EL MORITO
Érase una vez un perro ratonero al que sus dueños le llamaban
“Morito”. Antes de nacer ya tenían elegido su nombre, le pondrían el
mismo que el de su madre “Morita”. Su madre también ratonera
como “Linda”, la abuela de “Morito”. “Linda”, en cambio, tenía un
pelaje blanco y negro a diferencia de su hija y nieto que eran mucho
más negros.
“Morito” ya desde pequeño era un perro gruñón, ladraba a todo
desconocido ya fuera persona, gato u otro perro. Sus dueños tenían
dos hijos pequeños, quienes trataban a “Morito” como un miembro
más de la familia. Los hijos siempre estaban jugando con él. Y, a
donde ellos iban, el perro los seguía. Pero, el mejor amigo de
“Morito” no eran los hijos, era un caballo que tenían sus dueños. Un
caballo alto y esbelto, de color marrón claro y el que era muy
querido por su nobleza.
Pero, no todos iban a ser amigos, “Morito” tenía unos vecinos un
tanto quisquillosos a los que tenía tanta manía como ellos a él.
Estos vecinos eran dos hermanos, “Beni” el mayor y “Tillo” el
pequeño, que a la vez tenían amistad con el hijo menor de los
dueños de “Morito”, de tal forma que todos los días se iban juntos a
las escuela. Y todos los días se repetía el mismo espectáculo. Los
hermanos eran rápidos desayunando, al contrario que le ocurría a
su vecino, el hijo pequeño donde vivía “Morito”. “Beni” y “Tillo”
vivían dos casas más arriba que “Morito”. Ya desayunados se
colgaban las carteras, que eran más grandes que ellos, y se
llenaban los bolsillos de piedras. “Morito” los esperaba en la puerta
de su casa a ladrido pelado. Los hermanos comenzaban a lanzarle
piedras al perro, muchas de ellas con gran puntería y “Morito” se
desgañitaba, se enloquecía, ladraba y ladraba, pero no se acercaba
a ellos. Después de varios minutos de pelea, como todos los días, la
abuela de “Beni” y “Tillo” los acompañaba a la puerta de la casa del
vecino y la dueña de “Morito” lo encerraba en las cuadras y
acompañaba a los hermanos a la cocina, donde su amigo
tranquilamente se estaba jalando un huevo frito y buen tazón de
leche con tostadas.
Terminado el suculento desayuno, los tres con las carteras en la
espalda caminaban juntos calle “Alta” abajo en dirección de la
escuela donde además del resto de niños y niñas, les esperaba su
maestra doña Eva. En este caminar, todos los días surgía la misma
conversación, ¿Por qué le tenéis miedo a “Morito”, si es muy bueno
y no muerde a nadie? Bueno lo dirás tú, contestaba “Tillo”, todos los
días nos despierta con los ladridos y si no fuera por las piedras, se
nos comía, apuntilló “Beni”. Os ladra tanto y os tiene manía porque
le tiráis piedras, ¡dejar de hacerlo y será vuestro amigo! contestaba
el dueño del perro. Y, con esta charla, se plantaban en la puerta de
la escuela y a olvidarse de “Morito”, que había cosas más
importantes que aprender.
Mientras los niños estaban en la escuela, “Morito” se iba al campo
junto a su dueño y su amigo el caballo. Llegados al “piazo”, su
dueño descargaba todo lo que llevaba en el caballo, botijo, alforjas
con las merenderas, mantas, sogas, hoz, dalla y lógicamente la
montura para que el caballo quedará suelto y disfrutara en el
campo. Mientras que el caballo comía hierba, se revolcaba una y
otra vez y el dueño con la dalla en la mano trabajaba a destajo para
que la mies estuviera hecha “haces” antes de acabarse el día, el
“Morito” no tenía otra faena que la de no dejar a ningún ratón
tranquilo. Allá donde veía un agujero, allí estaba él de muestra
esperando que el ratón asomara sus bigotes. De vez en cuando
cazaba alguno, pero no penséis que tantos, pues a pesar de que
“Morito” era muy estatuto, los ratones de campo tienen gran
agilidad y destreza que les permiten escabullirse del perro. Así
pasaban el día, hasta que oscurecía. Llegado ese momento en que
el sol se había escondido tras las montañas, dueño, caballo y perro
iniciaban el regreso al pueblo, para gozar del merecido descanso de
esta larga jornada de trabajo.
Pasaban los días, pasaban los meses, pasaban los años pero
“Morito” seguía siendo un perro avispado, al que no se le escapaba
ningún acontecimiento, pues sus brillantes ojos no parpadeaban.
Esto fue así hasta que un día en compañía de su dueño pasaron al
lado de una obra y uno de sus operarios tuvo la genial idea de
lanzar una piedra desde el andamio en el que se encontraba
trabajando. Según él, no tenía intención de hacerle daño, pero lo
cierto es que lo hizo, pues tuvo la mala fortuna de caer la piedra en
el ojo izquierdo del perro y dejarlo tuerto desde ese mismo
momento. El dueño montó en tal cólera que Dios sabe la suerte que
tuvo el operario de encontrarse encima del andamio, porque de
haberse encontrado a ras de tierra su integridad física hubiera
corrido peligro.
