Augusto reorganizó la administración de Hispania dividiéndola en tres provincias - la Baetica, la Lusitania y la Tarraconensis. Las provincias eran gobernadas por legados o procónsules, quienes se encargaban de tareas como la construcción de calzadas, el control de ciudades, y la recaudación de tributos. La economía romana en Hispania se basaba en la minería, especialmente de oro y sal, así como en la agricultura de aceite, lino y esparto.