor político. Empecé a establecer relaciones más allá de
la simple atención en la Cooperativa. Y empecé a exponer mi posición política. Y establecí puntos
de apoyo básicos. Aprovechando el día libre a que tenía derecho, semanalmente, visité los fundos
de aquellos y aquellas que iba considerando como potenciales cuadros políticos y de acción. Y no
me importaba ningún riesgo. Como, en los sueños, hablaba abiertamente de la necesidad de la
lucha armada. Trabajé con avezados y avezadas hombres y mujeres. Que venían de lejos. Que
habían realizado sus luchas; como habitantes de ciudad y como habitantes en el campo. Luchas por
sus reivindicaciones mínimas. Y llegaron allá, en el contexto de un proceso y de un programa
propuesto desde algunas instancias gubernamentales. Lucha por la sobrevivencia. Y lo entendí así.
Ya conocía muchas de esas historias de vida. Desde cuando estuve participando en aquellos
procesos ya expuestos, en términos de la investigación-acción. Y que los había profundizado, a
partir de aplicar el método pedagógico de Paulo Freyre. Pero, asimismo, porque muchas de las
experiencias similares en Ecuador, Perú, Chile y Bolivia; las había conocido en el contexto de mi
actuación. Y, además, porque había leído acerca de experiencias en Polonia y Rusia. Pero, también,
porque había conocido historias de vida de África y Asia. En este último, ante todo, las experiencias
en China y Vietnam.
Y, casi sin advertirlo, llegó el cuarto enamoramiento. Otro simultáneo. Nelly y Leticia. Dos mujeres,
otra vez, absolutamente diferentes. Nelly, más inexpresiva. Con un rol a cuestas, parecido al de
muchas mujeres que han soportado mil batallas. Supe de cuando se produjo su llegada, con sus
hijas y con Leonidas. Supe de su primera hazaña; cuando, por si sola, impidió el despegue de un
avión, en el aeropuerto de San José. Estaban ella y muchas mujeres más y muchos hombres más y
muchos niños y niñas más. Recién habían llegado y reclamaban el cumplimiento de lo que les
habían prometido.
Mujer sin mucha predisposición a la ternura. Más bien fría en sus expresiones. Curtida por el tiempo
y por las vivencias en el. Pero me supo amar, casi desde mi llegada. Como aquellas expresiones
que se concretan de manera instantánea. La supe amar. Siempre he creído que lo más distintivo de
mi vida, ha sido el apasionamiento. En todos los momentos y ante todas las cosas que asumo. Y,
en lo afectivo, no es la excepción. Con ella, Nelly, fue así también. La amé tanto que se convirtió,
para mí, en algo parecido a la constante vivencia, en profundidad, sin límites. Lo cierto, entonces,
es que su imagen me impregnaba. La llevaba conmigo siempre.
Y, volvieron los sueños. Veía a Nelly navegando en un velero. Un mar agitado y adportas de
zozobrar. Un viento tibio, borrascoso. Que la envolvía a ella y al velero. Sola, sin sus hijas. Y me
hablaba, a gritos: otras veces la veía, allá, cerca a Guayabero; o en Miraflores; o en Calamar. O en
su natal Pensilvania, Caldas. Pero, siempre, en actitud convocante. Nelly, la mujer un tanto
sombría, se me acercaba y me susurraba algo acerca de su infancia; cuando en su hogar primaban
los valores de la tradicionalidad mojigata. O me contaba de su adolescencia. La vivió de manera
intensa. O me contaba cuando conoció a Leonidas, o cuando nació su primera hija. Me contaba
acerca del origen de esa mirada inmensa; en veces taciturna; en veces expresando una profunda
soledad. O me contaba como se había iniciado en el arte de predecir acontecimientos. Como el de
ese día, en que soñó que efectuaba un largo viaje, sin mucho convencimiento y que, en la noche
siguiente, Leonidas le dijo que se vendrían a fundar, al Vaupés. O cuando entrevió la figura de un
gigantesco alud que se tragó a muchas personas y que se tragó dos tractores y dos volquetas. Y,
justo al día siguiente, supo que En Quebrada Blanca, no lejos de Villavicencio, una riada y un alud,
sepultaron buses, personas…
Pues bien, así era mi Nelly. “Ojitos verdes” la empecé a llamar. Yo que era tan reacio a expresiones
formales. Pero, en ella, veía a una mujer plena. Nunca me arrepentí de haberla llamado así; ni de
haberle hablado del cielo y de la tierra. De lo que había sido y de lo que era en ese momento. De
mis soledades y de mis sueños. Solo ella conoció el soporte de mi peregrinar por la vida, tratando
de encontrarme. Me dijo un día: “Patico, vos sos un ejemplar inimitable; sos único. Por eso te
amo.”
Y recorríamos todos los lugares; a escondidas. Y se nos perdía la cuenta en cuanto a horas o
minutos, o cualquier unidad de tiempo. Porque éramos así. Sin más limitaciones y sin más aliciente
que el de vernos. Nos mirábamos, en la Cooperativa. Yo la miraba; ella, lo mismo. Sin importar
nada más; ella y yo.
Y, en el entretanto, volvían los sueños. Y se iban después. Y sentía la persecución constante de las
imágenes de todos los sueños. Y me acechaban también allá; como en la ciudad donde nací. Como
en todos los momentos vividos antes de estar aquí; antes de conocer a Nelly. Pero, ahora no es
como antes. Ahora está ella. Y ella me convocaba a trabajar por dilucidar el lenguaje cifrado que
me ha acompañado. Porque, para ella, el problema había que resolverlo así; descifrando esos
códigos. Y me decía que no podía seguir aferrado a las posibilidades de ser tangente; de no cruzar
esa barrera entre realidad y ficción enfermiza. Que ya era hora de dejar de lado esa imaginación
cansina y enrevesada. Imaginación achatada y condicionada por las imágenes de esos sueños.
Había que volver sobre los legados fundamentales de la humanidad y asirlos para siempre; en un
proceso en el cual, como sujeto, pudiera avanzar en términos de consolidar la individualidad, sin
escapar de la realidad. Hacer coherente el ser y el hacer.
Nelly se volvió indispensable para mí. Cuando no estaba con ella me sentía perdido. Otra vez sin
referentes. Volvía sobre mi mismo, sobre mis soledades y mis miserias. Y la buscaba a todo
momento y en todos los sitios. Necesitaba de sus palabras y de sus ojos.
Pero, en algunos momentos, me sentía sujeto utilitarista. Porque la veía, siempre, en el rol de
mujer acompañante de mis tristezas. Otras veces, era como si quisiera fugarme con ella, hacia
cualquier lugar; con la sola condición de que estuviera en la lejanía absoluta. Sin nadie en derredor.
Solo ella y yo. Lo mío, en esos instantes de reflexión tendenciosa, se podría haber asimilado a ese
tipo de comportamiento que deja de lado el regocijo y lo trascendente y bello que tiene la opción
de amar. Estando así, me sentía perverso. Y, en verdad, al retrotraer mí tiempo vivido, me escindía.
Porque, esa percepción de haber sido guerrero consecuente, se desdibujaba, al recordar
vacilaciones y debilidades. Ante todo en lo que tiene que ver con el entendido de humanidad y su
concreción en hechos efectivos; y no tanto en simples expresiones, simplemente viscerales. Ese
tipo de reflexiones me condicionaba. Ahí, en ese momento, cuando Nelly era mi horizonte, parecía
sucumbir y, en consecuencia, volver a esa soledad y a esa tristeza y a esa condición de individuo
partido; sin referentes; sin soportes humanos válidos.
Escenario 10.
El trabajo con los niños y las niñas, particularmente en lo que respecta a cierta expresión lúdica,
comenzó al poco tiempo de haber llegado. Niños y niñas que habían vivido con sus padres y
madres y que estaban aquí; por eso de que no podían ser libres en términos de decidir y reivindicar
la autonomía. Esto me hizo volver a la reflexión, en el sentido de auscultar el significado que tiene
la vida, para ellos y para ellas. Lo cierto es que aquí estaban. Otros y otras habían nacido en este
tiempo, aquí en este sitio hospedante, un tanto inhóspito; por lo menos en el sentido de las
condiciones de absoluta dificultad.
Y, entonces, conocí a Edison. Con quien compartí ese tipo de trabajo con los niños y las niñas. Fue,
algo así, como mi cómplice. Y no solo en ese trabajo; también en el rescate que hicimos de un
periódico que había dejado de ser editado. También, en realizaciones vinculadas con amplificar
algunas voces, en lo que dimos por llamar “La Voz de la Selva”. Desde ahí, en los fines de semana,
convocábamos a los y las habitantes. Expresábamos palabras en las cuales había un profundo
contenido humano. Al menos eso creíamos. Con Edison, también realicé actividades pedagógicas
para adultos; en el mismo sentido propuesto por Paulo Freyre. Con el objeto de precisar algunos
aspectos del proceso de colonización en este territorio, trascribo dos documentos que coadyuvan a
que esa precisión sea mucho más cierta, más original.
Y Leticia ya estaba en mí. Nuestra realización corrió en paralelo con mi relación con Nelly. Las dos
lo sabían. Lo aceptaban, tal vez, por la posición que ellas habían construido, a puro pulso, con
respecto a la condición de amantes y amadas.
Mujer, Leticia, práctica; vivencial. No tenía posiciones soportadas en alguna complejidad teórica.
Eso la hacía más convocante. Desde la simpleza de una mirada, casi de niña. Con palabras llanas,
directas; utilizadas como una opción de comunicación íntima; siempre en posición de
tenerme cerca. Yo, a veces creía que estaba ante el tipo de mujer que siempre había
anhelado. Pero, decirlo y sentirlo así, podría aparecer como deslealtad ante todo lo vivido
en el pasado y, en el presente, con Nelly. En fin, que Leticia me hacía posicionar como
sujeto de absoluta decisión de amarla y de sentirla y de reconocer, en ella, unos valores
originales y bellos; por su simpleza y por su sinceridad.
La llamaba “La negra”. Y con ella viví y sentí. No tengo, ahora, la fuerza y la decisión para
contarme a mi mismo acerca de su entorno familiar. Por lo tanto, reitero que no siempre somos lo
que queremos ser. Esto, en mi caso, tiene la connotación de entender que algunas de mis
realizaciones y algunos de mis conceptos, no son tan firmes y tan transparentes como hubiese
querido. O como quiero, entendiendo este presente como extensión de todos esos momentos de
vida por los cuales he pasado.
Con La negra, conversaba acerca de todo. Me contó muchas cosas, muchas vivencias; en el
proceso relacionado con la migración hacia El Retorno. Nunca hablamos de su origen, ni de su
familia, ni de su opción afectiva. Era como un compromiso tácito. Como aceptar que debíamos vivir
el presente; con sus afugias y limitaciones. Lo extraño, en mi, era esa predisposición a conciliar con
la propuesta de vida que hacía Leticia. Porque, hasta donde recuerdo, siempre había sido tajante,
en lo que hace referencia con la relación pasado-presente y la cobertura lógica que deben tener las
acciones. Una racionalidad ortodoxa. Sin embargo, con ella no fue así. Me comportaba a la altura
de sus simplezas, de su absoluta sinceridad y de su convocación a ser amada, sin más.
Ahora, en la distancia, pasado tanto tiempo; no se porque tengo la sensación de haber dejado en
ella, una huella imborrable. Huella que, por su significado, me hace ver a mi mismo como sujeto
inconsecuente con sus valores y principios. Una especie de bandido que no supo ni quiso indagar
por ella. De, al menos, haber intentado precisar por la hondura de esa huella. Quedará para la
historia esa latencia que me ha acompañado desde ese tiempo. Quedará así, sin respuesta y sin
verificación.
Esto que escribo ahora, tal parece que lo he escrito siempre. Una vez pasan los acontecimientos,
siento que estoy en deuda. Porque, en un día cual quiera, estando con ella, volvieron los sueños.
