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Actividades textos del Romanticismo:

Texto 1: Dimoni – de Vicente Blasco Ibáñez

                               Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni poblado donde no fuese
                               conocido. Apenas su dulzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados, las comadres
                               llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres abandonaban la taberna. -¡Dimoni!... ¡Ya
                               está ahí Dimoni! Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y resoplando sin
                               cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la indiferencia de un ídolo. Era popular y
                               compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de
                               sus correrías, la que, cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía
                               siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la Naturaleza en un
                               acceso de filarmonía. Las mujeres que se burlaban de aquel insigne perdido habían hecho un
                               descubrimiento. Dimoni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello
al rape y la nariz de curva audaz, tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio romano, pero no de
aquellos que en el período de austeridad vivían a la espartana y se robustecían en el campo de Marte, sino de los otros, de aquellos
de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de la raza colorando su nariz con el bermellón del vino y
deformado su perfil con la colgante sotabarba de la glotonería. Dimoni era un borracho. (…) La taberna sentíase halagada por la
presencia de un huésped que llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradores a bandadas; no habían bastantes
manos para llenar porrones, esparcíase por el ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso quinqué
veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros encuclillas
en el suelo, sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si éstas fueran adesprenderse de tanto reír. Todas las
miradas estaban fijas en Dimoni y su dulzaina. -¡La abuela! ¡Fes l'agüela! YDimoni sin pestañear, como si no hubiera oído la petición
general, comenzaba a imitar con su dulzaina el gangoso diálogo de dos viejas con tan grotescas inflexiones, con pausas tan
oportunas, que una carcajada brutal e interminable conmovía la taberna, despertando a las caballerías del inmediato corral, que
unían a la barahúnda sus agudos relinchos. Después le pedían que imitase a la Borracha, una mala piel que iba de pueblo en pueblo
vendiendo pañuelos y gastándose las ganancias en aguardiente. Y lo mejor del caso es que casi siempre estaba presente la aludida y
era la primera en reírse de la gracia con que el dulzainero imitaba sus chillidos al pregonar la venta y las riñas con las compradoras.
Pero, cuando se agotaba el repertorio burlesco, Dimoni, soñoliento por la digestión de alcohol, lanzábase en su mundo imaginario, y
ante su público, silencioso y embobado, imitaba la charla de los gorriones, el murmullo de los campos de trigo en los días de viento,
el lejano sonar de las campanas, todo lo que le sorprendía cuando, por las tardes, despertaba en medio del campo sin comprender
cómo le había llevado allí la borrachera pillada en la noche anterior. Aquellas gentes rudas no se sentían ya capaces de burlarse de
Dimoni, de sus soberbias chispas ni de los repelones que hacía sufrir al tamborilero. El arte, algo grosero, pero ingenuo y genial, de
aquel bohemio rústico, causaba honda huella en sus almas vírgenes, y miraban con asombro al borracho, que, al compás de los
arabescos impalpables que trazaba con su dulzaina, parecía crecerse, siempre con la mirada abstraída, grave vieja, sin abandonar su
instrumento más que para coger el porrón y acariciar su seca lengua con el gluglú del hilillo de vino. Y así estaba siempre. Costaba
gran trabajo sacarle una palabra del cuerpo. De él sabíase únicamente, por el rumor de su popularidad, que era de Benicófar, que
allá vivía, en una casa vieja, que conservaba aún porque nadie le daba dos cuartos por ella, y que se había bebido, en unos cuantos
años dos machos, un carro y media docena de campos que heredó de su madre. ¿Trabajar? No, y mil veces no. Él había nacido para
borracho. Mientras tuviese la dulzaina en las manos no le faltaría pan, y dormía como un príncipe cuando, terminada una fiesta, y
después de soplar y beber toda la noche, caía como un fardo en un rincón de la taberna o en un pajar del campo, y el pillete
tamborilero, tan ebrio como él, se acostaba a sus pies cual un perrillo obediente.



