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Disclaimer: Evidentemente ninguno de los personajes que aquí aparecen me
pertenece (salvo los ideados por mi mente). Mulder y Scully son propiedad de
Chris Carter, Ten Thirteen Productions y de la Fox. Lo único que realmente sí me
pertenece es mi propia imaginación que me ha impulsado a escribir este nuevo
relato. Cualquier parecido entre los personajes protagonistas no habituales en XF
que aparecen en este relato y la realidad no es pura coincidencia.
Nota del autor: Todas las direcciones que aparecen en el relato existen, o al
menos existieron en los años treinta. El nombre de la calle donde viven los
protagonistas nada tiene que ver con la famosa escena del pasillo, aunque tengo
que reconocer que me encantó utilizarla.
Agradecimientos: Tengo que agradecer a N. que me introdujera hace ya años en el
mundo del rol y por compartir conmigo sus conocimientos sobre H. P. Lovecraft y
su obra. Gracias. Y a J. que me ha orientado sobre todos los términos técnicos que
aparecen en el relato y por regalarme sus valiosos consejos, su apoyo incondicional
y sus críticas, las buenas y las malas. Gracias.
Dedicatoria: Dedicado a mis amigos, fieles siempre a un profundo sentido de la
amistad, y a mis nuevas amigas Keenness, Elena, Kathe, Helena y Bluecrow, por
esperar este relato incluso antes de comenzarlo y por alentarme en ello. Y a Oscar.
Gracias a todos.
Tipo: XF (investigación de un Expediente-X), UST (Tensión sexual no resuelta).
Maqueta en PDF: Abdul Alhazred.
PRIMERA PARTE
La cocina era grande y estaba bien iluminada debido a los tubos fluorescentes del
techo. Por la ventana, enmarcada con primorosas cortinas de encaje blanco se filtraba
una tenue luz proveniente de un pequeño farol de la terraza. El centro de la habitación
lo presidía una gran mesa de madera rodeada de cuatro sillas.
El hombre estaba de pie delante de la mesa sosteniendo con una mano lo que
parecía la tapa de una caja de cartón rectangular. Miraba fijamente a través de sus gafas
de monturas metálicas a la mujer que estaba frente a él, sentada, con los brazos
cruzados delante de ella y tamborileando la superficie de madera con sus uñas. El
hombre vestía de manera formal, camisa blanca de manga larga, pantalón azul oscuro
y una elegante corbata haciendo juego. No tendría más de treinta años. Siguió
mirando a la mujer.
—“Dime, Karen, ¿qué va a hacer Georgina?” —posó la tapa en la mesa y se apoyó
sobre las palmas de sus manos, inclinándose levemente hacia delante.
La mujer bajó la mirada y la posó en unos folios escritos que tenía ante sí. Pareció
estudiar algo de lo allí escrito y alzó la mirada.
—“Wilson, Georgina va a volver a intentarlo” —dijo finalmente.
Wilson se asombró ante la afirmación de la mujer, elevó una ceja y se acercó aún
más a ella. La mujer sostuvo su mirada. Tan joven como él, la mujer no se intimidó
ante su gesto.
—“¡Conque paseando por el lado oscuro! Karen, tuviste suerte una vez, dos serían
demasiadas.” —Se elevó en toda su estatura y cruzó los brazos ante su pecho.
—“¡Venga ya, Wilson! Lo tengo decidido” —y tendió su mano ante el hombre.
Wilson metió la mano en su bolsillo y sacó lo que parecían dos dados, blanco y negro.
Con numerosas caras cada una de ellas grabadas con un número era parecido a un
poliedro. Depositó los dados en la palma de la mano abierta de la mujer y está los
lanzó con cuidado. El blanco paró primero en su frenética danza: un seis, el negro
después: un cero. Ambos miraron como los dados se detuvieron.
—“¡Sí!” —la mujer alzó su mano en señal de victoria.
—“¿Lo pasaste? Déjame ver” —el hombre tomó los papeles que segundos antes
Karen había estado estudiando, le echó un vistazo rápido y se los devolvió. —“Tienes
suerte.” —Wilson se relajó y tomó los dados de encima de la mesa. Esta vez los tiró él.
La mujer lo miraba con curiosidad. Asintió.
—“Bien, creo que podemos volver con los demás” —recogió los dados, se los metió
de nuevo en el bolsillo. Karen se levantó de la mesa llevando todos los papeles en la
mano. Casi tan alta como Wilson vestía mucho más informalmente que él y su
cabellera pelirroja estaba algo despeinada. Ella pasó primero por la puerta y él la
siguió.
La cocina estaba separada de la sala de estar por medio de un pequeño pasillo. La
madera pulida del suelo crujió bajo sus pasos. La puerta doble se abrió dando paso a
una gran habitación. En ella se encontraban tres personas más; una mujer y dos
hombres, todos jóvenes. Sentados alrededor de una mesa charlaban alegremente hasta
que Karen y Wilson entraron. La mesa estaba repleta de papeles, dados de diversos
colores y formas, libros, una caja de pizza vacía, vasos y una botella de Southern
Comfort a la que sólo le faltaban un par de dedos para estar completamente llena.
Karen tomó asiento mientras que Wilson continuó de pie.
—“Bien —habló Wilson, se acercó a la mesa buscó un papel en blanco y tomando
un lápiz hizo un tosco croquis de lo que parecía la planta de una habitación. —Estáis
en la bodega. Georgina se encuentra aquí— dibujó un pequeño círculo con una G en
el interior— a su lado justamente estás tú, Malcom— dijo señalando al hombre
sentado frente a él, dibujo otro circulo con una M— Elizabeth está aquí, junto a
Malcom pero un paso por detrás— volvió a dibujar otro circulo con una E,
refiriéndose a la otra mujer sentada junto a Karen – y tú John estas aquí –dibujo un
cuarto circulo— junto a Elizabeth pero un poco más atrás”— todos asintieron y
miraron fijamente el burdo dibujo que tenían ante ellos. Wilson se incorporó.
—“Tú, Malcom, y tú, John no dudáis ni un segundo y sacáis vuestras armas y le
apuntáis” —Wilson dibujó otro circulo, esta vez frente a los cuatro que ya había
dibujado con anterioridad— “el sótano está suficientemente iluminado para verlo con
claridad”—Ambos hombres se miraron y se rieron, cómplices. Wilson prosiguió —
“pero os fijáis que tanto Georgina como Elizabeth dan un paso hacia atrás y
comienzan a salmodiar algo en voz baja que no comprendéis pero que ya conocéis por
lo que seguís apuntando al frente pero no disparáis” — les entrega a ambas mujeres un
papel escrito— “venga, lo podéis leer”.
Karen se levantó y se acercó a donde estaba la otra mujer. –“A ver, Kate, déjame
leer”— la mujer se levantó también y sostuvo el papel ante ambas. Comenzaron a leer
con voz calma y al unísono: —“Efficiunt Daemones, et quae non sunt, sic tamen
quasi sint, conspicienda hominibus exhibeant...”— Ellas levantaron la cabeza al
terminar de leer.
Los tres hombres las miraron, Wilson asintió —“Volved a leerlo”— ellas
obedecieron y leyeron con la misma cadencia que unos segundos antes. Los dos
hombres que estaban sentados miraron a los que se encontraban de pie.
—“Kate, ¿ya lo habéis vuelto a hacer?”— el hombre se acomodó en su asiento y
cruzó los brazos ante sí.
—“Calla, James, y está atento”— Kate pareció reñirle. Wilson alzó una mano para
callar a ambos —“Ahora frente a vosotros se comienza a formar una densa nube de
humo grisáceo, ellas siguen salmodiando algo que vosotros dos no conseguís
comprender pero parece que conforme ellas repiten y repiten el versículo la nube se
hace más espesa”— Wilson toma los dados y los lanza sobre la mesa —“cada vez hace
más frío. De repente de esa nube salé una fuerte garra que toma del cuello a quien
tenéis frente a vosotros y ambos, criatura y hombre desaparecen”—. Los cuatro
sentados a la mesa lanzan un suspiro, habían estado conteniendo sin darse cuenta la
respiración conforme Wilson había estado relatando el hecho. Todos se relajaron. El
hombre sentado a la izquierda de Wilson miró el reloj de su muñeca.
—“Me temo que ya es un poco tarde. Son casi las dos. Yo me marcho”— el gesto
del hombre hizo que todos los demás miraran sus respectivos relojes. —“Henry tiene
razón. En verdad es tarde, yo también me marcho. Se me ha pasado la noche volando.
Menos mal que mañana es domingo y aún puedo descansar”— la mujer se puso de pie
y comenzó a recoger la mesa —“deja eso, Kate, ya lo haremos James y yo”— Karen se
levantó seguida del hombre que estaba a su lado. Más alto que ella y con una
modernas gafas azules se pasó su mano por el corto cabello rubio —“sí, no os
preocupéis. Ya nos veremos la semana que viene”—.
Karen salió de la habitación y regresó a los pocos segundos cargada con los abrigos
de sus amigos —“Henry, creo que este es tuyo”— de dirigió al hombre que había
permanecido casi toda la noche en silencio, como era habitual en él. Tan alto como
James y también con gafas vestía informalmente con un jersey de lana gris y
pantalones vaqueros —“toma Kate, tu bolso”— la mujer vestía un sencillo traje
chaqueta de pantalón color borgoña. Más baja que Karen, contrastaba con ella en su
pelo, oscuro y algo más largo y en su tez, que a diferencia de la palidez de Karen la
suya era algo más bronceada. Wilson tomó del brazo de Karen su abrigo y se lo puso.
Todos se dirigieron hacia la puerta de entrada y se despidieron quedando Karen y
James a solas en su apartamento.
Los coches de los tres jóvenes estaban aparcados frente al edificio. El señor Baxter,
el vecino de los Jones, los vio salir tal y como los veía todos los sábados por la noche
desde hacía cinco años, el tiempo que hacía que Karen y James se habían mudado a
ese vecindario. Tanto Henry como Wilson y Kate lo vieron y les saludaron
cortésmente con la cabeza. En ese momento estaba recogiendo los cubos de basura que
ya habían sido vaciados por el servicio municipal de limpieza. Era frecuente ver al
anciano señor Baxter merodear alrededor de la puerta de entrada al edificio y a
ninguno de los tres les extrañó verlo a esas horas fuera de su hogar.
Cada uno se dirigió a sus respectivos coches, montaron en ellos y enfilaron la calle
hasta desaparecer por la esquina.
El señor Baxter era mayor pero se consideraba a sí mismo que no estaba demasiado
mal de salud a pesar de su edad. Vivía en el apartamento situado bajo el de los Jones y
había terminado por tomar cariño a la pareja. Desde que los conociera tanto la esposa,
Karen, como el marido, James, habían sido amables con él en todo momento, claro
que su relación se limitaba a desearse mutuamente buenos días y a dejarse ayudar
alguna que otra vez que les subieran alguna bolsa pesada hasta su casa. Envidió su
juventud pero a él ya le había tocado vivir la suya y tenía que reconocer que había
vivido lo suyo. Pero ahora estaban esos pequeños problemillas con el sueño.
Normalmente solía irse a la cama temprano pero a las pocas horas se desvelaba y le era
casi imposible intentar volver a conciliarlo. Así que esa noche decidió recoger los cubos
una vez que el servicio de limpieza había terminado en lugar de dejarlos hasta por la
mañana y así evitaba que los perros los ensuciaran con sus necesidades. Oyó como los
amigos de sus vecinos salían del apartamento de estos y aprovechó la ocasión para salir.
—“¡Malditos basureros! Nunca dejan los cubos bien colocados”— el señor Baxter se
agachó para recoger la tapa de uno de los cubos. La puso sobre este y lo levantó sin
esfuerzo. Bajo el edificio había un pequeño sótano donde se guardaban los elementos
de limpieza y donde se encontraban los depósitos de agua y la caldera central. Bajó los
cuatro escalones que daban acceso a la puerta de acceso con cuidado y sacó una llave
de su bolsillo. Abrió la puerta y pulsó el interruptor de la luz. Nada. La luz no se
encendió. Se molestó —“bonito momento para que se funda la bombilla”— la
instalación era algo antigua y las bombillas sufrían continuas subidas y bajadas de
tensión por lo que no le extrañó que no funcionara. Dejó el cubo en el suelo y cerró la
puerta a su espalda metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón sacando un
encendedor. El médico le había prohibido explícitamente el tabaco pero era uno de los
pocos vicios que le quedaban así que había decidido no hacerle mucho caso. Con la
tenue luz del mechero se acercó a la pequeña bombilla que pendía del techo para
poder comprobarla. Iluminó la bombilla y la tocó, no parecía que estuviera fundida,
pues podía ver el que filamento permanecía intacto.
Una extraña neblina comenzó a reunirse bajo sus pies. El señor Baxter se fijó que
por momentos aquello parecía ascender y tornarse más y más denso. No era una
persona que se asustara con facilidad pero notó como su corazón comenzó a bombear
la sangre rápidamente. Comenzó a hacer frío. A los pocos segundos la niebla, espesa, le
impedía la visión y la escueta luz del encendedor nada podía hacer frente a aquella
oscuridad que lo desorientó hasta tal punto que no podía ver donde se encontraba la
puerta de salida. Angustiado intentó llegar hasta ella y abrirla. Sólo le dio tiempo a
posar su mano derecha sobre el pomo de frío metal de la puerta, algo le agarró
fuertemente de la pierna y un fuerte calor se apoderó de ella. Un grito se ahogó en su
garganta cuando sintió que la vida se le estaba escapando en la oscuridad de aquel
sótano.
Un fuerte golpe despertó a Scully de su placentero sueño. Miró el reloj de su mesilla
de noche. Otro golpe. Fuera quién fuera iba a tirar la puerta abajo y seguramente los
vecinos ya estarían en el pasillo mirando quién se dedicaba a semejante atropello a una
puerta un domingo tan temprano. Se levantó, tomo la bata que estaba sobre la silla y
se la puso. Otro golpe. Por supuesto que ella ya sabía quién era el autor de semejante
alboroto. Lo que le extrañaba es que no la hubiera despertado en mitad de la noche
con una de sus llamadas de teléfono. Se pasó las manos por la cara para alejar el sueño.
—“¡Ya voy!”— Scully se ató el cinturón de su bata. Quitó la cadena de seguridad de
su puerta y dio vuelta a la llave. No se molestó en mirar por la mirilla. Abrió la puerta
directamente.
—“Mulder ¿qué demonios quieres a esta hora?”— el hombre parado ante su puerta
le sonrió.
—“Buenos días. Vine a ver como estabas”— y entró en el apartamento sin esperar
la invitación de rigor. Scully quedó de pie junto a la puerta abierta y viendo como
aquel hombre, que irrumpía en su vida cada día, lo hacía esa mañana en su
apartamento. Ella cerró la puerta con cara de sorpresa.
—“Mulder, es domingo, aún no son las nueve de la mañana. Para variar me
gustaría disfrutar de la cama por un sólo día”— la cara de Scully reflejaba cansancio.
—“Por mí no hay inconveniente”— abrió los brazos en un gesto de renuencia.
Scully suspiró y miró al techo.
—“Lo digo en serio, Mulder. ¿Qué tienes ahí?”— le dijo señalando con la cabeza a
una carpeta que traía su compañero en la mano.
—“¿El qué, esto? Pues no me había dado cuenta”— una leve risita se escapó de los
labios de Mulder. Aquel hombre era incorregible, se le veía fresco y vigoroso, aunque
seguramente aún no se habría acostado recabando la información que Scully sabía que
contenía aquella carpeta —“No te quejes, Scully. Por lo menos no te he llamado a las
cuatro de la mañana”— se sentó en el sofá y se quitó la cazadora. Vestía de una
manera informal, con vaqueros y una camiseta, algo muy alejado de los elegantes trajes
que solía vestir para ir a la oficina, aunque su gusto por las corbatas fuera algo
cuestionable.
Scully cerró los ojos. Sabía que llevaba razón. —“Y ahora tendré que darte las
gracias, ¿verdad?”— Mulder asintió con un gracioso gesto de su cabeza. Ella se sentó a
su lado y se alisó el pelo con una mano.
Rio para si —“Ya... bien, dime qué tienes ahí”—.
Para los oídos de Mulder aquello sonó como el beneplácito para poder exponerle a
Scully su último descubrimiento, el último expediente que había llegado a su poder
tan sólo un par de horas antes y que no pudo contener las ansias de tener que esperar
al lunes por la mañana para mostrárselo a su compañera en la oficina. Y para qué
engañarse; para verla a ella también.
—“El pasado miércoles— comenzó, obligando a su mente a concentrarse en
aquellos papeles —se encontró un cadáver en una carretera de Rhode Island que une
Providence con Manton. Según los informes preliminares del forense indicaban que el
sujeto, al parecer un vagabundo sin identificar al que llamaron John Doe, llevaba
varios días muerto— Mulder sacó del dossier lo que parecía un certificado médico
fechado dos días antes —El cadáver se encontró a unos seis metros de la carretera,
entre unos pequeños arbustos que apenan lo ocultaban. Fue descubierto por unos
jóvenes. El señor Doe presentaba un avanzado estado de descomposición y...”—
Scully tomó de la mano de Mulder lo que parecía las fotografías que habían tomado
del cuerpo de la víctima. Mulder silenció su exposición de los hechos que estaba
relatándole a Scully, ella se encontraba ya absorta mirando aquellas fotografías a color.
Las miraba concienzuda y detenidamente, con el aire de profesionalidad que sus
conocimientos y su experiencia le había otorgado. Paseaba su vista ante las fotos, una
tras otra, a veces volviendo a retomar la anterior. Mulder se acercó un poco más a ella
para poder ver el objeto de tan minucioso estudio.
Scully levantó la vista brevemente —“Mulder, ¿qué es esto?— él se encogió de
hombros —“tú eres la doctora, dímelo tú”— Scully volvió a fijar su vista en la última
fotografía, la que tenía ante sí en ese momento. Scully abrió la boca para cerrarla
inmediatamente, y negó con un leve movimiento de cabeza —“Mulder, en mi vida he
visto semejantes heridas en ningún cadáver que yo haya podido estudiar. Las lesiones
que presenta no parecen producidas por ninguna arma blanca. Lo más parecido que yo
he visto ha sido el mordisco de un tiburón tigre en Florida”— Mulder sonrió.
—“Sí, pero que yo sepa a los tiburones no les da por pasear por plena carretera.
Fíjate en esta foto— tomó una de las que tenía ella en la mano y la puso sobre las
demás —este hombre fue asesinado en ese mismo lugar, no lo trasladaron de ningún
otro sitio. Ese hombre se desangró ahí mismo”— Scully asintió ante la observación de
su compañero. Volvió a tomar otra de las fotografías —“Observa esto. El tejido del
brazo ha sido desgarrado con algún arma de superficie irregular como puedes ver por
los bordes de la herida. Le han seccionado totalmente la arteria y la vena braquial del
brazo derecho. Y mira su abdomen. Los tejidos presentan las mismas abrasiones que
en sus miembros superiores— Miró a Mulder con horror en su cara —Realmente no
conozco ningún animal que pueda hacer este tipo de heridas y mucho menos pudo
hacerlo la mano de un hombre, aunque se ayudara de herramientas”—.
Mulder apoyó los codos sobre sus rodillas, unió sus manos y apoyó la cabeza en
ellas, pensativo, mirando fijamente la foto que sostenía su compañera entre sus manos.
Scully lo miró fijamente —“Mulder, ¿cómo ha llegado esto a tus manos? Sé que tienes
tus fuentes pero creo que esto es labor de la policía de Rhode Island”—.
El hombre sonrió levemente y miró a la menuda mujer —“La policía piensa que
esto se les escapa de las manos y me lo han mandado ellos directamente. Lo recogí a
media tarde en la oficina. Ni siquiera han dado los datos a la prensa. Están asustados
ante la idea que un asesino ande suelto por Providence”—.
Scully se frotó la cara con las manos y respiró profunda y sonoramente —“Mulder,
si ellos piensan que es obra de un asesino, de un hombre, ¿por qué te lo envían a ti, a
los Expedientes X?”— ella lo miró fijamente. Conocía a aquel hombre demasiado bien
y podía asegurar que en su mente ya se estaba fraguando la idea de que aquel caso
tenía algo que ver con los expedientes inexplicables que ellos investigaban desde hacía
ya casi siete años. Mulder volvió la cabeza hacia su compañera y sostuvo su mirada —
“Dime, Scully, ¿tú que piensas?”— le preguntó.
Ella miró al frente, cerró los ojos por unos instantes y negó con la cabeza. —
“Mulder, no creo que tenga nada que ver con los Expedientes X. Seguramente ese
pobre hombre fue atacado salvajemente por alguien y asesinado en aquel lugar para
que después los animales se fueran cebando en él hasta que fue hallado por esos
jóvenes”—.
Mulder alzó las cejas. Ella había dicho hacía unos momentos que no conocía
ningún arma que pudiera hacer aquello, y ahora, segundos después, se refugiaba en
teorías distintas a las que había esgrimido y argumentado. Se levantó de un salto del
sofá. Scully miró como su compañero se ponía la cazadora y con gesto serio le tendía
la mano para que le entregara el dossier que había llevado hasta su apartamento. Se
levantó ella también.
—“Mulder, ¿se puede saber qué ocurre?”— le puso una mano en su brazo. Él se
volvió hacia ella y la enfrentó.
—“Scully, hace unos instantes me has dicho que era prácticamente imposible que
alguien hubiera hecho algo así y ahora me cuentas que seguramente ese hombre fue
asesinado por unos individuos y que las heridas posteriores se deben a mordeduras de
alimañas— respiró profundamente y miró al fondo de los ojos azules de su
compañera.
Ella bajó la mirada —“Mulder — su voz era dulce —no tengo ni idea de qué puede
ser. No tengo datos fehacientes en los que apoyarme ni informes que estudiar, sólo
esas fotografías que...”— a Mulder le bastó con oír aquello.
—“Bien, Scully. Cuando tenga más datos te lo haré saber. Nos vemos mañana en la
oficina”— caminó hasta la puerta de entrada, alargó la mano y girando el pomo salió
de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Cabizbajo anduvo por el pasillo hasta el ascensor que lo llevaría hasta la calle. El
ruido de una puerta que se abría a su espalda lo detuvo.
—“¡Mulder!”— Scully apenas había asomado la cabeza por la puerta entreabierta de
su apartamento. Él se volvió y la miró.
—“¿Quieres un café?”— ella le dedicó una sonrisa. Él agachó la cabeza y sonrió
también. Colocó la carpeta con los papeles debajo de su brazo, metió sus manos en los
bolsillos de su pantalón y se dirigió de nuevo al apartamento de Scully.
Scully tomó el ascensor que la llevaría directamente hasta el sótano. En su mano
llevaba un dossier del nuevo caso que le habían encomendado a ambos. Para ella fue
una sorpresa cuando al ojearlo vio datos familiares en el informe.
El ascensor se detuvo y ella salió al pasillo que comunicaba con la puerta de su
despacho, bueno no era realmente su despacho. A decir verdad ella nunca había tenido
un despacho propio, tan sólo una vez tuvo una mesa con un ordenador el tiempo que
estuvo apartada de los Expedientes X y al mando del jefe adjunto Kersch. Aquella era
realmente la oficina de Mulder, la que incendiaron para impedir que ellos continuaran
con su labor de investigación y en donde un rótulo sobre la mesa constaba su nombre:
Fox Mulder, no el de ella.
Sus zapatos de tacón alto resonaban en el suelo del pasillo. Llegó ante la puerta del
despacho, estaba abierta. Mulder estaba sentado ante su escritorio, con la mirada fija
en algo que tenía ante él. Ni siquiera reparó en que ella había llegado. Scully se paró
en la puerta y se dejó de caer contra el quicio.
—“Toc, toc”— imitó el ruido con su voz.
—“¿Quién es?”— Mulder no levantó la cabeza de aquello que lo mantenía absorto
pero una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
—“Campanilla”— se incorporó.
—“Te va más el papel de Wendy”— al fin Mulder levantó la mirada, sonriente.
Ella le correspondió. Se acercó al escritorio y dejó caer ante él la carpeta que le había
sido entregada. Apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó ante él.
—“Y a ti no te va el ser Peter Pan— sonrió. —Me parece que los de arriba también
creen que debes de tener este informe”— Scully alzó una ceja.
Mulder dejó lo que estaba haciendo y que lo había mantenido ocupado durante
largo tiempo y tomó el dossier que Scully había depositado ante él. Lo abrió
impaciente leyendo el primer folio que apareció ante él. Tras unos segundos levantó la
mirada y encontró los ojos de Scully fijos en él. Ella asintió.