Volvieron con la misma carga de siempre. Con esas imágenes que me laceran y que castigan mi
modo de ser. Otra vez, sujeto de perdición. La realidad se desvaneces y, en su lugar, se entronizan
esas expresiones, en veces borrosas; en veces nítidas. Pero que, bien sea lo uno o lo otro, no son
más que convocantes al delirio y a la noción de ser un perdulario. No de otra forma se explica el
hecho de sentir que he vivido, en función de nada y que nada soy. Y es que, esos sueños míos, son
mi constante alusión a le necesidad que tengo d redefinir mi rol; de decidir, de una vez por todas,
acerca de la validez de mi existencia. Esas laceraciones, me invitan a reconocer (como tanto lo he
dicho) que siempre he pretendido evadir la realidad y que, siempre, he vivido en un foso pútrido al
que llamo “sueños tormentosos”. Creo, en verdad, que eso de estar soñando lo que sueño, es la
peor expresión de la herencia humana. Herencia que nunca he sabido administrar, precisar y ubicar
como referente válido.
Escenario 12
Ya ha pasado mucho tiempo. Estoy en la ciudad en donde nací. Corría otro año más de la década.
Me despedí de Nelly, casi en las mismas condiciones en que la conocí. Cierto día, le dije que no iba
más. Que debía abandonar ese territorio tan querido por mí. En donde había conocido tanta gente
generosa. En donde había confrontado la minoría que, con sus actuaciones, erosionaban el espíritu.
Que debía partir dos días después. Que, allí, en El Retorno había vivido corto tiempo; pero de una
manera tan intensa que podrían sumar cien años. Lo nuestro, le dije, está ahí. Que sea lo que tu
quieras; al menos en términos de extenderlo o de terminarlo. Y me dijo, yo me quedo. Mi vida es
esto. Mi amor por ti es inmenso; pero debes entender que me debo a mis hijas y a la lucha que
recién comienza. O que, al menos para mí, comienza cada día y que será así hasta que ya no
pueda mirar la salida y la puesta del Sol. Y así fue.
Con Leticia, la despedida tuvo visos de acción ejemplar. Porque así era ella. Sin mirarme, con esa
mirada inmensa como siempre lo hacía, me dijo “que Dios te proteja”. Y no más. Sentí, otra vez,
ese vacío que había sentido antes, cuando no vi más a Gudiela.
La reunión con Edison y con los y las demás, estuvo marcada por ese tipo de discusiones en donde
predomina la racionalidad y el ejercicio propio de la lógica formal. Mucho ir y venir circunstancial.
Cierto de tipo de crítica que podría asimilarse al discurso político, lleno de lugares comunes. Ya
había hecho crisis la interpretación de la situación vigente y, por lo mismo, las alternativas de
actuación política. Pero no había lugar para lamentaciones. Simplemente, la vida, es así. En veces,
hay que estar de acuerdo con esa opción coloquial: “o lo toma, o lo deja”. Una cruda simpleza;
pero opción al fin. Y, yo, dije “lo dejo”. No hay espacio para mi intervención, en la perspectiva en
que siempre la he propuesto. Era una figura parecida a “ni un paso atrás”. Figura que, en mí,
dejaba de ser protocolaria o, simplemente, nominativa; para convertirse en el hilo conductor. Esto,
independientemente de cualquier otra consideración política o filosófica.
Porque, lo sucedido hasta ahí; había sobrepasado los límites de la táctica o, mejor sería decirlo, de
la reflexión en términos del quehacer inmediato. Yo había rebasado esos topes; por cuanto ya
había incursionado en posiciones y territorios que no estaban prefigurados inicialmente. Los riesgos
habían sido muchos. Casi, hasta la irresponsabilidad. Se decía que, yo, había puesto en riesgo no
solo la estrategia de la intervención; sino y fundamentalmente a las personas que trabajaban
conmigo. Y, en ese tono envalentonado que, en veces, me caracteriza, respondí que “lo hecho,
hecho está”. Vaya respuesta. Porque había dejado de ser coherente y emblemático. Había perdido
la capacidad para orientar. Porque, un orientador, piensa primero en las consecuencias de
determinada acción y, luego, asume determinado tipo de decisiones que sean coherentes con esto.
En mí, por el contrario, había primado mi convicción unilateral.
Y es que, lo mío, aparecía como al garete. Como si no identificara y reconociese ningún tipo de
disciplina. Me desbordó lo bakuninista que siempre ha habido en mí. Fui exégeta de lo rápido y lo
práctico; sin muchas consideraciones teóricas. Raro, en mí, que siempre había preconizado la
necesidad de actuar de manera contextualizada; y con las matices propios de la intervención en
territorios complejos. Raro, en mí que, por ejemplo, a nivel urbano había sostenido que era
necesario preparar, desde los barrios, una ofensiva que confluyera en algo parecido a la
insurrección. Nihilista, eso fui yo, en ese tiempo. Ya, tal parece, que no quedaba nada de la
racionalidad y la contextualización. Todo lo leído y lo discutido como que era historia refundida, allá
en donde uno no vuelve más.
La ruptura, entonces, fue absoluta. No reconocí ningún tipo de disciplina. Y, en política, quien
piense así se constituye en sujeto que no merece ser reconocido como sujeto de confianza. Más
bien, pareciera un sujeto de absoluta desconfianza. Porque sus actuaciones son un riesgo de
concluir en derrota, irreversible.
Llegué a mi ciudad, cualquier día 1972. El grupo familiar seguía en lo mismo. La ciudad, también.
Yo, de inmediato, me reintegré al trabajo político en los barrios. A pesar de la distancia y el tiempo;
casi nada había cambiado. De nuevo estaba en condiciones de arengar y de promover acciones
masivas e individuales. La postura anti-capitalista, seguía firme. Y, yo, lo mismo. A los treinta días
de haber regresado, estuve dirigiendo la lucha puntual en contra del alza en los servicios públicos.
Estuve en el barrio Caicedo, en el barrio Las Américas y en Buenos Aires y en Doce de Octubre y en
El Pedregal y en el barrio Castilla. En fin, volvía a la febril actividad que me había caracterizado de
tiempo atrás.
Escenario 13.
Y volvió el enamoramiento. Esta vez fue Fabiola. Mujer inmensa, militante conmigo en el Partido.
Como siempre, en mi, no se cuando empezamos. Como ráfaga; esta ha sido una constante. Así ha
sido siempre. Lo único cierto es que empezamos. De mi parte, una pasión tan grande como las
otras veces. Y es que, ese tipo de posiciones, han estado ahí, conmigo. Reitero en mi convicción en
el sentido del significado que ha tenido el apasionamiento. Si no fuera por esto, mi tránsito hubiera
sido inocuo. Porque, en fin de cuentas, eso es lo que cuenta. La fuerza que se le impregne a lo que
se hace. Lo demás es pura formalidad militante. Expresiones formales sin horizonte didáctico y
herético.
Y no tuve tiempo de realizar algunas acciones previsoras, como directriz. Nació Paula. Un orgullo,
para mí. Primera hija (es obvio el profundo respeto por algo que expresé arriba). Ya estaba
inmerso en ella. Nunca me había imaginado esa experiencia y esa sensación de felicidad. Tal vez,
nunca antes, había sentido esa sensación. Como saber que existe una réplica, creativa de tu vida.
De tu posición como reivindicación humana perenne.
Y, casi de manera simultánea, la actividad sindical organizada. Hasta aquí, en ese tipo de
actividades, lo mío había sido apenas tangencial. Como auxiliador y agitador en las huelgas. En eso
me inicié, casi desde que tenía memoria.
Los Sindicatos han sido, al menos para mí, una opción más vinculada con la teoría del leninismo
que con una convicción efectiva, real. La teoría de la Dictadura del Proletariado, no era más que un
referente un tanto formal. Lo que si era cierto es mi entendido de proletariado. Fundamentalmente
obreros, vinculados a las fábricas. Los otros trabajadores no eran otra cosa que instrumento
accesorio. Sujetos que aprendían de la lucha; por lo mismo de que, todas las reivindicaciones se
pueden validar. Pero no es lo mismo. Los trabajadores al servicio del Estado, constituyen y han
constituido siempre, simples usufructuarios o beneficiarios plusválicos. Porque, en mí, ya estaba
claro que la noción de plusvalía defina por Marx, estaba asociada a la producción de riqueza; al
agregado, por la vía de la mano de obra, que contribuye a la reproducción del capital. Y es que
esta, la plusvalía, es el soporte de lo demás. Lo otro no es otra cosa que consumo de la misma. Los
trabajadores de las empresas de bienes y servicios, incluidas la actividad financiera; consumen
plusvalía originada en la industria. Y esta interpretación mía no es caprichosa. Es el resultado de un
estudio juicioso y crítico del proceso de acumulación del capital. Por lo mismo, mi lectura de la obra
de Rosa Luxemburgo, no fue al azar. Ese texto es tan expresivo y tan riguroso en el
cuestionamiento de la ortodoxia marxista; que, en muchas ocasiones ha sido presentado como
posición herética, por la vía socialdemócrata.
Esta posición teórica, derivó en el sentido que le dí a mi intervención sindical. Trabajando en una
entidad pública, cuyos trabajadores somos, simplemente beneficiarios plusválicos. Esa fue mi hoja d
ruta desde un primer comienzo .Por lo tanto, y me quedó claro, también desde el comienzo, que
encontraría posiciones contrarias. Al menos, entre aquellos y aquellas que exhibían una posición de
mera interpretación formal. Como si el solo hecho de la intervención sindical, diera lugar a una
posición marxista. Esto para no hablar de los y las militantes del Partido, quienes asumían que
ortodoxia marxista-leninista, era lo mismo que la desviación teórica de creer que los trabajadores y
las trabajadoras de bienes y servicios, hacíamos parte de la Vanguardia Proletaria. Términos,
preciso, acuñado por Lenin y que, aún hoy, a pesar de la acción de los y las personas que han
renegado de su pasado; sigue siendo un principio insoslayable.
Y es que, todavía, tenía memoria para recordar el hermoso fragmento de Eduard Dolleans, en su
“Historia del Movimiento Obrero”.:
“A lo largo de los cuarenta años que van desde 1830 hasta 1970 se oye una queja. Los mismos
murmullos, los mismos llamados no escuchados. A veces el murmullo se transforma en clamor; las
voluntades se anudan en una acción más clara y el fracaso provoca de repente el motín. De tanto
en tanto, una insurrección cuya represión reduce al silencio, durante algunos años, la voz de las
clases laboriosas. En vano, como dice Sismondi, se hará crecer el trigo para los que tienen hambre,
o se fabricarán vestidos para los que andan desnudos, si no están en condiciones de pagar.
Este grito que brota de la miseria es irreprimible. Por eso, la voz reanuda su queja monótona. Poco
a poco, esta voz se afirma: al grito del sufrimiento se mezcla un grito de esperanza.
La atmósfera de estos cuarenta años de luchas obreras, estuvo cargada como un cielo gris cubierto
de nubes, siempre encapotado, atravesado a veces por relámpagos…”2
Era y es una expresión portentosa. Cargada de un significado profundo. Que define el sentido del
quehacer obrero. Arriesgándolo todo. Con su esperanza puesta en el triunfo. Un triunfo que puede
ser obstaculizado por la fuerza patronal y por la fuerza del Estado. Productores directos. Que nacen
y mueren vinculados a la industria; a la naciente industria. Al capitalismo salvaje que crece a costa
de la muerte de los obreros.
Entonces, visto así, lo nuestro era y es un mero ensayo, ni siquiera ensayo general de las
posibilidades revolucionarias del proletariado. Nosotros y nosotras éramos y somos, aún ahora,
meros replicadores de las consignas centrales del movimiento obrero: Por el poder, hasta nuestra
vida damos. Por la dignididad, siempre estaremos en pie de lucha.
Y tuve que luchar en contra de esas opciones de interpretación. Entre populistas y malvadas. Voces
y consignas vinculadas con la posibilidad de aparecer como representantes del proletariado.
