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LA NUEVA MEDIOCRIDAD. 
Manfred Nolte 
Ace Greenberg, el legendario bróker neoyorquino y posterior Presidente de Bear 
Sterns, manifestó con ocasión del ‘lunes negro’ de octubre de 1987, que “los 
precios de las acciones tienen la costumbre de fluctuar” y que es saludable 
plantarle cara al pánico. 
El caso es que han vuelto la alarma a los mercados. El fuerte varapalo aplicado 
la semana pasada a los principales parqués del mundo –sobre todo en el viejo 
cont inente- ha desatado un ola de pesimismo en los inversores en bolsa y, de 
rechazo, en la ciudadanía en general. Bloomberg estima en 1,2 billones de euros 
la pérdida global entre el miércoles 15 y el jueves 16. En esas dos sesiones el 
IBEX acumuló una caída del 5,2% perdiendo lo acumulado en el año, aunque el 
rebote del viernes –la mayor subida del año- situara el índice cerca de los 
10.000. Además, el jueves la prima de riesgo llegó a los 160 puntos básicos, 
aunque no es el tema de hoy. La volatilidad bursátil durante meses con 
encefalograma plano ha despertado del coma. Tampoco es el tema de hoy. 
Las cifras cantan y las caídas son tan significat ivas que exhiben su propia 
elocuencia sin necesidad de mayores glosas. Está bien eso de que quien no 
realiza un activo en un mercado bajista no consolida su pérdida y por tanto no 
merma su patrimonio de forma irreversible y definitiva. Pero el ‘valor razonable’ 
de una acción cot izada en bolsa es su precio de mercado y en consecuencia su 
titular tiene buenas razones para sentirse defraudado, o sea, más pobre. 
El castigo experimentado no tiene por qué ser preludio de una crisis más 
profunda, pero abre el debate sobre su posibilidad. ¿En que medida los recortes 
sostenidos de los mercados de renta variable vaticinan mayores problemas en 
torno a la economía real. En particular, ¿pueden las bolsas de valores ser
predictores acertados de próximas calamidades de lo que llamamos los 
‘fundamentales’ de la economía, y mostrarán una incidencia adversa sobre el 
ciclo, esto es sobre el PIB y el nivel de empleo en los que se desenvuelven? 
Habrá que comenzar señalando que caídas sostenidas de las cotizaciones 
bursátiles atañen a un alto porcentaje del ahorro del ciudadano de a pie, y no 
solamente del inversor especializado. Raro será el ahorrador que no tenga 
materializado su ahorro, indirectamente, en un depósito referenciado a un 
subyacente bursátil, o que no haya decidido adquirir participaciones de un 
fondo de inversión con mayor o menor porcentaje de renta variable o haya 
abierto un plan de pensiones que necesariamente tendrá algún porcentaje 
situado en los mercados de acciones. El recorte implícito o latente que sufrirá el 
patrimonio del titular de esas formas de ahorro tiene una incidencia directa 
sobre una variable crítica que afecta al PIB del país: el consumo. Milton 
Friedman nos enseñó en su momento de que si bien en consumo privado 
depende de la renta disponible, tiene igualmente una relación directa con la 
riqueza de los individuos. La mayor o menor cobertura patrimonial de una 
familia es responsable de la mayor o menor confianza, y determina el gasto en 
consumo. Y el consumo es el principal agregado de la Renta Nacional, 
aproximadamente un 60% de la misma. Los recortes sostenidos en Bolsa 
influyen en consecuencia en una disminución del consumo privado. 
Pero tan importante o más que el efecto inmediato puntual de una rebaja 
patrimonial es la incidencia que pueda tener tanto en consumidores como en 
inversionistas y emprendedores las expectativas derivadas de una caída en las 
bolsas. 
