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El universo de Dickens una lección de humanidad - Mariano Fazio Fernández

El universo de Dickens una lección de humanidad - Mariano Fazio Fernández

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El universo de Dickens una lección de humanidad - Mariano Fazio Fernández
MARIANO FAZIO
EL UNIVERSO DE DICKENS
Una lección de humanidad
EDICIONES RIALP, S. A.
MADRID
2
© 2015 by MARIANO FAZIO
© 2015 by EDICIONES RIALP, S. A.
Colombia, 63. 28016 Madrid
(www.rialp.com)
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-321-4593-3
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de
ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos,
sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos
Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
3
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
HACE BASTANTES AÑOS...
INTRODUCCIÓN. «TODO CUANTO TENGA FORMA HUMANA»
1. UNA PUERTA AL MUNDO DE DICKENS. LA HISTORIA DE DANIEL GRUB
2. NANCY
3. NICHOLAS NICKLEBY
4. LA PEQUEÑA NELL
5. BARNABY RUDGE
7. EBENEZER SCROOGE
8. MARK TAPLEY
9. MARIANA JEDDLER
10. PAUL DOMBEY
11. EL PROFESOR REDLAW
12. DAVID COPPERFIELD
13. ESTHER SUMMERSON
14. THOMAS GRADGRIND
15. LA OFICINA DE LOS CIRCUNLOQUIOS
16. SIDNEY CARTON
17. JOE GARGERY
18. NUESTRO AMIGO COMÚN
CONCLUSIÓN
MARIANO FAZIO
4
Hace bastantes años, mientras vivía en Roma, vinieron mis padres a visitarme. Recuerdo
como si fuera hoy un paseo agradabilísimo que hicimos por Villa Borghese. Habíamos
entrado en la Villa Medici, sede de la Academia de Francia, para visitar una exposición
de pintura. Después, bajamos las escalinatas de Trinità dei Monti que terminan en Piazza
di Spagna. Era un atardecer romano de aquellos que sacan tonalidades insospechadas a
las casas color ocre de la ciudad eterna. Bajando por las gradas, a la izquierda, se levanta
la casa donde habitaron los poetas Shelley y Keats. Comenté a mi padre mi admiración
por la literatura inglesa y, en particular, por Charles Dickens. Le confié un proyecto
literario: «Dentro de unos años —le dije— me gustaría escribir un libro sobre Dickens».
Pasó mucho tiempo, en el que sucedieron muchas cosas. Entre otras, el «cambio de
casa» de mi padre. Con la esperanza que me da la fe, confío en que también él podrá leer
este libro —que escribí con fruición, pues me obligó a releer todas las obras de Dickens
y volver a viajar por su mundo literario— en la alegre compañía del prolífico padre de
Oliver Twist, David Copperfield y cientos de personajes tan cercanos a nuestra común
humanidad.
Buenos Aires-Jonacatepec-Roma, 2015
5
INTRODUCCIÓN
«TODO CUANTO TENGA FORMA HUMANA»
¿Vale la pena comenzar un libro sobre Dickens refiriéndose a su biografía? La
respuesta es un rotundo sí. Algunos alegarán que la vida de este novelista inglés es muy
conocida. Sinceramente, lo dudo. La abundancia de información y la ausencia de
conocimiento hacen que hoy casi nada sea suficientemente conocido, por lo menos para
las nuevas generaciones, a las que sobre todo quisiera dirigirme. Y si alguien ya conoce
su vida, ahora tendrá la oportunidad de refrescar su memoria. No se preocupen: seré
breve.
Charles Dickens nació en Portsmouth el 7 de febrero de 1812, hijo de John, un
funcionario menor de la Pagaduría de la Armada, y de Elizabeth Barrow. Por motivos
profesionales y económicos, la familia se traslada a Londres y a Kent. Su infancia
transcurre fundamentalmente en los barrios londinenses, en medio de las urgencias
económicas de su padre, que será incluso recluido en Marshalsea, la cárcel para
deudores, inmortalizada en su obra La pequeña Dorritt. Su mismo padre quedará
reflejado en el Mr. Micawber de David Copperfield: un hombre bueno pero insolvente y
fantasioso. Para ayudar al sostenimiento de la familia, Charles se verá obligado a trabajar
en Warren’s Boot-Blacking Factory, una fábrica de betún para calzado. Esta experiencia
dura de su infancia también se describirá en sus obras, en particular en Oliver Twist, en
el ya citado David Copperfield, y en Grandes esperanzas. Nunca olvidará que su madre
le hizo continuar trabajando en la fábrica por unos meses más, cuando ya no tenían
necesidad porque habían conseguido una ayuda económica por medio de una herencia.
Tuvo poca educación formal, aunque desde niño fue un lector incansable. Pasó por
distintos trabajos, primero en estudios jurídicos y después como redactor de la crónica
del Parlamento para algunos periódicos, razón por la cual estudió taquigrafía. Su
variopinta experiencia laboral le hizo entrar en contacto con distintos ámbitos sociales —
los tribunales, la prensa, la burocracia estatal, la política— que serán objeto de críticas
implacables en sus obras. Basta leer los capítulos que dedica a «la oficina de los
circunloquios»; en La pequeña Dorritt, donde es imposible llevar a buen puerto ningún
trámite; o el interminable y casi eterno juicio «Jardnyce contra Jardnyce», núcleo de la
novela Casa desolada, o la manipulación política de la prensa en las luchas partidistas de
pueblo, en Los papeles póstumos del club Pickwick. En todos estos casos, el autor
6

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  • 2. MARIANO FAZIO EL UNIVERSO DE DICKENS Una lección de humanidad EDICIONES RIALP, S. A. MADRID 2
  • 3. © 2015 by MARIANO FAZIO © 2015 by EDICIONES RIALP, S. A. Colombia, 63. 28016 Madrid (www.rialp.com) Realización ePub: produccioneditorial.com ISBN: 978-84-321-4593-3 No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. 3
  • 4. ÍNDICE PORTADA PORTADA INTERIOR CRÉDITOS HACE BASTANTES AÑOS... INTRODUCCIÓN. «TODO CUANTO TENGA FORMA HUMANA» 1. UNA PUERTA AL MUNDO DE DICKENS. LA HISTORIA DE DANIEL GRUB 2. NANCY 3. NICHOLAS NICKLEBY 4. LA PEQUEÑA NELL 5. BARNABY RUDGE 7. EBENEZER SCROOGE 8. MARK TAPLEY 9. MARIANA JEDDLER 10. PAUL DOMBEY 11. EL PROFESOR REDLAW 12. DAVID COPPERFIELD 13. ESTHER SUMMERSON 14. THOMAS GRADGRIND 15. LA OFICINA DE LOS CIRCUNLOQUIOS 16. SIDNEY CARTON 17. JOE GARGERY 18. NUESTRO AMIGO COMÚN CONCLUSIÓN MARIANO FAZIO 4
  • 5. Hace bastantes años, mientras vivía en Roma, vinieron mis padres a visitarme. Recuerdo como si fuera hoy un paseo agradabilísimo que hicimos por Villa Borghese. Habíamos entrado en la Villa Medici, sede de la Academia de Francia, para visitar una exposición de pintura. Después, bajamos las escalinatas de Trinità dei Monti que terminan en Piazza di Spagna. Era un atardecer romano de aquellos que sacan tonalidades insospechadas a las casas color ocre de la ciudad eterna. Bajando por las gradas, a la izquierda, se levanta la casa donde habitaron los poetas Shelley y Keats. Comenté a mi padre mi admiración por la literatura inglesa y, en particular, por Charles Dickens. Le confié un proyecto literario: «Dentro de unos años —le dije— me gustaría escribir un libro sobre Dickens». Pasó mucho tiempo, en el que sucedieron muchas cosas. Entre otras, el «cambio de casa» de mi padre. Con la esperanza que me da la fe, confío en que también él podrá leer este libro —que escribí con fruición, pues me obligó a releer todas las obras de Dickens y volver a viajar por su mundo literario— en la alegre compañía del prolífico padre de Oliver Twist, David Copperfield y cientos de personajes tan cercanos a nuestra común humanidad. Buenos Aires-Jonacatepec-Roma, 2015 5
  • 6. INTRODUCCIÓN «TODO CUANTO TENGA FORMA HUMANA» ¿Vale la pena comenzar un libro sobre Dickens refiriéndose a su biografía? La respuesta es un rotundo sí. Algunos alegarán que la vida de este novelista inglés es muy conocida. Sinceramente, lo dudo. La abundancia de información y la ausencia de conocimiento hacen que hoy casi nada sea suficientemente conocido, por lo menos para las nuevas generaciones, a las que sobre todo quisiera dirigirme. Y si alguien ya conoce su vida, ahora tendrá la oportunidad de refrescar su memoria. No se preocupen: seré breve. Charles Dickens nació en Portsmouth el 7 de febrero de 1812, hijo de John, un funcionario menor de la Pagaduría de la Armada, y de Elizabeth Barrow. Por motivos profesionales y económicos, la familia se traslada a Londres y a Kent. Su infancia transcurre fundamentalmente en los barrios londinenses, en medio de las urgencias económicas de su padre, que será incluso recluido en Marshalsea, la cárcel para deudores, inmortalizada en su obra La pequeña Dorritt. Su mismo padre quedará reflejado en el Mr. Micawber de David Copperfield: un hombre bueno pero insolvente y fantasioso. Para ayudar al sostenimiento de la familia, Charles se verá obligado a trabajar en Warren’s Boot-Blacking Factory, una fábrica de betún para calzado. Esta experiencia dura de su infancia también se describirá en sus obras, en particular en Oliver Twist, en el ya citado David Copperfield, y en Grandes esperanzas. Nunca olvidará que su madre le hizo continuar trabajando en la fábrica por unos meses más, cuando ya no tenían necesidad porque habían conseguido una ayuda económica por medio de una herencia. Tuvo poca educación formal, aunque desde niño fue un lector incansable. Pasó por distintos trabajos, primero en estudios jurídicos y después como redactor de la crónica del Parlamento para algunos periódicos, razón por la cual estudió taquigrafía. Su variopinta experiencia laboral le hizo entrar en contacto con distintos ámbitos sociales — los tribunales, la prensa, la burocracia estatal, la política— que serán objeto de críticas implacables en sus obras. Basta leer los capítulos que dedica a «la oficina de los circunloquios»; en La pequeña Dorritt, donde es imposible llevar a buen puerto ningún trámite; o el interminable y casi eterno juicio «Jardnyce contra Jardnyce», núcleo de la novela Casa desolada, o la manipulación política de la prensa en las luchas partidistas de pueblo, en Los papeles póstumos del club Pickwick. En todos estos casos, el autor 6
  • 7. demuestra un conocimiento cercano a esas realidades, y entra en sintonía con el lector, harto de ser maltratado en oficinas públicas, tribunales, o de ser manipulado por la prensa. Dickens, con esas críticas, se gana fácilmente a su público. En este período se enamora de Maria Beadnell, pero la oposición de la familia de la chica impide que el noviazgo tenga buen fin. También Maria aparecerá retratada de forma poco caritativa en Flora, un personaje ridículo de La pequeña Dorritt. Dickens se la encontrará pasados los años, y la ve tan cambiada que la plasma en las páginas de esa novela como una mujer gorda que siempre recuerda con nostalgia su amor juvenil. En diciembre de 1833 publicó, bajo el seudónimo de Boz, la primera de una serie de originales descripciones de la vida cotidiana de Londres en The Monthly Magazine, y más adelante reunió sus esbozos en forma de libro bajo el título Los apuntes de Boz (1836). El libro tuvo éxito, lo que le permitió casarse con Catherine Hogarth. El matrimonio Dickens procreó diez hijos. El novelista tuvo más sintonía con sus cuñadas Mary y Georgina que con su mujer. La muerte prematura de Mary, en 1837, le impactó mucho, y plasmó ese dolor en la descripción de la muerte de Nell, en La tienda de antigüedades. Charles fue ganando fama literaria, y en particular obtuvo gran popularidad con Los papeles póstumos del club Pickwick. Además de sus méritos intrínsecos, su escrito fue muy popular porque se vendía en un formato económico en entregas mensuales. La mayoría de las novelas de Dickens fueron escritas y publicadas por entregas, y en algunos casos el país entero estaba a la espera del siguiente número para ver cómo proseguía la historia. Las novelas largas de Dickens fueron un precedente de lo que hoy son las series televisivas. Si bien la forma de entregas mensuales tenía sus ventajas, impuso a Dickens un ritmo de trabajo bastante frenético, que en ocasiones le produjo crisis nerviosas y rarezas de carácter, aunque por lo general era una persona afectuosa y amable. Dickens viajó por Europa, residió por períodos en Francia, Italia y Suiza, y fue dos veces a Estados Unidos. La primera impresión de la pujante realidad norteamericana fue muy negativa. Por otro lado, estaba indignado porque allí no se respetaban los derechos de autor, y había ediciones piratas de sus obras por todo el extenso territorio de la Unión. En su novela Martin Chuzzlewit estigmatiza lo que él consideraba costumbres rudas del interior de los Estados Unidos y la vana complacencia de sus habitantes, convencidos de vivir en la tierra de la libertad. El segundo viaje fue un éxito total. Realizó lecturas públicas de sus obras. Los teatros se llenaban y dejaron un buen beneficio económico al escritor. En 1858 se separa de su mujer, bastante inestable psicológicamente, y se siente atraído por una actriz, Elizabeth Ternan, con quien mantendrá una relación sentimental. Muchos coinciden en que estos hechos le cambiaron el carácter a Dickens, antes siempre jovial y ahora un poco más hosco, como si le pesara no haber tenido la fuerza suficiente para superar las dificultades con su mujer. Llama la atención que le sucediera a él, que había escrito tantas páginas hermosas sobre la familia, y que había tenido nada menos que diez hijos con su esposa Catherine durante más de veinte años de convivencia. En 1865, y en 7
