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Material para Lengua y Literatura
5to Año Automotores
Contenidos:
Lengua y literatura
2do Trimestre 3er Trimestre1er Trimestre
Literatura
precolombina
Modernismo:
Rubén Darío.
Literatura del
descubrimiento y
la conquista.
Narrativa
indigenista.
Vanguardia
Narrativa
Naturalismo:
Horacio Quiroga.
Regionalismo:
Juan Rulfo
J. L. Borges
Julio Cortázar
G. G. Márquez
A. R. Bastos
Ernesto Sábato
M. E. de Miguel
Silvia Iparraguirre
Vanguardia Lírica
Mario Benedetti
Pablo Neruda
Oliverio Girondo
Enlaces
Novelas:
El Conquistador, F.
Andahazi
El Túnel, E. Sábato
Crónica de una muerte
anunciada, G. G.
Márquez
Películas:
La Misión
Apocalypto
Crónica de una muerte
anunciada
Otros textos
Reseñas -
Ensayos
Presentaciones
Canciones
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Actividad de diagnóstico
Lea con atención los siguientes textos del escritor uruguayo Eduardo Galeano y
realiza las actividades indicadas:
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Tema: La Reseña
Una reseña es una evaluación o crítica constructiva, que puede ser positiva o
negativa que depende de lo que el crítico analice, de objetos tales como
una película, un videojuego, una composición musical, un libro; un equipo,
como un automóvil, electrodoméstico o computadora; o un evento, como
un concierto, una exposición o una obra de teatro. El autor puede asignar al
objeto criticado una calificación para indicar su mérito relativo con el objeto de
aproximar a los lectores hacia lo descrito. En su contenido debe reflejar la
interpretación y evaluación crítica de quien la realiza, pero evitar sesgos de
carácter personal.
En la literatura científica, una reseña consiste en un análisis de una o varias
obras científicas y su relevancia en la investigación de un tema en determinado
momento. Normalmente se trata de una revisión por pares, proceso por el cual
los científicos evalúan el trabajo de sus colegas que han sido presentados para
ser publicados en alguna editorial académica.
Características de la reseña
Se organiza siguiendo una estructura argumentativa.
Comienza con la definición del objeto a tratar u opinión personal o
interpersonal de un escrito argumentativo, continúa con la toma de posición
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(que se justifica ya sea contrastando con diversos argumentos o a través de
opiniones personales), y cierra reafirmando la posición adoptada.
Es un escrito breve que intenta dar una visión panorámica y, a la vez, crítica,
sobre algo.
Refleja la interpretación y evaluación crítica de quien la realiza.
Describe un tema, texto, suceso o evento y ofrece una opinión sobre su
valor.
Extrae lo esencial del contenido
Suele seguir el siguiente esquema: introducción, resumen expositivo,
comentario crítico y conclusión.
Necesita un lugar u objeto de cual hablar o criticar positiva o
negativamente.
Es importante aclarar que la crítica es el parecer del autor.
Ejemplo de Reseña con la novela El Conquistador
Federico Andahazi. Autor de "El Conquistador"
Tapa del libro
Temas: LITERATURA ARGENTINA
Autor: ANDAHAZI, FEDERICO
Editorial: PLANETA ARG.
ISBN:950-49-1599-X
285 páginas
Peso estimado: 300 gramos
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¿Cómo sería el mundo si la historia no hubiera sido como creemos que fue?
Guiado por las profecías del calendario azteca, Quetza, un joven brillante criado
por un sabio en el antiguo México, se lanza a la aventura. Adelantándose a los
grandes viajeros, es el primer hombre que logra unir ambos continentes,
descubriendo un nuevo mundo: Europa.
Quetza nos cuenta la barbarie que se ve en esas tierras: la adoración a un
hombre brutalmente clavado en una cruz, personas quemadas en hogueras ante
multitudes que festejan como salvajes y ambiciones desmedidas de riquezas y
poder.
Quetza, al ver la avidez de esos gobernantes, no puede sustraerse a un vaticinio:
ellos cruzarán pronto el océano, impulsados por el afán de extender sus
dominios. Concibe entonces un plan para evitar la conquista y el exterminio de
su pueblo.
LA CONQUISTA DE EUROPA EN 1492
Reseña de Tito Matamala
La nueva novela del argentino Federico Andahazi explora la fábula, o la tesis,
de que un grupo de aborígenes latinoamericanos haya llegado al viejo
continente antes del viaje de Colón. Se configura así un modo distinto de
entender la historia, que mucho se asemeja a un acto de venganza y
reivindicación cultural.
Lo primero que llama la atención del conquistador Quetza al arribar a las costas
españolas es el olor. Más bien dos olores penetrantes. La gente apesta, pese a
que el sol es agobiador se visten de pies a cabeza, con gruesos sayos que
arrastran levantando el polvo de la calle. Parece que no se bañan, y como sus
cuerpos permanecen ahí encerrados sin ventilación, hieden como estiércol de
cerdo.
Es insoportable para estos adelantados aztecas, acostumbrados al cotidiano
aseo personal. Y lo otro es peor, terrible: un aroma de asado que a la distancia
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les abrió el apetito luego de la extensa jornada de navegación hacia el levante.
Desde el mar veían las fumarolas de las carnes a las brasas, pero al acercarse
comprueban que son hombres los que se achicharran en el fuego de la santísima
inquisición. Ese espectáculo, aun cuando a Quetza le recuerda los sacrificios
humanos en su tierra, le parece horripilante. ¿Qué tipo de perverso dios de
estos europeos les exige la ofrenda de la carne de sus semejantes? ¿Cómo ha
llegado un aborigen americano a presenciar ese auto de fe en la península
católica? Es la tesis de la nueva novela de Federico Andahazi, "El conquistador",
en la que pretende torcer el devenir natural de la historia y plantearse qué
habría ocurrido si se hubiese cumplido la otra alternativa: que los aborígenes
americanos llegaran a conquistar Europa antes del zarpe de las carabelas de
Cristóbal Colón.
De inmediato, podemos entender la obra como una suerte de venganza, para
que al menos en la ficción se ajusten las cuentas del pillaje y el exterminio que
padeció este continente desde 1492, lo que todavía es no sólo un llanto perpetuo
sino también una bandera de lucha política y social. Y uno de los tópicos más
arraigados en la literatura de la región.
El héroe, Quetza, es un joven aborigen mexica, habitante de lo que más tarde se
llamará América Central. Reúne lo mejor de la cultura de su pueblo: ya sabe,
por ejemplo, que la Tierra es redonda y que se puede viajar al oriente y regresar
por occidente. Sabe también, o lo intuye, que su gente debe salir a buscar el
futuro, antes de que venga el futuro a acabar con ellos. Por eso, y por su buena
fortuna, consigue el beneplácito del emperador y zarpa en una embarcación a
quebrarle la mano a la historia.
El único deber que tenemos con la historia, decía Oscar Wilde, es reescribirla. Y
en eso se compromete Andahazi. La embarcación de Quetza y sus elegidos debe
sortear un mar iracundo, y en una de esas noches de tormenta ven pasar un
drakar vikingo, raudo y con más aplomo hacia las playas de América del Norte.
Pero es al avistar la costa española cuando en verdad comienza un retrato
asimétrico de la conquista. Los valientes mexicas, exhaustos por el periplo,
alcanzan un pequeño villorrio de nombre Huelva, y descubren con temor que
su empresa será más difícil de lo que habían imaginado. Aquí los hombres usan
unos carros de arrastre con ruedas, con los que resulta mucho más fácil el
transporte de pertrechos. ¡Cómo no se les ocurrió a ellos, si ya conocían los
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objetos redondos! También poseen armas de hierro que disparan proyectiles a
larga distancia. No obstante, es el caballo, aquel animal poderoso pero dócil a
las órdenes de "los nativos", lo que más espanta a los adelantados de
Tenochtitlan.
Andahazi explora la ucronía, el "qué hubiera ocurrido si". O también la
posibilidad de que exista un universo en que efectivamente las tribus de México
y el Caribe llegaron a Europa antes del viaje de Colón, tesis compleja y poco
creíble pero que, amparada en intrincados conceptos de la física teórica, nunca
podemos descartar del todo. A veces la novela se torna humorística, por las
numerosas observaciones del jefe mexica que develan el don de la oportunidad
de su aventura: ha llegado a la península ibérica en 1492, cuando los monarcas
católicos han expulsado por decreto a los judíos, y por las armas a los moros.
Son días convulsionados, en que las hogueras de la inquisición se alimentan sin
pausa de carne hereje. Y un silencioso miembro de la corte de la reina Isabel, un
almirante que se entrevista con Quetza, está a punto de convencer a su monarca
para que le financie una empresa marítima hacia occidente: Cristóbal Colón. En
el encuentro cara a cara, ambos marinos entienden que el otro también sabe el
secreto: que la Tierra es redonda, y que no hay abismos infernales en las orillas
de los mapas. Es uno de los episodios mejor logrados de la novela.
"El conquistador" también es fábula con una clara moraleja acerca de la codicia
y la hipocresía de los hombres blancos. Quetza no se engaña con la férrea
religiosidad que ve en los monarcas peninsulares, ni en la adoración del pueblo
por ese dios que reproducen crucificado en una cruz. Todo ello no es más que
una excusa institucionalizada para expandir las tierras del imperio en pos de las
riquezas que se derivan del oro.
Esos seres tan arropados, hediondos y penitentes, tarde o temprano descubrirán
la ruta hacia donde se pone el sol, y entonces no habrá dioses capaces de
amparar a los hermanos de Quetza.
Entretenida, de prosa sencilla, la novela de Federico Andahazi establece otro
punto de partida para imaginar y pensar la historia de América Latina. La
siguiente ilusión sería que nunca llegaron anglosajones a instalarse al norte del
Río Grande.
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LA ARGENTINIDAD….. AL PALO
Entrevista a Federico Andahazi, reciente ganador del premio planeta por "el
conquistador"
"Siempre me gustaron los personajes inciertos"
Se presentó al concurso con un seudónimo ("como en mis tiempos de autor
inédito") y ganó. Andahazi habla del reconocimiento de sus colegas y establece
una conexión entre el protagonista de la novela ganadora, Quetza, y una difícil
situación personal que debió sobrellevar: "Por momentos sentía que estaba
intentando escribir la historia de mi hijo", señala.
A pesar de que se siente reivindicado (ver aparte), después de haber ganado el
Premio Planeta de Novela con El conquistador –"por su originalidad
argumental, el oficio narrativo y el conocimiento de las culturas americana y
europea del siglo XIV", según el fallo unánime del jurado–, no fue un año fácil
para Federico Andahazi. En mayo, mientras terminaba de escribir esta novela,
nació su hijo Blas, con apenas 25 semanas de gestación. "Luchó mucho para
sobrevivir, pero lo que más me impresionó fue que Blas tuvo la misma
enfermedad que el personaje, y por momentos sentía que estaba intentando
escribir la historia de mi hijo", dice Andahazi.
El personaje es Quetza, un chico que en el antiguo México, en el imperio azteca,
está a punto de ser condenado a morir como ofrenda al dios de la guerra. Pero
Tepec, un anciano tolteca –perteneciente al Consejo de Sabios– que repudia la
cultura de los sacrificios, lo salva con la condición de hacerse cargo de la crianza
del niño, al que todos consideran un desahuciado.
Quetza se convirtió en un héroe, en un adelantado que estableció con exactitud
el ciclo de rotación de la Tierra en torno del Sol y trazó las más precisas cartas
celestes antes que Copérnico. También, antes que Leonardo Da Vinci, imaginó
artefactos que resultaban absurdos e irrealizables para la época y, anticipándose
a Colón, supo que la Tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, podía
llegarse a Occidente y viceversa. Comprobó que el Nuevo Mundo era una tierra
arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y las luchas por la
supremacía entre las diferentes culturas que lo habitaban. Retornó a su patria
después de haber dado la vuelta completa a la Tierra, mucho antes de que
Magallanes pudiese imaginar semejante hazaña. Pero fue silenciado, tomado
por loco y condenado al destierro.
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"La pintura, mi vocación frustrada, siempre es para mí fuente de inspiración
literaria", confiesa Andahazi. "En México vi un mural de Rivera con una barca,
navegando por el aire, hacia el este, con el sol invertido. Y en esa visión
encontré un relato: un azteca navegando en sentido contrario y viendo el
mundo al revés." A partir del impacto que le generó el mural, el escritor
empezó a investigar la historia de los aztecas para saber cuánto había de cierto
en lo que trasmitía Rivera. "Y me encontré con la mitología, que nunca se sabe
cuánto tiene o no de historia, pero que establece que en México habría existido
una suerte de adelantado."
–Pregunta: ¿Cuál es el atractivo que tiene para usted un personaje como Quetza?
–Respuesta: Me gustan esos personajes inciertos, que no se sabe muy bien si existieron
o no. Lo mismo me pasó con Mateo Colón en El anatomista; realmente me parecía
increíble que el clítoris tuviera un descubridor, y que además se llamara Colón. En el
caso de Las piadosas, el doctor Polidori, que fue el secretario de Byron, vivió a la sombra
del poeta. Siempre me gustó resucitar este tipo de personajes, darles vida y convertirlos
en personajes literarios.
–¿Qué aspectos tomó del mito? ¿Quetza fue un chico que se salvó de ser sacrificado y
que fue criado como cuenta en El conquistador?
–Nunca me gusta confesar del todo cuánto hay de cierto y cuánto hay de ficción. Como
lector, prefiero dejarme engañar gratamente por un autor, porque nunca se sabe bien
dónde empieza la historia y dónde la ficción. Mientras escribía la novela, todo el tiempo
intenté mirar el mundo con otros ojos. Lo más difícil fue ser fiel a ese sol invertido del
mural de Rivera e intentar pensar de otra forma. Aprender a mirar más allá de la
superficie, pero también aprender algo de la superficie. Esto nos enseñó Poe en La carta
robada; él nos dice que para poder ver en la profundidad, para poder encontrar esa carta
robada, hay que saber mirar en la superficie, esa carta que no se ve justamente por estar
a la vista de todos. Tuve que hacer un descentramiento casi copernicano para ver el
mundo de otra forma. Ver lo que uno está acostumbrado a ver con otros ojos nos
confronta a lo siniestro, que es lo que nos resulta familiar, pero de repente se convierte
en algo diferente.
–¿Cómo explicaría el rol que cumple un personaje como Machana, un armador de
canoas que nunca navegó, que lo hace sólo con la imaginación?
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–Tangencialmente, Machana encarna la figura del escritor, que es ese tipo al que le
encantaría vivir la vida de sus personajes y al que, a falta de posibilidades concretas y
reales de convertirse en sus personajes, no le queda más remedio que escribirlos y vivir
vidas ajenas. Este viejo que fabrica barcos, pero nunca navegó, en parte es análogo a los
personajes que inventamos los escritores, que no nos pertenecen, que se nos revelan, y
por otra parte viven esas vidas que quisiéramos vivir nosotros. Mis novelas son poco
autobiográficas porque tengo una vida bastante aburrida y poco importante. Esta novela
la escribí en los bares del Hospital Italiano, acompañando la recuperación de mi hijo, y
por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de la lucha de mi hijo.
Hay determinados capítulos en donde Quetza tiene que pelear para sobrevivir. Y yo me
ocupo de que luche con suma belleza y dignidad, como lo hizo mi hijo.
–¿Qué significa para usted el misterio, tan presente por otra parte en la historia que se
narra en El conquistador?
–La literatura es consustancial con el misterio. No creo en esa literatura que viene a
explicarnos o a imponernos un supuesto orden donde no lo hay. La literatura viene a
ahondar en estos misterios, viene a crear más interrogantes y a no dar ninguna certeza.
La arcilla de la que se nutre la literatura es el misterio. Para los aztecas la existencia es
un misterio irresoluble, y lo interesante es que no hay una explicación, a diferencia de la
cultura judeo-cristiana, que busca permanente explicar el misterio. Está claro que los
aztecas conviven con esa angustia, y en la poesía azteca se ve todo el tiempo que sólo se
vive en la Tierra, que no hay un más allá. Lamentablemente quedó muy poca literatura
de esa época, porque los españoles se encargaron de no dejar absolutamente nada. Los
españoles, si tenían algún mérito entre comillas en sus planes de conquista, era que
extirparon la memoria de los pueblos y les destruyeron su patrimonio literario, que era
vastísimo.
Ver la película La Misión o Apocalypto
http://es.gloria.tv/?media=265979 http://cinefox.tv/ver58/apocalypto_espanol-
latino.html
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Lectura:
La noche boca arriba
Julio Cortázar
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía
ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el
portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran
las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba
entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando,
no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto
ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con
brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable
del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco
tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas
demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha
como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese
día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir
el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la
calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles.
Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la
mujer, y junto con el choque perdió la visión.
Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o
cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de
debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le
dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó,
porque no podía soportar la presión en el brazo
derecho. Voces que no parecían pertenecer a las
caras suspendidas sobre él, lo alentaban con
bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la
confirmación de que había estado en su derecho
al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer,
tratando de dominar la náusea que le ganaba la
garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta
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una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que
rasguños en las piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la
máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas,
así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió
en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla
blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que
estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo
acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba
sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se
sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El
vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo
él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano
al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco;
mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo,
pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o
cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital,
llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y
dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras
bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del
estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía
húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de
operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la
radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de
una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con
algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a
alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba
olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada
empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el
olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en
que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de
los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de
esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha
calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del
sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no
había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el
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puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado
lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en
sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la
noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago,
debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del
cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un
animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio,
venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso
dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva
evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo
más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero
los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el
rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó
desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto,
amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala.
Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última
visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y
poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían
darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo
iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el
placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los
otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio
llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le
frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja
conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un
médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano
para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando
blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de
teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar
viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y
quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un
trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a
poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían
suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los
ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a
ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua
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por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad,
abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un
instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena
oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro
que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en
un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los
arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a
pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada
estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía
ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del
puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba
el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz
que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los
bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban
hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral
desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la
luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo
de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá
los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que
ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza
continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su
número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los
cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se
incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy
cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al
cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo
rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces,
y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del
duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció
deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un
ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo
era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la
pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del
brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían
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puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete,
golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los
armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La
ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel,
sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba
de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un
hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en
que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver
nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había
durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él
hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el
golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro
había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el
dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con
todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro.
Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el
sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su
garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de
veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba
apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a
reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de
filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y
mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso
enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado
en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda
desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su
amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna
plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las
piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli,
estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en
un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo
su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable.
Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que
ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no
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podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran
de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de
los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por
zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más
fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse
la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas
ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le
acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos
sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo
aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca
arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los
portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de
paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza.
Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de
roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando
en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada
de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a
acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no,
andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él
no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su
verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del
hospital, al alto cielo raso dulce, a la
sombra blanda que lo rodeaba. Pensó
que debía haber gritado, pero sus
vecinos dormían callados. En la mesa
de noche, la botella de agua tenía algo
de burbuja, de imagen traslúcida contra
la sombra azulada de los ventanales.
Jadeó buscando el alivio de los
pulmones, el olvido de esas imágenes
que seguían pegadas a sus párpados.
Cada vez que cerraba los ojos las veía
formarse instantáneamente, y se
enderezaba aterrado pero gozando a la
vez del saber que ahora estaba
despierto, que la vigilia lo protegía, que
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pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin
imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más
fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia
la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez
negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas
fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba
a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se
enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los
ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al
otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que
se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la
cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas
columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre
que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para
tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó
los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo
lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza
abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del
sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a
cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que
estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como
todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de
una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo,
con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira
infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le
había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca
arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
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Tema: Literatura precolombina
Durante el descubrimiento del continente americano, los españoles encontraron
grandes culturas civilizadas y altamente desarrolladas y con características de
organización como las siguientes:
Sistema político teocrático: las clases
sociales dominantes (reyes, nobleza y
sacerdotes) lograron un control político
sobre las sociedades antiguas gracias al
excedente agrícola del maíz que les
permitió desarrollar otras áreas
productivas, culturales y científicas, así
como la marcada división social.
Avances tecnológicos en geología y
astronomía, con predicciones de
fenómenos naturales hasta nuestros días.
Dominio completo de la poesía épica y lírica, la prosa y el teatro ritual.
Construcciones de pirámides, ciudades
urbanizadas y templos sagrados; practicaban
el juego de pelota como un ritual religioso.
Mundo politeísta, como la fuente de
identificación religiosa y ritual; así creían que
cualquier fenómeno natural: el Sol, la Luna, la
lluvia los animales eran dioses y realizaban
ceremonias dedicadas a cada uno para mantener el ciclo vital de la existencia.
Las culturas americanas precolombinas más importantes fueron las siguientes:
Los aztecas: crearon un imperio en el siglo XV (período post-clásico). Fueron
encontrados por los españoles. Los maya-quichés: el período clásico fue la
etapa de mayor esplendor. Desaparecieron en el siglo VIII d. de C. Los incas:
período clásico. Asentamiento en las tierras altas de Perú.
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El espíritu indígena, propio de la mentalidad
primitiva, se basó en mitos que relataban la
cosmogonía, la teogonía y la historia del
hombre vinculada a la idea de “fatalidad y
cat{strofe”; creían en la vida m{s all{ de la
muerte, en la necesidad del sacrificio, que
explicaba cómo los hombres necesitan de los
dioses para vivir, así como también los dioses
necesitan de la vida de los hombres para
subsistir.
Cabe mencionar que los rasgos heredados de
la cultura antigua los tenemos gravados en
nuestra memoria colectiva, y los manifestamos a través de actitudes cotidianas,
tales como: subordinación, espiritualidad, fatalismo, templanza ante la vida,
resignación ante el dolor; pero sobre todo, en la reacción espontánea ante el
abuso extremo.
Por otro lado, la literatura precolombina pertenece a una cultura indígena
propia cuyo objetivo de expresión fue transmitir, su concepción del mundo, el
sentido de su existencia y su religión. Hoy en día, gracias a los códices
(manuscritos), estelas y escalinatas grabadas, tenemos conocimientos de la
cultura y la literatura, aunque muchos de esos códices fueron destruidos por el
tiempo, la humedad o quemados por
los propios misioneros españoles.
La literatura precolombina
Se dice literatura precolombina a toda
manifestación de carácter literario "de
acuerdo a los estándares actuales",
procedente de las culturas y pueblos
de América, anterior a la llegada de
Cristóbal Colón y de la cultura
europea, o más bien, la cultura
medieval española. A menudo se
incluye en esta definición el concepto
de literatura como toda expresión
escrita, por su fuerte carácter artístico-
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religioso que busca explicar el mundo.
Mayores exponentes
Anterior a la llegada de Colón a las Antillas no existía literatura en América tal
y como se conocía en Europa. La mayor parte de los pueblos no tenían escritura.
A la llegada de los españoles se sabe también, que muchos pueblos decidieron
por sí mismos ocultar a los europeos el conocimiento que poseían sobre ellos
mismos, así como su historia y las muchas tecnologías que poseían. A menudo
se perdieron lenguas y culturas enteras en esta actitud. Aún así, otros pueblos
decidieron conservar sus costumbres a escondidas, o transformándolas en
formas mejor vistas por los españoles y portugueses. La literatura oral de este
tipo sin embargo fue fuertemente observada por la inquisición, y con el tiempo
terminó por desaparecer en favor de la literatura evangelizadora.
Por estas razones suele estudiarse con mayor detenimiento el registro de los
cronistas y otros, para evaluar las características de lo que fue o debió haber
sido la literatura anterior. Todas son recopilaciones e interpretaciones de
historias trasmitidas generación en generación.
Características de la literatura precolombina
Relatos filosóficos sobre la existencia humana, la lucha por el poder del
conocimiento, la sabiduría para alcanzar la plena civilización.
En la poesía se manifiesta el sentimiento de dolor y el sufrimiento ante el
sentido fatalista de la vida.
Empleo del realismo mágico:
hechos inverosímiles donde
se mezcla lo real con lo irreal.
Narraciones mitológicas de
carácter hiperbólico:
exageradas.
Los indígenas enfrentaron
sus dolores y sus angustias.
No le dieron la espalda al
lado amargo de la existencia. Por tratarse de escritos sinceros, la tristeza
es una de las características de la literatura indígena.
Otra característica es la repetición de palabras y de frases, lo que sirve
para destacar las cosas importantes y fijar la atención sobre ellas. Esto
está muy relacionado con su carácter oral.
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La literatura prehispánica es también didáctica. Los más grandes, de
cada comunidad siempre buscaron compartir con los niños y jóvenes su
experiencia y lo que aprendieron de las palabras antiguas. El objetivo era
que los más chicos conocieran el camino de la vida recta y feliz.
Otra característica es la metáfora. Los indígenas son artistas naturales.
Sienten la belleza y la expresan con facilidad por su cercanía con la
naturaleza y por su sensibilidad por los asuntos humanos. La metáfora
consiste en referirnos a cosas familiares y cotidianas, mediante la
comparación con lo que amamos de la naturaleza y con la belleza
encontrada en la imaginación y la vida real. La met{fora, es “la
substancia misma del lenguaje poético”. Y la poesía n{huatl est{ llena de
metáforas.
Finalmente, la literatura indígena está abierta a lo sagrado. Dios o las
divinidades eran y son el cimiento, el centro y la meta de las culturas
indígenas. Lo sagrado es lo que da cohesión y fuerza a la vida de las
comunidades y las personas que pertenecen a los pueblos indios. De
modo que la literatura indígena no podría ser de otra forma: su corazón
es lo sagrado.
Cultivaron los siguientes géneros:
La poesía épica: El Popol Vuh, que narra relatos cosmogónicos, teogónicos de la
cultura maya; la creación del hombre y pueblos antiguos. Escrito en lengua
quiché (hacia el año 1500) y traducido al castellano por el fraile dominico
Francisco Ximénez, quien se apropió del texto original en Santo Tomás,
Chichicastenango (Guatemala); es considerado la Biblia de los Mayas-quichés.
La poesía, como la de Netzhualcóyotl (1402-1472) rey de Texcoco.
El teatro de carácter ceremonial, como el drama Ollantay, de la mitología inca.
Amo el canto del cenzontle,
pájaro de cuatrocientas voces.
Amo el color del jade,
y el enervante perfume de las flores;
pero amo más a mi hermano el hombre.
