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LA LIBERTAD BAUTISMAL
Simón Pedro Arnold osb
La fe, el ser creyente es la fuente y el regalo más grande de libertad. Y cuando
transformamos nuestra fe por motivos religiosos en esclavitud, dominación, sumisión estamos
traicionando el motivo profundo de nuestra vida bautismal.
La Fe es la libertad. Quiero basarme en el misterio de vivir como bautizados. No me voy a
dedicar al rito del bautismo. También voy a denunciar en camino algunos discursos tradicionales
sobre el bautismo que haría del Bautismo una segunda oportunidad porque el nacimiento natural
fuera un fracaso, y no es así. Pero hay una serie de maneras de expresar, incluso en el propio rito,
donde el nacimiento humano es visto como algo más o menos truncado que habría que corregir por
el bautismo, y eso sería despreciar a Dios y despreciar a su Creación. Entonces no voy a entrar en
estos vocabularios, en estas visiones del “sacramento” como tal, como se está viviendo al interior
de la Liturgia; más bien me voy a quedar con el “vivir” como bautizado.
Y este vivir como bautizado tiene que ver, está muy conectado, está relacionado con la
experiencia del nacimiento. Vivir como bautizado es acoger nuestra vocación humana universal a
nacer, de nacer continuamente. Lo propio del ser humano es nacer en cada instante, incluso el
instante de la muerte es el último (o penúltimo, no sé lo que pasará después) nacimiento.
El corte del cordón umbilical cuando nacimos y salimos del seno materno es como el primer
intento, medio inconsciente, doloroso, de liberación. El seno materno aunque sea tan confortable,
tan cómodo, tan agradable y gozoso es un poco un primer Egipto porque ahí somos totalmente
dependientes. Y el instinto humano nos empuja en algún momento, y empuja a la madre también,
a liberarnos de esta seguridad esclavizante y arriesgar un corte: el corte del cordón. Y creo que este
corte simbólicamente se da cada mañana: cada mañana hay que cortar un cordón para avanzar en
la libertad. Nacer es procesar la libertad. El nacimiento como proceso permanente de liberación. A
partir de este primer corte, de este primer paso, cada instante de la vida es un corte, un paso más
hacia la conciencia de nuestra vocación de hijos e hijas de Dios que somos todos desde antes de la
concepción. No es el bautismo el que nos haría hijos (y sería un primer vocabulario que voy
denunciando). Somos hijos de Dios por vocación universal, por este germen de amor a imagen y
semejanza de Dios que está en cada criatura, y sobre todo en cada criatura humana. Entonces, cada
instante es nacer a esta identidad de hijos de Dios, es decir, plenamente libre.
Y nosotros los cristianos no solamente pensamos que está ahí el
germen, la posibilidad, la potencialidad de lo divino en cada uno de los
humanos, pero pensamos también que está presente en todos los humanos
Cristo. Que Cristo YA está presente como propuesta. No solamente como
potencialidad somos todos crísticos, pero para la Fe esta presencia, esta raíz
crítica de todo ser humano se vuelve una propuesta de liberación. Y ahí
aparece entonces la figura de Jesús nazareno. Cuando miramos la historia, la
caminata, la aventura de Jesús de Nazareth podemos constatar que todas las
etapas humanas de liberación han sido transitadas por él. Él ha sido el ser
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humano liberado por excelencia, el Hombre libre por excelencia, el humano plenamente liberado, y
por eso, en un vocabulario teológico, no biológico sino teológico, decimos que es verdaderamente
el Hijo de Dios, es Dios en la medida en que es plenamente liberado. Y cuando nos ponemos a
contemplar esta libertad de Jesús que es equivalente a su divinidad, y que nos ponemos en camino
hacia esta misma liberación, a esta manera crística de ser libre, también nosotros nos acercamos
cada vez más a la promesa de ser plenamente divinos en él y con él.
Entonces la vida bautismal o el bautismo, no es otro nacimiento, como si el primero fuera un
fracaso. El primer nacimiento no es un fracaso, es el primer empuje de lo divino hacia la libertad.