  • 8. compañía de Elizabeth, salva milagrosamente su vida en un accidente de tren que causó sensación en su época. Dickens puso todos los medios para auxiliar a los heridos y consolar a los moribundos. Siempre estuvo rodeado del cariño de sus hijos, aunque algunos fallecieron en vida de Dickens. Después de la separación, su cuñada Georgina se hizo cargo de la casa. El último año de vida de Dickens fue muy intenso. Le tomó el gusto a las lecturas públicas de sus textos. Los espectadores quedaban imantados por los cambios de voz y de gestos que hacía el autor al leer los distintos parlamentos de sus personajes. Pero el ritmo de las lecturas lo agotó. Murió el 9 de junio de 1870, en su casa de Gad’s Hill, y fue enterrado nada menos que en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster, en medio del afecto de multitudes. *** Son muchas las novelas de Dickens que podemos denominar clásicas, y cada uno de sus lectores tiene sus favoritas. Entre ellas hay que mencionar Los papeles póstumos del club Pickwick (1836-1837), Oliver Twist (1837-1839), Nicholas Nickleby (1838-1839), La tienda de antigüedades (1840-1841), Barnaby Rudge (1841), Martin Chuzzlewit (1843-1844), Dombey e hijo (1846-1848), David Copperfield (1849-1850), Casa desolada (1852-1853), Tiempos difíciles (1854), La pequeña Dorritt (1855-1857), Historia de dos ciudades (1859), Grandes esperanzas (1860-1861), Nuestro amigo común (1864-1865) y El misterio de Edwin Drood, que quedó incompleta a causa de la muerte del escritor. Sus cuentos de Navidad, que solía escribir todos los años para las fiestas, forman parte del imaginario colectivo occidental. También publicó artículos sobre actualidad, donde despliega su vena de reformador social, tanto en publicaciones periódicas dirigidas por él como en los grandes diarios londinenses. Sus crónicas de viajes demuestran la verdad contenida en una idea de Chesterton: el inglés, cuando viaja al extranjero, en realidad nunca sale de Inglaterra. Las Notas sobre Estados Unidos (1842) y sus Impresiones italianas (1846) son divertidas: al lector se le escapa una sonrisa al comprobar que Dickens juzga toda cultura desde los ojos de un inglés victoriano, no carente de prejuicios. * * * Dickens gozó de gran popularidad durante su vida, y sus libros llegaron a vender centenares de miles de ejemplares. Después de su muerte su fama persistió, y aun hoy en día sigue siendo muy leído. Las sucesivas generaciones tienen diferentes gustos y sensibilidades. El estilo dickensiano a veces es exaltado y otras denigrado: hay quienes subrayan la capacidad de los textos de Dickens para hacer sonreír a quien los lee, pero quizá esos mismos lectores detestan sus largas descripciones de paisajes y ambientes; unos aprecian su don de transmitir ternura, mientras que otros lo acusan de sentimentalismo; la mayoría de sus lectores se asombra de la innumerable galería de personajes que nos dejó, pero le acusan de una cierta fijación en sus caracteres. Lo cierto 8
  • 9. es que Dickens tiene un estilo propio, y que habitualmente sabe llegar al corazón del lector, provocando sentimientos de compasión y ternura hacia la miseria ajena, de ira contra la injusticia y la hipocresía, y las más de las veces de humor sano que hace que tomemos un poco de distancia de los problemas que nos angustian y obsesionan. Los libros de Dickens son una buena terapia para las personas que se toman las cosas demasiado en serio y que no saben reírse de sí mismos. * * * Si bien la trama de algunas obras se desarrolla fuera de Londres, no hay duda de que Dickens es el escritor por excelencia de la gran ciudad victoriana, que presentaba todas las contradicciones de una sociedad en pleno proceso de industrialización, con sus consecuentes tensiones sociales. Nuestro autor advierte que en Londres hay muchos mundos incomunicados, y quiere despertar las conciencias presentando las lacras de una sociedad que va perdiendo las virtudes cristianas de la caridad y el amor al prójimo. Londres es un gran mundo que engloba pequeños mundos donde el dolor, la alegría, la esperanza, la desesperación, la vida y la muerte se entremezclan. Dickens, en una obra temprana, nos hace ver Londres desde el reloj del Temple. Vale la pena transcribir este pasaje, que anticipa el ambiente donde se desarrollarán sus historias: Es de noche. Sereno e inmóvil en medio de las escenas que la oscuridad favorece, el gran corazón de Londres palpita en su pecho de gigante. La riqueza y la miseria, el vicio y la virtud, la culpa y la inocencia, la abundancia y el hambre más horrible, todos se pisotean y se agolpan para agruparse en torno de él. Trazad un pequeño círculo tan solo sobre los tejados arracimados de las casas y, dentro de ese espacio, lo tendréis todo; y a su lado, el extremo contrario y la contradicción. Allí donde brilla una débil luz, un hombre acaba de morir. El cirio, que está a unos pasos de distancia, lo contemplan ojos que hace solo un instante abriéronse al mundo. Hay dos casas apenas separadas por un muro de una o dos pulgadas. En una, viven espíritus tranquilos; en la otra, una conciencia en vigilia que hasta el aire mismo turbaría. En aquel rincón cercano donde los tejados se agachan y se acurrucan como para ocultar sus secretos a la hermosa calle próxima, hay crímenes tan negros, miserias y horrores que apenas si podrían decirse en voz baja. En la espaciosa calle hay gentes dormidas que han vivido allí toda su vida, sin darse cuenta de todas estas cosas, como si no hubieran existido jamás o se alejaran a los más remotos confines del mundo; seres que si alguien les insinuara su existencia sacudirían la cabeza con suficiencia, fruncirían el ceño y dirían que esas cosas eran imposibles y fuera del orden de la Naturaleza, ¡como si no sucediera lo mismo en todas las grandes ciudades! Este corazón de Londres, al que nadie mueve, detiene ni acelera, que continúa siempre igual, hágase cuanto se haga, ¿no expresa perfectamente el carácter de la ciudad? Hasta aquí, la descripción nocturna. Mundos desconocidos e ignorados. Pero sigamos con el Londres de Dickens. Ya terminó la noche: 9
  • 10. Ha comenzado a apuntar el día y pronto se escucha un zumbido y un rumor de vida. Los que pasaron la noche en los umbrales y sobre las frías losas, se alejan arrastrándose a pedir limosna; los que durmieron en sus lechos se dirigen a sus quehaceres y comienzan la tarea. La niebla del sueño se esfuma lentamente y Londres brilla en su despertar. Se llenan las calles de carruajes y de gentes alegremente vestidas. También las cárceles están llenas hasta los topes y no es mucho el espacio que queda en los hospicios y hospitales. Los tribunales de justicia están repletos. A esta hora las tabernas tienen ya sus clientes fijos y cada mercado cuenta con su muchedumbre. Cada uno de estos lugares es un mundo que posee sus habitantes propios, distinto uno de otro y casi ignorante de la existencia del ajeno. Son pocas las personas bien acomodadas que recuerdan haber oído decir que hay multitud de hombres y mujeres (millares, les parece) que se levantan todos los días en Londres sin saber dónde reposarán la cabeza por la noche, y que hay barrios en la ciudad donde reinan siempre la miseria y el hambre. No lo creen del todo; será verdad que haya algunos, pero desde luego es exagerado. Así prosigue su marcha cada uno de estos miles de mundos, fijos en sí, hasta que llega de nuevo la noche, primero con sus luces y sus placeres, con sus calles alegres; después, con sus delitos y su oscuridad. ¡Corazón de Londres, cada latido tuyo tiene una moral! Al contemplar tu indomable trabajo, en el que no influirá ni un ápice la muerte, ni el ansia de vida, ni el dolor, ni la alegría exterior, me parece oír una voz dentro de ti que penetra en mi corazón, que me ordena, mientras me abro paso entre la muchedumbre, que piense en el mísero desgraciado que pasa junto a mí, y puesto que soy hombre no me aparte con desprecio y orgullo de nada cuanto tenga forma humana. * * * Este Londres de mediados del siglo XIX, ¿no es acaso parecido al Nueva York, Madrid, Buenos Aires, Roma o Ciudad de México del siglo XXI? ¿No son estas megalópolis un conjunto de mundos incomunicados? Me atrevería a decir que muchas de las lacras que denuncia Dickens en este texto —aislamiento, indiferencia, individualismo — se han acentuado con el pasar del tiempo. Al releer esta descripción del Londres victoriano me vinieron a la mente unas palabras escritas casi doscientos años más tarde. Son del papa Francisco: «Aunque hay ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar, son muchísimos los “no ciudadanos”, los “ciudadanos a medias” o los “sobrantes urbanos”. La ciudad produce una suerte de permanente ambivalencia, porque, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos infinitas posibilidades, también aparecen numerosas dificultades para el pleno desarrollo de la vida de muchos. Esta contradicción provoca sufrimientos lacerantes […]. Al mismo tiempo, lo que podría ser un precioso espacio de encuentro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la huida y la desconfianza mutua. Las casas y los barrios se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar[1]». Nuestro novelista quiere superar estas enfermedades sociales, que tienen un origen antropológico: la poca conciencia que poseemos de la dignidad de toda persona humana, 10
  • 11. sin distinción de ningún tipo. Este interés de Dickens por «todo cuanto tenga forma humana» lo va mostrando en las miles de páginas que constituyen su obra. El libro que el lector tiene en sus manos presenta algunas historias y personajes que todavía hoy nos hablan sobre la dignidad de la persona humana —especialmente de los más pobres y olvidados—, y que nos dan claves antropológicas para llevar adelante vidas llenas de sentido. La cosmovisión cristiana del autor es evidente. Estuve tentado de poner como título de este libro «El Evangelio según Dickens». Lo deseché porque me parecía demasiado solemne. Preferí el subtítulo más humilde, «Una lección de humanidad». En cualquier caso, el mensaje de Dickens no se puede entender fuera de una visión cristiana de la vida. No en vano, en una carta dirigida a un clérigo poco antes de morir, Dickens escribía: «En mis obras, siempre me he esforzado por poner de manifiesto la honda veneración que profeso por la vida y enseñanzas de Nuestro Salvador[2]». A Dickens se le ha acusado a veces de moralismo pasado de moda. Es sin duda un moralista, lo que no significa necesariamente algo negativo. También este libro es algo moralista: al final de cada capítulo hay una breve reflexión. No sé si podrá servir a algún atento lector. Por lo menos a mí me ha venido bien tratar de «aplicarme el cuento» de las historias o personajes dickensianos. En un mundo donde tantas veces prevalecen la violencia, la fealdad, el interés egoísta, me parece que pueden ayudar algunas de las visiones «pasadas de moda» de Dickens, que llenan el ambiente de generosidad, pureza, capacidad de darse a los demás. Los capítulos están ordenados cronológicamente, según el año de publicación del texto analizado. He elegido presentar algunos personajes de las catorce novelas largas de Dickens y de tres de sus cuentos de Navidad. Entremos, pues, en el mundo dickensiano. Conoceremos a Mr. Scrooge y a Sidney Carton, a Esther Summerson y a la pequeña Nell. Quizá tengan algo que decirnos a los hombres y a las mujeres del siglo XXI, sedientos, como en el siglo XIX, de bien, de verdad, de belleza, de ternura. [1] FRANCISCO, Evangelii gaudium, nn. 74-75. [2] Citado por P. ACKROYD, Charles Dickens. El observador solitario, Edhasa, Barcelona 2011, p. 667. 11
