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50 AÑOS… CÓMO HAN CAMBIADO LAS COSAS 
Cecilia Villabona de Rodríguez 
Al cumplirse los 50 años del Instituto Agrícola de Charta, vienen los recuerdos de la infancia, 
cuando me encontraba estudiando en Escuela Urbana de niñas. Y pensé cómo han cambiado 
las cosas en las últimas cinco décadas, fue entonces cuando tuve la idea de contarle a los 
jóvenes estudiantes del año 2014 algunos recuerdos acerca de nuestro pueblo que reflejan 
los cambios sucedidos en el mundo y de paso refrescarles la memoria a mis contemporáneos. 
La escuela estaba organizada en dos sedes una para varones que funcionaba en donde 
ahora queda el ancianato y la escuela de niñas estaba en los salones adjuntos a la casa cural, 
en el primer piso. Mis padres Néstor Villabona y Teresa Mujica habían decido que estudiara 
en la escuela de Charta, aunque ellos vivían en Bucaramanga, yo me quedé con mis tíos Luis 
y Helena en la casa donde además posaban varios estudiantes del campo ahijados de ellos. 
Iniciábamos estudios en 1° primaria a los 7 años, pues no teníamos la fortuna de estudiar los 
cursos de preescolar como les corresponde a los niños de hoy, yo había insistido en ir antes a 
la escuela y me aceptaron como “asistente”. Ya en 1° me encontré con amigas con quienes 
compartimos toda la primaria: Elizabeth Portilla, Orfelina Rojas, Mery Portilla, Lucila Tolosa, 
Emilse y Marina Estévez. 
Algunas cosas de la escuela se conservan como la organización de los pupitres y el tablero, 
pero hoy ya no existen los cuadernos “Cardenal” que se llenaban con nuestras letras de color 
azul escritas con una pluma que se humedecía en un frasco de tinta “Norma” – en los pupitres 
había un hueco para colocar el frasquito-, aunque algunas niñas del campo producían su 
propia tinta con semillas; permanecíamos con los dedos untados de tinta y a veces 
manchábamos los cuadernos, la ropa y hasta las cosas de la casa. Los principales libros de
estudio eran la cartilla Charry con la que aprendíamos las primeras letras, la Historia sagrada 
con sus hermosos relatos del Antiguo Testamento como el de “José vendido por sus 
hermanos” en éste, José soñaba con una escalera que llegaba al cielo por la que subían y 
bajaban los ángeles; también gozábamos la cartilla “Alegría de leer”, algunas teníamos un 
libro de Gramática y de pronto uno de Ortografía. No contábamos con una enciclopedia para 
hacer consultas y por supuesto no podíamos buscar información por internet a través de 
Google, Wilkipedia o en el Rincón del vago. Tampoco podíamos buscar mapas en maps, sino 
que los dibujábamos en clase Geografía y eran muy especiales pues muchos quedaban 
deformes y torcidos, los calcábamos de un libro con papel mantequilla, los coloreábamos y 
luego los pegábamos con goma en el cuaderno, no existía el Colbón; pero así conocimos la 
forma y veredas de nuestro querido Charta, las provincias de Santander, los departamentos y 
sus capitales, cordilleras, ríos de Colombia... Los cuadernos, libros y demás útiles llegaban 
con nosotros a la escuela en una maleta de cuero natural color café que en la tapa tenía las 
letras A B C en relieve y coloreadas y que no pesaba tanto como los morrales que algunos 
estudiantes llevan ahora a sus espaldas. Cuando alguien no hacía la tarea o no daba la 
lección de memoria, el castigo consistía en extender la mano para que la maestra le diera 
unos cuantos reglazos y si retiraba antes la mano le daban el doble; cuando la falta era más 
grave debía pagarse con un buen tiempo de rodillas a un lado de los pupitres. Los exámenes 
de fin de año eran orales, en presencia del alcalde, el párroco y el jefe escolar quienes 
también hacían algunas preguntas. 
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Cecilia, primera niña de la fila delantera (izquierda) 
Maestras y estudiantes, Ligia segunda al fondo. 
