Problema:
Denigración de la vida del ser humano desde el momento de concepción,
utilizando los medios que propone la ciencia.
Considerado como una carga las personas que tienen diferentes capacidades
El descarte de los ancianos y con enfermedades terminales
OBJETIVO
Ante esta realidad, responder desde el magisterio de la Iglesia conforme a la
Divina Revelación.
DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA EN SUS ESTADIOS MÁS
VULNERABLES FRENTE A LA CULTURA DE LA MUERTE
I. AMENAZAS DEL ORIGEN DE LA VIDA
1. AMENAZAS TERAPEUTICOS
1.1. El aborto Químico………………………………………………………………………………………..00
1.2. La píldora RU -486……………………………………………………………………………………….00
1.3. La píldora del día siguiente……………………………………………………………………………00
2. El USO DE MEDIOS ARTIFICIALES PARA LA PROCRECIÓN UNA NUEVA VIDA
2.1. Biogenética
2.1.1. Inseminación artificial y acto procreador
2.2. Manipulación de la maternidad. Moralidad de la inseminación artificial IA
2.2.1. Moralidad de la inseminación homóloga “in vivo”
2.2.2. Moralidad de la inseminación homologa “in vitro”
2.2.3. Moralidad de la inseminación heteróloga
2.2.4. Vientres de Alquiler
3. A NIVEL CULTURAL
4.1 Ideología de género
4.2 Amenazas de la Cultura de la muerte
CAPITULO II
II DIGNIDAD DE PERSONA HUMANA DESDE EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
1. DOCUMENTOS DESTACADOS
1.1. Pacem In Terris
1.2. Dignitatis Humanae
1.3. Gaudium Et Spes
1.4. Humanae Vitae
1.5. Donum Vitae
1.6. El Catecismo De La Iglesia Católica
1.7. La Encíclica Evangelium Vitae
CAPITULO III
3. CONCLUSIONES PRÁCTICAS PARA LA DIMENSIÓN PASTORAL
2.1. En la vida Matrimonial
2.2. En la vida Familiar
2.3. En la vida de sociedad
1 IDEOLOGIAS
1.1 Ideología de género
1.2 ideología del gender
1.3 todas la ideologías que atentan contra la vida del ser humano
2. METODOS ANTICOCEPTIVOS
2.1 Píldora del día siguiente.
2.1 vasectomía
2.2 ligadura de trompas
2.3 y otros .....
3. QUIRÚRGICOS
3.1 Aborto
3.2 Eutanasia
3.3 suicidio
II PROPUESTA ORIGINAL DE DIOS
A. Desde la sagrada tradición o Santos Padres
b. Desde Sagrada Escritura
c. Desde los documentos del magisterio de la Iglesia.
III- APLICACIÓN PASTORAL
MORAL DE LA PERSONA
AUGUSTO SARMIENTO. TOMÁS TRIGO. ENRIQUE MOLINA
SEGUNDA PARTE
EL SENTIDO DE LA VIDA HUMANA
a. El valor de la vida humana
b. La inviolabilidad de la vida humana
c. El señor del hombre sobre su vida
EL RESPETO A LA VIDA NACIENTE
a. La dignidad del embrión humano
b. Las intervenciones técnicas en el proceso procreador: la Fecundación Artificial
 La inseminación artificial
 La fecundación in vitro y la transferencia embrional FIVET
c. El respeto a los embriones humanos
d. El aborto
LUIGI GIUSSANI
Congresointernacional teológico-pastoral “Los hijos, primaverade la
familia y de la sociedad”, organizado por el Consejo Pontificio para
la familia con ocasión del Jubileo de las familias.
Roma, 10-12 de octubre de 2000
1. «No fue Dios quien creó la muerte, ni se recrea en la destrucción
de los vivientes»
El hombre de hoy, como el de todos los tiempos, pertenece de
innumerables modos al Misterioque lo ha creado, y esta pertenencia
forma parte de su experiencia, lo quiera o no, sea o no consciente de
ello. La Biblia, la palabra que Dios ha dado al hombre para que se
convierta en luz que juzgue la raíz profunda de la que procede su
modode obrar, viene en nuestra ayudaparapoder comprendertodas
las cosas. Ya en las primeras páginas del Libro de la Sabiduría, la
cultura de la vida se opone a la cultura de la muerte. «No fue Dios
quien creó la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes;
Él todo lo creó para que subsistiera, las criaturas del mundo son
saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Hades
sobre la tierra, porque la justicia es inmortal» (Sb 1,13-15).
Dios nos ha creado con esta promesa: y ésta es la justicia.
Sin embargo, continúa el Librode la Sabiduría:«Pero los impíos con
las manos y las palabrasllaman a la muerte; teniéndola por amiga, se
desviven por ella, y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen
que les tenga por suyos. Porque se dicen discurriendo
desacertadamente:“Corta es y triste nuestra vida; nohay remedioen
la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades.
Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca
hubiéramos sido. Porque humo es el alimento de nuestra nariz y el
pensamiento, una chispa del latido de nuestro corazón; al apagarse,
el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire
inconsistente. Caerá con el tiempo nuestronombre en el olvido, nadie
se acordará de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de
nube, se disipará como niebla acosada por los rayos del sol y por su
calor vencida. Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay
retorno en nuestra muerte; porque se ha puesto el sello y nadie
regresa» (Sb 1,16; 2,1-5).
Como siempre, el texto bíblicoes una gran profecía acerca de la vida
del hombre. Pero creo que en este tiempo trágico dichas palabras
adquieren aún una mayor validez. En su encíclica dedicada al
Evangelio de la vida, Juan Pablo II escribe: «El Evangelio de la vida,
proclamadoal principiocon la creación del hombre a imagen de Dios
para un destino de vida plena y perfecta, parece estar en
contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra en
el mundo y oscurece el sentidode toda existencia humana. La muerte
entra por la envidiadel diabloy por el pecadode los primeros padres.