—“Sí, Mulder. Providence— ella se irguió y cruzó los brazos ante su pecho —Ha
habido otro asesinato. Nos requieren allí. Los de arriba quieren que nos vayamos
mañana por la mañana. La policía está aterrada. Han mantenido los detalles fuera del
alcance de los periodistas pero no saben cuánto tiempo pueden mantenerlo así”— el
hombre la miró y volvió a depositar su mirada ante el legajo de papeles que tenía
frente a él.
Scully se dirigió a una silla. La acercó a la mesa y se sentó.
—“Emmott Baxter, varón, raza blanca, setenta y tres años. Vivía solo. Lo encontró
el chico que solía llevarle los recados del supermercado. Lo buscó por su casa pero no
lo encontró. Al final lo halló en el sótano. Mira las fotos— Mulder hizo lo que le dijo
su compañera. Las fotografías en color revelaban toda la crudeza de la escena. Podía
ver a un hombre anciano cubierto completamente de sangre. El fotógrafo parecía
haberse recreado en los detalles. A Mulder se le revolvió el almuerzo en el estómago —
están esperando que vayamos para practicarle la autopsia”— Scully se arrellanó en el
asiento.
Mulder se llevó los dedos índices de ambas manos a los labios en actitud pensativa,
miró a Scully —“Y dime, ¿esto también lo han hecho las alimañas?”—.
Ella alzó una ceja en señal de advertencia.
El gélido ambiente del pasillo recreaba en toda su crudeza la naturaleza de aquel
pequeño edificio cercano a la Universidad Brown. Tenuemente iluminado, Mulder y
Scully lo recorrieron pausadamente pero sin ninguna demora. Las baldosas grises
reflejaban el andar de los agentes y el olor, mezcla de éter y antiséptico impregnaba el
aire. Se detuvieron ante la puerta de una oficina. A través del cuadrado cristal opaco se
reflejaba la luz del interior. Scully llamó tímidamente con los nudillos y mirando a
Mulder. La puerta no tardó mucho en abrirse, tras ella un hombre con una bata
blanca los miraba con curiosidad.
—“¿Sí, en qué puedo ayudarles?”— no demasiado alto y con unas incipientes sienes
despobladas el hombre no parecía aparentar más de cuarenta y pocos años.
—“Soy el agente Mulder y ella es la doctora Scully, del FBI— ambos mostraron sus
placas —nos envían desde la agencia para que mi compañera pueda examinar el
cadáver del difunto señor Baxter”— Mulder, serio, pareció evaluarlo con sólo mirarlo.
La cara del hombre se relajó y afloró una pequeña sonrisa de sus labios.
—“Eh... bien, en realidad los estaba esperando. Mi nombre es Garret y soy el
encargado del depósito— se apartó levemente de la puerta y se acercó a la mesa para
recoger unos folios —si quieren seguirme les indicaré el lugar”— Mulder y Scully aún
se encontraban en el umbral de la puerta. El hombre se acercó de nuevo a ellos, y
saliendo cerró la puerta con llave tras de sí y se adelantó por el pasillo.
—“¿Quién se va a querer llevar algo de aquí? ¿Los pacientes?”— Mulder se inclinó
levemente al oído de su compañera mientras avanzaban tras el hombre de la bata
blanca. Scully rio silenciosamente ante el comentario de su compañero.
Una puerta doble metálica dio paso a una gran sala iluminada con focos instalados
en pantallas redondas. Las distintas salas de autopsias en las que Scully había podido
ejercer su trabajo no se diferencian en gran cosa unas de otras. Una camilla yacía
directamente bajo la influencia de los focos. A su lado mesas forradas de verde
albergaban el instrumental quirúrgico. Al otro lado de la habitación una serie de nueve
pequeñas puertas cuadradas formando un cuadrado unas sobre otras indicaban que
aquello era los congeladores donde se refrigeraban los cuerpos de sus infortunados
visitantes. El hombre entró presuroso y se acercó de inmediato a uno de los
refrigeradores. La puerta hizo un extraño sonido al abrirse, dejando escapar el frío en
ella contenido. Mulder y Scully se acercaron para ver cómo aquel hombre tomaba del
interior la bandeja en la que descansaba el cuerpo y la extraía. Una sábana blanca
cubría un cuerpo menudo. Garret tomó una de las esquinas y descubrió parcialmente
lo que bajo ella se ocultaba. La piel del rostro del hombre había sido limpiada,
eliminando todo exceso de sangre que impidiera un reconocimiento visual por parte
del forense y del médico que llevaría a cabo la autopsia. De forma casi mecánica el
encargado del depósito trasladó el cuerpo del difunto hasta el centro de la habitación,
situándolo sobre la camilla y directamente bajo las luces de los focos.
—“Bien, doctora, es todo suyo. Avíseme cuando haya terminado”— Garret se
despidió con una leve inclinación de cabeza dejando a Mulder y a Scully a solas.
Mulder miró cómo el hombre salía presuroso de la habitación —“No sé qué será
más extraño, la forma en que haya muerto este pobre hombre o el que acaba de salir
por esa puerta”— Scully le sonrió con una mueca forzada. Se quitó la chaqueta y
alcanzó la bata y las gafas. —“Bien, veamos qué tenemos aquí”— terminó de ponerse
los guantes de látex y destapó el cuerpo en su totalidad.
—“¡Por Dios, Mulder! ¿Quién pudo hacer una cosa así?”— los ojos de Scully se
posaron horripilados en aquel desafortunado cuerpo. Tras años de profesión y de
impregnarse con imágenes a veces dantescas, Scully no podía por menos que
impresionarse ante tal acto de crueldad cometido en el cuerpo de un pobre hombre.
Mulder volvió levemente la cabeza en un acto involuntario al destapar Scully por
completo el cadáver del hombre y dejarlo al descubierto.
Tras una rápida mirada al cuerpo, Scully tomó unas pinzas de la mesa anexa. La
pierna derecha del hombre era sólo un despojo sobre la camilla, músculos desgarrados
y huesos astillados unidos sólo por una pequeña porción de piel. Tras un breve estudio
inicial a la pierna, Scully centró su atención en el torso y el abdomen. Le resultaba
incuestionable que aquello hubiera sido hecho fortuitamente. Mulder le puso una
mano en el hombro –“Bien, te dejo. Nos vemos luego”—.
Scully levantó la vista —“¿A dónde vas?”— su voz sonaba distinta a través de la
mascarilla que ocultaba su boca y su nariz. Mulder se alejó unos pasos de ella y la miró
de frente —“Quiero ir a ver el escenario en dónde fue encontrada la primera víctima.
— hizo un gesto con la cabeza señalando al cuerpo tendido en la camilla — ¿Cuánto
tiempo crees que tardaras aquí?”— Scully bajó su cabeza y miró el arduo trabajo que le
esperaba —“Dame dos horas”— Mulder asintió levemente con su cabeza —“Aquí
estaré”— y despidiéndose con una mano, dio media vuelta y se marchó cruzando las
puertas metálicas.
Scully vio cómo su compañero se alejaba, respiró profundamente e intentó
concentrarse en el trabajo que tenía ante sí. Se acercó a una de las mesas revestidas de
verde y puso en marcha el magnetófono.
—“Diez y quince horas de la mañana. Soy la agente Dana Scully. Procedo a realizar
la autopsia a Emmott Baxter, varón blanco, setenta y tres años, residente en
Providence, hora del fallecimiento sin determinar. Comenzaré por un examen
visual...”—.
—
Mulder aparcó su coche en la cuneta donde le había indicado el agente de la policía
local. De todas forma el lugar no tenía pérdida alguna ya que aún se podían encontrar
trozos de lo que fue la cinta policial que delimitaba el paso al posible escenario del
crimen. La zona ahora estaba desierta, sin un alma. A Mulder no le extrañó que
hubieran dictaminado que la muerte del señor Doe se hubiera producido en la
madrugada del domingo y no hubiera sido encontrado hasta tres días después. Por
aquella carretera no parecía haber demasiado tránsito. Se bajó del coche y se adentró
unos metros en dirección a lo que parece había sido la zona de trabajo de la policía.
Cintas plastificadas y guantes de látex aún yacían sobre el terreno. La tierra estaba algo
más oscura allí que en otras zonas cercanas, seguramente debido al derrame de sangre.
Se agachó y tocó la tierra con sus dedos. Podía sentir su tacto suave y a la vez grasiento
entre sus dedos. Se incorporó y giró levemente su cabeza a uno y otro lado. Pequeños
arbustos delimitaban la escena. Algo en ellos llamó su atención, las hojas de algunos
tallos parecían oscurecidas, con un verde más intenso en algunas partes de la planta
manteniéndose las demás con su verdor original. Acercó su rostro a la planta;
efectivamente las pequeñas hojas estaban diferentes al resto. Del bolsillo de su abrigo
sacó una pequeña bolsa de plástico transparente y cortó con cuidado un esqueje del
arbusto que depositó con cuidado dentro de ella.
Mulder regreso cuando Scully estaba terminando de rellenar el informe de la
autopsia del señor Baxter. Seguía vestida con la bata verde pero se había quitado las
gafas y la mascarilla. Al oír la puerta abrirse vio a Mulder entrar en la sala y dirigirse a
ella. Le saludó con una pequeña sonrisa.
—“¿Terminaste?”— Mulder se paró a su lado y miró sobre el hombro de Scully
para ver el informe que la mujer estaba redactando. Scully soltó un profundo suspiro y
dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—“Creo que sí. —Se volvió hacia él y comenzó a desabrocharse la bata
quirúrgica— No tienes idea de lo duro que ha sido esto, Mulder”— comenzó a
recoger sus cosas y los papeles del informe. Mulder la miró con expresión de lástima
en sus ojos, realmente se la veía cansada, si ella decía que aquello había sido duro lo
más probable es que hubiera sido realmente horrible. Le puso una mano sobre el
hombro y apretó suavemente. Scully le sonrió ante tal muestra de aprecio y
compañerismo.
—“Bien, estoy lista —suspiró — despidámonos del encargado y salgamos de aquí.
Creo que si estoy un minuto más me voy a asfixiar”— ella tomó la delantera y paso
primero por las puertas metálicas.
Para Scully fue gratificante poder oler aire limpio, sin rastros de éter o formol y sin
el invisible aroma de la muerte. El coche estaba aparcado justo en la puerta. Mulder se
sentó al volante dejando que Scully tomara asiento a su lado. Ella al sentarse se dejó
caer en el cómodo sillón y reclinó la cabeza hacia atrás. Mulder esperó a poner en
marcha el coche, siguió mirándola.
—“¿Y bien, qué has podido hallar?”— Scully suspiró sonoramente y miró a su
compañero —“Ha sido un poco complicado dadas las circunstancias. — se llevó una
mano a las sienes dando un pequeño masaje a la zona y cerrando los ojos — El señor
Baxter fue brutalmente agredido por alguien o algo que no he podido identificar, no
he encontrado indicios de huellas, fibra o materia orgánica alguna ajena a las
pertenecientes al propio señor Baxter. — Abrió de nuevo los ojos encontrando los de
sus compañero fijos en ella — La violencia con la que fue llevado hasta la muerte fue
abominable y, la verdad, aún no tengo nada en qué basar mis averiguaciones. — Ella
encogió sus hombros y Mulder asintió levemente y dejó que ella siguiera explicándose
— Ya viste cómo quedó la pierna de ese pobre hombre. Bien, pues las heridas a las que
sometieron al cuerpo eran igualmente horrorosas. Lo que sí he podido determinar es
que fue atacado en primer lugar por la espalda. Las primeras excoriaciones y
hematomas en la piel pude encontrarlas ahí. Seguidamente el señor Baxter cayó
seguramente al suelo boca arriba y fue en su torso y abdomen donde se produjeron las
lesiones más graves. Mulder, quien quiera que hiciera eso se ensañó con ese pobre
hombre”— Mulder miró al frente a través del parabrisas. Al estar el depósito tan cerca
de la universidad, jóvenes estudiantes cargados de libros iban y venían por la calle.
Volvió a mirar a Scully.
—“¿Y el arma? ¿Has podido averiguar algo?”— Ella negó levemente con la cabeza
— “Las heridas desde luego no se produjeron por un arma de bordes cortantes, de eso
estoy segura. — calló unos segundos — Es más, ya te dije al ver las fotografías del
primer cadáver que parecían un mordisco de una especie de tiburón o algún otro
animal con dientes afilados, ahora estoy algo confusa pero se podría tratar de algún
animal con grandes garras o uñas”—
—“O quizás unas pinzas”— apostilló Mulder.
—“¿Pinzas?”— le preguntó ella extrañada ante el comentario.
—“Sí, algo parecido a las pinzas de una langosta”— puntualizó Mulder.
Scully no pudo reprimir una sonrisa que rayaba en el sarcasmo —“¡¿Langosta?!
¿Como cuáles, Mulder? ¿Como las de las siete plagas de Egipto o...?”— Él no la dejó
terminar su frase —“Como el crustáceo, Scully. Pinzas como la de un crustáceo”—
ella ya no pudo resistir la risa y soltó una carcajada. —“Ja. Mulder ¿desde cuándo hay
langostas gigantes sueltas por ahí atacando a la gente y en un sótano cerrado?— ella lo
miró intrigada, más aún le intrigaba la posible respuesta que él podía darle — Además
¿has tenido cuenta el tamaño? Mulder, eso es imposible”— una falsa sonrisa se dibujó
en la boca de Mulder.
—“¿Y qué me dices del calamar que atacó a Nemo y a su barco?”— Scully se
desesperó y se revolvió en el asiento del automóvil para poder mirarlo frente a frente
—“¡Por Dios, Mulder, no seas tonto! Aquello era ciencia ficción escrita por una
persona con una imaginación hiperactiva fuera de lo común”— Scully lo miró
fijamente a los ojos. Mulder asintió —“Sí, ya, pero nadie le hizo caso cuando escribió
que el hombre podría llegar a la luna... ¡y ya ves! En cierta manera, Scully, Verne
predijo el futuro”—.
—“¡Mulder, no estamos hablando del futuro! Estamos hablando de dos muertes
que aún, bajo el punto de vista científico no tienen explicación posible y tú se la
quieres atribuir a una langosta gigante”— Scully se quedó tranquila y calmada tras
haberle soltado a Mulder lo que pensaba de aquel argumento que él esgrimía y que
para ella no tenía ni pies ni cabeza. Él asintió y volvió a mirar al frente. Scully hizo lo
mismo. Tras un breve momento volvió la cabeza para mirar a su compañero —“¿Y tú
qué has encontrado?”— le preguntó Scully más por cortesía que por curiosidad.
Mulder metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una pequeña bolsa de
plástico. Se la tendió a Scully —“¿Qué es esto, Mulder?”— ella le preguntó al ver la
ramita del arbusto.
—“Lo encontré en donde hallaron el primer cadáver”— Scully sujetó el plástico
ante sus ojos y miró detenidamente el contenido —“fíjate bien en las pequeñas hojas
de ahí”— Mulder se acercó a su compañera y le señaló unas hojas de un verde más
intenso — “¿qué ves?”— le preguntó.
Scully fijó su atención en el punto que le había indicado su compañero —“Mulder,
me recuerdan a cuando compras verduras y las hojas verdes se quedan pegadas al
fondo del frigorífico y se vuelven más oscuras por el frío ¿sabes a qué me refiero?”—
Mulder la miró con cara de no entender lo que ella estaba diciendo. Scully rio para sí
misma al ver la cara de su amigo —“Perdona, se me olvidó que la nevera de tu casa
está allí de adorno”— le devolvió la bolsa a Mulder, él la recogió y asintió —“Scully,
aunque no tenga la experiencia de que en mi frigorífico se quede pegada la verdura al
fondo del mismo, coincido contigo, parece como si estas hojas hubieran estado
expuestas a bajas temperaturas— Mulder paseó la bolsita ante sus propios ojos —
parecen quemadas por efecto del frío”—. Se guardó la bolsa en su abrigo y encendió el
motor del coche.
Mulder estacionó el vehículo delante de lo que se podría llamar una típica casa de
Nueva Inglaterra del pasado siglo. Edificio de ladrillos marrones con ventanas pintadas
de color blanco y cuidadas contraventanas. De tan sólo dos plantas, se accedía a él
mediante una pequeña escalinata de cinco peldaños. A la derecha otros cuatro
pequeños escalones bajaban a lo que seguramente, pensó Mulder, sería el sótano
donde el señor Baxter encontró la muerte.
Durante el frugal almuerzo, tanto él como Scully habían estado estudiando el
informe que le facilitó el departamento de policía sobre la investigación que ellos
habían iniciado en espera de que el FBI se hiciera cargo de ella. En dichos informes
constaba el interrogatorio a los únicos vecinos del difunto señor Baxter, los Jones, una
joven pareja a la que habían interrogado al poco de hallar el cadáver. Scully bajó del
coche seguida de cerca por Mulder y se adentraron en el edificio en dirección el primer
piso, hogar de los Jones.
—“...Cálmate Kate. Sí, claro que te entiendo...— Karen sostenía en la mano su
móvil pegado al oído, hablaba en tono tranquilizador y se paseaba de un lado a otro de
la habitación— la policía estuvo ayer aquí y nos interrogó a James y a mí... No, por
supuesto que no. Más tarde intentaré ponerme en contacto con Henry y con Wilson.
Sí, os acompañaremos, de eso no te quepa duda, pero tendremos que hacerlo cuanto
antes...— el timbre de la puerta asustó a la mujer, se acercó hasta la puerta de
entrada—...Kate, tengo que dejarte. Acaban de llamar a la puerta. Luego te llamo”—
Karen colgó la llamada desde su teléfono y con él en la mano se dispuso a abrir la
puerta.
Scully y Mulder llamaron a la puerta de los Jones. Al otro lado creyeron oír una
voz. Esperaron. A los pocos segundos una mujer joven les abría la puerta. Más alta que
Scully pero un tanto más baja que el propio Mulder, compartía con ella el mismo
color de pelo; una brillante melena corta rojiza peinada de manera desenfadada. Botas
de tacón alto, pantalón negro y camiseta negra completando el atuendo con una
chaqueta de lana en una mezcla de marrón y negro. Levemente maquillada los miró
con ojos expectantes —“¿Sí, que desean?”— preguntó intrigada.
—“¿Señora Jones?”— Scully se adelantó un paso a Mulder. La mujer asintió con la
cabeza —“Soy la agente Scully y él es mi compañero el agente Mulder, del FBI —
ambos le mostraron sus placas — Nos gustaría poder hablar con usted y con su
marido de la muerte de su vecino, el señor Baxter”— el rostro de la mujer pareció
relajarse levemente, incluso esbozó una pequeña sonrisa.
—“Sí, claro, claro. Por favor, pasen”— esperó a que ambos agentes pasaran al
interior del vestíbulo para cerrar la puerta de entrada. —“Mi marido no se encuentra
en casa en estos momentos, está trabajando. Conmigo han tenido suerte, pues hoy me
he traído el trabajo a casa”— Se dirigió de frente a los agentes —“si tienen la
amabilidad de seguirme pasaremos a un lugar donde podremos hablar más
cómodamente”—.
La mujer pasó por delante e invitó a Mulder y a Scully a seguirla por el pasillo.
Abrió una puerta y los tres entraron en la habitación. Iluminada aún por la luz natural
que entraba por la ventana, la estancia estaba repleta de librerías atestadas de
volúmenes. Una mesa llena de papeles y un ordenador estaba situada delante de la
ventana y en la parte exterior de ésta dos amplios y confortables sillones de cuero
negro donde Scully y Mulder tomaron asiento alentados por la mujer. Ella rodeó la
atestada mesa y se sentó frente a ellos, dejó el móvil que llevaba aún en la mano sobre
la mesa. —“Un momento, por favor”— la joven tecleó algo en el ordenador y lo
apagó inmediatamente. Mulder aprovechó esos instantes para analizar la habitación.
Scully fijó su mirada en la mujer, que actuaba con presteza y eficiencia. Ella por fin
finalizó y miró directamente a los agentes sentados frente a ella cruzando sus brazos
delante de ella y apoyándose en la mesa.
—“Señora Jones...”— comenzó Mulder, la mujer levantó levemente la mano y le
dedicó una sonrisa franca —“por favor, llámenme Karen”— Mulder le devolvió la
sonrisa y Scully hizo lo mismo.
—“Bien... Karen. Queremos hablar con usted sobre su vecino, el señor Baxter”—
Karen asintió con pesar. —“Ayer por la tarde estuvo aquí la policía y tanto mi marido
James como yo les dijimos todo lo que sabíamos”—. Scully sacó el dossier que le había
entregado la policía con el interrogatorio.
—“Lo sabemos, Karen, pero nos gustaría, si no le importa, que nos contara lo que
le dijo a la policía”— Karen pareció moverse incómoda en su silla giratoria, se
incorporó en ella y cruzó las manos delante de ellos —“Sí, claro. Bien, la última vez
que tanto mi marido como yo vimos a Emmott, el señor Baxter, fue el sábado por la
mañana. Nos lo encontramos en la calle y le ayudamos a subir unas bolsas hasta su
casa —recapacitó antes sus próximas palabras— teníamos la costumbre, tanto Emmott
como nosotros, de no inmiscuirnos en las vidas del otro. Nosotros lo ayudábamos en
lo que podíamos cuando él así nos lo requería”—.
Mulder se arrellanó en el sillón —“¿Cuánto tiempo hace que conocían al señor
Baxter?”— le preguntó.
—”Desde que nos casamos y nos mudamos aquí, hará algo más de cinco años.”—
Karen ahogó una sonrisa con pesar —“Pobre señor Baxter. Era una buena persona.”—
.
—“¿Sabe usted qué podía hacer él afuera a esas horas?”— Scully se acercó a la mesa.
Karen asintió con la cabeza y bajó la mirada hasta posarla en sus propias manos.
–“Últimamente Emmott nos había comentado tanto a James como a mí que no
dormía bien; que se acostaba pronto y que a las pocas horas ya no tenía sueño —
levantó la vista y miró directamente a Scully — ya sabe, cuando uno se va haciendo
mayor va perdiendo incluso la capacidad para dormir” — Scully asintió levemente, le
sonrió a la mujer que tenía frente a ella y miró de reojo a su compañero.
—“Tiene razón, eso suele pasar con la edad”—. Mulder miró a su compañera y
enarcó una ceja. —“Probablemente — prosiguió Karen — salió a recoger los cubos de
basura. No hubiera sido la primera vez y realmente, no encuentro ninguna otra
explicación”—.
En aquel momento un suave timbre procedente del móvil de Karen que se
encontraba sobre algunos papeles de encima de la mesa, hizo que la mujer desviará su
atención de los dos agentes sentados frente a ella, tomó el móvil —“Discúlpenme un
momento”— les dijo a Mulder y Scully.
Ambos asintieron con la cabeza. Mulder aprovechó la pausa para pasear de nuevo la
vista por la habitación. Diversas fotos la adornaban, muchas de ellas mostraban a una
joven pareja sonriente en diversos paisajes y, aunque aún no conocía al marido de
Karen, supuso que el hombre que la acompañaba en todas ellas era él. Otras tantas
mostraban a los Jones con un pequeño grupo de amigos, algunas de ellas tomadas en
esa misma habitación. La decoración se completaba con algunas acuarelas de paisajes
marinos.
La mujer miró la pantalla antes de aceptar la llamada y se llevó el móvil al oído —
“Dime, Wilson... Sí, sí, ya lo sé... Ahora no puedo atenderte —dijo mirando
directamente a ambos agentes, primero a uno luego al otro — te llamaré más tarde”—
retiró el móvil de su cara y pulsó el botón de finalizar, dejando el aparato de nuevo
sobre la mesa.
—“Perdónenme. Es muy útil pero a veces es bastante molesto que la interrumpan a
una constantemente”— encogió los hombros y sonrió. Scully le correspondió de la
misma manera.
—“Sí, así es. Dígame, Karen — preguntó Scully — ¿a qué se dedican usted y su
marido?”— la mujer se acomodó en su sillón.
—“Yo soy empresaria y dirijo mi propia empresa. Nada pretencioso. Es sólo una
pequeña empresa pero nos va bastante bien. James, mi marido, es jefe del
departamento de recursos humanos de una empresa”— Tanto Mulder como Scully
asintieron. Hasta ese momento todo lo que les había contado la señora Jones coincidía
al pie de la letra con lo redactado en el informe policial.