Cuando, solo éramos y somos simples reproductores de la ideología dominante; en razón a que
ejercemos como usufructuarios; en lo que Gramsci llamó la superestructura y que tiene que ver con
la ideología .Y que, Lukacs, propone como diferenciación fundamental y básico. Este último,
siempre luchó por dejar de lado ese tipo de ilusiones que, independientemente de la connotación
un tanto peyorativa que se le ha dado, la pequeña burguesía asalariada, le ha dado a su
participación.
Y, en consecuencia, ese camino ejerció para mí, como norte. Se produjo un enfrentamiento desde
un comienzo. Porque nunca acepté que la dirección del Partido fuera ejercida por intelectuales
alejados de la producción y, por lo mismo desconocedores y desconocedoras de la miseria de los
obreros y las obreras. Dirección pequeñoburguesa que prostituyó la lucha obrera. Que la convirtió
en un simple lugar común. Con una supuesta ortodoxia marxista leninista que no era otra cosa que
(parodiando a un autor que no recuerdo) una caricatura de revolución.
Y es que, en nuestro país, se había enquistado, entre los grupos revolucionarios, una manera de
ver la lucha anti-capitalista, como simple expresión de vocinglería. Una figura parecida a esas
expresiones que todo lo reducen a posiciones preestablecidas, sin nexo con los hacedores de la
riqueza con la cual se alimenta y se reproduce la burguesía. Era y es una perorata de nunca
acabar. Inclusive, con posturas ante el Imperio, supuestamente radicales. Pero que, en fin de
cuentas no eran y son otra cosa que discursos inocuos; sin sentido. Una especie de radicalidad y de
discurso revolucionario, para los días de fiesta.
Ya, desde ese entonces, yo participaba de una caracterización del sentido en que se movía la
burguesía. Arriesgué, desde ese entonces, una expresión teórica, originada en Gramsci y en
Lukacs, que deriva en un entendido de lo que se denomina bloque de clases o de fracciones de
2 Dolleans, Eduard. “Historia del movimiento obrero, primer tomo; sexta edición, 1957.
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  • 1. 4710 Una historia Escenario 1. Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo percibo como referente. Mi memoria, se desplaza hacia atrás. Por esa vía configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si, desde ahí, estuviera atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día, empecé a sentir el desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al garete. Es una forma de expresar el sentido que ha tenido mi recorrido. Incierto, desde ahí. Desde ese primer momento. Enfrentado al mundo con cierto vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé disociando las ideas. A contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir, asociando hechos, ideas, momentos, ilusiones. Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la vida, hubiese tenido un grado de dificultad mayor. Porque fue un instante de profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las vivencias de mi madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un acompañamiento conmigo mismo. Como si hubiese sido necesario crear la duplicidad del yo. En el entendido de que debía ser así. Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo necesario para no claudicar allí mismo; sin haber iniciado el vuelo. Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no haber intentado nunca el juego elemental aritmético de retrotraer el calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no satisficiese mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo que somos y hemos sido, muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones de hechos. Como si, cada uno de esos hechos, ya estuvieran codificados. Es una figura paliativa que nos induce a seguir adelante, viviendo. Pero, a decir verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la historia. Esa que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de una interpretación más allá de la simple sociología del recuerdo. En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante. Venía en crecimiento. No se si identificarlo como suma de hombres y mujeres. No se si identificarlo como sucesión de acontecimientos vinculados con el tránsito complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los acontecimientos. De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las normas, asociadas al dominio construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil, al mismo tiempo religioso y político. Perfil sin matices distintos a esos que ya estaban y que habían permanecido desde 1810. Lo sentía como tósigo que ya había sentido. No se si en los sucesivos sueños que tuve desde el primer día. Y que, aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso de verme inmerso en un territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo creo así, sin querer hacerlo. Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo. Barrio hospedante. Típico de ese tiempo. Calles como simples trazos, sin ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones que después encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a apropiarlo. A hacerlo mío, trascendiendo la actitud de infante sin reconocimiento de las cosas y de los hechos, al interior de una casa. En esta, los hermanos y las hermanas, no eran otra cosa que figuras que percibía como sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese momento, me percibí como
  • 2. sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que compromete la lucidez; por cuanto la ubica en una categoría conceptual alejada de los roles que cada quien puede o quiere asumir. No podría precisar lo que sentí el mismo día en que accedí al espectro invariado de la casa. Si de esa en que nací. Escuchaba las voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro, ahora, a distancia, si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición de recién llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera asirlas y entenderlas. Tengo la sensación de haber escuchado, como ráfagas, los cantos. Desde la aldeana, hasta la pastora. Pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de haber escuchado las versiones libres que se hacían de las historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían temblar. El Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura larguirucha. A la espera de poder entrar a las casas, para excitar la risa en la víctima elegida. Cosquilleo que no cesaba hasta que se producía la muerte, entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad para retomar la respiración normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que transitaba por las calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra y desaparecer con él o con ella. O la Patasola. Una expresión sin características físicas fijas, identificables. O la Llorona. Mujer en búsqueda perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y variadas versiones de brujas. Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que se atreviese a desafiar la soledad y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante permanente, su mundo; su fortaleza. Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi padre decía tener el antídoto o, al menos, la clave para evitar que entraran a los cuartos. Se trataba de esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera que ellas, precisamente por su tendencia a antojarse de cualquier objeto, se detendrían a contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol y se ocultarían de manera inmediata. Su refugio, durante el día, era desconocido. Escenario 2. O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad existían lugares que se exhibían como referentes. Que la Plaza de Cisneros. Una especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San Fernando. Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y puesta en funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación del Ferrocarril. O El Pedrero, sitio adyacente a la plaza de mercado. Sitio para el rebusque de promociones de tomates, plátanos, cebolla, papas, legumbres, etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de aviesas costumbres. O el Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El Bosque de la Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el lago; el carrusel; la rueda de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca, La Curva del Bosque. Sitio al cual arribaban los bandidos: Pistocho y Pacho Troneras; después de haber asaltado un banco. Allí bebían ellos e invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último centavo. O El Fundungo, Lovaina, Las Camelias. Reconocidos como sitios, en veces, o como barrios, otras veces. De todas maneras, zonas en las cuales se podían encontrar lo que se conocía como “casas de citas”. Y se llamaban así, porque allí llegaban los hombres, adultos y muchachos, buscando mujeres. Y allí esperaban estas para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas que administraban. O los dueños que atendían, sin ninguna intermediación, las solicitudes y designaban a las muchachas; por riguroso turno. O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño. Nunca se supo porque esa denominación. Solo, que por ahí atravesaban los rieles del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio en donde se encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a recepcionar y servir de reclusorio a los locos y las locas. El concepto de enfermedades mentales, solo lo manejaban los médicos. Para todos y todas las demás, eran simplemente eso: locos o locas. Ubicado en “cuatrobocas”; barrio Aranjuez.
  • 3. Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón; La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur- oriental. Desde muy pequeño supe que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre Arturo. Hogar que fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de fincas en lo que era la periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que la parte aledaña a la carretera que conducía a Envigado. Con el correr del tiempo, tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le llevábamos el almuerzo o la comida, o el desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches, preferiblemente. Allí escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba las bellotas. Arturo Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció de cerca algunos eventos. Que la Guerra de los Mil Días. Que a Salvita ascendiendo en el globo inflado con helio. Y la tragedia de Salvita; que murió en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de la construcción del túnel de la quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero Francisco Cisneros; de origen cubano. Que dirigió la construcción de ese túnel y también la construcción del puente colgante conocido como “Puente de Occidente”; sobre el Río Cauca; entre Sopetrán y Santafé de Antioquia. Pero estaban, también, los barrios Manrique, Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado (situados al centro y nororiente. O Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier, Calasanz; Robledo. Escenario 3. Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora, recuerdo otras cosas. La ciudad seguía expandiéndose. Con las limitaciones asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que hacen del tránsito central un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro. Mientras las pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Unas bien construidas. Otras, simplemente, pautadas por los requerimientos de quienes llegaban del campo. Como ahora, en ese tiempo, había desplazados. Porque la violencia se ensañaba con quienes habitaban las zonas rurales. No solo en el Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores del desarraigo eran, al mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y siguen siendo), al mismo tempo, beneficiarios de la guerra. Por su condición usufructuarios de los sucesivos regímenes. Tenían el control desde hacía mucho tiempo. Casi desde el mismo inmediato posterior a 1819. Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de las calles para auspiciar la lúdica. O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese territorio. Y, entonces, creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos primarios. Por lo mismo, en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo; que las escondidas; que la lleva; que la guerra libertaria; que los trompos; y las bolas de cristal y, “las vistas” (recortes de las cintas o las películas), con sus acepciones “cuadros” (para designar a aquellas en las cuales aparecían los protagonistas o los denominados “el muchacho” y la “muchacha”); o el ejercicio de elevar las cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los globos de papel, llenos del calor y el humo producidos por el mechón encendido con gasolina o petróleo y el cebo o la esperma como combustibles. O el ejercicio de lanzar piedras con caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían en el centro un receptáculo hecho de cuero y en el cual se colocaba la piedra a lanzar). O el intercambio de revistas (folletos con las aventuras de Tarzán, el Llanero Solitario, Batman y Robin; El Pájaro Loco; el Conejo de la Suerte; El Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas) en los teatros (salas de cine) de los barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique; Rialto; Olimpia; Aranjuez; Belén. O la trenza humana (formaciones entre dos grupos. Uno al frente de otro; cogido de la mano. Hombres y mujeres); a partir de la cual se cantaba matarile lire lo. O la trenza en rueda que permitía o impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba libre por fuera de la rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba listo ya. O el juego de la perinola; o el de catapis (Jaz); o el juego del carga montón (se escogía la
  • 4. víctima que tenía que aceptar que todos y todas cayeran encima de él o de ella). O el juego con el lazo en los dedos, construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección de cajetillas de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se jugaban. Como si fueran billetes. (Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L & M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así, sucesivamente). O la preparación y realización de novenario en la época de diciembre; incluido el ejercicio alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el fútbol. La pelota en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en la calle. Calle para el juego. Calle libre. Inclusive con el vigía, encargado de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía municipal); la bola (vehículo policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego. Porque estaba prohibido tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición de quien o quienes, siendo habitantes del barrio, odian la expresión lúdica. Ahora bien, la confrontación entre grupos interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a expresiones vandálicas, violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc. Forzando un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre bandas en los barrios y/o en los colegios Y, entonces, esa apropiación de los espacios, corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros y maestras. Muchos y muchas, autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la deserción escolar. Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles, tolerantes, amigos (as). Que la sopa escolar (una figura reducida del restaurante), a la cual accedían los niños y niñas cuyas familias eran mucho más pobres que el promedio. Que el pan y la leche que se entregaba en los recreos y que era posible, en razón al convenio con Caritas Arquiodecesana (organización religiosa-católica) y las entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir de convenios internacionales con países europeos o con EE.UU. O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces; las caminatas; el sancocho elaborado a partir de recursos propios recogidos en las escuelas. O a partir de los aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas no eran mixtas. Además que, las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m., hasta las 11:30 a.m. y desde la 1:30 p.m., hasta las 4:30 p.m., de lunes a viernes. Los sábados de 8:00 a .m.; hasta la1:00 p.m. Escenario 4. Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde ahí, desde la escuela. El recuerdo no es vago. Tanto así que tengo claro el momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el mundo con los ojos de quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo protagónico. Es decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita. Condicionamientos acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con ella, mi madre, sin otro horizonte que el centrado en nosotros y nosotras. El padre que deviene en un rol cercano al autoritarismo perverso. Pero ahí; sin descuidar las exigencias derivadas de su posición como cohesionador forzado del grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque, entendido como colateral a referentes plenamente definidos, en nuestro caso no tenía porque existir. Éramos un conglomerado de individualidades vinculadas a un espacio, nada más. Siendo, como en realidad era, Norela una niña aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la sensación de haberla visto antes de conocerla. No se porque, me viene a la memoria un cuadro de desazón. Como si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de algunos hechos poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras otro, sin término. Como si no atinara a establecer con claridad mi estancia allí. En ese mundo hilvanado a partir de secuencias enrarecidas. Veía, por ejemplo, a mi hermano mayor en un rol de sujeto vociferante. Yo estaba en la cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era en el Fundungo; en Chagualo. De todas
  • 5. maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado. Yo, ¡pero que hacía yo ahí; si estaba en la cuna?. ¿Una ubicuidad no deseada? Lo único cierto, me sigo diciendo a mi mismo, es que él estaba ahí Y yo con la escalera, tratando de auxiliarlo para que bajara del tejado. Por el patio. Estando el padre, también vociferando. En la misma casita. Los mismos insultos. Iban y venían. Uno y otro. ¿Pero que hacía yo ahí, entre los dos? Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la textilera Coltejer. Y el televisor allí. En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la ventana, tratando de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la pantalla se veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los actuantes. Y Norela me miraba, a través de la cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar. Y Norela con el plato en la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla. Para que dejara la ventana. Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos. El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el poder. Siendo el cuadro político antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado desde ahí. Desde ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López Pumarejo y su Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. El sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A ser libertador. A ser guerrero guiando a un pueblo famélico y agarrotado. Nuestra familia era una de tantas miles sin horizontes gratificantes. La heredad, provenía de dos íconos perversos. Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el divino Laureano”. El perdulario que encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas achatadas. Con una sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo intelectual. Hacedora de fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que pretendía pasar a la historia como héroe. En una Colombia desagarrada por él, y por Ospina Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los azuzadores perennes. Un fascismo inveterado. Héroe de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la tragedia de un pueblo inerme. Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo Alfonso López, que se arredró ante la infamia. …Y yo en la ventana, mirando las imágenes distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las nueve de la noche. Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando la cortina para que yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la noche. Fin de la emisión. Y Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada, hasta mañana. Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y es que las niñas recibían solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el padre Astete. Y, lo demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es decir casi esclavas como mi madre. Y que se repita el ciclo. Escenario 5. …Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.