1.       Indica los rasgos del Realismo que aparecen en este texto.
2.       Localiza en el texto todas las descripciones que encuentres. ¿Qué tipos de personajes y lugares se
describen? ¿Están idealizados? Razona tu respuesta.
3.       Según el autor, cómo puede escapar Dimoni de la marginalidad en la que vive. ¿Por qué no cambia
devida entonces? Razona tu respuesta.
Actividades textos del Romanticismo:

Texto 2: El pañuelo
Cipriana se había quedado huérfana desde aquella vulgar desgracia que nadie olvida en el puerto de Areal: una lancha que zozobra,
cinco infelices ahogados en menos que se cuenta... Aunque la gente de mar no tenga asegurada la vida, ni se alabe de morir siempre
en su cama, una cosa es eso y otra que menude en lances así. La racha dejó sin padres a más de una docena de chiquillos; pero el
caso es que Cipriana tampoco tenía madre. Se encontró a los doce años sola en el mundo..., en el reducido y pobre mundo del
puerto.
Era temprano para ganarse el pan en la próxima villa de Marineda; tarde para que nadie la recogiese. ¡Doce años! Ya podía trabajar
la mocosa... Y trabajó, en efecto. Nadie tuvo que mandárselo. Cuando su padre vivía, la labor de Cipriana estaba reducida a
encender el fuego, arrimar el pote a la lumbre, lavar y retorcer la ropa, ayudar a tender las redes, coser los desgarrones de la camisa
del pescador. Sus manecitas flacas alcanzaban para cumplir la tarea, con diligencia y precoz esmero, propio de mujer de su casa.
Ahora, que no había casa, faltando el que traía a ella la comida y el dinero para pagar la renta, Cirpriana se dedicó a servir. Por una
taza de caldo, por un puñado de paja de maíz que sirviese de lecho, por unas tejas y, sobre todo, por un poco de calor de compañía,
la chiquilla cuidaba de la lumbre ajena, lindaba las vacas ajenas, tenía en el Colo toda la tarde un mamón ajeno, cantándole y
divirtiéndole, para que esperase sin impaciencia el regreso de la madre.


Cuando Cipriana disponía de un par de horas, se iba a la playa. Mojando con delicia sus curtidos pies en las pozas que deja al
retirarse la marea, recogía mariscada, cangrejos, mejillones, lapas, nurichas, almejones, y vendía su recolección por una o dos
perrillas a las pescantinas que iban a Marineda. En un andrajo envolvía su tesoro y lo llevaba siempre en el seno. Aquello era para
mercar un pañuelo de la cabeza... ¿qué se habían ustedes figurado? ¿Qué no tenía Cipriana sus miajas de coquetería? Sí, señor. Sus
doce años se acercaban a trece, y en las pozas, en aquella agua tan límpida y tan clara, que espejeaba al sol, Cipriana se había visto
cubierta la cabeza con un trapo sucio... El pañuelo es la gala de las mocitas en la aldea, su lujo, su victoria. Lucir un pañuelo majo, de
colorines, el día de la fiesta; un pañuelo de seda azul y naranja... ¿Qué no haría la chicuela por conseguirlo? Su padre se lo tenía
prometido para el primer lance bueno; ¡y quién sabe si el ansia de regalar a la hija aquel pedazo de seda charro y vistoso había
impulsado al marinero a echarse a la mar en ocasión de peligro!
Sólo que, para mercar un pañuelo así, se necesita juntar mucha perrilla. Las más veces rehusaban las pescantinas la cosecha de
Cipriana. ¡Valiente cosa! ¿quién cargaba con tales porquerías? Si a lo menos fuesen unos percebitos bien gordos y recochos, ahora
que se acercaba la Cuaresma y los señores de Marineda pedían marisco a todo tronar. Y señalando a un escollo que solía cubrir el
oleaje, decían a Cipriana:
-Si apañas allí una buena cesta, te damos dos reales.
¡Dos reales! Un tesoro. Lo peor es que para ganarlo era menester andar listo. Aquel escollo rara vez y por tiempo muy breve se veía
descubierto. Los enormes percebes que se arracimaban en sus negros flancos disfrutaban de gran seguridad. En las mareas más
bajas, sin embargo, se podía llegar hasta él. Cipriana se armó de resolución; espió el momento; se arremangó la saya en un rollo a la
cintura, y provista de cuchillo y un poje o cesto ligeramente convexo, echóse a patullar. ¿Qué podría ser? ¿Qué subiese la marea de
prisa? Ella correría más... y se pondría en salvo en la playa. Y descalza, trepando por las desigualdades del escollo, empezó,
ayudándose con el cuchillo, a desprender piñas de percebes. ¡Qué hermosura! Eran como
dedos rollizos. Se ensangrentaba Cipriana
las manitas, pero no hacía caso. El poje se colmaba de piñas negras, rematadas por
centenares de lívidas uñas...
Entre tanto subía la marea. Cuando venía la ola, casi no quedaba descubierto más que el pico
del escollo. Cipriana sentía en las piernas el frío glacial del agua. Pero seguía desprendiendo
percebes: era preciso llenar el cesto a tope, ganarse los dos reales y el pañuelo de colorines.
Una ola furiosa la tumbó, echándola de cara contra la peña. Se incorporó medio risueña,
medio asustada... ¡Caramba, qué marea tan fuerte! Otra ola azotadora la volcó de costado, y
la tercera, la ola grande, una montaña líquida, la sorbió, la arrastró como a una paja, sin
defensa, entre un grito supremo. Hasta tres días después no salió a la playa el cuerpo de la
huérfana.
Actividades textos del Romanticismo:

1- Señala los rasgos del Realismo español que encuentras en este cuento.
2- Localiza dos momentos del texto donde el narrador se dirige directamente a los lectores. ¿Qué consigue la
autora mediante este procedimiento?

3- En este cuento Emilia Pardo Bazán profundiza en un tema muy controvertido. Cipriana muere por conseguir un
artículo de lujo como son los percebes para el consumo de la clase media, es decir que los privilegios de unos
pocos se pagan con el sufrimiento de muchos. ¿Crees que esta situación se da en nuestros días?



Texto 3: Miau
A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara
de mil demonios… Entre ellos había uno de menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y calladito el
camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le
acosaron con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno le cogía del brazo, otro le refregaba la cara con sus manos inocentes,
que eran un dechado completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse y... pies, para qué os quiero.
Entonces dos o tres de los más desvergonzados le tiraron piedras, gritando Miau; y toda la partida repitió con infernal zipizape:
Miau, Miau.
El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido,
como de ocho años, quizá de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y
sintiéndose sin bríos para devolverlas. Siempre fue el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más
formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que
sabía o disimular lo que ignoraba. Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir a su casa, que estaba en la calle de
Quiñones, frente a la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra a la espalda, el
pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón.
Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella…La futura
celebridad habló así a su compañero:
«Mia tú, Caarso, si a mí me dieran esas chanzas, de la galleta que les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo
que no se deben poner motes a las presonas. ¿Sabes tú quién tie la culpa? Pues Posturitas, el de la casa de empréstamos. Ayer fue
contando que su mamá había dicho que a tu abuela y a tus tías las llaman las Miaus, porque tienen la fisonomía de las caras, es a
saber, como las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron este mal nombre, y que siempre se sientan en el
mismo sitio, y que cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: 'Ahí están ya las Miaus'».
Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada
dignidad de su familia.
«Posturitas es un ordinario y un disinificante —añadió Silvestre—, y eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una
tía, y sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te crees?, al que no desempresta la capa, le despluman, es a
saber, que se la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama las arpidas. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón
colgando las capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi papá que con las narices que tienen se podrían
hacer las patas de una mesa y sobraba maera... Pues también Posturitas es un buen mico; siempre pintándola y haciendo gestos
como los clos del Circo. Claro, como a él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo a ti. Lo que es a mí no me lo pone
¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es a saber, que no
achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el rispeto».
Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró a su amigo con tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te
llamo Miau, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame Miau»; y partió a escape hacia Montserrat.
                                                                                                                   Benito Pérez Galdós


    1. Resume de manera breve y completa el contenido del texto.
    2. Caracteriza a los personajes, según su apariencia física, comportamiento y habla.
    3. ¿Qué recursos narrativos predominan en el texto? Señala en qué frases o párrafos del mismo se
       encuentran.
    4. Explica todas las características del texto que permiten incluirlo dentro del movimiento realista.
Actividades textos del Romanticismo:

Texto 4: La Regenta
                                     –Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
                                     –Es muy débil... si insistimos, cederá.
                                     –¿Y si no cede, si se obstina?
                                     –Pero, ¿por qué?
                                     –Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en ridículo si no
                                     voy... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que
                                     se la gobiernan desde fuera... Y después, que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por
                                     causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
                                     –Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese baile dichoso. No hay que
                                     enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda con él? ¿Tan amigotes siempre?
                                     –Ya se sabe que a casa no le lleva...
                                     –¿Y es de etiqueta el baile?
                                     –Creo... que sí...
                                     –¿Hay que ir escotada?
                                     –Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van como quieren; algunas completamente
                                     subidas.
                                     –Nosotros iremos... subidos ¿eh?
                                     –Sí, es claro... ¿Cuándo toca la catedral? ¿Pasado? Pues pasado iré a la capilla con el vestido que
                                     he de llevar al baile.
–¿Cómo puede ser eso?...
–Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a
confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos satisfechos.
–Así lo espero.
Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de que fuéramos al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los ojos a
la celosía del confesionario, era bastante subido, no dejaba ver más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de
brillantes, que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el conjunto.


