EL PALOMAR
En un pueblo de Castilla, pegando con Teruel, hay un refrán que proclama que “con
pocos hay bastante”. Eso debía ser cierto hace muchos años, cuando sus más de 500
casas estaban todas habitadas, cuando había 5 escuelas ocupadas por los más de 200
niños y niñas del pueblo, cuando los peques jugaban por barrios, cuando en San Antón
cada barrio tenía su propia hoguera, cuando había dos fábricas de madera, dos
carpinterías, cuatro bares, dos bailes, una sala de cine, dos carnicerías, cuatro tiendas de
comestibles, tres tiendas de ropa, relojero, zapatero, médico, practicante, veterinario,
guardia civil, cinco maestros, dos coches de línea, cuando había un cura al que le
gustaban tanto los negocios que cobraba a los peques por ver la televisión, que montó
una pequeña fábrica de telares e incluso se dedicó a la venta de palomina. Pero hoy en
pleno siglo XXI se podría afirmar que “con pocos NO hay bastantes”, porque pocos son
los que quedan todo el año en el pueblo, no más de 25 casas abiertas, la escuela subsiste
a duras penas con menos de 10 alumnos y si no se establecen las condiciones para que
se produzca un éxodo urbano, el pueblo se podría quedar como lugar exclusivo de
vacaciones.
No se a vosotros, pero a mí, de todos los negocios que había en este pueblo, el que más
me ha llamado la atención ha sido el de “la palomina”. Y, ¿qué es la palomina? Pues
como su nombre indica, proviene de paloma y se refiere al excremento de estas aves. En
aquellos tiempos de mitad del siglo XX, era muy apreciada para el abono de los campos
de cultivo. De tal forma, que el cura de este pueblo no dudó en sacarle rentabilidad a la
torre de la iglesia con la cría de palomas.
D. Arcadio, así se llamaba el cura, compró diez parejas de tan apreciada ave, las soltó en
el campanario y les dijo “crecer y multiplicaros”, sobre todo, multiplicaros. Y, ya lo
creo que se multiplicaron, al cabo de un año, había más de cien animales. Aquello fue
todo un acontecimiento, la gente del pueblo contenta porque era una alegría ver el cielo
lleno de palomas cada vez que sonaban las campanas, el cura contentísimo porque a
más palomas, más cagadas, más palomina, más ingresos. Porque, la verdad, es que para
el cura todo eran beneficios, no se gastaba un duro en alimentarlas, pues tenían bastante
con las siembras del pueblo; tampoco se gastaba nada en recoger la palomina, ya que los
queridos feligreses le hacían gratis dicho trabajo. Y, el precio de la palomina cada vez
era más alto, con lo que los beneficios del negocio iban viento en popa.
La iglesia del pueblo tiene una torre de más de veinte metros de altura, su subida es
mediante unas estrechas escaleras en forma de caracol. En lo más alto está el
campanario con cuatro campanas de bronce que cuando son volteadas emiten un
auténtico sonido de percusión. Sonido que alegra el oído de los vecinos y altera el
reposo de las palomas. Unos metros antes de llegar al campanario hay un habitáculo
oscuro y siniestro, pero el más apreciado por el cura porque se ha convertido en el hogar
de las palomas, es decir en el “palomar”. La puerta de entrada al palomar es de una
gruesa madera y tiene una llavera tan grande que para portar su llave, es necesario
comer primero. La puerta siempre está cerrada “a cal y canto”, D. Arcadio no se fía de
la tentación al pecado, es decir de la tentación de quitarle palomas o palomina.
El negocio del cura cada día más rentable, cada día hay más palomas y por ende, cada
día se vende más palomina. La evolución del negocio no es ajena a los habitantes del
pueblo, quienes consideran que el párroco es un tanto usurero y cada vez son más los
que se niegan a realizar el trabajo de recogida de palomina de forma gratuita. Se
comenta en las calles, se comenta en las casas, se comenta en torno a las comidas y lo
escuchan los ancianos, lo escuchan los adultos, lo escuchan los jóvenes y lo escuchan
los niños. Sí, también lo escuchan los niños. Y, los niños se disgustan, los niños se
enfadan porque no les parece justo que el cura cada día sea más rico y sus padres pasen
penurias. Los niños lo comentan en la escuela, lo comentan en el recreo, lo comentan en
sus barrios. Y, de tanto comentar y de tanto enfadarse, hay niños que son más atrevidos
que otros y deciden organizarse.