Netzahualcóyotl fue el monarca de la ciudad-estado de Tetzcuco en el México antiguo. Ejerció
el poder y se desempeñó notablemente como poeta, erudito y arquitecto. Nació: 28 de abril de
1402, murió: 4 de junio de 1472
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Poema precolombino anónimo, fue encontrado en una de las llamadas Casas
del Canto, en Bolivia, donde la poesía era danzada o cantada y que, Miguel
Ángel Asturias recogió en “Antología de Poesía Precolombina.
Tomado del manuscrito indígena de 1528, describe con un dramatismo
extraordinario cuál era la situación de los sitiados durante el asedio de México-
Tenochtitlan.
Los últimos días del sitio de Tenochtitlan
Todo esto pasó con nosotros.
Nosotros lo vimos, nosotros lo admiramos.
Con suerte lamentosa nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas
y en las paredes están salpicados los huesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas
y cuando las bebimos,
fue como si hubiéramos bebido agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
En los escudos fue su resguardo:
¡pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad!
Hemos comido palos de eritrina,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, ratones, tierra en polvo, gusanos.
Todo esto pasó con nosotros.
Himno de Manko Qhapaj
Himno a Viracocha es un poema que el inca Manko Qhápaj o Manco
Capác (fundador del Imperio Inca del Perú y el primero de los incas,
siglo X) dirige al dios anhelando la comunión con él.
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¡Oh, Dios soberano!
¡Poderosa raíz del ser!
Tú que ordenas: “este sea
varón, y ésta mujer”.
Señor de la fuente sagrada,
Tú que inclusive tienes
poder sobre el granizo,
¿No me es posible verte?
¿Dónde te encuentras?
¿Dónde está: arriba,
o abajo,
en el intermedio
tu asiento de supremo juez?
¡Escúchame!
Tú que te extiendes
en el océano del cielo
y que también vives
en los mares de la tierra Gobierno del mundo,
creador del hombre
como los señores Inkas
con mis áridos ojos
ansío conocerte.
Cuando yo pueda ver,
y conocer,
y señalar
y comprender,
Tú, me verás
y sabrás de mí..
El Sol y la Luna.
El día y la noche.
El otoño y la primavera
no son en vano.
Obedecen a un mandato
de modo previsto
y medido
llegan.
T ú me concediste
el cetro imperial.
¿Escúchame!
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¿Respóndeme!
Antes de que caiga
rendido y muerto.
Aposiciones: En lingüística, una aposición es una construcción de dos
elementos gramaticales unidos, el segundo de los cuales especifica al primero.
Ejemplo: -"Viracocha, /poderoso cimiento del mundo
Enumeraciones: Consiste en sumar o acumular elementos lingüísticos a través
de la coordinación, bien a través de conjunciones bien por yuxtaposición.
Normalmente, se acompaña del uso de la anáfora o del paralelismo.
Ejemplo: /arriba/abajo/ en el intermedio/ o en tu asiento de supremo juez/
....sea esta mujer, / sea este varón
Metáforas: La metáfora consiste en el uso de una expresión con un significado
distinto o en un contexto diferente al habitual. Ejemplos:
"en el océano del cielo" (océano por las nubes y su movimiento)
“Gobierno de mundo" (porque es poderoso y se sobreentiende que es Viracocha,
es fuerte, creador)
"tu asiento de supremo juez " (lo relaciona con quien puede juzgar a los demás)
Letra de la canción
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Cinco siglos igual Intérprete: León Gieco
Soledad sobre ruinas, sangre en el trigo rojo y amarillo,
manantial del veneno, escudo heridas,
cinco siglos igual.
Libertad sin galope, banderas rotas, soberbia y mentiras,
medallas de oro y plata contra esperanza,
cinco siglos igual.
En esta parte la tierra la historia se cayó,
como se caen las piedras
aun las que tocan el cielo
o están cerca del sol,
o están cerca del sol.
Desamor, desencuentro, perdón y olvido,
cuerpo con mineral, pueblos trabajadores, infancias
pobres,
cinco siglos igual.
Lealtad sobre tumbas, piedra sagrada,
Dios no alcanzó a llorar, sueño largo del mal,
hijos de nadie,
cinco siglos Igual.
Muerte contra la vida, gloria de un pueblo
desaparecido.
Es comienzo, es final, leyenda perdida cinco siglos igual.
En esta parte de la tierra la historia se cayó,
como se caen las piedras aun las que tocan el cielo
o están cerca del sol,
o están cerca del sol.
Es tinieblas con flores, revoluciones
y aunque muchos no están nunca
nadie pensó besarte los pies.
Cinco siglos igual.
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Canción de ausencia
¿La desventura, reina, nos separa?
¿La adversidad, infanta, nos aleja?
Si fueras flor de chincherkoma, hermosa mía,
en mi sien y en el vaso de mi corazón te llevaría.
Pero eres un engaño, igual que el espejo del agua.
Igual que el espejo del agua, ante mis ojos te desvaneces.
¿Te vas, amada, sin que nuestro amor haya durado un día?
He aquí que nos separa tu madre desleal para siempre.
He aquí que la enemistad de tu padre nos sume en la desgracia.
Mas, mi reina, tal vez nos encontremos pronto si dios, gran amo, lo permite.
Acaso el mismo dios tenga que unirnos después.
Cómo el recuerdo de tus ojos reidores me embelesa.
Cómo el recuerdo de tus ojos traviesos me enferma de nostalgia.
Basta ya, mi rey, basta ya.
¿Permitirás que mis lágrimas lleguen a colmar tu corazón?
Derramando la lluvia de tus lágrimas sobre las kantutas
Y en cada quebrada, te espero, hermosa mía.
Vienen por las islas
LOS carniceros desolaron las islas.
Guanahaní fue la primera
en esta historia de martirios.
Los hijos de la arcilla vieron rota
su sonrisa, golpeada
su frágil estatura de venados,
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y aun en la muerte no entendían.
Fueron amarrados y heridos,
fueron quemados y abrasados,
fueron mordidos y enterrados.
Y cuando el tiempo dio su vuelta de vals
bailando en las palmeras,
el salón verde estaba vacío.
Sólo quedaban huesos
rígidamente colocados
en forma de cruz, para mayor
gloria de Dios y de los hombres.
De las gredas mayorales
y el ramaje de Sotavento
hasta las agrupadas coralinas
fue cortando el cuchillo de Narváez.
Aquí la cruz, aquí el rosario,
aquí la Virgen del Garrote.
La alhaja de Colón, Cuba fosfórica,
recibió el estandarte y las rodillas
en su arena mojada.
Pablo Neruda
Pirata Colón Los Cafres
Vinieron en unos barcos
Con baratijas del mundo viejo
Hace ya quinientos años
Sufrió la vida un gran desprecio
La vida allá en Europa
Es muy dorada a mi me contaron
Todo ese brillo dorado
Es puro oro Americano
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Y van pasando los años
Y cómo cambian esos imperios
Nosotros siempre de abajo
Con el corazón resistiendo
Cuidate pirata Colón
Que ya despierta La Raza del Sol
Cuidate pirata Colón
Que ya se despierta La Rabia del Sol
(que ya se despierta ya se despertó)
Escucho a la Pachamama
Voy entendiendo toda la historia
Se encuentran fuertes Raíces
Cavando hondo en la memoria
Alturas de Macchu Picchu
Pablo Neruda
Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
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agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Hablad por mis palabras y mi sangre.
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Lectura:
EL GRUMETE
María Esther de Miguel
En En el campo las espinas. Buenos Aires, Pleamar, 1980.
De modo que ha llegado. Cuántos años aguardándolo. Diez. Diez vidas.
Ahora están aquí, por fin. He visto las velas de sus naves en la costa, bajo la
bendita luz del alba. Y después los vi a ellos, calzas negras y jubones blancos,
sayos de terciopelo al viento, hundiendo sus borceguíes en la arena; estoques,
espadas y pabellones revolviendo el aire. Vestidos para fiesta vienen.
Estrenan esta tierra. Es lindo verlos, pobres ilusos.
Porque todo es anomalía en este continente. Si lo sabré yo, el único que queda
de los otros.
También nosotros llegamos así, el alma lleno de esperanzas, la escarcela vacía
de maravedíes. Cambiamos el océano por este río ancho como el mar. Su
calmería sedujo al capitán (engañoso era el río; y barriento). Los gestos
amistosos de los indios lo halagaron (mendaces, tales indios). Pobre incauto:
aborígenes y agua lo convencieron para mal de tantísimos.
En el bote de la nave mayor, bajamos. Yo entre ellos. No por valiente, sino por
ambicioso. Pero ¿quién podía presumir que esa generación pagana era comedora
de hombres?
Palos nos recibieron y flechazos. Linda acogida para conquistadores
presumidos. Un aquelarre. Yo sólo oí el ay, ay, ay, de Solís y su gente entre el
humo de las fogatas y después el insidioso olor del asado revolviendo mis
entrañas.
Horrible. Pero desto, sólo testigos muertos.
¿Que cómo me salvé? Virtudes de la flacura y de los pocos años. En una
caponera me pusieron A engordar.
Dios fue servido de que no me muriese. Pueblo muy belicoso el de estos
aborígenes. Mala entraña la suya. Pero yo desparramé padrenuestros de
vidrio azul y sonrisas, curé heridas según la antigua usanza de mi raza y el
afán por aprender su lengua ablandó resquemores. Mi obediencia mandó
sosegar la natural maldad y el tratamiento mejoró.
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Un día perforé orejas y nariz, y pinté mi cara. Ropa ya no tenía: me
acostumbré a la desnudez sin vergüenza ni pecado de esta gente. Así, fui
intocable. ¿Cómo me iban a comer, si era uno de ellos?
Otro día me interné en el monte. Solo.
En esta tierra de la lujuria y la abundancia, harta hambre pasé. Calidad de
hembra arisca la de este país, a fe mía. Bastimentos para comer, todo y nada.
Endurecí mi estómago: me mantuvieron la miel, los yuyos, pescados y otras
viandas extrañas. Conocí las virtudes del abatí y el cardo y las culebras
jóvenes. Aprendí tretas. Por ejemplo: los monos se suben a los altos árboles y
asidos de la cola, con pies y manos sacuden los frutos. Puercos monteses espe-
ran, abajo, y se los quitan. Yo también esperé. Tuve así bastimento seguro.
Sin paradero propio, cercado de peligros, me volví astuto. Y sabio: conocí
pájaros que chiflan las órdenes de Dios, y mujeres antropófagas y otras que
fajaban sus piernas con hilos para que parecieran más gruesas y otras que
alimentaban a sus hijos por la espalda (tan grandes eran sus mamas) y
aborígenes bebedores de sangre y otros que comen bollos de barro cocido al
rescoldo, untados con aceite de pescado y otros habituados a cortar las
coyunturas de sus dedos por cada deudo muerto (vi algunos: manos y pies,
muñones) y otros, flecheros de flechas ponzoñosas, Y tantos.
Cierto día, una mujer se aficionó a mí. Su inocencia bárbara y fresca me
conquistó. La india salió con la
suya y tuve compañía: me
preparaba tortas de maíz, quitó
las niguas dentro de mis uñas,
curó heridas, espantó alimañas.
Cuidados y placer ¿qué más
podía pedir?
Por supuesto, a veces recordaba.
Dios, cuantas lágrimas, entonces.
Detrás de la montaña líquida, la
tierra, tan lejana, los mesones del
puerto dador de mi apellido (por
ausencia del padre). El nombre,
el del santo elegido por mi madre,
si no olvidado, nadie lo usaba ya.
Nadie más que yo: por las noches, como para hacer patente filiación y destino,
me decía: Francisco, Francisquito del Puerto, un día volverán.
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Y volvieron. A Dios gracias.
Los veo barloventeando por el río ancho y barroso, buscando. ¿Qué? Me
imagino, vaya. Suerte , tendrán: la generación de los indios desta tierra es
pacífica. Los supongo entregando el secreto por cuentas de vidrio veneciano,
trozos de loza, agujas o collares. Yo los miro, mientras quito, con lágrimas y
agua, los rastros de pintura de mi cara, arranco dijes de orejas y nariz, borro el
impudor de esta traza salvaje y corro con los brazos abiertos hacia ellos, mis
hermanos.
Querellé a mis hermanos. Tharsis y Ophir era la orden del Rey. Para
encontrarlas, debía n traspasar el Estrecho que avistó Magallanes, camino a la
ignota Especiería. Pero a Gaboto lo entusiasmaron decires de hombres
hallados en la costa portuguesa: que las Minas de Plata, que el Rey Blanco,
que el Lago donde el Rey se adormece noche a noche. ¿Embelecos de
náufragos hambreados? Pistas ciertas, lo sé. Pero también sé lo otro: selvas
hirsutas guardan el tesoro. Brujos dañinos levantan con aires venenosos
invisibles y mortales murallas para el Imperio áureo. El Lago tiene ígnea
sustancia. Y este río barroso, que ya están llamando de la Plata, nada bueno
promete: río de la traición debería apodarse.
Traen ánimo de emprender la conquista do tantos embelecos, mis hermanos.
Tal ánimo, les dije, es nefasto. Y agregué: esta tierra es tierra aparejada para
labradíos y sembrados. Para crianza de ganado, insistí. Pero no me
escucharon: otras metas persiguen. Sólo ven el reflejo del oro y la dulzura
blanda de la plata. Quieren metales. ¿Para qué, digo yo? ¿Para comerlos?
¿Para aventar con ellos endriagos y serpientes? ¿Para buscar cobijo en la
intemperie?
Por eso discutí. ¡Gran caso me hicieron! Fui vencido. Sujeto a su gobierno
estoy: soy blanco, cristiano y súbdito del Rey.
Ahora los guío, aguas arriba, por el Río Grande, hasta el Carcarañá, en la ruta que
lleva a Sierras de la Plata, si Dios así es servido.
A causa del mucho monte, la recia vegetación y el escaso alimento, son duras las
jornadas. Se entremezclan con fiebres, delirios y mosquitos. Muchos van
quedando en el camino. Tendal de huesos blanquecinos marcará la senda de los
otros, los que vendrán después (porque esta estirpe no se acaba; la de los
ambiciosos, digo).
Qué turbonadas arman. Anoche, dos españoles sacaron arcabuces y mosquetes
por ciertos granos de oro. Vi la sangre de unos y las persignaciones de otros. Vi
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también al viejo cacique de una tribu lanzar con su ánima la última maldición,
sus huesos descoyuntados uno a uno. Entregó máscaras de plata, áureas
coronas, amuletos. Pero el secreto, no. Yo temblé.
Algo así como un asco me va entrando. ¿No aprenderán ya nunca estos
hermanos? ¿Jamás sacudirán este fermento agrio que envenena la sangre y
desata la muerte? Ya me estoy hartando de sus tratos confusos, lenguaraces de
promesas mentidas, mercaderes de turbios comercios, enmadejando y emba-
rullando todo. Si ni tiempo se dan para mirar el sol, una gloria.
En Santispíritus parecieron darme la razón. Allí sembrarnos, plantamos y
alineamos algunos rancheríos. Un gusto. Pero ellos, dale y dale con el oro y la
plata. Para buscarlos más aprisa hicieron divisiones: unos para acá, otros para
allá. Esta no es tierra que permite tales lujos entre blancos; se los repetí mil veces.
Inútilmente, ay.
Con sobrado temor los he visto partir. Que se las arreglen. En la alta noche,
escuché los susurros. Son los otros. Los que firman con sangre sus tratados y
rubrican con fuego el paso de los pies. Los he oído. Y también el bum bum de
tambores convocando a las huestes guerreras.
Ahora miro las señales de humo que dicen mi destino; las estoy descifrando.
Ellos duermen; yo decido. Tomo a mi hembra: para hacer casta nueva la tomo
(sol y casa darán generación de piel morena; nativa) y elijo el aire libre y la
vida... Ya sé: me llamarán vil cristiano, renegado y herético, maldecirán mi
nombre. Qué me importa. Tiño mi cara con el jugo de hiervan que conozco. Dejo
este jubón prestado; en cueros quedo, como vine al mundo, como este nuevo
mundo exige. Y me marcho antes de que fuego y sangre borren las trazas del
Fuerte malnacido.
Y después digan lo que quieran de mí, de Francisco del Puerto, el grumete que
vino con Solís.
Tema: Literatura del descubrimiento y la
conquista. Las Crónicas. Narrativa indigenista.
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Letra de la canción
Quien quiera oír que oiga
Intérprete: Litto Nebbia
Cuando no recordamos lo que nos pasa,
nos puede suceder la misma cosa.
Son esas mismas cosas que nos marginan,
nos matan la memoria, nos queman las ideas,
nos quitan las palabras... oh...
Si la historia la escriben los que ganan,
eso quiere decir que hay otra historia:
la verdadera historia,
quien quiera oir que oiga.
Nos queman las palabras, nos silencian,
y la voz de la gente se oirá siempre.
Inútil es matar,
la muerte prueba
que la vida existe...
Cuando no recordamos lo que nos pasa,
nos puede suceder la misma cosa.
Son esas mismas cosas que nos marginan,
nos matan la memoria, nos queman las ideas,
nos quitan las palabras... oh...
Si la historia la escriben los que ganan,
eso quiere decir que hay otra historia:
la verdadera historia,
quien quiera oír que oiga.
Nos queman las palabras, nos silencian,
y la voz de la gente se oirá siempre.
Inútil es matar,
la muerte prueba
que la vida existe...
Si la historia la escriben los que ganan,
eso quiere decir que hay otra historia:
la verdadera historia,
quien quiera oír que oiga.
Nos queman las palabras, nos silencian,
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y la voz de la gente se oirá siempre.
Inútil es matar,
la muerte prueba
que la vida existe...
Si la historia la escriben los que ganan,
eso quiere decir que hay otra historia:
la verdadera historia,
quien quiera oír que oiga.
Nos queman las palabras, nos silencian,
y la voz de la gente se oirá siempre.
Inútil es matar,
la muerte prueba
que la vida existe...
Nos queman las palabras, nos silencian,
y la voz de la gente se oirá siempre.
Inútil es matar,
la muerte prueba
que la vida existe...
Los viajes de Colón
estuvieron guiados por un
interés económico: encontrar
una ruta hacia el sur de Asia.
Lo que no sabían en aquella
época es que existía el océano
Pacífico, por eso Colón creyó
que estaba en las Indias
Orientales cuando llegó a
nuestro continente. Después
de más de dos meses de
navegación, Colón y los 87
tripulantes de las tres naves
divisaron tierra (la velocidad
promedio de navegación era
de 160 km por día
dependiendo de los vientos y
que hay aproximadamente
6500 km entre Lisboa y las
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islas Bahamas). El mapa más antiguo que se conserva de esta zona fue obra
de Juan de la Cosa, quien acompañó a Colón en varios de sus viajes.
El continente que se llamaría América era un nuevo y desconocido territorio
para los europeos, poblado por personas con una fisonomía diferente de la de
ellos, que hablaban lenguas diferentes de las de ellos y que tenían una cultura
diferente de las de ellos. Diferente no implica ningún juicio de valor. Lástima
que los conquistadores no lo entendieron así< y en vez de respetar las
diferencias, intentaron eliminarlas. En esa lucha desigual entre el europeo
invasor y el nativo mucho se perdió: vidas, lenguas, cultura.
Muchos de los que llegaron a estas tierras escribieron notas sobre lo que
encontraban, sobre lo que iba sucediendo; a esos textos se los llama crónicas de
Indias porque relatan hechos en orden cronológico, es decir, en sucesión
temporal y porque ellos creían que habían llegado a las Indias Orientales. Las
crónicas son similares a los diarios personales pero estos son más subjetivos
porque el autor/narrador es el protagonista que va relatando los hechos a
medida que suceden y registrando las emociones. Las crónicas estuvieron de
moda en la Edad Media y sirvieron de fuente de información para la
historiografía, la ciencia que se ocupa de narrar la historia. La mayoría de los
cronistas de la época de la conquista y colonización de América eran europeos
y, por tanto, su testimonio no es neutral sino que presenta una visión
etnocéntrica. ¿Qué significa esto? Significa que miraron los hechos desde la
perspectiva europea, occidental y católica; una perspectiva que consideraba al
europeo-blanco-occidental-católico como el centro (el ombligo del mundo,
diríamos hoy) y al otro cultural y lingüístico como lo diferente, lo raro, lo
marginal. El etnocentrismo implica la creencia en la superioridad y,
consecuentemente, el derecho a dominar al otro. Quien asume una postura
etnocéntrica no es capaz de ponerse en el lugar del otro.
Las crónicas no serían literatura ya
que los cronistas pretenden dar
testimonio de los hechos. Sin
embargo, las crónicas de Indias
presentan muchas características
que son propias de la literatura
como el estilo, que imita al de
las novelas de caballería de la
Edad Media. Pensemos que los cronistas se deben de haber
sentido aventureros descubriendo esta nueva tierra exótica, siendo
participantes de un hecho histórico tan importante como el descubrimiento de
un continente< ¿No creen que se habr{n asombrado y les habrá
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parecido fantástico todo lo que encontraron aquí: animales, plantas, paisajes y
costumbres que alimentaron su imaginación? No es raro, entonces, que el estilo
de sus crónicas se parezca al de los textos literarios que circulaban en aquella
época.
Las formas de tales testimonios fueron variadas, según el estilo de cada
cronista: cartas, diarios y relaciones con mayor o menor carga de subjetividad.
Los temas, en todos los casos, fueron los mismos: los hombres y las cosas que
formaban parte de “la maravilla de América” o “la novedad indiana”, como se
los denominó.
Podemos nombrar, entre
otros relatos propios de esta época,
el “Diario de a bordo”, de Cristóbal
Colón; el “Mundus Novus”, de
Américo Vespucio; además de las
obras de Bernal Díaz del Castillo y
Bartolomé de las Casas.
Las “Crónicas de Indias” son
textos fundantes de la literatura
latinoamericana ya que fueron los
primeros textos que adoptaron
como tema el continente latinoamericano. Desde entonces, es posible leer la
literatura latinoamericana a partir de algunas coordenadas vinculadas con este
origen: la mirada del otro, la presencia del otro en el espacio local.
Lectura:
El Dueño del Fuego
Por Sylvia Iparraguirre
"En el invierno de las ciudades"
Ed. Galerna, 1988.
La mañana ya había empezado con un pequeño malestar. O por lo menos esto
es lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensaría más tarde al
salir del aula. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro dejaban
pasar como a desgano esa ambigua claridad del invierno que obligaba a
encender las luces, a no mirarse las caras, a hablar sin levantar la voz. En un
rincón, el portero forcejeaba con la estufa a kerosene. Los asistentes a la clase de
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etnolinguística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en
voz muy baja.
-¡Coño! -dijo el portero. La estufa exhibía un mecherito desarticulado y
anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con pequeñas explosiones
intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora. El portero se
levantó y dijo-: Ya vuelvo, voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a
enfermar el aborigen.
El pronombre reflexivo o algo en el acento español del portero provocó
discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Lengua y
Cultura del Chaco Argentino, debía comenzar en unos minutos. Se contaba con
un indio: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba
desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más de una hora.
A las diez y media en punto apareció en la puerta del aula. Era bajo y
corpulento con una convencionalmente inexpresiva cara de indio. El pelo,
renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Su aspecto era muy pulcro;
llevaba medias y alpargatas. Murmuró un saludo y se dirigió a su asiento, a un
costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en
griego y castellano, la leyenda. "El hombre es la medida de todas las cosas". La
doctora salió del aula. Cuando volvió, escoltada por el portero y el antropólogo
de la cátedra, ya era, definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge
Dusseldorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias,
cuya tesis Einige linguistiche indizien des Kurtunwandels in
NordostNeuquinea (München, 1965) había impresionado vivamente a
especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de
Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit (Mainz, 1969), era
fervientemente citado por los alumnos de la Facultad quienes deseaban
desentrañar algún día sus profundos conceptos. La doctora Dusseldorff era alta,
huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La universidad argentina
se conmovía con su presencia. El portero, un paso detrás de ella, no le llegaba al
hombro.
-Gracias -dijo en correctísimo castellano-. Puede retirarse.
Todos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo también. La clase
comenzaba.
-La clase anterior-dijo la doctora a quien le gustaba ir directamente al punto-,
habíamos llegado hasta la parte de caza y pesca, armas e implementos, ¿verdad?
Todos dieron cabezadas afirmativas.
-Bien, hoy no usaremos cintas grabadas -dijo la doctora-. Vamos a retomar con el
propio informante la parte correspondiente a pesca, Por favor, señor Marcelino, ¿cómo
se dice "pescar"?
El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared y dijo:
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-Sokoenagan.
-Muy bien. Así que esto es "pescar".
El indio sacudió la cabeza.
-No -dijo-. Yo voy a pescar.
-Ah, bien, la primera persona verbal. Entonces, usted va a pescar. -Lo señaló pero el
indio no dijo nada-. Bien, pero, ¿cómo se dice "pescar"?, solamente eso.
-Sokoenagan -dijo el indio.
La doctora quedó con el bolígrafo en alto.
-Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos "él pesca"?
-Niemayó-rokoenagan -dijo el indio.
-Perfectamente -dijo la doctora y se explayó en consideraciones fonéticas.
Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.
-Recapitulemos -dijo, por fin, la doctora-. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan;
tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan. Existe una glotalización con
valor distintivo en...
El indio decía que no con la cabeza. Parecía que lo recapitulado no era correcto.
-¿Cómo? Dijo la doctora.
-Está sentado, todavía no fue -dijo el indio. Hubo un breve silencio.
-Un tiempo continuo o un elemento espacial en la conjugación -avisó la doctora a la
clase-. Explíquese -dijo severamente. Por un momento pareció que iba a agregar
"buen hombre" pero no fue así.
-Está sentado, pero todavía no fue a pescar. Está pensando -dijo el indio-, está
pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.
Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no facilitaba las
cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con
la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la
oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la
posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.
-¿Podrá ser, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del objeto nombrado?
-No creo que sea el caso -dijo, con frialdad, la doctora.
El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia de campo,
intervino:
-Permítame, doctora. -Era un hombre que sabía manejarse con los indios.- ¿Qué
querés decir cuando decís que lo estás viendo, Marcelino? -El antropólogo tuteaba al
toba aunque debía tener veinte años menos. La doctora aprobó con una
inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.