1- ¿Qué personajes aparecen?
2- La Regenta representa un personaje guiado en múltiples ocasiones por la doble moral. Justifica y explica a
partir del texto esta afirmación.

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  • 1. Actividades textos del Romanticismo: Texto 1: Dimoni – de Vicente Blasco Ibáñez Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni poblado donde no fuese conocido. Apenas su dulzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados, las comadres llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres abandonaban la taberna. -¡Dimoni!... ¡Ya está ahí Dimoni! Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y resoplando sin cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la indiferencia de un ídolo. Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de sus correrías, la que, cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la Naturaleza en un acceso de filarmonía. Las mujeres que se burlaban de aquel insigne perdido habían hecho un descubrimiento. Dimoni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz, tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio romano, pero no de aquellos que en el período de austeridad vivían a la espartana y se robustecían en el campo de Marte, sino de los otros, de aquellos de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de la raza colorando su nariz con el bermellón del vino y deformado su perfil con la colgante sotabarba de la glotonería. Dimoni era un borracho. (…) La taberna sentíase halagada por la presencia de un huésped que llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradores a bandadas; no habían bastantes manos para llenar porrones, esparcíase por el ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso quinqué veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros encuclillas en el suelo, sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si éstas fueran adesprenderse de tanto reír. Todas las miradas estaban fijas en Dimoni y su dulzaina. -¡La abuela! ¡Fes l'agüela! YDimoni sin pestañear, como si no hubiera oído la petición general, comenzaba a imitar con su dulzaina el gangoso diálogo de dos viejas con tan grotescas inflexiones, con pausas tan oportunas, que una carcajada brutal e interminable conmovía la taberna, despertando a las caballerías del inmediato corral, que unían a la barahúnda sus agudos relinchos. Después le pedían que imitase a la Borracha, una mala piel que iba de pueblo en pueblo vendiendo pañuelos y gastándose las ganancias en aguardiente. Y lo mejor del caso es que casi siempre estaba presente la aludida y era la primera en reírse de la gracia con que el dulzainero imitaba sus chillidos al pregonar la venta y las riñas con las compradoras. Pero, cuando se agotaba el repertorio burlesco, Dimoni, soñoliento por la digestión de alcohol, lanzábase en su mundo imaginario, y ante su público, silencioso y embobado, imitaba la charla de los gorriones, el murmullo de los campos de trigo en los días de viento, el lejano sonar de las campanas, todo lo que le sorprendía cuando, por las tardes, despertaba en medio del campo sin comprender cómo le había llevado allí la borrachera pillada en la noche anterior. Aquellas gentes rudas no se sentían ya capaces de burlarse de Dimoni, de sus soberbias chispas ni de los repelones que hacía sufrir al tamborilero. El arte, algo grosero, pero ingenuo y genial, de aquel bohemio rústico, causaba honda huella en sus almas vírgenes, y miraban con asombro al borracho, que, al compás de los arabescos impalpables que trazaba con su dulzaina, parecía crecerse, siempre con la mirada abstraída, grave vieja, sin abandonar su instrumento más que para coger el porrón y acariciar su seca lengua con el gluglú del hilillo de vino. Y así estaba siempre. Costaba gran trabajo sacarle una palabra del cuerpo. De él sabíase únicamente, por el rumor de su popularidad, que era de Benicófar, que allá vivía, en una casa vieja, que conservaba aún porque nadie le daba dos cuartos por ella, y que se había bebido, en unos cuantos años dos machos, un carro y media docena de campos que heredó de su madre. ¿Trabajar? No, y mil veces no. Él había nacido para borracho. Mientras tuviese la dulzaina en las manos no le faltaría pan, y dormía como un príncipe cuando, terminada una fiesta, y después de soplar y beber toda la noche, caía como un fardo en un rincón de la taberna o en un pajar del campo, y el pillete tamborilero, tan ebrio como él, se acostaba a sus pies cual un perrillo obediente. 1. Indica los rasgos del Realismo que aparecen en este texto. 2. Localiza en el texto todas las descripciones que encuentres. ¿Qué tipos de personajes y lugares se describen? ¿Están idealizados? Razona tu respuesta. 3. Según el autor, cómo puede escapar Dimoni de la marginalidad en la que vive. ¿Por qué no cambia devida entonces? Razona tu respuesta.