¿Organizarse para qué? le preguntaba un niño a otro. Para cobrarnos lo que nos debe el
cura, le responde. ¿Pues qué nos debe? ¿Te parece poco, que las palomas se coman
nuestros cereales, que nuestros padres recojan la palomina gratis y encima, cuando
queremos ver la televisión en el local del cura, nos cobre 50 céntimos? No me parece
justo lo que hace el cura, pero no entiendo como nos vamos a cobrar. Tú escucha. Unos
cuantos hemos localizado donde esconde la llave del palomar, una vez a la semana
subiremos y le quitaremos una par de palomas cada uno y como tiene tantas ni se dará
cuenta. Explicado así, me parece justo y sencillo el plan, ¡podéis contar conmigo!
Así empezó la aventura de Rafita y sus siete amiguetes. Al principio, se lo tomaron
como un acto de justicia y de diversión, quedaban todas las tardes al anochecer en la
“lonja”, cercana a la iglesia. Jugaban un rato y cuando consideraban que había
oscurecido lo suficiente y finalizado el rosario, entraban en escena. Pasaban a la
sacristía y cogían la llave del palomar que tan delicadamente escondía D. Arcadio
debajo de un par de sotanas guardadas en uno de los múltiples cajones que tiene un
precioso armario del siglo XVIII. Ya con la llave en su poder y la iglesia vacía,
iniciaban el ascenso por las estrechas y caracoleadas escaleras que conducen a la torre.
Abrían la puerta del palomar y por las 25 ruidosas escaleras de madera llegaban hasta su
destino. Allí, dormían plácidamente las palomas y antes de que éstas abrieran los ojos,
16 de ellas estaban metidas en los sacos que portaban. Sin tiempo que perder,
abandonaban el palomar, subían al campanario y lanzaban los sacos a la calle. Allá
abajo, al lado del cementerio estaba Quinito, el encargado de guardar los sacos con las
palomas hasta que los demás salieran de la iglesia. Cada uno se llevaba dos palomas a
su casa y los padres se convertían en cómplices, quienes no abrían la boca de lo
ocurrido nada más que para comerse tan exquisito manjar y más con la escasez de
alimentos que tenían.
Esto lo repetían todas las semanas y nadie se enteraba de la desaparición de palomas, ni
se enteraba el cura, ni se enteraba el sacristán, ni se enteraban las beatas que todos los
días rezaban el rosario al atardecer, ni se enteraban los demás niños y niñas. Esto fue así
a lo largo de todo un año, hasta que una tarde, terminado el rosario y realizado el robo
de las palomas, al entrar en la sacristía para dejar la llave del palomar se encontraron
con una beata que se había quedado dormida durante el rosario. Niños ¿Dónde vais? Les
grito la beata. Estos, sin respuesta alguna, salieron corriendo más veloces que el viento.
De la iglesia a casa del cura se fue la beata. D. Arcadio, he visto unos niños en la iglesia
y me da mala espina, algo están tramando. D. Arcadio que era tan listo como usurero, le
respondió, no te preocupes, estarían jugando.
Al día siguiente, en la catequesis, D. Arcadio con el fin de ganarse la confianza de los
niños, les dijo que si querían jugar en la explanada de la iglesia que no le importaba,
pero que no lo hicieran dentro y a esas horas, porque le habían dado un susto de muerte
a doña Filomena, como se llamaba la beata que los había pillado el día anterior. Desde
ese día y una vez terminado el rosario, D. Arcadio, se subía al campanario, pues
sospechaba que la visita de los niños tenía que ver con las palomas. Pasadas dos
semanas sin descubrir nada, llegó un atardecer en que Rafita y sus amigos decidieron
reiniciar el asalto al palomar. Terminado el rosario entraron en la iglesia, comprobaron
que no había ninguna beata, cogieron la llave y subieron al palomar y una vez estaban
las presas en los sacos, como de costumbre se dirigían al campanario para lanzarlas a la
calle. Una sombra con sotana les dijo ¡alto, ladrones! Ni alto ni nada, soltaron los sacos
y por la barandilla en forma de caracol en un segundo estaban en la calle. D. Arcadio se
quedó con las ganas de descubrir a los raptores de palomas, pero consiguió que el miedo
le entrará en el cuerpo a estos peques y jamás intentaran quitar más palomas. Eso sí, a
partir de estos acontecimientos, ningún padre hizo gratis el trabajo de recogida de
palomina.
