Institución Educativa el Bosque
Área de Tecnología e Informática
Guía Grado Octavo 2013, J.T.
El incómodo polvito
Es el más fresco de una larga serie de incidentes y
con seguridad no será el último. Días atrás, Juan
Fernando Ospina, el director de un combativo y
audaz periódico de Medellín titulado
Universocentro, se quejó en Twitter de que la
revista SoHo había plagiado en su cubierta de
marzo de 2012 una fotografía que él había tomado
y publicado en la Navidad del año anterior. Cuando
uno examina las dos imágenes sin prejuicios,
advierte enseguida que las similitudes entre ambas
son digamos inquietantes. No parece fácil explicar
por qué la cubierta de la revista bogotana
desarrolla al milímetro la misma idea que Ospina
había desarrollado tres meses atrás: parodiar, con
muchísima gracia, la más bien tonta foto de unas
ladies del notablato valluno aparecida en la revista
Hola de diciembre de 2011. Y aunque las dos
imágenes tienen sin duda numerosas diferencias de
1. Andrea Savini, Revista Hola Noviembre
2011
2. Juan Fernando Ospina,
PeriodicoUniversocentro Diciembre 2011
3. Pablo Gracia, Revista Soho Marzo 2012
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estilo, también es cierto que esas diferencias
palidecen cuando uno trata de dilucidar a quién
corresponde el verdadero mérito de ser creativo,
no un simple epígono.
A nosotros esta polémica nos interesa de manera
oblicua. Si la mencionamos aquí es porque en el
pasado nuestros colegas de SoHoencabezaron un
ataque en prensa, radio y televisión contra un
entonces famoso columnista. Ya veremos si ahora
que la acusación recae sobre ellos demuestran el
mismo celo inquisitorial o más bien optan por
quedarse callados y barrer ese incómodo polvito
debajo de las alfombras.
Lo que sí nos interesa (y de manera nada tangente)
es el inusitado protagonismo que el tema del plagio
ha cobrado no solo en la cultura colombiana sino
en términos amplios en la cultura del mundo de
raíz hispana. Recuerde el lector un poco y verá que
un buen número de los más sonados escándalos de
los últimos años han tenido que ver con este
asunto. En España, por ejemplo, el guionista
Antonio González-Vigil intentó llevar a juicio al
novelista Arturo Pérez Reverte aduciendo que este
le había plagiado la idea de la película Gitano; en
Perú, el Incopi, un organismo dedicado al control
de la propiedad intelectual, multó con 50.000
dólares al también novelista Alfredo Bryce
Echenique por haber saqueado a más de 16
autores en sus artículos de prensa y ahora mismo,
en este abril cruel y lluvioso, México arde en llamas
a causa de los sonados “abusos intertextuales” de
Sealtiel Alatriste, ex coordinador de Difusión
Cultural de la UNAM.
En Colombia, donde estas cosas también pasan con
mucha más frecuencia de la que se admite, no solo
está la célebre causa de la profesora Luz Mery
Giraldo (a ella nos referimos en este Iceberg hace
un par de años); también están los nada velados
señalamientos de la página
www.fotocopiascolombianas.com en contra de por
lo menos seis fotógrafos nacionales, o la querella
que de un tiempo a esta parte el arquitecto
Guillermo Fischer sostiene contra el multipremiado
Giancarlo Mazzanti, o las denuncias que el filósofo
Pablo R. Arango ha entablado contra algunos
marrulleros profesores de la Universidad de Caldas.
La definición de plagio es sumamente
problemática. Como bien dice Evodio Escalante,
aunque el plagio existe y es reprobable, debemos
“admitir que está sujeto a gradaciones, y que las
gradaciones son casi infinitas”. O, dicho de otra
manera: una cosa es que alguien se apropie de
manera burda y mecánica de un texto o una
imagen, y otra que utilice –para usar de nuevo las
palabras de Escalante– ese texto o esa imagen de
manera sublimada. Lo primero es un delito; en lo
segundo cabe toda la historia de la cultura.