Mulder la miró fijamente —“Y la noche del sábado ¿notaron algo extraño usted o
su marido?”— Karen suspiró y negó con la cabeza, pensativa —“No, no recuerdo
nada, pero...— unió sus manos y bajó la cabeza —... verán, no le comentamos nada a
la policía porque no creímos que fuera nada relevante— Scully miró a Mulder y este
hizo lo mismo, fuera lo que fuera a contarles estaba segura que no aparecía en el
informe de la policía — el sábado por la noche, como todos los sábados desde hace
cuatro años, nos reunimos aquí con unos amigos. Se suelen marchar tarde... — Karen
hizo de nuevo una pausa y levantó la cabeza sosteniendo la mirada de Scully, que la
miraba expectante —... como les digo, ellos se suelen marchar tarde. El sábado
concretamente lo hicieron sobre las dos de la mañana— suspiró y tomó aire para
proseguir su relato — cuando ustedes han llegado estaba hablando con mi amiga, una
de las que estuvieron aquí y hace un momento la llamada que he recibido ha sido de
otro de nuestros amigos que también estuvo aquí el sábado. No se han enterado de la
muerte de mi vecino hasta esta mañana por los periódicos — hizo una pausa — El
sábado al salir de mi casa, ellos vieron como el señor Baxter se dirigía al sótano... Por
favor, espero que no me malinterpreten. Cuando ayer la policía vino y nos dijo que
Emmott había sido hallado en el sótano nos pusimos muy nerviosos. En esos
momentos no recordamos nada. Sólo más tarde recordamos que Kate, Wilson y
Henry estuvieron aquí. Ellos se han enterado esta mañana por los periódicos. Me han
llamado en cuanto han podido.”— el rostro de Karen se había convertido en una
máscara de lo que hasta unos instantes era el agradable rostro de una mujer joven.
Mulder miró a la mujer, asintiendo con la cabeza —“Creo, señora Jones, que tanto
ustedes como sus amigos tendrán que avisar a la policía y contarles ese hecho”—.
Karen asintió automáticamente —“eso le he dicho a ambos. Esperaré a contactar con
Henry y nos pondremos en contacto con la policía — respiró profundamente
preocupada — de eso no les quepa duda”—.
La policía se había puesto en contacto con ellos la noche anterior. El inspector que
llevaba el caso les dijo que los vecinos del difunto señor Baxter habían llamado,
contándoles la visita de sus amigos el sábado por la noche y que olvidaron mencionar
debido a los nervios del momento. Se había citado con ellos al día siguiente por la
mañana. Mulder y Scully llegaron a la comisaría sobre las diez y media de la mañana.
Los interrogatorios habían comenzado. Ahora ambos esperaban a que el último de los
amigos de los Jones finalizara el interrogatorio y se uniera a los demás.
Mulder podía verlos a través del cristal. Estaban en una habitación tenuemente
iluminada, con una ventana al exterior cuya protección impedía entrar libremente los
rayos del sol. Scully permanecía a su lado pero estaba absorta mirando y leyendo el
informe preliminar de las declaraciones de esos testigos, los últimos al parecer que
vieron al señor Baxter con vida. De vez en cuando miraba a través del cristal y observa
a los ocupantes de la habitación. Volvió a mirar sus papeles. Allí estaba la declaración
de Karen, que coincidía con lo que les contó el día anterior. La mujer estaba de pie,
junto a la ventana, vestida con un pantalón de lana marrón y una blusa color marfil. A
su lado la única mujer que integraba el grupo, además de Karen. Se llamaba Katherine
Bennet, rezaba el informe. Más baja que Karen, morena y de aspecto elegante, vestía
falda negra y camisa gris oscura. Había cursado estudios de económicas en la
Universidad Brown, trabajaba de auditora para una importante empresa. Ambas
mujeres hablaban entre ellas, mirando de vez en cuando a través de la ventana hacia el
exterior.
Sentados a una mesa cuadrada situada en el centro de la habitación estaban dos
hombres jóvenes. Scully pasó la hoja de su informe. Conocía a uno de ellos por las
muchas fotos que pudo ver en casa de Karen y reconoció en aquel hombre rubio al
marido de ésta. Vestido con camisa clara y corbata, unas gafas ocultaban en parte sus
ojos claros. Charlaba animadamente con el otro hombre, que parecía escucharle más
que intervenir en la conversación. De cabello castaño, delgado y alto, Scully lo
identificó como Henry Burker, amigo de los Jones desde su estancia en la universidad.
Ahora trabajaba como analista de sistemas en una empresa informática. En ese
momento la puerta se abrió e hizo aparición el último de los integrantes de aquel
grupo de amigos. Wilson MacKenzie entró en la habitación y se dirigió a la mesa,
donde se apoyó. Vestido con un traje azul oscuro y corbata, a Scully le pareció que
aquel hombre bien podría haberse confundido con cualquiera de sus compañeros del
FBI. Alto y moreno, emanaba un aire de sobriedad. Trabajaba como abogado en un
bufete, y al parecer con bastante éxito. Lo que no se puede negar, pensó Scully, es que
es un grupo bastante bien situado.
Todos tenían la misma edad, excepto Kate que era un par de años menor que los
demás y habían compartido estudios en la universidad, incluso en el caso de James y
Henry su amistad se remontaba aún más atrás, a los años de instituto. Las dos mujeres
que estaban en la ventana se aproximaron a la mesa al entrar Wilson.
—“Bien, Scully. Es nuestro turno”— le dijo Mulder rompiendo el silencio que los
había acompañado desde que entraron en aquella pequeña sala en espera de poder
hablar con los Jones y con sus amigos y sacó sus manos de los bolsillos de su pantalón.
Tomó la carpeta que tenía ella entre las manos y abrió la puerta en espera a que su
compañera pasara primero. Scully miró de nuevo a través del cristal y salió por la
puerta que su compañero aún mantenía abierta.
Mulder y Scully salieron a un pequeño pasillo. Scully encontró a su derecha la
puerta que daba acceso a la sala en dónde se encontraban los Jones y sus amigos.
Tomó el pomo, lo giró y abrió despacio con Mulder siguiéndola de cerca. Los dos
hombres que estaban sentados a la mesa se levantaron, Karen volvió su cabeza hacia la
puerta que ahora se encontraba abierta, esbozó una sonrisa y se acercó presurosa a
ellos. Scully entró en la habitación seguida de Mulder, quien cerró la puerta tras de sí.
Karen se paró a unos pasos de ambos agentes.
—“Agente Scully, agente Mulder”— les saludó con un pequeño movimiento de
cabeza y una tenue sonrisa en los labios. Mulder y Scully correspondieron al saludo.
—“Señora Jones”—. Karen se alejó un par de pasos para lograr que tanto Mulder
como Scully tuvieran una mayor visión de los integrantes de aquella sala.
—“Agentes, él es mi marido, James — el hombre rubio se aproximó y tendió la
mano derecha a ambos — ella es mi amiga Kate — la mujer hizo lo mismo — y ellos
son Wilson y Henry — dijo refiriéndose a los otros dos hombres, ambos saludaron a
Mulder y Scully de la misma manera que lo habían hecho los demás — ellos son los
agentes Mulder y Scully, del FBI”— Karen terminó las presentaciones.
Scully miró a Mulder y este la invitó a que tomara asiento. Los demás la imitaron y
todos se sentaron alrededor de la mesa, formando un pequeño círculo.
—“Bien — comenzó Mulder— gracias por ponerse en contacto tan rápido con la
policía— miró uno por uno a todos los integrantes de aquel grupo. Karen tomó la
palabra —“Agente Mulder, era lo menos que podíamos hacer dadas las
circunstancias”—.
—“Por favor, esperamos que no piensen que esto ha sido un hecho premeditado,
simplemente tanto Karen como yo nos pusimos extremadamente nerviosos cuando
nos enteramos lo que le había ocurrido a Emmott—” James se inclinó hacia delante y
apoyó sus antebrazos sobre sus rodillas. Scully asintió levemente con la cabeza e hizo
una pequeña mueca con la boca. Mulder la miró primero a ella y luego depositó su
vista en James.
—“Hacía ya algunos días de sus visitas — Karen volvió a tomar la palabra —
sentimos enormemente si hemos retrasado la investigación”—.
—“Agentes, seguro que expreso el sentir de mis compañeros si digo que nosotros
también sentimos el retraso con que nos pusimos en contacto con la policía — era
Kate quien se dirigía a Mulder y Scully con serenidad — Desgraciadamente el
fallecimiento del señor Baxter era sólo un pequeño articulo más en la página de
sucesos del periódico del martes. Me sentí muy impresionada cuando leí la dirección y
pude comprobar que era la misma que la de mis amigos”— tanto Wilson como Henry
miraban a Kate y asintieron casi al unísono. Ella unió lentamente sus manos y las
colocó sobre su regazo.
Era cierto que la policía no quería dar publicidad al asunto y habían filtrado a la
prensa sólo los datos menos significativos del hecho. Scully y Mulder, pensativos,
asintieron. Un suave toque en la puerta los sacó de sus propios pensamientos. Un
joven policía entró y entregó a Mulder el informe con la declaración al último
miembro del grupo. El policía se retiró con tanta rapidez como hubo entregado el
papel. Mulder le echó un primer vistazo. A grandes rasgos las tres declaraciones eran
casi idénticas en su contenido. Mulder movió su cabeza de modo afirmativo
nuevamente.
—“Seguro que es así. Díganme ¿a qué hora abandonaron el hogar de los Jones?”—
preguntó abiertamente Mulder.
—“Sería sobre las dos de la mañana. Henry miró el reloj y nos anunció que se
marchaba. Todos decidimos irnos”— Wilson tomó primero la palabra cruzando sus
brazos delante de su pecho e irguiéndose en su asiento.
—“¿Qué fue lo que vieron al salir?”— preguntó Scully.
—“El vecino de Karen y James, el señor Baxter, estaba recogiendo los cubos de
basura que ya habían vaciado el servicio de limpieza— era Henry quién hablaba, con
aire de tranquilidad.
—“¿Y era normal verlo a esas horas?”— prosiguió Mulder.
—“No era la primera vez que lo veíamos, no, si es a eso a lo que se refiere —
confirmó Kate — Es más, pienso que esperaba que nosotros saliéramos para poder
recogerlos”—.
—“¿Es habitual que abandonen la casa a tan altas horas?”— interrogó Scully,
preguntándose a sí misma qué harían a tan altas horas en casa de unos amigos. Todos
se miraron unos a otros, asintiendo sin reparos —“Agente Scully— Karen la miraba
fijamente y movió su cabeza en un gesto afirmativo — es muy común que se vayan a
esas horas e incluso más tarde”—.
—“¿Y qué hacen en esas veladas?”— preguntó esta vez Mulder.
—“Pues lo normal que hace un grupo de amigos cuando se reúne; charlan de sus
cosas, de sus trabajos, cenan juntos, toman alguna copa, jugamos...”— James se
encogió de hombros ante su exposición.
Scully entrecerró los ojos y miró a James con extrañeza —“... ¿Juegan? ¿Al
trivial?”— jugar. Interesante forma de pasar un sábado por la noche.
Wilson negó con la cabeza —“No, agente Scully. Rol. Jugamos al rol”— Scully alzó
las cejas y miró a Mulder sorprendida. Jamás habría dicho que aquel grupo de
profesionales y ejecutivos gastaran su tiempo en algo que ella pensaba era exclusivo de
adolescentes en búsqueda de nuevas experiencias. La cara de Mulder no expresaba
nada. Si algo cruzaba en ese momento por su mente, que seguro así era, estaba bien
escondido bajo aquella máscara de inexpresividad.
Asintió lentamente —“... Rol, bien”— Mulder volvió a consultar los informes. Su
mente comenzó a procesar datos a velocidad vertiginosa. Rol. ¿Qué conocía él de rol?
Durante su estancia en la Unidad de Ciencias del Comportamiento pudo ver
múltiples casos de personalidades alteradas por sumergirse demasiado en un personaje
creado para un juego. Asesinatos cometidos a manos de niños que se creían estar
jugando cuando mataban a alguien a sangre fría. No le pareció que aquello pudiera
tipificarse en el mismo expediente. Tras unos segundos levantó la mirada de aquellos
papeles y la fijó en Wilson. Este le sostuvo la mirada.
—“Agente Mulder, como seguro que sabrá existen diversos tipos de juegos bajo la
denominación de juegos de rol, además de juegos de estrategias y juegos de guerras;
unos están basados en novelas y libros ya publicados y otros ideados expresamente para
ser jugados —miró a sus compañeros que seguían con atención la exposición de su
amigo— nosotros nos limitamos a jugar a uno en concreto. —esbozó una sonrisa—
¿Sabe quién es Howard Philips Lovecraft?”— preguntó pausadamente Wilson pasando
su mirada de Mulder a una sorprendida Scully.
—“...Lovecraft. He oído hablar de él antes”— Asintió Mulder. Había mentido.
Realmente no recordaba quién era ese tal Lovecraft a quien se refería Wilson. Esperaba
que él se lo dijera. No tuvo que esperar mucho.
—“Bien, Howard Philips Lovecraft, o H. P. Lovecraft, como era conocido, fue un
escritor nacido en Providence a finales del siglo pasado. Se reveló como un
imaginativo escritor de terror creando una cosmogonía, un panteón de dioses que,
según sus propias palabras se basaban en tradiciones o leyendas según la cual el mundo
estuvo habitado por seres, digámoslo así — Wilson hizo un gesto con ambas manos
imitando las comillas con las que se encierran palabras que se quiere destacar dentro de
un relato— extraterrestres, y su deseo de volver a adueñarse de la tierra. La lucha del
bien y del mal, en definitiva. Pues bien, a raíz de la obra de Lovecraft, a comienzos de
los ochenta se crea el juego de rol, en donde cada jugador interpreta a un investigador,
a un héroe en donde, en definitiva, su misión consiste en salvar al mundo de una
invasión de seres malignos”—.
Scully se dio cuenta que su boca estaba abierta y la cerró al instante. Una sonrisa se
dibujó en la cara de Mulder ¡y a él lo llamaban siniestro! Aquello que había descrito
aquel hombre bien podía ser la sinopsis de su propia vida, la lucha de un hombre
contra el mal en busca de una verdad oculta en alguna parte por obra de unos cuantos.
Miró a Wilson y siguió sonriendo.
—“Sé lo que piensa, agente Mulder. Qué hacemos gente como nosotros — miró a
sus compañeros, ellos a su vez miraban a Mulder — jugando a juegos propios de
niños. Pues divertirnos, sólo divertirnos. Pasar un rato agradable en compañía de
amigos y olvidarnos por unas horas de quienes somos realmente y correr aventuras que
ni soñaríamos con interpretar en la vida real”— Wilson seguía con la mirada fija en
Mulder. Este encogió los hombros y sonrió.
—“Hay gente que piensa que el rol es en sí mismo algo peligroso — habló Karen –
pero nosotros, créame, sabemos dónde termina el juego y donde comienza la vida
real”— Scully miró a la mujer.
—“... Bien... — Scully se había quedado sin palabras, no sabía qué decir. Mulder
salió en su ayuda — Es una manera de pasar el rato”— sentenció Mulder. No sabía
por dónde continuar. Aquello le llevaría más tiempo del que en un principio tanto él
como Scully habían previsto —“Si no les importa, volveremos a ponernos en contacto
con ustedes”— cerró la carpeta que tenía entre las manos y la depositó encima de la
mesa.
—“Por supuesto. — dijo Karen mirando a sus compañeros — Será un placer
ayudarles en lo que esté en nuestra mano”—.
Mulder se levantó y Scully lo imitó seguida de los Jones y sus amigos. Mulder abrió
la puerta y con un sencillo gesto de cabeza despidió a aquellas personas. Salieron
pausadamente unos tras otros. Mulder cerró la puerta al salir el último de ellos y Scully
se dejó caer pesadamente en una de las sillas.
—“¡Mulder! ¿Qué demonios es todo esto? Te prometo que no entiendo nada”—
Scully casi se desplomó en la silla, Mulder quedó pensativo al cerrarse la puerta tras el
último integrante del grupo, con la mirada fija en el suelo. Levantó apenas la mirada
sin alzar la cabeza y miró a Scully.
—“... ¿Scully?— ella miraba hacia la ventana, al oír su nombre miró a su
compañero. Mulder anduvo hacia donde estaba ella, acercó una silla y se sentó frente a
ella. —Dime, el examen que le realizaste al señor Baxter ¿pudo haber sido hecho por la
mano del hombre? — Antes de que su compañera le respondiera alzó una mano en
señal de advertencia. — Sí, ya sé que te lo he preguntado antes, pero ahora es
importante, Scully”— ella fijó su mirada en los ojos de su compañero que la
interrogaban impenetrables, silenciosamente.
Recapacitó ante su pregunta y negó con la cabeza —“Mulder, dudo mucho que esas
clases de agresiones pudieran haber sido cometidas por uno o varios atacantes. — su
mirada se clavó en algún punto de la pared que se encontraba a la espalda de Mulder
— Una de las primeras heridas, como te dije, se la infligieron en la pierna y le
seccionaron varias venas y la arteria femoral. Aquel hombre se desangró allí mismo en
cuestión de minutos. — volvió a mirarlo a los ojos — Por lo que pude ver en las fotos
tomada en el sótano no habían huellas de pisadas, ni dactilares, ni fibras, ni cabellos...
nada — bajo la cabeza, negando — No sé, Mulder, esto no tiene explicación... no
tengo suficientes pruebas para negar o afirmar nada con rotundidad o conjurar
ninguna hipótesis que pueda esclarecer este asesinato”— Scully se acomodó en su silla
reclinándose hacia atrás y cruzando los brazos ante ella.
Mulder continuó mirándola, pensativo. Abrió la boca para preguntarle algo pero se
detuvo.
Ella alzó sus cejas —“¿Qué?”— Ahora era él quien negaba con la cabeza; aún no
quería compartir sus ideas con ella —“¿En qué piensas Mulder?”— lo miró
seriamente. Scully quería saber qué pasaba por su mente. Él dudó unos instantes.
—“Ellos han hablado de rol, Scully”— ella asintió y alzó los hombros como
respuesta —“... ¿Y?— lo miró fijamente — No creerás que ese juego tiene algo que ver
con...” — sus ojos se abrieron incrédulos, no hizo falta que continuara preguntándole,
el rostro de su compañero le respondió por sí solo.
Ella se echó hacia atrás en su silla —“Mulder, ellos no son adolescentes para
confundir la realidad con la ficción y matar a ese pobre hombre— él negó, bajando la
cabeza —saben que es un juego, por muy fantástico que pueda ser. Mulder... me niego
a pensar que después de ver todo lo que hemos visto ahora le toque el turno a unos
dioses inventados por la mente de un escritor”—.
Él intentó decir algo pero Scully alzó su mano y lo detuvo antes de que pronunciara
palabra alguna —“¡Y no digas nada acerca de Julio Verne!”— los ojos azules de Scully
soltaron chispas al mirarlo. Mulder no pudo evitar una sonrisa ante la reacción de ella.
—”Bien... no, pero tengo una...”— Scully no lo dejó terminar.
—“¿Una corazonada, Mulder?”— respiró profundamente y se levantó de golpe de
la silla, dio dos pasos en dirección al espejo que camuflaba el cuarto en el que ellos
habían estado antes y se volvió para mirarlo. Mulder la siguió con la mirada y se
levantó también de su silla.
—“Tenemos que ver el lugar donde encontraron el cuerpo del señor Baxter y...”—
la ceja derecha de Scully se alzó como si tuviera vida propia —...ver qué podemos
encontrar de ese tal H. P. Lovecraft”— Scully miró al techo en actitud de rendición.
Mulder sonrió, se dirigió hacia la puerta y la abrió.
—“Venga, Campanilla – la miró divertido – tenemos que trabajar”— y salió de la
habitación. Scully tomó la carpeta con los informes de encima de la mesa, respiró
profundamente y salió tras él.
SEGUNDA PARTE
La puerta que daba acceso al sótano estaba aún precintada por orden de la policía.
Mulder había informado al inspector que esa misma tarde irían al escenario del crimen
y éste no puso objeción alguna. Cuatro escalones llenos de hojas secas bajaban hasta la
puerta de entrada al sótano, situado a más bajo nivel que la acera. Mulder estaba a
punto de abrir la puerta cuando una voz sonó sobre sus cabezas.
—“¿Quién anda ahí?”— preguntó una voz de hombre. La cabeza de un hombre
joven apareció de inmediato —“¡Ah... son ustedes!”— Mulder y Scully miraron hacia
el lugar de donde había provenido la voz. James, el señor Jones cerró la puerta de
entrada al inmueble, bajó los escalones con agilidad y en unos segundos estaba junto a
ellos.
—“Agente Scully, agente Mulder”— saludó con una sonrisa franca —“señor
Jones”— saludo a su vez Scully. —“James, por favor”— Mulder asintió.
James miró a ambos agentes. —“Creí que serían los del servicio de mantenimiento
— tanto Mulder como Scully lo miraron con expectación ante la frase de James —
Verán, desde el lunes venimos notando poca presión en los grifos del agua así que
llamé al inspector para ver si podía llamar al técnico — James se encogió de hombros
— no puso ningún impedimento”—.
Mulder lo miró intrigado —“¿Desde el lunes?”— James reflexionó y asintió —“Sí,
más o menos desde el lunes por la tarde”—.
—“Si no le importa nos gustaría echar un vistazo”— dijo Scully señalando la
puerta. James negó con la cabeza —“¡Por supuesto que no me importa! Déjenme que
les abra la puerta.”— Sacó un llavero de su bolsillo y tomó una de las llaves entre sus
dedos que metió en la cerradura —“No he bajado aquí desde antes de que
Emmott...”— no concluyo la frase.
La llave giró dentro de la cerradura y la puerta se abrió con un ligero quejido. Un
fuerte olor saturó los sentidos de las tres personas que ocupaban el vano de la puerta.
Scully metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una pequeña linterna e
iluminó la estancia con un pequeño haz de luz.
De techo bajo jalonado con vigas de madera, el sótano era un lugar lúgubre y
oscuro, sin iluminación natural salvo la que entraba en esos momentos por la puerta.
Una bombilla pendía del techo. Mulder buscó el interruptor cerca de la puerta y lo
encendió. Una luz tenue inundó la habitación. En silencio, uno tras otro fueron
entrando, despacio, primero Mulder, tras él Scully y por último James. Los tres
ocuparon pronto el centro del sótano. Allí no había mucho espacio, casi todo lo
ocupaba una vieja caldera enmohecida por años de uso que a simple vista parecía
necesitar una puesta a punto y una limpieza. En la pared más alejada a ella, ocultas en
una semi penumbra estaban un grupo de bombonas de agua potable que abastecían a
los dos únicos apartamentos. Scully y Mulder pasearon la vista por aquella reducida
habitación. El suelo bajo sus pies estaba oscurecido en algunos puntos, debido al
derrame de sangre, pensó Scully. Mulder se encontraba a unos pocos metros de ella,
observando el bajo techo con atención. James, a su lado, paseaba la mirada de un lado
a otro. Ninguno de los tres se percató de que un hombre en ropas de trabajo estaba en
la puerta.
—“¿Es aquí donde tienen problemas con el agua?”— preguntó el joven con desgana
y mascando chicle ruidosamente.
Las palabras de aquel hombre les cogió a los tres por sorpresa, giraron sobre sus
talones y enfrentaron al hombre que aún permanecía en el umbral del sótano.
—“¿Cómo dice?”— James se acercó un paso, confuso antes la inesperada aparición.
Mulder y Scully continuaron en el lugar en donde estaban.
—“Que si aquí es donde han llamado al técnico”— sacó de uno de sus grandes
bolsillos de sus pantalones una hoja impresa, leyó algo en voz baja. A James no le dio
tiempo a contestar a la primera pregunta formulada por el joven cuando preguntó de
nuevo —“Este es el 851 de Bee Street, ¿verdad?”— James reaccionó ante la nueva
pregunta.
—“Sí... sí, aquí es. Le estaba esperando”—.
El técnico tomó del suelo una gran maleta de cuero marrón. Parecía muy pesada
debido al peso de las herramientas. En la otra mano llevaba una pequeña bombona
azul. El joven entró en la habitación y sin decir palabra se dirigió a las bombonas de
agua. Tanto Scully como Mulder y James se acercaron al técnico que en esos
momentos dejaba sus herramientas al pie de las bombas. Casi tan altas como él y
pintadas de negro, las bombonas relucían y por su aspecto no parecían que llevaran
mucho tiempo allí.
—“Dígame cuál es el problema, amigo”— siguió mascando chicle mientras tomaba
de su maletín una linterna para alumbrarse mejor.
—“Pues desde hace unos días venimos notando que falta presión en el agua”— dijo
James mirando directamente al joven que rebuscaba algo entre sus herramientas. Se
alzó y asintió con la cabeza.
—“Bien. Comencemos”— el hombre dio un paso al frente y se colocó delante del
primer grupo de bombonas. James miró a Mulder.
El técnico pasó el haz de luz de su linterna por las bombonas, despacio, revisando
meticulosamente cuando detuvo la luz sobre el manómetro —“Qué tenemos
aquí...”— fijó su mirada y acercó más su rostro al aparato para verlo mejor. Redondo,
del tamaño de una pelota de golf, el manómetro indicaba en kilos la presión interior
de las bombonas, pero algo llamó la atención del hombre.
