Nochebuena con LSD

     Jordi Bayona
      Navidad 2011
Nochebuena con LSD

                                    Jordi Bayona
                                     Navidad 2011




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                                ¿Te llevo al dormitorio?




N     unca te atreviste a quererme como deseabas quererme.


       No es tan raro. Sucede. Una malévola guillotina de confuso origen te mutila la
facultad de expresión del sentimiento... Un rayo paralizante te incapacita para el
franco goce de la vida y te encierra en infiernos artificiales cuando has tenido el
paraíso a solo un paso. Sucede y no hay libro de reclamaciones.

       Un hombre como tú, acostumbrado a la alquimia de las ideas, a la grandeza de
los proyectos de país, a la gestión de horizontes de futuro... te extraviaste en la cara
oculta de la vida, en el agujero negro del universo emocional y, lo que es peor: sin
darte cuenta. Creías escalar la cresta del mundo y no hacías más que deambular como
un zombi perdido en los lúgubres suburbios de la vida.

        Perdona, lo siento: el símil sobre la condición de muerto viviente es
inapropiado para la circunstancia que nos ocupa. Las escenas de esperpento me
divierten pero comprendo que a ti te molesten. Siempre te molestaron. En realidad,
poco o mucho, todo te molestaba. O al menos eso dabas a entender.




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Yo, Leo, nunca te entendí del todo y siempre te quise. Te quise y te lo dije mil
veces. Mil veces al día. Con palabras y con gestos.

       Y te lo digo hoy, el día que cumplo cincuenta y dos años y que te llevo en taxi a
mi casa, supongo que en calidad de amante. O quizás de ex. ¡Dios, qué situación más
engorrosa...! No sé si hablo en sentido muy estricto porque en realidad te trajino en
una urna y en forma de cenizas, directamente desde el tanatorio del cementerio
municipal.

         Hoy, 24 de diciembre, será un día extraño. Desde pequeña consideré que la
coincidencia entre cumpleaños y Nochebuena era una superflua exuberancia del
calendario. Y ahora, tan gentil como de costumbre, me añades tu incineración. Será
uno más de los muchos días extraños de nuestras vidas. No me preocupa echarte de
menos. Estoy adiestrada: nunca dejé de sentirte cerca a pesar de que jamás estuviste
del todo a mi lado. Las relaciones amorosas son como las nubes que con jirones de
algodón componen siempre la caprichosa figura que quieres apreciar. Otros no ven en
ellas, ni quieren ver, más que polvo atmosférico con lluvia condensada y amenaza de
tormenta. El amor, como para los marxistas la tierra, pertenece a quien mejor lo
trabaja. Y tú, en esa faena, más por cobardía que por desgana, estuviste vaguillo.

        Yo aporté la fortaleza a nuestra relación. No me importó que no me quisieras
del todo o que no me dijeras que me querías, que para el caso es lo mismo. Te quise
por los dos. Eso nos salvó. A ti es un decir, pero a mí me seguirá amparando.

      Ay Leonardo... Tu nueva realidad corpórea me crea un pequeño problema
doméstico de ubicación: ¿Dónde te hago pasar la noche?

        Tus últimos días han sido el festival del desconcierto pero al menos dejaste una
cosa clara: Yo, y nadie más, tenía que esparcir tus cenizas a los cuatro puntos
cardinales desde la columna geodésica de la cumbre del Puig de Massanella.

         El relato no es malo: el fundador y dirigente del Partit Independentista de les
Illes Balears (que acabó defenestrado), insigne filólogo de la lengua catalana (como se
desprende de lo anterior) y columnista del Diari de Balears (naturalmente), lega su
cuerpo (afortunadamente después de la incineración) a la tierra por cuya
independencia luchó (es innecesario exponer los resultados de tal contienda).

        Perdona de nuevo. Los paréntesis no pretenden emborronar tu noble biografía.
No son más que una minúscula y puntual desazón. Porque puedo llegar a asimilar que
las cenizas del insigne independentista Lleonard Sans i Desbrull tengan que ser
esparcidas por Ana María Ortiz Rodríguez, natural de Peraleda del Zaucejo, provincia
de Badajoz, su amante secreta fija-discontinua de toda la vida... pero te mentiría si no
admitiera que me incomoda que tan sublime episodio tenga que acontecer en todo lo
alto de una montaña de 1.365 metros de altura sin otro acceso que un empinado
camino de cabras que hay que recorrer a pie durante varias horas. Te vuelvo a
recordar que hoy cumplo cincuenta y dos años y, francamente, no tanto el cuerpo sino
el rodaje me impide ser la que fui y no estoy para excursiones por las alturas de la
misma manera que hay días que la Macarena no está para tafetanes, como dicen los
andaluces.


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Lo siento pero estarás obligado a pasar unos días en casa hasta que organice la
expedición. No te apures, no te dejaré en el salón: las gatas podrían adelantar la
dispersión de tus cenizas sobre mis kilims tejidos a mano por mujeres bereberes. ¿Te
llevo al dormitorio? La primera vez ya tuve que ejercer esta responsabilidad. Y temo
que también la última.



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                             Eras un onanista sentimental



         Control de la situación: ahora, ya en casa, nos lo tomaremos con más sosiego.
Si, sosiego tanto si quieres como si no. Durante toda tu vida de culo inquieto ignoraste
el sentido de esta palabra pero en tus actuales condiciones, y bien que lo lamento, no
estás para imponer nada. Necesito tumbarme en el sofá y un vodka helado.

        Hermosea el momento con el bonito atardecer iluminado que nos anticipa la
Nochebuena. Disfruta – también es un decir – de la panorámica extraordinaria de la
bahía de Palma. La puesta de sol de invierno, vista desde esta terraza en lo alto de Cala
Blava, es mucho más sofisticada y compleja que la de verano. También es más corta,
claro. Por eso no hay que perderse ni un detalle de los matices que, a cada segundo,
mutan la tonalidad rojiza de las caprichosas nubes de poniente.

        Iluminaciones aparte, y aunque no lo reconozcas, desde esta misma terraza te
ensimismaste, relajado y feliz, con la languidez de muchos atardeceres. Yo prestaba la
mayor atención a no entrometerme en tu estado interior. Dejaba que practicaras el
placer en solitario. Fuiste un onanista sentimental. Alguna vez cometí la imprudencia
de compartir ese instante de sensualidad estética contigo, abrazarte y contemplar
juntos el huevo frito que se ponía por detrás de Na Burguesa. Pero al acto, al primer
gesto, todo se resquebrajaba como una fina capa de hielo bajo una inoportuna pisada.
Tenías pánico al roce: el físico lo llegaste a capear pero el emocional… has acabado tan
virgen como Nuestra Señora de Guadalupe. Los amigos te llamaban LSD en referencia
a tus iniciales, pero jamás te permitiste el menor de los efectos liberadores y
sensitivos que provoca la sustancia de tu alias. De la misma manera que Jardiel
Poncela escribía lipogramas sin alguna de las vocales, tu biografía podría escribirse solo
con verbos intransitivos, sin complementos directos.

         Retira tus reproches, no digas nada. Ahora ya no puedes preguntarme ¿si tan
odioso era por qué coño siempre permaneciste anclada en mi vida? Y estoy segura
que aunque me lo pudieras preguntar tampoco lo harías. Pero yo te respondo. En tus
relaciones conmigo eras el campeón del silencio. Todo lo camuflabas bajo finas capas
de silencio superpuestas. Y, paradójicamente este silencio, conjugado con tu mirada
fija –a veces penetrante y otras desvalida- me reveló tu atractivo misterioso.

       Reconozco que no eras nada odioso y menos cuando se te presentó aquella
jovencita que fingía ser mayor de edad, recomendada por una vecina para limpiar tu



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casa dos días a la semana, que luego fueron cuatro, después siempre y finalmente
nunca. Recuerdo tú interés por mi pueblo. ¿No será Peralada en lugar de Peraleda?
¿Peraleda de Zaucejo? Ni idea, jamás he estado en Badajoz.

        Ilusionada pero iletrada, aquella jovencita llegó a tu casa buscando trabajo y,
sobre todo, la oportunidad de adquirir nuevos saberes. Era tan intensa su sed de
aprender que precisó muchos años para saciarla. Quienes no habéis sufrido los azotes
de la ignorancia no podéis comprender de lo que hablo. ¡Cómo explicar al abstemio los
fascinantes secretos del vino! El deseo de saber, como el de amar, me ha mantenido
de pie cada día y permitido flotar en cualquier tormenta. Un deseo que, como todos,
cuanto más crece más alimento requiere.

       El fluir de la vida me ha enseñado que el azar siempre está al servicio de la
necesidad. Cuando menos te lo esperas, aparece lo que necesitas. Lo importante es
presentirlo, detectarlo y agarrarlo porque a muchos, distraídos en irrelevancias, les
pasa de largo. Traté de explicártelo en varias ocasiones pero en lugar de responderme
me citabas a Jacques Monod y sus ensayos sobre el azar y la necesidad en el estudio la
biología moderna. Nunca he leído a Monod pero tú, sabio Salomón, jamás entendiste
lo que yo te contaba.

        Sentí algo de ello al cruzar por primera vez tu piso del Carrer del Sol. Desde
muy, pero que muy niña, desarrollé una extraordinaria capacidad de percepción.
Pillaba al vuelo todo lo intangible y volátil que planeaba en el mundo de adultos que
me rodeaba: el significado oculto de un simple tono de voz, el sentido de una
circunstancia inesperada, una mirada de carga emotiva, un gesto descuidado que yo
retrataba en mi juvenil cabecita... cualquier detalle me aportaba las claves de
interpretación de las energías latentes que movían el triste universo de Los Mochuelos,
la finca donde crecí.

       Tenía ocultas intuiciones. Por eso, cuando la joven jornalera recorrió por vez
primera las estancias de tu piso espacioso y noble, atiborrado de libros, percibió sin
mota de duda que en aquel preciso instante cambiaba su sino. En su cabecita Los
Mochuelos se despeñaban y se los tragaba la tierra. Fue mi camino de Damasco. No es
que a partir de entonces haya expandido el cristianismo por tierras orientales;
simplemente me eduqué y me cultivé. Y lo hice a tu lado.

        Indagué nuevos territorios de mi vida. Nunca sabré lo suficiente, pero lo que sé
lo aprendí contigo. No tanto de ti, sino junto a ti. Sin tú saberlo, me hiciste mejor y más
libre. ¿De verdad te extraña que, con todas tus rarezas, nunca me haya apartado de ti?
Tantos años transcurridos y nunca me he acordado de olvidarte.

         Mi historia avala la querencia por ti, LSD. Deja que te recuerde de donde venía
cuando llegué a tu casa. Lo intenté en alguna ocasión pero a medida que te transmitía
las vivencias y exuberantes emociones de mi infancia te parapetabas detrás del muro
de la irrisión para protegerte. En tu diccionario sentimental, la expresión natural de las
emociones y el veneno mortal eran sinónimos. Carecías de antídoto para combatir la
expresión de la ternura y, llegado el caso, no dudabas en defenderte con el arma
mezquina de la grosería de batalla.



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                        Allí se nacía con la biografía ya escrita



         Aquella niña que fui desgranó noche inquietas, a oscuras en la habitación,
compartiendo cama con mi hermano menor en unas dependencias de Los Mochuelos,
donde mi padre, y antes mi abuelo, ejercieron de peones del mayoral. Noches de
vigilia en las que trataba de abrirme camino en el laberinto que debía conducirme a la
ilustración. No quería perderme en la oscuridad de la ignorancia, como mis padres, mis
tíos y mis abuelos. Concluí que sin desprenderme de la fatal herencia del
desconocimiento jamás sería feliz. Ni libre. Ni siquiera buena persona. Nadie puede ser
buena persona si su vida se rige por el principio impuesto de hacer las cosas como dios
manda.

        De muy jovencita sufrí la angustiosa necesidad de instruirme, de pensar por
cuenta propia, de forjar mis propios criterios con mi particular experiencia. Anhelaba
huir del enjambre de abejas ciegas que era el mundo que me rodeaba: Los Mochuelos,
una finca de labranza en medio de la nada, donde toda mi familia formaba parte del
servicio de los Fernández de Bobadilla de día y de noche, año tras año, generación tras
generación. Una pequeña vida de esclavos que ignoran serlo. Un universo jerárquico
en el que se nace con la biografía ya escrita bajo el brazo y sometido a un orden
inalterable del que, advierten, resulta muy poco juicioso evadirse.

       En aquella geografía cerrada veo a mi madre, envejecida por el trabajo en la
casa de los señores, donde reinaba doña Eulalia, una semidiosa que organizaba, con su
catón de sospechosas bondades y generosidades, un círculo de sumisión difusa en el
que incluía, a la par, a todos los seres vivos que le rodeaban, fueran humanos o
animales.

        Temprano llegó la muerte para llevarse a la sirvienta. No llegó a los cuarenta.
Nunca supimos de qué murió mi madre pero lo cierto es que murió. Al principio fue un
malestar general, con ahogos y vómitos, diagnosticado por doña Eulalia como
alteraciones que suelen ocurrir a las mujeres ciertos días del mes. Cuando su estado
empeoró se llamó a un médico de La Serena, que parecía desconcertado por los
síntomas y cuando días después se dispuso llevarla al hospital de Badajoz en el land
rover del mayoral, murió mientras hacían los preparativos del viaje.

       Allí todo obedecía a un extraño precepto natural, dictado desde arriba, que
iluminaba las conciencias de la docena de personajes que vivíamos en Los Mochuelos y
que nos desligaba de la menor responsabilidad sobre nuestras vidas. Las cosas ocurrían
porque habían de ocurrir. Nadie parecía tener un compromiso con su propia
existencia, simplemente la aceptaba con resignación.

       Mi primera formación se forjó con opiniones heredadas que se aceptan sin más
y una enseñanza rutinaria impartida por maestras desganadas que solo pensaban en



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novios y bodas. Carne de familia aburrida. Hay que hacer las cosas como todo el
mundo. Siempre las sentencias: la vida es así; hay que conformarse con lo que dios nos
manda; pórtate bien y serás una persona de provecho, cuidado con las compañías (¡yo,
que me encontraba perdida en el desierto!). Por la seguridad con la que hablaban de lo
que era la vida se hubiera dicho que eran banqueros de Wall Street.

       En aquella gran basílica de la resignación, de muy niña y con apenas uso de
razón, deduje que aquello era una descomunal estafa. Presentía la existencia de
mundos distintos al nuestro donde las personas decidían y eran protagonistas de sus
vidas.

       Vivir era para mí el circuito cerrado de una cadena sin fin. Un día desplazaba al
anterior, una primavera al invierno y el otoño pasaba por encima del verano. Los
sueños infantiles se derramaban por los suelos con la estéril monotonía de un
calendario que daba vueltas sobre sí mismo.

       A grandes males, grandes remedios. Una vez más y sin llamarlo, el azar corrió al
rescate de la necesidad.



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                        Una amiga llamada doña Espasa Calpe



        La clave de mi descubrimiento fueron los tres tomos de la vieja Enciclopedia
Ilustrada de Espasa Calpe que criaban polvo en el aparador del comedor de nuestra
estancia de subalternos. En mi casa no abundaban los libros y la única televisión de la
finca estaba en el salón de la casa de Doña Eulalia, donde cada jueves, por invitación
expresa de la matriarca, acudía con mi hermano porque daban el programa infantil. El
aparato nos fascinaba: emitía en blanco y negro y los payasos aparecían en la pantalla
entre una tormenta de copos que, como abejas en panal, giraban en todas direcciones
emitiendo un sonoro zumbido de fondo que apagaba las voces. La señora se quejaba
del exceso de nieve y manipulaba ella misma las antenas de cuerno enchufadas al
tejadillo del aparato sin que por ello mejorara la visión de la imagen.

        Pero a mí, como te decía, lo que de verdad me interesaba era la enciclopedia
ilustrada que guardaba mi padre, herencia de mi abuelo, cuyo origen nunca pude
aclarar. Como me aburría su lectura continuada me entretenía hojeándola y
observando con curiosidad infantil las láminas coloreadas que describían con precisión
figurativa exóticos y lejanos horizontes: países desconocidos, tropicales, desérticos,
montañosos; la gran variedad de razas humanas: chinos con coleta y ojos
marcadamente oblicuos, abrigados esquimales, negras africanas con un platillo dorado
en la boca que desfiguraban sus labios; distintos tipos de embarcaciones: goletas,
fragatas, corbetas, vapores, acorazados; afinados utensilios de ebanistas: buriles,
mazas, azuelas, limas, punzones, serruchos....; personajes históricos: Cervantes con
perilla y mostacho, Colón pisando por vez primera las Indias occidentales mientras un



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indígena con taparrabos y tocado de plumas de ave del paraíso le rendía honores....La
complejidad del mundo, su pasado, su futuro y sus grandes personajes, concentrados
en aquellos tres tomos de encuadernación verde y ribetes dorados oscurecidos por el
tiempo y el olvido.

       Me dije que algún día llegaría a conocer personalmente a la autora de tan
magna obra: doña Espasa Calpe, cuyo nombre figuraba en la portada. Años más tarde,
me emocioné cuando descubrí que Anatole France había dejado escrito que una
enciclopedia es un universo en orden alfabético. Lo viví en propia carne.

        El hallazgo fue un rayo de luz para una niña que languidecía en la lóbrega
escuela de Peraleda, donde no hacía más que aprender a sumar, a restar llevando y
caligrafía entre dos pautas: Mi mamá me mima. Luego vino la cantinela de las tablas
de multiplicar, con cinco por cinco veinticinco, y los llamados quebrados que nunca
llegué a comprender del todo: con dos números separados por una línea, uno arriba y
otro abajo. En la escuela no nos daban más que un libro ilustrado, el de Historia
Sagrada, editado por la Curia que, como es natural, nos lo proporcionaba y explicaba
un jesuita. Con él me entretuve siguiendo los sueños freudianos de José; busqué con
Noé parejitas de animales para salvarlos del diluvio y habité en la corte del Rey
Salomón, que era justo a más no poder.

       No tenía más de diez o doce años cuando decidí actuar de una vez por todas
por cuenta propia si quería salvarme del naufragio que intuía avecinarse en mi vida. El
salvavidas estaba en los libros, pero en los de verdad, en los de tapa dura y lomo
redondo que están alineados en las bibliotecas. Sólo ellos podrían sacarme del
marasmo.

       Pasé a la acción. Me colé furtivamente en la sala de juegos de la casa señorial,
donde los Fernández de Bobadilla tenían los libros, mira por dónde. Como mi
cuerpecillo contenía todo el miedo del mundo tomé el primer libro a mi alcance. Era
un tomo no demasiado grueso, con tres orlas recrecidas en el lomo, que camuflé bajo
la chaqueta para esconderlo en el dormitorio de nuestras dependencias.

        Aquella noche me despojaría de la ignorancia, comenzaría a leer obras serias,
de las que transforman a las personas y las catapultan a los olimpos de la sabiduría.
Las luces vencerían al oscurantismo. Echada en la cama recuperé, bajo mi almohada, el
botín del hurto. Parecía un libro excepcional. El título me desconcertó: Crítica de la
razón pura. ¿Por qué alguien se atreve a criticar la razón? De hecho, ignoraba que
existieran razones puras y, en consecuencia, también impuras... Inmanuel Kant era su
autor que, por lo que podía deducirse, era extranjero. Mucho mejor porque saben
más. Pasé las primeras páginas lentamente. Los títulos gordos eran de la misma letra
que los misales, de trazo grueso y que costaba leer. Letra gótica, vamos.

       De entrada aparecía un texto bajo el título Introducción, lo que juzgué muy
apropiado porque me serviría de trampolín para cuando comenzara la crítica
propiamente dicha. Y como quien se apresta a descubrir el sentido de un gran misterio
que abre los horizontes de una nueva vida empecé a leer. La frase la leí tantas veces
que, más de cuarenta años después todavía la recuerdo. Kant quiso situar esta obra



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discutiendo la posibilidad de la existencia de juicios sintéticos a priori, juicios que
agregan nueva información, donde el predicado no está contenido en el sujeto, y que
son de carácter universal y necesarios...

       La releí una y otra vez. No daba crédito. De una página en blanco hubiera
comprendido lo mismo. En lugar de las puertas a la sabiduría, me hundí en el abismo.
Me había equivocado de puerta. Creí abrir la que había de proyectarme hacia una
nueva existencia de comprensión de los misterios del mundo y de las personas y había
abierto la que me precipitaba a las tinieblas más oscuras. Las palabras, las frases, me
hundían en la ignorancia. Me sentía prisionera entre las cuatro paredes de mi
tosquedad. Creí ser víctima de una maldición de clase: se nace ignorante y no hay nada
en el mundo que pueda evitarlo.

       Como poseía una voluntad de hierro templado no quise rendirme de buenas a
primeras. Insistí en la lectura con mayor concentración si cabe pero con resultados
similares. Tarea vana. Era una cadena sin fin: acababa y volvía a empezar. Tuve que
asegurarme que no leía con los ojos cerrados. Podía pasar siglos ante aquella frase y
no avanzar ni un ápice en su comprensión.

        Tal circunstancia me sumió en el desconsuelo durante varios días. Me supe
condenada para siempre a la tosquedad del desconocimiento, residente eterna en un
mundo sombrío y apagado. Acongojada, devolví el tomo a su lugar y lo hice con
desdén, sin tomar las precauciones del momento del hurto. Si de todos modos tenía
asegurada la cadena perpetua de ignorancia, pasar por ladrona era un pormenor
insignificante.



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                              Andaba por las paredes y el techo



        Por fortuna, en Los Mochuelos se habían empeñado en inculcarme la receta del
pobre, la que advierte que el material de derribo del infortunio y del fracaso sirve para
la lenta construcción de futuros logros y beneficios sólidos. Kant me cerró la puerta
pero Doña Espasa Calpe me la abriría.

        Si en la enciclopedia estaba todo el saber del mundo – y lo había podido
comprobar hojeándola - su lectura íntegra y exhaustivo estudio me otorgarían las
llaves de la sapiencia. Total, solo eran tres tomos y lo que es tiempo y ganas me
sobraban. Trasladé el primero a mi cuarto, donde instalaría el centro de operaciones. A
partir de aquel día, mi vida se dividió entre dos partes desiguales: leer a Doña Espasa –
objetivo fundamental - y todo lo demás. Primera noche, primera página.

       A.- Primera letra del alfabeto latino básico y de los alfabetos derivados del
mismo, como el alfabeto español.




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a.- Preposición universal afirmativa.

        Aaron.- Primer hijo de Amrón y Jocabed, de la tribu de Leví, hermano mayor
de Moisés y de María. Junto a Moisés condujo a los israelitas fuera de Egipto, al tiempo
que les servía de traductor, por el problema de tartamudez de su hermano.

       ababol.- amapola. Fig. mentecato, bobo...

        Quedé impresionada. En el primer minuto ya había aprendido cosas
interesantísimas. Moisés era tartamudo y en la película Charlton Heston hablaba como
un lorito. Mi abuelo tenía razón: en el cine todo era mentira: cualquier forajido moría
en una película y a la siguiente ya volvía a cabalgar sembrando cizaña por los desiertos
de Arizona.

       Como la tarea era faraónica, opté por echar una ojeada a todo lo que me
esperaba. Con el tomo en la mano, hacía girar velozmente las páginas, sujetándolas
primero y soltándolas después, con la caricia de la yema de mi pulgar. Millares de
palabras y de imágenes fluían en riada durante un instante. En mi indagación descubrí
con sorpresa que no todas las letras del alfabeto tenían el mismo número de palabras:
La primera mitad del abecedario ocupaba prácticamente dos tomos y la segunda
quedaba contenida con el tercero. Llegué a pensar que Doña Espasa se había fatigado
en exceso con las primeras letras y que en la última parte había aligerado el trabajo.

        Leía la enciclopedia en mi habitación hasta que mi madre, con un grito cansino,
me obligaba a apagar la luz. ¡Te volverás tonta de tanto leer. Ya es medianoche y tú,
con la luz encendida! Yo contestaba ¡Un minuto madre, ya la apago! pero robaba
algunos más.

        Después de apagar la luz, abrigaba junto a mí el tomo de Doña Espasa como un
amado compañero de cama y me recreaba con la oscuridad total de un cuarto sin
ventanas. Movía los ojos en todas direcciones y la negrura total no variaba ni un ápice.
Me entretenía en perder el sentido de la orientación y, sin moverme, me imaginaba en
cualquier lugar de aquel espacio, como una cieguita perdida. Llegué incluso a desafiar
la ley de la gravedad y andaba por las paredes y el techo. Agarrada a mi libro, la
oscuridad total me facilitaba la sensación de realidad ingrávida.



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                    Nos echan, hija, fue la mejor noticia de mi vida



        A partir de entonces todo fue más sencillo. Volví a mis fechorías por la
biblioteca de la casa de doña Eulalia. En la siguiente ocasión me olvidé del señor Kant,
que tanta aflicción me había provocado con su razón pura, y me fijé en un lomo sobre
el que había, dibujada, una abejita dorada. El libro -creo que te lo enseñé una vez LSD-




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lo he conservado durante toda la vida como un trofeo de caza mayor. Deja que me
levante porque está aquí mismo, en la estantería.

        ¿Ves? Es éste. Ah, perdona de nuevo, no me acostumbro... La vida de los
Insectos. Me llamó la atención porque en la parte baja aparecía el nombre de mi
salvadora, aunque en esta ocasión figuraba simplemente como CALPE, así, en
mayúsculas. Y debajo, Madrid-Barcelona MCMXX. Deja que te lea el primer párrafo,
que es delicioso. Título: El escarabajo sagrado. Y dice: La construcción del nido,
salvaguardia de la familia, da la más elevada expresión de las facultades instintivas. El
ave, ingenioso arquitecto, nos lo enseña y el insecto, todavía más diversificado en sus
talentos, nos lo repite diciéndonos: La maternidad es la soberana inspiradora del
instinto.

       Eso ya no era Kant. Cierto es que tuve que avanzar y regresar con frecuencia y
que una sola palabra me hacía tambalear el sentido de la frase. Pero al menos pude
aferrarme a algunas referencias comprensibles y a algunas palabras de significado
conocido.

        Seguí la lectura pausadamente. Dejé atrás algunos agujeros negros, pero
recuperaba en el siguiente párrafo el hilo perdido. Primero con balbuceos, luego con
seguridad y, finalmente con destreza, avancé sin pausa ni tregua. Y ya ves, hasta hoy. A
libro por semana. Por supuesto, con los consejos sabios de nuestro buen amigo Biel.
Incluso ya dispongo del Kindle de Amazon. De haberlo tú sabido me hubieras
sermoneado con mal humor. Desde un principio estuviste en contra de las tabletas de
lectura de libros. Te regalé un Ipad y con tu gracia habitual ni abriste el paquete.

       Lo cierto es que de muy jovencita, la lectura desaforada me sumió en una doble
vida. Me convertí en una equilibrista avanzando por el alambre: a un lado el universo
limitado y plano de Los Mochuelos y, al otro, la exuberancia de nuevos horizontes que
me propagaron los libros hurtados.

        Había confirmado lo que sospechaba, que detrás de las páginas impresas había
algo más: mundos reales, saberes que me abrirían las puertas de una nueva vida
donde no habría encinares ni cerdos negros husmeando trufas sino vida, saber y
libertad.

         Mi espíritu, conducido por la ensoñación de la lectura, se alejó del páramo
onírico de Los Mochuelos y de la escuela de La Serena. Del pueblo solo guardo el
recuerdo de que los paisanos se vanagloriaban de tener enterrados, bajo una losa de la
iglesia, los presuntos huesos de Viriato, el pastor lusitano descrito en la enciclopedia.
Me pasé media infancia preguntándome si entre los pastores de Los Mochuelos había
algún lusitano. Lo pregunté a mi padre y me respondió que no sabía.

        ¡Mi pobre padre...! El primer cajón de la cómoda de nuestra estancia estaba
abarrotado de cupones de los ciegos, sin premio y caducados, que se resistía a romper.
Nunca se sabe, decía. Era la necesidad de prolongar un hilillo la imposible esperanza de
la suerte. Los guardaba por si acaso. Sacrificó media vida por si acaso. Y nunca hubo
acaso alguno. Se fue sin avisar.



                                                                                            11
Como nos fuimos de Los Mochuelos pocos meses después de la muerte de
Doña Eulalia. Los sobrinos intentaron vender los terrenos sin obtener el pelotazo
pretendido y no dudaron en deshacerse de todo lo inservible y lo que ocasionaba
gastos. Como nos encontrábamos en ambas categorías, en dos minutos despidieron a
tres generaciones de sirvientes.

       La mejor noticia de mi juventud me la procuró mi padre con aire compungido.
El pobre no acertaba ni una. Nos echan hija, pero no te preocupes, mi primo de La
Serena que está en Mallorca dice que puedo trabajar donde él, en unas minas de lignito
de un pueblo que se llama Alará (nunca fue buen entendedor). Allí que nos vamos a ir
con tu hermano. Los tres.

       Y en ese preciso instante, querido LSD, sin saber nada de ella me enamoré de
Mallorca. Por fin, la lengua de fuego del espíritu santo se había posado sobre mi
cabeza. ¡Había sido la elegida! ¡Adiós a los Mochuelos!

       Corrí a mi enciclopedia que, superado el período de clandestinidad, reposaba
con solemnidad sus tres tomos en el hueco de la hornacina de mi cuarto. Todavía hoy
la conservo aquí, en la librería del salón, en primera fila, en asentamiento de prestigio
como corresponde.

       Deja que haga la misma consulta que entonces, que hoy estoy destemplada y
los buenos recuerdos me dan un calorcillo confortable en las entrañas...

        Tomé así el segundo tomo, así como lo hago ahora, y busqué Mallorca.
Mallorca: (Isla de España).- Situada en el Mediterráneo occidental, la isla presenta
costas rectilíneas recortadas tan sólo por la bahía de Palma, al SO, y por las de Alcúdia
y Pollensa, al NE...

        Y como se había apoderado de mí un incontenible vigor informativo me hice
con el primer tomo y busqué con ansiedad Alará. La entrada no existía, pero por
desviación fonética supuse que mi padre se refería a Alaraz, que estaba muy cerca en
la enciclopedia. Alaraz: Municipio de España. Castilla y León. En la comarca del Campo
de Peñaranda, a los pies del monte Aguda (1.025 m); avenado por el río Gamo,
afluente del Tormes...

        Algo fallaba. Lo comenté con mi padre. No dijo nada pero la duda lo consumió
en silencio hasta que, desde el puerto de Palma, llegamos a Alaró en autocar.

        Así dejé Los Mochuelos, donde se derramó mi infancia, un secarral sin sentido,
como nuestras vidas. No sirvió ni para ser urbanizado que, como tú sabes, ya es no
servir.



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                    Efectivamente, había una vida mejor... pero más cara




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¡Ay LSD! ¡Qué Nochebuena nos espera! Tengo que reconocer que tu silencio se
me hace hoy especialmente espeso. Deja que me levante y estire un poco las piernas
que estas varices me atormentan. Estaba en agenda de quirófano pero con todo lo
tuyo lo anulé. Pensé que si hace cinco años que las sufro puedo seguir un par de meses
más...

         Mira como resplandece la ciudad iluminada. ¡Perdona de nuevo, hijo, pero... es
tan difícil hablar a una urna...! Desde mi casa tengo la mejor vista de Palma, que es una
ciudad que no se puede ver ni desde muy cerca ni desde muy lejos. Mi mirador la sitúa
a la justa distancia y, por lo tanto, ni decepciona ni crea nostalgia. Es un buen método
para aplicarlo a las personas. Y también a muchos amores encendidos, que sólo
resisten el deslumbramiento del primer envite y luego se desvanecen, barridos por la
rutina y del desinterés. La señora Helga, el otro personaje importante de mi vida, lo
clavaba diciendo con su acento alemán: Mallorca, querida Anita, impresiona a la
primera mirada, después, poco a poco, empieza a empeorar. Primer premio: una
semana en Mallorca. Segundo premio: dos semanas en Mallorca.

       Mallorca, la señora Helga y tú, LSD... el triángulo de mi vida.

       ¡Aquella Mallorca de la primera vista! Tenía yo dieciséis añitos. Los primeros
años en Alaró no me lucieron mucho, pero a los dieciocho, cuando mi prima me
consigue las dos casas para limpiar en Palma, se me abren las puertas de un nuevo
horizonte.

       Me veo el primer día enfilando el Carrer del Sol, en busca del número 10,
preguntando por un tal Leonardo Sans, un joven profesor de la universidad, un
penene, que buscaba una mucama dos días por semana. Tenía buenas informaciones.
Su madre viuda, que convivía con él, había fallecido semanas atrás y la sirvienta, una
mujer que encaraba la setentena, regresaba a Pollença para jubilarse. El tal Leonardo
había salido revolucionario y quería darle un vuelco a la casa, vivir solo y desvanecer
fantasmas del pasado que tanto roían sus adentros más recónditos. Ordenado y pulcro
de naturaleza, una asistenta dos días por semana le bastarían para llevar adelante su
vida en solitario recién estrenada, deseada desde tiempo atrás pero nunca expresada y
mucho menos lograda.

       Estrecho y señorial, el Carrer del Sol me impresionó por su silencio matinal.
Cuando muchos años después leí a Villalonga en Mort de Dama que el barri és
venerable, noble i silenciós, amb carrers estrets i cases amples, que semblen
deshabitades. Entre les volades dels casals, el cel fa vibrar el seu blau lluminós ... me
surgió de inmediato mi primera visión del Carrer del Sol.

        Nunca olvidaré la impresión que me produjo la fachada del palacio de Cal
Marquès del Palmer y, en especial, los relieves renacentistas de las ventanas que
encarnan figuras fantasiosas: un cuerpo de mujer con una faz de varón barbado,
animales con cuerpos humanos, una mujer que se clava una espada... Esa gente, me
dije, vaya usted a saber de qué extraño pié cojea.



                                                                                            13
Me fascinó que se accediera a tu casa por un patio y una escalera ancha
gastada por el sol y la lluvia de siglos, con una maceta de hojas de salón cada dos
peldaños que parecían subir conmigo al piso.

        La nobleza de mi tierra es de mucha alcurnia pero de escueto confort. Expresa
un lujo frío, doloroso y rústico. En Mallorca, sin embargo, es cálida, culta y crea un
entorno acogedor, fruto de muchos siglos de contribución cultural y económica. Tu
casa exhalaba calidez.

       Ya te he contado –decías que no lo recordabas pero no te creí – que te
interesaste más por el nombre de mi pueblo que por el mío. Pero entonces yo lucía
una vehemencia ingenua, casi adolescente, que camuflaba los reveses y las espinas al
tiempo que enaltecía los senderos perfumados de rosas.

        Pero permíteme que insista en algo que es importante. Recuérdalo, LSD,
porque no sé si tendré nuevas oportunidades de decírtelo cuando estés esparcido por
las laderas de Massanella. Ese día de tibieza otoñal, a los diez minutos de estar contigo
en la casa, cuando me hiciste pasar por la puerta coronada con el semicírculo de
cristales de colores para acceder al patio de atrás, supe que no atravesaba una simple
puerta sino el umbral de una nueva vida trufada de atractivos. Lo vi tan claro como el
agua.

       El rincón del sexto sentido que guardo en mi compleja alma de mujer me
permite sacar un fantástico provecho de todo lo que visualizo porque, una vez
sazonado con la dosis de deseo pertinente, lo materializo. Ahora te lo expreso así pero
de pequeña bastaba con cerrar los ojos, desear algo intensamente y esperar que
ocurriera, como tarde o temprano sucedía.

        Experimenté la misma vivencia al mostrarme el trastero. Sabía que todavía
carecía de herramientas para enfrentarme a una mejor y más interesante existencia,
pero cuando observé dispuestos en la pared todo una desfile de destornilladores,
ordenados de menor a mayor, con su silueta pintada en el fondo me dije a mi misma:
¡Anda que no voy a destornillar puertas cerradas con todo eso!.

      A los pocos días de trabajar en tu casa aquella joven mucama confirmó, tal
como imaginaba, que había una vida mejor que la suya aunque, por lo que pude
comprobar después, mucho más cara.

         Todo lo tuyo me sorprendía, me quedaba deslumbrada como cuando pierdes la
mirada en el cielo oscuro y, de repente, en un segundo, lo cruza una estrella fugaz. La
casa era una galería de objetos asombrosos para los ojos de una jovencita educada en
la sórdida tosquedad de Los Mochuelos. Me llamó la atención una mantita peluda y
suave, con dibujo de piel de tigre, que tenías plegada a un lado del sofá. Parecía una
fierecilla echada, dormitando. No pude dejar de acariciarla cada vez que pasaba por
allí.

         Y tu piano. Tenías un piano de media cola que tocabas con tus propias manos y
cuya melodía no sólo llenaba la casa sino que fluía al exterior, por los tejados, hacia el
cielo. Jamás había visto uno de cerca y, mucho menos, posado mis dedos sobre sus


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teclas. Te pregunté que qué tocabas. Me dijiste que estabas ensayando una fuga. Hijo
mío, tratándose de ti, no podía ser otra cosa.

        Y hasta un billar. Desde la sala oía el suave caramboleo de las bolas de marfil
cuando te entretenías con tus amigos. Para mí los billares solo eran posibles en los
bares y en el local social del Casino de La Serena, jamás en una casa. Fascinada,
entraba con cualquier excusa. Y todavía hoy te veo allí, un cigarrillo en la comisura de
los labios, la cabeza ladeada para evitar el humo en los ojos y untando la punta del
taco con la tiza azul mientras apenas reparabas el suave deslizar de las bolas sobre el
tupido y cálido prado. Desprendías un atractivo que ni te digo, LSD.



                                            8

                    Manojitos de menta y canela bajo la almohada



         Pasaron semanas, meses, los primeros años y yo me sentía cada día más
inmersa en el universo de aquella casa que giraba en torno al astro rey: tu. Todo era
demasiado intenso para una jovencita inexperta, ansiosa y lista. En dos palabras: ardía
por ti. Sin embargo, don Leonardo Sans no se apartaba ni un ápice de un trato amable,
condescendiente y respetuoso. No emitías ni una puñetera señal a la que pudiera
agarrarme y colgar de ella mis deseos, el platónico y el otro.

