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 misiones y predicación
 celebraciones y oración
 diálogo y comunidad
 e s t u d i o s y r e f l e x i ó n
Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Domingo de Soto
Los derechos humanos de los indios y el resultado de la conquista de América
Dr. Salvador Larrúa-Guedes
Salvador Larrúa-Guedes nació en Camagüey, Cuba, el año 1942. Estudió periodismo, pero se le prohibió ejercer la profesión. En
1970 comienza a estudiar economía, obtendrá el doctorado en 1987. Durante este tiempo enseña economía en la universidad y tra-
baja en la Junta Central de Planificación. Abandona ese trabajo en 1989 por desacuerdos con el régimen y se dedica a la historia
por su cuenta. Ha publicado varios libros, entre otros: Grandes Figuras y Sucesos de la Iglesia Cubana, Historia de la
Orden de Predicadores en la Isla de Cuba, La Academia Católica de Ciencias Sociales y el Primer Código del
Trabajo de Cuba, Cinco Siglos de Evangelización Franciscana en Cuba. Enseñó en el Seminario Mayor de La Haba-
na, fue miembro de las Fraternidades Laicales Dominicas. Desde 2005 vive en Miami, es Académico de Número de la Academia
Cubana de la Historia (en el exilio) desde el 2010, Director del Centro de Documentación Histórica de la Florida Colonial His-
pana y asesor histórico de la comisión de canonización de los mártires dominicos, jesuitas y franciscanos de la Florida.
Las Casas y el Maestro Vitoria
¿Se vieron? ¿Dialogaron alguna vez cara a cara
Bartolomé de Las Casas y el Maestro Vitoria? La
respuesta hasta ahora viene siendo negativa. Los
dos fueron contemporáneos y ambos eran célebres
en la España de su tiempo: Las Casas como pro-
motor sin rival de la liberación de los indios de las
manos de los conquistadores y encomenderos;
Vitoria como creador de una escuela y de un mo-
vimiento en pro de los derechos de los individuos
y de los pueblos contra la opresión de los gobier-
nos y de sus leyes.
Verdad es que Las Casas cita varias veces a
Vitoria en sus escritos, pero de Vitoria no sabemos
que haya hecho alusión alguna a Las Casas. Cuan-
do se reflexiona sobre el pensamiento internacio-
nalista de Francisco de Vitoria y se examinan las
diversas veces que Bartolomé de Las Casas cita a
Francisco de Vitoria, se llega a la conclusión de
que Bartolomé admiraba al docto Maestro domini-
co. Siempre hay elogios del Defensor de los Indios
sobre el gran sabio salmantino, calificándole de “el
doctísimo Maestro”, “el doctísimo varón”, y cuan-
do habla de Vitoria y de Soto dice que son “los
doctísimos” y además los califica como “maestros
religiosos de clarísimos ingenios”.
En la Apología contra Juan Ginés de Sepúlveda
se permite Las Casas discrepar de Vitoria, pero
salvando cuidadosamente la autoridad del catedrá-
tico salmantino, disculpándole de lo que le parece
falso y acentuando el sentido condicional de las
proposiciones vitorianas. Resulta que en las famo-
sas Disputas de Valladolid de 1550-1551, Juan
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Ginés de Sepúlveda aduce la autoridad de Francis-
co de Vitoria a favor de la licitud y justicia de la
guerra de los españoles contra los indios.
Sin vacilación y con valentía Bartolomé de Las
Casas recoge el guante y analiza los textos de Vito-
ria en su Relección sobre los Indios. Ironiza Las Casas
con el atrevimiento de Sepúlveda, cuando dice éste
que Vitoria aprobó la guerra contra los naturales
de América, aunque con argumentos más débiles
que los suyos. Analiza Las Casas las dos partes de
la relección vitoriana. Está plenamente de acuerdo
con la primera donde “refuta los siete títulos por
los que la guerra puede parecer justa”.
De la segunda, en la que expone los llamados
ocho “títulos legítimos”, el Padre Las Casas men-
ciona dos cosas que, por una parte, disculpan las
expresiones más comprometidas de Francisco de
Vitoria y, por otra, les conceden una interpretación
moderada, que creo que es la correcta y la que me-
jor responde a esa “falta de pudor” y atrevimiento
de Juan Ginés de Sepúlveda de citar en su apoyo a
personas que “decididamente son opuestos a él”.
Esas dos cosas son:
a) En sus “títulos legítimos” Vitoria se ha deja-
do influir de “noticias falsísimas…, que le fueron
comunicadas por esos salteadores (conquistadores
y encomenderos), que sin miramiento alguno
siembran la destrucción por todo aquel mundo”.
b) Vitoria expone sus conclusiones “en forma
condicional”. Sólo si se dan esas condiciones podría
hablarse de guerra justa por parte de los españoles.
Ahora bien, dice Las Casas, como esas condiciones
no se dan y esas “circunstancias” exigidas por Vitoria
“son falsas” por lo que se refiere a los indios, no cabe
la aplicación de la justicia de la guerra a nuestro caso.
Hay una cuestión importante en la que Las
Casas y Vitoria están plenamente de acuerdo. Es
la cuestión del método misionero. El catedrático
salmantino fue muy consultado por los misione-
ros y por las autoridades civiles y religiosas sobre
los problemas de Las Indias, lo que se analiza en
detalle en las obras de Vitoria.
En un memorial de 1543, Las Casas ofrece al
emperador Carlos V un resumen de sus exigen-
cias en torno a la situación humillante de los in-
dios. En él cita a Francisco de Vitoria en su favor
sobre una discusión surgida en las Indias de ca-
rácter misional. Se trataba de la clase de prepara-
ción que era necesaria para la recepción del bau-
tismo por los indios. La consulta dirigida al Em-
perador y a su Consejo de Indias fue pasada a la
facultad de teología de la Universidad de Sala-
manca. El dictamen universitario es de 1541, y
entre los firmantes se encuentran Francisco de
Vitoria y Domingo de Soto. Aunque el punto
principal era la exigencia de una suficiente ins-
trucción sobre la fe y las costumbres cristianas
para recibir el bautismo los adultos, se veía tam-
bién la necesidad de cierta uniformidad en los
métodos catequéticos, para no dar pie a los indios
para pensar que eran diversas las religiones que
profesaban los distintos grupos de misioneros.
Las Casas y Domingo de Soto
Otro de los personajes de este triálogo es Do-
mingo de Soto. Domingo se relacionó y pudo
convivir con el Maestro Francisco de Vitoria, y
discutió, convivió e intercambió cartas con Bar-
tolomé de Las Casas. Soto, pues, se encuentra en
el centro y, aunque el triálogo parece flaquear
por uno de sus lados, Domingo de Soto se es-
forzará por suplirlo por el otro.
Francisco de Vitoria en la relección Sobre los
Indios ha estudiado en primer lugar los títulos del
poder universal del Emperador y del Papa sobre
todo el orbe, considerándolos como nulos para
explicar un justo dominio de España sobe Las
Indias. Eso mismo ha hecho Domingo de Soto; ha
estirado todo lo más posible las potestades impe-
riales y papales, y se niega a reconocer bajo ningún
concepto que los brazos de ambos poderes, por
muy largos que se los suponga, puedan tocar juris-
diccionalmente al Nuevo Mundo.
Domingo de Soto en la relección Sobre el dominio
se hace netamente la pregunta, y le da sin más una
respuesta rápida y, para nosotros, sorprendente. He
aquí el texto: “¿Con qué derecho retenemos el impe-
rio ultramarino poco ha descubierto? En verdad yo
no lo sé”. Nos sorprende la sencillez y el humilde
reconocimiento de su nulidad ante el problema en un
maestro de tan reconocido prestigio, que parecería
debería tener respuesta para todo. El verdadero sabio
es también humilde, porque sabe que no debe ense-
ñar como verdad lo que no está bien comprobado.
Trece años más tarde, cuando ya se había pro-
nunciado Francisco de Vitoria abiertamente sobre
estos temas en sus relecciones americanistas y co-
rrían éstas manuscritas entre sus discípulos, da la
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impresión de que Domingo de Soto sigue con
dudas importantes sobre el particular. Bartolomé
de las Casas escribe a nuestro teólogo una carta
hacia 1548, para que favorezca sus proposiciones
indigenistas ante la corte.
En esta carta podemos apreciar la serena pru-
dencia de un sabio, característica de nuestro teó-
logo. Dice ahí que Soto le ha escrito varias veces
y que le ha manifestado que no sabe qué respon-
der definitivamente a esos problemas, porque las
noticias que llegaban de allende los mares eran
muy distintas y contrarias unas a otras. Las Casas
le advierte que hay un criterio para discernir la
verdad de la mentira en esas manifestaciones. Ese
criterio es el interés o desinterés de los informa-
dores. Los que tienen sus riquezas fundadas en el
abuso de los indios, robándoles y sirviéndose de
ellos como esclavos, ésos dan informes favora-
bles a la encomienda y desfavorables sobre la
capacidad y las cualidades de los indios.
Los misioneros, los varones verdaderamente
apostólicos, los que no buscan enriquecerse a costa
de crímenes e injusticias, los verdaderamente desin-
teresados, ésos dicen la verdad. Fray Bartolomé de
Las Casas habla de otras cartas de misioneros do-
minicos enviadas por él a Domingo de Soto. Son
cartas de los misioneros, que el propio Las Casas se
llevó consigo de Salamanca en 1544. Esos docu-
mentos, le dice el Defensor de los Indios a Soto,
deben ser un testimonio de irrecusable valor para el
teólogo del convento salmantino de San Esteban.
En realidad la solución está en dos cosas: que
desaparezcan las conquistas y que desaparezcan
las encomiendas. También Soto, a pesar de no
ser tan impulsivo como Las Casas, participa de la
necesidad de ese remedio, y lo hace con un len-
guaje verdaderamente lascasiano: las encomien-
das hay que cortarlas, dice, “como con un cuchi-
llo”. Y así lo menciona fray Bartolomé, haciendo
referencia a una carta de Soto:
“Grande alegría rescibí con la merced de vuestra pater-
nidad y esperanza muy grande de ver antes que me muera el
fin de mis trabajos y deseos cumplidos por el remedio de
aquellas ánimas, que sólo consiste en que Su Majestad
provea dos cosas que, si yo sé algo de la ley de Cristo, es
obligado a proveer de precepto divino. La una quitar aquel
oprobio e infamia de la fe tan grande, que son las iniquísi-
mas conquistas, y éstas no están quitadas, como luego diré.
La segunda que su Majestad incorpore absolutamente en su
corona real todos los indios vasallos, deshaciendo y aniqui-
lando este repartimiento como con el cuchillo, que vuestra
paternidad dice, y así todos aquellos tiranos los querrían, y
que el rey quedase solo señor de los mismos”.
Vuelve Las Casas al final de este documento
sobre la indecisión de Soto hasta lograr una infor-
mación completa sobre las últimas guerras de Las
Indias. Le había manifestado al Defensor de los
Indios en carta que esperaba la llegada de don Pe-
dro La Gasca o el envío de sus informes, que pen-
saba serían definitivos o suficientemente comple-
tos. Las Casas le quiere desengañar de antemano,
advirtiéndole que la labor pacificadora de La Gasca
es sin duda laudable; pero tampoco La Gasca es de
fiar del todo. En sus actuaciones en las Indias hay
muchas cosas que no son buenas ni justas. Los pá-
rrafos sobre La Gasca se los escribe a Soto en latín,
para que no se escandalice el vulgo, si alcanza a leer
esta carta. Por otra parte, las notificaciones de Pedro
La Gasca no pueden ser una “información plena-
ria”, pues no ha recorrido todas Las Indias.
“Información plenaria”. Domingo de Soto de-
bió tardar todavía bastante en ver realizado su
sueño. En efecto, dos años más tarde continuó
nuestro teólogo en parecidas indecisiones. Lo ve-
mos manifiestamente a propósito de las famosas
disputas en las juntas de Valladolid de 1550 y 1551
entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las
Casas. Domingo de Soto fue uno de los teólogos
asistentes y el encargado de resumir el contenido
de esas discusiones.
