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Hermanos y hermanas: ¡Paz y Bien!
Cuando hace un par de meses nuestra hermana y ministra María José me
propuso dirigiros unas palabras para este encuentro festivo de nuestra familia
franciscana, el Encuentro de Zona, no dudé en aceptarlo. Sé que no soy tal vez la más
idónea para ello, y que habrá más hermanos y hermanas que podrían deciros mucho
más que yo, pero acepté de buen grado movida por el amor al carisma franciscano y la
vocación a la que Cristo me ha llamado: ser madre y esposa dentro la gran familia
franciscana seglar.
Estas últimas semanas estoy atravesando por unas circunstancias personales muy
difíciles, pues después de recibir la noticia de que esperaba la nueva vida de un hijo,
Dios decidió que debía llevárselo para estar junto a Él. Y sólo las madres que han
pasado por este trance saben lo duro de los momentos que me están tocando vivir.
No obstante, agarrándome a mi fe y siguiendo el camino franciscano, apoyada y
arropada por los míos, hoy estoy aquí para hablaros de y desde mi experiencia.
Muchas veces, los franciscanos seglares nos acercamos a la Orden Franciscana
Seglar movidos por el carisma o espiritualidad propia de San Francisco, pero
desconocemos muchos de los aspectos relevantes de su vida, y uno de ellos es el de su
misericordia. Desde esta dimensión podemos entenderlo y podemos conocer en
profundidad la figura de un Hermano, de un Padre, de un Santo, cuyo estilo de vida,
deseamos imitar.
Como todos sabéis, este 2016 estamos celebrando el Año Santo de la
Misericordia. El papa Francisco lo anunció con estas palabras:
“Queridos hermanos y hermanas: He pensado a menudo en cómo la Iglesia
puede poner más en evidencia su misión de ser testimonio de la misericordia. Es un
camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar un
Jubileo extraordinario que coloque en el centro la misericordia de Dios. Será un año
santo de la Misericordia, en que viviremos a la luz de la palabra del Señor: 'Seamos
misericordiosos como el Padre'. Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá
encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de
Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de
nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que
dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”.
La misericordia es sin duda una de las claves de nuestra vocación cristiana y
franciscana. No entendemos ser cristianos ni mucho menos franciscanos seglares sin
misericordia, sin caridad, sin fraternidad, sin comprensión, sin ayuda… En una palabra,
no entendemos ser franciscanos sin AMOR. Porque la misericordia no es otra cosa que
amor. La espiritualidad de los franciscanos es el amor. Esta espiritualidad tan nuestra,
tan de San Francisco, viene marcada por su gran énfasis en la misericordia.
San Francisco fue una persona que tuvo una profunda conversión en su vida de
riqueza y opulencia y se dedicó a los pobres y los indefensos.
Hay una gran cantidad de historias de cuando Francisco dejó todo lo que tenía y
se lo entregó a los pobres. La frase del evangelio que más me hace recordar esta
situación es la de Mateo en la que dice: “Jesús dijo a sus discípulos: si alguno quiere
ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que
quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la
encontrará”. Parece ser que San Francisco escuchó estas palabras y se dedicó a dar
misericordia a los que menos tenían en este mundo.
San Francisco no hace otra cosa que seguir las huellas de Cristo, que recibe y
aplica la misericordia del Padre en todas las facetas de su vida. Cristo es Misericordia.
Basta recordar las escenas de Pan y los Peces, la mujer adúltera, la Oveja perdida y el
Buen Pastor, el Hijo pródigo… Son un claro ejemplo de la misericordia de Jesús en
todos los ámbitos. Cristo sabe que las criaturas más frágiles necesitan de nuestra
misericordia; todos necesitamos del amor misericordioso de Dios. El mismo Jesús
murió en una cruz para salvar al mundo. ¿Hay mayor misericordia que esa? Y San
Francisco simplemente se dedicó a seguir el ejemplo del Maestro.
Sabido es que el padre de San Francisco, Pedro Bernardone, era un
acomodado comerciante que se hallaba en Francia cuando nació su hijo, por eso las
gentes le apodaron "Francesco" (el francés), aunque en el bautismo recibió el nombre de
Juan.
En su juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones
caballerescas que propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo
gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le
interesaban mucho, sino que sólo pensaba en divertirse y gozar de la vida. Sin embargo,
acostumbraba a ser muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios. Aquí
tenemos ya los primeros datos de su misericordia con los más necesitados. Cuando tenía
unos veinte años, estalló la discordia entre las ciudades de Perusa y Asís y en la guerra,
el joven cayó prisionero. La prisión duró un año y Francisco la soportó alegremente.
No obstante, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad
fortaleció su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir
en el ejército al sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso
manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un
caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel
infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Vemos
como la misericordia iba fraguando su ser como persona y su ser como santo.
En otra ocasión, paseándose a caballo por la llanura de Asís, encontró a un leproso.
Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al
leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna. Francisco comprendió que
había llegado el momento de dar el paso al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa
natural a los leprosos, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió
su vida. Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad
de entrega, un "sí" que distingue a los santos. Es éste, sin duda, uno de los episodios
más conocidos de San Francisco en el que su misericordia y sensibilidad están a flor de
piel. A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los enfermos en los hospitales.
Algunas veces regalaba a los pobres sus vestidos, otras, el dinero que llevaba. Su
misericordia era ya la impronta más característica de su personalidad.
Tras su proceso de conversión, en el que desnudo decidió entregarse
definitivamente a la Misericordia de Dios, escuchó las palabras del Evangelio que
dicen: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado… Dad gratuitamente lo
que habéis recibido gratuitamente… No poseáis oro... ni dos túnicas, ni sandalias, ni
báculo... He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos. . ." Estas palabras
penetraron hasta lo más profundo de su corazón y Francisco, aplicándolas literalmente,
regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica
ceñida con un cordón. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia y a la
misericordia.
Contando ya con varios hermanos que decidieron seguirlo e imitar su forma
de vida, fueron a Roma para que el Papa aprobase dicha forma de vivir. Sin embargo, en
Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto
a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo
mandó Cristo en el evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir
en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la
Porciúncula, practicando la misericordia, para lo que habían sido llamados, haciendo de
ella su principal forma de vivir, dando y compartiendo con los más pobres y enfermos
lo único que Dios les había dado: su propia vida.
Pero la misericordia de San Francisco no sólo fue practicada con quienes lo
rodeaban, sino que la misma entrega, la misma caridad y el mismo amor, fue su bandera
con los musulmanes entre quienes intentó sembrar la paz, el amor y la misericordia de
Dios.
Y, a pesar de que el propio Francisco renunció a la dirección de la orden, y en
sus últimos años vio con sufrimiento cómo muchos pedían mitigar las exigencias de la
vida franciscana, su misericordia para con los hermanos lo llevó a revisar su regla y
forma de vida, manteniéndose, eso sí, firme en sus convicciones de penitencia, pobreza
y entrega, viendo la misericordia de Dios en cada uno de sus hermanos, perdonando sus
faltas y siendo misericordioso con los fallos que éstos pudieran tener.
Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes dolores, debido a las
consecuencias de la malaria contraída en Egipto. Estos tormentos los ofrecía Francisco a
Dios como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación de las
almas, queriendo ser así, incluso en medio de sus terribles sufrimientos físicos,
misericordioso con las almas necesitadas. En el testamento que dictó para sus frailes les
recomendaba la misericordia y la caridad fraternas, los exhortaba a amar y observar la
santa pobreza y a amar y honrar a la Iglesia.
Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión del Señor
según San Juan. Culminaba así una vida plena de misericordia, reflejo de la
misericordia y del amor que Dios nos tiene, que se sirvió de San Francisco para hacer
visible la misericordia de Dios a los hombres. San Francisco sencillamente fue un
instrumento del que Dios se sirvió para sembrar su misericordia en la tierra.
No podía dejar pasar el tema de la misericordia franciscana si hacer referencia a
esta virtud en Santa Clara. Y es que Francisco no se entiende sin Clara ni Clara sin
Francisco. Ambos son inseparables. Clara es la “pequeña planta” que brota de la rama
del árbol de la misericordia de Francisco, quien, a su vez, surge del frondoso árbol de la
misericordia de Jesucristo.
Santa Clara nació en una situación de privilegio que le prodigó no sólo el
bienestar económico y social, sino también el acceso a la mejor cultura a que podía
aspirar una mujer en aquellos tiempos. Cumplidos los 12 años, fue prometida a un noble
caballero de Asís. Ésa era costumbre, aunque las bodas no se celebraran hasta que la
doncella cumpliera los 17 años. Entretanto, era tarea del prometido enamorar a su
dama. Rainiero de Bernardo, el futuro prometido, lo procuró con todas sus fuerzas,
pero no logró nunca doblegar el ánimo de Clara. Cuando él iba a enamorarla, ella le
hablaba de Dios, de la excelencia de la virtud, de la vanidad de todo lo que tiene fin, de
la misericordia con los más necesitados...
Después de fijar su mirada transparente en el Crucificado, ¿cómo podría
disfrutar de unas riquezas que se conseguían con el horror de la guerra?, ¿cómo danzar
satisfecha en los salones mientras otras doncellas permanecían dobladas sobre la rueca
para poder malamente subsistir?, ¿cómo podría saciarse mientras otros pasaban
hambre...?
¿Dónde habían puesto al Cristo del Evangelio en aquella sociedad? ¿Dónde
estaba el verdadero camino? ¿Dónde la puerta estrecha del Reino por donde poder
pasar? ¿Dónde estaba la misericordia que ella quería poner en práctica?
