Xiomara Arredondo
Lo de Xiomara Arredondo todavía estaba ahí. El cuento ese que le inventaron hace días. Que
estaba en tinieblas, cuando apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero.
Antes de ser ella hoy lo que antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de palabra
suya, si era verdad o mentira. Fui hasta donde vivía antes. Y me dijeron que no; que desde el
siete de febrero se mudó. Que no saben para donde. Y qué razón alguna dejó. Ni para mí ni
para nadie. Solo que se iba y que no la buscaran más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte
tampoco.
En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí caminando. Preguntando si la han visto
siquiera. Por lo mismo, vuelvo y digo, qué pasará con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni
nada. Sin siquiera expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me
dijo no voy más; porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi dolor es
profundo me dijo. Que no me podía contar lo que en otro lugar pasó con ella.
Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad que deduje cuando de tanto hablar, até
cabos sin par. Y leí lo que logré entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez. Que se
hizo mujer en brevedad de tiempo. No tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple apoyo para
ayudarla a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo, entró en eso
de dar su cuerpo al postor primero y mejor.
Y se siguió yendo. Andando pasos perdidos; sin lograr nunca sentirse amada. Sin encontrar
refugio, que al menos su pulsión descansara. Que, al menos, descanso fuera. Para ella y para
quien llegó a ser fruto sin quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brincó el
océano raudo. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Buscó el atajo siempre;
tratando de no perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor en dolor, llegó al punto de
no retorno. Como queriendo decir con eso, que tocando fondo estaban su pasión y su albedrío.
Y, con ella, y por supuesto Germancito que crecía; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra
cosa que ser sí mismo. Su estructura mental iba más allá que el perfil todo de Xiomara. Era algo
así como un dotado extremo. De esos que no se encuentran ahí no más. Diría yo, ahora, ni
cada doscientos años.
Luego que perdí su rastro no tuve sosiego. Lo mío hacia ella, siempre ha sido y será verla mía.
No más, ahora, vuelven a mí esos dos días en Cali. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando a lo
torbellino. Una danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo
vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como diosa que se
otorga. Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo perdido.
Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora. Y pregunté por ella al viento. No supo que
decir. Lo increpé por su no recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en
profundo. De agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir
perdida.
En cualquier lugar, un día cualquiera, encontré a Germán. Ya no Germancito. Y me dijo no la he
visto. Ya casi ni la recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar
siquiera que yo la amaba y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O el de
ella. O el de los dos. Y vagué por el mundo, me dijo. Desde el Pacifico violento. De mar a mar.
De Buenaventura a Malasia. Desde Antofagasta hasta la India. No vi huella de ella. Pero
escuchaba su voz a todo momento. La veía en sueño recurrente. Recordaba sus espasmos; sus
gritos; sus susurros. Como cuando mi padre la amaba. Por lo menos eso dijo una noche. Entre
sueños y desvelos.
Dejé al Germán sin rumbo. Yo cogí el mío. No otro que el mismo, enrutado por mi brújula
doliente. De amor y de vértigo. De ternura y de deseo. Fui a recabar en Angola. Conocí sus
pesares y sus soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada,
violentada. Nadie, allí, supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera.
La mañana en que me contaron lo que, según dicen pasó, estuve yendo y viniendo en lo que
hacía. No me interesé al comienzo. Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos.
Revolqué mi silencio. Una copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no
tenerla. Odié a quienes vinieron. A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a
remolque. Como suplicante mujer que juntando mil palabras hacía de lo dicho un sonajero de
expresiones, como doliente insaciada. Como náufraga asida a cualquier trozo de viento
benévolo.
Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos de caminante perverso. Que busca lo que ha
perdido y que, a conjuro, envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no
importándole si en ella moría Xiomara o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de
una esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre. Porque hice
que así fuera; como quiera que en su cuerpo clavara tres veces el puñal que llevaba en cinto
desde la víspera. Desde ese día anterior; o desde el mismo día, no sé.
Y seguí con los mismos pasos andando. Ni siquiera corrí; porque para que hacerlo si me di
cuenta que no era Santiago el Señor que a Xiomara poseyera. No recuerdo si por vez primera.
O si primero fui yo en el inventario de sueños que en mi memoria estaban. Azuzándome
siempre para que yo mismo tejiera la urdimbre malparida. Para que buscara siempre en ella su
hendidura hermosa que daba vueltas en mi cabeza. Solo eso; no otra cosa.
La mañana nueva, me encontró en cama tendido. Desnudo, casi rígido. Con mi asta enhiesta.
Con mi mirada puesta en el pubis de Xiomara, la recordada y deseada. Como obnubilado sujeto
de la Inquisición venido. Con la heredad de los machos que van buscando tesoros como ese de
mi mujer deseada.
Otro mediodía, ahora en Sucumbíos. No pierdo el referente del Pacífico trepidante. Estuve en
esa selva hiriente. En esa soledad de caminos. Ni mujeres, ni hombres había. Solo ese viento
ligero que estremece. Por lo mismo que es viento de ausencia. Ninguna indagación posible,
entonces. Simplemente oteando. Aguzando mi olfato de pervertido. Que hace de cada día una
una visión, un relato de ese tesoro acezante; de Xiomara o de cualquiera otra hembra invitando
a ser poseída. Por mí o por cualquiera.
Germán volvió del periplo. Lo encontré un lunes de marzo. Con la sujeción de quien espera ver
a su madre. Con la juntura de palabras desparramadas. Con el arrebato del hijo que extraviado
sigue; sin encontrar nunca lo que quiere y persigue. Desde el día mismo en que, a mitad de
camino, Xiomara Arredondo lo abandonó. Este Germán se hizo mi par en la búsqueda. Juntos
estábamos, allí. Ese día lunes, siendo ya tarde. Cuando nos sorprendió la luz de Luna,
alumbrando el paisaje. Y vimos pasar a Xiomara de la mano del Gran Señor. Diciéndonos adiós
con sus manos. Cuando la luz se apagó; sentimos que una sombra pasó. Siendo, como en
verdad era, un cortejo de muerte. Con Xiomara Arredondo muda, envejecida, diciéndonos no
busquen más que de la tumba he vuelto para verlos de dolor cubiertos. Para decirles que yo
ningún Gran Señor tuve. Solo a ustedes dos. Padre e hijo que son.
Viajero perdido
En vela pasé la noche. Acompañado, no más, por el travieso reloj. Dando cuenta de las horas
perdidas, ya pasadas. En rigor, para mí, las señales del tiempo, no son otra cosa que vivir
ensimismado en mí mismo. Con un sinnúmero de cargas expuestas. Hasta que maduren. En
dejación del espacio. Por lo mismo, succionado por el eterno vagar, cada quien, haciendo del
cuerpo mismo un latir constante.
Y es que tenía pensado jugar a la ruleta. Esperando perder la vida en eso. Y este día que
comienza. Tan ávido de la última proclama del Gran Jefe. En verdad, me siento cansado. Con
los residuos de la madrugada hechos trizas. Y más ahora, que debería tener el cerebro limpio.
Para poder ensayar lo que soy. Al pie del día que no entendiendo. Se vinieron los momentos
juntos. Como tósigos inveterados, parsimoniosos.
También recuerdo a Ariel, mi amante en las sombras milenarias, acompañadas por los estigmas
insaciables. En tiempo pasado, lo amé con la fuerza de Hércules. Siendo, este sujeto, mi yo
primo. Adquirida a fuerza de vivir su nostalgia. Por los tiempos idos. Ariel engarzado por los
hilos de la vida. Desde el mar hasta el obscuro cielo, hasta el obscuro velo. Con sus diminutos
puntos iridiscentes, A cada momento infinito. Sin reconocer la holgura de tiempo pasado.
Además, viviendo entre el estrecho camino al Sol y camino, en vaivén, hasta pasar, de lejos,
viajando hasta el límite de la galaxia nuestra. Tal vez, con ganas de traspasarla hendiendo mi
cuerpo, en su cénit ampuloso. Dotado de una y mil maneras de ser invaria ncia pertinente, al
momento de localizar la bruma, entretejida en los hilos gruesos de los celestes móviles. Los
hechos antes y. los ahora renovados. Siguiendo la huella de los mundos no conocidos.
Y sí, que me quedé perdido en tanta infinitud hecha. Buscándolo a él, penitente extraviado. Una
luciérnaga que nació con solo andar pétreo. Acucioso hombre mío. Dotado de los frutos todos.
En madre natura viviente. Repasé mi bitácora. Como anhelante sujeto que no regresaré nunca
más a mi entorno recordado, querido. Pero, ahora, convertido en simple sujeto, al garete,
Como si no hubiese vivido en él; con la potencia de cuerpo, indisoluble, erguido. Como
prepotente sujeto.
Lo de ahora, en mí, no es aspaviento en palabras torcidas. Es, más bien, una juntura de fuerzas
adormecidas. Como ir yendo hasta que todo mi ser se escurra; en la medianía soterrada. Con o
sin viento a favor del viaje, Simplemente, entiendo que soy expósito ser. Naufragado en esa
totalidad de espacio abierto. En espera de mi Ariel vivido en mí, desde que este escenario fue
creado. Y, él, no está conmigo; precisamente porque hizo de su viaje eterno, una constante
topológica. Como venida a menos. Solo con su cuerpo pegado a las lunas encontradas en la Vía
Láctea como soporte de lo que ya vino y lo que vendrá para ella, Insumisa novia querida. Allá
en los atardeceres vividos a dúo. Acicalados con el viento sereno, a veces. Explosión de mares,
otras.
Mi yo viajero milenario, se hizo hospedante sonoro. A fuerza de escuchar los trinos de los
cantores todos. Como tratando de ilusionar mii sujeto entero. Viviendo de premoniciones
baldías. Allá donde viví la vida, Y que no será más la tuya, ni la mía.
Moviola
Un lugar para amar en silencio. Ha sido lo más deseado, desde que se hizo referente como
persona ajena, a los otros y las otras. En ese mundo de algarabía. En este territorio de infinito
abandono, con respecto a la esperanza. Y a la vida, en lo que esto supone crecer. De ir yendo
en procura de las ilusiones. Un deambular casi sin límites. Como expósito itinerario. En veces de
regreso al pasado. En otras, asumiendo el presente. Y, otras, con la mira puesta hacia allá.
Como rodeando los cuerpos habidos, arropándolos con el manto que cubrió el primer frío.
Y sí que, Luis Ignacio, fue decantando cada una de sus ideas. Como cosas que vuelan. Que
volaron desde que la humanidad empezó el camino. En el proceso de transformación. Todo en
un escenario sin convicciones sinceras. Más bien, como en alusión a lo perdido desde antes de
haber nacido. Y Luisito, como siempre lo llamó su madre, estuvo en la situación de invidente.
Nacido así. En la obscuridad tan íntima. Se fue imaginando el mundo. Y las cosas en él. Y el
perfil de los acompañantes y las acompañantes. Cercanas (os). Y se imaginó los horizontes. Las
fronteras. Los territorios. Todo, en el contexto de lo societario. Y se encumbró en el aire. Y en
las montañas insondables. Y las aguas de mares y ríos. Aprendió a llorar. Y a reír. Editando
cada uno de los momentos, en sucesión.
Al mes de haber nacido, se dio cuenta de su condición de sujeto sin ver. Todo porque su madre
lo supo antes que él. La intuición de todas las madres. Que Luisito la miraba sin verla. Y se
dedicó a enseñarle como se tratan los momentos, sin verlos. Como se hace nexo con la vida de
los otros y las otras. Aprendió, de su mano, a ver volar los volantines de sus pares infantes. A
seguir la huella de los carritos de madera. De los trencitos hechos con el metal que ya existía
antes de él y de ella. Siguió, con sus ojos tristes, velados, el camino que llevaba a la ciudad
centro. A mirar el barrio. Y la casa suya. Y fueron creciendo en la pulsión que significa asumir
retos y resolverlos.
Se acostumbró a sentir y palpar las violencias. Las cercanas. Y las de más lejos. El hilo
conductor de las palabras de Eloísa Valverde, despejaban dudas. Y, en la escuelita, emprendió
la lucha por alcanzar el conocimiento trascedente. A medir la Luna. A imaginar su luz refleja. A
dirigirse, en coordenadas, al Sol. A entender el régimen de la física que estudia los planetas
todos. Allí conoció a su Sonia. La amiguita volantona. Amable, radiante. De ojos como los
suyos. Negros, inescrutables. Vivos en el silencio de la noche constante. Y aprendió a hablar
con ella de todo lo habido. De los rigores del clima. De la exuberante naturaleza amenazada.
De la química del universo. Y de los códigos ocultos de las matemáticas infinitas. Y del
significado de las voces agrias. Atropelladas, envolventes. Ácidas, disolventes. Pero, al mismo
tiempo, las voces de los sueños. De la ilusión. De la vida compartida. En la bondad e
iridiscencia. Y, juntos, vieron los colores mágicos del arco iris. Enhebrando cada instante.
Soplando el azul maravilloso. Y succionando el amarillo cándido. Y vertiendo al mar los tonos
del verde insinuado. Y, avivando el rojo magnífico.
Y aprendieron a conocer sus cuerpos. Con las manos. De aquí y de allá. En un obsequiarse, en
el día a día. Palpando sus cabezas. Y sus caras. Y sus vientres. Y sus piernas. Todo cuerpo
elongado por toda la inmensidad de los decires. Y caminaban camino al Parque. Manos
entrelazadas. Risas volando a lo inmenso del firmamento cercano. Y hablaban, en la banquita
de siempre. Y lloraban de alegría, cuando escuchaban y veían el ruido de los niños y las niñas
jugando. Siempre, ella y él, asumiendo el rol de la gallina ciega estridente. Sabia. Corriendo.
Tratando de superar, en velocidad, al sonido y a la luz, su luz suya y de nadie más.
Fueron creciendo, envueltos en la magnificencia de los árboles. Entendiendo cada hecho. Fino o
grueso. O, simplemente, atado al estar lúcido. Y corrieron, siempre, detrás del viento. Hasta
superarlo. Y sus palabras, orientaban el quehacer del barrio. De sus gentes amigas. Y, cada día,
se contaban los sueños habidos en la noche dentro de su noche profunda. Y nunca sintieron
distanciamientos. Ella y Él, con sus secretos y sus verdades. Escritas en las paredes de cada
cuadra. Dibujos de pulcritud. Las aves. Y los elefantes expandidos. De la María Palitos, en cada
hoja. De los leones anhelantes. De las cebras rotuladas en blanco y negro. Sus colores ciertos.
Posibles.
Le dieron la vuelta al mundo. Desde el África milenaria. Con todos los negros y las negras, en lo
suyo. Con las praderas y los lagos incomparables. Con el sufrimiento originado en el
arrasamiento de sus culturas y de sus vidas. Por la caterva de bandidos armados, pretendiendo
erosionar sus vidas. Y, ella y él, se aventuraron por los caminos a la libertad. Y soñaron con
Mandela. Y con Patricio Lumumba. Y con el traidor Idi Amín. Y recorrieron Asia, en toda la
profundidad de saberes. De rituales. De razas. De la China inconmensurable. Del Japón en la
quietud dinámica de sus valores. Y vieron a las gentes derretidas en el pavoroso fuego
expandido a partir de la explosión nuclear. Jugaron, en simultánea, con los niños y las niñas, en
Nagasaki Hiroshima arrasadas, Entendieron la dialéctica simple de Gandhi. Y sufrieron los
rigores en Vietnam, cuando el Imperio pretendió aniquilar a sus gentes. Sintieron el calor
destructor del Napalm. Y entraron a los túneles en los arrozales. Y Vieron, en ciernes a Australia
y todo lo no conocido antes. Y volaron sobre los glaciales atormentados, amenazados de
muerte. Y estuvieron en Europa. Con todas las contradicciones puestas. Desde la ambición de
los colonizadores. Su entendido de vida. Como esclavistas. Pero, al mismo tiempo, conocieron a
sus pueblos y de sus afugias. Y recorrieron a nuestra América. Sabiendo descifrar los
contenidos de sus divisiones territoriales. Sobre todo, la más profunda. Norte Y Sur. En esa
fracturación aciaga.
Y sí que, Luisito y la Sonia suya, crecieron sintiéndose a cada paso. Y el barrio. Su barrio, se fue
perdiendo. Lo sintieron en la decadencia. Cuando sus vivencias y las de su gente, fueron
arrinconadas, asfixiadas. Y murieron sus padres y sus madres. Y se sintieron en soledad
profunda. Pero, aprendieron a hacer los cortes y las ediciones de vida. Su vida. Y, en su noche
constante y profunda, se fueron acicalando. Aún, ya, en su vejez. Cuando todos y todas
olvidaron a Sonia y a su Luisito. Y, ella y él, siguieron viviendo su vida. Descubriendo, cada día,
las maravillas y las hecatombes en el infinito universo. En esa brillante noche. Iridiscente.
Hecha con su imaginación y sus ilusiones.
Un bello hechizo
Con razón estoy en el desvarío ampliado. Sí, no más, ayer me di cuenta de lo que pasó con
Anita. La niñita mía que amo. Desde antes que ella naciera. Porque la vi en los trazos del
vientre de su madre, Amatista. Y la empecé a cautivar desde el momento mismo en que
empezó a gozar y a reír. Ahí en el caballito de carrusel primario, íntimo. Cuando, en el cuerpo
de su madre, montaba y giraba. Ella, en esa erudición que tienen los niños y las niñas antes de
nacer; se erigió en guía suprema. Yo, viéndola en ese ir y venir momentáneo, le dije que, en
este yo anciano taciturno, prosperaba la ilusión de verla cuando naciera. O de arrebatarla a su
madre, desde ahí. Desde ese cuerpo hecho mujer primera. Y le dije, como susurrante sujeto,
que todo empezaría a nacer cuando ella lo hiciera. Y le seguí hablando aun cuando escucharme
no podía. Simplemente porque su madre, amiga, mujer, se alejó del parquecito en donde
estábamos. Y me quedé mirando a Amatista madre, en poco tiempo concretada. Y la vi subir al
busecito escolar que ella tenía. Pintado de anaranjadas jirafas. Y de verdes hojas nuevas. Y se
alejó, en dirección a casa. Y yo la seguí con mi mirada. Traspasando las líneas del tiempo y de
los territorios. Sin cesar me empinaba para dar rienda suelta a mi vehemente rechazo por
haberte alejado de mí. Niña bella. Niña mañanera.
Y, en el otro día siguiente. Ella, tu madre, volvió a estar donde nos vimos ayer. Amatista madre.
Como voladora alondra prístina, se sentó en el mismo sitio. En ese pedacito de cielo que había
solo para ella y para ti. Y me miró. Como extrañada madre que iba a ser pronto. Y me dijo, con
sus palabras como volantines libertarios surcando el aire, qué ella nunca me dejaría llevarte al
lugar que he hecho para los dos. Que, según ella madre, ese lugar tendría que albergar tres
cuerpos. Uno inmenso, el de ella. Otro, en originalidad absoluta y tierna, el tuyo. Y, el mío,
sería solo rinconcito desde el cual podría verlas regatear el lenguaje. Elevándolo a más no
poder. Casi, entre nubes ciegas, umbrías. Y que, ella, tejería tus vestiditos azules, rojos,
morados, infinitos los colores. Y que, su mano, extendería hasta el más lejano universo. Para
que, siendo dos, me dijeran desde arriba que yo no podría ser tu dueño. Ni nada. Solo vago
recuerdo de cuerpo visto en la calle. En el parque. Más nunca en el aire ensimismado.
Otra tarde hoy. Yo aquí. Esperándolas. Tú en el cuerpo de ella. Y las vi acercarse, desde la
distancia prófuga, Viniendo del barriecito amado por las dos. El de las callecitas amplias.
Benévolas. Desde esa casita impregnada por el arrebato de las dos mujeres vivas.
Transparentes. Orgullosas de lo que son. Y, tú y ella, con los ojos puestos en una negrura
vorazmente bella. Amplia, dadivosa. Y las vi en el agua hendidas. Como en baño sonoro, puro.
Imborrable. Y agucé mis sentidos. El olor fresco de sus cuerpos. Y el escuchar las risas y las
palabras que se decían las dos.
Hoy, en este sábado lento, estoy acá. Esperándolas como siempre. Y veo que llegan mujeres
otras. Con sus hijos y con sus hijas. Niños y niñas nuevos y nuevas aquí. Pero, mi mirada,
buscaba otros cuerpos. El de Amatista y de Anita, como decidí llamarte. Buscándolas por todo
el espacio abierto. Sentí que no podía más con la nostalgia de no verlas. Y me pesaban las
piernas. Como hechas de plomo basto. Y, mis ojos, horadando todo el territorio. Y miraba el
aire que bramaba. Como sujeto celoso. Como fuerza envolvente,
Pero no llegaron. Ni ella. Ni tu cuerpo en ella. Pasando que pasaban las horas, todo estaba
como hendido en la espesura de bosque embrujado. Y me monté, con mi mirada, en los
carritos pintados que veía. Como siguiendo la huella de su cuerpo y el tuyo en el de ella. Viajero
sumiso. Con el vahído espeso de la tristeza, pegado en mí. Viendo calles. Cerradas ahora, para
cualquier asomo de alegría. Así fuese pasajera, Y llegó la noche. Y, el frío con ella. Eché a
caminar. Llegué a la casita mía. Y las encontré. Dibujadas en la pared. Ella riendo y tú también.
Pero eran solo eso. Dos cuerpos hechos. Ahí. Sin vida. Y, esa misma noche, decidí no vivir más.
Y me maté con metal brilloso. Y mis manos embadurnaron con mi sangre los cuerpos dibujados
por no sé quien
Traición manifiesta
La vi pasar, por ahí. Por ese camino andado antes por ella. Lo que pasa, ahora, es que va de la
mano de Ciriaco Cartagena. Negro ramplón. Traicionero de su propia raza. Hecho como de
plomo hechizo. Fundido en otrora expiación inquisidora. Estuvo en el trajín de llevar y traer
mensajes entre obispos y monseñores. Por allá en ese tiempo de martirologio absoluto. En
cuando ensillaba a la bestia religiosa. Para potenciar decapitaciones en la exponencial. O, ese
mismo negro, asumiendo que lo suyo era reclamarles a reyes y gendarmes. Que le facilitaran la
pócima para limpiar su piel.
Yo sé que, ella, lo eligió. Siendo que, antes, fue negra de libertad crecida. Incendiaria, a lo
bien. Trepidante mujer, en combate. Ires y venires, a su nombre. Por ella acicalados con el
negro absoluto, potente, libertario. Y verla, ahora, en ese nudo perdulario con ese sujeto avaro
en lo que se dice de verdades. Henchido de pobre jerigonza vertebrada con palabras aviesas.
Y no lo digo, yo, por resentimiento o por sangrar por herida. La amé. La ama. La amaré por
siempre. Lo que pasa es que uno, como que envuelve la vida y la cree en enhorabuena
perenne. Yo soy, eso sí, un sinfín de contradicciones. Soy, eso que llaman ahora, sujeto de ir y
venir. En diferente, cada vez. Como si, siendo así, pudiese retornar al comienzo. Cuando era,
apenas, sujeto de ida, en vivo simple. En caída libre, en veces. Diciendo lo que fuere con el
énfasis puesto en el no posible. O, tal vez, será. Siendo yo así, fue que la conocí. En el villorio
relajado. Llamado Hondonada de San Belisario. Un sitio de bravía hechura. En ese pasado de
trochas y de mulas en ellas. Yendo enjalmadas, inocentes, cansadas. Con arriero irascible.
Dador de zurriago y de palos hendidos en su cuero. Expósitas sujetas nobles. Leales.
Y, sigo en lo que iba, esa negra Incendiaria Soto, se hizo mujer de plena locura amatoria. Libre.
Pasión pura. Iconoclasta. Herética. Y se encontró con el Ciriaco, allá. En Compostela Moderna.
Sitio ajado, ya. Desde tiempos de las jerarquías apoltronadas en los ribetes de los jalones en
tierra. Esos que se fueron, en el despiste de la libertad, posicionados como instrumentos de
crueldad infinita. Doctorzuelos en el discurso ampuloso. Como si fuesen veletas que desarropan
el viento. Venidos desde tiempos de horizonte hecho para el abismo. O para el asfixiante yugo
de fierros hechos en el incandescente fuego.
Al verlos pasar, Dije: mírenla y mírenlo. Ella y él ufanados. Con la malparidez alborotada. Con la
ponzoña lista. Paira devastar a todos y todas, los de la otra orilla. En ese inventario manifiesto.
De cosas afanadas. De fisuras puestas al servicio de lo enervante. De lo que duele. De lo que
castiga y destruye.
Un venirse, diría yo, en componenda con la cizaña de la que hablaba el hablador bíblico. Mero
sujeto diciente de cualquier cosa. Pero, a decir verdad, en eso atinó. Cizañero y cizañera, son
ahora ella y él. Como vociferantes, impío e impía.
Yo me quedé silente. Dije nada. Ahí. Y después. Varado, digo yo. Corcho oscilante. Para aquí y
para allá. Embolaté la iridiscencia. Casi perdida quedó. Y, lo punzante por lo bajo, fue que no
me afanó la tristeza por ello. Como en la decadencia absoluta. Como vendedor de pasquines
insultantes, apenas. Sin la vehemencia de antes. Metido en esa pocilga agria.
Se me perdieron en el horizonte trazado por mí. Dejé de verlos, casi en la medianía del pasar.
Fijé mis ojos al piso. Me hice sujeto embobado. Inmerso en la jetuda ignorancia supina. Digno
de ser ejecutado en guillotina doble. Simplemente, porque no les advertía a todos y a todas, lo
que vendría encima. A cargo de los ejércitos depravados. Surtidos por la traición de Incendiaría
y de Ciriaco. Negra y negro en deslealtad con la vida. Naciente. Y la ya hecha.
Río mío. Río de ella
Yo te he propuesto volver conmigo. A este territorio expansivo, lleno de opciones y de
imaginarios vertiginosos. Te lo he dicho, por lo mismo que estoy reivindicando el derecho a
mirarte una vez más. En seguilla de palabras y de expresiones corporales; te he visto en todos
mis sueños habidos desde que volaste. Recuerdo bien ese día. Uno de tantos de enero. Te
acompañé hasta el río nuestro. Y, estando allí, me dijiste que no ibas más conmigo. Tu discurso
se volvió lineal, insípido. No como cuando nos conocimos. Este ahora es pura perplejidad para
mí. Habiéndote visto en tu infancia. Danzante. Con tus piecitos atados a las alas del águila
nuestra. La que vimos, por primera vez, en majestuoso bosque de los dos. Lo habíamos
construido juntos. Tú con lo que tenías. Como queriendo decir que no. Y, yo, aportando mi
visión de universos hechos para ti y para mí. En una corredera improvisada. En ese juego con
el mar. Allá, en donde el agua es más densa. Y colocamos arrecifes para detener las olas
encrespadas y dotadas de una fuerza infinita.
Y te lo dije, diciéndote que no te fueras. Pro ya todo estaba dicho. No más palabras que en vez
de arrullar, laceran. Me regresé como perdido de fe y de memoria. Te fabriqué un ícono. Y lo
puse a la entrada de la casita, la que nos albergó tanto tiempo. La puse para que, quien
pasara, supiera que eras mujer absoluta. Y, al caer la noche, cerré puertas y ventanas. Y me
propuse dormir. Buscando los sueños idos. Cuando estábamos los dos. Dormí, en tiempo, trece
veces más que lo eterno. Buscándote en las soledades del desierto. Y vi tus huellas en el
camino todo. Y soñé más. Viéndote en la lejanía del río que te llevó a ti y a tu barca. Hecha del
ilusionario tuyo y mío. Y, ese nuestro río, siguió raudo buscando al mar. Barquita esa de papel
con hilo trabajado por mi madre. Y la recibiste ese día antes de partir. Y la vieja Baltazara, me
dijo que, siendo ella mi madre; era tuya también.
Bajé de los sueños consecutivos. Justo cuando robaba las alas a nuestra águila que, tú y yo,
bautizamos Esperanza. Tal vez recordando lo que hicimos juntos, ese día de calentura
manifiesta. Tanto que derritieron todos y todas. Menos a nosotros. Alzando vuelo magnífico:
Pensábamos ir hasta donde estuviera quien hizo tus ojos. Lo encontramos en ese extremo que
no conocíamos. Y apareció. Así, ¡de golpe ¡Que yo necesitaba tener otro par como los tuyos! En
alzando las manos, como solo él podía hacerlo. Me susurró que su trabajo ya no era ese. Que
buscáramos a la estrellita que vivía todo enfrente. Pasamos a esa otra orilla. Y le dijimos al
notario de la vida, lo mismo que le habíamos dicho al otro hacedor de estigmas. Y, este otro,
nos dijo que lo que pasó con tus ojos, solo fue laminita de agua. Y que ahí se hicieron los
negros luceros de mi alma bella. Mi mujer que vive la vida, viviéndola tantas veces que ya había
perdido la cuenta. Que lo único cierto era que irrepetibles serían siempre.
Volví a soñar con el río. Y con tu barquita bajándola, estabas tú. Y que habías partido ese lunes,
después de haber hablado con los sabios que no pudieron repetir los ojos que miran y
enloquecen al unísono. Que todo lo nuestro había sido. Pero que ya no era. Que la soledad
solita se prolongaría hasta las setenta veces siete universos juntos.
Al despertar de ese enésimo sueño, corrí tanto y tan de prisa que la velocidad de la luz de las
luciérnagas, quedaron en silencio detenidas. Pasé por los bosques. Cada nada me perdía. Pero,
al momento, volvía a encontrar el río referente. Contigo abordo. Te llamaba a voces, en gritos.
Y tú imperturbable. Y llegué al mar antes que tu barca. Y, cuando llegó, venía íngrima. Y me
contó que te habías bajado a la mitad del viaje. Y que, en voz vibrante me llamabas para
regresar conmigo. Y que, la barquita, te respondió diciéndote que ya era muy tarde. Que yo
había ido hasta el mar y que con él me quedaría
Matar en silencio
Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que
fuimos en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de
hombres puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera
llamarse camino enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en
plenitud. Y, como sumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome
sujeto proclamado al comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto de
mil voces y mil pasos y mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones vertebradas.
Como simple hechura compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso con los otros y
con las otras.
Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si,
estas, pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como concreción
cerrada, inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes Pelayo. Nos
habíamos visto antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las hilaturas de toda
vida compartida, colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera llamar opciones de
propuestas. Casitas como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio viento, soplando el polvo
de los caminos, como dice la canción.
Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el tormento
de bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y los
zaguanes impropios. Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que se da,
ahora, en llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra hecha
por los vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica Hegeliana
improvisada. De aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color y sin vida. Solo
en el transitar de sus habitantes. En la noche y en el día.
Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio. Tanto
como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo desnudo.
Para hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante. Sus piernas
absolutas. Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en todos. Así fuera en
la noche o en el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo rojizo.
Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y lugar. En danzantes
hechos de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En
legendarias brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes
que no fueron para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades distinta
a la de ser soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le permitieron.
Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí, era
como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito. O en
la calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese día en
que la vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de mirada
aspaventosa. Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo saludé a él.
Tratando de disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la vida, hasta la
asfixia casi.
Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño.
Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla. Y
salí a la calle. Y lo busqué y la busqué. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa, la
maté y lo maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue para
Miguelito amante.
Vendimia
Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo
al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena.
Como cuando se tiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De
aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad, sin
poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin sentir la ausencia de
condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la
querella conmigo y con el otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo
mismo que sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de
extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna.
Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos íntimos. Asociados
a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al menos, sentido.
Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En una hon dura de dolor
manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la
intención de no enfrentar más lo habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la
lucidez. Porque he ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como
construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado. Subsumido
en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y andando caminos que llevan a ninguna
parte.
Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en cualquier otra parte
anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la
espada mía insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el
límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un
yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de incapacidad para ser
uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo.
Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En búsqueda de camino de
escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un
tiempo, fui. Como pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a
la memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la largueza
de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la negación de todo. En lo
circunstancial perdido. En el contexto proclamado como aluvión de rigores. De itinerarios
envolventes. Surtidos de simples cosas.
Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En vocinglería innata y rústica.
Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me
apabulla. En fin, que, siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera
llegado el momento de no ser más.
Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía. Un sentir
desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha
tornado perenne. Un no a mi yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán
áspero. Punzante. Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte.
Sol viejo. Tu radiante
Ejerciendo como violín de tu danza y canto, me ha dado por recorrer todo lo que vivimos antes.
Toda una expresión que vuelve a revivir el recuerdo. De mi parte te he adjudicado una línea en
el tiempo básico. Para que, conmigo, iniciemos la caminata hacia ese territorio efímero. Un ir y
venir absoluto tratando de encontrar la vida. Aquella que no veo desde el tiempo en que
tratamos de iniciar los pasos por el camino provistos de un y mil aventuras. Como esa, cuando
yo tomé la decisión de vincular mis ilusiones a la vastedad de perspectivas que me dijiste
habías iniciado; desde el mismo momento en que naciste.
Todo fue como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya, desde ese momento,
había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las cosas, no pasaba de ser
diminutivo centrado en posibles expresiones que no irían a fundamentar ninguna opción de
vida. Viendo a Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a uno
los fuimos contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. A propósito de sonsacar
a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese recorrido nos situamos en la misma
línea habida. Situada en posición de entender su dinámica. -
La vía nuestra, fue y ha sido, entonces, una bruma falsa. Que impide que veamos todos los
indicios manifiestos. Y que, en su lugar, incorpora a sus hábitos, todo aquello que se venía
insinuando. Desde ese mismo anchuroso rio benévolo. Y, de mi parte, insistí en navegar
contracorriente. Tratando de no eludir ninguna bronca. Todo a su tiempo, te dije. Y esperamos
en esa pasadera de tiempo. Y volvimos, en esos escarceos, a habilitar la doctrina de los
ilusionistas inveterados. Todo, en una gran holgura de haceres trascendentes.
Y, ya que lo mío es ahora, una copia lánguida de todo lo que yo mismo había enunciado en ese
canto a capela. Y que traté de impulsar, como principio aludido y nunca indagado. En esa
sordera de vida. Solo comparable con el momento en que te fuiste. Y entendía que no
escuchaba las voces. Las ajenas y las nuestras, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera
vuelta. Y que tú lloraste. Pero seguía el olvido de tus palabras. Porque ya se había instalado, en
mí, la condición de no hablante, no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que pasar, antes de
volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido y dominado el rol del silencio y de
la vocinglería. Contradictores frente a frente. Y que empezaste a enhebrar lo justo de las
recomendaciones que te hicieron los dioses chicaneros.
Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las
otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre.
No iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las
acechanzas que te siguieron desde ese día
Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada
en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el
Sol deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás,
de tu música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo Sol. Muerto ya. Tú
debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará
Yo, Universo herido
Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz
brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y
yo traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en el
entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí, antes.
Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como sujeto
necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el espectro, una
ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero
no fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho.
Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo material. Yo, dando la
impresión de sujeto precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en
concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como inmóvil cuerda
de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra simultánea. En un oficio de
voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente voz. Ni como móvil corriendo hacia la
Luna. Tal vez, en el sentido de espacio exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra
sosiego inmediato. Para dejar de ser cuerpo de estigmas dolorosas. Que se aferra a la piel.
Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión desamparada, Como
demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo. En esa presencia, Luna lunita
pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Como impávido averno dantesco. Sin exhibir largo
vuelo. Simplemente, avejentado como explorador inicuo.
Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados.
Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la herida vergonzante. Por lo mismo
que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples
fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a una
torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación
cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la
hoguera primera. De los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de
oprobios todo lo que insinuara desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los
dioses idos desde antes de haber nacido.
Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin
el faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de
Zeus. Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para
una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún.
Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza e n la Tierra viva. Volviendo
desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio.
Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro.
Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo,
convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En
remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo.
Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes
violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones
embelleciendo con sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá,
huyendo a cualquier galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía
consumida toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la vida.
Proponer cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma, refería como simples
engarces de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de haceres pródigos. Como en esa libertad
de libre albedrío, que no permite inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge
como simple respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante.
Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto originario. Venido desde la melancolía
primera. Atravesada. Estando ahí, siendo yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir.
Cualquiera que haya sido. Me fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado
volantín en tinieblas. Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de acción;
lo demás se fue extinguiendo.
Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado. Sus vivencias, empezaron a buscar un
refugio pertinente. Se fugó de la casa en la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia
donde iba. Solo yo logré descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi
imperceptible. Y la seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como
levitación de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en
dirección a la marginalidad
Yo, vulnerador
En lo diferido, en ese entonces, estuve malgastando los recuerdos. Como quiera que son
muchos. Y han viajado, conmigo, en la línea del tiempo profundo. Hacia diferentes medidas de
trayecto lineal. En este día, estoy como al comienzo. Es decir, como aletargado por las palabras
vertidas en todo el camino posible. Uno de los momentos que más me oprimen, tiene que ver
con el incremento de hechos dados. Expósitos. Como esperando que alguien efectúe inventario
de vida alrededor de ellos. Y, en ese proceso de manejo contado, fui hilvanando preguntas.
Algunas, se han quedado sin respuesta. Y, por lo mismo, es un énfasis en litigio. Entre lo que
soy ahora. Y lo contado por mí mismo, como insumos del ayer pasado.
El día en que conocí a Abelarda Alfonsín, fue uno de tantos. Andábamos, ella y yo, en esos
escapes que, en veces, son manifiesto otorgado a la locura. Ella, venida desde el pasado. Un
origen, el suyo, envuelto en esa somnolencia propia de quienes han heredado tósigos. Como
emblema hiriente. Un yo, acezante, dijo el primer día de nuestro encuentro. Iba en esa
aplicación del legado, como infortunio. Aún visto desde la simpleza de la lógica en d esarmonía
con los códigos de vida. En universo de opciones no lúcidas. Más bien, como ejerciendo de
hospedante de las cosas vagas. Esto fue propuesto, por ella, como referencia sin la cual no
podría atravesar ese mar abierto punzante, hiriente. Y yo, en eso de tratar de interpretar lo
mío. Como pretendiendo izar la iconografía, por vía explayada. En la cual, el unísono como
plegaria, hirsuta; hacia destinos perdidos, antes de ser comienzo.
En la noche habitamos ese desierto impávido. Hecho de pedacitos de verdades. En una
perspectiva de ilusiones varadas en su propia longitud de travesía andada. No más nos
miramos, dispusimos una aceptación tácita. Como esas que vienen desde las tristezas
ampliados. Un quehacer de nervio enjuto. Y nos mirábamos, a cada nada. Ella, mi acompañante
vencida por el agobio de los años y de su heredad inviable; empezó a del horizonte kafkiano.
Una rutina de día y noche. Sin intervalos de bondad. Ni de lúdica andante. Y, ella, vio en mí, los
depositarios de sus ilusiones consumidas ya. Y, yo, hice énfasis en lo cotidiano casi como usura
prestataria. Como si, lo mío, fuese entrega válida en, ese su vuelo a ras de la tierra.
Cuando lo hicimos, sentí un placer inapropiado. Ella impávida. Como simple depositaria de mi
largueza hecha punzón. Un rompimiento de himen, doloroso. Y se durmió en mi recostada. Y vi
crecer su vientre a cada minuto. Y la vi, en noveno mes, vencida. Como mirando la nada. Y con
esos ojitos cafés llorando en su mismo silencio.
Vulcano lo llamé yo. Desde ese venirse en plena noche de abrumadora estreches de ver y de
caminar. Y, este, creció ahí mismo. Y, ella, con un odio visceral conmigo y con él. Miraba sin
vernos. Y fue decayendo su poquito ímpetu ya, de por si desguarnecido. Le dije, sottovoce, que
el hijo parido quería hablar con ella. Y lo asumió como escarnio absoluto, pútrido.
La dejamos allí. En ese desierto brumoso. Nos fuimos en dirección mar abierto. Y empezamos a
deletrear los mensajes recibidos. Desde ese vuelo perenne. Y sus códigos aviesos, ya sin ella.
Hasta que recordé que la amaba. Y que le hice daño físico, al hendir lo mío en tierno sitio. Y
dejé que Vulcano se fuera en otra dirección. Yo me quedé ahí. En sitio insano. Sin ninguna
propiedad cálida. Sin ver sus brazos. Y su cuerpo todo. Y me fui yendo de esta vida. Y, rauda,
la vi pasar. En otro vuelo abierto, con dirección a lo insumiso. Como heredad. Como sitio
benévolo.
Siendo yo
Yo me inicié con justa causa. Mucho recorrido en lo que llevo de vida, Mi entorno hosco y
presumido. Como cuando surgen las algarabías perplejas de tanto hacerse paso de recodos
inciertos. Ya había perdido esa juntura exótica que he dado en llamar ingente plusvalía. Un ir
mirando, lo digo yo ahora, lo que se ha hecho puntual de tendencia efímera. Como legado de la
estadística intuitiva, que junta versiones de uno u otro lado. Es ahí, en ese punto de hoyo negro
probabilístico, en el cual encontré la lluvia expiatoria. Un más o menos de recorrido penoso. No
entendido, en comienzo. Y me hice vértigo de mí mismo. Como eso de no saber pulsar lo que
me había sido dado. Un ceniciento sujeto opaco. La voltereta, en ciernes, sumaba hasta
convertirme en ocaso prematuro. Podría decirse que es nimiedad de conceptos. En eso que
tenemos todos y todas, de andar diciendo cualquier cosa. Como si el único requisito para
hacerlo fuera lo que es una propuesta hecha fuego. Un tono y son exportado al aire puro o
impuro.
Rigoberto era como mi otro yo. Lo conocí en octubre primero. Estaba, él, recogiendo las
bondades de lo humano. En un inventario insípido. Como quera que fue tomado de la usura
puesta como principio y como quehacer. Los dos rodamos. Habiéndonos hecho cuerpos de
hechura simple. Como simple fue lo que le dije en tiempo preciso. Lo hice reconocer que él solo
era punto de llegada del trajín teológico. En eso aprendido que instauramos con condición de
ser y estar. Una novedad manifiesta, para esa época langaruta. Mecida en el talismán de los
sujetos hechos poder. Y le dije, además, que no entendía su desarreglo. Habiendo hecho, como
en realidad lo hicimos, un tejido societario. Po por lo mismo, sujeto a las veleidades de los
detentadores de poder afanado. Vuelto gobernanza infinita.
Y, habiendo pasado un siglo, nos juntamos otra vez. Él y yo. Como dualidad ajena a lo
perdulario. Pero que, en sí misma, era com trocadero de puerto inasible. Por lo mismo que
éramos cuerpos incrustados. Uno en el otro. En vencimiento de términos y adportas de
sucumbir como sujetos venidos desde ese más allá interior de cada uno. Como si hubiéciimos
embadurnado todo el pasar, pasando. Una especie de galimatías ramplón.
Holograma
Supe lo que pasó, cuando lo contó Luxila. La que estuvo en ese aspaviento de casa. Lo supe,
entonces, en esa cortedad de tiempo. Vago, como pasa siempre. Como vaga es la verdad
contada a porrazos. Y, en esa casita, rayada. Como dibujo hecho en la penumbra. Como
cuando no se sabe lo que es ser cierto. Y, la Luxila, azotando al viento con sus palabras
vertidas. Así. Dejándolas volar sin prisa. Con la vehemencia de quien ya, antes de hoy, le ha
hablado al mundo. Y es que dicen que, siendo ella niña hechicera, se puso a pasar por encima
del fuego vivo, enhiesto. Empecinado, envolvente. Como potencia misma, sin ocaso. Y, lo dicen
ellos, que ella se fue adueñando de él y de lo circundante. Y que fue creciendo en pulsión y en
calendas. Y que conoció a Cayetano Manrique. Avieso tormento. El mismo que llegó, siendo un
junio soleado. Fugaz. Y se instaló en el predio de los Benjumea. Que los hirió con el punzón
traído desde su época de matón. De funesto cobrador de deudas. En ese peregrinar insaciable
de sus patronos. Vergonzantes aduladores del Jerarca mayor, bandolero por lo bajo.
Y, ese jueves en que pasó lo dicho por ella, se hizo hostigante día de holgura en odio supremo.
Día que pasó lento. Como lenta fue la tortura infringida a los protestantes que habían levantado
voces, juntas. En reclamante expresión primaria. En una seguidilla de opciones propuestas
desde antes. Desde que se hizo evidente la sensación de exterminio palaciego. Y, tal vez, por
eso mismo se fue tejiendo, en anchura, la noción de libertad. En una elucubración de ternura
suprema. Unos ires evolucionados desde adentro.
Y las cosas, según ella, se dieron de tal manera que, cada quien, buscó lo suyo en ese mismo
hilo envolvente. En el ejercicio máximo de fuerza suya. De las condiciones que empezaron a
trepidar en ese adentro letal. En volcamiento de seres que fueron en crecimiento de razón
como quiera que se fue disolviendo la verdad venida desde antes. Y, entonces, en posición
venida se exhibieron las ofertas para horadar la ternura y la esperanza. Y, diciendo ella eso,
supe de su verdadero rol. Y, en esa misma perspectiva, validé mi referente. Ya no era el que
había sido hasta entonces. Ya era lo reducido del ver y del andar. Como si yo fuese taxidermista
improvisado. O rebanador de cerebros. Así se lo hice saber, cuando terminó su letanía pensada
desde antes. Y, en ese mismo destrozo de vida, se fue irguiendo la especulación con la
esperanza. Una voladera de unciones aceitosas. Como simple caparazón que llegó a ser
permeado por los ilustrados empotrados en el cuerpo que heredaron de su anterior extirpe.
Como sujetos magos que, blandiendo las espadas novísimas, se convirtieron en simples
azuzadores de proclamas venidas a menos.
Y ella, entonces, trató de alzar vuelo secuenciado. Como dosificando las palabras habidas desde
allá. Desde esas noches en que ella hizo vigilia para observar la tornasolada transformación de
las noches-días. De la iridiscencia opacada por el vuelo en alas de amargura. Y, en esa casa en
que ella habló, se cerraron puertas y ventanas. Se hizo viento de acerad o frío. De humedades
sarnosas, Como si, en enfermizo entorno, la pudrición pudiera más que la velocidad luz de las
reclamaciones.
En este hoy epopéyicos, ella y yo, juntamos habladurías. Para decirnos a nosotros lo que ya
sabíamos. Pero fingiendo, en tartamudez vergonzante, que ese era nuestro mensaje nuevo.
Traducido de las palabras escuchadas en las montañas frescas. En las cuales surgió la vida. Y
que, en ese diciendo nuestro apestoso, mostramos como languideciendo el futuro. Que, con
nuestras manos, ella y yo, fuimos haciendo hilatura gruesa. Como esa que ha protegido
siempre a los malvados.
Y sí que, en ese juego extremo, nos sentamos a la vera de los caminos. Puliendo la piedra que
habría de darle muerte a los libertarios. Pues sí que, habíamos transformado los tiempos.
Habíamos mimetizado las verdades. Y habíamos hecho del delirio, manifiesta estampa de vida
incierta.
Río mío. Río de ella
Yo te he propuesto volver conmigo. A este territorio expansivo, lleno de opciones y de
imaginarios vertiginosos. Te lo he dicho, por lo mismo que estoy reivindicando el derecho a
mirarte una vez más. En seguilla de palabras y de expresiones corporales; te he visto en todos
mis sueños habidos desde que volaste. Recuerdo bien ese día. Uno de tantos de enero. Te
acompañé hasta el río nuestro. Y, estando allí, me dijiste que no ibas más conmigo. Tu discurso
se volvió lineal, insípido. No como cuando nos conocimos. Este ahora es pura perplejidad para
mí. Habiéndote visto en tu infancia. Danzante. Con tus piecitos atados a las alas del águila
nuestra. La que vimos, por primera vez, en majestuoso bosque de los dos. Lo habíamos
construido juntos. Tú con lo que tenías. Como queriendo decir que no. Y, yo, aportando mi
visión de universos hechos para ti y para mí. En una corredera improvisada. En ese juego con
el mar. Allá, en donde el agua es más densa. Y colocamos arrecifes para detener las olas
encrespadas y dotadas de una fuerza infinita.
Y te lo dije, diciéndote que no te fueras. Pro ya todo estaba dicho. No más palabras que en vez
de arrullar, laceran. Me regresé como perdido de fe y de memoria. Te fabriqué un ícono. Y lo
puse a la entrada de la casita, la que nos albergó tanto tiempo. La puse para que, quien
pasara, supiera que eras mujer absoluta. Y, al caer la noche, cerré puertas y ventanas. Y me
propuse dormir. Buscando los sueños idos. Cuando estábamos los dos. Dormí, en tiempo, trece
veces más que lo eterno. Buscándote en las soledades del desierto. Y vi tus huellas en el
camino todo. Y soñé más. Viéndote en la lejanía del río que te llevó a ti y a tu barca. Hecha del
ilusionario tuyo y mío. Y, ese nuestro río, siguió raudo buscando al mar. Barquita esa de papel
con hilo trabajado por mi madre. Y la recibiste ese día antes de partir. Y la vieja Baltazara, me
dijo que, siendo ella mi madre; era tuya también.
Bajé de los sueños consecutivos. Justo cuando robaba las alas a nuestra águila que, tú y yo,
bautizamos Esperanza. Tal vez recordando lo que hicimos juntos, ese día de calentura
manifiesta. Tanto que derritieron todos y todas. Menos a nosotros. Alzando vuelo magnífico:
Pensábamos ir hasta donde estuviera quien hizo tus ojos. Lo encontramos en ese extremo que
no conocíamos. Y apareció. Así, ¡de golpe ¡Que yo necesitaba tener otro par como los tuyos! En
alzando las manos, como solo él podía hacerlo. Me susurró que su trabajo ya no era ese. Que
buscáramos a la estrellita que vivía todo enfrente. Pasamos a esa otra orilla. Y le dijimos al
notario de la vida, lo mismo que le habíamos dicho al otro hacedor de estigmas. Y, este otro,
nos dijo que lo que pasó con tus ojos, solo fue laminita de agua. Y que ahí se hicieron los
negros luceros de mi alma bella. Mi mujer que vive la vida, viviéndola tantas veces que ya había
perdido la cuenta. Que lo único cierto era que irrepetibles serían siempre.
Volví a soñar con el río. Y con tu barquita bajándola, estabas tú. Y que habías partido ese lunes,
después de haber hablado con los sabios que no pudieron repetir los ojos que miran y
enloquecen al unísono. Que todo lo nuestro había sido. Pero que ya no era. Que la soledad
solita se prolongaría hasta las setenta veces siete universos juntos.
Al despertar de ese enésimo sueño, corrí tanto y tan de prisa que la velocidad de la luz de las
luciérnagas, quedaron en silencio detenidas. Pasé por los bosques. Cada nada me perdía. Pero,
al momento, volvía a encontrar el río referente. Contigo abordo. Te llamaba a voces, en gritos.
Y tú imperturbable. Y llegué al mar antes que tu barca. Y, cuando llegó, venía íngrima. Y me
contó que te habías bajado a la mitad del viaje. Y que, en voz vibrante me llamabas para
regresar conmigo. Y que, la barquita, te respondió diciéndote que ya era muy tarde. Que yo
había ido hasta el mar y que con él me quedaría
Viejo Fredy libertario
La convocación primera me llama, ahora. Teniendo el recuerdo vivo. En el absurdo volcado.
Como lo vi en ese ayer no sereno. Guerrero. Y no dejando pasar el olvido. Ni que se asiente
aquí, ahora. Y me vino la locuacidad del silencio. En un engaño, a veces, traté de hacer
recilencia. Pero pudo más el hecho del recuerdo cierto. En viéndolo ahora como sujeto de
entrenada ternura. Para que no fuese a brotar al lado de quienes nunca la sintieron. Ni la
sentirán. De esa imborrable mirada, suya. Con la suficiencia plena. Por ahí andando. Tratando
de encontrar el futuro pleno. En lo que esto tiene tendrá de amplitud de bondad rebelde: Que
quiso ceder, tal vez, cuando mataron su cuerpo. Una infame perspectiva. Anclada en lo que
somos como sujetos en violencia maldita. Pero, en él estaba, el sueño escondido. Para ponerlo
a vibrar al lado de quienes amó siempre. Sus súbditos voluntarios. Al lado suyo. Queriendo irse
con él. Hacia esa brecha de silencio vivo. Elocuente. Dispuesto a volar en anchuroso vuelo de
libertad prístina.
Y estuvimos a su lado siempre. Aún en esa ausencia del no estar reclamándoles a los dadores
de muerte aciaga. Pero, en eso que tenemos de nervadura oscilante, pero férrea, nos hicimos a
la idea de no haberlo visto partir por ese camino no querido. Pero transitado por otros y otras
muchas y muchos. De los que se fueron antes que él. Pero que le dejaron la huella viva,
abierta. Tal vez para que la recogerá cualquier día. Pensado en eso de que vivir tenemos en
fuerza y en lucha. Y que, esa muerte ahí, al tanto de los cuerpos que ya no respiran. Pero, así
mismo, en ese verlos flotar en el espíritu que tenían. De pura pulsión de vida cimera
Y, en este hoy tardío, aquí. Se va la memoria a rescatarlos. Pero, sobre todo, a él. El sujeto
Fredy. Empalagoso con tanta fuerza puesta al servicio de la libertad. Y, en esa recordadera de
ahora, me encuentro en este yo flagelado por el hecho de no poderlo ver más. Desde ese día.
En su trinchera de verdad. De la academia sin fisuras. Al lado de setenta veces siete volan tines.
Hombres y mujeres. De los niños y las niñas, puestos en primera fila. Para no dejar que el
olvido se asiente. Y deje que cobre fuerza la acechanza pérfida. Ellos y ellas. Pero ante todo
este yo que sintió su voz en la cercanía misma. Ahí en el boquejarro no estridente. Acicalado
por la doctrina cierta, certera. De la teoría y la acción empecinadas en no naufragar nunca.