        Tus amigos ya era otro cantar. El Papa, Biel, Tito, Kubalita y los demás se
convirtieron en asiduos visitantes de la casa y bromeaban con juvenil grosería cuando
me encontraban limpiando. A mis dieciocho años era más bien delgada pero con
perfiles sinuosos y había desarrollado uno de esos pechos que miran hacia arriba con
el sombrerito de copa puesto. Circulaba con soltura y garbo por las estancias de la
casa. Ahora diría que, incluso, con un punto de lolitismo tardío. A la peña se os caía la
baba.

        Los jóvenes profesores de entonces teníais un punto de inmadurez que os daba
un toque de divertidos adolescentes con el arroz pasado. Comentabais en voz baja
alguna ordinariez sobre mí y estallabais en una risotada que camuflabais con la mano
en la boca. Todavía no dominaba el catalán pero te repito que intuyo todo lo que
vuela. Por supuesto, fingía no darme por enterada y os respondía con una sonrisa
radiante que os dejaba vacilantes por un momento.

      En cualquier caso, eran buena gente que me admitió en su círculo íntimo con
más naturalidad y confianza que tú. Si, ya sé que no es lo mismo... No insistas. De
acuerdo, no es lo mismo.

        Era consciente de que en aquella casa perdía la cabecita pero no por ello podía
-ni quería- evitarlo. Pasaba la mano por los lomos de los libros de la biblioteca porque
era una manera de pasarla por el tuyo. Planchaba tus camisas entre fantasías de
caricias virtuales. Escudriñaba tus colonias y jabones para olerlos profundamente



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porque así penetraba algo de ti en mi interior. Como en la copla, perfumaba mi cuerpo
con manojitos de menta y canela que luego depositaba bajo tu almohada con la
remota esperanza de que distinguieras la insinuante coincidencia aromática. Vamos,
loquita perdida.

         La hora H del día D fue la tarde de un lunes. Encerando el parqué me fui al
suelo y me di entre los dedos del pie descalzo contra la arista de una columna de la
sala. Me había doblado el tobillo y me sangraba un dedo. Mira por donde, miles de
olivos vareados desde niña, encaramada en las ramas altas como una salvaje, y jamás
sufrí el menor percance. Para fastidiarme el pie tuve que acudir a tu cómoda casa del
Carrer del Sol a limpiar el noble entablillado de roble viejo.

         El dolor fue tal que a punto estuve de desvanecerme. Como nunca hago ruido,
ni cuando me accidento, no te diste cuenta hasta que, minutos después, al pasar por la
sala, me encontraste postrada en el suelo. Me levantaste y al notar que peligraba mi
equilibrio me tomaste en brazos y me tumbaste en el sofá de cuero marrón. Allí me
limpiaste la herida con agua oxigenada y un algodoncillo al tiempo que soplabas para
aliviar el dolor. Cuando dejó de sangrar me moviste cuidadosamente el pié y dedujiste
que no tenía nada roto, quizás un pequeño esguince. La suavidad con que dirigías los
movimientos de mi tobillo me trastornó. Yo me sentía descompuesta por dentro, con
mal cuerpo, estremecida, con la náusea del vértigo. Pusiste un dedal de vodka en un
vasito minúsculo – hasta entonces no lo había probado y allí me familiaricé con él - y
me lo hiciste tomar de golpe con el argumento de que me daría calor y serenaría mi
desasosiego. Después me envolviste en la manta atigrada y me aconsejaste que
descansara.

         Apenas podía contradecirte porque actuabas con la seguridad de quien se sabe
su papel de memoria. En realidad no estaba dispuesta a hacerlo en lo más mínimo
porque me sentía deslizar hacia un mundo confortable y cálido, una complaciente
protección jamás experimentada. Apartaste de mi rostro uno de los mechones
desaliñados de cabello con un roce y un gesto tan tiernos que me produjeron una
fatiguilla en la respiración.

        Yo, que no estaba dispuesta a desperdiciar ni un segundo de aquel estado de
deleite, alargaba y exageraba la forzada convalecencia hasta que, finalmente, fingí
adormecerme mientras te observaba por la rajita de mis ojos entrecerrados.

        Con la lentitud y el silencio gatunos de quien ha dejado a su protegido dormido
te alejaste hasta la puerta de la sala para regresar a tu despacho pero en el umbral te
detuviste para mirarme y así permaneciste unos instantes. Momentos para mí eternos.
Sin control ni origen conocido, una legión de hormigas invisibles subieron por el centro
de mi espalda y, ya en la nuca, hicieron eclosionar todos los poros, como volcancillos
en erupción. Han pasado muchos años y nadie, ni tú mismo, me ha regalado una
mirada de tanto cariño. Han pasado muchos años - podrán pasar muchos más – y a
pesar de haber andado por casi todos los caminos, jamás he vuelto a sentir aquel
cóctel de sensualidad y sexualidad. Si, LSD, sensualidad y sexualidad. ¿Comprendes el
sentido exacto de ambos términos o lo miras en el diccionario?




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Te haré una confesión: lo que más me emocionó fue que, probablemente ajeno
al cataclismo interior que sufría tu asistenta tumbada en el sofá, no tenías otras
intenciones que las del caritativo socorro al accidentado. Entonces me dije que un
hombre que sabe tantas cosas y que, sin quererlo, sabe mirar así y me hace sentir
eso... no hay que dejarlo escapar.

         Tú, por supuesto, ni lo oliste. Pero no te culpo por ello. Por muy sabios que
seáis, los hombres desconocéis los misterios de la sensualidad femenina. Ignoráis los
códigos eróticos y amatorios de las mujeres. No perdéis un segundo en enriquecer
vuestro mísero repertorio. Lo degradáis a una simple miscelánea gimnástica que
transmitís en el ADN de generación en generación: un circo con actuaciones de
maquinal y frenética acrobacia de alcoba. Despreciáis, desde la ignorancia, el complejo
entramado de ternura en las miradas, sutiles roces de labios y las lentas exploraciones
de la geografía corporal que configuran la entrega recíproca y cadenciosa de dos seres
enamorados.

        Ahora puedo decirte, y lo hago con cariño, que fue para mí una fuente de
íntimo placer saber cosas que tú ignorabas, transitar por universos que tú desconocías.
Era la revancha de la iletrada. Por supuesto jamás te hice el menor comentario porque
esa fuente de saberes secretos era alimento imprescindible para mi vida.

        Los días posteriores se me desgranaron con un pensamiento tan permanente
como gaseoso. En algún lugar de mi interior había un desasosiego de algo pendiente,
que había que concluir. Mi felicidad pasaba por sacarme de encima aquella cuestión
irresuelta: debías ser tú la última persona con quien hablar antes de dormirme por las
noches y soñar.

       Y ya sabes, querido LSD, que cuando se me mete algo en la cabeza....



                                           9

                               Bienestar en estado puro



        El caso, sin embargo, es que tú ibas a tu ritmo y hubieron de caer muchas hojas
del calendario hasta que nuestros cuerpos se encontraran. Y en la presente
circunstancia, noche de confesiones, más de treinta y cinco años después, he de
decirte que guardo muy buen recuerdo de aquella primera noche contigo, pero mejor
de la mañana siguiente.

         Las noches inaugurales del festín amatorio favorecen el insomnio de quienes las
gozan y, por tanto, los madrugones. Y he de reconocer que en esa ocasión crucial
estuviste acertado. Por una vez sucumbiste a la atractiva fantasmagoría de las
realidades sentimentales. Aunque no del todo, como te encargaste de recordar hasta
casi el fin de tus días.




                                                                                           17
Yo era joven pero sabía que lo fácil es acostarse con alguien y que lo
complicado es desayunar juntos, sin prisas y sonreír. Apenas amaneció, me hiciste
levantar de sopetón y sin peinarnos ni lavarnos salimos a la calle. Lo recuerdo como un
momento de oro. Sentí el aire fresco en las narinas, el espíritu tranquilo, la carne
contenta y rumiaba mi felicidad como aquellos comensales que, ya después de cenar
aún paladean el gusto de las trufas que ya digieren. Bienestar en estado puro.

      Compramos un par de las primeras ensaimadas para restaurar el cuerpo y nos
metimos en tu 4-L. En media hora, por carreteras solitarias y paisajes primitivos,
llegamos hasta la playa de Es Trenc, territorio desconocido para mí.

        Fue impactante. Criada entre secos belloteros que silueteaban un paisaje
cerrado, el mar me desbordaba y chorreaba por todas partes. A primeras horas de la
mañana de un octubre cálido, el último azul del mar sereno, de acero líquido, se
confundía con la primera línea del cielo. Ambos componían un único tono pálido,
pastel, indefinido. La fusión de azules creaba un efecto óptico maravilloso que hacía
que Cabrera y sus islotes flotasen en un marco inconcreto en el que aparecían,
también ingrávidos, algunos veleros que sondeaban pesqueras madrugadoras.

        Mis retinas campesinas jamás habían registrado tanto azul transparente junto.
En la orilla, el sol hacía brillar el mar sobre la arena como si albergara miles de sinuosas
y fosforescentes culebrillas. La secuencia cadenciosa y sorda del tímido oleaje
acentuaba la quietud serena del fantástico escenario.

       Y detrás de todo estabas tú. No es que estuvieses – que también – sino que yo
te ponía aunque no hubieras estado. Muchos años después comprendí que el amor,
como cualquier vestido de mujer, mejora mucho con complementos imaginativos.

       No te miento si te digo que ese instante también marcó mi vida. A mejor
porque contigo había llegado a las crestas de la existencia que siempre había deseado.
Y a peor porque, después de conseguirlo, comenzó de inmediato una lenta, casi
imperceptible pero real erosión que, como todas y con los años, fue a más.

       Lo reconozco y lo reconoceré siempre, ante notario si es preciso: tú me
proyectaste a la vida aunque, como es natural, luego la tuve que trabajar a fondo. Me
descubriste el paradero secreto del trampolín que en mi medio natural jamás hubiera
hallado. El salto, naturalmente, lo di solita. Tú fuiste mi oportunidad y los de casa
pobre estamos adiestrados para exprimir la última gota de la menor ocasión y, por
supuesto, sabemos ser agradecidos.

        En los años del Carrer del Sol coincidieron, como en una rara conjunción
planetaria, la eclosión de mi juventud, el escenario ideal donde manifestarse y las
personas más apropiadas. Resultó ser la circunstancia climática ideal para mi
transformación. El mundo se fabricó así. La explosión de un planeta a millones de años
luz salpica la Tierra con una casual mezcla de ácidos que crea una ameba unicelular y
con el tiempo, con mucho tiempo, eso sí, tienes a Isabel Pantoja y a Paquirrín
discutiendo acaloradamente por el menú de su boda con la supuesta modelo Jessica
Bueno.



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10

                 Muy listos pero... ¿Cuándo volverán de Ganímedes?



       Tú, LSD, eres caso aparte, pero tus amigos fueron mi gasolina. Y para acabarlo
de redondear sin falsas modestias, yo también lo fui para ellos. Lo sigo siendo.

        Recuerda que no me senté en vuestra mesa hasta que llevamos meses,
muchos, quizás años, de relación. Tú, puñetero, en un principio te aferrabas a la duda
de si se trataba de un par de polvos pasajeros con una jovencita extremeña buenorra y
apasionada. Luego disimulabas nuestro acoplamiento en lo que podías mientras yo
reventaba por no poder pregonarlo a los cuatro vientos. Y finalmente, cuando yo ya te
rebasaba por todas partes, siempre tenías alguna estrategia para aminorar el impacto
y los daños propios. No comprendías que si alguien te quiere como yo te quería hay
que cerrar los ojos y lanzarse por el tobogán con los brazos en alto, sin agarrarse.

         Durante muchos meses os observé con curiosidad y os escuché con atención.
Os admiraba y al tiempo me provocabais ternura. Erais muy listos para unas cosas y
vivíais en Ganímedes para otras.

       El Carrer del Sol, como denominaba la pandilla a tu casa, fue la sede del
probablemente primer grupúsculo independentista de Baleares. Y no te añado el
habitual calificativo de organizado porque allí reinaba la improvisación y el caos como
método.

        En aquel año de la muerte de Franco, trajinabais los Països Catalans mil veces
arriba y abajo en vuestro interminable debate cotidiano. Yo, dándole a la mopa y
mirándoos de reojo, me preguntaba por lo del plural. Podía llegar a entender lo del
País Catalán pero... ¿dónde estaban los demás?

        Os intuía raritos. Después pude confirmar que lo erais. En aquellos años
efervescentes lo propio entre la juventud urbana, contestataria y radical era la lucha
contra el capitalismo, contra la explotación obrera, contra la dictadura y sus secuaces,
incluidos los colaboracionistas del sistema. Por todas partes brotaban emergentes
anarquistas revolucionarios, maoístas, troskystas, gente de Bandera Roja, para quienes
los socialistas o los comunistas eran unos revisionistas hijos de puta. Pero a vosotros os
dio por los Països Catalans independientes... Mira que era curioso...

         Mi corta cultura, unida a vuestra desenvoltura política, me sumía en un bosque
de interrogantes. Vuestras conversaciones, trufadas de palabras que no entendía, me
afligían. Os oía hablar del Estado y yo me preguntaba del estado de qué... del estado
de cosas, del estado de emergencia, del de buena esperanza... Luego supe que el
Estado era el español, o más bien Madrid. Reconozco que tuve una aproximación
inicial al independentismo algo truculenta. Eso seguro que va de payasos maricones,




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me decía a mí misma, puesto que repetíais como loritos que el famoso Estado, se’n riu
de noltros y que mos dona pes cul.

        Os oía hablar de todo, de España, del mundo, de Mallorca, de su gente. Citabais
a políticos, periodistas, escritores, pintores, empresarios.... y los tratabais con la
soltura con la que yo hablaba de mi prima hermana. Hablabais fundamentalmente de
política y montabais complejos argumentos con la destreza y la indolencia que los
niños montan su exin castillos. Y yo me preguntaba: ¡Dios mío, cómo pueden saber
tanto!.

       Los berenars sabatinos constituían un peculiar Consejo de ministros. Me
encantaba oírlos. En un santiamén montabais la más incontestable y exhaustiva
interpretación de cómo acabar con el expolio fiscal en la balanza de pagos o los
impagables beneficios de la independencia para el pueblo balear. Ya entonces intuía
que no pillabais ni una. Y pensaba ¿y estos cuándo descenderán al planeta Tierra? ¿Por
qué no van al mercado, conversan con la gente y se enteran? ¿No hablan nunca del
Betis… de lo que habla todo el mundo...? ¿A quién quieren convencer con eso de la
independencia? No hay que ser Agustina de Aragón para merendárselos en un
momento.

        Mientras yo limpiaba, os preparabais tortillas de queso que, por lo visto, lo
habíais descubierto en un restaurante de Perpiñán, cuando lo de la gira de cine porno.
Me fascinó. ¡Tortilla de queso! ¡Cine porno! Sin ser conscientes, me abríais de par en
par la extensa y compleja diversidad del mundo mientras yo me ganaba la vida
lustrando los cristales con papel de periódico, que es lo que mejor funciona y lo más
barato.



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                     Spectra, contra los filocatos independentistas



       Años después, cuando ya formaba parte de la mesa y hablaba con cierta
propiedad, incluso en catalán, me di cuenta de que, efectivamente, os pasabais de
revoluciones. Os encontrabais solos y concluíais que todos los demás se habían
perdido. Practicabais el verdadero arte de la interpretación política basado en la
conspiración permanente en vuestra contra. La oscura y diabólica Spectra contra los
chicos del Carrer del Sol, tramando sofisticados y tenebrosos planes para exterminar al
independentismo balear en general y a vosotros en particular. ¿Para qué aceptar una
explicación sencilla de los hechos si, prácticamente sin esfuerzo, podemos construir
otra que bordea la paranoia?

       La mesa de los filocatos, como os llamé por vuestras diversas licencias y
doctorados en filología catalana, era potente. De entrada, el Papa, un personaje algo
putero a tenor de las hazañas burdelescas que contaba. En realidad se llamaba Joan
Viñaters (sonaba a Juan XXIII, de ahí el mote) y hacía todo lo posible por convertir la ñ



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de su apellido en ny. Rarito él. Un día, por distracción, entré en el baño y lo pillé
sentado de cuclillas en la taza del wáter sin que se cortara un pelo. Aprovechó para
darme una lección sobre las bonanzas intestinales de su postura argumentando que se
la había recomendado un relevante galeno de Sa Pobla.

        Yo te contaba esas cosas para reír y tú, LSD, te me escapabas en enigmáticos
silencios. Me hubiera gustado bromear contigo sobre las costumbres de tu amigo a la
hora de aliviarse, pero te limitabas a responder con la gélida sonrisa de la Gioconda.
Probablemente lo hacías porque el Papa era tu brazo ejecutor. Tú ideabas y él
realizaba. Lo que se dice un hombre de acción y sin remilgos. En su haber figura la
organización de la bronca anual, cada 31 de diciembre, contra la presencia de los
militares en la Festa de l’Estandart en la plaza de Cort; o la creación de los Maulets, el
recambio generacional para garantizar la lucha por la independencia por los siglos de
los siglos; o las campañas electorales del PIIB, con matrícula de honor en creatividad y
suspenso en credibilidad a tenor de los resultados.

        El Papa, que hoy lloraba abatido como un niño perdido, siempre se las ha dado
de radical cultural y gendarme lingüístico. Te recuerdo una de sus secuencias clásicas:
pide como aperitivo un garrot amb xifon y, ante la incomprensión de la camarera
argentina de turno, es él quien le sirve en bandeja un sorprendente soliloquio sobre el
garrot, el palo, el catalán, el país, la independencia, el espolio fiscal y el robo en la
balanza de pagos... La chica, que lo mira anonadada, pone cara de pensar: ¡Ché, pero
qué loco me cayó en suerte! He tenido la poco honorable oportunidad de asistir como
público a media docena de representaciones de la pieza papal. Y siempre me pregunté
si se hubiera atrevido a hacer lo mismo en el caso de que el camarero hubiera sido un
hombre con cara de malas pulgas. Siempre se lo hizo a mujeres... Y se lo he dicho: es
un cobarde y un acomplejado. Un fuerte con los débiles. Todo cariñosamente, ya
sabes, LSD, como hago yo las cosas...

        ¿Y qué me dices de Tito? El falso duro. Y no es sevillano. El Dashiel Hammet del
independentismo mallorquín. Lucía unos cabellos tan largos como grasientos y
siempre que paseaba una copa de hierbas secas en la mano era partidario de la
violencia como camino indispensable para los objetivos independentistas. Fue a
Barcelona a contactar grupúsculos de esta divisa pero volvió con el canguelo colgando:
le habían querido dar una pistola para cometer una ejecución. Nunca más volvió a
hablar del tema. La vía democrática le pareció más legítima y, sobre todo, menos
arriesgada.

        A quien yo más le debo – después de a ti, claro, no te me vayas a revolver en la
urna – es a Biel. Fue un personaje clave en mi formación, me preparó un plan de
lectura y me introdujo en la Universidad. Un día me confesó lo que todos callabais: que
era licenciado en Literatura Española. ¡Anatema! Por lo visto también tuvo su camino
de Damasco, olvidó errores del pasado y se convirtió al cristianismo....

       Biel amuebló sutilmente mi diáfana geografía de lecturas, de las que tanto
aprendí. Empezó por los norteamericanos. Fáciles, entretenidos y seductores.
Steinbeck, Dos Passos, Hemingway, Scott Fitgerald, Tennesee Williams, Virginia Wolf,
Henry Miller. Luego los latinoamericanos, cercanos y mágicos: Borges, Bioy Casares,



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Vargas LLosa, Sábato, García Márquez, Cortázar. Los grandes europeos: Voltaire,
Byron, Víctor Hugo, Zola, Balzac, Flaubert, Sthendal, Dostoievski; los más
contemporáneos: Camus, Sastre, Simone de Beauvoir, Kafka, James Joyce, Pessoa,
Marguerite Duras, Yourcenar, Agatha Christie. Los españoles, Ramón J. Sender,
Unamuno, Pío Baroja, Josep Pla, Cela, Vázquez Montalbán. sobre todo las españolas,
Carmen Martín Gaite, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina Aldecoa, Carmen
Laforet. Los poetas comprometidos: Alberti, Machado, Neruda, Lorca...

         Biel era, es – perdona pero tu especial circunstancia me confunde los tiempos
verbales- un tipo culto y buen pedagogo. Todavía hoy me río cuando recuerdo su
crítica a los muchos poetas españoles del siglo XIX absolutamente impresentables y
citaba a Menéndez Pelayo: ¿Qué decir de un poeta que se imagina convertido en
palomo, y a su amada en paloma, “cubriendo a la par los albos huevos”?

        Tu amigo, el mío, me hizo desarrollar sistemáticamente el virus por la lectura. Y
desde entonces, una semana sin libro me aparece incompleta y me culpo por haber
echado a perder una ocasión preciosa. La mochila cultural que Biel me preparó fue
crucial, el embrión de mi formación.

        El más simpático y rompedor de la cuadrilla era Kubalita, un rubito de pelo
rizado que evocaba ligeramente un parecido a la gloria húngara del Barça y porque,
por lo visto, desplegaba ciertas habilidades futbolística. Participaba en vuestro negocio
pero nunca pudo evitar su mirada crítica y un punto cínica. Siempre se encargaba de
verter una dosis de amarga realidad en la burbujeante copa de vuestras
reivindicaciones independentistas.



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                             ¿Tan difícil es decir te quiero?



        Por puro mimetismo amoroso proyecté hacia tus amigos la profunda
admiración que sentía hacia ti. Como es natural, no apreciaba en los filocatos su
heroicidad y cacareado compromiso con la bandera de la independencia del país sino
sus tiernas debilidades y sus manifiestas dependencias emocionales.

       Uno a uno me confesaron que jamás habían pronunciado un te quiero a
quienes querían, circunstancia en la que, naturalmente, te incluyo porque te has ido
sin que haya brotado de tus labios, al menos en mi presencia, un te quiero. Con el
tiempo habíais adquirido una habilidad de joyero de filigrana para camuflar vuestro
corazón detrás de la muralla política del PIIB. Vuestras nobles pasiones se alimentaban
en exclusiva de estas siglas, todo lo demás era sensiblería vergonzante,
sentimentalismo barato, basurilla que había que barrer y depositarla en los vertederos
más inexplorados de la conciencia. La realidad, sin embargo, os situaba deambulando,
perdidos, en el desierto del desamor y, como tú sabes o mejor dicho sabías, la peor
tragedia del perdido es ignorar que lo está.



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Sus flaquezas sentimentales me los convertían en seres entrañables a quienes
había que proteger. Reconozco, desde el cariño que les guardo, que me divertía
atrayéndolos a mi campo y, como las lagartijas, se escondían cuando me acercaba. Y tu
Tito... ¿qué le dices a tu novia cuando le besas el cuello? Porque seguro que en la
oscuridad le besas el cuello y le musitas palabras de amor. Sí, hombre, como las de Nat
King Cole, para que me entiendas.... La respuesta siempre era una frase ruborizada y
huidiza en torno a la palabra pardalada. Ni siquiera mostraban el habitual descaro de
la grosería masculina para soslayar las situaciones de aprieto en este tipo de tesituras.
Nunca quisieron aprender que en el amor la locura es lo más sensato.

        Pobrecitos, una extremeña ignorante y sin estudios tenía tomadas las medidas
a casi media docena de cruzados de la propagación de la fe lingüística con solo
hablarles de lo que habla la gente normal. Cuatro poderosos popes del edificio Ramon
Llull de la UIB, pillados en un renuncio cuando los ubicaba con naturalidad entre las
recurrentes geografías del amor, del deseo, de la ternura y del sexo. Vamos, de lo que
mueve el mundo, donde en principio, y desde luego sólo en principio, deberíais estar
incluidos. Bueno, tú ahora no tanto, LSD...

        A tenor de los resultados, mi pequeño divertimento, que a decir verdad
pretendía un pequeño avance pedagógico en la educación sentimental de esos santos
varones, no fue nada brillante. Al menos en apariencia, ninguno de los salvavidas que
lancé llegó jamás a los náufragos. Tú, al menos, te pudiste hacer con uno de esos
flotadores, pero nunca quisiste reconocerlo y mucho menos exhibirlo. Pero me
bastaba con saber que lo tenías y, que llegado el caso, podrías usarlo. Esa era mi nada
baladí aportación a la causa. Como la de la entregada compañera Emiliana que, en la
canción de Carlos Puebla, cada mañana, cumplidora y jovial, cuela el café para
despabilar a los jefes guerrilleros de la revolución cubana, que no pueden amodorrarse
en la agotadora tarea de liberar el país de la opresión.

        No sé lo que pensarás ahora – es un decir, claro - pero visto lo ocurrido, me da
que el café de Emiliana alcanzó mayor rendimiento que mi salvavidas.

       ¡Ay Leo, cuántos recuerdos de toda una vida contigo...! Aunque decir a tu lado
sería más correcto, desde luego.

         ¿De qué te ha servido tanta prevención? Juntos de verdad hubiéramos sido
imbatibles. Con soltar un pelo tu rigidez emocional hubiéramos proyectado a la noche
nuestros fuegos artificiales con un resplandor más intenso que el de las estrellas. ¿No
te fiabas de mí? ¿Qué miedo arrastrabas? Alguna araña maligna, la del miedo, la de la
vergüenza o quizás la de la soledad tejió en silencio sobre tu corazón, lo cubrió con su
tela y lo perjudicó para siempre. Tuve que enterarme por terceros que tenías un hijo
de concepción casual del que nunca quisiste saber. Me preguntaba cómo podías llevar
ese drama en tu ánimo sin resolverlo.

       Te has ido además con la muesca en el corazón del conflicto de por vida con tu
hermana por un simple desacuerdo con una finca heredada de tu padre. Todo un
galimatías legal presuntamente montado en tu contra del que alguna vez me hablaste




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sin que llegara a comprender el detalle de su origen aunque sí advertí los efectos
devastadores sobre tu ánimo.

        Te viste envuelto en toda una carrera de disputas y desencuentros irreversibles
con compañeros del PIIB, con profesores del Claustro, con colegas y conocidos de
años...

       El relato de tu vida estaba salpicado de conspiraciones, traiciones y
desengaños. Y un curriculum de tal calibre es difícilmente soportable para un ser
humano que no se llame Corleone y tú, Leo, te apellidabas Sans i Desbrull. Quienes te
tuvimos cerca sabíamos de tu inteligencia, tu cultura, tu generosidad y hasta de tu
secreta sensibilidad. No eras un tipo duro ni indiferente al dolor del corazón. No eras
un desalmado con cerebro de corcho. Simplemente tu arquitectura humana estaba
dotada de una inexplicable válvula de bloqueo en tu comportamiento. A otros les da
por reaccionar a puñetazo limpio y a ti, por la parálisis emocional.

       En tu vida, LSD, te limitaste a encajar golpes en silencio y a acumular los
hematomas en el alma. Si te hacen una ecografía seguro sale todo negro. Dios sabe
que te he dedicado lo mejor de mi vida con el íntimo propósito de averiguar el origen
desconocido de tu desazón. Juntos avanzamos mucho pero no lo suficiente. En las
cavernas más profundas del ser humano se crían demonios indestructibles de quienes
se desconoce padre y madre. Quizás si te hubieras atrevido a decir te quiero...

         Cambiemos de tema, LSD, que por aquí ya sabemos que no se llega a ninguna
parte.



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                         Independentistas sexodependientes



       Desde el principio te hablé de mi frustración vital: los saberes. Con voluntad se
superan las dificultades para hacerte con ellos, pero la formación académica es
indispensable para sacarles provecho. Y, como siempre, en tono indolente y sin dar la
menor importancia, lanzaste otra sentencia que marcó mi vida. Inscríbete en las
pruebas de acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años. Te faltan menos
de dos. Costó hacerme a la idea de que la de Los Mochuelos, aunque a edad tardía,
podría cursar estudios universitarios y hacerse con una licenciatura. Biel se encargó de
mi preparación. Dedicó tres tardes por semana durante dos cursos para instruirme en
las pruebas. Aunque viviera mil vidas de mil años cada una no tendría tiempo de
agradecérselo. Fue un amor. Y también los demás, que se comprometieron a enseñar a
su extremeña adoptada... Los quise por lo que me ayudaron, pero además queriendo a
tus amigos también te quería más a ti porque ellos, para mí, eran parte de ti. ¡Para que
me entiendas!




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La energía que destilé durante esos dos años hubiera bastado para mandar el
Apolo 18 a la Luna sin novedad. A primera hora de la mañana empezaba en casa de la
señora Helga, tres horitas de limpieza y orden. A mediodía, dos veces por semana, mi
prima me organizó reuniones de señoras que ahora las denominaríamos como tupper-
sex y que me reportaban suculentas pesetillas. Por la tarde, Carrer del Sol: formación y
más limpieza. Y en horas nocturnas, el Bayerische Arenal, especialidad dirty wrestling,
que es la manera fina de decir lucha femenina en barro. Cuando te lo conté, la
Gioconda te invadió el rostro, que se te congeló durante un par de días. Un par a la
mallorquina.

        Mi prima, que es de las que sabe barrer para los suyos, me propuso igualmente
una actuación en un restaurante libanés los fines de semana: bailarina de la danza de
la cimitarra, que no era otra cosa que la danza del vientre pero con la curvatura del
espadón equilibrándose en lo alto de la cabeza. La prueba me salió perfecta pero
eligieron a otra joven que exhibía una leve y temblorosa adiposidad en la baja cintura
que, por lo visto es muy apreciada por el público especializado. Descartaron mi vientre
plano.

        En Palma acababa de abrirse, muy camuflado, el primer sex-shop. Despertaba
gran curiosidad pero pocos se atrevían a cruzar la puerta. Así que el avezado
empresario organizó un discreto circuito de venta a domicilio. Yo solo ejercía de
ayudante de mi prima Isabel, que convocaba la reunión con ociosas señoras que
fingían escandalizarse de los productos cuando lo que les ocurría era que en cada
centímetro cuadrado de su piel se acumulaban infinidad de deseos frustrados, unos
más sexuales que otros, pero todos igualmente insatisfechos.

        Isabel pidió que la acompañara porque mi gracejo y mis chistes, decía,
desinhibía a las clientas y la soltura facilita las ventas. Me ofreció el diez por ciento de
su treinta por ciento. No llego a acordarme del precio del Joao, pero pagaban con
billetes verdes de los de entonces. Si, LSD, no te hagas el pringao, te lo he contado
varias veces. La presentación del Joao constituía el cénit de la reunión femenina: era el
consolador de mayor tamaño, negro, en forma de pene africano: gruesas venas
salientes en su contorno para dar mayor realidad, y rotación circular, que no es nada
real pero, por lo visto, tiene su utilidad. Se servía en versión simple de
autoestimulación o incorporado a una braguita de cuero negro para posibilitar la
penetración a la pareja en un simulacro de coito, o lo que fuera...

        La lencería también tenía una insospechada salida. Me imagino qué hubiera
pasado si alguna vez me presento ante ti con corpiños de blonda roja que convierten
los pechos en globos aerostáticos con falsos pezones erectos y medias negras de
costura sujetas al corsé con tiritas perladas. El río del sexo, como sabes, siempre oculta
recónditos meandros inexplorados...

       Como las vaselinas no tenían demasiada demanda por ser productos muy a
mano de las señoras tuve que fabricar mi propio relato para propiciar las ventas. Mi
mostruario de lubricantes era de última generación: no altera el ph vaginal, no irrita,
no mancha ni abre los poros de los profilácticos… Mis clientas se interesaban entre
sonrisas por las vaselinas de gustos y perfumes variados, que yo sugería fuesen



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empleadas en la lubricación integral del cuerpo, muy aconsejable en los preludios
eróticos para emerger y potenciar las ganas de guerra de la pareja, que no siempre
afloran y menos desde el primer momento. Acababa mi discursillo de charlatana de
feria con la afirmación científica, absolutamente comprobada por varias universidades
norteamericanas, del empleo del lubricante para la masturbación masculina porque
cinco pajillas a la semana es la mejor medicina para conservar el tejido noble de la
próstata de vuestras parejas y evitarle el cáncer. El razonamiento conectaba algún
circuito de la sesera de mis clientas porque ninguna se iba sin su lubricante. Agotaba
las existencias. ¡Pobre marido!, pensaba yo en mis adentros.

       Cuando os contaba estos episodios sobre mis habilidades comerciales tú te
limitabas a escuchar con aparente frialdad pero tus amigos me avasallaban
exigiéndome todo tipo de detalles de la reunión, cuanto más escabrosos mejor, claro.
Oye, Anita ¿Y las clientas seguro que no iban sin bragas? ¿Las notabas húmedas? Mis
explicaciones les ponían, los muy depravados. Independentistas sexodependientes.



                                           14

                      ¡Cómo quiere usted que yo me deje ganar!



        De nuevo el azar provocó un importante giro en mi vida, que surgió del
encuentro con la señora Helga. Era una mujer mayor, misteriosa y observadora.
Alemana. Muchos conocidos y pocos amigos. No tenía pasado y jamás insinuó la
menor pista de su vida privada. Puro granito. Simplemente gerenciaba, con el estilo
frío de las altas finanzas, tres establecimientos nocturnos del Arenal en los que la lucha
femenina en barro era la principal atracción. Era una novedad única en Mallorca que
importó de un viaje a los Estados Unidos y que le reportaba beneficios descomunales.

       Yo procuraba limpiar a conciencia su casa, que no era otra que esa en la que
vivo ahora y te mantengo entretenido con cháchara nocturna en el primer día de tu
nueva existencia. ¿Existencia, LSD...? ¡Qué sé yo...!

        Me encontraba, como siempre, encaramada a una escalera lustrando con
ánimo y vigor los cristales altos de estos inmensos ventanales mientras presentía que
ella, desde su mesa del despacho, observaba ensimismada mis movimientos atléticos,
casi circenses, de funambulista. Ana María, quiere usted venir y sentarse a mi lado, por
favor. Como genuina alemana no se andaba con rodeos, iba directamente al grano. La
luchadora de aquella noche había tenido un percance y, por un rosario de
circunstancias negativas, peligraba la velada luchadora del Bayerische Arenal. Me
ofrecía cinco mil pesetas si me prestaba a substituirla. En realidad, me explicó, no
había pelea, era una simple broma teatral, una lucha ficticia que provocaba, a los
teutones allí congregados, el consumo de todo tipo de brebajes sin límite ni reparo y a
precios europeos. No me harían ningún daño. Mi contrincante estaría alertada y yo me
limitaría a fingir que me ganaba y me revolcaba por el barro. Una ducha caliente y la
paga al contado me dejarían como nueva. Yo, por usted, lo que haga falta, señora


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Helga. Por ella y por los mil duros que me ofrecía por aquella sola noche, algo que yo
no ganaba en una semana de muchas horas.

        A principios de octubre la Playa de Palma está a rebosar de pandillas de
alemanes, jóvenes y veteranos, con ganas de gresca y alcohol. En su inmensa mayoría
son socios de clubes de bowling que, con las cuotas aportadas durante todo el año, se
financian una semana de desenfreno en Mallorca.

        Llegué al establecimiento con el Audi de la señora Helga. A las once de la noche
el recinto estaba abarrotado por grupos de hombretones, algunos vestidos de
tiroleses, que mal entonaban serenatas de su tierra entre risotadas y jarras de cerveza
espumosa. Entramos por la puerta de atrás. En una pequeña dependencia, entre
columnas de bombonas de bebida y sillas de plástico, me calcé el bikini dorado que me
proporcionó mi protectora y un albornoz de seda roja con extraños motivos orientales
bordados en la espalda. Ella me ofreció un pitillo para calmar mi presunta ansiedad. Lo
rechacé pero desde aquella noche cálida otoñal hasta hoy no he dejado de fumar un
solo día. Algo tenía que costarme la broma. En la vida no hay nada gratis.

        Ya te lo he contado cientos de veces, LSD. Y me has oído contarlo otros
centenares de veces a otros interlocutores, pero lo repetiré de nuevo porque sé que es
tu relato favorito y hoy, naturalmente, no te lo voy a negar.

         Lejos de achicarme, aquella atmósfera de humo y griterío me provocaba una
actitud desafiante y firme, casi chulesca. Debió ponerse en marcha algún gen
defensivo, íntimo y lejano, probablemente adquirido en los difíciles años de
supervivencia en Los Mochuelos. Vamos, era un Rocky Balboa en versión mujercita
extremeña. Quedé decepcionada por el lugar del combate: no era el peliculero
cuadrilátero de lona iluminado por haces de luz cenital sino una minúscula piscina de
no más de tres metros de lado, cubierta de una tela plástica amarilla que apenas
contenía medio palmo de un lodo cenagoso y claro. Paradójicamente, el alborotado
ambiente exterior sosegaba mi espíritu. No tenía ni idea de cómo debía comportarme
en tan extrañas circunstancias. Era yo el objetivo protagonista del cañón de luz y a
pesar de ello raras veces me he sentido tan relajada. Gozaba de la serenidad de quien
sabe su destino y lo asume con determinación y calma. Algo así como los cristianos en
el coliseo romano, antes de soltarles las fieras.

      Mi contrincante, como era de esperar, me sacaba dos palmos. Tanto de alto
como de ancho, se entiende. Trató de sonreírme pero yo me mostré seria y altiva.
Alma extremeña. Finalizados los preparativos, sonó la campanilla.

        La última vez que afronté un aprieto similar fue en Los Mochuelos, cuando el
hijo del mayoral, de formas potentes y primitivas, zurró a mi hermano pequeño en un
claro episodio de abuso. Ante tan manifiesto ataque a la justicia me adjudiqué la
responsabilidad del escarmiento para restablecerla. Frente a frente, el agresor se lanzó
contra mí como un camión de carga cuesta abajo y sin frenos. Yo no acumulaba
demasiados saberes pero iba sobrada de agilidad. Pegué un salto, giré en el vacío y, sin
saber de dónde le había caído, me tenía colgada a su chepa, estrujándolo con mi brazo
por el cuello. Por mucho que lo intente, nadie se pueda zafar de mí cuando, como una



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ladilla, me agarro a su espalda con brazos y piernas. La falta de oxígeno enrojecía su
rostro. Aproveché la circunstancia para morderle con fuerza en el pescuezo,
provocando a mi adversario una sensación de caos sistémico: ahogo y dolor intenso en
el cogote. Se desplomó y allí quedó. Tomé a mi hermano por la mano y nos
marchamos. A este ya se le han pasado las ganas de volver a darte, le dije.