En medio de ese mundo de cambios, agitado por continuas guerras, odios y
violencias, aparece en la vida de Clara un muchacho de la burguesía, seducido por
Jesucristo, quien tras una vida agitada se entregó completamente al servicio de Cristo y
de los hombres, siguiendo el camino del amor fraterno y la absoluta pobreza, viviendo
con radicalidad los principios misericordiosos del Evangelio. Un día Clara escuchó la
voz apasionada y verdadera de Francisco y la sintió caer como rocío refrescante sobre
su alma, era la respuesta ansiada. Desde entonces procuró entrevistarse con él, a
escondidas, para que los suyos no se lo impidiesen. En sus palabras y ejemplos hallaba
respuesta a sus inquietudes.
Hubiera sido inútil para Clara explicar a sus parientes lo que estaba sucediendo
en su corazón. Clara quería la vida evangélica y llena de entrega misericordiosa, tal
como la veía en Francisco y sus frailes.
Como todos sabéis, el 28 de marzo de 1212, Domingo de Ramos, al comenzar la
procesión de las palmas en la catedral de Asís, el obispo Guido se acercó a Clara y puso
en su mano un ramo de olivo bendito. Ella comprendió que aquélla era la señal. A la
medianoche cuentan que huyó por la “puerta de los muertos”. Y se fue, calle abajo, sin
mirar atrás... Dejaba a su familia, su casa, la promesa de bodas, su situación de
privilegio y seguridad... Pero no le importó.
Apenas habían pasado unos días cuando Dios le dio hermanas. Venían de todas
las clases sociales. Para ser monja era condición indispensable ser noble; para ser
hermana Menor, bastaba ser hija del Padre.
La misericordia de Clara no dejaba que su corazón mirase el dinero, sino
sencillamente sólo se asomase a las almas de las personas. Y comenzaron a vivir una
vida retirada, orientada plenamente hacia Dios, y al mismo tiempo cercana y sencilla,
de entrega misericordiosa a Dios y a los hombres, como todo lo franciscano.
Clara vivió sobria y pobremente con sus hermanas, del trabajo de sus manos.
Vivían pobres, pero alegres, entregadas a la oración, alabando a Dios y pidiendo por las
necesidades de los hombres. Su caridad y su misericordia fueron siempre los estandartes
de su vida. Trabajaban para poder subsistir y de lo que trabajaban no dudaban en dar, de
lo que ellas carecían, a los pobres, en quienes veían el rostro misericordioso de Cristo.
Clara obtuvo del papa Inocencio III el “privilegio de la pobreza radical”: “Las
hermanas no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y, cual
peregrinas y forasteras en este siglo, que sirven al Señor, en pobreza, misericordia y
humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el
Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo”.
La misericordia de Santa Clara también se observa dentro de los muros de su
convento. Para ella, ser abadesa es servir humilde y caritativamente, con misericordia, a
sus hermanas.
En su testamento Clara nos dice que Francisco es el que le ha mostrado y
enseñado el camino que debía seguir de palabra y con el ejemplo, y, evidentemente que
este camino no puede ser otro que el de vivir la aventura de la fraternidad. Así Clara
exhorta a las hermanas a que obedezcan, no en virtud del oficio, sino por amor:
“Hermana la obediencia con la caridad, con la humildad, con la misericordia y con el
amor”.
En definitiva, Clara fue una mujer, esposa de Cristo, orante y enamorada de
Jesús. Fue la suya una vida compartida con las hermanas, llena de misericordia con los
pobres, con los necesitados de su oración y con los necesitados de otros bienes
materiales indispensables; de la que Dios se sirve, como de San Francisco, como un
instrumento, una herramienta para hacer visible su misericordia para con los hombres,
haciendo de ella una mujer plenamente misericordiosa. Esta joven abrió su alma a Dios
y al servicio de sus hermanos. Comprendió que la pobreza de Cristo tiene su sentido en
el Amor liberador y en la misericordia que brota del corazón de Jesús. Y fue Clara quien
con gran espíritu emprendedor, se hizo solidaria y misericordiosa con los más
necesitados, sufriendo con los que sufren.
Por último, al hablar de los pilares de la misericordia franciscana, no puedo dejar
pasar por alto a nuestra patrona, Santa Isabel de Hungría, verdadera columna de la
misericordia de la historia del franciscanismo.
Y es que Isabel, en su corta vida, se convierte en un ejemplo de misericordia a
seguir por los franciscanos de todos los tiempos. Ella que, abandonando riquezas y
honores, decidió abrazar el ideal de vida franciscano para llevarlo hasta sus últimas
consecuencias. Convirtió su vida en una ofrenda permanente a Dios a través del servicio
a los hombres, especialmente a los más necesitados.
Santa Isabel de Hungría se vació de sí misma hasta hacerse asequible a todos.
Descubrió la presencia de Jesús en los pobres, en los rechazados por la sociedad, en los
hambrientos y enfermos. Todo el empeño de su vida consistió en vivir la misericordia
de Dios-Amor y hacerla presente en medio de los pobres.