  • 12. 1. UNA PUERTA AL MUNDO DE DICKENS. LA HISTORIA DE DANIEL GRUB «Novelista, en el sentido último y supremo de esta palabra, solo lo es el genio enciclopédico, artista universal que —fijémonos en la envergadura de la obra y en la muchedumbre de sus figuras— modela con sus manos todo un cosmos; que, al lado del mundo terrenal, levanta un mundo propio, con leyes propias de gravitación, con criaturas propias y un manto propio de estrellas tendido sobre sus frentes[1]». Así describe Stefan Zweig la característica principal del novelista, entre los que cuenta a Charles Dickens. Efectivamente, las páginas de Dickens nos meten en un mundo que vive de su imaginación, que tiene un ambiente propio, en el que habitualmente el lector entra para descansar, divertirse y enternecerse. Hay muchas maneras de acceder a este mundo y de moverse en su interior. Aquí proponemos, para empezar este viaje, un texto primerizo del autor: La historia de los duendes que se llevaron a un enterrador, que ocupa el capítulo XXIX de Los papeles póstumos del Club Pickwick. No es que nos parezca una página sublime de su arte. La hemos escogido porque en ella ya están presentes algunos de los elementos que darán consistencia al mundo de Dickens, y que consideramos oportuno ofrecer al lector en este primer capítulo. Daniel Grub es un enterrador que no se junta con nadie, y que en las fiestas de Navidad continúa con su trabajo, cavando fosas, amargado además al ver la alegría de las familias en esas fechas. Unos duendes lo atormentan mientras realiza su tarea. Después de hacerle sufrir en su cuerpo, los duendes ponen frente a sus ojos distintas escenas: la primera representa una habitación pobre pero limpia y arreglada, donde una madre espera con sus hijos la llegada del padre para celebrar la Navidad. Este llega y todos se alegran. Pero casi imperceptiblemente, esta vista fue cambiando. La escena se trasladó a una pequeña alcoba, donde agonizaba el más lindo de los hijos; las rosas habían huido de sus mejillas, y la luz de sus ojos; y cuando el sepulturero miraba con un interés que nunca había sentido ni conocido, el niño murió. Sus hermanitos y hermanitas rodearon su cama, y estrecharon su manita, fría y pesada; pero se echaron atrás al tocarle, y 12
  • 13. miraron con respeto su carita; […] vieron que estaba muerto, y sabían que era un ángel que los miraba y los bendecía desde un claro y dichoso Cielo. Poco después de estas imágenes, se produce un cambio de escena en la visión de Daniel Grub: El padre y la madre ahora eran viejos e inválidos, y el número de los que los rodeaban había quedado en menos de la mitad; pero el contento y la alegría se pintaban en todos los rostros y brillaban en todas la miradas, al reunirse en torno al fuego, oyendo las viejas historias de los días antiguos y pasados. Poco a poco, en paz, el padre bajó a la tumba, y, poco después, la que compartía sus cuidados y penas le siguió al lugar de descanso. Los pocos que todavía los sobrevivían se arrodillaron ante la tumba, y con sus lágrimas regaron el verde césped que los cubría; luego se levantaron y se fueron, tristes y lúgubres, pero sin llantos amargos ni quejas desesperadas, pues sabían que algún día volverían a encontrarse; y volvieron a mezclarse con el mundo atareado, y su contento y su alegría quedaron restaurados. Después de esta esperanzadora visión, los duendes siguen afligiendo a Daniel Grub, diciéndole que es un miserable. Prosiguen las visiones. Veía que los hombres que trabajan duro y ganaban su escaso pan con vidas de fatiga, estaban alegres y contentos; y que aun para el más ignorante, el dulce rostro de la Naturaleza era una fuente infalible de alegría y de goce. Vio que los que habían sido criados con delicadeza y educados con ternura sabían estar alegres en las privaciones, superiores al sufrimiento que hubiera abrumado a muchos de contextura más ruda, porque llevaban en su interior los elementos de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres, las criaturas de Dios más frágiles y tiernas, eran muchas veces superiores a la tristeza y la aflicción; y vio que era porque llevaban en el corazón un manantial inagotable de afecto y devoción. Sobre todo, vio que los hombres como él mismo, que gruñen ante el júbilo y la alegría de los demás, eran las peores hierbas de toda la superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra todo el mal, llegó a la conclusión de que, al fin y al cabo, era una clase de mundo muy decente y respetable. Aquí termina la visión. Los duendes se desvanecen, y Daniel Grub se despierta de su sueño reconciliado con el mundo y con sus semejantes, y decidido a cambiar de vida. * * * La sencilla historia de Grub nos introduce en el mundo de Dickens. Duendes aparte, se trata de un mundo ordinario, normal, hecho de vida familiar y trabajo. Los personajes de sus novelas —como los de la historia que acabamos de narrar— pertenecen habitualmente a un núcleo familiar, más o menos amplio, más o menos feliz, pero no cabe duda que la vida que transcurre entre las cuatro paredes de una casa de familia es uno de los ámbitos preferidos de nuestro autor. A su vez, los personajes de Dickens — 13
  • 14. salvo los aristócratas o los ladrones— tienen un trabajo bien determinado, muchas veces humilde, con el que se ganan honestamente el pan de cada día. En otras palabras, el mundo de Dickens gira en torno a la vida cotidiana, constituido fundamentalmente por la familia y el trabajo. Un segundo elemento típicamente dickensiano de la historia de Grub es la predilección por los pobres, los humildes, los ignorados. En el mundo de Dickens, si aparecen personas ricas y aristócratas de finas maneras, será con mucha frecuencia para criticarlos. Y entre los más débiles siempre se encuentran los niños. Dickens es el novelista de la infancia necesitada de afecto. Por último, en esta historia se aprecia la visión trascendente de los personajes. En medio de los dolores y angustias de esta existencia terrenal, sus vidas se iluminan con la esperanza de un más allá que influye necesariamente en la vida del más acá. Siempre hay destellos de alegría en las páginas de Dickens. Vamos a detenernos en estas tres características del mundo literario dickensiano. Servirán de marco de referencia para los capítulos sucesivos. EL NOVELISTA DE LA VIDA COTIDIANA Muchas veces se ha pensado que la vida ordinaria está reñida con la narración literaria. Las grandes obras de la literatura universal suelen tratar temas épicos, heroicos, extraordinarios. A pocos lectores les interesaría la vida de todos los días de Alonso Quijano, transcurrida en un tranquilo pueblo de La Mancha. En cambio, resulta más atractivo ver los efectos de la locura producida por los libros de caballería en un ridículo caballero andante que arremete contra molinos de viento pensando que son gigantes. Ulises, desafiando las tempestades y rechazando las tentaciones de las sirenas, ocupa prácticamente toda la Odisea. Pero a la normalidad de la vida en Ítaca, junto a Penélope, reconquistada después de tantos esfuerzos, apenas se le presta atención. En el siglo XX ha habido más cuidado en describir la vida ordinaria, aunque habitualmente se la ha presentado como lo monótono, carente de significación, que en algunos casos puede producir angustia y desesperación. De la vida cotidiana parece que hay que huir, como sucede en el siglo XXI entre tantas personas que viven en función del fin de semana o de las vacaciones. Ninguna de estas posturas están presentes en la cosmovisión de Dickens. Todas sus historias transcurren en lugares normales: ciudades, casas, calles, caminos poblados de hosterías. Los personajes se dedican a trabajar en los más distintos quehaceres del obrar humano: maestros, hospederos, amas de llaves, zapateros, tenderos, camareras. Pero lejos de ignorar la vida de todos los días o de quejarse de ella, en el mundo de Dickens se presenta la cotidianidad con una luz propia, positiva y alegre. Todas esas vidas normales y corrientes tienen sentido, y las mismas cosas materiales cobran un brillo especial. Lo dice con mejores palabras Stefan Zweig: «Su grande y memorable mérito fue descubrir lo que había de romántico en la vida civil, la poesía de lo prosaico. Él fue el primero que tejió en red poética los hilos de la vida diaria de la más antipoética de todas las naciones 14
  • 15. […]. Dickens es el nimbo dorado sobre la vulgaridad de todos los días, sobre la vulgaridad de las cosas y personas: el idilio de Inglaterra. […] Es maravilloso su entusiasmo por lo vulgar, por las tradiciones patriarcales más insignificantes, por todos esos pequeños detalles que hacen la vida. Y almacén de curiosidades, curiosity shop, son sus libros, una feria de cachivaches y pequeñeces pintorescas que cualquier otro habría despreciado, y que parecían haber estado esperando años y años, cubiertas de polvo, la mano amorosa del coleccionista. Dickens reúne estas antigüedades polvorientas y sin valor, las limpia y las bruñe hasta dejarlas brillantes, las ordena y las pone al sol de su humorismo, donde refulgen con destellos que nadie sospechaba. Saca del pecho de gentes sencillas sentimientos humildes y desdeñados, los articula en su engranaje como un relojero, y los pone a andar. […] Dickens encuentra un sentido profundo en la fiesta popular más humilde; ayuda a estas gentes sencillas a encontrar la poesía de su vida diaria, y les encariña todavía más con lo que ya era su mayor cariño: con su home, con el aposento recogido, íntimo, en cuya chimenea juegan las lenguas de fuego y crepita la leña seca, mientras el té zumba y canta en la tetera; esas paredes donde una vida sin ambiciones se amuralla contra las tempestades de la codicia y los embates temerarios de los tiempos. Este poeta quiso enseñar los encantos poéticos de la vida de cada día a cuantos vivían recluidos en ella. Reveló a miles y millones de seres humildes hasta dónde llegaba el valor de eternidad de sus pobres vidas, dónde se escondía la chispa de la alegría serena enterrada entre las cenizas de los afanes cotidianos, y cómo con esta chispa insignificante se podía prender la brasa inextinguible del buen humor»[2]. Me excuso por la extensión de la cita, pero creo que valía la pena. Dickens da brillo a lo anodino, sentido de eternidad a lo de todos los días, dignidad a las vidas juzgadas «vulgares». «La poesía más bella es un inventario», afirma Chesterton[3]. El ensayista inglés subraya la importancia que tiene en la historia de Robinson Crusoe el inventario que hace de los utensilios de la vida ordinaria que han logrado salvarse después del naufragio que dejó al marino abandonado en una isla en medio del océano. Pues Dickens nos deleita con infinitas listas de cosas ordinarias que cobran nueva vida con su pluma. La enumeración de los platos que se sirven en las hosterías presentes en todas sus novelas despierta los jugos gástricos del lector. Como botón de muestra, hagamos la lista de los platos de la cena que toman Guppy, Smallweed y Jobling, tres personajes secundarios de Casa desolada: carne de ternera y jamón con alubias a la francesa, con relleno; tres pintas de cerveza. Porción de papas. Uno repite este primer plato, y todos piden espárragos, guisantes, repollos. De esta última verdura todos repiten. Piden más cerveza. Pastel de calabaza. Tres porciones de queso Cheshire. Tres copas de ron… Los pedidos a la camarera son tremendamente graciosos, y Dickens consigue meternos entre los platos y las mesas de la taberna. Otro almuerzo memorable es el que ofrece Mr. Micawber a David Copperfield en Canterbury: «Un exquisito plato de pescado, un lomo de ternera asado, salchichas fritas, una perdiz y un budín. Había vino y cerveza muy fuerte; y, después de comer, la señora Micawber preparó con sus propias manos un cuenco de ponche caliente». 15
  • 16. Los mismos nombres de las hosterías nos transportan a un mundo de sonidos, sabores y olores fácilmente imaginables. Podríamos definir algunos como acogedores, hogareños, cosy, y otros como inquietantes. Recordemos algunos nombres: El Ciervo Blanco, La Botella de Cuero, El Pavo Real, Los Alegres Areneros, La Cabeza del Sarraceno, El Dragón Azul, Los Tres Alegres Barqueros, El Jabalí Azul, La Cruz de Oro, El León Blanco, Los cinco Estibadores. Las tiendas y los comercios en el mundo de Dickens tienen habitualmente una buena variedad de productos que ofrecer. Citemos la tienda de la señora Chickenstalker en Las campanas, el segundo cuento de Navidad salido de su pluma. Se trata de una simple enumeración que nos mete de lleno en el ambiente fascinante pero ordinario de un comercio londinense de mitad del siglo XIX, lugar de encuentro de personas normales con vidas normales. ¡Pero qué tono de novedad y de misterio da Dickens con su pluma a esta realidad vulgar!: Una tiendecilla repleta, abarrotada de una gran producción de géneros; una tiendecilla de una voracidad perfecta, con un buche tan amplio y repleto como el de un tiburón: queso, mantequilla, leña, jabón, tocino, cerveza de mesa, peonzas, dulces, cometas, semillas para los pájaros, jamón frío, escobas de abedul, piedras para el hogar, sal, vinagre, betún, arenques ahumados, artículos de escritorio, manteca de cerdo, setas en salsa, cintas para el corsé, panecillos, volantes, huevos, pizarrines; todo pez era bueno para la red de esta insaciable tiendecilla, y en esa red había toda clase de artículos. Sería difícil enumerar cuántas clases de menudencias contenía; pero sí citaremos que los ovillos de bramante, las ristras de cebollas, los paquetes de velas, las redecillas para las verduras y los cepillos colgaban en manojos del techo, como frutos raros, en tanto que otros botes extraños exhalaban olores aromáticos, corroborando la veracidad de la inscripción que aparecía sobre la portada y que informaba al público que el dueño de esta tiendecilla estaba autorizado para vender té, café, tabaco, pimiento y rapé. La vida cotidiana transcurre en la calle —son innumerables las pinturas de las calles de Londres que encontramos leyendo a nuestro autor—, en los caminos, en los comercios, pero sobre todo en la familia y en el trabajo. Dickens presenta una galería de familias. Tiene predilección por las familias numerosas, que luchan para vivir con dignidad en medio de un ambiente adverso o difícil. Subraya la ayuda que dan los hermanos mayores a los más pequeños, la alegría de encontrarse en torno a una mesa, el dolor de una muerte temprana, que se sobrelleva por el cariño que reina en el hogar. Familias así son los Tetterby en El hechizado, o los Toodle en Dombey e hijo, o los Plornish en La pequeña Dorritt. No todo es fácil en las familias que nos propone Dickens: la viudez es dura de llevar como en el caso de la mamá de Kit en La tienda de antigüedades; la enfermedad del padre condiciona la vida de Lucy, en Historia de dos ciudades; las relaciones entre marido y mujer no siempre son armoniosas, como las de Mr. y Mrs. Snagsby en Casa desolada, o entre la hermana de Pip y su marido Joe en 16