Es, como si ahora, en este tiempo presente. Venido del pasado. Pero nunca del olvido. Yo
siento que me fui por la verdad como simple sortilegio inusual, innecesario, Tal vez cómplice de
los matadores de hoy y de ayer. Y de los que se van suceder como empotrados en los tronos
de miseria y de poca vida ilustre y lúcida. Es como cuando siento y he sentido, el ave agorera
volando alrededor de nosotros y nosotras. Ave creada por los perdularios. Para extender el
dominio de su ignominiosa presencia. Como Chabacanes que fungen como sujetos de
venganza. Tratando de impedir el vuelo de la esperanza. Como vuelo de vida perenne.
A unísono, mi yo y mi fuerza, seguiremos empecinados en darle vuelta a las cosas. Como en
esa subversión necesaria. Más ahora que quienes fueron libertarios y libertarias con nosotros y
nosotras, otrora; los vemos y las vemos al lado de la democracia vergonzosa. Como querie ndo,
ellos y ellas, dar a creer que lo pasado de la revolución necesaria, hizo crisis. Qué diría el viejo
Fredy, si le hubiese tocado ver esta sangría. Este entregarse a los dueños del poder. De los
que, a cada paso. Nutren de vergüenza y de dolor el territorio que habrá de ser nuestro. Y que
te esperamos, cuando se haga presencia absoluta. Inamovible. Para que nos veas desfilar en la
divertida alegría. De libre vuelo. De esperanza henchidos y henchidas. Haciéndoles morder
polvo a los matadores. Como esos que te mataron el cuerpo. Pero que no mataron tu recuerdo.
La cautiva liberada
Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí
mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y
lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera
diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al
mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no
como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como
referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial
que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto,
predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni
portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando
sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos,
sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos.
Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí
misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla
como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.
Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya
vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el
mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a
infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el
mismo, pero distinto entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa
secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas.
Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que
estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido.
Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo
tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas
no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza
sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos,
infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor
como blindaje. Para que hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca.
Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba.
Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo
vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti
como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que
tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo
hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como
vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana.
Y es ahí en donde quedo. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir
por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida;
repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche,
por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes
que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni
por mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de
quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el
universo lejano. O en el entorno que amamos.
Ella, la mujer. Ella Fantasía
Yo sí que he tenido dificultades. De esas que uno dice, espontáneamente, que se parecen a
algún castigo premeditado. A pesar de mi ateísmo declarado, ahora como que meto en saco
roto esa posición. La cual la advertí, en mí, hace mucho tiempo. Así, de rapidez. Como cuando
se entiende una dinámica de vida que no se corresponde con la lógica elemental de los hechos
y acciones asignados por uno mismo. Pero que, condiciones de similitud con respecto a las
ilusiones, se parecen a esos tejidos de arañas. Que te dejan ahí. Encadenado. Viviendo al gasto
cotidiano. Y, entonces, te das cuenta que todo lo habido como que se constituye en insumo que
aturde. Que te deja a merced de lo absurdo. Cuando no, de lo ridículo. Y claro que se sigue
viviendo. En sucesión, las cosas, adquieren vida propia. Y te asfixian. Se colocan por encima del
sujeto que las vive y las siente. No habiendo lugar, a partir de esa sumatoria de momentos,
para reclamar la identidad. Esta como que se disuelve en las eventualidades del día a día.
Por lo tanto, en consecuencia, es un recuerdo que hace daño. Es decir, siendo yo hoy, lo que se
perfiló desde ayer, ese mismo hoy me condiciona. Como una pulsión que me deja varado,
inmóvil, tratando de cruzar el rio. Y la realidad se convierte en escenario de cosas punzantes.
Que hiere. Y te vuelven a remitir a lo primero. Siendo esto lo que ya dije del ayer. Y tal parece
que lo estoy asimilando por una vía inapropiada. En eso de que lo uno sigue a lo otro. Y que
este otro es, precisamente porque fue primero lo que advierto como ese uno abstracto. Como
cosificación que inmola. Que te obliga a padecer ese hoy, como tormento.
Y qué decir, entonces, de la posibilidad de retornar al origen. Es decir, como tratar de rehacer
la vida. Tratando de reconciliar creencias con las decisiones. En suposición de que sea factible
corregir. Emprender camino con otras connotaciones. Y con otras opciones que no traduzcan lo
que ya está cifrado. En ese tipo de ilusión que no había sido contemplada. Al menos que no
había sido requerida como otra ruta. Distinta a la que, al final, fue. En esa locura de
realizaciones. Contenidos impropios. Por cuanto se asemejan a la pasión convertida en
insensatez. En revoltijo de concreciones generadoras de desencanto.
En ese tipo de reflexión estaba, cuando se me dibujó su cuerpo. En película que yo llamo la
línea de percepción inmediata. Una negra convocante. En desnudez. Sin admitir ninguna
erosión entre la percepción y la cosa en sí. Yo me detuve, tratando de increparme, para
despertar del sueño creído. Pero no era sueño. Porque la palpé. Cogí sus manos. Luego deslice
mi mirada y mis dedos por el vientre puro. Aprisioné su cintura. Con mis labios recorrí su cuello.
Extasiado. Yo ya sabía que era una de aquellas mujeres en venta. De esas que se compran por
ratos. Para deshacer con ellas la soledad. Ya me había pasado antes. En el mismo sitio. Pero
esta ejercía una sensación hipnótica. Pujaba, todo en ella, por la seducción imprecisa. Mágica.
Y le dije que lo mío iba más allá. Que no la quería ver ahí. Que la deseaba. Y se lo dije en
condición de sujeto que vive el éxtasis no premeditado. No como con las otras a las cuales
acosé con mi libido enfermiza. Que maltraté en lo físico y en lo del alma también. Y le dije que
la deseaba. Para mí. Para que espantara mi soledad y mí entendido de vida. Y que la amaba
desde antes. Siendo ese antes, la primera pasión y visión. No en montonera de cosas estáticas.
Sino en secuencias de gratificación universal. Como cuando se vuelve a localizar el camino
perdido.
Y vino a mí. Y me besó. Con ternura de mujer total. Y caminamos. Por la calle tan visitada. Tan
vilipendiada. Y fuimos el uno y el otro. Un crecimiento de pasión. De cuerpos entrelazados. Y la
tuve y me tuvo.
Siendo, ya, el amanecer; me despedí de ella. Y no la volví a ver. A pesar de que todos los días y
las noches la he buscado desde entonces. Indagando por ella; me dijeron que no había sido
nunca cuerpo de ahí. No era sujeta en venta. Simplemente porque nunca, ella, había estado.
Porque ese nombre “Ternura”, no había sido conocido, ni visto. En fin, que, lo mío, no era más
que una fantasía. Una locura habida. Ahí en donde yo decía que puse mi vida.
La Diosa Amada
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al
relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad,
una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que
crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo
real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más
que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En
sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, mu chas veces
umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo
latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea.
Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece.
En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que
ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en
cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y
va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola
límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas.
Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a
Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre
Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el
nuestro permaneció. Por estar ella presente.
Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar
Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te
hemos hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú.
Diezmadas en enésima potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los
pasados, pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De
viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave
de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y
niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las
de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir.
Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho.
¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen.
Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado
caminos al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado
atrás sus territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De
las mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con
esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo.
Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica
tersura. De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje.
Que se enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has
sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados.
Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un
solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo
triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y ellos e ncuentres el rumbo que parece perdido. Son
(ellos, ellas), viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios
que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita.
Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje
sonoro por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos,
los glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado
los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas
celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido
en el infinito envolvente.
Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a
través de las heridas que han hecho en tì, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil
de millones de historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de
lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y
algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra
natura en formación.
Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y
ellas, vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante.
Pero si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la
anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las
palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para
el crecer alegre y creativo.
En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de
lluvias. Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo.
Hetaira nuestra
La conocí en el universo habido. Siendo ella mujer de libertad primera. En esa exuberancia que
me tuvo perplejo. Durante toda la vida mía. Siempre indagándola por su pasado sin fin. Siendo
este presente su expresión afín a lo que se ama en anchura inmensa. Siendo su belleza el
asidero de la ternura. En su andar vibrante. En caminos por ella pensados. En ese ejercicio
lujurioso sublime, herético. Me fui haciendo a su lado, como s ujeto de verso ampliado. Me dijo,
en el ahora suyo, lo mucho que podía amarme. Diciéndole yo lo de mí viaje al límite
gravitatorio. Ofreciéndole todo el ozono vertido en el fugaz comienzo que se hizo eterno. No
por esto siendo mera expresión de momento. Ella, a su vez, me enseñó sus títulos. Siendo el
primero de toda su holgura en lectura y en palabras. Yendo en caravana de las otras. Con ellas
deambulando de la mejor manera. Por ahí. Por los anchurosos valles. Por los mares
empecinados en demostrar su fuerza. Cogiendo el viento en sus manos y arropándolo para que
no se perdiera. En fin, que, la mujer mía libre; se fue haciendo, cada vez más explayada en
recoger lo cierto. En lucha constante con la gendarmería despótica. Fue cubriendo con su
cuerpo todos los lugares no conocidos antes.
La vi llorar de alegría inmensa. Cuando encontró la yerba de verde nítido. Y las aves volando
que vuelan con ella. Me dijo lo que no decir podían las otras. Juró liberarlas. Y sí que lo hizo.
Con su ejército de potenciado. Uno a uno. Una a una, fueron apareciendo. Espléndidos y
espléndidas. Con el traje robado a la Luna nuestra. Sin oropeles. Pero si hechos con tesitura
amable. Elocuente. Enhiesto. En ese andar que anda como sólo ella puede hacerlo. Todos los
lugares, todos, se fueron convenciendo de lo que había en esa belleza extraña. No efímera.
Cambiante siempre. Siendo negra que fuere. Y amarilla superlativa. Y blanca venida a la
solidaridad de cuerpo. En mestizaje abierto, profundo.
Como queriendo, yo, decirle mis palabras, me enseñó a tejerlas de tal manera que surgió la
letra, el lenguaje más pleno. Siendo, ella, lingüista abrumadora en lo que esto tiene de amplitud
posible, para enhebrar las voluntades todas. Haciéndose vértebra ansiosa, a la vez que lúcida
para la espera. Me trajo, ese día, los mensajes emitidos en todas partes. Conociéndola, como
en realidad es, me fui deslizando hasta la orilla del cántico soberbio. Y, estando ahí, triné cual
pájaro milenario. Convocando a mis pares para ofrecerle corona áurea, a ella. Para efectuar el
divertimento nuestro, ante su potente mirada. Negra, en sus ojos bellos. Locuaz conversadora
en la historia entendida o, simplemente, en latencia perpendicular, en veces, sinuosa en
curvatura envolvente, en otras. De todas maneras, permitiendo el encantamiento ilustrado.
Este territorio que piso hoy; se convertirá en paraíso para las y los herejes todos y todas. Para
quienes han ido decantando sus vidas. Evolucionando enardecidas. Como decir que el ahínco se
hace cada vez más cierto; por la vía de la presunción leal, no despótica. Aclamando la voz
escuchada. Voz de ella sensible. De iracunda enjundia permitida, plena, elocuente. Conocí, lo
de ella en ese tiempo en que casi habíamos perdido nuestros cuerpos. Y nuestras palabras
todas. Y sí que, en ese viaje permitido, me hice sujeto mensajero suyo. Llevando la fe suya;
como quiera que es fe de la libertad encontrada.
Uno a uno, entonces. Una a una, entonces; nos fuimos elevando en las hechuras de ella.
Transferidas a lo que somos. Conocimos las nubes no habidas antes. Y los colores ignotos hasta
entonces. Y las lluvias nuevas. Venidas desde el origen de la mujer que ya es mía. Y digo esto,
porque primero me hizo suyo, en algarabía de voces niñas, trepidantes en potencia de
ilusiones, engarzadas en el cordón obsequiado por Ariadna; hija de ella. Concebida en libertaria
relación con el dios uno, llamado por ella misma, dios de amplio espectro. Hecho no de sí
mismo; sino por todos y todas. Siendo, por eso mismo, dios no impuesto desde la nada. Más
bien dios dispuesto como esperanza viva vivida.
Cuando terminó mi vida, al lado de ella, me fui al espacio soñándola como el primer día.
Cuando, con ella, comenzó Natura embriagante, nítida. Dominante.
Protista
Cuando tuve ese sueño complejo, me sentí inmerso en las condiciones primeras. Cuando no
había aprendido a navegar. A andar. Por la vía de sujeto próspero en ilusiones coincidentes con
mi instar. La soñé en lo recóndito de su belleza plena, avasallante. Y me hice viajero cohibido,
en el significante de ser intrépido. Como convocante al ejercicio de vida. Con hilatura limpia,
absoluta. Ella estaba, entonces, en la cumbre potenciada de su amplitud. De su holgura de
creyente en la sabiduría como conocimiento sutil. Abierto a toda perspectiva; afín a la
locomoción herética. Inasible para los gendarmes de vuelo a ras de la tierra. Hice, por lo tanto,
recorrido en territorio áspero, en procura de la imponente mujer establecida. En conocido
terreno. Y, en lo desconocido en universo todo. Supe que no podía emularla. Por lo mismo que
ella es sujeta de inmenso enhebramiento. En esa seguidilla de seres cambiantes. Con la mira
puesta en la velocidad del tiempo luz. Pero, en el entretanto inmediato, sabía asir la vida en la
evolución máxima posible. Sabía, ella, del pundonor aplicado al crescendo nutriente de lo móvil,
en veces imperceptible. Yendo hacia los entornos amados por todos y todas. Algo así como
sopladura del viento tierno. Pero, al mismo tiempo, en ese ir prefigurando la visión de la
vibrante hechura, en vida.
Se fue creciendo mi cortejo hacia ella. Yo, en esa condición envolvente, de lo palaciego. En
condición de simple heredero de nichos ululantes. Hice del caminar en camino entero, no otra
cosa que hacedor torpe de lo orgánico viviente. No lo pude entender en esa velocidad
soportada en el paso que paso de lo suyo. De ella. Orientadora de la pulsión coqueta. Ella,
entreviendo la juntura explayada de las condiciones vivas. En ese proceso. En eso de entender
lo cambiante; como ejecución en la lentitud misma. Como si anhelara lo consciente. En el
entendido de Natura. Iridiscente, en veces. En lo opaco imperceptible, en otras.
Subiendo, ella, que subiendo fue legítima pieza corpórea. En ese estar en ciernes. Sin los
predicamentos formales, lineales. Más bien en ese avizorar el futuro, por la vía de proponer una
bitácora cierta. Siendo, entonces ella, el sonido hecho, aupado. Con ella mirada suya como
miríada vertebradora de lo concreto. Por la vía de lo complejo del paso a paso. No volátil. Como
si fuese mero nutriente impávido. Más bien cómo hacer primero. Sin nostalgias entendidas
como haber sido sujetas y sujetos ya. Impulsando el quehacer ahí. En donde el ser y ser está
cifrado de manera cambiante, dialéctica. Como soporte ampliado de su conocer, de su
concepto, de su impronta azuzada siempre por aquella noción de lo vivo, no premeditado. Más
como insumo que viene desde el ayer lo milenario. En tiempo no recogido. No contado. Como
entendiendo lo suyo como inmensidad. Con patrones de vocería, siempre inconclusos. Pero
nunca atados al olvido de lo ya aprendido. En, digo de nuevo, posibilidad en albur que fue
evidenciado lo inmediato, como hechura de lo tendencial. En las probabilidades, siendo razón. Y
siendo no-razón al mismo tiempo. En la diatriba convertida en ternura. Siempre ella, nunca ella
misma primera, igual.
Al fin no tuve que volar buscándola, en el horizonte ya percibido. Pero nunca hecho fin eterno.
Me vi avocado en premura instantánea. En ese ir sin ella. Ya posicionada de su rol. En lo
inverso y directo. Yo la vi, vuelvo y digo, como diosa guía. Como en posición de ser
instrumento. A la vez constante. A la vez cambiante. Y yo icé banderas relampagueantes. Como
mojones imponentes, por lo mismo que fueron y son herencia de ella. Después d haber sido
convidado a su nombre. Para convertir la vida simple, en cimera compleja. Sin cronología
formal.
Y, en lo que digo hoy mismo, está cifrada su vida punzante. Cada nada hecha la misma, pero
distinta. En equilibrio imposible. Porque Natura sigue yendo. En infinita potencia. Ella solo es
momento. Yo seré, también, un momento que paso a paso pasa.
Recreando a Eros
Que la vida es una, no lo sé. Sé si, que tiene que ser vivida en el ahora presente. De futuro
incierto. Como si fuera no válido, para abrigarla. Y de pasado opulento, a veces, pero sin
mirada posible, en el ahora, vivido. Como si fuese, ella, profanadora en ímpetu. De la belleza
ingrávida. O de la tristeza necesaria. Fungiendo como ave arpía; que no se duele de ella. Pero
que causa dolor pasmoso, insólito; por lo mismo que siendo tal, se exhibe y vuela, pero no se
pierde.
Por lo tanto, en vida esta, siento que se desparrama lo habido. Como si fuese etéreo patrimonio
no vigente. Como si, en larga esa vida, manifestara el dolor como primer recurso. Como
atadura infame. Como torcedura que atranca lo que pudiera discurrir como cosa pura. O, al
menos, como nervadura de alma, que la hace empinada y susurrante de ternura. Y, siendo así
esa vida doliente, se empecina en retrotraer lo que fue. Allá en el no recuerdo nunca. O como si
estuviera atada a la invariante locura de quienes no han sido y nunca fueron en sí, sí mismos.
Tanto como sentir que revolotean en memoria. Sin alas suyas. Siendo prestadas las que usan,
para planear sobre los entornos; de esa vida que duele y es agria. Como la hiel que le dieron a
probar al Maestro. Ese en que cree ella; mi amante que vive. En un no estar ahí.
Y la herrumbre se ensancha. Como ensancha esa vida el mortal quehacer que vuelve y duele.
Como aguijón de escorpión en desierto. Como con atadura a la rueda inquisitorial. Partiendo los
huesos de cuerpo que duele tanto que hasta muere de ese dolor inmenso. Que casi como,
impensado. No más vuelve avanzando a zancadas. En noche plena de Luna; pero insípida por
no verte. Es como si ensanchando lo profundo, volviese a momentos. Punzante como ahora.
Siendo, tal vez, punzante siempre.
Y vuelvo a mirar esa vida, no vida. Por lo mismo, vuelvo y digo, que no están. O que, esa
misma vida mía, te hizo perder en lontananza. En periferia escabrosa. Como silencio absoluto.
Siseando solo la voz de la serpiente engalanada. Con sus aires de domestica de esa vida mía.
Como acechándome sin contera. Como palpando el aire. Localizando mi cuerpo casi yerto.
Y se expande, con absoluta holgura, la ceguera de los ojos míos que no lo siento ahora; porque
han volado las ansias, agotadas por no sentirte. Y sigue viva esa vida lacerante. En corpúsculos
hirientes. Como aristas del tridente que es alzado por Dante Aglieri, simulando sus inframundos,
como infiernos. Y todo, así, entonces, se vuelve y se volverá recinto de tortura. En proclama
avivando mi dolor in situ. De lo que fue y lo que será. Pasando por el es ahora. Hibernando en
soledad. En locomoción estática. Como móvil arbitrario. Que no se mueve ni deja mover. Como
supongo que es la nada. Es decir, como sintiendo que faltas en este universo pequeño mío,
hoy.
Todo así, como si fuera el todo total existente, Como si fuera lugar perenne. En donde habitan
las sombras de tenacidad impía. Como el vociferar de los dioses venidos a menos. Como las
Parcas de Zeus. Colocadas ahí no más. Vigilando la vida para, algún día y por siempre, volverla
muerte incesante. Como constante variación de la ternura. Como disecando la felicidad que
sentía antes. Cuando te veía siempre. Todos los días, más días. Más soleados de Sol alegre.
Como cuando te veía enhebrar la risa, como obsequio a cualquier suceso; por simple que fuese.
Con la voz desafinada. Más de lo que antes fuera. Con las manos buscando la puerta de la
ventana tuya. Del símil de vida, ésa si vida plena. Y navego, entonces. Desde aquí y para allá,
perdido. Siendo lo mío final estando apenas en el principio. Por ahí; en tumbos, por lo mismo
inciertos. Como palabra no generosa. Más bien como estallido de las armas en todas las
guerras. En tronera las siento ahora. En esa pavura como cantata de aspavientos. Lóbrega al
infinito. Frío carnaval de la desesperanza. Con la hidra de mil ramas y mil espinas, como
oferente.
Siendo el día que es hoy. Siendo el antes de mañana. Sigo diciendo que necesito tu voz. No
echada al aire a través de ondas invisibles. Sino como voz fresca, incitante, persuasiva. Siendo,
entonces, este hoy sin ser mañana, estoy aquí; o ahí. O no sé dónde. Pero donde sea siempre
estaré esperando tu abrigo. De Sol naciente.
Sigue yendo por ahí
Sé que vienes por ahí; oh diablillo envidioso. Tal vez es que te contaron de mi cuerpo hermoso.
O será que, por ser de día, no hallaste el camino de tu casita olvidada. O, será que quieres
quedarte a rogarle perdón al Sol, por lo mucho que has vagado.
De lo que sea será, chiquilla habladora. No vengo ni voy tampoco. Solo espero la noche, aquí
en este lugar que no brilla, ni calor tiene; ni risas tampoco. Yo siendo tú niña de alto vuelo,
correría a buscar refugio en cualquier lado; antes que yo te convierta en bruja y viajes por las
nubes con la escoba y el gorro.
No me digas que debo hacer; no tienes por qué decirlo. Yo a ti no te creo, ni te quiero siquiera
un poco. Anda ve y te pierdes. Espera la noche solo; como tiene que ser y como será siempre
por lo que eres, diablillo mentiroso.
Si tuviera aquí mi tridente te ensartara en él sin remedio. Y te haría arder en el fuego mío que
tengo. Desde ayer y todos los días más; para vivir sin estorbos. Vete tú ahora no quiero ver ni
tu rostro, ni tu pelo ni tus zapatos que tienen el color que no quiero; porque me hace recordar
el día aquel en que partí la Luna en dos trazos. Uno para mí y el otro para mi hijo que se ha
quedado allá solo.
Vuelvo y te digo señor, que no te tengo miedo ni respeto. Eres para mí solo huella pasajera;
que no puede anidar aquí; ni allí; ni allá en la casita de todos. Sigue tu marcha, pues, no vaya a
ser que te conviertas en sumiso escorpión que no tenga aguijón, ni de a poco.
Qué suerte la mía, digo ahora, encontrarme esta niña hoy; cuando yo llegué a creer que no
había nadie aquí; en este bosque y ciudad que quiero tanto; por ser ella y él mi universo
primero. Y buscando siempre estuve a quien robar y a quien soplar para que no viva más como
ahora; sino como animal que ni pelo tenga. Ni muchos menos lindos ojos.
Cuéntale eso a cualquiera que no te conozca. Yo, por lo pronto, sé quién eres y quien fuiste,
porque me lo contó la alondrita mía que amo. Y que me avisó también, que vendrías muy solo,
como para poder engañar; a ella, a mí y las otras también. Sigue andando pues, hasta que
puedas hallar a quien engañar y a quien pelar para a la olla llevar y prepara así suculento festín
y para reírte sin fin.
Ya ni ganas tengo de seguir hablando contigo; muchacha necia y sabia; me voy por otros
caminos; buscando a quien agradar y ofrecerle mis mimos. No sabes lo que te has perdido, por
andar hablando demás y por meterte conmigo.
Que te vaya mal deseo, diablillo de ojos vivos. Tú seguirás tu camino y yo a vivir aquí me
quedo. Como cuando no estabas, ni habías llegado siquiera. Saluda a tu hijo de mi parte;
porque si es aún niño debe ser hermoso, cálido y tierno; como somos todos y todas las que,
siendo niños y niñas vivimos la vida siempre, con la mirada hecha para amar ahora y por
siempre
Luna fugada
Tanto huirle a la vida. Es como evitar ser tu amante. Las dos cosas trascendentes. Una, por ser
la vida misma. Lo otro que sería igual a hurgar la tierra, en búsqueda del tesoro pedido, que
sería cual faro absoluto. Entre lo yerto y lo móvil vivamente vivido. Todo se aviene a que mi
canto no sea escuchado. Fundamentalmente por ti, diosa infinita. Por eso, me puse a esperar
cualquier vuelo. De cualquier ave pasajera. Nocturna o diurna. Sería, para mí el mismo impacto
y el mismo oficio. El de doliente sujeto que hizo de su vida; la no vida estando sin el refugio de
tus brazos. Y, al tiempo habido, le conté mi sentimiento. Y me respondió con la verdad del
viento. Fugado, sin poder asirlo. Y revolqué la tierra, en todo sitio. En cualquier lugar fecundo.
Y el mismo tiempo y el viento, hicieron una trenza para ahogar mis ímpetus. Para que yo no
pudiera entrar en ese cuerpo tuyo. Viajé en ellos, en el tiempo y el viento. Llegué, no recuerdo
ni el día ni la hora. Simplemente, bajé, otra vez, al sitio en que te he amado. Encontrándote,
susurrando palabras. Como las de ese Sol potente. Estaba en espacio frío. Y te fuiste, en el
tiempo y el viento. Y te vi ascender. Traspasando la línea que protege a la Tierra nuestra. No
pude alzar vuelo contigo. Simplemente porque, viento y tiempo, te arroparon y desecharon mi
presencia, mi cuerpo.
En este otro día, En esta soledad tan manifiesta. Tan hecha de retazos de tu mundo ya fugado.
Me dije que ya era hora de ser libre. ¡Para qué libertad, sin estar contigo! Eso dije. Y retomé el
camino arado, por siglos. Por gentes sencillas. Bienamadas, solidarias. E hice andar mis piernas.
Hice que todo mi cuerpo te buscara. Y encontré a la vieja esperanza, maltrecha, pero nunca
vencida. Al tiempo encontré a la ternura toda. Me dijo: si nos has de ir, mejor quédate ahí.
Llegando la noche, entonces, te vi dibujada en la Luna. Y gozabas, jugando con su arena
inmensa. Con su gravedad hecha cuerpo. Y, siendo ese cuerpo, tú. Me enviabas voces,
palabras. Pero a mitad de camino se perdían. Ruidoso rayo, envolvente. Dos en uno. Energía
potente. Sonido anclado en toda la energía hecha. Pasando la noche, pasando se, hizo más
borrosa tu figura que volví mis ojos al lado obscuro de tu hospedante Luna. Haciéndose fugaz
lo que antes era permanente para mí. Esa risa tuya. Esos tus ojos tiernos en pasado; ahora
voraces y lacerantes miradas. Mudez impávida, enervante ahora.
Hoy, camino… ¿Yendo adonde? No sé. Como si se hubiese perdido la brújula. Esa que siempre
llevabas en tus manos. Y, siendo cierto esto, traté de retomar el camino perdido. Traté de alzar
vuelo. Pero seguía ahí mismo. En la yesca infame, Todos miraban mi dolor. Todos y todas,
mostrando su insolaridad por ti endosada. Tal vez como revancha absurda. Pero era eso y no
otra cosa. Era tu pulsión de vida. Perdida ya. Y recordé que, en otrora, éramos boyantes
personajes. Absorbiendo la luz y la ternura en ella.
En este sitio, para mi memorable, quedará escrito, con el lápiz de tus ojos, la pulsión de vida
mía. Pasajera. Casi irreal. Casi cenicienta simple, engañada. Y si digo esto ahora, es porque te
fuiste. Y está en esa Luna tuya, inmensa. Pero, para mí, Luna Fugaz. Luna hechicera
Libertad negra, prístina
En consentimiento de los dos, se hizo icono lo que antes era solo falso conserje. Le dimos el
nombre de lógica, en conexión con lo que entendíamos desde antes de ser uno, siendo dos. Y
volamos, en vuelo ajeno, a los palacios de reyes eternos, no vencidos por la historia guerrera
libertaria. Nos hicimos, pues, escoltas de lo que pasó, en ciernes. Como homenaje a África
profunda, absoluta. Y resultaron ser reyes proselitistas, en la nueva era de lo que somos hoy. E
hicimos voz bipartita, como convocatoria a las voces todas, imaginadas. Nos fuimos yendo en lo
pendenciero. Por la vía de no promover libertadores melifluos. Asumimos la brega hecha
protesta libertaria. Pero, quien creyera, llevando por dentro los traidores a la manera de Caballo
de Troya. Y vimos a Idi Amín pútrido, torcido sujeto. Y volamos, de nuevo, a ese Congo
distanciado, liberado de la Bélgica presuntuosa, engañadora como supuesta madre patria.
Localizamos la potente Biafra, en separarada ya, de no sabemos qué. Pero, sabiendo que
estaba languideciendo. Con sus hijos e hijas negras devoradas por la miseria. Hambruna hecha
potencia. Con los déspotas hiriendo el camino y los cuerpos. A todos los lugares yendo y
viniendo. Se fue perdiendo en el agobio potenciado. Todos y todas en la negrura, color bello.
Les fueron hendiendo las lanzas como a corazón abierto.
Esa, la mujer mía, negra de conocimiento grato. De potente palabra convocante. Como
presagiando, con su voz, lo que vendría. Por los valles. Reconfortando los ríos. Haciendo de las
expediciones tumultos volcados. A lo que resultar pudiese. Metida en la oración andante.
Contando las cosas con buen dedal y enhebramiento. Y, todos y todas, creímos ver, en ella, la
libertad creciente. Convergiendo en los continentes todos. Un de aquí para allá irreverente.
Viendo lo autoritario como escuálido cuerpo qué lugar no tendría. Y, en esos esbozos, su
vocinglería iconoclasta, fue surtiendo de palabras el lenguaje. Precisas, perspicaces, hirientes de
ser necesario. Pero, sobre todo, elocuente mimosa ampliada. Para nombrar a los niños y a las
niñas. Diciéndoles de lo que vendría. De tal manera que fungieran como surtidores ampulosos
en lo sereno que debería ser. En nervadura evidenciada desde el comienzo. Desde que, las
mujeres, aprendieron a ser madres. Originados los seres vivientes, en el clamor por el sexo
dúctil. Tierno, explosivo, herético.
Pero, en los tumbos dando, yo la seguí en primera pieza y primeros pasos. Tratando de
alcanzar su vida. Y untarme en ella. Para ser negro del tiempo mozo, libertario. Y, ella, como si
nada andando. En veloz carrera. Para alcanzar la estrella habida. Y supuso que volar tendría. Y
se apropió de las alas de Pegaso, negro también, como ella. Viajaron juntos. Ella y Él. Hasta el
abierto espacio de universo dado. Como prolongación de infinito estímulo.
Yo, viendo lo que pude ver, me fui haciendo enano, impotente sujeto de mediodía apenas. El
día siendo él y ella. Y juntaron alas mucho más grandes. Habidas en contienda ligera con las
aves lentas y presurosas. Haciendo de cada estar, huella imborrable ahora y siempre. Unieron
sus cuerpos en negritud los dos. Unieron la hermosura de la Vía Láctea, con su hechura de
planetas dependientes de su vuelo; con las galaxias todas. Y se hizo un universo de amplitud
prolongada. No perecedero. Por lo mismo que la Negra fue creciendo. Ya volando sin el alado
sujeto equino que fue suyo. Solo ella y sus alas. Y, las aves todas, viéndola en esa plenitud de
vida, le cedieron también las suyas.
Lo mío, es hoy, no otra cosa que cazador de albedrío teñido, hecho. Buscándola en esta mí
libertad sin ella. He roto cadenas antiguas y modernas. En ese ejercicio narrado. La he buscado
en el entorno de todos los soles. De las lunas manifiestas, como silentes niñas que arroparme
quisieron. Para mitigar la soledad cantada. O silente como la que más habida. Andando yo, sin
las alas, robadas por ella. Por la Negra inmensa. Supe que creó otros mundos. No a su imagen
y semejanza, Más bien como iconos sueltos. Rondando, por ahí. Aduciendo que son libres. Pero
reclamando de la Negra Vida, su presencia. Para ser conducidos a la explosión toda. Como
suponiendo, o murmurando, que despertarán en nuevo Bing Bang, más pleno y expansivo que
el de otrora hecho.
Y sí que, en esas andando. Como esperándola en la esquina de la galaxia nuestra, Tal vez
añorando verla pasar algún día. Y que, me preste sus alas. Par ir volando hasta Asia pujante. Y
volviendo a ver a nuestra África recién naciente. Descubriendo la pulsión de la Australia
inmensa y gratificante, Surcando a la América toda. Y, proponiéndole a la Europa íngrima que
se una a nosotros y a nosotras para levantar la vida, en plenitud potente, deseada.
Valeria y yo
Este pueblito fue presencia, cuando mataron a Leovigildo. Y digo que fue presencia, en la
medida en que sus pobladores desecharon cualquier injerencia. Como que no quisieron ser
testigos de la matanza. Un pueblito muy peculiar. Sólo había hombres adultos. A mí me contó
mi abuelo de esa excentricidad. Pero, en verdad, ya se me olvidó. Lo cierto es que estaban ahí.
con sus caras repetidas. Como si fuesen solo uno. Yo llegué un tres de enero. No importa el
año, por lo mismo que todo remite a ese día martes. Traje, conmigo, a mi hijita Valeria. Su
madre había muerto el año anterior. La nena tenía dos añitos cuando nos abandonó Eufrasia.
Estuvo mucho tempo enferma. Con dolor de alma. Eso diagnosticó en medicina legal y el
diagnóstico del médico de Villarrica. Durante muchos días yo hablaba con ella. Viéndole esos
ojazos inmensos. Y detectar en ello, la profundidad de su dolor. Supe, un buen día, que su
infancia fue pura brega consigo misma. Tanto como validar aquello que dicen, en relación al
sufrimiento. Algo así como que, ella, vivió con su padre, desde la muerte de su mamá Hipólita.
Un diluvio de lágrimas, casi todos los días. En esas ínfulas de tiempo como impertinente
consejero. Y nos fuimos yendo en la conversa. Logré entender, después de mucho tiempo, que
la vida es como albur. Que le reconoce a cada quien lo que le desconoce al otro o la otra. Un
cuerpo, antes hermoso y convocante, quedó reducido a mera huesamenta impávida. Fue
seleccionado a cada quien; para convertirse en soledad absoluta. Me decía que, así fuera su
compañero permanente, no veía en mi otra cosa que sujeto en albedrío. Sin disciplina para vivir
la vida. Y que, cuando quedó embarazada, fue insumo de desgano. No era el tipo de mujer que
quisiera ser madre.
Ella estuvo en Inírida. Había viajado hasta allí, en la intención de conseguir un amante. Alguien
que despertara en ella el furor y la fuerza del sexo. Algo que yo no tenía. Y sí que consiguió lo
que quería. El deseo por ella, hizo colgar los hábitos al cura Orestes. Vivieron mucho tiempo
juntos. Y, cuando vino la ruptura; simplemente sintió la tristeza potenciada. Que se metió en su
cuerpo para no dejarla jamás. Como vértebras necesarias para el andar. Su proclividad a la
soledad, la convirtió en mujer lejana, siempre absorta. Nunca le interesó su hija. La veía, en
contrario, como sujeta que había recortado su libertad. Que la había convertido en simple
esclava del quehacer cotidiano.
La tristeza es algo punzante. Hiriente. Una enfermedad de espíritu que se torna en contagiosa.
Y, a decir verdad, Valeria y yo, fuimos contaminados. Tres personas en una casa de amargura.
No había sonrisa; ni la fe para creer en algo, por lo menos. Cierto día, inclusive, esta mujer que
creía mía, me expresó que saldría a buscar a quien pudiese determinar y justiciarla como
enfermedad terminal. Y que, a partir de ahí, estaría ofreciendo su cuerpo y espíritu a quien
quisiera recibirlos. Ese énfasis en la muerte; pudo más que mi ruego por reha cer nuestras vidas
y la de la nena.
Justo al bajarme del bus, me dirigí a la inspección de policía. Hablé con el cabo Guitarrero. Le
expuse la razón de mi visita. Y que quería él fuera testigo de mi desidia por la vida. Que quería
enmendar la rutina que llevó a la muerte a mi primo Leovigildo. Además, que quería que
recibieran a Valerita en custodia. Me dijo que esa petición era muy complicada, muy compleja.
Me sugería que hablara con el señor alcalde don Edmundo. Me refirió que él era una persona
de puro sentimiento y capacidad para brindar ayuda a los demás. También que él conoció de
cerca las versiones que había acerca de la muerte de ese señor. Es un convencido de la pasión
por la vida que tenemos los seres humanos. Pero, en el caso de Leovigildo, era partícipe de
entenderlo como una figura parecida a la eutanasia. Esta fue la tesis que primó durante todo el
proceso en contra de Eneas Valenzuela, quien ejecutó la orden,
Al llegar al despacho del señor alcalde, lo encontré con una mujer mucho mayor. Hablaban
como si nadie estuviera necesitando ser atendido. Después de una espera de dos horas, me
atendió. Repetí las palabras que había pronunciado al cabo Guitarrero. Simplemente no me
interesa su caracterización, me dijo. A continuación, ordenó al dragoneante que me llevará
hasta la flota. Y que me embarcara en el próximo bus que saliera. En cuanto a su hija, le
aconsejo que se la lleve. Aquí, en Villa Adelaida; no existen mujeres que son magas para
atender estos casos.
Hoy, en este ámbito, me encuentro pulsando la cuerda con mi hija. A sus catorce años, no
habla, ni escucha nada. La alcanzó la maldición de su mamá Priscila.
Insumiso
Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por ahí. Tratando de
precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar con la vida en ello. Y es bien
convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te
entendí, que sería el comienzo de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como
propósito de largo vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde
que yo hice de mis pasos nacientes, una conversadera sobre lo que somos y lo que fuimos. Sin
temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que seríamos lo que nos propusimos
ese día, siendo niño y niña; como en realidad éramos. Y sí que arreció la bondad de tus
palabras. Enhebrando los hilos de lo vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual
apenas si estábamos en condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como
anarquía de sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos. Como
forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al mágico vuelo hacia la
libertad, ayer y hoy perdida. Un vacío de esperanza atormentador. Por lo mismo que era y es la
suma de lo pasado. Y, precisando en el aquí, que nos dejábamos arropar por ese tipo de
soledad acuciosa. Casi como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera
llevado el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto sin el
protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En todo ese horizonte
expandido de manera abrupta, imposible de eludir.
Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser amantes libertarios; se
ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que han perdido todo aliciente. Un vendaval
potenciando lo que ya se iba de por sí. Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el
infinito hecho posible. Como circundando a la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos
que se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro emancipador. Ajeno a
cualquier erosión brusca. Como alentando el don de vida, para seguir adelante. Hasta el otro
infinito. Pusimos, pues, los dos las apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero.
Pero había disposición para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como
volantines sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos de
niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.
Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído en desuso. Porque,
de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado, en palabras gruesas, limpias,
amatorias. Solo queda un vaivén de cosas que sé yo. Un estar pasando el límite de lo vivo
presente. Entrando en una devastación absoluta. Y, este yo cansado, se fue por el camino
avieso. Encontrando todo lo habido, en términos de búsqueda. De los sollozos perdido. De mi
madre envuelta en esos mantos íngrimos de su religión por mi olvidada. Una figura parecida a
la ternura asediada por los varones grotescos. De la dominación profunda y acechante en todo
el recorrido de vida.
Mi proclama, por lo tanto, ya no es válida para registrar el deseo libertario. Los sabuesos
pérfidos han arrasado con la poca esperanza que había. En una nube de sortilegios ingratos;
por cuenta del nuevo tiempo y de las nuevas formas de dominación en el universo que
amenaza con rebelarse. De dejar de girar. De cuestionar el dominio de Sol. Como pidiéndole
que no haga sus cuentas de vida en millones de años más.
Y si, entonces, que lo convenido se convirtió en reclamación atropella. De nuevos compromisos.
Tal vez, el más importante: dejar de ser lo que somos. Y ser lo que, en el ayer, fingimos. Pura
nostalgia potenciada.
Ígnea, diosa hiriente
Hoy, como también ayer, hice esa parada en tiempo. De mi tiempo que se originó cualquier día.
Desde muy lejos regresé. No tengo creencia del por qué me había ausentado de este pueblito.
Miserable, dirán algunos y algunas. Para mí ha sido embeleso llano. Estando allá lo veía como
territorio insumiso. Que fue creciendo estando yo allá. En un proceso de decantación de las
palabras mayores. Para hacerlas más nítidas. Más simples a la entendedera de esas mujeres y
esos hombres que andaban en él, cuando no habían nacido. Una pulsión henchida me arropó
desde ese entonces. Cuando yo era simple plebeyo. Como sujeto ahí. Sin entender lo lejana
que es la vida; cuando ella es para quien la vive; simple acechanza. No por su negrura bella.
Más bien porque me fui en el viento que me recogió, un buen día. Y me llevó sin ningún
descanso, hasta donde me encontraba antes de regresar. Hoy, en este umbroso día, empecé a
recorrer lo que antes ya había hecho. Pero que, en el hoy mío, lo hago de nuevo. Tal vez
tratando de hacer de mis pasos una lentitud benévola. Tal vez para verificar si todo está ahora,
como estaba cuando me fui.
Camina que camina, llegué al parquecito de tantas historias vistas y oídas. No lo encontré
lúcido. Estaba abrigado por un tono gris, que parece recién hecho. Seguí por Calle Santander.
Solo observé el respiro de quienes ya se habían ido, después que yo. Un tono de vida incierta,
parecía ya. Seguí hasta la que fuera nuestra casa. Había nadie. Se fugaron desde hace más de
mil años. Y me dio por la pensadera. Trayendo acá la figura de Ámbar. La mujer que siempre
quise. En ese remolino de cuerpos, no la detecté Mi imaginario perplejo, se fue deslizando
hasta el solarcito de su casa. Donde jugábamos todos los días. Sentí un hálito de nostalgia,
aferrada a la puerta que daba a la calle. Desde esa dejadera de espasmos secretos. Como
yendo en vuelo, hasta hacer retroceder el tiempo. Para volverla a ver. Para acariciar sus ojos
benévolos. Llamé al viento que me llevó un día de esos en que pensar era simple elocuencia,
aferrada al ámbito suyo.
Fui a la escuelita aquella. Donde hice mil letras. Y mil palabras con ellas. En ese acento de
ilusión, traté de reconvenir a la duda manifiesta que siempre tuve. Preguntándome, en ejemplo,
sobre el comienzo del universo. Y por la hechura de vida de los dioses. Y, ahí al lado de esa
entrada, decanté yo mismo mis preguntas. Como reiterándolos. Fui al rio. Ese el del agua ya
ida. Solo hilito de agua es ya. Y recordé cuando me bañaba en el. Acompañado por el amigo
del alma. Mauricio Hernández. El poeta siempre enhiesto. Sin regatear conceptos y rimas. Lo
veo en ese dechado de imaginarios que tenía. Recordé, del mismo modo, la muerte de Estercita
Loboguerrero. La amiga de todos. Pero solo en uno depositó su condición de mujer amada. Y
veo al Rigoberto Machado. Con esa risa amplia y generosa. Al lado de la bella Esther.
De vuelta, tomé por el camino que siempre llamamos El Cruzado. Nadie pudo recordar el origen
de este nombre, que trae a cuento y a recuerdo esos ejércitos de golpes secos. Una amargura,
en sí misma. Sujetos poseídos por su dios. Para no dejar a su paso, siquiera la nostalgia de los
caídos, bajo sus lanzas y sus espadas. Me detuve a mitad de camino. Para respirar lo que todos
y todas dejamos en el aire. Esa sensación de ternura. Esa expresión etérea de los imaginarios
todos.
Y volvió el viento por mí. En una mañana parecida al del anterior vuelo. Y, desde arriba, a
ráfagas vi cómo se iba poblando otra vez el pueblito amado. Como si todo solo hubiera sido
simple pulsión mía. Adherida a la ceguera física que me cedió el mismo viento. Todavía
recuerdo el líquido incandescente que hirió mis ojos. Ese día después de haber visto a la mujer
esposa del viento. En la desnudez absoluta, Por haber osado quedarme absorto, sin retirar mi
mirada de la hermosura de cuerpo de Ígnea, la que hizo mecer mi espíritu, en esa latencia
habida.
Hilván
Si lo que viene es diferente, no puede ser la pérdida del énfasis de tu mirada que va y viene.
Todavía, en mis manos ásperas, está tu cuerpo erguido. Pero tan lejos que casi no lo percibo.
Como en ese trece de diciembre en que aprendí a verte en mi imaginario escenario. Cuando
llegaste, niña eras. Y estuviste con nosotros y nosotras en ese espacio callejero. De barrio
abierto a la verdad. Cuando naciste, niña traviesa, te hice el itinerario venido desde mi infancia
lejana. Camino que yo caminé primero. Pero que lo hice contigo, en simultánea vocinglería
tierna. Y, sin conocerte antes, empecé a entender la sabiduría de tus ojos y la potencia de tus
manos. Y de tu palabra ligera, gruesa, suave, manifiesta.
Y siendo ese día en que viniste. Este barrio empezó a crecer en valentía adquirida para no
evitar tropiezos. Para magnificar las heredades de aquellas viejas y aquellos viejos que primero
estuvieron. Te hiciste expansiva plegaria libertaria. Anduvimos contigo en los días pares y en los
impares. Tú dibujaste de azul a los jueves que vendrían. Y de amarillo a los martes todos. El
verde lo asignaste a los lunes. En veces lánguidos. En otras relucientes. El rojo tuyo, de tus
labios, se lo entregaste a los sábados acuciosos como que en ellos termina siempre la jornada.
Y estuviste en el bautizo de los domingos. Ahí, en velocidad primera de pensamiento, dijiste
que sería el tono ambiguo del gris tuyo, envolvente. Como ambigua fue tu voz cuando en
tristeza estabas. Y sí que, entonces, los viernes simulaste no tener color para ellos. Y dijiste, al
vuelo, que sean negros como negra es la libertad verdadera.
Y, montada en el tiovivo trepidante. Con las voces de los caballitos y de las cebras traídas. Y de
las llamas, incas, legendarias. Y de los bueyecitos tristes, mirando. De todos y todas ellos y
ellas. Enseñaste a las niñas y a los niños a entender que la felicidad no se piensa en ciernes;
sino que se crea, se hace vida; con los pasos mismos, agregándoles las voces inmensas en el
quehacer del día a día. Y te sonrojaste, cuando llegó Mercurio a enriquecer la cuerda saltada.
Cuando Marte hizo con nosotros y nosotras, la figurita en el hilo anclado en los dedos
presurosos. Lo mismo, reíste al infinito, cuando el inmenso Júpiter te llamó para enseñarte el
vuelo secreto de los dioses amigos, heréticos, transparentes.
Y, en ese trece, siendo día de lo que tu llamaste tiempo de la ligereza en vida. Del andar
benévolo. De la libertad. Entre umbría y celeste. Desde ahí, en calendas, llamaste a tu amiga
Luna, para que hiciese con todos y todas las escrituras de la historia de las noches. Y, la Lunita,
como sujeta ingrávida envolvente; utilizó la letra habida antes, para articular proclamas en
contra del desvarío impertinente. Y, le dijiste también a ella, que éramos tus amigos y tus
amigas de siempre.
Y, ya pasado ese tiempo tuyo, te diste a la tarea de enseñarnos lo de la locomoción. Como
velocidad creciente. Yendo a los mares todos. Desde este territorio de la Montaña Mágica de
Scherezada. Siendo, ella, la niña venida desde el llamado territorio de la pirueta y de las
sombras chinescas. Y, enseñaste el camino. Con cada quien en su punto de comienzo. El
mismo, pero diferente con el pasar de los días. Y recordaste los colores ya enseñados. El
amarillo, verde, azul, rojo, negro. Y con ellos los días ya impartidos por tu sabiduría heterodoxa.
Y, en llegando a todas las aguas-mares; inventaste las alas para los pájaros. Y para nosotros y
nosotras. Y, en romería bulliciosa de cantos, encumbramos el vuelo para la travesía cierta.
Y, entonces, dijimos todos y todas: si lo que viene es diferente de lo que tú eres y tus cosas
heredadas, que lo que viene no sea. Por cuanto, siendo necesario cambio, no lo será grato si lo
del cambio tiene insertado el principio de no verte.
Vendimia
Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo
al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena.
Como cuando se tiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De
aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad, sin
poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin sentir la ausencia de
condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la
querella conmigo y con el otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo
mismo que sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de
extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna.
Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos íntimos. Asociados
a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al menos, sentido.
Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En una hondura de dolor
manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la
intención de no enfrentar más lo habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la
lucidez. Porque he ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como
construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado. Subsumido
en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y andando caminos que llevan a ninguna
parte.
Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en cualquier otra parte
anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la
espada mía insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el
límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un
yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de incapacidad para ser
uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo.
Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En búsqueda de camino de
escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un
tiempo, fui. Como pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a
la memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la largueza
de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la negación de todo. En lo
circunstancial perdido. En el contexto proclamado como aluvión de rigores. De itinerarios
envolventes. Surtidos de simples cosas.
Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En vocinglería innata y rústica.
Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me
apabulla. En fin, que, siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera
llegado el momento de no ser más.
Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía. Un sentir
desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha
tornado perenne. Un no a mi yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán
áspero. Punzante. Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte.
Me quedé allí, sin vida, en la Luna mía
En lo que viene saldré adelante. Eso me dije en pasado remoto. Y lo cierto es que he seguido
en la misma brega. Tal vez, infame; diría yo. Propietario de locomoción perdida. En esa infancia
muy lejana. Me instalé aquí. En este universo del aquí. De voyerismo equidistante. De la vida
mía vivida. Y de los momentos que no viví. En un vuelo inmenso. Sombrío. Tropezones
punzantes. Como quiera que me remite, a cada momento, a vivir lo mismo vivido. En ese estar
de afuera. En el entorno problemático, de por sí. Dándome opciones a mí mismo. En la
intención de volver a vivir en la reversa no permitida.
Y fui decantando las voces que, conmigo, se hicieron estridencia perversa. Reclamando a todos
y todas unas miradas de ojos permisivos. Insondables. De negrura absoluta. Ojos de siempre.
Cautivo quedé desde ese mismo momento en que, en sueños, te hice creer que eras mía.
Desde ese día en que retorcí mi esperanza en vivir ahí, al lado, de tu cuerpo. Ejercicio de
momentos lúcidos. Proclama de vigencia en el ayer o y en el hoy. Sombrío, por cierto. En esa
soledad ampulosa. De gobernanza entre sublime y perversa.
Con ese referente me hice vuelo de posibilidades abiertas. Yendo por ahí. Como ceniciento
umbrío. En el aspaviento mío vigente. Todo un proceso agotador. Quedándome ahí. A tu lado.
Tú sin verme. Yo, viéndome requerido a todo momento. Sin ser consciente de lo mucho que
eres a mi lado. Como si te hiciese falta para dar respiro. En ese escenario inventado, por mí. Sin
mirar afuera. Solo mirándote en el adentro tuyo.
Y sí que fui creyéndome cuerpo al lado del tuyo. En plena lucha amable. Tierna. Siendo voz
primera la tuya. Y fui de elusión en elusión. Como si estuviese pagando la habladuría mí. En ese
enganche de ilusiones. Y seguí, siempre, en esa expresión. De lo mío con lo que lo tuyo no ha
sido. Impertinente sujeto. De vocinglería absoluta. Primera. Única.
Desde la sombra, hasta lo físico mío desmirriado. Como tósigo tuyo. En sabiendo que, ni tu
mirada, ni tu cuerpo, ni nada he sido para ti. Solo navegante amorfo. Sin mar abierto para
desplegar las velas de ese inventario de vida que creí tener. En esa bravura de aguas
asfixiantes. Como si me dijeran, a cada momento, lo impertinente que he sido. En el aquí. Y en
el pasado cercano y lejano.
Y siendo así, entonces, me dio por claudicar. Empecé a no vivir la vida. Como levitando en
cualquier lado y a cualquier hora. Ya no te veía ahí. Ya tus ojos no me miraban. Ya, tu cuerpo,
empezó a diluirse. Y me fui yendo en espacio sonoro. Como ruido ponzoñoso. Traspasé la línea
del ozono. Y empecé a flotar, ingrávido. Me fui perdiendo. Y fui a parar a la Luna. En esa aridez
traté de hacerme fuerte. Y te enviaba mensajes. Desde allá. Desde esa lejura. Como espurio
eco. De voces mías. Gritando cualquier cosa habida. Palabras gruesas. Y delgadas. E
impotentes. Discordantes. Por lo mismo que el viento, como vehículo necesario, ahí nunca ha
estado. Nunca ha hecho presencia en esos confines; avalados por la soledad mía.
Y me fu deshaciendo. Empecé a ver lo mío como cercano al no vivir. Al no poder palpar lo tuyo.
Ese vientre pletórico. Esos ojos inmensos y negros. Esa voz tuya desaparecida. Y, siendo así, fui
muriendo. Y la Luna me acogió como novio suyo. Y, por lo mismo, me quedé allí. Y morí allí Y
te olvidé, por siempre.
Cenizas, yugo y grito libertario
Día vaporoso, este, Siendo las diez de la mañana, ya se insinuaba como caldero hirviente. No
más había pasado la luciérnaga henchida de Luna. Lunita. Cuando vi relampaguear en contravía
de ella. Un solo silencio de voces. Pero, una andanada de nubes apretadas. Un circulo color
rojo, se hizo expansivo, hacia el mediodía. Y, se vino la lluvia tempestuosa. En un ulular de
viento malvado, por lo fuerte, intrigante. Apenas salía de esa somnolencia, después del sueño
enjuto de la noche. Y, digo esto, porque vi sombras. Como gemelas del carbón brotado en las
minas inclementes, como nichos asfixiantes para nuestra gente. Que en ellas se ganaba el pan
benévolo; por lo mitigante del hambre acosador, siniestro. Los veía uno a uno. En languidez
insumisa. Veía a sus mujeres. Ahí en bocamina azarosa. Ellas, recibían la riqueza del carbón, en
canastas. Y las llevaban al tasador. Hombrote crudo. Sin ningún empalago societario, lúdico. Y
eran decenas de ellas. Vestidas de remiendos hechos. Pero cálidos. Limpios. Generosos.