Sin embargo, a despecho de estas precisiones,
también deberíamos admitir que no pocos autores
utilizan esa frontera borrosa para definir su trabajo
como “influencia”, “intertextualidad” u
“homenaje” cuando el examen del material
probatorio demuestra algo muy distinto. Incluso
con la mejor de las voluntades, resulta imposible
negar que ciertas fotos de Carlos Gaviria no son
más que descaradas imitaciones del trabajo de
Mario Testino o de Terry Richardson; que el diseño
de la biblioteca España de Giancarlo Mazzanti es
muuuuuuuuuuuy parecido al Centro Multimedia de
la Universidad de Hong Kong debido a David
Chipperfield o que el supuesto homenaje que el
barranquillero Joseph Avski le hace a Alberto
Salcedo Ramos en su novela El corazón del
escorpión es en realidad una débil excusa para
justificar que incluye no digamos párrafos sino
páginas enteras de El oro y la oscuridad.
El plagio podrá ser un delito bastante menor pero
tiene unas consecuencias devastadoras sobre la
cultura. Trasmite veladamente la idea de que
copiar, imitar, reproducir, gemelear –escoja usted
el verbo de su predilección– vienen a ser algo así
como el fin último de la actividad científica o
artística. Por eso, porque usurpa un lugar que no le
corresponde, el plagio se considera una forma de
fraude y por eso mismo, en algunos casos no
siempre muy bien documentados, hasta se llega a
penalizarlo con multas o con cárcel. Hoy en día es
tan fácil entrar a internet, leer un artículo y
copiarlo –o ver unas imágenes y copiarlas– que a la
gente le resulta difícil comprender la idea de
plagio. Pareciera, como señala Roger Cohen, que
existe “una erosión en la conciencia misma de que
hay una diferencia entre lo original y lo plagiado”.
En tal atmósfera, “el acto de creación no puede ser
más que cortar y pegar las ideas de otros”.
Sin duda que esta discusión es interesante y tal vez
lleve a redefinir las leyes de propiedad intelectual
en el futuro. Pero ahora mismo está produciendo
un hecho insólito: la celebración, si no del plagio
mismo, por lo menos de la mímesis o de la
capacidad de copiar algo que se considere
meritorio. Esa es (nos parece a nosotros) la idea
que rezuma del exitoso programa Yo me llamo del
Canal Caracol. Ahora resulta que el gran mérito de
un artista no es ser original sino parecerse a
alguien. Ahora resulta que lo mejor de Colombia es
que somos una nación de magníficos imitadores.
Al respecto, habría que decir cuando menos dos
cosas. Primera: el hecho de que en internet el
concepto de propiedad sea borroso no debería
autorizar ni disculpar las evidentes fusiladas que
fotógrafos como Gaviria, arquitectos como
Mazzanti o narradores como Avski están haciendo
de lo que publican medios colombianos,
norteamericanos o europeos. Enseguida, y esa
sería nuestra segunda observación, no deberíamos
olvidar que en nuestro país existe lo que
pudiéramos llamar “tradición de Melquíades”, esto
es, el poderoso ejemplo de escritores, arquitectos y
científicos sumamente creativos. Gabriel García
Márquez nos demostró que un autor sin complejos
de inferioridad puede escribir una serie de novelas
portentosas; Rogelio Salmona, que es posible hacer
arquitectura local de vanguardia y Salomón Hakim
que un médico salido de la provincia puede
inventar un instrumento útil para todas las clínicas
del mundo.
Si el plagio debe ser denunciado como un fraude; si
debemos persuadir a los lectores de que lo
reprueben, y si sus practicantes deben ser
sancionados, no es por motivos morales y ni
siquiera por motivos de índole económica. Es
porque el plagio constituye la prueba reina, la
aceptación plena de que una cultura se siente
estéril. Lo que deberíamos celebrar es el talento, la
inventiva, los gritos de ¡eureka!, no la capacidad de
mímesis. De lo contrario, acabaremos siendo gente
cuyo único mérito es tener una conexión de banda
ancha y una amplia y bien surtida colección de
revistas.
Tomado de la revista El MalpensanteEdicion 129 en
http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2422
# el 17 de Mayo de 2013
Actividad
1. ¿Qué efectos tiene el plagio sobre la cultura
colombiana?
2. En su opinión, porque razón no se debe
plagiar contenido [imágenes, textos,
música, ideas y demás]
3. ¿Qué ideas o soluciones darías para
enseñarle a la comunidad educativa lo
inadecuado que es el plagio?
4. Elabore una campaña publicitaria en la que
como mínimo exista un afiche publicitario
que muestre la importancia de no hacer
plagios y lo estimulante de la creación de
contenido original.