Y entra de un modo violento» (Evangelium vitae, 7).
Para los hombres de nuestra época, la realidad - cosas, personas,
deseos y proyectos - adquiere así el carácter que tan bien describe el
Librode la Sabiduría: una apariencia que infunde temor. Todoparece
tener la nada como nombre común. Y todo parece arrastrado por un
torbellinoque induce a decir: «Nuestra existencia es una sombra que
pasa». ¡Qué terrible es esta posición humana que acusa el impacto de
una negatividad absoluta y total, sin ningún remedio!
Sin embargo,esta actitud no es conforme a la naturalezadel hombre;
más bien es el resultadode un acto desleal, es fruto del insinuarse de
un factor extrañoa la vida humana tal como Dios la pensó y la creó.
El hombre no nace como una realidad negativa,destinadaa la nada,
sino como una promesa buena. El niño, apenas sale del seno de su
madre, gritaya el deseo de vida que teje su identidad;es sólo a causa
de una educación incorrecta, y con el tiempo, como llega a debilitarse
su estructura original, insinuándose la duda de que todo carezca de
sentido. Partir de la duda, convertirla en el punto de vista sobre la
realidad, no puede fundamentar una existencia personal, porque,
además, no corresponde a nada real.
Las palabras del Libro de la Sabiduría nos ayudan a comprender la
relación entre “Cultura de la vida y cultura de la muerte”, ya que son
un juicio sobre la mentalidad que rige hoy - consciente o
inconscientemente - la vida del pueblo e incluso la de muchos que se
dicen cristianos.
La muerte domina el sentir común, y extiende sobre todas las cosas el
velo de una apariencia que dura tan sólo un instante, como la nieve
bajo el sol. Y esta negatividadlleva a exaltar el instante fugaz de una
satisfacción momentánea, ya que el resto carece de cualquier
expectativa de duración.
Así describe el Libro de la Sabiduría la actitud de quienes de este
modo reducen su humanidad: «Venid, pues, y disfrutemos de los
bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de lajuventud.
Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, no se nos pase
ninguna flor primaveral, coronémonos de rosas antes que se
marchiten; ningún prado quede libre de nuestra orgía, dejemos por
doquier constancia de nuestroregocijo; que nuestra parte es ésta, ésta
nuestra herencia. Oprimamos al justo pobre, no perdonemos a la
viuda, norespetemos las canas llenas de años delanciano. Sea nuestra
fuerza norma de la justicia, que la debilidad, como se ve, de nada
sirve. Tendamos lazos al justo que nos fastidia,se enfrenta a nuestro
modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de
faltas contra nuestra educación. Se gloría de tener el conocimiento de
Dios y se llama a sí mismohijo del Señor. Es un reproche de nuestros
criterios, susola presencia nos es insufrible, llevauna vidadistinta de
todas y sus caminos son extraños. Nos tiene por bastardos, se aparta
de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte
final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre. Veamos si sus
palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito»
(Sb 2,6-17).
He aquí la descripción del mundo tal como lo conocemos, al menos
en los últimos siglos: la exaltación de la aparienciacomo única razón
para vivir; la hostilidad declarada hacia el que de alguna forma
afirma que es otra la consistencia de las cosas y que es distinta la
realidad que a partir de la experiencia se muestra con evidencia.
Como el justo del relato bíblico, también nosotros somos llamados
hoy a vivir una responsabilidad respecto de nuestros hermanos los
hombres, que se hallan envueltos en una especie de nube tóxica que
los vuelve insensatos y obceca su vista. Y la primera víctima de esta
contaminación general es la familia, ese nivel elemental de amistad
entre un hombre y una mujer que tiene asignada una tareaparticular:
colaborar con Dios en la extensión de la vida sobre la Tierra mediante
la procreación de los hijos.
¿Dónde se sitúa, pues, el problema de la cultura de la vida? Si
queremos responder a esta pregunta hemos de acudir a nuestra
experiencia elemental, a la que la Iglesia responde con el anuncio de
Cristo, muerto y resucitado, vivo por tanto mientras dure la historia,
hasta la eternidad.
2. El punto de partida del desarrollo de una cultura de la vida es el
reconocimiento de que la vida es misión. Jesús dice: «Yo he venido
para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Dios
asigna a la vida una finalidad que parece anularse con la muerte.
Nosotros poseemos la vocación cristiana. Y esto precede al hecho de
ser hombre o mujer: «Todos los bautizados en Cristo os habéis
revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni
hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en CristoJesús» (Ga
3,27-28). Existe un principio profundo que otorga al comienzo de la
relación afectiva entre un hombre y una mujer - comienzo de gracia
tan fascinante - un significadomuy distinto. Es el único principioque
puede garantizarla continuidad en el tiempoy la fidelidad. ¡Qué gran
verdad!: sin la conciencia que expresa san Pablo, la mentalidad
mundana - podemos decir también moderna -, que mira según los
ojos de la carne, que ve las cosas como las ven todos, con los ojos
naturales, tiene forzosamente en el divorcio, por poner un ejemplo,
su ideal de humanidad y de compasión. En efecto, resulta realmente
imposible concebir de otro modo la verdad de la relación. Lo que
permite la continuidad no es el amor natural del hombre y la mujer,
sino el amor del hombre y la mujer hecho posible por otro factor. En
el Bautismo se ha sembrado en nuestro ser este principio profundo:
mediante un signo en apariencia tan insignificante, Cristo nos ha
querido, nos ha tocado y elegido. ¿Para qué nos ha elegidoy por qué?