Moraleja: “Los sermones sin práctica, son paja mojada”
Gabriel Catalán López (2012)
gabrielcatalan1@hotmail.com

El palomar

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    EL PALOMAR En unpueblo de Castilla, pegando con Teruel, hay un refrán que proclama que “con pocos hay bastante”. Eso debía ser cierto hace muchos años, cuando sus más de 500 casas estaban todas habitadas, cuando había 5 escuelas ocupadas por los más de 200 niños y niñas del pueblo, cuando los peques jugaban por barrios, cuando en San Antón cada barrio tenía su propia hoguera, cuando había dos fábricas de madera, dos carpinterías, cuatro bares, dos bailes, una sala de cine, dos carnicerías, cuatro tiendas de comestibles, tres tiendas de ropa, relojero, zapatero, médico, practicante, veterinario, guardia civil, cinco maestros, dos coches de línea, cuando había un cura al que le gustaban tanto los negocios que cobraba a los peques por ver la televisión, que montó una pequeña fábrica de telares e incluso se dedicó a la venta de palomina. Pero hoy en pleno siglo XXI se podría afirmar que “con pocos NO hay bastantes”, porque pocos son los que quedan todo el año en el pueblo, no más de 25 casas abiertas, la escuela subsiste a duras penas con menos de 10 alumnos y si no se establecen las condiciones para que se produzca un éxodo urbano, el pueblo se podría quedar como lugar exclusivo de vacaciones. No se a vosotros, pero a mí, de todos los negocios que había en este pueblo, el que más me ha llamado la atención ha sido el de “la palomina”. Y, ¿qué es la palomina? Pues como su nombre indica, proviene de paloma y se refiere al excremento de estas aves. En aquellos tiempos de mitad del siglo XX, era muy apreciada para el abono de los campos de cultivo. De tal forma, que el cura de este pueblo no dudó en sacarle rentabilidad a la torre de la iglesia con la cría de palomas. D. Arcadio, así se llamaba el cura, compró diez parejas de tan apreciada ave, las soltó en el campanario y les dijo “crecer y multiplicaros”, sobre todo, multiplicaros. Y, ya lo creo que se multiplicaron, al cabo de un año, había más de cien animales. Aquello fue todo un acontecimiento, la gente del pueblo contenta porque era una alegría ver el cielo lleno de palomas cada vez que sonaban las campanas, el cura contentísimo porque a más palomas, más cagadas, más palomina, más ingresos. Porque, la verdad, es que para el cura todo eran beneficios, no se gastaba un duro en alimentarlas, pues tenían bastante con las siembras del pueblo; tampoco se gastaba nada en recoger la palomina, ya que los queridos feligreses le hacían gratis dicho trabajo. Y, el precio de la palomina cada vez era más alto, con lo que los beneficios del negocio iban viento en popa. La iglesia del pueblo tiene una torre de más de veinte metros de altura, su subida es mediante unas estrechas escaleras en forma de caracol. En lo más alto está el campanario con cuatro campanas de bronce que cuando son volteadas emiten un auténtico sonido de percusión. Sonido que alegra el oído de los vecinos y altera el reposo de las palomas. Unos metros antes de llegar al campanario hay un habitáculo oscuro y siniestro, pero el más apreciado por el cura porque se ha convertido en el hogar de las palomas, es decir en el “palomar”. La puerta de entrada al palomar es de una gruesa madera y tiene una llavera tan grande que para portar su llave, es necesario comer primero. La puerta siempre está cerrada “a cal y canto”, D. Arcadio no se fía de la tentación al pecado, es decir de la tentación de quitarle palomas o palomina. El negocio del cura cada día más rentable, cada día hay más palomas y por ende, cada día se vende más palomina. La evolución del negocio no es ajena a los habitantes del pueblo, quienes consideran que el párroco es un tanto usurero y cada vez son más los