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-Si no lo veo, digo de una manera distinta -dijo el indio. Y agregó:- Pero no pesca; va
a ir a pescar.
Hubo un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones a unas
alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía las últimas
corrientes teóricas; sin embargo, añoraba la época de la Antropología Clásica y
soñaba con reeditar a uno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses,
capaces de internarse en lo más profundo y salvaje de la jungla, todo por la
ciencia. El mismo ya había estado en el Impenetrable. Esto le otorgaba una
secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había trabajado con estadísticas,
lenguajes procesados y computadoras. Los murmullos se generalizaron.
-Muy bien, Marcelino -dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.
La clase continuó. El indio permanecía sentado, inmóvil; la espalda, recta, no
tocaba el respaldo de la silla.
-Pasemos a la caza -dijo la doctora, acomodándose los anteojos. El antropólogo
sintió nuevamente que le correspondía tomar la palabra.
-Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino?
-Sí -dijo el indio.
-¿Había algún rito... -el antropólogo titubeó-, quiero decir, alguna reunión alguna
ceremonia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?
-No -dijo el indio y miró vagamente a su alrededor.
Se produjo un corto silencio. La doctora intervino. Manifestó su interés en
preguntar sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo
totalmente de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiese formular la
primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz
baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía
contraer por maleficio del animal perseguido. El se había enfermado de ese
modo. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los
bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Recordó a su padre y a su abuelo,
cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo hacerlo. Pero él,
después, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse,
porque se había peleado con el capataz que era paraguayo y les daba trabajo
nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.
La última palabra sonó extraña en el aula. Los presentes miraban al indio como
si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran a descubrir en él
una cualidad que antes no habían percibido. En el aire flotaba una observación
notable: ese indio era argentino.
-Me fui un domingo a hablarle -proseguía el toba. No había variado su actitud y su
mirada permanecía fija en el suelo-. Y me pelié. Trabajábamos toda la semana, no había
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domingo.
Estudiando su cuaderno de notas, la doctora dijo:
-Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción
cultural. Miró al antropólogo que acudió otra vez en su auxilio.
-Está bien, Marcelino -dijo el antropólogo con cierta advertencia en el tono de su
voz; tenía experiencia de campo y sabía cómo hablar con los indios-, está muy
bien -ahora parecía dirigirse a una criatura-, pero queremos que nos cuentes cuando
ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho
años cuando te viniste del Chaco.
-Sí, me vine -dijo el indio-. Yo no quise entrar en la transculturación. -Como
llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó nota
de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba-. -Yo reboté porque me
pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi
abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los vagones con los fardos, aunque
llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza
era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que
ciudad, por todos lados.
La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y dijo con
tono autoritario:
-Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras
para retomar la parte fonética. -Miró otra vez al indio. ¿Cómo se dice "pez"?
El indio suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos
en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. No pareció un gesto
oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.
-Naiaq -dijo.
-Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que
hay dos nasales en contacto -dijo con algo que podía parecerse al entusiasmo, la
doctora.
-Si el pez está ahí y yo lo veo, sí -interrumpió el indio-, si no, no. -Todos lo
miraron.- Hay otra forma -concluyó, finalmente, el toba.
-¿Cuál?-preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de
los enormes anteojos.
-Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak -dijo el indio. Algunos de los presentes
creyeron advertir una sombra de sonrisa en su cara pétrea, pero sus ojos
estaban serios y fijos.
-Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte lingüística. Si
quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y armas -dijo la doctora,
marcando tremendamente las erres.
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Todos se relajaron. Sería lo mejor. La clase en pleno se daba cuenta de que la
doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna
subía a la superficie. El informante debía colaborar, de otro modo era imposible
organizar adecuadamente la parte fonética.
-Un merecido receso, doctora -dijo, sonriente, el antropólogo. Todos rieron. Una de
las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo y la doctora se retiraron a
un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indio que
permanecía sentado en su silla.
-Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día. -
Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de su silla. Cada
tanto, un rápido parpadeo le modificaba la expresión.
-Así que la ciudad no te gusta -le dijo uno de los estudiantes-, sin embargo vos acá
podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.
El indio dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo:
-Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad -dijo-, por todos lados
ciudad.
Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeó las manos académicamente.
-Continuamos -dijo.
Mientras todos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando
volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños
y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.
-Bueno, Marcelino -dijo el antropólogo, colocándose frente al toba-, reconocés estos
elementos, estas armas... Sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio.
Desde la silla, el toba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de
los dedos el arco. Bajó la mano.
-Sí-dijo-, sí.
-¿Alguno te llama la atención en forma especial? -continuó preguntando el
antropólogo. El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el
extremo.
-Esta es una flecha para pescar.
-Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía
todas estas cosas guardadas en su casa.
De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo. Todos se
sorprendieron; el antropólogo dio un brusco paso hacia atrás. E1 indio le habló
en voz baja.
-Por supuesto, Marcelino -el antropólogo intentaba reír- por supuesto. -Marcelino
pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco -informó a
la clase.
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Se oyeron unas risas aisladas, nerviosas. La doctora, completamente seria,
anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco
en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del indio, el arco
dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y
morenas, lo recorrían parte por parte. No había ninguna afectación en ese
reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a
hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.
-Esta es de caza -dijo sin dirigirse a nadie. Paradójicamente se veía mucho más
corpulento sin el saco. Su cuello y sus hombros eran poderosos. En su frente,
inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena desde el
entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad. No
parecía el mismo que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas
de la doctora-.
-Y ésta es la de guerra. Al decirlo el indio miró al antropólogo. La flecha que
sostenía era la más grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo.
- Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos. Miró otra
vez al antropólogo y después a todos; antes de que el antropólogo hablara, dijo.
- Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a la llanura del indio.
Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No
podía decirse que estuviera haciendo nada impropio, pero algo había en su
manera de pararse y de tomar el arco que sobrepasaba los límites de una clase
en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado
del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar interés pero era evidente que
estaba algo desconcertado e incómodo.
El toba, con una destreza sorprendente, tensó la cuerda y la amarró al extremo
del arco. Todos los ojos estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se
pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio. Habían dado con
él por casualidad y había resultado particularmente oportuno para ilustrar las
clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase,
el antropólogo preguntó:
-¿Cómo se dice "flecha", Marcelino?
El indio levantó bruscamente la cabeza.
-Hichqená -dijo.
-Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que...
El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y
firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo,
renegrido y duro -de tipo mongólico, pensó automáticamente el antropólogo- se
había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura
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alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta
entonces -en las clases anteriores el indio había permanecido siempre
respetuosamente sentado en su silla- irradió de su cuerpo, una fuerza recíproca
entre su brazo y la tensión del arco, una especie de potencia masculina, en fin,
que fastidiaba especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías
asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:
-Kal'lok- y repitió más fuerte-, Kal'lok.
Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso,
el indio se agachó y tomó una flecha, la más larga, con el penacho de plumas. El
antropólogo se levantó de su silla. Estaba pálido. La doctora había dejado su
cuaderno de notas sobre el escritorio.
-Creo que no es necesario... -empezó a decir.
-¡Ena...! ¡Ená...! ¡Peritnalik! -la voz profunda del toba rebotó en las paredes.
Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha de
guerra en el arco y volvía a tensar la cuerda. Había quedado de perfil a la clase
y en esa actitud era muy fácil imaginar su torso desnudo, como en un
sobrerrelieve. La flecha ocupaba exactamente el vacío de la tensión. Su punta
alcanzó casi la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca
abierta.
-Hanak ená ña'alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé
habiák... -murmuró la voz ronca del indio. Estaba inmóvil. Sólo sus ojos
describieron, lentamente, un semicírculo que los abarcó a todos. Algunas
cabezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían
delante. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.
-Kal'lok -dijo el indio.
El silencio pesó como una losa.
El toba bajó, despacio, el brazo y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha
y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiro el
saco y se lo colgó del antebrazo.
El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, personas que se
inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas.
El antropólogo, todavía pálido, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.
-Perfectamente, Marcelino, perfectamente -dijo.
Esto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba
averiguar quién había tomado notas. Recorrió el aula la información de que lo
dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como "... el dueño
del fuego, el dueño de la noche y de la selva..." y también algo más, pero no se
podía asegurar.
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Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de
Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó sin mirarlo.
El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron últimos. La clase no había sido
satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro
informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición es
fundamental para los fines científicos.
Presentación El Modernismo
Tema: Horacio Quiroga
Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, 31 de diciembre de 1878 – Buenos
Aires, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo.
Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa
vívida, naturalista y modernista. Sus relatos breves, que a menudo retratan a la
naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano,
le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.
Vivió en su país natal hasta la edad de 23 años, momento en el cual, luego de
matar accidentalmente a su mejor amigo, decidió emigrar a Argentina, país
donde vivió 35 años —hasta su muerte—, donde se casó dos veces, tuvo sus tres
hijos, y en donde además desarrolló la mayor parte de su obra. Mostró una
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eterna pasión por el territorio de Misiones y su selva, empleando a esta y sus
habitantes en la trama de muchos de sus cuentos más reconocidos. La vida de
Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios, culminó por
decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de
la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, tras enterarse de que
padecía cáncer de próstata.
Cultivó un estilo particular con influencias modernistas, realista y naturalistas.
Características de sus cuentos:
Influido por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, Horacio
Quiroga destiló una notoria precisión de estilo, que le permitió narrar
magistralmente la violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente
apacibilidad de la naturaleza. Muchos de sus relatos tienen por escenario la
selva de Misiones, en el norte argentino, lugar donde Quiroga residió largos
años y del que extrajo situaciones y personajes para sus narraciones.
Sus personajes suelen ser víctimas propiciatorias de la hostilidad y la
desmesura de un mundo bárbaro e irracional, que se manifiesta en
inundaciones, lluvias torrenciales y la presencia de animales feroces.
Claramente influido por Rubén Darío y los modernistas, poco a poco el
modernismo del oriental comienza a volverse decadente, describiendo a la
naturaleza con minuciosa precisión pero dejando en claro que la relación de
ella con el hombre siempre representa un conflicto. Extravíos, lesiones,
miseria, fracasos, hambre, muerte, ataques de animales, todo en Quiroga
plantea el enfrentamiento entre naturaleza y hombre tal como lo hacían los
griegos entre Hombre y Destino. La naturaleza hostil, por supuesto, casi
siempre vence en su narrativa.
La morbosa obsesión de Quiroga por el tormento y la muerte es aceptada
mucho más fácilmente por los personajes que por el lector: la técnica narrativa
del autor presenta personajes que saben que no deben cometer errores porque
la selva no perdona. La naturaleza es ciega pero justa; los ataques sobre el
campesino o el pescador (un enjambre de abejas enfurecidas, un yacaré, un
parásito hematófago, una serpiente, la crecida, lo que fuese) son simplemente
lances de un juego espantoso en el que el hombre intenta arrancar a la
naturaleza unos bienes o recursos (como intentó Quiroga en la vida real) que
ella se niega en redondo a soltar; una lucha desigual que suele terminar con la
derrota humana, la demencia, las muertes o, simplemente, con la desilusión.
La escritura en la narrativa de Horacio Quiroga viene regida por un doble
principio de economía y de eficacia. La economía funciona ya en el plano
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anecdótico en la simplicidad del argumento: no hay historias complejas, no hay
anécdotas inútiles, o episodios gratuitos. Los personajes son generalmente de
rasgos firmes, sobriamente caracterizados, muchas veces aparecen
esquemáticos, construidos en función de la historia a la que pertenecen y del
simbolismo que les incumbe.
Las descripciones son breves, reducidas a los rasgos funcionales: la
caracterización se hace esencialmente a través de la acción. El espacio es a
menudo el elemento más desarrollado pero, sin embargo, las descripciones no
son ornamentales: contribuyen a la definición del ambiente, completan o
acentúan el simbolismo de una situación o de un personaje, anuncian o
prefiguran un acontecimiento dramático.
A la deriva.
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la
mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un
juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma,
esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de
sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la
cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el
centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo,
dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un
instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a
invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la
picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el
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hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado
desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una
metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo
juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos
puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel
parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se
quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había
sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro
dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una
monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la
ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a
la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio
minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa.
Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del
río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco
horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero
allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de
sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
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La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que
reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el
bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente
doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se
decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo
fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros,
exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del
suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para
llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la
deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien
metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques
de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la
eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte.
Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un
violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se
sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría
en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía
fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo.
Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada
ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú?
Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se
había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba
caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel
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1. Caña: Aguardiente destilado de la caña de azúcar.
El almohadón de plumas
silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí
misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez
mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón
Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho
meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en
Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter
duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin
embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche
juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo
desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a
conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor,
más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la
contenía siempre.
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La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del
patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal
impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más
leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible
frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como
si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había
concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en
la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró
insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo
salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado.
De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia
rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente
todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia.
Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su
cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció
desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole
calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una
gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta
como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Se constató una anemia de
marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos,
pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las
luces prendidas y en pleno silencio. Pasaban horas sin oír el menor ruido. Alicia
dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Se
paseaba sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra
ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo
vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su
dirección.
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Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y
que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado
del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al
rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de
largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas
la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la
alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se
acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.
En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio
y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco
hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que
remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que
únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre
al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos
encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas
podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le
arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de
monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la
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colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz.
Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el
silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la
cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola
ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón
hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez.
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco
que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas
oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil
observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél,
lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le
erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa
del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores
volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta,
llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas,
moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola
viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
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La gallina degollada
Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio
Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la
boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de
ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí
se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el
sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían
fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio,
poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin
estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad
ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los
ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y
mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas,
empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la
falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses
de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido,
sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria
del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven
no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches,
había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en
ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles
particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
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hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa
honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin
ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio,
creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio.
Pero en el vigésimo mes lo sacudieron una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente
no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está
visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la
inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente
idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
— ¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo
que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la
madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco
rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota
que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta,
herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su
salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las
convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban
malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura
no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en
el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
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Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de
una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto se
repitieron el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus
cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el
instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin
a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los
lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Se animaban sólo al comer, o cuando veían
colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener
nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años
desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido
hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su
infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le
correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias
que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
patrimonio específico de los corazones inferiores.
Se iniciaron con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la
atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que
podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
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—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —
murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus
almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro
desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la
pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi
del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado
a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, le pasaba lo mismo. No por eso la paz había
llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de
perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el
primer disgusto emponzoñado se habían perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se
siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una
persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual,
atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro le había
forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los
vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca.
Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo
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Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres
absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla
morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de
Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un
padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de
delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro
tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico
quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y
como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una
vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y
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mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella
lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la
sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta
degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su
madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración
tras ella. Se volvió, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando
estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y
felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más
intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los
monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear
por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de
enfrente. Su hija se escapó enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya
el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que
nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas
paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta.
Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin se decidió por una silla desfondada, pero aun no
alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico le hizo colocar
vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente
dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco,
entre sus manos tirantes. La vieron mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse
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más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus
pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba
cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que
habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado,
seguramente se sintió cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le
dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde,
pero se sintió arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles
como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa
mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por
segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron,
y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de
horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en
el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el
grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se
interpuso, conteniéndola:
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—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y
hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
La miel silvestre
Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus
doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne,
dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al
monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían
primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos
muchachos no se habían acordado particularmente de llevar
escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí,
con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los
buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con
gran asombro de sus hermanos menores -iniciados también en Julio Verne- sabían
andar aún en dos pies y recordaban el habla.
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido
como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones
a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante
deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues
antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón
de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con
leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como
el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse
de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo
Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por
este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla
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calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su
calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el
desenfado de su ahijado.
-¿Adónde vas ahora? -le había preguntado sorprendido.
-Al monte; quiero recorrerlo un poco -repuso Benincasa, que acababa de colgarse el
winchester al hombro.
-¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa
arma y mañana te haré acompañar por un peón.
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo.
Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Se metió las manos en los bolsillos
y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos.
Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante
desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y
aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las
fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche -aunque de un carácter un poco singular.
Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
-¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo.
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de
viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el
piso.
-¿Qué hay, qué hay? -preguntó echándose al suelo.
-Nada... Cuidado con los pies... La corrección.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección.
Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos.
Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso:
arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
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animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa
supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero
profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen
y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el
esqueleto. Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en
insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.
No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda
aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.
-¡Pican muy fuerte, realmente! -dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su
padrino.
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose,
en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño,
aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por
comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es
que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos
lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Le daba la impresión -exacta por lo
demás- de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más
que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía
cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco
hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio
en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.
-Esto es miel -se dijo el contador público con íntima gula-. Deben de ser bolsitas de
cera, llenas de miel...
Pero entre él -Benincasa- y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de
descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que
mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas
se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el
abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica
abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
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En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho
para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce
bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura,
de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a
algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de
eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué
perfume, en cambio!
Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea
era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era
espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto
con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo
hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue
inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos
exhaustos; tuvo que resignarse.
Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco.
Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte
crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza
acompañaba el vaivén del paisaje.
-Qué curioso mareo... -pensó el contador. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el
tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran
inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.
-¡Es muy raro, muy raro, muy raro! -se repitió estúpidamente Benincasa, sin
escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La
corrección -concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
-¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había
podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la
cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre
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Lectura sugerida:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/hq.htm
y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
-¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... ¡No puedo mover la mano!...
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el
corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
-¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus
facultades, a lo porque el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se
volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo
de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad
de que eso negro que invadía el suelo...
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un
verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado:
por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la
corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo,
el río de hormigas carnívoras que subían.
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el
esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y
las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes,
pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la
miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus
que creyó sentir Benincasa.
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Tema: Regionalismo – Juan Rulfo
RESEÑA BIOGRÁFICA
Juan Rulfo nació en Jalisco (México)
en 1918. Al comenzar sus estudios
primarios murió su padre, y sin haber
dejado la niñez, perdió también a su
madre, y estuvo en un orfanato de
Guadalajara bajo la custodia de su
abuela.
En 1934 se radica en México, y
comienza a escribir sus trabajos
literarios y a colaborar en la revista
"América".
En 1953 publicó "El llano en llamas"
(al que pertenece el cuento "Nos han
dado la tierra") y en 1955 apareció
"Pedro Páramo". De esta última obra dijo Jorge Luis Borges: "Pedro Páramo es
una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda
la literatura", y que fuera traducido a varios idiomas: alemán, sueco, inglés,
francés, italiano, polaco, noruego, finlandés.
Juan Rulfo fue uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, que
pertenecieron al movimiento literario denominado "realismo mágico", y en sus
obras se presenta una combinación de realidad y fantasía, cuya acción se
desarrolla en escenarios americanos, y sus personajes representan y reflejan el
tipismo del lugar, con sus grandes problemáticas socio-culturales entretejidas
con el mundo fantástico.
Muchos de sus textos han sido base de producciones cinematográficas.
A partir de 1946 se dedicó también a la labor fotográfica, en la que realizó
notables composiciones.
En 1947 se casó con Clara Aparicio, con la que tuvo cuatro hijos.
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Fue un incansable viajero y participó de varios Congresos y encuentros
internacionales, y obtuvo Premios como el Premio Nacional de Literatura en
México en 1970 y el Premio Príncipe de Asturias en España en 1983.
Falleció en México en 1986.
Características que definen su estilo:
La naturaleza: actúa negativamente, en oposición a los personajes. Es
casi una presión aplastante la que el medio ejerce sobre el hombre, quien
por lo general se encuentra desprovisto de un techo que lo proteja.
El tiempo: es interior y subjetivo, no cronológico. Aparece suspendido el
devenir temporal pasado-futuro y los personajes se instalan en el
presente puro.
Los personajes: Parecen signados por la necesidad de sobrevivir y por el
fracaso de esa lucha. Son seres solitarios y desamparados que viven la
realidad “hacia dentro” y “desde adentro”.
La monotonía: la sensación de que la realidad no cambia, no ocurre nada
en el exterior fuera de lo acostumbrado.
La resignación: De los personajes ante las arbitrariedades de la ley y los
gobernantes. Aunque aparezca la idea de rebelión, ésta siempre fracasa y
el hombre se resigna silenciosamente.
Juan Rulfo
(México, 1918-1986)
No oyes ladrar a los perros
(El Llano en llamas, 1953)
—TÚ QUE VAS allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo
o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
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—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba
abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba
por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las
orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos
dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que
hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó
allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas,
no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo
de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la
espalda. Y así lo había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos
parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor
por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares
como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo,
le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes
para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo
te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho
como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna.
Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos
y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
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Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara
descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se
enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba
Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún
ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú
que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide.
Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando
desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes
sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a
enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo,
mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente,
ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta
madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo
lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido
para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da
ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras
dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre
el sudor seco, volvía a sudar.
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—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien
esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta
usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se
vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque
para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de
mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le
pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que
usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando
gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo
bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte
de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo
desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
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—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy
noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de
oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la
hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y
yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre
te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías
llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a
subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en
paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su
sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la
hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de
apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado
para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si
sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre,
¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal.
Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad.
¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a
todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No
tenemos a quién darle nuestra l{stima”. ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna.
Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las
corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se
recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran
descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido
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sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes
ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con
esta esperanza.
¡Diles que no me maten!
-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad.
Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno.
Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no
quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán
por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las
cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la
puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi
mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué
cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
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Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía
todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había
hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había
ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir.
Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas
tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le
iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como
creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada
más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus
razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su
compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño
de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para
sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en
que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre
y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros,
entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales
flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había
gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio
Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de
noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la
cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo
el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo.
Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su
acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo
en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al
juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía
después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de
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todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este
otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y
se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para
viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El
difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos
todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los
muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de
ellos, no había que tener miedo.
"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para
asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me
avisaban:
"-Por ahí andan unos fuereños, Juvencio.
"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los
días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me
fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue
toda la vida."
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido
en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría
tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en
paz".
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo
imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto
pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de
un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había
acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo
que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que
amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la
cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada
ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera
como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le
quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No
podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
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Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron
amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el
miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo,
con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de
morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le
llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia
por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que
tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras
su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las
costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna
esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro
Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La
madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la
tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los
caminos.
Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí,
debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida.
Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla
probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato
desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último,
sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba
a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a
nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se
los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos;
pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado
ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el
camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en
que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa
tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la
milpa. Pero ellos no se detuvieron.
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Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo.
Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos
se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de
ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no
aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del
todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos
hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran.
No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él.
De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los
bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual,
como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la
esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las
primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos
por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la
mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá
adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que
estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
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-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al
otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que
estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos
agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica
de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que,
cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y
pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se
olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su
alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque
no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que
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está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo.
No debía haber nacido nunca".
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito,
derrengado de viejo. ¡No me mates...!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me
castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido
como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me
matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me
perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la
tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le
duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón.
Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y
ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se
fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no
diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados,
de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el
velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y
creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te
vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
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Es que somos muy pobres
Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el
sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza,
comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la
cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de
repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder
aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue
estarnos arrimados debajo del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del
cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años,
supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había
llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy
dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo
despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano,
como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero
después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese
sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había
seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y
se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del
agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba
subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la
casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar
por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía
caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas
para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado,
quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta,
porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el
pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que
vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de
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agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima
de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos
viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos
oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y
sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren
decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde
también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí
fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que
era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su
cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este,
cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina
nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida
para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó
despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí
se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando,
como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió
despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces
se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y aca-
lambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó
pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto
también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo
había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de
donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los
cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos
troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de
modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su
madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana,
ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos
trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para
dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a
ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en
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mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan
luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les
enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los
chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta
de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo
esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y
cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo;
pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas
se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere
vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre
viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse
mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda
querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues
no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por
llevarse también aquella vaca tan bonita.
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La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no
se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi
hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese
modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente
mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le
cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde
les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da
vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de
nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada
vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos.»
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que
queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene
unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: pun-
tiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y
acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa era la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río.
Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la
barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si
el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas.
De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que
la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El
sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos
pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente
comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
Lectura sugerida:
http://ebiblioteca.org/?/ver/28802
http://ebiblioteca.org/?/ver/21814
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Tema: Vanguardia
Ver presentación
Narrativa
Jorge Luis Borges
EL FIN
Recabarren, tendido, entreabrió
los ojos y vio el oblicuo cielo
raso de junco. De la otra pieza le
llegaba un rasgueo de guitarra,
una suerte de pobrísimo
laberinto que se enredaba y
desataba infinitamente...
Recobró poco a poco la realidad,
las cosas cotidianas que ya no
cambiaría nunca por otras. Miró
sin lástima su gran cuerpo inútil,
el poncho de lana ordinaria que
le envolvía las piernas. Afuera,
más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde;
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había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo
izquierdo tanteó, hasta dar con un cencerro de bronce que había al pie del
catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían
llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había
aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a
otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía
frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas
con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había
amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo.
Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día
siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le había muerto,
bruscamente, el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de
apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas, concluimos
apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido
Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y
las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los
animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era
señal de lluvia. Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez)
entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún
parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no
contaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un
rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño.
Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o
parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho
oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre que, por fin, sujetó el
galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló.
Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al
palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo
con dulzura:
-Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
El otro, con voz áspera, replicó:
-Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he
venido.
Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
-Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:
-Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no
quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
-Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejó con salud.
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El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana.
Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
-Les di buenos consejos -declaró-, que
nunca están de más y no cuestan nada.
Les dije, entre otras cosas, que el hombre
no debe derramar la sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta del
negro:
-Hizo bien. Así no se parecerán a
nosotros.
-Por lo menos a mí -dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta-:
mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el
cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo oyera, observó:
-Con el otoño se van acortando los días.
-Con la luz que queda me basta -replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
-Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
-Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
El otro contestó con seriedad:
-En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar
al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la
llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se
detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho
en el antebrazo, cuando el negro dijo:
-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro
ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete
años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre
lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la
cara del negro. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir
algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo
entendemos pero es intraducible como una música... Desde su catre,
Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó
un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró
en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y
Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa.
Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con
lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era
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nadie. Mejor dicho era el otro; no tenía destino sobre la tierra y había
matado a un hombre.
La casa de Asterión
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura.
Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es
verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo
número es infinito)1
están abiertas día y noche a los hombres y también a los
animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el
bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo
hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que
declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que
no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy
un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una
cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche
volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras
descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero
el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me
habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban
al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se
ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme
con el vulgo; aunque mi
modestia lo quiera.
El hecho es que soy
único. No me interesa lo
que un hombre pueda
trasmitir a otros
hombres; como el
filósofo, pienso que nada
es comunicable por el
arte de la escritura. Las
enojosas y triviales
minucias no tienen
cabida en mi espíritu,
que está capacitado para
lo grande; jamás he
retenido la diferencia
entre una letra y otra.
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Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces
lo deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir,
corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la
sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay
azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora
puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A
veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he
abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión.
Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes
reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos
en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que
se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos
reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las
partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un
aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los
pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor
dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y
polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de
las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me
reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está
muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar
una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las
estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de
todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro
alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen
sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres
ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que
uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi
redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi
redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los
rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con
menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será
un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como
yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un
vestigio de sangre.
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-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
La intrusa
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor
de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte
natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo
cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche
perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe.
Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La
segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las
pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque
en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los
orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la
tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor
recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada
Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió
nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La
azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya
no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de
baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen
defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus
lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los
sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza.
Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de
esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que
debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se
dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor
parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores,
cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida
y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde
vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava.
Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron.
Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
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Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta
entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando
Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una
sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la
lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el
corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era
de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se
sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las
mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes
por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había
levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se
emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de
la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con
alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián
atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores
pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés,
usala.
El tono era entre mandón y
cordial. Eduardo se quedó un
tiempo mirándolo; no sabía qué
hacer. Cristián se levantó, se
despidió de Eduardo, no de
Juliana, que era una cosa, montó
a caballo y se fue al trote, sin
apuro.
Desde aquella noche la
compartieron. Nadie sabrá los
pormenores de esa sórdida
unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas
semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el
nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban
razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo
que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin
saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se
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decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero
los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo
felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo
lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna
preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no
la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no
apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y
se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una
bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le
había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y
emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban
muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la
vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la
suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era
una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de
hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas
casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada
cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de
fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a
Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo.
Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a
mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana
iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos
habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el
cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros
habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con
un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
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El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los
domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén,
vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué;
aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las
Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin
apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se
quede aquí con sus pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente
sacrificada y la obligación de olvidarla.
Julio Cortázar
Continuidad de los
parques
(Final del juego, 1956)
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios
urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar
lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de
escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de
aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el
parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta
que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó
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que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a
leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las
imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida.
Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo
rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el
terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano,
que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.
Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose
ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue
testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer,
recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una
rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba
las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta,
protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se
entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo
anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que
todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el
cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban
abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada
había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora
cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso
despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla.
Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados
rígidamente a la tarea que los
esperaba, se separaron en la
puerta de la cabaña. Ella debía
seguir por la senda que iba al
norte. Desde la senda opuesta
él se volvió un instante para
verla correr con el pelo suelto.
Corrió a su vez, parapetándose
en los árboles y los setos, hasta
distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa.
Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora,
y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre
galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala
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azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y
entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un
sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
EL MÓVIL
(Final del juego, 1956)
NO ME LO van a creer, es como en las cintas de bió grafo, las cosas son
como vienen y vos las tenés que aceptar, si no te gusta te vas y la plata
nadie te la devuelve. Como quien no quiere, ya son veinte años y el asunto
está más que prescrito, así que lo voy a contar y el que crea que macaneo
se puede ir a freír buñuelos.
A Montes lo mataron en el bajo una noche de agosto. A lo mejor era
cierto que Montes le había faltado a una mujer, y que el macho se lo cobró
con intereses. Lo que yo sé es que a Montes lo mataron de atrás, de un tiro
en la cabeza, y eso no se perdona. Montes y yo éramos carne y uña,
siempre juntos en la timba y el café del negro Padilla, pero ustedes no se
han de acordar del negro. También a él lo mataron, un día si quieren les
cuento.
La cosa es que cuando me avisaron ya Montes había espichado y a gatas
llegué para ver cómo la hermana se le tiraba encima y le daba la pataleta.
Yo lo miré un rato a Montes que estaba con los ojos abiertos, y le juré que
el otro no se la iba a llevar de arriba. Esa noche hablé con Barros y aquí es
donde el cuento les va a parecer macana. La cuestión es que Barros había
sido el primero en llegar cuando se oyó el tiro, y lo encontró a Montes
boqueando al lado de un paraíso. Barros, que era una luz hizo lo
imposible para que le dijera quién había sido. Montes quería hablar pero
con un plomo en la cabeza no debe ser nada fácil, así que Barros no le
pudo sacar gran cosa. De todas maneras Montes le alcanzó a decir, fíjense
lo que es el delirio de un moribundo, algo así como “el del brazo azul”, y
después dijo una palabra que debía ser “tatuaje”, y por ahí sacamos que el
mozo era marinero y gracias. Dénse cuenta, con lo fácil que era decir
López o Fernández, pero con un balazo en el coco a cualquiera se la doy.
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A lo mejor Montes no sabía cómo se llamaba el otro, los tatuajes se ven
pero un nombre hay que averiguarlo y en una de esas es de grupo.
Ahora ustedes se van a reír cuando les diga que ocho días después
Barros y yo lo localizamos al tipo, mientras la mejor del mundo seguía
meta batidas al cuete en el puerto y por todas partes. Nosotros teníamos
nuestros rebusques, y no los voy a cansar con detalles. Pero no es de eso
que se van a reír, se van a reír de que el batidor no nos pudo dar la
filiación del tipo, en cambio nos avisó que rajaba en un barco francés y que
no iba de marinero, iba de pasajero y se den cuenta qué lujo. Por ahí
sacamos que el mozo estaba retirado de la profesión, pero aprovechaba
que conocía mundo para hacerse humo. Lo único que sabíamos era que
viajaba de tercera y que era argentino. No hay que extrañarse. Un gringo
no lo hubiera podido a Montes, pero lo más raro del caso es que el batidor
no nos pudo conseguir el apellido del mozo. Mejor dicho le dieron uno
que después resultó que no figuraba entre los pasajeros. La gente a veces
tiene miedo, che, y a lo mejor el tipo que por treinta nacionales le pasó el
dato a nuestro batidor, le macaneó el nombre para curarse en salud. O
andá a saber si el mozo a última hora no consiguió otros papeles. La cosa
es que ahora sigue el biógrafo, porque yo y Barros hablamos toda una
noche, y a la mañana me constituí en el Departamento y empecé con los
papeles. En aquel entonces no daba tanto trabajo conseguir el pasaporte.
Bueno, abreviando detalles la cosa es que en el comité me palanquearon el
pasaje, y una noche a las diez este cuerpo estaba a bordo con destino a
Marsella, que es un apeadero de los franchutes. Ya les estoy viendo la cara
pero paciencia. Si quieren no lo sigo. Y bueno, entonces echá más caña y
háganse de cuenta que están leyendo el conde de Montecristo. Ya les
previne de entrada que estos casos no les ocurren a todos, aparte que eran
otros tiempos.
En el barco que iba casi vacío me dieron para mí solo un camarote con
cuatro camas, fíjense qué lujo. Podía poner la ropa bien estirada, y me
sobraba lugar. ¿Ustedes viajaron a Europa, muchachos? Lo digo por
reírme. Mirá, es así: los camarotes daban a un pasillo, y por el pasillo se
iba a un cafecito que había en una punta; por el otro lado trepabas una
escalera y subías adelante del barco. La primera noche me la pasé en la
cubierta, mirando Buenos Aires que se perdía de a poco. Pero al otro día
empecé a vichar alrededor. En Montevideo no se bajó nadie, el barco ni
atracó siquiera. Cuando le metimos mar afuera, me aguanté los corcovos
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que me hacían las tripas y que no se los deseo. La cosa no iba a ser difícil
porque en el café todo se sabe en seguida y resultó que de los veintitantos
de tercera había como quince polleras, y el resto eran casi todos gallegos y
tanos. No había más que tres argentinos sin contarme a mí, y ya al rato
estábamos los cuatro pegándole al truco y a la cerveza.
De los tres uno ya era viejo, aunque le hubiera podido dar un susto
al más pintado. Los otros dos andaban por los treinta como yo. En seguida
estuvimos como chanchos con Pereyra, pero Lamas era más reservado y
parecía medio tristón. Yo paraba la oreja para ver cuál de los tres hablaba
con el lunfardo de los marineros, y por ahí les soltaba comentarios a
propósito del barco para ver si alguno pisaba el palito. Al rato ya me di
cuenta que iba por mal camino, y que el interesado se cuidaba como de
mearse en la cama. Decían cada pavada sobre el barco que hasta yo me
daba cuenta. Y a todo esto hacía un frío bárbaro y nadie se sacaba el saco
ni la tricota.
Ya los tres me habían dicho que iban a Marsella, de modo que en el
Brasil estuve bien atento, pero era cierto y ninguno se las tomó. Cuando
empezó a apretar el calor me puse en camiseta para dar el ejemplo, pero
ellos andaban en mangas de camisa, y se las arrollaban hasta el codo nada
más. El viejo Ferro se reía al verme afilar con la camarera, y me felicitaba
por todos los colchones que tenía en el camarote. Pereyra se tiraba
también su buen lance, y la Petrona que era una galleguita viva nos tenía a
los dos a mal traer. Y no hablemos de cómo se movía el barco, y la puerca
comida que nos daban.
Cuando me pareció que Pereyra atropellaba a fondo con la Petrona,
tomé mis disposiciones. Apenas me la topé en el pasillo le dije que en mi
camarote estaba entrando el agua. Me creyó y le cerré la puerta apenas
estuvo adentro. Al primer manotón me tiró una cachetada, pero riéndose.
Después estuvo mansita como oveja. Calculen con todas esas camas, como
decía Ferro. En realidad esa noche no hicimos gran cosa, pero al otro día
me le afirmé de veras y la verdad es que gallega y todo valía la pena.
Pucha si valía.
De pasada se lo dije a Lamas y a Pereyra, que al principio no lo
querían creer o se hacían los asombrados. Lamas se quedó callado como
siempre, pero Pereyra estaba embalado y le vi las intenciones. Me hice el
sonso y se fue con todo lo que tenía. Esa noche la Petrona me faltó al
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camarote, yo los había visto ya charlando del lado de los baños. Les
parecerá raro que la galleguita me largara tan pronto, y va a ser mejor que
les diga todo. Con un canario y la promesa de otro si me conseguía la
información necesaria, la Petrona había agarrado viaje al galope. Se
imaginarán que no le dije por qué quería saber si Pereyra tenía alguna
marca en el brazo; le hablé de una apuesta, de cualquier pavada. Nos
reíamos como locos.
A la mañana siguiente charlé largo con Lamas, sentados en un rollo
de sogas que había adelante del barco. Me dijo que iba a Francia a trabajar
de ordenanza en la embajada, o una cosa así. Era un tipo callado, medio
tristón, pero conmigo se franqueaba bastante. Yo le buscaba los ojos, y de
repente se me pasaba por la memoria la cara de Montes muerto, los gritos
de la hermana, el velorio cuando lo devolvieron de la autopsia. Me daban
ganas de acorralarlo a Lamas y preguntarle derecho si había sido él. Pero
qué hubiera ganado, en esa forma lo echaba todo a perder. Mejor esperar
que la Petrona cayera por mi camarote.
A eso de las cinco me golpeó la puerta. Venía muerta de risa y de
entrada me anunció que Pereyra no tenía nada en los brazos. “Me sobró
tiempo para mirarlo por todos lados”, dijo, y se reía como loca. Yo pensé
en Lamas que me había resultado el más simpático, y me di cuenta de lo
infeliz que es uno por dejarse llevar así. Qué simpático ni qué carajo. Si
Ferro y Pereyra quedaban afuera, no había vuelta que darle. De pura
bronca la tumbé ahí nomás a la Petrona, que no quería, y le di unos chirlos
para activar la desvestida. No la largué hasta la hora de comer, y eso para
no comprometerla con los tipos del buque que ya la andarían buscando.
Quedamos en que volvería al otro día por la tarde, y me fui a comer. Nos
habían puesto a los cuatro criollos en una mesa, lejos de los gallegos y los
tanos, y yo lo tenía de frente a Lamas. No saben lo que me costaba mirarlo
natural, pensando en Montes. Ahora ya no extrañaba que lo hubiera
ventajeado a Montes, a cualquiera lo sobraba con ese aire reconcentrado
que inspiraba confianza. A Pereyra ya ni lo tenía en cuenta, pero al final
me llamó la atención que no decía nada de la Petrona, él que antes se la
pasaba anunciando cómo se iba a encamar con la galleguita. Se me vino a
la cabeza que, tampoco ella me había hablado mucho del mozo, fuera de
decirme lo importante. Por las dudas me quedé de guardia con la puerta
entornada, y a eso de la medianoche la vi que se metía en el camarote de
Pereyra. Me acosté y me quedé pensando.
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Al otro día la Petrona no vino. La arrinconé en uno de los cuartos de
baño y le pregunté qué le pasaba. Dijo que nada, que andaba con mucho
trabajo.
—¿Anoche volviste con Pereyra? —le pregunté de sopetón.
—¿Yo? ¿Por qué? No, no volví —me mintió.
Que a uno le saquen la mujer no es para reírse, pero si encima de eso
la culpa la tenés vos, se imaginarán que no le veía la gracia. Cuando la
apremié para que me viniera a ver esa misma noche, se puso a llorar y dijo
que el cabo o el capataz de a bordo la tenía entre ojos y se sospechaba lo
ocurrido, que no quería perder el conchabo, y otras bolas parecidas. Creo
que fue en ese momento que me di cuenta de la cosa y me quedé
pensando. De la gallega no me importaba mucho, aunque el amor propio
me comía la sangre. Pero había otras cosas más serias, y tuve toda la noche
para pensarlas. La noche aquella también me sirvió para verla a la Petrona
cuando se colaba de nuevo en el camarote de Pereyra.
Al otro día me las arreglé para charlar con el viejo Ferro. Hacía rato
que no le desconfiaba, pero quería estar seguro. Me repitió con detalles
que iba a Francia a visitar a su hija que se había casado con un franchute y
tenía una punta de hijos. El viejo quería ver a los nietos antes de espichar,
y andaba con la billetera llena de fotos de la familia. Pereyra se presentó
tarde y con cara de dormido. También... Y Lamas andaba con un método
para aprender el francés. Fíjense qué compañía, che.
La cosa siguió así hasta la víspera de llegar a Marsella. Aparte de
acorralarla una o dos veces en los pasillos, no pude conseguir que la
Petrona volviera a mi camarote. Ya ni se acordaba de la plata prometida, y
eso que se la mencionaba cada vez. Como ponía cara de asco al oír hablar
de los pesos que le debía, me afirmé en mi idea y vi todo bien clarito. La
noche antes de llegar me la encontré tomando fresco en la cubierta.
Pereyra estaba al lado y se hizo el inocente al verme pasar. Yo esperé la
ocasión y a la hora de irme a dormir la atajé a la galleguita que andaba
muy atareada.
—¿No vas a venir? —le pregunté, haciéndole una caricia en las ancas.
Se echó atrás como si hubiera visto el diablo, pero después disimuló.
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—No puedo —dijo—. Ya te expliqué que me tienen vigilada.
Me daban ganas de partirle la jeta de un revés para que no siguiera
tomándome pal churrete, pero me contuve. Ya no quedaba tiempo para
pavadas.
—Decime —le pregunté—. ¿Estás bien segura de lo que me dijiste de
Pereyra? Mirá que es importante, y a lo mejor no te fijaste bien.
Le vi en los ojos las ganas de reírse que tenía, mezcladas con miedo.
—Pero sí, ya te dije que no tenía nada, ¿Qué querés, que vaya otra
vez con él para estar más segura?
Y se sonreía, la muy perra, convencida de que yo estaba en la luna.
Le pegué un chirlo liviano y me volví al camarote. Ahora no me interesaba
espiar si la Petrona se metía en lo de Pereyra.
Por la mañana ya tenía mi valija lista y lo necesario en la faja. El
franchute que atendía el café champurreaba un poco el español y me había
explicado que al llegar a Marsella la policía subía a bordó y revisaba los
documentos. Recién después de eso daban permiso de desembarco. Nos
pusimos todos en fila, y fuimos pasando de a uno para mostrar los
papeles. Yo lo dejé ir primero á Pereyra, y cuando estábamos del otro lado
lo agarré del brazo y lo invité a despedirnos en mi camarote con un trago
de caña. Como ya la había probado y le gustaba, vino en seguida. Cerré la
puerta con pasador y me, quedé mirándolo.
—¿Y la caña? —dijo él, pero cuando vio lo que tenía en la mano se
puso blanco y se echó atrás—. No seas animal... Por una mujer como esa...
—me alcanzó a, decir.
El camarote resultaba estrecho, tuve que saltar por encima del finado
para tirar el facón al agua. Aunque ya sabía que era al ñudo, me agaché
para ver si la Petrona no me había mentido. Agarré la valija, cerré con
llave el camarote y salí. Ferro ya estaba en la planchada y me saludó a
gritos. Lamas esperaba turno, callado como siempre. Me le acerqué y le
dije un par de cosas a la oreja. Creí que se iba a caer redondo, pero no era
más que la impresión. Pensó un momento y estuvo de acuerdo. Yo sabía
hacía rato que iba a estar de acuerdo. Secreto por secreto, los dos
cumplimos. De él nunca supe más nada, después que me acomodó entre
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sus amigos franchutes. A los tres años ya pude volverme. Tenía unas
ganas de ver Buenos Aires...
Sugerido: Cuentos narrados por el mismo autor.
http://www.youtube.com/watch?v=tWP5oaNtJzU
Gabriel García Márquez
Algo muy grave va a suceder
en este pueblo
Nota: En un congreso de escritores, al hablar sobre la
diferencia entre contar un cuento o escribirlo, García
Márquez contó lo que sigue, "Para que vean después
cómo cambia cuando lo escriba".
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene
dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una
expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les
responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a
sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas
que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una
carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le
preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi
madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está
con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
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-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la
idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a
suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-
: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo
mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra
de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a
pasar, y se están preparando y comprando cosas.
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Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero
en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo
el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando
que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde,
hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados
con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a
pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la
voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos
están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa
la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que
dicen:
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-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los
animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y
entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en
medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.
Un día de estos
El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y
buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una
dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un
puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una
exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón
dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto,
con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de
los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de
resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que
hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no
se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos
gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina.
Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La
voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-Papá.
-Qué.
-Dice el alcalde que si le sacas una muela.
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-Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó
con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los
trabajos terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por
hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de
pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior
de la mesa. Allí estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de
frente a la puerta, la mano apoyada en el
borde de la gaveta. El alcalde apareció
en el umbral. Se había afeitado la mejilla
izquierda, pero en la otra, hinchada y
dolorida, tenía una barba de cinco días.
El dentista vio en sus ojos marchitos
muchas noches de desesperación. Cerró
la gaveta con la punta de los dedos y
dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo el alcalde.
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-Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la
silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una
vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente
a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre.
Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la
boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la
muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene que ser sin anestesia -dijo.
-¿Por qué?
-Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
-Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la
mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua
con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con
la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin
mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el
gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su
fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un
suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga
ternura, dijo:
-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de
lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a
través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender
la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera,
sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el
bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese las lágrimas -dijo.
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El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos,
vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e
insectos muertos. El dentista regresó sec{ndose las manos. “Acuéstese -dijo- y
haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un
displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin
abotonarse la guerrera.
-Me pasa la cuenta -dijo.
-¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
-Es la misma vaina.
Sólo vine a hablar por teléfono
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona
conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería
en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y
seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades.
Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel
día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de
señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos
en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella.
Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría
antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de
estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance
que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al
conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una
manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó,
se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos
estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de
los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de
desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La
mujer la interrumpió con el índice en los labios.
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-Están dormidas -murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por
mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con
mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el
asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y
el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de
cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su
vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
-¿Dónde estamos? -le preguntó María.
-Hemos llegado -contestó la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y
sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las
pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles
hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de
órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían
con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en
descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias
mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les
cubrían la cabeza con las mantas para que no se
mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin
hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias.
Después de despedirse de su vecina de asiento María
quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se
cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la
devolviera en portería.
-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto
del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo.
La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena
suerte". El autobús arrancó sin darle tiempo de más.
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de
detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso:
"¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y
un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio
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se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las
guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le
decía con modos dulces:
-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en
un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y
empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más
humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los
nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el
corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su
identificación.
-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera.
El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para
cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no
estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa
dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La
guardiana pareció escucharla con atención.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró
después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una
guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.
-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una
dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por
teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las
mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad
estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos
muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas
mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón
una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un
zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de
través paralizada por el terror.
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-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar
por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella
energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza
descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían
muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar
por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El
segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la
próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella
oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera
de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un
somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar,
estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie
acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en
Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería,
pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el
mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano
monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con
dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se
lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el
llanto.
-Aprovecha ahora para
llorar cuanto quieras -le
dijo el médico, con voz
adormecedora-. No hay
mejor remedio que las
lágrimas.
María se desahogó sin
pudor, como nunca logró
hacerlo con sus amantes
casuales en los tedios de
después del amor.
Mientras la oía, el médico
la peinaba con los dedos, le
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arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su
incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás.
Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre
que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con
ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para
hablarle por teléfono a su marido.
El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no, reina", le
dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca.
"Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y
desapareció para siempre.
-Confía en mí -le dijo.
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un
comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su
identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del
director: agitada.
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento
del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres
compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años
de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de
las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un
mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del
truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de
ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años,
en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos
treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la
demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El
tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las
Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que
no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después
de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que
María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo
malo había ocurrido.
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el
esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció
el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última
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esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la
puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.
Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba
en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre
profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza
social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a
María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes
misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono
después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho
de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con
llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que
María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al
amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de
novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre
pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto
mundo sin ella.
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos
cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de
conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto
de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa
después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta
el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era
capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que
había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria
con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por
otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y
allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le
prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una
determinación invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella.
Y concluyó sin misericordia: "Este fue corto". Él se rindió ante su rigor. Sin
embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de
huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la
sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.
María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y
la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado
vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos
modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y
en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a
buscar a Saturno.
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No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor,
donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin
condiciones. "¿Y ahora hasta cuándo?", le preguntó él. Ella le contestó con un
verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras dura". Dos años
después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él,
tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a
un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les
gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían
comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin
portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad
posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a
visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la
noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado
llamó por teléfono a casa para preguntar por María. "No sé nada", dijo Saturno.
"Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un policía civil fue a su
casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en
un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo
abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno
estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más
vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y
él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se
sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por
Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar
a vela. Estábamos en elMarítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en
el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con
sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos
veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María
se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de
bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo
agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente
óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que
le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la
tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama
callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La
Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en
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vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el
modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo
fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después
encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por
María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló
de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós
años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de
bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras
casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa.
Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres
horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después
cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie
contestara aumentaba su martirio.
Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. "El
señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno
no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita
María.
-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.
-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La mujer se encabritó.
-¿Pero quién coño habla ahí?
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo
que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el
control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos
de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha,
porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores
impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo
hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella
ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la
madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no
morir, y tomó la determinación de olvidar a María.
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio.
Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos
encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general
Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se
resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes,
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vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se
negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores
artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a
partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del
claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o
temprano terminaban por integrarse a la comunidad.
La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se
los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco
dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico
que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la
obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las
pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le
permitieron un alivio efímero.
Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían
despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la
guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado.
Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con
voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
-¿Dónde estamos?
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
-En los profundos infiernos.
-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el
ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna,
se oye a los perros ladrándole a la mar.
Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió.
La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a
pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella
sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había
propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó
con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por
chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina".
Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos
de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos
pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las
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piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en
que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se
acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades
tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos,
las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no
era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó
entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina.
La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas
alborotadas.
-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te
vuelvas loca por mí.
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar
medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse
durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al
espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las
naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los
golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y
con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó
sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el
servicio telefónico de la hora:
-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos
-¡Maricón! -dijo María.
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando
escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y
tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con
el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por
fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
-¿Bueno?
Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la
garganta.
-Conejo, vida mía -suspiró.
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Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de
espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
-¡Puta! Y colgó en seco.
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía
del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se
derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con
los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a
Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola.
Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la
aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en
las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio
cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por
escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio
común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su
marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto
absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
-Si alguna vez se sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la
camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en
persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de
guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía
de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el
registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada
ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al
director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la
guardiana.
-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.
El director asintió complacido. "No sé cómo hacen los seguros para saberlo
todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de
asceta, y concluyó:
-Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si
Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que
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él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en
uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El médico hizo un ademán de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes
durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerte que haya
caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura".
Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
-Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del
convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos
hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una
mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para
irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían
dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos
cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna
en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de
rutina.
-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las
miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las
noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido
peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la
misma.
-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las
cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si
el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón.
Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de
los propósitos del médico. "En síntesis", concluyó, "aún te faltan algunos días
para estar recuperada por completo". María entendió la verdad.
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-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy
loca!
-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho
más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones,
por supuesto.
-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta
aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de
terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina
en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido
gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor
como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin
darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó
el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:
-¡Váyase!
Saturno huyo despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al
sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran
leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para
volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una
función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los
balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas,
menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo
desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María,
Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro
veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió
dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera
si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes
de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita
casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María.
Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte
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Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de
alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido
llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo
encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de
aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio,
un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el
gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de
comer.
Novelas:
Crónica de una muerte anunciada
http://ebiblioteca.org/?/ver/88766
Del amor y otros demonios
http://ebiblioteca.org/?/ver/17801
Película: Crónica de una muerte anunciada
http://www.youtube.com/watch?v=paR4hX3a0Mo
Augusto Roa Bastos
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La excavación
El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus
espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta
blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más
densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el
vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora.
Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La
creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca
ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba
unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la
excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más
rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de
desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían
abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en
los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el
hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más
de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel
duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo
apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban
amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde
en tiempos de calma no habían entrado nunca más de ocho o diez presos
comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a
nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de
la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la
rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose
las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde
afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y
desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los
dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas
mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar-
brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
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La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba
creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el
olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí
se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que
estaba más allá de ese boquete negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de
hojalata, en la noche angosta del túnel.
Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones.
Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe
tuvo exacta conciencia de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas
puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una
simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque
espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se
estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin
respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran
cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que
aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran
menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos
profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la
tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su
esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo
prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la
desesperante tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse
cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las
que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y
en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora
la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo
gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto,
pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando
atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar,
pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había
desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba
ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente.
La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.
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Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho
tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin
embargo, claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que
paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables
posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de
cincuenta metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto
atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de
sus respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las
cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica
bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los
grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su
gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias,
juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la
muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese
muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en
términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con
cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.
Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios,
Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso
y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía
salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento
señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea
quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla,
de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones
enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la
masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado.
Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de
los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba
igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido
un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
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Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el
tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas,
abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una
de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez
soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba
acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible,
esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la
circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente.
Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que
cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la
abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos
brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras
sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y
ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban,
en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo,
en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce
de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel,
recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su
imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos
chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el
suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por
último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el
mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no
de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado
desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que
tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo,
realmente inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había
mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la
decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo
ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete
enceguecedor, el perfecto redondel de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche
azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y
convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga
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y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una
de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al
franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se
estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y
seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de
prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más.
Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en
una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó
nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora,
mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía
ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se
hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante
negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la
celda. El hecho inspiró a los guardianes.
Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a
noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon
con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los
pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la
sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular
parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada, estaba
inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer
soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las
ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos
durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos
habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel.
El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el
túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al
ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles
insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre
aún frescas en la callejuela abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a
quedar abarrotada.
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Otros textos:
Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados
Unidos
Jefe Seattle
Nota
El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe
Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados
Unidos que hoy forman el Estado de Washington. A cambio, promete crear una
"reservación" para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855.
El Gran Jefe Blanco de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere
comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de
amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque
sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta
pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas
de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Washington podrá
confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno
de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para
nosotros una idea extraña.
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Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es
posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de
un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva,
cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida
de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la
historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a
caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella
tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella
es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el
caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos
húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos
pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco
en Washington manda decir que
desea comprar nuestra tierra, pide
mucho de nosotros. El Gran Jefe
Blanco dice que nos reservará un
lugar donde podamos vivir
satisfechos. Él será nuestro padre y
nosotros seremos sus hijos. Por lo
tanto, nosotros vamos a considerar
su oferta de comprar nuestra tierra.
Pero eso no será fácil. Esta tierra es
sagrada para nosotros. Esta agua
brillante que se escurre por los
riachuelos y corre por los ríos no es
apenas agua, sino la sangre de
nuestros antepasados. Si les
vendemos la tierra, ustedes deberán
recordar que ella es sagrada, y
deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las
aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de
mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras
canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes
deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los
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suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le
dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una
porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un
forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La
tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su
camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la
tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su
madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser
compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito
devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea
porque soy un salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar
donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de
un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El
ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no
puede oír el llorar solitario de un ave o
el croar nocturno de las ranas
alrededor de un lago? Yo soy un
hombre piel roja y no comprendo. El
indio prefiere el suave murmullo del
viento encrespando la superficie del
lago, y el propio viento, limpio por una
lluvia diurna o perfumado por los
pinos.
El aire es de mucho valor para el
hombre piel roja, pues todas las cosas
comparten el mismo aire -el animal, el
árbol, el hombre- todos comparten el
mismo soplo. Parece que el hombre
blanco no siente el aire que respira.
Como una persona agonizante, es
insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe
recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu
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con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer
respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra,
ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el
mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los
prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si
decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los
animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un
millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre
blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no
comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más
importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre
moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en
breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus
abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida
con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los
nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le
ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están
escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que
pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas las cosas están relacionadas
como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió
el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al
tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo,
no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a
pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco
llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero
no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre
piel roja como para el hombre piel blanca.
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La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos
también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus
camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados
por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les
dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los
búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los
rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos
hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.
Ernesto Sábato
Novela:
El túnel
http://ebiblioteca.org/?/ver/23646
La resistencia
http://ebiblioteca.org/?/ver/23625
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Mario Benedetti
La noche de los feos
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo
hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa
marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de
mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos
tiernos, esa suerte de faros de justificación por
los que a veces los horribles consiguen
arrimarse a la belleza. No, de ningún modo.
Tanto los de ella como los míos son ojos de
resentimiento, que sólo reflejan la poca o
ninguna resignación con que enfrentamos
nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido.
Tal vez unido no sea la palabra más
apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por
su propio rostro.
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Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos
hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin
simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la
primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a
dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos,
vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo
teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin
curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo
que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera
dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa,
brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía
mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos
rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del
rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de
admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para
Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería
sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A
veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido
un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media
nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a
ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró,
tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que
charláramos un rato en un café o una confitería. De
pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se
desocupó una mesa. A medida que pasábamos
entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las
señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas
para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que
tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera
era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para
registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado
tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí
mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe
mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes
merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó)
para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
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pág. 135
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para
justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella
como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba
traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía.
Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro
tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que
usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo
lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente
congeniar. Llámele como quiera, pero hay
una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir
esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la
noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no
la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí,
tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella
respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba
inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi
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tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su
sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella
mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un
relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió
lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta,
convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco
temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus
lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y
pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca
siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la
cortina doble.
Un padre nuestro latinoamericano
Padre nuestro que estás en los cielos
con las golondrinas y los misiles
quiero que vuelvas antes de que olvides
cómo se llega al sur de Río Grande
Padre nuestro que estás en el exilio
casi nunca te acuerdas de los míos
de todos modos donde quieras que estés
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver las uñas
sucias de la miseria
en agosto de mil novecientos sesenta
ya no sirve pedirte
venga a nos el tu reino
porque tu reino también está aquí abajo
metido en los rencores y en el miedo
en las vacilaciones y en la mugre
en la desilusión y en la modorra
en esta ansia de verte pese a todo
cuando hablaste del rico
la aguja y el camello
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pág. 137
y te votamos todos
por unanimidad para la Gloria
también alzó su mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía
a pensar hágase tu voluntad
sin embargo una vez cada tanto
tu voluntad se mezcla con la mía
la domina
la enciende
la duplica
más arduo es conocer cuál es mi voluntad
cuándo creo de veras lo que digo creer
así en tu omnipresencia como en mi soledad
así en la tierra como en el cielo
siempre
estaré más seguro de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora
pero quién sabe
no voy a decidir
que tu poder se haga o se deshaga
tu voluntad igual se está haciendo en el viento
en el Ande de nieve
en el pájaro que fecunda a su pájara
en los cancilleres que murmuran yes sir
en cada mano que se convierte en
claro no estoy seguro si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse
lo digo con irreverencia y gratitud
dos emblemas que pronto serán la misma cosa
lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro
de cada día y de cada pedacito de día
ayer nos lo quitaste
dánosle hoy
o al menos el derecho de darnos nuestro pan
no sólo el que era símbolo de Algo
sino el de miga y cáscara
el pan nuestro
ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
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pág. 138
perdónanos si puedes nuestras deudas
pero no nos perdones la esperanza
no nos perdones nunca nuestros créditos
a más tardar mañana
saldremos a cobrar a los fallutos
tangibles y sonrientes forajidos
a los que tienen garras para el arpa
y un panamericano temblor con que se enjugan
la última escupida que cuelga de su rostro
poco importa que nuestros acreedores perdonen
así como nosotros
una vez
por error
perdonamos a nuestros deudores
todavía
nos deben como un siglo
de insomnios y garrote
como tres mil kilómetros de injurias
como veinte medallas a Somoza
como una sola Guatemala muerta
no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado
o arrendar una sola hectárea de su olvido
ahora que es la hora de saber quiénes somos
y han de cruzar el río
el dólar y su amor contrarrembolso
arráncanos del alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia
amén.
Táctica y estrategia
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
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hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme con vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
Hagamos un trato
Compañera,
usted sabe
que puede contar conmigo,
no hasta dos o hasta diez
sino contar conmigo.
Si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos,
y una veta de amor
reconoce en los míos,
no alerte sus fusiles
ni piense que deliro;
a pesar de la veta,
o tal vez porque existe,
usted puede contar
conmigo.
Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo,
no piense que es flojera
igual puede contar conmigo.
Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar con usted,
es tan lindo
saber que usted existe,
uno se siente vivo;
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos,
aunque sea hasta cinco.
No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.
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Ustedes y nosotros
Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial
nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual
ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez
nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien
ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom
nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud
ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón
nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función
ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
si lo hacen bien o mal
nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar
ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial
nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.
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pág. 141
IRSE
Cada vez que te vayas de vos misma
no olvides que te espero
en tres o cuatro puntos cardinales
siempre habrá un sitio dondequiera
con un montón de bienvenidas
todas te reconocen desde lejos
y aprontan una fiesta tan discreta
sin cantos sin fulgor sin tamboriles
que sólo vos sabrás que es para vos
cada vez que te vayas de vos misma
procurá que tu vida no se rompa
y tu otro vos no sufra el abandono/
y por favor no olvides que te espero
con este corazón recién comprado
en la feria mejor de los domingos
cada vez que te vayas de vos misma
no destruyas la vía de regreso
volver es una forma de encontrarse
y así verás que allí también te espero
Otras lecturas:
Primavera con una esquina
rota
http://ebiblioteca.org/?/ver/15104
A ELLOS
Se me han ido muriendo los amigos
se me han ido cayendo del abrazo
me he quedado sin ellos en el día
pero vuelven en uno que otro sueño
es una nueva forma de estar solo
de preguntar sin nadie que responda
queda el recurso de tomar un trago
sin apelar al brindis de los pobres
iré archivando cuerdos y recuerdos
si es posible en desorden alfabético
en aquel rostro evocaré tu temple
es ese otro el ancla de unos ojos
sobrevive el amor y por fortuna
a esa tentación no se la llevan
yo por las dudas toco la mismísima
madera/esa que dicen que nos salva
pero se van figurando los amigos
los buenos/los no tanto/los cabales
me he quedado con las manos vacías
esperando que alguien me convoque
sin embargo todos y cada uno
me han dejado un legado un regalito
un consuelo/un sermón/una chacota
un reproche en capítulos/un premio
si pudiera saber dónde se ríen
donde lloran o cantan o hacen niebla
les haría llegar mis añoranzas
y una fuente con uvas y estos versos
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Pablo Neruda
Poema XV
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
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Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Poema XX
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
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pág. 144
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos
árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis
brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
SI TÚ ME OLVIDAS
QUIERO que sepas
una cosa.
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
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pág. 145
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.
“Los versos del Capitán”
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WALKING AROUND
SUCEDE que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas
húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la
ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles
intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y
espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y
ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
“Residencia en la tierra II”
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Oliverio Girondo
Poema 1
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como
pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a
cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una
exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben
volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus
encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus
extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico
reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus
quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los
alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa!
¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para
llevarme, volando, a cualquier parte.
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Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en
tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando,
las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las
noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una
mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca
o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por
más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que
pueda hacerse el amor más que volando.

Info y lecturas

  • 1.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 1 Materialpara Lengua y Literatura 5to Año Automotores Contenidos: Lengua y literatura 2do Trimestre 3er Trimestre1er Trimestre Literatura precolombina Modernismo: Rubén Darío. Literatura del descubrimiento y la conquista. Narrativa indigenista. Vanguardia Narrativa Naturalismo: Horacio Quiroga. Regionalismo: Juan Rulfo J. L. Borges Julio Cortázar G. G. Márquez A. R. Bastos Ernesto Sábato M. E. de Miguel Silvia Iparraguirre Vanguardia Lírica Mario Benedetti Pablo Neruda Oliverio Girondo Enlaces Novelas: El Conquistador, F. Andahazi El Túnel, E. Sábato Crónica de una muerte anunciada, G. G. Márquez Películas: La Misión Apocalypto Crónica de una muerte anunciada Otros textos Reseñas - Ensayos Presentaciones Canciones
  • 2.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 2 Actividadde diagnóstico Lea con atención los siguientes textos del escritor uruguayo Eduardo Galeano y realiza las actividades indicadas:
  • 3.
  • 4.
  • 5.
  • 6.
  • 7.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 7 Tema:La Reseña Una reseña es una evaluación o crítica constructiva, que puede ser positiva o negativa que depende de lo que el crítico analice, de objetos tales como una película, un videojuego, una composición musical, un libro; un equipo, como un automóvil, electrodoméstico o computadora; o un evento, como un concierto, una exposición o una obra de teatro. El autor puede asignar al objeto criticado una calificación para indicar su mérito relativo con el objeto de aproximar a los lectores hacia lo descrito. En su contenido debe reflejar la interpretación y evaluación crítica de quien la realiza, pero evitar sesgos de carácter personal. En la literatura científica, una reseña consiste en un análisis de una o varias obras científicas y su relevancia en la investigación de un tema en determinado momento. Normalmente se trata de una revisión por pares, proceso por el cual los científicos evalúan el trabajo de sus colegas que han sido presentados para ser publicados en alguna editorial académica. Características de la reseña Se organiza siguiendo una estructura argumentativa. Comienza con la definición del objeto a tratar u opinión personal o interpersonal de un escrito argumentativo, continúa con la toma de posición
  • 8.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 8 (quese justifica ya sea contrastando con diversos argumentos o a través de opiniones personales), y cierra reafirmando la posición adoptada. Es un escrito breve que intenta dar una visión panorámica y, a la vez, crítica, sobre algo. Refleja la interpretación y evaluación crítica de quien la realiza. Describe un tema, texto, suceso o evento y ofrece una opinión sobre su valor. Extrae lo esencial del contenido Suele seguir el siguiente esquema: introducción, resumen expositivo, comentario crítico y conclusión. Necesita un lugar u objeto de cual hablar o criticar positiva o negativamente. Es importante aclarar que la crítica es el parecer del autor. Ejemplo de Reseña con la novela El Conquistador Federico Andahazi. Autor de "El Conquistador" Tapa del libro Temas: LITERATURA ARGENTINA Autor: ANDAHAZI, FEDERICO Editorial: PLANETA ARG. ISBN:950-49-1599-X 285 páginas Peso estimado: 300 gramos
  • 9.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 9 ¿Cómosería el mundo si la historia no hubiera sido como creemos que fue? Guiado por las profecías del calendario azteca, Quetza, un joven brillante criado por un sabio en el antiguo México, se lanza a la aventura. Adelantándose a los grandes viajeros, es el primer hombre que logra unir ambos continentes, descubriendo un nuevo mundo: Europa. Quetza nos cuenta la barbarie que se ve en esas tierras: la adoración a un hombre brutalmente clavado en una cruz, personas quemadas en hogueras ante multitudes que festejan como salvajes y ambiciones desmedidas de riquezas y poder. Quetza, al ver la avidez de esos gobernantes, no puede sustraerse a un vaticinio: ellos cruzarán pronto el océano, impulsados por el afán de extender sus dominios. Concibe entonces un plan para evitar la conquista y el exterminio de su pueblo. LA CONQUISTA DE EUROPA EN 1492 Reseña de Tito Matamala La nueva novela del argentino Federico Andahazi explora la fábula, o la tesis, de que un grupo de aborígenes latinoamericanos haya llegado al viejo continente antes del viaje de Colón. Se configura así un modo distinto de entender la historia, que mucho se asemeja a un acto de venganza y reivindicación cultural. Lo primero que llama la atención del conquistador Quetza al arribar a las costas españolas es el olor. Más bien dos olores penetrantes. La gente apesta, pese a que el sol es agobiador se visten de pies a cabeza, con gruesos sayos que arrastran levantando el polvo de la calle. Parece que no se bañan, y como sus cuerpos permanecen ahí encerrados sin ventilación, hieden como estiércol de cerdo. Es insoportable para estos adelantados aztecas, acostumbrados al cotidiano aseo personal. Y lo otro es peor, terrible: un aroma de asado que a la distancia
  • 10.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 10 lesabrió el apetito luego de la extensa jornada de navegación hacia el levante. Desde el mar veían las fumarolas de las carnes a las brasas, pero al acercarse comprueban que son hombres los que se achicharran en el fuego de la santísima inquisición. Ese espectáculo, aun cuando a Quetza le recuerda los sacrificios humanos en su tierra, le parece horripilante. ¿Qué tipo de perverso dios de estos europeos les exige la ofrenda de la carne de sus semejantes? ¿Cómo ha llegado un aborigen americano a presenciar ese auto de fe en la península católica? Es la tesis de la nueva novela de Federico Andahazi, "El conquistador", en la que pretende torcer el devenir natural de la historia y plantearse qué habría ocurrido si se hubiese cumplido la otra alternativa: que los aborígenes americanos llegaran a conquistar Europa antes del zarpe de las carabelas de Cristóbal Colón. De inmediato, podemos entender la obra como una suerte de venganza, para que al menos en la ficción se ajusten las cuentas del pillaje y el exterminio que padeció este continente desde 1492, lo que todavía es no sólo un llanto perpetuo sino también una bandera de lucha política y social. Y uno de los tópicos más arraigados en la literatura de la región. El héroe, Quetza, es un joven aborigen mexica, habitante de lo que más tarde se llamará América Central. Reúne lo mejor de la cultura de su pueblo: ya sabe, por ejemplo, que la Tierra es redonda y que se puede viajar al oriente y regresar por occidente. Sabe también, o lo intuye, que su gente debe salir a buscar el futuro, antes de que venga el futuro a acabar con ellos. Por eso, y por su buena fortuna, consigue el beneplácito del emperador y zarpa en una embarcación a quebrarle la mano a la historia. El único deber que tenemos con la historia, decía Oscar Wilde, es reescribirla. Y en eso se compromete Andahazi. La embarcación de Quetza y sus elegidos debe sortear un mar iracundo, y en una de esas noches de tormenta ven pasar un drakar vikingo, raudo y con más aplomo hacia las playas de América del Norte. Pero es al avistar la costa española cuando en verdad comienza un retrato asimétrico de la conquista. Los valientes mexicas, exhaustos por el periplo, alcanzan un pequeño villorrio de nombre Huelva, y descubren con temor que su empresa será más difícil de lo que habían imaginado. Aquí los hombres usan unos carros de arrastre con ruedas, con los que resulta mucho más fácil el transporte de pertrechos. ¡Cómo no se les ocurrió a ellos, si ya conocían los
  • 11.
    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 11 objetosredondos! También poseen armas de hierro que disparan proyectiles a larga distancia. No obstante, es el caballo, aquel animal poderoso pero dócil a las órdenes de "los nativos", lo que más espanta a los adelantados de Tenochtitlan. Andahazi explora la ucronía, el "qué hubiera ocurrido si". O también la posibilidad de que exista un universo en que efectivamente las tribus de México y el Caribe llegaron a Europa antes del viaje de Colón, tesis compleja y poco creíble pero que, amparada en intrincados conceptos de la física teórica, nunca podemos descartar del todo. A veces la novela se torna humorística, por las numerosas observaciones del jefe mexica que develan el don de la oportunidad de su aventura: ha llegado a la península ibérica en 1492, cuando los monarcas católicos han expulsado por decreto a los judíos, y por las armas a los moros. Son días convulsionados, en que las hogueras de la inquisición se alimentan sin pausa de carne hereje. Y un silencioso miembro de la corte de la reina Isabel, un almirante que se entrevista con Quetza, está a punto de convencer a su monarca para que le financie una empresa marítima hacia occidente: Cristóbal Colón. En el encuentro cara a cara, ambos marinos entienden que el otro también sabe el secreto: que la Tierra es redonda, y que no hay abismos infernales en las orillas de los mapas. Es uno de los episodios mejor logrados de la novela. "El conquistador" también es fábula con una clara moraleja acerca de la codicia y la hipocresía de los hombres blancos. Quetza no se engaña con la férrea religiosidad que ve en los monarcas peninsulares, ni en la adoración del pueblo por ese dios que reproducen crucificado en una cruz. Todo ello no es más que una excusa institucionalizada para expandir las tierras del imperio en pos de las riquezas que se derivan del oro. Esos seres tan arropados, hediondos y penitentes, tarde o temprano descubrirán la ruta hacia donde se pone el sol, y entonces no habrá dioses capaces de amparar a los hermanos de Quetza. Entretenida, de prosa sencilla, la novela de Federico Andahazi establece otro punto de partida para imaginar y pensar la historia de América Latina. La siguiente ilusión sería que nunca llegaron anglosajones a instalarse al norte del Río Grande.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 12 LAARGENTINIDAD….. AL PALO Entrevista a Federico Andahazi, reciente ganador del premio planeta por "el conquistador" "Siempre me gustaron los personajes inciertos" Se presentó al concurso con un seudónimo ("como en mis tiempos de autor inédito") y ganó. Andahazi habla del reconocimiento de sus colegas y establece una conexión entre el protagonista de la novela ganadora, Quetza, y una difícil situación personal que debió sobrellevar: "Por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de mi hijo", señala. A pesar de que se siente reivindicado (ver aparte), después de haber ganado el Premio Planeta de Novela con El conquistador –"por su originalidad argumental, el oficio narrativo y el conocimiento de las culturas americana y europea del siglo XIV", según el fallo unánime del jurado–, no fue un año fácil para Federico Andahazi. En mayo, mientras terminaba de escribir esta novela, nació su hijo Blas, con apenas 25 semanas de gestación. "Luchó mucho para sobrevivir, pero lo que más me impresionó fue que Blas tuvo la misma enfermedad que el personaje, y por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de mi hijo", dice Andahazi. El personaje es Quetza, un chico que en el antiguo México, en el imperio azteca, está a punto de ser condenado a morir como ofrenda al dios de la guerra. Pero Tepec, un anciano tolteca –perteneciente al Consejo de Sabios– que repudia la cultura de los sacrificios, lo salva con la condición de hacerse cargo de la crianza del niño, al que todos consideran un desahuciado. Quetza se convirtió en un héroe, en un adelantado que estableció con exactitud el ciclo de rotación de la Tierra en torno del Sol y trazó las más precisas cartas celestes antes que Copérnico. También, antes que Leonardo Da Vinci, imaginó artefactos que resultaban absurdos e irrealizables para la época y, anticipándose a Colón, supo que la Tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, podía llegarse a Occidente y viceversa. Comprobó que el Nuevo Mundo era una tierra arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y las luchas por la supremacía entre las diferentes culturas que lo habitaban. Retornó a su patria después de haber dado la vuelta completa a la Tierra, mucho antes de que Magallanes pudiese imaginar semejante hazaña. Pero fue silenciado, tomado por loco y condenado al destierro.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 13 "Lapintura, mi vocación frustrada, siempre es para mí fuente de inspiración literaria", confiesa Andahazi. "En México vi un mural de Rivera con una barca, navegando por el aire, hacia el este, con el sol invertido. Y en esa visión encontré un relato: un azteca navegando en sentido contrario y viendo el mundo al revés." A partir del impacto que le generó el mural, el escritor empezó a investigar la historia de los aztecas para saber cuánto había de cierto en lo que trasmitía Rivera. "Y me encontré con la mitología, que nunca se sabe cuánto tiene o no de historia, pero que establece que en México habría existido una suerte de adelantado." –Pregunta: ¿Cuál es el atractivo que tiene para usted un personaje como Quetza? –Respuesta: Me gustan esos personajes inciertos, que no se sabe muy bien si existieron o no. Lo mismo me pasó con Mateo Colón en El anatomista; realmente me parecía increíble que el clítoris tuviera un descubridor, y que además se llamara Colón. En el caso de Las piadosas, el doctor Polidori, que fue el secretario de Byron, vivió a la sombra del poeta. Siempre me gustó resucitar este tipo de personajes, darles vida y convertirlos en personajes literarios. –¿Qué aspectos tomó del mito? ¿Quetza fue un chico que se salvó de ser sacrificado y que fue criado como cuenta en El conquistador? –Nunca me gusta confesar del todo cuánto hay de cierto y cuánto hay de ficción. Como lector, prefiero dejarme engañar gratamente por un autor, porque nunca se sabe bien dónde empieza la historia y dónde la ficción. Mientras escribía la novela, todo el tiempo intenté mirar el mundo con otros ojos. Lo más difícil fue ser fiel a ese sol invertido del mural de Rivera e intentar pensar de otra forma. Aprender a mirar más allá de la superficie, pero también aprender algo de la superficie. Esto nos enseñó Poe en La carta robada; él nos dice que para poder ver en la profundidad, para poder encontrar esa carta robada, hay que saber mirar en la superficie, esa carta que no se ve justamente por estar a la vista de todos. Tuve que hacer un descentramiento casi copernicano para ver el mundo de otra forma. Ver lo que uno está acostumbrado a ver con otros ojos nos confronta a lo siniestro, que es lo que nos resulta familiar, pero de repente se convierte en algo diferente. –¿Cómo explicaría el rol que cumple un personaje como Machana, un armador de canoas que nunca navegó, que lo hace sólo con la imaginación?
