La fiesta de la Inmaculada refleja la belleza y pureza de María, invitándonos a reconocer nuestra propia divinidad y ser inmaculado. La revelación de Dios a través de Jesús nos muestra que cada ser humano tiene un núcleo intocable y divino, similar al de María. Reconocer esto puede transformar nuestra comprensión de nosotros mismos y de los demás, llevándonos a simplicidad y pureza en la fe.