  • 17. Grandes esperanzas. Pero estas dificultades se sobrellevan con paciencia, buen humor, capacidad de perdón y esperanza. El mundo del trabajo es el otro ámbito privilegiado de la vida ordinaria. Dickens nos presenta un variado muestrario de oficinas, bancos, fábricas y comercios en donde la gente normal desarrolla su trabajo. Por lo general, reina la paz y la alegría allí donde se establecen relaciones de amistad, de camaradería o de buena vecindad. Los establecimientos para el descanso o los de tipo gastronómico —hosterías, posadas, restaurantes— suelen ser ambientes de trabajo agradables y alegres. También las pequeñas tiendas. En cambio, en las oficinas públicas y en las grandes fábricas reina el anonimato y la inhumanidad. Dickens denuncia la falta de espíritu de servicio y de responsabilidad por parte de funcionarios y empleados del Estado, y las condiciones inhumanas de los obreros de la industria, que en esos años estaba en plena expansión. Familia, trabajo, cosas materiales que acompañan la vida de todos los días. Este es el escenario donde se mueven los habitantes del mundo de Dickens. El novelista inglés echa una luz nueva sobre lo ordinario, que le hace cobrar dignidad y sentido. Cabría aquí recordar una frase de un santo contemporáneo, san Josemaría Escrivá de Balaguer, portador del mensaje de la llamada a la santidad en la vida ordinaria, con el que Dickens estaría de acuerdo: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»[4]. OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES Mucho se habla hoy de la opción preferencial por los pobres. No nos ha de extrañar porque, como subrayó Benedicto XVI, es algo que pertenece a la entraña misma del Evangelio[5]. No hay duda de que Dickens hizo esta opción al dar vida en su mundo a tantos personajes humildes y pobres llenos de dignidad. A su vez, el público para el que escribía era precisamente el de las personas normales y corrientes: pequeños comerciantes, amas de casa, oficinistas, obreros. Nuestro autor logró una sintonía inmediata con este público. Escribe Chesterton: «Hay un tipo de gran hombre que hace sentir a los demás su pequeñez, pero el verdadero gran hombre es el que da a los demás el sentimiento de su grandeza»[6]. Los lectores contemporáneos a Dickens se llenaban de satisfacción al ver sus circunstancias vitales reflejadas en sus páginas; esto les otorgaba importancia y visibilidad. «Dickens es un ejemplo admirable de lo que sucede cuando un autor de genio tiene el mismo gusto literario que el público. Esta conformidad de gusto era de orden moral e intelectual. Dickens no era como nuestros demagogos y nuestros periodistas ordinarios; él no escribía solamente lo que le gustaba a las gentes del pueblo, sino que amaba también lo que ellos amaban. […] Dickens tenía simpatía por los pobres en el sentido griego y literal de la palabra (com-pasión, padecer con); sufría de corazón con ellos, porque lo que los exasperaba lo exasperaba. No era que tuviese piedad del pueblo, que se hiciera su campeón o simplemente que lo amara: en este asunto el pueblo era él mismo. Único en nuestra literatura, él es la voz no solo de las capas sociales profundas, sino de lo 17
  • 18. subconsciente de esas capas. Él da voz a la cólera secreta de los humildes. Él dice lo que las clases ignorantes piensan de las clases cultas y lo que sienten respecto a ellas[7]». El novelista inglés no cae en el simplismo de considerar que los pobres son buenos y los ricos malos. En la inmensa galería de sus personajes hay pobres muy malos, como Fagin o Bill Sikes en Oliver Twist o el repugnante Uriah Heep en David Copperfield, y ricos que son un dechado de virtudes, como las dos familias que acogen al pobre Oliver en sus mansiones londinenses o Mr. Jardnyce en Casa desolada. Más allá de una lectura clasista, lo que queda claro después de leer sus novelas es que la búsqueda de riqueza como un fin en sí mismo o el apegamiento a los bienes terrenos quitan la alegría de vivir y producen una actitud egoísta que vacía de interioridad a las personas. Y esto puede suceder tanto a los ricos como a los pobres. Otro vicio social que Dickens denuncia es la actitud despreciativa que tienen algunas personas pudientes respecto a los pobres e ignorantes: un mirar por encima del hombro que descalifica al inferior. Veamos algunos ejemplos del modo en que Dickens consigue presentar la dignidad de los pobres y la arrogancia de las clases más pudientes. En Las campanas asistimos a un diálogo revelador. El personaje principal, Trotty, un recadero que vive prácticamente en la calle, va del brazo con su hija Megg; se encuentra con Richard, un muchacho honesto y pobre. Un funcionario público de buena posición, al enterarse de que Richard y Megg piensan casarse, reacciona de la siguiente manera: ¡Ah! —exclamó Filer con un gruñido—. […] ¡Casarse! ¡Casarse! La ignorancia de los primeros principios de economía política por parte de esta gente, su imprevisión, su perversidad, es suficiente. ¡Dios del cielo!, para… ¡Mirad esa pareja, por favor! Con ironía, el narrador dice que verdaderamente valía la pena mirar a la pareja, porque estaban realmente enamorados. Pero el funcionario no ve más allá de su nariz: Puede un hombre vivir más que Matusalén —agregó el señor Filer—; trabajar toda su vida en beneficio de estas gentes; amontonar hechos sobre cifras, hechos sobre cifras, hechos sobre cifras, montaña sobre montaña, y la misma esperanza ha de tener en convencerlos de que no tienen derecho ni razón para casarse, como de que no tienen ninguna humana razón ni derecho para haber nacido. Y nosotros sabemos muy bien que no lo tienen. ¡Hace tiempo que lo hemos reducido a una exactitud matemática! Quizá sea una visión caricaturesca la que se presenta aquí. Pero en la época en que Dickens escribía existía la popularización de la doctrina de Thomas Malthus sobre el control de la natalidad. Dirigida fundamentalmente a los pobres, esta teoría tendía a afirmar —por lo menos en sus aplicaciones prácticas— que hay gente que no tiene derecho a nacer. Igual que Filer. La actitud de desprecio hacia el pobre puede manifestarse en no querer admitir que existen alrededor de uno graves injusticias sociales, que exigen una solución, o al menos una muestra de caridad. En una de sus últimas obras, Nuestro amigo común, Dickens presenta a Mr. Podsnap, una persona rica que ofrece una recepción en su mansión. Uno 18
  • 19. de sus invitados le comenta que cinco personas murieron de hambre en la calle, cerca de la casa donde estaban de fiesta. Podsnap no acepta esa noticia, dice que le repugna el solo hecho de escucharla, y que si fuera verdad —cosa que no admite— la culpa sería de ellos, de los muertos. Por otro lado, él no es quién para atacar las obras de la Providencia. Termina su perorata diciendo que es «un tema sumamente desagradable, diría incluso odioso, que no es digno de ser abordado delante de las esposas y las hijas». Dickens es un maestro del contraste. Las mansiones aristocráticas habitualmente son frías y carentes de vida, como Chesney Wold, residencia de Lord y Lady Dedlock en la novela Casa desolada. En las casas de los pobres reina por el contrario la alegría y la ayuda mutua. El hogar del pobre puede convertirse en un ambiente apto para el crecimiento de las virtudes. Leamos el siguiente texto de La tienda de antigüedades: Si alguna vez los afectos y cariños familiares son cosas placenteras, lo son también entre los pobres. Los lazos que atan al rico y al soberbio a su hogar pueden haberse forjado en la Tierra, pero los que ligan al pobre a su humilde morada son de metal más puro y llevan la impronta del Cielo. El hombre de alta alcurnia puede amar los salones y las tierras de su patrimonio como parte de sí mismo o como trofeos de su nacimiento y poder; sus asociaciones con ellos son uniones de orgullo, de riqueza y de triunfo; el apego del pobre a la habitación en que vive, que antes ocuparan unos desconocidos, y que quizá mañana la vuelvan a ocupar, tienen unas raíces más dignas, profundamente hincadas en un terreno más puro. Sus dioses lares son de carne y hueso, sin mezcla de plata, oro ni piedras preciosas; no tiene más propiedades que los afectos de su corazón, y cuando recaen sobre suelos y paredes desnudas, a pesar de los andrajos, las fatigas y la comida escasa, ese hombre recibe de Dios su amor al hogar y su tosca choza se convierte en un soberbio palacio. Pero esta visión un tanto idílica de los pobres muchas veces es matizada en las obras de Dickens con una dosis de realismo social. Si bien hay muchas virtudes entre las clases más humildes, también es verdad que el ambiente en el que viven, carente de educación y de posibilidades, invita al crimen y al delito. En la misma novela que acabamos de citar, la protagonista, Nell, entra en una casa en un suburbio de una ciudad industrial, y presencia la siguiente escena. En una habitación hay dos mujeres: En el centro hallábase un grave caballero vestido de negro que, sin duda, acababa de entrar, y tenía a un muchacho cogido del brazo. —Escuchad, mujer —decía—: aquí tenéis a vuestro hijo sordomudo. Podéis darme las gracias por habéroslo devuelto. Me lo trajeron esta mañana acusado de robo, y si se hubiese tratado de otro, lo hubiese pasado mal, os lo aseguro. Pero me dio lástima de su desgracia, y pensando que quizá no le hayan enseñado otra cosa, conseguí traéroslo. De aquí en adelante, tened más cuidado con él. —¿Y a mí no me vais a devolver el mío? —dijo la otra mujer, levantándose apresuradamente y enfrentándose con él—. ¿No vais a devolverme, el mío, señor, que ha sido deportado por el mismo delito? 19
  • 20. —¿Acaso era sordomudo, señora? —preguntó el caballero con severidad. —¿Acaso no lo era, señor? —Sabéis muy bien que no. —Pues sí que lo era —gritó la mujer—. ¡Ha vivido mudo y ciego a todo lo bueno y lo justo desde que nació! ¡Que a su hijo, quizá, no le hayan enseñado otra cosa!... Y al mío, ¿qué le enseñaron? ¿Dónde pudo aprenderlo? ¿Quién había de enseñárselo, ni dónde lo había de aprender? —Calmaos, señora —dijo el caballero—. Vuestro hijo estaba en posesión de sus cinco sentidos. —Claro que sí —gritó la madre—, y por eso era más fácil que se descarriara, por tenerlos todos. Si salváis a este muchacho porque quizá no sepa distinguir lo bueno de lo malo, ¿por qué no salváis al mío, a quien no le enseñaron nunca la diferencia? Vosotros, los caballeros, tenéis el mismo derecho a castigar al hijo de esta mujer, a quien Dios dejó ignorante del sonido y de la palabra, que a castigar al mío, a quien dejasteis en la ignorancia vosotros. ¿Cuántas muchachas y muchachos —¡ah, y hombres y mujeres también!— de esos que os ponen delante, y de los que no tenéis compasión, son sordos y mudos de espíritu y hacen mal en ese estado, y los castigan en ese estado, en alma y cuerpo, mientras vosotros, los caballeros, os peleáis por si debieran aprender esto o aquello? ¡Sed justo, señor, y devolvedme a mi hijo! —Estáis ofuscada —repuso el caballero, sacando su tabaquera— y lo siento por vos. —Lo estoy —contestó la mujer—, y vos tenéis la culpa. Devolvedme a mi hijo para que trabaje por estas criaturas desamparadas. ¡Sed justo, señor, y ya que habéis tenido piedad para este muchacho, devolvedme a mi hijo! La posición de Dickens respecto a los pobres no se quedó solo en devolverles la dignidad en sus obras literarias. Conociendo el difícil ambiente del trabajo infantil o femenino, las carencias del sistema educativo y los daños causados por unos tribunales de justicia ineficaces, se embarcó en varias campañas para llevar a cabo reformas sociales importantes, que ayudaran a la mejora económica y moral de los pobres. En el testamento de uno de los miembros del club del Maese Humphrey —uno de sus primeros escritos— se decía algo que bien se le podría atribuir a Dickens: además de dejar una cantidad de dinero para repartir entre los más necesitados, el difunto añadía que «como la verdadera caridad no solo perdona los múltiples pecados, sino que encierra un montón de virtudes, como la indulgencia, la comprensión, la suavidad y la piedad por las faltas de los demás y el recuerdo de nuestras propias imperfecciones y cualidades, nos rogaba que no investigásemos demasiado en los veniales errores de los pobres, sino que al cerciorarnos de que lo eran, los socorriésemos primero y luego tratásemos de rehabilitarlos». Proponemos una última cita de Chesterton sobre la conciencia de Dickens de la dignidad de los pobres: «Jesucristo estaba destinado a formar una religión que empobrecía a los ricos y enriquecía a los miserables; pero en el momento en que iba a enriquecerlos, pronunció esta frase: “¡Bienaventurados los pobres” […] Entre un millón 20