         En el Bayerische Arenal me limité a repetir la operación. Salto elevado, giro en
el aire y a la joroba. Todo lo demás fue un calco de mi última reyerta. De algo sirve la
experiencia. Mi contrincante alemana se resistió mucho menos y al medio minuto ya
daba vueltas, inerte, por el barro, con cara de pánico y sin comprender nada. El público
aplaudía a manos batientes porque al fin había presenciado un auténtico combate que
dejaba en ridículo los melifluos apaños a que estaban acostumbrados. Quedaron
frustrados, eso sí, por la ausencia de los pechos de las combatientes que siempre
acababan balanceándose desnudos en el aire. Entre groseros vítores me proclamaron
campeona. Rechacé todas las invitaciones de mi público entregado y me dirigí, con
apenas unas manchitas de barro sobre el bikini, al cuartucho de donde había salido.
Allí me esperaba la señora Helga que echaba los dientes. Me riñó corto pero con
severidad, expresándose con violencia contenida. Reprochó mi comportamiento
irresponsable y no cumplir mi parte del contrato. Mañana hablaríamos en casa. ¡Pero
cómo quiere usted que yo me deje ganar, señora Helga! fueron mis últimas palabras
antes de que se fuera dando un portazo.

        A las nueve de la mañana del día siguiente, apenas puse el pie en su casa,
repitió la frase pronunciada veinticuatro horas antes. Ana María, quiere usted venir y
sentarse a mi lado, por favor. Me pidió que aquella noche volviera al Bayerische. El
espectáculo había sido un éxito y la turba reclamaba repetición de la jugada. Repetí
varias noches por semana hasta final de temporada.

        Después de esta experiencia fui yo quien se dirigió a la señora Helga. En La
Serena la gente no iba a las peleas de gallos solo por ver sangre sino por las apuestas.
Me parecía evidente: el coctel de sangre y dinero pone a la envilecida concurrencia.
Organizamos todo un plan de apuestas para la reapertura en primavera. Fue un éxito.
Las cajas aumentaron casi un cincuenta por ciento.

        Mi nueva ocupación laboral coincidió con el trajín de los estudios para el
inminente ingreso en la universidad. En los años posteriores, nunca le dije a mi
empresaria que me acostaba a las tres de la mañana y me levantaba a las ocho para
estudiar Dirección de Empresas que me saqué en tres años. Por la mañana Universidad
y por la noche lucha en barro. Era una belle de nuit que sacaba beneficios de ambas
actividades. Mientras ella me suponía descansando, yo seguía en lucha pero contra
asignaturas como la Gestión y Optimización de Recursos de las áreas funcionales de la
empresa o la Interpretación de los estados contables. Reviví mi infancia en Los
Mochuelos con la substitución de Doña Espasa Calpe por los tratados de Finanzas y
Control de gestión. Saber, instruirme, me excitaba. Constaté que la búsqueda de
conocimiento produce placer, objeto último de cualquier perversión que se precie de
tal.




                                                                                            28
Cuando le mostré el diploma, mi patrona no podía creerlo. La mucama se había
ilustrado sin llamar la atención, por eso sorprendía. Ya cansada por los años y por las
vueltas que había dado su cuentakilómetros, me ofreció la mitad del negocio y la
gerencia de los tres locales de El Arenal. Ella se retiraba a su ciudad pareciendo
atender las advertencias de Robert Graves a Gertrude Stein: después de tanto tiempo
en Mallorca ya no podía soportar el paraíso.

       Viajé a Hamburgo con mucha frecuencia para despachar con mi socia. Aprendí
el envarado alemán que hablo. Compramos dos locales más allí. Si los alemanes no
vienen al Bayerische Arenal en invierno, lo llevaremos a Alemania.

       La señora Helga me dejó poco después. Se la llevó una metástasis. Me atribuyo
el duelo porque fui el único puntal de sus últimos y solitarios años. En los negocios y en
la amistad, la confianza y la lealtad valen oro. Y hablando de dejar me dejó igualmente,
ante fe notarial, todos los negocios y este su piso, ahora el mío, donde vivo tranquila.
Como tú sabes, tengo problemas pero resuelvo la mayoría porque ahora me trata un
gran psicoanalista: mi cuenta corriente. De todos modos, y creo que te ho he
demostrado, Leo, me siento orgullosa de conservar en mi alma la huella callosa de las
manos de mi padre.



                                               15

                                Revolucionarios de familia bien



       Y ahora tú, LSD, vas y también me dejas. Ahora, cuando más sé y más poseo, no
tengo con quien compartirlo...

        Creo que por esta noche vamos a dejarlo. Este psicodrama me agota. Ni tú eres
Mario ni yo soy Carmen Sotillos ni tenemos a Delibes que lo cuente. Encenderé el
último pitillo...

       La vida ha acabado por darme de todo, pero nada como los felices años del
Carrer del Sol. Tú y yo, compartiendo vicisitudes con toda la tropa, con más quimeras
que sustancia. Pero como deberías saber, los buenos tiempos no son buenos porque lo
son sino porque hacemos que lo sean. Como también los malos, por cierto.

       Tras las cristaleras, en la sala, pasé tantas horas leyendo... Temprano, te dejaba
dormido en la cama y todavía alcanzaba a ver el gato atigrado que caminaba con
parsimonia por el tejado de enfrente y abombaba su espalda buscando los rayos
pálidos del primer sol. En la barandilla del balcón de ese mismo casal deshabitado se
posaban palomas con sus alas blancas y sus patitas rosa. Las palomas y las tórtolas
eran para mí algo que se cazaba y se ponía en el puchero. En tu casa componían un
delicado y elegante escenario urbano. Contigo aprendí a ver el mundo con nuevos
ojos.




                                                                                             29
En esta misma sala, circunvalada de sofás y butacas, deben haber ardido
plantaciones enteras de tabaco durante largos años de reuniones de la cuadrilla y de
los invitados ocasionales. Ese era el atractivo de la casa: el runrún de las
conversaciones y el calor humano que algunas veces se excedía en exuberancias
odoríferas que era preciso aliviar de inmediato con la apertura de las vidrieras y, al día
siguiente, con todo tipo de pulverizadores.

       ¡Sinvergüenzas! Me torturasteis con un rígido y estricto meritoriaje antes de
tener acceso a la participación en el ágora de la sala, condición que me gané a pulso.
Yo me preparaba en silencio. Fingía sacar distraídamente polvo de las estanterías pero
con mi oído fino de gacela, escuché, asombrada, retahílas de extravagancias que
emanaban de la boquita de los sabios salomones.

        No salía del asombro cotidiano. La idea que se hace de los revolucionarios una
muchachita ignorante que sale de Los Mochuelos es que son gente campesina sin otro
futuro que la lucha por un plato de comida, obreros que se revuelven contra la bota
opresiva de los patronos que los mantiene en la miseria y, de pronto, me encuentro,
que los antifranquistas del Carrer del Sol son gente de carrera, de familia bien, que
heredarán propiedades y que lo de ganarse la vida no es más que una rutina que no les
provoca la menor inquietud. Y para mayor sorpresa resulta que el objetivo de su lucha
es la independencia de los Països Catalans porque sin ella no hay futuro posible...

        Reconocerás que no fue fácil para mí. Años después, cuando ya había
adquirido la patina del conocimiento y de la comprensión de los procesos históricos y
culturales, os planteaba todavía interrogantes muy ajenos a vuestro mundo. El origen
social, querido, marca como los hierros candentes de las divisas ganaderas. Lo lucimos
escrito en la frente. Asimilé que habíais nacido medianamente ricos, sin preocupación
alguna por lo económico porque cuando comentábamos los argumentos de una
película yo era la única que se preguntaba ¿Y el prota y su amiga de qué vivían, de
dónde sacaban la pasta para viajar y vivir a ese tren? Aún hoy estoy convencida de que
muchos guiones fallan en ese detalle.

       Toda la panda erais muy listos y fantásticos profesores universitarios pero el
tiempo me ha hecho descubrir que vivíais en los tiempos y en los ritmos de las
rondalles. Aún hoy, si no hubiera sido por mí, irías vestido como tu padre, con
pantalones por encima del ombligo y rebeca de lana gruesa. Tanto progreso, tanta
soberanía y tanta lucha para devolver al pueblo lo que Madrid le expolia debería ser
incompatible con la pelambrera de los años sesenta de Biel. Estoy segura, LSD, que
nadie de la pandilla se ha bajado en su vida música de internet y, por supuesto, las
tabletas de libros son para vosotros cosa de snobs. El payés que os hace las matanzas
en Son Pou debe estar más conectado a la vida real que algunos de vosotros.

        Oye, que mucha lucha por la independencia y la hija del Papa hizo todo un
bodorrio, con vestido de cola y banquete para doscientos cincuenta invitados con
langosta Termidor de primer plato. Mucho escándalo por la balanza de pagos con
Madrid pero allí se despachó mucho, pero que mucho, foie mi-cuit comprado a un
distribuidor madrileño... Conste que no tengo nada en contra: Xisca estaba preciosa




                                                                                             30
con su vestido - yo misma ayudé a elegirlo - y el foie todavía me pirra y si no me doy
más alegrías es porque el cabrón del señor Dunkan me tiene amargada.

           Pero alguna cosa no acababa de cuadrar en aquella composición. Es mi opinión,
claro...

        No te revuelvas, LSD, no voy a aprovechar la velada para el desfile de la
Cofradía del Santo Reproche. No sería correcto dada tu especial circunstancia. Pero
adjudicar el proceso de extinción de la lengua, el patrimonio y la cultura de este país,
como decía el Papa, a una serpiente venenosa de lengua bífida: la emigración y el
turismo, tiene delito... Estaba convencido de que todas las desgracias del país ocurrían
porque, a la llamada de la especulación inmobiliaria y el turismo, llegaban flujos
migratorios de forasteros que, en oleadas colosales, arrasaban de un plumazo el poso
identitario del país, forjado en siglos de historia y con la lentitud de las estalagmitas. Se
estaban destruyendo pueblos y ciudades con el mismo poder catastrófico de los
tsunamis del Pacífico. Mallorca se había convertido en un decorado de poblado
ibicenco, para turistas y residentes extranjeros.

        Solo cuando me dejasteis participar en vuestro club, en calidad y con distintivo
de visitante desde luego, me permití apostillar. ¿Quién puso en marcha todo ese
tinglado? ¿Quién se enriqueció con el turismo? ¿Quién construyó las urbanizaciones
masivas? ¿Quién traficó la conversión de terrenos rústicos en urbanizables? ¿Quien
viajó a tierras del sur de España en busca de yeseros, encofradores y los más diversos
cuerpos de oficio? ¿Para quién trabajaron los peones emigrantes de la construcción?
¿Quién se apropió de los grandes beneficios de los pelotazos urbanísticos? ¿Quizás los
senegaleses...? ¿O los andaluces...? ¿Alguna extremeña como yo?

        Entonces enloquecíais. Tú especialmente. Lo más destructivo, lo peor, es la
demagogia de la ignorancia y la mala fe, sentenciabas. Entonces yo callaba. Mudita
para siempre. Bueno, para un ratito.

       Kubalita es otra cosa. Desde joven administró con inteligencia una doble
vertiente: la del espíritu crítico y la del independentismo. Nunca formó parte del
rebaño miope. Obtuvo el doctorado en Historia y en decepciones, summa cum laude
en esta última opción, que proporciona un sano distanciamiento para encarar la vida.
Quizás por eso tiene la habilidad de sacarse de la manga ocurrentes teorías sobre las
circunstancias más dispares.

        En aquellos tiempos argumentaba que el desparpajo intelectual de la gauche
divine barcelonesa había sido el cénit intelectual de la patria catalana y que todo el
país sería hoy una magnífica consecuencia de aquellos fantásticos años si no se hubiera
optado, como se hizo, por modelos nacionalistas caducos o por el sometimiento a
quimeras arcaicas pretendidamente históricas. La seductora propuesta de la
imaginación al poder había sido aplastada por el más miope botiguerismo. Concluía
que el resultado empírico de tan nefasta gestión queda visualizado en multitud de
anécdotas desconcertantes: a los niños se les enseña en clase el uso de la palabra
endoll, pero en sus conversaciones hablan del enxufe, como siempre.




                                                                                                31
Seguro que te acuerdas – es una forma de hablar - cuando lo acompañamos a la
ceremonia de entrega de la medalla de oro de la Comunitat por sus trabajos como
asesor de la Comisión Redactora del Estatut de les Illes Balears. Después del
ceremonioso acto, entre las columnas helicoides de La Llonja de Palma, vino
apresurado a nuestro encuentro como si tuviera algo trascendente que transmitirnos.
Y lo tenía. Las primeras palabras que nos dijo con la medalla colgando de su cuello
fueron reveladoras: La magnitud sublime del momento me ha revelado el significado
de la expresión clave de nuestra patria: “fer país”. Tomad nota, exactamente significa
“fer dobblers, caiga quien caiga y lo que caiga, aunque sea del propio país”. Ante el
anatema del doctor, el Papa se alzaba las cejas y se persignaba para alejar la acción de
Belcebú.



                                            16

                        La gauche rurale conspira en Son Granot



      ¡Ay los filocatos independentistas! Perdona que me ría pero teníais una clara
tendencia a la insatisfacción y a substituir la acción por el simple gesto.

       Coincidirás conmigo, aunque sea ahora, que había que daros de comer aparte.
Mientras yo vendía lubricantes sexuales por las casas a señoras ociosas o me peleaba
entre el barro con teutonas gigantescas, vosotros os entreteníais tejiendo en vuestra
cabecita el cálido cobijo de la fascinación por Catalunya. Todo lo que allí transcurría
era objeto de vuestro deseo intelectual y emocional más íntimo.

       Yo percibía en esta admiración un sentimiento oculto que iba más allá de la
natural admiración por un gran país y la consideración de sus gentes. En realidad, y
deja que fabrique un poco de filosofía de bolsillo, erais víctimas de la estéril nostalgia
de no ser como ellos, de no participar de su vigor social y cultural.

        En vuestro imaginario configurasteis, con trazos fantasiosos, una segunda
Tierra Prometida, con el vago recuerdo de vuestra estancia en las universidades
catalanas. Una tierra con sentido de país, habitada exclusivamente por profesionales
de punta, artistas innovadores, creadores comprometidos con la causa, políticos de
prestigio, universitarios de influencia en los medios, periodistas de relumbrón, todos
ellos de éxito, con desenvoltura europea y, lo más atractivo, disponiendo de vidas
interesantes y azarosas. Vamos, como si en Catalunya no existiera l’Hospitalet,
Cornellà, La Mina y otros Harlems similares donde nunca llegaron los reflejos orbitales
de las bolas de luces de Bocaccio...

         Seguíais con delectación, hipnotizados, lo que acontecía en la ruta barcelonesa
de la gauche divine, apogeo del cosmopolitismo y el glamour de aquellos tiempos. De
allí llegaban las noticias de flirteos entre las figuras del nuevo cine o de la literatura,
inventaban modas, surgían creadores en todas las artes que llamaban la atención de
Europa y todo bajo el admirable paraguas de la conciencia colectiva de identidad....



                                                                                              32
Mientras todo eso sucedía, aquí forjabais identidad de país en los fines de
semana transcurridos entre la rutina bucólica de Son Granot, preparando alguna
malévola estrategia para el próximo congreso del PIIB, mientras el payés de la
possessió preparaba las matances. Ni gauche divine, ni dos reales. Para vuestro
desespero y frustración os tuvisteis que conformar con ser la gauche rurale.

        Claro que con los años os sofisticasteis y empezasteis a entender de vinos caros
y a organizar cenas con caviar Beluga y vodka Stolichnaya. Lo de los huevos fritos
esferificados llegó más tarde.

          El caso, y bien que lo siento, es que os ocurre lo que a mí: que por detrás del
título universitario, más allá de brillantes aventuras empresariales y por encima de la
experiencia adquirida trotando por medio mundo, se nos asoma el pelo de la dehesa.
Así decían en mi pueblo para desenmascarar al cazurro que intenta camuflarse de
listillo.

        De hecho, querido Leo, no somos tan distintos. Si, como he oído, el ADN del ser
humano coincide en un noventa y siete por ciento con el de la mosca ¿Cómo vamos a
ser tan distintos un insigne filocato como tú, una espabiladilla extremeña como yo, la
Paca, la Merkel o Washington Denzel? Para que me vengan con identidades...

       Y aquí me tienes, la forastereta, como me llamabais tú, el Papa y los demás.
Aquí me tienes de cuerpo presente, y perdona de nuevo el sarcasmo fácil. Te he
amado con locura, a ti, a tus amigos, a tu hijo desconocido, a tu gente, a tu tierra,
probablemente más que lo que lo hiciste tú mismo, que nunca trabajaste esta sencilla
y recomendable habilidad.

       Estaba loca por compartir contigo tu mundo, pero te empeñaste, sin que lo
afloraras en la conciencia, en que anduviéramos por caminos paralelos. No me quejo
porque jamás me sentí discriminada y muchos menos despreciada. Simplemente, la
niña de Extremadura no nació para ser asimilada. Ni aquí, ni en Extremadura.

        Mi propia independencia, como tu muy bien sabes, o mejor dicho gracias a ti,
no impide que hable catalán sin demasiado acento y que utilice, pongamos por caso, la
expresión quin equinocci!, cuando tengo que describir una situación penosa trufada
de dificultades. Ni tú sabías que el origen de esa expresión deformada partía de la
referencia al desastroso viaje equinoccial de Lope de Aguirre. Por cierto, cada vez que
la uso ante un mallorquín de pura cepa, como diría Rajoy, me veo obligada a explicar el
significado.

        Y te equivocas si crees que esa falta de asimilación identitaria es distintivo de
los forasters. En mí jamás se produjo como rechazo al colectivo que me acogió sino por
ejercicio de mi propio espíritu independiente. Sucede también en gente más
mallorquina que el camaiot. De hecho, mi querido Leo, también lo aprendí, como casi
todo lo importante en mi vida, de tu biblioteca del Carrer del Sol. Me percaté cuando
al abrir por puñetero azar un poemario de Bartomeu Fiol, me salen tres versos que
supe traducir a la primera, aunque bien es cierto que eran de vocabulario sencillo: Si us
ve de gust, podeu posar-me, o fer-me posar/ aquesta senzilla làpida: NO ERA DELS
NOSTRES. ¡Hay que ver! Uno de los más admirados poetas del país- y lo fue con toda


                                                                                            33
justicia y merecimiento- se sentía un outsider de los aspectos tangenciales de la
identidad. Con lo fácil que es ser uno de los nuestros...

        Pues mira por donde, exactamente como yo. No lo de poeta, claro... sino lo de
outsider. Si tuvieras todavía ojitos para mirarme y boquita para besarme te diría que te
rieras, que es una broma, coño. Sobre todo ahora, que en tu envoltorio cerámico te
has deshecho de todos tus defectos y manías. Paradojas de la vida – o de la muerte –
en eso has salido ganando. Aunque sigues sin reír...



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                   A Cuba uno no se lleva el bocadillo hecho en casa



      Parece que se está cubriendo el cielo. El último cigarrillo me ha desvelado.
Tomaré otro dedal de whiski y así no será necesario el myolastan para dormir.
Perdona que no te pida si quieres algo...

       ¡Ay esa cadera! Cada vez que me levanto del sofá me dice: Anita, que vas
disparada hacia los osteoporósicos sesenta y la muy diabólica aprovecha para
morderme un poco más.

        Fíjate en eso, encima del mueble bar, sobre las botellas: el título universitario
de Dirección de Empresas. En mi vida se fusionan en un único conjunto: empresas de
bares. La señora Helga me recordaba con frecuencia que los mejores negocios son los
que gestionan los instintos básicos: comida y bebida, sexo, juego y diversión. He
sacado más provecho de sus consejos que de todas las asignaturas de la carrera.

       Mi licenciatura en la universidad fue un hito en nuestras relaciones. Como ya
hablaba perfectamente catalán, podías mostrarme en público. Y como era capaz de
meterme en una conversación para defender el alarmante estado de salud de la
lengua catalana, con más peligro de desaparición que la capa de hielo de la Antártida,
podías incluso bromear ante tus conocidos sobre mi origen extremeño.

       Con mi graduación te vi por primera vez realmente orgulloso de algo que no era
el supuesto orgullo patrio: orgulloso de mí. Yo, francamente, no lo estaba tanto y me
preguntaba si, con todo tu empaque social y prosapia cultural, no te dabas cuenta que
me exhibías como un fenómeno de feria, como la mujer barbuda.

       Hubiera comprendido que sintieras la satisfacción de Pigmalion forjando a
Galatea a su imagen y semejanza, pero no era el caso. Advertí en ti un sutil sentimiento
colonizador victorioso por haber sometido al indígena. Tú, que manifestabas
normalmente un comportamiento respetuoso y gentil, me sorprendiste con
comentarios ordinarios y hasta hirientes que yo fingía no advertirlos.




                                                                                            34
En realidad, don Leonardo se sentía exultante porque se había liberado del
problema reptante que lo agobió durante más de una década: una relación con una
jovencita extremeña, de simpática ignorancia y que juntos se retorcían de placer como
las colas de lagartijas recién cortadas. El Hada Madrina, con su varita mágica que
destila polvo de oro, había convertido aquella iletrada y andrajosilla extremeña en una
joven empresaria de emergente éxito que podía hacer alarde de formas mundanas si la
ocasión lo requería y absolutamente integrada al medio donde, no sin esfuerzo, hubo
de sobrevivir. Se había borrado de mi ficha social el lugar de nacimiento.

         El caso es que hasta llegar aquí lo pasaste mal. El camino que elegiste era
impracticable. ¿Te acuerdas del viaje a Cuba? Era muy al principio de nuestra relación.
Te habían invitado a un congreso de filólogos a La Habana. Nada, uno de esos chollos
de los universitarios de tú me invitas a mí y yo mañana te invito a ti, que paga el
presupuesto. En un alarde de arrojo quisiste que te acompañara. Eso sí, con toda
discreción. Te inventaste un trabajo previo en Madrid con la única finalidad de que no
saliéramos juntos de Palma. Nos encontraríamos en Barajas. Con tanta mala suerte
que, cuando estábamos en la cola del embarque, supuestamente anónima y
cosmopolita, aparecen un grupo de conocidos profesores de la Universidad, todos
ellos de Derecho, que también iban a la perla del Caribe. De tener la pócima de la
invisibilidad te hubieras bebido un par de litros sin respirar. Tu planificación de las
cautelas se hizo añicos por los suelos. Todos ellos querían saber quién era la atractiva
jovencita que acompañaba al jefe de los filocatos de la UIB en un viaje a Cuba cuando
por todos es sabido que a Cuba un hombre no se lleva el bocadillo hecho de casa sino
que se lo compra allí que son más suculentos. Pasaste un mal viaje.

        La graduación universitaria fue también para mí un gran orgullo aunque, como
no estoy ciega ni sorda, lo he relativizado: no había para tanto. Nada que ver con el
escenario actual, con la exigencia de notas de corte elevadísimas que producen una
cruel selección entre los estudiantes que aspiran a acceder a una carrera. Entonces,
con el baby boom, entraba cualquier iletrado y se sacaba la carrera en un plisplás. No
toda la gente que accedía estaba preparada. Es más, gran parte de los estudiantes de
entonces eran verdaderos zoquetes y calamidades, lo cual no impidió que se
licenciaran y que ejercieran sus profesiones sin ningún tipo de complejo. Así ha ido al
país, como tú dirías.



                                           18

                      Las fronteras que separan buenos y malos



        Crecí con vosotros y todo os lo debo. Soy el fruto de vuestra siembra,
probablemente con toques híbridos pero formo parte de la misma tierra y del mismo
paisaje. Pero aún hoy discrepo de algunas facciones de la fisonomía de vuestro
comportamiento.




                                                                                           35
Las fronteras, LSD, las fronteras eran vuestra perdición intelectual. Y no te
remuevas en tu urna porque vas a provocar un percance doméstico. No me gustaría
que acabaras en el depósito del aspirador.

       Parece que hablo de política pero hablo de personas, queridísimo Leo.

        Quieras o no, en realidad luchabais para enmarcar la soberanía balear en un
mapa con fronteras: un país independiente más o menos asociado. Me costó muy
poco aprender la lección. Simplemente tratabais de poner puertas al campo, como se
diría en mi tierra.

        En realidad - y quizás sin ser conscientes de ello – el auténtico muro separador
lo erigisteis en vuestra cabecita: a un lado, muy pequeñito, los buenos y al otro,
inmenso, los malos. Era otra manifestación de vuestro sarampión permanente de
insatisfacción: nadie os acababa de gustar. No apreciabais la menor virtud ajena. Y con
los pocos que os gustaron acabasteis como el rosario de la aurora. No hay más que ver
la experiencia del PIIB: en la matanza murió hasta el apuntador. Fue la perfecta
aplicación de muera Sansón y todos los filisteos. El más claro ejemplo de la idiotez:
tomar decisiones para dañar a los demás sin tener en cuenta que quien las toma
resulta dañado en igual medida.

       Y si rascamos todavía surge una piel más compleja. La ecuación no era los
nuestros son los buenos y los demás los malos. Porque... ¿quiénes eran los nuestros? A
Miquel Mas, sin ir más lejos, lo tuvisteis atravesado en la epiglotis. Nunca lo digeristeis.
Cercano al independentismo político, ciudadano de los Països Catalans, radical de la
lengua, prolífico autor, poeta, periodista, brillante, comprometido políticamente...
Tenía todo para ser uno de los vuestros pero con él jamás hubo feeling. Era de los
malos.

       No te pongas nervioso, LSD, no voy a sacar su homosexualidad como causa del
rechazo. Eso ya lo hemos discutido. Pero os molestaba su ductilidad intelectual. Era,
es, una persona con sentimientos a flor de piel, instintivo y, sobre todo, un derroche
de emociones expresadas a los cuatro vientos, alguien que habla del amor, un ser sin
complejos, libre, que si la ocasión tercia bailar sevillanas en la Feria de Abril, las baila
sin que retruenen las trompetas que demolieron las murallas de Jericó ni se desplome
su más íntima convicción política.

        Para más inri, algunos de sus libros se venden bien y cobra sus buenos dinerillos
por sus artículos en los periódicos y revistas culturales de postín lo cual, en un universo
intelectual de miniatura como el mallorquín, cuenta lo suyo.

        Te lo confesaré ahora: paradojas de la vida, Miquel Mas encarna la valentía y la
gallardía sexual que ninguno de vosotros fuisteis capaces de ejercer. Un promiscuo,
quizás sí. Pero justamente os molestaba vuestra incapacidad para acceder al sexo y al
amor con la franqueza y la soltura con que él lo hacía. Leonardo... ¡Que me tuviste más
de tres años desterrada en la caverna! ¡Que el Papa tiene un mal rollo colosal con las
relaciones con las mujeres! ¡Que no se necesita ser sexólogo para ver que el pobre Tito
es un reprimido de aquí te espero!...



                                                                                               36
¡Eh..., he dicho que no te pongas nervioso! Dejo el tema y no se hable más.

       Pero dime, ¿Porqué los buenos eran buenos y los malos? En realidad eran más
malos los malos que muy buenos los buenos.

        No te apures, no sigo. Pero Miquel Mas siempre me cayó bien, hubo empatía
entre los dos. No podré comprender nunca ese punto de desprecio que le infligíais a
menudo. Lo tratasteis como a un sobrino de un dios menor. Fuisteis injustos con él. Y
si no te lo digo hoy... ¡cuándo te lo voy a decir chiquillo!



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                        Nada vale dos duros si no se puede compartir



       Ya es la medianoche en punto. Ahora ya es Navidad. No creo que sea oportuno
desearte felices fiestas, Leo. No lo serán a pesar de los esfuerzos que hacemos todos
para aceptar tu fuga con naturalidad. Porque no me negarás que lo tuyo ha tenido una
importante dosis de fuga.

       Esta mañana, en el tanatorio, a la hora de recoger tus cenizas me he topado
con el Papa, Tito, Kubalita y Biel, abatidos hasta la postración, consternados y con el
alma quebrada. Se ha roto el equipo. En la mesa del bar donde hemos tomado café
había una silla vacía, o más bien ocupada por tu urna, que para el caso es lo mismo.
Nadie la miraba fijamente pero había que hacer esfuerzos para no hacerlo. No es fácil
acreditar que don Lleonard habita esa vasija. No estaba el capitán alrededor del cual
formamos el grupo invencible. No estaba el intendente, siempre dispuesto para poner
su tiempo, su dedicación, su inteligencia, su casa y hasta su fortuna tanto al servicio de
la causa amical como de la política.

        Siempre fuiste generoso, LSD, aunque creo que sin querer. Como si con tu
despego y prodigalidad trataras de garantizarte compañías y afectos que por ti mismo
no te asegurabas. El caso es que esta mañana, allí juntos, los cuatro sufrían la
desolación del náufrago que no sólo se ha quedado sin nada sino que se ve incapaz de
sacar fuerzas para sobrevivir. Ninguno ha podido articular palabra. Se limitaban a
expresarse por sus ojos llorosos. Una vez más el toro, en vista del colapso de la escena,
ha puesto los cuernos en mis manos para encontrar la salida del laberinto emocional
en el que os perdéis a primeras de cambio.

        Les he dicho que les mirabas muerto de risa (lo siento, pero me ha salido así) y
que les reprochabas lo torpes que eran porque al primer disparo estaban tocados y
hundidos. He rememorado las anécdotas clásicas, la gatera de maría que pillasteis el
día del hundimiento electoral del PIIB, o cuando el Papa, completamente borracho, dio
un mitín en Sa Pobla y levantó las más efusivas adhesiones.




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He sacado del baúl de los recuerdos escenas de la prehistoria, cuando hicisteis
cantar a aquella jovencita que yo era y que no pillaba mucho catalán, una glosa con
tonadilla aflamencada: Una figa per ser bona / ha de tenir tres senyals: / clivellada,
secallona / i bequejada pels pardals. ¡Como os aprovechabais de aquella pobre
ingenua y voluntariosa mucama! La revancha no tardó y días después os dejé
planchados respondiendo a vuestras ordinarieces con un sorpresivo Quins goranots,
no saben dir res més que grolleries. Con aquella frase, que empleé dos días en
construirla y aprenderla, aprobasteis mi reválida para ingresar en vuestro club.

       Y así, hablando y sonriendo, se ha ido desvaneciendo la impenetrable bruma de
pena que les envolvía. Han recobrado el don de la palabra. Como siempre, servidora
limpiando mugre. Comencé por la de tu casa y he acabado por los sufrimientos
innecesarios de tus amigos, que es la peor de las mugres.

        Nunca fuisteis muy habladores. Entiéndeme, hablabais mucho, eso sí, pero
decíais pocas cosas. Teníais un relato muy informativo pero muy poco emocional. Tú
en especial. Podías mantener una extensa y docta conversación sobre el marco
socioeconómico de la independencia del Quebec y luego, al encontrarte conmigo a
solas, ser incapaz de contarme el menor detalle de la vida real: que si esa chaqueta te
resulta incómoda al sentarte, que si en la charla había una rubia de las repúblicas
eslavas con piernas que nunca acababan, que si te ha gustado la ensalada de queso
con arándanos que te han servido y que me la vas preparar un sábado en tu casa, que
si te has topado con un independentista simpático, aunque sea un oxímoron....
(perdona la broma, ya sabes que soy así pero que en la práctica tengo mucho respeto
por todo el mundo), que si me habías añorado... Nada de nada. Un sepulcro. Eras la
versión culta de mi pobre padre: tampoco estabas para hablar de mariconadas. Más
fino, tú hablabas de collonades.

        Mi querido LSD, te has ido sin comprender que, como decía un personaje de la
Sombra del Viento, en esta vida nada vale dos duros si no se puede compartir. Y
compartir los anhelos independentistas está bien, pero nada más que eso lo encuentro
sosito. La soledad es un sentimiento extremadamente interesante, incluso necesario,
pero a condición de tener alguien al lado para comentarlo.

        Traté de participarlo todo contigo, mi formación acelerada, todo mi proceso de
transformación: de mucama por horas a manejar negocios de cierta envergadura, de
jovencita ansiosa a madura acomodada... Te hice vivir conmigo miserias y grandezas,
que de todo hubo. Siempre tenía algo que decirte, una novedad descubierta, una
anécdota de la universidad, felicitar a Biel por su santo, un encuentro con un conocido
en el súper que se va a vivir un tiempo a Usuaya, en plena Tierra de Fuego... Tú, por lo
visto, o mejor dicho por lo no oído, jamás en tu vida te topaste con un conocido por la
calle.

        Ya sé que no son más que simpáticas irrelevancias, la calderilla de la vida,
fruslerías. Pero amigo, en nuestra existencia las alhajas las guardamos para las grandes
ocasiones; el día a día, que es lo que vale, se vive con bisutería.




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Me consuela saber, no porque me lo dijeras sino por deducción propia, que te
gustaba oírme. A pesar de la impavidez de tu boca, tus oídos no despreciaban ni una
pizca de mis relatos folletinescos. Las historias de la vida cotidiana, que a menudo te
contaba aderezadas con carantoñas, fueron poblando el desierto de tu incapacidad
relacional congénita. Te acostumbraste pronto a ellas. Tanto que, cuando descendía mi
nivel comunicativo, de inmediato te interesabas por mi estado de humor. Mi charleta
se te convirtió en producto adictivo que te mantenía anclado en el planeta Tierra y
evitaba que divagaras por los agujeros negros del universo emocional, actividad a la
que te solías abocar sin remedio, atraído por una fatal fuerza de atracción.

       Mira, LSD, en la vida alguien tiene que organizar el baile para que haya gente
como tú, que apenas os podéis refugiar en lo de que me quiten lo bailado porque, si de
vosotros dependiera, lo que se dice bailar, nadie hubiera bailado.

        Tú me tenías por un loro parlanchín incorregible. Y no lo sabes todo: llegué a
decirte mucho más de lo que reparaste. Te lo revelo ahora, que es momento de
confesiones. En mi locura por transmitirte y compartir toda la ebullición de mis
adentros copié tu código-base del silencio y lo mejoré hasta extremos insospechados.
Te lo cuento ahora porque de vivo no te hubieras enterado de nada. No te apures con
este galimatías, que te lo descifro ya.

         Aprendí que cuando estabas abstraído y enfrascado, circunstancia muy
frecuente, te envolvías en una crisálida que repelía el lenguaje hablado. Como no
estaba dispuesta a cruzarme de brazos ante tu tontería usaba lo más sofisticado de mi
arsenal comunicativo: me acercaba a tu cuerpo abatido, reposaba mi cabeza en tu
pecho y tomaba tu mano entre la mía. De ese modo, gran parte de lo generado en mi
sesera se transmitía directamente hasta tu corazón, los dos tan cerquita. El resto
bajaba por mi brazo, franqueaba nuestras manos y subía por tu brazo hasta tu cabeza.
Trabajo de conexión limpio y eficaz. Entonces, solías mirarme y depositar un piquito en
mis labios. Y ni una palabra. Pero, sin saberlo, ya te hacía efecto el antídoto inoculado
en secreto.



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                                Orgasmo, y simultáneo



        Parece que te oigo lamentar el malvado destino que nos hizo cruzar las vidas.
Te hubiera convenido mucho más una relación más lineal o, al menos, más a la medida
de tu timidez emocional y de tu geografía social. Quizás si hubieras seguido con la
filocata ibicenca, madre de tu hijo... Y mira que los ibicencos me caen simpáticos,
sobre todo desde que supe que la gloria nacionalista de sus letras se apellidaba
Villangómez. ¡Que es otra broma, no te sulfures! No te das cuenta de que irritarse en
esta urnita es de lo más estrafalario....




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Cuando al nacer me deslicé por el útero de mi madre con suavidad placentaria
se me puso la carne de gallina y, de contenta, del corazón me brotaban chiribitas.
Bromeo pero algo hay de eso. Sin embargo, la infancia me deparó todo lo contrario.

        La rudeza y la hosquedad de trato que recibí me provocó desde muy niña
hambre de caricias. Hambre jamás saciada. Nunca gocé de contactos físicos y en mi
catálogo solo figuraba la curtida y callosa mano de mi padre que tomaba la mía cuando
caminábamos juntos por los caminos entre campos de algarrobos. No podía decirse
que aquello fuera una caricia, tenía más bien algo de llave inglesa. Mi madre tampoco
llegó más lejos, víctima de su sentido de servicio. Todo contacto debía tener una
utilidad doméstica. Si me tocaba las piernas era para alisarme la falda magullada y si
posaba sus manos en mi cabeza era para atusarme las trenzas desgreñadas. Los besos
eran contados y de fría urbanidad. Jamás se producían mimos ni arrumacos. No había
roces personales gratis. En la vida de Los Mochuelos no se perdía el tiempo en
bobadas.

        Por eso tengo grabada, en el frontispicio de mi memoria, la primera vez que mi
madre me llevó a la peluquería. Era en La Serena la víspera de mi primera comunión.
Allí descubrí y experimenté el hormigueo físico que provoca la expresión de la ternura,
una palabra cuyo significado entonces desconocía.

        Era un salón sencillo, de pueblo, sin otra pretensión que la de quedar bien ante
una clientela fija pero muy esporádica que no gozaba de posibles para el fardo y el
embellecimiento.

        Apenas entramos en el establecimiento, una joven peluquera me regaló una
retahíla de piropos y cariños, no sé si muy sentidos o puramente mercantiles pero en
cualquier caso me ruborizaron y aceleraron el corazón. Así estaba cuando me sentó en
una mullida butaca y con las puntas de sus diez dedos me acarició suave y
distraídamente las raíces de los cabellos mientras debatía con mi madre el peinado
más adecuado para el tipo de pelo, grueso y abundante. El sutil y amable masaje
provocó una ola que, viniendo desde lejos, hizo que toda mi epidermis se erizara y mis
carnes vibraran debajo de cada poro. Creí morir de placer. Un placer voluptuoso que
momentos después se diluyó lentamente a pesar de mis esfuerzos desesperados por
retenerlo. El origen del estremecimiento no radicaba tanto en las caricias sino en el
sorpresivo descubrimiento de que mi piel, yo misma, era el destino de la ternura que
me regalaba la bondadosa acariciante. Por primera vez en mi corta vida alguien, con
inesperada generosidad, me trataba con delicadeza y lo expresaba con cálidos mimos a
mi lujurioso cuerpo infantil que, naturalmente, respondió con una explosión sensitiva.

