Pinturas con cuento 
Cuentos con pinturas, pinturas y cuentos que acompañan a las fotografías. 
Pinturas (y dibujos digitales) con su cuento y su historia, significados y 
motivaciones. Se incluyen fotografías que a veces explican y otras sólo 
acompañan al dibujo, al cuento o a los dos. 
VOG 
vortizg.com
indice 
¡Viva París! Introducción primera 1 
Introducción segunda 3 
El Talgo de Granada en Chamartín 4 
Tejas 6 
Sierra de Quesada en invierno 8 
Tetuán 10 
Montes con almendros 12 
La Telefónica desde Vázquez de Mella 14 
El Estrecho 16 
La Concha 19 
Las garzas de Medusa 21 
La cafetería del Talgo 24 
Grillo cojo 26 
Ribera del Benabola 28 
Iconografía de la Virgen de Tíscar 30 
El sol desaparece sobre Baeza 34 
Montes de Muza y Tarik 36 
El otoño en el chopo de la alberca 39 
El sol de la mañana en el pinar de Juanar 42 
Puerto Banús sin barcos 44 
El pasado no es Historia, es Geografía 47 
Los últimos rayos del sol de febrero 50 
Las tardes del verano 52 
El Cambio en Ancha de la Virgen 56 
Los dedos del amanecer en Puerto Ausín 61
La Frontera en los Picones del Puerto de Tíscar 64 
Paseo de invierno con perros por la playa 68 
Olivas 71 
NATO OGI 74 
Adios a la luna en la Vega 78 
Cosas de cuando Madrid 84 
Nuevo otoño con Mulhacén en el horizonte 89 
Buscando galaxias lejanas 92 
Perfil de la Sierra de Quesada 96 
Cara norte de la Sierra de las Nieves 98 
Batalla naval a escala 1:1 102 
Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos 106 
Las mañanas, las noches y el paso de los años 110 
Extranjero en su propia tierra:olivo y mimosa 113 
Lluvia de lunas (Perseidas lunares) 118 
El cielo se cae sobre nuestras cervezas 122 
Marbella desde una barca, en la distancia 125 
Postal de Quesada. Vista parcial 129 
Antes llovía más 134 
Parra, pino y peral 137 
Llueven billetes. 143 
Antenas y repetidores 146 
Luci camino del Cerro del Sol 150 
Paseos de atardecer por la playa. Autorretratro con Lobo 153 
Adiós 157
¡Viva París! Introducción primera 
Fragmentos de la conferencia de Federico García Lorca "Teoría y juego del duende" 
(1933). Habla de una actuación de Pastora Pavón, La Niña de los Peines. En mi 
opinión, es una sentencia definitiva sobre cualquier tipo de creación artística, a la 
que sitúa en un mundo distinto y ajeno al de las formas y las técnicas. 
"Una vez, la "cantaora" andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío 
genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el Gallo, 
cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de 
estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la 
mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada; 
era inútil. Los oyentes permanecían callados. (...) Pastora Pavón terminó de cantar 
en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos 
hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con 
voz muy baja: "¡Viva París!", como diciendo: "Aquí no nos importan las facultades, ni 
la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa". 
Entonces La Niña de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una 
llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se 
sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con 
duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a 
un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía 
que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen 
los negros antillanos del rito lucumí, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara. 
La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo 
gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el 
cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de 
facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse 
desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo 
cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su 
sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero 
llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni." 
Pinturas con cuento. Pág. 1
Pastora Pavón, Niña de los Peines 
Es lo mismo que ya había dicho San Juan de la Cruz: 
Por toda la hermosura 
nunca yo me perderé, 
sino por un no sé qué 
que se alcança por ventura. 
Pinturas con cuento. Pág. 2
Introducción segunda 
Nunca he tenido TALENTO SOCIAL. 
Ni 
para venderme ni para relacionarme ni para nada fuera de la barra del bar 
(pequeña y conocida). 
Cuando 
pude no me esforcé por buscarlo (aprenderlo), o no pude o no quise o no lo 
trabajé lo suficiente. Estaría en otras cosas (y rara vez en dos de ellas a la 
vez). 
Nunca 
(habrá quien no lo crea ¿o sí?) dominé el arte del manejo social (en realidad, 
un poco hurón). 
Ahora 
(siendo ya una especie de pre-retirado) 
sería tontería intentarlo. Oirían mi voz 
sin escucharla, sin levantar la mirada para mirarme a la cara (eso que ganan). 
Pinturas con cuento. Pág. 3
El Talgo de Granada en Chamartín jueves, 24 de marzo de 2011 
El Talgo de Granada en Chamartín. 2002. Óleo sobre lienzo. 55x46 
Desde el 2000 al 2006 pasábamos más o menos un fin de semana en Madrid y otro 
en Granada. La vuelta el domingo por la tarde en autobús era un coñazo. Sobre 
todo para mí que como es norma me meaba continuamente y tenía que 
aguantarme y esperar a la parada en Almuradiel. Algunas veces llegaba para 
reventar. Por eso, de cuando en cuando me volvía en el tren. Aunque tardaba seis 
horas y media tenía dos ventajas: la fila de asientos individuales permitía ir en 
ventanilla sin el agobio de que alguien fuera a tu lado, se durmiera y lo aplastara a 
uno. La segunda ventaja era que tenía servicio y podía mear cuanto y cuando 
quisiera. Aprovechaba además el viaje para leer (en el tren leí por ej. la biografía de 
Chavela Vargas) y cuando al cabo de las horas el culo ya dolía, me levantaba a 
echar una cerveza (o dos) en la cafetería y de tapa una lata individual de 
aceitunas rellenas. Hasta que Continental puso el autobús VIP con servicio, con 
catering y sin paradas (sólo cinco horas menos cuarto) el tren fue la mejor 
combinación. La más cómoda. 
Dada mi concepción germánica (sin germanofilia) de la puntualidad, llegaba a la 
estación media hora antes que aprovechaba fumando ducados sin parar y 
Pinturas con cuento. Pág. 4
paseando, el andén arriba, el andén abajo, para compensar la inmediata sentada 
de horas. 
Por aquel entonces empezaba yo a utilizar el pc para hacer dibujos, bocetos y así. 
Utilizaba Paint y el ratón, que con el pulso que tengo no es cosa de poco 
mérito. Conservo algunos borradores probando colores, fondos, etc. 
Pinturas con cuento. Pág. 5
Tejas jueves, 24 de marzo de 2011 
Tejas. 2001. Óleo sobre lienzo. 60x46 
Mi casa en Ancha de la Virgen era un tercero. La mayoría de las casas del barrio 
eran, son, de dos plantas. Quedaba por tanto la mía por encima de las vecinas. Y se 
veía desde los balcones un paisaje de tejados, miradores, antenas de televisión, 
antiguos postes abandonados de tendido eléctrico y telefónico... Los plátanos del 
Campillo y el torreón de Bibatuabín cerraban el horizonte. Como corresponde al 
barrio, todo se veía un poco viejo y decadente. 
Y en los tejados y en todos los rincones, muchas palomas y algún gato. Era muy 
entretenido verlas palomas pelearse, aparearse, poner huevos en los canalones. 
Estaba uno en su balcón, en una de esas tardes achicharrantes de verano, al poco 
de irse el sol, espiando y observando a las palomas como si uno fuera uno de esos 
que hacen reportajes de vida salvaje para la segunda cadena. Lo mismo o muy 
parecido, pero en casa de uno con cerveza fresquita y sin leones. 
Pongo aquí una foto que hice la madrugada de un día de diciembre de 2004, 
preparándome para ir a trabajar mientras fuera caía aguanieve. Tejas, antenas, 
viejos tendidos... Lo que decía antes. 
Para la pintura de hoy partí de la foto de un tejado, Ancha de la Virgen esquina San 
Jacinto. Sobre esa misma hice luego alguna prueba de color: Posteriormente hice 
un primer boceto en Paint. A la mitad del trabajo una foto digital del estado de la 
pintura que volvía a retocar para probar colores. Me doy cuenta que esto que yo 
Pinturas con cuento. Pág. 6
hacía era de una gran modernidad o modernura. Lástima que nadie más que yo 
sabe que ya lo hacía allá por el año 2001. Y como no lo patenté... 
Pinturas con cuento. Pág. 7
Sierra de Quesada en invierno domingo, 27 de marzo de 2011 
Sierra de Quesada en invierno. Óleo y acrílico sobre lienzo. 61x46. 2009 
La tarde de nochebuena de 2008, recién llegado de Granada, me subí a la azotea 
con la cámara. Aunque con tanta construcción cada vez se ve menos paisaje aun 
se podía, puede, disfrutar de buenas vistas. Hacía una tarde casi "como las de 
antes", de olor a lumbre y a humedad fría y con una luz mortecina que acentuaba 
todos los matices invernales. Aprovechando el zoom y como me gustaban los 
colores y la tarde, hice unas cuantas fotografías, casi buscando ya con el encuadre 
la composición definitiva de una pintura. En este caso salió casi tal cual. Sin 
necesidad de borradores previos, pintando directamente con el objetivo de la 
cámara. 
Pinturas con cuento. Pág. 8
Mirando a través de la cámara me llamó la atención la silueta de los pinos sobre el 
fondo blanco. Los pinos de las zonas altas de la sierra. Creo que, son, de la especie 
salgareño o negral ("Pinus Nigra"). En los rincones más apartados donde están los 
más viejos tienen formas espectaculares, con troncos grandes y rectos y ramas que 
tienden a la horizontalidad. Como digo, desde el objetivo de la cámara los veía 
perfectamente destacando sobre el fondo de nieve. Llevé su recuerdo a la 
composición para que, al igual que lo hacían aquella tarde de nochebuena, 
mandaran en ella los pinos y la nieve. Sólo falta el humo de las lumbres. 
Pinturas con cuento. Pág. 9
Tetuán martes, 29 de marzo de 2011 
Puerta de la Medina de Tetuán. Cera y óleo sobre cartulina. 65x51. 1993 
(Texto escrito en la imagen: "Vista de una puerta de la Medina de Tetuán con un 
gran angular. Diciembre, mediodía y llueve") 
En diciembre de 1992 fuimos por primera vez a Tetuán a ver a Juan F. Ochoa. A raíz 
de aquella visita, empecé a buscar y leer todo lo que encontraba sobre Marruecos, 
el Protectorado y las guerras consecuentes. Y por supuesto, toda clase de literatura 
sobre el tema: Desde "Diario de un Testigo de la Guerra de África" a la "Forja de un 
Pinturas con cuento. Pág. 10
Rebelde". También alguna que otra extravagancia como "Papeles de la Guerra de 
Marruecos" del Sr. Franco y alguna rareza, como "Geografía de Marruecos y 
posesiones españolas de África" de 1920. Este. libro de texto en la Academia de 
Infantería de Toledo, lo compré usado por dos hermanos de apellido Pavía 
¿parientes del General? que pusieron en él sus firmas, su compañía y sección, y le 
añadieron subrayados, notas, etc. ¿Moriría alguno de ellos en alguno de los lugares 
que estudiaron en el libro? 
El caso es que fuí yo quien setenta años después casi se queda para siempre en la 
capital del Protectorado. Y no por culpa del disparo de algún cabileño, seguidor de 
Abdelkrim o esbirro del Raisuni, sino por culpa de una tortilla de patatas y de una 
instalación chapucera y suicida que hizo Juan en la hornilla de gas de la cocina. 
Con razón la asistenta le sisaba el aceite de oliva: se jugaba la vida a diario!!! 
La vista en cuestión procede del paseo que dimos el sábado por la mañana de 
aquel fin de semana. La compuse utilizando un par de fotos convenientemente 
recicladas y recreadas por mis propios recuerdos. En esos recuerdos dominaba la luz 
invernal y el cielo cerrado y oscuro encima de casas blanquísimas. Creo que fue de 
lo último que hice con cera y óleo. Por cambios radicales en mi vida no volví a pintar 
nada o casi nada hasta el 2001. 
Pinturas con cuento. Pág. 11
Montes con almendros domingo, 3 de abril de 2011 
Montes con almendros. Oleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2011. 
A finales de noviembre, camino de Marbella y al pasar Casabermeja, donde la 
autovía entra enroscándose con el río en el barranco del Guadalmedina, me dí 
cuenta de que por allí ya estaban en flor los almendros. Blancos y rosas 
alternándose por los paredones de los montes. Las muchas lluvias del invierno 
habían convertido el paisaje, de natural reseco, en otro húmedo y verde. Enseguida 
me di cuenta de que tenía que hacer algo con eso. El tráfico y la falta de 
apartaderos me impidieron parar y hacer unas fotos con las que fijar el recuerdo. 
Cuando llegué, a falta de imagen apunté las palabras que me pudieran ayudar 
más tarde a recordar: Pino, encina, algarrobo. Rojo, ocre, tierra húmeda. Hierba 
mojada, flores blancas y flores rosadas. Cielo blanco, azul claro muy difuminado 
manchado en alguna parte de gris. 
Por esas web busqué fotos de la zona pero todas eran de verano o de primavera, 
muy verdes pero sin almendros en flor o muy áridas, amarillas con apenas alguna 
hoja con algo de verde.Y estaban tomadas desde lugares altos, sin esa hondura 
que se ve junto al río, desde la autovía agobiada por paredones de tierra que 
impiden cualquier horizonte excepto el vertical. De manera que tuve que hacer las 
Pinturas con cuento. Pág. 12
cosas como antes, con un lápiz y un papel (que no conservo). Luego a Paint para 
los sucesivos borradores. Aquí pongo alguno. El resultado, el que veis arriba. 
Pinturas con cuento. Pág. 13
La Telefónica desde Vázquez de Mella martes, 5 de abril de 2011 
Plaza de Váquez de Mella. Óleo. 65x50. 2002 
Muchos sábados bajábamos en el autobús 27 hasta Cibeles. Dábamos un paseo 
haciendo hora para la cena y recalábamos en el bar XXX, en la calle Clavel, para 
tomar una o dos cervezas. Ese sitio me gustaba porque tenía mesas en 
los ventanales y se podía ver pasar a la gente, a los guiris con una guía en la mano 
buscando donde cenar paella, a los taxistas encabronados con los coches 
aparcados en doble fila que complicaban el tráfico y cosas así. Se podía disfrutar 
tranquilamente del transcurrir de la vida sin levantarse de la silla. Una afición a la 
que los antiguos sin televisión eran grandes aficionados, especialmente las tardes y 
noches de verano en los pueblos. 
Pinturas con cuento. Pág. 14
Desde allí, camino del restaurante, había que cruzar la Plaza de Vázquez de Mella. 
No tenía ni tiene mucho de especial pues por mucho que la remocen y le hagan 
hoteles caros, no pierde el aspecto de solar sin edificar, donde cada fachada es de 
su padre y de su madre, casas pensadas para calles estrechas donde no se las ve 
nunca juntas y de frente. 
Pero lo bueno es que por una esquina se asoma la Telefónica, edifico que siempre 
me atrae y más en aquel año en el que descubrí las andanzas de Arturo Barea 
durante la Guerra. Ese primer rascacielos lleno de reporteros como los que vemos 
ahora en los telediarios y convertido en observatorio, continuamente 
bombardeado, del frente de la Casa de Campo. 
Por la noche el reflejo de la luz de la calle, el reloj iluminado en rojo y las balizas 
aéreas del remate, le dan un toque de torre de catedral tecnológica y laica siglo 
XX. Su vista desde esta plaza tiene la gracia de ser una perspectiva de costado, 
casi de espaldas, distinta a las habituales. Por eso y por otros muchos recuerdos, me 
gusta. 
Pinturas con cuento. Pág. 15
El Estrecho jueves, 7 de abril de 2011 
Atardecer en el Estrecho. Óleo y acrílico sobre lienzo. 2009. 55x46. 
Las pocas cuantas veces que he cruzado el Estrecho ha sido en invierno y de noche. 
En una de esas ocasiones había tan mala mar y dentro del barco era tan 
insoportable el ambiente por el olor a vomitonas recocido en la calefacción, que 
hice el viaje fuera, en cubierta. Fuera a pesar del viento, de la lluvia, de la oscuridad 
que salpicaba espuma por todos lados en una noche absolutamente negra. De 
manera que la imagen que guardo del interior del Estrecho, sin necesidad de añadir 
imaginación, es la de mar tenebroso, el fin del mundo que marcó Hércules con sus 
columnas para que nadie tuviera duda de que más adelante, ni se podía ni debía 
pasar. 
Pinturas con cuento. Pág. 16
Monte de Muza 
Desde fuera del propio Estrecho, desde fuera de sus aguas, las ocasiones han tenido 
más luz y menos mareo. No procede aquí glosar la cosa del cruce de civilizaciones, 
de los abismos culturales y de las migraciones de pájaros y personas. Y no lo haré, 
claro. Porque lo que me atrae de este Bósforo rural antípoda de aquel urbano, es el 
trasiego interminable de barcos de todos los tamaños y pelajes: petroleros, 
submarinos y portaviones, cargueros, ferris y pesqueros ordenados en fila, 
guardando su derecha en la angosta travesía. Me atrae la orilla vista desde la otra y 
aquella desde esta, las Columnas avisando de los abismos, el monte de Tarik y el 
monte de Muza, Ceuta y Gibraltar intercambiados... 
Tánger y Ceuta 
Desde aquí (también desde allí) se ven tan claramente las casas, las piedras, los 
lugares del contrario, que imagino que en las varias guerras pasadas, en la de 
ODonnell marchando contra Tetuán o en la del Protectorado, se podrían distinguir 
´desde los miradores de aquí las batallas y las explosiones. Podrían distinguir las 
luchas aquellos que no cruzaban y se quedaban tras la barrera. Como podrían 
distinguirlas desde los barcos, cruzando, los soldados de S.M. Los que volvieron y los 
que a la fuerza para siempre se quedaron. 
Varias calles de Quesada tenían o tienen, no se ya, nombre de muertos locales en 
Marruecos. Ignoro, claro, si alguno de ellos cruzó por aquí. Si así fuera, el o 
los difuntos ilustres, con calle a su pesar, estarían recién salidos del pueblo del que 
jamás habían salido. Pobres y con hambre, seguramente mareados, verían el humo 
de las bombas desde el mareo de la travesía y las vomitonas. Pobre gente 
cruzando a la tierra de gente pobre y con hambre para morir sin saber porqué. El 
problema que tienen los muertos al servicio de S.M. es que no se pueden cagar en 
los de S.M. porque ellos ya lo están y los muertos no cagan. Y los demás nunca nos 
hemos preocupado de hacerlo en su nombre. 
Pinturas con cuento. Pág. 17
Columnas de Hércules 
Retomo el hilo que me voy. A levante de Gibraltar siempre hay muchos barcos 
como aparcados. Desconozco la razón. Imagino que lo hacen por ahorrar las tasas 
de puerto o algo así de poco recorrido poético (aunque sí paisajístico). La vista que 
traigo hoy es un atardecer en el Estrecho con el sol arrastrándose por el agua y las 
bandas de niebla a media altura cruzando de un mar al otro. No recuerdo bien 
desde donde la vi. Puede que desde la carretera de Ronda a través del tele de la 
cámara. O puede que la imaginara juntando jirones de memoria, de 
varios momentos y de varios miradores. No lo se. Pero me da igual. Porque vista, 
soñada o imaginada la imagen es real y se la dedico a mis paisanos difuntos que 
murieron en guerras absurdas defendiendo a S.M. y a los que pagaron con la placa 
de una calle. Las placas de las calles, que se sepa, nunca quitaron hambre. 
Pinturas con cuento. Pág. 18
La Concha domingo, 10 de abril de 2011 
Concha. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x54. 2010. 
Pintar algo de Marbella y pintar la Concha no es muy original. Es como ser de 
Quesada y pintar una Virgen de Tíscar (que también lo he hecho) Digamos que es 
una obviedad tal, que la haces y la Posteridad inmediatamente te borra de su lista y 
se olvida de ti. Evidentemente para siempre jamás. Es tan poco original que hasta 
en un restaurante obsoleto y destartalado cerca de casa le tienen hecha una 
vidriera. Paseando a los perros por su trasera, entre mierda y mierda, le hice una foto 
con el móvil. Aquí la pongo. 
Vidriera de la Concha 
Pinturas con cuento. Pág. 19
Pero a pesar de todo lo dicho, lo cierto es que desde que empecé a tener una 
relación más cercana con Marbella, siempre la tengo delante: Paseando por la 
playa, en la terraza, en el Lago de las Tortugas, de día y de noche, al ir y al volver. 
Igual que la Virgen de Tiscar en Quesada pero sin cofradía. 
Se ve desde todas partes y eso es porque desde arriba se ven todas esas partes. No 
lo he visto pero me lo han contado y lo he visto en fotografías ajenas. A pesar de mi 
interés por subir creo que hay un paso delicado en la senda y como tengo un poco 
de vértigo me da miedo. He tenido pesadillas tremendas de que se me caían los 
perros por el despeñadero. Como si puestos a imaginar no fuera cien veces más 
fácil que rodaramos mi barriga y yo. 
Aunque a la Concha no, al pico Juanar sí he subido y como las vistas deben ser 
relativamente parecidas, traigo aquí un par de ellas. 
Esta imagen de la Concha que cuelgo hoy es de la cara suroeste. Cuando caen la 
tarde y el sol, se descubre una composición de formas piramidales, unas de luz y 
otras de sombra, que se agrupan en pirámides de superior nivel hasta formar la gran 
pirámide que es la Concha. Una compleja estructura aunque parezca una sencilla 
montaña a la que apenas se mira. 
N.B. 3 años después, sí conseguí, por fin, llegar a la Concha 
Pinturas con cuento. Pág. 20
Las Garzas de Medusa lunes, 11 de abril de 2011 
Garzas de Medusa I. Excel-Paint. 2011 
Garzas de Medusa II. Excel-Paint-Photoshop. 2011 
Pinturas con cuento. Pág. 21
A unos cien metros de la playa y a otros quinientos de Puerto Banús, en la 
desembocadura del río Verde del que toma nombre, hay una villa romana siglos I-III. 
Está escondida en medio de casas, apartamentos, hoteles y urbanizaciones, 
ignorada y dejada de lado por la circundante ostentación y exceso y por los 
vistantes de la ostentación y del exceso ajeno que pasean por las cercanias. Ni 
nacionales ni guiris ni locales reparan en su existencia. 
Al parecer, la villa era la vivienda de los señoritos de una inmediata factoría de 
salazones. La parte industrial estaría entre la villa y el mar. En la pequeña zona 
residencial los mosaicos son muy escasos en color. Las teselas son blancas o grises 
en su mayoría. Lo que ahora nos parece cosa obvia e irrelevante, la disponibilidad 
de todo tipo de colores en todos los soportes imaginables, no ha sido siempre así. 
Cada color suponía un problema técnico, comercial y un coste a menudo muy 
elevado. La policromía era cosa de ricos o de muy ricos. Cuanto más color más 
billetes (por eso nunca son grises) 
Mosaico de Medusa 
El mosaico más conocido de la villa es el de Medusa. Rodean a la gorgona patos, 
flores, garzas y copas. La primera versión que hice de las garzas del mosaico fue 
para un óleo. Elegí a esta pareja de entra las cuatro que tiene el mosaico no por 
otra razón sino por ser la que mejor se veía en la foto que hice. Hace unas semanas 
saqué a los pájaros del lienzo y los llevé a Excel donde les fui creando alrededor un 
mosaico curvo e irregular, añadiendo, borrando y cambiando formas y geometrías. 
Cuando quedé conforme trasladé la plantilla a Paint. En un lateral hice recuadros 
con toda la gama de grises que iba a utilizar y los numeré para no confundirme. Fui 
colocando las teselas de una en una, copiando los colores del recuadro 
correspondiente y remarcando cada una de ellas con el color inmediatamente 
superior. 
Aquí procede una reflexión sobre la explotación del trabajo: si yo en mi casa, 
sentado, parando cuando quería y manejando únicamente el ratón acabé harto, 
que no pasarían aquellas pobres gentes arrastradas por los suelos, teniendo 
que recortar cada tesela con toscos instrumentos, para luego colocarla, fijarla, 
etc. En fin, una explotación. 
Cuando terminé, me di a las reflexiones anteriores sobre el color, sus costes y sus 
dificultades. Para acreditar la abundacia que en estos tiempos felices nos 
inunda, se me ocurrió la colorida variante que podeis ver . Aunque a mi el hacerla 
me costó poco o nada, hubiera sido en aquellos tiempos el pasmo de los 
Pinturas con cuento. Pág. 22
pobres productores que elaboraban el garum. Y no solo de ellos sino que también 
el de sus probos amos, los dueños de los mosaicos, pues viendo el mío se 
percatarían de que no hay color en la comparación y comprenderían que los suyos, 
en realidad, no dejan de ser un quiero y no puedo. Es frecuente por los alrededores. 
Pinturas con cuento. Pág. 23
La cafetería del TALGO miércoles, 20 de abril de 2011 
Atardecer desde el tren. Óleo sobre lienzo. 61x50. 2002 
Los viajes en tren Madrid-Granada tenían el inconveniente de la duración, más de 
seis horas, pero también tenían sus cosas buenas. Como el poder levantarse, estirar 
las piernas, tomar un café y fumar un ducados tras otro. Ya lo he contado antes. 
Mientras viajaba, corría por las ventanillas el paisaje y las ruedas metálicas 
golpeaban rítmicamente sobre los raíles. Poco antes de llegar a Linares-Baeza me 
levantaba para hacer un descanso un tomar algo. En Linares-Baeza cambiaban la 
locomotora eléctrica por otra de gasoil, más apropiada a la montaraz vía de la 
parte final del trayecto. 
Según la época del año cambiaba la luz de la tarde. En cada viaje anochecía en 
un sitio distinto. Los días de invierno apenas pasado Aranjuez. Los días de verano 
cerca de Larva, entre los espartizales y los pinares extraviados en barrancos 
resecos, desnudos, salpicados de sal. Me atraía el tren y sin necesidad de ir yo 
dentro. Muchas tardes, en el cortijo de Lacra, con calor y avispas, subía a la alberca 
vieja para verlo pasar a lo lejos, al otro lado del Guadiana Menor. La cámara digital 
de la que disponía por aquel entonces no tenía teleobjetivo y por eso una vez se me 
ocurrió sustituirlo por el siguiente método chapucero: coloqué los prismáticos de mi 
padre delante del objetivo aguantándolos con una mano mientras con la otra 
sujetaba la cámara y disparaba. Salió alguna foto de milagro, mala y borrosa y con 
Pinturas con cuento. Pág. 24
unos inoportunos cables de tendido eléctrico por medio. Pero aunque mala tiene la 
luz y el color de esas tardes de verano perdiéndose el sol tras Sierra Mágina. Y 
además conseguí que el TALGO se viera, o intuyera, como una raya brillante, fugaz 
estrella de la tarde de agosto. Una raya renqueante que se arrastraba por las 
cuestas retorciéndose en las curvas de la vieja y bastante abandonada vía. 
El TALGO en Larva desde la 
alberca de lacra 
El campo, la cafetería y yo. 
Fuera de los extremos de invierno y verano, lo normal era que el café en la 
cafetería del tren entre Madrid y Granada coincidiera con el atardecer. De pie, me 
apoyaba en la barra auxiliar pegada a la ventana, fumaba, removía el café y 
miraba abstraído como el campo manchego, cerca ya de Sierra Morena, pasaba 
veloz y corría en dirección contraria. Moría el sol y las sombras se alargaban 
subrayando con un trazo largo los pocos árboles, olivos y encinas, del paisaje. Los 
montes se diluían en el horizonte. Si era otoño las hojas de las viñas formaban un 
bosque infinito y bajo que se deshacía en rojos y dorados. Si era en primavera, los 
trigos ya adultos pero aún brillantes y húmedos, se alternaban con viñas recién 
brotadas, salpicadas de verdes recién paridos. 
Intenté algunas veces fotografiar estas cosas de las que hablo pero los reflejos del 
cristal impedían el empeño. Alguna foto de las que hice quedó graciosa, como 
aquella de los prismáticos, pues al mismo tiempo que el reflejo la arruinaba me 
acreditaba como su autor en una especie de autorretrato involuntario. 
De estas tardes de tren regresando a Granada, de su recuerdo durante el resto de 
la semana, surgió la idea que traigo hoy. Como ya era normal en aquella época, la 
trabajé primero con Paint y luego la estudié y probé hasta conseguir la versión que 
finalmente llevé al lienzo. Creo que no quedó mal. 
Pinturas con cuento. Pág. 25
Grillo cojo lunes, 25 de abril de 2011 
Grillo cojo en los dompedros. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990 
Una tarde de verano andaba yo con mi Pentax recién estrenada haciendo fotos. En 
aquellos veranos Lacra se llenaba de dompedros. Tan prolíficos que casi no dejaban 
crecer otras plantas. Andaba yo haciéndoles fotos “experimentales y artísticas”, 
comprobando si estaban cerrados de día y abiertos de noche, si se estaban 
realmente cuidando de que no los cortara quien los cortaría, cuando vi un grillo. Era 
un grillo cojo. Resultaba conmovedor verlo aferrarse a las ramas y pasar de una a 
otra con alguna dificultad. Pero no resultaba triste. 
Le hice una foto y de la foto nació la pintura (que por cierto, ya me doy perfecta 
cuenta de que el aceite del óleo manchó el papel blanco. Entonces no se notaba 
y en esas edades no piensa uno en como van a quedar las cosas veinte años 
después.) No conservo o no encuentro las fotos de aquella tarde. 
Pero pintarlo fue sólo una excusa para buscarle compañía a lo que le escribí al grillo 
que andaba cojeando por los dompedros: 
Un grillo cojo en los dompedros, 
Pinturas con cuento. Pág. 26
un grillo disminuido asomado al vacío. 
Un grillo aferrado a unas hojas 
y debajo, 
desenfocados, 
insondables abismos 
nada espectaculares, cotidianos. 
Un grillo cojo. 
Un grillo verde. 
Un grillo rojo, 
disminuido, 
tullido, 
impedido, 
perdido. 
Un grillo rojo cojo, 
atacado, 
acosado, 
nunca derrotado. 
Un grillo. 
Cojo. 
Es un grillo que no manda, 
ni con el calor ni con el frío progresa. 
Un grillo sin triunfo. 
Acapara dolor y ánimo en sus entrañas. 
Todos los que están lo quieren hacer leña. 
Es un grillo cojo. 
Pero que anda. 
Granada, noviembre del 90. 
Pinturas con cuento. Pág. 27
Ribera del Benabola lunes, 2 de mayo de 2011 
Río Benabola. Óleo sobre lienzo. 73x60. 2011 
El río Benabola es casi siempre un regato medio seco. Cuando llueve lo hace con 
mucha intensidad de manera que su cauce se vuelve torrencial. Los patos, 
galápagos, ranas, alguna garcilla y demás vecinos salen a disfrutarlo las pocas 
veces que, entre un exceso y otro, está tranquilo. Se tumban al sol encima de 
alguna piedra, nadan, corretean, buscan que comer. En las orillas y en el pequeño 
descampado hay mimosas, plátanos de sombra, acebuches, cañas, algún pino y 
muchas hierbas y zarzales. También una planta que no se como se llama y que es 
una rara mezcla de palma y de higuera (con el tiempo supe que se llama ricino). 
La ribera va cambiando con las meses. Lo hace más por las mudanzas de luz de las 
estaciones que por las propias de las plantas que más o menos, siempre están igual. 
Todo el año hay amarillos, ocres, verdes claros, oscuros, brillantes y mates, verdes 
azulados, verdes plomo, verdes negros, ordenados caóticamente, entremezclados. 
Lo que va cambiando es la luz. 
Pinturas con cuento. Pág. 28
No es que sea especialmente bonito el Benabola ni más llamativo que otros muchos 
arroyos, barrancos o ríos, pero está frente a mi terraza. Lo veo cuando salgo a regar 
las macetas, cuando salgo a mirar si llueve o si relampaguea, hace sol, calor o frío. 
En las noches de verano cenamos a la vista de nuestra selva doméstica de enfrente. 
Cuando no pasan coches el croar de las ranas se impone al silencio de la noche. En 
invierno, en el no invierno de aquí, las orillas se saturan de colores nuevos, húmedos y 
brillantes. Por las mañanas, al amanecer, el sol se abre paso entre las ramas y 
deslumbra a las gotas de rocío. Por las tardes, al anochecer, la luna nace por la 
misma parte que lo hizo el sol y hace juegos de luz y sombra con los troncos y las 
hojas. 
De tanto mirar al río y de tan continuo verlo me es ya familiar, de la casa. Por eso lo 
he pintado. No he pintado el agua pero he pintado las plantas de la ribera. 
Seguramente que esta no sea más y sí sea bastante menos que otras riberas 
famosas, pero es la que hay enfrente de mi terraza. Y aunque tampoco produzca 
vinos de especial calidad sí se los encuentra de muchos y variados tipos, de todos 
los precios, colores y sabores. Solo es cuestión de comprarlos. 
Pongo aquí alguna foto del río, de la ribera, de los vecinos y de la luna. El vino ya lo 
he dicho: en el supermercado frontero. 
Pinturas con cuento. Pág. 29
Iconografía de la Virgen de Tíscar sábado, 14 de mayo de 2011 
Virgen de Tíscar. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990 
Cuando un primo mío armado de caña y cigala decía aquello de “Dios no existe 
pero la Virgen de Tíscar sí”, estaba expresando una verdad fácilmente contrastable 
al menos por lo que toca a la Virgen. Y es que se la puede ver en cualquiera de sus 
numerosas procesiones, en Tíscar y en Quesada. Se la puede ver también en las 
miles de estampas, fotografías enmarcadas, grabados más o menos antiguos, 
medallas, estadales y recuerdos de quincalla: navajas, mecheros, dedales, cajas 
metálicas de plástico que sirven para nada y cosas por el estilo. Lo de Dios es por el 
contrario bastante opinable y ahí no entro. 
Pinturas con cuento. Pág. 30
Principios s. XX 
Años 40 
La imagen más difundida en estas representaciones es un fotomontaje con la Virgen 
en el cielo y abajo una vista de Tíscar, la clásica, desde la carretera por encima del 
Vadillo. Es una Virgen voladora que a los habituados no nos sorprende pero que a 
los neófitos quizás si. 
No siempre ha sido esta la norma. En los grabados antiguos y en las primeras 
fotografías la Virgen no volaba y apenas se acompañaba de algún ángel. Fue tras 
la Guerra cuando, después de un primer momento de indefinición en el que la 
Virgen Nueva intentó imitar a la Antigua, adquiere personalidad propia y comienza 
a volar. Pongo aquí algunas reproducciones que reconstruyen la historia. Podemos 
apreciar como en los tiempos modernos los iconos han vuelto a la estampa clásica, 
sin vuelos, abandonando esa muy antigua tradición de casi cincuenta años. Eso sí, 
ahora se añade a la estampa, como detalle moderno y rompedor, un giro de 
cuarto de perfil. 
Años 50, 60 y 70 
Tiempos modernos 
La cosa de las tradiciones tiene estas paradojas. Que a pesar de ser modernas 
lloramos su desaparición como si fueran, que lo son, ejemplo y muestra del pasado 
que se nos va. Hace ya un tiempo, en la Lonja y el día de la Traída, con la Virgen 
encabezando al público extasiado, se entretuvieron en quemar un bonito castillo de 
fuegos artificiales amenizado con fondo musical de 2001(Sí lo de Odisea en el 
espacio). Faltó que apareciera un ovni con don S. Kubrick a los mandos para 
completar tan pío espectáculo. Pues seguro que si como temo se han venido 
Pinturas con cuento. Pág. 31
repitiendo estos años parecidas escenas, se habrá constituido finalmente en 
costumbre antigua hasta el punto que en ese día, esperemos próximo, en el cual 
felizmente se suprima, llorarán por las esquinas y en la revista de las ferias los 
inevitables defensores de las nuevas costumbres y tradiciones locales de toda la 
vida. 
La Virgen que encabeza la pinté en 1990 en el mes de enero. En plena ola de frío, 
cuando vivía en Agustina de Aragón en una casa perfectamente climatizada y con 
una magnífica calefacción en verano y aire acondicionado en invierno. La Virgen la 
copié de un grabado antiguo, 1904, que no recuerdo de donde saqué ni donde 
está. Es uno de esos grabados de la Virgen un poco infantiles e ingenuos que han 
sobrevivido en cortijos y rincones perdidos. A cera y a lápiz le añadí el Santuario tal 
como era moda hasta esos años noventa y también le puse un par de ángeles, 
chico y grande. Para darle más vuelo a la estampa, claro. 
Cabecera de un folio de la Posguerra 
Completo el estudio iconográfico, mediante el que acredito suficientemente mis 
conocimientos de Historia del Arte, con un retrato de la Posguerra en el que 
observamos una Virgen “comentada”. Y también adjunto la fotografía de uno de 
esos grabados perdidos en lugares olvidados de los que hablaba antes. Está bien 
acompañado: cartones de ducados, botellín del Alcázar, banderines de fino 
Quinta, botellería de anís, "coñada" y güisqui nacional, servilletas enrolladas en un 
vaso de caña de cerveza… Obsérvese abajo a la derecha un cartel (puro 
Pinturas con cuento. Pág. 32
marketing de vanguardia en aquella época y lugar) anunciando ricas raciones de 
queso. Por cosas del encuadre (la fotografía no era digital y se disparaba sólo una 
vez) nos quedamos sin saber el precio de tan acreditado plato. 
Bar de la esquina de la Plaza. Noche de la Fiesta de Tíscar. 1987 
Pinturas con cuento. Pág. 33
El sol desaparece sobre Baeza miércoles, 18 de mayo de 2011 
Puesta de sol en Baeza. Óleo sobre lienzo. 55x46. 2001 
Recuerdo que hace ya demasiados años era costumbre en las tardes de verano 
subir al bar del Mirador para ver la puesta de sol. El espectáculo era, sigue siendo, 
bastante espectacular como suele ocurrir en casi cualquier sitio donde haya un 
horizonte a poniente y un sol muriendo. En esas tardes bochornosas las calimas 
brillan con tonos violentos y calientes. La luz redonda y enorme del sol tiembla 
rompiendo la geometría perfecta de su figura. Mientras la temperatura de la luz 
elimina los matices y deja sólo la pura idea de fuego apagándose. 
Entonces, en aquellos años, las sillas y las mesas eran de esas de tijera, de madera, 
creo recordar que pintadas en verde. Los botellines de cerveza de aquellos chatos 
del Alcázar con el Castillo de Jaén serigrafiado en blanco. La tapa, garbanzos 
tostados o cosas parecidas, antípodas de cualquier sofisticación o exceso actual. 
Nada mas irse el sol empezaba a oscurecer y desde el río subían olores de huerta 
recién regada, de tamo y paja trillada. Por la carretera aquella tan modesta de 
entonces subían por pares los faros de los coches que llegaban al pueblo, de los 
"lanrover" que volvían del campo. Por la parte de la Sierra apenas luces o ninguna, a 
veces un punto lejano y tenue de alguien bajando del Chorro. Desde el interior del 
bar se escapaba el sonido metálico y chillón de Radio Jaén, del cante y de la 
copla. 
Pinturas con cuento. Pág. 34
No recuerdo si el sol se ponía exactamente encima de Baeza (imagino que no). 
Pero el resplandor del cielo descansaba sobre el perfil oscuro y casi horizontal de la 
Loma. En un extremo la silueta negra de la catedral de Baeza conquistaba la 
escena a pesar de su pequeñez. En mi recuerdo (imagino que recreado), el sol 
siempre desaparecía guiándose por la flecha de la torre. 
Hace muchísimos años que no subo por allí al caer la tarde en verano. No he subido 
por muchas razones entre las que no es la menor que ahora las tardes son 
muchísimo más calurosas o eso me parece a mí. Hoy en día a esas horas el 
ambiente es sofocante. Mi cuñado Salva dice que se debe a que ya no riegan las 
calles al atardecer. Yo creo que también influye el riego del campo y de las huertas 
que se hace por goteo y no a manta como entonces. Este es desde luego un 
debate que merecería tiempo y abundancia de opiniones y que, por supuesto, 
requeriría que llenaran bastantes veces. 
Aunque la Loma, la catedral y el sol siguen en su sitio yo no he vuelto por allí. Desde 
el mirador nuevo que han hecho en la carretera de Huesa, encima de Toaires, la 
vista es parecida. No es necesario volver a los escenarios de juventud. 
En el 2001 pinté una primera versión de este ocaso resaltando la silueta de la torre y 
también las casas de Baeza, Úbeda y Torreperogil y además, la luna levantándose 
en el otro plato de la balanza. Hace un par de semanas hice una segunda versión, 
ya muy moderna y digital, donde el dibujo no es más que lo que rodea y acompaña 
al sol y a la catedral de Baeza. Será melancolía o como dice mi prima Rosi, la 
búsqueda irreflexiva de lo que sabemos que ya no encontraremos nunca: el 
pasado. 
Puesta de sol en Baeza. Excel, Paint, Photoshop. 2011 
Pinturas con cuento. Pág. 35
Montes de Muza y de Tarik jueves, 26 de mayo de 2011 
Estrecho y San Pedro de Alcántara. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x54. 2011 
En el comedor de un barco, camino de Túnez, una tal Consuelito natural de un 
pueblo de Almería y vecina de Badalona, recostaba sus bien despachadas tetas 
en la mesa mientras golpeaba el plato con el tenedor y hacía mohines de asco. No 
comía nada y no paraba de hablar mientras nos ilustraba sobre la próxima escala 
del barco: África, según ella, es todo lo que queda por debajo de Melilla. Y lo sabía 
bien porque había estado una vez allí en la jura de bandera de un sobrino. Fui 
discreto y no la corregí pero ganas me entraron porque, como cualquiera menos 
ella sabe, África es todo lo queda por debajo del Estrecho. El Estrecho es un puente 
sin tablero y con una inmensa luz donde África empieza y termina, según se vaya o 
se venga. Es la frontera entre dos orillas que se ven la una desde la otra, es todas 
esas cosas de cruce de caminos, encrucijada de culturas y demás versos de 
estantería de hipermercado que vendrían muy a pelo poner aquí pero que ahorro al 
distinguido y que doy por puestas, leídas y aplaudidas. 
Lo que está menos dicho es que en el Estrecho acaba o empieza, también según se 
Pinturas con cuento. Pág. 36
vaya o se venga, el mar de Alborán, que es como un estrecho muy ancho y 
largo. Al otro lado de Alborán, casi siempre invisible salvo que la nitidez del día le 
obligue a salir de su escondite, está Marruecos, África, Berbería o el Moro que de 
todas las formas se llama. Entre que son pocas las ocasiones en las que aparece y 
que son aun mas escasas las personas que vigilan el horizonte, muy poca gente es 
capaz de interpretar lo que ve y saber, si lo ve, que es la otra costa. Menos gentes 
aun saben que para verla no hace falta acercarse a la parte estrecha de Alborán y 
que desde las mismas sierras de Granada también se asoma por el horizonte. 
Africa desde el Haza del Lino (II) 
La noticia de que el otro lado del mar es visible desde Granada la oí como 
comentario perdido dentro de alguna conversación. Se dijo como algo accesorio 
pero que a mí me pareció relevante y sugerente. Imaginé que ver África desde 
Granada sería cosa tan extraordinaria como lo sería ver lo que hay al otro lado de 
un muro sin necesidad de saltarlo. 
Algún tiempo después de la anterior conversación, leyendo el Viaje a la Alpujarra de 
Pedro A. de Alarcón encontré nuevas y más precisas noticias, aunque quizás un 
poco exageradas. Decía Pedro Antonio que al espectador que mira desde la 
Contraviesa, el mar le parece que queda por encima del horizonte. Decía también 
que en los días claros se ve África. El efecto óptico por el cual hay que levantar la 
vista para ver el mar lo pude comprobar pronto y efectivamente, lo parece. 
Imagino que se debe a la curvatura de la Tierra y a que la observación se hace 
desde una posición a la vez muy elevada y muy cercana a la costa. Menos suerte 
tuve para confirmar la segunda parte de la información, la de África. Por más que lo 
intentaba nunca lo lograba. Supongo que el accitano estuvo por allí poco tiempo, 
que tampoco tuvo suerte y que en realidad escribió lo que le contaron. 
Como siempre ocurre en estas historias, cuando ya tenía perdida la esperanza y 
abandonado el anhelo, tras una mañana de escasa visibilidad, en un atardecer de 
invierno, al volver en coche a Granada y a la altura del Haza del Lino, de improviso, 
me topé con África. Digo que Pedro Antonio no vio nada porque si lo hubiera 
contemplado no lo hubiera contado así de pasada, como cosa de menor cuantía. 
Porque cuando se ve, el mar de Alborán deja de serlo y se transforma en la 
maqueta del mar, un charco sembrado de rayas brillantes que son los barcos que 
van y que vienen de Gibraltar. Enfrente, arriba, la costa africana está tan próxima 
que la fantasía crea espejismos de pueblos y aduares y sus luces bailando en las 
sombras. El Estrecho allá perdido, al fondo de la escena entre los brillos del sol 
poniente. Queda el mar de Alborán empequeñecido, pero como cosa de otro 
mundo, grandiosa en su nueva pequeña escala. Al menos así lo recuerdo. Las 
Pinturas con cuento. Pág. 37
fotografías que hice en aquella ocasión no fueron ninguna maravilla (pero es lo que 
hay) y por eso aquí pongo un par de ellas con exclusivo fin probatorio. No hacen en 
absoluto justicia a la fugaz aparición que se escapó enseguida, corriendo con la luz 
de la tarde. 
Jebel Musa desde Nueva Andalucía 
Sierras de Tetuán desde la playa 
Desde que llegué a Marbella me llamó la atención, ya al principio, que para ver la 
línea de Marruecos no hacía falta subir altas montañas, que incluso desde la 
misma playa se consigue ver. La cercanía permite observar más y mejores detalles. 
Pero estos nuevos detalles le quitan poesía, sueño y gracia (algo parecido a lo que 
ocurre con determinadas fotografías de índole sexual). Por eso y para compensar el 
defecto, el horizonte se completa con la presencia de las dos columnas aquellas 
que puso Hércules para señalar el inicio de las tinieblas habitadas por monstruos. Los 
montes de Tarik y Muza. El Jebel Musa allí y el Jebel Tarik aquí. Y no es chica la 
compensación. Pongo aquí una buena foto que no es mía pero que reproduzco por 
cortesía del autor, en la que se ven las Columnas no de frente como es costumbre 
sino de norte a sur, más o menos, desde los Reales de Estepona. 
Para hacer las fotografías de África el mejor momento es el amanecer y el 
atardecer, cuando el sol sale o se pone, cuando aumenta el contraste y se siluetea 
el horizonte. Partiendo de las decenas de fotos que tengo, hice la vista que pongo 
hoy aquí. Se aprecian en primer lugar las ventanas iluminadas de San Pedro 
Alcántara y se adivina, arriba a la derecha, como el sol desaparece detrás de 
Gibraltar escapando de la noche. Imagino, conociéndome, que no será la última 
vez que haga algo, pintado o fotografiado, sobre este tema. 
Pinturas con cuento. Pág. 38
El otoño en el chopo de la alberca lunes, 6 de junio de 2011 
El otoño en el chopo de la alberca. Acrílico y óleo. 65x50. 2011 
El otoño en el chopo de la alberca llega tarde, bien entrado noviembre. Llega tarde 
y se junta con el invierno de manera que no es raro que las hojas muertas caigan 
encima de las primeras nieves. Pero lo frecuente es que caigan unas sobre otras en 
el rincón del jardincillo debajo del chopo. En la humedad de la umbría las hojas se 
amontonan y se van deshaciendo. El chopo viejo lo podaron a media altura 
porque cada vez tenía más ramas secas que se empezaban a desmoronar. Aunque 
no ha vuelto a ser lo que fue rejuveneció y sigue siendo el que manda en su rincón. 
Todavía sobresale a cualquier vecino. 
Pinturas con cuento. Pág. 39
El otoño en el chopo de la alberca llega tarde, bien entrado noviembre. Llega tarde 
y se junta con el invierno de manera que no es raro que las hojas muertas caigan 
encima de las primeras nieves. Pero lo frecuente es que caigan unas sobre otras en 
el rincón del jardincillo debajo del chopo. En la humedad de la umbría las hojas se 
amontonan y se van deshaciendo. El chopo viejo lo podaron a media altura 
porque cada vez tenía más ramas secas que se empezaban a desmoronar. Aunque 
no ha vuelto a ser lo que fue rejuveneció y sigue siendo el que manda en su rincón. 
Todavía sobresale a cualquier vecino. 
Hojas en la nieve 
Hojas en la alberca 
Otras hojas caen dentro de la alberca y se amontonan flotando. Según que haya 
mucha o poca, el agua refleja el cielo o refleja el fondo verdoso. En cualquiera 
de esos dos reflejos nadan las hojas que no encontraron el camino de tierra firme: 
renegridas las que murieron hace mucho, rojas y ocres las siguientes, amarillas y 
naranjas las recién caídas, algunas verdes, de un verde suave y apagado que 
desentona del resto de las náufragas. 
El otoño de las aceitunas es morado brillante, azul casi negro, granate profundo. Los 
vientos de octubre tiran algunas que manchan los suelos entremezclándose con 
piedras, hierbas y algunos musgos alimentados por los rocíos y las escarchas. El 
otoño llega con el humo de las lumbres de las primeras cuadrillas trabajando en los 
olivares. 
El chopo viejo asomándose a la alberca 
Aceitunas acabando noviembre 
Desde la alberca, por debajo del chopo viejo se ve Larva. Se ven olivares que bajan 
hasta el Guadiana Menor, retorcido en lo hondo de su llano, protegido por 
paredones rojizos y oxidados, por ramblas de sal, por barrancos pardos, verdosos. 
Algunas nubes se enredan en Sierra Mágina mientras los aviones no paran de pintar 
rayas de tiza en el cielo. Es grande el horizonte, muy grande. Pero lo es más el chopo 
Pinturas con cuento. Pág. 40
viejo. A pesar de estar cortado, manco, mutilado. Y no es casualidad que entre sus 
ramas y sus brillos dorados de otoño haga un hueco al Mulhacén y a las nieves, a los 
picos y laderas de su corte. Son dos vértices de primer orden de la red geodésica 
vital. De la mía. 
El Mulhacén desde la alberca de Lacra 
Pinturas con cuento. Pág. 41
El sol de la mañana en el pinar de Juanar sábado, 11 de junio de 2011 
Mañana en el pinar de Juanar. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 
Todas las lunas tienen su cara oculta. Da igual que sean lunas de invierno o de 
verano, de lunes que de domingo, de las de antes o de las de ahora. Y lo normal es 
que todas las personas, todas las cosas y lugares tengan también su cara oculta, su 
cara poco conocida, a veces olvidada, a veces incluso escondida. En las personas 
es cosa de sobra sabida y muy aprovechada por la literatura y por el cine. En las 
cosas también se da el fenómeno. Por ejemplo, los electrodomésticos tienen un 
interior misterioso que sólo los iniciados conocen. Con los lugares ocurre 
exactamente igual, que tienen partes desconocidas que solo conocen los del lugar, 
circunstancia que aprovechan las guías y los artículos de viajes poniendo a 
disposición de profanos lo que se supone es privativo de expertos parroquianos. 
Juanar, en las alturas de Sierra Blanca, es uno de esos sitios reservados a los más 
estrictos conocedores. Y no porque sea sitio poco conocido pues es muy 
frecuentado por paseantes y senderistas. Pero por muchos que sean los visitantes 
siempre serán pocos comparándolos con las muchedumbres viajeras que 
frecuentan las playas de un poco mas abajo. Para llegar allí hay que dar un rodeo 
grande pasando al otro lado del muro invisible que separa la delantera de la 
trasera. Una vez cruzado, volveremos sobre nuestros pasos y sin dejar de subir por 
una carretera estrecha, llegaremos al filo mismo de la Sierra, donde la pendiente se 
despeña por los barrancos hasta el mar. 
Pinturas con cuento. Pág. 42
Marbella desde el mirador y pinar 
Abajo, como no podía ser menos, hay de todo lo que tiene que haber en la costa: 
gente que lleva en la frente las gotas de sudor del descanso, aromas de ostentación 
sobreactuada y rincones llenos de plantas exóticas venidas de todas las partes del 
mundo. Los pocos almendros y olivos que quedan parecen ser ellos, entre tanto 
forastero, los auténticos extraños y los que están fuera de lugar. Arriba por el 
contrario, son los pinos y los chaparros, las encinas, los tomillos y los romeros los que 
siguen mandando. Abajo nunca hace frío, arriba a veces nieva y la luz, el color, las 
plantas, los pájaros y el clima son de interior, pero de un interior con vistas al mar. 
Tan apacible, tranquilo y aislado es este rincón que, según creo, el general De 
Gaulle escribió parte de sus memorias en el hotel-refugio del lugar. Aunque por otra 
parte, en otro sitio he leído que las escribió en el parador-castillo de Jaén, que 
también es un mundo diferente en las alturas desde el que se ve el mundo real allá 
en lo hondo. No se cual de las dos versiones será la verdadera. Quizá lo sean las dos 
y fuera en los dos sitios, sucesivamente, donde se dedicó a justificar su vida por 
escrito. Si no hubiera muerto dejando la escritura a medio escribir, puede que 
hubiera continuado de altura en altura hasta parecerse a Isabel la Católica, que 
no hay pueblo por donde no pasara y casa donde no durmiera. De cama en cama 
tan virtuosa señora, de parador en parador el general jubilado por preguntar. 