  • 21. de discípulos que han seguido a Cristo en el camino de esa contradicción divina, Dickens ocupa un lugar aparte. En todos sus discursos reformistas este repitió: “Suprimid la pobreza”, pero en todas las descripciones de la vida real dijo: “¡Bienaventurados los pobres!”. Ha pintado la felicidad de los pobres y se ha preocupado por aligerar sus sufrimientos. Los ha representado como humanos y se ha indignado por las injurias hechas a su humanidad»[8]. ALEGRÍA Y ESPERANZA DE VIVIR Aunque en los libros de Dickens hay muchas historias trágicas que muestran maltratos infantiles, muertes inesperadas y hasta asesinatos, reina en sus páginas una visión optimista del hombre y del mundo, y una alegría de fondo, fruto de la bondad de corazón de muchos personajes, que son los que siempre triunfan. El mal es ahogado en el bien, el odio en el amor, la mentira en la verdad. En el último capítulo de Los Papeles póstumos del club Pickwick asoma esta filosofía de la vida, optimista y positiva: Dejemos a nuestro amigo [Pickwick] en uno de esos momentos de felicidad sin reservas, de los cuales, si los buscamos, siempre hay algunos que alegren nuestra transitoria existencia en este mundo. Hay sombras oscuras en la tierra, pero sus luces son más fuertes por contraste. Algunos hombres, como los murciélagos o los búhos, tienen mejor mirada para la oscuridad que para la luz. Nosotros, que no tenemos tales poderes ópticos, preferimos lanzar nuestra última mirada de despedida a los que nos han acompañado en visiones durante tantas horas de soledad, ahora que el breve fulgor del sol de este mundo resplandece de lleno sobre ellos. Las páginas de Dickens están repletas de personajes que miran a la vida con optimismo, a pesar de las dificultades por las que pasan: Peggotty, la empleada del hogar de la infancia de David Copperfield, o Tom Pinch, el secretario de Pecksniff en Martin Chuzzlewit ganan inmediatamente el corazón del lector por su sencillez, humildad y espíritu positivo. Esta visión de la vida —que es la que prevalece en la obra dickensiana — está ligada a la fe cristiana en la trascendencia y en la existencia de una vida después de la muerte. Es el gran consuelo que propone Dickens en las escenas de muerte. Leamos el siguiente diálogo de Oliver Twist entre Oliver y la señora Maylie. Rose, su sobrina, está muy enferma, y aparentemente a punto de morir: —Considere Usted, señora —dijo Oliver, sin poder contener las lágrimas que le saltaban de los ojos—, considere que es muy joven y muy buena. Yo estoy seguro… estoy seguro… completamente seguro de que no morirá. Dios no puede permitir que muera tan joven. —¡Chist! —repuso la señora Maylie, poniendo su mano sobre la cabeza de Oliver —, razonas como un niño, hijo mío, y aun cuando lo que dices sea muy natural en tu 21
  • 22. boca, te engañas completamente; pero ahora recuerdo mis deberes, que había olvidado un instante, Oliver, y confío que esto se me perdonará, porque ya soy vieja. He visto muchas enfermedades y muertes para saber qué dolor experimentan los que sobreviven, y sé lo suficiente para conocer que no son siempre los más jóvenes y mejores lo que en este mundo quedan para consuelo de las personas que los aman. Esto mismo, sin embargo, debe consolarnos en vez de afligirnos, porque el cielo es justo, y semejantes pérdidas nos demuestran, sin que de ello quede la menor duda, que hay un mundo mucho más hermoso que este y que el camino que a él nos conduce es breve. ¡Cúmplase, pues, la voluntad de Dios! Finalmente, Rose no morirá en este episodio, como no muere definitivamente ninguno de sus personajes, porque los espera el más allá. Las numerosas escenas de muerte que hay en las páginas de Dickens mantienen siempre abierta la puerta a la esperanza. Tal es el caso, entre otros muchos, de la muerte de Nell (La tienda de antigüedades), de Pablito Dombey (Dombey e hijo), de Dora (David Copperfield), etc. Esta trascendencia se pone muy de manifiesto en la muerte de Jo, un chico de la calle de la novela Casa desolada. No sabe rezar ninguna oración, pero el médico, cristiano auténtico, le va enseñando el Padrenuestro. Con esta oración en sus labios pasa al otro mundo. A este chico lleno de bondad, despreciado por casi todos y víctima de una sociedad injusta, le espera un cielo muy grande. Algo análogo le sucede a Smike, en la novela Nicholas Nickleby. Si la alegría que reina en el mundo de Dickens encuentra una de sus raíces en la esperanza en el más allá, a este motivo decisivo se le une otro: los personajes más alegres de sus novelas son los que se olvidan de sí mismos y piensan en los demás. El don sincero de sí es quizá la clave antropológica cristiana más fundamental. Para vivir hay que morir, hay que darse a los demás. Tocamos aquí el núcleo del Evangelio, y por eso el modelo de vida centrado en el don de uno mismo está encarnado en Jesucristo. Sin necesidad de hacer una lectura cristológica de la obra de Dickens, hay en muchas de sus novelas personajes que adoptan esta perspectiva: olvidados de sí mismos se dan a los demás, y consiguen derramar paz, amor, concordia. Están allí donde los necesitan para consolar, ayudar, comprender, sostener, animar. Y además, lo hacen restando importancia a sus sacrificios, con una sonrisa en los labios. Tres ejemplos magníficos son Agnes en David Copperfield, la pequeña Dorritt en la novela que lleva su nombre, y Esther Summerson en Casa desolada. Tres personajes femeninos que se ofrecen como ejemplos de virtudes cristianas atrayentes. Pickwick es otro ejemplo de una persona que —en medio de sus distracciones y de su ingenuidad— se da a los demás. Mientras estuvo en la cárcel, fue un consuelo y una fuente de alegría y esperanza para todos. Al salir, dice a sus compañeros de desdicha: «“¡Dios los bendiga, amigos míos!” Al lanzar este adiós el señor Pickwick, la multitud lanzó un sonoro grito. Muchos de ellos avanzaron, apiñados, para volver a estrechar su mano, cuando él dio el brazo a Perker y salió apresuradamente de la cárcel, mucho más triste y melancólico en ese momento que la primera vez que entró. ¡Ay, cuántos seres tristes y desdichados había dejado atrás!». Darse a los demás crea lazos de unión. Así se desprende del final de la historia de 22
  • 23. Pickwick, que contrasta radicalmente con la descripción —que veremos más adelante— de Scrooge, el famoso avaro y personaje principal de Canción de Navidad: «Le conocen todos los pobres de por allí, que nunca dejan de quitarse el sombrero cuando pasa, con gran respeto. Los niños lo idolatran, y lo mismo todos los de aquellos alrededores. Todos los años acude a una gran reunión de familia en casa de Wardle; en esta ocasión, como en todas las demás va acompañado del fiel Sam, entre el cual y su amo hay un firme y mutuo afecto que solo concluirá con la muerte». * * * Encontrar sentido a la vida de todos los días, descubriendo nuevos brillos a lo cotidiano; preocupación por todas las personas, especialmente por los pobres y humildes; esperanza de una felicidad en el Más Allá que ya se incoa en esta vida a través del don sincero de sí. He aquí algunos de los pilares en los que se sostiene el mundo de Dickens y en los que se debería sostener nuestro mundo, si queremos mejorarlo. Ya hemos entrado en el universo de Dickens de la mano de Grub el enterrador. Ahora conoceremos a algunos de sus habitantes. [1] S. ZWEIG, Tres Maestros, Juventud, Barcelona 1987, pp. 7-8. [2] Ibid., pp. 66-68. [3] Cfr. J. P. WAUCK, «Cristianesimo e Poetica della vita ordinaria, en F. BERGAMINO» (a cura di), Alice dietro lo specchio. Letteratura coscienza della realtà, Edizioni Sabinae, Roma 2013, pp. 159-205. [4] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1975, n. 113. [5] Cfr. BENEDICTO XVI, Discurso inaugural, Aparecida (Brasil), 13-V-2007. [6] G.K. CHESTERTON, Dickens, Ediciones Argentinas Cóndor, Buenos Aires 1930, p. 36. [7] Ibid., pp. 222-3. [8] Ibid., pp. 342-3. 23
  • 24. 2. NANCY Uno de los libros más populares de Dickens es sin duda alguna Oliver Twist. Escrito entre 1837 y 1839, con poco más de veinticinco años de edad, es uno de los clásicos de la literatura universal. El éxito alcanzado en su día perdura hasta la actualidad: llevado al cine bastantes veces, sigue suscitando ternura y compasión. Muchas personas se llaman Oliver porque sus madres quedaron enamoradas de este personaje después de leer el libro o haber visto la película. Si Dickens tiene fama de sentimental, en gran parte se debe a algunas de las páginas de esta novela. La historia es conocida, y no la vamos a presentar aquí completa. Ya desde ahora adelantamos que cada uno de los capítulos en los que se aborda un texto de Dickens quiere ser una invitación a la lectura directa de la obra en cuestión. Solo daremos las líneas esenciales para que se pueda entender el contexto en que se desenvuelve el personaje escogido. Oliver Twist narra la historia de los primeros doce años de un niño huérfano que lo pasa muy mal en instituciones oficiales de beneficencia y que, harto ya de los malos tratos, decide escaparse —después de un período donde trabaja y sigue siendo maltratado en un negocio de servicios fúnebres— a la gran ciudad de Londres. Allí es captado por un judío jefe de una banda de niños ladrones, Fagin, pero por distintas circunstancias logra salir de ese ambiente y es cuidado con todo cariño por Mr. Brownlow y su ama de llaves, la amable señora Bedwin. Oliver volverá a caer en las garras de la organización delictiva, lo forzarán para que participe en un robo, pero esta circunstancia —el robo falla, los ladrones huyen, y Oliver queda herido a la vera de un camino— le permite salir definitivamente de ese ambiente malsano. Primero será cuidado, educado y protegido por la señora Maylie y su sobrina Rose, para regresar finalmente a la casa de Mr. Brownlow. Los ambientes en los que se desenvuelve la historia son las instituciones públicas de beneficencia —denostadas con fuerza por Dickens—, dos mansiones aristocráticas y los tugurios y barrios bajos de Londres, donde reinan el crimen, el robo y la prostitución. En esta primera novela unitaria —Los papeles póstumos del club Pickwick eran una colección de sucedidos bastante independientes entre ellos— encontramos las virtudes en las clases altas, a diferencia de su producción posterior, donde se tiende a poner a los 24
  • 25. ricos en un ambiente frío, egoísta y materialista, mientras que los pobres en general son virtuosos y alegres. Tanto Mr. Brownlow como la señora Mayley son almas desinteresadas y preocupadas por los demás. Respecto al primero, Dickens escribe que «obstinadamente perseveraba en hacer el bien porque sí y por la gratificación que le producía en el corazón; ningún fracaso lo desanimaba». Con este telón de fondo de ambientes muy distintos entre sí —cálidos y acogedores unos, fríos y repulsivos otros— destaca una figura compleja. Se trata de Nancy, una prostituta, compañera de Bill Sikes, un ladrón sin escrúpulos caracterizado por su crueldad. Nancy está atada por su historia pasada al ambiente de crimen en el que se mueven Sikes y Fagin, e incluso participa en algunas jugadas contra Oliver para que no se escape de ese ambiente. Pero se le enternece el corazón al ver la pureza, ternura e inocencia del niño huérfano, y procura ayudarlo en todos los modos que puede. En un momento de la historia, Nancy confiesa a Fagin: «No puedo soportar verlo a mi lado, su presencia me lleva a revolverme contra mí misma y contra todos». La bondad de Oliver es un revulsivo para la vida pecadora de Nancy, que lucha en su interior para cambiar. Su preocupación sincera por Oliver hace que los maltratos que habitualmente le propina Bill Sikes sean cada vez más violentos. La pobre Nancy se refugia en la bebida porque piensa que le ayudará a llevar adelante esa amarga vida de la que cree no poder escapar. Cuando Nancy se entera de un complot que se está tejiendo en contra de Oliver, decide armarse de valor e ir a hablar con Rose, la sobrina de la señora Maylie. A pesar de la mucha distancia entre las dos —distancia social, económica, moral—, Rose se presta al diálogo de modo muy amable: «La voz dulce, los modales agradables, la ausencia de todo signo de altivez o desagrado, cogieron a Nancy totalmente por sorpresa y rompió a llorar». El diálogo que entablan no tiene desperdicio. Nancy se describe a sí misma como una «criatura infame»: ha vivido desde que nació entre ladrones; las callejuelas de Londres fueron su cuna. Le confiesa que es una de las causantes de las desventuras de Oliver, y le transmite noticias importantes sobre los planes que tienen algunos malvados para eliminar al niño. A Rose se le enternece el corazón: —Su intervención en defensa de este querido niño, el hecho de venir hasta aquí corriendo un riesgo tan grande para contarme todo lo que he escuchado, su comportamiento, que me ha convencido de la verdad de lo que ha dicho, su evidente arrepentimiento y su sentimiento de vergüenza, todo me lleva a creer que aún puede salvarse. —¡Ay —dijo la joven cruzando las manos mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro—, no haga oídos sordos a las súplicas de alguien de su mismo sexo! La primera, la primera, estoy segura, en hablarle con la voz de la piedad y la compasión. Escuche mis palabras y déjeme salvarla todavía para ofrecerle una vida mejor. 25
  • 26. Nancy se emociona, llora, se pone de rodillas. Rose es la primera persona que la trata con amor. «Si la hubiera escuchado años atrás, podrían haberme liberado de una vida de pecado y de dolor; pero es demasiado tarde, es demasiado tarde». Pero Rose no se arredra: «Nunca es demasiado tarde para la penitencia y la expiación». Lo que retiene a Nancy es su apegamiento a Bill Sikes, a pesar de que la maltrata y le produce toda clase de sufrimientos. Rose trata de convencerla de que abandone a ese hombre. Nancy es escéptica: «Cuando las que son como yo, que no tienen más techo seguro que la tapa del ataúd, ni más amigos en la enfermedad o en la muerte que la enfermera del hospital, entregamos nuestro corazón podrido a cualquier hombre y dejamos que ocupe el lugar que padres, hogar y amigos tuvieron alguna vez, o que quizá estuvo siempre vacío durante todas nuestras vidas desgraciadas, ¿quién puede esperar curarse?». La entrevista termina con la promesa de Rose de ayudarla en todo lo que pueda. Fijan una cita para transmitir información importante a Mr. Brownlow. El encuentro tiene lugar en el Puente de Londres un día a medianoche. Brownlow intenta ayudarla, pero Nancy se resiste: «Estoy encadenada a mi vida anterior. Ahora la odio y la detesto, pero no puedo dejarla». Y se despiden. Pero Sikes se entera de la colaboración de Nancy para deshacer el complot contra Oliver, y amenaza con matarla. A Nancy le habían quedado grabadas las palabras de Rose: «Nunca es tarde para arrepentirse». Se las repite a Bill con intención de que recapacite, aunque Bill no la escucha y descarga su furia sobre Nancy, con un desenlace fatal. En sus últimos momentos, Nancy se pone a rezar a Dios implorando el perdón por su vida pasada: Ella se tambaleó y se desplomó, casi cegada por la sangre que emanaba de una profunda hendidura en la frente, pero arrodillándose con dificultad, extrajo de su pecho un pañuelo blanco, el de Rose Maylie, y alzándolo hacia el cielo entre las manos entrelazadas tan alto como sus escasas fuerzas se lo permitían, suplicó piedad con voz débil al Creador. * * * «Dios no se cansa nunca de perdonarnos. Nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca. Él tiene un corazón de misericordia para todos nosotros», nos dice el papa Francisco. Por eso, nunca es tarde para arrepentirse, y por más pesadas que sean las cadenas que nos unen al pecado, podemos librarnos si acudimos a Dios con dolor de nuestros pecados, como hace Nancy en el último momento de su vida. Hagámoslo siempre, sin esperar hasta el final. Así llegaremos con paz a la hora de nuestra muerte, la hora verdaderamente decisiva. La conversión de Nancy fue preparada casi inadvertidamente por la pureza de vida de Oliver y por la fina caridad de Rose. ¡Cuánto podemos ayudar con el ejemplo de una vida limpia, íntegra, y con palabras amables, llenas de cariño, comprensión, compasión! 26
  • 27. A pesar de nuestra miserias —todos somos pecadores, como Nancy— seamos “personas-cántaro”[1], que dan de beber a otros. [1] Cfr. FRANCISCO, Evangelii gaudium n. 86. 27
  • 28. 3. NICHOLAS NICKLEBY Entre abril de 1838 y octubre de 1839, los lectores que se habían deleitado con las aventuras de Pickwick y habían llorado con las desventuras de Oliver Twist, siguieron con vivo interés las distintas vicisitudes de un muchacho recién salido de la adolescencia y que entraba en la juventud. Se llamaba, como la novela de la que es el protagonista principal, Nicholas Nickleby. Dickens empezó a escribirla cuando solo tenía veintiséis años. En las páginas de esta novela larga, el autor inglés narra la historia de una familia de clase media rural que entró en problemas después de la muerte del cabeza de familia, quien —instigado por su mujer— había perdido gran parte de su fortuna en la especulación. Quedan en esta tierra la señora Nickleby, mujer superficial y vanidosa pero en el fondo buena, que provoca ternura y risa a la vez —habla sin parar, recuerda episodios de su vida siempre envuelta en la duda de si fue o no así lo que está narrando —, y sus dos hijos, Nicholas y Catherine. Respecto a la relación entre la madre y los hijos, Dickens escribe las siguientes palabras, dignas de ser enmarcadas: «La soberbia es uno de los siete pecados capitales, pero no la que siente una madre orgullosa de sus hijos, puesto que esta es una mezcla de dos virtudes cardinales: la fe y la esperanza. Esta era la soberbia que inundaba el corazón de la señora Nickleby». Ella tiene confianza en las virtudes y capacidades de sus hijos y presagia un futuro grandioso para los dos: fe y esperanza maternales que, en este caso, tenían un fundamento real. No sabiendo o no teniendo con qué enfrentar el futuro, los Nickleby deciden ir a Londres para visitar a Rudolph, hermano del difunto padre de familia. Este hombre vive en un barrio aristocrático de la capital, y se dedica a los préstamos de dinero. Es soltero, malhumorado, avariento, rodeado de amigos —mejor sería decir clientes— de buena posición social y de baja catadura moral. Rudolph recibe a sus parientes con frialdad, echa en cara a la viuda lo mal administrador que era su hermano y pone mil dificultades para ayudarlos. Lo único que hace es recomendar a sus sobrinos para que consigan trabajo. Catherine —joven muy atractiva físicamente, llena de virtudes, preocupada por ayudar a su madre y a su hermano— trabajará en una casa de modas como costurera, y Nicholas irá a Yorkshire para emplearse en una escuela-pensionado cuyo propietario es Mr. Squeers. 28
  • 29. Catherine sufrirá el acoso de uno de los amigos-clientes de su tío Rudolph, y Nicholas la vengará. Pero la historia central es la de Nicholas. Joven lleno de deseos de sacar adelante a su familia, se encamina a Yorkshire y se encuentra con una realidad inesperada: la terrible opresión que sufren los niños pupilos por parte de Mr. Squeers y de su mujer. Son emblemáticos los capítulos donde se narran las barbaridades que hace este matrimonio con los pobres niños. Dickens quería con esto poner el dedo en la llaga y despertar las conciencias sobre un sistema educativo que presentaba muchos abusos desconocidos para el gran público. La crítica fue tan fuerte que varios directores de escuelas con un régimen parecido al descrito allí, escribieron cartas a los periódicos denunciando a Dickens. Exagerada o no la realidad en la ficción, lo cierto es que Dickens toma partido ante la situación social de aquel entonces. Nicholas, que va allí como profesor y ayudante de Mr. Squeers, se subleva ante las humillaciones que padecen los niños, y en particular se le parte el corazón con la situación de un muchacho de diecinueve años, con escasa capacidad mental, llamado Smike. Este había sido llevado cuando era muy niño a la escuela. La persona que lo dejó allí había pagado algunas cuotas por adelantado, pero después nadie reclamó por él. Dickens describe así el aspecto externo de este personaje: Sorprendía la extraordinaria mezcla de prendas que constituía su traje. Aunque no debía de tener más de dieciocho o diecinueve años y era muy alto para su edad, llevaba un traje parecido al que llevan los niños, que a pesar de estarle absurdamente corto en los brazos y en las piernas, era lo suficientemente amplio para su menguado cuerpo. Para que la parte inferior de sus piernas estuviera de acuerdo con su abigarrado traje, calzaba un par de botas enormes que debieron de haber sido de montar y habían sido usadas probablemente por algún absurdo labrador, pero tan remendadas y cosidas que un mendigo las hubiera desdeñado. Dios sabe el tiempo que llevaba allí, y, sin embargo, su ropa interior era la misma que se puso la primera vez, pues alrededor del cuello tenía un guiñapo que había sido pechera de niño, apenas disimulado por una corbata ordinaria. Desde su aparición en escena, Smike despierta el interés de Nicholas: Era cojo, y mientras aparentaba estar muy ocupado en arreglar la mesa, miraba […] con una expresión tan fija, abatida y desesperada que Nicholas apenas podía soportarla sin angustia. Smike fue sometido a un régimen de casi esclavitud. Desconocedor de su pasado, no querido por nadie, maltratado por todos, su vida es un auténtico infierno. En una ocasión, le pregunta a Nicholas: —Decidme, ¿el mundo es tan malo y tan triste como esto? —¡Dios no lo quiera! —respondió Nicholas siguiendo el curso de sus pensamientos —: sus trabajos más duros y penosos son la felicidad, si se los compara con esto. 29
  • 30. Ante la petición de Smike de seguir viendo a Nicholas en el mundo exterior a la escuela, este le promete que lo ayudará. Smike cogió apasionadamente las manos del joven entre las suyas y, apretándolas contra su pecho, murmuró unas palabras ininteligibles. Squeers ent3ró en aquel momento, y el muchacho volvió de prisa a su rincón. Nicholas entabla amistad con él, le escucha, le da ternura, le ofrece consejos. Para un alma tan desgraciada como la de Smike, cualquier detalle de cariño valía oro. Leamos el siguiente diálogo, que tiene lugar en una pequeña habitación junto a un aula: Nicholas de pronto se encontró con la mirada de Smike, que estaba de rodillas ante la estufa buscando entre las cenizas algún pequeño trozo de carbón con que alimentar el fuego. Se había detenido para mirar de hurtadillas a Nicholas, y cuando se vio observado se volvió hacia atrás como si temiera un bofetón. —No tienes por qué tenerme miedo —dijo Nicholas amablemente—. ¿Tienes frío? —Noooo… —Estás temblando. —No tengo frío —respondió rápidamente Smike—. Ya estoy acostumbrado. Había en sus maneras un temor tan manifiesto de molestar, y era una criatura tan tímida y apocada, que Nicholas no pudo menos de exclamar: —¡Pobre muchacho! Si hubiera dado un bofetón al criado, este se habría ido sin decir una palabra. Como no fue así, se deshizo en lágrimas. —¡Ay Dios mío, Dios mío! —sollozó, cubriéndose la cara con sus manos arrugadas y callosas–. Mi corazón va a estallar. Sí, no me cabe duda. —¡Cállate! —dijo Nicholas poniéndole una mano sobre su espalda—. Sé un hombre, pues casi lo eres por la edad. Dios te ayudará. —¡La edad! —siguió diciendo Smike entre sollozos—. ¡Ay Dios! ¡Cuántos años tengo! ¡Cuántos años han pasado desde que era muy pequeño, más pequeño que todos los que están aquí! ¿Dónde están todos ellos? —¿De quién estás hablando? —preguntó Nicholas, deseoso de tranquilizar al pobre muchacho—. Anda, cuéntame. —Mis amigos —replicó—, yo… mis… ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido! —Siempre hay una esperanza —musitó Nicholas sin saber qué decir. —No —añadió el otro—, no; ninguna esperanza me queda ya. ¿Te acuerdas del chico que murió ayer? —Yo no estaba aquí, ¿sabes? —dijo Nicholas amablemente—. Pero, ¿qué ha pasado? —Pues bien —respondió el joven, acercándose a Nicholas—, yo estaba con él por la noche, y cuando todo quedó en silencio, no pidió, como siempre, que fueran los amigos a sentarse a su lado, sino que comenzó a ver alrededor de su cama caras que venían de su casa; decía que le sonreían, y él les hablaba, y al morir levantaba la cabeza para besarlas, ¿comprendes? —Sí, sí —repuso Nicholas. 30