Libertad y divino es lo mismo (en mi reflexión de hoy). El bautismo es más bien el momento donde
se va revelando la presencia crística escondida en todo ser humano, y quizá podríamos decir en
todo el universo. Lo crístico, lo místico, lo divino invade todo el universo y en particular la
conciencia humana en proceso de liberación. Éramos “Cristo en vigía”, y el paso bautismal, el
encuentro con Cristo, porque es eso el paso bautismal. El paso bautismal no es una magia, un rito,
sino que es el choque, el encuentro con la persona maravillosa, extraordinariamente libre de Cristo;
y entonces, este choque, este encuentrón con Cristo desata en nosotros
un proceso de plena liberación. Libertad-divinidad, Cristo-el hombre
perfectamente libre y por eso divino, y en la medida en que chocamos
con Cristo, que nos encontramos con él (y eso es el Bautismo) se desata
en nosotros ese proceso de plena libertad de Cristo en nosotros. Pero
este Cristo ya estaba como propuesta, como potencialidad.
Esta divinización de la vida bautismal, esta liberación-divinización es lo mismo se expresa en
el amor fraterno. No está escrito en algún convenio con el cielo, no se trata de eso. Esta plena
libertad crística, esta plena divinidad libre a lo crístico se manifiesta directamente en el amor
fraterno. Sin amor fraterno el bautismo se frustra; sin amor fraterno el proceso de liberación divina
de cada ser humano se va frustrando. Y ahí vuelvo al capítulo 25 de San Mateo que dice “lo que
hicieron al más pequeño de los míos, especialmente al necesitado, me lo hicieron a mí”, esa es la
vida bautismal. Es cuando este proceso de liberación crística se vuelve acto de amor fraterno.
(…) profundizar un poco más la afirmación que parece sorprendente o escandalosa: que el
bautismo es revelación de nuestra verdadera identidad crística que la tenemos desde siempre. No
es que el Bautismo nos da esta identidad, sino que va revelando esto que está en nosotros,
simplemente porque somos fruto del amor de Dios. Entonces ese fruto es crístico, ya está Cristo en
nosotros. Qué significa esta cristificación? Liberación, esta libertad progresiva, crística en nosotros.
Varias cosas que son realmente revolucionarias, quizás es en esto que tenemos que trabajar en la
Cuaresma: en este “desatar la libertad de Cristo” en nosotros.
Primer rasgo de esta libertad que hay que desatar es el fin de toda jerarquía y toda
exclusión. En el bautismo nos dice San Pablo en la Carta a los Gálatas “no hay judío ni griego, libres
ni esclavos, hombres y mujeres; sino sólo Cristo en todos”. .. todos por el bautismo podemos tener
nombres diversos, nuestros particularismos, nuestras diversidades que no desaparecen con la
vivencia bautismal, no nos volvemos robots crísticos; pero con esta diversidad todos tenemos un
solo apellido, y ese apellido es Cristo: Cristo en todos. El apellido que nos libera absolutamente y
definitivamente. Entonces, primero, fin de toda jerarquía, de toda exclusión, de todo racismo, de
todo machismo, de todo sexismo, en fin todos los “ismos” desaparecen en la liberación crística
bautismal. También esta experiencia mística bautismal esta experiencia de bautizada, que es una
experiencia profundamente mística inaugura un nuevo humanismo. Hay un nuevo humanismo
bautismal que llamamos el Reino. Qué cosa es el Reino (también lo he expresado muchísimas
veces): es la reforma permanente de nuestras relaciones. (…) Cortar el cordón umbilical, nacer en
3
cada instante, eso mismo es reformar nuestras relaciones a la manera de Jesús. Por lo tanto el
Reino está ya en todo ese trabajo de liberación de nuestras relaciones, de toda violencia sobre
todo. Como liberamos nuestras relaciones de la violencia, de la competitividad, de todo eso, pero
todavía no está porque lo propio humano es renacer en cada momento, es decir, volver a cortar los
cordones umbilicales de la dependencia, de la esclavitud, del odio.