El problema de Soto no son las encomiendas.
Sobre ellas tiene una posición adversa bien definida,
pues escribía a Las Casas que debían “ser cortadas
como con cuchillo”. El problema estaba en las gue-
rras de conquista como medio para la evangeliza-
ción. Domingo de Soto en su resumen de las dispu-
tas entre Sepúlveda y Las Casas advierte que fue ése
en concreto el tema en que ambos controversistas
centraron todas las discusiones. El Emperador sin
embargo los había convocado para examinar el
método mejor para convertir a los indios y reducir-
los a la obediencia de España sin cometer injusti-
cias, que dejaran intranquila la conciencia imperial.
Lo explica Soto en estos términos: “El punto que
vuestras señorías, mercedes y paternidades pretenden aquí
consultar, es, en general, inquirir e constituir la forma y
leyes cómo nuestra santa fe católica se puede predicar e pro-
mulgar en aquel nuevo orbe que Dios nos ha descubierto,
como más sea a su santo servicio, y examinar qué forma
puede haber cómo quedasen aquellas gentes sujetas a la
Majestad del emperador nuestro señor, sin lesión de su real
conciencia, conforme a la bula de Alejandro.
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“Espero estos señores proponentes no han tratado esta
cosa así, en general y en forma de consulta; mas en particu-
lar han tratado y disputado esta cuestión, conviene a saber:
si es lícito a su Majestad hacer guerra a aquellos indios
antes de que se les predique la fe, para sujetallos a su impe-
rio y que, después de sujetados, puedan más fácil y cómoda-
mente ser enseñados y alumbrados por la doctrina evangélica
del conocimiento de sus errores y de la verdad cristiana”.
Para Domingo de Soto la cuestión única es la
evangelización. No trata aquí la cuestión del dominio
en sí mismo de los reyes de España o del emperador,
pues la sola razón de extender la jurisdicción no tiene
en Soto justificación alguna. El fin exclusivo es la
predicación del Evangelio; lo demás son sólo medios,
buenos o malos, para la consecución de ese fin.
Juan Ginés de Sepúlveda defendía a este respec-
to que era necesario someter los indios al empera-
dor y, una vez sometidos, es cuando se los puede
evangelizar. Si los indios no aceptan el vasallaje al
rey de España, es necesario emplear la fuerza y
todos los recursos de la guerra, que sean necesarios
para conseguir la sumisión.
Para fray Bartolomé de Las Casas lo primero es
la predicación y, una vez convertidos, los reyes de
España los admiten bajo su jurisdicción con algunos
tributos razonables, pero sin quitarles a los indios
sus bienes ni el dominio que tengan los jefes indios
sobre sus tribus y pueblos. La predicación debe ser
siempre pacífica, sin emplear la fuerza o la guerra.
Las Casas se niega a reconocer algún valor a la
razón fundamental de Sepúlveda: que, después de
vencidos los infieles y sometidos, se les predica con
mayor eficacia la fe cristiana. La fe, responde el De-
fensor de los Indios, es sujeción del entendimiento y
requiere buena voluntad hacia los que la predican, y
esto es imposible conseguirlo por la guerra. Trae a
este propósito muchos testimonios de la Sagrada
Escritura y de los Santos Padres, para probar la nece-
sidad del buen ejemplo en los predicadores, la bon-
dad, la mansedumbre, la modestia. Ir con las armas
en las manos es seguir, no el ejemplo y mandato de
Jesucristo, sino el ejemplo y las leyes de Mahoma.
No vale para el obispo de Chiapas el subterfu-
gio: nuestro fin no es introducirles la fe por la
fuerza, sino que empleamos sólo la fuerza de las
armas para dominarlos y predicarles. “Porque a la
verdad –escribe Las Casas– no sólo es esto fuerza indi-
recta, sino inmediatamente directa, pues que dicen que en
estas guerras se ha de tener intención de predicarles después
la fe. Porque esto es engendralles primero miedo y fuerza
para de temor reciban vanamente la fe. Porque, si unos
ven los estragos, robos y muertes que sus vecinos padecen,
por no padecer ellos mismos aquello, recibirán vanamente
la fe, sin saber lo que reciben”.
Las Casas había señalado seis casos en los que
la Iglesia, según los canonistas,
podía hacer la guerra a los infie-
les, pero precisará con cuidado
que ninguno de ellos es aplicable
a los indios. Estos casos son los
siguientes:
1º Si han ocupado violenta-
mente tierras de cristianos.
2º “Si con pecados graves de
idolatría, ensucian y contaminan
nuestra fe, sacramentos, o tem-
plos o imágenes, y por ende mandó Constantino
que no se permitiese a los gentiles tener ídolos
donde los cristianos se pudiesen escandalizar”.
3º “Si blasfeman el nombre de Jesucristo o de
los santos o de la Iglesia a sabiendas”.
4º Si a sabiendas impiden la predicación.
5º Si hacen ellos la guerra a los cristianos.
6º Para librar a los inocentes, aunque esto no es
completamente obligado, porque la guerra traería
un mal mayor, como es la muerte de un número
más grande de inocentes.
Domingo de Soto no está muy conforme con
todas las distinciones que hace el obispo de Chia-
pas para defender a los indios del Nuevo Mundo.
Introduce por ello en este resumen de las disputas
entre Las Casas y Sepúlveda algo de su pensamien-
to personal. Cree el profesor de la Universidad de
Salamanca que el Defensor de los Indios se excede
en sus argumentaciones, dando más libertad a los
indios de la que les corresponde.
Si impiden la fe a sabiendas de lo que hacen,
como los moros que ya tienen noticia de nuestra
religión cristiana, es lícito declararles la guerra.
Pero, si impiden la predicación, creyendo que los
vamos a robar o matar como a enemigos, entonces
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no cabe la guerra justa. Esta distinción lascasiana
es rechazada por Soto.
Otra distinción del Defensor de los Indios, que
tampoco satisface a Domingo de Soto, es la si-
guiente: si son sólo los príncipes los que impiden la
predicación, cabe la guerra justa. Pero, si es todo el
pueblo el que no quiere escuchar, sino permanecer
en su antigua religión, no hay posibilidad de justifi-
car una contienda bélica.
El catedrático salmantino salta por encima de
todas estas distinciones, para decir que existe un
derecho plenamente fundado, que es el poder y la
facultad otorgados por Jesucristo a todos los cris-
tianos de predicar el Evangelio a todo el mundo,
según las palabras recogidas por Mc 16, 15: Id por
todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Y
comenta Soto: “por la cuales palabras parece que
tenemos derecho de ir a predicar a todas las gentes,
y amparar y defender a los predicadores con armas,
si fuere menester, para que los dejen predicar”.
Las Casas establecía aquí una distinción. Este
precepto evangélico no nos obliga a forzar a los
gentiles a que nos oigan, sino sólo a predicarles, en
el caso de que nos quieran oír. El catedrático sal-
mantino cree que se equivoca el Defensor de los
Indios en esta interpretación:
“Y para advertir –dice– a vuestras señorías y merce-
des, parece que el señor obispo (si no me engaño) se engañó
en la equivocación. Porque otra cosa es que los podamos
forzar a que nos dejen predicar, lo cual es opinión de muchos
doctores; otra cosa es que los podamos compeler a que ven-
gan a nuestros sermones, en lo cual no hay tanta apariencia
[o claridad]. Y esto es lo que él allí trató, que no los pode-
mos forzar a que nos oigan”.
En estas precisiones es donde está para Do-
mingo de Soto el núcleo esencial del problema. La
cuestión no es el fin de la predicación, que es un
mandato de Jesucristo, con su fondo de derecho
natural de la enseñanza de la verdad. El problema
se plantea sobre el uso de la fuerza o la guerra co-
mo medio para conseguir ese fin:
¿Podemos forzar a los indios para que nos de-
jen predicar la palabra de Dios? Según muchos
autores –contra el parecer de Bartolomé de Las
Casas-, eso se puede hacer. Y Domingo de Soto
está de acuerdo con esta respuesta afirmativa, en el
sentido de poder quitar con la fuerza todos los
obstáculos que se oponen a esa predicación.
¿Se puede forzar a los naturales a escuchar la predicación cristiana?
Pero hay otra cuestión, otra pregunta muy relacio-
nada con la anterior y cuya respuesta es más com-
prometida y difícil. La pregunta es la siguiente: ¿po-
demos forzar a los indios a venir a nuestra predica-
ción? En esto, confiesa Soto, ya no hay tanta clari-
dad: “no hay tanta apariencia”, dice literalmente.
Las Casas, sin embargo, consiguió probar enton-
ces, utilizando cuatro razones, que no se puede
forzar a los indios a que oigan a los predicadores. Al
terminar el estudio de la cuarta de esas razones, fray
Domingo de Soto, que consideraba que este detalle
era muy importante, advirtió lo siguiente: “Este punto
examinarse ha más después en esta sapientísima consulta”.
Es la interpretación de la frase evangélica de Lc
14, 34: fuérzalos a entrar (compelle intrare). Sobre esa frase
discutirán algo más adelante; es la objeción segunda
de Sepúlveda y la réplica segunda de Las Casas.
Se puede pensar que las dudas de Domingo de
Soto no afectan a este problema. Desde su primera
obra en que trata este asunto hasta la última pensó
con Bartolomé de Las Casas que no se puede obli-
gar por la fuerza a los indios a que oigan la predi-
cación. Sus dudas, como hemos podido apreciar,
afectan sólo a las causas inmediatas de las guerras
de conquista. Por eso esperaba una información
completa, que juzgamos que nunca llegó.
En lo referente a la predicación y a sus exigen-
cias su pensamiento es constante desde su relec-
ción Sobre el dominio, en que por primera vez en
1535, ofreció su parecer, y el Comentario al Cuarto
Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, en el que
trata este asunto por última vez, en 1557, tres años
antes de su muerte.
Es una sola página la que dedica en la relección
Sobre el dominio, de modo explícito, al tema del do-
minio español en el Nuevo Mundo, pero es una
página digna de que se le dedique concentrada me-
ditación, y es susceptible de un amplio comentario.
Francisco de Vitoria había hecho ya alusiones
al tema en sus cartas y lecciones de clase. Estaría
por entonces madurando, igual que Domingo de
Soto, una posible solución. En el convento de
San Esteban de Salamanca, con las cartas de sus
misioneros de América en las manos, se comen-
taban entre los frailes los problemas de Las In-
dias, y se irían dibujando entre ellos diversas solu-
ciones. El esbozo de Domingo de Soto parece
tener como fondo los informes de los misioneros.
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Nuestro teólogo comienza su argumentación
recordándonos las palabras de Jesucristo, al despedir-
se de sus discípulos, momentos antes de su ascen-
sión: “Id; predicad el Evangelio a toda criatura”. Ya tene-
mos un derecho bien claro e impuesto como manda-
to grave: el derecho y la correspondiente obligación
de predicar el Evangelio de Cristo en todos los luga-
res de la tierra. Parece haber aquí un título legítimo
de nuestra presencia (de los españoles) en Las Indias.
Pero es sólo un título de presencia para predicar;
nunca será un título de apropiación de tierras o de
pueblos, ni mucho menos un títu-
lo de conquista por la fuerza o la
violencia de las armas.
Domingo de Soto avanza con
lentitud, como midiendo bien
sus pasos en todo lo que dice.
Una consecuencia del deber y del
derecho de la predicación es el
derecho de defenderse de aqué-
llos que impiden esa predicación.
Es aquí donde caben los abusos.
La avaricia, el afán de enrique-
cerse, puede buscar apoyo en
este mero derecho de defensa,
para la guerra y la apropiación de
los bienes de los indios; Soto lo
condena expresamente.