Fui hasta lo de la negra Rosita Ipiales. Vendedora de avena fría. Para pasar, pasando la sed
voluminosa de ellos y ellas. Y, ya en mediodía, se amplió el sofoco. Un calor ponzoñoso.
Apretado, sin disipación posible, al momento. Y, la bocamina, expelía fuego condensado.
Amparado en el ripio que flotaba en el ambiente estrecho.
Yo le dije a mamá Fortunata, que me exprimía el dolor de nuestra gente amorosa. Sencilla.
Dicharachera, briosa, gozadora de la vida. No importando la pesadez del cansancio. Ni el
hambre acumulada. Año tras año. Y, por lo mismo, hice énfasis en no dejarse triturar más por
el ostentoso patrón, Miserable como el que más. Un tal Diosdado Pérez. Dueño. Expoliador. De
esta y otras minas en entorno cercano y lejano. Y, también, le dije a mamá Fortunata, que iba
a llegar el día de andar por caminos libres de polvo la piel de los cuerpos. Y de cenizas los
vientres y los pulmones.
Dejé pasar, volando, el resto de tarde. Bien entrada la noche, hablé con E dgardo Cifuentes.
Minero de años ha. Casi infinitos en el pasado remoto e inmediato. Nos dijimos muchas
palabras. Contentivas de furia por desatar. Y, nos fuimos yendo a los cambuches cálidos, por lo
que tenían estos, de habitantes a las mujeres. Los niños y niñas. Y los adultos hombres que
prometían ser guerreros.
Y cuajamos las consignas y la fuerza puesta al servicio liberador de ese yugo puto, malparido.
Y, en primero yo, le hice al capataz, herida profunda en su abultado vientre. Y, siendo el
primero, en cada bocamina hicimos otros tantos. Y se fue exasperando la fuerza. Llegamos
hasta las barracas lúcidas, pintadas, con aire pleno. Y con cocinitas limpias. Y con los frutos
inmensos en bodegas. Y licores de extranjería. De mucha marca. Distantes del ag uardientico
oloroso, enguayabante. Y le metimos fuerza a las puertas. E hicimos sonar el trepidante pito
acordado. Y vino la montonera graciosa, de libertad.
No había entrado, de lleno, la mañana siguiente; cuando sentimos y vimos el trepidar de las
tanquetas acorazadas. Y el bramar de las columnas soldadescas. Y empezaron las ráfagas de
los fusiles asesinos. Y el gas asfixiante. entraba por la hendidura de las burdas puertas de
nuestro refugio. Y salí yo. Con mano empuñada gritando libertad absoluta. Sin remilgos ni
sinónimos melifluos.
Ya ha pasado la trifulca libertaria. Fuimos vencidos a lo que, los patronos llaman, sangre y
fuego. Casi todos morimos. Solo se alcanzan a ver las banderitas rojas, rampantes casi
lujuriosas, que nuestras mujeres ataron a los postes de las bocaminas. Cuerpos doblemente
ennegrecidos. Por el polvo del carbón desventurado. Y por la sangre seca en las heridas por las
balas que penetraron nuestros cuerpos. Y, en nuestros cambuches, la soledad imperante.
Niños y niñas, ahí expósitos. Mirando al aire que pasa. Y que no se detiene. Simplemente, sigue
su habitual paseo mañanero.
No sé cuándo, ni como, me veo en hospicio breve. Inmenso en sus paredes aseadas, límpidas.
Como habiendo sido hechas por las manos de dulzura. De las mujeres que siguen en la brega.
Y que alzan voces manifiestas. Convocantes, libertarias. Se apagaron mis ojos. No las vi más,
en físico. Pero, a vuelo alzado, van conmigo y con todos y todas muertos y muertas en carne.
Viendo una luz potente, como faro guía. La luz de los silentes guerreros y guerreras que
seguirán, con paso firme, la confrontación ampliada, libertaria.
En lo habido, como secuencia inerme.
Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso
supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer
los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ah í. Como convocante
falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más
coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me
hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui
hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy
enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante.
De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado
en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy
o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha
propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como
simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo
mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de
premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las
sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza
ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo
mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el
universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples
siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la
racionalidad vigente.
Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado
acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve.
O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos.
En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que
esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desen volvimiento de
la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la
trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple
resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la
complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y,
estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por
repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y
hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes.
Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a
verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y
transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente.
Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño
próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado,
pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión
equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo
inveterado. Amorfo. Sin vida.
En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto
lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo
incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no
fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro
uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de
Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame.
Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia.
Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En
lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura
de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello
ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la
impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como
ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por
decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real,
verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro,
impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos
en razón a que se exhiba el paso a paso de la cons trucción darwiniana de la vida en sí. Que es
cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos.
Harmonía, diosa muerta en mí
Quiero hacer un no sé qué. En esta, mi vida, enjuta. Siento que está suprimida mi larga
estancia. En, de a poquitos, ensanchada, ahora. Como estando en la largueza de lo que se dice
de la angustia. Intentando reabrir una brecha, en esta morada ya deshecha. Volcada hacia la
deshumanización imperativa. Por mí mismo hecha constancia. Que de chiquita pasó a ser de la
envergadura de lo que se presume casi muerto. En esa ceguera refleja. Ansiada competencia
que busco. Para trinar, desde mi mismo, al aire tornado en instancia minusválida. Para lo que
soy hoy. En naufragio hecho casi proclama. Viviendo en el entredicho de ser célebre, despierto.
O, simplemente, ser alguien sin respuesta a lo que viene ahora. Y que vendrá a distancia, no
medida. Por lo mismo que se dice, en punzante diatriba, lo que no puedo asir. Ni podré. Eso
creo. En esa larga estrechura de camino. Como asfixia do letargo. Siento lo inmóvil en lo que,
hoy, es apenas percepción vacía. En estridente presupuesto hecho antes. Ir por ahí. Vagando
como animal loco. Allí y allá. En esto o aquello estudiado y vivido.
Y sí que, entonces, merodeo lo vago y lo impropio. Como queriendo desandar lo habido antes.
Una prolongación hechiza del significante de estar. Cuando fue alado. O, por lo menos, en
potencia única. La que me fue cedida al nacer. No se por quién. Ni porqué. Ni me importa
ahora. Un trasunto milenario epopéyicos, si esto es caminar sin ver. Sin pensar. Sin una brizna,
siquiera, de lo que fue quehacer umbrío. De lo que se hizo, en mí, tronar de tambores sordos,
ciegos.
Quise mucho, digo yo. Tanto que no recuerdo la trenza hecha para ser así. Briosa bestia
anclada. Reducida en su tamaño y en su holgura. Yendo en ese ir simple. Débil. Casi
monocorde. Un hilillo de feliz ser. Ni eso, digo ahora, alcancé a ser y a vivir. Esa enjundia
cimera que soñé al nacer; ha tornado mera ansiedad enfermiza. Como cuando se ve torcer lo
inmediato. Lleno de espinas hirientes. No bondadosas. Sin ser hechas para la defensa de sí
misma, como flor. Que vuela en aire equívoco, demoniaco. Que difunde lo que nunca fue
hecho. Ni en conjunción pequeña con la tierra y con el agua. No dichosa. Simple expresión de
vértebra no lúcida. Como en acuosa redondez de lo pútrido. De lo no valedero, para acceder a
estar vivo. Elocuente. Palabra a medias, siquiera.
Hoy por hoy, entonces, todo es vaguedad primaria. Desdichada la vida, por esto. La mía que
decrece sin parar. Y que, se ha ido yendo, por ahí. En desierto impávido. Y en sutura ciega, de
herida magnificada. En unión no válida. No pertinente. Ni siquiera aspersor de nimiedades. Lo
preclaro es, vuelvo y digo, en mí; solo cara de Luna seca, obscura. Abandonada. Triste, desde
su inicio, por no ver que es mirada por alguien. Una acezante postulación al silencio de ahora y
por siempre.
O niña mía, lo cierto es que desvarío, cuando pienso en tu memoria diáfana. Loca, irreverente.
Mi nomenclatura, mujer mía, es simple recordación de términos. De íconos subsumidos. De
nichos ululantes. Sangría nefasta. Y mi temor, alma mía, es untarte de tragedia. En esa carita
tersa, subyugante.
Y ahí, en lo que digo y expongo, se va yendo lo que, antes en mí, fue vida imbécil. Por lo
mucho que, vuelvo y reitero, la brillantez mía; es simple imagen apagada.
La cautiva liberada
Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí
mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y
lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera
diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al
mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no
como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como
referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial
que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto,
predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni
portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando
sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos,
sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos.
Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí
misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla
como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.
Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya
vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el
mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a
infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el
mismo, pero distinto entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa
secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas.
Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que
estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido.
Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo
tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas
no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza
sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos,
infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor
como blindaje. Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca.
Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba.
Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo
vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti
como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que
tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo
hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como
vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana.
Y es ahí en donde quedo. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir
por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida;
repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche,
por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes
que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni
por mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de
quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el
universo lejano. O en el entorno que amamos.
Locura mía, locura por ti. Bella locura
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al
relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad,
una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que
crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo
real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida e n ella, no fuera más
que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En
sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces
umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo
latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea.
Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece.
En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que
ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en
cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y
va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola
límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas.
Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a
Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre
Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el
nuestro permaneció. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad
dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas.
Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo,
que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y
perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos
de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que
era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de
disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura.
Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como
sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por
encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos
espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En
busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado:
Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando
abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo
puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde
Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin
saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también,
para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan
solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante.
Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión
por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo.
Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos
el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es,
pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su
cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez,
nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el
amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado
alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz
disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por
Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca
de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la
Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en
mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz
diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y
lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado,
Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A
purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo
Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
Me quedé allí, sin vida, en la Luna mía
En lo que viene saldré adelante. Eso me dije en pasado remoto. Y lo cierto es que he seguido
en la misma brega. Tal vez, infame; diría yo. Propietario de locomoción perdida. En esa infancia
muy lejana. Me instalé aquí. En este universo del aquí. De voyerismo equidistante. De la vida
mía vivida. Y de los momentos que no viví. En un vuelo inmenso. Sombrío. Tropezones
punzantes. Como quiera que me remite, a cada momento, a vivir lo mismo vivido. En ese estar
de afuera. En el entorno problemático, de por sí. Dándome opciones a mí mismo. En la
intención de volver a vivir en la reversa no permitida.
Y fui decantando las voces que, conmigo, se hicieron estridencia perversa. Reclamando a todos
y todas unas miradas de ojos permisivos. Insondables. De negrura absoluta. Ojos de siempre.
Cautivo quedé desde ese mismo momento en que, en sueños, te hice creer que eras mía.
Desde ese día en que retorcí mi esperanza en vivir ahí, al lado, de tu cuerpo. Ejercicio de
momentos lúcidos. Proclama de vigencia en el ayer o y en el hoy. Sombrío, por cierto. En esa
soledad ampulosa. De gobernanza entre sublime y perversa.
Con ese referente me hice vuelo de posibilidades abiertas. Yendo por ahí. Como ceniciento
umbrío. En el aspaviento mío vigente. Todo un proceso agotador. Quedándome ahí. A tu lado.
Tú sin verme. Yo, viéndome requerido a todo momento. Sin ser consciente de lo mucho que
eres a mi lado. Como si te hiciese falta para dar respiro. En ese escenario inventado, por mí. Sin
mirar afuera. Solo mirándote en el adentro tuyo.
Y sí que fui creyéndome cuerpo al lado del tuyo. En plena lucha amable. Tierna. Siendo voz
primera la tuya. Y fui de elusión en elusión. Como si estuviese pagando la habladuría mí. En ese
enganche de ilusiones. Y seguí, siempre, en esa expresión. De lo mío con lo que lo tuyo no ha
sido. Impertinente sujeto. De vocinglería absoluta. Primera. Única.
Desde la sombra, hasta lo físico mío desmirriado. Como tósigo tuyo. En sabiendo que, ni tu
mirada, ni tu cuerpo, ni nada he sido para ti. Solo navegante amorfo. Sin mar abierto para
desplegar las velas de ese inventario de vida que creí tener. En esa bravura de aguas
asfixiantes. Como si me dijeran, a cada momento, lo impertinente que he sido. En el aquí. Y en
el pasado cercano y lejano.
Y siendo así, entonces, me dio por claudicar. Empecé a no vivir la vida. Como levitando en
cualquier lado y a cualquier hora. Ya no te veía ahí. Ya tus ojos no me miraban. Ya, tu cuerpo,
empezó a diluirse. Y me fui yendo en espacio sonoro. Como ruido ponzoñoso. Traspasé la línea
del ozono. Y empecé a flotar, ingrávido. Me fui perdiendo. Y fui a parar a la Luna. En esa aridez
traté de hacerme fuerte. Y te enviaba mensajes. Desde allá. Desde esa lejura. Como espurio
eco. De voces mías. Gritando cualquier cosa habida. Palabras gruesas. Y delgadas. E
impotentes. Discordantes. Por lo mismo que el viento, como vehículo necesario, ahí nunca ha
estado. Nunca ha hecho presencia en esos confines; avalados por la soledad mía.
Y me fu deshaciendo. Empecé a ver lo mío como cercano al no vivir. Al no poder palpar lo tuyo.
Ese vientre pletórico. Esos ojos inmensos y negros. Esa voz tuya desaparecida. Y, siendo así, fui
muriendo. Y la Luna me acogió como novio suyo. Y, por lo mismo, me quedé allí. Y morí allí Y
te olvidé, por siempre.
Canto a quienes derrotaron la desesperanza
Yo diría que ascendí pronto. Hacia esa proclama de vida. Por ahí me fui yendo. Conociendo el
otrora permiso para estar ahí. En ese entorno. De ellos y de ellas. Solo así entendí lo mucho
que he dejado de amar a quienes son y han sido todos y todas. Niños y niñas en existencia que
no conocía. Como si hubiese estado perdido antes. Ciego en lo que corresponde a vivir la vida
hecha. A pulso de ellos y ellas, Por ahí estando siempre. Mostrando lo que alegría es. Y sigue
siendo por lo mismo que son y han sido puro vivir. En veces pleno. En otras en violencia
sumidos y sumidas. En esas veces de puro golpe. Sobre sus cuerpos. Lesionados. Ajados.
Muertos.
Y di por creer que, el ascenso era la vida vuelta a vivir. Y me olvidé de lo que estoy hecho. De
puro mármol frío. Insípido. Sin conocer ternura. Y siendo así que lo olvidé; el ascenso se tornó
pesado. Cuando pasé por donde solo pueden volar quienes han sido y son de su cohorte.
Infantes de erudición hecha. De la mano con la ternura manifiesta. O en ciernes. O habida
desde el inicio de su universo afín.
Como que me hice a la idea de ser sujeto prístino. Como el Adrián cantado. En unísono
coloquial. Violentado. Y vuelto a nacer vistoso. Como luciérnaga primera. Incandescente.
Sublime. Nacido en volantines. Hecho con la finura de aeroplanos de libre vuelo. De instar
lúcido como la maría palitos visitando árboles floridos.
Y en qué condiciones volví a tierra, no lo sé. Solo sé que cavé la fosa buscando refugio propio
para los que, como yo, hibernamos a la intemperie glotona. Lluviosa. En granizo envolvente.
Con golpes secos. Acerados. Doliente.
Lo que me pasó, en el después inmediato; no lo recuerdo. Y, tal parece que no lo recordaré.
Por lo mismo que recordándolo volvería a la prisión del olvido que se posesionó en mí. Desde
temprana vida. Desde ese tiempo pasado aciago. Envolvente. Hiriente. Punzante. Como
propósito de enmienda en religiosidad hecha nudo. Asfixiante ceremonia que, en mi se volvió
perenne.
Y me sorprendió la urgencia manifiesta. Esa que no da lugar al respiro. De aquí y de allá fui
tomando insumos. Penetrantes. Extravagantes. En lo que esto tiene de enervante, lobotomía. Y
me hice pútrido sujeto. Insano. Inamovible. Como cerebro tullido, casi muerto. Casi perdido en
absoluto laberinto abyecto.
Al volver. Al asir, de nuevo, la palabra limpia. Llegaron los y las vivicantes; me hicieron levantar
la mirada. Hacia el rojo intenso del padre Sol. Porque fueron ellos y ellas, quienes me
rescataron de ese infierno que estaba en mí. De sujeto perverso, pasé a ser lúcido andante.
Caminante, de nuevo cuño. Libertario absoluto.
Y sí que el ascenso se tornó vibrante convocatoria a vivir la vida. Como solo, ellos y ellas, saben
hacerlo. Renovando entornos aéreos y terrenos. Sin condicionantes al acec ho. Volviendo a vivir
la vida. Tanto como el Callejero de Alberto Cortes. Tanto como esas voces suyas. Entonando el
Pájaro Libre que cantó Mercedes. Recordada por ellos y ellas, como ejemplo vivo presente.
Relato de un día
Cuando llegó, Hermelinda, no pronunció palabra. Sus dos maletas empolvadas, bastaron para
llenar el aire de una verdad traída por ella. Estuvo por fuera mucho tiempo. Tanto que se le
olvidaron las calles. No solo en nomenclaturas habladas, sino en lo que c orresponde al
significado: Como testigos del tiempo que ha ido pasando. Y que pasó, aún sin ella. Su mirada
no ha cambiado, en lo sustancial. Su pelo sigue siendo tan negro como lo era desde niña. Lo
único cambiado, lo hacía cierto el teñido blanco-amarillo como huella de su tránsito por esta
carretera hecha de piedras y arena. Un vestido ceniciento. Como mostrando la ambigüedad
hecha persona en ella. Atinó a entender que el piso desnivelaba el trasunto del entorno; cuando
su primer paso hizo trastabillar su erguida figura. Caminando que camina, se fue yendo. Hacia
la esquina olvidada. Y empezó el vuelo largo de su mirada; a tratar de adivinar algún referente
conocido, válido.
No más la vieron caminar, las niñas del Colegio Manjarrez, en fila india, la miraron como si
fuese esplendor náufrago. Con la sencillez posible de encontrar, en este territorio que fue suyo.
Y, las mujeres niñas evidenciaron, en ella, su condición de mujer ya hecha. Pero que fue niña
como ellas. Y entornaron los ojos. En ese plenosol del mediodía. Y siguieron, siguiendo huella
las unas de las otras. Sin perder el compás de la música perdida en ese sonido solo, como
soledad enunciada.
Al llegar al Parque de las Palmas, deshizo la prisa suya. Y se sentó en la banquita única habida.
Mirando siempre en derredor. Fijo sus ojazos cafés en la puerta azulada de la casa de Los
Acosta. Sabía eso porque nunca olvidar podría lo que pasó esa noche en que tuvo que partir en
veloz andar. Vino, en plenitud, el recuerdo aciago. Volvió a ver el lazo energúmeno, manejado
por Toribio Acosta. Infringiendo azote agrio, feroz. Su madre recibiéndolo como castigo a su
condición de mujer viva, viviente. Ajena a la gendarmería desparramada en esa casa. Y en ese
pueblo que languidecía todos los días. Y, volvió a ver, las acechanzas de los hijos dell patrón.
Verdugo hiriente. Y de su fuerza aviesa sobre su cuerpo, apenas niña, Y recordó, la algarabía
ensordecedora de sus pares; lanzando al aire el grito de la insolidaridad.
Volvió al camino. Transitando la ventidos. Hasta llegar a la alberca comunitaria. Estando ahí esa
lámina de agua verdeazulada. Refrescó sus manos. Y, con ellas, su cara. Tan hermosa como el
día que la vio partir, presurosa, golpeada, sangrante. Y, también, mojó sus labios gruesos; de
carmesí absoluto. Bebiendo hasta que sintió la acritud. En lo que sabor transfiere el agua
empozada, quieta.
Desanudó sus zapatos que, en tiempos ha, fueron de verde fuerte, sólido. Ahora transformados
en mero cuero híbrido y de suelas delgadas, casi rotas. Miró sus pies perfectos. Dedos rosados,
pulidos, largos. Supuso que era pertinente meterlos en la alberquita de todos y todas. Para ello,
izó su cuerpo. Y, con él, su pierna. Hasta casi deshacer la costura vertical de su vestido. Que
cabía en su cuerpo exhibiendo las líneas perfectas de sus caderas y de sus glúteos. Suspiró, en
do mayor, cuando sintió el pulso tibio del agua. Hizo los mismo con la otra pierna, acrecentando
lo maravilloso de todo el cuerpo erguido, convocante.
Ya, en este tiempo pasando, los muchachos del Liceo Arredondo; estaban prestos para
asediarla. Como sujetos presurosos, maravillados, sedientos de ese cuerpo ígneo. E hicieron
cerco, en honor a la Bella Hermelinda. La Diosa. Ida del pueblo con heridas punzantes. Y venida
al pueblo en exhibición de monumental iridiscencia. Estuvo con ellos, adjetivando lugares y
cuerpos, con sus palabras. Y llegó la noche, bella. Con esa Luna infinita prendida. Y
ascendieron hasta desaparecer, allá en el horizonte inmenso. Buscando el Sol para alcanzar el
fuego puro. Para lograr, Ella y Ellos, azuzar, en él, el paso de la vida, aquí y ahora, hacia la vida
que viniendo venga.
Francisca y Gabriela
Sí que, ese día, la vi en paralelo con su hija. Habíamos estado, hace ya mucho tiempo, en la
quietud lejana del inicio. Áspera desde que nació. Un montón de cosas fue construyendo. En
ese barrio nuestro, travieso. Y, cuando fuimos creciendo, empezamos a entender, en didáctica
cierta, el entono amado, La recuerdo en ese juego de calendas. Como engolosinados, ella y yo,
sin compartir con los otros y las otras. Lidiábamos las venturas y las desventuras. En ese
solarcito equipado con brevos amplios, generosos. Lo de la escuela iba siendo una
aproximación a la ciencia de los conceptos y de los hechos. La geometría acosándonos siempre.
En lectura y cálculo de triángulos y sus hipotenusas. La geografía anidando en la memoria.
Identificando sitios, con sus ríos y sus montañas. Y, yendo más lejos, el viejo mar anchuroso y
profundo. Una filosofía de la nada. Y fuimos engarzando íconos sobre el conocimiento.
Aristóteles, por ahí, dándole vueltas a su ética maniquea. Un Platón esforzado. Perpendicular a
la madre naturaleza. Y, el amplio y sutil Sócrates, dirigiendo la orquesta en tocata a la vida, por
siempre. Y, ni que hablar tiene, la hechura castellana. Como lengua que fue voraz, cuando
llegaron los invasores. Sustantivos y adjetivos. Verbos con ínfulas de dominarlo todo. Y la
empalagosa historia. Con datos enanos, por lo mismo que maestros y maestras eran tímidos
viajeros con nosotros y nosotras a bordo. Historia de país, achatada. Historia de lo lejos, muy
lejos, apenas como ramplones ejecuciones en lectura a medias. Esa religión dándole vueltas a
la creación. Al origen del universo todo. Con un solo dios como referente. Cruzándonos el alma
y el cuerpo con desvencijadas ilusiones del más allá. Un catecismo infame. Metido a la fuerza
como doctrina que asfixia la vida. Sin permitir respiro. Sin opciones diferentes. La aritmética.
Con ella empezamos a contar. Los números mágicos. Enteros, naturales, fraccionarios,
complejos. Con las raíces cuadradas y cúbicas. Con las vivencias en cálculo de todo lo habido,
hecho material. Álgebra virtuosa. Efímera, a veces, por lo mismo que no dábamos con las
respuestas. Talleres descritos y luego interpretados. La fuga de las ecuaciones. Y de las
potencias. Y de los logaritmos. Y las funciones. La recta. Las cuadráticas. Memoria casi virgen
para alojar las gráficas.
En medio estaba, nuestra cotidianidad. Sábados de gloria lúdica. Domingos acuciosos. Dándole
largas a la interpretación de las volátiles horas. Estando, ella y yo, en esas casas amplias.
Hospederas vivas. Todos y todas en proclamas hechas a punta de saber quererlos. Y
transferíamos, en veces, amarguras. Como esas de estar en el brete impositivo, autoritario.
Ya crecida, Esperanza, empezó a soltarse de la pita hecha nudo por su mamá y su papá.
Empezó a volar por cualquier parte. Con la ayuda de cualquier viento benévolo o agrio. Su
cuerpo se fue haciendo una inmensidad de bondades. Sus pechos. Erectos, pulidos. Piernas de
diosa. Gruesas, duras. Cara que convidaba a inventarse cualquier expresión magnificada.
Glúteos de impresionante hechura. En esas estaba cuando conoció a quienes iban a ser sus
amores borrascosos e intensos. Lo mío con ella, siempre fue solo caricias. Estando solos, en
casa de Mariana y Jorge, cualquier día, nos denudamos. Ya empezaba a tomar forma lo que
después fue cuerpo absolutamente bello. Nos tocamos a pura fuerza de gemidos, dulces. Y, yo,
le palpé ese vientre divino. Y su juntura con tenues vellos, negros como era ella misma.
Dos amores, decía yo, suyos opuestos. De pulsión apasionada. Dora Helena Madariaga. Una
negra inmensa. Bien hecha, como ella. Y Patricio Vengoechea, un sujeto de piel blanca,
hermosa. Como hermoso era él, en todo lo que se dijere. Una vez con Dorita. Otra con Patricio.
Una triada como para componer una sinfonía de largo aliento. Y empezaron a estar ella, Dora y
Patricio. En una misma danza, simultánea. Las dos quedaron preñadas, casi al mismo tiempo. Y
se fue volviendo, la trilogía, un inmenso nudo perfecto. Francisca, la hija de Dora. Y Gabriela,
la hija de Esperanza. Y fueron creciendo. Se hizo viejo Patricio, el papá de las dos nenas. Y se
hicieron viejas Dorita y Esperanza.
Por lo mismo, cuando la vi, en esa línea de tiempo y de vida, recordé que había soñado con
Francisca y con Gabriela. Que habían pasado, en lento caminar, por el camino mío. Y que, a las
dos las amé desde ese instante.
Un viaje
Nunca supe que fue primero. Si este silencio mío, derivado de mi profunda tristeza. O el yo que
difiere de todo lo que se pudo haber contado. Y esta opción dubitativa que no me deja asir la
ternura, ni la esperanza. Esto es lo mismo que vagar por ahí. Entornos de asfixia. Que recuento
ahora. Y que me han asediado. Decir, entonces, otraparte es tanto como que no entiendo lo
que me cruza la piel y mi cabeza. He estado a la espera de revivir lo mío. Desde el momento
mismo de haber nacido. Tratando de recordar sí, ese tiempo pasado, tuve alguna ilusión. Sí,
por ejemplo, no pude localizar lo que era. Y, esto, me ha generado una angustia, en todo mi
tránsito por lo que llevo de vida. Metiéndome en este cuerpo. Y tratando de exhibirlo como
trofeo de mí mismo. Es una sensación de vértigo. Y, por lo mismo, no recuerdo si tuvo su
origen desde allí. Desde ese desprendimiento con respecto a mi madre. Y, el silencio, me lleva a
estar más lejos. Desde que se inauguró la palabra. Como si volviese a ese pasado abs oluto de
todos y todas. Siendo así, manifiesto que lo que soy, no sé si era proyecto mío. O de quien.
Como relámpago, mi memoria se torna cada vez más obsoleta. Por cuanto no atina a
establecer, siquiera, los referentes primarios que pudiesen desatar mi cuerpo, del yo sujeto. Es
como una incandescencia milenaria. Como sí el Sol no me hubiera alumbrado, desde el
momento en que prefiguré como ser. En la latencia propia de quienes hicimos camino. Desde
ahí, al comienzo del tiempo.
Hoy, en la mañana, me propuse salir de viaje. En esa nave de papel que heredé de mi padre.
Como, el mismo decía “no vaya a ser que te extravíes en la vida que te ha sido dada”. Y rogué,
en este hoy, que me fuera impuesta la brújula navegante, sin par. Esa que he tenido en mis
sueños. Pero que, cuando despierto ya no estaba. O está. No sé, en verdad lo que pueda decir
y pensar. En este mediodía ligero, coloqué mi barquita en el lago inmenso situado junto a mi
casa. Y la soplé, como intentando que hiciera mar en lo que no es ahora. Y, s u fragilidad, la
hizo naufragar. Menos mal que no la había montado. O, mejor sería decir, lo debí hacer; para
ver si este desasosiego se hunde y se ahoga. Y que, yo como sujeto herido, no me levantara
jamás, del fondo grasoso que creí intuir primero. Busqué un reparador de ilusiones dañadas,
como para ver si la podía rescatar. Y, este, me la entregó casi recién hecha.
Entonces, me fui con ella debajo de mi brazo. Llegué al mar verdadero, en la tarde de este día.
Y toqué, con mis pies, la laminita de agua en la orilla-playa. Y sentí que ascendía hacia el
espacio abierto. Que empecé a flotar como sujeto herido de muerte, en esta vida. Y que busca
la otra en cualquier parte. Es un unísono lenguaje cantado. El límite de mi ascenso fue la
pesadez de mi cuerpo y el yo sujeto. Empecé a notar que me hacía falta el suelo. Y el agua de
mar, para seguir navegando en mi reconstruida barquita. Bajé en la noche. Escuchaba el
trepidar del agua. Y la fuerza del viento que se erigía como potencia mayor. Y que transportaba
las olas, por la vía de enseñarles sus caminos. Y yo fui señalado y las olas me pegaban como
fuerza casi inaudita. Toda la noche en eso. Sin poder dormir. Tal vez porque temía que, al
llegar el otro día, se haría más fuerte mi desazón y mi incapacidad para seguir yendo con mi
barquita.
Empecé a sentir que no podía moverme. No sé si era todavía noche. O si era el otro día. Lo
cierto es que estaba inmóvil. Desarropado. En una miseria de vida dolorosa. Pero podía hablar.
Y traté de expresar algo, por la vía de mis palabras aprendidas al nacer. Y sentí que solo era un
balbuceo insípido, irrelevante. Un vuelo de lenguaje asido al piso. Como no entenderá
construida aquí en este presente, que heredé de quienes fueron primero que yo. Y, en el
desvarío siguiente, entendí que eso era mi muerte,
Traición manifiesta
La vi pasar, por ahí. Por ese camino andado antes por ella. Lo que pasa, ahora, es que va de la
mano de Ciriaco Cartagena. Negro ramplón. Traicionero de su propia raza. Hecho como de
plomo hechizo. Fundido en otrora expiación inquisidora. Estuvo en el trajín de llevar y traer
mensajes entre obispos y monseñores. Por allá en ese tiempo de martirologio absoluto. En
cuando ensillaba a la bestia religiosa. Para potenciar decapitaciones en la exponencial. O, ese
mismo negro, asumiendo que lo suyo era reclamarles a reyes y gendarmes. Que le facilitaran la
pócima para limpiar su piel.
Yo sé que, ella, lo eligió. Siendo que, antes, fue negra de libertad crecida. Incendiaria, a lo
bien. Trepidante mujer, en combate. Ires y venires, a su nombre. Por ella acicalados con el
negro absoluto, potente, libertario. Y verla, ahora, en ese nudo perdulario con ese sujeto avaro
en lo que se dice de verdades. Henchido de pobre jerigonza vertebrada con palabras aviesas.
Y no lo digo, yo, por resentimiento o por sangrar por herida. La amé. La ama. La amaré por
siempre. Lo que pasa es que uno, como que envuelve la vida y la cree en enhorabuena
perenne. Yo soy, eso sí, un sinfín de contradicciones. Soy, eso que llaman ahora, sujeto de ir y
venir. En diferente, cada vez. Como si, siendo así, pudiese retornar al comienzo. Cuando era,
apenas, sujeto de ida, en vivo simple. En caída libre, en veces. Diciendo lo que fuere con el
énfasis puesto en el no posible. O, tal vez, será. Siendo yo así, fue que la conocí. En el villorio
relajado. Llamado Hondonada de San Belisario. Un sitio de bravía hechura. En ese pasado de
trochas y de mulas en ellas. Yendo enjalmadas, inocentes, cansadas. Con arriero irascible.
Dador de zurriago y de palos hendidos en su cuero. Expósitas sujetas nobles. Leales.
Y, sigo en lo que iba, esa negra Incendiaria Soto, se hizo mujer de plena locura amatoria. Libre.
Pasión pura. Iconoclasta. Herética. Y se encontró con el Ciriaco, allá. En Compostela Moderna.
Sitio ajado, ya. Desde tiempos de las jerarquías apoltronadas en los ribetes de los jalones en
tierra. Esos que se fueron, en el despiste de la libertad, posicionados como instrumentos de
crueldad infinita. Doctorzuelos en el discurso ampuloso. Como si fuesen veletas que desarropan
el viento. Venidos desde tiempos de horizonte hecho para el abismo. O para el asfixiante yugo
de fierros hechos en el incandescente fuego.
Al verlos pasar, Dije: mírenla y mírenlo. Ella y él ufanados. Con la malparidez alborotada. Con la
ponzoña lista. Paira devastar a todos y todas, los de la otra orilla. En ese inventario manifiesto.
De cosas afanadas. De fisuras puestas al servicio de lo enervante. De lo que duele. De lo que
castiga y destruye.
Un venirse, diría yo, en componenda con la cizaña de la que hablaba el hablador bíblico. Mero
sujeto diciente de cualquier cosa. Pero, a decir verdad, en eso atinó. Cizañero y cizañera, son
ahora ella y él. Como vociferantes, impío e impía.
Yo me quedé silente. Dije nada. Ahí. Y después. Varado, digo yo. Corcho oscilante. Para aquí y
para allá. Embolaté la iridiscencia. Casi perdida quedó. Y, lo punzante por lo bajo, fue que no
me afanó la tristeza por ello. Como en la decadencia absoluta. Como vendedor de pasquines
insultantes, apenas. Sin la vehemencia de antes. Metido en esa pocilga agria.
Se me perdieron en el horizonte trazado por mí. Dejé de verlos, casi en la medianía del pasar.
Fijé mis ojos al piso. Me hice sujeto embobado. Inmerso en la jetuda ignorancia supina. Digno
de ser ejecutado en guillotina doble. Simplemente, porque no les advertía a todos y a todas, lo
que vendría encima. A cargo de los ejércitos depravados. Surtidos por la traición de Incendiaría
y de Ciriaco. Negra y negro en deslealtad con la vida. Naciente. Y la ya hecha.
Imagen viva
No puedo, hoy, resarcir lo que he vivido antes, Como mirando el oficio de ser humano.
Elocuente y tejido con el hilo de tu énfasis en lo que somos. Como herederos de una estirpe
vigente, aún ahora en que deshicimos lo nuestro. Y digo así, por las condiciones que se
extienden hasta el tupido tiempo en melancolía. En este universo como si fuese impropio. Como
si, cada paso, no sea otro que el devastador silencio cruzado.
Y sí que hoy estoy aquí. Como sujeto vesánico. Anclado en la lluvia de pareceres todos.
Insinuando, a cada nada, lo poco que he aprendido. Desde siempre. Pero, más ahora, que los
hechos, son simples escoriaciones de lo que acumulamos como valores. En secuencia nítida de
las versiones apuntaladas en endeblez única.
No más pasó el tiempo, de a poco, surgió esa delgadez de horizonte y de vocería. Más como un
clamor secuenciado. En términos de insumos precisos. Pero, también, de aquello que dimos en
llamar vergüenza de acciones. En esa punta de lanza alejada del vibrato sincero. Como en ese
ir andando por ahí. En posición sujeto buscador ilusiones en la vía decantada. Como mostrando
expresiones de amargo trajinar.
Entonces, un vacío que me propongo a mí mismo. Tal vez en la intención de volver algún día. A
este territorio que hoy piso y siento. En percepción primera inhibida. Una ampliación de
caminos ignotos. Casi invisibles. En esa primera mano de envolvente rotulación de lo vigente.
De aquello que me devuelve a la impregnación como sujeto de vivir ya vivido. Y que se repite
como fundamentación estoica apenas.
Generalizando los gritos en silencio. Imbricado. Doliente de sí mismo. En aventuras ido. E
impávido, como posicionamiento estrecho. En esa tendencia que tengo siempre. De horadar lo
cercano. En premonición baldía. Siendo sujeto de esponjoso recuerdo siempre. Y agarrotado
por el frío incesante. Prolongado al infinito íngrimo. Expandido en reguero de memoria
terminado. De avara potencia. Por esto mismo es que, clamo por tu presencia. Aquí, ahora.
Para que me ayudes a descifrar lo que sigue. Recordando, de a poco, la tersura de tus
palabras.
Créeme Estando vivo todavía; lo que de cuento no es otra cosa que la ilusión que algún día
tuve. De ser tridente aciago de mi mismo. Y, por lo tanto, ansioso de estar, al menos, en el
recuerdo tuyo. De esperar soy, hoy, sujeto. Que extiende su melancolía mal habida. Ya que la
heredé de cualquiera que pudo haber pasado por este sur helado. Ingrávida es mi postura.
Que, en este vigor lacerado antes, permuta cada día la esperanza. A cualquier costo la entrego.
Estando, por lo mismo, en esa sensación de proclama inerme. La que me cruza. Que me hiere
como daga invisible. Pero certera en el momento de alzar el vuelo. Oficio que no he podido
aprender. Y que tu lo sabes. Lo has sabido siempre. Desde que naciste. En esa aureolo de
verdad que te acompaña.
Hoy, entonces, te ofrezco mi memoria. Para la guardes. Ahí, en ese interior tuyo tan benigno y
solidario. Si, defendiendo tu autonomía, no la tomas. Da lo mismo. Porque ya no respiro.
Virginia
Quien lo creyera. Doy la vida por ti. Una vida que vuela y que se posa ahí, en lo que has tocado
antes. Recuerdo pleno hay en mí. Desde que naciste, te miré. Y te vi crecer en la exponencial
hacia el infinito. La señora Agustina, tu mamá, supo de mis desvelos. Siendo tu mujer abrigada
en las opciones otorgadas por ella. LO tuyo, manifiesta pulsión de vida. Recreada en el
universo, desde que este surgiera. Una ligereza, la tuya, para cantar los verbos y adjetivos, de
la gramática de lo vivido en plenitud. Volar que volar, hiciste. Caminos, en veces, azarosos.
Teñidos de aplicaciones tardías; por lo menos en lo que tiene que ver con la holgura solidaria.
Fuiste, en visión doliente, por esos espacios. Casi como proyección hasta los límites.
Recuerdo el día en que tu papá Ambrosio, deshizo lo logrado. Se fue yendo como sujeto
espurio. La degradación suprema. Viendo la vida, con ojos, esos suyos, que marcaron siempre
el itinerario con el terciopelo de los venidos por la vía de imposición constante y dura. Tú, en
esa condición de ser mujer niña. Añorando lo que fuiste en vientre materno. Viviendo las
opciones de ella, tu mamá. Te conocí en el bocajarro, cuando recién salías. Aprendiendo a
caminar, luciste lo más tierno de ser niña. En esos globos subiendo. Mirando el paso de quienes
nacieron primero.
Esa tarde, cuando adiviné a que venías, dije algo como insonoro. Como ingrávido cuerpo puesto
en lentejuelas punzantes. Me dijiste que ya no querías ser tú misma. Por el contrario, que
anhelabas empezar viaje hasta ese lugar que habías soñado antes. En pretérito lejano. Y me
dijiste de lo tierna que era tu mamá. Y de esas inclemencias asociadas a la opción paterna. Y
me hablabas del vergel florido. Que lo viste, sin aun nacer. Una trama, tu voz, de hilaturas
ansiosas, pero hermosas.
Cuando fijé mis ojos en ti, yo dudaba del significante que eras. Me dije, a mí mismo, lo suyo en
una surtidora de agua pura. Yendo por todo lo habitado. Aplicando sanaciones para la tristeza y
el olvido. ¿Te acuerdas del cierto día? Mirándonos como dos cuerpos alongados. Uno a uno. Tu
mirada cenicienta, fue invadiendo todo lo habido aquí. Y, además, en lo más lejano. Percibiendo
la dominación bruta, aniquiladora. Me dijiste que, cada día, soñabas con un país diferente. Por
ejemplo, dijiste, la negramenta potente. Dulce, maltratadas y maltratados. Eras como notaria
benigna. Ibas validando todo lo tocado por tus manos y tus ojos.
Hoy, en este treinta uno del mes fugaz. Ese en que siempre encontramos al sujeto breve y
distante. Ese que le hizo una canción a la esperanza, pensando en ti. Me sentí paralizado;
viéndote susurrarle al viento. En el mismo día vaticiné como presagio de lo que ocurriría. Mi
recuerdo, entonces, fue un conocerte. Ya habían transcurrido casi sesenta años desde tu
partida. Y supuse que habías logrado impactar en el cuerpo de vida. Absorto, en un entrelineas,
quijotesco, subí la pendiente dada, como coordenada ávida de sustento para derrotar la
amargura inaugurada, por quienes te conocimos. Y que, en ese el día de tu fuga de hace seis
decenios ya. Inauguramos las voces nuevas. Sin repetidera de palabras. Siendo, por lo tanto,
palabras de clamor sutil, deseado.
Desde este lugar mío, entonces, ensayo las palabras, para que puedan volar y circundar la
Tierra nuestra. Esa que va vivir, millón de años más. Y que tú la conduces, como ilusionario
propio, real.
Ella, el ocaso perenne.
Lo habitual era mirar su risa buscona. Andando, en ocasiones, la partitura de la melodía
aprendida cuando éramos adolescente. Sí que gozábamos en ese tiempo. Después de las clases
olvidadas casi. El colegio ya solito. Nuestras vacaciones ejercían ese encanto fundamental a la
hora de desdecir lo que habíamos hecho. Esas voladuras de juegos. Ella y yo postulándonos
para asumir la dirección de lo aprendido. Como sacando animalitos del sombrero de papá. Las
circunstancias tenían atracción mágica. Sin ningún tipo de rodeos dispensadores. Nos metíamos
en ese tumulto de cosas impensadas. Yendo hasta el límite constante. En una alegoría
suprema. Decantando las palabras hechiceras. Recuerdo, hoy, cuando la vi pasar. Un día
plácido, silencioso. Y, yo, me inventé la canción propicia. Y se la canté ahí en el patio glorioso.
El que estuvo con ella y conmigo desde siempre.
Y alzo vuelo la imaginación de ella y la mía. Dándole vuelta a la tuerca del horizonte creado
para ensalzar el milenario estribillo. Aprendido des tiempos de Juan Cristóbal Ayerbe. Esos
enigmáticos personajes que anduvieron tras la huella d Angélica y la mía. En una exhibición de
protestas cambiantes. Ora era lo anchuroso del río. Y, después, por lo visto en el eclipse de
cada cien años. Cuando mirábamos el hecho. Entendiéndolo como simple hechura de magia
tardía.
Ella volvió mucho tiempo después. Desde que se marchó, yo no había emitido ni una sola
percepción de realidad. Simplemente, me hice soporte de las calendas contadas para ella. En
ese universo de voces íngrimas. Sonsacando a la criatura que ya había nacido. Un cordel como
supuesto hilo de orientación venido a menos, desde que la ignición se hizo panfleto añorado.
Pero desechado antes de leerlo. Ella con su fugaz expresión de palabras altisonantes. Como
esas que se dilapidan, sin que lleguen a ejercer el rol del cual había sido dotado.
Yo hice lo justo. Pronuncié mi habladuría aprendida desde el momento en que la conocí. Allá en
el largo volar. En el cual me dije que lo otro era cosa de los iletrados en solidaridad y la ternura.
Me vi pasar de un lado al otro. Sin encontrar la posibilidad de seguir matizando el dolor
profundo, inmenso. Yo, como ador de lo que no tenía. En esas ínfulas mías de creerme
acompañante dulce, amante. Siendo así, entonces, ejercí como reparador de artículos
relacionados con la soledad.
Me fui, una vez pasó el encanto, expliqué al mundo lo que deseaba en términos de uniformidad
hirsuta. Dependiente de las voces agrias de los seguidores de ella. Yo, tratando de erigir, como
soporte, la algarabía de los primeros días. Cuando, mi madre, entro al concierto de los seres
habido, vivos. Ella, sin otro aliciente que estar al borde de los suplici os, cada vez. Hice lo justo,
para revertir el tiempo. Pero, este, se hizo remiso. Actúo como sujeto remiso. Procaz al infinito.
Nervadura insólita. Ya que, la diosa mía avanzó hasta llegar a la Tierra de la de los lúcidos
itinerantes.
Y vine a saber, a través de las imágenes del Dios Sol, que había marchado con Euclides
Gonzáles. El amante furtivo de ella. Y, se lo dije a agritos. Todo lo entendido a partir de la
exuberancia de su cuerpo erguido. Pero con una sumatoria de deslealtades, apenas comparable
con el recorrido del amado Plutón. Expuesto al frío absoluto. Parecido a la negligencia. A la
traición con relación al sujeto vivo o viva en cada día. Y cada nanosegundo andante.
Si me fui, uno, por el camino menos enrevesado posible, solo lo dirá el tiempo sin olvido
acatado. Lo cierto, entonces, fue que albergué la esperanza, hasta el último de su corazón.
Inmenso en lo que refiere la amplitud de alma y de cuerpo. Me quedé mudo, entonces, porque
decidí no hablar, por el tiempo en que ella siguiera siendo inoportuna, al momento de dejar ver
el tránsito de la vida.
Doncella
Lo dibujé en el espacio habido. Tracé líneas oscilantes, por lo mismo que cada quien dice lo que
quiere, a la hora de definir su rol. Justo ese día había propuesto a Diana que estuviéramos
juntos. Por siempre. Mi justificación hablaba del hecho manifiesto de querer estar con ella. En
cualquier parte. Desde mucho tiempo atrás estaba obnubilado por ella. Como si fuese cómplice
del querer estar que traspasa la línea mínima. Algo así como querer volcar en ella todo lo mío.
Y le dije que la había visto en sueños, desde el día mismo en que nació. Que la había visto
crecer. Que, todos los días, la veía en su bañerita en plástico. Que veía a su madre arroparla en
la toallita que le obsequió don Sofronio y su esposa, doña Azalea. Y que la veía alzar sus
manitas para alcanzar los móviles expuestos por doña Mariela, su tía. Y que, en el día a día, la
veía jugar con Juan Pablo y con Valeria. Ahí en el parquecito. Cuando retozaban en lo más puro
de la infancia de todos y todas. Y entraba en el escenario lúdico la exuberancia suya, pasando
que haciendo pasar cada gesto hecho risa absoluta. Y que la veía en el jardín, con su uniformito
acicalado de estrellas color rosado. Y que la seguí hasta la escuelita. Y que le decía todos los
días, lo linda que estás mena. En el “aquí te espero”, luciérnaga mía. Para hacerte fácil amar.
Aun en esa holgura de años que te llevo. Siendo, como en efecto soy, cuerpo de años muchos.
Pero que te sigo mirando y esperando. Y que te esperaré, por siempre. Deteniendo las
calendas. Hasta que tus doce añitos, evolucionen. Te espero de dieciocho. Y te veo en mi cama.
Agarrotada del frío de esta ciudad punzante. Y que te cobijo con el manto de mi madre, por mi
heredado, Y que te canto los cánticos de niña traviesa, pura, deslumbrante.
Y ya, como en cuerpo ajeno, te sueño tendida en cama, anhelándome. Con esa espera
traducida en los gemidos hermosos de quien se siente poseída. A todo momento y en cualquier
lugar. Y voy hilvanando los tiempos. Y duermo para hacer menos larga la espera. En un desfile
de ilusiones manipuladas, por mí mismo. Y me veo horadando lo tuyo. Con absoluta delicadeza.
Dándole tiempo al mismo tiempo que corre y vuela. Y sí que, saliste de la escuelita hoy. Con tu
valija. Llevando los cuadernos y los lápices. Y me acerqué a ti. Y cogí tu mano tersa. Con ese
negro hermoso, extendido por todo tu cuerpo. Y te invité al Bazar de Las Marionetas. Y te
divertiste tanto que hasta lloré al verte. Y, después, fuimos al parquecito de los sueños idos. Y
jugaste con todos y todos tus pares, allí. Y te arropé luego. Después de lo hecho y del
cansancio exhibido.
Simplemente no pude más. Ese día, al recogerte en la escuelita, te dije que iríamos a disfrutar
lo más hermoso de la vida. Aquí y ahora. Y te llevé a ese cuarto azulado. Te mostré las
cortinas. Y las ventanas. Y te mostré el patio construido por mí mismo. Ahí, como enjuto y
pequeño. Pero con la capacidad para expandir el brillo de cada día. De nuestro Sol. Bello, a
veces. Hiriente otras. Y te dije no espero más. Hagámoslo ahora. Dame tu vida en este lugar.
Quiero ya. No después. Y dijiste que sí. Y te desvestí en lo inmediato. Tu delantalcito rojo lo
abrí y lo coloqué ahí, en esa sillita que ya estaba. Y deslicé mi mano por tu pubis. Y noté que se
iba inflamando tu clítoris. Y tus pechos. Y, yo, me exacerbé en locura. Te abracé. Y te hice mía.
Cabalgando en tu cuerpo. Y tú gemías. Y me arañabas. Y reías. Y me decías abuelo mío, por ahí
no es. Déjame orientarte. Y abrías más tus piernas. Y me guiaste hasta esa cavidad asombrosa.
En esa juntura estrecha toda. Y lo hice como me lo dijiste. Y, ya ido en mis fuerzas todas, te vi
dormitar. En placentera exhibición de regocijo y cansancio. Y vi crecer tu vientre. Allí mismo.
Cada minuto más. Y alcé tu cuerpo. Ya dos. Lo que antes era uno. Y pasó el tiempo en
velocidad creciente. Y, allí mismo, nació nuestro Ámbar. Y empezó a llorar, como niño que era.
Y vi tu rostro de niña de doce añitos. Exuberante. Gozoso. Y lo hiciste arropado mimo hermoso.
Al salir los tres, caminamos sin rumbo. Tú y nuestro Ámbar, riendo por ahí. Y fuimos a Lago
Dorado. Nos bañamos en desnudez. Y veíamos pasar a la gente. Y reíamos al verlos. Y
retozamos como infantes todos. Y me dije a mi mismo que ya había vivido lo que más
anhelaba. Ya te había tenido y había hecho en vos, un lugar para se guir creciendo. En ese
vientre ávido de sentirme. De hacer crecer mi ser sembrado.
Del pasado que pasó
Si me dijeran que la vieron ayer, diría que yo no la recuerdo. Porque, en eso de no juntar
pesares, me obliga la obliteración del torrente que viaja. Des de ese pasado tan lacerante. Que
ha estado conmigo. Por lo menos desde que lo reconozco como mío. Y no de otro. Por lo tanto,
en la expresión “si me dijeran que la vieron ayer”, está inserta la palabra acumulada que he
construido y he traído desde que la conocí un día, como cualquier otro. Pero que, en mí, fue día
primero del origen. De esta ansiedad tan mía. Y tan profunda. Y tan auspiciadora del tormento
mismo incoado en ella. Devastadora avalancha que rompe cualquier blindaje, Que horada el
ímpetu de lo humano mío.
Siendo, que sí es cierto que es, untura que atosiga, Que inhibe a la locura habida. Como
imaginación mía. Que retuerce la hilatura de alma. Y que me hace proclive a la desesperanza
que desde antes está ahí. En espera. Con certeza segura. De que mi camino es ese. Y que, por
lo mismo entonces, se empodera de ese tránsito mío. En pleno ejercicio de perversa
cautivación, Dejándome en incierto lugar, ahí sujeto, como anclado en la arena movediza. Con
mi locomoción perdida.
Es por esto que diré, cuando me digan que la vieron ayer, que yo no la quiero ver ya más. Que
si, acaso, podría decir que la vi un día pasado ya. Muy lejano en el tiempo. Tanto que ya casi es
un no recuerdo. Y que, a lo sumo, se mantiene como imagen borrosa. Sombría. Como litigante
cuerpo perdido. Desde ese mismo día en que a bien partir tuvo. Y que no la seguí, por eso.
Porque ya, de lo suyo, no hay memoria plena. Ni deseada. Ni nada.
Y sí que me lo dijeron otra vez. Que la vieron ayer. Vestida de guirnaldas hechas con el rigor
que exige el tiempo que pasa. Y que, según dicen, ella dijo que no estaría nunca más conmigo.
Que lo suyo estaba en volar por ahí. Agitando las alas que eran mías. Y que, dice ella, yo se las
cedí un día cualquiera. En ese pasado que pasó y que ella no recuerda.
Y sí que presté atención a, lo último dicho, justificando en ello la desdicha mía habida. La
desilusión que digo mía, por lo mismo que no la endoso. Porque, si así lo hiciera, retornaría al
día primero habido. El mismo que nació conmigo. Como incitació n al recorrido avieso que, sin
decirlo yo ni nadie, es como giro y giro que va y viene. Y que, por eso, me tiene aquí.
Suspendido. Enajenado. Incierto, perdido.
Y, como son las cosas contigo y conmigo. Quien me lo dijo hoy, es el mismo que me dijo ayer.
Que te vio pasar por ahí. Y que, sin saber porque, dijiste que ya no ibas más conmigo.
Simplemente porque, lo tuyo ya no era lo mío. Y que lo que vieron hoy y ayer, fue el cuerpo
tuyo diluido. Ya muerto. Desde que, ese día en pasado, te maté por no ser tuya, cuando quise
que lo fueras.