—“¿Qué pasa?”— James se acercó más para poder ver lo que aquel hombre estaba
mirando. Este se separó un poco del instrumento y señaló con su dedo.
—“Ve esto de aquí… — le dijo a James señalando el agua que cubría casi la mitad
del aparato, este asintió levemente con la cabeza — Este agua no debería estar aquí”—
apagó la linterna, la metió en su bolsillo y con ambas manos agitó levemente una de
las bombonas. El ruido de líquido en su interior pudo ser escuchado por todos.
Repitió la operación con las otras bombonas conectadas a la misma instalación. En
todas se pudo escuchar el ruido del agua que había en su interior.
James lo miró sin saber que pasaba —“¿Qué ocurre?”— preguntó. El hombre sacó
de nuevo la linterna y volvió a iluminar el manómetro.
—“Este agua no debería de estar aquí — miró a James — las bombonas están a
medio llenar. No existe explicación para que el agua haya pasado al manómetro. — Se
rascó la parte posterior del cuello en actitud pensativa — Tan sólo lo he podido ver
una vez en una helada”—.
—“¿Quiere decir que el agua se ha helado?”— James fijó la mirada en el aparato de
medición. Mulder y Scully permanecían callados detrás de ambos hombres. El joven
técnico asintió rotundamente. —“Creo que sí. Cuando el agua se hiela aumenta de
volumen y puede pasar al manómetro. Una vez que se ha descongelado el agua vuelve
a ocupar su volumen pero esos restos quedan atrapados en el interior del
manómetro”— Mulder posó la mirada en Scully. Esta a su vez lo miró con ojos
expectantes. —“Veamos el otro”— pasó el haz de luz de un aparato al otro que estaba
conectado a otro grupo de bombonas. Igual que el anterior; restos de gotas de agua se
amontonaban en el interior.
—“Esto es rarísimo. — Sentenció el joven — Sólo lo he podido ver en inviernos
intensamente fríos y con heladas. — movió la cabeza con un movimiento negativo —
La verdad es que no lo comprendo.”— se detuvo a pensar un momento, después se
agachó ante el maletín y sacó de él una llave inglesa, apartó a James que estaba junto a
él excesivamente pegado y se acercó al colector que unía las bombas de agua con las
conducciones que subían hasta la casa. Cerró la llave del agua.
Mulder y Scully miraban fijamente como el hombre trabajaba intentando
desenroscar una tuerca. Con manos expertas el hombre la aflojó y extrajo algo. Lo
puso en la palma de su mano y dando media vuelta se la enseñó a las tres personas que
había tras de él. La pequeña junta de goma redonda de un diámetro no superior a una
pulgada estaba completamente agrietada. —“Ven esto… — dijo el hombre señalando
las grietas con su dedo — es señal inequívoca de que el agua se ha congelado en las
tuberías también. Por favor, sostenga esto”— y la puso en la mano derecha de James.
Tomó de su maletín un destornillador, lo metió en el interior de la tubería y lo movió
cuidadosamente. Cuando lo sacó pequeñas lascas escarchadas estaban adheridas a la
herramienta. El hombre lo miró con grandes ojos abiertos y sostuvo ante James,
Mulder y Scully el destornillador —“Señor, por esto no llega suficiente agua a su
casa— lo miró de hito en hito – pero no me pregunte cómo se ha helado esto porque
no tengo ninguna explicación. Voy a cambiarles todas las juntas y calentar las tuberías
para que se descongelen, creo que es todo lo que puedo hacer”—.
James se irguió y asintió sorprendido ante el descubrimiento de aquel hombre. Se
separó de él unos pasos y con él Mulder y Scully, y dejaron a aquel hombre hacer su
trabajo. Los tres se acercaron a la puerta, al amparo de la luz ya decreciente del
atardecer.
—“Dime, Scully— se dirigió a su compañera — ¿cómo es que las tuberías pueden
estar aún heladas?”— Mulder la miró a los ojos y ella le sostuvo la mirada por unos
segundos para luego mirar al interior.
—“Mulder, no sé cómo se pudo helar este sótano ni cuándo. — Le dijo. — Las
conducciones siguen aún heladas porque los cuerpos sólidos como el metal tienen
mayor densidad que los cuerpos líquidos y por tanto tardan más en descongelarse. De
ahí que a la casa de los Jones llegue agua pero no con la suficiente presión. — Aseveró
Scully — Seguramente, si pudiéramos mirar dentro de las bombonas en las paredes de
esta también habría escarcha. — bajó la mirada al suelo para levantarla y mirar al señor
Jones — De verdad no sé a qué puede ser debido”—.
James estaba tan extrañado como los dos agentes —“De verdad, agentes, que esto
no lo comprendo — metió las manos en los bolsillos de su pantalón — se escapa a
toda lógica”— Scully asintió ante tal afirmación.
Dejaron al técnico cambiando juntas y reparando tuberías y subieron los escalones
permaneciendo al pie de ellos a la altura de la calle.
Una sola palabra resonaba en la mente de Mulder: frío. Sólo un frío intenso habría
sido capaz de producir aquello. Frío. Y la rama de aquel arbusto también había sido
expuesta a bajas temperaturas. Frío. ¿Qué relación tenía una cosa con la otra? Al cabo
de unos segundos su mente regresó de aquel viaje por un insondable mar de preguntas
para ver cómo los azules ojos de Scully lo miraban fijamente. Ella le sostuvo la mirada
brevemente y asintió; con ese sencillo gesto ella le hacía saber que conocía sus
pensamientos y sus preguntas mucho antes de que él se lo dijera. Con ellos aún estaba
James.
—“Esperaré aquí abajo a que el técnico termine, si no tiene inconveniente”—
aquellas palabras terminaron por hacer aterrizar a Mulder.
—“Por supuesto – Mulder metió sus manos en los bolsillos y fijó su vista en el
suelo, James se dirigió de nuevo hacia los escalones que conducían al sótano. Antes de
que pusiera el pie en el segundo escalón Mulder lo llamó.
—“James” – este se volvió hacia el dueño de aquella voz.
—“¿Sí, agente Mulder?”— le contestó.
Mulder dudó unos instantes antes de formular la pregunta. James volvió a subir el
escalón que había bajado, situándose de nuevo a la altura de ambos agentes —“... me
gustaría informarme sobre ese juego que ustedes comentaron durante el interrogatorio.
¿Podría decirme dónde podría conseguir esa información?”— Scully miró a su
compañero. Sabía que Mulder no iba a dejar escapar la oportunidad de preguntarle
por el juego. James asintió.
—“Seguro. — Miró primero a Mulder y luego a Scully — Nosotros compramos
todo el material en una librería en el centro de la ciudad, en el 116 de Prospect
Avenue, llamada Arkham Loony. Los dueños son dos jóvenes muchachos. Ellos seguro
le indicaran y le aconsejaran acerca de lo que ustedes quieren saber. — fijó su mirada
en Mulder que lo miraba interesado— Si no es así, no tienen más que ponerse en
contacto con Wilson, él es el verdadero entendido en el tema”—.
Mulder agradeció a James la información, dejó que este se encaminara de nuevo
hacia el sótano y junto a Scully se dirigió al coche.
Antes de llegar a él, Scully tendió la mano abierta ante Mulder, este la miró y
deposito en ella las llaves del vehículo. Ella cerró su mano alrededor del llavero que le
había dado su compañero y se dirigió al asiento del conductor, abrió el coche y se
sentó. Mulder quedó unos segundos fuera viendo cómo su compañera se había
adueñado de las llaves, sonrió y abriendo la puerta tomo asiento junto a Scully.
Antes de poner el coche en marcha Mulder miró a Scully. —“Scully, ¿qué piensas
de todo esto?”— continuó mirándola fijamente, ella suspiró levemente y miró hacia el
frente a través del parabrisas del coche.
—“Mulder, no lo sé.”— sus ojos azules se volvieron hacia su compañero sentado a
su lado. Este hizo una leve mueca con su boca y retiro la mirada.
—“Sin que sirva de precedente, Scully, yo tampoco lo sé. — se incorporó en su
asiento y miró al cielo. Un glorioso tono violáceo anunciaba la inminente oscuridad
nocturna que se avecinaba —Creo que es un poco tarde para ir hasta la librería. —
Scully asintió taxativamente — Será mejor que lo dejemos para mañana”— Mulder
volvió a acomodarse en el asiento y Scully puso en marcha el coche.
Aquella avenida era un ir y venir continuo de ejecutivos, oficinistas y gentes que
salían de sus trabajos para almorzar en cualquier bar o en algún sitio de comidas
rápidas. No llegaba a ser el hervidero humano de una gran ciudad pero se asemejaba
bastante. A ambos les hubiera gustado haber iniciado aquella visita antes pero esa
misma mañana tuvieron que esbozar el informe preliminar para el inspector de la
policía local y después presentárselo. Todo aquello les llevó casi la mañana completa y
cuando se dieron cuenta era casi la hora de comer.
Mulder y Scully se mezclaron entre la gente hasta que llegaron ante la librería. Un
gran cartel azul escrito con letras góticas anunciaba el nombre del establecimiento,
Arkham Looney; extraño nombre, pensó Scully para un lugar donde vendían libros.
Bajo el nombre, en letras más pequeñas se podía leer rol, wargames, comics,
miniaturas.
La puerta de entrada estaba flanqueada por dos grandes cristaleras desde donde
ambos podían ver el interior. Mulder abrió la puerta y dejó que Scully pasará delante
de él. Un doble sonido electrónico anunció que la librería estaba siendo visitada por
dos potenciales clientes. Frente a ellos se encontraba un mostrador, redondo, de
madera clara y muy lustrado que separaba la zona de atención al público de las muchas
estanterías repletas de libros con las que estaba acondicionado el local.
Mulder miró el establecimiento en conjunto, paseando la vista de una esquina a
otra. En una pared cercana al mostrador pudo ver una vitrina iluminada con
diminutas luces de neón. Dejó a Scully frente al mostrador esperando ser atendida,
pues tras este no había nadie y se dirigió hacia ella. En la vitrina, como si de diminutos
trofeos se trataran, estaban expuestas lo que parecían legiones de ejércitos en miniatura
listos para el combate. Identificó reproducciones de soldados napoleónicos, otros
vestían uniformes oscuros de oficiales de las SS alemana y aviadores de la RAF inglesa.
Junto a estos había figuras que bien podían haber salido de cualquier libro de Tolkien;
pequeños enanos de pies grandes y velludos, hermosos guerreros con orejas
puntiagudas y magos con grandes y largas capas. Mulder fijó más aún su atención en
otras pequeñas miniaturas que representaban a animales, monstruos informes, algunos
de ellos alados. Levantó la mirada cuando alguien que parecía ser el dependiente de la
tienda se acercó al mostrador y a Scully. Mulder echó un último vistazo a la vitrina y
se acercó a Scully.
Aquel chico que se colocó tras el mostrador no podía tener más de veintidós o
veintitrés años y poseía la altura de un jugador de la NBA, pensó Mulder, quien tuvo
que levantar la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Scully lo miró, rio y después miró
a Mulder. Al ver a su compañero de nuevo a su lado se concentró en mirar los
elementos que se exhibían sobre la superficie del mostrador. Un expositor anunciaba
barajas de cartas con elaborados dibujos y atrayentes colores. Varios cestos pequeños se
arremolinaban junto a la máquina registradora, todos ellos contenían lo que parecía
ser dados, pero tan sólo un tipo de ellos eran los convencionales dados de seis caras.
Scully pudo observar dados en forma piramidal, con sólo cuatro caras cada una de ellas
enumeradas y de distintos colores incluso algunos de ellos eran transparentes con los
números en brillantes colores metalizados. Otra cesta contenía dados de diez caras, de
veinte caras y otros bastantes más grandes con un parecido asombroso a una pelota de
golf. Tomó uno de ellos y pudo comprobar que se trataba de un dado de cien caras.
¿Para qué diablos servían?, pensó para sí misma depositándolo de nuevo en su lugar. El
chico del mostrador guardó en la caja el dinero que le había dado el cliente al que
había atendido, le devolvió el cambio y un ticket y con una sonrisa se dirigió a Mulder
y a Scully.
—“¿En qué puedo ayudarles?”— se dirigió a ambos. Mulder miró hacia arriba.
—“Nos gustaría ver algo de... Lovecraft.”— preguntó Mulder con una media
sonrisa en los labios.
—“¿Rol o relatos?”— el chico apoyó las manos sobre la superficie de madera con
aire de superioridad. Mulder miró a Scully y esta se encogió de hombros.
—“Ambas cosas”—. El chico asintió y se giró levemente hacia su derecha señalando
el bosque de estanterías que tenía tras él.
—“Bien. Los relatos de Lovecraft están en la última estantería, al fondo a la
derecha. Los manuales de La Llamada de Cthulhu están en el cuarto pasillo a la
izquierda. Hoy han llegado cosas nuevas— les hizo una seña con el dedo, volvió a
mirarlos – si no encuentran lo que buscan no duden en preguntarme”—. Y les sonrió.
Mulder miró a Scully con sorpresa —“¿...Los mitos de Cthulhu?”— preguntó
Scully intrigada. El chaval la miró extrañado —“Eh... sí, es en el que están basados
todos los demás manuales. El libro de Los Mitos es fundamental para empezar y
conocer las reglas del juego. — Desvió su mirada de Scully a Mulder. — Pero si ya lo
tienen pueden adquirir cualquier nuevo suplemento que contiene nuevas aventuras...
Si quieren pasar pueden echar un vistazo”— y dejando a ambos saludó a un nuevo
cliente que esperaba a ser atendido.
Scully y Mulder rodearon el mostrador y pasaron a la parte posterior de este donde
se encontraban las estanterías divididas en pequeños pasillos. Había bastantes personas
allí, hojeando libros y revistas. Mulder y Scully anduvieron juntos por el pasillo central
hasta llegar al cuarto, el que le había indicado el dependiente y torcieron a la derecha.
—“¡Agente Mulder, agente Scully!”— los saludo una voz familiar. En el centro del
pequeño pasillo estaba Karen con un libro en sus manos y con ella estaban Kate y
Henry —“¡Es un placer volver a verlos!”
Tanto Scully como Mulder se sorprendieron de encontrarlos allí. Karen advirtió la
cara de sorpresa de ambos agentes. Cerrando el libro que tenía entre las manos, dio un
par de pasos hacia ellos acercándose.
—“Muchas veces aprovechamos la hora de comer para ver lo nuevo que ha traído
Willie, seguro que ya lo han conocido” – Scully asintió con una sonrisa forzada,
Mulder la imitó.
—“Karen – Scully se acercó aún más a la mujer, que la miró con una sonrisa sincera
en el rostro — veníamos buscando algo sobre el escritor del que ustedes nos
hablaron...”— “Lovecraft”— Mulder terminó la frase por ella.
Kate y Henry se acercaron más al trío que conformaban su amiga y los dos agentes
del FBI. Karen asintió con un leve movimiento de cabeza. —“James ya me dijo que
ustedes le preguntaron y que los envió aquí — miró alrededor de ella — es una de las
mejores de Providence, y además Willie es muy competente y amable con los clientes.
Todo nuestro material lo compramos aquí”— Karen dio un paso atrás para permitir a
Mulder y a Scully una mejor visión de las estanterías, le paso a Kate el libro que tenía
en sus manos y tomó uno nuevo de entre los que allí se encontraban expuestos, de
brillantes pastas a todo color.
——Este es el manual del juego, Los mitos de Cthulhu. Contiene las reglas del
juego y como fabricar un personaje — le tendió el libro a Mulder, este lo tomó y lo
abrió ante si permitiendo a Scully verlo también — así como reglas especiales, armas
que se pueden utilizar, enemigos, monstruos ... todo lo que se necesita para empezar a
jugar — Scully levantó la cabeza del libro y miró a Karen fijamente. Mulder mientras
tanto hojeaba el libro y pasaba de una página a otra.
—“El juego está basado en una de las obras de Lovecraft — era Kate quien habló
— pero el escritor tiene otras muchas, sobre todo relatos cortos”—. Scully pasó su
mirada de Karen a Kate. Henry, tras ellas se mantenía en silencio pero atento a lo que
decían sus amigas.
Karen tomó dos libros más de la estantería, semejantes al que ahora tenía Mulder en
las manos. —“Estas son módulos o campañas para este juego. Son aventuras ya escritas
pero cualquiera que esté un poco avezado en el tema puede escribir sus propias
aventuras para así jugarlas después”—.
—“¿Y existen muchos... módulos de estos?”— preguntó Scully tomando de manos
de Karen uno de los libros. Está se encogió de hombros. —“No sé. — miró a Kate y a
Henry para volver a mirar a Scully— Todos estos que ve aquí — le señaló la estantería
completa — pertenecen a los mitos, pero el mercado está en constante expansión y
salen módulos nuevos muy asiduamente”—.
—“¿Tienen un interés especial por alguno de ellos, agentes?”— preguntó Kate.
Mulder levantó la vista al fin de su libro.
—“No, en ninguno en especial. — Miró a Scully que ahora hojeaba otro de los
volúmenes — Sólo queríamos información sobre el juego y sobre el autor—. Mulder
paseó la vista por los tres amigos – Sólo es simple curiosidad, nada más”— Mulder le
tendió el libro de nuevo a Karen, quien lo tomó y lo puso de nuevo en su lugar.
—“Pues si es curiosidad lo que siente, agente Mulder, en los libros sólo encontrará
aventuras de misterio para ser jugadas. Nada que pueda ser considerado como un
relato”— Henry se dirigió a Mulder con calma. Karen miró primero a su amigo para
después mirar a Mulder.
—“Cierto, si es curiosidad, la mejor manera es jugar — miró a Kate y de nuevo
posó su mirada en ambos agentes— Como ustedes ya saben nosotros jugamos casi
todos los fines de semana, pero una vez al año hacemos lo que denominamos maratón,
o sea un fin de semana completo jugando — Kate y Henry asintieron al unísono — si
a ustedes les parece, podrían venir este fin de semana y comprobar in situ cómo es
realmente una partida de rol —miró con ojos expectantes a Mulder y a Scully— No
creo que ni Wilson, que es quien dirige las partidas ni por supuesto a James, les
importe en absoluto.”— sonrió.
Scully llevó su mirada hasta Mulder y este la miró a ella. Vio en los ojos de su
compañero un brillo que conocía, que le era absolutamente familiar; el reflejo del
entusiasmo, el mismo que había hecho en cientos de ocasiones que corrieran por
medio país tras algo a lo que llamar verdad con mayúsculas. Supo que hiciera lo que
hiciera y dijese lo que dijese, ese fin de semana irían al apartamento de los Jones a
experimentar aquel juego de rol en el que Mulder estaba tan interesado.
—“Bien, Karen. — Scully movió lentamente su cabeza en un gesto afirmativo —
Creo que el agente Mulder y yo estaremos encantados de poder ir — y miró a Mulder
quien ya la estaba mirando con los ojos abiertos y una expresión de incredulidad en el
rostro. Le gustó aquello de tomarlo desprevenido. Volvió sus ojos hacia Karen y sus
amigos.
—“Podemos hacer algo más, agentes. — Dijo Karen — Si realmente están
interesados en informarse sobre el juego y sobre Lovecraft, si les parece les puedo hacer
llegar el material que tengo en casa. — miró directamente a Mulder a los ojos — Si
me dicen a dónde se los enviaré por mensajero esta misma tarde”—.
—“Y si quieren saber más sobre Lovecraft, — dijo en esta ocasión Henry — la casa
en la que vivía es ahora un museo. Si tienen tiempo vayan a visitarla. — Esperó a que
Mulder lo mirara y asintiera – Es el 598 de la calle Angell. Seguro que Willie tiene
algún folleto que dejarles”—.
—“Bien, muchas gracias por toda la información.”— dijo Mulder. Le tendió a
Karen la dirección del hotel y el número de habitación donde podía hacerle llegar los
libros. Tanto Karen como Kate y Henry se despidieron de ambos y abandonaron la
librería con un nuevo módulo en las manos. Ellos permanecieron allí durante algunos
minutos viendo cómo se marchaban.
—“¡Scully!”— Mulder miró a su compañera que todavía contemplaba como esas
tres personas abandonaban el local, volvió la cabeza y lo miró directamente a los ojos
—“¿Qué, Mulder?”— se colocó un mechón de pelo tras la oreja.
—“Has...”— Scully no lo dejó terminar.
—“Mulder, eso era lo que querías. Saber sobre qué va ese juego—. Miró hacia el
techo iluminado con tubos fluorescentes, pensativa — Por alguna extraña razón que
aún desconozco — bajó la mirada para posarla sobre el rostro sorprendido de su
compañero – tú estás intrigado en ese juego. Mulder, no tengo ninguna teoría para ver
resuelto estos crímenes, y me temo que será un expediente más clasificados en un
archivo con una x delante — Mulder miró aquel dulce rostro — así que, dejando a un
lado lo que yo opine seguiremos tu corazonada”—. Y diciendo esto dejo a Mulder allí,
ante aquellas estanterías repletas de libros que le eran completamente extraños y se
dirigió hacia el mostrador de la entrada. Mulder siguió con la mirada a aquella
pequeña mujer pelirroja que con su determinación hacía que todo ocupara el lugar
que le correspondía en el caos de su universo. Una sonrisa surcó sus labios y marchó
tras ella.
Henry había tenido razón al decir que el dependiente de la tienda tendría
información sobre la casa-museo de H. P. Lovecraft. Y allí estaban ahora ellos.
La casa era, por fuera, una más entre tantas construcciones que se alienaban en la
calle Angell. Mulder y Scully subieron los escalones y entraron en un vestíbulo muy
iluminado en donde se encontraba una mujer tras una mesa. Pagaron a la señora los
tres dólares de la entrada de ambos y caminaron hacia el centro del vestíbulo.
Una gran fotografía en blanco y negro tamaño póster presidía la habitación. El
cuadro era de un hombre enjuto, de unos cuarenta años. Cabello claro, rostro serio,
alargado y con aspecto de enfermizo y nariz regia era identificado por una placa
dorada como Howard Philip Lovecraft, mil ochocientos noventa a mil novecientos
treinta y siete.
Mulder y Scully permanecieron unos minutos ante el cuadro, mirándolo fijamente.
Scully fue la primera en abandonar el vestíbulo y adentrarse en la primera de las salas
abiertas al público. Antaño debería haber sido el salón principal de la casa. Lleno de
cuadros, vitrinas y expositores, Scully, y a unos pasos de ella, Mulder, hicieron un
recorrido por la sala.
Pudieron ver fotografías del autor con otras personas, manuscritos y objetos
personales del escritor. Un aura de melancolía recorría la estancia, todas las fotografías
allí existentes mostraban a una persona seria, reservada y con un aire de tristeza en la
mirada. Ni tan sólo en la pocas fotos en la que estaba acompañado, una sonrisa se
dibujaba en su boca, sus ojos seguían siendo los mismos, tristes y solitarios. Mulder
miró una de las fotografías con interés. En ella Lovecraft estaba sentado ante una
mesa, con útiles de escribir en la mano y mirando a la cámara, con la misma mirada
que en las otras. Una de las pocas fotos que se publicaron junto a su obra, rezaba la
reseña bajo la foto.
Tardaron en recorrer el museo veinte minutos. Fueron de una habitación a otra.
Con el mismo aire que seguramente tendría en los años treinta, la casa estaba decorada
con los mismos muebles que antaño usaba el escritor y su familia. Lustrosos muebles
de madera de caoba, acusaban el paso del tiempo y el uso de barnices baratos.
Cortinas, enseres y pequeños elementos decorativos dejaban ver la mano femenina que
casi setenta años antes había decorado aquella casa.
Scully comenzó a bajar las escaleras para abandonar la casa. Al salir esperó en la
entrada a su compañero, que salió breves segundos después.
—“Un hombre triste ¿verdad?”— Scully miró hacia la fachada de la casa. Mulder la
imitó y volvió la cabeza.
—“Cierto. Otro hombre triste”— y se alejaron en dirección al coche.
Volvieron a pasar toda la tarde en la comisaría de policía junto al inspector
intentando sacar algo en claro de esas muertes. La policía no había encontrado ningún
sospechoso y ninguna pista que los llevara hasta alguien. No habían podido catalogar a
aquellos asesinatos como obra de una misma persona. Nada, excepto la violencia con
la que se habían producido las muertes, establecía relación de una muerte con otra. Ni
las edades eran algo en común. Los fallecidos no tenían mucho en común. Cuando
Mulder recibió el dossier de ambos asesinatos, y a pesar de querer creer lo contrario,
estuvo casi seguro que se trataba de un asesinato en serie, aunque se resistía a creerlo
por el modo en que se cometieron los asesinatos. Pero ahora, tras estudiar el caso con
más profundidad y tras la autopsia de Scully al último de los cadáveres encontrados, el
del señor Baxter, estaba más seguro que aquello no correspondía a un acto de un
asesino en serie pero tampoco sabía a qué se podían deber.