Para precisar mejor su pensamiento y cortar otra
disculpa o posible fuente de abusos, recuerda los
pasajes evangélicos de Mt 10, 3-23 y de Lc 9, 1-6:
“Os envío como ovejas en medio de lobos…; no toméis nada
para el camino, ni báculo, ni alforja, ni pan, ni dinero…”. Y
advierte el Señor a sus discípulos que, si en alguna
población no los quieren recibir, no recurran a la
violencia, sino que “basta con salir de aquel poblado y
sacudirse el polvo de los pies en testimonio contra ellos”. La
consecuencia es clara; no es lícito forzar a los indios
a que vayan a oír a los misioneros, sino dejarlos y
encomendar su causa al Dios de los cielos.
En el Comentario al Cuarto Libro de las Sentencias
expresa esta misma doctrina mediante dos conclu-
siones, con sus correspondientes pruebas, clara y
concisamente expuestas.
Primera conclusión: la Iglesia y cada creyente
tienen el derecho divino y natural de promulgar el
Evangelio por toda la tierra.
La prueba que hace referencia al derecho di-
vino son los textos evangélicos ya citados. La
prueba correspondiente al derecho natural es que
todos los hombres tienen libertad y facultad “para
enseñar a otros” (ius docendi) y persuadir sobre las
normas del bien obrar.
Segunda conclusión: si alguno nos impidiere la
predicación del Evangelio, con justicia podríamos
responder a esa violencia con las armas, a no ser
donde veamos por experiencia que eso origina
escándalo e injuria de la fe.
Para una más fácil inteligencia de esta segunda
conclusión, añade seguidamente esta nota: si un prín-
cipe nos impide el ingreso en su territorio con la
fuerza o encarcela a los predicadores, cuando van a
sus pueblos a predicar, podemos
rechazar esa fuerza con otra fuerza.
Las razones que da para pro-
bar la conclusión segunda son
dos. La primera es que, actuando
de esa forma, los mencionados
jefes de los indios nos quitarían
nuestro derecho afirmado en la
primera conclusión.
Sin embargo –continúa argu-
yendo Soto– a los que no quieran
oírnos, no los podemos obligar por
la fuerza a que nos oigan. La razón
no es otra que el derecho sólo nos
permite predicar. Obligar a que nos
oigan, sería como forzarlos a la fe,
que es plenamente libre.
La segunda conclusión había exceptuado el caso
de que se originara escándalo con nuestra actitud
violenta con respecto a los que impiden la predica-
ción. En efecto, si por esa guerra diésemos tal es-
cándalo a los naturales que concibieran odio contra
la fe, debería cesar esa guerra como un mal mayor.
Los 22 años que median entre las dos obras (De
Dominio e In Quartum Sententiarum) no parecen ha-
ber cambiado sustancialmente la solución. La única
posible diferencia es el deje de cierta inseguridad
que manifiesta en la primera de las dos obras.
Al final de la exposición de su pensamiento
americanista escribe en la relección De dominio:
“No he dicho estas cosas para condenar todo cuanto se
ha hecho entre los indios. Los juicios de Dios son insonda-
bles, y quizás quiere Dios convertir a tan numerosas gentes
por una vía desconocida para nosotros”.
Tal vez Domingo de Soto se haya dado cuenta
de que su doctrina no favorece en nada a los con-
quistadores y encomenderos de los indios en Amé-
rica, y ni siquiera al emperador y a los de su conse-
jo, y haya querido curarse en salud con el texto
citado en último lugar.
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En el fragmento An liceat civitates infidelium seu
gentilium expugnare ob idolatriam, que data de 1553,
parece completar bajo algunos aspectos estas ideas.
El texto, por no ser completo, no puede ofrecer-
nos más que un servicio subsidiario. Niega primero
que la idolatría, la sodomía u otros pecados contra
la naturaleza sean motivo justo de intervenir con la
fuerza. Sólo Dios en sus juicios insondables y los
jefes de los indios son los jueces naturales. Mien-
tras no se conviertan, la Iglesia no puede intervenir
ni directa ni indirectamente sobre ellos.
El problema más serio para Domingo de Soto
es la matanza de los inocentes para comer sus car-
nes. Son atrocidades que se oponen tanto al dere-
cho natural que parece que éste postula necesaria-
mente la intervención, incluso por la guerra, para
obligar a los indios a cesar en esos crímenes.
Sin embargo, la cuestión no se ve tan clara. En la
parte de los sacrificios humanos se sabe que algunos
se ofrecían voluntarios para ser inmolados a sus dio-
ses y que ordinariamente las víctimas eran prisioneros
de guerra condenados a morir, según sus leyes.
En lo que se refiere al otro hecho, de comer sus
carnes, este crimen es un aspecto del pecado prin-
cipal, que es la idolatría. Nuestra misión ante la
idolatría y sus pecados afines o derivados es con-
vencer a los indios de la verdad de nuestra fe y de
la falsedad de la suya.
Incluso, aunque el pecado de los sacrificios de
hombres inocentes se pudiera combatir con la
guerra según el derecho natural, no es conveniente
hacerlo. Jesucristo no quiere que se corte la cizaña
mezclada en el campo con el trigo, pues se corre el
peligro de que se arranquen las dos cosas. No se
puede corregir un mal con otro mal mayor. Si por
evitar la muerte de unos pocos inocentes, damos
muerte por la guerra a un número considerable-
mente más grande, no debe emprenderse ésta.
El fragmento ofrece un pensamiento incomple-
to, pero no cabe duda que nos ofrece muy útiles
consideraciones. La frase final es muy ilustrativa.
Queda como cortada y como pidiendo cierta expli-
cación, pero es un pensamiento que merece la pena
transcribir. Dice simplemente: “Sólo por el derecho
divino podemos subyugar a los infieles”. Ni el derecho
natural, ni el civil o humano-positivo dan base para
apoderarse del dominio de los indios. El único de-
recho existente es el de la predicación, con las exi-
gencias y condicionamientos que ésta conlleve.
Entonces la única justificación, el único dere-
cho que tienen los españoles, de acuerdo con el
pensamiento de Soto, para dominar a los indíge-
nas, es el derecho de predicarles el Evangelio.
Las Casas, Vitoria y de Soto están de acuerdo en
que son los misioneros quienes deben llevar la
Palabra de Dios a los indios de América, y no los
encomenderos. Los tres repelen la institución de
las encomiendas. Desde el punto de vista teoló-
gico, los tres tienen dudas sobre el derecho que
asistía a España.
No cabe duda de que los escrúpulos de los tres
grandes pensadores dominicos, encabezados por
fray Bartolomé de las Casas con su prédica ardien-
te y su pluma incansable, cambiaron para mejorar
la colonización y evangelización de América e in-
trodujeron en ella el cristianismo a través del traba-
jo de los misioneros, de forma que por primera vez
en la historia humana no se conquistó solamente
con la espada, porque la Cruz de Jesucristo siem-
pre estuvo presente.
Reflexiones sobre la colonización española de América
Fuera de las largas y meticulosas disquisiciones teo-
lógicas, los resultados de la colonización española
en América demuestran que la vida de las gentes
que vivían en el Nuevo Mundo cambió definitiva-
mente después del choque de culturas y civilizacio-
nes, que es resultado de cualquier conquista. No se
pretende con esto justificar abusos ni crímenes co-
metidos por encomenderos ni esclavistas. No se
trata tampoco de explicar el pretendido saqueo de
las riquezas americanas, porque los indios america-
nos no las utilizaban para vivir y esas riquezas no
eran base de su economía ni de su sustento material.
También es necesario dejar claro que desde los
inicios de la colonización y la conquista, numerosos
personajes de las dos grandes órdenes religiosas,
dominicos y franciscanos, entre los que descuellan
figuras del calibre de Antón de Montesinos, Pedro
de Córdoba y sobre todo Bartolomé de las Casas
entre los dominicos, y por los franciscanos destaca
el Gran Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros,
quien nombró a Las Casas Protector Universal de
los Indios, y muchos otros como fray Francisco de
San Román y el Comisario General fray Cristóbal
del Río, contrario a la esclavitud de los indios. Un
violento memorial presentado a los jerónimos en los
inicios de 1517 y escrito en latín, firmado por fray
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Pedro de Córdoba y nueve dominicos más, así co-
mo por el franciscano fray Remigio de Faulx y diez
de sus compañeros, fue el primer documento en-
viado por un grupo de misioneros protestando por
la esclavitud y explotación de los indios, y ese mis-
mo año, y a fines de mayo del mismo año, otro
informe, extenso y explosivo contra los encomen-
deros, fue enviado por tres franciscanos y once
dominicos al Señor de Xevres, ministro de Carlos
V. Ocho días después, el 4 de junio, los provinciales
franciscano y dominico, con los frailes de las dos
órdenes reunidos en sus respectivos capítulos, en-
viaron otro informe, y en 1519, el franciscano fray
Antonio Pedroso denunció la conducta de los en-
comenderos enviando informes a España y se en-
trevistó con las autoridades de Santo Domingo para
denunciar los hechos.
Finalmente, la aparición de las Ordenanzas de
1542 prohibiendo la esclavitud de los indios demos-
tró que el trabajo de los religiosos no había caído en
saco roto y que los naturales de América quedaban
bajo la protección de la Corona de España.
Si se mira desde lejos, desde la distancia de cinco
siglos, el papel de España en el desarrollo de Améri-
ca, sería necesario concordar en que el resultado
final de la hazaña comenzada por el Gran Almirante
y continuada durante más de tres siglos por cientos
de miles de españoles (misioneros, sacerdotes, pre-
lados, militares, colonizadores, exploradores, mari-
neros, comerciantes, artesanos, regidores, alcaldes,
gobernadores, capitanes generales, virreyes) sosteni-
da por el poder de 21 Reyes Católicos, desde Fer-
nando de Aragón e Isabel de Castilla hasta Alfonso
XIII, fue un continente cuyos países y pueblos están
unidos por el uso del idioma español, con habitan-
tes mayoritariamente cristianos y católicos, que
mantienen numerosos usos, costumbres, leyes, valo-
res y tradiciones en gran medida heredados de Es-
paña, y forman una cultura cuya base fundamental
es la cultura española en todos los órdenes de la
existencia, al tiempo que residen en las ciudades que
fundaron los españoles y aún estudian en las univer-
sidades y centros de altos estudios que sus antepa-
sados hispanos erigieron.
¿Qué hizo España en América? ¿Cuál fue el
tesoro que nos dejaron como herencia? Sope-
sando cuidadosamente los pros y los contras, es
muy difícil juzgar a España y condenarla por los
resultados del descubrimiento y la colonización
del Nuevo Mundo, y serían innumerables los
tomos que podrían escribirse sobre el tema. El
saldo final de la colonización española está vivo
y bien visible en todos los países de habla espa-
ñola que representan 620 millones de personas
en el momento actual. De este total, se estima
que hay 350 millones de mestizos de indios y
españoles, y 54 millones de indios puros. En
mayor o menor grado, más de 400 millones de
indígenas y sus descendientes en América viven
en estados que despuntan o están en vías de
desarrollo, y se benefician con los resultados de
la cultura y la civilización occidental.
BIBLIOGRAFÍA
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Vitoria, Fray Francisco de (o.p.). Cf. De potestate civili, 1529; De Indis; 1532.
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Cinco siglos de humanismo dominicano en Cuba
por Salvador Larrúa-Guedes
El humanismo es la filosofía que centra su objetivo
en el hombre y en su situación y destino en el uni-
verso, y con precisión particular, el humanismo
cristiano se dirige a la salvación del hombre de
acuerdo con el proyecto de su Creador. Parte im-
portante y medular del ejercicio del humanismo
cristiano es la sensibilidad y el dolor ante los pro-
blemas de los demás, ante sus sufrimientos y an-
gustias. Es, además, la compasión y la caridad para
remediar y sanar el padecimiento ajeno, la solidari-
dad activa para prestar ayuda al prójimo.
La Orden de Santo Domingo de Guzmán u Or-
den de Predicadores, la Orden de los Dominicos,
para hablar con más sencillez, es una Orden religio-
sa que aporta un hondo contenido humanista, por-
que sus entrañas de compasión y caridad cristiana
hicieron de su fundador, Domingo, un hombre
próximo a los hombres, extraordinariamente sensi-
ble al hambre y a la pobreza, a la esclavitud y al
cautiverio, a la enfermedad y a la muerte, a la injus-
ticia y a la violencia, un religioso que sale a oponerse
a estas situaciones con la denuncia profética y con
gestos concretos de misericordia y amor cristiano.