        Te lo digo ahora, LSD: creo que toda mi vida no ha sido más que un infructuoso
intento de recuperación de este placer carnal anclado en las profundidades de mi
infancia. Ahora mismo te cambiaba mis diez mejores orgasmos por unos segundos de
este éxtasis infantil.

        Pero bueno, no te me sulfures. Ya sé que nosotros tampoco tuvimos un mal
sexo. Ahora ya podemos hablar sin tapujos. Fíjate – es un decir, claro- que nuestro
sexo siempre tuvo algo de furtivo porque floreció en la clandestinidad y te empeñaste



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en mantener durante toda la vida una brizna ese pecado original. O mejor dicho, algo
había en ti que hizo que nuestro sexo quedara encubierto en lo oculto, casi en lo ilícito.
Y no por cuestiones de moral o de pudor, me consta. Y lo comprendo....

        ¿Cómo podía el ilustre filocato Lleonard Sans i Desbrull, sacerdote oficiante de
cuanta misa negra independentista hubo durante años, que no pronunciaba una
palabra de castellano así lo matasen, ignorado padre del fruto de una relación con una
filocata ibicenca de secular marchamo catalanista, alardear de tirarse a su joven
servidora extremeña, que exclamaba continuamente ¡Por Dioh! y que se esforzaba
para no decir pretóleo, como se usaba en Los Mochuelos?

       Pero no me quejo. Ni te reprocho ni una migajilla. Yo fui muy feliz a tu lado, en
la cama o desgranando tranquilas horas vespertinas leyendo en el salón y
sonriéndonos cuando levantábamos la vista del libro.

        ¡Y tú si que fuiste feliz en la cama...! Durante años disfrutamos, sin perseguirlo,
del sumo placer sexual: el orgasmo simultáneo. Modulábamos al unísono la escalada
para llegar y explotar juntos, cada uno siguiendo en su interior la carrera del otro.
Llegamos a ser maestros en este oficio, que construimos con sorprendente soltura.
Muchos están dispuestos a pagar fortunas a sexólogos por lograr este vínculo salvaje.
Nosotros lo podíamos practicar mientras comentábamos la última de Woody Allen.

        Alguna vez lo hablamos, pero tú, fiel al principio judeocristiano de soslayar los
placeres íntimos, te salías por la tangente, le quitabas importancia. Ocultabas con
brillantes menosprecios tu incapacidad para reconocer la satisfacción de tus entrañas.
Como siempre tenías una cita culta para salir de cualquier situación comprometedora,
me llegaste a decir que Carlos Fuentes, en La silla del águila, sitúa el masaje prostático
en la cima del placer sexual masculino. Lo intenté, pero aquí ya no me dejaste.
Digamos que te cerraste. En banda, claro. Dejémoslo aquí...



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                        Cuanto más odias, más te atas al odiado



       Ah... ¡Qué noche nos espera! Eso ya no tiene arreglo. Y encima la semana
pasada se me ocurre decorar la casa con chorradas navideñas y comprar en el Arenal a
un senegalés muerto de frío ese cervatillo kitch que cambia de color de luz a cada
instante.

          ¡Conmovedor! Hablar contigo me hace daño pero si me callo reviento. ¡Qué vía
crucis!

        ¡Qué difícil es hacer la crónica sentimental de una vida! Es coser retales de ahí y
de allá sin gracia ni utilidad. Te estoy largando un soliloquio de recuerdos que, como
los autos de feria, dan vueltas sin rumbo y chocan los unos con los otros.



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¿Dónde estábamos, LSD? No lo recuerdo pero lo cierto es que los años, como
los vinos, sólo mejoran lo que es bueno. Lo malo, lo avinagran. ¿Te suena, Leo?

       A partir de los cincuenta, cuando te atreves a mirarte al espejo compruebas lo
que ya intuías: la vida nunca acaba bien. Hay que aceptar la derrota y olvidarla.
Algunos lo olvidamos pronto con cualquier fruslería: desde compartir con quien amas
un gintònic de Seagrams con Fever Tree, a un paseo otoñal por la avenida de los Tilos
de Berlín, los mejores episodios de Frasier o una ligera aventura amorosa con un/a
psicoanalista argentino/a. Otros, y no señalo a nadie, se organizan un futuro en forma
de un pasillo oscuro, negro, con la puerta del fondo bien cerrada. Disuelven sus deseos
y rompen sus proyectos de felicidad como hace el viento con el ramaje muerto de los
árboles. Luego aprovechan la leña para atizar el fuego de su tristeza y desespero.

        Las personas, como las lubinas, las hay salvajes y de piscifactoría. Huelga decir
cuáles son las más apetitosas. Tu personalidad, que ya era compleja, se hizo críptica y
desembocó en un gran festival de muñecas rusas.

        Encaraste tu propio otoño con desgana. Una desgana que gradualmente se
transformó en desprecio por lo que te rodeaba y, finalmente, en odio. Ese odio larvado
en un rincón de tu corazón, esa ira contra un mundo al que siempre consideraste hostil
y, en especial, algunos de sus habitantes. Quizás no más de docena y media. Eso, entre
siete mil millones, suena a poco, pero te dejaste amargar la vida por ellos.

        Yo te comprendía. Le gente pisa a quienes estáis en el centro de la pista de
baile y en el mundo de la política, de la universidad, de los negocios... no te digo. Los
líderes sociales sois objeto de mil y una perrerías. Perrerías que provocan rabia,
naturalmente. Pero jamás comprendiste que las injusticias no se solucionan con rabia.
Peor: la rabia provoca más dolor y más injusticias.

        Pero treinta años sin hablarte con tu hermana por una puñetera herencia, es de
locos. No conocer a tu hijo que se te cruza en una calle por una miserable trifulca con
su madre es de desalmado o de amputado sentimental.

        Si, ya sé que fuiste víctima de envidias, de codicias y de incomprensiones... Me
acuerdo de la bronca con el Rector por la putada de tu doctorado, que apareció hasta
en los diarios. Te hicieron la cama y abortaron tu propia carrera hacia el rectorado que
ya acariciabas. Recibiste dardos envenenados desde todos los puntos cardinales. Los
más letales salieron de las cerbatanas de tus antiguos compañeros del PIIB, que no
descansaron hasta que te apearon y arrinconaron junto a tu reducida guardia
pretoriana. No tuvieron remilgos en liquidarte a ti, que habías fundado y hasta
financiado el partido con tu propio patrimonio.

        Como es natural, en tu batalla contra el universo saliste a menudo magullado y
hasta herido. Entonces, tu desazón clamaba justicia inmediata al causante: ¡Qué le
corten la cabeza! En tu descargo he de declarar que el ambiente en el que te movías,
la universidad, los culturetas, la política, tu familia... era una geografía infestada de
serpientes cascabel.




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Pero, amigo, tu habilidad emocional nunca estuvo a la altura de la contienda.
Te extraviabas en la gestión de cualquier disputa, el menor conflicto era fuente de
dolor, de rencor y de deseos de venganza. No supiste lo que significa tener un poco de
cuerda, un poco de porfavor.

        Peor todavía: estabas convencido de tener siempre razón y, como presumías de
que un presunto enemigo acabaría atacándote, para defenderte atacabas tu primero.
El agredido, también para protegerse, devolvía la agresión. De ese modo confirmabas
tu teoría: querían atacarte. Protagonizaste decenas de episodios con este absurdo
patrón.

        Una ignorante como yo comprendió hace mucho tiempo que el odio - y la rabia
que genera - te hacen prisionero de la situación y de la persona que te lo ha causado.
Paradojas de la vida: cuanto más odias más te atas a tu odiado y acabas intoxicado por
tu propio veneno, esclavo de ti mismo. Con lo fácil que es, si no perdonar, al menos
olvidar...

         Fuiste un hombre de grandes proyectos colectivos y eso sublima tu aportación
a la historia y tu reseña necrológica en los periódicos, pero quisiste planear demasiado
tu vida y, créeme, si de alguien se ríe la vida es de quienes le hacen planes y proyectos.
Lo aprendí en el viaje que hicimos a Marrakesh. ¿Te acuerdas? Yo estaba entusiasmada
por todo: los intensos olores a especias y perfumes, el bullicio nocturno de la plaza de
Jemaa El Fna, con sus cuentacuentos auténticos y los encantadores de serpientes de
mentirijillas, el rezo sonoro del muecín que clamaba desde lo alto de la torre de La
Koutubia... Me faltaban ojos, pituitaria, oídos, tacto... para asimilar todo lo que ocurría
a nuestro alrededor. Entonces, en un arrebato de entusiasmo, le dije a nuestro guía
que tres días no bastaban para digerir los complejos encantos y misterios de la ciudad
y que volveríamos por Semana Santa. Su respuesta fue breve, precisa y formulada en
tono ceremonioso: Insha’Allah, madame, Inshall’Allah. Detrás de las tres palabras no
había más que un elegante reproche por mis ansias de dominar el futuro cuando el
futuro es indomable. En la vida si algo falla es el guión que nuestra cándida ingenuidad
- a menudo disfrazada de vanidad - nos hace escribir sobre nuestro futuro.

       En realidad ahora te emperifollo el relato con toques exóticos pero la expresión
del árabe nace del mismo Si dios quiere, niña, si dios quiere, que apostillaba mi madre
cuando le proponía planes.

         Hay quien afronta los pinchos de la vida con silencios, con evasiones, con
protestas, con resignación, con olvido... Tú te defendías con lo mejor que sabías hacer:
el exceso de raciocinio y especulación intelectual. Dabas mil vueltas a los golpes
recibidos. Tratabas tus catástrofes con el infinito gota a gota cerebral, ocupabas todos
los huecos y rincones de la desgracia. Te sumergías hasta el verdadero núcleo del dolor
y, tú, el caudillo de los filocats, la mente más crítica de donde las hubiera, jamás
comprendiste la inutilidad de repetir mil veces por qué me ocurre eso.

       Pasaste a mi lado días y noches encerrado en ti mismo mientras yo trataba de
escrutar, con toda la maquinaria de mi intuición en marcha, los motivos de tu
quebranto. El día que casualmente viste a la madre de tu hijo acompañada por un



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joven que podría ser también tuyo fue uno de ellos. No te gustaba hablar de tu hijo
ignorado; ni siquiera supe por ti de su existencia. La visión de aquel joven en tu mismo
camino te hizo caer al fondo del pozo y allí estuviste durante varios días hasta que, al
fin, casi in artículo mortis, me contaste tu pena. Te abracé y traté de darte aliento
como a un chiquillo desamparado. Te di la única solución posible: ve a verlo y abrázalo
sin preguntar si puedes hacerlo. Después, pase lo que pase, todo será mejor. Pero
parecía que tú no querías remedios, como si tu medicina preferida fuera el dolor.

        Te has ido a la tumba, o más bien a esa urna que tengo delante, triste,
cabreado y enrabiado. De acuerdo que la vida no te ha hecho demasiada justicia
pero... ¿quién te dijo que la vida era una cosa justa? Y eso, querido, Leo, te lo
reprocho. Nunca me diste la cancha que te pedía para volar juntos y olvidarnos de
injusticias... Tanto pedir soberanía y tú habías dimitido de la tuya, de tu soberanía de
ser humano. La tiraste por la ventana como se hacía con los muebles viejos para arder
en las hogueras de San Juan.

       No te incomodes, no voy a seguir por aquí. La melancolía de lo que pudo ser y
no fue me provoca ronchas en la piel y mi agenda médica la tengo saturada. Me vas a
permitir que mientras te hablo me pinte las uñas que las tengo hechas un asco.



                                                22

                                    Comienza la hecatombe



      La hecatombe comenzó hace apenas unos días. ¿Te lo recuerdo? No sé si es de
buen gusto estando tú, como quien dice, de cuerpo presente. Me arriesgaré…

        Llego a casa a las tres de la mañana y me encuentro un e-mail con tu nombre
en la casilla del remitente y enviado apenas media hora antes. Aquí lo tengo, te leo los
párrafos esenciales.

       Estimada Aineta,

       quiero que seas la principal beneficiaria y el albacea de mi testamento (...) Es mi
último deseo que te encargues de que mis cenizas sean esparcidas desde lo alto del
Puig de Masanella y que entierres junto a la columna geodésica de la cima una cajita
con esa foto que te envío adjunta: mi hermana y yo, de niños, en una excursión con mi
padre en ese mismo lugar. Trepar con ellos hasta el cielo de Mallorca me hizo sentir
muy feliz aquel día de primavera (....)

        No habrá funeral por mi muerte. Deberás organizar una ceremonia civil en el
claustro del Santuario de Monti-Sion. Te paso el listado de los invitados, en torno al
centenar. Pilar Tur y su hijo deben estar, contigo, en lugar presidencial. El acceso será
libre, pero trata de que no asista Jaume Barceló, el antiguo Rector. Ha de haber un
estrado sencillo con un fondo de cuatribarrada. Nada más. También un equipo de



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sonido que deberás encargar a una empresa así como un técnico para que lo controle.
No se depositaran coronas de flores y debe hacerse saber que es por mi propio deseo.
Se deberá convocar a los medios de comunicación. También a los de Catalunya.

       Como apertura, Tomeu Muntaner, el primer viola de la Simfònica, interpretará
el tema principal de “La lista de Schindler”, de John Williams. A continuación deberás
buscar alguien que cante en directo aquella copla que tú me repetías: “Yo no quiero
que me quieras / ni que me tengas cariño; / sólo quiero que recuerdes / lo mucho que
te he querido. /- Dime, niña, ¿por qué lloras? / - Porque tengo que llorar, /porque ha
pasado mi amante / y no me ha querido hablar”. No me acuerdo cómo sigue pero debe
interpretarse completa. Invitarás a Miquel Mas para que intervenga pero que no
improvise, que pacte el texto con el Papa. Trata de que Kubalita, Tito y Biel también
intervengan, al menos dos de ellos. Después que suene la versión original de
“Yesterday” (...).

        Luego tu leerás, en mi nombre, el documento que te adjunto. No te apures, es
breve: una sencilla reflexión sobre la vida y la muerte. Y para cerrar el acto Nofre
Montagut, el chelo de la Simfònica, interpretará el Cant dels Aucells. No habrá
recordatorios. Encarga a Enriqueta, la madona del restaurante, que sirva algo para
picar y beber después de la ceremonia.(...)

        Te mando mi curriculum y una foto mía para que Biel lo reparta entre los
periódicos de Mallorca, Menorca e Eivissa. Él sabrá cómo hacer para que todos
publiquen la necrológica. Encarga una esquela a cuatro columnas en cada uno de ellos.
Eso facilitará las cosas y ampliará el espacio de la reseña. (...)

        También te adjunto una lista de unos 500 correos electrónicos a quienes, desde
mi propia dirección, mandaras el escrito contenido en un documento, que también
adjunto, en el que reflexiono sobre algunos episodios de mi vida pública que tuvieron,
en su día, un tratamiento periodístico que faltaba a la verdad. (...)

       Te he nombrado heredera universal de todo mi patrimonio inmobiliario y de los
fondos bancarios con el compromiso de que siempre tengas las puertas abiertas de Son
Pau al Papa, a Biel, a Tito y al Kubalita y que lo utilicen como quieran.(...)

       No te preocupes por nada (...)

       T’estim

        Esa última línea, inédita en tu vocabulario, hizo sonar todas las alarmas y, sin
resolver los grandes interrogantes que se desprendían de aquel correo, salí disparada
hacia el Carrer del Sol. Dejé el coche tirado en la esquina roma del Carrer Monti-Sion y
llegué a la puerta de tu casa jadeante. Desde la calle advertí luz en la sala y no supe
interpretar si eso era una buena o una mala noticia. Te encontré en el estudio, delante
del ordenador. Una ligera barba te demacraba el rostro. Recordé la frase de Belmonte:
el día que toreo me crece más la barba. Es el miedo.

      Me lancé a tus brazos. Creo que no había estrechado tanto a nadie desde mi
primera adversaria en el Bayerische Arenal. Lo hice sin preguntar, en silencio, como a ti



                                                                                            45
te gustaba. Y te gustó porque me correspondiste. Entre la compresión de las dos
mejillas sentí que se deslizaba una lágrima.

       Tuve que reprimirme pero en aquellos instantes la iniciativa, como la lágrima,
había de ser tuya. Te voy a mandar de nuevo el documento con mi texto porque he
introducido algunas correcciones... fue lo primero que se te ocurrió decir.

       No té contesté y me limité a exclamar en mi interior un ¡Será posible!
consciente de que la situación no daba para los sarcasmos ni para las broncas que solía
propiciarte cuando superabas con tu comportamiento estrafalario la raya roja.

       La explicación no tardó. En la Policlínica te habían hecho un TAC a instancias del
neurólogo para determinar los orígenes de las frecuentes migrañas que padecías. El
resultado había sido desolador: aparición de numerosos nódulos tumorales con
derrame maligno sobre tejido encefálico. Grado de formación cuatro. El más grave. La
supervivencia se contaba en meses. Y muy pocos. Quizás semanas.

       Te habías enterado por el sencillo sistema de abrir el sobre del informe médico
que acompañaba al TAC que te había dado una enfermera atareada, colgada
simultáneamente a dos teléfonos, aunque tuvo tiempo de sonreírte con rutina
protocolaria. Lo habías abierto en el mismo pasillo del centro hospitalario. Muy tuyo.

        Ni siquiera habías acudido a la consulta de tu médico, Antoni Tugores para
aclarar las cosas. Fuiste directo al Carrer del Sol y en Google tecleaste nódulos
tumorales cerebro grado formación 4. No hablaste con nadie del tema y dejaste pasar
cuarenta y ocho horas. ¡Dos días enjaulado dejándote arañar por la violenta fiera de tu
propio drama! La organización del testamento, dijiste, te alivió parte de la crueldad
que desprendía el paso de esas horas infernales. ¡Eras un caso perdido!

        Te encontré relativamente tranquilo, consolado por una anestesia que solo la
proporciona la mente cuando advierte un refugio confortable donde cobijarse de los
efectos más perniciosos de la calamidad. Yo no podía decir lo mismo, no estaba
relativamente excitada sino en toda mi capacidad de acaloramiento emocional.
Manfred, un amigo alemán oncólogo con renombre internacional nos daría su opinión
y agotaríamos hasta la última posibilidad por complicada que fuera. No pude obviar el
castizo lugar común que suele aparecer en estas circunstancias: Y si hay que ir a
Houston, se va y ya.

        No tardé en constatar que había algo extraño en la terrible situación que
afrontábamos: tu comportamiento imperturbable y aparentemente sosegado. Tenías
tus razones. La muerte solo se ceba con quien la teme y contigo se dio un auténtico
festín. Desde hacía años, tras la cortina de tu silencio y oculto en la oscuridad de tu
introspección, fantaseaste con ella hasta la extenuación. Habías diseñado todo tipo de
situaciones y escenarios para afrontarla, secuencias temporales largas y cortas,
enfermedades, accidentes, acompañantes de los últimos minutos de la agonía...
Vamos, el castillo del terror.

        Dios me libre de dar consejos de cómo comportarse cuando a uno se le sienta
la parca al lado pero tú, como era de esperar y por pura proyección estadística de tus


                                                                                            46
conductas, tomaste el peor de los caminos, el que discurre bordeando la paranoia:
buscaste alivio en ella. Pusiste la cabeza debajo del ala y procediste a montar la gran
ceremonia de la redención. Tu testamento lo delataba. Muerto, finalmente, la
sociedad en su conjunto y algunos de sus prebostes en particular reconocerían quien
fue Lleonard Sans i Desbrull y lo que significó para la historia contemporánea de este
país. Sus profundas aportaciones intelectuales, políticas, docentes y literarias, que en
vida no emergieron más que a un palmo por debajo de la superficie, recibirían
finalmente el merecido homenaje. Si para ese objetivo hay que dar la vida, como buen
patriota, se da.

        Fino conocedor de los vericuetos ocultos de la literatura, me habías descrito
una de las últimas frases de Flaubert, cuando la muerte ya lo había sometido a la
agonía: Yo me voy y esa zorra de Madame Bobary quedará para siempre. Y cuando
llegó tu hora te comportarse como un auténtico perverso intelectual. En claro proceso
paranoico invertiste la frase: Madame Bobary se va y Lleonard Sans quedará para
siempre. Como la heroína de Flaubert, habías convertido tu trabajada percepción
intelectual en un festival de ambiciones sublimes y delirios fantásticos, en una
existencia por encima de las demás, entre el cielo y la tierra, entre las tempestades,
algo prodigioso. Le robaste a Flaubert el famoso Madame Bobary c’est moi. Quisiste
serlo tú.




                                           23

                      La muerte asusta tanto que a veces seduce



      La muerte, LSD, te asustó tanto que te sedujo. Un producto emocional a medio
camino entre la locura y la cobardía. Pero para decirlo en plata, querido amigo, no era
ninguna novedad porque toda tu vida transcurrió entre el profundo deseo y el recelo
apocado.

        Los dos días de cautividad en el Carrer del Sol, a solas con tu TAC, quebraron tu
personalidad y te abandonaron en el cenagal de los delirios. Tus entrañas se
convirtieron en un abismo vago que provocaba que, en ciertos momentos, perdieras
la mirada y sintieras sobre tu frente la sutil huella de estar predestinado a lo sublime.

       Yo, como siempre, predestinada a lo cotidiano y material, llamé a Manfred
dispuesta a levantarlo de la cama de madrugada para que me formulara una hoja de
ruta sobre cómo debíamos proceder. Del rumbo de estos tratamientos contra el
cáncer se derivan multitud de decisiones que debíamos acertar confiándonos a quien
podía aportar la mejor solución. Por fortuna, sobre todo para él, estaba despierto
porque se encontraba en Nueva York y todavía cenaba. Le solté en cascada mi angustia
y me propuso que viajáramos hasta Nueva York, donde permanecería las tres próximas
semanas en un stage en el Mount Sinaí Hospital, un centro puntero para establecer el



                                                                                            47
diagnóstico preciso en este tipo de tumores cerebrales. Le contesté que estaríamos allí
en unas horas. Puse en marcha a toda mi oficina.

        Mientras yo estaba en el ojo del torbellino, tú, LSD, permanecías en estado
ausente y, como es natural, no te culpo. Te preocupaba la redacción de un párrafo de
tu testamento político sobre la arquitectura administrativa que debía tener un país
europeo que se convierte en Estado en el siglo XXI...

        El pasaporte. No tenías ni idea de donde estaba tu pasaporte. Lo
necesitaríamos a primera hora de la mañana para obtener un visado de urgencia en el
Consulado de los Estados Unidos. Finalmente, y no sin mis ayudas en tu proceso
nemotécnico, concluiste que podría estar en la casa de Son Pou, donde se quedó tras
un viaje a la Universidad de La Plata, en Argentina.

        Recuerdo como en aquella noche negra, de boca de lobo, salí lanzada en mi
coche hacia Son Pou. Jamás empleé menos minutos en recorrer los treinta kilómetros
de distancia y, sin embargo, el camino se me hizo más largo que nunca.

         No es por decirlo pero sabes que siempre he sido diestra en el uso aplicado de
lógica deductiva así que en tres minutos encontré tu pasaporte en aquella casona
inhóspita, fría y de compleja arquitectura. Tú habrías invertido media hora. Sólo
encendí las luces necesarias y en la oscuridad de la sala me llamó la atención un ligero
parpadeo rojo. Era el teléfono. Me interesé por ello y la pequeña pantalla me indicó
que tenía 56 llamadas en los dos últimos días, que se repartían en dos números uno
fijo y otro móvil. Curioso suceso porque nadie llamaba al fijo de Son Pou, donde
apenas acudíamos. El olfato me dijo que no podía irme sin aclarar aquella
circunstancia. Como ya eran casi las siete de la mañana llamé al móvil. Al anunciar que
le llamaba de parte de Lleonard Sans, una joven casi rompe a llorar.

       Era una administrativa de la Policlínica. Había un error en el TAC. Se dieron
cuenta de inmediato cuando proporcionaron un TAC perfecto, sin alteración alguna, a
un pobre sujeto, internado en el centro hospitalario, que había generado varios
tumores cerebrales en los últimos meses. El médico que lo atendió, poco proclive a las
creencias milagreras, denunció lo que tenía todas las trazas de ser un error en la
adjudicación de las exploraciones radiológicas. Los servicios administrativos se
pusieron en marcha resultando que el teléfono que constaba era el de Son Pou. En
realidad, tomaste el seguro médico el año del doctorado, cuando te instalaste en la
casona para aislarte y prepararte mejor. Diste aquel teléfono y en los archivos
hospitalarios no había otro. Habían llegado a desplazar a una persona por si
encontraban a alguien en la solitaria casa. Estaba previsto que aquel mismo día
pusieran tu localización en manos de la Guardia Civil. Mi llamada había sido proverbial.
Tus migrañas se curarían con algo de láser en las vértebras superiores y un relajante
muscular.

        Media hora después, cuando entre besos excitados y nerviosos te conté el error
y a escobazos alejé de ti el fatal destino, me respondiste con indiferencia. Para mi
sorpresa, llegué a notar incluso un punto de decepción.




                                                                                           48
24

                           Regreso a los infiernos terrenales



        En un primer instante lo atribuí al enorme estrés que habías padecido, pero
luego comencé a inquietarme cuando me preguntaste, con ojos de contrariedad y
expresión de desaliento, qué pasaría con todo lo que habías preparado durante
aquellos dos días. Ya no habría testamento político que enviar a centenares de
personas, ni panegíricos obituarios en los periódicos, ni ceremonia en Monti-Sión, ni
discursos.... Todo seguiría como siempre, con el mismo sentimiento de frustración, de
alma espinada y constante desazón. Tu infierno terrenal, donde por un momento la
lluvia apagaba el fuego, surgían grietas en su eternidad y dejaba intuir la aparición de
un brote de sosiego, volvía a la agónica rutina de siempre, a la incandescente
combustión habitual. Te cocías a ti mismo en una olla de caníbales en una ceremonia
pagana de autodestrucción.

      Comprendí que había que substituir a Manfred por un psiquiatra. No había
tumores pero el mal permanecía en la cabeza.

        Era asombroso, habías convertido el regreso a la vida en la más pura
manifestación de la derrota. Cuando no tienes interés ni esperanza para sostenerla, la
vida se te derrumba. Eras una solitaria maleta que da vueltas sobre la cinta del
aeropuerto sin que nadie la recoja.

       No te dejé ni un momento. Estaba dispuesta a vaciar en ti todas mis energías, a
transfundirte mi sangre si era preciso con tal de sacarte del pozo de la angustia en que
te encontrabas.

       No fue fácil. Todo te parecía envuelto en una atmósfera opaca que flotaba
confusamente sobre el exterior de las cosas y la pena se introducía en tus entrañas con
lamentos dulces, tal y como gime el viento de invierno en el casal abandonado frente a
tu morada del Carrer del Sol.

         En esos casos, las palabras de consuelo carecen de sentido; sólo el contacto
físico, la calidez primitiva y animal producida por dos epidermis que se juntan provoca
cierto alivio. Por eso te hice tumbar sobre el sofá, me acurruqué sobre ti y muy
sutilmente, con las puntas de mis dedos, acaricié todas las líneas de tu rostro, cerré los
ojos y masajeé tus sienes. Luego introduje la mano entre tus cabellos y traté de
acariciarte cada uno de tus poros como si tratara de introducir en tu cerebro una
fuerza benefactora. Quise ejercer de peluquera de La Serena por si era capaz de
transmitirte el episodio de ternura que recibí de niña. Lo debí conseguir, al menos en
parte, porque te quedaste profundamente dormido. Nos quedamos dormidos los dos a
media mañana de uno de esos días de diciembre que el sol reserva para Palma unos
tímidos rayos después de una noche oscura y húmeda.




                                                                                             49
Nos despertamos entrada la tarde. Tu primer movimiento fue una estirada de
cuerpo entero para desperezarte, signo inequívoco de relajamiento. El maleficio, al
menos en sus extremos más perniciosos, parecía exorcizado.

       Te sentó bien, LSD, que no me moviera de tu casa hasta anteayer. Fueron unos
días de sosiego, insólitos, confortables por inesperados. Cerré toda la agenda y
desaparecí de mis negocios para estar a tu lado. Recordé la semana que permanecí en
cama por el sarampión infantil y doña Eulalia, en un extraño ataque de benevolencia,
autorizó a mi madre a quedarse un par de días conmigo, acompañándome en la
habitación donde yacía postrada, con las bombillas cubiertas de papel de celofán rojo
para no agravar, supuestamente, los grandes mapas de eccemas en mi piel. La ruptura
de la propia rutina, cuando se sabe que la de los demás sigue en toda su severidad, es
un bálsamo comodón y egoísta pero muy eficaz para el cuerpo desmejorado. La
continuada presencia de mi madre, ocupando su atención permanente, fue la mejor
medicina para mi dolencia.

      También lo fue mi presencia para ti. Hacía meses, quizás años, que no
pasábamos unos días juntos en el Carrer del Sol. Tuvo algo de rememoración de los
buenos viejos tiempos.

         Quizás por esa o por otras razones, te mostraste profundamente humano. Me
atrevería a decir que como nunca. Decidiste revisar todos tus papeles y archivos en un
intento inconfesado de revisar tu vida. La tarde del miércoles - ¿la del miércoles? – sí la
fatídica tarde del miércoles, estabas inmerso en la estéril búsqueda de un traza de
sentido a tu pasado, mientras oscurecía detrás de las cristaleras de tu despacho y yo,
recostada en el sofá, te acompañaba de cerca, como siempre, con un ojo hacia ti y otro
al libro que tenía en las manos.

       De pronto, con una inesperada vuelta de la butaca giratoria te dirigiste a mí con
un tono de última confesión. No me reconozco en casi nada de lo que he hecho y en lo
poco que me encuentro, me avergüenzo. ¡Cómo he podido ser tan idiota y, sobre todo,
tan insolente, tan mal educado, tan soberbio y tan ingenuo...! Mi vida ha sido una
sucesión de estupideces...

       En tu vida no habías dicho nada tan tierno y apasionado al mismo tiempo.
Había tanta piedad en tus palabras que me provocaron un escalofrío a lo largo de toda
la médula espinal. Me levanté como un resorte, te abracé y tú, derrotado, te dejaste.

        Para ser sincera eché en falta una minúscula referencia de mi aportación a tu
vida, pero dado el contexto, di por buena la secuencia.

         Solo recuerdo un precedente de ternura similar en los años que hemos vivido
juntos. Hace más de cinco años. Mi relación contigo comenzaba a tener episodios de
absurda destrucción y té anuncié que era mejor poner el punto final. Lo dejamos. Pero
tú, puñetero, en aquella ocasión intuiste el peligro y, por una vez, reaccionaste comme
il faut. Después de semanas sin vernos, abrí un correo tuyo sin otro mensaje que un
link. Lo cliqué y me apareció Jacques Brel cantando Ne me quittes pas. No me dejes,
implorabas a través de la desgarrada armonía del belga, me conformo con ser tu



                                                                                              50
sombra, la sombra de tu sombra. Ni eso, me basta con ser la sombra de tu perro....
No me dejes. No me dejes. Ne me quittes pas ¡Cómo te iba a dejar!

        Lo que no sospeché jamás es que quien me dejaría serías tú. Pero, al menos,
como te decía, en tus últimas horas recobraste un halo de humanidad, un suspiro de
lamento, de reconocimiento del error. En el día postrero te diste cuenta del extravío y
que, como la paloma de Rafael Alberti, por ir al norte fuiste al sur y creíste que el trigo
era el agua.

       Repetiste varias veces, con la mirada fija y en tono de lúcido razonamiento,
cómo habías podido ser tan torpe, egoísta y cobarde. Tus palabras tenían algo de
sordidez testamentaria, como si ya intuyeses la agorera presencia de las aves
carroñeras que huelen la mortalidad de las heridas.

        Luego me mostraste la causa de tu reflexión: los apuntes de un diario de tus 19
años que incluía algunos detalles de un viaje por tierras castellanas que hiciste con
Biel. Visitasteis a un joven segoviano que trabajó un verano en la fábrica de muebles
del padre de tu amigo, en Manacor y con el que había guardado una buena relación.

        Te llamó la atención la naturalidad de tus apreciaciones juveniles de las tierras
castellanas, el interés de la visita de cuatro días a Madrid, la sencillez sosegada de las
comparaciones con Barcelona y Palma, las dos chicas que abordasteis en Atocha y que
luego vinieron a Mallorca. Las descripciones de la gente de Aguilafuente, el pueblo del
conocido de Biel, que parecía anclado todavía en la postguerra, las migas que os
preparaban vuestros sencillos anfitriones... En fin, toda una normalidad relacional no
sólo con las personas sino con los conceptos y las ideas, sin rencores ni apriorismos, sin
clasificaciones maniqueas, sin odios ancestrales, sin reproches históricos, sin conflictos
lingüísticos... Una relación reposada con el mundo y las ideas.

       De hecho, compartisteis con casi todos vuestros contertulios castellanos la
necesidad de cambiar la España de aquellos años, que exigía libertad y democracia a
borbotones.

       Dejaste escrito en negro sobre blanco, en un cuadernillo de espiral
desvencijado, que se había despertado en ti una inmensa solidaridad fraternal con
aquellas personas tan lejanas a tu tierra y a tus costumbres. Y eso, ahora, te
impresionaba profundamente. En tu juvenil reflexión concluías que la España del No-
Do apenas existía y donde menos lo esperabas surgían los ideales de la izquierda
exhibidos con orgullo por todo tipo de personajes entrañables.

        En tus notas de aquellos tiempos no había buenos y malos en función de
pertenencias o de ideas. No había amigos o enemigos distribuidos mecánicamente por
el uso de la lengua. La ilusión dejaba lugar al conflicto y la generosidad hacía lo propio
con los embrollos culturales y políticos.

        Reconociste que cuarenta años después, serías incapaz de manejarte con esa
soltura natural en la misma circunstancia. Te preguntaste qué suceso había roto esa
naturalidad de percepción de la gente.




                                                                                              51
Para esa enrevesada cuestión yo tenía la respuesta inmediata: el suceso eras tú.
Aquel joven también era Lleonard Sans, tan auténtico como el sesentón. Ocurre que es
muy recomendable no traicionar ni distanciarse en exceso del adolescente abierto,
solidario y valiente que fuimos un día. A más distancia, menor calidad humana. Es una
regla con muy pocas excepciones.



                                           25

                            ¡Es tan bonito pensar en ello...!



        Me voy a dormir, Leo. Estoy exhausta, acabadilla del todo. La cabeza me
estallará si no le meto medio kilo de analgésicos y mañana va a ser una Navidad dura.
Por cierto, aprovecharé para llamar a mi notario Juan Palazón, para felicitarle y darle
trabajo: deberá localizar a tu hijo a quien traspasaré todo el patrimonio que me has
legado. No es por hacerte un feo pero yo ya no quiero más cosas, me sobra con lo que
tengo, y ese joven lleva tu sangre...

         ¡Qué sesión nos hemos dado, LSD! Reconozco que esta noche he abusado de
charleta. Perdona por tanta literalidad en la descripción pero yo necesito también mi
propia terapia, mi última catarsis ante ti. Ante la urna, vamos, que para el caso es lo
mismo. Pero déjame un minuto más y ya acabo. Llego hasta el final y jamás volveré a
repetir el relato completo: lo sucedido se esfumará de mi cabecita para siempre. Como
las confesiones del replicante Roy, en Blade Runner: Todos esos momentos se perderán
en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir.

       ¿Dónde estaba? Ah, sí, en tu vuelta a la vida ¡Precisamente...!

        Sigamos... El reconocimiento de tus errores no solo era un buen signo de salud
mental sino un episodio insólito en tu vida. Y, a mí, que trabajo la ilusión como nadie,
extrayéndola a golpes de mallo desde la mina, me bastó para suspirar profundamente
y relajar el corazón. Te propuse cenar en algún restaurante maravilloso, un regalo
sensorial para restañar las heridas más recientes de los últimos días. Pero preferías
hacerlo en casa y nada del Clubdelgourmet sino pollo frito del Kentucky, como en los
buenos tiempos. Irías a comprarlo y, de paso, respirarías aire sano después de varios
días sobreviviendo entre miasmas malignas. Yo aprovecharía tu paseo para ir a casa y
cambiarme de ropa porque después de dos días en las trincheras cenagosas, el
uniforme queda hecho unos zorros.

      Cuando volví al Carrer del Sol, casi dos horas después, mi sorpresa por no
encontrarte en casa coincidió con el sonido de mi móvil.

       Sí, en la lista de nombres de tu telefonillo yo era la persona a quien avisar en
caso de accidente. Había ocurrido en plena Plaça de Espanya, entre el mercadillo de
Navidad y la mirada orgullosa del Rei en Jaume, con capa y corona, saludándote con la
mano derecha desde su caballo. ¡Mira por donde!



                                                                                           52
Entre tanta recuperación de las ganas de vivir no te habías dado cuenta de las
dos líneas paralelas recién pintadas en el suelo del paseo peatonal entre las cuales, y
por orden municipal de dudosa conveniencia y manifiesta contestación, circulan los
ciclistas desde hace pocos meses. Tú, LSD, y uno de ellos os cruzasteis en el camino y
saliste perjudicado con un mal golpe en la cabeza. Te cabe el honor – es una forma de
hablar - de haber sido la primera víctima mortal del nuevo y maldito tramo del carril
bici de Palma.

       Se acabó.

       He de confesarte que la noticia de tu muerte me pilló fría, como si ya estuviera
amortizada por la falsa muerte anterior. Y no solo eso. La tribulación del momento no
dejó que lo percibiera, cosa rara para una persona como yo. Sólo me iluminé instantes
después de la comunicación. Estabas muerto desde unos días antes, muerto por el
episodio del endemoniado TAC y quién sabe si no lo estabas desde antes de eso. Sabes
mi consigna: para bien o para mal quien visualiza, materializa. Y tú visualizaste la
muerte por todo lo alto: en pantalla Aquos Led de 80 pulgadas, la mayor del mundo
contemporáneo. ¡Cómo no ibas a materializar!

        No me digas que son tonterías. Ya sé que suena a Harry Potter pero puedo
exhibir una larga jurisprudencia, toda una nómina empírica que justifica mi tesis. Yo,
querido, debo casi todo al hecho de desearlo con convicción y confianza. Eso sí, nunca
he deseado las sensualidades del lujo sino las joyas del corazón.