Isabel buscó el seguimiento radical de Cristo en el más genuino estilo de
Francisco. Abandonó ambiciones del mundo, el boato de su corte, las comodidades, las
riquezas, el lujo... Bajó de su castillo y puso su tienda entre los despreciados y heridos
para servirles. Con la muerte de su marido, murió también la gran condesa y se acentuó
la hermana penitente y misericordiosa, convirtiéndose en la figura femenina que mejor
encarna el espíritu penitencial de Francisco, pues tras el abandono de su vida mundana,
se dedicó por entero a la oración y al ejercicio de las obras de misericordia. Éste es el
estilo de vida de Isabel: dar su vida por y para los pobres.
La breve vida de Isabel está saturada de servicio amoroso, de gozo y de
sufrimiento. Su trato con los indigentes provocaba escándalo en la corte; no encajaba en
su medio. Muchos vasallos la tenían como una loca. Aquí encontró una de sus grandes
cruces: crucificada entre la sociedad a la que pertenecía y la de aquellos que
desconocían la misericordia.
Ejerciendo la plenitud de su poder, cuando era todavía la gran condesa, en
ausencia de su marido, tuvo que afrontar las calamidades de una carestía general que
asoló el país. No dudó en vaciar los graneros del condado para socorrer, como gran
mujer llena de misericordia, a los que no tenían nada.
Isabel servía personalmente a los abatidos, a los pobres y enfermos. Cuidó
leprosos, la escoria de la sociedad, como Francisco. Día a día, hora a hora, pobre a
pobre, vivió y gastó la misericordia de Dios en el río de dolor y de miseria que la
envolvía. Pero Isabel usó no sólo del corazón, sino también de la inteligencia en su obra
asistencial. Sabía que la caridad institucionalizada es más efectiva y duradera,
contribuyendo pues, en la construcción de hospitales.
Trabajaba con sus propias manos: en la cocina, preparando la comida; en el
servicio de los indigentes hospitalizados; fregaba los platos y alejaba las sirvientas,
cuando éstas se lo querían impedir. Aprendió a hilar lana y a coser vestidos para los
pobres y ganarse el sustento.
Isabel pasó por esta vida como un meteoro luminoso, esperanzador, dándose a sí
misma, haciéndose misericordia. Hizo resplandecer la luz en el corazón de muchas
almas. Llevó el gozo a los corazones afligidos.
Nadie podrá contar las lágrimas que secó, las heridas que vendó, el amor que supo
despertar. Isabel recorrió el camino del amor cristiano en su condición de esposa y de
madre y de mujer plenamente consagrada a Dios y al alivio de la miseria humana.
La Tercera Orden de san Francisco, tanto Regular como Secular, siempre la ha
propuesto como luz y modelo de compromiso evangélico. La Familia Franciscana
quiere honrar a la primera mujer que alcanzó la santidad en el seguimiento de Cristo
según la "forma de vida misericordiosa” de Francisco.
Recapitulando: la gran aportación que Francisco, Clara de Asís e Isabel de
Hungría hicieron a la Iglesia es ésta: vivir como hermanos y hermanas el Evangelio
en fraternidad, en amor y en misericordia, para ser signos vivos del Reino de Dios
en medio de las gentes.
No podemos olvidar que los tres beben de la misma fuente: Cristo; y los tres
caminan por el mismo sendero de misericordia: el Evangelio.
Si evocamos la personalidad singular y la sensibilidad de San Francisco, de
Santa Clara y de Santa Isabel, es para que también nosotros nos convirtamos en
instrumentos de misericordia y aprendamos a verter un poco de bálsamo en las heridas
de los marginados de nuestro tiempo, a humanizar nuestro entorno, a secar algunas
lágrimas derramando la bondad de nuestro corazón, allá donde falta la misericordia del
Padre. Que el compromiso que vivieron Francisco, Clara e Isabel estimule nuestro
propio compromiso. Su ejemplo e intercesión iluminarán nuestro camino hacia el Padre,
fuente de toda misericordia.
La bula por la que se convocó el año jubilar de la Misericordia, fue publicada el
11 de abril de 2015. En ésta se añadió que el siguiente domingo a la apertura de este
Año de la Misericordia se abriría la Puerta Santa de la Archibasílica de San Juan de
Letrán, catedral de Roma. Hoy, las puertas de esta Iglesia de los Franciscanos de la
T.O.R. son las que de forma simbólica, se convierten en las puertas de la Misericordia,
que no son sino la llave de las puertas de nuestro corazón, en donde Dios puede actuar a
través de cada uno de nosotros, franciscanos seglares de hoy, sembrando su Amor y su
Misericordia para que nosotros extendamos la semilla de su Reino en nuestro pueblo.