Era Domingo un hombre que apreciaba en
gran medida la amistad y la comunión fraterna, el
arrepentimiento y la reconciliación, la fe y la recep-
tividad del mensaje evangélico, la virtud y el estilo
de vida evangélica. En todos los desastres de la
historia humana descubre la fuerza del pecado, que
es su raíz, y en la caridad, en la amistad, en la fra-
ternidad, el arrepentimiento, el amor, la gracia sal-
vífica que actúa en medio de la misma historia. Su
comprensión medular del asunto hace que Do-
mingo trasmita a la orden que fundó su propio
carisma, para que los dominicos se preocuparan de
las almas sin despreocuparse de los hombres; y
atendieran a la salvación en el más allá sin desen-
tenderse del más acá de la historia humana.
Así lo han hecho siempre los dominicos a lo
largo de ocho siglos de historia, en todas partes y
en todas las circunstancias. Así lo hicieron también
en Santo Domingo primero y después en Cuba
desde que se establecieron en esta Isla.
⦁ Bartolomé de las Casas
Cuando desembarca en Cuba en 1511, ya viene
marcado por la influencia de los dominicos de
Santo Domingo, que a través de Fray Antón Mon-
tesinos habían denunciado valientemente la explo-
tación de los indios y emplazado a los encomende-
ros españoles para que pusieran fin a la explota-
ción de esos sus hermanos (1). Su iluminación en
la cuaresma de 1514, cuando debía predicar en la
pascua, lo lleva a tomar la misma actitud de de-
nuncia profética de los dominicos de La Española,
y llega a comprender el asunto de tal forma, que
poco después se hace dominico y dedica el resto
de su larga y batalladora existencia a lograr que se
reconozca la naturaleza humana de los indios...
epopeya de amor cristiano cuyo primer episodio
tuvo lugar en nuestra Isla.
⦁ La industria azucarera
Finales del siglo XVI. Ya los dominicos se encuen-
tran establecidos en el centro de la antigua Habana,
en su viejo Convento de San Juan de Letrán. Olvi-
dada por la corona de España y asediada por los
piratas, sin medios de subsistencia y sin poder co-
merciar legalmente más que con España, la Isla y
sus habitantes se debaten en la pobreza. Y en 1592
o 1593 los frailes dominicos, en la persona de su
prior, comienzan a apoyar ante las autoridades de
la villa y el cabildo, el empeño de los vecinos por
implantar los primeros ingenios azucareros de
Cuba que serán la primera industria y fuente de
ingresos estables para el país, ya que portan el co-
nocimiento de Santo Domingo: preocuparse por
las almas sin despreocuparse de los hombres.
El 30 de diciembre de 1595 S.M. Felipe II de
España firmaba la Real Cédula autorizando la
introducción de la industria azucarera en Cuba y
los dominicos, que habían contribuido a conse-
guir un préstamo del monarca para facilitar la
implantación de la industria, establecen sus pro-
pios ingenios en 1596.
Trece años más tarde, con fecha 26 de agosto
de 1609, otro dominico que por coincidencia
histórica era el Obispo de Cuba, fray Juan de las
Cabezas Altamirano, suplicaba a Su Majestad la
suspensión del pago del préstamo real para que
los vecinos pudieran desarrollar la industria. La
gestión tuvo éxito porque de forma muy inteli-
gente el obispo dominico hizo comprender al rey
que con este arbitrio iba a ganar a la larga lo que
perdería de momento, en la medida en que la
colonia de Cuba se desarrollara.
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⦁ La primera Universidad y el primer Seminario
Una vez implantada la industria azucarera, cuando
la economía dio sus primeros pasos, era necesario
instruir a los habitantes de Cuba. Los dominicos
sabían muy bien que no existe desarrollo sin el
conocimiento previo de las letras y de los números.
Su interés por el hombre los impele a crear un
Studium Generale (2) en San Juan de Letrán que ya
funcionaba en año tan lejano como 1650.
En 1670 elevaban a través de fray Diego Romero
la primera solicitud al Cabildo para fundar Universi-
dad en La Habana. Desde ese momento no tuvieron
fin sus gestiones y solicitudes, con un tesón extraor-
dinario, hasta que fundaron la Real y Pontificia Uni-
versidad de San Gerónimo de La Habana el 5 de
enero de 1728, que este año cumplió 270 años.
El primer Seminario Tridentino de Cuba fue
erigido por el famoso Obispo Cabezas Altamirano
en 1605 para cumplir las disposiciones del Concilio
de Trento, las que estipulaban que cada diócesis
debía contar con su propio Seminario para la for-
mación de los futuros sacerdotes.
⦁ Los dominicos y la sublevación de los vegueros
En 1717, los dominicos hicieron causa común con
los vegueros sublevados para defender sus derechos
y levantar el injusto estanco del tabaco impuesto
por la corona de España. Uno de los frailes, lleno de
dolor por la opresión a que eran sometidos los ve-
gueros, llegó a instigarlos a la rebelión, lo que le
valió al Prior, fray Salvador Cabello, una reprimenda
del monarca. Pero el desagrado real no fue un obs-
táculo para que el dominico encabezara la que pasó
a la historia con el nombre de Protesta de los Prio-
res de los Conventos (3) y encabezara la lista de los
firmantes, superiores de las órdenes religiosas esta-
blecidas en La Habana, que rubricaron el rotundo
documento en el que expresaban su oposición a la
injusta medida impuesta por la metrópoli.
Los dominicos estuvieron presentes en los di-
versos episodios de la lucha contra el estanco del
tabaco, en la que la Iglesia católica y el Obispo
Gerónimo de Nostis y de Valdés tuvieron una
participación marcada hasta lograr que el rey desti-
tuyera y expresara su desagrado al gobernador y
Capitán General de la Isla...
⦁ La imprenta y el segundo intento de Universidad
La Universidad de La Habana estaba a punto de
fundarse, pero las Universidades necesitan libros y
en el siglo XVIII los libros eran muy caros, sobre
todo si había que traerlos del otro lado del mar.
Para garantizar la enseñanza de las humanidades
que se iban a impartir en el alto centro docente, el
Prior de San Juan de Letrán, fray Salvador Cabello,
estimuló y financió la fundación de la primera im-
prenta de La Habana y de Cuba, la del belga Carlos
Habré, en 1720, en la que pronto se imprimirían
libros religiosos y textos y tesis universitarias.
El primer escrito que salió de sus prensas fue
un «Sermón a la Virgen Santísima del Rosario»
firmado por el propio fray Salvador Cabello.
Por esa época, los frailes maniobraban para
que el rey de España aprobara un nuevo Conven-
to que de hecho ya existía en Bayamo. El 15 de
noviembre de 1736 se firmó la Real Cédula apro-
bando la fundación, donde echó a andar un nue-
vo Studium Generale sin facultad para conferir
grados universitarios. Los dominicos establecían
de esta forma el embrión de una futura Universi-
dad que habría de ser la primera que funcionara
en el territorio oriental de la Isla.
⦁ La primera Biblioteca
Una universidad para formar a los jóvenes, una
imprenta de donde saldrán los libros para estudiar.
Faltaba una Biblioteca Pública donde se guardaran
las fuentes del conocimiento, los libros. En 1799,
por acuerdo con la Sociedad Patriótica, los domi-
nicos instalan en los locales de su Convento de San
Juan de Letrán la primera Biblioteca Pública que
funcionó en la capital y en la Isla.
⦁ Las Escuelas de Química Azucarera
El siglo XIX fue amargo para los dominicos en
Cuba. La secularización de la Universidad de La
Habana en 1842, la supresión de la orden en ese
mismo año, el rigor de la exclaustración, constitu-
yeron duras pruebas para los frailes.
Pero en 1898 se restauraba la orden en Cuba y
ese mismo año los dominicos franceses de Lyon
establecían una misión en Cienfuegos que pronto
daría frutos muy copiosos. Interesados como
siempre en el desarrollo del hombre, conocedores
de que la primera industria del país había sido
muy dañada por la Guerra del 95 y que el azúcar
debía ser la base de la reactivación económica de
la Isla, concluyeron que la reorganización de la
producción azucarera debía establecerse sobre
bases rigurosamente científicas.
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Así nacieron los primeros Cursos de Química
Azucarera en Cuba, auspiciados por el dominico
fray Regis Gerest con la colaboración de la Se-
cretaría de Instrucción Pública, en 1906. El P.
Gerest elaboró personalmente los programas de
esta enseñanza.
Los cursos evolucionaron con una gran acepta-
ción. Su éxito fue tal, que en septiembre de 1909
fr. Regis Gerest O. P. fundó la primera Escuela de
Química Azucarera que funcionó en la Isla de Cu-
ba, la que estuvo bajo la dirección de fr. Félix He-
de O.P., Doctor en Ciencias, y el Ingeniero Manuel
Bergara. Los dominicos lograron dotar esta Escue-
la con los más modernos y sofisticados equipos y
laboratorios franceses.
⦁ La Academia Católica de Ciencias Sociales
La destrucción de las estructuras de la colonia es-
pañola y la primera organización republicana de
Cuba no podían transitar sin una gran desorienta-
ción ideológica. Un régimen que había durado
cuatrocientos años había cesado: los cubanos co-
menzarían a gobernarse por sí solos. En un país
profundamente católico con una innegable presen-
cia sincrética, se manifestaron con todas sus fuer-
zas varias tendencias que no lograron desarrollarse
en el pasado. Masones socialistas de todos los ti-
pos, anarquistas, comunistas, propagaban doctrinas
de toda clase y contenido, al tiempo que las iglesias
protestantes entraban en la Isla junto con los ejér-
citos interventores.
Las grandes masas de los trabajadores, por lo
general mal instruidas, se confundían ante todas
aquellas opciones distintas, proyectos diferentes,
ideologías importadas... en medio de la pobreza y
la destrucción heredadas de la guerra, la sociedad
cubana, falta de antecedentes y de recursos cultura-
les, trataba de encontrar su propio camino.
Muy pronto los dominicos, protagonistas y es-
pectadores del proceso histórico, concluyeron que
era necesario estudiar los problemas sociales en la
Isla. Así, a principios del siglo XX, surgió la idea
de la Academia Católica de Ciencias Sociales, que
se fundó en el nuevo Convento de San Juan de
Letrán, del Vedado, el 16 de febrero de 1919. Fue
el primer centro de este tipo en Cuba y en Lati-
noamérica, y de ella partieron numerosas iniciativas
dirigidas a solucionar los problemas de los trabaja-
dores, de las mujeres, de los niños, para salvaguar-
dar sus derechos, proporcionarles instrucción,
dotarlos con viviendas decorosas, con pensiones
en caso de accidente, con jubilaciones por vejez.
⦁ Las semillas del futuro
Las paredes de San Juan de Letrán cercan un
recinto de sueños. El aula «Fray Bartolomé de
las Casas», que ha creado nuevos espacios a la
reflexión, es solamente el comienzo, porque la
visita de Su Santidad Juan Pablo II a Cuba en el
pasado mes de enero puso de manifiesto las
enormes posibilidades y las esperanzas de los
católicos de Cuba. Algunos sueños ya germinan,
como los Cursos de Computación que ya fun-
cionan. Otros crecen y se desarrollan en silencio:
un Centro de promoción de la Mujer, un Taller
para la Comunidad Audiovisual de Niños, que
también será Taller Musical, y nuevas formas de
contribuir a la sociedad cubana, de estudiarla, de
ayudarla, de promover a los hombres, de alargar
sus sentidos, de inspirarlos. Formas de preocu-
parse por la vida de los hombres en la tierra y
desbrozar el camino a la otra vida en el Reino.
Notas
(1) Fray Antón de Montesinos no actuaba «per se» sino en representación de la comunidad de los dominicos de La Española,
que delegaron en él la responsabilidad de denunciar la explotación de los indios.
