La Raya de los malditos
JOSÉ L. LOBO MORICHE
La Raya de los malditos
Prólogo de Ester Lobo Menguiano
Portada y contraportada de Javier Hierro
Mapas por Alfonso Lobo Soriano
Fotos: archivo del autor
Valconejo, primavera de 2011
Edita: José Luis Lobo Moriche
E-mail: lobomoriche@hotmail.com
Colabora: Exmo. Ayuntamiento de Cortegana.
Concejalía de Cultura.
Depósito Legal:
Imprime: Imprenta Rayego, s.l. Telf: 924 55 00 89
Zafra (Badajoz)
A los cafeteros que, entre tanta corrupción y
miseria, caminaron semejantes a la noche: paisanos
y amigos (Daniel Jabaca, El Regalao, El Casimiro,
Los Garrapato, Los Sevillano, El Tieso, El Rata, El
Kiko, Los Garnacho, Los Hilaria, El Guinda…),
los descaminos de aldeas y pueblos serranos (Los
Calañeses, Los Pelegrinos, Mordió, Vallejo, El Es-
copeta, Bellido, El Bomba, El Chasca, Vicente El
Bailao, Manuel El Camales, El Norton…), y los
que sufrieron expediente de prisión siendo casi un
niño, como José González.
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Prólogo
La reacción. No sé si tres libros y un cuento poé-
tico son suficiente legado como para buscar una
buena sombra y reflexionar en voz escrita sobre un
autor. Sin embargo lo haré…, ¡y que llene de vida
un prólogo nuevo! Huele a petunias, que lucen to-
da la dinastía del malva. He elegido para comenzar
a escribir una noche calurosa de agosto y un tecla-
do negro sobre el que suda resina el alcornoque
que me cobija. Estos panales llevan muchas criatu-
ras dentro. Me retuerzo subrayando lo que reclama
una lectura honda a manos llenas. Quería conocer
la consistencia y rescato lo que van derramando las
aristas. Primero encuentro los brazos levantados
de los hombres: si alguien que pase por el camino
de piedras y oasis pregunta por las palabras que
para siempre armó José Luis Lobo, contestaré con
otras, nocturnamente meditadas, que se dedica a
crear personajes buenos. ¿Por qué? No sé si busca
la bondad primitiva o está rodeado de ella (¿se
escribe sobre lo que se tiene encima?).
Hombres buenos. ¿Cómo se nace a no-máscaras
(nomáscaras imitando nuevas reglas ortográficas)
como el poeta de los cojones o el abuelo? ¿Y a
Joaquina y a Rosa? El autor sube a los renglones al
hombre perseguido por el hombre; al hombre hu-
yendo en el laberinto creado por el hermano. Al
hombre que recrea al vecino y al pariente y al que
construye infiernos forzados. El agente y el pa-
ciente que actúa y sufre en una sierra a veces de-
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masiado morena. ¿Novela local? ¿No es esta dua-
lidad universal?
Ya escribo: subrayo al hombre solidario que pa-
ga con su sudor la carga que, en el otro lado de la
cuerda, cae. Una cuerda umbilical que sella lazos
de café y no de leche. Una cuerda más real que la
soga que alivia de la vida. Veo en las corrientes, no
solo de este último libro, el surco que deja el hom-
bre verdadero que levanta con sus manos el trigo
aplastado.
¿Es premeditado y consciente que la relación
esposo y esposa de su primera novela sea idéntica
a la relación que vivimos en la obra que estamos
leyendo ahora? Hombres buenos rodeados de
amor. No. Encascarando al propio Amor. Sí, el es-
critor convierte lo abstracto del sustantivo en lo
tangible de las caricias y el consuelo. El Amor que
espera, que sana, que viste con telas de saco la pér-
dida.
Sigo en el vértigo del papel y encallo en los pa-
rajes nuestros -también se dedica a que toquemos
con el alma estos montes- que dan y quitan huma-
nidad; que enseñan crueldad y empaquetan fardos
de piedad; líneas donde viven dioses y tinieblas.
¡Cuánto hombre y monstruo en estos collados!
Y siempre el silencio. Tan recurrente en su obra.
Siempre callar para esconder la idea, para guardar
la vida. Matar los gritos para no señalarte, para so-
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brevivir al cazador; animalizarte cuando los ani-
males son otros. Los personajes viven alrededor
del silencio -sigo diciendo- porque hay hombres
que vienen delgados pero visten posos de café
como la tinta, que también grita, y que dejan la
marca irrenunciable de la pasión, de lo sagrado, del
dardo; y hay hombres que visten un esqueleto de
caballete donde exhiben colores sin vida. ¿Quién
debe vivir agazapado? ¿Quién debe bisbisear en
este pugilato?
Y la oscuridad impuesta a patadas que no dejará
acercarse más el celo del cárabo, el roce de los ha-
rapos por las jaras, las botas que persiguen. Y el si-
lencio asumido, que no delata pero que te deja ro-
to y tieso en el exilio.
Hombres buenos, Amor, paisaje amado, silencio
-resumo.
Y de las miradas que se reencuentran. El pén-
dulo. Sometidos a los ojos que regresan. La incier-
ta historia que siempre, con las circunstancias
cambiadas, te pone de frente al que te quiso y al
que te odió. ¡Cuánto temblor para el que lee y para
el que vive! El maldito o reparador camino, como
La Raya, que trae más dolor o el ungüento. ¡La
Raya que raspa las escamas! ¡La danza de las mira-
das! ¡Ay!, ¡macabra!
Pero un escritor cuando narra siempre elige lo
que cuenta y lo que no. Siempre elige un foco que
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separa lo que va a existir en el papel, en la co-
rriente, en el panal, y lo que va a quedar latiendo.
Ahora no soy prologuista sino caballero que res-
cata historia. Reconstruyo lo destronado:
Quedó el que troncha las jaras acunado en la choza,
buscando alivio al dolor de los pies, esperando la oscuridad
para no chocar con el silbo de las balas. Encontró un rincón
negro debajo de una litera oxidada a la que se encadena
abatido. Nada escucha. No sabe cuánto tiempo pasa. Pocas
risas suenan en esta sierra abovedada y ahora las siente
cerca. Las risas no son metal, sin embargo se hace más
gazapo debajo del colchón deshilachado.
Vienen dos mozuelos dando zarpazos al aire, haciendo
piruetas increíbles con sus cuerpecillos sin formar. Juegan a
danzar sin tocar el suelo: pirotecnia de movimientos ágiles y
vistosos.
Todo lo ve el que se esconde. Deciden los niños entrar en
la choza y tensar todo el cuerpo para cambiar la posición
lógica del mismo y andar con la manos. Con la cabeza
batiendo la sangre infantil, dan vueltas en el interior de la
casucha. Con el mundo al revés, chocan tres pares de ojos y
la magia del juego se rompe. Un grito y huida. Queda solo
el que se esconde en su ataúd.
Ester Lobo Menguiano. Verano 2011
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Prólogo....................................................9
Capítulo I: Agotando los segundos..................17
Capítulo II: La pelea…………………………25
Capítulo III: Apátrida………………………..43
Capítulo IV: Corrupción y miseria…………63
Capítulo V: ¡A por café!.........................................69
Capítulo VI: Chantajistas…………………..101
Capítulo VII: Muertes………………………127
Capítulo VIII: El perro callejero…………...153
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La Raya de los malditos
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Capítulo I
AGOTANDO LOS SEGUNDOS
-¿Me vas a decir de una puta vez si anteanoche
ibas con tu sobrino El Tieso?
-Mire usted, señor guardia civil, que en todo el
día salí de casa, que me tenía cogido la luna.
-¡Luna te voy a dar yo! ¡No me seas cabrón!, que
te conozco. O me cantas, o ya sabes lo que te es-
pera ahí dentro. Que como abra el armario, échate
a temblar. ¿Fuiste por café a Piedras Altas con El
Tieso?, ¿sí o no? Que por mis muertos, hoy te re-
viento, ¡rojo cabrón!
-Que no, señor guardia civil, que usted ya sabe
que me retiré hace tiempo. En mi casa no entra
una bolsa de café desde hace más de un año. ¡Se lo
juro!
-¿Jurar tú?, so farsante. Siempre hacéis lo mismo.
Juráis en falso y os quedáis tan campante. ¡No in-
tentes encubrir a tu sobrino!, de más sabes tú que
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él ya está enchiquerado. Descuida, que ese mochi-
lero de leche se va a acordar de lo que pasó
anteanoche en Charco Redondo. Ese cabrón de tu
sobrino y tú, ¡so cafetero de mierda!, las vais a
pagar ahora todas juntas. Porque ¿ibais los dos?
¿No?
-Cómo quiere usted que se lo diga. ¡Que yo no
fui a ninguna parte, ni veo a mi sobrino desde no
sé cuánto tiempo! Yo estoy a lo mío: a buscarme el
jornal y a curarme ahora del mal de luna. Ni sé
adónde fue mi sobrino ni qué le ha pasado.
-¿Firmas o no firmas aquí debajo? ¡No me obli-
gues a que, en vez de tinta, use yo tu sangre! Lo
que ocurrió en Charco Redondo fue gordo, pero
más sonado será lo tuyo como no me cantes.
-No sé cómo decírselo, señor guardia civil.
-¿Señor? Ahora la vas a pagar bien pagada. De
sobra sabemos que El Tieso no fue solo a La Raya,
que ibais cinco o seis. ¡Tan culpable eres tú como
tu sobrino! ¡Por vuestra culpa lo mataron!
-¿Yo? No sé de qué me habla usted. No piso esa
maldita Raya desde no sé cuándo.
-Bueno, pues vamos ahí dentro que te voy a…
……………………………
La Raya de los malditos
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Mi abuelo Daniel caminaba semejante a la no-
che, que a cada paso que da recibe un golpe más
de luz, hasta que agónica cae vencida por los vivos
rayos del amanecer. Para el abuelo, el día victo-
rioso también depara destrucción y sombras: son
las horas en que dormita la sabia lechuza y se des-
piertan las tinieblas, las horas en que le acecharán
los espectros y demonios.
Desde el ventanal que abre su casa a las laderas
de un castillo se ensimisma al contemplar -con la
caída del sol en las nubes de poniente- unos ex-
traños rayos ondulantes que dejan en penumbra
las solanas que hacen de frontera: La Raya. Parece
como si sus ojos se hubiesen contagiado de los
mortecinos rayos de la tarde, que ya apenas irra-
dian luz a los barrancos de las solanas: El Judío,
Valdesotella, Bejarano, Las Bañitas, Las Cañas,
Umbrizo, La Venta, Tabaca. Pero las imágenes de
las montañas no nos producen la serenidad de las
llanuras y de los mares; y los ojos de mi abuelo
oscilan nerviosamente, como si fuese incapaz de
aislar su pensamiento en algún detalle concreto de
cualquiera de los barrancos o de los collados don-
de nacen. Imagino que en su ensimismamiento
pondrá nombres a estos barrancos, a los picos, a
los montes, a las gentes y a los pueblos que for-
man el paisaje: Rosal, Aroche, Cortegana, Encina-
José Luis Lobo Moriche
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sola; y el abuelo forma parte de él, o quizás él sea
el paisaje completo, porque aún lo retiene en la
memoria como luz temerosa.
El abuelo da una chupada a su cigarrillo apaga-
do, lo desprende de la boca y saca del bolsillo un
mechero de yesca. Antes de encenderlo, manosea
mimosamente su mechero de madera y lo eleva
para que yo siga sus mimos y participe de la belleza
de su ídolo: tallado por él -durante una tarde furti-
va- en cepa de brezo blanco, la madera incombus-
tible. Talló y pulió tanto su ídolo que imitó fiel-
mente la suave piel y el perfecto rostro humano: la
belleza de mi abuela Rosa, su santa mujer.
Lo expone en el aire en actitud sacerdotal y me
habla de su poder de protección: “En los mo-
mentos de desánimo me mostraba el camino. Él
era el que me hacía dormir embriagado de amor y
el que me devolvía a casa desde lejos”.
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Observo cómo acaricia mimosamente su divi-
nidad. Una caricia y un don: pura, desnuda, eróti-
ca, maternal, recién preñada, los senos delicados y
resaltados, y su boca entreabierta para que -en jue-
go erótico- salga por ella la chispa incendiaria de
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todas las pasiones. Esconde el triángulo del sexo,
con gesto de pudor, tras una columna por donde
trepa la yesca. En ella no hay inquietud ni reposo.
Es su ídolo: la noche.
Miro el rostro del abuelo, y leo en él lo que tan-
tas veces leí: un hombre correcto, apenas modela-
do por los reveses que recibió de la vida, sin saber
dónde se ha metido el tiempo. No sé si su claridad
de recuerdos se ha vuelto enfermiza. Parece como
si sólo viera ya escenas sueltas, fotos aisladas de su
vida: guardias civiles rurales o de frontera y cara-
bineros -cuando se abandona a sus pensamientos-
son los mismos fantasmas que deambularon por
un territorio neblinoso de peñascos: Alpiedras,
Piedra Lajosa, Rocho de la Cabra, Piedras Altas.
Cuando cavila, aún mantiene la expresión pura y
melancólica con los rasgos de la pasión: la boca
desdeñosa, las venas parecen salirse de la piel, las
manos sarmentosas, sus encías dejan entrever al-
gún hueco desdentado; pero no hay cicatriz algu-
na en su rostro que refleje agitación. A su espíritu
le dan forma las pausas de su silencio y la tran-
quilidad de conciencia. Ni estampas, ni crucifijos,
ni medallas, ni rosarios son objetos de devoción
religiosa; en los momentos de desánimo saca del
bolsillo su ídolo, y acaricia el cuerpecillo tallado
por él en madera incombustible: porque con la
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sonrisa rinde culto a su alma. Y enseguida se pone
a contarme otra vez sus historias:
De mi padre aprendí a valorar la constancia en el
trabajo, el amor por las artes, el interés por la
lectura de historias y leyendas; de la mano de mi
padre hablé con el manzano que en nuestro corral
fructificaba recias manzanas, hablé con el chorrero
de la fuente de los lavaderos públicos, y seguía
alelado tras el vuelo incansable de las abejas. Él fue
el que me enseñó a distinguir las distintas voces de
los aires de estas sierras: la voz del viento de po-
niente que nos llega cansino desde las dehesas de
Mértola, los gritos roncos del aire gallego, la voz
húmeda que sopla de la mar, la de los secos azotes
del viento solano y la voz arrasadora del brusco
aire de Cabra. Imité junto a él al cuclillo y el canto
desgarrado de la lechuza. Mi madre me acunó y
me arropó con la más dulce toca de ternura. Crecí,
pues, entre la palabra mimosa y justa de mi madre
y la palabra de las buenas artes de mi padre. Llegó
el día en que otros me engañaron con su pa-
labrería, con la pretensión de encerrarme en una
cárcel con barrotes de hambre y miseria. Pero por
ahora, Sergio, sólo soy un niño de doce años, ami-
go de Francisquín.
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Capítulo II
LA PELEA
Aquella tarde celebraban bautizo en la iglesia del
pueblo; lo sabía bien toda la chiquillería, que tradu-
cía perfectamente el lenguaje de las campanas:
“¡Padrino, a pelón! ¡Santa María, que se le muera la
cría!”. Todos los chiquillos ensordecíamos con
crueldad al padrino del recién bautizado, con la
exigencia de que nos tirara algunas monedas o ca-
ramelos. Y allí, en las gradas del portal de la iglesia,
Francisquín y yo formábamos parte de aquel coro
infantil que gritaba “¡Padrino, a pelón!”, y los dos
buscábamos en el suelo oscuro del paseo aquella
especie de maná con forma de monedillas de diez
céntimos. No sé cómo los sucesos se encadenaron
para vernos empujados con desafío por los dos
chavales más gallitos del pueblo: los Fúnebre, los
dos hijos del cochero que trasladaba a los vecinos
muertos hasta el cementerio municipal. Quizás la
causa fuese que aquel atardecer la suerte me hu-
biese agraciado con alguna de las monedas que el
José Luis Lobo Moriche
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padrino lanzaba a voleo, suerte que los dos Fúne-
bre interpretaban como acto de rapiña. Entre la
chiquillería, decir Fúnebre significaba nombrar al
demonio; pues tenían los dos hermanos recono-
cida fama de ser fulleros en el juego de bolas y há-
biles en la zaragata de todos los instrumentos de
juegos infantiles; y que además de sus habilidades
de mangantes, gozaban de la agilidad saltarina de
las ardillas y de la verborrea de calle llamada por
los zagales como picardía. Ante cualquier contra-
riedad en el juego de las bolas, los Fúnebre se pro-
tegían mutuamente, bajo las amenazas del uso de
sus puños o del tirachinas que el Fúnebre mayor
colgaba bajo su cinturón como arma de intimi-
dación. Así que todos los chiquillos evitábamos
enfrentarnos a los Fúnebre, aunque tuviéramos
que soportar los gritos humillantes de ¡rajón! Hasta
el porche de la iglesia fuimos arrastrados los dos
por una chiquillería ansiosa de ver el brutal juego
de zancadillas y puñetazos…, y sabedora que a los
instigadores de aquella singular guerra les llamaban
los hermanos Fúnebre. El porche albergaba el sitio
propicio para la pelea: un lugar apartado del paseo
público y siempre en penumbra, las dos condicio-
nes necesarias para que el cabo de los municipales
no se cargarse el espectáculo. Sin saber el porqué,
nos vimos frente a los Fúnebre, cerradas las dos
parejas desafiantes por un corro de chiquillos que
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nos empujaba a la lucha con los gritos de ¡dale,
mójale las orejas! De pronto sentí todo el miedo
que un niño de doce años puede acumular ante
una situación que sabe él que le es desfavorable.
La cara de mi amigo denotaba terror: se le aflo-
jaron las piernas, y lo vi cómo se apretaba con sus
manos la bragueta del pantalón. Si llegaba a ori-
narse, sería la muestra más palpable de que los Fú-
nebre habrían ganado la pelea sin haberse despei-
nado, y ambos tendríamos que soportar los humi-
llantes gritos con los que nos tacharían de cobar-
des, incluida toda una retahíla de crueldades in-
fantiles. Estábamos en inferioridad ante los Fúne-
bre: Francisquín no era ni mañoso ni amante de
los forcejeos y peleas callejeras, ni estaba dispuesto
a enfrentarse al menor de los Fúnebre. Lo miré de
reojo y supe que estaba vencido ya: que sería un
mero muñeco roto por los puños del que se le fi-
guraba ahora como un demonio exterminador. El
estruendo iba a más, la situación no tenía vuelta
atrás, se hacía insostenible, sin posibilidad de que
los dos despertáramos de un sueño infantil entre
sollozos y pálpitos. Presentía yo que, una vez ini-
ciada la pelea, aquella algarabía se pondría de nues-
tra parte porque, además de ser la más débil, re-
presentábamos a todo el corro, y que toda la chi-
quillería se nos uniría a nosotros, con la intención
de formar un frente común contra los dos demo-
José Luis Lobo Moriche
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nios callejeros; pero también sabía que las peleas
no se ganan con gritos de ánimo sino con la fuerza
de los puños y con las mañas de las piernas. Una
voz -casi misteriosa y anónima- marcó el inicio de
la pelea: esos instantes en los que el tiempo se
muestra perezoso fueron decisivos para nosotros
dos, mejor sería que te dijese -querido Sergio- que
fueron vitales para Francisquín, al que con toda se-
guridad el Fúnebre menor hubiese vestido su cuer-
po de cardenales. A mi amigo le endilgaron como
enemigo el Fúnebre menor, que se sentía seguro
de su superioridad y que su rival sólo era para él
un niño rico y mimoso. Milagrosamente para mi
amigo el corro se cerró en torno al Fúnebre mayor
y a mí, tras quedar rota y desplazada la otra pareja,
y emplazado cada uno de los dos menores entre
los jaleadores, en aquel improvisado ring de tierra.
Vi que mi amigo sollozaba y cómo con sus manos
se apretaba insistentemente la bragueta del panta-
lón para contenerse los retorcijones de su vejiga. A
salvo él, de mí el corro no tendría piedad y sabía
yo que estaba condenado a enfrentarme al demo-
nio mayor: “¡Mójale las orejas!”, y con aquel ensor-
decedor achuche comenzó el baile guerrero de dos
zagales que -con los dedos mojados en saliva-
tendríamos que alcanzar las orejas del contrincan-
te. Aquella danza abría la pelea, lo que en el len-
guaje callejero de los niños llamábamos como
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“mojarle la oreja”. Aunque yo estaba ya en guardia,
me resultó inesperado el alarido salvaje del Fú-
nebre con que acompañó su salto de gorila con in-
tención de alcanzarme las orejas. El acto reflejo de
agacharme ocasionó que fallara en su intento de
mojármelas, y que fuese yo el que tocase las suyas
con mis dedos ensalivados. Como el populacho
del circo romano, la chiquillería nos incitaba a la
lucha con sus gritos; y aplaudía tanto al Fúnebre
como a mí, cuando cualquiera de los dos hacía un
ademán de atacar; pero yo estaba tan a gusto entre
aquellos aplausos, que creía que sólo me corres-
pondían a mí. Entre aplausos supe que la parte
más bullanguera de la pelea había terminado; y que
yo había sido el vencedor de aquel juego, por ha-
ber tocado una de las orejas del Fúnebre. Pero
faltaba la verdadera prueba de destreza con puños
y piernas. Fue, entonces, cuando el Fúnebre apretó
sus puños y contrajo el entrecejo, maquillando su
cara con ciertos guiños de criminalidad: noté, te-
meroso yo, que todo su cuerpo se agitaba nervio-
samente y que sus músculos se contraían. Reac-
cioné a sus aspavientos con la imitación de la fi-
gura guerrera del pavo real: estiré mi cuerpecillo
varios dedos, y rozaba los puños en mi chaleco
multicolor para provocar con los roces un ruido
desafiante. Aparté de mi cara el flequillo y apreté
los puños -aún más- con toda la rabia infantil.
José Luis Lobo Moriche
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Consciente de mi inferioridad ante el Fúnebre, te-
mía que se lanzara como un rayo contra mí para
descargar sus puños rabiosamente; pero también
sabía yo que todos los héroes guerreros no son in-
vencibles, que siempre tienen un talón vulnerable.
De costado a mi contrincante, miré la parte de su
cuerpo que me ofrecía, con intención de descubrir
cuál sería aquel punto singular del Fúnebre; pero
no era el momento más apropiado para contem-
plar su cuerpo, que por momento se transformaba
en un cíclope, pues mantenía completamente ce-
rrado uno de los ojos y adelantado en el aire su
puño izquierdo. Tomé la iniciativa de saltar sobre
él y engarzarme a su cintura: nuestros cuerpos
bambolearon y unidos se estrellaron contra el co-
rro. El choque no acalló los gritos, siguieron inci-
tándonos con más achuches. Zarandeados por los
crueles espectadores fuimos devueltos al ruedo,
después de que los dos cuerpos entrelazados hu-
biesen tocado casi todos los puntos de aquella cir-
cunferencia. Nunca había notado que mi corazón
palpitara tan de prisa, ni sentido tanto calor acu-
mulado en mis puños que hasta se me había bo-
rrado el cosquilleo en los nudillos de mis dedos.
Nuestras piernas quedaron enredadas entre sí, y
con un sobreesfuerzo de rabia conseguí desengan-
charme del Fúnebre; pero quedé tan jadeante y sin
reflejos que -ausente de la pelea- bajé los puños y
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abrí la boca, con ansia de encontrar en aquel infier-
no una bocanada de aire húmedo que refrescara mi
reseca lengua. Fue entonces, cuando una masa de
carne voló hacia mí: no tuve tiempo de cerrar los
puños, ofrecí instintivamente al Fúnebre los arcos
de mis antebrazos y las puntas de mis codos. Tras
el choque su nariz comenzó a sangrar abundante-
mente, y su camisa blanca se manchó con la señal
de la vulnerabilidad. Se quedó paralizado en medio
de un corro infantil que, sobrecogido por los bor-
botones de sangre, había estirado mucho más la
longitud de la circunferencia. En ese instante tuve
la certeza de que los héroes son vulnerables, y que
me sentía ganador de la pelea, pero sin los gozos
de un gladiador. Con el miedo y la piedad de un
niño, contemplé aterrado cómo la nariz del que
había sido mi contrincante sangraba y manchaba
de hilachos rojos su camisa. No sentí la embria-
guez de la victoria: sí el dolor en mis espaldas, oca-
sionado por los zurriagazos del cabo de los muni-
cipales. En un periquete el corro populachero de
aquel circo se esfumó.
Sé, querido Sergio, que te preguntarás qué tras-
cendencia tuvo esta trifulca callejera en mi vida.
Pero esta pelea que te he narrado marcaría el ser o
no ser, los vaivenes que mi cuerpo y mi mente ten-
drían que soportar.
José Luis Lobo Moriche
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El primer personaje que teatralizaría conmigo
varias escenas de mi drama personal fue Francis-
quín. El Fúnebre menor sólo había visto en él a un
niño mimoso y rico. No se equivocó, porque mi
amigo de escuela y de calle emprendió el camino
que te lleva a oír los estímulos de un padre que te
reclama para que seas defensor de los principios
conservadores…; y que si tú los acoges, te premia
con el legado de varias haciendas. Se emborrachó
mi amigo con el licor que le ofreció su padre. Yo,
en cambio, leí en el Centro Obrero de aquel pue-
blo muchos libros publicados por la Biblioteca
Anticlerical, me integré en su Orfeón e incluso es-
cribí poemas de amor y varios relatos costumbris-
tas. Con los obreros me identifiqué y a ellos repre-
senté como alcalde de la pedanía más cercana al
pueblo extremeño donde nací. ¿Por qué nos im-
portan tanto los nombres de los pueblos?, si so-
mos nosotros sus inventores. Te decía que, tras las
elecciones municipales, me vi con la vara de man-
do en las manos, arrojada con desprecio por el al-
calde saliente. El acto protocolario se reducía a una
frase: “¡Toma la vara!”, y con gesto más de des-
precio que democrático don Francisco Silvela y yo
intercambiamos varias veces la vara del poder en
un insulso y brevísimo ceremonial. Durante aque-
llos bienios en los que repetimos el ¡toma la vara!,
ambos éramos padres de familia, alentados por los
La Raya de los malditos
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dos bandos de vecinos vestidos con ropaje de rojo
o de azul: él por la decena de aldeanos que soña-
ban con extensas haciendas; y yo por tres docenas
de izquierdistas que me aplaudían con tanto entu-
siasmo, que yo me creía el padre de la República.
En julio -para qué te voy a decir de qué año- me
correspondía portar la vara de mando que me
otorgaba los poderes legales para solucionar los
conflictos entre los aldeanos. Así que cuando lle-
garon a la aldea los rumores de que los militares de
Sevilla se habían levantado contra la República,
estaba yo con mi vara bajo un alcornoque cente-
nario escuchando las respectivas versiones de dos
aldeanos acerca de una trapatiesta que habían man-
tenido como linderos sobre la ubicación correcta
de unos mojones. “Esas cosas nada más que ocu-
rren en las capitales”, le dije al vecino que me traía
la noticia de parte de la pareja de carabineros; y,
ajeno a los rumores del golpe militar, continué
como hombre de paz en el pleito entre los dos al-
deanos, pues no me inquietó demasiado la noticia
de la sublevación militar…, y hasta por la tarde no
me encaminé hacia la aldea.
Los rumores de unos militares levantiscos en Se-
villa no habían quebrado la vida rutinaria de los al-
deanos; pero cuando vi a Don Francisco Silvela en
la plazuela, me escamé. Lo noté algo nervioso; ha-
José Luis Lobo Moriche
34
blaba -más alto y alterado que de costumbre- con
dos hacendados del pueblo. “Algo están traman-
do” -me dije-, porque aquella visita me resultó
extraña. En suposiciones quedó mi recibimiento al
Alzamiento Nacional. Fue la llegada a la aldea de
seis milicianos del pueblo, montados a caballo y
con escopeta en mano, lo que me hizo pensar que
yo estaba equivocado: que sí había habido un gol-
pe militar y que aquellos seis milicianos represen-
taban el contragolpe. A todos ellos reconocí de in-
mediato: la tropilla miliciana estaba compuesta por
el zapatero del pueblo, los dos barberos y tres peo-
nes. Vestían guerrera militar; pero parecía más bien
como si se hubiesen disfrazado, porque no mos-
traban uniformidad de color en sus ropajes. Eso
sí: los seis cubrían sus cabezas con gorro de solda-
do de infantería. Tras dar varias vueltas a caballo
por la plazuela, descabalgaron a la puerta de la ta-
berna y comenzaron a hablar a media voz entre
ellos…; luego, subieron el tono como si anun-
ciasen una proclama revolucionaria a los pocos al-
deanos allí presentes. La frase que más alto resonó
en la plazuela fue la gritada por el zapatero, que
me llegó tan alta que hasta se me revolvieron las
tripas: “¡A por ese Don Francisquillo!”. “¡A por
él!”, le corroboró -con la escopeta en alto- uno de
los barberos. Yo, mientras levantaban las amena-
zadoras escopetas, me desplacé hacia la puerta de
La Raya de los malditos
35
entrada de la Casa Consistorial. Subí al umbral pa-
ra comprobar si los gritos de los seis milicianos su-
ponían de verdad una amenaza para Don Fran-
cisco Silvela, o si pretendían detenerlo o, quién sa-
be, si sus intenciones eran las de descargar las iras
contrarrevolucionarias en él. Los sucesos ocurrie-
ron con tanta rapidez que aún estaba yo a la puerta
del Consistorio, cuando los seis jinetes traían ma-
niatado a Don Francisco. En la plazuela el grupo
salvador de la República se paró de golpe, como si
un general le hubiese dado una orden marcial. Em-
pecé a mecer entre mis manos la vara, en un
ademán voluntario para que los seis milicianos se
percatasen de mi presencia: la autoridad legal en la
aldea, como queriéndoles decir que aquí mandaba
yo. De espaldas a mi legalidad, buscaron de frente
la mirada de una aldeana -que desde el balcón de
su casa observaba tal escena de barbarie-, como si
esperasen de ella la voz alentadora para iniciar la
tragedia. Entonces vi que aquel amigo de la infan-
cia, que a punto estuvo de ser roto por los puños
del Fúnebre menor, me miraba con los ojos la-
grimosos y con sus manos maniatadas delante de
la bragueta del pantalón. Ahora se presentaba él
como un rico hacendado y un mandamás de los
azules, pero no como el pedáneo que me arrojaba
con desprecio la vara de la aldea; y, en ese instan-
te, era también Francisquín: el niño mimoso y bien
José Luis Lobo Moriche
36
aseado que jugaba conmigo por las calles del pue-
blo, y compañero de las furtivas caladas a los ciga-
rros de matalahúga y aventurero en compartir las
monedas que el padrino pelón lanzaba a la chiqui-
llería. Estaba tan cerca de mí como cuando estuvo
a merced de los puños del Fúnebre, increpado por
seis milicianos analfabetos que se sentían defenso-
res de la República, y mostrado al vecindario como
si fuese un diablo derrotado.
Busqué a la pareja de carabineros en el callejón
de entrada a la aldea, donde yo suponía que esta-
rían apostados de servicio en favor de la Hacienda
Pública. Con energía casi militar les trasmití el
atropello que estaba cometiendo la tropilla de mili-
cianos. Sorprendentemente, los dos carabineros se
me cuadraron y estamparon los tacones de sus bo-
tas al grito libertador de ¡Viva la República!
Aquel viva significaba que Don Francisco Silvela
dejaría tranquila su bragueta. Cuando llegamos a la
plazuela, los seis milicianos trataban de montar a
su reo en un caballo. Sonaron dos disparos de fu-
sil, que provocaron que las caballerías se movieran
nerviosamente, y que el caballo que montaba el za-
patero -que seguía dando muestras de que él tenía
graduación como mínimo de cabo rojo de la cua-
drilla- relinchara y se alzara de manos, dibujando
caballo y jinete unas cabriolas en el aire que a pun-
La Raya de los malditos
37
to estuvieron de ocasionar que el zapatero besara
la tierra. Apenas hubo intercambio de palabras en-
tre carabineros y jinetes: los dos valientes defen-
sores republicanos mantuvieron levantados sus fu-
siles, y el más adelantado de la pareja -espigado su
cuerpo- con voz generala les ordenó: “¡Bajadlo de
una puta vez, y largaos ya para el pueblo!”. El za-
patero no estaba acostumbrado a discutir una or-
den tan seria, y menos desobedecer a una autori-
dad militar: uno de los peones ayudó a Don Fran-
cisco Silvela a bajarse del caballo, y el carabinero
más cercano al prisionero fue el que cortó con su
navaja la cuerda que lo maniataba. Como si fuesen
conscientes de que habían cometido una fechoría,
los seis milicianos abandonaron la plazuela desor-
denadamente, y buscaron el callejón que abre el
camino hacia el pueblo.
Mientras sonaron los cascos de los caballos al
trote, Don Francisco mantuvo la cabeza gacha;
cuando dejó de oírlos, la levantó poco a poco has-
ta que, seguro ya de sí, me buscó con una mirada
más serena: noté que de sus ojos se había borrado
toda señal de súplica de piedad, y que recobraba
los mismos ojillos infantiles del niño que entre la
chiquillería gritaba ¡Padrino, a pelón! No hubo ne-
cesidad de palabras de agradecimiento ni de despe-
dida: Don Francisco Silvela se encerró en su casa.
José Luis Lobo Moriche
38
Cuando los acontecimientos tomaron mejor rum-
bo para él, se instaló definitivamente en el pueblo.
Ahora es momento de que te narre cómo me fa-
miliaricé con el trapicheo del contrabando, que es
el objeto principal de tu libro. La aldea está muy
cerca de Portugal, un brinco de siete kilómetros la
separa. La fuerza de la costumbre me arrastraba a
menudo a desplazarme, como todo joven aven-
turero, a las aldeas y pueblos portugueses, a com-
partir los juegos amorosos con las rayanas sin las
ataduras de las fronteras y sin acatar la invención
de los reyes. Empecé a burlarme de los mandama-
ses, y traspasaba la Raya en busca de amoríos…;
luego, los besos que traje de allí venían mezclados
con los olores de la harina y del café. Entonces yo
no me sentía un hombre contrabandista, porque
desconocía aún que el contrabando también había
sido un capricho de los reyes y de los poderosos.
Sí, fueron ellos los que dieron vida a la palabra
“contrabando”: unieron once letras, y surgió de
golpe real esta maldita palabra. De la noche a la
mañana la leí, como si hubiese salido de un bando
real; pero los jóvenes -lo sabes tú- son rebeldes.
Fueron, pues, los gozos de sentirme un maleante,
un proscrito o un salteador los que me arrastraron
a desobedecer a los reyes. Mi trapicheo con la ha-
rina y el café empezó como un juego, aún no clan-
La Raya de los malditos
39
destino: no había llegado el momento de ser un
contrabandista, un hombre auténtico. Mi auten-
ticidad se inició el día en que los carabineros apos-
tados en el riachuelo de mi aldea me saludaron -
una noche sin estrellas- con una salva de disparos
de fusil.
Gozados estos años de rebeldía, di mis primeros
pasos en la política aupado por tres docenas de
aldeanos revestidos con ideas de color rojo: treinta
y seis hombres honrados que un día me aplau-
dieron con júbilo, bajo los tres arcos del puente
que yo había mandado levantar en el riachuelo. Así
rezaba en un azulejo bajo uno de los arcos del
puente, donde yo creí que quedaría grabado mi
nombre eternamente: Fue construido este puente en
tiempos de la República siendo alcalde pedáneo Daniel
Salazar Martín.
Poco tiempo gocé del entusiasmo mostrado por
las tres docenas de aldeanos en la inauguración de
aquella obra pública: quedó el azulejo como testigo
de que yo era republicano, un rojo para los ha-
cendados del pueblo.
Te seguiré contando los sucesos levantiscos de
Sevilla: no había pasado una semana desde la lle-
gada de los seis milicianos a la plazuela, cuando se
personó en la Casa Consistorial un capitán de la
José Luis Lobo Moriche
40
guardia civil. Reclamó la presencia de la pareja de
carabineros, y ante mí les instó a que se sumaran al
golpe militar..., que lo de Sevilla iba en serio…,
que las tropas nacionales avanzaban desde Sevilla
para tomar nuestra capital de provincia…, que él
estaba de parte de los sublevados y que informaba
a su teniente coronel de cuál era la situación en los
pueblos y aldeas de aquellas tierras extremeñas. A
mí no me dirigió ninguna palabra. Es más, mien-
tras hablaba a los carabineros, me dio la espalda,
como si me insinuara que yo había escrito la doc-
trina de mi republicanismo en un azulejo.
“Nosotros defenderemos la República, nuestro
cuerpo de Carabineros defenderá la moralidad, la
lealtad, el valor, la disciplina”, le dijo uno de los ca-
rabineros con palabras que sonaron como si las
hubiese aprendido mecánicamente, sin saber el sig-
nificado de las mismas. “Y el sol seguirá brillando
en el horizonte”, remató el otro carabinero con
actitud desafiante, sin saber tampoco qué es desa-
fiar a un capitán de la guardia civil. Me emocioné
más que por las palabras que decían de moralidad
y de disciplina por el entusiasmo con que pronun-
ciaron ¡Viva la República!..., tuve que enjugarme -
de espalda al capitán- alguna lágrima. Sin más,
abandonó el Consistorio, cerró violentamente la
La Raya de los malditos
41
puerta…, y apenas pudimos oírle ya en la plazuela:
“¡Vosotros lo habéis elegido!”.
Convoqué un pleno popular a la puesta del sol: a
la sala principal del Consistorio acudieron puntual-
mente los dos carabineros y los treinta y seis aldea-
nos rojos. “¡Manos a la obra!”, fue mi propuesta
de defensa a los nerviosos vecinos, que temían que
los hacendados y los guardias civiles del pueblo
vinieran a tomar la aldea. Cortamos varios árboles
y los desparramamos por el carril que une la aldea
y el pueblo. ¡Fíjate, qué defensa!: con balas de ma-
dera. En la cima del monte que protege la aldea de
los vientos norteños, los dos carabineros mon-
taron un servicio para controlar los movimientos
de las fuerzas rebeldes. Poco a poco me familiaricé
con el lenguaje de la guerra: sonaron las palabras
“emboscada” y “resistencia”; pero también vi
treinta escopetas en manos de mis convecinos ro-
jos y dos fusiles en manos de la pareja de cara-
bineros, que cansinamente repetían lo de mora-
lidad, lealtad, valor y disciplina, sin faltar el sol que
brilla en el horizonte. Repetían tan mecánicamente
estos principios de su institución militar, que intuía
yo que ambos habían memorizado esas frases
cuando los nombraron defensores de la hacienda
republicana. A pesar de su escasa formación en las
artes, se habían opuesto con dignidad al capitán de
José Luis Lobo Moriche
42
la guardia civil, se mostraban leales a la República
sin ningún signo externo de cobardía, mantenían
entre sí la disciplina, acataban la autoridad del pe-
dáneo y, encima de ellos, el sol brillaba: cumplían
con todos los requisitos del Instituto de Cara-
bineros.
La Raya de los malditos
43
Capítulo III
APÁTRIDA
Las palabras y, a veces, los sueños son invencio-
nes; pero las tropas compuestas por un centenar
de cívicos y guardias civiles que venían por el carril
dispuestas a tomar la aldea, te aseguro que no era
un sueño. Te preguntarás, querido nieto, qué fue
de aquella defensa de la aldea que tu abuelo y una
pareja de carabineros habían planeado: tiros suel-
tos de escopeta desde la cima de aquel fuerte de
montaña sonaron como los únicos testimonios de
bienvenida a los rebeldes. Después, cada defensor
de la aldea corrió hacia donde pudo: las tres do-
cenas de rojos -con sus alforjas y escopetas-
buscaron refugio en las barrancas de las sierras, los
dos carabineros -con sus dos fusiles y su dignidad-
siguieron la dirección este de la zona roja, y yo -sin
escopeta ni fusil- desde la cima solitaria de la mon-
taña miré los débiles rayos del sol, que se recostaba
ya en el poniente portugués. Hacia allí me encami-
né con ansias de alcanzar algo de luz, la luz que
José Luis Lobo Moriche
44
sabía yo que pronto moriría detrás de la Raya. En-
contré las mismas sierras, los mismos nombres
formados por letras, el mismo paisaje neblinoso, la
misma manera de contar los latidos del tiempo y la
misma lírica -ahora con la voz melancólica del
fado- del apátrida que llora. Sentía que me seguían
todas las sombras callejeras de la noche: ¿quién
eres?, me ladraba el perro enclenque y sarnoso que
se acercaba a lamerme las manos. Huí de las calle-
jas, de las sombras, de aquellos fantasmas que se
burlaban de mí…, y encontré refugio en las ri-
veras, en los barrancos, en los vallados y en el cho-
zo de la “xica Maruya”. Aún resuena en mis oídos
rotos el chasquido avisador de dos piedrecillas,
cuando aquella vaquera de apenas nueve años me
trajo el pucherito a la ladera “panchona”. De no-
che subía a la montaña que se inclina hacia mi al-
dea: desde allí hablaba -en la distancia de siete
kilómetros- con la abuela Rosa, desde allí sonreía a
tío Anselmo y jugaba con mi hijo. Amparado por
el ruido de los chorreros de un barranco, tallé la
noche en cepa de brezo blanco: con mi mechero
acariciaba yo toda mi casa.
No te hablaré de espacios ni de tiempos, porque
el fugitivo no está anclado en ningún puerto de
mar, ni cuenta el tiempo por meses o años sino
por el número de miradas que los demás le clavan.
La Raya de los malditos
45
Me arrastraba como un cachorro, que inútilmente
se aplasta en el suelo para cazar un gorrión en un
descampado: sólo alcanzaba la basura que otros
arrojaban. Pero la vida, mi querido Sergio, tiene
dos caras: un día la cara malévola de la que corría
me pareció que huía espantada de mí y que en un
camino solitario -igual que yo- tropezaba con un
hombre bueno, que adivinó enseguida que yo re-
clamaba ayuda…; y el desconocido me cobijó y
me transformó en humano: de día le ayudaba en
su molino de aceite, junto a su esposa y a sus dos
hijos. De ellos recibí los abrazos que me faltaban
de la abuela, y entre ellos soñé que encontraba la
mirada perdida de tío Anselmo y la sonrisa infantil
de tu padre. Como el molino estaba integrado en
una pequeña heredad, disponía yo de libertad de
movimientos hasta el instante en que los perros
atados junto a la cancela de entrada delataban con
insistentes ladridos la presencia de extraños…, en-
tonces me escondía en la parte alta de la vivienda;
y, si los guardias republicanos inspeccionaban la
heredad, buscaba refugio entre las adelfas de un
barranco próximo al molino. Al atardecer la nos-
talgia del amor me elevaba ciegamente hasta la
cumbre de la montaña que me separaba siete ki-
lómetros de mi casa. Así pasaban los instantes más
tenebrosos, caminando ciego e inseguro por un
paisaje tan neblinoso como el lugar del que había
José Luis Lobo Moriche
46
huido. ¿No sería mejor la cárcel?, me preguntaba
durante la noche tenebrosa. Porque la cárcel me
daría la oportunidad de sentirme seguro en mí mis-
mo: contemplar a mi verdugo delante de mí, sin
necesidad de tener que mirar desconcertadamente
a todos los viandantes, tratando de descubrir entre
ellos al que me ha reconocido como reo, y que
caprichosamente aún no ha bajado el hacha de la
ejecución. Me sentía clandestino, anhelaba oír los
fogonazos de los fusiles y los gritos amenazadores
de los carabineros para que arrojes al suelo la carga
de harina o de café…; sí, clandestino de verdad,
acompañar al molinero hasta los cortijos de los ra-
yanos, sentirme de nuevo -aunque fuese única-
mente en la noche- un hombre libre. Aquel moli-
nero me enseñó a imitar el silbido del cárabo en
celo: a ahuecar las manos con los dedos unidos,
dejar una abertura entre los pulgares para insuflar
entre ellos el aire para que salga libre y resuene
abovedado. “Siempre es el amor- me decía el moli-
nero- el que te reclama y nunca te deja al descu-
bierto”. El silbo de amor fue nuestra contraseña
en la noche: caminaba delante de él, libre yo y li-
gero del peso de la carga de café; y él seguía mis
pasos a una distancia prudente. Fue una de aque-
llas noches liberadas y clandestinas, justo en la
junta del barranco con la rivera -para qué decir ba-
rranco Martinín y rivera Ardila- donde oí por se-
La Raya de los malditos
47
gunda vez en la noche una descarga de fusil. Y el
bueno de mi molinero perdió dos caballos, dos
mulas y un burro con diecisiete bultos que con-
tenían seiscientos cincuenta kilos de café. Aquel
tropezón de noche motivó que el molinero siguie-
ra el refranero español al pie de la letra.
Me extrañó que el molinero, a veces, se ausen-
taba de la heredad y que tomaba la dirección de la
Raya. ¿Qué tramará su majestad?, me preguntaba
sin que él advirtiera mi curiosidad. Tenía yo la cer-
teza de que su familia conocía los motivos de tan
frecuentes ausencias, pues varias veces los vi ha-
blar entre ellos con cierto desasosiego. Entre más
suposiciones me hacía, menos comprendía las cau-
sas de su desencuentro conmigo. Ocurrió una tar-
de de ésas en que los cuentacuentos sitúan las ac-
ciones infantiles y maravillosas en un día soleado:
ladraban insistentemente los perros a la entrada de
la heredad con ladridos breves y de tono alto en
señal de alegría. Desde el desván del molino reco-
nocí la figura bondadosa del molinero con sus
andares de patizambo, acompañado por una mujer
que daba la mano a un niño. Dicen que, en las im-
presiones fuertes y repentinas, el corazón se vuelca
en busca de la salida del cuerpo; a mí la escena de
tu padre -mi Quiquín- cogido de la mano de la
abuela Rosa por la vereda de la heredad me lo
José Luis Lobo Moriche
48
removió todo: me contuve las lágrimas y los gritos
para que no me vieran vomitar mi angustia acumu-
lada. Tampoco corrí hacia ellos: inicié los pasos del
reencuentro con parsimonia, como si a cada paso
que daba hubiese querido liberarme poco a poco
de tanta congoja. Antes de abrazarnos, me quedé
paralizado, tristemente impresionado por el ropaje
de mi hijo: revestía su cuerpo con un pantalón que
cubría las rodillas, cortado por la abuela de dos
costales de harina y cosido con sus manos primo-
rosas. Libre ya de congojas, oculté mis lágrimas
para que no notaran cómo arrojaba poco a poco
mi rabia interior. ¿Qué se puede decir después de
más de un año de ausencia obligada?: “¡Qué guapo
está mi Quiquín con este pantalón! Y tú, ¡tan bella
como siempre!”. “¿Por qué te escondes, padre?”.
“Algún día acabará la guerra y, quizás estemos los
cuatro en amor y compaña”. “Tío Anselmo pre-
gunta mucho por ti”.
Sólo tuve dos horas para compartir tantas emo-
ciones. Quizá fuese aquel atropello de palabras es-
cuchadas y dichas a contrarreloj, lo que me hizo
que odiase más tarde el cómputo de los segundos.
No sabía cómo detenerlos, si era preferible rellenar
los huecos con besos o con palabras, o escuchar
las voces tiernas de mi hijo y de mi mujer: “Daniel,
te imaginarás los terribles acontecimientos que han
La Raya de los malditos
49
ocurrido en la aldea y en el pueblo. Pero en casa
todo va bien: los tres comemos en las Cocinas
Económicas, los nacionales no nos han molestado
y tío Anselmo se muestra feliz con tanto jaleo de
soldados por la plazuela. Seguro que pronto llegará
la paz y que todo se arreglará”. Sabía yo que me
mentía con sus tranquilizadoras palabras: dos años
después supe que ella también fue marcada por los
fascistas como mujer de izquierdista, que había su-
frido los escarnios de la humillación, que su cuer-
po fue embadurnado con el apestoso ricino, y que
había padecido la cárcel durante seis meses por no
delatarme.
En la despedida no hubo ni besos ni palabras:
todo quedó quebrado por la rabia contenida. Les
abrí la cancela de la heredad, y madre e hijo bus-
caron el refugio de un cortijo rayano. Aquella esce-
na de encuentro furtivo se repitió tres veces más,
gracias al molinero y a la protección de unos fami-
liares suyos que vivían en un cortijo cercano a la
Raya.
Mi aldea es tan pequeña que cabe en mis manos
-le decía yo al molinero mientras trasegábamos el
aceite de la primera molienda-, allí todos nos co-
nocemos. Ahora, sin necesidad del acto protoco-
lario de la vara, los azules deambularán a sus an-
chas por el puente, por el callejón y por la plazuela:
José Luis Lobo Moriche
50
para ellos seguirá siendo su aldea; en cambio a mí
me han convertido en un apátrida sedentario en un
molino, sin saber qué habrá sido de la pareja de ca-
rabineros ni de las tres docenas de rojos en una
zona fronteriza donde muchos fugitivos buscan
refugio. Tan sólo sé que los guardias civiles señala-
rán a mi mujer como un resto o desperdicio de un
izquierdista, lo peor de la aldea: ¿una mujer sin
patria?
¿Qué maquinará su alteza ahora?, me pregunté
cuando el bondadoso molinero se ausentó durante
varios días de la heredad…, que se habían repetido
los cuchicheos entre él y los tres miembros res-
tantes de la familia, y que había retratado con una
rudimentaria máquina a todos los obreros de la
empresa. ¿Cuestión de negocios? Seguro que no,
porque en los momentos complicados para él co-
mo empresario siempre me pedía opinión. ¿Ven-
drá otra tarde soleada y maravillosa en la que me
volverá a sorprender con…? , me preguntaba yo,
sin poder rellenar con certeza ese hueco de mi
pregunta. Inquieto por el deseo de descubrir qué
me depararía la misteriosa ausencia del molinero,
me asomaba a la ventana de la parte alta de la vi-
vienda, para desde allí divisar toda la vereda ancha
por donde él siempre entraba en la heredad mon-
tado en su vieja tartana. Desilusionado de tanto
La Raya de los malditos
51
subir los peldaños de la escalera que me llevaba al
desván, retorné al rutinario trasiego del aceite y
casi olvidé mi situación de fugitivo, porque me
sentía seguro y tranquilo con los perros atados jun-
to a la cancela de entrada. En efecto, sonaron los
primeros ladridos de bienvenida y aceleradamente
subí los peldaños de dos en dos. No vi nada espe-
cial: aparcó su tartana en el rellano delantero y se
bajó del carruaje con sus andares de patizambo.
Nadie lo acompañaba. Observé que bajo el brazo
izquierdo portaba un sobre marrón. Pero, en el to-
no de las voces con que me reclamaba insisten-
temente, sí sentí un matiz distinto y no rutinario,
noté que se aturrullaba y que sus palabras perdían
claridad: “¡Daniel! ¡Daniel! ¡Buenas noticias! ¡Te
traigo el premio a tu paciencia!”. Sus palabras me
sonaron como un canto de bienaventuranza: me
recordaron las promesas con las que el catequista
del pueblo había tratado de llevarnos por la senda
celestial a Francisquín y a mí. Alzó el sobre a la al-
tura de la cabeza y me dijo desde el umbral: “¡Ya
no eres un apátrida! Desde hoy, considérate un
ciudadano portugués”. Con la parsimonia ceremo-
nial que le faltaba siempre al acto protocolario del
traspaso de la vara en la aldea, empezó a despegar
el sobre…; y, en el umbral de la puerta del molino,
sacó una cartilla de color marrón oscuro, de la que
fui incapaz de leer las letras gruesas de la portada.
José Luis Lobo Moriche
52
Luego, con pasos más parsimoniosos aún, se me
acercó mientras pasaba con los dedos la primera
hoja de la cartilla: inesperadamente se me presentó
mi figura retratada. Entonces sí comprendí su
emoción al anunciarme que tendría una nueva pa-
tria con la identidad falsa de un ciudadano portu-
gués muerto -y de entre sus papeles me saca ahora
el abuelo aquel Bilhete de Identidade que un fun-
cionario de Coimbra le había falsificado al moline-
ro, como si quisiera que yo fuese testigo de este
secreto: quizás la única página del libro de su vida
que aún yo no había leído.
La Raya de los malditos
53
Bilhete de Identidade. Seçao de Coimbra. Nº 448662.
Manuel Mourato Gonçalves. Natural de Sao Juliao
(Portalegre). Profissao: Jornaleiro. Nació: 3 marzo 1910
Altura: 1,72. Ojos castanhos, marrón… Coimbra, 4
Juiho 1938.
El molinero estaba tan excitado y jubiloso que
yo no deseaba contrariarlo con un semblante serio
y preocupado. Fingí mostrarme alegre y lo abracé:
“Mañana lo estrenaré…, tomaré el coche de línea y
pasaré el día en la capital del distrito de mi nuevo
lugar de nacimiento”. Sin saber qué me depararía
la identidad portuguesa, me dormí con el bilhete
entre las manos.
Una a una llegaron las preguntas que me ator-
mentaban: ¿Quién soy? ¿Existo ahora? ¿Cuál de
los dos soy? ¿Me he transformado en un nombre?
¿Me llamo Daniel Salazar o Manuel Mourato? ¿Soy
dos nombres? ¿Soy dos invenciones? ¿Tengo dos
orígenes? ¿Cuál de los dos orígenes míos es el
conocido? ¿Soy un muerto vestido de vivo? ¿Soy
un vivo vestido de muerto? ¿Soy un español atado
a un portugués muerto? ¿Soy un portugués muerto
desatado por un español vivo?
Desconcertado por no tener yo la capacidad que
tú tienes para contestar mis preguntas, traté de
vislumbrar qué me depararía el no haber conocido
José Luis Lobo Moriche
54
mi lugar de nacimiento: nunca había jugado en sus
calles…, y a pesar de todo reconocía las líneas de
las facciones de aquel portugués retratado con la
rudimentaria máquina del molinero, y que me en-
señaba mi cara sellada con tinta negra por un fun-
cionario portugués.
Tomé el autobús que va a la capital del distrito,
acompañado de mi ídolo y de la cartera donde
guardaba mi nacionalidad portuguesa. Resultó pa-
ra mí un juego excitante abrirla y sacar el bilhete de
mi identidad, para que los viajeros de los asientos
próximos al mío lo miraran de reojo, y todo ese
infantil juego servido con la palabra portuguesa.
Paseé por las calles y por los parques: no me sentí
extraño ni perseguido por sombras fantasmales.
Ningún perro callejero vino a ladrarme ni a lamer-
me las manos. Era yo el que enseñaba a los vian-
dantes mi nuevo rostro desafiante, el que me para-
ba junto a un guardia republicano para preguntarle
-en cumplido portugués y con doble intención-
por dónde se iba al cementerio. Fingí lo que ruti-
nariamente hacen los burgueses: remedé a un
hombre que paseaba su perro amarrado a una ca-
denilla, cedía las aceras a las señoras y compré un
periódico del que apenas leí la portada. Después
de haber almorzado bacalao grelhado en una terra-
za repleta de burgueses, regresé a la heredad para
La Raya de los malditos
55
continuar con el ritual de trasegar el aceite, sin ne-
cesidad de ocultarme en la planta alta del molino.
Como habrás imaginado, mi querido nieto, yo
estaba al corriente de los avances de las tropas
nacionales, de que habían cercado Madrid y de que
la República de los carabineros tenía los días con-
tados. Así ocurrió: oí el canto bullicioso de los fas-
cistas portugueses y el silencio medroso del moli-
nero. La frontera -atada aún más por dos dicta-
dores- se convirtió no en zona caliente sino en un
hervidero de refugio para fugitivos, de milicianos
delatados y detenidos, de encarcelados en el cam-
po de concentración montado por los fascistas
portugueses en la propia Raya o de derrotados en-
tregados a la policía franquista. Los abrazos de
confraternidad de los dos dictadores me arrastra-
ron a abandonar a la familia del molinero…; y huí,
temeroso de ser ladrado de nuevo por un perro
sarnoso o de oír tras de mí la risa burlona de un
fantasma callejero.
Me instalé, cuando finalizaba el verano de 1939,
en la capital de provincia del distrito, acompañado
de mi ídolo, del Bilhete de Identidade y de los es-
cudos necesarios para sobrevivir. Mientras buscaba
trabajo en almacenes y tiendas, enseñé varias veces
el bilhete como carta de presentación: no vi a na-
die que mostrase interés por mi fotografía. Me co-
José Luis Lobo Moriche
56
loqué como contable en un almacén de cereales:
entregué al dueño mi Bilhete de Identidade para
que rellenara el formulismo administrativo…; y a
los dos días me lo devolvió, sin haberle notado yo
desconfianza alguna.
Caí en el juego aburrido del trabajo y de la sub-
sistencia, de la compra del periódico burgués, de
pasear sin novia y sin amigo confidencial por calles
desiertas de fantasmas. ¿No sería preferible la cár-
cel para retornar a ser yo mismo?, me preguntaba
sin encontrar la respuesta, cuando me detenía de-
safiante delante de los policías de un coche patrulla
de la Guardia Republicana que se mostraban in-
diferentes. Sentí que había perdido la esencia de
clandestino, que sí era un ciudadano portugués,
que el verdadero clandestino correspondía con el
retrato de un desconocido sellado con tinta…, que
me comportaba como un burgués con los vecinos,
que cedía caballerosamente la acera; que me qui-
taba el sombrero, cuando entraba en el autobús; y
que daba a los viajeros los buenos días con la pa-
labra portuguesa de mi idioma.
Tres meses viví como un burgués en la capital
del distrito, en una ciudad que yo creía que estaba
desierta de los fantasmas que acechan en las es-
quinas. ¡Qué equivocado estaba!: en los rostros de
dos hombres -apostados en la esquina del callejón
La Raya de los malditos
57
donde daba la puerta lateral del almacén- que cu-
brían sus cabezas con sombrero de fieltro y sus
cuerpos con abrigos de lana reconocí dos miradas
fantasmales. Desvié mis ojos de los dos fantasmas
abrigados e hice el gesto peor disimulado de mirar
el reloj. Fingí la despreocupación de un barren-
dero, cuando paseaba por las aceras de la calle más
comercial de la ciudad; y fingía también, cuando
miraba la mercadería de los escaparates. Los fan-
tasmas, en cambio, no fingen, porque ellos sí son
auténticos. Aquellos dos hombres no tenían nece-
sidad de mirar sus relojes ni disimular con los
sombreros en las manos ni pararse ante los escapa-
rates sin ganas. Jugaban conmigo desde la acera de
enfrente, como si en silencio me anunciasen que la
foto sellada del bilhete, igual que una manzana po-
drida, había sido corroída por un gusano.
Si es preferible de nuevo ser yo mismo, ¿para
qué tantos disimulos? Empecé el juego sugestivo
de entrecruzar las miradas desafiantes, a ver quién
de los tres enseñaba el rostro peor retorcido y des-
figuraba más las facciones de la cara -como en
aquella transfiguración mía en pavo real ante el
Fúnebre. “Sí, serán dos polizontes adiestrados por
los fascistas alemanes”, me dije mientras los mira-
ba con descaro. Fui seguido por los dos fantasmas
hasta la fonda donde me hospedaba, les faltó de-
José Luis Lobo Moriche
58
searme las buenas noches. Desde el balcón de mi
habitación vi cómo, indiferentes a los reclamos de
los escaparates de la calle, se perdían en la penum-
bra del anochecer.
Dormí como deben dormir los benditos: no ne-
cesité de los sueños, ni de las pesadillas fantasma-
les ni de monstruos que me atormentasen. Me
dormí -una noche más- después de haber acaricia-
do la piel de madera incombustible de la abuela
Rosa, de haber palpado sus desnudos pechos y de
haberla manoseado mimosamente.
A las primeras luces del día uno de aquel diciem-
bre tan brusco de 1939 descorrí los visillos de la
ventana de mi habitación: los dos sabuesos se pa-
seaban por las aceras de mi calle. No me inquieté,
porque sabía que ellos me abrirían las puertas de la
cárcel. Bajé acompañado de mi bilhete y de mi ído-
lo…, cerré el portal…, y los dos perros de presa
no tuvieron necesidad de levantar el hocico para
ventear la pieza malherida. Cruzaron, abrigados, la
calle y con gestos fríos se me identificaron con una
cartilla azul oscuro: “Somos agentes de la Policía.
Tenemos orden de detenerte”.
En los tediosos interrogatorios los agentes de la
policía portuguesa se me presentaban disfrazados
de angelitos celestiales lejanos de la humanidad:
La Raya de los malditos
59
como si sólo ellos vieran las cosas de tu alrededor
tal como son. Sufrí interrogatorios venenosos y
agresivos con los que pretendían destruirme para
que yo olvidase mis orígenes…, que yo nunca más
viviese en mi territorio; pero al mismo tiempo
sentía yo que mi sangre fluía con más soltura por
las venas, que no había coágulo que la detuviera:
mi sangre y yo éramos más libres, y aquellos ciru-
janos solamente podrían talar mi cuerpo.
En la cárcel de la capital de provincia -como
supondrás tú nombrada ya en español- me sentí
con exceso de vitalidad: allí gocé de la seguridad en
mí mismo que tantas veces había anhelado atrapar
en mis años, días e instantes como fugitivo. Desde
la cárcel me fue más fácil mirar los precipicios que
me cercaban: sentí la loca clarividencia de un pre-
so. No importaba que me encerrasen en una celda
oscura con una bombilla fundida colgada de un
cable roído; mis ojos veían ahora como los ojos de
un ciego, porque mi lucidez se había acrecentado
durante las vivas horas del insomnio. Y en estas
horas vivas -que no muertas- es cuando el ser hu-
mano toca mejor la flauta para acompañar su lírica.
Allí todo es poesía, porque en la celda oscura y
con la bombilla fundida el preso está intranquilo,
puede hablar más de sí mismo y sentirse más an-
gustiado: ser poeta. Fuera de la cárcel -en la calle-
José Luis Lobo Moriche
60
estaban los adoradores del Alzamiento Nacional.
No me sentía ni infeliz ni miserable; más bien fui
espectador de la miseria de la calle en las tres visi-
tas que recibí de mi esposa, de mi hijo y de mi her-
mano Felipe. Ellos no eran la miseria porque vi-
vían en ella. No pudieron ocultarme cómo los mi-
serables nos habían incautado los pocos bienes
que poseíamos: perdimos nuestro cercado, nues-
tras cabras, nuestras camas, nuestro manzano, mi
vara, mi perdigón. Me quedaron -porque no pu-
dieron arrancármelas- la serenidad de la abuela, las
sonrisas infantiles de mi hijo y la mirada perdida
de tío Anselmo.
Mientras tanto, ¿por qué callaban los buenos?
Sólo se oía la voz ronca del miserable. Mi hermano
Felipe me informó de cómo Don Francisco Silvela
trepaba por el árbol del poder, que ocupaba un
cargo importante en la Comisión Gestora Provin-
cial y que estaba al corriente de mi situación carce-
laria.
Nunca he hablado conmigo tanto como en los
dos años de cárcel: reflexiones interrumpidas en
los momentos del cuidado del cuerpo y de los
miserables interrogatorios y puestas en escena por
cómicos de un Consejo Militar. Leí el papel: “El
Señor Jefe de Servicio permitirá la salida en liber-
tad al recluso Daniel Salazar Martín para asistencia
La Raya de los malditos
61
al Consejo de Guerra después de identificado en el
Gabinete Antropológico, devolviendo la presente
una vez cumplimentada”.
Yo, ¿en libertad?, ¿la libertad de un consejo de
guerra?, ¿la libertad para oír mi condena a cadena
perpetua?
Y fui bautizado como un condenado perpetuo,
que empezó a recibir los mimos de aquel niño que
se apretaba su vejiga para no orinarse ante el Fúne-
bre menor: sí, mi Francisquín -de padrino salva-
dor- me visitaba en la cárcel. Me llevaron a la sala
de visitas: fue un reencuentro más de miradas que
de palabras. Sobraron las frases vacías que tratan
de desentrañar los secretos de la salud: ¿cómo
estás?, ¿cómo te tratan? Las miradas oblicuas que
yo le echaba, cuando estuvo a merced del Fúnebre
menor, él me las devolvía ahora. Desconozco de
cuántas estrellas de poder gozaba. Tras su visita a
la cárcel, un devaneo de tenientes coroneles, de
instructores, de sumarios, de recursos, de senten-
cias, de conmutaciones fue descorrido en auxilio
mío por Don Francisco Silvela. Gracias a los in-
tríngulis de sus manos poderosas, oí la voz reli-
giosa del militar que -en actos casi tan proto-
colarios como el de la entrega de la vara en la
aldea- me dictaba las sentencias condenatorias. Pri-
mero, oí la sentencia con la que el vencedor trata
José Luis Lobo Moriche
62
de aplastar al vencido -no pasé por el Consejo de
Guerra con que pretende borrarlo- y hasta mí llegó
un discurso del que sólo entendía la frase: “a cade-
na perpetua”. Luego, las palabras se iban poco a
poco desencadenando y el juez instructor me dic-
tó: “a diez años”…; otro día, las palabras se mo-
vieron con algo de soltura en el encadenado y me
regalaron la frase: “a cinco años”…; pero sabemos
que las palabras, como nobles que son, se inquie-
tan y comparten la libertad de los gases: no se las
puede encarcelar…; y entonces oí -en un acto sin
protocolo- a un teniente coronel que me arrojaba
con desprecio dos palabras: “en libertad”.
Así finalizó el primer movimiento de péndulo
que animaría mi vida. El segundo movimiento lo
iniciaría El Fúnebre.
La Raya de los malditos
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Capítulo IV
CORRUPCIÓN Y MISERIA
Incautados nuestros bienes, me consideré des-
terrado de mi aldea. La abuela Rosa me animó pa-
ra que nos instaláramos en su villa natal de Cor-
tegana durante la navidad de 1941. Tu tío Felipe,
que ejercía desde hacía un año como guardia civil
rural en Encinasola, -pueblo fronterizo con las tie-
rras extremeñas de Oliva y con las portuguesas de
Barrancos- nos prestó las pesetas necesarias para
comprar esta casita a pie de la ladera de un castillo.
Una contradicción más de mi vida: yo, un repudia-
do del nuevo régimen, que estaba obligado a pre-
sentarme todos los meses ante el juez comarcal; y
mi hermano, un guardia civil defensor de un régi-
men aislado internacionalmente y preso de su polí-
tica. Pasé de la seguridad en mí mismo que gozaba
en la cárcel a las trabas carcelarias de la insegura
calle: el control de los precios, de los salarios, de
los abastecimientos, de las cartillas de raciona-
miento, del discurso gris del gobernador, de los
José Luis Lobo Moriche
64
castigos del fiscal de tasas. Todo atado con guías
de circulación de mercancías, de permisos para
desplazarte, de salvoconductos. Te dije que la gue-
rra aún no había finalizado, que el parte de Burgos
fue una pantomima de los sublevados. Ante tantas
ligaduras surgieron los trueques, los recoveros, los
adulteradores, los especuladores, los fraudes, la
corrupción...; y resurgió una sociedad de granujas
al margen de la legalidad impuesta. Acuciado por
las necesidades de sobrevivir y de enfrentarme a
este mundo fraudulento y opresor, me atrajo la
palabra liberadora de “mochilero”.