Les agradezco que hayan escuchado estas humildes palabras que no han
pretendido sino recordarnos a todos que Cristo misericordioso sigue vivo hoy y
siempre. Hermanos y hermanas les deseo que pasen un feliz día. Muchas gracias por su
atención
La misericordia franciscana.
San Francisco Santa Clara y Santa
Isabel. Testigos de la Misericordia
Amparo Cañadilla Medina
Orden Franciscana Seglar
Zona Castellana de San Gregorio Magno
Iglesia de los Franciscanosde la T.O.R.
Encuentro de Zona
Quintanar de la Orden (Toledo)
12 de junio de 2016

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San Francisco y la misericordia

  • 1. Hermanos y hermanas: ¡Paz y Bien! Cuando hace un par de meses nuestra hermana y ministra María José me propuso dirigiros unas palabras para este encuentro festivo de nuestra familia franciscana, el Encuentro de Zona, no dudé en aceptarlo. Sé que no soy tal vez la más idónea para ello, y que habrá más hermanos y hermanas que podrían deciros mucho más que yo, pero acepté de buen grado movida por el amor al carisma franciscano y la vocación a la que Cristo me ha llamado: ser madre y esposa dentro la gran familia franciscana seglar. Estas últimas semanas estoy atravesando por unas circunstancias personales muy difíciles, pues después de recibir la noticia de que esperaba la nueva vida de un hijo, Dios decidió que debía llevárselo para estar junto a Él. Y sólo las madres que han pasado por este trance saben lo duro de los momentos que me están tocando vivir. No obstante, agarrándome a mi fe y siguiendo el camino franciscano, apoyada y arropada por los míos, hoy estoy aquí para hablaros de y desde mi experiencia. Muchas veces, los franciscanos seglares nos acercamos a la Orden Franciscana Seglar movidos por el carisma o espiritualidad propia de San Francisco, pero desconocemos muchos de los aspectos relevantes de su vida, y uno de ellos es el de su misericordia. Desde esta dimensión podemos entenderlo y podemos conocer en profundidad la figura de un Hermano, de un Padre, de un Santo, cuyo estilo de vida, deseamos imitar. Como todos sabéis, este 2016 estamos celebrando el Año Santo de la Misericordia. El papa Francisco lo anunció con estas palabras: “Queridos hermanos y hermanas: He pensado a menudo en cómo la Iglesia puede poner más en evidencia su misión de ser testimonio de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar un Jubileo extraordinario que coloque en el centro la misericordia de Dios. Será un año santo de la Misericordia, en que viviremos a la luz de la palabra del Señor: 'Seamos misericordiosos como el Padre'. Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”. La misericordia es sin duda una de las claves de nuestra vocación cristiana y franciscana. No entendemos ser cristianos ni mucho menos franciscanos seglares sin misericordia, sin caridad, sin fraternidad, sin comprensión, sin ayuda… En una palabra, no entendemos ser franciscanos sin AMOR. Porque la misericordia no es otra cosa que amor. La espiritualidad de los franciscanos es el amor. Esta espiritualidad tan nuestra, tan de San Francisco, viene marcada por su gran énfasis en la misericordia. San Francisco fue una persona que tuvo una profunda conversión en su vida de riqueza y opulencia y se dedicó a los pobres y los indefensos.
  • 2. Hay una gran cantidad de historias de cuando Francisco dejó todo lo que tenía y se lo entregó a los pobres. La frase del evangelio que más me hace recordar esta situación es la de Mateo en la que dice: “Jesús dijo a sus discípulos: si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará”. Parece ser que San Francisco escuchó estas palabras y se dedicó a dar misericordia a los que menos tenían en este mundo. San Francisco no hace otra cosa que seguir las huellas de Cristo, que recibe y aplica la misericordia del Padre en todas las facetas de su vida. Cristo es Misericordia. Basta recordar las escenas de Pan y los Peces, la mujer adúltera, la Oveja perdida y el Buen Pastor, el Hijo pródigo… Son un claro ejemplo de la misericordia de Jesús en todos los ámbitos. Cristo sabe que las criaturas más frágiles necesitan de nuestra misericordia; todos necesitamos del amor misericordioso de Dios. El mismo Jesús murió en una cruz para salvar al mundo. ¿Hay mayor misericordia que esa? Y San Francisco simplemente se dedicó a seguir el ejemplo del Maestro. Sabido es que el padre de San Francisco, Pedro Bernardone, era un acomodado comerciante que se hallaba en Francia cuando nació su hijo, por eso las gentes le apodaron "Francesco" (el francés), aunque en el bautismo recibió el nombre de Juan. En su juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le interesaban mucho, sino que sólo pensaba en divertirse y gozar de la vida. Sin embargo, acostumbraba a ser muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios. Aquí tenemos ya los primeros datos de su misericordia con los más necesitados. Cuando tenía unos veinte años, estalló la discordia entre las ciudades de Perusa y Asís y en la guerra, el joven cayó prisionero. La prisión duró un año y Francisco la soportó alegremente. No obstante, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad fortaleció su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir en el ejército al sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Vemos como la misericordia iba fraguando su ser como persona y su ser como santo. En otra ocasión, paseándose a caballo por la llanura de Asís, encontró a un leproso. Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna. Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el paso al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa natural a los leprosos, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió su vida. Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad de entrega, un "sí" que distingue a los santos. Es éste, sin duda, uno de los episodios más conocidos de San Francisco en el que su misericordia y sensibilidad están a flor de piel. A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los enfermos en los hospitales.