Contemplando la manera como el nazareno lleva sus relaciones entramos en la dinámica de
lo que llamo un “humanismo bautismal”, el Reino de relaciones crísticas. Por lo
tanto, (y creo que esto es importante, para denunciar el inconsciente de
nuestra concepción del bautismo) no hay ninguna mancha que habría que
borrar. Más bien estamos en un estado inacabado, incompleto; y por este
inacabamiento de toda naturaleza humana, de todo ser humano, hay que
trabajar lo nuestro. Pero no hay ninguna mancha que borrar sino una
capacidad dormida, una capacidad crística dormida en cada ser humano que
hay que despertar, y ese despertar es el bautismo. Cristo estaba en ti. Cuando
digo Cristo no es necesariamente el Jesús histórico, sino lo crístico como diría
San Pablo en la Carta a los Colosenses, como diría Teilhard de Chardin (…). Lo crístico, esta
dimensión cósmica de lo que nos reveló Jesús. En cada uno de nosotros está un Jesús Cristo
potencial, es decir una nueva manera de ser humano cada mañana. Él estaba desde siempre en ti
¡despiértalo! Esa es la vivencia bautismal. Este que está durmiendo en la barca de tu corazón, en
medio de la tempestad ¡despiértalo! en ti.
El bautizado entonces, si es eso, la gran libertad bautismal, un nuevo humanismo bautismal
y crístico, entonces el bautizado se vuelve señal de la verdadera libertad para todos. Qué maravilla!
Pero al mismo tiempo, qué responsabilidad. Cuando un discípulo pierde la capacidad de liberación
de sí mismo y de liberación de los demás, sino que se encajona en cumplimientos, en escrúpulos,
en culpabilidades, pierde su identidad bautismal. O por lo menos la paraliza, la detiene, ya no tiene
ningún sentido.
El bautismo no es para asegurar el Cielo. El bautismo es para vivir felices y plenamente libres
ahorita, aquí entre nosotros. Por eso es importante retomar la idea del pecado original, porque
justamente el imaginario de pecado original es como una fatalidad que pesaría sobre toda la
humanidad de manera injusta por culpa de un hombre: Adán (Adán no quiere decir una persona,
quiere decir “lo humano, la realidad humana”, eso ese Adán); cargar con todo el pecado de una
sola persona sería una terrible esclavitud: somos esclavos de Adán, por lo tanto esclavos de Dios.
No tiene sentido esta fatalidad! No es que una persona, cometió en algún momento un error, no es
eso. Pecado original quiere decir que “lo humano”, Adán, la criatura terrena que somos nosotros
hombres y mujeres, estamos misteriosamente inacabados. Y en este inacabamiento hay dolores,
sufrimientos, contradicciones, heridas… somos herederos de heridas, eso es verdad; no somos
esclavos fatalistas de un pecado de un personaje que nunca existió. Somos herederos
misteriosamente de la tragedia humana, ese es el pecado original. De “yo hago lo que no quiero, lo
que quiero no lo hago” como dice San Pablo. O del afán de poder, lo que vemos hoy día en el
mundo nuestro; este terrible afán de poder y de violencia.
Este es el misterio de “lo humano”, de lo terreno, nosotros. No lo podemos negar, esa
verdad está dentro de nosotros pero no es una esclavitud. Justamente el bautismo es la decisiónde
salir de esta contradicción. De buscar una vía que denuncia la falacia del poder. En el mito, lo que la
serpiente propone es la solución del poder, de la dominación, de la competitividad, de la violencia.
Es eso el árbol del conocimiento del bien y del mal, “lo vas a poseer todo” eran las tentaciones que
Jesús tuvo que soportar en el desierto; pero como era el hombre perfectamente libre paró esta
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tendencia nuestra, que llamamos el pecado original, de esta criatura inacabada
que siempre corre el riesgo de ir por el camino del poder, eso es el pecado
original. Bautismo es la decisión que tomamos, o que tomen por nosotros
(también podría tener sentido), pero sobre todo es una palabra adulta, por eso
la Confirmación es decir “sí, yo sigo, yo confirmo que tengo, que quiero buscar
otra vía que el pecado original, es decir, que la violencia, que el poder absoluto;
y que asumo mis contradicciones en este parto cotidiano de la humanidad
nueva”. Es una apuesta por la libertad plena de la fraternidad.