(2) Studium Generale, conjunto de clases de Gramática, Artes (Filosofía) y Teología según el curriculum tradicional, que se impar-
tía en San Juan de Letrán. Aunque se impartían los conocimientos, el Studium no tenía facultad para conferir grados.
(3) El texto completo de la Protesta de los Priores de los Conventos puede leerse en: Pichardo, Hortensia. Documentos para la
historia de Cuba. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1971, t. I, p. 149, doc. 21.

Jubileo 12

  • 1.
    1  misiones ypredicación  celebraciones y oración  diálogo y comunidad  e s t u d i o s y r e f l e x i ó n Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Domingo de Soto Los derechos humanos de los indios y el resultado de la conquista de América Dr. Salvador Larrúa-Guedes Salvador Larrúa-Guedes nació en Camagüey, Cuba, el año 1942. Estudió periodismo, pero se le prohibió ejercer la profesión. En 1970 comienza a estudiar economía, obtendrá el doctorado en 1987. Durante este tiempo enseña economía en la universidad y tra- baja en la Junta Central de Planificación. Abandona ese trabajo en 1989 por desacuerdos con el régimen y se dedica a la historia por su cuenta. Ha publicado varios libros, entre otros: Grandes Figuras y Sucesos de la Iglesia Cubana, Historia de la Orden de Predicadores en la Isla de Cuba, La Academia Católica de Ciencias Sociales y el Primer Código del Trabajo de Cuba, Cinco Siglos de Evangelización Franciscana en Cuba. Enseñó en el Seminario Mayor de La Haba- na, fue miembro de las Fraternidades Laicales Dominicas. Desde 2005 vive en Miami, es Académico de Número de la Academia Cubana de la Historia (en el exilio) desde el 2010, Director del Centro de Documentación Histórica de la Florida Colonial His- pana y asesor histórico de la comisión de canonización de los mártires dominicos, jesuitas y franciscanos de la Florida. Las Casas y el Maestro Vitoria ¿Se vieron? ¿Dialogaron alguna vez cara a cara Bartolomé de Las Casas y el Maestro Vitoria? La respuesta hasta ahora viene siendo negativa. Los dos fueron contemporáneos y ambos eran célebres en la España de su tiempo: Las Casas como pro- motor sin rival de la liberación de los indios de las manos de los conquistadores y encomenderos; Vitoria como creador de una escuela y de un mo- vimiento en pro de los derechos de los individuos y de los pueblos contra la opresión de los gobier- nos y de sus leyes. Verdad es que Las Casas cita varias veces a Vitoria en sus escritos, pero de Vitoria no sabemos que haya hecho alusión alguna a Las Casas. Cuan- do se reflexiona sobre el pensamiento internacio- nalista de Francisco de Vitoria y se examinan las diversas veces que Bartolomé de Las Casas cita a Francisco de Vitoria, se llega a la conclusión de que Bartolomé admiraba al docto Maestro domini- co. Siempre hay elogios del Defensor de los Indios sobre el gran sabio salmantino, calificándole de “el doctísimo Maestro”, “el doctísimo varón”, y cuan- do habla de Vitoria y de Soto dice que son “los doctísimos” y además los califica como “maestros religiosos de clarísimos ingenios”. En la Apología contra Juan Ginés de Sepúlveda se permite Las Casas discrepar de Vitoria, pero salvando cuidadosamente la autoridad del catedrá- tico salmantino, disculpándole de lo que le parece falso y acentuando el sentido condicional de las proposiciones vitorianas. Resulta que en las famo- sas Disputas de Valladolid de 1550-1551, Juan 12
  • 2.
    2 Ginés de Sepúlvedaaduce la autoridad de Francis- co de Vitoria a favor de la licitud y justicia de la guerra de los españoles contra los indios. Sin vacilación y con valentía Bartolomé de Las Casas recoge el guante y analiza los textos de Vito- ria en su Relección sobre los Indios. Ironiza Las Casas con el atrevimiento de Sepúlveda, cuando dice éste que Vitoria aprobó la guerra contra los naturales de América, aunque con argumentos más débiles que los suyos. Analiza Las Casas las dos partes de la relección vitoriana. Está plenamente de acuerdo con la primera donde “refuta los siete títulos por los que la guerra puede parecer justa”. De la segunda, en la que expone los llamados ocho “títulos legítimos”, el Padre Las Casas men- ciona dos cosas que, por una parte, disculpan las expresiones más comprometidas de Francisco de Vitoria y, por otra, les conceden una interpretación moderada, que creo que es la correcta y la que me- jor responde a esa “falta de pudor” y atrevimiento de Juan Ginés de Sepúlveda de citar en su apoyo a personas que “decididamente son opuestos a él”. Esas dos cosas son: a) En sus “títulos legítimos” Vitoria se ha deja- do influir de “noticias falsísimas…, que le fueron comunicadas por esos salteadores (conquistadores y encomenderos), que sin miramiento alguno siembran la destrucción por todo aquel mundo”. b) Vitoria expone sus conclusiones “en forma condicional”. Sólo si se dan esas condiciones podría hablarse de guerra justa por parte de los españoles. Ahora bien, dice Las Casas, como esas condiciones no se dan y esas “circunstancias” exigidas por Vitoria “son falsas” por lo que se refiere a los indios, no cabe la aplicación de la justicia de la guerra a nuestro caso. Hay una cuestión importante en la que Las Casas y Vitoria están plenamente de acuerdo. Es la cuestión del método misionero. El catedrático salmantino fue muy consultado por los misione- ros y por las autoridades civiles y religiosas sobre los problemas de Las Indias, lo que se analiza en detalle en las obras de Vitoria. En un memorial de 1543, Las Casas ofrece al emperador Carlos V un resumen de sus exigen- cias en torno a la situación humillante de los in- dios. En él cita a Francisco de Vitoria en su favor sobre una discusión surgida en las Indias de ca- rácter misional. Se trataba de la clase de prepara- ción que era necesaria para la recepción del bau- tismo por los indios. La consulta dirigida al Em- perador y a su Consejo de Indias fue pasada a la facultad de teología de la Universidad de Sala- manca. El dictamen universitario es de 1541, y entre los firmantes se encuentran Francisco de Vitoria y Domingo de Soto. Aunque el punto principal era la exigencia de una suficiente ins- trucción sobre la fe y las costumbres cristianas para recibir el bautismo los adultos, se veía tam- bién la necesidad de cierta uniformidad en los métodos catequéticos, para no dar pie a los indios para pensar que eran diversas las religiones que profesaban los distintos grupos de misioneros. Las Casas y Domingo de Soto Otro de los personajes de este triálogo es Do- mingo de Soto. Domingo se relacionó y pudo convivir con el Maestro Francisco de Vitoria, y discutió, convivió e intercambió cartas con Bar- tolomé de Las Casas. Soto, pues, se encuentra en el centro y, aunque el triálogo parece flaquear por uno de sus lados, Domingo de Soto se es- forzará por suplirlo por el otro. Francisco de Vitoria en la relección Sobre los Indios ha estudiado en primer lugar los títulos del poder universal del Emperador y del Papa sobre todo el orbe, considerándolos como nulos para explicar un justo dominio de España sobe Las Indias. Eso mismo ha hecho Domingo de Soto; ha estirado todo lo más posible las potestades impe- riales y papales, y se niega a reconocer bajo ningún concepto que los brazos de ambos poderes, por muy largos que se los suponga, puedan tocar juris- diccionalmente al Nuevo Mundo. Domingo de Soto en la relección Sobre el dominio se hace netamente la pregunta, y le da sin más una respuesta rápida y, para nosotros, sorprendente. He aquí el texto: “¿Con qué derecho retenemos el impe- rio ultramarino poco ha descubierto? En verdad yo no lo sé”. Nos sorprende la sencillez y el humilde reconocimiento de su nulidad ante el problema en un maestro de tan reconocido prestigio, que parecería debería tener respuesta para todo. El verdadero sabio es también humilde, porque sabe que no debe ense- ñar como verdad lo que no está bien comprobado. Trece años más tarde, cuando ya se había pro- nunciado Francisco de Vitoria abiertamente sobre estos temas en sus relecciones americanistas y co- rrían éstas manuscritas entre sus discípulos, da la
  • 3.
    3 impresión de queDomingo de Soto sigue con dudas importantes sobre el particular. Bartolomé de las Casas escribe a nuestro teólogo una carta hacia 1548, para que favorezca sus proposiciones indigenistas ante la corte. En esta carta podemos apreciar la serena pru- dencia de un sabio, característica de nuestro teó- logo. Dice ahí que Soto le ha escrito varias veces y que le ha manifestado que no sabe qué respon- der definitivamente a esos problemas, porque las noticias que llegaban de allende los mares eran muy distintas y contrarias unas a otras. Las Casas le advierte que hay un criterio para discernir la verdad de la mentira en esas manifestaciones. Ese criterio es el interés o desinterés de los informa- dores. Los que tienen sus riquezas fundadas en el abuso de los indios, robándoles y sirviéndose de ellos como esclavos, ésos dan informes favora- bles a la encomienda y desfavorables sobre la capacidad y las cualidades de los indios. Los misioneros, los varones verdaderamente apostólicos, los que no buscan enriquecerse a costa de crímenes e injusticias, los verdaderamente desin- teresados, ésos dicen la verdad. Fray Bartolomé de Las Casas habla de otras cartas de misioneros do- minicos enviadas por él a Domingo de Soto. Son cartas de los misioneros, que el propio Las Casas se llevó consigo de Salamanca en 1544. Esos docu- mentos, le dice el Defensor de los Indios a Soto, deben ser un testimonio de irrecusable valor para el teólogo del convento salmantino de San Esteban. En realidad la solución está en dos cosas: que desaparezcan las conquistas y que desaparezcan las encomiendas. También Soto, a pesar de no ser tan impulsivo como Las Casas, participa de la necesidad de ese remedio, y lo hace con un len- guaje verdaderamente lascasiano: las encomien- das hay que cortarlas, dice, “como con un cuchi- llo”. Y así lo menciona fray Bartolomé, haciendo referencia a una carta de Soto: “Grande alegría rescibí con la merced de vuestra pater- nidad y esperanza muy grande de ver antes que me muera el fin de mis trabajos y deseos cumplidos por el remedio de aquellas ánimas, que sólo consiste en que Su Majestad provea dos cosas que, si yo sé algo de la ley de Cristo, es obligado a proveer de precepto divino. La una quitar aquel oprobio e infamia de la fe tan grande, que son las iniquísi- mas conquistas, y éstas no están quitadas, como luego diré. La segunda que su Majestad incorpore absolutamente en su corona real todos los indios vasallos, deshaciendo y aniqui- lando este repartimiento como con el cuchillo, que vuestra paternidad dice, y así todos aquellos tiranos los querrían, y que el rey quedase solo señor de los mismos”. Vuelve Las Casas al final de este documento sobre la indecisión de Soto hasta lograr una infor- mación completa sobre las últimas guerras de Las Indias. Le había manifestado al Defensor de los Indios en carta que esperaba la llegada de don Pe- dro La Gasca o el envío de sus informes, que pen- saba serían definitivos o suficientemente comple- tos. Las Casas le quiere desengañar de antemano, advirtiéndole que la labor pacificadora de La Gasca es sin duda laudable; pero tampoco La Gasca es de fiar del todo. En sus actuaciones en las Indias hay muchas cosas que no son buenas ni justas. Los pá- rrafos sobre La Gasca se los escribe a Soto en latín, para que no se escandalice el vulgo, si alcanza a leer esta carta. Por otra parte, las notificaciones de Pedro La Gasca no pueden ser una “información plena- ria”, pues no ha recorrido todas Las Indias. “Información plenaria”. Domingo de Soto de- bió tardar todavía bastante en ver realizado su sueño. En efecto, dos años más tarde continuó nuestro teólogo en parecidas indecisiones. Lo ve- mos manifiestamente a propósito de las famosas disputas en las juntas de Valladolid de 1550 y 1551 entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas. Domingo de Soto fue uno de los teólogos asistentes y el encargado de resumir el contenido de esas discusiones. El problema de Soto no son las encomiendas. Sobre ellas tiene una posición adversa bien definida, pues escribía a Las Casas que debían “ser cortadas como con cuchillo”. El problema estaba en las gue- rras de conquista como medio para la evangeliza- ción. Domingo de Soto en su resumen de las dispu- tas entre Sepúlveda y Las Casas advierte que fue ése en concreto el tema en que ambos controversistas centraron todas las discusiones. El Emperador sin embargo los había convocado para examinar el método mejor para convertir a los indios y reducir- los a la obediencia de España sin cometer injusti- cias, que dejaran intranquila la conciencia imperial. Lo explica Soto en estos términos: “El punto que vuestras señorías, mercedes y paternidades pretenden aquí consultar, es, en general, inquirir e constituir la forma y leyes cómo nuestra santa fe católica se puede predicar e pro- mulgar en aquel nuevo orbe que Dios nos ha descubierto, como más sea a su santo servicio, y examinar qué forma puede haber cómo quedasen aquellas gentes sujetas a la Majestad del emperador nuestro señor, sin lesión de su real conciencia, conforme a la bula de Alejandro.