Cortegana seguía muy oscura a pesar del parte
anunciador del fin de la guerra: el hambre cayó del
cielo en los campos y en las calles. Sólo en las ca-
sas de los hambrientos parecía que hubiese flores
delicadas: en el interior de algunos patios y corrales
se encendió -¡bendita llama!- la lucecilla del contra-
bando. En cambio a mí, un repudiado y vencido
republicano, ¿qué candil podría alumbrarme? Co-
mo bracero y jornalero, sufrí los azotes de la in-
solidaridad y de la explotación…, trabajé por la
comida, hurté los higos y las bellotas de los cami-
nos, y vareé muchos castaños y olivos para que la
abuela Rosa nos cociera el pan de los pobres. Y los
poderosos a los que entregábamos nuestro trabajo
nos llamaban bienaventurados porque teníamos
La Raya de los malditos
65
hambre: “¡Hacedles pasar hambre, para que traba-
jen!”.
Nosotros éramos ya el hambre porque, según el
parte oficioso de los militares rebeldes, la escasez
de alimentos se debía a la obra destructora de los
elementos rojos: o sea que los hijos de los treinta y
seis republicanos de mi aldea, que sufrieron la cár-
cel, la muerte y el exilio, estaban enfermos de ham-
bruna por causa de la maldita gracia de que sus pa-
dres aplaudieron a un alcalde pedáneo bajo un
puente, en donde los azules habían colocado ahora
una estatua de un militar retaco con rostro amena-
zador de lagarto, ojos saltones de gañafote y cuer-
po de sangriento toro.
Alimentados con las bellotas hurtadas y con al-
tramuces e higos pasados, poco porvenir teníamos
en casa. Tío Anselmo nunca protestó de sus retor-
cijones de tripas; él mantenía la mirada perdida
quién sabe hacia dónde. Tu padre asistía irregular-
mente a la escuela de este pueblo…; yo no le mos-
traba ningún interés por el maestro. Temía que le
secara sus dotes de inteligencia natural, porque
desperdiciaba el tiempo en monsergas: que si una
corona de laurel para los falangistas caídos en la
guerra, que si flores para el mes de María, que si el
día de la victoria, que si… El tontón de su maestro
se tomó muy en serio la ley de la chatarra: “¡Maes-
José Luis Lobo Moriche
66
tro, inculca a tu alumno la necesidad de recoger y
entregar los hierros y metales viejos que halle a su
paso. Son para España”, y tu padre pasaba más
tiempo en los esterqueros que en la propia escuela.
Con las lecturas en casa compensó el tiempo per-
dido. Pasé de los hurtos de bellotas a ejercer co-
mo bracero o como talador de castaños y, en épo-
ca de poda, al carboneo con la leña de las encinas.
Entonces supe de nuevo qué era tintinear entre
mis manos algunos reales. Pero la Acción Católica
nos obligaba a los braceros a que cumpliéramos
con el precepto de la santificación de la fiesta, que
no trabajáramos en días festivos. No sólo perdí al-
gunos reales por culpa de esos días santos sino que
me robaron la mitad de las pesetas ahorradas, al
denunciarme una pareja de la Guardia Civil por-
que no había cumplido con el mandamiento del
descanso dominical.
“¿Y qué fue de la palabra café?”-le pregunto al
abuelo. Todo se andará -me contesta él mientras
remueve la azúcar acaramelada del fondo de la
taza. Veintiuna pesetas por un kilo de café suponía
demasiado dinero para un talador que cobraba las
peonadas por reales. La abuela Rosa no tuvo más
remedio que renunciar a los cincuenta gramos de
café que le correspondían mensualmente por nues-
tra cartilla de racionamiento. Y ya sabemos qué es
La Raya de los malditos
67
una casa sin café. Pero dejaré mi nostalgia atada a
este cielo sin estrellas y te hablaré ahora de los sue-
ños y despertares que abuela y yo sufrimos aquel
día de la primavera de 1943.
Sabes que tío Anselmo siempre anduvo dormido
en su infancia, con la mirada bobalicona perdida
por entre las callejuelas de la aldea. En sus delirios
él encontraba la lucidez que los demás tachaban
como de locura. Huía de este mundo cobijándose
bajo las mantas de la cama, tapándose los ojos con
la cortina de sus manos, con la intención de dete-
ner la agresión de la luz: era su cordura. Quizás
oculto bajo las mantas encontrara él su realidad,
aquel mundo suyo del que le habían desprendido.
Creo que la muerte le vino del exterior, o tal vez su
muerte fuese tan interior como la muerte de una
melodía: ¡un suicida misterioso! Como presagio de
un despertar, eligió el amanecer para colgarse de
una de las vigas del desván. Tu abuela Rosa se to-
pó con su cuerpo aún balanceándose: tío Anselmo
había encontrado por fin la mirada con unos extra-
ños ojos fijos y alucinados. No sé, Sergio, qué le
seduciría del suicidio: ¿buscaría un despertar o un
eterno sueño? Su cara se puso del color de la be-
renjena madura, su lengua ampulosa y granulada
trataba de salirse de la boca y el cuello tomó el co-
lor violeta de las malvas. Ni yo ni abuela Rosa oí-
José Luis Lobo Moriche
68
mos ruido ni palabra alguna de despedida: murió
como mueren los valientes.
Luego vinieron una a una las dificultades para el
entierro: su cadáver fue llevado a lomos de una
mula hasta el depósito funerario del cementerio
municipal. Ni hubo misa, ni velatorio, ni rezo de
rosario, ni siquiera entierro de tercera. Aquel atar-
decer el caballo pecherón no tiró del carro de los
muertos. Su cuerpo fue despedazado por un estu-
diante de medicina, con la intención legal de hur-
gar él en los secretos del suicidio. Tío Anselmo,
desmembrado y roto, fue arrojado al osario del
cementerio civil.
La Raya de los malditos
69
Capítulo V
¡A POR CAFÉ!
¡A por café! Mi decisión de integrarme en una de
las cuadrillas de mochileros de este pueblo no sólo
vino originada por la necesidad y penuria econó-
mica en que vivíamos. La vida en cuadrilla era
también una sociedad muy atractiva, una manera
de ser, de organizarse, y de contar con la protec-
ción de muchos de los vecinos de los pueblos ra-
yanos, que estaban condenados a entenderse.
No tuve muchas dificultades para formar parte
de la cuadrilla de mochileros que guiaba nuestro
vecino El Casimiro. Estaba él al corriente de mis
correrías por tierras portuguesas, y sabía de mis
destrezas y desenvolturas por los caminos de las
sierras. Dos amigos de El Casimiro -los hermanos
Garrapato- y un tal Virgilio, que vivía en una cho-
za cercana a la rivera del Chanza, completaban la
cuadrilla.
José Luis Lobo Moriche
70
“Pasado mañana salimos, a ti poco te tengo yo
que decir de estos menesteres”, y un apretón de
manos con El Casimiro me bastó para ser el quin-
to mochilero de su cuadrilla. Volvía a ser clandes-
tino, un hombre auténtico que se oponía a los ca-
prichos del poder, a aquel invento de la palabra
“contrabando”…; y de nuevo sería el descamino,
gozoso de sentirme amparado por la complicidad
de los bondadosos.
Y las manos primorosas de aquella mujer que
había vestido con tela de saco a su hijo, cosió mi
mochila y le sujetó unas correas a modo de tirantes
y unas suelas de caucho viejo a la altura de los
hombros. Luego, cortó la tela necesaria para con-
feccionarme el fiador, una especie de mochila pe-
queña para que llevara en él la comida precisa para
el camino, y que al regreso de la Raya lo llenaría
también con cuatro kilos de café.
Durante la noche anterior a mi primera salida
como mochilero apenas concilié el sueño: no eran
ni el miedo ni la incertidumbre de lo venidero los
que me inquietaban. En mi duermevela me enca-
raba a un rey de figura desdibujada, y al que con
risotadas le expresaba yo mis deseos de rebelión,
los gozos sublimes de estar de nuevo fuera de la
ley y de ser libre en un mundo de sierras, donde
viviría la noche independiente y vagabunda. Soñé
La Raya de los malditos
71
que me cubría la cabeza con un sombrero puntia-
gudo de terciopelo, que con mi mirada le mostraba
descaro al rey…, que un fajín rojo me ceñía la cin-
tura y un pañuelo de seda, el cuello…, que bajo mi
chaqueta vestía yo una camisa de lino y pantalón
de terciopelo abierto a la altura de las rodillas, y
que unas polainas bordadas protegían mis botas…,
que manipulaba una pistola de dos cañones y que
victorioso le cantaba al rey “Yo que soy contraban-
dista”.
Solamente fue un sueño romántico: al alba vestí
un pantalón de pana muy zurcido y remendado,
una camisa marrón y calcé unas alpargatas con cin-
tas amarradas por detrás de los tobillos: ¡el primer
acto solemne de mi vida!
Para qué hablarte de la hora de salida. El gallo de
nuestro corral ya había cantado más de veinte qui-
quiriquíes. No recuerdo bien qué día de 1944, pero
sí recuerdo que por entonces se rumoreaba que
los aliados habían invadido Francia. Oculté mi mo-
chila y fiador bajo la camisa, me encasqueté una
gorra de media visera, cogí una navaja, un ovillo de
cuerda, mi pitillera y el mechero de madera incom-
bustible. La abuela sacó de la cómoda una cajetilla
de lata y me dio la mitad de nuestros ahorros, en
un acto sin apenas palabras; los dos sabíamos de
nuestros temores: “Ten mucho cuidado, Daniel,
José Luis Lobo Moriche
72
que tú sabes que tienes antecedentes de rojo. Que
has estado ya dos años en la cárcel y que eso en
nada te beneficia”. “Rosa, descuida, lo tendré en
cuenta, y te llevaré presente”. Aquellas adverten-
cias de tu abuela y la obligación que tenía de pre-
sentarme una vez al mes ante el juez comarcal me
hicieron pensar que podría terminar destinado en
un batallón de trabajadores, porque las órdenes de
la Jefatura Provincial de Abastecimiento y Trans-
porte eran muy severas, y las sanciones del Go-
bernador conllevaban el decomiso del café clan-
destino, la multa y la cárcel. ¡Una sociedad de
monopolios, querido Sergio! No sólo nacionaliza-
ron el trigo, ¡hasta crearon un monopolio de fósfo-
ros! Y además premiaban a todos los denunciantes
-y me saca el abuelo un anuncio oficioso del régi-
men fascista en el diario Odiel: “Tu silencio ayuda
la mala fe y la clandestinidad de los estraperlistas.
Sirve a España descubriéndolos”.
Frente a este poder impuesto por la fuerza, es-
taba el poder que siempre emana de la comu-
nidad: el de la necesidad de sobrevivir, un poder
desafiante. Con estos temores me despedí de la
abuela y de mi hijo. Busqué el callejón que se inicia
en la fuente donde nace la rivera del Chanza y
seguí el caminillo que va paralelo a ella. Me sentía
con la misma dignidad de un carmelita descalzo,
La Raya de los malditos
73
orgulloso de la ligereza de pies que me daban mis
alpargatas. Algunos hortelanos surcaban sus huer-
tos para la siembra de las cáscaras de las patatas. A
todo le han dado un nombre: a los árboles, a los
animales, a los valles, a los montes e incluso a no-
sotros. Sé de memoria los mil nombres de aquel
paisaje: ¿te suenan Los Álamos, La Belleza, Puerto
Nogal, Monteblanco…? No hay un solo nombre
de este paisaje que no haya visto pasar la sombra
clandestina de un mochilero.
Llegué puntual al lugar de encuentro de la cua-
drilla: una choza levantada en Los Álamos, donde
malvivían Virgilio y su mujer. Allí estaban todos
mis compañeros: El Casimiro como guía de la cua-
drilla y los hermanos Garrapato. Me llamó la aten-
ción el físico de Virgilio: un mozuelo que se ase-
mejaba a una chincheta, bajo y regordete, pero con
gran viveza expresiva, y con una agilidad nerviosa
extraordinaria. Los hermanos Garrapato, Agustín y
Francisco, completaban la cuadrilla: Agustín era el
mayor de los Garrapato, un diestrísimo cafetero
que había iniciado a su hermano menor, cuando
éste sólo tenía trece años. Entonces Francisco ro-
zaría los dieciocho años, pero aún mantenía la cara
muy aniñada y siempre andaba al amparo de su
hermano Agustín, que era el que llevaba la voz
cantante. Recuerdo que al saludarlos le dije al me-
José Luis Lobo Moriche
74
nor de los Garrapato: “A ver si esta noche vas a
venir otra vez medio en pelote”, porque era anéc-
dota bien conocida que el primer día en que acom-
pañó a su hermano a la Raya, regresó con la ropa
hecha jirones. “Daniel, pagué la novatada. Mi
hermano me metió por los peores berenjenales”.
Apenas sabían leer y escribir, se conformaban con
contar los duros y pesetas necesarios para comprar
sus cargas de café. De ellos cuatro, Francisco Ga-
rrapato era el más interesado por la lectura y es-
critura. A pesar de su corta edad, era más sosegado
que su hermano Agustín. Desde el primer instante
me sentí como uno más de la cuadrilla; procuré
comportarme con modestia y valorarles sus cono-
cimientos de todas las artimañas necesarias para
ser cafetero, porque sabía que los rituales de las
sierras son más difíciles de leer que los libracos de
las escuelas. Todos se sentían emocionados con el
inicio de una nueva andanza, los cuatro mochileros
manifestaban entre sí -con más gestos que pala-
bras- ese estado de ánimo que precede a las aven-
turas y que provoca cierto desorden. Agustín Ga-
rrapato me contó algunas de sus travesuras con su
lenguaje desenfadado, y nuestro guía hablaba lo
justo y necesario. Para imponer el orden que el
Garrapato mayor había roto, El Casimiro se hizo
notar como guía: “Venga, venga, ya está bien de
cachondeo. ¡A La Raya, que es lo nuestro!”, y tocó
La Raya de los malditos
75
varias palmadas, que todos interpretamos como
que se había agotado el tiempo de contar histo-
rietas.
El Casimiro ocupó el primer lugar de la hilera
formada por los cinco hombres de la cuadrilla.
Ninguno de nosotros trabajaba como carguero;
cada uno exponía su dinero. El Casimiro nos mar-
có la distancia de unos veinte metros que debía
separar a cada mochilero. Tras él me colocó a mí;
luego, Virgilio, el Garrapato menor, y cerraba la
cuerda el mayor de los Garrapato: una hilera de
unos cien metros formada por cinco hombres
clandestinos, miembros de una minúscula socie-
dad regida por las reglas del parentesco, la vecin-
dad, la amistad, la espontaneidad y la flexibilidad.
Una sociedad donde todos nos prestaríamos apo-
yo físico y moral, una forma de vida que nos atraía
por la estabilidad que nos daba. Una sociedad de
cinco hombres, donde sólo valían la experiencia y
dotes personales, y con la promesa de cumplir las
pocas normas que nos habíamos dado como gru-
po: el silencio, respetar las pertenencias de los de-
más, caminar en hilera y compartir un lenguaje in-
descifrable para los extraños.
Como guía de la cuadrilla, ocupaba él la posición
más incómoda y peligrosa del grupo, siempre vigi-
lante de las sombras y de los movimientos de to-
José Luis Lobo Moriche
76
dos los seres que merodean por las sierras. Él di-
señó la estrategia para alcanzar La Raya, fue él
quien me admitió en su cuadrilla y el que ahora -
con un leve movimiento de brazos- me indicaba el
atajo de camino que yo debía seguir. Enseguida se
dio cuenta de que yo tenía memorizado cada ele-
mento del paisaje y que contaba también con las
cualidades necesarias para que un día ocupase el
puesto de guía: conocer bien el terreno, gozar del
sentido de la orientación, tener buena vista y oído,
intuición, carisma, fortaleza, arrojo, valentía. El
Casimiro sabía que, además de estas cualidades
suyas, yo contaba con cierta preparación inte-
lectual. Pero no vi en él ningún ademán de celo.
De él aprendí aquella mañana que el saludo y
ofrecimiento de un cigarrillo a los pastores se vol-
vían hospitalidad en sus chozos, y también me
enseñó que son ellos los que mejor te señalan el
camino abierto a La Raya. Antes de cruzar la rivera
del Chanza, El Casimiro se orientó por un ovejero
de que la pasada elegida por él no estaba vigilada
por los carabineros. Sí, Sergio, aquellos defensores
de la República y hombres llenos de moralidad
habían sucumbido ante los fascistas; y ahora apare-
cían apostados en cualquier pasada de un barran-
co, con las órdenes de decomisar la carga de café
de unos pobres braceros que manteníamos entre
nosotros los principios morales de la verdad, de la
La Raya de los malditos
77
solidaridad y sobre todo el requisito de la hones-
tidad: el orgullo del pobre. Hacía ya cuatro años
que los gerifaltes fascistas los habían integrado en
la Guardia Civil como vigilantes de fronteras; pero
nosotros seguíamos llamándolos “carabineros”.
Atravesamos la rivera sin dificultad, porque to-
davía las borrascas del otoño no habían descar-
gado las primeras aguas, y las charcas permanecían
cegadas por la arena y el limo. Aquellas solanas
que desde este ventanal ves allí enfrente -y el
abuelo me señala con sus manos el poniente lejano
de treinta kilómetros- son las sierras que suben
hasta La Raya. Desde la cumbre fronteriza, los
barrancos se descuelgan paralelos entre sí y se
unen a la rivera en el valle: el escenario donde los
cafeteros escondíamos nuestras propias sombras,
montadas sobre la gran sombra de la noche. Para
un mochilero, el conocimiento de la disposición
paralela de los barrancos de las solanas y de que
sus aguas corren en busca de la rivera es impres-
cindible para su orientación en las noches sin luna
y en los días borrascosos; pero sobre todo en las
noches que llamamos de lobos: cuando la niebla
cubre todos los valles con una cortina ceniza tan
opaca, que incluso te impide ver la puntera de tus
alpargatas.
José Luis Lobo Moriche
78
Aquellos son los lomos de las montañas -a los
que nosotros llamábamos lomeros-, el terreno más
favorable para subir rápido hasta las altas cumbres.
Desde muy antiguo los pastores y sus animales han
transitado por esos lomos de las montañas en
donde crece -debido al poco fondo de tierra- el
monte con menor fuerza que en los barrancos y
laderas: trochas, venajes, sendas, veredas y cami-
nos han dejado desnuda de monte una línea que
separa las vertientes de agua en las montañas. Esa
línea de la que te hablo es media vida para el mo-
chilero. Te explicaré: los caminos sortean las di-
ficultades que les presenta el terreno: peñascos, to-
rrentes de agua, pasos pantanosos…, y dan las re-
vueltas necesarias para que caminante y ganado no
sufran el cansancio provocado por los desniveles
de las montañas, revueltas que alargan los caminos.
Para alcanzar La Raya, el mochilero dispone de
estos caminos tortuosos que van paralelos a los
barrancos, y también de las trochas verticales del
lomo de montaña, que acortan las distancias de las
sierras. El lomo es el camino preferido por el mo-
chilero para caminar de noche, porque la endeblez
del monte que lo cubre hace que el cuerpo del ca-
minante roce muy poco las jaras y apenas provo-
que ruido. De día y en noches de luna es un ca-
mino muy traicionero, porque -de lejos- te resaltas
La Raya de los malditos
79
en la línea más visible de los cabezos: tantos lomos
de montaña, tantas trochas verticales.
El Casimiro nos marcaba el camino de ascensión.
Antes de elegir entre los senderos de los barrancos
o las trochas de lomo de montaña, se paraba a ras-
trear en la arenisca que dejan las crecidas de los ba-
rrancos en las zonas bajas de los valles. Llegó in-
cluso a consultar conmigo el origen de unas pisa-
das que habían aplastado una junquera del río:
“Daniel, me escaman estas pisadas tan poco hon-
das sin que se claven los tacones de las botas. Aquí
hay gato encerrado”. “No te preocupes, estas pisa-
das no corresponden a las botas de los carabine-
ros, porque el apoyo somero del talón muestra la
señal de una alpargatas semejantes a las nuestras.
Estas pisadas en la arenisca sólo pretenden des-
pistar a los carabineros. Que crean que los mochi-
leros caminan hacia La Raya, cuando en realidad
regresan al río”. Esa picardía de andar al revés -
como Caco engañó a Hércules, le digo yo al abue-
lo- y después pisar en la zona pedregosa del terre-
no la usé antes de haberme topado con el bonda-
doso molinero portugués. El Casimiro quedó con-
forme con mis explicaciones, y con gesto efusivo
pareció nombrarme su lugarteniente, un ascenso
en la cuadrilla sin el acto protocolario de la pa-
labra; nombramiento que Virgilio y los Garrapato
José Luis Lobo Moriche
80
aplaudieron con palmas huecas y con sus rostros
distendidos y jocosos. La subida a La Raya por un
camino que sorteaba -con más de veinte revueltas-
un riscal me parecía tan suave, que iba yo con el
cigarrillo en la boca y ensimismado en las escenas
furtivas que había vivido en el molino. Para al-
canzar la última barranca que precede a La Raya,
El Casimiro nos indicó, con leve movimiento de
mano, que dejáramos el camino y que cogiéramos
la trocha del lomo de montaña que él había ele-
gido. Moví mi cabeza hacia abajo en señal de con-
formidad, de que la trocha elegida por él para lle-
gar a la cumbre me parecía la más idónea porque,
en caso de peligro, podíamos correr hasta los dos
collados en que se abría el lomo y alcanzar la zona
de la montaña que nos ocultara de las balas: “¡Al
tumbaviso, al tumbaviso!”, siempre nos decía El
Casimiro. Con un vivo lenguaje de manos, me
transmitió tranquilidad: que si los carabineros nos
hubiesen avistado, se esconderían de nosotros…; y
que el peligro vendría, cuando tomáramos el cami-
no de regreso a casa. Miré mi reloj: las agujas del
tiempo marcaban siete horas más desde que el ga-
llo del corral de casa cantó su último quiquiriquí.
¿Qué es la Raya? Lo que son los nombres: una
invención. De nuevo me encontré entre los mis-
mos montes y con la misma lírica de sus gentes.
La Raya de los malditos
81
¿Qué significaba aquel marco 1008 con las letras
iniciales de España y de Portugal? Para los cafete-
ros -me sentía más cafetero que mochilero- los
marcos sólo representaban piedras clavadas capri-
chosamente por dos dictadores: uno que nos deja-
ba hurgar en nuestras miserias; y el otro más preo-
cupado de las ideas moralistas que de nuestros re-
torcijones de vientre.
El Casimiro cruzó la raya maldita…, enseguida
se detuvo y nos esperó a que llegásemos a él; lue-
go, con intención de darme la bienvenida a su cua-
drilla, me saludó con cinco palabras: “Daniel, ésta
es nuestra ley”. Interpreté que sus palabras conte-
nían cierto don de intuición popular, como si hu-
biese querido comunicarme que la ley y el que está
al margen de la ley se confunden. No sé si el pen-
samiento de mi guía fue tan profundo como el que
yo interpretaba.
“A esta fuente fronteriza la llamamos La Berraza y
ese pico peñascoso es Piedras Altas. Mira hacia el
este: allí tienes el castillo de Cortegana. ¡Buena
huebra nos espera! Apréndete bien los números
de los marcos. Desde el marco 1004 hasta el mar-
co 1010 están todas las puertas de La Raya por
donde entramos y salimos”, fue toda la presenta-
ción del escenario de frontera que me hizo El Ca-
simiro. Bebí por primera vez en aquella fuente, y
José Luis Lobo Moriche
82
me extrañó que en el lodazal de sus escurrideros
hubiese muchas huellas de suelas de alpargatas.
Miré desconfiado a mi guía y enseguida se percató
de mis temores: “No te preocupes, aquí bebemos
todos los cafeteros. El peligro no está en la fuente
ni en su agua, sino a la vuelta”. Para calmar aún
más mis inquietudes, mandó que tomáramos allí
un bocado de pan y tocino: “Vamos a rellenar el
estómago, que tenemos que vaciar nuestros fia-
dores. Es mejor que ¡muera el gato, muera harto!”.
Desde el picacho de Piedras Altas me indicó la
situación de las tres cantinas portuguesas donde
cargaban el café: dos construidas con piedra y ta-
pia; la tercera era la choza de un cisquero. “Daniel,
a partir de ahora ésas serán tus tres casas; y ellos,
tus tres mejores amigos”. Con el tiempo supe que
las dos cantinas de mampostería fueron dos corti-
jillos, y que los dueños los habían habilitado como
cantina para la venta del café a los españoles, pre-
vio pago al gobierno portugués del fisco corres-
pondiente. Entonces comprendí por qué la cuadri-
lla entraba en Portugal sin temor alguno y por qué
aquel comercio se hacía en la misma Raya. Ahora
al dictador portugués le interesaba hurgar en
nuestra miseria, de manera muy diferente a los días
en que ayudé al molinero a transportar la carga
desde una heredad muy distante de la frontera…; y
La Raya de los malditos
83
que el trapicheo de café en las tres cantinas levan-
tadas a pocos metros de La Raya era consentido
por el gobierno portugués, que veía en este tráfico
una buena fuente de ingresos de divisas. Me lo
confirmó la presencia en los alrededores de las
cantinas de varios guardinhas, que ni siquiera nos
miraban con extrañeza.
El Casimiro se desenvolvía en aquel ambiente
como pez en el agua; Cisquero le dio la bienve-
nida y enseguida me lo presentó: “Éste es un buen
elemento. Es uno más de la familia. Trátalo como
si fuera tu hijo”. La primera impresión que me
causó Cisquero fue la de un hombre honesto, que
era consciente de la situación dramática en que vi-
vían los españoles rayanos, un hombre que des-
conocía la palabra engaño: un verdadero caballero.
Ya te he dicho que la cantina de Cisquero era
una choza, que estaba dividida en dos habitáculos:
en uno de ellos tenía instalado un doble dormito-
rio y allí guardaba el café; en el otro habitáculo no
cabían más de seis personas y servía como tienda.
Cerrábamos el trato alrededor de la candela que
Cisquero encendía entre dos piedras, donde nunca
faltaba una olla de café.
Tenía el matrimonio una hija llamada Marujinha,
de unos dieciocho años de edad, de un moreno be-
José Luis Lobo Moriche
84
llísimo, y con una delicadeza extraordinaria tanto
en sus expresiones como en sus modales. Maru-
jinha se había criado en casa de unos tíos, y había
pasado por la escuela pública en Lisboa. “¿Y qué
hacía esa muchacha tan bella e instruida en una
choza que olía a cisco y a café?”. Te hablaré de
Marujinha en otra ocasión, ahora prefiero que co-
nozcas mis primeras aventuras como cafetero de la
cuadrilla de El Casimiro.
Nuestro guía le encargó a Cisquero cinco cargas
de café para recogerlas tres días después; en ese
momento las despensas del cantinero estaban va-
cías. Pasamos de largo por la cantina de un tal
Pintao, porque El Casimiro iba a tiro hecho hacia
la cantina de Tomé, para cumplir el trato que había
cerrado la semana anterior: un apretón de manos
entre un guía de cuadrilla y un cantinero iba al cie-
lo. Hablan de que los cantineros nos engañaban,
que mezclaban el café con otros productos. Eso es
habladuría de la gente; sí es verdad que los atrope-
llos que sufríamos los cafeteros venían de los pro-
pios carabineros, de los guardinhas y de algún que
otro miserable animal.
Conocí al cantinero Tomé de la mano de El Ca-
simiro: otro verdadero caballero en medio de la
hambruna y de la miseria. En su cantina cabían
más de cinco cuadrillas: ¡cómo la miseria crea hasta
La Raya de los malditos
85
su propio ambiente atractivo! Recordé las mismas
escenas costumbristas de las estampas de los libros
románticos: un murmullo de voces casadas de por-
tuñol, de chapurreo, de portugués y de español…,
personajes variopintos, algunas mujeres con niños,
rostros violentos de guardinhas: la miseria huma-
na. Entonces supe que el mal del hambre había
llegado a hombres y mujeres de los pueblos más
distantes de La Raya, que nosotros cinco éramos
unos afortunados al vivir a treinta kilómetros de
Cisquero, de Pintao y de Tomé: porque en manos
de estos tres hombres honrados estaba la super-
vivencia de todo aquel hormiguero hambriento.
Cumplió Tomé con el pacto de caballero que ha-
bía cerrado unos días antes con El Casimiro: nues-
tras cinco cargas de café estaban apartadas. Llena-
mos las mochilas y el fiador: cuarenta kilos a las
espaldas y cuatro delante del pecho. Entregué mis
cuatrocientas pesetas a El Casimiro, y él le pagó las
cinco cargas al cantinero. A mí me resultó más ca-
ro el kilo de café que a los demás; pues desconocía
que si se pagaba con duros de plata, el cantinero te
rebajaba dos pesetas en cada kilo. Para que te ha-
gas una idea del valor de mi carga de café, te diré
que casi nunca alcancé las siete pesetas como tala-
dor…, que un carabinero ganaba cuatrocientas
pesetas al mes…; y que si sorteábamos con éxito a
José Luis Lobo Moriche
86
los carabineros, mis cuatrocientas pesetas se con-
vertirían en ochocientas.
Oscurecía, cuando los cinco cafeteros cruzaba-
mos La Raya en busca de los caminos y las trochas
que nos llevaran a casa con la danza de nuestros
pies doloridos. Henchido de tantas emociones y
sintiéndome el hombre más libre de todos los
clandestinos, me lancé hacia la noche. Ahora no
habría momento pausado para los cinco: El Casi-
miro volvió su rostro de jefe hacia Virgilio y Agus-
tín Garrapato; y, besándose el dedo índice de una
de sus manos, les selló la boca. Cada uno de noso-
tros ocupó el lugar y la distancia marcada por el
guía: nos señaló el mismo itinerario que habíamos
traído.
El avance por las sierras lo contábamos por el
número de estrellas que nos acompañaban: un cie-
lo vacío de estrellas cuando cruzábamos La Raya, y
a unos pasos de ella el lucero vespertino nos seña-
laba la media sombra. Luego, un salteado de es-
trellas oscurecía poco a poco los caminos, hasta
que jubilosamente recibiéramos a nuestra diosa
protectora: la noche.
Caminaba yo con cuarenta kilos a las espaldas,
muy distraído con la despedida que todos los ele-
mentos de la naturaleza dispensan al día. Pensaba
La Raya de los malditos
87
en que también los pájaros y el matorral tributan
este culto al dios del día, y con la tranquilidad que
te da que un guía experto te abra paso entre las ti-
nieblas de los montes; pero El Casimiro no cami-
naba contagiado de tanto lirismo como yo; él iba a
lo suyo, que es lo mismo que decir que a lo nues-
tro: trataba de interpretar la densidad de las som-
bras o el sonido artificioso de la respiración de un
carabinero. Con el resorte del acto reflejo de la su-
pervivencia, de repente dio un salto de la trocha
que llevábamos y tomó -apenas acarició el mato-
rral- la vereda de un barranquillo. Con movimien-
tos nerviosos de una de sus manos nos mandó que
nos apartáramos de la trocha. ¡Buen estratega este
Casimiro!, había interpretado a la perfección qué
es el atardecer para las perdices: la querencia de
merodear una fuentecilla y de cumplir con el mo-
nótono ritual de la naturaleza. A El Casimiro le
resultó contrario a las leyes naturales que el bando
de perdices que todos los atardeceres merodeaban
la fuente no se hubiese espantado de nosotros.
Eso indicaba que ellas ya estaban desperdigadas, y
que en el collado donde manaba un hilo de agua
estaban apostados los carabineros. Contagiados de
los pasos premurosos del guía, avivamos los nues-
tros con la intención de alejarnos rápido del co-
llado. Apenas nos descubrimos de fachada, y en el
siguiente cabezo tomamos el venaje del barran-
José Luis Lobo Moriche
88
quillo que forman las vertientes de dos cabezos
casi calvos de vegetación, con la intención -fa-
vorecidos por la hondonada del barranco y por la
espesa maleza que lo cubría- de ocultarnos de los
fusiles. Desde el collado de la fuentecilla, los cara-
bineros sólo veían el husillo de monte que provo-
caba el roce de nuestros cuerpos contra la maleza
del barranquillo. Varios tiros de fusil fue la res-
puesta rabiosa de los carabineros a la estrategia de
El Casimiro. El silbido de una esquirla de bala por
encima de tu cabeza o el chasquido que produce el
metal al chocar con una pizarra y la consiguiente
lasca que desprende amedrentan a cualquiera. Al
oír las detonaciones, salimos de estampía hacia un
rodeo de monte muy tupido. Yo me refugié en el
correntón del barranco, la zona más baja y segura.
Allí permanecí con mi cuerpo encorvado, como si
fuese un feto, a la espera de una segunda descarga.
Desconocía -en aquella tormenta- qué rumbo a la
deriva habían tomado los Garrapato: se esfumaron
al primer fogonazo. Vi que El Casimiro y Virgilio
no se habían desviado de la corriente del barran-
quillo, y que ambos aguantaban valientemente los
silbidos de las balas por encima de sus cabezas.
Del correntón no me moví hasta el momento en
que mi diosa Noche descorrió un cielo de estrellas.
Aproveché la espera de las sombras para descansar
y aliviar mis espaldas del peso de cuarenta kilos;
La Raya de los malditos
89
pero la mente de un clandestino nunca duerme:
maquinaba cómo saldría de aquel atolladero para
reencontrarme con mis cuatro compañeros. Y en-
tre maquinaciones, con deslizamientos tan pausa-
dos como el de una culebra cuando se acerca a la
presa elegida, saqué mi mechero de yesca y lo besé.
Con el más silencioso de los movimientos, encendí
un cigarrillo: ¡qué distinta sabe la fuma furtiva,
cuando se esconde la candela! A cada calada al
cigarrillo me tragaba el aroma del tabaco negro
mezclado con el olor a mastranzo.
La noche, en cambio, se traga todos los ruidos;
pero acrecienta la voz y hace que se confundan
tus andares. Me colgué la mochila y el fiador e ini-
cié sigilosamente la marcha por el venaje…; luego,
busqué el collado que unía los dos cabezos más al-
tos. Allí me detuve y agucé mis oídos: ¡nada!, la
noche se había tragado los pasos huidizos de los
Garrapato. Tomé la trocha lomera que me llevaría
a la rivera…, aligeré mis pasos y, orientado por la
negra silueta dentada de tres cabezos, me desvié
hacia la izquierda. De pronto se me presentó -leja-
no del valle- el débil alumbrado de Aroche, un
pueblo que está a medio camino entre La Raya y
mi casa. Tenía que elegir por cuál de las tres pasa-
das de la rivera me decidiría para cruzarla. En dos
de ellas croaban las ranas, ¿qué significaba el silen-
José Luis Lobo Moriche
90
cio en la tercera pasada?, ¿que estaba habitada por
algún humano? Sabía que en la charca donde ca-
llaban las ranas me esperaban los silbidos fraternos
de los Garrapato o el silbido fratricida de una bala.
Ahuequé mis manos y, por la abertura dejada entre
los dedos pulgares, insuflé el aire húmedo de la no-
che, que sonó en el valle como el canto abovedado
del cárabo en celo. Al tercer reclamo le contestó
un silbido humano agudo y entrecortado, al que se
le unieron varios silbidos más con tonos diferen-
tes: no había duda de que mis cuatro compañeros
esperaban a que yo cruzara el Chanza. El Garrapa-
to mayor jugó conmigo, como si yo fuese un niño:
“¿A ver, a ver a qué hueles? ¡Qué jodido lo habrás
pasado! Pues esto es lo que te espera, amigo Da-
niel. No esperes encontrar en estas solanas ningún
pastel”. El Casimiro recondujo la situación joco-
sa…; y tan escueto de palabras como siempre, só-
lo me dijo: “Daniel, éste es el pan nuestro de todos
los días”. Luego nos mandó que continuáramos,
porque estimaba que la mejor hora para entrar en
el pueblo era la media madrugada. Formamos nue-
vamente una hilera de cinco hombres y seguimos
la corriente del Chanza arriba. Aroche quedó de-
trás de un valle abierto, oculto tras el débil alum-
brado que yo había visto desde las solanas y que
me sirvió como referencia para alcanzar las orillas
de la rivera. Fui testigo de las artimañas de Virgilio
La Raya de los malditos
91
para no llegar a su choza con la carga de café a las
espaldas: enfrente de su casa -llamémosla casa-, en
el collado que forman cuatro cabezos de muy baja
altura hay varias sepulturas rectangulares, hechas
con trozos de pizarras clavadas verticalmente y
cubiertas con una gruesa lancha. Oye bien, Sergio:
entre las cenizas de unos primitivos muertos dur-
mieron aquella noche los cuarenta kilos de café de
Virgilio. A los cuatro se nos presentó enseguida el
punto negro del cruce del camino de la vega del
Chanza con la carretera que une Cortegana y Aro-
che, y también a las ciudades de Sevilla y Lisboa.
Un guía de cuadrilla siempre muestra su valen-
tía…, y El Casimiro asumió su papel y afrontó
personalmente la situación peligrosa que se nos
presentaba: “¡Toma mi mochila, Daniel! Si no es-
cucháis un único silbido mío, escóndela debajo de
estas taramas y no enseñéis las narices a la carre-
tera. Seguid el camino del quejigal…, a cojones”.
Las líneas difusas que contorneaban la figura de
El Casimiro las vimos adentrarse en el negro bo-
rrón que formaba el ramaje de los alisos. Fueron
momentos de estiramiento de orejas, como hacen
los podencos. Un silbido quebró el silencio religio-
so de la madrugada…; y aliviado de peso por la
fuerza solidaria, me colgué ochenta kilos a mis es-
paldas.
José Luis Lobo Moriche
92
El Casimiro mandó que nos distanciáramos lo
suficiente como para no perder de vista al compa-
ñero que llevabas delante: “No dejad el camino del
quejigal. ¡Atentos a mis pisadas! ¡Y que nadie se
quede rezagado!”. Se refería nuestro guía al camino
que sube desde el primer puente hasta Cortegana y
que va paralelo al barranquillo del quejigal. No dis-
cutí la orden; pero si yo hubiese tenido que decidir,
habría optado por el camino de la derecha, que
serpentea por unos altos olivares desde donde se
domina mejor la carretera. No obstante, creo que
se valió del factor sorpresa: eligió el camino más
frecuentado por los carabineros, porque no oyó
ningún ladrido de perro en los cortijos aledaños a
Cortegana. Fue una decisión acertada.
En los bajos prados nos volvió a reagrupar en el
momento en que el airecillo humedecía la media
madrugada. Nos descargamos las mochilas; y, con
la solemnidad de un oficiante clandestino, nuestro
guía nos invitó a que nos sentáramos sobre unos
troncos de moreras secas. Permitió que nos fumá-
ramos un cigarrillo, pero que ocultáramos la cabe-
za encendida. ¡Qué bello es el ritual de la supervi-
vencia! De nosotros cuatro, sólo El Casimiro per-
maneció de pie y apenas dio dos caladas a su ciga-
rrillo. Miró hacia los callejones de Chanza: sona-
ban ladridos de perros inquietos en los corrales de
La Raya de los malditos
93
las casas. Los guías fuman mecánicamente y ape-
nas saborean el tabaco, porque siempre se man-
tienen en tensión. Volvió a dar dos caladas segui-
das, apagó su cigarrillo con saliva y enterró la coli-
lla: “Mal veo yo la cosa, es mejor no arriesgarnos a
perder las cargas. Vosotros dos -les dijo a los her-
manos Garrapato-, haced lo que queráis; pero sería
mejor que Francisco vigile vuestras dos cargas…,
que tú, Agustín, entres rodeando el callejón de la
fuente…; y si no hay novedad, le silbas a tu her-
mano. Yo la esconderé en la cuadra de mi cercado,
dormirá con la burra. Tú, Daniel, haz lo que creas
más conveniente. Yo, en tu lugar, también la es-
condería en mi cercado. Oigo los perros como si
ladrasen muy nerviosos”. “No te preocupes, Casi-
miro; yo voy a saltar a los castañares, y de sombra
en sombra me colaré en mi casa”.
Existe el abrazo invisible de la solidaridad. Eso
fue, al menos, lo que percibí yo en las palabras de
El Casimiro. No hubo apretón de manos, bastó
un ¡ea! como señal de despedida, porque había lle-
gado el momento en que se te desinflan las emo-
ciones. Cada uno de nosotros buscó un punto car-
dinal diferente. Yo rodeé el pueblo por el costado
norteño, de sombra en sombra de castaño, hasta
alcanzar la ladera tupida de helechos donde se alza
un castillo. Por aquí subí aquella noche furtiva -y
José Luis Lobo Moriche
94
desde el ventanal me señala el abuelo el espeso he-
lechal que cubre la ladera norte de la montaña. A
las traseras del corral de esta casa me paré…; me
descolgué la mochila y no noté alivio alguno, por-
que después de más de siete horas caminando con
la espalda doblada por el peso de ochenta bolsas
de café, mis músculos habían perdido la natural
elasticidad: estaban engarrotados. Antes de tirar la
carga por la tapia trasera del corral, me apoyé en el
umbralillo de la cuadra. Saqué mi ídolo y encendí
un cigarrillo: recreé el paisaje, gozosamente, como
si aún caminara por las oscuras solanas, que casi
estaban al alcance de mis manos. De madrugada al
cielo de Cortegana lo cubrían más de cien estrellas;
a sus calles apenas las alumbraban diez bombillas.
Desde aquí descorrí el telón de dos casas: la mujer
del sargento de carabineros soportaba en la cama -
de espalda- los eructos aguardentosos de su mari-
do, mientras que la mujer de Casimiro -de frente-
con agua tibia le calmaba a nuestro guía sus pies
doloridos.
Gocé del sueño al final de la madrugada; pero,
como en los sucesos inesperados que narran los
cuentistas, las preciosas estancias del mágico pala-
cio desaparecieron con los primeros rayos del
amanecer: no apareció el príncipe honrado.
La Raya de los malditos
95
Y mi Rosa fue mi talismán: llenó su pechera de
bolsas de café y -desafiante- se lanzó a la calle. Una
a una vació su entrepecho: la mujer del juez, la
hermana del cura, la mujer ricachona de un fun-
cionario de aduana, la mujer del tabernero del casi-
no. Luego, siguió el comercio entre mujeres y se
le acercó -sin esconderse- la de un carabinero,
porque su agente de Hacienda estaba obligado mi-
litarmente a presentar ante sus superiores unos
kilos de café. ¡Qué sociedad tan desconcertante!
“¡Y tan paradójica!” -y le ayudo yo al abuelo a
completar la frase.
No sé qué significa eso de sociedad paradójica,
querido Sergio, pero fueron momentos en que no
sabías el alcance que tendría aquel trapicheo. La
mujer del valiente Virgilio sí fue víctima de esta
desconcertante sociedad: los mismos carabineros
que en sus casas saboreaban el torrefacto del café
portugués fueron los que le rajaron el sostén don-
de ocultaba varias bolsas. ¡Qué proeza de servicio
a la Hacienda Pública hizo el sargento! Seguro que
aquella noche, el suboficial de los carabineros
eructaría diez copas del apestoso aguardiente sobre
la espalda desnuda de una prostituta. La pobre
mujer de Virgilio fue expedientada por contraban-
do en mínima cuantía de sucedáneo de café; con
orden de detención del Gobernador, si no pagaba
José Luis Lobo Moriche
96
una multa de ciento cuarenta y cuatro pesetas al
Tribunal de Contrabando y Defraudación.
A la familia de Virgilio le llegó el abrazo solidario
de sus cuatro compañeros de cuadrilla. Repartimos
el importe de la multa entre todos…; y con su “a
cojones”, El Casimiro volvió a animarnos.
Un hombre que se siente perdido ni teme al Go-
bernador ni a Tribunal alguno ni incluso a la muer-
te. Ninguno de los cinco nacimos cafetero: nos
empujaron a serlo. Nos hicimos cafeteros, arroja-
dos y atrevidos ante la situación límite de pobreza
y desamparo en que vivíamos. A los tres días vol-
vimos a las sierras, a cumplir con el apretón de
manos entre El Casimiro y el cantinero. Los ri-
tuales en sierras y montes se repiten. Pero aquel
día se me ha quedado grabado aquí -y se señala el
abuelo su blanquecina cabeza. A Casimiro le resul-
tó imposible planear adecuadamente la subida a los
cabezos fronterizos de las solanas: una marabunta
de aspirantes a mochileros nos precedía. No sé:
ochenta, noventa hombres desesperados y ham-
brientos, que se seguían unos a otros sin saber la
mayoría de ellos a qué olían los fogonazos de los
carabineros. Ese día me convencí de que no nace-
mos cafetero sino que nos obligan a serlo. Recordé
la escena trágica de esa manada de animales que
saben que en la orilla le esperan las fauces de los
La Raya de los malditos
97
cocodrilos y se deciden a atravesar el río. Aquel
centenar de hombres desorientados quebró el
silencioso y mágico ritual de lo clandestino: seres
hambrientos de las aldeas cercanas a Cortegana, de
la zona minera, hombres con las alpargatas man-
chadas de sangre, zagalones descalzos, tipos casi
esqueléticos que no se salían de los caminos de los
barrancos. El hambre no respeta el orden impues-
to, me dije ante aquel caos trepante. No hubo en
las tres cantinas el café suficiente para llenar tantas
mochilas. Algunos esperaron en La Raya más de
tres días, con intención de que aquellos sueños
suyos de convertirse en cafetero no se desvane-
cieran. La mayoría -casi sin pies y derrotada- reto-
mó los caminos de vuelta a sus casas.
Quedaron las cuadrillas que le echaron cojones:
recuerdo las cuadrillas de El Rata, de Escopeta, de
Vallejo, de Mordió, de Bellido, de Garnacho, de
los Calañeses. Cumplimos con el ritual silencioso y
mágico…, me sentí lo que era: un hombre autén-
tico rodeado por hombres auténticos de otras cua-
drillas, que también respetaban el código sagrado
de la solidaridad. Ocurrió en momentos en que el
trigo crecía alto en los barbechares de las tierras
bajas de Monteblanco: nuestra cuadrilla aún no
había atravesado el Chanza por la pasada que lla-
mábamos la isla, en donde sus aguas se rompen en
José Luis Lobo Moriche
98
dos mitades. Detrás venían los Calañeses y los cin-
co miembros de la cuadrilla de Escopeta: quince
hombres con las espaldas inclinadas; pero fueron
más de quince las detonaciones de fusiles que nos
acogieron. Ninguno de los tres guías dio la orden
para que los quince buscáramos refugio en el trigal
con el mismo instinto de supervivencia. Tan patea-
do quedó, que el Calañés nos refirió el deber moral
que teníamos de segarle al amo todas las fanegas
de trigo. Una vez seco el cereal por el estío y do-
blado por nuestras pisadas, fuimos quince hom-
bres solidarios y respetuosos con el medio ajeno
los que levantamos las greñas del trigal.
No pasó mucho tiempo para que fuera nuestra
cuadrilla la que socorriera a los dos hermanos Ca-
lañeses: recuerdo que, de vuelta a casa, echábamos
un cigarro en la hondonada de un pequeño valle
próximo a la rivera, justo en un lugar que llaman
Puerto Nogal. Todos estábamos sentados sobre las
piedras de un colmenar derrumbado, todos menos
El Casimiro que permanecía de pie y más pendien-
te de todo lo que se movía que de su propio ciga-
rrillo: “¡Ssss!, ¡no os mováis! ¡Una pitarra de palo-
mas se ha espantado en el chaparral!”, y todos afi-
namos nuestros oídos en dirección a la rivera.
“Demasiado ruido, ¿eh, Casimiro?”, le advertí. “Sí,
eso no es normal. Algo pasa ahí abajo. Me parece
La Raya de los malditos
99
que oigo el pateo de una bestia”. “Ahí hay más
gente”, dijo Francisco Garrapato colocando en su
oído derecho una de sus manos con la forma de
un canuto. “¡Un burro!, lo que suena es un burro,
Casimiro. Seguro que es un burro. Hay también
gente, pero ese jaleo no es de los carabineros. ¿No
oís la brega que tienen con la bestia? ”. “Daniel, no
me fío. Pero si tú dices que es un burro ¡sin mie-
do!”. “¡Hombre, no espero yo que ahora los cara-
bineros vigilen con burros!”, bromeó como siem-
pre el mayor de Los Garrapato. El chapoteo de la
bestia en el agua y los resoplidos de dos hombres
tirando con furia de ella hizo que confiadamente
fuéramos a la rivera a ver qué pasaba. Y con quién
te puedes tropezar de madrugada en una sierra si
sabes que no son los carabineros: allí estaban los
dos Calañeses sacando la bestia de la rivera entre
maldiciones al burro y a la madre que lo parió.
“¡Tranquilo, que somos nosotros!”, les habló a me-
dia voz El Casimiro. Enseguida nos descolgamos
nuestras mochilas para echarles unas manos soli-
darias. Pero esta vez no necesitaron nuestras fuer-
zas para salir de aquel atolladero porque ellos dos
se valieron solos para arrastrar el burro hasta la
orilla. “Nunca había visto a dos cafeteros y a un
burro cargado con sólo media carga de café”, vol-
vió a bromear Francisco. “Échate para allá que no
está la cosa para eso”, le dijo el Calañés mayor con
José Luis Lobo Moriche
100
voz de poco amigo. “Venga, menos monsergas y
vamos a ayudarles a sacar de estos barbascos las
tres cargas y media que faltan”, mandó nuestro
guía. No tuvimos mucha dificultad para acarrearlas
hasta un montículo de arena enlamada, pero esta-
ban tan mojadas y embarradas que aconsejé a Los
Calañeses que no se arriesgaran a dejarlas apiladas
chorreando agua como estaban, que era preferible
orearlas pronto. Que si sí, que si no, que si la can-
dela de noche es muy alcahueta, que si nos las van
a dar a todos. En fin, ya sabemos qué pasa cuando
opinan más de uno. Me hicieron caso: encendimos
candela a la orilla de la rivera, les ayudamos a orear
su café y regresamos tranquilos a casa por haber
cumplido con nuestra moral de cafetero.
La Raya de los malditos
101
CAPÍTULO VI
CHANTAJISTAS
Debuté como guía de la cuadrilla, obligado mo-
ralmente -la moral del cafetero- por las circuns-
tancias: la madrugada del día de Reyes de 1945, en
que habíamos concertado con el cantinero Pintao
que retiraríamos las cargas, la mujer de El Casimi-
ro se puso de parto. Recuerdo que tomé el camino
viejo de Aroche, y que a la altura de unos montes
que llaman Valconejo me desvié del camino y subí
hasta la cumbre más alta, con la intención de re-
coger a mi guía, que durante aquel invierno se que-
daba en una cuadra del olivar donde él y su mujer
apañaban las aceitunas. Aún no había amanecido
en aquellos montes helados, y al crujido de la es-
carcha rota por mis pisadas se le unieron los ala-
ridos de una mujer que paría. La escena con que
me topé fue terrible: en el interior sólo veía mo-
verse nerviosamente la figura de El Casimiro a
cada quejido de su mujer. Los segundos transcu-
rridos, hasta que pude contornear el cuerpo tendi-
José Luis Lobo Moriche
102
do de la mujer de El Casimiro, me parecieron
eternos.
La clínica donde soportaba los dolores era un
montico de una sola habitación con techo de tejas
vanas, entre cuyos paredones el matrimonio se
guarecía de las borrascas en la época del apañado
de la aceituna. Contemplé de cerca la sublimación
de la vida mísera: ni una ventana por donde entra-
se la luz, ningún portón que detuviese el vendaval
borrascoso, ninguna cama, ni matrona, ni palanga-
na, ni toalla. Esperaban los llantos de la criatura:
una navaja para cortarle el cordón umbilical, una
cinta de una de las alpargatas de su padre, un cán-
taro de agua, un camastro de helechos y las flores
de las zarzamoras engarzadas a los muros del
monte. Allí, en aquella pocilga, parió su mujer. Le
ayudé a lavar con agua templada el cuerpecillo
ensangrentado de su niña: “¡La fuerza que nos da
la supervivencia!, querido Casimiro. ¡A cojones!,
como tú dices”. “Lo siento, Daniel, pero hoy tie-
nes tú que hacerte cargo de la cuerda. De más sa-
bes tú lo que tienes que hacer. ¡Venga!, no pierdas
tiempo”.
En el alto de un olivar, aquel amanecer, se que-
daron vivas tres rosas de un mismo ramo. Ense-
guida busqué los atajos para alcanzar rápido la
choza de Virgilio. Todos estaban preocupados por
La Raya de los malditos
103
nuestra suerte: “¿Qué ha pasado? ¿Y Casimiro?”.
“Nada, nada, que su mujer ha parido una hermosa
niña. ¡Vamos a celebrarlo en La Raya!”.
Asumí la responsabilidad de mi nuevo papel en
la cuadrilla y guié a los Garrapato y a Virgilio con
los mismos mimos de El Casimiro. Atravesamos la
rivera por la isla, y me arriesgué a subir por las lo-
mas para acortar la distancia a La Raya y recuperar
el tiempo que habíamos perdido. En la ascensión
no tuvimos ningún contratiempo: nos precedía
una cuadrilla, de la que nos valimos para caminar
con menos precauciones. Cruzamos la frontera,
distanciándonos del marco 1006 y de la caseta de
Aguzaderas, y nos dirigimos a la cantina de Cis-
quero, pero llegamos tan tarde que ya no quedaba
en ella ningún carguero. Tampoco me extrañé de
la presencia de un guardinha en el interior de la
cantina; de más sabía yo qué buscaba allí aquel in-
deseable. Te dije, querido Sergio, que te hablaría
de la bella morena portuguesa: Marujinha huyó de
Lisboa, porque la perseguían las pasiones, los
vicios y las luchas humanas. Vino a la frontera en
ayuda de sus padres como pastora y cantinera; no
quiso ser mujer casada en Lisboa porque ella se
sentía una mujer libre: que no explotaba la belleza
ni la castidad, ni aceptaba la obediencia ciega, ni la
sumisión al marido ni la resignación de una mujer
José Luis Lobo Moriche
104
medrosa. Detestaba el pudor y la mentira, ni ca-
minaba entre ambigüedades ni entre silencios.
Venció la ignorancia y eligió libremente el terri-
torio de La Raya. ¿Crees tú, Sergio, que Marujinha
necesitaba mi ayuda? Ella se dedicaba a trabajar y
no a los cantos de amor en una primavera furtiva:
Marujinha no tuvo necesidad de aprender a amar.
Y aquel atardecer, frente a ella, tuvo a un guar-
dinha acosador que representaba la bajeza huma-
na, que trataba de chantajear a su padre: cambiarle
el amor de su hija por silencio; un guardinha tan
opuesto a aquel arrojado teniente Seixas que había
amparado -en el campo de concentración de Coi-
tadinha- a tantos fugitivos republicanos. Apenas
esfumo el rostro del guardinha acosador, abrasado
por el fuego terrible de sus pupilas, que chispeaban
tantas bajezas. No fue tan propicio el momento de
mi presentación ante Cisquero como para que en
su cantina sonara al atardecer un fado en mi ho-
nor. Aquel repudiado en el amor intentó descar-
gar sus iras en nosotros: nos dejó que cargáramos
nuestros correspondientes cuarenta y cuatro kilos
de café y que repartiéramos entre los cuatro la
carga solidaria de Casimiro. Fue en la raya maldita
donde dos fusiles portugueses nos apuntaban:
entonces se nos presentaron la corrupción y el
chantaje vestidos con dos uniformes de guar-
dinhas. Virgilio intentó ripiarse y tuve que conte-
La Raya de los malditos
105
nerlo; el más impulsivo de los Garrapato, el mayor
de ellos, inició incluso varios pasos amenazantes
hacia los dos impostores: “¡Daniel, déjame a mí
que…!”, pero se aguantó su genio y se paró en
mitad de La Raya. “¿Qué queréis?-le pregunté al
guardinha de las pupilas secas de amor y con el
rostro marcado por el alcohol. El corrupto tapa,
con el silencio, su despreciable ademán de exten-
der la palma de la mano. Si no está conforme con
el peso de las monedas depositadas en sus manos,
las balancea en el aire: ellos pueden ser hasta cie-
gos, no necesitan de sus ojos para rubricar tanta
bajeza. Jugaron con nosotros al equilibrio de la ba-
lanza: ¡mano arriba y mano abajo! Fui yo el que les
gritó ¡basta!...; dejé en sus hurañas manos cincuen-
ta pesetas y de espaldas a los dos fusiles cruzamos
la frontera.
Sabía yo que aquel chantaje supondría la puerta
abierta para que carabineros y guardinhas monta-
ran sus propios sistemas chantajistas. Mis temores
no se hicieron esperar: el sargento, que se liberaba
de sus ardores de estómago con eructos aguarden-
tosos mientras jugaba a las cartas, tenía fama de
empedernido vicioso, que se gastaba su mísero
sueldo en el casino y en la calle de las prostitutas.
Primero, se me acercó angelicalmente para que le
prestara cincuenta pesetas, con el compromiso de
José Luis Lobo Moriche
106
la moral de un militar de devolvérmelas en unos
días. Luego, pasaron esos días y la moralidad del
carabinero no aparecía por sitio alguno. Vino él de
nuevo, disfrazado de humano…, y otras cin-
cuenta pesetas sacó la abuela de la lata. Cien pe-
setas fue la señal que me hizo aquel caballero de la
moralidad militar para venderme su dignidad. Sin
rodeo de palabras semidulces, me dijo: “Tú no
tendrás más problemas con el café. Sólo tú, ¿eh?
No mezcles en este juego a esos Garrapato. Hazlo
con vista y no me obligues a cambiar las reglas. Sa-
brás de antemano cuáles son los callejones que te
dejo abiertos”.
Acuciado por las amenazas del sargento si no lo
amparaba en sus deudas, entré de lleno en las par-
tidas de cartas como socio protector de un vicioso.
Mi entrada en aquel juego sucio causó varios cam-
bios en la organización de nuestra cuadrilla: El Ca-
simiro se había quedado con el apañado de unos
olivares, y abandonó momentáneamente su puesto
como guía. Asumí yo la responsabilidad de reorga-
nizar la cuadrilla; y, a petición de mi mujer, incor-
poré como mochilero a su sobrino Rafael. “Tío -
me contestó cuando le propuse que formara parte
de mi cuadrilla- no tengo nada que perder. Ya es-
toy harto de estar todas las mañanas a la puerta del
La Raya de los malditos
107
casino esperando a que un señorito me diga “vente
conmigo”. A ver qué me traen las portuguesiñas”.
Enseguida comprobé que los carabineros, que
ejercían como guardias civiles de frontera, tenían
bien ganada su fama de corruptos, y que no sólo el
sargento era víctima de su propia miseria: casi to-
dos ellos eran analfabetos; y les aterraba el apresa-
miento de un mochilero, porque la detención de
un reo conllevaba el uso de la pluma para rellenar
el expediente. El sargento me puso al corriente de
las miserables interioridades del cuerpo: coincidían
sus afirmaciones con todas las historias que le ocu-
rrieron a tu tío Felipe cuando hacía sus servicios
como guardia civil rural por la zona fronteriza de
Encinasola. Mi hermano me contó que en una de
las correrías llegó con otro guardia civil rural al
cuartel de carabineros de Sierra de Hoyo. Que allí
descansaron y tomaron café, pero que notó que
los seis carabineros del cuartelillo se mostraban
muy nerviosos con la presencia de la pareja de ru-
rales. Simularon despedirse de los carabineros, y se
escondieron en lo alto de un cerro, porque presen-
tían que en el cuartel se fraguaba algo raro. La
rareza no era tal, sino la fuerza de la costumbre de
haber vendido la dignidad con que la pareja de ca-
rabineros de mi aldea había defendido la Repú-
blica. Los seis carabineros, vestidos como guardias
José Luis Lobo Moriche
108
civiles de frontera, defendían ahora la corrupción y
el chantaje: de dentro del cuartelillo de Sierra de
Hoyo, mi hermano vio salir una cuerda de mochi-
leros que tomaba los caminos que te llevan a las
tierras extremeñas.
Más adelante te contaré de otros corruptos, pero
retomemos mis aventuras como guía de la cuadri-
lla: allanado por el sargento el dificultoso camino
de la entrada en este pueblo, el peligro continuaba
en las solanas y en la propia Raya, sobre todo si
topábamos con el guardinha de facciones sangui-
narias. Como mínimo dos veces a la semana nos
adentrábamos en las primeras sombras de la no-
che: caminé bajo cielos aneblados…, miraba otras
veces hacia arriba, contagiado de la belleza de un
campo estrellado…, llegaron las nubes del color de
la pizarra y las noches preñadas de misterio…, los
crujidos que crees oír en la profundidad de la ma-
drugada…, quedé atrapado en “el jarapé”, la pega-
josa resina de las jaras…, intenté desviar de mí los
temores y elegí los días de fortuna envueltos en
niebla espesa…, detesté la blanca luna…, conté las
estrellas temerosas del anochecer, y de madrugada
me resultaba imposible contarlas …, como el sol
caminé con luz propia…, me deslizaba entre el
miedo sin estar atado…; cuando estaba oscuro, yo
y los objetos salíamos a nuestro encuentro…, oí
La Raya de los malditos
109
cómo el campanilleo de los rebaños de ovejas agu-
jereaba las tinieblas…, me quejaba de que ni si-
quiera hubiera tiroteo en las solanas…; desde lo
alto de una colina, me alejaba del sargento…, ima-
giné los actos mecánicos de los habitantes de Aro-
che y los sueños imposibles de los cabreros en el
interior de sus chozos, y pensé que tras la luna
nueva viene el cuarto creciente y que el viento so-
lano trae agua a la mano…; lloré mientras esperaba
el mañana, tras haber contado con los dedos de
mis manos cuántas estrellas no se habían dormido
aún…, hice frente a los vientos y a la lluvia…, fui
figura del paisaje ennoblecida por el miedo…; con
el corazón palpitante, me acurruqué con la sombra
y caminaba no sobre el polvo y el barro de los
caminos sino sobre mis miserias…, desobedecí el
orden impuesto por una sociedad corrupta, aun-
que robara en el vacío. Me gustaba estar fuera de la
ley, olerme en peligro, hablar de noche con lo ina-
nimado de la lluvia y de la tormenta: ¡sentirte que
estás hecho de luz, que no proyectas una sombra
opaca!
Llegaron tiempos sin sangre ni lágrimas: una vez
vencidas las dificultades de La Raya y alcanzada la
rivera, tenía la seguridad de que mi carga entraría
en casa. Cincuenta pesetas al sargento para que
templara su vicio de cartas, y me delataba él los
José Luis Lobo Moriche
110
servicios secretos de sus fuerzas apostadas. Cum-
plía conmigo, pero no con su dignidad: “Mi sar-
gento, tengo un pedido de café para Sevilla. Es-
pero mandarlo en el saure, ¿cómo lo hago?”. Y él,
con su voz aguardentosa, me daba la solución co-
mo buen estratega: “Que esta madrugada duerma
en el calabozo del ayuntamiento; no te preocupes,
estará bien custodiado. Cuando veamos el mo-
mento propicio, llena varios cántaros con café…,
montas tu café en ese coche de línea que llamáis
saure y ¡listo! ¡Aquí el que mando soy yo!; bueno,
¡y tú!”.
Sí, mi amado Sergio, tres días y tres noches dur-
mió la carga de tu abuelo en el calabozo, junto al
agente municipal que hacía guardia en el ayunta-
miento. Pero no creas que este amparo del sargen-
to proporcionaba a mi hacienda particular tantas
pesetas como para acabar igual que un rico hacen-
dado: sólo me daba para sobrevivir y mantener sin
tanta miseria a tu padre y a la abuela.
Pero, en cambio, en la Raya sí… Sucedió un
atardecer junto a la fuente fronteriza donde crecían
las berrazas, mientras que esperábamos allí a que el
rey sol se inclinara un poco más en el horizonte de
poniente: habíamos cargado en la cantina de To-
mé; y Virgilio, de cháchara con otras cuadrillas, se
había quedado rezagado de nosotros. El Tieso, los
La Raya de los malditos
111
Garrapato y yo teníamos nuestras mochilas amon-
tonadas en el suelo…, y los cuatro, como tontos,
espera que te espera mirábamos las musarañas. Y
en la espera que desespera venía Virgilio huye que
te huye, con dos sombras de fusil tras sus espaldas:
las sombras traicioneras de dos guardias civiles de
frontera que se habían saltado a la torera las leyes
internacionales y se habían adentrado en Portugal.
Sólo nos dio tiempo de enderezar nuestros cuer-
pos y melgar en busca de refugio en la espesura del
barranco. Junto a las berrazas de la fuente queda-
ron abandonados nuestras cuatro mochilas y los
cuatro fiadores. No necesité el silbo del cárabo pa-
ra rejuntar a los cuatro cafeteros: cuando salimos
de estampía, íbamos tan pegados uno tras otro que
ninguno de nosotros se salió de la cuerda que en-
cabezaba el menor de los Garrapato. Perdimos el
café, la mochila y los enseres necesarios de todo
cafetero pero mi diosa protectora seguía viva. La
sensación de andar -¡nos olvidamos de caminar!-
por las veredas de las solanas sin que se te claven
en los hombros las correas que tiran de cuarenta
kilos de café, me desconcertó. Me sentía humillado
porque habíamos dejado de ser cinco descaminos:
ni esquivábamos las piedras ni elevábamos nues-
tras pisadas, quebrantamos el sagrado silencio de la
noche y dejamos al aire, sin taparla, la desafiante
candela del cigarrillo. Nadie increpó a Virgilio por
José Luis Lobo Moriche
112
haberse enredado en la cantina: nuestra derrota no
era consecuencia de enredos.
De El Casimiro había aprendido yo que todo
guía debe sobreponerse del fracaso y que, retoma-
das las fuerzas necesarias, saque a la cuadrilla de
los atolladeros en que ésta haya caído. Mientras ca-
minábamos derrotados, cavilaba yo sobre la astucia
con que él nos desembarazaba de los peligros…, y
con los cuatro compañeros tan juntos que la línea
de la cuerda derrotada no medía más de siete me-
tros. Concluí que los carabineros apostados en las
solanas y los que merodeaban La Raya habían pre-
tendido mostrarnos que de ellos dependía que pa-
sáramos la frontera, que pronto nos extenderían
también sus manos para pesar en el aire nuestras
pesetas y duros. Entre cavilaciones y sólo con el
peso de la derrota en las espaldas llegamos a los
bajos prados. Mandé a los cuatro que se detuvie-
ran. Me despojé de mi voz vencida y acaloré mi
sangre: “¡Vamos a echarle cojones!; si estáis dis-
puestos, ¡a por otras cinco cargas! ¡Se acabó el
mirar las musarañas! Con una hora tendremos
tiempo más que suficiente para lavarnos los pies,
coser un saco con cuerdas y ¡ah!, ¡las perras!”. En
sus rostros se reflejó mi talante convincente: “Eso
está hecho ahora mismo, Daniel. Ni me lavo si-
quiera. Mi hermano Francisco y yo nos adelan-
La Raya de los malditos
113
taremos para avisar a Virgilio. En su choza os es-
peramos, ¿vale?”. “Bueno, entonces lo dicho.
