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ARCHIDIÓCESIS DE SANTIAGO
SÍNODO DIOCESANO
Materiales para la reflexión en los grupos
Sinodales
Cuaderno V
LA RENOVACIÓN PASTORAL
I.
DESAFÍOS DE LA REALIDAD SOCIO-CULTURAL Y RELIGIOSA
La Iglesia particular de Santiago de Compostela es una Iglesia de sólidos fundamentos que
custodia los restos de Santiago el Mayor, uno de los discípulos directos de Jesús de Nazaret
que llegó hasta nuestras tierras predicando el Evangelio. Por su origen apostólico, primer
eslabón de una cadena interrumpida de testigos, y por conservar los restos del Apóstol,
nuestra Iglesia acoge desde hace siglos a multitud de peregrinos e, impulsada por el Espíritu
Santo, se esfuerza por cultivar la fe de sus hijos e hijas, de celebrarla, de vivirla y de
transmitirla a las nuevas generaciones. La fe cristiana ha generado entre nosotros un riquísimo
patrimonio cultural y religioso, ha impregnado las relaciones sociales siendo germen de
crecimiento, de concordia y de paz, ha dado sentido y esperanza a buena parte de los
habitantes de estas tierras… A día de hoy, nuestra Iglesia sigue viva y los frutos de su labor
evangelizadora son evidentes.
La transformación cultural que ha sufrido Galicia, y en general toda España, en las últimas
décadas, ha sido muy fuerte. Estos cambios profundos han influido indudablemente en
nuestras Iglesias, también, por supuesto, en nuestra Iglesia particular de Santiago. Los
indicadores sociológicos tradicionales más significativos –número de participantes en la
eucaristía dominical, número de vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada, laicado
asociado, presencia de los jóvenes en la vida de la Iglesia- hablan de una fe a la baja. Está
tocando, si no ha tocado ya a su fin, el denominado catolicismo de cristiandad. Por si fuera
poco, hoy ya no se comienza a ser cristiano de forma natural, puesto que los cauces
tradicionales de transmisión de la fe –familia, escuela, parroquia- están fallando. Estamos en
camino de ser, pues, un cristianismo en minoría.
La respuesta a esta nueva situación ha de ser, en primer lugar, un nuevo modo de vivir la
fe en el que destaque la búsqueda y la experiencia del encuentro con Dios, la vivencia
comunitaria y la primacía de la evangelización misionera sobre una pastoral de
mantenimiento. Y, en segundo lugar, la renovación de las estructuras pastorales: la parroquia
y la unidad pastoral. Ninguno de estos cambios será viable si no hacemos una apuesta
decidida por una formación integral y permanente, sobre todo de los sacerdotes y de los
agentes de pastoral.
Asistentes a
actos religiosos
no de tipo social
Diciembre 2000 Diciembre 2005 Diciembre 2010 Enero 2012
Casi nunca 42,9 52,3 57,8 56,1
Varias veces al
año
17,9 17,2 16,4 15,7
Alguna vez al
mes
13,4 11,5 10,1 09,1
Casi todos los
domingos y
festivos
20,7 15,2 13,2 15,0
Varias veces a la
semana
03,9 01, 9 02,1 02,7
N.C. 01,1 01,9 00,5 01,3
Índice de participación en actos religiosos en España, según el CIS
Como hemos indicado más arriba, los cambios producidos en los últimos decenios han
sido muy importantes. Tanto en el ámbito socio-cultural, como en el propiamente religioso,
han aparecido y se han desarrollado valores dominantes que pasamos a señalar brevemente.
Por razones de oportunidad y, teniendo en cuenta que el objetivo que perseguimos en estos
temas es justificar la necesidad de la renovación pastoral, nos vamos a centrar exclusivamente
en aquellos que han tenido una incidencia negativa en la fe cristiana de nuestra Iglesia.
1. Ámbito socio-cultural
1.1. Una economía sin alma. Nos envuelve una cultura que justifica la economía en su
funcionamiento autónomo, privilegiando el dinero sobre la dignidad humana. La
economía actual se caracteriza en gran medida por la exclusión de ciertos sectores
sociales a los que impide la inserción laboral. Estamos hablando de una economía de
la exclusión y de la inequidad que, en último término, rechaza los valores éticos y al
mismo Dios. . Las consecuencias son lamentables: la mayoría de las personas viven
precariamente. Los cristianos debemos dar un no rotundo a esta cultura y a esta
economía que “matan” (cfr. EG 52-57).
1.2. Relativismo y subjetivismo (cfr. EG 62). Ambos afirman no existir una verdad
objetiva y universal, bien por creer en la evolución histórica de las valoraciones
(relativismo) o por el simple hecho de la subjetividad (subjetivismo).
Evidentemente, el credo cristiano con su pretensión de verdad absoluta se ve
desacreditado. En este contexto, nada puede extrañar que haya verdades como la
existencia del infierno o la resurrección de los muertos que son rechazadas por una
parte de los cristianos. Lo mismo puede decirse respecto a ciertos principios
relacionados con la moral sexual.
1.3.El hedonismo. Vivimos en una cultura que ensalza el goce inmediato. Muchos
buscan ahí el sentido de la vida, sin darse cuenta de lo efímero y caro que suele
resultar ese modo de vida basado en el consumo. Además, el hedonismo hace a las
personas insensibles ante el sufrimiento ajeno y las dificulta para la vivencia de la
solidaridad y el amor. Y, en fin, como dice el Beato Pablo VI, <<la sociedad
tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy
difícil engendrar la alegría>> (Gaudete in domino 8). Lógicamente, este talante
vital es un obstáculo también para la fe en Jesucristo que nos pide renunciar a
nosotros mismos para entregarnos al servicio de Dios y de los hermanos.
1.4.El individualismo. Lejos de los colectivismos propios del comunismo y del
nazismo, la cultura actual exalta hasta el paroxismo al individuo como centro de
todo. La consecuencia: el debilitamiento de los vínculos sociales y del propio
asociacionismo. También la vivencia de la fe se ve afectada por esta tendencia
cultural. Como muestra, recordemos la famosa frase repetida por muchos: creo en
Cristo, pero no en la Iglesia. Consecuencia de ese individualismo es también el
llamado “cristianismo a la carta”.
1.5. Laicismo. Asistimos a un intento serio de recluir la religión en el ámbito privado y
de valorarla solamente por su acción social en favor de los pobres. En este sentido,
“nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor
aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la
dignidad humana y el bien común” (EG 65).
1.6.La indiferencia religiosa. Otro de los elementos que definen el momento actual es
la disminución de los que se declaran creyentes y el aumento progresivo de las
personas que se definen como no creyentes e indiferentes. La indiferencia es el
mayor reto que nos encontramos, puesto que, en contra de lo que parece, se sitúa a
una distancia mayor de la fe que el ateo y el agnóstico.
Se declaran
católicos
Diciembre 2000
83,1
Diciembre 2005
77,8
Diciembre 2010
73,6
Enero 2012
72,0
De otra religión 02,2 01,6 02,5 02,8
No creyentes 09,0 12,4 15,0 14,5
Ateos 04,1 05,9 07,5 08,8
Adscripción religiosa a nivel del Estado español, según el CIS
2. Ámbito eclesial
La debilidad de nuestra fe y de las instituciones eclesiales tiene seguramente en los
factores socio-culturales la principal causa, pero no debemos olvidar sus raíces intraeclesiales:
2.1. Falta de una auténtica iniciación cristiana. En efecto, por una parte, hemos
descuidado el cultivo de la experiencia de la fe de los niños y de los jóvenes. Por otra,
tampoco estamos acertando del todo en la integración de los tres elementos que deben
estructurar la iniciación cristiana: la catequesis, la celebración litúrgica y la vida. Y, en
fin, nos está resultando muy difícil asegurar los procesos formativos de modo que no
se establezcan en función de la recepción del sacramento, sino de la auténtica
experiencia religiosa. Los tiempos que vivimos reclaman una fe viva que implique no
sólo a la mente, sino también al corazón y a la voluntad y, en consecuencia, al
comportamiento. Seguramente hemos puesto mucho énfasis en la preparación
conceptual y hemos descuidado lo fundamental: el encuentro con Jesucristo. Sin esa
experiencia de encuentro con Él, meta de toda evangelización, el cristiano del futuro
no sobrevivirá. Por otra parte, es necesario hacer significativos para la vida del niño y
del joven tanto la catequesis como la propia celebración de la fe. Y, en fin, hemos de
ayudar al que se inicia para que descubra el plan de Dios sobre su vida y a que
responda con un compromiso y un testimonio acordes a la fe que profesa y celebra.
2.2. Débil vivencia de la eclesialidad. Aportamos los siguientes datos:
• Eclesialidad cerrada. No vamos a cuestionar aquí la importancia de la parroquia
como célula viva de la Iglesia. Por otra parte, su dimensión social y política en
nuestra tierra la hace especialmente significativa en la vida de las personas. Sin
embargo, la parroquia no es la Iglesia. Es célula, no cuerpo, por eso no puede
encerrarse en sí misma sin desarrollar la dimensión universal de la eclesialidad.
Nos atreveríamos a decir que esta renovación pastoral que buscamos será
impensable si no somos capaces de abrir la parroquia a la unidad pastoral, al
arciprestazgo, a la diócesis y a la Iglesia universal. En definitiva, hay que mejorar
la comunión, nota esencial de la Iglesia.
• Insuficiente desarrollo, en muchas parroquias, de la corresponsabilidad laical. En
ciertos casos, se debe a un excesivo clericalismo. En otros, a un insuficiente
compromiso por parte de los laicos.
• Acogida mejorable. Nos preguntamos si muchas parroquias serán lo
suficientemente acogedoras. En este sentido, llama la atención la poca
implantación de movimientos y asociaciones en su seno y el escaso seguimiento
que se les presta con frecuencia a los que hay.
• Escaso talante misionero. Me aventuro también a señalar que falta en muchos
casos el verdadero talante misionero. Nuestras comunidades tienden a cerrarse
sobre sí mismas y a ignorar a las periferias que viven al margen del evangelio.
2.3. Clima no suficientemente acogedor en nuestras comunidades. El creciente
fenómeno del alejamiento de la fe por parte de muchos cristianos puede deberse a
factores extrínsecos a la propia Iglesia, pero también puede responder a la existencia
de unas estructuras y de un clima poco acogedor en nuestras parroquias y
comunidades. “En muchas partes –dice el Papa Francisco- hay un predominio de lo
administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de
evangelización” (EG 63). Por otra parte, nos debemos plantear también la apertura
misionera de nuestras comunidades. Son muchas las personas que no se identifican
con ellas. Seguramente debemos cuestionarnos sobre el acompañamiento que hacemos
de nuestra gente en situaciones dolorosas, por ejemplo, en los casos de enfermedad o
de muerte de un ser querido.
2.4. Envejecimiento y disminución del número de sacerdotes diocesanos. Los datos
que siguen y que se refieren a la evolución numérica de los sacerdotes diocesanos, son
elocuentes:
Nº de sac. Edad Media Fieles x sac Pquias x sac Sac - 75
Año 1995 726 61, 09 1943 1, 47 650
Año 2000 685 63, 08 1, 56
Año 2007 636 66, 22 2722 1,68 489
Año 2014 551 69, 57 4712 1, 94 287
Año 2024 7,29 147
Datos estadísticos de la CEE referidos al presbiterio de la diócesis de Santiago
Como consecuencia de esta disminución del clero, a cada sacerdote en activo se le
suman progresivamente nuevas parroquias y actividades pastorales. Por otra parte, el
envejecimiento supone una disminución de fuerzas, una mayor dificultad para la
movilidad y para la adaptación a las nuevas realidades culturales, etc. Según los datos
de la última columna, la disminución va a ser muy acentuada en los próximos nueve
años. Esto nos exige una conversión pastoral que, como indicaremos más adelante, ha
de llevar consigo la renovación de los evangelizadores, del estilo pastoral y de las
estructuras.
2.5. Desánimo ante la situación. La mayoría de nuestra gente piensa que la Iglesia no va
bien y vive su fe con poca alegría. Evidentemente, esto lleva a la falta de compromiso
y pasión en la transmisión del evangelio. Si no superamos esta moral de derrota,
difícilmente creceremos en la fe y más difícilmente aún convenceremos a los no
creyentes.
2.6. Individualismo y falta de trabajo en equipo. El individualismo es uno de los males
típicos de nuestro tiempo y que ya hemos citado más arriba. Pues bien, este mal está
afectando de forma importante al modo de trabajo dentro de la Iglesia. La escasez de
consejos parroquiales es uno de los síntomas más evidentes. La espiritualidad de la
comunión a la que más adelante aludiremos nos reclama su creación allí donde no
existen y su revitalización donde ya están en marcha. Recuérdese que el consejo de
asuntos económicos es preceptivo según el Derecho canónico. Por otra parte, hay que
advertir que, en el seno de una comunidad, no es suficiente el reparto de tareas según
los propios ministerios y carismas, también hay que coordinarlos. Los planes y los
programas son fundamentales para esa acción conjunta, para el necesario trabajo en
equipo.
II.
UN EVANGELIZADOR RENOVADO
Ante esta vivencia de la fe, del compromiso cristiano y de la eclesialidad, ante el
envejecimiento y la despoblación de muchas de nuestras parroquias, ante la disminución
acelerada del número de sacerdotes y su alta media de edad, lo primero que nos viene a la
cabeza es reorganizar el mapa de los centros pastorales y crear unas nuevas estructuras. Pero
todo esto sería insuficiente si no fuera acompañado de una determinada vivencia espiritual.
“Sin fidelidad de la Iglesia a su vocación –dice el Papa Francisco-, cualquier estructura
nueva se corrompe en poco tiempo” (EG 26). Sin un evangelizador renovado en la novedad
de Cristo resucitado, seré imposible una renovada evangelización.
1. Vencer ciertas tentaciones
A continuación, indicaremos algunas de las tentaciones que asaltan al evangelizador y que
habrá de superar para poder responder a los retos que presenta la evangelización en el
momento presente.
1.1. Crisis de identidad. La larga lista de elementos contrarios a la fe y el acoso al que
están sometidos muchos creyentes les lleva a un cierto complejo de inferioridad. Su
foco de atención se centra más en los pecados de algunos que en el amor que la
mayoría de los agentes de pastoral ponen en su servicio dentro de la Iglesia.
Además, relativizan y ocultan su identidad cristiana y sus convicciones, de modo
que quieren ser como todos (cfr. EG 79). Incluso los que parecen tener más sólidas
convicciones religiosas se aferran con frecuencia a seguridades económicas, al poder
y a la gloria humana, en lugar de dar la vida por los demás en misión (cfr. EG 80).