        Nunca quisiste escucharme cuando te decía que hay muchas cosas que el
cerebro, por muy listo que sea, no las entiende y que si no te dejas llevar por la
química inasible y mágica del corazón, no vas a comprender casi nada de este mundo.
Te quedas a dos velas. Pasas por la vida de puntillas. O lo que es peor, vives en un
estado permanente de insatisfacción. Como Mick Jagger, te pasaste la vida cantando
I can’t get no satisfaction. Como en la canción, lo intentaste pero nunca la conseguiste.

       Elegiste vivir en el continuo Via Crucis de las angustias silenciadas y mal
disimuladas detrás de una sonrisa helada. Escondías la pena y la alegría. Te lo repetí
mil veces: saca de tu vida lo que te hace daño. Sufrirás unos días pero no toda la vida.
Fue en vano.

        Leo, te mentiría si te dijera que últimamente estaba loquita por ti. En los años
finales el que estaba loquito eras tú y no precisamente por mí. Iba a decirte que el
famoso informe médico te aturulló, te confundió, te ofuscó. Pero en realidad no hizo
más que elevar la intensidad de tu aturullamiento, tu confusión y tu ofuscación. Y de
un extraviado una no se enamora perdidamente.

       Pero de la misma manera que la grandeza de cualquier ruina pétrea, por
vetustos y mínimos que sean los restos, es la evocación romántica de sus tiempos de
apogeo, en las ruinas humanas siempre queda la tenue huella de la prosperidad
sentimental de otros tiempos, que alimenta la última llama del corazón.

      Es más, Leo, el hecho de que nunca te atrevieras a quererme como deseabas
quererme sembró la quimera de mi vida, le dio el sentido de la búsqueda. Me trazó el


                                                                                            53
camino hacia la felicidad, nunca recorrido del todo y que, como sabes, amuebla más y
mejor la vida que la propia felicidad. Me reprocharás que hablo de la felicidad como si
fuera una vieja amiga, pero es una simple licencia de perorata de madrugada. Con el
tiempo te das cuenta que no es más que un fantasma al que, contrariamente a lo que
sucede en los cuentos, perseguimos desesperadamente hasta ahuyentarlo.

       Permíteme que me deje llevar un momento por lo que hubiera sido un
auténtico amor entre los dos, un amor correspondido, creativo, generoso y hasta
ingenioso. Juntos de verdad hubiéramos sido invencibles...

        Jake se lo dijo a Brett: Es tan bonito pensar en ello.... En la madrugada parisina
los dos personajes de la Fiesta de Hemingway paseaban en un coche de caballos por la
Rue de Rivoli, frente a los jardines de las Tullerías. Ambos se refugiaban en su amor
imposible. Un buen motivo para seguir viviendo.

       Por esta noche me rindo, LSD. Ya llevo contigo más de cinco horas. Ahora, un
ibuprofeno, un myolastan y a dormir, que los llantos de noche me dan cabezón al día
siguiente.



                                          .oOo.