La vista de hoy nace en una mañana de mayo, muy temprano. En un día laborable, 
con Luci y con Lobo corriendo el camino arriba y el camino abajo. El sol, todavía 
bajo, llegaba paralelo al suelo y al atravesar el pinar se cruzaba perpendicular con 
los troncos y se entrelazaba con ellos como si estuvieran haciendo punto con lanas 
viejas reaprovechadas y mezcladas: pardas, grises, oscuras azuladas y verdosas en 
la urdimbre y otras brillantes, amarillas y naranjas, verdes y azules claro en la trama. 
Pinturas con cuento. Pág. 43
Puerto Banús sin barcos viernes, 17 de junio de 2011 
Puerto Banús sin barcos. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50.2011 
Tarde de enero 
La playa cuando está en todo lo suyo es en invierno. Me gusta pasear por la orilla sin 
sudar, con buena temperatura, sin gente o con poca y la poca tranquila. Me gusta 
de la playa el mantra sin fin del mar yendo y viniendo, las olas que golpean, se 
retiran y vuelven a golpear la arena. La playa en invierno es como la lumbre de una 
chimenea, que captura la atención sin necesidad de hacer nada, sin que ocurra 
nada más que el pasar del tiempo y el baile de las llamas, nada más que algún 
crujido de la madera ardiendo, que alguna chispa subiendo inopinadamente 
como una estrella fugaz vertical. Delante de las lumbres y delante de los mares 
los cuerpos pasan en su sopor a un segundo plano y dejan que la imaginación y el 
pensamiento se liberen y trabajen. Y no son necesariamente trabajos y 
pensamientos productivos. Suelen ser imaginaciones y pensamientos efímeros, como 
la chispa, como la espuma de una ola rota en la arena. 
Pinturas con cuento. Pág. 44
Lobo y Luci corriendo 
por la escollera 
Faro del espigón 
Con la playa llena de gente revolcándose en la arena, con el calor y con el sol de 
fuego, con los niños del prójimo jugando a la pelota, son complicados los 
misticismos. Los colores y las luces en verano simplemente no existen, sólo hay cielos 
y mares blanquecinos y luces cegadoras que acaban con cualquier detalle, con 
cualquier matiz. Pero en invierno sí. En invierno me gusta dar un paseo hasta la playa 
al caer la tarde. La tranquilidad es casi absoluta, salvo que a Lobo le de por 
perseguir gaviotas, palomas o cualquier pájaro que se haya atrevido 
a provocarlo poniendo pata en tierra delante de él. 
La playa de la que hablo aquí no es el arquetipo de playa idílica, que tampoco 
haría falta, aunque no deja de tener sus cosas. Tiene luces y contraluces en la 
puesta de sol, tiene la silueta de Gibraltar, a gente pescando con las cañas puestas 
de pie en las piedras de la escollera. Tiene un par de faros y algún barco lejos en el 
horizonte que podemos imaginar de pesca que trajera ricos boquerones y puntillitas 
hasta algún chiringuito imaginario, donde lo esperaríamos con una caña bien 
tirada, con su espuma y con todo lo que tiene que tener una caña. Así, abstraídos 
en estos pensamientos y ensoñaciones dejamos la ostentación y los excesos 
aparatosos propios del lugar, guardados a buen recaudo, al otro lado de los 
edificios, detrás de las ventanas iluminadas con brillos dorados. Brillos que son reflejos 
del sol agonizante, que a su vez se reflejan en el agua y forman un puzzle temblón 
de espejos luminosos. Espejos temblones que nadan sobre un fondo azul que a 
estas horas ha viajado casi hasta el negro. A esta s horas apenas queda nadie, sólo 
la oscuridad que avanza como niebla desde el mar y el agua que golpea la arena, 
que retrocede, se recupera y vuelve a golpear. El cielo cubre la tarde con colores 
calientes y pelusas de nubes rojizas que el viento sostiene en el aire como si fueran 
colas de cometas. 
De uno de aquellos atardeceres es la vista de hoy. Cuando terminé de pintarla, en 
mi terraza aunque sin puntillitas ni boquerones, me tomé una cerveza. Quizás fuera 
alguna mas de una. 
Pinturas con cuento. Pág. 45
Reflejos de sol 
Detalle del sol 
Pinturas con cuento. Pág. 46
El pasado no es Historia, es Geografía viernes, 24 de junio de 2011 
Cortijo viejo. Excel, Paint, Photoshop. 65x50. 2011 
El pasado no es cosa de la Historia. Lo sería si se midiese como tiempo pero eso no 
es lo correcto. Lo suyo es hacerlo como una cosa que ocupa un sitio en alguna 
parte. 
Quienes caen en el error de medirlo como tiempo suelen dar por bueno que el 
pasado se repite y siempre vuelve. En este error cae la historiografía pero también la 
economía que no es más que historia entreverada de sociología a la que se le 
añade contabilidad y números (y la pretensión de que sus predicciones son 
científicas, creíbles y que por eso valen dineros). Pero el pasado nunca vuelve. Si a 
menudo nos topamos con él no es porque vuelva de ningún sitio. Es porque siempre 
ha estado ahí, a veces escondido, a veces perdido en el fondo en un cajón, a 
veces tapado, sumergido, enterrado por tierra, por agua o por olvido. 
Estas ideas de pensamiento elevado que, como las matemáticas, tampoco se me 
dan bien, las explico mejor con un ejemplo traído de la cartografía. Y es el que 
sigue. 
En la primera edición de la hoja 949 del Mapa Topográfico Nacional 1:50.000 de 
1932, en Lacra, a la altura de la actual carretera de Huesa, se nombra el lugar como 
"Cortijos de Lacra o de Rivera". En la segunda edición de 1992, sobre datos de 1988, 
Pinturas con cuento. Pág. 47
el mismo sitio es "Lacra". En 2003 se hace la primera edición del Mapa 1:25.000. 
Como el espacio en el papel es mayor, se pueden escribir más topónimos. Así en 
esta zona de uno pasan a tres: "Lacra" referido al pago, "Acra" como entidad de 
población menor (?) y además un "Cortijo de Antonio Alférez". En la tercera edición 
del 1:50.000 desaparecen los topónimos de la primera y segunda edición y se 
copian los de la hoja 949-1 del 1.25.000: "Acra" y "Cjo. de Antonio Alférez". 
El único realmente nuevo es el del tal Antonio. Pero, ¿se sabe quien era este Antonio 
Alférez? Si. Era mi tatarabuelo y murió no se exactamente cuando pero en el último 
cuarto del siglo XIX. Cuando mi bisabuela Juliana se casó en 1900, llevaba ya 
muchos años de huérfana de padre y madre. Esto lo se con seguridad. 
2ª edición 1992 
1ª edición Hoja 949-1 del Mapa Topográfico 
1:25.000. 2004 
1ª edición Hoja 949 Mapa 
Topográfico 1:50.000. 1932. 
3ª edición Hoja 949 2004 
De la mano de lo más nuevo, moderno llega lo antiguo, lo casi absolutamente 
olvidado. ¿Pero, porqué aparece el nombre de mi tatarabuelo más de cien años 
después de su muerte en los mapas del I.G.N.? Pues no porque él (lo que fue, el 
pasado) vuelva de ningún sitio, que si lo hubiera hecho el susto hubiera sido de 
muerte ya que ni las bisnietas ni los tataranietos lo conocimos y hubiéramos 
reaccionado cada uno según nuestro ser: corriendo, gritando, negando la 
evidencia… La razón de esta aparición hay que buscarla en otra cosa y aquí viene 
mi teoría. 
Sin duda los datos para esta hoja topográfica se recogieron mucho antes de 1932. 
De hecho, la hoja colindante 828 tiene su primera edición en 1902. Ya que hicieron 
el gasto del desplazamiento los cartógrafos seguramente recogieron todos los 
topónimos y todas las referencias que pudieron, aunque no cupieran en el papel del 
Pinturas con cuento. Pág. 48
mapa para el que trabajaban. Se seleccionaron unos para publicarlos y otros se 
desecharon. Pero no se tiraron sino que se guardaron en una carpeta "ad hoc" en la 
caja del expediente de la Hoja 949 que se archivaría en los sótanos del geográfico 
instituto. 
Pasaron los años y llegó el Mapa 1:25.000, que como su propio nombre numérico 
indica, tiene cuatro veces más espacio que el 1:50.000, espacio para escribir 
nombres. Se necesitaban topónimos para rellenar. Y o era verano y no tuvieron 
ganas de pasar calor o no hubo presupuesto para nuevos viajes o lo que fuera, que 
no lo se, pero el caso es que mandaron al archivo a por las carpetas viejas del 
expediente original y encontraron todo lo que en su tiempo se apuntó pero no se 
imprimió. Como eran cartógrafos y no registradores, les trajo sin cuidado a nombre 
de quien se emitía actualmente el recibo de la contribución o si las personas citadas 
vivían o no vivían: coinciden nombre y coordenadas, ¡suficiente! 
Queda pues claro que nadie regresó de ningún sitio, que simplemente un papel que 
siempre estuvo en una carpeta fue el que nuevamente vio la luz del día para 
participar, con todos sus años a cuestas, en la más moderna y actual versión 
cartográfica del lugar. Y esa es la clave. El papel, el pasado, no regresó de ningún 
sitio, sino que siempre estuvo allí, en la caja de un expediente antiguo guardada en 
lo hondo de un archivo. Y eso es Geografía porque no es el Cuando, es el Dónde de 
la cosa: antes estaba en el sótano, ahora está en el mapa. 
De ese cortijo del ejemplo, de su fachada norte casi tan arruinada como el resto del 
edificio, traigo la estampa de hoy hecha con Excel, Paint y Excel. Por cierto, en este 
cortijo viejo de Lacra hay otro ejemplo de pasado que reaparece, de pasado 
redescubierto. Y es que cuando hacia 2006 levantaron la carretera para reformarla, 
a menos de diez metros del cortijo encontraron tumbas y muros islámicos, anteriores 
por tanto a 1231. Habían estado archivados casi ochocientos años y fue 
removiendo tierras para la obra que volvieran de su entierro. Pero siempre habían 
estado ahí, ocultos pero ahí. Y seguramente debajo del propio cortijo, ahora viejo, 
también vive o muere alguien que seguro que algún día volverá a la luz y 
seguramente por alguna obra, pública o privada... Geografía, no Historia. Aunque 
siempre habrá algún polemista que me discuta y diga que no hay Cuando sin 
Donde ni Donde sin Cuando y cosas así profundas. Salvo si se presenta alrededor de 
una mesa con su vino y con sus tapas no entraré al debate. 
Superposición Muros y tumbas deshabitadas al otro lado de la de lugareños 
carretera. 
Pinturas con cuento. Pág. 49
Los últimos rayos del sol de febrero viernes, 1 de julio de 2011 
Atardecer de febrero. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 
Paseando con los perros entre las olivas una tarde de febrero, me llamaron 
la atención los rayos de sol del atardecer. Serpenteaban por el suelo 
arrastrándose entre el laberinto de troncos, de hojas, de ramas, de 
piedras. Hice bastantes fotografías pero no busqué ni las cosas ni las 
formas sino las luces, los pedazos de suelo incendiados de verdes 
y amarillos, dorados y brillantes, junto a pedazos de penumbras grises y 
azules. 
En estos días primeros del verano, de los primeros calores insoportables, 
de siestas de fuego y noches en vela, se recuerdan con gusto los buenos 
ratos del invierno, los paseos agradables sin calor ni sudor, las tardes (noches) 
de vino, de tapas fuertes y cenas con lumbre. 
Se recuerdan con gusto y casi con ansiedad se desea su regreso. Igual que 
en los hielos negros de enero se añoran las noches claras de verano, ahora 
ocurre otro tanto con el aire fresco y limpio del invierno: 
Pinturas con cuento. Pág. 50
Los últimos rayos del sol de febrero 
se arrastran por el olivar, 
rozan el suelo y levantan 
chispas de luz en las hierbas, 
en las piedras. 
Los últimos rayos del sol de febrero corren, 
saltan, chocan y mueren 
contra la corteza áspera y dura 
de los pies retorcidos de las olivas. 
Ya no queda sol ni paisaje, 
apenas un perfil azul 
por Sierra Mágina, 
apenas una línea brillante y clara en el horizonte. 
Es febrero y todavía hace frío. 
En las sombras de los rincones el barro húmedo 
y el aroma de la leña y de la lumbre. 
Un avión parpadea con luces blancas y rojas 
Sobrevolando el humo de la chimenea. 
Es de noche y aun es invierno. 
Un hilo de luz se escapa 
por la rendija de la contraventana, 
salta la luna en los cerros 
y se despeña por los barrancos. 
Cuando sea mañana, 
los nuevos rayos del amanecer 
abrirán del revés las cicatrices 
que hoy dejó, en su huída, tatuadas el sol en el suelo. 
Pinturas con cuento. Pág. 51
Las tardes del verano domingo, 17 de julio de 2011 
Sierra Mágina. Excel, Paint. 2011 
En la playa hay gaviotas que se pasan el día riendo y alborotando. En Granada 
palomas que lo ensucian todo y que se pelean como fieras. Y en Lacra, hay avispas. 
Avispa de Lacra 
Las mañanas temprano antes de que salga la gente y el sol, las gaviotas ríen 
agarradas a las antenas de televisión. Con solo dar un salto y dos aleteos ya están 
volando y a veces en la soledad de la calle pasan tan cerca de mi cabeza que da 
miedo (he descubierto que lo hacen porque protegen un nido que tienen en la 
casa abandona). Vuelan sin dejar de reírse, imagino que de mi. ¿Podría espantarlas 
Pinturas con cuento. Pág. 52
con el sombrero de paja si intentaran atacarme como se sabe que pasó en aquella 
famosa película? No lo se. Pero descontando la dicha película nunca he oído que 
hayan atacado a nadie (un experto ornitólogo me confirma que, fuera del cine, no 
hay noticias de semejantes ataques). Sí he visto, por el contrario, como un cernícalo 
las atacaba a ellas, pero esa es otra historia que quizás cuente otro día. 
Bicho junto a la la piscina 
Las palomas además de crueles son bastante asquerosillas. Viven y se pelean en los 
huecos de los tejados y en los canalones de las casas viejas. Se cagan por todas 
partes, sobre todo en los balcones y en las ventanas y dicen que transmiten muchas 
enfermedades (pero nunca he oído que alguien haya enfermado por su culpa). 
Quizás esta falta de contagio se deba a que normalmente solo tienen relaciones 
sexuales entre ellas y a que nunca han comerciado con su cuerpo (que se sepa). 
Bicho dentro de la piscina (en primavera) 
En Lacra hay avispas. Y pican. Esto no me lo tiene que contar nadie porque esta 
misma semana me ha picado una. Pican y molestan, estorban, tensionan las tardes 
que intentan ser plácidas bajo la parra, obligando a una permanente alerta 
antiaérea. Chillan las sirenas sin parar. 
Además de avispas hay otros muchos bichos de distintas calidades y peligrosidades; 
de cuatro, de seis y de ocho patas o de ninguna; "salamanquesas", mosquitos, grillos 
y arañas, moscas y tábanos, sapos y culebras reales. Pero entre tanta variedad de 
peligros, con diferencia los más dañinos y molestos son las avispas. 
Pinturas con cuento. Pág. 53
Bicho delante de la piscina 
Las avispas encabezan los inconvenientes de las tardes de verano en el cortijo de 
Lacra. Las avispas, las moscas cansinas, los pájaros y sus ruidos, el calor y el exceso 
de luz que no siempre consigue frenar la parra, dificultan la concentración, 
dificultan la cosa del arte y casi cualquier otra actividad de tipo intelectual. La falta 
de concentración se materializa en la imposibilidad de pensar en algo más que en 
el presente más absolutamente rabioso. Los bichos y demás inconvenientes borran 
el pasado y el futuro. Sólo dejan pensar en el ahora. Pero los escasos segundos que 
dura el ahora son un lugar tan pequeño que apenas caben en él las ideas y 
sensaciones, los recuerdos e intenciones. Es imposible pensar, es imposible cualquier 
cosa que no sea revolcarse en la mezcla de estrés, calor y pereza. 
Hace años que en las tardes de verano de Lacra intento pintar una cosa muy 
sencilla: la pared encalada reflejándose en la superficie azul de la piscina y el cielo 
sin color del mediodía de verano reflejándose en el fondo bailón del agua. Es muy 
sencillo. Solo son dos tramas de elipses (la una encima, la otra debajo) 
entrecruzando su balanceo y salpicadas con destellos blancos, plata y azules varios 
más o menos pálidos, mas o menos claros, mas o menos fugaces y furtivos. Varias 
veces lo intenté. En todas fracasé. No por mi culpa, por la de los bichos. 
Bicha 
La luz de hierro del mediodía de verano es la misma luz sobreexpuesta que usan en 
el cine para subrayar las escenas de carácter imaginario o soñado. Mientras 
bombardean las avispas, Radio Úbeda emite sus anuncios locales. Hoy toca 
competencia de funerarias: una se anuncia como la suya de Vd., desde siempre y 
la otra resulta que tiene el único horno de la comarca. Como en esta guerra quiero 
mantenerme, aun, neutral, abandono el campo para darme un baño y abrir una 
lata de cerveza. Siempre acompañado por las avispas, por el calor, por el fuego 
que se cuela entre las ramas del chopo reflejándose en sus hojas, deslumbrando y 
brillando. Aviones militares de hélice, moscas saltando de pierna en pierna, 
Pinturas con cuento. Pág. 54
chicharras y noticias (hoy del frente portugués) en la radio. Suda la lata de cerveza. 
Las avispas, el aullido de las sirenas anunciando ataques aéreos, me fuerzan a ser un 
refugiado en el campamento del presente donde nunca se piensa y nunca, por 
falta de espacio, se recuerda o imagina nada. 
Bicho caprichoso 
Ya digo, un año tras otro lo intento en vano. Por eso no pongo aquí nada de lo 
pintado en este o en cualquier otro verano. Porque nunca son lo que quería. Seguiré 
intentándolo en vano, espero. Y cuando vuelva a equivocarme les echaremos 
nuevamente la culpa a los bichos porque siempre la tienen. Cuando hay a mano un 
frigorífico con cerveza fría, la culpa siempre es de los bichos. 
Para compensar la censura de los trabajos estivales fallidos he puesto aquí un dibujo 
liviano del atardecer en Sierra Mágina. Es algo muy neutro y para nada 
comprometido o arriesgado. Los dibujos son como las personas que siendo de esa 
calidad nadie los rechaza y todos cuentan con ellos. 
Pelea de bichos 
Pinturas con cuento. Pág. 55
El Cambio en Ancha de la Virgen viernes, 5 de agosto de 2011 
Rincón de Ancha de la Virgen. Óleo sobre lienzo. 35x41. Sin fecha. 
(Esta entrada va dedicada a mis compañeros. A mis amigos y por supuesto que 
también a mis enemigos. A todos los tendré presentes en unas y otras oraciones.) 
En este verano tremendo en el que de armisticio en armisticio tantas cosas están 
desapareciendo, en el que casi todas están cambiando y en el que el resto va por 
el mismo camino. Cuando la ansiedad ante lo porvenir crece conforme los días se 
hacen mas cortos, traigo esté rincón nocturno de mi antigua casa de la calle Ancha 
Pinturas con cuento. Pág. 56
de la Virgen. La luz de la estampa es una lámpara verde con pie dorado, el humo 
del cigarro es azul y los reflejos de la bombilla sacan chispas del teclado, del ratón y 
del cristal del monitor. 
Noche de lluvia en Ancha de la Virgen. Óleo sobre lienzo. 65x50. 2002 
Me mudé a esa casa en 1997. Era un edificio viejo, completamente reformado, al 
que se entraba por un patio con fuente, columnas de piedra y zapatas de madera. 
Una casa con seis ventanales grandes, de tamaño antiguo. Desde ellos se veía el 
paisaje urbano de tejados viejos, de viejos tendidos eléctricos abandonados, de 
viejos canalones donde criaban las palomas, de viejos miradores donde los gatos 
esperaban todas las mañanas al sol, de viejos comercios en liquidación, de viejos 
plátanos de sombra gigantes que desde el Campillo se levantaban por encima de 
las casas y del torreón de Bibataubín. 
En ese barrio viejo, céntrico y humilde, todo estaba cambiando. En las casas 
antiguas los inmigrantes pobres ocupaban los pisos de los viejos pobres que morían, 
o que se iban, o que los echaban. En las casas nuevas se asentaban nuevos 
vecinos, en general modernos y poco pobres (salvo los estudiantes, caninos desde 
que los inventaron). El barrio de toda la vida mudaba a uno nuevo en el que no solo 
habían cambiado los acentos, también las lenguas. Lenguas ricas de jóvenes 
viajeros ávidos de la cultura del lugar, de sus fiestas y de sus refrescos. Lenguas 
pobres amontonadas en las casas más dejadas y que tenían, tienen, la exclusiva 
Pinturas con cuento. Pág. 57
pretensión de comer. Cada día el barrio era menos lo que fue y era más lo que 
estaba empezando a ser: una cosa distinta. 
Tejados, cables y antenas, palomas, Bibataubín 
y los plátanos del Campillo. 
Llegué allí cuando el cambio estaba empezando. Me fui cuando ya era evidente. Y 
durante esos años yo cambiaba y me movía a la vez que el barrio. Cosas chicas y 
grandes me pasaron que fueron etiquetadas de buenas o malas, alguna incluso de 
tremenda. Por cada cosa sucedida había un movimiento asociado, un cambio. Y 
no había relación directa ni necesaria entre la calidad de la cosa y la del cambio. 
Una mala cosa podía provocar un cambio bueno y viceversa. Esta no 
correlación se ve clara con el tiempo. Pero, mientras llega ese tiempo y como el 
presente tiene un brillo tan cegador, nos deslumbra y no vemos nada y nada 
comprendemos. Hasta que conseguimos perder de vista el presente, no 
conseguimos fotografías del mundo exterior mas o menos enfocadas y con la 
exposición correcta, 
Viene a cuento esta historia porque en estos tiempos de mudanzas, apariciones y 
desapariciones, ando por ahí de asesor de templanzas y fortalecedor de espíritus, 
ando predicando las bondades del cambio y de cómo es posible aprovecharlo 
para conseguir un bien aunque provenga de un mal: hacer del vicio virtud. Voy por 
ahí contando que los cambios son como las olas de las playas, que si estás atento y 
saltas cuando llegan son divertidas pero que si las ignoras te revuelcan de mala 
manera. 
De sobra se que esto así dicho tiene su parte de exagerado, que hay cambios de los 
que difícilmente se podría sacar algo bueno. P. Ej., si a uno le meten una bala en la 
cabeza se produce un cambio inmediato del que pueden sacar algo bueno los 
herederos, el sicario, el tratante de armas que vendió la suya al sicario y el banco 
suizo donde el tratante introdujo el dinero en los circuitos financieros de la gente 
blanca, cívica y trabajadora. Pero de mala manera el muerto podría ver algo 
positivo en el cambio, salvo que muriera por no morir. 
Pinturas con cuento. Pág. 58
Mi rincón de Ancha de la Virgen 
De manera que, efectivamente, hay algo de exageración. Pero también hay 
mucho de verdad. Y lo cuento con tanto entusiasmo que resulta creíble y es una 
creencia que poco daño puede hacer a nadie y que sí puede servir a alguien para 
nadar en medio de las tribulaciones de estos tiempos tan recios. 
Recuerdo con cariño aquella casa de la calle Ancha de la Virgen. Recuerdo quien 
era yo y como era cuando llegué y también lo recuerdo para cuando me fui. 
Llegaron las olas gordas y me puse a saltar de forma admirable y lo negro se hizo 
blanco: me casé, deje de fumar, me compré unas botas de montaña, me aficioné 
al blanco Valdeorras y al Rueda, etc. Por eso recuerdo con cariño aquella casa de 
techos altos a la que se entraba por un patio con fuente, columnas de piedra y 
zapatas de madera. Aquellos balcones desde los que se veían tejas y tejados, 
cables arracimados de mala manera en paredes descuidadas, gatos peleones 
andando de teja en teja, viejas regando los geranios, modernos atronando al 
vecindario con su música de modernos, andinos y subsaharianos con su mercancía 
al hombro escondiéndose por las esquinas de los municipales que batían la Carrera, 
beatas volviendo de misa, algún turista despistado... 
Recuerdo con cariño aquellos balcones en los que muchas noches terminaba mi 
día fumando, apoyado en la baranda mientras pensaba en mis propios asuntos, 
mientras miraba sin ver las gotas de lluvia en los charcos donde se reflejaban las 
farolas. 
Recuerdo bien que las mañanas claras de buen tiempo, por las ventanas llegaban 
hasta mi rincón, el que pinto en el cuadro, los ruidos de un mundo que nunca se 
para. Los ruidos ahogados de cuando en cuando por los maullidos de los gatos 
indigentes peleándose en algún tejado abandonado. 
Pinturas con cuento. Pág. 59
Nieva en la farola de enfrente 
De mañana 
Pinturas con cuento. Pág. 60
Los dedos del amanecer en Puerto Ausín martes, 16 de agosto de 2011 
Dedos del amanecer en Puerto Ausín. Photoshop. 65x50.2011 
Los dedos del amanecer tocan los muros del cortijo de El Puerto. Son muros de 
tapial, desconchados, manchados por el agua y la sequía. Muros negros de verdín 
seco, con cincuenta revocos que la humedad y el sol han rajado. Muros cien veces 
blanqueados y hoy, tristes, viejos y perdidos, apenas salpicados por restos de cal. 
Los dedos del amanecer recién nacido saltan la vertiente por Puerto Ausín y se 
derraman como una avenida de agua incontrolada. Ruedan las olivas abajo, se 
atropellan y chocan con las lindes, con los pinchos, con las cañas de las hierbas 
secas. Corren y alborotan bajando por los barrancos hasta dar en Guadiana 
Menor. Saltan a la otra orilla y en las cuestas de enfrente salpican espartizales, 
pinares, olivares y campos yermos hasta romper contra las piedras más altas de 
Sierra Mágina. Y como las olas, golpean y retroceden. 
En los veranos de Lacra, cuando el calor dificulta otras excursiones, suelo subir hasta 
Puerto Ausín para hacer piernas y no perder la costumbre de andar. Tiene cosas 
buenas este paseo y no es la menor que por el carril no pasan coches nunca o casi 
nunca y los perros pueden ir sueltos disfrutando a su aire. 
Pinturas con cuento. Pág. 61
La noche se va por Mágina 
Hay que salir con la fresca, cuando apenas hay luz, antes de que el sol haga 
impracticables los caminos. Por suerte, la pendiente va a contrapelo del sol 
naciente y los rayos pasan por encima de las cabezas creando una cueva de 
sombra que aguantará el fresco todavía unos minutos. 
Conforme aumenta la claridad el paisaje se esconde detrás de la calima. 
Desaparecen primero el Mulhacén y toda su corte, luego Úbeda y la Loma. Para 
bastante antes del mediodía apenas se distinguirá el esquema borroso de Sierra 
Mágina y los campos que bajan hasta Guadiana. 
La cueva de sombra al subir 
Abajo, el Guadiana Menor y Collejares 
Cuando la luz violenta y blanca de los días del verano ha borrando todo horizonte, 
se pierden los planos largos y medios que en esta época solo son visibles en el alba 
y al atardecer. Visibles, pero no como paisajes naturales sino como decorados 
artificiosos pintados en colores excesivos e irreales. 
Cuando la luz violenta y blanca de los días del verano ha borrando todo horizonte, 
se pierden los planos largos y medios que en esta época solo son visibles en el alba 
y al atardecer. Visibles, pero no como paisajes naturales sino como decorados 
artificiosos pintados en colores excesivos e irreales. 
La subida hasta Puerto Ausín es más o menos de unos cuatro kilómetros y de unos 
cuatrocientos metros de desnivel: una hora. Al pasar por el cortijo de El Puerto nos 
alcanzan los primeros rayos del sol que avanzan sigilosos a ras de suelo. Oculto tras 
la calima queda el gran escenario del Guadiana Menor y su mundo, sólo queda 
recrearse en los primeros planos, tan pequeños, tan poco valorados: el aroma de la 
tierra deshidratada que se prepara para un nuevo infierno de calor, los almendros 
que, tras cumplir con sus obligaciones productivas, empiezan a perder las hojas o 
las propias almendras que, ya en su sazón, empiezan a desprenderse de la piel de 
Pinturas con cuento. Pág. 62
melocotón juvenil y verde de cundo fueron allozas… Nada mas que planos cortos: 
las uvas tintas en la parra, los cardos y los pinchos dorados, las hierbas amarillas y 
también, claro está, las estudiadas formas y los trabajados colores que pueden 
encontrarse en las paredes del cortijo cuando se las enfoca en modo macro. 
El sol arrastrándose por el suelo El sol derramándose por los 
olivares 
La imagen de hoy es el dibujo de una fotografía figurada en la que los dedos del 
amanecer rebotan contra los muros desconchados y deslumbran el objetivo de la 
supuesta cámara. He tenido que pintarlo con algo de imaginación y embuste 
porque, como bien se ve en la foto adjunta, las paredes en cuestión se orientan al 
ocaso y a estas horas de la mañana el sol ni les roza la piel. Por eso he tenido que 
pintar el momento, porque con el cristal de la lente malamente hubiera podido 
conseguir un reflejo de sol. ¿Es irreal el resultado? Puede, porque no deja de ser un 
invento. Pero los inventos, sin embargo, una vez paridos ya existen y son tan reales 
como cualquier otra cosa existente, real o imaginaria. 
Para cuando el sol empiece a calentar, ya estaremos bajando los perrillos y yo. 
Hace un par de horas veíamos como los dedos del amanecer expulsaban a la 
noche detrás de las crestas de Mágina. Ahora están resucitando a las chicharras y 
espantando a las sombras. Si fuera invierno los dedos del amanecer arañarían la 
escarcha. Pero hoy no, hoy ya hace demasiado calor y el sol brilla con fuerza en las 
trampas de tela de no se que bicho que vive en la madreselva. Imposible el hielo. 
Las paredes en sombra del cortijo de El Puerto 
Pinturas con cuento. Pág. 63
La Frontera en los Picones del Puerto de Tíscar 
jueves, 25 de agosto de 2011 
Atardecer en Los Picones. Photoshop. 65x50. 2011 
Son Los Picones del Puerto de Tíscar la frontera natural que separa a los antiguos 
reinos de Granada y de Jaén, aunque la línea administrativa queda unos kilómetros 
más abajo, pasado Pozo Alcon. Deja esta raya a un lado las tierras del Guadalquivir 
con su monocultivo de olivar y sus paisajes suaves y al otro las tierras altas de 
Granada, de relieve arisco, despobladas de personas y plantas. Dicho más 
técnicamente, por Los Picones pasa la línea que parte a un lado la depresión del 
Guadalquivir y al otro lo que ahora se llama Altiplano Granadino, la parte bética y 
la penibética. Son tierras muy diferentes no tanto en lo humano aunque sí en lo 
físico. La divisoria arranca en Tarifa y se difumina y desnaturaliza al pasar la Sierra de 
Segura. 
Además de frontera natural, esta lo fue también política y cultural durante casi 
trescientos años: al sur el Reino de Granada subido a sus montes y al norte la 
Andalucía de campiña que conquistó Fernando III. De aquellos tiempos recios y 
antiguos surgió la parte del Romancero que más me gusta, la de los romances 
moriscos y de frontera. Son historias de caballeros moros y cristianos haciéndose 
guerras, ofensas y cautiverios sin tener nunca que trabajar: andan todo el día por 
esas sierras de peñas y riscas, de castillos y atalayas, entre pinos y tomillos y romeros, 
asaltando y defendiendo altos muros roqueros, quemando y robando las cosechas 
Pinturas con cuento. Pág. 64
de las gentes de los otros. 
El escudo de la Atalaya del Puerto de Tíscar 
Los primeros tratos con estos señores los tuve por mediación de FLOR NUEVA 
DE ROMANCES VIEJOS de don Menéndez Pidal. Ya el propio título predispone 
a caer en el encanto de la épica y del romanticismo, en el olor viejo del 
papel de las novelas antiguas que cuentan hazañas heroicas locales y en el 
color perdido de los muros derrumbados, de mampuesto y de tapial, que se 
esconden entre los zarzales de rincones olvidados. Cuento entre mis episodios 
favoritos el romance de Abenamar, aquel gran felón y traidor que, 
disimulando sus malas artes en el tintineo de las campanillas de la canción, 
terminó pasando hasta por bueno. También me gusta el de la pérdida de 
Alhama del que parece que hay o había versión en Portugal: ”Ay minha 
Alfama”. Y quizás entre los mejores y más dramáticos, aquél de “Álora, la 
bien cercada” donde le hicieron gran traición al Adelantado Mayor, tan 
grande que lo mataron. Con el tiempo descubrí que más allá de don 
Ramón también había romances. Alguno que incluso acabó siendo de mi 
predilección como aquel del cerco de Baeza o aquel otro que empieza 
“Caballeros de Moclín, peones de Colomera…” 
Tanto leí estos episodios y tan seguido que de no ser por mi trasfondo fuertemente 
burgués que lo impidió, se me hubiera secado el seso y andaría hoy en grandes 
cabalgadas a lomos de coche por esas carreteras de las sierras en busca de 
hidalgos moros. Pero resulta que además de mi parte conservadora se me cruzó San 
Juan de la Cruz y de inmediato cambié a Reduán y a los suyos por otros versos. Por 
aquellos que dicen “por toda la hermosura nunca yo me perderé, sino por un no se 
qué que se alcança por ventura”. Y frecuenté nuevos lugares y dejé de frecuentar 
aquellos que frecuentaba. 
Que yo sepa no existe romance que corra por las sierras de Quesada y Tíscar. 
Novela histórica romántica del diecinueve sí, pero romance no. Y aun sin romances, 
Los Picones son la pura idea de frontera, son una fina membrana que pasando por 
el filo de las piedras separa las vertientes. La del norte es la de los horizontes abiertos, 
la de las olas de olivar que avanzan por los llanos y que suben y bajan por los cerros, 
que solo acaban cuando acaba el horizonte. La del sur es la de los barrancos y las 
ramblas, la de los suelos altos y desnudos donde apenas vive algún almendro 
helado a la sombra del techo de nieve en el que está enterrado, dicen, el sultán 
Muley Hacén. Pongo abajo fotografías que así lo acreditan. 
Pinturas con cuento. Pág. 65
También, y como se sabe, desde los Picones se ve la torre del Castillo de Tíscar y se 
ve desde arriba y a lo lejos Quesada en la otra parte. Se ve pero en los días claros 
también se oyen las voces de la gente, los coches y los ruidos que salen del caserío. 
La relativa lejanía es la bastante para desenfocar las formas y borrar lo detalles de 
manera que hoy, como siempre, solo se ve una mancha blanca compuesta por 
fachadas punteadas de ventanas. En su coronación, la torre de la iglesia. Se ven 
desde aquí las mismas cosas que se veían y que fueron hace ya muchos años. 
Al norte, Quesada 
Al sur, Tíscar y la Sierra de Baza 
Se ven las aceras llenas de sillas con gente que mira y que sólo alguna vez habla y 
se ven los camiones cargados de paja renqueando por las cuestas de una carretera 
casi vacía. Aprovechan la gente y los camiones la fresca de la noche. Y es verdad 
también que se ven mis recuerdos desde esta atalaya, especialmente los días con 
viento norte que son los mas transparentes. 
Como se ve, los Picones son también la frontera que separa el presente del pasado. 
Que separa, pero que a la vez junta como toda frontera: permite ver los dos lados 
con solo girar la vista: a un lado se ve uno, el otro al otro lado. 
Al norte, olivares Al sur, barrancos pelados 
Cada vez que puedo 
me acerco a los Picones. Es un paseo muy agradable. Las hojas afiladas de los pinos 
amplifican y modulan el sonido del viento. En el cielo peñas y buitres, en el suelo 
todas las hierbas de olor y los surcos secos de regatos espontáneos que dejaron en 
el carril las últimas tormentas. Es un paseo agradable que me gusta hacer siempre 
que puedo, con el viento frío del invierno y con la luz templada del verano al 
caer la tarde. Me gusta asomarme al filo de piedra y mirar aquel pasado que solo 
desde aquí se puede volver a ver y verlo mezclado con el presente local del que 
ya no formo parte. 
Pinturas con cuento. Pág. 66
El sol cuando acaban los días de julio se va rasando el suelo y mancha de dorado 
el cristal de mi cámara digital. Eso es lo que hoy he pintado. 
De “Álora la bien cercada” 
“Entre almena y almena - quedado se había un morico 
con una ballesta armada - y en ella puesto un cuadrillo. 
En altas voces decía, - que la gente lo había oído: 
¡ Tregua, tregua, Adelantado, -por tuyo se da el castillo! 
Alza la visera arriba, - por ver el que tal le dijo, 
asestárale a la frente, - salido le ha al colodrillo. 
Sacóle Pablo de rienda, - y de mano Jacobillo, 
estos dos que había criado- en su casa desde chicos. 
Lleváronle a los maestros - por ver si será guarido. 
A las primeras palabras, - el testamento les dijo" 
Pinturas con cuento. Pág. 67
Paseo de invierno con perros por la playa 
martes, 6 de septiembre de 2011 
Playa de Cabopino en invierno. Photoshop. 65x50. 2011 
Invierno, playa de Cabopino. Los fondos arenosos revueltos por las corrientes se 
reflejan en la superficie cuarteada del mar que el viento mueve rítmicamente, 
como los engranajes de un móvil. Ese mismo viento a empujones arrastra las nubes 
por el cielo y salpica de humedad las plantas al borde de las dunas. 
Torre Ladrones Los nuevos colores del mar 
Pinturas con cuento. Pág. 68
El mar, sin moverse, nunca se para y menos aún en días embravecidos como este. 
Reflejos amarillentos y verdosos pelean por mantenerse a flote y luces medio tristes y 
medio brillantes llegan por levante. Las olas martillean con monotonía de cante de 
fragua. El temporal arranca arenas y algas de los suelos y las lleva a la superficie, las 
hunde y las vuelve a levantar cambiando los colores convencionales de la estampa: 
desaparecen los azules sustituidos por ocres verdosos, detrás de los remolinos de 
espuma las luces de bombilla antigua, medio brillantes y medio tristes, tiñen de 
amarillo el horizonte. 
Una zódiac abandonada. Está rota y tiene un pie en el agua y el otro en la arena. 
No parece de recreo, parece más bien de trabajo. Pero está demasiado vacía para 
haber transportado personas, dentro no quedan restos de cosas de pobre. Tiene 
toda la pinta de que los viajeros han sido cosas. Si el transporte hubieran sido 
personas ya las habrían alcanzado porque corren mucho menos que el humo y el 
aroma de las cosas y aquí no se aprecia indicio alguno de éxito policial. Quien 
fuese, cruzó el mar de noche y desembarcó disimulando en medio de la oscuridad. 
Eso si, no olvidó el motor que dicen que es lo más caro. Pero han sido cosas las que 
ha viajado en esta zódiac. 
Palmeras desconcertadas 
Y aunque han sido cosas y no personas, encajarían aquí unas cuantas reflexiones y 
excursiones verbales sobre los viajes de quien se ve obligado a cruzar este u otro 
mar. Sería apropiado decir que hay quien cruza el mar varias veces y en sentido 
contrario y que hay quien no lo hace nunca ni sale de su pueblo. Y se podría 
continuar diciendo que hay quien tiene la suerte de cruzarlo en un día de calma y 
quien se ve zarandeado por el temporal en una noche negra. También, que hay 
quien lleva mucha cosa encima y quien no lleva nada, quien va solo y quien va con 
muchos, quien tiene que correr al desembarcar y quien es adulado al pisar el suelo, 
quien es devuelto al llegar y quien alcanza una nueva vida. 
Si estuviéramos en un bar con cerveza o vino delante, con tapas y buen público, 
iríamos subiendo el tono de la conversación hasta alcanzar registros de innegable 
hondura: que todos, al fin, hacemos alguna vez un viaje aunque sea solo uno, que 
los viajes de las cosas no tienen ninguna poesía porque se rigen por las normas del 
comercio (lo cual espero demostrar alguna vez que no es cierto) y otras 
profundidades filosóficas de similar tenor. Tanto más airosas y deslumbrantes cuanto 
mejor o más repetido sea el vino y menos prudentes sean los contertulios. 
Pero lo cierto es que no estamos en ninguna taberna, que el viento es frío y que solo 
se escucha la métrica cansina de las olas, ABC, ABC, ABC… 
Pinturas con cuento. Pág. 69
Reflejo de luz furtiva 
Las plantas de las dunas 
Pasear por la playa en invierno es como sentarse delante de una chimenea (creo 
que ya lo he dicho otras veces). La vista se pierde mirando a ninguna parte y el 
pensamiento se deja llevar por el ritmo de las llamas y de las olas. En la orilla, la 
melancolía se vuelve hacia el horizonte buscando cosas perdidas, cosas pasadas, lo 
que no volverá. Hoy, es invierno. 
¿Y dónde están los perros en el paseo? Pues eso, que no paran. No me hacen ni 
puto caso. Los llamo para que hagan una bonita estampa en la foto y se van a la 
parte contraria. No dejan de moverse, siempre por donde ellos quieren. Si salen en 
alguna imagen será porque pasan delante del objetivo, no por otra cosa. Esa es la 
razón de que no haya podido sacarlos en el dibujo. Están muy consentidos. 
Mirando al horizonte a las olas, a la lumbre 
Pinturas con cuento. Pág. 70
Olivas domingo, 18 de septiembre de 2011 
Olivas. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 
Seguro que alguna vez en algún sitio de la provincia, alguien ha pedido en un bar 
olivas y le han contestado que ellos son taberneros y no tratantes de fincas. Y es que 
como cualquiera sabe, en Jaén, fuera parece que no, la oliva es un árbol y no es 
otra cosa. 
Olivas 
Olivar 
La oliva es el árbol y su fruto es el billete. Recién salido de la flor es verde y se suele 
Pinturas con cuento. Pág. 71
conocer como aceituna. Al avanzar en su desarrollo se oscurece y alcanza en sus 
estadios finales tonos azulones y morados decididamente oscuros. Con los primeros 
hielos del invierno ya está completamente formado. El individuo adulto, de brillantes 
colores y cintas de reflejos plateados, dedica su corta vida a reproducirse. A tal 
efecto despliega una elaborada ceremonia nupcial, muy vistosa y admirada año 
tras año por incontables aficionados. Así, refiriéndose a este cortejo se dice: “Dinero 
llama a dinero” pues también es conocido el fruto por ese nombre. 
Respecto a los suelos que habita la oliva los hay de una amplia gama ya que es un 
árbol sufrido que se adapta a casi cualquier circunstancia. A veces los suelos son 
rojos como ocurre en Vilches y Arquillos, por ejemplo. Cito estos lugares 
expresamente porque se me viene el recuerdo de cuando en mis tiempos de 
estudiante cruzaba con mi hermano por allí, camino de Quesada o de vuelta a 
Madrid, en un seiscientos pintado a brocha. 
Más suelos: en Quesada y alrededores son blancos, pero siempre que no sea de 
noche y sin luna porque entonces son negros. En las noches de luna llena cambian 
a un azul muy tenue, plata brillante claro. 
Los campos y paisajes donde viven pueden ser llanos, los menos, quebrados o 
alomados, de horizontes abiertos que se pierden en sierras de varias provincias o 
cerrados por algún cerro que abusa del primer plano. Los aires que cubren estos 
paisajes a veces son opacos, por la niebla o por las lumbres de los aceituneros, y a 
veces son completamente transparentes como es el caso después de un temporal o 
en los días de viento norte. 
Las olivas se disponen en el terreno de muy distintas maneras: a su aire, guerrilleras y 
anarcoides, que se colocan donde quieren sin sujetarse a regla alguna o bien son 
absolutamente disciplinadas, agrupadas en formaciones perfectas y severamente 
reguladas. 
Las olivas son todas distintas, por su entorno y por ellas mismas. Por ellas también, 
pues hay quien dice que tienen su propio temperamento y que por eso en un mismo 
suelo, clima y dueño las hay reservadas y las hay vigorosas, las hay exuberantes y las 
hay enfermizas, duras y blandas. Pero siendo absolutamente distintas, de una 
individualidad casi absoluta, todas juntas, estén donde estén, sea de día o sea de 
noche, todas juntas son un olivar. No es esta chica lección en estos tiempos y es de 
mucho provecho para determinados colectivos amenazados, incluso para casi 
todos. 
Salta una liebre cuando aun no ha salido el sol por entre los troncos, que ya eran 
viejos para la gente vieja, en el Olivar Viejo. Amanece con brillos verde suave, brillos 
gris con verde, verde claro, verde oscuro apagado. Se pierde la liebre en cuatro 
saltos ribazo arriba. Al otro lado del barranco el solano vuela entre las hojas, las agita 
y las entrechoca haciéndolas sonar con un zumbido sordo y apagado que sube y 
baja, que va y que viene. 
Hay una enorme cantidad de tipos y variedades de oliva. Casi cada lugar tiene la 
suya y se distinguen por el tamaño y por el valor facial del fruto, por su porte, etc. 
No obstante, todas las variedades conocidas se pueden agrupar en dos grandes 
Pinturas con cuento. Pág. 72
familias: olivas propias y olivas ajenas. Se diferencian porque el fruto de estas 
últimas no es comestible ni se puede abonar en cuenta. 
Olivar viejo 
Finalmente, se hace preciso hablar de la muerte de las olivas, porque también les 
llega su San Martín. Mueren en las chimeneas dando calor, olor y color al vino y a la 
mecedora, a la tapa de queso y al pan. Sus quejidos agónicos, las chispas que 
saltan y los crujidos de las ascuas, no son atendidas por el pensamiento que, en 
vigilia, duerme. 
Muerte de la oliva 
Pinturas con cuento. Pág. 73
NATO OGI jueves, 13 de octubre de 2011 
Vermú con soldadito de Pavía sin pimiento. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 
(Para los que no lo pillen: significa OTAN NO) 
De la taberna en cuestión me gusta y no hay porqué disimularlo, el vermú. Es de 
barril, con su chorrito de ginebra, hecho con sifón de sifón, en vaso ancho y recio. La 
rodaja de limón corta el exceso de colores morados y granates de la bebida. 
Morados y granates que se extienden por los azulejos multicolores del zócalo, por el 
suelo y la barra cuadrada, por la luz que atraviesa los vidrios de las lámparas. Todo 
es magenta y carmesí. Al menos así me lo parece en la memoria cuando lo pienso. 
Y seguramente que parecerían muy distintos si los pudiéramos poner el uno junto al 
otro, pero este bar se parece a otro bar que hay (o había) en la otra esquina del 
mar. Aquel también es (o era) céntrico pero a la vez también como de barrio. Son 
uno y otro de públicos tan distintos que se ofendería ambos con la mutua 
comparación. El uno es más nocturno, el otro más de mañana, el uno más de orden 
y el otro más de buscar un rato de desorden de todos los sentidos. Pero los dos 
como un poco de pueblo, de parroquianos, de costumbres fijas: los unos que cada 
mañana vuelven, contentos de poder continuar volviendo un día más, los otros que 
vuelven cada noche buscando, en su deseo, empezar otra noche más. No 
Pinturas con cuento. Pág. 74
recuerdo bien los colores de aquel de allí. Creo recordarlos mas bien oscuros pero 
no puedo asegurarlo, porque mas que con colores está, o estaba, adornado con 
poca iluminación. Poca iluminación y en mi memoria demasiadas copas, 
demasiado gin tonic y demasiado ouzo. 
La luz que entra desde la calle 
Batalla de conversaciones y vasos 
Las tapas del local de aquí, genuino templo de la malafollá granaina, son corrientes. 
Dan mucha fritura, pescada y pescadilla, boquerones. También un bacalao o símil 
barato, que en lugar de con pimiento rojo remata con aceitunas el uniforme del 
Regimiento de Pavía. Por la puerta entra siempre una luz quizás demasiado brillante, 
que es cosa extraña en un barrio viejo de calles oscuras, rectas pero estrechas. 
Hace unas semanas, paseando con los perros, se me vino a la cabeza aquel bar 
donde entre tanto ouzo aprendí a decir con perfecto acento lo de NATO ogi. Y se 
Pinturas con cuento. Pág. 75
me vino a la cabeza el anuncio de la vieja del yogur. Esa que al parecer con su 
inmerecida y excesiva pensión ha puesto en peligro a este mundo y a parte del 
próximo. Ha sido la cosa esa del efecto mariposa que se inició no se sabe bien si 
porque compró algo para los nietos o porque se compró una bragas nuevas (¿para 
que querrá unas bragas nuevas una vieja?). No se sabe bien que fue pero desde 
entonces todo ha sido un sin vivir. 
Vermú con símil de soldaditos de pavía 
La nuestra de aquí es taberna y también de barrio, pero de barrio antiguo, del 
centro. Sin diseño ninguno pero de una cuidada decoración: faroles de la tierra, 
toneles para el granel, banderas y bufandas de la cosa del fútbol, una reproducción 
en cerámica de la iglesia de las Angustias absolutamente desproporcionada y fuera 
de lugar que oculta o adorna los grifos de cerveza... Y no hay música ambiente, solo 
la batalla de vasos, platos y conversaciones y el vozarrón del oficiante llamando a 
voces a los bebedores para que acudan a la barra a recoger las tapas (si son 
raciones, es decir de pago, las acerca él mismo todo servicial y solícito para mayor 
comodidad del dispendioso cliente). 
Como decía antes, los pobres son tremendos y nos van a llevar a otra guerra 
mundial. Gastan sin tino. Aquí y allí las viejas consumistas gastan por encima de sus 
posibilidades, tocan a cinco médicos gratis por barba (es frecuente que las viejas 
tengan barba o que al menos se la pongan postiza para dar besos) y emplean todo 
su afán en comprar de todo, siempre que esté muy por encima de sus posibilidades. 
La que nos han montado estas viejas pobres. Se merecen todo lo malo que les pase. 
En esas iba con mi paseo y mis pensamientos cuando los perros, gente sensata, me 
razonaron que alguien que en su invitación de boda puso la caricatura que le 
dibujaron en una servilleta de papel de aquel bar (que está, o estaba, enfrente de 
la iglesia de San Dionisio Areopagita, en la barrio de Kolonaki), en conciencia, no 
puede tener mas que una opinión sobre este asunto: NATO OGI. 
Y que llenen. 
Pinturas con cuento. Pág. 76
Caricatura que nos hicieron 10 años antes de la boda. El calvo soy yo. 
Pinturas con cuento. Pág. 77
Adiós de la luna en la Vega sábado, 22 de octubre de 2011 
Adiós de la luna en la Vega. Photoshop. 65x50. 2011 
La cosa del software libre y los excesos morales. 
De la cosa del software libre había oído hablar pero no era asunto que me hubiera 
preocupado demasiado y tampoco entendía muy bien de que iba la cosa. Así fue 
hasta que este verano pasado, en los desayunos del trabajo, Dani se dedicó a 
darme la tabarra con el tema intentando evangelizarme: que si me mandaba el 
enlace de no se que programa guay, que si no se que blog de un conocido suyo 
donde te podías descargar no se cuantas cosas asombrosamente útiles y 
asombrosamente gratuitas. No entendía yo muy bien de que iba la cosa, pero 
como tengo casta, entraba al trapo con bravura y rebatía y discutía como si supiera 
de qué. 
No me corté a la hora de sacarle inconvenientes al asunto. Hasta que una mañana 
llevé la crítica al terreno místico-religioso para atacar de paso a los creyentes de 
cierta marca cara (gente muy fundamentalista que tiene por dios a un pero 
mordido). Pues no se me ocurrió nada peor que preguntarle si acaso estábamos 
hablando no de herramientas funcionales sino de herramientas ideológicas. Me dijo 
que efectivamente, que de eso se trataba. Y ya se acabó para siempre la discusión. 
El software libre es cosa de ideología. De ideología libre. 
Pinturas con cuento. Pág. 78
Maiz y cipreses con las primeras luces 
Al llegar la primavera, en mis paseos con los perros los sábados por la mañana, evito 
las zonas de pinos porque con la primavera también llega la procesionaria, bicho 
maligno y asqueroso capaz de dejar sin lengua o de matar a cualquier perro. 
Cambio los pinos por un recorrido en la Vega de unos diez kilómetros: carril bici 
paralelo a la circunvalación, seguido hasta llegar al río Beiro, luego por su ribera 
derecha hasta dar en Genil y ya desde allí, río arriba entre bicicletas, corredores y 
caminantes por placer o por salud. En verano mantengo el mismo itinerario porque 
es corto y puede uno estar en casa a cubierto antes de que apriete la calor. 