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 14 –Tangencialmente,Machana encarna la figura del escritor, que es ese tipo al que le encantaría vivir la vida de sus personajes y al que, a falta de posibilidades concretas y reales de convertirse en sus personajes, no le queda más remedio que escribirlos y vivir vidas ajenas. Este viejo que fabrica barcos, pero nunca navegó, en parte es análogo a los personajes que inventamos los escritores, que no nos pertenecen, que se nos revelan, y por otra parte viven esas vidas que quisiéramos vivir nosotros. Mis novelas son poco autobiográficas porque tengo una vida bastante aburrida y poco importante. Esta novela la escribí en los bares del Hospital Italiano, acompañando la recuperación de mi hijo, y por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de la lucha de mi hijo. Hay determinados capítulos en donde Quetza tiene que pelear para sobrevivir. Y yo me ocupo de que luche con suma belleza y dignidad, como lo hizo mi hijo. –¿Qué significa para usted el misterio, tan presente por otra parte en la historia que se narra en El conquistador? –La literatura es consustancial con el misterio. No creo en esa literatura que viene a explicarnos o a imponernos un supuesto orden donde no lo hay. La literatura viene a ahondar en estos misterios, viene a crear más interrogantes y a no dar ninguna certeza. La arcilla de la que se nutre la literatura es el misterio. Para los aztecas la existencia es un misterio irresoluble, y lo interesante es que no hay una explicación, a diferencia de la cultura judeo-cristiana, que busca permanente explicar el misterio. Está claro que los aztecas conviven con esa angustia, y en la poesía azteca se ve todo el tiempo que sólo se vive en la Tierra, que no hay un más allá. Lamentablemente quedó muy poca literatura de esa época, porque los españoles se encargaron de no dejar absolutamente nada. Los españoles, si tenían algún mérito entre comillas en sus planes de conquista, era que extirparon la memoria de los pueblos y les destruyeron su patrimonio literario, que era vastísimo. Ver la película La Misión o Apocalypto http://es.gloria.tv/?media=265979 http://cinefox.tv/ver58/apocalypto_espanol- latino.html
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 15 Lectura: Lanoche boca arriba Julio Cortázar Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida. A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones. Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe. Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 16 unafarmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás. Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían. Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 17 puñalde piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante. -Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse. Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 18 porlos labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 19 puestouna botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco. Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 20 podíaabrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida. Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 21 prontoiba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 22 Tema:Literatura precolombina Durante el descubrimiento del continente americano, los españoles encontraron grandes culturas civilizadas y altamente desarrolladas y con características de organización como las siguientes: Sistema político teocrático: las clases sociales dominantes (reyes, nobleza y sacerdotes) lograron un control político sobre las sociedades antiguas gracias al excedente agrícola del maíz que les permitió desarrollar otras áreas productivas, culturales y científicas, así como la marcada división social. Avances tecnológicos en geología y astronomía, con predicciones de fenómenos naturales hasta nuestros días. Dominio completo de la poesía épica y lírica, la prosa y el teatro ritual. Construcciones de pirámides, ciudades urbanizadas y templos sagrados; practicaban el juego de pelota como un ritual religioso. Mundo politeísta, como la fuente de identificación religiosa y ritual; así creían que cualquier fenómeno natural: el Sol, la Luna, la lluvia los animales eran dioses y realizaban ceremonias dedicadas a cada uno para mantener el ciclo vital de la existencia. Las culturas americanas precolombinas más importantes fueron las siguientes: Los aztecas: crearon un imperio en el siglo XV (período post-clásico). Fueron encontrados por los españoles. Los maya-quichés: el período clásico fue la etapa de mayor esplendor. Desaparecieron en el siglo VIII d. de C. Los incas: período clásico. Asentamiento en las tierras altas de Perú.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 23 Elespíritu indígena, propio de la mentalidad primitiva, se basó en mitos que relataban la cosmogonía, la teogonía y la historia del hombre vinculada a la idea de “fatalidad y cat{strofe”; creían en la vida m{s all{ de la muerte, en la necesidad del sacrificio, que explicaba cómo los hombres necesitan de los dioses para vivir, así como también los dioses necesitan de la vida de los hombres para subsistir. Cabe mencionar que los rasgos heredados de la cultura antigua los tenemos gravados en nuestra memoria colectiva, y los manifestamos a través de actitudes cotidianas, tales como: subordinación, espiritualidad, fatalismo, templanza ante la vida, resignación ante el dolor; pero sobre todo, en la reacción espontánea ante el abuso extremo. Por otro lado, la literatura precolombina pertenece a una cultura indígena propia cuyo objetivo de expresión fue transmitir, su concepción del mundo, el sentido de su existencia y su religión. Hoy en día, gracias a los códices (manuscritos), estelas y escalinatas grabadas, tenemos conocimientos de la cultura y la literatura, aunque muchos de esos códices fueron destruidos por el tiempo, la humedad o quemados por los propios misioneros españoles. La literatura precolombina Se dice literatura precolombina a toda manifestación de carácter literario "de acuerdo a los estándares actuales", procedente de las culturas y pueblos de América, anterior a la llegada de Cristóbal Colón y de la cultura europea, o más bien, la cultura medieval española. A menudo se incluye en esta definición el concepto de literatura como toda expresión escrita, por su fuerte carácter artístico-
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 24 religiosoque busca explicar el mundo. Mayores exponentes Anterior a la llegada de Colón a las Antillas no existía literatura en América tal y como se conocía en Europa. La mayor parte de los pueblos no tenían escritura. A la llegada de los españoles se sabe también, que muchos pueblos decidieron por sí mismos ocultar a los europeos el conocimiento que poseían sobre ellos mismos, así como su historia y las muchas tecnologías que poseían. A menudo se perdieron lenguas y culturas enteras en esta actitud. Aún así, otros pueblos decidieron conservar sus costumbres a escondidas, o transformándolas en formas mejor vistas por los españoles y portugueses. La literatura oral de este tipo sin embargo fue fuertemente observada por la inquisición, y con el tiempo terminó por desaparecer en favor de la literatura evangelizadora. Por estas razones suele estudiarse con mayor detenimiento el registro de los cronistas y otros, para evaluar las características de lo que fue o debió haber sido la literatura anterior. Todas son recopilaciones e interpretaciones de historias trasmitidas generación en generación. Características de la literatura precolombina Relatos filosóficos sobre la existencia humana, la lucha por el poder del conocimiento, la sabiduría para alcanzar la plena civilización. En la poesía se manifiesta el sentimiento de dolor y el sufrimiento ante el sentido fatalista de la vida. Empleo del realismo mágico: hechos inverosímiles donde se mezcla lo real con lo irreal. Narraciones mitológicas de carácter hiperbólico: exageradas. Los indígenas enfrentaron sus dolores y sus angustias. No le dieron la espalda al lado amargo de la existencia. Por tratarse de escritos sinceros, la tristeza es una de las características de la literatura indígena. Otra característica es la repetición de palabras y de frases, lo que sirve para destacar las cosas importantes y fijar la atención sobre ellas. Esto está muy relacionado con su carácter oral.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 25 Laliteratura prehispánica es también didáctica. Los más grandes, de cada comunidad siempre buscaron compartir con los niños y jóvenes su experiencia y lo que aprendieron de las palabras antiguas. El objetivo era que los más chicos conocieran el camino de la vida recta y feliz. Otra característica es la metáfora. Los indígenas son artistas naturales. Sienten la belleza y la expresan con facilidad por su cercanía con la naturaleza y por su sensibilidad por los asuntos humanos. La metáfora consiste en referirnos a cosas familiares y cotidianas, mediante la comparación con lo que amamos de la naturaleza y con la belleza encontrada en la imaginación y la vida real. La met{fora, es “la substancia misma del lenguaje poético”. Y la poesía n{huatl est{ llena de metáforas. Finalmente, la literatura indígena está abierta a lo sagrado. Dios o las divinidades eran y son el cimiento, el centro y la meta de las culturas indígenas. Lo sagrado es lo que da cohesión y fuerza a la vida de las comunidades y las personas que pertenecen a los pueblos indios. De modo que la literatura indígena no podría ser de otra forma: su corazón es lo sagrado. Cultivaron los siguientes géneros: La poesía épica: El Popol Vuh, que narra relatos cosmogónicos, teogónicos de la cultura maya; la creación del hombre y pueblos antiguos. Escrito en lengua quiché (hacia el año 1500) y traducido al castellano por el fraile dominico Francisco Ximénez, quien se apropió del texto original en Santo Tomás, Chichicastenango (Guatemala); es considerado la Biblia de los Mayas-quichés. La poesía, como la de Netzhualcóyotl (1402-1472) rey de Texcoco. El teatro de carácter ceremonial, como el drama Ollantay, de la mitología inca. Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces. Amo el color del jade, y el enervante perfume de las flores; pero amo más a mi hermano el hombre. Netzahualcóyotl fue el monarca de la ciudad-estado de Tetzcuco en el México antiguo. Ejerció el poder y se desempeñó notablemente como poeta, erudito y arquitecto. Nació: 28 de abril de 1402, murió: 4 de junio de 1472
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 26 Poemaprecolombino anónimo, fue encontrado en una de las llamadas Casas del Canto, en Bolivia, donde la poesía era danzada o cantada y que, Miguel Ángel Asturias recogió en “Antología de Poesía Precolombina. Tomado del manuscrito indígena de 1528, describe con un dramatismo extraordinario cuál era la situación de los sitiados durante el asedio de México- Tenochtitlan. Los últimos días del sitio de Tenochtitlan Todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos, nosotros lo admiramos. Con suerte lamentosa nos vimos angustiados. En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas y en las paredes están salpicados los huesos. Rojas están las aguas, están como teñidas y cuando las bebimos, fue como si hubiéramos bebido agua de salitre. Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros. En los escudos fue su resguardo: ¡pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad! Hemos comido palos de eritrina, hemos masticado grama salitrosa, piedras de adobe, ratones, tierra en polvo, gusanos. Todo esto pasó con nosotros. Himno de Manko Qhapaj Himno a Viracocha es un poema que el inca Manko Qhápaj o Manco Capác (fundador del Imperio Inca del Perú y el primero de los incas, siglo X) dirige al dios anhelando la comunión con él.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 27 ¡Oh,Dios soberano! ¡Poderosa raíz del ser! Tú que ordenas: “este sea varón, y ésta mujer”. Señor de la fuente sagrada, Tú que inclusive tienes poder sobre el granizo, ¿No me es posible verte? ¿Dónde te encuentras? ¿Dónde está: arriba, o abajo, en el intermedio tu asiento de supremo juez? ¡Escúchame! Tú que te extiendes en el océano del cielo y que también vives en los mares de la tierra Gobierno del mundo, creador del hombre como los señores Inkas con mis áridos ojos ansío conocerte. Cuando yo pueda ver, y conocer, y señalar y comprender, Tú, me verás y sabrás de mí.. El Sol y la Luna. El día y la noche. El otoño y la primavera no son en vano. Obedecen a un mandato de modo previsto y medido llegan. T ú me concediste el cetro imperial. ¿Escúchame!
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 28 ¿Respóndeme! Antesde que caiga rendido y muerto. Aposiciones: En lingüística, una aposición es una construcción de dos elementos gramaticales unidos, el segundo de los cuales especifica al primero. Ejemplo: -"Viracocha, /poderoso cimiento del mundo Enumeraciones: Consiste en sumar o acumular elementos lingüísticos a través de la coordinación, bien a través de conjunciones bien por yuxtaposición. Normalmente, se acompaña del uso de la anáfora o del paralelismo. Ejemplo: /arriba/abajo/ en el intermedio/ o en tu asiento de supremo juez/ ....sea esta mujer, / sea este varón Metáforas: La metáfora consiste en el uso de una expresión con un significado distinto o en un contexto diferente al habitual. Ejemplos: "en el océano del cielo" (océano por las nubes y su movimiento) “Gobierno de mundo" (porque es poderoso y se sobreentiende que es Viracocha, es fuerte, creador) "tu asiento de supremo juez " (lo relaciona con quien puede juzgar a los demás) Letra de la canción
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 29 Cincosiglos igual Intérprete: León Gieco Soledad sobre ruinas, sangre en el trigo rojo y amarillo, manantial del veneno, escudo heridas, cinco siglos igual. Libertad sin galope, banderas rotas, soberbia y mentiras, medallas de oro y plata contra esperanza, cinco siglos igual. En esta parte la tierra la historia se cayó, como se caen las piedras aun las que tocan el cielo o están cerca del sol, o están cerca del sol. Desamor, desencuentro, perdón y olvido, cuerpo con mineral, pueblos trabajadores, infancias pobres, cinco siglos igual. Lealtad sobre tumbas, piedra sagrada, Dios no alcanzó a llorar, sueño largo del mal, hijos de nadie, cinco siglos Igual. Muerte contra la vida, gloria de un pueblo desaparecido. Es comienzo, es final, leyenda perdida cinco siglos igual. En esta parte de la tierra la historia se cayó, como se caen las piedras aun las que tocan el cielo o están cerca del sol, o están cerca del sol. Es tinieblas con flores, revoluciones y aunque muchos no están nunca nadie pensó besarte los pies. Cinco siglos igual.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 30 Canciónde ausencia ¿La desventura, reina, nos separa? ¿La adversidad, infanta, nos aleja? Si fueras flor de chincherkoma, hermosa mía, en mi sien y en el vaso de mi corazón te llevaría. Pero eres un engaño, igual que el espejo del agua. Igual que el espejo del agua, ante mis ojos te desvaneces. ¿Te vas, amada, sin que nuestro amor haya durado un día? He aquí que nos separa tu madre desleal para siempre. He aquí que la enemistad de tu padre nos sume en la desgracia. Mas, mi reina, tal vez nos encontremos pronto si dios, gran amo, lo permite. Acaso el mismo dios tenga que unirnos después. Cómo el recuerdo de tus ojos reidores me embelesa. Cómo el recuerdo de tus ojos traviesos me enferma de nostalgia. Basta ya, mi rey, basta ya. ¿Permitirás que mis lágrimas lleguen a colmar tu corazón? Derramando la lluvia de tus lágrimas sobre las kantutas Y en cada quebrada, te espero, hermosa mía. Vienen por las islas LOS carniceros desolaron las islas. Guanahaní fue la primera en esta historia de martirios. Los hijos de la arcilla vieron rota su sonrisa, golpeada su frágil estatura de venados,
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 31 yaun en la muerte no entendían. Fueron amarrados y heridos, fueron quemados y abrasados, fueron mordidos y enterrados. Y cuando el tiempo dio su vuelta de vals bailando en las palmeras, el salón verde estaba vacío. Sólo quedaban huesos rígidamente colocados en forma de cruz, para mayor gloria de Dios y de los hombres. De las gredas mayorales y el ramaje de Sotavento hasta las agrupadas coralinas fue cortando el cuchillo de Narváez. Aquí la cruz, aquí el rosario, aquí la Virgen del Garrote. La alhaja de Colón, Cuba fosfórica, recibió el estandarte y las rodillas en su arena mojada. Pablo Neruda Pirata Colón Los Cafres Vinieron en unos barcos Con baratijas del mundo viejo Hace ya quinientos años Sufrió la vida un gran desprecio La vida allá en Europa Es muy dorada a mi me contaron Todo ese brillo dorado Es puro oro Americano
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 32 Yvan pasando los años Y cómo cambian esos imperios Nosotros siempre de abajo Con el corazón resistiendo Cuidate pirata Colón Que ya despierta La Raza del Sol Cuidate pirata Colón Que ya se despierta La Rabia del Sol (que ya se despierta ya se despertó) Escucho a la Pachamama Voy entendiendo toda la historia Se encuentran fuertes Raíces Cavando hondo en la memoria Alturas de Macchu Picchu Pablo Neruda Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo. No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados. Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado: domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado: aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados:
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 33 agricultortemblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado: traed a la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados. Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme: aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano: señaladme la piedra en que caísteis y la madera en que os crucificaron, encendedme los viejos pedernales, las viejas lámparas, los látigos pegados a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados y desde el fondo habladme toda esta larga noche como si yo estuviera con vosotros anclado, contadme todo, cadena a cadena, eslabón a eslabón, y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados, y dejadme llorar, horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares. Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Hablad por mis palabras y mi sangre.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 34 Lectura: ELGRUMETE María Esther de Miguel En En el campo las espinas. Buenos Aires, Pleamar, 1980. De modo que ha llegado. Cuántos años aguardándolo. Diez. Diez vidas. Ahora están aquí, por fin. He visto las velas de sus naves en la costa, bajo la bendita luz del alba. Y después los vi a ellos, calzas negras y jubones blancos, sayos de terciopelo al viento, hundiendo sus borceguíes en la arena; estoques, espadas y pabellones revolviendo el aire. Vestidos para fiesta vienen. Estrenan esta tierra. Es lindo verlos, pobres ilusos. Porque todo es anomalía en este continente. Si lo sabré yo, el único que queda de los otros. También nosotros llegamos así, el alma lleno de esperanzas, la escarcela vacía de maravedíes. Cambiamos el océano por este río ancho como el mar. Su calmería sedujo al capitán (engañoso era el río; y barriento). Los gestos amistosos de los indios lo halagaron (mendaces, tales indios). Pobre incauto: aborígenes y agua lo convencieron para mal de tantísimos. En el bote de la nave mayor, bajamos. Yo entre ellos. No por valiente, sino por ambicioso. Pero ¿quién podía presumir que esa generación pagana era comedora de hombres? Palos nos recibieron y flechazos. Linda acogida para conquistadores presumidos. Un aquelarre. Yo sólo oí el ay, ay, ay, de Solís y su gente entre el humo de las fogatas y después el insidioso olor del asado revolviendo mis entrañas. Horrible. Pero desto, sólo testigos muertos. ¿Que cómo me salvé? Virtudes de la flacura y de los pocos años. En una caponera me pusieron A engordar. Dios fue servido de que no me muriese. Pueblo muy belicoso el de estos aborígenes. Mala entraña la suya. Pero yo desparramé padrenuestros de vidrio azul y sonrisas, curé heridas según la antigua usanza de mi raza y el afán por aprender su lengua ablandó resquemores. Mi obediencia mandó sosegar la natural maldad y el tratamiento mejoró.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 35 Undía perforé orejas y nariz, y pinté mi cara. Ropa ya no tenía: me acostumbré a la desnudez sin vergüenza ni pecado de esta gente. Así, fui intocable. ¿Cómo me iban a comer, si era uno de ellos? Otro día me interné en el monte. Solo. En esta tierra de la lujuria y la abundancia, harta hambre pasé. Calidad de hembra arisca la de este país, a fe mía. Bastimentos para comer, todo y nada. Endurecí mi estómago: me mantuvieron la miel, los yuyos, pescados y otras viandas extrañas. Conocí las virtudes del abatí y el cardo y las culebras jóvenes. Aprendí tretas. Por ejemplo: los monos se suben a los altos árboles y asidos de la cola, con pies y manos sacuden los frutos. Puercos monteses espe- ran, abajo, y se los quitan. Yo también esperé. Tuve así bastimento seguro. Sin paradero propio, cercado de peligros, me volví astuto. Y sabio: conocí pájaros que chiflan las órdenes de Dios, y mujeres antropófagas y otras que fajaban sus piernas con hilos para que parecieran más gruesas y otras que alimentaban a sus hijos por la espalda (tan grandes eran sus mamas) y aborígenes bebedores de sangre y otros que comen bollos de barro cocido al rescoldo, untados con aceite de pescado y otros habituados a cortar las coyunturas de sus dedos por cada deudo muerto (vi algunos: manos y pies, muñones) y otros, flecheros de flechas ponzoñosas, Y tantos. Cierto día, una mujer se aficionó a mí. Su inocencia bárbara y fresca me conquistó. La india salió con la suya y tuve compañía: me preparaba tortas de maíz, quitó las niguas dentro de mis uñas, curó heridas, espantó alimañas. Cuidados y placer ¿qué más podía pedir? Por supuesto, a veces recordaba. Dios, cuantas lágrimas, entonces. Detrás de la montaña líquida, la tierra, tan lejana, los mesones del puerto dador de mi apellido (por ausencia del padre). El nombre, el del santo elegido por mi madre, si no olvidado, nadie lo usaba ya. Nadie más que yo: por las noches, como para hacer patente filiación y destino, me decía: Francisco, Francisquito del Puerto, un día volverán.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 36 Yvolvieron. A Dios gracias. Los veo barloventeando por el río ancho y barroso, buscando. ¿Qué? Me imagino, vaya. Suerte , tendrán: la generación de los indios desta tierra es pacífica. Los supongo entregando el secreto por cuentas de vidrio veneciano, trozos de loza, agujas o collares. Yo los miro, mientras quito, con lágrimas y agua, los rastros de pintura de mi cara, arranco dijes de orejas y nariz, borro el impudor de esta traza salvaje y corro con los brazos abiertos hacia ellos, mis hermanos. Querellé a mis hermanos. Tharsis y Ophir era la orden del Rey. Para encontrarlas, debía n traspasar el Estrecho que avistó Magallanes, camino a la ignota Especiería. Pero a Gaboto lo entusiasmaron decires de hombres hallados en la costa portuguesa: que las Minas de Plata, que el Rey Blanco, que el Lago donde el Rey se adormece noche a noche. ¿Embelecos de náufragos hambreados? Pistas ciertas, lo sé. Pero también sé lo otro: selvas hirsutas guardan el tesoro. Brujos dañinos levantan con aires venenosos invisibles y mortales murallas para el Imperio áureo. El Lago tiene ígnea sustancia. Y este río barroso, que ya están llamando de la Plata, nada bueno promete: río de la traición debería apodarse. Traen ánimo de emprender la conquista do tantos embelecos, mis hermanos. Tal ánimo, les dije, es nefasto. Y agregué: esta tierra es tierra aparejada para labradíos y sembrados. Para crianza de ganado, insistí. Pero no me escucharon: otras metas persiguen. Sólo ven el reflejo del oro y la dulzura blanda de la plata. Quieren metales. ¿Para qué, digo yo? ¿Para comerlos? ¿Para aventar con ellos endriagos y serpientes? ¿Para buscar cobijo en la intemperie? Por eso discutí. ¡Gran caso me hicieron! Fui vencido. Sujeto a su gobierno estoy: soy blanco, cristiano y súbdito del Rey. Ahora los guío, aguas arriba, por el Río Grande, hasta el Carcarañá, en la ruta que lleva a Sierras de la Plata, si Dios así es servido. A causa del mucho monte, la recia vegetación y el escaso alimento, son duras las jornadas. Se entremezclan con fiebres, delirios y mosquitos. Muchos van quedando en el camino. Tendal de huesos blanquecinos marcará la senda de los otros, los que vendrán después (porque esta estirpe no se acaba; la de los ambiciosos, digo). Qué turbonadas arman. Anoche, dos españoles sacaron arcabuces y mosquetes por ciertos granos de oro. Vi la sangre de unos y las persignaciones de otros. Vi
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 37 tambiénal viejo cacique de una tribu lanzar con su ánima la última maldición, sus huesos descoyuntados uno a uno. Entregó máscaras de plata, áureas coronas, amuletos. Pero el secreto, no. Yo temblé. Algo así como un asco me va entrando. ¿No aprenderán ya nunca estos hermanos? ¿Jamás sacudirán este fermento agrio que envenena la sangre y desata la muerte? Ya me estoy hartando de sus tratos confusos, lenguaraces de promesas mentidas, mercaderes de turbios comercios, enmadejando y emba- rullando todo. Si ni tiempo se dan para mirar el sol, una gloria. En Santispíritus parecieron darme la razón. Allí sembrarnos, plantamos y alineamos algunos rancheríos. Un gusto. Pero ellos, dale y dale con el oro y la plata. Para buscarlos más aprisa hicieron divisiones: unos para acá, otros para allá. Esta no es tierra que permite tales lujos entre blancos; se los repetí mil veces. Inútilmente, ay. Con sobrado temor los he visto partir. Que se las arreglen. En la alta noche, escuché los susurros. Son los otros. Los que firman con sangre sus tratados y rubrican con fuego el paso de los pies. Los he oído. Y también el bum bum de tambores convocando a las huestes guerreras. Ahora miro las señales de humo que dicen mi destino; las estoy descifrando. Ellos duermen; yo decido. Tomo a mi hembra: para hacer casta nueva la tomo (sol y casa darán generación de piel morena; nativa) y elijo el aire libre y la vida... Ya sé: me llamarán vil cristiano, renegado y herético, maldecirán mi nombre. Qué me importa. Tiño mi cara con el jugo de hiervan que conozco. Dejo este jubón prestado; en cueros quedo, como vine al mundo, como este nuevo mundo exige. Y me marcho antes de que fuego y sangre borren las trazas del Fuerte malnacido. Y después digan lo que quieran de mí, de Francisco del Puerto, el grumete que vino con Solís. Tema: Literatura del descubrimiento y la conquista. Las Crónicas. Narrativa indigenista.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 38 Letrade la canción Quien quiera oír que oiga Intérprete: Litto Nebbia Cuando no recordamos lo que nos pasa, nos puede suceder la misma cosa. Son esas mismas cosas que nos marginan, nos matan la memoria, nos queman las ideas, nos quitan las palabras... oh... Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia, quien quiera oir que oiga. Nos queman las palabras, nos silencian, y la voz de la gente se oirá siempre. Inútil es matar, la muerte prueba que la vida existe... Cuando no recordamos lo que nos pasa, nos puede suceder la misma cosa. Son esas mismas cosas que nos marginan, nos matan la memoria, nos queman las ideas, nos quitan las palabras... oh... Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia, quien quiera oír que oiga. Nos queman las palabras, nos silencian, y la voz de la gente se oirá siempre. Inútil es matar, la muerte prueba que la vida existe... Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia, quien quiera oír que oiga. Nos queman las palabras, nos silencian,
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 39 yla voz de la gente se oirá siempre. Inútil es matar, la muerte prueba que la vida existe... Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia, quien quiera oír que oiga. Nos queman las palabras, nos silencian, y la voz de la gente se oirá siempre. Inútil es matar, la muerte prueba que la vida existe... Nos queman las palabras, nos silencian, y la voz de la gente se oirá siempre. Inútil es matar, la muerte prueba que la vida existe... Los viajes de Colón estuvieron guiados por un interés económico: encontrar una ruta hacia el sur de Asia. Lo que no sabían en aquella época es que existía el océano Pacífico, por eso Colón creyó que estaba en las Indias Orientales cuando llegó a nuestro continente. Después de más de dos meses de navegación, Colón y los 87 tripulantes de las tres naves divisaron tierra (la velocidad promedio de navegación era de 160 km por día dependiendo de los vientos y que hay aproximadamente 6500 km entre Lisboa y las
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 40 islasBahamas). El mapa más antiguo que se conserva de esta zona fue obra de Juan de la Cosa, quien acompañó a Colón en varios de sus viajes. El continente que se llamaría América era un nuevo y desconocido territorio para los europeos, poblado por personas con una fisonomía diferente de la de ellos, que hablaban lenguas diferentes de las de ellos y que tenían una cultura diferente de las de ellos. Diferente no implica ningún juicio de valor. Lástima que los conquistadores no lo entendieron así< y en vez de respetar las diferencias, intentaron eliminarlas. En esa lucha desigual entre el europeo invasor y el nativo mucho se perdió: vidas, lenguas, cultura. Muchos de los que llegaron a estas tierras escribieron notas sobre lo que encontraban, sobre lo que iba sucediendo; a esos textos se los llama crónicas de Indias porque relatan hechos en orden cronológico, es decir, en sucesión temporal y porque ellos creían que habían llegado a las Indias Orientales. Las crónicas son similares a los diarios personales pero estos son más subjetivos porque el autor/narrador es el protagonista que va relatando los hechos a medida que suceden y registrando las emociones. Las crónicas estuvieron de moda en la Edad Media y sirvieron de fuente de información para la historiografía, la ciencia que se ocupa de narrar la historia. La mayoría de los cronistas de la época de la conquista y colonización de América eran europeos y, por tanto, su testimonio no es neutral sino que presenta una visión etnocéntrica. ¿Qué significa esto? Significa que miraron los hechos desde la perspectiva europea, occidental y católica; una perspectiva que consideraba al europeo-blanco-occidental-católico como el centro (el ombligo del mundo, diríamos hoy) y al otro cultural y lingüístico como lo diferente, lo raro, lo marginal. El etnocentrismo implica la creencia en la superioridad y, consecuentemente, el derecho a dominar al otro. Quien asume una postura etnocéntrica no es capaz de ponerse en el lugar del otro. Las crónicas no serían literatura ya que los cronistas pretenden dar testimonio de los hechos. Sin embargo, las crónicas de Indias presentan muchas características que son propias de la literatura como el estilo, que imita al de las novelas de caballería de la Edad Media. Pensemos que los cronistas se deben de haber sentido aventureros descubriendo esta nueva tierra exótica, siendo participantes de un hecho histórico tan importante como el descubrimiento de un continente< ¿No creen que se habr{n asombrado y les habrá
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 41 parecidofantástico todo lo que encontraron aquí: animales, plantas, paisajes y costumbres que alimentaron su imaginación? No es raro, entonces, que el estilo de sus crónicas se parezca al de los textos literarios que circulaban en aquella época. Las formas de tales testimonios fueron variadas, según el estilo de cada cronista: cartas, diarios y relaciones con mayor o menor carga de subjetividad. Los temas, en todos los casos, fueron los mismos: los hombres y las cosas que formaban parte de “la maravilla de América” o “la novedad indiana”, como se los denominó. Podemos nombrar, entre otros relatos propios de esta época, el “Diario de a bordo”, de Cristóbal Colón; el “Mundus Novus”, de Américo Vespucio; además de las obras de Bernal Díaz del Castillo y Bartolomé de las Casas. Las “Crónicas de Indias” son textos fundantes de la literatura latinoamericana ya que fueron los primeros textos que adoptaron como tema el continente latinoamericano. Desde entonces, es posible leer la literatura latinoamericana a partir de algunas coordenadas vinculadas con este origen: la mirada del otro, la presencia del otro en el espacio local. Lectura: El Dueño del Fuego Por Sylvia Iparraguirre "En el invierno de las ciudades" Ed. Galerna, 1988. La mañana ya había empezado con un pequeño malestar. O por lo menos esto es lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensaría más tarde al salir del aula. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro dejaban pasar como a desgano esa ambigua claridad del invierno que obligaba a encender las luces, a no mirarse las caras, a hablar sin levantar la voz. En un rincón, el portero forcejeaba con la estufa a kerosene. Los asistentes a la clase de
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 42 etnolinguísticade la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy baja. -¡Coño! -dijo el portero. La estufa exhibía un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con pequeñas explosiones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora. El portero se levantó y dijo-: Ya vuelvo, voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen. El pronombre reflexivo o algo en el acento español del portero provocó discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Lengua y Cultura del Chaco Argentino, debía comenzar en unos minutos. Se contaba con un indio: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más de una hora. A las diez y media en punto apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva cara de indio. El pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Su aspecto era muy pulcro; llevaba medias y alpargatas. Murmuró un saludo y se dirigió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y castellano, la leyenda. "El hombre es la medida de todas las cosas". La doctora salió del aula. Cuando volvió, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge Dusseldorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguistiche indizien des Kurtunwandels in NordostNeuquinea (München, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente citado por los alumnos de la Facultad quienes deseaban desentrañar algún día sus profundos conceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La universidad argentina se conmovía con su presencia. El portero, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro. -Gracias -dijo en correctísimo castellano-. Puede retirarse. Todos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo también. La clase comenzaba. -La clase anterior-dijo la doctora a quien le gustaba ir directamente al punto-, habíamos llegado hasta la parte de caza y pesca, armas e implementos, ¿verdad? Todos dieron cabezadas afirmativas. -Bien, hoy no usaremos cintas grabadas -dijo la doctora-. Vamos a retomar con el propio informante la parte correspondiente a pesca, Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice "pescar"? El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared y dijo:
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 43 -Sokoenagan. -Muybien. Así que esto es "pescar". El indio sacudió la cabeza. -No -dijo-. Yo voy a pescar. -Ah, bien, la primera persona verbal. Entonces, usted va a pescar. -Lo señaló pero el indio no dijo nada-. Bien, pero, ¿cómo se dice "pescar"?, solamente eso. -Sokoenagan -dijo el indio. La doctora quedó con el bolígrafo en alto. -Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos "él pesca"? -Niemayó-rokoenagan -dijo el indio. -Perfectamente -dijo la doctora y se explayó en consideraciones fonéticas. Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente. -Recapitulemos -dijo, por fin, la doctora-. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan. Existe una glotalización con valor distintivo en... El indio decía que no con la cabeza. Parecía que lo recapitulado no era correcto. -¿Cómo? Dijo la doctora. -Está sentado, todavía no fue -dijo el indio. Hubo un breve silencio. -Un tiempo continuo o un elemento espacial en la conjugación -avisó la doctora a la clase-. Explíquese -dijo severamente. Por un momento pareció que iba a agregar "buen hombre" pero no fue así. -Está sentado, pero todavía no fue a pescar. Está pensando -dijo el indio-, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca. Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no facilitaba las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania. -¿Podrá ser, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del objeto nombrado? -No creo que sea el caso -dijo, con frialdad, la doctora. El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia de campo, intervino: -Permítame, doctora. -Era un hombre que sabía manejarse con los indios.- ¿Qué querés decir cuando decís que lo estás viendo, Marcelino? -El antropólogo tuteaba al toba aunque debía tener veinte años menos. La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 44 -Sino lo veo, digo de una manera distinta -dijo el indio. Y agregó:- Pero no pesca; va a ir a pescar. Hubo un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones a unas alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía las últimas corrientes teóricas; sin embargo, añoraba la época de la Antropología Clásica y soñaba con reeditar a uno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses, capaces de internarse en lo más profundo y salvaje de la jungla, todo por la ciencia. El mismo ya había estado en el Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había trabajado con estadísticas, lenguajes procesados y computadoras. Los murmullos se generalizaron. -Muy bien, Marcelino -dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio. La clase continuó. El indio permanecía sentado, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el respaldo de la silla. -Pasemos a la caza -dijo la doctora, acomodándose los anteojos. El antropólogo sintió nuevamente que le correspondía tomar la palabra. -Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino? -Sí -dijo el indio. -¿Había algún rito... -el antropólogo titubeó-, quiero decir, alguna reunión alguna ceremonia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto? -No -dijo el indio y miró vagamente a su alrededor. Se produjo un corto silencio. La doctora intervino. Manifestó su interés en preguntar sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo totalmente de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiese formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía contraer por maleficio del animal perseguido. El se había enfermado de ese modo. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Recordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo hacerlo. Pero él, después, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz que era paraguayo y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos. La última palabra sonó extraña en el aula. Los presentes miraban al indio como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran a descubrir en él una cualidad que antes no habían percibido. En el aire flotaba una observación notable: ese indio era argentino. -Me fui un domingo a hablarle -proseguía el toba. No había variado su actitud y su mirada permanecía fija en el suelo-. Y me pelié. Trabajábamos toda la semana, no había