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    4 “Espero estos señoresproponentes no han tratado esta cosa así, en general y en forma de consulta; mas en particu- lar han tratado y disputado esta cuestión, conviene a saber: si es lícito a su Majestad hacer guerra a aquellos indios antes de que se les predique la fe, para sujetallos a su impe- rio y que, después de sujetados, puedan más fácil y cómoda- mente ser enseñados y alumbrados por la doctrina evangélica del conocimiento de sus errores y de la verdad cristiana”. Para Domingo de Soto la cuestión única es la evangelización. No trata aquí la cuestión del dominio en sí mismo de los reyes de España o del emperador, pues la sola razón de extender la jurisdicción no tiene en Soto justificación alguna. El fin exclusivo es la predicación del Evangelio; lo demás son sólo medios, buenos o malos, para la consecución de ese fin. Juan Ginés de Sepúlveda defendía a este respec- to que era necesario someter los indios al empera- dor y, una vez sometidos, es cuando se los puede evangelizar. Si los indios no aceptan el vasallaje al rey de España, es necesario emplear la fuerza y todos los recursos de la guerra, que sean necesarios para conseguir la sumisión. Para fray Bartolomé de Las Casas lo primero es la predicación y, una vez convertidos, los reyes de España los admiten bajo su jurisdicción con algunos tributos razonables, pero sin quitarles a los indios sus bienes ni el dominio que tengan los jefes indios sobre sus tribus y pueblos. La predicación debe ser siempre pacífica, sin emplear la fuerza o la guerra. Las Casas se niega a reconocer algún valor a la razón fundamental de Sepúlveda: que, después de vencidos los infieles y sometidos, se les predica con mayor eficacia la fe cristiana. La fe, responde el De- fensor de los Indios, es sujeción del entendimiento y requiere buena voluntad hacia los que la predican, y esto es imposible conseguirlo por la guerra. Trae a este propósito muchos testimonios de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, para probar la nece- sidad del buen ejemplo en los predicadores, la bon- dad, la mansedumbre, la modestia. Ir con las armas en las manos es seguir, no el ejemplo y mandato de Jesucristo, sino el ejemplo y las leyes de Mahoma. No vale para el obispo de Chiapas el subterfu- gio: nuestro fin no es introducirles la fe por la fuerza, sino que empleamos sólo la fuerza de las armas para dominarlos y predicarles. “Porque a la verdad –escribe Las Casas– no sólo es esto fuerza indi- recta, sino inmediatamente directa, pues que dicen que en estas guerras se ha de tener intención de predicarles después la fe. Porque esto es engendralles primero miedo y fuerza para de temor reciban vanamente la fe. Porque, si unos ven los estragos, robos y muertes que sus vecinos padecen, por no padecer ellos mismos aquello, recibirán vanamente la fe, sin saber lo que reciben”. Las Casas había señalado seis casos en los que la Iglesia, según los canonistas, podía hacer la guerra a los infie- les, pero precisará con cuidado que ninguno de ellos es aplicable a los indios. Estos casos son los siguientes: 1º Si han ocupado violenta- mente tierras de cristianos. 2º “Si con pecados graves de idolatría, ensucian y contaminan nuestra fe, sacramentos, o tem- plos o imágenes, y por ende mandó Constantino que no se permitiese a los gentiles tener ídolos donde los cristianos se pudiesen escandalizar”. 3º “Si blasfeman el nombre de Jesucristo o de los santos o de la Iglesia a sabiendas”. 4º Si a sabiendas impiden la predicación. 5º Si hacen ellos la guerra a los cristianos. 6º Para librar a los inocentes, aunque esto no es completamente obligado, porque la guerra traería un mal mayor, como es la muerte de un número más grande de inocentes. Domingo de Soto no está muy conforme con todas las distinciones que hace el obispo de Chia- pas para defender a los indios del Nuevo Mundo. Introduce por ello en este resumen de las disputas entre Las Casas y Sepúlveda algo de su pensamien- to personal. Cree el profesor de la Universidad de Salamanca que el Defensor de los Indios se excede en sus argumentaciones, dando más libertad a los indios de la que les corresponde. Si impiden la fe a sabiendas de lo que hacen, como los moros que ya tienen noticia de nuestra religión cristiana, es lícito declararles la guerra. Pero, si impiden la predicación, creyendo que los vamos a robar o matar como a enemigos, entonces
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    5 no cabe laguerra justa. Esta distinción lascasiana es rechazada por Soto. Otra distinción del Defensor de los Indios, que tampoco satisface a Domingo de Soto, es la si- guiente: si son sólo los príncipes los que impiden la predicación, cabe la guerra justa. Pero, si es todo el pueblo el que no quiere escuchar, sino permanecer en su antigua religión, no hay posibilidad de justifi- car una contienda bélica. El catedrático salmantino salta por encima de todas estas distinciones, para decir que existe un derecho plenamente fundado, que es el poder y la facultad otorgados por Jesucristo a todos los cris- tianos de predicar el Evangelio a todo el mundo, según las palabras recogidas por Mc 16, 15: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Y comenta Soto: “por la cuales palabras parece que tenemos derecho de ir a predicar a todas las gentes, y amparar y defender a los predicadores con armas, si fuere menester, para que los dejen predicar”. Las Casas establecía aquí una distinción. Este precepto evangélico no nos obliga a forzar a los gentiles a que nos oigan, sino sólo a predicarles, en el caso de que nos quieran oír. El catedrático sal- mantino cree que se equivoca el Defensor de los Indios en esta interpretación: “Y para advertir –dice– a vuestras señorías y merce- des, parece que el señor obispo (si no me engaño) se engañó en la equivocación. Porque otra cosa es que los podamos forzar a que nos dejen predicar, lo cual es opinión de muchos doctores; otra cosa es que los podamos compeler a que ven- gan a nuestros sermones, en lo cual no hay tanta apariencia [o claridad]. Y esto es lo que él allí trató, que no los pode- mos forzar a que nos oigan”. En estas precisiones es donde está para Do- mingo de Soto el núcleo esencial del problema. La cuestión no es el fin de la predicación, que es un mandato de Jesucristo, con su fondo de derecho natural de la enseñanza de la verdad. El problema se plantea sobre el uso de la fuerza o la guerra co- mo medio para conseguir ese fin: ¿Podemos forzar a los indios para que nos de- jen predicar la palabra de Dios? Según muchos autores –contra el parecer de Bartolomé de Las Casas-, eso se puede hacer. Y Domingo de Soto está de acuerdo con esta respuesta afirmativa, en el sentido de poder quitar con la fuerza todos los obstáculos que se oponen a esa predicación. ¿Se puede forzar a los naturales a escuchar la predicación cristiana? Pero hay otra cuestión, otra pregunta muy relacio- nada con la anterior y cuya respuesta es más com- prometida y difícil. La pregunta es la siguiente: ¿po- demos forzar a los indios a venir a nuestra predica- ción? En esto, confiesa Soto, ya no hay tanta clari- dad: “no hay tanta apariencia”, dice literalmente. Las Casas, sin embargo, consiguió probar enton- ces, utilizando cuatro razones, que no se puede forzar a los indios a que oigan a los predicadores. Al terminar el estudio de la cuarta de esas razones, fray Domingo de Soto, que consideraba que este detalle era muy importante, advirtió lo siguiente: “Este punto examinarse ha más después en esta sapientísima consulta”. Es la interpretación de la frase evangélica de Lc 14, 34: fuérzalos a entrar (compelle intrare). Sobre esa frase discutirán algo más adelante; es la objeción segunda de Sepúlveda y la réplica segunda de Las Casas. Se puede pensar que las dudas de Domingo de Soto no afectan a este problema. Desde su primera obra en que trata este asunto hasta la última pensó con Bartolomé de Las Casas que no se puede obli- gar por la fuerza a los indios a que oigan la predi- cación. Sus dudas, como hemos podido apreciar, afectan sólo a las causas inmediatas de las guerras de conquista. Por eso esperaba una información completa, que juzgamos que nunca llegó. En lo referente a la predicación y a sus exigen- cias su pensamiento es constante desde su relec- ción Sobre el dominio, en que por primera vez en 1535, ofreció su parecer, y el Comentario al Cuarto Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, en el que trata este asunto por última vez, en 1557, tres años antes de su muerte. Es una sola página la que dedica en la relección Sobre el dominio, de modo explícito, al tema del do- minio español en el Nuevo Mundo, pero es una página digna de que se le dedique concentrada me- ditación, y es susceptible de un amplio comentario. Francisco de Vitoria había hecho ya alusiones al tema en sus cartas y lecciones de clase. Estaría por entonces madurando, igual que Domingo de Soto, una posible solución. En el convento de San Esteban de Salamanca, con las cartas de sus misioneros de América en las manos, se comen- taban entre los frailes los problemas de Las In- dias, y se irían dibujando entre ellos diversas solu- ciones. El esbozo de Domingo de Soto parece tener como fondo los informes de los misioneros.