  • 31. —Cuando yo me muera, ¿quién vendrá a sonreírme? —sollozó Smike estremeciéndose—. ¿Quién me hablará en las noches tan largas? Nadie puede venir de mi casa y me asustaría si viniesen, porque yo no conozco a nadie, ni nadie me conoce. Dolor y temor; dolor y temor para mí en la vida y en la muerte. ¡Ninguna esperanza, ninguna esperanza! La campana dio la señal de acostarse, y el muchacho, volviendo al oírla a su habitual estado de insensibilidad, se deslizó con miedo de ser visto. Nicholas, poco después, con el corazón oprimido, se recogió. Un día, Smike, desesperado, huirá de la escuela, pero será descubierto y llevado nuevamente al establecimiento de Mr. Squeers, quien lo azota como escarmiento delante de todos los alumnos. Nicholas no puede soportar el espectáculo: le quita el látigo al director y comienza a azotarlo a él. Deja medio muerto a Squeers y decide abandonar la escuela. Al día siguiente de su huida lo alcanza Smike, quien pide acompañarlo: Al despertar por la mañana estaba procurando recordar sus sueños, relacionados todos ellos con su vida en Dotheboys Hall (la escuela de Squeers), cuando al incorporarse y frotarse los ojos, vio con gran asombro un objeto inmóvil que parecía estar situado a poca distancia de él. —¡Es extraordinario! —exclamó Nicholas—. ¿Será esta la visión última de mi desvanecido sueño? Esto no puede ser real, y, sin embargo, yo… yo estoy despierto. ¡Smike! El objeto se movió, levantóse, avanzó y cayó de rodillas a sus pies. Era el propio Smike. —¿Por qué te arrodillas ante mí? —dijo Nicholas, alzándolo inmediatamente. —Para ir con vos a donde queráis, a todas partes, hasta el fin del mundo, hasta la muerte —replicó Smike, agarrándose a sus manos—. Permitidme, sí permitídmelo. Vos sois mi hogar, mi amigo cariñoso; llevadme con vos, por favor. Ante estas palabras tan conmovedoras, Nicholas accede. Smike le dice que está dispuesto a ser su criado, que no necesita nada, que solo quiere permanecer a su lado. El joven Nickleby contesta: «Y lo estarás. Y el mundo será para ti lo que sea para mí, hasta que uno de los dos lo dejemos por otro mundo mejor. ¡Vamos!». Tras una caminata llena de peligros, los dos pasarán una temporada en Portsmouth, trabajando en una compañía teatral, hasta que Nicholas decide volver a Londres para defender a su hermana. Lleva consigo a Smike, que pasa a formar parte de la familia. Por primera vez, Smike vive en un ambiente acogedor. Aunque pobres, son felices, en contraste con lo que le sucede al tío Rudolph: «Los pobres Nickleby estaban reunidos y eran dichosos mientras el rico Nickleby vivía solo y miserable». En un momento álgido de la trama, Smike es objeto de un secuestro por parte de Squeers y de su supuesto padre, pero logra escapar y es defendido por la familia Nickleby. Ayuda en la casa y se integra a la vida familiar. Pero va pasando el tiempo, y Smike presenta síntomas de enfermedad, tiende a aislarse y a estar triste. El lector se 31
  • 32. enterará de que la tristeza se debe a que está enamorado de Catherine, la hermana de Nicholas. Aunque Catherine le quiere con gran afecto, no lo hace como novia o prometida; además, Smike ve que hay otros pretendientes. Es tal el deterioro de su salud que, aconsejado por un médico, Nicholas decide llevar a Smike a Devonshire, donde transcurrió la infancia de los Nickleby y donde reina un clima más benigno. Smike se despide de la familia Nickleby y de sus amigos, con el corazón partido. Smike pasará sus últimos días en una humilde casa campesina, acompañado siempre por Nicholas, «noche y día; a todas horas y en todo momento; siempre vigilante, atento y solícito, sin apartarse del deber que se había impuesto para con una persona tan desamparada, tan desdichada como aquella cuyos momentos de vida huían tan de prisa, disminuyendo rápidamente, siempre a su lado. Jamás le abandonaba. Estimularle y reanimarle, satisfacer sus deseos, alentarle y alegrarle con todas su fuerzas, era ahora su constante e incesante ocupación». Consolado con la cercanía de Nicholas, a quien le confiesa su amor por Catherine, Smike morirá feliz. En su último sueño tiene una visión reconfortante: «Hermosos jardines, que dijo se extendían ante él, llenos de hombres, mujeres y niños, todos con el rostro iluminado. Murmuró luego que aquello era el Edén…, y así murió». La novela aún tiene que descifrar algunos misterios sobre la vida de Smike, relacionados con el malvado tío de Nicholas. Pero eso ya no nos interesa: el lector conocerá todos los detalles de la historia a través de la lectura directa de la obra. Lo que queremos señalar es la actitud de acogida, ternura, cercanía de Nicholas, que revivió la historia del Buen Samaritano. Nicholas es el héroe de la novela: a todos atrae por su carácter transparente, porque huye de la hipocresía, ama la justicia y se apiada de los que sufren. Pero es sobre todo en su relación con Smike donde contemplamos una vida llena de sentido, que se da sin buscar nada a cambio. * * * «A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano, el programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús, es un “corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia»[1]. Son palabras de Benedicto XVI. Nicholas «ve» el sufrimiento de Smike, su necesidad de afecto, de escucha, y actúa en consecuencia. San Juan Pablo II recordaba que frente al prójimo que sufre «no nos está permitido “pasar de largo”, con indiferencia, sino que debemos “pararnos” junto a él». Es estar disponibles para acoger a esa persona que lo está pasando mal, conmovernos con sus circunstancias dolorosas. Y junto con esas disposiciones, hacer todo lo posible para resolver la situación de sufrimiento, físico o moral. Para el santo papa polaco, buen samaritano es «el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio “yo”, abriendo este “yo” al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre 32
  • 33. no puede “encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes, 24). Buen samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo[2]». Tratemos de “ver” a nuestro alrededor. Encontraremos tantas oportunidades de convertirnos en buenos samaritanos: curando, alimentando, consolando, escuchando, sonriendo, rezando. [1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 31. [2] SAN JUAN PABLO II, Salvifici doloris n. 28. 33
  • 34. 4. LA PEQUEÑA NELL Dickens escribe La tienda de antigüedades en 1840. Es una novela por entregas, publicada en la revista El reloj del Maese Humphrey, dirigida por nuestro novelista. Alcanzará un éxito total: toda Inglaterra seguía la historia de la pequeña Nell y su abuelo. Se cuenta que cuando los barcos llegaban de Inglaterra a Boston, desde el muelle preguntaban los ya numerosos lectores americanos de Dickens cómo seguía la historia y si Nell había muerto. La trama de la novela es relativamente sencilla. Una persona anciana vive con su nieta de catorce años en una tienda de antigüedades, de la que es propietario. La madre de Nell había muerto hace años. El abuelo quiere dejarle a su nieta —a quien ama tiernamente— una fortuna como herencia. Para eso, pide prestado dinero a su vecino, Quilp, físicamente un enano y moralmente un ser malvado, y empieza a ausentarse por las noches dejando a la niña sola. El lector se entera después de algunas páginas de que el abuelo estaba probando fortuna en el juego. Pero pierde todo y Quilp se queda como dueño de la tienda de antigüedades. Tras una larga enfermedad, el abuelo decide hacer caso a Nell y abandonar la casa, que ya no era suya. Emprenden entonces un largo viaje, huyendo de las tristezas que Londres les había deparado. La niña le había dicho que era mejor salir a los caminos y mendigar que continuar viviendo como estaban. Así serían más felices. —¡Mendigos… y felices! —exclamó el viejo—. ¡Pobre niña! —Abuelito querido —dijo la chiquilla con una energía que resplandeció en su rostro, en su voz trémula, en su gesto apasionado—. En eso no me parece que soy una niña; pero aunque lo sea, óyeme suplicar que ojalá tuviésemos que mendigar, trabajar en los caminos o en los campos para ganarnos la vida difícilmente, antes que vivir como vivimos. —¡Nell! –exclamó el anciano. —Sí, sí, antes que vivir como vivimos —repitió la pequeña con más firmeza que antes—. Si estás triste, dime por qué, y yo lo estaré también; si te consumes y cada día estás más pálido y más débil, déjame que te cuide y procure aliviarte. Si eres pobre, seamos pobres los dos juntos; pero déjame estar contigo, déjame estar contigo; no consientas que yo advierta cómo cambias sin saber por qué o me moriré de pena. 34
  • 35. Abuelito querido, vámonos de este sitio tan triste mañana mismo y pediremos de puerta en puerta. La pequeña Nell todavía no sabe que su abuelo lo perdió todo en el juego por amor a ella. Solo le interesa corresponder todo el amor que recibió de él. Desde la primera página Dickens retrata a esta niña llena de virtudes: piadosa —nunca deja sus oraciones —, pendiente de las necesidades del abuelo, olvidada de sí. Una mañana emprenden la marcha. Dickens va describiendo los distintos lugares de Londres por donde pasan, y subraya el espectáculo de miseria que se ve en los suburbios. Ya fuera de la ciudad, durante el largo camino, se van encontrando con todo tipo de personas: familias acogedoras en las que reina la armonía, una compañía de actores ambulantes con distintas personalidades, una señora extravagante que dirige una exposición de estatuas de cera, gente malvada que quiere aprovecharse de la situación desesperada del abuelo y la niña, etc. En definitiva, Dickens, inspirándose en el famoso libro Pilgrim’s Progress de Bunyan, leído por generaciones de ingleses piadosos, presenta una galería de personajes que pintan las virtudes y vicios de la humanidad, con los que nos topamos en el camino de nuestra vida. Es interesante ver cómo acude a muchos personajes del mundo de la diversión y de la ficción, uniéndose a una larga tradición de literatos —Shakespeare, Cervantes, Calderón— que describen el mundo como un gran teatro. La actitud de Nell, de total atención y cuidado para su abuelo, va pasando por distintos estados de ánimo. En un momento en que el viejo se siente perseguido por sus enemigos, Nell trata de calmarlo: —Ya estamos completamente a salvo y no tenemos nada que temer, abuelito. —¿Nada que temer? —contestó el viejo—. ¿Nada que temer si me arrancasen de tu lado? ¿Nada que temer si nos separasen? Nadie me es fiel. No, nadie. ¡Ni siquiera Nell! —¡Oh, no digas eso —contestó la chiquilla—, pues si hay alguien sincero y fiel en el mundo, soy yo! Y estoy segura de que tú lo sabes. Nell tiene un buen corazón no solo para su abuelo, sino para todos aquellos que sufren un dolor. Uno de los encuentros más tiernos tiene lugar con un bondadoso maestro, ya entrado en edad, que les da cobijo dos noches. El maestro está apesadumbrado por la enfermedad de su mejor discípulo. Nell le acompaña al lecho del niño enfermo. Inmediatamente se establece una relación de afecto entre ella y el niño, que finalmente muere acompañado por los dos. Las reflexiones de la niña sobre el destino del estudiante son muy dickensianas, pero sobre todo manifiestan una fe en la vida trascendente que está presente en toda su obra. Nell está llena de dolor, pero a su vez agradecida a Dios porque se mantiene viva y puede ayudar a su abuelo. Dickens añade: Y aun cuando pensaba todavía como una niña, sin quizá considerar suficientemente a qué esplendorosa y feliz existencia nacen los que mueren jóvenes, y cómo con su 35