“Morito” aún vivió 5 años más, pero ya no era el mismo perro
inquieto y avispado al que no se le escapaba ningún detalle. Entre,
que los años no pasaban en balde y sobre todo la pérdida visual,
hicieron que se volviera más casero y menos gruñón. Lo que no le
desapareció fue el apego que tenía a sus dueños y al caballo.
El caballo, el gran amigo de “Morito” también se hacía mayor y ya
no podía trabajar al mismo ritmo que antes. Un día fue su dueño a
sacarlo de la cuadra para ponerle la montura y el caballo estaba
raro. No había forma de ponerlo en pié, lo que preocupó al dueño y
acto seguido se fue a por el veterinario. Una vez que el veterinario
hizo una completa exploración, dijo que no le gustaba nada, que
tenía una indigestión aguda y era imprescindible ponerlo a dieta
absoluta, purgarlo e inyectarle antibióticos. Comenzó el tratamiento
pero a medida que pasaban los días, en vez de mejorar, iba a peor.
Tanto iba a peor, que en un par de semanas el caballo había
fallecido.
La marcha del caballo fue un mazazo para el viejo y tuerto “Morito”.
Dejó de ladrar, no comía casi nada y no había forma de sacarlo de
la cuadra donde vivía el caballo. Habían pasado un par de meses
desde que su viejo amigo se había ido, cuando el hijo pequeño fue a
echarles comida a los conejos y observó que “Morito” estaba
durmiendo en la cuadra, pasó sigilosamente para no despertarlo y
siguió con su tarea de los conejos. Cuando ya les había repartido la
comida y de vuelta a la casa, pasó nuevamente por la cuadra al lado
del perro y le sorprendió el verlo tan dormido, se acercó a él y
entonces observó que no respiraba. ¡Morito!, despierta. Pero, por
muchas veces que le dijo que despertara, “Morito” no le hizo caso.
“Morito” había seguido el mismo camino que su amigo el caballo,
había fallecido.
La muerte de “Morito” afligió mucho a toda la familia e incluso a sus
vecinos “Beni” y “Tillo”. Les consoló el pensar que “Morito” había
tenido una larga y gratificante vida al lado de sus seres queridos.
Moraleja: “El roce hace el cariño”
Gabriel Catalán López (2011)
gabrielcatalan1@hotmail.com

El morito

  • 1.
    EL MORITO Érase unavez un perro ratonero al que sus dueños le llamaban “Morito”. Antes de nacer ya tenían elegido su nombre, le pondrían el mismo que el de su madre “Morita”. Su madre también ratonera como “Linda”, la abuela de “Morito”. “Linda”, en cambio, tenía un pelaje blanco y negro a diferencia de su hija y nieto que eran mucho más negros. “Morito” ya desde pequeño era un perro gruñón, ladraba a todo desconocido ya fuera persona, gato u otro perro. Sus dueños tenían dos hijos pequeños, quienes trataban a “Morito” como un miembro más de la familia. Los hijos siempre estaban jugando con él. Y, a donde ellos iban, el perro los seguía. Pero, el mejor amigo de “Morito” no eran los hijos, era un caballo que tenían sus dueños. Un caballo alto y esbelto, de color marrón claro y el que era muy querido por su nobleza. Pero, no todos iban a ser amigos, “Morito” tenía unos vecinos un tanto quisquillosos a los que tenía tanta manía como ellos a él. Estos vecinos eran dos hermanos, “Beni” el mayor y “Tillo” el pequeño, que a la vez tenían amistad con el hijo menor de los dueños de “Morito”, de tal forma que todos los días se iban juntos a las escuela. Y todos los días se repetía el mismo espectáculo. Los hermanos eran rápidos desayunando, al contrario que le ocurría a su vecino, el hijo pequeño donde vivía “Morito”. “Beni” y “Tillo” vivían dos casas más arriba que “Morito”. Ya desayunados se colgaban las carteras, que eran más grandes que ellos, y se llenaban los bolsillos de piedras. “Morito” los esperaba en la puerta de su casa a ladrido pelado. Los hermanos comenzaban a lanzarle piedras al perro, muchas de ellas con gran puntería y “Morito” se desgañitaba, se enloquecía, ladraba y ladraba, pero no se acercaba a ellos. Después de varios minutos de pelea, como todos los días, la abuela de “Beni” y “Tillo” los acompañaba a la puerta de la casa del vecino y la dueña de “Morito” lo encerraba en las cuadras y acompañaba a los hermanos a la cocina, donde su amigo tranquilamente se estaba jalando un huevo frito y buen tazón de leche con tostadas.
  • 2.