Persiguiendo a la luna por el carril bici de la circunvalación 
Son hermosas las primeras luces de la mañana en la Vega. No misteriosas como las 
de invierno. Estas son hermosas, claras, vivas, definidas. Sazonan de brillo los maizales 
verdes y las siembras. Por un rato hacen azul el cielo que más tarde el calor 
blanqueará. En la vega quedan por aquí y por allí algunos secaderos de 
Pinturas con cuento. Pág. 79
tabaco y quedan algunos cortijos con sus almeces y sus cipreses, cortijos blancos 
como corresponde, de puertas y ventanas pintadas en verde. Los campos 
encharcados, que se riegan a estas horas para aprovechar la fresca, se llenan de 
pájaros chicos y de otros más grandes como garzas y garcillas. Todos picotean en el 
barro. Como hay feria en algún pueblo cercano y están tirando cohetes. En el 
recuerdo, lugar muy dado al libre albedrío, es fácil olvidar el ruido sordo de los 
coches, de los negocios de excavadoras y camiones cementeros, de la fábrica de 
leches... Por eso, los olvido. 
Hay en mi recuerdo otra vista de la Vega, también de este verano pero recogida 
como una hora o así antes que la anterior, en la frontera entre la noche y el 
amanecer. No es vista de paseo sino de día laborable, de café cortado con leche 
fría en la cafetería del trabajo. Empieza esta vista con muchas luces, con las de los 
faroles de la autovía, con las del tráfico que corre porque llega tarde, con las de 
algún avión que se acerca al aeropuerto, con las de las ventanas abiertas de los 
que se levantan, con las de los ventanales donde alguien ya limpia. Y más cerca, 
casi a la altura del café, explota en ondas el reflejo de la iluminación del techo en la 
barra de metálica. Y en el horizonte oscuro tintinean las luces de los pueblos con el 
bailen que bailan las luces de los pueblos lejanos en los paisajes de campo sin 
ciudad. 
Otra de la luna, con Sierra Elvira, en la circunvalación 
Se va la luna de la Vega y los colores despiertan lentamente. Los árboles son 
todavía sombras mas o menos oscuras, todavía oscuros los secaderos, los cortijos, la 
nave abandonada de una iglesia evangélica y la nave sin abandonar de la 
empresa de seguridad. Ya han pasado unos cuantos minutos, cuando les llega la 
tenue claridad que asoma en el cielo, se desperezan las formas: chopos, cipreses, 
olivos, sauces, algún palomar. Un poco por encima del horizonte, gris, debajo de los 
primeros azules de la mañana, una franja rosa difusa hace de aurora boreal de 
juguete en clima mediterráneo. Dura poco la estampa. Casi lo poco que dura mi 
cortado con leche fría. Para cuando lo he acabado el sol ya está quemando las 
piedras de Sierra Elvira. 
Pinturas con cuento. Pág. 80
Y este fue el planteamiento. Tenía que pintar la Vega de mañana, la Vega 
amaneciendo o ambas a la vez. Y hacerlo con software libre que es cosa de 
ideología libre. Tenía que hacerlo aunque no entendiera bien los términos del 
debate. Era obligatorio, porque cada quien debe saber intuitivamente cual es su 
manifestación. Como los pájaros que vuelve a su colonia después de pescar, debe 
identificar su pancarta entre miles de nidos, aunque esté escrita en chino. Es una 
exigencia moral. Eso era, es, el uso del software libre. 
Cortijo con secadero de tabaco 
Me bajé varios programas (alguno con alguna basura incorporada). Me rompí la 
cabeza intuyendo su manejo (las ayudas no dejan de ser como los manuales de 
cualquier máquina, algo que sólo sirve, si es que sirve, para calzar muebles). Me 
agobié porque en vez de hacer lo que quería hacer tenía que buscar la tecla con 
la que hacerlo o averiguar incluso si se podía hacer. Perdía la paciencia y volvía al 
software capitalista. Me daba cargo de conciencia y volvía a intentarlo. Y así varias 
semanas, inclinándome a un lado y al otro, como los chopos movidos por la 
tormenta. 
En paralelo ya había empezado la acumulación de bocetos. Uno tras otro. En este 
una luz tal, que al día siguiente cambiaba por otra cual. En ese lo reducía todo a 
unas esquemáticas y simbólicas manchas de color. En aquel ponía árboles, sierras y 
campos reconocibles. Un proceso trabajoso en el que nunca se identifica con 
facilidad el recto camino. Deben pasar a veces días hasta saber si tienes que volver 
al último cruce y retomar el desvío que ayer creías que no llevaba a ninguna parte. 
Y mientras, la pelea con la cosa libre. Una tarde y de improviso, despejé las dudas y 
recorrí de un tirón el camino que buscaba. Lo malo fue que lo hice con el método 
fácil y desclasado, con software capitalista, pirata pero capitalista. 
Pinturas con cuento. Pág. 81
Un boceto de por la mañana 
Fue un final de raro sabor, contento con el fruto, triste con el arado. Quería un 
triunfo a la vez artístico y político pero no fui capaz de alcanzar ambos. Mala cosa, 
malos sentimientos por no haber luchado en primera línea de fuego, por refugiarme 
nada menos que en la retaguardia enemiga (retaguardia pirata pero enemiga en 
todo caso). 
Un boceto de al amanecer 
Bueno. Después de un día viene otro y luego otro más. En algún momento y en 
mitad de alguna discusión conmigo mismo reparé que si bien los excesos suelen ser 
buenos, los morales no lo son y que las virtudes heroicas son para los santos, lo que 
no es el caso. No recuerdo si fue durante algún cortado con leche fría o algún 
paseo con los perros (ya por el Llano de la Perdiz). No recuerdo ahora donde, pero 
me perdoné. Aunque sin agobios, lo intentaré de nuevo. Pero ese día, me perdoné. 
Pinturas con cuento. Pág. 82
La Sierra, la Vega y el río Beiro encauzado como una acequia medio seca 
Pinturas con cuento. Pág. 83
Cosas de cuando Madrid domingo, 6 de noviembre de 2011 
Gran Vía. Excel-Paint. 65x50. 2001 
He cambiado a carpetas más visibles de la memoria algunas cosas que hice a 
principios de los años dosmiles y aquí las pongo. 
La primera de ellas es de los inicios de mis experimentos digitales, cuando 
empezaba a manejar Excel para las líneas y Paint para los colores. En aquel 
momento le presté poca atención a lo que me parecía nada más que pruebas o 
borradores. Con el tiempo le fui tomando gusto y algo de ciencia a usar el ratón y 
ahora es la parte gorda de las cosas que hago. El dibujo es una vista de la Gran 
Pinturas con cuento. Pág. 84
Vía desde Callao, desde la esquina donde estaba la cafetería Manila. Bueno, más 
que de la calle es de la Telefónica y más precisamente del reloj que hay debajo de 
la torre repleta (que estaba) de antenas que remata el edificio: el reloj iluminado de 
rojo con una cara a cada uno de los lados, la suciedad del aire provoca que los 
atardeceres despejados de invierno el cielo hacia levante tome un color rosado 
uniforme, paradojas urbanas. 
La Telefónica fue bandera republicana en el frente del Manzanares y por eso 
padeció bombardeos despiadados. Hoy sigue resistiendo y por las noches su reloj 
rojo de cuatro caras encabeza la defensa. No hay cañoneo pero sigue habiendo 
frente. 
Nudo Supersur. Óleo sobre lienzo. 60x45.2001 
El segundo dibujo es una vista más o menos imaginaria de Madrid desde el nudo 
Supersur. Así se llamaba antes, no se ahora si mantiene el nombre. 
Su historia: 
Después de muchos años estando bien en Granada y cuando daba por sentado 
que Madrid sólo volvería a existir en forma de fin de semana, de andén de tren o 
enlace de aeropuerto, volví a tener allí zapatillas y cepillo de dientes. Más o menos 
Pinturas con cuento. Pág. 85
cada dos fines de semana cogía el autobús, el de las 4 de la tarde, que llegaba a la 
Estación Sur sobre las nueve menos cuarto. Según la época del año la llegada era 
en noche cerrada, anocheciendo o con sol. 
Donde la nueva (que tiene ya unos años) carretera de Andalucía se cruza con la M- 
40aparecen, de pronto, las siluetas de los edificios más altos (entonces). Más o 
menos por allí pasa el AVE. Un poco más adelante a la izquierda se abre el hueco 
del Manzanares y se distingue (o lo he soñado) la Sierra y la cúpula de San Francisco 
el Grande. 
No se ve todo esto a la vez, incluso hay cosas que están en la pintura y que son 
invisibles desde allí, como el luminoso de Iberia en la avenida de América. La idea 
fue pintar la sensación, en esquema, de estar entrando en Madrid y para eso 
recorté trozos de recuerdos de distintas horas, de varios lugares, de cosas sueltas. 
Recuerdos mezclados en el lienzo a conveniencia. Una especie de Frankestein 
hecho de partes, espero no sea tan feo este mío. 
Plaza de Chueca. Óleo sobre lienzo.65x54. 2002 
Pinturas con cuento. Pág. 86
La tercera cosa que traigo son balcones de casas y entre los balcones una boca de 
metro. 
Siempre he sido muy adelantadillo para algunas cosas y ya por entonces usaba 
fotos para plantear las composiciones. Las juntaba y las retorcía para luego pintarlas 
con Excel (se agrupan en un solo objeto todas las líneas que has hecho, se borran 
las fotos que han servido de guía y ya está el dibujo para llevarlo al lienzo). Esta 
imagen de balcones es de la plaza de Chueca mirando hacia Gravina. Un paisaje 
urbano vacío de gente como los de Antonio López, aunque en mi caso no a causa 
de alguna razón talentosa o intención simbólica sino simplemente porque no se 
dibujar y quitando el público me quito un problema. Por el contrario puedo presumir 
de que el plano del metro lo pinté de memoria o de oído y sin embargo se puede 
comprobar como los colores de las líneas son correctos y el trazado razonable. 
¿Que decir de este sitio? Pues que no hay tanto que decir pues para mí ha sido más 
bien un lugar de paso. Agradable, pero de paso. Y es que no es fácil encontrar 
mesa en las terrazas ni tampoco tiene bares a los que fuera demasiado aficionado 
(con la excepción de los vermús de la taberna que hace esquina con la calle de 
San Gregorio). Es decir, una plaza agradable, de paso entre alguna calle de su 
alrededor y alguna otra en el otro alrededor del otro lado. Desde un bar hasta otro 
bar, bares de los que sí fui aficionado. No voy a decir marcas. 
Se de sobra que hoy en mi entorno más inmediato y laboral hay muchos y muchas 
que por razones que no vienen al caso, ven en Madrid un demonio, una amenaza, 
lo temen y lo odian. Y no seré yo quién valore el valor que cada cual le da a sus 
propios problemas. Lo que para uno es chico para otro es grande. Los problemas de 
uno nunca son pequeños y siempre lo parecen aquellos del prójimo. 
Pero es inevitable que estas incertidumbres y temores me traigan el recuerdo de 
como hace casi treinta años para mi fue el viaje contrario, de Madrid a Granada, 
de estudiar Paleografía a trabajar en una Caja de Ahorros. También lo viví como un 
terrible fin del mundo del que, entonces, me parecía imposible salir. No puedo dejar 
de ver ese pueblo como algo propio y cercano, el escenario de muchos y 
continuados recuerdos, de muchos días y años pasados. No es este lugar para 
demasiados detalles explicativos pero lo que para otros es lo negro y lo 
desconocido para mi no lo es. ¿Volveré de nuevo? Quien sabe, yo ya no aseguro 
nada. 
Una aclaración sobre las fotos, que se que alguna es impresentable. Me refiero a la 
dela Gran Vía. Pero hay un porqué porque si un sábado al atardecer vas por Callao 
y ves la luna llena a la altura del reloj de la Telefónica y el cielo uniformemente 
rosado de fondo ¿que haces? Pues sacar lo que lleves a mano (el móvil) y hacer 
una foto (y todo el mundo recordará que fotos hacían los teléfonos en 2001) aunque 
solo sirva como apunte del natural. Y por cierto, se puede comprobar que el rosado 
uniforme únicamente aparece en la parte inferior del cielo, el resto tiene tonos 
azules. Pero las cosas no son como son. Son como se recuerdan. 
La otra foto especialmente mala es la de un bar. Pero en este caso del vicio nace su 
Pinturas con cuento. Pág. 87
virtud. Se ve tan poco, es tan esquemática que en lugar de la foto de un bar es la 
foto del alma de un bar. O mejor, del alma de mis bares favoritos. Me gustaba 
sentarme en una mesa junto a los ventanales y "ver pasar a la gente". Como 
antiguamente mis mayores en mi pueblo. Pero con una o varias cervezas. 
Gran Vía desde un móvil 
Café XXX 
Pinturas con cuento. Pág. 88
Nuevo otoño con Mulhacén en el horizonte 
martes, 29 de noviembre de 2011 
Nuevo otoño con Mulhacén. Photoshop. 92x65. 2011 
El Mulhacén en otoño, sobresaliendo al chopo de la alberca 
Se ha hecho de rogar pero por fin ha llegado el otoño nuevo, el de este año. Al 
otoño le da miedo el calor y la sequía y hasta que no se ha cerrado el verano de un 
portazo y no ha empezado a llover, ha estado escondido al otro lado del mar, 
esperando su momento. 
Desde agosto estuve pendiente de su llegada, noche tras noche. Lo esperaba en la 
terraza de un bar de la calle Mulhacén, entreteniendo la ansiedad de la espera con 
una caña que va y con otras que también vienen. En agosto las hojas también se 
caen pero no por muerte natural, se caen asfixiadas, empapadas en sudor, 
jadeando y muertas de sed ¿cuando acabarán estas noches y estos bochornos? 
Tengo la suerte de poder esperar al otoño aquí sentado, bebiendo, comiendo, 
comentando y a veces pontificando, mirando de reojo calle abajo por si 
apareciera. Ya tiene que llegar ¿porqué tarda tanto este año? 
Volviendo a Granada un domingo en el coche y todavía con el aire acondicionado 
puesto, me di cuenta de que la luz de las tarde de otoño, porque ya era su tiempo, 
intentaba asomarse por las choperas. Pero al oler el olor a paja y a hierba seca, el 
olor de tarde de agosto (aunque fuera octubre en su final), la luz de las tarde de 
otoño se asustaba y corría a esconderse en la cuneta al otro lado de la carretera, 
Pinturas con cuento. Pág. 89
corría cerro arriba desesperada buscando refugio en las riscas de las cumbres desde 
las que a veces se ve el mar. 
Ya pasado el otoño, el Mulhacén y Sierra Nevada 
desde la alberca del cortijo de Lacra 
Hace semanas que no es verano pero que sigue abierta la terraza del bar de la 
calle Mulhacén. El poco aire que corre es caliente y áspero. Por las tardes a su hora 
ya es de noche, como debe ser, pero todavía nadie ha visto al otoño nuevo. 
Empecé a pensar el dibujo digital de hoy en aquellas tardes bochornosas del final 
del verano, buscando con la imaginación alivio a los calores. Lo pensé tirando de 
fotografías y de recuerdos, añorando los mosaicos cubistas de hojas secas a los pies 
del chopo de la alberca. Recuperando del trastero de la memoria el frío y la 
humedad del atardecer. Echando mano de las ciento cincuenta, o más, fotografías 
que debo llevar hechas de la silueta del Mulhacén en el horizonte rojo de Lacra, al 
atardecer, cuando ya se va el año. Eran tantos los registros, digitales y de recuerdo, 
almacenados que no hacía falta que llegara el nuevo otoño para que pudiera 
sentirlo y pudiera pintarlo. Y así lo hice. 
Pero de repente, cuando ya no lo esperábamos, los árboles ardieron en amarillos y 
dorados por orden de especie, de altitud y de umbría. Día a día las granadas se 
hicieron más dulces y se juntaron con las primeras naranjas. Crecieron las noches 
ocupando casi todo el tiempo de las tardes y llovió, el aire se volvió azul y la tierra 
parda, húmeda y verde. Llegó el nuevo otoño de siempre. Para entonces ya tenía 
acabado el dibujo y no le había tenido que pedir a él nada. Tenía preparadas hasta 
las fotos de acompañamiento y explicación visual. Por oficio y años pude sacar 
todo adelante, yo solo. Y mejor así porque cada vez, año, fin de verano, desconfío 
más del otoño de siempre, soporto menos sus caprichos de viejo: se presenta 
cuando quiere y cuando le da, casi antes de empezar, acaba. 
Contrafuerte de la alberca y hojas 
del chopo en el suelo 
Pinturas con cuento. Pág. 90
Otoño en la terraza del bar 
de la calle Mulhacén II 
Rama del chopo de la alberca 
Pinturas con cuento. Pág. 91
Buscando galaxias lejanas miércoles, 4 de enero de 2012 
Supernova agonizando. Cera, acrílico y óleo sobre lienzo. 73x50. 2012 
Una serie de las de divulgación, en la segunda cadena, explicaba la cosa del 
universo, de cómo los astrónomos fueron encontrando rincones cada vez más 
lejanos y de como iban mejorando y haciendo cada vez más caras y potentes las 
máquinas de buscar. Echaban la serie por las noches, a la hora de cenar y la 
repetían al día siguiente a la hora de comer. Con tanta facilidad que daban si me 
perdía detalle no era por culpa de la explicación sino de la comprensión. 
Las cosas del universo, las nebulosas, los púlsares, los cuásares, los agujeros negros y 
las galaxias. Cosas todas ellas bastante más lejanas que las estrellas y los planetas 
del cielo que se pueden ver con los ojos sin precisar aumento. En mitad de las 
explicaciones de la serie salían los maestros científicos mirando por telescopios 
tremendos. El arte tiene mucho de culto a lo accesorio y es lo contrario a la filosofía. 
Por eso, me fijé fue en que no miraban poniendo el ojo en el extremo chico del 
telescopio. Explicaba la voz que llegaron a ser tan grandes que en lugar de con 
lentes los tuvieron que hacer con espejos y en lugar de apuntar arrimando el ojo a la 
lente inferior miraban por pequeños canutos perpendiculares al cañón principal. 
Con el tiempo terminaron usando pantallas auxiliares y se cargaron toda la gracia 
de la escena: mirar en una televisión podía hacerlo cualquiera, en su casa y sin 
Pinturas con cuento. Pág. 92
necesidad de subir a semejantes montañas y lugares donde están los observatorios. 
Desde que empezaron a usar los nuevos sistemas y procedimientos recogieron 
imágenes absolutamente feas y además, absolutamente incomprensibles. Nada 
que ver con aquellas otras tan espectaculares, a todo color, que tanto circulan de 
correo en correo en presentaciones que suelen llevar textos pomposos y vacíos del 
tipo “que pequeños somos”. 
Las imágenes de las tecnologías sofisticadas deben ser magníficos instrumentos de 
exploración. Las segundas, las de los correos coñazo, seguramente están 
coloreadas y filtradas, hechas exclusivamente para disfrute del público. Ni las unas ni 
las otras son de fácil comprensión pero las segundas, las bonitas, son preciosas y 
tienen formas, colores y hasta texturas que les dan vida independiente de su 
significado, no necesitan más explicación que la propia imagen. 
Para ilustrar pongo algunas fotos que he bajado de páginas de divulgación 
astronómica y que evidentemente no son mías. Están elegidas en función del gusto 
visual que provocan, exclusivamente. 
Nebulosa Choque de galaxias 
Galaxias 
Remanente de supernova 
Pinturas con cuento. Pág. 93
La segunda parte es en la tierra, no en el cielo. 
Una tarde aburrida de principios de invierno, cuando ya quedaba poca luz, me 
puse a jugar con la cámara de fotos. Tiene mi cámara una pantalla giratoria que se 
separa del cuerpo, de manera que se puede ver sin doblar el cuello la escena que 
está noventa grados a un lado. Algo similar al canuto chico de los telescopios 
gigantes de la serie. 
El sol ya se iba por el horizonte en los picos de Mágina. En su ida se arrastraba por el 
suelo y se colaba por los huecos de las plantas que movía el viento, haciendo 
reflejos intermitentes como señales. Aburrido, miraba la pantalla de la cámara en la 
que aparecían figuras irreconocibles, brillos, luces difusas, colores sobrexpuestos y 
subexpuestos, resplandores y sombras. Una mezcla confusa y extraña de aspecto 
irreal pero muy llamativa. Aburrido, miraba y disparaba (en las digitales es gratis) 
llevaba a tope el zoom, apuntaba al chopo y al naranjo amargo. En estas 
manipulaciones hechas sin pensar se perdía la relación entre lo visto en la pantalla 
y el objeto real reflejado. Un pequeño desplazamiento de la lente suponía que el 
encuadre se moviera varios metros y que con eso se perdiera toda referencia y no 
se supiera adonde ni a qué apuntaba la cámara. O sea, algo similar al canuto 
chico de los telescopios de la serie. En los grandes telescopios también es, dicen, 
una de las tareas más dificultosas identificar la parte del cielo que se está 
enfocando (o enfocar a una parte determinada). Tan complicado es que para 
conseguirlo necesitan de extraordinarios sistemas tridimensionales de coordenadas 
celestes (pero no las hay para el jardín del cortijo de Lacra). 
El resultado de esa tarde de disparos fotográficos automáticos o mejor, 
inconscientes, son las imágenes que pongo a continuación. Los paralelismos con las 
celestiales son evidentes, al menos a mí me lo parece así. 
La pintura de hoy relaciona y hace pasar una cosa por la otra. 
Pinturas con cuento. Pág. 94
Y como siempre un “porúltimo”: ¿Por qué la pintura se llama Supernova? Pues 
porque anduve buscando términos astronómicos y como los quería usar vacíos de 
concepto, como pura forma sonora, no necesité de las definiciones y me pude 
quedar con cualquiera. Y supernova, daba igual lo que fuera, es nombre bonito 
mezcla de ciencia ficción y colores pop. Después de su elección descubrí (pero 
después)que supernova es una estrella agotada que en su muerte explota 
desapareciendo en un inmenso fogonazo cósmico: nuevamente una cosa 
parecida en el cielo y en el jardín variando apenas la escala: el otoño (cuando yo 
hacía las fotografías) era la explosión dorada y extremadamente brillante del año 
que se está muriendo. Hasta las naranjas del naranjo amargo alcanzan su sazón de 
color en esos días antes de caer, muertas, al suelo. 
Pinturas con cuento. Pág. 95
Perfil de la Sierra de Quesada jueves, 19 de enero de 2012 
Perfil de la Sierra de Quesada. Acrílico y óleo. 65x50. 2011 
Hay poco que decir aquí. El Perfil de la Sierra de Quesada. Uno de mis perfiles de 
nación, el de levante, en Quesada. El otro, el de poniente, es el Cerro de la 
Magdalena, extraña mezcla de cementerio, restos argáricos y antenas de televisión 
y telefonía, lo más viejo y lo más nuevo. Pero a poniente la Sierra ni es vieja ni es 
nueva. Siendo siempre, en cada estación de cada año se hace nueva. 
Un perfil es una línea elástica que se deforma y cambia según se vea desde un 
poco más abajo o desde un poco más arriba, más a la derecha o más a la 
izquierda. Según el sitio desde el que se mire cambia. Pero aún cambiando, sigue 
siendo reconocible. Reconocible para quien lo conoce, para quien ha construido 
todo o parte del recuerdo de su vida con ese perfil. 
Un perfil y un paisaje son cosas distintas. El paisaje es un espacio compuesto por 
árboles, montañas, valles, regadíos y secanos, mares y cielos. Un perfil, por el 
contrario, es el icono que sirve de símbolo a una vida, o a un trozo de una vida. 
Del perfil de levante en Quesada podría decir muchas cosas. Decir el nombre de 
cada una de sus líneas y a cada una ponerle una historia. Son ya tantas cosas las 
que viven bajo este perfil que es difícil, ahora, escoger alguna. Son tan antiguas 
estas cosas que, fuera de las más remotas, empieza a ser difícil recordarlas. Es tanta 
Pinturas con cuento. Pág. 96
la gente que viene, que va, que fueron, que empiezan a ser más las lágrimas que las 
palabras. 
Creciendo bajo el Perfil 
Pinturas con cuento. Pág. 97
Cara norte de la Sierra de las Nieves domingo, 19 de febrero de 2012 
Troncos de encinas dando al norte en la Sierra de las Nieves. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2012 
Pinsapos en la niebla. Sierra de las Nieves escondida detrás de la niebla en un 
invierno seco. Colores verdes y amarillos brillantes, en la parte que da al norte, del 
tronco de las encinas. 
El pasado dos de enero, día de la Toma de Granada, tras muchas ocasiones 
perdidas en dudas y perezas me arranqué y subí a la Sierra de las Nieves. Abajo en 
la playa hacía un día estupendo, sin viento, con mucho sol. Al igual que en el 
romance la mar estaba en calma y seguramente la luna estuvo crecida la noche 
anterior. Subí a la Sierra de las Nieves buscando ver, tocar y fotografiar pinsapos en 
libertad. Árboles, abetos, de extraño aspecto que se refugian en los rincones más 
profundos de las sierras de esta parte del mar de Alborán. Árboles de rareza 
legendaria, que se prodigan poco, y que poseen la aureola y el prestigio de los 
mitos escondidos apenas entrevistos. 
Iba en busca de pinsapos en libertad. Aunque abajo el día amaneció 
espléndido, arriba la niebla mezclada con gotas de humedad y un poco de frío gris, 
tapaba los relieves, las crestas, las más altas sierras. El paisaje disimulado y 
Pinturas con cuento. Pág. 98
escondido, unido a la compaña que me acompañaba (poco montañera y no me 
refiero, a los perros, que sí lo son) a lo que se añadió por mi parte una evaluación 
apresurada y errónea del estado de la pista (sin asfaltar pero razonablemente 
buena) convirtió lo que se pensó como excursión en un simple paseo. Y fue motivo 
también de que el itinerario que debía internarse adentro se quedara en la cubierta 
más superficial del lugar. 
Este invierno ha llovido poco y ha nevado menos, han sido escasas las nubes. Ya es 
mala suerte que en año tan escaso me encontrara un día así, nublado, con niebla. 
Si hubiera estado claro aún desde las afueras hubiera alcanzado a ver los picos más 
altos, los hubiera fotografiado y hubiera podido ver aunque fuera desde lejos, 
algún pinsapo, razón última que me movía. 
Vista norte-sur del encinar 
Detalle del norte 
El paseo corto y epidérmico se adentraba en un bosque de encinas bastante bien 
conservado, denso y al que la poca luz gris de la niebla le daba su punto misterioso 
cubriendo de oscuridad las espesuras más protegidas. Por la parte de los troncos y 
de las ramas que daba al norte, por esa misma parte en los matorrales y en 
las piedras, las humedades de los inviernos criaban musgos y líquenes: abrigos de 
texturas suaves o duras pero de colores brillantes, esmeraldas, amarillos, grises 
chillones, pardos encendidos. 
Pocos pinsapos en este rincón, apenas alguno recién nacido por inseminación 
artificial, protegido de los bichos por un corralillo de palos y alambre. Alguno que 
otro un poco más crecido pero todavía juvenil y con espinillas, la voz del aire entre 
sus ramas soltando gallos. Pocos pinsapos por allí, pero las encinas se amontonaban 
y a cada paso aparecía otra con el tronco recubierto mas espectacularmente que 
cualquiera de las que había tres pasos atrás. Las humildes encinas, olvidadas y 
eclipsadas por la fama de los abetos, gritaban y gesticulaban con sus colores 
llamando la atención del caminante, como los perros desesperados en la perreras 
cuando intuyen que alguien se acerca a las jaulas para adoptar. Y yo sin hacerles 
caso porque en este momento todavía andaba buscando a los otros. 
Pinturas con cuento. Pág. 99
Pinsapos en la niebla 
Casi acabando el paseo, culminando su trayecto circular, cuando ya no lo 
esperaba, por fin entre las niebla ví algunos pinsapos de los de verdad. Estaban 
lejos. Como son muy recelosos, a la menor señal de peligro escapan y se esconden 
en los pedregales más cerrados, en los pechos más escarpados. Escapan al menor 
ruido, al más pequeño olor y sólo vuelven a confiar y salir a los claros del monte 
cuando se recupera el silencio y la calma. Acallando las pulsaciones y latidos 
acelerados, gastando todo el sigilo del que fui capaz, conseguí verlos a lo lejos, 
entre la niebla. Me pegué al suelo y casi sin moverme, dando la cara al viento para 
que no descubrieran mi rastro, los fotografié. Apenas se distinguen los detalles pero 
las siluetas no defraudaban nada, siluetas elegantes y esbeltas, sobresaliendo a 
todo árbol, a toda planta, gigantes verticales camuflados en la niebla. 
Pinsapos en la niebla II 
Pinsapos en la niebla III 
Me arrepiento de no haber avanzado un poco más, de no haber subido unos 
cuantos kilómetros más. Que pena no me hubiera acercado lo suficiente para 
distinguir sus piñas, las agujas rollizas de sus hojas. Tendrá que ser otro día. 
Los pinsapos de linaje noble y antiguo acaparan toda la atención del caminante. Y 
sin embargo en esta parte de la Sierra son las encinas, pobres y discretas, carne de 
chimenea, de horno de asadero, las que juntándose por miles y millones las unas a 
las otras hacen legión y todas las legiones juntas hacen bosque. Habitan muy por 
debajo de los vértices afilados de los pinsapos y allí abajo los troncos de las encinas 
Pinturas con cuento. Pág. 100
se visten de carnaval. Por la cara que da al norte adornan sus disfraces con 
penachos de plumas, con telas de texturas suntuosas y colores extravagantes, 
brillantes, preciosos. 
Norte en las ramas I 
Norte en las ramas II 
No ha llovido mucho este invierno, nubes hemos tenido las precisas, pero 
precisamente ese día la niebla tuvo que esconder los picos y las rocas de la Sierra. 
Esa cancela de niebla que cerraba el horizonte y que impedía mirar arriba es la que 
consiguió que me fijara en la inmensa manifestación de encinas a mi alrededor. 
Como no pude ver el perfil de la Sierra de las Nieves he pintado su cara norte 
buscándola en el tronco vivo de las ignoradas encinas. 
La poca nieve de este año 
Pinturas con cuento. Pág. 101
Batalla naval a escala 1:1 jueves, 22 de marzo de 2012 
Primer plano de la playa de San Pedro de Alcántara. 
Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x54. 2012 
Distintas vistas a distinta escala de la guerra en la playa. 
Un mar azul, a veces verde, a veces gris. Arena, a veces dorada que cuando está 
mojada es oscura y cuando está seca es clara si es realmente arena y no piedra. 
Esta es la visión que de los ejércitos enfrentados en la playa tienen los generales, los 
mariscales, los jefes en sus despachos. Arte de la guerra. Antes estaba muy de moda 
citar a Clausewitz. Más tarde el prusiano se sustituyó por un chino del que no 
recuerdo el nombre. Del uno y del otro se sacaban ideas y citas de gran astucia, 
paradigmas de las cosas bien pensadas. Pese a su origen guerrero tenían 
sorprendentes aplicaciones en la vida diaria. 
Los generales y los mariscales planean sus estrategias en mapas de escalas 
variables, digamos que de 1:25.000 a 1:400.000. Escalas variables pero que en 
cualquier caso obligan a ver las cosas a gran distancia. Tanta que aunque esas 
Pinturas con cuento. Pág. 102
cosas están representadas en el mapa, ya no son ellas sino sólo los símbolos y signos 
que las representan. Sobre estos mapas militares se usa pintar frentes, masas de 
maniobra, líneas de defensa, flechas de colores que van, que avanzan pero que 
luego se retuercen y vuelven (eso suele significar que han perdido). Flechas que van 
perseguidas por otras de otro color (eso hay que entenderlo como que los que 
están en la primera flecha van corriendo como locos, o sea, que huyen). Podría 
parecer que debajo de los signos y dibujos no hay ni vive nadie. Los generales y 
mariscales lo creen, o fingen creerlo así. 
Vista la batalla de este cuento a la escala de los mapas de estrategia, sólo existen 
dos colores, bandos, zonas o países. El uno es el mar con su agua y el otro la tierra 
con su arena. La tierra está siempre en sus trincheras defendiendo la posición y el 
mar está siempre al ataque, siempre intentando desembarcar y consolidar una 
cabeza de puente para después saltar al interior de la retaguardia enemiga. Es la 
inacabable batalla en la que nunca (o casi nunca) hay un claro vencedor: las olas 
mueven la arena, la empujan, la retuercen, arrastran piedras, consiguen mover el 
frente unos metros aquí pero los pierden allá. Una y otra vez. Vista a las escalas 
referidas esta batalla es hermosa. Vistas a esas escalas sin sangre las demás batallas 
también suelen serlo. De una parte la superficie del mar hecha de piezas móviles de 
colores cambiantes que se mecen como un mecano articulado, piezas con brillos y 
reflejos que aparecen y desaparecen aquí o allá sin orden aparente. De la otra 
parte la tierra con sus defensas de piedra y arena, sus retaguardias de dunas y 
plantas ahogadas en sal. El mar y la tierra, a esta escala, son inmensos y ocupan 
todo el horizonte. 
Pero al igual que por encima de estos mapas los hay a mucha mayor escala, los hay 
también a otras pequeñas, inferiores, incluso, a 1:1. Al igual que quien mira un 
continente entero no ve los animales que lo habitan y que quien mira a un animal 
no suele distinguir los átomos que componen su cuerpo, de la misma manera quien 
mira un mapa de una escala equis, ignora y no distingue lo que sucede en las 
escalas inferiores. En lo que toca a este cuento, si prescindimos de los mapas 
militares o de sus secuelas turísticas e inventamos otros a escala 1:1 (un centímetro 
en el mapa es un centímetro en la realidad), distinguiremos nuevos mundos de 
piedras y espumas, de burbujas efímeras y granos de arena. La pintura de hoy se 
corresponde con el fragmento de uno de estos mapas. 
Pinturas con cuento. Pág. 103
A esta minúscula escala vemos a los individuos que componen los ejércitos del mar 
y del agua. Antes sólo distinguíamos masas, ahora vemos caras. Ahora vemos 
burbujas de espuma que en grandes formaciones blancas gritan para espantar al 
miedo cuando pisan tierra. Pelean con fuerza imparable, desbordan y arrollan las 
defensas con que se topan, saltan y empujan a las piedras, mueven las guijas, 
inundan las arenas. Conforme se internan la resistencia crece pero ellas siguen 
avanzando, cada vez con mayor gasto. La fuerza, la energía explosiva con la que 
saltaron desde su ola se agota poco a poco. Van internándose en la llanura reseca 
y conforme se adentran, de la primitiva fuerza apenas queda más que fiereza y 
valor desesperado. Exhaustas, las vanguardias quedan clavadas y fijas al terreno. 
Inmóviles, las burbujas empiezan a morir por millares y por millones, absorbidas por 
las enardecidas masas de arena que ahora ven cerca el desquite. Unas pocas 
aguantan y resisten pero no pueden evitar el pánico y la desbandada es ya 
inevitable. Filas blancas de espuma se retiran en completo desorden dejando atrás 
moribundas pompas de agua rematadas por el sol, el viento y la arena. 
Después de la batalla queda un paisaje de gravas y chinas arrancadas de su sitio, 
de brazos y piernas de algas destrozadas (son refugiados civiles que huyen de los 
fondos que las mareas arrasan). Campo de batalla sembrado de granos de arena 
que se amontonan desde un límite al otro de la mirada. Todavía los cadáveres de 
algunas piedras muestran restos de sus uniformes de vivos colores. Brillos del Sol 
Marte. La espuma y la arena han mezclado sus sangres. Clavada en el suelo, la 
caña de un pescador. Las gaviotas carroñeras picotean lo que queda de dos 
ejércitos valientes y mientras, dos perrillos chicos corretean y juegan ajenos a la 
inmensa muerte que pisan sus patas. Todo acabó. Pero no hay tiempo para 
celebrar victorias. Allá lejos rompe una nueva ola y espumas de refresco de nuevo 
parecen poder con todo. 
Cuerpo a Cuerpo 
En las guerras vistas desde los mapas a grandes escalas que usan los generales, 
siempre se salvan la Historia, la Patria, la Causa o la temporada turística. Con 
esfuerzo de todos siempre se supera la crisis y el Mundo sigue vivo, el aire brilla y el 
sol calienta. El único inconveniente del éxito es que precisamente seas tú uno de los 
héroes muertos. Eso tiene poca gracia. Que todo se salve menos tú. Por esto, no por 
otra cosa, los mapas militares nunca son a escala 1:1 o menor, para que no salgan 
los cadáveres, para que los ojos no vean y así el corazón no sienta. 
Pinturas con cuento. Pág. 104
Huellas de perrillos Cadáveres de algas 
La retirada 
Los colores de los uniformes, soldados muertos 
Un nuevo ataque 
Pinturas con cuento. Pág. 105
Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos 
lunes, 2 de abril de 2012 
La tarde en la piscina. Óleo y acrílico sobre lienzo. 73x60. 2011 
Piscina de Lacra. Óleo sobre lienzo. 60x50. 2002 
Pinturas con cuento. Pág. 106
Los recuerdos guardados en un cajón se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a 
guardar. Unos se guardan simplemente dejándolos en el cajón, otros dentro de una 
caja, algunos muy delicados se envuelven en una tela o cuando menos en una 
bolsa de plástico. Hay quien tiene la costumbre de secarlos entre las hojas de un 
libro que, cuando años después se hojea, deja caer al suelo los 
recuerdos olvidados, aplastados en dos dimensiones. 
Los recuerdos van envejeciendo cada uno a su manera. Algunos como el vino tinto 
pierden color, otros como el blanco lo ganan y los hay también como el rosado que 
con el tiempo se estropean. Los recuerdos, de cuando en cuando, se sacan, se 
miran, se enseñan y se vuelven a guardar. En cada ocasión se ven de una manera 
distinta y producen una emoción diferente. Las maneras y las emociones se 
adhieren a él formando sucesivas capas y estratos de la memoria. Es por esta 
estratigrafía sedimentaria que los recuerdos se mueven y cambian. Cuanto más se 
recuerdan más cambian. 
A todo lo dicho se suma que el pasar de los años hace que cambien la forma y 
tamaño de los recuerdos de manera que las aristas se suavizan, los huecos se 
rellenan y los llenos se vacían. A veces el disgusto se vuelve gozo y en otras se borran 
sólo los berrinches (es lo que pasa cuando es inminente la llegada de la vejez y el 
recuerdo en cuestión se asocia a tiempos de piel más tersa). Quiero decir que en 
todo esto interviene también la manipulación interesada y el auto-engaño o ambos 
dos. 
Ocaso de sol 
Orto de luna 
Hay un momento en las tardes de verano, justo cuando empiezan a irse las 
avispas pero aún no han llegado los mosquitos, después del ocaso de sol y antes 
del orto de luna, en que el aire solano que sube del Guadiana chico, cesa. 
Dejan de escucharse los pájaros, no se mueve una hoja. Pareciera como si el 
motor de las horas se hubiera parado. Es entonces cuando la luz en fuga se 
satura de colores irreales. Es entonces cuando se hace invisible la calima y 
amaina el fuego inodoro, incoloro, de la tarde. Cuando despiertan los aromas 
dulzones de las hierbas secas y los tamos: detrás de alguna de las primeras 
sombras alguien está regando y la tierra mojada reparte esencias azules por el 
olivar que se esconde entre las medias luces. A esta hora, en este momento, en 
la tregua del viento, en el relevo de tarde y noche, nada se mueve, nada grita. 
El silencio y la calma serían totales si no fuera por el rugido de las hélices de un 
avión militar volando y por el crujido de las hojas y de los tallos que quiebran los 
saltos del gato (está cazando bichos en el interior de la madreselva). 
Pinturas con cuento. Pág. 107
En una entrada de hace meses (Las tardes del verano) me refería a un momento de 
las tardes de verano en Lacra que si bien es temporalmente vecino del momento 
suso mentado, es por muchos conceptos su antípoda. Es ese otro la media tarde del 
calor, de la luz blanca requemada, de las plagas de bichos. Hacía entonces 
especial mención a las avispas, tábanos y moscas. Contaba en dicha entrada que 
al intentar pintar una idea o cosa me salía otra distinta a la buscada, 
produciéndome la frustración consiguiente. Identificaba el origen del problema en 
que por culpa del calor y de los bichos no era posible la concentración. Por todo 
ello renegaba de las pinturas pintadas en aquellas tardes y anunciaba que las 
quitaba de la circulación, que en su lugar ponía un dibujo digital, liviano, de Sierra 
Mágina, para salir del paso. Todo eso ya lo he contado antes. 
Masas de color 
la calma 
Las pinturas, recuerdo de aquellas tardes de verano, las tengo guardadas en el 
cajón escondido de las paredes de mi dormitorio en el cortijo de Lacra. Mi madre 
cree que las tengo allí por no querer que alguien las vea y las quiera llevar. Se 
sorprendería si supiera que están allí dejadas, abandonadas, porque en su día 
renegué de ellas, de las avispas, del calor, de los tábanos y de las demás 
desgracias. 
De cuando en cuando aparezco por allí y me las encuentro debidamente 
colgadas. Cada vez que enciendo la bombilla saco los recuerdos del cajón. Encima 
de la pintura ha caído polvo y han caído nuevas miradas que la cubren de capas 
nuevas. Guardadas en el arca de las paredes del dormitorio, solas y a oscuras casi 
siempre, han evolucionado. Una, vino blanco, ha cogido color. Otra, tinto, lo ha 
perdido. Creo que ninguna es rosado. 
Bicho cazando bichos 
Pinturas con cuento. Pág. 108
Avión militar de hélice 
Han cambiado las pinturas porque ha cambiado el recuerdo de aquellas tardes de 
verano. Ha crecido y envejecido, ha dejado atrás los tábanos, el sudor y las moscas 
implacables. Han muerto las avispas, han muerto los malos bichos y han dejado 
cadáveres huecos pegados al envés de las hojas de oliva. Al encender la luz de la 
habitación el recuerdo se deslumbra y se asusta. Hay que manejarlo con cuidado 
porque es extremadamente frágil y se cuartea con facilidad. Ya tiene una esquina 
doblada, hacia la parte de abajo le han salido unas manchas oscuras de hongos 
microscópicos que la humedad ha criado. 
Realmente no se si es que el recuerdo ha ido cambiando hasta convertirse en este 
otro tranquilo y sereno del momento en el que la tarde se va y la noche viene. No se 
si ha cambiado o si al ir desapareciendo aquél viejo ha ocupado este su hueco este 
nuevo. No lo se. Pero ha pasado y donde estaba el uno ahora está el otro. El 
efecto ha sido inmediato, han quedado reivindicados los frutos de aquellos veranos. 
Existe vida más allá (un rato después) de las avispas, de los tábanos y de las 
moscas. 
Pinturas con cuento. Pág. 109
Las mañanas, la noches y el paso de los años. 
domingo, 6 de mayo de 2012 
Brillo del rocío en la hierba y chopo sin hojas en un contraluz de mañana de invierno. Óleo y acrílico sobre lienzo. 
65x50. 2012 
Hace años, muchos (tenía yo pelo entonces), en mi entorno las noches tenían un 
enorme prestigio. Todo buen, o mal, estudiante estudiaba de noche y el que sin 
necesidad se acostaba antes de las doce o era por algo o era por raro. Los días 
empezaban en la noche porque en la mañana empezaba el tiempo de descansar. 
En aquellas noches, las de verano especialmente interminables, había tiempo para 
casi todo. Todo o casi todo sucedía de noche, todo lo que podía tener algún 
interés. Como a casi todos a mi me gustaban las noches, aquellas noches de 
verano, noches calurosas y tranquilas, noches silenciosas con muy pocos ruidos 
entonces. 
Recuerdo que como todos mis parejos en edad, me reía de la gente mayor que 
llegaba al trabajo mucho antes de lo que debía solo por el gusto de leer el 
periódico y de no hablar con el compañero de al lado (por el gusto de que notara 
que no le hablaba simplemente por el gusto de no hacerlo). 
Pinturas con cuento. Pág. 110
Sol de la mañana 
Como sucede en todos los cuentos, pasaron los años y ahora cada día de cada 
año madrugo más, cada noche me acuesto antes. Y me gustan las mañanas. Antes 
prefería el atardecer y ahora el amanecer sereno y silencioso (como el de aquellas 
noches antiguas de verano), el amanecer de claridad creciente que a la par que 
disuelve las sombras perfila las formas con colores saturados. El fresco de las 
mañanas del verano y el color radicalmente azul de las mañanas de invierno antes 
de salir el sol. Me gusta la luna cuando corre a esconderse por el oeste y la 
escarcha que brilla en la hierba al contraluz de los rayos rasantes del amanecer. Me 
gusta oír como se pone lentamente en movimiento la maquinaria del mundo. 
Amanecer y burbuja 
Me siento bien de madrugada, optimista y sereno en mayor grado que durante el 
resto de las horas. Llego al trabajo mucho antes de lo debido simplemente para 
sentarme delante de la pantalla a ojear noticias. 
Identificar el amanecer con el nacimiento del sol y con la vida, hacerlo del 
anochecer con su muerte y con la muerte, es un lugar tan común que lleva 
haciéndose miles de años. Esta identificación tan antigua es a la vez tan común no 
por ser cosa poética ni malamente literaria sino, creo yo, que por ser biológica y 
ancestralmente animal, por influir en los biorritmos. A causa del sustrato físico-químico 
no resulta sorprendente que cuantos más años más alivio produzca el 
amanecer, pues no es otra cosa que otro día más que tenemos por delante. Tiene 
toda la lógica que cuando se es joven, cuando la vida parece eterna, guste jugar 
con la noche (muerte), con el veneno de la serpiente y con el filo de la navaja: 
nada puede pasar cuando nunca se va a morir. Pero esta forma de ver las horas 
cambia conforme la vida poco a poco va dejando de ser eterna y la muerte 
Pinturas con cuento. Pág. 111
poco a poco deja de ser una historia ajena y lejana. Con los años, el amanecer se 
vive con el alivio de una prórroga, cada mañana es un día más por delante y cada 
noche un día que ya pasó (y que hemos perdido). 
Brillo de la hierba 
Muy de mañana 
Creo que queda claro, poco hay que añadir, quizás que también conforme pasan 
los años me gustan más los árboles. Me gustan sobre todo los árboles crecidos y no 
por grandes sino por añosos. Los que ahora ya son veteranos son los únicos árboles 
antiguos que voy a conocer pues ya no queda tiempo para que otros crezcan y 
envejezcan. Por eso me enferma que arda un árbol o que lo corten o que lo maten. 
Cuando en mis paseos de primera hora por el campo veo a un lado del camino 
brotes de pino o de encina o veo cualquier cría de cualquier otro árbol, se 
derraman unas gotas de melancolía: crecerán y, seguramente, se harán grandes 
pero ni mis perros ni yo los veremos así. Esta concepción de los árboles como tesoro 
no renovable desde el punto de vista del tiempo, es lo que me ha hecho adquirir la 
costumbre de pintar árboles. 
El primer sol de la mañana 
Pinturas con cuento. Pág. 112
Extranjero en su propia tierra: olivo y mimosa. 
domingo, 20 de mayho de 2012 
Olivo acosado por una mimosa en flor. Photoshop. 65x50. 2012 
La Mimosa, acacia azulada, acacia saligna o acacia cyanophylla, es una planta 
leguminosa de origen australiano considerada aquí como especie invasora y gran 
enemiga de las especies autóctonas. Importada para trabajar en el ornato de 
parques y jardines, ha saltado las lujosas tapias y hoy coloniza descampados, 
solares sin vender ni edificar, márgenes de carretera y cualquier otro espacio 
disponible. Su capacidad para fijar el nitrógeno atmosférico, común a todas las 
leguminosas, le permite colonizar suelos pobres y despoblados siendo esta una de 
las razones de su gran expansión, (dicen que) descontrolada. Al final del invierno 
florece en tonos amarillos intensos. Sus hojas aparentes no son tales pues en realidad 
se trata de tallos aplastados que se llaman filodios. 
En 1956, recién indultado el Régimen por el Mundo Libre, la fuerza aérea gringa hizo 
el primer mapa fotográfico aéreo de la Península (o el segundo, porque creo que los 
aliados nazis del aliado del Mundo Libre hicieron el auténtico primero, no se si 
completo, hacia 1940). Se le conoce como Vuelo Americano y hace unos años 
que la Junta de Andalucía publicó la parte que le toca. En la foto de ese vuelo 
correspondiente a la ribera del río Benabolá, donde hoy está el campo de golf Las 
Brisas, se observa una plantación de árboles. La escasa calidad de la imagen en 
blanco y negro dificulta la identificación del cultivo pero el color oscuro (que 
Pinturas con cuento. Pág. 113
parece corresponder con un verde intenso) y lo apretado de la plantación (con los 
árboles casi tocándose los unos a los otros) induce a pensar que se trata de 
naranjos. Apoya esta versión el dato de que, efectivamente, en la zona se 
producían naranjas que se exportaban envueltas en papel de seda estampado con 
la marca "Colonia del Ángel. Productores de frutas cítricas", el dibujo reconocible 
de la Concha y una plantación de naranjos. 
La oliva y la mimosa 
Por aquellos años no existían allí edificios fuera de algún cortijo suelto. Hoy, es 
radicalmente distinto y lo raro es encontrar un metro sin ladrillo. Aprovechando 
nuestros paseos, los perros y yo vamos rastreando rincones con la intención de 
identificar entre los jardines, entre las casas, las tapias y los solares baldíos, algún 
resto de aquellos años exclusivamente agrícolas. En una de esas y abriendo hueco 
en la valla vegetal del dicho campo de golf, llegamos a descubrir que lo 
fotografiado por los americanos no eran naranjos sino olivos. Quedan algunos, con 
el mismo marco y disposición, formando bosquecillos en mitad de la hierba. La 
prueba indubitable se consigue mediante la comparación de las ortofotos de 1956 y 
2004: los árboles que se ven por el agujero son los mismos que ya existían en esa 
primera fecha y son, basta con mirarlos por el hueco de la cerca vegetal, olivos. 
Resulta sorprendente pero en aquel rincón, entonces remoto y lejano, vecino 
cercano de África, existía ya entonces una plantación casi intensiva, muy moderna. 
Cultivos entonces sorprendentes y modernos, muy distintos de los tradicionales 
olivares extensivos de secano. Explotación avanzada nacida a su vez de una 
tradición industrial metalúrgica desparecida y absolutamente discordante con lo 
que hoy es la comarca entera. 
Las cosas han cambiado y mucho. Calles, edificios, jardines (que no huertos), 
apartamentos, centros comerciales y academias de español para extranjeros se 
adueñan con avaricia desenfrenada del espacio. Como reservas indias, algunos 
rincones junto al río Benabolá mantienen suspiros de vida no salvaje pero sí natural. 
Pinturas con cuento. Pág. 114
Llegaron las mimosas a la Costa para trabajar como plantas ornamentales en los 
jardines de las casas ricas que los nuevos tiempos estaban levantando por todas 
partes. Un trabajo poco cualificado consistente en florecer en marzo, hacer masa 
verde durante el resto del año y poco más. Ayudadas por el viento (que no es de 
ninguna parte) acabaron por saltar las cercas y comenzaron a colonizar los suelos 
pobres que ninguna planta autóctona quería (ya hemos contado su capacidad de 
fijar nitrógeno atmosférico). Tanto se extendieron, que a día de hoy marzo y abril son 
meses absolutamente amarillos en las cunetas, en los descampados y en algún 
jardín olvidado (ya, por asilvestradas y comunes, no se cotizan en las lujosas 
mansiones). Paisajes saturados de amarillo desplazan a los paisajes de colores 
locales durante el final del invierno y el principio de la primavera. 
Mimosa en flor 
Enfrente de mi terraza, en la ribera del Benabolá sobrevive uno de esos pocos 
rincones libres y abiertos. Algún chopo, algunos pinos, muchas zarzas. Todo muy 
racial. También grandes eucaliptos (estos ya forasteros) y mimosas, muchas muchas 
mimosas. Por eso la primera primavera es también tremendamente amarilla, toda 
plagada de mimosas en flor. Entre ellas y las zarzas de la orilla sobrevive un olivo 
solitario y abandonado que apenas ha empezado a mover la savia. Está como 
acobardado entre tanto amarillo. Un olivo hoy abandonado que seguramente 
formaba parte de aquella plantación modelo guardada en la memoria del Vuelo 
Americano de 1956. Fue la vanguardia tecnológica del olivar hoy malvive extranjera 
en su propia tierra rodeada de infieles. No sigamos. No hace falta aclarar más 
adónde nos lleva este camino. Pero, aunque ignoremos los posibles matices políticos 
del asunto, no podremos evitar toparnos con su triste estampa de olivo 
abandonado, acobardado y asfixiado. Las fotografías que adjunto dan fe de su 
estado. 
El olivo es un árbol humilde, trabajador y sufrido, resistente a la sequía y a los malos 
propietarios. Tiene muchas virtudes y algún que otro defecto. Por ejemplo, es 
bastante huraño y no soporta la cercanía de otros árboles, de cualquier otra planta 
que sea algo más que una hierba... Le tiene pánico a los vecinos. Cuando un olivar 
se abandona de inmediato sus habitantes se encojen, se acobardan de tal manera 
que hasta una simple zarza les puede. El olivar abandonado en muy poco tiempo 
Pinturas con cuento. Pág. 115
se disuelve y desaparece. Cualquiera que haya salido un poco al monte lo ha visto 
alguna vez. 
Mimosas, olivas, pinos, eucaliptos 
Más mezclas 
Pocos años después del Vuelo Americano la zona sufrió una inaudita marea 
constructiva. Las casas y los jardines sustituyeron a los cultivos. Tantos jardines caros 
nacieron que las plantas autóctonas fueron incapaces de llenarlos, incapaces de 
aportar el toque exótico que necesitaba algo tan exótico por aquí como los jardines 
con césped. Se importaron toda clase de extravagancias. 