1.2. Acedia egoísta. Nos encontramos con muchos laicos que tratan de eludir los
compromisos que les corresponde dentro de la Iglesia. También hay sacerdotes que
cuidan en exceso su tiempo personal por no llenarles suficientemente su actividad
pastoral (cfr. EG 81). El problema no está frecuentemente en el exceso de
actividades, sino en que son vividas sin las motivaciones adecuadas, lo que provoca
cansancio. Algunos caen en la acedia espiritual por sostener proyectos irrealizables,
otros por no aceptar la costosa evolución de los procesos, otros por apegarse a
algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad, otros por perder
el contacto real con el pueblo, otros, en fin, por no saber esperar y querer dominar el
ritmo de la vida (cfr. EG 82).
1.3. Pesimismo estéril. Existe entre nosotros una especie de “conciencia de derrota que
nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre” (EG 85).
En medio de esta situación, “nuestra fe se ve desafiada a vislumbrar el vino en que
puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña”
(EG 84).
1.4. La mundanidad espiritual. Consiste en buscar, “en lugar de la gloria del Señor, la
gloria humana y el bienestar personal” (EG 93). Su alimento puede ser el
subjetivismo y el neopelagianismo del que confía sólo en sus propias fuerzas. El que
cae en ella, descalifica al que lo cuestiona, destaca los errores ajenos y se obsesiona
con la apariencia (cfr. EG 97).
1.5. La división. Muchos cristianos se identifican con sus grupos, pero no con la Iglesia
(cfr. EG 98). Además –dice el Papa Francisco-, entre comunidades y personas, a
veces “consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones,
venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas… y hasta persecuciones… ¿A
quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?” (EG 100).
2. Evangelizadores con espíritu
Tenemos que afinar el oído y ponerlo a la escucha de lo que el Espíritu Santo nos quiera
sugerir en este momento trascendental para nuestra Iglesia compostelana. Sin escucha de la
Palabra, sin discernimiento de los signos de los tiempos, sin vida interior, será imposible la
renovación que necesita nuestra Iglesia y nuestra pastoral. En cambio, si nos dejamos moldear
por el Espíritu de Dios, si somos capaces de mirar con ojos de fe la realidad, en definitiva, si
asumimos una formación integral y permanente, estaremos en condiciones de responder
adecuadamente a la situación que se nos presenta. A continuación, señalamos los acentos de
la espiritualidad que estamos llamados a vivir.
a) Ha de ser una espiritualidad de escucha como la de Abraham (cfr. Gen 12, 1) que,
abandonando seguridades, se puso en la onda de Dios para descubrir qué nuevos
caminos le trazaba1
. La evangelización reclama el momento místico de encuentro con
Dios. Como dice el Papa Francisco, “siempre hace falta cultivar un espacio interior
que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad… La Iglesia necesita
imperiosamente el pulmón de la oración…” (EG 262). La Iglesia no evangeliza si no
se deja evangelizar, lo que supone la familiaridad con la Palabra y su escucha (cfr. EG
175).
b) Una espiritualidad de la encarnación. Debemos evitar caer en una espiritualidad
oculta e individualista, que rehuya el compromiso social (cfr. EG 262). Hay que estar
cerca de la gente, escucharla, hablar su propio lenguaje. “Para ser evangelizadores de
alma –dice el Papa Francisco- también hace falta desarrollar el gusto espiritual de
estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de
gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión
por su pueblo” (EG 268). A veces somos tentados de ser cristianos manteniendo la
distancia con las llagas del Señor: la pobreza, la soledad, la enfermedad, la esclavitud
de todo tipo, la persecución… “Pero Jesús –sigue diciendo el Papa- quiere que
toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás… (EG
270)… no quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de
pueblo” (EG 271). El amor a la gente nos facilita el encuentro con Dios y cerrar los
ojos ante el prójimo nos convierte en ciegos ante Dios (cfr. Deus Caritas Est, 16).
c) Una espiritualidad de la fidelidad, no del éxito2
. Jesucristo fue comprendiendo que
el Padre le pedía fidelidad, no éxito. Como dice la Carta a los Hebreos: “Aprendió
sufriendo a obedecer” (Heb 5, 8). Cuando se describen nuestras motivaciones
pastorales se dice que solemos buscar primeramente el éxito; de ahí pasamos a buscar
la fecundidad. Deberíamos terminar buscando la fidelidad, es decir, un amor que
resista el paso del tiempo y la llegada de todo tipo de fracasos. La permanencia en ese
amor, participación de la caridad pastoral de Jesucristo, debe ser el empeño
fundamental de nuestra vida espiritual. “La primera motivación para evangelizar –
1
Gisbert Greshake, op. cit., 298.
2
Mons. Juan María Uriarte, Ministerio presbiteral y espiritualidad, Publicaciones Idatz, San Sebastián 2000, 4ª
ed., 39-40.
dice el Santo Padre- es el amor de Jesús que hemos recibido…” (EG 264). En el caso
de que no sintiéramos un intenso deseo de comunicarlo, tendríamos que orar para
pedirle que nos vuelva a cautivar (cfr. EG 264).
d) Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo ciego3
. El ejemplo de San
Pablo, una vez más, es ilustrativo para nosotros. En efecto, el Apóstol de los gentiles
no duda en proclamar: “No me avergüenzo porque sé en quién he puesto la confianza”
(2 Tim 1, 12). La fe en lo que hacemos nos la da Dios y, sobre todo, nos la da
Jesucristo, fuente de la esperanza, cuya resurrección brota constantemente, se actualiza
constantemente (cfr. EG 276). La fe en la evangelización nos la ofrece también la
valoración de lo que ofrecemos: Jesucristo y su Evangelio. En este sentido –dice el
Papa Francisco- “a veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el
Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque hemos
sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor
fraterno” (EG 265). En realidad, no podremos mantenernos en una evangelización
fervorosa si no estamos convencidos por experiencia propia, de que “no es lo mismo
haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar
a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo
poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo
tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia
razón…” (EG 266).
e) Una espiritualidad del hacer sosegado y responsable, pero no culpabilista4
.
Hemos de buscar el reino de Dios, lo demás se nos dará por añadidura (cfr. Mt 6, 33).
A nosotros nos toca sembrar en nombre del Señor. Las riendas las lleva Él y los
posibles frutos los dejamos a su cuenta.
f) Una espiritualidad que aprecia lo pequeño sin añoranza de lo grande5
. No se trata
de que nos conformemos con un premio de consolación, dadas las circunstancias en
que ejercemos nuestro ministerio. En este momento de fuerte despoblación del mundo
rural, estamos tentados de concentrar todos los esfuerzos en los núcleos grandes de
población y en las acciones que congregan un mayor número de personas. Pero hemos
de ser conscientes de que las personas y los medios pobres tienen una especial
connaturalidad con el reino y, por lo tanto, ocuparnos en cosas y proyectos pastorales
sencillos es, sobre todo, un signo de caridad pastoral.
g) Una espiritualidad de la alegría, no de la tristeza. “Estad alegres –dijo Jesús- os lo
repito, estad alegres” (Flp 4, 4). La nostalgia de lo que fue y no volverá nos acecha a
todos. Pero nada ni nadie puede arrancarnos la seguridad de que Dios está con
nosotros. Dicen nuestros obispos que no debemos olvidar que “Dios nos ama
irrevocablemente; que Jesús nos ha prometido su presencia y asistencia hasta el fin
del mundo; que Dios, en su providencia, de los males saca bienes para sus hijos… La
Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios”
(LXXXVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Orientaciones
morales ante la situación actual de España. Instrucción Pastoral (2006), nº 24). El
cristianismo pudo imponerse al gran Imperio romano porque aquél tenía una moral de
decadencia, mientras que las comunidades cristianas la tenían de alegría expansiva.
3
Ibidem, 37-39.
4
Ibidem, 42-43.
5
Ibidem, 41-42.
h) Y una espiritualidad de la comunión. Ya el Papa s. Juan Pablo II nos invitaba a
“hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Hechos a imagen
y semejanza del Dios-Trinidad, nuestra plenitud sólo podrá lograrse en la comunión.
Por ella oró Jesucristo al Padre (cfr. Jn 17, 21) y con ella se comprometió formando
una familia con sus discípulos, germen del nuevo Pueblo de Dios (cfr. Mt 13, 13-19).
La comunión, por tanto, es esencial a la vida cristiana: “Permaneced en mí –dice
Jesús-, como yo en vosotros… Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 4-5).
Desde el principio, la Iglesia naciente aceptó este reto. Lo confirman las palabras
de s. Pablo: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos
miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más
que un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido
bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres” (1
Cor 12, 12-13).
La comunión no responde a una estrategia ofensiva o defensiva, sino que, como
dice s. Juan Pablo II, “encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la
Iglesia” (NMI 42). Haciéndola efectiva, se manifiesta como sacramento, como
“instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano” (NMI
42).
La comunión ha de ser, en primer lugar, con Jesucristo, cuya vida divina nos es
comunicada por el bautismo y alimentada en los sacramentos. Pero debe extenderse
también a los hermanos. Desgraciadamente, esta comunión fraterna en el seno de la
Iglesia, con frecuencia, deja mucho que desear. Ante estas situaciones tan dolorosas, el
Papa Francisco nos invita a dar un testimonio de comunión que se vuelva atractivo y
resplandeciente, a rezar para conseguir la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos
(cfr. EG 99) e incluso a orar por aquel con el que estamos irritados, promoviendo así el
amor y la evangelización (cfr. EG 101). Esta comunión se hace efectiva en la medida
en que se comparten sentimientos, convicciones y decisiones. El Señor ha enriquecido
a su Pueblo con múltiples dones y carismas en orden a la edificación de la Iglesia. Sin
la participación de todos en la tarea evangelizadora y en la edificación eclesial, no
podemos hablar de una auténtica comunión. En este sentido, un evangelizador
renovado ha de formarse y comprometerse con el trabajo en equipo. Aunque se
fundamenta en la espiritualidad (cfr. NMI 43), la comunión se consolida en la
corresponsabilidad y se explicita en el desarrollo de las estructuras de participación de
todos los ministerios y carismas (cfr. NMI 44-45). Por ello, el Papa s. Juan Pablo II
invita a la Iglesia del tercer milenio a impulsar a todos los bautizados y confirmados a
tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial (cfr. NMI 46).
La comunión corre peligro y se degrada allí donde no se programa en común, donde
no se trabaja en equipo, cada uno desde su carisma y ministerio, y en definitiva, donde
no se revisan las actividades y se asumen los fallos y los retos pendientes.
temas es justificar la necesidad de la renovación pastoral, nos vamos a centrar exclusivamente
en aquellos que han tenido una incidencia negativa en la fe cristiana de nuestra Iglesia.
1. Ámbito socio-cultural
1.1. Una economía sin alma. Nos envuelve una cultura que justifica la economía en su
funcionamiento autónomo, privilegiando el dinero sobre la dignidad humana. La
economía actual se caracteriza en gran medida por la exclusión de ciertos sectores
sociales a los que impide la inserción laboral. Estamos hablando de una economía de
la exclusión y de la inequidad que, en último término, rechaza los valores éticos y al
mismo Dios. . Las consecuencias son lamentables: la mayoría de las personas viven
precariamente. Los cristianos debemos dar un no rotundo a esta cultura y a esta
economía que “matan” (cfr. EG 52-57).
1.2. Relativismo y subjetivismo (cfr. EG 62). Ambos afirman no existir una verdad
objetiva y universal, bien por creer en la evolución histórica de las valoraciones
(relativismo) o por el simple hecho de la subjetividad (subjetivismo).
Evidentemente, el credo cristiano con su pretensión de verdad absoluta se ve
desacreditado. En este contexto, nada puede extrañar que haya verdades como la
existencia del infierno o la resurrección de los muertos que son rechazadas por una
parte de los cristianos. Lo mismo puede decirse respecto a ciertos principios
relacionados con la moral sexual.
1.3.El hedonismo. Vivimos en una cultura que ensalza el goce inmediato. Muchos
buscan ahí el sentido de la vida, sin darse cuenta de lo efímero y caro que suele
resultar ese modo de vida basado en el consumo. Además, el hedonismo hace a las
personas insensibles ante el sufrimiento ajeno y las dificulta para la vivencia de la
solidaridad y el amor. Y, en fin, como dice el Beato Pablo VI, <<la sociedad
tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy
difícil engendrar la alegría>> (Gaudete in domino 8). Lógicamente, este talante
vital es un obstáculo también para la fe en Jesucristo que nos pide renunciar a
nosotros mismos para entregarnos al servicio de Dios y de los hermanos.
1.4.El individualismo. Lejos de los colectivismos propios del comunismo y del
nazismo, la cultura actual exalta hasta el paroxismo al individuo como centro de
todo. La consecuencia: el debilitamiento de los vínculos sociales y del propio
asociacionismo. También la vivencia de la fe se ve afectada por esta tendencia
cultural. Como muestra, recordemos la famosa frase repetida por muchos: creo en
Cristo, pero no en la Iglesia. Consecuencia de ese individualismo es también el
llamado “cristianismo a la carta”.
1.5. Laicismo. Asistimos a un intento serio de recluir la religión en el ámbito privado y
de valorarla solamente por su acción social en favor de los pobres. En este sentido,
“nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor
aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la
dignidad humana y el bien común” (EG 65).
1.6.La indiferencia religiosa. Otro de los elementos que definen el momento actual es
la disminución de los que se declaran creyentes y el aumento progresivo de las
personas que se definen como no creyentes e indiferentes. La indiferencia es el
mayor reto que nos encontramos, puesto que, en contra de lo que parece, se sitúa a
una distancia mayor de la fe que el ateo y el agnóstico.
b) Por otra parte, nuestra pastoral debe ser también más comunitaria, lo que nos llevará a
prestar una mayor atención a la variedad de dones y carismas con que nos enriquece el
Espíritu y nos orientará hacia un mayor desarrollo ministerial de las comunidades.
c) Además, nuestro estilo pastoral debe ser más evangelizador; incluso la pastoral
ordinaria debe tener un tono evangelizador, debe ayudar a profundizar en la fe sin dar
por supuesto que los destinatarios gozan ya de una fe madura.
d) Además, debemos promover iniciativas de acercamiento a los alejados de la fe. No
podemos permanecer encerrados en nuestros templos, hemos de salir en busca de la
oveja perdida.
e) Una pastoral renovada debe impulsar la participación de todos los miembros en la vida
de la comunidad procurando que los que son ya colaboradores lleguen a ser incluso
corresponsables en la única misión de la Iglesia: edificar la comunidad y construir el
mundo de acuerdo a los valores del Reino de Dios.
f) La personalización será otra de las notas de una pastoral renovada, ya que no somos
seres en serie. Para ese acompañamiento personal, habrá que procurar la formación de
las personas que asuman este ministerio.
g) Este nuevo estilo se expresará en el cuidado de los evangelizadores, mostrando
cercanía e interés por su situación personal y por su actividad apostólica y procurando
su formación. El Papa Francisco confirma esta necesidad: “Reconozco que
necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales…”
(EG 77).
h) Finalmente, siguiendo con las orientaciones papales, el anuncio ha de ser respetuoso
con la libertad del otro, puesto que el Evangelio “se propone, no se impone”,
estimulante, vital e integral (cfr. EG 165).
