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EL ‘BAÑERAZO’ GRIEGO.
Manfred Nolte
Acuñar clichés sorpresivos es un ejercicio lúdico habitual de la oratoria.
Expresar algo anodino o trivial con un cuño original que atice la sensibilidad del
público pretende elevar cualquier vulgaridad al rango de acto probatorio. El
recién nombrado ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha
desenterrado el hacha de guerra afirmado el viernes pasado que su Gobierno no
reconoce a la Troika de acreedores como interlocutora válida en las
negociaciones sobre el programa de rescate de Grecia. Más aun, ha tildado sus
programas de rescate de ‘waterboarding’, un vocablo que no tiene traducción
directa al castellano (‘bañerazo’ podría ser un neologismo) pero que cualquier
aficionado a filmes policiacos o bélicos identificará con facilidad: esa macabra
maniobra que el malo aplica repetidamente al bueno (o a la inversa) para que
aporte la secreta información requerida a base de violentas inmersiones de su
cabeza en una bañera repleta de agua, hasta los límites de la asfixia. O sea, que
la financiación condicional de Bruselas, Banco Central Europeo y Fondo
Monetario Internacional a Grecia no ha representado una terapia acertada, ni
una mano solidaria tendida al menesteroso socio comunitario, sino una
macabra tortura de calabozo aplicada al rehén desahuciado a cambio de nada.
Malos presagios tras repetidas declaraciones unilaterales.
Si esto fuera así, esa terapia podría ser moralmente repudiada y exigirse a los
médicos que la han prescrito todo tipo de explicaciones y aun responsabilidades
morales y pecuniarias. Más aun, las pautas todas de comportamiento impuestas
al enfermo deberían ser revisadas y reformuladas partiendo de la base de su
nulidad dolosa. Lo que traducido al caso que nos ocupa equivaldría al derecho
moral y real que asistiría a la república helénica a exigir una reestructuración de
su rescate, esto es, una parte muy sustancial de la totalidad de su deuda externa
hasta el punto mismo de aludir a una quita parcial o total de la misma. Donde
ha habido coacción y abuso de poder, no ha existido libre voluntad de las partes
y en consecuencia no puede aducirse la legitimidad del negocio jurídico. La
deuda helénica es injusta y odiosa. La deuda helénica podría ser repudiada.
Previsiblemente, la sangre no llegará al rio, aunque la tensión escala por
momentos en los cenáculos europeos. Pero para desmontar lo que constituye
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una grave acusación y un error de bulto habrá que señalar al menos dos
extremos que incumben a los rescates de la economía griega. Todo ello desde
un talante integrador.
Comencemos con la evidencia palmaria de que nadie, en el ámbito privado,
quiso en 2010 ni quiere hoy en 2015 eso que se llama ‘riesgo Grecia’. ¿Lo quiere
acaso Vd.? ¿Aceptaría que el fondo de inversión en el que Vd. deposita sus
ahorros compre deuda griega? ¿Lo toleraría como activo en el fondo de
pensiones particular con el que alimenta su futuro retiro? La respuesta racional
es negativa y en consecuencia, por mera agregación, queda ratificada la pésima
calidad de riesgo del prestatario soberano griego. Pero como en la patria de
Homero hay viejas y nuevas necesidades sociales diarias que cubrir, así como
vencimientos de deuda que atender, con Syriza o con cualquier otro partido que
hubiese accedido al poder, no existe otra alternativa –afortunadamente- que la
de acudir a Europa y a la Troika. Grecia es un país de la Unión y puede contar
con los mecanismos de solidaridad previstos en el acervo comunitario para los
países en dificultades.
Esto es lo que ha sucedido en las cuatro ocasiones en las que la Troika –FMI,
BCE y el Fondo de Rescate Europeo- ha acudido a sostener la deuda helénica
desde mayo de 2010. Nada de ‘waterboarding’ o ‘bañerazos’. Nada de deuda
ilegitima. Nada de deuda odiosa y repudiable. En su lugar, estricta adhesión
europea con contrapartidas, traducidas en un número de reformas
estructurales contenidas en el memorándum del rescate. Precisamente porque
Grecia es miembro de un Club, al recibir la ayuda solicitada, es de justicia que se
ajuste a su vez a las reglas largamente incumplidas del funcionamiento interno
de dicho Club. Después de todo, la sociedad griega no puede ignorar sus
problemas estructurales que le abocan a una deplorable productividad y
competitividad, a un sector público mastodóntico y patriarcal, una estructura
monopolista en algunos de sus sectores clave, una incapacidad recaudatoria y
una economía sumergida desmesurada con elevados niveles de corrupción y
clientelismo, sin olvidar que vivió lustros por encima de sus posibilidades y
cometió el histórico fraude contable con el que se falseó su déficit fiscal y el
certificado de acceso a la Eurozona. Casi nada.