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 45 domingo. Estudiandosu cuaderno de notas, la doctora dijo: -Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultural. Miró al antropólogo que acudió otra vez en su auxilio. -Está bien, Marcelino -dijo el antropólogo con cierta advertencia en el tono de su voz; tenía experiencia de campo y sabía cómo hablar con los indios-, está muy bien -ahora parecía dirigirse a una criatura-, pero queremos que nos cuentes cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho años cuando te viniste del Chaco. -Sí, me vine -dijo el indio-. Yo no quise entrar en la transculturación. -Como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó nota de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba-. -Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los vagones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados. La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y dijo con tono autoritario: -Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética. -Miró otra vez al indio. ¿Cómo se dice "pez"? El indio suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. No pareció un gesto oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora. -Naiaq -dijo. -Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto -dijo con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora. -Si el pez está ahí y yo lo veo, sí -interrumpió el indio-, si no, no. -Todos lo miraron.- Hay otra forma -concluyó, finalmente, el toba. -¿Cuál?-preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos. -Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak -dijo el indio. Algunos de los presentes creyeron advertir una sombra de sonrisa en su cara pétrea, pero sus ojos estaban serios y fijos. -Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte lingüística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y armas -dijo la doctora, marcando tremendamente las erres.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 46 Todosse relajaron. Sería lo mejor. La clase en pleno se daba cuenta de que la doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El informante debía colaborar, de otro modo era imposible organizar adecuadamente la parte fonética. -Un merecido receso, doctora -dijo, sonriente, el antropólogo. Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo y la doctora se retiraron a un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indio que permanecía sentado en su silla. -Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día. - Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de su silla. Cada tanto, un rápido parpadeo le modificaba la expresión. -Así que la ciudad no te gusta -le dijo uno de los estudiantes-, sin embargo vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no Marcelino? Estás mejor que en el Chaco. El indio dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo: -Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad -dijo-, por todos lados ciudad. Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeó las manos académicamente. -Continuamos -dijo. Mientras todos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos. -Bueno, Marcelino -dijo el antropólogo, colocándose frente al toba-, reconocés estos elementos, estas armas... Sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio. Desde la silla, el toba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano. -Sí-dijo-, sí. -¿Alguno te llama la atención en forma especial? -continuó preguntando el antropólogo. El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo. -Esta es una flecha para pescar. -Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas estas cosas guardadas en su casa. De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron; el antropólogo dio un brusco paso hacia atrás. E1 indio le habló en voz baja. -Por supuesto, Marcelino -el antropólogo intentaba reír- por supuesto. -Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco -informó a la clase.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 47 Seoyeron unas risas aisladas, nerviosas. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo recorrían parte por parte. No había ninguna afectación en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas. -Esta es de caza -dijo sin dirigirse a nadie. Paradójicamente se veía mucho más corpulento sin el saco. Su cuello y sus hombros eran poderosos. En su frente, inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena desde el entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad. No parecía el mismo que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora-. -Y ésta es la de guerra. Al decirlo el indio miró al antropólogo. La flecha que sostenía era la más grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo. - Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos. Miró otra vez al antropólogo y después a todos; antes de que el antropólogo hablara, dijo. - Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a la llanura del indio. Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada impropio, pero algo había en su manera de pararse y de tomar el arco que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar interés pero era evidente que estaba algo desconcertado e incómodo. El toba, con una destreza sorprendente, tensó la cuerda y la amarró al extremo del arco. Todos los ojos estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmente oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó: -¿Cómo se dice "flecha", Marcelino? El indio levantó bruscamente la cabeza. -Hichqená -dijo. -Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que... El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro -de tipo mongólico, pensó automáticamente el antropólogo- se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 48 alrededorde la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces -en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla- irradió de su cuerpo, una fuerza recíproca entre su brazo y la tensión del arco, una especie de potencia masculina, en fin, que fastidiaba especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo: -Kal'lok- y repitió más fuerte-, Kal'lok. Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha, la más larga, con el penacho de plumas. El antropólogo se levantó de su silla. Estaba pálido. La doctora había dejado su cuaderno de notas sobre el escritorio. -Creo que no es necesario... -empezó a decir. -¡Ena...! ¡Ená...! ¡Peritnalik! -la voz profunda del toba rebotó en las paredes. Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha de guerra en el arco y volvía a tensar la cuerda. Había quedado de perfil a la clase y en esa actitud era muy fácil imaginar su torso desnudo, como en un sobrerrelieve. La flecha ocupaba exactamente el vacío de la tensión. Su punta alcanzó casi la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta. -Hanak ená ña'alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák... -murmuró la voz ronca del indio. Estaba inmóvil. Sólo sus ojos describieron, lentamente, un semicírculo que los abarcó a todos. Algunas cabezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían delante. En el fondo del aula, una chica se puso de pie. -Kal'lok -dijo el indio. El silencio pesó como una losa. El toba bajó, despacio, el brazo y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiro el saco y se lo colgó del antebrazo. El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, personas que se inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas. El antropólogo, todavía pálido, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio. -Perfectamente, Marcelino, perfectamente -dijo. Esto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. Recorrió el aula la información de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como "... el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva..." y también algo más, pero no se podía asegurar.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 49 Rápidamente,se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó sin mirarlo. El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron últimos. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición es fundamental para los fines científicos. Presentación El Modernismo Tema: Horacio Quiroga Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos breves, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe. Vivió en su país natal hasta la edad de 23 años, momento en el cual, luego de matar accidentalmente a su mejor amigo, decidió emigrar a Argentina, país donde vivió 35 años —hasta su muerte—, donde se casó dos veces, tuvo sus tres hijos, y en donde además desarrolló la mayor parte de su obra. Mostró una
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 50 eternapasión por el territorio de Misiones y su selva, empleando a esta y sus habitantes en la trama de muchos de sus cuentos más reconocidos. La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios, culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, tras enterarse de que padecía cáncer de próstata. Cultivó un estilo particular con influencias modernistas, realista y naturalistas. Características de sus cuentos: Influido por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, Horacio Quiroga destiló una notoria precisión de estilo, que le permitió narrar magistralmente la violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la naturaleza. Muchos de sus relatos tienen por escenario la selva de Misiones, en el norte argentino, lugar donde Quiroga residió largos años y del que extrajo situaciones y personajes para sus narraciones. Sus personajes suelen ser víctimas propiciatorias de la hostilidad y la desmesura de un mundo bárbaro e irracional, que se manifiesta en inundaciones, lluvias torrenciales y la presencia de animales feroces. Claramente influido por Rubén Darío y los modernistas, poco a poco el modernismo del oriental comienza a volverse decadente, describiendo a la naturaleza con minuciosa precisión pero dejando en claro que la relación de ella con el hombre siempre representa un conflicto. Extravíos, lesiones, miseria, fracasos, hambre, muerte, ataques de animales, todo en Quiroga plantea el enfrentamiento entre naturaleza y hombre tal como lo hacían los griegos entre Hombre y Destino. La naturaleza hostil, por supuesto, casi siempre vence en su narrativa. La morbosa obsesión de Quiroga por el tormento y la muerte es aceptada mucho más fácilmente por los personajes que por el lector: la técnica narrativa del autor presenta personajes que saben que no deben cometer errores porque la selva no perdona. La naturaleza es ciega pero justa; los ataques sobre el campesino o el pescador (un enjambre de abejas enfurecidas, un yacaré, un parásito hematófago, una serpiente, la crecida, lo que fuese) son simplemente lances de un juego espantoso en el que el hombre intenta arrancar a la naturaleza unos bienes o recursos (como intentó Quiroga en la vida real) que ella se niega en redondo a soltar; una lucha desigual que suele terminar con la derrota humana, la demencia, las muertes o, simplemente, con la desilusión. La escritura en la narrativa de Horacio Quiroga viene regida por un doble principio de economía y de eficacia. La economía funciona ya en el plano
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 51 anecdóticoen la simplicidad del argumento: no hay historias complejas, no hay anécdotas inútiles, o episodios gratuitos. Los personajes son generalmente de rasgos firmes, sobriamente caracterizados, muchas veces aparecen esquemáticos, construidos en función de la historia a la que pertenecen y del simbolismo que les incumbe. Las descripciones son breves, reducidas a los rasgos funcionales: la caracterización se hace esencialmente a través de la acción. El espacio es a menudo el elemento más desarrollado pero, sin embargo, las descripciones no son ornamentales: contribuyen a la definición del ambiente, completan o acentúan el simbolismo de una situación o de un personaje, anuncian o prefiguran un acontecimiento dramático. A la deriva. El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 52 hombresintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba. -¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1! Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno. -¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña! -¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada. -¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta. -Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 53 Lapierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho. -¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano. -¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 54 1.Caña: Aguardiente destilado de la caña de azúcar. El almohadón de plumas silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración... Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves... El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. -Un jueves... Y cesó de respirar. Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 55 Lacasa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra. Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos. -No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida. Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Se constató una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasaban horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Se paseaba sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 56 ProntoAlicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. -¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. -¡Soy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando. Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor. -Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer... -¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa. Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 57 colcha. Perdióluego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. -¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras. -Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. -Levántelo a la luz -le dijo Jordán. La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca. -Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 58 Lagallina degollada Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 59 haciaun porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes lo sacudieron una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. — ¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...? —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 60 Delnuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto se repitieron el proceso de los dos mayores. Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Se animaban sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Se iniciaron con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente:
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 61 —¿Creoque no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... — murmuró. —¿Qué no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —Como quieras; pero si quieres decir... —¡Berta! —¡Como quieras! Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, le pasaba lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado se habían perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro le había forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 62 Bertitacumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...? —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! —Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste?... —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 63 malanoche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Se volvió, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo... —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija se escapó enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin se decidió por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico le hizo colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. La vieron mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 64 más. Perola mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente se sintió cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero se sintió arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 65 —¡Noentres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. La miel silvestre Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto. Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores -iniciados también en Julio Verne- sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla. La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot. Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot. Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 66 calentabanya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos. De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado. -¿Adónde vas ahora? -le había preguntado sorprendido. -Al monte; quiero recorrerlo un poco -repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro. -¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón. Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Se metió las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado. Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco. Llegaron éstas a la segunda noche -aunque de un carácter un poco singular. Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino. -¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso. -¿Qué hay, qué hay? -preguntó echándose al suelo. -Nada... Cuidado con los pies... La corrección. Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 67 animal,por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van. No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección. Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura. -¡Pican muy fuerte, realmente! -dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino. Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales. Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno. El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Le daba la impresión -exacta por lo demás- de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo. -Esto es miel -se dijo el contador público con íntima gula-. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel... Pero entre él -Benincasa- y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 68 Enun instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio! Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador. Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse. Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje. -Qué curioso mareo... -pensó el contador. Y lo peor es... Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban. -¡Es muy raro, muy raro, muy raro! -se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección -concluyó. Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto. -¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado! Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 69 Lecturasugerida: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/hq.htm y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa. -¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... ¡No puedo mover la mano!... En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma. -¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!... Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo porque el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo... Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían. Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente. No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 70 Tema:Regionalismo – Juan Rulfo RESEÑA BIOGRÁFICA Juan Rulfo nació en Jalisco (México) en 1918. Al comenzar sus estudios primarios murió su padre, y sin haber dejado la niñez, perdió también a su madre, y estuvo en un orfanato de Guadalajara bajo la custodia de su abuela. En 1934 se radica en México, y comienza a escribir sus trabajos literarios y a colaborar en la revista "América". En 1953 publicó "El llano en llamas" (al que pertenece el cuento "Nos han dado la tierra") y en 1955 apareció "Pedro Páramo". De esta última obra dijo Jorge Luis Borges: "Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura", y que fuera traducido a varios idiomas: alemán, sueco, inglés, francés, italiano, polaco, noruego, finlandés. Juan Rulfo fue uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, que pertenecieron al movimiento literario denominado "realismo mágico", y en sus obras se presenta una combinación de realidad y fantasía, cuya acción se desarrolla en escenarios americanos, y sus personajes representan y reflejan el tipismo del lugar, con sus grandes problemáticas socio-culturales entretejidas con el mundo fantástico. Muchos de sus textos han sido base de producciones cinematográficas. A partir de 1946 se dedicó también a la labor fotográfica, en la que realizó notables composiciones. En 1947 se casó con Clara Aparicio, con la que tuvo cuatro hijos.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 71 Fueun incansable viajero y participó de varios Congresos y encuentros internacionales, y obtuvo Premios como el Premio Nacional de Literatura en México en 1970 y el Premio Príncipe de Asturias en España en 1983. Falleció en México en 1986. Características que definen su estilo: La naturaleza: actúa negativamente, en oposición a los personajes. Es casi una presión aplastante la que el medio ejerce sobre el hombre, quien por lo general se encuentra desprovisto de un techo que lo proteja. El tiempo: es interior y subjetivo, no cronológico. Aparece suspendido el devenir temporal pasado-futuro y los personajes se instalan en el presente puro. Los personajes: Parecen signados por la necesidad de sobrevivir y por el fracaso de esa lucha. Son seres solitarios y desamparados que viven la realidad “hacia dentro” y “desde adentro”. La monotonía: la sensación de que la realidad no cambia, no ocurre nada en el exterior fuera de lo acostumbrado. La resignación: De los personajes ante las arbitrariedades de la ley y los gobernantes. Aunque aparezca la idea de rebelión, ésta siempre fracasa y el hombre se resigna silenciosamente. Juan Rulfo (México, 1918-1986) No oyes ladrar a los perros (El Llano en llamas, 1953) —TÚ QUE VAS allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. —No se ve nada. —Ya debemos estar cerca.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 72 —Sí,pero no se oye nada. —Mira bien. —No se ve nada. —Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. —Sí, pero no veo rastro de nada. —Me estoy cansando. —Bájame. El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces. —¿Cómo te sientes? —Mal. Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: —¿Te duele mucho? —Algo —contestaba él. Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. —No veo ya por dónde voy —decía él.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 73 Peronadie le contestaba. E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo. —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado. Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo. —Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio? —Bájame, padre. —¿Te sientes mal? —Sí —Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean. Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse. —Te llevaré a Tonaya. —Bájame. Su voz se hizo quedita, apenas murmurada: —Quiero acostarme un rato. —Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo. —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas. Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 74 —Mederrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.” —Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo. —No veo nada.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 75 —Peorpara ti, Ignacio. —Tengo sed. —¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. —Dame agua. —Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo. —Tengo mucha sed y mucho sueño. —Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara. Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas. —¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra l{stima”. ¿Pero usted, Ignacio? Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 76 sosteniéndosede su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros. —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza. ¡Diles que no me maten! -¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad. -No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti. -Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios. -No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá. -Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues. -No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño. -Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles. Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo: -No. Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato. Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir: -Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos? -La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 77 Lohabían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba: Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales. Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo. Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo: -Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato. Y él contestó: -Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata. "Y me mató un novillo. "Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 78 todosmodos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está. "Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo. "Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban: "-Por ahí andan unos fuereños, Juvencio. "Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida." Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz". Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos. Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 79 Peropara eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron. Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran. Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él. Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos. Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último. Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino. Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 80 Loshabía visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo. Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir. Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo: -Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos. Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche. -Mi coronel, aquí está el hombre. Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz: -¿Cuál hombre? -preguntaron. -El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer. -Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro. -¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él. -Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco. -Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros. -Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 81 -¿Adon Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió. Entonces la voz de allá adentro cambió de tono: -Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos: -Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó. "Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia. "Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 82 está,me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca". Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó: -¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo! -¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...! -¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro. -...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!. Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo: -Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros. Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía. Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto. -Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 83 Esque somos muy pobres Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño. Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta. A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente. Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años. Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 84 aguaque cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos. No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen. Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y aca- lambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo. Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba. Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos. La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes. Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 85 micasa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima. Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas. Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 86 Laúnica esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere. Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos.» Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: pun- tiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención. —Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal. Ésa era la mortificación de mi papá. Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella. Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición. Lectura sugerida: http://ebiblioteca.org/?/ver/28802 http://ebiblioteca.org/?/ver/21814
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 87 Tema:Vanguardia Ver presentación Narrativa Jorge Luis Borges EL FIN Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente... Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde;
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 88 habíadormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó, hasta dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le había muerto, bruscamente, el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas, concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia. Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no contaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder. La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería. Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura: -Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, con voz áspera, replicó: -Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido. Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió: -Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años. El otro explicó sin apuro: -Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas. -Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejó con salud.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 89 Elforastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla. -Les di buenos consejos -declaró-, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre. Un lento acorde precedió la respuesta del negro: -Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros. -Por lo menos a mí -dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta-: mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano. El negro, como si no lo oyera, observó: -Con el otoño se van acortando los días. -Con la luz que queda me basta -replicó el otro, poniéndose de pie. Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado: -Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto. Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró: -Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero. El otro contestó con seriedad: -En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo. Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo: -Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano. Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música... Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 90 nadie.Mejor dicho era el otro; no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre. La casa de Asterión Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 91 Ciertaimpaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 92 -¿Locreerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. La intrusa Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor. En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes. Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 93 LosNilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida. Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos. Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo: -Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala. El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro. Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 94 decía,que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba. Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián. La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto. Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro. En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo: -De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano. Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos. Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 95 Elmes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo: -Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca. El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche. Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro: -A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no hará más perjuicios. Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla. Julio Cortázar Continuidad de los parques (Final del juego, 1956) Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 96 quesu mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 97 azul,después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. EL MÓVIL (Final del juego, 1956) NO ME LO van a creer, es como en las cintas de bió grafo, las cosas son como vienen y vos las tenés que aceptar, si no te gusta te vas y la plata nadie te la devuelve. Como quien no quiere, ya son veinte años y el asunto está más que prescrito, así que lo voy a contar y el que crea que macaneo se puede ir a freír buñuelos. A Montes lo mataron en el bajo una noche de agosto. A lo mejor era cierto que Montes le había faltado a una mujer, y que el macho se lo cobró con intereses. Lo que yo sé es que a Montes lo mataron de atrás, de un tiro en la cabeza, y eso no se perdona. Montes y yo éramos carne y uña, siempre juntos en la timba y el café del negro Padilla, pero ustedes no se han de acordar del negro. También a él lo mataron, un día si quieren les cuento. La cosa es que cuando me avisaron ya Montes había espichado y a gatas llegué para ver cómo la hermana se le tiraba encima y le daba la pataleta. Yo lo miré un rato a Montes que estaba con los ojos abiertos, y le juré que el otro no se la iba a llevar de arriba. Esa noche hablé con Barros y aquí es donde el cuento les va a parecer macana. La cuestión es que Barros había sido el primero en llegar cuando se oyó el tiro, y lo encontró a Montes boqueando al lado de un paraíso. Barros, que era una luz hizo lo imposible para que le dijera quién había sido. Montes quería hablar pero con un plomo en la cabeza no debe ser nada fácil, así que Barros no le pudo sacar gran cosa. De todas maneras Montes le alcanzó a decir, fíjense lo que es el delirio de un moribundo, algo así como “el del brazo azul”, y después dijo una palabra que debía ser “tatuaje”, y por ahí sacamos que el mozo era marinero y gracias. Dénse cuenta, con lo fácil que era decir López o Fernández, pero con un balazo en el coco a cualquiera se la doy.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 98 Alo mejor Montes no sabía cómo se llamaba el otro, los tatuajes se ven pero un nombre hay que averiguarlo y en una de esas es de grupo. Ahora ustedes se van a reír cuando les diga que ocho días después Barros y yo lo localizamos al tipo, mientras la mejor del mundo seguía meta batidas al cuete en el puerto y por todas partes. Nosotros teníamos nuestros rebusques, y no los voy a cansar con detalles. Pero no es de eso que se van a reír, se van a reír de que el batidor no nos pudo dar la filiación del tipo, en cambio nos avisó que rajaba en un barco francés y que no iba de marinero, iba de pasajero y se den cuenta qué lujo. Por ahí sacamos que el mozo estaba retirado de la profesión, pero aprovechaba que conocía mundo para hacerse humo. Lo único que sabíamos era que viajaba de tercera y que era argentino. No hay que extrañarse. Un gringo no lo hubiera podido a Montes, pero lo más raro del caso es que el batidor no nos pudo conseguir el apellido del mozo. Mejor dicho le dieron uno que después resultó que no figuraba entre los pasajeros. La gente a veces tiene miedo, che, y a lo mejor el tipo que por treinta nacionales le pasó el dato a nuestro batidor, le macaneó el nombre para curarse en salud. O andá a saber si el mozo a última hora no consiguió otros papeles. La cosa es que ahora sigue el biógrafo, porque yo y Barros hablamos toda una noche, y a la mañana me constituí en el Departamento y empecé con los papeles. En aquel entonces no daba tanto trabajo conseguir el pasaporte. Bueno, abreviando detalles la cosa es que en el comité me palanquearon el pasaje, y una noche a las diez este cuerpo estaba a bordo con destino a Marsella, que es un apeadero de los franchutes. Ya les estoy viendo la cara pero paciencia. Si quieren no lo sigo. Y bueno, entonces echá más caña y háganse de cuenta que están leyendo el conde de Montecristo. Ya les previne de entrada que estos casos no les ocurren a todos, aparte que eran otros tiempos. En el barco que iba casi vacío me dieron para mí solo un camarote con cuatro camas, fíjense qué lujo. Podía poner la ropa bien estirada, y me sobraba lugar. ¿Ustedes viajaron a Europa, muchachos? Lo digo por reírme. Mirá, es así: los camarotes daban a un pasillo, y por el pasillo se iba a un cafecito que había en una punta; por el otro lado trepabas una escalera y subías adelante del barco. La primera noche me la pasé en la cubierta, mirando Buenos Aires que se perdía de a poco. Pero al otro día empecé a vichar alrededor. En Montevideo no se bajó nadie, el barco ni atracó siquiera. Cuando le metimos mar afuera, me aguanté los corcovos