  • 2. Actividades textos del Romanticismo: Texto 2: El pañuelo Cipriana se había quedado huérfana desde aquella vulgar desgracia que nadie olvida en el puerto de Areal: una lancha que zozobra, cinco infelices ahogados en menos que se cuenta... Aunque la gente de mar no tenga asegurada la vida, ni se alabe de morir siempre en su cama, una cosa es eso y otra que menude en lances así. La racha dejó sin padres a más de una docena de chiquillos; pero el caso es que Cipriana tampoco tenía madre. Se encontró a los doce años sola en el mundo..., en el reducido y pobre mundo del puerto. Era temprano para ganarse el pan en la próxima villa de Marineda; tarde para que nadie la recogiese. ¡Doce años! Ya podía trabajar la mocosa... Y trabajó, en efecto. Nadie tuvo que mandárselo. Cuando su padre vivía, la labor de Cipriana estaba reducida a encender el fuego, arrimar el pote a la lumbre, lavar y retorcer la ropa, ayudar a tender las redes, coser los desgarrones de la camisa del pescador. Sus manecitas flacas alcanzaban para cumplir la tarea, con diligencia y precoz esmero, propio de mujer de su casa. Ahora, que no había casa, faltando el que traía a ella la comida y el dinero para pagar la renta, Cirpriana se dedicó a servir. Por una taza de caldo, por un puñado de paja de maíz que sirviese de lecho, por unas tejas y, sobre todo, por un poco de calor de compañía, la chiquilla cuidaba de la lumbre ajena, lindaba las vacas ajenas, tenía en el Colo toda la tarde un mamón ajeno, cantándole y divirtiéndole, para que esperase sin impaciencia el regreso de la madre. Cuando Cipriana disponía de un par de horas, se iba a la playa. Mojando con delicia sus curtidos pies en las pozas que deja al retirarse la marea, recogía mariscada, cangrejos, mejillones, lapas, nurichas, almejones, y vendía su recolección por una o dos perrillas a las pescantinas que iban a Marineda. En un andrajo envolvía su tesoro y lo llevaba siempre en el seno. Aquello era para mercar un pañuelo de la cabeza... ¿qué se habían ustedes figurado? ¿Qué no tenía Cipriana sus miajas de coquetería? Sí, señor. Sus doce años se acercaban a trece, y en las pozas, en aquella agua tan límpida y tan clara, que espejeaba al sol, Cipriana se había visto cubierta la cabeza con un trapo sucio... El pañuelo es la gala de las mocitas en la aldea, su lujo, su victoria. Lucir un pañuelo majo, de colorines, el día de la fiesta; un pañuelo de seda azul y naranja... ¿Qué no haría la chicuela por conseguirlo? Su padre se lo tenía prometido para el primer lance bueno; ¡y quién sabe si el ansia de regalar a la hija aquel pedazo de seda charro y vistoso había impulsado al marinero a echarse a la mar en ocasión de peligro! Sólo que, para mercar un pañuelo así, se necesita juntar mucha perrilla. Las más veces rehusaban las pescantinas la cosecha de Cipriana. ¡Valiente cosa! ¿quién cargaba con tales porquerías? Si a lo menos fuesen unos percebitos bien gordos y recochos, ahora que se acercaba la Cuaresma y los señores de Marineda pedían marisco a todo tronar. Y señalando a un escollo que solía cubrir el oleaje, decían a Cipriana: -Si apañas allí una buena cesta, te damos dos reales. ¡Dos reales! Un tesoro. Lo peor es que para ganarlo era menester andar listo. Aquel escollo rara vez y por tiempo muy breve se veía descubierto. Los enormes percebes que se arracimaban en sus negros flancos disfrutaban de gran seguridad. En las mareas más bajas, sin embargo, se podía llegar hasta él. Cipriana se armó de resolución; espió el momento; se arremangó la saya en un rollo a la cintura, y provista de cuchillo y un poje o cesto ligeramente convexo, echóse a patullar. ¿Qué podría ser? ¿Qué subiese la marea de prisa? Ella correría más... y se pondría en salvo en la playa. Y descalza, trepando por las desigualdades del escollo, empezó, ayudándose con el cuchillo, a desprender piñas de percebes. ¡Qué hermosura! Eran como dedos rollizos. Se ensangrentaba Cipriana las manitas, pero no hacía caso. El poje se colmaba de piñas negras, rematadas por centenares de lívidas uñas... Entre tanto subía la marea. Cuando venía la ola, casi no quedaba descubierto más que el pico del escollo. Cipriana sentía en las piernas el frío glacial del agua. Pero seguía desprendiendo percebes: era preciso llenar el cesto a tope, ganarse los dos reales y el pañuelo de colorines. Una ola furiosa la tumbó, echándola de cara contra la peña. Se incorporó medio risueña, medio asustada... ¡Caramba, qué marea tan fuerte! Otra ola azotadora la volcó de costado, y la tercera, la ola grande, una montaña líquida, la sorbió, la arrastró como a una paja, sin defensa, entre un grito supremo. Hasta tres días después no salió a la playa el cuerpo de la huérfana.