¡Venga, a Piedras Altas otra vez!”.
Cuando entré compungido en esta casa, tu padre
dormía y la abuela estaba ya levantada, como si
hubiese presentido nuestra desgracia. Mi bendita
mujer intentó quitarme las intenciones de que vol-
viéramos otra vez a La Raya: “Ya está bien, Daniel.
Acuéstate ahora. Dejadlo para más adelante. Es-
perad, por lo menos, a ver cómo viene la luna nue-
va”, y se dispuso a calentarme un tazón de leche.
Conocía ella el significado de esa expresión nuestra
de “a cojones”; esa rabia interior que afloraba en
todo cafetero, cuando se decidía a saltar los mura-
llones que trataban de zancadillear sus pasos en las
solanas fronterizas. Resignada, abrió la lata y me
dio las trescientas pesetas en monedas de duro de
plata que le quedaban: “Daniel, ¿cuándo se acabará
esta cantinela? Todo tiene su aguante”. La besé y
salí de esta casa con más decisión que nunca en
busca de mis cuatro compañeros: el gallo de nues-
tro corral aún no había echado el primer quiqui-
riquí.
Como si hubiésemos revestido nuestros cuerpos
con una coraza protectora, caminábamos sin que
ninguno de nosotros mostrara señal de cansancio
ni de sueño, con más rabia y con más ganas que
José Luis Lobo Moriche
114
nunca de alcanzar Piedras Altas. Yo caminaba muy
adelantado del grupo, de choza en choza y de
rebaño en rebaño. Saludé a todo aquel tropel de
amigos solidarios con los mochileros, que me da-
ban pelos y señales de las pareja de guardias civi-
les que hacían el servicio, qué barranco habían to-
mado y si tenían muchas ganas de andar, porque
ya sabíamos que ellos preferían esperarnos en las
pasadas para que arrojáramos la carga y desenten-
derse del reo: sí, querido Sergio, todavía no habían
aprendido a escribir ni superado el terror a rellenar
un expediente de apresamiento.
Desde los collados más altos les señalaba a mis
cuatro compañeros la ruta de ascensión, y con los
mimos de un buen guía les abrí el paso de La Raya
por el marco 1007. Como no habíamos tratado
nada con ninguno de los tres cantineros, me decidí
por cargar en la cantina de Pintao. Nos cruzamos
con la morena Marujinha, que guardaba su piara de
ovejas y cabras a los pies de un regajo. La saludé y
le pregunté qué había sido del guardinha de fac-
ciones asesinas, y si mantenía los acosos hacia ella.
Entonces aprendí que los cantineros también usan
esa expresión nuestra de “a cojones”: Cisquero lo
había amenazado con un “¡basta ya!”…; y que el
guardinha acosador no había vuelto por la cantina.
Besé a la pastora, no por habernos allanado el ca-
La Raya de los malditos
115
mino tortuoso de La Raya sino por haberse libe-
rado ella de un maldito.
Ocurrió lo que me temí, cuando derrotado había
caminado entre una maraña de cavilaciones. Pintao
se extrañó de que otra vez anduviésemos por Pie-
dras Altas: “¿Qué, Daniel? ¿Pero todavía no os
habéis ido? ¿Tenéis moros a la costa?”. Noté en
el tono de sus palabras que algo no marchaba bien,
y me sorprendió que lo primero que hizo el canti-
nero fue sentarse junto a mí: “La cosa se os está
torciendo a vosotros los cafeteros de las solanas.
Las demás rutas, hasta ahora sin problemas. Yo ni
entro ni salgo. Pero ese carabinero chiquitito que
tiene tan mala leche está dispuesto a no dejaros
cruzar La Raya. Quiere que los tres cantineros sea-
mos los intermediarios. Él sabe que cuatro cuadri-
llas tomáis los caminos de las solanas que él con-
trola. Ese indeseable os amenaza con que tenéis
que pagar dos duros por cada uno de vosotros que
coja el camino que él deje abierto. Dice que debéis
pagar por anticipado…, y que dejéis los duros al
cantinero. Créeme, Daniel, esto no es cosa nuestra.
Sólo tenéis que pagar el día en que ese chiquitín
esté de servicio. Lo malo es que las demás parejas
se contagien. Otra cosa me dijo el canalla: que si
escaseáis duros, podéis pagarle con bolsas de ca-
fé”. “Bueno, ya veremos. Por lo pronto te vamos a
José Luis Lobo Moriche
116
pagar a ti estas cinco cargas”, le contesté a Pintao
con intención de tranquilizarlo. “Daniel, que yo no
pago una peseta de más, ni mi hermano tampoco”.
“Ya veremos qué hacemos, no preocuparos que
todo tiene arreglo menos la muerte”.
Cruzamos La Raya, y por lo visto el maldito re-
taco no estaba de servicio aquel atardecer. Me que-
dé tan preocupado con las palabras de Pintao, que
el Garrapato mayor tuvo que silbarme tres veces
para que yo tomara el camino que habíamos ele-
gido.
Caminé entre dos tensiones: la supervivencia y el
chantaje. Bajamos por los lomeros de los cabezos
y nos parábamos de collado en collado. Vislum-
bramos las luces mortecinas de los candiles de
aceite que alumbraban tras las retamas de varias
chozas y traducimos el lenguaje del mundo animal:
oímos el rebuzno medroso de la burra de un pi-
conero ante los aullidos de los lobos, los bufidos
asustadizos de una piara de jabalíes encamados en
la umbría de un charnecal, y seguimos en el cielo
de la noche el primer vuelo de un murciélago.
Decidí cruzar la rivera por un lugar distinto al
que le habíamos dicho a El Lirón, un personaje no
fiable y que contaba con cinco hombres que por-
teaban para él. El Lirón se comportaba muy frío y
La Raya de los malditos
117
distante con nosotros, no sé muy bien sus moti-
vos. Quizá fuera que tenía mejor cartel que él entre
los cantineros y que yo les pagaba al contado…; y
sin necesidad de entregar el dinero exacto, cuando
el café subía inesperadamente y nos cogía en bra-
gas.
Últimamente el Chanza estaba muy controlado
por los carabineros, que habían cambiado de es-
trategia en sus correrías: tenían un cuartelillo en la
misma carretera, llamado por ello Carretero, entre
los pueblos de Aroche y Rosal, desde donde vigi-
laban todas las pasadas de la rivera. Además, desde
Aroche -el pueblo que con sus mortecinas luces se
ve por detrás de la vega- todas las noches salían
varias parejas de carabineros para apostarse a las
orillas de la rivera. “¿Carabineros o guardias civi-
les?”, le pregunto un poco liado al abuelo. Ya te
dije, Sergio, que el cuerpo de carabineros desa-
pareció en 1940 y que fueron integrados como
guardias civiles de frontera, pero para nosotros se-
guían siendo “carabineros”.
Antes de cruzar la rivera, agrupé a mis cuatro
compañeros en el rellano de un cabezo próximo a
ella: “No sé, dudo de la buena fe de El Lirón, me
da la espina de que está en complot con algunas
parejas de carabineros que le hacen la vista gorda.
Os vais a quedar los cuatro agazapados en aquel
José Luis Lobo Moriche
118
collado de la media umbría cercana a la pasada que
he elegido. Temo que El Lirón nos haya traiciona-
do con un chivatazo, para congraciarse él con cual-
quier tipo semejante a aquel chiquitín que se nos
puso por delante en La Raya. Pasaré yo primero,
no me fío”. Sigilosamente crucé la pasada sin pro-
blemas. Luego, cantó el cárabo en celo y mis cua-
tro compañeros alcanzaron la orilla. “Agustín, haz-
te cargo de mi mochila y ponte a la cola de la
cuerda; yo me quedaré rezagado para daros el
tiempo necesario hasta que os alejéis. Quiero saber
si El Lirón es un hombre fiable o si se cumplen
mis temores de que oculta sus lacras de chivato ba-
jo la apariencia de un hombre de buenas palabri-
tas”. “Ten cuidado, Daniel, que ése tiene poco de
lirón. Es una vieja rata”, me advirtió el lagartijera
de Agustín. Como una culebra me deslicé entre las
adelfas en busca de la pasada que, según El Lirón,
estaría libre. Desde una distancia prudencial de las
orillas, lancé una pequeña piedra al camino de la
solana que caía en la rivera. Confirmado: El Lirón
tenía la sangre de un traidor. Oí claramente el roce
de una zarza en el metal de un fusil y el falso si-
lencio que siguió.
Mis cuatro compañeros me esperaban a la entra-
da del quejigal. “A que es una rata, ¿eh, Daniel?”.
“Sí, Agustín. Pero será mejor no pisarle el rabo”.
La Raya de los malditos
119
Virgilio se separó de nosotros en el cabezo de las
tumbas, y los cuatro restantes buscamos Cortegana
por las umbrías del camino orillado a la carretera.
“¡Oye, Daniel!, mi hermano y yo rodearemos el ca-
llejón de Chanza por el barrio alto de las cabeza-
das”. Así lo hicieron: desde los bajos prados, los
Garrapato rodearon el callejón de la fuente donde
nace la rivera, saltaron a un cercado de secano y se
colaron en su casa con las dos cargas de café.
Hice de escudero de mi sobrino Rafael, apodado
con el sagrado nombre de un cafetero: El Tieso.
Durmió en mi casa junto a su café. El pobre no
había tenido buen comienzo como novato y estaba
muy preocupado con tantos episodios como nos
habían ocurrido. “Tito, qué trapisonda. Me parecía
que esto de ir a La Raya era más sencillo. Esta no-
che, seguro que no pego ojo”. Al día siguiente se
cumplió lo que temí: dejó de exponer sus duros y
concertó con una mujer muy bragada que trabaja-
ría a porte para ella. Yo le dije que era un disparate
porque, aunque expusiese sus perras, la rentabili-
dad siempre sería mayor que no estar a cuenta de
que te paguen cuarenta pesetas por cada porte.
Pero desistí de convencerlo: nunca más arriesgó
un duro.
En mi duermevela sólo se me aparecían carabi-
neros corruptos por todas partes, manos levanta-
José Luis Lobo Moriche
120
das que palpaban mis duros para comprobar su
autenticidad, imágenes casi borradas o la imagen
clara -con olor a aguardiente incluido- del sargento
que manda a su mujer para que la abuela le meta
debajo de sus sobacos varias bolsas de café. Mi
sueño no tuvo un final feliz: una vez que me lavé
la cara legañosa, mientras tomaba como ahora una
taza de café -ensimismado en el paisaje tan
cercano y distante de las solanas- aún veía cómo
los carabineros subían y bajaban los caminos,
abriéndonos los pasos con el tintineo de nuestros
duros: la única salida que encontré fue la de clau-
dicar ante aquellos chantajistas.
Como las aguas de la rivera bajaban muy revuel-
tas, durante más de dos semanas tiramos de la lata
de la abuela, en la que apenas sonaban ya las mo-
nedas…, y con el erre que erre del sargento que
no dejaba de pedirme su paga para jugársela en
una mesa del casino.
Nuestra cuerda de cinco hombres amenazados
por los chantajistas se estiró por las solanas con la
intención de cruzar de nuevo la maldita raya. Les
dije a mis cuatro compañeros que cargaríamos en
la cantina de Tomé. Pasamos por la fuente de las
berrazas y me pareció extraño que los chorreros
corrieran sin turbiedad. Sabía yo que las aguas cla-
ras significaban que hacía varios días en que nadie
La Raya de los malditos
121
bebía allí. Tras haber cruzado La Raya, no nos to-
pamos con ninguna cuadrilla ni vimos señal alguna
que anunciara peligro. Tomé nos confirmó lo que
yo presentía: que no me molestara en acercarme a
las otras dos cantinas, porque no había café en
ninguna de ellas. Me refirió que en la cantina de un
tal El Tonto, que estaba en la zona más cercana a
Encinasola, sí tenían todo el café que quisiéramos.
No me arriesgué a entrar en unas tierras fronte-
rizas que no conocíamos bien, de la que sólo tenía
referencias de la montuosidad de su terreno por mi
hermano. Durante tres días y tres noches, el bueno
de Tomé nos cobijó en su cantina: comimos de
sus patatas, de su tocino y dormimos bajo los efec-
tos eufóricos del vino verde. Charlamos sobre la
pretensión de algunos carabineros de cobrarnos el
chantaje con duros y con café: “La única solución,
amigo Daniel, es que vosotros subáis el precio de
la bolsa. Mejor será que paguéis y que salga el sol
por donde quiera”. El buenazo de mi sobrino sólo
se encogía de hombros, dejando en nuestras ma-
nos la decisión que fuese. Pero Agustín Garrapato,
que no era de la misma calaña que Virgilio, dando
fuertes puñetazos encima del mostrador de la can-
tina, bramaba de coraje: “Ni una peseta, ¿eh, Da-
niel? Pero que ni una peseta, ¡no se te vaya a ocu-
rrir!”. “Ya veremos, ¡tranquilo! No te sofoques”.
José Luis Lobo Moriche
122
Por fin al tercer amanecer vislumbré una cuerda
de mulos cargados con sacas, que desde los llanos
portugueses iniciaban la ascensión de las montañas
fronterizas. De cerca, comprobé que el trasiego de
descarga en las tres cantinas se hacía con cierto
orden. Quedó La Raya libre de mulos y de porta-
dores, pero no de chantajistas ni de deshonestos.
Aún no habíamos cargado; y, sin saber de dónde
habían salido, dos carabineros nos hacían guardia a
la puerta de la cantina de Tomé: otra vez se habían
saltado a la torera las leyes internacionales. A cojo-
nes los echó el cantinero, pero ésa no era la solu-
ción adecuada para que las cinco cargas de café
entraran en nuestras casas. Contuve las intenciones
de polvorilla del Garrapato mayor, que levantó sus
manos con intención de…: “¡A éste le echo yo
mano al gañote!”. “¡Agustín!, ¡quieto!”, y le hice se-
ñas a Tomé para que me dejara negociar con los
dos impostores: diez monedas de duro nos costó
que la Raya estuviese libre, y conocer que los cami-
nos que cogíamos habitualmente estarían aquella
mañana muy vigilados, y que no bajáramos ni por
los montes de Las Chocitas ni por el barranco
hondo de Bejarano. Que siguiéramos el correntón
de Umbrizo, que nos llevaría sin problemas hasta
la rivera del Chanza.
La Raya de los malditos
123
De regreso a casa, nunca habíamos caminado
con el sol de frente: esta vez la diosa Noche no
sería nuestra protectora. El camino que orilla el
barranco de Umbrizo busca la dirección de po-
niente, que nos aleja de Cortegana y se acerca más
a la zona fronteriza oeste de Rosal. El barranco
llega a un punto llamado Umbría del médico, don-
de repentinamente da una curva muy cerrada, obli-
gadas sus aguas por el cabezo de La Escoba. Entre
Monteblanco y las tierras altas de El Brueco se
cuela el barranco para verter sus aguas al Chanza.
Caminábamos fuera de nuestra ruta habitual, adap-
tados a las nuevas circunstancias que de improviso
se nos habían presentado. Mandé que la cuerda
que formábamos se mantuviera lo más alargada
posible; y, antes de alcanzar la junta del barranco
con la rivera, nos paramos a descansar en un na-
ranjal: “¿Qué os parece? Si tomamos rivera arriba,
nos toparemos de lleno con todas las pasadas.
Creo que es preferible que atravesemos la carretera
y que busquemos la cresta de las umbrías de enci-
nas. La pega es que nos daremos de narices con
Aroche, y con toda seguridad sus callejones esta-
rán muy vigilados. “Eso no es problema, Daniel -
me contestó el mayor de los Garrapato. De olivar
en olivar rodearemos Aroche, sin necesidad de que
pisemos ni el camino real ni la vereda de carne”.
José Luis Lobo Moriche
124
“Entonces, ¡no hay más que hablar!”. “Yo, lo que
vosotros digáis”, asintió como siempre El Tieso.
Alteré el orden de la cuerda: pasé la carretera co-
mo una centella y casi pegado a mí iba el mayor de
los Garrapato; detrás su hermano y cerró el grupo
Virgilio, que se colaba por los agujeros del monte -
estirando su pequeño cuerpo- con la misma movi-
lidad de una comadreja.
Agustín Garrapato me indicaba el camino de
rodeo a Aroche: de olivar en olivar. En un terreno
cercado con piedras calizas, unos cafeteros habían
dejado varios mensajes secretos a otra cuadrilla
que venía detrás de ellos, esas marcas que forman
parte del lenguaje variable de los clandestinos, un
código que se fija por todos los miembros de la
cuadrilla momentos antes de la salida: tres piedras
puestas en forma de U, varias ramas de retamas
aplastadas con una lancha, un retoño de murta
doblado, un hoyo en la arenisca formado con la
puntera de una alpargata y unas rayas con forma
de flecha: un lenguaje indescifrable incluso para
nosotros cinco.
¡Qué dificultosa resultó la salida de aquel labe-
rinto de calles de olivos! Maldije cien veces la luz
del día, pero aún faltaba el remate final de la jor-
nada. Una vez rodeado el barrio alto de Aroche,
La Raya de los malditos
125
encabecé de nuevo la cuerda y busqué las cumbres
del paraje La Serrana para apartarnos del camino
viejo. Al saltar unos paredones, me di de jeta con
dos carabineros, que no sé qué coño hacían allí.
Con la misma rapidez del chuzazo de un conejo
sorprendido en su cama por un podenco, corrí por
la cresta de la cumbre sin dejar la inclinación na-
tural de la montaña, que va de naciente a poniente:
los dos cazadores con fusiles en las manos corrie-
ron tras la pieza levantada, sin dejar de darme la
bienvenida con varios disparos, que retumbaron
tan cerca de mí que me pareció que me habían
roto los huesos en cien astillas. Corre que te corre
el conejo, y corre que te pillo los podencos. Llegó
un momento en que ni siquiera encogía mi cuerpo
al barruntar la detonación entre mis pies. ¿Cómo
iba ahora a arrojar al suelo mi mochila para que
acabara la persecución en derrota? A cojones tiré
hacia adelante, y no sé cómo tirarían ellos; pero
llegó un instante en que ya no podía aguantar tanto
jadeo ni la presión en mis hombros de unas co-
rreas que soportaban la tirantez de cuarenta kilos.
Apreté los riñones y, con un sobreesfuerzo más de
amor propio que físico, me salí de la cresta de la
cumbre, y corrí hacia un valle de olivos. “Hasta
aquí llegué”, me dije al ver un vallado de zarzas
orillado al camino real…; y sin pensarlo dos veces,
me lancé de cabeza al vallado: “¡Por aquí ha tenido
José Luis Lobo Moriche
126
que esconderse el mochilero! ¡Mira detrás de esa
zahúrda!”. “¡Anda que le zurza!, ¡cualquiera coge a
ese galgo!”.
Mientras liberaba silenciosamente el aire de mis
pulmones, aguanté más de media hora enredado
entre las espinosas zarzas. La escena de caza había
sido presenciada por un cabrero que -solidario
conmigo- engañó a los dos carabineros. Desde el
día en que inauguré el puente sobre el riachuelo de
mi aldea nunca me habían aplaudido con tanto
ahínco. Tuve que levantar mis manos al cabrero,
que entusiastamente me gritó: “¡Ole, tus cojones!”.
Se rompió la cuerda, pero esta vez cada uno de
los cinco alcanzó victorioso su casa.
La Raya de los malditos
127
CAPÍTULO VII
MUERTES
No sé de qué escapé, pero que sepas tú que to-
das nuestras lágrimas iban a parar al Chanza. Sus
aguas todo lo arrastraban: nuestros orines, las
mierdas, las ramas, la tierra, las piedras. Parecía co-
mo si la rivera tuviese alma. Tres días de borrascas
encadenadas que asoman por el poniente portu-
gués la enfurecen demasiado, ahogan los vagos
murmullos de sus aguas y acallan el croar de las ra-
nas que -fugitivas- se alejan de los pompos de la
crecida.
Mala espina me tragué, cuando nos tropezamos
con la cuadrilla de El Lirón. Como para los cafete-
ros estaba una noche de fortuna, caminábamos
ofreciéndole a la lluvia torrencial nuestros cuerpos
oblicuos para no ser barridos por la metralla de la
tormenta, sin miedo a que nos acecharan los cara-
bineros, y tan pegados uno a otro que formábamos
un único cuerpo con diez piernas acalambradas y
José Luis Lobo Moriche
128
diez manos engarrotadas por la lluvia. Íbamos
rivera arriba por la orilla izquierda de las pasadas.
Quedaba la última. Sólo los soplos de un chivato
podían haber encorajado suficientemente a los ca-
rabineros como para que nos esperaran apostados
en la orilla derecha de la tercera pasada. Se con-
fundían los fuegos de las armas con las chispas en
zigzag de la tormenta y se juntaban -en la negrura
de la noche emborrascada- las detonaciones de los
fusiles de los carabineros con los estampidos de
los truenos. Un cuerpo arrecido por el frío pierde
su natural movilidad, la sangre se te para; y, si caes
a la rivera, te arrastrará como si fueses una rama.
Caminábamos a ciegas y de frente a la muerte, per-
didos entre un bosquejo de alisos que, retorcidos
por el brío de la tormenta, nos paralizaban aún
más ante aquel infernal estrépito de tiros, de rayos
y de centellas. Buscamos amparo -en un último
afán de supervivencia- detrás de los gruesos tron-
cos de los alisos que orillan la rivera. Las balas
caían locas en el agua; y, cuando contactaban con
la superficie, perdían el ruido silbante que le había
dado el aire. Ese cambio brusco de los sonidos y
de las luces nos producía más parálisis en nuestros
miembros: ¿dónde se ocultaba aquel extraño ser
con diez piernas y diez manos?
La Raya de los malditos
129
Nos doblábamos como débiles juncos zaran-
deados no sólo por las metrallas de la naturaleza
sino también por la fuerza demente de unos hom-
bres, a los que aún llamábamos carabineros, que -
gracias a un chivato- habían alcanzado ahora la
dignidad de haberse convertido en monstruos. Es-
tábamos a merced de los monstruos: si ellos tu-
viesen el don de estirar unos metros sus brazos, fá-
cilmente nos podrían tocar. Quizás se lo creyese
uno de los carabineros: le fallaron los pies y las
manos. Cayó plomizo. Enmudecieron los fusi-
les…, pero tuvo la inicial fortuna de ser aupado
desde el fondo de la rivera por el dios de las pro-
fundidades. Se agarró a una de las ramas de un ali-
so, a una de ésas que caen vencidas en las aguas
turbulentas de las riveras. Estaba el desafortunado
a varias cuartas de nosotros: giraba en espiral la ra-
ma entre sus manos y giraba su cuerpo en torno a
ella. Fue un cuerpecillo humano de comadreja el
que trepó por el tronco de un aliso: Virgilio curvó
sus piernas entrelazadas en otra rama; y, sin saber
yo de dónde sacaba tanta agilidad, buscó con sus
manos el remolino violento que formaban carabi-
nero y rama: “¡No te sueltes!, ¡échale cojones!”.
Llegó a tocarle la cresta cabelluda, a casi alcanzar la
botonera metálica del cuello de la guerrera. Sin oír-
se chasquido alguno, el carabinero volvió a ser
arrastrado a las profundidades. Luego, nos fue de-
José Luis Lobo Moriche
130
vuelto entre vuelcos de hombros: vimos pasar la
muerte rivera abajo con la mirada hacia arriba. Vir-
gilio se quedó engarrotado sobre la trepa del aliso,
más por el terror de haber tocado la muerte que
por la frialdad de su piel. “¡Vamos, bájate! ¡El po-
bre llegará pronto a Portugal!”, le dijo Francisco
con una voz casi apagada.
Sus compañeros - no apostados ya tras las adel-
fas- habían sido testigos de los esfuerzos de un ca-
fetero para intentar salvarlo. Casi todo lo externo a
nosotros se calmó: los tiros, los rayos, las centellas.
Sólo las aguas del Chanza seguían tan inquietas y
violentas como los carabineros, como nosotros.
Nos separaban de los fusiles los veinte metros de
la anchura de la rivera. Pasamos frente a unos ace-
chadores tan vencidos como nosotros. Mantu-
vimos pegados nuestros cuerpos, y por el camino
orillado alcanzamos el puente de la carretera.
La muerte del carabinero originó que la lata de
tu abuela casi se vaciara. Varios meses estuvimos
sin pisar las solanas…, hasta que nos dio la picada
de ese gusanillo interno que todo cafetero lleva pa-
rasitado dentro de sus intestinos.
Parece como si la sangre y las lágrimas no nos
hubiesen abandonado y caminasen al compás de
nuestros pasos: acabábamos de cargar en la choza
La Raya de los malditos
131
de Cisquero, la cantina menos frecuentada por
nosotros, que estaba emplazada en un sitio que a
mí me resultaba peligroso, porque carecía de la
visibilidad de las lomas fronterizas que tenían las
otras dos cantinas. Aunque seguían una ruta
opuesta a la nuestra, coincidimos con varias cua-
drillas extremeñas con las que sí podíamos caminar
juntos durante una legua de sierras siguiendo la
cumbre fronteriza por la vertiente portuguesa para
no dar vista a la caseta de Aguzaderas, y separar-
nos de ellos una vez dejado atrás el marco 1006,
donde ellos cogerían el camino de Encinasola y
nosotros buscaríamos las solanas. Los Garrapato
me animaron a que nos enroláramos en aquella
cuerda casi kilométrica: “Daniel, ¿por qué no sa-
limos con ellos? Por lo menos, hasta la sierra de
Paijuanes iremos más seguros, y no tenemos que
esperar a que oscurezca”. Acepté su proposición a
regañadientes, porque sabía que no todas las cua-
drillas respetan el sagrado silencio; y que a veces
algún gracioso lo rompe, cuando se siente ampa-
rado en medio de tantos hombres. Además, no me
gustaba salir al descubierto con tantas horas de sol
por delante. No obstante, procuré que nuestra cua-
drilla cerrara la larguísima cuerda. Sentí tal aca-
loramiento interno de coraje, al ver que algunos
cafeteros caminaban como si aquello fuese una
José Luis Lobo Moriche
132
romería, que a punto estuve de romper mi com-
promiso de seguirlos.
La voz humana suena extraña en las sierras, y
además es la alcahueta de nuestros pasos. Subía-
mos la barrera de un cabezo de la sierra de la
Contienda, y aquel rosario de hombres que se
creían romeros fue dispersado por los retumbes de
la montaña. Me paré en seco y mandé a mis hom-
bres: “¡Quietos, quietos aquí! ¡Taparos de la ba-
rrera! ¡Agacharos!”. La primera cuadrilla que enca-
bezaba la larga cuerda estaba acorralada por los
carabineros. En aquel desbarajuste, cada uno de
los cinco cafeteros corrió por donde pudo. Uno de
ellos, el más larguirucho de todos, cometió el error
de buscar la cresta de la montaña por el lomo más
pelado de la ladera: no se escuchó grito alguno de
muerte. Su cuerpo fue violentamente impulsado
hacia delante por la fuerza de una bala explosiva,
que le había entrado por la espalda tras atravesar
su mochila. Entonces el asesino sí bajó su fusil. En
la cima de la montaña, El Tieso movía nerviosa-
mente sus labios: “¡Tito, tito!”, mientras los de-
más contemplábamos horrorizados cómo se des-
parramaba por la ladera abajo un reguero de café y
sangre. Yo -sin rezos- palpé a mi diosa.
Fue una sensación terrible: ¡que un compañero
tuyo haya sido asesinado cerca de ti y que tengas
La Raya de los malditos
133
que tragarte tu saliva! Reconduje la situación entre
mis compañeros e intenté transmitirles ánimos:
“El pobre ya no tiene solución. Ahora somos no-
sotros los que tenemos que escabullirnos de estos
criminales. Manteneros pegados y seguidme en si-
lencio. Vamos a retroceder hasta el collado de
Umbrizo, y cogeremos la trocha que va por la ori-
lla del barranco de Bejarano”. Y volvimos a tomar
los caminos habituales de las solanas que nos baja-
rían hasta la rivera.
Nadie se preocupó de que el cuerpo de aquel
cafetero extremeño, vilmente asesinado, fuera tras-
ladado a su pueblo natal de Higuera; lo enterraron
tres días después en el cementerio de Encinasola,
en donde mi hermano Felipe ejercía como guardia
civil rural. Hacia allí me encaminé…, y durante
más de diez horas anduve por las veredas de carne
y caminos reales que unen Cortegana y Encinasola.
Acompañado por el Garrapato mayor y por mi
sobrino El Tieso, atravesé las altas tierras planas de
Las Contiendas. También los compañeros de los
cafeteros derraman lágrimas: tuve que apretar con-
tra mí a mi sobrino, que lloraba como un ciervo
malherido.
Temblaban los familiares y los compañeros del
cafetero difunto…; y entre tanto llanto y tanta ra-
bia también temblé yo, cuando vi cómo un guardia
José Luis Lobo Moriche
134
civil rural se apeaba de una bicicleta a la puerta del
cementerio: era mi hermano Felipe. “Pero, ¿qué
pinta éste aquí?”, le pregunté extrañado a El Tieso.
Disimulé haberlo visto. Hubo un momento de tan-
ta tensión con la presencia del guardia civil en el
interior del cementerio, que me temí lo peor para
mi hermano. Lo vi que hablaba con el enterrador,
y que en un papel apuntaba algo. Luego, pedaleó
con brío para alejarse del cementerio por el cami-
no del cuartelillo.
Después del entierro me acerqué a casa de tu tío
Felipe. Para qué decirte, Sergio, el tema de con-
versación de nuestro encuentro: “Que ya está bien
de tanto contrabando…, que te la estás jugan-
do…, que vas a terminar en trabajos forzosos…,
que tú ya sabes qué es la cárcel…, que tienes ante-
cedentes…, que esos guardias de frontera no se
andan con chiquitas”. Lo dejé que se desfogara
conmigo. Poco a poco se fue calmando. Llegó a
revelarme que había ido al cementerio para cum-
plir la orden de su teniente: que debía apuntar el
número de nicho del infortunado cafetero para
completar el expediente…; que el enterrador, ante
el murmullo que se originó con su presencia, le dio
un número cualquiera de nicho con la intención
de salvarlo de tantas miradas amenazantes. Me dijo
que había llegado al cuartelillo un comandante pa-
La Raya de los malditos
135
ra informar a las autoridades de las pruebas de tiro
hechas en el lugar donde había ocurrido el lamen-
table suceso. Que el comandante no escurrió el
bulto…, y que su conclusión había sido: “Esto es
un crimen”.
Quedé desconcertado con el rumbo que tomó la
conversación: la mancha de los chantajes también
salpicaba a los rurales. Noté la necesidad que tenía
tu tío de desahogarse conmigo, como si quisiera
vomitar tantos sapos como se había tragado. Tú
sabes que los guardias civiles rurales no hacían
servicios para controlar el contrabando, que eran
los guardias civiles de frontera -carabineros para
nosotros los cafeteros- quienes prestaban ese ser-
vicio a la Hacienda Pública, que los rurales sólo
controlaban -en el puesto fronterizo situado en la
carretera que une Encinasola y el pueblo portugués
de Barrancos- el paso de los rayanos: que todos
portaran un salvoconducto, cuando se decidían a
pasar la frontera. Pero la manera de contrabandear
de estos rayanos se diferenciaba de la nuestra. Si-
tuada Encinasola en la cercanía de la Raya, era muy
habitual que muchas mujeres y zagalones -casi
niños- se arriesgaran a cruzar la maldita raya.
Mujeres enviudadas y otras desgraciadas que te-
nían a sus maridos en la cárcel provincial fueron
empujadas a saciar el hambre con el trapicheo de
José Luis Lobo Moriche
136
unas bolsas de café ocultadas entre sus senos. Pri-
mero, daban un rodeo al cortijillo de los guardias
civiles rurales, tanto a la ida como a la vuelta…;
luego, aceptaron la invitación de los rurales para
que hiciesen el camino de ida a La Raya sin nece-
sidad de rodearlo. Es decir, se las trajinaron poco a
poco: “Te dejo pasar la frontera con tu pechera
abultada por las bolsas de café, y tú me haces la
limpieza del cortijillo…; te dejo que la abultes más,
y tú me lavas la ropa…; y tú me haces la comida, y
tú me liberas de tanto semen acumulado en mis
testículos”.
Aquella tarde tío Felipe lloró ante tres cafeteros,
al sentirse culpable de no poseer la valentía sufi-
ciente como para desenterrar tantos chantajes y
tantas humillaciones: “Pero ¡ojo!, hermano Daniel,
también yo he tenido que aguantar los envites que
han tratado de derribarme. Sucedió que, como jefe
de la pareja rural del puesto fronterizo, recibí la
orden de desalojar el mobiliario del cortijillo:
busqué a un mulero para que acarreara los mue-
bles; pero unas enrabietadas mujeres denunciaron
que en el mulo iba también una partida de contra-
bando. No tuve más remedio que hacer el paripé, y
requisé la carga de treinta kilos de café. En el acta
no figuraba cargo de reo, porque la detención con-
llevaba muchos quebraderos de cabeza para noso-
La Raya de los malditos
137
tros los civiles, al tener que llevar -en bestia y
esposado- al reo hasta la estación de ferrocarril de
Fregenal, y luego acompañarlo hasta la prisión
provincial: mucho jaleo para sólo treinta kilos de
café. Así que dejé libre al mulero; pero el maldito
me denunció ante el Administrador de Aduanas de
que yo me había quedado con otros treinta kilos.
Mi teniente no tuvo más remedio que interve-
nir…, y ya me vi con la ropa de guardia quitada.
Menos mal que el teniente se creyó mi versión de
los hechos. Declararon las mujeres denunciantes y
se pudo verificar que el mulero sólo había compra-
do treinta kilos de café. Yo también estoy aquí
entre dos aguas, hermano Daniel. Nadie se fía de
nadie. Hago más servicios de vigilancia a los cara-
bineros de Picoroto y de Sierra del Hoyo que a los
mismos cafeteros”.
Aquel desconcierto de mi hermano ante la co-
rrupción de los agentes encargados del orden acre-
centó mis presentimientos de que la manera de
vigilancia en La Raya cambiaría. No sabía yo en
qué consistiría tal reforma, pero intuía que algo se
cocía. Un día, el sargento de los eructos aguarden-
tosos vino a esta casa. Al verlo entrar me dije:
“Qué querrá su majestad ahora”. “Mira, Daniel, la
cosa está cambiando. La línea del ferrocarril que va
a Zafra delimitará a los guardias civiles bien con
José Luis Lobo Moriche
138
tricornio o bien con nuestras gorras de plato. Van
a traer la comandancia de Aracena a Cortegana. A
mí me han destinado a Extremadura. Lo siento
por ti, porque ya no podrás esconder tus cargas de
café en el ayuntamiento ni tendrás abiertos los
callejones del pueblo. Tú, piénsalo bien…; pero la
cosa se va a poner muy fea”. Después de haberme
anunciado que el pacto de intercambio de duros y
bolsas de café por el secreto de un servicio había
finalizado, se despidió de mí, no con el deseo de
las buenas noches sino con la frase rutinaria suya
de un impostor: “Daniel, a propósito, ¿no tendrás
por ahí un par de bolsillas?”.
Que ya no contara yo con los chivatazos del sar-
gento apenas me angustiaba; pero sí me preocu-
paba desconocer de qué manera vigilarían los
nuevos guardias civiles de frontera, que dejarían de
ser para nosotros “carabineros”. Hubo unos meses
en que parecía que todos los reyes se habían
muerto, y que algún rebelde había borrado la mal-
dita raya: entonces caminamos muy relajados…,
pero sin sentirnos clandestinos, sin oír siquiera un
fogonazo de fusil en todas las barreras de las so-
lanas. Recuerdo que, por aquellos días, el pequeño
Virgilio -la comadreja humana que se colaba por
los agujeros del monte y que trepó por un aliso del
río para luchar contra la muerte- se despedía de
La Raya de los malditos
139
nosotros como cafetero, porque había ingresado
en el cuerpo de la Guardia Civil: se convertía en
¡un desertor del arado! Es lo que tú, Sergio, llamas
hecho paradójico: un cafetero y su hermano un
guardia civil…, y ahora un cafetero que se nos
pasa al enemigo. No me extrañé de que en manos
de un casi analfabeto recayese el orden público,
pues a mis oídos había llegado que el cabo de una
aldea se presentó una mañana en el casino de
Cortegana en busca de su capitán. Dicen que el te-
niente lo vio llegar muy sofocado a la plaza del
pueblo…, que se interpuso delante del cabo para
recabarle qué novedad venía a darle a su oficial:
“¡No, no…, a mi capitán!”, y siguió -sin prestarle
atención al teniente- a lo largo del salón al encuen-
tro de su mandamás, que en compañía del juez se
tomaba una copa de vino en el mostrador. Se cua-
dró militarmente ante él, deseoso de darle la gran
novedad: “Mi capitán, que en la aldea ha caído una
bomba atómica”. “Bueno, bueno. No te preocu-
pes, ya sabíamos que sucedería. Es inofensiva”, y
trataba el capitán -ante las carcajadas del juez- de
disimular la ignorancia del cabo, que confundió el
estallido de un avión -tras pasar la barrera del
sonido- con la explosión de una bomba atómica.
Pero, no te hablaba yo del tan extendido anal-
fabetismo de nuestras fuerzas del orden sino del
ingreso de Virgilio en la Guardia Civil. “Anda, co-
José Luis Lobo Moriche
140
madreja, hoy tú serás nuestro guía. Cuando vigiles
estas solanas, ¡a ver cómo te portas con noso-
tros!”. Y el pequeño Virgilio nos llevó hasta La
Raya alargando unos pasos con los que arreme-
daba mejor a un payaso que a un hábil cafetero
como él había sido. De madrugada, cuando la pe-
queña comadreja humana se apartó por última vez
del camino de la rivera para tomar la senda que le
llevaba a su choza, afloraron en nosotros unas
lagrimillas de despedida: la carga de Virgilio no
durmió aquella madrugada en las tumbas primiti-
vas y por primera vez su choza olió a café.
Dicen que no hay dos sin tres ni mocita sin
amor: aquel amanecer nos topamos con una cua-
drilla de cafeteros de Aroche en los llanos de San
Mamé, donde hay una ermita que está muy cerca
de la rivera. El guía -no recuerdo su nombre- nos
comentó que iban a saltar a las solanas por la noria
de La Venta, y que, si queríamos, podíamos acom-
pañarlos hasta La Raya por el camino que alinda
con la zona boscosa de El Brueco. Agustín Garra-
pato, tan dado a estos encuentros, enseguida me
animó para que nos uniéramos a ellos: “Sí, Daniel,
arropados iremos más seguros. Hay que tener ami-
gos hasta en el infierno”. “Mira, Agustín, cada mo-
chuelo a su olivo. No ves que tendríamos que dar
un rodeo muy grande, y encima nos vamos a dar
La Raya de los malditos
141
de jeta con el cuartelillo de Alpiedras. Ellos tienen
el amparo del cortijo de La Venta y las chozas del
barranco Juanita. Ellos allá. Nosotros a lo nues-
tro”. Mi decisión de no caminar con aquella cuerda
¡de buena nos libró! Eran días de trilla y un mo-
zuelo de Aroche estaba con una collera de mulos,
a la espera de la marea, a pie de una de las eras de
La Venta. El guía de la cuadrilla arochena animó al
mozuelo para que subiera con ellos a la frontera y
se trajera una mochila de café. Me contaron, des-
pués, que el mozuelo trató de desembarazarse de
la invitación de la cuadrilla: “¡Qué va!, si la semana
que viene me voy a casar. No me metáis a mí en
estos líos. Seguid vosotros. Aquí tenéis mi cortijillo
para lo que se os antoje”. Pero sé que tanto insis-
tieron los arochenos, que el mozuelo olvidó que se
casaba y que esperaba al viento de la mar. Lo cier-
to es que el pobre mozuelo ni se casó ni trilló la
parva de la era: junto a la fuente de una zona de
Alpiedras que llaman la Era Campamento fue ase-
sinado por los carabineros.
A partir de 1952, año más o menos, la Guardia
Civil empezó a llenar las proximidades de la Raya
con cuartelillos y con casetas, o bien remodeló las
que había: recuerdo los nombres de Pegueriñas,
Alpiedras, Aguzaderas, Flores, Picoroto, Carretero.
Pero lo que nos importaba no eran estos nombres,
José Luis Lobo Moriche
142
sino saber cómo los guardias civiles que vigilaran
la frontera se comportarían con nosotros. Se ex-
tendió entre los cafeteros el rumor de que los nue-
vos guardianes de La Raya no podían aprehender
sólo la carga de los cafeteros…; que también de-
bían apresar al reo, bajo la amenaza de sus supe-
riores de que si no lo hacían, sufrirían un expe-
diente disciplinario. Para la mayoría de los cafe-
teros que estábamos aquella tarde en la cantina de
Tomé, los nuevos guardianes de la frontera serían
como unos superhéroes que acabarían con noso-
tros en dos días. Sabía yo que, si cundía el desá-
nimo general, supondría mi propio fin como clan-
destino. ¡Vaya!, unas palabras mías de aliento a va-
rias cuadrillas para que siguiéramos por los cami-
nos de las solanas consiguieron el efecto deseado:
“Es necesario que nos llevemos bien con todos los
pastores de las solanas y de las vegas del río, y so-
bre todo tenemos que mimar a sus mujeres. Ellas
pueden ser nuestras verdaderas guías, las que nos
abran las puertas de la frontera. Es cuestión de
quedar con ellas, para que nos alerten de la pre-
sencia de esos miserables con distintas señales le-
vantadas junto a sus chozas. Como es natural, hay
que ser agradecidos. Las deberemos corresponder
con varias bolsas de café o con alguna saca de ha-
rina. Eso ya es cuestión de cada cuerda. Cada uno
La Raya de los malditos
143
que pague como quiera”. En eso quedamos todos.
“A cojones”, oí que gritaron algunos de ellos.
No existen los invencibles: el Fúnebre mayor
tenía su nariz vulnerable…, y los guardias civiles
también ocultarían algún punto débil. Y así fue co-
mo enseguida supimos que en las casas del juez,
del cura, del capitán y del nuevo sargento se bebía
café torrefacto. Mientras a ellos les guste el café
portugués y hasta que no finalice la guerra del
hambre, seré clandestino -me decía yo en las horas
bajas de moral.
Inesperadamente, por Reyes del año 1953, llegó
el segundo movimiento del péndulo: sí, aquel niño
que saltó sobre mí con la malévola intención de
hacerme papilla, y que quedó paralizado ante los
borbotones de sangre de su nariz, se presentaba en
este pueblo como una autoridad del orden público.
Ajenos a la llegada del Fúnebre a Cortegana,
continuamos las idas y venidas por las solanas.
Casimiro y tres amigos míos -El Regalao, El
Guinda y El Rata- ocuparon ocasionalmente el
puesto dejado libre por Virgilio. Algunas cuadrillas
de los pueblos más lejanos de la Raya se atrevieron
incluso a transportar las sacas de café en caba-
llerías: formaban cuerdas de varias bestias con tres
cargas en cada una de ellas. A veces nos aprove-
José Luis Lobo Moriche
144
chábamos de que estas cuadrillas caminaran delan-
te de nosotros. Íbamos detrás de ellas con la se-
guridad de que las bestias nos abrían el camino;
pero si los muleros tenían algún contratiempo, nos
sentíamos solidarios con ellos y compartíamos
nuestras cargas. A los pobres arrieros la Guardia
Civil no sólo les confiscaba la carga -atrapar al reo
de noche sonaba como a palabras mayores- sino
que también les requisaban las bestias, que eran
mostradas jubilosamente por los guardias como
trofeos. Una vez requisadas las bestias, las llevaban
a los corrales del concejo o a las plazas de toros, a
la espera de que el juez las sacara a subasta. Y de
subasta en subasta me veías a mí para quedarme
con las bestias al precio inicial que había tasado el
juez, y devolvérselas a sus propietarios: otro ejem-
plo más de la solidaridad que todos nosotros tenía-
mos con los cafeteros caídos. Ningún impostor
ajeno a nuestras penalidades se atrevió nunca a
participar en alguna de estas subastas.
De la noche a la mañana una nueva forma de vi-
da picaresca surgió en La Raya: habíamos cargado
en la cantina de Pintao más de cien kilos de ca-
fé…; luego, completamos la carga en la cantina de
Tomé. Desde el picacho de Piedras Altas obser-
vábamos cómo el sol se mantenía aún muy alto; y
pensaba que nos arriesgaríamos a ser visto por los
La Raya de los malditos
145
civiles, si nos arrojábamos -con tanta tarde por
delante- a alcanzar las solanas por un punto tan
cercano a la caseta de Aguzaderas: “Agustín, deja
aquí tu mochila y vete a la cumbre del cabezo alto
de Las Chocitas, y controla desde allí los movi-
mientos de relevo de los guardias. Si no han salido
de Aguzaderas ya, poco faltará; y si no han hecho
el cambio de servicio, no te muevas de la cumbre
hasta que nosotros vayamos. Atento a ver si toman
la Raya abajo o cogen el camino de Encinasola. Es
probable que tomen la frontera arriba o el barran-
co de Umbrizo. En este caso, aquí te esperamos”.
“Lo que usted mande, jefe”; y después de saludar-
me jocosamente al estilo militar, el Garrapato ma-
yor corrió presuroso hacia su puesto de vigilancia.
Sabíamos que los guardias civiles tenían un código
escrito que debían cumplir reglamentariamente, y
que era muy opuesto al nuestro, basado en la im-
provisación y actuación según las circunstancias
adversas que se nos presentaban. Ellos tenían una
zona de vigilancia concreta en la caseta de Aguza-
deras: desde el marco 1008 de Piedras Altas hasta
el marco 998 de Charco Redondo, y desde ambos
marcos se iniciaban dos zonas de vigilancia que
correspondían a guardias de Rosal y de Encinasola.
Pero nunca pisábamos estas demarcaciones por-
que se nos alejaban de nuestros caminos habitua-
les. Bueno, te contaba que estábamos en Piedras
José Luis Lobo Moriche
146
Altas haciendo tiempo hasta que oscureciera y es-
perando a ver qué nos depararía la vigilancia de
Agustín en la atalaya. Sin que hubiéramos oído pa-
sos algunos, nos vimos rodeados por tres guar-
dinhas: esta vez no teníamos apiladas las cargas en
el suelo de la fuente ni tampoco emprendimos la
carrera de estampía. Nos sorprendieron tan rápido
y de improviso, que nos quedamos como estatuas:
“Adiós a nuestras pesetas, adiós a la mochila de la
abuela”. Entre tantos adioses, reaccioné con cierta
lucidez…; y, sin saber por qué ni cómo, me encaré
con uno de aquellos guardinhas: “Ya está bien de
tanto pedir, ¿quién coño te has creído que eres?, y
le vomité toda la rabia contenida que llevaba den-
tro. Noté que enseguida se puso temblón y que en
su discurso no daba pie con bolo. Me encorajé
más…, y el Garrapato menor se sintió protegido y
gritó también…, y mi sobrino El Tieso se liberó
de su ansiedad…; y entre tanto coraje y gritos, los
tres falsos guardinhas se derrumbaron ante noso-
tros como tres desgraciados carboneros que se ha-
bían vestido con guerreras y pantalones de guar-
dinha con el propósito de saciar, mediante el enga-
ño, sus propias miserias. Después, comprobé que
no portaban armas. Los tres carboneros -no sé si
derrotados- se perdieron a nuestras espaldas.
La Raya de los malditos
147
Al rato el Garrapato mayor venía la frontera aba-
jo con pasos decididos y sin apartar la vista del ba-
rranco: “Hace media hora que salieron de la caseta
con dirección al barranco, seguro que harán el re-
levo en Umbrizo; porque si hubiesen cogido la
frontera abajo, os hubieseis dado de cara con
ellos”. “Mejor, pasaremos la Raya por la mismí-
sima caseta”, anuncié a mis compañeros. Y así lo
hicimos: nunca había visto tan de cerca la caseta de
Aguzaderas. “¡Que se jodan!, ¡esta noche beberán
mis meaos!”, y con su pinta de granujilla se puso a
orinarse en los cántaros de agua que los civiles
tenían a la puerta de la caseta de Aguzaderas.
“¡Agustín!, ¡déjate de gansadas!”, y sin perder
tiempo en contarle la aparición de los falsos
guardinhas, dimos nosotros también las espaldas a
los guardias civiles que vigilaban la Raya. ¿Te quie-
res creer, Sergio, que ya habíamos alcanzado la
media solana, cuando el Garrapato menor se dio
cuenta de que no llevaba la mochila colgada de sus
hombros? “Daniel, ¿y ahora qué hago?”. “Coge tú
solito estas solanas arriba…, pídele permiso a los
guardias…, recógela, que aquí te esperamos”. Y el
menor de la cuadrilla cumplió al pie de la letra mi
mandato: al cabo de poco más de una hora venía
por la trocha abajo tan rápido que cortaba el
viento.
José Luis Lobo Moriche
148
Yo no sé qué se les figuraba a los jerarcas fascis-
tas que cinco hombres caminasen desde La Raya
hasta Cortegana con los pies reventados, para que
el juez y el alcalde se pudieran tomar una taza de
café: crearon hasta ¡una comandancia de la Guar-
dia Civil de frontera en este pueblo! Sí, Sergio, el
gobierno fascista, a partir del año cincuenta y dos
o cincuenta y tres -no recuerdo bien- empezó a
llenar tu pueblo de guardias civiles con gorras de
plato: los había con dos galones, con tres, con
cinco estrellas, con seis, con ocho. Todos vestidos
de gris verdoso y sin tricornio, y mandados por un
teniente coronel: la certeza de que la guerra del
hambre aún no había terminado. Montaron un
servicio de información, cuyos agentes iban ves-
tidos de paisano y que no sólo frecuentaban los
lugares públicos, sino que también hacían servicios
en las líneas de transportes y en las zonas limí-
trofes con la Raya. Adiestraron a varios perros de
raza alemana para que olfatearan los alijos de ca-
fé…, domaron una cuadra de caballos para aden-
trarse en los lugares más inaccesibles de las sierras,
crearon la figura endemoniada del castigador que
obligaba -palo a palo en el costado del reo- a
aniquilar cualquier sombra que proyectase un ca-
fetero.
La Raya de los malditos
149
Sólo durante tres años pude resistir los acosos de
los guardias civiles de frontera. Te contaré mis his-
torias malvividas en los primeros años cincuentas:
cayeron, no del cielo, los expedientes procesales
que se seguían en la prisión provincial -y me saca
el abuelo el expediente de un mozalbete de veinte
años. Contemplo su cara aniñada y leo las señas
particulares del iris de los ojos, el cabello negro, la
piel morena, las cejas separadas, la nariz recta,
boca y barba descritas con caracteres ilegibles, cara
ovalada y talla 1,70. “Abuelo, pero… ¡si es un ni-
ño!” -y la ficha marca al padre y a la madre…, a la
profesión del campo…, a su calle La Harita…, a
que no tiene instrucción…, y que el delito come-
tido -además de haber nacido- es el delito de con-
trabando -escrito por el funcionario de turno con
mayúscula.
Sergio, tú ya sabes que vivíamos en un mundo
lleno de eso que tú llamas paradojas, de contra-
dicciones…, de no saber a qué atenerte, de sentirte
zarandeado por alguien que se te presenta como
un ángel y resulta después que es tu verdugo. No
sabías tú, si todo aquel aparatoso sistema de re-
presión montado por el gobierno te aplastaría a ti
o casualmente vendría a socorrer tus hambres.
Siempre te quedabas desconcertado, como si caye-
ses al suelo vapuleado por tantos golpes inespe-
José Luis Lobo Moriche
150
rados. Resulta que un anochecer llamaron a la
puerta de esta casa: abrió la abuela y se quedó de
piedra ante la presencia del teniente de la guardia
civil. La pobre abuela se temió que se trataba de
un registro o que venía a detenerme: “¿Y Daniel?,
quiero hablar con él”. Encontré, en esta sala donde
estamos ahora, al teniente de pie junto al ventanal:
miraba la profunda lejanía de las solanas de po-
niente. Enseguida me tendió una de sus manos,
mientras sostenía la gorra de plato con la otra. No
dio rodeo alguno en su discurso, se fue al grano:
“Mira, Daniel, el teniente coronel me ha mandado
que compre tres cargas de café para la comandan-
cia…, eso es cosa suya. Tú te encargas de cargarlas
en la frontera…, las descargas en el sitio donde
quedemos…, y tres guardias civiles las llevarán al
cuartel. No te preocupes, yo te doy el dinero por
adelantado. ¡Oye!…, que es un caso excepcional,
¿eh? No tienes por qué comentar nada con tu
cuadrilla. Que quede la cosa entre tú y yo, ¿enten-
dido?”. Sacó de la cartera un manojo de billetes;
los conté y las pesetas que me entregó el teniente
no correspondían con el precio al que yo lo
vendía: el teniente por su cuenta me impuso un
precio más bajo. Se despidió amablemente de mí, y
antes de salir a la calle me recordó: “No olvides
que lo necesito para dentro de tres días”.
La Raya de los malditos
151
¡Más desconcierto, querido Sergio! Huyes despa-
vorido del teniente, y luego viene cortésmente a
saludarte a tu casa. Entrabas en un palacio con
bellas estancias y saludables jardines, que de pron-
to se transformaba en un temeroso laberinto don-
de no encontrabas la puerta de la salida; o que se
te acercaba un hada encantadora que te daba la
llave maestra de la esperanza y resultaba ser una
bruja malvada que te había dado adrede una llave
oxidada.
Preparé detalladamente la salida: me acompa-
ñarían los dos hermanos Garrapato y mi sobrino
El Tieso; porque entre menos gente metiera las na-
rices en el asunto del teniente, mejor para todos. A
ninguno de mis tres compañeros les revelé el se-
creto ni que las cargas estaban vendidas de ante-
mano. Aunque sabía yo que contaba con la total
protección del teniente, me tomé su encargo con
toda la seriedad y precauciones necesarias. Recuer-
do que en los prados bajos nos dimos de cara con
una pareja de guardias civiles, cuya presencia origi-
nó que a mis tres compañeros se les contrajeran
sus músculos y se acojonaran. Nos miraron con
recelo, pero no nos dijeron nada. Los Garrapato y
El Tieso no se extrañaron de esa reacción de los
civiles, porque el encontronazo había sido muy
cerca de las últimas calles del pueblo; otro gallo ha-
José Luis Lobo Moriche
152
bría cantado, si nos hubiésemos topado con ellos
en los callejones: entonces, con toda certeza, nos
hubieran birlado todo el dinero que llevábamos
encima. Tanto a la ida como a la vuelta no ocurrió
nada especial ni digno de contarte. Cuando -de
regreso de La Raya- pisamos los bajos prados de
Cortegana, llegó el momento de comportarme con
toda naturalidad para que no levantara sospechas
entre mis tres compañeros: “Esta madrugada todo
el café dormirá junto a mi burra. Lo vamos a
descargar aquí, esconderemos las cuatro cargas en
este regajo. Os vais tranquilos para casa, que yo las
meteré en mi cuadra una a una. No hace falta que
mañana las recojáis, porque la abuela tiene muchos
encargos de café para la zona minera. Ella os dará
vuestro dinerito”. Así lo aceptaron los tres y así se
hizo: me colgué mi mochila y busqué la ladera
norte de este cabezo. En un regajo de los bajos
prados durmieron aquella madrugada las tres car-
gas de café que al día siguiente los guardias civiles
y sus mandos -con galones y estrellas- saborearían
en el bar de la comandancia.
La Raya de los malditos
153
CAPÍTULO VIII
EL PERRO CALLEJERO
“¡Daniel, Daniel!, ¡suena gente en la calle!”. Me
levanté de la cama. Mi reloj marcaba la media-
noche. No encendí luz alguna. En efecto, sonaban
pasos acompasados en frente de esta casa. No eran
pasos dados con pies descalzos ni con sandalias de
goma ni con alpargatas, que es el calzado que am-
para los andares de los pobres; sonaban como de
pies embotados y exentos de libertad, los pasos
presos de la marcialidad militar. Descorrí poco a
poco los visillos de la ventana de mi dormitorio,
una noche ventosa en que ningún perro ladraba.
Acera arriba y acera abajo. Sabía lo que buscaba el
perro callejero vestido de guardia civil y por qué
levantaba su hocico en la dirección de mi casa.
“¿De qué raza será este perro que permanece tan
seguro de su venteo?”. “Daniel, ¿quién es?”. “Un
personaje de una leyenda que leí de niño: un héroe
cuyo punto vulnerable es su nariz”. Se durmió la
José Luis Lobo Moriche
154
abuela…, se alejó el perro callejero y quedamos en
vigilia el vendaval de la madrugada y yo.
La sombra siniestra del hijo mayor del cochero
de los muertos se alargó cada vez más por los es-
cenarios que frecuentábamos los cafeteros. A mi
calle vino aquella madrugada como chucho calleje-
ro…; luego, me empezó a mostrar las fauces ame-
nazantes y criminales de un perro de presa. Cuan-
do me veía por la plaza del pueblo, levantaba una
de sus piernas como si simulase que se meaba en
una esquina…, que él era el amo de la calle…, que
tenía un ajuste de cuenta pendiente…, y que con
sus dedos ensalivados me mojaría las orejas. La
sombra del Fúnebre se montó sobre mi misma
sombra; mi calle sería su calle. Un día, aquel perro
callejero vestido de guardia civil se abalanzó furio-
so sobre la abuela Rosa: iba -por el atajo que te
lleva a la estación de ferrocarril- con su entrepecho
repleto de bolsas de café, a llevarles al maquinista y
al fogonero del tren la mercancía clandestina. Ellos
arrojarían las bolsas de café a la vía, en un lugar
cercano a la tercera estación y muy próximo al
último túnel que -tras perforar una sierra piza-
rrosa- nos muestra el paisaje andevaleño.
La abuela fue cafetera por imitación de su hom-
bre, como todas las mujeres de los cafeteros. Por-
que ellas eran nuestras sugerencias y nuestros estí-
La Raya de los malditos
155
mulos: “Quiero morirme antes que tú”, me decía
siempre, y se cumplieron sus deseos. En aquella
vereda que los vecinos llaman Carabaña -porque
según una leyenda moruna cara les costó la baña a
varias doncellas del castillo-, en el barranco que
parte el valle en dos mitades, cara le resultó a la
abuela la aparición de un monstruo que cubría su
cabeza con una gorra de plato malamente encas-
quetada, y que llevaba la guerrera y la bragueta de-
sabrochadas. No era un monstruo con tres cabezas
y cien patas, sino un bulto de carne que se había
concentrado en todos sus miembros menos en la
cabeza: “¿Adónde vas tú?, ¿qué llevas ahí?”. Dos
manos monstruosas rajaron en dos el sujetador de
tu abuela, y dos pies monstruosos pisotearon su
dignidad. Y el monstruo levantó furiosamente las
manos en el aire para humillar aún más a mi Rosa.
Soportó ella -con la santidad de una mujer dife-
rente- todos los improperios que puedas imaginar:
“A mí dígame lo que quiera, pero a mi hombre
déjelo usted en paz”. Le rompió el vestido, la re-
volcó y la pataleó. En el cuartel el teniente la liberó
del monstruo, y un guardia civil redactó el expe-
diente. Me temí lo peor del Tribunal de Contra-
bando. Por suerte, sólo le aplicaron la falta admi-
nistrativa de contrabando en mínima cuantía: no
pisó la cárcel, pero su lata se quedó vacía.
José Luis Lobo Moriche
156
A pesar de las amenazas de El Fúnebre y de la
multa a la abuela, yo seguía con mi cantinela de ¡a
cojones!; pero- con tantos guardias, tantas casetas
y tantos galones y estrellas- los dos Garrapato se
me vinieron abajo: “Daniel, vamos a esperar hasta
que ese bicho del Fúnebre se calme un poco. No
está la cosa como para multas”, me insinuaba
constantemente Agustín Garrapato. Sólo cuando
el gusanillo parásito de la nostalgia les picaba, se
volvían a entusiasmar con la brega del contraban-
do: “¿Qué, Daniel?, ¿echamos un revezo en las
solanas?”.
Pero El Fúnebre se había propuesto acabar por sí
solo con todos los cafeteros del pueblo: los mons-
truos no dormirán -me decía yo, cuando oía desde
mi cama sus pasos acompasados y locos a lo largo
de las aceras de mi calle. Más de una madrugada
me esperó oculto entre los helechos de esta ladera,
como si hubiese emprendido una guerra particular
contra los cafeteros: “¿De dónde vienes a estas ho-
ras? Mañana te quiero ver en el cuartel”. A mí me
daba la sensación que debajo de tanta maldad
ocultaba algún complejo, que seguramente vivía
amargado por algunas circunstancias personales
que yo desconocía; y que los jefes de la comandan-
cia le consentían sus desvaríos, porque él hacía el
trabajo sucio. Con la intención de que se descon-
La Raya de los malditos
157
certara, cambiábamos continuamente la manera de
entrar en Cortegana. La ayuda de tu abuela resul-
taba fundamental para liberarme de su acoso. Si
ella se escamaba de la presencia del Fúnebre por
los alrededores de la montaña del castillo -en los
momentos en que habíamos quedado en que yo
entraría la carga de café en casa-, la señal consistía
en simular que llamaba a los cerdos del corral. En-
tonces, con un doble sentido de socorro y de cali-
ficativo al Fúnebre, la abuela gritaba: “¡Anda, Da-
niel!, ¡vente para acá, que ya llegó el guarro!”.
Echaba de menos a aquel sargento que apestaba
a aguardiente y que no se movía de la mesa donde
barajaba las cartas para jugarse mis duros. El Fú-
nebre, en cambio, estaba en todas partes y a todas
las horas del día y de la noche. Caminar por las so-
lanas nos resultaba ahora como un juego en com-
paración con el suplicio de esquivar al Fúnebre en
las calles: nos era más difícil andar con la luz del
día por el pueblo que tropezar en la noche oscura.
Aquella madrugada habíamos llegado a los bajos
prados muy avanzada la media madrugada; y, co-
mo corrían días de verano, amaneció muy pronto.
Yo, por si acaso me topaba con la maldita sombra
del Fúnebre, oculté mi carga en uno de esos ba-
rranquillos que lamen las laderas del cabezo más
agreste de este pueblo, a la espera del instante pro-
José Luis Lobo Moriche
158
picio para llevársela a una mujer revendedora; por-
que no era el mejor momento para que la abuela se
viera de nuevo ante el Tribunal de Contraban-
do…, y opté por no esconder más cargas en nues-
tra casa hasta que no pasara la tormenta seca del
Fúnebre. Los Garrapato también habían cambia-
do su habitual escondite: ahora escondían sus dos
cargas de café en casa de una parienta, que habi-
taba una vivienda con un corral que daba a una de
las calles más empinadas y en la que no vivía nin-
gún cafetero, en un barrio poco frecuentado por
los guardias civiles. Pero parecía que la sombra del
Fúnebre se alargaba tanto, que dejaba a oscuras to-
das las calles y callejones…, que repentinamente
aparecía detrás de ti sin que hubieras barruntado
sus pisadas. Recuerdo que aquel amanecer acecha-
ba a los dos hermanos, que casi alcanzaban ya la
puerta de la casa donde iban a esconder sus dos
mochilas de café: “¡Lo que nos faltaba, Agustín!
¡Mira dónde está el cabrón!”. No se oyeron voces
de “alto ahí”. Habló la pistola de un guardia civil
malvado que -a ciegas- la descargó tras los dos her-
manos. Centellearon los dos Garrapato la cuesta
abajo, y la calle quedó sembrada de casquillos y de
una gorra de plato. El Fúnebre quedó derrotado
en la boca esquina que abre el callejón de la fuente
donde nace la rivera del Chanza, junto a un risco
saliente de una fachada encalada donde las balas
La Raya de los malditos
159
habían rebotado. Una mujer se asomó al balcon-
cillo de su casa, alertada por tanto estropicio: “Tú,
¿qué coño haces ahí? ¡Vete a la cama de una puta
vez!”. En la asustada mujer descargó el Fúnebre
las iras de su derrota, mientras los dos Garrapato,
victoriosos, se adentraban en la vega alta del Chan-
za.
No estaban dispuestos los dos hermanos a cami-
nar con la muerte a sus espaldas: aquellos tiros sin
fogueo bastaron para que los dos Garrapato aban-
donaran las correrías por las solanas de La Raya, a
la espera de que la sangre del Fúnebre se serenara.
Así que nuestra cuerda se rompía y la volvíamos a
atar. Yo estaba tan atrapado por el dulce vicio de
la clandestinidad, que me negaba a aceptar un
descanso obligado por el Fúnebre. Lo mismo le
pasaba a mi sobrino El Tieso, al que parecía que le
picaba constantemente ese bichillo parásito del
que ya te he hablado varias veces: “Tito, yo con-
tigo. Adonde tú vayas, voy yo.”. La cuerda se había
reducido a él y a mí. A dos hombres solos les re-
sulta dificilísimo caminar por las solanas, se sien-
ten a merced de los guardias civiles. No sé cómo
explicártelo, pero un grupo de varios hombres a tu
lado te fortalece. El Tieso y yo nos enrolamos mo-
mentáneamente en la cuadrilla de los Calañeses,
que operaban desde el pueblo vecino de Aroche,
José Luis Lobo Moriche
160
ése que siempre veíamos desde la media solana.
Los Calañeses nos abrieron de par en par la puerta
a su cuadrilla, y nos trataban como si siempre hu-
biésemos pertenecido a la misma. Ellos actuaban
de forma muy parecida a nosotros. No obstante,
sus mujeres desempeñaban un papel mucho más
importante que las nuestras: se atrevían a despla-
zarse a la zona minera por los caminos del sur; y
no había un caserío ni monte ni aldea que ellas no
patearan para darle salida a la mercancía. Varias
veces caminé al lado de los Calañeses: dos hom-
bres buenos y honestos desde los pies hasta la ca-
beza, y que se desenvolvían entre las jaras y las
charnecas con una soltura maravillosa. Porque to-
do tiene su estética; y la acción de caminar por los
montes también puede ser bella o vulgar. Los Ca-
lañeses acariciaban el monte; otros cafeteros lo
arrollaban.