De una historia vista, tocada en el sueño
Como si lo hubiese narrado en el pasado, este cuento obra como certificación casi notarial del
mismo. Ocurrió que fui hasta donde vivían ellos y ellas. Nativos y nativas de mi entorno
nacional. Muchos siglos pasaron. En ese ejercicio de vida limpio. Los ríos anchurosos bañaban
todo el territorio. Ellos y ellas en un embeleso de vida. Una cognición autónoma con la cual
sabía identificar lo brumoso del dios dado. Repeticiones que convocaban a saber lo cotidiano,
Po ejemplo eso de producir, al lado de la Madre Tierra. Sus insumos eran lo rudimentariamente
explotados. Palos, piedras talladas. Y, la recolección de los frutos, exhibía el comportamiento
apropiado. Un unísono trajinar cargado de sabores percibidos solo por ellos y ellas. El nacer,
siendo una conexión entre la intención de cuerpo inmediato. Con las parturientas ahí. Como
sujeta expósita. Bienamada con sus pares. Y, en crecimiento necesario, se iban dando los hijos
e hijas. De todos y de todas. La soledad era amigo benévolo. Una interacción por la vía de las
jefaturas existentes. Evolucionando desde el pasado darwiniano no conocido. Pero presente. En
esa holgura de actuación. En el distanciamiento y en la pluralidad manifiesta. Con gritos
guerreros. Violentos. Punzantes. En ese entendido del concepto guerra atrayente. En la
divergencia explícita, relevante.
El universo como esplendor absoluto. La iridiscencia gris de la Luna. El furor del Dios Sol. De
vida lleno. En esa energía expandida. Proponiéndole a la vida un nexo en el cual se juzgaba los
hechos por lo que este mismo era. Una noción de Estado, que consumía sus fuerzas. Que
tenían la misma connotación de la partición de los sujetos y sujetas. En ese ajuste cuentas con
el colectivo vivo. En veces oprobioso como lo es ahora. Un imaginario para las aventuras.
Surtiendo de nombres epopéyicos para los animales, sus vecinos de siempre. Domando a la
naturaleza con sus ínfulas de ascensos en la escala del crecimiento biológico. Su espiritualidad
quizá de mayor contenido lúdico de los que somos ahora.
Y vivían, en veces, la percepción de lo que vendría. De esos sujetos en ciernes que, en una
perspectiva milenaria, empezaban a asomarse al mar abrupto, pero libre. Como hendiendo sus
palos en el mismo. O con las telas extendidas. Desafiando la violencia del viento que corría por
todos esos espacios benéficos, en lo que estos tienen de potencia y de capacidad para insinuar
opciones de vida. Suyas. De nadie más. Pero, volvía el presagio. Como si los invasores
estuvieran ya ahí. Mimetizados en la huella ululante. Como escuchando las arengas al Dios
mítico hecho hombre. Al conjuro de todos y todas. En ese ensamble cultural, construido desde
ese atrás casi infinito.
La diferenciación expandida. Conceptos y acciones que verificaban lo suyo como potente
mensaje. Como si, con sus pares de otras tierras cercanas, estuvieran comunicando saberes. Ya
estaba la Vía Láctea. Que, para ellos y ellas, eran la conjunción entre lo brilloso de allá arriba.
Vistos desde la Tierra primera. Sin saber por qué daban vueltas. Y en insondable oscuridad
ampliada. Ya estaban los Agujeros negros. Ya había pasado mucho tiempo de brutal
configuración cósmica. Separando las aguas de lo terreno propiamente dichos. Ya los elementos
de la química en latencia. Esos que, vistos a futuro, sería como gobernanzas insubstanciales en
el ahora inmediato. Pero que vagaban al son de los violentos cambios, Del hacerse ahí. Con
rutilantes espacios. Como si el Hacedor o lo que fuere, hubiera extendido una sabiduría para
que la evolución fuese violenta, en el entendido brusco. Pero veloz e incesante. Y, también,
estaban los cuerpos hechos de pura juntura de resorte que, disparados, hacia futuro obrarían
como mágicos encuentros
Hoy que vuelvo de ese sueño ampliado. Corrí hacia el escampado permitiera mirar el cielo
abierto. Y no me detuve hasta no cerciorarme de cuanto había pasado en mí, antes cuando
dormía. Y vii cuajadas las estrellas. En la inmensa noche-día nutriendo la vida mía y la de todos
y todas.
Desde mi silencio
Yo dije, en el pasado temprano. Quiero sentir el vibrato de la tierra. Tal vez para recordar, en
ese silencio eterno que se avecina, lo que fui pasando por ahí cerca. Un volver a lo que fue mi
latir antes de nacer. En una extensión brumosa. Acicalada. Y, recuerdo, por cierto hoy, ese
tránsito aventajado. En trajín envolvente. De silencio abigarrado, en nostalgias idas. He ido,
siempre, por lo bajo del espectro presente. Porque, siendo así, he sentido lo que ha sido, hasta
ahora, palabras de aquí y de allá. Y, como en simultánea, viviendo la vida mía con acezante
temple del yo sin heredad amiga. Por lo menos manifiesta. En lo que esto tiene de empuñadura
apenas tenue. Casi sin rozar la vida de los otros y las otras. No más, para el ejemplo, lo
inmediato venidero puede dar cuenta de mis hechuras un tanto brutales, como si estuviera
prefigurando. Lo que seré en bajo tierra. Hablándole a quienes había, en el entonces, sujetos
hechos para la habladera. Y señalando a las mujeres que estuvieron conmigo. En esos espacios
plenos de una pulsión grata. Y, ahí, en ese mismo espacio, con el cual dotaron a este yo
insumiso. Oyendo lo que antes lo oí en físico. En ese tránsito espaciado, benévolo. Y empecé a
ver, desde el piso conmigo en su vertical. Y, con esas sombras que trajo la tierrita misma. Y,
yo, en esa vocinglería niños y niñas esplendorosas y esplendorosas, contándome los hechos de
allá afuera. En ese recreo libre. En las escuelitas. Jugando a la locura. En la cual yo era su
consejero. Y ellos y ellas, siendo potenciada habladuría.
Y, en ese dicho mío perentorio empecé a ajustar mis acciones. Para que todo quedara, después
de mí, como gobernanzas sinceras. Y, en ese sueñito de agosto 2, recreaba lo que podría ser.
En ese final amplio. A pesar de la estrechura medida con plomadas y estructura que encontré.
Hoy, estoy en eso. Suplicándole a la mujer que me soportó en los tiempos que dimos a volar,
desde el primer día. Diciéndole que me llevará allí. Que me dejara ser cuerpo, no polvo
inmediato. En horno crematorio con el poder del Sol, por la vía aciaga. Que me llevara, en
romería estando ella conformada por mis cercanos amores. Mi hija y mis hijos. Y allá en remoto
físico a quien tanto quise. Y, la mujer de ahora, con pañuelo de color negro. Porque negrura
definí yo que fuera, el color punzante, por lo sincero, no efímero.
Estando ya aquí, entonces, sigo en las palabras que ya dije. Este silencio me acompaña. Esta
dejadez, de física materia maleable. Creciendo casi en la exponencial. Carne de yugo nacida
(…como escribió Miguelito Hernández). Fueron pasando, pues los días y las noches en ese
contar hasta siempre. Un infinito mayúsculo. Y volé. Visitando a quienes están como yo. Ese
cautiverio sensato. Afín con mi percepción de vida. Que acaba tarde o temprano. Y volví a
enterrar, mi yo mismo. Cansado de visitar tantas fisuras. Hechas como obligatorias. En esa
hendidura que define mi estancia lúgubre. Más no ajena a los momentos vividos. Cuando fui
lúcido sujeto viajero.
Los escucho, a los y las que pasan. Oigo sus palabras, en murmullo v incansable. Y, en esa
dirección, diré a mis cercanos que no dejen de transitar por ahí. Para seguir escuchando su
palabrería Y sus risas.
La vida es bella…a veces
No más, ayer, al vuelo estaba. Eso es como mirar desde lo alto sin estar arriba. Algo parecido a
esos momentos en los cuales todo se le va a uno. Como que no atina a aterrizar. Más bien
como en esa subienda de alma, aún sin tener tal cosa. Pero sí su símil. Algo como corriendo en
velocidad quinta. De aquí y de allí. Y, ella, se hace presente. Como gendarme libertario. Como
quien te ha cautivado y no te suelta. Un va y viene y vuelve. Una tejedora de ilusiones que
motiva a reanimar lo que parecía fenecido. Como alargar el ensueño que todos tuvimos siendo
niños. Ese horizonte absoluto. Nítido. De colores diversos. Un azul de ternura inimitable. Un
verde que satura y convierte lo habido en épico canto que subyuga. Ese rojo que hace explotar
la pasión, siempre herética.
Y, siendo como es hoy. Y estando como estoy hoy; me le fui yendo despaci to a la tristeza.
Sigiloso, en punticas. Y listo. Ahí quedó la tristeza sola. Y, juntas, soledad y tristeza se dieron al
reniegue. Buscándome. Pero yo ya iba lejos. Y, vuelvo con el vuelo primero. Y localicé a la mía.
A la esperanza. A la más mía, la pasión. Y a la otra no menos mía, la ternura. Y me les quedé
todo el tiempo por fuera. Y ellas, la soledad y la tristeza juntas, rumiando venganza. Como
diciendo: nos la va a pagar ese pertinaz enamorado. Ese envalentonado sujeto de vuelo por lo
que ama.
Y sí que, en volver retardado, me les entré sin que se dieran cuenta. Y las asfixié con esa nube
de erotismo ampliado con la cual llegué. Y, sintiéndome así, me puse a navegar por todos los
mares habidos. Del Caribe ardiente, al Mediterráneo endiosado, por lo mismo de su perfil
elitista; por el Mar Negro. De esa negrura refleja por lo que es en su piso. Por el Báltico mitad
de camino entre el Centro y el Oriente europeo. Con esas historias de viajeros venidos de la
Siberia voraz, insensible. Por ese Mar Irlandés que acumula historias de la yunta inglesa y de
todos los monarcas pérfidos. Y, cruzo el Gran Canal de la Mancha. Y me le introduzco a la
Francia de ires y venires. Con el eco pleno de su Gran Revolución. Y me meto al Caspio casi
incoloro. Casi inadvertido.
Como juntando esas cosas, oteo el sueño. A distancia. Cuando llega, me aprisiona. En esa
envoltura todo se vuelve ajeno. Pasan y pasan lugares y personajes ignotos. Como luciérnagas
que han perdido su luz. O, simplemente, que mi retina angustiada no visibiliza. Caravanas
agitadas, cruzando la Tierra yerta. Vuelta sobre sí misma. Atormentada. Casi sin vida.
Este sopor mío como que fluye. Es como el entresueño volviera con sus agites revividos. Como
insensible expresión. En la que no cuenta lo soñado y lo ha bido en mi vuelo de placer. Como si
ese demiurgo impávido me recorriera todo lo que soy en cuerpo. Como decaimiento repetido.
O, simplemente, como se hubiera sido encontrado, por la triada soledad, tristeza y enajenación.
Ámbar y Vulcano
El punto de partida fue el mismo. Ambos se criaron en Fonseca. Territorio benévolo ese. Los
dos hicieron vuelo imaginario. Juntos en ese espacio en el cual lo cierto vivido, daba cuenta de
sus ilusiones. Como esa de sentirse libres. Montados en jirafas voladoras. Elefantes enanos
llevando y trayendo niños y niñas. En un alborozo rutilante. Generador de opciones de vida.
Paisajes pletóricos. Colores y relieves de vida. Ensanchados. Abiertos. Poliformes. Con esos
triángulos anclados con rigurosas pero libertarias alusiones a lo vasto que puede llegar a ser el
escenario para la felicidad.
Ámbar y Vulcano. Personajes de todos los tiempos. Recuerdan, hoy, lo que fueron. Y, como
volviendo a la reiteración no penosa. Más bien como opción de vida. Con los canguros
visionarios. Que asimilaron los retos propios de los seres que han sentido la ofensiva
aniquiladora. Con tigres acompañantes de todos y todas. Niños, niñas, adultos. Con un universo
que exhibe posibilidades aquí y allá.
Sujetos de vida, siempre. Caminantes de caminos. En ve ces sinuosos. Como que esto es la vida
misma. Que ha surtido trámites de beneficio. En los cuales, casi siempre, se percibe lo cierta
que puede llegar a ser la ternura. Con dolientes vestidos de payasos. Con esas caras que ríen a
todo momento. Volcados hacia todos los territorios. Por donde siempre ha de pasar Violeta. Y
Mercedes. Y Piero. Y el sujeto absoluto Miguel Hernández. Y el gran Víctor Jara. Enhiesto. Y con
las Madres de Plaza de Mayo. Y con la mira puesta en el Adrián de Leonardo Fabio. O, en la
canción mágica “las manos” de Sandro de América. O la Paula Andrea de Leo Dan.
Vivencias, en Ámbar y Vulcano. Dadoras de pautas lentas. Como lenta es la alegría cuando la
acostumbramos a la compañía perenne. Ahí, con todos y todas. Husmando lugares. Con ganas
de no irse nunca. De estar ahí. Enfrentado los vituperios de los apaga ilusiones. De esos que
han surtido, y siguen surtiendo, de vejámenes. De ominosas imposiciones. Los perversos que se
mantienen. Que ejercen poder. Torturadores en todos los entornos.
Ámbar crecido. Como crecida es la ilusión absoluta. Benévola. Lisonjera. Atrayente. Esa que, tal
vez, no pudieron ver quienes marcharon. Como mártires. En holocausto infame. Pero que nos
dejaron las huellas que aprendimos ya a identificar y a interpretar.
Un Vulcano Bullicioso, olvidadizo. Tanto que no se acordó de que ya había muerto. Y que se
hizo risa. Y viento en buenos mares. Y que, en esta nueva vida, es orientador y guía. Vulcano
impaciente sujeto que hizo inane la perspectiva del dolor y la tristeza.
Y, como si poco, se dieron a la tarea de difundir, en profundo. La alegría que mataron ayer. La
alegría que volvió con ellos. Y que se instalará aquí y ahora. A pesar de los sortilegios
bandidescas, tanto del Emperador Pigmeo. Como también de su heredero de siempre.
Connotación del término bandidos, cercana a la matanza. No en esa noción pura. Como
trasgresión necesaria. Benévola. Surtidora de la contracorriente que transitan solo los
verdaderos héroes. Al servicio de la más humana de las aspiraciones: acceder al territorio
magnificado. En el cual la vida, sea vida verdadera. No simple copia de los discursos
ampulosos, que repiten a diario los crucificadores.
De esta vida mía, sola, absorta, desmirriada
1. Era un yo de mil cabezas. Siendo Juancito Lugano. Siendo hacedor de la desperdigada vida
de los que sometió y somete aún. Divulgación de más de un tentáculo que asfixia. Como sonata
física de eterna succión. Siendo la vida ahí, en ese hacer repetido, no otra cosa que receptoría
de mil y un mañanas. Que resienten y que perduran. Por lo mismo que son aventura ya sabida.
Vida ya cruzada por la imagen misma del desasosiego inerte, ventilando el entorno con la hélice
misma que utilizó Diógenes, cuando reemplazó su lámpara. Como lo hizo Aladino, cuando
trastocó su mensaje, valiéndose de lo que sabía podía envilecer su trágica desventura. Cuando
la perdió. Y cuando la utilizaron todos y todas. Pasando a ser oprobiosa manera de querer ser
lo que no se fue. En aventura sin par y sin impar. Ilusionismo vergonzante. Y traigo a cuento lo
que le escuché a un ser que conocí al revés.
Como simple prenda que está ahí. Y que la hice mía. Y que se volvió mercancía del mejor
postor. Una prenda inútil ya. Por lo que tiene de expresión no grata. Como esa de decir que
soy, cuando no lo he sido, en nada.
Y paso el cachivachero ofreciéndola al que tuviese siquiera un centavo que ofrecer. Y se validó
la yunta de éste y de aquel. Y la compraron. Todos y todas al unísono. Como peleando por
vivir. Así fuese en extravío. Así fuese en lúgubre esencia de la vida partida. Que se hizo trizas.
En él y en los otros. En mí y en el que vendrá después. Porque, si hay algo cierto, es que no
quise ni quiero vivir. Y que, por hacerlo, se difuminó mi ser, en uno y mil rayos de bicicleta
prestada. De veraces miserias que dan cuenta de todo. Desde lo que pude haber sido. Hasta lo
que dejé de ser.
Una luciérnaga empecinada en no aprender a titilar. Siendo, por tanto, simple alegoría de
cualquier cosa. Y que duele sentirse así. Porque vas de viento en viento. Refugiado en el
quehacer milenario, cotidiano. Repitiendo hoy lo del siglo uno. Y lo del siglo anterior al uno.
Como reclamando espacio para otra nomenclatura. Que no sea antes o después de…Sino
simple expresión de veredicto válido. Como ese que da la vida a cada paso. Preclusión de
referentes. De íconos que están ahí desde siempre. Y que han ayudado a lo perenne.
Precisamente porque son de lo más ansiado la negación. Como infelicidad que existe y que no,
es más, precisamente porque aprendí a desalojar lo inapropiado de mi lista. A lo que es como
tósigo, de mis vigencias futuras. Como ese inventario de dejar pasar hoy lo que puede ser
mañana. Oh brecha infame. En mí como convaleciente sujeto al que extirparon la soledad y la
razón; al mismo tiempo que su ilusión de ser ese que no pude ser. Por lo mismo que soy hoy,
sin haber sido el ayer. Como sucesión de continuidades diversas. Con su tipología enmarcada
en ese ir y venir que confluye en lo que fueron y serán otros y otras. Más valiera decir, como
experimentos de hogeneidad azuzada. Promovida por los Templarios de ahora. Resucitadores
de volcanes apagados; de glaciares en continuo decrecimiento. Y que habito lugares en los
cuales no interpreto sinfonía alguna. Simplemente ahí, sin beneficio de esperanza. Como
taciturna criatura que se envolvió en su propio ovillo, sin poder expresar quien era.
2. Siendo el oprobioso Efrit, buscado por las gentes primarias. Pero que, no por ello, dejan de
ser libertarias asociaciones de personas y de elementos. En ese sitio en decadencia. Como
quiera que fue embrujo para gitanos y gitanas. Pasando y volviendo. Volviendo a pasar y
volviendo a ser los mismos y las mismas. Entes sin más horizonte convocante que el mismo Sol
que los y las reclama. En una figura parecida al Jardín del Bien y el Mal. Como ese que se
inventó el Amo primero. Como Dios que conmueve a punta de humillar a los humanos y a las
humanas. Como Ser Supremo ignominioso. Siempre buscando por donde atacar a los que
considera sus criaturas terceras. De categoría inferior, por lo mismo que son enanas ante su
Dios erguido en la longitudinal casi inacabable.
Y Jesús Amparado Gutiérrez Villahermosa, siendo el escudero del ególatra sujeto mayor.
Desplegó una vocinglería convocante. Dueño del don de la palabra. Por ahí no más. Cerca a la
posibilidad de que le concedan, también, el don de transportarse por sí mismo. Algo parecido a
la ascensión de su dueño; el ser acicalado que no quiere nada más que obediencia absurda. Al
lado de sus súbditos anhelantes de Tierra Promisoria; pero que no llega a ser más que un
remedo de la Desiderata nuestra. Quería volver a los de la ascensión primera. Como su
Superior Primero. Sobre las nubes. Como mágica demostración de poderes inconmutables,
imperecederos.
Y, justo cuando ascendía, se dio cuenta de los haberes perdidos. En ese desasosiego que
significa la vida errante. De aquí y de allá. Como queriendo no sucumbir en el escenario que le
había sido otorgado. Y que perdió, por lo mismo que lo suyo era carne y hueso. Espíritu
asociado a su don para pensar y realizar. Y justo cuando cayó, se dijo a sí mismo que quería
otro Padre. No el Eterno. Más bien el Terrícola que asume en expiación, un lugar para pensar y
actuar. Para decir en voz amplificada, que no quiere ser más objeto de prepotencia insulsa. Más
bien, agente de dilucidación plena. Aunque tardía. Por cuanto su Superior Mayor, no le permitió
hablar. Y contar lo que estaba sucediendo desde hace dos milenios.
Y es que, no en vano ha pasado el tiempo. Como ráfaga que propone una interpretación lineal
que supone el prerrequisito de la racionalidad. De la realidad asumida como tal en el presente.
No como simple expectación. Más bien como palabra explicada. Como convenciones que
ejercen como oferentes. Aquí. En presente. Dudando de lo no conocido. Dudando de las
aplicaciones que invitan a la fe como opción única en la cual confluyen lo dogmático y lo irreal.
Y se niega a creer en todo lo propuesto. Y exige asumir su condición de viento imparable. Como
libertad que se rebela. Tanto como no asumir su condición de río que, siempre, va a la misma
desembocadura. En ese territorio inmenso que es el Mar. Que condiciona. Pero, a la vez el
mismo, reclama libertad para ir y volver a las mismas playas. A los mismos horizontes. En una
repetidera que conmueve. Pero que no cambia.
Y, entonces, Jesús Amparado, vive al gasto. Consumiendo lo que está desde antes. Pero que
está ahora también. Un proceso renuente al cambio. Pero cambiando a la vez. Una figura
parecida a la resucitación del Lázaro de la Leyenda Sagrada. Y que se tipifica como verdad
inconmovible. Como verdad que es tal, por lo mismo que se impone por parte de la Jerarquía
eclesial. Absurda presencia que se niega a ser examinada en la constante de los pueblos
habidos y por haber. Una resucitación que propone volver a los tiempos idos. Como cuando
eran dos no más. Antes de que los racionalizadores emergieran como jueces impávidos y con
un ritual tan formal, como indignante.
3. Y la envoltura palaciega no deja de asumir su voz. Como nostalgia callejera. Por lo mismo
que es cultura enrevesada, venida a menos. Desde que logramos descifrar el código. Como
religiosos vergonzantes, asumían aquello que llaman “don de gentes”. Es decir, la capacidad
para enredar. Para hacer sucumbir a quienes pregonaban su discurso amargo.
Entonces, Leovigildo Leonel Lazo Lámpara, se hizo a la idea de que él no era, ni mucho menos,
adorador de íconos. Le bastó solo una hora para explicarle a Suetonio Serapio Sánchez Solano
lo mismo que ya había dicho antes. Como si un enano alcanzara los cuernos de las jirafas. Y
que, por esto lo concedieran el premio “Misión Imposible”. Y lo disfrutó tanto que se olvidó de
aquel otro camino. El de la sinceridad sincera. Esa que ya no recorren los dueños de la verdad
apocada. Esos que deambulan por ahí. Contando cosas que no son. Pero que las hacen pasar
como si fueran.
Lugartenientes plenos. En escenarios vacíos de libertad. Porque, por lo mismo, son sujetos de
ideas pasadas, lejanas. Como cuando les dio por versificar sobre sus orígenes. Ignotos y
perversos. Como cuenta ayudas en posición de dar por si lo que es necesario dar por no. Atilas
venidos a menos. Nerones falsificados. Envolventes oferentes de todo y de nada. Es decir,
estridencias soterradas. Insumos de poca monta. No leguleyos. Más bien, notarios de tiempos
idos. Y que fueron tiempos venales. Como lo fueron esos lugares arrasados por aquellos
mongoles perdidos en tierras que no fueron siendo ellas mismas lo que es ahora. Un
diletantismo cuyas aristas son como espinas que duelen. Porque no encontraron el rumbo. Y
sucumbieron buscándolo. Y se hicieron a la idea de ser fantasmas prerrequisitos para abordar
los tiempos con la razón de los Césares. Y, ellos mismos, se cansaron de ser lo que habían sido.
Y se decidieron por la longevidad brusca. A zancadas. Como si su predestinación fuera al revés.
Es decir, como buscadores innatos de tesoros hundidos en Siberia. Y se volcaron sobre ellos
como alucinados emperadores. Proclives siempre a decir no, diciendo que sí. Y se
embadurnaron de miserias hoscas. Por ahí, como decantando horizontes tardíos. Por ahí, como
fetiches impuestos. Como ermitaños que se escondieron para no dar cuenta de lo que hicieron.
Y, entre tanto, yo sigo como antes. Es decir, como sujeto abstraído. Dando cuenta de mi
debilidad manifiesta, al conjuro de lo que ha de pasar. Siendo unánime el manifiesto que
convoca a ser heterodoxo. Sin un lugar en ese estar. En un aquí decrépito. En un allá perdido.
Es decir, un yo asumido en voltereta. Tanto aquí como en el pasado. Sórdido momento no
anunciado. Soledad a cada paso, que me incita a no vivir. Es como si, de pronto, apareciera la
sensación de la derrota. Y que me niego a aceptar.
Pero, también es verdad, asumo la lucha por volver a ser lúcido. Rememorando la idea de
buscador de parabienes. Como sujeto válido al momento de dilucidar entre lo que fui y lo que
soy ahora. Es decir, como enhebración solícita. Que es lo mismo que no renunciar a la idea de
reanudar el camino. Incierto, eso sí, pero a sabiendas de que es la única alternativa. Como
contrario a sucumbir.
4. Acicalado, como siempre, Jesús Jenófanes Jaramillo Jején, salió a la calle. Un asunto de
sortilegio lo convocó. Eso de andar por ahí, era para él cotidiana necesidad. Y visitó a Sor
Soledad Santiago Silva, en su lugar de residencia. Un escenario lúgubre. Allí habitaba el Ser de
lejana recordación. Un entorno vaciado a la manera del escultor que todo lo mira. Pero que, en
ella, encontró una alucinación. Un inacabado brillo de virgen absoluta. Sor Soledad estaba ahí.
Como Semiramis que alzó vuelo dejando una estela de mil y un palacios. Como soterrada
insignia de mujer que hace trizas su reclusorio y que se vuelve alas de libertad.
Con todo y todo, ella emergió. De la nada absoluta. Se convirti ó en algo distinto a la alegoría
simple. Y se convirtió en heroína en los altares. Por lo mismo que convino con su Dios el hecho
de aparecer viva, siendo ya muerta. Como insumo necesario para la beatitud y la santidad.
Y yo seguí tras de ella, proponiéndole un equilibrio. De mi yo humano con ella invocada como
santa. Y me dijo, en pocas palabras, que no me amaría, mientras fuese humano de realidad
heterodoxa. Y le dije que no creyera ese cuento. Que yo era y sería escudero suyo. Aquí y allá.
La respuesta es elocuente, no podía asumir ese reto. Porque, para ella, sería volver a la nada
primera. Y, siguió diciendo, esto no es conmigo. Es del resorte de mi Guardián Eterno. Y le dije
que no importaba. Que seríamos dos en uno. Así como se reivindica a la Trinidad. Y ella en lo
mismo. No tenía memoria para soportar una explicación. Y yo ahí. Como convocante irracional.
Como aprendiz de Dios Sujeto. Envoltura atrabiliaria. Mejor decir, como proclama insulsa.
Vergonzante. Y, ella, asumió el rol de la ortodoxia figurada. Como diciendo “se me va la vida en
ello”. Y yo volcado hacia su verdad. Hacia su fulgurante exhibición.
Y pasaron los días. Y los años. Siempre ella, una. Siempre yo plural, aconsejado por los otros
que no vinieron al interrogatorio. Y, entonces, ya fuimos ella, yo y ellos. Si se quiere, como
elegantes vocingleros. Pero de corta duración en el pensar. Siendo esto, no más que simple
repetición de lo que fue y de lo que es.
Y Jesús Jenófanes se volvió simple estridente. Por ahí y por allá. Se quedó solo. Ya Sor Soledad
no estaba. Y, él, era nadie para incitarla a que volviera.
5. Dicen que Segismundo Entretanto Oidor, nació con dos cabezas. Una para su madre y otra
para su padre. Sin saber quién era lo segundo, se puso a aprender el juego de las adivinanzas.
Que si este. Que si aquel. Que si don Veneciano Fuentes. Lo cierto es que no ha podido desatar
el nudo, casi gordiano. Por último, preguntó a su madre, Emperatriz Oidor. Ella le dijo algo así
como que fue el primero de sus diez amantes en línea. Que Jesús Restrepo. Que Pablo Gavilán.
Que Sofronio Bermúdez. Que Aureliano Pentecostés. Que Virgilio Amorocho. Que…, en fin, la
lista era larga. Y yo le dije ya conocía la sucesión. Como quiera que mi cabeza número uno, me
contó y asimiló eso de lo bastardo. Pero que mi cabeza dos se negaban a entender el ditirambo.
Y, siendo como eran, las dos cabezas crecieron en tamaño. Más no en inteligencia, La uno,
siempre altiva y dispuesta a conocer. El número dos, estrecha como algoritmo pensado solo
para un dos por tres. Y llegaron a la adultez. Siempre en la diferenciación inconsulta. Mientras
la uno preguntaba quien fue Descartes, la dos indagaba por el nombre del apóstol traidor. Y así
en continuidad. Lo uno, opuesto a lo otro.
Pero llegó el día de la verdad, Uno y dos. La heterodoxa y la ortodoxa. Como mapas contrarios
que reflejaban horizontes contrapuestos. Lo uno y lo otro. Lo otro y lo uno. En una conmutativa
ya aprendida. Pero no resuelta. Que si esto, que si lo otro.
Segismundo murió. Pero no murió ni la uno ni la dos. Bastante entretenidas estaban en
dilucidar quien fue primera y quien fue después.
5. Si llegara otro pasado, no el mío. Le diría ¿de quién sos mascota? Y si el me dijera que del
menor de los enanos de Blanca Nieves. Yo, tal vez, no le creería. Y le propondría la adivinanza
sagrada. Esa que habla de tres siendo uno. Y, tal vez, el me diría no me acuerdo eso y de lo
otro tampoco, pero sigo siendo pasado, así no recuerde de quien. Si me dijeran te cambio a tu
señor dueño, por el futuro de mi heroína Cascabel. Pero me tienes que dar la certeza de que
ella se va a recoger en su cuerpo, como emancipándose del dolor que le causa la persecución
de sus pares, sometidas en otro pasado. De correligionarios de tu dueño. Y me tienes, además,
que garantizar que ella y sus cómplices, tendrán todo el derecho a ser libres. Ajenas a cualquier
yunta milenaria. Como la que, supongo, exhibieron los taitas perversos que vienen contigo.
Y si, ese pasado de alguien anónimo, me planteara la disyuntiva entre acatar su verdad o
exprimirlo hasta la tortura, buscando la verdad. Yo le diría lo mismo que le dije a Zoila Zapata
Zamudio, cuando me contó que su pasado voló tan lejos que ahora no tiene vida. A no ser que
por esta se entienda el vértigo de un futuro inmerso en lo baladí. Recuerdo que le dije. Nadie
puede vivir sin un pasado conocido y recordado. Así este haya sido la permanente sombra
agorera de eternos matadores. De humanos. Y de entornos. Y de Tierra perenne.
No sé, si seguí diciendo lo mismo. En soledad. Porque el pasado sin memoria, había sido
encontrado por su señor dueño. Escuché, después de haber terminado mi vocería, expresiones
como cantos llorados. Tal vez, de aquellos pasados que fueron olvidados gota a gota. Siendo
esa lentitud la que más duele.
6. Siendo Beatriz Altagracia Álvarez Arango, jerarca de rebaño convertido en cenizas por parte
de dioses idos, logró la identificación de todos aquellos que fueron rebaño algún día. Casi como
ADN plurales. Y los liberó a cada uno y cada una. No importándole que era cenizas; casi al
viento. Y los juntó a todos y todas. Los convirtió en su ejército libertario. Y arrasó a los
incendiarios impúdicos que propiciaron la hecatombe. Y, por lo mismo, fueron también,
convertidos en rescoldo frío e inédito; comoquiera que nunca antes había sucedido eso de
postrar a los verdugos y lapidadores. Siendo así, entonces, Altagracia fomentó el liderazgo
fémino y traspasó fronteras. Incluidas las que nos separaban de los ejecutores de partituras
que enseñan a odiar lo que no constituya par envilecido de la ignominia. Y se propuso utilizar la
fuerza de los rescatados y rescatadas para asumir el rol de significantes plenipotenciarios que
encumbren la felicidad como don de vida absoluto.
Ilusionario
Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo
tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni
alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí
mismo, ojalá lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la
gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé
por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud
me aclamaba.
El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto, estaba junto a él. Esperando ser atendido por la
asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario
Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a
su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una
casa en el aire. ¡Venga ya! ¡Atrévase!¡Tenga casa hoy mismo! ¡Somos los mejores del
mercado!”. Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré.
Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su
infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus
fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo
perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran
reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto
suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza.
¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la
solidaridad de género! ¡Y otras cosas!
Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente
porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana.
Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un
holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en
verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante.
¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres,
son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre
un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente.
No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La
espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi
suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio.
Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado
al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Ho y por hoy, vivimos en
arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero,
puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese
aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una
casita. Así sea como las de los pesebres.
Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos
varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les c uento que
solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho.
Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las
inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña
a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese
que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración.
Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no
sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son
candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos
atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a
todos y todas los atendemos…”
Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998.
Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen,
era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era
informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les
decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen
que fueron los paracos.
Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección.
Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si
son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me
dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor,
está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy
de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza.
Pero qué pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como
si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes.
Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos
desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el
cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un
treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres
tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis.
Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo
que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el
Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca,
amiga de su madre…”
Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado
Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo.
Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso
tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni
mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo
Marica! ¡Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena!
Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como
incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como
concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno,
comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del
carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado
a dispensadores.
La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y
tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas.
Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m.,
hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto
ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que
han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además,
certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios.
Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso.
Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor
de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco
que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el
referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber
llegado al otro día; a uno le quedan dudas.
La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta
las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más
temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención
a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora.
Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en
Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana, por cierto,
estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como
Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado mayor. Es decir,
cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores.
Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual
constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia
Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien
habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la
demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva
pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la
Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del
señor Ordóñez.
De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia.
Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo
familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en
cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los
Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a
la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las
ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquiodecesana de Regentes del
Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido
beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los
requisitos.
Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el
compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está,
de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado
para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno
a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto.
Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido
castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la
peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi siempre, porque no
compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco
Central.
Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente.
De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo
el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo
piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”.
Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”.
De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando
cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó,
estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un
tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí
trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo,
cuando conoció el proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré,
cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo
demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además, que,
verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990,
estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus
cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal
Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de
Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite
vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa.
Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran
Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas
solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella.
Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a
hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema
por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades
que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a
saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó.
Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel.
Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia,
entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la
perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su
primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Betancur, empezó
a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho
días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde
Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con
lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don
Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba unos mil
seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes.
Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita
de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman.
Cocinar, lavar ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce
meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega.
Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita
para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras
de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con
don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la
mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno
parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate.
Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había
recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba
Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente
en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha
sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las
mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la
vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo
miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido
siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una
excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo,
exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó
a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que
yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista.
Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad
de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a
la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las
bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación
temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que
se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado.
Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en
inventario”.
Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más,
cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La
abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo.
El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de
la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo
ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la
arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Qué
pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con
mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San
Agustín…”
Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que,
aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción” …sale loco de contento, con su
cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis
manos? Por cuenta de este malparido bocón.
Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único
que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la
noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día
en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…”
¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a
volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y
todo por culpa de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para
donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa.
Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida
de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro
quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano
derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo:
miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”.
Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público
de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al
comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá.
Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por
la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo, por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos
hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba
que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están
entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él,
hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando
la presidencia de la República.
Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un
formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada
semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña
Consueta, mujer de amplio espectro en el coge coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de
Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició
en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez,
hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescun, el
marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive
en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí
para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un
vividor de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me
dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin, que lleva casi siete meses. Nos
cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de
las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con
la muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los
ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido
entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al
principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo
enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne
de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades
Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de
cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los
Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as)
favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un
empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”.
Más o menos dos millones.
Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al
rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en
cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el
popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos.
Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan
hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio
para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es
amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no
pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…”
El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el
trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La
viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome
ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para
estar ahí adentro, con ese palo al máximo.
Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a
Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía,
para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora
Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa.
Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua,
me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la
placita de mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clari ta, lo
de las “escobitas” en el área de Paloquemao.
Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al
entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora.
Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, ¿qué más? Lo retrata al pie de
figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir
y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores
asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un
bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo
resulta.”
El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me
contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una
referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios
concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un
sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada
con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones.
Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir,
por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del
préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura.
No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta
opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si
apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las co ndiciones en que se desenvuelve la
vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para
trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que
he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.”
Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor
Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación.
Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya
con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni
siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y
yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito
para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde
que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito.
“…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo.
De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es
Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la
encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me
recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas,
nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo
por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial
no importa.
“…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado
a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta
casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega.
Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la
echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…”
Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en
el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo
corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos
huevitos y jugo de toronja.
“Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de
Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El
man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en
Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me
prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján,
asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio
Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le
puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el
servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la
Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así
estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez,
miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante
Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”.
Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras, le prometo que usted,
su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted,
particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuari o en la
Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal
Albarracín, que es ahijado mío…”
A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos
sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora,
lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor.
No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa.
Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en
comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo.
“Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez
regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…”
“Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza
de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene
chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé
que ese marica nos puede ayudar…”
Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del
chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte.
En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro, por cierto. Ahí dejé lo poco que me
quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada.
Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar
una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja
hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar,
porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó,
también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que
desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la
entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS
COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos
piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto.
El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar
el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada
en Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga
mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte
de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es que, mucha gente
desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…”
Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una
viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la
Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años.
Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero
después del segundo arranque.
Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos.
Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes.
Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de
ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a
los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre
albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilitó prostíbulos. Asumió una relación
consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del
Sur del País.
Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de
dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y
se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta.
Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de
tres mil millones de pesos y…listo.
Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un
cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara
de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, conociéndola
como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos
de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un
momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel
Infante.
Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de
desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al
peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto
preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su
familia y almorzando.
Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que
te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron
tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del
cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en
esa empresa de vigilancia para la cual trabajan.
Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por
la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si
me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”.
Y dicho y hecho. No pudo más.
Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía
mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la
verdad:” …voy a ver en qué le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive
sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito.
La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a lo de las costuritas y la confección.
Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además,
los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos
e inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato.
Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la
Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las
olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino.
Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la
amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede
valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol
que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir
más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza.
Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el
accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin
saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la i dea de un nieto o nieta. Y, en su
tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era
niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a
toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie,
ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico.
El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado
hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado.
Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la
separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue
vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo
único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente
porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo
conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera
voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió.
Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera
Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue
como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina
Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por
eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina
de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes.
Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar
escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le
trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los
verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza,
cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire.
También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez
años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una
flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a
nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don
Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo
cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los
compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que
querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron,
ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante.
A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando
conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo,
después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió
con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más.
Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se
alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz
atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja.
Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre
tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha
gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos
transidos del hambre.
Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde
allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor
de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo
del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre.
Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las
hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con
nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su
nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a
Fulgencio, su vecino.
Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres
familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos,
porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los
agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos.
El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y
con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco
Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta
Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero
algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro
que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con
cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara
de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con
cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal.
Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo
tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces,
hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos.
La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con
ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones.
En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Los pagan a mil pesos la decena. Y es bastante
dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede
romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos
hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al
nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona.
Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la
puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a
Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en
casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece
intacto. Como si hubiera permanecido sola.
Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada ¡Ni
rastros de ellos ni de ella! Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo
don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la
noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates,
quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente.
Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio.
¡Nadie ¡Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos! Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al
pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes
de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no
me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen
repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo.
Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está
menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A
Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se
diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber qué pasó.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la
cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores.
Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con
esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo
gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de
azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa
que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces
siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las
cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de
propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin
poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado.
El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en
la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni
en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del
Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas
para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí,
todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y
especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y
transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el
mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de
liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron
al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí,
sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera
hacemos conciencia del significado de estar vivos.
El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores
para que negaran mi permiso.
El Seminarista
A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su madre no lo reconoció
nunca. Como casi todas, ella ha tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir
tristezas. Andando, aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin
imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento.
Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha
repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a
exhibir resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al mismo
tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había lugar en su vida
para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre.
Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas. Desde ese
de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde.
Cuando llegaba llorando, porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo.
Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes los pelaos y las peladas,
más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la
babeadera le sumó la movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de
san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y, todos y todas en el
salón de clases, protestando por la presencia del oloroso.
Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de
haber trasegado. Estuvo de casa en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías
Estipendia y Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas
Agapita y Condoleezza. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María Graciana y
Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo
conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la madre, lo
bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco
menos tarada. Un tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta
brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las dos de la
tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta de anca. Arroz con buñuelos y
natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos con aguapanela de postre.
Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el Señor
Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los
movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba por enterado
de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres. Estaba borracho. Se acostaba
a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres. La abordaba y listo. Así fue siempre. Así
sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y dominó en casa de
Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza. Los domingos. Desde
las nueve de la mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina. Preparando el
desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao, chocolate, pandequesos,
huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito, mantequilla envuelta en hoja de
plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo, arroz, carne frita, patacones,
mazamorra con panela machacada en un trapo. Y, a las cuatro de la tarde, la especialidad de
Calcárea: una mezcla de dulces de duraznos, brevas, mora y guanábana.; con leche y, al final,
tinto bien cargadito.
Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la asesoría de Hermenegildo
Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la
interpretación del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la sucesión de
familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con el Nuevo
Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para lo del
humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el Bautista. Para lo de los doce
apóstoles. Particularmente en cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano
y los gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los fariseos…En fin, que
Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho años. Pero asimiló. A los treinta ya
era, pues, un experto.
Y, cuatro años después, vino la iluminación. Sucedió un domingo, mientras hablaba con
Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus
tupidas cataratas. Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita.
Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión del
Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo Oficio. Incluida la
obligatoriedad de mantenerse célibe.
Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la determinación divina. Y se lo
comunicó a su querido Cesáreo. Y este le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella
hizo lo que le dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre ella
y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la Diócesis aceptara
la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el Seminario
Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el elegido Juvenal que ni
siquiera había logrado terminar grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue matriculado.
Con el compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín Polanía
Hinestroza.
Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa Marta transmitió el mensaje
divino. Fortunata madre falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado,
en medio de una borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de hacerse Pastor
como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama segundo nivel de Teología Fundamental
Básica. Es algo así como una tercera parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes
comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya llevan más de seis años
ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país.
Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya está en lo que se llama el
tercer nivel de Teología Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus
cabeceos no son tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo
actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de clases de
Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso de canonización… Ya
Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha contribuido con
tres presidentes a la causa de sacar al país adelante.
El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano
Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y será un santo. Lo declaró sacerdote post
mortem. En su memoria, todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad
religiosa y de profundo recogimiento”.
Ilusionario
Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo
tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni
alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí
mismo, ojalá lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la
gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé
por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud
me aclamaba.
El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto, estaba junto a él. Esperando ser atendido por la
asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario
Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a
su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una
casa en el aire. ¡Venga ya! ¡Atrévase!¡Tenga casa hoy mismo! ¡Somos los mejores del
mercado!”. Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré.
Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su
infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus
fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo
perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran
reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto
suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza.
¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la
solidaridad de género! ¡Y otras cosas!
Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente
porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana.
Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un
holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en
verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante.
¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres,
son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre
un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente.
No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La
espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi
suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio.
Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado
al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en
arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero,
puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese
aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una
casita. Así sea como las de los pesebres.
Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos
varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que
solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho.
Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las
inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña
a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese
que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración.
Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no
sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son
candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos
atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a
todos y todas los atendemos…”
Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998.
Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen,
era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era
informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les
decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen
que fueron los paracos.
Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección.
Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si
son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me
dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor,
está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy
de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza.
Pero qué pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como
si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes.
Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos
desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el
cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un
treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres
tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis.
Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo
que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el
Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca,
amiga de su madre…”
Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado
Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo.
Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso
tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni
mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo
Marica! ¡Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena!
Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como
incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como
concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno,
comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del
carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado
a dispensadores.
La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y
tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas.
Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m.,
hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto
ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que
han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además,
certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios.
Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso.
Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor
de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco
que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el
referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber
llegado al otro día; a uno le quedan dudas.
La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta
las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más
temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención
a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora.
Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en
Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana, por cierto,
estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como
Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al gra do mayor. Es decir,
cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores.
Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual
constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia
Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien
habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la
demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva
pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la
Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del
señor Ordóñez.
De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia.
Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo
familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en
cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los
Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a
la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las
ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquiodecesana de Regentes del
Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido
beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los
requisitos.
Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el
compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está,
de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado
para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno
a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto.
Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido
castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la
peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más ni mio. Pero, casi siempre, porque no
compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco
Central.
Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente.
De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo
el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo
piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”.
Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”.
De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando
cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó,
estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un
tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí
trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo,
cuando conoció el proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré,
cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo
demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además, que,
verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990,
estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus
cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal
Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de
Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite
vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa.
Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran
Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas
solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella.
Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a
hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema
por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades
que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a
saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó.
Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel.
Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia,
entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la
perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su
primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Beta ncur, empezó
a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho
días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde
Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con
lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don
Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba unos mil
seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes.
Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita
de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman.
Cocinar, lavar ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce
meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega.
Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita
para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras
de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con
don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la
mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno
parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate.
Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había
recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba
Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente
en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha
sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las
mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la
vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo
miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido
siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una
excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo,
exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó
a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que
yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista.
Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad
de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a
la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las
bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación
temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que
se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado.
Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en
inventario”.
Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más,
cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La
abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo.
El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de
la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo
ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la
arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Qué
pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con
mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San
Agustín…”
Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que,
aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción” …sale loco de contento, con su
cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis
manos? Por cuenta de este malparido bocón.
Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único
que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la
noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día
en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…”
¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a
volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y
todo por culpa de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para
donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa.
Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida
de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro
quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano
derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo:
miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”.
Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público
de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al
comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá.
Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por
la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo, por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos
hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba
que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están
entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él,
hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando
la presidencia de la República.
Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un
formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada
semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña
Consueta, mujer de amplio espectro en el coge coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de
Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició
en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez,
hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescun, el
marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive
en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí
para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un
vividor de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me
dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin, que lleva casi siete meses. Nos
cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de
las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con
la muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los
ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido
entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al
principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo
enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne
de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades
Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de
cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los
Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as)
favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un
empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”.
Más o menos dos millones.
Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al
rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en
cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el
popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos.
Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan
hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio
para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es
amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no
pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…”
El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el
trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La
viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome
ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para
estar ahí adentro, con ese palo al máximo.
Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a
Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía,
para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora
Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa.
Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua,
me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la
placita de mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo
de las “escobitas” en el área de Paloquemao.
Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al
entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y l o esperé casi una hora.
Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, ¿qué más? Lo retrata al pie de
figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir
y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores
asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un
bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo
resulta.”
El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me
contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una
referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios
concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un
sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada
con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones.
Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir,
por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del
préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura.
No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta
opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si
apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la
vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para
trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que
he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.”
Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor
Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación.
Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya
con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni
siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y
yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito
para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde
que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito.
“…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo.
De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es
Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. A quí en Bogotá. Me la
encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me
recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas,
nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo
por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial
no importa.
“…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado
a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta
casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega.
Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la
echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…”
Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en
el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo
corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos
huevitos y jugo de toronja.
“Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de
Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El
man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en
Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me
prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján,
asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio
Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le
puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el
servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la
Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así
estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez,
miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante
Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”.
Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras, le prometo que usted,
su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted,
particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la
Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal
Albarracín, que es ahijado mío…”
A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos
sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora,
lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor.
No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa.
Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en
comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo.
“Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez
regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…”
“Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza
de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene
chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé
que ese marica nos puede ayudar…”
Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del
chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte.
En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro, por cierto. Ahí dejé lo poco que me
quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada.
Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar
una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja
hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar,
porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó,
también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que
desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la
entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS
COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos
piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto.
El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar
el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada
en Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga
mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte
de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es q ue, mucha gente
desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…”
Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una
viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la
Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años.
Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero
después del segundo arranque.
Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos.
Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes.
Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de
ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a
los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre
albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilitó prostíbulos. Asumió una relación
consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del
Sur del País.
Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de
dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y
se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta.
Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de
tres mil millones de pesos y…listo.
Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un
cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara
de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, conociéndola
como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos
de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un
momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel
Infante.
Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de
desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al
peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto
preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su
familia y almorzando.
Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que
te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron
tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del
cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en
esa empresa de vigilancia para la cual trabajan.
Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por
la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si
me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”.
Y dicho y hecho. No pudo más.
Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía
mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la
verdad:” …voy a ver en qué le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive
sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito.
La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a lo de las costuritas y la confección.
Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además,
los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos
e inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato.
Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la
Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las
olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino.
Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la
amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede
valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol
que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir
más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza.
Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el
accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin
saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su
tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era
niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a
toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie,
ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico.
El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado
hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado.
Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la
separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue
vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo
único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente
porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo
conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera
voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió.
Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera
Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue
como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina
Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por
eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina
de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes.
Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar
escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le
trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los
verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza,
cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire.
También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez
años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una
flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a
nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don
Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo
cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los
compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que
querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron,
ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante.
A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando
conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo,
después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió
con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más.
Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se
alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz
atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja.
Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre
tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha
gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos
transidos del hambre.
Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde
allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor
de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo
del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre.
Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las
hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con
nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su
nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a
Fulgencio, su vecino.
Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres
familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos,
porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los
agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos.
El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y
con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco
Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta
Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero
algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro
que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con
cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara
de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con
cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal.
Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo
tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces,
hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos.
La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con
ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones.
En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Los pagan a mil pesos la decena. Y es bastante
dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede
romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos
hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al
nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona.
Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la
puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a
Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en
casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece
intacto. Como si hubiera permanecido sola.
Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada ¡Ni
rastros de ellos ni de ella! Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo
don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la
noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates,
quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente.
Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio.
¡Nadie ¡Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos! Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al
pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes
de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no
me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen
repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo.
Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está
menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A
Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se
diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber qué pasó.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la
cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores.
Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con
esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo
gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de
azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa
que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces
siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las
cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de
propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin
poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado.
El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en
la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni
en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del
Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas
para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí,
todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y
especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y
transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el
mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de
liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron
al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí,
sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera
hacemos conciencia del significado de estar vivos.
El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores
para que negaran mi permiso.
El Seminarista
A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su madre no lo reconoció
nunca. Como casi todas, ella ha tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir
tristezas. Andando, aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin
imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento.
Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha
repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a
exhibir resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al mismo
tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había lugar en su vida
para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre.
Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas. Desde ese
de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde.
Cuando llegaba llorando, porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo.
Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes los pelaos y las peladas,
más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la
babeadera le sumó la movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de
san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y, todos y todas en el
salón de clases, protestando por la presencia del oloroso.
Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de
haber trasegado. Estuvo de casa en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías
Estipendia y Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas
Agapita y Condoleezza. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María Graciana y
Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo
conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la madre, lo
bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco
menos tarada. Un tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta
brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las dos de la
tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta de anca. Arroz con buñuelos y
natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos con aguapanela de postre.
Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el Señor
Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los
movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba por enterado
de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres. Estaba borracho. Se acostaba
a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres. La abordaba y listo. Así fue siempre. Así
sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y dominó en casa de
Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza. Los d omingos. Desde
las nueve de la mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina. Preparando el
desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao, chocolate, pandequesos,
huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito, mantequilla envuelta en hoja de
plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo, arroz, carne frita, patacones,
mazamorra con panela machacada en un trapo. Y, a las cuatro de la tarde, la especialidad de
Calcárea: una mezcla de dulces de duraznos, bre vas, mora y guanábana.; con leche y, al final,
tinto bien cargadito.
Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la asesoría de Hermenegildo
Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la
interpretación del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la sucesión de
familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con el Nuevo
Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para lo del
humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el Bautista. Para lo de los doce
apóstoles. Particularmente en cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano
y los gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los fariseos…En fin, que
Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho años. Pero asimiló. A los treinta ya
era, pues, un experto.
Y, cuatro años después, vino la iluminación. Sucedió un domingo, mientras hablaba con
Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus
tupidas cataratas. Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita.
Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión del
Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo Oficio. Incluida la
obligatoriedad de mantenerse célibe.
Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la determinación divina. Y se lo
comunicó a su querido Cesáreo. Y este le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella
hizo lo que le dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre ella
y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la Diócesis aceptara
la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el Seminario
Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el elegido Juvenal que ni
siquiera había logrado terminar grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue matriculado.
Con el compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín Polanía
Hinestroza.
Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa Marta transmitió el mensaje
divino. Fortunata madre falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado,
en medio de una borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de hacerse Pastor
como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama segundo nivel de Teología Fundamental
Básica. Es algo así como una tercera parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes
comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya llevan más de seis años
ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país.
Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya está en lo que se llama el
tercer nivel de Teología Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus
cabeceos no son tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo
actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de clases de
Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso de canonización… Ya
Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha contribuido con
tres presidentes a la causa de sacar al país adelante.
El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano
Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y será un santo. Lo declaró sacerdote post
mortem. En su memoria, todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad
religiosa y de profundo recogimiento”.
María cartuja
Ni enojadas que estuviéramos. Como que soy María Cartuja I, te lo juro Petronila.