¿Acaso porque somos más coherentes y mejores que los demás? No.
«Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». La vida concebida
como misión es la única definición exhaustiva de la vida según Jesús,
y por eso la conciencia de la vida como misión cumple la conciencia
de uno mismo y del valor de todo lo que nace de nosotros. No partir
de aquí significa poner en primer plano otro factor cualquiera
derivado del sentimiento mundano de la existencia: el éxito, la
atención material a los hijos, la hospitalidad. Pero todo esto lo hacen
también los paganos. No haría falta ser cristianos para hacer estas
cosas.
¿Cuál es entonces la misión? ¿Para qué hemos sido enviados por el
Misterio al que pertenecemos? Juan Pablo II nos lo recuerda:
«Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice:
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn
10,10)» (Evangelium vitae,1). Y el capítuloXVIIdel evangeliode Juan
especifica: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y al que túhas enviado, Jesucristo»(Jn 17,3). Porque «todo
es vuestro, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es
vuestro; y vosotros, de Cristo» (1Co 3,21-23). Continúa la encíclica
papal: «Precisamente el anuncio de Jesús es el anuncio de la vida. Él
es el “Verbo de la vida” (1Jn 1,1). En él “la vida se hizo visible” (1Jn
1,2); él mismo es “la vida eterna, que estaba junto al Padre y se hizo
visible ante nosotros”... Este Evangelio de la vida se identifica con
Jesús mismo» (Evangelium vitae, 29).
Por eso, el punto de partida es la conversión de la persona a Cristo, la
liberación de la persona para que viva su vida cumpliendo el deber
de este anuncio, de forma cada vez más madura y consciente. Lo
afirma igualmente la liturgia del matrimonio: Dios concede los hijos
para que puedan ser regenerados (textualmente, según la antigua
fórmula del evangelio).
He aquí el punto de partida: la vida concebida como misión. De ahí
el corazón de cada uno hace brotar todo lo demás, pero sin ninguna
clase de automatismo, porque la libertad está siempre en juego, tal
como Dios ha querido en su relación con el hombre, con su criatura.
En cualquier caso, a partir de este inicio toma cuerpo una cultura de
la vida que afecta a los distintos aspectos de la existencia y de la
sociedad. Para el hombre y la mujer la familia es el comienzo
cotidianoy continuo de una sociedad nueva. Es la forma de relación
que testimonia de manera más humana lo que nos capacita para la
misión: el sacramento del Bautismo. Los demás sacramentos
incrementan esta capacitación. El matrimonio tiene un sentido
preciso: completar el rostro de mi sujeto misionero. Y la primera
misión es hacia la mujer y haciael marido; más aún, laprimeramisión
es hacia uno mismo. Un error en el que todos hemos caído es el de
pensar que la mera convivencia genera comunión, mientras que es el
misterio de Cristo en nosotros lo que genera la comunión.
3. La familia realiza suvocación a través de la educación de los hijos,
porque su finalidad no consiste simplemente en procrear, sino en
educar en el sentido de la vida. Al comienzode nuestro movimiento
surgióun canto que lo expresa muy bien: «Si nuestra voz no tiene un
porqué, es la pobre voz de un hombre que no tiene consistencia...
Toda la vida reclama la eternidad».
Fruto y síntoma de la conciencia misionera,y por tanto también de la
comunión que une al hombre y a la mujer, es la educación de los hijos.
Los niños crecen observando cómo vivimos los mayores. Por eso,
educar a los hijos significa hacerles partícipes de una realidad, la
comunión del hombre y de la mujer que les han dado la vida.
«Es principalmente mediante la educación de los hijos comola familia
cumple su misión de anunciar el Evangeliode la vida. Con la palabra
y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante
gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la
auténtica libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí. La tarea
educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los
hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de
Dios» (Evangelium vitae, 92).
Que una familia de nuestra sociedad se tome en serio la tarea
educativa no resulta tan obvio como podría parecer. El teólogo
Jungmann definía la educación comoayuda para introducira alguien
en la totalidad de la realidad. Esto, sin embargo, exige una riqueza de
intereses y preocupaciones, que nuestro clima social tiende a
desaconsejar, pues loque se pretende es que la vida de los adultos sea
lo más cómoda posible. Además, hoy se tiende a justificarlotodo, y a
eliminar incluso la distinción entre el bien y el mal. Por tanto, si por
un ladoresulta evidente que la familia es el primer ámbitoeducativo
(la primera estructura dinámica donde la naturaleza realiza su
capacidad de generar y desarrollarse), por otro, no hay que dar por
supuesto que la preocupación educativa sea la que guíe la presencia
y el proceder de los padres. En la confusión de valores que caracteriza
al mundo actual, el desarrollo de los hijos desde el punto de vista
humano se considera secundario con respecto a otras
preocupaciones: la salud, la preparación para conseguir un buen
puesto de trabajo y un estatus social.
Es necesario resaltar, sin embargo, que ningún clima ni contexto
histórico podrá jamás eludir lo que por naturaleza lleva el hombre
dentro, ni tampoco suprimir las ansias y exigencias que Dios hace
vibrarpor naturaleza en el corazón de sucriatura. Lomás importante
y necesariopara educar es también lo primeroque hoy se pierde; en
otro tiempo el clima social lo mantenía, aunque fuera de manera
inconsciente, hoy en cambiolo arranca.Para comprender qué es esto
tan necesario para educar, imaginemos a una madre que por la
mañana entra en el cuarto de su hijo para despertarlo. Suponed que
en un momento humanamente afortunadose detuviera a dos metros
de la cama y mirara cómo duerme esa criatura que ha salido de ella,
que antes no existía, casi ignorandoel hecho de que es suya, pensase:
«Quién sabe qué le deparará la vida, quién sabe qué se encontrará»,
y después añadiese: «Pero esta criatura tiene un destino, de otro
modo habría sido injusto e inútil traerla a la vida, porque traerla a la
vida significa exponerla a la posibilidad de grandes dolores». Es un
sentimientohumano, madre,pensar que ese niñoes tuyoy noes tuyo.