Las clases iban desde las 8:00 a.m. 
hasta las 12:00 y regresábamos de 2:00 a 4:00 p.m., a 
los niños del campo que llegaban desde muy lejos a pie les ofrecían almuerzo en el 
restaurante de doña Ramoncita de Duarte. Los domingos los estudiantes íbamos en fila a 
misa y con uniforme: camisa blanca y falda o pantalón azul oscuro, cada grupo acompañado 
por su maestra, entre ellas Ligia Góngora, Gloria Estévez, Stella Prada, Socorro Gutiérrez, 
Rosa… El párroco era el padre Samuel Perico García y luego Padre José Luis García, 
español, quien me dio la Primera Comunión. También se celebraban fechas especiales: 20 de 
julio, 7 de agosto con izadas de bandera y actos culturales que se realizaban el propio día 
festivo.
Antes de 1964, cuando se fundó el colegio, pocos estudiantes tuvimos la fortuna de continuar 
estudios de bachillerato porque debíamos ir a Bucaramanga, Matanza o a otra ciudad donde 
hubiera colegio. Yo tuve la suerte de iniciar mis estudios en la Normal de Señoritas de 
Bucaramanga y más tarde obtener el título de maestra Licenciada y posgrados que me ha 
permitido trabajar desde la primaria hasta la universidad y escribir algunos libros para enseñar 
Lenguaje y Literatura. 
En ese tiempo, el pueblo era más pequeño pues la mayoría de las casas estaban en las dos 
calles centrales y en la carrera que va hacia la “Lomita del roble” y el cementerio, no estaban 
pavimentadas con cemento sino con pequeñas piedras que les daban un hermoso aspecto y 
cuando llovía bajaba un abundante chorro de agua por la mitad de la calle. La alcaldía estaba 
ubicada en la parte baja del parque donde ahora está el puesto de policía. Los domingos el 
parque se llenaba con los vendedores y compradores de la gran cantidad de productos del 
mercado que por entonces traían los campesinos desde las veredas, casi no se traían 
verduras y frutas de afuera pues hasta trigo se producía en las partes más altas del municipio, 
por eso en un tiempo existió un molino. Cuando se celebraba el Jueves de Corpus Cristi era 
maravilloso ver la variedad de productos agrícolas que adornaban los altares 
conmemorativos, como también los ejemplares de la fauna silvestre: tinajos, puercoespines, 
pájaros…, desafortunadamente los traían muertos. Así mismo, ya se había iniciado la 
conmemoración del 6 de enero con la representación del auto de Los reyes magos que con el 
tiempo se ha convertido en una celebración emblemática del pueblo con el aporte de varias 
generaciones de charteros pues muchos hemos representado un personaje o más en algún 
momento de nuestras vidas. De estos hechos hay registro fotográfico en blanco y negro que 
se tomaban con “máquina de retratar”, bastante diferentes a las cámaras modernas o los Ipad. 
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Las comunicaciones con los familiares y amigos lejanos contrastan con la inmediatez y 
facilidad actuales. A diferencia del teléfono celular que muchas personas tienen hoy a la 
mano, sólo existía un teléfono para todo el pueblo y estaba ubicado en un costado del parque, 
donde ahora está la cafetería “El cafetal”, la telefonista Herminda Duarte le daba manivela a 
un aparato grande de color negro, descolgaba el auricular y gritaba por la bocina ¡Charta 
llamando a Bucaramanga!, entonces le informaba a la telefonista que contestaba al otro lado 
que necesita comunicación con el número tal… y mientras tanto el interesado esperaba 
pacientemente, cuando por fin se lograba “la llamada” hablaba “a grito pelado” y casi todo el 
pueblo se enteraba de la conversación; por supuesto, las llamadas eran escasas y solo para 
casos muy urgentes, más tarde llegó el servicio de Telecom atendido durante varios años por 
Hermes Villamizar en una casa ahora abandonada, junto a la droguería. Para comunicaciones 
más privadas se empleaba el telegrama que era como el mensaje de texto o correo 
electrónico de la época; para ello existía la telegrafía más arriba de la casa cural, atendida por 
don Fidel Blanco, quien con un aparato de telégrafo producía continuos golpecitos que se 
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convertían en impulsos eléctricos y formaban un código especial que echaba al viento las 
palabras hasta llegar a su destino, allí se copiaban en una papel con un formato especial y el 
cartero las llevaba a su destinatario, junto con las cartas que eran escritas a mano y con muy 
buena letra, algunas demoraban en llegar varios días y hasta semanas; de esa forma nos 
llegaban las noticias familiares buenas o malas y también las promesas de amor. 