Cómo se te ocurre dudar de mi solidaridad. No más regrese Pacholuis, le digo que me
preste los dos mil pesitos. Cómo vamos a dejar sin ajuar la nena. Lo que sí me parece el
colmo es que el padre Alberto salga con esas cosas. Conociendo como conoce a la
feligresía. Nunca había pasado eso aquí en Punta Canela en este cuarto de siglo que
llevo viviendo en esta tierrita. Si no más mi mamá, que ha sido tan de la iglesia y que le
ha ayudado tanto, siempre ha sido de la opinión de liberar el espíritu. Haciéndolo más
cercano a lo mundanal. Y menos aplicado a esas amarras religiosas, ya caducas, según
ella. Dizque amenazar a tu familia, con el cuento ese de que los(as) bautizados y
bautizadas deben parecerse a los ángeles. Y que, por lo tanto, deben vestir tal cual. Es
decir, de blanco el vestidito y además en el caso de las niñas, con encajes azules en
honor a la Reina Madre.
Tal parece que se le olvidó cómo llegó aquí. Con una sotana hecha hilachas. Un
sombrero que más parecía una gorra de basurero. Y que fuimos nosotras, las de la
Cofradía de San Miguel, quienes lo hospedamos. Esther le cedió el cuarto de Juvenal,
que se fue para Méjico con su Mariachi Botero. Y es que, me da una rabia, viendo como
vio que ayudamos para que sacaran al padre Alonso de la Casa Cural. Se estaba
haciendo el remilgado. No quería irse. Fuimos nosotras las que le escribimos al Obispo
Marceliano. Diciéndole que, aquí en nuestro pueblo, no caben las pataletas de curas
amargados.
Y es que esa época fue muy tormentosa. Siendo yo una pelaita, de escasos tres añitos,
me tocó lidiar con esos braveros vergonzantes que tenían asolada toda la comarca. Que
vi cuando mataron a casi toda una familia. Por el asunto ese de linderos, usted sabe
Petronila. Y que, a fuetazos me cogió mi padre, cuando le dije que ese grandulón de
Serapio no era guapo sino con quienes no se pueden defender. Y que fui yo quien no
dejé zarandear a ese cura remilgón. Y que, además, puse trampas de doble uso, en todos
los rincones y esquinas. De doble uso para ratas, ratones y similares. Y para los jarretes
de esos perversos.
Y, cuando llovía a cántaros, le prestamos la capa de hule y casco, para que pudiera
visitar e impartir la extremaunción a los (as) enfermos y enfermas próximas(as) a morir.
Tal vez no se acuerda que le regalamos una mula para que la montara, facilitándole las
travesías en Semana Santa. Y que, cuando hubo las primeras elecciones, hicimos
campaña por Baudelio Higuita, hijo de doña Brígida y de don Everardo, el mandamás
de este pueblito. Y que, cuando mataron a Lázaro Perdomo, fuimos nosotras las que le
conseguimos la cajita, juntando nuestros ahorritos. Y que intervinimos ante el Obispo
Pilatos Madariaga, para que le permitiera al hijo mayor de Lazarito y de doña Begonia,
lo sucediera como sacristán.
En verdad me da ira santa saber que este padrecito Alberto venga con esas. Como si no
recordara que, a mediados de octubre hace tres años, linchamos al tipito ese que intentó
robar la Custodia del Santo Eccehomo. Y que, para más veras, construimos el local para
la Cooperativa que comercializa las cosechas de arroz y maíz. Desplazando a esos
picaros intermediarios. Y que hicimos cadena de oración, rogándole a Dios que aliviara
al Cardenal José de Arimatea Bermúdez, cuando estuvo tan enfermo. Petronila, fíjese
que es como si hubiera olvidado el padre Alberto, que, en esos días aciagos, cuando
partieron a Colombia en dos bandos. Y que, por esto mismo, construimos trincheras
para defender esta tierrita, cuando llegaran los rojos, que venían asolando la región e
invitando a no creer en Dios ni en el dogma del misterio Trinitario. Y que nos
turnábamos para hacer vigilia toda la noche, para impedir que nos cogieran de sorpresa.
Y que, en los diciembres, decoramos el Parque Central Pioquinto Rengifo y el Pesebre
Comunitario que hacemos, en vivo, ha ganado varios reconocimientos de la y el
mismísimo Vaticano.
No sé cómo olvida que, cada año, nos encargamos del Altar de San Isidro Labrador.
Que llenamos la Casa Cural de bultos de arroz, plátanos, maíz, gallinas y cerdos. Y que
incineramos a la Bruja Bertilda. Y que nos negamos a recibir la recompensa ofrecida,
por parte de Monseñor Hipólito del Carmen Bajonero. Como si fuera fácil olvidar el día
aquel en que le quemamos los cultivos de plátano y caña dulce, propiedad de Gaspar
Monsalve. El mismo que cerraba la puerta y ponía el radio a todo taco, cuando pasaba la
Procesión de Once, el Viernes Santo. Y que recogimos dinero, haciendo empanadas
para pagarle al muchachito ese de las Gómez, para que lo matara en las afueras, tirara su
cuerpo al rio.
Y qué no decir de la vez en que organizamos todo lo concerniente a la fiesta cuando
llegó la imagen de María Auxiliadora. Que fuimos nosotras quienes convencimos a
Monseñor Humberto Pira Liévano para realizar la gestión necesaria para que incluyeran
nuestro pueblito en la romería organizada por Don Pascual Berrio, el alcalde de San
José Magno. De paso le cuento Petronilita, que el que es hoy Presidente de la
Federación de Congregaciones Marianas, fue novio de mi hija Encarnación.
Y qué decir de la Peregrinación que impulsamos e hicimos hasta Girardota Antioquia,
para visitar al Señor Caído. Como retribución por todos los favores recibidos.
Principalmente, aquel que permitió la lluvia, cuando hubo esa sequía tan horrible. O
cuando desaparecimos a la hija mayor de Doroteo Zuluaga y Sara Bohórquez, que
vinieron a predicar el ateísmo. Ernesto Benjumea y Cristo Fernando Úsuga se la
llevaron bien lejos. Mandado que resultó más barato que lo que pensábamos.
Segundo Episodio.
No lo deje entrar doña Bárbara. Quién sabe de dónde vendrá, y que intenciones trae:
Mejor vamos hasta la Alcaldía. Ese Coronel si es capaz de ponerle el tatequieto a
cualquiera. Como que me llamo Cartuja II y, con el poder que me da el ser suegra del
Epifanio, glorioso soldado de la Patria; aportaré todo mi esfuerzo por pacificar este País.
Como es de raro ese abuelo de Rosalbita. Estoy por creer que algo tuvo que ver con el
mariposo ese de Cayetano. ¿Recuerda lo que pasó, el año pasado? En plena ceremonia
militar de graduación de mis dos hijos, don Lucrecio Jaramillo, intentó matar al
Brigadier General, que vino en representación del Gobernador Isidoro Fonseca. Y lo
cogimos a batazos. Con el primero, que le di en la cabeza, tuvo. Oiga mija, yo no sabía
que el cerebro es como una masa gelatinosa, gris.
Como si fuera poquito, Américo Asdrúbal no ha llegado. Tanto que le insistí, Barbarita,
que no se demorara. El patrullaje en la noche me pone intranquila, señora María
Cartuja. No sé porque no he podido olvidar ese cuerpo desmembrado que encontramos,
yendo para Pajarito. Cuando Federico Fonseca, era Jefe de Zona, sucedieron muchas
cosas. Como esa que me cuenta del abuelo de Rosalbita. Dizque vino desde Armenia,
cuando se desató la violencia. Pero estuvo un tiempo sin salir, ni a la ventana. Solo salió
a la calle, el 20 de Julio del año pasado. Y eso por la mañana. Como si temiera algo o a
alguien. Esas gafas obscuras le quedan grandes. Y nunca se las quita. Creo que hasta
duerme con ellas puestas.
Como que soy hija del Sargento Matallana, le insisto, señora Bárbara no lo vaya a dejar
entrar. Recuerde que esos bandidos son muy engañosos. Comoquiera que lo único que
les interesa es apoderarse de los valores ajenos. Para ellos, nunca median
consideraciones de respeto a los derechos humanos de los demás. ¡Por favor no lo deje
entrar ¡O nos veremos perjudicados (as) todos y todas que habitamos en Punta Canela!
Además, como que soy Cartuja desde antes de nacer. Como que soy hija de mi madre
desde siempre. No vaya a ser que se desconozca el sentido de pertenencia que ha
exhibido nuestra familia, a través del tiempo. Desde inmemoriales momentos. Casi
despuesito del triunfo de la Campaña Libertadora. Claro que, mi bisabuelo, estuvo del
lado de los llamados Realistas. Tanto como que apoyó, con recursos de su Hacienda la
Coloniala, La Campaña de Exterminio y de Recuperación del Mandato de la Corona,
emprendida por Don Pablo Morillo. Y, como si fuera poco, entregó todos sus hijos para
lo que él llamó “La Reinstauración del Poder de Dios. Y que decir tiene el hecho de su
ingreso a la Cofradía de las Madres Vírgenes Visitadoras. Somos de tradición,
Barbarita. Y seguiremos siéndolo por mucho tiempo más.
Tercer Episodio
Cómo no voy a recordarlo, mija. Si llegué a la par con él, hace cuarenta años. Aquí, en
Punta Canela, creció al lado de mis hijos e hijas. Cómo que me llamo María Cartuja
Tercera. Su papá fue elegido Alcalde, con los voticos que levantamos todas nosotras; las
de la Cofradía Virgen del Carmen. Llegaron achilados. Sin un peso. Pero, casi hay
mismo percibimos su talante. Muy parecido al de Augusto Fourier; el gringo ese que
llegó a dominar todo el comercio de la región. Con mucho ímpetu. Pero, también, con
mucha rosca. Muy amigo de los Valencia C. trabajó siempre a su lado. Ahí en el
Directorio Conservador del Departamento. Primero, le consiguieron un plante de casi un
millón de pesos. Un jurgo de plata en ese entonces. Luego, lo conectaron con los
gerentes de los principales bancos. El Gran Banco Central. El Banco Ambrosiano. El
Banco Gota a Gota… en fin todos de alto vuelo.
Todavía tengo clarita la imagen de su mamá. Doña Francisca. Matrona de armas tomar.
Con decirle que asistieron todos los partos habidos durante casi diez años. Trabajaba
por levantarles a los niños y las niñas, jugueticos en Navidad. Se apoyó en las
influencias de su hijo. Y ya le conté que este, a su vez, se hizo íntimo de las familias
más prestantes de la Capital.
Y qué decir de los servicios prestados a los ricos de la comarca. Siempre les brindó
protección. Tanto así que los grupos armados que se crearon, durante los años duros de
la Guerra, siguieron operando aun cuando esta terminó Lo vigilaban todo…y a todos y
todas. No se movía una pulga sin que ellos lo supieran. Cuando llegaron los
izquierdistas, antes de que pelecharan, los acabaron. A sangre y fuego que llaman. No
quedó piedra sobre piedra. Más bien quedaron huesos sobre huesos. A mí me conmovió
mucho la muerte de doña Zoilita. Mujer ejemplar, solidaria a morir. Pero llevaba el
estigma de apoyar a su esposo y a sus hijos. Dio la vida por ellos.
Lo de Juliana Pamplona fue otra cosa. Se hizo guerrillera del Frente Treinta Seis. Se
salvó de milagro. Cuando allanaron y quemaron su casa, Zoilita, como pudo, la disfrazó
de monja y así pudo salir sin que la reconocieran, los Apóstoles (así se llamaban y se
llaman aún los Recuperadores de la Fe en Dios y Todos Los Santos).
Y esa muchacha era arrecha desde pelaita. Con decirle que hizo sublevar a todos (as)
los(as) jóvenes del Pueblito, cuando el Padre Absalón Machado, prohibió los bailes los
sábados. Claro que, hasta cierto punto, él tenía razón. Porque se veían unas cosas, nena.
Besos y abrazos. Cogidas de cola y de senos. Muchas crías hubo. Casi niñas, muchas se
hicieron madres. Pero, desde otro punto de vista, el curita fue muy autoritario y, yo diría
que perverso. Imagínese Pachita que a las muchachas las hizo tusar y a los muchachos
los hizo marcar en sus brazos con la imagen de la Virgen... Dizque para que recordaran
siempre sus pecados. Y, además, “Los Apóstoles”, los levantaron a planazos, hasta que
se cansaron. Las nalgas les ardían.
Y fíjese la vaina. Todo el aspaviento alrededor de ese problemita. Pero nada ha dicho o
hecho el curita ante la matazón que hierve por todos lados. En ciudades grandes y
pequeñas. En pueblitos de escasos cinco mil almas. Cuando yo dije eso, en el velorio
del viejito Peralta. Al que mataron por haber votado por Aristóteles Núñez, candidato al
Concejo Municipal. Sobra decir que a él fue al primero que mataron después de las
elecciones. Y se incendió el campo. Muertos por aquí y por allá. Yo recuerdo el caso de
Virginia Peralonzo. La mataron despuesito que su marido quemó un afiche de
Guillermo León Valencia. Allí no más. En el Parquecito. Yo nunca estuve de acuerdo
con esa forma de enseñar religión e historia que llaman patria. Ese curita Astete y esos
señores Henao y Arrubla, nos llenaron la cabeza de aserrín. Según estos últimos,
nosotras las mujeres no hemos hecho nada. Ni Policarpa. Ni Manuelita. Ni María Cano.
Ni Virginia Pineda…ninguna pues.
Pero lo más tenaz lo constituyen esas acciones perversas. Esos Decretos y Leyes. Y la
misma Constitución de 1886. Nosotras somos retratadas como proclives al síndrome
pecaminoso heredado de Eva. Sin horizontes plenos de libertad. Y, después siguió el
otro Lleras. Y, después Misaelito. Cuando le robaron las elecciones al achatado de
Rojas Pinilla. De todas maneras, hubiera sido lo mismo.
Como que me llaman y me llamo María Cartuja Tercera; no descansaré hasta ver a mis
hijas profesionales universitarias. Que no les vaya a pasar lo que a mis hijos. Que los
engañaron de oficio. Resultaron siendo estudiantes del Seminario Mayor de Pueblo
Viejo. Ahí cerca de Popayán. Cuando el acuerdo había sido otro. Así pues, mijita, que
yo tengo mucho que contar. Pero, también mucho que callar. Si no lo hago, algo me
recorrerá pierna arriba, como dicen los señores ahora.
Yo ya estoy curada. No solo de lo vieja en años. Sino también de tantas cosas malas
juntas. Que me han pasado. No solo a mí; sino a todos y todas que somos conminadas a
decir una cosa y pensar otra. A decir que sí, diciendo que no. En fin. Todo lo habido y
por haber se conjugan. No sé si ya te conté lo que me pasó con El Indio Vergara. Se las
ha dado y se las da de hacedor de talismanes. En contra del mal de ojo. Y en contra de
las envidias. Y de la mala leche.
Resulta y pasa que su mujer vino un día aquí, a mi casa y me contó tremendo rollo. Que,
cuando lo de la Toma del Palacio de Justicia, en noviembre seis de 1985, su querido
estaba en una sesión de autocontrol con el Presidente Belisario Betancur Cuartas. Y que,
mi indiecito, le advirtió lo que iban a hacer los integrantes de la Cúpula Militar. Y que,
Belisario le dijo: ¡Qué va mi Nativo ¡Yo los tengo bajo control! Tienen que respetar a
su Presidente. Qué él no admitiría ninguna otra acción que la negociación. Y mire
Cartujita lo que pasó. Cuál Presidente ni que nada. “…Usted hace lo que nosotros
digamos y punto. Le pasó lo mismo que a Guillermo León Valencia, con su Ministro de
Guerra (como se llamaba antes el Ministerio que hoy llamamos de Defensa).
Y sí que pasó lo que pasó. A mí me dio mucho miedo. Y eso que estaba a casi a
quinientos kilómetros de distancia. Allí, en mi Santandercito de Quilichao Hermoso.
Tierra de tropeleras. Con decirle que se arruga más fácil Gartubela, la excepcional.
Y dele, una semana después lo de Armero. Y antes lo de la tal Paloma de la Paz. Lo de
la negociación con los subversivos. Nada de Nada. Puro cuento. Porque este País no
tendrá arreglo así, por las buenas.
Y se me vino a la cabeza lo de Gandhi. Y lo de Mandela. Mucho lo templaos. Su coraje
a toda prueba. Sin veleidades. Extirpe de hombres absolutos. Sin nada entre las manos,
pasaron a gobernar con su ejemplo. Aquí y allá. Pero sigo con lo de la mujer del Indio
Vergara. Me dijo que leyó el tabaco Julio César Turbay. Y que, le dijo: doctorcito sus
días están contados. Como reyezuelo. Como bailador, por lo bajo, del Polvorete. Y,
asimismo, le dijo: doctorcito la veo dura para usted. Pero eso se lo ha ganado. Por lo
bruto. Usted no sabe diferenciar entre átomo y molécula. Usted cree que es lo mismo
decir “hay viene Josefina” que “Josefina viene de Viena”.
Yo no soy quien, para decirte, nenita, lo que debes creer o no creer. Pero lo cierto es que
te invito a no tragar entero. Ni siquiera en tu casa. Con ese perdulario de Adonías, tu
padre. Yo diría, más bien, cono ese hijueputa como dueño de hogar.
Angelito
Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba, caminó hacia la calle 92. En la esquina con
carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948, estando en Ciudad Bolívar.
Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de
vida. Esa pulsión que, en veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera
había, entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que arrasaron con
las barreras primeras. De esas que definen como posturas de moralidad. Esas que fueron
cruzando todo lo habido como colectividad. Como expresión de lo humano. Algo así como esa
herencia cultural desde el medievo. Aun con los matices expuestos por Agustín, por la vía de
sus “Confesiones”.
Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se
juntaron en el camión que los recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si
nada. Mientras el ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la
segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta que el conductor
se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras de Armenia.
La noche, iluminada por una Luna pálida prometía ser, al filo de la madrugada, absolutamente
fría. Ese firmamento explayado dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó,
en la casa de Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada
de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca inmensa. De esas
que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su descripción. También y,
fundamentalmente, para proveer una versión creíble.
Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La desmembración de los cuerpos de Eloisita
Asprilla, de Esteban Armero y de Elías Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno.
Empezó con la habladuría de siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio
que se dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de expiación.
La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí, como virulento atizador.
En la “vueltecita” se perdieron como siete millones de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos
ejercicios perdularios, lo que cuenta es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el
Patrón, no permitía ningún error. Mucho menos si, de por medio, había dinero. Porque lo duro
que había que meter para conseguir cualquier billete, ameritaba la consolidación de referentes
básicos. Lo que, en términos coloquiales, se ha dado en llamar “códigos insoslayables”
Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies, ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la
sala, en el comedor. Todos por ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco
personas que sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto. Y,
este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de la mona Abigail. Bebió
como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado, empezó a limpiar la macheta, con el
pañuelo que heredó de la madre. Y que había sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando
estuvo en Colombia en 1968, en el Congreso Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran
a.…Ella no aceptó aduciendo que lo había hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche.
Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No pudo más.
Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le ayudó a envolver, en papel periódico, las
manos y los pies de Baltazar Garzón. El abuelo de Alejandrina. Allí todo empezó por lo de
siempre. No cuadraban las cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos,
correspondientes a las “vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”.
Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde
lo usual relacionado con el robo; en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducían
los vehículos en que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue
don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso entregar “por las
buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas. Particularmente, el día en que se
celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del barrio. La comunidad se exacerbó.
Quisieron lincharlo, pero pudo más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres
personas resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván Martínez lo
acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil pesos que ofreció. Como para
subsidiar, en parte, la sopita.
La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la
muerte de mamá Belarmina. Del padre no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la
tierra. Solo, en mayo de 1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como
que “Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el barrio Loreto en
abril de 1957”. No más eso. Es decir que, en tiempo ido y presente, la mamá de Zoraida
asumió, en parte, la carga de criar a la niña. Digo en parte, porque Aureliano y Otoniel, en
verdad, fueron auxiliadores constantes.
Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego que está vigente siempre en el quehacer
de lo cotidiano. Desde muy niña había aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de
un pañuelo. Y de interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso
explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella. Aureliano logró, por
tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”. Alguien le puso esa chapa. Así, al
vuelo. Y quedó bautizada así.
Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal
del barrio Manrique. Como dijo el policía en su informe “fueron muertas en extrañas
circunstancias”. Y parece que si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela
y Mariela del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela Sinisterra,
en clase de costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque buscando al hermano de doña
Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo, tenía una deudita pendiente con ellos. Y,
así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba” choneto”
en el talego que cargaba. Murieron todos y todas.
Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de
ella que, en verdad, Hermenegildo, había estafado a más de cien personas en el barrio
Belencito. Con eso de adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y
que, por eso,” choneto” y “chorizo” habían sido contratados por “la comunidad dolida”. Pero
hasta ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de Otoniel. Él buscaba algo así como
saber a quién podía demandar por daños y perjuicios, derivados de la muerte de sus tres
Marielas. A decir verdad, la otra Mariela, ni la conocía.
Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde doña Betulia. Que la vieron e n el barrio
Fátima arrejuntada con Mauricio Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en
hogar comunitario “El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero
así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma, se hizo algo
para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego, la vieron recabar en San
Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron como cinco meses. Hasta que, la
Belarmina, huyó. Jesús fue encontrado muerto como a los tres días. Con dos heridas de cuchillo
en el cuello.
Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá. Don Heliodoro. Su mamá había muerto el
mismo día en que murió Carlos Gardel. Se dice que ella estaba noveleriando en el aeropuerto
Olaya Herrera. Y que le dio por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión
iba a despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como en eso
de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o para nadie, le oyeron
decir.
Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María, viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por
todas partes, a ver si resultaba algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó,
empezó a andar. Con la maletica de cuero que le había regalado doña Isabelina, la mamá de
Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince añitos no más, cuando conoció la
largueza y dureza de angelito. En evocación tardía, Angelito, quiso volver un día. Pero pudo
más el afán para no responder por lo que hizo.
En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como
parodiando al maestro Fernando González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido
boyacense. Zoraida le había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al
lado de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se volvió un
vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija de la dueña. A ella le
correspondía atender a los madrugadores del entorno. Como veinte años aparentaba la china.
Angelito tasaba a las mujeres, por las tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron
migas, como dicen en la tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo
habido sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978 y 1989.
Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo lo territorial minero. Y,
también con lo territorial vivencial. Tremendas grescas. Puñados de muertos y muertas. Había
casas destinadas para la tortura y el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada
contadora de recuerdos, sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado.
Los otros dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si nada. Y
todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad de “los de arriba”.
Eran casi las doce del mediodía cuando salió del negocito de doña Epimenia. A ella también la
conoció. Acostumbraba levantarse tarde. Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el
comedorcito. Con legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía para dormir y
que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí abajito en donde terminan las
piernas, como marchitos también. Pero junticos. Angelito, la miró de los ojos con esa masita
color verde. Pasando por los ajaditos pechos. Hasta ahí donde todos los palos llegaron. Y
pueden, aún llegar. De ese talante era el morbo de don sujeto pecaminoso.
Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá podía bañarse en los termales. Y que,
además, podía encontrar a Valeriano, el dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de
la ciudad. De una llegó al hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho
de la tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de Pedro Navajas). Estaba
como alucinado. Le vino a la mente, la situación vivida cuando chico. Que miseria de alma tan
brava en esa casa suya. Cada quien con su propio inventario de bienes y contrabienes. Lo que
ahora llaman valores. Y que, incluso, ha sido una vena extravagante para muchos teóricos de la
vida. De los que derraman, a puñados, palabras habladas y escritas. Casi como sortilegio
mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O de lo que vendrá. Eso que Fernando Savater
ha exprimido a más no poder en su “Ética Para Amador”. Una virulencia en diatriba insabora de
contenidos.
Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia manifiesta en su hedor de puta mierda. Una
simbología inane. Al menos para él. En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de
historias entrelazadas por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de
tres mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos embates
de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer morir. Unas arengas
embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre santanderistas y bolivaristas.
Cardúmenes de población societaria retenida o expulsada a la f uerza. Los esclavos y las
esclavas todavía con la yunta al cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario
perverso. Policromías a partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro
posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así, pasaba el tiempo.
Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del próximo caudillo. Herederos del
imperativo y empalagoso General. Dictador de siete muelas.
El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos
tras otros. Venidos desde la política bifronte consolidada desde 1886. Constitución en mano.
Los generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia. Exacerbadores, a partir de
manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando tumbos. Inventándose valores al calor del
Sagrado Corazón de Jesús. Un templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas,
bayonetas y fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto. Pero,
por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico de días de desangre.
Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como depositarios de las tres o más letras
que les dejaron conocer.
Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la
de ella. Tratando de aplicar lo aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe
de esos idearios. El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos. El sentimiento de ser
mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada. Casi a la fuerza. Porque eso y solo eso
eran las relaciones de amor unipartitas. Porque, siendo ella inmersa en esa relación; solo surtía
como objeto. Abertura para el falo de los prohombres. U hombres, apenas en nombre.
Machucantes huracanados solo en las noches. Sus noches. O a cualquier hora.
Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina. Conociendo en directo o de ladito las
andanzas de los dueños del país. Llevando ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe
de jefes, Torres Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena
letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una pulsión de vida,
asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideológico, que de verdaderos pulsos
libérrimos. Punzantes. Revolucionarios.
Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la
mató por celos. Le faltaban dos añitos para cumplir 106. Qué malparido varoncito
matacandelas. Le hizo los hijos y las hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos
quedaron sucesión de imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el
asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien tenía de llamar a
DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor, por parte de Virgiliano Cifuentes,
quien fuera su amante furtivo, en toda su vida como mujer incendiaria y sublime.
Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la
abuela Isaura. La sexta hija de Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como queriendo decir
que empezó a mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía que mamá Serafina y Virgiliano
eran amantes. Para ella fue siempre un deleite a bsoluto verlos retozar y gemir en la estera que
tenía en “el cuarto de nadie”, como llamaban la piecita de atrás. Pero, además, sabía de todo
un poquito…o mucho. Nunca se supo, ni se sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita
fabricaba “peos químicos” que cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de religión, con
la señorita Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo aprendió, viéndolo en directo
cuando la comadre Eunice asistía los partos de doña Beatriz Alviar. Nunca se tragó el cuento
de El Arca de Noé. Mucho menos lo de El Paraíso Terrenal. Ella había leído y releído las
“Nociones de Historia Sagrada” y el Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos
con los de Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los halló en el escaparate que había
heredado Serafina de Antonia, la tatarabuela.
Angelito vivió parte de esa historia. Por ejemplo, le tocó ver como Macario Verdún, el marido de
la abuela Isaura, le arruino uno de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira
santa” como tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron,
entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño de la ferretería
“El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en palabra, que “…esa perra se lo da
a Braulio Castañeda” Angelito sabía que eso no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era
homosexual en su clandestina vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de
doña Eugenia, la tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y
símbolo de los “Neo-Cruzados”.
Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron
después. Con su ojo de buen tasador, le adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una.
Qué belleza de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del primer
corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al municipio. Es decir, a los
termales; se dejaron sonsacar la risa de don caballero. La conversa fue larga y tendida.
Quedaron, en preciso, que se veían en las piscinas. En esto estaban, cuando apareció “el doctor
Valeriano”.
Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos amigas, de esas que llaman inseparables. De
siempre. Una y la otra, andariegas a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio,
primero. Luego, por todo el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia,
conocieron los primeros trinos del hablar y escribir. Con la gramática y la semántica
incorporada. Muy tenue, sí, pero en fin de cuentas con lo necesario. Destacaron, ambas, en los
bordados en tambora. Y en el canto. Tanto así que, en el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”.
Amenizaban piñatas. Cantaban en la eucaristía de los domingos a las once, en la parroquia
Cristo Sacerdote. Se enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron diferencias, rotándolo.
Una semana Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo tiempo. Hasta que Eusebio Luján se
cansó de ellas y se casó con Leopoldina Beltrán; una vecina que había pasado desapercibida;
pero que estuvo al acecho, hasta que conquistó al caribonito.
Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron casi al mismo tiempo. La una (Leo) con
Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui), con Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en
simultáneo. Y empezó ese reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue angelito. Y, en esa
condición de ser uno entre muchos, asumió la vida desde el rinconcito. Como diciendo, fui a la
escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la respaldé cuando ese pérfido de Bautisterio le pegaba
esas zumbas deprimentes y dolorosas. Y sí que, pensaba angelito, estuvo bien lo que le hice a
esa mortecina. Que se las daba de macho bravucón. Como queriendo ser soporte en la
casuística freudiana. O en la teoría acerca de los niños difíciles, esquizoides; en la opción
neurolingüística. O en el o la sujeto con la palabra autoritaria como forma permanente de
acción hacia la inhabilidad de la palabra como pulsión; a la manera de Foucault.
Angelito sequía como envarado. No atinaba a entender lo que debía hacer. Si conversar con el
doctor dueño del hotel. O si seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el
poeta, en ese decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que
estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había metido. Se decidió
por lo último.
Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora,
era ella. Tejiendo esa tesura de vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la
ternura, tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y de llegada.
Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a cualquiera le da por
enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué y, precisamente, las guerras y la
erosión de la ternura, como que son y han sido sinónimos compuestos. En lo que este símil
tiene de juntar palabras. Más allá de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco
de los poderes…”
El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora llaman estresado. Todo por cuenta de “esos
negocitos que, siendo pequeños (como caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos.
Nada que le había resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e
intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la alcaldía; o en el
concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de los padrinazgos. Y se atraviesan,
como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que
unta y unta manos y manos. Y nada. Y, así, no hay billete que alcance.
Y, “las tres bellezas”, seguían por ahí dando lora. Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de
turistas y pobladores. A cada nada echaban a reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por
cualquier otra cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O ron. Menos
aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no ser. Horadando esa
historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O con lo recién recordado compromiso con
la niña de la tiendita. Habían quedado en verse aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de
la señora Fortunata. La misma de las almojábanas símbolo de Paipa.
Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera. Esta vez se fue por el lado de lo que le había
contado Zoraida, acerca de su pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó
donde “los tíos”. En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor
de su madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y campesina. No
registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto. Los valores, si acaso los hubo,
trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar,
se lo encontró a él. Como si nada. Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas
matanzas ramplonas. Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus
lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el contrasentido.
Como, en el entretiempo, de cualquier competencia viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y
empezó la bebeta. La primera ronda a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del
doctor dueño del hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De
todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto Cantinflas, cuántas
películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al
lado de Angelina Jolie tal vez le hubiera curado el mal de ojo que le acompaña desde pequeño.
Y, siguieron hablando, como hasta las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los
siete litros de licor. Ni a ellas. Ni a ellos.
Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se quedó dormido en el sofá de la sala de
recepción. Y empezaron los sueños a dar tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de
Gumersindo Arbeláez, su amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por
salir al solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban en el piso,
en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos, como en los serpentarios. Ni
Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca. Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En
tiempo y espacio. En un sueño, dentro del mismo sueño primero la vio con Hermógenes
Bobadilla, el carnicero del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco dijo
nada, nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin Mayolo, Juvenal Alzate; el
negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda. Una promiscuidad que resultó ser imagen y
acción bella para él. Lo erótico en superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la
profundidad de su goce. Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera.
Lo cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a la cual le
construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero.
Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los tres cuerpazos que conoció), eran algo así
como las dos de la mañana. Se le quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo
supo. Lo que sí se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del espectáculo,
ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la libérrima Paipa, ciudad turística y
mundana.
Salieron a la calle alumbrada por una canícula protagónica. En una inmensidad de cuerpo
brillante que había emergido hacía ya casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las
piscinas. Un hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaro n por la zona que llaman de
vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban, vestidos. Ella en
traje color panela. Trenzado con hilos de algodón multicolores. Él con pantalón verde militar y
camisa blanca, ya ajada y con líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de
polvo y sudor. Se metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras.
Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua
entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si estuvieran al
compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo Favio. De allí fueron
desalojados a la fuerza. Entre tres vigilantes del hotel y seis policías municipales, los tuvieron
que cargar hasta la calle.
Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le preguntaba a Leonilda; justo un día después de
haber estado con Caribú. En las andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de
Paipa. Un poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de
fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los Océanos. Pero que,
justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y que, por eso mismo, llegó
esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita insaciable en cuanto a recibir ternura.
Insaciables, los dos, otorgadores de ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito.
Espasmos que desparraman la locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En sincronía
perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino pleno del Bolero. De un
Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida. En un desafío al mismo Sol.
Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada
a los rigores de lo incendiario. Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una
juntura nacida de tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron
condicionando el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo
esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío. Centinelas, uno y
otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando les mataron sus almas, por la
vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa desesperanza, empezaron construir la
esperanza que habrían de ser sus vidas. Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En
cada acechanza. El uno y el otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en
cualquiera de ellos. No hubo en esa, su casa, rincón que no c onocieran en sus escarceos
pulcros, prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En combinatoria
perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se dieron cuenta cuando pasó la
vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó sin advertirles nada. Tal vez para no
desdibujar lo hecho por ellos. En esas pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas.
Como aprendices de motricidad fina. Ya estando viejos.
Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y la pensadera. En fin, de cuentas siempre la
tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo. Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De
sus parentescos. De lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de
azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial. O de lo del entorno en
cercanía. Y se vio, otra vez, sumergido en el follaje de la diatriba y de lo atrabiliario. Regresó a
uno de los tres mundos de la bisabuela. Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin el crucifica do a
bordo. Más bien como esa hechura plena. De instantes en la voltereta. Viéndolos y viéndolas a
todos y a todas. Desde López Pumarejo a Eduardo Santos. Desde Laureano hasta Ospina Pérez.
Desde “el caudillo del pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por “el sargento hecho poder
nimio, vergonzante”, hasta el triunvirato. Y desde ahí hasta…la letanía continuada.
Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de sesera propia. Corría veloz. En el tiempo.
Como aventajado sujeto; al que le dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en
cualquier recodo de vida. Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer; pulsión de
vida. Percepción de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a los rígidos dromedarios
en el desierto: Tratando de llevarlos por el camino cierto. Sin esa ambivalencia de los
plenipotenciarios negociadores perennes. Sin la cantinela de los pregoneros. Gnomos
perdularios. Heraldos con la semiótica perdida. Como perdido fue y ha sido el rastro de los
lobos de la estepa.
La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las ocho de la mañana ya estaba en el hotelito
de la comadre de su papá. Bien acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en
búsqueda de su furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje
de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado. Como
queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme lo había prometido.
Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y puesto. En crecimiento sus pechos.
Inflamados estaban. Tal vez por el mismo afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel
a quien ya amaba. Desde la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya
expreso, tanto que le quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad
de forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando a ese
entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre dichosa y cándida, llegó
como lo había prometido. Con ansias locas de sentir adentro; bien adentro ese falo inmenso
con el que empezó a soñar, sin verlo.
Alucinado
Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en el escenario mismo, en que mataron a Rafael
Uribe Uribe. Como quiera que Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de
casi ochenta años de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo el día 22 de marzo de
1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas cervecitas. Aprovechando una
gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la recién fundada Cervecería de Barranquilla. Con
su producto estrella “Cerveza Águila, Sin Igual y Siempre Igual”. No fui el único ese día.
También estaba Marianita Monsalve. Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su
novio. Por puritanos vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo empecé a llamar
“Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que me acompañaba después de
haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que su peregrinar por el mundo de las
ilusiones guerreras y solidarias, no eran reconocidas a casi cien años de su muerte?
Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo
había reseñado, como al garete. Como al viento, dos mensajes que se me vinieron a la cabeza,
después de haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio Galán. Vi florecer
una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De Comuneros guerreros. Y, doña
Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se hizo madre de la mujer amada por mí desde
entonces. Imaginación de inmenso simbolismo. Tanto, como que difundí la historia de lo que
forjó. Con ese talante libertario. Pegado, ahí. Siendo su piel y su guía.
Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era
de cuerpo. Ese día me dijo: “…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case
con Bartolomé. De lo que si estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va
encontrar otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que prefirió huir,
sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella. Solo, una fugaz referencia
expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de
Serafín Paniagua. Insólito personaje que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una
manera de bordear el abismo, sin caer en él”.
Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene que ver con lo que algunos y algunas, quieren
que no seamos. Parece trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea.
Dueño de la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño de
una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy clarito lo dice nuestra
Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que, casi siempre ha sido así. Lo que hagas y
digas tiene relación con lo que te prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me
convencí, aún más, de lo cercana que estaba su expulsión del hogar en que manda don
Timoleón Monsalve. Y, también, del repudio público que habría de hacer Bartolomé Valtierra.
Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío perenne. Nació en Villa de Leyva. Una
impronta monosílaba. Como cuando se percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha
su voz. Un murmullo, el de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra.
Una arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de lo que sería el
futuro. Habida cuenta de lo que somos, ahora, sin querer serlo. Tanto más como que puede ser
una vivencia, como expresión de lo plana que es la vida, cuando no se tiene otro referente que
la azarosa perfidia latente. Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que
cuentan que dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda.
“…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no
me di cuenta cuando fueLo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen
repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo.
Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está
menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la
cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores.
Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con
esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo
gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de
azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa
que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces
siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las
cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de
propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin
poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni
en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del
Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas
para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí,
todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y
especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y
transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el
mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de
liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron
al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí,
sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera
hacemos conciencia del significado de estar vivos…”1
No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando lo leí por primera vez. Y que, por lo
mismo, marcó mi ruta, de por sí desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No
valía la pena, dada su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin
contexto. Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero
pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para contar cosas
con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado. Sin saber por qué y por
quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo dicho. Como cuando se asiste a una sesión
con el ventrílocuo. Como transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su
expresión.
Estando en estas, apareció Bartolomé. Con esa cara de corcho varado en remolino. Entre
saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto, machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun
sabiendo que lo que él conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La
Dorada, conmigo, cuando saqué en volandas a Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque,
cuando me atacaron a machete rula.
Y me levanté siempre presto. Le dije “vea Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere,
por ejemplo, que yo soy su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy
1 Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.
pendenciero de tiempo completo. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de
Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores Guzmán,
cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando usted de paso, hacia
Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario Fermín Bocanegra.
Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio más conmovedor de nuestro país. Yo
había leído su “Manifiesto acerca del Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes
espléndidos en relación con el sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por mucho
tiempo, el único líder político al que le creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En esos
tiempos azarosos. Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía insignia de malévolo vende
patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su envergadura. Son, pues, Rafael Uribe Uribe
y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos luchadores por las causas sociales y políticas justas.
Aspirando construir mejor país. Más humano. Más solidario.
Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a Francisca. En esa franja inmediata de
tiempo, tejió interpretación de futuro, por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito.
Muy original, por cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el
contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de María Cano. En
cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la encrucijada. En sucesivas heridas
recibidas. Con Cataluña como marco geográfico.
"…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de
palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le
dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.
Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él
era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su
responsabilidad.
Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las
arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir,
tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera
absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al acompañamiento
a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas.
Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de las
crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y
madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más
estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción
constante con la calidez.
Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en
Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió
como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron
abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a
España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias.
Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las
orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no
se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera
en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de
los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades.
Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es
un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más
creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los
socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza.
…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para
mí, era un domingo de 1936…Y, sin saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví
a recordar lo que la abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días
habidos. Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre.
“…De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como
siempre lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente
en cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo.
Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años. No me creas
tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato
terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les
falta sino venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo
de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez
en cuando.
En verdad Ifigenia no se en que pensás. Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni
hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa
tristeza que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí,
preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen.
Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no
se hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que
se lo dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del
Charrito Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la
moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen
como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen
ahora. Como queriendo decir a pesar de todo.
Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No
sé por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados.
Y cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese
tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos
hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran
vida y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre
felicidad y tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin
horizonte distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es,
más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada.
Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no
futuro. Si entendemos por éste la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les
permita ascender. Por lo menos en la escala de lo mínimo posible.
Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente reparador. Todavía están
intactas las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea
con sus brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo.
Ahí, explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa
dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá.
Provocándome una explosión inédita.
Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son
las horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo
por el ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas,
ordinarias. De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto
con poder económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión
el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio.
Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos
cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber
soportado el asedio y las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni
conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día.
Hasta cierto punto, ese diario de Francisca Caraballo, me ha mantenido en vilo. Y, ahora que
vuelvo, después de tantos años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la
nomenclatura histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito, las
condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los atizadores. De aquellos
que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y
que, posteriormente, lo hicieron en la cruenta intervención en la huelga de los trabajadores
bananeros en el Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La
Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido alrededor de la
ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de la dirigencia que tensionó
hilos, en la perspectiva reinventar continuamente, procedimientos y veleidades que hicieron
vigencia durante el tránsito político de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De
esperanzas e ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa
finalización de siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en la manipulación de
conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de momentos hacia la guerra y hacia el
exterminio. Nada diferente a lo que se cumple en esa nefasta década que va desde 1940 hasta
1950. Incluyendo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán.
La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos horas después. Le dijo a la niñita que se
había quedado dormido muy tarde en la noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y
que su amor por ella, era amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda
la entereza y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el al to vuelo que solo dan las
palabras y el viento en crecimiento.
Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron. Como fundidos cuerpos buscándose en todo
lo que los cuerpos tienen. Un aluvión inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes cruzan
los dedos. Un remolino envolvente. Y, esa doncellita susurraba palabrotas transmitiendo
deseos. Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus ojitos color mango biche, derramaron tantas
lágrimas de aliento y alegría; que llenaron más piscinas que las que en Paipa había.
Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por fin deshicieron el encierro, policías y
tunantes agazapados. Dos heridas de daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones
heridos, arrancados a la fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insí pido y vejado. Dicen,
todos dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la doncellita.
Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera en sueños. En este sueño mío, ahora.
Sueño definitivo. Pero mucho más punzante. Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido
esta vida mía…Y me perdí en laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó
coordenadas a su amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último,
que hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y las engarcé
como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas.
“... He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable.
Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el
regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que
nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si
la vida comenzara ahí.
Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la
complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un
recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de
manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la
pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud.
Qué más da. Si, en fin, de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos
circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá,
como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conscientes de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni
cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí.
Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en
mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto
válido.
Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni
queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las
otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario
para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que
ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y
de calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de
endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a
quienes posan como gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de
confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de
mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra
como filtro. En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han
construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y
las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la
muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como
es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la
libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones
recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo
que está orientado, hacia la muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor
de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en
vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí;
en cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas
del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o
creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se
cree. Una disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad
civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo
ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la ilusión
para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira
que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el
ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que
soy en verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad
verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y
videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan
atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en
esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los
dioses de los días pasados y de los días por venir y de los días perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con
los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre
socrático y aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y
confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan
posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimba nquis que me
convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la
tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares increados; pero vigentes.
Artilugios de día y noche.
II Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio fronterizo.
Entre Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la historia. Cómo la han acomodado ellos.
En tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La
tríada indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a
Santo Tomás y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé
con la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis sueños
en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa de la Edad Media.
Definida así por una cronología nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los Santos
Caballeros recorriendo los inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta
veces siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos
Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas figuras de la libertad y
de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está
ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano
nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los herederos de San Pedro, ejercen como
espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen anclados. Y
difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados perdularios. Para quienes
la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida.
Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de
Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía
Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene
Guantánamo como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de
la tortura.
…Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos. Todos a una: la
ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas
en la noche; cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido
acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de argüir mi
condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y cercanas. Ante
todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo
aproximación a la condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites.
III. En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos
y de acciones. Como si fuese experto prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos
encargados de divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación posible
de mis acciones a aquellos teatrines incorporados a la cotidianidad burlesca.
Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido posicionarme como
cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como
es efectivo. Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que
llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa
como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por
las jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería!
Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta
para mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante
expresiones que tuve o dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse
del pasado es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las
cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas.
Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad que me remite siempre
a ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la
proporcionalidad entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como
verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y
todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Hortensia, a Fabiana, a la
Nena linda de Tunja, y a la negrita Caribú, y a Nancy, y a la Zoraida que muerte medio en el
ahora y a…
IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las repeticiones. Como
queriendo volver a esos escenarios en los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens
en todo su vigor. Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme
heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin
soporte diferente a aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la
Naturaleza; pero también de construir el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad.
V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo experto. Pero como
en regresión. Es decir, en contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo
como advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser herético,
punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa
de la penuria y de la infelicidad de los otros y de las otras.
Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en nada diferente que
estar ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una existencia próxima al desvarío de
aquellos y aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que
se me escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por
milenios.
Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur de los
acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque no la he vivido como
corresponde. Lejanos momentos esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano
centrado en el itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana
tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde
que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar
predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella trazada por nefandos personajes
que hicieron de la vida una yunta. Como encadenamiento cifrado. Como propuesta que
restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que la mata, a cada momento.
Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de estar ahí. Como
convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico
del olvido. Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al
vuelo libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como
cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y
vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa.
VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la memoria que
remite al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que
había empezado a vivir. Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del
yo no posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo
parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin
el acumulado de verdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida.
Y, cualquier día, me dije que no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue
posible. Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo
que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que viniera la
redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese desasosiego inmenso que
constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es pensar. Pensando en que sería otro.
Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no
voz tardía y repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo
histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es como mantener
vigente la enajenación profunda.
Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la heredad de los emperadores y de los dioses
míticos y de las creencias aciagas y de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y
aristotélicos. Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la
vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una
interpretación de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos
desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin
cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios personajes que deletrean las
verdades de conformidad con el discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan
de convencerse a sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro
que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios
Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el
yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar mil disputas
por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin, asfixiándola, en cada momento histórico.
Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante. Esperando
que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía de la postulación dialéctica
hegeliana. O, simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels.
Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para resarcirme de mis
creencias de la creación de las especies, a la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no
entendí su mandato evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una
propuesta de sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la
humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber.
Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo entendí.
Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario inmerso en su teoría. Y me
quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de
la extirpación de la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado
Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas para destruir a la
Bastilla y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la
guillotina como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma
opción hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió
prendiéndole velas a Descartes.
VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese tipo de expresiones
que naufragan, cuando nos percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis
con la violencia oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de
vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como
promotores de esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo
ellos son alternativos.
VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los cachivaches colocados
como símbolo por parte de los testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por
la buena fe, la moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí
a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más
interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores.
Escribiendo para diarios y revistas.
Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los desmovilizados y desmovilizadas.
Vociferando en contra de su pasado. Y los y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas
(…el de la amputación de la mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y
como justificación para recibir la mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte
administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a todos y
todas aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen
discursos vomitivos, a nombre de la “sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como
equilibristas que se agazapan. Esperando un nombramiento.
A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo que las mujeres
violadas por los paramilitares no deben hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra
de los criminales de guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza
del Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la revolución. Sí, lo vi
como fórmula vicepresidencial del invasor del Ecuador y prístino representante de los
monopolios de la comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al
brillador de lámparas de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que
defendió el bastión monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de
España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó de agache
cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta, expulsó a Claudia López, por haber escrito
la verdad acerca de los manejos de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León
Valencia, cuando llegó de Londres con su maleta cargada de palabras en contra de la lucha
armada revolucionaria y con un breviario confesional que contiene el evangelio de los “nuevos
demócratas”.
Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a tener que asistir al
parloteo de loros y loras que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia
infame de los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por encima de los
muertos y las muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil
que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia social?
IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando cantó interpretó la
canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme
vivo; antes que seguir aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada;
en donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de
los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que
es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan maltratados y maltratadores, como si
nada. Es decir, como repeticiones y prolongaciones sin fin.
X No se cuánto tiempo llevo así. Solo se que me niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se,
por ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y
me acuerdo que, estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con
su condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en
tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido
cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu
interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el
tiempo conmigo, pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi
llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que, a cada subida y a
cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio tú,
sigues ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y
sigues siendo el mismo Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me
cuentan que has tratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá
Asimbalá. Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía Láctea.
Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí, esperando que regrese
Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar los objetos traídos de su
saqueo.
Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo
maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué
a esta patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que
todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del Santo Oficio de la gestión
autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia. Que le
cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡
XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre de todos y de todas…y
de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que
había sembrado Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido;
llenos de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al Vaticano
(…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo
había nombrado Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días
murió envenenado. Después vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como
justificación, una investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.
XII. Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que había olvidado mi
entorno. Simplemente, me perdí en ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir
de las necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas
autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y,
me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y
que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos
penales y civiles. Y que, al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de
respetar y acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los
postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por haber. Aun
sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que han
acumulado beneficios que no le son propios.
Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo que nos es
mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en
términos de lo que debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente,
que llegue la hora de la partida. Que llegó, justo ahora, por cuenta de mi amada; la Zoraida mía
Mi pulsión, Diego y Demetrio
Llegué temprano, en la mañana. Un sol sin asomarse, por lo cuajado de las nubes. Traía
mochila llena de ropa y par zapatos. Lo único que pude recoger, antes de salir fugado de casa.
Casi tres días caminando, por territorio árido y estrecho. Nunca supuse que lo haría de esta
manera. Siendo, como fue mi infancia; tenía la certeza de hacerme adulto con mi familia al
lado. Con la solidaridad advertida, siempre, en mi madre. Recordé anécdotas de mi temprana
vida. Siempre ahí envuelto en la precariedad de alegrías. Me llamó mucho la atención ese lugar
de juegos. A la pelota, a las escondidas, a la rayuela, a las cometas. Repasé mi amistad con
Diego Alfonso Bejarano, mi amigo del alma y de siempre. Me conmovió, otra vez, la manera en
que éste partió para Liborina, allá, en el occidente antioqueño. Los dos vivíamos en el barrio
Manrique. Desde los tres años. Nos correspondió palpar los inicios del crecimiento de Medellín.
Todo a pesar de no haber traspasado la frontera entre los barrios. Menos aún, recuerdo que
hubiésemos llegado al centro de la ciudad. Tolo lo sabíamos en palabras de nuestras mamás.
Doña Augusta, la de Diego. Rosario, la mía. Cuando iniciamos la escolaridad, los hicimos en la
escuela Porfirio Barba Jacob. O, simplemente, “La Jacobo”, como la llamábamos
coloquialmente. Lo nuestro universo de palabras. Unas aprendidas en diccionario. Otras
aprendidas al lado de amigos mayores. Fuimos incendiarios en voces. Para describir lo que
veíamos y lo imaginado. En los teatros Manrique y Lux, asistíamos a películas de todo tipo.
Inclusive, engañando a los vigilantes, entraron a aquellas cuya opción válida, permitida estaba
reservada a mayores de veintiún años. En los periódicos “El Correo” y “El Colombiano”,
aparecían las clasificaciones ordenadas por la cúpula ec lesiástica católica. Nos llamaba la
atención esas que eran prohibidas para todo católico, en la perspectiva moral que los orientaba.
Cuando cumplimos catorce años, empezamos a masturbarnos él y yo. Ahí en el solarcito de su
casa. Un veinte de julio, exploramos más nuestros cuerpos. Acariciábamos nuestros penes. Él a
mí y Yo a él. Inclusive succionándolos, hasta ver salir ese líquido gris pálido. Cada día íbamos
más allá. Recuerdo cuando lo penetré. A él le gustaba así. Que yo lo hiciera siempre. Teníamos
algunos problemas, cuando, Diego, empezó a sangrar. A pesar de tomar todas las medidas
necesarias, de todas maneras, su mamá empezó a notarlo cada que lavaba su ropa interior.
Fuimos creciendo, así. Cada día nos necesitábamos más. Tanto que, en veces, nos fugábamos
de la escuela. Nos íbamos para la canchita en donde jugábamos fútbol. Nos metíamos al
rastrojo cercano. Allí lo hacíamos una y otra vez. Los recreos eran, para nosotros, un martirio.
Porque estábamos siempre juntos. Ya los muchachos de los otros grados, sobre todo los de
quinto, empezaron a sospechar nuestro amorío. Y fue en un octubre, cuando celebramos lo que
se denominaba “la fiesta de los niños y niñas”, el profesor don Raimundo, de tercero, nos vio
besándonos en el salón de clase, cuando creíamos que estábamos solos; pues los otros
alumnos estaban de parranda en el patio, matando el marrano que la dirección de la escuela
compró con los recursos de la venta de boletas para la rifa de una valija de puro cuero.
Raimundo nos hizo ir hasta la oficina del director general. Allí, de manera explícita, le contó a
don Eufrasio lo que había visto. Nuestras mamás tuvieron que ir a una reunión entre don
Raimundo, don Eufrasio y el párroco de la iglesia de “El Calvario”. Sobre todo, éste último (el
padre Eugenio), hizo todo un drama. Nos acusó de ser anti-natura. Pervertidos, poseídos por el
demonio, inmorales, pecadores azotadores de Jesús. La reunión término con la declaración en
dos partes: una la expulsión inmediata de la escuela. Dos con la orden para que nuestras
mamás nos encerraran en las casas, amarados y sin “pisar la puerta”, como dijeron el señor
Eufrasio, el señor Raimundo y el párroco Eugenio.
A partir de ahí, nuestras mamás empezaron a sufrir mucho. Con todo el valor incluido, nunca le
contaron a mi papá Virginio. Y al papá de Diego, non Hildo. Simplemente, cuando ambos, por
separado, indagaron con ellas el porqué de no ir a la escuela; ellas dijeron que el curso nuestro
había sido suspendido hasta el año siguiente; ya que doña Heliodora, la maestra, se había
enfermado. Que la iban a operar y no podía regresar a sus labores este año.