¡Tiene un destino totalmente propio! En términos cristianos se dice,
con una palabra cargada de significado, que tiene una vocación
propia, es decir, que ha sido llamado por Algo que no eres tú y este
Algolollama a una meta, a un fin que noeres tú, padre y madre. Aquí
se afirma la posibilidad de una cultura de la vida, es decir, del
desarrollo bueno de esa promesa con la que se nos ha traído a la
existencia.
Creo que la primera condición para poder educar a una criatura
humana - los hijos, primavera de la familia y de la sociedad - es que
exista cierta distancia, esa noción de respeto, ese sentido de temor y
temblor por el Misterio que habita en la criatura, que es tan tuya y,
sin embargo, no es tuya. Sin esto, ¿cómo podrían los padres respetar
y ayudar a dar pasos en un camino que nadie puede fijar, ni siquiera
el sujeto mismo? Padre y madre acabarían cumpliendo la terrible
profecía del Libro de la Sabiduría, en una posesión del hijo, al que
sofocan mientras lo estrechan.
En cambio, la distancia de la que estamos hablando es como el
sentimiento de no poder agotar la relación con el hijo al estréchalo
entre los brazos, al cogerlo de la mano o al imponerle lo que a
nosotros, adultos, nos parece más justo, verdadero o adecuado para
él. Es una distancia real, pero no existe unidad más profunda con el
hijo que la de unos padres que tratan de guiar a su criatura teniendo
siempre presente ese dato imponente y misteriosoque es su destino;
custodiando este pensamiento: que es un ser en relación con Algo
mucho más grande que nosotros, y que lo tenemos que acompañar
para que camine hacia su destino sirviéndose, paso a paso, de las
cosas y las circunstancias con las que se tope. Por esto yo tengo que
ayudarle a servirse de todo, a tomarse la vida de tal modo que su
camino, instante tras instante, tienda lomás posible hacia su destino.
De otra forma, sería inútile injustoque lohubiera engendradoporque
entonces sería inútil vivir. Tendrían razón los “impíos” del relato
bíblico.
Se educa a un hombre cuando se favorece en él el crecimiento de un
ideal, entendiendopor ideal algoúltimo, más grande que unomismo,
algopor lo que uno hace todo, más allá de sí mismo. En esto radica la
abolición del egoísmo y una defensa de la vida como caminohacia el
destino que Dios ha preparado para cada uno de nosotros.
4. La familia hace partícipe de la cultura de la vida no en solitario,
sino junto a otras familias. La unión con otras y el propagarse de esa
unidad constituyen el flujo del pueblo cristiano.
Hemos dicho que la familia es fundamental como factor educativo.
Hay que añadir en este punto, sin embargo, que supoder es reducido
y sobre todo frágil en el tiempo. La familia es como una casa, una
habitación sobre laque continuamente caen rayos. Lafamiliaestá hoy
tan cercada por las fuerzas sociales que, en ningún caso, puede salvar
por sí misma supropia capacidad educativa. En realidad, estoexcede
la situación actual. Recuerdo la novela El jardín de los Finzi-Contini:
el ideal de aquella familia era vivir resguardada tras los muros del
gran jardín, tan autosuficiente que parecía autónoma; pero esta
seguridad se ve destruida por un cambio fortuito de la historia.
No es inteligente ni sincero pretender educar contando sólo con el
instrumento de la familia. Siempre ha sido verdad, pero en nuestro
tiempoesto asume un valor trascendente, yaque si antes laresistencia
de la familia osu influencia sobre los niños podía cuantificarse en un
70% ahora se limita a un 5%.
¿Qué puede hacer la familia frente a la fuerza de una sociedad que
controla el ambiente familiarpor mediode la televisión?¿Qué puede
hacer frente a la escuela, donde el maestro está en disposición de
hacer lo que le apetece, y puede dañar a su antojo la conciencia del
niño, a veces de forma sistemática? ¿Qué puede hacer frente a la
publicidad? Ninguna familia puede resistir sola.
Por eso, la preocupación educativa de una familia es inteligente y
humana en la medida en que se decide a salir de una situación
cómoda, incluso merecida, para establecer relaciones que creen una
trama social que seoponga al clima social dominante. El lugar propio
de este esfuerzo es la comunión de la Iglesia. En su encíclica Mater et
magistraJuan XXIII indica la libertad de asociación como uno de los
diez derechos fundamentales del hombre. Escribe Juan Pablo II:
«Somos enviados como pueblo. El compromisoal serviciode la vida
obliga a todos y cada uno» (Evangelium vitae, 79).
Tener hijos a los que educar es la mejor ocasión que Dios da para
despertar la fe en nosotros. Hay un momento de la vida en el que,
quizá a través del ejemplo de otros, o por el sentimiento de
impotencia frente al deber de un comportamiento que debiéramos
asumir, la fe aparece como algointeresante no sólo para la eternidad,
sino también para esta vida, de forma que surge en el horizonte de
nuestra vida el alba de un día nuevo. «El Evangeliode la vidaes para
la ciudad de los hombres. Trabajaren favor de la vida es contribuir a
la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común»
(Evangeliumvitae, 101). Se empieza a percibir un sentido de la vida,
un gusto por vivir, una utilidadque a la vez que define el yo de cada
uno, abre una perspectiva nueva en el contexto mundanoque parece
inevitablemente abocadoa la muerte, es decir,a la nada. Pero, «nofue
Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los
vivientes; él todo lo creó para que subsistiera» (Sb 1,13-14). Ésta es la
gran promesa que el anuncio cristiano realiza definitivamente y con
seguridad, por la energía de Cristoresucitadoque ha vencidoy vence
al mundo.
