El documento describe una mañana lluviosa en la que el autor se dirige hacia el litoral para observar el mar a pesar de la niebla. Cruzará la plaza del Príncipe presidida por la estatua de Pablo Velarde y esperará a que escampe para ver las dunas y el estuario liberados de la niebla. Con incertidumbre aguardará la migración de la borrasca para contemplar cómo el sol demuestra que la parte montañosa no desaparecerá, siendo un límite estable para depurar sus penas y extrañezas.