  • 3. Algunas veces regalaba a los pobres sus vestidos, otras, el dinero que llevaba. Su misericordia era ya la impronta más característica de su personalidad. Tras su proceso de conversión, en el que desnudo decidió entregarse definitivamente a la Misericordia de Dios, escuchó las palabras del Evangelio que dicen: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado… Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente… No poseáis oro... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo... He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos. . ." Estas palabras penetraron hasta lo más profundo de su corazón y Francisco, aplicándolas literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia y a la misericordia. Contando ya con varios hermanos que decidieron seguirlo e imitar su forma de vida, fueron a Roma para que el Papa aprobase dicha forma de vivir. Sin embargo, en Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula, practicando la misericordia, para lo que habían sido llamados, haciendo de ella su principal forma de vivir, dando y compartiendo con los más pobres y enfermos lo único que Dios les había dado: su propia vida. Pero la misericordia de San Francisco no sólo fue practicada con quienes lo rodeaban, sino que la misma entrega, la misma caridad y el mismo amor, fue su bandera con los musulmanes entre quienes intentó sembrar la paz, el amor y la misericordia de Dios. Y, a pesar de que el propio Francisco renunció a la dirección de la orden, y en sus últimos años vio con sufrimiento cómo muchos pedían mitigar las exigencias de la vida franciscana, su misericordia para con los hermanos lo llevó a revisar su regla y forma de vida, manteniéndose, eso sí, firme en sus convicciones de penitencia, pobreza y entrega, viendo la misericordia de Dios en cada uno de sus hermanos, perdonando sus faltas y siendo misericordioso con los fallos que éstos pudieran tener. Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes dolores, debido a las consecuencias de la malaria contraída en Egipto. Estos tormentos los ofrecía Francisco a Dios como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación de las almas, queriendo ser así, incluso en medio de sus terribles sufrimientos físicos, misericordioso con las almas necesitadas. En el testamento que dictó para sus frailes les recomendaba la misericordia y la caridad fraternas, los exhortaba a amar y observar la santa pobreza y a amar y honrar a la Iglesia. Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión del Señor según San Juan. Culminaba así una vida plena de misericordia, reflejo de la misericordia y del amor que Dios nos tiene, que se sirvió de San Francisco para hacer visible la misericordia de Dios a los hombres. San Francisco sencillamente fue un instrumento del que Dios se sirvió para sembrar su misericordia en la tierra.
  • 4. No podía dejar pasar el tema de la misericordia franciscana si hacer referencia a esta virtud en Santa Clara. Y es que Francisco no se entiende sin Clara ni Clara sin Francisco. Ambos son inseparables. Clara es la “pequeña planta” que brota de la rama del árbol de la misericordia de Francisco, quien, a su vez, surge del frondoso árbol de la misericordia de Jesucristo. Santa Clara nació en una situación de privilegio que le prodigó no sólo el bienestar económico y social, sino también el acceso a la mejor cultura a que podía aspirar una mujer en aquellos tiempos. Cumplidos los 12 años, fue prometida a un noble caballero de Asís. Ésa era costumbre, aunque las bodas no se celebraran hasta que la doncella cumpliera los 17 años. Entretanto, era tarea del prometido enamorar a su dama. Rainiero de Bernardo, el futuro prometido, lo procuró con todas sus fuerzas, pero no logró nunca doblegar el ánimo de Clara. Cuando él iba a enamorarla, ella le hablaba de Dios, de la excelencia de la virtud, de la vanidad de todo lo que tiene fin, de la misericordia con los más necesitados... Después de fijar su mirada transparente en el Crucificado, ¿cómo podría disfrutar de unas riquezas que se conseguían con el horror de la guerra?, ¿cómo danzar satisfecha en los salones mientras otras doncellas permanecían dobladas sobre la rueca para poder malamente subsistir?, ¿cómo podría saciarse mientras otros pasaban hambre...? ¿Dónde habían puesto al Cristo del Evangelio en aquella sociedad? ¿Dónde estaba el verdadero camino? ¿Dónde la puerta estrecha del Reino por donde poder pasar? ¿Dónde estaba la misericordia que ella quería poner en práctica? En medio de ese mundo de cambios, agitado por continuas guerras, odios y violencias, aparece en la vida de Clara un muchacho de la burguesía, seducido por Jesucristo, quien tras una vida agitada se entregó completamente al servicio de Cristo y de los hombres, siguiendo el camino del amor fraterno y la absoluta pobreza, viviendo con radicalidad los principios misericordiosos del Evangelio. Un día Clara escuchó la voz apasionada y verdadera de Francisco y la sintió caer como rocío refrescante sobre su alma, era la respuesta ansiada. Desde entonces procuró entrevistarse con él, a escondidas, para que los suyos no se lo impidiesen. En sus palabras y ejemplos hallaba respuesta a sus inquietudes. Hubiera sido inútil para Clara explicar a sus parientes lo que estaba sucediendo en su corazón. Clara quería la vida evangélica y llena de entrega misericordiosa, tal como la veía en Francisco y sus frailes. Como todos sabéis, el 28 de marzo de 1212, Domingo de Ramos, al comenzar la procesión de las palmas en la catedral de Asís, el obispo Guido se acercó a Clara y puso en su mano un ramo de olivo bendito. Ella comprendió que aquélla era la señal. A la medianoche cuentan que huyó por la “puerta de los muertos”. Y se fue, calle abajo, sin mirar atrás... Dejaba a su familia, su casa, la promesa de bodas, su situación de privilegio y seguridad... Pero no le importó. Apenas habían pasado unos días cuando Dios le dio hermanas. Venían de todas las clases sociales. Para ser monja era condición indispensable ser noble; para ser hermana Menor, bastaba ser hija del Padre.