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 99 queme hacían las tripas y que no se los deseo. La cosa no iba a ser difícil porque en el café todo se sabe en seguida y resultó que de los veintitantos de tercera había como quince polleras, y el resto eran casi todos gallegos y tanos. No había más que tres argentinos sin contarme a mí, y ya al rato estábamos los cuatro pegándole al truco y a la cerveza. De los tres uno ya era viejo, aunque le hubiera podido dar un susto al más pintado. Los otros dos andaban por los treinta como yo. En seguida estuvimos como chanchos con Pereyra, pero Lamas era más reservado y parecía medio tristón. Yo paraba la oreja para ver cuál de los tres hablaba con el lunfardo de los marineros, y por ahí les soltaba comentarios a propósito del barco para ver si alguno pisaba el palito. Al rato ya me di cuenta que iba por mal camino, y que el interesado se cuidaba como de mearse en la cama. Decían cada pavada sobre el barco que hasta yo me daba cuenta. Y a todo esto hacía un frío bárbaro y nadie se sacaba el saco ni la tricota. Ya los tres me habían dicho que iban a Marsella, de modo que en el Brasil estuve bien atento, pero era cierto y ninguno se las tomó. Cuando empezó a apretar el calor me puse en camiseta para dar el ejemplo, pero ellos andaban en mangas de camisa, y se las arrollaban hasta el codo nada más. El viejo Ferro se reía al verme afilar con la camarera, y me felicitaba por todos los colchones que tenía en el camarote. Pereyra se tiraba también su buen lance, y la Petrona que era una galleguita viva nos tenía a los dos a mal traer. Y no hablemos de cómo se movía el barco, y la puerca comida que nos daban. Cuando me pareció que Pereyra atropellaba a fondo con la Petrona, tomé mis disposiciones. Apenas me la topé en el pasillo le dije que en mi camarote estaba entrando el agua. Me creyó y le cerré la puerta apenas estuvo adentro. Al primer manotón me tiró una cachetada, pero riéndose. Después estuvo mansita como oveja. Calculen con todas esas camas, como decía Ferro. En realidad esa noche no hicimos gran cosa, pero al otro día me le afirmé de veras y la verdad es que gallega y todo valía la pena. Pucha si valía. De pasada se lo dije a Lamas y a Pereyra, que al principio no lo querían creer o se hacían los asombrados. Lamas se quedó callado como siempre, pero Pereyra estaba embalado y le vi las intenciones. Me hice el sonso y se fue con todo lo que tenía. Esa noche la Petrona me faltó al
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 100 camarote,yo los había visto ya charlando del lado de los baños. Les parecerá raro que la galleguita me largara tan pronto, y va a ser mejor que les diga todo. Con un canario y la promesa de otro si me conseguía la información necesaria, la Petrona había agarrado viaje al galope. Se imaginarán que no le dije por qué quería saber si Pereyra tenía alguna marca en el brazo; le hablé de una apuesta, de cualquier pavada. Nos reíamos como locos. A la mañana siguiente charlé largo con Lamas, sentados en un rollo de sogas que había adelante del barco. Me dijo que iba a Francia a trabajar de ordenanza en la embajada, o una cosa así. Era un tipo callado, medio tristón, pero conmigo se franqueaba bastante. Yo le buscaba los ojos, y de repente se me pasaba por la memoria la cara de Montes muerto, los gritos de la hermana, el velorio cuando lo devolvieron de la autopsia. Me daban ganas de acorralarlo a Lamas y preguntarle derecho si había sido él. Pero qué hubiera ganado, en esa forma lo echaba todo a perder. Mejor esperar que la Petrona cayera por mi camarote. A eso de las cinco me golpeó la puerta. Venía muerta de risa y de entrada me anunció que Pereyra no tenía nada en los brazos. “Me sobró tiempo para mirarlo por todos lados”, dijo, y se reía como loca. Yo pensé en Lamas que me había resultado el más simpático, y me di cuenta de lo infeliz que es uno por dejarse llevar así. Qué simpático ni qué carajo. Si Ferro y Pereyra quedaban afuera, no había vuelta que darle. De pura bronca la tumbé ahí nomás a la Petrona, que no quería, y le di unos chirlos para activar la desvestida. No la largué hasta la hora de comer, y eso para no comprometerla con los tipos del buque que ya la andarían buscando. Quedamos en que volvería al otro día por la tarde, y me fui a comer. Nos habían puesto a los cuatro criollos en una mesa, lejos de los gallegos y los tanos, y yo lo tenía de frente a Lamas. No saben lo que me costaba mirarlo natural, pensando en Montes. Ahora ya no extrañaba que lo hubiera ventajeado a Montes, a cualquiera lo sobraba con ese aire reconcentrado que inspiraba confianza. A Pereyra ya ni lo tenía en cuenta, pero al final me llamó la atención que no decía nada de la Petrona, él que antes se la pasaba anunciando cómo se iba a encamar con la galleguita. Se me vino a la cabeza que, tampoco ella me había hablado mucho del mozo, fuera de decirme lo importante. Por las dudas me quedé de guardia con la puerta entornada, y a eso de la medianoche la vi que se metía en el camarote de Pereyra. Me acosté y me quedé pensando.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 101 Alotro día la Petrona no vino. La arrinconé en uno de los cuartos de baño y le pregunté qué le pasaba. Dijo que nada, que andaba con mucho trabajo. —¿Anoche volviste con Pereyra? —le pregunté de sopetón. —¿Yo? ¿Por qué? No, no volví —me mintió. Que a uno le saquen la mujer no es para reírse, pero si encima de eso la culpa la tenés vos, se imaginarán que no le veía la gracia. Cuando la apremié para que me viniera a ver esa misma noche, se puso a llorar y dijo que el cabo o el capataz de a bordo la tenía entre ojos y se sospechaba lo ocurrido, que no quería perder el conchabo, y otras bolas parecidas. Creo que fue en ese momento que me di cuenta de la cosa y me quedé pensando. De la gallega no me importaba mucho, aunque el amor propio me comía la sangre. Pero había otras cosas más serias, y tuve toda la noche para pensarlas. La noche aquella también me sirvió para verla a la Petrona cuando se colaba de nuevo en el camarote de Pereyra. Al otro día me las arreglé para charlar con el viejo Ferro. Hacía rato que no le desconfiaba, pero quería estar seguro. Me repitió con detalles que iba a Francia a visitar a su hija que se había casado con un franchute y tenía una punta de hijos. El viejo quería ver a los nietos antes de espichar, y andaba con la billetera llena de fotos de la familia. Pereyra se presentó tarde y con cara de dormido. También... Y Lamas andaba con un método para aprender el francés. Fíjense qué compañía, che. La cosa siguió así hasta la víspera de llegar a Marsella. Aparte de acorralarla una o dos veces en los pasillos, no pude conseguir que la Petrona volviera a mi camarote. Ya ni se acordaba de la plata prometida, y eso que se la mencionaba cada vez. Como ponía cara de asco al oír hablar de los pesos que le debía, me afirmé en mi idea y vi todo bien clarito. La noche antes de llegar me la encontré tomando fresco en la cubierta. Pereyra estaba al lado y se hizo el inocente al verme pasar. Yo esperé la ocasión y a la hora de irme a dormir la atajé a la galleguita que andaba muy atareada. —¿No vas a venir? —le pregunté, haciéndole una caricia en las ancas. Se echó atrás como si hubiera visto el diablo, pero después disimuló.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 102 —Nopuedo —dijo—. Ya te expliqué que me tienen vigilada. Me daban ganas de partirle la jeta de un revés para que no siguiera tomándome pal churrete, pero me contuve. Ya no quedaba tiempo para pavadas. —Decime —le pregunté—. ¿Estás bien segura de lo que me dijiste de Pereyra? Mirá que es importante, y a lo mejor no te fijaste bien. Le vi en los ojos las ganas de reírse que tenía, mezcladas con miedo. —Pero sí, ya te dije que no tenía nada, ¿Qué querés, que vaya otra vez con él para estar más segura? Y se sonreía, la muy perra, convencida de que yo estaba en la luna. Le pegué un chirlo liviano y me volví al camarote. Ahora no me interesaba espiar si la Petrona se metía en lo de Pereyra. Por la mañana ya tenía mi valija lista y lo necesario en la faja. El franchute que atendía el café champurreaba un poco el español y me había explicado que al llegar a Marsella la policía subía a bordó y revisaba los documentos. Recién después de eso daban permiso de desembarco. Nos pusimos todos en fila, y fuimos pasando de a uno para mostrar los papeles. Yo lo dejé ir primero á Pereyra, y cuando estábamos del otro lado lo agarré del brazo y lo invité a despedirnos en mi camarote con un trago de caña. Como ya la había probado y le gustaba, vino en seguida. Cerré la puerta con pasador y me, quedé mirándolo. —¿Y la caña? —dijo él, pero cuando vio lo que tenía en la mano se puso blanco y se echó atrás—. No seas animal... Por una mujer como esa... —me alcanzó a, decir. El camarote resultaba estrecho, tuve que saltar por encima del finado para tirar el facón al agua. Aunque ya sabía que era al ñudo, me agaché para ver si la Petrona no me había mentido. Agarré la valija, cerré con llave el camarote y salí. Ferro ya estaba en la planchada y me saludó a gritos. Lamas esperaba turno, callado como siempre. Me le acerqué y le dije un par de cosas a la oreja. Creí que se iba a caer redondo, pero no era más que la impresión. Pensó un momento y estuvo de acuerdo. Yo sabía hacía rato que iba a estar de acuerdo. Secreto por secreto, los dos cumplimos. De él nunca supe más nada, después que me acomodó entre
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 103 susamigos franchutes. A los tres años ya pude volverme. Tenía unas ganas de ver Buenos Aires... Sugerido: Cuentos narrados por el mismo autor. http://www.youtube.com/watch?v=tWP5oaNtJzU Gabriel García Márquez Algo muy grave va a suceder en este pueblo Nota: En un congreso de escritores, al hablar sobre la diferencia entre contar un cuento o escribirlo, García Márquez contó lo que sigue, "Para que vean después cómo cambia cuando lo escriba". Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: -No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo. Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: -Te apuesto un peso a que no la haces. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta: -Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo. Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 104 -Legané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto. -¿Y por qué es un tonto? -Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo. Entonces le dice su madre: -No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen. La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: -Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega- : Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: -Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 105 Entoncesla vieja responde: -Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras. Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: -¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo? -¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor! (Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.) -Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor. -Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor. -Sí, pero no tanto calor como ahora. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: -Hay un pajarito en la plaza. Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito. -Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan. -Sí, pero nunca a esta hora. Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. -Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 106 -Siéste se atreve, pues nosotros también nos vamos. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: -Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando: -Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca. Un día de estos El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos. Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella. Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción. -Papá. -Qué. -Dice el alcalde que si le sacas una muela.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 107 -Dileque no estoy aquí. Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo. -Dice que sí estás porque te está oyendo. El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo: -Mejor. Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro. -Papá. -Qué. Aún no había cambiado de expresión. -Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro. Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver. -Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo. Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente: -Siéntese. -Buenos días -dijo el alcalde.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 108 -Buenos-dijo el dentista. Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos. -Tiene que ser sin anestesia -dijo. -¿Por qué? -Porque tiene un absceso. El alcalde lo miró en los ojos. -Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista. Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo: -Aquí nos paga veinte muertos, teniente. El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio. -Séquese las lágrimas -dijo.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 109 Elalcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó sec{ndose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera. -Me pasa la cuenta -dijo. -¿A usted o al municipio? El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica. -Es la misma vaina. Sólo vine a hablar por teléfono Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos. -No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono. Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 110 -Estándormidas -murmuró. María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta. -¿Dónde estamos? -le preguntó María. -Hemos llegado -contestó la mujer. El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería. -¿Habrá un teléfono? -le preguntó María. -Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican. Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús arrancó sin darle tiempo de más. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 111 seseparó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces: -Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono. María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación. -Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María. Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención. -¿Cómo te llamas? -le preguntó. María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros. -Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María. -De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana. Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 112 -Porel amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono. Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España. Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias. No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio. Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto. -Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas. María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 113 arreglabala almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido. El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no, reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre. -Confía en mí -le dijo. Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada. Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche. En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido. De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 114 esperanzase desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato. Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella. Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: "Este fue corto". Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes. María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 115 Noestaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. "¿Y ahora hasta cuándo?", le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras dura". Dos años después, seguía siendo eterno. María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida. El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. "No sé nada", dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado. El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en elMarítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador. No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 116 vezde la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio. Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. "El señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María. -Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero. -Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no? La mujer se encabritó. -¿Pero quién coño habla ahí? Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María. A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes,
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 117 vísperas,y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad. La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero. Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama: -¿Dónde estamos? La voz grave y lúcida de la vecina le contestó: -En los profundos infiernos. -Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar. Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué. Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina". Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 118 piedras.Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio. Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas. -Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí. El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora: -Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos -¡Maricón! -dijo María. Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella. -¿Bueno? Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta. -Conejo, vida mía -suspiró.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 119 Laslágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra: -¡Puta! Y colgó en seco. Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna. El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable. -Si alguna vez se sabe, te mueres. Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana. -Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo. El director asintió complacido. "No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó: -Lo único cierto es la gravedad de su estado. Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 120 élle indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos. -Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio. El médico hizo un ademán de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono. -Sígale la corriente -dijo. -Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad. La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina. -¿Cómo te sientes? -le preguntó él. -Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte. No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror. -Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma. -Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien. Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. "En síntesis", concluyó, "aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió la verdad.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 121 -¡PorDios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca! -¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto. -¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María. Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago: -¡Váyase! Saturno huyo despavorido. Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte. -Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará. Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad. Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 122 Inglés,hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer. Novelas: Crónica de una muerte anunciada http://ebiblioteca.org/?/ver/88766 Del amor y otros demonios http://ebiblioteca.org/?/ver/17801 Película: Crónica de una muerte anunciada http://www.youtube.com/watch?v=paR4hX3a0Mo Augusto Roa Bastos
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 123 Laexcavación El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río. Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada. La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado nunca más de ocho o diez presos comunes. De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel. Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 124 Laúnica respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro. Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel. Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento. No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 125 Recordóaquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles. En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros. En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras. El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional. Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán. En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas. Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 126 Recordó,un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo. Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre. Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial. Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto redondel de la salida. Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 127 yque volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo. El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche. La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes. Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos. Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada. Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 128 Otrostextos: Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos Jefe Seattle Nota El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Washington. A cambio, promete crear una "reservación" para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855. El Gran Jefe Blanco de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Washington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras. ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 129 Sinadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Washington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados. Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 130 suyostambién. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa. La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto. Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo. No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos. ¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago? Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos. El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 131 conla vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados. Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo. Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos. Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas las cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo. Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo. Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 132 Latierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos. Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja. Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar. ¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció. ¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció. La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia. Ernesto Sábato Novela: El túnel http://ebiblioteca.org/?/ver/23646 La resistencia http://ebiblioteca.org/?/ver/23625
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 133 MarioBenedetti La noche de los feos 1 Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 134 Nosconocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas. Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura. Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal. Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente. La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó. La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo. Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 135 "¿Quéestá pensando?", pregunté. Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma. "Un lugar común", dijo. "Tal para cual". Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo. "Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?" "Sí", dijo, todavía mirándome. "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida." "Sí." Por primera vez no pudo sostener mi mirada. "Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo." "¿Algo cómo qué?" "Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad." Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas. "Prométame no tomarme como un chiflado." "Prometo." "La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?" "No." "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?" Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata. "Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca." Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico. "Vamos", dijo. 2 No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse. Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 136 tactome transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron. En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas. Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra. Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble. Un padre nuestro latinoamericano Padre nuestro que estás en los cielos con las golondrinas y los misiles quiero que vuelvas antes de que olvides cómo se llega al sur de Río Grande Padre nuestro que estás en el exilio casi nunca te acuerdas de los míos de todos modos donde quieras que estés santificado sea tu nombre no quienes santifican en tu nombre cerrando un ojo para no ver las uñas sucias de la miseria en agosto de mil novecientos sesenta ya no sirve pedirte venga a nos el tu reino porque tu reino también está aquí abajo metido en los rencores y en el miedo en las vacilaciones y en la mugre en la desilusión y en la modorra en esta ansia de verte pese a todo cuando hablaste del rico la aguja y el camello
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 137 yte votamos todos por unanimidad para la Gloria también alzó su mano el indio silencioso que te respetaba pero se resistía a pensar hágase tu voluntad sin embargo una vez cada tanto tu voluntad se mezcla con la mía la domina la enciende la duplica más arduo es conocer cuál es mi voluntad cuándo creo de veras lo que digo creer así en tu omnipresencia como en mi soledad así en la tierra como en el cielo siempre estaré más seguro de la tierra que piso que del cielo intratable que me ignora pero quién sabe no voy a decidir que tu poder se haga o se deshaga tu voluntad igual se está haciendo en el viento en el Ande de nieve en el pájaro que fecunda a su pájara en los cancilleres que murmuran yes sir en cada mano que se convierte en claro no estoy seguro si me gusta el estilo que tu voluntad elige para hacerse lo digo con irreverencia y gratitud dos emblemas que pronto serán la misma cosa lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro de cada día y de cada pedacito de día ayer nos lo quitaste dánosle hoy o al menos el derecho de darnos nuestro pan no sólo el que era símbolo de Algo sino el de miga y cáscara el pan nuestro ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 138 perdónanossi puedes nuestras deudas pero no nos perdones la esperanza no nos perdones nunca nuestros créditos a más tardar mañana saldremos a cobrar a los fallutos tangibles y sonrientes forajidos a los que tienen garras para el arpa y un panamericano temblor con que se enjugan la última escupida que cuelga de su rostro poco importa que nuestros acreedores perdonen así como nosotros una vez por error perdonamos a nuestros deudores todavía nos deben como un siglo de insomnios y garrote como tres mil kilómetros de injurias como veinte medallas a Somoza como una sola Guatemala muerta no nos dejes caer en la tentación de olvidar o vender este pasado o arrendar una sola hectárea de su olvido ahora que es la hora de saber quiénes somos y han de cruzar el río el dólar y su amor contrarrembolso arráncanos del alma el último mendigo y líbranos de todo mal de conciencia amén. Táctica y estrategia Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos mi táctica es
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 139 hablarte yescucharte construir con palabras un puente indestructible mi táctica es quedarme en tu recuerdo no sé cómo ni sé con qué pretexto pero quedarme con vos mi táctica es ser franco y saber que sos franca y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple Mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites. Hagamos un trato Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo. Si alguna vez advierte que la miro a los ojos, y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta, o tal vez porque existe, usted puede contar conmigo. Si otras veces me encuentra huraño sin motivo, no piense que es flojera igual puede contar conmigo. Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted, es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo; y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco. No ya para que acuda presurosa en mi auxilio, sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 140 Ustedesy nosotros Ustedes cuando aman exigen bienestar una cama de cedro y un colchón especial nosotros cuando amamos es fácil de arreglar con sábanas qué bueno sin sábanas da igual ustedes cuando aman calculan interés y cuando se desaman calculan otra vez nosotros cuando amamos es como renacer y si nos desamamos no la pasamos bien ustedes cuando aman son de otra magnitud hay fotos chismes prensa y el amor es un boom nosotros cuando amamos es un amor común tan simple y tan sabroso como tener salud ustedes cuando aman consultan el reloj porque el tiempo que pierden vale medio millón nosotros cuando amamos sin prisa y con fervor gozamos y nos sale barata la función ustedes cuando aman al analista van él es quien dictamina si lo hacen bien o mal nosotros cuando amamos sin tanta cortedad el subconsciente piola se pone a disfrutar ustedes cuando aman exigen bienestar una cama de cedro y un colchón especial nosotros cuando amamos es fácil de arreglar con sábanas qué bueno sin sábanas da igual.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 141 IRSE Cadavez que te vayas de vos misma no olvides que te espero en tres o cuatro puntos cardinales siempre habrá un sitio dondequiera con un montón de bienvenidas todas te reconocen desde lejos y aprontan una fiesta tan discreta sin cantos sin fulgor sin tamboriles que sólo vos sabrás que es para vos cada vez que te vayas de vos misma procurá que tu vida no se rompa y tu otro vos no sufra el abandono/ y por favor no olvides que te espero con este corazón recién comprado en la feria mejor de los domingos cada vez que te vayas de vos misma no destruyas la vía de regreso volver es una forma de encontrarse y así verás que allí también te espero Otras lecturas: Primavera con una esquina rota http://ebiblioteca.org/?/ver/15104 A ELLOS Se me han ido muriendo los amigos se me han ido cayendo del abrazo me he quedado sin ellos en el día pero vuelven en uno que otro sueño es una nueva forma de estar solo de preguntar sin nadie que responda queda el recurso de tomar un trago sin apelar al brindis de los pobres iré archivando cuerdos y recuerdos si es posible en desorden alfabético en aquel rostro evocaré tu temple es ese otro el ancla de unos ojos sobrevive el amor y por fortuna a esa tentación no se la llevan yo por las dudas toco la mismísima madera/esa que dicen que nos salva pero se van figurando los amigos los buenos/los no tanto/los cabales me he quedado con las manos vacías esperando que alguien me convoque sin embargo todos y cada uno me han dejado un legado un regalito un consuelo/un sermón/una chacota un reproche en capítulos/un premio si pudiera saber dónde se ríen donde lloran o cantan o hacen niebla les haría llegar mis añoranzas y una fuente con uvas y estos versos
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 142 PabloNeruda Poema XV Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca. Como todas las cosas están llenas de mi alma emerges de las cosas, llena del alma mía. Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, y te pareces a la palabra melancolía.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 143 Megustas cuando callas y estás como distante. Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: déjame que me calle con el silencio tuyo. Déjame que te hable también con tu silencio claro como una lámpara, simple como un anillo. Eres como la noche, callada y constelada. Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Distante y dolorosa como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una sonrisa bastan. Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto. Poema XX Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 144 Esoes todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. SI TÚ ME OLVIDAS QUIERO que sepas una cosa. Tú sabes cómo es esto: si miro la luna de cristal, la rama roja del lento otoño en mi ventana, si toco junto al fuego la impalpable ceniza o el arrugado cuerpo de la leña,
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 145 todome lleva a ti, como si todo lo que existe, aromas, luz, metales, fueran pequeños barcos que navegan hacia las islas tuyas que me aguardan. Ahora bien, si poco a poco dejas de quererme dejaré de quererte poco a poco. Si de pronto me olvidas no me busques, que ya te habré olvidado. Si consideras largo y loco el viento de banderas que pasa por mi vida y te decides a dejarme a la orilla del corazón en que tengo raíces, piensa que en ese día, a esa hora levantaré los brazos y saldrán mis raíces a buscar otra tierra. Pero si cada día, cada hora sientes que a mí estás destinada con dulzura implacable. Si cada día sube una flor a tus labios a buscarme, ay amor mío, ay mía, en mí todo ese fuego se repite, en mí nada se apaga ni se olvida, mi amor se nutre de tu amor, amada, y mientras vivas estará en tus brazos sin salir de los míos. “Los versos del Capitán”
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 146 WALKINGAROUND SUCEDE que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza. El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores. Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre. Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío. No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día. No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena. Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche. Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas. Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos. Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias. “Residencia en la tierra II”
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 147 OliverioGirondo Poema 1 No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres. ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
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    E.I.D.F.S 5toAutomotores pág. 148 Durantekilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.