  • 6. Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día. Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora. Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo. Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber que hacer ni para donde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia. Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín. Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido. Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el
  • 7. pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí Escenario 5. …Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá. Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día. Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora. Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo. Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber que hacer ni para donde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia. Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido
  • 8. con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín. Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido. Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí Escenario 6. Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí así, porque no levitaba. Porque no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo sujeto niño; sin perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de la escuela y que fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los sin horizontes. Al menos de esos que siempre escuché hablar a los adultos y adultas que hablaban por las emisoras y que escribían en las primeras páginas de El Colombiano y El Correo. Yo leía: Horizonte: sinónimo de futuro o de lejanas aspiraciones. Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío de la desescolarización. Con extravíos. Con los imperativos y las imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con hilos endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con un solidaridad formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una ensimismada en sus procesos internos. Las otras dos, ansiando ser matrimoniadas, lo más pronto posible. Para ausentarse de ese territorio inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de ellas, desertando, hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía paternas. Abuela ya reducida a la silla de ruedas, casi sin ruedas. Más como silla estática. Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería decir: un sujeto de comparación. Porque el otro hermano mantuvo su escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente asociada a las angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas partes. Hijo menor que ya, desde ese entonces, alucinaba. Creando espacios y personajes enfermizos. Ese yo ahí. Aparentemente un holgazán niño. Un sujeto en la quietud que suponían quienes me veían deambular; por la casa. O por el barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella. Ya viajaba solo a lo que denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria de ganados; al lado del padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al lado del padre. A Sopetrán, San Jerónimo, Santafé de Antioquia; Liborina. Pero, también a Rionegro y a Fredonia. Siempre al lado del padre. Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a ser marcado, de por vida, por hechos y situaciones que fueran adversas. De una u otra manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los cuales era víctima o victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los truenos en una tormenta eléctrica. Pero, más aún, por no hallar explicación ninguna. O porque me enseñaron a asociarlos con el exterminio a que seríamos sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría, estaba situado yo. Por no ir a la escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo. Porque, a decir verdad, me sentía
  • 9. bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando esa angustia. Simplemente, los hechos, están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y sufrí yo. Siendo niño, entre perverso y santo. Solo que la santidad me abandonó, en proporción directa a mi incapacidad para ascender, para levitar; para volar al lado de dios. Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del compromiso, en el poder. Ya empezaba la feria de las mudanzas. De los intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto ignominioso. Pacto construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados. Pacto suscrito, vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían nacer; ni crecer; ni mucho menos expresarse. Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando en ese tránsito; sintiendo flotar en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos lo impusieron. Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo siguen haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza es vivir; y caminar; y trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y soñar. Ellos que promovieron las muertes físicas masivas. Y que promovieron la extirpación de las ilusiones. Y que, por esto mismo, han lobotomizado los espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan al olvido. A creer que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de los enemigos de la patria. Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de entender el modelo impuesto. El problema era que no tenía ni medios; ni conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una predisposición a seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir que venía fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese grupo familiar vigente desde antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para mí, presencia con el correr de los años; de mis años. Ya, entonces, Chagualo y Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no accedía a el. Simplemente, ahí en la casita o en las casitas. Ya la madre era esclava. Se hizo así, a partir de mis miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias intelectuales. Miserias políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de violentados. De violentos que conducían con rumbo definido por ellos. Violentos que agredían aquí y allá. Violentos que protagonizaban ejercicios aparentemente diferenciados; pero que eran lo mismo. Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol protagónico de mi mismo; seguía el curso, mi curso. Ya en la calle. Ya en la casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir ser visto desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto niño sin posibilidad de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de la escolaridad. Desertor, más no herético. Porque el origen de esa deserción, la motivación de la misma, no estaban anclados en una opción de vida diferente. Y no tenía porque serlo. Porque no tenía opciones alternativas. Simplemente ahí. Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara y donde Arturo Gómez. Una vida al garete. Incluso con tendencias y manifestaciones perversas; vistas con una óptica moralista. Sujeto niño ahí; sin nada entre las manos. Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también. Ya la ciudad no era la misma que conocí o que imaginé. Ya los barrios en las pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla Y Pedregal y Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas viviendas ya con casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de El Poblado. Ya Bello y Copacabana, al norte, se integraban; en un concepto de territorio mucho más vasto. No se si, desde ese primero momento, se asumían los conceptos de zonas metropolitanas. Pero también, al sur, se acercaba Itagui y, aunque de manera más lenta, Envigado.
  • 10. Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar inmerso en un proceso no pensado; no entendido. Pero estaba ahí. Como proceso envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad moderna, actuaba independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y las otras. No se, en fin de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento urbano, una opción como la planteada por Manuel Castells. No se, si en el caso de los y las ciudadanas en mi ciudad y en las otras ciudades. No se si la presión, a partir de los desplazamientos masivos, sobre la ciudad y, por lo mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o no expresión en términos de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no se si alguien, en nuestro país tuviera, en ese entonces, posiciones como: “…Cuando se habla de problemas urbanos nos referimos más bien, tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común a toda una serie de actos y de situaciones de la vida cotidiana cuyo desarrollo y características dependen estrechamente de la organización social general. Efectivamente, a un primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la población, el acceso a las guarderías, jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una gama de problemas que van desde las condiciones de seguridad en los edificios (en los que se producen, cada vez con mayor frecuencia accidentes mortales colectivos) hasta el contenido de las actividades culturales de los centros de jóvenes reproductores de la ideología dominante…”1 En verdad dudo que se hubiera desarrollado una opción de vida urbana, así en esas condiciones. Lo que este sujeto niño perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de quien no tenía ni siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún, reconociendo que, cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una estructura escolar-académica en donde el lugar para la profundización no existía. No iba más allá, como lo expresé arriba de aglutinar una serie de saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa, particularmente la católica. Estaba, pues, situado en un reconocimiento del entorno inmediato y mediato. Reconocimiento que no iba más allá de encontrar espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica podría haber, en mi escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron y mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar; particularmente de la madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las posibilidades y justificaciones para profundizar en torno al cuadro comparativo con mi hermano, el escolarizado, que seguía avanzando. Entonces, una noción de ciudad y de país y de mi mismo y de los demás; que comprometía las fijaciones que había venido construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes. Expresiones en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi cuerpo y que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas asumidas por mí antes. Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a asumirlas. Opciones como latigazos. Opciones que conminaban a no existir más. Opciones que me proponían huir de la casita y abordar el camino del transeúnte sin referentes. Como si me propusieran jugarme la vida en el amplio espectro que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a cualquier sitio sin ningún nexo con los hermanos, las hermanos, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes que se erigían como mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda angustia. En extravíos que yo no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una angustia sobre otra. La mía propia y la heredada de esos sueños absolutamente onerosos. Y era el año que marcaba el inicio de otra década. Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi dieciséis años. No era sujeto hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en la posición de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de la necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el conocimiento. Vale la pena aclarar, ahora, que había innovado en lo que respecta a la justificación para desertar. Una figura, 1 Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”.Siglo XXI Editores, segunda edición en español,1976, página 5
  • 11. parecida a las imágenes que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y una voz que me reta. Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad. ¿Pero sería cierto eso? ¿De cuando acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún ahora no me lo creo. Yo no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por el contrario, un bandido que se azuzaba así mismo; vertiendo palabras. Sin poder construir una o dos frases con sentido. Solo, en esos sueños tormentosos, venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa exterioridad que no percibía sino en la vigilia del día a día. Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo lo relacionado con la continuación del exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese pacto entre los mismos. Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho de aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas las noches. Veía a los campesinos y campesinas. Niños y niñas. En las travesías. Solo ahora, después de haber leído al maestro Alfredo Molano, en su trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva adentro”, he podido descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado de esas imágenes. Los sin tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento a la vida. Como si esta estuviera flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de asirla. Mientras tanto los aviones y la tropa de los jerarcas. Apuntándoles. Matándolos. Y los gritos de rabia y las lágrimas y la ternura invitando a resistir. Y los jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a reconocerlos como voceros válidos. Como convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los discursos ampulosos. Y llegó el segundo de la lista. El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no sabe nada de la vida de los y las demás. Que mantuvo la línea de acción. Con los chafarotes a la ofensiva. Limpiando el campo. Siendo, esa limpieza, un concepto asociado a la matanza. Generalizada y selectiva. E inundaban los campos de panfletos. Convocando a la rendición. Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia. Bandidos eran quienes no se dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de la dignidad y, porque no, con las armas que habían logrado salvar. Y los niños ahí. Y las niñas también. Muriendo ellos y ellas. Y sus madres. Y sus padres…y todos y todas. Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les hablaba. Una a una. Como macho subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos. Me disipaban las angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría raudo, al salir de mi jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba como flecha veloz. Y llegaba y Rosita ahí y Gudiela también. Un día con una y al otro día con la otra. Y ellas accedían. No se porque. Tal vez porque era adolescente alucinado. Con toda la carga emocional de los sueños. Me fui volviendo taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por eso Rosita, la más cercana, la más tierna y la más conmovida; me acogió. También me acogió su madre. Y Miguel, su hermano. Con él profundicé en amistad. Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque la veía, al lado de las imágenes tormentosas. Porque con ella hablaba. Y ella decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión me transportaba al universo en el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca de los años luz, como ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo. Pero tenía miedo a la soledad. Por eso, le conté a Rosita. Y, con ella, si quería viajar. Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero más distante. Más fría. Me daba miedo esa actitud. Hablar con ella no suponía, como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me hacía falta hablarle. Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no lo expresaba. Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me aceptó. Me consideraba demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida. “Y ella, con ese personaje tan feo”. Esto me lo contaba Gudiela. Y lloraba al decirlo. Me amaba, pero sufría con las expresiones de su madre.