  • 5. La misericordia de Clara no dejaba que su corazón mirase el dinero, sino sencillamente sólo se asomase a las almas de las personas. Y comenzaron a vivir una vida retirada, orientada plenamente hacia Dios, y al mismo tiempo cercana y sencilla, de entrega misericordiosa a Dios y a los hombres, como todo lo franciscano. Clara vivió sobria y pobremente con sus hermanas, del trabajo de sus manos. Vivían pobres, pero alegres, entregadas a la oración, alabando a Dios y pidiendo por las necesidades de los hombres. Su caridad y su misericordia fueron siempre los estandartes de su vida. Trabajaban para poder subsistir y de lo que trabajaban no dudaban en dar, de lo que ellas carecían, a los pobres, en quienes veían el rostro misericordioso de Cristo. Clara obtuvo del papa Inocencio III el “privilegio de la pobreza radical”: “Las hermanas no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y, cual peregrinas y forasteras en este siglo, que sirven al Señor, en pobreza, misericordia y humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo”. La misericordia de Santa Clara también se observa dentro de los muros de su convento. Para ella, ser abadesa es servir humilde y caritativamente, con misericordia, a sus hermanas. En su testamento Clara nos dice que Francisco es el que le ha mostrado y enseñado el camino que debía seguir de palabra y con el ejemplo, y, evidentemente que este camino no puede ser otro que el de vivir la aventura de la fraternidad. Así Clara exhorta a las hermanas a que obedezcan, no en virtud del oficio, sino por amor: “Hermana la obediencia con la caridad, con la humildad, con la misericordia y con el amor”. En definitiva, Clara fue una mujer, esposa de Cristo, orante y enamorada de Jesús. Fue la suya una vida compartida con las hermanas, llena de misericordia con los pobres, con los necesitados de su oración y con los necesitados de otros bienes materiales indispensables; de la que Dios se sirve, como de San Francisco, como un instrumento, una herramienta para hacer visible su misericordia para con los hombres, haciendo de ella una mujer plenamente misericordiosa. Esta joven abrió su alma a Dios y al servicio de sus hermanos. Comprendió que la pobreza de Cristo tiene su sentido en el Amor liberador y en la misericordia que brota del corazón de Jesús. Y fue Clara quien con gran espíritu emprendedor, se hizo solidaria y misericordiosa con los más necesitados, sufriendo con los que sufren.