IV.
UNA PARROQUIA RENOVADA
El Papa Francisco nos ha recordado que todas las comunidades están llamadas a una
conversión pastoral (cfr. EG 25). Esa renovación ha de buscar siempre recuperar la fidelidad a
la propia vocación de la Iglesia. La conversión ha de afectar también a las estructuras y, por lo
tanto, también a la parroquia. Esa reforma de las estructuras debe procurar que sean
misioneras y que los agentes pastorales se coloquen en actitud de salida (cfr. EG 27). La
pastoral misionera que se nos reclama hoy necesita la colaboración de evangelizadores
preparados, y también el concurso de comunidades abiertas, corresponsables y fraternas. En
palabras de los obispos vascos, “construir comunidades vivas de fe ha de ser un objetivo
irrenunciable en estos tiempos de increencia” 7
. La calidad humana y cristiana de las
relaciones en el seno de una comunidad parroquial, movimiento o grupo, es la mejor receta
para la evangelización. Necesitamos, pues, comunidades cristianas que vivan la comunión con
vistas a la misión8
.
1. La parroquia: célula de la Iglesia (cfr. AA 10)
La parroquia representa, en cierto modo, a la Iglesia visible establecida en toda la tierra
(cfr. SC 42). Es la última localización de la Iglesia formada por gentes de todas las razas,
lenguas, clases sociales y culturas. En definitiva, es la misma Iglesia que vive entre las casas
de sus hijos e hijas (ChL 26).
Más que un edificio, una estructura, o un territorio, la parroquia es la familia de los hijos
de Dios. “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable
en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se
encomienda a un párroco, como su pastor propio” (CIC 515, 1).
En la parroquia están presentes los elementos fundamentales que constituyen la Iglesia: la
celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos, la predicación del Evangelio, la
colaboración de los carismas y la unidad bajo la presidencia del ministro ordenado.
Su importancia es fundamental. Podemos decir que, aunque ella sola es insuficiente para
realizar toda la tarea que tiene encomendada la Iglesia, hoy por hoy es insustituible (cfr. ChL
26). En la parroquia se encuentra una encarnación de la Iglesia universal próxima, asequible
para celebrar la fe, para la iniciación cristiana, para el compromiso caritativo social; además,
de hecho, es la comunidad eclesial más contactada por los fieles9
.
2. Una institución que necesita renovarse
Ese carácter insustituible de la parroquia no nos puede hacer olvidar las adherencias que la
rutina, la mala praxis, el paso de los años y, en definitiva, el pecado, han ido dejando en ella.
Atendiendo a las razones que a continuación señalamos, la renovación, pues, se hace
imprescindible.
7
Obispos vascos, op. cit., nº 17.
8
“Esta mediación de la comunión –dice el P. Carlos García Andrade- resulta especialmente importante hoy.
Porque no requiere iniciación especial en los destinatarios… permite experimentar a Dios incluso a quien no
sabe darle un nombre; porque no requiere recinto sagrado…; porque salta por encima de las fronteras
históricas que los hombres hemos establecido… No requiere de signos religiosos, ni de premisas ideológicas”
(P. Carlos García Andrade, “Evangelizar lo secular en cuanto secular”: Revista Acontecimiento, nº 71 (2004/2),
39.
9
Basilio Caballero, Bases de una Nueva Evangelización. Ed. Paulinas, Madrid 1993, 313.
a) La pastoral de mantenimiento ha producido el entreguismo de los que creen que no se
puede hacer nada nuevo10
. Se podría decir que la parroquia aparece como el principal
soporte de un cristianismo establecido y sociológico11
.
b) Se produce, con frecuencia, una desvinculación autárquica con relación a la diócesis y
al arciprestazgo que se manifiesta, entre otros modos, en la falta de seguimiento y
apoyo a las programaciones diocesanas y arciprestales y en la aplicación insuficiente
de la normativa diocesana y de las indicaciones emanadas del arciprestazgo.
c) A pesar de que se han ido incorporando a la acción pastoral religiosos/as y seglares,
aún se advierte un excesivo clericalismo.
d) Faltan programaciones y hay desvinculación, descoordinación, y desconocimiento
entre los grupos de la misma parroquia, cuando estos existen.
e) A pesar del gran esfuerzo catequético que se ha hecho, se olvidan los procesos de la
Iniciación Cristiana y la catequesis de adultos.
f) Falta espíritu evangelizador y misionero y sobra rutina litúrgica. Ya el Congreso
Parroquia evangelizadora decía: “Somos conscientes de que nos falta dinamismo
evangelizador… En su conjunto, la actividad que se realiza hoy en nuestras
parroquias aparece muy centrada en la vida interna de la misma comunidad,
replegada sobre los servicios y atención a los practicantes, con una pérdida de
dinamismo evangelizador en medio de la sociedad”12
.
g) Y, en fin, el compromiso social es insuficiente.
A estos defectos hay que añadir ciertas limitaciones: la movilidad de las personas; la
insuficiente autonomía evangelizadora que las hace depender de estructuras supra-
parroquiales como las Unidades pastorales o los arciprestazgos; la escasez de fieles en muchas
parroquias rurales, especialmente de montaña; y, en fin, la escasez de clero para la atención
pastoral. Parte de las soluciones pasarán por hacer efectivo el espíritu de las Unidades
pastorales. A esto nos referiremos más delante.
3. Hacia una renovación de la parroquia
La parroquia, en palabras del Papa Francisco, no es una estructura caduca, puesto que
tiene una gran plasticidad, sin embargo, es necesario renovarla para que produzca frutos de
cercanía a la gente, de comunión, de participación y de misión (cfr. EG 28).
Más arriba hemos definido la parroquia como célula de la Iglesia. Eso quiere decir que sus
rasgos fundamentales son los propios de la Iglesia. Para renovar la parroquia –dice Enzo
Bianchi- no hay que hacer cosas especiales sino recuperar creativamente sus rasgos
fundamentales: la comunión, la liturgia, el testimonio y el servicio13
.
3.1. El primer rasgo identificativo de la Iglesia es la comunión. Generada por la Trinidad,
debe asumir la forma comunitaria sin anular la legítima diversidad. De hecho, se la ha
llamado también <<comunión de comunidades>>. La comunión se fundamenta
10
Antonio Trobajo, op. cit., 106.
11
Cfr. Basilio Caballero, op. cit., 314.
12
VV.AA., Congreso “Parroquia evangelizadora”, Edice, Madrid 1989, 90.
13
Enzo Bianchi y Renato Corti, La parroquia, Ed. Sígueme, Salamanca 2005, pp. 28-45.
también en la común vocación al seguimiento de Cristo. La comunión en la parroquia
debe expresarse en la fraternidad, la corresponsabilidad, y también en la apertura a
otras realidades eclesiales.
3.2. La parroquia debe empeñarse también en la liturgia, que es la que tiene la primacía
real sobre la vida eclesial. En efecto, la parroquia es engendrada por la Eucaristía. Lo
dice el Concilio Vaticano II: “Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su
raíz y quicio en la celebración de la santísima Eucaristía” (PO 6). La parroquia –
señala san Juan Pablo II- se funda sobre un lugar teológico, pues es una comunidad
eucarística (ChL 26). La Eucaristía, en fin, está en el centro del proceso del
crecimiento de la Iglesia (EE 21).
3.3 El tercer rasgo a tener en cuenta es el testimonio. Es la tarea que el resucitado confía a
los apóstoles (cfr. Act 1, 8). La parroquia es el espacio para dar testimonio, es decir,
para vivir la vida al estilo de Jesús.
3.4. Finalmente, la parroquia ha de renovarse siendo fiel a su identidad servidora.
Ejercer el servicio es fundamental para el que quiere seguir al que no ha venido a ser
servido sino a servir. Ese servicio va más allá de lo meramente asistencial, ha de ser
promocional, y tiene que abrir a la esperanza escatológica.
Los cuatro rasgos señalados indican la dirección que la parroquia debe seguir para ser
Iglesia. Pero hemos de añadir alguna indicación más en orden a configurar una parroquia
renovada y capaz de responder a los retos pastorales que nos presenta el mundo de hoy.
Señalamos las siguientes líneas de acción:
a) Una parroquia misionera no puede olvidar el desarrollo de la dimensión mística.
“El rostro misionero de la parroquia se manifiesta allí donde se ofrece a todos la
posibilidad de crecer en la fe, de hacer viable una auténtica vivencia espiritual para
el creyente en la condición normal de la existencia (cfr. Juan Pablo II, Carta
Apostólica, Novo Millennio Ineunte (2001), nº 16)”14
.
b) Potenciar la Iniciación cristiana (IC) y la catequesis de adultos. La iniciación es el
momento en que la Iglesia madre engendra hijos y se regenera en el tiempo. Esta
acción se inserta con naturalidad en el marco parroquial, si bien debería recibir sus
primeros cuidados en el seno de la familia. A ella le debería dedicar la parroquia sus
mejores esfuerzos15
. Hay que ayudar a la institución familiar a transmitir valores
básicos como la confianza en la vida, la capacidad de optar, la relación humana
profunda, la comprensión de la vida como un bien que hay que compartir y gastar por
los demás. Y, por supuesto, hay que ayudarla a que transmita la fe en el Dios de
Jesucristo. Además, hay que procurar una atención especial a la catequesis y a los
catequistas y, en fin, hay que coordinar las experiencias, los recursos y las decisiones
fundamentales para la IC.
c) Hay que discernir, valorar y desarrollar las múltiples potencialidades misioneras
de la pastoral ordinaria, a través de la que podemos acercarnos a personas con fe
débil e incluso a personas con fe muerta. Esto nos exige creatividad para conectar con
gentes muy diversas en su vivencia de la fe y la adhesión a la Iglesia y para suscitar en
ellas inquietudes y preguntas sobre el sentido de la vida. También hemos de acentuar
14
Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit., 66.
15
Enzo Bianchi y Renato Corti, La parroquia, Iglesia que habita entre las casas de los hombres. Ed. Sígueme,
Salamanca 2005, 82.
nuestra acogida, haciendo que lo cordial se sobreponga a lo burocrático, y tener
suficiente arrojo misionero 16
. No deberíamos desatender sus peticiones, “de lo
contrario –dice Greshake- el ámbito de lo <<santo>>, que <<precede>> e incluso
<<subyace>> a lo expresamente <<cristiano>> y eclesial, lo abandonaríamos a
merced de otras energías… y no lo orientaríamos hacia el lugar donde encuentra su
verdadera satisfacción: Jesucristo y su Iglesia”17
. El cuidado de la dignidad de nuestra
labor pastoral tampoco puede ser razón suficiente para dejar de dar la bienvenida a
nadie. “La legítima preocupación –dicen los prelados vascos- por celebrar bien los
sacramentos no debe ser obstáculo para atender de manera evangélica y
evangelizadora a quienes se acercan a la comunidad sólo con ocasión del bautizo o la
primera comunión de sus hijos”18
. En definitiva, el testimonio de Jesús de Nazaret fue
claro: nunca se ha de quebrar la caña cascada (cfr. Is 42, 3), al contrario, con paciencia
paternal, se ha de dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, evitando arrancar antes de
tiempo las “malas hierbas” (Mt 13, 24-30).
d) Abrir la parroquia a un horizonte más amplio. Nuestra fe “no puede sustraerse al
diálogo con las personas y los ambientes que están condicionados por una mentalidad
una cultura extraños e incluso enemigos del Evangelio…” 19
. Por otra parte, la
parroquia no puede estar cerrada a la realidad de la Unidad pastoral, ni al
arciprestazgo, ni a la diócesis. Tampoco puede permanecer ajena a la pastoral sectorial
y a los movimientos y asociaciones. En ellos encontrará los mejores aliados para llegar
a los distintos ambientes y a las personas alejadas de la fe y de la comunidad eclesial.
e) Incentivar el compromiso de los laicos en medio del mundo. Es utópico esperar de
todos los bautizados un seguimiento <<comprometido>>. Hoy se tiende a utilizar
como único criterio de la calidad de vida cristiana el compromiso parroquial. “Los
creyentes –dice Enzo Bianchi- no deben agotar sus energías vitales en una vertiginosa
militancia intra-parroquial, sino que deben ir al mundo para ser testigos de la
esperanza que hay en ellos” 20
. En ese sentido, se hace necesario también
desclericalizar a los laicos.
f) Este nuevo estilo misionero, nos reclama repensar el ministerio presbiteral. El
sacerdote no lo puede ni lo debe hacer todo. Cada vez se hace más necesario que se
centre en aquello que sólo él puede hacer. Debe cuidar de la conservación del
patrimonio de la fe de la Iglesia y de su traducción a lenguajes comprensibles para el
hombre y la mujer de hoy; debe celebrar los sacramentos, particularmente la Eucaristía
y la Penitencia; y, en fin, ha de ser servidor de la comunión, promoviendo y
compaginando vocaciones, carismas y ministerios en una corresponsabilidad que
tienda a expresarse en la sinodalidad21
.
16
“En su autobiografía cuenta Gandhi cómo durante sus tiempos de estudiante en Sudáfrica, le interesó
profundamente la Biblia. De hecho, cierto día se desmayó leyendo el Sermón del Monte, tanto le impactó que
cayó redondo al suelo. Llegó a convencerse, poco a poco, de que el evangelio era la respuesta al sistema de
castas que durnte siglos había padecido la India, y consideró muy seriamente el hacerse cristiano. Con esa
actitud quiso entrar a la iglesia para instruirse más en la fe, pero el pastor lo detuvo a la entrada y con mucha
suavidad, le dijo que, si deseaba asistir a la iglesia, tendría que asistir a una reunión reservada a los negros.
Gandhi desistió de su idea y no volvió a intentarlo” (M. Lasanta, Parábolas para un nuevo siglo, Manantial,
Malaga 1997, 56.
17
G. Greshake, op. cit., 337.
18
Obispos vascos, op. cit., nº 78.
