Santo Domingo era conocido por ser un hombre profundamente contemplativo y de oración. Pasaba gran parte de su día predicando y las noches orando de diversas formas, incluyendo postrado en el suelo, de rodillas, con los brazos extendidos en cruz y meditando los Evangelios y las Cartas de San Pablo. Sus modos de oración lo ayudaban a conectarse interiormente con Dios.