Aquella decisión de enrolarnos con los Cala-
ñeses nos salvó a tu abuela y a mí de haber com-
partido celda en la prisión provincial. El Fúnebre
se coló en esta casa con un papel en una mano y
con la gorra de plato en la otra. Venía acompañado
de un guardia civil, pero este hombre parecía muy
forzado a su lado: “Vamos a registrar la casa. Vete
preparando como te coja alguna carga”. Para qué
interponerme ante aquel monstruo. No sabes tú
La Raya de los malditos
161
qué se siente al tener tan cerca de ti y en tu propia
casa al bicho que ha mordido cruelmente a tu mu-
jer. Seguro que no hubiese necesitado yo el juego
de los dedos ensalivados para aplastar al mayor de
los Fúnebre. Pero, aupado por fuerzas inhumanas,
él me atacaba y me forzaba a retroceder dentro de
mi propia casa: primero, entró en mi dormitorio y
deslió las sábanas y las mantas de mi cama…;
luego, abrió violentamente el ropero y metió sus
temblorosas manos entre nuestras ropas, y tiró al
suelo la lata de la abuela. No apareció ningún tro-
feo para él; y ya no sólo le temblaban las manos
sino incluso la gorra. Habitación por habitación,
ultraje tras ultraje, y lágrima tras lágrima conteni-
das. Durante el pillaje, la abuela permanecía acu-
rrucada en ese rincón de ahí, con una toca negra
sobre sus hombros. Yo, detrás de mi sombra; y
ella me apartaba a puntapié. ¡Qué fácil me hubiese
sido acabar con el demonio de mi sombra! Luego,
se invitó a pasar al corral de esta casa: sus manos
temblantes registraron hasta las prendas de mi bu-
rra. El monstruo alzó a la altura de sus fauces una
de las sacas apiladas en el establo e hizo el simu-
lacro de un ceremonioso vertido de bolsas de café.
Un único grano torrefactado cayó al suelo: ¡poco
trofeo para tan buen cazador! “De ésta te has
librado, pero ya te ajustaré yo nuevas cuentas”; y el
Fúnebre salió de nuestra casa, tras dejar rociadas
José Luis Lobo Moriche
162
entre las baldosas de esta sala las malévolas semi-
llas de la venganza. Abracé a la abuela, y ninguno
de los dos necesitó palabras de consuelo.
Tanto hostigamiento de aquel malvado provocó
que mi sobrino El Tieso y yo no nos atreviéramos
a mover ni un gramo de café por las calles. No
obstante, nos comía la nostalgia de La Raya, y
encontramos la solución a la venta de nuestras
cargas en las mujeres de los Calañeses, que no nos
pusieron inconveniente alguno para comprarnos
todo el café que porteáramos; pues entre ellas y
sus hijos habían montado una red de distribución
por toda la Sierra. La nueva ruta de regreso variaba
poco de la que nosotros seguíamos, con la
diferencia de que los Calañeses rodeaban Aroche
por los olivares que llegan hasta sus calles: una ruta
muy parecida a la que llevábamos nosotros, cuan-
do tuve que refugiarme en un vallado. Tampoco
entraban las cargas de café durante la madrugada.
Disponían de varios escondrijos distribuidos por
todos los valles y montañas que rodean el pueblo;
y generalmente eran sus mujeres las que -simulan-
do lavar la ropa en las aguas de un barranco- las
metían en sus casas. Como supondrás, ellas tam-
bién sufrieron los expedientes carcelarios, durmie-
ron en el calabozo y contemplaron vacías sus
alcancías.
La Raya de los malditos
163
Una mañana de invierno murió un aldeano en
un lugar llamado Montepuerto, que está a medio
camino del pueblo de los Calañeses y de esta casa.
Para alcanzar la aldea desde el valle de la rivera hay
que sortear unos rochos impresionantes de unas
áridas solanas, un paisaje muy diferente a estas ver-
des laderas de quejigos y de castaños. Pero una vez
que llegas a su plazuela, los esfuerzos hechos me-
recen la pena, porque el paisaje que se domina des-
de allí maravilla a cualquiera. Sin duda es la aldea
serrana desde donde mejor se contempla el valle
del Chanza, esa rivera que en un minuto se con-
vierte en un gran río, y a la que iban a parar las lá-
grimas de todos los cafeteros y que, a veces, se
enturbiaban sus aguas con el manoteo de un cara-
binero moribundo arrastrado al fondo, o con la
sangre de uno de nuestros compañeros tintada con
café.
Te decía que había muerto un hombre en Mon-
tepuerto. Las mujeres de los Calañeses -que siem-
pre cavilaban- pensaron: ha muerto un aldeano…,
en la aldea no hay cajas de muerto…, a un muerto
no se le puede enterrar sin su correspondiente caja
con una gran cruz de madera…, los familiares del
infortunado romperán la alcancía y contarán sus
pesetas…, luego, le darán a un vecino las medidas
del muerto… ; como en la aldea no hay carretera,
José Luis Lobo Moriche
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le dirán a ese vecino de su confianza que prepare
los avíos de un mulo…, con ligereza tomará el
camino abajo de los rochos y cruzará la rivera…, el
vecino del muerto llegará al pueblo de Aroche, que
está tras el valle del Chanza y buscará a un carpin-
tero…, no se equivocará y le dará las medidas de
su aldeano muerto…, y el carpintero y el vecino
del muerto cambiarán entre sí pesetas por un
ataúd.
Las dos astutas mujeres metieron varios billetes
en un bolsillo del aldeano vivo; y en la misma car-
pintería donde el carpintero de Aroche le había he-
cho el traje de madera a la medida exacta del aldea-
no muerto, El Tieso y yo ayudamos a los Calañe-
ses a llenar el ataúd con dos cargas de café, con la
intención de que el mulero las dejara en un caserío
muy cercano a la aldea del finado. A El Tieso co-
rrespondió acompañar al mulero hasta la solana de
los rochos. Terciamos el ataúd repleto de café en
lo alto del mulo, y bien atado con lías de soga. Me
despedí de los dos, y me fui con mis amigos a una
taberna de la plaza, pues no tenía yo muchas ganas
de asistir al velatorio del aldeano muerto. Cuando
El Tieso y el mulero salían de Aroche con el ataúd
repleto de bolsas de café, era ya mediodía. La falsa
comitiva fúnebre tenía que pasar por delante del
cuartel; y como mi sobrino estaba fichado por los
La Raya de los malditos
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guardias civiles, prefirió esperar al mulero a la sali-
da del pueblo. “¿Quién se ha muerto en la aldea?”,
le preguntó el guardia de puerta al mulero…, y éste
iba contando a todo el mundo las calamidades que
el pobre aldeano había tenido que sufrir, para
finalmente no tener remedio su enfermedad y
claudicar ante la muerte.
Cerca de la rivera, El Tieso se unió al aldeano
vivo y a la caja del aldeano muerto. Pasaron muy
cerca de la choza donde había malvivido Virgilio:
estaba ya en ruina. Enseguida tomaron el camino
de los rochos, sin necesidad de coger ningún atajo.
El mulero tuvo que contar la historia del aldeano
muerto dos veces más; y lo hacía tan a gusto y tan
natural, que parecía un buen cómico de la legua.
Caminaba con su mulo cargado de café como si
aquella acción suya de complicidad con unos con-
trabandistas no tuviese importancia. Tenían venci-
da la árida solana y avistaban ya el caserío: El Tieso
se quedó de piedra al ver que una pareja de la
Guardia Civil cabalgaba a caballo y que el encuen-
tro con los civiles en medio del camino sería ine-
vitable. Trató de sobreponerse, y se adelantó unos
metros del aldeano, como si quisiese darles la sen-
sación a los dos guardias civiles de que él iba en-
señándole el camino al mulero. Éste seguía como
si la cosa no fuera con él: iba tan contento con sus
José Luis Lobo Moriche
166
pesetas en el bolsillo, tan feliz con el negocio que
había hecho -gracias a su vecino muerto- que no se
inmutó siquiera ante la presencia de los dos jinetes
con gorros de dos picos. El encuentro con la pa-
reja de guardias civiles era -a cada paso que daba el
mulo- más seguro; y se acercaban el momento y
lugar en que, bien los jinetes o bien el mulero y El
Tieso, se tendrían que apartar. El mulero, poco
respetuoso con los guardias, no se salió del ca-
mino. Seguro que iba pensando en qué invertiría
las pesetas que le había acarreado la muerte de su
vecino. El Tieso sí se apartó para que los dos guar-
dias civiles pasaran montados a caballo: al teniente
-que aquel atardecer negoció conmigo la entrega
de tres cargas de café como encargo del teniente
coronel de la comandancia- se le unía ahora el Fú-
nebre, que quizás se adentrara en los caminos de
las sierras en busca de lo que en nuestras calles y
casas no encontraba. “¿Quién se ha muerto en la
aldea”, preguntó el teniente. Esta vez fue El Tieso
el que contestó, repitiendo las consabidas frases
del mulero y añadiendo otras de su cosecha: “Un
aldeano de Montepuerto, vecino de este hombre.
Un tío carnal mío. Aquí le llevamos su caja para
siempre. Amén”. Con un artificial tic nervioso y
con su gorra en la mano derecha, el Fúnebre hizo
con los dedos de su otra mano la señal de la cruz
en su frente, y el teniente sólo movió levemente su
La Raya de los malditos
167
cabeza como señal de que no somos nada ante la
muerte. Sé que El Tieso presintió que tendría en-
cima las garras del Fúnebre. Volvió con disimulo
su cabeza, y sintió un latigazo en el interior de su
pecho al ver que los dos caballos miraban hacia el
caserío. “¡Ah, cabrón!”, le largó al mulero por lo
bajo cuando oyó cómo El Fúnebre le decía a su
oficial: “Mi teniente, que ése que va ahí es un cafe-
tero. No me fío de él. No se extrañe usted de que
lo del ataúd sea un cuento de camino”. Me dijo mi
sobrino Rafael que entonces sintió envidia del al-
deano muerto, que prefirió que la caja que ellos
transportaban encima del mulo hubiese sido su
propio ataúd. Un silbido entrecortado del Fúnebre
provocó que el mulo se parara en seco, y que el
ataúd se balanceara al mismo ritmo de los costi-
llares de la bestia. “A ver, a ver, deslía esas sogas”,
le dijo el amargado guardia al mulero, mientras que
el teniente de academia se comportaba como si
pisase el suelo de un corral extraño, sin entender
muy bien qué pasaba. “Deslía esas sogas”, le repi-
tió al vecino del muerto. “¡Eh!, que yo no sé na-
da”, le contestó defensivamente el mulero. El Fú-
nebre no necesitó abrir el ataúd, sabía con certeza
que contenía lo que él deseaba. Entonces su cuer-
po de puercoespín creció varias cuartas, y con por-
te de mando engreído hizo llevar el mulo y el
ataúd hasta el caserío. ¡Buen negocio hicimos to-
José Luis Lobo Moriche
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dos!: yo perdí las pesetas que me correspondían y
el mulero se quedó sin su mulo y sin las doscientas
pesetas de la multa correspondiente. Para El Tieso
la ocurrencia del ataúd supuso un verdadero cal-
vario: tres noches durmió en la cárcel de Corte-
gana, se quedó también sin sus ganancias, y ade-
más la Hacienda Pública lo multó con mil pesetas.
Esta multa que mi sobrino pagó tres semanas
después con nuestra ayuda solidaria, y los sucesos
que nos acontecieron enseguida le supondría el
final como cafetero. Pero ya te contaré esas histo-
rias, todo se andará a su debido tiempo. De todos
los personajes de aquella escena, el más afortunado
aquel día fue el aldeano muerto, que enseguida se
impregnó de la esencia del café.
La sombra del Fúnebre nos seguía por todas
partes. La noticia del apresamiento de mi sobrino y
el decomiso de la carga de café fue un duro golpe
para mí porque, además de tener que prestarle
unas pesetas, me supuso que tuviese yo que fre-
cuentar las estancias del ayuntamiento y del cuar-
tel. Y lo peor no eran estas visitas obligadas sino
soportar los interrogatorios del Fúnebre: “Te voy a
pegar una patada en los cojones como no me can-
tes. Seguro que del cabrón este fue la idea del
ataúd”. En aquella ocasión los modales académi-
La Raya de los malditos
169
cos del teniente me libraron de los zarpazos de mi
maldita sombra.
Mientras tanto tu padre servía como porquero a
un señorito: le daba la comida y poco más, a
cambio de que en época de montanera llevase sus
cerdos de encina en encina. ¡Vaya!, por lo menos
no suponía una carga para la abuela. Desde el día
en que el Fúnebre llegó a Cortegana, la lata nunca
más se llenó; y mi Rosa comenzó a vomitar sus
miedos: definitivamente ya no tocaba ni una bolsa
de café ni me permitía que en esta casa entrase ni
siquiera un grano. Yo la comprendía; pero no
aceptaba la idea de ser un clandestino derrotado, y
convertirme al día siguiente en un servidor de
otros servidores.
Para evitar disgustos a tu abuela, cada vez fre-
cuentaba menos las solanas de La Raya en compa-
ñía de los Calañeses. Aquella cuerda de cinco hom-
bres que montara El Casimiro se redujo a un único
hombre: a mí.
Trozo a trozo la cuerda se rompió: El Casimiro
cambió café por aceitunas…, Virgilio, el color ne-
gro de los granos torrefactados por el verde de los
civiles…, los Garrapato huyeron de la pólvora…, y
El Tieso aún veía en sus pesadillas las caras difu-
minadas entre sí de un teniente, de un mulero y de
José Luis Lobo Moriche
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un muerto que se juntaban para formar un único
monstruo al que el Fúnebre le prestaba su rostro
furioso.
Por primera vez caminaba yo hacia La Raya sin
ninguno de mis compañeros: una sensación extra-
ña, como si caminase desnortado por fuera de mi
redil. No me atraía la idea de seguir los pasos de
unos cafeteros que, aunque me acogían en su cuer-
da como uno más, no eran mis compañeros de
siempre. Y así caminé por última vez a la vera de
los Calañeses. Puntualmente llegué al lugar concer-
tado de la salida: un cabezo de mediana altitud,
desde donde se dominaba la pasada elegida. La
artimaña para cruzar el Chanza resultó perfecta:
uno a uno nos despojamos de la ropa y, tras lan-
zarla a la otra orilla, lo cruzamos con el agua que
nos cubría hasta el pecho. Así salvamos una rivera
crecida por las fuertes tormentas que desde hacía
varios días descargaban en las cumbres de las sie-
rras. El último viaje con los Calañeses me resultó
aburrido, con una ida y una vuelta sin que ocurrie-
ra nada especial: las mismas trochas, los mismos
lomos de montaña, el mismo paisaje y las mismas
gentes…; luego, el consabido rodeo a la caseta de
los guardias civiles, pisar el nombre de Piedras Al-
tas, beber el agua con sabor a romazas, el marco
1008, la cantina, el descanso, el pan y tocino,
La Raya de los malditos
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volverles a coger las espaldas a los civiles, con-
templar impacientemente la bajada del sol, celebrar
el nacimiento de la primera estrella: ¡rutina!, siem-
pre rutina, ¿por qué, siquiera esta noche, los fusiles
no quiebran la quietud del aire pegajoso de la tor-
menta? Necesitaba sentirme tan clandestino que
me figuraba yo que la sombra del Fúnebre se me
iba a presentar de improviso en cada collado o en
cualquiera de los barrancos de la rivera: seguro
que, en la noche, mi sombra borraría la suya.
Dormí en casa de los Calañeses la media madru-
gada de los cafeteros. Con las primeras luces del
día recogimos las cargas de un escondrijo situado
cerca de la rivera, y tomamos el camino de las sola-
nas rochadas con la intención de dejar todo nues-
tro café en un cortijillo, donde vivía una familia
que se dedicaba a la reventa del café. Descargamos
nuestras cinco mochilas en el interior de unos
cobertizos que servían de majada y de cuadra para
el ganado…; enseguida continuó el necesario cere-
monial de pago de la mercancía, la taza de café, la
anodina conversación acerca de las cosas externas
a nosotros, y la despedida.
Un cafetero que pierda su agudeza de oído deja-
rá de inmediato de ser clandestino, caminará ciega-
mente con los mismos pasos del compañero al que
se le haya pegado. No era nuestro caso, porque los
José Luis Lobo Moriche
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cinco miembros de la cuerda de los Calañeses oí-
mos claramente los cascos de dos caballos que aca-
baban de asomar a la cumbre de la solana rochada,
y que iniciaban la bajada del camino que los lleva-
ría -sin remedio- a pasar por delante del cortijillo.
En ese instante me sentí de nuevo un hombre au-
téntico que vive en la acción. No me acordé ni de
la lata de la abuela ni de las pesadillas de El Tieso.
Ahora lo pienso y le pido a tu abuela mil per-
dones. Pero, volvamos a la acción: chascaban las
herraduras de los dos caballos al desplazar las pie-
drecillas sueltas, y hoy podría dibujar -con mis ojos
cerrados y sin cometer errores- las revueltas del
camino por donde cabalgaban los dos jinetes.
Primero, se nos presentaron los picos rotos de dos
gorros de paño, que ensombrecían los rostros de
una pareja de guardias civiles que colgaban de sus
espaldas sendos fusiles…; luego, en una de las re-
vueltas, se nos descubrieron los dos caballos que
ambos montaban. Abría la pareja un guardia civil
poco diestro en el manejo de las caballerías, por-
que el caballo iba a su aire y el jinete bamboleado
de un lado para otro de la silla. El guardia civil re-
zagado montaba con más elegancia. Ambos ves-
tían capote estilo alemán con doble pechera y am-
plios faldones. Nadie se inmutó. Sabíamos perfec-
tamente cómo debes comportarte cuando te en-
cuentras tan cerca de tus acechadores; y que cual-
La Raya de los malditos
173
quier movimiento nuestro supondría que ellos se
descolgaran los fusiles. Le seseé bajito a los Cala-
ñeses, para decirles sin palabras que yo sabía quié-
nes eran los dos guardias. No había duda alguna: al
teniente de academia lo acompañaba el Fúnebre.
Desde el lugar donde nosotros estábamos agaza-
pados, veíamos claramente la fachada principal del
caserío y los cobertizos. Se apearon de los caballos,
y fue la mujer del cortijero la primera en darle la
cara a la pareja de civiles; porque en estas situacio-
nes comprometidas son ellas -con sus buenos
dotes para el disimulo- las que toman la iniciativa.
Ya con el terreno labrado por su mujer, salió el
cortijero para saludar al teniente e invitarlos a que
se tomaran una taza de café. Cuando vi que acep-
taron la invitación, me dije que las cargas estaban a
salvo. Al rato, salió el Fúnebre y -debajo del empa-
rrado de la terraza- aquel perro sabueso levantó su
hocico en todas las direcciones: su nariz se con-
traía con mucha rapidez; y de golpe cesaba estos
impulsos suyos, como si tuviese la seguridad de
que su olfateo no le traicionaba: “Mi teniente, que
por aquí huele a café…, que se lo digo yo”. Imi-
tando los pasos casi parados de un perro de mues-
tra, entró en los cobertizos. Con varios ladridos de
parada, el Fúnebre llamó insistentemente al te-
niente: “¡No se lo dije! ¡Venga usted para acá! ¡El
pesebre, lleno de sacas!”. El matrimonio comenzó
José Luis Lobo Moriche
174
a sollozar, tratando de conmover al teniente…;
pero el perro rabioso no dejaba de ladrar: perdie-
ron su café y a mí se me cayó la moral al suelo.
El año 1955 fue nuestro año maldito. La cuerda
que guiara El Casimiro se había roto definitiva-
mente en cinco trozos. Comencé de nuevo a servir
a los demás como bracero, carbonero o piconero.
Me sentí también roto por las dentelladas del Fú-
nebre, a pesar de que sabía yo que la guerra del
hambre aún no había finalizado…; que de nada
nos valía que la alcaldía hubiese suprimido las car-
tillas de racionamiento, si la lata de la abuela per-
manecía vacía. Y en el tajo de la siega o en la que-
ma del cisco sacaba mi ídolo sagrado y a él iban
destinados mis lágrimas y suspiros.
Acuciado por la necesidad de que en nuestra lata
sonaran algunas monedillas, caí como servidor de
otros servidores: la mujer del administrador de
aduana nos buscó a la abuela y a mí para que la
cumpliéramos como cocinero y como cuidadora
de su fauna durante la cena que la señora del ad-
ministrador daría en honor del Obispo. Aquel día
no cesaron de repicar las campanas de la iglesia en
señal de bienvenida a tan ilustre visitante; y al en-
trar el señor Obispo en la casa del administrador,
una jauría de chuchos acostumbrados a subirse en
las faldriqueras lo saludó. A la algarabía de los pe-
La Raya de los malditos
175
rros contestó un coro de periquitos, de cacatúas,
de loros, de monos, de gatos siameses y angoras
encerrados en una habitación bajo la custodia de la
abuela. Como el administrador de aduana cuidaba
de sus negocios para que a su señora no le faltara
de nada, fue ella la que recibió al mandamás reli-
gioso. Enseguida le presentó un rosario de mujeres
con enseñas religiosas prendidas de sus cuellos, y
vestidas ellas con un ropaje oscuro como señal de
decencia; y en medio de tanta tela oscura destacaba
el vestido de colores vivos de la señora. Entre los
asistentes al ágape había mujeres que dieron sus
hijos a la patria, maestros republicanos conversos
al nacional-catolicismo, un ejército de guardias ci-
viles con estrellas…, y muchos hombres sin estu-
dios, a los que la gente del pueblo colocaba un don
por delante de sus nombres.
Mi misión fue cortarle las cabezas a una docena
de gallos de corral, y guisar las crestas y la sangre
frita al gusto del Obispo. No sé de dónde le ven-
drá a los obispos esta atracción por las crestas de
los gallos, pero recuerdo que en una novela tam-
bién ofrecían al obispo de turno este gustoso man-
jar. Los aderezos del laurel, del comino y demás
especias atenuaron los cien olores con que los cien
animales de la señora tenían impregnado cada rin-
cón de la casa.
José Luis Lobo Moriche
176
Aparte de las doscientas pesetas que nos ganamos
como servidores, aquella cena me dio la oportu-
nidad de escuchar de cerca a los místicos del fas-
cismo. Sentí incluso pena de ellos, porque tenían
más dotes de loro y de cacatúa que de humanos.
Repetían constantemente las frases dichas por los
gerifaltes de Madrid; y me recordaban a la pareja
de carabineros de mi aldea, cuando largaban la re-
tahíla de sus principios de moralidad: “Bajo el
mandato de nuestro Caudillo la patria forja las rea-
lizaciones espirituales y materiales de un destino
imperial”, y el parlanchín largaba la frase y se que-
daba tan tranquilo y orgulloso de su sabiduría.
“Claro, claro, que sepan estos desgraciados que las
cartillas de racionamiento que les damos son un
símbolo de la unidad de la patria”, y el Obispo a lo
suyo, que era devorar las crestas de los gallos.
“Señor Obispo, cuando un pueblo como España
ha pasado por la prueba de la Monarquía liberal y
bajo la República, por el Frente Popular y por el
caos comunista, sólo un régimen de unidad y auto-
ridad puede salvarlo”, y el Obispo a la sangre frita.
“Señor Obispo, si hasta nuestro Papa dice de él
que es un benemérito de la causa de Dios y de su
Iglesia”, y el Obispo a las crestas de gallos. “Yo
mando las tropas de la comandancia no como un
derecho sino como un deber”, y todo el tropel de
soldados presentes vomitó una retahíla de dog-
La Raya de los malditos
177
mas memorizados: “Fue la nuestra una victoria de
la espiritualidad sobre el materialismo”. “Somos
soldados de la causa de Dios”. “No puede lograrse
el bien material, si no lo presiden los principios del
Evangelio”; y el Obispo no se inmutó al oír la pa-
labra “evangelio”, continuó entretenido con las
crestas y con la sangre.
Miré por el ventanal que daba al patio de la casa,
y vi que al cielo de Cortegana lo envolvían unos
nubarrones tan grises como las frases de los co-
mensales. El Obispo intimidó a los invitados, por-
que no dijo nada: mantuvo una mirada espiritual
que apagó el brillo de sus ojos y que los quedó con
un residuo cenizo.
Dejé a aquellos personajes con la imitación del
placer, y escapé a la calle.
La taberna es el lugar donde se apaga la amistad,
pero también donde se aviva su rescoldo. Regresa-
ba yo de mi tajo con las alforjas al hombro, y en
esto me veo a El Casimiro y a los hermanos Ga-
rrapato más alegres que en unas pascuas. Nunca
fui tan bebedor de vino y aguardiente como El
Casimiro, pero aquel reencuentro con mi guía sí
merecía tomarme un par de copillas. Afloró la nos-
talgia entre los cuatro, y enseguida revivimos las
escenas de La Raya: ¿te acuerdas de?, ¿te acuerdas
José Luis Lobo Moriche
178
cuando? Dicen que el vino hace milagros, no sé
qué decirte…; pero cuando los cuatro nos estre-
chamos las manos, empujados por el estado eufó-
rico del alcohol tragado, me sentí como un enfer-
mo curado: nos habíamos dado mutuamente la pa-
labra de que a cojones volveríamos a atar la cuerda
que trozo a trozo el Fúnebre había desatado. Que-
damos en que yo convencería a mi sobrino El
Tieso; y El Casimiro sólo puso una condición para
enrolarse de nuevo en la cuerda: que yo fuera el
guía.
Te detallaré, mi querido nieto, la que sería mi
última ida a La Raya: la menos rutinaria de todas,
la más excitante y la más dolorosa. El Tieso dur-
mió en esta casa, y se sentía tan nervioso como yo.
Como si fuéramos dos novatos, durante la tarde
anterior preparamos la mochila, el fiador, un ovillo
de cuerda, la navaja, la pitillera y mi mechero de
madera incombustible. La abuela estaba tan dis-
gustada conmigo que ni siquiera me echó el talego
con la comida ni se preocupó de sacarme las alpar-
gatas: “Vosotros allá, pero esta casa no huele más
a café”. Dormí tan inquieto como la primera vez
que fui a La Raya: se me borraron de golpe las
imágenes de los carabineros chantajistas, del mori-
bundo que miraba hacia arriba cuando fue arras-
trado por el Chanza como si fuese una rama, y se
La Raya de los malditos
179
me borró incluso la cara desafiante del Fúnebre.
Ahora me adentraba en un paisaje desconocido
por mí, pisaba las veredas de unas solanas por
donde yo nunca había caminado. Vencido el sue-
ño, desde este ventanal contemplé una mancha -
aún negra- en el poniente y oí el primer canto de
los gallos. Besé a la abuela mientras se hacía la dor-
mida, y oculté bajo mi camisa oscura los utensilios
de cafetero.
Avistamos el lugar que habíamos fijado para
iniciar desde allí una nueva andanza: un rellano en
alto, situado en las proximidades del camino real
que mira hacia el oeste. Al rato, llegaron los tres
compañeros que faltaban. El Casimiro estaba tan
eufórico que no dejaba de animarnos con esas pa-
labras suyas de siempre: “¡Venga, vamos a echarle
cojones! ¿Qué coño se ha creído esa partía de pi-
coletas?”. No creo que se hubieran puesto de
acuerdo, pero los Garrapato y El Casimiro estrena-
ron para la ocasión nuevas alpargatas y gorras de
visera. Eso te da idea, Sergio, de cómo para ellos
esta aventura suponía una verdadera fiesta: “¡Mira
qué chulo se me ha puesto mi Casimiro! ¿No irás a
buscarte una novia portuguesa?”, le bromeó Agus-
tín. Esta vez fui yo quien restableció el orden en la
cuadrilla con una mirada intencionada. Puse todo
mi empeño como guía para que se sintieran se-
José Luis Lobo Moriche
180
guros y protegidos por mis pasos. Los llevé de ca-
bezo en cabezo hasta que nos topamos con la
rivera. Crucé con decisión el puente de la carretera,
y un silbido mío fue la señal a mis compañeros de
que teníamos el campo abierto. Pasamos frente a
la derrumbada choza de Virgilio y al cabezo de las
sepulturas primitivas, donde aquella comadreja hu-
mana escondía el café. Seguro que su sargento lo
tendría apostado al acecho de los cafeteros tras las
adelfas de algún barranco de la frontera situada
entre Barrancos y Encinasola o, tal vez, hiciese
guardia en la caseta de Flores. Abandoné mis nos-
tálgicos recuerdos, y retomé la responsabilidad de
todo guía: mandé que la cuerda se alargara por el
curso del Chanza abajo y que a una distancia pru-
dencial me siguiera El Casimiro…, luego, los dos
Garrapato…, y que El Tieso la cerrara. Le encendí
un cigarrillo a un ovejero, compartí tabaco con va-
rios arrieros que, solidarios con nosotros, me pu-
sieron al corriente de todos los movimientos de
los guardias civiles que merodeaban por las tierras
bajas del valle. Me informaron de que sería muy
peligroso y arriesgado que nos decidiésemos por la
pasada de la isla, que quizás fuese mejor que cruzá-
ramos la rivera por la junta del barranco Umbrizo.
Les hice señas a mis cuatro compañeros para que
se separaran de la chopera de la vega de Monte-
blanco y que me siguieran a una distancia inter-
La Raya de los malditos
181
media entre la carretera y el cauce, para así evitar
que diéramos vista tanto a la carretera como a las
pasadas de la rivera. Un cabrero nos confirmó que
tres guardias civiles estaban apostados entre la se-
gunda y la tercera pasada, camuflados entre unas
adelfas. “Pues que esperen sentados, que ya pasa-
mos por allí para tomarnos con ellos un buche de
café”, le anunció jocosamente el mayor de los
Garrapato a su hermano Francisco. Volví la cabeza
hacia ellos con la intención de regañarlos; y hacien-
do con sus dedos la señal de la cruz, Agustín me
juró silencio. Cuando avisté la profundidad del va-
lle por donde corren las aguas del barranco
Umbrizo, giré a la derecha con la intención preme-
ditada de alcanzar la junta del barranco con la
rivera: un itinerario por el que raramente me deci-
día yo, debido a que en el nacimiento del barranco
estaba emplazado un punto de vigilancia de la
Guardia Civil: la caseta de Aguzaderas, desde don-
de controlaban perfectamente todos los caminos
que cruzan el barranco. Decidí que la cuerda no si-
guiera la corriente de las aguas sino que debíamos
apartarnos en la misma curva del barranco, y desde
allí saltar a las solanas de la frontera con el fin de
ocultarnos entre las carquesas y las jaras. Esta vez
no les mandé que alargaran la cuerda, sino que los
cinco fuéramos pegados uno a otro, para que el
grupo se tapara rápido de los guardias civiles que
José Luis Lobo Moriche
182
estuviesen apostados en la cumbre fronteriza. Nos
mantuvimos así durante toda la subida de la so-
lana, hasta el momento en que cruzamos La Raya
por la ladera oeste de Piedras Altas, por una zona
de monte muy espeso que llaman El Brueco. Nos
metimos en Portugal por el marco 1009 y segui-
mos paralelos a la frontera hasta la cantina de To-
mé. Empezaron los inconvenientes: si los guar-
dinhas nos requisaban las cargas dentro de Portu-
gal, el cantinero no se hacía cargo de la pérdida del
café; y esta situación imprevista nos obligaba a que
uno de nosotros tendría que asumir el riesgo de
transportar cada carga hasta la Raya, donde los res-
tantes miembros de la cuadrilla lo esperaríamos.
No quedé conforme con la propuesta de Tomé,
porque aquel proceder conllevaba que tuviéramos
que permanecer demasiado tiempo en la Raya.
Desde allí nos dirigimos a la cantina de Pintao,
donde recibimos el segundo palo de la jornada: se
había quedado sin café; y si queríamos repostar,
tendríamos que quedarnos en La Raya durante tres
días. Ninguno de mis cuatro compañeros mostró
señal de desánimo. Al contrario, el más jocoso del
grupo -el mayor de los Garrapato- me decía: “Da-
niel, aunque tengamos que ir a Lisboa…, pero hoy
esta mochila la lleno yo de café”. Menos mal que
Cisquero tenía todo el café que quisiéramos, y
tampoco nos impuso la obligación de transportar
La Raya de los malditos
183
las cargas una a una hasta La Raya. Me interesé por
Marujinha, y su padre me dijo que vivía feliz como
pastora.
Ya sabes de mis temores de cargar en la cantina
de Cisquero; pero las circunstancias te aprietan y
entonces debes de mirar hacia otro lado, como si
tú mismo consintieras perder la conciencia de los
peligros que te acechan. No sé, si era el aire pega-
joso y seco de aquel día de junio o que yo presen-
tía que algo gordo nos iba a ocurrir, lo que me re-
tenía en el interior de la cantina, sin tener la deci-
sión y el coraje suficiente como para darles la or-
den de salida a mis compañeros. Le pedí un café al
cantinero…, vuelta para allá…, y al rato otro café.
“Daniel, ¿qué te pasa?, me escama que tú bebas
tanto café. Algo no te gusta, ¿verdad?”, me pre-
guntó el pájaro viejo de El Casimiro. “Escuchad-
me, no me hace gracia esto de tener que cruzar La
Raya rodeando el cabezo Touro, y salir por el
marco 1004, y menos con la luna abriéndonos el
paso. Aunque nos suponga mucho tute, debería-
mos salir por el marco 1010 más o menos, y re-
gresar a Cortegana por la junta del barranco Um-
brizo o bien salir a la noria de la Venta. Creo que
evitaríamos muchos riesgos innecesarios. Como
los otros dos cantineros no le están dando salida al
café, es más probable que las barreras que dan al
José Luis Lobo Moriche
184
barranco estén menos vigiladas. Seguro que estos
cabezos de La Raya estarán atiborrados de guar-
dias civiles. ¿Qué os parece?”. “¡Eso es un mata-
jogazo, Daniel! Yo ya no estoy para tanto tute, y
además sin saber qué nos vamos a encontrar en
Umbrizo. ¡Que no se diga, hombre!”, me dijo El
Casimiro con más tono de protesta que de insi-
nuación. “Tito, a mí me da igual. Por donde voso-
tros queráis”. “¡Sin miedo, Daniel!, ¡a cojones!”,
fue la respuesta que más oí a los dos hermanos
Garrapato. Sabía bien a qué nos arriesgábamos
con tantos cojones.
Los cuatro lo quisieron así, y allí venía ya la luna
llena de junio dispuesta a abrirnos el camino hacia
Cortegana y dándole la despedida al sol. Fui el pri-
mero en cruzar la maldita raya de los reyes…; tras
de mí lo hizo El Casimiro, que enseguida levantó
una de sus manos para que los Garrapato la cruza-
ran. El último que se escabulló entre las sombras
postreras de La Raya fue El Tieso.
Esperábamos en un collado cercano al marco
1004 a que el sol bajara sus brazos: de repente tro-
nó el cabezo Touro con tanta intensidad como si
la detonación hubiese llegado hasta Piedras Altas y
hubiese hecho trizas el picacho; el eco retumbó
lejano en la barranca por donde corren las aguas
del barranco Umbrizo. “¡La hostia, qué barrena-
La Raya de los malditos
185
zo!”, fue la única exclamación que me dio tiempo
de oír a El Casimiro. Vi tan cerca de mí a dos
guardias civiles con un fusil encarado y a dos pai-
sanos con una pistola en una de sus manos, que no
necesité la luz de la luna para retratar sus rostros.
Caímos en la trampa que los agentes de informa-
ción de la Guardia Civil nos habían tendido: nos
dejaron atravesar La Raya, pero tras ella nos espe-
raban siete guardias civiles mandados por los dos
agentes de información de la comandancia…; y
entre tantos tiros, la consabida carrera de estam-
pía: los Garrapato y El Casimiro corrieron hacia
atrás, con la intención de guarecerse detrás de la
maldita raya. A cojones mis tres compañeros
aguantaban la tirantez de cuarenta kilos a sus es-
paldas, perseguidos -entre tiros y voces de ¡alto!-
por tres guardias civiles. Una figura con gorro de
dos picos se me puso por delante con su fusil en
alto. Si hubiese querido, aquel estático hombre hu-
biera hecho de mí una piltrafa. Pasé tan cerca de él
que llegué incluso a rozarle su guerrera. Otros dos
civiles nos cerraron el camino de La Raya a El
Tieso y a mí. Las lomas de los montes que mira-
ban hacia Cortegana estaban tapadas por los fusi-
les y por las pistolas. La única puerta abierta para
nosotros dos era la que daba a la zona baja de la
frontera, hacia aquellos campos fronterizos de En-
cinasola donde mi hermano servía como un vulgar
José Luis Lobo Moriche
186
guardia civil rural, obligado a mantener en la ham-
bruna a todo aquel que se le pusiese por delante
con cuarenta kilos de café a sus espaldas. Yo corría
desnortado, y mi sobrino El Tieso se pegó tanto a
mí que parecía que los dos conformábamos la
figura de un único cafetero que huía despavorido
por unas sierras de las que desconocíamos el perfil
de sus valles y de sus montes: un paisaje extraño
para mí, en el que yo había dejado de ser su ele-
mento principal. Éramos perseguidos por dos
guardias civiles, dos agentes de información y por
la blanca luna de final de primavera. Yo descono-
cía qué órdenes les habían dado a aquellos locos, y
cuáles eran sus intenciones con tanto tiro de fusil y
de pistola, que con sus detenidas detonaciones en
los altos cabezos provocaban en nosotros dos tal
desconcierto que, a veces, corríamos hacia los mis-
mos guardias civiles. Estábamos perdidos en me-
dio de una espeso bosquejo de umbría. Miré hacia
atrás y vi que El Tieso se me había despegado. No
sabía yo si los ruidos del husillo de monte que so-
naban a mis espaldas correspondían a él o a los
perseguidores. Con mi silbo, el cárabo cantó en la
oscura umbría: se apagaron los sonidos del husillo
de monte, pero no contestó ningún cárabo celoso.
Hubo unos momentos de silencio terrible, sin sa-
ber qué había sido de mi compañero ni qué sería
de mí. Amparado por las sombras de la umbría,
La Raya de los malditos
187
me recosté jadeante sobre el tronco de una ma-
droñera, me descolgué mi mochila, y me ame-
drentó la mirada que me echaba la Luna. Saqué mi
ídolo de la noche y lo manoseé. Al terrible silencio
lo rompieron varias detonaciones de fusil, carreras
de locos guardias civiles tras un hombre con cua-
renta kilos de café a sus espaldas. No sé si tú los
llamarías respiros de alivio, pero por lo menos mi
sobrino El Tieso aún estaba vivo. Los tiros y voces
sonaban tan cerca que, amparado por la claridad
alcahueta que da la noche a los sonidos, oía las lo-
cas voces que lo perseguían: “¡Por ahí va! ¡Ba-
rranco abajo! ¡Que va reventado! ¡La carga no! ¡A
por él!”. Como un jabalí que, aplastado tras una
charneca, ve, oye y ventea al perro más decidido
en atacarlo y que inesperadamente emprende la
huída, igual cruzó El Tieso la línea de encinas que
separaba la umbría y la solana. La traicionera luna
de junio fue la que me descubrió su figura insegura
y desequilibrada. “¿Por qué no has huido de ella?”,
me llegué a preguntar. No me dio tiempo de hallar
respuesta alguna: los zigzags que dibujaba El Tieso
en su carrera me anunciaban que sería hombre
vencido, porque le faltaba ya mucho aire a sus pul-
mones y le sobraban muchos kilos a sus espaldas.
La luna me mostró cómo El Tieso arrojaba -por
primera vez como hombre clandestino- su mochila
repleta de café al suelo del encinar. Y también por
José Luis Lobo Moriche
188
la blanca luz de la noche alunada supe yo que
aquella ráfaga de tiros que sonaba en medio del
encinar buscaba el cuerpo de un cafetero. El Tieso
había perdido no sólo su mochila sino también la
ligereza de sus zancadas. Tras él no vi las balas ase-
sinas que lo perseguían, pero sí la silueta de un
agente de información con una pistola en su mano
zurda. Presentí que la muerte nublaría de negro la
blanca luna de junio. Secos de aire sus pulmones,
El Tieso se arrojó al suelo con la boca abierta. Fue
entonces, cuando oí por primera vez en mi vida
que la muerte había hablado cerca de mí: “¡Ay, que
me han matado!”. Amparado por la espesura de la
umbría, lloré con mi ídolo entre las manos…, me
levanté…, me colgué la mochila e inicié los pri-
meros pasos hacia el lugar donde la Muerte se nos
había aparecido. Oí la vocecilla apagada de un
hombre tirado en el suelo del encinar, que era
fuertemente golpeado con una pistola…; luego,
dos sombras de guardias civiles cruzaron la línea
de encinas, decididos a entrar en el escenario del
crimen. Porque un hombre muerto sí tenía yo la
certeza de que yacía en el suelo; pero también sa-
bía que los muertos no hablan, y que la voz viva de
El Tieso gritaba terriblemente: “¡Yo no he sido!
¡Yo no he sido!”. El cambio de muerto en el es-
cenario del encinar provocó que yo también cam-
biase mi intención de rendirme como un vencido.
La Raya de los malditos
189
Agucé mis oídos y desentrañé todas mis dudas: El
Tieso se arrojó al suelo…; pero en ese mismo mo-
mento una pareja de guardias civiles que prestaba
servicio de vigilancia en la caseta de Flores -aler-
tada por los tiros, las voces y las carreras- intentó
cortarles el paso a los huidizos cafeteros en las
proximidades de un charco redondo que ahonda la
rivera de Murtigao. La traicionera luna de junio y
las criminales intenciones de un agente de in-
formación pusieron frente a frente a dos figuras en
penumbra: un perseguidor que portaba una pistola
en una de sus manos, y un guardia civil al que
probablemente le hubiese despertado tanto albo-
roto. Una bala explosiva de la pistola del agente
asesino -con la furia que dan los veinte metros de
distancia- le entró al infortunado guardia civil por
el pecho y le salió por la espalda tras abrirle un
boquete. En aquel trágico escenario del charco re-
dondo quedamos sin voz todos los actores de la
tragedia: un asesino que trataba de descargar sus
iras en El Tieso, golpeándolo con la pistola e in-
cluso con la intención de abatirlo en el suelo…, un
guardia civil que se había topado casualmente con
su muerte…, un cafetero esposado al que la Muer-
te no le había echado cuenta…, tres guardias civi-
les testigos de un crimen…, y yo como escondido
espectador. Fueron tres guardias civiles los que
evitaron que yaciese en el suelo del encinar otro
José Luis Lobo Moriche
190
hombre con un boquete en la espalda. Uno de los
guardias se interpuso entre El Tieso y la pistola
que le apuntaba a sus sienes: “¿Qué vas a hacer so
loco?”. Ninguna señal de que mi hermano Felipe
estaba de servicio en La Raya me llegaba desde la
línea de encinas; sólo unas figuras difusas perma-
necían de pie en el escenario del crimen, reflejado
con tres colores: el rojo en el suelo ensangrentado,
el negro en las sombras aéreas de las ramas de las
encinas y el débil blanco en la luna llena que aún
resistía arriba. La duda de que el guardia civil
muerto fuese mi hermano me abatía. Esperé -con
el ídolo entre las manos- alguna voz avisadora de
muerte o la señal liberadora de mis congojas. Por
fin oí varios sonidos de la palabra con que sus
compañeros nombraban al desgraciado guardia ci-
vil. Perdí la dirección -en el aire de la noche- de
algunos de los sonidos que conformaban su nom-
bre, y únicamente me llegaron nítidos los cinco so-
nidos finales: “…gango”. Entonces supe que mi
hermano estaba ausente del campo de encinas del
charco redondo. Al rato, las figuras estáticas de los
guardias civiles apenas recobraron algo de vida.
Desde mi escondrijo oí un leve murmullo de pala-
bras acusadoras y de autodefensa. Dos guardias
civiles salieron del escenario, y sólo se quedó en él
un guardia con la orden de custodiar a un preso, a
un asesino y a un muerto. La madrugada echó a
La Raya de los malditos
191
andar, con lentísimos pasos, hacia el amanecer
mientras cesaban los chasquidos de las herraduras
de una bestia, que resopló violentamente cuando
olfateó la sangre. Cargaron al infortunado guardia
civil, con la dificultad que provoca la resistencia de
un mulo cuando lo acercan a un muerto. El color
negro cenizo de la espesura del monte y de una
noche ya casi vencida se tragó de mi vista la cuerda
de guardias civiles: detrás del muerto terciado en lo
alto del mulo, pasó al trasluz de las encinas -entre
sombras de noche y de luna- mi sobrino El Tieso,
esposado al guardia civil que cerraba la cuerda.
Sólo quedé yo en el escenario del crimen, de es-
palda a un charco carmín.
Querido nieto, te contaré la historia final de El
Tieso como cafetero, y luego retomaré mi propio
calvario de regreso a esta casa: mi sobrino vio los
rayos claros del amanecer desde la caseta de Flores
y la luz de la mañana desde un cortijillo, mientras
dos guardias civiles se encaminaban hasta Encina-
sola para darles a sus superiores las trágicas nove-
dades. El Tieso siempre fue hombre bondadoso,
con el rostro sereno de los humildes; pero sin sa-
ber por qué ahora lo trataban como a un perro
atado a una cadena: le negaron el café con leche
que le ofreció el cortijero, el agua y la palabra. So-
José Luis Lobo Moriche
192
lamente una vez le consintieron que suplicara:
“¡Por favor!, ¡aunque sólo sea un buche de agua!”.
Terciado encima de un saco lleno de paja y a lo-
mos de un mulo, balanceó -por los caminos de las
sierras fronterizas- el cuerpo muerto del guardia
civil. Había avanzado el mediodía y el vecindario
de Encinasola abarrotó las calles para contemplar,
aterrorizado, la entrada de una comitiva compues-
ta por hombres más muertos que vivos. En un
pequeño pueblo donde sus vecinos malviven del
café, un muerto siempre es un muerto; porque los
hijos de los guardias civiles juegan en la calle con
los hijos de los cafeteros, y sus mujeres se entien-
den perfectamente con las mujeres de los contra-
bandistas en ese silencioso y casi consentido trapi-
cheo con las bolsas de café. El Tieso, con la boca
tan reseca como el esparto, entró esposado en el
cuartelillo. Soportó -como un hombre auténtico
que era- el interrogatorio del capitán de la compa-
ñía: “¿Quién es el otro hombre que te acompaña-
ba?”. “¡Mi capitán!, ¡sólo sé que era una cuadrilla
de extremeños! Nunca había visto a aquellos hom-
bres por Piedras Altas. ¡Se lo juro!”. Los hombres
auténticos como éste no delatan -se diría el ca-
pitán, que tenía ante él a dos de sus compañeros:
un muerto y un asesino. Con la serenidad que da la
verdadera tranquilidad de conciencia, muy dife-
La Raya de los malditos
193
rente de aquella que los ricos de los pueblos tratan
de comprar cuando entregan -los domingos en las
afueras de la iglesia- unas monedillas a un hombre
pobre, aquella comadreja humana que retorció su
cuerpecillo encima de un árbol del río en un in-
tento de salvarle la vida a un carabinero -vestido
ahora no con ropaje de cafetero sino con una gue-
rrera verde y una gorra de plato- se acercó a El
Tieso y le dio el agua que otros guardias civiles le
habían negado. Mi hermano Felipe fue testigo si-
lencioso del angustioso relato de un hombre ín-
tegro y bueno acerca de las intenciones premedi-
tadas de un asesino: “¡Mi capitán!, no tengo nin-
guna duda sobre quién me quiso asesinar: ¡ese
hombre fue!, el mismo que acribilló a su compa-
ñero”, y El Tieso -con el arma no mortífera de
uno de sus dedos- apuntó hacia el pecho del
agente de información.
Paso a paso un hombre bueno inició la penúl-
tima estación de su calvario: no sé cuántas veces
un humano necesita caerse para ser recordado por
los demás como santo o como señor. Tres días
permaneció El Tieso en una sala del ayuntamiento
de Encinasola, caído pero sin llegar a derrumbarse:
juró con sus palabras de hombre bueno que desco-
nocía el nombre de la sombra detrás de la que él se
tapaba, cuando huía despavorido de las balas y se
José Luis Lobo Moriche
194
topó de frente con la muerte fallida: “¡Mi capitán!,
¡se lo juro por mis muertos que no sé cómo se lla-
ma”.
Tocar la muerte te humaniza: El Tieso fue auto-
rizado por el capitán que instruía las diligencias del
crimen a que asistiese al entierro del guardia civil
que había caído mortal delante de él. De la iglesia,
andando y esposado, a la estación de Fregenal. Y,
con billete de tren gratis, hasta la prisión provincial
para cumplir condena de diez días de cárcel por
delito de contrabando…; después, llamaría a la
puerta de su casa la vengativa Hacienda Pública en
forma de papel timbrado, con las palabras de la
imposición de una monstruosa multa y bajo la
amenaza de la cárcel. Un hombre acorralado sólo
tiene ante él la puerta abierta de la clandestinidad;
como se me abrió a mí, cuando los nacionales me
arrebataron en la aldea mi vara de la legalidad. Con
las palabras de la mentira piadosa, El Tieso se des-
pidió de su familia con el mismo ritual de cuando
se encaminaba a la maldita raya…; pero aquella
mañana de San Juan de 1955 -la más corta y mági-
ca- no se ocultó su mochila ni su fiador ni calzó
alpargatas. Tampoco buscó el callejón de la fuente
de Chanza que siempre lo llevó hasta Piedras Al-
tas; tomó el saure con la intención de alcanzar
otras fronteras más lejanas, donde ocultarse del
La Raya de los malditos
195
temible monstruo sin cabeza ni pies que lo per-
seguía.
Sergio, necesitarías otro libro para que contaras
las desventuras de El Tieso por las tierras catalanas
fronterizas con Francia. No sé si el culpable de sus
males fue el mal agüero que persigue al hombre
pobre, o que los clandestinos estamos condenados
a sufrir los mismos tormentos. Igual que yo: sin
documentación, sin patria, sin las caricias de sus
familiares, sin ser ya El Tieso.
No olvides que yo permanecía oculto en la espe-
sura de una umbría, a pie del escenario del crimen:
desconocía en qué lugar de la sierra de La Con-
tienda y a qué distancia de La Raya me encontraba,
tan abrumado por la lejanía de mi casa y por los
impulsos de supervivencia que se me borraron
momentáneamente los terribles sucesos que le ha-
bían acaecido a mi sobrino. El amanecer me ofre-
ció un campo maravilloso de cabezos de mediana
altitud y una rivera con aguas que bajaban muy
lentas, sin apenas murmullo: bebí de sus aguas lim-
pias y corrí del charco redondo que mantenía la
arenisca de una de sus orillas manchada de rojo, y
cuyo cauce formaba parte de la misma frontera.
Seguro que la Muerte estuvo aquella madrugada
tendida junto al marco 998 de La Raya con la ca-
José Luis Lobo Moriche
196
beza apoyada en tierras de Portugal y con los pies
en España.
Contaba yo con varios puntos de orientación:
sabía que me encontraba en la misma frontera,
junto al camino que une Aroche y Encinasola, jus-
to en el marco 998 de Charco Redondo; que si
seguía la línea de los marcos fronterizos de menor
a mayor, me toparía con las cantinas y con las
solanas de Piedras Altas. Pero desconocía qué ha-
bría sido de los Garrapato y de El Casimiro, per-
seguidos por unos guardias civiles que los obli-
gaban a refugiarse en Portugal. Opté por alcanzar
las altas tierras planas de La Contienda, y me de-
cidí por mantenerme a pie del cauce de uno de los
barranquillos que descuelgan sus aguas desde la
alta llanura hasta la rivera del charco redondo.
Tomé el camino acertado, porque el barranquillo
me subió hasta una extensa planicie. Reconocí el
terreno: el mismo paisaje que un día había reco-
rrido para despedir a un cafetero asesinado. Sona-
ban los campanillos de las ovejas y cabras que pas-
toreaban…, y también sonaron las vocecillas soli-
darias y protectoras de los ovejeros: me dieron de
su agua, de la leche de sus cabras y un poco de su
pan. Atravesé aquellos campos llanos tan cansinos
para el caminante furtivo y se me abrieron ante mí
las altas solanas que descuelgan sus aguas a la rive-
La Raya de los malditos
197
ra del Chanza: enfrente sonaban las campanas de
la iglesia de Aroche, que llamaban a los creyentes a
la oración del mediodía…, la rutina de los pobres
apostados en la plaza del pueblo, a la espera de que
algún señorito los despelleje…, trasiego de mujeres
con las pecheras abultadas con bolsas de café o la
figura del gracioso zapatero de la plaza, ¡mi amigo
Gollito!, que le acerca los bultos de contrabando al
cobrador de la “viajera”.
Pero también desde las puertas de las tierras pla-
nas de La Contienda avisté el punto estratégico del
collado El Miedo, que me cerraba el paso de los
caminos que bajan hasta la rivera. Temía yo que en
el collado estuviese apostada alguna pareja de ci-
viles. Ante la duda, tomé la precaución de rodear-
lo. El temor y la luz cegadora del mediodía me
obligaban a apartarme del gran collado que rompe
la barrera montañosa que precede La Raya, y a ca-
minar por las faldas de los montes que me llevaran
hacia las tierras de quejigos y de castaños hasta al-
canzar mi casa y abrazarme a la abuela y a mi hijo.
Rechacé los caminos reales y las veredas de car-
ne…, y fui guiado por las altas crestas de castaños
que asomaban en las umbrías. Oí el sonido de me-
tal del esquilón que todas las tardes repica por en-
cima de esta casa: ¡qué cerca mi Rosa de la oración
y yo qué lejos de ella!
José Luis Lobo Moriche
198
Ni esquilas, ni campanas ni esquilones sonaban,
cuando me descolgué mi mochila y la oculté entre
los helechos de esta ladera. La puerta de mi casa
estaba entreabierta…, pero tú sabes que los clan-
destinos se tragan sus propias lágrimas: me senté
sobre el poyete de la cuadra, saqué mi ídolo y lo
besé agradecido por haberme dado las fuerzas ne-
cesarias para vencer el abatimiento y haberme traí-
do hasta aquí. Encendí un cigarrillo y manoseé -
como hago ahora mismo- el paisaje de unas sola-
nas sin vida. Aquella noche, mientras echaba el
humo de mi cigarrillo en dirección al poniente, me
pregunté qué sería ahora de nosotros cinco, si nos
habían robado nuestra autenticidad…, si habían
hecho trizas la cuerda que nos unía solidarios fren-
te a la guerra del hambre. Como entra un rey des-
tronado en su palacete, entré en esta casa; la abuela
también se retuvo sus lágrimas: “Por Dios, Daniel,
prométeme que nunca más vas a pisar esas sola-
nas. ¡Esto es un sin vivir! ¡A ver qué nos depara
ahora esa Raya de los malditos!”.
Ni prometí ni tuve necesidad de contarle nada:
estaba ya informada por la familia de El Tieso de
que a su sobrino lo trasladarían a la cárcel provin-
cial y que ni siquiera la fuerza solidaria de los cua-
tro miembros de la cuerda podría hacer nada fren-
te a la monstruosa multa que le impondrían…; que
La Raya de los malditos
199
de los Garrapato y de El Casimiro nadie se había
acordado y que estaban fuera de toda sospecha.
Sus temores por mí la abrumaban: si El Tieso can-
taba o me obligaban a inculparme, sabía ella que
volverían los tiempos del molinero, del bilhete de
identidade…, y para ella, quizás, los días en que
tuviera que soportar de nuevo las humillaciones y
la propia cárcel. Dormí amparado de tantas angus-
tias entre los brazos amorosos de mi Rosa. Me le-
vanté de la cama antes del amanecer y recogí mi
mochila ocultada entre los helechos. Escondí las
ochenta bolsas de café entre las armas de mi burra
y advertí a la abuela de que no se arriesgara a ven-
der la carga por las calles, que era preferible espe-
rar a que la tormenta pasase.
Me había comportado como un héroe, hacién-
dole cara a la noche y a la luna maldita de junio. Sí,
combatí desesperadamente contra la noche y la
vencí. De día se habían despertado los fantasmas
que me acechaban. Uno de ellos vino hacia mí con
los ojos vestidos de maldad y por los que no ha-
bían pasado las dudas. Andaba con el cuerpo tieso,
como si portase entre sus manos la certeza. Había
cumplido con el ritual burgués de afeitarse la cara,
de componer su cuerpo con los artificiosos pasos
de un ser que se cree superior a ti: la gorra de plato
bien encajada hasta el entrecejo para que la luz del
José Luis Lobo Moriche
200
sol no ciegue los brillosos ojos, asomaba una línea
blanca de su camisa por la bocamanga de la gue-
rrera, la botonera metálica resplandeciente, los ver-
des pantalones recién planchados y las botas be-
tunadas: un fantasma con boca, manos, pies y
cabeza. Era el Fúnebre, el niño de nariz vulnera-
ble, que se me presentaba como el castigador que
necesita mantener una fusta en las manos para
sentir su ser; y que está hecho de jirones de miseria
pero sin alcanzar la lucidez de su estado miserable,
porque carece de conciencia. “Acompáñame hasta
el cuartel, que tenemos que hablar de muchas co-
sas”. Salí de esta casa como salen a la calle los
hombres de conciencia tranquila. No tuve necesi-
dad de aburguesar mi cuerpo: yo iba conmigo y
con mi ídolo.
El Fúnebre me invitó -con falso ademán de
caballerosidad- a que entrara en el cuartel por la
puerta principal, bajo un arco azulejado en el que
alguien había escrito “El honor es la principal divisa”.
El guardia civil de puerta saludó a su compañero,
sin levantar la vista de un periódico que mantenía
abierto encima de una mesa. Me pregunté dónde
estarían tantos galones y tantas estrellas de la co-
mandancia, dónde el teniente de academia y dónde
el teniente coronel. ¿O es que el Fúnebre era un
jefe? Porque se comportaba ante mí como alguien
La Raya de los malditos
201
que no necesita pensar en sí mismo, pero que sí
vive de un contrario al que considera inferior…, y
esas cualidades sólo las tienen los jefes. “Bueno,
pues vamos ahí dentro que te voy a…”. Con otro
ademán de falsa galantería, extendió un brazo para
que yo pasase primero que él a una sala situada en
el segundo cuerpo del edificio y mal adornada con
varias fotografías de personajes militares, de cuyas
cinturas caían fajines y gruesos cordones. No olí
ninguna flor ni oí por parte alguna del cuartel una
melodía que cantara la despedida de la primavera.
Pero el Fúnebre sí comenzó a mostrarme la lírica
del castigo: primero, con la estética de un escu-
pitajo en la cara tal como escupen los sapos, mejor
dicho con la misma mucosidad y precisión. Porque
el sapo arroja la saliva con la intención liberadora
de que lo dejen en paz; en cambio sus escupitajos
sonaban a tambores de guerra. ¡Qué poco trabajo
le hubiese costado a Dios haber desviado los escu-
pitajos del Fúnebre! Luego, me obligó a hincarme
de rodillas ante él, como si yo fuese un sacerdote
que sirve culto a un dios en un altar: un puñetazo
directo a la nariz provocó mi primera caída al
suelo. No sentí el resquemor de ningún borbotón
de sangre y con mis dedos intenté romper el coá-
gulo que se había parado en mis tejidos. El mons-
truo fue perdiendo poco a poco el desaliño de su
ropaje: colgó la gorra en una vieja percha y se de-
José Luis Lobo Moriche
202
sabrochó el cuello de la guerrera. Entonces co-
menzó a gruñir una letanía de preguntas que los
hombres auténticos nunca contestan: “¿Ibas con
El Tieso?”. A cada pregunta suya, un silencio mío;
y a cada silencio, un estrépito de golpes. Volvió a
desabrocharse aún más la guerrera, se quitó el
correaje que lo oprimía y tendió su pistola en-
fundada encima de la mesa. No llegó a sentarse en
la silla, la apartó violentamente y se dirigió al so-
litario mueble de la sala. Abrió nerviosamente el
armario…, sacó una fusta; y, sin ademán siquiera
de mostrarme los adornos de su laceado, me fus-
tigó violentamente. Vinieron más caídas, más cóle-
ra y más silencios. En el patio del cuartel varios hi-
jos de guardias civiles jugaban a la pelota: hasta mí
llegaban sus inocentes risas infantiles, sus bon-
dades y sus goces…, pero, ¿dónde estaba el tenien-
te de academia?, ¿dónde el teniente coronel? Las
mujeres que colgaban la ropa en los herrajes cerra-
ron los balcones que daban al patio del cuartel, y la
golondrina que anidaba bajo el alero de la entrada
no se atrevía a bichear sus polluelos. Sí, querido
Sergio, la sabia naturaleza será la que un día nos dé
a los humanos el coraje necesario para apartarnos
de estos monstruos…, aunque quizás al Fúnebre
ni siquiera debiéramos regalarle la grandeza de lla-
marlo monstruo. De su aliño indumentario sólo
quedó como testigo el betún de las botas, pero por
La Raya de los malditos
203
poco tiempo: con violentísimos puntapiés me
alcanzó casi todos los puntos de mi cuerpo…, más
caídas, más furor y más silencios. En cuclillas apre-
té mis manos para cubrirme el rostro…; fue en-
tonces, cuando el Fúnebre descargó en mis sienes
y oídos una sucesión interminable de puñetazos,
de fustazos y de patadas: sentí un mareo semejante
al provocado por las sucesivas caídas de un borra-
cho cuando se acuesta zumbón. Desconocía en
qué posición quedaba yo en el espacio, porque en
mis oídos no resonaban ya los ecos de los golpes.
Dejé de oír las vocecillas infantiles en el patio del
cuartel y ni siquiera oía los gritos que él me rega-
laba. Sólo notaba que una fuerza brutal interior me
presionaba los oídos: El Fúnebre me había reven-
tado los tímpanos.
Ajeno a que me había arrancado definitivamente
el don más necesario de mi autenticidad, el Fúne-
bre descargó en mi cara varias bofetadas como
postre final de su criminal festín. En medio del
suelo de la sala de castigo me dejó tirado y roto,
desunido de todo el mundo exterior…, porque no
sentía yo ni la luz ni el sonido. Me quedé solo con
mi ídolo: quise sacarlo del bolsillo para apretarlo
conmigo, pero mis manos muertas se me resistían.
No sólo perdí la noción del espacio, sino también
la del tiempo. Desconocía qué fuerza tendría ya la
José Luis Lobo Moriche
204
luz en la calle. En mi mente se me abrió como un
profundo túnel: sin luz, sin tiempo, húmedo, es-
trecho y sin final. Necesariamente tuvo que ser mi
ídolo el que me acercara la vida: primero, vinieron
a mí los vivos colores de los geranios de mi co-
rral…; luego, la sonrisa libre de mi hijo y los besos
de mi Rosa. Un fogonazo violento de luz me des-
pertó, y dos guardias civiles me levantaron del
suelo de la sala de castigo. Estaba rodeado de galo-
nes y de estrellas, del teniente de academia y del
teniente coronel. Alguien me sentó en la silla. De
encima de la mesa había desaparecido la pistola
enfundada…, la gorra de plato no colgaba de la
percha y el armario estaba cerrado.
Por el frío balbuceo de sus labios traduje el dis-
curso del teniente coronel, que se dirigía a mí des-
de la puerta de la sala: “¡No sé cuándo coño vais a
escarmentar!”. En cambio, los ojos del teniente
tenían otro mirar: me acercó una toalla para que
me limpiara la cara y los oídos, y me trajo un vaso
de agua. Sé que garabateé en un papel, pero des-
conozco las palabras que yo atestiguaba con mi
firma.
Salí del cuartel por debajo del arco azulejado que
dice de honor y de divisa: la golondrina acurrucaba
a sus polluelos, el patio estaba muerto de vocecillas
La Raya de los malditos
205
infantiles; y el guardia de puerta ni siquiera levantó
la cabeza, cuando yo salía a la calle.
La noche iniciaba ya los primeros pasos canta-
rines. Había yo sobrevivido los azotes del día y
ahora llegaba la noche, a la que siempre combatí y
vencí.
Me senté sobre el poyete que está detrás de mi
corral, sin la necesaria decisión como para entrar
vencido y roto en esta casa: con mi pañuelo con-
tuve la presión de mis oídos y me limpié la sangra-
za que supuraban. Poco a poco mis manos reco-
braban algo de vida, y la luz ya del menguante por
encima de mí me aclaró las sombras de los he-
lechos de esa umbría…, los sonidos seguían muer-
tos. Saqué mi ídolo, lo manoseé y lo apreté fuer-
temente. Noté que el vientecillo no soplaba tan
seco como el aire solano, que las humaradas de mi
cigarrillo rehusaban las solanas de poniente, que
era incapaz de dibujar en mi mente el paisaje por
donde siempre había caminado como un hombre
auténtico…, que todo se me había vuelto del re-
vés, incluso el viento, que ahora soplaba rebelde
desde los picachos de Piedras Altas. Entonces le-
vanté mis brazos al aire de poniente; no sé si con
el deseo imposible de pararlo o, más bien, como
señal de que era un hombre derrotado.
José Luis Lobo Moriche
206
Aquella noche sí que lloró desconsoladamente
mi Rosa. Lavó mi cara y mis oídos rotos con agua
tibia y con caricias. Me habían arrancado violen-
tamente el atributo más necesario para que un ca-
fetero camine de noche…, pero el derecho del
sueño no podía prohibírmelo ningún dictador:
convencí a la abuela de que yo debía cruzar otras
rayas que no fueran tan malditas, con la ilusión de
compartir con otras gentes -en un paisaje no tan
gris- una lírica que sonase distinta, hacerme más
culto y más ciudadano del mundo. Recuerdo las
promesas a tu abuela: “Rosa, te mandaré desde los
lejanos jardines las flores sin espinas. Hasta que un
día os llame a los dos para que, juntos de nuevo,
cultivemos un huerto distinto, no infestado de tan-
tas malas hierbas de lechetrezna y de grama”.
Llegó el día de la salida hacia otra Raya desco-
nocida: un día crudo e invernal de aquel maldito
año 1955. Mis oídos rotos no oyeron cómo a me-
dia mañana las campanas de la torre de la iglesia
doblaban en señal de muerte: aquel amanecer el
barrendero del pueblo se había topado con un ti-
pejo despeluchado y con la mirada perdida, que
colgaba de la rama de un olivo en los bajos prados
del pueblo, tan tieso y frío como el carámbano…;
y que en el suelo -bajo los pies colgantes- estaba
tirada la gorra de plato de un guardia civil junto a
La Raya de los malditos
207
la fotografía de una mujer que había abandonado a
un monstruo: ¡un suicida no misterioso!