19
Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit., 93.
20
Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit. 48.
21
Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit., 47.
g) La parroquia ha de favorecer la corresponsabilidad en su seno. “Los seglares –dice
el Concilio Vaticano II- tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia,
como partícipes del oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey. Su acción dentro de las
comunidades de la Iglesia es tan necesaria, que sin ella el propio apostolado de los
pastores no puede conseguir la mayoría de las veces plenamente su efecto” (AA 10).
La misma misión la compartimos los laicos, los sacerdotes, y también los religiosos.
Nuestros servicios a la Iglesia son diferentes, pero la misión es común. Esto reclama
una responsabilidad diferente, pero compartida (AA 2).
h) Comprometida socialmente. Por estar cerca de la gente, la parroquia está cerca de los
problemas económicos, culturales y sociales. Frente al impacto laicista de recluir la fe
en la intimidad de las personas, afirmamos con el Papa Francisco que una auténtica fe
implica el deseo de cambiar el mundo y que “cada cristiano y cada comunidad están
llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres”
(EG 187).
V.
LAS UNIDADES PASTORALES
Hemos afirmado más arriba el carácter insustituible de las parroquias, pero también hemos
dicho que son insuficientes. Esa insuficiencia se advierte, sobre todo, cuando se muestran
incapaces de asegurar alguno de los elementos fundamentales que la constituyen. Esto sucede
de hecho en un buen número de parroquias de nuestro mundo rural e incluso se cierne como
amenaza sobre algunas del centro de nuestras ciudades.
1. Identidad y razón de ser de las Unidades pastorales (Upas)
Para responder a deficiencias como el excesivo parroquialismo y la falta de comunión
eclesial, el fuerte protagonismo clerical en la acción pastoral, y la disminución y
envejecimiento de la población rural y de los sacerdotes, ha nacido la Upa. La Upa, realidad
intermedia entre el arciprestazgo y la parroquia es una comunidad de fieles, antes que una
realidad territorial, una agrupación de parroquias que conservan sus derechos y deberes,
encomendada a un párroco o a un grupo sacerdotal, que se unen con vistas a la ayuda mutua y
a la acción común. Sus fines son: facilitar la misión evangelizadora de la Comunidad, lo que
se hace inviable en comunidades pequeñas, empobrecidas e incapaces de desarrollar una
pastoral sectorial y especializada; desarrollar la eclesiología de comunión del Concilio
Vaticano II superando el parroquialismo y favoreciendo el desarrollo de la vida religiosa y los
ministerios laicales y su colaboración en la evangelización; y, en fin, hacer más patente, en
cada lugar, a la Iglesia de Cristo, a través del testimonio de vida en fraternidades sacerdotales
y el trabajo en común en equipos apostólicos.
2. Razón de ser de las Upas
2.1. Para facilitar la misión evangelizadora de la Iglesia. La Iglesia existe para
evangelizar, sin embargo, la imposibilidad de poner en ejercicio los distintos
ministerios pastorales, la incapacidad de muchas parroquias para constituir una
auténtica comunidad por escasez de fieles, hace imposible esa misión evangelizadora.
Para contar con una comunidad suficiente y con los ministerios de lectores, acólitos,
cantores, etc., así como con el ministerio insustituible de un sacerdote, se necesita, en
muchos casos, dilatar los límites de la propia parroquia.
2.2. Para profundizar en la comunión eclesial superando el parroquialismo y el
clericalismo. El Papa san Juan Pablo II propuso a la Iglesia al comienzo del tercer
milenio “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Habrá
que superar, en primer lugar, el parroquialismo. Como reconoce el Directorio para el
ministerio pastoral de los Obispos, las Upas pueden ayudar a “promover formas de
colaboración orgánica entre parroquias limítrofes” (n. 215). Nos brindarán también la
oportunidad de desarrollar la vida religiosa y los ministerios laicales y su colaboración
en la evangelización. La comunión no puede ser meramente espiritual, se necesita
poner en ejercicio la corresponsabilidad a través de estructuras participativas. También
lo indica san Juan Pablo II: “los espacios de comunión han de ser cultivados y
ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de la Iglesia…
Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos
por el Derecho canónico, como los consejos Presbiterales y Pastorales” (NMI 45).
2.3. Para hacer más patente en cada lugar a la Iglesia de Cristo a través de las
fraternidades sacerdotales y los equipos apostólicos. Ya el Concilio Vaticano II
pedía que se fomentara entre los sacerdotes alguna manera de vida en común o de
convivencia, que puede revestir muchas formas, según las necesidades personales o
pastorales, “a saber, la convivencia, donde fuera posible, o la mesa común o, por lo
menos, las reuniones frecuentes y periódicas” (PO 8). “Hoy –asegura en la misma
línea san Juan Pablo II- no se puede dejar de recomendar vivamente (las formas de
vida común entre los sacerdotes) sobre todo entre aquellos que viven o están
comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además de favorecer la vida y la
acción apostólica, esta vida común del clero ofrece a todos, presbíteros y diáconos,
un ejemplo luminoso de caridad y de unidad” (PDV 81; CD 30; PO 8; CIC 550,2).
Las Upas ofrecen también una buena oportunidad para la constitución de
equipos apostólicos formados por sacerdotes, religiosos y fieles laicos (cfr. PO 9).
3. Las Upas en la diócesis de Santiago
El conjunto de los datos estadísticos referidos a la Archidiócesis de Santiago de
Compostela revela la situación actual de la parroquia rural. Hemos observado una red
parroquial muy densa, diseminada y enclavada, en su mayor parte, en el medio rural. El
número elevado de parroquias, muchas de ellas con un número de habitantes muy reducido,
así como la dispersión de las mismas constituye un verdadero problema a la hora de ofrecer
un digno servicio pastoral.
En las últimas décadas estamos asistiendo a una profunda crisis de esta institución, tanto
en su dimensión eclesiástica como social; que sin duda se verá agravada ante la inexorable
reducción de sacerdotes en activo, unido a la elevada edad media de los mismos.
Esta situación urge como medida indispensable establecer una nueva planta parroquial y/o
de Upas. Se trata de elaborar una distribución parroquial nueva atendiendo a las posibilidades
reales de atención pastoral a las mismas, en este sentido, resultará prioritario considerar el
número y edad de los sacerdotes y su adecuada distribución.
La nueva organización parroquial podría realizarse mediante la fusión efectiva de
parroquias o mediante Upas o conjunto de parroquias limítrofes, que conservarían su
personalidad jurídica. Situación ésta que podría recomendarse en el inicio del proceso, puesto
que permitiría una más fácil readaptación hasta procurar un encaje estable de la nueva
estructura organizativa de base territorial.
El objetivo del proceso de nueva planta es, en primer lugar, de carácter pastoral –
funcional. En el futuro, y teniendo en cuenta los resultados obtenidos de cada experiencia
pastoral, se podría plantear la opción de la supresión de parroquias, solución que se ve, por
ahora, problemática.
3.1. Sede central
Elección de la sede central. Las Upas compuestas por pequeñas comunidades
parroquiales tendrá una sede central que será elegida según las circunstancias de orden
pastoral, material y espiritual, y teniendo en cuenta los siguientes criterios:
a) Que la parroquia tenga capacidad para realizar una pastoral sectorial contando con
equipos de trabajo: liturgia, catequesis, cáritas…
b) Que sea capaz de animar y liderar la acción pastoral de la Upa, contando con la
posibilidad de disponer de los servicios, al menos de un presbítero.
Se declaran
católicos
Diciembre 2000
83,1
Diciembre 2005
77,8
Diciembre 2010
73,6
Enero 2012
72,0
De otra religión 02,2 01,6 02,5 02,8
No creyentes 09,0 12,4 15,0 14,5
Ateos 04,1 05,9 07,5 08,8
Adscripción religiosa a nivel del Estado español, según el CIS
2. Ámbito eclesial
La debilidad de nuestra fe y de las instituciones eclesiales tiene seguramente en los
factores socio-culturales la principal causa, pero no debemos olvidar sus raíces intraeclesiales:
2.1. Falta de una auténtica iniciación cristiana. En efecto, por una parte, hemos
descuidado el cultivo de la experiencia de la fe de los niños y de los jóvenes. Por otra,
tampoco estamos acertando del todo en la integración de los tres elementos que deben
estructurar la iniciación cristiana: la catequesis, la celebración litúrgica y la vida. Y, en
fin, nos está resultando muy difícil asegurar los procesos formativos de modo que no
se establezcan en función de la recepción del sacramento, sino de la auténtica
experiencia religiosa. Los tiempos que vivimos reclaman una fe viva que implique no
sólo a la mente, sino también al corazón y a la voluntad y, en consecuencia, al
comportamiento. Seguramente hemos puesto mucho énfasis en la preparación
conceptual y hemos descuidado lo fundamental: el encuentro con Jesucristo. Sin esa
experiencia de encuentro con Él, meta de toda evangelización, el cristiano del futuro
no sobrevivirá. Por otra parte, es necesario hacer significativos para la vida del niño y
del joven tanto la catequesis como la propia celebración de la fe. Y, en fin, hemos de
ayudar al que se inicia para que descubra el plan de Dios sobre su vida y a que
responda con un compromiso y un testimonio acordes a la fe que profesa y celebra.
2.2. Débil vivencia de la eclesialidad. Aportamos los siguientes datos:
• Eclesialidad cerrada. No vamos a cuestionar aquí la importancia de la parroquia
como célula viva de la Iglesia. Por otra parte, su dimensión social y política en
nuestra tierra la hace especialmente significativa en la vida de las personas. Sin
embargo, la parroquia no es la Iglesia. Es célula, no cuerpo, por eso no puede
encerrarse en sí misma sin desarrollar la dimensión universal de la eclesialidad.
Nos atreveríamos a decir que esta renovación pastoral que buscamos será
impensable si no somos capaces de abrir la parroquia a la unidad pastoral, al
arciprestazgo, a la diócesis y a la Iglesia universal. En definitiva, hay que mejorar
la comunión, nota esencial de la Iglesia.
• Insuficiente desarrollo, en muchas parroquias, de la corresponsabilidad laical. En
ciertos casos, se debe a un excesivo clericalismo. En otros, a un insuficiente
compromiso por parte de los laicos.
• Acogida mejorable. Nos preguntamos si muchas parroquias serán lo
suficientemente acogedoras. En este sentido, llama la atención la poca
implantación de movimientos y asociaciones en su seno y el escaso seguimiento
que se les presta con frecuencia a los que hay.
• Escaso talante misionero. Me aventuro también a señalar que falta en muchos
casos el verdadero talante misionero. Nuestras comunidades tienden a cerrarse
sobre sí mismas y a ignorar a las periferias que viven al margen del evangelio.
2.3. Clima no suficientemente acogedor en nuestras comunidades. El creciente
fenómeno del alejamiento de la fe por parte de muchos cristianos puede deberse a
de invertir en dotaciones de la sede de la Upa haciendo constar el tanto por ciento que
corresponde a la parroquia inversora.
3.4. Celebración de la fe y catequesis sacramental
a) La eucaristía dominical y de las fiestas de precepto diocesanas (can.534) se celebrarán
en la sede central de cada unidad y a una hora fija. En las demás iglesias se celebrarán
otras misas dominicales o de precepto de manera habitual, alternativa o rotativa, según
lo requieran las circunstancias.
b) En las iglesias donde no hay misa dominical y teniendo en cuenta la dificultad de
algunas personas para trasladarse a otra iglesia donde hay celebración eucarística, se
recomienda programar Celebraciones Dominicales en Ausencia de Presbítero según el
correspondiente Directorio de la Conferencia Episcopal Española. Para ello habrá que
preparar algunos laicos y proporcionarles los materiales necesarios para que puedan
hacer dignamente la celebración de la palabra y distribuir la comunión eucarística.
c) Es de desear que la Vigilia Pascual y otras solemnidades de especial relevancia, así
como el sacramento de la confirmación, las celebren unidas todas las parroquias de la
Upa.
d) En todas las parroquias se asegurará la celebración de las fiestas patronales y locales el
día señalado, así como las exequias de los fieles laicos y el primer aniversario.
e) En los días laborables, los sacerdotes celebrarán también la eucaristía previamente
programada en las distintas comunidades de manera rotatoria y con la frecuencia
conveniente.
f) Dedicarán el tiempo oportuno para desempeñar en los días laborables otras actividades
pastorales como la visita a los enfermos, la atención sacramental a las personas que lo
requieran o el ejercicio de algunas prácticas de piedad.
g) La catequesis será organizada en sus distintos niveles con criterios de unidad e
integración. Cada Upa debe fijar el lugar o lugares, fechas y horas de la catequesis de
los sacramentos de la iniciación cristiana y las sesiones o cursillos de preparación al
matrimonio y de la formación cristiana de adultos.
3.5. Corresponsabilidad de los fieles
a) Algunas personas, caracterizadas por su conducta cristiana ejemplar y debidamente
preparadas, podrán ser designadas por el párroco como responsables de la comunidad,
encargándoles servicios pastorales como el de la catequesis (can.776), las
celebraciones de la Palabra (cc.230 §3, 759), ministros extraordinarios de la
Comunión (cc.230 §3, 910 §2). Estas personas están llamadas a ser los primeros
colaboradores y los más asiduos agentes pastorales, junto con el/los sacerdotes, en sus
propias comunidades y en el conjunto de las unidades parroquiales.
b) El párroco debe procurar que en cada iglesia haya alguna persona o familia que se
responsabilice del digno mantenimiento y conservación del templo y de otras
dependencias parroquiales.
c) Cáritas y enfermos. La colaboración de los laicos, bajo la guía de los pastores, debe
llegar también al campo de la acción caritativo-social. En este sentido, será
conveniente establecer en cada Upa una cáritas y, si se cree conveniente un servicio
independiente, un equipo de pastoral de la salud.
d) Presencia en la vida pública. El cristiano laico está llamado a ser sal y luz y a
organizar las cosas terrenas según el plan de Dios. Lo hará a través de un compromiso
individual y, al mismo tiempo, a través de instituciones como la familia, los partidos
políticos, los sindicatos, la escuela, la universidad, el mundo de la economía y la
empresa, los Medios de Comunicación Social, etc.
3.6. Nuevo mapa de las Upas
El establecimiento del nuevo mapa de las Upas será importante, pero más importante aún
será la renovación pastoral de la que venimos hablando. De poco serviría el nuevo mapa si no
impulsáramos una pastoral de comunión y corresponsabilidad, una pastoral de misión, una
pastoral de formación, una pastoral de solidaridad, una pastoral organizada, y una pastoral de
fraternidad sacerdotal y apostólica.