En esta guerra, perdida de antemano, los olivos casi desaparecieron. Hoy hay que 
buscar sus restos con métodos de prospección arqueológica vegetal. Pero quien 
desplazó y aniquiló a los olivos fue el P.G.O.U. Fue la especulación quien acabó con 
el campo, fue el dinero quien abandonó almendros, olivos y viñas como 
abandonan los amos crueles a los perros viejos. ¿Que culpa tiene de esto la 
mimosa? Seamos serios. A los olivos primero los diezmó la construcción y luego 
su carácter huraño les hizo retraerse aún más. No supieron o pudieron adaptarse a 
los pequeños huecos vegetales, superpoblados de plantas venidas de todas las 
partes. Pero esta situación la provocó el P.G.O.U. no la provocaron esas nuevas 
plantas. Con los olivos de la costa acabó el abandono y el dinero. 
Por mi parte sólo me queda añadir que yo las cosas ya las conocí cambiadas, como 
son ahora. La mezcla de ahora me parece lo natural. No añoro pasados tiempos 
supuestamente mejores. Y siempre me han gustado las fronteras. Y bien está que así 
sea. 
Pinturas con cuento. Pág. 116
Un mes después, las mimosas sin flor. La oliva a punto de florecer 
(ha llegado mayo, las mimosas ya no son amarillas que son masas verdes de filodios 
y ramas sin flor. El olivo acosado y perdido, que parecía asustado y sin futuro, se está 
cuajando de flor. Flor pequeña y trabajadora, productora de aceituna y aceite, hija 
de Grecia y Roma. Es tanta la flor que su color sin lujo destaca sobre la mimosa 
desnuda, sobre el pino y el eucalipto. ¡Árbol admirable! Como los perros lame la 
mano que le pega, esa mano que lo dejó abandonado. Esa misma mano que, 
ahora, culpa a la mimosa.) 
Pinturas con cuento. Pág. 117
Lluvia de lunas (Perseidas lunares) miércoles, 13 de junio de 2012 
lluvia de lunas sobre el cerro Vítar y silueta de oliva de sombra. Photoshop, Paint. 65x50. 2012 
Se acerca el chubasco. El cielo se dobla y retuerce encima de nosotros. Pronto 
caerán las primeras lunas, gotas de luz seca empapando la noche, gotas de luna, 
aguanieve de estrellas. 
Las lunas son como la Virgen, es una aunque luego cada pueblo tenga la suya. 
Incluso algunos, si son grandes, tienen dos o más. De ambas. 
Cada pueblo tiene su luna predilecta porque hay muchas de ellas donde escoger. 
Además de las cuatro que hacen cada una de las fases, hay muchas otras. Las hay 
tempranas que llegan en plena tarde bastante antes de que lo haga la noche. 
También tardías y perezosas, que remolonean con descuido sin salir hasta que las 
sorprende el sol del nuevo día. Hay lunas grandes y gordas, bien cenadas y lustrosas, 
que casi no pueden levantarse del suelo y arrastran la barriga redonda y dorada por 
el horizonte. Las hay pequeñas y muy brillantes, que vuelan y saltan con agilidad en 
lo más alto de la noche. Las hay fugitivas, que escapan con sigilo escabulléndose 
entre las negruras por el barranco abajo. Y poderosas, que amanecen sentadas en 
Pinturas con cuento. Pág. 118
los tejados de sus cortijos desde donde dominan los valles y campiñas que les 
pertenecen. Hay lunas pescadoras que viven de los peces del mar y las hay 
labradoras que aran surcos de luz entre las camadas de olivares. Hay lunas 
forasteras que asoman su melancolía a las cunetas de las carreteras y las hay 
familiares, que cada mañana dan los buenos días a las calles que se desperezan. 
Las hay de invierno y las hay de verano, las hay de todas clases, formas, colores y 
olores. Hay tantas y tan variadas que cada pueblo tiene la suya de igual manera 
que tiene la suya cada hora, cada noche, a veces también cada día. Hay muchas 
y muy distintas aunque, como la Virgen, todas sean una. 
luna, lucero y chopo 
luna y oliva 
luna camuflándose en las 
luces de la noche llena 
luna entre las nubes y los 
pinares de la sierra 
Ni dos ni tres veces han sido las que a principios de agosto he querido ver llorar a 
San Lorenzo. Y siempre con poco éxito, no lo voy a negar, pues apenas he 
conseguido ver alguna lágrima suelta pero nunca, ni por asomo, esas barraqueras 
que cuentan que han visto los que saben del cielo. Una vez me invitaron a ver llorar 
al Santo en una casa de las afueras. Casa bien situada y suficientemente lejana de 
la civilización lumínica urbana. Me dieron de cenar y de beber y luego una 
tumbona para tenderme y ver el espectáculo con comodidad. Era una noche de 
agosto en la que no se movía una hoja y... me quedé dormido. Porque yendo a por 
estrellas encontré paz y como me gustó, me quedé con ella. 
Pinturas con cuento. Pág. 119
luna remolona de la mañana 
Algunas veces no he tenido ni la oportunidad ni las ganas de salir al campo en las 
fechas oportunas. En otras también pocas lágrimas encontré aunque ahora no 
recuerde la razón del fracaso. Pero no siempre ha sido así, alguna vez he rozado el 
éxito. Hará como un par de veranos la cosa empezó bien. Era el sitio y el momento 
indicado cuando, de pronto, cayó una lágrima y luego otra. Parecía que se 
arrancaba por fin a llover. Y cuando ya tocaba con las manos el premio tantas 
veces buscado, entonces, por detrás del cerro Vítar, asustada no se si por mis pasos 
o por los pasos nerviosos de los perros, levantó el vuelo una luna menguante que 
casi de inmediato se escondió en lo más espeso de las siluetas del campo. Fue 
apenas un suspiro. Sus alas apenas rompieron el silencio durante unos fugaces 
instantes pero fueron lo bastante. Hubo luz y ya no hubo estrellas. Sólo ese vuelo 
imprevisto y corto fue el recuerdo de aquella noche. Buscando estrellas me topé 
con lunas. 
luna artificial de exterior luna artificial de interior 
¿Sol o luna? Silueta de oliva movida por 
el aire y detrás una luna 
Pinturas con cuento. Pág. 120
Me he topado con pocas estrellas fugaces pero con muchas lunas. Las he visto 
saltar, volar y esconderse y he coleccionado sus luces, las sombras que fabrican sus 
luces. Es por todo ello que he pintado una lluvia de lunas. Son lunas perseidas estas 
porque son lunas de verano. Porque yendo a por lágrimas me encontré con ellas. 
Son lunas de mi pueblo (cada pueblo tiene la suya y en el caso del mío, varias) Es 
una tormenta lunar de verano sobre el cerro Vítar. 
Son muchas, aunque como las vírgenes todas sean una, pero aunque sean una el 
que sabe de lunas a cada una por su nombre la conoce. 
lunas artificiales de barra de bar 
Pinturas con cuento. Pág. 121
El cielo se cae sobre nuestras cervezas 
domingo, 15 de julio de 2012 
Árbol de la calle Mulhacén al final del invierno. Acrílico y óleo sobre lienzo. 50x65. 2012 
En la terraza de un bar de la calle Mulhacén, en Granada. Mediodía de domingo en 
un invierno menguante. El sol crecerá en unas pocas semanas y será sol de 
primavera, pero ahora es todavía un crío y se esconde entre las cornisas y por los 
tejados, cruza la calle a la carrera mirando a cada lado en cada esquina. Cuando 
el sol sea mayor y fuerte, en verano, no tendrá rival ni enemigo que con él pueda 
pero ahora es todavía un niño, indefenso y débil y recela de todo y de todos. Son 
los últimos días del invierno y las yemas del árbol han empezado a parir hojas pero 
desde aquí, desde la mesa en la terraza del bar, apenas se distingue algún 
Pinturas con cuento. Pág. 122
movimiento en las ramas, sólo se alcanza a ver un árbol desnudo en la mañana 
clara de febrero. 
Este invierno ha sido como el otoño. El año pinta como el pasado e incluso peor. 
Ando con los de mi cofradía todo el día procesionando la Gran Vía arriba la Gran 
Vía abajo. Y tanta caminata, tanta reivindicación, cansa (físicamente). Cansa, es 
verdad, pero también lo es que hace tiempo que aprendí que toda movilización 
tiene su recompensa. Y la tiene no porque más tarde o más pronto se alcancen los 
fines buscados (lamentablemente parece que no van por ahí la cosas ahora) sino 
porque en su final, la caminata se riega con una cerveza y con una conversación. O 
con dos o tres o más cervezas y dos o tres o mas conversaciones. 
El árbol en febrero y el árbol unas semanas después 
Una vez más hoy domingo hemos corrido la Gran Vía y antes de volver a nuestra 
iglesia, como el día está tibio y claro, nos hemos sentado en la terraza del bar que 
hay en la calle Mulhacén esquina con la mía. El sol infantil que antes decía, se va 
confiando conforme avanza la mañana y ahora juega y alborota aprendiendo su 
oficio como todos los cachorros, jugando a deslumbrar y a cegar. Juega a saltar 
haciendo brillos y destellos, desde las ramas del árbol hasta la farola. Revolotea 
tropezando torpemente con los cristales de las ventanas. Y mientras juega el sol, del 
cielo blanco de la mañana de febrero caen gotas de luz que salpican la piel, la 
mesa, las aceras, los pasos de cebra... Gotas de sol juegan picoteando la copa de 
cerveza y persiguiéndose en el rocío del cristal, en el dorado de la cerveza. 
Ha sido este un momento, un rato feliz en un invierno triste. Hemos hablado de todo, 
de comida y de sexo, de fotografía y de imprenta, de noticias de lo que ha venido y 
de temores por lo que vendrá. También, claro, de la reivindicación. Con el alcohol 
y con tanta conversación los brillos y los destellos han aprovechado para hacernos 
nidos de golondrina en los ojos. Una mirada que estaba aburrida corre a unirse a los 
alborotos del sol niño, que se dedica a molestar con sus gritos a las sombras, a las 
viejas luces frías de los caracierzos de las calles transversales. Tropel de voces, 
algarabía de luces. La humedad heredada de las pasadas escarchas apura sus 
horas en la penumbra de los rincones. Otra caña. Otro trago amarillo y blanco. 
Amargo y frío. Otra palabra, otro argumento, otra tapa, otra risa, otro comentario, 
otro chisme, otro trago amarillo y blanco, amargo y frío. 
Pinturas con cuento. Pág. 123
Caña y cañas 
Lo malo de los momentos (felices) es que apenas duran un instante, que son 
pequeños y que ocupan poco espacio. Por el contrario, su recuerdo es grande, se 
estira como un chicle y puede alargarse tanto que no tenga fin. Por eso es que la 
vida es en su mayor parte pasado envuelto en una fina capa de presente. El futuro 
no está en ella porque es lo que no existe, lo que ni siquiera se sabe si vendrá. 
Efectivamente, la vida es casi en su totalidad pasado y el pasado no es otra cosa 
que la acumulación de antiguos presentes. La vida es como los troncos de los 
árboles, anillos que se van superponiendo protegidos por la piel, corteza. 
Son, estas, reflexiones profundas y de mucho juego (especialmente para alguien 
que estudió la carrera del pasado) pero ahora me resulta imposible seguir 
desarrollándolas porque he vuelto a mandar que llenen. Y hemos vuelto a la luz 
lánguida de un invierno triste en el que el mundo se está hundiendo mientras 
nosotros charlamos, bebemos, reivindicamos, discutimos, reímos, amamos… He 
mandado que llenen mientras el sol crío sigue jugando a reflejarse en el plástico de 
la mesa y a molestarnos con sus reflejos. Un aire frío, duendecillo viejo de enero, 
escapa con pasos nerviosos resguardándose bajo los balcones, muy pegado a la 
pared. El cielo es blanco. Mediodía de un domingo de febrero. Estamos en la terraza 
de un bar de la calle Abul Hasan Ali Ben Saad, Muley Hasan o Muley Hacén, sultán 
de Granada y sultán de la red geodésica. El solecillo juega, nosotros bebemos, 
hablamos. Y mientras, el cielo se está cayendo sobre nuestras cervezas. 
Calle Mulhacén y el sol escondiéndose en las ramas del árbol 
Pinturas con cuento. Pág. 124
Marbella vista desde una barca, en la distancia. 
domingo, 26 de agosto de 2012 
Marbella desde una barca. Photoshop. 65x50. 2012 
Marbella vista desde una barca, en la distancia. Por la parte de poniente los reflejos 
agonizantes y saturados del sol que se va. Por la parte de levante las sombras que 
empujan a las luces del día. Esta pintura digital es un plano general con pocos 
detalles y que además de pocos han quedado algo movidos, seguramente por el 
vaivén de la barca entre las olas. Pocos y poco definidos pero los bastantes para 
que se pueda distinguir la Concha, el hueco de Istán y del pantano, el pico de 
Juanar y alguna cosa más del esqueleto de este paisaje. Es una selección personal 
de huesos sin más causa y justificación que el propio gusto y gana. 
Siempre he visto Marbella en la distancia. Llegué tarde a este mundo que tan a 
menudo no entiendo (y no sólo por cuestión de idioma que, a veces, también). 
Llegué tarde y poco relacionado. Mi natural huraño y a menudo retraído, en el 
sentido de persona que se refugia en lugar sagrado o de asilo, ha hecho poco o 
nada por aumentar la relación y por acercarme al entorno. Vivo en el extrarradio 
mental y social, aislado como un naufrago urbano. 
Pinturas con cuento. Pág. 125
Amanecer 
Atardecer 
Manejarse desde una barca mar adentro supone, como cualquier otra manera de 
estar, abrazar unos pros y contras perdiendo los pros y contras de los "estares " 
desechados. Todos ellos tienen sus partes malas y sus partes buenas. En mi caso, 
entre las cosas que gano creo que no es la menor la libertad y licencia para 
recoger, sin más criterio que el propio gusto, las partes, los trozos, los momentos y las 
luces del entorno que me gustan hasta obtener una combinación propia, individual 
y caprichosa. Una mezcla de la que se derivan costumbres y hábitos específicos y 
que es bastante ajena y lejana a la que parece que se ha establecido como 
consenso (sospecho cada vez con más fundamento que ese consenso es menos 
común y generalizado de lo que imaginaba). 
Desde cualquier mirador que esté a una cierta altura es corriente avistar grandes 
petroleros y grandes cargueros retacados de contenedores que van y que vienen 
del Estrecho, medio escondidos en la humedad del aire mar adentro (¿se le podría 
llamar a esta humedad calima marina? ¿cómo se llama la neblina de vapor y sal 
que borra el horizonte los días de calor, los días en los que el viento lleva cierta 
dirección, en los que tiene determinada procedencia?) Uno tras otro se cruzan 
enormes y lejanos, silenciosos, siguiendo en el mar de Alborán una senda de agua 
por la que como hormigas de acero gigantes portean la carga a la espalda, en la 
panza su tesoro. Desde los más altos miradores de las sierras y montes se les ve 
aparecer de improviso, por detrás de las crestas y las peñas, saliendo de entre las 
agujas de los pinos más veteranos, avanzando, sudando cada paso, arrastrando los 
pies y la espalda doblada… 
Barcos desde Juanar 
Pinturas con cuento. Pág. 126
Ya comprendo que existe un guión muy famoso, muy vendido, del que se han 
hecho incontables ediciones y miles de reimpresiones, que explica como son las 
cosas existentes aquí. Que guía a las gentes ciegas por el laberinto confuso de las 
cosas apenas imaginadas. También comprendo que con los anteriores 
conviven otros guiones más minoritarios que se componen de vida y recuerdos, de 
olores de antes, de miedos y temores del pasado. Que son relatos individuales y 
distintos pero de tronco común y de párrafos compartidos. Los comprendo a todos 
pero a todos ellos soy ajeno. Al convencional porque no, a los otros porque en este 
punto no tengo yo pasado. Por mucho que busque y coleccione fotos antiguas o 
procure estudiar pasados arqueológicos, mosaicos desaparecidos, restos perdidos 
de un antes entre los muros y los jardines, yo aquí (por una vez puedo decirlo) no 
tengo pasado. 
He ilustrado con algunas fotos los muchos momentos y tiempos que me gustan. Pero 
hoy me he acordado de la lluvia. Me gusta Marbella cuando llueve. Cuando llueve 
las nubes vienen del mar, intentan avanzar tierra adentro pero se quedan 
bloqueadas en las peñas de la Concha. Cuando llueve lo hace hasta que las nubes 
se deshacen, hasta que se licuan por las torrenteras y los barrancos de vuelta al mar, 
arrastrando tierra, piedras, ramas y algo de suciedad. En cada temporal que viene 
del Estrecho llueve durante varios días seguidos y lo hace con una regularidad y 
persistencia impropias de esta orilla del continente. Llueve y truena y la mañana 
tiene el mismo color que la tarde. Sólo hay día, no hay horas. Grises húmedos en las 
paredes blancas, no es un paisaje mojado es el mundo empapado. Los faros de los 
coches hacen en los suelos encharcados mosaicos con fugaces teselas de luz que 
se mueven, oscilan y desaparecen. Llueve y no se escucha más que el torrente de 
gotas cayendo del tejado: Niebla gris, suelo gris, las plantas son grises, rayas de plata 
en los fondos oscuros de la imagen. 
Pertinaz lluvia 
Cuando llueve llueve tanto que los regatos medio secos de los veranos bajan 
baladrones, arrastrando cañas y rugiendo como si fueran grandes ríos desbordados, 
espanto de orillas y riberas. 
Una gota se junta con otras gotas en el cristal de la ventana y cae zigzagueando 
Pinturas con cuento. Pág. 127
como rayo transparente sin trueno. Se enciende un relámpago en la lámpara del 
techo y huye la penumbra mojada y gris. No hay mañana ni tarde ni luz de una o de 
otra, no hay horas , sólo día igual cuando empieza que cuando acaba. 
Llueve. Llueve y el agua lo aplasta todo. Una hoja muerta del árbol de los olores 
mojados baila en el hueco de la escalera, aroma triste que recuerda vagamente a 
otros de inviernos ya olvidados. 
Cuando llega la noche, aunque artificial, se hace la luz y desaparece el color 
sombrío, ceniza mojada, de la tarde y de la mañana. 
Llueve y la lluvia dibuja círculos nerviosos en las baldosas de la terraza. Apenas por 
un momento se abren las nubes y dejan ver como chorrea el agua por las paredes 
de la Concha. De las piedras y los ladrillos rezuman gotas. El cielo se cierra con 
candados de agua y niebla. 
Llueve. No para de llover. Llueve con una canción monótona de una sola nota. 
Llueve. Escalofrío. Huele. Atardecer y amanecer mojado. El Mundo siempre se 
mueve, excepto cuando estos temporales llegan por el Estrecho. 
Después del temporal 
Pescando frente a San Pedro 
Tormenta 
Pinturas con cuento. Pág. 128
Postal de Quesada. Vista parcial. lunes, diez de septiembre de 2012 
Postal de Quesada con luna llena. Photoshop. 65x50. 2012 
En las tarjetas postales era frecuente que en la descripción, junto al nombre del 
pueblo o ciudad, se añadiera “vista parcial”. Pongo como ejemplo dos estampas 
viejas sobre las que se escribió a mano y con letra muy redonda “Quesada. Vista 
parcial” y “Quesada. Vista parcial del jardín”. 
Aclarar en el título que una postal es una vista parcial resulta de una inutilidad 
grande porque las postales siempre lo son. Hasta las que se llaman vista general son 
en realidad una vista parcial. Las fotografías sólo tienen dos dimensiones y reflejan el 
punto de vista desde donde se hacen. Son siempre la imagen de uno de los lados 
de la cosa, de una parte de ella, nunca son el todo. En las postales y en todas las 
demás cosas las vistas siempre son parciales. Sólo los fanáticos piensan otra cosa. 
Pinturas con cuento. Pág. 129
La primera postal de Quesada que yo recuerdo sería de finales de los años sesenta 
o de muy primeros de los setenta, por ahí. Era una vista primaveral del pueblo con la 
sierra al fondo, hecha más o menos desde el puente segundo. El verde propio de la 
estación, la impresión poco definida y de color sobresaturado, le daban un 
aspecto de paisaje atlántico absolutamente impropio e irreal. Un paisaje casi 
protestante. 
Hoy en día, en plena orgía digital, cuando hay tantas imágenes como palabras hay 
y cuando casi valen lo mismo de poco las unas y las otras, algo tan simple como la 
foto de un pueblo puede no parecernos gran cosa, incluso puede parecernos 
nada. Entonces, cuando sólo abundaban las palabras pero no las imágenes, sí lo 
parecía. Y mucho. Chocaba y sorprendía que una tarjeta postal en color, algo 
entonces casi exclusivo de las capitales de provincia, pueblos grandes y rincones de 
especial relevancia turística, se hubiese dedicado a cosa tan perdida y poco 
relevante como el pueblo de uno: tan propio y doméstico, tan fuera del mundo 
exterior que sólo a los directamente concernidos nos podía interesar. Que la 
placenta materna justificase una postal a todo color resultaba muy chocante. Y más 
chocante aún que se pusiera a la venta, a disposición del turismo, como si en 
Quesada por entonces hubiera turismo… 
Recuerdo percibir aquella postal como una señal débil pero cierta de que también 
mi pueblo se movía. Nada comparable a como se movía y progresaba a velocidad 
pasmosa el mundo de fuera, pero se movía. A paso de tortuga, claro, como se 
mueve el tiempo en la infancia, pero Quesada se movía. Y no era ese el único 
indicio. Empezó por entonces a circular un tríptico turístico editado en alemán por el 
Pinturas con cuento. Pág. 130
Ministerio de Información y Turismo del señor Fraga. Tenía su correspondiente Virgen 
de Tíscar en lugar preferente (se conoce que para sorprender a los luteranos…) y 
una foto del ayuntamiento viejo hoy reliquia arqueo-fotográfica porque tardaron 
nada en demolerlo. 
Pero no quedaba ahí el progreso. Si las postales y los trípticos asombraban, las 
contadísimas ocasiones en las que Quesada salía en el blanco y negro de la 
televisión provocaban el pasmo definitivo. Años y años quedaron tan grandes 
sucesos en la memoria y en las conversaciones. Recuerdo sobre todo aquella vez 
que salió Quesada en la serie “Los Ríos”. Al parecer motivó un famoso telegrama 
institucional a la institución de un pueblo cercano (me da igual que el telegrama 
existiera o que fuera sólo un buen chascarrillo del autor). Definitivamente algo se 
movía en Quesada. Porque además de las postales, de los trípticos y de los 
documentales con telegrama, el movimiento se tocaba y pisaba en algunas calles, 
de las más principales, en las que se estaba sustituyendo el empedrado basto de 
piedras gordas por un moderno piso de fino y suave cemento. Nuevo suelo que 
inmediatamente quedaba personalizado por gatos, perros y otros bichos. Antes de 
que fraguara, cuando todavía estaba blando, dejábamos concienzudamente 
nuestras huellas en el cemento. 
De aquella postal de la que hablo sólo tengo el recuerdo. La he buscado en 
páginas y colecciones web sin resultado. Sí he localizado la gemela que se hizo y 
que, no podía ser de otro modo, era una vista de Tíscar. Es de la misma factura que 
la otra, igual de verde y saturada de color. Sirva aquí la una para recordar a la otra. 
La postal gemela 
Pinturas con cuento. Pág. 131
Las postales, además de la vista parcial de un espacio son también la vista parcial 
de un momento. Pero lo son de momentos muy rebuscados y compuestos, de 
momentos públicos pensados desde la cuna para ser vistos por todos. No tienen 
mucha vida las postales, la verdad. Sirven apenas para conocer el escenario donde 
suceden o han sucedido las cosas. Sirven para comprobar si aquel edificio estaba 
todavía o ya lo habían demolido (lo frecuente en Quesada), si los pinos hoy crecidos 
ya estaban plantados o no. Para eso sí pero para recordar la vida, no. No era 
habitual fotografiar la vida. Tampoco había mucha de ella en las fotografías 
privadas pues, hasta la revolución digital con su abaratamiento de costes, lo normal 
era reservar el gasto para las fotografías familiares y los viajes (en los que se 
intentaba imitar, con menos medios y más gasto, el arte profesional de los fotógrafos 
de postal). No se hacían fotos en las que se viera la vida. Entre otras cosas porque si 
alguien lo intentaba, como era cosa tan rara la fotografía, la vida se paraba y 
quedaba quieta para salir bien con lo que dejaba de ser vida. 
Son escasas las imágenes en las que se ven gentes ajenas a la foto, dedicadas a sus 
propios asuntos. De Quesada y de cualquier otro pueblo más que escasas casi 
inexistentes. Aunque alguna hay que circula por páginas especializadas en las que 
la gente cuelga sus recuerdos. Algunas he visto en esas páginas, magníficas 
y totalmente casuales que casi huelen como olía el Jardín y la Explanada en 
verano, cuando regaban al caer la tarde y pasaban las bodas en comitiva de a dos 
camino de la iglesia. 
Yo también hice alguna de estas fotos digamos costumbristas. Traigo de muestra 
esta de la Explanada en una tarde lluviosa de diciembre del ochenta y siete. La hice 
desde el balcón de mi tío Carlos y mi tía Carola, tomando café junto a mi 
padre creo recordar que en visita de enfermos. 
Explanada 
Foto con vida. Vaho en los cristales de la puerta 
del Marisol 
En fin. Hace ya muchos años que paseo poco por el interior de Quesada, que me 
muevo más bien por su periferia. No hago estampas desde dentro pero sí las hago 
desde fuera, del pueblo visto desde la sierra, desde el campo, desde ángulos raros y 
desde todas las distancias. Busco perspectivas curiosas, sorprendentes, insólitas. O 
eso creía yo que eran las que conseguía, porque junto a la revolución digital, llegó 
el senderismo, el biciclismo y el montañismo. El trasiego y el bullicio son continuos 
hasta en las veredas más perdidas. Hay gente por todos sitios. Hay gente 
encaramándose a las más altas peñas, encontrando los más secretos rincones. 
Gente fotografiando desde lugares inverosímiles. En cualquiera de las aplicaciones 
que juntan cartografía y fotografía se pueden encontrar por cientos sus frutos. Las 
perspectivas que yo pensaba raras e incluso extravagantes han quedado en 
Pinturas con cuento. Pág. 132
corrientes y demasiado vistas. Hasta en las cosas más propias y reservadas como es 
el pueblo de uno, he quedado rebasado y al nivel de un vulgar aficionado. 
Para consolarme he puesto arriba una postal que de este verano y que aunque es 
digital no es fotografía sino pintura. Representa una noche de luna llena. No sería 
capaz de asegurar si representa el recuerdo de una noche concreta o por el 
contrario es el recuerdo de cualquier noche o incluso, el de todas las noches a la 
vez de luna llena sobre la Atalaya. Da igual. 
Pinturas con cuento. Pág. 133
Antes llovía más miércoles, 26 de septiembre de 2012 
Ginkgos y chopos en el parque FGL una tarde lluviosa de noviembre. 
Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 
Antes, hace apenas dos años, llovía más, hacía menos calor y cuando decía de 
nevar, nevaba. 
Antes era mejor la fruta, eran más sabrosos los tomates y los melocotones, hasta los 
pepinos lo eran. El otoño era otoño, había primavera, el verano era verano y no 
fuego, el invierno era invierno con escarcha y con hielo. 
Hace apenas dos años existían los convenios y el futuro estaba arriba y no abajo, 
apenas se hablaba de los alemanes, nadie hablaba de lo que iba a ser de nosotros. 
Antes había tormentas en septiembre, llovía en octubre y noviembre y con las 
primeras torrenteras de frío llegaba diciembre. Ahora parece que ya no. 
Estas son reflexiones de supermercado o barra de bar, tranquilamente 
contradecibles con la opinión contraria que tanto vale, esa que niega aquello de 
que en cualquier tiempo pasado lloviera más (idea despachada bajo la marca 
blanca de las viejas ideas de progreso ilimitado). 
Lo cierto es que se suele percibir el pasado como algo bueno que se ha perdido 
(ahí, por ejemplo, el milenarismo). Quizás porque con el tiempo se tiende a olvidar lo 
Pinturas con cuento. Pág. 134
malo y a magnificar lo bueno. Quizás también porque conforme pasan los años el 
tiempo corre más y va dejando cada vez más espacio detrás y menos delante: 
antes llovía más porque se añoran las cosas de cuando había poco vivido y mucho 
por vivir. 
Lluvia a izquierdas y lluvia a derechas 
Si lo miramos desde el punto de vista del progreso sin fin, nadie negaría que con 
respecto al pasado esta vida de ahora es mucho más confortable. Existe, por 
ejemplo, el paracetamol que no es chica cosa en muchas ocasiones. Y no solo eso, 
las nuestras eran, hasta ahora, de las escasas generaciones que no habían 
conocido una guerra y ahora cuando la están conociendo es guerra sin sangre ni 
vísceras, etérea, virtual, financiera, que se maneja a base de conceptos que 
compran y venden futuros. Algo que si no fuera tan atroz rozaría lo poético. Pero 
podríamos, alguien podría, replicar que la resistencia al dolor es mucho menor y 
que hoy te matan sin morir, te paralizan con un índice o una cotización y hasta que 
te mueres estás sufriendo que te han matado. En fin, no se... 
Antes nevaba más 
Tormenta 
Discutir si antes llovía más o menos es conversación de velatorio, propia de esos 
momentos en los que gente casi desconocida tiene que convivir un buen rato sin 
tener que compartir o que decirse. Es conversación pareja a esa otra de que no 
somos nada, de que cuando mejor estaba el pobre, cuando por fin hubiera 
podido disfrutar, llega una enfermedad o una guerra financiera y de un día para 
otro le cambia la vida, se la destroza, la altera radicalmente. Trata esta segunda 
conversación de los grandes cataclismos de la historia (con esos sucesos se ganan 
la vida la Historia y sus trabajadores). El común suele ignorar, u olvidar, que los 
grandes cataclismos son como los grandes temporales, que tardan más o menos 
pero que siempre vuelven, o llegan, llevándose el polvo de ese verano que nos 
Pinturas con cuento. Pág. 135
parecía ya eterno. Normalmente los que lo ignoran son los que al final se mojan. 
De hace dos años, de una tarde lluviosa de noviembre 2010 en los aledaños de la 
Huerta de San Vicente, poblado de ginkgos, wasingtonias y otras rarezas modernas, 
es la pintura de arriba. Aquella tarde sí que llovía. 
Aclaración final. Hoy ha empezado a llover. Pero eso no quita que antes, hace dos 
años, llovía más de lo que parece que va a llover este año (ojalá me equivoque). 
Tarde-noche de lluvia vista desde mi bar favorito (uno de ellos) 
Pinturas con cuento. Pág. 136
Parra, pino y peral lunes, 15 de octubre de 2012 
Parra, pino y peral. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2012 
Mañana de fuego, tarde de incendio. Neolítico y pintura fosforescente. 
La mañana había empezado suave y agradable pero el horizonte gaseoso y 
difuminado por la calima anunciaba un mediodía de fuego. 
Me había levantado al alba para marcar las lindes conflictivas y los árboles que 
viven salidos de de la formación. Con estas marcas se registran las irregularidades 
catastrales que en un lugar tan antiguo como el pago de Lacra son la norma 
ancestral. Y digo lo de un lugar tan antiguo, sin entrar en mayores alardes eruditos 
de historia local, porque cuando hicieron los hoyos para poner plantones, justo 
alrededor de la casa, encontré en los montones de tierra pequeños pero muchos 
fragmentos romanos de "terra sigillata" y de cerámica decorada a peine, estilo que 
se supone muy ibero. Las discusiones, los disgustos, las peleas por árboles, 
descolocados o no, por turnos de agua para el riego y por cosas así, se han 
sucedido desde entonces (desde antiguamente) con la misma regularidad con la 
que llegan las noches largas en junio y las noches cortas en diciembre. Ese 
“antiguamente” no se queda en época clásica pues desde que se inventó la 
agricultura y con ella las lindes y los riegos, ya se discutía de esos asuntos por aquí. 
Algo más recientemente, en el siglo XVI, las ordenanzas excluían este pago de la 
jurisdicción general del alcalde de las acequias, mandando que se siguiera en él el 
uso que desde antiguo se seguía. Mi madrugón estaba, pues, 
Pinturas con cuento. Pág. 137
sobradamente justificado. Las marcas de pintura fosforescente en los troncos de las 
olivas no eran otra cosa que una consecuencia pura y dura de la revolución 
neolítica, madre de linderos y parcelas, trimestre de primer curso intermedio entre el 
paleolítico y las distintas edades metálicas protohistóricas. Aquel neolítico que tan 
poco estudié en los primeros meses de 1978, lo revivía ahora con un bote de espray 
treinta y tantos años después (miles de años después). 
-no haré aquí erudición como arriba he prometido y no hablaré de la calzada que 
proveniente de Basti y Acci, pasando por Céal y camino de Túgia y Cástulo cruzaba 
estos términos. No hablaré de la alberca de Aguas Calientes similar a la de Fuente 
Grande en Alfacar, ni de la necrópolis de muertos enterrados cara a levante que 
encontraron en el último arreglo de la carretera, ni siquiera del fuste semienterrado 
que en el cortijo viejo servía de "majaero" de esparto. No hablaré de tantas otras 
cosas interesantes y curiosas que aquí estarían de más pero que no lo estarían en 
una tarde oscura de invierno, con vino, frente a la lumbre. 
"Sigillata" y cerámica decorada a peine encontrada en los plantones de Lacra 
Sigo con el marcaje y la delimitación territorial. Antes de llegar al olivar viejo se había 
acabado el bote de pintura. Como eso fue justo cuando empezaba a pegar el sol, 
aproveché y di por acabada la "peoná". Sin pintura y con calor lo único razonable 
era sentarse a la sombra, tomar un café, pensar en nada, sufrir moscas y tábanos y 
mirar sin ver los brillos y destellos que saltaban empujados por el viento entre las 
hojas del techo vegetal. Eso hice. 
En el rincón de la mesa y las tumbonas y las sillas que sirvió de refugio contra el calor 
y la falta de pintura, hay un peral que trasplantó mi padre hace ya mucho 
rescatándolo de un bancal de secano donde malvivía. Aunque hubo quien dijo que 
no saldría adelante y que no valía un duro, el "peralillo" se aferró con rabia y coraje 
a su nueva vida y tierra y hoy florece cada año. Cada año da peras repartidas en 
armoniosa aparcería natural entre bichos y humanos. Este peral es un ejemplo de 
superación personal muy valioso en tiempos de turbación. 
Pinturas con cuento. Pág. 138
Reflejos y destellos Más reflejos y destellos 
Peralillo 
Hojas del peralillo 
Allí, en el dicho rincón, viven también tres generaciones de parra (en la pintura sólo 
vemos a la abuela de ellas porque es la más fotogénica, pero hay además hijas y 
nietas). La sombra que dan las parras es, digamos, medianeja, regular por irregular. 
Y es que ningún año están al cien por cien de su rendimiento potencial. Unas veces 
porque el granizo temprano agujerea las hojas, otras por un ataque de hongos mal 
defendido y en algún caso, sospecho, que por error o experimento fitosanitario 
fallido e inconfesado. Es su sombra irregular y "arroalada", es un damero de piezas 
claras y oscuras que se desplazan con el sol, de manera que te duermes con la cara 
a resguardo y al despertarte la recuperas abrasada. Tampoco las uvas que dan 
estas parras son buenas. No le gustan más que a las avispas. Y sin embargo, aún 
con todos estos defectos, las parras no dejan de ser otro ejemplo edificante pues 
son una familia unida que salta por encima de las diferencias generacionales y que 
unida trabaja en producir uvas y sombras, aunque sean regulares y malas. 
Tres generaciones de parra 
Las parras 
Pinturas con cuento. Pág. 139
De todos los árboles y plantas de porte que hay en el rincón son los más altos dos 
pinos nuevos. Paradójico que los más jóvenes sean los más crecidos. Es algo así 
como esas generaciones jóvenes de ahora que ahítas de leche y pasteles son 
mayores que sus padres y mucho más que sus abuelos. Con estos pinos no hace 
falta buscar más para encontrar moraleja o ejemplo a imitar. Acreditan, por si 
hiciera falta prueba, que quien come mejor crece más, que quien puede levanta 
peso y que la igualdad de oportunidades es algo muy relativo. Sigo. A estos 
pinos precozmente altos y para que no siguieran creciendo, mi padre les cortó las 
guías. Decía que de esta manera crecerían a lo ancho y darían más sombra. Decía 
también o principalmente, que no llegarían a sobresalir lo bastante para ser 
detectados por los satélites en las ortofotos. De esta manera siempre se los podría 
cortar sin trámite o permiso de ente alguno, a voluntad y sin engorros administrativos 
(otra cosa es para qué querría cortar unos pinos ya criados y que a nadie ni a nada 
estorban. Imagino que se trata de una suerte de individualismo anarcoide y rural 
que seguro que viene también del neolítico). 
Pino 
Pino visto desde la tumbona 
Juntos, todos los árboles de este rincón sí que consiguen formar un hueco de sombra 
agradable, un refugio que protege del fuego que en forma de viento solano se 
adueña de cada mañana de verano. Un hueco y un rincón refrescado por el azul 
de la piscina-alberca y por las gotas de rocío artificial en la lata de cerveza (una 
libélula disfrazada de azul patrulla siempre arriba y abajo las hondas azules del 
agua. A tanta velocidad corre que sólo el azar puede retratarla). 
Conforme andaba la mañana se amontonaba más y más calor, arrastrado desde el 
cielo desbordado de sol. Aquella primera hora casi al alba, cuando con la fresca 
marcaba las olivas con pintura fosforescente, no parecía ya cosa del hoy sino del 
ayer. Y entre el calor, los brillos, los reflejos y las aguas de baño y de boca, por 
encima de las plantas bajas y por debajo de las altas (entre medias) a la altura de 
las latas de cerveza, se veía entre los olivares borrosos y entre la luz blanca del 
mediodía, una plantación moderna de placas fotovoltaicas. Habiendo empezado 
como he empezado con la cosa de la antigüedad, con la cerámica ibera y romana 
y con la revolución neolítica, estas hileras de árboles metálicos podrían haber dado 
pié a muchas y muy acertadas reflexiones sobre el tiempo y la historia, sobre la 
evolución del mundo. Podían haber dado pié al ejemplo de que hace no tantos 
años aquí no había ni luz eléctrica. Pero hoy ya no va a ser. Porque hace 
demasiado calor y es hora de comer y luego de siesta. 
Pinturas con cuento. Pág. 140
Libélula azul 
Plantación de placas fotovoltaicas 
(posterior) 
A la tarde, con la modorra del sueño recién dejado, volví al rincón de las parras, a 
los pinos y al peral. Aflojaba ya el sol camino del horizonte pero el fuego del 
mediodía parecía haberse vuelto incendio: cielos rojos, humos grises, olor a 
quemado… Sin duda otro incendio acababa con árboles que yo ya no podría ver 
de nuevo crecidos. Mi padre regaba los arriates entre "terra sigillata", vasos 
decorados a peine y olivares viejos. Le comenté la desgracia y sin volverse a mirar 
me sacó del error: “Estarán quemando rastrojos, aunque esté prohibido. Si fuera un 
incendio ya estarían revoloteando los helicópteros”. 
El supuesto incendio de aquella tarde 
Y así acabó el día, con sencillez, con poco dramatismo y ninguna grandiosidad, sin 
posibilidad de oda al incendio de nuestro mundo ni a la pérdida irreparable de 
paisajes centenarios: no era más que la normalidad de algún otro individualista 
anarcoide rural venido directamente del neolítico (¿o esta rebeldía será más bien 
paleolítica y nómada?) 
Pinturas con cuento. Pág. 141
La mesa debajo de la parra cuando sale el sol. 
50x65. Photoshop. 2012. 
Pinturas con cuento. Pág. 142
Llueven billetes. jueves, 15 de noviembre de 2012 
Llueven billetes. 
Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2012 
Están lloviendo billetes. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Billetes verdes, 
morados, amarillos. Llueve (sea por cuando no lo hace). 
Los recuerdos viejos se van seleccionando y escogiendo con los años. Algunos 
pocos de ellos quedan para el resto de la vida como paradigma de momentos 
similares, ilustración de sucesos parecidos, chascarrillo de situaciones recurrentes. Por 
ejemplo, siempre que llueve y lo hace sin destrozo recuerdo a tita Trini cuando, en 
casa de mi abuela una tarde de final de verano, veía llover y hacerlo bien. La luz del 
día se había vuelto gris y azul, mi abuela cosía ajena y distraída pensando en sus 
propias cosas mientras tita Trini miraba como caía la lluvia y al verla caer daba saltos 
y levantaba los brazos como si bailara: “Están lloviendo billetes” repetía eufórica. 
Porque, efectivamente, el agua buena de septiembre y octubre es remedio de 
pronóstico para que engorde la aceituna (quizás sea por estas cosas y por 
recuerdos como este por lo que mi programa favorito es El Tiempo). 
Viene esta historia a cuento por la estampa de hoy. Un acrílico-óleo que representa 
la próxima cosecha doblando las ramas de la oliva, en la tarde empapada de un 
día de octubre en el que caían billetes de punta. Una tarde en que la luz sin brillo 
Pinturas con cuento. Pág. 143
(lámpara de bajo consumo) chorreaba por las hojas, por los troncos y por los frutos y 
los saturaba de lluvia y color. 
Caen 
Lloviendo billetes, 
gotean las hojas, rezuman las aceitunas. 
El agua es cuerno (o vaso o caña) de la abundancia. 
Aceitunas verdes como billetes de mil. 
Billetes colgados de las olivas. 
Tiempo y campo de otoño encogido por la humedad y el frío, 
palpitando con la esperanza de nuevas y mayores abundancias. 
Una baba verde y brillante abriga los cuerpos de las plantas. 
Llueven billetes, se despeña la lluvia por los aleros. 
La niebla sube y baja cortando el paisaje a distintas alturas y en dos dimensiones. 
Perfiles y relieves escondidos, por un momento sorprendidos, 
fantasmas de las curvas de nivel que viven en el subsuelo abstracto de los planos. 
Un golpe de aire y una muchedumbre de gotas cae desde las ramas salpicándonos 
la cara. 
Pinturas con cuento. Pág. 144
Llueve Ahora parece que aprieta 
En el otoño, cuando todo parece que se está acabando y muriendo, crece y 
engorda la nueva cosecha. Si llueve. Si llueve, bajo la luz triste que alumbra con 
suavidad, nace el anuncio de un buen año que traerá, Dios y el precio del aceite 
mediante, nuevas y ansiadas prosperidades. 
No se lo que llueve en otros sitios cuando llueve (en las capitales creo que sólo cae 
agua. La que luego se utiliza en las cisternas) pero en Quesada (y en casi todos los 
pueblos), cuando llueve a tiempo y bien, llueven billetes. 
Fajo de billetes 
Billetes de mil 
Pinturas con cuento. Pág. 145
Antenas y repetidores martes, 5 de febrero de 2013 
Antenas y repetidores. Photoshop. 65x50 cm. 2013. 
Repetidores y antenas en la siesta de una tarde de diciembre en el Jardín de 
Quesada. El cerro de la Magdalena está tan encima del pueblo y el sol del invierno 
es tan raso que, un par de horas antes de lo que es norma, desaparece 
prematuramente, detrás del perfil casi vertical del horizonte. Antes de tiempo, 
cuando todavía en algún bar se escuchan gritos destemplados y se ven gestos 
exagerados, teatralizados por los vapores del alcohol. Este ocaso a destiempo deja, 
abajo, penumbras frías y húmedas con olor a lumbre y arriba, cielos 
blancos, planos y pálidos. 
Empiezan pronto y son largas las noches de diciembre. Se rinde pronto el sol y los 
rincones escondidos crían barrillo de escarcha, una marea de hielo que cada tarde-noche 
las ruedas de los coches reparten por las calles. Tiene prisa el sol por 
largarse pero como vuela tan bajo, antes de escapar dispara algunos rayos que 
bajan las cuestas arrastrándose las cuestas abajo. Paralelos a las pendientes 
consiguen entrar por las ventanas, deslumbrar a los que duermen la siesta en la 
mesa camilla. Rayos que encienden algunas hojas de los olmos. Algunas de las 
pocas y mortecinas que aguantan. Los restos del otoño que hace poco fue. 
Es la dialéctica de las luces y las sombras en las tardes de diciembre. Un eclipse solar 
sin luna. Volutas, a veces luminosas y a veces escondidas en el gris y el azul, salen 
de las chimeneas y de los cigarros de los que fuman en la puerta del bar. Refulgen 
Pinturas con cuento. Pág. 146
las antenas y los perfiles de metal. El sol que se va hiere con bajonazos de luz la 
barriga umbría del Jardín. 
Repetidores 
Es tan alto el perfil de nuestro horizonte, tan encima se asoma, que cuando 
buscaron lugar para el repetidor de televisión lo colgaron allí. Durante un larguísimo 
principio sólo estaba el repetidor de la televisión que había: un poste débil y 
desvalido, el más débil relámpago de la menor tormenta era bastante para 
asustarlo y dejarlo sin habla. Hoy no hay uno, hay un bosque de palos de hierro que 
gobiernan toda clase de aparatos de distintos materiales y funciones. Nunca se 
apagan, bien porque son más fuertes o bien porque los relámpagos, ahora, son más 
débiles. Y como el macho y la hembra de un enchufe, los tejados y los aleros están 
salpicados de antenas y receptores, bosques electrónicos que jamás salen en las 
fotos, ni en los videos, ni en las pinturas ni en las demás representaciones ideales de 
realidades imaginadas, realidades maquilladas. Entonces, en aquel larguísimo 
principio antiguo, eran formas cuadradas y pinchosas de alambre, abiertas de 
brazos para alcanzar las palabras y los grises que lanzaba el repetidor único. Hoy son 
de formas compactas, más pequeñas, sin pinchos ni puntas, de puntas y bordes 
plastificados. Tampoco salen en postales ni estampas y viven desterradas de los 
recuerdos, más o menos sinceros, de acariciados pasados… 
Antenas 
Pinturas con cuento. Pág. 147
Como de sobra es sabido, el cementerio está en el centro del semicírculo 
que, desde todo lo alto del horizonte rocoso, se despeña cerro abajo. Tiene mucho 
de solemne y de dramático este rincón. Es de imaginar que hay un fuerte eco pero 
sólo e imaginar porque nadie grita allí y es difícil comprobarlo. Es un espacio donde 
ni los grajos alborotan, donde no alcanzan las voces que aquí, en este mundo, salen 
del bar. 
(Silencio frío y azul bajo el cielo blanco de diciembre. Brillos amarillos eléctricos en las 
ramas y en las hojas de los árboles, neones naturales sobre el fondo verde y negro 
de las sombras.) 
Estando los repetidores emitiendo desde el cementerio y estando las antenas y 
receptores recibiendo aquí abajo, encima de nuestros tejados, podría ser apropiado 
y venir a pelo imaginar mensajes del más allá, conversaciones sobrenaturales, 
presencias, cosas de esas… Pero parece quizás demasiado obvio. Quizás 
demasiado fácil incluso para la escorrentía de palabras tormentosas en la larga 
tarde del bar. 
(En verano el perfil del Cerro poca o ninguna sombra aporta aunque de nada 
valdrían pues el fuego vertical rebota en el suelo salpicando hasta los rincones más 
abrigados. Caen llamas perfectamente perpendiculares al suelo ajenas a las brisas 
inexistentes. No se mueve una hoja. En verano el sol se va cuando quiere, sin humos 
ni verdines, jaleado por los chillidos de vencejos, golondrinas y aviones.) 
Es verdad, es demasiado obvio, resobado lugar común, eso de las conversaciones 
exotéricas de antenas y repetidores. Entiendo que merezca chanzas y chirigotas. 
Comprendo que, al oírlas, las gotas de risa salpiquen de reflejos chillones vasos y 
platos en las largas tardes del bar. Me hago cargo. Pero lo cierto es que cada día 
más gente sube y cada día menos nos queda. 
(En verano el sol se va cuando quiere pero hoy es diciembre y los gorriones se 
agarran con fuerza a las ramas ateridas. Vuela un vaho helado que riza los charcos. 
En el bar han encendido las luces. Gritos y voces destempladas. El vapor de los 
últimos alcoholes se junta con el vientecillo helado que rebosa por las esquinas y 
que cuaja en un barrillo oscuro con olor a jamila. No hay sol y el cielo es de nieve) 
Tardes blancas 
Pinturas con cuento. Pág. 148
Siestas de mesa camilla 
Pinturas con cuento. Pág. 149
Luci camino del cerro del Sol domingo, 15 de junio de 2014 
Amanece en la Dehesa del Generalife. Photoshop. 65 x 50 cm. 2014 
Casi no es aun de día (desde luego no ha salido todavía el sol aunque sí que está, 
porque se le ve reflejado en el filo del cielo de levante, encima de la Sierra) y con 
esta luz azul y fresca del amanecer ya estamos de caminata por la Dehesa del 
Generalife Lobo, Luci y yo. 
Pinturas con cuento. Pág. 150
Es demasiado temprano y sólo los viejos y los suicidas andamos por aquí a estas 
horas. Los suicidas porque si en su desgracia triunfan, allí están inmoviles al alba y los 
viejos porque cada vez mas nos gusta aprovechar estas horas primeras en las que el 
mundo sale de la oscuridad con un nuevo día por delante, entero. 
Cuando amanece parece que existe el futuro y una nueva vida. Por eso me gusta 
madrugar. 
En estas excursiones siempre nos gana Luci. Tan tímida, tan miedosa, revive cuando 
dejamos la calle y pisamos la tierra y el campo. Salta y corre, va y viene, ríe, chilla y 
ladra: es una perrilla que no parece ella, que la han cambiado. 
El brillo del horizonte se ilumina reventón, ya se oye como el sol se acerca (en nada 
saltará por encima del Veleta), ya estamos dando al barranco por donde va el 
Darro. Es heroico y famoso el paisaje: con el fondo difuso de la Vega y los montes 
que la cercan, las casas y cosas de Granada: el Palace, el alminar almohade de 
San Juan de los Reyes y el zirí de San José, la casa del Almirante de Aragón, los 
balcones y los altos miradores, el vía crucis y las cruces devocionales camino del 
Sacromonte, la ermita del Santo Sepulcro, las antenas militares, la cerca de Don 
Gonzalo y las cuevas, San Miguel en el Aceituno y un tren en la estación (desde aquí 
no distingo si llega o si sale). En el poniente del amanecer el cielo se estratifica en 
bandas azules, grises, rosas y de luz clara. 
Es, como digo, un paisaje muy nombrado y comercialmente potente este del 
amanecer en la Dehesa del Generalife. Pero en realidad no son estas vistas las que 
pinto, que no hace falta porque estarán siempre ahí. Los que no estaremos somos 
nosotros y por eso aquí a quien retrato es a Luci y a nuestro nuevo día por delante. 
Pinturas con cuento. Pág. 151
(Tan retraída y triste con la gente cuando salimos al campo es otra y salta y corre, se 
revuelca en los olores del suelo y en el barro de los charcos, va y viene, ríe, chilla y 
ladra: es una perrilla feliz y por eso sale aquí, en el borde del barranco, junto a la 
Alberca Rota, desde donde se escucha el Darro y martillos de fraguas imaginarias 
en las discotecas del camino del Monte. 
N.B. Lobo no sale aquí porque ya salió en un autorretrato de atardecer en la playa 
junto al río Guadaiza (donde a falta de día por delante soñamos con estrellas de 
colores). 
Pinturas con cuento. Pág. 152
Paseos de atardecer por la playa. Autorretrato con Lobo. 
domingo, 3 de agosto de 2014 
Autorretrato en la playa con Lobo. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm 2014 
No me gusta la playa en temporada. No me gusta el calor ni el gentío ni la luz 
incolora de las tardes de verano. Por eso mis paseos de playa son de invierno o de 
otoño o de primavera temprana. Tengo dos perros. A Luci le disgusta enormemente 
el tráfico de vehículos y el tránsito de humanos, especialmente de humanos niños. 
Sólo le gusta correr por el campo, por la sierra, por los olivares y los pinares. En 
ámbitos urbanos pone el freno y se niega a salir. Para llegar a la orilla del mar hay 
que cruzar calles, carreteras, la A-7. Por eso no me acompaña. Los paseos de playa 
al atardecer, a veces al amanecer (tiene la misma luz pero volteada 
horizontalmente, el sol en levante) los hacemos Lobo y yo, solos. Lobo es un 
todoterreno al que le dan igual los ruidos, los coches y los críos, sólo le interesan los 
olores y las discusiones con los otros perros. Yo creo que es feliz paseando conmigo. 
Al menos me lo parece así. 