Nos sentíamos desmoronados, espiritualmente. La separación fue, para Diego y para mí, un
castigo absoluto. Un hervidero de pasión, tanto en él, como en mí, se fue extendiendo por todo
el cuerpo. Un anhelo de vernos. Como si necesitáramos, cada vez más juntarnos como lo
veníamos haciéndolo. Un espasmo de locura. Una gritería sofocada. Mis sueños y los de él, se
cruzaban. Empezamos a querer estar dormidos siempre. En sueños nos acercábamos. Nos
tocábamos. Nos besábamos, nos poseíamos. Siempre yo dentro de él. Y me vaciaba hasta
quedar cansado. Divino cansancio, diría yo.
Un día, viernes, por cierto, mi papá Virginio fue a la casa cural de la iglesia. Un vecino, don
Romualdo. El papá de nuestra amiga en común, Berenice; le dijo que no era cierto lo de la
suspensión de clases. Su hijo Doroteo, estaba en el mismo curso nuestro y estaba yendo a
estudiar. Fue directo donde el señor párroco, ya que la directora encargada en la escuela, le
dijo “mejor hable con el padre Eugenio. Él le puede contar mejor que yo lo que pasó”.
Inmediatamente llegó a casa, golpeó mi mamá de manera brutal. A mí me azotó con el cuero
que servía para enlazar a los caballos que compraba y vendía en la feria de ganados en
Medellín, Sata Fe de Antioquia y Sopetrán. Me dejó lacerado. Mis heridas sangraban e hicieron
pústulas rápidamente. Sobre poniéndose a su dolor físico y de alma, mi madre me las lavaba y
me aplicaba mertiolate, para desinfectarlas. La orden fue fulminante; “este marica, cacorro, se
va de la casa”.
Al papá de Diego, don Hildo, mi papá se encargó de contarle lo que pasaba. Este señor,
también agredió a doña Augusta. A Dieguito lo amarró el papayo que había en el solar. “De una
vez te digo maricón; te vas para Liborina a la casa de tus tías Hermelinda y Altagracia. Es lo
único que merecés. Allá te vamos a encerrar en el cuarto de los trebejos. Ya hablé con ellas”
No sabía para dónde coger. A duras penas, mi mamá, pudo decirle a don Ismael y a doña
Josefina (su esposa) y pedirle el favor que me recibiera. Le dijo, algo así como que yo
necesitaba de un respiro en el campo. Y que, esas pústulas, como consecuencia de una caída,
se pueden aliviar con el vientecito de San Roque.
Claro está que, ni don Ismael; ni doña Hermelinda se tragaron el cuento. Pero, con una bondad
linda, le dijeron a mi mamá Rosario que me recibirían. A los diez minutos llegó don Ismael, al
parque del municipio. Así habían acordado con mi mamá, él y doña Hermelinda. Una casita
hermosa, con tejado antiguo. Amplia. Todo en ella olía a eucalipto y a café recién molido.
Conocí, ese mismo día, a Demetrio, el único hijo del matrimonio. Me recibió con mucha
amabilidad. Él ya estaba cursando bachillerato en el colegio “Divina Providencia”.
Tuve todo el día, tiempo para organizar mis cositas en el escaparate que me indicaron.
Desayuné. Dormí tanto que, al levantarme ya estaba dando las ocho de la noche. Al otro día,
después del baño, fui con Demetrio hasta el colegio. Habló con el señor rector. Le dijo” …este
es mi primo Egidio Va a estar en casa por algunos años. Quisiera que se pudiera matricular
aquí. Estaba cursando cuarto de primaria. Se enfermó y, mi familia y yo, creemos que aquí se
puede recuperar. Su mamá, doña Rosario es amiga de mi mamá Hermelinda, desde que
estaban chiquitas…”. Don Onofre, el rector, me recibió con palabras de afecto muy sinceras. Y,
a la otra semana ya estaba estudiando. Doña Leonor, la maestra, me presentó a los otros
muchachos. Yo les dije que quería estar bien con todos.
De mi Diego no he vuelto a saber nada. Nos separaron, de por vida. Yo, aduras penas, me
enteraba que doña Augusta se había recuperado de sus heridas. Ni siquiera ella sabía cómo
estaba Dieguito.
Llegó diciembre. A pesar de no ser muy creyente, de todas maneras, sentía mucha alegría
durante todo el mes. La Navidad me parecía momento espléndido. Veía y sentía la calidez. No
solo en casa de doña Hermelinda, de don Ismael y de Demetrio; sino en el barriecito en que
vivíamos. Aprendí a conocer el campo. Salía con quienes se hicieron mis amigos y amigas.
Íbamos hasta la vereda “Palomares” a recoger bichos. A coger pomas y naranjas. Ayudaba a
Demetrio en la despulpadora. Y, en este mes especialmente, a coger musco y a cortar pino
para el pesebre. Con Eloísa Peñaranda, vecina de la casa jugaba parqués y damas chinas.
Fabricábamos sonajeros hechos con tapas de gaseosa y cerveza, martilladas. Le abríamos
huecos con clavos y las ensartábamos en alambre. Así amenizábamos las novenas al niño
Jesús.
Mi mamá pudo visitarme. Llegó a casa de mis protectores, el día 8 de diciembre. Aprovechando
que mi papá había viajado a Cañas Gordas a comprar una recua de mulas para vender en
Sopetrán. Me trajo una ropita nueva. Y unos zapatos-botas de charol. Lloré de felicidad.
Dormimos juntos en la camita que la familia me había cedido. Tuvo que irse al otro día, el
nueve de diciembre, porque la angustiaba que llegara mi papá y no la encontrara en casa.
Después supe que la ropita y las botas, las había comprado con dinero recaudado en la venta,
secreta para mi papá, de buñuelos y empanadas entre las vecinas.
Eloísa me confesó, exactamente el día tres de enero, cuando subimos al cerrito cerca a la casa,
que estaba enamorada de mí. De manera espontánea me besó en los labios. En verdad, sentí
su boca perfumada. Con una hermosura de dientes que le lucían al reír. Y reía, casi siempre. Yo
le dije que no quería tener novia tan joven. Que la quería mucho como amiga, pero no más. Y,
en ese instante recordé los besos de Dieguito. Recordé que, siempre lo veía. En esos sueños
mágicos. Que lo besaba y que me besaba. Que le transmitía mi líquido grisáceo. En una ternura
absoluta. Que le cogía su penecito. Y que me lo llevaba a la boca. Y que saboreaba su líquido
hermoso. Me sabía a gloria. Terminábamos exhaustos. Él y Yo, entregados totalmente.
Recién empezaba el año escolar, cuando don Onofre me citó en su oficinita. Un cuartico
pequeño, pero muy cálido. Conocí a su esposa y a sus dos hijas. Las tres aparecían en el
retrato enmarcado que adornaba el sitio. Había un crucifijo y una réplica en yeso de la Virgen
de la Mercedes, patrona del pueblo. Me hizo sentar. Muy calmado me leyó una carta que le
había enviado don Eufrasio. Parecía una diatriba perversa, antes que un escrito de un maestro
de escuela. Don Onofre me dijo que era una obligación entre pares pedir referencias de los
alumnos y alumnas, cada vez que se producía un cambio de colegio. Conocí de su
interpretación de hechos como ése de mi relación con Diego. Me dijo no tener ese tipo de
escrúpulos y de falsa moral. Simplemente, me advirtió que quedaba entre los dos. Que, ni
siquiera Demetrio lo iba a conocer. Pero, de todas maneras, me hizo saber que, al menos en su
colegio, no toleraría algo parecido.
Ya íbamos por la mitad de febrero. Todo había seguido un curso normal. Yo cumpliendo con
mis deberes en la familia. Asistiendo a clase y esforzándome por saber más. Entre otras cosas,
resulté muy bueno para geometría y aritmética. Cierto día, yendo con Demetrio para el cafetal,
a fumigar contra la broca, Demetrio me cogió de la mano. Me la apretó con fuerza. Luego me
abrazó y me besó. Me dijo que yo era hermoso en todo cuerpo. Que me había visto desnudo en
el baño que queda contiguo a su cuarto. Sentí pulsión de vida. Volví a recordar a Dieguito. Sus
besos permanecían en mí acicalados más, en mis sueños que, de seguro eran los suyos. Como
atontado le respondí a Demetrio que él también me gustaba. Nos tiramos al piso. Retozamos un
rato. Luego, desnudos, lo hicimos. Un pene hermoso el de Demetrio. Grueso, erecto a más no
poder y con un olor a las diosas de las flores. Esta vez fue el quien me penetró. Un inmenso
placer, solo comparable con el que sentía al lado de mi Diego. Todo el rato pensé en él.
Sintiendo como si fuera él y no Demetrio. Sangre un poco. Pero feliz estuve. Demetrio succionó
lo mío. Me vacié no sé cuántas veces él me hablaba cosas hermosas. . Eres mío. Mi Egidio del
alma. Móntate tú. Penétrame amor mío. Y lo hice. Todavía me quedaban fuerzas para hacerlo.
Y lo inundé no sé cuántas veces.
De regreso a casa, almorzamos solos. Doña Hermelinda y don Ismael, había salido para misa.
Nos dejaron una nota que hablaba de limpiar nuestros cuartos; de lavar los baños y de poner el
maíz al fogón, con bastante agua. Pudo más lo nuestro. Seguimos en su cama. Me besaba. Yo
lo besaba. Metía su falo en mi boca. Se lo apretaba, cuidando no lastimarlo. Me montó tres
veces. Lo monté otras tantas. Terminamos en un cansancio absoluto. Bello. Nos quedamos
dormidos, desnudos.
Nos despertó el ruido de las aldabas de la puerta de enfrente. Corrí a mi cuarto y empecé a
fingir que estaba sacudiendo la cama y la mesita de noche. Nos regañaron porque no habíamos
cumplido ninguno de los requerimientos. Pero, al fin, no pasó nada más. Eso si no pudimos
comer arepas en la cena. De ahí en adelante, siguió pasando lo mismo que entre Dieguito y Yo.
Pensaba en él todo el tiempo. Con mayor énfasis, cuando Demetrio y yo nos besábamos. O
cuando me montaba y sentía la tibieza de su líquido. Mi Dieguito esta en mí. No era Demetrio.
Era él. Mi Dieguito querido. Te sueño todas las noches. Te siento. Succiono tu penecito. Te
penetro a toda hora.
Demetrio empezó a sospechar algo, desde la noche que estuvimos, otra vez, en su cuarto.
Estaba un poco confundido. Había peleado con Dieguito, en uno de mis sueños. Simplemente le
grité. Llamando a Diego y no a Demetrio. Inmediatamente sacó su pene. Por la brusquedad con
que lo hizo, me dolió mucho. De ahí en adelante no me buscaba como antes. Hice todo lo
posible para reconquistarlo. Porque él mi Diego y no Demetrio. Me rehuía. Pasaba por mi lado
sin saludarme o decirme algo. Se iba solo para el colegio y no me esperaba al salir. Doña
Hermelinda y don Ismael notaron nuestro distanciamiento. Pero supusieron que habíamos
peleado por algo. Menos por lo que, en realidad, era.
El primero de octubre, día de mi cumpleaños diecisiete, su mamá y su papá, como siempre lo
habían hecho desde que estaba en su casa, celebraron con nosotros y con Dorita. Después, al
terminar, me acosté. Pero no pude conciliar el sueño, como dicen las mamás. Sentí que entro a
mi cuarto, sigiloso. Me creía dormido. Un punzón sentí en mi vientre. Luego en mi cuello.
Empecé a sangrar a borbotones. Me sentía mudo. No tenía fuerzas para gritar. Simplemente me
fui yendo. Lo último que vi fue la imagen de mi Dieguito. Y la de Demetrio que clavaba el
punzón en su cuello y caía a mi lado.
Karla Libertad
La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería recluido en “Buena Pastora”, sitio ejemplar
para el purgatorio de penas. Ante todo, conociendo lo que hizo.
El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl estuvo recorriendo su pasado. Fue de barrio en
barrio; de ciudad en ciudad. Se detuvo en ciudad Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y
amigas del pasado. Percibió que el lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras.
Simplemente, su mirada se tornó básica. Como cuando miraba, absorto, la procesión de la
soledad, los sábados santos; en su añorada ciudad del Buen Vecino. Nunca había podido olvidar
esas celebraciones. Para Raúl, la iconografía vinculada con el aniversario de la muerte de Jesús,
el Nazareno, era una continua convocatoria a la reconversión.
Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó antes de lo previsto. El tren no se había
detenido en las estaciones reglamentarias. Simplemente, su conductor, tenía prisa. Debía llegar
a Bienaventuranza, antes de que naciera su primogénito.
Descendió, mirando alrededor. Como buscando a la mujer requerida. Una mirada de macho
perverso. Porque, nunca había logrado olvidar el día en que la mujer buscada, le dijo en
susurro: ya no me convocas como antes. Ya no veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi
inmediatez lúdica. Te siento tan lejano; tan inmerso en los recuerdos, que no logro adivinar si
llegaste; o si te quedaste dormido, asfixiándome con ese aliento propio de quienes han bebido
licor todo el día.
Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido; ya había amanecido. Ciudad del Mal,
empezaba su quehacer cotidiano. Ya los vendedores de aviones de papel habían empezado su
jornada. Las mujeres habían salido ya. Ataviadas con su desnudez; prestas a exhibir su cuerpo.
Una ciudad en la cual, ellas, no habían sido, ni eran aún, noticia. Como si no existieran. Por
esto, en reunión plena, habían decidido protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la idea de
proponer la desnudez como expresión de protesta. Ya veremos si el señor obispo Pío XXIV y sus
machos súbditos, serán capaces de resistir nuestra firmeza y nuestra capacidad para hacer de
la desnudez un arte y una opción lúdica. Le aseguro, camaradas, que, por fin, seremos noticia
de confrontación a la Cofradía del Santo Oficio.
También habían salido los vendedores de ilusiones. Aquellos que cantaban el número ganador
en la lotería. Ya habían aprendido el arte del cálculo de probabilidades. Por lo tanto, justo ese
día, debía ganar el número 3345. Tal vez, por esos avatares del destino casi siempre
incomprendidos, ese número coincidía con las cuatro últimas cifras del número de la cédula de
Raúl.
Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en la bodega habilitada para albergar los cuerpos
de los y las NN, llegados desde diferentes sitios de la periferia, estaba Juvenal Merchán, el
cuidador de cadáveres. Había aprendido su oficio desde niño. Su padre, Gaspar, había heredado
el arte de cavar fosas comunes de su padre Hipólito.
Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados con las muertes masivas, sin dolientes; sin
historia. De esas muertes que se han vuelto cotidianas; a partir de la imposición de opciones de
vida vinculadas con los conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes, simplemente, no
comparten las propuestas y expresiones dominantes.
A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla. Se conocieron cualquier día, en cualquier
sitio. Lo que, si recuerda, de manera plena el sujeto, es que ese día recién terminaba de recibir
el cadáver de Benjamín Cuadros. Ese que, para Karla, había sido símbolo de libertad. A su
manera. Es decir, a la manera de la mujer que había recorrido todos los territorios, desafiando
el poder de los inquisidores cercanos y lejanos. Fundamentalmente el poder del Obispo Pío
XXIV; quien ahora ejercía como soporte del buen comportamiento en Ciudad del Mal. Él, a su
vez, había recibido de Fornicato Palacio, procurador delegado por la Santa Sala de
Preservadores del Orden, la misión de desterrar, minimizar y erradicar los conceptos de placer y
de alegría.
Benjamín, estuvo luchando al lado de Virginia Esperanza Potes. Cuando la libertad era horizonte
deseado. Ella y él, protagonizaron la Gran Jornada por El Derecho a ser Humanos. En ese
tiempo en el cual La Cofradía de los Eméritos Caballeros de la Santa Cruz, había determinado,
mediante, Ordenanza Absoluta, que la condición de humano era un derecho que solo podría ser
otorgado a quienes demostraran haber sido convocados y convocadas a la unción divina, por
parte del Honorable Tribunal de la Santa Virtud y la Sagrada Aplicación de los Evangelios.
Por lo mismo, entonces, tanto Benjamín como Virginia Esperanza, habían sido condenados y
condenada a trabajos forzados. Los mismos consistían en ir de casa en casa, invitando a creer
en María como virgen y en José como Santo Varón Sacrificado.
Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron poblar de hijos e hijas libertarias (os) el
territorio. Allá, en la Tierra Sagrada de Fornicato. Por lo tanto, hicieron lo que es necesario
hacer para procrear. Nacieron 16 niños y 15 niñas. En un recorrido de tiempo calculado,
utilizando el multiplicativo nueve, con escisiones calculadas entre dos y tres meses.
Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre; instituyeron un ritual cifrado. Para sus
seguidores y seguidoras. Algo así como entender que la sumatoria de adeptos es condición
sine-quanum para fortalecer la lucha por el poder. Convencieron a varias parejas
heterosexuales. Porque, para ellos, a pesar de su visión libertaria; los y las homosexuales eran
algo que debía soportarse en honor a la posición libertaria. Pero, no más allá. Como si su rol
estuviese asignado desde antes. Es decir, una posición en la cual la lucha de contrarios, suponía
hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo con usted, en la misma condición de
género.
…Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su auto-condición de perdulario. El asesinato
de Karla lo conmocionó tanto que, soñaba con ella. La veía en todas partes. Karla, la mujer
libertaria, iba a la par con sus elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de la
libertad, hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va y regresa. Como Prometeo
que está allí, con su vientre abierto; como manutención de las aves que lo destripan cada día.
Como Teseo originario, llegado un día cualquiera de la tierra del nunca jamás…Y que
permaneció con ella, como lo hizo, hace siglos, con Ariadna, la hermosa amante suya que lo
orientó y lo situó en condiciones de volver a ser sí.
Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no estar con ella. Con esa Karla libertaria, pero
efímera. Tan libertaria que nunca la pudo asir. Nunca pudo concertar con ella nada diferente a
estar hoy, tal vez mañana; pero nunca aquí y ahora. Un Villaveces montonero perverso. Ser de
un día; que no reconoció, ni reconoce aún hoy en su tormentosa pena, que fue pionero del
amor a migajas. De la entrega, como trofeo que se adquiere, por haber sido merecedor de él;
en la peor versión de esa simulación de competencia. Porque lo suyo, fue y será siempre la
cautivación de la mujer sujeto de debilidad. Porque, siempre lo dijo, las mujeres no son otra
cosa que placer latente. Ellas no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán. Porque su cerebro
es su vagina; y sus horizontes, el placer que otorgan…En fin, que Raúl la mató; porque Karla
pensó. Porque, cualquier día ella le dijo; quiero ser libre. Ya no te quiero. Quiero volar a otro
territorio. Ese en el que conocí a Benjamín y a todos los que son como él. Tú no eres otra cosa
que Raúl Villaveces, sujeto tardío; misógino; furtivo depredador constante.
Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a pedacitos. El mato un día en que su
expresión convulsiva (la de él); lo hizo delirar. Un día en el cual él se observó como lo que era,
reflejo de la luna en el agua. Agua de ese pozo pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son
nada diferente a la repetición de cosas. En el día a día. En ese ir y venir circunstancial. Porque,
Raúl, ni siquiera pudo hacer bien las repeticiones. Todo en él fue y era ahí, en el momento. Sin
ningún acumulado visionario, trascendental. Su lógica, fue y es la del reciclador de la historia.
Aquel que recoge lo que ha sido usado. Las ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades. Mató a
Karla por reconocer que era superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso en las alocuciones
constantes. Sobre el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y sobre la ignominia que prevalece.
Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a cada paso, que su gestión es la de
complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato Palacio; a Pedro Vaticano. Este último maestro de
maestros en el arte de trastocar la historia. Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la
perversidad. Que asistió a la inmolación de Espartaco; que condujo a las Legiones Romanas a
arrasar todo lo que fuera sinónimo de herejía. Pedro Vaticano, sujeto inconcluso, como quiera
que muriera sin haber extirpado el mal de amores. Sujeto que, por lo mismo, nunca pudo
hablar con palabra propia. Todo en él era prestado. Hasta la manta que se suponía lo debía
arropar a lo largo de la historia. Ese que se emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro
Vaticano, sujeto de perversidad absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste, lo entendía y lo
aceptaba así. Por eso no dudó en matar a Karla.
Ese día, en el cual regresó; o que visitó por primera vez (porque ya no sabía distinguir tiempos
y espacios) a su ciudad, para cumplir con el mandato jurisprudencial; Raúl estuvo divagando.
En un proceso eterno. Ante todo, porque él sabía que la muerte de Karla era su estigma.
Porque él sabía que había matado al símil de la ilusión; de la esperanza.
Cuando él llegó, ya los y las testigos habían reflexionado. Habían establecido un conglomerado
de hechos, de circunstancias, de evidencias. Ellos y ellas, habían logrado establecer que
Villaveces esperó a Karla a la entrada de la habitación. La dejó entrar y la abordó. Le dijo, en
comienzo, que la amaba; que siempre lo había hecho. Que vivían en función de ella. Que era su
vida y su post-vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero, al mismo tiempo, aclaraba que,
si no se quedaba con él, sería ella quien moriría. Que, cuando soñaba, era ella que aparecía.
Aquí y allá…En fin que, “mi bella Karla, no me abandones”.
Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu discurso; ya lo he vivido y lo he sufrido”.
Entonces, Villaveces, se desmoronó; se consolidó como macho perverso y la acuchilló. Muchas
veces. Tantas, que el cuerpo de Karla, parecía cedazo.
Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas, definieron por unanimidad la sentencia: debe
ser ahorcado en plaza pública. Será vejado antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere,
pidiendo la muerte inmediata.
Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la muerte de Karla. Porque había trastocado los
roles. Porque desconoció la autoridad del hombre amante. Porque ni ella, ni ninguna mujer
tenía derecho a confrontar a los hombres. Él, Villaveces, era su dueño y Karla no podía
desconocerlo. Ella estaba obligada a amarlo por siempre. Por lo mismo, al negarse, entraba en
el territorio vedado a las mujeres. Su independencia no había sido declarada. Ni ella, ni ninguna
de ellas, podía trasgredir los principios y los Valores de Ciudad Trinitaria. Aquella que, algunas
herejes habían cambiado de nombre llamándola Ciudad del Mal…En fin, decía Pío XXIV,
Villaveces, era un ciudadano ejemplar. Siempre lo había sido. Al matar a Karla, él no hizo otra
cosa que reafirmar el gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya había dicho, por siempre, que
las mujeres no son sujetos independientes, ni pensantes. Ellas serán lo que los hombres digan
que sean.
Y, entonces, Benjamín y Virginia, criaron a sus quince hijas y dieciséis hijos, con toda ternura y
aprestamiento. Procurando inculcar en ellos y ellas, los valores que siempre los habían
acompañado a él y a ella. Pero, Virginia estaba inquieta. Su aritmética no le cuadraba. Porque
la equidad tiene que ver con la igualdad. Y no le faltaba razón. Es decir 16 varones mayores
que 15 hembras. Luego, a sus sesenta años, quería ser preñada, en la esperanza de encontrar
la unidad que configurara la igualdad. Lo otro no es otra cosa que una desigualdad.
…Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín había hecho todo lo posible por responder,
como varón. A sus sesenta y seis años, era un tanto difícil. Pero lo hizo- Nació otro varoncito.
Virginia, creyó desfallecer. Después del enorme esfuerzo, lo que quedó fue un incremento de la
desigualdad.
Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la interpretación de su defensor Pío XXIV.
Fundamentalmente porque, el acusado había asumido una opción no coincidente con los
principios básicos definidos por las normas de Ciudad del Mal. Normas que habían sido
construidas y aprobadas; a partir de la Asamblea de Mujeres Beligerantes. Mucho habían tenido
que luchar para acceder al poder. Habían sufrido desde tiempos inmemoriales. Los Santos
Inquisidores criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las enseñanzas del Santo Oficio.
Una herencia directamente proporcional al dominio de los invasores. Una tradición heredada de
los Santos Tribunos de la Santa Roma. Enseñaron a aplicar los métodos para garantizar la
expiación y la reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo tenía que ser el Dios de
todos y de todas. Enseñaron a castigar a las mujeres; cuando estas no reconocieran la primacía
de los varones. Cuando estas no aceptaran su condición de seres sin opción de vida propia.
Sucedió que Benjamín y Virginia, acompañada y acompañado de sus quince hijas y sus
diecisiete hijos, se trasladaron de Villa Rebelión. Un caserío a orillas del río Mosquitos. Ya
habían urdido un plan; en la intención de difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el
padre de Virginia, Ramón Ilich, había construido una estrategia para acabar con el liderazgo de
Los Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad Lejana. Ramón Ilich, era u n hombre
profundamente humano. Con la ternura dibujada en su rostro; y en sus acciones. Ramón Ilich,
expresaba solidaridad y esperanza, absolutas.
Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo mataron; se cuajaron las nubes y se desató la
lluvia que acompañaría a los y las habitantes de Ciudad Lejana, por espacio de doce meses. Sin
cesar. Todo quedó anegado. Los victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin vida de
Ramón. Porque temían que se produjese otra ascensión, como la del Nazareno hacía ya cerca
de diecinueve siglos. Todo, además, porque los miembros de la Cofradía del Divino Verbo, los
instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se quedaron en el cuarto subterráneo
de la casa de Benedicto XIX quien ejercía como descifrador de la apologética de San Marcos y
que había sido escrita por autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por esto, santa.
Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su cantidad. Pudieron haberse vertido cerca de
un billón de metros cúbicos; según lo relataron los calculistas oficiales. Pero el cuerpo de
Ramón Ilich, en fin, de cuentas, desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue nombrada una
comisión en la que se instalaron todos los beneméritos hijos de Benedicto XIX y los hijos de
Fornicato Palacio…Pero no encontraron nada.
Una mujer campesina, de nombre Dolores Perpetuos, halló el cuerpo de Ramón; un día
cualquiera del mes de enero del año siguiente a su inmolación. Dolores, tejió una red secreta
para informar a los seguidores y las seguidoras de las ideas de Ramón. Al cabo de tres días, se
reunieron todos y todas en la “Cueva de San Mariano”, ubicada en las afueras. Hacía tres
meses había escampado. La ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin pudrición,
fue exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad y de las acciones para
lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por medio de la cual se expulsarían de la
ciudad a todos los Honorables Caballeros de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX.
Y la inhumación se produjo en medio de arengas panfletarias, sinceras, a viva voz; con
profunda convicción en los ideales de Ilich y la necesidad de continuarlos; de propagarlos por
todas las ciudades y en el campo y en el mar y en el espacio adyacente a la Tierra.
Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete; no hicieron nada diferente a conservar y traducir
el Mandato Ramoniano. Su horizonte se hizo inmenso. A cada paso; en cada lugar, hablaban en
reuniones clandestinas. Temiendo que Fornicato Palacio los detectara y los y las hiciera matar.
Porque, Fornicato, era un experto. Ya había sido probada su capacidad para matar; de manera
directa y por encargo. Como resultado de esas acciones de matanza; ni Ciudad
Bienaventuranza; ni Ciudad del Mal; ni Ciudad del Buen Vecino; eran reservorio de herejías. En
estas, toda voz disidente había sido callada para siempre.
Benjamín y Virginia murieron de manera simultánea. El veneno de la víbora que había sido
colocada de manera subrepticia en su lecho, hizo efecto en segundos. Mucho se habló del
acontecimiento, en toda el área de Villa Rebelión y en algunos poblados vecinos.
Las quince y los diecisiete continuaron con la tarea. Vivir se tornó mucho más difícil. A cada
momento se escuchaba acerca de la generalización de las matanzas individuales y colectivas.
Pero no sólo se oía hablar de esto; también se podía constatar. Juvenal se quejaba de la
cantidad de trabajo. Los muertos y las muertas eran muchos y muchas. Casi no había espacio
en la antigua bodega. Hasta que Fornicato Palacio decidió arrendar otro espacio; al aire libre.
Se pusieron varas verticales y horizontales y se cubrió el escenario con plástico. Allí eran
depositados los cuerpos. Venían de Lengua Larga (vereda de Villa Rebelión); de La siembra
(vereda de Ciudad del Mal); de El Ensueño (vereda de Ciudad del Buen Vecino).
Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada por el viento hasta la misma Ciudad Salmón;
territorio del Padre de los Padres. El mismo Dios trasplantado desde Roma; desde Castilla;
desde el Sacro Imperio Anglo-Sajón cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el olor
nauseabundo. Solo las quince, los diecisiete y sus adeptos escapaban. Ellos y ellas seguían sus
labores cotidianas, como si nada. Pero, claro, sentían profunda tristeza y temor. Un día allí; otro
día allá. Una peregrinación constante. Las ideas libertarias de Ramón Ilich, estaban grabadas en
madera y bronce; de tal manera que no las degradara el paso del tiempo.
…Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección. Primero fueron las mujeres; conocidas como las
desnudas, en razón a que conformaban una asamblea permanente de féminas en contra de los
chafarotes de Pío XIX y de sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los niños y las
niñas. Se negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por el mismísimo Pío y avalado por su
señoría Fornicato Palacio. Luego fueron las y los adolescentes. Estos se negaron a entrar como
aprendices a alguna de las Legiones existentes. Ni a la del Santo Sagrario; ni a la de los Hijos e
Hijas de María Auxiliadora; ni a la Cofradía de los Hombres y Mujeres Bienintencionados (as).
Por último, fueron los abuelos y las abuelas. Ellos y ellas se negaron a servir de apóstoles en las
celebraciones de la Semana Santa. También, sobre todo ellas, se negaron a acompañar a la
Dolorosa los Sábados Santos, en su soledad.
Sucedió lo que se presumía que iba a suceder. Fornicato, Benedicto XIX; Pío XXIV y los
representantes de las cofradías y legiones; decidieron, en reunión secreta, juntar sus ahorros y
situarlos en el mercado de mercenarios profesionales. Mercado que había sido instituido por el
Nuevo Imperio Anglo-Sajón. Le servía como fuentes de divisas y como soporte a las guerras de
baja intensidad, comunes en la región. Les alcanzó para comprar doscientos hombres rudos.
Machotes curtidos en el arte de matar ilusiones y esperanzas y revoluciones clásicas.
Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre, día de la Santísima Virgen. De manera furtiva
se instalaron en los cobertizos que Fornicato utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron
desplazando, hasta copar todos los espacios. Ya conocían quienes eran los y las dirigentes.
Mataron a todos y a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas, hombres adultos y hombres niños.
Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la Plaza Mayor de San Jacinto, ubicada en el
centro de Ciudad del Mal. Allí se hizo una pira inmensa. Las llamas se veían desde Villa Rebelión
y desde la Sede Central del Santo Oficio Divino
De las quince, quedaron solo siete y de los diecisiete quedaron solo nueve. Se mantuvo la
desigualdad que tanto inquietó a Virginia. Lo cierto es que, quienes quedaron, migraron hacia
diferentes poblados relativamente cercanos entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron la
brega.
Ese fue el referente que tanto entusiasmó a Karla. La vida de Benjamín y de Virginia. Casi como
La Vida de Jesús y de María. Un símil que ella validó y lo hizo suyo. Por lo mismo, cuando
murieron ellos y ellas, las dirigentes y los dirigentes de la insurrección en Ciudad del Mal; ella se
propuso vengarlos y vengarlas. Nada de poner la otra mejilla. Era ahora o nunca. Ojo por ojo.
Simplemente hubo un problema que le enredó la pita: la aparición de Villaveces, su amante
frustrado y resentido. Aquel que no le perdonó nunca el hecho de ha berse separado de él; por
decisión autónoma, aprendida esa autonomía de las conclusiones de la Asamblea de Mujeres
Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía del almacén en donde trabajaba. La siguió sin
ser visto. Cuando Karla llegó al platanal; apareció enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en
mano (alguien, hoy en día, de manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”). En fin,
que la acuchilló. Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y, desde allí hasta Villa Perdón.
Este último, un caserío habitado por ex convicto; prófugos resentidos mandantes, con muchas
muertes a cuestas.
El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada. Lo llamaban, también, “Tierra de Nadie y de
Todos”. Desde ahí importaron el modelo, muchos de los estrategas de la barbarie; hegemónicos
mandarines criollos. Pútridos, siempre. Y, entonces, se expandió el modelo. Fueron creciendo
las ciudades y los países cuyos gobernantes a la fuerza, enviaban a sus agregados y aurigas a
aprender el oficio de no preguntar nada. De guardar los secretos de las muertes sucesivas y de
no permitir la identificación de los culpables. Allí estuvo, por ejemplo, Juan Manuel Santín; José
Obdulio Miserabilísimo; Sabas Pretel de la Cuesta. Todos en nombre del prístino Álvaro.
Y, Raúl, estuvo allí casi cuatro años. Hizo muchos amigos. Algunos de ellos ejercieron como sus
codeudores; cuando él decidió comprar a crédito El Buzón del Olvido, Un cachivache que servía,
a la manera del sobrero de los magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o una
flagrancia y sacar palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o divinas imágenes de la virgen; o
del Divino Niño.
Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue encontrado por uno de los hijos de Fornicato
Palacio. Lo llevó a otro sitio, distante de allí. El cuerpo de Karla todavía estaba caliente.
Deogracias Palacio, aplicó lo que había aprendido en los cursos de necrofilia. Una vez terminó,
volvió a trasladar el cuerpo al lugar en el cual había sido dejado por Raúl Villaveces.
El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de La Asamblea, estuvieron con ella y la
acompañaron hasta el lugar de su cremación. Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por
la Pronta Justicia. Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la región y
del país. Un documento elaborado con un conocimiento previo de la lucha que han librado las
mujeres en todo el mundo. Ellas, inclusive, promovieron siempre la realización de eventos y
movilizaciones el ocho de marzo anterior a la muerte de Karla. Estaban convencidas de la
importancia y trascendencia de su gestión. Como mujeres comprometidas con la defensa de sus
derechos y por la persuasión acerca de la necesidad de la ternura para crecer como personas y
como pueblo.
Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo, ciudad situada al noroeste de Ciudad
Bienaventuranza. Cuando niño fue protagonista en la escuelita en donde cursó su básica
primaria. Porque exhibía capacidad para hacer de las palabras un todo coherente;
independientemente del tema que propusiera la profesora Altagracia. Por esto mismo, estuvo
mucho tiempo vinculado a la Sociedad de los Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart,
su padre y su madre, recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo
Diablillo Perenne lo exhibió en funciones en las cuales el público deliraba con los conocimientos
de Raulito. Hasta que, en un día cualquiera del mes de mayo de 2020, se quedó mudo. Una
forma de protestar por la utilización que venían haciendo de él su familia y los propietarios del
circo.
Creció, después de la ruptura, al lado de su tío Valentín. Cursó bachillerato en el Liceo Mariano
y se vinculó a la Universidad Trinitaria, como estudiante del programa de pregrado Ingeniería
Armamentista. Se graduó con honores y, posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para cursar
estudios de doctorado en Energía Atómica Aplicada a la Destrucción. A su regreso al país,
trabajó al lado del prístino Álvaro como consejero en asuntos de moral y de seguridad.
Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano, en Bienaventuranza. Sucedió que Raúl fue
delegado por el prístino como su delegado ante el Santo Oficio Criollo de la Búsqueda del Cielo.
Raúl siempre fue un hombre parco y muy devoto de María Santísima. A ella le otorgaba todo
tipo de sacrificios. Decía no querer a las mujeres, por su recuerdo de lo leído en la Historia
Sagrada, acerca del rol de Eva en la Tierra y, como colateral, la expulsión del Paraíso. Sin
embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba en soledad, motivado por las poses de las
conejitas.
Karla había crecido al lado de su tía Saturia. Padre y madre habían muerto en un accidente.
Viajaban de Ciudad del Mal a Ciudad del Buen Vecino; el bus en que viajaban rodó por un
abismo.
Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso Saturia, no tuvo ningún placer en su infancia. La
adolescencia, la sitúo en diferentes escenarios. El colegio; la hacienda de su tía; las calles de
Ciudad del Mal. Sin embargo, ella nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba el artefacto
ideado por la tía para impedir que Karla fuera abordada. Se trataba de un cerrojo anticuadlo,
pero efectivo.
Ese día, en plena celebración de la Santísima Virgen, llevaba un vestido apretado, negro. Hacía
diez años había muerto Saturia. Ahí, al pie de la tía muerte, lanzó el grito de libertad. El
cerrajero logró abril el candado. Los trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados. Danzó
toda la noche del velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo Encarnación para que la
inaugurara. Estuvo con él toda la noche. Contó veintitrés orgasmos; hasta que Encarnación no
pudo más.
Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el hecho de que Karla había organizado una
celebración paralela. Se trataba de la reunión de todas las mujeres de Bienaventura nza y de la
expedición del Manifiesto Libertario de las Mujeres Vulneradas.
La casuística consistía en exhibir sus cuerpos desnudos en la Plaza Central de la ciudad.
Danzaban alrededor de la hoguera y, a cada paso, arrojaban al fuego retratos y réplicas de
Fornicato Palacio de Benedicto XIX y Pío XXIV. Además, símiles de los Caballeros Cruzados. Le
dijo: “señorita, usted no puede agraviar a la Virgen de esa manera.”
Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo sustraerse al encanto de su mirada. Ojos verdes,
simples; pero con una fuerza absoluta cuando se fijaban en alguien. En este caso, Karla, fue
ese alguien. Casi desmaya. Porque ese mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron. Karla le
expresó que no había vuelta atrás. Las mujeres de Bienaventuranza no admitían ninguna
directriz; por sagrada que fuera.
Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es así”. Todo tan coincidencial, que ella y él se
sintieron sujetos de una alegoría lejana. Ella y él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó
una botella de aguardiente marca Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de vino dulce,
marca Los tres Frailecitos.
Departieron hasta pasadas las doce de la medianoche. Karla invitó a “ojitos verdes” a su
habitación. Ella vivía en casa de inquilinato. A pesar de eso, todo muy confortable y digno.
Como lo hacía siempre, se desvistió inmediatamente llegó al cuarto. Raúl se sintió algo
incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a las conejitas y sintió un fuerte escozor en su
tornillo; tanto que se irguió mucho más de lo acostumbrado. Se juntaron, hasta el amanecer.
Raulito se despertó asustado, porque había quedado en llamar al prístino.
Luego de haber expedido el Manifiesto, las mujeres de la Asamblea, se dispersaron. Cada una
con el propósito de arengar en la ciudad. Convocando a la confrontación en contra de Raúl y de
sus símiles. Ellas ya sabían que Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero eso no las
amilanaba. Estaban decididas a la venganza. Como fuera. O en los Tribunales. O en cualquier
sitio. Lo cierto es que Raúl debía pagar por su crimen de lesa fémina.
Prevaricato Martínez fue el primer amante de Virginia. Se conocieron cualquier día, en Villa de
Dios, una localidad situada al Este de Ciudad del Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de
Ciudad Amada por Dios. Allí nació y creció. Su padre ejerció como sacristán en la Parroquia de
San Diego Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo doce hijas. Entre ellas Virginia, la cuarta.
Cualquier día, su padre, la abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una de ellas para José
Arimatea y Primogénita. La otra, para las doce.
Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes desesperado. Te he observado cuando te bañas;
déjame, por favor, probarte”. Cuentan que Arimatea se tiró al río. Nadie pudo recuperar su
cuerpo. Sin embargo, Virginia quedó lista para ser la madre del hijo suyo y de su padre. El niño
murió cuando tenía tres años. Un caso insólito de fiebre amarilla. Virginia nunca transfirió el
hecho. Ni siquiera a su madre Primogénita.
Cuando aprendió con Benjamín el arte de hacerse mujer autónoma, ya había conocido el arte
de la sumisión. Había estado durante muchos años, al lado de la tristeza y de los vejámenes.
Como ese, cuando su padre la vulneró; haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia.
Desde ese día, Virginia juró por Los Dioses Antiguos, que jamás hombre alguno le haría lo
mismo. Por eso lo ahogó en el Río de Oro. Por eso mató a Prevaricato; arrojándolo al Lago
Santo.
Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como Prevaricato; ni como Raúl. Es decir, él era un
hombre pleno, sincero y que valoró siempre la importancia del rol de las mujeres y de la
construcción de escenarios de equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamín siempre fue
perseguido por todas las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente por aquella
liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos al Servicio de Dios.
Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a los hombres; transfiriéndoles el conocimiento
asociado a la libertad. Ese fue el Benjamín que tanto admiró Karla. Ese tipo de propuestas
libertarias; esa condición de sujeto comprometido convencido de la necesidad de la guerra
entre las cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres que reivindicaban el derecho a
ser libres y a tener la sensibilidad y la ternura como soportes en su actuación. Guerra que, aun
hoy, continúa y que, por lo visto continuará por siglos; hasta que sea vencidos los dueños de la
vida cautiva y de la inequidad y de la contra ternura. Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy
asistiendo a la misma confrontación Algo extraño en ella. Nunca la había percibido así. Una
imaginación que bordea lo absurdo. Sin que me diera cuenta, siguió con otra historia.
Moviola
Un lugar para amar en silencio. Ha sido lo más deseado, desde que se hizo referente como
persona ajena, a los otros y las otras. En ese mundo de algarabía. En este territorio de infinito
abandono, con respecto a la esperanza. Y a la vida, en lo que esto supone crecer. De ir yendo
en procura de las ilusiones. Un deambular casi sin límites. Como expósito itinerario. En veces de
regreso al pasado. En otras, asumiendo el presente. Y, otras, con la mira puesta hacia allá.
Como rodeando los cuerpos habidos, arropándolos con el manto que cubrió el primer frío.
Y sí que, Luis Ignacio, fue decantando cada una de sus ideas. Como cosas que vuelan. Que
volaron desde que la humanidad empezó el camino. En el proceso de transformación. Todo en
un escenario sin convicciones sinceras. Más bien, como en alusión a lo perdido desde antes de
haber nacido. Y Luisito, como siempre lo llamó su madre, estuvo en la situación de invidente.
Nacido así. En la obscuridad tan íntima. Se fue imaginando el mundo. Y las cosas en él. Y el
perfil de los acompañantes y las acompañantes. Cercanas (os). Y se imaginó los horizontes. Las
fronteras. Los territorios. Todo, en el contexto de lo societario. Y se encumbró en el aire. Y en
las montañas insondables. Y las aguas de mares y ríos. Aprendió a llorar. Y a reír. Editando
cada uno de los momentos, en sucesión.
Al mes de haber nacido, se dio cuenta de su condición de sujeto sin ver. Todo porque su madre
lo supo antes que él. La intuición de todas las madres. Que Luisito la miraba sin verla. Y se
dedicó a enseñarle como se tratan los momentos, sin verlos. Como se hace nexo con la vida de
los otros y las otras. Aprendió, de su mano, a ver volar los volantines de sus pares infantes. A
seguir la huella de los carritos de madera. De los trencitos hechos con el metal que ya existía
antes de él y de ella. Siguió, con sus ojos tristes, velados, el camino que llevaba a la ciudad
centro. A mirar el barrio. Y la casa suya. Y fueron creciendo en la pulsión que significa asumir
retos y resolverlos.
Se acostumbró a sentir y palpar las violencias. Las cercanas. Y las de más lejos. El hilo
conductor de las palabras de Eloísa Valverde, despejaban dudas. Y, en la escuelita, emprendió
la lucha por alcanzar el conocimiento trascedente. A medir la Luna. A imaginar su luz refleja. A
dirigirse, en coordenadas, al Sol. A entender el régimen de la física que estudia los planetas
todos. Allí conoció a su Sonia. La amiguita volantona. Amable, radiante. De ojos como los
suyos. Negros, inescrutables. Vivos en el silencio de la noche constante. Y aprendió a hablar
con ella de todo lo habido. De los rigores del clima. De la exuberante naturaleza amenazada.
De la química del universo. Y de los códigos ocultos de las matemáticas infinitas. Y del
significado de las voces agrias. Atropelladas, envolventes. Ácidas, disolventes. Pero, al mismo
tiempo, las voces de los sueños. De la ilusión. De la vida compartida. En la bondad e
iridiscencia. Y, juntos, vieron los colores mágicos del arco iris. Enhebrando cada instante.
Soplando el azul maravilloso. Y succionando el amarillo cándido. Y vertiendo al mar los tonos
del verde insinuado. Y, avivando el rojo magnífico.
Y aprendieron a conocer sus cuerpos. Con las manos. De aquí y de allá. En un obsequiarse, en
el día a día. Palpando sus cabezas. Y sus caras. Y sus vientres. Y sus piernas. Todo cuerpo
elongado por toda la inmensidad de los decires. Y caminaban camino al Parque. Manos
entrelazadas. Risas volando a lo inmenso del firmamento cercano. Y hablaban, en la banquita
de siempre. Y lloraban de alegría, cuando escuchaban y veían el ruido de los niños y las niñas
jugando. Siempre, ella y él, asumiendo el rol de la gallina ciega estridente. Sabia. Corriendo.
Tratando de superar, en velocidad, al sonido y a la luz, su luz suya y de nadie más.
Fueron creciendo, envueltos en la magnificencia de los árboles. Entendiendo cada hecho. Fino o
grueso. O, simplemente, atado al estar lúcido. Y corrieron, siempre, detrás del viento. Hasta
superarlo. Y sus palabras, orientaban el quehacer del barrio. De sus gentes amigas. Y, cada día,
se contaban los sueños habidos en la noche dentro de su noche profunda. Y nunca sintieron
distanciamientos. Ella y Él, con sus secretos y sus verdades. Escritas en las paredes de cada
cuadra. Dibujos de pulcritud. Las aves. Y los elefantes expandidos. De la María Palitos, en cada
hoja. De los leones anhelantes. De las cebras rotuladas en blanco y negro. Sus colores ciertos.
Posibles.
Le dieron la vuelta al mundo. Desde el África milenaria. Con todos los negros y las negras, en lo
suyo. Con las praderas y los lagos incomparables. Con el sufrimiento originado en el
arrasamiento de sus culturas y de sus vidas. Por la caterva de bandidos armados, pretendiendo
erosionar sus vidas. Y, ella y él, se aventuraron por los caminos a la libertad. Y soñaron con
Mandela. Y con Patricio Lumumba. Y con el traidor Idi Amín. Y recorrieron Asia, en toda la
profundidad de saberes. De rituales. De razas. De la China inconmensurable. Del Japón en la
quietud dinámica de sus valores. Y vieron a las gentes derretidas en el pavoroso fuego
expandido a partir de la explosión nuclear. Jugaron, en simultánea, con los niños y las niñas, en
Nagasaki Hiroshima arrasadas, Entendieron la dialéctica simple de Gandhi. Y sufrieron los
rigores en Vietnam, cuando el Imperio pretendió aniquilar a sus gentes. Sintieron el calor
destructor del Napalm. Y entraron a los túneles en los arrozales. Y Vieron, en ciernes a Australia
y todo lo no conocido antes. Y volaron sobre los glaciales atormentados, amenazados de
muerte. Y estuvieron en Europa. Con todas las contradicciones puestas. Desde la ambición de
los colonizadores. Su entendido de vida. Como esclavistas. Pero, al mismo tiempo, conocieron a
sus pueblos y de sus afugias. Y recorrieron a nuestra América. Sabiendo descifrar los
contenidos de sus divisiones territoriales. Sobre todo, la más profunda. Norte Y Sur. En esa
fracturación aciaga.
Y sí que, Luisito y la Sonia suya, crecieron sintiéndose a cada paso. Y el barrio. Su barrio, se fue
perdiendo. Lo sintieron en la decadencia. Cuando sus vivencias y las de su gente, fueron
arrinconadas, asfixiadas. Y murieron sus padres y sus madres. Y se sintieron en soledad
profunda. Pero, aprendieron a hacer los cortes y las ediciones de vida. Su vida. Y, en su noche
constante y profunda, se fueron acicalando. Aún, ya, en su vejez. Cuando todos y todas
olvidaron a Sonia y a su Luisito. Y, ella y él, siguieron viviendo su vida. Descubriendo, cada día,
las maravillas y las hecatombes en el infinito universo. En esa brillante noche. Iridiscente.
Hecha con su imaginación y sus ilusiones.
Bella Conchita
En eso de juntar vidas para, así, enfrentar la vida; he elaborado proclamas. Al desgaire.
Tratando de no caer en el síndrome del albur. Conchita era mi guía. Ella y yo con nueve años
cumplidos. En ese barrio legendario. Gerona y Loreto. Separados, en las palabras, parecen dos
sitios diferentes. Pero no, en ese Medellín de 1956, eran uno solo. Y traficábamos con el
lenguaje. En una hacedera de juegos y de refranes y de dichos. Inclusive nos aprendimos, en
simultánea, la jeringonza de Cosiaca. Y de sus decires en ella. Algo así como reír al vuelo. Pero,
tal vez, lo más importante entre ella y yo, tenía que ver con las miradas demoradas a la Luna.
Tratando de descifrar sus códigos. Ensayando interpretaciones. Construyendo nuestras
leyendas. Y, esperando siempre, la noche en que pudiéramos ver el otro lado. Lo
imaginábamos escenario de obscuridad. Pero, a la vez, de sitio para el recreo de brujas y
demonios.
Fue así como fuimos yendo. De minutos tras minutos. Y de horas y de días. Todos los días
viéndome y viéndola. La espera al salir de la escuela. El afán para que llegara el domingo.
Porque, después de la misa solemne de las once de la mañana; distraíamos los instantes. Por
ahí. Vagando por esas calles empinadas de nuestro barrio. Y juntábamos las monedas recogidas
entre semana. Gozábamos lamiendo el algodón dulce, hecho ahí en las esquinas. Y las paletas
que comprábamos al señor del carrito. Cómo lo recuerdo. Le decíamos Cachuchita, en honor a
que siempre llevaba puesta una cachucha de cuero. Íbamos donde Hortensia Bustamante. ¡Qué
cómplice de mujer, tan bien puesta ¡
Y con ella bajábamos hasta Villa Hermosa. Largo trayecto ese. Y se nos pegaba Eusebio
Santacruz. El negro, le decíamos. Ya éramos cuatro. En todos los domingos. Yo cogía a
Conchita de la mano. Y el Negro la de Hortensia. De aquí para allá. Y de allá para cualquier
lado.
Sin embargo, algo no andaba bien. Corriendo el tiempo, nuestro barrio amado, iba perdiendo la
fuerza y la convocatoria lúdica. Se nos fue yendo. Ya el horizonte no era el mismo. Empezamos
la tristeza. La sentíamos a flor de piel. Ya, las calles se tornaban como inhóspitas. Como si el
partidito de fútbol no constituyera lo que antes era. Es decir, la concentración de las miradas y
de los gritos. Cuando, cada cuadra, tenía su propia hinchada.
Y fuimos creciendo. Ya no era la escuela convocante. Para mí y para ella, el sitio de encuentro
era otro. Ya éramos grandecito yo. Grandecita ella. Nos fuimos distanciando, A fuerza de la
separación. Su familia consiguió casita propia en Buenos Aires, con un préstamo que Coltejer le
hizo a don Heliodoro. Valga decir que laboró casi treinta años. Mi familia y yo nos quedamos.
Pero Gerona-Loreto ya no era el mismo barrio que vivimos antes. Sin ella en la calle. Sin sus
ojazos negros en cada mirada; empecé a sentir que me ahogaba. Que el hálito de vida mía, se
iba desmoronando. Ya los domingos eran días sin el encanto que Conchita transmitía.
Me fui enfermando. De un dolor de cuerpo extraño. Y de un dolor de alma más punzante. No
pude volver al colegio (la Normal de Varones, en Villa Hermosa). Empecé a sentir y ver la
pudrición. En mis brazos. Y en mis piernas. Me convertí en sujeto que hizo esclava a la madre.
Bañándome y limpiando ese pus de vergüenza. Apenas si podía leer las carticas que me
enviaba la bella mía Conchita.
Cierto día, un domingo, por cierto, no volví a abrir los ojos. Era una mañana absolutamente gris
y lluviosa. Ya, en la tarde, simplemente dejé de existir. Con ojos bien cerrados, alcancé a vivir
el imaginario de los ojos de la bella-amada-Conchita.
El Gran Arturo
Andando el tiempo, me encontré con la historia de don Arturo Cifuentes Beltrán. Trabajó por
cerca de 30 años en las oficinas del Gran Ministerio Real. Un poco taimado. Pero de una fuerza
absoluta en lo que respecta a su compromiso. Siempre fue así. Inclusi ve desde el primer día
laboral.
Su oficio, más o menos imbuido por lo general que son todos los manuales de funciones y
obligaciones. Sucesión de actividades inherentes al funcionamiento de una entidad similar a
todas aquellas en las cuales predomina la sinrazón razonada como razón de ser en lo cotidiano.
Como parte de ese ejercicio: Además, que lo suyo estuvo enmarcado en los parámetros propios
del funcionamiento del Estado. Dependencias, secciones, oficinas y oficinitas. Todas con un
vuelo rasante en lo que este tiene de seguimiento de pautas. Todas ancladas en lo que refiere
el marco constitucional.
Y es que las vigencias de los actos administrativos tienen, siempre, relación con los actos
políticos proclamatorios de la realidad. Así esta sea suplantada las más de las veces. En ese tipo
de vigilancia y control. Que corresponde a las perspectivas propias de cada quien que se erige
como mandatario primero, soportado en la manipulación de lo que está definido como ejercicio
pleno de la voluntad popular. Ésta, de por sí, manoseada y tergiversada. Porque, casi siempre,
corresponde a la razón de ser de las verdades presentadas como registros. Un tanto a la
manera kafkiana. Un Estado pletórico en opciones de experimentación. Por la vía de conectar
unos conceptos con otros. En una acción de revoltijo propia de los cuartos en los cuales
almacenamos los trebejos y cachivaches que ya no nos sirven para nada.
El señor Arturo asistió, siempre, de manera puntual a sus obligaciones. Por la vía de entender
las obligaciones propias de su cargo. Como en ese tipo de tenencias psíquicas en las cuales
cada quien está programado o programada para efectuar pie juntilla lo que ya está establecido.
A la manera de reglamento que no es posible descifrar en lo que pueda tener de aporte real al
proceso de consolidación del colectivo mayor. Casi que más allá de la significación de país.
Inclusive, desbordando el concepto de nación.