Y además estaba Scully. Nunca antes ella había acogido con tanta rapidez las
conjeturas e hipótesis de Mulder. Eso le hizo pensar en ella. Scully siempre había
intentado mantener la postura de encontrar una explicación plausible y científica a
cada hecho y a cada situación. Y que ahora ella estuviera de acuerdo con él en buscar
otra explicación a ese caso le resultaba algo desconcertante. Esta vez no sabía a qué
atenerse. Scully siempre había sido la que había aportado la visión objetiva, cerebral, el
dominio de la razón. Cuando ella asintió por él ante la oferta de los Jones y sus amigos
a jugar una partida de aquel juego lo dejó asombrado. Había algo en aquel caso que
removía el interior de su compañera.
Mulder se obligó a sí mismo a concentrarse ante los papeles que tenía ante él.
Levantó la mirada y vio a Scully en la oficina del inspector a través de la mampara de
cristal que separaba dicha oficina del resto de la comisaria. Ella, de pie ante la mesa del
policía, hablaba agitadamente y le mostraba una y otra vez los documentos que tenía
en sus manos. Mulder vio como al fin el comisario asentía y ella le dejó sobre la mesa
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  • 1.
  • 2. Disclaimer: Evidentemente ninguno de los personajes que aquí aparecen me pertenece (salvo los ideados por mi mente). Mulder y Scully son propiedad de Chris Carter, Ten Thirteen Productions y de la Fox. Lo único que realmente sí me pertenece es mi propia imaginación que me ha impulsado a escribir este nuevo relato. Cualquier parecido entre los personajes protagonistas no habituales en XF que aparecen en este relato y la realidad no es pura coincidencia. Nota del autor: Todas las direcciones que aparecen en el relato existen, o al menos existieron en los años treinta. El nombre de la calle donde viven los protagonistas nada tiene que ver con la famosa escena del pasillo, aunque tengo que reconocer que me encantó utilizarla. Agradecimientos: Tengo que agradecer a N. que me introdujera hace ya años en el mundo del rol y por compartir conmigo sus conocimientos sobre H. P. Lovecraft y su obra. Gracias. Y a J. que me ha orientado sobre todos los términos técnicos que aparecen en el relato y por regalarme sus valiosos consejos, su apoyo incondicional y sus críticas, las buenas y las malas. Gracias. Dedicatoria: Dedicado a mis amigos, fieles siempre a un profundo sentido de la amistad, y a mis nuevas amigas Keenness, Elena, Kathe, Helena y Bluecrow, por esperar este relato incluso antes de comenzarlo y por alentarme en ello. Y a Oscar. Gracias a todos. Tipo: XF (investigación de un Expediente-X), UST (Tensión sexual no resuelta). Maqueta en PDF: Abdul Alhazred.
  • 3. PRIMERA PARTE La cocina era grande y estaba bien iluminada debido a los tubos fluorescentes del techo. Por la ventana, enmarcada con primorosas cortinas de encaje blanco se filtraba una tenue luz proveniente de un pequeño farol de la terraza. El centro de la habitación lo presidía una gran mesa de madera rodeada de cuatro sillas. El hombre estaba de pie delante de la mesa sosteniendo con una mano lo que parecía la tapa de una caja de cartón rectangular. Miraba fijamente a través de sus gafas de monturas metálicas a la mujer que estaba frente a él, sentada, con los brazos cruzados delante de ella y tamborileando la superficie de madera con sus uñas. El hombre vestía de manera formal, camisa blanca de manga larga, pantalón azul oscuro y una elegante corbata haciendo juego. No tendría más de treinta años. Siguió mirando a la mujer. —“Dime, Karen, ¿qué va a hacer Georgina?” —posó la tapa en la mesa y se apoyó sobre las palmas de sus manos, inclinándose levemente hacia delante. La mujer bajó la mirada y la posó en unos folios escritos que tenía ante sí. Pareció estudiar algo de lo allí escrito y alzó la mirada. —“Wilson, Georgina va a volver a intentarlo” —dijo finalmente. Wilson se asombró ante la afirmación de la mujer, elevó una ceja y se acercó aún más a ella. La mujer sostuvo su mirada. Tan joven como él, la mujer no se intimidó ante su gesto. —“¡Conque paseando por el lado oscuro! Karen, tuviste suerte una vez, dos serían demasiadas.” —Se elevó en toda su estatura y cruzó los brazos ante su pecho. —“¡Venga ya, Wilson! Lo tengo decidido” —y tendió su mano ante el hombre. Wilson metió la mano en su bolsillo y sacó lo que parecían dos dados, blanco y negro. Con numerosas caras cada una de ellas grabadas con un número era parecido a un poliedro. Depositó los dados en la palma de la mano abierta de la mujer y está los lanzó con cuidado. El blanco paró primero en su frenética danza: un seis, el negro después: un cero. Ambos miraron como los dados se detuvieron.
  • 4. —“¡Sí!” —la mujer alzó su mano en señal de victoria. —“¿Lo pasaste? Déjame ver” —el hombre tomó los papeles que segundos antes Karen había estado estudiando, le echó un vistazo rápido y se los devolvió. —“Tienes suerte.” —Wilson se relajó y tomó los dados de encima de la mesa. Esta vez los tiró él. La mujer lo miraba con curiosidad. Asintió. —“Bien, creo que podemos volver con los demás” —recogió los dados, se los metió de nuevo en el bolsillo. Karen se levantó de la mesa llevando todos los papeles en la mano. Casi tan alta como Wilson vestía mucho más informalmente que él y su cabellera pelirroja estaba algo despeinada. Ella pasó primero por la puerta y él la siguió. La cocina estaba separada de la sala de estar por medio de un pequeño pasillo. La madera pulida del suelo crujió bajo sus pasos. La puerta doble se abrió dando paso a una gran habitación. En ella se encontraban tres personas más; una mujer y dos hombres, todos jóvenes. Sentados alrededor de una mesa charlaban alegremente hasta que Karen y Wilson entraron. La mesa estaba repleta de papeles, dados de diversos colores y formas, libros, una caja de pizza vacía, vasos y una botella de Southern Comfort a la que sólo le faltaban un par de dedos para estar completamente llena. Karen tomó asiento mientras que Wilson continuó de pie. —“Bien —habló Wilson, se acercó a la mesa buscó un papel en blanco y tomando un lápiz hizo un tosco croquis de lo que parecía la planta de una habitación. —Estáis en la bodega. Georgina se encuentra aquí— dibujó un pequeño círculo con una G en el interior— a su lado justamente estás tú, Malcom— dijo señalando al hombre sentado frente a él, dibujo otro circulo con una M— Elizabeth está aquí, junto a Malcom pero un paso por detrás— volvió a dibujar otro circulo con una E, refiriéndose a la otra mujer sentada junto a Karen – y tú John estas aquí –dibujo un cuarto circulo— junto a Elizabeth pero un poco más atrás”— todos asintieron y miraron fijamente el burdo dibujo que tenían ante ellos. Wilson se incorporó. —“Tú, Malcom, y tú, John no dudáis ni un segundo y sacáis vuestras armas y le apuntáis” —Wilson dibujó otro circulo, esta vez frente a los cuatro que ya había dibujado con anterioridad— “el sótano está suficientemente iluminado para verlo con claridad”—Ambos hombres se miraron y se rieron, cómplices. Wilson prosiguió — “pero os fijáis que tanto Georgina como Elizabeth dan un paso hacia atrás y comienzan a salmodiar algo en voz baja que no comprendéis pero que ya conocéis por lo que seguís apuntando al frente pero no disparáis” — les entrega a ambas mujeres un papel escrito— “venga, lo podéis leer”.
  • 5. Karen se levantó y se acercó a donde estaba la otra mujer. –“A ver, Kate, déjame leer”— la mujer se levantó también y sostuvo el papel ante ambas. Comenzaron a leer con voz calma y al unísono: —“Efficiunt Daemones, et quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exhibeant...”— Ellas levantaron la cabeza al terminar de leer. Los tres hombres las miraron, Wilson asintió —“Volved a leerlo”— ellas obedecieron y leyeron con la misma cadencia que unos segundos antes. Los dos hombres que estaban sentados miraron a los que se encontraban de pie. —“Kate, ¿ya lo habéis vuelto a hacer?”— el hombre se acomodó en su asiento y cruzó los brazos ante sí. —“Calla, James, y está atento”— Kate pareció reñirle. Wilson alzó una mano para callar a ambos —“Ahora frente a vosotros se comienza a formar una densa nube de humo grisáceo, ellas siguen salmodiando algo que vosotros dos no conseguís comprender pero parece que conforme ellas repiten y repiten el versículo la nube se hace más espesa”— Wilson toma los dados y los lanza sobre la mesa —“cada vez hace más frío. De repente de esa nube salé una fuerte garra que toma del cuello a quien tenéis frente a vosotros y ambos, criatura y hombre desaparecen”—. Los cuatro sentados a la mesa lanzan un suspiro, habían estado conteniendo sin darse cuenta la respiración conforme Wilson había estado relatando el hecho. Todos se relajaron. El hombre sentado a la izquierda de Wilson miró el reloj de su muñeca. —“Me temo que ya es un poco tarde. Son casi las dos. Yo me marcho”— el gesto del hombre hizo que todos los demás miraran sus respectivos relojes. —“Henry tiene razón. En verdad es tarde, yo también me marcho. Se me ha pasado la noche volando. Menos mal que mañana es domingo y aún puedo descansar”— la mujer se puso de pie y comenzó a recoger la mesa —“deja eso, Kate, ya lo haremos James y yo”— Karen se levantó seguida del hombre que estaba a su lado. Más alto que ella y con una modernas gafas azules se pasó su mano por el corto cabello rubio —“sí, no os preocupéis. Ya nos veremos la semana que viene”—. Karen salió de la habitación y regresó a los pocos segundos cargada con los abrigos de sus amigos —“Henry, creo que este es tuyo”— de dirigió al hombre que había permanecido casi toda la noche en silencio, como era habitual en él. Tan alto como James y también con gafas vestía informalmente con un jersey de lana gris y pantalones vaqueros —“toma Kate, tu bolso”— la mujer vestía un sencillo traje chaqueta de pantalón color borgoña. Más baja que Karen, contrastaba con ella en su pelo, oscuro y algo más largo y en su tez, que a diferencia de la palidez de Karen la suya era algo más bronceada. Wilson tomó del brazo de Karen su abrigo y se lo puso.
  • 6. Todos se dirigieron hacia la puerta de entrada y se despidieron quedando Karen y James a solas en su apartamento. Los coches de los tres jóvenes estaban aparcados frente al edificio. El señor Baxter, el vecino de los Jones, los vio salir tal y como los veía todos los sábados por la noche desde hacía cinco años, el tiempo que hacía que Karen y James se habían mudado a ese vecindario. Tanto Henry como Wilson y Kate lo vieron y les saludaron cortésmente con la cabeza. En ese momento estaba recogiendo los cubos de basura que ya habían sido vaciados por el servicio municipal de limpieza. Era frecuente ver al anciano señor Baxter merodear alrededor de la puerta de entrada al edificio y a ninguno de los tres les extrañó verlo a esas horas fuera de su hogar. Cada uno se dirigió a sus respectivos coches, montaron en ellos y enfilaron la calle hasta desaparecer por la esquina. El señor Baxter era mayor pero se consideraba a sí mismo que no estaba demasiado mal de salud a pesar de su edad. Vivía en el apartamento situado bajo el de los Jones y había terminado por tomar cariño a la pareja. Desde que los conociera tanto la esposa, Karen, como el marido, James, habían sido amables con él en todo momento, claro que su relación se limitaba a desearse mutuamente buenos días y a dejarse ayudar alguna que otra vez que les subieran alguna bolsa pesada hasta su casa. Envidió su juventud pero a él ya le había tocado vivir la suya y tenía que reconocer que había vivido lo suyo. Pero ahora estaban esos pequeños problemillas con el sueño. Normalmente solía irse a la cama temprano pero a las pocas horas se desvelaba y le era casi imposible intentar volver a conciliarlo. Así que esa noche decidió recoger los cubos una vez que el servicio de limpieza había terminado en lugar de dejarlos hasta por la mañana y así evitaba que los perros los ensuciaran con sus necesidades. Oyó como los amigos de sus vecinos salían del apartamento de estos y aprovechó la ocasión para salir. —“¡Malditos basureros! Nunca dejan los cubos bien colocados”— el señor Baxter se agachó para recoger la tapa de uno de los cubos. La puso sobre este y lo levantó sin esfuerzo. Bajo el edificio había un pequeño sótano donde se guardaban los elementos de limpieza y donde se encontraban los depósitos de agua y la caldera central. Bajó los cuatro escalones que daban acceso a la puerta de acceso con cuidado y sacó una llave de su bolsillo. Abrió la puerta y pulsó el interruptor de la luz. Nada. La luz no se encendió. Se molestó —“bonito momento para que se funda la bombilla”— la instalación era algo antigua y las bombillas sufrían continuas subidas y bajadas de tensión por lo que no le extrañó que no funcionara. Dejó el cubo en el suelo y cerró la puerta a su espalda metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón sacando un encendedor. El médico le había prohibido explícitamente el tabaco pero era uno de los pocos vicios que le quedaban así que había decidido no hacerle mucho caso. Con la tenue luz del mechero se acercó a la pequeña bombilla que pendía del techo para
  • 7. poder comprobarla. Iluminó la bombilla y la tocó, no parecía que estuviera fundida, pues podía ver el que filamento permanecía intacto. Una extraña neblina comenzó a reunirse bajo sus pies. El señor Baxter se fijó que por momentos aquello parecía ascender y tornarse más y más denso. No era una persona que se asustara con facilidad pero notó como su corazón comenzó a bombear la sangre rápidamente. Comenzó a hacer frío. A los pocos segundos la niebla, espesa, le impedía la visión y la escueta luz del encendedor nada podía hacer frente a aquella oscuridad que lo desorientó hasta tal punto que no podía ver donde se encontraba la puerta de salida. Angustiado intentó llegar hasta ella y abrirla. Sólo le dio tiempo a posar su mano derecha sobre el pomo de frío metal de la puerta, algo le agarró fuertemente de la pierna y un fuerte calor se apoderó de ella. Un grito se ahogó en su garganta cuando sintió que la vida se le estaba escapando en la oscuridad de aquel sótano. Un fuerte golpe despertó a Scully de su placentero sueño. Miró el reloj de su mesilla de noche. Otro golpe. Fuera quién fuera iba a tirar la puerta abajo y seguramente los vecinos ya estarían en el pasillo mirando quién se dedicaba a semejante atropello a una puerta un domingo tan temprano. Se levantó, tomo la bata que estaba sobre la silla y se la puso. Otro golpe. Por supuesto que ella ya sabía quién era el autor de semejante alboroto. Lo que le extrañaba es que no la hubiera despertado en mitad de la noche con una de sus llamadas de teléfono. Se pasó las manos por la cara para alejar el sueño. —“¡Ya voy!”— Scully se ató el cinturón de su bata. Quitó la cadena de seguridad de su puerta y dio vuelta a la llave. No se molestó en mirar por la mirilla. Abrió la puerta directamente. —“Mulder ¿qué demonios quieres a esta hora?”— el hombre parado ante su puerta le sonrió. —“Buenos días. Vine a ver como estabas”— y entró en el apartamento sin esperar la invitación de rigor. Scully quedó de pie junto a la puerta abierta y viendo como aquel hombre, que irrumpía en su vida cada día, lo hacía esa mañana en su apartamento. Ella cerró la puerta con cara de sorpresa. —“Mulder, es domingo, aún no son las nueve de la mañana. Para variar me gustaría disfrutar de la cama por un sólo día”— la cara de Scully reflejaba cansancio.
  • 8. —“Por mí no hay inconveniente”— abrió los brazos en un gesto de renuencia. Scully suspiró y miró al techo. —“Lo digo en serio, Mulder. ¿Qué tienes ahí?”— le dijo señalando con la cabeza a una carpeta que traía su compañero en la mano. —“¿El qué, esto? Pues no me había dado cuenta”— una leve risita se escapó de los labios de Mulder. Aquel hombre era incorregible, se le veía fresco y vigoroso, aunque seguramente aún no se habría acostado recabando la información que Scully sabía que contenía aquella carpeta —“No te quejes, Scully. Por lo menos no te he llamado a las cuatro de la mañana”— se sentó en el sofá y se quitó la cazadora. Vestía de una manera informal, con vaqueros y una camiseta, algo muy alejado de los elegantes trajes que solía vestir para ir a la oficina, aunque su gusto por las corbatas fuera algo cuestionable. Scully cerró los ojos. Sabía que llevaba razón. —“Y ahora tendré que darte las gracias, ¿verdad?”— Mulder asintió con un gracioso gesto de su cabeza. Ella se sentó a su lado y se alisó el pelo con una mano. Rio para si —“Ya... bien, dime qué tienes ahí”—. Para los oídos de Mulder aquello sonó como el beneplácito para poder exponerle a Scully su último descubrimiento, el último expediente que había llegado a su poder tan sólo un par de horas antes y que no pudo contener las ansias de tener que esperar al lunes por la mañana para mostrárselo a su compañera en la oficina. Y para qué engañarse; para verla a ella también. —“El pasado miércoles— comenzó, obligando a su mente a concentrarse en aquellos papeles —se encontró un cadáver en una carretera de Rhode Island que une Providence con Manton. Según los informes preliminares del forense indicaban que el sujeto, al parecer un vagabundo sin identificar al que llamaron John Doe, llevaba varios días muerto— Mulder sacó del dossier lo que parecía un certificado médico fechado dos días antes —El cadáver se encontró a unos seis metros de la carretera, entre unos pequeños arbustos que apenan lo ocultaban. Fue descubierto por unos jóvenes. El señor Doe presentaba un avanzado estado de descomposición y...”— Scully tomó de la mano de Mulder lo que parecía las fotografías que habían tomado del cuerpo de la víctima. Mulder silenció su exposición de los hechos que estaba relatándole a Scully, ella se encontraba ya absorta mirando aquellas fotografías a color. Las miraba concienzuda y detenidamente, con el aire de profesionalidad que sus conocimientos y su experiencia le había otorgado. Paseaba su vista ante las fotos, una tras otra, a veces volviendo a retomar la anterior. Mulder se acercó un poco más a ella para poder ver el objeto de tan minucioso estudio.
  • 9. Scully levantó la vista brevemente —“Mulder, ¿qué es esto?— él se encogió de hombros —“tú eres la doctora, dímelo tú”— Scully volvió a fijar su vista en la última fotografía, la que tenía ante sí en ese momento. Scully abrió la boca para cerrarla inmediatamente, y negó con un leve movimiento de cabeza —“Mulder, en mi vida he visto semejantes heridas en ningún cadáver que yo haya podido estudiar. Las lesiones que presenta no parecen producidas por ninguna arma blanca. Lo más parecido que yo he visto ha sido el mordisco de un tiburón tigre en Florida”— Mulder sonrió. —“Sí, pero que yo sepa a los tiburones no les da por pasear por plena carretera. Fíjate en esta foto— tomó una de las que tenía ella en la mano y la puso sobre las demás —este hombre fue asesinado en ese mismo lugar, no lo trasladaron de ningún otro sitio. Ese hombre se desangró ahí mismo”— Scully asintió ante la observación de su compañero. Volvió a tomar otra de las fotografías —“Observa esto. El tejido del brazo ha sido desgarrado con algún arma de superficie irregular como puedes ver por los bordes de la herida. Le han seccionado totalmente la arteria y la vena braquial del brazo derecho. Y mira su abdomen. Los tejidos presentan las mismas abrasiones que en sus miembros superiores— Miró a Mulder con horror en su cara —Realmente no conozco ningún animal que pueda hacer este tipo de heridas y mucho menos pudo hacerlo la mano de un hombre, aunque se ayudara de herramientas”—. Mulder apoyó los codos sobre sus rodillas, unió sus manos y apoyó la cabeza en ellas, pensativo, mirando fijamente la foto que sostenía su compañera entre sus manos. Scully lo miró fijamente —“Mulder, ¿cómo ha llegado esto a tus manos? Sé que tienes tus fuentes pero creo que esto es labor de la policía de Rhode Island”—. El hombre sonrió levemente y miró a la menuda mujer —“La policía piensa que esto se les escapa de las manos y me lo han mandado ellos directamente. Lo recogí a media tarde en la oficina. Ni siquiera han dado los datos a la prensa. Están asustados ante la idea que un asesino ande suelto por Providence”—. Scully se frotó la cara con las manos y respiró profunda y sonoramente —“Mulder, si ellos piensan que es obra de un asesino, de un hombre, ¿por qué te lo envían a ti, a los Expedientes X?”— ella lo miró fijamente. Conocía a aquel hombre demasiado bien y podía asegurar que en su mente ya se estaba fraguando la idea de que aquel caso tenía algo que ver con los expedientes inexplicables que ellos investigaban desde hacía ya casi siete años. Mulder volvió la cabeza hacia su compañera y sostuvo su mirada — “Dime, Scully, ¿tú que piensas?”— le preguntó. Ella miró al frente, cerró los ojos por unos instantes y negó con la cabeza. — “Mulder, no creo que tenga nada que ver con los Expedientes X. Seguramente ese pobre hombre fue atacado salvajemente por alguien y asesinado en aquel lugar para
  • 10. que después los animales se fueran cebando en él hasta que fue hallado por esos jóvenes”—. Mulder alzó las cejas. Ella había dicho hacía unos momentos que no conocía ningún arma que pudiera hacer aquello, y ahora, segundos después, se refugiaba en teorías distintas a las que había esgrimido y argumentado. Se levantó de un salto del sofá. Scully miró como su compañero se ponía la cazadora y con gesto serio le tendía la mano para que le entregara el dossier que había llevado hasta su apartamento. Se levantó ella también. —“Mulder, ¿se puede saber qué ocurre?”— le puso una mano en su brazo. Él se volvió hacia ella y la enfrentó. —“Scully, hace unos instantes me has dicho que era prácticamente imposible que alguien hubiera hecho algo así y ahora me cuentas que seguramente ese hombre fue asesinado por unos individuos y que las heridas posteriores se deben a mordeduras de alimañas— respiró profundamente y miró al fondo de los ojos azules de su compañera. Ella bajó la mirada —“Mulder — su voz era dulce —no tengo ni idea de qué puede ser. No tengo datos fehacientes en los que apoyarme ni informes que estudiar, sólo esas fotografías que...”— a Mulder le bastó con oír aquello. —“Bien, Scully. Cuando tenga más datos te lo haré saber. Nos vemos mañana en la oficina”— caminó hasta la puerta de entrada, alargó la mano y girando el pomo salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Cabizbajo anduvo por el pasillo hasta el ascensor que lo llevaría hasta la calle. El ruido de una puerta que se abría a su espalda lo detuvo. —“¡Mulder!”— Scully apenas había asomado la cabeza por la puerta entreabierta de su apartamento. Él se volvió y la miró. —“¿Quieres un café?”— ella le dedicó una sonrisa. Él agachó la cabeza y sonrió también. Colocó la carpeta con los papeles debajo de su brazo, metió sus manos en los bolsillos de su pantalón y se dirigió de nuevo al apartamento de Scully.