«El Evangeliode la vida no es una mera reflexión, aunque original y
profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamientodestinado
a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la
sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor. El
Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque
consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús» (Evangelium
vitae, 29).
De esta forma el Evangelio de la vida se convierte en una cultura de
la vida, según la expresión de Juan Pablo II: «Una fe que no se
convierte en cultura es una fe no plenamente acogida, no
intensamente pensada, no fielmente vivida» (Congreso M.E.I.C.,
16.1.1982).

Esquema

  • 1.
    Problema: Denigración de lavida del ser humano desde el momento de concepción, utilizando los medios que propone la ciencia. Considerado como una carga las personas que tienen diferentes capacidades El descarte de los ancianos y con enfermedades terminales OBJETIVO Ante esta realidad, responder desde el magisterio de la Iglesia conforme a la Divina Revelación. DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA EN SUS ESTADIOS MÁS VULNERABLES FRENTE A LA CULTURA DE LA MUERTE I. AMENAZAS DEL ORIGEN DE LA VIDA 1. AMENAZAS TERAPEUTICOS 1.1. El aborto Químico………………………………………………………………………………………..00 1.2. La píldora RU -486……………………………………………………………………………………….00 1.3. La píldora del día siguiente……………………………………………………………………………00 2. El USO DE MEDIOS ARTIFICIALES PARA LA PROCRECIÓN UNA NUEVA VIDA 2.1. Biogenética 2.1.1. Inseminación artificial y acto procreador 2.2. Manipulación de la maternidad. Moralidad de la inseminación artificial IA 2.2.1. Moralidad de la inseminación homóloga “in vivo” 2.2.2. Moralidad de la inseminación homologa “in vitro” 2.2.3. Moralidad de la inseminación heteróloga 2.2.4. Vientres de Alquiler 3. A NIVEL CULTURAL 4.1 Ideología de género 4.2 Amenazas de la Cultura de la muerte CAPITULO II II DIGNIDAD DE PERSONA HUMANA DESDE EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA 1. DOCUMENTOS DESTACADOS 1.1. Pacem In Terris 1.2. Dignitatis Humanae 1.3. Gaudium Et Spes 1.4. Humanae Vitae 1.5. Donum Vitae
  • 2.
    1.6. El CatecismoDe La Iglesia Católica 1.7. La Encíclica Evangelium Vitae CAPITULO III 3. CONCLUSIONES PRÁCTICAS PARA LA DIMENSIÓN PASTORAL 2.1. En la vida Matrimonial 2.2. En la vida Familiar 2.3. En la vida de sociedad 1 IDEOLOGIAS 1.1 Ideología de género 1.2 ideología del gender
  • 3.
    1.3 todas laideologías que atentan contra la vida del ser humano 2. METODOS ANTICOCEPTIVOS 2.1 Píldora del día siguiente. 2.1 vasectomía 2.2 ligadura de trompas 2.3 y otros ..... 3. QUIRÚRGICOS 3.1 Aborto 3.2 Eutanasia 3.3 suicidio II PROPUESTA ORIGINAL DE DIOS A. Desde la sagrada tradición o Santos Padres b. Desde Sagrada Escritura c. Desde los documentos del magisterio de la Iglesia. III- APLICACIÓN PASTORAL MORAL DE LA PERSONA AUGUSTO SARMIENTO. TOMÁS TRIGO. ENRIQUE MOLINA SEGUNDA PARTE EL SENTIDO DE LA VIDA HUMANA a. El valor de la vida humana b. La inviolabilidad de la vida humana c. El señor del hombre sobre su vida EL RESPETO A LA VIDA NACIENTE a. La dignidad del embrión humano b. Las intervenciones técnicas en el proceso procreador: la Fecundación Artificial  La inseminación artificial  La fecundación in vitro y la transferencia embrional FIVET c. El respeto a los embriones humanos d. El aborto LUIGI GIUSSANI Congresointernacional teológico-pastoral “Los hijos, primaverade la familia y de la sociedad”, organizado por el Consejo Pontificio para la familia con ocasión del Jubileo de las familias.
  • 4.