El puesto de salud se creó muchos años después, así que en ese tiempo el servicio de 
dentistería lo prestaba don Timoteo Góngora que tenía su consultorio en la propia casa 
ubicada en la esquina al lado de la iglesia y sacaba dientes y muelas “sin dolor” usando 
anestesia que aplicaba con una jeringa enorme o “con dolor” con un precio más económico; 
para lograr servicios médicos debíamos ir hasta Bucaramanga, aunque algunas personas se 
arriesgaban a seguir los consejos de salud del “el negro Chandy”, un culebrero que venía 
durante las fiestas y vendía ungüentos de origen indígena, jarabes y vermífugos para las 
lombrices (que para nuestra angustia exhibía en unos frascos). Para viajar hasta 
Bucaramanga se gastaban cuatro horas y más por carretera destapada y solo se disponía de 
los camiones que además de pasajeros llevaban y traían carga, salía a las 4:00 a.m. el de 
Luis E. Villamizar y hacia las 8:00 las camionetas lecheras de Luis Alberto Rojas y Ananías 
Tolosa y regresaban al terminar el día. 
La energía eléctrica era producida por una pequeña planta que empezaba a funcionar a las 5 
o 6 de la tarde, aunque cuando llovía o faltaba la gasolina para hacerla funcionar nos 
quedábamos a oscuras. A falta de antena parabólica y de Direct TV, pues, lógico, la televisión 
no había llegado, había unos pocos aparatos de radio que permitían conocer las últimas 
noticias del país y escuchar las radionovelas y la vuelta a Colombia en bicicleta que tenía 
mucha audiencia. Por las noches después de la comida se acostumbraba conversar en familia 
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nos contaban historias de personas y familiares lejanos, también relatos de la llorona que 
asustaba por los lados de “La Hoyada”, de la Luz que aparecía en La Rinconada y otras 
leyendas de espantos o cuentos tradicionales, aprendíamos trabalenguas, adivinanzas, 
juegos con cartas y otros juegos de mesa. Otra forma de diversión eran los paseos que se 
organizaban al río o la quebrada para bañarnos y hacer melcochas; los niños jugaban pepas, 
trompo o runcho, también con una rueda de caucho que hacían girar con un palito, con 
carritos de madera y yo-yos; las niñas jugábamos con muñequitas de trapo o a la cocina con 
pequeñas ollas, algunas hechas de barro sacado de una mina que había al inicio de la subida 
para la lomita del roble y en el recreo, rondas: “Los pollos de mi cazuela”, “A la rueda rueda”, 
“Mambrú se fue a la guerra”. 
Y… aunque no parezca cierto, algunas pocas noches vimos cine, toda la gente se 
entusiasmaba cuando llegaba de Bucaramanga un carro con un altoparlante haciendo 
propaganda: “Para el dolor de cabeza mejor mejora Mejoral” e invitaba a ver una película que 
proyectaban hacia las 7:00 p.m. en la pared blanca de la casa de la esquina del parque donde 
hoy habita Horacio Villabona y cada persona llevaba su silla; así logramos disfrutar las 
aventuras “Cantiflas” y Tin Tan, las canciones de Pedro Infante o Libertad Lamarque y otras 
cintas mejicanas, todas en blanco y negro. Otra diversión muy bien acogida era la 
presentación de veladas que generalmente se organizaban para recoger fondos para la 
parroquia; eran obras teatrales que se presentaban en la casa cural, de preferencia comedias 
que nos hacían reír mucho, con actores propios del pueblo, entre ellos: Juan Villamizar, José 
B. Mujica, Faustina Villamizar, Fidel Villabona. 
Ah! y los noviazgos eran algo especial, el novio pedía autorización a los suegros o familiares 
para visitar a la joven pretendida y la pareja no podía estar sola durante la visita o en los 
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cortos paseos por el parque o lugares cercanos. Yo, como otros niños de esa época tuve que 
cumplir el papel de “cuidandera” del noviazgo de mi prima Beatriz cuando Juan, su 
pretendiente, llegaba a visitarla; y así continuaba la custodia hasta cuando se comprometían 
en santo matrimonio ante el altar. Ni medio parecido a los noviazgos de ahora. 