  • 11. Scully tomó el ascensor que la llevaría directamente hasta el sótano. En su mano llevaba un dossier del nuevo caso que le habían encomendado a ambos. Para ella fue una sorpresa cuando al ojearlo vio datos familiares en el informe. El ascensor se detuvo y ella salió al pasillo que comunicaba con la puerta de su despacho, bueno no era realmente su despacho. A decir verdad ella nunca había tenido un despacho propio, tan sólo una vez tuvo una mesa con un ordenador el tiempo que estuvo apartada de los Expedientes X y al mando del jefe adjunto Kersch. Aquella era realmente la oficina de Mulder, la que incendiaron para impedir que ellos continuaran con su labor de investigación y en donde un rótulo sobre la mesa constaba su nombre: Fox Mulder, no el de ella. Sus zapatos de tacón alto resonaban en el suelo del pasillo. Llegó ante la puerta del despacho, estaba abierta. Mulder estaba sentado ante su escritorio, con la mirada fija en algo que tenía ante él. Ni siquiera reparó en que ella había llegado. Scully se paró en la puerta y se dejó de caer contra el quicio. —“Toc, toc”— imitó el ruido con su voz. —“¿Quién es?”— Mulder no levantó la cabeza de aquello que lo mantenía absorto pero una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. —“Campanilla”— se incorporó. —“Te va más el papel de Wendy”— al fin Mulder levantó la mirada, sonriente. Ella le correspondió. Se acercó al escritorio y dejó caer ante él la carpeta que le había sido entregada. Apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó ante él. —“Y a ti no te va el ser Peter Pan— sonrió. —Me parece que los de arriba también creen que debes de tener este informe”— Scully alzó una ceja. Mulder dejó lo que estaba haciendo y que lo había mantenido ocupado durante largo tiempo y tomó el dossier que Scully había depositado ante él. Lo abrió impaciente leyendo el primer folio que apareció ante él. Tras unos segundos levantó la mirada y encontró los ojos de Scully fijos en él. Ella asintió. —“Sí, Mulder. Providence— ella se irguió y cruzó los brazos ante su pecho —Ha habido otro asesinato. Nos requieren allí. Los de arriba quieren que nos vayamos
  • 12. mañana por la mañana. La policía está aterrada. Han mantenido los detalles fuera del alcance de los periodistas pero no saben cuánto tiempo pueden mantenerlo así”— el hombre la miró y volvió a depositar su mirada ante el legajo de papeles que tenía frente a él. Scully se dirigió a una silla. La acercó a la mesa y se sentó. —“Emmott Baxter, varón, raza blanca, setenta y tres años. Vivía solo. Lo encontró el chico que solía llevarle los recados del supermercado. Lo buscó por su casa pero no lo encontró. Al final lo halló en el sótano. Mira las fotos— Mulder hizo lo que le dijo su compañera. Las fotografías en color revelaban toda la crudeza de la escena. Podía ver a un hombre anciano cubierto completamente de sangre. El fotógrafo parecía haberse recreado en los detalles. A Mulder se le revolvió el almuerzo en el estómago — están esperando que vayamos para practicarle la autopsia”— Scully se arrellanó en el asiento. Mulder se llevó los dedos índices de ambas manos a los labios en actitud pensativa, miró a Scully —“Y dime, ¿esto también lo han hecho las alimañas?”—. Ella alzó una ceja en señal de advertencia. El gélido ambiente del pasillo recreaba en toda su crudeza la naturaleza de aquel pequeño edificio cercano a la Universidad Brown. Tenuemente iluminado, Mulder y Scully lo recorrieron pausadamente pero sin ninguna demora. Las baldosas grises reflejaban el andar de los agentes y el olor, mezcla de éter y antiséptico impregnaba el aire. Se detuvieron ante la puerta de una oficina. A través del cuadrado cristal opaco se reflejaba la luz del interior. Scully llamó tímidamente con los nudillos y mirando a Mulder. La puerta no tardó mucho en abrirse, tras ella un hombre con una bata blanca los miraba con curiosidad. —“¿Sí, en qué puedo ayudarles?”— no demasiado alto y con unas incipientes sienes despobladas el hombre no parecía aparentar más de cuarenta y pocos años. —“Soy el agente Mulder y ella es la doctora Scully, del FBI— ambos mostraron sus placas —nos envían desde la agencia para que mi compañera pueda examinar el cadáver del difunto señor Baxter”— Mulder, serio, pareció evaluarlo con sólo mirarlo. La cara del hombre se relajó y afloró una pequeña sonrisa de sus labios.
  • 13. —“Eh... bien, en realidad los estaba esperando. Mi nombre es Garret y soy el encargado del depósito— se apartó levemente de la puerta y se acercó a la mesa para recoger unos folios —si quieren seguirme les indicaré el lugar”— Mulder y Scully aún se encontraban en el umbral de la puerta. El hombre se acercó de nuevo a ellos, y saliendo cerró la puerta con llave tras de sí y se adelantó por el pasillo. —“¿Quién se va a querer llevar algo de aquí? ¿Los pacientes?”— Mulder se inclinó levemente al oído de su compañera mientras avanzaban tras el hombre de la bata blanca. Scully rio silenciosamente ante el comentario de su compañero. Una puerta doble metálica dio paso a una gran sala iluminada con focos instalados en pantallas redondas. Las distintas salas de autopsias en las que Scully había podido ejercer su trabajo no se diferencian en gran cosa unas de otras. Una camilla yacía directamente bajo la influencia de los focos. A su lado mesas forradas de verde albergaban el instrumental quirúrgico. Al otro lado de la habitación una serie de nueve pequeñas puertas cuadradas formando un cuadrado unas sobre otras indicaban que aquello era los congeladores donde se refrigeraban los cuerpos de sus infortunados visitantes. El hombre entró presuroso y se acercó de inmediato a uno de los refrigeradores. La puerta hizo un extraño sonido al abrirse, dejando escapar el frío en ella contenido. Mulder y Scully se acercaron para ver cómo aquel hombre tomaba del interior la bandeja en la que descansaba el cuerpo y la extraía. Una sábana blanca cubría un cuerpo menudo. Garret tomó una de las esquinas y descubrió parcialmente lo que bajo ella se ocultaba. La piel del rostro del hombre había sido limpiada, eliminando todo exceso de sangre que impidiera un reconocimiento visual por parte del forense y del médico que llevaría a cabo la autopsia. De forma casi mecánica el encargado del depósito trasladó el cuerpo del difunto hasta el centro de la habitación, situándolo sobre la camilla y directamente bajo las luces de los focos. —“Bien, doctora, es todo suyo. Avíseme cuando haya terminado”— Garret se despidió con una leve inclinación de cabeza dejando a Mulder y a Scully a solas. Mulder miró cómo el hombre salía presuroso de la habitación —“No sé qué será más extraño, la forma en que haya muerto este pobre hombre o el que acaba de salir por esa puerta”— Scully le sonrió con una mueca forzada. Se quitó la chaqueta y alcanzó la bata y las gafas. —“Bien, veamos qué tenemos aquí”— terminó de ponerse los guantes de látex y destapó el cuerpo en su totalidad. —“¡Por Dios, Mulder! ¿Quién pudo hacer una cosa así?”— los ojos de Scully se posaron horripilados en aquel desafortunado cuerpo. Tras años de profesión y de impregnarse con imágenes a veces dantescas, Scully no podía por menos que impresionarse ante tal acto de crueldad cometido en el cuerpo de un pobre hombre.
  • 14. Mulder volvió levemente la cabeza en un acto involuntario al destapar Scully por completo el cadáver del hombre y dejarlo al descubierto. Tras una rápida mirada al cuerpo, Scully tomó unas pinzas de la mesa anexa. La pierna derecha del hombre era sólo un despojo sobre la camilla, músculos desgarrados y huesos astillados unidos sólo por una pequeña porción de piel. Tras un breve estudio inicial a la pierna, Scully centró su atención en el torso y el abdomen. Le resultaba incuestionable que aquello hubiera sido hecho fortuitamente. Mulder le puso una mano en el hombro –“Bien, te dejo. Nos vemos luego”—. Scully levantó la vista —“¿A dónde vas?”— su voz sonaba distinta a través de la mascarilla que ocultaba su boca y su nariz. Mulder se alejó unos pasos de ella y la miró de frente —“Quiero ir a ver el escenario en dónde fue encontrada la primera víctima. — hizo un gesto con la cabeza señalando al cuerpo tendido en la camilla — ¿Cuánto tiempo crees que tardaras aquí?”— Scully bajó su cabeza y miró el arduo trabajo que le esperaba —“Dame dos horas”— Mulder asintió levemente con su cabeza —“Aquí estaré”— y despidiéndose con una mano, dio media vuelta y se marchó cruzando las puertas metálicas. Scully vio cómo su compañero se alejaba, respiró profundamente e intentó concentrarse en el trabajo que tenía ante sí. Se acercó a una de las mesas revestidas de verde y puso en marcha el magnetófono. —“Diez y quince horas de la mañana. Soy la agente Dana Scully. Procedo a realizar la autopsia a Emmott Baxter, varón blanco, setenta y tres años, residente en Providence, hora del fallecimiento sin determinar. Comenzaré por un examen visual...”—. — Mulder aparcó su coche en la cuneta donde le había indicado el agente de la policía local. De todas forma el lugar no tenía pérdida alguna ya que aún se podían encontrar trozos de lo que fue la cinta policial que delimitaba el paso al posible escenario del crimen. La zona ahora estaba desierta, sin un alma. A Mulder no le extrañó que hubieran dictaminado que la muerte del señor Doe se hubiera producido en la madrugada del domingo y no hubiera sido encontrado hasta tres días después. Por aquella carretera no parecía haber demasiado tránsito. Se bajó del coche y se adentró unos metros en dirección a lo que parece había sido la zona de trabajo de la policía. Cintas plastificadas y guantes de látex aún yacían sobre el terreno. La tierra estaba algo más oscura allí que en otras zonas cercanas, seguramente debido al derrame de sangre. Se agachó y tocó la tierra con sus dedos. Podía sentir su tacto suave y a la vez grasiento
  • 15. entre sus dedos. Se incorporó y giró levemente su cabeza a uno y otro lado. Pequeños arbustos delimitaban la escena. Algo en ellos llamó su atención, las hojas de algunos tallos parecían oscurecidas, con un verde más intenso en algunas partes de la planta manteniéndose las demás con su verdor original. Acercó su rostro a la planta; efectivamente las pequeñas hojas estaban diferentes al resto. Del bolsillo de su abrigo sacó una pequeña bolsa de plástico transparente y cortó con cuidado un esqueje del arbusto que depositó con cuidado dentro de ella. Mulder regreso cuando Scully estaba terminando de rellenar el informe de la autopsia del señor Baxter. Seguía vestida con la bata verde pero se había quitado las gafas y la mascarilla. Al oír la puerta abrirse vio a Mulder entrar en la sala y dirigirse a ella. Le saludó con una pequeña sonrisa. —“¿Terminaste?”— Mulder se paró a su lado y miró sobre el hombro de Scully para ver el informe que la mujer estaba redactando. Scully soltó un profundo suspiro y dejó el bolígrafo sobre la mesa. —“Creo que sí. —Se volvió hacia él y comenzó a desabrocharse la bata quirúrgica— No tienes idea de lo duro que ha sido esto, Mulder”— comenzó a recoger sus cosas y los papeles del informe. Mulder la miró con expresión de lástima en sus ojos, realmente se la veía cansada, si ella decía que aquello había sido duro lo más probable es que hubiera sido realmente horrible. Le puso una mano sobre el hombro y apretó suavemente. Scully le sonrió ante tal muestra de aprecio y compañerismo. —“Bien, estoy lista —suspiró — despidámonos del encargado y salgamos de aquí. Creo que si estoy un minuto más me voy a asfixiar”— ella tomó la delantera y paso primero por las puertas metálicas. Para Scully fue gratificante poder oler aire limpio, sin rastros de éter o formol y sin el invisible aroma de la muerte. El coche estaba aparcado justo en la puerta. Mulder se sentó al volante dejando que Scully tomara asiento a su lado. Ella al sentarse se dejó caer en el cómodo sillón y reclinó la cabeza hacia atrás. Mulder esperó a poner en marcha el coche, siguió mirándola. —“¿Y bien, qué has podido hallar?”— Scully suspiró sonoramente y miró a su compañero —“Ha sido un poco complicado dadas las circunstancias. — se llevó una mano a las sienes dando un pequeño masaje a la zona y cerrando los ojos — El señor
  • 16. Baxter fue brutalmente agredido por alguien o algo que no he podido identificar, no he encontrado indicios de huellas, fibra o materia orgánica alguna ajena a las pertenecientes al propio señor Baxter. — Abrió de nuevo los ojos encontrando los de sus compañero fijos en ella — La violencia con la que fue llevado hasta la muerte fue abominable y, la verdad, aún no tengo nada en qué basar mis averiguaciones. — Ella encogió sus hombros y Mulder asintió levemente y dejó que ella siguiera explicándose — Ya viste cómo quedó la pierna de ese pobre hombre. Bien, pues las heridas a las que sometieron al cuerpo eran igualmente horrorosas. Lo que sí he podido determinar es que fue atacado en primer lugar por la espalda. Las primeras excoriaciones y hematomas en la piel pude encontrarlas ahí. Seguidamente el señor Baxter cayó seguramente al suelo boca arriba y fue en su torso y abdomen donde se produjeron las lesiones más graves. Mulder, quien quiera que hiciera eso se ensañó con ese pobre hombre”— Mulder miró al frente a través del parabrisas. Al estar el depósito tan cerca de la universidad, jóvenes estudiantes cargados de libros iban y venían por la calle. Volvió a mirar a Scully. —“¿Y el arma? ¿Has podido averiguar algo?”— Ella negó levemente con la cabeza — “Las heridas desde luego no se produjeron por un arma de bordes cortantes, de eso estoy segura. — calló unos segundos — Es más, ya te dije al ver las fotografías del primer cadáver que parecían un mordisco de una especie de tiburón o algún otro animal con dientes afilados, ahora estoy algo confusa pero se podría tratar de algún animal con grandes garras o uñas”— —“O quizás unas pinzas”— apostilló Mulder. —“¿Pinzas?”— le preguntó ella extrañada ante el comentario. —“Sí, algo parecido a las pinzas de una langosta”— puntualizó Mulder. Scully no pudo reprimir una sonrisa que rayaba en el sarcasmo —“¡¿Langosta?! ¿Como cuáles, Mulder? ¿Como las de las siete plagas de Egipto o...?”— Él no la dejó terminar su frase —“Como el crustáceo, Scully. Pinzas como la de un crustáceo”— ella ya no pudo resistir la risa y soltó una carcajada. —“Ja. Mulder ¿desde cuándo hay langostas gigantes sueltas por ahí atacando a la gente y en un sótano cerrado?— ella lo miró intrigada, más aún le intrigaba la posible respuesta que él podía darle — Además ¿has tenido cuenta el tamaño? Mulder, eso es imposible”— una falsa sonrisa se dibujó en la boca de Mulder. —“¿Y qué me dices del calamar que atacó a Nemo y a su barco?”— Scully se desesperó y se revolvió en el asiento del automóvil para poder mirarlo frente a frente —“¡Por Dios, Mulder, no seas tonto! Aquello era ciencia ficción escrita por una persona con una imaginación hiperactiva fuera de lo común”— Scully lo miró
  • 17. fijamente a los ojos. Mulder asintió —“Sí, ya, pero nadie le hizo caso cuando escribió que el hombre podría llegar a la luna... ¡y ya ves! En cierta manera, Scully, Verne predijo el futuro”—. —“¡Mulder, no estamos hablando del futuro! Estamos hablando de dos muertes que aún, bajo el punto de vista científico no tienen explicación posible y tú se la quieres atribuir a una langosta gigante”— Scully se quedó tranquila y calmada tras haberle soltado a Mulder lo que pensaba de aquel argumento que él esgrimía y que para ella no tenía ni pies ni cabeza. Él asintió y volvió a mirar al frente. Scully hizo lo mismo. Tras un breve momento volvió la cabeza para mirar a su compañero —“¿Y tú qué has encontrado?”— le preguntó Scully más por cortesía que por curiosidad. Mulder metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una pequeña bolsa de plástico. Se la tendió a Scully —“¿Qué es esto, Mulder?”— ella le preguntó al ver la ramita del arbusto. —“Lo encontré en donde hallaron el primer cadáver”— Scully sujetó el plástico ante sus ojos y miró detenidamente el contenido —“fíjate bien en las pequeñas hojas de ahí”— Mulder se acercó a su compañera y le señaló unas hojas de un verde más intenso — “¿qué ves?”— le preguntó. Scully fijó su atención en el punto que le había indicado su compañero —“Mulder, me recuerdan a cuando compras verduras y las hojas verdes se quedan pegadas al fondo del frigorífico y se vuelven más oscuras por el frío ¿sabes a qué me refiero?”— Mulder la miró con cara de no entender lo que ella estaba diciendo. Scully rio para sí misma al ver la cara de su amigo —“Perdona, se me olvidó que la nevera de tu casa está allí de adorno”— le devolvió la bolsa a Mulder, él la recogió y asintió —“Scully, aunque no tenga la experiencia de que en mi frigorífico se quede pegada la verdura al fondo del mismo, coincido contigo, parece como si estas hojas hubieran estado expuestas a bajas temperaturas— Mulder paseó la bolsita ante sus propios ojos — parecen quemadas por efecto del frío”—. Se guardó la bolsa en su abrigo y encendió el motor del coche. Mulder estacionó el vehículo delante de lo que se podría llamar una típica casa de Nueva Inglaterra del pasado siglo. Edificio de ladrillos marrones con ventanas pintadas de color blanco y cuidadas contraventanas. De tan sólo dos plantas, se accedía a él mediante una pequeña escalinata de cinco peldaños. A la derecha otros cuatro
  • 18. pequeños escalones bajaban a lo que seguramente, pensó Mulder, sería el sótano donde el señor Baxter encontró la muerte. Durante el frugal almuerzo, tanto él como Scully habían estado estudiando el informe que le facilitó el departamento de policía sobre la investigación que ellos habían iniciado en espera de que el FBI se hiciera cargo de ella. En dichos informes constaba el interrogatorio a los únicos vecinos del difunto señor Baxter, los Jones, una joven pareja a la que habían interrogado al poco de hallar el cadáver. Scully bajó del coche seguida de cerca por Mulder y se adentraron en el edificio en dirección el primer piso, hogar de los Jones. —“...Cálmate Kate. Sí, claro que te entiendo...— Karen sostenía en la mano su móvil pegado al oído, hablaba en tono tranquilizador y se paseaba de un lado a otro de la habitación— la policía estuvo ayer aquí y nos interrogó a James y a mí... No, por supuesto que no. Más tarde intentaré ponerme en contacto con Henry y con Wilson. Sí, os acompañaremos, de eso no te quepa duda, pero tendremos que hacerlo cuanto antes...— el timbre de la puerta asustó a la mujer, se acercó hasta la puerta de entrada—...Kate, tengo que dejarte. Acaban de llamar a la puerta. Luego te llamo”— Karen colgó la llamada desde su teléfono y con él en la mano se dispuso a abrir la puerta. Scully y Mulder llamaron a la puerta de los Jones. Al otro lado creyeron oír una voz. Esperaron. A los pocos segundos una mujer joven les abría la puerta. Más alta que Scully pero un tanto más baja que el propio Mulder, compartía con ella el mismo color de pelo; una brillante melena corta rojiza peinada de manera desenfadada. Botas de tacón alto, pantalón negro y camiseta negra completando el atuendo con una chaqueta de lana en una mezcla de marrón y negro. Levemente maquillada los miró con ojos expectantes —“¿Sí, que desean?”— preguntó intrigada. —“¿Señora Jones?”— Scully se adelantó un paso a Mulder. La mujer asintió con la cabeza —“Soy la agente Scully y él es mi compañero el agente Mulder, del FBI — ambos le mostraron sus placas — Nos gustaría poder hablar con usted y con su marido de la muerte de su vecino, el señor Baxter”— el rostro de la mujer pareció relajarse levemente, incluso esbozó una pequeña sonrisa. —“Sí, claro, claro. Por favor, pasen”— esperó a que ambos agentes pasaran al interior del vestíbulo para cerrar la puerta de entrada. —“Mi marido no se encuentra en casa en estos momentos, está trabajando. Conmigo han tenido suerte, pues hoy me he traído el trabajo a casa”— Se dirigió de frente a los agentes —“si tienen la amabilidad de seguirme pasaremos a un lugar donde podremos hablar más cómodamente”—.
  • 19. La mujer pasó por delante e invitó a Mulder y a Scully a seguirla por el pasillo. Abrió una puerta y los tres entraron en la habitación. Iluminada aún por la luz natural que entraba por la ventana, la estancia estaba repleta de librerías atestadas de volúmenes. Una mesa llena de papeles y un ordenador estaba situada delante de la ventana y en la parte exterior de ésta dos amplios y confortables sillones de cuero negro donde Scully y Mulder tomaron asiento alentados por la mujer. Ella rodeó la atestada mesa y se sentó frente a ellos, dejó el móvil que llevaba aún en la mano sobre la mesa. —“Un momento, por favor”— la joven tecleó algo en el ordenador y lo apagó inmediatamente. Mulder aprovechó esos instantes para analizar la habitación. Scully fijó su mirada en la mujer, que actuaba con presteza y eficiencia. Ella por fin finalizó y miró directamente a los agentes sentados frente a ella cruzando sus brazos delante de ella y apoyándose en la mesa. —“Señora Jones...”— comenzó Mulder, la mujer levantó levemente la mano y le dedicó una sonrisa franca —“por favor, llámenme Karen”— Mulder le devolvió la sonrisa y Scully hizo lo mismo. —“Bien... Karen. Queremos hablar con usted sobre su vecino, el señor Baxter”— Karen asintió con pesar. —“Ayer por la tarde estuvo aquí la policía y tanto mi marido James como yo les dijimos todo lo que sabíamos”—. Scully sacó el dossier que le había entregado la policía con el interrogatorio. —“Lo sabemos, Karen, pero nos gustaría, si no le importa, que nos contara lo que le dijo a la policía”— Karen pareció moverse incómoda en su silla giratoria, se incorporó en ella y cruzó las manos delante de ellos —“Sí, claro. Bien, la última vez que tanto mi marido como yo vimos a Emmott, el señor Baxter, fue el sábado por la mañana. Nos lo encontramos en la calle y le ayudamos a subir unas bolsas hasta su casa —recapacitó antes sus próximas palabras— teníamos la costumbre, tanto Emmott como nosotros, de no inmiscuirnos en las vidas del otro. Nosotros lo ayudábamos en lo que podíamos cuando él así nos lo requería”—. Mulder se arrellanó en el sillón —“¿Cuánto tiempo hace que conocían al señor Baxter?”— le preguntó. —”Desde que nos casamos y nos mudamos aquí, hará algo más de cinco años.”— Karen ahogó una sonrisa con pesar —“Pobre señor Baxter. Era una buena persona.”— . —“¿Sabe usted qué podía hacer él afuera a esas horas?”— Scully se acercó a la mesa. Karen asintió con la cabeza y bajó la mirada hasta posarla en sus propias manos.
  • 20. –“Últimamente Emmott nos había comentado tanto a James como a mí que no dormía bien; que se acostaba pronto y que a las pocas horas ya no tenía sueño — levantó la vista y miró directamente a Scully — ya sabe, cuando uno se va haciendo mayor va perdiendo incluso la capacidad para dormir” — Scully asintió levemente, le sonrió a la mujer que tenía frente a ella y miró de reojo a su compañero. —“Tiene razón, eso suele pasar con la edad”—. Mulder miró a su compañera y enarcó una ceja. —“Probablemente — prosiguió Karen — salió a recoger los cubos de basura. No hubiera sido la primera vez y realmente, no encuentro ninguna otra explicación”—. En aquel momento un suave timbre procedente del móvil de Karen que se encontraba sobre algunos papeles de encima de la mesa, hizo que la mujer desviará su atención de los dos agentes sentados frente a ella, tomó el móvil —“Discúlpenme un momento”— les dijo a Mulder y Scully. Ambos asintieron con la cabeza. Mulder aprovechó la pausa para pasear de nuevo la vista por la habitación. Diversas fotos la adornaban, muchas de ellas mostraban a una joven pareja sonriente en diversos paisajes y, aunque aún no conocía al marido de Karen, supuso que el hombre que la acompañaba en todas ellas era él. Otras tantas mostraban a los Jones con un pequeño grupo de amigos, algunas de ellas tomadas en esa misma habitación. La decoración se completaba con algunas acuarelas de paisajes marinos. La mujer miró la pantalla antes de aceptar la llamada y se llevó el móvil al oído — “Dime, Wilson... Sí, sí, ya lo sé... Ahora no puedo atenderte —dijo mirando directamente a ambos agentes, primero a uno luego al otro — te llamaré más tarde”— retiró el móvil de su cara y pulsó el botón de finalizar, dejando el aparato de nuevo sobre la mesa. —“Perdónenme. Es muy útil pero a veces es bastante molesto que la interrumpan a una constantemente”— encogió los hombros y sonrió. Scully le correspondió de la misma manera. —“Sí, así es. Dígame, Karen — preguntó Scully — ¿a qué se dedican usted y su marido?”— la mujer se acomodó en su sillón. —“Yo soy empresaria y dirijo mi propia empresa. Nada pretencioso. Es sólo una pequeña empresa pero nos va bastante bien. James, mi marido, es jefe del departamento de recursos humanos de una empresa”— Tanto Mulder como Scully asintieron. Hasta ese momento todo lo que les había contado la señora Jones coincidía al pie de la letra con lo redactado en el informe policial.