Las campanas de la iglesia llamaban a misa de
cuerpo presente, cuando yo salía de esta casa con
una maleta y con mi mechero de madera incom-
bustible. Dejé aquí muchas lágrimas, suspiros y be-
sos. Unas nubes espesas de color cárdeno ocul-
taban las solanas de La Raya. En la plaza de este
pueblo tomé el coche de línea: desde mi asiento vi
cómo los Garrapato y El Casimiro esperaban a que
pasase ante ellos el cortejo funerario. Levantaron
sus manos…, abovedé las mías y silbé como lo
hace el cárabo en celo…; luego, saqué mi ídolo y
lo besé. El cochero de los muertos atizó un lati-
gazo en los costillares del caballo pecherón que, en
su arrancada, apenas movió el penacho, y el ataúd
del Fúnebre se perdió entre los álamos de la carre-
tera.
209
Enrique El Coserano trapicheó con la harina, el café, las telas. Era alcalde de una
pedanía extremeña en 1936. Tenía cierta instrucción. Huyó a La Raya, vivió con la
identidad de un portugués muerto., llegó a entrevistarse con su mujer e hijo, sufrió la
cárcel igual que su esposa. Le incautaron sus bienes. Representa parte importantísima del
personaje ecléctico y principal de la novela.
210
Daniel Jabaca fue uno de los primeros mochileros de la posguerra: un astuto guía de
cuadrilla, tuvo sus portadores, sufrió el acoso y chantaje de los carabineros. Muchas de
las escenas de esta novela las vivió él, entre ellas el día en que la rivera del Chanza
arrastró a un carabinero en la pasada Fregenal.
211
Rafael El Tieso trabajó como mochilero a porte. Fue testigo directo del asesinato de un
guardia civil por un agente del servicio de información que corría tras él disparándole
con una pistola. Otro guardia civil evitó que lo asesinara. Sufrió los expedientes de
Hacienda, la cárcel y el exilio. Es un personaje muy importante en la parte final de la
novela. Representa el espíritu de hombre bueno y humilde que estaba harto de esperar a
la puerta del casino a que alguien le dijera “vente conmigo”.
212
La xica Maruya vivió en una choza, muy cerca del campo de concentración de
Coitadinha, en Barrancos. Siendo una niña, llevaba el pucherito de su madre a los
republicanos españoles que se escondían de los fascistas en La Raya. Aunque su
presencia en la novela es escasa, representa ella a “las mujeres buenas” que tanto
ayudaron a fugitivos y mochileros.
213
El Casimiro fue cafetero desde muy joven. Ocupó el puesto de guía de cuadrilla. Fue
experto en llevar el café hasta Sevilla, utilizando las más diversas triquiñuelas. En la
novela se narra el parto de su mujer en un montico, y sus cualidades como guía.
214
Agustín Garrapato era el mayor de los dos hermanos. Su vida giró sobre el café,
Piedras Altas, las denuncias y los interrogatorios. Su espíritu rebelde lo llevó a mofarse de
los vigilantes de La Raya, como en la escena en que se orinó en los cántaros.
215
Francisco Garrapato se inició como mochilero de la mano de su hermano, con sólo
13 años de edad. Aunque tenía un carácter más sosegado que su hermano Agustín,
siempre manifestó cierta rebeldía contra el poder corrupto. En la foto, Francisco como
emigrante en Alemania, tras el fin de los mochileros: La guerra del hambre había
acabado.
216
Típico paisaje de sierra en uno de los caminos más frecuentados por los cafeteros:
Piedra Lajosa, en el paraje de Bejarano.
217
Caseta de la Guardia Civil de Aguzaderas. Situada en la misma Raya, junto al marco
1006. Por allí pasa el camino de Aroche a Encinasola. Emplazada en el nacimiento del
barranco Umbrizo era un lugar estratégico para controlar la frontera. Desde esta caseta
los guardias civiles hacían servicio de vigilancia hasta Piedras Altas y Charco Redondo.
Curva que da La Raya en el marco 1006, en el camino de Encinasola.
218
Desde Piedras Altas se dominan las sierras de Cortegana y de San Cristóbal.
Cabezos de Las Chocitas donde está la atalaya. Desde allí los cafeteros controlaban los
relevos en los servicios de los guardias civiles en la caseta de Aguzaderas. A simple vista
se ven los barrios altos y el castillo de Cortegana.
219
Desde el picacho de Piedras Altas se domina el valle del barranco Umbrizo. All fondo
la sierra de Cortegana.
220
Fuente de Las Berrazas, a escasos metros del picacho de Piedras Altas. En la novela se
narra que en esta fuente los guardinhas quitaron las mochilas de café al protagonista y a
toda su cuadrilla, y que cuando llegaron a Cortegana decidieron volver a La Raya a por
otras cargas. Fue un hecho real: le ocurrió a la cuerda de Daniel Jabaca.
221
Picacho de Piedras Altas, en la misma Raya, en el marco 1008. A escasos metros estaba
la cantina de Tomé, donde los cafeteros cargaban el café. Por detrás del riscal está la
fuente de Las Berrazas.
222
Restos de la cantina de Tomé, a escasos metros de la Raya, en Piedras Altas. Todos los
cafeteros que aún viven dicen que Tomé era un “caballero”.
223
Cabezos de Las Chocitas: se aprecia la disposición de los caminos de lomos (lomeros)
que se descuelgan solana abajo buscando el valle de la rivera del Chanza.
Vista de Aroche desde los picos que llevan su nombre.

La raya de los malditos. rayego copia

  • 3.
    La Raya delos malditos
  • 5.
    JOSÉ L. LOBOMORICHE La Raya de los malditos Prólogo de Ester Lobo Menguiano Portada y contraportada de Javier Hierro Mapas por Alfonso Lobo Soriano Fotos: archivo del autor
  • 6.
    Valconejo, primavera de2011 Edita: José Luis Lobo Moriche E-mail: lobomoriche@hotmail.com Colabora: Exmo. Ayuntamiento de Cortegana. Concejalía de Cultura. Depósito Legal: Imprime: Imprenta Rayego, s.l. Telf: 924 55 00 89 Zafra (Badajoz)
  • 7.
    A los cafeterosque, entre tanta corrupción y miseria, caminaron semejantes a la noche: paisanos y amigos (Daniel Jabaca, El Regalao, El Casimiro, Los Garrapato, Los Sevillano, El Tieso, El Rata, El Kiko, Los Garnacho, Los Hilaria, El Guinda…), los descaminos de aldeas y pueblos serranos (Los Calañeses, Los Pelegrinos, Mordió, Vallejo, El Es- copeta, Bellido, El Bomba, El Chasca, Vicente El Bailao, Manuel El Camales, El Norton…), y los que sufrieron expediente de prisión siendo casi un niño, como José González.
  • 9.
    9 Prólogo La reacción. Nosé si tres libros y un cuento poé- tico son suficiente legado como para buscar una buena sombra y reflexionar en voz escrita sobre un autor. Sin embargo lo haré…, ¡y que llene de vida un prólogo nuevo! Huele a petunias, que lucen to- da la dinastía del malva. He elegido para comenzar a escribir una noche calurosa de agosto y un tecla- do negro sobre el que suda resina el alcornoque que me cobija. Estos panales llevan muchas criatu- ras dentro. Me retuerzo subrayando lo que reclama una lectura honda a manos llenas. Quería conocer la consistencia y rescato lo que van derramando las aristas. Primero encuentro los brazos levantados de los hombres: si alguien que pase por el camino de piedras y oasis pregunta por las palabras que para siempre armó José Luis Lobo, contestaré con otras, nocturnamente meditadas, que se dedica a crear personajes buenos. ¿Por qué? No sé si busca la bondad primitiva o está rodeado de ella (¿se escribe sobre lo que se tiene encima?). Hombres buenos. ¿Cómo se nace a no-máscaras (nomáscaras imitando nuevas reglas ortográficas) como el poeta de los cojones o el abuelo? ¿Y a Joaquina y a Rosa? El autor sube a los renglones al hombre perseguido por el hombre; al hombre hu- yendo en el laberinto creado por el hermano. Al hombre que recrea al vecino y al pariente y al que construye infiernos forzados. El agente y el pa- ciente que actúa y sufre en una sierra a veces de-
  • 10.
    10 masiado morena. ¿Novelalocal? ¿No es esta dua- lidad universal? Ya escribo: subrayo al hombre solidario que pa- ga con su sudor la carga que, en el otro lado de la cuerda, cae. Una cuerda umbilical que sella lazos de café y no de leche. Una cuerda más real que la soga que alivia de la vida. Veo en las corrientes, no solo de este último libro, el surco que deja el hom- bre verdadero que levanta con sus manos el trigo aplastado. ¿Es premeditado y consciente que la relación esposo y esposa de su primera novela sea idéntica a la relación que vivimos en la obra que estamos leyendo ahora? Hombres buenos rodeados de amor. No. Encascarando al propio Amor. Sí, el es- critor convierte lo abstracto del sustantivo en lo tangible de las caricias y el consuelo. El Amor que espera, que sana, que viste con telas de saco la pér- dida. Sigo en el vértigo del papel y encallo en los pa- rajes nuestros -también se dedica a que toquemos con el alma estos montes- que dan y quitan huma- nidad; que enseñan crueldad y empaquetan fardos de piedad; líneas donde viven dioses y tinieblas. ¡Cuánto hombre y monstruo en estos collados! Y siempre el silencio. Tan recurrente en su obra. Siempre callar para esconder la idea, para guardar la vida. Matar los gritos para no señalarte, para so-
  • 11.
    11 brevivir al cazador;animalizarte cuando los ani- males son otros. Los personajes viven alrededor del silencio -sigo diciendo- porque hay hombres que vienen delgados pero visten posos de café como la tinta, que también grita, y que dejan la marca irrenunciable de la pasión, de lo sagrado, del dardo; y hay hombres que visten un esqueleto de caballete donde exhiben colores sin vida. ¿Quién debe vivir agazapado? ¿Quién debe bisbisear en este pugilato? Y la oscuridad impuesta a patadas que no dejará acercarse más el celo del cárabo, el roce de los ha- rapos por las jaras, las botas que persiguen. Y el si- lencio asumido, que no delata pero que te deja ro- to y tieso en el exilio. Hombres buenos, Amor, paisaje amado, silencio -resumo. Y de las miradas que se reencuentran. El pén- dulo. Sometidos a los ojos que regresan. La incier- ta historia que siempre, con las circunstancias cambiadas, te pone de frente al que te quiso y al que te odió. ¡Cuánto temblor para el que lee y para el que vive! El maldito o reparador camino, como La Raya, que trae más dolor o el ungüento. ¡La Raya que raspa las escamas! ¡La danza de las mira- das! ¡Ay!, ¡macabra! Pero un escritor cuando narra siempre elige lo que cuenta y lo que no. Siempre elige un foco que
  • 12.
    12 separa lo queva a existir en el papel, en la co- rriente, en el panal, y lo que va a quedar latiendo. Ahora no soy prologuista sino caballero que res- cata historia. Reconstruyo lo destronado: Quedó el que troncha las jaras acunado en la choza, buscando alivio al dolor de los pies, esperando la oscuridad para no chocar con el silbo de las balas. Encontró un rincón negro debajo de una litera oxidada a la que se encadena abatido. Nada escucha. No sabe cuánto tiempo pasa. Pocas risas suenan en esta sierra abovedada y ahora las siente cerca. Las risas no son metal, sin embargo se hace más gazapo debajo del colchón deshilachado. Vienen dos mozuelos dando zarpazos al aire, haciendo piruetas increíbles con sus cuerpecillos sin formar. Juegan a danzar sin tocar el suelo: pirotecnia de movimientos ágiles y vistosos. Todo lo ve el que se esconde. Deciden los niños entrar en la choza y tensar todo el cuerpo para cambiar la posición lógica del mismo y andar con la manos. Con la cabeza batiendo la sangre infantil, dan vueltas en el interior de la casucha. Con el mundo al revés, chocan tres pares de ojos y la magia del juego se rompe. Un grito y huida. Queda solo el que se esconde en su ataúd. Ester Lobo Menguiano. Verano 2011
  • 13.
    13 Prólogo....................................................9 Capítulo I: Agotandolos segundos..................17 Capítulo II: La pelea…………………………25 Capítulo III: Apátrida………………………..43 Capítulo IV: Corrupción y miseria…………63 Capítulo V: ¡A por café!.........................................69 Capítulo VI: Chantajistas…………………..101 Capítulo VII: Muertes………………………127 Capítulo VIII: El perro callejero…………...153
  • 14.
  • 15.
  • 17.
    La Raya delos malditos 17 Capítulo I AGOTANDO LOS SEGUNDOS -¿Me vas a decir de una puta vez si anteanoche ibas con tu sobrino El Tieso? -Mire usted, señor guardia civil, que en todo el día salí de casa, que me tenía cogido la luna. -¡Luna te voy a dar yo! ¡No me seas cabrón!, que te conozco. O me cantas, o ya sabes lo que te es- pera ahí dentro. Que como abra el armario, échate a temblar. ¿Fuiste por café a Piedras Altas con El Tieso?, ¿sí o no? Que por mis muertos, hoy te re- viento, ¡rojo cabrón! -Que no, señor guardia civil, que usted ya sabe que me retiré hace tiempo. En mi casa no entra una bolsa de café desde hace más de un año. ¡Se lo juro! -¿Jurar tú?, so farsante. Siempre hacéis lo mismo. Juráis en falso y os quedáis tan campante. ¡No in- tentes encubrir a tu sobrino!, de más sabes tú que
  • 18.
    José Luis LoboMoriche 18 él ya está enchiquerado. Descuida, que ese mochi- lero de leche se va a acordar de lo que pasó anteanoche en Charco Redondo. Ese cabrón de tu sobrino y tú, ¡so cafetero de mierda!, las vais a pagar ahora todas juntas. Porque ¿ibais los dos? ¿No? -Cómo quiere usted que se lo diga. ¡Que yo no fui a ninguna parte, ni veo a mi sobrino desde no sé cuánto tiempo! Yo estoy a lo mío: a buscarme el jornal y a curarme ahora del mal de luna. Ni sé adónde fue mi sobrino ni qué le ha pasado. -¿Firmas o no firmas aquí debajo? ¡No me obli- gues a que, en vez de tinta, use yo tu sangre! Lo que ocurrió en Charco Redondo fue gordo, pero más sonado será lo tuyo como no me cantes. -No sé cómo decírselo, señor guardia civil. -¿Señor? Ahora la vas a pagar bien pagada. De sobra sabemos que El Tieso no fue solo a La Raya, que ibais cinco o seis. ¡Tan culpable eres tú como tu sobrino! ¡Por vuestra culpa lo mataron! -¿Yo? No sé de qué me habla usted. No piso esa maldita Raya desde no sé cuándo. -Bueno, pues vamos ahí dentro que te voy a… ……………………………
  • 19.
    La Raya delos malditos 19 Mi abuelo Daniel caminaba semejante a la no- che, que a cada paso que da recibe un golpe más de luz, hasta que agónica cae vencida por los vivos rayos del amanecer. Para el abuelo, el día victo- rioso también depara destrucción y sombras: son las horas en que dormita la sabia lechuza y se des- piertan las tinieblas, las horas en que le acecharán los espectros y demonios. Desde el ventanal que abre su casa a las laderas de un castillo se ensimisma al contemplar -con la caída del sol en las nubes de poniente- unos ex- traños rayos ondulantes que dejan en penumbra las solanas que hacen de frontera: La Raya. Parece como si sus ojos se hubiesen contagiado de los mortecinos rayos de la tarde, que ya apenas irra- dian luz a los barrancos de las solanas: El Judío, Valdesotella, Bejarano, Las Bañitas, Las Cañas, Umbrizo, La Venta, Tabaca. Pero las imágenes de las montañas no nos producen la serenidad de las llanuras y de los mares; y los ojos de mi abuelo oscilan nerviosamente, como si fuese incapaz de aislar su pensamiento en algún detalle concreto de cualquiera de los barrancos o de los collados don- de nacen. Imagino que en su ensimismamiento pondrá nombres a estos barrancos, a los picos, a los montes, a las gentes y a los pueblos que for- man el paisaje: Rosal, Aroche, Cortegana, Encina-
  • 20.
    José Luis LoboMoriche 20 sola; y el abuelo forma parte de él, o quizás él sea el paisaje completo, porque aún lo retiene en la memoria como luz temerosa. El abuelo da una chupada a su cigarrillo apaga- do, lo desprende de la boca y saca del bolsillo un mechero de yesca. Antes de encenderlo, manosea mimosamente su mechero de madera y lo eleva para que yo siga sus mimos y participe de la belleza de su ídolo: tallado por él -durante una tarde furti- va- en cepa de brezo blanco, la madera incombus- tible. Talló y pulió tanto su ídolo que imitó fiel- mente la suave piel y el perfecto rostro humano: la belleza de mi abuela Rosa, su santa mujer. Lo expone en el aire en actitud sacerdotal y me habla de su poder de protección: “En los mo- mentos de desánimo me mostraba el camino. Él era el que me hacía dormir embriagado de amor y el que me devolvía a casa desde lejos”.
  • 21.
    La Raya delos malditos 21 Observo cómo acaricia mimosamente su divi- nidad. Una caricia y un don: pura, desnuda, eróti- ca, maternal, recién preñada, los senos delicados y resaltados, y su boca entreabierta para que -en jue- go erótico- salga por ella la chispa incendiaria de
  • 22.
    José Luis LoboMoriche 22 todas las pasiones. Esconde el triángulo del sexo, con gesto de pudor, tras una columna por donde trepa la yesca. En ella no hay inquietud ni reposo. Es su ídolo: la noche. Miro el rostro del abuelo, y leo en él lo que tan- tas veces leí: un hombre correcto, apenas modela- do por los reveses que recibió de la vida, sin saber dónde se ha metido el tiempo. No sé si su claridad de recuerdos se ha vuelto enfermiza. Parece como si sólo viera ya escenas sueltas, fotos aisladas de su vida: guardias civiles rurales o de frontera y cara- bineros -cuando se abandona a sus pensamientos- son los mismos fantasmas que deambularon por un territorio neblinoso de peñascos: Alpiedras, Piedra Lajosa, Rocho de la Cabra, Piedras Altas. Cuando cavila, aún mantiene la expresión pura y melancólica con los rasgos de la pasión: la boca desdeñosa, las venas parecen salirse de la piel, las manos sarmentosas, sus encías dejan entrever al- gún hueco desdentado; pero no hay cicatriz algu- na en su rostro que refleje agitación. A su espíritu le dan forma las pausas de su silencio y la tran- quilidad de conciencia. Ni estampas, ni crucifijos, ni medallas, ni rosarios son objetos de devoción religiosa; en los momentos de desánimo saca del bolsillo su ídolo, y acaricia el cuerpecillo tallado por él en madera incombustible: porque con la
  • 23.
    La Raya delos malditos 23 sonrisa rinde culto a su alma. Y enseguida se pone a contarme otra vez sus historias: De mi padre aprendí a valorar la constancia en el trabajo, el amor por las artes, el interés por la lectura de historias y leyendas; de la mano de mi padre hablé con el manzano que en nuestro corral fructificaba recias manzanas, hablé con el chorrero de la fuente de los lavaderos públicos, y seguía alelado tras el vuelo incansable de las abejas. Él fue el que me enseñó a distinguir las distintas voces de los aires de estas sierras: la voz del viento de po- niente que nos llega cansino desde las dehesas de Mértola, los gritos roncos del aire gallego, la voz húmeda que sopla de la mar, la de los secos azotes del viento solano y la voz arrasadora del brusco aire de Cabra. Imité junto a él al cuclillo y el canto desgarrado de la lechuza. Mi madre me acunó y me arropó con la más dulce toca de ternura. Crecí, pues, entre la palabra mimosa y justa de mi madre y la palabra de las buenas artes de mi padre. Llegó el día en que otros me engañaron con su pa- labrería, con la pretensión de encerrarme en una cárcel con barrotes de hambre y miseria. Pero por ahora, Sergio, sólo soy un niño de doce años, ami- go de Francisquín.
  • 25.
    La Raya delos malditos 25 Capítulo II LA PELEA Aquella tarde celebraban bautizo en la iglesia del pueblo; lo sabía bien toda la chiquillería, que tradu- cía perfectamente el lenguaje de las campanas: “¡Padrino, a pelón! ¡Santa María, que se le muera la cría!”. Todos los chiquillos ensordecíamos con crueldad al padrino del recién bautizado, con la exigencia de que nos tirara algunas monedas o ca- ramelos. Y allí, en las gradas del portal de la iglesia, Francisquín y yo formábamos parte de aquel coro infantil que gritaba “¡Padrino, a pelón!”, y los dos buscábamos en el suelo oscuro del paseo aquella especie de maná con forma de monedillas de diez céntimos. No sé cómo los sucesos se encadenaron para vernos empujados con desafío por los dos chavales más gallitos del pueblo: los Fúnebre, los dos hijos del cochero que trasladaba a los vecinos muertos hasta el cementerio municipal. Quizás la causa fuese que aquel atardecer la suerte me hu- biese agraciado con alguna de las monedas que el
  • 26.
    José Luis LoboMoriche 26 padrino lanzaba a voleo, suerte que los dos Fúne- bre interpretaban como acto de rapiña. Entre la chiquillería, decir Fúnebre significaba nombrar al demonio; pues tenían los dos hermanos recono- cida fama de ser fulleros en el juego de bolas y há- biles en la zaragata de todos los instrumentos de juegos infantiles; y que además de sus habilidades de mangantes, gozaban de la agilidad saltarina de las ardillas y de la verborrea de calle llamada por los zagales como picardía. Ante cualquier contra- riedad en el juego de las bolas, los Fúnebre se pro- tegían mutuamente, bajo las amenazas del uso de sus puños o del tirachinas que el Fúnebre mayor colgaba bajo su cinturón como arma de intimi- dación. Así que todos los chiquillos evitábamos enfrentarnos a los Fúnebre, aunque tuviéramos que soportar los gritos humillantes de ¡rajón! Hasta el porche de la iglesia fuimos arrastrados los dos por una chiquillería ansiosa de ver el brutal juego de zancadillas y puñetazos…, y sabedora que a los instigadores de aquella singular guerra les llamaban los hermanos Fúnebre. El porche albergaba el sitio propicio para la pelea: un lugar apartado del paseo público y siempre en penumbra, las dos condicio- nes necesarias para que el cabo de los municipales no se cargarse el espectáculo. Sin saber el porqué, nos vimos frente a los Fúnebre, cerradas las dos parejas desafiantes por un corro de chiquillos que
  • 27.
    La Raya delos malditos 27 nos empujaba a la lucha con los gritos de ¡dale, mójale las orejas! De pronto sentí todo el miedo que un niño de doce años puede acumular ante una situación que sabe él que le es desfavorable. La cara de mi amigo denotaba terror: se le aflo- jaron las piernas, y lo vi cómo se apretaba con sus manos la bragueta del pantalón. Si llegaba a ori- narse, sería la muestra más palpable de que los Fú- nebre habrían ganado la pelea sin haberse despei- nado, y ambos tendríamos que soportar los humi- llantes gritos con los que nos tacharían de cobar- des, incluida toda una retahíla de crueldades in- fantiles. Estábamos en inferioridad ante los Fúne- bre: Francisquín no era ni mañoso ni amante de los forcejeos y peleas callejeras, ni estaba dispuesto a enfrentarse al menor de los Fúnebre. Lo miré de reojo y supe que estaba vencido ya: que sería un mero muñeco roto por los puños del que se le fi- guraba ahora como un demonio exterminador. El estruendo iba a más, la situación no tenía vuelta atrás, se hacía insostenible, sin posibilidad de que los dos despertáramos de un sueño infantil entre sollozos y pálpitos. Presentía yo que, una vez ini- ciada la pelea, aquella algarabía se pondría de nues- tra parte porque, además de ser la más débil, re- presentábamos a todo el corro, y que toda la chi- quillería se nos uniría a nosotros, con la intención de formar un frente común contra los dos demo-
  • 28.
    José Luis LoboMoriche 28 nios callejeros; pero también sabía que las peleas no se ganan con gritos de ánimo sino con la fuerza de los puños y con las mañas de las piernas. Una voz -casi misteriosa y anónima- marcó el inicio de la pelea: esos instantes en los que el tiempo se muestra perezoso fueron decisivos para nosotros dos, mejor sería que te dijese -querido Sergio- que fueron vitales para Francisquín, al que con toda se- guridad el Fúnebre menor hubiese vestido su cuer- po de cardenales. A mi amigo le endilgaron como enemigo el Fúnebre menor, que se sentía seguro de su superioridad y que su rival sólo era para él un niño rico y mimoso. Milagrosamente para mi amigo el corro se cerró en torno al Fúnebre mayor y a mí, tras quedar rota y desplazada la otra pareja, y emplazado cada uno de los dos menores entre los jaleadores, en aquel improvisado ring de tierra. Vi que mi amigo sollozaba y cómo con sus manos se apretaba insistentemente la bragueta del panta- lón para contenerse los retorcijones de su vejiga. A salvo él, de mí el corro no tendría piedad y sabía yo que estaba condenado a enfrentarme al demo- nio mayor: “¡Mójale las orejas!”, y con aquel ensor- decedor achuche comenzó el baile guerrero de dos zagales que -con los dedos mojados en saliva- tendríamos que alcanzar las orejas del contrincan- te. Aquella danza abría la pelea, lo que en el len- guaje callejero de los niños llamábamos como
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    La Raya delos malditos 29 “mojarle la oreja”. Aunque yo estaba ya en guardia, me resultó inesperado el alarido salvaje del Fú- nebre con que acompañó su salto de gorila con in- tención de alcanzarme las orejas. El acto reflejo de agacharme ocasionó que fallara en su intento de mojármelas, y que fuese yo el que tocase las suyas con mis dedos ensalivados. Como el populacho del circo romano, la chiquillería nos incitaba a la lucha con sus gritos; y aplaudía tanto al Fúnebre como a mí, cuando cualquiera de los dos hacía un ademán de atacar; pero yo estaba tan a gusto entre aquellos aplausos, que creía que sólo me corres- pondían a mí. Entre aplausos supe que la parte más bullanguera de la pelea había terminado; y que yo había sido el vencedor de aquel juego, por ha- ber tocado una de las orejas del Fúnebre. Pero faltaba la verdadera prueba de destreza con puños y piernas. Fue, entonces, cuando el Fúnebre apretó sus puños y contrajo el entrecejo, maquillando su cara con ciertos guiños de criminalidad: noté, te- meroso yo, que todo su cuerpo se agitaba nervio- samente y que sus músculos se contraían. Reac- cioné a sus aspavientos con la imitación de la fi- gura guerrera del pavo real: estiré mi cuerpecillo varios dedos, y rozaba los puños en mi chaleco multicolor para provocar con los roces un ruido desafiante. Aparté de mi cara el flequillo y apreté los puños -aún más- con toda la rabia infantil.
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    José Luis LoboMoriche 30 Consciente de mi inferioridad ante el Fúnebre, te- mía que se lanzara como un rayo contra mí para descargar sus puños rabiosamente; pero también sabía yo que todos los héroes guerreros no son in- vencibles, que siempre tienen un talón vulnerable. De costado a mi contrincante, miré la parte de su cuerpo que me ofrecía, con intención de descubrir cuál sería aquel punto singular del Fúnebre; pero no era el momento más apropiado para contem- plar su cuerpo, que por momento se transformaba en un cíclope, pues mantenía completamente ce- rrado uno de los ojos y adelantado en el aire su puño izquierdo. Tomé la iniciativa de saltar sobre él y engarzarme a su cintura: nuestros cuerpos bambolearon y unidos se estrellaron contra el co- rro. El choque no acalló los gritos, siguieron inci- tándonos con más achuches. Zarandeados por los crueles espectadores fuimos devueltos al ruedo, después de que los dos cuerpos entrelazados hu- biesen tocado casi todos los puntos de aquella cir- cunferencia. Nunca había notado que mi corazón palpitara tan de prisa, ni sentido tanto calor acu- mulado en mis puños que hasta se me había bo- rrado el cosquilleo en los nudillos de mis dedos. Nuestras piernas quedaron enredadas entre sí, y con un sobreesfuerzo de rabia conseguí desengan- charme del Fúnebre; pero quedé tan jadeante y sin reflejos que -ausente de la pelea- bajé los puños y
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    La Raya delos malditos 31 abrí la boca, con ansia de encontrar en aquel infier- no una bocanada de aire húmedo que refrescara mi reseca lengua. Fue entonces, cuando una masa de carne voló hacia mí: no tuve tiempo de cerrar los puños, ofrecí instintivamente al Fúnebre los arcos de mis antebrazos y las puntas de mis codos. Tras el choque su nariz comenzó a sangrar abundante- mente, y su camisa blanca se manchó con la señal de la vulnerabilidad. Se quedó paralizado en medio de un corro infantil que, sobrecogido por los bor- botones de sangre, había estirado mucho más la longitud de la circunferencia. En ese instante tuve la certeza de que los héroes son vulnerables, y que me sentía ganador de la pelea, pero sin los gozos de un gladiador. Con el miedo y la piedad de un niño, contemplé aterrado cómo la nariz del que había sido mi contrincante sangraba y manchaba de hilachos rojos su camisa. No sentí la embria- guez de la victoria: sí el dolor en mis espaldas, oca- sionado por los zurriagazos del cabo de los muni- cipales. En un periquete el corro populachero de aquel circo se esfumó. Sé, querido Sergio, que te preguntarás qué tras- cendencia tuvo esta trifulca callejera en mi vida. Pero esta pelea que te he narrado marcaría el ser o no ser, los vaivenes que mi cuerpo y mi mente ten- drían que soportar.
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    José Luis LoboMoriche 32 El primer personaje que teatralizaría conmigo varias escenas de mi drama personal fue Francis- quín. El Fúnebre menor sólo había visto en él a un niño mimoso y rico. No se equivocó, porque mi amigo de escuela y de calle emprendió el camino que te lleva a oír los estímulos de un padre que te reclama para que seas defensor de los principios conservadores…; y que si tú los acoges, te premia con el legado de varias haciendas. Se emborrachó mi amigo con el licor que le ofreció su padre. Yo, en cambio, leí en el Centro Obrero de aquel pue- blo muchos libros publicados por la Biblioteca Anticlerical, me integré en su Orfeón e incluso es- cribí poemas de amor y varios relatos costumbris- tas. Con los obreros me identifiqué y a ellos repre- senté como alcalde de la pedanía más cercana al pueblo extremeño donde nací. ¿Por qué nos im- portan tanto los nombres de los pueblos?, si so- mos nosotros sus inventores. Te decía que, tras las elecciones municipales, me vi con la vara de man- do en las manos, arrojada con desprecio por el al- calde saliente. El acto protocolario se reducía a una frase: “¡Toma la vara!”, y con gesto más de des- precio que democrático don Francisco Silvela y yo intercambiamos varias veces la vara del poder en un insulso y brevísimo ceremonial. Durante aque- llos bienios en los que repetimos el ¡toma la vara!, ambos éramos padres de familia, alentados por los
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    La Raya delos malditos 33 dos bandos de vecinos vestidos con ropaje de rojo o de azul: él por la decena de aldeanos que soña- ban con extensas haciendas; y yo por tres docenas de izquierdistas que me aplaudían con tanto entu- siasmo, que yo me creía el padre de la República. En julio -para qué te voy a decir de qué año- me correspondía portar la vara de mando que me otorgaba los poderes legales para solucionar los conflictos entre los aldeanos. Así que cuando lle- garon a la aldea los rumores de que los militares de Sevilla se habían levantado contra la República, estaba yo con mi vara bajo un alcornoque cente- nario escuchando las respectivas versiones de dos aldeanos acerca de una trapatiesta que habían man- tenido como linderos sobre la ubicación correcta de unos mojones. “Esas cosas nada más que ocu- rren en las capitales”, le dije al vecino que me traía la noticia de parte de la pareja de carabineros; y, ajeno a los rumores del golpe militar, continué como hombre de paz en el pleito entre los dos al- deanos, pues no me inquietó demasiado la noticia de la sublevación militar…, y hasta por la tarde no me encaminé hacia la aldea. Los rumores de unos militares levantiscos en Se- villa no habían quebrado la vida rutinaria de los al- deanos; pero cuando vi a Don Francisco Silvela en la plazuela, me escamé. Lo noté algo nervioso; ha-
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    José Luis LoboMoriche 34 blaba -más alto y alterado que de costumbre- con dos hacendados del pueblo. “Algo están traman- do” -me dije-, porque aquella visita me resultó extraña. En suposiciones quedó mi recibimiento al Alzamiento Nacional. Fue la llegada a la aldea de seis milicianos del pueblo, montados a caballo y con escopeta en mano, lo que me hizo pensar que yo estaba equivocado: que sí había habido un gol- pe militar y que aquellos seis milicianos represen- taban el contragolpe. A todos ellos reconocí de in- mediato: la tropilla miliciana estaba compuesta por el zapatero del pueblo, los dos barberos y tres peo- nes. Vestían guerrera militar; pero parecía más bien como si se hubiesen disfrazado, porque no mos- traban uniformidad de color en sus ropajes. Eso sí: los seis cubrían sus cabezas con gorro de solda- do de infantería. Tras dar varias vueltas a caballo por la plazuela, descabalgaron a la puerta de la ta- berna y comenzaron a hablar a media voz entre ellos…; luego, subieron el tono como si anun- ciasen una proclama revolucionaria a los pocos al- deanos allí presentes. La frase que más alto resonó en la plazuela fue la gritada por el zapatero, que me llegó tan alta que hasta se me revolvieron las tripas: “¡A por ese Don Francisquillo!”. “¡A por él!”, le corroboró -con la escopeta en alto- uno de los barberos. Yo, mientras levantaban las amena- zadoras escopetas, me desplacé hacia la puerta de
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    La Raya delos malditos 35 entrada de la Casa Consistorial. Subí al umbral pa- ra comprobar si los gritos de los seis milicianos su- ponían de verdad una amenaza para Don Fran- cisco Silvela, o si pretendían detenerlo o, quién sa- be, si sus intenciones eran las de descargar las iras contrarrevolucionarias en él. Los sucesos ocurrie- ron con tanta rapidez que aún estaba yo a la puerta del Consistorio, cuando los seis jinetes traían ma- niatado a Don Francisco. En la plazuela el grupo salvador de la República se paró de golpe, como si un general le hubiese dado una orden marcial. Em- pecé a mecer entre mis manos la vara, en un ademán voluntario para que los seis milicianos se percatasen de mi presencia: la autoridad legal en la aldea, como queriéndoles decir que aquí mandaba yo. De espaldas a mi legalidad, buscaron de frente la mirada de una aldeana -que desde el balcón de su casa observaba tal escena de barbarie-, como si esperasen de ella la voz alentadora para iniciar la tragedia. Entonces vi que aquel amigo de la infan- cia, que a punto estuvo de ser roto por los puños del Fúnebre menor, me miraba con los ojos la- grimosos y con sus manos maniatadas delante de la bragueta del pantalón. Ahora se presentaba él como un rico hacendado y un mandamás de los azules, pero no como el pedáneo que me arrojaba con desprecio la vara de la aldea; y, en ese instan- te, era también Francisquín: el niño mimoso y bien
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    José Luis LoboMoriche 36 aseado que jugaba conmigo por las calles del pue- blo, y compañero de las furtivas caladas a los ciga- rros de matalahúga y aventurero en compartir las monedas que el padrino pelón lanzaba a la chiqui- llería. Estaba tan cerca de mí como cuando estuvo a merced de los puños del Fúnebre, increpado por seis milicianos analfabetos que se sentían defenso- res de la República, y mostrado al vecindario como si fuese un diablo derrotado. Busqué a la pareja de carabineros en el callejón de entrada a la aldea, donde yo suponía que esta- rían apostados de servicio en favor de la Hacienda Pública. Con energía casi militar les trasmití el atropello que estaba cometiendo la tropilla de mili- cianos. Sorprendentemente, los dos carabineros se me cuadraron y estamparon los tacones de sus bo- tas al grito libertador de ¡Viva la República! Aquel viva significaba que Don Francisco Silvela dejaría tranquila su bragueta. Cuando llegamos a la plazuela, los seis milicianos trataban de montar a su reo en un caballo. Sonaron dos disparos de fu- sil, que provocaron que las caballerías se movieran nerviosamente, y que el caballo que montaba el za- patero -que seguía dando muestras de que él tenía graduación como mínimo de cabo rojo de la cua- drilla- relinchara y se alzara de manos, dibujando caballo y jinete unas cabriolas en el aire que a pun-
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    La Raya delos malditos 37 to estuvieron de ocasionar que el zapatero besara la tierra. Apenas hubo intercambio de palabras en- tre carabineros y jinetes: los dos valientes defen- sores republicanos mantuvieron levantados sus fu- siles, y el más adelantado de la pareja -espigado su cuerpo- con voz generala les ordenó: “¡Bajadlo de una puta vez, y largaos ya para el pueblo!”. El za- patero no estaba acostumbrado a discutir una or- den tan seria, y menos desobedecer a una autori- dad militar: uno de los peones ayudó a Don Fran- cisco Silvela a bajarse del caballo, y el carabinero más cercano al prisionero fue el que cortó con su navaja la cuerda que lo maniataba. Como si fuesen conscientes de que habían cometido una fechoría, los seis milicianos abandonaron la plazuela desor- denadamente, y buscaron el callejón que abre el camino hacia el pueblo. Mientras sonaron los cascos de los caballos al trote, Don Francisco mantuvo la cabeza gacha; cuando dejó de oírlos, la levantó poco a poco has- ta que, seguro ya de sí, me buscó con una mirada más serena: noté que de sus ojos se había borrado toda señal de súplica de piedad, y que recobraba los mismos ojillos infantiles del niño que entre la chiquillería gritaba ¡Padrino, a pelón! No hubo ne- cesidad de palabras de agradecimiento ni de despe- dida: Don Francisco Silvela se encerró en su casa.
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    José Luis LoboMoriche 38 Cuando los acontecimientos tomaron mejor rum- bo para él, se instaló definitivamente en el pueblo. Ahora es momento de que te narre cómo me fa- miliaricé con el trapicheo del contrabando, que es el objeto principal de tu libro. La aldea está muy cerca de Portugal, un brinco de siete kilómetros la separa. La fuerza de la costumbre me arrastraba a menudo a desplazarme, como todo joven aven- turero, a las aldeas y pueblos portugueses, a com- partir los juegos amorosos con las rayanas sin las ataduras de las fronteras y sin acatar la invención de los reyes. Empecé a burlarme de los mandama- ses, y traspasaba la Raya en busca de amoríos…; luego, los besos que traje de allí venían mezclados con los olores de la harina y del café. Entonces yo no me sentía un hombre contrabandista, porque desconocía aún que el contrabando también había sido un capricho de los reyes y de los poderosos. Sí, fueron ellos los que dieron vida a la palabra “contrabando”: unieron once letras, y surgió de golpe real esta maldita palabra. De la noche a la mañana la leí, como si hubiese salido de un bando real; pero los jóvenes -lo sabes tú- son rebeldes. Fueron, pues, los gozos de sentirme un maleante, un proscrito o un salteador los que me arrastraron a desobedecer a los reyes. Mi trapicheo con la ha- rina y el café empezó como un juego, aún no clan-
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    La Raya delos malditos 39 destino: no había llegado el momento de ser un contrabandista, un hombre auténtico. Mi auten- ticidad se inició el día en que los carabineros apos- tados en el riachuelo de mi aldea me saludaron - una noche sin estrellas- con una salva de disparos de fusil. Gozados estos años de rebeldía, di mis primeros pasos en la política aupado por tres docenas de aldeanos revestidos con ideas de color rojo: treinta y seis hombres honrados que un día me aplau- dieron con júbilo, bajo los tres arcos del puente que yo había mandado levantar en el riachuelo. Así rezaba en un azulejo bajo uno de los arcos del puente, donde yo creí que quedaría grabado mi nombre eternamente: Fue construido este puente en tiempos de la República siendo alcalde pedáneo Daniel Salazar Martín. Poco tiempo gocé del entusiasmo mostrado por las tres docenas de aldeanos en la inauguración de aquella obra pública: quedó el azulejo como testigo de que yo era republicano, un rojo para los ha- cendados del pueblo. Te seguiré contando los sucesos levantiscos de Sevilla: no había pasado una semana desde la lle- gada de los seis milicianos a la plazuela, cuando se personó en la Casa Consistorial un capitán de la
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    José Luis LoboMoriche 40 guardia civil. Reclamó la presencia de la pareja de carabineros, y ante mí les instó a que se sumaran al golpe militar..., que lo de Sevilla iba en serio…, que las tropas nacionales avanzaban desde Sevilla para tomar nuestra capital de provincia…, que él estaba de parte de los sublevados y que informaba a su teniente coronel de cuál era la situación en los pueblos y aldeas de aquellas tierras extremeñas. A mí no me dirigió ninguna palabra. Es más, mien- tras hablaba a los carabineros, me dio la espalda, como si me insinuara que yo había escrito la doc- trina de mi republicanismo en un azulejo. “Nosotros defenderemos la República, nuestro cuerpo de Carabineros defenderá la moralidad, la lealtad, el valor, la disciplina”, le dijo uno de los ca- rabineros con palabras que sonaron como si las hubiese aprendido mecánicamente, sin saber el sig- nificado de las mismas. “Y el sol seguirá brillando en el horizonte”, remató el otro carabinero con actitud desafiante, sin saber tampoco qué es desa- fiar a un capitán de la guardia civil. Me emocioné más que por las palabras que decían de moralidad y de disciplina por el entusiasmo con que pronun- ciaron ¡Viva la República!..., tuve que enjugarme - de espalda al capitán- alguna lágrima. Sin más, abandonó el Consistorio, cerró violentamente la
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    La Raya delos malditos 41 puerta…, y apenas pudimos oírle ya en la plazuela: “¡Vosotros lo habéis elegido!”. Convoqué un pleno popular a la puesta del sol: a la sala principal del Consistorio acudieron puntual- mente los dos carabineros y los treinta y seis aldea- nos rojos. “¡Manos a la obra!”, fue mi propuesta de defensa a los nerviosos vecinos, que temían que los hacendados y los guardias civiles del pueblo vinieran a tomar la aldea. Cortamos varios árboles y los desparramamos por el carril que une la aldea y el pueblo. ¡Fíjate, qué defensa!: con balas de ma- dera. En la cima del monte que protege la aldea de los vientos norteños, los dos carabineros mon- taron un servicio para controlar los movimientos de las fuerzas rebeldes. Poco a poco me familiaricé con el lenguaje de la guerra: sonaron las palabras “emboscada” y “resistencia”; pero también vi treinta escopetas en manos de mis convecinos ro- jos y dos fusiles en manos de la pareja de cara- bineros, que cansinamente repetían lo de mora- lidad, lealtad, valor y disciplina, sin faltar el sol que brilla en el horizonte. Repetían tan mecánicamente estos principios de su institución militar, que intuía yo que ambos habían memorizado esas frases cuando los nombraron defensores de la hacienda republicana. A pesar de su escasa formación en las artes, se habían opuesto con dignidad al capitán de
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    José Luis LoboMoriche 42 la guardia civil, se mostraban leales a la República sin ningún signo externo de cobardía, mantenían entre sí la disciplina, acataban la autoridad del pe- dáneo y, encima de ellos, el sol brillaba: cumplían con todos los requisitos del Instituto de Cara- bineros.
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    La Raya delos malditos 43 Capítulo III APÁTRIDA Las palabras y, a veces, los sueños son invencio- nes; pero las tropas compuestas por un centenar de cívicos y guardias civiles que venían por el carril dispuestas a tomar la aldea, te aseguro que no era un sueño. Te preguntarás, querido nieto, qué fue de aquella defensa de la aldea que tu abuelo y una pareja de carabineros habían planeado: tiros suel- tos de escopeta desde la cima de aquel fuerte de montaña sonaron como los únicos testimonios de bienvenida a los rebeldes. Después, cada defensor de la aldea corrió hacia donde pudo: las tres do- cenas de rojos -con sus alforjas y escopetas- buscaron refugio en las barrancas de las sierras, los dos carabineros -con sus dos fusiles y su dignidad- siguieron la dirección este de la zona roja, y yo -sin escopeta ni fusil- desde la cima solitaria de la mon- taña miré los débiles rayos del sol, que se recostaba ya en el poniente portugués. Hacia allí me encami- né con ansias de alcanzar algo de luz, la luz que
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    José Luis LoboMoriche 44 sabía yo que pronto moriría detrás de la Raya. En- contré las mismas sierras, los mismos nombres formados por letras, el mismo paisaje neblinoso, la misma manera de contar los latidos del tiempo y la misma lírica -ahora con la voz melancólica del fado- del apátrida que llora. Sentía que me seguían todas las sombras callejeras de la noche: ¿quién eres?, me ladraba el perro enclenque y sarnoso que se acercaba a lamerme las manos. Huí de las calle- jas, de las sombras, de aquellos fantasmas que se burlaban de mí…, y encontré refugio en las ri- veras, en los barrancos, en los vallados y en el cho- zo de la “xica Maruya”. Aún resuena en mis oídos rotos el chasquido avisador de dos piedrecillas, cuando aquella vaquera de apenas nueve años me trajo el pucherito a la ladera “panchona”. De no- che subía a la montaña que se inclina hacia mi al- dea: desde allí hablaba -en la distancia de siete kilómetros- con la abuela Rosa, desde allí sonreía a tío Anselmo y jugaba con mi hijo. Amparado por el ruido de los chorreros de un barranco, tallé la noche en cepa de brezo blanco: con mi mechero acariciaba yo toda mi casa. No te hablaré de espacios ni de tiempos, porque el fugitivo no está anclado en ningún puerto de mar, ni cuenta el tiempo por meses o años sino por el número de miradas que los demás le clavan.
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    La Raya delos malditos 45 Me arrastraba como un cachorro, que inútilmente se aplasta en el suelo para cazar un gorrión en un descampado: sólo alcanzaba la basura que otros arrojaban. Pero la vida, mi querido Sergio, tiene dos caras: un día la cara malévola de la que corría me pareció que huía espantada de mí y que en un camino solitario -igual que yo- tropezaba con un hombre bueno, que adivinó enseguida que yo re- clamaba ayuda…; y el desconocido me cobijó y me transformó en humano: de día le ayudaba en su molino de aceite, junto a su esposa y a sus dos hijos. De ellos recibí los abrazos que me faltaban de la abuela, y entre ellos soñé que encontraba la mirada perdida de tío Anselmo y la sonrisa infantil de tu padre. Como el molino estaba integrado en una pequeña heredad, disponía yo de libertad de movimientos hasta el instante en que los perros atados junto a la cancela de entrada delataban con insistentes ladridos la presencia de extraños…, en- tonces me escondía en la parte alta de la vivienda; y, si los guardias republicanos inspeccionaban la heredad, buscaba refugio entre las adelfas de un barranco próximo al molino. Al atardecer la nos- talgia del amor me elevaba ciegamente hasta la cumbre de la montaña que me separaba siete ki- lómetros de mi casa. Así pasaban los instantes más tenebrosos, caminando ciego e inseguro por un paisaje tan neblinoso como el lugar del que había
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    José Luis LoboMoriche 46 huido. ¿No sería mejor la cárcel?, me preguntaba durante la noche tenebrosa. Porque la cárcel me daría la oportunidad de sentirme seguro en mí mis- mo: contemplar a mi verdugo delante de mí, sin necesidad de tener que mirar desconcertadamente a todos los viandantes, tratando de descubrir entre ellos al que me ha reconocido como reo, y que caprichosamente aún no ha bajado el hacha de la ejecución. Me sentía clandestino, anhelaba oír los fogonazos de los fusiles y los gritos amenazadores de los carabineros para que arrojes al suelo la carga de harina o de café…; sí, clandestino de verdad, acompañar al molinero hasta los cortijos de los ra- yanos, sentirme de nuevo -aunque fuese única- mente en la noche- un hombre libre. Aquel moli- nero me enseñó a imitar el silbido del cárabo en celo: a ahuecar las manos con los dedos unidos, dejar una abertura entre los pulgares para insuflar entre ellos el aire para que salga libre y resuene abovedado. “Siempre es el amor- me decía el moli- nero- el que te reclama y nunca te deja al descu- bierto”. El silbo de amor fue nuestra contraseña en la noche: caminaba delante de él, libre yo y li- gero del peso de la carga de café; y él seguía mis pasos a una distancia prudente. Fue una de aque- llas noches liberadas y clandestinas, justo en la junta del barranco con la rivera -para qué decir ba- rranco Martinín y rivera Ardila- donde oí por se-
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    La Raya delos malditos 47 gunda vez en la noche una descarga de fusil. Y el bueno de mi molinero perdió dos caballos, dos mulas y un burro con diecisiete bultos que con- tenían seiscientos cincuenta kilos de café. Aquel tropezón de noche motivó que el molinero siguie- ra el refranero español al pie de la letra. Me extrañó que el molinero, a veces, se ausen- taba de la heredad y que tomaba la dirección de la Raya. ¿Qué tramará su majestad?, me preguntaba sin que él advirtiera mi curiosidad. Tenía yo la cer- teza de que su familia conocía los motivos de tan frecuentes ausencias, pues varias veces los vi ha- blar entre ellos con cierto desasosiego. Entre más suposiciones me hacía, menos comprendía las cau- sas de su desencuentro conmigo. Ocurrió una tar- de de ésas en que los cuentacuentos sitúan las ac- ciones infantiles y maravillosas en un día soleado: ladraban insistentemente los perros a la entrada de la heredad con ladridos breves y de tono alto en señal de alegría. Desde el desván del molino reco- nocí la figura bondadosa del molinero con sus andares de patizambo, acompañado por una mujer que daba la mano a un niño. Dicen que, en las im- presiones fuertes y repentinas, el corazón se vuelca en busca de la salida del cuerpo; a mí la escena de tu padre -mi Quiquín- cogido de la mano de la abuela Rosa por la vereda de la heredad me lo
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    José Luis LoboMoriche 48 removió todo: me contuve las lágrimas y los gritos para que no me vieran vomitar mi angustia acumu- lada. Tampoco corrí hacia ellos: inicié los pasos del reencuentro con parsimonia, como si a cada paso que daba hubiese querido liberarme poco a poco de tanta congoja. Antes de abrazarnos, me quedé paralizado, tristemente impresionado por el ropaje de mi hijo: revestía su cuerpo con un pantalón que cubría las rodillas, cortado por la abuela de dos costales de harina y cosido con sus manos primo- rosas. Libre ya de congojas, oculté mis lágrimas para que no notaran cómo arrojaba poco a poco mi rabia interior. ¿Qué se puede decir después de más de un año de ausencia obligada?: “¡Qué guapo está mi Quiquín con este pantalón! Y tú, ¡tan bella como siempre!”. “¿Por qué te escondes, padre?”. “Algún día acabará la guerra y, quizás estemos los cuatro en amor y compaña”. “Tío Anselmo pre- gunta mucho por ti”. Sólo tuve dos horas para compartir tantas emo- ciones. Quizá fuese aquel atropello de palabras es- cuchadas y dichas a contrarreloj, lo que me hizo que odiase más tarde el cómputo de los segundos. No sabía cómo detenerlos, si era preferible rellenar los huecos con besos o con palabras, o escuchar las voces tiernas de mi hijo y de mi mujer: “Daniel, te imaginarás los terribles acontecimientos que han
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    La Raya delos malditos 49 ocurrido en la aldea y en el pueblo. Pero en casa todo va bien: los tres comemos en las Cocinas Económicas, los nacionales no nos han molestado y tío Anselmo se muestra feliz con tanto jaleo de soldados por la plazuela. Seguro que pronto llegará la paz y que todo se arreglará”. Sabía yo que me mentía con sus tranquilizadoras palabras: dos años después supe que ella también fue marcada por los fascistas como mujer de izquierdista, que había su- frido los escarnios de la humillación, que su cuer- po fue embadurnado con el apestoso ricino, y que había padecido la cárcel durante seis meses por no delatarme. En la despedida no hubo ni besos ni palabras: todo quedó quebrado por la rabia contenida. Les abrí la cancela de la heredad, y madre e hijo bus- caron el refugio de un cortijo rayano. Aquella esce- na de encuentro furtivo se repitió tres veces más, gracias al molinero y a la protección de unos fami- liares suyos que vivían en un cortijo cercano a la Raya. Mi aldea es tan pequeña que cabe en mis manos -le decía yo al molinero mientras trasegábamos el aceite de la primera molienda-, allí todos nos co- nocemos. Ahora, sin necesidad del acto protoco- lario de la vara, los azules deambularán a sus an- chas por el puente, por el callejón y por la plazuela:
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    José Luis LoboMoriche 50 para ellos seguirá siendo su aldea; en cambio a mí me han convertido en un apátrida sedentario en un molino, sin saber qué habrá sido de la pareja de ca- rabineros ni de las tres docenas de rojos en una zona fronteriza donde muchos fugitivos buscan refugio. Tan sólo sé que los guardias civiles señala- rán a mi mujer como un resto o desperdicio de un izquierdista, lo peor de la aldea: ¿una mujer sin patria? ¿Qué maquinará su alteza ahora?, me pregunté cuando el bondadoso molinero se ausentó durante varios días de la heredad…, que se habían repetido los cuchicheos entre él y los tres miembros res- tantes de la familia, y que había retratado con una rudimentaria máquina a todos los obreros de la empresa. ¿Cuestión de negocios? Seguro que no, porque en los momentos complicados para él co- mo empresario siempre me pedía opinión. ¿Ven- drá otra tarde soleada y maravillosa en la que me volverá a sorprender con…? , me preguntaba yo, sin poder rellenar con certeza ese hueco de mi pregunta. Inquieto por el deseo de descubrir qué me depararía la misteriosa ausencia del molinero, me asomaba a la ventana de la parte alta de la vi- vienda, para desde allí divisar toda la vereda ancha por donde él siempre entraba en la heredad mon- tado en su vieja tartana. Desilusionado de tanto
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    La Raya delos malditos 51 subir los peldaños de la escalera que me llevaba al desván, retorné al rutinario trasiego del aceite y casi olvidé mi situación de fugitivo, porque me sentía seguro y tranquilo con los perros atados jun- to a la cancela de entrada. En efecto, sonaron los primeros ladridos de bienvenida y aceleradamente subí los peldaños de dos en dos. No vi nada espe- cial: aparcó su tartana en el rellano delantero y se bajó del carruaje con sus andares de patizambo. Nadie lo acompañaba. Observé que bajo el brazo izquierdo portaba un sobre marrón. Pero, en el to- no de las voces con que me reclamaba insisten- temente, sí sentí un matiz distinto y no rutinario, noté que se aturrullaba y que sus palabras perdían claridad: “¡Daniel! ¡Daniel! ¡Buenas noticias! ¡Te traigo el premio a tu paciencia!”. Sus palabras me sonaron como un canto de bienaventuranza: me recordaron las promesas con las que el catequista del pueblo había tratado de llevarnos por la senda celestial a Francisquín y a mí. Alzó el sobre a la al- tura de la cabeza y me dijo desde el umbral: “¡Ya no eres un apátrida! Desde hoy, considérate un ciudadano portugués”. Con la parsimonia ceremo- nial que le faltaba siempre al acto protocolario del traspaso de la vara en la aldea, empezó a despegar el sobre…; y, en el umbral de la puerta del molino, sacó una cartilla de color marrón oscuro, de la que fui incapaz de leer las letras gruesas de la portada.
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    José Luis LoboMoriche 52 Luego, con pasos más parsimoniosos aún, se me acercó mientras pasaba con los dedos la primera hoja de la cartilla: inesperadamente se me presentó mi figura retratada. Entonces sí comprendí su emoción al anunciarme que tendría una nueva pa- tria con la identidad falsa de un ciudadano portu- gués muerto -y de entre sus papeles me saca ahora el abuelo aquel Bilhete de Identidade que un fun- cionario de Coimbra le había falsificado al moline- ro, como si quisiera que yo fuese testigo de este secreto: quizás la única página del libro de su vida que aún yo no había leído.
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    La Raya delos malditos 53 Bilhete de Identidade. Seçao de Coimbra. Nº 448662. Manuel Mourato Gonçalves. Natural de Sao Juliao (Portalegre). Profissao: Jornaleiro. Nació: 3 marzo 1910 Altura: 1,72. Ojos castanhos, marrón… Coimbra, 4 Juiho 1938. El molinero estaba tan excitado y jubiloso que yo no deseaba contrariarlo con un semblante serio y preocupado. Fingí mostrarme alegre y lo abracé: “Mañana lo estrenaré…, tomaré el coche de línea y pasaré el día en la capital del distrito de mi nuevo lugar de nacimiento”. Sin saber qué me depararía la identidad portuguesa, me dormí con el bilhete entre las manos. Una a una llegaron las preguntas que me ator- mentaban: ¿Quién soy? ¿Existo ahora? ¿Cuál de los dos soy? ¿Me he transformado en un nombre? ¿Me llamo Daniel Salazar o Manuel Mourato? ¿Soy dos nombres? ¿Soy dos invenciones? ¿Tengo dos orígenes? ¿Cuál de los dos orígenes míos es el conocido? ¿Soy un muerto vestido de vivo? ¿Soy un vivo vestido de muerto? ¿Soy un español atado a un portugués muerto? ¿Soy un portugués muerto desatado por un español vivo? Desconcertado por no tener yo la capacidad que tú tienes para contestar mis preguntas, traté de vislumbrar qué me depararía el no haber conocido
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    José Luis LoboMoriche 54 mi lugar de nacimiento: nunca había jugado en sus calles…, y a pesar de todo reconocía las líneas de las facciones de aquel portugués retratado con la rudimentaria máquina del molinero, y que me en- señaba mi cara sellada con tinta negra por un fun- cionario portugués. Tomé el autobús que va a la capital del distrito, acompañado de mi ídolo y de la cartera donde guardaba mi nacionalidad portuguesa. Resultó pa- ra mí un juego excitante abrirla y sacar el bilhete de mi identidad, para que los viajeros de los asientos próximos al mío lo miraran de reojo, y todo ese infantil juego servido con la palabra portuguesa. Paseé por las calles y por los parques: no me sentí extraño ni perseguido por sombras fantasmales. Ningún perro callejero vino a ladrarme ni a lamer- me las manos. Era yo el que enseñaba a los vian- dantes mi nuevo rostro desafiante, el que me para- ba junto a un guardia republicano para preguntarle -en cumplido portugués y con doble intención- por dónde se iba al cementerio. Fingí lo que ruti- nariamente hacen los burgueses: remedé a un hombre que paseaba su perro amarrado a una ca- denilla, cedía las aceras a las señoras y compré un periódico del que apenas leí la portada. Después de haber almorzado bacalao grelhado en una terra- za repleta de burgueses, regresé a la heredad para
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    La Raya delos malditos 55 continuar con el ritual de trasegar el aceite, sin ne- cesidad de ocultarme en la planta alta del molino. Como habrás imaginado, mi querido nieto, yo estaba al corriente de los avances de las tropas nacionales, de que habían cercado Madrid y de que la República de los carabineros tenía los días con- tados. Así ocurrió: oí el canto bullicioso de los fas- cistas portugueses y el silencio medroso del moli- nero. La frontera -atada aún más por dos dicta- dores- se convirtió no en zona caliente sino en un hervidero de refugio para fugitivos, de milicianos delatados y detenidos, de encarcelados en el cam- po de concentración montado por los fascistas portugueses en la propia Raya o de derrotados en- tregados a la policía franquista. Los abrazos de confraternidad de los dos dictadores me arrastra- ron a abandonar a la familia del molinero…; y huí, temeroso de ser ladrado de nuevo por un perro sarnoso o de oír tras de mí la risa burlona de un fantasma callejero. Me instalé, cuando finalizaba el verano de 1939, en la capital de provincia del distrito, acompañado de mi ídolo, del Bilhete de Identidade y de los es- cudos necesarios para sobrevivir. Mientras buscaba trabajo en almacenes y tiendas, enseñé varias veces el bilhete como carta de presentación: no vi a na- die que mostrase interés por mi fotografía. Me co-
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    José Luis LoboMoriche 56 loqué como contable en un almacén de cereales: entregué al dueño mi Bilhete de Identidade para que rellenara el formulismo administrativo…; y a los dos días me lo devolvió, sin haberle notado yo desconfianza alguna. Caí en el juego aburrido del trabajo y de la sub- sistencia, de la compra del periódico burgués, de pasear sin novia y sin amigo confidencial por calles desiertas de fantasmas. ¿No sería preferible la cár- cel para retornar a ser yo mismo?, me preguntaba sin encontrar la respuesta, cuando me detenía de- safiante delante de los policías de un coche patrulla de la Guardia Republicana que se mostraban in- diferentes. Sentí que había perdido la esencia de clandestino, que sí era un ciudadano portugués, que el verdadero clandestino correspondía con el retrato de un desconocido sellado con tinta…, que me comportaba como un burgués con los vecinos, que cedía caballerosamente la acera; que me qui- taba el sombrero, cuando entraba en el autobús; y que daba a los viajeros los buenos días con la pa- labra portuguesa de mi idioma. Tres meses viví como un burgués en la capital del distrito, en una ciudad que yo creía que estaba desierta de los fantasmas que acechan en las es- quinas. ¡Qué equivocado estaba!: en los rostros de dos hombres -apostados en la esquina del callejón
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    La Raya delos malditos 57 donde daba la puerta lateral del almacén- que cu- brían sus cabezas con sombrero de fieltro y sus cuerpos con abrigos de lana reconocí dos miradas fantasmales. Desvié mis ojos de los dos fantasmas abrigados e hice el gesto peor disimulado de mirar el reloj. Fingí la despreocupación de un barren- dero, cuando paseaba por las aceras de la calle más comercial de la ciudad; y fingía también, cuando miraba la mercadería de los escaparates. Los fan- tasmas, en cambio, no fingen, porque ellos sí son auténticos. Aquellos dos hombres no tenían nece- sidad de mirar sus relojes ni disimular con los sombreros en las manos ni pararse ante los escapa- rates sin ganas. Jugaban conmigo desde la acera de enfrente, como si en silencio me anunciasen que la foto sellada del bilhete, igual que una manzana po- drida, había sido corroída por un gusano. Si es preferible de nuevo ser yo mismo, ¿para qué tantos disimulos? Empecé el juego sugestivo de entrecruzar las miradas desafiantes, a ver quién de los tres enseñaba el rostro peor retorcido y des- figuraba más las facciones de la cara -como en aquella transfiguración mía en pavo real ante el Fúnebre. “Sí, serán dos polizontes adiestrados por los fascistas alemanes”, me dije mientras los mira- ba con descaro. Fui seguido por los dos fantasmas hasta la fonda donde me hospedaba, les faltó de-
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    José Luis LoboMoriche 58 searme las buenas noches. Desde el balcón de mi habitación vi cómo, indiferentes a los reclamos de los escaparates de la calle, se perdían en la penum- bra del anochecer. Dormí como deben dormir los benditos: no ne- cesité de los sueños, ni de las pesadillas fantasma- les ni de monstruos que me atormentasen. Me dormí -una noche más- después de haber acaricia- do la piel de madera incombustible de la abuela Rosa, de haber palpado sus desnudos pechos y de haberla manoseado mimosamente. A las primeras luces del día uno de aquel diciem- bre tan brusco de 1939 descorrí los visillos de la ventana de mi habitación: los dos sabuesos se pa- seaban por las aceras de mi calle. No me inquieté, porque sabía que ellos me abrirían las puertas de la cárcel. Bajé acompañado de mi bilhete y de mi ído- lo…, cerré el portal…, y los dos perros de presa no tuvieron necesidad de levantar el hocico para ventear la pieza malherida. Cruzaron, abrigados, la calle y con gestos fríos se me identificaron con una cartilla azul oscuro: “Somos agentes de la Policía. Tenemos orden de detenerte”. En los tediosos interrogatorios los agentes de la policía portuguesa se me presentaban disfrazados de angelitos celestiales lejanos de la humanidad:
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    La Raya delos malditos 59 como si sólo ellos vieran las cosas de tu alrededor tal como son. Sufrí interrogatorios venenosos y agresivos con los que pretendían destruirme para que yo olvidase mis orígenes…, que yo nunca más viviese en mi territorio; pero al mismo tiempo sentía yo que mi sangre fluía con más soltura por las venas, que no había coágulo que la detuviera: mi sangre y yo éramos más libres, y aquellos ciru- janos solamente podrían talar mi cuerpo. En la cárcel de la capital de provincia -como supondrás tú nombrada ya en español- me sentí con exceso de vitalidad: allí gocé de la seguridad en mí mismo que tantas veces había anhelado atrapar en mis años, días e instantes como fugitivo. Desde la cárcel me fue más fácil mirar los precipicios que me cercaban: sentí la loca clarividencia de un pre- so. No importaba que me encerrasen en una celda oscura con una bombilla fundida colgada de un cable roído; mis ojos veían ahora como los ojos de un ciego, porque mi lucidez se había acrecentado durante las vivas horas del insomnio. Y en estas horas vivas -que no muertas- es cuando el ser hu- mano toca mejor la flauta para acompañar su lírica. Allí todo es poesía, porque en la celda oscura y con la bombilla fundida el preso está intranquilo, puede hablar más de sí mismo y sentirse más an- gustiado: ser poeta. Fuera de la cárcel -en la calle-
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    José Luis LoboMoriche 60 estaban los adoradores del Alzamiento Nacional. No me sentía ni infeliz ni miserable; más bien fui espectador de la miseria de la calle en las tres visi- tas que recibí de mi esposa, de mi hijo y de mi her- mano Felipe. Ellos no eran la miseria porque vi- vían en ella. No pudieron ocultarme cómo los mi- serables nos habían incautado los pocos bienes que poseíamos: perdimos nuestro cercado, nues- tras cabras, nuestras camas, nuestro manzano, mi vara, mi perdigón. Me quedaron -porque no pu- dieron arrancármelas- la serenidad de la abuela, las sonrisas infantiles de mi hijo y la mirada perdida de tío Anselmo. Mientras tanto, ¿por qué callaban los buenos? Sólo se oía la voz ronca del miserable. Mi hermano Felipe me informó de cómo Don Francisco Silvela trepaba por el árbol del poder, que ocupaba un cargo importante en la Comisión Gestora Provin- cial y que estaba al corriente de mi situación carce- laria. Nunca he hablado conmigo tanto como en los dos años de cárcel: reflexiones interrumpidas en los momentos del cuidado del cuerpo y de los miserables interrogatorios y puestas en escena por cómicos de un Consejo Militar. Leí el papel: “El Señor Jefe de Servicio permitirá la salida en liber- tad al recluso Daniel Salazar Martín para asistencia
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    La Raya delos malditos 61 al Consejo de Guerra después de identificado en el Gabinete Antropológico, devolviendo la presente una vez cumplimentada”. Yo, ¿en libertad?, ¿la libertad de un consejo de guerra?, ¿la libertad para oír mi condena a cadena perpetua? Y fui bautizado como un condenado perpetuo, que empezó a recibir los mimos de aquel niño que se apretaba su vejiga para no orinarse ante el Fúne- bre menor: sí, mi Francisquín -de padrino salva- dor- me visitaba en la cárcel. Me llevaron a la sala de visitas: fue un reencuentro más de miradas que de palabras. Sobraron las frases vacías que tratan de desentrañar los secretos de la salud: ¿cómo estás?, ¿cómo te tratan? Las miradas oblicuas que yo le echaba, cuando estuvo a merced del Fúnebre menor, él me las devolvía ahora. Desconozco de cuántas estrellas de poder gozaba. Tras su visita a la cárcel, un devaneo de tenientes coroneles, de instructores, de sumarios, de recursos, de senten- cias, de conmutaciones fue descorrido en auxilio mío por Don Francisco Silvela. Gracias a los in- tríngulis de sus manos poderosas, oí la voz reli- giosa del militar que -en actos casi tan proto- colarios como el de la entrega de la vara en la aldea- me dictaba las sentencias condenatorias. Pri- mero, oí la sentencia con la que el vencedor trata
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    José Luis LoboMoriche 62 de aplastar al vencido -no pasé por el Consejo de Guerra con que pretende borrarlo- y hasta mí llegó un discurso del que sólo entendía la frase: “a cade- na perpetua”. Luego, las palabras se iban poco a poco desencadenando y el juez instructor me dic- tó: “a diez años”…; otro día, las palabras se mo- vieron con algo de soltura en el encadenado y me regalaron la frase: “a cinco años”…; pero sabemos que las palabras, como nobles que son, se inquie- tan y comparten la libertad de los gases: no se las puede encarcelar…; y entonces oí -en un acto sin protocolo- a un teniente coronel que me arrojaba con desprecio dos palabras: “en libertad”. Así finalizó el primer movimiento de péndulo que animaría mi vida. El segundo movimiento lo iniciaría El Fúnebre.