Fueron muchos los años. Interminables los días y las horas. Al pie de lo que, coloquialmente,
llaman cañón. Es decir, ese hospicio rodeado de algunas sillitas y de arabescos relacionados con
lo que es la función en sí. Es decir, algo así como una enhebración que viene dada por los
registros documentales y las expresiones que le resuelven al “cliente usuario” los problemas y
los requerimientos. Por la vía de procedimientos asociados a lo que la “institucionalidad”
requiere. Es decir, una sucesión de papeles y papelitos que dan cuenta de la existencia de la
oficinita y de su justificación en el marco propio de lo que quieren exhibir y autenticar quienes
ejercen jefatura máxima o mínima. Todo depende de las expresiones propias de los macro y
micro poderes.
Un día a día fueron posicionando a Arturito. Un horizonte siempre el mismo. Con un sol
guindado de la correa de transmisión de los hechos. Sol inmóvil. Como inmóvil es la
transformación. Repitiendo lo de las gendarmerías. Y él en lo suyo. Resolviendo aquí y allá, a
partir de lo estatutario. Días absolutamente laberínticos. Dando razón y fe pública de que lo
establecido así, así será. Y las improntas, en lo que corresponde a el ir y venir, de documentos
y de personas. Él aprendió rápido a saber resolver los requerimientos. Unas horas absorbidas
por lo cotidiano. Desde las siete en punto hasta las 12 meridiano, no tan en punto. Y desde las
dos en punto hasta las cinco no tan en punto. Porque todo dependía, según me relata
Cifuentico. Sí, dependía de la asignación reglamentada. En esa tipología, dice él, enrevesada
pero clara. Es decir, clara en lo que suponía ser claros al momento de decir lo que tenía que
quedar claro.
Mi padre (que en paz descanse), llamaba a esto el “circulo notarial”. Porque Beltrán fue siempre
eso. Notario del tiempo habido, en el contexto de su formación y de su cronología
administrativa. Una razón de ser que daba cuenta de lo necesario como fundamento de lo
innecesario, si se observa desde el punto de vista de lo que es el manual de funciones y de
requisitos para actuar de conformidad con la bitácora por siempre elaborada. Y en cuya
elaboración participó el jefe de grupo. Un grupo seleccionado, para avocar lo seguro y lo
inesperado. Porque la vida es así, refiere Arturito. Hoy es una cosa y mañana la misma u otra
cosa. Todo depende de la ventana por la cual se mire. Siendo, en veces, los días suplantados
por las noches y viceversa. Es decir, lo mismo que encontraba hoy, era lo mismo que lo que
pude haber encontrado ayer. O mañana. Todo depende. Es decir, si encaja o no en lo que yo
debía registrar. Casi siempre me correspondió legitimar a las personas ante la administración.
Antes de que estas personas pudieran reclamar el servicio deseado. O sus derechos. O las dos
cosas juntas. Casi siempre lo uno o lo otro. Todo depende. Porque no era lo mismo ser Juan
ayer que ser ese Juan, o ser Augusto mañana. Por eso digo, decía Cifuentes, todo dependía de
lo que me indicaran.
Pero, en definitiva, Arturo aprendió a ser alguien, dentro de ese montón de cosas hechas y de
mandatos no asumidos, no resueltos. Según él “todo depende. O dependía”; de lo grueso del
problema. Y si no era problema, mi obligación era convertirlo en tal. Porque, la administración
define que lo que nosotros actuamos o actuábamos, tenía o tiene relación con satisfacer, con
soluciones a los problemas. Sin estos no se justificaría nuestra presencia. Ahí en la oficina. O en
cualquier escenario propio de la agenda o bitácora.
Hoy, ya en el exilio jubilatorio añora esa razón de ser. De tanto soportar el insomnio propio de
la dejadez y del envejecimiento, ha perdido categoría. Ya no es lo mismo. Ni él es el mismo.
Sabe que está ahí. Pero ya no representa a la administración. Ya no es dueño de lo suyo. Y esto
es lo mismo que decir que ya no exhibe ningún tipo de poder. Aunque sea mínimo. Añora ese
tiempo en el cual llevaba y traía mensajes y documentos. Papeles importantes. Reseñas acerca
de la existencia de las personas que solicitaban ser registrados como actuantes en la vida.
Personas con problemas que eran resueltos por mí. Habida cuenta de mi posesión de los sellos
necesarios. De la rúbrica válida, para poder habilitar a fulano para que demuestre que asistió a
la oficinita y que yo le di el aval para que pudiera pasar a la otra etapa. Para que pudiera subir
el peldaño hasta donde el jefecito, que avalaba lo que yo ya había registrado. Pero que
precisaba del visto bueno amparado en lo que dicta las simbologías y los reglamentos.
Ya hoy, Arturito, se siente más alejado de la vida. Porque su vida era y fue lo relacionado con
esa porción de poder. Son unos días y unas noches absolutamente largas. Pesadas. Enervantes
en lo que hace al ocio perverso. De estar añorando lo que fue. Y que ya no es. Días
expandidos. En un aquí y un allá sórdido. Sueños y levitaciones. A mañana tarde y noche.
Siempre proclive a los espasmos de lo temporal casi aciago. Como que los recuerdos desvirtúan
las realidades.
Se colocan en el vértice de existencia. Por ahí, hablando con pares. Todos los días de lo mismo.
Y, el dinerito de la mesada se mantiene ahí en el mismo punto. Porque ya ha sido resuelto
constitucionalmente, que no puede amentar más allá de lo que el gobierno defina como
porcentaje proyectado. Un índice de la vida y de las necesidades inherentes en donde lo cierto
es ver declinar las posibilidades para resolver lo mínimo posible. Arturito, siente que se ha
convertido en un resentido. Su tarjetica plata plus, como la llama el banco, no da sino para no
llegar a la insolvencia plena. Pero, bien sabe que tendencialmente va para allá. Es decir, hacia
su disolución física, mirada esta como referente. Un horizonte en él cual ya no cuenta. En el
cual, inclusive, ha ido perdiendo esos cuadros memorísticos que lo devolvían al pasado. A ese
pasado que ya pasó. En el cual era alguien. Porque, los estatutos decían que él era alguien al
cual se le había asignado unas funciones básicas. En el contexto del funcionamiento del Estado.
Y, hoy, vive ahí. Resignado a saber que, dentro de los primeros cinco días de cada mes, puede
pasar a retirar lo que le consignaron. Cada vez menos, respecto a lo necesario para subsistir. Y,
cada vez, más alejado de lo que fue. Ya no acierta a precisar si lo hizo bien o mal. Siendo lo
único cierto que ya no ejerce. Allá quedaron las escasas alegrías que proporcionaron el sentirse
alguien. Con cinco dígitos 0023-3. En donde el último le definía la escala. Es decir, hasta donde
llegaba su importancia. Y donde comenzaba la del jefecito.
Valentina
A sus escasos trece años, Valentina Potincare, ya había aprendido a abrir los ojos. Esa ceguera
que la acompañó, desde el primer día de haber nacido, fue reemplazada por una apertura
iconoclasta. Empezó a verlo todo. Lo de lejos y lo cercano. Un proceso lento, pero eficaz.
Para ella, ya es pasado innombrable lo que hicieron padre y madre. Recuerdo olvidado, es lo
vivido; cuando apenas caminaba, dando tumbos. Como cada quien lo hizo en su momento. Y
proclamó la libertad, de oficio. Sin pedirle nada a nadie. Por si misma, fue descubriendo lo
necesariamente justo para no sumergirse en el abismo. Superando la ignorancia, acerca de la
vida y de sus expresiones. No en vano pasaron las primeras ilusiones. Tan recortadas, como
autoritarios fueron los mandatos.
Y que decir tiene los ensayos. Para alcanzar el conocimiento, de las cosas y sus orígenes. Como
la Escuela me fue formando en sinónimos y valores, al menos eso dijo ella, Valentina. El mismo
día en que, a borbotones, vio que el agua viajó. Que no le encontró explicación al rugir de las
tormentas. Pero que, después, vio y sintió los golpes. A cada rato. Uno y otro. Mama y papá,
abriéndose camino, como ejemplares sucedáneos. De lo habido y por haber. De destapar lo
escondido. Y que no querían ver. La vida dando tumbos. O él y ella, dando tumbos en la vida.
Lo mismo daba y da, aún ahora.
María cartuja
Ni enojadas que estuviéramos. Como que soy María Cartuja I, te lo juro Petronila. Cómo se te ocurre
dudar de mi solidaridad. No más regrese Pacholuis, le digo que me preste los dos mil pesitos. Cómo
vamos a dejar sin ajuar la nena. Lo que sí me parece el colmo es que el padre Alberto salga con esas
cosas. Conociendo como conoce a la feligresía. Nunca había pasado eso aquí en Punta Canela en este
cuarto de siglo que llevo viviendo en esta tierrita. Si no más mi mamá, que ha sido tan de la iglesia y que
le ha ayudado tanto, siempre ha sido de la opinión de liberar el es píritu. Haciéndolo más cercano a lo
mundanal. Y menos aplicado a esas amarras religiosas, ya caducas, según ella. Dizque amenazar a tu
familia, con el cuento ese de que los(as) bautizados y bautizadas deben parecerse a los ángeles. Yque, por
lo tanto, deben vestir tal cual. Es decir, de blanco el vestidito y además en el caso de las niñas, con
encajes azules en honor a la Reina Madre.
Tal parece que se le olvidó cómo llegó aquí. Con una sotana hecha hilachas. Un sombrero que más
parecía una gorra de basurero. Y que fuimos nosotras, las de la Cofradía de San Miguel, quienes lo
hospedamos. Esther le cedió el cuarto de Juvenal, que se fue para Méjico con su Mariachi Botero. Y es
que, me da una rabia, viendo como vio que ayudamos para que sacaran al padre Alons o de la Casa Cural.
Se estaba haciendo el remilgado. No quería irse. Fuimos nosotras las que le escribimos al Obispo
Marceliano. Diciéndole que, aquí en nuestro pueblo, no caben las pataletas de curas amargados.
Y es que esa época fue muy tormentosa. Siendo yo una pelaita, de escasos tres añitos, me tocó lidiar con
esos braveros vergonzantes que tenían asolada toda la comarca. Que vi cuando mataron a casi toda una
familia. Por el asunto ese de linderos, usted sabe Petronila. Y que, a fuetazos me cogió mi padre, cuando
le dije que ese grandulón de Serapio no era guapo sino con quienes no se pueden defender. Y que fui yo
quien no dejé zarandear a ese cura remilgón. Y que, además, puse trampas de doble uso, en todos los
rincones y esquinas.De doble uso para ratas, ratones y similares. Y para los jarretes de esos perversos.
Y, cuando llovía a cántaros, le prestamos la capa de hule y casco, para que pudiera visitar e impartir la
extremaunción a los (as) enfermos y enfermas próximas(as) a morir. Tal vez no se acuerda que le
regalamos una mula para que la montara, facilitándole las travesías en Semana Santa. Y que, cuando hubo
las primeras elecciones, hicimos campaña por Baudelio Higuita, hijo de doña Brígida y de don Everardo,
el mandamás de este pueblito. Y que, cuando mataron a Lázaro Perdomo, fuimos nosotras las que le
conseguimos la cajita, juntando nuestros ahorritos. Y que intervinimos ante el Obispo Pilatos Madariaga,
para que le permitiera al hijo mayor de Lazarito y de doña Begonia, lo sucediera como sacristán.
En verdad me da ira santa saber que este padrecito Alberto venga con esas. Como si no recordara que, a
mediados de octubre hace tres años, linchamos al tipito ese que intentó robar la Custodia del Santo
Eccehomo. Y que, para más veras, construimos el local para la Cooperativa que comercializa las cosechas
de arroz y maíz. Desplazando a esos picaros intermediarios. Y que hicimos cadena de oración, rogándole
a Dios que aliviara al Cardenal José de Arimatea Bermúdez, cuando estuvo tan enfermo. Petronila, fíjese
que es como si hubiera olvidado el padre Alberto, que, en esos días aciagos, cuando partieron a Colombia
en dos bandos. Y que, por esto mismo, construimos trincheras para defender esta tierrita, cuando llegaran
los rojos, que venían asolando la región e invitando a no creer en Dios ni en el dogma del misterio
Trinitario. Y que nos turnábamos para hacer vigilia toda la noche, para impedir que nos cogieran de
sorpresa. Y que, en los diciembres, decoramos el Parque Central Pioquinto Rengifo y el Pesebre
Comunitario que hacemos, en vivo, ha ganado varios reconocimientos de la Curia Arquiodecesana y el
mismísimo Vaticano.
No sé cómo olvida que, cada año, nos encargamos del Altar de San Isidro Labrador. Que llenamos la
Casa Cural de bultos de arroz, plátanos, maíz, gallinas y cerdos. Yque incineramos a la Bruja Bertilda. Y
que nos negamos a recibir la recompensa ofrecida, por parte de Monseñor Hipólito del Carmen Bajonero.
Como si fuera fácil olvidar el día aquel en que le quemamos los cultivos de plátano y caña dulce,
propiedad de Gaspar Monsalve. El mismo que cerraba la puerta y ponía el radio a todo taco, cuando
pasaba la Procesión de Once, el Viernes Santo. Y que recogimos dinero, haciendo empanadas para
pagarle al muchachito ese de las Gómez, para que lo matara en las afueras, tirara su cuerpo al rio.
Y qué no decir de la vez en que organizamos todo lo concerniente a la fiesta cuando llegó la imagen de
María Auxiliadora. Que fuimos nosotras quienes convencimos a Monseñor Humberto Pira Liévano para
realizar la gestión necesaria para que incluyeran nuestro pueblito en la romería organizada por Don
Pascual Berrio, el alcalde de San José Magno. De paso le cuento Petronilita, que el que es hoy Presidente
de la Federación de Congregaciones Marianas, fue novio de mi hija Encarnación.
Y qué decir de la Peregrinación que impulsamos e hicimos hasta Girardota Antioquia, para visitar al
Señor Caído. Como retribución por todos los favores recibidos. Principalmente, aquel que permitió la
lluvia, cuando hubo esa sequía tan horrible. O cuando desaparecimos a la hija mayor de Doroteo Zuluaga
y Sara Bohórquez, que vinieron a predicar el ateísmo. Ernesto Benjumea y Cristo Fernando Úsuga se la
llevaron bien lejos. Mandado que resultó más barato que lo que pensábamos.
Segundo Episodio.
No lo deje entrar doña Bárbara. Quién sabe de dónde vendrá, y que intenciones trae: Mejor vamos hasta
la Alcaldía. Ese Coronel si es capaz de ponerle el tatequieto a cualquiera. Como que me llamo Cartuja II
y, con el poder que me da el ser suegra del Epifanio, glorioso soldado de la Patria; aportaré todo mi
esfuerzo por pacificar este País.
Como es de raro ese abuelo de Rosalbita. Estoy por creer que algo tuvo que ver con el mariposo ese de
Cayetano. ¿Recuerda lo que pasó, el año pasado? En plena ceremonia militar de graduación de mis dos
hijos, don Lucrecio Jaramillo, intentó matar al Brigadier General, que vino en representación del
Gobernador Isidoro Fonseca. Y lo cogimos a batazos. Con el primero, que le di en la cabeza, tuvo. Oiga
mija, yo no sabía que el cerebro es como una masa gelatinosa, gris.
Como si fuera poquito, Américo Asdrúbal no ha llegado. Tanto que le insistí, Barbarita, que no se
demorara. El patrullaje en la noche me pone intranquila, señora María Cartuja. No sé porque no he podido
olvidar ese cuerpo desmembrado que encontramos, yendo para Pajarito. Cuando Federico Fonseca, era
Jefe de Zona, sucedieron muchas cosas. Como esa que me cuenta del abuelo de Rosalbita. Dizque vino
desde Armenia, cuando se desató la violencia. Pero estuvo un tiempo sin salir, ni a la ventana. Solo salió a
la calle, el 20 de Julio del año pasado. Yeso por la mañana. Como si temiera algo o a alguien. Esas gafas
obscuras le quedan grandes.Y nunca se las quita. Creo que hasta duerme con ellas puestas.
Como que soy hija del Sargento Matallana, le insisto, señora Bárbara no lo vaya a dejar entrar. Recuerde
que esos bandidos son muy engañosos. Comoquiera que lo único que les interesa es apoderarse de los
valores ajenos. Para ellos, nunca median consideraciones de respeto a los derechos humanos de los
demás. ¡Por favor no lo deje entrar ¡O nos veremos perjudicados (as) todos y todas que habitamos en
Punta Canela!
Además, como que soy Cartuja desde antes de nacer. Como que soy hija de mi madre desde siempre. No
vaya a ser que se desconozca el sentido de pertenencia que ha exhibido nuestra familia, a través del
tiempo. Desde inmemoriales momentos. Casi despuesito del triunfo de la Campaña Libertadora. Claro
que, mi bisabuelo, estuvo del lado de los llamados Realistas. Tanto como que apoyó, con recursos de su
Hacienda la Coloniala, La Campaña de Exterminio y de Recuperación del Mandato de la Corona,
emprendida por Don Pablo Morillo. Y, como si fuera poco, entregó todos sus hijos para lo que él llamó
“La Reinstauración del Poder de Dios. Y que decir tiene el hecho de su ingreso a la Cofradía de las
Madres Vírgenes Visitadoras. Somos de tradición, Barbarita. Y seguiremos siéndolo por mucho tiempo
más.
Tercer Episodio
Cómo no voy a recordarlo, mija. Si llegué a la par con él, hace cuarenta años. Aquí, en Punta Canela,
creció al lado de mis hijos e hijas. Cómo que me llamo María Cartuja Tercera. Su papá fue elegido
Alcalde, con los voticos que levantamos todas nosotras; las de la Cofradía Virgen del Carmen. Llegaron
achilados. Sin un peso. Pero, casi hay mismo percibimos su talante. Muy parecido al de Augusto Fourier;
el gringo ese que llegó a dominar todo el comercio de la región. Con mucho ímpetu. Pero, también, con
mucha rosca. Muy amigo de los Valencia C. trabajó siempre a su lado. Ahí en el Directorio Conservador
del Departamento. Primero, le consiguieron un plante de casi un millón de pesos. Un jurgo de plata en ese
entonces. Luego, lo conectaron con los gerentes de los principales bancos. El Gran Banco Central. El
Banco Ambrosiano. El Banco Gota a Gota… en fin todos de alto vuelo.
Todavía tengo clarita la imagen de su mamá. Doña Francisca. Matrona de armas tomar. Con decirle que
asistieron todos los partos habidos durante casi diez años. Trabajaba por levantarles a los niños y las
niñas, jugueticos en Navidad. Se apoyó en las influencias de su hijo. Y ya le conté que este, a su vez, se
hizo íntimo de las familias más prestantes de la Capital.
Y qué decir de los servicios prestados a los ricos de la comarca. Siempre les brindó protección. Tanto así
que los grupos armados que se crearon, durante los años duros de la Guerra, siguieron operando aun
cuando esta terminó Lo vigilaban todo…y a todos y todas. No se movía una pulga sin que ellos lo
supieran. Cuando llegaron los izquierdistas, antes de que pelecharan, los acabaron. A sangre y fuego que
llaman. No quedó piedra sobre piedra. Más bien quedaron huesos sobre huesos. A mí me conmovió
mucho la muerte de doña Zoilita. Mujer ejemplar, solidaria a morir. Pero llevaba el estigma de apoyar a
su esposo y a sus hijos. Dio la vida por ellos.
Lo de Juliana Pamplona fue otra cosa. Se hizo guerrillera del Frente Treinta Seis. Se salvó de milagro.
Cuando allanaron y quemaron su casa, Zoilita, como pudo, la disfrazó de monja y así pudo salir sin que la
reconocieran, los Apóstoles (así se llamaban y se llaman aún los Recuperadores de la Fe en Dios y Todos
Los Santos).
Y esa muchacha era arrecha desde pelaita. Con decirle que hizo sublevar a todos (as) los(as) jóvenes del
Pueblito, cuando el Padre Absalón Machado, prohibió los bailes los sábados. Claro que, hasta cierto
punto, él tenía razón. Porque se veían unas cosas, nena. Besos y abrazos. Cogidas de cola y de senos.
Muchas crías hubo. Casi niñas, muchas se hicieron madres. Pero, desde otro punto de vista, el curita fue
muy autoritario y, yo diría que perverso. Imagínese Pachita que a las muchachas las hizo tusar y a los
muchachos los hizo marcar en sus brazos con la imagen de la Virgen... Dizque para que recordaran
siempre sus pecados. Y, además, “Los Apóstoles”, los levantaron a planazos, hasta que se cansaron. Las
nalgas les ardían.
Y fíjese la vaina. Todo el aspaviento alrededor de ese problemita. Pero nada ha dicho o hecho el curita
ante la matazón que hierve por todos lados. En ciudades grandes y pequeñas. En pueblitos de escasos
cinco mil almas. Cuando yo dije eso, en el velorio del viejito Peralta. Al que mataron por haber votado
por Aristóteles Núñez, candidato al Concejo Municipal. Sobra decir que a él fue al primero que mataron
después de las elecciones. Y se incendió el campo. Muertos por aquí y por allá. Yo recuerdo el caso de
Virginia Peralonzo. La mataron despuesito que su marido quemó un afiche de Guillermo León Valencia.
Allí no más. En el Parquecito. Yo nunca estuve de acuerdo con esa forma de enseñar religión e historia
que llaman patria. Ese curita Astete y esos señores Henao y Arrubla, nos llenaron la cabeza de aserrín.
Según estos últimos, nosotras las mujeres no hemos hecho nada. Ni Policarpa. Ni Manuelita. Ni María
Cano. Ni Virginia Pineda…ninguna pues.
Pero lo más tenaz lo constituyen esas acciones perversas. Esos Decretos y Leyes. Y la misma
Constitución de 1886. Nosotras somos retratadas como proclives al síndrome pecaminoso heredado de
Eva. Sin horizontes plenos de libertad. Y, después siguió el otro Lleras. Y, después Misaelito. Cuando le
robaron las elecciones al achatado de Rojas Pinilla. De todas maneras, hubiera sido lo mismo.
Como que me llaman y me llamo María Cartuja Tercera; no descansaré hasta ver a mis hijas profesionales
universitarias. Que no les vaya a pasar lo que a mis hijos. Que los engañaron de oficio. Resultaron siendo
estudiantes del Seminario Mayor de Pueblo Viejo. Ahí cerca de Popayán. Cuando el acuerdo había sido
otro. Así pues, mijita, que yo tengo mucho que contar. Pero, también mucho que callar. Si no lo hago,
algo me recorrerá pierna arriba, como dicen los señores ahora.
Yo ya estoy curada. No solo de lo vieja en años. Sino también de tantas cosas malas juntas. Que me han
pasado. No solo a mí; sino a todos y todas que somos conminadas a decir una cosa y pensar otra. A decir
que sí, diciendo que no. En fin. Todo lo habido y por haber se conjugan. No sé si ya te conté lo que me
pasó con El Indio Vergara. Se las ha dado y se las da de hacedor de talismanes. En contra del mal de ojo.
Y en contra de las envidias. Y de la mala leche.
Resulta y pasa que su mujer vino un día aquí, a mi casa y me contó tremendo rollo. Que, cuando lo de la
Toma del Palacio de Justicia, en noviembre seis de 1985, su querido estaba en una sesión de autocontrol
con el Presidente Belisario Betancur Cuartas. Y que, mi indiecito, le advirtió lo que iban a hacer los
integrantes de la Cúpula Militar. Y que, Belisario le dijo: ¡Qué va mi Nativo ¡Yo los tengo bajo control!
Tienen que respetar a su Presidente. Qué él no admitiría ninguna otra acción que la negociación. Y mire
Cartujita lo que pasó. Cuál Presidente ni que nada. “…Usted hace lo que nosotros digamos y punto. Le
pasó lo mismo que a Guillermo León Valencia, con su Ministro de Guerra (como se llamaba antes el
Ministerio que hoy llamamos de Defensa).
Y sí que pasó lo que pasó. A mí me dio mucho miedo. Y eso que estaba a casi a quinientos kilómetros de
distancia. Allí, en mi Santandercito de Quilichao Hermoso. Tierra de tropeleras. Con decirle que se arruga
más fácil Gartubela, la excepcional.
Y dele, una semana después lo de Armero. Y antes lo de la tal Paloma de la Paz. Lo de la negociación con
los subversivos.Nada de Nada. Puro cuento. Porque este País no tendrá arreglo así, por las buenas.
Y se me vino a la cabeza lo de Gandhi. Y lo de Mandela. Mucho lo templaos. Su coraje a toda prueba. Sin
veleidades. Extirpe de hombres absolutos. Sin nada entre las manos, pasaron a gobernar con su ejemplo.
Aquí y allá. Pero sigo con lo de la mujer del Indio Vergara. Me dijo que leyó el tabaco Julio César
Turbay. Y que, le dijo: doctorcito sus días están contados. Como reyezuelo. Como bailador, por lo bajo,
del Polvorete. Y, asimismo, le dijo: doctorcito la veo dura para usted. Pero eso se lo ha ganado. Por lo
bruto. Usted no sabe diferenciar entre átomo y molécula. Usted cree que es lo mismo decir “hay viene
Josefina” que “Josefina viene de Viena”.
Yo no soy quien, para decirte, nenita, lo que debes creer o no creer. Pero lo cierto es que te invito a no
tragar entero. Ni siquiera en tu casa. Con ese perdulario de Adonías, tu padre. Yo diría, más bien, cono
ese hijueputa como dueño de hogar.
Y que, yo Valentina, estuve en ese sitio, cuando me encontró Wilfrido. Y que me cantó, recién
cumplidos los trece. Y que, yo Valentina, navegué los mares de la desilusión. Y que fui
embarcada en contenedores. Y llevada, a través de esos mismos mares, a París y a Roma. Y
que, una vez allí, vi explotar todo lo mío. Volando en mil pedazos lo único que tenía, no tocado.
Y que, cuando fui creciendo fui enajenada. Fui vertida en mil lugares. Y que, cuando me
negaba a seguir, fui violentada. Y fui sometida a rigores no hablados, estando ahí. No
difundidos, a pesar de no ser ya solo el mío, sino el de todas las Valentinas, por doquier. Y me
hice traductora de dolores y afugias. Y vi venirse el mundo encima. De unas y otras. Y que, en
creciendo, los lapidadores, fueron universalizando el ejemplo. La propuesta y la acción.
Y volví no sé qué día, volé a los altares. De una fama no antes vista. Altares de sumisión
perenne. Antes de mí. Antes de mi madre. Antes de todos y de todas. Venales ejercicios
permitidos. O, por lo menos, encubiertos. Normas difuminadas al soplo. Como queriendo decir
que se van a ejercer castigos. Pero que, no más firmadas, se diluyen en el inmediato entorno
del aire que se esparce. Y, como si nada, emerge aquí y allá, o tra vez la vulneración. Otras
Valentinas vuelven al suplicio. Y sus opciones son, de nuevo degradadas, en ese ejercicio
inmenso, aterrador.
Y nosotros y nosotras aquí. Recreando en corto escenario, lo impúdico. Y, ella, vuelve a sus
trece. Siendo ya niña vieja. Como añorando el canto a la ramera, de Manolo Galván. Como
retrotrayendo a las niñas viejas de antes.
Y Valentina, sigue recordando a padre y madre, en esos soliloquios propios de quienes se
acostumbraron a ver el mundo por la ventana más estrecha. En uso de unas ilusiones que no
tuvieron. Mirando lo que no pudieron ver. La libertad. Ajena a todos y a todas. Horizonte
asfixiado, lúgubre. Hechizos enfermizos. Scherezada reinventada, de tanto contar lo que no se
debe contar. Una alegría no más. Cuando, en vientre, sintieron hablar. Madres que balbuceaban
“te amo”. Pero
sin extender la voz en el tiempo. Sin que permanecieran las palabras. Al garete volaron y se
perdieron.
Mi Valentina. La niña que se hizo vieja a los trece. Que no pudo vivir la vida en libertad y la
ilusión primera, reconfortante. Más bien, otorgando un legado a quienes vienen atrás.
Valentinas, Julianas, Tanias…todas a merced de lo que las normas dicen y desdicen. De dichas
apagadas. Ahí, a pie de boca. Como niñas yunteras, trasgrediendo en género, el canto de
Serrat. Oyendo, en lejano, el “que va a ser de ti lejos de casa, niña que va a ser de ti”.
Escuchando, en ignoto el homenaje a Valentina, de Isabel Parra y de Ángel Parra.
Y, ella, sigue diciendo que, quiere volar a ras de tierra. Encontrarse con el mar, como Alfonsina
Storni. Como queriendo indicar que ya no va más. Esa vida atormentada. Ensañamiento brutal.
Pérfidos mandarines venidos a menos. Como diciendo que no quiere volver. Ni a ver el Sol. Ni a
añorar a la vieja Luna nuestra y de todos y todas. Como queriendo decir, hasta aquí mi vida.
Hasta aquí yo. Hasta aquí mi tristeza.
Utopía silenciada. Como férula hecha cuerpo
Nació en el leprosorio de Ciudad Vigía. Inimaginables los vientos, rodando. Venidos desde la
ternura amarrada, enviciada al truculento espasmo. Ella, por si sola, había rondado desde
antiquísimos tiempos. Desde cuando la vida se hizo secuencia desparramada por el mar
hiriente. Los avatares, en seguidilla, lo fueron siguiendo. Desde la violencia hecha muralla,
profanada e inhóspita, por lo bajo.
Ese hombrecito, empezó a ver el mundo, como proclama ya arrinconada: Metida en la muerte
de la simpleza y de la aventura ansiada. Ahora mutilada. Sus orígenes, en eso de la herencia
venida como patrón circular; remontan al tiempo en el cual la levitación era viento turbio; como
cuando uno pretende dibujar El Sol a mano alzado. Una circunscripción rotando por todos los
avatares del entorno. Viviendo una mudez que se amplía. Una memoria vaga; la ternura
embolatada. Sin hacer superficie en el agua. Dulce o salada. En todo caso, cuando Patronato
Antonio Lizarazu llegó a la vida; desde ahí mismo sintió que no podía vivir en ese escenario
ditirámbico. Y se juntó con Inesita del Santísimo Juramento de las Casas. Ella y él trataron de
buscar remedio a las afugias heredadas. Se hicieron al torbellino brusco, insensato.
Y, entre ella y él, vaciaron todas sus fuerzas, como rogando aceptación. En este universo
explayado. Con sus sistemas ya definidos. Después de esa explosión constante. Yéndose por
ahí. En lo que sería una finura en todos los tiempos. Ecos de él y ella. Cantándole a los mares.
Como decían otrora; solo cantos de sirena.
Y llegaban las noches, después de ver morir el día. Y en la inmensa Luna, trataron de conocer
su otra cara. Como diciendo que no es posible la obscuridad eterna. Que lo sensato sería que,
esa Luna lunita, los acogiera. Y que les permitiera crecer a su lado.
Ya, en el pueblito suyo habían comenzado las fiestas. Y se escondieron para que no los
incitaran, a ella y a él a desestimular la alegría que, siempre, han querido conocer. Fiestecita
encumbrada. Venciendo la gravedad, al aire sus cuerpos. Atendiendo las miradas de papá y
mamá. Fingiendo, en veces, una locura hirsuta. Como escogiendo las nubes con las cuales
arroparse. Y su Sol, amado Sol, les prohibió avanzar hasta su centro hirviente; milenario.
Cuando a él lo tocaron las fisuras de piel. En esas ampollas que maduraban constantemente.
Para luego volverse estigmas supurando ese pus malévolo. Ella le rogó que la untara. Para
acompañarlo hasta todos los días y todas las noches juntos. Y, él en arrebato impuro le dijo sí.
Y llegaron a ese sitio. Conocieron a sus pares. Se hicieron solidarios. Cada día, en esa carne
viva licuada por el calor inmenso, como tósigo; fueron enhebrando los días. Y, en las noches,
contándose las historias aprendidas en pasado hiriente. Se hicieron sujetos y sujetas de la
veeduría ampliada. En ese perímetro primero y último, tuvieron que asumir sus datos
personales. En lo que eran ya. No en lo que fueron antes.
Y pasaban los días, en veces, fulgurantes. Rojos como deben ser las cosas y los cuerpos a la
orilla de esa estrella enana que va muriendo. Pensaron en la miríada de otros cuerpos celestes
ampliados. Un ejercicio que combina lo cierto de ahora. Y lo que puede pasar después. -
Patronato e Inesita del Santísimo Juramento de las Casas, empezaron ese mediodía que separa
la vida de la muerte. Ahí, en esa sillita breve. La del parquecito único. Se hacían sangría en sus
pústulas. Se besaban. Juntando esos labios henchidos. A punto de reventar. Se acariciaban sus
cabellos. Se miraban entre sí. Como en ese espejo no conocido.
Por fin, les llegó la muerte. En esa amplitud manifiesta. En ese parquecito. En su casita color
azul perenne. Y llevaron sus cuerpos. Los devolvieron a la tierra de la cual habían venido. Y se
perdió la suma de años y de siglos…simplemente no volvieron.
Una huella doliente
Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio y
para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres.
Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como
consecuencia del ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él y
ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir
propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra cosa que justificaciones para
actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles
acerca de los valores humanos.
He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de
normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les
hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos
recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio.
Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el
amor.
Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable.
Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera
pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante
de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la
vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y otras.
Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte.
Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo demás
es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por qué
existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que se
trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para vivir la
vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone.
No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré.
Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad.
Un día cualquiera de abril, en el año 2025, conocí a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada
por ella y él. Una mujer de mirada furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La
desee desde que entró por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado
todo el tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose. Era,
insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces. Apretada su vagina. Desde
ese instante conocí que no había sido penetrada. El primer día de mi mirada furtiva, sentí
crecer mi asta. A tal punto que empecé a surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía.
Porque era un continuo ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mí
mismo. La sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas. La
inundé de tal manera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que ella se diera cuenta,
exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía cada vez más.
En ese momento decidí que era mía. Que ese sujeto, merecía ser allanada por mí. Como en el
pasado, con otras. Ya, aquí, con esa sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado. La
quería para mí. No en sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar el
lugar y aprovecharlo.
Fue en la misma habitación que le asignaron él y ella. Cuando recién se había dormido, entré
en el cuarto. Me desvestí. Traía un lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando
despertó yo ya estaba encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La
penetré con todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le respondí:
esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde más pueda. Eres mujer. Por
lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié. Suspiraba aceleradamente. Peleaba con
mi fuerza. A los diez años, yo tenía una capacidad insospechada para inmovilizar y para hacer
sucumbir. Lo mío se prolongó hasta caer la noche. Estaba inerte. Lo estuvo desde que ahogué
sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la recorrí una y otra vez. Mi asta seguía erguida. La dejé
ahí, muerta. Esa misma noche me fugué de casa, dejando su cuerpo inmóvil, lacerado.
Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus vacaciones. A pesar de que eran casi las once de
la mañana, no habían dispuesto el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior estuve
inmerso en un sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre Mireya,
estaba a mi lado. Cantaba:
No sé por qué la sentía tan cerca. Sentía su olor y me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero no
podía asirla. Porque me trascendía. En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era mía,
pero sin serlo todavía. La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un placer
que me engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que está
conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo un universo de
expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a cada momento. Siendo conciente
de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía surcada de pasión. Por mí y por ella. Un asedio
continuo.
Mientras él y ella dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que podía
hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo viven para mirarse
y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en silencio, de esa mujer que me cantaba.
Que estaba a mi lado por placer. Porque yo le gustaba. Porque ella me gustaba. De nuevo su
voz.
El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua.
Como quien no concibe la vida sin ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y que
no sé de qué se trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy ya
no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente, la volviera a ver.
Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven solo para sí mismos. En un ejercicio
patético y caduco. Sintiendo amor en donde solo hay repetición vehemente de lugares
comunes. Como lobos esteparios que se confiesan a sí mismos. Con las miradas puestas en el
teatro de la vida. De su vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada y acomodada
a las circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y codificada.
Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido. Sumatoria de lados iguales.
Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después de regresar de sus oficios. Esos repetidos
que los inunda de orgullo. De saberse partícipes del proyecto de vida igual. Para todos y para
todas. Cada quien, viviendo su vida, sus quehaceres. Sus limitaciones de felicidad. En procura
de la cual viven, cada día.
Tres grados bajo cero
Se hicieron cómplices en ese brete diario. Expandieron sus miradas, en esa amplitud vivencial,
en Ciudad Perdida. Se habían conocido un 29 de febrero, cuando apenas tenían tres añitos ella
y cuatro añitos él. Sus familias habían llegado desde Ciudad Jerusalem: como itinerantes
forzados. Allá quedaron sus memorias y sus ranchitos. Construidos hacía ya varias
generaciones.
Todo empezó a agriarse, cuando llegaron los “Soldados de María y José.”. Cuando, éstos,
hicieron de la vida, puro juego de albures. Incitando a la “violencia necesaria” en tratándose de
conservar los valores históricos, prístinos. Sus casitas fueron arrasadas, hasta que solo
quedaron “piedra sobre piedra”. Mamá Ígnea y papá Ámbar, se escondieron en el sótano de la
casa asignada a las sacerdotisas vinculadas a la doctrina de “El Dios Potente”. Estuvieron tres
días y tres noches, en ese hueco hechizo. Solo volvieron en sí, el mismo día en que mataron a
Apolinar Enjuto. Sujeto este de largo prontuario en las hechicerías heredadas de Virgilio Héctor.
Niños y niñas de fortaleza infinita. En esos escenarios vivieron antes de llegar a la ciudad.
Llegaron en el tren de las ocho de la mañana. Con sus arrumes de corotos. Ya, en la Terminal,
localizaron el barriecito en el cual vivían sus primas Eloísa María y María Eloísa. Cuando llegaron
a casa, estaba dispuesta la piecita.
Durmieron hasta bien entrada la noche. Un sueño benigno; comoquiera que quedó expuesta la
necesidad de enfrentar lo que habría de pasar. En esa exhibición de fuerza que permite volar
en ese espacio viajero. Pero todo se fue en mera algarabía inapropiada. Por lo mismo que
caminaban por el suelo cenizo todos los días. Y, todos los días, empezaron a sentir que lo suyo
no era solo afugia comparada con el querer ser. Más bien, y en ese sentido, los hechos y las
acciones convirtieron en un tipo de vivencia agreste. En un tiempo voraz que solo admitía
expresiones de andar firme. Y no, simplemente, decires amarrados a la elocuencia estrambótica
sin ninguna lucidez ni compromiso verdadero.
En ese andar de la complicidad, se fueron diluyendo. Ella, Mariposa Vélez Anzoátegui y él,
Roncancio Elías Martínez Bajonero, empezaron a entender la diferencia entre ser insumiso e
insumisa; y solo ser cuerpos enredados en la inopia vergonzante. Caminaron, en doble sentido.
Desde el sur-norte prolongado y el occidente-oriente aprendido apenas en el ayer de la
brusquedad inoficiosa, burda.
Cada quien, por su camino, les había dicho la señora Porcelana de Jesús Remedios y Jiménez.
Esa señora vecina de la casita verde morada, la de ella, y grisrojointenso, la de él. Además, les
anunció que no estaba en disposición de alcahuetear sus ligerezas. Como esa de tenerse en las
aceras. Influyendo, de tal manera entre los niños y las niñas, que estaban haciendo vuelo
mágico desmirriado.
Esos viernes, embelesados, por cierto, fueron llamados. Él y ella a rendir cuentas por su
influencia equívoca y maligna, en todo el barrio. Un vuelo rasante sobre la empedrada
callejuela. Azalea del Carmen Veranodelarosa, la niñita que siempre los quiso, empezó a
demostrar una mudez y unas expresiones dolorosas. Dijo, la señora Imaginaria Chejov
Hinestroza, esto no puede seguir así. Algo hay que hacer. Las lentejuelas nocturnas, no pueden
seguir siendo el vestido de todos los días. Algo hay que hacer. Pero no puedo actuar más como
mujer sórdida que no da cuenta del significado que adquiere la esperanza, cuando se maltrata
a quienes están en capacidad de entenderla y vivirla.
Por lo tanto, entonces, las primas Eloísa María y María Eloísa, decidieron negarles el apoyo
solidario. Por lo tanto, ella y él, regresaron por donde habían llegado. Y, allá en la Terminal de
Trasportes, se hicieron cuerpos muertos, no sin antes reiterar que lo de ella y lo de él, no era
otra cosa que vivir, sin entender nada de lo de Hoy, ayer, y en lo venidero.
Tráfico de ilusiones
Uno (lo que éramos).
Cada quien vuelve a su pasado. Y, en veces, de manera abrupta, según el caso o la vivencia.
En lo que respecta Virgilio Zapata Samaniego, sucedió un imprevisto que lo obligó a vaticinar su
futuro, a partir de un engarce complejo. Problemas venidos desde su infancia, obligaron un
paseo a bordo de la imaginación y del recuerdo. El suyo. Y el de Aurelia Lucía Monterroso, su
eterna noviecita.
En evidencia tardía, supieron de lo suyo cuando contaban seis y cuatro añitos de vida,
respectivamente. Unos arrabales que daban cuenta de lo tormentoso que era el tiempo en esos
días. Como cuando la iridiscencia en el día a día. Y relacionada con el quehacer instrumental
íngrimo obligaba a vivir con los otros y las otras, en vuelo rasante. A ras de la tierra. El barrio,
su barriecito del alma, se vio inmerso en un proceso de deterioro continuo. Irreparable e
irreversible. Unas vidas ahí expuestas. En enjundioso trabajo de los hechos. Ese tipo de
violencias que hicieron mella. Esa búsqueda de conexiones y de los conflictos en ellas. De tal
manera que se fue erigiendo un agregado cada vez más pesado. Esa latencia, allí. En los
escenarios familiares bruscos. Incompatibles con el recorrido ilusionario.
Doña Cecilia Amalia del Bosque Samaniego, tuvo a Virgilio en esos días en que cualquiera diría,
onerosos o infames. En ese recorrido lento de los momentos. De los decires cargados de
ignominioso insumo vinculado con la diatriba hirsuta. En un aplicativo violento. Como diciendo
que los valores son argumentos de ponderación en tiempos difíciles. Tal vez, haciendo alusión a
la incorporación de definiciones, venidas desde los inicios de la teoría aristotélica. Desatando los
nudos, a partir reflexiones por fuera del contexto cotidiano. Y, más bien, en el nexo con la
parentela. Una vinculación de principios complejos y volátiles; a esas campañas de
acompañamiento tutelar.
En ese tiempo de veloces haceres, se fue configurando el sentido propio de la nostalgia. Yendo
en dirección al decolaje. Ligado a esos vientos milenarios que aparecen y desaparecen en
infinitud de procesos. Y, en ese vuelo áspero se ha ido magnificando la desesperanza. Por lo
mismo que recaba, siempre, en la necesidad de articular la vida, cualquier vida, al vuelo
perenne. Que se repite y reinventa a cada paso. Por lo mismo, entonces, Cecilia Amalia, se hizo
al viento. Así como otros u otras se hacen a la mar. Ella hizo ese vuelo en nocturnal expresión.
De todo lo habido en el territorio efímero. Como cuando se traspasan las franjas y los husos
horarios sin proponérselo.
Y la vaguedad de su intuición, la fue envolviendo. De tal manera que se fue perdiendo el
ímpetu inicial. Y se fue tornando en rescoldo, atizado por el mismo viento que ella eligió como
transporte benévolo. Un ir y venir, puestos en la memoria de quien sería su heredero, en lo que
respecta a bienes soñados. Uno y mil momentos de trajín de acertijos madurados a la fuerza.
Una presurosa orquestación lineal.
He andado muchos caminos (…como canta Serrat). En esa búsqueda de ilusiones. Tal parece
que, estas, se han evaporado. El “frente frío” de los mares las han expandido, echándolas a
volar. Como queriendo decir y hacer, que se ha posicionado lo perverso. En el caso particular
mío, he navegado en todos los mares. Entre otras cosas, nunca he podido saber cuántos son.
Simplemente yo he sido como esa noria que va y viene. Yendo por ahí. De lugar en lugar.
Siendo, como he sido, una aborigen en tierra ajena. Y sí que lo he pagado caro. Simplemente,
porque he estado en ese escenario que nunca ha sido mío. A veces, me he sentido como mujer
sujeta que está aquí. Pero no ahora, sino en los escapes vinculados a lo que cada quien le ha
estado dado, asumir opciones vinculantes. A lo que queremos ser. Sin tránsitos infames.
Eso explica, por lo tanto, mi vocación de nómada errante. Esa que se ha sentido predispuesta
para entender las reglas, en veces, inhóspitas. Y he estado como en preclusión con respecto a
la vida plena. He sentido, en perspectiva diferente a la que ayer, o cualquier día anterior, que
se exhibían como proclamas al aire. Y, por esto mismo, yo he sido como vengadora solemne.
Haciendo alusión a lo irrepetible. Pero, a decir verdad, me siento en locomoción perdida.
Pegada al piso. Dando fe de la gravedad. Como insumo en contravía de ese vuelo nítido que
siempre añoré. En esa infancia mía. Doliente expresión.
Dos (ese mirar protagónico)
Venía deambulando, desde el mismo momento en que supe del desvarío de mi Virgilio. Como
ese rumiar que vuela. Unos ámbitos presurosos. Por ahí cayendo en cualquier parte. Yo me fui
despacito. Hasta encontrarlo. En esa nimiedad de vida brusca. Por lo mismo que se fue
distribuyendo con una vocación insípida. En esas ilusiones sin sustento. En un andar los
caminos áridos. Y yo, como mujer libertaria, le dije a mi Virgilio que ampliáramos los pasos. En
un reto a la longitud pensada e impuesta. Él y yo nos fuimos por la vía azarosa. Él sin padre. Y
yo como preclara inspiradora. Aquella que no alcanzaba a dar el tono de lo diferente. En medio
de tantas fisuras prolongadas por parte de los “gestores” de la vida.
Llegué, cualquier día, al pueblito benévolo. En el cual había nacido. Me hice fabricar lentejuelas
de diversos colores. Como cuando una quiere que la recuerden. Eran, más o menos, las ocho
de la noche. El bus me dejó, justo al lado de las notarías. Yo había sabido algo de ellas. Por el
tono de sus pareceres, En esa prolongación de los caminos. Que, por sí mismo, se hacían
angostos y abiertos. Según la lectura e interpretación de lo que fuera necesario. Llegué a casa
de mis tías, siendo casi las nueve de la mañana. Allí conocí a mi primo Alberto. Había estado
perdido mucho tiempo. En mi vaguedad, creí haberlo conocido, en ese treinta y uno de octubre
de cualquier año. Estaba taciturno. En una mudez que traicionaba la palabrería de toda mi
familia.
Estuvimos en conversa, casi tres días. Una habladuría parsimoniosa. Yo diría, ahora,
impertinente. Por lo vacía. Como entendiendo, una, que las palabras se hacían vuelo rasante.
Sin definiciones. En eso que una llamaría, la anti gramática universal. Y, este Diego Mauricio
Cifuentes, sí que camina por lo vago e insuficiente. Una locuacidad incolora. Pero, aun así, me
cautivó. Como queriendo, yo, decir que la parentela es una u otra. Todo depende de la manera
como se conectan unas palabras con otras. Y lo mío, en esa entendedera supina, no llegaba
más allá que la interpretación de las proposiciones. En verdades y no verdades. En esa tipología
hechiza de la teoría de conjuntos. De la lógica imperecedera. Pero, tal vez por esto mismo,
empecé a vaticinar lo que habría de suceder. Yo misma compuse el plano que serviría de
referente. En cada juego y cada nomenclatura.
En esto de las veedurías angostas; la mira estaba del lado de lo nostálgico. Así fuese mero
imaginario. Y lo llevé siempre conmigo. A cuanto territorio estuviese nombrado. Graficado. Me
hice “sierva” de los holocaustos perennes. Aquí y allá. Como mensajera del vuelo de lo
libertario. Me fui yendo en eso que llamábamos lo puntual de la vida ajena y propia.
Hasta que me fui diluyendo. No soportaba más las alegorías alrededor de las cosas. Y,
fundamentalmente, de la vida. Me fui haciendo a la idea de vincular hechos y decires. Con la
palabra gruesa, casi milenaria.
Y seguí ahí plantada. Ya habían pasado las lisonjeras convocatorias. Y en este otro tiempo, yo
percibía que la condición de mujer arropada por las cobijas primeras. Desde ese primer frío que
enhebré siendo volantona pasajera de a pie. En ese universo de opciones que, yo misma no
entendí en el paso a paso de mi Virgilio que se hizo ilusionista de su propio entorno. Cuando lo
abandoné en la orilla de ese rio henchido. Cuyas aguas lo llevaron al mar. Y, allí, se quedó por
siempre. Con su Aurelia. La que siempre fue mi enemiga. Como quiera las dos siempre lo
amamos.
Episodio uno
El instar vivo. Como recuerdo cierto
Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación
hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como
discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la
otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir
yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y
del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida.
Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje
continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad
desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en el.
Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En
cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento
entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en
dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O
hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya
no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien
entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado,
relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no
alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea
figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así
sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por
lo mismo, duele como dolor profundo siempre.
Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé
que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta
haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes,
como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese
sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como
motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera
anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo
sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta.
Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del
imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la
honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su
impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil.
Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento.
Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente.
Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna
que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.
Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que
nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más
bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico
yerto. Pero en el sí imaginado siempre.
Episodio dos
Ancízar ido. Mi rol perdido.
Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual
cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un
altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la
relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese
día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo
siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En
esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de
los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana.
Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y
en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los seres creados por
nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras
chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del
paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores. Ajenos y propios.
Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños idos. En el aquí y ahora. Y me
veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que
llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias
plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por
hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar prolongado. Como
reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicantes.
Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de
enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una
perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción
no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira
puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la
esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años.
Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida
en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la
rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y
aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración Operando el taladro de manera
inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas.
Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si
hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación
subyacente.
Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que
me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi
legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido.
Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y
este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no
encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un
sentir de del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.
Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la
tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más
se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez
su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor
creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me
abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí
con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el
volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más
obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra
infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos recorríamos el barrio.
Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos.
Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la
sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando
conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La
elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada
mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes
de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran
insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el
fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido.
El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las
sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo.
Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos
tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la espiral. Y todo
empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En
esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi
mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la
masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún
abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver
continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente,
incierta.
Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el
imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos
antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo
físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre
físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto
exacerbado.
Episodio tres
El embeleso lúdico
En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá
largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la
vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después.
No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante en eso de
entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar
lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta
ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la
aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y,
en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita
bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer
impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras,
que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras. Más
allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como pasatiempos favoritos. Y
me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas. Con la mira puesta en los quehaceres
urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí
que, por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de
cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme visto antes. Y yo,
en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado reciente y lejano.
Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío
antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le
dijo que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la
mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa
que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y
que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca
había olvidado su autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a
él. Por ejemplo, cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad
soldadesca. Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la
vida. La de él y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple
verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica
permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los
domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre
bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido
a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más
bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como
expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio,
suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el
quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado
de lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O,
simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante.
Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo
incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su
condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva.
Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa
ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre
desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez
ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso.
En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el
momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como
actitud palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de
él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su
connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese
entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi
mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza
enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta
convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y
lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple
hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me
quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los
habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo,
hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán
de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea de la dominación mía.
Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo
esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido
Episodio cuarto
La huella sigue ahí
Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer
referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su
nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera.
Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como
queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados
de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo
mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me
supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio forzado. Y
me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como
también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto que expresión enana de la
verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí,
lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le seguí
los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la
verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él el
camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al
escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes primarios. Groseros
escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió
a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una
simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación
propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que,
en realidad debería ser. Y lo ví en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como
simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como
mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada.
Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo
que vendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete
avergonzado, después de la verdad verdadera.
Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso
en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos.
Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera
patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice
mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso.
En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado.
Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo
territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy.
Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi
mente, y se propuso inventar algo más trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque
resulté al otro lado. En callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita
bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi. Cuando
descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin
verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo habido antes y lo que
soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos vuelos silentes de
antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era.
Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal,
sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta.
En la cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi
amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad
estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como
sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como
simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió
la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar
conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que
yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada. Enervante. Casi
aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer nuestro idilio. Desde la
búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me
recordó que prometí amarla desde ese día en que no ví a Ancízar en aquella mañana de lunes.
Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no previstos.
Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se traduce
en ese hijo tuyo y mío.
A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño,
Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la
veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser
vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con
la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije
lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 1) Que yo no me
imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así
como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado
de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos o los dos, en largo acontecer efímero,
incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más aspaviento
Episodio quinto
Cuando se va la memoria
Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma
vida, Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado
en volver a esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de
remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese irse
de bruces sobre la historia. Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en
el masculino andante que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de
quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de
lo puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez más, en
asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos. Siendo así, entonces,
volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La
bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he vuelto a
jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con él. Como a
comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo ayudante de
todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más. En la calle en
pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En esa potente
ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de dominar el
baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez.
Yo me la pasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma
perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y
niñas de largo vuelo. Y me ví en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En
medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia. Y,
extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos. No
acompasados. Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra
esquina. O en la callecita que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio.
Derrochando, yo, alegrías que habían permanecido adormecidas.
Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos.
Sujeto, este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle
significados distintos a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante.
También, conocí de él, los atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un
giro creativo. Y de cómo enseñar los números, con los palitos de paletas compradas en la
tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos y la memoria de los otros y de las otras.
Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito. Mucho más allá que el Libertador. Tal vez
porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre por las
fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante. Transponiendo
rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente, cada minuto.