  • 6. Por último, al hablar de los pilares de la misericordia franciscana, no puedo dejar pasar por alto a nuestra patrona, Santa Isabel de Hungría, verdadera columna de la misericordia de la historia del franciscanismo. Y es que Isabel, en su corta vida, se convierte en un ejemplo de misericordia a seguir por los franciscanos de todos los tiempos. Ella que, abandonando riquezas y honores, decidió abrazar el ideal de vida franciscano para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Convirtió su vida en una ofrenda permanente a Dios a través del servicio a los hombres, especialmente a los más necesitados. Santa Isabel de Hungría se vació de sí misma hasta hacerse asequible a todos. Descubrió la presencia de Jesús en los pobres, en los rechazados por la sociedad, en los hambrientos y enfermos. Todo el empeño de su vida consistió en vivir la misericordia de Dios-Amor y hacerla presente en medio de los pobres. Isabel buscó el seguimiento radical de Cristo en el más genuino estilo de Francisco. Abandonó ambiciones del mundo, el boato de su corte, las comodidades, las riquezas, el lujo... Bajó de su castillo y puso su tienda entre los despreciados y heridos para servirles. Con la muerte de su marido, murió también la gran condesa y se acentuó la hermana penitente y misericordiosa, convirtiéndose en la figura femenina que mejor encarna el espíritu penitencial de Francisco, pues tras el abandono de su vida mundana, se dedicó por entero a la oración y al ejercicio de las obras de misericordia. Éste es el estilo de vida de Isabel: dar su vida por y para los pobres. La breve vida de Isabel está saturada de servicio amoroso, de gozo y de sufrimiento. Su trato con los indigentes provocaba escándalo en la corte; no encajaba en su medio. Muchos vasallos la tenían como una loca. Aquí encontró una de sus grandes cruces: crucificada entre la sociedad a la que pertenecía y la de aquellos que desconocían la misericordia. Ejerciendo la plenitud de su poder, cuando era todavía la gran condesa, en ausencia de su marido, tuvo que afrontar las calamidades de una carestía general que asoló el país. No dudó en vaciar los graneros del condado para socorrer, como gran mujer llena de misericordia, a los que no tenían nada. Isabel servía personalmente a los abatidos, a los pobres y enfermos. Cuidó leprosos, la escoria de la sociedad, como Francisco. Día a día, hora a hora, pobre a pobre, vivió y gastó la misericordia de Dios en el río de dolor y de miseria que la envolvía. Pero Isabel usó no sólo del corazón, sino también de la inteligencia en su obra asistencial. Sabía que la caridad institucionalizada es más efectiva y duradera, contribuyendo pues, en la construcción de hospitales. Trabajaba con sus propias manos: en la cocina, preparando la comida; en el servicio de los indigentes hospitalizados; fregaba los platos y alejaba las sirvientas, cuando éstas se lo querían impedir. Aprendió a hilar lana y a coser vestidos para los pobres y ganarse el sustento. Isabel pasó por esta vida como un meteoro luminoso, esperanzador, dándose a sí misma, haciéndose misericordia. Hizo resplandecer la luz en el corazón de muchas almas. Llevó el gozo a los corazones afligidos.
  • 7. Nadie podrá contar las lágrimas que secó, las heridas que vendó, el amor que supo despertar. Isabel recorrió el camino del amor cristiano en su condición de esposa y de madre y de mujer plenamente consagrada a Dios y al alivio de la miseria humana. La Tercera Orden de san Francisco, tanto Regular como Secular, siempre la ha propuesto como luz y modelo de compromiso evangélico. La Familia Franciscana quiere honrar a la primera mujer que alcanzó la santidad en el seguimiento de Cristo según la "forma de vida misericordiosa” de Francisco. Recapitulando: la gran aportación que Francisco, Clara de Asís e Isabel de Hungría hicieron a la Iglesia es ésta: vivir como hermanos y hermanas el Evangelio en fraternidad, en amor y en misericordia, para ser signos vivos del Reino de Dios en medio de las gentes. No podemos olvidar que los tres beben de la misma fuente: Cristo; y los tres caminan por el mismo sendero de misericordia: el Evangelio. Si evocamos la personalidad singular y la sensibilidad de San Francisco, de Santa Clara y de Santa Isabel, es para que también nosotros nos convirtamos en instrumentos de misericordia y aprendamos a verter un poco de bálsamo en las heridas de los marginados de nuestro tiempo, a humanizar nuestro entorno, a secar algunas lágrimas derramando la bondad de nuestro corazón, allá donde falta la misericordia del Padre. Que el compromiso que vivieron Francisco, Clara e Isabel estimule nuestro propio compromiso. Su ejemplo e intercesión iluminarán nuestro camino hacia el Padre, fuente de toda misericordia. La bula por la que se convocó el año jubilar de la Misericordia, fue publicada el 11 de abril de 2015. En ésta se añadió que el siguiente domingo a la apertura de este Año de la Misericordia se abriría la Puerta Santa de la Archibasílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma. Hoy, las puertas de esta Iglesia de los Franciscanos de la T.O.R. son las que de forma simbólica, se convierten en las puertas de la Misericordia, que no son sino la llave de las puertas de nuestro corazón, en donde Dios puede actuar a través de cada uno de nosotros, franciscanos seglares de hoy, sembrando su Amor y su Misericordia para que nosotros extendamos la semilla de su Reino en nuestro pueblo. Les agradezco que hayan escuchado estas humildes palabras que no han pretendido sino recordarnos a todos que Cristo misericordioso sigue vivo hoy y siempre. Hermanos y hermanas les deseo que pasen un feliz día. Muchas gracias por su atención
  • 8. La misericordia franciscana. San Francisco Santa Clara y Santa Isabel. Testigos de la Misericordia Amparo Cañadilla Medina Orden Franciscana Seglar Zona Castellana de San Gregorio Magno Iglesia de los Franciscanosde la T.O.R. Encuentro de Zona Quintanar de la Orden (Toledo) 12 de junio de 2016