En algún sitio he leído –alguna lectura barata de Internet seguramente- que el 
objetivo del Expresionismo alemán fue potenciar el impacto emocional 
distorsionando y exagerando los temas. Representar las emociones sin preocuparse 
de la realidad externa, sino de la naturaleza interna y de las impresiones. La fuerza 
psicológica y expresiva se plasma a través de los colores fuertes y puros, las formas 
retorcidas y la composición agresiva. No importa ni la luz ni la perspectiva, que se 
altera intencionadamente. No lo he entrecomillado porque he adaptado alguna 
Pinturas con cuento. Pág. 153
cosa y porque no tomé referencia de la cita. Esto es la misma cosa que ya me 
había encontrado antes en la conocida historia que García Lorca cuenta de 
Pastora Pavón, Niña de los Peines. Cuenta que un "hombre pequeñito, de esos 
hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con 
voz muy baja: "¡Viva París! como diciendo: <<Aquí no nos importan las facultades, ni 
la técnica, ni la maestría. NOS IMPORTA OTRA COSA>>". Dicho de mejor y mas 
hermosa forma que lo dicen las frases de arriba, es la pura idea de expresionismo (el 
flamenco tiene una mitad cubista y otra expresionista). Lo traigo a cuento para 
quitarle a Expresionismo el apellido alemán que es algo que hace muy poco 
romano en estos tiempos. 
Lobo mirando sus propias estrellas en su cielo 
Mis paseos de atardecer -a veces de amanecer- por la playa, cuando no es 
temporada alta, son paseos expresionistas. Lo son porque están armados con luz a 
veces contrastada a veces difuminada, acompañados por el sonido mecánico de 
las olas y sazonados con el movimiento rítmico de las teselas que forman el 
horizonte de alta mar (las nubes corren perseguidas a duras penas por el sol viejo 
que se va, a veces por el sol niño del amanecer). Estas entradas sensoriales sólo son 
la cápsula que protege sin provocar alteración lo que realmente importa: las 
ensoñaciones, reflexiones, fabulaciones, planes de deseo, disección de 
oportunidades perdidas, errores auto-explicados, sueños eternos nunca cumplidos... 
Lo que voy pensando mientras camino o de otra manera dicho, los trabajos de la 
cabeza autónoma del cuerpo que anda defendida por las cosas del atardecer, a 
veces por el amanecer. Le he preguntado a Lobo si a él también le ocurre lo mismo 
pero no me ha contestado, me ha mirado con melancolía y ternura, con un punto 
de preocupación. 
Pinturas con cuento. Pág. 154
El sol despidiéndose en las ventanas 
Camino de la playa sobre la A-7 
Este de hoy es un autorretrato paseando por la playa al atardecer, con Lobo a mi 
lado. El sol se arrastra por los suelos exagerando y alargando las sombras. Las luces 
son rojas y calientes, aunque sea invierno. Las olas golpean sin parar la fragua de 
arena y detrás del mar las primeras luces se encienden en las ventanas y en las 
calles, oscurecen las primeras sombras en las sierras. Es un autorretrato en la playa 
de piedras donde desemboca el río Guadaiza, en San Pedro Alcántara, debajo de 
La Concha y de Sierra Blanca. Las estrellas del cielo a estas horas no se ven pero 
aquí las pinto porque representan los trabajos de mi cabeza, mis sensaciones, 
ilusiones y preocupaciones. Algunas no son mías son de Lobo. 
Resumo y acabo. Ahora resulta que como me ha pasado en tantas ocasiones soy 
un vanguardista de hace CIEN AÑOS. Cien años después he descubierto aquellos 
descubrimientos de entonces. Paseando con Lobo por la playa, casi cien años 
después he comprendido aquello del ¡Viva París! Soy un auténtico vanguardista del 
pasado. 
Cuando he intentado explicarle todo esto a Lobo, me ha mirado con ojillos de pena 
pero enseguida ha vuelto a sus propias estrellas, a los excesos de comida, los 
ladridos a los mirlos negros, a oler las esquinas, a intercambiar gruñidos con los perros 
Pinturas con cuento. Pág. 155
de marca con los que se cruza… 
La tarde va pasando y cuando se encienden las farolas y ya sólo queda oscuridad 
paradójicamente desaparecen las estrellas. Volvemos a casa y a la nada poética 
realidad. 
Por cierto que aquella otra cosa a la que se refería el hombrecillo del aguardiente 
es la misma de la que hablaba Juan de la Cruz: "Por toda la hermosura nunca yo me 
perderé sino por UN NO SE QUÉ que se alcanza por ventura". Lo digo por lo de 
quitarle fuerza al apellido alemán. 
Se va apagando el día 
Pinturas con cuento. Pág. 156
Adiós 
Esta es una selección de entradas que resume los años 2011 a 2014 del blog Pinturas 
con cuento. Cuando lo inicié buscaba mezclar pintura, texto y fotografía. 
Relacionar sus contenidos intentando que el resultado fuera algo distinto e 
independiente a la suma de las partes. Creo que ya no lo voy a continuar. Voy a 
empezar otro que llamaré Mulhacén, donde haré cosas parecidas, o no. Ya no me 
atará el título obligándome a incluir siempre los tres elementos. En cada caso iré 
haciendo lo que me de la gana. 
Lo que aquí acaba ha crecido en unos años complicados y duros. En lo exterior, lo 
que llamamos la Crisis ha cambiado radicalmente y en pocos años el mundo en el 
que vivíamos, derribado cosas que parecían eternas. Creo, no obstante, que las 
grandes mudanzas están aún por llegar. Lo creo no por quedar como tremendo 
vaticinador de desgracias, sino porque sería la primera vez que un cataclismo de 
esta magnitud no se transforma en crisis social y política más o menos traumática. 
Hay demasiada gente desesperada. No soy optimista. Estamos en el otoño de 1935, 
ilusionados y eufóricos tras asistir al mitin de D. Manuel Azaña en el campo de 
Comillas, pero sin sospechar lo que nos va a traer el nuevo año. 
Los cambios del exterior han tenido, como no puede ser de otra manera, reflejo 
interior, en lo personal. Por ahora parece que no demasiado para mal. Ya veremos. 
Lo que sí tengo claro es que el tópico de que hay que cambiar de valores y disfrutar 
con lo pequeño de cada momento y ser más bueno y querer más y mejor, es cierto 
o conveniente que lo sea. Porque no sabemos lo que viene (nunca se ha sabido). 
Y ya está. En la selección faltan algunas entradas, faltan algunas fotos, pero creo 
que está lo principal y más significativo. A quien le guste, me alegro de que lo 
disfrute y a quien no, que no se queje porque poco le ha costado. 
Este blog no hubiera sido posible sin Ramón, que tanto me ha regañado y sin Lobo y 
Luci con quien he compartido cientos de kilómetros de excursiones y reflexiones. 
Mientras escribía y pintaba ellos siempre estaban detrás. En lo bueno y en lo malo. 
vortizg.com 
Granada,Quesada, Marbella 
septiembre de 2014 
Pinturas con cuento. Pág. 157

Pinturas con cuento 2011-14

  • 1.
    Pinturas con cuento Cuentos con pinturas, pinturas y cuentos que acompañan a las fotografías. Pinturas (y dibujos digitales) con su cuento y su historia, significados y motivaciones. Se incluyen fotografías que a veces explican y otras sólo acompañan al dibujo, al cuento o a los dos. VOG vortizg.com
  • 2.
    indice ¡Viva París!Introducción primera 1 Introducción segunda 3 El Talgo de Granada en Chamartín 4 Tejas 6 Sierra de Quesada en invierno 8 Tetuán 10 Montes con almendros 12 La Telefónica desde Vázquez de Mella 14 El Estrecho 16 La Concha 19 Las garzas de Medusa 21 La cafetería del Talgo 24 Grillo cojo 26 Ribera del Benabola 28 Iconografía de la Virgen de Tíscar 30 El sol desaparece sobre Baeza 34 Montes de Muza y Tarik 36 El otoño en el chopo de la alberca 39 El sol de la mañana en el pinar de Juanar 42 Puerto Banús sin barcos 44 El pasado no es Historia, es Geografía 47 Los últimos rayos del sol de febrero 50 Las tardes del verano 52 El Cambio en Ancha de la Virgen 56 Los dedos del amanecer en Puerto Ausín 61
  • 3.
    La Frontera enlos Picones del Puerto de Tíscar 64 Paseo de invierno con perros por la playa 68 Olivas 71 NATO OGI 74 Adios a la luna en la Vega 78 Cosas de cuando Madrid 84 Nuevo otoño con Mulhacén en el horizonte 89 Buscando galaxias lejanas 92 Perfil de la Sierra de Quesada 96 Cara norte de la Sierra de las Nieves 98 Batalla naval a escala 1:1 102 Nuevas tardes de verano y reivindicación de sus frutos 106 Las mañanas, las noches y el paso de los años 110 Extranjero en su propia tierra:olivo y mimosa 113 Lluvia de lunas (Perseidas lunares) 118 El cielo se cae sobre nuestras cervezas 122 Marbella desde una barca, en la distancia 125 Postal de Quesada. Vista parcial 129 Antes llovía más 134 Parra, pino y peral 137 Llueven billetes. 143 Antenas y repetidores 146 Luci camino del Cerro del Sol 150 Paseos de atardecer por la playa. Autorretratro con Lobo 153 Adiós 157
  • 4.
    ¡Viva París! Introducciónprimera Fragmentos de la conferencia de Federico García Lorca "Teoría y juego del duende" (1933). Habla de una actuación de Pastora Pavón, La Niña de los Peines. En mi opinión, es una sentencia definitiva sobre cualquier tipo de creación artística, a la que sitúa en un mundo distinto y ajeno al de las formas y las técnicas. "Una vez, la "cantaora" andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados. (...) Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París!", como diciendo: "Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa". Entonces La Niña de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito lucumí, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara. La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni." Pinturas con cuento. Pág. 1
  • 5.
    Pastora Pavón, Niñade los Peines Es lo mismo que ya había dicho San Juan de la Cruz: Por toda la hermosura nunca yo me perderé, sino por un no sé qué que se alcança por ventura. Pinturas con cuento. Pág. 2
  • 6.
    Introducción segunda Nuncahe tenido TALENTO SOCIAL. Ni para venderme ni para relacionarme ni para nada fuera de la barra del bar (pequeña y conocida). Cuando pude no me esforcé por buscarlo (aprenderlo), o no pude o no quise o no lo trabajé lo suficiente. Estaría en otras cosas (y rara vez en dos de ellas a la vez). Nunca (habrá quien no lo crea ¿o sí?) dominé el arte del manejo social (en realidad, un poco hurón). Ahora (siendo ya una especie de pre-retirado) sería tontería intentarlo. Oirían mi voz sin escucharla, sin levantar la mirada para mirarme a la cara (eso que ganan). Pinturas con cuento. Pág. 3
  • 7.
    El Talgo deGranada en Chamartín jueves, 24 de marzo de 2011 El Talgo de Granada en Chamartín. 2002. Óleo sobre lienzo. 55x46 Desde el 2000 al 2006 pasábamos más o menos un fin de semana en Madrid y otro en Granada. La vuelta el domingo por la tarde en autobús era un coñazo. Sobre todo para mí que como es norma me meaba continuamente y tenía que aguantarme y esperar a la parada en Almuradiel. Algunas veces llegaba para reventar. Por eso, de cuando en cuando me volvía en el tren. Aunque tardaba seis horas y media tenía dos ventajas: la fila de asientos individuales permitía ir en ventanilla sin el agobio de que alguien fuera a tu lado, se durmiera y lo aplastara a uno. La segunda ventaja era que tenía servicio y podía mear cuanto y cuando quisiera. Aprovechaba además el viaje para leer (en el tren leí por ej. la biografía de Chavela Vargas) y cuando al cabo de las horas el culo ya dolía, me levantaba a echar una cerveza (o dos) en la cafetería y de tapa una lata individual de aceitunas rellenas. Hasta que Continental puso el autobús VIP con servicio, con catering y sin paradas (sólo cinco horas menos cuarto) el tren fue la mejor combinación. La más cómoda. Dada mi concepción germánica (sin germanofilia) de la puntualidad, llegaba a la estación media hora antes que aprovechaba fumando ducados sin parar y Pinturas con cuento. Pág. 4
  • 8.
    paseando, el andénarriba, el andén abajo, para compensar la inmediata sentada de horas. Por aquel entonces empezaba yo a utilizar el pc para hacer dibujos, bocetos y así. Utilizaba Paint y el ratón, que con el pulso que tengo no es cosa de poco mérito. Conservo algunos borradores probando colores, fondos, etc. Pinturas con cuento. Pág. 5
  • 9.
    Tejas jueves, 24de marzo de 2011 Tejas. 2001. Óleo sobre lienzo. 60x46 Mi casa en Ancha de la Virgen era un tercero. La mayoría de las casas del barrio eran, son, de dos plantas. Quedaba por tanto la mía por encima de las vecinas. Y se veía desde los balcones un paisaje de tejados, miradores, antenas de televisión, antiguos postes abandonados de tendido eléctrico y telefónico... Los plátanos del Campillo y el torreón de Bibatuabín cerraban el horizonte. Como corresponde al barrio, todo se veía un poco viejo y decadente. Y en los tejados y en todos los rincones, muchas palomas y algún gato. Era muy entretenido verlas palomas pelearse, aparearse, poner huevos en los canalones. Estaba uno en su balcón, en una de esas tardes achicharrantes de verano, al poco de irse el sol, espiando y observando a las palomas como si uno fuera uno de esos que hacen reportajes de vida salvaje para la segunda cadena. Lo mismo o muy parecido, pero en casa de uno con cerveza fresquita y sin leones. Pongo aquí una foto que hice la madrugada de un día de diciembre de 2004, preparándome para ir a trabajar mientras fuera caía aguanieve. Tejas, antenas, viejos tendidos... Lo que decía antes. Para la pintura de hoy partí de la foto de un tejado, Ancha de la Virgen esquina San Jacinto. Sobre esa misma hice luego alguna prueba de color: Posteriormente hice un primer boceto en Paint. A la mitad del trabajo una foto digital del estado de la pintura que volvía a retocar para probar colores. Me doy cuenta que esto que yo Pinturas con cuento. Pág. 6
  • 10.
    hacía era deuna gran modernidad o modernura. Lástima que nadie más que yo sabe que ya lo hacía allá por el año 2001. Y como no lo patenté... Pinturas con cuento. Pág. 7
  • 11.
    Sierra de Quesadaen invierno domingo, 27 de marzo de 2011 Sierra de Quesada en invierno. Óleo y acrílico sobre lienzo. 61x46. 2009 La tarde de nochebuena de 2008, recién llegado de Granada, me subí a la azotea con la cámara. Aunque con tanta construcción cada vez se ve menos paisaje aun se podía, puede, disfrutar de buenas vistas. Hacía una tarde casi "como las de antes", de olor a lumbre y a humedad fría y con una luz mortecina que acentuaba todos los matices invernales. Aprovechando el zoom y como me gustaban los colores y la tarde, hice unas cuantas fotografías, casi buscando ya con el encuadre la composición definitiva de una pintura. En este caso salió casi tal cual. Sin necesidad de borradores previos, pintando directamente con el objetivo de la cámara. Pinturas con cuento. Pág. 8
  • 12.
    Mirando a travésde la cámara me llamó la atención la silueta de los pinos sobre el fondo blanco. Los pinos de las zonas altas de la sierra. Creo que, son, de la especie salgareño o negral ("Pinus Nigra"). En los rincones más apartados donde están los más viejos tienen formas espectaculares, con troncos grandes y rectos y ramas que tienden a la horizontalidad. Como digo, desde el objetivo de la cámara los veía perfectamente destacando sobre el fondo de nieve. Llevé su recuerdo a la composición para que, al igual que lo hacían aquella tarde de nochebuena, mandaran en ella los pinos y la nieve. Sólo falta el humo de las lumbres. Pinturas con cuento. Pág. 9
  • 13.
    Tetuán martes, 29de marzo de 2011 Puerta de la Medina de Tetuán. Cera y óleo sobre cartulina. 65x51. 1993 (Texto escrito en la imagen: "Vista de una puerta de la Medina de Tetuán con un gran angular. Diciembre, mediodía y llueve") En diciembre de 1992 fuimos por primera vez a Tetuán a ver a Juan F. Ochoa. A raíz de aquella visita, empecé a buscar y leer todo lo que encontraba sobre Marruecos, el Protectorado y las guerras consecuentes. Y por supuesto, toda clase de literatura sobre el tema: Desde "Diario de un Testigo de la Guerra de África" a la "Forja de un Pinturas con cuento. Pág. 10
  • 14.
    Rebelde". También algunaque otra extravagancia como "Papeles de la Guerra de Marruecos" del Sr. Franco y alguna rareza, como "Geografía de Marruecos y posesiones españolas de África" de 1920. Este. libro de texto en la Academia de Infantería de Toledo, lo compré usado por dos hermanos de apellido Pavía ¿parientes del General? que pusieron en él sus firmas, su compañía y sección, y le añadieron subrayados, notas, etc. ¿Moriría alguno de ellos en alguno de los lugares que estudiaron en el libro? El caso es que fuí yo quien setenta años después casi se queda para siempre en la capital del Protectorado. Y no por culpa del disparo de algún cabileño, seguidor de Abdelkrim o esbirro del Raisuni, sino por culpa de una tortilla de patatas y de una instalación chapucera y suicida que hizo Juan en la hornilla de gas de la cocina. Con razón la asistenta le sisaba el aceite de oliva: se jugaba la vida a diario!!! La vista en cuestión procede del paseo que dimos el sábado por la mañana de aquel fin de semana. La compuse utilizando un par de fotos convenientemente recicladas y recreadas por mis propios recuerdos. En esos recuerdos dominaba la luz invernal y el cielo cerrado y oscuro encima de casas blanquísimas. Creo que fue de lo último que hice con cera y óleo. Por cambios radicales en mi vida no volví a pintar nada o casi nada hasta el 2001. Pinturas con cuento. Pág. 11
  • 15.
    Montes con almendrosdomingo, 3 de abril de 2011 Montes con almendros. Oleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2011. A finales de noviembre, camino de Marbella y al pasar Casabermeja, donde la autovía entra enroscándose con el río en el barranco del Guadalmedina, me dí cuenta de que por allí ya estaban en flor los almendros. Blancos y rosas alternándose por los paredones de los montes. Las muchas lluvias del invierno habían convertido el paisaje, de natural reseco, en otro húmedo y verde. Enseguida me di cuenta de que tenía que hacer algo con eso. El tráfico y la falta de apartaderos me impidieron parar y hacer unas fotos con las que fijar el recuerdo. Cuando llegué, a falta de imagen apunté las palabras que me pudieran ayudar más tarde a recordar: Pino, encina, algarrobo. Rojo, ocre, tierra húmeda. Hierba mojada, flores blancas y flores rosadas. Cielo blanco, azul claro muy difuminado manchado en alguna parte de gris. Por esas web busqué fotos de la zona pero todas eran de verano o de primavera, muy verdes pero sin almendros en flor o muy áridas, amarillas con apenas alguna hoja con algo de verde.Y estaban tomadas desde lugares altos, sin esa hondura que se ve junto al río, desde la autovía agobiada por paredones de tierra que impiden cualquier horizonte excepto el vertical. De manera que tuve que hacer las Pinturas con cuento. Pág. 12
  • 16.
    cosas como antes,con un lápiz y un papel (que no conservo). Luego a Paint para los sucesivos borradores. Aquí pongo alguno. El resultado, el que veis arriba. Pinturas con cuento. Pág. 13
  • 17.
    La Telefónica desdeVázquez de Mella martes, 5 de abril de 2011 Plaza de Váquez de Mella. Óleo. 65x50. 2002 Muchos sábados bajábamos en el autobús 27 hasta Cibeles. Dábamos un paseo haciendo hora para la cena y recalábamos en el bar XXX, en la calle Clavel, para tomar una o dos cervezas. Ese sitio me gustaba porque tenía mesas en los ventanales y se podía ver pasar a la gente, a los guiris con una guía en la mano buscando donde cenar paella, a los taxistas encabronados con los coches aparcados en doble fila que complicaban el tráfico y cosas así. Se podía disfrutar tranquilamente del transcurrir de la vida sin levantarse de la silla. Una afición a la que los antiguos sin televisión eran grandes aficionados, especialmente las tardes y noches de verano en los pueblos. Pinturas con cuento. Pág. 14
  • 18.
    Desde allí, caminodel restaurante, había que cruzar la Plaza de Vázquez de Mella. No tenía ni tiene mucho de especial pues por mucho que la remocen y le hagan hoteles caros, no pierde el aspecto de solar sin edificar, donde cada fachada es de su padre y de su madre, casas pensadas para calles estrechas donde no se las ve nunca juntas y de frente. Pero lo bueno es que por una esquina se asoma la Telefónica, edifico que siempre me atrae y más en aquel año en el que descubrí las andanzas de Arturo Barea durante la Guerra. Ese primer rascacielos lleno de reporteros como los que vemos ahora en los telediarios y convertido en observatorio, continuamente bombardeado, del frente de la Casa de Campo. Por la noche el reflejo de la luz de la calle, el reloj iluminado en rojo y las balizas aéreas del remate, le dan un toque de torre de catedral tecnológica y laica siglo XX. Su vista desde esta plaza tiene la gracia de ser una perspectiva de costado, casi de espaldas, distinta a las habituales. Por eso y por otros muchos recuerdos, me gusta. Pinturas con cuento. Pág. 15
  • 19.
    El Estrecho jueves,7 de abril de 2011 Atardecer en el Estrecho. Óleo y acrílico sobre lienzo. 2009. 55x46. Las pocas cuantas veces que he cruzado el Estrecho ha sido en invierno y de noche. En una de esas ocasiones había tan mala mar y dentro del barco era tan insoportable el ambiente por el olor a vomitonas recocido en la calefacción, que hice el viaje fuera, en cubierta. Fuera a pesar del viento, de la lluvia, de la oscuridad que salpicaba espuma por todos lados en una noche absolutamente negra. De manera que la imagen que guardo del interior del Estrecho, sin necesidad de añadir imaginación, es la de mar tenebroso, el fin del mundo que marcó Hércules con sus columnas para que nadie tuviera duda de que más adelante, ni se podía ni debía pasar. Pinturas con cuento. Pág. 16
  • 20.
    Monte de Muza Desde fuera del propio Estrecho, desde fuera de sus aguas, las ocasiones han tenido más luz y menos mareo. No procede aquí glosar la cosa del cruce de civilizaciones, de los abismos culturales y de las migraciones de pájaros y personas. Y no lo haré, claro. Porque lo que me atrae de este Bósforo rural antípoda de aquel urbano, es el trasiego interminable de barcos de todos los tamaños y pelajes: petroleros, submarinos y portaviones, cargueros, ferris y pesqueros ordenados en fila, guardando su derecha en la angosta travesía. Me atrae la orilla vista desde la otra y aquella desde esta, las Columnas avisando de los abismos, el monte de Tarik y el monte de Muza, Ceuta y Gibraltar intercambiados... Tánger y Ceuta Desde aquí (también desde allí) se ven tan claramente las casas, las piedras, los lugares del contrario, que imagino que en las varias guerras pasadas, en la de ODonnell marchando contra Tetuán o en la del Protectorado, se podrían distinguir ´desde los miradores de aquí las batallas y las explosiones. Podrían distinguir las luchas aquellos que no cruzaban y se quedaban tras la barrera. Como podrían distinguirlas desde los barcos, cruzando, los soldados de S.M. Los que volvieron y los que a la fuerza para siempre se quedaron. Varias calles de Quesada tenían o tienen, no se ya, nombre de muertos locales en Marruecos. Ignoro, claro, si alguno de ellos cruzó por aquí. Si así fuera, el o los difuntos ilustres, con calle a su pesar, estarían recién salidos del pueblo del que jamás habían salido. Pobres y con hambre, seguramente mareados, verían el humo de las bombas desde el mareo de la travesía y las vomitonas. Pobre gente cruzando a la tierra de gente pobre y con hambre para morir sin saber porqué. El problema que tienen los muertos al servicio de S.M. es que no se pueden cagar en los de S.M. porque ellos ya lo están y los muertos no cagan. Y los demás nunca nos hemos preocupado de hacerlo en su nombre. Pinturas con cuento. Pág. 17
  • 21.
    Columnas de Hércules Retomo el hilo que me voy. A levante de Gibraltar siempre hay muchos barcos como aparcados. Desconozco la razón. Imagino que lo hacen por ahorrar las tasas de puerto o algo así de poco recorrido poético (aunque sí paisajístico). La vista que traigo hoy es un atardecer en el Estrecho con el sol arrastrándose por el agua y las bandas de niebla a media altura cruzando de un mar al otro. No recuerdo bien desde donde la vi. Puede que desde la carretera de Ronda a través del tele de la cámara. O puede que la imaginara juntando jirones de memoria, de varios momentos y de varios miradores. No lo se. Pero me da igual. Porque vista, soñada o imaginada la imagen es real y se la dedico a mis paisanos difuntos que murieron en guerras absurdas defendiendo a S.M. y a los que pagaron con la placa de una calle. Las placas de las calles, que se sepa, nunca quitaron hambre. Pinturas con cuento. Pág. 18
  • 22.
    La Concha domingo,10 de abril de 2011 Concha. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x54. 2010. Pintar algo de Marbella y pintar la Concha no es muy original. Es como ser de Quesada y pintar una Virgen de Tíscar (que también lo he hecho) Digamos que es una obviedad tal, que la haces y la Posteridad inmediatamente te borra de su lista y se olvida de ti. Evidentemente para siempre jamás. Es tan poco original que hasta en un restaurante obsoleto y destartalado cerca de casa le tienen hecha una vidriera. Paseando a los perros por su trasera, entre mierda y mierda, le hice una foto con el móvil. Aquí la pongo. Vidriera de la Concha Pinturas con cuento. Pág. 19
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    Pero a pesarde todo lo dicho, lo cierto es que desde que empecé a tener una relación más cercana con Marbella, siempre la tengo delante: Paseando por la playa, en la terraza, en el Lago de las Tortugas, de día y de noche, al ir y al volver. Igual que la Virgen de Tiscar en Quesada pero sin cofradía. Se ve desde todas partes y eso es porque desde arriba se ven todas esas partes. No lo he visto pero me lo han contado y lo he visto en fotografías ajenas. A pesar de mi interés por subir creo que hay un paso delicado en la senda y como tengo un poco de vértigo me da miedo. He tenido pesadillas tremendas de que se me caían los perros por el despeñadero. Como si puestos a imaginar no fuera cien veces más fácil que rodaramos mi barriga y yo. Aunque a la Concha no, al pico Juanar sí he subido y como las vistas deben ser relativamente parecidas, traigo aquí un par de ellas. Esta imagen de la Concha que cuelgo hoy es de la cara suroeste. Cuando caen la tarde y el sol, se descubre una composición de formas piramidales, unas de luz y otras de sombra, que se agrupan en pirámides de superior nivel hasta formar la gran pirámide que es la Concha. Una compleja estructura aunque parezca una sencilla montaña a la que apenas se mira. N.B. 3 años después, sí conseguí, por fin, llegar a la Concha Pinturas con cuento. Pág. 20
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    Las Garzas deMedusa lunes, 11 de abril de 2011 Garzas de Medusa I. Excel-Paint. 2011 Garzas de Medusa II. Excel-Paint-Photoshop. 2011 Pinturas con cuento. Pág. 21
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    A unos cienmetros de la playa y a otros quinientos de Puerto Banús, en la desembocadura del río Verde del que toma nombre, hay una villa romana siglos I-III. Está escondida en medio de casas, apartamentos, hoteles y urbanizaciones, ignorada y dejada de lado por la circundante ostentación y exceso y por los vistantes de la ostentación y del exceso ajeno que pasean por las cercanias. Ni nacionales ni guiris ni locales reparan en su existencia. Al parecer, la villa era la vivienda de los señoritos de una inmediata factoría de salazones. La parte industrial estaría entre la villa y el mar. En la pequeña zona residencial los mosaicos son muy escasos en color. Las teselas son blancas o grises en su mayoría. Lo que ahora nos parece cosa obvia e irrelevante, la disponibilidad de todo tipo de colores en todos los soportes imaginables, no ha sido siempre así. Cada color suponía un problema técnico, comercial y un coste a menudo muy elevado. La policromía era cosa de ricos o de muy ricos. Cuanto más color más billetes (por eso nunca son grises) Mosaico de Medusa El mosaico más conocido de la villa es el de Medusa. Rodean a la gorgona patos, flores, garzas y copas. La primera versión que hice de las garzas del mosaico fue para un óleo. Elegí a esta pareja de entra las cuatro que tiene el mosaico no por otra razón sino por ser la que mejor se veía en la foto que hice. Hace unas semanas saqué a los pájaros del lienzo y los llevé a Excel donde les fui creando alrededor un mosaico curvo e irregular, añadiendo, borrando y cambiando formas y geometrías. Cuando quedé conforme trasladé la plantilla a Paint. En un lateral hice recuadros con toda la gama de grises que iba a utilizar y los numeré para no confundirme. Fui colocando las teselas de una en una, copiando los colores del recuadro correspondiente y remarcando cada una de ellas con el color inmediatamente superior. Aquí procede una reflexión sobre la explotación del trabajo: si yo en mi casa, sentado, parando cuando quería y manejando únicamente el ratón acabé harto, que no pasarían aquellas pobres gentes arrastradas por los suelos, teniendo que recortar cada tesela con toscos instrumentos, para luego colocarla, fijarla, etc. En fin, una explotación. Cuando terminé, me di a las reflexiones anteriores sobre el color, sus costes y sus dificultades. Para acreditar la abundacia que en estos tiempos felices nos inunda, se me ocurrió la colorida variante que podeis ver . Aunque a mi el hacerla me costó poco o nada, hubiera sido en aquellos tiempos el pasmo de los Pinturas con cuento. Pág. 22
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    pobres productores queelaboraban el garum. Y no solo de ellos sino que también el de sus probos amos, los dueños de los mosaicos, pues viendo el mío se percatarían de que no hay color en la comparación y comprenderían que los suyos, en realidad, no dejan de ser un quiero y no puedo. Es frecuente por los alrededores. Pinturas con cuento. Pág. 23
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    La cafetería delTALGO miércoles, 20 de abril de 2011 Atardecer desde el tren. Óleo sobre lienzo. 61x50. 2002 Los viajes en tren Madrid-Granada tenían el inconveniente de la duración, más de seis horas, pero también tenían sus cosas buenas. Como el poder levantarse, estirar las piernas, tomar un café y fumar un ducados tras otro. Ya lo he contado antes. Mientras viajaba, corría por las ventanillas el paisaje y las ruedas metálicas golpeaban rítmicamente sobre los raíles. Poco antes de llegar a Linares-Baeza me levantaba para hacer un descanso un tomar algo. En Linares-Baeza cambiaban la locomotora eléctrica por otra de gasoil, más apropiada a la montaraz vía de la parte final del trayecto. Según la época del año cambiaba la luz de la tarde. En cada viaje anochecía en un sitio distinto. Los días de invierno apenas pasado Aranjuez. Los días de verano cerca de Larva, entre los espartizales y los pinares extraviados en barrancos resecos, desnudos, salpicados de sal. Me atraía el tren y sin necesidad de ir yo dentro. Muchas tardes, en el cortijo de Lacra, con calor y avispas, subía a la alberca vieja para verlo pasar a lo lejos, al otro lado del Guadiana Menor. La cámara digital de la que disponía por aquel entonces no tenía teleobjetivo y por eso una vez se me ocurrió sustituirlo por el siguiente método chapucero: coloqué los prismáticos de mi padre delante del objetivo aguantándolos con una mano mientras con la otra sujetaba la cámara y disparaba. Salió alguna foto de milagro, mala y borrosa y con Pinturas con cuento. Pág. 24
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    unos inoportunos cablesde tendido eléctrico por medio. Pero aunque mala tiene la luz y el color de esas tardes de verano perdiéndose el sol tras Sierra Mágina. Y además conseguí que el TALGO se viera, o intuyera, como una raya brillante, fugaz estrella de la tarde de agosto. Una raya renqueante que se arrastraba por las cuestas retorciéndose en las curvas de la vieja y bastante abandonada vía. El TALGO en Larva desde la alberca de lacra El campo, la cafetería y yo. Fuera de los extremos de invierno y verano, lo normal era que el café en la cafetería del tren entre Madrid y Granada coincidiera con el atardecer. De pie, me apoyaba en la barra auxiliar pegada a la ventana, fumaba, removía el café y miraba abstraído como el campo manchego, cerca ya de Sierra Morena, pasaba veloz y corría en dirección contraria. Moría el sol y las sombras se alargaban subrayando con un trazo largo los pocos árboles, olivos y encinas, del paisaje. Los montes se diluían en el horizonte. Si era otoño las hojas de las viñas formaban un bosque infinito y bajo que se deshacía en rojos y dorados. Si era en primavera, los trigos ya adultos pero aún brillantes y húmedos, se alternaban con viñas recién brotadas, salpicadas de verdes recién paridos. Intenté algunas veces fotografiar estas cosas de las que hablo pero los reflejos del cristal impedían el empeño. Alguna foto de las que hice quedó graciosa, como aquella de los prismáticos, pues al mismo tiempo que el reflejo la arruinaba me acreditaba como su autor en una especie de autorretrato involuntario. De estas tardes de tren regresando a Granada, de su recuerdo durante el resto de la semana, surgió la idea que traigo hoy. Como ya era normal en aquella época, la trabajé primero con Paint y luego la estudié y probé hasta conseguir la versión que finalmente llevé al lienzo. Creo que no quedó mal. Pinturas con cuento. Pág. 25
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    Grillo cojo lunes,25 de abril de 2011 Grillo cojo en los dompedros. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990 Una tarde de verano andaba yo con mi Pentax recién estrenada haciendo fotos. En aquellos veranos Lacra se llenaba de dompedros. Tan prolíficos que casi no dejaban crecer otras plantas. Andaba yo haciéndoles fotos “experimentales y artísticas”, comprobando si estaban cerrados de día y abiertos de noche, si se estaban realmente cuidando de que no los cortara quien los cortaría, cuando vi un grillo. Era un grillo cojo. Resultaba conmovedor verlo aferrarse a las ramas y pasar de una a otra con alguna dificultad. Pero no resultaba triste. Le hice una foto y de la foto nació la pintura (que por cierto, ya me doy perfecta cuenta de que el aceite del óleo manchó el papel blanco. Entonces no se notaba y en esas edades no piensa uno en como van a quedar las cosas veinte años después.) No conservo o no encuentro las fotos de aquella tarde. Pero pintarlo fue sólo una excusa para buscarle compañía a lo que le escribí al grillo que andaba cojeando por los dompedros: Un grillo cojo en los dompedros, Pinturas con cuento. Pág. 26
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    un grillo disminuidoasomado al vacío. Un grillo aferrado a unas hojas y debajo, desenfocados, insondables abismos nada espectaculares, cotidianos. Un grillo cojo. Un grillo verde. Un grillo rojo, disminuido, tullido, impedido, perdido. Un grillo rojo cojo, atacado, acosado, nunca derrotado. Un grillo. Cojo. Es un grillo que no manda, ni con el calor ni con el frío progresa. Un grillo sin triunfo. Acapara dolor y ánimo en sus entrañas. Todos los que están lo quieren hacer leña. Es un grillo cojo. Pero que anda. Granada, noviembre del 90. Pinturas con cuento. Pág. 27
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    Ribera del Benabolalunes, 2 de mayo de 2011 Río Benabola. Óleo sobre lienzo. 73x60. 2011 El río Benabola es casi siempre un regato medio seco. Cuando llueve lo hace con mucha intensidad de manera que su cauce se vuelve torrencial. Los patos, galápagos, ranas, alguna garcilla y demás vecinos salen a disfrutarlo las pocas veces que, entre un exceso y otro, está tranquilo. Se tumban al sol encima de alguna piedra, nadan, corretean, buscan que comer. En las orillas y en el pequeño descampado hay mimosas, plátanos de sombra, acebuches, cañas, algún pino y muchas hierbas y zarzales. También una planta que no se como se llama y que es una rara mezcla de palma y de higuera (con el tiempo supe que se llama ricino). La ribera va cambiando con las meses. Lo hace más por las mudanzas de luz de las estaciones que por las propias de las plantas que más o menos, siempre están igual. Todo el año hay amarillos, ocres, verdes claros, oscuros, brillantes y mates, verdes azulados, verdes plomo, verdes negros, ordenados caóticamente, entremezclados. Lo que va cambiando es la luz. Pinturas con cuento. Pág. 28
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    No es quesea especialmente bonito el Benabola ni más llamativo que otros muchos arroyos, barrancos o ríos, pero está frente a mi terraza. Lo veo cuando salgo a regar las macetas, cuando salgo a mirar si llueve o si relampaguea, hace sol, calor o frío. En las noches de verano cenamos a la vista de nuestra selva doméstica de enfrente. Cuando no pasan coches el croar de las ranas se impone al silencio de la noche. En invierno, en el no invierno de aquí, las orillas se saturan de colores nuevos, húmedos y brillantes. Por las mañanas, al amanecer, el sol se abre paso entre las ramas y deslumbra a las gotas de rocío. Por las tardes, al anochecer, la luna nace por la misma parte que lo hizo el sol y hace juegos de luz y sombra con los troncos y las hojas. De tanto mirar al río y de tan continuo verlo me es ya familiar, de la casa. Por eso lo he pintado. No he pintado el agua pero he pintado las plantas de la ribera. Seguramente que esta no sea más y sí sea bastante menos que otras riberas famosas, pero es la que hay enfrente de mi terraza. Y aunque tampoco produzca vinos de especial calidad sí se los encuentra de muchos y variados tipos, de todos los precios, colores y sabores. Solo es cuestión de comprarlos. Pongo aquí alguna foto del río, de la ribera, de los vecinos y de la luna. El vino ya lo he dicho: en el supermercado frontero. Pinturas con cuento. Pág. 29
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    Iconografía de laVirgen de Tíscar sábado, 14 de mayo de 2011 Virgen de Tíscar. Cera y óleo sobre papel. 65x50. 1990 Cuando un primo mío armado de caña y cigala decía aquello de “Dios no existe pero la Virgen de Tíscar sí”, estaba expresando una verdad fácilmente contrastable al menos por lo que toca a la Virgen. Y es que se la puede ver en cualquiera de sus numerosas procesiones, en Tíscar y en Quesada. Se la puede ver también en las miles de estampas, fotografías enmarcadas, grabados más o menos antiguos, medallas, estadales y recuerdos de quincalla: navajas, mecheros, dedales, cajas metálicas de plástico que sirven para nada y cosas por el estilo. Lo de Dios es por el contrario bastante opinable y ahí no entro. Pinturas con cuento. Pág. 30
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    Principios s. XX Años 40 La imagen más difundida en estas representaciones es un fotomontaje con la Virgen en el cielo y abajo una vista de Tíscar, la clásica, desde la carretera por encima del Vadillo. Es una Virgen voladora que a los habituados no nos sorprende pero que a los neófitos quizás si. No siempre ha sido esta la norma. En los grabados antiguos y en las primeras fotografías la Virgen no volaba y apenas se acompañaba de algún ángel. Fue tras la Guerra cuando, después de un primer momento de indefinición en el que la Virgen Nueva intentó imitar a la Antigua, adquiere personalidad propia y comienza a volar. Pongo aquí algunas reproducciones que reconstruyen la historia. Podemos apreciar como en los tiempos modernos los iconos han vuelto a la estampa clásica, sin vuelos, abandonando esa muy antigua tradición de casi cincuenta años. Eso sí, ahora se añade a la estampa, como detalle moderno y rompedor, un giro de cuarto de perfil. Años 50, 60 y 70 Tiempos modernos La cosa de las tradiciones tiene estas paradojas. Que a pesar de ser modernas lloramos su desaparición como si fueran, que lo son, ejemplo y muestra del pasado que se nos va. Hace ya un tiempo, en la Lonja y el día de la Traída, con la Virgen encabezando al público extasiado, se entretuvieron en quemar un bonito castillo de fuegos artificiales amenizado con fondo musical de 2001(Sí lo de Odisea en el espacio). Faltó que apareciera un ovni con don S. Kubrick a los mandos para completar tan pío espectáculo. Pues seguro que si como temo se han venido Pinturas con cuento. Pág. 31
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    repitiendo estos añosparecidas escenas, se habrá constituido finalmente en costumbre antigua hasta el punto que en ese día, esperemos próximo, en el cual felizmente se suprima, llorarán por las esquinas y en la revista de las ferias los inevitables defensores de las nuevas costumbres y tradiciones locales de toda la vida. La Virgen que encabeza la pinté en 1990 en el mes de enero. En plena ola de frío, cuando vivía en Agustina de Aragón en una casa perfectamente climatizada y con una magnífica calefacción en verano y aire acondicionado en invierno. La Virgen la copié de un grabado antiguo, 1904, que no recuerdo de donde saqué ni donde está. Es uno de esos grabados de la Virgen un poco infantiles e ingenuos que han sobrevivido en cortijos y rincones perdidos. A cera y a lápiz le añadí el Santuario tal como era moda hasta esos años noventa y también le puse un par de ángeles, chico y grande. Para darle más vuelo a la estampa, claro. Cabecera de un folio de la Posguerra Completo el estudio iconográfico, mediante el que acredito suficientemente mis conocimientos de Historia del Arte, con un retrato de la Posguerra en el que observamos una Virgen “comentada”. Y también adjunto la fotografía de uno de esos grabados perdidos en lugares olvidados de los que hablaba antes. Está bien acompañado: cartones de ducados, botellín del Alcázar, banderines de fino Quinta, botellería de anís, "coñada" y güisqui nacional, servilletas enrolladas en un vaso de caña de cerveza… Obsérvese abajo a la derecha un cartel (puro Pinturas con cuento. Pág. 32
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    marketing de vanguardiaen aquella época y lugar) anunciando ricas raciones de queso. Por cosas del encuadre (la fotografía no era digital y se disparaba sólo una vez) nos quedamos sin saber el precio de tan acreditado plato. Bar de la esquina de la Plaza. Noche de la Fiesta de Tíscar. 1987 Pinturas con cuento. Pág. 33
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    El sol desaparecesobre Baeza miércoles, 18 de mayo de 2011 Puesta de sol en Baeza. Óleo sobre lienzo. 55x46. 2001 Recuerdo que hace ya demasiados años era costumbre en las tardes de verano subir al bar del Mirador para ver la puesta de sol. El espectáculo era, sigue siendo, bastante espectacular como suele ocurrir en casi cualquier sitio donde haya un horizonte a poniente y un sol muriendo. En esas tardes bochornosas las calimas brillan con tonos violentos y calientes. La luz redonda y enorme del sol tiembla rompiendo la geometría perfecta de su figura. Mientras la temperatura de la luz elimina los matices y deja sólo la pura idea de fuego apagándose. Entonces, en aquellos años, las sillas y las mesas eran de esas de tijera, de madera, creo recordar que pintadas en verde. Los botellines de cerveza de aquellos chatos del Alcázar con el Castillo de Jaén serigrafiado en blanco. La tapa, garbanzos tostados o cosas parecidas, antípodas de cualquier sofisticación o exceso actual. Nada mas irse el sol empezaba a oscurecer y desde el río subían olores de huerta recién regada, de tamo y paja trillada. Por la carretera aquella tan modesta de entonces subían por pares los faros de los coches que llegaban al pueblo, de los "lanrover" que volvían del campo. Por la parte de la Sierra apenas luces o ninguna, a veces un punto lejano y tenue de alguien bajando del Chorro. Desde el interior del bar se escapaba el sonido metálico y chillón de Radio Jaén, del cante y de la copla. Pinturas con cuento. Pág. 34
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    No recuerdo siel sol se ponía exactamente encima de Baeza (imagino que no). Pero el resplandor del cielo descansaba sobre el perfil oscuro y casi horizontal de la Loma. En un extremo la silueta negra de la catedral de Baeza conquistaba la escena a pesar de su pequeñez. En mi recuerdo (imagino que recreado), el sol siempre desaparecía guiándose por la flecha de la torre. Hace muchísimos años que no subo por allí al caer la tarde en verano. No he subido por muchas razones entre las que no es la menor que ahora las tardes son muchísimo más calurosas o eso me parece a mí. Hoy en día a esas horas el ambiente es sofocante. Mi cuñado Salva dice que se debe a que ya no riegan las calles al atardecer. Yo creo que también influye el riego del campo y de las huertas que se hace por goteo y no a manta como entonces. Este es desde luego un debate que merecería tiempo y abundancia de opiniones y que, por supuesto, requeriría que llenaran bastantes veces. Aunque la Loma, la catedral y el sol siguen en su sitio yo no he vuelto por allí. Desde el mirador nuevo que han hecho en la carretera de Huesa, encima de Toaires, la vista es parecida. No es necesario volver a los escenarios de juventud. En el 2001 pinté una primera versión de este ocaso resaltando la silueta de la torre y también las casas de Baeza, Úbeda y Torreperogil y además, la luna levantándose en el otro plato de la balanza. Hace un par de semanas hice una segunda versión, ya muy moderna y digital, donde el dibujo no es más que lo que rodea y acompaña al sol y a la catedral de Baeza. Será melancolía o como dice mi prima Rosi, la búsqueda irreflexiva de lo que sabemos que ya no encontraremos nunca: el pasado. Puesta de sol en Baeza. Excel, Paint, Photoshop. 2011 Pinturas con cuento. Pág. 35
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    Montes de Muzay de Tarik jueves, 26 de mayo de 2011 Estrecho y San Pedro de Alcántara. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x54. 2011 En el comedor de un barco, camino de Túnez, una tal Consuelito natural de un pueblo de Almería y vecina de Badalona, recostaba sus bien despachadas tetas en la mesa mientras golpeaba el plato con el tenedor y hacía mohines de asco. No comía nada y no paraba de hablar mientras nos ilustraba sobre la próxima escala del barco: África, según ella, es todo lo que queda por debajo de Melilla. Y lo sabía bien porque había estado una vez allí en la jura de bandera de un sobrino. Fui discreto y no la corregí pero ganas me entraron porque, como cualquiera menos ella sabe, África es todo lo queda por debajo del Estrecho. El Estrecho es un puente sin tablero y con una inmensa luz donde África empieza y termina, según se vaya o se venga. Es la frontera entre dos orillas que se ven la una desde la otra, es todas esas cosas de cruce de caminos, encrucijada de culturas y demás versos de estantería de hipermercado que vendrían muy a pelo poner aquí pero que ahorro al distinguido y que doy por puestas, leídas y aplaudidas. Lo que está menos dicho es que en el Estrecho acaba o empieza, también según se Pinturas con cuento. Pág. 36
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    vaya o sevenga, el mar de Alborán, que es como un estrecho muy ancho y largo. Al otro lado de Alborán, casi siempre invisible salvo que la nitidez del día le obligue a salir de su escondite, está Marruecos, África, Berbería o el Moro que de todas las formas se llama. Entre que son pocas las ocasiones en las que aparece y que son aun mas escasas las personas que vigilan el horizonte, muy poca gente es capaz de interpretar lo que ve y saber, si lo ve, que es la otra costa. Menos gentes aun saben que para verla no hace falta acercarse a la parte estrecha de Alborán y que desde las mismas sierras de Granada también se asoma por el horizonte. Africa desde el Haza del Lino (II) La noticia de que el otro lado del mar es visible desde Granada la oí como comentario perdido dentro de alguna conversación. Se dijo como algo accesorio pero que a mí me pareció relevante y sugerente. Imaginé que ver África desde Granada sería cosa tan extraordinaria como lo sería ver lo que hay al otro lado de un muro sin necesidad de saltarlo. Algún tiempo después de la anterior conversación, leyendo el Viaje a la Alpujarra de Pedro A. de Alarcón encontré nuevas y más precisas noticias, aunque quizás un poco exageradas. Decía Pedro Antonio que al espectador que mira desde la Contraviesa, el mar le parece que queda por encima del horizonte. Decía también que en los días claros se ve África. El efecto óptico por el cual hay que levantar la vista para ver el mar lo pude comprobar pronto y efectivamente, lo parece. Imagino que se debe a la curvatura de la Tierra y a que la observación se hace desde una posición a la vez muy elevada y muy cercana a la costa. Menos suerte tuve para confirmar la segunda parte de la información, la de África. Por más que lo intentaba nunca lo lograba. Supongo que el accitano estuvo por allí poco tiempo, que tampoco tuvo suerte y que en realidad escribió lo que le contaron. Como siempre ocurre en estas historias, cuando ya tenía perdida la esperanza y abandonado el anhelo, tras una mañana de escasa visibilidad, en un atardecer de invierno, al volver en coche a Granada y a la altura del Haza del Lino, de improviso, me topé con África. Digo que Pedro Antonio no vio nada porque si lo hubiera contemplado no lo hubiera contado así de pasada, como cosa de menor cuantía. Porque cuando se ve, el mar de Alborán deja de serlo y se transforma en la maqueta del mar, un charco sembrado de rayas brillantes que son los barcos que van y que vienen de Gibraltar. Enfrente, arriba, la costa africana está tan próxima que la fantasía crea espejismos de pueblos y aduares y sus luces bailando en las sombras. El Estrecho allá perdido, al fondo de la escena entre los brillos del sol poniente. Queda el mar de Alborán empequeñecido, pero como cosa de otro mundo, grandiosa en su nueva pequeña escala. Al menos así lo recuerdo. Las Pinturas con cuento. Pág. 37
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    fotografías que hiceen aquella ocasión no fueron ninguna maravilla (pero es lo que hay) y por eso aquí pongo un par de ellas con exclusivo fin probatorio. No hacen en absoluto justicia a la fugaz aparición que se escapó enseguida, corriendo con la luz de la tarde. Jebel Musa desde Nueva Andalucía Sierras de Tetuán desde la playa Desde que llegué a Marbella me llamó la atención, ya al principio, que para ver la línea de Marruecos no hacía falta subir altas montañas, que incluso desde la misma playa se consigue ver. La cercanía permite observar más y mejores detalles. Pero estos nuevos detalles le quitan poesía, sueño y gracia (algo parecido a lo que ocurre con determinadas fotografías de índole sexual). Por eso y para compensar el defecto, el horizonte se completa con la presencia de las dos columnas aquellas que puso Hércules para señalar el inicio de las tinieblas habitadas por monstruos. Los montes de Tarik y Muza. El Jebel Musa allí y el Jebel Tarik aquí. Y no es chica la compensación. Pongo aquí una buena foto que no es mía pero que reproduzco por cortesía del autor, en la que se ven las Columnas no de frente como es costumbre sino de norte a sur, más o menos, desde los Reales de Estepona. Para hacer las fotografías de África el mejor momento es el amanecer y el atardecer, cuando el sol sale o se pone, cuando aumenta el contraste y se siluetea el horizonte. Partiendo de las decenas de fotos que tengo, hice la vista que pongo hoy aquí. Se aprecian en primer lugar las ventanas iluminadas de San Pedro Alcántara y se adivina, arriba a la derecha, como el sol desaparece detrás de Gibraltar escapando de la noche. Imagino, conociéndome, que no será la última vez que haga algo, pintado o fotografiado, sobre este tema. Pinturas con cuento. Pág. 38
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    El otoño enel chopo de la alberca lunes, 6 de junio de 2011 El otoño en el chopo de la alberca. Acrílico y óleo. 65x50. 2011 El otoño en el chopo de la alberca llega tarde, bien entrado noviembre. Llega tarde y se junta con el invierno de manera que no es raro que las hojas muertas caigan encima de las primeras nieves. Pero lo frecuente es que caigan unas sobre otras en el rincón del jardincillo debajo del chopo. En la humedad de la umbría las hojas se amontonan y se van deshaciendo. El chopo viejo lo podaron a media altura porque cada vez tenía más ramas secas que se empezaban a desmoronar. Aunque no ha vuelto a ser lo que fue rejuveneció y sigue siendo el que manda en su rincón. Todavía sobresale a cualquier vecino. Pinturas con cuento. Pág. 39
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    El otoño enel chopo de la alberca llega tarde, bien entrado noviembre. Llega tarde y se junta con el invierno de manera que no es raro que las hojas muertas caigan encima de las primeras nieves. Pero lo frecuente es que caigan unas sobre otras en el rincón del jardincillo debajo del chopo. En la humedad de la umbría las hojas se amontonan y se van deshaciendo. El chopo viejo lo podaron a media altura porque cada vez tenía más ramas secas que se empezaban a desmoronar. Aunque no ha vuelto a ser lo que fue rejuveneció y sigue siendo el que manda en su rincón. Todavía sobresale a cualquier vecino. Hojas en la nieve Hojas en la alberca Otras hojas caen dentro de la alberca y se amontonan flotando. Según que haya mucha o poca, el agua refleja el cielo o refleja el fondo verdoso. En cualquiera de esos dos reflejos nadan las hojas que no encontraron el camino de tierra firme: renegridas las que murieron hace mucho, rojas y ocres las siguientes, amarillas y naranjas las recién caídas, algunas verdes, de un verde suave y apagado que desentona del resto de las náufragas. El otoño de las aceitunas es morado brillante, azul casi negro, granate profundo. Los vientos de octubre tiran algunas que manchan los suelos entremezclándose con piedras, hierbas y algunos musgos alimentados por los rocíos y las escarchas. El otoño llega con el humo de las lumbres de las primeras cuadrillas trabajando en los olivares. El chopo viejo asomándose a la alberca Aceitunas acabando noviembre Desde la alberca, por debajo del chopo viejo se ve Larva. Se ven olivares que bajan hasta el Guadiana Menor, retorcido en lo hondo de su llano, protegido por paredones rojizos y oxidados, por ramblas de sal, por barrancos pardos, verdosos. Algunas nubes se enredan en Sierra Mágina mientras los aviones no paran de pintar rayas de tiza en el cielo. Es grande el horizonte, muy grande. Pero lo es más el chopo Pinturas con cuento. Pág. 40
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    viejo. A pesarde estar cortado, manco, mutilado. Y no es casualidad que entre sus ramas y sus brillos dorados de otoño haga un hueco al Mulhacén y a las nieves, a los picos y laderas de su corte. Son dos vértices de primer orden de la red geodésica vital. De la mía. El Mulhacén desde la alberca de Lacra Pinturas con cuento. Pág. 41
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    El sol dela mañana en el pinar de Juanar sábado, 11 de junio de 2011 Mañana en el pinar de Juanar. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 Todas las lunas tienen su cara oculta. Da igual que sean lunas de invierno o de verano, de lunes que de domingo, de las de antes o de las de ahora. Y lo normal es que todas las personas, todas las cosas y lugares tengan también su cara oculta, su cara poco conocida, a veces olvidada, a veces incluso escondida. En las personas es cosa de sobra sabida y muy aprovechada por la literatura y por el cine. En las cosas también se da el fenómeno. Por ejemplo, los electrodomésticos tienen un interior misterioso que sólo los iniciados conocen. Con los lugares ocurre exactamente igual, que tienen partes desconocidas que solo conocen los del lugar, circunstancia que aprovechan las guías y los artículos de viajes poniendo a disposición de profanos lo que se supone es privativo de expertos parroquianos. Juanar, en las alturas de Sierra Blanca, es uno de esos sitios reservados a los más estrictos conocedores. Y no porque sea sitio poco conocido pues es muy frecuentado por paseantes y senderistas. Pero por muchos que sean los visitantes siempre serán pocos comparándolos con las muchedumbres viajeras que frecuentan las playas de un poco mas abajo. Para llegar allí hay que dar un rodeo grande pasando al otro lado del muro invisible que separa la delantera de la trasera. Una vez cruzado, volveremos sobre nuestros pasos y sin dejar de subir por una carretera estrecha, llegaremos al filo mismo de la Sierra, donde la pendiente se despeña por los barrancos hasta el mar. Pinturas con cuento. Pág. 42