En circunstancias normales las expectativas bursátiles se basan en el cash flow 
actualizado de la inversión que cada uno realice en un determinado t ítulo. Nos 
hacemos propietarios de la parte alícuota de una empresa cotizada porque 
creemos que nos puede pasar dividendos y plusvalías, efectos ambos derivados 
de su inclusión a un sector de futuro, a una gestión profesionalizada y a un 
entorno macro propicio. Pero para ello hay que disponer de una buena 
información. Las expectativas serán más realistas y fundadas cuanto mayor sea 
la información que dispongamos de los ingredientes antes citados. Y si 
carecemos razonablemente de dicha capacitación delegamos en quien nos la 
gestione, esto es, en un Fondo de Inversión, en un Fondo de Pensiones o en un 
gestor especializado. Estas Instituciones de Inversión colectiva o los gestores 
profesionales se supone que tienen una información ‘eficiente’ y que no se les 
escapa ninguna variable significativa en sus permanentes decisiones de invertir 
o desinvertir por cuenta y en favor de los clientes que les han confiado sus 
ahorros. De acuerdo con la hipótesis de los mercados eficientes, avanzada por el 
nobel americano Eugenio Fama, los mercados bursátiles serían 
‘informativamente eficientes’, lo que significa que los precios de las acciones 
cruzadas reflejan toda la información conocida y que, consecuentemente, no 
puede mejorarse la posición de dicho mercado si no es por un factor aleatorio o 
de mera suerte. 
Lo anterior nos lleva a una conclusión de gran calado. Si el mercado bursátil se 
define como un ‘mercado eficiente’, este se constituiría en un elemento 
predictor o ‘indicador’ de futuro. Sus alzas o recortes anticiparán subidas o 
2
bajadas de la producción industrial y del PIB real. ¿Qué grado de aceptación, o 
en su caso de controversia, acompaña a este enunciado? Resumiremos al lector 
un largo y encontrado debate: a medida que se abandona el corto plazo el valor 
predictivo decae. Los modelos aplicados a series estadísticas de los últimos 30 
años revelan datos poco concluyentes. Algunos ejemplos de divergencia son 
muy notables: el S&P americano tardó 25 años (hasta 1954) en recuperar el 
nivel anterior al ‘crash’ de octubre de 1929, pero solo 10 en alcanzar el valor del 
PIB de dicha fecha. A su vez cabe revertir el argumento, con lo que se conoce 
como la ‘Causalidad de Wiener-Granger’: ¿No será al revés? ¿Que la 
recuperación del PIB promueva el despegue de los índices bursátiles de una 
forma interactiva? ¿No es eso lo que ha sucedido con el Dax alemán y el S&P 
americano en la última fase de la presente crisis, que han recuperado niveles 
pre-crisis de PIB, ocupación, e Índices bursátiles de forma simultanea? 
Lo cual nos obliga a devolver al resto de indicadores tradicionales la capacidad 
de predicción relativa de la economía. Los llamados ‘indicadores adelantados’ 
muestran sentimientos de los colectivos que configuran la demanda global 
muchas veces cifrados en encuestas y proyecciones estadísticas. A ellos se 
agregan los ‘ indicadores retrasados’ que computan y extraen conclusiones de los 
cambios efectivamente registrados en una economía. 
Y ¿qué hay de lo nuestro? Pues que nada indica que España pueda caer en las 
redes de una tercera recesión. Ninguno de los indicadores adelantados lo refleja. 
Nos movemos con luz propia. Pero lo que observamos en nuestros socios 
comerciales europeos, a donde se dirige el 60% de nuestras exportaciones nos 
hace ser muy precavidos. Y nuestro selectivo bursátil nos está susurrando 
insistentemente al oído con un índice de 9948,70 que nos debe mucho dinero 
pero que no puede pagarnos. Y que falta aun mucho para acariciar aquellos 
16.000 que un día ya lejano se alcanzaron y que, aunque crecemos, nuestro 
ritmo es cansino, solo recuperaremos nuestros niveles de PIB pre-crisis en 2017 
y los de empleo tal vez en 2026. O sea, un horizonte posit ivo pero mediocre y 
dependiente, porque la economía española no es inmune a los riesgos de la 
recesión exterior y otros shocks económicos. 