  • 21. Mulder la miró fijamente —“Y la noche del sábado ¿notaron algo extraño usted o su marido?”— Karen suspiró y negó con la cabeza, pensativa —“No, no recuerdo nada, pero...— unió sus manos y bajó la cabeza —... verán, no le comentamos nada a la policía porque no creímos que fuera nada relevante— Scully miró a Mulder y este hizo lo mismo, fuera lo que fuera a contarles estaba segura que no aparecía en el informe de la policía — el sábado por la noche, como todos los sábados desde hace cuatro años, nos reunimos aquí con unos amigos. Se suelen marchar tarde... — Karen hizo de nuevo una pausa y levantó la cabeza sosteniendo la mirada de Scully, que la miraba expectante —... como les digo, ellos se suelen marchar tarde. El sábado concretamente lo hicieron sobre las dos de la mañana— suspiró y tomó aire para proseguir su relato — cuando ustedes han llegado estaba hablando con mi amiga, una de las que estuvieron aquí y hace un momento la llamada que he recibido ha sido de otro de nuestros amigos que también estuvo aquí el sábado. No se han enterado de la muerte de mi vecino hasta esta mañana por los periódicos — hizo una pausa — El sábado al salir de mi casa, ellos vieron como el señor Baxter se dirigía al sótano... Por favor, espero que no me malinterpreten. Cuando ayer la policía vino y nos dijo que Emmott había sido hallado en el sótano nos pusimos muy nerviosos. En esos momentos no recordamos nada. Sólo más tarde recordamos que Kate, Wilson y Henry estuvieron aquí. Ellos se han enterado esta mañana por los periódicos. Me han llamado en cuanto han podido.”— el rostro de Karen se había convertido en una máscara de lo que hasta unos instantes era el agradable rostro de una mujer joven. Mulder miró a la mujer, asintiendo con la cabeza —“Creo, señora Jones, que tanto ustedes como sus amigos tendrán que avisar a la policía y contarles ese hecho”—. Karen asintió automáticamente —“eso le he dicho a ambos. Esperaré a contactar con Henry y nos pondremos en contacto con la policía — respiró profundamente preocupada — de eso no les quepa duda”—. La policía se había puesto en contacto con ellos la noche anterior. El inspector que llevaba el caso les dijo que los vecinos del difunto señor Baxter habían llamado, contándoles la visita de sus amigos el sábado por la noche y que olvidaron mencionar debido a los nervios del momento. Se había citado con ellos al día siguiente por la mañana. Mulder y Scully llegaron a la comisaría sobre las diez y media de la mañana. Los interrogatorios habían comenzado. Ahora ambos esperaban a que el último de los amigos de los Jones finalizara el interrogatorio y se uniera a los demás.
  • 22. Mulder podía verlos a través del cristal. Estaban en una habitación tenuemente iluminada, con una ventana al exterior cuya protección impedía entrar libremente los rayos del sol. Scully permanecía a su lado pero estaba absorta mirando y leyendo el informe preliminar de las declaraciones de esos testigos, los últimos al parecer que vieron al señor Baxter con vida. De vez en cuando miraba a través del cristal y observa a los ocupantes de la habitación. Volvió a mirar sus papeles. Allí estaba la declaración de Karen, que coincidía con lo que les contó el día anterior. La mujer estaba de pie, junto a la ventana, vestida con un pantalón de lana marrón y una blusa color marfil. A su lado la única mujer que integraba el grupo, además de Karen. Se llamaba Katherine Bennet, rezaba el informe. Más baja que Karen, morena y de aspecto elegante, vestía falda negra y camisa gris oscura. Había cursado estudios de económicas en la Universidad Brown, trabajaba de auditora para una importante empresa. Ambas mujeres hablaban entre ellas, mirando de vez en cuando a través de la ventana hacia el exterior. Sentados a una mesa cuadrada situada en el centro de la habitación estaban dos hombres jóvenes. Scully pasó la hoja de su informe. Conocía a uno de ellos por las muchas fotos que pudo ver en casa de Karen y reconoció en aquel hombre rubio al marido de ésta. Vestido con camisa clara y corbata, unas gafas ocultaban en parte sus ojos claros. Charlaba animadamente con el otro hombre, que parecía escucharle más que intervenir en la conversación. De cabello castaño, delgado y alto, Scully lo identificó como Henry Burker, amigo de los Jones desde su estancia en la universidad. Ahora trabajaba como analista de sistemas en una empresa informática. En ese momento la puerta se abrió e hizo aparición el último de los integrantes de aquel grupo de amigos. Wilson MacKenzie entró en la habitación y se dirigió a la mesa, donde se apoyó. Vestido con un traje azul oscuro y corbata, a Scully le pareció que aquel hombre bien podría haberse confundido con cualquiera de sus compañeros del FBI. Alto y moreno, emanaba un aire de sobriedad. Trabajaba como abogado en un bufete, y al parecer con bastante éxito. Lo que no se puede negar, pensó Scully, es que es un grupo bastante bien situado. Todos tenían la misma edad, excepto Kate que era un par de años menor que los demás y habían compartido estudios en la universidad, incluso en el caso de James y Henry su amistad se remontaba aún más atrás, a los años de instituto. Las dos mujeres que estaban en la ventana se aproximaron a la mesa al entrar Wilson. —“Bien, Scully. Es nuestro turno”— le dijo Mulder rompiendo el silencio que los había acompañado desde que entraron en aquella pequeña sala en espera de poder hablar con los Jones y con sus amigos y sacó sus manos de los bolsillos de su pantalón. Tomó la carpeta que tenía ella entre las manos y abrió la puerta en espera a que su compañera pasara primero. Scully miró de nuevo a través del cristal y salió por la puerta que su compañero aún mantenía abierta.
  • 23. Mulder y Scully salieron a un pequeño pasillo. Scully encontró a su derecha la puerta que daba acceso a la sala en dónde se encontraban los Jones y sus amigos. Tomó el pomo, lo giró y abrió despacio con Mulder siguiéndola de cerca. Los dos hombres que estaban sentados a la mesa se levantaron, Karen volvió su cabeza hacia la puerta que ahora se encontraba abierta, esbozó una sonrisa y se acercó presurosa a ellos. Scully entró en la habitación seguida de Mulder, quien cerró la puerta tras de sí. Karen se paró a unos pasos de ambos agentes. —“Agente Scully, agente Mulder”— les saludó con un pequeño movimiento de cabeza y una tenue sonrisa en los labios. Mulder y Scully correspondieron al saludo. —“Señora Jones”—. Karen se alejó un par de pasos para lograr que tanto Mulder como Scully tuvieran una mayor visión de los integrantes de aquella sala. —“Agentes, él es mi marido, James — el hombre rubio se aproximó y tendió la mano derecha a ambos — ella es mi amiga Kate — la mujer hizo lo mismo — y ellos son Wilson y Henry — dijo refiriéndose a los otros dos hombres, ambos saludaron a Mulder y Scully de la misma manera que lo habían hecho los demás — ellos son los agentes Mulder y Scully, del FBI”— Karen terminó las presentaciones. Scully miró a Mulder y este la invitó a que tomara asiento. Los demás la imitaron y todos se sentaron alrededor de la mesa, formando un pequeño círculo. —“Bien — comenzó Mulder— gracias por ponerse en contacto tan rápido con la policía— miró uno por uno a todos los integrantes de aquel grupo. Karen tomó la palabra —“Agente Mulder, era lo menos que podíamos hacer dadas las circunstancias”—. —“Por favor, esperamos que no piensen que esto ha sido un hecho premeditado, simplemente tanto Karen como yo nos pusimos extremadamente nerviosos cuando nos enteramos lo que le había ocurrido a Emmott—” James se inclinó hacia delante y apoyó sus antebrazos sobre sus rodillas. Scully asintió levemente con la cabeza e hizo una pequeña mueca con la boca. Mulder la miró primero a ella y luego depositó su vista en James. —“Hacía ya algunos días de sus visitas — Karen volvió a tomar la palabra — sentimos enormemente si hemos retrasado la investigación”—. —“Agentes, seguro que expreso el sentir de mis compañeros si digo que nosotros también sentimos el retraso con que nos pusimos en contacto con la policía — era Kate quien se dirigía a Mulder y Scully con serenidad — Desgraciadamente el fallecimiento del señor Baxter era sólo un pequeño articulo más en la página de sucesos del periódico del martes. Me sentí muy impresionada cuando leí la dirección y
  • 24. pude comprobar que era la misma que la de mis amigos”— tanto Wilson como Henry miraban a Kate y asintieron casi al unísono. Ella unió lentamente sus manos y las colocó sobre su regazo. Era cierto que la policía no quería dar publicidad al asunto y habían filtrado a la prensa sólo los datos menos significativos del hecho. Scully y Mulder, pensativos, asintieron. Un suave toque en la puerta los sacó de sus propios pensamientos. Un joven policía entró y entregó a Mulder el informe con la declaración al último miembro del grupo. El policía se retiró con tanta rapidez como hubo entregado el papel. Mulder le echó un primer vistazo. A grandes rasgos las tres declaraciones eran casi idénticas en su contenido. Mulder movió su cabeza de modo afirmativo nuevamente. —“Seguro que es así. Díganme ¿a qué hora abandonaron el hogar de los Jones?”— preguntó abiertamente Mulder. —“Sería sobre las dos de la mañana. Henry miró el reloj y nos anunció que se marchaba. Todos decidimos irnos”— Wilson tomó primero la palabra cruzando sus brazos delante de su pecho e irguiéndose en su asiento. —“¿Qué fue lo que vieron al salir?”— preguntó Scully. —“El vecino de Karen y James, el señor Baxter, estaba recogiendo los cubos de basura que ya habían vaciado el servicio de limpieza— era Henry quién hablaba, con aire de tranquilidad. —“¿Y era normal verlo a esas horas?”— prosiguió Mulder. —“No era la primera vez que lo veíamos, no, si es a eso a lo que se refiere — confirmó Kate — Es más, pienso que esperaba que nosotros saliéramos para poder recogerlos”—. —“¿Es habitual que abandonen la casa a tan altas horas?”— interrogó Scully, preguntándose a sí misma qué harían a tan altas horas en casa de unos amigos. Todos se miraron unos a otros, asintiendo sin reparos —“Agente Scully— Karen la miraba fijamente y movió su cabeza en un gesto afirmativo — es muy común que se vayan a esas horas e incluso más tarde”—. —“¿Y qué hacen en esas veladas?”— preguntó esta vez Mulder. —“Pues lo normal que hace un grupo de amigos cuando se reúne; charlan de sus cosas, de sus trabajos, cenan juntos, toman alguna copa, jugamos...”— James se encogió de hombros ante su exposición.
  • 25. Scully entrecerró los ojos y miró a James con extrañeza —“... ¿Juegan? ¿Al trivial?”— jugar. Interesante forma de pasar un sábado por la noche. Wilson negó con la cabeza —“No, agente Scully. Rol. Jugamos al rol”— Scully alzó las cejas y miró a Mulder sorprendida. Jamás habría dicho que aquel grupo de profesionales y ejecutivos gastaran su tiempo en algo que ella pensaba era exclusivo de adolescentes en búsqueda de nuevas experiencias. La cara de Mulder no expresaba nada. Si algo cruzaba en ese momento por su mente, que seguro así era, estaba bien escondido bajo aquella máscara de inexpresividad. Asintió lentamente —“... Rol, bien”— Mulder volvió a consultar los informes. Su mente comenzó a procesar datos a velocidad vertiginosa. Rol. ¿Qué conocía él de rol? Durante su estancia en la Unidad de Ciencias del Comportamiento pudo ver múltiples casos de personalidades alteradas por sumergirse demasiado en un personaje creado para un juego. Asesinatos cometidos a manos de niños que se creían estar jugando cuando mataban a alguien a sangre fría. No le pareció que aquello pudiera tipificarse en el mismo expediente. Tras unos segundos levantó la mirada de aquellos papeles y la fijó en Wilson. Este le sostuvo la mirada. —“Agente Mulder, como seguro que sabrá existen diversos tipos de juegos bajo la denominación de juegos de rol, además de juegos de estrategias y juegos de guerras; unos están basados en novelas y libros ya publicados y otros ideados expresamente para ser jugados —miró a sus compañeros que seguían con atención la exposición de su amigo— nosotros nos limitamos a jugar a uno en concreto. —esbozó una sonrisa— ¿Sabe quién es Howard Philips Lovecraft?”— preguntó pausadamente Wilson pasando su mirada de Mulder a una sorprendida Scully. —“...Lovecraft. He oído hablar de él antes”— Asintió Mulder. Había mentido. Realmente no recordaba quién era ese tal Lovecraft a quien se refería Wilson. Esperaba que él se lo dijera. No tuvo que esperar mucho. —“Bien, Howard Philips Lovecraft, o H. P. Lovecraft, como era conocido, fue un escritor nacido en Providence a finales del siglo pasado. Se reveló como un imaginativo escritor de terror creando una cosmogonía, un panteón de dioses que, según sus propias palabras se basaban en tradiciones o leyendas según la cual el mundo estuvo habitado por seres, digámoslo así — Wilson hizo un gesto con ambas manos imitando las comillas con las que se encierran palabras que se quiere destacar dentro de un relato— extraterrestres, y su deseo de volver a adueñarse de la tierra. La lucha del bien y del mal, en definitiva. Pues bien, a raíz de la obra de Lovecraft, a comienzos de los ochenta se crea el juego de rol, en donde cada jugador interpreta a un investigador, a un héroe en donde, en definitiva, su misión consiste en salvar al mundo de una invasión de seres malignos”—.
  • 26. Scully se dio cuenta que su boca estaba abierta y la cerró al instante. Una sonrisa se dibujó en la cara de Mulder ¡y a él lo llamaban siniestro! Aquello que había descrito aquel hombre bien podía ser la sinopsis de su propia vida, la lucha de un hombre contra el mal en busca de una verdad oculta en alguna parte por obra de unos cuantos. Miró a Wilson y siguió sonriendo. —“Sé lo que piensa, agente Mulder. Qué hacemos gente como nosotros — miró a sus compañeros, ellos a su vez miraban a Mulder — jugando a juegos propios de niños. Pues divertirnos, sólo divertirnos. Pasar un rato agradable en compañía de amigos y olvidarnos por unas horas de quienes somos realmente y correr aventuras que ni soñaríamos con interpretar en la vida real”— Wilson seguía con la mirada fija en Mulder. Este encogió los hombros y sonrió. —“Hay gente que piensa que el rol es en sí mismo algo peligroso — habló Karen – pero nosotros, créame, sabemos dónde termina el juego y donde comienza la vida real”— Scully miró a la mujer. —“... Bien... — Scully se había quedado sin palabras, no sabía qué decir. Mulder salió en su ayuda — Es una manera de pasar el rato”— sentenció Mulder. No sabía por dónde continuar. Aquello le llevaría más tiempo del que en un principio tanto él como Scully habían previsto —“Si no les importa, volveremos a ponernos en contacto con ustedes”— cerró la carpeta que tenía entre las manos y la depositó encima de la mesa. —“Por supuesto. — dijo Karen mirando a sus compañeros — Será un placer ayudarles en lo que esté en nuestra mano”—. Mulder se levantó y Scully lo imitó seguida de los Jones y sus amigos. Mulder abrió la puerta y con un sencillo gesto de cabeza despidió a aquellas personas. Salieron pausadamente unos tras otros. Mulder cerró la puerta al salir el último de ellos y Scully se dejó caer pesadamente en una de las sillas. —“¡Mulder! ¿Qué demonios es todo esto? Te prometo que no entiendo nada”— Scully casi se desplomó en la silla, Mulder quedó pensativo al cerrarse la puerta tras el último integrante del grupo, con la mirada fija en el suelo. Levantó apenas la mirada sin alzar la cabeza y miró a Scully. —“... ¿Scully?— ella miraba hacia la ventana, al oír su nombre miró a su compañero. Mulder anduvo hacia donde estaba ella, acercó una silla y se sentó frente a ella. —Dime, el examen que le realizaste al señor Baxter ¿pudo haber sido hecho por la mano del hombre? — Antes de que su compañera le respondiera alzó una mano en señal de advertencia. — Sí, ya sé que te lo he preguntado antes, pero ahora es
  • 27. importante, Scully”— ella fijó su mirada en los ojos de su compañero que la interrogaban impenetrables, silenciosamente. Recapacitó ante su pregunta y negó con la cabeza —“Mulder, dudo mucho que esas clases de agresiones pudieran haber sido cometidas por uno o varios atacantes. — su mirada se clavó en algún punto de la pared que se encontraba a la espalda de Mulder — Una de las primeras heridas, como te dije, se la infligieron en la pierna y le seccionaron varias venas y la arteria femoral. Aquel hombre se desangró allí mismo en cuestión de minutos. — volvió a mirarlo a los ojos — Por lo que pude ver en las fotos tomada en el sótano no habían huellas de pisadas, ni dactilares, ni fibras, ni cabellos... nada — bajo la cabeza, negando — No sé, Mulder, esto no tiene explicación... no tengo suficientes pruebas para negar o afirmar nada con rotundidad o conjurar ninguna hipótesis que pueda esclarecer este asesinato”— Scully se acomodó en su silla reclinándose hacia atrás y cruzando los brazos ante ella. Mulder continuó mirándola, pensativo. Abrió la boca para preguntarle algo pero se detuvo. Ella alzó sus cejas —“¿Qué?”— Ahora era él quien negaba con la cabeza; aún no quería compartir sus ideas con ella —“¿En qué piensas Mulder?”— lo miró seriamente. Scully quería saber qué pasaba por su mente. Él dudó unos instantes. —“Ellos han hablado de rol, Scully”— ella asintió y alzó los hombros como respuesta —“... ¿Y?— lo miró fijamente — No creerás que ese juego tiene algo que ver con...” — sus ojos se abrieron incrédulos, no hizo falta que continuara preguntándole, el rostro de su compañero le respondió por sí solo. Ella se echó hacia atrás en su silla —“Mulder, ellos no son adolescentes para confundir la realidad con la ficción y matar a ese pobre hombre— él negó, bajando la cabeza —saben que es un juego, por muy fantástico que pueda ser. Mulder... me niego a pensar que después de ver todo lo que hemos visto ahora le toque el turno a unos dioses inventados por la mente de un escritor”—. Él intentó decir algo pero Scully alzó su mano y lo detuvo antes de que pronunciara palabra alguna —“¡Y no digas nada acerca de Julio Verne!”— los ojos azules de Scully soltaron chispas al mirarlo. Mulder no pudo evitar una sonrisa ante la reacción de ella. —”Bien... no, pero tengo una...”— Scully no lo dejó terminar. —“¿Una corazonada, Mulder?”— respiró profundamente y se levantó de golpe de la silla, dio dos pasos en dirección al espejo que camuflaba el cuarto en el que ellos habían estado antes y se volvió para mirarlo. Mulder la siguió con la mirada y se levantó también de su silla.
  • 28. —“Tenemos que ver el lugar donde encontraron el cuerpo del señor Baxter y...”— la ceja derecha de Scully se alzó como si tuviera vida propia —...ver qué podemos encontrar de ese tal H. P. Lovecraft”— Scully miró al techo en actitud de rendición. Mulder sonrió, se dirigió hacia la puerta y la abrió. —“Venga, Campanilla – la miró divertido – tenemos que trabajar”— y salió de la habitación. Scully tomó la carpeta con los informes de encima de la mesa, respiró profundamente y salió tras él.
  • 29. SEGUNDA PARTE La puerta que daba acceso al sótano estaba aún precintada por orden de la policía. Mulder había informado al inspector que esa misma tarde irían al escenario del crimen y éste no puso objeción alguna. Cuatro escalones llenos de hojas secas bajaban hasta la puerta de entrada al sótano, situado a más bajo nivel que la acera. Mulder estaba a punto de abrir la puerta cuando una voz sonó sobre sus cabezas. —“¿Quién anda ahí?”— preguntó una voz de hombre. La cabeza de un hombre joven apareció de inmediato —“¡Ah... son ustedes!”— Mulder y Scully miraron hacia el lugar de donde había provenido la voz. James, el señor Jones cerró la puerta de entrada al inmueble, bajó los escalones con agilidad y en unos segundos estaba junto a ellos. —“Agente Scully, agente Mulder”— saludó con una sonrisa franca —“señor Jones”— saludo a su vez Scully. —“James, por favor”— Mulder asintió. James miró a ambos agentes. —“Creí que serían los del servicio de mantenimiento — tanto Mulder como Scully lo miraron con expectación ante la frase de James — Verán, desde el lunes venimos notando poca presión en los grifos del agua así que llamé al inspector para ver si podía llamar al técnico — James se encogió de hombros — no puso ningún impedimento”—. Mulder lo miró intrigado —“¿Desde el lunes?”— James reflexionó y asintió —“Sí, más o menos desde el lunes por la tarde”—. —“Si no le importa nos gustaría echar un vistazo”— dijo Scully señalando la puerta. James negó con la cabeza —“¡Por supuesto que no me importa! Déjenme que les abra la puerta.”— Sacó un llavero de su bolsillo y tomó una de las llaves entre sus dedos que metió en la cerradura —“No he bajado aquí desde antes de que Emmott...”— no concluyo la frase. La llave giró dentro de la cerradura y la puerta se abrió con un ligero quejido. Un fuerte olor saturó los sentidos de las tres personas que ocupaban el vano de la puerta. Scully metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una pequeña linterna e iluminó la estancia con un pequeño haz de luz. De techo bajo jalonado con vigas de madera, el sótano era un lugar lúgubre y oscuro, sin iluminación natural salvo la que entraba en esos momentos por la puerta.
  • 30. Una bombilla pendía del techo. Mulder buscó el interruptor cerca de la puerta y lo encendió. Una luz tenue inundó la habitación. En silencio, uno tras otro fueron entrando, despacio, primero Mulder, tras él Scully y por último James. Los tres ocuparon pronto el centro del sótano. Allí no había mucho espacio, casi todo lo ocupaba una vieja caldera enmohecida por años de uso que a simple vista parecía necesitar una puesta a punto y una limpieza. En la pared más alejada a ella, ocultas en una semi penumbra estaban un grupo de bombonas de agua potable que abastecían a los dos únicos apartamentos. Scully y Mulder pasearon la vista por aquella reducida habitación. El suelo bajo sus pies estaba oscurecido en algunos puntos, debido al derrame de sangre, pensó Scully. Mulder se encontraba a unos pocos metros de ella, observando el bajo techo con atención. James, a su lado, paseaba la mirada de un lado a otro. Ninguno de los tres se percató de que un hombre en ropas de trabajo estaba en la puerta. —“¿Es aquí donde tienen problemas con el agua?”— preguntó el joven con desgana y mascando chicle ruidosamente. Las palabras de aquel hombre les cogió a los tres por sorpresa, giraron sobre sus talones y enfrentaron al hombre que aún permanecía en el umbral del sótano. —“¿Cómo dice?”— James se acercó un paso, confuso antes la inesperada aparición. Mulder y Scully continuaron en el lugar en donde estaban. —“Que si aquí es donde han llamado al técnico”— sacó de uno de sus grandes bolsillos de sus pantalones una hoja impresa, leyó algo en voz baja. A James no le dio tiempo a contestar a la primera pregunta formulada por el joven cuando preguntó de nuevo —“Este es el 851 de Bee Street, ¿verdad?”— James reaccionó ante la nueva pregunta. —“Sí... sí, aquí es. Le estaba esperando”—. El técnico tomó del suelo una gran maleta de cuero marrón. Parecía muy pesada debido al peso de las herramientas. En la otra mano llevaba una pequeña bombona azul. El joven entró en la habitación y sin decir palabra se dirigió a las bombonas de agua. Tanto Scully como Mulder y James se acercaron al técnico que en esos momentos dejaba sus herramientas al pie de las bombas. Casi tan altas como él y pintadas de negro, las bombonas relucían y por su aspecto no parecían que llevaran mucho tiempo allí. —“Dígame cuál es el problema, amigo”— siguió mascando chicle mientras tomaba de su maletín una linterna para alumbrarse mejor.
  • 31. —“Pues desde hace unos días venimos notando que falta presión en el agua”— dijo James mirando directamente al joven que rebuscaba algo entre sus herramientas. Se alzó y asintió con la cabeza. —“Bien. Comencemos”— el hombre dio un paso al frente y se colocó delante del primer grupo de bombonas. James miró a Mulder. El técnico pasó el haz de luz de su linterna por las bombonas, despacio, revisando meticulosamente cuando detuvo la luz sobre el manómetro —“Qué tenemos aquí...”— fijó su mirada y acercó más su rostro al aparato para verlo mejor. Redondo, del tamaño de una pelota de golf, el manómetro indicaba en kilos la presión interior de las bombonas, pero algo llamó la atención del hombre. —“¿Qué pasa?”— James se acercó más para poder ver lo que aquel hombre estaba mirando. Este se separó un poco del instrumento y señaló con su dedo. —“Ve esto de aquí… — le dijo a James señalando el agua que cubría casi la mitad del aparato, este asintió levemente con la cabeza — Este agua no debería estar aquí”— apagó la linterna, la metió en su bolsillo y con ambas manos agitó levemente una de las bombonas. El ruido de líquido en su interior pudo ser escuchado por todos. Repitió la operación con las otras bombonas conectadas a la misma instalación. En todas se pudo escuchar el ruido del agua que había en su interior. James lo miró sin saber que pasaba —“¿Qué ocurre?”— preguntó. El hombre sacó de nuevo la linterna y volvió a iluminar el manómetro. —“Este agua no debería de estar aquí — miró a James — las bombonas están a medio llenar. No existe explicación para que el agua haya pasado al manómetro. — Se rascó la parte posterior del cuello en actitud pensativa — Tan sólo lo he podido ver una vez en una helada”—. —“¿Quiere decir que el agua se ha helado?”— James fijó la mirada en el aparato de medición. Mulder y Scully permanecían callados detrás de ambos hombres. El joven técnico asintió rotundamente. —“Creo que sí. Cuando el agua se hiela aumenta de volumen y puede pasar al manómetro. Una vez que se ha descongelado el agua vuelve a ocupar su volumen pero esos restos quedan atrapados en el interior del manómetro”— Mulder posó la mirada en Scully. Esta a su vez lo miró con ojos expectantes. —“Veamos el otro”— pasó el haz de luz de un aparato al otro que estaba conectado a otro grupo de bombonas. Igual que el anterior; restos de gotas de agua se amontonaban en el interior. —“Esto es rarísimo. — Sentenció el joven — Sólo lo he podido ver en inviernos intensamente fríos y con heladas. — movió la cabeza con un movimiento negativo —
  • 32. La verdad es que no lo comprendo.”— se detuvo a pensar un momento, después se agachó ante el maletín y sacó de él una llave inglesa, apartó a James que estaba junto a él excesivamente pegado y se acercó al colector que unía las bombas de agua con las conducciones que subían hasta la casa. Cerró la llave del agua. Mulder y Scully miraban fijamente como el hombre trabajaba intentando desenroscar una tuerca. Con manos expertas el hombre la aflojó y extrajo algo. Lo puso en la palma de su mano y dando media vuelta se la enseñó a las tres personas que había tras de él. La pequeña junta de goma redonda de un diámetro no superior a una pulgada estaba completamente agrietada. —“Ven esto… — dijo el hombre señalando las grietas con su dedo — es señal inequívoca de que el agua se ha congelado en las tuberías también. Por favor, sostenga esto”— y la puso en la mano derecha de James. Tomó de su maletín un destornillador, lo metió en el interior de la tubería y lo movió cuidadosamente. Cuando lo sacó pequeñas lascas escarchadas estaban adheridas a la herramienta. El hombre lo miró con grandes ojos abiertos y sostuvo ante James, Mulder y Scully el destornillador —“Señor, por esto no llega suficiente agua a su casa— lo miró de hito en hito – pero no me pregunte cómo se ha helado esto porque no tengo ninguna explicación. Voy a cambiarles todas las juntas y calentar las tuberías para que se descongelen, creo que es todo lo que puedo hacer”—. James se irguió y asintió sorprendido ante el descubrimiento de aquel hombre. Se separó de él unos pasos y con él Mulder y Scully, y dejaron a aquel hombre hacer su trabajo. Los tres se acercaron a la puerta, al amparo de la luz ya decreciente del atardecer. —“Dime, Scully— se dirigió a su compañera — ¿cómo es que las tuberías pueden estar aún heladas?”— Mulder la miró a los ojos y ella le sostuvo la mirada por unos segundos para luego mirar al interior. —“Mulder, no sé cómo se pudo helar este sótano ni cuándo. — Le dijo. — Las conducciones siguen aún heladas porque los cuerpos sólidos como el metal tienen mayor densidad que los cuerpos líquidos y por tanto tardan más en descongelarse. De ahí que a la casa de los Jones llegue agua pero no con la suficiente presión. — Aseveró Scully — Seguramente, si pudiéramos mirar dentro de las bombonas en las paredes de esta también habría escarcha. — bajó la mirada al suelo para levantarla y mirar al señor Jones — De verdad no sé a qué puede ser debido”—. James estaba tan extrañado como los dos agentes —“De verdad, agentes, que esto no lo comprendo — metió las manos en los bolsillos de su pantalón — se escapa a toda lógica”— Scully asintió ante tal afirmación.
  • 33. Dejaron al técnico cambiando juntas y reparando tuberías y subieron los escalones permaneciendo al pie de ellos a la altura de la calle. Una sola palabra resonaba en la mente de Mulder: frío. Sólo un frío intenso habría sido capaz de producir aquello. Frío. Y la rama de aquel arbusto también había sido expuesta a bajas temperaturas. Frío. ¿Qué relación tenía una cosa con la otra? Al cabo de unos segundos su mente regresó de aquel viaje por un insondable mar de preguntas para ver cómo los azules ojos de Scully lo miraban fijamente. Ella le sostuvo la mirada brevemente y asintió; con ese sencillo gesto ella le hacía saber que conocía sus pensamientos y sus preguntas mucho antes de que él se lo dijera. Con ellos aún estaba James. —“Esperaré aquí abajo a que el técnico termine, si no tiene inconveniente”— aquellas palabras terminaron por hacer aterrizar a Mulder. —“Por supuesto – Mulder metió sus manos en los bolsillos y fijó su vista en el suelo, James se dirigió de nuevo hacia los escalones que conducían al sótano. Antes de que pusiera el pie en el segundo escalón Mulder lo llamó. —“James” – este se volvió hacia el dueño de aquella voz. —“¿Sí, agente Mulder?”— le contestó. Mulder dudó unos instantes antes de formular la pregunta. James volvió a subir el escalón que había bajado, situándose de nuevo a la altura de ambos agentes —“... me gustaría informarme sobre ese juego que ustedes comentaron durante el interrogatorio. ¿Podría decirme dónde podría conseguir esa información?”— Scully miró a su compañero. Sabía que Mulder no iba a dejar escapar la oportunidad de preguntarle por el juego. James asintió. —“Seguro. — Miró primero a Mulder y luego a Scully — Nosotros compramos todo el material en una librería en el centro de la ciudad, en el 116 de Prospect Avenue, llamada Arkham Loony. Los dueños son dos jóvenes muchachos. Ellos seguro le indicaran y le aconsejaran acerca de lo que ustedes quieren saber. — fijó su mirada en Mulder que lo miraba interesado— Si no es así, no tienen más que ponerse en contacto con Wilson, él es el verdadero entendido en el tema”—. Mulder agradeció a James la información, dejó que este se encaminara de nuevo hacia el sótano y junto a Scully se dirigió al coche. Antes de llegar a él, Scully tendió la mano abierta ante Mulder, este la miró y deposito en ella las llaves del vehículo. Ella cerró su mano alrededor del llavero que le había dado su compañero y se dirigió al asiento del conductor, abrió el coche y se
  • 34. sentó. Mulder quedó unos segundos fuera viendo cómo su compañera se había adueñado de las llaves, sonrió y abriendo la puerta tomo asiento junto a Scully. Antes de poner el coche en marcha Mulder miró a Scully. —“Scully, ¿qué piensas de todo esto?”— continuó mirándola fijamente, ella suspiró levemente y miró hacia el frente a través del parabrisas del coche. —“Mulder, no lo sé.”— sus ojos azules se volvieron hacia su compañero sentado a su lado. Este hizo una leve mueca con su boca y retiro la mirada. —“Sin que sirva de precedente, Scully, yo tampoco lo sé. — se incorporó en su asiento y miró al cielo. Un glorioso tono violáceo anunciaba la inminente oscuridad nocturna que se avecinaba —Creo que es un poco tarde para ir hasta la librería. — Scully asintió taxativamente — Será mejor que lo dejemos para mañana”— Mulder volvió a acomodarse en el asiento y Scully puso en marcha el coche. Aquella avenida era un ir y venir continuo de ejecutivos, oficinistas y gentes que salían de sus trabajos para almorzar en cualquier bar o en algún sitio de comidas rápidas. No llegaba a ser el hervidero humano de una gran ciudad pero se asemejaba bastante. A ambos les hubiera gustado haber iniciado aquella visita antes pero esa misma mañana tuvieron que esbozar el informe preliminar para el inspector de la policía local y después presentárselo. Todo aquello les llevó casi la mañana completa y cuando se dieron cuenta era casi la hora de comer. Mulder y Scully se mezclaron entre la gente hasta que llegaron ante la librería. Un gran cartel azul escrito con letras góticas anunciaba el nombre del establecimiento, Arkham Looney; extraño nombre, pensó Scully para un lugar donde vendían libros. Bajo el nombre, en letras más pequeñas se podía leer rol, wargames, comics, miniaturas. La puerta de entrada estaba flanqueada por dos grandes cristaleras desde donde ambos podían ver el interior. Mulder abrió la puerta y dejó que Scully pasará delante de él. Un doble sonido electrónico anunció que la librería estaba siendo visitada por dos potenciales clientes. Frente a ellos se encontraba un mostrador, redondo, de madera clara y muy lustrado que separaba la zona de atención al público de las muchas estanterías repletas de libros con las que estaba acondicionado el local.
  • 35. Mulder miró el establecimiento en conjunto, paseando la vista de una esquina a otra. En una pared cercana al mostrador pudo ver una vitrina iluminada con diminutas luces de neón. Dejó a Scully frente al mostrador esperando ser atendida, pues tras este no había nadie y se dirigió hacia ella. En la vitrina, como si de diminutos trofeos se trataran, estaban expuestas lo que parecían legiones de ejércitos en miniatura listos para el combate. Identificó reproducciones de soldados napoleónicos, otros vestían uniformes oscuros de oficiales de las SS alemana y aviadores de la RAF inglesa. Junto a estos había figuras que bien podían haber salido de cualquier libro de Tolkien; pequeños enanos de pies grandes y velludos, hermosos guerreros con orejas puntiagudas y magos con grandes y largas capas. Mulder fijó más aún su atención en otras pequeñas miniaturas que representaban a animales, monstruos informes, algunos de ellos alados. Levantó la mirada cuando alguien que parecía ser el dependiente de la tienda se acercó al mostrador y a Scully. Mulder echó un último vistazo a la vitrina y se acercó a Scully. Aquel chico que se colocó tras el mostrador no podía tener más de veintidós o veintitrés años y poseía la altura de un jugador de la NBA, pensó Mulder, quien tuvo que levantar la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Scully lo miró, rio y después miró a Mulder. Al ver a su compañero de nuevo a su lado se concentró en mirar los elementos que se exhibían sobre la superficie del mostrador. Un expositor anunciaba barajas de cartas con elaborados dibujos y atrayentes colores. Varios cestos pequeños se arremolinaban junto a la máquina registradora, todos ellos contenían lo que parecía ser dados, pero tan sólo un tipo de ellos eran los convencionales dados de seis caras. Scully pudo observar dados en forma piramidal, con sólo cuatro caras cada una de ellas enumeradas y de distintos colores incluso algunos de ellos eran transparentes con los números en brillantes colores metalizados. Otra cesta contenía dados de diez caras, de veinte caras y otros bastantes más grandes con un parecido asombroso a una pelota de golf. Tomó uno de ellos y pudo comprobar que se trataba de un dado de cien caras. ¿Para qué diablos servían?, pensó para sí misma depositándolo de nuevo en su lugar. El chico del mostrador guardó en la caja el dinero que le había dado el cliente al que había atendido, le devolvió el cambio y un ticket y con una sonrisa se dirigió a Mulder y a Scully. —“¿En qué puedo ayudarles?”— se dirigió a ambos. Mulder miró hacia arriba. —“Nos gustaría ver algo de... Lovecraft.”— preguntó Mulder con una media sonrisa en los labios. —“¿Rol o relatos?”— el chico apoyó las manos sobre la superficie de madera con aire de superioridad. Mulder miró a Scully y esta se encogió de hombros.
  • 36. —“Ambas cosas”—. El chico asintió y se giró levemente hacia su derecha señalando el bosque de estanterías que tenía tras él. —“Bien. Los relatos de Lovecraft están en la última estantería, al fondo a la derecha. Los manuales de La Llamada de Cthulhu están en el cuarto pasillo a la izquierda. Hoy han llegado cosas nuevas— les hizo una seña con el dedo, volvió a mirarlos – si no encuentran lo que buscan no duden en preguntarme”—. Y les sonrió. Mulder miró a Scully con sorpresa —“¿...Los mitos de Cthulhu?”— preguntó Scully intrigada. El chaval la miró extrañado —“Eh... sí, es en el que están basados todos los demás manuales. El libro de Los Mitos es fundamental para empezar y conocer las reglas del juego. — Desvió su mirada de Scully a Mulder. — Pero si ya lo tienen pueden adquirir cualquier nuevo suplemento que contiene nuevas aventuras... Si quieren pasar pueden echar un vistazo”— y dejando a ambos saludó a un nuevo cliente que esperaba a ser atendido. Scully y Mulder rodearon el mostrador y pasaron a la parte posterior de este donde se encontraban las estanterías divididas en pequeños pasillos. Había bastantes personas allí, hojeando libros y revistas. Mulder y Scully anduvieron juntos por el pasillo central hasta llegar al cuarto, el que le había indicado el dependiente y torcieron a la derecha. —“¡Agente Mulder, agente Scully!”— los saludo una voz familiar. En el centro del pequeño pasillo estaba Karen con un libro en sus manos y con ella estaban Kate y Henry —“¡Es un placer volver a verlos!” Tanto Scully como Mulder se sorprendieron de encontrarlos allí. Karen advirtió la cara de sorpresa de ambos agentes. Cerrando el libro que tenía entre las manos, dio un par de pasos hacia ellos acercándose. —“Muchas veces aprovechamos la hora de comer para ver lo nuevo que ha traído Willie, seguro que ya lo han conocido” – Scully asintió con una sonrisa forzada, Mulder la imitó. —“Karen – Scully se acercó aún más a la mujer, que la miró con una sonrisa sincera en el rostro — veníamos buscando algo sobre el escritor del que ustedes nos hablaron...”— “Lovecraft”— Mulder terminó la frase por ella. Kate y Henry se acercaron más al trío que conformaban su amiga y los dos agentes del FBI. Karen asintió con un leve movimiento de cabeza. —“James ya me dijo que ustedes le preguntaron y que los envió aquí — miró alrededor de ella — es una de las mejores de Providence, y además Willie es muy competente y amable con los clientes. Todo nuestro material lo compramos aquí”— Karen dio un paso atrás para permitir a Mulder y a Scully una mejor visión de las estanterías, le paso a Kate el libro que tenía
  • 37. en sus manos y tomó uno nuevo de entre los que allí se encontraban expuestos, de brillantes pastas a todo color. ——Este es el manual del juego, Los mitos de Cthulhu. Contiene las reglas del juego y como fabricar un personaje — le tendió el libro a Mulder, este lo tomó y lo abrió ante si permitiendo a Scully verlo también — así como reglas especiales, armas que se pueden utilizar, enemigos, monstruos ... todo lo que se necesita para empezar a jugar — Scully levantó la cabeza del libro y miró a Karen fijamente. Mulder mientras tanto hojeaba el libro y pasaba de una página a otra. —“El juego está basado en una de las obras de Lovecraft — era Kate quien habló — pero el escritor tiene otras muchas, sobre todo relatos cortos”—. Scully pasó su mirada de Karen a Kate. Henry, tras ellas se mantenía en silencio pero atento a lo que decían sus amigas. Karen tomó dos libros más de la estantería, semejantes al que ahora tenía Mulder en las manos. —“Estas son módulos o campañas para este juego. Son aventuras ya escritas pero cualquiera que esté un poco avezado en el tema puede escribir sus propias aventuras para así jugarlas después”—. —“¿Y existen muchos... módulos de estos?”— preguntó Scully tomando de manos de Karen uno de los libros. Está se encogió de hombros. —“No sé. — miró a Kate y a Henry para volver a mirar a Scully— Todos estos que ve aquí — le señaló la estantería completa — pertenecen a los mitos, pero el mercado está en constante expansión y salen módulos nuevos muy asiduamente”—. —“¿Tienen un interés especial por alguno de ellos, agentes?”— preguntó Kate. Mulder levantó la vista al fin de su libro. —“No, en ninguno en especial. — Miró a Scully que ahora hojeaba otro de los volúmenes — Sólo queríamos información sobre el juego y sobre el autor—. Mulder paseó la vista por los tres amigos – Sólo es simple curiosidad, nada más”— Mulder le tendió el libro de nuevo a Karen, quien lo tomó y lo puso de nuevo en su lugar. —“Pues si es curiosidad lo que siente, agente Mulder, en los libros sólo encontrará aventuras de misterio para ser jugadas. Nada que pueda ser considerado como un relato”— Henry se dirigió a Mulder con calma. Karen miró primero a su amigo para después mirar a Mulder. —“Cierto, si es curiosidad, la mejor manera es jugar — miró a Kate y de nuevo posó su mirada en ambos agentes— Como ustedes ya saben nosotros jugamos casi todos los fines de semana, pero una vez al año hacemos lo que denominamos maratón, o sea un fin de semana completo jugando — Kate y Henry asintieron al unísono — si
  • 38. a ustedes les parece, podrían venir este fin de semana y comprobar in situ cómo es realmente una partida de rol —miró con ojos expectantes a Mulder y a Scully— No creo que ni Wilson, que es quien dirige las partidas ni por supuesto a James, les importe en absoluto.”— sonrió. Scully llevó su mirada hasta Mulder y este la miró a ella. Vio en los ojos de su compañero un brillo que conocía, que le era absolutamente familiar; el reflejo del entusiasmo, el mismo que había hecho en cientos de ocasiones que corrieran por medio país tras algo a lo que llamar verdad con mayúsculas. Supo que hiciera lo que hiciera y dijese lo que dijese, ese fin de semana irían al apartamento de los Jones a experimentar aquel juego de rol en el que Mulder estaba tan interesado. —“Bien, Karen. — Scully movió lentamente su cabeza en un gesto afirmativo — Creo que el agente Mulder y yo estaremos encantados de poder ir — y miró a Mulder quien ya la estaba mirando con los ojos abiertos y una expresión de incredulidad en el rostro. Le gustó aquello de tomarlo desprevenido. Volvió sus ojos hacia Karen y sus amigos. —“Podemos hacer algo más, agentes. — Dijo Karen — Si realmente están interesados en informarse sobre el juego y sobre Lovecraft, si les parece les puedo hacer llegar el material que tengo en casa. — miró directamente a Mulder a los ojos — Si me dicen a dónde se los enviaré por mensajero esta misma tarde”—. —“Y si quieren saber más sobre Lovecraft, — dijo en esta ocasión Henry — la casa en la que vivía es ahora un museo. Si tienen tiempo vayan a visitarla. — Esperó a que Mulder lo mirara y asintiera – Es el 598 de la calle Angell. Seguro que Willie tiene algún folleto que dejarles”—. —“Bien, muchas gracias por toda la información.”— dijo Mulder. Le tendió a Karen la dirección del hotel y el número de habitación donde podía hacerle llegar los libros. Tanto Karen como Kate y Henry se despidieron de ambos y abandonaron la librería con un nuevo módulo en las manos. Ellos permanecieron allí durante algunos minutos viendo cómo se marchaban. —“¡Scully!”— Mulder miró a su compañera que todavía contemplaba como esas tres personas abandonaban el local, volvió la cabeza y lo miró directamente a los ojos —“¿Qué, Mulder?”— se colocó un mechón de pelo tras la oreja. —“Has...”— Scully no lo dejó terminar. —“Mulder, eso era lo que querías. Saber sobre qué va ese juego—. Miró hacia el techo iluminado con tubos fluorescentes, pensativa — Por alguna extraña razón que aún desconozco — bajó la mirada para posarla sobre el rostro sorprendido de su
  • 39. compañero – tú estás intrigado en ese juego. Mulder, no tengo ninguna teoría para ver resuelto estos crímenes, y me temo que será un expediente más clasificados en un archivo con una x delante — Mulder miró aquel dulce rostro — así que, dejando a un lado lo que yo opine seguiremos tu corazonada”—. Y diciendo esto dejo a Mulder allí, ante aquellas estanterías repletas de libros que le eran completamente extraños y se dirigió hacia el mostrador de la entrada. Mulder siguió con la mirada a aquella pequeña mujer pelirroja que con su determinación hacía que todo ocupara el lugar que le correspondía en el caos de su universo. Una sonrisa surcó sus labios y marchó tras ella. Henry había tenido razón al decir que el dependiente de la tienda tendría información sobre la casa-museo de H. P. Lovecraft. Y allí estaban ahora ellos. La casa era, por fuera, una más entre tantas construcciones que se alienaban en la calle Angell. Mulder y Scully subieron los escalones y entraron en un vestíbulo muy iluminado en donde se encontraba una mujer tras una mesa. Pagaron a la señora los tres dólares de la entrada de ambos y caminaron hacia el centro del vestíbulo. Una gran fotografía en blanco y negro tamaño póster presidía la habitación. El cuadro era de un hombre enjuto, de unos cuarenta años. Cabello claro, rostro serio, alargado y con aspecto de enfermizo y nariz regia era identificado por una placa dorada como Howard Philip Lovecraft, mil ochocientos noventa a mil novecientos treinta y siete. Mulder y Scully permanecieron unos minutos ante el cuadro, mirándolo fijamente. Scully fue la primera en abandonar el vestíbulo y adentrarse en la primera de las salas abiertas al público. Antaño debería haber sido el salón principal de la casa. Lleno de cuadros, vitrinas y expositores, Scully, y a unos pasos de ella, Mulder, hicieron un recorrido por la sala. Pudieron ver fotografías del autor con otras personas, manuscritos y objetos personales del escritor. Un aura de melancolía recorría la estancia, todas las fotografías allí existentes mostraban a una persona seria, reservada y con un aire de tristeza en la mirada. Ni tan sólo en la pocas fotos en la que estaba acompañado, una sonrisa se dibujaba en su boca, sus ojos seguían siendo los mismos, tristes y solitarios. Mulder miró una de las fotografías con interés. En ella Lovecraft estaba sentado ante una mesa, con útiles de escribir en la mano y mirando a la cámara, con la misma mirada que en las otras. Una de las pocas fotos que se publicaron junto a su obra, rezaba la reseña bajo la foto. Tardaron en recorrer el museo veinte minutos. Fueron de una habitación a otra. Con el mismo aire que seguramente tendría en los años treinta, la casa estaba decorada
  • 40. con los mismos muebles que antaño usaba el escritor y su familia. Lustrosos muebles de madera de caoba, acusaban el paso del tiempo y el uso de barnices baratos. Cortinas, enseres y pequeños elementos decorativos dejaban ver la mano femenina que casi setenta años antes había decorado aquella casa. Scully comenzó a bajar las escaleras para abandonar la casa. Al salir esperó en la entrada a su compañero, que salió breves segundos después. —“Un hombre triste ¿verdad?”— Scully miró hacia la fachada de la casa. Mulder la imitó y volvió la cabeza. —“Cierto. Otro hombre triste”— y se alejaron en dirección al coche. Volvieron a pasar toda la tarde en la comisaría de policía junto al inspector intentando sacar algo en claro de esas muertes. La policía no había encontrado ningún sospechoso y ninguna pista que los llevara hasta alguien. No habían podido catalogar a aquellos asesinatos como obra de una misma persona. Nada, excepto la violencia con la que se habían producido las muertes, establecía relación de una muerte con otra. Ni las edades eran algo en común. Los fallecidos no tenían mucho en común. Cuando Mulder recibió el dossier de ambos asesinatos, y a pesar de querer creer lo contrario, estuvo casi seguro que se trataba de un asesinato en serie, aunque se resistía a creerlo por el modo en que se cometieron los asesinatos. Pero ahora, tras estudiar el caso con más profundidad y tras la autopsia de Scully al último de los cadáveres encontrados, el del señor Baxter, estaba más seguro que aquello no correspondía a un acto de un asesino en serie pero tampoco sabía a qué se podían deber. Y además estaba Scully. Nunca antes ella había acogido con tanta rapidez las conjeturas e hipótesis de Mulder. Eso le hizo pensar en ella. Scully siempre había intentado mantener la postura de encontrar una explicación plausible y científica a cada hecho y a cada situación. Y que ahora ella estuviera de acuerdo con él en buscar otra explicación a ese caso le resultaba algo desconcertante. Esta vez no sabía a qué atenerse. Scully siempre había sido la que había aportado la visión objetiva, cerebral, el dominio de la razón. Cuando ella asintió por él ante la oferta de los Jones y sus amigos a jugar una partida de aquel juego lo dejó asombrado. Había algo en aquel caso que removía el interior de su compañera. Mulder se obligó a sí mismo a concentrarse ante los papeles que tenía ante él. Levantó la mirada y vio a Scully en la oficina del inspector a través de la mampara de cristal que separaba dicha oficina del resto de la comisaria. Ella, de pie ante la mesa del policía, hablaba agitadamente y le mostraba una y otra vez los documentos que tenía en sus manos. Mulder vio como al fin el comisario asentía y ella le dejó sobre la mesa