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    Marbella desde elmirador y pinar Abajo, como no podía ser menos, hay de todo lo que tiene que haber en la costa: gente que lleva en la frente las gotas de sudor del descanso, aromas de ostentación sobreactuada y rincones llenos de plantas exóticas venidas de todas las partes del mundo. Los pocos almendros y olivos que quedan parecen ser ellos, entre tanto forastero, los auténticos extraños y los que están fuera de lugar. Arriba por el contrario, son los pinos y los chaparros, las encinas, los tomillos y los romeros los que siguen mandando. Abajo nunca hace frío, arriba a veces nieva y la luz, el color, las plantas, los pájaros y el clima son de interior, pero de un interior con vistas al mar. Tan apacible, tranquilo y aislado es este rincón que, según creo, el general De Gaulle escribió parte de sus memorias en el hotel-refugio del lugar. Aunque por otra parte, en otro sitio he leído que las escribió en el parador-castillo de Jaén, que también es un mundo diferente en las alturas desde el que se ve el mundo real allá en lo hondo. No se cual de las dos versiones será la verdadera. Quizá lo sean las dos y fuera en los dos sitios, sucesivamente, donde se dedicó a justificar su vida por escrito. Si no hubiera muerto dejando la escritura a medio escribir, puede que hubiera continuado de altura en altura hasta parecerse a Isabel la Católica, que no hay pueblo por donde no pasara y casa donde no durmiera. De cama en cama tan virtuosa señora, de parador en parador el general jubilado por preguntar. La vista de hoy nace en una mañana de mayo, muy temprano. En un día laborable, con Luci y con Lobo corriendo el camino arriba y el camino abajo. El sol, todavía bajo, llegaba paralelo al suelo y al atravesar el pinar se cruzaba perpendicular con los troncos y se entrelazaba con ellos como si estuvieran haciendo punto con lanas viejas reaprovechadas y mezcladas: pardas, grises, oscuras azuladas y verdosas en la urdimbre y otras brillantes, amarillas y naranjas, verdes y azules claro en la trama. Pinturas con cuento. Pág. 43
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    Puerto Banús sinbarcos viernes, 17 de junio de 2011 Puerto Banús sin barcos. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50.2011 Tarde de enero La playa cuando está en todo lo suyo es en invierno. Me gusta pasear por la orilla sin sudar, con buena temperatura, sin gente o con poca y la poca tranquila. Me gusta de la playa el mantra sin fin del mar yendo y viniendo, las olas que golpean, se retiran y vuelven a golpear la arena. La playa en invierno es como la lumbre de una chimenea, que captura la atención sin necesidad de hacer nada, sin que ocurra nada más que el pasar del tiempo y el baile de las llamas, nada más que algún crujido de la madera ardiendo, que alguna chispa subiendo inopinadamente como una estrella fugaz vertical. Delante de las lumbres y delante de los mares los cuerpos pasan en su sopor a un segundo plano y dejan que la imaginación y el pensamiento se liberen y trabajen. Y no son necesariamente trabajos y pensamientos productivos. Suelen ser imaginaciones y pensamientos efímeros, como la chispa, como la espuma de una ola rota en la arena. Pinturas con cuento. Pág. 44
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    Lobo y Lucicorriendo por la escollera Faro del espigón Con la playa llena de gente revolcándose en la arena, con el calor y con el sol de fuego, con los niños del prójimo jugando a la pelota, son complicados los misticismos. Los colores y las luces en verano simplemente no existen, sólo hay cielos y mares blanquecinos y luces cegadoras que acaban con cualquier detalle, con cualquier matiz. Pero en invierno sí. En invierno me gusta dar un paseo hasta la playa al caer la tarde. La tranquilidad es casi absoluta, salvo que a Lobo le de por perseguir gaviotas, palomas o cualquier pájaro que se haya atrevido a provocarlo poniendo pata en tierra delante de él. La playa de la que hablo aquí no es el arquetipo de playa idílica, que tampoco haría falta, aunque no deja de tener sus cosas. Tiene luces y contraluces en la puesta de sol, tiene la silueta de Gibraltar, a gente pescando con las cañas puestas de pie en las piedras de la escollera. Tiene un par de faros y algún barco lejos en el horizonte que podemos imaginar de pesca que trajera ricos boquerones y puntillitas hasta algún chiringuito imaginario, donde lo esperaríamos con una caña bien tirada, con su espuma y con todo lo que tiene que tener una caña. Así, abstraídos en estos pensamientos y ensoñaciones dejamos la ostentación y los excesos aparatosos propios del lugar, guardados a buen recaudo, al otro lado de los edificios, detrás de las ventanas iluminadas con brillos dorados. Brillos que son reflejos del sol agonizante, que a su vez se reflejan en el agua y forman un puzzle temblón de espejos luminosos. Espejos temblones que nadan sobre un fondo azul que a estas horas ha viajado casi hasta el negro. A esta s horas apenas queda nadie, sólo la oscuridad que avanza como niebla desde el mar y el agua que golpea la arena, que retrocede, se recupera y vuelve a golpear. El cielo cubre la tarde con colores calientes y pelusas de nubes rojizas que el viento sostiene en el aire como si fueran colas de cometas. De uno de aquellos atardeceres es la vista de hoy. Cuando terminé de pintarla, en mi terraza aunque sin puntillitas ni boquerones, me tomé una cerveza. Quizás fuera alguna mas de una. Pinturas con cuento. Pág. 45
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    Reflejos de sol Detalle del sol Pinturas con cuento. Pág. 46
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    El pasado noes Historia, es Geografía viernes, 24 de junio de 2011 Cortijo viejo. Excel, Paint, Photoshop. 65x50. 2011 El pasado no es cosa de la Historia. Lo sería si se midiese como tiempo pero eso no es lo correcto. Lo suyo es hacerlo como una cosa que ocupa un sitio en alguna parte. Quienes caen en el error de medirlo como tiempo suelen dar por bueno que el pasado se repite y siempre vuelve. En este error cae la historiografía pero también la economía que no es más que historia entreverada de sociología a la que se le añade contabilidad y números (y la pretensión de que sus predicciones son científicas, creíbles y que por eso valen dineros). Pero el pasado nunca vuelve. Si a menudo nos topamos con él no es porque vuelva de ningún sitio. Es porque siempre ha estado ahí, a veces escondido, a veces perdido en el fondo en un cajón, a veces tapado, sumergido, enterrado por tierra, por agua o por olvido. Estas ideas de pensamiento elevado que, como las matemáticas, tampoco se me dan bien, las explico mejor con un ejemplo traído de la cartografía. Y es el que sigue. En la primera edición de la hoja 949 del Mapa Topográfico Nacional 1:50.000 de 1932, en Lacra, a la altura de la actual carretera de Huesa, se nombra el lugar como "Cortijos de Lacra o de Rivera". En la segunda edición de 1992, sobre datos de 1988, Pinturas con cuento. Pág. 47
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    el mismo sitioes "Lacra". En 2003 se hace la primera edición del Mapa 1:25.000. Como el espacio en el papel es mayor, se pueden escribir más topónimos. Así en esta zona de uno pasan a tres: "Lacra" referido al pago, "Acra" como entidad de población menor (?) y además un "Cortijo de Antonio Alférez". En la tercera edición del 1:50.000 desaparecen los topónimos de la primera y segunda edición y se copian los de la hoja 949-1 del 1.25.000: "Acra" y "Cjo. de Antonio Alférez". El único realmente nuevo es el del tal Antonio. Pero, ¿se sabe quien era este Antonio Alférez? Si. Era mi tatarabuelo y murió no se exactamente cuando pero en el último cuarto del siglo XIX. Cuando mi bisabuela Juliana se casó en 1900, llevaba ya muchos años de huérfana de padre y madre. Esto lo se con seguridad. 2ª edición 1992 1ª edición Hoja 949-1 del Mapa Topográfico 1:25.000. 2004 1ª edición Hoja 949 Mapa Topográfico 1:50.000. 1932. 3ª edición Hoja 949 2004 De la mano de lo más nuevo, moderno llega lo antiguo, lo casi absolutamente olvidado. ¿Pero, porqué aparece el nombre de mi tatarabuelo más de cien años después de su muerte en los mapas del I.G.N.? Pues no porque él (lo que fue, el pasado) vuelva de ningún sitio, que si lo hubiera hecho el susto hubiera sido de muerte ya que ni las bisnietas ni los tataranietos lo conocimos y hubiéramos reaccionado cada uno según nuestro ser: corriendo, gritando, negando la evidencia… La razón de esta aparición hay que buscarla en otra cosa y aquí viene mi teoría. Sin duda los datos para esta hoja topográfica se recogieron mucho antes de 1932. De hecho, la hoja colindante 828 tiene su primera edición en 1902. Ya que hicieron el gasto del desplazamiento los cartógrafos seguramente recogieron todos los topónimos y todas las referencias que pudieron, aunque no cupieran en el papel del Pinturas con cuento. Pág. 48
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    mapa para elque trabajaban. Se seleccionaron unos para publicarlos y otros se desecharon. Pero no se tiraron sino que se guardaron en una carpeta "ad hoc" en la caja del expediente de la Hoja 949 que se archivaría en los sótanos del geográfico instituto. Pasaron los años y llegó el Mapa 1:25.000, que como su propio nombre numérico indica, tiene cuatro veces más espacio que el 1:50.000, espacio para escribir nombres. Se necesitaban topónimos para rellenar. Y o era verano y no tuvieron ganas de pasar calor o no hubo presupuesto para nuevos viajes o lo que fuera, que no lo se, pero el caso es que mandaron al archivo a por las carpetas viejas del expediente original y encontraron todo lo que en su tiempo se apuntó pero no se imprimió. Como eran cartógrafos y no registradores, les trajo sin cuidado a nombre de quien se emitía actualmente el recibo de la contribución o si las personas citadas vivían o no vivían: coinciden nombre y coordenadas, ¡suficiente! Queda pues claro que nadie regresó de ningún sitio, que simplemente un papel que siempre estuvo en una carpeta fue el que nuevamente vio la luz del día para participar, con todos sus años a cuestas, en la más moderna y actual versión cartográfica del lugar. Y esa es la clave. El papel, el pasado, no regresó de ningún sitio, sino que siempre estuvo allí, en la caja de un expediente antiguo guardada en lo hondo de un archivo. Y eso es Geografía porque no es el Cuando, es el Dónde de la cosa: antes estaba en el sótano, ahora está en el mapa. De ese cortijo del ejemplo, de su fachada norte casi tan arruinada como el resto del edificio, traigo la estampa de hoy hecha con Excel, Paint y Excel. Por cierto, en este cortijo viejo de Lacra hay otro ejemplo de pasado que reaparece, de pasado redescubierto. Y es que cuando hacia 2006 levantaron la carretera para reformarla, a menos de diez metros del cortijo encontraron tumbas y muros islámicos, anteriores por tanto a 1231. Habían estado archivados casi ochocientos años y fue removiendo tierras para la obra que volvieran de su entierro. Pero siempre habían estado ahí, ocultos pero ahí. Y seguramente debajo del propio cortijo, ahora viejo, también vive o muere alguien que seguro que algún día volverá a la luz y seguramente por alguna obra, pública o privada... Geografía, no Historia. Aunque siempre habrá algún polemista que me discuta y diga que no hay Cuando sin Donde ni Donde sin Cuando y cosas así profundas. Salvo si se presenta alrededor de una mesa con su vino y con sus tapas no entraré al debate. Superposición Muros y tumbas deshabitadas al otro lado de la de lugareños carretera. Pinturas con cuento. Pág. 49
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    Los últimos rayosdel sol de febrero viernes, 1 de julio de 2011 Atardecer de febrero. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 Paseando con los perros entre las olivas una tarde de febrero, me llamaron la atención los rayos de sol del atardecer. Serpenteaban por el suelo arrastrándose entre el laberinto de troncos, de hojas, de ramas, de piedras. Hice bastantes fotografías pero no busqué ni las cosas ni las formas sino las luces, los pedazos de suelo incendiados de verdes y amarillos, dorados y brillantes, junto a pedazos de penumbras grises y azules. En estos días primeros del verano, de los primeros calores insoportables, de siestas de fuego y noches en vela, se recuerdan con gusto los buenos ratos del invierno, los paseos agradables sin calor ni sudor, las tardes (noches) de vino, de tapas fuertes y cenas con lumbre. Se recuerdan con gusto y casi con ansiedad se desea su regreso. Igual que en los hielos negros de enero se añoran las noches claras de verano, ahora ocurre otro tanto con el aire fresco y limpio del invierno: Pinturas con cuento. Pág. 50
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    Los últimos rayosdel sol de febrero se arrastran por el olivar, rozan el suelo y levantan chispas de luz en las hierbas, en las piedras. Los últimos rayos del sol de febrero corren, saltan, chocan y mueren contra la corteza áspera y dura de los pies retorcidos de las olivas. Ya no queda sol ni paisaje, apenas un perfil azul por Sierra Mágina, apenas una línea brillante y clara en el horizonte. Es febrero y todavía hace frío. En las sombras de los rincones el barro húmedo y el aroma de la leña y de la lumbre. Un avión parpadea con luces blancas y rojas Sobrevolando el humo de la chimenea. Es de noche y aun es invierno. Un hilo de luz se escapa por la rendija de la contraventana, salta la luna en los cerros y se despeña por los barrancos. Cuando sea mañana, los nuevos rayos del amanecer abrirán del revés las cicatrices que hoy dejó, en su huída, tatuadas el sol en el suelo. Pinturas con cuento. Pág. 51
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    Las tardes delverano domingo, 17 de julio de 2011 Sierra Mágina. Excel, Paint. 2011 En la playa hay gaviotas que se pasan el día riendo y alborotando. En Granada palomas que lo ensucian todo y que se pelean como fieras. Y en Lacra, hay avispas. Avispa de Lacra Las mañanas temprano antes de que salga la gente y el sol, las gaviotas ríen agarradas a las antenas de televisión. Con solo dar un salto y dos aleteos ya están volando y a veces en la soledad de la calle pasan tan cerca de mi cabeza que da miedo (he descubierto que lo hacen porque protegen un nido que tienen en la casa abandona). Vuelan sin dejar de reírse, imagino que de mi. ¿Podría espantarlas Pinturas con cuento. Pág. 52
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    con el sombrerode paja si intentaran atacarme como se sabe que pasó en aquella famosa película? No lo se. Pero descontando la dicha película nunca he oído que hayan atacado a nadie (un experto ornitólogo me confirma que, fuera del cine, no hay noticias de semejantes ataques). Sí he visto, por el contrario, como un cernícalo las atacaba a ellas, pero esa es otra historia que quizás cuente otro día. Bicho junto a la la piscina Las palomas además de crueles son bastante asquerosillas. Viven y se pelean en los huecos de los tejados y en los canalones de las casas viejas. Se cagan por todas partes, sobre todo en los balcones y en las ventanas y dicen que transmiten muchas enfermedades (pero nunca he oído que alguien haya enfermado por su culpa). Quizás esta falta de contagio se deba a que normalmente solo tienen relaciones sexuales entre ellas y a que nunca han comerciado con su cuerpo (que se sepa). Bicho dentro de la piscina (en primavera) En Lacra hay avispas. Y pican. Esto no me lo tiene que contar nadie porque esta misma semana me ha picado una. Pican y molestan, estorban, tensionan las tardes que intentan ser plácidas bajo la parra, obligando a una permanente alerta antiaérea. Chillan las sirenas sin parar. Además de avispas hay otros muchos bichos de distintas calidades y peligrosidades; de cuatro, de seis y de ocho patas o de ninguna; "salamanquesas", mosquitos, grillos y arañas, moscas y tábanos, sapos y culebras reales. Pero entre tanta variedad de peligros, con diferencia los más dañinos y molestos son las avispas. Pinturas con cuento. Pág. 53
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    Bicho delante dela piscina Las avispas encabezan los inconvenientes de las tardes de verano en el cortijo de Lacra. Las avispas, las moscas cansinas, los pájaros y sus ruidos, el calor y el exceso de luz que no siempre consigue frenar la parra, dificultan la concentración, dificultan la cosa del arte y casi cualquier otra actividad de tipo intelectual. La falta de concentración se materializa en la imposibilidad de pensar en algo más que en el presente más absolutamente rabioso. Los bichos y demás inconvenientes borran el pasado y el futuro. Sólo dejan pensar en el ahora. Pero los escasos segundos que dura el ahora son un lugar tan pequeño que apenas caben en él las ideas y sensaciones, los recuerdos e intenciones. Es imposible pensar, es imposible cualquier cosa que no sea revolcarse en la mezcla de estrés, calor y pereza. Hace años que en las tardes de verano de Lacra intento pintar una cosa muy sencilla: la pared encalada reflejándose en la superficie azul de la piscina y el cielo sin color del mediodía de verano reflejándose en el fondo bailón del agua. Es muy sencillo. Solo son dos tramas de elipses (la una encima, la otra debajo) entrecruzando su balanceo y salpicadas con destellos blancos, plata y azules varios más o menos pálidos, mas o menos claros, mas o menos fugaces y furtivos. Varias veces lo intenté. En todas fracasé. No por mi culpa, por la de los bichos. Bicha La luz de hierro del mediodía de verano es la misma luz sobreexpuesta que usan en el cine para subrayar las escenas de carácter imaginario o soñado. Mientras bombardean las avispas, Radio Úbeda emite sus anuncios locales. Hoy toca competencia de funerarias: una se anuncia como la suya de Vd., desde siempre y la otra resulta que tiene el único horno de la comarca. Como en esta guerra quiero mantenerme, aun, neutral, abandono el campo para darme un baño y abrir una lata de cerveza. Siempre acompañado por las avispas, por el calor, por el fuego que se cuela entre las ramas del chopo reflejándose en sus hojas, deslumbrando y brillando. Aviones militares de hélice, moscas saltando de pierna en pierna, Pinturas con cuento. Pág. 54
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    chicharras y noticias(hoy del frente portugués) en la radio. Suda la lata de cerveza. Las avispas, el aullido de las sirenas anunciando ataques aéreos, me fuerzan a ser un refugiado en el campamento del presente donde nunca se piensa y nunca, por falta de espacio, se recuerda o imagina nada. Bicho caprichoso Ya digo, un año tras otro lo intento en vano. Por eso no pongo aquí nada de lo pintado en este o en cualquier otro verano. Porque nunca son lo que quería. Seguiré intentándolo en vano, espero. Y cuando vuelva a equivocarme les echaremos nuevamente la culpa a los bichos porque siempre la tienen. Cuando hay a mano un frigorífico con cerveza fría, la culpa siempre es de los bichos. Para compensar la censura de los trabajos estivales fallidos he puesto aquí un dibujo liviano del atardecer en Sierra Mágina. Es algo muy neutro y para nada comprometido o arriesgado. Los dibujos son como las personas que siendo de esa calidad nadie los rechaza y todos cuentan con ellos. Pelea de bichos Pinturas con cuento. Pág. 55
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    El Cambio enAncha de la Virgen viernes, 5 de agosto de 2011 Rincón de Ancha de la Virgen. Óleo sobre lienzo. 35x41. Sin fecha. (Esta entrada va dedicada a mis compañeros. A mis amigos y por supuesto que también a mis enemigos. A todos los tendré presentes en unas y otras oraciones.) En este verano tremendo en el que de armisticio en armisticio tantas cosas están desapareciendo, en el que casi todas están cambiando y en el que el resto va por el mismo camino. Cuando la ansiedad ante lo porvenir crece conforme los días se hacen mas cortos, traigo esté rincón nocturno de mi antigua casa de la calle Ancha Pinturas con cuento. Pág. 56
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    de la Virgen.La luz de la estampa es una lámpara verde con pie dorado, el humo del cigarro es azul y los reflejos de la bombilla sacan chispas del teclado, del ratón y del cristal del monitor. Noche de lluvia en Ancha de la Virgen. Óleo sobre lienzo. 65x50. 2002 Me mudé a esa casa en 1997. Era un edificio viejo, completamente reformado, al que se entraba por un patio con fuente, columnas de piedra y zapatas de madera. Una casa con seis ventanales grandes, de tamaño antiguo. Desde ellos se veía el paisaje urbano de tejados viejos, de viejos tendidos eléctricos abandonados, de viejos canalones donde criaban las palomas, de viejos miradores donde los gatos esperaban todas las mañanas al sol, de viejos comercios en liquidación, de viejos plátanos de sombra gigantes que desde el Campillo se levantaban por encima de las casas y del torreón de Bibataubín. En ese barrio viejo, céntrico y humilde, todo estaba cambiando. En las casas antiguas los inmigrantes pobres ocupaban los pisos de los viejos pobres que morían, o que se iban, o que los echaban. En las casas nuevas se asentaban nuevos vecinos, en general modernos y poco pobres (salvo los estudiantes, caninos desde que los inventaron). El barrio de toda la vida mudaba a uno nuevo en el que no solo habían cambiado los acentos, también las lenguas. Lenguas ricas de jóvenes viajeros ávidos de la cultura del lugar, de sus fiestas y de sus refrescos. Lenguas pobres amontonadas en las casas más dejadas y que tenían, tienen, la exclusiva Pinturas con cuento. Pág. 57
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    pretensión de comer.Cada día el barrio era menos lo que fue y era más lo que estaba empezando a ser: una cosa distinta. Tejados, cables y antenas, palomas, Bibataubín y los plátanos del Campillo. Llegué allí cuando el cambio estaba empezando. Me fui cuando ya era evidente. Y durante esos años yo cambiaba y me movía a la vez que el barrio. Cosas chicas y grandes me pasaron que fueron etiquetadas de buenas o malas, alguna incluso de tremenda. Por cada cosa sucedida había un movimiento asociado, un cambio. Y no había relación directa ni necesaria entre la calidad de la cosa y la del cambio. Una mala cosa podía provocar un cambio bueno y viceversa. Esta no correlación se ve clara con el tiempo. Pero, mientras llega ese tiempo y como el presente tiene un brillo tan cegador, nos deslumbra y no vemos nada y nada comprendemos. Hasta que conseguimos perder de vista el presente, no conseguimos fotografías del mundo exterior mas o menos enfocadas y con la exposición correcta, Viene a cuento esta historia porque en estos tiempos de mudanzas, apariciones y desapariciones, ando por ahí de asesor de templanzas y fortalecedor de espíritus, ando predicando las bondades del cambio y de cómo es posible aprovecharlo para conseguir un bien aunque provenga de un mal: hacer del vicio virtud. Voy por ahí contando que los cambios son como las olas de las playas, que si estás atento y saltas cuando llegan son divertidas pero que si las ignoras te revuelcan de mala manera. De sobra se que esto así dicho tiene su parte de exagerado, que hay cambios de los que difícilmente se podría sacar algo bueno. P. Ej., si a uno le meten una bala en la cabeza se produce un cambio inmediato del que pueden sacar algo bueno los herederos, el sicario, el tratante de armas que vendió la suya al sicario y el banco suizo donde el tratante introdujo el dinero en los circuitos financieros de la gente blanca, cívica y trabajadora. Pero de mala manera el muerto podría ver algo positivo en el cambio, salvo que muriera por no morir. Pinturas con cuento. Pág. 58
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    Mi rincón deAncha de la Virgen De manera que, efectivamente, hay algo de exageración. Pero también hay mucho de verdad. Y lo cuento con tanto entusiasmo que resulta creíble y es una creencia que poco daño puede hacer a nadie y que sí puede servir a alguien para nadar en medio de las tribulaciones de estos tiempos tan recios. Recuerdo con cariño aquella casa de la calle Ancha de la Virgen. Recuerdo quien era yo y como era cuando llegué y también lo recuerdo para cuando me fui. Llegaron las olas gordas y me puse a saltar de forma admirable y lo negro se hizo blanco: me casé, deje de fumar, me compré unas botas de montaña, me aficioné al blanco Valdeorras y al Rueda, etc. Por eso recuerdo con cariño aquella casa de techos altos a la que se entraba por un patio con fuente, columnas de piedra y zapatas de madera. Aquellos balcones desde los que se veían tejas y tejados, cables arracimados de mala manera en paredes descuidadas, gatos peleones andando de teja en teja, viejas regando los geranios, modernos atronando al vecindario con su música de modernos, andinos y subsaharianos con su mercancía al hombro escondiéndose por las esquinas de los municipales que batían la Carrera, beatas volviendo de misa, algún turista despistado... Recuerdo con cariño aquellos balcones en los que muchas noches terminaba mi día fumando, apoyado en la baranda mientras pensaba en mis propios asuntos, mientras miraba sin ver las gotas de lluvia en los charcos donde se reflejaban las farolas. Recuerdo bien que las mañanas claras de buen tiempo, por las ventanas llegaban hasta mi rincón, el que pinto en el cuadro, los ruidos de un mundo que nunca se para. Los ruidos ahogados de cuando en cuando por los maullidos de los gatos indigentes peleándose en algún tejado abandonado. Pinturas con cuento. Pág. 59
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    Nieva en lafarola de enfrente De mañana Pinturas con cuento. Pág. 60
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    Los dedos delamanecer en Puerto Ausín martes, 16 de agosto de 2011 Dedos del amanecer en Puerto Ausín. Photoshop. 65x50.2011 Los dedos del amanecer tocan los muros del cortijo de El Puerto. Son muros de tapial, desconchados, manchados por el agua y la sequía. Muros negros de verdín seco, con cincuenta revocos que la humedad y el sol han rajado. Muros cien veces blanqueados y hoy, tristes, viejos y perdidos, apenas salpicados por restos de cal. Los dedos del amanecer recién nacido saltan la vertiente por Puerto Ausín y se derraman como una avenida de agua incontrolada. Ruedan las olivas abajo, se atropellan y chocan con las lindes, con los pinchos, con las cañas de las hierbas secas. Corren y alborotan bajando por los barrancos hasta dar en Guadiana Menor. Saltan a la otra orilla y en las cuestas de enfrente salpican espartizales, pinares, olivares y campos yermos hasta romper contra las piedras más altas de Sierra Mágina. Y como las olas, golpean y retroceden. En los veranos de Lacra, cuando el calor dificulta otras excursiones, suelo subir hasta Puerto Ausín para hacer piernas y no perder la costumbre de andar. Tiene cosas buenas este paseo y no es la menor que por el carril no pasan coches nunca o casi nunca y los perros pueden ir sueltos disfrutando a su aire. Pinturas con cuento. Pág. 61
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    La noche seva por Mágina Hay que salir con la fresca, cuando apenas hay luz, antes de que el sol haga impracticables los caminos. Por suerte, la pendiente va a contrapelo del sol naciente y los rayos pasan por encima de las cabezas creando una cueva de sombra que aguantará el fresco todavía unos minutos. Conforme aumenta la claridad el paisaje se esconde detrás de la calima. Desaparecen primero el Mulhacén y toda su corte, luego Úbeda y la Loma. Para bastante antes del mediodía apenas se distinguirá el esquema borroso de Sierra Mágina y los campos que bajan hasta Guadiana. La cueva de sombra al subir Abajo, el Guadiana Menor y Collejares Cuando la luz violenta y blanca de los días del verano ha borrando todo horizonte, se pierden los planos largos y medios que en esta época solo son visibles en el alba y al atardecer. Visibles, pero no como paisajes naturales sino como decorados artificiosos pintados en colores excesivos e irreales. Cuando la luz violenta y blanca de los días del verano ha borrando todo horizonte, se pierden los planos largos y medios que en esta época solo son visibles en el alba y al atardecer. Visibles, pero no como paisajes naturales sino como decorados artificiosos pintados en colores excesivos e irreales. La subida hasta Puerto Ausín es más o menos de unos cuatro kilómetros y de unos cuatrocientos metros de desnivel: una hora. Al pasar por el cortijo de El Puerto nos alcanzan los primeros rayos del sol que avanzan sigilosos a ras de suelo. Oculto tras la calima queda el gran escenario del Guadiana Menor y su mundo, sólo queda recrearse en los primeros planos, tan pequeños, tan poco valorados: el aroma de la tierra deshidratada que se prepara para un nuevo infierno de calor, los almendros que, tras cumplir con sus obligaciones productivas, empiezan a perder las hojas o las propias almendras que, ya en su sazón, empiezan a desprenderse de la piel de Pinturas con cuento. Pág. 62
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    melocotón juvenil yverde de cundo fueron allozas… Nada mas que planos cortos: las uvas tintas en la parra, los cardos y los pinchos dorados, las hierbas amarillas y también, claro está, las estudiadas formas y los trabajados colores que pueden encontrarse en las paredes del cortijo cuando se las enfoca en modo macro. El sol arrastrándose por el suelo El sol derramándose por los olivares La imagen de hoy es el dibujo de una fotografía figurada en la que los dedos del amanecer rebotan contra los muros desconchados y deslumbran el objetivo de la supuesta cámara. He tenido que pintarlo con algo de imaginación y embuste porque, como bien se ve en la foto adjunta, las paredes en cuestión se orientan al ocaso y a estas horas de la mañana el sol ni les roza la piel. Por eso he tenido que pintar el momento, porque con el cristal de la lente malamente hubiera podido conseguir un reflejo de sol. ¿Es irreal el resultado? Puede, porque no deja de ser un invento. Pero los inventos, sin embargo, una vez paridos ya existen y son tan reales como cualquier otra cosa existente, real o imaginaria. Para cuando el sol empiece a calentar, ya estaremos bajando los perrillos y yo. Hace un par de horas veíamos como los dedos del amanecer expulsaban a la noche detrás de las crestas de Mágina. Ahora están resucitando a las chicharras y espantando a las sombras. Si fuera invierno los dedos del amanecer arañarían la escarcha. Pero hoy no, hoy ya hace demasiado calor y el sol brilla con fuerza en las trampas de tela de no se que bicho que vive en la madreselva. Imposible el hielo. Las paredes en sombra del cortijo de El Puerto Pinturas con cuento. Pág. 63
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    La Frontera enlos Picones del Puerto de Tíscar jueves, 25 de agosto de 2011 Atardecer en Los Picones. Photoshop. 65x50. 2011 Son Los Picones del Puerto de Tíscar la frontera natural que separa a los antiguos reinos de Granada y de Jaén, aunque la línea administrativa queda unos kilómetros más abajo, pasado Pozo Alcon. Deja esta raya a un lado las tierras del Guadalquivir con su monocultivo de olivar y sus paisajes suaves y al otro las tierras altas de Granada, de relieve arisco, despobladas de personas y plantas. Dicho más técnicamente, por Los Picones pasa la línea que parte a un lado la depresión del Guadalquivir y al otro lo que ahora se llama Altiplano Granadino, la parte bética y la penibética. Son tierras muy diferentes no tanto en lo humano aunque sí en lo físico. La divisoria arranca en Tarifa y se difumina y desnaturaliza al pasar la Sierra de Segura. Además de frontera natural, esta lo fue también política y cultural durante casi trescientos años: al sur el Reino de Granada subido a sus montes y al norte la Andalucía de campiña que conquistó Fernando III. De aquellos tiempos recios y antiguos surgió la parte del Romancero que más me gusta, la de los romances moriscos y de frontera. Son historias de caballeros moros y cristianos haciéndose guerras, ofensas y cautiverios sin tener nunca que trabajar: andan todo el día por esas sierras de peñas y riscas, de castillos y atalayas, entre pinos y tomillos y romeros, asaltando y defendiendo altos muros roqueros, quemando y robando las cosechas Pinturas con cuento. Pág. 64
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    de las gentesde los otros. El escudo de la Atalaya del Puerto de Tíscar Los primeros tratos con estos señores los tuve por mediación de FLOR NUEVA DE ROMANCES VIEJOS de don Menéndez Pidal. Ya el propio título predispone a caer en el encanto de la épica y del romanticismo, en el olor viejo del papel de las novelas antiguas que cuentan hazañas heroicas locales y en el color perdido de los muros derrumbados, de mampuesto y de tapial, que se esconden entre los zarzales de rincones olvidados. Cuento entre mis episodios favoritos el romance de Abenamar, aquel gran felón y traidor que, disimulando sus malas artes en el tintineo de las campanillas de la canción, terminó pasando hasta por bueno. También me gusta el de la pérdida de Alhama del que parece que hay o había versión en Portugal: ”Ay minha Alfama”. Y quizás entre los mejores y más dramáticos, aquél de “Álora, la bien cercada” donde le hicieron gran traición al Adelantado Mayor, tan grande que lo mataron. Con el tiempo descubrí que más allá de don Ramón también había romances. Alguno que incluso acabó siendo de mi predilección como aquel del cerco de Baeza o aquel otro que empieza “Caballeros de Moclín, peones de Colomera…” Tanto leí estos episodios y tan seguido que de no ser por mi trasfondo fuertemente burgués que lo impidió, se me hubiera secado el seso y andaría hoy en grandes cabalgadas a lomos de coche por esas carreteras de las sierras en busca de hidalgos moros. Pero resulta que además de mi parte conservadora se me cruzó San Juan de la Cruz y de inmediato cambié a Reduán y a los suyos por otros versos. Por aquellos que dicen “por toda la hermosura nunca yo me perderé, sino por un no se qué que se alcança por ventura”. Y frecuenté nuevos lugares y dejé de frecuentar aquellos que frecuentaba. Que yo sepa no existe romance que corra por las sierras de Quesada y Tíscar. Novela histórica romántica del diecinueve sí, pero romance no. Y aun sin romances, Los Picones son la pura idea de frontera, son una fina membrana que pasando por el filo de las piedras separa las vertientes. La del norte es la de los horizontes abiertos, la de las olas de olivar que avanzan por los llanos y que suben y bajan por los cerros, que solo acaban cuando acaba el horizonte. La del sur es la de los barrancos y las ramblas, la de los suelos altos y desnudos donde apenas vive algún almendro helado a la sombra del techo de nieve en el que está enterrado, dicen, el sultán Muley Hacén. Pongo abajo fotografías que así lo acreditan. Pinturas con cuento. Pág. 65
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    También, y comose sabe, desde los Picones se ve la torre del Castillo de Tíscar y se ve desde arriba y a lo lejos Quesada en la otra parte. Se ve pero en los días claros también se oyen las voces de la gente, los coches y los ruidos que salen del caserío. La relativa lejanía es la bastante para desenfocar las formas y borrar lo detalles de manera que hoy, como siempre, solo se ve una mancha blanca compuesta por fachadas punteadas de ventanas. En su coronación, la torre de la iglesia. Se ven desde aquí las mismas cosas que se veían y que fueron hace ya muchos años. Al norte, Quesada Al sur, Tíscar y la Sierra de Baza Se ven las aceras llenas de sillas con gente que mira y que sólo alguna vez habla y se ven los camiones cargados de paja renqueando por las cuestas de una carretera casi vacía. Aprovechan la gente y los camiones la fresca de la noche. Y es verdad también que se ven mis recuerdos desde esta atalaya, especialmente los días con viento norte que son los mas transparentes. Como se ve, los Picones son también la frontera que separa el presente del pasado. Que separa, pero que a la vez junta como toda frontera: permite ver los dos lados con solo girar la vista: a un lado se ve uno, el otro al otro lado. Al norte, olivares Al sur, barrancos pelados Cada vez que puedo me acerco a los Picones. Es un paseo muy agradable. Las hojas afiladas de los pinos amplifican y modulan el sonido del viento. En el cielo peñas y buitres, en el suelo todas las hierbas de olor y los surcos secos de regatos espontáneos que dejaron en el carril las últimas tormentas. Es un paseo agradable que me gusta hacer siempre que puedo, con el viento frío del invierno y con la luz templada del verano al caer la tarde. Me gusta asomarme al filo de piedra y mirar aquel pasado que solo desde aquí se puede volver a ver y verlo mezclado con el presente local del que ya no formo parte. Pinturas con cuento. Pág. 66
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    El sol cuandoacaban los días de julio se va rasando el suelo y mancha de dorado el cristal de mi cámara digital. Eso es lo que hoy he pintado. De “Álora la bien cercada” “Entre almena y almena - quedado se había un morico con una ballesta armada - y en ella puesto un cuadrillo. En altas voces decía, - que la gente lo había oído: ¡ Tregua, tregua, Adelantado, -por tuyo se da el castillo! Alza la visera arriba, - por ver el que tal le dijo, asestárale a la frente, - salido le ha al colodrillo. Sacóle Pablo de rienda, - y de mano Jacobillo, estos dos que había criado- en su casa desde chicos. Lleváronle a los maestros - por ver si será guarido. A las primeras palabras, - el testamento les dijo" Pinturas con cuento. Pág. 67
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    Paseo de inviernocon perros por la playa martes, 6 de septiembre de 2011 Playa de Cabopino en invierno. Photoshop. 65x50. 2011 Invierno, playa de Cabopino. Los fondos arenosos revueltos por las corrientes se reflejan en la superficie cuarteada del mar que el viento mueve rítmicamente, como los engranajes de un móvil. Ese mismo viento a empujones arrastra las nubes por el cielo y salpica de humedad las plantas al borde de las dunas. Torre Ladrones Los nuevos colores del mar Pinturas con cuento. Pág. 68
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    El mar, sinmoverse, nunca se para y menos aún en días embravecidos como este. Reflejos amarillentos y verdosos pelean por mantenerse a flote y luces medio tristes y medio brillantes llegan por levante. Las olas martillean con monotonía de cante de fragua. El temporal arranca arenas y algas de los suelos y las lleva a la superficie, las hunde y las vuelve a levantar cambiando los colores convencionales de la estampa: desaparecen los azules sustituidos por ocres verdosos, detrás de los remolinos de espuma las luces de bombilla antigua, medio brillantes y medio tristes, tiñen de amarillo el horizonte. Una zódiac abandonada. Está rota y tiene un pie en el agua y el otro en la arena. No parece de recreo, parece más bien de trabajo. Pero está demasiado vacía para haber transportado personas, dentro no quedan restos de cosas de pobre. Tiene toda la pinta de que los viajeros han sido cosas. Si el transporte hubieran sido personas ya las habrían alcanzado porque corren mucho menos que el humo y el aroma de las cosas y aquí no se aprecia indicio alguno de éxito policial. Quien fuese, cruzó el mar de noche y desembarcó disimulando en medio de la oscuridad. Eso si, no olvidó el motor que dicen que es lo más caro. Pero han sido cosas las que ha viajado en esta zódiac. Palmeras desconcertadas Y aunque han sido cosas y no personas, encajarían aquí unas cuantas reflexiones y excursiones verbales sobre los viajes de quien se ve obligado a cruzar este u otro mar. Sería apropiado decir que hay quien cruza el mar varias veces y en sentido contrario y que hay quien no lo hace nunca ni sale de su pueblo. Y se podría continuar diciendo que hay quien tiene la suerte de cruzarlo en un día de calma y quien se ve zarandeado por el temporal en una noche negra. También, que hay quien lleva mucha cosa encima y quien no lleva nada, quien va solo y quien va con muchos, quien tiene que correr al desembarcar y quien es adulado al pisar el suelo, quien es devuelto al llegar y quien alcanza una nueva vida. Si estuviéramos en un bar con cerveza o vino delante, con tapas y buen público, iríamos subiendo el tono de la conversación hasta alcanzar registros de innegable hondura: que todos, al fin, hacemos alguna vez un viaje aunque sea solo uno, que los viajes de las cosas no tienen ninguna poesía porque se rigen por las normas del comercio (lo cual espero demostrar alguna vez que no es cierto) y otras profundidades filosóficas de similar tenor. Tanto más airosas y deslumbrantes cuanto mejor o más repetido sea el vino y menos prudentes sean los contertulios. Pero lo cierto es que no estamos en ninguna taberna, que el viento es frío y que solo se escucha la métrica cansina de las olas, ABC, ABC, ABC… Pinturas con cuento. Pág. 69
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    Reflejo de luzfurtiva Las plantas de las dunas Pasear por la playa en invierno es como sentarse delante de una chimenea (creo que ya lo he dicho otras veces). La vista se pierde mirando a ninguna parte y el pensamiento se deja llevar por el ritmo de las llamas y de las olas. En la orilla, la melancolía se vuelve hacia el horizonte buscando cosas perdidas, cosas pasadas, lo que no volverá. Hoy, es invierno. ¿Y dónde están los perros en el paseo? Pues eso, que no paran. No me hacen ni puto caso. Los llamo para que hagan una bonita estampa en la foto y se van a la parte contraria. No dejan de moverse, siempre por donde ellos quieren. Si salen en alguna imagen será porque pasan delante del objetivo, no por otra cosa. Esa es la razón de que no haya podido sacarlos en el dibujo. Están muy consentidos. Mirando al horizonte a las olas, a la lumbre Pinturas con cuento. Pág. 70
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    Olivas domingo, 18de septiembre de 2011 Olivas. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 Seguro que alguna vez en algún sitio de la provincia, alguien ha pedido en un bar olivas y le han contestado que ellos son taberneros y no tratantes de fincas. Y es que como cualquiera sabe, en Jaén, fuera parece que no, la oliva es un árbol y no es otra cosa. Olivas Olivar La oliva es el árbol y su fruto es el billete. Recién salido de la flor es verde y se suele Pinturas con cuento. Pág. 71
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    conocer como aceituna.Al avanzar en su desarrollo se oscurece y alcanza en sus estadios finales tonos azulones y morados decididamente oscuros. Con los primeros hielos del invierno ya está completamente formado. El individuo adulto, de brillantes colores y cintas de reflejos plateados, dedica su corta vida a reproducirse. A tal efecto despliega una elaborada ceremonia nupcial, muy vistosa y admirada año tras año por incontables aficionados. Así, refiriéndose a este cortejo se dice: “Dinero llama a dinero” pues también es conocido el fruto por ese nombre. Respecto a los suelos que habita la oliva los hay de una amplia gama ya que es un árbol sufrido que se adapta a casi cualquier circunstancia. A veces los suelos son rojos como ocurre en Vilches y Arquillos, por ejemplo. Cito estos lugares expresamente porque se me viene el recuerdo de cuando en mis tiempos de estudiante cruzaba con mi hermano por allí, camino de Quesada o de vuelta a Madrid, en un seiscientos pintado a brocha. Más suelos: en Quesada y alrededores son blancos, pero siempre que no sea de noche y sin luna porque entonces son negros. En las noches de luna llena cambian a un azul muy tenue, plata brillante claro. Los campos y paisajes donde viven pueden ser llanos, los menos, quebrados o alomados, de horizontes abiertos que se pierden en sierras de varias provincias o cerrados por algún cerro que abusa del primer plano. Los aires que cubren estos paisajes a veces son opacos, por la niebla o por las lumbres de los aceituneros, y a veces son completamente transparentes como es el caso después de un temporal o en los días de viento norte. Las olivas se disponen en el terreno de muy distintas maneras: a su aire, guerrilleras y anarcoides, que se colocan donde quieren sin sujetarse a regla alguna o bien son absolutamente disciplinadas, agrupadas en formaciones perfectas y severamente reguladas. Las olivas son todas distintas, por su entorno y por ellas mismas. Por ellas también, pues hay quien dice que tienen su propio temperamento y que por eso en un mismo suelo, clima y dueño las hay reservadas y las hay vigorosas, las hay exuberantes y las hay enfermizas, duras y blandas. Pero siendo absolutamente distintas, de una individualidad casi absoluta, todas juntas, estén donde estén, sea de día o sea de noche, todas juntas son un olivar. No es esta chica lección en estos tiempos y es de mucho provecho para determinados colectivos amenazados, incluso para casi todos. Salta una liebre cuando aun no ha salido el sol por entre los troncos, que ya eran viejos para la gente vieja, en el Olivar Viejo. Amanece con brillos verde suave, brillos gris con verde, verde claro, verde oscuro apagado. Se pierde la liebre en cuatro saltos ribazo arriba. Al otro lado del barranco el solano vuela entre las hojas, las agita y las entrechoca haciéndolas sonar con un zumbido sordo y apagado que sube y baja, que va y que viene. Hay una enorme cantidad de tipos y variedades de oliva. Casi cada lugar tiene la suya y se distinguen por el tamaño y por el valor facial del fruto, por su porte, etc. No obstante, todas las variedades conocidas se pueden agrupar en dos grandes Pinturas con cuento. Pág. 72
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    familias: olivas propiasy olivas ajenas. Se diferencian porque el fruto de estas últimas no es comestible ni se puede abonar en cuenta. Olivar viejo Finalmente, se hace preciso hablar de la muerte de las olivas, porque también les llega su San Martín. Mueren en las chimeneas dando calor, olor y color al vino y a la mecedora, a la tapa de queso y al pan. Sus quejidos agónicos, las chispas que saltan y los crujidos de las ascuas, no son atendidas por el pensamiento que, en vigilia, duerme. Muerte de la oliva Pinturas con cuento. Pág. 73
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    NATO OGI jueves,13 de octubre de 2011 Vermú con soldadito de Pavía sin pimiento. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 (Para los que no lo pillen: significa OTAN NO) De la taberna en cuestión me gusta y no hay porqué disimularlo, el vermú. Es de barril, con su chorrito de ginebra, hecho con sifón de sifón, en vaso ancho y recio. La rodaja de limón corta el exceso de colores morados y granates de la bebida. Morados y granates que se extienden por los azulejos multicolores del zócalo, por el suelo y la barra cuadrada, por la luz que atraviesa los vidrios de las lámparas. Todo es magenta y carmesí. Al menos así me lo parece en la memoria cuando lo pienso. Y seguramente que parecerían muy distintos si los pudiéramos poner el uno junto al otro, pero este bar se parece a otro bar que hay (o había) en la otra esquina del mar. Aquel también es (o era) céntrico pero a la vez también como de barrio. Son uno y otro de públicos tan distintos que se ofendería ambos con la mutua comparación. El uno es más nocturno, el otro más de mañana, el uno más de orden y el otro más de buscar un rato de desorden de todos los sentidos. Pero los dos como un poco de pueblo, de parroquianos, de costumbres fijas: los unos que cada mañana vuelven, contentos de poder continuar volviendo un día más, los otros que vuelven cada noche buscando, en su deseo, empezar otra noche más. No Pinturas con cuento. Pág. 74
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    recuerdo bien loscolores de aquel de allí. Creo recordarlos mas bien oscuros pero no puedo asegurarlo, porque mas que con colores está, o estaba, adornado con poca iluminación. Poca iluminación y en mi memoria demasiadas copas, demasiado gin tonic y demasiado ouzo. La luz que entra desde la calle Batalla de conversaciones y vasos Las tapas del local de aquí, genuino templo de la malafollá granaina, son corrientes. Dan mucha fritura, pescada y pescadilla, boquerones. También un bacalao o símil barato, que en lugar de con pimiento rojo remata con aceitunas el uniforme del Regimiento de Pavía. Por la puerta entra siempre una luz quizás demasiado brillante, que es cosa extraña en un barrio viejo de calles oscuras, rectas pero estrechas. Hace unas semanas, paseando con los perros, se me vino a la cabeza aquel bar donde entre tanto ouzo aprendí a decir con perfecto acento lo de NATO ogi. Y se Pinturas con cuento. Pág. 75
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    me vino ala cabeza el anuncio de la vieja del yogur. Esa que al parecer con su inmerecida y excesiva pensión ha puesto en peligro a este mundo y a parte del próximo. Ha sido la cosa esa del efecto mariposa que se inició no se sabe bien si porque compró algo para los nietos o porque se compró una bragas nuevas (¿para que querrá unas bragas nuevas una vieja?). No se sabe bien que fue pero desde entonces todo ha sido un sin vivir. Vermú con símil de soldaditos de pavía La nuestra de aquí es taberna y también de barrio, pero de barrio antiguo, del centro. Sin diseño ninguno pero de una cuidada decoración: faroles de la tierra, toneles para el granel, banderas y bufandas de la cosa del fútbol, una reproducción en cerámica de la iglesia de las Angustias absolutamente desproporcionada y fuera de lugar que oculta o adorna los grifos de cerveza... Y no hay música ambiente, solo la batalla de vasos, platos y conversaciones y el vozarrón del oficiante llamando a voces a los bebedores para que acudan a la barra a recoger las tapas (si son raciones, es decir de pago, las acerca él mismo todo servicial y solícito para mayor comodidad del dispendioso cliente). Como decía antes, los pobres son tremendos y nos van a llevar a otra guerra mundial. Gastan sin tino. Aquí y allí las viejas consumistas gastan por encima de sus posibilidades, tocan a cinco médicos gratis por barba (es frecuente que las viejas tengan barba o que al menos se la pongan postiza para dar besos) y emplean todo su afán en comprar de todo, siempre que esté muy por encima de sus posibilidades. La que nos han montado estas viejas pobres. Se merecen todo lo malo que les pase. En esas iba con mi paseo y mis pensamientos cuando los perros, gente sensata, me razonaron que alguien que en su invitación de boda puso la caricatura que le dibujaron en una servilleta de papel de aquel bar (que está, o estaba, enfrente de la iglesia de San Dionisio Areopagita, en la barrio de Kolonaki), en conciencia, no puede tener mas que una opinión sobre este asunto: NATO OGI. Y que llenen. Pinturas con cuento. Pág. 76
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    Caricatura que noshicieron 10 años antes de la boda. El calvo soy yo. Pinturas con cuento. Pág. 77
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    Adiós de laluna en la Vega sábado, 22 de octubre de 2011 Adiós de la luna en la Vega. Photoshop. 65x50. 2011 La cosa del software libre y los excesos morales. De la cosa del software libre había oído hablar pero no era asunto que me hubiera preocupado demasiado y tampoco entendía muy bien de que iba la cosa. Así fue hasta que este verano pasado, en los desayunos del trabajo, Dani se dedicó a darme la tabarra con el tema intentando evangelizarme: que si me mandaba el enlace de no se que programa guay, que si no se que blog de un conocido suyo donde te podías descargar no se cuantas cosas asombrosamente útiles y asombrosamente gratuitas. No entendía yo muy bien de que iba la cosa, pero como tengo casta, entraba al trapo con bravura y rebatía y discutía como si supiera de qué. No me corté a la hora de sacarle inconvenientes al asunto. Hasta que una mañana llevé la crítica al terreno místico-religioso para atacar de paso a los creyentes de cierta marca cara (gente muy fundamentalista que tiene por dios a un pero mordido). Pues no se me ocurrió nada peor que preguntarle si acaso estábamos hablando no de herramientas funcionales sino de herramientas ideológicas. Me dijo que efectivamente, que de eso se trataba. Y ya se acabó para siempre la discusión. El software libre es cosa de ideología. De ideología libre. Pinturas con cuento. Pág. 78
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    Maiz y cipresescon las primeras luces Al llegar la primavera, en mis paseos con los perros los sábados por la mañana, evito las zonas de pinos porque con la primavera también llega la procesionaria, bicho maligno y asqueroso capaz de dejar sin lengua o de matar a cualquier perro. Cambio los pinos por un recorrido en la Vega de unos diez kilómetros: carril bici paralelo a la circunvalación, seguido hasta llegar al río Beiro, luego por su ribera derecha hasta dar en Genil y ya desde allí, río arriba entre bicicletas, corredores y caminantes por placer o por salud. En verano mantengo el mismo itinerario porque es corto y puede uno estar en casa a cubierto antes de que apriete la calor. Persiguiendo a la luna por el carril bici de la circunvalación Son hermosas las primeras luces de la mañana en la Vega. No misteriosas como las de invierno. Estas son hermosas, claras, vivas, definidas. Sazonan de brillo los maizales verdes y las siembras. Por un rato hacen azul el cielo que más tarde el calor blanqueará. En la vega quedan por aquí y por allí algunos secaderos de Pinturas con cuento. Pág. 79