                                                                                             54

Nadal 2011

  • 1.
    Nochebuena con LSD Jordi Bayona Navidad 2011
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    Nochebuena con LSD Jordi Bayona Navidad 2011 1 ¿Te llevo al dormitorio? N unca te atreviste a quererme como deseabas quererme. No es tan raro. Sucede. Una malévola guillotina de confuso origen te mutila la facultad de expresión del sentimiento... Un rayo paralizante te incapacita para el franco goce de la vida y te encierra en infiernos artificiales cuando has tenido el paraíso a solo un paso. Sucede y no hay libro de reclamaciones. Un hombre como tú, acostumbrado a la alquimia de las ideas, a la grandeza de los proyectos de país, a la gestión de horizontes de futuro... te extraviaste en la cara oculta de la vida, en el agujero negro del universo emocional y, lo que es peor: sin darte cuenta. Creías escalar la cresta del mundo y no hacías más que deambular como un zombi perdido en los lúgubres suburbios de la vida. Perdona, lo siento: el símil sobre la condición de muerto viviente es inapropiado para la circunstancia que nos ocupa. Las escenas de esperpento me divierten pero comprendo que a ti te molesten. Siempre te molestaron. En realidad, poco o mucho, todo te molestaba. O al menos eso dabas a entender. 2
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    Yo, Leo, nuncate entendí del todo y siempre te quise. Te quise y te lo dije mil veces. Mil veces al día. Con palabras y con gestos. Y te lo digo hoy, el día que cumplo cincuenta y dos años y que te llevo en taxi a mi casa, supongo que en calidad de amante. O quizás de ex. ¡Dios, qué situación más engorrosa...! No sé si hablo en sentido muy estricto porque en realidad te trajino en una urna y en forma de cenizas, directamente desde el tanatorio del cementerio municipal. Hoy, 24 de diciembre, será un día extraño. Desde pequeña consideré que la coincidencia entre cumpleaños y Nochebuena era una superflua exuberancia del calendario. Y ahora, tan gentil como de costumbre, me añades tu incineración. Será uno más de los muchos días extraños de nuestras vidas. No me preocupa echarte de menos. Estoy adiestrada: nunca dejé de sentirte cerca a pesar de que jamás estuviste del todo a mi lado. Las relaciones amorosas son como las nubes que con jirones de algodón componen siempre la caprichosa figura que quieres apreciar. Otros no ven en ellas, ni quieren ver, más que polvo atmosférico con lluvia condensada y amenaza de tormenta. El amor, como para los marxistas la tierra, pertenece a quien mejor lo trabaja. Y tú, en esa faena, más por cobardía que por desgana, estuviste vaguillo. Yo aporté la fortaleza a nuestra relación. No me importó que no me quisieras del todo o que no me dijeras que me querías, que para el caso es lo mismo. Te quise por los dos. Eso nos salvó. A ti es un decir, pero a mí me seguirá amparando. Ay Leonardo... Tu nueva realidad corpórea me crea un pequeño problema doméstico de ubicación: ¿Dónde te hago pasar la noche? Tus últimos días han sido el festival del desconcierto pero al menos dejaste una cosa clara: Yo, y nadie más, tenía que esparcir tus cenizas a los cuatro puntos cardinales desde la columna geodésica de la cumbre del Puig de Massanella. El relato no es malo: el fundador y dirigente del Partit Independentista de les Illes Balears (que acabó defenestrado), insigne filólogo de la lengua catalana (como se desprende de lo anterior) y columnista del Diari de Balears (naturalmente), lega su cuerpo (afortunadamente después de la incineración) a la tierra por cuya independencia luchó (es innecesario exponer los resultados de tal contienda). Perdona de nuevo. Los paréntesis no pretenden emborronar tu noble biografía. No son más que una minúscula y puntual desazón. Porque puedo llegar a asimilar que las cenizas del insigne independentista Lleonard Sans i Desbrull tengan que ser esparcidas por Ana María Ortiz Rodríguez, natural de Peraleda del Zaucejo, provincia de Badajoz, su amante secreta fija-discontinua de toda la vida... pero te mentiría si no admitiera que me incomoda que tan sublime episodio tenga que acontecer en todo lo alto de una montaña de 1.365 metros de altura sin otro acceso que un empinado camino de cabras que hay que recorrer a pie durante varias horas. Te vuelvo a recordar que hoy cumplo cincuenta y dos años y, francamente, no tanto el cuerpo sino el rodaje me impide ser la que fui y no estoy para excursiones por las alturas de la misma manera que hay días que la Macarena no está para tafetanes, como dicen los andaluces. 3
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    Lo siento peroestarás obligado a pasar unos días en casa hasta que organice la expedición. No te apures, no te dejaré en el salón: las gatas podrían adelantar la dispersión de tus cenizas sobre mis kilims tejidos a mano por mujeres bereberes. ¿Te llevo al dormitorio? La primera vez ya tuve que ejercer esta responsabilidad. Y temo que también la última. 2 Eras un onanista sentimental Control de la situación: ahora, ya en casa, nos lo tomaremos con más sosiego. Si, sosiego tanto si quieres como si no. Durante toda tu vida de culo inquieto ignoraste el sentido de esta palabra pero en tus actuales condiciones, y bien que lo lamento, no estás para imponer nada. Necesito tumbarme en el sofá y un vodka helado. Hermosea el momento con el bonito atardecer iluminado que nos anticipa la Nochebuena. Disfruta – también es un decir – de la panorámica extraordinaria de la bahía de Palma. La puesta de sol de invierno, vista desde esta terraza en lo alto de Cala Blava, es mucho más sofisticada y compleja que la de verano. También es más corta, claro. Por eso no hay que perderse ni un detalle de los matices que, a cada segundo, mutan la tonalidad rojiza de las caprichosas nubes de poniente. Iluminaciones aparte, y aunque no lo reconozcas, desde esta misma terraza te ensimismaste, relajado y feliz, con la languidez de muchos atardeceres. Yo prestaba la mayor atención a no entrometerme en tu estado interior. Dejaba que practicaras el placer en solitario. Fuiste un onanista sentimental. Alguna vez cometí la imprudencia de compartir ese instante de sensualidad estética contigo, abrazarte y contemplar juntos el huevo frito que se ponía por detrás de Na Burguesa. Pero al acto, al primer gesto, todo se resquebrajaba como una fina capa de hielo bajo una inoportuna pisada. Tenías pánico al roce: el físico lo llegaste a capear pero el emocional… has acabado tan virgen como Nuestra Señora de Guadalupe. Los amigos te llamaban LSD en referencia a tus iniciales, pero jamás te permitiste el menor de los efectos liberadores y sensitivos que provoca la sustancia de tu alias. De la misma manera que Jardiel Poncela escribía lipogramas sin alguna de las vocales, tu biografía podría escribirse solo con verbos intransitivos, sin complementos directos. Retira tus reproches, no digas nada. Ahora ya no puedes preguntarme ¿si tan odioso era por qué coño siempre permaneciste anclada en mi vida? Y estoy segura que aunque me lo pudieras preguntar tampoco lo harías. Pero yo te respondo. En tus relaciones conmigo eras el campeón del silencio. Todo lo camuflabas bajo finas capas de silencio superpuestas. Y, paradójicamente este silencio, conjugado con tu mirada fija –a veces penetrante y otras desvalida- me reveló tu atractivo misterioso. Reconozco que no eras nada odioso y menos cuando se te presentó aquella jovencita que fingía ser mayor de edad, recomendada por una vecina para limpiar tu 4
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    casa dos díasa la semana, que luego fueron cuatro, después siempre y finalmente nunca. Recuerdo tú interés por mi pueblo. ¿No será Peralada en lugar de Peraleda? ¿Peraleda de Zaucejo? Ni idea, jamás he estado en Badajoz. Ilusionada pero iletrada, aquella jovencita llegó a tu casa buscando trabajo y, sobre todo, la oportunidad de adquirir nuevos saberes. Era tan intensa su sed de aprender que precisó muchos años para saciarla. Quienes no habéis sufrido los azotes de la ignorancia no podéis comprender de lo que hablo. ¡Cómo explicar al abstemio los fascinantes secretos del vino! El deseo de saber, como el de amar, me ha mantenido de pie cada día y permitido flotar en cualquier tormenta. Un deseo que, como todos, cuanto más crece más alimento requiere. El fluir de la vida me ha enseñado que el azar siempre está al servicio de la necesidad. Cuando menos te lo esperas, aparece lo que necesitas. Lo importante es presentirlo, detectarlo y agarrarlo porque a muchos, distraídos en irrelevancias, les pasa de largo. Traté de explicártelo en varias ocasiones pero en lugar de responderme me citabas a Jacques Monod y sus ensayos sobre el azar y la necesidad en el estudio la biología moderna. Nunca he leído a Monod pero tú, sabio Salomón, jamás entendiste lo que yo te contaba. Sentí algo de ello al cruzar por primera vez tu piso del Carrer del Sol. Desde muy, pero que muy niña, desarrollé una extraordinaria capacidad de percepción. Pillaba al vuelo todo lo intangible y volátil que planeaba en el mundo de adultos que me rodeaba: el significado oculto de un simple tono de voz, el sentido de una circunstancia inesperada, una mirada de carga emotiva, un gesto descuidado que yo retrataba en mi juvenil cabecita... cualquier detalle me aportaba las claves de interpretación de las energías latentes que movían el triste universo de Los Mochuelos, la finca donde crecí. Tenía ocultas intuiciones. Por eso, cuando la joven jornalera recorrió por vez primera las estancias de tu piso espacioso y noble, atiborrado de libros, percibió sin mota de duda que en aquel preciso instante cambiaba su sino. En su cabecita Los Mochuelos se despeñaban y se los tragaba la tierra. Fue mi camino de Damasco. No es que a partir de entonces haya expandido el cristianismo por tierras orientales; simplemente me eduqué y me cultivé. Y lo hice a tu lado. Indagué nuevos territorios de mi vida. Nunca sabré lo suficiente, pero lo que sé lo aprendí contigo. No tanto de ti, sino junto a ti. Sin tú saberlo, me hiciste mejor y más libre. ¿De verdad te extraña que, con todas tus rarezas, nunca me haya apartado de ti? Tantos años transcurridos y nunca me he acordado de olvidarte. Mi historia avala la querencia por ti, LSD. Deja que te recuerde de donde venía cuando llegué a tu casa. Lo intenté en alguna ocasión pero a medida que te transmitía las vivencias y exuberantes emociones de mi infancia te parapetabas detrás del muro de la irrisión para protegerte. En tu diccionario sentimental, la expresión natural de las emociones y el veneno mortal eran sinónimos. Carecías de antídoto para combatir la expresión de la ternura y, llegado el caso, no dudabas en defenderte con el arma mezquina de la grosería de batalla. 5
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    3 Allí se nacía con la biografía ya escrita Aquella niña que fui desgranó noche inquietas, a oscuras en la habitación, compartiendo cama con mi hermano menor en unas dependencias de Los Mochuelos, donde mi padre, y antes mi abuelo, ejercieron de peones del mayoral. Noches de vigilia en las que trataba de abrirme camino en el laberinto que debía conducirme a la ilustración. No quería perderme en la oscuridad de la ignorancia, como mis padres, mis tíos y mis abuelos. Concluí que sin desprenderme de la fatal herencia del desconocimiento jamás sería feliz. Ni libre. Ni siquiera buena persona. Nadie puede ser buena persona si su vida se rige por el principio impuesto de hacer las cosas como dios manda. De muy jovencita sufrí la angustiosa necesidad de instruirme, de pensar por cuenta propia, de forjar mis propios criterios con mi particular experiencia. Anhelaba huir del enjambre de abejas ciegas que era el mundo que me rodeaba: Los Mochuelos, una finca de labranza en medio de la nada, donde toda mi familia formaba parte del servicio de los Fernández de Bobadilla de día y de noche, año tras año, generación tras generación. Una pequeña vida de esclavos que ignoran serlo. Un universo jerárquico en el que se nace con la biografía ya escrita bajo el brazo y sometido a un orden inalterable del que, advierten, resulta muy poco juicioso evadirse. En aquella geografía cerrada veo a mi madre, envejecida por el trabajo en la casa de los señores, donde reinaba doña Eulalia, una semidiosa que organizaba, con su catón de sospechosas bondades y generosidades, un círculo de sumisión difusa en el que incluía, a la par, a todos los seres vivos que le rodeaban, fueran humanos o animales. Temprano llegó la muerte para llevarse a la sirvienta. No llegó a los cuarenta. Nunca supimos de qué murió mi madre pero lo cierto es que murió. Al principio fue un malestar general, con ahogos y vómitos, diagnosticado por doña Eulalia como alteraciones que suelen ocurrir a las mujeres ciertos días del mes. Cuando su estado empeoró se llamó a un médico de La Serena, que parecía desconcertado por los síntomas y cuando días después se dispuso llevarla al hospital de Badajoz en el land rover del mayoral, murió mientras hacían los preparativos del viaje. Allí todo obedecía a un extraño precepto natural, dictado desde arriba, que iluminaba las conciencias de la docena de personajes que vivíamos en Los Mochuelos y que nos desligaba de la menor responsabilidad sobre nuestras vidas. Las cosas ocurrían porque habían de ocurrir. Nadie parecía tener un compromiso con su propia existencia, simplemente la aceptaba con resignación. Mi primera formación se forjó con opiniones heredadas que se aceptan sin más y una enseñanza rutinaria impartida por maestras desganadas que solo pensaban en 6
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    novios y bodas.Carne de familia aburrida. Hay que hacer las cosas como todo el mundo. Siempre las sentencias: la vida es así; hay que conformarse con lo que dios nos manda; pórtate bien y serás una persona de provecho, cuidado con las compañías (¡yo, que me encontraba perdida en el desierto!). Por la seguridad con la que hablaban de lo que era la vida se hubiera dicho que eran banqueros de Wall Street. En aquella gran basílica de la resignación, de muy niña y con apenas uso de razón, deduje que aquello era una descomunal estafa. Presentía la existencia de mundos distintos al nuestro donde las personas decidían y eran protagonistas de sus vidas. Vivir era para mí el circuito cerrado de una cadena sin fin. Un día desplazaba al anterior, una primavera al invierno y el otoño pasaba por encima del verano. Los sueños infantiles se derramaban por los suelos con la estéril monotonía de un calendario que daba vueltas sobre sí mismo. A grandes males, grandes remedios. Una vez más y sin llamarlo, el azar corrió al rescate de la necesidad. 4 Una amiga llamada doña Espasa Calpe La clave de mi descubrimiento fueron los tres tomos de la vieja Enciclopedia Ilustrada de Espasa Calpe que criaban polvo en el aparador del comedor de nuestra estancia de subalternos. En mi casa no abundaban los libros y la única televisión de la finca estaba en el salón de la casa de Doña Eulalia, donde cada jueves, por invitación expresa de la matriarca, acudía con mi hermano porque daban el programa infantil. El aparato nos fascinaba: emitía en blanco y negro y los payasos aparecían en la pantalla entre una tormenta de copos que, como abejas en panal, giraban en todas direcciones emitiendo un sonoro zumbido de fondo que apagaba las voces. La señora se quejaba del exceso de nieve y manipulaba ella misma las antenas de cuerno enchufadas al tejadillo del aparato sin que por ello mejorara la visión de la imagen. Pero a mí, como te decía, lo que de verdad me interesaba era la enciclopedia ilustrada que guardaba mi padre, herencia de mi abuelo, cuyo origen nunca pude aclarar. Como me aburría su lectura continuada me entretenía hojeándola y observando con curiosidad infantil las láminas coloreadas que describían con precisión figurativa exóticos y lejanos horizontes: países desconocidos, tropicales, desérticos, montañosos; la gran variedad de razas humanas: chinos con coleta y ojos marcadamente oblicuos, abrigados esquimales, negras africanas con un platillo dorado en la boca que desfiguraban sus labios; distintos tipos de embarcaciones: goletas, fragatas, corbetas, vapores, acorazados; afinados utensilios de ebanistas: buriles, mazas, azuelas, limas, punzones, serruchos....; personajes históricos: Cervantes con perilla y mostacho, Colón pisando por vez primera las Indias occidentales mientras un 7
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    indígena con taparrabosy tocado de plumas de ave del paraíso le rendía honores....La complejidad del mundo, su pasado, su futuro y sus grandes personajes, concentrados en aquellos tres tomos de encuadernación verde y ribetes dorados oscurecidos por el tiempo y el olvido. Me dije que algún día llegaría a conocer personalmente a la autora de tan magna obra: doña Espasa Calpe, cuyo nombre figuraba en la portada. Años más tarde, me emocioné cuando descubrí que Anatole France había dejado escrito que una enciclopedia es un universo en orden alfabético. Lo viví en propia carne. El hallazgo fue un rayo de luz para una niña que languidecía en la lóbrega escuela de Peraleda, donde no hacía más que aprender a sumar, a restar llevando y caligrafía entre dos pautas: Mi mamá me mima. Luego vino la cantinela de las tablas de multiplicar, con cinco por cinco veinticinco, y los llamados quebrados que nunca llegué a comprender del todo: con dos números separados por una línea, uno arriba y otro abajo. En la escuela no nos daban más que un libro ilustrado, el de Historia Sagrada, editado por la Curia que, como es natural, nos lo proporcionaba y explicaba un jesuita. Con él me entretuve siguiendo los sueños freudianos de José; busqué con Noé parejitas de animales para salvarlos del diluvio y habité en la corte del Rey Salomón, que era justo a más no poder. No tenía más de diez o doce años cuando decidí actuar de una vez por todas por cuenta propia si quería salvarme del naufragio que intuía avecinarse en mi vida. El salvavidas estaba en los libros, pero en los de verdad, en los de tapa dura y lomo redondo que están alineados en las bibliotecas. Sólo ellos podrían sacarme del marasmo. Pasé a la acción. Me colé furtivamente en la sala de juegos de la casa señorial, donde los Fernández de Bobadilla tenían los libros, mira por dónde. Como mi cuerpecillo contenía todo el miedo del mundo tomé el primer libro a mi alcance. Era un tomo no demasiado grueso, con tres orlas recrecidas en el lomo, que camuflé bajo la chaqueta para esconderlo en el dormitorio de nuestras dependencias. Aquella noche me despojaría de la ignorancia, comenzaría a leer obras serias, de las que transforman a las personas y las catapultan a los olimpos de la sabiduría. Las luces vencerían al oscurantismo. Echada en la cama recuperé, bajo mi almohada, el botín del hurto. Parecía un libro excepcional. El título me desconcertó: Crítica de la razón pura. ¿Por qué alguien se atreve a criticar la razón? De hecho, ignoraba que existieran razones puras y, en consecuencia, también impuras... Inmanuel Kant era su autor que, por lo que podía deducirse, era extranjero. Mucho mejor porque saben más. Pasé las primeras páginas lentamente. Los títulos gordos eran de la misma letra que los misales, de trazo grueso y que costaba leer. Letra gótica, vamos. De entrada aparecía un texto bajo el título Introducción, lo que juzgué muy apropiado porque me serviría de trampolín para cuando comenzara la crítica propiamente dicha. Y como quien se apresta a descubrir el sentido de un gran misterio que abre los horizontes de una nueva vida empecé a leer. La frase la leí tantas veces que, más de cuarenta años después todavía la recuerdo. Kant quiso situar esta obra 8
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    discutiendo la posibilidadde la existencia de juicios sintéticos a priori, juicios que agregan nueva información, donde el predicado no está contenido en el sujeto, y que son de carácter universal y necesarios... La releí una y otra vez. No daba crédito. De una página en blanco hubiera comprendido lo mismo. En lugar de las puertas a la sabiduría, me hundí en el abismo. Me había equivocado de puerta. Creí abrir la que había de proyectarme hacia una nueva existencia de comprensión de los misterios del mundo y de las personas y había abierto la que me precipitaba a las tinieblas más oscuras. Las palabras, las frases, me hundían en la ignorancia. Me sentía prisionera entre las cuatro paredes de mi tosquedad. Creí ser víctima de una maldición de clase: se nace ignorante y no hay nada en el mundo que pueda evitarlo. Como poseía una voluntad de hierro templado no quise rendirme de buenas a primeras. Insistí en la lectura con mayor concentración si cabe pero con resultados similares. Tarea vana. Era una cadena sin fin: acababa y volvía a empezar. Tuve que asegurarme que no leía con los ojos cerrados. Podía pasar siglos ante aquella frase y no avanzar ni un ápice en su comprensión. Tal circunstancia me sumió en el desconsuelo durante varios días. Me supe condenada para siempre a la tosquedad del desconocimiento, residente eterna en un mundo sombrío y apagado. Acongojada, devolví el tomo a su lugar y lo hice con desdén, sin tomar las precauciones del momento del hurto. Si de todos modos tenía asegurada la cadena perpetua de ignorancia, pasar por ladrona era un pormenor insignificante. 5 Andaba por las paredes y el techo Por fortuna, en Los Mochuelos se habían empeñado en inculcarme la receta del pobre, la que advierte que el material de derribo del infortunio y del fracaso sirve para la lenta construcción de futuros logros y beneficios sólidos. Kant me cerró la puerta pero Doña Espasa Calpe me la abriría. Si en la enciclopedia estaba todo el saber del mundo – y lo había podido comprobar hojeándola - su lectura íntegra y exhaustivo estudio me otorgarían las llaves de la sapiencia. Total, solo eran tres tomos y lo que es tiempo y ganas me sobraban. Trasladé el primero a mi cuarto, donde instalaría el centro de operaciones. A partir de aquel día, mi vida se dividió entre dos partes desiguales: leer a Doña Espasa – objetivo fundamental - y todo lo demás. Primera noche, primera página. A.- Primera letra del alfabeto latino básico y de los alfabetos derivados del mismo, como el alfabeto español. 9
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    a.- Preposición universalafirmativa. Aaron.- Primer hijo de Amrón y Jocabed, de la tribu de Leví, hermano mayor de Moisés y de María. Junto a Moisés condujo a los israelitas fuera de Egipto, al tiempo que les servía de traductor, por el problema de tartamudez de su hermano. ababol.- amapola. Fig. mentecato, bobo... Quedé impresionada. En el primer minuto ya había aprendido cosas interesantísimas. Moisés era tartamudo y en la película Charlton Heston hablaba como un lorito. Mi abuelo tenía razón: en el cine todo era mentira: cualquier forajido moría en una película y a la siguiente ya volvía a cabalgar sembrando cizaña por los desiertos de Arizona. Como la tarea era faraónica, opté por echar una ojeada a todo lo que me esperaba. Con el tomo en la mano, hacía girar velozmente las páginas, sujetándolas primero y soltándolas después, con la caricia de la yema de mi pulgar. Millares de palabras y de imágenes fluían en riada durante un instante. En mi indagación descubrí con sorpresa que no todas las letras del alfabeto tenían el mismo número de palabras: La primera mitad del abecedario ocupaba prácticamente dos tomos y la segunda quedaba contenida con el tercero. Llegué a pensar que Doña Espasa se había fatigado en exceso con las primeras letras y que en la última parte había aligerado el trabajo. Leía la enciclopedia en mi habitación hasta que mi madre, con un grito cansino, me obligaba a apagar la luz. ¡Te volverás tonta de tanto leer. Ya es medianoche y tú, con la luz encendida! Yo contestaba ¡Un minuto madre, ya la apago! pero robaba algunos más. Después de apagar la luz, abrigaba junto a mí el tomo de Doña Espasa como un amado compañero de cama y me recreaba con la oscuridad total de un cuarto sin ventanas. Movía los ojos en todas direcciones y la negrura total no variaba ni un ápice. Me entretenía en perder el sentido de la orientación y, sin moverme, me imaginaba en cualquier lugar de aquel espacio, como una cieguita perdida. Llegué incluso a desafiar la ley de la gravedad y andaba por las paredes y el techo. Agarrada a mi libro, la oscuridad total me facilitaba la sensación de realidad ingrávida. 6 Nos echan, hija, fue la mejor noticia de mi vida A partir de entonces todo fue más sencillo. Volví a mis fechorías por la biblioteca de la casa de doña Eulalia. En la siguiente ocasión me olvidé del señor Kant, que tanta aflicción me había provocado con su razón pura, y me fijé en un lomo sobre el que había, dibujada, una abejita dorada. El libro -creo que te lo enseñé una vez LSD- 10
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    lo he conservadodurante toda la vida como un trofeo de caza mayor. Deja que me levante porque está aquí mismo, en la estantería. ¿Ves? Es éste. Ah, perdona de nuevo, no me acostumbro... La vida de los Insectos. Me llamó la atención porque en la parte baja aparecía el nombre de mi salvadora, aunque en esta ocasión figuraba simplemente como CALPE, así, en mayúsculas. Y debajo, Madrid-Barcelona MCMXX. Deja que te lea el primer párrafo, que es delicioso. Título: El escarabajo sagrado. Y dice: La construcción del nido, salvaguardia de la familia, da la más elevada expresión de las facultades instintivas. El ave, ingenioso arquitecto, nos lo enseña y el insecto, todavía más diversificado en sus talentos, nos lo repite diciéndonos: La maternidad es la soberana inspiradora del instinto. Eso ya no era Kant. Cierto es que tuve que avanzar y regresar con frecuencia y que una sola palabra me hacía tambalear el sentido de la frase. Pero al menos pude aferrarme a algunas referencias comprensibles y a algunas palabras de significado conocido. Seguí la lectura pausadamente. Dejé atrás algunos agujeros negros, pero recuperaba en el siguiente párrafo el hilo perdido. Primero con balbuceos, luego con seguridad y, finalmente con destreza, avancé sin pausa ni tregua. Y ya ves, hasta hoy. A libro por semana. Por supuesto, con los consejos sabios de nuestro buen amigo Biel. Incluso ya dispongo del Kindle de Amazon. De haberlo tú sabido me hubieras sermoneado con mal humor. Desde un principio estuviste en contra de las tabletas de lectura de libros. Te regalé un Ipad y con tu gracia habitual ni abriste el paquete. Lo cierto es que de muy jovencita, la lectura desaforada me sumió en una doble vida. Me convertí en una equilibrista avanzando por el alambre: a un lado el universo limitado y plano de Los Mochuelos y, al otro, la exuberancia de nuevos horizontes que me propagaron los libros hurtados. Había confirmado lo que sospechaba, que detrás de las páginas impresas había algo más: mundos reales, saberes que me abrirían las puertas de una nueva vida donde no habría encinares ni cerdos negros husmeando trufas sino vida, saber y libertad. Mi espíritu, conducido por la ensoñación de la lectura, se alejó del páramo onírico de Los Mochuelos y de la escuela de La Serena. Del pueblo solo guardo el recuerdo de que los paisanos se vanagloriaban de tener enterrados, bajo una losa de la iglesia, los presuntos huesos de Viriato, el pastor lusitano descrito en la enciclopedia. Me pasé media infancia preguntándome si entre los pastores de Los Mochuelos había algún lusitano. Lo pregunté a mi padre y me respondió que no sabía. ¡Mi pobre padre...! El primer cajón de la cómoda de nuestra estancia estaba abarrotado de cupones de los ciegos, sin premio y caducados, que se resistía a romper. Nunca se sabe, decía. Era la necesidad de prolongar un hilillo la imposible esperanza de la suerte. Los guardaba por si acaso. Sacrificó media vida por si acaso. Y nunca hubo acaso alguno. Se fue sin avisar. 11
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    Como nos fuimosde Los Mochuelos pocos meses después de la muerte de Doña Eulalia. Los sobrinos intentaron vender los terrenos sin obtener el pelotazo pretendido y no dudaron en deshacerse de todo lo inservible y lo que ocasionaba gastos. Como nos encontrábamos en ambas categorías, en dos minutos despidieron a tres generaciones de sirvientes. La mejor noticia de mi juventud me la procuró mi padre con aire compungido. El pobre no acertaba ni una. Nos echan hija, pero no te preocupes, mi primo de La Serena que está en Mallorca dice que puedo trabajar donde él, en unas minas de lignito de un pueblo que se llama Alará (nunca fue buen entendedor). Allí que nos vamos a ir con tu hermano. Los tres. Y en ese preciso instante, querido LSD, sin saber nada de ella me enamoré de Mallorca. Por fin, la lengua de fuego del espíritu santo se había posado sobre mi cabeza. ¡Había sido la elegida! ¡Adiós a los Mochuelos! Corrí a mi enciclopedia que, superado el período de clandestinidad, reposaba con solemnidad sus tres tomos en el hueco de la hornacina de mi cuarto. Todavía hoy la conservo aquí, en la librería del salón, en primera fila, en asentamiento de prestigio como corresponde. Deja que haga la misma consulta que entonces, que hoy estoy destemplada y los buenos recuerdos me dan un calorcillo confortable en las entrañas... Tomé así el segundo tomo, así como lo hago ahora, y busqué Mallorca. Mallorca: (Isla de España).- Situada en el Mediterráneo occidental, la isla presenta costas rectilíneas recortadas tan sólo por la bahía de Palma, al SO, y por las de Alcúdia y Pollensa, al NE... Y como se había apoderado de mí un incontenible vigor informativo me hice con el primer tomo y busqué con ansiedad Alará. La entrada no existía, pero por desviación fonética supuse que mi padre se refería a Alaraz, que estaba muy cerca en la enciclopedia. Alaraz: Municipio de España. Castilla y León. En la comarca del Campo de Peñaranda, a los pies del monte Aguda (1.025 m); avenado por el río Gamo, afluente del Tormes... Algo fallaba. Lo comenté con mi padre. No dijo nada pero la duda lo consumió en silencio hasta que, desde el puerto de Palma, llegamos a Alaró en autocar. Así dejé Los Mochuelos, donde se derramó mi infancia, un secarral sin sentido, como nuestras vidas. No sirvió ni para ser urbanizado que, como tú sabes, ya es no servir. 7 Efectivamente, había una vida mejor... pero más cara 12
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    ¡Ay LSD! ¡QuéNochebuena nos espera! Tengo que reconocer que tu silencio se me hace hoy especialmente espeso. Deja que me levante y estire un poco las piernas que estas varices me atormentan. Estaba en agenda de quirófano pero con todo lo tuyo lo anulé. Pensé que si hace cinco años que las sufro puedo seguir un par de meses más... Mira como resplandece la ciudad iluminada. ¡Perdona de nuevo, hijo, pero... es tan difícil hablar a una urna...! Desde mi casa tengo la mejor vista de Palma, que es una ciudad que no se puede ver ni desde muy cerca ni desde muy lejos. Mi mirador la sitúa a la justa distancia y, por lo tanto, ni decepciona ni crea nostalgia. Es un buen método para aplicarlo a las personas. Y también a muchos amores encendidos, que sólo resisten el deslumbramiento del primer envite y luego se desvanecen, barridos por la rutina y del desinterés. La señora Helga, el otro personaje importante de mi vida, lo clavaba diciendo con su acento alemán: Mallorca, querida Anita, impresiona a la primera mirada, después, poco a poco, empieza a empeorar. Primer premio: una semana en Mallorca. Segundo premio: dos semanas en Mallorca. Mallorca, la señora Helga y tú, LSD... el triángulo de mi vida. ¡Aquella Mallorca de la primera vista! Tenía yo dieciséis añitos. Los primeros años en Alaró no me lucieron mucho, pero a los dieciocho, cuando mi prima me consigue las dos casas para limpiar en Palma, se me abren las puertas de un nuevo horizonte. Me veo el primer día enfilando el Carrer del Sol, en busca del número 10, preguntando por un tal Leonardo Sans, un joven profesor de la universidad, un penene, que buscaba una mucama dos días por semana. Tenía buenas informaciones. Su madre viuda, que convivía con él, había fallecido semanas atrás y la sirvienta, una mujer que encaraba la setentena, regresaba a Pollença para jubilarse. El tal Leonardo había salido revolucionario y quería darle un vuelco a la casa, vivir solo y desvanecer fantasmas del pasado que tanto roían sus adentros más recónditos. Ordenado y pulcro de naturaleza, una asistenta dos días por semana le bastarían para llevar adelante su vida en solitario recién estrenada, deseada desde tiempo atrás pero nunca expresada y mucho menos lograda. Estrecho y señorial, el Carrer del Sol me impresionó por su silencio matinal. Cuando muchos años después leí a Villalonga en Mort de Dama que el barri és venerable, noble i silenciós, amb carrers estrets i cases amples, que semblen deshabitades. Entre les volades dels casals, el cel fa vibrar el seu blau lluminós ... me surgió de inmediato mi primera visión del Carrer del Sol. Nunca olvidaré la impresión que me produjo la fachada del palacio de Cal Marquès del Palmer y, en especial, los relieves renacentistas de las ventanas que encarnan figuras fantasiosas: un cuerpo de mujer con una faz de varón barbado, animales con cuerpos humanos, una mujer que se clava una espada... Esa gente, me dije, vaya usted a saber de qué extraño pié cojea. 13
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    Me fascinó quese accediera a tu casa por un patio y una escalera ancha gastada por el sol y la lluvia de siglos, con una maceta de hojas de salón cada dos peldaños que parecían subir conmigo al piso. La nobleza de mi tierra es de mucha alcurnia pero de escueto confort. Expresa un lujo frío, doloroso y rústico. En Mallorca, sin embargo, es cálida, culta y crea un entorno acogedor, fruto de muchos siglos de contribución cultural y económica. Tu casa exhalaba calidez. Ya te he contado –decías que no lo recordabas pero no te creí – que te interesaste más por el nombre de mi pueblo que por el mío. Pero entonces yo lucía una vehemencia ingenua, casi adolescente, que camuflaba los reveses y las espinas al tiempo que enaltecía los senderos perfumados de rosas. Pero permíteme que insista en algo que es importante. Recuérdalo, LSD, porque no sé si tendré nuevas oportunidades de decírtelo cuando estés esparcido por las laderas de Massanella. Ese día de tibieza otoñal, a los diez minutos de estar contigo en la casa, cuando me hiciste pasar por la puerta coronada con el semicírculo de cristales de colores para acceder al patio de atrás, supe que no atravesaba una simple puerta sino el umbral de una nueva vida trufada de atractivos. Lo vi tan claro como el agua. El rincón del sexto sentido que guardo en mi compleja alma de mujer me permite sacar un fantástico provecho de todo lo que visualizo porque, una vez sazonado con la dosis de deseo pertinente, lo materializo. Ahora te lo expreso así pero de pequeña bastaba con cerrar los ojos, desear algo intensamente y esperar que ocurriera, como tarde o temprano sucedía. Experimenté la misma vivencia al mostrarme el trastero. Sabía que todavía carecía de herramientas para enfrentarme a una mejor y más interesante existencia, pero cuando observé dispuestos en la pared todo una desfile de destornilladores, ordenados de menor a mayor, con su silueta pintada en el fondo me dije a mi misma: ¡Anda que no voy a destornillar puertas cerradas con todo eso!. A los pocos días de trabajar en tu casa aquella joven mucama confirmó, tal como imaginaba, que había una vida mejor que la suya aunque, por lo que pude comprobar después, mucho más cara. Todo lo tuyo me sorprendía, me quedaba deslumbrada como cuando pierdes la mirada en el cielo oscuro y, de repente, en un segundo, lo cruza una estrella fugaz. La casa era una galería de objetos asombrosos para los ojos de una jovencita educada en la sórdida tosquedad de Los Mochuelos. Me llamó la atención una mantita peluda y suave, con dibujo de piel de tigre, que tenías plegada a un lado del sofá. Parecía una fierecilla echada, dormitando. No pude dejar de acariciarla cada vez que pasaba por allí. Y tu piano. Tenías un piano de media cola que tocabas con tus propias manos y cuya melodía no sólo llenaba la casa sino que fluía al exterior, por los tejados, hacia el cielo. Jamás había visto uno de cerca y, mucho menos, posado mis dedos sobre sus 14
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    teclas. Te preguntéque qué tocabas. Me dijiste que estabas ensayando una fuga. Hijo mío, tratándose de ti, no podía ser otra cosa. Y hasta un billar. Desde la sala oía el suave caramboleo de las bolas de marfil cuando te entretenías con tus amigos. Para mí los billares solo eran posibles en los bares y en el local social del Casino de La Serena, jamás en una casa. Fascinada, entraba con cualquier excusa. Y todavía hoy te veo allí, un cigarrillo en la comisura de los labios, la cabeza ladeada para evitar el humo en los ojos y untando la punta del taco con la tiza azul mientras apenas reparabas el suave deslizar de las bolas sobre el tupido y cálido prado. Desprendías un atractivo que ni te digo, LSD. 8 Manojitos de menta y canela bajo la almohada Pasaron semanas, meses, los primeros años y yo me sentía cada día más inmersa en el universo de aquella casa que giraba en torno al astro rey: tu. Todo era demasiado intenso para una jovencita inexperta, ansiosa y lista. En dos palabras: ardía por ti. Sin embargo, don Leonardo Sans no se apartaba ni un ápice de un trato amable, condescendiente y respetuoso. No emitías ni una puñetera señal a la que pudiera agarrarme y colgar de ella mis deseos, el platónico y el otro. Tus amigos ya era otro cantar. El Papa, Biel, Tito, Kubalita y los demás se convirtieron en asiduos visitantes de la casa y bromeaban con juvenil grosería cuando me encontraban limpiando. A mis dieciocho años era más bien delgada pero con perfiles sinuosos y había desarrollado uno de esos pechos que miran hacia arriba con el sombrerito de copa puesto. Circulaba con soltura y garbo por las estancias de la casa. Ahora diría que, incluso, con un punto de lolitismo tardío. A la peña se os caía la baba. Los jóvenes profesores de entonces teníais un punto de inmadurez que os daba un toque de divertidos adolescentes con el arroz pasado. Comentabais en voz baja alguna ordinariez sobre mí y estallabais en una risotada que camuflabais con la mano en la boca. Todavía no dominaba el catalán pero te repito que intuyo todo lo que vuela. Por supuesto, fingía no darme por enterada y os respondía con una sonrisa radiante que os dejaba vacilantes por un momento. En cualquier caso, eran buena gente que me admitió en su círculo íntimo con más naturalidad y confianza que tú. Si, ya sé que no es lo mismo... No insistas. De acuerdo, no es lo mismo. Era consciente de que en aquella casa perdía la cabecita pero no por ello podía -ni quería- evitarlo. Pasaba la mano por los lomos de los libros de la biblioteca porque era una manera de pasarla por el tuyo. Planchaba tus camisas entre fantasías de caricias virtuales. Escudriñaba tus colonias y jabones para olerlos profundamente 15
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    porque así penetrabaalgo de ti en mi interior. Como en la copla, perfumaba mi cuerpo con manojitos de menta y canela que luego depositaba bajo tu almohada con la remota esperanza de que distinguieras la insinuante coincidencia aromática. Vamos, loquita perdida. La hora H del día D fue la tarde de un lunes. Encerando el parqué me fui al suelo y me di entre los dedos del pie descalzo contra la arista de una columna de la sala. Me había doblado el tobillo y me sangraba un dedo. Mira por donde, miles de olivos vareados desde niña, encaramada en las ramas altas como una salvaje, y jamás sufrí el menor percance. Para fastidiarme el pie tuve que acudir a tu cómoda casa del Carrer del Sol a limpiar el noble entablillado de roble viejo. El dolor fue tal que a punto estuve de desvanecerme. Como nunca hago ruido, ni cuando me accidento, no te diste cuenta hasta que, minutos después, al pasar por la sala, me encontraste postrada en el suelo. Me levantaste y al notar que peligraba mi equilibrio me tomaste en brazos y me tumbaste en el sofá de cuero marrón. Allí me limpiaste la herida con agua oxigenada y un algodoncillo al tiempo que soplabas para aliviar el dolor. Cuando dejó de sangrar me moviste cuidadosamente el pié y dedujiste que no tenía nada roto, quizás un pequeño esguince. La suavidad con que dirigías los movimientos de mi tobillo me trastornó. Yo me sentía descompuesta por dentro, con mal cuerpo, estremecida, con la náusea del vértigo. Pusiste un dedal de vodka en un vasito minúsculo – hasta entonces no lo había probado y allí me familiaricé con él - y me lo hiciste tomar de golpe con el argumento de que me daría calor y serenaría mi desasosiego. Después me envolviste en la manta atigrada y me aconsejaste que descansara. Apenas podía contradecirte porque actuabas con la seguridad de quien se sabe su papel de memoria. En realidad no estaba dispuesta a hacerlo en lo más mínimo porque me sentía deslizar hacia un mundo confortable y cálido, una complaciente protección jamás experimentada. Apartaste de mi rostro uno de los mechones desaliñados de cabello con un roce y un gesto tan tiernos que me produjeron una fatiguilla en la respiración. Yo, que no estaba dispuesta a desperdiciar ni un segundo de aquel estado de deleite, alargaba y exageraba la forzada convalecencia hasta que, finalmente, fingí adormecerme mientras te observaba por la rajita de mis ojos entrecerrados. Con la lentitud y el silencio gatunos de quien ha dejado a su protegido dormido te alejaste hasta la puerta de la sala para regresar a tu despacho pero en el umbral te detuviste para mirarme y así permaneciste unos instantes. Momentos para mí eternos. Sin control ni origen conocido, una legión de hormigas invisibles subieron por el centro de mi espalda y, ya en la nuca, hicieron eclosionar todos los poros, como volcancillos en erupción. Han pasado muchos años y nadie, ni tú mismo, me ha regalado una mirada de tanto cariño. Han pasado muchos años - podrán pasar muchos más – y a pesar de haber andado por casi todos los caminos, jamás he vuelto a sentir aquel cóctel de sensualidad y sexualidad. Si, LSD, sensualidad y sexualidad. ¿Comprendes el sentido exacto de ambos términos o lo miras en el diccionario? 16
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    Te haré unaconfesión: lo que más me emocionó fue que, probablemente ajeno al cataclismo interior que sufría tu asistenta tumbada en el sofá, no tenías otras intenciones que las del caritativo socorro al accidentado. Entonces me dije que un hombre que sabe tantas cosas y que, sin quererlo, sabe mirar así y me hace sentir eso... no hay que dejarlo escapar. Tú, por supuesto, ni lo oliste. Pero no te culpo por ello. Por muy sabios que seáis, los hombres desconocéis los misterios de la sensualidad femenina. Ignoráis los códigos eróticos y amatorios de las mujeres. No perdéis un segundo en enriquecer vuestro mísero repertorio. Lo degradáis a una simple miscelánea gimnástica que transmitís en el ADN de generación en generación: un circo con actuaciones de maquinal y frenética acrobacia de alcoba. Despreciáis, desde la ignorancia, el complejo entramado de ternura en las miradas, sutiles roces de labios y las lentas exploraciones de la geografía corporal que configuran la entrega recíproca y cadenciosa de dos seres enamorados. Ahora puedo decirte, y lo hago con cariño, que fue para mí una fuente de íntimo placer saber cosas que tú ignorabas, transitar por universos que tú desconocías. Era la revancha de la iletrada. Por supuesto jamás te hice el menor comentario porque esa fuente de saberes secretos era alimento imprescindible para mi vida. Los días posteriores se me desgranaron con un pensamiento tan permanente como gaseoso. En algún lugar de mi interior había un desasosiego de algo pendiente, que había que concluir. Mi felicidad pasaba por sacarme de encima aquella cuestión irresuelta: debías ser tú la última persona con quien hablar antes de dormirme por las noches y soñar. Y ya sabes, querido LSD, que cuando se me mete algo en la cabeza.... 9 Bienestar en estado puro El caso, sin embargo, es que tú ibas a tu ritmo y hubieron de caer muchas hojas del calendario hasta que nuestros cuerpos se encontraran. Y en la presente circunstancia, noche de confesiones, más de treinta y cinco años después, he de decirte que guardo muy buen recuerdo de aquella primera noche contigo, pero mejor de la mañana siguiente. Las noches inaugurales del festín amatorio favorecen el insomnio de quienes las gozan y, por tanto, los madrugones. Y he de reconocer que en esa ocasión crucial estuviste acertado. Por una vez sucumbiste a la atractiva fantasmagoría de las realidades sentimentales. Aunque no del todo, como te encargaste de recordar hasta casi el fin de tus días. 17
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    Yo era jovenpero sabía que lo fácil es acostarse con alguien y que lo complicado es desayunar juntos, sin prisas y sonreír. Apenas amaneció, me hiciste levantar de sopetón y sin peinarnos ni lavarnos salimos a la calle. Lo recuerdo como un momento de oro. Sentí el aire fresco en las narinas, el espíritu tranquilo, la carne contenta y rumiaba mi felicidad como aquellos comensales que, ya después de cenar aún paladean el gusto de las trufas que ya digieren. Bienestar en estado puro. Compramos un par de las primeras ensaimadas para restaurar el cuerpo y nos metimos en tu 4-L. En media hora, por carreteras solitarias y paisajes primitivos, llegamos hasta la playa de Es Trenc, territorio desconocido para mí. Fue impactante. Criada entre secos belloteros que silueteaban un paisaje cerrado, el mar me desbordaba y chorreaba por todas partes. A primeras horas de la mañana de un octubre cálido, el último azul del mar sereno, de acero líquido, se confundía con la primera línea del cielo. Ambos componían un único tono pálido, pastel, indefinido. La fusión de azules creaba un efecto óptico maravilloso que hacía que Cabrera y sus islotes flotasen en un marco inconcreto en el que aparecían, también ingrávidos, algunos veleros que sondeaban pesqueras madrugadoras. Mis retinas campesinas jamás habían registrado tanto azul transparente junto. En la orilla, el sol hacía brillar el mar sobre la arena como si albergara miles de sinuosas y fosforescentes culebrillas. La secuencia cadenciosa y sorda del tímido oleaje acentuaba la quietud serena del fantástico escenario. Y detrás de todo estabas tú. No es que estuvieses – que también – sino que yo te ponía aunque no hubieras estado. Muchos años después comprendí que el amor, como cualquier vestido de mujer, mejora mucho con complementos imaginativos. No te miento si te digo que ese instante también marcó mi vida. A mejor porque contigo había llegado a las crestas de la existencia que siempre había deseado. Y a peor porque, después de conseguirlo, comenzó de inmediato una lenta, casi imperceptible pero real erosión que, como todas y con los años, fue a más. Lo reconozco y lo reconoceré siempre, ante notario si es preciso: tú me proyectaste a la vida aunque, como es natural, luego la tuve que trabajar a fondo. Me descubriste el paradero secreto del trampolín que en mi medio natural jamás hubiera hallado. El salto, naturalmente, lo di solita. Tú fuiste mi oportunidad y los de casa pobre estamos adiestrados para exprimir la última gota de la menor ocasión y, por supuesto, sabemos ser agradecidos. En los años del Carrer del Sol coincidieron, como en una rara conjunción planetaria, la eclosión de mi juventud, el escenario ideal donde manifestarse y las personas más apropiadas. Resultó ser la circunstancia climática ideal para mi transformación. El mundo se fabricó así. La explosión de un planeta a millones de años luz salpica la Tierra con una casual mezcla de ácidos que crea una ameba unicelular y con el tiempo, con mucho tiempo, eso sí, tienes a Isabel Pantoja y a Paquirrín discutiendo acaloradamente por el menú de su boda con la supuesta modelo Jessica Bueno. 18
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    10 Muy listos pero... ¿Cuándo volverán de Ganímedes? Tú, LSD, eres caso aparte, pero tus amigos fueron mi gasolina. Y para acabarlo de redondear sin falsas modestias, yo también lo fui para ellos. Lo sigo siendo. Recuerda que no me senté en vuestra mesa hasta que llevamos meses, muchos, quizás años, de relación. Tú, puñetero, en un principio te aferrabas a la duda de si se trataba de un par de polvos pasajeros con una jovencita extremeña buenorra y apasionada. Luego disimulabas nuestro acoplamiento en lo que podías mientras yo reventaba por no poder pregonarlo a los cuatro vientos. Y finalmente, cuando yo ya te rebasaba por todas partes, siempre tenías alguna estrategia para aminorar el impacto y los daños propios. No comprendías que si alguien te quiere como yo te quería hay que cerrar los ojos y lanzarse por el tobogán con los brazos en alto, sin agarrarse. Durante muchos meses os observé con curiosidad y os escuché con atención. Os admiraba y al tiempo me provocabais ternura. Erais muy listos para unas cosas y vivíais en Ganímedes para otras. El Carrer del Sol, como denominaba la pandilla a tu casa, fue la sede del probablemente primer grupúsculo independentista de Baleares. Y no te añado el habitual calificativo de organizado porque allí reinaba la improvisación y el caos como método. En aquel año de la muerte de Franco, trajinabais los Països Catalans mil veces arriba y abajo en vuestro interminable debate cotidiano. Yo, dándole a la mopa y mirándoos de reojo, me preguntaba por lo del plural. Podía llegar a entender lo del País Catalán pero... ¿dónde estaban los demás? Os intuía raritos. Después pude confirmar que lo erais. En aquellos años efervescentes lo propio entre la juventud urbana, contestataria y radical era la lucha contra el capitalismo, contra la explotación obrera, contra la dictadura y sus secuaces, incluidos los colaboracionistas del sistema. Por todas partes brotaban emergentes anarquistas revolucionarios, maoístas, troskystas, gente de Bandera Roja, para quienes los socialistas o los comunistas eran unos revisionistas hijos de puta. Pero a vosotros os dio por los Països Catalans independientes... Mira que era curioso... Mi corta cultura, unida a vuestra desenvoltura política, me sumía en un bosque de interrogantes. Vuestras conversaciones, trufadas de palabras que no entendía, me afligían. Os oía hablar del Estado y yo me preguntaba del estado de qué... del estado de cosas, del estado de emergencia, del de buena esperanza... Luego supe que el Estado era el español, o más bien Madrid. Reconozco que tuve una aproximación inicial al independentismo algo truculenta. Eso seguro que va de payasos maricones, 19