  • 12. Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un día cualquiera, se fue Gudiela. Su familia se trasladó hacia Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de Rosita. Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo que ir. Se que no volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No puedo hacer nada, porque no soy libre. Adiós”. Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos cómplices en todo. Caminar, desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable. Ella y yo, de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella, incólume. Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas. Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba ahí. Al lado de las imágenes que me atormentaban. “No sufras patico”, me decía. En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de semana; como si no hubiéramos hablado todos los días, al salir de la escuela. Escenario 7 Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en veremos. Muy intermitente, casi nula. Y, Rosita, se volvió recuerdo. Como con Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra etapa del peregrinar. Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo, otra vez, mi deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre Prado, Campo Valdés. Volví a mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones producidas por mi mismo. Y el grupo familiar se había ido desmantelando. Ya no estaba el hermano mayor. Tampoco dos de las hermanas. Se habían matrimoniado, huyendo de la casita inhóspita Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas y en los ayunos, conocí al padre Daniel. Exégeta, pero demócrata. Había logrado construir y posicionar grupos de acción, dentro de los jóvenes cercanos al ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud Obrera Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no como proceso continuo y/o programático y político; sino como respuesta a los atropellos de los patronos. Yo, en ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi actividad laboral, periódica e intermitente, con la escolaridad. Y caminábamos las calles solicitando ayuda para los huelguistas. Recaudábamos alimentos y algún dinero. Participábamos en las reuniones con ellos, con los trabajadores. Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los sábados, en la sala de reuniones de la casa cural. Y leíamos los evangelios. Y los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los hospitales, a visitar a los enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por esa vía conocí a Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant; y A Hegel; y a Hobbes; y a Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo la red de los rebeldes. De los que aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento profundo en las ciudades. Y fuimos relacionando esto con la tragedia de nuestro país, tragedia de los nómadas forzados; los de las travesías; los bombardeados; los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas muertas y muertos, al lado de sus madres y de sus padres. Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se empezó a desenvolver la actuación como proceso. Como continuidad. Porque accedí a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la universidad, sin matrícula. Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa. Y decanté lo hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo Torres Restrepo. Todo porque el sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una lucha acompañando a los desarrapados del basurero. Hoy los llaman recicladores. Y Vicente convocó a Camilo, un día cualquiera de octubre. Y estuvimos con él. Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de equilibrar mi religiosidad con la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de la lucha de clases. Empecé a
  • 13. reconocer, en todos los entornos, los objetivos fundamentales por los cuales luchar. Y se hizo gigante y hermosa la espiritualidad; esa tendencia que había estado ahí y que fue resortada y voló a todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad y a asumirla. Profundamente triste y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo absoluto cabalgando en las nubes y en el polvo cósmico. Iba y regresaba. De aquí hasta allá Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo acontecido conmigo. Porque, en el día a día, sentía morir por todos y por todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su reemplazo. Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación impuesta a sangre y fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien lo siguió; el otro Lleras. Porque el pacto entre los perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los trasgresores y trasgresoras del orden establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles. Fue la década de la infamia. La muerte de Camilo; la muerte de Ernesto Guevara; las muertes de todos y todas. Soñadores y soñadoras; intérpretes de la lucha diaria. Aquí, en esta ciudad que seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya estaba el barrio obrero, Campoamor; y había crecido San José la Cima; y Santo Domingo y apareció Guadalupe y Loreto se extendió hacia el oriente; y Villa Hermosa se fragmentó. Y sus aristas crecieron. Y se construyó la ciudad universitaria, para agrupar las facultades que estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el movimiento estudiantil Ya había demostrado su poder en los enfrentamientos en Estudios Generales, sección de la Universidad de Antioquia. Y creció la lucha por vivienda digna y por un servicio de transporte eficiente y masivo. Es decir, ahora si se estaba dando lo que preconizaba Castells. Era otra ciudad, sin lugar a dudas. Éramos otros y otras. Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi, allá. En una batalla callejera, izando la bandera de la esperanza. La vi y me vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era de él. Y, por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como manifestación latente. Como figura dispuesta a aparecer al menor descuido. Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita llamándome ¡ ven patico ¡. Y me negué a seguir viviendo. Y desperté. Y navegué, deambulé por todos los espacios conocidos. Y no estaba en condiciones de ir al tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he transitado. Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando tanto o más que yo. Y volví a la religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las laceraciones. Escenario 8. Por fin terminó la crisis. Volví a realizar acciones. En veces, en los barrios. Otras en las huelgas y en las fábricas. Había retomado el proceso. Ya estábamos en 1968. Y supe del Mayo Francés. Y supe de Daniel el Rojo, en Alemania. Y supe de la masacre en la Plaza Tlatelolco, en ciudad Méjico, en plena realización de los Juegos Olímpicos. E interpreté el proyecto político de la tercera cuota del Pacto. Y analicé su propuesta de modernizar el Estado, a partir de un concepto de eficiencia coherente con el concepto de desarrollo capitalista periférico. Y conocí de su propuesta de Pacto Andino; esbozo de mercado común regional. Y recorrí mil caminos, en esa ciudad que seguía creciendo. Y se fue borrando el recuerdo de Rosita. Y recordé que no había sido tocado, en su momento, por la Revolución Cubana. Y, en ejercicio retrovisor, volví a 1959; cuando era lo que ya conté que era. Pero, intentando descifrar una imagen en uno de mis sueños. Imagen de contrastes. Porque, a veces, veía seres jubilosos, posicionados de un territorio que no supe ni pude identificar. Pero, al mismo tiempo, seres en travesía; sufriendo los rigores de los bombardeos. Este último territorio si me era familiar; pues lo había visto desde siempre. Que Tolima, Huila, Sumapaz; Territorios Nacionales;
  • 14. Y, así, fui desenvolviendo el ovillo, similar al nudo de Ariadna. Y reconocí, en esos contextos enunciados, la posición alusiva al desarrollo capitalista tardío. Como el nuestro. Ya no era, simplemente, el modelo de sustitución de importaciones. Ya era, todo un modelo de amplio espectro. Pero no autónomo. Simplemente vinculado a los condiciones que imponía el Imperio. Fue, entonces, cuando conocí las propuestas puntuales de Joaquín Vallejo Arbeláez, a la sazón ministro en el gobierno de la tercera cuota del pacto (Carlos Lleras Restrepo). Y leí, ávidamente, todo el texto sustentatorio de El Pacto Andino. Y lo cotejé con las propuestas de la CEPAL (Comisión económica para América Latina). Y encontré las coincidencias. Algo así como un proyecto en el cual cabían las opciones políticas y económicas, por la vía de entender una forma de la división del trabajo. Obviamente a países como el nuestro, como Venezuela, como Ecuador, como Argentina, Brasil, etc., nos correspondía la parte de lo accesorio. No podíamos acceder a la tecnología necesaria para implementar un proyecto de industria pesada. Solo lo periférico; y eso sí, con limitaciones. Y, a partir de ahí fue que conocí la teoría del desarrollo desigual y combinado; lo cual no es otra cosa que la implementación de los modelos precarios, súbditos. Y, por esa misma vía, conocí la teoría de Celso Furtado, expresando la opción clásica del desarrollismo económico. Y conocí, además, las teorías de Samir Amín (en la misma perspectiva del modelo de desarrollo desigual y combinado). Y, de manera apenas obvia, profundicé los textos económicos de Marx, y de Rosa Luxemburgo. Y leí el texto económico de Lenin “El desarrollo del capitalismo en Rusia”. Y conocí las teorías de partido de Lenin, en lucha en contra de las postulaciones socialdemócratas en Rusia (Los Mencheviques) y en Alemania (Rosa Luxemburgo). Y, muy posteriormente, conocí la teoría del Programa de Transición de León Trotski. Y entendí que yo no había tenido el libreto completo; pero esto fue culpa mía y solo mía. Cuando leí las obras de Mao y su descripción de la Gran Marcha, antecedente de la Revolución China, me embelesé con su visión de Frente Patriótico. Todo lo anterior, en paralelo a mi militancia partidista. Asumiendo opciones de riesgo. Ya, en mí, no contaban tanto las realizaciones inconexas en la ciudad. Ya yo estaba del lado de un proceso y de una posición programática para acceder al poder, por la vía armada. Y, aún hoy, no me arrepiento de ello. Y, seguí en los barrios; difundiendo la doctrina. Y seguí en las huelgas, haciendo lo mismo. Todo, en una perspectiva no de filantropía. Fue el tiempo en que conocí la Declaración de la Habana. El nuevo curso de las revoluciones en América Latina, propuesto por el Partido Comunista en Cuba. Texto de inmenso contenido teórico y práctico. Y, en los barrios, hice mi carrera política fundamental. Estuve trabajando de manera grupal. Con amigos y amigas coincidentes conmigo. Pero también con personas que no compartían mis opciones. Pero, ahí, estuve con ellos y ellas. E hice alfabetización de niños, niñas y adultos (as); teniendo como guía los escritos pedagógicos de José Martí (fundamentalmente “El Siglo de oro”); pero también trabajé con la teoría de Paulo Freyre. Y conocí, derivado de allí, el modelo de investigación-acción. Instrumento metodológico básico, para realizar todo un trabajo de interpretación sociológica del desarrollo urbano y rural. Y, lo que es fundamental, de las tendencias políticas, económicas y culturales; de tal manera que se pudieran construir opciones de intervención revolucionarias. Y, en ese contexto, investigamos acerca de la vivienda urbana y acerca del modelo gubernamental a través del ICT. Y conocí de cerca, a partir de ese modelo de investigación, el significado del desplazamiento campo ciudad. Y, arriesgué mi propia teoría, en el sentido de entender como migraciones ese proceso de desplazamiento y, además, hablé acerca de identificar la diversidad cultural que se estaba asentando en las ciudades, particularmente en la que vivía. Y, por esta vía, propuse la realización de eventos globales, que convocaran, a nivel local y nacional, a quienes, desde diferentes perspectivas y opciones, trabajaban como nosotros y nosotras, en los barrios. Y lo hicimos. Primero en mi ciudad. Y surgió el COBAPO (Comité de barrios populares). Y movilizamos miles de miles de personas, alrededor de problemas como los asociados a los servicios público; la vivienda; el transporte; la cultura; los hogares infantiles.