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    La Raya delos malditos 63 Capítulo IV CORRUPCIÓN Y MISERIA Incautados nuestros bienes, me consideré des- terrado de mi aldea. La abuela Rosa me animó pa- ra que nos instaláramos en su villa natal de Cor- tegana durante la navidad de 1941. Tu tío Felipe, que ejercía desde hacía un año como guardia civil rural en Encinasola, -pueblo fronterizo con las tie- rras extremeñas de Oliva y con las portuguesas de Barrancos- nos prestó las pesetas necesarias para comprar esta casita a pie de la ladera de un castillo. Una contradicción más de mi vida: yo, un repudia- do del nuevo régimen, que estaba obligado a pre- sentarme todos los meses ante el juez comarcal; y mi hermano, un guardia civil defensor de un régi- men aislado internacionalmente y preso de su polí- tica. Pasé de la seguridad en mí mismo que gozaba en la cárcel a las trabas carcelarias de la insegura calle: el control de los precios, de los salarios, de los abastecimientos, de las cartillas de raciona- miento, del discurso gris del gobernador, de los
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    José Luis LoboMoriche 64 castigos del fiscal de tasas. Todo atado con guías de circulación de mercancías, de permisos para desplazarte, de salvoconductos. Te dije que la gue- rra aún no había finalizado, que el parte de Burgos fue una pantomima de los sublevados. Ante tantas ligaduras surgieron los trueques, los recoveros, los adulteradores, los especuladores, los fraudes, la corrupción...; y resurgió una sociedad de granujas al margen de la legalidad impuesta. Acuciado por las necesidades de sobrevivir y de enfrentarme a este mundo fraudulento y opresor, me atrajo la palabra liberadora de “mochilero”. Cortegana seguía muy oscura a pesar del parte anunciador del fin de la guerra: el hambre cayó del cielo en los campos y en las calles. Sólo en las ca- sas de los hambrientos parecía que hubiese flores delicadas: en el interior de algunos patios y corrales se encendió -¡bendita llama!- la lucecilla del contra- bando. En cambio a mí, un repudiado y vencido republicano, ¿qué candil podría alumbrarme? Co- mo bracero y jornalero, sufrí los azotes de la in- solidaridad y de la explotación…, trabajé por la comida, hurté los higos y las bellotas de los cami- nos, y vareé muchos castaños y olivos para que la abuela Rosa nos cociera el pan de los pobres. Y los poderosos a los que entregábamos nuestro trabajo nos llamaban bienaventurados porque teníamos
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    La Raya delos malditos 65 hambre: “¡Hacedles pasar hambre, para que traba- jen!”. Nosotros éramos ya el hambre porque, según el parte oficioso de los militares rebeldes, la escasez de alimentos se debía a la obra destructora de los elementos rojos: o sea que los hijos de los treinta y seis republicanos de mi aldea, que sufrieron la cár- cel, la muerte y el exilio, estaban enfermos de ham- bruna por causa de la maldita gracia de que sus pa- dres aplaudieron a un alcalde pedáneo bajo un puente, en donde los azules habían colocado ahora una estatua de un militar retaco con rostro amena- zador de lagarto, ojos saltones de gañafote y cuer- po de sangriento toro. Alimentados con las bellotas hurtadas y con al- tramuces e higos pasados, poco porvenir teníamos en casa. Tío Anselmo nunca protestó de sus retor- cijones de tripas; él mantenía la mirada perdida quién sabe hacia dónde. Tu padre asistía irregular- mente a la escuela de este pueblo…; yo no le mos- traba ningún interés por el maestro. Temía que le secara sus dotes de inteligencia natural, porque desperdiciaba el tiempo en monsergas: que si una corona de laurel para los falangistas caídos en la guerra, que si flores para el mes de María, que si el día de la victoria, que si… El tontón de su maestro se tomó muy en serio la ley de la chatarra: “¡Maes-
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    José Luis LoboMoriche 66 tro, inculca a tu alumno la necesidad de recoger y entregar los hierros y metales viejos que halle a su paso. Son para España”, y tu padre pasaba más tiempo en los esterqueros que en la propia escuela. Con las lecturas en casa compensó el tiempo per- dido. Pasé de los hurtos de bellotas a ejercer co- mo bracero o como talador de castaños y, en épo- ca de poda, al carboneo con la leña de las encinas. Entonces supe de nuevo qué era tintinear entre mis manos algunos reales. Pero la Acción Católica nos obligaba a los braceros a que cumpliéramos con el precepto de la santificación de la fiesta, que no trabajáramos en días festivos. No sólo perdí al- gunos reales por culpa de esos días santos sino que me robaron la mitad de las pesetas ahorradas, al denunciarme una pareja de la Guardia Civil por- que no había cumplido con el mandamiento del descanso dominical. “¿Y qué fue de la palabra café?”-le pregunto al abuelo. Todo se andará -me contesta él mientras remueve la azúcar acaramelada del fondo de la taza. Veintiuna pesetas por un kilo de café suponía demasiado dinero para un talador que cobraba las peonadas por reales. La abuela Rosa no tuvo más remedio que renunciar a los cincuenta gramos de café que le correspondían mensualmente por nues- tra cartilla de racionamiento. Y ya sabemos qué es
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    La Raya delos malditos 67 una casa sin café. Pero dejaré mi nostalgia atada a este cielo sin estrellas y te hablaré ahora de los sue- ños y despertares que abuela y yo sufrimos aquel día de la primavera de 1943. Sabes que tío Anselmo siempre anduvo dormido en su infancia, con la mirada bobalicona perdida por entre las callejuelas de la aldea. En sus delirios él encontraba la lucidez que los demás tachaban como de locura. Huía de este mundo cobijándose bajo las mantas de la cama, tapándose los ojos con la cortina de sus manos, con la intención de dete- ner la agresión de la luz: era su cordura. Quizás oculto bajo las mantas encontrara él su realidad, aquel mundo suyo del que le habían desprendido. Creo que la muerte le vino del exterior, o tal vez su muerte fuese tan interior como la muerte de una melodía: ¡un suicida misterioso! Como presagio de un despertar, eligió el amanecer para colgarse de una de las vigas del desván. Tu abuela Rosa se to- pó con su cuerpo aún balanceándose: tío Anselmo había encontrado por fin la mirada con unos extra- ños ojos fijos y alucinados. No sé, Sergio, qué le seduciría del suicidio: ¿buscaría un despertar o un eterno sueño? Su cara se puso del color de la be- renjena madura, su lengua ampulosa y granulada trataba de salirse de la boca y el cuello tomó el co- lor violeta de las malvas. Ni yo ni abuela Rosa oí-
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    José Luis LoboMoriche 68 mos ruido ni palabra alguna de despedida: murió como mueren los valientes. Luego vinieron una a una las dificultades para el entierro: su cadáver fue llevado a lomos de una mula hasta el depósito funerario del cementerio municipal. Ni hubo misa, ni velatorio, ni rezo de rosario, ni siquiera entierro de tercera. Aquel atar- decer el caballo pecherón no tiró del carro de los muertos. Su cuerpo fue despedazado por un estu- diante de medicina, con la intención legal de hur- gar él en los secretos del suicidio. Tío Anselmo, desmembrado y roto, fue arrojado al osario del cementerio civil.
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    La Raya delos malditos 69 Capítulo V ¡A POR CAFÉ! ¡A por café! Mi decisión de integrarme en una de las cuadrillas de mochileros de este pueblo no sólo vino originada por la necesidad y penuria econó- mica en que vivíamos. La vida en cuadrilla era también una sociedad muy atractiva, una manera de ser, de organizarse, y de contar con la protec- ción de muchos de los vecinos de los pueblos ra- yanos, que estaban condenados a entenderse. No tuve muchas dificultades para formar parte de la cuadrilla de mochileros que guiaba nuestro vecino El Casimiro. Estaba él al corriente de mis correrías por tierras portuguesas, y sabía de mis destrezas y desenvolturas por los caminos de las sierras. Dos amigos de El Casimiro -los hermanos Garrapato- y un tal Virgilio, que vivía en una cho- za cercana a la rivera del Chanza, completaban la cuadrilla.
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    José Luis LoboMoriche 70 “Pasado mañana salimos, a ti poco te tengo yo que decir de estos menesteres”, y un apretón de manos con El Casimiro me bastó para ser el quin- to mochilero de su cuadrilla. Volvía a ser clandes- tino, un hombre auténtico que se oponía a los ca- prichos del poder, a aquel invento de la palabra “contrabando”…; y de nuevo sería el descamino, gozoso de sentirme amparado por la complicidad de los bondadosos. Y las manos primorosas de aquella mujer que había vestido con tela de saco a su hijo, cosió mi mochila y le sujetó unas correas a modo de tirantes y unas suelas de caucho viejo a la altura de los hombros. Luego, cortó la tela necesaria para con- feccionarme el fiador, una especie de mochila pe- queña para que llevara en él la comida precisa para el camino, y que al regreso de la Raya lo llenaría también con cuatro kilos de café. Durante la noche anterior a mi primera salida como mochilero apenas concilié el sueño: no eran ni el miedo ni la incertidumbre de lo venidero los que me inquietaban. En mi duermevela me enca- raba a un rey de figura desdibujada, y al que con risotadas le expresaba yo mis deseos de rebelión, los gozos sublimes de estar de nuevo fuera de la ley y de ser libre en un mundo de sierras, donde viviría la noche independiente y vagabunda. Soñé
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    La Raya delos malditos 71 que me cubría la cabeza con un sombrero puntia- gudo de terciopelo, que con mi mirada le mostraba descaro al rey…, que un fajín rojo me ceñía la cin- tura y un pañuelo de seda, el cuello…, que bajo mi chaqueta vestía yo una camisa de lino y pantalón de terciopelo abierto a la altura de las rodillas, y que unas polainas bordadas protegían mis botas…, que manipulaba una pistola de dos cañones y que victorioso le cantaba al rey “Yo que soy contraban- dista”. Solamente fue un sueño romántico: al alba vestí un pantalón de pana muy zurcido y remendado, una camisa marrón y calcé unas alpargatas con cin- tas amarradas por detrás de los tobillos: ¡el primer acto solemne de mi vida! Para qué hablarte de la hora de salida. El gallo de nuestro corral ya había cantado más de veinte qui- quiriquíes. No recuerdo bien qué día de 1944, pero sí recuerdo que por entonces se rumoreaba que los aliados habían invadido Francia. Oculté mi mo- chila y fiador bajo la camisa, me encasqueté una gorra de media visera, cogí una navaja, un ovillo de cuerda, mi pitillera y el mechero de madera incom- bustible. La abuela sacó de la cómoda una cajetilla de lata y me dio la mitad de nuestros ahorros, en un acto sin apenas palabras; los dos sabíamos de nuestros temores: “Ten mucho cuidado, Daniel,
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    José Luis LoboMoriche 72 que tú sabes que tienes antecedentes de rojo. Que has estado ya dos años en la cárcel y que eso en nada te beneficia”. “Rosa, descuida, lo tendré en cuenta, y te llevaré presente”. Aquellas adverten- cias de tu abuela y la obligación que tenía de pre- sentarme una vez al mes ante el juez comarcal me hicieron pensar que podría terminar destinado en un batallón de trabajadores, porque las órdenes de la Jefatura Provincial de Abastecimiento y Trans- porte eran muy severas, y las sanciones del Go- bernador conllevaban el decomiso del café clan- destino, la multa y la cárcel. ¡Una sociedad de monopolios, querido Sergio! No sólo nacionaliza- ron el trigo, ¡hasta crearon un monopolio de fósfo- ros! Y además premiaban a todos los denunciantes -y me saca el abuelo un anuncio oficioso del régi- men fascista en el diario Odiel: “Tu silencio ayuda la mala fe y la clandestinidad de los estraperlistas. Sirve a España descubriéndolos”. Frente a este poder impuesto por la fuerza, es- taba el poder que siempre emana de la comu- nidad: el de la necesidad de sobrevivir, un poder desafiante. Con estos temores me despedí de la abuela y de mi hijo. Busqué el callejón que se inicia en la fuente donde nace la rivera del Chanza y seguí el caminillo que va paralelo a ella. Me sentía con la misma dignidad de un carmelita descalzo,
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    La Raya delos malditos 73 orgulloso de la ligereza de pies que me daban mis alpargatas. Algunos hortelanos surcaban sus huer- tos para la siembra de las cáscaras de las patatas. A todo le han dado un nombre: a los árboles, a los animales, a los valles, a los montes e incluso a no- sotros. Sé de memoria los mil nombres de aquel paisaje: ¿te suenan Los Álamos, La Belleza, Puerto Nogal, Monteblanco…? No hay un solo nombre de este paisaje que no haya visto pasar la sombra clandestina de un mochilero. Llegué puntual al lugar de encuentro de la cua- drilla: una choza levantada en Los Álamos, donde malvivían Virgilio y su mujer. Allí estaban todos mis compañeros: El Casimiro como guía de la cua- drilla y los hermanos Garrapato. Me llamó la aten- ción el físico de Virgilio: un mozuelo que se ase- mejaba a una chincheta, bajo y regordete, pero con gran viveza expresiva, y con una agilidad nerviosa extraordinaria. Los hermanos Garrapato, Agustín y Francisco, completaban la cuadrilla: Agustín era el mayor de los Garrapato, un diestrísimo cafetero que había iniciado a su hermano menor, cuando éste sólo tenía trece años. Entonces Francisco ro- zaría los dieciocho años, pero aún mantenía la cara muy aniñada y siempre andaba al amparo de su hermano Agustín, que era el que llevaba la voz cantante. Recuerdo que al saludarlos le dije al me-
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    José Luis LoboMoriche 74 nor de los Garrapato: “A ver si esta noche vas a venir otra vez medio en pelote”, porque era anéc- dota bien conocida que el primer día en que acom- pañó a su hermano a la Raya, regresó con la ropa hecha jirones. “Daniel, pagué la novatada. Mi hermano me metió por los peores berenjenales”. Apenas sabían leer y escribir, se conformaban con contar los duros y pesetas necesarios para comprar sus cargas de café. De ellos cuatro, Francisco Ga- rrapato era el más interesado por la lectura y es- critura. A pesar de su corta edad, era más sosegado que su hermano Agustín. Desde el primer instante me sentí como uno más de la cuadrilla; procuré comportarme con modestia y valorarles sus cono- cimientos de todas las artimañas necesarias para ser cafetero, porque sabía que los rituales de las sierras son más difíciles de leer que los libracos de las escuelas. Todos se sentían emocionados con el inicio de una nueva andanza, los cuatro mochileros manifestaban entre sí -con más gestos que pala- bras- ese estado de ánimo que precede a las aven- turas y que provoca cierto desorden. Agustín Ga- rrapato me contó algunas de sus travesuras con su lenguaje desenfadado, y nuestro guía hablaba lo justo y necesario. Para imponer el orden que el Garrapato mayor había roto, El Casimiro se hizo notar como guía: “Venga, venga, ya está bien de cachondeo. ¡A La Raya, que es lo nuestro!”, y tocó
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    La Raya delos malditos 75 varias palmadas, que todos interpretamos como que se había agotado el tiempo de contar histo- rietas. El Casimiro ocupó el primer lugar de la hilera formada por los cinco hombres de la cuadrilla. Ninguno de nosotros trabajaba como carguero; cada uno exponía su dinero. El Casimiro nos mar- có la distancia de unos veinte metros que debía separar a cada mochilero. Tras él me colocó a mí; luego, Virgilio, el Garrapato menor, y cerraba la cuerda el mayor de los Garrapato: una hilera de unos cien metros formada por cinco hombres clandestinos, miembros de una minúscula socie- dad regida por las reglas del parentesco, la vecin- dad, la amistad, la espontaneidad y la flexibilidad. Una sociedad donde todos nos prestaríamos apo- yo físico y moral, una forma de vida que nos atraía por la estabilidad que nos daba. Una sociedad de cinco hombres, donde sólo valían la experiencia y dotes personales, y con la promesa de cumplir las pocas normas que nos habíamos dado como gru- po: el silencio, respetar las pertenencias de los de- más, caminar en hilera y compartir un lenguaje in- descifrable para los extraños. Como guía de la cuadrilla, ocupaba él la posición más incómoda y peligrosa del grupo, siempre vigi- lante de las sombras y de los movimientos de to-
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    José Luis LoboMoriche 76 dos los seres que merodean por las sierras. Él di- señó la estrategia para alcanzar La Raya, fue él quien me admitió en su cuadrilla y el que ahora - con un leve movimiento de brazos- me indicaba el atajo de camino que yo debía seguir. Enseguida se dio cuenta de que yo tenía memorizado cada ele- mento del paisaje y que contaba también con las cualidades necesarias para que un día ocupase el puesto de guía: conocer bien el terreno, gozar del sentido de la orientación, tener buena vista y oído, intuición, carisma, fortaleza, arrojo, valentía. El Casimiro sabía que, además de estas cualidades suyas, yo contaba con cierta preparación inte- lectual. Pero no vi en él ningún ademán de celo. De él aprendí aquella mañana que el saludo y ofrecimiento de un cigarrillo a los pastores se vol- vían hospitalidad en sus chozos, y también me enseñó que son ellos los que mejor te señalan el camino abierto a La Raya. Antes de cruzar la rivera del Chanza, El Casimiro se orientó por un ovejero de que la pasada elegida por él no estaba vigilada por los carabineros. Sí, Sergio, aquellos defensores de la República y hombres llenos de moralidad habían sucumbido ante los fascistas; y ahora apare- cían apostados en cualquier pasada de un barran- co, con las órdenes de decomisar la carga de café de unos pobres braceros que manteníamos entre nosotros los principios morales de la verdad, de la
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    La Raya delos malditos 77 solidaridad y sobre todo el requisito de la hones- tidad: el orgullo del pobre. Hacía ya cuatro años que los gerifaltes fascistas los habían integrado en la Guardia Civil como vigilantes de fronteras; pero nosotros seguíamos llamándolos “carabineros”. Atravesamos la rivera sin dificultad, porque to- davía las borrascas del otoño no habían descar- gado las primeras aguas, y las charcas permanecían cegadas por la arena y el limo. Aquellas solanas que desde este ventanal ves allí enfrente -y el abuelo me señala con sus manos el poniente lejano de treinta kilómetros- son las sierras que suben hasta La Raya. Desde la cumbre fronteriza, los barrancos se descuelgan paralelos entre sí y se unen a la rivera en el valle: el escenario donde los cafeteros escondíamos nuestras propias sombras, montadas sobre la gran sombra de la noche. Para un mochilero, el conocimiento de la disposición paralela de los barrancos de las solanas y de que sus aguas corren en busca de la rivera es impres- cindible para su orientación en las noches sin luna y en los días borrascosos; pero sobre todo en las noches que llamamos de lobos: cuando la niebla cubre todos los valles con una cortina ceniza tan opaca, que incluso te impide ver la puntera de tus alpargatas.
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    José Luis LoboMoriche 78 Aquellos son los lomos de las montañas -a los que nosotros llamábamos lomeros-, el terreno más favorable para subir rápido hasta las altas cumbres. Desde muy antiguo los pastores y sus animales han transitado por esos lomos de las montañas en donde crece -debido al poco fondo de tierra- el monte con menor fuerza que en los barrancos y laderas: trochas, venajes, sendas, veredas y cami- nos han dejado desnuda de monte una línea que separa las vertientes de agua en las montañas. Esa línea de la que te hablo es media vida para el mo- chilero. Te explicaré: los caminos sortean las di- ficultades que les presenta el terreno: peñascos, to- rrentes de agua, pasos pantanosos…, y dan las re- vueltas necesarias para que caminante y ganado no sufran el cansancio provocado por los desniveles de las montañas, revueltas que alargan los caminos. Para alcanzar La Raya, el mochilero dispone de estos caminos tortuosos que van paralelos a los barrancos, y también de las trochas verticales del lomo de montaña, que acortan las distancias de las sierras. El lomo es el camino preferido por el mo- chilero para caminar de noche, porque la endeblez del monte que lo cubre hace que el cuerpo del ca- minante roce muy poco las jaras y apenas provo- que ruido. De día y en noches de luna es un ca- mino muy traicionero, porque -de lejos- te resaltas
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    La Raya delos malditos 79 en la línea más visible de los cabezos: tantos lomos de montaña, tantas trochas verticales. El Casimiro nos marcaba el camino de ascensión. Antes de elegir entre los senderos de los barrancos o las trochas de lomo de montaña, se paraba a ras- trear en la arenisca que dejan las crecidas de los ba- rrancos en las zonas bajas de los valles. Llegó in- cluso a consultar conmigo el origen de unas pisa- das que habían aplastado una junquera del río: “Daniel, me escaman estas pisadas tan poco hon- das sin que se claven los tacones de las botas. Aquí hay gato encerrado”. “No te preocupes, estas pisa- das no corresponden a las botas de los carabine- ros, porque el apoyo somero del talón muestra la señal de una alpargatas semejantes a las nuestras. Estas pisadas en la arenisca sólo pretenden des- pistar a los carabineros. Que crean que los mochi- leros caminan hacia La Raya, cuando en realidad regresan al río”. Esa picardía de andar al revés - como Caco engañó a Hércules, le digo yo al abue- lo- y después pisar en la zona pedregosa del terre- no la usé antes de haberme topado con el bonda- doso molinero portugués. El Casimiro quedó con- forme con mis explicaciones, y con gesto efusivo pareció nombrarme su lugarteniente, un ascenso en la cuadrilla sin el acto protocolario de la pa- labra; nombramiento que Virgilio y los Garrapato
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    José Luis LoboMoriche 80 aplaudieron con palmas huecas y con sus rostros distendidos y jocosos. La subida a La Raya por un camino que sorteaba -con más de veinte revueltas- un riscal me parecía tan suave, que iba yo con el cigarrillo en la boca y ensimismado en las escenas furtivas que había vivido en el molino. Para al- canzar la última barranca que precede a La Raya, El Casimiro nos indicó, con leve movimiento de mano, que dejáramos el camino y que cogiéramos la trocha del lomo de montaña que él había ele- gido. Moví mi cabeza hacia abajo en señal de con- formidad, de que la trocha elegida por él para lle- gar a la cumbre me parecía la más idónea porque, en caso de peligro, podíamos correr hasta los dos collados en que se abría el lomo y alcanzar la zona de la montaña que nos ocultara de las balas: “¡Al tumbaviso, al tumbaviso!”, siempre nos decía El Casimiro. Con un vivo lenguaje de manos, me transmitió tranquilidad: que si los carabineros nos hubiesen avistado, se esconderían de nosotros…; y que el peligro vendría, cuando tomáramos el cami- no de regreso a casa. Miré mi reloj: las agujas del tiempo marcaban siete horas más desde que el ga- llo del corral de casa cantó su último quiquiriquí. ¿Qué es la Raya? Lo que son los nombres: una invención. De nuevo me encontré entre los mis- mos montes y con la misma lírica de sus gentes.
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    La Raya delos malditos 81 ¿Qué significaba aquel marco 1008 con las letras iniciales de España y de Portugal? Para los cafete- ros -me sentía más cafetero que mochilero- los marcos sólo representaban piedras clavadas capri- chosamente por dos dictadores: uno que nos deja- ba hurgar en nuestras miserias; y el otro más preo- cupado de las ideas moralistas que de nuestros re- torcijones de vientre. El Casimiro cruzó la raya maldita…, enseguida se detuvo y nos esperó a que llegásemos a él; lue- go, con intención de darme la bienvenida a su cua- drilla, me saludó con cinco palabras: “Daniel, ésta es nuestra ley”. Interpreté que sus palabras conte- nían cierto don de intuición popular, como si hu- biese querido comunicarme que la ley y el que está al margen de la ley se confunden. No sé si el pen- samiento de mi guía fue tan profundo como el que yo interpretaba. “A esta fuente fronteriza la llamamos La Berraza y ese pico peñascoso es Piedras Altas. Mira hacia el este: allí tienes el castillo de Cortegana. ¡Buena huebra nos espera! Apréndete bien los números de los marcos. Desde el marco 1004 hasta el mar- co 1010 están todas las puertas de La Raya por donde entramos y salimos”, fue toda la presenta- ción del escenario de frontera que me hizo El Ca- simiro. Bebí por primera vez en aquella fuente, y
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    José Luis LoboMoriche 82 me extrañó que en el lodazal de sus escurrideros hubiese muchas huellas de suelas de alpargatas. Miré desconfiado a mi guía y enseguida se percató de mis temores: “No te preocupes, aquí bebemos todos los cafeteros. El peligro no está en la fuente ni en su agua, sino a la vuelta”. Para calmar aún más mis inquietudes, mandó que tomáramos allí un bocado de pan y tocino: “Vamos a rellenar el estómago, que tenemos que vaciar nuestros fia- dores. Es mejor que ¡muera el gato, muera harto!”. Desde el picacho de Piedras Altas me indicó la situación de las tres cantinas portuguesas donde cargaban el café: dos construidas con piedra y ta- pia; la tercera era la choza de un cisquero. “Daniel, a partir de ahora ésas serán tus tres casas; y ellos, tus tres mejores amigos”. Con el tiempo supe que las dos cantinas de mampostería fueron dos corti- jillos, y que los dueños los habían habilitado como cantina para la venta del café a los españoles, pre- vio pago al gobierno portugués del fisco corres- pondiente. Entonces comprendí por qué la cuadri- lla entraba en Portugal sin temor alguno y por qué aquel comercio se hacía en la misma Raya. Ahora al dictador portugués le interesaba hurgar en nuestra miseria, de manera muy diferente a los días en que ayudé al molinero a transportar la carga desde una heredad muy distante de la frontera…; y
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    La Raya delos malditos 83 que el trapicheo de café en las tres cantinas levan- tadas a pocos metros de La Raya era consentido por el gobierno portugués, que veía en este tráfico una buena fuente de ingresos de divisas. Me lo confirmó la presencia en los alrededores de las cantinas de varios guardinhas, que ni siquiera nos miraban con extrañeza. El Casimiro se desenvolvía en aquel ambiente como pez en el agua; Cisquero le dio la bienve- nida y enseguida me lo presentó: “Éste es un buen elemento. Es uno más de la familia. Trátalo como si fuera tu hijo”. La primera impresión que me causó Cisquero fue la de un hombre honesto, que era consciente de la situación dramática en que vi- vían los españoles rayanos, un hombre que des- conocía la palabra engaño: un verdadero caballero. Ya te he dicho que la cantina de Cisquero era una choza, que estaba dividida en dos habitáculos: en uno de ellos tenía instalado un doble dormito- rio y allí guardaba el café; en el otro habitáculo no cabían más de seis personas y servía como tienda. Cerrábamos el trato alrededor de la candela que Cisquero encendía entre dos piedras, donde nunca faltaba una olla de café. Tenía el matrimonio una hija llamada Marujinha, de unos dieciocho años de edad, de un moreno be-
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    José Luis LoboMoriche 84 llísimo, y con una delicadeza extraordinaria tanto en sus expresiones como en sus modales. Maru- jinha se había criado en casa de unos tíos, y había pasado por la escuela pública en Lisboa. “¿Y qué hacía esa muchacha tan bella e instruida en una choza que olía a cisco y a café?”. Te hablaré de Marujinha en otra ocasión, ahora prefiero que co- nozcas mis primeras aventuras como cafetero de la cuadrilla de El Casimiro. Nuestro guía le encargó a Cisquero cinco cargas de café para recogerlas tres días después; en ese momento las despensas del cantinero estaban va- cías. Pasamos de largo por la cantina de un tal Pintao, porque El Casimiro iba a tiro hecho hacia la cantina de Tomé, para cumplir el trato que había cerrado la semana anterior: un apretón de manos entre un guía de cuadrilla y un cantinero iba al cie- lo. Hablan de que los cantineros nos engañaban, que mezclaban el café con otros productos. Eso es habladuría de la gente; sí es verdad que los atrope- llos que sufríamos los cafeteros venían de los pro- pios carabineros, de los guardinhas y de algún que otro miserable animal. Conocí al cantinero Tomé de la mano de El Ca- simiro: otro verdadero caballero en medio de la hambruna y de la miseria. En su cantina cabían más de cinco cuadrillas: ¡cómo la miseria crea hasta
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    La Raya delos malditos 85 su propio ambiente atractivo! Recordé las mismas escenas costumbristas de las estampas de los libros románticos: un murmullo de voces casadas de por- tuñol, de chapurreo, de portugués y de español…, personajes variopintos, algunas mujeres con niños, rostros violentos de guardinhas: la miseria huma- na. Entonces supe que el mal del hambre había llegado a hombres y mujeres de los pueblos más distantes de La Raya, que nosotros cinco éramos unos afortunados al vivir a treinta kilómetros de Cisquero, de Pintao y de Tomé: porque en manos de estos tres hombres honrados estaba la super- vivencia de todo aquel hormiguero hambriento. Cumplió Tomé con el pacto de caballero que ha- bía cerrado unos días antes con El Casimiro: nues- tras cinco cargas de café estaban apartadas. Llena- mos las mochilas y el fiador: cuarenta kilos a las espaldas y cuatro delante del pecho. Entregué mis cuatrocientas pesetas a El Casimiro, y él le pagó las cinco cargas al cantinero. A mí me resultó más ca- ro el kilo de café que a los demás; pues desconocía que si se pagaba con duros de plata, el cantinero te rebajaba dos pesetas en cada kilo. Para que te ha- gas una idea del valor de mi carga de café, te diré que casi nunca alcancé las siete pesetas como tala- dor…, que un carabinero ganaba cuatrocientas pesetas al mes…; y que si sorteábamos con éxito a
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    José Luis LoboMoriche 86 los carabineros, mis cuatrocientas pesetas se con- vertirían en ochocientas. Oscurecía, cuando los cinco cafeteros cruzaba- mos La Raya en busca de los caminos y las trochas que nos llevaran a casa con la danza de nuestros pies doloridos. Henchido de tantas emociones y sintiéndome el hombre más libre de todos los clandestinos, me lancé hacia la noche. Ahora no habría momento pausado para los cinco: El Casi- miro volvió su rostro de jefe hacia Virgilio y Agus- tín Garrapato; y, besándose el dedo índice de una de sus manos, les selló la boca. Cada uno de noso- tros ocupó el lugar y la distancia marcada por el guía: nos señaló el mismo itinerario que habíamos traído. El avance por las sierras lo contábamos por el número de estrellas que nos acompañaban: un cie- lo vacío de estrellas cuando cruzábamos La Raya, y a unos pasos de ella el lucero vespertino nos seña- laba la media sombra. Luego, un salteado de es- trellas oscurecía poco a poco los caminos, hasta que jubilosamente recibiéramos a nuestra diosa protectora: la noche. Caminaba yo con cuarenta kilos a las espaldas, muy distraído con la despedida que todos los ele- mentos de la naturaleza dispensan al día. Pensaba
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    La Raya delos malditos 87 en que también los pájaros y el matorral tributan este culto al dios del día, y con la tranquilidad que te da que un guía experto te abra paso entre las ti- nieblas de los montes; pero El Casimiro no cami- naba contagiado de tanto lirismo como yo; él iba a lo suyo, que es lo mismo que decir que a lo nues- tro: trataba de interpretar la densidad de las som- bras o el sonido artificioso de la respiración de un carabinero. Con el resorte del acto reflejo de la su- pervivencia, de repente dio un salto de la trocha que llevábamos y tomó -apenas acarició el mato- rral- la vereda de un barranquillo. Con movimien- tos nerviosos de una de sus manos nos mandó que nos apartáramos de la trocha. ¡Buen estratega este Casimiro!, había interpretado a la perfección qué es el atardecer para las perdices: la querencia de merodear una fuentecilla y de cumplir con el mo- nótono ritual de la naturaleza. A El Casimiro le resultó contrario a las leyes naturales que el bando de perdices que todos los atardeceres merodeaban la fuente no se hubiese espantado de nosotros. Eso indicaba que ellas ya estaban desperdigadas, y que en el collado donde manaba un hilo de agua estaban apostados los carabineros. Contagiados de los pasos premurosos del guía, avivamos los nues- tros con la intención de alejarnos rápido del co- llado. Apenas nos descubrimos de fachada, y en el siguiente cabezo tomamos el venaje del barran-
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    José Luis LoboMoriche 88 quillo que forman las vertientes de dos cabezos casi calvos de vegetación, con la intención -fa- vorecidos por la hondonada del barranco y por la espesa maleza que lo cubría- de ocultarnos de los fusiles. Desde el collado de la fuentecilla, los cara- bineros sólo veían el husillo de monte que provo- caba el roce de nuestros cuerpos contra la maleza del barranquillo. Varios tiros de fusil fue la res- puesta rabiosa de los carabineros a la estrategia de El Casimiro. El silbido de una esquirla de bala por encima de tu cabeza o el chasquido que produce el metal al chocar con una pizarra y la consiguiente lasca que desprende amedrentan a cualquiera. Al oír las detonaciones, salimos de estampía hacia un rodeo de monte muy tupido. Yo me refugié en el correntón del barranco, la zona más baja y segura. Allí permanecí con mi cuerpo encorvado, como si fuese un feto, a la espera de una segunda descarga. Desconocía -en aquella tormenta- qué rumbo a la deriva habían tomado los Garrapato: se esfumaron al primer fogonazo. Vi que El Casimiro y Virgilio no se habían desviado de la corriente del barran- quillo, y que ambos aguantaban valientemente los silbidos de las balas por encima de sus cabezas. Del correntón no me moví hasta el momento en que mi diosa Noche descorrió un cielo de estrellas. Aproveché la espera de las sombras para descansar y aliviar mis espaldas del peso de cuarenta kilos;
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    La Raya delos malditos 89 pero la mente de un clandestino nunca duerme: maquinaba cómo saldría de aquel atolladero para reencontrarme con mis cuatro compañeros. Y en- tre maquinaciones, con deslizamientos tan pausa- dos como el de una culebra cuando se acerca a la presa elegida, saqué mi mechero de yesca y lo besé. Con el más silencioso de los movimientos, encendí un cigarrillo: ¡qué distinta sabe la fuma furtiva, cuando se esconde la candela! A cada calada al cigarrillo me tragaba el aroma del tabaco negro mezclado con el olor a mastranzo. La noche, en cambio, se traga todos los ruidos; pero acrecienta la voz y hace que se confundan tus andares. Me colgué la mochila y el fiador e ini- cié sigilosamente la marcha por el venaje…; luego, busqué el collado que unía los dos cabezos más al- tos. Allí me detuve y agucé mis oídos: ¡nada!, la noche se había tragado los pasos huidizos de los Garrapato. Tomé la trocha lomera que me llevaría a la rivera…, aligeré mis pasos y, orientado por la negra silueta dentada de tres cabezos, me desvié hacia la izquierda. De pronto se me presentó -leja- no del valle- el débil alumbrado de Aroche, un pueblo que está a medio camino entre La Raya y mi casa. Tenía que elegir por cuál de las tres pasa- das de la rivera me decidiría para cruzarla. En dos de ellas croaban las ranas, ¿qué significaba el silen-
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    José Luis LoboMoriche 90 cio en la tercera pasada?, ¿que estaba habitada por algún humano? Sabía que en la charca donde ca- llaban las ranas me esperaban los silbidos fraternos de los Garrapato o el silbido fratricida de una bala. Ahuequé mis manos y, por la abertura dejada entre los dedos pulgares, insuflé el aire húmedo de la no- che, que sonó en el valle como el canto abovedado del cárabo en celo. Al tercer reclamo le contestó un silbido humano agudo y entrecortado, al que se le unieron varios silbidos más con tonos diferen- tes: no había duda de que mis cuatro compañeros esperaban a que yo cruzara el Chanza. El Garrapa- to mayor jugó conmigo, como si yo fuese un niño: “¿A ver, a ver a qué hueles? ¡Qué jodido lo habrás pasado! Pues esto es lo que te espera, amigo Da- niel. No esperes encontrar en estas solanas ningún pastel”. El Casimiro recondujo la situación joco- sa…; y tan escueto de palabras como siempre, só- lo me dijo: “Daniel, éste es el pan nuestro de todos los días”. Luego nos mandó que continuáramos, porque estimaba que la mejor hora para entrar en el pueblo era la media madrugada. Formamos nue- vamente una hilera de cinco hombres y seguimos la corriente del Chanza arriba. Aroche quedó de- trás de un valle abierto, oculto tras el débil alum- brado que yo había visto desde las solanas y que me sirvió como referencia para alcanzar las orillas de la rivera. Fui testigo de las artimañas de Virgilio
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    La Raya delos malditos 91 para no llegar a su choza con la carga de café a las espaldas: enfrente de su casa -llamémosla casa-, en el collado que forman cuatro cabezos de muy baja altura hay varias sepulturas rectangulares, hechas con trozos de pizarras clavadas verticalmente y cubiertas con una gruesa lancha. Oye bien, Sergio: entre las cenizas de unos primitivos muertos dur- mieron aquella noche los cuarenta kilos de café de Virgilio. A los cuatro se nos presentó enseguida el punto negro del cruce del camino de la vega del Chanza con la carretera que une Cortegana y Aro- che, y también a las ciudades de Sevilla y Lisboa. Un guía de cuadrilla siempre muestra su valen- tía…, y El Casimiro asumió su papel y afrontó personalmente la situación peligrosa que se nos presentaba: “¡Toma mi mochila, Daniel! Si no es- cucháis un único silbido mío, escóndela debajo de estas taramas y no enseñéis las narices a la carre- tera. Seguid el camino del quejigal…, a cojones”. Las líneas difusas que contorneaban la figura de El Casimiro las vimos adentrarse en el negro bo- rrón que formaba el ramaje de los alisos. Fueron momentos de estiramiento de orejas, como hacen los podencos. Un silbido quebró el silencio religio- so de la madrugada…; y aliviado de peso por la fuerza solidaria, me colgué ochenta kilos a mis es- paldas.
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    José Luis LoboMoriche 92 El Casimiro mandó que nos distanciáramos lo suficiente como para no perder de vista al compa- ñero que llevabas delante: “No dejad el camino del quejigal. ¡Atentos a mis pisadas! ¡Y que nadie se quede rezagado!”. Se refería nuestro guía al camino que sube desde el primer puente hasta Cortegana y que va paralelo al barranquillo del quejigal. No dis- cutí la orden; pero si yo hubiese tenido que decidir, habría optado por el camino de la derecha, que serpentea por unos altos olivares desde donde se domina mejor la carretera. No obstante, creo que se valió del factor sorpresa: eligió el camino más frecuentado por los carabineros, porque no oyó ningún ladrido de perro en los cortijos aledaños a Cortegana. Fue una decisión acertada. En los bajos prados nos volvió a reagrupar en el momento en que el airecillo humedecía la media madrugada. Nos descargamos las mochilas; y, con la solemnidad de un oficiante clandestino, nuestro guía nos invitó a que nos sentáramos sobre unos troncos de moreras secas. Permitió que nos fumá- ramos un cigarrillo, pero que ocultáramos la cabe- za encendida. ¡Qué bello es el ritual de la supervi- vencia! De nosotros cuatro, sólo El Casimiro per- maneció de pie y apenas dio dos caladas a su ciga- rrillo. Miró hacia los callejones de Chanza: sona- ban ladridos de perros inquietos en los corrales de
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    La Raya delos malditos 93 las casas. Los guías fuman mecánicamente y ape- nas saborean el tabaco, porque siempre se man- tienen en tensión. Volvió a dar dos caladas segui- das, apagó su cigarrillo con saliva y enterró la coli- lla: “Mal veo yo la cosa, es mejor no arriesgarnos a perder las cargas. Vosotros dos -les dijo a los her- manos Garrapato-, haced lo que queráis; pero sería mejor que Francisco vigile vuestras dos cargas…, que tú, Agustín, entres rodeando el callejón de la fuente…; y si no hay novedad, le silbas a tu her- mano. Yo la esconderé en la cuadra de mi cercado, dormirá con la burra. Tú, Daniel, haz lo que creas más conveniente. Yo, en tu lugar, también la es- condería en mi cercado. Oigo los perros como si ladrasen muy nerviosos”. “No te preocupes, Casi- miro; yo voy a saltar a los castañares, y de sombra en sombra me colaré en mi casa”. Existe el abrazo invisible de la solidaridad. Eso fue, al menos, lo que percibí yo en las palabras de El Casimiro. No hubo apretón de manos, bastó un ¡ea! como señal de despedida, porque había lle- gado el momento en que se te desinflan las emo- ciones. Cada uno de nosotros buscó un punto car- dinal diferente. Yo rodeé el pueblo por el costado norteño, de sombra en sombra de castaño, hasta alcanzar la ladera tupida de helechos donde se alza un castillo. Por aquí subí aquella noche furtiva -y
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    José Luis LoboMoriche 94 desde el ventanal me señala el abuelo el espeso he- lechal que cubre la ladera norte de la montaña. A las traseras del corral de esta casa me paré…; me descolgué la mochila y no noté alivio alguno, por- que después de más de siete horas caminando con la espalda doblada por el peso de ochenta bolsas de café, mis músculos habían perdido la natural elasticidad: estaban engarrotados. Antes de tirar la carga por la tapia trasera del corral, me apoyé en el umbralillo de la cuadra. Saqué mi ídolo y encendí un cigarrillo: recreé el paisaje, gozosamente, como si aún caminara por las oscuras solanas, que casi estaban al alcance de mis manos. De madrugada al cielo de Cortegana lo cubrían más de cien estrellas; a sus calles apenas las alumbraban diez bombillas. Desde aquí descorrí el telón de dos casas: la mujer del sargento de carabineros soportaba en la cama - de espalda- los eructos aguardentosos de su mari- do, mientras que la mujer de Casimiro -de frente- con agua tibia le calmaba a nuestro guía sus pies doloridos. Gocé del sueño al final de la madrugada; pero, como en los sucesos inesperados que narran los cuentistas, las preciosas estancias del mágico pala- cio desaparecieron con los primeros rayos del amanecer: no apareció el príncipe honrado.
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    La Raya delos malditos 95 Y mi Rosa fue mi talismán: llenó su pechera de bolsas de café y -desafiante- se lanzó a la calle. Una a una vació su entrepecho: la mujer del juez, la hermana del cura, la mujer ricachona de un fun- cionario de aduana, la mujer del tabernero del casi- no. Luego, siguió el comercio entre mujeres y se le acercó -sin esconderse- la de un carabinero, porque su agente de Hacienda estaba obligado mi- litarmente a presentar ante sus superiores unos kilos de café. ¡Qué sociedad tan desconcertante! “¡Y tan paradójica!” -y le ayudo yo al abuelo a completar la frase. No sé qué significa eso de sociedad paradójica, querido Sergio, pero fueron momentos en que no sabías el alcance que tendría aquel trapicheo. La mujer del valiente Virgilio sí fue víctima de esta desconcertante sociedad: los mismos carabineros que en sus casas saboreaban el torrefacto del café portugués fueron los que le rajaron el sostén don- de ocultaba varias bolsas. ¡Qué proeza de servicio a la Hacienda Pública hizo el sargento! Seguro que aquella noche, el suboficial de los carabineros eructaría diez copas del apestoso aguardiente sobre la espalda desnuda de una prostituta. La pobre mujer de Virgilio fue expedientada por contraban- do en mínima cuantía de sucedáneo de café; con orden de detención del Gobernador, si no pagaba
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    José Luis LoboMoriche 96 una multa de ciento cuarenta y cuatro pesetas al Tribunal de Contrabando y Defraudación. A la familia de Virgilio le llegó el abrazo solidario de sus cuatro compañeros de cuadrilla. Repartimos el importe de la multa entre todos…; y con su “a cojones”, El Casimiro volvió a animarnos. Un hombre que se siente perdido ni teme al Go- bernador ni a Tribunal alguno ni incluso a la muer- te. Ninguno de los cinco nacimos cafetero: nos empujaron a serlo. Nos hicimos cafeteros, arroja- dos y atrevidos ante la situación límite de pobreza y desamparo en que vivíamos. A los tres días vol- vimos a las sierras, a cumplir con el apretón de manos entre El Casimiro y el cantinero. Los ri- tuales en sierras y montes se repiten. Pero aquel día se me ha quedado grabado aquí -y se señala el abuelo su blanquecina cabeza. A Casimiro le resul- tó imposible planear adecuadamente la subida a los cabezos fronterizos de las solanas: una marabunta de aspirantes a mochileros nos precedía. No sé: ochenta, noventa hombres desesperados y ham- brientos, que se seguían unos a otros sin saber la mayoría de ellos a qué olían los fogonazos de los carabineros. Ese día me convencí de que no nace- mos cafetero sino que nos obligan a serlo. Recordé la escena trágica de esa manada de animales que saben que en la orilla le esperan las fauces de los
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    La Raya delos malditos 97 cocodrilos y se deciden a atravesar el río. Aquel centenar de hombres desorientados quebró el silencioso y mágico ritual de lo clandestino: seres hambrientos de las aldeas cercanas a Cortegana, de la zona minera, hombres con las alpargatas man- chadas de sangre, zagalones descalzos, tipos casi esqueléticos que no se salían de los caminos de los barrancos. El hambre no respeta el orden impues- to, me dije ante aquel caos trepante. No hubo en las tres cantinas el café suficiente para llenar tantas mochilas. Algunos esperaron en La Raya más de tres días, con intención de que aquellos sueños suyos de convertirse en cafetero no se desvane- cieran. La mayoría -casi sin pies y derrotada- reto- mó los caminos de vuelta a sus casas. Quedaron las cuadrillas que le echaron cojones: recuerdo las cuadrillas de El Rata, de Escopeta, de Vallejo, de Mordió, de Bellido, de Garnacho, de los Calañeses. Cumplimos con el ritual silencioso y mágico…, me sentí lo que era: un hombre autén- tico rodeado por hombres auténticos de otras cua- drillas, que también respetaban el código sagrado de la solidaridad. Ocurrió en momentos en que el trigo crecía alto en los barbechares de las tierras bajas de Monteblanco: nuestra cuadrilla aún no había atravesado el Chanza por la pasada que lla- mábamos la isla, en donde sus aguas se rompen en
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    José Luis LoboMoriche 98 dos mitades. Detrás venían los Calañeses y los cin- co miembros de la cuadrilla de Escopeta: quince hombres con las espaldas inclinadas; pero fueron más de quince las detonaciones de fusiles que nos acogieron. Ninguno de los tres guías dio la orden para que los quince buscáramos refugio en el trigal con el mismo instinto de supervivencia. Tan patea- do quedó, que el Calañés nos refirió el deber moral que teníamos de segarle al amo todas las fanegas de trigo. Una vez seco el cereal por el estío y do- blado por nuestras pisadas, fuimos quince hom- bres solidarios y respetuosos con el medio ajeno los que levantamos las greñas del trigal. No pasó mucho tiempo para que fuera nuestra cuadrilla la que socorriera a los dos hermanos Ca- lañeses: recuerdo que, de vuelta a casa, echábamos un cigarro en la hondonada de un pequeño valle próximo a la rivera, justo en un lugar que llaman Puerto Nogal. Todos estábamos sentados sobre las piedras de un colmenar derrumbado, todos menos El Casimiro que permanecía de pie y más pendien- te de todo lo que se movía que de su propio ciga- rrillo: “¡Ssss!, ¡no os mováis! ¡Una pitarra de palo- mas se ha espantado en el chaparral!”, y todos afi- namos nuestros oídos en dirección a la rivera. “Demasiado ruido, ¿eh, Casimiro?”, le advertí. “Sí, eso no es normal. Algo pasa ahí abajo. Me parece
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    La Raya delos malditos 99 que oigo el pateo de una bestia”. “Ahí hay más gente”, dijo Francisco Garrapato colocando en su oído derecho una de sus manos con la forma de un canuto. “¡Un burro!, lo que suena es un burro, Casimiro. Seguro que es un burro. Hay también gente, pero ese jaleo no es de los carabineros. ¿No oís la brega que tienen con la bestia? ”. “Daniel, no me fío. Pero si tú dices que es un burro ¡sin mie- do!”. “¡Hombre, no espero yo que ahora los cara- bineros vigilen con burros!”, bromeó como siem- pre el mayor de Los Garrapato. El chapoteo de la bestia en el agua y los resoplidos de dos hombres tirando con furia de ella hizo que confiadamente fuéramos a la rivera a ver qué pasaba. Y con quién te puedes tropezar de madrugada en una sierra si sabes que no son los carabineros: allí estaban los dos Calañeses sacando la bestia de la rivera entre maldiciones al burro y a la madre que lo parió. “¡Tranquilo, que somos nosotros!”, les habló a me- dia voz El Casimiro. Enseguida nos descolgamos nuestras mochilas para echarles unas manos soli- darias. Pero esta vez no necesitaron nuestras fuer- zas para salir de aquel atolladero porque ellos dos se valieron solos para arrastrar el burro hasta la orilla. “Nunca había visto a dos cafeteros y a un burro cargado con sólo media carga de café”, vol- vió a bromear Francisco. “Échate para allá que no está la cosa para eso”, le dijo el Calañés mayor con
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    José Luis LoboMoriche 100 voz de poco amigo. “Venga, menos monsergas y vamos a ayudarles a sacar de estos barbascos las tres cargas y media que faltan”, mandó nuestro guía. No tuvimos mucha dificultad para acarrearlas hasta un montículo de arena enlamada, pero esta- ban tan mojadas y embarradas que aconsejé a Los Calañeses que no se arriesgaran a dejarlas apiladas chorreando agua como estaban, que era preferible orearlas pronto. Que si sí, que si no, que si la can- dela de noche es muy alcahueta, que si nos las van a dar a todos. En fin, ya sabemos qué pasa cuando opinan más de uno. Me hicieron caso: encendimos candela a la orilla de la rivera, les ayudamos a orear su café y regresamos tranquilos a casa por haber cumplido con nuestra moral de cafetero.
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    La Raya delos malditos 101 CAPÍTULO VI CHANTAJISTAS Debuté como guía de la cuadrilla, obligado mo- ralmente -la moral del cafetero- por las circuns- tancias: la madrugada del día de Reyes de 1945, en que habíamos concertado con el cantinero Pintao que retiraríamos las cargas, la mujer de El Casimi- ro se puso de parto. Recuerdo que tomé el camino viejo de Aroche, y que a la altura de unos montes que llaman Valconejo me desvié del camino y subí hasta la cumbre más alta, con la intención de re- coger a mi guía, que durante aquel invierno se que- daba en una cuadra del olivar donde él y su mujer apañaban las aceitunas. Aún no había amanecido en aquellos montes helados, y al crujido de la es- carcha rota por mis pisadas se le unieron los ala- ridos de una mujer que paría. La escena con que me topé fue terrible: en el interior sólo veía mo- verse nerviosamente la figura de El Casimiro a cada quejido de su mujer. Los segundos transcu- rridos, hasta que pude contornear el cuerpo tendi-
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    José Luis LoboMoriche 102 do de la mujer de El Casimiro, me parecieron eternos. La clínica donde soportaba los dolores era un montico de una sola habitación con techo de tejas vanas, entre cuyos paredones el matrimonio se guarecía de las borrascas en la época del apañado de la aceituna. Contemplé de cerca la sublimación de la vida mísera: ni una ventana por donde entra- se la luz, ningún portón que detuviese el vendaval borrascoso, ninguna cama, ni matrona, ni palanga- na, ni toalla. Esperaban los llantos de la criatura: una navaja para cortarle el cordón umbilical, una cinta de una de las alpargatas de su padre, un cán- taro de agua, un camastro de helechos y las flores de las zarzamoras engarzadas a los muros del monte. Allí, en aquella pocilga, parió su mujer. Le ayudé a lavar con agua templada el cuerpecillo ensangrentado de su niña: “¡La fuerza que nos da la supervivencia!, querido Casimiro. ¡A cojones!, como tú dices”. “Lo siento, Daniel, pero hoy tie- nes tú que hacerte cargo de la cuerda. De más sa- bes tú lo que tienes que hacer. ¡Venga!, no pierdas tiempo”. En el alto de un olivar, aquel amanecer, se que- daron vivas tres rosas de un mismo ramo. Ense- guida busqué los atajos para alcanzar rápido la choza de Virgilio. Todos estaban preocupados por
  • 103.
    La Raya delos malditos 103 nuestra suerte: “¿Qué ha pasado? ¿Y Casimiro?”. “Nada, nada, que su mujer ha parido una hermosa niña. ¡Vamos a celebrarlo en La Raya!”. Asumí la responsabilidad de mi nuevo papel en la cuadrilla y guié a los Garrapato y a Virgilio con los mismos mimos de El Casimiro. Atravesamos la rivera por la isla, y me arriesgué a subir por las lo- mas para acortar la distancia a La Raya y recuperar el tiempo que habíamos perdido. En la ascensión no tuvimos ningún contratiempo: nos precedía una cuadrilla, de la que nos valimos para caminar con menos precauciones. Cruzamos la frontera, distanciándonos del marco 1006 y de la caseta de Aguzaderas, y nos dirigimos a la cantina de Cis- quero, pero llegamos tan tarde que ya no quedaba en ella ningún carguero. Tampoco me extrañé de la presencia de un guardinha en el interior de la cantina; de más sabía yo qué buscaba allí aquel in- deseable. Te dije, querido Sergio, que te hablaría de la bella morena portuguesa: Marujinha huyó de Lisboa, porque la perseguían las pasiones, los vicios y las luchas humanas. Vino a la frontera en ayuda de sus padres como pastora y cantinera; no quiso ser mujer casada en Lisboa porque ella se sentía una mujer libre: que no explotaba la belleza ni la castidad, ni aceptaba la obediencia ciega, ni la sumisión al marido ni la resignación de una mujer
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    José Luis LoboMoriche 104 medrosa. Detestaba el pudor y la mentira, ni ca- minaba entre ambigüedades ni entre silencios. Venció la ignorancia y eligió libremente el terri- torio de La Raya. ¿Crees tú, Sergio, que Marujinha necesitaba mi ayuda? Ella se dedicaba a trabajar y no a los cantos de amor en una primavera furtiva: Marujinha no tuvo necesidad de aprender a amar. Y aquel atardecer, frente a ella, tuvo a un guar- dinha acosador que representaba la bajeza huma- na, que trataba de chantajear a su padre: cambiarle el amor de su hija por silencio; un guardinha tan opuesto a aquel arrojado teniente Seixas que había amparado -en el campo de concentración de Coi- tadinha- a tantos fugitivos republicanos. Apenas esfumo el rostro del guardinha acosador, abrasado por el fuego terrible de sus pupilas, que chispeaban tantas bajezas. No fue tan propicio el momento de mi presentación ante Cisquero como para que en su cantina sonara al atardecer un fado en mi ho- nor. Aquel repudiado en el amor intentó descar- gar sus iras en nosotros: nos dejó que cargáramos nuestros correspondientes cuarenta y cuatro kilos de café y que repartiéramos entre los cuatro la carga solidaria de Casimiro. Fue en la raya maldita donde dos fusiles portugueses nos apuntaban: entonces se nos presentaron la corrupción y el chantaje vestidos con dos uniformes de guar- dinhas. Virgilio intentó ripiarse y tuve que conte-
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    La Raya delos malditos 105 nerlo; el más impulsivo de los Garrapato, el mayor de ellos, inició incluso varios pasos amenazantes hacia los dos impostores: “¡Daniel, déjame a mí que…!”, pero se aguantó su genio y se paró en mitad de La Raya. “¿Qué queréis?-le pregunté al guardinha de las pupilas secas de amor y con el rostro marcado por el alcohol. El corrupto tapa, con el silencio, su despreciable ademán de exten- der la palma de la mano. Si no está conforme con el peso de las monedas depositadas en sus manos, las balancea en el aire: ellos pueden ser hasta cie- gos, no necesitan de sus ojos para rubricar tanta bajeza. Jugaron con nosotros al equilibrio de la ba- lanza: ¡mano arriba y mano abajo! Fui yo el que les gritó ¡basta!...; dejé en sus hurañas manos cincuen- ta pesetas y de espaldas a los dos fusiles cruzamos la frontera. Sabía yo que aquel chantaje supondría la puerta abierta para que carabineros y guardinhas monta- ran sus propios sistemas chantajistas. Mis temores no se hicieron esperar: el sargento, que se liberaba de sus ardores de estómago con eructos aguarden- tosos mientras jugaba a las cartas, tenía fama de empedernido vicioso, que se gastaba su mísero sueldo en el casino y en la calle de las prostitutas. Primero, se me acercó angelicalmente para que le prestara cincuenta pesetas, con el compromiso de
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    José Luis LoboMoriche 106 la moral de un militar de devolvérmelas en unos días. Luego, pasaron esos días y la moralidad del carabinero no aparecía por sitio alguno. Vino él de nuevo, disfrazado de humano…, y otras cin- cuenta pesetas sacó la abuela de la lata. Cien pe- setas fue la señal que me hizo aquel caballero de la moralidad militar para venderme su dignidad. Sin rodeo de palabras semidulces, me dijo: “Tú no tendrás más problemas con el café. Sólo tú, ¿eh? No mezcles en este juego a esos Garrapato. Hazlo con vista y no me obligues a cambiar las reglas. Sa- brás de antemano cuáles son los callejones que te dejo abiertos”. Acuciado por las amenazas del sargento si no lo amparaba en sus deudas, entré de lleno en las par- tidas de cartas como socio protector de un vicioso. Mi entrada en aquel juego sucio causó varios cam- bios en la organización de nuestra cuadrilla: El Ca- simiro se había quedado con el apañado de unos olivares, y abandonó momentáneamente su puesto como guía. Asumí yo la responsabilidad de reorga- nizar la cuadrilla; y, a petición de mi mujer, incor- poré como mochilero a su sobrino Rafael. “Tío - me contestó cuando le propuse que formara parte de mi cuadrilla- no tengo nada que perder. Ya es- toy harto de estar todas las mañanas a la puerta del
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    La Raya delos malditos 107 casino esperando a que un señorito me diga “vente conmigo”. A ver qué me traen las portuguesiñas”. Enseguida comprobé que los carabineros, que ejercían como guardias civiles de frontera, tenían bien ganada su fama de corruptos, y que no sólo el sargento era víctima de su propia miseria: casi to- dos ellos eran analfabetos; y les aterraba el apresa- miento de un mochilero, porque la detención de un reo conllevaba el uso de la pluma para rellenar el expediente. El sargento me puso al corriente de las miserables interioridades del cuerpo: coincidían sus afirmaciones con todas las historias que le ocu- rrieron a tu tío Felipe cuando hacía sus servicios como guardia civil rural por la zona fronteriza de Encinasola. Mi hermano me contó que en una de las correrías llegó con otro guardia civil rural al cuartel de carabineros de Sierra de Hoyo. Que allí descansaron y tomaron café, pero que notó que los seis carabineros del cuartelillo se mostraban muy nerviosos con la presencia de la pareja de ru- rales. Simularon despedirse de los carabineros, y se escondieron en lo alto de un cerro, porque presen- tían que en el cuartel se fraguaba algo raro. La rareza no era tal, sino la fuerza de la costumbre de haber vendido la dignidad con que la pareja de ca- rabineros de mi aldea había defendido la Repú- blica. Los seis carabineros, vestidos como guardias
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    José Luis LoboMoriche 108 civiles de frontera, defendían ahora la corrupción y el chantaje: de dentro del cuartelillo de Sierra de Hoyo, mi hermano vio salir una cuerda de mochi- leros que tomaba los caminos que te llevan a las tierras extremeñas. Más adelante te contaré de otros corruptos, pero retomemos mis aventuras como guía de la cuadri- lla: allanado por el sargento el dificultoso camino de la entrada en este pueblo, el peligro continuaba en las solanas y en la propia Raya, sobre todo si topábamos con el guardinha de facciones sangui- narias. Como mínimo dos veces a la semana nos adentrábamos en las primeras sombras de la no- che: caminé bajo cielos aneblados…, miraba otras veces hacia arriba, contagiado de la belleza de un campo estrellado…, llegaron las nubes del color de la pizarra y las noches preñadas de misterio…, los crujidos que crees oír en la profundidad de la ma- drugada…, quedé atrapado en “el jarapé”, la pega- josa resina de las jaras…, intenté desviar de mí los temores y elegí los días de fortuna envueltos en niebla espesa…, detesté la blanca luna…, conté las estrellas temerosas del anochecer, y de madrugada me resultaba imposible contarlas …, como el sol caminé con luz propia…, me deslizaba entre el miedo sin estar atado…; cuando estaba oscuro, yo y los objetos salíamos a nuestro encuentro…, oí
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    La Raya delos malditos 109 cómo el campanilleo de los rebaños de ovejas agu- jereaba las tinieblas…, me quejaba de que ni si- quiera hubiera tiroteo en las solanas…; desde lo alto de una colina, me alejaba del sargento…, ima- giné los actos mecánicos de los habitantes de Aro- che y los sueños imposibles de los cabreros en el interior de sus chozos, y pensé que tras la luna nueva viene el cuarto creciente y que el viento so- lano trae agua a la mano…; lloré mientras esperaba el mañana, tras haber contado con los dedos de mis manos cuántas estrellas no se habían dormido aún…, hice frente a los vientos y a la lluvia…, fui figura del paisaje ennoblecida por el miedo…; con el corazón palpitante, me acurruqué con la sombra y caminaba no sobre el polvo y el barro de los caminos sino sobre mis miserias…, desobedecí el orden impuesto por una sociedad corrupta, aun- que robara en el vacío. Me gustaba estar fuera de la ley, olerme en peligro, hablar de noche con lo ina- nimado de la lluvia y de la tormenta: ¡sentirte que estás hecho de luz, que no proyectas una sombra opaca! Llegaron tiempos sin sangre ni lágrimas: una vez vencidas las dificultades de La Raya y alcanzada la rivera, tenía la seguridad de que mi carga entraría en casa. Cincuenta pesetas al sargento para que templara su vicio de cartas, y me delataba él los
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    José Luis LoboMoriche 110 servicios secretos de sus fuerzas apostadas. Cum- plía conmigo, pero no con su dignidad: “Mi sar- gento, tengo un pedido de café para Sevilla. Es- pero mandarlo en el saure, ¿cómo lo hago?”. Y él, con su voz aguardentosa, me daba la solución co- mo buen estratega: “Que esta madrugada duerma en el calabozo del ayuntamiento; no te preocupes, estará bien custodiado. Cuando veamos el mo- mento propicio, llena varios cántaros con café…, montas tu café en ese coche de línea que llamáis saure y ¡listo! ¡Aquí el que mando soy yo!; bueno, ¡y tú!”. Sí, mi amado Sergio, tres días y tres noches dur- mió la carga de tu abuelo en el calabozo, junto al agente municipal que hacía guardia en el ayunta- miento. Pero no creas que este amparo del sargen- to proporcionaba a mi hacienda particular tantas pesetas como para acabar igual que un rico hacen- dado: sólo me daba para sobrevivir y mantener sin tanta miseria a tu padre y a la abuela. Pero, en cambio, en la Raya sí… Sucedió un atardecer junto a la fuente fronteriza donde crecían las berrazas, mientras que esperábamos allí a que el rey sol se inclinara un poco más en el horizonte de poniente: habíamos cargado en la cantina de To- mé; y Virgilio, de cháchara con otras cuadrillas, se había quedado rezagado de nosotros. El Tieso, los
  • 111.
    La Raya delos malditos 111 Garrapato y yo teníamos nuestras mochilas amon- tonadas en el suelo…, y los cuatro, como tontos, espera que te espera mirábamos las musarañas. Y en la espera que desespera venía Virgilio huye que te huye, con dos sombras de fusil tras sus espaldas: las sombras traicioneras de dos guardias civiles de frontera que se habían saltado a la torera las leyes internacionales y se habían adentrado en Portugal. Sólo nos dio tiempo de enderezar nuestros cuer- pos y melgar en busca de refugio en la espesura del barranco. Junto a las berrazas de la fuente queda- ron abandonados nuestras cuatro mochilas y los cuatro fiadores. No necesité el silbo del cárabo pa- ra rejuntar a los cuatro cafeteros: cuando salimos de estampía, íbamos tan pegados uno tras otro que ninguno de nosotros se salió de la cuerda que en- cabezaba el menor de los Garrapato. Perdimos el café, la mochila y los enseres necesarios de todo cafetero pero mi diosa protectora seguía viva. La sensación de andar -¡nos olvidamos de caminar!- por las veredas de las solanas sin que se te claven en los hombros las correas que tiran de cuarenta kilos de café, me desconcertó. Me sentía humillado porque habíamos dejado de ser cinco descaminos: ni esquivábamos las piedras ni elevábamos nues- tras pisadas, quebrantamos el sagrado silencio de la noche y dejamos al aire, sin taparla, la desafiante candela del cigarrillo. Nadie increpó a Virgilio por
  • 112.
    José Luis LoboMoriche 112 haberse enredado en la cantina: nuestra derrota no era consecuencia de enredos. De El Casimiro había aprendido yo que todo guía debe sobreponerse del fracaso y que, retoma- das las fuerzas necesarias, saque a la cuadrilla de los atolladeros en que ésta haya caído. Mientras ca- minábamos derrotados, cavilaba yo sobre la astucia con que él nos desembarazaba de los peligros…, y con los cuatro compañeros tan juntos que la línea de la cuerda derrotada no medía más de siete me- tros. Concluí que los carabineros apostados en las solanas y los que merodeaban La Raya habían pre- tendido mostrarnos que de ellos dependía que pa- sáramos la frontera, que pronto nos extenderían también sus manos para pesar en el aire nuestras pesetas y duros. Entre cavilaciones y sólo con el peso de la derrota en las espaldas llegamos a los bajos prados. Mandé a los cuatro que se detuvie- ran. Me despojé de mi voz vencida y acaloré mi sangre: “¡Vamos a echarle cojones!; si estáis dis- puestos, ¡a por otras cinco cargas! ¡Se acabó el mirar las musarañas! Con una hora tendremos tiempo más que suficiente para lavarnos los pies, coser un saco con cuerdas y ¡ah!, ¡las perras!”. En sus rostros se reflejó mi talante convincente: “Eso está hecho ahora mismo, Daniel. Ni me lavo si- quiera. Mi hermano Francisco y yo nos adelan-
  • 113.