Cuando yo regresaba de la escuela por la tarde, algunas veces me encontraba con los 
ensayos de la Banda municipal en el patio de la casa, estaban 
entre otros don Simón Flórez 
con la bandola, Ricardo Moreno con su guitarra, Humberto Albarracín con la flauta, años 
después César Landazábal también participó con la guitarra, y mi querido abuelo José B. que 
tocaba el clarinete y dirigía el grupo; aún me causa gran emoción recordar esas melodías: 
“Besos y cerezas”, “La mariquiteña”, “Las brisas del Pamplonita”, “Trago a los músicos”, “La 
mujer que no se peina”, entre muchas más que luego interpretaban en las fiestas y 
conmemoraciones del pueblo donde compartían anécdotas en medio de chistes y carcajadas. 
Hoy siento un gran orgullo y satisfacción al escuchar la banda musical que lleva el nombre de 
José B. Mujica y está conformada por jóvenes del colegio como reconocimiento y continuidad 
de quienes los antecedieron. 
Por ahora no será más, podría demorar mucho relatándoles numerosos y bellos recuerdos 
que con el tiempo y la distancia se van tornando más significativos. Definitivamente ¡cómo han 
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cambiado las cosas! Algunos creerán que tiempos pasados eran mejores o peores yo pienso 
que simplemente son formas de vida diferentes acordes con el lugar y la época vividos, pero 
si estoy segura de que forman parte de la hermosa etapa de la infancia embellecida con 
afectos entrañables y duraderos, en mi caso el cariño de mi nono José B., mis tíos Luis 
Enrique Villamizar y mi tía-madrina-mamá Helenita Mujica de Villamizar, padrinos de muchos 
en el pueblo, con quienes viví mis años infantiles y que representan una generación de 
charteros trabajadores, honrados y bondadosos que seguramente los jóvenes de este 
comienzo de milenio sabrán imitar y superar. Ustedes los jóvenes de la generación del 
cincuentenario del colegio, que tal vez alcanzaron a vivir la violencia de las últimas décadas y 
que serán los constructores de la paz. 
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Charta, 30 de octubre de 2014

50 AÑOS COLEGIO DE CHARTA

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    1 50 AÑOS…CÓMO HAN CAMBIADO LAS COSAS Cecilia Villabona de Rodríguez Al cumplirse los 50 años del Instituto Agrícola de Charta, vienen los recuerdos de la infancia, cuando me encontraba estudiando en Escuela Urbana de niñas. Y pensé cómo han cambiado las cosas en las últimas cinco décadas, fue entonces cuando tuve la idea de contarle a los jóvenes estudiantes del año 2014 algunos recuerdos acerca de nuestro pueblo que reflejan los cambios sucedidos en el mundo y de paso refrescarles la memoria a mis contemporáneos. La escuela estaba organizada en dos sedes una para varones que funcionaba en donde ahora queda el ancianato y la escuela de niñas estaba en los salones adjuntos a la casa cural, en el primer piso. Mis padres Néstor Villabona y Teresa Mujica habían decido que estudiara en la escuela de Charta, aunque ellos vivían en Bucaramanga, yo me quedé con mis tíos Luis y Helena en la casa donde además posaban varios estudiantes del campo ahijados de ellos. Iniciábamos estudios en 1° primaria a los 7 años, pues no teníamos la fortuna de estudiar los cursos de preescolar como les corresponde a los niños de hoy, yo había insistido en ir antes a la escuela y me aceptaron como “asistente”. Ya en 1° me encontré con amigas con quienes compartimos toda la primaria: Elizabeth Portilla, Orfelina Rojas, Mery Portilla, Lucila Tolosa, Emilse y Marina Estévez. Algunas cosas de la escuela se conservan como la organización de los pupitres y el tablero, pero hoy ya no existen los cuadernos “Cardenal” que se llenaban con nuestras letras de color azul escritas con una pluma que se humedecía en un frasco de tinta “Norma” – en los pupitres había un hueco para colocar el frasquito-, aunque algunas niñas del campo producían su propia tinta con semillas; permanecíamos con los dedos untados de tinta y a veces manchábamos los cuadernos, la ropa y hasta las cosas de la casa. Los principales libros de
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    estudio eran lacartilla Charry con la que aprendíamos las primeras letras, la Historia sagrada con sus hermosos relatos del Antiguo Testamento como el de “José vendido por sus hermanos” en éste, José soñaba con una escalera que llegaba al cielo por la que subían y bajaban los ángeles; también gozábamos la cartilla “Alegría de leer”, algunas teníamos un libro de Gramática y de pronto uno de Ortografía. No contábamos con una enciclopedia para hacer consultas y por supuesto no podíamos buscar información por internet a través de Google, Wilkipedia o en el Rincón del vago. Tampoco podíamos buscar mapas en maps, sino que los dibujábamos en clase Geografía y eran muy especiales pues muchos quedaban deformes y torcidos, los calcábamos de un libro con papel mantequilla, los coloreábamos y luego los pegábamos con goma en el cuaderno, no existía el Colbón; pero así conocimos la forma y veredas de nuestro querido Charta, las provincias de Santander, los departamentos y sus capitales, cordilleras, ríos de Colombia... Los cuadernos, libros y demás útiles llegaban con nosotros a la escuela en una maleta de cuero natural color café que en la tapa tenía las letras A B C en relieve y coloreadas y que no pesaba tanto como los morrales que algunos estudiantes llevan ahora a sus espaldas. Cuando alguien no hacía la tarea o no daba la lección de memoria, el castigo consistía en extender la mano para que la maestra le diera unos cuantos reglazos y si retiraba antes la mano le daban el doble; cuando la falta era más grave debía pagarse con un buen tiempo de rodillas a un lado de los pupitres. Los exámenes de fin de año eran orales, en presencia del alcalde, el párroco y el jefe escolar quienes también hacían algunas preguntas. 2
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    3 Cecilia, primeraniña de la fila delantera (izquierda) Maestras y estudiantes, Ligia segunda al fondo. Las clases iban desde las 8:00 a.m. hasta las 12:00 y regresábamos de 2:00 a 4:00 p.m., a los niños del campo que llegaban desde muy lejos a pie les ofrecían almuerzo en el restaurante de doña Ramoncita de Duarte. Los domingos los estudiantes íbamos en fila a misa y con uniforme: camisa blanca y falda o pantalón azul oscuro, cada grupo acompañado por su maestra, entre ellas Ligia Góngora, Gloria Estévez, Stella Prada, Socorro Gutiérrez, Rosa… El párroco era el padre Samuel Perico García y luego Padre José Luis García, español, quien me dio la Primera Comunión. También se celebraban fechas especiales: 20 de julio, 7 de agosto con izadas de bandera y actos culturales que se realizaban el propio día festivo.