Entonces, sí eso nos hace feliz, porque la vida bautismal es una denuncia permanente de la
fatalidad. En este momento hay una gran tentación, un gran riesgo de pensar que el mal es una
fatalidad, que no podemos nada en contra del mal. La vida bautismal es la apuesta radical de
contrarrestar la fatalidad del mal y la utopía de una humanidad plenamente nueva en Cristo, como
dice San Pablo, es decir al estilo de Jesús. Esta tarea bautismal es una tarea permanente, no está
acabada, no es porque ha sido zambullido en la fuente bautismal que ya está hecho. No. Cada
instante hay que cortar el cordón umbilical de todas nuestras dependencias y todas nuestras
esclavitudes.
El reto para esta semana y para toda la vida es vivir esta libertad bautismal. En una vida
bautismal, por ejemplo, la marginación de la mujer, el patriarcalismo, el clericalismo no tienen
cabida. En una vida bautismal la exclusión y la violencia, y la lucha por el poder no tienen cabida. En
el Evangelio está tan claro: “no va a ser así entre ustedes”. Y en este tiempo de tanta violencia, de
tanta exclusión, es urgentísimo cortar la cabeza a todo brote de violencia apenas aparece en
nuestro corazón (…) Si dejamos crecer la violencia en nuestras relaciones interpersonales, primero,
ya no somos bautizados, no vivimos como bautizados, pero no tenemos derecho de denunciar la
violencia del otro. Si tú no pones un “pare” total a la violencia tuya no tienes derecho de denunciar
la violencia del otro. Entonces, sí muchas veces vivimos como personas, como creyentes, como
Iglesia, de manera anti-bautismal. Somos anti-bautismales en nuestros estilos, por ejemplo cuando
buscamos los estilos de la apariencia; una Iglesia palaciega, por ejemplo, que el Papa denuncia
constantemente; en nuestros discursos: la Liturgia está plagada de expresiones anti-bautismales:
“merecer”… o sea, una serie de expresiones que van en contra de todo esto compartido. Los estilos,
los discursos y las prácticas nuestras son muchísimas veces anti-bautismales y hay que denunciarla,
primero a nosotros mismos.
Termino con mi lema: la Fe es la libertad y la conciencia bautismal es la cuna de la libertad en
Cristo.
Monasterio benedictino de la Resurrección, Chucuito –Puno Perú
Abril 2022

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  • 1. 1 LA LIBERTAD BAUTISMAL Simón Pedro Arnold osb La fe, el ser creyente es la fuente y el regalo más grande de libertad. Y cuando transformamos nuestra fe por motivos religiosos en esclavitud, dominación, sumisión estamos traicionando el motivo profundo de nuestra vida bautismal. La Fe es la libertad. Quiero basarme en el misterio de vivir como bautizados. No me voy a dedicar al rito del bautismo. También voy a denunciar en camino algunos discursos tradicionales sobre el bautismo que haría del Bautismo una segunda oportunidad porque el nacimiento natural fuera un fracaso, y no es así. Pero hay una serie de maneras de expresar, incluso en el propio rito, donde el nacimiento humano es visto como algo más o menos truncado que habría que corregir por el bautismo, y eso sería despreciar a Dios y despreciar a su Creación. Entonces no voy a entrar en estos vocabularios, en estas visiones del “sacramento” como tal, como se está viviendo al interior de la Liturgia; más bien me voy a quedar con el “vivir” como bautizado. Y este vivir como bautizado tiene que ver, está muy conectado, está relacionado con la experiencia del nacimiento. Vivir como bautizado es acoger nuestra vocación humana universal a nacer, de nacer continuamente. Lo propio del ser humano es nacer en cada instante, incluso el instante de la muerte es el último (o penúltimo, no sé lo que pasará después) nacimiento. El corte del cordón umbilical cuando nacimos y salimos del seno materno es como el primer intento, medio inconsciente, doloroso, de liberación. El seno materno aunque sea tan confortable, tan cómodo, tan agradable y gozoso es un poco un primer Egipto porque ahí somos totalmente dependientes. Y el instinto humano nos empuja en algún momento, y empuja a la madre también, a liberarnos de esta seguridad esclavizante y arriesgar un corte: el corte del cordón. Y creo