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    tabaco y quedanalgunos cortijos con sus almeces y sus cipreses, cortijos blancos como corresponde, de puertas y ventanas pintadas en verde. Los campos encharcados, que se riegan a estas horas para aprovechar la fresca, se llenan de pájaros chicos y de otros más grandes como garzas y garcillas. Todos picotean en el barro. Como hay feria en algún pueblo cercano y están tirando cohetes. En el recuerdo, lugar muy dado al libre albedrío, es fácil olvidar el ruido sordo de los coches, de los negocios de excavadoras y camiones cementeros, de la fábrica de leches... Por eso, los olvido. Hay en mi recuerdo otra vista de la Vega, también de este verano pero recogida como una hora o así antes que la anterior, en la frontera entre la noche y el amanecer. No es vista de paseo sino de día laborable, de café cortado con leche fría en la cafetería del trabajo. Empieza esta vista con muchas luces, con las de los faroles de la autovía, con las del tráfico que corre porque llega tarde, con las de algún avión que se acerca al aeropuerto, con las de las ventanas abiertas de los que se levantan, con las de los ventanales donde alguien ya limpia. Y más cerca, casi a la altura del café, explota en ondas el reflejo de la iluminación del techo en la barra de metálica. Y en el horizonte oscuro tintinean las luces de los pueblos con el bailen que bailan las luces de los pueblos lejanos en los paisajes de campo sin ciudad. Otra de la luna, con Sierra Elvira, en la circunvalación Se va la luna de la Vega y los colores despiertan lentamente. Los árboles son todavía sombras mas o menos oscuras, todavía oscuros los secaderos, los cortijos, la nave abandonada de una iglesia evangélica y la nave sin abandonar de la empresa de seguridad. Ya han pasado unos cuantos minutos, cuando les llega la tenue claridad que asoma en el cielo, se desperezan las formas: chopos, cipreses, olivos, sauces, algún palomar. Un poco por encima del horizonte, gris, debajo de los primeros azules de la mañana, una franja rosa difusa hace de aurora boreal de juguete en clima mediterráneo. Dura poco la estampa. Casi lo poco que dura mi cortado con leche fría. Para cuando lo he acabado el sol ya está quemando las piedras de Sierra Elvira. Pinturas con cuento. Pág. 80
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    Y este fueel planteamiento. Tenía que pintar la Vega de mañana, la Vega amaneciendo o ambas a la vez. Y hacerlo con software libre que es cosa de ideología libre. Tenía que hacerlo aunque no entendiera bien los términos del debate. Era obligatorio, porque cada quien debe saber intuitivamente cual es su manifestación. Como los pájaros que vuelve a su colonia después de pescar, debe identificar su pancarta entre miles de nidos, aunque esté escrita en chino. Es una exigencia moral. Eso era, es, el uso del software libre. Cortijo con secadero de tabaco Me bajé varios programas (alguno con alguna basura incorporada). Me rompí la cabeza intuyendo su manejo (las ayudas no dejan de ser como los manuales de cualquier máquina, algo que sólo sirve, si es que sirve, para calzar muebles). Me agobié porque en vez de hacer lo que quería hacer tenía que buscar la tecla con la que hacerlo o averiguar incluso si se podía hacer. Perdía la paciencia y volvía al software capitalista. Me daba cargo de conciencia y volvía a intentarlo. Y así varias semanas, inclinándome a un lado y al otro, como los chopos movidos por la tormenta. En paralelo ya había empezado la acumulación de bocetos. Uno tras otro. En este una luz tal, que al día siguiente cambiaba por otra cual. En ese lo reducía todo a unas esquemáticas y simbólicas manchas de color. En aquel ponía árboles, sierras y campos reconocibles. Un proceso trabajoso en el que nunca se identifica con facilidad el recto camino. Deben pasar a veces días hasta saber si tienes que volver al último cruce y retomar el desvío que ayer creías que no llevaba a ninguna parte. Y mientras, la pelea con la cosa libre. Una tarde y de improviso, despejé las dudas y recorrí de un tirón el camino que buscaba. Lo malo fue que lo hice con el método fácil y desclasado, con software capitalista, pirata pero capitalista. Pinturas con cuento. Pág. 81
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    Un boceto depor la mañana Fue un final de raro sabor, contento con el fruto, triste con el arado. Quería un triunfo a la vez artístico y político pero no fui capaz de alcanzar ambos. Mala cosa, malos sentimientos por no haber luchado en primera línea de fuego, por refugiarme nada menos que en la retaguardia enemiga (retaguardia pirata pero enemiga en todo caso). Un boceto de al amanecer Bueno. Después de un día viene otro y luego otro más. En algún momento y en mitad de alguna discusión conmigo mismo reparé que si bien los excesos suelen ser buenos, los morales no lo son y que las virtudes heroicas son para los santos, lo que no es el caso. No recuerdo si fue durante algún cortado con leche fría o algún paseo con los perros (ya por el Llano de la Perdiz). No recuerdo ahora donde, pero me perdoné. Aunque sin agobios, lo intentaré de nuevo. Pero ese día, me perdoné. Pinturas con cuento. Pág. 82
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    La Sierra, laVega y el río Beiro encauzado como una acequia medio seca Pinturas con cuento. Pág. 83
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    Cosas de cuandoMadrid domingo, 6 de noviembre de 2011 Gran Vía. Excel-Paint. 65x50. 2001 He cambiado a carpetas más visibles de la memoria algunas cosas que hice a principios de los años dosmiles y aquí las pongo. La primera de ellas es de los inicios de mis experimentos digitales, cuando empezaba a manejar Excel para las líneas y Paint para los colores. En aquel momento le presté poca atención a lo que me parecía nada más que pruebas o borradores. Con el tiempo le fui tomando gusto y algo de ciencia a usar el ratón y ahora es la parte gorda de las cosas que hago. El dibujo es una vista de la Gran Pinturas con cuento. Pág. 84
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    Vía desde Callao,desde la esquina donde estaba la cafetería Manila. Bueno, más que de la calle es de la Telefónica y más precisamente del reloj que hay debajo de la torre repleta (que estaba) de antenas que remata el edificio: el reloj iluminado de rojo con una cara a cada uno de los lados, la suciedad del aire provoca que los atardeceres despejados de invierno el cielo hacia levante tome un color rosado uniforme, paradojas urbanas. La Telefónica fue bandera republicana en el frente del Manzanares y por eso padeció bombardeos despiadados. Hoy sigue resistiendo y por las noches su reloj rojo de cuatro caras encabeza la defensa. No hay cañoneo pero sigue habiendo frente. Nudo Supersur. Óleo sobre lienzo. 60x45.2001 El segundo dibujo es una vista más o menos imaginaria de Madrid desde el nudo Supersur. Así se llamaba antes, no se ahora si mantiene el nombre. Su historia: Después de muchos años estando bien en Granada y cuando daba por sentado que Madrid sólo volvería a existir en forma de fin de semana, de andén de tren o enlace de aeropuerto, volví a tener allí zapatillas y cepillo de dientes. Más o menos Pinturas con cuento. Pág. 85
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    cada dos finesde semana cogía el autobús, el de las 4 de la tarde, que llegaba a la Estación Sur sobre las nueve menos cuarto. Según la época del año la llegada era en noche cerrada, anocheciendo o con sol. Donde la nueva (que tiene ya unos años) carretera de Andalucía se cruza con la M- 40aparecen, de pronto, las siluetas de los edificios más altos (entonces). Más o menos por allí pasa el AVE. Un poco más adelante a la izquierda se abre el hueco del Manzanares y se distingue (o lo he soñado) la Sierra y la cúpula de San Francisco el Grande. No se ve todo esto a la vez, incluso hay cosas que están en la pintura y que son invisibles desde allí, como el luminoso de Iberia en la avenida de América. La idea fue pintar la sensación, en esquema, de estar entrando en Madrid y para eso recorté trozos de recuerdos de distintas horas, de varios lugares, de cosas sueltas. Recuerdos mezclados en el lienzo a conveniencia. Una especie de Frankestein hecho de partes, espero no sea tan feo este mío. Plaza de Chueca. Óleo sobre lienzo.65x54. 2002 Pinturas con cuento. Pág. 86
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    La tercera cosaque traigo son balcones de casas y entre los balcones una boca de metro. Siempre he sido muy adelantadillo para algunas cosas y ya por entonces usaba fotos para plantear las composiciones. Las juntaba y las retorcía para luego pintarlas con Excel (se agrupan en un solo objeto todas las líneas que has hecho, se borran las fotos que han servido de guía y ya está el dibujo para llevarlo al lienzo). Esta imagen de balcones es de la plaza de Chueca mirando hacia Gravina. Un paisaje urbano vacío de gente como los de Antonio López, aunque en mi caso no a causa de alguna razón talentosa o intención simbólica sino simplemente porque no se dibujar y quitando el público me quito un problema. Por el contrario puedo presumir de que el plano del metro lo pinté de memoria o de oído y sin embargo se puede comprobar como los colores de las líneas son correctos y el trazado razonable. ¿Que decir de este sitio? Pues que no hay tanto que decir pues para mí ha sido más bien un lugar de paso. Agradable, pero de paso. Y es que no es fácil encontrar mesa en las terrazas ni tampoco tiene bares a los que fuera demasiado aficionado (con la excepción de los vermús de la taberna que hace esquina con la calle de San Gregorio). Es decir, una plaza agradable, de paso entre alguna calle de su alrededor y alguna otra en el otro alrededor del otro lado. Desde un bar hasta otro bar, bares de los que sí fui aficionado. No voy a decir marcas. Se de sobra que hoy en mi entorno más inmediato y laboral hay muchos y muchas que por razones que no vienen al caso, ven en Madrid un demonio, una amenaza, lo temen y lo odian. Y no seré yo quién valore el valor que cada cual le da a sus propios problemas. Lo que para uno es chico para otro es grande. Los problemas de uno nunca son pequeños y siempre lo parecen aquellos del prójimo. Pero es inevitable que estas incertidumbres y temores me traigan el recuerdo de como hace casi treinta años para mi fue el viaje contrario, de Madrid a Granada, de estudiar Paleografía a trabajar en una Caja de Ahorros. También lo viví como un terrible fin del mundo del que, entonces, me parecía imposible salir. No puedo dejar de ver ese pueblo como algo propio y cercano, el escenario de muchos y continuados recuerdos, de muchos días y años pasados. No es este lugar para demasiados detalles explicativos pero lo que para otros es lo negro y lo desconocido para mi no lo es. ¿Volveré de nuevo? Quien sabe, yo ya no aseguro nada. Una aclaración sobre las fotos, que se que alguna es impresentable. Me refiero a la dela Gran Vía. Pero hay un porqué porque si un sábado al atardecer vas por Callao y ves la luna llena a la altura del reloj de la Telefónica y el cielo uniformemente rosado de fondo ¿que haces? Pues sacar lo que lleves a mano (el móvil) y hacer una foto (y todo el mundo recordará que fotos hacían los teléfonos en 2001) aunque solo sirva como apunte del natural. Y por cierto, se puede comprobar que el rosado uniforme únicamente aparece en la parte inferior del cielo, el resto tiene tonos azules. Pero las cosas no son como son. Son como se recuerdan. La otra foto especialmente mala es la de un bar. Pero en este caso del vicio nace su Pinturas con cuento. Pág. 87
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    virtud. Se vetan poco, es tan esquemática que en lugar de la foto de un bar es la foto del alma de un bar. O mejor, del alma de mis bares favoritos. Me gustaba sentarme en una mesa junto a los ventanales y "ver pasar a la gente". Como antiguamente mis mayores en mi pueblo. Pero con una o varias cervezas. Gran Vía desde un móvil Café XXX Pinturas con cuento. Pág. 88
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    Nuevo otoño conMulhacén en el horizonte martes, 29 de noviembre de 2011 Nuevo otoño con Mulhacén. Photoshop. 92x65. 2011 El Mulhacén en otoño, sobresaliendo al chopo de la alberca Se ha hecho de rogar pero por fin ha llegado el otoño nuevo, el de este año. Al otoño le da miedo el calor y la sequía y hasta que no se ha cerrado el verano de un portazo y no ha empezado a llover, ha estado escondido al otro lado del mar, esperando su momento. Desde agosto estuve pendiente de su llegada, noche tras noche. Lo esperaba en la terraza de un bar de la calle Mulhacén, entreteniendo la ansiedad de la espera con una caña que va y con otras que también vienen. En agosto las hojas también se caen pero no por muerte natural, se caen asfixiadas, empapadas en sudor, jadeando y muertas de sed ¿cuando acabarán estas noches y estos bochornos? Tengo la suerte de poder esperar al otoño aquí sentado, bebiendo, comiendo, comentando y a veces pontificando, mirando de reojo calle abajo por si apareciera. Ya tiene que llegar ¿porqué tarda tanto este año? Volviendo a Granada un domingo en el coche y todavía con el aire acondicionado puesto, me di cuenta de que la luz de las tarde de otoño, porque ya era su tiempo, intentaba asomarse por las choperas. Pero al oler el olor a paja y a hierba seca, el olor de tarde de agosto (aunque fuera octubre en su final), la luz de las tarde de otoño se asustaba y corría a esconderse en la cuneta al otro lado de la carretera, Pinturas con cuento. Pág. 89
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    corría cerro arribadesesperada buscando refugio en las riscas de las cumbres desde las que a veces se ve el mar. Ya pasado el otoño, el Mulhacén y Sierra Nevada desde la alberca del cortijo de Lacra Hace semanas que no es verano pero que sigue abierta la terraza del bar de la calle Mulhacén. El poco aire que corre es caliente y áspero. Por las tardes a su hora ya es de noche, como debe ser, pero todavía nadie ha visto al otoño nuevo. Empecé a pensar el dibujo digital de hoy en aquellas tardes bochornosas del final del verano, buscando con la imaginación alivio a los calores. Lo pensé tirando de fotografías y de recuerdos, añorando los mosaicos cubistas de hojas secas a los pies del chopo de la alberca. Recuperando del trastero de la memoria el frío y la humedad del atardecer. Echando mano de las ciento cincuenta, o más, fotografías que debo llevar hechas de la silueta del Mulhacén en el horizonte rojo de Lacra, al atardecer, cuando ya se va el año. Eran tantos los registros, digitales y de recuerdo, almacenados que no hacía falta que llegara el nuevo otoño para que pudiera sentirlo y pudiera pintarlo. Y así lo hice. Pero de repente, cuando ya no lo esperábamos, los árboles ardieron en amarillos y dorados por orden de especie, de altitud y de umbría. Día a día las granadas se hicieron más dulces y se juntaron con las primeras naranjas. Crecieron las noches ocupando casi todo el tiempo de las tardes y llovió, el aire se volvió azul y la tierra parda, húmeda y verde. Llegó el nuevo otoño de siempre. Para entonces ya tenía acabado el dibujo y no le había tenido que pedir a él nada. Tenía preparadas hasta las fotos de acompañamiento y explicación visual. Por oficio y años pude sacar todo adelante, yo solo. Y mejor así porque cada vez, año, fin de verano, desconfío más del otoño de siempre, soporto menos sus caprichos de viejo: se presenta cuando quiere y cuando le da, casi antes de empezar, acaba. Contrafuerte de la alberca y hojas del chopo en el suelo Pinturas con cuento. Pág. 90
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    Otoño en laterraza del bar de la calle Mulhacén II Rama del chopo de la alberca Pinturas con cuento. Pág. 91
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    Buscando galaxias lejanasmiércoles, 4 de enero de 2012 Supernova agonizando. Cera, acrílico y óleo sobre lienzo. 73x50. 2012 Una serie de las de divulgación, en la segunda cadena, explicaba la cosa del universo, de cómo los astrónomos fueron encontrando rincones cada vez más lejanos y de como iban mejorando y haciendo cada vez más caras y potentes las máquinas de buscar. Echaban la serie por las noches, a la hora de cenar y la repetían al día siguiente a la hora de comer. Con tanta facilidad que daban si me perdía detalle no era por culpa de la explicación sino de la comprensión. Las cosas del universo, las nebulosas, los púlsares, los cuásares, los agujeros negros y las galaxias. Cosas todas ellas bastante más lejanas que las estrellas y los planetas del cielo que se pueden ver con los ojos sin precisar aumento. En mitad de las explicaciones de la serie salían los maestros científicos mirando por telescopios tremendos. El arte tiene mucho de culto a lo accesorio y es lo contrario a la filosofía. Por eso, me fijé fue en que no miraban poniendo el ojo en el extremo chico del telescopio. Explicaba la voz que llegaron a ser tan grandes que en lugar de con lentes los tuvieron que hacer con espejos y en lugar de apuntar arrimando el ojo a la lente inferior miraban por pequeños canutos perpendiculares al cañón principal. Con el tiempo terminaron usando pantallas auxiliares y se cargaron toda la gracia de la escena: mirar en una televisión podía hacerlo cualquiera, en su casa y sin Pinturas con cuento. Pág. 92
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    necesidad de subira semejantes montañas y lugares donde están los observatorios. Desde que empezaron a usar los nuevos sistemas y procedimientos recogieron imágenes absolutamente feas y además, absolutamente incomprensibles. Nada que ver con aquellas otras tan espectaculares, a todo color, que tanto circulan de correo en correo en presentaciones que suelen llevar textos pomposos y vacíos del tipo “que pequeños somos”. Las imágenes de las tecnologías sofisticadas deben ser magníficos instrumentos de exploración. Las segundas, las de los correos coñazo, seguramente están coloreadas y filtradas, hechas exclusivamente para disfrute del público. Ni las unas ni las otras son de fácil comprensión pero las segundas, las bonitas, son preciosas y tienen formas, colores y hasta texturas que les dan vida independiente de su significado, no necesitan más explicación que la propia imagen. Para ilustrar pongo algunas fotos que he bajado de páginas de divulgación astronómica y que evidentemente no son mías. Están elegidas en función del gusto visual que provocan, exclusivamente. Nebulosa Choque de galaxias Galaxias Remanente de supernova Pinturas con cuento. Pág. 93
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    La segunda partees en la tierra, no en el cielo. Una tarde aburrida de principios de invierno, cuando ya quedaba poca luz, me puse a jugar con la cámara de fotos. Tiene mi cámara una pantalla giratoria que se separa del cuerpo, de manera que se puede ver sin doblar el cuello la escena que está noventa grados a un lado. Algo similar al canuto chico de los telescopios gigantes de la serie. El sol ya se iba por el horizonte en los picos de Mágina. En su ida se arrastraba por el suelo y se colaba por los huecos de las plantas que movía el viento, haciendo reflejos intermitentes como señales. Aburrido, miraba la pantalla de la cámara en la que aparecían figuras irreconocibles, brillos, luces difusas, colores sobrexpuestos y subexpuestos, resplandores y sombras. Una mezcla confusa y extraña de aspecto irreal pero muy llamativa. Aburrido, miraba y disparaba (en las digitales es gratis) llevaba a tope el zoom, apuntaba al chopo y al naranjo amargo. En estas manipulaciones hechas sin pensar se perdía la relación entre lo visto en la pantalla y el objeto real reflejado. Un pequeño desplazamiento de la lente suponía que el encuadre se moviera varios metros y que con eso se perdiera toda referencia y no se supiera adonde ni a qué apuntaba la cámara. O sea, algo similar al canuto chico de los telescopios de la serie. En los grandes telescopios también es, dicen, una de las tareas más dificultosas identificar la parte del cielo que se está enfocando (o enfocar a una parte determinada). Tan complicado es que para conseguirlo necesitan de extraordinarios sistemas tridimensionales de coordenadas celestes (pero no las hay para el jardín del cortijo de Lacra). El resultado de esa tarde de disparos fotográficos automáticos o mejor, inconscientes, son las imágenes que pongo a continuación. Los paralelismos con las celestiales son evidentes, al menos a mí me lo parece así. La pintura de hoy relaciona y hace pasar una cosa por la otra. Pinturas con cuento. Pág. 94
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    Y como siempreun “porúltimo”: ¿Por qué la pintura se llama Supernova? Pues porque anduve buscando términos astronómicos y como los quería usar vacíos de concepto, como pura forma sonora, no necesité de las definiciones y me pude quedar con cualquiera. Y supernova, daba igual lo que fuera, es nombre bonito mezcla de ciencia ficción y colores pop. Después de su elección descubrí (pero después)que supernova es una estrella agotada que en su muerte explota desapareciendo en un inmenso fogonazo cósmico: nuevamente una cosa parecida en el cielo y en el jardín variando apenas la escala: el otoño (cuando yo hacía las fotografías) era la explosión dorada y extremadamente brillante del año que se está muriendo. Hasta las naranjas del naranjo amargo alcanzan su sazón de color en esos días antes de caer, muertas, al suelo. Pinturas con cuento. Pág. 95
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    Perfil de laSierra de Quesada jueves, 19 de enero de 2012 Perfil de la Sierra de Quesada. Acrílico y óleo. 65x50. 2011 Hay poco que decir aquí. El Perfil de la Sierra de Quesada. Uno de mis perfiles de nación, el de levante, en Quesada. El otro, el de poniente, es el Cerro de la Magdalena, extraña mezcla de cementerio, restos argáricos y antenas de televisión y telefonía, lo más viejo y lo más nuevo. Pero a poniente la Sierra ni es vieja ni es nueva. Siendo siempre, en cada estación de cada año se hace nueva. Un perfil es una línea elástica que se deforma y cambia según se vea desde un poco más abajo o desde un poco más arriba, más a la derecha o más a la izquierda. Según el sitio desde el que se mire cambia. Pero aún cambiando, sigue siendo reconocible. Reconocible para quien lo conoce, para quien ha construido todo o parte del recuerdo de su vida con ese perfil. Un perfil y un paisaje son cosas distintas. El paisaje es un espacio compuesto por árboles, montañas, valles, regadíos y secanos, mares y cielos. Un perfil, por el contrario, es el icono que sirve de símbolo a una vida, o a un trozo de una vida. Del perfil de levante en Quesada podría decir muchas cosas. Decir el nombre de cada una de sus líneas y a cada una ponerle una historia. Son ya tantas cosas las que viven bajo este perfil que es difícil, ahora, escoger alguna. Son tan antiguas estas cosas que, fuera de las más remotas, empieza a ser difícil recordarlas. Es tanta Pinturas con cuento. Pág. 96
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    la gente queviene, que va, que fueron, que empiezan a ser más las lágrimas que las palabras. Creciendo bajo el Perfil Pinturas con cuento. Pág. 97
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    Cara norte dela Sierra de las Nieves domingo, 19 de febrero de 2012 Troncos de encinas dando al norte en la Sierra de las Nieves. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2012 Pinsapos en la niebla. Sierra de las Nieves escondida detrás de la niebla en un invierno seco. Colores verdes y amarillos brillantes, en la parte que da al norte, del tronco de las encinas. El pasado dos de enero, día de la Toma de Granada, tras muchas ocasiones perdidas en dudas y perezas me arranqué y subí a la Sierra de las Nieves. Abajo en la playa hacía un día estupendo, sin viento, con mucho sol. Al igual que en el romance la mar estaba en calma y seguramente la luna estuvo crecida la noche anterior. Subí a la Sierra de las Nieves buscando ver, tocar y fotografiar pinsapos en libertad. Árboles, abetos, de extraño aspecto que se refugian en los rincones más profundos de las sierras de esta parte del mar de Alborán. Árboles de rareza legendaria, que se prodigan poco, y que poseen la aureola y el prestigio de los mitos escondidos apenas entrevistos. Iba en busca de pinsapos en libertad. Aunque abajo el día amaneció espléndido, arriba la niebla mezclada con gotas de humedad y un poco de frío gris, tapaba los relieves, las crestas, las más altas sierras. El paisaje disimulado y Pinturas con cuento. Pág. 98
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    escondido, unido ala compaña que me acompañaba (poco montañera y no me refiero, a los perros, que sí lo son) a lo que se añadió por mi parte una evaluación apresurada y errónea del estado de la pista (sin asfaltar pero razonablemente buena) convirtió lo que se pensó como excursión en un simple paseo. Y fue motivo también de que el itinerario que debía internarse adentro se quedara en la cubierta más superficial del lugar. Este invierno ha llovido poco y ha nevado menos, han sido escasas las nubes. Ya es mala suerte que en año tan escaso me encontrara un día así, nublado, con niebla. Si hubiera estado claro aún desde las afueras hubiera alcanzado a ver los picos más altos, los hubiera fotografiado y hubiera podido ver aunque fuera desde lejos, algún pinsapo, razón última que me movía. Vista norte-sur del encinar Detalle del norte El paseo corto y epidérmico se adentraba en un bosque de encinas bastante bien conservado, denso y al que la poca luz gris de la niebla le daba su punto misterioso cubriendo de oscuridad las espesuras más protegidas. Por la parte de los troncos y de las ramas que daba al norte, por esa misma parte en los matorrales y en las piedras, las humedades de los inviernos criaban musgos y líquenes: abrigos de texturas suaves o duras pero de colores brillantes, esmeraldas, amarillos, grises chillones, pardos encendidos. Pocos pinsapos en este rincón, apenas alguno recién nacido por inseminación artificial, protegido de los bichos por un corralillo de palos y alambre. Alguno que otro un poco más crecido pero todavía juvenil y con espinillas, la voz del aire entre sus ramas soltando gallos. Pocos pinsapos por allí, pero las encinas se amontonaban y a cada paso aparecía otra con el tronco recubierto mas espectacularmente que cualquiera de las que había tres pasos atrás. Las humildes encinas, olvidadas y eclipsadas por la fama de los abetos, gritaban y gesticulaban con sus colores llamando la atención del caminante, como los perros desesperados en la perreras cuando intuyen que alguien se acerca a las jaulas para adoptar. Y yo sin hacerles caso porque en este momento todavía andaba buscando a los otros. Pinturas con cuento. Pág. 99
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    Pinsapos en laniebla Casi acabando el paseo, culminando su trayecto circular, cuando ya no lo esperaba, por fin entre las niebla ví algunos pinsapos de los de verdad. Estaban lejos. Como son muy recelosos, a la menor señal de peligro escapan y se esconden en los pedregales más cerrados, en los pechos más escarpados. Escapan al menor ruido, al más pequeño olor y sólo vuelven a confiar y salir a los claros del monte cuando se recupera el silencio y la calma. Acallando las pulsaciones y latidos acelerados, gastando todo el sigilo del que fui capaz, conseguí verlos a lo lejos, entre la niebla. Me pegué al suelo y casi sin moverme, dando la cara al viento para que no descubrieran mi rastro, los fotografié. Apenas se distinguen los detalles pero las siluetas no defraudaban nada, siluetas elegantes y esbeltas, sobresaliendo a todo árbol, a toda planta, gigantes verticales camuflados en la niebla. Pinsapos en la niebla II Pinsapos en la niebla III Me arrepiento de no haber avanzado un poco más, de no haber subido unos cuantos kilómetros más. Que pena no me hubiera acercado lo suficiente para distinguir sus piñas, las agujas rollizas de sus hojas. Tendrá que ser otro día. Los pinsapos de linaje noble y antiguo acaparan toda la atención del caminante. Y sin embargo en esta parte de la Sierra son las encinas, pobres y discretas, carne de chimenea, de horno de asadero, las que juntándose por miles y millones las unas a las otras hacen legión y todas las legiones juntas hacen bosque. Habitan muy por debajo de los vértices afilados de los pinsapos y allí abajo los troncos de las encinas Pinturas con cuento. Pág. 100
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    se visten decarnaval. Por la cara que da al norte adornan sus disfraces con penachos de plumas, con telas de texturas suntuosas y colores extravagantes, brillantes, preciosos. Norte en las ramas I Norte en las ramas II No ha llovido mucho este invierno, nubes hemos tenido las precisas, pero precisamente ese día la niebla tuvo que esconder los picos y las rocas de la Sierra. Esa cancela de niebla que cerraba el horizonte y que impedía mirar arriba es la que consiguió que me fijara en la inmensa manifestación de encinas a mi alrededor. Como no pude ver el perfil de la Sierra de las Nieves he pintado su cara norte buscándola en el tronco vivo de las ignoradas encinas. La poca nieve de este año Pinturas con cuento. Pág. 101
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    Batalla naval aescala 1:1 jueves, 22 de marzo de 2012 Primer plano de la playa de San Pedro de Alcántara. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x54. 2012 Distintas vistas a distinta escala de la guerra en la playa. Un mar azul, a veces verde, a veces gris. Arena, a veces dorada que cuando está mojada es oscura y cuando está seca es clara si es realmente arena y no piedra. Esta es la visión que de los ejércitos enfrentados en la playa tienen los generales, los mariscales, los jefes en sus despachos. Arte de la guerra. Antes estaba muy de moda citar a Clausewitz. Más tarde el prusiano se sustituyó por un chino del que no recuerdo el nombre. Del uno y del otro se sacaban ideas y citas de gran astucia, paradigmas de las cosas bien pensadas. Pese a su origen guerrero tenían sorprendentes aplicaciones en la vida diaria. Los generales y los mariscales planean sus estrategias en mapas de escalas variables, digamos que de 1:25.000 a 1:400.000. Escalas variables pero que en cualquier caso obligan a ver las cosas a gran distancia. Tanta que aunque esas Pinturas con cuento. Pág. 102
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    cosas están representadasen el mapa, ya no son ellas sino sólo los símbolos y signos que las representan. Sobre estos mapas militares se usa pintar frentes, masas de maniobra, líneas de defensa, flechas de colores que van, que avanzan pero que luego se retuercen y vuelven (eso suele significar que han perdido). Flechas que van perseguidas por otras de otro color (eso hay que entenderlo como que los que están en la primera flecha van corriendo como locos, o sea, que huyen). Podría parecer que debajo de los signos y dibujos no hay ni vive nadie. Los generales y mariscales lo creen, o fingen creerlo así. Vista la batalla de este cuento a la escala de los mapas de estrategia, sólo existen dos colores, bandos, zonas o países. El uno es el mar con su agua y el otro la tierra con su arena. La tierra está siempre en sus trincheras defendiendo la posición y el mar está siempre al ataque, siempre intentando desembarcar y consolidar una cabeza de puente para después saltar al interior de la retaguardia enemiga. Es la inacabable batalla en la que nunca (o casi nunca) hay un claro vencedor: las olas mueven la arena, la empujan, la retuercen, arrastran piedras, consiguen mover el frente unos metros aquí pero los pierden allá. Una y otra vez. Vista a las escalas referidas esta batalla es hermosa. Vistas a esas escalas sin sangre las demás batallas también suelen serlo. De una parte la superficie del mar hecha de piezas móviles de colores cambiantes que se mecen como un mecano articulado, piezas con brillos y reflejos que aparecen y desaparecen aquí o allá sin orden aparente. De la otra parte la tierra con sus defensas de piedra y arena, sus retaguardias de dunas y plantas ahogadas en sal. El mar y la tierra, a esta escala, son inmensos y ocupan todo el horizonte. Pero al igual que por encima de estos mapas los hay a mucha mayor escala, los hay también a otras pequeñas, inferiores, incluso, a 1:1. Al igual que quien mira un continente entero no ve los animales que lo habitan y que quien mira a un animal no suele distinguir los átomos que componen su cuerpo, de la misma manera quien mira un mapa de una escala equis, ignora y no distingue lo que sucede en las escalas inferiores. En lo que toca a este cuento, si prescindimos de los mapas militares o de sus secuelas turísticas e inventamos otros a escala 1:1 (un centímetro en el mapa es un centímetro en la realidad), distinguiremos nuevos mundos de piedras y espumas, de burbujas efímeras y granos de arena. La pintura de hoy se corresponde con el fragmento de uno de estos mapas. Pinturas con cuento. Pág. 103
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    A esta minúsculaescala vemos a los individuos que componen los ejércitos del mar y del agua. Antes sólo distinguíamos masas, ahora vemos caras. Ahora vemos burbujas de espuma que en grandes formaciones blancas gritan para espantar al miedo cuando pisan tierra. Pelean con fuerza imparable, desbordan y arrollan las defensas con que se topan, saltan y empujan a las piedras, mueven las guijas, inundan las arenas. Conforme se internan la resistencia crece pero ellas siguen avanzando, cada vez con mayor gasto. La fuerza, la energía explosiva con la que saltaron desde su ola se agota poco a poco. Van internándose en la llanura reseca y conforme se adentran, de la primitiva fuerza apenas queda más que fiereza y valor desesperado. Exhaustas, las vanguardias quedan clavadas y fijas al terreno. Inmóviles, las burbujas empiezan a morir por millares y por millones, absorbidas por las enardecidas masas de arena que ahora ven cerca el desquite. Unas pocas aguantan y resisten pero no pueden evitar el pánico y la desbandada es ya inevitable. Filas blancas de espuma se retiran en completo desorden dejando atrás moribundas pompas de agua rematadas por el sol, el viento y la arena. Después de la batalla queda un paisaje de gravas y chinas arrancadas de su sitio, de brazos y piernas de algas destrozadas (son refugiados civiles que huyen de los fondos que las mareas arrasan). Campo de batalla sembrado de granos de arena que se amontonan desde un límite al otro de la mirada. Todavía los cadáveres de algunas piedras muestran restos de sus uniformes de vivos colores. Brillos del Sol Marte. La espuma y la arena han mezclado sus sangres. Clavada en el suelo, la caña de un pescador. Las gaviotas carroñeras picotean lo que queda de dos ejércitos valientes y mientras, dos perrillos chicos corretean y juegan ajenos a la inmensa muerte que pisan sus patas. Todo acabó. Pero no hay tiempo para celebrar victorias. Allá lejos rompe una nueva ola y espumas de refresco de nuevo parecen poder con todo. Cuerpo a Cuerpo En las guerras vistas desde los mapas a grandes escalas que usan los generales, siempre se salvan la Historia, la Patria, la Causa o la temporada turística. Con esfuerzo de todos siempre se supera la crisis y el Mundo sigue vivo, el aire brilla y el sol calienta. El único inconveniente del éxito es que precisamente seas tú uno de los héroes muertos. Eso tiene poca gracia. Que todo se salve menos tú. Por esto, no por otra cosa, los mapas militares nunca son a escala 1:1 o menor, para que no salgan los cadáveres, para que los ojos no vean y así el corazón no sienta. Pinturas con cuento. Pág. 104
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    Huellas de perrillosCadáveres de algas La retirada Los colores de los uniformes, soldados muertos Un nuevo ataque Pinturas con cuento. Pág. 105
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    Nuevas tardes deverano y reivindicación de sus frutos lunes, 2 de abril de 2012 La tarde en la piscina. Óleo y acrílico sobre lienzo. 73x60. 2011 Piscina de Lacra. Óleo sobre lienzo. 60x50. 2002 Pinturas con cuento. Pág. 106
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    Los recuerdos guardadosen un cajón se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a guardar. Unos se guardan simplemente dejándolos en el cajón, otros dentro de una caja, algunos muy delicados se envuelven en una tela o cuando menos en una bolsa de plástico. Hay quien tiene la costumbre de secarlos entre las hojas de un libro que, cuando años después se hojea, deja caer al suelo los recuerdos olvidados, aplastados en dos dimensiones. Los recuerdos van envejeciendo cada uno a su manera. Algunos como el vino tinto pierden color, otros como el blanco lo ganan y los hay también como el rosado que con el tiempo se estropean. Los recuerdos, de cuando en cuando, se sacan, se miran, se enseñan y se vuelven a guardar. En cada ocasión se ven de una manera distinta y producen una emoción diferente. Las maneras y las emociones se adhieren a él formando sucesivas capas y estratos de la memoria. Es por esta estratigrafía sedimentaria que los recuerdos se mueven y cambian. Cuanto más se recuerdan más cambian. A todo lo dicho se suma que el pasar de los años hace que cambien la forma y tamaño de los recuerdos de manera que las aristas se suavizan, los huecos se rellenan y los llenos se vacían. A veces el disgusto se vuelve gozo y en otras se borran sólo los berrinches (es lo que pasa cuando es inminente la llegada de la vejez y el recuerdo en cuestión se asocia a tiempos de piel más tersa). Quiero decir que en todo esto interviene también la manipulación interesada y el auto-engaño o ambos dos. Ocaso de sol Orto de luna Hay un momento en las tardes de verano, justo cuando empiezan a irse las avispas pero aún no han llegado los mosquitos, después del ocaso de sol y antes del orto de luna, en que el aire solano que sube del Guadiana chico, cesa. Dejan de escucharse los pájaros, no se mueve una hoja. Pareciera como si el motor de las horas se hubiera parado. Es entonces cuando la luz en fuga se satura de colores irreales. Es entonces cuando se hace invisible la calima y amaina el fuego inodoro, incoloro, de la tarde. Cuando despiertan los aromas dulzones de las hierbas secas y los tamos: detrás de alguna de las primeras sombras alguien está regando y la tierra mojada reparte esencias azules por el olivar que se esconde entre las medias luces. A esta hora, en este momento, en la tregua del viento, en el relevo de tarde y noche, nada se mueve, nada grita. El silencio y la calma serían totales si no fuera por el rugido de las hélices de un avión militar volando y por el crujido de las hojas y de los tallos que quiebran los saltos del gato (está cazando bichos en el interior de la madreselva). Pinturas con cuento. Pág. 107
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    En una entradade hace meses (Las tardes del verano) me refería a un momento de las tardes de verano en Lacra que si bien es temporalmente vecino del momento suso mentado, es por muchos conceptos su antípoda. Es ese otro la media tarde del calor, de la luz blanca requemada, de las plagas de bichos. Hacía entonces especial mención a las avispas, tábanos y moscas. Contaba en dicha entrada que al intentar pintar una idea o cosa me salía otra distinta a la buscada, produciéndome la frustración consiguiente. Identificaba el origen del problema en que por culpa del calor y de los bichos no era posible la concentración. Por todo ello renegaba de las pinturas pintadas en aquellas tardes y anunciaba que las quitaba de la circulación, que en su lugar ponía un dibujo digital, liviano, de Sierra Mágina, para salir del paso. Todo eso ya lo he contado antes. Masas de color la calma Las pinturas, recuerdo de aquellas tardes de verano, las tengo guardadas en el cajón escondido de las paredes de mi dormitorio en el cortijo de Lacra. Mi madre cree que las tengo allí por no querer que alguien las vea y las quiera llevar. Se sorprendería si supiera que están allí dejadas, abandonadas, porque en su día renegué de ellas, de las avispas, del calor, de los tábanos y de las demás desgracias. De cuando en cuando aparezco por allí y me las encuentro debidamente colgadas. Cada vez que enciendo la bombilla saco los recuerdos del cajón. Encima de la pintura ha caído polvo y han caído nuevas miradas que la cubren de capas nuevas. Guardadas en el arca de las paredes del dormitorio, solas y a oscuras casi siempre, han evolucionado. Una, vino blanco, ha cogido color. Otra, tinto, lo ha perdido. Creo que ninguna es rosado. Bicho cazando bichos Pinturas con cuento. Pág. 108
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    Avión militar dehélice Han cambiado las pinturas porque ha cambiado el recuerdo de aquellas tardes de verano. Ha crecido y envejecido, ha dejado atrás los tábanos, el sudor y las moscas implacables. Han muerto las avispas, han muerto los malos bichos y han dejado cadáveres huecos pegados al envés de las hojas de oliva. Al encender la luz de la habitación el recuerdo se deslumbra y se asusta. Hay que manejarlo con cuidado porque es extremadamente frágil y se cuartea con facilidad. Ya tiene una esquina doblada, hacia la parte de abajo le han salido unas manchas oscuras de hongos microscópicos que la humedad ha criado. Realmente no se si es que el recuerdo ha ido cambiando hasta convertirse en este otro tranquilo y sereno del momento en el que la tarde se va y la noche viene. No se si ha cambiado o si al ir desapareciendo aquél viejo ha ocupado este su hueco este nuevo. No lo se. Pero ha pasado y donde estaba el uno ahora está el otro. El efecto ha sido inmediato, han quedado reivindicados los frutos de aquellos veranos. Existe vida más allá (un rato después) de las avispas, de los tábanos y de las moscas. Pinturas con cuento. Pág. 109
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    Las mañanas, lanoches y el paso de los años. domingo, 6 de mayo de 2012 Brillo del rocío en la hierba y chopo sin hojas en un contraluz de mañana de invierno. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65x50. 2012 Hace años, muchos (tenía yo pelo entonces), en mi entorno las noches tenían un enorme prestigio. Todo buen, o mal, estudiante estudiaba de noche y el que sin necesidad se acostaba antes de las doce o era por algo o era por raro. Los días empezaban en la noche porque en la mañana empezaba el tiempo de descansar. En aquellas noches, las de verano especialmente interminables, había tiempo para casi todo. Todo o casi todo sucedía de noche, todo lo que podía tener algún interés. Como a casi todos a mi me gustaban las noches, aquellas noches de verano, noches calurosas y tranquilas, noches silenciosas con muy pocos ruidos entonces. Recuerdo que como todos mis parejos en edad, me reía de la gente mayor que llegaba al trabajo mucho antes de lo que debía solo por el gusto de leer el periódico y de no hablar con el compañero de al lado (por el gusto de que notara que no le hablaba simplemente por el gusto de no hacerlo). Pinturas con cuento. Pág. 110
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    Sol de lamañana Como sucede en todos los cuentos, pasaron los años y ahora cada día de cada año madrugo más, cada noche me acuesto antes. Y me gustan las mañanas. Antes prefería el atardecer y ahora el amanecer sereno y silencioso (como el de aquellas noches antiguas de verano), el amanecer de claridad creciente que a la par que disuelve las sombras perfila las formas con colores saturados. El fresco de las mañanas del verano y el color radicalmente azul de las mañanas de invierno antes de salir el sol. Me gusta la luna cuando corre a esconderse por el oeste y la escarcha que brilla en la hierba al contraluz de los rayos rasantes del amanecer. Me gusta oír como se pone lentamente en movimiento la maquinaria del mundo. Amanecer y burbuja Me siento bien de madrugada, optimista y sereno en mayor grado que durante el resto de las horas. Llego al trabajo mucho antes de lo debido simplemente para sentarme delante de la pantalla a ojear noticias. Identificar el amanecer con el nacimiento del sol y con la vida, hacerlo del anochecer con su muerte y con la muerte, es un lugar tan común que lleva haciéndose miles de años. Esta identificación tan antigua es a la vez tan común no por ser cosa poética ni malamente literaria sino, creo yo, que por ser biológica y ancestralmente animal, por influir en los biorritmos. A causa del sustrato físico-químico no resulta sorprendente que cuantos más años más alivio produzca el amanecer, pues no es otra cosa que otro día más que tenemos por delante. Tiene toda la lógica que cuando se es joven, cuando la vida parece eterna, guste jugar con la noche (muerte), con el veneno de la serpiente y con el filo de la navaja: nada puede pasar cuando nunca se va a morir. Pero esta forma de ver las horas cambia conforme la vida poco a poco va dejando de ser eterna y la muerte Pinturas con cuento. Pág. 111
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    poco a pocodeja de ser una historia ajena y lejana. Con los años, el amanecer se vive con el alivio de una prórroga, cada mañana es un día más por delante y cada noche un día que ya pasó (y que hemos perdido). Brillo de la hierba Muy de mañana Creo que queda claro, poco hay que añadir, quizás que también conforme pasan los años me gustan más los árboles. Me gustan sobre todo los árboles crecidos y no por grandes sino por añosos. Los que ahora ya son veteranos son los únicos árboles antiguos que voy a conocer pues ya no queda tiempo para que otros crezcan y envejezcan. Por eso me enferma que arda un árbol o que lo corten o que lo maten. Cuando en mis paseos de primera hora por el campo veo a un lado del camino brotes de pino o de encina o veo cualquier cría de cualquier otro árbol, se derraman unas gotas de melancolía: crecerán y, seguramente, se harán grandes pero ni mis perros ni yo los veremos así. Esta concepción de los árboles como tesoro no renovable desde el punto de vista del tiempo, es lo que me ha hecho adquirir la costumbre de pintar árboles. El primer sol de la mañana Pinturas con cuento. Pág. 112
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    Extranjero en supropia tierra: olivo y mimosa. domingo, 20 de mayho de 2012 Olivo acosado por una mimosa en flor. Photoshop. 65x50. 2012 La Mimosa, acacia azulada, acacia saligna o acacia cyanophylla, es una planta leguminosa de origen australiano considerada aquí como especie invasora y gran enemiga de las especies autóctonas. Importada para trabajar en el ornato de parques y jardines, ha saltado las lujosas tapias y hoy coloniza descampados, solares sin vender ni edificar, márgenes de carretera y cualquier otro espacio disponible. Su capacidad para fijar el nitrógeno atmosférico, común a todas las leguminosas, le permite colonizar suelos pobres y despoblados siendo esta una de las razones de su gran expansión, (dicen que) descontrolada. Al final del invierno florece en tonos amarillos intensos. Sus hojas aparentes no son tales pues en realidad se trata de tallos aplastados que se llaman filodios. En 1956, recién indultado el Régimen por el Mundo Libre, la fuerza aérea gringa hizo el primer mapa fotográfico aéreo de la Península (o el segundo, porque creo que los aliados nazis del aliado del Mundo Libre hicieron el auténtico primero, no se si completo, hacia 1940). Se le conoce como Vuelo Americano y hace unos años que la Junta de Andalucía publicó la parte que le toca. En la foto de ese vuelo correspondiente a la ribera del río Benabolá, donde hoy está el campo de golf Las Brisas, se observa una plantación de árboles. La escasa calidad de la imagen en blanco y negro dificulta la identificación del cultivo pero el color oscuro (que Pinturas con cuento. Pág. 113
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    parece corresponder conun verde intenso) y lo apretado de la plantación (con los árboles casi tocándose los unos a los otros) induce a pensar que se trata de naranjos. Apoya esta versión el dato de que, efectivamente, en la zona se producían naranjas que se exportaban envueltas en papel de seda estampado con la marca "Colonia del Ángel. Productores de frutas cítricas", el dibujo reconocible de la Concha y una plantación de naranjos. La oliva y la mimosa Por aquellos años no existían allí edificios fuera de algún cortijo suelto. Hoy, es radicalmente distinto y lo raro es encontrar un metro sin ladrillo. Aprovechando nuestros paseos, los perros y yo vamos rastreando rincones con la intención de identificar entre los jardines, entre las casas, las tapias y los solares baldíos, algún resto de aquellos años exclusivamente agrícolas. En una de esas y abriendo hueco en la valla vegetal del dicho campo de golf, llegamos a descubrir que lo fotografiado por los americanos no eran naranjos sino olivos. Quedan algunos, con el mismo marco y disposición, formando bosquecillos en mitad de la hierba. La prueba indubitable se consigue mediante la comparación de las ortofotos de 1956 y 2004: los árboles que se ven por el agujero son los mismos que ya existían en esa primera fecha y son, basta con mirarlos por el hueco de la cerca vegetal, olivos. Resulta sorprendente pero en aquel rincón, entonces remoto y lejano, vecino cercano de África, existía ya entonces una plantación casi intensiva, muy moderna. Cultivos entonces sorprendentes y modernos, muy distintos de los tradicionales olivares extensivos de secano. Explotación avanzada nacida a su vez de una tradición industrial metalúrgica desparecida y absolutamente discordante con lo que hoy es la comarca entera. Las cosas han cambiado y mucho. Calles, edificios, jardines (que no huertos), apartamentos, centros comerciales y academias de español para extranjeros se adueñan con avaricia desenfrenada del espacio. Como reservas indias, algunos rincones junto al río Benabolá mantienen suspiros de vida no salvaje pero sí natural. Pinturas con cuento. Pág. 114
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    Llegaron las mimosasa la Costa para trabajar como plantas ornamentales en los jardines de las casas ricas que los nuevos tiempos estaban levantando por todas partes. Un trabajo poco cualificado consistente en florecer en marzo, hacer masa verde durante el resto del año y poco más. Ayudadas por el viento (que no es de ninguna parte) acabaron por saltar las cercas y comenzaron a colonizar los suelos pobres que ninguna planta autóctona quería (ya hemos contado su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico). Tanto se extendieron, que a día de hoy marzo y abril son meses absolutamente amarillos en las cunetas, en los descampados y en algún jardín olvidado (ya, por asilvestradas y comunes, no se cotizan en las lujosas mansiones). Paisajes saturados de amarillo desplazan a los paisajes de colores locales durante el final del invierno y el principio de la primavera. Mimosa en flor Enfrente de mi terraza, en la ribera del Benabolá sobrevive uno de esos pocos rincones libres y abiertos. Algún chopo, algunos pinos, muchas zarzas. Todo muy racial. También grandes eucaliptos (estos ya forasteros) y mimosas, muchas muchas mimosas. Por eso la primera primavera es también tremendamente amarilla, toda plagada de mimosas en flor. Entre ellas y las zarzas de la orilla sobrevive un olivo solitario y abandonado que apenas ha empezado a mover la savia. Está como acobardado entre tanto amarillo. Un olivo hoy abandonado que seguramente formaba parte de aquella plantación modelo guardada en la memoria del Vuelo Americano de 1956. Fue la vanguardia tecnológica del olivar hoy malvive extranjera en su propia tierra rodeada de infieles. No sigamos. No hace falta aclarar más adónde nos lleva este camino. Pero, aunque ignoremos los posibles matices políticos del asunto, no podremos evitar toparnos con su triste estampa de olivo abandonado, acobardado y asfixiado. Las fotografías que adjunto dan fe de su estado. El olivo es un árbol humilde, trabajador y sufrido, resistente a la sequía y a los malos propietarios. Tiene muchas virtudes y algún que otro defecto. Por ejemplo, es bastante huraño y no soporta la cercanía de otros árboles, de cualquier otra planta que sea algo más que una hierba... Le tiene pánico a los vecinos. Cuando un olivar se abandona de inmediato sus habitantes se encojen, se acobardan de tal manera que hasta una simple zarza les puede. El olivar abandonado en muy poco tiempo Pinturas con cuento. Pág. 115
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    se disuelve ydesaparece. Cualquiera que haya salido un poco al monte lo ha visto alguna vez. Mimosas, olivas, pinos, eucaliptos Más mezclas Pocos años después del Vuelo Americano la zona sufrió una inaudita marea constructiva. Las casas y los jardines sustituyeron a los cultivos. Tantos jardines caros nacieron que las plantas autóctonas fueron incapaces de llenarlos, incapaces de aportar el toque exótico que necesitaba algo tan exótico por aquí como los jardines con césped. Se importaron toda clase de extravagancias. En esta guerra, perdida de antemano, los olivos casi desaparecieron. Hoy hay que buscar sus restos con métodos de prospección arqueológica vegetal. Pero quien desplazó y aniquiló a los olivos fue el P.G.O.U. Fue la especulación quien acabó con el campo, fue el dinero quien abandonó almendros, olivos y viñas como abandonan los amos crueles a los perros viejos. ¿Que culpa tiene de esto la mimosa? Seamos serios. A los olivos primero los diezmó la construcción y luego su carácter huraño les hizo retraerse aún más. No supieron o pudieron adaptarse a los pequeños huecos vegetales, superpoblados de plantas venidas de todas las partes. Pero esta situación la provocó el P.G.O.U. no la provocaron esas nuevas plantas. Con los olivos de la costa acabó el abandono y el dinero. Por mi parte sólo me queda añadir que yo las cosas ya las conocí cambiadas, como son ahora. La mezcla de ahora me parece lo natural. No añoro pasados tiempos supuestamente mejores. Y siempre me han gustado las fronteras. Y bien está que así sea. Pinturas con cuento. Pág. 116
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    Un mes después,las mimosas sin flor. La oliva a punto de florecer (ha llegado mayo, las mimosas ya no son amarillas que son masas verdes de filodios y ramas sin flor. El olivo acosado y perdido, que parecía asustado y sin futuro, se está cuajando de flor. Flor pequeña y trabajadora, productora de aceituna y aceite, hija de Grecia y Roma. Es tanta la flor que su color sin lujo destaca sobre la mimosa desnuda, sobre el pino y el eucalipto. ¡Árbol admirable! Como los perros lame la mano que le pega, esa mano que lo dejó abandonado. Esa misma mano que, ahora, culpa a la mimosa.) Pinturas con cuento. Pág. 117
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    Lluvia de lunas(Perseidas lunares) miércoles, 13 de junio de 2012 lluvia de lunas sobre el cerro Vítar y silueta de oliva de sombra. Photoshop, Paint. 65x50. 2012 Se acerca el chubasco. El cielo se dobla y retuerce encima de nosotros. Pronto caerán las primeras lunas, gotas de luz seca empapando la noche, gotas de luna, aguanieve de estrellas. Las lunas son como la Virgen, es una aunque luego cada pueblo tenga la suya. Incluso algunos, si son grandes, tienen dos o más. De ambas. Cada pueblo tiene su luna predilecta porque hay muchas de ellas donde escoger. Además de las cuatro que hacen cada una de las fases, hay muchas otras. Las hay tempranas que llegan en plena tarde bastante antes de que lo haga la noche. También tardías y perezosas, que remolonean con descuido sin salir hasta que las sorprende el sol del nuevo día. Hay lunas grandes y gordas, bien cenadas y lustrosas, que casi no pueden levantarse del suelo y arrastran la barriga redonda y dorada por el horizonte. Las hay pequeñas y muy brillantes, que vuelan y saltan con agilidad en lo más alto de la noche. Las hay fugitivas, que escapan con sigilo escabulléndose entre las negruras por el barranco abajo. Y poderosas, que amanecen sentadas en Pinturas con cuento. Pág. 118