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    Antes de 1964,cuando se fundó el colegio, pocos estudiantes tuvimos la fortuna de continuar estudios de bachillerato porque debíamos ir a Bucaramanga, Matanza o a otra ciudad donde hubiera colegio. Yo tuve la suerte de iniciar mis estudios en la Normal de Señoritas de Bucaramanga y más tarde obtener el título de maestra Licenciada y posgrados que me ha permitido trabajar desde la primaria hasta la universidad y escribir algunos libros para enseñar Lenguaje y Literatura. En ese tiempo, el pueblo era más pequeño pues la mayoría de las casas estaban en las dos calles centrales y en la carrera que va hacia la “Lomita del roble” y el cementerio, no estaban pavimentadas con cemento sino con pequeñas piedras que les daban un hermoso aspecto y cuando llovía bajaba un abundante chorro de agua por la mitad de la calle. La alcaldía estaba ubicada en la parte baja del parque donde ahora está el puesto de policía. Los domingos el parque se llenaba con los vendedores y compradores de la gran cantidad de productos del mercado que por entonces traían los campesinos desde las veredas, casi no se traían verduras y frutas de afuera pues hasta trigo se producía en las partes más altas del municipio, por eso en un tiempo existió un molino. Cuando se celebraba el Jueves de Corpus Cristi era maravilloso ver la variedad de productos agrícolas que adornaban los altares conmemorativos, como también los ejemplares de la fauna silvestre: tinajos, puercoespines, pájaros…, desafortunadamente los traían muertos. Así mismo, ya se había iniciado la conmemoración del 6 de enero con la representación del auto de Los reyes magos que con el tiempo se ha convertido en una celebración emblemática del pueblo con el aporte de varias generaciones de charteros pues muchos hemos representado un personaje o más en algún momento de nuestras vidas. De estos hechos hay registro fotográfico en blanco y negro que se tomaban con “máquina de retratar”, bastante diferentes a las cámaras modernas o los Ipad. 4
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    Las comunicaciones conlos familiares y amigos lejanos contrastan con la inmediatez y facilidad actuales. A diferencia del teléfono celular que muchas personas tienen hoy a la mano, sólo existía un teléfono para todo el pueblo y estaba ubicado en un costado del parque, donde ahora está la cafetería “El cafetal”, la telefonista Herminda Duarte le daba manivela a un aparato grande de color negro, descolgaba el auricular y gritaba por la bocina ¡Charta llamando a Bucaramanga!, entonces le informaba a la telefonista que contestaba al otro lado que necesita comunicación con el número tal… y mientras tanto el interesado esperaba pacientemente, cuando por fin se lograba “la llamada” hablaba “a grito pelado” y casi todo el pueblo se enteraba de la conversación; por supuesto, las llamadas eran escasas y solo para casos muy urgentes, más tarde llegó el servicio de Telecom atendido durante varios años por Hermes Villamizar en una casa ahora abandonada, junto a la droguería. Para comunicaciones más privadas se empleaba el telegrama que era como el mensaje de texto o correo electrónico de la época; para ello existía la telegrafía más arriba de la casa cural, atendida por don Fidel Blanco, quien con un aparato de telégrafo producía continuos golpecitos que se 5
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    convertían en impulsoseléctricos y formaban un código especial que echaba al viento las palabras hasta llegar a su destino, allí se copiaban en una papel con un formato especial y el cartero las llevaba a su destinatario, junto con las cartas que eran escritas a mano y con muy buena letra, algunas demoraban en llegar varios días y hasta semanas; de esa forma nos llegaban las noticias familiares buenas o malas y también las promesas de amor. El puesto de salud se creó muchos años después, así que en ese tiempo el servicio de dentistería lo prestaba don Timoteo Góngora que tenía su consultorio en la propia casa ubicada en la esquina al lado de la iglesia y sacaba dientes y muelas “sin dolor” usando anestesia que aplicaba con una jeringa enorme o “con dolor” con un precio más económico; para lograr servicios médicos debíamos ir hasta Bucaramanga, aunque algunas personas se arriesgaban a seguir los consejos de salud del “el negro Chandy”, un culebrero que venía durante las fiestas y vendía ungüentos de origen indígena, jarabes y vermífugos para las lombrices (que para nuestra angustia exhibía en unos frascos). Para viajar hasta Bucaramanga se gastaban cuatro horas y más por carretera destapada y solo se disponía de los camiones que además de pasajeros llevaban y traían carga, salía a las 4:00 a.m. el de Luis E. Villamizar y hacia las 8:00 las camionetas lecheras de Luis Alberto Rojas y Ananías Tolosa y regresaban al terminar el día. La energía eléctrica era producida por una pequeña planta que empezaba a funcionar a las 5 o 6 de la tarde, aunque cuando llovía o faltaba la gasolina para hacerla funcionar nos quedábamos a oscuras. A falta de antena parabólica y de Direct TV, pues, lógico, la televisión no había llegado, había unos pocos aparatos de radio que permitían conocer las últimas noticias del país y escuchar las radionovelas y la vuelta a Colombia en bicicleta que tenía mucha audiencia. Por las noches después de la comida se acostumbraba conversar en familia 6