que este corte simbólicamente se da cada mañana: cada mañana hay que cortar un cordón para avanzar en la libertad. Nacer es procesar la libertad. El nacimiento como proceso permanente de liberación. A partir de este primer corte, de este primer paso, cada instante de la vida es un corte, un paso más hacia la conciencia de nuestra vocación de hijos e hijas de Dios que somos todos desde antes de la concepción. No es el bautismo el que nos haría hijos (y sería un primer vocabulario que voy denunciando). Somos hijos de Dios por vocación universal, por este germen de amor a imagen y semejanza de Dios que está en cada criatura, y sobre todo en cada criatura humana. Entonces, cada instante es nacer a esta identidad de hijos de Dios, es decir, plenamente libre. Y nosotros los cristianos no solamente pensamos que está ahí el germen, la posibilidad, la potencialidad de lo divino en cada uno de los humanos, pero pensamos también que está presente en todos los humanos Cristo. Que Cristo YA está presente como propuesta. No solamente como potencialidad somos todos crísticos, pero para la Fe esta presencia, esta raíz crítica de todo ser humano se vuelve una propuesta de liberación. Y ahí aparece entonces la figura de Jesús nazareno. Cuando miramos la historia, la caminata, la aventura de Jesús de Nazareth podemos constatar que todas las etapas humanas de liberación han sido transitadas por él. Él ha sido el ser
  • 2. 2 humano liberado por excelencia, el Hombre libre por excelencia, el humano plenamente liberado, y por eso, en un vocabulario teológico, no biológico sino teológico, decimos que es verdaderamente el Hijo de Dios, es Dios en la medida en que es plenamente liberado. Y cuando nos ponemos a contemplar esta libertad de Jesús que es equivalente a su divinidad, y que nos ponemos en camino hacia esta misma liberación, a esta manera crística de ser libre, también nosotros nos acercamos cada vez más a la promesa de ser plenamente divinos en él y con él. Entonces la vida bautismal o el bautismo, no es otro nacimiento, como si el primero fuera un fracaso. El primer nacimiento no es un fracaso, es el primer empuje de lo divino hacia la libertad. Libertad y divino es lo mismo (en mi reflexión de hoy). El bautismo es más bien el momento donde se va revelando la presencia crística escondida en todo ser humano, y quizá podríamos decir en todo el universo. Lo crístico, lo místico, lo divino invade todo el universo y en particular la conciencia humana en proceso de liberación. Éramos “Cristo en vigía”, y el paso bautismal, el encuentro con Cristo, porque es eso el paso bautismal. El paso bautismal no es una magia, un rito, sino que es el choque, el encuentro con la persona maravillosa, extraordinariamente libre de Cristo; y entonces, este choque, este encuentrón con Cristo desata en nosotros un proceso de plena liberación. Libertad-divinidad, Cristo-el hombre perfectamente libre y por eso divino, y en la medida en que chocamos con Cristo, que nos encontramos con él (y eso es el Bautismo) se desata en nosotros ese proceso de plena libertad de Cristo en nosotros. Pero este Cristo ya estaba como propuesta, como potencialidad. Esta divinización de la vida bautismal, esta liberación-divinización es lo mismo se expresa en el amor fraterno. No está escrito en algún convenio con el cielo, no se trata de eso. Esta plena libertad crística, esta plena divinidad libre a lo crístico se manifiesta directamente en el amor fraterno. Sin amor fraterno el bautismo se frustra; sin amor fraterno el proceso de liberación divina de cada ser humano se va frustrando. Y ahí vuelvo al capítulo 25 de San Mateo que dice “lo que hicieron al más pequeño de los míos, especialmente al necesitado, me lo hicieron a mí”, esa es la vida bautismal. Es cuando este proceso de liberación crística se vuelve acto de amor fraterno. (…) profundizar un poco más la afirmación que parece sorprendente o escandalosa: que el bautismo es revelación de nuestra verdadera identidad crística que la tenemos desde siempre. No es que el Bautismo nos da esta identidad, sino que va revelando esto que está en nosotros, simplemente porque somos fruto del amor de