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    que se niegana realizar el trabajo de recogida de palomina de forma gratuita. Se comenta en las calles, se comenta en las casas, se comenta en torno a las comidas y lo escuchan los ancianos, lo escuchan los adultos, lo escuchan los jóvenes y lo escuchan los niños. Sí, también lo escuchan los niños. Y, los niños se disgustan, los niños se enfadan porque no les parece justo que el cura cada día sea más rico y sus padres pasen penurias. Los niños lo comentan en la escuela, lo comentan en el recreo, lo comentan en sus barrios. Y, de tanto comentar y de tanto enfadarse, hay niños que son más atrevidos que otros y deciden organizarse. ¿Organizarse para qué? le preguntaba un niño a otro. Para cobrarnos lo que nos debe el cura, le responde. ¿Pues qué nos debe? ¿Te parece poco, que las palomas se coman nuestros cereales, que nuestros padres recojan la palomina gratis y encima, cuando queremos ver la televisión en el local del cura, nos cobre 50 céntimos? No me parece justo lo que hace el cura, pero no entiendo como nos vamos a cobrar. Tú escucha. Unos cuantos hemos localizado donde esconde la llave del palomar, una vez a la semana subiremos y le quitaremos una par de palomas cada uno y como tiene tantas ni se dará cuenta. Explicado así, me parece justo y sencillo el plan, ¡podéis contar conmigo! Así empezó la aventura de Rafita y sus siete amiguetes. Al principio, se lo tomaron como un acto de justicia y de diversión, quedaban todas las tardes al anochecer en la “lonja”, cercana a la iglesia. Jugaban un rato y cuando consideraban que había oscurecido lo suficiente y finalizado el rosario, entraban en escena. Pasaban a la sacristía y cogían la llave del palomar que tan delicadamente escondía D. Arcadio debajo de un par de sotanas guardadas en uno de los múltiples cajones que tiene un precioso armario del siglo XVIII. Ya con la llave en su poder y la iglesia vacía, iniciaban el ascenso por las estrechas y caracoleadas escaleras que conducen a la torre. Abrían la puerta del palomar y por las 25 ruidosas escaleras de madera llegaban hasta su destino. Allí, dormían plácidamente las palomas y antes de que éstas abrieran los ojos, 16 de ellas estaban metidas en los sacos que portaban. Sin tiempo que perder, abandonaban el palomar, subían al campanario y lanzaban los sacos a la calle. Allá abajo, al lado del cementerio estaba Quinito, el encargado de guardar los sacos con las palomas hasta que los demás salieran de la iglesia. Cada uno se llevaba dos palomas a su casa y los padres se convertían en cómplices, quienes no abrían la boca de lo ocurrido nada más que para comerse tan exquisito manjar y más con la escasez de alimentos que tenían. Esto lo repetían todas las semanas y nadie se enteraba de la desaparición de palomas, ni se enteraba el cura, ni se enteraba el sacristán, ni se enteraban las beatas que todos los días rezaban el rosario al atardecer, ni se enteraban los demás niños y niñas. Esto fue así a lo largo de todo un año, hasta que una tarde, terminado el rosario y realizado el robo de las palomas, al entrar en la sacristía para dejar la llave del palomar se encontraron con una beata que se había quedado dormida durante el rosario. Niños ¿Dónde vais? Les grito la beata. Estos, sin respuesta alguna, salieron corriendo más veloces que el viento. De la iglesia a casa del cura se fue la beata. D. Arcadio, he visto unos niños en la iglesia y me da mala espina, algo están tramando. D. Arcadio que era tan listo como usurero, le respondió, no te preocupes, estarían jugando. Al día siguiente, en la catequesis, D. Arcadio con el fin de ganarse la confianza de los niños, les dijo que si querían jugar en la explanada de la iglesia que no le importaba, pero que no lo hicieran dentro y a esas horas, porque le habían dado un susto de muerte
  • 3.
    a doña Filomena,como se llamaba la beata que los había pillado el día anterior. Desde ese día y una vez terminado el rosario, D. Arcadio, se subía al campanario, pues sospechaba que la visita de los niños tenía que ver con las palomas. Pasadas dos semanas sin descubrir nada, llegó un atardecer en que Rafita y sus amigos decidieron reiniciar el asalto al palomar. Terminado el rosario entraron en la iglesia, comprobaron que no había ninguna beata, cogieron la llave y subieron al palomar y una vez estaban las presas en los sacos, como de costumbre se dirigían al campanario para lanzarlas a la calle. Una sombra con sotana les dijo ¡alto, ladrones! Ni alto ni nada, soltaron los sacos y por la barandilla en forma de caracol en un segundo estaban en la calle. D. Arcadio se quedó con las ganas de descubrir a los raptores de palomas, pero consiguió que el miedo le entrará en el cuerpo a estos peques y jamás intentaran quitar más palomas. Eso sí, a partir de estos acontecimientos, ningún padre hizo gratis el trabajo de recogida de palomina. Moraleja: “Los sermones sin práctica, son paja mojada” Gabriel Catalán López (2012) gabrielcatalan1@hotmail.com