  • 15. Pero, también, propuse una interpretación acerca del nexo del barrio con las luchas obreras. Particularmente en torno a las familias de los huelguistas. Y fue por esa expresión que se concretó uno de los eventos de masas más plenos, en términos de la relación lucha obrera-lucha barrial. Fue en el Barrio Campoamor, cerca de Guayabal, en el camino hacia Itagui. Escenario 8. Pero había un gran vacío en mí. Por más amplia y apasionada que fuera mí actividad; seguía en esa soledad interna. Los sueños me seguían atormentado. Identifiqué mi esquizofrenia. Estaba partido. De un lado, una individualidad y una internalidad, profundamente afectadas. Sin sosiego. Aquí y allá, busca salidas, sin encontrarlas. De otro lado mi profundo convencimiento de la necesidad de revolucionarizar la vida política, económica y cultural del país. Y eso tenía que hacerse efectivo con el combate directo, armado. Por eso yo definí la teoría que habla de lograr en la ciudad un apoyo absoluto; para articularlo con la lucha armada en el campo. Inclusive alcancé a plantear una figura de guerrilla urbana, como la propuesta y realizada por Carlos Mariguella en Brasil. Y es que ya había leído algunos escritos de José Carlos Mariátegui, el esplendoroso líder y teórico ecuatoriano. Y es que ya había leído a los nihilistas rusos y había conocido la teoría de Bakunin en Rusia. Empecé a navegar entre la opción guerra de guerrillas y la teoría de la insurrección, tan cerca al trotskismo. Y vuelvo, entonces, al momento en que descifré mi esquizofrenia. Y ahí estaba yo, partido. Mi interioridad seguía deteriorándose. Esos eternos sueños conmigo. Y empecé a buscar alternativas para alcanzar el equilibrio necesario; sin lograrlo. Me acerqué a la tesis freudiana del malestar espiritual, individual; por la vía de leer “El malestar en la cultura”. Pero, también leí, en esa perspectiva, las interpretaciones de sociedad y desasosiego, de Hebert Marcuse (en “Eros y Civilización” y en “El hombre unidimensional”). Y empecé a asociar mi fragmentada interioridad, con el condicionamiento ideológico que está en la base de la dominación capitalista. Y, por esto mismo, leí a Lukacs, tratando de descifrar el contenido de los códigos ideológicos. Pero, simultáneamente, estaba leyendo a Kafka, sobre todo, sus obras “El Proceso” y “La metamorfosis”. Y me iba perdiendo, cada vez más. Llegando casi al delirio. Y, esos sueños ahí. Y seguía viendo a Rosita. Y trataba de dilucidar esos sueños con la madre azotada por el padre. Y, en ese momento, reconocía que nunca había tenido en cuenta los asuntos relacionados con el inequidad de género. Ni en el Partido; ni en nuestros trabajos y acciones cotidianos, valorábamos, de manera acertada, la participación de nuestras compañeras mujeres. Y, eso, me atormentaba. Y volví a analizar al grupo familiar. Seguía ahí, cada vez más reducido. No solo en número; sino también en su vertebración fraternal. Una figura parecida a esos conglomerados que están, pero que ninguno o ninguna de sus integrantes se reconocen el. Estar con alguien, pero estar solo. Así lo sentía y así lo vivía. Y es que mi individualidad no tenía referentes. Como cuando se siente que no te encuentras contigo mismo. Cuando, por ejemplo, la imaginación se desenvuelve en un territorio enfermizo; lleno de imágenes que no logras identificar. Como cuando no percibes ninguna ilusión. Y es que, estando así, no logras asir nada diferente a tu propia angustia. Es una laceración mucho más profunda y dolorosa que los azotes que yo mismo me infringía; cuando aspiraba a la santidad. Cuando pretendía evadir la realidad, por la vía de inventarme un universo que tenía como centro la divinidad. Esa que deviene de una concepción de dios y de sus efectos colaterales. Pues si que esos sueños; en los cuales cabalgaba en un ser deforme. Parecido al caballo alado, pero con los ojos desorbitados y con las orejas de conejo y con unos dientes afilados, acezando. Buscándome; y yo encima de él. Vertiendo un líquido rojo, alusivo a la sangre que derramaban miles de seres que estaban a lado y lado del camino. Y, despertaba sudoroso, llamando al Sol y a Júpiter; y a la luna.
  • 16. Totalmente perdido. Y, volvía a empezar el sueño. Y, ahí estaban Rosita, Norela y Gudiela; envejecidas; con enormes cadenas al cuello. Y me llamaban. Y me decían “patico, vuelve por nosotras. No nos dejes al garete, por favor “. Y yo gritando y anhelando despertar pronto. Pero me pesaban los párpados. Como paralizado todo. Sin mover ningún músculo. Y, entonces, veía al hijo de poeta, llamándome. Mostrándome sus manos, ensangrentados. Y veía al divino Laureano, como poseído, blandiendo un hacha; similar a la que se utilizó para dar muerte a Rafael Uribe Uribe. Y, también, veía al primero de la lista elaborada para el Gran Pacto. Y me mostraba un inmenso lienzo blanco. Allí estaban dibujadas las manos de todos los súbditos muertos. Allí estaban graficados todos los caminos de la Travesía. Y veía a las abuelas y a los abuelos, con sus miradas perdidas, absortos y absortas. Y, los niños y las niñas, estaban también ahí dibujados y dibujadas, con inmensos ojos tristes. Y, también estaban las mujeres detrás de los hombres de la Travesía. Y, el padre y la madre, cuando niños. Oteaban todos los territorios. Y la casita estaba dibujada, sin nada adentro. Y, yo estaba dibujado, con la mirada al cielo; y con una aureola inmensa. Y me flagelaba y quemaba mis dedos. Y estaba las piedras en los zapatos y corría como enajenado. Y veía a María Cano y a Torres Giraldo. Este último gritaba. Y María Cano obedecía. Y la vi trajinando mil caminos. Y la escuchaba en sus discursos. Sus manos izadas y repetía lo de la masacre las bananeras. Y me decía que eso iba a volver a ocurrir; aquí y allá. Y me decía que, como en Iquique, habría muertos y muertas. Que los obreros y las obreras. Que los campesinos y campesinas. Que los niños y las niñas. Y me decía que leyera los poemas de Gabriela Mistral y que recordara siempre a Picasso y su Guernica. Y que volviera a leer el Canto General de Neruda. Y que, leyera las Venas Abiertas de América Latina y que entendiera el mensaje de Galeano. Casi siempre, al despertar, sentía un inmenso cansancio. Como de no querer levantarme. Y volvía a dormir. Y veía los hospitales. Y yo estaba ahí, amarrado y gritaba, alucinando. Y no reconocía a nadie; como perdido; con la mirada en vacío; sin nada en ella. Creo que así debe ser la locura profunda. Creo que así fue la locura de Van Gogh y la Nietzsche y la de Kafka. Y, ahí, estaba Giordano Bruno, en la hoguera; sacrificado por buscar opciones diferentes, conceptos diferentes, vidas diferentes. Y me trepé a los semáforos de cada esquina. Con una mano me asía para no caer y con la otra le daba fuerza a mis palabras. Y me bajan de allí, los gendarmes. Y, otra vez, el hospital y sus cadenas. Y estaba atado a la cama. Y me inyectaban un líquido que me enmudecía. Y, así, no podía gritar ni defenderme. Escenario 9. Y comencé otra década. La anterior había sido, un tránsito de profundos cambios en mí y en mi entorno cercano. La ciudad seguía creciendo, casi hasta la saturación total. Y el país también crecía. Y ya se había posesionado el último de la lista del Gran Pacto. Conocí y actué ante el grosero fraude en las elecciones de ese abril. Y estuve agitando y convocando. No tanto por el General; sino mostrando y denunciando el comportamiento de los beneficiarios del Frente Nacional; de ese Pacto entre reyezuelos. Ese que conminó a la democracia, para que dejara de existir. Y estuve en los barrios y en sus calles. Con la bandera de la dignidad. Y llamé a todas las puertas. Y les dije a todos y a todas que ahí estaba la opción. La Guerra total en contra de los mandarines perversos y su ejército. Y hablé de la necesidad de la lucha armada; en el campo y en la ciudad. Y llegó el momento de la partida. Había aceptado el reto. Me iría al campo. Pero no a cualquier campo. Me iría a esos inmensos territorios de colonización. Era una decisión mía, la aceptación de la propuesta. Y me preparé para esto. Y la madre y el padre y las hermanas y los hermanos, no me importaban. Me iría, con la misma convicción y con la misma fuerza y con la misma pasión de siempre. Y volvían los sueños. Y ahí estaba el hospital. Y ahí los hombres de blanco, aplicándome otra vez la dosis que paraliza. Y, yo haciendo un esfuerzo inmenso por fugarme. Y ellos detrás, persiguiendo a su presa. Y me volvía a subir a los semáforos y a los buses. Y gritaba vivas a la
  • 17. lucha armada y a la guerra total contra los impúdicos auspiciadores de la amnesia individual y colectiva. Y me bajaban, otra vez. Y despertaba y volvía a dormir. Y, otra vez, la rutina. Partí un día cualquiera del séptimo mes, del primer año de la década. Me despedí del padre y de la madre. A nadie más dije nada. Tampoco hubo mensajes. Para qué; si ya los había enviado todos. Si ya había dicho lo que tenía que decir. Ya no me acompañaba el recuerdo de Rosita. Como si hubiera mimetizado, del todo, el vacío inmenso que me causó su distanciamiento. Ya, en mí, aparecía una especie de coraza. Endeble, pero coraza al fin. Las acciones preparatorias se limitaron a estudiar la geografía de la zona. A conocer su historia lejana y reciente. Y, por esa vía, supe de su existencia como campo de experimentación y como olvido absoluto. Y, entonces, Volvía a leer “La Vorágine” de José Eustasio Rivera. Y volví a leer “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos. E indague acerca de la historia de sucesivas vejaciones, por la vía del caucho y la siringa. Y profundicé en el conocimiento del significado que tenía El Pato; Guayabero; el Unilla; La Uribe. Y estudié acerca de la Macarena y de su condición de hospedante de la biodiversidad y de su riqueza en flora y fauna. Y estudié acerca de las sucesivas migraciones de mucha gente de nuestro pueblo, buscando paliar la miseria. Y conocí la historia de la guerra con el Perú y de la manipulación que se hizo, por parte de los jerarcas de l historia oficial. Y, entonces, conocí de los procesos de colonización; incluido el último, a partir de 1966. Ya Vaupés, Arauca, Guanía, Putumayo, Amazonas, Vichada; se convirtieron en referentes políticos, económicos y geográficos. Con pleno conocimiento. Y, desde ahí, preparé mi intervención. Dándole, a futuro, un profundo significado. No solo en lo que respecta a mi intervención inmediata; sino, y fundamentalmente, a la perspectiva que se abría. Y llegué en plena época de lluvias. Había pasado por el Meta. Y, desde allí, volé a San José de Guaviare; entonces vinculado geográficamente, a la Comisaría del Vaupés. Desde allí, por inmensos lodazales, unas veces a pie y, en otras, en tractor, me desplacé hasta El Retorno, también conocido como Caño Grande. Llegué un sábado, todavía corría el mes de julio. Y, ya allí, comencé el recorrido, en términos de postular una intervención política, asociada al programa partidista. Ya, allí, empecé a trabajar en esa línea. Me vincule, laboralmente, a la Cooperativa Integral de Caño Grande, como contador y como asistente de la administración. Todos los fines de semana, además de las labores de entre semana, colaboraba en la atención a los usuarios; en razón que, sobre todo el domingo, el día de mercado. Y llegaban los colonos; después de haber recorrido inmensas distancias. La remesa era repetida. La panela, las papas, las lentejas, el fríjol. Eventualmente se incluían las herramientas de trabajo: machetes, rulas, azadones, palas. Extremadamente limitados muchos de ellos y ellas. Porque dependía de algún préstamo del Incora, o de la Cooperativa, en su condición de socios y socias. Una vida áspera; en donde el aliciente básico estaba del lado de las mejoras que se pudieran alcanzar. Las siembras: maíz, arroz; ejercían como proyectos cíclicos. La rozada tal mes, la quema en tal otro. Siguiendo el mismo ciclo relacionado con las lluvias y el verano. Y comencé a ejercer mi labor como conductor político. Empecé a establecer relaciones más allá de la simple atención en la Cooperativa. Y empecé a exponer mi posición política. Y establecí puntos de apoyo básicos. Aprovechando el día libre a que tenía derecho, semanalmente, visité los fundos de aquellos y aquellas que iba considerando como potenciales cuadros políticos y de acción. Y no me importaba ningún riesgo. Como, en los sueños, hablaba abiertamente de la necesidad de la lucha armada. Trabajé con avezados y avezadas hombres y mujeres. Que venían de lejos. Que habían realizado sus luchas; como habitantes de ciudad y como habitantes en el campo. Luchas por sus reivindicaciones mínimas. Y llegaron allá, en el contexto de un proceso y de un programa propuesto desde algunas instancias gubernamentales. Lucha por la sobrevivencia. Y lo entendí así. Ya conocía muchas de esas historias de vida. Desde cuando estuve participando en aquellos procesos ya expuestos, en términos de la investigación-acción. Y que los había profundizado, a partir de aplicar el método pedagógico de Paulo Freyre. Pero, asimismo, porque muchas de las