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Ibex, 12 meses.

(229)la nueva mediocridad

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    1 LA NUEVAMEDIOCRIDAD. Manfred Nolte Ace Greenberg, el legendario bróker neoyorquino y posterior Presidente de Bear Sterns, manifestó con ocasión del ‘lunes negro’ de octubre de 1987, que “los precios de las acciones tienen la costumbre de fluctuar” y que es saludable plantarle cara al pánico. El caso es que han vuelto la alarma a los mercados. El fuerte varapalo aplicado la semana pasada a los principales parqués del mundo –sobre todo en el viejo cont inente- ha desatado un ola de pesimismo en los inversores en bolsa y, de rechazo, en la ciudadanía en general. Bloomberg estima en 1,2 billones de euros la pérdida global entre el miércoles 15 y el jueves 16. En esas dos sesiones el IBEX acumuló una caída del 5,2% perdiendo lo acumulado en el año, aunque el rebote del viernes –la mayor subida del año- situara el índice cerca de los 10.000. Además, el jueves la prima de riesgo llegó a los 160 puntos básicos, aunque no es el tema de hoy. La volatilidad bursátil durante meses con encefalograma plano ha despertado del coma. Tampoco es el tema de hoy. Las cifras cantan y las caídas son tan significat ivas que exhiben su propia elocuencia sin necesidad de mayores glosas. Está bien eso de que quien no realiza un activo en un mercado bajista no consolida su pérdida y por tanto no merma su patrimonio de forma irreversible y definitiva. Pero el ‘valor razonable’ de una acción cot izada en bolsa es su precio de mercado y en consecuencia su titular tiene buenas razones para sentirse defraudado, o sea, más pobre. El castigo experimentado no tiene por qué ser preludio de una crisis más profunda, pero abre el debate sobre su posibilidad. ¿En que medida los recortes sostenidos de los mercados de renta variable vaticinan mayores problemas en torno a la economía real. En particular, ¿pueden las bolsas de valores ser
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    predictores acertados depróximas calamidades de lo que llamamos los ‘fundamentales’ de la economía, y mostrarán una incidencia adversa sobre el ciclo, esto es sobre el PIB y el nivel de empleo en los que se desenvuelven? Habrá que comenzar señalando que caídas sostenidas de las cotizaciones bursátiles atañen a un alto porcentaje del ahorro del ciudadano de a pie, y no solamente del inversor especializado. Raro será el ahorrador que no tenga materializado su ahorro, indirectamente, en un depósito referenciado a un subyacente bursátil, o que no haya decidido adquirir participaciones de un fondo de inversión con mayor o menor porcentaje de renta variable o haya abierto un plan de pensiones que necesariamente tendrá algún porcentaje situado en los mercados de acciones. El recorte implícito o latente que sufrirá el patrimonio del titular de esas formas de ahorro tiene una incidencia directa sobre una variable crítica que afecta al PIB del país: el consumo. Milton Friedman nos enseñó en su momento de que si bien en consumo privado depende de la renta disponible, tiene igualmente una relación directa con la riqueza de los individuos. La mayor o menor cobertura patrimonial de una familia es responsable de la mayor o menor confianza, y determina el gasto en consumo. Y el consumo es el principal agregado de la Renta Nacional, aproximadamente un 60% de la misma. Los recortes sostenidos en Bolsa influyen en consecuencia en una disminución del consumo privado. Pero tan importante o más que el efecto inmediato puntual de una rebaja patrimonial es la incidencia que pueda tener tanto en consumidores como en inversionistas y emprendedores las expectativas derivadas de una caída en las bolsas. En circunstancias normales las expectativas bursátiles se basan en el cash flow actualizado de la inversión que cada uno realice en un determinado t ítulo. Nos hacemos propietarios