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    6 Nuestro teólogo comienzasu argumentación recordándonos las palabras de Jesucristo, al despedir- se de sus discípulos, momentos antes de su ascen- sión: “Id; predicad el Evangelio a toda criatura”. Ya tene- mos un derecho bien claro e impuesto como manda- to grave: el derecho y la correspondiente obligación de predicar el Evangelio de Cristo en todos los luga- res de la tierra. Parece haber aquí un título legítimo de nuestra presencia (de los españoles) en Las Indias. Pero es sólo un título de presencia para predicar; nunca será un título de apropiación de tierras o de pueblos, ni mucho menos un títu- lo de conquista por la fuerza o la violencia de las armas. Domingo de Soto avanza con lentitud, como midiendo bien sus pasos en todo lo que dice. Una consecuencia del deber y del derecho de la predicación es el derecho de defenderse de aqué- llos que impiden esa predicación. Es aquí donde caben los abusos. La avaricia, el afán de enrique- cerse, puede buscar apoyo en este mero derecho de defensa, para la guerra y la apropiación de los bienes de los indios; Soto lo condena expresamente. Para precisar mejor su pensamiento y cortar otra disculpa o posible fuente de abusos, recuerda los pasajes evangélicos de Mt 10, 3-23 y de Lc 9, 1-6: “Os envío como ovejas en medio de lobos…; no toméis nada para el camino, ni báculo, ni alforja, ni pan, ni dinero…”. Y advierte el Señor a sus discípulos que, si en alguna población no los quieren recibir, no recurran a la violencia, sino que “basta con salir de aquel poblado y sacudirse el polvo de los pies en testimonio contra ellos”. La consecuencia es clara; no es lícito forzar a los indios a que vayan a oír a los misioneros, sino dejarlos y encomendar su causa al Dios de los cielos. En el Comentario al Cuarto Libro de las Sentencias expresa esta misma doctrina mediante dos conclu- siones, con sus correspondientes pruebas, clara y concisamente expuestas. Primera conclusión: la Iglesia y cada creyente tienen el derecho divino y natural de promulgar el Evangelio por toda la tierra. La prueba que hace referencia al derecho di- vino son los textos evangélicos ya citados. La prueba correspondiente al derecho natural es que todos los hombres tienen libertad y facultad “para enseñar a otros” (ius docendi) y persuadir sobre las normas del bien obrar. Segunda conclusión: si alguno nos impidiere la predicación del Evangelio, con justicia podríamos responder a esa violencia con las armas, a no ser donde veamos por experiencia que eso origina escándalo e injuria de la fe. Para una más fácil inteligencia de esta segunda conclusión, añade seguidamente esta nota: si un prín- cipe nos impide el ingreso en su territorio con la fuerza o encarcela a los predicadores, cuando van a sus pueblos a predicar, podemos rechazar esa fuerza con otra fuerza. Las razones que da para pro- bar la conclusión segunda son dos. La primera es que, actuando de esa forma, los mencionados jefes de los indios nos quitarían nuestro derecho afirmado en la primera conclusión. Sin embargo –continúa argu- yendo Soto– a los que no quieran oírnos, no los podemos obligar por la fuerza a que nos oigan. La razón no es otra que el derecho sólo nos permite predicar. Obligar a que nos oigan, sería como forzarlos a la fe, que es plenamente libre. La segunda conclusión había exceptuado el caso de que se originara escándalo con nuestra actitud violenta con respecto a los que impiden la predica- ción. En efecto, si por esa guerra diésemos tal es- cándalo a los naturales que concibieran odio contra la fe, debería cesar esa guerra como un mal mayor. Los 22 años que median entre las dos obras (De Dominio e In Quartum Sententiarum) no parecen ha- ber cambiado sustancialmente la solución. La única posible diferencia es el deje de cierta inseguridad que manifiesta en la primera de las dos obras. Al final de la exposición de su pensamiento americanista escribe en la relección De dominio: “No he dicho estas cosas para condenar todo cuanto se ha hecho entre los indios. Los juicios de Dios son insonda- bles, y quizás quiere Dios convertir a tan numerosas gentes por una vía desconocida para nosotros”. Tal vez Domingo de Soto se haya dado cuenta de que su doctrina no favorece en nada a los con- quistadores y encomenderos de los indios en Amé- rica, y ni siquiera al emperador y a los de su conse- jo, y haya querido curarse en salud con el texto citado en último lugar.
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    7 En el fragmentoAn liceat civitates infidelium seu gentilium expugnare ob idolatriam, que data de 1553, parece completar bajo algunos aspectos estas ideas. El texto, por no ser completo, no puede ofrecer- nos más que un servicio subsidiario. Niega primero que la idolatría, la sodomía u otros pecados contra la naturaleza sean motivo justo de intervenir con la fuerza. Sólo Dios en sus juicios insondables y los jefes de los indios son los jueces naturales. Mien- tras no se conviertan, la Iglesia no puede intervenir ni directa ni indirectamente sobre ellos. El problema más serio para Domingo de Soto es la matanza de los inocentes para comer sus car- nes. Son atrocidades que se oponen tanto al dere- cho natural que parece que éste postula necesaria- mente la intervención, incluso por la guerra, para obligar a los indios a cesar en esos crímenes. Sin embargo, la cuestión no se ve tan clara. En la parte de los sacrificios humanos se sabe que algunos se ofrecían voluntarios para ser inmolados a sus dio- ses y que ordinariamente las víctimas eran prisioneros de guerra condenados a morir, según sus leyes. En lo que se refiere al otro hecho, de comer sus carnes, este crimen es un aspecto del pecado prin- cipal, que es la idolatría. Nuestra misión ante la idolatría y sus pecados afines o derivados es con- vencer a los indios de la verdad de nuestra fe y de la falsedad de la suya. Incluso, aunque el pecado de los sacrificios de hombres inocentes se pudiera combatir con la guerra según el derecho natural, no es conveniente hacerlo. Jesucristo no quiere que se corte la cizaña mezclada en el campo con el trigo, pues se corre el peligro de que se arranquen las dos cosas. No se puede corregir un mal con otro mal mayor. Si por evitar la muerte de unos pocos inocentes, damos muerte por la guerra a un número considerable- mente más grande, no debe emprenderse ésta. El fragmento ofrece un pensamiento incomple- to, pero no cabe duda que nos ofrece muy útiles consideraciones. La frase final es muy ilustrativa. Queda como cortada y como pidiendo cierta expli- cación, pero es un pensamiento que merece la pena transcribir. Dice simplemente: “Sólo por el derecho divino podemos subyugar a los infieles”. Ni el derecho natural, ni el civil o humano-positivo dan base para apoderarse del dominio de los indios. El único de- recho existente es el de la predicación, con las exi- gencias y condicionamientos que ésta conlleve. Entonces la única justificación, el único dere- cho que tienen los españoles, de acuerdo con el pensamiento de Soto, para dominar a los indíge- nas, es el derecho de predicarles el Evangelio. Las Casas, Vitoria y de Soto están de acuerdo en que son los misioneros quienes deben llevar la Palabra de Dios a los indios de América, y no los encomenderos. Los tres repelen la institución de las encomiendas. Desde el punto de vista teoló- gico, los tres tienen dudas sobre el derecho que asistía a España. No cabe duda de que los escrúpulos de los tres grandes pensadores dominicos, encabezados por fray Bartolomé de las Casas con su prédica ardien- te y su pluma incansable, cambiaron para mejorar la colonización y evangelización de América e in- trodujeron en ella el cristianismo a través del traba- jo de los misioneros, de forma que por primera vez en la historia humana no se conquistó solamente con la espada, porque la Cruz de Jesucristo siem- pre estuvo presente. Reflexiones sobre la colonización española de América Fuera de las largas y meticulosas disquisiciones teo- lógicas, los resultados de la colonización española en América demuestran que la vida de las gentes que vivían en el Nuevo Mundo cambió definitiva- mente después del choque de culturas y civilizacio- nes, que es resultado de cualquier conquista. No se pretende con esto justificar abusos ni crímenes co- metidos por encomenderos ni esclavistas. No se trata tampoco de explicar el pretendido saqueo de las riquezas americanas, porque los indios america- nos no las utilizaban para vivir y esas riquezas no eran base de su economía ni de su sustento material. También es necesario dejar claro que desde los inicios de la colonización y la conquista, numerosos personajes de las dos grandes órdenes religiosas, dominicos y franciscanos, entre los que descuellan figuras del calibre de Antón de Montesinos, Pedro de Córdoba y sobre todo Bartolomé de las Casas entre los dominicos, y por los franciscanos destaca el Gran Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, quien nombró a Las Casas Protector Universal de los Indios, y muchos otros como fray Francisco de San Román y el Comisario General fray Cristóbal del Río, contrario a la esclavitud de los indios. Un violento memorial presentado a los jerónimos en los inicios de 1517 y escrito en latín, firmado por fray
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    8 Pedro de Córdobay nueve dominicos más, así co- mo por el franciscano fray Remigio de Faulx y diez de sus compañeros, fue el primer documento en- viado por un grupo de misioneros protestando por la esclavitud y explotación de los indios, y ese mis- mo año, y a fines de mayo del mismo año, otro informe, extenso y explosivo contra los encomen- deros, fue enviado por tres franciscanos y once dominicos al Señor de Xevres, ministro de Carlos V. Ocho días después, el 4 de junio, los provinciales franciscano y dominico, con los frailes de las dos órdenes reunidos en sus respectivos capítulos, en- viaron otro informe, y en 1519, el franciscano fray Antonio Pedroso denunció la conducta de los en- comenderos enviando informes a España y se en- trevistó con las autoridades de Santo Domingo para denunciar los hechos. Finalmente, la aparición de las Ordenanzas de 1542 prohibiendo la esclavitud de los indios demos- tró que el trabajo de los religiosos no había caído en saco roto y que los naturales de América quedaban bajo la protección de la Corona de España. Si se mira desde lejos, desde la distancia de cinco siglos, el papel de España en el desarrollo de Améri- ca, sería necesario concordar en que el resultado final de la hazaña comenzada por el Gran Almirante y continuada durante más de tres siglos por cientos de miles de españoles (misioneros, sacerdotes, pre- lados, militares, colonizadores, exploradores, mari- neros, comerciantes, artesanos, regidores, alcaldes, gobernadores, capitanes generales, virreyes) sosteni- da por el poder de 21 Reyes Católicos, desde Fer- nando de Aragón e Isabel de Castilla hasta Alfonso XIII, fue un continente cuyos países y pueblos están unidos por el uso del idioma español, con habitan- tes mayoritariamente cristianos y católicos, que mantienen numerosos usos, costumbres, leyes, valo- res y tradiciones en gran medida heredados de Es- paña, y forman una cultura cuya base fundamental es la cultura española en todos los órdenes de la existencia, al tiempo que residen en las ciudades que fundaron los españoles y aún estudian en las univer- sidades y centros de altos estudios que sus antepa- sados hispanos erigieron. ¿Qué hizo España en América? ¿Cuál fue el tesoro que nos dejaron como herencia? Sope- sando cuidadosamente los pros y los contras, es muy difícil juzgar a España y condenarla por los resultados del descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo, y serían innumerables los tomos que podrían escribirse sobre el tema. El saldo final de la colonización española está vivo y bien visible en todos los países de habla espa- ñola que representan 620 millones de personas en el momento actual. De este total, se estima que hay 350 millones de mestizos de indios y españoles, y 54 millones de indios puros. En mayor o menor grado, más de 400 millones de indígenas y sus descendientes en América viven en estados que despuntan o están en vías de desarrollo, y se benefician con los resultados de la cultura y la civilización occidental. BIBLIOGRAFÍA Clayton, Lawrence A., El Cardenal y el Cura: Cisneros y Las Casas, 1516-1517. I Congreso Internacional de Historiadores Domini- cos, Managua, 2004 Clayton, Lawrence A., Bartolomé de las Casas: A Biography. New York, Cambridge University Press, 2012. Hernández Martín, Ramón (o.p.), Vida y pensamiento internacionalista, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 1995, págs. 347-356. Larrúa Guedes, Salvador, Presencia de los Dominicos en Cuba. Universidad Santo Tomás de Aquino, Santafé de Bogotá, 1997 Larrúa Guedes, Salvador, Historia de la Orden de Predicadores en la Isla de Cuba. Universidad Santo Tomás de Aquino, Santafé de Bogotá, 1999 Larrúa Guedes, Salvador, Franciscanos y Dominicos en la Evangelización del Nuevo Mundo. I Congreso de Historiadores Dominicos, Managua, 2004 Las Casas, Fray Bartolomé de las (o.p.). Obras Completas. 9. Apología. Edición de Ángel Losada. Alianza Editorial, Madrid 1989, págs. 626-629. Opúsculos, cartas y memoriales… Edición por J. Pérez de Tudela Bueso, en “Biblioteca de Autores Españoles”(BAE), nº 110, Ma- drid 1958, págs. 181-203. Soto, Fray Domingo de (o.p.). De Dominio, Salamanca, 1534, pp. 162 ss. Vitoria, Fray Francisco de (o.p.). Cf. De potestate civili, 1529; De Indis; 1532.