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    los tejados desus cortijos desde donde dominan los valles y campiñas que les pertenecen. Hay lunas pescadoras que viven de los peces del mar y las hay labradoras que aran surcos de luz entre las camadas de olivares. Hay lunas forasteras que asoman su melancolía a las cunetas de las carreteras y las hay familiares, que cada mañana dan los buenos días a las calles que se desperezan. Las hay de invierno y las hay de verano, las hay de todas clases, formas, colores y olores. Hay tantas y tan variadas que cada pueblo tiene la suya de igual manera que tiene la suya cada hora, cada noche, a veces también cada día. Hay muchas y muy distintas aunque, como la Virgen, todas sean una. luna, lucero y chopo luna y oliva luna camuflándose en las luces de la noche llena luna entre las nubes y los pinares de la sierra Ni dos ni tres veces han sido las que a principios de agosto he querido ver llorar a San Lorenzo. Y siempre con poco éxito, no lo voy a negar, pues apenas he conseguido ver alguna lágrima suelta pero nunca, ni por asomo, esas barraqueras que cuentan que han visto los que saben del cielo. Una vez me invitaron a ver llorar al Santo en una casa de las afueras. Casa bien situada y suficientemente lejana de la civilización lumínica urbana. Me dieron de cenar y de beber y luego una tumbona para tenderme y ver el espectáculo con comodidad. Era una noche de agosto en la que no se movía una hoja y... me quedé dormido. Porque yendo a por estrellas encontré paz y como me gustó, me quedé con ella. Pinturas con cuento. Pág. 119
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    luna remolona dela mañana Algunas veces no he tenido ni la oportunidad ni las ganas de salir al campo en las fechas oportunas. En otras también pocas lágrimas encontré aunque ahora no recuerde la razón del fracaso. Pero no siempre ha sido así, alguna vez he rozado el éxito. Hará como un par de veranos la cosa empezó bien. Era el sitio y el momento indicado cuando, de pronto, cayó una lágrima y luego otra. Parecía que se arrancaba por fin a llover. Y cuando ya tocaba con las manos el premio tantas veces buscado, entonces, por detrás del cerro Vítar, asustada no se si por mis pasos o por los pasos nerviosos de los perros, levantó el vuelo una luna menguante que casi de inmediato se escondió en lo más espeso de las siluetas del campo. Fue apenas un suspiro. Sus alas apenas rompieron el silencio durante unos fugaces instantes pero fueron lo bastante. Hubo luz y ya no hubo estrellas. Sólo ese vuelo imprevisto y corto fue el recuerdo de aquella noche. Buscando estrellas me topé con lunas. luna artificial de exterior luna artificial de interior ¿Sol o luna? Silueta de oliva movida por el aire y detrás una luna Pinturas con cuento. Pág. 120
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    Me he topadocon pocas estrellas fugaces pero con muchas lunas. Las he visto saltar, volar y esconderse y he coleccionado sus luces, las sombras que fabrican sus luces. Es por todo ello que he pintado una lluvia de lunas. Son lunas perseidas estas porque son lunas de verano. Porque yendo a por lágrimas me encontré con ellas. Son lunas de mi pueblo (cada pueblo tiene la suya y en el caso del mío, varias) Es una tormenta lunar de verano sobre el cerro Vítar. Son muchas, aunque como las vírgenes todas sean una, pero aunque sean una el que sabe de lunas a cada una por su nombre la conoce. lunas artificiales de barra de bar Pinturas con cuento. Pág. 121
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    El cielo secae sobre nuestras cervezas domingo, 15 de julio de 2012 Árbol de la calle Mulhacén al final del invierno. Acrílico y óleo sobre lienzo. 50x65. 2012 En la terraza de un bar de la calle Mulhacén, en Granada. Mediodía de domingo en un invierno menguante. El sol crecerá en unas pocas semanas y será sol de primavera, pero ahora es todavía un crío y se esconde entre las cornisas y por los tejados, cruza la calle a la carrera mirando a cada lado en cada esquina. Cuando el sol sea mayor y fuerte, en verano, no tendrá rival ni enemigo que con él pueda pero ahora es todavía un niño, indefenso y débil y recela de todo y de todos. Son los últimos días del invierno y las yemas del árbol han empezado a parir hojas pero desde aquí, desde la mesa en la terraza del bar, apenas se distingue algún Pinturas con cuento. Pág. 122
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    movimiento en lasramas, sólo se alcanza a ver un árbol desnudo en la mañana clara de febrero. Este invierno ha sido como el otoño. El año pinta como el pasado e incluso peor. Ando con los de mi cofradía todo el día procesionando la Gran Vía arriba la Gran Vía abajo. Y tanta caminata, tanta reivindicación, cansa (físicamente). Cansa, es verdad, pero también lo es que hace tiempo que aprendí que toda movilización tiene su recompensa. Y la tiene no porque más tarde o más pronto se alcancen los fines buscados (lamentablemente parece que no van por ahí la cosas ahora) sino porque en su final, la caminata se riega con una cerveza y con una conversación. O con dos o tres o más cervezas y dos o tres o mas conversaciones. El árbol en febrero y el árbol unas semanas después Una vez más hoy domingo hemos corrido la Gran Vía y antes de volver a nuestra iglesia, como el día está tibio y claro, nos hemos sentado en la terraza del bar que hay en la calle Mulhacén esquina con la mía. El sol infantil que antes decía, se va confiando conforme avanza la mañana y ahora juega y alborota aprendiendo su oficio como todos los cachorros, jugando a deslumbrar y a cegar. Juega a saltar haciendo brillos y destellos, desde las ramas del árbol hasta la farola. Revolotea tropezando torpemente con los cristales de las ventanas. Y mientras juega el sol, del cielo blanco de la mañana de febrero caen gotas de luz que salpican la piel, la mesa, las aceras, los pasos de cebra... Gotas de sol juegan picoteando la copa de cerveza y persiguiéndose en el rocío del cristal, en el dorado de la cerveza. Ha sido este un momento, un rato feliz en un invierno triste. Hemos hablado de todo, de comida y de sexo, de fotografía y de imprenta, de noticias de lo que ha venido y de temores por lo que vendrá. También, claro, de la reivindicación. Con el alcohol y con tanta conversación los brillos y los destellos han aprovechado para hacernos nidos de golondrina en los ojos. Una mirada que estaba aburrida corre a unirse a los alborotos del sol niño, que se dedica a molestar con sus gritos a las sombras, a las viejas luces frías de los caracierzos de las calles transversales. Tropel de voces, algarabía de luces. La humedad heredada de las pasadas escarchas apura sus horas en la penumbra de los rincones. Otra caña. Otro trago amarillo y blanco. Amargo y frío. Otra palabra, otro argumento, otra tapa, otra risa, otro comentario, otro chisme, otro trago amarillo y blanco, amargo y frío. Pinturas con cuento. Pág. 123
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    Caña y cañas Lo malo de los momentos (felices) es que apenas duran un instante, que son pequeños y que ocupan poco espacio. Por el contrario, su recuerdo es grande, se estira como un chicle y puede alargarse tanto que no tenga fin. Por eso es que la vida es en su mayor parte pasado envuelto en una fina capa de presente. El futuro no está en ella porque es lo que no existe, lo que ni siquiera se sabe si vendrá. Efectivamente, la vida es casi en su totalidad pasado y el pasado no es otra cosa que la acumulación de antiguos presentes. La vida es como los troncos de los árboles, anillos que se van superponiendo protegidos por la piel, corteza. Son, estas, reflexiones profundas y de mucho juego (especialmente para alguien que estudió la carrera del pasado) pero ahora me resulta imposible seguir desarrollándolas porque he vuelto a mandar que llenen. Y hemos vuelto a la luz lánguida de un invierno triste en el que el mundo se está hundiendo mientras nosotros charlamos, bebemos, reivindicamos, discutimos, reímos, amamos… He mandado que llenen mientras el sol crío sigue jugando a reflejarse en el plástico de la mesa y a molestarnos con sus reflejos. Un aire frío, duendecillo viejo de enero, escapa con pasos nerviosos resguardándose bajo los balcones, muy pegado a la pared. El cielo es blanco. Mediodía de un domingo de febrero. Estamos en la terraza de un bar de la calle Abul Hasan Ali Ben Saad, Muley Hasan o Muley Hacén, sultán de Granada y sultán de la red geodésica. El solecillo juega, nosotros bebemos, hablamos. Y mientras, el cielo se está cayendo sobre nuestras cervezas. Calle Mulhacén y el sol escondiéndose en las ramas del árbol Pinturas con cuento. Pág. 124
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    Marbella vista desdeuna barca, en la distancia. domingo, 26 de agosto de 2012 Marbella desde una barca. Photoshop. 65x50. 2012 Marbella vista desde una barca, en la distancia. Por la parte de poniente los reflejos agonizantes y saturados del sol que se va. Por la parte de levante las sombras que empujan a las luces del día. Esta pintura digital es un plano general con pocos detalles y que además de pocos han quedado algo movidos, seguramente por el vaivén de la barca entre las olas. Pocos y poco definidos pero los bastantes para que se pueda distinguir la Concha, el hueco de Istán y del pantano, el pico de Juanar y alguna cosa más del esqueleto de este paisaje. Es una selección personal de huesos sin más causa y justificación que el propio gusto y gana. Siempre he visto Marbella en la distancia. Llegué tarde a este mundo que tan a menudo no entiendo (y no sólo por cuestión de idioma que, a veces, también). Llegué tarde y poco relacionado. Mi natural huraño y a menudo retraído, en el sentido de persona que se refugia en lugar sagrado o de asilo, ha hecho poco o nada por aumentar la relación y por acercarme al entorno. Vivo en el extrarradio mental y social, aislado como un naufrago urbano. Pinturas con cuento. Pág. 125
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    Amanecer Atardecer Manejarsedesde una barca mar adentro supone, como cualquier otra manera de estar, abrazar unos pros y contras perdiendo los pros y contras de los "estares " desechados. Todos ellos tienen sus partes malas y sus partes buenas. En mi caso, entre las cosas que gano creo que no es la menor la libertad y licencia para recoger, sin más criterio que el propio gusto, las partes, los trozos, los momentos y las luces del entorno que me gustan hasta obtener una combinación propia, individual y caprichosa. Una mezcla de la que se derivan costumbres y hábitos específicos y que es bastante ajena y lejana a la que parece que se ha establecido como consenso (sospecho cada vez con más fundamento que ese consenso es menos común y generalizado de lo que imaginaba). Desde cualquier mirador que esté a una cierta altura es corriente avistar grandes petroleros y grandes cargueros retacados de contenedores que van y que vienen del Estrecho, medio escondidos en la humedad del aire mar adentro (¿se le podría llamar a esta humedad calima marina? ¿cómo se llama la neblina de vapor y sal que borra el horizonte los días de calor, los días en los que el viento lleva cierta dirección, en los que tiene determinada procedencia?) Uno tras otro se cruzan enormes y lejanos, silenciosos, siguiendo en el mar de Alborán una senda de agua por la que como hormigas de acero gigantes portean la carga a la espalda, en la panza su tesoro. Desde los más altos miradores de las sierras y montes se les ve aparecer de improviso, por detrás de las crestas y las peñas, saliendo de entre las agujas de los pinos más veteranos, avanzando, sudando cada paso, arrastrando los pies y la espalda doblada… Barcos desde Juanar Pinturas con cuento. Pág. 126
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    Ya comprendo queexiste un guión muy famoso, muy vendido, del que se han hecho incontables ediciones y miles de reimpresiones, que explica como son las cosas existentes aquí. Que guía a las gentes ciegas por el laberinto confuso de las cosas apenas imaginadas. También comprendo que con los anteriores conviven otros guiones más minoritarios que se componen de vida y recuerdos, de olores de antes, de miedos y temores del pasado. Que son relatos individuales y distintos pero de tronco común y de párrafos compartidos. Los comprendo a todos pero a todos ellos soy ajeno. Al convencional porque no, a los otros porque en este punto no tengo yo pasado. Por mucho que busque y coleccione fotos antiguas o procure estudiar pasados arqueológicos, mosaicos desaparecidos, restos perdidos de un antes entre los muros y los jardines, yo aquí (por una vez puedo decirlo) no tengo pasado. He ilustrado con algunas fotos los muchos momentos y tiempos que me gustan. Pero hoy me he acordado de la lluvia. Me gusta Marbella cuando llueve. Cuando llueve las nubes vienen del mar, intentan avanzar tierra adentro pero se quedan bloqueadas en las peñas de la Concha. Cuando llueve lo hace hasta que las nubes se deshacen, hasta que se licuan por las torrenteras y los barrancos de vuelta al mar, arrastrando tierra, piedras, ramas y algo de suciedad. En cada temporal que viene del Estrecho llueve durante varios días seguidos y lo hace con una regularidad y persistencia impropias de esta orilla del continente. Llueve y truena y la mañana tiene el mismo color que la tarde. Sólo hay día, no hay horas. Grises húmedos en las paredes blancas, no es un paisaje mojado es el mundo empapado. Los faros de los coches hacen en los suelos encharcados mosaicos con fugaces teselas de luz que se mueven, oscilan y desaparecen. Llueve y no se escucha más que el torrente de gotas cayendo del tejado: Niebla gris, suelo gris, las plantas son grises, rayas de plata en los fondos oscuros de la imagen. Pertinaz lluvia Cuando llueve llueve tanto que los regatos medio secos de los veranos bajan baladrones, arrastrando cañas y rugiendo como si fueran grandes ríos desbordados, espanto de orillas y riberas. Una gota se junta con otras gotas en el cristal de la ventana y cae zigzagueando Pinturas con cuento. Pág. 127
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    como rayo transparentesin trueno. Se enciende un relámpago en la lámpara del techo y huye la penumbra mojada y gris. No hay mañana ni tarde ni luz de una o de otra, no hay horas , sólo día igual cuando empieza que cuando acaba. Llueve. Llueve y el agua lo aplasta todo. Una hoja muerta del árbol de los olores mojados baila en el hueco de la escalera, aroma triste que recuerda vagamente a otros de inviernos ya olvidados. Cuando llega la noche, aunque artificial, se hace la luz y desaparece el color sombrío, ceniza mojada, de la tarde y de la mañana. Llueve y la lluvia dibuja círculos nerviosos en las baldosas de la terraza. Apenas por un momento se abren las nubes y dejan ver como chorrea el agua por las paredes de la Concha. De las piedras y los ladrillos rezuman gotas. El cielo se cierra con candados de agua y niebla. Llueve. No para de llover. Llueve con una canción monótona de una sola nota. Llueve. Escalofrío. Huele. Atardecer y amanecer mojado. El Mundo siempre se mueve, excepto cuando estos temporales llegan por el Estrecho. Después del temporal Pescando frente a San Pedro Tormenta Pinturas con cuento. Pág. 128
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    Postal de Quesada.Vista parcial. lunes, diez de septiembre de 2012 Postal de Quesada con luna llena. Photoshop. 65x50. 2012 En las tarjetas postales era frecuente que en la descripción, junto al nombre del pueblo o ciudad, se añadiera “vista parcial”. Pongo como ejemplo dos estampas viejas sobre las que se escribió a mano y con letra muy redonda “Quesada. Vista parcial” y “Quesada. Vista parcial del jardín”. Aclarar en el título que una postal es una vista parcial resulta de una inutilidad grande porque las postales siempre lo son. Hasta las que se llaman vista general son en realidad una vista parcial. Las fotografías sólo tienen dos dimensiones y reflejan el punto de vista desde donde se hacen. Son siempre la imagen de uno de los lados de la cosa, de una parte de ella, nunca son el todo. En las postales y en todas las demás cosas las vistas siempre son parciales. Sólo los fanáticos piensan otra cosa. Pinturas con cuento. Pág. 129
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    La primera postalde Quesada que yo recuerdo sería de finales de los años sesenta o de muy primeros de los setenta, por ahí. Era una vista primaveral del pueblo con la sierra al fondo, hecha más o menos desde el puente segundo. El verde propio de la estación, la impresión poco definida y de color sobresaturado, le daban un aspecto de paisaje atlántico absolutamente impropio e irreal. Un paisaje casi protestante. Hoy en día, en plena orgía digital, cuando hay tantas imágenes como palabras hay y cuando casi valen lo mismo de poco las unas y las otras, algo tan simple como la foto de un pueblo puede no parecernos gran cosa, incluso puede parecernos nada. Entonces, cuando sólo abundaban las palabras pero no las imágenes, sí lo parecía. Y mucho. Chocaba y sorprendía que una tarjeta postal en color, algo entonces casi exclusivo de las capitales de provincia, pueblos grandes y rincones de especial relevancia turística, se hubiese dedicado a cosa tan perdida y poco relevante como el pueblo de uno: tan propio y doméstico, tan fuera del mundo exterior que sólo a los directamente concernidos nos podía interesar. Que la placenta materna justificase una postal a todo color resultaba muy chocante. Y más chocante aún que se pusiera a la venta, a disposición del turismo, como si en Quesada por entonces hubiera turismo… Recuerdo percibir aquella postal como una señal débil pero cierta de que también mi pueblo se movía. Nada comparable a como se movía y progresaba a velocidad pasmosa el mundo de fuera, pero se movía. A paso de tortuga, claro, como se mueve el tiempo en la infancia, pero Quesada se movía. Y no era ese el único indicio. Empezó por entonces a circular un tríptico turístico editado en alemán por el Pinturas con cuento. Pág. 130
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    Ministerio de Informacióny Turismo del señor Fraga. Tenía su correspondiente Virgen de Tíscar en lugar preferente (se conoce que para sorprender a los luteranos…) y una foto del ayuntamiento viejo hoy reliquia arqueo-fotográfica porque tardaron nada en demolerlo. Pero no quedaba ahí el progreso. Si las postales y los trípticos asombraban, las contadísimas ocasiones en las que Quesada salía en el blanco y negro de la televisión provocaban el pasmo definitivo. Años y años quedaron tan grandes sucesos en la memoria y en las conversaciones. Recuerdo sobre todo aquella vez que salió Quesada en la serie “Los Ríos”. Al parecer motivó un famoso telegrama institucional a la institución de un pueblo cercano (me da igual que el telegrama existiera o que fuera sólo un buen chascarrillo del autor). Definitivamente algo se movía en Quesada. Porque además de las postales, de los trípticos y de los documentales con telegrama, el movimiento se tocaba y pisaba en algunas calles, de las más principales, en las que se estaba sustituyendo el empedrado basto de piedras gordas por un moderno piso de fino y suave cemento. Nuevo suelo que inmediatamente quedaba personalizado por gatos, perros y otros bichos. Antes de que fraguara, cuando todavía estaba blando, dejábamos concienzudamente nuestras huellas en el cemento. De aquella postal de la que hablo sólo tengo el recuerdo. La he buscado en páginas y colecciones web sin resultado. Sí he localizado la gemela que se hizo y que, no podía ser de otro modo, era una vista de Tíscar. Es de la misma factura que la otra, igual de verde y saturada de color. Sirva aquí la una para recordar a la otra. La postal gemela Pinturas con cuento. Pág. 131
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    Las postales, ademásde la vista parcial de un espacio son también la vista parcial de un momento. Pero lo son de momentos muy rebuscados y compuestos, de momentos públicos pensados desde la cuna para ser vistos por todos. No tienen mucha vida las postales, la verdad. Sirven apenas para conocer el escenario donde suceden o han sucedido las cosas. Sirven para comprobar si aquel edificio estaba todavía o ya lo habían demolido (lo frecuente en Quesada), si los pinos hoy crecidos ya estaban plantados o no. Para eso sí pero para recordar la vida, no. No era habitual fotografiar la vida. Tampoco había mucha de ella en las fotografías privadas pues, hasta la revolución digital con su abaratamiento de costes, lo normal era reservar el gasto para las fotografías familiares y los viajes (en los que se intentaba imitar, con menos medios y más gasto, el arte profesional de los fotógrafos de postal). No se hacían fotos en las que se viera la vida. Entre otras cosas porque si alguien lo intentaba, como era cosa tan rara la fotografía, la vida se paraba y quedaba quieta para salir bien con lo que dejaba de ser vida. Son escasas las imágenes en las que se ven gentes ajenas a la foto, dedicadas a sus propios asuntos. De Quesada y de cualquier otro pueblo más que escasas casi inexistentes. Aunque alguna hay que circula por páginas especializadas en las que la gente cuelga sus recuerdos. Algunas he visto en esas páginas, magníficas y totalmente casuales que casi huelen como olía el Jardín y la Explanada en verano, cuando regaban al caer la tarde y pasaban las bodas en comitiva de a dos camino de la iglesia. Yo también hice alguna de estas fotos digamos costumbristas. Traigo de muestra esta de la Explanada en una tarde lluviosa de diciembre del ochenta y siete. La hice desde el balcón de mi tío Carlos y mi tía Carola, tomando café junto a mi padre creo recordar que en visita de enfermos. Explanada Foto con vida. Vaho en los cristales de la puerta del Marisol En fin. Hace ya muchos años que paseo poco por el interior de Quesada, que me muevo más bien por su periferia. No hago estampas desde dentro pero sí las hago desde fuera, del pueblo visto desde la sierra, desde el campo, desde ángulos raros y desde todas las distancias. Busco perspectivas curiosas, sorprendentes, insólitas. O eso creía yo que eran las que conseguía, porque junto a la revolución digital, llegó el senderismo, el biciclismo y el montañismo. El trasiego y el bullicio son continuos hasta en las veredas más perdidas. Hay gente por todos sitios. Hay gente encaramándose a las más altas peñas, encontrando los más secretos rincones. Gente fotografiando desde lugares inverosímiles. En cualquiera de las aplicaciones que juntan cartografía y fotografía se pueden encontrar por cientos sus frutos. Las perspectivas que yo pensaba raras e incluso extravagantes han quedado en Pinturas con cuento. Pág. 132
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    corrientes y demasiadovistas. Hasta en las cosas más propias y reservadas como es el pueblo de uno, he quedado rebasado y al nivel de un vulgar aficionado. Para consolarme he puesto arriba una postal que de este verano y que aunque es digital no es fotografía sino pintura. Representa una noche de luna llena. No sería capaz de asegurar si representa el recuerdo de una noche concreta o por el contrario es el recuerdo de cualquier noche o incluso, el de todas las noches a la vez de luna llena sobre la Atalaya. Da igual. Pinturas con cuento. Pág. 133
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    Antes llovía másmiércoles, 26 de septiembre de 2012 Ginkgos y chopos en el parque FGL una tarde lluviosa de noviembre. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2011 Antes, hace apenas dos años, llovía más, hacía menos calor y cuando decía de nevar, nevaba. Antes era mejor la fruta, eran más sabrosos los tomates y los melocotones, hasta los pepinos lo eran. El otoño era otoño, había primavera, el verano era verano y no fuego, el invierno era invierno con escarcha y con hielo. Hace apenas dos años existían los convenios y el futuro estaba arriba y no abajo, apenas se hablaba de los alemanes, nadie hablaba de lo que iba a ser de nosotros. Antes había tormentas en septiembre, llovía en octubre y noviembre y con las primeras torrenteras de frío llegaba diciembre. Ahora parece que ya no. Estas son reflexiones de supermercado o barra de bar, tranquilamente contradecibles con la opinión contraria que tanto vale, esa que niega aquello de que en cualquier tiempo pasado lloviera más (idea despachada bajo la marca blanca de las viejas ideas de progreso ilimitado). Lo cierto es que se suele percibir el pasado como algo bueno que se ha perdido (ahí, por ejemplo, el milenarismo). Quizás porque con el tiempo se tiende a olvidar lo Pinturas con cuento. Pág. 134
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    malo y amagnificar lo bueno. Quizás también porque conforme pasan los años el tiempo corre más y va dejando cada vez más espacio detrás y menos delante: antes llovía más porque se añoran las cosas de cuando había poco vivido y mucho por vivir. Lluvia a izquierdas y lluvia a derechas Si lo miramos desde el punto de vista del progreso sin fin, nadie negaría que con respecto al pasado esta vida de ahora es mucho más confortable. Existe, por ejemplo, el paracetamol que no es chica cosa en muchas ocasiones. Y no solo eso, las nuestras eran, hasta ahora, de las escasas generaciones que no habían conocido una guerra y ahora cuando la están conociendo es guerra sin sangre ni vísceras, etérea, virtual, financiera, que se maneja a base de conceptos que compran y venden futuros. Algo que si no fuera tan atroz rozaría lo poético. Pero podríamos, alguien podría, replicar que la resistencia al dolor es mucho menor y que hoy te matan sin morir, te paralizan con un índice o una cotización y hasta que te mueres estás sufriendo que te han matado. En fin, no se... Antes nevaba más Tormenta Discutir si antes llovía más o menos es conversación de velatorio, propia de esos momentos en los que gente casi desconocida tiene que convivir un buen rato sin tener que compartir o que decirse. Es conversación pareja a esa otra de que no somos nada, de que cuando mejor estaba el pobre, cuando por fin hubiera podido disfrutar, llega una enfermedad o una guerra financiera y de un día para otro le cambia la vida, se la destroza, la altera radicalmente. Trata esta segunda conversación de los grandes cataclismos de la historia (con esos sucesos se ganan la vida la Historia y sus trabajadores). El común suele ignorar, u olvidar, que los grandes cataclismos son como los grandes temporales, que tardan más o menos pero que siempre vuelven, o llegan, llevándose el polvo de ese verano que nos Pinturas con cuento. Pág. 135
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    parecía ya eterno.Normalmente los que lo ignoran son los que al final se mojan. De hace dos años, de una tarde lluviosa de noviembre 2010 en los aledaños de la Huerta de San Vicente, poblado de ginkgos, wasingtonias y otras rarezas modernas, es la pintura de arriba. Aquella tarde sí que llovía. Aclaración final. Hoy ha empezado a llover. Pero eso no quita que antes, hace dos años, llovía más de lo que parece que va a llover este año (ojalá me equivoque). Tarde-noche de lluvia vista desde mi bar favorito (uno de ellos) Pinturas con cuento. Pág. 136
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    Parra, pino yperal lunes, 15 de octubre de 2012 Parra, pino y peral. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2012 Mañana de fuego, tarde de incendio. Neolítico y pintura fosforescente. La mañana había empezado suave y agradable pero el horizonte gaseoso y difuminado por la calima anunciaba un mediodía de fuego. Me había levantado al alba para marcar las lindes conflictivas y los árboles que viven salidos de de la formación. Con estas marcas se registran las irregularidades catastrales que en un lugar tan antiguo como el pago de Lacra son la norma ancestral. Y digo lo de un lugar tan antiguo, sin entrar en mayores alardes eruditos de historia local, porque cuando hicieron los hoyos para poner plantones, justo alrededor de la casa, encontré en los montones de tierra pequeños pero muchos fragmentos romanos de "terra sigillata" y de cerámica decorada a peine, estilo que se supone muy ibero. Las discusiones, los disgustos, las peleas por árboles, descolocados o no, por turnos de agua para el riego y por cosas así, se han sucedido desde entonces (desde antiguamente) con la misma regularidad con la que llegan las noches largas en junio y las noches cortas en diciembre. Ese “antiguamente” no se queda en época clásica pues desde que se inventó la agricultura y con ella las lindes y los riegos, ya se discutía de esos asuntos por aquí. Algo más recientemente, en el siglo XVI, las ordenanzas excluían este pago de la jurisdicción general del alcalde de las acequias, mandando que se siguiera en él el uso que desde antiguo se seguía. Mi madrugón estaba, pues, Pinturas con cuento. Pág. 137
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    sobradamente justificado. Lasmarcas de pintura fosforescente en los troncos de las olivas no eran otra cosa que una consecuencia pura y dura de la revolución neolítica, madre de linderos y parcelas, trimestre de primer curso intermedio entre el paleolítico y las distintas edades metálicas protohistóricas. Aquel neolítico que tan poco estudié en los primeros meses de 1978, lo revivía ahora con un bote de espray treinta y tantos años después (miles de años después). -no haré aquí erudición como arriba he prometido y no hablaré de la calzada que proveniente de Basti y Acci, pasando por Céal y camino de Túgia y Cástulo cruzaba estos términos. No hablaré de la alberca de Aguas Calientes similar a la de Fuente Grande en Alfacar, ni de la necrópolis de muertos enterrados cara a levante que encontraron en el último arreglo de la carretera, ni siquiera del fuste semienterrado que en el cortijo viejo servía de "majaero" de esparto. No hablaré de tantas otras cosas interesantes y curiosas que aquí estarían de más pero que no lo estarían en una tarde oscura de invierno, con vino, frente a la lumbre. "Sigillata" y cerámica decorada a peine encontrada en los plantones de Lacra Sigo con el marcaje y la delimitación territorial. Antes de llegar al olivar viejo se había acabado el bote de pintura. Como eso fue justo cuando empezaba a pegar el sol, aproveché y di por acabada la "peoná". Sin pintura y con calor lo único razonable era sentarse a la sombra, tomar un café, pensar en nada, sufrir moscas y tábanos y mirar sin ver los brillos y destellos que saltaban empujados por el viento entre las hojas del techo vegetal. Eso hice. En el rincón de la mesa y las tumbonas y las sillas que sirvió de refugio contra el calor y la falta de pintura, hay un peral que trasplantó mi padre hace ya mucho rescatándolo de un bancal de secano donde malvivía. Aunque hubo quien dijo que no saldría adelante y que no valía un duro, el "peralillo" se aferró con rabia y coraje a su nueva vida y tierra y hoy florece cada año. Cada año da peras repartidas en armoniosa aparcería natural entre bichos y humanos. Este peral es un ejemplo de superación personal muy valioso en tiempos de turbación. Pinturas con cuento. Pág. 138
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    Reflejos y destellosMás reflejos y destellos Peralillo Hojas del peralillo Allí, en el dicho rincón, viven también tres generaciones de parra (en la pintura sólo vemos a la abuela de ellas porque es la más fotogénica, pero hay además hijas y nietas). La sombra que dan las parras es, digamos, medianeja, regular por irregular. Y es que ningún año están al cien por cien de su rendimiento potencial. Unas veces porque el granizo temprano agujerea las hojas, otras por un ataque de hongos mal defendido y en algún caso, sospecho, que por error o experimento fitosanitario fallido e inconfesado. Es su sombra irregular y "arroalada", es un damero de piezas claras y oscuras que se desplazan con el sol, de manera que te duermes con la cara a resguardo y al despertarte la recuperas abrasada. Tampoco las uvas que dan estas parras son buenas. No le gustan más que a las avispas. Y sin embargo, aún con todos estos defectos, las parras no dejan de ser otro ejemplo edificante pues son una familia unida que salta por encima de las diferencias generacionales y que unida trabaja en producir uvas y sombras, aunque sean regulares y malas. Tres generaciones de parra Las parras Pinturas con cuento. Pág. 139
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    De todos losárboles y plantas de porte que hay en el rincón son los más altos dos pinos nuevos. Paradójico que los más jóvenes sean los más crecidos. Es algo así como esas generaciones jóvenes de ahora que ahítas de leche y pasteles son mayores que sus padres y mucho más que sus abuelos. Con estos pinos no hace falta buscar más para encontrar moraleja o ejemplo a imitar. Acreditan, por si hiciera falta prueba, que quien come mejor crece más, que quien puede levanta peso y que la igualdad de oportunidades es algo muy relativo. Sigo. A estos pinos precozmente altos y para que no siguieran creciendo, mi padre les cortó las guías. Decía que de esta manera crecerían a lo ancho y darían más sombra. Decía también o principalmente, que no llegarían a sobresalir lo bastante para ser detectados por los satélites en las ortofotos. De esta manera siempre se los podría cortar sin trámite o permiso de ente alguno, a voluntad y sin engorros administrativos (otra cosa es para qué querría cortar unos pinos ya criados y que a nadie ni a nada estorban. Imagino que se trata de una suerte de individualismo anarcoide y rural que seguro que viene también del neolítico). Pino Pino visto desde la tumbona Juntos, todos los árboles de este rincón sí que consiguen formar un hueco de sombra agradable, un refugio que protege del fuego que en forma de viento solano se adueña de cada mañana de verano. Un hueco y un rincón refrescado por el azul de la piscina-alberca y por las gotas de rocío artificial en la lata de cerveza (una libélula disfrazada de azul patrulla siempre arriba y abajo las hondas azules del agua. A tanta velocidad corre que sólo el azar puede retratarla). Conforme andaba la mañana se amontonaba más y más calor, arrastrado desde el cielo desbordado de sol. Aquella primera hora casi al alba, cuando con la fresca marcaba las olivas con pintura fosforescente, no parecía ya cosa del hoy sino del ayer. Y entre el calor, los brillos, los reflejos y las aguas de baño y de boca, por encima de las plantas bajas y por debajo de las altas (entre medias) a la altura de las latas de cerveza, se veía entre los olivares borrosos y entre la luz blanca del mediodía, una plantación moderna de placas fotovoltaicas. Habiendo empezado como he empezado con la cosa de la antigüedad, con la cerámica ibera y romana y con la revolución neolítica, estas hileras de árboles metálicos podrían haber dado pié a muchas y muy acertadas reflexiones sobre el tiempo y la historia, sobre la evolución del mundo. Podían haber dado pié al ejemplo de que hace no tantos años aquí no había ni luz eléctrica. Pero hoy ya no va a ser. Porque hace demasiado calor y es hora de comer y luego de siesta. Pinturas con cuento. Pág. 140
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    Libélula azul Plantaciónde placas fotovoltaicas (posterior) A la tarde, con la modorra del sueño recién dejado, volví al rincón de las parras, a los pinos y al peral. Aflojaba ya el sol camino del horizonte pero el fuego del mediodía parecía haberse vuelto incendio: cielos rojos, humos grises, olor a quemado… Sin duda otro incendio acababa con árboles que yo ya no podría ver de nuevo crecidos. Mi padre regaba los arriates entre "terra sigillata", vasos decorados a peine y olivares viejos. Le comenté la desgracia y sin volverse a mirar me sacó del error: “Estarán quemando rastrojos, aunque esté prohibido. Si fuera un incendio ya estarían revoloteando los helicópteros”. El supuesto incendio de aquella tarde Y así acabó el día, con sencillez, con poco dramatismo y ninguna grandiosidad, sin posibilidad de oda al incendio de nuestro mundo ni a la pérdida irreparable de paisajes centenarios: no era más que la normalidad de algún otro individualista anarcoide rural venido directamente del neolítico (¿o esta rebeldía será más bien paleolítica y nómada?) Pinturas con cuento. Pág. 141
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    La mesa debajode la parra cuando sale el sol. 50x65. Photoshop. 2012. Pinturas con cuento. Pág. 142
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    Llueven billetes. jueves,15 de noviembre de 2012 Llueven billetes. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65x50. 2012 Están lloviendo billetes. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Billetes verdes, morados, amarillos. Llueve (sea por cuando no lo hace). Los recuerdos viejos se van seleccionando y escogiendo con los años. Algunos pocos de ellos quedan para el resto de la vida como paradigma de momentos similares, ilustración de sucesos parecidos, chascarrillo de situaciones recurrentes. Por ejemplo, siempre que llueve y lo hace sin destrozo recuerdo a tita Trini cuando, en casa de mi abuela una tarde de final de verano, veía llover y hacerlo bien. La luz del día se había vuelto gris y azul, mi abuela cosía ajena y distraída pensando en sus propias cosas mientras tita Trini miraba como caía la lluvia y al verla caer daba saltos y levantaba los brazos como si bailara: “Están lloviendo billetes” repetía eufórica. Porque, efectivamente, el agua buena de septiembre y octubre es remedio de pronóstico para que engorde la aceituna (quizás sea por estas cosas y por recuerdos como este por lo que mi programa favorito es El Tiempo). Viene esta historia a cuento por la estampa de hoy. Un acrílico-óleo que representa la próxima cosecha doblando las ramas de la oliva, en la tarde empapada de un día de octubre en el que caían billetes de punta. Una tarde en que la luz sin brillo Pinturas con cuento. Pág. 143
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    (lámpara de bajoconsumo) chorreaba por las hojas, por los troncos y por los frutos y los saturaba de lluvia y color. Caen Lloviendo billetes, gotean las hojas, rezuman las aceitunas. El agua es cuerno (o vaso o caña) de la abundancia. Aceitunas verdes como billetes de mil. Billetes colgados de las olivas. Tiempo y campo de otoño encogido por la humedad y el frío, palpitando con la esperanza de nuevas y mayores abundancias. Una baba verde y brillante abriga los cuerpos de las plantas. Llueven billetes, se despeña la lluvia por los aleros. La niebla sube y baja cortando el paisaje a distintas alturas y en dos dimensiones. Perfiles y relieves escondidos, por un momento sorprendidos, fantasmas de las curvas de nivel que viven en el subsuelo abstracto de los planos. Un golpe de aire y una muchedumbre de gotas cae desde las ramas salpicándonos la cara. Pinturas con cuento. Pág. 144
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    Llueve Ahora pareceque aprieta En el otoño, cuando todo parece que se está acabando y muriendo, crece y engorda la nueva cosecha. Si llueve. Si llueve, bajo la luz triste que alumbra con suavidad, nace el anuncio de un buen año que traerá, Dios y el precio del aceite mediante, nuevas y ansiadas prosperidades. No se lo que llueve en otros sitios cuando llueve (en las capitales creo que sólo cae agua. La que luego se utiliza en las cisternas) pero en Quesada (y en casi todos los pueblos), cuando llueve a tiempo y bien, llueven billetes. Fajo de billetes Billetes de mil Pinturas con cuento. Pág. 145
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    Antenas y repetidoresmartes, 5 de febrero de 2013 Antenas y repetidores. Photoshop. 65x50 cm. 2013. Repetidores y antenas en la siesta de una tarde de diciembre en el Jardín de Quesada. El cerro de la Magdalena está tan encima del pueblo y el sol del invierno es tan raso que, un par de horas antes de lo que es norma, desaparece prematuramente, detrás del perfil casi vertical del horizonte. Antes de tiempo, cuando todavía en algún bar se escuchan gritos destemplados y se ven gestos exagerados, teatralizados por los vapores del alcohol. Este ocaso a destiempo deja, abajo, penumbras frías y húmedas con olor a lumbre y arriba, cielos blancos, planos y pálidos. Empiezan pronto y son largas las noches de diciembre. Se rinde pronto el sol y los rincones escondidos crían barrillo de escarcha, una marea de hielo que cada tarde-noche las ruedas de los coches reparten por las calles. Tiene prisa el sol por largarse pero como vuela tan bajo, antes de escapar dispara algunos rayos que bajan las cuestas arrastrándose las cuestas abajo. Paralelos a las pendientes consiguen entrar por las ventanas, deslumbrar a los que duermen la siesta en la mesa camilla. Rayos que encienden algunas hojas de los olmos. Algunas de las pocas y mortecinas que aguantan. Los restos del otoño que hace poco fue. Es la dialéctica de las luces y las sombras en las tardes de diciembre. Un eclipse solar sin luna. Volutas, a veces luminosas y a veces escondidas en el gris y el azul, salen de las chimeneas y de los cigarros de los que fuman en la puerta del bar. Refulgen Pinturas con cuento. Pág. 146
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    las antenas ylos perfiles de metal. El sol que se va hiere con bajonazos de luz la barriga umbría del Jardín. Repetidores Es tan alto el perfil de nuestro horizonte, tan encima se asoma, que cuando buscaron lugar para el repetidor de televisión lo colgaron allí. Durante un larguísimo principio sólo estaba el repetidor de la televisión que había: un poste débil y desvalido, el más débil relámpago de la menor tormenta era bastante para asustarlo y dejarlo sin habla. Hoy no hay uno, hay un bosque de palos de hierro que gobiernan toda clase de aparatos de distintos materiales y funciones. Nunca se apagan, bien porque son más fuertes o bien porque los relámpagos, ahora, son más débiles. Y como el macho y la hembra de un enchufe, los tejados y los aleros están salpicados de antenas y receptores, bosques electrónicos que jamás salen en las fotos, ni en los videos, ni en las pinturas ni en las demás representaciones ideales de realidades imaginadas, realidades maquilladas. Entonces, en aquel larguísimo principio antiguo, eran formas cuadradas y pinchosas de alambre, abiertas de brazos para alcanzar las palabras y los grises que lanzaba el repetidor único. Hoy son de formas compactas, más pequeñas, sin pinchos ni puntas, de puntas y bordes plastificados. Tampoco salen en postales ni estampas y viven desterradas de los recuerdos, más o menos sinceros, de acariciados pasados… Antenas Pinturas con cuento. Pág. 147
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    Como de sobraes sabido, el cementerio está en el centro del semicírculo que, desde todo lo alto del horizonte rocoso, se despeña cerro abajo. Tiene mucho de solemne y de dramático este rincón. Es de imaginar que hay un fuerte eco pero sólo e imaginar porque nadie grita allí y es difícil comprobarlo. Es un espacio donde ni los grajos alborotan, donde no alcanzan las voces que aquí, en este mundo, salen del bar. (Silencio frío y azul bajo el cielo blanco de diciembre. Brillos amarillos eléctricos en las ramas y en las hojas de los árboles, neones naturales sobre el fondo verde y negro de las sombras.) Estando los repetidores emitiendo desde el cementerio y estando las antenas y receptores recibiendo aquí abajo, encima de nuestros tejados, podría ser apropiado y venir a pelo imaginar mensajes del más allá, conversaciones sobrenaturales, presencias, cosas de esas… Pero parece quizás demasiado obvio. Quizás demasiado fácil incluso para la escorrentía de palabras tormentosas en la larga tarde del bar. (En verano el perfil del Cerro poca o ninguna sombra aporta aunque de nada valdrían pues el fuego vertical rebota en el suelo salpicando hasta los rincones más abrigados. Caen llamas perfectamente perpendiculares al suelo ajenas a las brisas inexistentes. No se mueve una hoja. En verano el sol se va cuando quiere, sin humos ni verdines, jaleado por los chillidos de vencejos, golondrinas y aviones.) Es verdad, es demasiado obvio, resobado lugar común, eso de las conversaciones exotéricas de antenas y repetidores. Entiendo que merezca chanzas y chirigotas. Comprendo que, al oírlas, las gotas de risa salpiquen de reflejos chillones vasos y platos en las largas tardes del bar. Me hago cargo. Pero lo cierto es que cada día más gente sube y cada día menos nos queda. (En verano el sol se va cuando quiere pero hoy es diciembre y los gorriones se agarran con fuerza a las ramas ateridas. Vuela un vaho helado que riza los charcos. En el bar han encendido las luces. Gritos y voces destempladas. El vapor de los últimos alcoholes se junta con el vientecillo helado que rebosa por las esquinas y que cuaja en un barrillo oscuro con olor a jamila. No hay sol y el cielo es de nieve) Tardes blancas Pinturas con cuento. Pág. 148
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    Siestas de mesacamilla Pinturas con cuento. Pág. 149
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    Luci camino delcerro del Sol domingo, 15 de junio de 2014 Amanece en la Dehesa del Generalife. Photoshop. 65 x 50 cm. 2014 Casi no es aun de día (desde luego no ha salido todavía el sol aunque sí que está, porque se le ve reflejado en el filo del cielo de levante, encima de la Sierra) y con esta luz azul y fresca del amanecer ya estamos de caminata por la Dehesa del Generalife Lobo, Luci y yo. Pinturas con cuento. Pág. 150
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    Es demasiado tempranoy sólo los viejos y los suicidas andamos por aquí a estas horas. Los suicidas porque si en su desgracia triunfan, allí están inmoviles al alba y los viejos porque cada vez mas nos gusta aprovechar estas horas primeras en las que el mundo sale de la oscuridad con un nuevo día por delante, entero. Cuando amanece parece que existe el futuro y una nueva vida. Por eso me gusta madrugar. En estas excursiones siempre nos gana Luci. Tan tímida, tan miedosa, revive cuando dejamos la calle y pisamos la tierra y el campo. Salta y corre, va y viene, ríe, chilla y ladra: es una perrilla que no parece ella, que la han cambiado. El brillo del horizonte se ilumina reventón, ya se oye como el sol se acerca (en nada saltará por encima del Veleta), ya estamos dando al barranco por donde va el Darro. Es heroico y famoso el paisaje: con el fondo difuso de la Vega y los montes que la cercan, las casas y cosas de Granada: el Palace, el alminar almohade de San Juan de los Reyes y el zirí de San José, la casa del Almirante de Aragón, los balcones y los altos miradores, el vía crucis y las cruces devocionales camino del Sacromonte, la ermita del Santo Sepulcro, las antenas militares, la cerca de Don Gonzalo y las cuevas, San Miguel en el Aceituno y un tren en la estación (desde aquí no distingo si llega o si sale). En el poniente del amanecer el cielo se estratifica en bandas azules, grises, rosas y de luz clara. Es, como digo, un paisaje muy nombrado y comercialmente potente este del amanecer en la Dehesa del Generalife. Pero en realidad no son estas vistas las que pinto, que no hace falta porque estarán siempre ahí. Los que no estaremos somos nosotros y por eso aquí a quien retrato es a Luci y a nuestro nuevo día por delante. Pinturas con cuento. Pág. 151
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    (Tan retraída ytriste con la gente cuando salimos al campo es otra y salta y corre, se revuelca en los olores del suelo y en el barro de los charcos, va y viene, ríe, chilla y ladra: es una perrilla feliz y por eso sale aquí, en el borde del barranco, junto a la Alberca Rota, desde donde se escucha el Darro y martillos de fraguas imaginarias en las discotecas del camino del Monte. N.B. Lobo no sale aquí porque ya salió en un autorretrato de atardecer en la playa junto al río Guadaiza (donde a falta de día por delante soñamos con estrellas de colores). Pinturas con cuento. Pág. 152
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    Paseos de atardecerpor la playa. Autorretrato con Lobo. domingo, 3 de agosto de 2014 Autorretrato en la playa con Lobo. Óleo y acrílico sobre lienzo. 65 x 50 cm 2014 No me gusta la playa en temporada. No me gusta el calor ni el gentío ni la luz incolora de las tardes de verano. Por eso mis paseos de playa son de invierno o de otoño o de primavera temprana. Tengo dos perros. A Luci le disgusta enormemente el tráfico de vehículos y el tránsito de humanos, especialmente de humanos niños. Sólo le gusta correr por el campo, por la sierra, por los olivares y los pinares. En ámbitos urbanos pone el freno y se niega a salir. Para llegar a la orilla del mar hay que cruzar calles, carreteras, la A-7. Por eso no me acompaña. Los paseos de playa al atardecer, a veces al amanecer (tiene la misma luz pero volteada horizontalmente, el sol en levante) los hacemos Lobo y yo, solos. Lobo es un todoterreno al que le dan igual los ruidos, los coches y los críos, sólo le interesan los olores y las discusiones con los otros perros. Yo creo que es feliz paseando conmigo. Al menos me lo parece así. En algún sitio he leído –alguna lectura barata de Internet seguramente- que el objetivo del Expresionismo alemán fue potenciar el impacto emocional distorsionando y exagerando los temas. Representar las emociones sin preocuparse de la realidad externa, sino de la naturaleza interna y de las impresiones. La fuerza psicológica y expresiva se plasma a través de los colores fuertes y puros, las formas retorcidas y la composición agresiva. No importa ni la luz ni la perspectiva, que se altera intencionadamente. No lo he entrecomillado porque he adaptado alguna Pinturas con cuento. Pág. 153
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    cosa y porqueno tomé referencia de la cita. Esto es la misma cosa que ya me había encontrado antes en la conocida historia que García Lorca cuenta de Pastora Pavón, Niña de los Peines. Cuenta que un "hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París! como diciendo: <<Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. NOS IMPORTA OTRA COSA>>". Dicho de mejor y mas hermosa forma que lo dicen las frases de arriba, es la pura idea de expresionismo (el flamenco tiene una mitad cubista y otra expresionista). Lo traigo a cuento para quitarle a Expresionismo el apellido alemán que es algo que hace muy poco romano en estos tiempos. Lobo mirando sus propias estrellas en su cielo Mis paseos de atardecer -a veces de amanecer- por la playa, cuando no es temporada alta, son paseos expresionistas. Lo son porque están armados con luz a veces contrastada a veces difuminada, acompañados por el sonido mecánico de las olas y sazonados con el movimiento rítmico de las teselas que forman el horizonte de alta mar (las nubes corren perseguidas a duras penas por el sol viejo que se va, a veces por el sol niño del amanecer). Estas entradas sensoriales sólo son la cápsula que protege sin provocar alteración lo que realmente importa: las ensoñaciones, reflexiones, fabulaciones, planes de deseo, disección de oportunidades perdidas, errores auto-explicados, sueños eternos nunca cumplidos... Lo que voy pensando mientras camino o de otra manera dicho, los trabajos de la cabeza autónoma del cuerpo que anda defendida por las cosas del atardecer, a veces por el amanecer. Le he preguntado a Lobo si a él también le ocurre lo mismo pero no me ha contestado, me ha mirado con melancolía y ternura, con un punto de preocupación. Pinturas con cuento. Pág. 154
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    El sol despidiéndoseen las ventanas Camino de la playa sobre la A-7 Este de hoy es un autorretrato paseando por la playa al atardecer, con Lobo a mi lado. El sol se arrastra por los suelos exagerando y alargando las sombras. Las luces son rojas y calientes, aunque sea invierno. Las olas golpean sin parar la fragua de arena y detrás del mar las primeras luces se encienden en las ventanas y en las calles, oscurecen las primeras sombras en las sierras. Es un autorretrato en la playa de piedras donde desemboca el río Guadaiza, en San Pedro Alcántara, debajo de La Concha y de Sierra Blanca. Las estrellas del cielo a estas horas no se ven pero aquí las pinto porque representan los trabajos de mi cabeza, mis sensaciones, ilusiones y preocupaciones. Algunas no son mías son de Lobo. Resumo y acabo. Ahora resulta que como me ha pasado en tantas ocasiones soy un vanguardista de hace CIEN AÑOS. Cien años después he descubierto aquellos descubrimientos de entonces. Paseando con Lobo por la playa, casi cien años después he comprendido aquello del ¡Viva París! Soy un auténtico vanguardista del pasado. Cuando he intentado explicarle todo esto a Lobo, me ha mirado con ojillos de pena pero enseguida ha vuelto a sus propias estrellas, a los excesos de comida, los ladridos a los mirlos negros, a oler las esquinas, a intercambiar gruñidos con los perros Pinturas con cuento. Pág. 155
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    de marca conlos que se cruza… La tarde va pasando y cuando se encienden las farolas y ya sólo queda oscuridad paradójicamente desaparecen las estrellas. Volvemos a casa y a la nada poética realidad. Por cierto que aquella otra cosa a la que se refería el hombrecillo del aguardiente es la misma de la que hablaba Juan de la Cruz: "Por toda la hermosura nunca yo me perderé sino por UN NO SE QUÉ que se alcanza por ventura". Lo digo por lo de quitarle fuerza al apellido alemán. Se va apagando el día Pinturas con cuento. Pág. 156
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    Adiós Esta esuna selección de entradas que resume los años 2011 a 2014 del blog Pinturas con cuento. Cuando lo inicié buscaba mezclar pintura, texto y fotografía. Relacionar sus contenidos intentando que el resultado fuera algo distinto e independiente a la suma de las partes. Creo que ya no lo voy a continuar. Voy a empezar otro que llamaré Mulhacén, donde haré cosas parecidas, o no. Ya no me atará el título obligándome a incluir siempre los tres elementos. En cada caso iré haciendo lo que me de la gana. Lo que aquí acaba ha crecido en unos años complicados y duros. En lo exterior, lo que llamamos la Crisis ha cambiado radicalmente y en pocos años el mundo en el que vivíamos, derribado cosas que parecían eternas. Creo, no obstante, que las grandes mudanzas están aún por llegar. Lo creo no por quedar como tremendo vaticinador de desgracias, sino porque sería la primera vez que un cataclismo de esta magnitud no se transforma en crisis social y política más o menos traumática. Hay demasiada gente desesperada. No soy optimista. Estamos en el otoño de 1935, ilusionados y eufóricos tras asistir al mitin de D. Manuel Azaña en el campo de Comillas, pero sin sospechar lo que nos va a traer el nuevo año. Los cambios del exterior han tenido, como no puede ser de otra manera, reflejo interior, en lo personal. Por ahora parece que no demasiado para mal. Ya veremos. Lo que sí tengo claro es que el tópico de que hay que cambiar de valores y disfrutar con lo pequeño de cada momento y ser más bueno y querer más y mejor, es cierto o conveniente que lo sea. Porque no sabemos lo que viene (nunca se ha sabido). Y ya está. En la selección faltan algunas entradas, faltan algunas fotos, pero creo que está lo principal y más significativo. A quien le guste, me alegro de que lo disfrute y a quien no, que no se queje porque poco le ha costado. Este blog no hubiera sido posible sin Ramón, que tanto me ha regañado y sin Lobo y Luci con quien he compartido cientos de kilómetros de excursiones y reflexiones. Mientras escribía y pintaba ellos siempre estaban detrás. En lo bueno y en lo malo. vortizg.com Granada,Quesada, Marbella septiembre de 2014 Pinturas con cuento. Pág. 157