    La Raya delos malditos 113 taremos para avisar a Virgilio. En su choza os es- peramos, ¿vale?”. “Bueno, entonces lo dicho. ¡Venga, a Piedras Altas otra vez!”. Cuando entré compungido en esta casa, tu padre dormía y la abuela estaba ya levantada, como si hubiese presentido nuestra desgracia. Mi bendita mujer intentó quitarme las intenciones de que vol- viéramos otra vez a La Raya: “Ya está bien, Daniel. Acuéstate ahora. Dejadlo para más adelante. Es- perad, por lo menos, a ver cómo viene la luna nue- va”, y se dispuso a calentarme un tazón de leche. Conocía ella el significado de esa expresión nuestra de “a cojones”; esa rabia interior que afloraba en todo cafetero, cuando se decidía a saltar los mura- llones que trataban de zancadillear sus pasos en las solanas fronterizas. Resignada, abrió la lata y me dio las trescientas pesetas en monedas de duro de plata que le quedaban: “Daniel, ¿cuándo se acabará esta cantinela? Todo tiene su aguante”. La besé y salí de esta casa con más decisión que nunca en busca de mis cuatro compañeros: el gallo de nues- tro corral aún no había echado el primer quiqui- riquí. Como si hubiésemos revestido nuestros cuerpos con una coraza protectora, caminábamos sin que ninguno de nosotros mostrara señal de cansancio ni de sueño, con más rabia y con más ganas que
  • 114.
    José Luis LoboMoriche 114 nunca de alcanzar Piedras Altas. Yo caminaba muy adelantado del grupo, de choza en choza y de rebaño en rebaño. Saludé a todo aquel tropel de amigos solidarios con los mochileros, que me da- ban pelos y señales de las pareja de guardias civi- les que hacían el servicio, qué barranco habían to- mado y si tenían muchas ganas de andar, porque ya sabíamos que ellos preferían esperarnos en las pasadas para que arrojáramos la carga y desenten- derse del reo: sí, querido Sergio, todavía no habían aprendido a escribir ni superado el terror a rellenar un expediente de apresamiento. Desde los collados más altos les señalaba a mis cuatro compañeros la ruta de ascensión, y con los mimos de un buen guía les abrí el paso de La Raya por el marco 1007. Como no habíamos tratado nada con ninguno de los tres cantineros, me decidí por cargar en la cantina de Pintao. Nos cruzamos con la morena Marujinha, que guardaba su piara de ovejas y cabras a los pies de un regajo. La saludé y le pregunté qué había sido del guardinha de fac- ciones asesinas, y si mantenía los acosos hacia ella. Entonces aprendí que los cantineros también usan esa expresión nuestra de “a cojones”: Cisquero lo había amenazado con un “¡basta ya!”…; y que el guardinha acosador no había vuelto por la cantina. Besé a la pastora, no por habernos allanado el ca-
  • 115.
    La Raya delos malditos 115 mino tortuoso de La Raya sino por haberse libe- rado ella de un maldito. Ocurrió lo que me temí, cuando derrotado había caminado entre una maraña de cavilaciones. Pintao se extrañó de que otra vez anduviésemos por Pie- dras Altas: “¿Qué, Daniel? ¿Pero todavía no os habéis ido? ¿Tenéis moros a la costa?”. Noté en el tono de sus palabras que algo no marchaba bien, y me sorprendió que lo primero que hizo el canti- nero fue sentarse junto a mí: “La cosa se os está torciendo a vosotros los cafeteros de las solanas. Las demás rutas, hasta ahora sin problemas. Yo ni entro ni salgo. Pero ese carabinero chiquitito que tiene tan mala leche está dispuesto a no dejaros cruzar La Raya. Quiere que los tres cantineros sea- mos los intermediarios. Él sabe que cuatro cuadri- llas tomáis los caminos de las solanas que él con- trola. Ese indeseable os amenaza con que tenéis que pagar dos duros por cada uno de vosotros que coja el camino que él deje abierto. Dice que debéis pagar por anticipado…, y que dejéis los duros al cantinero. Créeme, Daniel, esto no es cosa nuestra. Sólo tenéis que pagar el día en que ese chiquitín esté de servicio. Lo malo es que las demás parejas se contagien. Otra cosa me dijo el canalla: que si escaseáis duros, podéis pagarle con bolsas de ca- fé”. “Bueno, ya veremos. Por lo pronto te vamos a
  • 116.
    José Luis LoboMoriche 116 pagar a ti estas cinco cargas”, le contesté a Pintao con intención de tranquilizarlo. “Daniel, que yo no pago una peseta de más, ni mi hermano tampoco”. “Ya veremos qué hacemos, no preocuparos que todo tiene arreglo menos la muerte”. Cruzamos La Raya, y por lo visto el maldito re- taco no estaba de servicio aquel atardecer. Me que- dé tan preocupado con las palabras de Pintao, que el Garrapato mayor tuvo que silbarme tres veces para que yo tomara el camino que habíamos ele- gido. Caminé entre dos tensiones: la supervivencia y el chantaje. Bajamos por los lomeros de los cabezos y nos parábamos de collado en collado. Vislum- bramos las luces mortecinas de los candiles de aceite que alumbraban tras las retamas de varias chozas y traducimos el lenguaje del mundo animal: oímos el rebuzno medroso de la burra de un pi- conero ante los aullidos de los lobos, los bufidos asustadizos de una piara de jabalíes encamados en la umbría de un charnecal, y seguimos en el cielo de la noche el primer vuelo de un murciélago. Decidí cruzar la rivera por un lugar distinto al que le habíamos dicho a El Lirón, un personaje no fiable y que contaba con cinco hombres que por- teaban para él. El Lirón se comportaba muy frío y
  • 117.
    La Raya delos malditos 117 distante con nosotros, no sé muy bien sus moti- vos. Quizá fuera que tenía mejor cartel que él entre los cantineros y que yo les pagaba al contado…; y sin necesidad de entregar el dinero exacto, cuando el café subía inesperadamente y nos cogía en bra- gas. Últimamente el Chanza estaba muy controlado por los carabineros, que habían cambiado de es- trategia en sus correrías: tenían un cuartelillo en la misma carretera, llamado por ello Carretero, entre los pueblos de Aroche y Rosal, desde donde vigi- laban todas las pasadas de la rivera. Además, desde Aroche -el pueblo que con sus mortecinas luces se ve por detrás de la vega- todas las noches salían varias parejas de carabineros para apostarse a las orillas de la rivera. “¿Carabineros o guardias civi- les?”, le pregunto un poco liado al abuelo. Ya te dije, Sergio, que el cuerpo de carabineros desa- pareció en 1940 y que fueron integrados como guardias civiles de frontera, pero para nosotros se- guían siendo “carabineros”. Antes de cruzar la rivera, agrupé a mis cuatro compañeros en el rellano de un cabezo próximo a ella: “No sé, dudo de la buena fe de El Lirón, me da la espina de que está en complot con algunas parejas de carabineros que le hacen la vista gorda. Os vais a quedar los cuatro agazapados en aquel
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    José Luis LoboMoriche 118 collado de la media umbría cercana a la pasada que he elegido. Temo que El Lirón nos haya traiciona- do con un chivatazo, para congraciarse él con cual- quier tipo semejante a aquel chiquitín que se nos puso por delante en La Raya. Pasaré yo primero, no me fío”. Sigilosamente crucé la pasada sin pro- blemas. Luego, cantó el cárabo en celo y mis cua- tro compañeros alcanzaron la orilla. “Agustín, haz- te cargo de mi mochila y ponte a la cola de la cuerda; yo me quedaré rezagado para daros el tiempo necesario hasta que os alejéis. Quiero saber si El Lirón es un hombre fiable o si se cumplen mis temores de que oculta sus lacras de chivato ba- jo la apariencia de un hombre de buenas palabri- tas”. “Ten cuidado, Daniel, que ése tiene poco de lirón. Es una vieja rata”, me advirtió el lagartijera de Agustín. Como una culebra me deslicé entre las adelfas en busca de la pasada que, según El Lirón, estaría libre. Desde una distancia prudencial de las orillas, lancé una pequeña piedra al camino de la solana que caía en la rivera. Confirmado: El Lirón tenía la sangre de un traidor. Oí claramente el roce de una zarza en el metal de un fusil y el falso si- lencio que siguió. Mis cuatro compañeros me esperaban a la entra- da del quejigal. “A que es una rata, ¿eh, Daniel?”. “Sí, Agustín. Pero será mejor no pisarle el rabo”.
  • 119.
    La Raya delos malditos 119 Virgilio se separó de nosotros en el cabezo de las tumbas, y los cuatro restantes buscamos Cortegana por las umbrías del camino orillado a la carretera. “¡Oye, Daniel!, mi hermano y yo rodearemos el ca- llejón de Chanza por el barrio alto de las cabeza- das”. Así lo hicieron: desde los bajos prados, los Garrapato rodearon el callejón de la fuente donde nace la rivera, saltaron a un cercado de secano y se colaron en su casa con las dos cargas de café. Hice de escudero de mi sobrino Rafael, apodado con el sagrado nombre de un cafetero: El Tieso. Durmió en mi casa junto a su café. El pobre no había tenido buen comienzo como novato y estaba muy preocupado con tantos episodios como nos habían ocurrido. “Tito, qué trapisonda. Me parecía que esto de ir a La Raya era más sencillo. Esta no- che, seguro que no pego ojo”. Al día siguiente se cumplió lo que temí: dejó de exponer sus duros y concertó con una mujer muy bragada que trabaja- ría a porte para ella. Yo le dije que era un disparate porque, aunque expusiese sus perras, la rentabili- dad siempre sería mayor que no estar a cuenta de que te paguen cuarenta pesetas por cada porte. Pero desistí de convencerlo: nunca más arriesgó un duro. En mi duermevela sólo se me aparecían carabi- neros corruptos por todas partes, manos levanta-
  • 120.
    José Luis LoboMoriche 120 das que palpaban mis duros para comprobar su autenticidad, imágenes casi borradas o la imagen clara -con olor a aguardiente incluido- del sargento que manda a su mujer para que la abuela le meta debajo de sus sobacos varias bolsas de café. Mi sueño no tuvo un final feliz: una vez que me lavé la cara legañosa, mientras tomaba como ahora una taza de café -ensimismado en el paisaje tan cercano y distante de las solanas- aún veía cómo los carabineros subían y bajaban los caminos, abriéndonos los pasos con el tintineo de nuestros duros: la única salida que encontré fue la de clau- dicar ante aquellos chantajistas. Como las aguas de la rivera bajaban muy revuel- tas, durante más de dos semanas tiramos de la lata de la abuela, en la que apenas sonaban ya las mo- nedas…, y con el erre que erre del sargento que no dejaba de pedirme su paga para jugársela en una mesa del casino. Nuestra cuerda de cinco hombres amenazados por los chantajistas se estiró por las solanas con la intención de cruzar de nuevo la maldita raya. Les dije a mis cuatro compañeros que cargaríamos en la cantina de Tomé. Pasamos por la fuente de las berrazas y me pareció extraño que los chorreros corrieran sin turbiedad. Sabía yo que las aguas cla- ras significaban que hacía varios días en que nadie
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    La Raya delos malditos 121 bebía allí. Tras haber cruzado La Raya, no nos to- pamos con ninguna cuadrilla ni vimos señal alguna que anunciara peligro. Tomé nos confirmó lo que yo presentía: que no me molestara en acercarme a las otras dos cantinas, porque no había café en ninguna de ellas. Me refirió que en la cantina de un tal El Tonto, que estaba en la zona más cercana a Encinasola, sí tenían todo el café que quisiéramos. No me arriesgué a entrar en unas tierras fronte- rizas que no conocíamos bien, de la que sólo tenía referencias de la montuosidad de su terreno por mi hermano. Durante tres días y tres noches, el bueno de Tomé nos cobijó en su cantina: comimos de sus patatas, de su tocino y dormimos bajo los efec- tos eufóricos del vino verde. Charlamos sobre la pretensión de algunos carabineros de cobrarnos el chantaje con duros y con café: “La única solución, amigo Daniel, es que vosotros subáis el precio de la bolsa. Mejor será que paguéis y que salga el sol por donde quiera”. El buenazo de mi sobrino sólo se encogía de hombros, dejando en nuestras ma- nos la decisión que fuese. Pero Agustín Garrapato, que no era de la misma calaña que Virgilio, dando fuertes puñetazos encima del mostrador de la can- tina, bramaba de coraje: “Ni una peseta, ¿eh, Da- niel? Pero que ni una peseta, ¡no se te vaya a ocu- rrir!”. “Ya veremos, ¡tranquilo! No te sofoques”.
  • 122.
    José Luis LoboMoriche 122 Por fin al tercer amanecer vislumbré una cuerda de mulos cargados con sacas, que desde los llanos portugueses iniciaban la ascensión de las montañas fronterizas. De cerca, comprobé que el trasiego de descarga en las tres cantinas se hacía con cierto orden. Quedó La Raya libre de mulos y de porta- dores, pero no de chantajistas ni de deshonestos. Aún no habíamos cargado; y, sin saber de dónde habían salido, dos carabineros nos hacían guardia a la puerta de la cantina de Tomé: otra vez se habían saltado a la torera las leyes internacionales. A cojo- nes los echó el cantinero, pero ésa no era la solu- ción adecuada para que las cinco cargas de café entraran en nuestras casas. Contuve las intenciones de polvorilla del Garrapato mayor, que levantó sus manos con intención de…: “¡A éste le echo yo mano al gañote!”. “¡Agustín!, ¡quieto!”, y le hice se- ñas a Tomé para que me dejara negociar con los dos impostores: diez monedas de duro nos costó que la Raya estuviese libre, y conocer que los cami- nos que cogíamos habitualmente estarían aquella mañana muy vigilados, y que no bajáramos ni por los montes de Las Chocitas ni por el barranco hondo de Bejarano. Que siguiéramos el correntón de Umbrizo, que nos llevaría sin problemas hasta la rivera del Chanza.
  • 123.
    La Raya delos malditos 123 De regreso a casa, nunca habíamos caminado con el sol de frente: esta vez la diosa Noche no sería nuestra protectora. El camino que orilla el barranco de Umbrizo busca la dirección de po- niente, que nos aleja de Cortegana y se acerca más a la zona fronteriza oeste de Rosal. El barranco llega a un punto llamado Umbría del médico, don- de repentinamente da una curva muy cerrada, obli- gadas sus aguas por el cabezo de La Escoba. Entre Monteblanco y las tierras altas de El Brueco se cuela el barranco para verter sus aguas al Chanza. Caminábamos fuera de nuestra ruta habitual, adap- tados a las nuevas circunstancias que de improviso se nos habían presentado. Mandé que la cuerda que formábamos se mantuviera lo más alargada posible; y, antes de alcanzar la junta del barranco con la rivera, nos paramos a descansar en un na- ranjal: “¿Qué os parece? Si tomamos rivera arriba, nos toparemos de lleno con todas las pasadas. Creo que es preferible que atravesemos la carretera y que busquemos la cresta de las umbrías de enci- nas. La pega es que nos daremos de narices con Aroche, y con toda seguridad sus callejones esta- rán muy vigilados. “Eso no es problema, Daniel - me contestó el mayor de los Garrapato. De olivar en olivar rodearemos Aroche, sin necesidad de que pisemos ni el camino real ni la vereda de carne”.
  • 124.
    José Luis LoboMoriche 124 “Entonces, ¡no hay más que hablar!”. “Yo, lo que vosotros digáis”, asintió como siempre El Tieso. Alteré el orden de la cuerda: pasé la carretera co- mo una centella y casi pegado a mí iba el mayor de los Garrapato; detrás su hermano y cerró el grupo Virgilio, que se colaba por los agujeros del monte - estirando su pequeño cuerpo- con la misma movi- lidad de una comadreja. Agustín Garrapato me indicaba el camino de rodeo a Aroche: de olivar en olivar. En un terreno cercado con piedras calizas, unos cafeteros habían dejado varios mensajes secretos a otra cuadrilla que venía detrás de ellos, esas marcas que forman parte del lenguaje variable de los clandestinos, un código que se fija por todos los miembros de la cuadrilla momentos antes de la salida: tres piedras puestas en forma de U, varias ramas de retamas aplastadas con una lancha, un retoño de murta doblado, un hoyo en la arenisca formado con la puntera de una alpargata y unas rayas con forma de flecha: un lenguaje indescifrable incluso para nosotros cinco. ¡Qué dificultosa resultó la salida de aquel labe- rinto de calles de olivos! Maldije cien veces la luz del día, pero aún faltaba el remate final de la jor- nada. Una vez rodeado el barrio alto de Aroche,
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    La Raya delos malditos 125 encabecé de nuevo la cuerda y busqué las cumbres del paraje La Serrana para apartarnos del camino viejo. Al saltar unos paredones, me di de jeta con dos carabineros, que no sé qué coño hacían allí. Con la misma rapidez del chuzazo de un conejo sorprendido en su cama por un podenco, corrí por la cresta de la cumbre sin dejar la inclinación na- tural de la montaña, que va de naciente a poniente: los dos cazadores con fusiles en las manos corrie- ron tras la pieza levantada, sin dejar de darme la bienvenida con varios disparos, que retumbaron tan cerca de mí que me pareció que me habían roto los huesos en cien astillas. Corre que te corre el conejo, y corre que te pillo los podencos. Llegó un momento en que ni siquiera encogía mi cuerpo al barruntar la detonación entre mis pies. ¿Cómo iba ahora a arrojar al suelo mi mochila para que acabara la persecución en derrota? A cojones tiré hacia adelante, y no sé cómo tirarían ellos; pero llegó un instante en que ya no podía aguantar tanto jadeo ni la presión en mis hombros de unas co- rreas que soportaban la tirantez de cuarenta kilos. Apreté los riñones y, con un sobreesfuerzo más de amor propio que físico, me salí de la cresta de la cumbre, y corrí hacia un valle de olivos. “Hasta aquí llegué”, me dije al ver un vallado de zarzas orillado al camino real…; y sin pensarlo dos veces, me lancé de cabeza al vallado: “¡Por aquí ha tenido
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    José Luis LoboMoriche 126 que esconderse el mochilero! ¡Mira detrás de esa zahúrda!”. “¡Anda que le zurza!, ¡cualquiera coge a ese galgo!”. Mientras liberaba silenciosamente el aire de mis pulmones, aguanté más de media hora enredado entre las espinosas zarzas. La escena de caza había sido presenciada por un cabrero que -solidario conmigo- engañó a los dos carabineros. Desde el día en que inauguré el puente sobre el riachuelo de mi aldea nunca me habían aplaudido con tanto ahínco. Tuve que levantar mis manos al cabrero, que entusiastamente me gritó: “¡Ole, tus cojones!”. Se rompió la cuerda, pero esta vez cada uno de los cinco alcanzó victorioso su casa.
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    La Raya delos malditos 127 CAPÍTULO VII MUERTES No sé de qué escapé, pero que sepas tú que to- das nuestras lágrimas iban a parar al Chanza. Sus aguas todo lo arrastraban: nuestros orines, las mierdas, las ramas, la tierra, las piedras. Parecía co- mo si la rivera tuviese alma. Tres días de borrascas encadenadas que asoman por el poniente portu- gués la enfurecen demasiado, ahogan los vagos murmullos de sus aguas y acallan el croar de las ra- nas que -fugitivas- se alejan de los pompos de la crecida. Mala espina me tragué, cuando nos tropezamos con la cuadrilla de El Lirón. Como para los cafete- ros estaba una noche de fortuna, caminábamos ofreciéndole a la lluvia torrencial nuestros cuerpos oblicuos para no ser barridos por la metralla de la tormenta, sin miedo a que nos acecharan los cara- bineros, y tan pegados uno a otro que formábamos un único cuerpo con diez piernas acalambradas y
  • 128.
    José Luis LoboMoriche 128 diez manos engarrotadas por la lluvia. Íbamos rivera arriba por la orilla izquierda de las pasadas. Quedaba la última. Sólo los soplos de un chivato podían haber encorajado suficientemente a los ca- rabineros como para que nos esperaran apostados en la orilla derecha de la tercera pasada. Se con- fundían los fuegos de las armas con las chispas en zigzag de la tormenta y se juntaban -en la negrura de la noche emborrascada- las detonaciones de los fusiles de los carabineros con los estampidos de los truenos. Un cuerpo arrecido por el frío pierde su natural movilidad, la sangre se te para; y, si caes a la rivera, te arrastrará como si fueses una rama. Caminábamos a ciegas y de frente a la muerte, per- didos entre un bosquejo de alisos que, retorcidos por el brío de la tormenta, nos paralizaban aún más ante aquel infernal estrépito de tiros, de rayos y de centellas. Buscamos amparo -en un último afán de supervivencia- detrás de los gruesos tron- cos de los alisos que orillan la rivera. Las balas caían locas en el agua; y, cuando contactaban con la superficie, perdían el ruido silbante que le había dado el aire. Ese cambio brusco de los sonidos y de las luces nos producía más parálisis en nuestros miembros: ¿dónde se ocultaba aquel extraño ser con diez piernas y diez manos?
  • 129.
    La Raya delos malditos 129 Nos doblábamos como débiles juncos zaran- deados no sólo por las metrallas de la naturaleza sino también por la fuerza demente de unos hom- bres, a los que aún llamábamos carabineros, que - gracias a un chivato- habían alcanzado ahora la dignidad de haberse convertido en monstruos. Es- tábamos a merced de los monstruos: si ellos tu- viesen el don de estirar unos metros sus brazos, fá- cilmente nos podrían tocar. Quizás se lo creyese uno de los carabineros: le fallaron los pies y las manos. Cayó plomizo. Enmudecieron los fusi- les…, pero tuvo la inicial fortuna de ser aupado desde el fondo de la rivera por el dios de las pro- fundidades. Se agarró a una de las ramas de un ali- so, a una de ésas que caen vencidas en las aguas turbulentas de las riveras. Estaba el desafortunado a varias cuartas de nosotros: giraba en espiral la ra- ma entre sus manos y giraba su cuerpo en torno a ella. Fue un cuerpecillo humano de comadreja el que trepó por el tronco de un aliso: Virgilio curvó sus piernas entrelazadas en otra rama; y, sin saber yo de dónde sacaba tanta agilidad, buscó con sus manos el remolino violento que formaban carabi- nero y rama: “¡No te sueltes!, ¡échale cojones!”. Llegó a tocarle la cresta cabelluda, a casi alcanzar la botonera metálica del cuello de la guerrera. Sin oír- se chasquido alguno, el carabinero volvió a ser arrastrado a las profundidades. Luego, nos fue de-
  • 130.
    José Luis LoboMoriche 130 vuelto entre vuelcos de hombros: vimos pasar la muerte rivera abajo con la mirada hacia arriba. Vir- gilio se quedó engarrotado sobre la trepa del aliso, más por el terror de haber tocado la muerte que por la frialdad de su piel. “¡Vamos, bájate! ¡El po- bre llegará pronto a Portugal!”, le dijo Francisco con una voz casi apagada. Sus compañeros - no apostados ya tras las adel- fas- habían sido testigos de los esfuerzos de un ca- fetero para intentar salvarlo. Casi todo lo externo a nosotros se calmó: los tiros, los rayos, las centellas. Sólo las aguas del Chanza seguían tan inquietas y violentas como los carabineros, como nosotros. Nos separaban de los fusiles los veinte metros de la anchura de la rivera. Pasamos frente a unos ace- chadores tan vencidos como nosotros. Mantu- vimos pegados nuestros cuerpos, y por el camino orillado alcanzamos el puente de la carretera. La muerte del carabinero originó que la lata de tu abuela casi se vaciara. Varios meses estuvimos sin pisar las solanas…, hasta que nos dio la picada de ese gusanillo interno que todo cafetero lleva pa- rasitado dentro de sus intestinos. Parece como si la sangre y las lágrimas no nos hubiesen abandonado y caminasen al compás de nuestros pasos: acabábamos de cargar en la choza
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    La Raya delos malditos 131 de Cisquero, la cantina menos frecuentada por nosotros, que estaba emplazada en un sitio que a mí me resultaba peligroso, porque carecía de la visibilidad de las lomas fronterizas que tenían las otras dos cantinas. Aunque seguían una ruta opuesta a la nuestra, coincidimos con varias cua- drillas extremeñas con las que sí podíamos caminar juntos durante una legua de sierras siguiendo la cumbre fronteriza por la vertiente portuguesa para no dar vista a la caseta de Aguzaderas, y separar- nos de ellos una vez dejado atrás el marco 1006, donde ellos cogerían el camino de Encinasola y nosotros buscaríamos las solanas. Los Garrapato me animaron a que nos enroláramos en aquella cuerda casi kilométrica: “Daniel, ¿por qué no sa- limos con ellos? Por lo menos, hasta la sierra de Paijuanes iremos más seguros, y no tenemos que esperar a que oscurezca”. Acepté su proposición a regañadientes, porque sabía que no todas las cua- drillas respetan el sagrado silencio; y que a veces algún gracioso lo rompe, cuando se siente ampa- rado en medio de tantos hombres. Además, no me gustaba salir al descubierto con tantas horas de sol por delante. No obstante, procuré que nuestra cua- drilla cerrara la larguísima cuerda. Sentí tal aca- loramiento interno de coraje, al ver que algunos cafeteros caminaban como si aquello fuese una
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    José Luis LoboMoriche 132 romería, que a punto estuve de romper mi com- promiso de seguirlos. La voz humana suena extraña en las sierras, y además es la alcahueta de nuestros pasos. Subía- mos la barrera de un cabezo de la sierra de la Contienda, y aquel rosario de hombres que se creían romeros fue dispersado por los retumbes de la montaña. Me paré en seco y mandé a mis hom- bres: “¡Quietos, quietos aquí! ¡Taparos de la ba- rrera! ¡Agacharos!”. La primera cuadrilla que enca- bezaba la larga cuerda estaba acorralada por los carabineros. En aquel desbarajuste, cada uno de los cinco cafeteros corrió por donde pudo. Uno de ellos, el más larguirucho de todos, cometió el error de buscar la cresta de la montaña por el lomo más pelado de la ladera: no se escuchó grito alguno de muerte. Su cuerpo fue violentamente impulsado hacia delante por la fuerza de una bala explosiva, que le había entrado por la espalda tras atravesar su mochila. Entonces el asesino sí bajó su fusil. En la cima de la montaña, El Tieso movía nerviosa- mente sus labios: “¡Tito, tito!”, mientras los de- más contemplábamos horrorizados cómo se des- parramaba por la ladera abajo un reguero de café y sangre. Yo -sin rezos- palpé a mi diosa. Fue una sensación terrible: ¡que un compañero tuyo haya sido asesinado cerca de ti y que tengas
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    La Raya delos malditos 133 que tragarte tu saliva! Reconduje la situación entre mis compañeros e intenté transmitirles ánimos: “El pobre ya no tiene solución. Ahora somos no- sotros los que tenemos que escabullirnos de estos criminales. Manteneros pegados y seguidme en si- lencio. Vamos a retroceder hasta el collado de Umbrizo, y cogeremos la trocha que va por la ori- lla del barranco de Bejarano”. Y volvimos a tomar los caminos habituales de las solanas que nos baja- rían hasta la rivera. Nadie se preocupó de que el cuerpo de aquel cafetero extremeño, vilmente asesinado, fuera tras- ladado a su pueblo natal de Higuera; lo enterraron tres días después en el cementerio de Encinasola, en donde mi hermano Felipe ejercía como guardia civil rural. Hacia allí me encaminé…, y durante más de diez horas anduve por las veredas de carne y caminos reales que unen Cortegana y Encinasola. Acompañado por el Garrapato mayor y por mi sobrino El Tieso, atravesé las altas tierras planas de Las Contiendas. También los compañeros de los cafeteros derraman lágrimas: tuve que apretar con- tra mí a mi sobrino, que lloraba como un ciervo malherido. Temblaban los familiares y los compañeros del cafetero difunto…; y entre tanto llanto y tanta ra- bia también temblé yo, cuando vi cómo un guardia
  • 134.
    José Luis LoboMoriche 134 civil rural se apeaba de una bicicleta a la puerta del cementerio: era mi hermano Felipe. “Pero, ¿qué pinta éste aquí?”, le pregunté extrañado a El Tieso. Disimulé haberlo visto. Hubo un momento de tan- ta tensión con la presencia del guardia civil en el interior del cementerio, que me temí lo peor para mi hermano. Lo vi que hablaba con el enterrador, y que en un papel apuntaba algo. Luego, pedaleó con brío para alejarse del cementerio por el cami- no del cuartelillo. Después del entierro me acerqué a casa de tu tío Felipe. Para qué decirte, Sergio, el tema de con- versación de nuestro encuentro: “Que ya está bien de tanto contrabando…, que te la estás jugan- do…, que vas a terminar en trabajos forzosos…, que tú ya sabes qué es la cárcel…, que tienes ante- cedentes…, que esos guardias de frontera no se andan con chiquitas”. Lo dejé que se desfogara conmigo. Poco a poco se fue calmando. Llegó a revelarme que había ido al cementerio para cum- plir la orden de su teniente: que debía apuntar el número de nicho del infortunado cafetero para completar el expediente…; que el enterrador, ante el murmullo que se originó con su presencia, le dio un número cualquiera de nicho con la intención de salvarlo de tantas miradas amenazantes. Me dijo que había llegado al cuartelillo un comandante pa-
  • 135.
    La Raya delos malditos 135 ra informar a las autoridades de las pruebas de tiro hechas en el lugar donde había ocurrido el lamen- table suceso. Que el comandante no escurrió el bulto…, y que su conclusión había sido: “Esto es un crimen”. Quedé desconcertado con el rumbo que tomó la conversación: la mancha de los chantajes también salpicaba a los rurales. Noté la necesidad que tenía tu tío de desahogarse conmigo, como si quisiera vomitar tantos sapos como se había tragado. Tú sabes que los guardias civiles rurales no hacían servicios para controlar el contrabando, que eran los guardias civiles de frontera -carabineros para nosotros los cafeteros- quienes prestaban ese ser- vicio a la Hacienda Pública, que los rurales sólo controlaban -en el puesto fronterizo situado en la carretera que une Encinasola y el pueblo portugués de Barrancos- el paso de los rayanos: que todos portaran un salvoconducto, cuando se decidían a pasar la frontera. Pero la manera de contrabandear de estos rayanos se diferenciaba de la nuestra. Si- tuada Encinasola en la cercanía de la Raya, era muy habitual que muchas mujeres y zagalones -casi niños- se arriesgaran a cruzar la maldita raya. Mujeres enviudadas y otras desgraciadas que te- nían a sus maridos en la cárcel provincial fueron empujadas a saciar el hambre con el trapicheo de
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    José Luis LoboMoriche 136 unas bolsas de café ocultadas entre sus senos. Pri- mero, daban un rodeo al cortijillo de los guardias civiles rurales, tanto a la ida como a la vuelta…; luego, aceptaron la invitación de los rurales para que hiciesen el camino de ida a La Raya sin nece- sidad de rodearlo. Es decir, se las trajinaron poco a poco: “Te dejo pasar la frontera con tu pechera abultada por las bolsas de café, y tú me haces la limpieza del cortijillo…; te dejo que la abultes más, y tú me lavas la ropa…; y tú me haces la comida, y tú me liberas de tanto semen acumulado en mis testículos”. Aquella tarde tío Felipe lloró ante tres cafeteros, al sentirse culpable de no poseer la valentía sufi- ciente como para desenterrar tantos chantajes y tantas humillaciones: “Pero ¡ojo!, hermano Daniel, también yo he tenido que aguantar los envites que han tratado de derribarme. Sucedió que, como jefe de la pareja rural del puesto fronterizo, recibí la orden de desalojar el mobiliario del cortijillo: busqué a un mulero para que acarreara los mue- bles; pero unas enrabietadas mujeres denunciaron que en el mulo iba también una partida de contra- bando. No tuve más remedio que hacer el paripé, y requisé la carga de treinta kilos de café. En el acta no figuraba cargo de reo, porque la detención con- llevaba muchos quebraderos de cabeza para noso-
  • 137.
    La Raya delos malditos 137 tros los civiles, al tener que llevar -en bestia y esposado- al reo hasta la estación de ferrocarril de Fregenal, y luego acompañarlo hasta la prisión provincial: mucho jaleo para sólo treinta kilos de café. Así que dejé libre al mulero; pero el maldito me denunció ante el Administrador de Aduanas de que yo me había quedado con otros treinta kilos. Mi teniente no tuvo más remedio que interve- nir…, y ya me vi con la ropa de guardia quitada. Menos mal que el teniente se creyó mi versión de los hechos. Declararon las mujeres denunciantes y se pudo verificar que el mulero sólo había compra- do treinta kilos de café. Yo también estoy aquí entre dos aguas, hermano Daniel. Nadie se fía de nadie. Hago más servicios de vigilancia a los cara- bineros de Picoroto y de Sierra del Hoyo que a los mismos cafeteros”. Aquel desconcierto de mi hermano ante la co- rrupción de los agentes encargados del orden acre- centó mis presentimientos de que la manera de vigilancia en La Raya cambiaría. No sabía yo en qué consistiría tal reforma, pero intuía que algo se cocía. Un día, el sargento de los eructos aguarden- tosos vino a esta casa. Al verlo entrar me dije: “Qué querrá su majestad ahora”. “Mira, Daniel, la cosa está cambiando. La línea del ferrocarril que va a Zafra delimitará a los guardias civiles bien con
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    José Luis LoboMoriche 138 tricornio o bien con nuestras gorras de plato. Van a traer la comandancia de Aracena a Cortegana. A mí me han destinado a Extremadura. Lo siento por ti, porque ya no podrás esconder tus cargas de café en el ayuntamiento ni tendrás abiertos los callejones del pueblo. Tú, piénsalo bien…; pero la cosa se va a poner muy fea”. Después de haberme anunciado que el pacto de intercambio de duros y bolsas de café por el secreto de un servicio había finalizado, se despidió de mí, no con el deseo de las buenas noches sino con la frase rutinaria suya de un impostor: “Daniel, a propósito, ¿no tendrás por ahí un par de bolsillas?”. Que ya no contara yo con los chivatazos del sar- gento apenas me angustiaba; pero sí me preocu- paba desconocer de qué manera vigilarían los nuevos guardias civiles de frontera, que dejarían de ser para nosotros “carabineros”. Hubo unos meses en que parecía que todos los reyes se habían muerto, y que algún rebelde había borrado la mal- dita raya: entonces caminamos muy relajados…, pero sin sentirnos clandestinos, sin oír siquiera un fogonazo de fusil en todas las barreras de las so- lanas. Recuerdo que, por aquellos días, el pequeño Virgilio -la comadreja humana que se colaba por los agujeros del monte y que trepó por un aliso del río para luchar contra la muerte- se despedía de
  • 139.
    La Raya delos malditos 139 nosotros como cafetero, porque había ingresado en el cuerpo de la Guardia Civil: se convertía en ¡un desertor del arado! Es lo que tú, Sergio, llamas hecho paradójico: un cafetero y su hermano un guardia civil…, y ahora un cafetero que se nos pasa al enemigo. No me extrañé de que en manos de un casi analfabeto recayese el orden público, pues a mis oídos había llegado que el cabo de una aldea se presentó una mañana en el casino de Cortegana en busca de su capitán. Dicen que el te- niente lo vio llegar muy sofocado a la plaza del pueblo…, que se interpuso delante del cabo para recabarle qué novedad venía a darle a su oficial: “¡No, no…, a mi capitán!”, y siguió -sin prestarle atención al teniente- a lo largo del salón al encuen- tro de su mandamás, que en compañía del juez se tomaba una copa de vino en el mostrador. Se cua- dró militarmente ante él, deseoso de darle la gran novedad: “Mi capitán, que en la aldea ha caído una bomba atómica”. “Bueno, bueno. No te preocu- pes, ya sabíamos que sucedería. Es inofensiva”, y trataba el capitán -ante las carcajadas del juez- de disimular la ignorancia del cabo, que confundió el estallido de un avión -tras pasar la barrera del sonido- con la explosión de una bomba atómica. Pero, no te hablaba yo del tan extendido anal- fabetismo de nuestras fuerzas del orden sino del ingreso de Virgilio en la Guardia Civil. “Anda, co-
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    José Luis LoboMoriche 140 madreja, hoy tú serás nuestro guía. Cuando vigiles estas solanas, ¡a ver cómo te portas con noso- tros!”. Y el pequeño Virgilio nos llevó hasta La Raya alargando unos pasos con los que arreme- daba mejor a un payaso que a un hábil cafetero como él había sido. De madrugada, cuando la pe- queña comadreja humana se apartó por última vez del camino de la rivera para tomar la senda que le llevaba a su choza, afloraron en nosotros unas lagrimillas de despedida: la carga de Virgilio no durmió aquella madrugada en las tumbas primiti- vas y por primera vez su choza olió a café. Dicen que no hay dos sin tres ni mocita sin amor: aquel amanecer nos topamos con una cua- drilla de cafeteros de Aroche en los llanos de San Mamé, donde hay una ermita que está muy cerca de la rivera. El guía -no recuerdo su nombre- nos comentó que iban a saltar a las solanas por la noria de La Venta, y que, si queríamos, podíamos acom- pañarlos hasta La Raya por el camino que alinda con la zona boscosa de El Brueco. Agustín Garra- pato, tan dado a estos encuentros, enseguida me animó para que nos uniéramos a ellos: “Sí, Daniel, arropados iremos más seguros. Hay que tener ami- gos hasta en el infierno”. “Mira, Agustín, cada mo- chuelo a su olivo. No ves que tendríamos que dar un rodeo muy grande, y encima nos vamos a dar
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    La Raya delos malditos 141 de jeta con el cuartelillo de Alpiedras. Ellos tienen el amparo del cortijo de La Venta y las chozas del barranco Juanita. Ellos allá. Nosotros a lo nues- tro”. Mi decisión de no caminar con aquella cuerda ¡de buena nos libró! Eran días de trilla y un mo- zuelo de Aroche estaba con una collera de mulos, a la espera de la marea, a pie de una de las eras de La Venta. El guía de la cuadrilla arochena animó al mozuelo para que subiera con ellos a la frontera y se trajera una mochila de café. Me contaron, des- pués, que el mozuelo trató de desembarazarse de la invitación de la cuadrilla: “¡Qué va!, si la semana que viene me voy a casar. No me metáis a mí en estos líos. Seguid vosotros. Aquí tenéis mi cortijillo para lo que se os antoje”. Pero sé que tanto insis- tieron los arochenos, que el mozuelo olvidó que se casaba y que esperaba al viento de la mar. Lo cier- to es que el pobre mozuelo ni se casó ni trilló la parva de la era: junto a la fuente de una zona de Alpiedras que llaman la Era Campamento fue ase- sinado por los carabineros. A partir de 1952, año más o menos, la Guardia Civil empezó a llenar las proximidades de la Raya con cuartelillos y con casetas, o bien remodeló las que había: recuerdo los nombres de Pegueriñas, Alpiedras, Aguzaderas, Flores, Picoroto, Carretero. Pero lo que nos importaba no eran estos nombres,
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    José Luis LoboMoriche 142 sino saber cómo los guardias civiles que vigilaran la frontera se comportarían con nosotros. Se ex- tendió entre los cafeteros el rumor de que los nue- vos guardianes de La Raya no podían aprehender sólo la carga de los cafeteros…; que también de- bían apresar al reo, bajo la amenaza de sus supe- riores de que si no lo hacían, sufrirían un expe- diente disciplinario. Para la mayoría de los cafe- teros que estábamos aquella tarde en la cantina de Tomé, los nuevos guardianes de la frontera serían como unos superhéroes que acabarían con noso- tros en dos días. Sabía yo que, si cundía el desá- nimo general, supondría mi propio fin como clan- destino. ¡Vaya!, unas palabras mías de aliento a va- rias cuadrillas para que siguiéramos por los cami- nos de las solanas consiguieron el efecto deseado: “Es necesario que nos llevemos bien con todos los pastores de las solanas y de las vegas del río, y so- bre todo tenemos que mimar a sus mujeres. Ellas pueden ser nuestras verdaderas guías, las que nos abran las puertas de la frontera. Es cuestión de quedar con ellas, para que nos alerten de la pre- sencia de esos miserables con distintas señales le- vantadas junto a sus chozas. Como es natural, hay que ser agradecidos. Las deberemos corresponder con varias bolsas de café o con alguna saca de ha- rina. Eso ya es cuestión de cada cuerda. Cada uno
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    La Raya delos malditos 143 que pague como quiera”. En eso quedamos todos. “A cojones”, oí que gritaron algunos de ellos. No existen los invencibles: el Fúnebre mayor tenía su nariz vulnerable…, y los guardias civiles también ocultarían algún punto débil. Y así fue co- mo enseguida supimos que en las casas del juez, del cura, del capitán y del nuevo sargento se bebía café torrefacto. Mientras a ellos les guste el café portugués y hasta que no finalice la guerra del hambre, seré clandestino -me decía yo en las horas bajas de moral. Inesperadamente, por Reyes del año 1953, llegó el segundo movimiento del péndulo: sí, aquel niño que saltó sobre mí con la malévola intención de hacerme papilla, y que quedó paralizado ante los borbotones de sangre de su nariz, se presentaba en este pueblo como una autoridad del orden público. Ajenos a la llegada del Fúnebre a Cortegana, continuamos las idas y venidas por las solanas. Casimiro y tres amigos míos -El Regalao, El Guinda y El Rata- ocuparon ocasionalmente el puesto dejado libre por Virgilio. Algunas cuadrillas de los pueblos más lejanos de la Raya se atrevieron incluso a transportar las sacas de café en caba- llerías: formaban cuerdas de varias bestias con tres cargas en cada una de ellas. A veces nos aprove-
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    José Luis LoboMoriche 144 chábamos de que estas cuadrillas caminaran delan- te de nosotros. Íbamos detrás de ellas con la se- guridad de que las bestias nos abrían el camino; pero si los muleros tenían algún contratiempo, nos sentíamos solidarios con ellos y compartíamos nuestras cargas. A los pobres arrieros la Guardia Civil no sólo les confiscaba la carga -atrapar al reo de noche sonaba como a palabras mayores- sino que también les requisaban las bestias, que eran mostradas jubilosamente por los guardias como trofeos. Una vez requisadas las bestias, las llevaban a los corrales del concejo o a las plazas de toros, a la espera de que el juez las sacara a subasta. Y de subasta en subasta me veías a mí para quedarme con las bestias al precio inicial que había tasado el juez, y devolvérselas a sus propietarios: otro ejem- plo más de la solidaridad que todos nosotros tenía- mos con los cafeteros caídos. Ningún impostor ajeno a nuestras penalidades se atrevió nunca a participar en alguna de estas subastas. De la noche a la mañana una nueva forma de vi- da picaresca surgió en La Raya: habíamos cargado en la cantina de Pintao más de cien kilos de ca- fé…; luego, completamos la carga en la cantina de Tomé. Desde el picacho de Piedras Altas obser- vábamos cómo el sol se mantenía aún muy alto; y pensaba que nos arriesgaríamos a ser visto por los
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    La Raya delos malditos 145 civiles, si nos arrojábamos -con tanta tarde por delante- a alcanzar las solanas por un punto tan cercano a la caseta de Aguzaderas: “Agustín, deja aquí tu mochila y vete a la cumbre del cabezo alto de Las Chocitas, y controla desde allí los movi- mientos de relevo de los guardias. Si no han salido de Aguzaderas ya, poco faltará; y si no han hecho el cambio de servicio, no te muevas de la cumbre hasta que nosotros vayamos. Atento a ver si toman la Raya abajo o cogen el camino de Encinasola. Es probable que tomen la frontera arriba o el barran- co de Umbrizo. En este caso, aquí te esperamos”. “Lo que usted mande, jefe”; y después de saludar- me jocosamente al estilo militar, el Garrapato ma- yor corrió presuroso hacia su puesto de vigilancia. Sabíamos que los guardias civiles tenían un código escrito que debían cumplir reglamentariamente, y que era muy opuesto al nuestro, basado en la im- provisación y actuación según las circunstancias adversas que se nos presentaban. Ellos tenían una zona de vigilancia concreta en la caseta de Aguza- deras: desde el marco 1008 de Piedras Altas hasta el marco 998 de Charco Redondo, y desde ambos marcos se iniciaban dos zonas de vigilancia que correspondían a guardias de Rosal y de Encinasola. Pero nunca pisábamos estas demarcaciones por- que se nos alejaban de nuestros caminos habitua- les. Bueno, te contaba que estábamos en Piedras
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    José Luis LoboMoriche 146 Altas haciendo tiempo hasta que oscureciera y es- perando a ver qué nos depararía la vigilancia de Agustín en la atalaya. Sin que hubiéramos oído pa- sos algunos, nos vimos rodeados por tres guar- dinhas: esta vez no teníamos apiladas las cargas en el suelo de la fuente ni tampoco emprendimos la carrera de estampía. Nos sorprendieron tan rápido y de improviso, que nos quedamos como estatuas: “Adiós a nuestras pesetas, adiós a la mochila de la abuela”. Entre tantos adioses, reaccioné con cierta lucidez…; y, sin saber por qué ni cómo, me encaré con uno de aquellos guardinhas: “Ya está bien de tanto pedir, ¿quién coño te has creído que eres?, y le vomité toda la rabia contenida que llevaba den- tro. Noté que enseguida se puso temblón y que en su discurso no daba pie con bolo. Me encorajé más…, y el Garrapato menor se sintió protegido y gritó también…, y mi sobrino El Tieso se liberó de su ansiedad…; y entre tanto coraje y gritos, los tres falsos guardinhas se derrumbaron ante noso- tros como tres desgraciados carboneros que se ha- bían vestido con guerreras y pantalones de guar- dinha con el propósito de saciar, mediante el enga- ño, sus propias miserias. Después, comprobé que no portaban armas. Los tres carboneros -no sé si derrotados- se perdieron a nuestras espaldas.
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    La Raya delos malditos 147 Al rato el Garrapato mayor venía la frontera aba- jo con pasos decididos y sin apartar la vista del ba- rranco: “Hace media hora que salieron de la caseta con dirección al barranco, seguro que harán el re- levo en Umbrizo; porque si hubiesen cogido la frontera abajo, os hubieseis dado de cara con ellos”. “Mejor, pasaremos la Raya por la mismí- sima caseta”, anuncié a mis compañeros. Y así lo hicimos: nunca había visto tan de cerca la caseta de Aguzaderas. “¡Que se jodan!, ¡esta noche beberán mis meaos!”, y con su pinta de granujilla se puso a orinarse en los cántaros de agua que los civiles tenían a la puerta de la caseta de Aguzaderas. “¡Agustín!, ¡déjate de gansadas!”, y sin perder tiempo en contarle la aparición de los falsos guardinhas, dimos nosotros también las espaldas a los guardias civiles que vigilaban la Raya. ¿Te quie- res creer, Sergio, que ya habíamos alcanzado la media solana, cuando el Garrapato menor se dio cuenta de que no llevaba la mochila colgada de sus hombros? “Daniel, ¿y ahora qué hago?”. “Coge tú solito estas solanas arriba…, pídele permiso a los guardias…, recógela, que aquí te esperamos”. Y el menor de la cuadrilla cumplió al pie de la letra mi mandato: al cabo de poco más de una hora venía por la trocha abajo tan rápido que cortaba el viento.
  • 148.
    José Luis LoboMoriche 148 Yo no sé qué se les figuraba a los jerarcas fascis- tas que cinco hombres caminasen desde La Raya hasta Cortegana con los pies reventados, para que el juez y el alcalde se pudieran tomar una taza de café: crearon hasta ¡una comandancia de la Guar- dia Civil de frontera en este pueblo! Sí, Sergio, el gobierno fascista, a partir del año cincuenta y dos o cincuenta y tres -no recuerdo bien- empezó a llenar tu pueblo de guardias civiles con gorras de plato: los había con dos galones, con tres, con cinco estrellas, con seis, con ocho. Todos vestidos de gris verdoso y sin tricornio, y mandados por un teniente coronel: la certeza de que la guerra del hambre aún no había terminado. Montaron un servicio de información, cuyos agentes iban ves- tidos de paisano y que no sólo frecuentaban los lugares públicos, sino que también hacían servicios en las líneas de transportes y en las zonas limí- trofes con la Raya. Adiestraron a varios perros de raza alemana para que olfatearan los alijos de ca- fé…, domaron una cuadra de caballos para aden- trarse en los lugares más inaccesibles de las sierras, crearon la figura endemoniada del castigador que obligaba -palo a palo en el costado del reo- a aniquilar cualquier sombra que proyectase un ca- fetero.
  • 149.
    La Raya delos malditos 149 Sólo durante tres años pude resistir los acosos de los guardias civiles de frontera. Te contaré mis his- torias malvividas en los primeros años cincuentas: cayeron, no del cielo, los expedientes procesales que se seguían en la prisión provincial -y me saca el abuelo el expediente de un mozalbete de veinte años. Contemplo su cara aniñada y leo las señas particulares del iris de los ojos, el cabello negro, la piel morena, las cejas separadas, la nariz recta, boca y barba descritas con caracteres ilegibles, cara ovalada y talla 1,70. “Abuelo, pero… ¡si es un ni- ño!” -y la ficha marca al padre y a la madre…, a la profesión del campo…, a su calle La Harita…, a que no tiene instrucción…, y que el delito come- tido -además de haber nacido- es el delito de con- trabando -escrito por el funcionario de turno con mayúscula. Sergio, tú ya sabes que vivíamos en un mundo lleno de eso que tú llamas paradojas, de contra- dicciones…, de no saber a qué atenerte, de sentirte zarandeado por alguien que se te presenta como un ángel y resulta después que es tu verdugo. No sabías tú, si todo aquel aparatoso sistema de re- presión montado por el gobierno te aplastaría a ti o casualmente vendría a socorrer tus hambres. Siempre te quedabas desconcertado, como si caye- ses al suelo vapuleado por tantos golpes inespe-
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    José Luis LoboMoriche 150 rados. Resulta que un anochecer llamaron a la puerta de esta casa: abrió la abuela y se quedó de piedra ante la presencia del teniente de la guardia civil. La pobre abuela se temió que se trataba de un registro o que venía a detenerme: “¿Y Daniel?, quiero hablar con él”. Encontré, en esta sala donde estamos ahora, al teniente de pie junto al ventanal: miraba la profunda lejanía de las solanas de po- niente. Enseguida me tendió una de sus manos, mientras sostenía la gorra de plato con la otra. No dio rodeo alguno en su discurso, se fue al grano: “Mira, Daniel, el teniente coronel me ha mandado que compre tres cargas de café para la comandan- cia…, eso es cosa suya. Tú te encargas de cargarlas en la frontera…, las descargas en el sitio donde quedemos…, y tres guardias civiles las llevarán al cuartel. No te preocupes, yo te doy el dinero por adelantado. ¡Oye!…, que es un caso excepcional, ¿eh? No tienes por qué comentar nada con tu cuadrilla. Que quede la cosa entre tú y yo, ¿enten- dido?”. Sacó de la cartera un manojo de billetes; los conté y las pesetas que me entregó el teniente no correspondían con el precio al que yo lo vendía: el teniente por su cuenta me impuso un precio más bajo. Se despidió amablemente de mí, y antes de salir a la calle me recordó: “No olvides que lo necesito para dentro de tres días”.
  • 151.
    La Raya delos malditos 151 ¡Más desconcierto, querido Sergio! Huyes despa- vorido del teniente, y luego viene cortésmente a saludarte a tu casa. Entrabas en un palacio con bellas estancias y saludables jardines, que de pron- to se transformaba en un temeroso laberinto don- de no encontrabas la puerta de la salida; o que se te acercaba un hada encantadora que te daba la llave maestra de la esperanza y resultaba ser una bruja malvada que te había dado adrede una llave oxidada. Preparé detalladamente la salida: me acompa- ñarían los dos hermanos Garrapato y mi sobrino El Tieso; porque entre menos gente metiera las na- rices en el asunto del teniente, mejor para todos. A ninguno de mis tres compañeros les revelé el se- creto ni que las cargas estaban vendidas de ante- mano. Aunque sabía yo que contaba con la total protección del teniente, me tomé su encargo con toda la seriedad y precauciones necesarias. Recuer- do que en los prados bajos nos dimos de cara con una pareja de guardias civiles, cuya presencia origi- nó que a mis tres compañeros se les contrajeran sus músculos y se acojonaran. Nos miraron con recelo, pero no nos dijeron nada. Los Garrapato y El Tieso no se extrañaron de esa reacción de los civiles, porque el encontronazo había sido muy cerca de las últimas calles del pueblo; otro gallo ha-
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    José Luis LoboMoriche 152 bría cantado, si nos hubiésemos topado con ellos en los callejones: entonces, con toda certeza, nos hubieran birlado todo el dinero que llevábamos encima. Tanto a la ida como a la vuelta no ocurrió nada especial ni digno de contarte. Cuando -de regreso de La Raya- pisamos los bajos prados de Cortegana, llegó el momento de comportarme con toda naturalidad para que no levantara sospechas entre mis tres compañeros: “Esta madrugada todo el café dormirá junto a mi burra. Lo vamos a descargar aquí, esconderemos las cuatro cargas en este regajo. Os vais tranquilos para casa, que yo las meteré en mi cuadra una a una. No hace falta que mañana las recojáis, porque la abuela tiene muchos encargos de café para la zona minera. Ella os dará vuestro dinerito”. Así lo aceptaron los tres y así se hizo: me colgué mi mochila y busqué la ladera norte de este cabezo. En un regajo de los bajos prados durmieron aquella madrugada las tres car- gas de café que al día siguiente los guardias civiles y sus mandos -con galones y estrellas- saborearían en el bar de la comandancia.
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    La Raya delos malditos 153 CAPÍTULO VIII EL PERRO CALLEJERO “¡Daniel, Daniel!, ¡suena gente en la calle!”. Me levanté de la cama. Mi reloj marcaba la media- noche. No encendí luz alguna. En efecto, sonaban pasos acompasados en frente de esta casa. No eran pasos dados con pies descalzos ni con sandalias de goma ni con alpargatas, que es el calzado que am- para los andares de los pobres; sonaban como de pies embotados y exentos de libertad, los pasos presos de la marcialidad militar. Descorrí poco a poco los visillos de la ventana de mi dormitorio, una noche ventosa en que ningún perro ladraba. Acera arriba y acera abajo. Sabía lo que buscaba el perro callejero vestido de guardia civil y por qué levantaba su hocico en la dirección de mi casa. “¿De qué raza será este perro que permanece tan seguro de su venteo?”. “Daniel, ¿quién es?”. “Un personaje de una leyenda que leí de niño: un héroe cuyo punto vulnerable es su nariz”. Se durmió la
  • 154.
    José Luis LoboMoriche 154 abuela…, se alejó el perro callejero y quedamos en vigilia el vendaval de la madrugada y yo. La sombra siniestra del hijo mayor del cochero de los muertos se alargó cada vez más por los es- cenarios que frecuentábamos los cafeteros. A mi calle vino aquella madrugada como chucho calleje- ro…; luego, me empezó a mostrar las fauces ame- nazantes y criminales de un perro de presa. Cuan- do me veía por la plaza del pueblo, levantaba una de sus piernas como si simulase que se meaba en una esquina…, que él era el amo de la calle…, que tenía un ajuste de cuenta pendiente…, y que con sus dedos ensalivados me mojaría las orejas. La sombra del Fúnebre se montó sobre mi misma sombra; mi calle sería su calle. Un día, aquel perro callejero vestido de guardia civil se abalanzó furio- so sobre la abuela Rosa: iba -por el atajo que te lleva a la estación de ferrocarril- con su entrepecho repleto de bolsas de café, a llevarles al maquinista y al fogonero del tren la mercancía clandestina. Ellos arrojarían las bolsas de café a la vía, en un lugar cercano a la tercera estación y muy próximo al último túnel que -tras perforar una sierra piza- rrosa- nos muestra el paisaje andevaleño. La abuela fue cafetera por imitación de su hom- bre, como todas las mujeres de los cafeteros. Por- que ellas eran nuestras sugerencias y nuestros estí-
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    La Raya delos malditos 155 mulos: “Quiero morirme antes que tú”, me decía siempre, y se cumplieron sus deseos. En aquella vereda que los vecinos llaman Carabaña -porque según una leyenda moruna cara les costó la baña a varias doncellas del castillo-, en el barranco que parte el valle en dos mitades, cara le resultó a la abuela la aparición de un monstruo que cubría su cabeza con una gorra de plato malamente encas- quetada, y que llevaba la guerrera y la bragueta de- sabrochadas. No era un monstruo con tres cabezas y cien patas, sino un bulto de carne que se había concentrado en todos sus miembros menos en la cabeza: “¿Adónde vas tú?, ¿qué llevas ahí?”. Dos manos monstruosas rajaron en dos el sujetador de tu abuela, y dos pies monstruosos pisotearon su dignidad. Y el monstruo levantó furiosamente las manos en el aire para humillar aún más a mi Rosa. Soportó ella -con la santidad de una mujer dife- rente- todos los improperios que puedas imaginar: “A mí dígame lo que quiera, pero a mi hombre déjelo usted en paz”. Le rompió el vestido, la re- volcó y la pataleó. En el cuartel el teniente la liberó del monstruo, y un guardia civil redactó el expe- diente. Me temí lo peor del Tribunal de Contra- bando. Por suerte, sólo le aplicaron la falta admi- nistrativa de contrabando en mínima cuantía: no pisó la cárcel, pero su lata se quedó vacía.
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    José Luis LoboMoriche 156 A pesar de las amenazas de El Fúnebre y de la multa a la abuela, yo seguía con mi cantinela de ¡a cojones!; pero- con tantos guardias, tantas casetas y tantos galones y estrellas- los dos Garrapato se me vinieron abajo: “Daniel, vamos a esperar hasta que ese bicho del Fúnebre se calme un poco. No está la cosa como para multas”, me insinuaba constantemente Agustín Garrapato. Sólo cuando el gusanillo parásito de la nostalgia les picaba, se volvían a entusiasmar con la brega del contraban- do: “¿Qué, Daniel?, ¿echamos un revezo en las solanas?”. Pero El Fúnebre se había propuesto acabar por sí solo con todos los cafeteros del pueblo: los mons- truos no dormirán -me decía yo, cuando oía desde mi cama sus pasos acompasados y locos a lo largo de las aceras de mi calle. Más de una madrugada me esperó oculto entre los helechos de esta ladera, como si hubiese emprendido una guerra particular contra los cafeteros: “¿De dónde vienes a estas ho- ras? Mañana te quiero ver en el cuartel”. A mí me daba la sensación que debajo de tanta maldad ocultaba algún complejo, que seguramente vivía amargado por algunas circunstancias personales que yo desconocía; y que los jefes de la comandan- cia le consentían sus desvaríos, porque él hacía el trabajo sucio. Con la intención de que se descon-
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    La Raya delos malditos 157 certara, cambiábamos continuamente la manera de entrar en Cortegana. La ayuda de tu abuela resul- taba fundamental para liberarme de su acoso. Si ella se escamaba de la presencia del Fúnebre por los alrededores de la montaña del castillo -en los momentos en que habíamos quedado en que yo entraría la carga de café en casa-, la señal consistía en simular que llamaba a los cerdos del corral. En- tonces, con un doble sentido de socorro y de cali- ficativo al Fúnebre, la abuela gritaba: “¡Anda, Da- niel!, ¡vente para acá, que ya llegó el guarro!”. Echaba de menos a aquel sargento que apestaba a aguardiente y que no se movía de la mesa donde barajaba las cartas para jugarse mis duros. El Fú- nebre, en cambio, estaba en todas partes y a todas las horas del día y de la noche. Caminar por las so- lanas nos resultaba ahora como un juego en com- paración con el suplicio de esquivar al Fúnebre en las calles: nos era más difícil andar con la luz del día por el pueblo que tropezar en la noche oscura. Aquella madrugada habíamos llegado a los bajos prados muy avanzada la media madrugada; y, co- mo corrían días de verano, amaneció muy pronto. Yo, por si acaso me topaba con la maldita sombra del Fúnebre, oculté mi carga en uno de esos ba- rranquillos que lamen las laderas del cabezo más agreste de este pueblo, a la espera del instante pro-
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    José Luis LoboMoriche 158 picio para llevársela a una mujer revendedora; por- que no era el mejor momento para que la abuela se viera de nuevo ante el Tribunal de Contraban- do…, y opté por no esconder más cargas en nues- tra casa hasta que no pasara la tormenta seca del Fúnebre. Los Garrapato también habían cambia- do su habitual escondite: ahora escondían sus dos cargas de café en casa de una parienta, que habi- taba una vivienda con un corral que daba a una de las calles más empinadas y en la que no vivía nin- gún cafetero, en un barrio poco frecuentado por los guardias civiles. Pero parecía que la sombra del Fúnebre se alargaba tanto, que dejaba a oscuras to- das las calles y callejones…, que repentinamente aparecía detrás de ti sin que hubieras barruntado sus pisadas. Recuerdo que aquel amanecer acecha- ba a los dos hermanos, que casi alcanzaban ya la puerta de la casa donde iban a esconder sus dos mochilas de café: “¡Lo que nos faltaba, Agustín! ¡Mira dónde está el cabrón!”. No se oyeron voces de “alto ahí”. Habló la pistola de un guardia civil malvado que -a ciegas- la descargó tras los dos her- manos. Centellearon los dos Garrapato la cuesta abajo, y la calle quedó sembrada de casquillos y de una gorra de plato. El Fúnebre quedó derrotado en la boca esquina que abre el callejón de la fuente donde nace la rivera del Chanza, junto a un risco saliente de una fachada encalada donde las balas
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    La Raya delos malditos 159 habían rebotado. Una mujer se asomó al balcon- cillo de su casa, alertada por tanto estropicio: “Tú, ¿qué coño haces ahí? ¡Vete a la cama de una puta vez!”. En la asustada mujer descargó el Fúnebre las iras de su derrota, mientras los dos Garrapato, victoriosos, se adentraban en la vega alta del Chan- za. No estaban dispuestos los dos hermanos a cami- nar con la muerte a sus espaldas: aquellos tiros sin fogueo bastaron para que los dos Garrapato aban- donaran las correrías por las solanas de La Raya, a la espera de que la sangre del Fúnebre se serenara. Así que nuestra cuerda se rompía y la volvíamos a atar. Yo estaba tan atrapado por el dulce vicio de la clandestinidad, que me negaba a aceptar un descanso obligado por el Fúnebre. Lo mismo le pasaba a mi sobrino El Tieso, al que parecía que le picaba constantemente ese bichillo parásito del que ya te he hablado varias veces: “Tito, yo con- tigo. Adonde tú vayas, voy yo.”. La cuerda se había reducido a él y a mí. A dos hombres solos les re- sulta dificilísimo caminar por las solanas, se sien- ten a merced de los guardias civiles. No sé cómo explicártelo, pero un grupo de varios hombres a tu lado te fortalece. El Tieso y yo nos enrolamos mo- mentáneamente en la cuadrilla de los Calañeses, que operaban desde el pueblo vecino de Aroche,
  • 160.
    José Luis LoboMoriche 160 ése que siempre veíamos desde la media solana. Los Calañeses nos abrieron de par en par la puerta a su cuadrilla, y nos trataban como si siempre hu- biésemos pertenecido a la misma. Ellos actuaban de forma muy parecida a nosotros. No obstante, sus mujeres desempeñaban un papel mucho más importante que las nuestras: se atrevían a despla- zarse a la zona minera por los caminos del sur; y no había un caserío ni monte ni aldea que ellas no patearan para darle salida a la mercancía. Varias veces caminé al lado de los Calañeses: dos hom- bres buenos y honestos desde los pies hasta la ca- beza, y que se desenvolvían entre las jaras y las charnecas con una soltura maravillosa. Porque to- do tiene su estética; y la acción de caminar por los montes también puede ser bella o vulgar. Los Ca- lañeses acariciaban el monte; otros cafeteros lo arrollaban. Aquella decisión de enrolarnos con los Cala- ñeses nos salvó a tu abuela y a mí de haber com- partido celda en la prisión provincial. El Fúnebre se coló en esta casa con un papel en una mano y con la gorra de plato en la otra. Venía acompañado de un guardia civil, pero este hombre parecía muy forzado a su lado: “Vamos a registrar la casa. Vete preparando como te coja alguna carga”. Para qué interponerme ante aquel monstruo. No sabes tú
  • 161.
    La Raya delos malditos 161 qué se siente al tener tan cerca de ti y en tu propia casa al bicho que ha mordido cruelmente a tu mu- jer. Seguro que no hubiese necesitado yo el juego de los dedos ensalivados para aplastar al mayor de los Fúnebre. Pero, aupado por fuerzas inhumanas, él me atacaba y me forzaba a retroceder dentro de mi propia casa: primero, entró en mi dormitorio y deslió las sábanas y las mantas de mi cama…; luego, abrió violentamente el ropero y metió sus temblorosas manos entre nuestras ropas, y tiró al suelo la lata de la abuela. No apareció ningún tro- feo para él; y ya no sólo le temblaban las manos sino incluso la gorra. Habitación por habitación, ultraje tras ultraje, y lágrima tras lágrima conteni- das. Durante el pillaje, la abuela permanecía acu- rrucada en ese rincón de ahí, con una toca negra sobre sus hombros. Yo, detrás de mi sombra; y ella me apartaba a puntapié. ¡Qué fácil me hubiese sido acabar con el demonio de mi sombra! Luego, se invitó a pasar al corral de esta casa: sus manos temblantes registraron hasta las prendas de mi bu- rra. El monstruo alzó a la altura de sus fauces una de las sacas apiladas en el establo e hizo el simu- lacro de un ceremonioso vertido de bolsas de café. Un único grano torrefactado cayó al suelo: ¡poco trofeo para tan buen cazador! “De ésta te has librado, pero ya te ajustaré yo nuevas cuentas”; y el Fúnebre salió de nuestra casa, tras dejar rociadas
  • 162.