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    nos contaban historiasde personas y familiares lejanos, también relatos de la llorona que asustaba por los lados de “La Hoyada”, de la Luz que aparecía en La Rinconada y otras leyendas de espantos o cuentos tradicionales, aprendíamos trabalenguas, adivinanzas, juegos con cartas y otros juegos de mesa. Otra forma de diversión eran los paseos que se organizaban al río o la quebrada para bañarnos y hacer melcochas; los niños jugaban pepas, trompo o runcho, también con una rueda de caucho que hacían girar con un palito, con carritos de madera y yo-yos; las niñas jugábamos con muñequitas de trapo o a la cocina con pequeñas ollas, algunas hechas de barro sacado de una mina que había al inicio de la subida para la lomita del roble y en el recreo, rondas: “Los pollos de mi cazuela”, “A la rueda rueda”, “Mambrú se fue a la guerra”. Y… aunque no parezca cierto, algunas pocas noches vimos cine, toda la gente se entusiasmaba cuando llegaba de Bucaramanga un carro con un altoparlante haciendo propaganda: “Para el dolor de cabeza mejor mejora Mejoral” e invitaba a ver una película que proyectaban hacia las 7:00 p.m. en la pared blanca de la casa de la esquina del parque donde hoy habita Horacio Villabona y cada persona llevaba su silla; así logramos disfrutar las aventuras “Cantiflas” y Tin Tan, las canciones de Pedro Infante o Libertad Lamarque y otras cintas mejicanas, todas en blanco y negro. Otra diversión muy bien acogida era la presentación de veladas que generalmente se organizaban para recoger fondos para la parroquia; eran obras teatrales que se presentaban en la casa cural, de preferencia comedias que nos hacían reír mucho, con actores propios del pueblo, entre ellos: Juan Villamizar, José B. Mujica, Faustina Villamizar, Fidel Villabona. Ah! y los noviazgos eran algo especial, el novio pedía autorización a los suegros o familiares para visitar a la joven pretendida y la pareja no podía estar sola durante la visita o en los 7
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    cortos paseos porel parque o lugares cercanos. Yo, como otros niños de esa época tuve que cumplir el papel de “cuidandera” del noviazgo de mi prima Beatriz cuando Juan, su pretendiente, llegaba a visitarla; y así continuaba la custodia hasta cuando se comprometían en santo matrimonio ante el altar. Ni medio parecido a los noviazgos de ahora. Cuando yo regresaba de la escuela por la tarde, algunas veces me encontraba con los ensayos de la Banda municipal en el patio de la casa, estaban entre otros don Simón Flórez con la bandola, Ricardo Moreno con su guitarra, Humberto Albarracín con la flauta, años después César Landazábal también participó con la guitarra, y mi querido abuelo José B. que tocaba el clarinete y dirigía el grupo; aún me causa gran emoción recordar esas melodías: “Besos y cerezas”, “La mariquiteña”, “Las brisas del Pamplonita”, “Trago a los músicos”, “La mujer que no se peina”, entre muchas más que luego interpretaban en las fiestas y conmemoraciones del pueblo donde compartían anécdotas en medio de chistes y carcajadas. Hoy siento un gran orgullo y satisfacción al escuchar la banda musical que lleva el nombre de José B. Mujica y está conformada por jóvenes del colegio como reconocimiento y continuidad de quienes los antecedieron. Por ahora no será más, podría demorar mucho relatándoles numerosos y bellos recuerdos que con el tiempo y la distancia se van tornando más significativos. Definitivamente ¡cómo han 8
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    cambiado las cosas!Algunos creerán que tiempos pasados eran mejores o peores yo pienso que simplemente son formas de vida diferentes acordes con el lugar y la época vividos, pero si estoy segura de que forman parte de la hermosa etapa de la infancia embellecida con afectos entrañables y duraderos, en mi caso el cariño de mi nono José B., mis tíos Luis Enrique Villamizar y mi tía-madrina-mamá Helenita Mujica de Villamizar, padrinos de muchos en el pueblo, con quienes viví mis años infantiles y que representan una generación de charteros trabajadores, honrados y bondadosos que seguramente los jóvenes de este comienzo de milenio sabrán imitar y superar. Ustedes los jóvenes de la generación del cincuentenario del colegio, que tal vez alcanzaron a vivir la violencia de las últimas décadas y que serán los constructores de la paz. 9 Charta, 30 de octubre de 2014