    Roma, 10-12 deoctubre de 2000 1. «No fue Dios quien creó la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes» El hombre de hoy, como el de todos los tiempos, pertenece de innumerables modos al Misterioque lo ha creado, y esta pertenencia forma parte de su experiencia, lo quiera o no, sea o no consciente de ello. La Biblia, la palabra que Dios ha dado al hombre para que se convierta en luz que juzgue la raíz profunda de la que procede su modode obrar, viene en nuestra ayudaparapoder comprendertodas las cosas. Ya en las primeras páginas del Libro de la Sabiduría, la cultura de la vida se opone a la cultura de la muerte. «No fue Dios quien creó la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; Él todo lo creó para que subsistiera, las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Hades sobre la tierra, porque la justicia es inmortal» (Sb 1,13-15). Dios nos ha creado con esta promesa: y ésta es la justicia. Sin embargo, continúa el Librode la Sabiduría:«Pero los impíos con las manos y las palabrasllaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella, y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que les tenga por suyos. Porque se dicen discurriendo desacertadamente:“Corta es y triste nuestra vida; nohay remedioen la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. Porque humo es el alimento de nuestra nariz y el pensamiento, una chispa del latido de nuestro corazón; al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente. Caerá con el tiempo nuestronombre en el olvido, nadie se acordará de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de nube, se disipará como niebla acosada por los rayos del sol y por su calor vencida. Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte; porque se ha puesto el sello y nadie regresa» (Sb 1,16; 2,1-5). Como siempre, el texto bíblicoes una gran profecía acerca de la vida del hombre. Pero creo que en este tiempo trágico dichas palabras adquieren aún una mayor validez. En su encíclica dedicada al
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    Evangelio de lavida, Juan Pablo II escribe: «El Evangelio de la vida, proclamadoal principiocon la creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta, parece estar en contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra en el mundo y oscurece el sentidode toda existencia humana. La muerte entra por la envidiadel diabloy por el pecadode los primeros padres. Y entra de un modo violento» (Evangelium vitae, 7). Para los hombres de nuestra época, la realidad - cosas, personas, deseos y proyectos - adquiere así el carácter que tan bien describe el Librode la Sabiduría: una apariencia que infunde temor. Todoparece tener la nada como nombre común. Y todo parece arrastrado por un torbellinoque induce a decir: «Nuestra existencia es una sombra que pasa». ¡Qué terrible es esta posición humana que acusa el impacto de una negatividad absoluta y total, sin ningún remedio! Sin embargo,esta actitud no es conforme a la naturalezadel hombre; más bien es el resultadode un acto desleal, es fruto del insinuarse de un factor extrañoa la vida humana tal como Dios la pensó y la creó. El hombre no nace como una realidad negativa,destinadaa la nada, sino como una promesa buena. El niño, apenas sale del seno de su madre, gritaya el deseo de vida que teje su identidad;es sólo a causa de una educación incorrecta, y con el tiempo, como llega a debilitarse su estructura original, insinuándose la duda de que todo carezca de sentido. Partir de la duda, convertirla en el punto de vista sobre la realidad, no puede fundamentar una existencia personal, porque, además, no corresponde a nada real. Las palabras del Libro de la Sabiduría nos ayudan a comprender la relación entre “Cultura de la vida y cultura de la muerte”, ya que son un juicio sobre la mentalidad que rige hoy - consciente o inconscientemente - la vida del pueblo e incluso la de muchos que se dicen cristianos. La muerte domina el sentir común, y extiende sobre todas las cosas el velo de una apariencia que dura tan sólo un instante, como la nieve bajo el sol. Y esta negatividadlleva a exaltar el instante fugaz de una satisfacción momentánea, ya que el resto carece de cualquier expectativa de duración.
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    Así describe elLibro de la Sabiduría la actitud de quienes de este modo reducen su humanidad: «Venid, pues, y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de lajuventud. Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, no se nos pase ninguna flor primaveral, coronémonos de rosas antes que se marchiten; ningún prado quede libre de nuestra orgía, dejemos por doquier constancia de nuestroregocijo; que nuestra parte es ésta, ésta nuestra herencia. Oprimamos al justo pobre, no perdonemos a la viuda, norespetemos las canas llenas de años delanciano. Sea nuestra fuerza norma de la justicia, que la debilidad, como se ve, de nada sirve. Tendamos lazos al justo que nos fastidia,se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación. Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismohijo del Señor. Es un reproche de nuestros criterios, susola presencia nos es insufrible, llevauna vidadistinta de todas y sus caminos son extraños. Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre. Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito» (Sb 2,6-17). He aquí la descripción del mundo tal como lo conocemos, al menos en los últimos siglos: la exaltación de la aparienciacomo única razón para vivir; la hostilidad declarada hacia el que de alguna forma afirma que es otra la consistencia de las cosas y que es distinta la realidad que a partir de la experiencia se muestra con evidencia. Como el justo del relato bíblico, también nosotros somos llamados hoy a vivir una responsabilidad respecto de nuestros hermanos los hombres, que se hallan envueltos en una especie de nube tóxica que los vuelve insensatos y obceca su vista. Y la primera víctima de esta contaminación general es la familia, ese nivel elemental de amistad entre un hombre y una mujer que tiene asignada una tareaparticular: colaborar con Dios en la extensión de la vida sobre la Tierra mediante la procreación de los hijos. ¿Dónde se sitúa, pues, el problema de la cultura de la vida? Si queremos responder a esta pregunta hemos de acudir a nuestra experiencia elemental, a la que la Iglesia responde con el anuncio de
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    Cristo, muerto yresucitado, vivo por tanto mientras dure la historia, hasta la eternidad. 2. El punto de partida del desarrollo de una cultura de la vida es el reconocimiento de que la vida es misión. Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Dios asigna a la vida una finalidad que parece anularse con la muerte. Nosotros poseemos la vocación cristiana. Y esto precede al hecho de ser hombre o mujer: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en CristoJesús» (Ga 3,27-28). Existe un principio profundo que otorga al comienzo de la relación afectiva entre un hombre y una mujer - comienzo de gracia tan fascinante - un significadomuy distinto. Es el único principioque puede garantizarla continuidad en el tiempoy la fidelidad. ¡Qué gran verdad!: sin la conciencia que expresa san Pablo, la mentalidad mundana - podemos decir también moderna -, que mira según los ojos de la carne, que ve las cosas como las ven todos, con los ojos naturales, tiene forzosamente en el divorcio, por poner un ejemplo, su ideal de humanidad y de compasión. En efecto, resulta realmente imposible concebir de otro modo la verdad de la relación. Lo que permite la continuidad no es el amor natural del hombre y la mujer, sino el amor del hombre y la mujer hecho posible por otro factor. En el Bautismo se ha sembrado en nuestro ser este principio profundo: mediante un signo en apariencia tan insignificante, Cristo nos ha querido, nos ha tocado y elegido. ¿Para qué nos ha elegidoy por qué? ¿Acaso porque somos más coherentes y mejores que los demás? No. «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». La vida concebida como misión es la única definición exhaustiva de la vida según Jesús, y por eso la conciencia de la vida como misión cumple la conciencia de uno mismo y del valor de todo lo que nace de nosotros. No partir de aquí significa poner en primer plano otro factor cualquiera derivado del sentimiento mundano de la existencia: el éxito, la atención material a los hijos, la hospitalidad. Pero todo esto lo hacen también los paganos. No haría falta ser cristianos para hacer estas cosas.