    José Luis LoboMoriche 162 entre las baldosas de esta sala las malévolas semi- llas de la venganza. Abracé a la abuela, y ninguno de los dos necesitó palabras de consuelo. Tanto hostigamiento de aquel malvado provocó que mi sobrino El Tieso y yo no nos atreviéramos a mover ni un gramo de café por las calles. No obstante, nos comía la nostalgia de La Raya, y encontramos la solución a la venta de nuestras cargas en las mujeres de los Calañeses, que no nos pusieron inconveniente alguno para comprarnos todo el café que porteáramos; pues entre ellas y sus hijos habían montado una red de distribución por toda la Sierra. La nueva ruta de regreso variaba poco de la que nosotros seguíamos, con la diferencia de que los Calañeses rodeaban Aroche por los olivares que llegan hasta sus calles: una ruta muy parecida a la que llevábamos nosotros, cuan- do tuve que refugiarme en un vallado. Tampoco entraban las cargas de café durante la madrugada. Disponían de varios escondrijos distribuidos por todos los valles y montañas que rodean el pueblo; y generalmente eran sus mujeres las que -simulan- do lavar la ropa en las aguas de un barranco- las metían en sus casas. Como supondrás, ellas tam- bién sufrieron los expedientes carcelarios, durmie- ron en el calabozo y contemplaron vacías sus alcancías.
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    La Raya delos malditos 163 Una mañana de invierno murió un aldeano en un lugar llamado Montepuerto, que está a medio camino del pueblo de los Calañeses y de esta casa. Para alcanzar la aldea desde el valle de la rivera hay que sortear unos rochos impresionantes de unas áridas solanas, un paisaje muy diferente a estas ver- des laderas de quejigos y de castaños. Pero una vez que llegas a su plazuela, los esfuerzos hechos me- recen la pena, porque el paisaje que se domina des- de allí maravilla a cualquiera. Sin duda es la aldea serrana desde donde mejor se contempla el valle del Chanza, esa rivera que en un minuto se con- vierte en un gran río, y a la que iban a parar las lá- grimas de todos los cafeteros y que, a veces, se enturbiaban sus aguas con el manoteo de un cara- binero moribundo arrastrado al fondo, o con la sangre de uno de nuestros compañeros tintada con café. Te decía que había muerto un hombre en Mon- tepuerto. Las mujeres de los Calañeses -que siem- pre cavilaban- pensaron: ha muerto un aldeano…, en la aldea no hay cajas de muerto…, a un muerto no se le puede enterrar sin su correspondiente caja con una gran cruz de madera…, los familiares del infortunado romperán la alcancía y contarán sus pesetas…, luego, le darán a un vecino las medidas del muerto… ; como en la aldea no hay carretera,
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    José Luis LoboMoriche 164 le dirán a ese vecino de su confianza que prepare los avíos de un mulo…, con ligereza tomará el camino abajo de los rochos y cruzará la rivera…, el vecino del muerto llegará al pueblo de Aroche, que está tras el valle del Chanza y buscará a un carpin- tero…, no se equivocará y le dará las medidas de su aldeano muerto…, y el carpintero y el vecino del muerto cambiarán entre sí pesetas por un ataúd. Las dos astutas mujeres metieron varios billetes en un bolsillo del aldeano vivo; y en la misma car- pintería donde el carpintero de Aroche le había he- cho el traje de madera a la medida exacta del aldea- no muerto, El Tieso y yo ayudamos a los Calañe- ses a llenar el ataúd con dos cargas de café, con la intención de que el mulero las dejara en un caserío muy cercano a la aldea del finado. A El Tieso co- rrespondió acompañar al mulero hasta la solana de los rochos. Terciamos el ataúd repleto de café en lo alto del mulo, y bien atado con lías de soga. Me despedí de los dos, y me fui con mis amigos a una taberna de la plaza, pues no tenía yo muchas ganas de asistir al velatorio del aldeano muerto. Cuando El Tieso y el mulero salían de Aroche con el ataúd repleto de bolsas de café, era ya mediodía. La falsa comitiva fúnebre tenía que pasar por delante del cuartel; y como mi sobrino estaba fichado por los
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    La Raya delos malditos 165 guardias civiles, prefirió esperar al mulero a la sali- da del pueblo. “¿Quién se ha muerto en la aldea?”, le preguntó el guardia de puerta al mulero…, y éste iba contando a todo el mundo las calamidades que el pobre aldeano había tenido que sufrir, para finalmente no tener remedio su enfermedad y claudicar ante la muerte. Cerca de la rivera, El Tieso se unió al aldeano vivo y a la caja del aldeano muerto. Pasaron muy cerca de la choza donde había malvivido Virgilio: estaba ya en ruina. Enseguida tomaron el camino de los rochos, sin necesidad de coger ningún atajo. El mulero tuvo que contar la historia del aldeano muerto dos veces más; y lo hacía tan a gusto y tan natural, que parecía un buen cómico de la legua. Caminaba con su mulo cargado de café como si aquella acción suya de complicidad con unos con- trabandistas no tuviese importancia. Tenían venci- da la árida solana y avistaban ya el caserío: El Tieso se quedó de piedra al ver que una pareja de la Guardia Civil cabalgaba a caballo y que el encuen- tro con los civiles en medio del camino sería ine- vitable. Trató de sobreponerse, y se adelantó unos metros del aldeano, como si quisiese darles la sen- sación a los dos guardias civiles de que él iba en- señándole el camino al mulero. Éste seguía como si la cosa no fuera con él: iba tan contento con sus
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    José Luis LoboMoriche 166 pesetas en el bolsillo, tan feliz con el negocio que había hecho -gracias a su vecino muerto- que no se inmutó siquiera ante la presencia de los dos jinetes con gorros de dos picos. El encuentro con la pa- reja de guardias civiles era -a cada paso que daba el mulo- más seguro; y se acercaban el momento y lugar en que, bien los jinetes o bien el mulero y El Tieso, se tendrían que apartar. El mulero, poco respetuoso con los guardias, no se salió del ca- mino. Seguro que iba pensando en qué invertiría las pesetas que le había acarreado la muerte de su vecino. El Tieso sí se apartó para que los dos guar- dias civiles pasaran montados a caballo: al teniente -que aquel atardecer negoció conmigo la entrega de tres cargas de café como encargo del teniente coronel de la comandancia- se le unía ahora el Fú- nebre, que quizás se adentrara en los caminos de las sierras en busca de lo que en nuestras calles y casas no encontraba. “¿Quién se ha muerto en la aldea”, preguntó el teniente. Esta vez fue El Tieso el que contestó, repitiendo las consabidas frases del mulero y añadiendo otras de su cosecha: “Un aldeano de Montepuerto, vecino de este hombre. Un tío carnal mío. Aquí le llevamos su caja para siempre. Amén”. Con un artificial tic nervioso y con su gorra en la mano derecha, el Fúnebre hizo con los dedos de su otra mano la señal de la cruz en su frente, y el teniente sólo movió levemente su
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    La Raya delos malditos 167 cabeza como señal de que no somos nada ante la muerte. Sé que El Tieso presintió que tendría en- cima las garras del Fúnebre. Volvió con disimulo su cabeza, y sintió un latigazo en el interior de su pecho al ver que los dos caballos miraban hacia el caserío. “¡Ah, cabrón!”, le largó al mulero por lo bajo cuando oyó cómo El Fúnebre le decía a su oficial: “Mi teniente, que ése que va ahí es un cafe- tero. No me fío de él. No se extrañe usted de que lo del ataúd sea un cuento de camino”. Me dijo mi sobrino Rafael que entonces sintió envidia del al- deano muerto, que prefirió que la caja que ellos transportaban encima del mulo hubiese sido su propio ataúd. Un silbido entrecortado del Fúnebre provocó que el mulo se parara en seco, y que el ataúd se balanceara al mismo ritmo de los costi- llares de la bestia. “A ver, a ver, deslía esas sogas”, le dijo el amargado guardia al mulero, mientras que el teniente de academia se comportaba como si pisase el suelo de un corral extraño, sin entender muy bien qué pasaba. “Deslía esas sogas”, le repi- tió al vecino del muerto. “¡Eh!, que yo no sé na- da”, le contestó defensivamente el mulero. El Fú- nebre no necesitó abrir el ataúd, sabía con certeza que contenía lo que él deseaba. Entonces su cuer- po de puercoespín creció varias cuartas, y con por- te de mando engreído hizo llevar el mulo y el ataúd hasta el caserío. ¡Buen negocio hicimos to-
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    José Luis LoboMoriche 168 dos!: yo perdí las pesetas que me correspondían y el mulero se quedó sin su mulo y sin las doscientas pesetas de la multa correspondiente. Para El Tieso la ocurrencia del ataúd supuso un verdadero cal- vario: tres noches durmió en la cárcel de Corte- gana, se quedó también sin sus ganancias, y ade- más la Hacienda Pública lo multó con mil pesetas. Esta multa que mi sobrino pagó tres semanas después con nuestra ayuda solidaria, y los sucesos que nos acontecieron enseguida le supondría el final como cafetero. Pero ya te contaré esas histo- rias, todo se andará a su debido tiempo. De todos los personajes de aquella escena, el más afortunado aquel día fue el aldeano muerto, que enseguida se impregnó de la esencia del café. La sombra del Fúnebre nos seguía por todas partes. La noticia del apresamiento de mi sobrino y el decomiso de la carga de café fue un duro golpe para mí porque, además de tener que prestarle unas pesetas, me supuso que tuviese yo que fre- cuentar las estancias del ayuntamiento y del cuar- tel. Y lo peor no eran estas visitas obligadas sino soportar los interrogatorios del Fúnebre: “Te voy a pegar una patada en los cojones como no me can- tes. Seguro que del cabrón este fue la idea del ataúd”. En aquella ocasión los modales académi-
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    La Raya delos malditos 169 cos del teniente me libraron de los zarpazos de mi maldita sombra. Mientras tanto tu padre servía como porquero a un señorito: le daba la comida y poco más, a cambio de que en época de montanera llevase sus cerdos de encina en encina. ¡Vaya!, por lo menos no suponía una carga para la abuela. Desde el día en que el Fúnebre llegó a Cortegana, la lata nunca más se llenó; y mi Rosa comenzó a vomitar sus miedos: definitivamente ya no tocaba ni una bolsa de café ni me permitía que en esta casa entrase ni siquiera un grano. Yo la comprendía; pero no aceptaba la idea de ser un clandestino derrotado, y convertirme al día siguiente en un servidor de otros servidores. Para evitar disgustos a tu abuela, cada vez fre- cuentaba menos las solanas de La Raya en compa- ñía de los Calañeses. Aquella cuerda de cinco hom- bres que montara El Casimiro se redujo a un único hombre: a mí. Trozo a trozo la cuerda se rompió: El Casimiro cambió café por aceitunas…, Virgilio, el color ne- gro de los granos torrefactados por el verde de los civiles…, los Garrapato huyeron de la pólvora…, y El Tieso aún veía en sus pesadillas las caras difu- minadas entre sí de un teniente, de un mulero y de
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    José Luis LoboMoriche 170 un muerto que se juntaban para formar un único monstruo al que el Fúnebre le prestaba su rostro furioso. Por primera vez caminaba yo hacia La Raya sin ninguno de mis compañeros: una sensación extra- ña, como si caminase desnortado por fuera de mi redil. No me atraía la idea de seguir los pasos de unos cafeteros que, aunque me acogían en su cuer- da como uno más, no eran mis compañeros de siempre. Y así caminé por última vez a la vera de los Calañeses. Puntualmente llegué al lugar concer- tado de la salida: un cabezo de mediana altitud, desde donde se dominaba la pasada elegida. La artimaña para cruzar el Chanza resultó perfecta: uno a uno nos despojamos de la ropa y, tras lan- zarla a la otra orilla, lo cruzamos con el agua que nos cubría hasta el pecho. Así salvamos una rivera crecida por las fuertes tormentas que desde hacía varios días descargaban en las cumbres de las sie- rras. El último viaje con los Calañeses me resultó aburrido, con una ida y una vuelta sin que ocurrie- ra nada especial: las mismas trochas, los mismos lomos de montaña, el mismo paisaje y las mismas gentes…; luego, el consabido rodeo a la caseta de los guardias civiles, pisar el nombre de Piedras Al- tas, beber el agua con sabor a romazas, el marco 1008, la cantina, el descanso, el pan y tocino,
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    La Raya delos malditos 171 volverles a coger las espaldas a los civiles, con- templar impacientemente la bajada del sol, celebrar el nacimiento de la primera estrella: ¡rutina!, siem- pre rutina, ¿por qué, siquiera esta noche, los fusiles no quiebran la quietud del aire pegajoso de la tor- menta? Necesitaba sentirme tan clandestino que me figuraba yo que la sombra del Fúnebre se me iba a presentar de improviso en cada collado o en cualquiera de los barrancos de la rivera: seguro que, en la noche, mi sombra borraría la suya. Dormí en casa de los Calañeses la media madru- gada de los cafeteros. Con las primeras luces del día recogimos las cargas de un escondrijo situado cerca de la rivera, y tomamos el camino de las sola- nas rochadas con la intención de dejar todo nues- tro café en un cortijillo, donde vivía una familia que se dedicaba a la reventa del café. Descargamos nuestras cinco mochilas en el interior de unos cobertizos que servían de majada y de cuadra para el ganado…; enseguida continuó el necesario cere- monial de pago de la mercancía, la taza de café, la anodina conversación acerca de las cosas externas a nosotros, y la despedida. Un cafetero que pierda su agudeza de oído deja- rá de inmediato de ser clandestino, caminará ciega- mente con los mismos pasos del compañero al que se le haya pegado. No era nuestro caso, porque los
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    José Luis LoboMoriche 172 cinco miembros de la cuerda de los Calañeses oí- mos claramente los cascos de dos caballos que aca- baban de asomar a la cumbre de la solana rochada, y que iniciaban la bajada del camino que los lleva- ría -sin remedio- a pasar por delante del cortijillo. En ese instante me sentí de nuevo un hombre au- téntico que vive en la acción. No me acordé ni de la lata de la abuela ni de las pesadillas de El Tieso. Ahora lo pienso y le pido a tu abuela mil per- dones. Pero, volvamos a la acción: chascaban las herraduras de los dos caballos al desplazar las pie- drecillas sueltas, y hoy podría dibujar -con mis ojos cerrados y sin cometer errores- las revueltas del camino por donde cabalgaban los dos jinetes. Primero, se nos presentaron los picos rotos de dos gorros de paño, que ensombrecían los rostros de una pareja de guardias civiles que colgaban de sus espaldas sendos fusiles…; luego, en una de las re- vueltas, se nos descubrieron los dos caballos que ambos montaban. Abría la pareja un guardia civil poco diestro en el manejo de las caballerías, por- que el caballo iba a su aire y el jinete bamboleado de un lado para otro de la silla. El guardia civil re- zagado montaba con más elegancia. Ambos ves- tían capote estilo alemán con doble pechera y am- plios faldones. Nadie se inmutó. Sabíamos perfec- tamente cómo debes comportarte cuando te en- cuentras tan cerca de tus acechadores; y que cual-
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    La Raya delos malditos 173 quier movimiento nuestro supondría que ellos se descolgaran los fusiles. Le seseé bajito a los Cala- ñeses, para decirles sin palabras que yo sabía quié- nes eran los dos guardias. No había duda alguna: al teniente de academia lo acompañaba el Fúnebre. Desde el lugar donde nosotros estábamos agaza- pados, veíamos claramente la fachada principal del caserío y los cobertizos. Se apearon de los caballos, y fue la mujer del cortijero la primera en darle la cara a la pareja de civiles; porque en estas situacio- nes comprometidas son ellas -con sus buenos dotes para el disimulo- las que toman la iniciativa. Ya con el terreno labrado por su mujer, salió el cortijero para saludar al teniente e invitarlos a que se tomaran una taza de café. Cuando vi que acep- taron la invitación, me dije que las cargas estaban a salvo. Al rato, salió el Fúnebre y -debajo del empa- rrado de la terraza- aquel perro sabueso levantó su hocico en todas las direcciones: su nariz se con- traía con mucha rapidez; y de golpe cesaba estos impulsos suyos, como si tuviese la seguridad de que su olfateo no le traicionaba: “Mi teniente, que por aquí huele a café…, que se lo digo yo”. Imi- tando los pasos casi parados de un perro de mues- tra, entró en los cobertizos. Con varios ladridos de parada, el Fúnebre llamó insistentemente al te- niente: “¡No se lo dije! ¡Venga usted para acá! ¡El pesebre, lleno de sacas!”. El matrimonio comenzó
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    José Luis LoboMoriche 174 a sollozar, tratando de conmover al teniente…; pero el perro rabioso no dejaba de ladrar: perdie- ron su café y a mí se me cayó la moral al suelo. El año 1955 fue nuestro año maldito. La cuerda que guiara El Casimiro se había roto definitiva- mente en cinco trozos. Comencé de nuevo a servir a los demás como bracero, carbonero o piconero. Me sentí también roto por las dentelladas del Fú- nebre, a pesar de que sabía yo que la guerra del hambre aún no había finalizado…; que de nada nos valía que la alcaldía hubiese suprimido las car- tillas de racionamiento, si la lata de la abuela per- manecía vacía. Y en el tajo de la siega o en la que- ma del cisco sacaba mi ídolo sagrado y a él iban destinados mis lágrimas y suspiros. Acuciado por la necesidad de que en nuestra lata sonaran algunas monedillas, caí como servidor de otros servidores: la mujer del administrador de aduana nos buscó a la abuela y a mí para que la cumpliéramos como cocinero y como cuidadora de su fauna durante la cena que la señora del ad- ministrador daría en honor del Obispo. Aquel día no cesaron de repicar las campanas de la iglesia en señal de bienvenida a tan ilustre visitante; y al en- trar el señor Obispo en la casa del administrador, una jauría de chuchos acostumbrados a subirse en las faldriqueras lo saludó. A la algarabía de los pe-
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    La Raya delos malditos 175 rros contestó un coro de periquitos, de cacatúas, de loros, de monos, de gatos siameses y angoras encerrados en una habitación bajo la custodia de la abuela. Como el administrador de aduana cuidaba de sus negocios para que a su señora no le faltara de nada, fue ella la que recibió al mandamás reli- gioso. Enseguida le presentó un rosario de mujeres con enseñas religiosas prendidas de sus cuellos, y vestidas ellas con un ropaje oscuro como señal de decencia; y en medio de tanta tela oscura destacaba el vestido de colores vivos de la señora. Entre los asistentes al ágape había mujeres que dieron sus hijos a la patria, maestros republicanos conversos al nacional-catolicismo, un ejército de guardias ci- viles con estrellas…, y muchos hombres sin estu- dios, a los que la gente del pueblo colocaba un don por delante de sus nombres. Mi misión fue cortarle las cabezas a una docena de gallos de corral, y guisar las crestas y la sangre frita al gusto del Obispo. No sé de dónde le ven- drá a los obispos esta atracción por las crestas de los gallos, pero recuerdo que en una novela tam- bién ofrecían al obispo de turno este gustoso man- jar. Los aderezos del laurel, del comino y demás especias atenuaron los cien olores con que los cien animales de la señora tenían impregnado cada rin- cón de la casa.
  • 176.
    José Luis LoboMoriche 176 Aparte de las doscientas pesetas que nos ganamos como servidores, aquella cena me dio la oportu- nidad de escuchar de cerca a los místicos del fas- cismo. Sentí incluso pena de ellos, porque tenían más dotes de loro y de cacatúa que de humanos. Repetían constantemente las frases dichas por los gerifaltes de Madrid; y me recordaban a la pareja de carabineros de mi aldea, cuando largaban la re- tahíla de sus principios de moralidad: “Bajo el mandato de nuestro Caudillo la patria forja las rea- lizaciones espirituales y materiales de un destino imperial”, y el parlanchín largaba la frase y se que- daba tan tranquilo y orgulloso de su sabiduría. “Claro, claro, que sepan estos desgraciados que las cartillas de racionamiento que les damos son un símbolo de la unidad de la patria”, y el Obispo a lo suyo, que era devorar las crestas de los gallos. “Señor Obispo, cuando un pueblo como España ha pasado por la prueba de la Monarquía liberal y bajo la República, por el Frente Popular y por el caos comunista, sólo un régimen de unidad y auto- ridad puede salvarlo”, y el Obispo a la sangre frita. “Señor Obispo, si hasta nuestro Papa dice de él que es un benemérito de la causa de Dios y de su Iglesia”, y el Obispo a las crestas de gallos. “Yo mando las tropas de la comandancia no como un derecho sino como un deber”, y todo el tropel de soldados presentes vomitó una retahíla de dog-
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    La Raya delos malditos 177 mas memorizados: “Fue la nuestra una victoria de la espiritualidad sobre el materialismo”. “Somos soldados de la causa de Dios”. “No puede lograrse el bien material, si no lo presiden los principios del Evangelio”; y el Obispo no se inmutó al oír la pa- labra “evangelio”, continuó entretenido con las crestas y con la sangre. Miré por el ventanal que daba al patio de la casa, y vi que al cielo de Cortegana lo envolvían unos nubarrones tan grises como las frases de los co- mensales. El Obispo intimidó a los invitados, por- que no dijo nada: mantuvo una mirada espiritual que apagó el brillo de sus ojos y que los quedó con un residuo cenizo. Dejé a aquellos personajes con la imitación del placer, y escapé a la calle. La taberna es el lugar donde se apaga la amistad, pero también donde se aviva su rescoldo. Regresa- ba yo de mi tajo con las alforjas al hombro, y en esto me veo a El Casimiro y a los hermanos Ga- rrapato más alegres que en unas pascuas. Nunca fui tan bebedor de vino y aguardiente como El Casimiro, pero aquel reencuentro con mi guía sí merecía tomarme un par de copillas. Afloró la nos- talgia entre los cuatro, y enseguida revivimos las escenas de La Raya: ¿te acuerdas de?, ¿te acuerdas
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    José Luis LoboMoriche 178 cuando? Dicen que el vino hace milagros, no sé qué decirte…; pero cuando los cuatro nos estre- chamos las manos, empujados por el estado eufó- rico del alcohol tragado, me sentí como un enfer- mo curado: nos habíamos dado mutuamente la pa- labra de que a cojones volveríamos a atar la cuerda que trozo a trozo el Fúnebre había desatado. Que- damos en que yo convencería a mi sobrino El Tieso; y El Casimiro sólo puso una condición para enrolarse de nuevo en la cuerda: que yo fuera el guía. Te detallaré, mi querido nieto, la que sería mi última ida a La Raya: la menos rutinaria de todas, la más excitante y la más dolorosa. El Tieso dur- mió en esta casa, y se sentía tan nervioso como yo. Como si fuéramos dos novatos, durante la tarde anterior preparamos la mochila, el fiador, un ovillo de cuerda, la navaja, la pitillera y mi mechero de madera incombustible. La abuela estaba tan dis- gustada conmigo que ni siquiera me echó el talego con la comida ni se preocupó de sacarme las alpar- gatas: “Vosotros allá, pero esta casa no huele más a café”. Dormí tan inquieto como la primera vez que fui a La Raya: se me borraron de golpe las imágenes de los carabineros chantajistas, del mori- bundo que miraba hacia arriba cuando fue arras- trado por el Chanza como si fuese una rama, y se
  • 179.
    La Raya delos malditos 179 me borró incluso la cara desafiante del Fúnebre. Ahora me adentraba en un paisaje desconocido por mí, pisaba las veredas de unas solanas por donde yo nunca había caminado. Vencido el sue- ño, desde este ventanal contemplé una mancha - aún negra- en el poniente y oí el primer canto de los gallos. Besé a la abuela mientras se hacía la dor- mida, y oculté bajo mi camisa oscura los utensilios de cafetero. Avistamos el lugar que habíamos fijado para iniciar desde allí una nueva andanza: un rellano en alto, situado en las proximidades del camino real que mira hacia el oeste. Al rato, llegaron los tres compañeros que faltaban. El Casimiro estaba tan eufórico que no dejaba de animarnos con esas pa- labras suyas de siempre: “¡Venga, vamos a echarle cojones! ¿Qué coño se ha creído esa partía de pi- coletas?”. No creo que se hubieran puesto de acuerdo, pero los Garrapato y El Casimiro estrena- ron para la ocasión nuevas alpargatas y gorras de visera. Eso te da idea, Sergio, de cómo para ellos esta aventura suponía una verdadera fiesta: “¡Mira qué chulo se me ha puesto mi Casimiro! ¿No irás a buscarte una novia portuguesa?”, le bromeó Agus- tín. Esta vez fui yo quien restableció el orden en la cuadrilla con una mirada intencionada. Puse todo mi empeño como guía para que se sintieran se-
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    José Luis LoboMoriche 180 guros y protegidos por mis pasos. Los llevé de ca- bezo en cabezo hasta que nos topamos con la rivera. Crucé con decisión el puente de la carretera, y un silbido mío fue la señal a mis compañeros de que teníamos el campo abierto. Pasamos frente a la derrumbada choza de Virgilio y al cabezo de las sepulturas primitivas, donde aquella comadreja hu- mana escondía el café. Seguro que su sargento lo tendría apostado al acecho de los cafeteros tras las adelfas de algún barranco de la frontera situada entre Barrancos y Encinasola o, tal vez, hiciese guardia en la caseta de Flores. Abandoné mis nos- tálgicos recuerdos, y retomé la responsabilidad de todo guía: mandé que la cuerda se alargara por el curso del Chanza abajo y que a una distancia pru- dencial me siguiera El Casimiro…, luego, los dos Garrapato…, y que El Tieso la cerrara. Le encendí un cigarrillo a un ovejero, compartí tabaco con va- rios arrieros que, solidarios con nosotros, me pu- sieron al corriente de todos los movimientos de los guardias civiles que merodeaban por las tierras bajas del valle. Me informaron de que sería muy peligroso y arriesgado que nos decidiésemos por la pasada de la isla, que quizás fuese mejor que cruzá- ramos la rivera por la junta del barranco Umbrizo. Les hice señas a mis cuatro compañeros para que se separaran de la chopera de la vega de Monte- blanco y que me siguieran a una distancia inter-
  • 181.
    La Raya delos malditos 181 media entre la carretera y el cauce, para así evitar que diéramos vista tanto a la carretera como a las pasadas de la rivera. Un cabrero nos confirmó que tres guardias civiles estaban apostados entre la se- gunda y la tercera pasada, camuflados entre unas adelfas. “Pues que esperen sentados, que ya pasa- mos por allí para tomarnos con ellos un buche de café”, le anunció jocosamente el mayor de los Garrapato a su hermano Francisco. Volví la cabeza hacia ellos con la intención de regañarlos; y hacien- do con sus dedos la señal de la cruz, Agustín me juró silencio. Cuando avisté la profundidad del va- lle por donde corren las aguas del barranco Umbrizo, giré a la derecha con la intención preme- ditada de alcanzar la junta del barranco con la rivera: un itinerario por el que raramente me deci- día yo, debido a que en el nacimiento del barranco estaba emplazado un punto de vigilancia de la Guardia Civil: la caseta de Aguzaderas, desde don- de controlaban perfectamente todos los caminos que cruzan el barranco. Decidí que la cuerda no si- guiera la corriente de las aguas sino que debíamos apartarnos en la misma curva del barranco, y desde allí saltar a las solanas de la frontera con el fin de ocultarnos entre las carquesas y las jaras. Esta vez no les mandé que alargaran la cuerda, sino que los cinco fuéramos pegados uno a otro, para que el grupo se tapara rápido de los guardias civiles que
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    José Luis LoboMoriche 182 estuviesen apostados en la cumbre fronteriza. Nos mantuvimos así durante toda la subida de la so- lana, hasta el momento en que cruzamos La Raya por la ladera oeste de Piedras Altas, por una zona de monte muy espeso que llaman El Brueco. Nos metimos en Portugal por el marco 1009 y segui- mos paralelos a la frontera hasta la cantina de To- mé. Empezaron los inconvenientes: si los guar- dinhas nos requisaban las cargas dentro de Portu- gal, el cantinero no se hacía cargo de la pérdida del café; y esta situación imprevista nos obligaba a que uno de nosotros tendría que asumir el riesgo de transportar cada carga hasta la Raya, donde los res- tantes miembros de la cuadrilla lo esperaríamos. No quedé conforme con la propuesta de Tomé, porque aquel proceder conllevaba que tuviéramos que permanecer demasiado tiempo en la Raya. Desde allí nos dirigimos a la cantina de Pintao, donde recibimos el segundo palo de la jornada: se había quedado sin café; y si queríamos repostar, tendríamos que quedarnos en La Raya durante tres días. Ninguno de mis cuatro compañeros mostró señal de desánimo. Al contrario, el más jocoso del grupo -el mayor de los Garrapato- me decía: “Da- niel, aunque tengamos que ir a Lisboa…, pero hoy esta mochila la lleno yo de café”. Menos mal que Cisquero tenía todo el café que quisiéramos, y tampoco nos impuso la obligación de transportar
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    La Raya delos malditos 183 las cargas una a una hasta La Raya. Me interesé por Marujinha, y su padre me dijo que vivía feliz como pastora. Ya sabes de mis temores de cargar en la cantina de Cisquero; pero las circunstancias te aprietan y entonces debes de mirar hacia otro lado, como si tú mismo consintieras perder la conciencia de los peligros que te acechan. No sé, si era el aire pega- joso y seco de aquel día de junio o que yo presen- tía que algo gordo nos iba a ocurrir, lo que me re- tenía en el interior de la cantina, sin tener la deci- sión y el coraje suficiente como para darles la or- den de salida a mis compañeros. Le pedí un café al cantinero…, vuelta para allá…, y al rato otro café. “Daniel, ¿qué te pasa?, me escama que tú bebas tanto café. Algo no te gusta, ¿verdad?”, me pre- guntó el pájaro viejo de El Casimiro. “Escuchad- me, no me hace gracia esto de tener que cruzar La Raya rodeando el cabezo Touro, y salir por el marco 1004, y menos con la luna abriéndonos el paso. Aunque nos suponga mucho tute, debería- mos salir por el marco 1010 más o menos, y re- gresar a Cortegana por la junta del barranco Um- brizo o bien salir a la noria de la Venta. Creo que evitaríamos muchos riesgos innecesarios. Como los otros dos cantineros no le están dando salida al café, es más probable que las barreras que dan al
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    José Luis LoboMoriche 184 barranco estén menos vigiladas. Seguro que estos cabezos de La Raya estarán atiborrados de guar- dias civiles. ¿Qué os parece?”. “¡Eso es un mata- jogazo, Daniel! Yo ya no estoy para tanto tute, y además sin saber qué nos vamos a encontrar en Umbrizo. ¡Que no se diga, hombre!”, me dijo El Casimiro con más tono de protesta que de insi- nuación. “Tito, a mí me da igual. Por donde voso- tros queráis”. “¡Sin miedo, Daniel!, ¡a cojones!”, fue la respuesta que más oí a los dos hermanos Garrapato. Sabía bien a qué nos arriesgábamos con tantos cojones. Los cuatro lo quisieron así, y allí venía ya la luna llena de junio dispuesta a abrirnos el camino hacia Cortegana y dándole la despedida al sol. Fui el pri- mero en cruzar la maldita raya de los reyes…; tras de mí lo hizo El Casimiro, que enseguida levantó una de sus manos para que los Garrapato la cruza- ran. El último que se escabulló entre las sombras postreras de La Raya fue El Tieso. Esperábamos en un collado cercano al marco 1004 a que el sol bajara sus brazos: de repente tro- nó el cabezo Touro con tanta intensidad como si la detonación hubiese llegado hasta Piedras Altas y hubiese hecho trizas el picacho; el eco retumbó lejano en la barranca por donde corren las aguas del barranco Umbrizo. “¡La hostia, qué barrena-
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    La Raya delos malditos 185 zo!”, fue la única exclamación que me dio tiempo de oír a El Casimiro. Vi tan cerca de mí a dos guardias civiles con un fusil encarado y a dos pai- sanos con una pistola en una de sus manos, que no necesité la luz de la luna para retratar sus rostros. Caímos en la trampa que los agentes de informa- ción de la Guardia Civil nos habían tendido: nos dejaron atravesar La Raya, pero tras ella nos espe- raban siete guardias civiles mandados por los dos agentes de información de la comandancia…; y entre tantos tiros, la consabida carrera de estam- pía: los Garrapato y El Casimiro corrieron hacia atrás, con la intención de guarecerse detrás de la maldita raya. A cojones mis tres compañeros aguantaban la tirantez de cuarenta kilos a sus es- paldas, perseguidos -entre tiros y voces de ¡alto!- por tres guardias civiles. Una figura con gorro de dos picos se me puso por delante con su fusil en alto. Si hubiese querido, aquel estático hombre hu- biera hecho de mí una piltrafa. Pasé tan cerca de él que llegué incluso a rozarle su guerrera. Otros dos civiles nos cerraron el camino de La Raya a El Tieso y a mí. Las lomas de los montes que mira- ban hacia Cortegana estaban tapadas por los fusi- les y por las pistolas. La única puerta abierta para nosotros dos era la que daba a la zona baja de la frontera, hacia aquellos campos fronterizos de En- cinasola donde mi hermano servía como un vulgar
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    José Luis LoboMoriche 186 guardia civil rural, obligado a mantener en la ham- bruna a todo aquel que se le pusiese por delante con cuarenta kilos de café a sus espaldas. Yo corría desnortado, y mi sobrino El Tieso se pegó tanto a mí que parecía que los dos conformábamos la figura de un único cafetero que huía despavorido por unas sierras de las que desconocíamos el perfil de sus valles y de sus montes: un paisaje extraño para mí, en el que yo había dejado de ser su ele- mento principal. Éramos perseguidos por dos guardias civiles, dos agentes de información y por la blanca luna de final de primavera. Yo descono- cía qué órdenes les habían dado a aquellos locos, y cuáles eran sus intenciones con tanto tiro de fusil y de pistola, que con sus detenidas detonaciones en los altos cabezos provocaban en nosotros dos tal desconcierto que, a veces, corríamos hacia los mis- mos guardias civiles. Estábamos perdidos en me- dio de una espeso bosquejo de umbría. Miré hacia atrás y vi que El Tieso se me había despegado. No sabía yo si los ruidos del husillo de monte que so- naban a mis espaldas correspondían a él o a los perseguidores. Con mi silbo, el cárabo cantó en la oscura umbría: se apagaron los sonidos del husillo de monte, pero no contestó ningún cárabo celoso. Hubo unos momentos de silencio terrible, sin sa- ber qué había sido de mi compañero ni qué sería de mí. Amparado por las sombras de la umbría,
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    La Raya delos malditos 187 me recosté jadeante sobre el tronco de una ma- droñera, me descolgué mi mochila, y me ame- drentó la mirada que me echaba la Luna. Saqué mi ídolo de la noche y lo manoseé. Al terrible silencio lo rompieron varias detonaciones de fusil, carreras de locos guardias civiles tras un hombre con cua- renta kilos de café a sus espaldas. No sé si tú los llamarías respiros de alivio, pero por lo menos mi sobrino El Tieso aún estaba vivo. Los tiros y voces sonaban tan cerca que, amparado por la claridad alcahueta que da la noche a los sonidos, oía las lo- cas voces que lo perseguían: “¡Por ahí va! ¡Ba- rranco abajo! ¡Que va reventado! ¡La carga no! ¡A por él!”. Como un jabalí que, aplastado tras una charneca, ve, oye y ventea al perro más decidido en atacarlo y que inesperadamente emprende la huída, igual cruzó El Tieso la línea de encinas que separaba la umbría y la solana. La traicionera luna de junio fue la que me descubrió su figura insegura y desequilibrada. “¿Por qué no has huido de ella?”, me llegué a preguntar. No me dio tiempo de hallar respuesta alguna: los zigzags que dibujaba El Tieso en su carrera me anunciaban que sería hombre vencido, porque le faltaba ya mucho aire a sus pul- mones y le sobraban muchos kilos a sus espaldas. La luna me mostró cómo El Tieso arrojaba -por primera vez como hombre clandestino- su mochila repleta de café al suelo del encinar. Y también por
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    José Luis LoboMoriche 188 la blanca luz de la noche alunada supe yo que aquella ráfaga de tiros que sonaba en medio del encinar buscaba el cuerpo de un cafetero. El Tieso había perdido no sólo su mochila sino también la ligereza de sus zancadas. Tras él no vi las balas ase- sinas que lo perseguían, pero sí la silueta de un agente de información con una pistola en su mano zurda. Presentí que la muerte nublaría de negro la blanca luna de junio. Secos de aire sus pulmones, El Tieso se arrojó al suelo con la boca abierta. Fue entonces, cuando oí por primera vez en mi vida que la muerte había hablado cerca de mí: “¡Ay, que me han matado!”. Amparado por la espesura de la umbría, lloré con mi ídolo entre las manos…, me levanté…, me colgué la mochila e inicié los pri- meros pasos hacia el lugar donde la Muerte se nos había aparecido. Oí la vocecilla apagada de un hombre tirado en el suelo del encinar, que era fuertemente golpeado con una pistola…; luego, dos sombras de guardias civiles cruzaron la línea de encinas, decididos a entrar en el escenario del crimen. Porque un hombre muerto sí tenía yo la certeza de que yacía en el suelo; pero también sa- bía que los muertos no hablan, y que la voz viva de El Tieso gritaba terriblemente: “¡Yo no he sido! ¡Yo no he sido!”. El cambio de muerto en el es- cenario del encinar provocó que yo también cam- biase mi intención de rendirme como un vencido.
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    La Raya delos malditos 189 Agucé mis oídos y desentrañé todas mis dudas: El Tieso se arrojó al suelo…; pero en ese mismo mo- mento una pareja de guardias civiles que prestaba servicio de vigilancia en la caseta de Flores -aler- tada por los tiros, las voces y las carreras- intentó cortarles el paso a los huidizos cafeteros en las proximidades de un charco redondo que ahonda la rivera de Murtigao. La traicionera luna de junio y las criminales intenciones de un agente de in- formación pusieron frente a frente a dos figuras en penumbra: un perseguidor que portaba una pistola en una de sus manos, y un guardia civil al que probablemente le hubiese despertado tanto albo- roto. Una bala explosiva de la pistola del agente asesino -con la furia que dan los veinte metros de distancia- le entró al infortunado guardia civil por el pecho y le salió por la espalda tras abrirle un boquete. En aquel trágico escenario del charco re- dondo quedamos sin voz todos los actores de la tragedia: un asesino que trataba de descargar sus iras en El Tieso, golpeándolo con la pistola e in- cluso con la intención de abatirlo en el suelo…, un guardia civil que se había topado casualmente con su muerte…, un cafetero esposado al que la Muer- te no le había echado cuenta…, tres guardias civi- les testigos de un crimen…, y yo como escondido espectador. Fueron tres guardias civiles los que evitaron que yaciese en el suelo del encinar otro
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    José Luis LoboMoriche 190 hombre con un boquete en la espalda. Uno de los guardias se interpuso entre El Tieso y la pistola que le apuntaba a sus sienes: “¿Qué vas a hacer so loco?”. Ninguna señal de que mi hermano Felipe estaba de servicio en La Raya me llegaba desde la línea de encinas; sólo unas figuras difusas perma- necían de pie en el escenario del crimen, reflejado con tres colores: el rojo en el suelo ensangrentado, el negro en las sombras aéreas de las ramas de las encinas y el débil blanco en la luna llena que aún resistía arriba. La duda de que el guardia civil muerto fuese mi hermano me abatía. Esperé -con el ídolo entre las manos- alguna voz avisadora de muerte o la señal liberadora de mis congojas. Por fin oí varios sonidos de la palabra con que sus compañeros nombraban al desgraciado guardia ci- vil. Perdí la dirección -en el aire de la noche- de algunos de los sonidos que conformaban su nom- bre, y únicamente me llegaron nítidos los cinco so- nidos finales: “…gango”. Entonces supe que mi hermano estaba ausente del campo de encinas del charco redondo. Al rato, las figuras estáticas de los guardias civiles apenas recobraron algo de vida. Desde mi escondrijo oí un leve murmullo de pala- bras acusadoras y de autodefensa. Dos guardias civiles salieron del escenario, y sólo se quedó en él un guardia con la orden de custodiar a un preso, a un asesino y a un muerto. La madrugada echó a
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    La Raya delos malditos 191 andar, con lentísimos pasos, hacia el amanecer mientras cesaban los chasquidos de las herraduras de una bestia, que resopló violentamente cuando olfateó la sangre. Cargaron al infortunado guardia civil, con la dificultad que provoca la resistencia de un mulo cuando lo acercan a un muerto. El color negro cenizo de la espesura del monte y de una noche ya casi vencida se tragó de mi vista la cuerda de guardias civiles: detrás del muerto terciado en lo alto del mulo, pasó al trasluz de las encinas -entre sombras de noche y de luna- mi sobrino El Tieso, esposado al guardia civil que cerraba la cuerda. Sólo quedé yo en el escenario del crimen, de es- palda a un charco carmín. Querido nieto, te contaré la historia final de El Tieso como cafetero, y luego retomaré mi propio calvario de regreso a esta casa: mi sobrino vio los rayos claros del amanecer desde la caseta de Flores y la luz de la mañana desde un cortijillo, mientras dos guardias civiles se encaminaban hasta Encina- sola para darles a sus superiores las trágicas nove- dades. El Tieso siempre fue hombre bondadoso, con el rostro sereno de los humildes; pero sin sa- ber por qué ahora lo trataban como a un perro atado a una cadena: le negaron el café con leche que le ofreció el cortijero, el agua y la palabra. So-
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    José Luis LoboMoriche 192 lamente una vez le consintieron que suplicara: “¡Por favor!, ¡aunque sólo sea un buche de agua!”. Terciado encima de un saco lleno de paja y a lo- mos de un mulo, balanceó -por los caminos de las sierras fronterizas- el cuerpo muerto del guardia civil. Había avanzado el mediodía y el vecindario de Encinasola abarrotó las calles para contemplar, aterrorizado, la entrada de una comitiva compues- ta por hombres más muertos que vivos. En un pequeño pueblo donde sus vecinos malviven del café, un muerto siempre es un muerto; porque los hijos de los guardias civiles juegan en la calle con los hijos de los cafeteros, y sus mujeres se entien- den perfectamente con las mujeres de los contra- bandistas en ese silencioso y casi consentido trapi- cheo con las bolsas de café. El Tieso, con la boca tan reseca como el esparto, entró esposado en el cuartelillo. Soportó -como un hombre auténtico que era- el interrogatorio del capitán de la compa- ñía: “¿Quién es el otro hombre que te acompaña- ba?”. “¡Mi capitán!, ¡sólo sé que era una cuadrilla de extremeños! Nunca había visto a aquellos hom- bres por Piedras Altas. ¡Se lo juro!”. Los hombres auténticos como éste no delatan -se diría el ca- pitán, que tenía ante él a dos de sus compañeros: un muerto y un asesino. Con la serenidad que da la verdadera tranquilidad de conciencia, muy dife-
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    La Raya delos malditos 193 rente de aquella que los ricos de los pueblos tratan de comprar cuando entregan -los domingos en las afueras de la iglesia- unas monedillas a un hombre pobre, aquella comadreja humana que retorció su cuerpecillo encima de un árbol del río en un in- tento de salvarle la vida a un carabinero -vestido ahora no con ropaje de cafetero sino con una gue- rrera verde y una gorra de plato- se acercó a El Tieso y le dio el agua que otros guardias civiles le habían negado. Mi hermano Felipe fue testigo si- lencioso del angustioso relato de un hombre ín- tegro y bueno acerca de las intenciones premedi- tadas de un asesino: “¡Mi capitán!, no tengo nin- guna duda sobre quién me quiso asesinar: ¡ese hombre fue!, el mismo que acribilló a su compa- ñero”, y El Tieso -con el arma no mortífera de uno de sus dedos- apuntó hacia el pecho del agente de información. Paso a paso un hombre bueno inició la penúl- tima estación de su calvario: no sé cuántas veces un humano necesita caerse para ser recordado por los demás como santo o como señor. Tres días permaneció El Tieso en una sala del ayuntamiento de Encinasola, caído pero sin llegar a derrumbarse: juró con sus palabras de hombre bueno que desco- nocía el nombre de la sombra detrás de la que él se tapaba, cuando huía despavorido de las balas y se
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    José Luis LoboMoriche 194 topó de frente con la muerte fallida: “¡Mi capitán!, ¡se lo juro por mis muertos que no sé cómo se lla- ma”. Tocar la muerte te humaniza: El Tieso fue auto- rizado por el capitán que instruía las diligencias del crimen a que asistiese al entierro del guardia civil que había caído mortal delante de él. De la iglesia, andando y esposado, a la estación de Fregenal. Y, con billete de tren gratis, hasta la prisión provincial para cumplir condena de diez días de cárcel por delito de contrabando…; después, llamaría a la puerta de su casa la vengativa Hacienda Pública en forma de papel timbrado, con las palabras de la imposición de una monstruosa multa y bajo la amenaza de la cárcel. Un hombre acorralado sólo tiene ante él la puerta abierta de la clandestinidad; como se me abrió a mí, cuando los nacionales me arrebataron en la aldea mi vara de la legalidad. Con las palabras de la mentira piadosa, El Tieso se des- pidió de su familia con el mismo ritual de cuando se encaminaba a la maldita raya…; pero aquella mañana de San Juan de 1955 -la más corta y mági- ca- no se ocultó su mochila ni su fiador ni calzó alpargatas. Tampoco buscó el callejón de la fuente de Chanza que siempre lo llevó hasta Piedras Al- tas; tomó el saure con la intención de alcanzar otras fronteras más lejanas, donde ocultarse del
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    La Raya delos malditos 195 temible monstruo sin cabeza ni pies que lo per- seguía. Sergio, necesitarías otro libro para que contaras las desventuras de El Tieso por las tierras catalanas fronterizas con Francia. No sé si el culpable de sus males fue el mal agüero que persigue al hombre pobre, o que los clandestinos estamos condenados a sufrir los mismos tormentos. Igual que yo: sin documentación, sin patria, sin las caricias de sus familiares, sin ser ya El Tieso. No olvides que yo permanecía oculto en la espe- sura de una umbría, a pie del escenario del crimen: desconocía en qué lugar de la sierra de La Con- tienda y a qué distancia de La Raya me encontraba, tan abrumado por la lejanía de mi casa y por los impulsos de supervivencia que se me borraron momentáneamente los terribles sucesos que le ha- bían acaecido a mi sobrino. El amanecer me ofre- ció un campo maravilloso de cabezos de mediana altitud y una rivera con aguas que bajaban muy lentas, sin apenas murmullo: bebí de sus aguas lim- pias y corrí del charco redondo que mantenía la arenisca de una de sus orillas manchada de rojo, y cuyo cauce formaba parte de la misma frontera. Seguro que la Muerte estuvo aquella madrugada tendida junto al marco 998 de La Raya con la ca-
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    José Luis LoboMoriche 196 beza apoyada en tierras de Portugal y con los pies en España. Contaba yo con varios puntos de orientación: sabía que me encontraba en la misma frontera, junto al camino que une Aroche y Encinasola, jus- to en el marco 998 de Charco Redondo; que si seguía la línea de los marcos fronterizos de menor a mayor, me toparía con las cantinas y con las solanas de Piedras Altas. Pero desconocía qué ha- bría sido de los Garrapato y de El Casimiro, per- seguidos por unos guardias civiles que los obli- gaban a refugiarse en Portugal. Opté por alcanzar las altas tierras planas de La Contienda, y me de- cidí por mantenerme a pie del cauce de uno de los barranquillos que descuelgan sus aguas desde la alta llanura hasta la rivera del charco redondo. Tomé el camino acertado, porque el barranquillo me subió hasta una extensa planicie. Reconocí el terreno: el mismo paisaje que un día había reco- rrido para despedir a un cafetero asesinado. Sona- ban los campanillos de las ovejas y cabras que pas- toreaban…, y también sonaron las vocecillas soli- darias y protectoras de los ovejeros: me dieron de su agua, de la leche de sus cabras y un poco de su pan. Atravesé aquellos campos llanos tan cansinos para el caminante furtivo y se me abrieron ante mí las altas solanas que descuelgan sus aguas a la rive-
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    La Raya delos malditos 197 ra del Chanza: enfrente sonaban las campanas de la iglesia de Aroche, que llamaban a los creyentes a la oración del mediodía…, la rutina de los pobres apostados en la plaza del pueblo, a la espera de que algún señorito los despelleje…, trasiego de mujeres con las pecheras abultadas con bolsas de café o la figura del gracioso zapatero de la plaza, ¡mi amigo Gollito!, que le acerca los bultos de contrabando al cobrador de la “viajera”. Pero también desde las puertas de las tierras pla- nas de La Contienda avisté el punto estratégico del collado El Miedo, que me cerraba el paso de los caminos que bajan hasta la rivera. Temía yo que en el collado estuviese apostada alguna pareja de ci- viles. Ante la duda, tomé la precaución de rodear- lo. El temor y la luz cegadora del mediodía me obligaban a apartarme del gran collado que rompe la barrera montañosa que precede La Raya, y a ca- minar por las faldas de los montes que me llevaran hacia las tierras de quejigos y de castaños hasta al- canzar mi casa y abrazarme a la abuela y a mi hijo. Rechacé los caminos reales y las veredas de car- ne…, y fui guiado por las altas crestas de castaños que asomaban en las umbrías. Oí el sonido de me- tal del esquilón que todas las tardes repica por en- cima de esta casa: ¡qué cerca mi Rosa de la oración y yo qué lejos de ella!
  • 198.
    José Luis LoboMoriche 198 Ni esquilas, ni campanas ni esquilones sonaban, cuando me descolgué mi mochila y la oculté entre los helechos de esta ladera. La puerta de mi casa estaba entreabierta…, pero tú sabes que los clan- destinos se tragan sus propias lágrimas: me senté sobre el poyete de la cuadra, saqué mi ídolo y lo besé agradecido por haberme dado las fuerzas ne- cesarias para vencer el abatimiento y haberme traí- do hasta aquí. Encendí un cigarrillo y manoseé - como hago ahora mismo- el paisaje de unas sola- nas sin vida. Aquella noche, mientras echaba el humo de mi cigarrillo en dirección al poniente, me pregunté qué sería ahora de nosotros cinco, si nos habían robado nuestra autenticidad…, si habían hecho trizas la cuerda que nos unía solidarios fren- te a la guerra del hambre. Como entra un rey des- tronado en su palacete, entré en esta casa; la abuela también se retuvo sus lágrimas: “Por Dios, Daniel, prométeme que nunca más vas a pisar esas sola- nas. ¡Esto es un sin vivir! ¡A ver qué nos depara ahora esa Raya de los malditos!”. Ni prometí ni tuve necesidad de contarle nada: estaba ya informada por la familia de El Tieso de que a su sobrino lo trasladarían a la cárcel provin- cial y que ni siquiera la fuerza solidaria de los cua- tro miembros de la cuerda podría hacer nada fren- te a la monstruosa multa que le impondrían…; que
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    La Raya delos malditos 199 de los Garrapato y de El Casimiro nadie se había acordado y que estaban fuera de toda sospecha. Sus temores por mí la abrumaban: si El Tieso can- taba o me obligaban a inculparme, sabía ella que volverían los tiempos del molinero, del bilhete de identidade…, y para ella, quizás, los días en que tuviera que soportar de nuevo las humillaciones y la propia cárcel. Dormí amparado de tantas angus- tias entre los brazos amorosos de mi Rosa. Me le- vanté de la cama antes del amanecer y recogí mi mochila ocultada entre los helechos. Escondí las ochenta bolsas de café entre las armas de mi burra y advertí a la abuela de que no se arriesgara a ven- der la carga por las calles, que era preferible espe- rar a que la tormenta pasase. Me había comportado como un héroe, hacién- dole cara a la noche y a la luna maldita de junio. Sí, combatí desesperadamente contra la noche y la vencí. De día se habían despertado los fantasmas que me acechaban. Uno de ellos vino hacia mí con los ojos vestidos de maldad y por los que no ha- bían pasado las dudas. Andaba con el cuerpo tieso, como si portase entre sus manos la certeza. Había cumplido con el ritual burgués de afeitarse la cara, de componer su cuerpo con los artificiosos pasos de un ser que se cree superior a ti: la gorra de plato bien encajada hasta el entrecejo para que la luz del
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    José Luis LoboMoriche 200 sol no ciegue los brillosos ojos, asomaba una línea blanca de su camisa por la bocamanga de la gue- rrera, la botonera metálica resplandeciente, los ver- des pantalones recién planchados y las botas be- tunadas: un fantasma con boca, manos, pies y cabeza. Era el Fúnebre, el niño de nariz vulnera- ble, que se me presentaba como el castigador que necesita mantener una fusta en las manos para sentir su ser; y que está hecho de jirones de miseria pero sin alcanzar la lucidez de su estado miserable, porque carece de conciencia. “Acompáñame hasta el cuartel, que tenemos que hablar de muchas co- sas”. Salí de esta casa como salen a la calle los hombres de conciencia tranquila. No tuve necesi- dad de aburguesar mi cuerpo: yo iba conmigo y con mi ídolo. El Fúnebre me invitó -con falso ademán de caballerosidad- a que entrara en el cuartel por la puerta principal, bajo un arco azulejado en el que alguien había escrito “El honor es la principal divisa”. El guardia civil de puerta saludó a su compañero, sin levantar la vista de un periódico que mantenía abierto encima de una mesa. Me pregunté dónde estarían tantos galones y tantas estrellas de la co- mandancia, dónde el teniente de academia y dónde el teniente coronel. ¿O es que el Fúnebre era un jefe? Porque se comportaba ante mí como alguien
  • 201.
    La Raya delos malditos 201 que no necesita pensar en sí mismo, pero que sí vive de un contrario al que considera inferior…, y esas cualidades sólo las tienen los jefes. “Bueno, pues vamos ahí dentro que te voy a…”. Con otro ademán de falsa galantería, extendió un brazo para que yo pasase primero que él a una sala situada en el segundo cuerpo del edificio y mal adornada con varias fotografías de personajes militares, de cuyas cinturas caían fajines y gruesos cordones. No olí ninguna flor ni oí por parte alguna del cuartel una melodía que cantara la despedida de la primavera. Pero el Fúnebre sí comenzó a mostrarme la lírica del castigo: primero, con la estética de un escu- pitajo en la cara tal como escupen los sapos, mejor dicho con la misma mucosidad y precisión. Porque el sapo arroja la saliva con la intención liberadora de que lo dejen en paz; en cambio sus escupitajos sonaban a tambores de guerra. ¡Qué poco trabajo le hubiese costado a Dios haber desviado los escu- pitajos del Fúnebre! Luego, me obligó a hincarme de rodillas ante él, como si yo fuese un sacerdote que sirve culto a un dios en un altar: un puñetazo directo a la nariz provocó mi primera caída al suelo. No sentí el resquemor de ningún borbotón de sangre y con mis dedos intenté romper el coá- gulo que se había parado en mis tejidos. El mons- truo fue perdiendo poco a poco el desaliño de su ropaje: colgó la gorra en una vieja percha y se de-
  • 202.
    José Luis LoboMoriche 202 sabrochó el cuello de la guerrera. Entonces co- menzó a gruñir una letanía de preguntas que los hombres auténticos nunca contestan: “¿Ibas con El Tieso?”. A cada pregunta suya, un silencio mío; y a cada silencio, un estrépito de golpes. Volvió a desabrocharse aún más la guerrera, se quitó el correaje que lo oprimía y tendió su pistola en- fundada encima de la mesa. No llegó a sentarse en la silla, la apartó violentamente y se dirigió al so- litario mueble de la sala. Abrió nerviosamente el armario…, sacó una fusta; y, sin ademán siquiera de mostrarme los adornos de su laceado, me fus- tigó violentamente. Vinieron más caídas, más cóle- ra y más silencios. En el patio del cuartel varios hi- jos de guardias civiles jugaban a la pelota: hasta mí llegaban sus inocentes risas infantiles, sus bon- dades y sus goces…, pero, ¿dónde estaba el tenien- te de academia?, ¿dónde el teniente coronel? Las mujeres que colgaban la ropa en los herrajes cerra- ron los balcones que daban al patio del cuartel, y la golondrina que anidaba bajo el alero de la entrada no se atrevía a bichear sus polluelos. Sí, querido Sergio, la sabia naturaleza será la que un día nos dé a los humanos el coraje necesario para apartarnos de estos monstruos…, aunque quizás al Fúnebre ni siquiera debiéramos regalarle la grandeza de lla- marlo monstruo. De su aliño indumentario sólo quedó como testigo el betún de las botas, pero por
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    La Raya delos malditos 203 poco tiempo: con violentísimos puntapiés me alcanzó casi todos los puntos de mi cuerpo…, más caídas, más furor y más silencios. En cuclillas apre- té mis manos para cubrirme el rostro…; fue en- tonces, cuando el Fúnebre descargó en mis sienes y oídos una sucesión interminable de puñetazos, de fustazos y de patadas: sentí un mareo semejante al provocado por las sucesivas caídas de un borra- cho cuando se acuesta zumbón. Desconocía en qué posición quedaba yo en el espacio, porque en mis oídos no resonaban ya los ecos de los golpes. Dejé de oír las vocecillas infantiles en el patio del cuartel y ni siquiera oía los gritos que él me rega- laba. Sólo notaba que una fuerza brutal interior me presionaba los oídos: El Fúnebre me había reven- tado los tímpanos. Ajeno a que me había arrancado definitivamente el don más necesario de mi autenticidad, el Fúne- bre descargó en mi cara varias bofetadas como postre final de su criminal festín. En medio del suelo de la sala de castigo me dejó tirado y roto, desunido de todo el mundo exterior…, porque no sentía yo ni la luz ni el sonido. Me quedé solo con mi ídolo: quise sacarlo del bolsillo para apretarlo conmigo, pero mis manos muertas se me resistían. No sólo perdí la noción del espacio, sino también la del tiempo. Desconocía qué fuerza tendría ya la
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    José Luis LoboMoriche 204 luz en la calle. En mi mente se me abrió como un profundo túnel: sin luz, sin tiempo, húmedo, es- trecho y sin final. Necesariamente tuvo que ser mi ídolo el que me acercara la vida: primero, vinieron a mí los vivos colores de los geranios de mi co- rral…; luego, la sonrisa libre de mi hijo y los besos de mi Rosa. Un fogonazo violento de luz me des- pertó, y dos guardias civiles me levantaron del suelo de la sala de castigo. Estaba rodeado de galo- nes y de estrellas, del teniente de academia y del teniente coronel. Alguien me sentó en la silla. De encima de la mesa había desaparecido la pistola enfundada…, la gorra de plato no colgaba de la percha y el armario estaba cerrado. Por el frío balbuceo de sus labios traduje el dis- curso del teniente coronel, que se dirigía a mí des- de la puerta de la sala: “¡No sé cuándo coño vais a escarmentar!”. En cambio, los ojos del teniente tenían otro mirar: me acercó una toalla para que me limpiara la cara y los oídos, y me trajo un vaso de agua. Sé que garabateé en un papel, pero des- conozco las palabras que yo atestiguaba con mi firma. Salí del cuartel por debajo del arco azulejado que dice de honor y de divisa: la golondrina acurrucaba a sus polluelos, el patio estaba muerto de vocecillas
  • 205.
    La Raya delos malditos 205 infantiles; y el guardia de puerta ni siquiera levantó la cabeza, cuando yo salía a la calle. La noche iniciaba ya los primeros pasos canta- rines. Había yo sobrevivido los azotes del día y ahora llegaba la noche, a la que siempre combatí y vencí. Me senté sobre el poyete que está detrás de mi corral, sin la necesaria decisión como para entrar vencido y roto en esta casa: con mi pañuelo con- tuve la presión de mis oídos y me limpié la sangra- za que supuraban. Poco a poco mis manos reco- braban algo de vida, y la luz ya del menguante por encima de mí me aclaró las sombras de los he- lechos de esa umbría…, los sonidos seguían muer- tos. Saqué mi ídolo, lo manoseé y lo apreté fuer- temente. Noté que el vientecillo no soplaba tan seco como el aire solano, que las humaradas de mi cigarrillo rehusaban las solanas de poniente, que era incapaz de dibujar en mi mente el paisaje por donde siempre había caminado como un hombre auténtico…, que todo se me había vuelto del re- vés, incluso el viento, que ahora soplaba rebelde desde los picachos de Piedras Altas. Entonces le- vanté mis brazos al aire de poniente; no sé si con el deseo imposible de pararlo o, más bien, como señal de que era un hombre derrotado.
  • 206.
    José Luis LoboMoriche 206 Aquella noche sí que lloró desconsoladamente mi Rosa. Lavó mi cara y mis oídos rotos con agua tibia y con caricias. Me habían arrancado violen- tamente el atributo más necesario para que un ca- fetero camine de noche…, pero el derecho del sueño no podía prohibírmelo ningún dictador: convencí a la abuela de que yo debía cruzar otras rayas que no fueran tan malditas, con la ilusión de compartir con otras gentes -en un paisaje no tan gris- una lírica que sonase distinta, hacerme más culto y más ciudadano del mundo. Recuerdo las promesas a tu abuela: “Rosa, te mandaré desde los lejanos jardines las flores sin espinas. Hasta que un día os llame a los dos para que, juntos de nuevo, cultivemos un huerto distinto, no infestado de tan- tas malas hierbas de lechetrezna y de grama”. Llegó el día de la salida hacia otra Raya desco- nocida: un día crudo e invernal de aquel maldito año 1955. Mis oídos rotos no oyeron cómo a me- dia mañana las campanas de la torre de la iglesia doblaban en señal de muerte: aquel amanecer el barrendero del pueblo se había topado con un ti- pejo despeluchado y con la mirada perdida, que colgaba de la rama de un olivo en los bajos prados del pueblo, tan tieso y frío como el carámbano…; y que en el suelo -bajo los pies colgantes- estaba tirada la gorra de plato de un guardia civil junto a
  • 207.
    La Raya delos malditos 207 la fotografía de una mujer que había abandonado a un monstruo: ¡un suicida no misterioso! Las campanas de la iglesia llamaban a misa de cuerpo presente, cuando yo salía de esta casa con una maleta y con mi mechero de madera incom- bustible. Dejé aquí muchas lágrimas, suspiros y be- sos. Unas nubes espesas de color cárdeno ocul- taban las solanas de La Raya. En la plaza de este pueblo tomé el coche de línea: desde mi asiento vi cómo los Garrapato y El Casimiro esperaban a que pasase ante ellos el cortejo funerario. Levantaron sus manos…, abovedé las mías y silbé como lo hace el cárabo en celo…; luego, saqué mi ídolo y lo besé. El cochero de los muertos atizó un lati- gazo en los costillares del caballo pecherón que, en su arrancada, apenas movió el penacho, y el ataúd del Fúnebre se perdió entre los álamos de la carre- tera.
  • 209.
    209 Enrique El Coseranotrapicheó con la harina, el café, las telas. Era alcalde de una pedanía extremeña en 1936. Tenía cierta instrucción. Huyó a La Raya, vivió con la identidad de un portugués muerto., llegó a entrevistarse con su mujer e hijo, sufrió la cárcel igual que su esposa. Le incautaron sus bienes. Representa parte importantísima del personaje ecléctico y principal de la novela.
  • 210.
    210 Daniel Jabaca fueuno de los primeros mochileros de la posguerra: un astuto guía de cuadrilla, tuvo sus portadores, sufrió el acoso y chantaje de los carabineros. Muchas de las escenas de esta novela las vivió él, entre ellas el día en que la rivera del Chanza arrastró a un carabinero en la pasada Fregenal.
  • 211.
    211 Rafael El Tiesotrabajó como mochilero a porte. Fue testigo directo del asesinato de un guardia civil por un agente del servicio de información que corría tras él disparándole con una pistola. Otro guardia civil evitó que lo asesinara. Sufrió los expedientes de Hacienda, la cárcel y el exilio. Es un personaje muy importante en la parte final de la novela. Representa el espíritu de hombre bueno y humilde que estaba harto de esperar a la puerta del casino a que alguien le dijera “vente conmigo”.
  • 212.
    212 La xica Maruyavivió en una choza, muy cerca del campo de concentración de Coitadinha, en Barrancos. Siendo una niña, llevaba el pucherito de su madre a los republicanos españoles que se escondían de los fascistas en La Raya. Aunque su presencia en la novela es escasa, representa ella a “las mujeres buenas” que tanto ayudaron a fugitivos y mochileros.
  • 213.
    213 El Casimiro fuecafetero desde muy joven. Ocupó el puesto de guía de cuadrilla. Fue experto en llevar el café hasta Sevilla, utilizando las más diversas triquiñuelas. En la novela se narra el parto de su mujer en un montico, y sus cualidades como guía.
  • 214.
    214 Agustín Garrapato erael mayor de los dos hermanos. Su vida giró sobre el café, Piedras Altas, las denuncias y los interrogatorios. Su espíritu rebelde lo llevó a mofarse de los vigilantes de La Raya, como en la escena en que se orinó en los cántaros.
  • 215.
    215 Francisco Garrapato seinició como mochilero de la mano de su hermano, con sólo 13 años de edad. Aunque tenía un carácter más sosegado que su hermano Agustín, siempre manifestó cierta rebeldía contra el poder corrupto. En la foto, Francisco como emigrante en Alemania, tras el fin de los mochileros: La guerra del hambre había acabado.
  • 216.
    216 Típico paisaje desierra en uno de los caminos más frecuentados por los cafeteros: Piedra Lajosa, en el paraje de Bejarano.
  • 217.
    217 Caseta de laGuardia Civil de Aguzaderas. Situada en la misma Raya, junto al marco 1006. Por allí pasa el camino de Aroche a Encinasola. Emplazada en el nacimiento del barranco Umbrizo era un lugar estratégico para controlar la frontera. Desde esta caseta los guardias civiles hacían servicio de vigilancia hasta Piedras Altas y Charco Redondo. Curva que da La Raya en el marco 1006, en el camino de Encinasola.
  • 218.
    218 Desde Piedras Altasse dominan las sierras de Cortegana y de San Cristóbal. Cabezos de Las Chocitas donde está la atalaya. Desde allí los cafeteros controlaban los relevos en los servicios de los guardias civiles en la caseta de Aguzaderas. A simple vista se ven los barrios altos y el castillo de Cortegana.
  • 219.
    219 Desde el picachode Piedras Altas se domina el valle del barranco Umbrizo. All fondo la sierra de Cortegana.
  • 220.
    220 Fuente de LasBerrazas, a escasos metros del picacho de Piedras Altas. En la novela se narra que en esta fuente los guardinhas quitaron las mochilas de café al protagonista y a toda su cuadrilla, y que cuando llegaron a Cortegana decidieron volver a La Raya a por otras cargas. Fue un hecho real: le ocurrió a la cuerda de Daniel Jabaca.
  • 221.
    221 Picacho de PiedrasAltas, en la misma Raya, en el marco 1008. A escasos metros estaba la cantina de Tomé, donde los cafeteros cargaban el café. Por detrás del riscal está la fuente de Las Berrazas.
  • 222.
    222 Restos de lacantina de Tomé, a escasos metros de la Raya, en Piedras Altas. Todos los cafeteros que aún viven dicen que Tomé era un “caballero”.
  • 223.
    223 Cabezos de LasChocitas: se aprecia la disposición de los caminos de lomos (lomeros) que se descuelgan solana abajo buscando el valle de la rivera del Chanza. Vista de Aroche desde los picos que llevan su nombre.