    Terminado el suculentodesayuno, los tres con las carteras en la espalda caminaban juntos calle “Alta” abajo en dirección de la escuela donde además del resto de niños y niñas, les esperaba su maestra doña Eva. En este caminar, todos los días surgía la misma conversación, ¿Por qué le tenéis miedo a “Morito”, si es muy bueno y no muerde a nadie? Bueno lo dirás tú, contestaba “Tillo”, todos los días nos despierta con los ladridos y si no fuera por las piedras, se nos comía, apuntilló “Beni”. Os ladra tanto y os tiene manía porque le tiráis piedras, ¡dejar de hacerlo y será vuestro amigo! contestaba el dueño del perro. Y, con esta charla, se plantaban en la puerta de la escuela y a olvidarse de “Morito”, que había cosas más importantes que aprender. Mientras los niños estaban en la escuela, “Morito” se iba al campo junto a su dueño y su amigo el caballo. Llegados al “piazo”, su dueño descargaba todo lo que llevaba en el caballo, botijo, alforjas con las merenderas, mantas, sogas, hoz, dalla y lógicamente la montura para que el caballo quedará suelto y disfrutara en el campo. Mientras que el caballo comía hierba, se revolcaba una y otra vez y el dueño con la dalla en la mano trabajaba a destajo para que la mies estuviera hecha “haces” antes de acabarse el día, el “Morito” no tenía otra faena que la de no dejar a ningún ratón tranquilo. Allá donde veía un agujero, allí estaba él de muestra esperando que el ratón asomara sus bigotes. De vez en cuando cazaba alguno, pero no penséis que tantos, pues a pesar de que “Morito” era muy estatuto, los ratones de campo tienen gran agilidad y destreza que les permiten escabullirse del perro. Así pasaban el día, hasta que oscurecía. Llegado ese momento en que el sol se había escondido tras las montañas, dueño, caballo y perro iniciaban el regreso al pueblo, para gozar del merecido descanso de esta larga jornada de trabajo. Pasaban los días, pasaban los meses, pasaban los años pero “Morito” seguía siendo un perro avispado, al que no se le escapaba ningún acontecimiento, pues sus brillantes ojos no parpadeaban. Esto fue así hasta que un día en compañía de su dueño pasaron al lado de una obra y uno de sus operarios tuvo la genial idea de lanzar una piedra desde el andamio en el que se encontraba trabajando. Según él, no tenía intención de hacerle daño, pero lo cierto es que lo hizo, pues tuvo la mala fortuna de caer la piedra en el ojo izquierdo del perro y dejarlo tuerto desde ese mismo
  • 3.
    momento. El dueñomontó en tal cólera que Dios sabe la suerte que tuvo el operario de encontrarse encima del andamio, porque de haberse encontrado a ras de tierra su integridad física hubiera corrido peligro. “Morito” aún vivió 5 años más, pero ya no era el mismo perro inquieto y avispado al que no se le escapaba ningún detalle. Entre, que los años no pasaban en balde y sobre todo la pérdida visual, hicieron que se volviera más casero y menos gruñón. Lo que no le desapareció fue el apego que tenía a sus dueños y al caballo. El caballo, el gran amigo de “Morito” también se hacía mayor y ya no podía trabajar al mismo ritmo que antes. Un día fue su dueño a sacarlo de la cuadra para ponerle la montura y el caballo estaba raro. No había forma de ponerlo en pié, lo que preocupó al dueño y acto seguido se fue a por el veterinario. Una vez que el veterinario hizo una completa exploración, dijo que no le gustaba nada, que tenía una indigestión aguda y era imprescindible ponerlo a dieta absoluta, purgarlo e inyectarle antibióticos. Comenzó el tratamiento pero a medida que pasaban los días, en vez de mejorar, iba a peor. Tanto iba a peor, que en un par de semanas el caballo había fallecido. La marcha del caballo fue un mazazo para el viejo y tuerto “Morito”. Dejó de ladrar, no comía casi nada y no había forma de sacarlo de la cuadra donde vivía el caballo. Habían pasado un par de meses desde que su viejo amigo se había ido, cuando el hijo pequeño fue a echarles comida a los conejos y observó que “Morito” estaba durmiendo en la cuadra, pasó sigilosamente para no despertarlo y siguió con su tarea de los conejos. Cuando ya les había repartido la comida y de vuelta a la casa, pasó nuevamente por la cuadra al lado del perro y le sorprendió el verlo tan dormido, se acercó a él y entonces observó que no respiraba. ¡Morito!, despierta. Pero, por muchas veces que le dijo que despertara, “Morito” no le hizo caso. “Morito” había seguido el mismo camino que su amigo el caballo, había fallecido. La muerte de “Morito” afligió mucho a toda la familia e incluso a sus vecinos “Beni” y “Tillo”. Les consoló el pensar que “Morito” había tenido una larga y gratificante vida al lado de sus seres queridos.
  • 4.
    Moraleja: “El rocehace el cariño” Gabriel Catalán López (2011) gabrielcatalan1@hotmail.com