No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”. Como
cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de liviandades. En
ese ejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio
áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las verdades y los
hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía agresiva. Por la vía
del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones.
Me fui yendo hasta el lado del martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me
hubiera convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el rumbo.
Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos instantes, veía el cuerpo de mi
madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y la veía vejada a cada rato. En medio de
horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi al vacío profundo y de no retorno. Y,
fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía por el mismo camino. Y me dio la mano
tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en donde estaba “el mono”
Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en medio de la oquedad del
tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y volvimos al andar. Del ir yendo hacia la
libertad que nosotros mismos habíamos truncado. Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de
verdades y de acciones y de la lúdica toda habida.
Episodio sexto
En lo habido, como secuencia inerme.
Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso
supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer
los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ah í. Como convocante
falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más
coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me
hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui
hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy
enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante.
De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado
en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy
o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha
propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como
simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo
mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de
premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las
sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza
ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo
mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el
universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples
siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la
racionalidad vigente.
Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado
acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve.
O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos.
En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que
esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desen volvimiento de
la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la
trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple
resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la
complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y,
estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por
repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y
hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes.
Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a
verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y
transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente.
Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño
próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado,
pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión
equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo
inveterado. Amorfo. Sin vida.
En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto
lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo
incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no
fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro
uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de
Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame.
Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia.
Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En
lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura
de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello
ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la
impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como
ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por
decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real,
verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro,
impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos
en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana de la vida en sí. Que es
cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos.
Episodio séptimo
Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar
Y en esto estaba, cuando recordé el yo milenario. En esas exposiciones que tuve en ese barrio
calcado. Casi como daguerrotipo no lúcido. Y el barrio, entonces, ya estaba trazado. No
importando como. En este recuerdo de ahora, no están ni Ancízar, ni Valeria. Como si el mundo
apenas iniciara su ir girando. En esos primeros momentos en los cuales el tiempo de podía ser
medido. Por la ausencia nítida de calendario. Una perspectiva en ciernes. De lo que conocería
después como la historia. Hablada, primero. Y luego escrita. Casi a millón de años de la
inquisición perversa. Y sí que, ese barrio amado no aparece como tal. Más bien como insumo
flotando en el aire que apenas está iniciando vuelo. Ni siquiera, en el entonces, hacían
presencia de oxígeno, ni el hidrógeno, ni el ozono libertario, arropador. Y sí que, en esa lejanía
tan expandida, me fui dando cuenta de lo mucho que me faltaba para ser un ser concreto,
taciturno, solidario, libertario. Por lo mismo que ese yo mío apenas danzaba sin cuerpo
alrededor de la Luna amiga. Y sintiendo ese calor absoluto de nuestro Sol venido desde mucho
tiempo atrás. Un yo con fisuras profundas, logradas a través del camino dispuesto. Como
acezante sujeto disperso.
Y, al no estar ella ni él, sentí un profundo lazo en mi cuello. Era el tiempo que empezaba a
crecer, sujetándome por la vía asfixiante. Como queriéndome hacer sentir que no iba poder
disfrutar, a futuro, de la esquinita bravata. Y empecé a sentir que lo mío empezaba a ser mera
expresión amorfa, diluida en cada instante. Y, ese yo primario mío, empezó a surtir tristezas
prolongadas. Así, a tientas. Simplemente porque no había segundos, ni horas, años. Solo ese
giro de traslación alrededor del Sol. Como si todo fuese arbitrario, anárquico. Sin nin gún hilo
conductor.
Me encontré, en cualquier momento no medido, con Ariadna. La Diosa nacida para amar al
universo visto, apenas, como confusión pletórica en matices. Y en luces relampagueantes.
Exacerbada opción como tinieblas. Y le dije que no la había visto antes. Y ella me dijo que
siempre había estado allí. Que le correspondió incitar al viento para que iniciara su intervención.
Además, que los mares nacientes lo requerían para producir las tormentas y los tifones,
entonces silentes, latentes. Y, decía Ariadna, no sé por qué estoy recordando un canto propio.
Iniciado casi al mismo tiempo en que prefiguré a mi Prometeo, en ciernes. Y, quiero expresarlo
ahora. Para que tú lo aprendas y lo transfieras a quienes vendrán, cuando no haya tanta
confusión, tanta anarquía:
Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te
hemos hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú.
Diezmadas en enésima potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los
pasados, pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De
viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave
de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y
niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las
de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir.
Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho.
¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen.
Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado
caminos al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado
atrás sus territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De
las mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con
esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo.
Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica
tersura. De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje.
Que se enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has
sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados.
Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un
solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo
triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son
(ellos, ellas), viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios
que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita.
Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje
sonoro por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos,
los glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado
los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas
celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido
en el infinito envolvente.
Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a
través de las heridas que han hecho en tì, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil
de millones de historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de
lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y
algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra
natura en formación.
Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y
ellas, vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante.
Pero si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la
anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las
palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para
el crecer alegre y creativo.
En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de
lluvias. Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo.
La vi perderse en la lejanía hecha preludio del tiempo vivo. Y me quedé obnubilado. Con ese
vacío que sólo se siente cuando hemos perdido algo cálido, cautivante. En esa obscuridad tan
amarga, pero necesario, como quiera que se constituía en insumo primario. Como lo eran todos
los seres latentes. En el mar naciente, al que le cantó Ariadna. En el territorio ya libre de las
aguas primigenias. Y en los territorios ya libres de la asfixia primera. Caminé, por ahí. Con
apasionada voz vibrante. Como inaugurando el viaje de sonido, como invención necesaria. Y
separando los quehaceres. Tal vez imitando lo que, desde ahora se decía. Que el Dios de la
fuerza impuesta, se disponía a concretar su versión de la creación de todo lo habido y lo que
vendría después.
Me vi inventando las palabras y los números. Y teorizando acerca de los fenómenos incoados,
por la vía de la Física de Kepler, de Arquímedes, de Galileo, de Descartes. Y me correspondió
informar sobre los infiernos de Dante Aglieri. Y, con mucha más distancia, propuse la partición
del átomo. De la generación de la energía ampulosa. Y, por esto mismo, vi a la Hiroshima
arrasada por la fuerza del fuego impío. Nagasaki inmersa en el envolvente giro de la
destrucción. Luego dormí, en el escenario que habría de albergar al viento. Y a las nubes. A las
lluvias, como presagiaba la bella Ariadna perdida. Ida en la reversa infinita. Hacia otros lugares
no nacidos todavía. En eso que se denominaría como paso incidente. Como iridiscente vahío.
Traído desde más allá de la Galaxia que habría de atrapar todo lo que podíamos conocer. Como
en la espirar de giro. Como absorción exponencial, en término que habría de ser desarrollado
después. En esa expresión en ciernes de Euler; de Newton, de Leibniz, del demasiado humano
Einstein.
Siendo un diciembre frío, me dispuse a regresar a la esquinita bravata. Nadie estaba allí. No
alcanzaba a dilucidar el porqué de la soledad tan sola. Los niños y las niñas en volteretas
iniciadas antes, pero ya perdidas. Una sensación de desasosiego me arropó, como un todo
embriagante. Los seres míos de antes, no estaban. Solo el viento tan frío, penetrante.
Agarrotado, traté de decir algo con las palabras que había aprendido desde el inicio de las
calendas. Pero no podía. Una mudez nítida, vergonzante. Bajé por Calle Amapola, también
absolutamente sola. Fui a Patio Finito, escenario de nuestros juegos, a pelota cierta. Vi las
piedras que semejan las porterías. El paso del tiempo las había agusanado. Ni nadie físico. Ni
palabra lejana.
Ya en la tarde fui a ver la casita mía. El albergue que conoció mi infancia. Que tanto prolongara
mi estadía. No estaba. En su reemplazo unos herrumbrosos desechos. La del lado tampoco
estaba. Como si se hubiera diluido. Como si el vértigo de los años hubiera pasado por ahí.
Desde adentro hacia afuera. Ninguno de mis iconos quedó enhiesto. Solo el vago olor a silencio
destructor. Porque, como me enseñó mi madre, donde no hay voces ni palabras, tampoco hay
vida posible.
Recordé a Valeria, cuando escuché ulular al viento. Remolino gigante, absorbente. Se fue
izando todo lo que quedaba. Recordé a Ariadna, y su cuentería acerca de los misterios y los
secretos. Quise recordarlo en su empuje avasallante.
Episodio octavo
Del pasar secreto
Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo
no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de
octubre de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida
Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina. Allí estaban cantando y
conversando un grupo de muchachos y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de
Michael Jackson. Todos y todas en una euforia absoluta.
Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de su
ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales
tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos.
La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su ídolo.
Se hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un
espíritu errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego. Percibió
ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como
si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava.
Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:” ¿Por qué lloras? ¿Acaso tú
también, conociste a Lorena la amiga de la Esclava?
Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos,
donde conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava.
De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos y
truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los
Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las
toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos.
La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los
otros amigos y las otras amigas.
La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía.
La cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte,
la esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.
Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la
tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la
tarea de recopilar estas versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión.
Los personajes y los personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que
rodean a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un
escenario absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas
palabras. Lo único que se les entiende es:” …esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día
apareceremos y será otra tragedia.
Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no
controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre.
Vino, otra vez el recuerdo. Sentí como si yo hubiera vivido en ese tiempo y en esos lugares. No
pude acuñar exposición alguna. No me daban las palabras, solo este yo silente. Como réplica
doliente. Como si yo hubiera sido promotor del dolor de esa niña. Y de su extraña desaparición.
Lo viví y sentí como castigo del Dios Increado que nació como leyenda, por allá, en el tiempo
en que conocía a Ariadna. Veloz mensajería extenuante, apabullante. Hice como si quisiera
regresar al comienzo de la memoria. Cuando no había ni sujetos, ni palabras, nada. Yéndome
por ahí, en la vaguedad superflua, me volvieron los recuerdos, casi perdidos. En ese ejercicio
notarial mío. Como compilador de hechos. Y de los seres actuantes.
Por esa vía sentí punzante voz. Venida desde el patiecito, de la casita destruida por el paso del
tiempo. Y me fue envolviendo la palabra como susurro. Como compleja porción de acciones.
Volátiles, en veces; asincrónicas. Como nervio prepotente, sin remilgo alguno.
Creo recordar esta plaza. Como cuando uno la mira y cree haber estado aquí antes. Tal vez
será porque estas bancas tienen gente sentada, muy parecida a otras gentes. O será porque
esa iglesia que miro “Cristo Reina, Cristo Impera”; se me asemeja a otras. Con la diferencia
puesta en esa caída vertical, como pared un tanto fatua. Con esos dos íconos-torres terminados
a la fuerza.
Y esos caballos que pasan. Mulas que trote y trote cansino. Como mulas que han acumulado
tantas enjalmas y tantas monturas. Que han transitado tantos caminos, en pendiente que te
muestra el bajo fondo. Con el surco adormecido. De lo que pudo haber sido hilo de agua antes.
Pero que ya no se nota. O nunca fue. Y, desde esa esquina, miro al fondo el Cauca que baja,
buscando el Occidente. Con la mira puesta es Sopetrán y Santa Fe de Antioquia. Y, antes,
distante Liborina exhibiendo frutales inmensos.
Y, esta gente de a pie. Aquí y allá. Con ese universo de móviles celulares. Llamada tras
llamada. Como una veintena por minuto. Y me pongo a imaginar que dirán tantas voces. Qué
palabras verterán. Diciendo “la vuelta está hecha”; “no vino el patrón”; “ya casi terminado de
comprar la papita”; “el bus de las y media ya salió”; “Los de Fredonia se perdieron”; “De
Versalles no salieron ayer nada, Hortensia y los muchachos”; “amor, papito, no sea así. Mire
que yo si lo quiero”; “tráigale los vestiditos a las niñas”; “Dígale a Mauricio que lo espero. Él
sabe dónde”.
Y miro tantas motos cruzando. Cada una con alguien y sus historias. Y tanta chivita pequeña.
Con tantos bultos. Algunos sin amarrar. Cajas de mangos por ahí, en las esquinas. Y los
almacenes repletos. Tanto insumo. Y para tanta cosa. Caficultores que regatean. Y que, en
vísperas de elecciones, piensan en su vecino amigo. El del Comité anterior. Que no lo dejo nada
contento. Pero, para que decirle ahora. Ya lo pasado pasó. Miremos, más bien, quien puede
quedar. Y que sirva.
Y tanto novelero suelto. Tantas tiendas cerveceras. Tantos cuentos que van y vienen. Tanto
amigo o amiga. Todos esos niños. Y todas esas niñas. Los colegios ahí. Y salen unos y entran
otros. Y, en sus ojos, la ilusión. Por lo que comienzan ahora. Por lo que serán después. Y esas
campanas al vuelo. Siendo lunes, o miércoles; o viernes…cualquier día. Anunciando eucaristías.
O solemnidad religiosa en las despedidas. De los cuerpos que ya no son vida.
Y transito esta calle y la otra. En veces como que se me pierden las nomenclaturas. No he
podido entender. Calle Córdoba. Carrera Bolívar. Calle Bolívar…y se repiten, como si nada. Y el
tempo, como en toda parte, no da espera. El o la que llegó, bien. Y si no, que le vamos a
hacer. Tiempo que se agota. Hora 13; hora 15; hora 18. Y así, hasta las veinticuatro.
Y estas mujeres. Tantas y tan jóvenes. Bien bonitas, casi todas. Pero como en velocidad
constante. O ahí, esperando. Y las escolares riendo y entornando ojos; ante su latente galán.
Tantas mujeres que cruzan. Casi tres por cada un varón. Y, las miro. Y no preciso de donde
vienen. Si de “La Pintada”; o de “La Úrsula”. O han estado aquí, en el entorno cercano.
Tanta palabra que sigue volando. Casi que las veo entre nubes. Con su significado. Prístino. O
enjuto, casi verdulero. Casi en la diatriba. O en el encanto de voz que dice amar. Y, de seguro,
que si aman. Tanta palabra engarzada. Metida ahí en su origen. Tanta conjugación posible.
Verbos “Ir”; “Ser”; “Amar”; “Odiar”; “Servir”; “Vender” …todos en su momento y en su sujeto
que lo hace real y efectivo. En el mensaje.
Y tantos niños. Y tantas niñas. Con sus afugias que palpo. Con sus alegrías que siento. Con sus
miradas que miro. Y tantos abuelos, como yo. Tantas abuelas. Con sus sentimientos aquí
vertidos, desde siempre. Tal vez desde antes de ser lo que es hoy esta tierra. Cuántas historias
Pasarán, por ahí. Por esa vía que viene desde Pasto; desde Popayán; desde Cali; Yo, también
pasé un buen día. Hace mucho ya. Para Bogotá; cuando aún no era lo que hoy soy. Y, desde
allá abajo. Más allá de Itagüí, hacia el centro de Medellín; de niño escuchaba “Ya cruzamos Alto
de Minas; vamos rumbo a Medellín, con El Príncipe Estudiante, Hernán Medina Calderón…”
Y, vuelvo y digo, no sé si estos abuelos y estas abuelas recordarán esos días. O estaban tan
embadurnados de trabajo áspero; que no les daba el tempo para dedicárselo a eso. O será que,
ellos y ellas tuvieron hijos obreros en Cementos Cairo. Con esos silencios cómplices que se
tejieron. Ante los vejámenes. O será que escucharon decir de los de Amagà. Mucho más de lo
que ahora pasa. Con mineros en socavones, asfixiados.
Y, aquí; ahora estoy viendo en el día a día. Tratando de adaptar mi trajín. Mi memoria. Mi
historia. Tratando de trasmitir algo con mi mirada. Porque, todavía, no he ensayado las
palabras.
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al
relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad,
una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que
crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo
real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más
que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En
sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces
umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo
latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea.
Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece.
En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que
ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en
cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y
va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola
límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas.
Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a
Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre
Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el
nuestro permaneció. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad
dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas.
Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo,
que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y
perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos
de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que
era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de
disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura.
Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como
sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por
encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos
espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En
busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado:
Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando
abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo
puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde
Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin
saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también,
para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan
solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante.
Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión
por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo.
Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos
el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es,
pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su
cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez,
nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el
amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado
alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz
disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por
Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca
de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la
Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en
mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz
diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y
lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado,
Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A
purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo
Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
Al día siguiente, aposté por la vida. Simplemente porque todo seguía igual. Los nubarrones
grisáceos, impedía ver al Sol, Y ese frío profundo, grueso. No podía caminar. Me senté ahí, en
el quicio de la casita de don Aldemar. Nadie alrededor. Siguió siendo un diciembre helado,
rampante; en lo que esto tiene de antesala a la perdida de referentes. Sentí que el viento me
llevaba, de la mano, a los primeros días. Esos, antes de haber nacido criatura alguna.
Vapuleado por la fuerza áspera. Con el dolor en mis piernas. Como si hubiera recibido los
flechazos de los gladiadores embravecidos. Enfrentándose a los Césares. Sujetos de mirada
perdida, triste. En acciones de depredación. Con su amargura potenciada. Como queriendo
dejar de sentir que todavía seguían vivos. Yo, en pretendida erudición, increpé a Suetonio. Le
dije algo así como que de nada había servido su descripción de los avatares históricos de
quienes ejercían dominio. Como tósigo, decía yo. Seguí rodando, en mi imaginación enfermiza.
Hasta llegar al territorio de Ulises. De los mares cargados de fuerza milenaria. Ampulosas olas
sin gobernanza alguna. Me extravié en el camino. Y me encontré a Jesús de los Cristianos.
Estaba ahí. Torturado, clavado en la cruz. Y todo, alrededor suyo, empecinado en dar rienda
suelta a la tormenta aciaga. Me adentré en su pasado. Me expuse a seguir mirando su futuro. Y
del de todos y todas sus seguidores y seguidoras.
Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso. El mismo. Como referente lo cotidiano en el
actuar de los apologéticos de la diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su
equivocación al elegir ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había
profundizado. Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso
de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada. Porque no
había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas.
En ese tiempo, la división política y administrativa, comprometía una noción primaria del
concepto de estado. Por una vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica
con fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de poder un
tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices cruzaban territorios acicalados
con ese universo de opciones de interpretación en términos de lo que pudiera constituir el
referente básico. Una posición dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del
politeísmo inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito.
Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el judaísmo venido
directamente desde las escrituras antiguas, mosaicas y los hechos asociados a la nueva versión
mesiánica; habida cuenta del crecimiento del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta.
Rondando “El Templo”, como instrumento físico; fortalecido, reconstruido en gobierno de
Herodes el Grande. Y que se hacía escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi
como acariciando la contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la
nueva ideología como herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina sólida.
Porque, en lo cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones de
proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios Significante; en necesidad de retar a la
humanidad que se deterioraba cada día más, a partir de escindir y extraviar el acumulado
histórico y religioso. Inclusive, con el agravante que era casi imposible dilucidar contenidos.
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi cieno cincuenta años después) una
disputa que empezó a trascender la simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la
confrontación centrada entre el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban
desgranando posiciones menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos
administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una representación
grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes.
Casi como desplazando todo el contenido mismo de las expresiones judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de pretensiones un tanto
militaristas. Como si evocara, hacia atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa
asociada con el Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para
establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos
Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva en contra del
decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo así como, en una seguidilla de
torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la confrontación.
Marciòn, empezó a ejercer como opción preponderante. En un entramado de confusión. Al
menos en lo que respecta al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la
variante en Peregrino y su inmolación, e nexo con la defensa de sus postulados fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la preservación del hilo
conductor básico. De no dejar extinguir el fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la
confrontación con la teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma
de la contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado. Es decir, no
surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario, haciendo cohesión. Centrando la
divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la
Trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo
como era el momento de decisiones.
Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos códigos propuestos por El Reformador. Pero
su estreches intelectual, dio lugar a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como
palabras agrupadas en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y
de sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que
podría llamarse bajo perfil. Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo,
en cierta hilatura, por lo menos cohesionadora.
Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el momento histórico de Herodes el Grande.
Y sus sucesores, Herodes Antipas, Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus
manos. Y, el crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y
agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los esenios, Anàs, de
Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano, confeso ignorante, de frente con esa
historiografía. Que solo logra dilucidar en lo inmediato primario de las andanadas en contra de
Pablo. Y siendo así, se erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.
Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el
mero episodio de la acción iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar
rastros; estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien, Jesús, superior
a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró. Y lo mismo va para la designación
del espacio temporal para el ejercicio sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de
Templo Sagrado. O de, en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y
sus consecuencias.
Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde en el tiempo la posibilidad de la
dilucidación. Quedan, entonces, en remojo parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez,
predecesores. No solo en lo que hacen alusión los hacedores de profecías en el pasado.
También en cuanto a los nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta
Aristóteles; pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de las
Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de Moisés. Y la noción de
sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a su vez, la herencia máxima doctrinal
judía propiamente dicha.
Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las contradicciones no se ha atenuado. Y no
tenía por qué. Seguía siendo referente el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de
vaciar los contenidos de la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí.
Ya no de su misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal.
Haciéndose, como en verdad se hizo, converso utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De
poder y de obligatoriedad deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente
obscuro y contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus
reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.
Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo
en los avatares propios de una dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos
inmerso en su propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.
Ensimismado estaba. Como vulgar agorero que impone las palabras. No dejando lugar a la
libertad emergente. En una sensación de impotencia. Me veía, a mí mismo, como sujeto de
nervadura pútrida. Como dando vuelo a la desperanza. Como imponiendo la versión árida del
comienzo. Por fin me levanté. Ya el Sol había derrotado a las nubes. Apareció en la imponencia
suya. En la gobernanza del sistema. Como Padre único del universo. Como si no existiese nada
más. Como retando a todos y todas
Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí
mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y
lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera
diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al
mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no
como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como
referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial
que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto,
predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni
portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando
sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos,
sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos.
Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí
misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla
como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.
Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya
vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el
mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a
infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el
mismo, pero distinto entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa
secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas.
Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que
estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido.
Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo
tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas
no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza
sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos,
infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor
como blindaje. Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca.
Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba.
Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo
vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti
como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que
tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo
hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como
vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana.
Y es ahí en donde quedó. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir
por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida;
repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche,
por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes
que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni
por mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de
quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el
universo lejano. O en el entorno que amamos.
Episodio noveno
El Sol, Palas y la Diosa
Definitivamente, la soledad hizo mella en mí. Pasaron y pasaron los días. Y yo ahí en las
esquinitas braveras. Ya había pasado diciembre. Un enero caluroso. Pero yo seguí sin poder
entender la dinámica nueva. En una sinrazón que me dolía en profundo. De pronto, como de la
nada, apareció Serafín. Como sujeto convocado. Erizado su cabello negro. Venía, según me
dijo, del lugar equidistante entre Júpiter y Saturno. Me miraba, haciendo girar trescientos
sesenta grados su cabeza. Como fenómeno expósito. Como truhan de mil batallas
erosianadoras. Como quien asume el mando de la locomoción y de la memoria. Su voz empezó
a subir de tono. Casi en vocinglería inmensa, arropadora, por el bajo. En expresiones sin
concatenación propia. Más bien como estertores profanos, deslucidos.
Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando son nuestras. Estando ahí, situadas en la
esquina tercera del barrio; una joven mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de
recordación perdida. De mi parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese
dolor se le va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de
cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes. De esos que
se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso. Pero todavía con ojos verdes
abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo de una delgadez envidiable. Piel color canela,
lisa, embriagante.
Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada quien tratando de esculcar cualquier versión.
Que fue a propósito. Que las habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de
la que le dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que las
vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del barrio. Que…
Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de libre interpretación. Como luchadoras cuerpo
a cuerpo. Un brilloso metal hecho arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero
e hiciera un giro de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y,
simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió el metal.
Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de mitad de noche, anterior una vez lo soñé y
comenzó el no poder dormir; viajé en el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana.
Y, allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y
sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos sólidos, puestos en
firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente habilitad o. Y estaban otras mujeres
cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos alados adornados con estolas de flores. Y vinieron
en veloz carrera, como rayos enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que
vestían. Adornadas sus cabezas con olivos en fuego.
A la otra noche. Noche antes del día en que en la esquina tercera del barrio; volví a ver el
duelo. Ya en la arena del coliseo. Y tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas,
haladas por machos cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en
tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé las aureolas que
circulaban en torno a su cabeza.
Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el duelo en verdad. Y la de ojazos negros
penetrantes. Se abalanzó sobre la morena de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento.
Y vi el metal ahí, en la arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas.
Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y cayeron en la arena.
La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal, tratando de incorporarse para hacerse
vencedora, en ademán no previsto abrió el pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue.
Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo esa piel hermosa languidecer. Tornándose
en opaco gris desierto. Viendo como sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero
provocante, languidecer al infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad
muda. Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la vencedora. Y ella
puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón, no se sabe a quién. Y su vuelo
de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga de viento que, de pronto, llegó desde la nada.
Volví a la otra noche, antes de este día aciago. Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío.
Volcado a la arena del coliseo que seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la
del metal en la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El cuerpo tirado ahí. Ya
perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con el brillo de antes.
Toda arropada en el velo traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi
mirada su hermosura. Y la sentí como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído
con delirio. Con ternura exacta, sin la expresión dubitativa mía en otros quehaceres.
Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como impávido testigo de lo que vi en la otra noche.
Gente inmediata. Un grupo asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con
sus guantes finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada. Abriendo
los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que fue muerta e n lance
absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y cubriendo todo el cuerpo con manta
blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en
bolsa negra. Y luego la cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora
dolorida. Con espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como
buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida.
Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su
séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles, Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena
seguía, con sus ojos agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de
preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la suya propia. Con
el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos inflamados, pero tristes también.
Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura.
Lo colocaron ahí, en el carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez
de corcel recién adiestrado para la guerra.
Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay
nadie. Solo ella. Aturdida. Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole
las lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un azul celeste
divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi níveo.
Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí. Volando se fue. Acompañada de nubes grises,
presagiando tormentas. Hasta que se perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada
fue para mí. Diciéndome adiós
Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no había nadie en el coliseo. La arena toda
teñida de rojo a borbotones. Ella ahí. Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y
ella tras él. Ascendió rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es
latente en mi; a pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos
perennes y por la noche guarnecido.
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al
relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad,
una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que
crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente.
Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo
real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más
que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En
sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces
umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo
latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea.
Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece.
En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que
ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en
cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y
va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita
coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola
límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas.
Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de los Jonios. O el de Ulises. Desafiando a
Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre
Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el
nuestro permaneció. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad
dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas.
Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo,
que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y
perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos
de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que
era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de
disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura.
Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como
sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por
encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos
espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En
busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado:
Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando
abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo
puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde
Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin
saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también,
para quienes deberían ser coronados, siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan
solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante.
Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión
por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo.
Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos
el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es,
pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su
cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez,
nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el
amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado
alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz
disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por
Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca
de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la
Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en
mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz
diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y
lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado,
Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A
purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo
Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
Tal como apareció, se diluyó. Como siguiendo el camino del macro-poder del Padre suyo. Ese
mismo que le había negado la vida a cientos de miles. En un ejercicio perverso. Aprendido en la
Batalla de los Cuerpos idos. No dejó ningún rastro. Por más que traté de detenerlo, su incisivo
impulso lo dejó en manos del viento presente. Como quien no le da respiro a nadie humano. En
escapatoria impávida. Por la vía del tormento amasado en antes. Cuando Serafín se fugó,
Andando desde su ciudad natal, hasta la ciudad no construida todavía.
Episodio décimo
La venganza
Y sí que, en esta postura mía, decidí expresar lo íntimo cierto. En razón a que me siento como
engañado amante. Que, aquel que sigo amando, se ha tornado en evasivo sujeto.
En eso de ir buscando eventos de justificación, me he encontrado con el arrebato propio del
inicio. Siempre en posición de tratar de negarlo todo. Como quien deduce que solo lo suyo es
válido. Y que, inclusive, el antes del comienzo no se evidencia en ningún referente. Y que, a lo
sumo, podría inventarse un proceso de confusión, al momento de explicarlo. Por esa vía,
entonces, se tiende a socavar el infinito; porque este no conduce a la proclama del término de
los días.
Visto así, en consecuencia, lo mío como que se hace sensato; habida cuenta de los albores de
lo que existe. Y siendo así, me detuve en el relato de la fornicación de Erebo con la Noche. Y
que, por esa vía, fueron surgiendo la vejez, la muerte, la concordancia. Y me fui con esto al
auto exilio. Reconviniéndome a mí mismo por la exudación de ejemplos vulgares. Como
construidos al lado de un hilo conductor de expresiones funestas. Y, por lo mismo, sigo en la
escucha de la tronera que emerge. De los rayos voraces que absorben toda energía que nos
colocan en condición de postración constante.
Dirigí la búsqueda, esa noche a la localización del aire y del día. Como si fuesen pareja que
fueron cumpliendo con el exorcismo del que se erige como creador. Y que, aire y día,
engendraron a la Madre Tierra y al Sol y a los Mares. Y que yo seguía ahí. En esa tenebrosa
soledad. Y que se fueron decantando las cosas y los seres. En ese Templo de la diosa Hestia.
Que, a lo sumo, fue recluida en el mismo. Que, de paso, ejerció como pionera de la madre
esclava. De la mujer arropada con los poderes de quienes exhibían condición de soberanos
inmutables. Que iban, como en realidad lo hicieron, enhebrando el hilo y la aguja, hacia el
tejido propio del símil de cadalso habilitado.
Volver, desde ese exilio mío, a retar a Urano. Por la vía del Cronos q ue lo impele a no seguir
siendo él. Que lo vulnera en su sexo y que lo arroja a los mares. Y que, tal vez por esto,
estimula el apareamiento Tierra Aire, originando el terror y la astucia. Y que, estos tesoros,
fueron echados al entorno de los mortales. Para que, en juntera impropia, amenazaran con el
exterminio. Por la vía más perversa posible.
A mi regreso, entonces, lo de los otros y las otras, se ha convertido en insidioso proyecto. Ya,
así entendido, se fueron reconstruyendo el actuar y el quehacer pasivo. Ya no en la exhibición
del libre albedrío. Si no en aquello que es conducido a través de la hilatura primera. Como
marionetas que pululan. Que se hacen, cada vez más, gregarias de ese Ser Primero. Que es
condicionante y vulnerador del arrebato libertario del uno y de los unos todos.
Y, al desgaire, se sintonizan los eventos. Ya no en acción plena de lucidez; sino en simple
repetición. Efímera, a veces, perenne, otras. En el Universo ya habilitado. Como simple diáspora
de lo pasado antes. Circundando la esfera siempre. Yendo y viniendo estamos. En el vaticinio
ya hecho. De que solo podemos ser lo que somos; sin el vuelo del albur necesario.
Estando aquí y así, seguimos el sendero ya trazado. Somos como errantes mecanizados.
Metidos en la envoltura del Determinador. Que se inmiscuye en lo nuestro y nos ordena.
Vamos, por lo tanto, horadando nuestra propia habitación que nos ha de albergar por siempre.
En esto de las ilusiones estaba. En ese sueño de perdición. Esta, yo, ahí. En el lugar preciso del
territorio que creía válido y hospedero. Saliendo, hice como que miraba a la ciudad. Mi ciudad y
la de los demás. Y la vi avasallada por la bola de fuego viva. Originada en los átomos partidos
en sucesión. El uranio al aire y al suelo extendido. Energía destructora. Y corrimos todos y
todas. Y nos refugiamos en el manto de Hestia y de los Nagares. Su refugio estaba incólume.
Antes de esa bola roja que avanzaba. Y, al llegar todos y todas, Hestia hizo como que paraba el
fuego con sus manos henchidas de mar. Pero fue arrasada. Y Nagares y las Ménades también
huyeron. Delante de nosotros y nosotras. Y alzaron vuelo hacia el infinito universo. Pero de
nada sirvió. La destrucción fue el todo. Como significando la nada del comienzo que no podrá
ser tal, porque no habrá otro origen como el de antes.
Ya en febrero, seguía sin moverme de la esquinita bravera. He visto pasar el tiempo,
atropellado. Le dije desde la distancia, a la callecita lúdica, lo tanto que me he empecinado en
volver a ver a Ancízar. Con pasión abierta y sincera. Nunca he dudado de la gendarmería
palaciega. Allá adonde él se dirigió, hace mil años. No atinaba a nada más. La callecita
impávida. Como diciendo, yo solo sé que no volverá, porque se llevó la pelotica con la cual me
entretenía. Mirándolo en la gambeta mágica. Como si, en sus piernas llevara la vida. Mi vida.
Estoy aquí. Y aquí me quedaré; dijo por último la divina calle que me vio crecer. Desde muy
allá, en las sombras de esta otra noche emergió una potente voz. Como llamándome a la
sinceridad. Qué dejara de ser enfermizo sujeto, detrás de Ancízar y Valeria. Porque recuerda
que, hace mucho tiempo nación un niño. Tu hijo. Y nadie, incluido tú ha preguntado por él. Y
que, Valeria, ha puesto todo lo que es, al servicio del infante. Que se hizo grande d cuerpo de
alma. Y anda, por ahí, buscándote. Como martinete envejecido. Solo quieres avizorar a Ancízar,
sin conocer que él se hizo amante del fuego vivo. Del viento veloz, cálido, sinuoso. ¡Qué te has
creído dueño de todo y de nada1 Anda a ver sí te oyen en medio de esas acciones propuestas
de tiempo atrás! Entre Ancízar y tú no has hecho nada al respecto. Solo en el brete repetitivo.
Escúchalo. Yo te abro los oídos. Los potencio; para que sepas que está diciendo.
Se lo habían enunciado un año atrás. Pero, él, creyó que era otra broma del señor alcalde. Lo que le
dijeron tenía que ver con su condición de amante de hombres. Especialmente de adolescentes. Un largo
historial. Aún antes de que se iniciara la actuación con el referente de “libertad para amar. Libertad para
ser amado”. Su capacidad de seducción, era infinita. Él mismo contaba que había “desollado” a más de
cuarenta. Sin ninguna violencia previa. Simplemente convocándolos con esos sus ojos verdes,
penetrantes, asfixiantes. Que no dan lugar, una vez se los mira, a disidencias.
Y es que David era puro fuego. Desde pequeño se acostumbró a medir los ensueños y los sueños.
Siempre anhelando ser dueño de todos. Y los catalogaba. Por orden de belleza y de otorgante de placer.
En el colegio era conocido como “El César”, Por lo mismo que exhibía un autocontrol absoluto, en unidad
de acción con la maniobra constante para mantener cautivos a quienes amaba. Fueran consientes o no de
ello.
Y estuvo mucho tiempo en ejercicio de su aureola. Hasta que conoció a Nemesio. Imberbe bello. Ojos de
una negrura convocante. Venía de familia hacedora de proclamas en lo que concierne a la libertad sexual.
Todos y todas, en ella, eran amantes y amados. No importando la edad, ni el parentesco.
Cuando lo citaron, simplemente, creyó que era una de esas audiencias más a las cuales había asistido un
centenar de veces. Siendo siempre sujeto que no acataba reglas e insinuaciones. Y creyó, asimismo, que
el señor alcalde, en uso de su perfil de incompetente consuetudinario, simplemente le diría “no hay
pruebas. Luego no hay condena”, Él era consiente que había vulnerado todas las reglas. Desde el mismo
momento en que había agredido a Juliancito, En ese tipo de agresión que involucra la perversión. Porque
fue, no solo obligarlo a aceptar la penetración constante; sino la atadura, de se ser en sí, a un cuadro
relacional vejatorio, infame.
Él había sido todo un engarce sistemático. Aprovechándose del poder ejercido sobre sus súbditos. En un
proceso sin fin. Y, así, se lo había hecho saber al Santo Imperio. Lo pecaminoso había sido desterrado a
partir de la absolución lograda. Tanto así que su invernadero sexual no había sido tocado. Ni lo sería
nunca.
Lo que le anunciaron era, para él, simple retórica lineal. De conformidad con sus principios y valores. Con
velo de organza afín a sus postulados. Y, todos en la región, lo conocían, Sabían que era dueño y señor
de los nacientes párvulos. No había fisura alguna. Porque, siendo como era él, absoluto dueño de todos y
todas; no existía ninguna disposición manifiesta o soterrada a cumplir con ninguna norma de reclamación.
Colectiva o individual.
Y allí estaban las madres. Sujetas inmersas en la reclamación de “justicia”. Sabiendo ellas que sus hijos
habían sido avasallados por “El César”. Y, además, que este no insinuaba ningún arrepentimiento, ante el
daño causado. Simplemente porque él, era Poder absoluto que transgredía, sin transgredir. Con esa visión
de supuesto libertario que todo lo puede, en aras de demostrar que todo se puede.
Y ellas, las madres, sucumbieron. Nadie las acompañó. Y murieron en fuego cruzado.
Alcanzadas por las balas de “El César”. Quien previamente había informado que el sexo
asociado a su predilección, era mandato de estado.
Episodio once
El sujeto vivo. Mi Ancízar y su vida perdida, en otro tiempo.
Y, en esa vida mía. Envuelta en la sinrazón. Sin encontrarlo. Se me fue subiendo la sesera.
Hasta que, en ese sueño prohibido, me lo imaginé al lado de esos sujetos anodinos. Y, no se
por qué, me dio por buscarlo en esos avatares de los sueños infames. Por allá, por esos años
gemelos. Afines a la vida perdida de lo que yo soy y era. Él, mi hermoso hombre quimérico. En
esa hondonada del universo. En la cual cada quien cambia. Y, cada quien, desaparece. Así no
más
Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba, caminó hacia la calle 92. En la esquina con
carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948, estando en Ciudad Bolívar.
Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de
vida. Esa pulsión que, en veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera
había, entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que arrasaron con
las barreras primeras. De esas que definen como posturas de moralidad. Esas que fueron
cruzando todo lo habido como colectividad. Como expresión de lo humano. Algo así como esa
herencia cultural desde el medievo. Aun con los matices expuestos por Agustín, por la vía de
sus “Confesiones”.
Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se
juntaron en el camión que los recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si
nada. Mientras el ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la
segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta que el conductor
se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras de Armenia.
La noche, iluminada por una Luna pálida prometía ser, al filo de la madrugada, absolutamente
fría. Ese firmamento explayado dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó,
en la casa de Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada
de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca inmensa. De esas
que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su descripción. También y,
fundamentalmente, para proveer una versión creíble.
Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La desmembración de los cuerpos de Eloisita
Asprilla, de Esteban Armero y de Elías Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno.
Empezó con la habladuría de siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio
que se dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de expiación.
La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí, como virulento atizador.
En la “vueltecita” se perdieron como siete millones de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos
ejercicios perdularios, lo que cuenta es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el
Patrón, no permitía ningún error. Mucho menos si, de por medio, había dinero. Porque lo duro
que había que meter para conseguir cualquier billete, ameritaba la consolidación de referentes
básicos. Lo que, en términos coloquiales, se ha dado en llamar “códigos insoslayables”
Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies, ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la
sala, en el comedor. Todos por ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco
personas que sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto. Y,
este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de la mona Abigail. Bebió
como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado, empezó a limpiar la macheta, con el
pañuelo que heredó de la madre. Y que había sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando
estuvo en Colombia en 1968, en el Congreso Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran
a.…Ella no aceptó aduciendo que lo había hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche.
Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No pudo más.
Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le ayudó a envolver, en papel periódico, las
manos y los pies de Baltazar Garzón. El abuelo de alejandrina. Allí todo empezó por lo de
siempre. No cuadraban las cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos,
correspondientes a las “vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”.
Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde
lo usual relacionado con el robo; en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducía
los vehículos en que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue
don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso entregar “por las
buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas. Particularmente, el día en que se
celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del barrio. La comunidad se exacerbó.
Quisieron lincharlo, pero pudo más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres
personas resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván Martínez lo
acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil pesos que ofreció. Como para
subsidiar, en parte, la sopita.
La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la
muerte de mamá Belarmina. Del padre no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la
tierra. Solo, en mayo de 1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como
que “Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el barrio Loreto en
abril de 1957”. No más eso. Es decir que, en tiempo ido y presente, la mamá de Zoraida
asumió, en parte, la carga de criar a la niña. Digo en parte, porque Aureliano y Otoniel, en
verdad, fueron auxiliadores constantes.
Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego que está vigente siempre en el quehacer
de lo cotidiano. Desde muy niña había aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de
un pañuelo. Y de interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso
explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella. Aureliano logró, por
tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”. Alguien le puso esa chapa. Así, al
vuelo. Y quedó bautizada así.
Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal
del barrio Manrique. Como dijo el policía en su informe “fueron muertas en extrañas
circunstancias”. Y parece que si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela
y Mariela del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela Sinisterra,
en clase d costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque buscando al hermano de doña
Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo, tenía una deudita pendiente con ellos. Y,
así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba choneto en
el talego que cargaba. Murieron todos y todas.
Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de
ella que, en verdad, Hermenegildo, había estafado a más de cien personas en el barrio
Belencito. Con eso de adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y
que, por eso, choneto y chorizo habían sido contratados por “la comunidad dolida”. Pero hasta
ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de Otoniel. Él buscaba algo así como saber a
quién podía demandar por daños y perjuicios, derivados de la muerte de sus tres Marielas. A
decir verdad, la otra Mariela, ni la conocía.
Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde doña Betulia. Que la vieron en el barrio
Fátima arrejuntada con Mauricio Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en
hogar comunitario “El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero
así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma, se hizo algo
para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego, la vieron recabar en San
Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron como cinco meses. Hasta que, la
Belarmina, huyó. Jesús fue encontrado muerto como a los tres días. Con dos heridas de cuchillo
en el cuello.
Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá. Don Heliodoro. Su mamá había muerto el
mismo día en que murió Carlos Gardel. Se dice que ella esta ba noveleriando en el aeropuerto
Olaya Herrera. Y que le dio por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión
iba a despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como en eso
de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o para nadie, le oyeron
decir.
Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María, viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por
todas partes, a ver si resultaba algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó,
empezó a andar. Con la maletica de cuero que le había regalado doña Isabelina, la mamá de
Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince añitos no más, cuando conoció la
largueza y dureza de angelito. En evocación tardía, Angelito, quiso volver un día. Pero pudo
más el afán para no responder por lo que hizo.
En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como
parodiando al maestro Fernando González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido
boyacense. Zoraida le había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al
lado de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se volvió un
vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija de la dueña. A ella le
correspondía atender a los madrugadores del entorno. Como veinte años aparentaba la china.
Angelito tasaba a las mujeres, por las tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron
migas, como dicen en la tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo
habido sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978 y 1989.
Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo lo territorial minero. Y,
también con lo territorial vivencial. Tremendas grescas. Puñados de muertos y muertas. Había
casas destinadas para la tortura y el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada
contadora de recuerdos, sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado.
Los otros dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si nada. Y
todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad de “los de arriba”.
Eran casi las doce del mediodía cuando salió del negocito de doña Epimenia. A ella también la
conoció. Acostumbraba levantarse tarde. Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el
comedorcito. Con legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía para dormir y
que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí abajito en donde terminan las
piernas, como marchitos también. Pero junticos. Angelito, la miró de los ojos con esa masita
color verde. Pasando por los ajaditos pechos. Hasta ahí donde todos los palos llegaron. Y
pueden, aún llegar. De ese talante era el morbo de don sujeto pecaminoso.
Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá podía bañarse en los termales. Y que,
además, podía encontrar a Valeriano, el dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de
la ciudad. De una llegó al hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho
de la tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de Pedro Navajas). Estaba
como alucinado. Le vino a la mente, la situación vivida cuando chico. Que miseria de alma tan
brava en esa casa suya. Cada quien con su propio inventario de bienes y contrabienes. Lo que
ahora llaman valores. Y que, incluso, ha sido una vena extravagante para muchos teóricos de la
vida. De los que derraman, a puñados, palabras habladas y escritas. Casi como sortilegio
mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O de lo que vendrá. Eso que Fernando Savater
ha exprimido a más no poder en su “Ética Para Amador”. Una virulencia en diatriba insabora de
contenidos.
Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia manifiesta en su hedor de puta mierda. Una
simbología inane. Al menos para él. En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de
historias entrelazadas por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de
tres mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos embates
de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer morir. Unas arengas
embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre santanderistas y bolivaristas.
Cardúmenes de población societaria retenida o expulsada a la fuerza. Los esclavos y las
esclavas todavía con la yunta al cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario
perverso. Policromías a partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro
posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así, pasaba el tiempo.
Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del próximo caudillo. Herederos del
imperativo y empalagoso General. Dictador de siete muelas.
El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos
tras otros. Venidos desde la política bifronte consolidada desde 1886. Constitución en mano.
Los generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia. Exacerbadores, a partir de
manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando tumbos. Inventándose valores al calor del
Sagrado Corazón de Jesús. Un templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas,
bayonetas y fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto. Pero,
por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico de días de desangre.
Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como depositarios de las tres o más letras
que les dejaron conocer.
Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la
de ella. Tratando de aplicar lo aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe
de esos idearios. El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos. El sentimiento de ser
mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada. Casi a la fuerza. Porque eso y solo eso
eran las relaciones de amor unipartitas. Porque, siendo ella inmersa en esa relación; solo surtía
como objeto. Abertura para el falo de los prohombres. U hombres, apenas en nombre.
Machucantes huracanados solo en las noches. Sus noches. O a cualquier hora.
Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina. Conociendo en directo o de ladito las
andanzas de los dueños del país. Llevando ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe
de jefes, Torres Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena
letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una pulsión de vida,
asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideol ógico, que de verdaderos pulsos
libérrimos. Punzantes. Revolucionarios.
Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la
mató por celos. Le faltaban dos añitos para cumplir 106. Qué malparido varoncito
matacandelas. Le hizo los hijos y las hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos
quedaron sucesión de imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el
asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien tenía de llamar a
DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor, por parte de Virgiliano Cifuentes,
quien fuera su amante furtivo, en toda su vida como mujer incendiaria y sublime.
Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la
abuela Isaura. La sexta hija de Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como queriendo decir
que empezó a mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía que mamá Serafina y Virgiliano
eran amantes. Para ella fue siempre un deleite absoluto verlos retozar y gemir en la estera que
tenía en “el cuarto de nadie”, como llamaban la piecita de atrás. Pero, además, sabía de todo
un poquito…o mucho. Nunca se supo, ni se sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita
fabricaba “peos químicos” que cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de religión, con
la señorita Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo aprendió, viéndolo en directo
cuando la comadre Eunice asistía los partos de doña Beatriz Alviar. Nunca se tragó el cuento
de El Arca de Noé. Mucho menos lo de El Paraíso Terrenal. Ella había leído y releído las
“Nociones de Historia Sagrada” y el Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos
con los de Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los halló en el escaparate que había
heredado Serafina de Antonia, la tatarabuela.
Angelito vivió parte de esa historia. Po ejemplo, le tocó ver como Macario Verdún, el marido de
la abuela Isaura, le arruino uno de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira
santa” como tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron,
entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño de la ferretería
“El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en palabra, que “…esa perra se lo da
a Braulio Castañeda” Angelito sabía que eso no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era
homosexual en su clandestina vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de
doña Eugenia, la tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y
símbolo de los “Neo-Cruzados”.
Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron
después. Con su ojo de buen tasador, les adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una.
Qué belleza de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del primer
corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al municipio. Es decir, a los
termales; se dejaron sonsacar la risa de don caballero. La conversa fue larga y tendida.
Quedaron, en preciso, que se veían en las piscinas. En esto estaban, cuando apareció “el doctor
Valeriano”.
Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos amigas, de esas que llaman inseparables. De
siempre. Una y la otra, andariegas a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio,
primero. Luego, por todo el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia,
conocieron los primeros trinos del hablar y escribir. Con la gramática y la semántica
incorporada. Muy tenue, sí, pero en fin de cuentas con lo necesario. Destacaron, ambas, en los
bordados en tambora. Y en el canto. Tanto así que, en el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”.
Amenizaban piñatas. Cantaban en la eucaristía de los domingos a las once, en la parroquia
Cristo Sacerdote. Se enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron diferencias, rotándolo.
Una semana Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo tiempo. Hasta que Eusebio Luján se
cansó de ellas y se casó con Leopoldina Beltrán; una vecina que había pasado desapercibida;
pero que estuvo al acecho, hasta que conquistó al caribonito.
Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron casi al mismo tiempo. La una (Leo) con
Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui), con Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en
simultáneo. Y empezó ese reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue angelito. Y, en esa
condición de ser uno entre muchos, asumió la vida desde el rinconcito. Como diciendo, fui a la
escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la respaldé cuando ese pérfido de Bautisterio le pegaba
esas zumbas deprimentes y dolorosas. Y sí que, pensaba angelito, estuvo bien lo que le hice a
esa mortecina. Que se las daba de macho bravucón. Como queriendo ser soporte en la
casuística freudiana. O en la teoría acerca de los niños difíciles, esquizoides; en la opción
neurolingüística. O en el o la sujeto con la palabra autoritaria como forma permanente de
acción hacia la inhabilidad de la palabra como pulsión; a la manera de Foucault.
Angelito sequía como envarado. No atinaba a entender lo que debía hacer. Si conversar con el
doctor dueño del hotel. O si seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el
poeta, en ese decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que
estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había metido. Se decidió
por lo último.
Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora,
era ella. Tejiendo esa tesura de vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la
ternura, tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y de llegada.
Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a cualquiera le da por
enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué y, precisamente, las guerras y la
erosión de la ternura, como que son y han sido sinónimos compuestos. En lo que este símil
tiene de juntar palabras. Más allá de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco
de los poderes…”
El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora llaman estresado. Todo por cuenta de “esos
negocitos que, siendo pequeños (como caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos.
Nada que le había resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e
intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la alcaldía; o en el
concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de los padrinazgos. Y se atraviesan,
como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que
unta y unta manos y manos. Y nada. Y, así, no hay billete que alcance.
Y, “las tres bellezas”, seguían por ahí dando lora. Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de
turistas y pobladores. A cada nada echaban a reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por
cualquier otra cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O ron. Menos
aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no ser. Horadando esa
historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O con lo recién recordado compromiso con
la niña de la tiendita. Habían quedado en verse aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de
la señora Fortunata. La misma de las almojábanas símbolo de Paipa.
Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera. Esta vez se fue por el lado de lo que le había
contado Zoraida, acerca de su pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó
donde “los tíos”. En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor
de su madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y campesina. No
registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto. Los valores, si acaso los hubo,
trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar,
se lo encontró a él. Como si nada. Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas
matanzas ramplonas. Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus
lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el contrasentido.
Como, en el entretiempo, de cualquier competencia viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y
empezó la bebeta. La primera ronda a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del
doctor dueño el hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De
todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto Cantinflas, cuántas
películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al
lado de Angelina Jolie tal vez le hubiera curado el mal de ojo que le acompaña desde pequeño.
Y, siguieron hablando, como hasta las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los
siete litros de licor. Ni a ellas. Ni a ellos.
Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se quedó dormido en el sofá de la sala de
recepción. Y empezaron los sueños a dar tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de
Gumersindo Arbeláez, su amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por
salir al solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban en el piso,
en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos, como en los serpentarios. Ni
Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca. Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En
tiempo y espacio. En un sueño, dentro del mismo sueño primero la vio con Hermógenes
Bobadilla, el carnicero del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco dijo
nada, nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin Mayolo, Juvenal Alzate; el
negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda. Una promiscuidad que resultó ser imagen y
acción bella para él. Lo erótico en superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la
profundidad de su goce. Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera.
Lo cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a la cual le
construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero.
Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los tres cuerpazos que conoció), eran algo así
como las dos de la mañana. Se le quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo
supo. Lo que sí se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del espectáculo,
ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la libérrima Paipa, ciudad turística y
mundana.
Salieron a la calle alumbrada por una canícula protagónica. En una inmensidad de cuerpo
brillante que había emergido hacía ya casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las
piscinas. Un hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaron por la zona que llaman de
vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban, vestidos. Ella en
traje color panela. Trenzado con hilos de algodón multicolores. Él con pantalón verde militar y
camisa blanca, ya ajada y con líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de
polvo y sudor. Se metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras.
Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua
entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si estuvieran al
compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo Favio. De allí f ueron
desalojados a la fuerza. Entre tres vigilantes del hotel y seis policías municipales, los tuvieron
que cargar hasta la calle.
Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le preguntaba a Leonilda; justo un día después de
haber estado con Caribú. En las andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de
Paipa. Un poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de
fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los Océanos. Pero que,
justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y que, por eso mismo, llegó
esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita insaciable en cuanto a recibir ternura.
Insaciables, los dos, otorgadores de ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito.
Espasmos que desparraman la locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En sincronía
perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino pleno del Bolero. De un
Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida. En un desafío al mismo Sol.
Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada
a los rigores de lo incendiario. Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una
juntura nacida de tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron
condicionando el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo
esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío. Centinelas, uno y
otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando les mataron sus almas, por la
vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa desesperanza, empezaron construir la
esperanza que habrían de ser sus vidas. Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En
cada acechanza. El uno y el otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en
cualquiera de ellos. No hubo en esa, su casa, rincón que no conocieran en sus escarceos
pulcros, prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En combinatoria
perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se dieron cuenta cuando pasó la
vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó sin advertirles nada. Tal vez para no
desdibujar lo hecho por ellos. En esas pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas.
Como aprendices de motricidad fina. Ya estando viejos.
Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y la pensadera. En fin, de cuentas siempre la
tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo. Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De
sus parentescos. De lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de
azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial. O de lo del entorno en
cercanía. Y se vio, otra vez, sumergido en el follaje de la diatriba y de lo a trabiliario. Regresó a
uno de los tres mundos de la bisabuela. Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin el crucificado a
bordo. