Blanco Pascual, C., 2013: “El latín, la lengua más exitosa del mundo”, Clío (especial 15), pp. 90-
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Hace más septiembres de los que me gusta reconocer, tantos, de hecho, que por
aquella época el latín aún era obligatorio para todos los bachilleres de quince
años, al margen de sus propósitos científicos o humanísticos, asistí a una
curiosa escena en un autobús urbano. Unos asientos por delante del mío, una
adolescente hojeaba con desgana los libros de texto que su madre acababa de
adquirir para ella en unos grandes almacenes, cuando, tras echarle un somero
vistazo al de latín, protestó: “¿Latín? ¡pero si esto es romano, mamá!” La
anécdota no solo es reveladora, si somos un tanto optimistas, de la frescura y la
ingenuidad de la juventud, sino que nos permite introducir además la cuestión
que aquí nos ocupa hoy, la de qué es el latín. Y es que, por tautológico que pueda
parecernos el exabrupto de nuestra adolescente, indignada probablemente
porque se le diera tan exótico nombre a la lengua de Ben-Hur, Espartaco, o el
Nerón-Ustinov de Quo vadis?, lo cierto es que, al menos en sus inicios, el latín
fue ciertamente romano.
BREVE HISTORIA DEL LATÍN
Según el historiador Tito Livio (s. I d. C.), Roma fue fundada por Rómulo en el
año 753 a. C. tras una violenta reyerta que terminó en fratricidio. Los primeros
pobladores de este enclave, situado donde con el tiempo estaría el Foro, al pie
del monte Palatino, hablaban ya, sin duda, una forma arcaica de latín, que toma
su nombre de la más amplia región del Lacio (Lazio en italiano, hoy todo un
clásico del Calcio). La difusión de esta lengua corrió paralela a la expansión
territorial romana, primero dentro de los límites de la península itálica y, con
posterioridad, más allá de los Alpes, hasta alcanzar su máxima amplitud bajo el
gobierno de Trajano (98-117 d. C.). En los tiempos en que este emperador
nacido en la Bética regía los destinos del mundo, un ciudadano del extremo más
occidental de la actual Galicia podía entenderse en latín con otro del Norte de
África o de lo que hoy es Rumanía. El latín no era ya, así pues, solo romano, o
solo lo era en la medida en que “Roma” servía para designar a todo un Imperio;
se había convertido ya, como dijo Tore Janson (A Natural History of Latin,
Oxford University Press), en “la lengua más exitosa del mundo”, título que
ostentaría aún durante más de mil años.
Volvamos ahora, en cambio, a los tiempos en que el latín era el humilde
vehículo de expresión de un puñado de pastores y granjeros del Lacio y
preguntémonos por el origen de esta lengua, que, claro está, no surgió ex nihilo,
de la nada. El latín, como el griego, el sánscrito, el hitita, el persa, las lenguas
germánicas (entre ellas, por supuesto, el inglés), célticas, eslavas, etc., como
todas las lenguas de Europa a excepción del euskera, el finés y el húngaro, y
como buena parte de las de Asia, es una lengua indoeuropea. Desciende, pues,
del indoeuropeo, del que no disponemos de testimonios escritos y que ha sido
reconstruido por los lingüistas, y aún lo es, a partir de la comparación entre las
lenguas derivadas históricas, aquellas que sí nos han dejado pruebas gráficas de
su existencia; entre ellas, claro está, el latín.
Los primeros textos latinos poco tenían que ver con las secas descripciones
gálicas de Julio César o los jugosos párrafos de Cicerón con los que todavía se
pelean los heroicos estudiantes de Secundaria que, por diferentes motivos,
siguen eligiendo el latín. Tradicionalmente se ha venido considerando que el
más antiguo de ellos es la fíbula u horquilla de Preneste, que presenta la
siguiente inscripción: Manius me fecit Numerio, a saber, “Manio me hizo para
Numerio”. Ya procedan ciertamente estas palabras del siglo VI a. C., ya sean el
resultado de una falsificación del XIX, como últimamente se tiende a creer, lo
cierto es que aún habría que esperar hasta el siglo III a. C. para dar por
inaugurada la literatura romana, curiosamente con una traducción al latín que
Livio Andronico hizo de la Odisea de Homero. Algo posterior es el comediógrafo
Plauto, primer autor latino del que conservamos una obra completa, también de
fuerte influencia griega. Los nombres, los escenarios, los temas, las tramas y los
versos de la palliata, que así se llamaba este tipo de comedia, son helénicos. Los
propios autores fueron, de hecho, conscientes de la deuda contraída con sus
vecinos del Este. Así lo reflejó Horacio (s. I d. C.), el poeta del carpe diem, en sus
versos Graecia capta ferum victorem cepit et artis / intulit in agresti Latio, a
saber, “la Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor y las artes llevó al
agreste Lacio”. Los romanos, tan pragmáticos como el tópico afirma, supieron
reconocer la superioridad cultural de Grecia, que había pasado a ser una
provincia más de Roma en el 146 a. C., y la explotaron como modelo ad
maiorem gloriam de sus propias Letras.
Sin embargo, aún estaba el latín lejos de alcanzar la perfección formal que nos
permite, en puridad, hablar de Clasicismo y hacia la que se volvería, siglos
después, el Renacimiento. Dicha perfección le llegó en el s. I a. C de la mano de
un orador como Cicerón, autor de las célebres Catilinarias, de un historiador
como Tito Livio, y de poetas como Virgilio, Horacio, Propercio u Ovidio. Con la
excepción de Cicerón, algo anterior en el tiempo y asesinado, de hecho, por
orden de Marco Antonio con la connivencia de Octavio Augusto, y al margen
también de Ovidio, al que el citado Augusto envió al destierro por motivos aún
desconocidos, se movieron todos estos autores en una órbita más o menos
cercana al primer emperador de Roma y contribuyeron con su arte a la
consecución de su proyecto de paz y prosperidad. Virgilio, por ejemplo, le
concedió antepasados divinos, la misma Venus, en su Eneida.
Mientras Cicerones y Virgilios llevaban su lengua a cotas inalcanzables y
prefiguraban, sin saberlo, el plan de estudios de generaciones y generaciones de
bachilleres, el ciudadano de a pie hablaba, como quería y podía, sobre el tiempo,
el precio del grano o los vecinos de al lado. Y no lo hacía, claro está, en prosa
rítmica ni en versos hexámetros. Se servía, en cambio, del llamado sermo
vulgaris, al que los académicos han denominado latín vulgar. No ha de verse en
el adjetivo “vulgar” sentido peyorativo alguno, sino que este latín no es más que
el habla corriente del común de la población. Las fuentes para el estudio de este
latín son escasas, como es lógico, pues no había en la Antigüedad magnetófonos
y la gran mayoría de la población era incapaz de escribir. Disponemos, no
obstante, de algunos testimonios interesantes, como los grafiti pompeyanos
salvados para nosotros por el manto de ceniza con el que el Vesubio sepultó la
ciudad en el 79 d. C. En estas pintadas, dedicadas a pedir el voto para uno u otro
candidato, o a describir los servicios sexuales de esta o aquella prostituta, se
documentan ya algunas de las características propias de las lenguas románicas:
monoptongación del diptongo -ae en -e (hec por haec), sonorización de
oclusivas sordas en posición intervocálica (pagato por pacato), confusión en el
uso de los casos, etc. Y no es de extrañar, pues las distintas lenguas románicas,
el castellano, gallego, portugués, catalán, francés, italiano, rumano, etc. son
evolución directa de este latín, del latín que cambiaba e iba poco a poco
convirtiéndose en otra cosa mientras en las escuelas de retórica se seguía
enseñando el latín inmutable e inmortal de Cicerón.
No ha de sorprendernos esta fractura entre latín hablado y literario. Todos los
usuarios de una lengua emplean, de hecho, un registro más cuidado y fiel a las
normas gramaticales cuando redactan un escrito; o deberían hacerlo, al menos.
En el caso del latín, sin embargo, la brecha entre ambas normas se fue haciendo
más y más grande con el paso de los siglos, acrecentada cada vez más por la
coyuntura histórica. La caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d.
C. trajo consigo, entre otros cambios significativos, la quiebra paulatina de la
compleja red administrativa y de comunicaciones que unía los diferentes
núcleos de población, de suerte que los contactos entre estos se redujeron al
mínimo, así como también trajo consigo el fin de las escuelas tradicionales de
retórica. Se acrecentaron, pues, las variantes diatópicas, es decir, geográficas,
entre los territorios en los que históricamente se acostumbraba a hablar latín y
nacieron las diferentes lenguas románicas en un momento difícil de precisar.
¿Cuándo el latín deja de ser latín para convertirse en otra lengua? Suele
señalarse una disposición del concilio de Tours (813) como acta fundacional de
las lenguas románicas, pues en ella se establece que todos los sermones han de
traducirse del latín in rusticam romanam linguam, es decir, “a la lengua
romance del pueblo”, para favorecer su comprensión. Debía hacer ya tiempo
que el latín del culto no se entendía. Solo los pocos que tenían acceso a las
escuelas monásticas eran capaces de leer, escribir y, donde era preciso,
expresarse en latín, pero solo tras haberlo estudiado. Lo que se hablaba de
manera natural y espontánea, como lengua materna, era ya romance.
¿Fue entonces cuando se produjo la tan cacareada muerte del latín? Solo en
parte, en la medida que una lengua muere cuando deja de evolucionar. Quien
desde aquí les escribe está dispuesta a admitir que castellano, francés, italiano...
aunque evoluciones del latín vulgar, como bien refleja la práctica totalidad de su
léxico, no son ya latín. No creo, sin embargo, que el latín sea una lengua muerta
ni que debamos adoptar la mentada disposición del Concilio de Tours como acta
de su defunción, pues el otro latín, llamémoslo el literario, fue durante casi mil
años más el vehículo de expresión de todos los intelectuales que en Europa
fueron. Santo Tomás de Aquino, Dante, Petrarca, Erasmo de Rotterdam, Kant y
¡hasta Karl Marx! se sirvieron en mayor o menor medida de la lengua a la que
Cicerón llevó a la perfección. Y es que el latín supone para todos sus iniciados
una res publica litteraria, es decir, un estado ilustrado, ajeno a las coordenadas
espacio-temporales. Como afirma Wilfried Stroh (El latín ha muerto, ¡viva el
latín!, ediciones del subsuelo), es precisamente la pretendida muerte del latín la
que lo ha vuelto inmortal.
EL LATÍN EN LA ESCUELA
Por abstracta e ideal que sea esta res publica no es, sin embargo, inmune a los
golpes. Sobre todo en los últimos cincuenta años se ha convertido, de hecho, en
víctima de la dictadura del pragmatismo y la inmediatez, así como de la
estrechez de miras de gobiernos de una u otra orientación que, si en algo han
coincidido en lo que a educación se refiere, ha sido en maltratar al latín, y aún
más al griego. Y hablo aquí del caso que mejor conozco, el del sistema educativo
español. En el plan de estudios que se implantó tras la Guerra Civil el latín era
obligatorio en todos los cursos. El plan de 1957 lo redujo a dos cursos para todos
los estudiantes y otros dos opcionales, para los alumnos de Letras. En la década
de los sesenta se añadió otro año de latín, en el PREU y futuro COU. En 1970 el
sistema cambió con la Ley General de Educación de Villar Palasí. Se redujo la
obligatoriedad de estudiar latín a un año, ese 2º de BUP que se disponía a
iniciar la adolescente indignada con la que comenzábamos, y se ofertaba dos
años más para los alumnos de Letras. La debacle se empezó a fraguar con la tan
denostada LOGSE, que eliminó el latín de la Enseñanza Secundaria Obligatoria
(ESO) y lo mantuvo tan solo en los Bachilleratos de Ciencias Sociales y
Humanidades ¡como optativa! ¿cómo puede concebirse un bachillerato de
Humanidades sin latín, la lengua en la que por vez primera se habló de la
humanitas, que vincula la esencia humana a la cultura? La fugaz LOCE apenas
tuvo tiempo de implantarse antes de ser derogada. Incorporaba, no obstante,
cierta mejora que afortunadamente la LOE hizo propia, un año de latín en 4º de
la ESO para alumnos ya orientados hacia el Bachillerato de Humanidades,
donde latín y griego pasaban a ser asignaturas de modalidad y, en consecuencia,
obligatorias. En el momento de redactar este artículo hay ya sobre la mesa un
nuevo proyecto de ley, el de la LOMCE del ministro Wert, que no solo no ha
hecho obligatorio el latín para todos los estudiantes de 4º de la ESO al margen
de su orientación, tal y como se había anunciado hace unos meses, sino que
elimina toda mención específica a la cultura clásica, asignatura optativa de
amplia tradición hasta la fecha y evidente cantera de futuros estudiantes de
latín; y, aun peor, vuelve a degradar el griego a la categoría de optativa
condenándolo a la práctica desaparición de casi todos los centros, que no
tendrán la obligación de incluirlo en su oferta educativa. En cuanto a nuestro
latín, se mantiene, más o menos, como estaba. Veremos, no obstante, cómo se
las apaña sin la presencia segura de la cultura clásica y sin su compañero
natural, el griego. Ya antes señalamos la importancia que esta lengua tuvo en el
desarrollo del latín y la experiencia nos enseña que los beneficios del estudio
simultáneo de ambas lenguas son innumerables. Yo misma los constato día a
día como única profesora de lenguas clásicas en el instituto donde trabajo.
¿POR QUÉ / PARA QUÉ ESTUDIAR LATÍN?
Quizá se estén preguntando ustedes, sin embargo, por qué, o mejor, para qué
van a estudiar latín nuestros jóvenes en pleno siglo XXI, cuando hace ya tiempo
que le legó el testigo al inglés, o incluso al castellano, como lengua de imperio y
apenas se emplea ya, al parecer, en el Vaticano. Recuerden, si no, que cuando la
fumata blanca dibujó el nombre de Ratzinger en 2005, aducían los expertos
como muestra de su conservadurismo, antes que su presidencia de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, institución sucesora de la Santa
Inquisición, que el nuevo Papa era partidario de la restitución del latín como
lengua de culto. Hasta la Iglesia parece haberla dejado atrás. ¿No es, pues,
anacrónico su estudio? La respuesta es un no rotundo. Veamos por qué.
El latín puede haber quedado reducido hace siglos a la categoría de lengua de
corpus, es decir, limitada a un número finito de textos, pero se halla muy lejos
aún del rigor mortis, es decir, de la rigidez de la muerte. Rigor mortis, corpus,
res publica, ex nihilo... son algunos de los latinismos que he empleado hasta
ahora y que como curriculum vitae, statu quo, grosso modo, sensu stricto, a
priori, deficit, superavit, etc. (et cetera, por cierto) aparecen con plena
naturalidad en la prensa escrita, los informativos o conversaciones más o menos
cotidianas. Esas conversaciones se sirven además como vehículo de lenguas
románicas como el castellano, el portugués, el catalán, el francés, el italiano...
cuya práctica totalidad de términos se hallaban ya presentes, obvio es que con
ligeras variaciones, en latín vulgar. El español “lengua”, portugués e italiano
“lingua”, francés “langue”, son, por ejemplo, evolución directa y evidente del
latín linguam. No hará falta, así pues, explicitar los beneficios que aportan unos
conocimientos básicos de latín al aprendizaje de un idioma derivado. O no
derivado. El inglés, en efecto, es, como ya dijimos, una lengua germánica y, sin
embargo, los términos germánicos, presentes en ella desde sus orígenes, son
minoría en un diccionario dominado en sus ¡tres cuartas partes! por palabras
latinas o griegas, adoptadas directamente o a través del francés por la vía del
préstamo en la época de la dominación normanda. Que el sustantivo inglés para
indicar una salida, exit, sea la tercera persona de singular del presente de
indicativo del verbo exeo, que significa, a su vez, ‘salir’, no puede ser una
casualidad. Como tampoco lo es que el sustantivo inglés para ‘coartada’, alibi,
sea en latín un adverbio que significa ‘en otro lugar’. ¿Alguna vez se han
preguntado por qué el plural del inglés cactus es cacti? Porque cactus es un
nominativo de singular de la segunda declinación y su plural ha de ser, en
consecuencia, cacti.
El latín, aunque en menor medida que el griego, está también en la base de
buena parte del léxico específico de disciplinas científicas y técnicas, como es
lógico si se tiene en cuenta que fue la lengua de la docencia universitaria
durante no pocos siglos. No es de extrañar, pues, que los planes de estudio de
Medicina de hace años incluyeran una asignatura de léxico griego y latino, útil
para interpretar etimológicamente la infinidad de términos que los sufridos
estudiantes de anatomía se veían obligados a memorizar. Por todos es sabido
también que por obra y gracia de Linneo (siglo XVIII), toda especie animal o
vegetal descubierta por la ciencia ha de nombrarse forzosamente en latín, al
menos hasta hace unos pocos meses. No es escasa tampoco la presencia del
latín, de nuevo en compañía del griego, en la construcción de neologismos como
televisión, frigorífico, digital, altavoz, ordenador o bolígrafo.
Así que, después de todo, por más que se insista en la muerte del latín, nos
servimos de él constantemente, aunque la mayoría lo haga de modo
inconsciente. Como les repito a mis alumnos día sí y día también, hablamos
latín y griego sin saberlo. Podría añadir aquí otros argumentos igualmente
válidos, como la necesidad de volver una y otra vez a los textos antiguos, en su
lengua original, por supuesto, para interpretarlos conforme a las inquietudes de
cada época. Sin embargo, me temo que el señor dinero no atiende a este tipo de
razones, así que acabaré, tal como empecé, con una anécdota más que
reveladora.
Cuenta Primo Levi, superviviente de Auschwitz y autor de una magnífica y
sobrecogedora trilogía sobre su experiencia, cómo en el accidentado periplo que
lo llevó de vuelta a Turín vino a encontrarse en una gélida tarde con un joven
cura polaco que no entendía francés ni alemán y al que le preguntó ¡en latín!
dónde podía encontrar el comedor de la beneficiencia: Pater optime, ubi est
mensa pauperorum? Ya ven, en 1945 el latín del Bachillerato le permitió a
Primo Levi, químico de formación, comer caliente. Como dijo la poetisa
Wislawa Szymborska, “¿acaso puede alguien saber de antemano qué será
necesario y qué no lo será?”
Breve historia del latín

Breve historia del latín

  • 1.
    Blanco Pascual, C.,2013: “El latín, la lengua más exitosa del mundo”, Clío (especial 15), pp. 90- 97 Hace más septiembres de los que me gusta reconocer, tantos, de hecho, que por aquella época el latín aún era obligatorio para todos los bachilleres de quince años, al margen de sus propósitos científicos o humanísticos, asistí a una curiosa escena en un autobús urbano. Unos asientos por delante del mío, una adolescente hojeaba con desgana los libros de texto que su madre acababa de adquirir para ella en unos grandes almacenes, cuando, tras echarle un somero vistazo al de latín, protestó: “¿Latín? ¡pero si esto es romano, mamá!” La anécdota no solo es reveladora, si somos un tanto optimistas, de la frescura y la ingenuidad de la juventud, sino que nos permite introducir además la cuestión que aquí nos ocupa hoy, la de qué es el latín. Y es que, por tautológico que pueda parecernos el exabrupto de nuestra adolescente, indignada probablemente porque se le diera tan exótico nombre a la lengua de Ben-Hur, Espartaco, o el Nerón-Ustinov de Quo vadis?, lo cierto es que, al menos en sus inicios, el latín fue ciertamente romano. BREVE HISTORIA DEL LATÍN Según el historiador Tito Livio (s. I d. C.), Roma fue fundada por Rómulo en el año 753 a. C. tras una violenta reyerta que terminó en fratricidio. Los primeros pobladores de este enclave, situado donde con el tiempo estaría el Foro, al pie del monte Palatino, hablaban ya, sin duda, una forma arcaica de latín, que toma su nombre de la más amplia región del Lacio (Lazio en italiano, hoy todo un clásico del Calcio). La difusión de esta lengua corrió paralela a la expansión territorial romana, primero dentro de los límites de la península itálica y, con posterioridad, más allá de los Alpes, hasta alcanzar su máxima amplitud bajo el gobierno de Trajano (98-117 d. C.). En los tiempos en que este emperador nacido en la Bética regía los destinos del mundo, un ciudadano del extremo más occidental de la actual Galicia podía entenderse en latín con otro del Norte de África o de lo que hoy es Rumanía. El latín no era ya, así pues, solo romano, o solo lo era en la medida en que “Roma” servía para designar a todo un Imperio; se había convertido ya, como dijo Tore Janson (A Natural History of Latin, Oxford University Press), en “la lengua más exitosa del mundo”, título que ostentaría aún durante más de mil años. Volvamos ahora, en cambio, a los tiempos en que el latín era el humilde vehículo de expresión de un puñado de pastores y granjeros del Lacio y preguntémonos por el origen de esta lengua, que, claro está, no surgió ex nihilo, de la nada. El latín, como el griego, el sánscrito, el hitita, el persa, las lenguas germánicas (entre ellas, por supuesto, el inglés), célticas, eslavas, etc., como todas las lenguas de Europa a excepción del euskera, el finés y el húngaro, y como buena parte de las de Asia, es una lengua indoeuropea. Desciende, pues,
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    del indoeuropeo, delque no disponemos de testimonios escritos y que ha sido reconstruido por los lingüistas, y aún lo es, a partir de la comparación entre las lenguas derivadas históricas, aquellas que sí nos han dejado pruebas gráficas de su existencia; entre ellas, claro está, el latín. Los primeros textos latinos poco tenían que ver con las secas descripciones gálicas de Julio César o los jugosos párrafos de Cicerón con los que todavía se pelean los heroicos estudiantes de Secundaria que, por diferentes motivos, siguen eligiendo el latín. Tradicionalmente se ha venido considerando que el más antiguo de ellos es la fíbula u horquilla de Preneste, que presenta la siguiente inscripción: Manius me fecit Numerio, a saber, “Manio me hizo para Numerio”. Ya procedan ciertamente estas palabras del siglo VI a. C., ya sean el resultado de una falsificación del XIX, como últimamente se tiende a creer, lo cierto es que aún habría que esperar hasta el siglo III a. C. para dar por inaugurada la literatura romana, curiosamente con una traducción al latín que Livio Andronico hizo de la Odisea de Homero. Algo posterior es el comediógrafo Plauto, primer autor latino del que conservamos una obra completa, también de fuerte influencia griega. Los nombres, los escenarios, los temas, las tramas y los versos de la palliata, que así se llamaba este tipo de comedia, son helénicos. Los propios autores fueron, de hecho, conscientes de la deuda contraída con sus vecinos del Este. Así lo reflejó Horacio (s. I d. C.), el poeta del carpe diem, en sus versos Graecia capta ferum victorem cepit et artis / intulit in agresti Latio, a saber, “la Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor y las artes llevó al agreste Lacio”. Los romanos, tan pragmáticos como el tópico afirma, supieron reconocer la superioridad cultural de Grecia, que había pasado a ser una provincia más de Roma en el 146 a. C., y la explotaron como modelo ad maiorem gloriam de sus propias Letras. Sin embargo, aún estaba el latín lejos de alcanzar la perfección formal que nos permite, en puridad, hablar de Clasicismo y hacia la que se volvería, siglos después, el Renacimiento. Dicha perfección le llegó en el s. I a. C de la mano de un orador como Cicerón, autor de las célebres Catilinarias, de un historiador como Tito Livio, y de poetas como Virgilio, Horacio, Propercio u Ovidio. Con la excepción de Cicerón, algo anterior en el tiempo y asesinado, de hecho, por orden de Marco Antonio con la connivencia de Octavio Augusto, y al margen también de Ovidio, al que el citado Augusto envió al destierro por motivos aún desconocidos, se movieron todos estos autores en una órbita más o menos cercana al primer emperador de Roma y contribuyeron con su arte a la consecución de su proyecto de paz y prosperidad. Virgilio, por ejemplo, le concedió antepasados divinos, la misma Venus, en su Eneida. Mientras Cicerones y Virgilios llevaban su lengua a cotas inalcanzables y prefiguraban, sin saberlo, el plan de estudios de generaciones y generaciones de bachilleres, el ciudadano de a pie hablaba, como quería y podía, sobre el tiempo,
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    el precio delgrano o los vecinos de al lado. Y no lo hacía, claro está, en prosa rítmica ni en versos hexámetros. Se servía, en cambio, del llamado sermo vulgaris, al que los académicos han denominado latín vulgar. No ha de verse en el adjetivo “vulgar” sentido peyorativo alguno, sino que este latín no es más que el habla corriente del común de la población. Las fuentes para el estudio de este latín son escasas, como es lógico, pues no había en la Antigüedad magnetófonos y la gran mayoría de la población era incapaz de escribir. Disponemos, no obstante, de algunos testimonios interesantes, como los grafiti pompeyanos salvados para nosotros por el manto de ceniza con el que el Vesubio sepultó la ciudad en el 79 d. C. En estas pintadas, dedicadas a pedir el voto para uno u otro candidato, o a describir los servicios sexuales de esta o aquella prostituta, se documentan ya algunas de las características propias de las lenguas románicas: monoptongación del diptongo -ae en -e (hec por haec), sonorización de oclusivas sordas en posición intervocálica (pagato por pacato), confusión en el uso de los casos, etc. Y no es de extrañar, pues las distintas lenguas románicas, el castellano, gallego, portugués, catalán, francés, italiano, rumano, etc. son evolución directa de este latín, del latín que cambiaba e iba poco a poco convirtiéndose en otra cosa mientras en las escuelas de retórica se seguía enseñando el latín inmutable e inmortal de Cicerón. No ha de sorprendernos esta fractura entre latín hablado y literario. Todos los usuarios de una lengua emplean, de hecho, un registro más cuidado y fiel a las normas gramaticales cuando redactan un escrito; o deberían hacerlo, al menos. En el caso del latín, sin embargo, la brecha entre ambas normas se fue haciendo más y más grande con el paso de los siglos, acrecentada cada vez más por la coyuntura histórica. La caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d. C. trajo consigo, entre otros cambios significativos, la quiebra paulatina de la compleja red administrativa y de comunicaciones que unía los diferentes núcleos de población, de suerte que los contactos entre estos se redujeron al mínimo, así como también trajo consigo el fin de las escuelas tradicionales de retórica. Se acrecentaron, pues, las variantes diatópicas, es decir, geográficas, entre los territorios en los que históricamente se acostumbraba a hablar latín y nacieron las diferentes lenguas románicas en un momento difícil de precisar. ¿Cuándo el latín deja de ser latín para convertirse en otra lengua? Suele señalarse una disposición del concilio de Tours (813) como acta fundacional de las lenguas románicas, pues en ella se establece que todos los sermones han de traducirse del latín in rusticam romanam linguam, es decir, “a la lengua romance del pueblo”, para favorecer su comprensión. Debía hacer ya tiempo que el latín del culto no se entendía. Solo los pocos que tenían acceso a las escuelas monásticas eran capaces de leer, escribir y, donde era preciso, expresarse en latín, pero solo tras haberlo estudiado. Lo que se hablaba de manera natural y espontánea, como lengua materna, era ya romance.
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    ¿Fue entonces cuandose produjo la tan cacareada muerte del latín? Solo en parte, en la medida que una lengua muere cuando deja de evolucionar. Quien desde aquí les escribe está dispuesta a admitir que castellano, francés, italiano... aunque evoluciones del latín vulgar, como bien refleja la práctica totalidad de su léxico, no son ya latín. No creo, sin embargo, que el latín sea una lengua muerta ni que debamos adoptar la mentada disposición del Concilio de Tours como acta de su defunción, pues el otro latín, llamémoslo el literario, fue durante casi mil años más el vehículo de expresión de todos los intelectuales que en Europa fueron. Santo Tomás de Aquino, Dante, Petrarca, Erasmo de Rotterdam, Kant y ¡hasta Karl Marx! se sirvieron en mayor o menor medida de la lengua a la que Cicerón llevó a la perfección. Y es que el latín supone para todos sus iniciados una res publica litteraria, es decir, un estado ilustrado, ajeno a las coordenadas espacio-temporales. Como afirma Wilfried Stroh (El latín ha muerto, ¡viva el latín!, ediciones del subsuelo), es precisamente la pretendida muerte del latín la que lo ha vuelto inmortal. EL LATÍN EN LA ESCUELA Por abstracta e ideal que sea esta res publica no es, sin embargo, inmune a los golpes. Sobre todo en los últimos cincuenta años se ha convertido, de hecho, en víctima de la dictadura del pragmatismo y la inmediatez, así como de la estrechez de miras de gobiernos de una u otra orientación que, si en algo han coincidido en lo que a educación se refiere, ha sido en maltratar al latín, y aún más al griego. Y hablo aquí del caso que mejor conozco, el del sistema educativo español. En el plan de estudios que se implantó tras la Guerra Civil el latín era obligatorio en todos los cursos. El plan de 1957 lo redujo a dos cursos para todos los estudiantes y otros dos opcionales, para los alumnos de Letras. En la década de los sesenta se añadió otro año de latín, en el PREU y futuro COU. En 1970 el sistema cambió con la Ley General de Educación de Villar Palasí. Se redujo la obligatoriedad de estudiar latín a un año, ese 2º de BUP que se disponía a iniciar la adolescente indignada con la que comenzábamos, y se ofertaba dos años más para los alumnos de Letras. La debacle se empezó a fraguar con la tan denostada LOGSE, que eliminó el latín de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) y lo mantuvo tan solo en los Bachilleratos de Ciencias Sociales y Humanidades ¡como optativa! ¿cómo puede concebirse un bachillerato de Humanidades sin latín, la lengua en la que por vez primera se habló de la humanitas, que vincula la esencia humana a la cultura? La fugaz LOCE apenas tuvo tiempo de implantarse antes de ser derogada. Incorporaba, no obstante, cierta mejora que afortunadamente la LOE hizo propia, un año de latín en 4º de la ESO para alumnos ya orientados hacia el Bachillerato de Humanidades, donde latín y griego pasaban a ser asignaturas de modalidad y, en consecuencia, obligatorias. En el momento de redactar este artículo hay ya sobre la mesa un nuevo proyecto de ley, el de la LOMCE del ministro Wert, que no solo no ha hecho obligatorio el latín para todos los estudiantes de 4º de la ESO al margen
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    de su orientación,tal y como se había anunciado hace unos meses, sino que elimina toda mención específica a la cultura clásica, asignatura optativa de amplia tradición hasta la fecha y evidente cantera de futuros estudiantes de latín; y, aun peor, vuelve a degradar el griego a la categoría de optativa condenándolo a la práctica desaparición de casi todos los centros, que no tendrán la obligación de incluirlo en su oferta educativa. En cuanto a nuestro latín, se mantiene, más o menos, como estaba. Veremos, no obstante, cómo se las apaña sin la presencia segura de la cultura clásica y sin su compañero natural, el griego. Ya antes señalamos la importancia que esta lengua tuvo en el desarrollo del latín y la experiencia nos enseña que los beneficios del estudio simultáneo de ambas lenguas son innumerables. Yo misma los constato día a día como única profesora de lenguas clásicas en el instituto donde trabajo. ¿POR QUÉ / PARA QUÉ ESTUDIAR LATÍN? Quizá se estén preguntando ustedes, sin embargo, por qué, o mejor, para qué van a estudiar latín nuestros jóvenes en pleno siglo XXI, cuando hace ya tiempo que le legó el testigo al inglés, o incluso al castellano, como lengua de imperio y apenas se emplea ya, al parecer, en el Vaticano. Recuerden, si no, que cuando la fumata blanca dibujó el nombre