Criterios para diseñar el nuevo mapa:
a) Se indicarán las sedes centrales y las parroquias que las formarán. Para el
establecimiento de las sedes, se tendrán en cuenta los criterios indicados con
anterioridad.
b) Cada Upa ha de contar con el servicio al menos de un sacerdote. Para proceder al
cálculo de las que podríamos atender teniendo en cuenta este criterio, hemos de tener
presente que el número de sacerdotes va a disminuir de forma acelerada en los
próximos años. Proponemos como referencia el número de sacerdotes menores de
setenta y cinco años de los que vamos a disponer dentro de nueve años: ciento
cuarenta y siete. Se supone que algún sacerdote deberá dedicarse en exclusiva a los
cabildos o a la curia y, por lo tanto, no podrá destinarse al servicio parroquial. Por otra
parte, setenta y siete parroquias cuentan en la actualidad con más de cinco mil
habitantes, con lo que podemos considerarlas, ya desde ahora, sedes de Upa. En
conclusión, podrían crearse, en el ámbito rural, entre cincuenta y sesenta sedes.
c) Aunque el establecimiento del nuevo mapa no signifique que se vaya a proceder de
inmediato a ajustar los antiguos nombramientos a lo indicado, desde luego ha de
marcar un horizonte hacia el que caminar a partir del momento de su aprobación por la
autoridad competente.

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  • 1. ARCHIDIÓCESIS DE SANTIAGO SÍNODO DIOCESANO Materiales para la reflexión en los grupos Sinodales Cuaderno V LA RENOVACIÓN PASTORAL
  • 2. I. DESAFÍOS DE LA REALIDAD SOCIO-CULTURAL Y RELIGIOSA La Iglesia particular de Santiago de Compostela es una Iglesia de sólidos fundamentos que custodia los restos de Santiago el Mayor, uno de los discípulos directos de Jesús de Nazaret que llegó hasta nuestras tierras predicando el Evangelio. Por su origen apostólico, primer eslabón de una cadena interrumpida de testigos, y por conservar los restos del Apóstol, nuestra Iglesia acoge desde hace siglos a multitud de peregrinos e, impulsada por el Espíritu Santo, se esfuerza por cultivar la fe de sus hijos e hijas, de celebrarla, de vivirla y de transmitirla a las nuevas generaciones. La fe cristiana ha generado entre nosotros un riquísimo patrimonio cultural y religioso, ha impregnado las relaciones sociales siendo germen de crecimiento, de concordia y de paz, ha dado sentido y esperanza a buena parte de los habitantes de estas tierras… A día de hoy, nuestra Iglesia sigue viva y los frutos de su labor evangelizadora son evidentes. La transformación cultural que ha sufrido Galicia, y en general toda España, en las últimas décadas, ha sido muy fuerte. Estos cambios profundos han influido indudablemente en nuestras Iglesias, también, por supuesto, en nuestra Iglesia particular de Santiago. Los indicadores sociológicos tradicionales más significativos –número de participantes en la eucaristía dominical, número de vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada, laicado asociado, presencia de los jóvenes en la vida de la Iglesia- hablan de una fe a la baja. Está tocando, si no ha tocado ya a su fin, el denominado catolicismo de cristiandad. Por si fuera poco, hoy ya no se comienza a ser cristiano de forma natural, puesto que los cauces tradicionales de transmisión de la fe –familia, escuela, parroquia- están fallando. Estamos en camino de ser, pues, un cristianismo en minoría. La respuesta a esta nueva situación ha de ser, en primer lugar, un nuevo modo de vivir la fe en el que destaque la búsqueda y la experiencia del encuentro con Dios, la vivencia comunitaria y la primacía de la evangelización misionera sobre una pastoral de mantenimiento. Y, en segundo lugar, la renovación de las estructuras pastorales: la parroquia y la unidad pastoral. Ninguno de estos cambios será viable si no hacemos una apuesta decidida por una formación integral y permanente, sobre todo de los sacerdotes y de los agentes de pastoral. Asistentes a actos religiosos no de tipo social Diciembre 2000 Diciembre 2005 Diciembre 2010 Enero 2012 Casi nunca 42,9 52,3 57,8 56,1 Varias veces al año 17,9 17,2 16,4 15,7 Alguna vez al mes 13,4 11,5 10,1 09,1 Casi todos los domingos y festivos 20,7 15,2 13,2 15,0 Varias veces a la semana 03,9 01, 9 02,1 02,7 N.C. 01,1 01,9 00,5 01,3 Índice de participación en actos religiosos en España, según el CIS Como hemos indicado más arriba, los cambios producidos en los últimos decenios han sido muy importantes. Tanto en el ámbito socio-cultural, como en el propiamente religioso, han aparecido y se han desarrollado valores dominantes que pasamos a señalar brevemente. Por razones de oportunidad y, teniendo en cuenta que el objetivo que perseguimos en estos
  • 3. temas es justificar la necesidad de la renovación pastoral, nos vamos a centrar exclusivamente en aquellos que han tenido una incidencia negativa en la fe cristiana de nuestra Iglesia. 1. Ámbito socio-cultural 1.1. Una economía sin alma. Nos envuelve una cultura que justifica la economía en su funcionamiento autónomo, privilegiando el dinero sobre la dignidad humana. La economía actual se caracteriza en gran medida por la exclusión de ciertos sectores sociales a los que impide la inserción laboral. Estamos hablando de una economía de la exclusión y de la inequidad que, en último término, rechaza los valores éticos y al mismo Dios. . Las consecuencias son lamentables: la mayoría de las personas viven precariamente. Los cristianos debemos dar un no rotundo a esta cultura y a esta economía que “matan” (cfr. EG 52-57). 1.2. Relativismo y subjetivismo (cfr. EG 62). Ambos afirman no existir una verdad objetiva y universal, bien por creer en la evolución histórica de las valoraciones (relativismo) o por el simple hecho de la subjetividad (subjetivismo). Evidentemente, el credo cristiano con su pretensión de verdad absoluta se ve desacreditado. En este contexto, nada puede extrañar que haya verdades como la existencia del infierno o la resurrección de los muertos que son rechazadas por una parte de los cristianos. Lo mismo puede decirse respecto a ciertos principios relacionados con la moral sexual. 1.3.El hedonismo. Vivimos en una cultura que ensalza el goce inmediato. Muchos buscan ahí el sentido de la vida, sin darse cuenta de lo efímero y caro que suele resultar ese modo de vida basado en el consumo. Además, el hedonismo hace a las personas insensibles ante el sufrimiento ajeno y las dificulta para la vivencia de la solidaridad y el amor. Y, en fin, como dice el Beato Pablo VI, <<la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría>> (Gaudete in domino 8). Lógicamente, este talante vital es un obstáculo también para la fe en Jesucristo que nos pide renunciar a nosotros mismos para entregarnos al servicio de Dios y de los hermanos. 1.4.El individualismo. Lejos de los colectivismos propios del comunismo y del nazismo, la cultura actual exalta hasta el paroxismo al individuo como centro de todo. La consecuencia: el debilitamiento de los vínculos sociales y del propio asociacionismo. También la vivencia de la fe se ve afectada por esta tendencia cultural. Como muestra, recordemos la famosa frase repetida por muchos: creo en Cristo, pero no en la Iglesia. Consecuencia de ese individualismo es también el llamado “cristianismo a la carta”. 1.5. Laicismo. Asistimos a un intento serio de recluir la religión en el ámbito privado y de valorarla solamente por su acción social en favor de los pobres. En este sentido, “nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común” (EG 65). 1.6.La indiferencia religiosa. Otro de los elementos que definen el momento actual es la disminución de los que se declaran creyentes y el aumento progresivo de las personas que se definen como no creyentes e indiferentes. La indiferencia es el mayor reto que nos encontramos, puesto que, en contra de lo que parece, se sitúa a una distancia mayor de la fe que el ateo y el agnóstico.
  • 4. Se declaran católicos Diciembre 2000 83,1 Diciembre 2005 77,8 Diciembre 2010 73,6 Enero 2012 72,0 De otra religión 02,2 01,6 02,5 02,8 No creyentes 09,0 12,4 15,0 14,5 Ateos 04,1 05,9 07,5 08,8 Adscripción religiosa a nivel del Estado español, según el CIS 2. Ámbito eclesial La debilidad de nuestra fe y de las instituciones eclesiales tiene seguramente en los factores socio-culturales la principal causa, pero no debemos olvidar sus raíces intraeclesiales: 2.1. Falta de una auténtica iniciación cristiana. En efecto, por una parte, hemos descuidado el cultivo de la experiencia de la fe de los niños y de los jóvenes. Por otra, tampoco estamos acertando del todo en la integración de los tres elementos que deben estructurar la iniciación cristiana: la catequesis, la celebración litúrgica y la vida. Y, en fin, nos está resultando muy difícil asegurar los procesos formativos de modo que no se establezcan en función de la recepción del sacramento, sino de la auténtica experiencia religiosa. Los tiempos que vivimos reclaman una fe viva que implique no sólo a la mente, sino también al corazón y a la voluntad y, en consecuencia, al comportamiento. Seguramente hemos puesto mucho énfasis en la preparación conceptual y hemos descuidado lo fundamental: el encuentro con Jesucristo. Sin esa experiencia de encuentro con Él, meta de toda evangelización, el cristiano del futuro no sobrevivirá. Por otra parte, es necesario hacer significativos para la vida del niño y del joven tanto la catequesis como la propia celebración de la fe. Y, en fin, hemos de ayudar al que se inicia para que descubra el plan de Dios sobre su vida y a que responda con un compromiso y un testimonio acordes a la fe que profesa y celebra. 2.2. Débil vivencia de la eclesialidad. Aportamos los siguientes datos: • Eclesialidad cerrada. No vamos a cuestionar aquí la importancia de la parroquia como célula viva de la Iglesia. Por otra parte, su dimensión social y política en nuestra tierra la hace especialmente significativa en la vida de las personas. Sin embargo, la parroquia no es la Iglesia. Es célula, no cuerpo, por eso no puede encerrarse en sí misma sin desarrollar la dimensión universal de la eclesialidad. Nos atreveríamos a decir que esta renovación pastoral que buscamos será impensable si no somos capaces de abrir la parroquia a la unidad pastoral, al arciprestazgo, a la diócesis y a la Iglesia universal. En definitiva, hay que mejorar la comunión, nota esencial de la Iglesia. • Insuficiente desarrollo, en muchas parroquias, de la corresponsabilidad laical. En ciertos casos, se debe a un excesivo clericalismo. En otros, a un insuficiente compromiso por parte de los laicos. • Acogida mejorable. Nos preguntamos si muchas parroquias serán lo suficientemente acogedoras. En este sentido, llama la atención la poca implantación de movimientos y asociaciones en su seno y el escaso seguimiento que se les presta con frecuencia a los que hay. • Escaso talante misionero. Me aventuro también a señalar que falta en muchos casos el verdadero talante misionero. Nuestras comunidades tienden a cerrarse sobre sí mismas y a ignorar a las periferias que viven al margen del evangelio. 2.3. Clima no suficientemente acogedor en nuestras comunidades. El creciente fenómeno del alejamiento de la fe por parte de muchos cristianos puede deberse a
  • 5. factores extrínsecos a la propia Iglesia, pero también puede responder a la existencia de unas estructuras y de un clima poco acogedor en nuestras parroquias y comunidades. “En muchas partes –dice el Papa Francisco- hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización” (EG 63). Por otra parte, nos debemos plantear también la apertura misionera de nuestras comunidades. Son muchas las personas que no se identifican con ellas. Seguramente debemos cuestionarnos sobre el acompañamiento que hacemos de nuestra gente en situaciones dolorosas, por ejemplo, en los casos de enfermedad o de muerte de un ser querido. 2.4. Envejecimiento y disminución del número de sacerdotes diocesanos. Los datos que siguen y que se refieren a la evolución numérica de los sacerdotes diocesanos, son elocuentes: Nº de sac. Edad Media Fieles x sac Pquias x sac Sac - 75 Año 1995 726 61, 09 1943 1, 47 650 Año 2000 685 63, 08 1, 56 Año 2007 636 66, 22 2722 1,68 489 Año 2014 551 69, 57 4712 1, 94 287 Año 2024 7,29 147 Datos estadísticos de la CEE referidos al presbiterio de la diócesis de Santiago Como consecuencia de esta disminución del clero, a cada sacerdote en activo se le suman progresivamente nuevas parroquias y actividades pastorales. Por otra parte, el envejecimiento supone una disminución de fuerzas, una mayor dificultad para la movilidad y para la adaptación a las nuevas realidades culturales, etc. Según los datos de la última columna, la disminución va a ser muy acentuada en los próximos nueve años. Esto nos exige una conversión pastoral que, como indicaremos más adelante, ha de llevar consigo la renovación de los evangelizadores, del estilo pastoral y de las estructuras. 2.5. Desánimo ante la situación. La mayoría de nuestra gente piensa que la Iglesia no va bien y vive su fe con poca alegría. Evidentemente, esto lleva a la falta de compromiso y pasión en la transmisión del evangelio. Si no superamos esta moral de derrota, difícilmente creceremos en la fe y más difícilmente aún convenceremos a los no creyentes. 2.6. Individualismo y falta de trabajo en equipo. El individualismo es uno de los males típicos de nuestro tiempo y que ya hemos citado más arriba. Pues bien, este mal está afectando de forma importante al modo de trabajo dentro de la Iglesia. La escasez de consejos parroquiales es uno de los síntomas más evidentes. La espiritualidad de la comunión a la que más adelante aludiremos nos reclama su creación allí donde no existen y su revitalización donde ya están en marcha. Recuérdese que el consejo de asuntos económicos es preceptivo según el Derecho canónico. Por otra parte, hay que advertir que, en el seno de una comunidad, no es suficiente el reparto de tareas según los propios ministerios y carismas, también hay que coordinarlos. Los planes y los programas son fundamentales para esa acción conjunta, para el necesario trabajo en equipo.