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    ¿Cuál es entoncesla misión? ¿Para qué hemos sido enviados por el Misterio al que pertenecemos? Juan Pablo II nos lo recuerda: «Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10)» (Evangelium vitae,1). Y el capítuloXVIIdel evangeliode Juan especifica: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que túhas enviado, Jesucristo»(Jn 17,3). Porque «todo es vuestro, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro; y vosotros, de Cristo» (1Co 3,21-23). Continúa la encíclica papal: «Precisamente el anuncio de Jesús es el anuncio de la vida. Él es el “Verbo de la vida” (1Jn 1,1). En él “la vida se hizo visible” (1Jn 1,2); él mismo es “la vida eterna, que estaba junto al Padre y se hizo visible ante nosotros”... Este Evangelio de la vida se identifica con Jesús mismo» (Evangelium vitae, 29). Por eso, el punto de partida es la conversión de la persona a Cristo, la liberación de la persona para que viva su vida cumpliendo el deber de este anuncio, de forma cada vez más madura y consciente. Lo afirma igualmente la liturgia del matrimonio: Dios concede los hijos para que puedan ser regenerados (textualmente, según la antigua fórmula del evangelio). He aquí el punto de partida: la vida concebida como misión. De ahí el corazón de cada uno hace brotar todo lo demás, pero sin ninguna clase de automatismo, porque la libertad está siempre en juego, tal como Dios ha querido en su relación con el hombre, con su criatura. En cualquier caso, a partir de este inicio toma cuerpo una cultura de la vida que afecta a los distintos aspectos de la existencia y de la sociedad. Para el hombre y la mujer la familia es el comienzo cotidianoy continuo de una sociedad nueva. Es la forma de relación que testimonia de manera más humana lo que nos capacita para la misión: el sacramento del Bautismo. Los demás sacramentos incrementan esta capacitación. El matrimonio tiene un sentido preciso: completar el rostro de mi sujeto misionero. Y la primera misión es hacia la mujer y haciael marido; más aún, laprimeramisión es hacia uno mismo. Un error en el que todos hemos caído es el de pensar que la mera convivencia genera comunión, mientras que es el misterio de Cristo en nosotros lo que genera la comunión.
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    3. La familiarealiza suvocación a través de la educación de los hijos, porque su finalidad no consiste simplemente en procrear, sino en educar en el sentido de la vida. Al comienzode nuestro movimiento surgióun canto que lo expresa muy bien: «Si nuestra voz no tiene un porqué, es la pobre voz de un hombre que no tiene consistencia... Toda la vida reclama la eternidad». Fruto y síntoma de la conciencia misionera,y por tanto también de la comunión que une al hombre y a la mujer, es la educación de los hijos. Los niños crecen observando cómo vivimos los mayores. Por eso, educar a los hijos significa hacerles partícipes de una realidad, la comunión del hombre y de la mujer que les han dado la vida. «Es principalmente mediante la educación de los hijos comola familia cumple su misión de anunciar el Evangeliode la vida. Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de Dios» (Evangelium vitae, 92). Que una familia de nuestra sociedad se tome en serio la tarea educativa no resulta tan obvio como podría parecer. El teólogo Jungmann definía la educación comoayuda para introducira alguien en la totalidad de la realidad. Esto, sin embargo, exige una riqueza de intereses y preocupaciones, que nuestro clima social tiende a desaconsejar, pues loque se pretende es que la vida de los adultos sea lo más cómoda posible. Además, hoy se tiende a justificarlotodo, y a eliminar incluso la distinción entre el bien y el mal. Por tanto, si por un ladoresulta evidente que la familia es el primer ámbitoeducativo (la primera estructura dinámica donde la naturaleza realiza su capacidad de generar y desarrollarse), por otro, no hay que dar por supuesto que la preocupación educativa sea la que guíe la presencia y el proceder de los padres. En la confusión de valores que caracteriza al mundo actual, el desarrollo de los hijos desde el punto de vista humano se considera secundario con respecto a otras
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    preocupaciones: la salud,la preparación para conseguir un buen puesto de trabajo y un estatus social. Es necesario resaltar, sin embargo, que ningún clima ni contexto histórico podrá jamás eludir lo que por naturaleza lleva el hombre dentro, ni tampoco suprimir las ansias y exigencias que Dios hace vibrarpor naturaleza en el corazón de sucriatura. Lomás importante y necesariopara educar es también lo primeroque hoy se pierde; en otro tiempo el clima social lo mantenía, aunque fuera de manera inconsciente, hoy en cambiolo arranca.Para comprender qué es esto tan necesario para educar, imaginemos a una madre que por la mañana entra en el cuarto de su hijo para despertarlo. Suponed que en un momento humanamente afortunadose detuviera a dos metros de la cama y mirara cómo duerme esa criatura que ha salido de ella, que antes no existía, casi ignorandoel hecho de que es suya, pensase: «Quién sabe qué le deparará la vida, quién sabe qué se encontrará», y después añadiese: «Pero esta criatura tiene un destino, de otro modo habría sido injusto e inútil traerla a la vida, porque traerla a la vida significa exponerla a la posibilidad de grandes dolores». Es un sentimientohumano, madre,pensar que ese niñoes tuyoy noes tuyo. ¡Tiene un destino totalmente propio! En términos cristianos se dice, con una palabra cargada de significado, que tiene una vocación propia, es decir, que ha sido llamado por Algo que no eres tú y este Algolollama a una meta, a un fin que noeres tú, padre y madre. Aquí se afirma la posibilidad de una cultura de la vida, es decir, del desarrollo bueno de esa promesa con la que se nos ha traído a la existencia. Creo que la primera condición para poder educar a una criatura humana - los hijos, primavera de la familia y de la sociedad - es que exista cierta distancia, esa noción de respeto, ese sentido de temor y temblor por el Misterio que habita en la criatura, que es tan tuya y, sin embargo, no es tuya. Sin esto, ¿cómo podrían los padres respetar y ayudar a dar pasos en un camino que nadie puede fijar, ni siquiera el sujeto mismo? Padre y madre acabarían cumpliendo la terrible profecía del Libro de la Sabiduría, en una posesión del hijo, al que sofocan mientras lo estrechan.