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    me decía amí misma, puesto que repetíais como loritos que el famoso Estado, se’n riu de noltros y que mos dona pes cul. Os oía hablar de todo, de España, del mundo, de Mallorca, de su gente. Citabais a políticos, periodistas, escritores, pintores, empresarios.... y los tratabais con la soltura con la que yo hablaba de mi prima hermana. Hablabais fundamentalmente de política y montabais complejos argumentos con la destreza y la indolencia que los niños montan su exin castillos. Y yo me preguntaba: ¡Dios mío, cómo pueden saber tanto!. Los berenars sabatinos constituían un peculiar Consejo de ministros. Me encantaba oírlos. En un santiamén montabais la más incontestable y exhaustiva interpretación de cómo acabar con el expolio fiscal en la balanza de pagos o los impagables beneficios de la independencia para el pueblo balear. Ya entonces intuía que no pillabais ni una. Y pensaba ¿y estos cuándo descenderán al planeta Tierra? ¿Por qué no van al mercado, conversan con la gente y se enteran? ¿No hablan nunca del Betis… de lo que habla todo el mundo...? ¿A quién quieren convencer con eso de la independencia? No hay que ser Agustina de Aragón para merendárselos en un momento. Mientras yo limpiaba, os preparabais tortillas de queso que, por lo visto, lo habíais descubierto en un restaurante de Perpiñán, cuando lo de la gira de cine porno. Me fascinó. ¡Tortilla de queso! ¡Cine porno! Sin ser conscientes, me abríais de par en par la extensa y compleja diversidad del mundo mientras yo me ganaba la vida lustrando los cristales con papel de periódico, que es lo que mejor funciona y lo más barato. 11 Spectra, contra los filocatos independentistas Años después, cuando ya formaba parte de la mesa y hablaba con cierta propiedad, incluso en catalán, me di cuenta de que, efectivamente, os pasabais de revoluciones. Os encontrabais solos y concluíais que todos los demás se habían perdido. Practicabais el verdadero arte de la interpretación política basado en la conspiración permanente en vuestra contra. La oscura y diabólica Spectra contra los chicos del Carrer del Sol, tramando sofisticados y tenebrosos planes para exterminar al independentismo balear en general y a vosotros en particular. ¿Para qué aceptar una explicación sencilla de los hechos si, prácticamente sin esfuerzo, podemos construir otra que bordea la paranoia? La mesa de los filocatos, como os llamé por vuestras diversas licencias y doctorados en filología catalana, era potente. De entrada, el Papa, un personaje algo putero a tenor de las hazañas burdelescas que contaba. En realidad se llamaba Joan Viñaters (sonaba a Juan XXIII, de ahí el mote) y hacía todo lo posible por convertir la ñ 20
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    de su apellidoen ny. Rarito él. Un día, por distracción, entré en el baño y lo pillé sentado de cuclillas en la taza del wáter sin que se cortara un pelo. Aprovechó para darme una lección sobre las bonanzas intestinales de su postura argumentando que se la había recomendado un relevante galeno de Sa Pobla. Yo te contaba esas cosas para reír y tú, LSD, te me escapabas en enigmáticos silencios. Me hubiera gustado bromear contigo sobre las costumbres de tu amigo a la hora de aliviarse, pero te limitabas a responder con la gélida sonrisa de la Gioconda. Probablemente lo hacías porque el Papa era tu brazo ejecutor. Tú ideabas y él realizaba. Lo que se dice un hombre de acción y sin remilgos. En su haber figura la organización de la bronca anual, cada 31 de diciembre, contra la presencia de los militares en la Festa de l’Estandart en la plaza de Cort; o la creación de los Maulets, el recambio generacional para garantizar la lucha por la independencia por los siglos de los siglos; o las campañas electorales del PIIB, con matrícula de honor en creatividad y suspenso en credibilidad a tenor de los resultados. El Papa, que hoy lloraba abatido como un niño perdido, siempre se las ha dado de radical cultural y gendarme lingüístico. Te recuerdo una de sus secuencias clásicas: pide como aperitivo un garrot amb xifon y, ante la incomprensión de la camarera argentina de turno, es él quien le sirve en bandeja un sorprendente soliloquio sobre el garrot, el palo, el catalán, el país, la independencia, el espolio fiscal y el robo en la balanza de pagos... La chica, que lo mira anonadada, pone cara de pensar: ¡Ché, pero qué loco me cayó en suerte! He tenido la poco honorable oportunidad de asistir como público a media docena de representaciones de la pieza papal. Y siempre me pregunté si se hubiera atrevido a hacer lo mismo en el caso de que el camarero hubiera sido un hombre con cara de malas pulgas. Siempre se lo hizo a mujeres... Y se lo he dicho: es un cobarde y un acomplejado. Un fuerte con los débiles. Todo cariñosamente, ya sabes, LSD, como hago yo las cosas... ¿Y qué me dices de Tito? El falso duro. Y no es sevillano. El Dashiel Hammet del independentismo mallorquín. Lucía unos cabellos tan largos como grasientos y siempre que paseaba una copa de hierbas secas en la mano era partidario de la violencia como camino indispensable para los objetivos independentistas. Fue a Barcelona a contactar grupúsculos de esta divisa pero volvió con el canguelo colgando: le habían querido dar una pistola para cometer una ejecución. Nunca más volvió a hablar del tema. La vía democrática le pareció más legítima y, sobre todo, menos arriesgada. A quien yo más le debo – después de a ti, claro, no te me vayas a revolver en la urna – es a Biel. Fue un personaje clave en mi formación, me preparó un plan de lectura y me introdujo en la Universidad. Un día me confesó lo que todos callabais: que era licenciado en Literatura Española. ¡Anatema! Por lo visto también tuvo su camino de Damasco, olvidó errores del pasado y se convirtió al cristianismo.... Biel amuebló sutilmente mi diáfana geografía de lecturas, de las que tanto aprendí. Empezó por los norteamericanos. Fáciles, entretenidos y seductores. Steinbeck, Dos Passos, Hemingway, Scott Fitgerald, Tennesee Williams, Virginia Wolf, Henry Miller. Luego los latinoamericanos, cercanos y mágicos: Borges, Bioy Casares, 21
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    Vargas LLosa, Sábato,García Márquez, Cortázar. Los grandes europeos: Voltaire, Byron, Víctor Hugo, Zola, Balzac, Flaubert, Sthendal, Dostoievski; los más contemporáneos: Camus, Sastre, Simone de Beauvoir, Kafka, James Joyce, Pessoa, Marguerite Duras, Yourcenar, Agatha Christie. Los españoles, Ramón J. Sender, Unamuno, Pío Baroja, Josep Pla, Cela, Vázquez Montalbán. sobre todo las españolas, Carmen Martín Gaite, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina Aldecoa, Carmen Laforet. Los poetas comprometidos: Alberti, Machado, Neruda, Lorca... Biel era, es – perdona pero tu especial circunstancia me confunde los tiempos verbales- un tipo culto y buen pedagogo. Todavía hoy me río cuando recuerdo su crítica a los muchos poetas españoles del siglo XIX absolutamente impresentables y citaba a Menéndez Pelayo: ¿Qué decir de un poeta que se imagina convertido en palomo, y a su amada en paloma, “cubriendo a la par los albos huevos”? Tu amigo, el mío, me hizo desarrollar sistemáticamente el virus por la lectura. Y desde entonces, una semana sin libro me aparece incompleta y me culpo por haber echado a perder una ocasión preciosa. La mochila cultural que Biel me preparó fue crucial, el embrión de mi formación. El más simpático y rompedor de la cuadrilla era Kubalita, un rubito de pelo rizado que evocaba ligeramente un parecido a la gloria húngara del Barça y porque, por lo visto, desplegaba ciertas habilidades futbolística. Participaba en vuestro negocio pero nunca pudo evitar su mirada crítica y un punto cínica. Siempre se encargaba de verter una dosis de amarga realidad en la burbujeante copa de vuestras reivindicaciones independentistas. 12 ¿Tan difícil es decir te quiero? Por puro mimetismo amoroso proyecté hacia tus amigos la profunda admiración que sentía hacia ti. Como es natural, no apreciaba en los filocatos su heroicidad y cacareado compromiso con la bandera de la independencia del país sino sus tiernas debilidades y sus manifiestas dependencias emocionales. Uno a uno me confesaron que jamás habían pronunciado un te quiero a quienes querían, circunstancia en la que, naturalmente, te incluyo porque te has ido sin que haya brotado de tus labios, al menos en mi presencia, un te quiero. Con el tiempo habíais adquirido una habilidad de joyero de filigrana para camuflar vuestro corazón detrás de la muralla política del PIIB. Vuestras nobles pasiones se alimentaban en exclusiva de estas siglas, todo lo demás era sensiblería vergonzante, sentimentalismo barato, basurilla que había que barrer y depositarla en los vertederos más inexplorados de la conciencia. La realidad, sin embargo, os situaba deambulando, perdidos, en el desierto del desamor y, como tú sabes o mejor dicho sabías, la peor tragedia del perdido es ignorar que lo está. 22
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    Sus flaquezas sentimentalesme los convertían en seres entrañables a quienes había que proteger. Reconozco, desde el cariño que les guardo, que me divertía atrayéndolos a mi campo y, como las lagartijas, se escondían cuando me acercaba. Y tu Tito... ¿qué le dices a tu novia cuando le besas el cuello? Porque seguro que en la oscuridad le besas el cuello y le musitas palabras de amor. Sí, hombre, como las de Nat King Cole, para que me entiendas.... La respuesta siempre era una frase ruborizada y huidiza en torno a la palabra pardalada. Ni siquiera mostraban el habitual descaro de la grosería masculina para soslayar las situaciones de aprieto en este tipo de tesituras. Nunca quisieron aprender que en el amor la locura es lo más sensato. Pobrecitos, una extremeña ignorante y sin estudios tenía tomadas las medidas a casi media docena de cruzados de la propagación de la fe lingüística con solo hablarles de lo que habla la gente normal. Cuatro poderosos popes del edificio Ramon Llull de la UIB, pillados en un renuncio cuando los ubicaba con naturalidad entre las recurrentes geografías del amor, del deseo, de la ternura y del sexo. Vamos, de lo que mueve el mundo, donde en principio, y desde luego sólo en principio, deberíais estar incluidos. Bueno, tú ahora no tanto, LSD... A tenor de los resultados, mi pequeño divertimento, que a decir verdad pretendía un pequeño avance pedagógico en la educación sentimental de esos santos varones, no fue nada brillante. Al menos en apariencia, ninguno de los salvavidas que lancé llegó jamás a los náufragos. Tú, al menos, te pudiste hacer con uno de esos flotadores, pero nunca quisiste reconocerlo y mucho menos exhibirlo. Pero me bastaba con saber que lo tenías y, que llegado el caso, podrías usarlo. Esa era mi nada baladí aportación a la causa. Como la de la entregada compañera Emiliana que, en la canción de Carlos Puebla, cada mañana, cumplidora y jovial, cuela el café para despabilar a los jefes guerrilleros de la revolución cubana, que no pueden amodorrarse en la agotadora tarea de liberar el país de la opresión. No sé lo que pensarás ahora – es un decir, claro - pero visto lo ocurrido, me da que el café de Emiliana alcanzó mayor rendimiento que mi salvavidas. ¡Ay Leo, cuántos recuerdos de toda una vida contigo...! Aunque decir a tu lado sería más correcto, desde luego. ¿De qué te ha servido tanta prevención? Juntos de verdad hubiéramos sido imbatibles. Con soltar un pelo tu rigidez emocional hubiéramos proyectado a la noche nuestros fuegos artificiales con un resplandor más intenso que el de las estrellas. ¿No te fiabas de mí? ¿Qué miedo arrastrabas? Alguna araña maligna, la del miedo, la de la vergüenza o quizás la de la soledad tejió en silencio sobre tu corazón, lo cubrió con su tela y lo perjudicó para siempre. Tuve que enterarme por terceros que tenías un hijo de concepción casual del que nunca quisiste saber. Me preguntaba cómo podías llevar ese drama en tu ánimo sin resolverlo. Te has ido además con la muesca en el corazón del conflicto de por vida con tu hermana por un simple desacuerdo con una finca heredada de tu padre. Todo un galimatías legal presuntamente montado en tu contra del que alguna vez me hablaste 23
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    sin que llegaraa comprender el detalle de su origen aunque sí advertí los efectos devastadores sobre tu ánimo. Te viste envuelto en toda una carrera de disputas y desencuentros irreversibles con compañeros del PIIB, con profesores del Claustro, con colegas y conocidos de años... El relato de tu vida estaba salpicado de conspiraciones, traiciones y desengaños. Y un curriculum de tal calibre es difícilmente soportable para un ser humano que no se llame Corleone y tú, Leo, te apellidabas Sans i Desbrull. Quienes te tuvimos cerca sabíamos de tu inteligencia, tu cultura, tu generosidad y hasta de tu secreta sensibilidad. No eras un tipo duro ni indiferente al dolor del corazón. No eras un desalmado con cerebro de corcho. Simplemente tu arquitectura humana estaba dotada de una inexplicable válvula de bloqueo en tu comportamiento. A otros les da por reaccionar a puñetazo limpio y a ti, por la parálisis emocional. En tu vida, LSD, te limitaste a encajar golpes en silencio y a acumular los hematomas en el alma. Si te hacen una ecografía seguro sale todo negro. Dios sabe que te he dedicado lo mejor de mi vida con el íntimo propósito de averiguar el origen desconocido de tu desazón. Juntos avanzamos mucho pero no lo suficiente. En las cavernas más profundas del ser humano se crían demonios indestructibles de quienes se desconoce padre y madre. Quizás si te hubieras atrevido a decir te quiero... Cambiemos de tema, LSD, que por aquí ya sabemos que no se llega a ninguna parte. 13 Independentistas sexodependientes Desde el principio te hablé de mi frustración vital: los saberes. Con voluntad se superan las dificultades para hacerte con ellos, pero la formación académica es indispensable para sacarles provecho. Y, como siempre, en tono indolente y sin dar la menor importancia, lanzaste otra sentencia que marcó mi vida. Inscríbete en las pruebas de acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años. Te faltan menos de dos. Costó hacerme a la idea de que la de Los Mochuelos, aunque a edad tardía, podría cursar estudios universitarios y hacerse con una licenciatura. Biel se encargó de mi preparación. Dedicó tres tardes por semana durante dos cursos para instruirme en las pruebas. Aunque viviera mil vidas de mil años cada una no tendría tiempo de agradecérselo. Fue un amor. Y también los demás, que se comprometieron a enseñar a su extremeña adoptada... Los quise por lo que me ayudaron, pero además queriendo a tus amigos también te quería más a ti porque ellos, para mí, eran parte de ti. ¡Para que me entiendas! 24
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    La energía quedestilé durante esos dos años hubiera bastado para mandar el Apolo 18 a la Luna sin novedad. A primera hora de la mañana empezaba en casa de la señora Helga, tres horitas de limpieza y orden. A mediodía, dos veces por semana, mi prima me organizó reuniones de señoras que ahora las denominaríamos como tupper- sex y que me reportaban suculentas pesetillas. Por la tarde, Carrer del Sol: formación y más limpieza. Y en horas nocturnas, el Bayerische Arenal, especialidad dirty wrestling, que es la manera fina de decir lucha femenina en barro. Cuando te lo conté, la Gioconda te invadió el rostro, que se te congeló durante un par de días. Un par a la mallorquina. Mi prima, que es de las que sabe barrer para los suyos, me propuso igualmente una actuación en un restaurante libanés los fines de semana: bailarina de la danza de la cimitarra, que no era otra cosa que la danza del vientre pero con la curvatura del espadón equilibrándose en lo alto de la cabeza. La prueba me salió perfecta pero eligieron a otra joven que exhibía una leve y temblorosa adiposidad en la baja cintura que, por lo visto es muy apreciada por el público especializado. Descartaron mi vientre plano. En Palma acababa de abrirse, muy camuflado, el primer sex-shop. Despertaba gran curiosidad pero pocos se atrevían a cruzar la puerta. Así que el avezado empresario organizó un discreto circuito de venta a domicilio. Yo solo ejercía de ayudante de mi prima Isabel, que convocaba la reunión con ociosas señoras que fingían escandalizarse de los productos cuando lo que les ocurría era que en cada centímetro cuadrado de su piel se acumulaban infinidad de deseos frustrados, unos más sexuales que otros, pero todos igualmente insatisfechos. Isabel pidió que la acompañara porque mi gracejo y mis chistes, decía, desinhibía a las clientas y la soltura facilita las ventas. Me ofreció el diez por ciento de su treinta por ciento. No llego a acordarme del precio del Joao, pero pagaban con billetes verdes de los de entonces. Si, LSD, no te hagas el pringao, te lo he contado varias veces. La presentación del Joao constituía el cénit de la reunión femenina: era el consolador de mayor tamaño, negro, en forma de pene africano: gruesas venas salientes en su contorno para dar mayor realidad, y rotación circular, que no es nada real pero, por lo visto, tiene su utilidad. Se servía en versión simple de autoestimulación o incorporado a una braguita de cuero negro para posibilitar la penetración a la pareja en un simulacro de coito, o lo que fuera... La lencería también tenía una insospechada salida. Me imagino qué hubiera pasado si alguna vez me presento ante ti con corpiños de blonda roja que convierten los pechos en globos aerostáticos con falsos pezones erectos y medias negras de costura sujetas al corsé con tiritas perladas. El río del sexo, como sabes, siempre oculta recónditos meandros inexplorados... Como las vaselinas no tenían demasiada demanda por ser productos muy a mano de las señoras tuve que fabricar mi propio relato para propiciar las ventas. Mi mostruario de lubricantes era de última generación: no altera el ph vaginal, no irrita, no mancha ni abre los poros de los profilácticos… Mis clientas se interesaban entre sonrisas por las vaselinas de gustos y perfumes variados, que yo sugería fuesen 25
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    empleadas en lalubricación integral del cuerpo, muy aconsejable en los preludios eróticos para emerger y potenciar las ganas de guerra de la pareja, que no siempre afloran y menos desde el primer momento. Acababa mi discursillo de charlatana de feria con la afirmación científica, absolutamente comprobada por varias universidades norteamericanas, del empleo del lubricante para la masturbación masculina porque cinco pajillas a la semana es la mejor medicina para conservar el tejido noble de la próstata de vuestras parejas y evitarle el cáncer. El razonamiento conectaba algún circuito de la sesera de mis clientas porque ninguna se iba sin su lubricante. Agotaba las existencias. ¡Pobre marido!, pensaba yo en mis adentros. Cuando os contaba estos episodios sobre mis habilidades comerciales tú te limitabas a escuchar con aparente frialdad pero tus amigos me avasallaban exigiéndome todo tipo de detalles de la reunión, cuanto más escabrosos mejor, claro. Oye, Anita ¿Y las clientas seguro que no iban sin bragas? ¿Las notabas húmedas? Mis explicaciones les ponían, los muy depravados. Independentistas sexodependientes. 14 ¡Cómo quiere usted que yo me deje ganar! De nuevo el azar provocó un importante giro en mi vida, que surgió del encuentro con la señora Helga. Era una mujer mayor, misteriosa y observadora. Alemana. Muchos conocidos y pocos amigos. No tenía pasado y jamás insinuó la menor pista de su vida privada. Puro granito. Simplemente gerenciaba, con el estilo frío de las altas finanzas, tres establecimientos nocturnos del Arenal en los que la lucha femenina en barro era la principal atracción. Era una novedad única en Mallorca que importó de un viaje a los Estados Unidos y que le reportaba beneficios descomunales. Yo procuraba limpiar a conciencia su casa, que no era otra que esa en la que vivo ahora y te mantengo entretenido con cháchara nocturna en el primer día de tu nueva existencia. ¿Existencia, LSD...? ¡Qué sé yo...! Me encontraba, como siempre, encaramada a una escalera lustrando con ánimo y vigor los cristales altos de estos inmensos ventanales mientras presentía que ella, desde su mesa del despacho, observaba ensimismada mis movimientos atléticos, casi circenses, de funambulista. Ana María, quiere usted venir y sentarse a mi lado, por favor. Como genuina alemana no se andaba con rodeos, iba directamente al grano. La luchadora de aquella noche había tenido un percance y, por un rosario de circunstancias negativas, peligraba la velada luchadora del Bayerische Arenal. Me ofrecía cinco mil pesetas si me prestaba a substituirla. En realidad, me explicó, no había pelea, era una simple broma teatral, una lucha ficticia que provocaba, a los teutones allí congregados, el consumo de todo tipo de brebajes sin límite ni reparo y a precios europeos. No me harían ningún daño. Mi contrincante estaría alertada y yo me limitaría a fingir que me ganaba y me revolcaba por el barro. Una ducha caliente y la paga al contado me dejarían como nueva. Yo, por usted, lo que haga falta, señora 26
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    Helga. Por ellay por los mil duros que me ofrecía por aquella sola noche, algo que yo no ganaba en una semana de muchas horas. A principios de octubre la Playa de Palma está a rebosar de pandillas de alemanes, jóvenes y veteranos, con ganas de gresca y alcohol. En su inmensa mayoría son socios de clubes de bowling que, con las cuotas aportadas durante todo el año, se financian una semana de desenfreno en Mallorca. Llegué al establecimiento con el Audi de la señora Helga. A las once de la noche el recinto estaba abarrotado por grupos de hombretones, algunos vestidos de tiroleses, que mal entonaban serenatas de su tierra entre risotadas y jarras de cerveza espumosa. Entramos por la puerta de atrás. En una pequeña dependencia, entre columnas de bombonas de bebida y sillas de plástico, me calcé el bikini dorado que me proporcionó mi protectora y un albornoz de seda roja con extraños motivos orientales bordados en la espalda. Ella me ofreció un pitillo para calmar mi presunta ansiedad. Lo rechacé pero desde aquella noche cálida otoñal hasta hoy no he dejado de fumar un solo día. Algo tenía que costarme la broma. En la vida no hay nada gratis. Ya te lo he contado cientos de veces, LSD. Y me has oído contarlo otros centenares de veces a otros interlocutores, pero lo repetiré de nuevo porque sé que es tu relato favorito y hoy, naturalmente, no te lo voy a negar. Lejos de achicarme, aquella atmósfera de humo y griterío me provocaba una actitud desafiante y firme, casi chulesca. Debió ponerse en marcha algún gen defensivo, íntimo y lejano, probablemente adquirido en los difíciles años de supervivencia en Los Mochuelos. Vamos, era un Rocky Balboa en versión mujercita extremeña. Quedé decepcionada por el lugar del combate: no era el peliculero cuadrilátero de lona iluminado por haces de luz cenital sino una minúscula piscina de no más de tres metros de lado, cubierta de una tela plástica amarilla que apenas contenía medio palmo de un lodo cenagoso y claro. Paradójicamente, el alborotado ambiente exterior sosegaba mi espíritu. No tenía ni idea de cómo debía comportarme en tan extrañas circunstancias. Era yo el objetivo protagonista del cañón de luz y a pesar de ello raras veces me he sentido tan relajada. Gozaba de la serenidad de quien sabe su destino y lo asume con determinación y calma. Algo así como los cristianos en el coliseo romano, antes de soltarles las fieras. Mi contrincante, como era de esperar, me sacaba dos palmos. Tanto de alto como de ancho, se entiende. Trató de sonreírme pero yo me mostré seria y altiva. Alma extremeña. Finalizados los preparativos, sonó la campanilla. La última vez que afronté un aprieto similar fue en Los Mochuelos, cuando el hijo del mayoral, de formas potentes y primitivas, zurró a mi hermano pequeño en un claro episodio de abuso. Ante tan manifiesto ataque a la justicia me adjudiqué la responsabilidad del escarmiento para restablecerla. Frente a frente, el agresor se lanzó contra mí como un camión de carga cuesta abajo y sin frenos. Yo no acumulaba demasiados saberes pero iba sobrada de agilidad. Pegué un salto, giré en el vacío y, sin saber de dónde le había caído, me tenía colgada a su chepa, estrujándolo con mi brazo por el cuello. Por mucho que lo intente, nadie se pueda zafar de mí cuando, como una 27
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    ladilla, me agarroa su espalda con brazos y piernas. La falta de oxígeno enrojecía su rostro. Aproveché la circunstancia para morderle con fuerza en el pescuezo, provocando a mi adversario una sensación de caos sistémico: ahogo y dolor intenso en el cogote. Se desplomó y allí quedó. Tomé a mi hermano por la mano y nos marchamos. A este ya se le han pasado las ganas de volver a darte, le dije. En el Bayerische Arenal me limité a repetir la operación. Salto elevado, giro en el aire y a la joroba. Todo lo demás fue un calco de mi última reyerta. De algo sirve la experiencia. Mi contrincante alemana se resistió mucho menos y al medio minuto ya daba vueltas, inerte, por el barro, con cara de pánico y sin comprender nada. El público aplaudía a manos batientes porque al fin había presenciado un auténtico combate que dejaba en ridículo los melifluos apaños a que estaban acostumbrados. Quedaron frustrados, eso sí, por la ausencia de los pechos de las combatientes que siempre acababan balanceándose desnudos en el aire. Entre groseros vítores me proclamaron campeona. Rechacé todas las invitaciones de mi público entregado y me dirigí, con apenas unas manchitas de barro sobre el bikini, al cuartucho de donde había salido. Allí me esperaba la señora Helga que echaba los dientes. Me riñó corto pero con severidad, expresándose con violencia contenida. Reprochó mi comportamiento irresponsable y no cumplir mi parte del contrato. Mañana hablaríamos en casa. ¡Pero cómo quiere usted que yo me deje ganar, señora Helga! fueron mis últimas palabras antes de que se fuera dando un portazo. A las nueve de la mañana del día siguiente, apenas puse el pie en su casa, repitió la frase pronunciada veinticuatro horas antes. Ana María, quiere usted venir y sentarse a mi lado, por favor. Me pidió que aquella noche volviera al Bayerische. El espectáculo había sido un éxito y la turba reclamaba repetición de la jugada. Repetí varias noches por semana hasta final de temporada. Después de esta experiencia fui yo quien se dirigió a la señora Helga. En La Serena la gente no iba a las peleas de gallos solo por ver sangre sino por las apuestas. Me parecía evidente: el coctel de sangre y dinero pone a la envilecida concurrencia. Organizamos todo un plan de apuestas para la reapertura en primavera. Fue un éxito. Las cajas aumentaron casi un cincuenta por ciento. Mi nueva ocupación laboral coincidió con el trajín de los estudios para el inminente ingreso en la universidad. En los años posteriores, nunca le dije a mi empresaria que me acostaba a las tres de la mañana y me levantaba a las ocho para estudiar Dirección de Empresas que me saqué en tres años. Por la mañana Universidad y por la noche lucha en barro. Era una belle de nuit que sacaba beneficios de ambas actividades. Mientras ella me suponía descansando, yo seguía en lucha pero contra asignaturas como la Gestión y Optimización de Recursos de las áreas funcionales de la empresa o la Interpretación de los estados contables. Reviví mi infancia en Los Mochuelos con la substitución de Doña Espasa Calpe por los tratados de Finanzas y Control de gestión. Saber, instruirme, me excitaba. Constaté que la búsqueda de conocimiento produce placer, objeto último de cualquier perversión que se precie de tal. 28
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    Cuando le mostréel diploma, mi patrona no podía creerlo. La mucama se había ilustrado sin llamar la atención, por eso sorprendía. Ya cansada por los años y por las vueltas que había dado su cuentakilómetros, me ofreció la mitad del negocio y la gerencia de los tres locales de El Arenal. Ella se retiraba a su ciudad pareciendo atender las advertencias de Robert Graves a Gertrude Stein: después de tanto tiempo en Mallorca ya no podía soportar el paraíso. Viajé a Hamburgo con mucha frecuencia para despachar con mi socia. Aprendí el envarado alemán que hablo. Compramos dos locales más allí. Si los alemanes no vienen al Bayerische Arenal en invierno, lo llevaremos a Alemania. La señora Helga me dejó poco después. Se la llevó una metástasis. Me atribuyo el duelo porque fui el único puntal de sus últimos y solitarios años. En los negocios y en la amistad, la confianza y la lealtad valen oro. Y hablando de dejar me dejó igualmente, ante fe notarial, todos los negocios y este su piso, ahora el mío, donde vivo tranquila. Como tú sabes, tengo problemas pero resuelvo la mayoría porque ahora me trata un gran psicoanalista: mi cuenta corriente. De todos modos, y creo que te ho he demostrado, Leo, me siento orgullosa de conservar en mi alma la huella callosa de las manos de mi padre. 15 Revolucionarios de familia bien Y ahora tú, LSD, vas y también me dejas. Ahora, cuando más sé y más poseo, no tengo con quien compartirlo... Creo que por esta noche vamos a dejarlo. Este psicodrama me agota. Ni tú eres Mario ni yo soy Carmen Sotillos ni tenemos a Delibes que lo cuente. Encenderé el último pitillo... La vida ha acabado por darme de todo, pero nada como los felices años del Carrer del Sol. Tú y yo, compartiendo vicisitudes con toda la tropa, con más quimeras que sustancia. Pero como deberías saber, los buenos tiempos no son buenos porque lo son sino porque hacemos que lo sean. Como también los malos, por cierto. Tras las cristaleras, en la sala, pasé tantas horas leyendo... Temprano, te dejaba dormido en la cama y todavía alcanzaba a ver el gato atigrado que caminaba con parsimonia por el tejado de enfrente y abombaba su espalda buscando los rayos pálidos del primer sol. En la barandilla del balcón de ese mismo casal deshabitado se posaban palomas con sus alas blancas y sus patitas rosa. Las palomas y las tórtolas eran para mí algo que se cazaba y se ponía en el puchero. En tu casa componían un delicado y elegante escenario urbano. Contigo aprendí a ver el mundo con nuevos ojos. 29
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    En esta mismasala, circunvalada de sofás y butacas, deben haber ardido plantaciones enteras de tabaco durante largos años de reuniones de la cuadrilla y de los invitados ocasionales. Ese era el atractivo de la casa: el runrún de las conversaciones y el calor humano que algunas veces se excedía en exuberancias odoríferas que era preciso aliviar de inmediato con la apertura de las vidrieras y, al día siguiente, con todo tipo de pulverizadores. ¡Sinvergüenzas! Me torturasteis con un rígido y estricto meritoriaje antes de tener acceso a la participación en el ágora de la sala, condición que me gané a pulso. Yo me preparaba en silencio. Fingía sacar distraídamente polvo de las estanterías pero con mi oído fino de gacela, escuché, asombrada, retahílas de extravagancias que emanaban de la boquita de los sabios salomones. No salía del asombro cotidiano. La idea que se hace de los revolucionarios una muchachita ignorante que sale de Los Mochuelos es que son gente campesina sin otro futuro que la lucha por un plato de comida, obreros que se revuelven contra la bota opresiva de los patronos que los mantiene en la miseria y, de pronto, me encuentro, que los antifranquistas del Carrer del Sol son gente de carrera, de familia bien, que heredarán propiedades y que lo de ganarse la vida no es más que una rutina que no les provoca la menor inquietud. Y para mayor sorpresa resulta que el objetivo de su lucha es la independencia de los Països Catalans porque sin ella no hay futuro posible... Reconocerás que no fue fácil para mí. Años después, cuando ya había adquirido la patina del conocimiento y de la comprensión de los procesos históricos y culturales, os planteaba todavía interrogantes muy ajenos a vuestro mundo. El origen social, querido, marca como los hierros candentes de las divisas ganaderas. Lo lucimos escrito en la frente. Asimilé que habíais nacido medianamente ricos, sin preocupación alguna por lo económico porque cuando comentábamos los argumentos de una película yo era la única que se preguntaba ¿Y el prota y su amiga de qué vivían, de dónde sacaban la pasta para viajar y vivir a ese tren? Aún hoy estoy convencida de que muchos guiones fallan en ese detalle. Toda la panda erais muy listos y fantásticos profesores universitarios pero el tiempo me ha hecho descubrir que vivíais en los tiempos y en los ritmos de las rondalles. Aún hoy, si no hubiera sido por mí, irías vestido como tu padre, con pantalones por encima del ombligo y rebeca de lana gruesa. Tanto progreso, tanta soberanía y tanta lucha para devolver al pueblo lo que Madrid le expolia debería ser incompatible con la pelambrera de los años sesenta de Biel. Estoy segura, LSD, que nadie de la pandilla se ha bajado en su vida música de internet y, por supuesto, las tabletas de libros son para vosotros cosa de snobs. El payés que os hace las matanzas en Son Pou debe estar más conectado a la vida real que algunos de vosotros. Oye, que mucha lucha por la independencia y la hija del Papa hizo todo un bodorrio, con vestido de cola y banquete para doscientos cincuenta invitados con langosta Termidor de primer plato. Mucho escándalo por la balanza de pagos con Madrid pero allí se despachó mucho, pero que mucho, foie mi-cuit comprado a un distribuidor madrileño... Conste que no tengo nada en contra: Xisca estaba preciosa 30
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    con su vestido- yo misma ayudé a elegirlo - y el foie todavía me pirra y si no me doy más alegrías es porque el cabrón del señor Dunkan me tiene amargada. Pero alguna cosa no acababa de cuadrar en aquella composición. Es mi opinión, claro... No te revuelvas, LSD, no voy a aprovechar la velada para el desfile de la Cofradía del Santo Reproche. No sería correcto dada tu especial circunstancia. Pero adjudicar el proceso de extinción de la lengua, el patrimonio y la cultura de este país, como decía el Papa, a una serpiente venenosa de lengua bífida: la emigración y el turismo, tiene delito... Estaba convencido de que todas las desgracias del país ocurrían porque, a la llamada de la especulación inmobiliaria y el turismo, llegaban flujos migratorios de forasteros que, en oleadas colosales, arrasaban de un plumazo el poso identitario del país, forjado en siglos de historia y con la lentitud de las estalagmitas. Se estaban destruyendo pueblos y ciudades con el mismo poder catastrófico de los tsunamis del Pacífico. Mallorca se había convertido en un decorado de poblado ibicenco, para turistas y residentes extranjeros. Solo cuando me dejasteis participar en vuestro club, en calidad y con distintivo de visitante desde luego, me permití apostillar. ¿Quién puso en marcha todo ese tinglado? ¿Quién se enriqueció con el turismo? ¿Quién construyó las urbanizaciones masivas? ¿Quién traficó la conversión de terrenos rústicos en urbanizables? ¿Quien viajó a tierras del sur de España en busca de yeseros, encofradores y los más diversos cuerpos de oficio? ¿Para quién trabajaron los peones emigrantes de la construcción? ¿Quién se apropió de los grandes beneficios de los pelotazos urbanísticos? ¿Quizás los senegaleses...? ¿O los andaluces...? ¿Alguna extremeña como yo? Entonces enloquecíais. Tú especialmente. Lo más destructivo, lo peor, es la demagogia de la ignorancia y la mala fe, sentenciabas. Entonces yo callaba. Mudita para siempre. Bueno, para un ratito. Kubalita es otra cosa. Desde joven administró con inteligencia una doble vertiente: la del espíritu crítico y la del independentismo. Nunca formó parte del rebaño miope. Obtuvo el doctorado en Historia y en decepciones, summa cum laude en esta última opción, que proporciona un sano distanciamiento para encarar la vida. Quizás por eso tiene la habilidad de sacarse de la manga ocurrentes teorías sobre las circunstancias más dispares. En aquellos tiempos argumentaba que el desparpajo intelectual de la gauche divine barcelonesa había sido el cénit intelectual de la patria catalana y que todo el país sería hoy una magnífica consecuencia de aquellos fantásticos años si no se hubiera optado, como se hizo, por modelos nacionalistas caducos o por el sometimiento a quimeras arcaicas pretendidamente históricas. La seductora propuesta de la imaginación al poder había sido aplastada por el más miope botiguerismo. Concluía que el resultado empírico de tan nefasta gestión queda visualizado en multitud de anécdotas desconcertantes: a los niños se les enseña en clase el uso de la palabra endoll, pero en sus conversaciones hablan del enxufe, como siempre. 31
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    Seguro que teacuerdas – es una forma de hablar - cuando lo acompañamos a la ceremonia de entrega de la medalla de oro de la Comunitat por sus trabajos como asesor de la Comisión Redactora del Estatut de les Illes Balears. Después del ceremonioso acto, entre las columnas helicoides de La Llonja de Palma, vino apresurado a nuestro encuentro como si tuviera algo trascendente que transmitirnos. Y lo tenía. Las primeras palabras que nos dijo con la medalla colgando de su cuello fueron reveladoras: La magnitud sublime del momento me ha revelado el significado de la expresión clave de nuestra patria: “fer país”. Tomad nota, exactamente significa “fer dobblers, caiga quien caiga y lo que caiga, aunque sea del propio país”. Ante el anatema del doctor, el Papa se alzaba las cejas y se persignaba para alejar la acción de Belcebú. 16 La gauche rurale conspira en Son Granot ¡Ay los filocatos independentistas! Perdona que me ría pero teníais una clara tendencia a la insatisfacción y a substituir la acción por el simple gesto. Coincidirás conmigo, aunque sea ahora, que había que daros de comer aparte. Mientras yo vendía lubricantes sexuales por las casas a señoras ociosas o me peleaba entre el barro con teutonas gigantescas, vosotros os entreteníais tejiendo en vuestra cabecita el cálido cobijo de la fascinación por Catalunya. Todo lo que allí transcurría era objeto de vuestro deseo intelectual y emocional más íntimo. Yo percibía en esta admiración un sentimiento oculto que iba más allá de la natural admiración por un gran país y la consideración de sus gentes. En realidad, y deja que fabrique un poco de filosofía de bolsillo, erais víctimas de la estéril nostalgia de no ser como ellos, de no participar de su vigor social y cultural. En vuestro imaginario configurasteis, con trazos fantasiosos, una segunda Tierra Prometida, con el vago recuerdo de vuestra estancia en las universidades catalanas. Una tierra con sentido de país, habitada exclusivamente por profesionales de punta, artistas innovadores, creadores comprometidos con la causa, políticos de prestigio, universitarios de influencia en los medios, periodistas de relumbrón, todos ellos de éxito, con desenvoltura europea y, lo más atractivo, disponiendo de vidas interesantes y azarosas. Vamos, como si en Catalunya no existiera l’Hospitalet, Cornellà, La Mina y otros Harlems similares donde nunca llegaron los reflejos orbitales de las bolas de luces de Bocaccio... Seguíais con delectación, hipnotizados, lo que acontecía en la ruta barcelonesa de la gauche divine, apogeo del cosmopolitismo y el glamour de aquellos tiempos. De allí llegaban las noticias de flirteos entre las figuras del nuevo cine o de la literatura, inventaban modas, surgían creadores en todas las artes que llamaban la atención de Europa y todo bajo el admirable paraguas de la conciencia colectiva de identidad.... 32
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    Mientras todo esosucedía, aquí forjabais identidad de país en los fines de semana transcurridos entre la rutina bucólica de Son Granot, preparando alguna malévola estrategia para el próximo congreso del PIIB, mientras el payés de la possessió preparaba las matances. Ni gauche divine, ni dos reales. Para vuestro desespero y frustración os tuvisteis que conformar con ser la gauche rurale. Claro que con los años os sofisticasteis y empezasteis a entender de vinos caros y a organizar cenas con caviar Beluga y vodka Stolichnaya. Lo de los huevos fritos esferificados llegó más tarde. El caso, y bien que lo siento, es que os ocurre lo que a mí: que por detrás del título universitario, más allá de brillantes aventuras empresariales y por encima de la experiencia adquirida trotando por medio mundo, se nos asoma el pelo de la dehesa. Así decían en mi pueblo para desenmascarar al cazurro que intenta camuflarse de listillo. De hecho, querido Leo, no somos tan distintos. Si, como he oído, el ADN del ser humano coincide en un noventa y siete por ciento con el de la mosca ¿Cómo vamos a ser tan distintos un insigne filocato como tú, una espabiladilla extremeña como yo, la Paca, la Merkel o Washington Denzel? Para que me vengan con identidades... Y aquí me tienes, la forastereta, como me llamabais tú, el Papa y los demás. Aquí me tienes de cuerpo presente, y perdona de nuevo el sarcasmo fácil. Te he amado con locura, a ti, a tus amigos, a tu hijo desconocido, a tu gente, a tu tierra, probablemente más que lo que lo hiciste tú mismo, que nunca trabajaste esta sencilla y recomendable habilidad. Estaba loca por compartir contigo tu mundo, pero te empeñaste, sin que lo afloraras en la conciencia, en que anduviéramos por caminos paralelos. No me quejo porque jamás me sentí discriminada y muchos menos despreciada. Simplemente, la niña de Extremadura no nació para ser asimilada. Ni aquí, ni en Extremadura. Mi propia independencia, como tu muy bien sabes, o mejor dicho gracias a ti, no impide que hable catalán sin demasiado acento y que utilice, pongamos por caso, la expresión quin equinocci!, cuando tengo que describir una situación penosa trufada de dificultades. Ni tú sabías que el origen de esa expresión deformada partía de la referencia al desastroso viaje equinoccial de Lope de Aguirre. Por cierto, cada vez que la uso ante un mallorquín de pura cepa, como diría Rajoy, me veo obligada a explicar el significado. Y te equivocas si crees que esa falta de asimilación identitaria es distintivo de los forasters. En mí jamás se produjo como rechazo al colectivo que me acogió sino por ejercicio de mi propio espíritu independiente. Sucede también en gente más mallorquina que el camaiot. De hecho, mi querido Leo, también lo aprendí, como casi todo lo importante en mi vida, de tu biblioteca del Carrer del Sol. Me percaté cuando al abrir por puñetero azar un poemario de Bartomeu Fiol, me salen tres versos que supe traducir a la primera, aunque bien es cierto que eran de vocabulario sencillo: Si us ve de gust, podeu posar-me, o fer-me posar/ aquesta senzilla làpida: NO ERA DELS NOSTRES. ¡Hay que ver! Uno de los más admirados poetas del país- y lo fue con toda 33
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    justicia y merecimiento-se sentía un outsider de los aspectos tangenciales de la identidad. Con lo fácil que es ser uno de los nuestros... Pues mira por donde, exactamente como yo. No lo de poeta, claro... sino lo de outsider. Si tuvieras todavía ojitos para mirarme y boquita para besarme te diría que te rieras, que es una broma, coño. Sobre todo ahora, que en tu envoltorio cerámico te has deshecho de todos tus defectos y manías. Paradojas de la vida – o de la muerte – en eso has salido ganando. Aunque sigues sin reír... 17 A Cuba uno no se lleva el bocadillo hecho en casa Parece que se está cubriendo el cielo. El último cigarrillo me ha desvelado. Tomaré otro dedal de whiski y así no será necesario el myolastan para dormir. Perdona que no te pida si quieres algo... ¡Ay esa cadera! Cada vez que me levanto del sofá me dice: Anita, que vas disparada hacia los osteoporósicos sesenta y la muy diabólica aprovecha para morderme un poco más. Fíjate en eso, encima del mueble bar, sobre las botellas: el título universitario de Dirección de Empresas. En mi vida se fusionan en un único conjunto: empresas de bares. La señora Helga me recordaba con frecuencia que los mejores negocios son los que gestionan los instintos básicos: comida y bebida, sexo, juego y diversión. He sacado más provecho de sus consejos que de todas las asignaturas de la carrera. Mi licenciatura en la universidad fue un hito en nuestras relaciones. Como ya hablaba perfectamente catalán, podías mostrarme en público. Y como era capaz de meterme en una conversación para defender el alarmante estado de salud de la lengua catalana, con más peligro de desaparición que la capa de hielo de la Antártida, podías incluso bromear ante tus conocidos sobre mi origen extremeño. Con mi graduación te vi por primera vez realmente orgulloso de algo que no era el supuesto orgullo patrio: orgulloso de mí. Yo, francamente, no lo estaba tanto y me preguntaba si, con todo tu empaque social y prosapia cultural, no te dabas cuenta que me exhibías como un fenómeno de feria, como la mujer barbuda. Hubiera comprendido que sintieras la satisfacción de Pigmalion forjando a Galatea a su imagen y semejanza, pero no era el caso. Advertí en ti un sutil sentimiento colonizador victorioso por haber sometido al indígena. Tú, que manifestabas normalmente un comportamiento respetuoso y gentil, me sorprendiste con comentarios ordinarios y hasta hirientes que yo fingía no advertirlos. 34
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    En realidad, donLeonardo se sentía exultante porque se había liberado del problema reptante que lo agobió durante más de una década: una relación con una jovencita extremeña, de simpática ignorancia y que juntos se retorcían de placer como las colas de lagartijas recién cortadas. El Hada Madrina, con su varita mágica que destila polvo de oro, había convertido aquella iletrada y andrajosilla extremeña en una joven empresaria de emergente éxito que podía hacer alarde de formas mundanas si la ocasión lo requería y absolutamente integrada al medio donde, no sin esfuerzo, hubo de sobrevivir. Se había borrado de mi ficha social el lugar de nacimiento. El caso es que hasta llegar aquí lo pasaste mal. El camino que elegiste era impracticable. ¿Te acuerdas del viaje a Cuba? Era muy al principio de nuestra relación. Te habían invitado a un congreso de filólogos a La Habana. Nada, uno de esos chollos de los universitarios de tú me invitas a mí y yo mañana te invito a ti, que paga el presupuesto. En un alarde de arrojo quisiste que te acompañara. Eso sí, con toda discreción. Te inventaste un trabajo previo en Madrid con la única finalidad de que no saliéramos juntos de Palma. Nos encontraríamos en Barajas. Con tanta mala suerte que, cuando estábamos en la cola del embarque, supuestamente anónima y cosmopolita, aparecen un grupo de conocidos profesores de la Universidad, todos ellos de Derecho, que también iban a la perla del Caribe. De tener la pócima de la invisibilidad te hubieras bebido un par de litros sin respirar. Tu planificación de las cautelas se hizo añicos por los suelos. Todos ellos querían saber quién era la atractiva jovencita que acompañaba al jefe de los filocatos de la UIB en un viaje a Cuba cuando por todos es sabido que a Cuba un hombre no se lleva el bocadillo hecho de casa sino que se lo compra allí que son más suculentos. Pasaste un mal viaje. La graduación universitaria fue también para mí un gran orgullo aunque, como no estoy ciega ni sorda, lo he relativizado: no había para tanto. Nada que ver con el escenario actual, con la exigencia de notas de corte elevadísimas que producen una cruel selección entre los estudiantes que aspiran a acceder a una carrera. Entonces, con el baby boom, entraba cualquier iletrado y se sacaba la carrera en un plisplás. No toda la gente que accedía estaba preparada. Es más, gran parte de los estudiantes de entonces eran verdaderos zoquetes y calamidades, lo cual no impidió que se licenciaran y que ejercieran sus profesiones sin ningún tipo de complejo. Así ha ido al país, como tú dirías. 18 Las fronteras que separan buenos y malos Crecí con vosotros y todo os lo debo. Soy el fruto de vuestra siembra, probablemente con toques híbridos pero formo parte de la misma tierra y del mismo paisaje. Pero aún hoy discrepo de algunas facciones de la fisonomía de vuestro comportamiento. 35
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    Las fronteras, LSD,las fronteras eran vuestra perdición intelectual. Y no te remuevas en tu urna porque vas a provocar un percance doméstico. No me gustaría que acabaras en el depósito del aspirador. Parece que hablo de política pero hablo de personas, queridísimo Leo. Quieras o no, en realidad luchabais para enmarcar la soberanía balear en un mapa con fronteras: un país independiente más o menos asociado. Me costó muy poco aprender la lección. Simplemente tratabais de poner puertas al campo, como se diría en mi tierra. En realidad - y quizás sin ser conscientes de ello – el auténtico muro separador lo erigisteis en vuestra cabecita: a un lado, muy pequeñito, los buenos y al otro, inmenso, los malos. Era otra manifestación de vuestro sarampión permanente de insatisfacción: nadie os acababa de gustar. No apreciabais la menor virtud ajena. Y con los pocos que os gustaron acabasteis como el rosario de la aurora. No hay más que ver la experiencia del PIIB: en la matanza murió hasta el apuntador. Fue la perfecta aplicación de muera Sansón y todos los filisteos. El más claro ejemplo de la idiotez: tomar decisiones para dañar a los demás sin tener en cuenta que quien las toma resulta dañado en igual medida. Y si rascamos todavía surge una piel más compleja. La ecuación no era los nuestros son los buenos y los demás los malos. Porque... ¿quiénes eran los nuestros? A Miquel Mas, sin ir más lejos, lo tuvisteis atravesado en la epiglotis. Nunca lo digeristeis. Cercano al independentismo político, ciudadano de los Països Catalans, radical de la lengua, prolífico autor, poeta, periodista, brillante, comprometido políticamente... Tenía todo para ser uno de los vuestros pero con él jamás hubo feeling. Era de los malos. No te pongas nervioso, LSD, no voy a sacar su homosexualidad como causa del rechazo. Eso ya lo hemos discutido. Pero os molestaba su ductilidad intelectual. Era, es, una persona con sentimientos a flor de piel, instintivo y, sobre todo, un derroche de emociones expresadas a los cuatro vientos, alguien que habla del amor, un ser sin complejos, libre, que si la ocasión tercia bailar sevillanas en la Feria de Abril, las baila sin que retruenen las trompetas que demolieron las murallas de Jericó ni se desplome su más íntima convicción política. Para más inri, algunos de sus libros se venden bien y cobra sus buenos dinerillos por sus artículos en los periódicos y revistas culturales de postín lo cual, en un universo intelectual de miniatura como el mallorquín, cuenta lo suyo. Te lo confesaré ahora: paradojas de la vida, Miquel Mas encarna la valentía y la gallardía sexual que ninguno de vosotros fuisteis capaces de ejercer. Un promiscuo, quizás sí. Pero justamente os molestaba vuestra incapacidad para acceder al sexo y al amor con la franqueza y la soltura con que él lo hacía. Leonardo... ¡Que me tuviste más de tres años desterrada en la caverna! ¡Que el Papa tiene un mal rollo colosal con las relaciones con las mujeres! ¡Que no se necesita ser sexólogo para ver que el pobre Tito es un reprimido de aquí te espero!... 36