  • 6. II. UN EVANGELIZADOR RENOVADO Ante esta vivencia de la fe, del compromiso cristiano y de la eclesialidad, ante el envejecimiento y la despoblación de muchas de nuestras parroquias, ante la disminución acelerada del número de sacerdotes y su alta media de edad, lo primero que nos viene a la cabeza es reorganizar el mapa de los centros pastorales y crear unas nuevas estructuras. Pero todo esto sería insuficiente si no fuera acompañado de una determinada vivencia espiritual. “Sin fidelidad de la Iglesia a su vocación –dice el Papa Francisco-, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (EG 26). Sin un evangelizador renovado en la novedad de Cristo resucitado, seré imposible una renovada evangelización. 1. Vencer ciertas tentaciones A continuación, indicaremos algunas de las tentaciones que asaltan al evangelizador y que habrá de superar para poder responder a los retos que presenta la evangelización en el momento presente. 1.1. Crisis de identidad. La larga lista de elementos contrarios a la fe y el acoso al que están sometidos muchos creyentes les lleva a un cierto complejo de inferioridad. Su foco de atención se centra más en los pecados de algunos que en el amor que la mayoría de los agentes de pastoral ponen en su servicio dentro de la Iglesia. Además, relativizan y ocultan su identidad cristiana y sus convicciones, de modo que quieren ser como todos (cfr. EG 79). Incluso los que parecen tener más sólidas convicciones religiosas se aferran con frecuencia a seguridades económicas, al poder y a la gloria humana, en lugar de dar la vida por los demás en misión (cfr. EG 80). 1.2. Acedia egoísta. Nos encontramos con muchos laicos que tratan de eludir los compromisos que les corresponde dentro de la Iglesia. También hay sacerdotes que cuidan en exceso su tiempo personal por no llenarles suficientemente su actividad pastoral (cfr. EG 81). El problema no está frecuentemente en el exceso de actividades, sino en que son vividas sin las motivaciones adecuadas, lo que provoca cansancio. Algunos caen en la acedia espiritual por sostener proyectos irrealizables, otros por no aceptar la costosa evolución de los procesos, otros por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad, otros por perder el contacto real con el pueblo, otros, en fin, por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida (cfr. EG 82). 1.3. Pesimismo estéril. Existe entre nosotros una especie de “conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre” (EG 85). En medio de esta situación, “nuestra fe se ve desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña” (EG 84). 1.4. La mundanidad espiritual. Consiste en buscar, “en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG 93). Su alimento puede ser el subjetivismo y el neopelagianismo del que confía sólo en sus propias fuerzas. El que cae en ella, descalifica al que lo cuestiona, destaca los errores ajenos y se obsesiona con la apariencia (cfr. EG 97).
  • 7. 1.5. La división. Muchos cristianos se identifican con sus grupos, pero no con la Iglesia (cfr. EG 98). Además –dice el Papa Francisco-, entre comunidades y personas, a veces “consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas… y hasta persecuciones… ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?” (EG 100). 2. Evangelizadores con espíritu Tenemos que afinar el oído y ponerlo a la escucha de lo que el Espíritu Santo nos quiera sugerir en este momento trascendental para nuestra Iglesia compostelana. Sin escucha de la Palabra, sin discernimiento de los signos de los tiempos, sin vida interior, será imposible la renovación que necesita nuestra Iglesia y nuestra pastoral. En cambio, si nos dejamos moldear por el Espíritu de Dios, si somos capaces de mirar con ojos de fe la realidad, en definitiva, si asumimos una formación integral y permanente, estaremos en condiciones de responder adecuadamente a la situación que se nos presenta. A continuación, señalamos los acentos de la espiritualidad que estamos llamados a vivir. a) Ha de ser una espiritualidad de escucha como la de Abraham (cfr. Gen 12, 1) que, abandonando seguridades, se puso en la onda de Dios para descubrir qué nuevos caminos le trazaba1 . La evangelización reclama el momento místico de encuentro con Dios. Como dice el Papa Francisco, “siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad… La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración…” (EG 262). La Iglesia no evangeliza si no se deja evangelizar, lo que supone la familiaridad con la Palabra y su escucha (cfr. EG 175). b) Una espiritualidad de la encarnación. Debemos evitar caer en una espiritualidad oculta e individualista, que rehuya el compromiso social (cfr. EG 262). Hay que estar cerca de la gente, escucharla, hablar su propio lenguaje. “Para ser evangelizadores de alma –dice el Papa Francisco- también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (EG 268). A veces somos tentados de ser cristianos manteniendo la distancia con las llagas del Señor: la pobreza, la soledad, la enfermedad, la esclavitud de todo tipo, la persecución… “Pero Jesús –sigue diciendo el Papa- quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás… (EG 270)… no quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo” (EG 271). El amor a la gente nos facilita el encuentro con Dios y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte en ciegos ante Dios (cfr. Deus Caritas Est, 16). c) Una espiritualidad de la fidelidad, no del éxito2 . Jesucristo fue comprendiendo que el Padre le pedía fidelidad, no éxito. Como dice la Carta a los Hebreos: “Aprendió sufriendo a obedecer” (Heb 5, 8). Cuando se describen nuestras motivaciones pastorales se dice que solemos buscar primeramente el éxito; de ahí pasamos a buscar la fecundidad. Deberíamos terminar buscando la fidelidad, es decir, un amor que resista el paso del tiempo y la llegada de todo tipo de fracasos. La permanencia en ese amor, participación de la caridad pastoral de Jesucristo, debe ser el empeño fundamental de nuestra vida espiritual. “La primera motivación para evangelizar – 1 Gisbert Greshake, op. cit., 298. 2 Mons. Juan María Uriarte, Ministerio presbiteral y espiritualidad, Publicaciones Idatz, San Sebastián 2000, 4ª ed., 39-40.
  • 8. dice el Santo Padre- es el amor de Jesús que hemos recibido…” (EG 264). En el caso de que no sintiéramos un intenso deseo de comunicarlo, tendríamos que orar para pedirle que nos vuelva a cautivar (cfr. EG 264). d) Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo ciego3 . El ejemplo de San Pablo, una vez más, es ilustrativo para nosotros. En efecto, el Apóstol de los gentiles no duda en proclamar: “No me avergüenzo porque sé en quién he puesto la confianza” (2 Tim 1, 12). La fe en lo que hacemos nos la da Dios y, sobre todo, nos la da Jesucristo, fuente de la esperanza, cuya resurrección brota constantemente, se actualiza constantemente (cfr. EG 276). La fe en la evangelización nos la ofrece también la valoración de lo que ofrecemos: Jesucristo y su Evangelio. En este sentido –dice el Papa Francisco- “a veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno” (EG 265). En realidad, no podremos mantenernos en una evangelización fervorosa si no estamos convencidos por experiencia propia, de que “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón…” (EG 266). e) Una espiritualidad del hacer sosegado y responsable, pero no culpabilista4 . Hemos de buscar el reino de Dios, lo demás se nos dará por añadidura (cfr. Mt 6, 33). A nosotros nos toca sembrar en nombre del Señor. Las riendas las lleva Él y los posibles frutos los dejamos a su cuenta. f) Una espiritualidad que aprecia lo pequeño sin añoranza de lo grande5 . No se trata de que nos conformemos con un premio de consolación, dadas las circunstancias en que ejercemos nuestro ministerio. En este momento de fuerte despoblación del mundo rural, estamos tentados de concentrar todos los esfuerzos en los núcleos grandes de población y en las acciones que congregan un mayor número de personas. Pero hemos de ser conscientes de que las personas y los medios pobres tienen una especial connaturalidad con el reino y, por lo tanto, ocuparnos en cosas y proyectos pastorales sencillos es, sobre todo, un signo de caridad pastoral. g) Una espiritualidad de la alegría, no de la tristeza. “Estad alegres –dijo Jesús- os lo repito, estad alegres” (Flp 4, 4). La nostalgia de lo que fue y no volverá nos acecha a todos. Pero nada ni nadie puede arrancarnos la seguridad de que Dios está con nosotros. Dicen nuestros obispos que no debemos olvidar que “Dios nos ama irrevocablemente; que Jesús nos ha prometido su presencia y asistencia hasta el fin del mundo; que Dios, en su providencia, de los males saca bienes para sus hijos… La Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios” (LXXXVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Orientaciones morales ante la situación actual de España. Instrucción Pastoral (2006), nº 24). El cristianismo pudo imponerse al gran Imperio romano porque aquél tenía una moral de decadencia, mientras que las comunidades cristianas la tenían de alegría expansiva. 3 Ibidem, 37-39. 4 Ibidem, 42-43. 5 Ibidem, 41-42.
  • 9. h) Y una espiritualidad de la comunión. Ya el Papa s. Juan Pablo II nos invitaba a “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Hechos a imagen y semejanza del Dios-Trinidad, nuestra plenitud sólo podrá lograrse en la comunión. Por ella oró Jesucristo al Padre (cfr. Jn 17, 21) y con ella se comprometió formando una familia con sus discípulos, germen del nuevo Pueblo de Dios (cfr. Mt 13, 13-19). La comunión, por tanto, es esencial a la vida cristiana: “Permaneced en mí –dice Jesús-, como yo en vosotros… Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 4-5). Desde el principio, la Iglesia naciente aceptó este reto. Lo confirman las palabras de s. Pablo: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres” (1 Cor 12, 12-13). La comunión no responde a una estrategia ofensiva o defensiva, sino que, como dice s. Juan Pablo II, “encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia” (NMI 42). Haciéndola efectiva, se manifiesta como sacramento, como “instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano” (NMI 42). La comunión ha de ser, en primer lugar, con Jesucristo, cuya vida divina nos es comunicada por el bautismo y alimentada en los sacramentos. Pero debe extenderse también a los hermanos. Desgraciadamente, esta comunión fraterna en el seno de la Iglesia, con frecuencia, deja mucho que desear. Ante estas situaciones tan dolorosas, el Papa Francisco nos invita a dar un testimonio de comunión que se vuelva atractivo y resplandeciente, a rezar para conseguir la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos (cfr. EG 99) e incluso a orar por aquel con el que estamos irritados, promoviendo así el amor y la evangelización (cfr. EG 101). Esta comunión se hace efectiva en la medida en que se comparten sentimientos, convicciones y decisiones. El Señor ha enriquecido a su Pueblo con múltiples dones y carismas en orden a la edificación de la Iglesia. Sin la participación de todos en la tarea evangelizadora y en la edificación eclesial, no podemos hablar de una auténtica comunión. En este sentido, un evangelizador renovado ha de formarse y comprometerse con el trabajo en equipo. Aunque se fundamenta en la espiritualidad (cfr. NMI 43), la comunión se consolida en la corresponsabilidad y se explicita en el desarrollo de las estructuras de participación de todos los ministerios y carismas (cfr. NMI 44-45). Por ello, el Papa s. Juan Pablo II invita a la Iglesia del tercer milenio a impulsar a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial (cfr. NMI 46). La comunión corre peligro y se degrada allí donde no se programa en común, donde no se trabaja en equipo, cada uno desde su carisma y ministerio, y en definitiva, donde no se revisan las actividades y se asumen los fallos y los retos pendientes.
  • 10. temas es justificar la necesidad de la renovación pastoral, nos vamos a centrar exclusivamente en aquellos que han tenido una incidencia negativa en la fe cristiana de nuestra Iglesia. 1. Ámbito socio-cultural 1.1. Una economía sin alma. Nos envuelve una cultura que justifica la economía en su funcionamiento autónomo, privilegiando el dinero sobre la dignidad humana. La economía actual se caracteriza en gran medida por la exclusión de ciertos sectores sociales a los que impide la inserción laboral. Estamos hablando de una economía de la exclusión y de la inequidad que, en último término, rechaza los valores éticos y al mismo Dios. . Las consecuencias son lamentables: la mayoría de las personas viven precariamente. Los cristianos debemos dar un no rotundo a esta cultura y a esta economía que “matan” (cfr. EG 52-57). 1.2. Relativismo y subjetivismo (cfr. EG 62). Ambos afirman no existir una verdad objetiva y universal, bien por creer en la evolución histórica de las valoraciones (relativismo) o por el simple hecho de la subjetividad (subjetivismo). Evidentemente, el credo cristiano con su pretensión de verdad absoluta se ve desacreditado. En este contexto, nada puede extrañar que haya verdades como la existencia del infierno o la resurrección de los muertos que son rechazadas por una parte de los cristianos. Lo mismo puede decirse respecto a ciertos principios relacionados con la moral sexual. 1.3.El hedonismo. Vivimos en una cultura que ensalza el goce inmediato. Muchos buscan ahí el sentido de la vida, sin darse cuenta de lo efímero y caro que suele resultar ese modo de vida basado en el consumo. Además, el hedonismo hace a las personas insensibles ante el sufrimiento ajeno y las dificulta para la vivencia de la solidaridad y el amor. Y, en fin, como dice el Beato Pablo VI, <<la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría>> (Gaudete in domino 8). Lógicamente, este talante vital es un obstáculo también para la fe en Jesucristo que nos pide renunciar a nosotros mismos para entregarnos al servicio de Dios y de los hermanos. 1.4.El individualismo. Lejos de los colectivismos propios del comunismo y del nazismo, la cultura actual exalta hasta el paroxismo al individuo como centro de todo. La consecuencia: el debilitamiento de los vínculos sociales y del propio asociacionismo. También la vivencia de la fe se ve afectada por esta tendencia cultural. Como muestra, recordemos la famosa frase repetida por muchos: creo en Cristo, pero no en la Iglesia. Consecuencia de ese individualismo es también el llamado “cristianismo a la carta”. 1.5. Laicismo. Asistimos a un intento serio de recluir la religión en el ámbito privado y de valorarla solamente por su acción social en favor de los pobres. En este sentido, “nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común” (EG 65). 1.6.La indiferencia religiosa. Otro de los elementos que definen el momento actual es la disminución de los que se declaran creyentes y el aumento progresivo de las personas que se definen como no creyentes e indiferentes. La indiferencia es el mayor reto que nos encontramos, puesto que, en contra de lo que parece, se sitúa a una distancia mayor de la fe que el ateo y el agnóstico.
  • 11. b) Por otra parte, nuestra pastoral debe ser también más comunitaria, lo que nos llevará a prestar una mayor atención a la variedad de dones y carismas con que nos enriquece el Espíritu y nos orientará hacia un mayor desarrollo ministerial de las comunidades. c) Además, nuestro estilo pastoral debe ser más evangelizador; incluso la pastoral ordinaria debe tener un tono evangelizador, debe ayudar a profundizar en la fe sin dar por supuesto que los destinatarios gozan ya de una fe madura. d) Además, debemos promover iniciativas de acercamiento a los alejados de la fe. No podemos permanecer encerrados en nuestros templos, hemos de salir en busca de la oveja perdida. e) Una pastoral renovada debe impulsar la participación de todos los miembros en la vida de la comunidad procurando que los que son ya colaboradores lleguen a ser incluso corresponsables en la única misión de la Iglesia: edificar la comunidad y construir el mundo de acuerdo a los valores del Reino de Dios. f) La personalización será otra de las notas de una pastoral renovada, ya que no somos seres en serie. Para ese acompañamiento personal, habrá que procurar la formación de las personas que asuman este ministerio. g) Este nuevo estilo se expresará en el cuidado de los evangelizadores, mostrando cercanía e interés por su situación personal y por su actividad apostólica y procurando su formación. El Papa Francisco confirma esta necesidad: “Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales…” (EG 77). h) Finalmente, siguiendo con las orientaciones papales, el anuncio ha de ser respetuoso con la libertad del otro, puesto que el Evangelio “se propone, no se impone”, estimulante, vital e integral (cfr. EG 165).
  • 12. IV. UNA PARROQUIA RENOVADA El Papa Francisco nos ha recordado que todas las comunidades están llamadas a una conversión pastoral (cfr. EG 25). Esa renovación ha de buscar siempre recuperar la fidelidad a la propia vocación de la Iglesia. La conversión ha de afectar también a las estructuras y, por lo tanto, también a la parroquia. Esa reforma de las estructuras debe procurar que sean misioneras y que los agentes pastorales se coloquen en actitud de salida (cfr. EG 27). La pastoral misionera que se nos reclama hoy necesita la colaboración de evangelizadores preparados, y también el concurso de comunidades abiertas, corresponsables y fraternas. En palabras de los obispos vascos, “construir comunidades vivas de fe ha de ser un objetivo irrenunciable en estos tiempos de increencia” 7 . La calidad humana y cristiana de las relaciones en el seno de una comunidad parroquial, movimiento o grupo, es la mejor receta para la evangelización. Necesitamos, pues, comunidades cristianas que vivan la comunión con vistas a la misión8 . 1. La parroquia: célula de la Iglesia (cfr. AA 10) La parroquia representa, en cierto modo, a la Iglesia visible establecida en toda la tierra (cfr. SC 42). Es la última localización de la Iglesia formada por gentes de todas las razas, lenguas, clases sociales y culturas. En definitiva, es la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos e hijas (ChL 26). Más que un edificio, una estructura, o un territorio, la parroquia es la familia de los hijos de Dios. “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio” (CIC 515, 1). En la parroquia están presentes los elementos fundamentales que constituyen la Iglesia: la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos, la predicación del Evangelio, la colaboración de los carismas y la unidad bajo la presidencia del ministro ordenado. Su importancia es fundamental. Podemos decir que, aunque ella sola es insuficiente para realizar toda la tarea que tiene encomendada la Iglesia, hoy por hoy es insustituible (cfr. ChL 26). En la parroquia se encuentra una encarnación de la Iglesia universal próxima, asequible para celebrar la fe, para la iniciación cristiana, para el compromiso caritativo social; además, de hecho, es la comunidad eclesial más contactada por los fieles9 . 2. Una institución que necesita renovarse Ese carácter insustituible de la parroquia no nos puede hacer olvidar las adherencias que la rutina, la mala praxis, el paso de los años y, en definitiva, el pecado, han ido dejando en ella. Atendiendo a las razones que a continuación señalamos, la renovación, pues, se hace imprescindible. 7 Obispos vascos, op. cit., nº 17. 8 “Esta mediación de la comunión –dice el P. Carlos García Andrade- resulta especialmente importante hoy. Porque no requiere iniciación especial en los destinatarios… permite experimentar a Dios incluso a quien no sabe darle un nombre; porque no requiere recinto sagrado…; porque salta por encima de las fronteras históricas que los hombres hemos establecido… No requiere de signos religiosos, ni de premisas ideológicas” (P. Carlos García Andrade, “Evangelizar lo secular en cuanto secular”: Revista Acontecimiento, nº 71 (2004/2), 39. 9 Basilio Caballero, Bases de una Nueva Evangelización. Ed. Paulinas, Madrid 1993, 313.
  • 13. a) La pastoral de mantenimiento ha producido el entreguismo de los que creen que no se puede hacer nada nuevo10 . Se podría decir que la parroquia aparece como el principal soporte de un cristianismo establecido y sociológico11 . b) Se produce, con frecuencia, una desvinculación autárquica con relación a la diócesis y al arciprestazgo que se manifiesta, entre otros modos, en la falta de seguimiento y apoyo a las programaciones diocesanas y arciprestales y en la aplicación insuficiente de la normativa diocesana y de las indicaciones emanadas del arciprestazgo. c) A pesar de que se han ido incorporando a la acción pastoral religiosos/as y seglares, aún se advierte un excesivo clericalismo. d) Faltan programaciones y hay desvinculación, descoordinación, y desconocimiento entre los grupos de la misma parroquia, cuando estos existen. e) A pesar del gran esfuerzo catequético que se ha hecho, se olvidan los procesos de la Iniciación Cristiana y la catequesis de adultos. f) Falta espíritu evangelizador y misionero y sobra rutina litúrgica. Ya el Congreso Parroquia evangelizadora decía: “Somos conscientes de que nos falta dinamismo evangelizador… En su conjunto, la actividad que se realiza hoy en nuestras parroquias aparece muy centrada en la vida interna de la misma comunidad, replegada sobre los servicios y atención a los practicantes, con una pérdida de dinamismo evangelizador en medio de la sociedad”12 . g) Y, en fin, el compromiso social es insuficiente. A estos defectos hay que añadir ciertas limitaciones: la movilidad de las personas; la insuficiente autonomía evangelizadora que las hace depender de estructuras supra- parroquiales como las Unidades pastorales o los arciprestazgos; la escasez de fieles en muchas parroquias rurales, especialmente de montaña; y, en fin, la escasez de clero para la atención pastoral. Parte de las soluciones pasarán por hacer efectivo el espíritu de las Unidades pastorales. A esto nos referiremos más delante. 3. Hacia una renovación de la parroquia La parroquia, en palabras del Papa Francisco, no es una estructura caduca, puesto que tiene una gran plasticidad, sin embargo, es necesario renovarla para que produzca frutos de cercanía a la gente, de comunión, de participación y de misión (cfr. EG 28). Más arriba hemos definido la parroquia como célula de la Iglesia. Eso quiere decir que sus rasgos fundamentales son los propios de la Iglesia. Para renovar la parroquia –dice Enzo Bianchi- no hay que hacer cosas especiales sino recuperar creativamente sus rasgos fundamentales: la comunión, la liturgia, el testimonio y el servicio13 . 3.1. El primer rasgo identificativo de la Iglesia es la comunión. Generada por la Trinidad, debe asumir la forma comunitaria sin anular la legítima diversidad. De hecho, se la ha llamado también <<comunión de comunidades>>. La comunión se fundamenta 10 Antonio Trobajo, op. cit., 106. 11 Cfr. Basilio Caballero, op. cit., 314. 12 VV.AA., Congreso “Parroquia evangelizadora”, Edice, Madrid 1989, 90. 13 Enzo Bianchi y Renato Corti, La parroquia, Ed. Sígueme, Salamanca 2005, pp. 28-45.
  • 14. también en la común vocación al seguimiento de Cristo. La comunión en la parroquia debe expresarse en la fraternidad, la corresponsabilidad, y también en la apertura a otras realidades eclesiales. 3.2. La parroquia debe empeñarse también en la liturgia, que es la que tiene la primacía real sobre la vida eclesial. En efecto, la parroquia es engendrada por la Eucaristía. Lo dice el Concilio Vaticano II: “Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísima Eucaristía” (PO 6). La parroquia – señala san Juan Pablo II- se funda sobre un lugar teológico, pues es una comunidad eucarística (ChL 26). La Eucaristía, en fin, está en el centro del proceso del crecimiento de la Iglesia (EE 21). 3.3 El tercer rasgo a tener en cuenta es el testimonio. Es la tarea que el resucitado confía a los apóstoles (cfr. Act 1, 8). La parroquia es el espacio para dar testimonio, es decir, para vivir la vida al estilo de Jesús. 3.4. Finalmente, la parroquia ha de renovarse siendo fiel a su identidad servidora. Ejercer el servicio es fundamental para el que quiere seguir al que no ha venido a ser servido sino a servir. Ese servicio va más allá de lo meramente asistencial, ha de ser promocional, y tiene que abrir a la esperanza escatológica. Los cuatro rasgos señalados indican la dirección que la parroquia debe seguir para ser Iglesia. Pero hemos de añadir alguna indicación más en orden a configurar una parroquia renovada y capaz de responder a los retos pastorales que nos presenta el mundo de hoy. Señalamos las siguientes líneas de acción: a) Una parroquia misionera no puede olvidar el desarrollo de la dimensión mística. “El rostro misionero de la parroquia se manifiesta allí donde se ofrece a todos la posibilidad de crecer en la fe, de hacer viable una auténtica vivencia espiritual para el creyente en la condición normal de la existencia (cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo Millennio Ineunte (2001), nº 16)”14 . b) Potenciar la Iniciación cristiana (IC) y la catequesis de adultos. La iniciación es el momento en que la Iglesia madre engendra hijos y se regenera en el tiempo. Esta acción se inserta con naturalidad en el marco parroquial, si bien debería recibir sus primeros cuidados en el seno de la familia. A ella le debería dedicar la parroquia sus mejores esfuerzos15 . Hay que ayudar a la institución familiar a transmitir valores básicos como la confianza en la vida, la capacidad de optar, la relación humana profunda, la comprensión de la vida como un bien que hay que compartir y gastar por los demás. Y, por supuesto, hay que ayudarla a que transmita la fe en el Dios de Jesucristo. Además, hay que procurar una atención especial a la catequesis y a los catequistas y, en fin, hay que coordinar las experiencias, los recursos y las decisiones fundamentales para la IC. c) Hay que discernir, valorar y desarrollar las múltiples potencialidades misioneras de la pastoral ordinaria, a través de la que podemos acercarnos a personas con fe débil e incluso a personas con fe muerta. Esto nos exige creatividad para conectar con gentes muy diversas en su vivencia de la fe y la adhesión a la Iglesia y para suscitar en ellas inquietudes y preguntas sobre el sentido de la vida. También hemos de acentuar 14 Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit., 66. 15 Enzo Bianchi y Renato Corti, La parroquia, Iglesia que habita entre las casas de los hombres. Ed. Sígueme, Salamanca 2005, 82.
  • 15. nuestra acogida, haciendo que lo cordial se sobreponga a lo burocrático, y tener suficiente arrojo misionero 16 . No deberíamos desatender sus peticiones, “de lo contrario –dice Greshake- el ámbito de lo <<santo>>, que <<precede>> e incluso <<subyace>> a lo expresamente <<cristiano>> y eclesial, lo abandonaríamos a merced de otras energías… y no lo orientaríamos hacia el lugar donde encuentra su verdadera satisfacción: Jesucristo y su Iglesia”17 . El cuidado de la dignidad de nuestra labor pastoral tampoco puede ser razón suficiente para dejar de dar la bienvenida a nadie. “La legítima preocupación –dicen los prelados vascos- por celebrar bien los sacramentos no debe ser obstáculo para atender de manera evangélica y evangelizadora a quienes se acercan a la comunidad sólo con ocasión del bautizo o la primera comunión de sus hijos”18 . En definitiva, el testimonio de Jesús de Nazaret fue claro: nunca se ha de quebrar la caña cascada (cfr. Is 42, 3), al contrario, con paciencia paternal, se ha de dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, evitando arrancar antes de tiempo las “malas hierbas” (Mt 13, 24-30). d) Abrir la parroquia a un horizonte más amplio. Nuestra fe “no puede sustraerse al diálogo con las personas y los ambientes que están condicionados por una mentalidad una cultura extraños e incluso enemigos del Evangelio…” 19 . Por otra parte, la parroquia no puede estar cerrada a la realidad de la Unidad pastoral, ni al arciprestazgo, ni a la diócesis. Tampoco puede permanecer ajena a la pastoral sectorial y a los movimientos y asociaciones. En ellos encontrará los mejores aliados para llegar a los distintos ambientes y a las personas alejadas de la fe y de la comunidad eclesial. e) Incentivar el compromiso de los laicos en medio del mundo. Es utópico esperar de todos los bautizados un seguimiento <<comprometido>>. Hoy se tiende a utilizar como único criterio de la calidad de vida cristiana el compromiso parroquial. “Los creyentes –dice Enzo Bianchi- no deben agotar sus energías vitales en una vertiginosa militancia intra-parroquial, sino que deben ir al mundo para ser testigos de la esperanza que hay en ellos” 20 . En ese sentido, se hace necesario también desclericalizar a los laicos. f) Este nuevo estilo misionero, nos reclama repensar el ministerio presbiteral. El sacerdote no lo puede ni lo debe hacer todo. Cada vez se hace más necesario que se centre en aquello que sólo él puede hacer. Debe cuidar de la conservación del patrimonio de la fe de la Iglesia y de su traducción a lenguajes comprensibles para el hombre y la mujer de hoy; debe celebrar los sacramentos, particularmente la Eucaristía y la Penitencia; y, en fin, ha de ser servidor de la comunión, promoviendo y compaginando vocaciones, carismas y ministerios en una corresponsabilidad que tienda a expresarse en la sinodalidad21 . 16 “En su autobiografía cuenta Gandhi cómo durante sus tiempos de estudiante en Sudáfrica, le interesó profundamente la Biblia. De hecho, cierto día se desmayó leyendo el Sermón del Monte, tanto le impactó que cayó redondo al suelo. Llegó a convencerse, poco a poco, de que el evangelio era la respuesta al sistema de castas que durnte siglos había padecido la India, y consideró muy seriamente el hacerse cristiano. Con esa actitud quiso entrar a la iglesia para instruirse más en la fe, pero el pastor lo detuvo a la entrada y con mucha suavidad, le dijo que, si deseaba asistir a la iglesia, tendría que asistir a una reunión reservada a los negros. Gandhi desistió de su idea y no volvió a intentarlo” (M. Lasanta, Parábolas para un nuevo siglo, Manantial, Malaga 1997, 56. 17 G. Greshake, op. cit., 337. 18 Obispos vascos, op. cit., nº 78. 19 Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit., 93. 20 Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit. 48. 21 Enzo Bianchi y Renato Corti, op. cit., 47.
  • 16. g) La parroquia ha de favorecer la corresponsabilidad en su seno. “Los seglares –dice el Concilio Vaticano II- tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia, como partícipes del oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey. Su acción dentro de las comunidades de la Iglesia es tan necesaria, que sin ella el propio apostolado de los pastores no puede conseguir la mayoría de las veces plenamente su efecto” (AA 10). La misma misión la compartimos los laicos, los sacerdotes, y también los religiosos. Nuestros servicios a la Iglesia son diferentes, pero la misión es común. Esto reclama una responsabilidad diferente, pero compartida (AA 2). h) Comprometida socialmente. Por estar cerca de la gente, la parroquia está cerca de los problemas económicos, culturales y sociales. Frente al impacto laicista de recluir la fe en la intimidad de las personas, afirmamos con el Papa Francisco que una auténtica fe implica el deseo de cambiar el mundo y que “cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres” (EG 187).
  • 17. V. LAS UNIDADES PASTORALES Hemos afirmado más arriba el carácter insustituible de las parroquias, pero también hemos dicho que son insuficientes. Esa insuficiencia se advierte, sobre todo, cuando se muestran incapaces de asegurar alguno de los elementos fundamentales que la constituyen. Esto sucede de hecho en un buen número de parroquias de nuestro mundo rural e incluso se cierne como amenaza sobre algunas del centro de nuestras ciudades. 1. Identidad y razón de ser de las Unidades pastorales (Upas) Para responder a deficiencias como el excesivo parroquialismo y la falta de comunión eclesial, el fuerte protagonismo clerical en la acción pastoral, y la disminución y envejecimiento de la población rural y de los sacerdotes, ha nacido la Upa. La Upa, realidad intermedia entre el arciprestazgo y la parroquia es una comunidad de fieles, antes que una realidad territorial, una agrupación de parroquias que conservan sus derechos y deberes, encomendada a un párroco o a un grupo sacerdotal, que se unen con vistas a la ayuda mutua y a la acción común. Sus fines son: facilitar la misión evangelizadora de la Comunidad, lo que se hace inviable en comunidades pequeñas, empobrecidas e incapaces de desarrollar una pastoral sectorial y especializada; desarrollar la eclesiología de comunión del Concilio Vaticano II superando el parroquialismo y favoreciendo el desarrollo de la vida religiosa y los ministerios laicales y su colaboración en la evangelización; y, en fin, hacer más patente, en cada lugar, a la Iglesia de Cristo, a través del testimonio de vida en fraternidades sacerdotales y el trabajo en común en equipos apostólicos. 2. Razón de ser de las Upas 2.1. Para facilitar la misión evangelizadora de la Iglesia. La Iglesia existe para evangelizar, sin embargo, la imposibilidad de poner en ejercicio los distintos ministerios pastorales, la incapacidad de muchas parroquias para constituir una auténtica comunidad por escasez de fieles, hace imposible esa misión evangelizadora. Para contar con una comunidad suficiente y con los ministerios de lectores, acólitos, cantores, etc., así como con el ministerio insustituible de un sacerdote, se necesita, en muchos casos, dilatar los límites de la propia parroquia. 2.2. Para profundizar en la comunión eclesial superando el parroquialismo y el clericalismo. El Papa san Juan Pablo II propuso a la Iglesia al comienzo del tercer milenio “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Habrá que superar, en primer lugar, el parroquialismo. Como reconoce el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, las Upas pueden ayudar a “promover formas de colaboración orgánica entre parroquias limítrofes” (n. 215). Nos brindarán también la oportunidad de desarrollar la vida religiosa y los ministerios laicales y su colaboración en la evangelización. La comunión no puede ser meramente espiritual, se necesita poner en ejercicio la corresponsabilidad a través de estructuras participativas. También lo indica san Juan Pablo II: “los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de la Iglesia… Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho canónico, como los consejos Presbiterales y Pastorales” (NMI 45).
  • 18. 2.3. Para hacer más patente en cada lugar a la Iglesia de Cristo a través de las fraternidades sacerdotales y los equipos apostólicos. Ya el Concilio Vaticano II pedía que se fomentara entre los sacerdotes alguna manera de vida en común o de convivencia, que puede revestir muchas formas, según las necesidades personales o pastorales, “a saber, la convivencia, donde fuera posible, o la mesa común o, por lo menos, las reuniones frecuentes y periódicas” (PO 8). “Hoy –asegura en la misma línea san Juan Pablo II- no se puede dejar de recomendar vivamente (las formas de vida común entre los sacerdotes) sobre todo entre aquellos que viven o están comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además de favorecer la vida y la acción apostólica, esta vida común del clero ofrece a todos, presbíteros y diáconos, un ejemplo luminoso de caridad y de unidad” (PDV 81; CD 30; PO 8; CIC 550,2). Las Upas ofrecen también una buena oportunidad para la constitución de equipos apostólicos formados por sacerdotes, religiosos y fieles laicos (cfr. PO 9). 3. Las Upas en la diócesis de Santiago El conjunto de los datos estadísticos referidos a la Archidiócesis de Santiago de Compostela revela la situación actual de la parroquia rural. Hemos observado una red parroquial muy densa, diseminada y enclavada, en su mayor parte, en el medio rural. El número elevado de parroquias, muchas de ellas con un número de habitantes muy reducido, así como la dispersión de las mismas constituye un verdadero problema a la hora de ofrecer un digno servicio pastoral. En las últimas décadas estamos asistiendo a una profunda crisis de esta institución, tanto en su dimensión eclesiástica como social; que sin duda se verá agravada ante la inexorable reducción de sacerdotes en activo, unido a la elevada edad media de los mismos. Esta situación urge como medida indispensable establecer una nueva planta parroquial y/o de Upas. Se trata de elaborar una distribución parroquial nueva atendiendo a las posibilidades reales de atención pastoral a las mismas, en este sentido, resultará prioritario considerar el número y edad de los sacerdotes y su adecuada distribución. La nueva organización parroquial podría realizarse mediante la fusión efectiva de parroquias o mediante Upas o conjunto de parroquias limítrofes, que conservarían su personalidad jurídica. Situación ésta que podría recomendarse en el inicio del proceso, puesto que permitiría una más fácil readaptación hasta procurar un encaje estable de la nueva estructura organizativa de base territorial. El objetivo del proceso de nueva planta es, en primer lugar, de carácter pastoral – funcional. En el futuro, y teniendo en cuenta los resultados obtenidos de cada experiencia pastoral, se podría plantear la opción de la supresión de parroquias, solución que se ve, por ahora, problemática. 3.1. Sede central Elección de la sede central. Las Upas compuestas por pequeñas comunidades parroquiales tendrá una sede central que será elegida según las circunstancias de orden pastoral, material y espiritual, y teniendo en cuenta los siguientes criterios: a) Que la parroquia tenga capacidad para realizar una pastoral sectorial contando con equipos de trabajo: liturgia, catequesis, cáritas… b) Que sea capaz de animar y liderar la acción pastoral de la Upa, contando con la posibilidad de disponer de los servicios, al menos de un presbítero.
  • 19. Se declaran católicos Diciembre 2000 83,1 Diciembre 2005 77,8 Diciembre 2010 73,6 Enero 2012 72,0 De otra religión 02,2 01,6 02,5 02,8 No creyentes 09,0 12,4 15,0 14,5 Ateos 04,1 05,9 07,5 08,8 Adscripción religiosa a nivel del Estado español, según el CIS 2. Ámbito eclesial La debilidad de nuestra fe y de las instituciones eclesiales tiene seguramente en los factores socio-culturales la principal causa, pero no debemos olvidar sus raíces intraeclesiales: 2.1. Falta de una auténtica iniciación cristiana. En efecto, por una parte, hemos descuidado el cultivo de la experiencia de la fe de los niños y de los jóvenes. Por otra, tampoco estamos acertando del todo en la integración de los tres elementos que deben estructurar la iniciación cristiana: la catequesis, la celebración litúrgica y la vida. Y, en fin, nos está resultando muy difícil asegurar los procesos formativos de modo que no se establezcan en función de la recepción del sacramento, sino de la auténtica experiencia religiosa. Los tiempos que vivimos reclaman una fe viva que implique no sólo a la mente, sino también al corazón y a la voluntad y, en consecuencia, al comportamiento. Seguramente hemos puesto mucho énfasis en la preparación conceptual y hemos descuidado lo fundamental: el encuentro con Jesucristo. Sin esa experiencia de encuentro con Él, meta de toda evangelización, el cristiano del futuro no sobrevivirá. Por otra parte, es necesario hacer significativos para la vida del niño y del joven tanto la catequesis como la propia celebración de la fe. Y, en fin, hemos de ayudar al que se inicia para que descubra el plan de Dios sobre su vida y a que responda con un compromiso y un testimonio acordes a la fe que profesa y celebra. 2.2. Débil vivencia de la eclesialidad. Aportamos los siguientes datos: • Eclesialidad cerrada. No vamos a cuestionar aquí la importancia de la parroquia como célula viva de la Iglesia. Por otra parte, su dimensión social y política en nuestra tierra la hace especialmente significativa en la vida de las personas. Sin embargo, la parroquia no es la Iglesia. Es célula, no cuerpo, por eso no puede encerrarse en sí misma sin desarrollar la dimensión universal de la eclesialidad. Nos atreveríamos a decir que esta renovación pastoral que buscamos será impensable si no somos capaces de abrir la parroquia a la unidad pastoral, al arciprestazgo, a la diócesis y a la Iglesia universal. En definitiva, hay que mejorar la comunión, nota esencial de la Iglesia. • Insuficiente desarrollo, en muchas parroquias, de la corresponsabilidad laical. En ciertos casos, se debe a un excesivo clericalismo. En otros, a un insuficiente compromiso por parte de los laicos. • Acogida mejorable. Nos preguntamos si muchas parroquias serán lo suficientemente acogedoras. En este sentido, llama la atención la poca implantación de movimientos y asociaciones en su seno y el escaso seguimiento que se les presta con frecuencia a los que hay. • Escaso talante misionero. Me aventuro también a señalar que falta en muchos casos el verdadero talante misionero. Nuestras comunidades tienden a cerrarse sobre sí mismas y a ignorar a las periferias que viven al margen del evangelio. 2.3. Clima no suficientemente acogedor en nuestras comunidades. El creciente fenómeno del alejamiento de la fe por parte de muchos cristianos puede deberse a
  • 20. de invertir en dotaciones de la sede de la Upa haciendo constar el tanto por ciento que corresponde a la parroquia inversora. 3.4. Celebración de la fe y catequesis sacramental a) La eucaristía dominical y de las fiestas de precepto diocesanas (can.534) se celebrarán en la sede central de cada unidad y a una hora fija. En las demás iglesias se celebrarán otras misas dominicales o de precepto de manera habitual, alternativa o rotativa, según lo requieran las circunstancias. b) En las iglesias donde no hay misa dominical y teniendo en cuenta la dificultad de algunas personas para trasladarse a otra iglesia donde hay celebración eucarística, se recomienda programar Celebraciones Dominicales en Ausencia de Presbítero según el correspondiente Directorio de la Conferencia Episcopal Española. Para ello habrá que preparar algunos laicos y proporcionarles los materiales necesarios para que puedan hacer dignamente la celebración de la palabra y distribuir la comunión eucarística. c) Es de desear que la Vigilia Pascual y otras solemnidades de especial relevancia, así como el sacramento de la confirmación, las celebren unidas todas las parroquias de la Upa. d) En todas las parroquias se asegurará la celebración de las fiestas patronales y locales el día señalado, así como las exequias de los fieles laicos y el primer aniversario. e) En los días laborables, los sacerdotes celebrarán también la eucaristía previamente programada en las distintas comunidades de manera rotatoria y con la frecuencia conveniente. f) Dedicarán el tiempo oportuno para desempeñar en los días laborables otras actividades pastorales como la visita a los enfermos, la atención sacramental a las personas que lo requieran o el ejercicio de algunas prácticas de piedad. g) La catequesis será organizada en sus distintos niveles con criterios de unidad e integración. Cada Upa debe fijar el lugar o lugares, fechas y horas de la catequesis de los sacramentos de la iniciación cristiana y las sesiones o cursillos de preparación al matrimonio y de la formación cristiana de adultos. 3.5. Corresponsabilidad de los fieles a) Algunas personas, caracterizadas por su conducta cristiana ejemplar y debidamente preparadas, podrán ser designadas por el párroco como responsables de la comunidad, encargándoles servicios pastorales como el de la catequesis (can.776), las celebraciones de la Palabra (cc.230 §3, 759), ministros extraordinarios de la Comunión (cc.230 §3, 910 §2). Estas personas están llamadas a ser los primeros colaboradores y los más asiduos agentes pastorales, junto con el/los sacerdotes, en sus propias comunidades y en el conjunto de las unidades parroquiales. b) El párroco debe procurar que en cada iglesia haya alguna persona o familia que se responsabilice del digno mantenimiento y conservación del templo y de otras dependencias parroquiales.
  • 21. c) Cáritas y enfermos. La colaboración de los laicos, bajo la guía de los pastores, debe llegar también al campo de la acción caritativo-social. En este sentido, será conveniente establecer en cada Upa una cáritas y, si se cree conveniente un servicio independiente, un equipo de pastoral de la salud. d) Presencia en la vida pública. El cristiano laico está llamado a ser sal y luz y a organizar las cosas terrenas según el plan de Dios. Lo hará a través de un compromiso individual y, al mismo tiempo, a través de instituciones como la familia, los partidos políticos, los sindicatos, la escuela, la universidad, el mundo de la economía y la empresa, los Medios de Comunicación Social, etc. 3.6. Nuevo mapa de las Upas El establecimiento del nuevo mapa de las Upas será importante, pero más importante aún será la renovación pastoral de la que venimos hablando. De poco serviría el nuevo mapa si no impulsáramos una pastoral de comunión y corresponsabilidad, una pastoral de misión, una pastoral de formación, una pastoral de solidaridad, una pastoral organizada, y una pastoral de fraternidad sacerdotal y apostólica. Criterios para diseñar el nuevo mapa: a) Se indicarán las sedes centrales y las parroquias que las formarán. Para el establecimiento de las sedes, se tendrán en cuenta los criterios indicados con anterioridad. b) Cada Upa ha de contar con el servicio al menos de un sacerdote. Para proceder al cálculo de las que podríamos atender teniendo en cuenta este criterio, hemos de tener presente que el número de sacerdotes va a disminuir de forma acelerada en los próximos años. Proponemos como referencia el número de sacerdotes menores de setenta y cinco años de los que vamos a disponer dentro de nueve años: ciento cuarenta y siete. Se supone que algún sacerdote deberá dedicarse en exclusiva a los cabildos o a la curia y, por lo tanto, no podrá destinarse al servicio parroquial. Por otra parte, setenta y siete parroquias cuentan en la actualidad con más de cinco mil habitantes, con lo que podemos considerarlas, ya desde ahora, sedes de Upa. En conclusión, podrían crearse, en el ámbito rural, entre cincuenta y sesenta sedes. c) Aunque el establecimiento del nuevo mapa no signifique que se vaya a proceder de inmediato a ajustar los antiguos nombramientos a lo indicado, desde luego ha de marcar un horizonte hacia el que caminar a partir del momento de su aprobación por la autoridad competente.