Pablo se defiende ante el procurador Porcio Festo y el rey Herodes Agripa II de las acusaciones de los judíos. Expone su conversión en el camino a Damasco cuando Jesús resucitado se le apareció, y cómo desde entonces predica el evangelio de acuerdo con las Escrituras. Agripa y los presentes concluyen que Pablo no ha hecho nada merecedor de muerte o prisión, pero como apeló al César debe ser juzgado en Roma.