Dios. Entonces ese fruto es crístico, ya está Cristo en nosotros. Qué significa esta cristificación? Liberación, esta libertad progresiva, crística en nosotros. Varias cosas que son realmente revolucionarias, quizás es en esto que tenemos que trabajar en la Cuaresma: en este “desatar la libertad de Cristo” en nosotros. Primer rasgo de esta libertad que hay que desatar es el fin de toda jerarquía y toda exclusión. En el bautismo nos dice San Pablo en la Carta a los Gálatas “no hay judío ni griego, libres ni esclavos, hombres y mujeres; sino sólo Cristo en todos”. .. todos por el bautismo podemos tener nombres diversos, nuestros particularismos, nuestras diversidades que no desaparecen con la vivencia bautismal, no nos volvemos robots crísticos; pero con esta diversidad todos tenemos un solo apellido, y ese apellido es Cristo: Cristo en todos. El apellido que nos libera absolutamente y definitivamente. Entonces, primero, fin de toda jerarquía, de toda exclusión, de todo racismo, de todo machismo, de todo sexismo, en fin todos los “ismos” desaparecen en la liberación crística bautismal. También esta experiencia mística bautismal esta experiencia de bautizada, que es una experiencia profundamente mística inaugura un nuevo humanismo. Hay un nuevo humanismo bautismal que llamamos el Reino. Qué cosa es el Reino (también lo he expresado muchísimas veces): es la reforma permanente de nuestras relaciones. (…) Cortar el cordón umbilical, nacer en
  • 3. 3 cada instante, eso mismo es reformar nuestras relaciones a la manera de Jesús. Por lo tanto el Reino está ya en todo ese trabajo de liberación de nuestras relaciones, de toda violencia sobre todo. Como liberamos nuestras relaciones de la violencia, de la competitividad, de todo eso, pero todavía no está porque lo propio humano es renacer en cada momento, es decir, volver a cortar los cordones umbilicales de la dependencia, de la esclavitud, del odio. Contemplando la manera como el nazareno lleva sus relaciones entramos en la dinámica de lo que llamo un “humanismo bautismal”, el Reino de relaciones crísticas. Por lo tanto, (y creo que esto es importante, para denunciar el inconsciente de nuestra concepción del bautismo) no hay ninguna mancha que habría que borrar. Más bien estamos en un estado inacabado, incompleto; y por este inacabamiento de toda naturaleza humana, de todo ser humano, hay que trabajar lo nuestro. Pero no hay ninguna mancha que borrar sino una capacidad dormida, una capacidad crística dormida en cada ser humano que hay que despertar, y ese despertar es el bautismo. Cristo estaba en ti. Cuando digo Cristo no es necesariamente el Jesús histórico, sino lo crístico como diría San Pablo en la Carta a los Colosenses, como diría Teilhard de Chardin (…). Lo crístico, esta dimensión cósmica de lo que nos reveló Jesús. En cada uno de nosotros está un Jesús Cristo potencial, es decir una nueva manera de ser humano cada mañana. Él estaba desde siempre en ti ¡despiértalo! Esa es la vivencia bautismal. Este que está durmiendo en la barca de tu corazón, en medio de la tempestad ¡despiértalo! en ti. El bautizado entonces, si es eso, la gran libertad bautismal, un nuevo humanismo bautismal y crístico, entonces el bautizado se vuelve señal de la verdadera libertad para todos. Qué maravilla! Pero al mismo tiempo, qué responsabilidad. Cuando un discípulo pierde la capacidad de liberación de sí mismo y de liberación de los demás, sino que se encajona en cumplimientos, en escrúpulos, en culpabilidades, pierde su identidad bautismal. O por lo menos la paraliza, la detiene, ya no tiene ningún sentido. El bautismo no es para asegurar el Cielo. El bautismo es para vivir felices y plenamente libres ahorita, aquí entre nosotros. Por eso es importante retomar la idea del pecado original, porque justamente el imaginario de pecado original es como una fatalidad que pesaría sobre toda la humanidad de manera injusta por culpa de un hombre: Adán (Adán no quiere decir una persona, quiere decir “lo humano, la realidad humana”, eso ese Adán); cargar con todo el pecado de una sola persona sería una terrible esclavitud: somos esclavos de Adán, por lo tanto esclavos