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    En cambio, ladistancia de la que estamos hablando es como el sentimiento de no poder agotar la relación con el hijo al estréchalo entre los brazos, al cogerlo de la mano o al imponerle lo que a nosotros, adultos, nos parece más justo, verdadero o adecuado para él. Es una distancia real, pero no existe unidad más profunda con el hijo que la de unos padres que tratan de guiar a su criatura teniendo siempre presente ese dato imponente y misteriosoque es su destino; custodiando este pensamiento: que es un ser en relación con Algo mucho más grande que nosotros, y que lo tenemos que acompañar para que camine hacia su destino sirviéndose, paso a paso, de las cosas y las circunstancias con las que se tope. Por esto yo tengo que ayudarle a servirse de todo, a tomarse la vida de tal modo que su camino, instante tras instante, tienda lomás posible hacia su destino. De otra forma, sería inútile injustoque lohubiera engendradoporque entonces sería inútil vivir. Tendrían razón los “impíos” del relato bíblico. Se educa a un hombre cuando se favorece en él el crecimiento de un ideal, entendiendopor ideal algoúltimo, más grande que unomismo, algopor lo que uno hace todo, más allá de sí mismo. En esto radica la abolición del egoísmo y una defensa de la vida como caminohacia el destino que Dios ha preparado para cada uno de nosotros. 4. La familia hace partícipe de la cultura de la vida no en solitario, sino junto a otras familias. La unión con otras y el propagarse de esa unidad constituyen el flujo del pueblo cristiano. Hemos dicho que la familia es fundamental como factor educativo. Hay que añadir en este punto, sin embargo, que supoder es reducido y sobre todo frágil en el tiempo. La familia es como una casa, una habitación sobre laque continuamente caen rayos. Lafamiliaestá hoy tan cercada por las fuerzas sociales que, en ningún caso, puede salvar por sí misma supropia capacidad educativa. En realidad, estoexcede la situación actual. Recuerdo la novela El jardín de los Finzi-Contini: el ideal de aquella familia era vivir resguardada tras los muros del gran jardín, tan autosuficiente que parecía autónoma; pero esta seguridad se ve destruida por un cambio fortuito de la historia.
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    No es inteligenteni sincero pretender educar contando sólo con el instrumento de la familia. Siempre ha sido verdad, pero en nuestro tiempoesto asume un valor trascendente, yaque si antes laresistencia de la familia osu influencia sobre los niños podía cuantificarse en un 70% ahora se limita a un 5%. ¿Qué puede hacer la familia frente a la fuerza de una sociedad que controla el ambiente familiarpor mediode la televisión?¿Qué puede hacer frente a la escuela, donde el maestro está en disposición de hacer lo que le apetece, y puede dañar a su antojo la conciencia del niño, a veces de forma sistemática? ¿Qué puede hacer frente a la publicidad? Ninguna familia puede resistir sola. Por eso, la preocupación educativa de una familia es inteligente y humana en la medida en que se decide a salir de una situación cómoda, incluso merecida, para establecer relaciones que creen una trama social que seoponga al clima social dominante. El lugar propio de este esfuerzo es la comunión de la Iglesia. En su encíclica Mater et magistraJuan XXIII indica la libertad de asociación como uno de los diez derechos fundamentales del hombre. Escribe Juan Pablo II: «Somos enviados como pueblo. El compromisoal serviciode la vida obliga a todos y cada uno» (Evangelium vitae, 79). Tener hijos a los que educar es la mejor ocasión que Dios da para despertar la fe en nosotros. Hay un momento de la vida en el que, quizá a través del ejemplo de otros, o por el sentimiento de impotencia frente al deber de un comportamiento que debiéramos asumir, la fe aparece como algointeresante no sólo para la eternidad, sino también para esta vida, de forma que surge en el horizonte de nuestra vida el alba de un día nuevo. «El Evangeliode la vidaes para la ciudad de los hombres. Trabajaren favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común» (Evangeliumvitae, 101). Se empieza a percibir un sentido de la vida, un gusto por vivir, una utilidadque a la vez que define el yo de cada uno, abre una perspectiva nueva en el contexto mundanoque parece inevitablemente abocadoa la muerte, es decir,a la nada. Pero, «nofue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera» (Sb 1,13-14). Ésta es la gran promesa que el anuncio cristiano realiza definitivamente y con
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    seguridad, por laenergía de Cristoresucitadoque ha vencidoy vence al mundo. «El Evangeliode la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamientodestinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor. El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús» (Evangelium vitae, 29). De esta forma el Evangelio de la vida se convierte en una cultura de la vida, según la expresión de Juan Pablo II: «Una fe que no se convierte en cultura es una fe no plenamente acogida, no intensamente pensada, no fielmente vivida» (Congreso M.E.I.C., 16.1.1982).