Las preguntas 1, 2 y 3 se deben entregar en un
archivo de Word impreso de una longitud no
superior a una hoja tamaño carta en fuente Arial
12. El punto N° 4 se puede desarrollar
considerando las indicaciones que se encuentran
en el siguiente link:
http://www.crecenegocios.com/pasos-para-lanzar-una-
campana-publicitaria/

Incomodo polvito

  • 1.
    Institución Educativa elBosque Área de Tecnología e Informática Guía Grado Octavo 2013, J.T. El incómodo polvito Es el más fresco de una larga serie de incidentes y con seguridad no será el último. Días atrás, Juan Fernando Ospina, el director de un combativo y audaz periódico de Medellín titulado Universocentro, se quejó en Twitter de que la revista SoHo había plagiado en su cubierta de marzo de 2012 una fotografía que él había tomado y publicado en la Navidad del año anterior. Cuando uno examina las dos imágenes sin prejuicios, advierte enseguida que las similitudes entre ambas son digamos inquietantes. No parece fácil explicar por qué la cubierta de la revista bogotana desarrolla al milímetro la misma idea que Ospina había desarrollado tres meses atrás: parodiar, con muchísima gracia, la más bien tonta foto de unas ladies del notablato valluno aparecida en la revista Hola de diciembre de 2011. Y aunque las dos imágenes tienen sin duda numerosas diferencias de 1. Andrea Savini, Revista Hola Noviembre 2011 2. Juan Fernando Ospina, PeriodicoUniversocentro Diciembre 2011 3. Pablo Gracia, Revista Soho Marzo 2012 1 2 3
  • 2.
    estilo, también escierto que esas diferencias palidecen cuando uno trata de dilucidar a quién corresponde el verdadero mérito de ser creativo, no un simple epígono. A nosotros esta polémica nos interesa de manera oblicua. Si la mencionamos aquí es porque en el pasado nuestros colegas de SoHoencabezaron un ataque en prensa, radio y televisión contra un entonces famoso columnista. Ya veremos si ahora que la acusación recae sobre ellos demuestran el mismo celo inquisitorial o más bien optan por quedarse callados y barrer ese incómodo polvito debajo de las alfombras. Lo que sí nos interesa (y de manera nada tangente) es el inusitado protagonismo que el tema del plagio ha cobrado no solo en la cultura colombiana sino en términos amplios en la cultura del mundo de raíz hispana. Recuerde el lector un poco y verá que un buen número de los más sonados escándalos de los últimos años han tenido que ver con este asunto. En España, por ejemplo, el guionista Antonio González-Vigil intentó llevar a juicio al novelista Arturo Pérez Reverte aduciendo que este le había plagiado la idea de la película Gitano; en Perú, el Incopi, un organismo dedicado al control de la propiedad intelectual, multó con 50.000 dólares al también novelista Alfredo Bryce Echenique por haber saqueado a más de 16 autores en sus artículos de prensa y ahora mismo, en este abril cruel y lluvioso, México arde en llamas a causa de los sonados “abusos intertextuales” de Sealtiel Alatriste, ex coordinador de Difusión Cultural de la UNAM. En Colombia, donde estas cosas también pasan con mucha más frecuencia de la que se admite, no solo está la célebre causa de la profesora Luz Mery Giraldo (a ella nos referimos en este Iceberg hace un par de años); también están los nada velados señalamientos de la página www.fotocopiascolombianas.com en contra de por lo menos seis fotógrafos nacionales, o la querella que de un tiempo a esta parte el arquitecto Guillermo Fischer sostiene contra el multipremiado Giancarlo Mazzanti, o las denuncias que el filósofo Pablo R. Arango ha entablado contra algunos marrulleros profesores de la Universidad de Caldas. La definición de plagio es sumamente problemática. Como bien dice Evodio Escalante, aunque el plagio existe y es reprobable, debemos “admitir que está sujeto a gradaciones, y que las gradaciones son casi infinitas”. O, dicho de otra manera: una cosa es que alguien se apropie de manera burda y mecánica de un texto o una imagen, y otra que utilice –para usar de nuevo las palabras de Escalante– ese texto o esa imagen de manera sublimada. Lo primero es un delito; en lo segundo cabe toda la historia de la cultura. Sin embargo, a despecho de estas precisiones, también deberíamos admitir que no pocos autores utilizan esa frontera borrosa para definir su trabajo como “influencia”, “intertextualidad” u “homenaje” cuando el examen del material probatorio demuestra algo muy distinto. Incluso con la mejor de las voluntades, resulta imposible negar que ciertas fotos de Carlos Gaviria no son más que descaradas imitaciones del trabajo de Mario Testino o de Terry Richardson; que el diseño de la biblioteca España de Giancarlo Mazzanti es muuuuuuuuuuuy parecido al Centro Multimedia de la Universidad de Hong Kong debido a David Chipperfield o que el supuesto homenaje que el barranquillero Joseph Avski le hace a Alberto Salcedo Ramos en su novela El corazón del escorpión es en realidad una débil excusa para justificar que incluye no digamos párrafos sino páginas enteras de El oro y la oscuridad. El plagio podrá ser un delito bastante menor pero tiene unas consecuencias devastadoras sobre la cultura. Trasmite veladamente la idea de que copiar, imitar, reproducir, gemelear –escoja usted el verbo de su predilección– vienen a ser algo así como el fin último de la actividad científica o
  • 3.
