Este capítulo presenta a Pablo como un hombre providencialmente dotado para cumplir tres funciones esenciales para el cristianismo primitivo: 1) Ser un gran pensador que explicó las enseñanzas de Cristo al mundo intelectual, 2) Ser un modelo del carácter cristiano que demostró el poder transformador del evangelio, y 3) Ser el misionero que llevó el mensaje de salvación a los gentiles más allá de Palestina.