  • 36. muerte se evitan el dolor de ver morir a otros en derredor suyo, llevándose a la tumba vivos afectos de su corazón —con lo que los viejos mueren muchas veces en una larga vida—, tenía la sabiduría suficiente para extraer una clara y sencilla moral de lo que había visto aquella noche y guardarla hondamente en su recuerdo. Uno de los momentos trágicos de la narración se refiere a la vuelta al vicio del juego por parte del abuelo. En una noche de lluvia entran a una posada, donde hay un grupo de personas que juegan a las cartas. El viejo pide a la niña todo el dinero que lleva, y esta, aunque le ruega que no juegue, no puede negarse a darle parte de las pocas monedas que posee. El viejo lo pierde todo, e incluso llegará a robarle lo que le queda a su nieta. El llanto solitario de Nell rompe el corazón del lector. La nieta se apiada del abuelo y procura devolverlo al recto camino. Nell se da cuenta que en ese vicio no hay egoísmo, sino el deseo de ganar dinero para ella. A su vez, ve alarmada cómo el abuelo se va infantilizando a pasos agigantados. En un momento dado, Nell se siente en la necesidad de sacar al abuelo de la casa donde se aloja la exposición de estatuas de cera, pues él ya estaba planeando robar de la caja de la exposición y obtener dinero para seguir jugando. Decide despertar al anciano y llevarlo camino adelante. Lo toma de la mano y lo guía. Mientras él, vencido y humillado, parecía encogerse ante ella y alegrarse y abatirse cual si se hallara en presencia de un ser superior, la pequeña experimentaba una nueva sensación dentro de sí que elevaba su naturaleza y le inspiraba una energía y una confianza desconocidas hasta entonces. Ya no había distribución de responsabilidad; todo el peso de sus dos vidas había caído sobre ella, y desde aquel momento habría de pensar y obrar por los dos. Si bien Nell está con nuevas energías espirituales, el cuerpo no la sigue. El camino se hace cada vez más difícil, y los peregrinos están extenuados por el frío, la lluvia y el hambre. Penetran en una ciudad industrial, gris y anónima. A pesar de que las calles están repletas de gente, Nell siente la soledad. Añora los campos y las pequeñas aldeas. En la gran ciudad todos corren, velan solo por sus intereses o se sienten oprimidos por el trabajo inhumano de las fábricas, que llenan de humo y hollín el ambiente. Las altas chimeneas vomitaban un humo negro que se colgaba en densa y amenazadora nube sobre las casas y llenaba el aire de tristeza. […] El tropel de gente circulaba en dos direcciones opuestas sin muestras de cansancio, afanados en sus asuntos, y sin que las especulaciones sobre sus negocios se vieran turbadas por el estruendo de los carros y carromatos cargados de objetos ruidosos, el golpear de los cascos de los caballos sobre el piso húmedo y grasiento, el repiqueteo de la lluvia en los cristales y en lo alto de los paraguas, los empellones de los más incipientes viandantes y todo el rumor y bullicio de una calle repleta en todo el apogeo de su tráfago. En tanto, dos pobres forasteros, atolondrados y perplejos por aquel apresuramiento que observaban, pero sin tener parte en él, lo contemplaban tristemente, sintiendo en medio de la multitud una soledad que solo tiene igual en la 36
  • 37. sed de los marinos náufragos que, agitados de un lado para otro sobre las ondas del potente océano, cegados sus ojos enrojecidos de tanto mirar el agua que los rodea por todas partes, no tienen una sola gota con que refrescar su lengua ardiente. Pero no todos son indiferentes en la ciudad. Una noche son acogidos por un hombre paupérrimo que duerme al calor de un fuego encendido en una fábrica. Se preocupa por los dos caminantes, y saca de su pobre bolsillo dos peniques para la niña. Comenta Dickens: «¡Quién sabe si a los ojos de los ángeles no relucirían con tanto brillo como esos áureos dones de que nos hablan las tumbas!». Llega sin embargo un momento en que Nell no puede más. Acude a un hombre que va delante de ellos y cuando ve su rostro, se desmaya y se queda sin sentido. Se trata del bondadoso maestro que habían encontrado semanas atrás, que recoge a la niña y guía al viejo a una posada, donde le tratan con todo cariño. Nell se recupera, y prosiguen el viaje con el maestro, que había sido destinado a un pueblito de Gales. Allí le consiguen una casa, y pasan una temporada rodeados del amor de todo el pueblo, que queda extasiado por las virtudes y la sencillez de Nell. También el abuelo cambia: se da cuenta de que tuvo actitudes egoístas, percibe el desgaste físico de su nieta, y hace todo lo posible por aliviarla de trabajos y sufrimientos. Incluso le dice algo que él mismo había escuchado de labios de Nell: «Te aseguro que seré fiel y sincero, Nell». El ambiente del pueblito contrasta con el de la ciudad industrial. Dickens lanzará anatemas contra el industrialismo incipiente que crea una sociedad sin lazos humanos, indiferente ante el dolor. La inhumanidad de este tipo de ciudades será el tema de otra obra de Dickens, de la que hablaremos: Tiempos difíciles. En cambio, en la aldea reina la comprensión, la bondad, la ayuda mutua. Dickens retrata a un personaje al que llaman “el bachiller”: «El viejecito era el espíritu activo del lugar, mediador en todas las diferencias, promotor de todas las fiestas, administrador de la generosidad de su amigo y de la no escasa caridad propia, además; intercesor, consuelo y amigo universal». Lo mismo podría decirse del maestro, del sepulturero, etc. En ese ambiente apacible, extenuada por el esfuerzo del largo viaje, Nell abandona este mundo, rodeada del cariño de todos y de la tristeza de su abuelo. Los lectores de La tienda de antigüedades seguían con tanto fervor la historia, que escribían a Dickens para que la niña no muriera. Pero Dickens no podía evitarlo. Hay una carta redactada cuando llegaba el momento de escribir sobre la muerte de Nell en la que, refiriéndose a personajes de la obra, que querían mucho a Nell, y de quienes no hablamos en estas páginas, confiesa a un amigo: «Tiemblo al acercarme a ese lugar mucho más que Kit; mucho más que el señor Garland; mucho más que el caballero soltero… Nadie la echará de menos más que yo. Es tan doloroso para mí, que, en realidad, no puedo expresar mi pesadumbre. Solo con pensar en la manera de hacerlo sangran de nuevo las viejas heridas». Se refería a la reciente muerte de su cuñada Mary. Con tanta intensidad Dickens daba vida a sus personajes y vivía él mismo sus vidas. Nell abandona un mundo que le ha dado muchos sufrimientos, pero también la alegría de saber que era el bastón y el apoyo indispensables para su abuelo. En sus últimos momentos solo recuerda cosas buenas: a quienes los habían ayudado en su largo viaje, a 37
  • 38. su amigo Kit, etc. «Jamás había dejado escapar una sola queja, y con una absoluta tranquilidad de espíritu, sin más variación que el mostrarse cada día más sincera y agradecida, se extinguió como la luz de un atardecer estival». Desde una perspectiva trascendente —la única capaz de hacer comprensible la cosmovisión de Dickens—, el autor comenta: ¡Ay, qué difícil es aprender de memoria las lecciones que esas muertes enseñan! Pero que nadie las rechace, porque son las que todos debemos aprender, y se trata de una poderosa Verdad universal. Cuando la Muerte derriba al joven e inocente, por cada frágil forma de que liberta al espíritu anheloso se alzan cien virtudes con hechura de piedad, caridad y amor, para que recorran el mundo y lo bendigan. De cada lágrima que los apesadumbrados mortales derraman sobre esas tumbas, nace algún bien y surge una naturaleza más dulce. De las pisadas de la que todo lo destruye surgen esplendorosas creaciones que desafían su potencia, y su oscura senda se convierte en un camino de luz hacia el Cielo. «Siempre estaba alegre, muy alegre. Recuerdo que había siempre en ella algo suave y reposado desde un principio, pero se sentía feliz», dijo el abuelo, después de su muerte. Este anciano acompañará poco tiempo después a Nell al otro mundo: formaban una pareja inseparable. * * * «Ya no había distribución de responsabilidad; todo el peso de sus dos vidas había caído sobre ella, y desde aquel momento habría de pensar y obrar por los dos». A veces tenemos que cargar con la vida de los demás. No por ansias de dominio, sino por amor. Todavía resuena en la historia la pregunta de Caín a Dios: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gen 4, 9). La respuesta es un sí rotundo. «Llevemos los unos las cargas de los otros y así cumpliremos la ley de Cristo» (Gal 6, 2-4), nos dice san Pablo. Los achaques del abuelo de Nell pueden ser hoy los de un marido o una esposa enfermos, los de un hijo que cayó en la droga, los de una persona limitada o anciana en el seno de nuestras familias. O los de alguien cercano a nosotros que padece de depresión y no se puede valer por sí mismo. Vale la pena vivir esa responsabilidad con generosidad. La consecuencia será paz, alegría, serenidad en medio del dolor. Como Nell, que «siempre estaba alegre, muy alegre». 38
  • 39. 5. BARNABY RUDGE A lo largo de 1841, en la publicación periódica El reloj del Maese Humphrey —la misma donde se había publicado La tienda de antigüedades—, Dickens da a luz su novela Barnaby Rudge, que transcurre en Londres en 1780, en torno a los motines anticatólicos liderados por George Gordon, y que dejaron centenares de muertos y heridos. Se trata de una obra escrita durante una juventud llena de iniciativas editoriales: Pickwick, Oliver Twist, Nicholas Nickleby y la pequeña Nell nacen literariamente en el arco de pocos años. A estos personajes se les une Barnaby Rudge, un retrasado mental, lleno de buenos sentimientos y en plena armonía con la naturaleza, que está siempre acompañado de un cuervo, llamado Grip, hablador y casi humano. Circunstancias fortuitas hacen que Barnaby se encuentre plenamente involucrado en los desórdenes causados por las masas manipuladas por fanáticos, que se oponían al reconocimiento de algunos derechos para los católicos súbditos de su Majestad Británica. En el prefacio a esta obra, Dickens confiesa que no tiene simpatías por la Iglesia Romana, aunque reconoce «tener, como la mayoría de los hombres, algunos queridos amigos entre los creyentes de su credo». A pesar de sus pocas simpatías por la Iglesia Católica, en las páginas de Barnaby Rudge sus fieles son presentados siempre como víctimas de un fanatismo religioso lleno de prejuicios, y en general salen muy bien parados en comparación con algunos protestantes exaltados. A Dickens le reventaba la utilización fraudulenta de la religión. De gran actualidad son las siguientes palabras del prefacio: No es necesario decir que esos bochornosos tumultos, si bien tiñeron de vergüenza el tiempo en el que tuvieron lugar y a todos los que actuaron y tomaron parte en ellos, nos enseñaron una buena lección: lo que falsamente llamamos un lema religioso puede ser fácilmente utilizado por hombres sin religión, y que en su vida cotidiana no prestan la menor atención a los más comunes principios de lo bueno y de lo malo; que engendra la intolerancia y la persecución, que carece de sentido, es obsesivo, empecinado y despiadado; toda la Historia nos lo enseña. 39
  • 40. Volvemos a encontrar esta idea en boca de uno de los personajes más amables de toda la producción literaria de Dickens, el cerrajero Gabriel Varden. Ante los desmanes provocados por las masas ciegas, Varden dice a su mujer: Recordad que, de todas las cosas malas, las peores son las buenas cuando se hace mal uso de ellas. Por ejemplo, una mujer mala es muy mala, pero cuando se extravía una buena por malas influencias, es peor que la mala. Lo mismo sucede con la religión. Lo escribe Dickens un siglo y medio antes de la expansión del terrorismo de matriz fundamentalista. Muchos de los capítulos de esta novela tienen un no-personaje: la masa ciega, brutal, que destruye lo que encuentra a su paso movida por el odio, el interés personal y las bajas pasiones, y a su vez manipulada por fanáticos. Como sucederá unos años más tarde, cuando escriba Historia de dos ciudades, las descripciones de una masa desbordada e inhumana causan escalofríos. Lamentablemente, al leerlas, es fácil que al lector contemporáneo le vengan a la memoria sucedidos de la historia reciente de su país y del mundo. Como botón de muestra, transcribamos la acción de la masa al atacar una posada, Maypole, donde transcurren bastantes escenas de la novela. Estamos a trece millas de Londres: ¡Quién lo había de decir! Aquel establecimiento venerado, donde los más osados no hubieran entrado sin una especial invitación del amo, aquel santuario, aquel misterio, aquel sanctasanctórum, se veía inundado de hombres, de garrotes, de palos, de antorchas, de puñales y de pistolas, y se oía dentro de sus paredes, depósito de los tesoros báquicos, un atronador estruendo de gritos, juramentos, blasfemias, carcajadas, amenazas de locos, un templo infernal y diabólico. Todos aquellos perdidos y miserables van y vienen, entran y salen por la puerta o por la ventana, rompen los aparadores, alzan los barriles, se beben los licores en vasijas de porcelana, montan a horcajadas sobre los toneles, fuman en las pipas reservadas a John y a sus parroquianos, saquean las respetadas hileras de naranjas y limones, cortan y rajan a grandes rebanadas el queso de Chester, destrozan los cajones inviolables y los abren de par en par, se meten en los bolsillos las cosas que no les pertenecen, se reparten el dinero del cajón del mostrador, destruyen, devastan, rompen, pisan y arrojan como dementes todo cuanto encuentran, y nada hay para ellos sagrado. Se ven hombres por todos lados, arriba, abajo, en el salón, en la cocina, en las alcobas, en el patio y hasta en las caballerizas. ¿Habrán leído los modernos perpetradores de saqueos esta novela de Dickens? Si la masa se caracteriza por su inhumanidad, también es temible por su anonimato. Hay una escena patética donde una multitud está rodeando a un católico. Desde la masa le tiran una gran piedra. El católico, con valentía, pregunta quién la ha tirado, y nadie responde. Es un silencio atronador: ha triunfado la irresponsabilidad. Pero no todo es masa amorfa en Barnaby Rudge. Hay muchos personajes muy bien 40