    artística. Por eso,porque usurpa un lugar que no le corresponde, el plagio se considera una forma de fraude y por eso mismo, en algunos casos no siempre muy bien documentados, hasta se llega a penalizarlo con multas o con cárcel. Hoy en día es tan fácil entrar a internet, leer un artículo y copiarlo –o ver unas imágenes y copiarlas– que a la gente le resulta difícil comprender la idea de plagio. Pareciera, como señala Roger Cohen, que existe “una erosión en la conciencia misma de que hay una diferencia entre lo original y lo plagiado”. En tal atmósfera, “el acto de creación no puede ser más que cortar y pegar las ideas de otros”. Sin duda que esta discusión es interesante y tal vez lleve a redefinir las leyes de propiedad intelectual en el futuro. Pero ahora mismo está produciendo un hecho insólito: la celebración, si no del plagio mismo, por lo menos de la mímesis o de la capacidad de copiar algo que se considere meritorio. Esa es (nos parece a nosotros) la idea que rezuma del exitoso programa Yo me llamo del Canal Caracol. Ahora resulta que el gran mérito de un artista no es ser original sino parecerse a alguien. Ahora resulta que lo mejor de Colombia es que somos una nación de magníficos imitadores. Al respecto, habría que decir cuando menos dos cosas. Primera: el hecho de que en internet el concepto de propiedad sea borroso no debería autorizar ni disculpar las evidentes fusiladas que fotógrafos como Gaviria, arquitectos como Mazzanti o narradores como Avski están haciendo de lo que publican medios colombianos, norteamericanos o europeos. Enseguida, y esa sería nuestra segunda observación, no deberíamos olvidar que en nuestro país existe lo que pudiéramos llamar “tradición de Melquíades”, esto es, el poderoso ejemplo de escritores, arquitectos y científicos sumamente creativos. Gabriel García Márquez nos demostró que un autor sin complejos de inferioridad puede escribir una serie de novelas portentosas; Rogelio Salmona, que es posible hacer arquitectura local de vanguardia y Salomón Hakim que un médico salido de la provincia puede inventar un instrumento útil para todas las clínicas del mundo. Si el plagio debe ser denunciado como un fraude; si debemos persuadir a los lectores de que lo reprueben, y si sus practicantes deben ser sancionados, no es por motivos morales y ni siquiera por motivos de índole económica. Es porque el plagio constituye la prueba reina, la aceptación plena de que una cultura se siente estéril. Lo que deberíamos celebrar es el talento, la inventiva, los gritos de ¡eureka!, no la capacidad de mímesis. De lo contrario, acabaremos siendo gente cuyo único mérito es tener una conexión de banda ancha y una amplia y bien surtida colección de revistas. Tomado de la revista El MalpensanteEdicion 129 en http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2422 # el 17 de Mayo de 2013 Actividad 1. ¿Qué efectos tiene el plagio sobre la cultura colombiana? 2. En su opinión, porque razón no se debe plagiar contenido [imágenes, textos, música, ideas y demás] 3. ¿Qué ideas o soluciones darías para enseñarle a la comunidad educativa lo inadecuado que es el plagio? 4. Elabore una campaña publicitaria en la que como mínimo exista un afiche publicitario que muestre la importancia de no hacer plagios y lo estimulante de la creación de contenido original. Las preguntas 1, 2 y 3 se deben entregar en un archivo de Word impreso de una longitud no superior a una hoja tamaño carta en fuente Arial 12. El punto N° 4 se puede desarrollar considerando las indicaciones que se encuentran en el siguiente link: http://www.crecenegocios.com/pasos-para-lanzar-una- campana-publicitaria/