de Ratzinger en 2005, aducían los expertos como muestra de su conservadurismo, antes que su presidencia de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, institución sucesora de la Santa Inquisición, que el nuevo Papa era partidario de la restitución del latín como lengua de culto. Hasta la Iglesia parece haberla dejado atrás. ¿No es, pues, anacrónico su estudio? La respuesta es un no rotundo. Veamos por qué. El latín puede haber quedado reducido hace siglos a la categoría de lengua de corpus, es decir, limitada a un número finito de textos, pero se halla muy lejos aún del rigor mortis, es decir, de la rigidez de la muerte. Rigor mortis, corpus, res publica, ex nihilo... son algunos de los latinismos que he empleado hasta ahora y que como curriculum vitae, statu quo, grosso modo, sensu stricto, a priori, deficit, superavit, etc. (et cetera, por cierto) aparecen con plena naturalidad en la prensa escrita, los informativos o conversaciones más o menos cotidianas. Esas conversaciones se sirven además como vehículo de lenguas románicas como el castellano, el portugués, el catalán, el francés, el italiano... cuya práctica totalidad de términos se hallaban ya presentes, obvio es que con ligeras variaciones, en latín vulgar. El español “lengua”, portugués e italiano “lingua”, francés “langue”, son, por ejemplo, evolución directa y evidente del latín linguam. No hará falta, así pues, explicitar los beneficios que aportan unos conocimientos básicos de latín al aprendizaje de un idioma derivado. O no derivado. El inglés, en efecto, es, como ya dijimos, una lengua germánica y, sin embargo, los términos germánicos, presentes en ella desde sus orígenes, son minoría en un diccionario dominado en sus ¡tres cuartas partes! por palabras latinas o griegas, adoptadas directamente o a través del francés por la vía del
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    préstamo en laépoca de la dominación normanda. Que el sustantivo inglés para indicar una salida, exit, sea la tercera persona de singular del presente de indicativo del verbo exeo, que significa, a su vez, ‘salir’, no puede ser una casualidad. Como tampoco lo es que el sustantivo inglés para ‘coartada’, alibi, sea en latín un adverbio que significa ‘en otro lugar’. ¿Alguna vez se han preguntado por qué el plural del inglés cactus es cacti? Porque cactus es un nominativo de singular de la segunda declinación y su plural ha de ser, en consecuencia, cacti. El latín, aunque en menor medida que el griego, está también en la base de buena parte del léxico específico de disciplinas científicas y técnicas, como es lógico si se tiene en cuenta que fue la lengua de la docencia universitaria durante no pocos siglos. No es de extrañar, pues, que los planes de estudio de Medicina de hace años incluyeran una asignatura de léxico griego y latino, útil para interpretar etimológicamente la infinidad de términos que los sufridos estudiantes de anatomía se veían obligados a memorizar. Por todos es sabido también que por obra y gracia de Linneo (siglo XVIII), toda especie animal o vegetal descubierta por la ciencia ha de nombrarse forzosamente en latín, al menos hasta hace unos pocos meses. No es escasa tampoco la presencia del latín, de nuevo en compañía del griego, en la construcción de neologismos como televisión, frigorífico, digital, altavoz, ordenador o bolígrafo. Así que, después de todo, por más que se insista en la muerte del latín, nos servimos de él constantemente, aunque la mayoría lo haga de modo inconsciente. Como les repito a mis alumnos día sí y día también, hablamos latín y griego sin saberlo. Podría añadir aquí otros argumentos igualmente válidos, como la necesidad de volver una y otra vez a los textos antiguos, en su lengua original, por supuesto, para interpretarlos conforme a las inquietudes de cada época. Sin embargo, me temo que el señor dinero no atiende a este tipo de razones, así que acabaré, tal como empecé, con una anécdota más que reveladora. Cuenta Primo Levi, superviviente de Auschwitz y autor de una magnífica y sobrecogedora trilogía sobre su experiencia, cómo en el accidentado periplo que lo llevó de vuelta a Turín vino a encontrarse en una gélida tarde con un joven cura polaco que no entendía francés ni alemán y al que le preguntó ¡en latín! dónde podía encontrar el comedor de la beneficiencia: Pater optime, ubi est mensa pauperorum? Ya ven, en 1945 el latín del Bachillerato le permitió a Primo Levi, químico de formación, comer caliente. Como dijo la poetisa Wislawa Szymborska, “¿acaso puede alguien saber de antemano qué será necesario y qué no lo será?”