de Dios. No tiene sentido esta fatalidad! No es que una persona, cometió en algún momento un error, no es eso. Pecado original quiere decir que “lo humano”, Adán, la criatura terrena que somos nosotros hombres y mujeres, estamos misteriosamente inacabados. Y en este inacabamiento hay dolores, sufrimientos, contradicciones, heridas… somos herederos de heridas, eso es verdad; no somos esclavos fatalistas de un pecado de un personaje que nunca existió. Somos herederos misteriosamente de la tragedia humana, ese es el pecado original. De “yo hago lo que no quiero, lo que quiero no lo hago” como dice San Pablo. O del afán de poder, lo que vemos hoy día en el mundo nuestro; este terrible afán de poder y de violencia. Este es el misterio de “lo humano”, de lo terreno, nosotros. No lo podemos negar, esa verdad está dentro de nosotros pero no es una esclavitud. Justamente el bautismo es la decisiónde salir de esta contradicción. De buscar una vía que denuncia la falacia del poder. En el mito, lo que la serpiente propone es la solución del poder, de la dominación, de la competitividad, de la violencia. Es eso el árbol del conocimiento del bien y del mal, “lo vas a poseer todo” eran las tentaciones que Jesús tuvo que soportar en el desierto; pero como era el hombre perfectamente libre paró esta
  • 4. 4 tendencia nuestra, que llamamos el pecado original, de esta criatura inacabada que siempre corre el riesgo de ir por el camino del poder, eso es el pecado original. Bautismo es la decisión que tomamos, o que tomen por nosotros (también podría tener sentido), pero sobre todo es una palabra adulta, por eso la Confirmación es decir “sí, yo sigo, yo confirmo que tengo, que quiero buscar otra vía que el pecado original, es decir, que la violencia, que el poder absoluto; y que asumo mis contradicciones en este parto cotidiano de la humanidad nueva”. Es una apuesta por la libertad plena de la fraternidad. Entonces, sí eso nos hace feliz, porque la vida bautismal es una denuncia permanente de la fatalidad. En este momento hay una gran tentación, un gran riesgo de pensar que el mal es una fatalidad, que no podemos nada en contra del mal. La vida bautismal es la apuesta radical de contrarrestar la fatalidad del mal y la utopía de una humanidad plenamente nueva en Cristo, como dice San Pablo, es decir al estilo de Jesús. Esta tarea bautismal es una tarea permanente, no está acabada, no es porque ha sido zambullido en la fuente bautismal que ya está hecho. No. Cada instante hay que cortar el cordón umbilical de todas nuestras dependencias y todas nuestras esclavitudes. El reto para esta semana y para toda la vida es vivir esta libertad bautismal. En una vida bautismal, por ejemplo, la marginación de la mujer, el patriarcalismo, el clericalismo no tienen cabida. En una vida bautismal la exclusión y la violencia, y la lucha por el poder no tienen cabida. En el Evangelio está tan claro: “no va a ser así entre ustedes”. Y en este tiempo de tanta violencia, de tanta exclusión, es urgentísimo cortar la cabeza a todo brote de violencia apenas aparece en nuestro corazón (…) Si dejamos crecer la violencia en nuestras relaciones interpersonales, primero, ya no somos bautizados, no vivimos como bautizados, pero no tenemos derecho de denunciar la violencia del otro. Si tú no pones un “pare” total a la violencia tuya no tienes derecho de denunciar la violencia del otro. Entonces, sí muchas veces vivimos como personas, como creyentes, como Iglesia, de manera anti-bautismal. Somos anti-bautismales en nuestros estilos, por ejemplo cuando buscamos los estilos de la apariencia; una Iglesia palaciega, por ejemplo, que el Papa denuncia constantemente; en nuestros discursos: la Liturgia está plagada de expresiones anti-bautismales: “merecer”… o sea, una serie de expresiones que van en contra de todo esto compartido. Los estilos, los discursos y las prácticas nuestras son muchísimas veces anti-bautismales y hay que denunciarla, primero a nosotros mismos. Termino con mi lema: la Fe es la libertad y la conciencia bautismal es la cuna de la libertad en Cristo. Monasterio benedictino de la Resurrección, Chucuito –Puno Perú Abril 2022