El segundo ingrediente de la confusión reinante en el diagnóstico del caso
griego reside en achacar el caos económico del país a la insostenibilidad de su
deuda. Se argumenta que el ‘bañerazo’ de unas políticas dictadas e impuestas ha
resultado en una deuda impagable a la que se somete el bienestar de la
colectividad entera y que esta es la causa última, si no exclusiva, del desastroso
cuadro macroeconómico que exhibe el país. De ahí también el requerimiento de
su alivio parcial o quita total.
Pero achacar el escenario de la crisis helénica al tamaño de su deuda pública –
323.000 millones de euros o el 175% de su PIB- es más que discutible, ya que a
pesar de su exorbitado tamaño disfruta de cómodos plazos de amortización y
tipos muy subvencionados. Los préstamos blandos de Bruselas se devolverán,
en principio, entre el 2020 y 2041 y el periodo de carencia de intereses se
extiende hasta el 2020. En la práctica Grecia paga por su servicio de su deuda
un 2,6% anual de su PIB, menos que Italia (4,5%) y España (3,3%) y algo más
que Francia (2,2%) o Alemania(1,8%). Tsipras y su gobierno quieren renegociar
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y reestructurar la deuda soberana Grecia. De ello han hecho bandera en la
campaña y en el programa electoral. Pero no es esa la baza más importante que
deberán jugar, ni el entuerto más complejo que habrán de resolver. Las claves
están en la estructuras viciadas que han sido objeto de relato anterior.
El panorama razonablemente previsible – y también deseable- es que en el
plazo de las próximas semanas (no muchas, porque hay vencimientos
perentorios) se alcance un convenio hoy aún por definir. No sobre una quita,
que se ha convertido en la otra bandera de los prestamistas, ni sobre la
relajación de las reformas, pero si sobre el monto del déficit global o del déficit
primario para financiar nuevos servicios sociales; sobre programas de inversión
no computables en el pacto fiscal y sobre el alargamiento de plazos y alivio en la
equivalencia financiera de la deuda que atañe particularmente a Bruselas, un
60% de la deuda total.
Luego, divididas las diferencias, cada parte justificará el acuerdo con los matices
que le convengan, pero sin aspavientos graves ni revoluciones conceptuales.
Para entonces, el ‘bañerazo’ habrá sido un cliché olvidado. Nunca hubo tal.
Distribución de la Deuda griega.
Fuente:BBC

(245)long bañerazo griego

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    1 EL ‘BAÑERAZO’ GRIEGO. ManfredNolte Acuñar clichés sorpresivos es un ejercicio lúdico habitual de la oratoria. Expresar algo anodino o trivial con un cuño original que atice la sensibilidad del público pretende elevar cualquier vulgaridad al rango de acto probatorio. El recién nombrado ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha desenterrado el hacha de guerra afirmado el viernes pasado que su Gobierno no reconoce a la Troika de acreedores como interlocutora válida en las negociaciones sobre el programa de rescate de Grecia. Más aun, ha tildado sus programas de rescate de ‘waterboarding’, un vocablo que no tiene traducción directa al castellano (‘bañerazo’ podría ser un neologismo) pero que cualquier aficionado a filmes policiacos o bélicos identificará con facilidad: esa macabra maniobra que el malo aplica repetidamente al bueno (o a la inversa) para que aporte la secreta información requerida a base de violentas inmersiones de su cabeza en una bañera repleta de agua, hasta los límites de la asfixia. O sea, que la financiación condicional de Bruselas, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional a Grecia no ha representado una terapia acertada, ni una mano solidaria tendida al menesteroso socio comunitario, sino una macabra tortura de calabozo aplicada al rehén desahuciado a cambio de nada. Malos presagios tras repetidas declaraciones unilaterales. Si esto fuera así, esa terapia podría ser moralmente repudiada y exigirse a los médicos que la han prescrito todo tipo de explicaciones y aun responsabilidades morales y pecuniarias. Más aun, las pautas todas de comportamiento impuestas al enfermo deberían ser revisadas y reformuladas partiendo de la base de su nulidad dolosa. Lo que traducido al caso que nos ocupa equivaldría al derecho moral y real que asistiría a la república helénica a exigir una reestructuración de su rescate, esto es, una parte muy sustancial de la totalidad de su deuda externa hasta el punto mismo de aludir a una quita parcial o total de la misma. Donde ha habido coacción y abuso de poder, no ha existido libre voluntad de las partes y en consecuencia no puede aducirse la legitimidad del negocio jurídico. La deuda helénica es injusta y odiosa. La deuda helénica podría ser repudiada. Previsiblemente, la sangre no llegará al rio, aunque la tensión escala por momentos en los cenáculos europeos. Pero para desmontar lo que constituye
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    2 una grave acusacióny un error de bulto habrá que señalar al menos dos extremos que incumben a los rescates de la economía griega. Todo ello desde un talante integrador. Comencemos con la evidencia palmaria de que nadie, en el ámbito privado, quiso en 2010 ni quiere hoy en 2015 eso que se llama ‘riesgo Grecia’. ¿Lo quiere acaso Vd.? ¿Aceptaría que el fondo de inversión en el que Vd. deposita sus ahorros compre deuda griega? ¿Lo toleraría como activo en el fondo de pensiones particular con el que alimenta su futuro retiro? La respuesta racional es negativa y en consecuencia, por mera agregación, queda ratificada la pésima calidad de riesgo del prestatario soberano griego. Pero como en la patria de Homero hay viejas y nuevas necesidades sociales diarias que cubrir, así como vencimientos de deuda que atender, con Syriza o con cualquier otro partido que hubiese accedido al poder, no existe otra alternativa –afortunadamente- que la de acudir a Europa y a la Troika. Grecia es un país de la Unión y puede contar con los mecanismos de solidaridad previstos en el acervo comunitario para los países en dificultades. Esto es lo que ha sucedido en las cuatro ocasiones en las que la Troika –FMI, BCE y el Fondo de Rescate Europeo- ha acudido a sostener la deuda helénica desde mayo de 2010. Nada de ‘waterboarding’ o ‘bañerazos’. Nada de deuda ilegitima. Nada de deuda odiosa y repudiable. En su lugar, estricta adhesión europea con contrapartidas, traducidas en un número de reformas estructurales contenidas en el memorándum del rescate. Precisamente porque Grecia es miembro de un Club, al recibir la ayuda solicitada, es de justicia que se ajuste a su vez a las reglas largamente incumplidas del funcionamiento interno de dicho Club. Después de todo, la sociedad griega no puede ignorar sus problemas estructurales que le abocan a una deplorable productividad y competitividad, a un sector público mastodóntico y patriarcal, una estructura monopolista en algunos de sus sectores clave, una incapacidad recaudatoria y una economía sumergida desmesurada con elevados niveles de corrupción y clientelismo, sin olvidar que vivió lustros por encima de sus posibilidades y cometió el histórico fraude contable con el que se falseó su déficit fiscal y el certificado de acceso a la Eurozona. Casi nada. El segundo ingrediente de la confusión reinante en el diagnóstico del caso griego reside en achacar el caos económico del país a la insostenibilidad de su deuda. Se argumenta que el ‘bañerazo’ de unas políticas dictadas e impuestas ha resultado en una deuda impagable a la que se somete el bienestar de la colectividad entera y que esta es la causa última, si no exclusiva, del desastroso cuadro macroeconómico que exhibe el país. De ahí también el requerimiento de su alivio parcial o quita total. Pero achacar el escenario de la crisis helénica al tamaño de su deuda pública – 323.000 millones de euros o el 175% de su PIB- es más que discutible, ya que a pesar de su exorbitado tamaño disfruta de cómodos plazos de amortización y tipos muy subvencionados. Los préstamos blandos de Bruselas se devolverán, en principio, entre el 2020 y 2041 y el periodo de carencia de intereses se extiende hasta el 2020. En la práctica Grecia paga por su servicio de su deuda un 2,6% anual de su PIB, menos que Italia (4,5%) y España (3,3%) y algo más que Francia (2,2%) o Alemania(1,8%). Tsipras y su gobierno quieren renegociar
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    3 y reestructurar ladeuda soberana Grecia. De ello han hecho bandera en la campaña y en el programa electoral. Pero no es esa la baza más importante que deberán jugar, ni el entuerto más complejo que habrán de resolver. Las claves están en la estructuras viciadas que han sido objeto de relato anterior. El panorama razonablemente previsible – y también deseable- es que en el plazo de las próximas semanas (no muchas, porque hay vencimientos perentorios) se alcance un convenio hoy aún por definir. No sobre una quita, que se ha convertido en la otra bandera de los prestamistas, ni sobre la relajación de las reformas, pero si sobre el monto del déficit global o del déficit primario para financiar nuevos servicios sociales; sobre programas de inversión no computables en el pacto fiscal y sobre el alargamiento de plazos y alivio en la equivalencia financiera de la deuda que atañe particularmente a Bruselas, un 60% de la deuda total. Luego, divididas las diferencias, cada parte justificará el acuerdo con los matices que le convengan, pero sin aspavientos graves ni revoluciones conceptuales. Para entonces, el ‘bañerazo’ habrá sido un cliché olvidado. Nunca hubo tal. Distribución de la Deuda griega. Fuente:BBC