de la parte alícuota de una empresa cotizada porque creemos que nos puede pasar dividendos y plusvalías, efectos ambos derivados de su inclusión a un sector de futuro, a una gestión profesionalizada y a un entorno macro propicio. Pero para ello hay que disponer de una buena información. Las expectativas serán más realistas y fundadas cuanto mayor sea la información que dispongamos de los ingredientes antes citados. Y si carecemos razonablemente de dicha capacitación delegamos en quien nos la gestione, esto es, en un Fondo de Inversión, en un Fondo de Pensiones o en un gestor especializado. Estas Instituciones de Inversión colectiva o los gestores profesionales se supone que tienen una información ‘eficiente’ y que no se les escapa ninguna variable significativa en sus permanentes decisiones de invertir o desinvertir por cuenta y en favor de los clientes que les han confiado sus ahorros. De acuerdo con la hipótesis de los mercados eficientes, avanzada por el nobel americano Eugenio Fama, los mercados bursátiles serían ‘informativamente eficientes’, lo que significa que los precios de las acciones cruzadas reflejan toda la información conocida y que, consecuentemente, no puede mejorarse la posición de dicho mercado si no es por un factor aleatorio o de mera suerte. Lo anterior nos lleva a una conclusión de gran calado. Si el mercado bursátil se define como un ‘mercado eficiente’, este se constituiría en un elemento predictor o ‘indicador’ de futuro. Sus alzas o recortes anticiparán subidas o 2
  • 3.
    bajadas de laproducción industrial y del PIB real. ¿Qué grado de aceptación, o en su caso de controversia, acompaña a este enunciado? Resumiremos al lector un largo y encontrado debate: a medida que se abandona el corto plazo el valor predictivo decae. Los modelos aplicados a series estadísticas de los últimos 30 años revelan datos poco concluyentes. Algunos ejemplos de divergencia son muy notables: el S&P americano tardó 25 años (hasta 1954) en recuperar el nivel anterior al ‘crash’ de octubre de 1929, pero solo 10 en alcanzar el valor del PIB de dicha fecha. A su vez cabe revertir el argumento, con lo que se conoce como la ‘Causalidad de Wiener-Granger’: ¿No será al revés? ¿Que la recuperación del PIB promueva el despegue de los índices bursátiles de una forma interactiva? ¿No es eso lo que ha sucedido con el Dax alemán y el S&P americano en la última fase de la presente crisis, que han recuperado niveles pre-crisis de PIB, ocupación, e Índices bursátiles de forma simultanea? Lo cual nos obliga a devolver al resto de indicadores tradicionales la capacidad de predicción relativa de la economía. Los llamados ‘indicadores adelantados’ muestran sentimientos de los colectivos que configuran la demanda global muchas veces cifrados en encuestas y proyecciones estadísticas. A ellos se agregan los ‘ indicadores retrasados’ que computan y extraen conclusiones de los cambios efectivamente registrados en una economía. Y ¿qué hay de lo nuestro? Pues que nada indica que España pueda caer en las redes de una tercera recesión. Ninguno de los indicadores adelantados lo refleja. Nos movemos con luz propia. Pero lo que observamos en nuestros socios comerciales europeos, a donde se dirige el 60% de nuestras exportaciones nos hace ser muy precavidos. Y nuestro selectivo bursátil nos está susurrando insistentemente al oído con un índice de 9948,70 que nos debe mucho dinero pero que no puede pagarnos. Y que falta aun mucho para acariciar aquellos 16.000 que un día ya lejano se alcanzaron y que, aunque crecemos, nuestro ritmo es cansino, solo recuperaremos nuestros niveles de PIB pre-crisis en 2017 y los de empleo tal vez en 2026. O sea, un horizonte posit ivo pero mediocre y dependiente, porque la economía española no es inmune a los riesgos de la recesión exterior y otros shocks económicos. 3
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    4 Ibex, 12meses.