  • 3. Actividades textos del Romanticismo: 1- Señala los rasgos del Realismo español que encuentras en este cuento. 2- Localiza dos momentos del texto donde el narrador se dirige directamente a los lectores. ¿Qué consigue la autora mediante este procedimiento?
 3- En este cuento Emilia Pardo Bazán profundiza en un tema muy controvertido. Cipriana muere por conseguir un artículo de lujo como son los percebes para el consumo de la clase media, es decir que los privilegios de unos pocos se pagan con el sufrimiento de muchos. ¿Crees que esta situación se da en nuestros días?
 Texto 3: Miau A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios… Entre ellos había uno de menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y calladito el camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno le cogía del brazo, otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse y... pies, para qué os quiero. Entonces dos o tres de los más desvergonzados le tiraron piedras, gritando Miau; y toda la partida repitió con infernal zipizape: Miau, Miau. El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizá de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolverlas. Siempre fue el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía o disimular lo que ignoraba. Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir a su casa, que estaba en la calle de Quiñones, frente a la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra a la espalda, el pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella…La futura celebridad habló así a su compañero: «Mia tú, Caarso, si a mí me dieran esas chanzas, de la galleta que les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo que no se deben poner motes a las presonas. ¿Sabes tú quién tie la culpa? Pues Posturitas, el de la casa de empréstamos. Ayer fue contando que su mamá había dicho que a tu abuela y a tus tías las llaman las Miaus, porque tienen la fisonomía de las caras, es a saber, como las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: 'Ahí están ya las Miaus'». Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de su familia. «Posturitas es un ordinario y un disinificante —añadió Silvestre—, y eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te crees?, al que no desempresta la capa, le despluman, es a saber, que se la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama las arpidas. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una mesa y sobraba maera... Pues también Posturitas es un buen mico; siempre pintándola y haciendo gestos como los clos del Circo. Claro, como a él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo a ti. Lo que es a mí no me lo pone ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es a saber, que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el rispeto». Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró a su amigo con tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo Miau, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame Miau»; y partió a escape hacia Montserrat. Benito Pérez Galdós 1. Resume de manera breve y completa el contenido del texto. 2. Caracteriza a los personajes, según su apariencia física, comportamiento y habla. 3. ¿Qué recursos narrativos predominan en el texto? Señala en qué frases o párrafos del mismo se encuentran. 4. Explica todas las características del texto que permiten incluirlo dentro del movimiento realista.
  • 4. Actividades textos del Romanticismo: Texto 4: La Regenta –Pero, ¿y si él se empeña en que vaya? –Es muy débil... si insistimos, cederá. –¿Y si no cede, si se obstina? –Pero, ¿por qué? –Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que se la gobiernan desde fuera... Y después, que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo! –Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda con él? ¿Tan amigotes siempre? –Ya se sabe que a casa no le lleva... –¿Y es de etiqueta el baile? –Creo... que sí... –¿Hay que ir escotada? –Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van como quieren; algunas completamente subidas. –Nosotros iremos... subidos ¿eh? –Sí, es claro... ¿Cuándo toca la catedral? ¿Pasado? Pues pasado iré a la capilla con el vestido que he de llevar al baile. –¿Cómo puede ser eso?... –Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos satisfechos. –Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de que fuéramos al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los ojos a la celosía del confesionario, era bastante subido, no dejaba ver más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes, que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el conjunto. 1- ¿Qué personajes aparecen? 2- La Regenta representa un personaje guiado en múltiples ocasiones por la doble moral. Justifica y explica a partir del texto esta afirmación.