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    9 Cinco siglos dehumanismo dominicano en Cuba por Salvador Larrúa-Guedes El humanismo es la filosofía que centra su objetivo en el hombre y en su situación y destino en el uni- verso, y con precisión particular, el humanismo cristiano se dirige a la salvación del hombre de acuerdo con el proyecto de su Creador. Parte im- portante y medular del ejercicio del humanismo cristiano es la sensibilidad y el dolor ante los pro- blemas de los demás, ante sus sufrimientos y an- gustias. Es, además, la compasión y la caridad para remediar y sanar el padecimiento ajeno, la solidari- dad activa para prestar ayuda al prójimo. La Orden de Santo Domingo de Guzmán u Or- den de Predicadores, la Orden de los Dominicos, para hablar con más sencillez, es una Orden religio- sa que aporta un hondo contenido humanista, por- que sus entrañas de compasión y caridad cristiana hicieron de su fundador, Domingo, un hombre próximo a los hombres, extraordinariamente sensi- ble al hambre y a la pobreza, a la esclavitud y al cautiverio, a la enfermedad y a la muerte, a la injus- ticia y a la violencia, un religioso que sale a oponerse a estas situaciones con la denuncia profética y con gestos concretos de misericordia y amor cristiano. Era Domingo un hombre que apreciaba en gran medida la amistad y la comunión fraterna, el arrepentimiento y la reconciliación, la fe y la recep- tividad del mensaje evangélico, la virtud y el estilo de vida evangélica. En todos los desastres de la historia humana descubre la fuerza del pecado, que es su raíz, y en la caridad, en la amistad, en la fra- ternidad, el arrepentimiento, el amor, la gracia sal- vífica que actúa en medio de la misma historia. Su comprensión medular del asunto hace que Do- mingo trasmita a la orden que fundó su propio carisma, para que los dominicos se preocuparan de las almas sin despreocuparse de los hombres; y atendieran a la salvación en el más allá sin desen- tenderse del más acá de la historia humana. Así lo han hecho siempre los dominicos a lo largo de ocho siglos de historia, en todas partes y en todas las circunstancias. Así lo hicieron también en Santo Domingo primero y después en Cuba desde que se establecieron en esta Isla. ⦁ Bartolomé de las Casas Cuando desembarca en Cuba en 1511, ya viene marcado por la influencia de los dominicos de Santo Domingo, que a través de Fray Antón Mon- tesinos habían denunciado valientemente la explo- tación de los indios y emplazado a los encomende- ros españoles para que pusieran fin a la explota- ción de esos sus hermanos (1). Su iluminación en la cuaresma de 1514, cuando debía predicar en la pascua, lo lleva a tomar la misma actitud de de- nuncia profética de los dominicos de La Española, y llega a comprender el asunto de tal forma, que poco después se hace dominico y dedica el resto de su larga y batalladora existencia a lograr que se reconozca la naturaleza humana de los indios... epopeya de amor cristiano cuyo primer episodio tuvo lugar en nuestra Isla. ⦁ La industria azucarera Finales del siglo XVI. Ya los dominicos se encuen- tran establecidos en el centro de la antigua Habana, en su viejo Convento de San Juan de Letrán. Olvi- dada por la corona de España y asediada por los piratas, sin medios de subsistencia y sin poder co- merciar legalmente más que con España, la Isla y sus habitantes se debaten en la pobreza. Y en 1592 o 1593 los frailes dominicos, en la persona de su prior, comienzan a apoyar ante las autoridades de la villa y el cabildo, el empeño de los vecinos por implantar los primeros ingenios azucareros de Cuba que serán la primera industria y fuente de ingresos estables para el país, ya que portan el co- nocimiento de Santo Domingo: preocuparse por las almas sin despreocuparse de los hombres. El 30 de diciembre de 1595 S.M. Felipe II de España firmaba la Real Cédula autorizando la introducción de la industria azucarera en Cuba y los dominicos, que habían contribuido a conse- guir un préstamo del monarca para facilitar la implantación de la industria, establecen sus pro- pios ingenios en 1596. Trece años más tarde, con fecha 26 de agosto de 1609, otro dominico que por coincidencia histórica era el Obispo de Cuba, fray Juan de las Cabezas Altamirano, suplicaba a Su Majestad la suspensión del pago del préstamo real para que los vecinos pudieran desarrollar la industria. La gestión tuvo éxito porque de forma muy inteli- gente el obispo dominico hizo comprender al rey que con este arbitrio iba a ganar a la larga lo que perdería de momento, en la medida en que la colonia de Cuba se desarrollara.
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    10 ⦁ La primeraUniversidad y el primer Seminario Una vez implantada la industria azucarera, cuando la economía dio sus primeros pasos, era necesario instruir a los habitantes de Cuba. Los dominicos sabían muy bien que no existe desarrollo sin el conocimiento previo de las letras y de los números. Su interés por el hombre los impele a crear un Studium Generale (2) en San Juan de Letrán que ya funcionaba en año tan lejano como 1650. En 1670 elevaban a través de fray Diego Romero la primera solicitud al Cabildo para fundar Universi- dad en La Habana. Desde ese momento no tuvieron fin sus gestiones y solicitudes, con un tesón extraor- dinario, hasta que fundaron la Real y Pontificia Uni- versidad de San Gerónimo de La Habana el 5 de enero de 1728, que este año cumplió 270 años. El primer Seminario Tridentino de Cuba fue erigido por el famoso Obispo Cabezas Altamirano en 1605 para cumplir las disposiciones del Concilio de Trento, las que estipulaban que cada diócesis debía contar con su propio Seminario para la for- mación de los futuros sacerdotes. ⦁ Los dominicos y la sublevación de los vegueros En 1717, los dominicos hicieron causa común con los vegueros sublevados para defender sus derechos y levantar el injusto estanco del tabaco impuesto por la corona de España. Uno de los frailes, lleno de dolor por la opresión a que eran sometidos los ve- gueros, llegó a instigarlos a la rebelión, lo que le valió al Prior, fray Salvador Cabello, una reprimenda del monarca. Pero el desagrado real no fue un obs- táculo para que el dominico encabezara la que pasó a la historia con el nombre de Protesta de los Prio- res de los Conventos (3) y encabezara la lista de los firmantes, superiores de las órdenes religiosas esta- blecidas en La Habana, que rubricaron el rotundo documento en el que expresaban su oposición a la injusta medida impuesta por la metrópoli. Los dominicos estuvieron presentes en los di- versos episodios de la lucha contra el estanco del tabaco, en la que la Iglesia católica y el Obispo Gerónimo de Nostis y de Valdés tuvieron una participación marcada hasta lograr que el rey desti- tuyera y expresara su desagrado al gobernador y Capitán General de la Isla... ⦁ La imprenta y el segundo intento de Universidad La Universidad de La Habana estaba a punto de fundarse, pero las Universidades necesitan libros y en el siglo XVIII los libros eran muy caros, sobre todo si había que traerlos del otro lado del mar. Para garantizar la enseñanza de las humanidades que se iban a impartir en el alto centro docente, el Prior de San Juan de Letrán, fray Salvador Cabello, estimuló y financió la fundación de la primera im- prenta de La Habana y de Cuba, la del belga Carlos Habré, en 1720, en la que pronto se imprimirían libros religiosos y textos y tesis universitarias. El primer escrito que salió de sus prensas fue un «Sermón a la Virgen Santísima del Rosario» firmado por el propio fray Salvador Cabello. Por esa época, los frailes maniobraban para que el rey de España aprobara un nuevo Conven- to que de hecho ya existía en Bayamo. El 15 de noviembre de 1736 se firmó la Real Cédula apro- bando la fundación, donde echó a andar un nue- vo Studium Generale sin facultad para conferir grados universitarios. Los dominicos establecían de esta forma el embrión de una futura Universi- dad que habría de ser la primera que funcionara en el territorio oriental de la Isla. ⦁ La primera Biblioteca Una universidad para formar a los jóvenes, una imprenta de donde saldrán los libros para estudiar. Faltaba una Biblioteca Pública donde se guardaran las fuentes del conocimiento, los libros. En 1799, por acuerdo con la Sociedad Patriótica, los domi- nicos instalan en los locales de su Convento de San Juan de Letrán la primera Biblioteca Pública que funcionó en la capital y en la Isla. ⦁ Las Escuelas de Química Azucarera El siglo XIX fue amargo para los dominicos en Cuba. La secularización de la Universidad de La Habana en 1842, la supresión de la orden en ese mismo año, el rigor de la exclaustración, constitu- yeron duras pruebas para los frailes. Pero en 1898 se restauraba la orden en Cuba y ese mismo año los dominicos franceses de Lyon establecían una misión en Cienfuegos que pronto daría frutos muy copiosos. Interesados como siempre en el desarrollo del hombre, conocedores de que la primera industria del país había sido muy dañada por la Guerra del 95 y que el azúcar debía ser la base de la reactivación económica de la Isla, concluyeron que la reorganización de la producción azucarera debía establecerse sobre bases rigurosamente científicas.
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    11 Así nacieron losprimeros Cursos de Química Azucarera en Cuba, auspiciados por el dominico fray Regis Gerest con la colaboración de la Se- cretaría de Instrucción Pública, en 1906. El P. Gerest elaboró personalmente los programas de esta enseñanza. Los cursos evolucionaron con una gran acepta- ción. Su éxito fue tal, que en septiembre de 1909 fr. Regis Gerest O. P. fundó la primera Escuela de Química Azucarera que funcionó en la Isla de Cu- ba, la que estuvo bajo la dirección de fr. Félix He- de O.P., Doctor en Ciencias, y el Ingeniero Manuel Bergara. Los dominicos lograron dotar esta Escue- la con los más modernos y sofisticados equipos y laboratorios franceses. ⦁ La Academia Católica de Ciencias Sociales La destrucción de las estructuras de la colonia es- pañola y la primera organización republicana de Cuba no podían transitar sin una gran desorienta- ción ideológica. Un régimen que había durado cuatrocientos años había cesado: los cubanos co- menzarían a gobernarse por sí solos. En un país profundamente católico con una innegable presen- cia sincrética, se manifestaron con todas sus fuer- zas varias tendencias que no lograron desarrollarse en el pasado. Masones socialistas de todos los ti- pos, anarquistas, comunistas, propagaban doctrinas de toda clase y contenido, al tiempo que las iglesias protestantes entraban en la Isla junto con los ejér- citos interventores. Las grandes masas de los trabajadores, por lo general mal instruidas, se confundían ante todas aquellas opciones distintas, proyectos diferentes, ideologías importadas... en medio de la pobreza y la destrucción heredadas de la guerra, la sociedad cubana, falta de antecedentes y de recursos cultura- les, trataba de encontrar su propio camino. Muy pronto los dominicos, protagonistas y es- pectadores del proceso histórico, concluyeron que era necesario estudiar los problemas sociales en la Isla. Así, a principios del siglo XX, surgió la idea de la Academia Católica de Ciencias Sociales, que se fundó en el nuevo Convento de San Juan de Letrán, del Vedado, el 16 de febrero de 1919. Fue el primer centro de este tipo en Cuba y en Lati- noamérica, y de ella partieron numerosas iniciativas dirigidas a solucionar los problemas de los trabaja- dores, de las mujeres, de los niños, para salvaguar- dar sus derechos, proporcionarles instrucción, dotarlos con viviendas decorosas, con pensiones en caso de accidente, con jubilaciones por vejez. ⦁ Las semillas del futuro Las paredes de San Juan de Letrán cercan un recinto de sueños. El aula «Fray Bartolomé de las Casas», que ha creado nuevos espacios a la reflexión, es solamente el comienzo, porque la visita de Su Santidad Juan Pablo II a Cuba en el pasado mes de enero puso de manifiesto las enormes posibilidades y las esperanzas de los católicos de Cuba. Algunos sueños ya germinan, como los Cursos de Computación que ya fun- cionan. Otros crecen y se desarrollan en silencio: un Centro de promoción de la Mujer, un Taller para la Comunidad Audiovisual de Niños, que también será Taller Musical, y nuevas formas de contribuir a la sociedad cubana, de estudiarla, de ayudarla, de promover a los hombres, de alargar sus sentidos, de inspirarlos. Formas de preocu- parse por la vida de los hombres en la tierra y desbrozar el camino a la otra vida en el Reino. Notas (1) Fray Antón de Montesinos no actuaba «per se» sino en representación de la comunidad de los dominicos de La Española, que delegaron en él la responsabilidad de denunciar la explotación de los indios. (2) Studium Generale, conjunto de clases de Gramática, Artes (Filosofía) y Teología según el curriculum tradicional, que se impar- tía en San Juan de Letrán. Aunque se impartían los conocimientos, el Studium no tenía facultad para conferir grados. (3) El texto completo de la Protesta de los Priores de los Conventos puede leerse en: Pichardo, Hortensia. Documentos para la historia de Cuba. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1971, t. I, p. 149, doc. 21.