  • 18. experiencias similares en Ecuador, Perú, Chile y Bolivia; las había conocido en el contexto de mi actuación. Y, además, porque había leído acerca de experiencias en Polonia y Rusia. Pero, también, porque había conocido historias de vida de África y Asia. En este último, ante todo, las experiencias en China y Vietnam. Y, casi sin advertirlo, llegó el cuarto enamoramiento. Otro simultáneo. Nelly y Leticia. Dos mujeres, otra vez, absolutamente diferentes. Nelly, más inexpresiva. Con un rol a cuestas, parecido al de muchas mujeres que han soportado mil batallas. Supe de cuando se produjo su llegada, con sus hijas y con Leonidas. Supe de su primera hazaña; cuando, por si sola, impidió el despegue de un avión, en el aeropuerto de San José. Estaban ella y muchas mujeres más y muchos hombres más y muchos niños y niñas más. Recién habían llegado y reclamaban el cumplimiento de lo que les habían prometido. Mujer sin mucha predisposición a la ternura. Más bien fría en sus expresiones. Curtida por el tiempo y por las vivencias en el. Pero me supo amar, casi desde mi llegada. Como aquellas expresiones que se concretan de manera instantánea. La supe amar. Siempre he creído que lo más distintivo de mi vida, ha sido el apasionamiento. En todos los momentos y ante todas las cosas que asumo. Y, en lo afectivo, no es la excepción. Con ella, Nelly, fue así también. La amé tanto que se convirtió, para mí, en algo parecido a la constante vivencia, en profundidad, sin límites. Lo cierto, entonces, es que su imagen me impregnaba. La llevaba conmigo siempre. Y, volvieron los sueños. Veía a Nelly navegando en un velero. Un mar agitado y adportas de zozobrar. Un viento tibio, borrascoso. Que la envolvía a ella y al velero. Sola, sin sus hijas. Y me hablaba, a gritos: otras veces la veía, allá, cerca a Guayabero; o en Miraflores; o en Calamar. O en su natal Pensilvania, Caldas. Pero, siempre, en actitud convocante. Nelly, la mujer un tanto sombría, se me acercaba y me susurraba algo acerca de su infancia; cuando en su hogar primaban los valores de la tradicionalidad mojigata. O me contaba de su adolescencia. La vivió de manera intensa. O me contaba cuando conoció a Leonidas, o cuando nació su primera hija. Me contaba acerca del origen de esa mirada inmensa; en veces taciturna; en veces expresando una profunda soledad. O me contaba como se había iniciado en el arte de predecir acontecimientos. Como el de ese día, en que soñó que efectuaba un largo viaje, sin mucho convencimiento y que, en la noche siguiente, Leonidas le dijo que se vendrían a fundar, al Vaupés. O cuando entrevió la figura de un gigantesco alud que se tragó a muchas personas y que se tragó dos tractores y dos volquetas. Y, justo al día siguiente, supo que En Quebrada Blanca, no lejos de Villavicencio, una riada y un alud, sepultaron buses, personas… Pues bien, así era mi Nelly. “Ojitos verdes” la empecé a llamar. Yo que era tan reacio a expresiones formales. Pero, en ella, veía a una mujer plena. Nunca me arrepentí de haberla llamado así; ni de haberle hablado del cielo y de la tierra. De lo que había sido y de lo que era en ese momento. De mis soledades y de mis sueños. Solo ella conoció el soporte de mi peregrinar por la vida, tratando de encontrarme. Me dijo un día: “Patico, vos sos un ejemplar inimitable; sos único. Por eso te amo.” Y recorríamos todos los lugares; a escondidas. Y se nos perdía la cuenta en cuanto a horas o minutos, o cualquier unidad de tiempo. Porque éramos así. Sin más limitaciones y sin más aliciente que el de vernos. Nos mirábamos, en la Cooperativa. Yo la miraba; ella, lo mismo. Sin importar nada más; ella y yo. Y, en el entretanto, volvían los sueños. Y se iban después. Y sentía la persecución constante de las imágenes de todos los sueños. Y me acechaban también allá; como en la ciudad donde nací. Como en todos los momentos vividos antes de estar aquí; antes de conocer a Nelly. Pero, ahora no es como antes. Ahora está ella. Y ella me convocaba a trabajar por dilucidar el lenguaje cifrado que me ha acompañado. Porque, para ella, el problema había que resolverlo así; descifrando esos
  • 19. códigos. Y me decía que no podía seguir aferrado a las posibilidades de ser tangente; de no cruzar esa barrera entre realidad y ficción enfermiza. Que ya era hora de dejar de lado esa imaginación cansina y enrevesada. Imaginación achatada y condicionada por las imágenes de esos sueños. Había que volver sobre los legados fundamentales de la humanidad y asirlos para siempre; en un proceso en el cual, como sujeto, pudiera avanzar en términos de consolidar la individualidad, sin escapar de la realidad. Hacer coherente el ser y el hacer. Nelly se volvió indispensable para mí. Cuando no estaba con ella me sentía perdido. Otra vez sin referentes. Volvía sobre mi mismo, sobre mis soledades y mis miserias. Y la buscaba a todo momento y en todos los sitios. Necesitaba de sus palabras y de sus ojos. Pero, en algunos momentos, me sentía sujeto utilitarista. Porque la veía, siempre, en el rol de mujer acompañante de mis tristezas. Otras veces, era como si quisiera fugarme con ella, hacia cualquier lugar; con la sola condición de que estuviera en la lejanía absoluta. Sin nadie en derredor. Solo ella y yo. Lo mío, en esos instantes de reflexión tendenciosa, se podría haber asimilado a ese tipo de comportamiento que deja de lado el regocijo y lo trascendente y bello que tiene la opción de amar. Estando así, me sentía perverso. Y, en verdad, al retrotraer mí tiempo vivido, me escindía. Porque, esa percepción de haber sido guerrero consecuente, se desdibujaba, al recordar vacilaciones y debilidades. Ante todo en lo que tiene que ver con el entendido de humanidad y su concreción en hechos efectivos; y no tanto en simples expresiones, simplemente viscerales. Ese tipo de reflexiones me condicionaba. Ahí, en ese momento, cuando Nelly era mi horizonte, parecía sucumbir y, en consecuencia, volver a esa soledad y a esa tristeza y a esa condición de individuo partido; sin referentes; sin soportes humanos válidos. Escenario 10. El trabajo con los niños y las niñas, particularmente en lo que respecta a cierta expresión lúdica, comenzó al poco tiempo de haber llegado. Niños y niñas que habían vivido con sus padres y madres y que estaban aquí; por eso de que no podían ser libres en términos de decidir y reivindicar la autonomía. Esto me hizo volver a la reflexión, en el sentido de auscultar el significado que tiene la vida, para ellos y para ellas. Lo cierto es que aquí estaban. Otros y otras habían nacido en este tiempo, aquí en este sitio hospedante, un tanto inhóspito; por lo menos en el sentido de las condiciones de absoluta dificultad. Y, entonces, conocí a Edison. Con quien compartí ese tipo de trabajo con los niños y las niñas. Fue, algo así, como mi cómplice. Y no solo en ese trabajo; también en el rescate que hicimos de un periódico que había dejado de ser editado. También, en realizaciones vinculadas con amplificar algunas voces, en lo que dimos por llamar “La Voz de la Selva”. Desde ahí, en los fines de semana, convocábamos a los y las habitantes. Expresábamos palabras en las cuales había un profundo contenido humano. Al menos eso creíamos. Con Edison, también realicé actividades pedagógicas para adultos; en el mismo sentido propuesto por Paulo Freyre. Con el objeto de precisar algunos aspectos del proceso de colonización en este territorio, trascribo dos documentos que coadyuvan a que esa precisión sea mucho más cierta, más original. Y Leticia ya estaba en mí. Nuestra realización corrió en paralelo con mi relación con Nelly. Las dos lo sabían. Lo aceptaban, tal vez, por la posición que ellas habían construido, a puro pulso, con respecto a la condición de amantes y amadas. Mujer, Leticia, práctica; vivencial. No tenía posiciones soportadas en alguna complejidad teórica. Eso la hacía más convocante. Desde la simpleza de una mirada, casi de niña. Con palabras llanas, directas; utilizadas como una opción de comunicación íntima; siempre en posición de tenerme cerca. Yo, a veces creía que estaba ante el tipo de mujer que siempre había
  • 20. anhelado. Pero, decirlo y sentirlo así, podría aparecer como deslealtad ante todo lo vivido en el pasado y, en el presente, con Nelly. En fin, que Leticia me hacía posicionar como sujeto de absoluta decisión de amarla y de sentirla y de reconocer, en ella, unos valores originales y bellos; por su simpleza y por su sinceridad. La llamaba “La negra”. Y con ella viví y sentí. No tengo, ahora, la fuerza y la decisión para contarme a mi mismo acerca de su entorno familiar. Por lo tanto, reitero que no siempre somos lo que queremos ser. Esto, en mi caso, tiene la connotación de entender que algunas de mis realizaciones y algunos de mis conceptos, no son tan firmes y tan transparentes como hubiese querido. O como quiero, entendiendo este presente como extensión de todos esos momentos de vida por los cuales he pasado. Con La negra, conversaba acerca de todo. Me contó muchas cosas, muchas vivencias; en el proceso relacionado con la migración hacia El Retorno. Nunca hablamos de su origen, ni de su familia, ni de su opción afectiva. Era como un compromiso tácito. Como aceptar que debíamos vivir el presente; con sus afugias y limitaciones. Lo extraño, en mi, era esa predisposición a conciliar con la propuesta de vida que hacía Leticia. Porque, hasta donde recuerdo, siempre había sido tajante, en lo que hace referencia con la relación pasado-presente y la cobertura lógica que deben tener las acciones. Una racionalidad ortodoxa. Sin embargo, con ella no fue así. Me comportaba a la altura de sus simplezas, de su absoluta sinceridad y de su convocación a ser amada, sin más. Ahora, en la distancia, pasado tanto tiempo; no se porque tengo la sensación de haber dejado en ella, una huella imborrable. Huella que, por su significado, me hace ver a mi mismo como sujeto inconsecuente con sus valores y principios. Una especie de bandido que no supo ni quiso indagar por ella. De, al menos, haber intentado precisar por la hondura de esa huella. Quedará para la historia esa latencia que me ha acompañado desde ese tiempo. Quedará así, sin respuesta y sin verificación. Esto que escribo ahora, tal parece que lo he escrito siempre. Una vez pasan los acontecimientos, siento que estoy en deuda. Porque, en un día cual quiera, estando con ella, volvieron los sueños. Volvieron con la misma carga de siempre. Con esas imágenes que me laceran y que castigan mi modo de ser. Otra vez, sujeto de perdición. La realidad se desvaneces y, en su lugar, se entronizan esas expresiones, en veces borrosas; en veces nítidas. Pero que, bien sea lo uno o lo otro, no son más que convocantes al delirio y a la noción de ser un perdulario. No de otra forma se explica el hecho de sentir que he vivido, en función de nada y que nada soy. Y es que, esos sueños míos, son mi constante alusión a le necesidad que tengo d redefinir mi rol; de decidir, de una vez por todas, acerca de la validez de mi existencia. Esas laceraciones, me invitan a reconocer (como tanto lo he dicho) que siempre he pretendido evadir la realidad y que, siempre, he vivido en un foso pútrido al que llamo “sueños tormentosos”. Creo, en verdad, que eso de estar soñando lo que sueño, es la peor expresión de la herencia humana. Herencia que nunca he sabido administrar, precisar y ubicar como referente válido. Escenario 12 Ya ha pasado mucho tiempo. Estoy en la ciudad en donde nací. Corría otro año más de la década. Me despedí de Nelly, casi en las mismas condiciones en que la conocí. Cierto día, le dije que no iba más. Que debía abandonar ese territorio tan querido por mí. En donde había conocido tanta gente generosa. En donde había confrontado la minoría que, con sus actuaciones, erosionaban el espíritu. Que debía partir dos días después. Que, allí, en El Retorno había vivido corto tiempo; pero de una manera tan intensa que podrían sumar cien años. Lo nuestro, le dije, está ahí. Que sea lo que tu quieras; al menos en términos de extenderlo o de terminarlo. Y me dijo, yo me quedo. Mi vida es
