El autor reflexiona sobre cómo la palabra hablada puede usarse para propósitos muy diferentes, como declaraciones de amor o sentencias de muerte. Explica que los griegos veían la palabra como una forma de convencer a los oyentes en un contexto de libertad democrática, mientras que cuando los romanos impusieron el poder absoluto de los emperadores, la palabra perdió ese poder de persuasión, convirtiéndose la oratoria en meros ejercicios repetitivos. En resumen, sostiene que la palabra sólo puede utilizarse realmente para influir