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    ¡Eh..., he dichoque no te pongas nervioso! Dejo el tema y no se hable más. Pero dime, ¿Porqué los buenos eran buenos y los malos? En realidad eran más malos los malos que muy buenos los buenos. No te apures, no sigo. Pero Miquel Mas siempre me cayó bien, hubo empatía entre los dos. No podré comprender nunca ese punto de desprecio que le infligíais a menudo. Lo tratasteis como a un sobrino de un dios menor. Fuisteis injustos con él. Y si no te lo digo hoy... ¡cuándo te lo voy a decir chiquillo! 19 Nada vale dos duros si no se puede compartir Ya es la medianoche en punto. Ahora ya es Navidad. No creo que sea oportuno desearte felices fiestas, Leo. No lo serán a pesar de los esfuerzos que hacemos todos para aceptar tu fuga con naturalidad. Porque no me negarás que lo tuyo ha tenido una importante dosis de fuga. Esta mañana, en el tanatorio, a la hora de recoger tus cenizas me he topado con el Papa, Tito, Kubalita y Biel, abatidos hasta la postración, consternados y con el alma quebrada. Se ha roto el equipo. En la mesa del bar donde hemos tomado café había una silla vacía, o más bien ocupada por tu urna, que para el caso es lo mismo. Nadie la miraba fijamente pero había que hacer esfuerzos para no hacerlo. No es fácil acreditar que don Lleonard habita esa vasija. No estaba el capitán alrededor del cual formamos el grupo invencible. No estaba el intendente, siempre dispuesto para poner su tiempo, su dedicación, su inteligencia, su casa y hasta su fortuna tanto al servicio de la causa amical como de la política. Siempre fuiste generoso, LSD, aunque creo que sin querer. Como si con tu despego y prodigalidad trataras de garantizarte compañías y afectos que por ti mismo no te asegurabas. El caso es que esta mañana, allí juntos, los cuatro sufrían la desolación del náufrago que no sólo se ha quedado sin nada sino que se ve incapaz de sacar fuerzas para sobrevivir. Ninguno ha podido articular palabra. Se limitaban a expresarse por sus ojos llorosos. Una vez más el toro, en vista del colapso de la escena, ha puesto los cuernos en mis manos para encontrar la salida del laberinto emocional en el que os perdéis a primeras de cambio. Les he dicho que les mirabas muerto de risa (lo siento, pero me ha salido así) y que les reprochabas lo torpes que eran porque al primer disparo estaban tocados y hundidos. He rememorado las anécdotas clásicas, la gatera de maría que pillasteis el día del hundimiento electoral del PIIB, o cuando el Papa, completamente borracho, dio un mitín en Sa Pobla y levantó las más efusivas adhesiones. 37
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    He sacado delbaúl de los recuerdos escenas de la prehistoria, cuando hicisteis cantar a aquella jovencita que yo era y que no pillaba mucho catalán, una glosa con tonadilla aflamencada: Una figa per ser bona / ha de tenir tres senyals: / clivellada, secallona / i bequejada pels pardals. ¡Como os aprovechabais de aquella pobre ingenua y voluntariosa mucama! La revancha no tardó y días después os dejé planchados respondiendo a vuestras ordinarieces con un sorpresivo Quins goranots, no saben dir res més que grolleries. Con aquella frase, que empleé dos días en construirla y aprenderla, aprobasteis mi reválida para ingresar en vuestro club. Y así, hablando y sonriendo, se ha ido desvaneciendo la impenetrable bruma de pena que les envolvía. Han recobrado el don de la palabra. Como siempre, servidora limpiando mugre. Comencé por la de tu casa y he acabado por los sufrimientos innecesarios de tus amigos, que es la peor de las mugres. Nunca fuisteis muy habladores. Entiéndeme, hablabais mucho, eso sí, pero decíais pocas cosas. Teníais un relato muy informativo pero muy poco emocional. Tú en especial. Podías mantener una extensa y docta conversación sobre el marco socioeconómico de la independencia del Quebec y luego, al encontrarte conmigo a solas, ser incapaz de contarme el menor detalle de la vida real: que si esa chaqueta te resulta incómoda al sentarte, que si en la charla había una rubia de las repúblicas eslavas con piernas que nunca acababan, que si te ha gustado la ensalada de queso con arándanos que te han servido y que me la vas preparar un sábado en tu casa, que si te has topado con un independentista simpático, aunque sea un oxímoron.... (perdona la broma, ya sabes que soy así pero que en la práctica tengo mucho respeto por todo el mundo), que si me habías añorado... Nada de nada. Un sepulcro. Eras la versión culta de mi pobre padre: tampoco estabas para hablar de mariconadas. Más fino, tú hablabas de collonades. Mi querido LSD, te has ido sin comprender que, como decía un personaje de la Sombra del Viento, en esta vida nada vale dos duros si no se puede compartir. Y compartir los anhelos independentistas está bien, pero nada más que eso lo encuentro sosito. La soledad es un sentimiento extremadamente interesante, incluso necesario, pero a condición de tener alguien al lado para comentarlo. Traté de participarlo todo contigo, mi formación acelerada, todo mi proceso de transformación: de mucama por horas a manejar negocios de cierta envergadura, de jovencita ansiosa a madura acomodada... Te hice vivir conmigo miserias y grandezas, que de todo hubo. Siempre tenía algo que decirte, una novedad descubierta, una anécdota de la universidad, felicitar a Biel por su santo, un encuentro con un conocido en el súper que se va a vivir un tiempo a Usuaya, en plena Tierra de Fuego... Tú, por lo visto, o mejor dicho por lo no oído, jamás en tu vida te topaste con un conocido por la calle. Ya sé que no son más que simpáticas irrelevancias, la calderilla de la vida, fruslerías. Pero amigo, en nuestra existencia las alhajas las guardamos para las grandes ocasiones; el día a día, que es lo que vale, se vive con bisutería. 38
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    Me consuela saber,no porque me lo dijeras sino por deducción propia, que te gustaba oírme. A pesar de la impavidez de tu boca, tus oídos no despreciaban ni una pizca de mis relatos folletinescos. Las historias de la vida cotidiana, que a menudo te contaba aderezadas con carantoñas, fueron poblando el desierto de tu incapacidad relacional congénita. Te acostumbraste pronto a ellas. Tanto que, cuando descendía mi nivel comunicativo, de inmediato te interesabas por mi estado de humor. Mi charleta se te convirtió en producto adictivo que te mantenía anclado en el planeta Tierra y evitaba que divagaras por los agujeros negros del universo emocional, actividad a la que te solías abocar sin remedio, atraído por una fatal fuerza de atracción. Mira, LSD, en la vida alguien tiene que organizar el baile para que haya gente como tú, que apenas os podéis refugiar en lo de que me quiten lo bailado porque, si de vosotros dependiera, lo que se dice bailar, nadie hubiera bailado. Tú me tenías por un loro parlanchín incorregible. Y no lo sabes todo: llegué a decirte mucho más de lo que reparaste. Te lo revelo ahora, que es momento de confesiones. En mi locura por transmitirte y compartir toda la ebullición de mis adentros copié tu código-base del silencio y lo mejoré hasta extremos insospechados. Te lo cuento ahora porque de vivo no te hubieras enterado de nada. No te apures con este galimatías, que te lo descifro ya. Aprendí que cuando estabas abstraído y enfrascado, circunstancia muy frecuente, te envolvías en una crisálida que repelía el lenguaje hablado. Como no estaba dispuesta a cruzarme de brazos ante tu tontería usaba lo más sofisticado de mi arsenal comunicativo: me acercaba a tu cuerpo abatido, reposaba mi cabeza en tu pecho y tomaba tu mano entre la mía. De ese modo, gran parte de lo generado en mi sesera se transmitía directamente hasta tu corazón, los dos tan cerquita. El resto bajaba por mi brazo, franqueaba nuestras manos y subía por tu brazo hasta tu cabeza. Trabajo de conexión limpio y eficaz. Entonces, solías mirarme y depositar un piquito en mis labios. Y ni una palabra. Pero, sin saberlo, ya te hacía efecto el antídoto inoculado en secreto. 20 Orgasmo, y simultáneo Parece que te oigo lamentar el malvado destino que nos hizo cruzar las vidas. Te hubiera convenido mucho más una relación más lineal o, al menos, más a la medida de tu timidez emocional y de tu geografía social. Quizás si hubieras seguido con la filocata ibicenca, madre de tu hijo... Y mira que los ibicencos me caen simpáticos, sobre todo desde que supe que la gloria nacionalista de sus letras se apellidaba Villangómez. ¡Que es otra broma, no te sulfures! No te das cuenta de que irritarse en esta urnita es de lo más estrafalario.... 39
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    Cuando al nacerme deslicé por el útero de mi madre con suavidad placentaria se me puso la carne de gallina y, de contenta, del corazón me brotaban chiribitas. Bromeo pero algo hay de eso. Sin embargo, la infancia me deparó todo lo contrario. La rudeza y la hosquedad de trato que recibí me provocó desde muy niña hambre de caricias. Hambre jamás saciada. Nunca gocé de contactos físicos y en mi catálogo solo figuraba la curtida y callosa mano de mi padre que tomaba la mía cuando caminábamos juntos por los caminos entre campos de algarrobos. No podía decirse que aquello fuera una caricia, tenía más bien algo de llave inglesa. Mi madre tampoco llegó más lejos, víctima de su sentido de servicio. Todo contacto debía tener una utilidad doméstica. Si me tocaba las piernas era para alisarme la falda magullada y si posaba sus manos en mi cabeza era para atusarme las trenzas desgreñadas. Los besos eran contados y de fría urbanidad. Jamás se producían mimos ni arrumacos. No había roces personales gratis. En la vida de Los Mochuelos no se perdía el tiempo en bobadas. Por eso tengo grabada, en el frontispicio de mi memoria, la primera vez que mi madre me llevó a la peluquería. Era en La Serena la víspera de mi primera comunión. Allí descubrí y experimenté el hormigueo físico que provoca la expresión de la ternura, una palabra cuyo significado entonces desconocía. Era un salón sencillo, de pueblo, sin otra pretensión que la de quedar bien ante una clientela fija pero muy esporádica que no gozaba de posibles para el fardo y el embellecimiento. Apenas entramos en el establecimiento, una joven peluquera me regaló una retahíla de piropos y cariños, no sé si muy sentidos o puramente mercantiles pero en cualquier caso me ruborizaron y aceleraron el corazón. Así estaba cuando me sentó en una mullida butaca y con las puntas de sus diez dedos me acarició suave y distraídamente las raíces de los cabellos mientras debatía con mi madre el peinado más adecuado para el tipo de pelo, grueso y abundante. El sutil y amable masaje provocó una ola que, viniendo desde lejos, hizo que toda mi epidermis se erizara y mis carnes vibraran debajo de cada poro. Creí morir de placer. Un placer voluptuoso que momentos después se diluyó lentamente a pesar de mis esfuerzos desesperados por retenerlo. El origen del estremecimiento no radicaba tanto en las caricias sino en el sorpresivo descubrimiento de que mi piel, yo misma, era el destino de la ternura que me regalaba la bondadosa acariciante. Por primera vez en mi corta vida alguien, con inesperada generosidad, me trataba con delicadeza y lo expresaba con cálidos mimos a mi lujurioso cuerpo infantil que, naturalmente, respondió con una explosión sensitiva. Te lo digo ahora, LSD: creo que toda mi vida no ha sido más que un infructuoso intento de recuperación de este placer carnal anclado en las profundidades de mi infancia. Ahora mismo te cambiaba mis diez mejores orgasmos por unos segundos de este éxtasis infantil. Pero bueno, no te me sulfures. Ya sé que nosotros tampoco tuvimos un mal sexo. Ahora ya podemos hablar sin tapujos. Fíjate – es un decir, claro- que nuestro sexo siempre tuvo algo de furtivo porque floreció en la clandestinidad y te empeñaste 40
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    en mantener durantetoda la vida una brizna ese pecado original. O mejor dicho, algo había en ti que hizo que nuestro sexo quedara encubierto en lo oculto, casi en lo ilícito. Y no por cuestiones de moral o de pudor, me consta. Y lo comprendo.... ¿Cómo podía el ilustre filocato Lleonard Sans i Desbrull, sacerdote oficiante de cuanta misa negra independentista hubo durante años, que no pronunciaba una palabra de castellano así lo matasen, ignorado padre del fruto de una relación con una filocata ibicenca de secular marchamo catalanista, alardear de tirarse a su joven servidora extremeña, que exclamaba continuamente ¡Por Dioh! y que se esforzaba para no decir pretóleo, como se usaba en Los Mochuelos? Pero no me quejo. Ni te reprocho ni una migajilla. Yo fui muy feliz a tu lado, en la cama o desgranando tranquilas horas vespertinas leyendo en el salón y sonriéndonos cuando levantábamos la vista del libro. ¡Y tú si que fuiste feliz en la cama...! Durante años disfrutamos, sin perseguirlo, del sumo placer sexual: el orgasmo simultáneo. Modulábamos al unísono la escalada para llegar y explotar juntos, cada uno siguiendo en su interior la carrera del otro. Llegamos a ser maestros en este oficio, que construimos con sorprendente soltura. Muchos están dispuestos a pagar fortunas a sexólogos por lograr este vínculo salvaje. Nosotros lo podíamos practicar mientras comentábamos la última de Woody Allen. Alguna vez lo hablamos, pero tú, fiel al principio judeocristiano de soslayar los placeres íntimos, te salías por la tangente, le quitabas importancia. Ocultabas con brillantes menosprecios tu incapacidad para reconocer la satisfacción de tus entrañas. Como siempre tenías una cita culta para salir de cualquier situación comprometedora, me llegaste a decir que Carlos Fuentes, en La silla del águila, sitúa el masaje prostático en la cima del placer sexual masculino. Lo intenté, pero aquí ya no me dejaste. Digamos que te cerraste. En banda, claro. Dejémoslo aquí... 21 Cuanto más odias, más te atas al odiado Ah... ¡Qué noche nos espera! Eso ya no tiene arreglo. Y encima la semana pasada se me ocurre decorar la casa con chorradas navideñas y comprar en el Arenal a un senegalés muerto de frío ese cervatillo kitch que cambia de color de luz a cada instante. ¡Conmovedor! Hablar contigo me hace daño pero si me callo reviento. ¡Qué vía crucis! ¡Qué difícil es hacer la crónica sentimental de una vida! Es coser retales de ahí y de allá sin gracia ni utilidad. Te estoy largando un soliloquio de recuerdos que, como los autos de feria, dan vueltas sin rumbo y chocan los unos con los otros. 41
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    ¿Dónde estábamos, LSD?No lo recuerdo pero lo cierto es que los años, como los vinos, sólo mejoran lo que es bueno. Lo malo, lo avinagran. ¿Te suena, Leo? A partir de los cincuenta, cuando te atreves a mirarte al espejo compruebas lo que ya intuías: la vida nunca acaba bien. Hay que aceptar la derrota y olvidarla. Algunos lo olvidamos pronto con cualquier fruslería: desde compartir con quien amas un gintònic de Seagrams con Fever Tree, a un paseo otoñal por la avenida de los Tilos de Berlín, los mejores episodios de Frasier o una ligera aventura amorosa con un/a psicoanalista argentino/a. Otros, y no señalo a nadie, se organizan un futuro en forma de un pasillo oscuro, negro, con la puerta del fondo bien cerrada. Disuelven sus deseos y rompen sus proyectos de felicidad como hace el viento con el ramaje muerto de los árboles. Luego aprovechan la leña para atizar el fuego de su tristeza y desespero. Las personas, como las lubinas, las hay salvajes y de piscifactoría. Huelga decir cuáles son las más apetitosas. Tu personalidad, que ya era compleja, se hizo críptica y desembocó en un gran festival de muñecas rusas. Encaraste tu propio otoño con desgana. Una desgana que gradualmente se transformó en desprecio por lo que te rodeaba y, finalmente, en odio. Ese odio larvado en un rincón de tu corazón, esa ira contra un mundo al que siempre consideraste hostil y, en especial, algunos de sus habitantes. Quizás no más de docena y media. Eso, entre siete mil millones, suena a poco, pero te dejaste amargar la vida por ellos. Yo te comprendía. Le gente pisa a quienes estáis en el centro de la pista de baile y en el mundo de la política, de la universidad, de los negocios... no te digo. Los líderes sociales sois objeto de mil y una perrerías. Perrerías que provocan rabia, naturalmente. Pero jamás comprendiste que las injusticias no se solucionan con rabia. Peor: la rabia provoca más dolor y más injusticias. Pero treinta años sin hablarte con tu hermana por una puñetera herencia, es de locos. No conocer a tu hijo que se te cruza en una calle por una miserable trifulca con su madre es de desalmado o de amputado sentimental. Si, ya sé que fuiste víctima de envidias, de codicias y de incomprensiones... Me acuerdo de la bronca con el Rector por la putada de tu doctorado, que apareció hasta en los diarios. Te hicieron la cama y abortaron tu propia carrera hacia el rectorado que ya acariciabas. Recibiste dardos envenenados desde todos los puntos cardinales. Los más letales salieron de las cerbatanas de tus antiguos compañeros del PIIB, que no descansaron hasta que te apearon y arrinconaron junto a tu reducida guardia pretoriana. No tuvieron remilgos en liquidarte a ti, que habías fundado y hasta financiado el partido con tu propio patrimonio. Como es natural, en tu batalla contra el universo saliste a menudo magullado y hasta herido. Entonces, tu desazón clamaba justicia inmediata al causante: ¡Qué le corten la cabeza! En tu descargo he de declarar que el ambiente en el que te movías, la universidad, los culturetas, la política, tu familia... era una geografía infestada de serpientes cascabel. 42
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    Pero, amigo, tuhabilidad emocional nunca estuvo a la altura de la contienda. Te extraviabas en la gestión de cualquier disputa, el menor conflicto era fuente de dolor, de rencor y de deseos de venganza. No supiste lo que significa tener un poco de cuerda, un poco de porfavor. Peor todavía: estabas convencido de tener siempre razón y, como presumías de que un presunto enemigo acabaría atacándote, para defenderte atacabas tu primero. El agredido, también para protegerse, devolvía la agresión. De ese modo confirmabas tu teoría: querían atacarte. Protagonizaste decenas de episodios con este absurdo patrón. Una ignorante como yo comprendió hace mucho tiempo que el odio - y la rabia que genera - te hacen prisionero de la situación y de la persona que te lo ha causado. Paradojas de la vida: cuanto más odias más te atas a tu odiado y acabas intoxicado por tu propio veneno, esclavo de ti mismo. Con lo fácil que es, si no perdonar, al menos olvidar... Fuiste un hombre de grandes proyectos colectivos y eso sublima tu aportación a la historia y tu reseña necrológica en los periódicos, pero quisiste planear demasiado tu vida y, créeme, si de alguien se ríe la vida es de quienes le hacen planes y proyectos. Lo aprendí en el viaje que hicimos a Marrakesh. ¿Te acuerdas? Yo estaba entusiasmada por todo: los intensos olores a especias y perfumes, el bullicio nocturno de la plaza de Jemaa El Fna, con sus cuentacuentos auténticos y los encantadores de serpientes de mentirijillas, el rezo sonoro del muecín que clamaba desde lo alto de la torre de La Koutubia... Me faltaban ojos, pituitaria, oídos, tacto... para asimilar todo lo que ocurría a nuestro alrededor. Entonces, en un arrebato de entusiasmo, le dije a nuestro guía que tres días no bastaban para digerir los complejos encantos y misterios de la ciudad y que volveríamos por Semana Santa. Su respuesta fue breve, precisa y formulada en tono ceremonioso: Insha’Allah, madame, Inshall’Allah. Detrás de las tres palabras no había más que un elegante reproche por mis ansias de dominar el futuro cuando el futuro es indomable. En la vida si algo falla es el guión que nuestra cándida ingenuidad - a menudo disfrazada de vanidad - nos hace escribir sobre nuestro futuro. En realidad ahora te emperifollo el relato con toques exóticos pero la expresión del árabe nace del mismo Si dios quiere, niña, si dios quiere, que apostillaba mi madre cuando le proponía planes. Hay quien afronta los pinchos de la vida con silencios, con evasiones, con protestas, con resignación, con olvido... Tú te defendías con lo mejor que sabías hacer: el exceso de raciocinio y especulación intelectual. Dabas mil vueltas a los golpes recibidos. Tratabas tus catástrofes con el infinito gota a gota cerebral, ocupabas todos los huecos y rincones de la desgracia. Te sumergías hasta el verdadero núcleo del dolor y, tú, el caudillo de los filocats, la mente más crítica de donde las hubiera, jamás comprendiste la inutilidad de repetir mil veces por qué me ocurre eso. Pasaste a mi lado días y noches encerrado en ti mismo mientras yo trataba de escrutar, con toda la maquinaria de mi intuición en marcha, los motivos de tu quebranto. El día que casualmente viste a la madre de tu hijo acompañada por un 43
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    joven que podríaser también tuyo fue uno de ellos. No te gustaba hablar de tu hijo ignorado; ni siquiera supe por ti de su existencia. La visión de aquel joven en tu mismo camino te hizo caer al fondo del pozo y allí estuviste durante varios días hasta que, al fin, casi in artículo mortis, me contaste tu pena. Te abracé y traté de darte aliento como a un chiquillo desamparado. Te di la única solución posible: ve a verlo y abrázalo sin preguntar si puedes hacerlo. Después, pase lo que pase, todo será mejor. Pero parecía que tú no querías remedios, como si tu medicina preferida fuera el dolor. Te has ido a la tumba, o más bien a esa urna que tengo delante, triste, cabreado y enrabiado. De acuerdo que la vida no te ha hecho demasiada justicia pero... ¿quién te dijo que la vida era una cosa justa? Y eso, querido, Leo, te lo reprocho. Nunca me diste la cancha que te pedía para volar juntos y olvidarnos de injusticias... Tanto pedir soberanía y tú habías dimitido de la tuya, de tu soberanía de ser humano. La tiraste por la ventana como se hacía con los muebles viejos para arder en las hogueras de San Juan. No te incomodes, no voy a seguir por aquí. La melancolía de lo que pudo ser y no fue me provoca ronchas en la piel y mi agenda médica la tengo saturada. Me vas a permitir que mientras te hablo me pinte las uñas que las tengo hechas un asco. 22 Comienza la hecatombe La hecatombe comenzó hace apenas unos días. ¿Te lo recuerdo? No sé si es de buen gusto estando tú, como quien dice, de cuerpo presente. Me arriesgaré… Llego a casa a las tres de la mañana y me encuentro un e-mail con tu nombre en la casilla del remitente y enviado apenas media hora antes. Aquí lo tengo, te leo los párrafos esenciales. Estimada Aineta, quiero que seas la principal beneficiaria y el albacea de mi testamento (...) Es mi último deseo que te encargues de que mis cenizas sean esparcidas desde lo alto del Puig de Masanella y que entierres junto a la columna geodésica de la cima una cajita con esa foto que te envío adjunta: mi hermana y yo, de niños, en una excursión con mi padre en ese mismo lugar. Trepar con ellos hasta el cielo de Mallorca me hizo sentir muy feliz aquel día de primavera (....) No habrá funeral por mi muerte. Deberás organizar una ceremonia civil en el claustro del Santuario de Monti-Sion. Te paso el listado de los invitados, en torno al centenar. Pilar Tur y su hijo deben estar, contigo, en lugar presidencial. El acceso será libre, pero trata de que no asista Jaume Barceló, el antiguo Rector. Ha de haber un estrado sencillo con un fondo de cuatribarrada. Nada más. También un equipo de 44
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    sonido que deberásencargar a una empresa así como un técnico para que lo controle. No se depositaran coronas de flores y debe hacerse saber que es por mi propio deseo. Se deberá convocar a los medios de comunicación. También a los de Catalunya. Como apertura, Tomeu Muntaner, el primer viola de la Simfònica, interpretará el tema principal de “La lista de Schindler”, de John Williams. A continuación deberás buscar alguien que cante en directo aquella copla que tú me repetías: “Yo no quiero que me quieras / ni que me tengas cariño; / sólo quiero que recuerdes / lo mucho que te he querido. /- Dime, niña, ¿por qué lloras? / - Porque tengo que llorar, /porque ha pasado mi amante / y no me ha querido hablar”. No me acuerdo cómo sigue pero debe interpretarse completa. Invitarás a Miquel Mas para que intervenga pero que no improvise, que pacte el texto con el Papa. Trata de que Kubalita, Tito y Biel también intervengan, al menos dos de ellos. Después que suene la versión original de “Yesterday” (...). Luego tu leerás, en mi nombre, el documento que te adjunto. No te apures, es breve: una sencilla reflexión sobre la vida y la muerte. Y para cerrar el acto Nofre Montagut, el chelo de la Simfònica, interpretará el Cant dels Aucells. No habrá recordatorios. Encarga a Enriqueta, la madona del restaurante, que sirva algo para picar y beber después de la ceremonia.(...) Te mando mi curriculum y una foto mía para que Biel lo reparta entre los periódicos de Mallorca, Menorca e Eivissa. Él sabrá cómo hacer para que todos publiquen la necrológica. Encarga una esquela a cuatro columnas en cada uno de ellos. Eso facilitará las cosas y ampliará el espacio de la reseña. (...) También te adjunto una lista de unos 500 correos electrónicos a quienes, desde mi propia dirección, mandaras el escrito contenido en un documento, que también adjunto, en el que reflexiono sobre algunos episodios de mi vida pública que tuvieron, en su día, un tratamiento periodístico que faltaba a la verdad. (...) Te he nombrado heredera universal de todo mi patrimonio inmobiliario y de los fondos bancarios con el compromiso de que siempre tengas las puertas abiertas de Son Pau al Papa, a Biel, a Tito y al Kubalita y que lo utilicen como quieran.(...) No te preocupes por nada (...) T’estim Esa última línea, inédita en tu vocabulario, hizo sonar todas las alarmas y, sin resolver los grandes interrogantes que se desprendían de aquel correo, salí disparada hacia el Carrer del Sol. Dejé el coche tirado en la esquina roma del Carrer Monti-Sion y llegué a la puerta de tu casa jadeante. Desde la calle advertí luz en la sala y no supe interpretar si eso era una buena o una mala noticia. Te encontré en el estudio, delante del ordenador. Una ligera barba te demacraba el rostro. Recordé la frase de Belmonte: el día que toreo me crece más la barba. Es el miedo. Me lancé a tus brazos. Creo que no había estrechado tanto a nadie desde mi primera adversaria en el Bayerische Arenal. Lo hice sin preguntar, en silencio, como a ti 45
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    te gustaba. Yte gustó porque me correspondiste. Entre la compresión de las dos mejillas sentí que se deslizaba una lágrima. Tuve que reprimirme pero en aquellos instantes la iniciativa, como la lágrima, había de ser tuya. Te voy a mandar de nuevo el documento con mi texto porque he introducido algunas correcciones... fue lo primero que se te ocurrió decir. No té contesté y me limité a exclamar en mi interior un ¡Será posible! consciente de que la situación no daba para los sarcasmos ni para las broncas que solía propiciarte cuando superabas con tu comportamiento estrafalario la raya roja. La explicación no tardó. En la Policlínica te habían hecho un TAC a instancias del neurólogo para determinar los orígenes de las frecuentes migrañas que padecías. El resultado había sido desolador: aparición de numerosos nódulos tumorales con derrame maligno sobre tejido encefálico. Grado de formación cuatro. El más grave. La supervivencia se contaba en meses. Y muy pocos. Quizás semanas. Te habías enterado por el sencillo sistema de abrir el sobre del informe médico que acompañaba al TAC que te había dado una enfermera atareada, colgada simultáneamente a dos teléfonos, aunque tuvo tiempo de sonreírte con rutina protocolaria. Lo habías abierto en el mismo pasillo del centro hospitalario. Muy tuyo. Ni siquiera habías acudido a la consulta de tu médico, Antoni Tugores para aclarar las cosas. Fuiste directo al Carrer del Sol y en Google tecleaste nódulos tumorales cerebro grado formación 4. No hablaste con nadie del tema y dejaste pasar cuarenta y ocho horas. ¡Dos días enjaulado dejándote arañar por la violenta fiera de tu propio drama! La organización del testamento, dijiste, te alivió parte de la crueldad que desprendía el paso de esas horas infernales. ¡Eras un caso perdido! Te encontré relativamente tranquilo, consolado por una anestesia que solo la proporciona la mente cuando advierte un refugio confortable donde cobijarse de los efectos más perniciosos de la calamidad. Yo no podía decir lo mismo, no estaba relativamente excitada sino en toda mi capacidad de acaloramiento emocional. Manfred, un amigo alemán oncólogo con renombre internacional nos daría su opinión y agotaríamos hasta la última posibilidad por complicada que fuera. No pude obviar el castizo lugar común que suele aparecer en estas circunstancias: Y si hay que ir a Houston, se va y ya. No tardé en constatar que había algo extraño en la terrible situación que afrontábamos: tu comportamiento imperturbable y aparentemente sosegado. Tenías tus razones. La muerte solo se ceba con quien la teme y contigo se dio un auténtico festín. Desde hacía años, tras la cortina de tu silencio y oculto en la oscuridad de tu introspección, fantaseaste con ella hasta la extenuación. Habías diseñado todo tipo de situaciones y escenarios para afrontarla, secuencias temporales largas y cortas, enfermedades, accidentes, acompañantes de los últimos minutos de la agonía... Vamos, el castillo del terror. Dios me libre de dar consejos de cómo comportarse cuando a uno se le sienta la parca al lado pero tú, como era de esperar y por pura proyección estadística de tus 46
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    conductas, tomaste elpeor de los caminos, el que discurre bordeando la paranoia: buscaste alivio en ella. Pusiste la cabeza debajo del ala y procediste a montar la gran ceremonia de la redención. Tu testamento lo delataba. Muerto, finalmente, la sociedad en su conjunto y algunos de sus prebostes en particular reconocerían quien fue Lleonard Sans i Desbrull y lo que significó para la historia contemporánea de este país. Sus profundas aportaciones intelectuales, políticas, docentes y literarias, que en vida no emergieron más que a un palmo por debajo de la superficie, recibirían finalmente el merecido homenaje. Si para ese objetivo hay que dar la vida, como buen patriota, se da. Fino conocedor de los vericuetos ocultos de la literatura, me habías descrito una de las últimas frases de Flaubert, cuando la muerte ya lo había sometido a la agonía: Yo me voy y esa zorra de Madame Bobary quedará para siempre. Y cuando llegó tu hora te comportarse como un auténtico perverso intelectual. En claro proceso paranoico invertiste la frase: Madame Bobary se va y Lleonard Sans quedará para siempre. Como la heroína de Flaubert, habías convertido tu trabajada percepción intelectual en un festival de ambiciones sublimes y delirios fantásticos, en una existencia por encima de las demás, entre el cielo y la tierra, entre las tempestades, algo prodigioso. Le robaste a Flaubert el famoso Madame Bobary c’est moi. Quisiste serlo tú. 23 La muerte asusta tanto que a veces seduce La muerte, LSD, te asustó tanto que te sedujo. Un producto emocional a medio camino entre la locura y la cobardía. Pero para decirlo en plata, querido amigo, no era ninguna novedad porque toda tu vida transcurrió entre el profundo deseo y el recelo apocado. Los dos días de cautividad en el Carrer del Sol, a solas con tu TAC, quebraron tu personalidad y te abandonaron en el cenagal de los delirios. Tus entrañas se convirtieron en un abismo vago que provocaba que, en ciertos momentos, perdieras la mirada y sintieras sobre tu frente la sutil huella de estar predestinado a lo sublime. Yo, como siempre, predestinada a lo cotidiano y material, llamé a Manfred dispuesta a levantarlo de la cama de madrugada para que me formulara una hoja de ruta sobre cómo debíamos proceder. Del rumbo de estos tratamientos contra el cáncer se derivan multitud de decisiones que debíamos acertar confiándonos a quien podía aportar la mejor solución. Por fortuna, sobre todo para él, estaba despierto porque se encontraba en Nueva York y todavía cenaba. Le solté en cascada mi angustia y me propuso que viajáramos hasta Nueva York, donde permanecería las tres próximas semanas en un stage en el Mount Sinaí Hospital, un centro puntero para establecer el 47
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    diagnóstico preciso eneste tipo de tumores cerebrales. Le contesté que estaríamos allí en unas horas. Puse en marcha a toda mi oficina. Mientras yo estaba en el ojo del torbellino, tú, LSD, permanecías en estado ausente y, como es natural, no te culpo. Te preocupaba la redacción de un párrafo de tu testamento político sobre la arquitectura administrativa que debía tener un país europeo que se convierte en Estado en el siglo XXI... El pasaporte. No tenías ni idea de donde estaba tu pasaporte. Lo necesitaríamos a primera hora de la mañana para obtener un visado de urgencia en el Consulado de los Estados Unidos. Finalmente, y no sin mis ayudas en tu proceso nemotécnico, concluiste que podría estar en la casa de Son Pou, donde se quedó tras un viaje a la Universidad de La Plata, en Argentina. Recuerdo como en aquella noche negra, de boca de lobo, salí lanzada en mi coche hacia Son Pou. Jamás empleé menos minutos en recorrer los treinta kilómetros de distancia y, sin embargo, el camino se me hizo más largo que nunca. No es por decirlo pero sabes que siempre he sido diestra en el uso aplicado de lógica deductiva así que en tres minutos encontré tu pasaporte en aquella casona inhóspita, fría y de compleja arquitectura. Tú habrías invertido media hora. Sólo encendí las luces necesarias y en la oscuridad de la sala me llamó la atención un ligero parpadeo rojo. Era el teléfono. Me interesé por ello y la pequeña pantalla me indicó que tenía 56 llamadas en los dos últimos días, que se repartían en dos números uno fijo y otro móvil. Curioso suceso porque nadie llamaba al fijo de Son Pou, donde apenas acudíamos. El olfato me dijo que no podía irme sin aclarar aquella circunstancia. Como ya eran casi las siete de la mañana llamé al móvil. Al anunciar que le llamaba de parte de Lleonard Sans, una joven casi rompe a llorar. Era una administrativa de la Policlínica. Había un error en el TAC. Se dieron cuenta de inmediato cuando proporcionaron un TAC perfecto, sin alteración alguna, a un pobre sujeto, internado en el centro hospitalario, que había generado varios tumores cerebrales en los últimos meses. El médico que lo atendió, poco proclive a las creencias milagreras, denunció lo que tenía todas las trazas de ser un error en la adjudicación de las exploraciones radiológicas. Los servicios administrativos se pusieron en marcha resultando que el teléfono que constaba era el de Son Pou. En realidad, tomaste el seguro médico el año del doctorado, cuando te instalaste en la casona para aislarte y prepararte mejor. Diste aquel teléfono y en los archivos hospitalarios no había otro. Habían llegado a desplazar a una persona por si encontraban a alguien en la solitaria casa. Estaba previsto que aquel mismo día pusieran tu localización en manos de la Guardia Civil. Mi llamada había sido proverbial. Tus migrañas se curarían con algo de láser en las vértebras superiores y un relajante muscular. Media hora después, cuando entre besos excitados y nerviosos te conté el error y a escobazos alejé de ti el fatal destino, me respondiste con indiferencia. Para mi sorpresa, llegué a notar incluso un punto de decepción. 48
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    24 Regreso a los infiernos terrenales En un primer instante lo atribuí al enorme estrés que habías padecido, pero luego comencé a inquietarme cuando me preguntaste, con ojos de contrariedad y expresión de desaliento, qué pasaría con todo lo que habías preparado durante aquellos dos días. Ya no habría testamento político que enviar a centenares de personas, ni panegíricos obituarios en los periódicos, ni ceremonia en Monti-Sión, ni discursos.... Todo seguiría como siempre, con el mismo sentimiento de frustración, de alma espinada y constante desazón. Tu infierno terrenal, donde por un momento la lluvia apagaba el fuego, surgían grietas en su eternidad y dejaba intuir la aparición de un brote de sosiego, volvía a la agónica rutina de siempre, a la incandescente combustión habitual. Te cocías a ti mismo en una olla de caníbales en una ceremonia pagana de autodestrucción. Comprendí que había que substituir a Manfred por un psiquiatra. No había tumores pero el mal permanecía en la cabeza. Era asombroso, habías convertido el regreso a la vida en la más pura manifestación de la derrota. Cuando no tienes interés ni esperanza para sostenerla, la vida se te derrumba. Eras una solitaria maleta que da vueltas sobre la cinta del aeropuerto sin que nadie la recoja. No te dejé ni un momento. Estaba dispuesta a vaciar en ti todas mis energías, a transfundirte mi sangre si era preciso con tal de sacarte del pozo de la angustia en que te encontrabas. No fue fácil. Todo te parecía envuelto en una atmósfera opaca que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas y la pena se introducía en tus entrañas con lamentos dulces, tal y como gime el viento de invierno en el casal abandonado frente a tu morada del Carrer del Sol. En esos casos, las palabras de consuelo carecen de sentido; sólo el contacto físico, la calidez primitiva y animal producida por dos epidermis que se juntan provoca cierto alivio. Por eso te hice tumbar sobre el sofá, me acurruqué sobre ti y muy sutilmente, con las puntas de mis dedos, acaricié todas las líneas de tu rostro, cerré los ojos y masajeé tus sienes. Luego introduje la mano entre tus cabellos y traté de acariciarte cada uno de tus poros como si tratara de introducir en tu cerebro una fuerza benefactora. Quise ejercer de peluquera de La Serena por si era capaz de transmitirte el episodio de ternura que recibí de niña. Lo debí conseguir, al menos en parte, porque te quedaste profundamente dormido. Nos quedamos dormidos los dos a media mañana de uno de esos días de diciembre que el sol reserva para Palma unos tímidos rayos después de una noche oscura y húmeda. 49
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    Nos despertamos entradala tarde. Tu primer movimiento fue una estirada de cuerpo entero para desperezarte, signo inequívoco de relajamiento. El maleficio, al menos en sus extremos más perniciosos, parecía exorcizado. Te sentó bien, LSD, que no me moviera de tu casa hasta anteayer. Fueron unos días de sosiego, insólitos, confortables por inesperados. Cerré toda la agenda y desaparecí de mis negocios para estar a tu lado. Recordé la semana que permanecí en cama por el sarampión infantil y doña Eulalia, en un extraño ataque de benevolencia, autorizó a mi madre a quedarse un par de días conmigo, acompañándome en la habitación donde yacía postrada, con las bombillas cubiertas de papel de celofán rojo para no agravar, supuestamente, los grandes mapas de eccemas en mi piel. La ruptura de la propia rutina, cuando se sabe que la de los demás sigue en toda su severidad, es un bálsamo comodón y egoísta pero muy eficaz para el cuerpo desmejorado. La continuada presencia de mi madre, ocupando su atención permanente, fue la mejor medicina para mi dolencia. También lo fue mi presencia para ti. Hacía meses, quizás años, que no pasábamos unos días juntos en el Carrer del Sol. Tuvo algo de rememoración de los buenos viejos tiempos. Quizás por esa o por otras razones, te mostraste profundamente humano. Me atrevería a decir que como nunca. Decidiste revisar todos tus papeles y archivos en un intento inconfesado de revisar tu vida. La tarde del miércoles - ¿la del miércoles? – sí la fatídica tarde del miércoles, estabas inmerso en la estéril búsqueda de un traza de sentido a tu pasado, mientras oscurecía detrás de las cristaleras de tu despacho y yo, recostada en el sofá, te acompañaba de cerca, como siempre, con un ojo hacia ti y otro al libro que tenía en las manos. De pronto, con una inesperada vuelta de la butaca giratoria te dirigiste a mí con un tono de última confesión. No me reconozco en casi nada de lo que he hecho y en lo poco que me encuentro, me avergüenzo. ¡Cómo he podido ser tan idiota y, sobre todo, tan insolente, tan mal educado, tan soberbio y tan ingenuo...! Mi vida ha sido una sucesión de estupideces... En tu vida no habías dicho nada tan tierno y apasionado al mismo tiempo. Había tanta piedad en tus palabras que me provocaron un escalofrío a lo largo de toda la médula espinal. Me levanté como un resorte, te abracé y tú, derrotado, te dejaste. Para ser sincera eché en falta una minúscula referencia de mi aportación a tu vida, pero dado el contexto, di por buena la secuencia. Solo recuerdo un precedente de ternura similar en los años que hemos vivido juntos. Hace más de cinco años. Mi relación contigo comenzaba a tener episodios de absurda destrucción y té anuncié que era mejor poner el punto final. Lo dejamos. Pero tú, puñetero, en aquella ocasión intuiste el peligro y, por una vez, reaccionaste comme il faut. Después de semanas sin vernos, abrí un correo tuyo sin otro mensaje que un link. Lo cliqué y me apareció Jacques Brel cantando Ne me quittes pas. No me dejes, implorabas a través de la desgarrada armonía del belga, me conformo con ser tu 50
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    sombra, la sombrade tu sombra. Ni eso, me basta con ser la sombra de tu perro.... No me dejes. No me dejes. Ne me quittes pas ¡Cómo te iba a dejar! Lo que no sospeché jamás es que quien me dejaría serías tú. Pero, al menos, como te decía, en tus últimas horas recobraste un halo de humanidad, un suspiro de lamento, de reconocimiento del error. En el día postrero te diste cuenta del extravío y que, como la paloma de Rafael Alberti, por ir al norte fuiste al sur y creíste que el trigo era el agua. Repetiste varias veces, con la mirada fija y en tono de lúcido razonamiento, cómo habías podido ser tan torpe, egoísta y cobarde. Tus palabras tenían algo de sordidez testamentaria, como si ya intuyeses la agorera presencia de las aves carroñeras que huelen la mortalidad de las heridas. Luego me mostraste la causa de tu reflexión: los apuntes de un diario de tus 19 años que incluía algunos detalles de un viaje por tierras castellanas que hiciste con Biel. Visitasteis a un joven segoviano que trabajó un verano en la fábrica de muebles del padre de tu amigo, en Manacor y con el que había guardado una buena relación. Te llamó la atención la naturalidad de tus apreciaciones juveniles de las tierras castellanas, el interés de la visita de cuatro días a Madrid, la sencillez sosegada de las comparaciones con Barcelona y Palma, las dos chicas que abordasteis en Atocha y que luego vinieron a Mallorca. Las descripciones de la gente de Aguilafuente, el pueblo del conocido de Biel, que parecía anclado todavía en la postguerra, las migas que os preparaban vuestros sencillos anfitriones... En fin, toda una normalidad relacional no sólo con las personas sino con los conceptos y las ideas, sin rencores ni apriorismos, sin clasificaciones maniqueas, sin odios ancestrales, sin reproches históricos, sin conflictos lingüísticos... Una relación reposada con el mundo y las ideas. De hecho, compartisteis con casi todos vuestros contertulios castellanos la necesidad de cambiar la España de aquellos años, que exigía libertad y democracia a borbotones. Dejaste escrito en negro sobre blanco, en un cuadernillo de espiral desvencijado, que se había despertado en ti una inmensa solidaridad fraternal con aquellas personas tan lejanas a tu tierra y a tus costumbres. Y eso, ahora, te impresionaba profundamente. En tu juvenil reflexión concluías que la España del No- Do apenas existía y donde menos lo esperabas surgían los ideales de la izquierda exhibidos con orgullo por todo tipo de personajes entrañables. En tus notas de aquellos tiempos no había buenos y malos en función de pertenencias o de ideas. No había amigos o enemigos distribuidos mecánicamente por el uso de la lengua. La ilusión dejaba lugar al conflicto y la generosidad hacía lo propio con los embrollos culturales y políticos. Reconociste que cuarenta años después, serías incapaz de manejarte con esa soltura natural en la misma circunstancia. Te preguntaste qué suceso había roto esa naturalidad de percepción de la gente. 51
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    Para esa enrevesadacuestión yo tenía la respuesta inmediata: el suceso eras tú. Aquel joven también era Lleonard Sans, tan auténtico como el sesentón. Ocurre que es muy recomendable no traicionar ni distanciarse en exceso del adolescente abierto, solidario y valiente que fuimos un día. A más distancia, menor calidad humana. Es una regla con muy pocas excepciones. 25 ¡Es tan bonito pensar en ello...! Me voy a dormir, Leo. Estoy exhausta, acabadilla del todo. La cabeza me estallará si no le meto medio kilo de analgésicos y mañana va a ser una Navidad dura. Por cierto, aprovecharé para llamar a mi notario Juan Palazón, para felicitarle y darle trabajo: deberá localizar a tu hijo a quien traspasaré todo el patrimonio que me has legado. No es por hacerte un feo pero yo ya no quiero más cosas, me sobra con lo que tengo, y ese joven lleva tu sangre... ¡Qué sesión nos hemos dado, LSD! Reconozco que esta noche he abusado de charleta. Perdona por tanta literalidad en la descripción pero yo necesito también mi propia terapia, mi última catarsis ante ti. Ante la urna, vamos, que para el caso es lo mismo. Pero déjame un minuto más y ya acabo. Llego hasta el final y jamás volveré a repetir el relato completo: lo sucedido se esfumará de mi cabecita para siempre. Como las confesiones del replicante Roy, en Blade Runner: Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir. ¿Dónde estaba? Ah, sí, en tu vuelta a la vida ¡Precisamente...! Sigamos... El reconocimiento de tus errores no solo era un buen signo de salud mental sino un episodio insólito en tu vida. Y, a mí, que trabajo la ilusión como nadie, extrayéndola a golpes de mallo desde la mina, me bastó para suspirar profundamente y relajar el corazón. Te propuse cenar en algún restaurante maravilloso, un regalo sensorial para restañar las heridas más recientes de los últimos días. Pero preferías hacerlo en casa y nada del Clubdelgourmet sino pollo frito del Kentucky, como en los buenos tiempos. Irías a comprarlo y, de paso, respirarías aire sano después de varios días sobreviviendo entre miasmas malignas. Yo aprovecharía tu paseo para ir a casa y cambiarme de ropa porque después de dos días en las trincheras cenagosas, el uniforme queda hecho unos zorros. Cuando volví al Carrer del Sol, casi dos horas después, mi sorpresa por no encontrarte en casa coincidió con el sonido de mi móvil. Sí, en la lista de nombres de tu telefonillo yo era la persona a quien avisar en caso de accidente. Había ocurrido en plena Plaça de Espanya, entre el mercadillo de Navidad y la mirada orgullosa del Rei en Jaume, con capa y corona, saludándote con la mano derecha desde su caballo. ¡Mira por donde! 52
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    Entre tanta recuperaciónde las ganas de vivir no te habías dado cuenta de las dos líneas paralelas recién pintadas en el suelo del paseo peatonal entre las cuales, y por orden municipal de dudosa conveniencia y manifiesta contestación, circulan los ciclistas desde hace pocos meses. Tú, LSD, y uno de ellos os cruzasteis en el camino y saliste perjudicado con un mal golpe en la cabeza. Te cabe el honor – es una forma de hablar - de haber sido la primera víctima mortal del nuevo y maldito tramo del carril bici de Palma. Se acabó. He de confesarte que la noticia de tu muerte me pilló fría, como si ya estuviera amortizada por la falsa muerte anterior. Y no solo eso. La tribulación del momento no dejó que lo percibiera, cosa rara para una persona como yo. Sólo me iluminé instantes después de la comunicación. Estabas muerto desde unos días antes, muerto por el episodio del endemoniado TAC y quién sabe si no lo estabas desde antes de eso. Sabes mi consigna: para bien o para mal quien visualiza, materializa. Y tú visualizaste la muerte por todo lo alto: en pantalla Aquos Led de 80 pulgadas, la mayor del mundo contemporáneo. ¡Cómo no ibas a materializar! No me digas que son tonterías. Ya sé que suena a Harry Potter pero puedo exhibir una larga jurisprudencia, toda una nómina empírica que justifica mi tesis. Yo, querido, debo casi todo al hecho de desearlo con convicción y confianza. Eso sí, nunca he deseado las sensualidades del lujo sino las joyas del corazón. Nunca quisiste escucharme cuando te decía que hay muchas cosas que el cerebro, por muy listo que sea, no las entiende y que si no te dejas llevar por la química inasible y mágica del corazón, no vas a comprender casi nada de este mundo. Te quedas a dos velas. Pasas por la vida de puntillas. O lo que es peor, vives en un estado permanente de insatisfacción. Como Mick Jagger, te pasaste la vida cantando I can’t get no satisfaction. Como en la canción, lo intentaste pero nunca la conseguiste. Elegiste vivir en el continuo Via Crucis de las angustias silenciadas y mal disimuladas detrás de una sonrisa helada. Escondías la pena y la alegría. Te lo repetí mil veces: saca de tu vida lo que te hace daño. Sufrirás unos días pero no toda la vida. Fue en vano. Leo, te mentiría si te dijera que últimamente estaba loquita por ti. En los años finales el que estaba loquito eras tú y no precisamente por mí. Iba a decirte que el famoso informe médico te aturulló, te confundió, te ofuscó. Pero en realidad no hizo más que elevar la intensidad de tu aturullamiento, tu confusión y tu ofuscación. Y de un extraviado una no se enamora perdidamente. Pero de la misma manera que la grandeza de cualquier ruina pétrea, por vetustos y mínimos que sean los restos, es la evocación romántica de sus tiempos de apogeo, en las ruinas humanas siempre queda la tenue huella de la prosperidad sentimental de otros tiempos, que alimenta la última llama del corazón. Es más, Leo, el hecho de que nunca te atrevieras a quererme como deseabas quererme sembró la quimera de mi vida, le dio el sentido de la búsqueda. Me trazó el 53
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    camino hacia lafelicidad, nunca recorrido del todo y que, como sabes, amuebla más y mejor la vida que la propia felicidad. Me reprocharás que hablo de la felicidad como si fuera una vieja amiga, pero es una simple licencia de perorata de madrugada. Con el tiempo te das cuenta que no es más que un fantasma al que, contrariamente a lo que sucede en los cuentos, perseguimos desesperadamente hasta ahuyentarlo. Permíteme que me deje llevar un momento por lo que hubiera sido un auténtico amor entre los dos, un amor correspondido, creativo, generoso y hasta ingenioso. Juntos de verdad hubiéramos sido invencibles... Jake se lo dijo a Brett: Es tan bonito pensar en ello.... En la madrugada parisina los dos personajes de la Fiesta de Hemingway paseaban en un coche de caballos por la Rue de Rivoli, frente a los jardines de las Tullerías. Ambos se refugiaban en su amor imposible. Un buen motivo para seguir viviendo. Por esta noche me rindo, LSD. Ya llevo contigo más de cinco horas. Ahora, un ibuprofeno, un myolastan y a dormir, que los llantos de noche me dan cabezón al día siguiente. .oOo. 54