  • 21. esto. Mi amor por ti es inmenso; pero debes entender que me debo a mis hijas y a la lucha que recién comienza. O que, al menos para mí, comienza cada día y que será así hasta que ya no pueda mirar la salida y la puesta del Sol. Y así fue. Con Leticia, la despedida tuvo visos de acción ejemplar. Porque así era ella. Sin mirarme, con esa mirada inmensa como siempre lo hacía, me dijo “que Dios te proteja”. Y no más. Sentí, otra vez, ese vacío que había sentido antes, cuando no vi más a Gudiela. La reunión con Edison y con los y las demás, estuvo marcada por ese tipo de discusiones en donde predomina la racionalidad y el ejercicio propio de la lógica formal. Mucho ir y venir circunstancial. Cierto de tipo de crítica que podría asimilarse al discurso político, lleno de lugares comunes. Ya había hecho crisis la interpretación de la situación vigente y, por lo mismo, las alternativas de actuación política. Pero no había lugar para lamentaciones. Simplemente, la vida, es así. En veces, hay que estar de acuerdo con esa opción coloquial: “o lo toma, o lo deja”. Una cruda simpleza; pero opción al fin. Y, yo, dije “lo dejo”. No hay espacio para mi intervención, en la perspectiva en que siempre la he propuesto. Era una figura parecida a “ni un paso atrás”. Figura que, en mí, dejaba de ser protocolaria o, simplemente, nominativa; para convertirse en el hilo conductor. Esto, independientemente de cualquier otra consideración política o filosófica. Porque, lo sucedido hasta ahí; había sobrepasado los límites de la táctica o, mejor sería decirlo, de la reflexión en términos del quehacer inmediato. Yo había rebasado esos topes; por cuanto ya había incursionado en posiciones y territorios que no estaban prefigurados inicialmente. Los riesgos habían sido muchos. Casi, hasta la irresponsabilidad. Se decía que, yo, había puesto en riesgo no solo la estrategia de la intervención; sino y fundamentalmente a las personas que trabajaban conmigo. Y, en ese tono envalentonado que, en veces, me caracteriza, respondí que “lo hecho, hecho está”. Vaya respuesta. Porque había dejado de ser coherente y emblemático. Había perdido la capacidad para orientar. Porque, un orientador, piensa primero en las consecuencias de determinada acción y, luego, asume determinado tipo de decisiones que sean coherentes con esto. En mí, por el contrario, había primado mi convicción unilateral. Y es que, lo mío, aparecía como al garete. Como si no identificara y reconociese ningún tipo de disciplina. Me desbordó lo bakuninista que siempre ha habido en mí. Fui exégeta de lo rápido y lo práctico; sin muchas consideraciones teóricas. Raro, en mí, que siempre había preconizado la necesidad de actuar de manera contextualizada; y con las matices propios de la intervención en territorios complejos. Raro, en mí que, por ejemplo, a nivel urbano había sostenido que era necesario preparar, desde los barrios, una ofensiva que confluyera en algo parecido a la insurrección. Nihilista, eso fui yo, en ese tiempo. Ya, tal parece, que no quedaba nada de la racionalidad y la contextualización. Todo lo leído y lo discutido como que era historia refundida, allá en donde uno no vuelve más. La ruptura, entonces, fue absoluta. No reconocí ningún tipo de disciplina. Y, en política, quien piense así se constituye en sujeto que no merece ser reconocido como sujeto de confianza. Más bien, pareciera un sujeto de absoluta desconfianza. Porque sus actuaciones son un riesgo de concluir en derrota, irreversible. Llegué a mi ciudad, cualquier día 1972. El grupo familiar seguía en lo mismo. La ciudad, también. Yo, de inmediato, me reintegré al trabajo político en los barrios. A pesar de la distancia y el tiempo; casi nada había cambiado. De nuevo estaba en condiciones de arengar y de promover acciones masivas e individuales. La postura anti-capitalista, seguía firme. Y, yo, lo mismo. A los treinta días de haber regresado, estuve dirigiendo la lucha puntual en contra del alza en los servicios públicos. Estuve en el barrio Caicedo, en el barrio Las Américas y en Buenos Aires y en Doce de Octubre y en El Pedregal y en el barrio Castilla. En fin, volvía a la febril actividad que me había caracterizado de tiempo atrás.
  • 22. Escenario 13. Y volvió el enamoramiento. Esta vez fue Fabiola. Mujer inmensa, militante conmigo en el Partido. Como siempre, en mi, no se cuando empezamos. Como ráfaga; esta ha sido una constante. Así ha sido siempre. Lo único cierto es que empezamos. De mi parte, una pasión tan grande como las otras veces. Y es que, ese tipo de posiciones, han estado ahí, conmigo. Reitero en mi convicción en el sentido del significado que ha tenido el apasionamiento. Si no fuera por esto, mi tránsito hubiera sido inocuo. Porque, en fin de cuentas, eso es lo que cuenta. La fuerza que se le impregne a lo que se hace. Lo demás es pura formalidad militante. Expresiones formales sin horizonte didáctico y herético. Y no tuve tiempo de realizar algunas acciones previsoras, como directriz. Nació Paula. Un orgullo, para mí. Primera hija (es obvio el profundo respeto por algo que expresé arriba). Ya estaba inmerso en ella. Nunca me había imaginado esa experiencia y esa sensación de felicidad. Tal vez, nunca antes, había sentido esa sensación. Como saber que existe una réplica, creativa de tu vida. De tu posición como reivindicación humana perenne. Y, casi de manera simultánea, la actividad sindical organizada. Hasta aquí, en ese tipo de actividades, lo mío había sido apenas tangencial. Como auxiliador y agitador en las huelgas. En eso me inicié, casi desde que tenía memoria. Los Sindicatos han sido, al menos para mí, una opción más vinculada con la teoría del leninismo que con una convicción efectiva, real. La teoría de la Dictadura del Proletariado, no era más que un referente un tanto formal. Lo que si era cierto es mi entendido de proletariado. Fundamentalmente obreros, vinculados a las fábricas. Los otros trabajadores no eran otra cosa que instrumento accesorio. Sujetos que aprendían de la lucha; por lo mismo de que, todas las reivindicaciones se pueden validar. Pero no es lo mismo. Los trabajadores al servicio del Estado, constituyen y han constituido siempre, simples usufructuarios o beneficiarios plusválicos. Porque, en mí, ya estaba claro que la noción de plusvalía defina por Marx, estaba asociada a la producción de riqueza; al agregado, por la vía de la mano de obra, que contribuye a la reproducción del capital. Y es que esta, la plusvalía, es el soporte de lo demás. Lo otro no es otra cosa que consumo de la misma. Los trabajadores de las empresas de bienes y servicios, incluidas la actividad financiera; consumen plusvalía originada en la industria. Y esta interpretación mía no es caprichosa. Es el resultado de un estudio juicioso y crítico del proceso de acumulación del capital. Por lo mismo, mi lectura de la obra de Rosa Luxemburgo, no fue al azar. Ese texto es tan expresivo y tan riguroso en el cuestionamiento de la ortodoxia marxista; que, en muchas ocasiones ha sido presentado como posición herética, por la vía socialdemócrata. Esta posición teórica, derivó en el sentido que le dí a mi intervención sindical. Trabajando en una entidad pública, cuyos trabajadores somos, simplemente beneficiarios plusválicos. Esa fue mi hoja d ruta desde un primer comienzo .Por lo tanto, y me quedó claro, también desde el comienzo, que encontraría posiciones contrarias. Al menos, entre aquellos y aquellas que exhibían una posición de mera interpretación formal. Como si el solo hecho de la intervención sindical, diera lugar a una posición marxista. Esto para no hablar de los y las militantes del Partido, quienes asumían que ortodoxia marxista-leninista, era lo mismo que la desviación teórica de creer que los trabajadores y las trabajadoras de bienes y servicios, hacíamos parte de la Vanguardia Proletaria. Términos, preciso, acuñado por Lenin y que, aún hoy, a pesar de la acción de los y las personas que han renegado de su pasado; sigue siendo un principio insoslayable. Y es que, todavía, tenía memoria para recordar el hermoso fragmento de Eduard Dolleans, en su “Historia del Movimiento Obrero”.:
  • 23. “A lo largo de los cuarenta años que van desde 1830 hasta 1970 se oye una queja. Los mismos murmullos, los mismos llamados no escuchados. A veces el murmullo se transforma en clamor; las voluntades se anudan en una acción más clara y el fracaso provoca de repente el motín. De tanto en tanto, una insurrección cuya represión reduce al silencio, durante algunos años, la voz de las clases laboriosas. En vano, como dice Sismondi, se hará crecer el trigo para los que tienen hambre, o se fabricarán vestidos para los que andan desnudos, si no están en condiciones de pagar. Este grito que brota de la miseria es irreprimible. Por eso, la voz reanuda su queja monótona. Poco a poco, esta voz se afirma: al grito del sufrimiento se mezcla un grito de esperanza. La atmósfera de estos cuarenta años de luchas obreras, estuvo cargada como un cielo gris cubierto de nubes, siempre encapotado, atravesado a veces por relámpagos…”2 Era y es una expresión portentosa. Cargada de un significado profundo. Que define el sentido del quehacer obrero. Arriesgándolo todo. Con su esperanza puesta en el triunfo. Un triunfo que puede ser obstaculizado por la fuerza patronal y por la fuerza del Estado. Productores directos. Que nacen y mueren vinculados a la industria; a la naciente industria. Al capitalismo salvaje que crece a costa de la muerte de los obreros. Entonces, visto así, lo nuestro era y es un mero ensayo, ni siquiera ensayo general de las posibilidades revolucionarias del proletariado. Nosotros y nosotras éramos y somos, aún ahora, meros replicadores de las consignas centrales del movimiento obrero: Por el poder, hasta nuestra vida damos. Por la dignididad, siempre estaremos en pie de lucha. Y tuve que luchar en contra de esas opciones de interpretación. Entre populistas y malvadas. Voces y consignas vinculadas con la posibilidad de aparecer como representantes del proletariado. Cuando, solo éramos y somos simples reproductores de la ideología dominante; en razón a que ejercemos como usufructuarios; en lo que Gramsci llamó la superestructura y que tiene que ver con la ideología .Y que, Lukacs, propone como diferenciación fundamental y básico. Este último, siempre luchó por dejar de lado ese tipo de ilusiones que, independientemente de la connotación un tanto peyorativa que se le ha dado, la pequeña burguesía asalariada, le ha dado a su participación. Y, en consecuencia, ese camino ejerció para mí, como norte. Se produjo un enfrentamiento desde un comienzo. Porque nunca acepté que la dirección del Partido fuera ejercida por intelectuales alejados de la producción y, por lo mismo desconocedores y desconocedoras de la miseria de los obreros y las obreras. Dirección pequeñoburguesa que prostituyó la lucha obrera. Que la convirtió en un simple lugar común. Con una supuesta ortodoxia marxista leninista que no era otra cosa que (parodiando a un autor que no recuerdo) una caricatura de revolución. Y es que, en nuestro país, se había enquistado, entre los grupos revolucionarios, una manera de ver la lucha anti-capitalista, como simple expresión de vocinglería. Una figura parecida a esas expresiones que todo lo reducen a posiciones preestablecidas, sin nexo con los hacedores de la riqueza con la cual se alimenta y se reproduce la burguesía. Era y es una perorata de nunca acabar. Inclusive, con posturas ante el Imperio, supuestamente radicales. Pero que, en fin de cuentas no eran y son otra cosa que discursos inocuos; sin sentido. Una especie de radicalidad y de discurso revolucionario, para los días de fiesta. Ya, desde ese entonces, yo participaba de una caracterización del sentido en que se movía la burguesía. Arriesgué, desde ese entonces, una expresión teórica, originada en Gramsci y en Lukacs, que deriva en un entendido de lo que se denomina bloque de clases o de fracciones de 2 Dolleans, Eduard. “Historia del movimiento obrero, primer tomo; sexta edición, 1957.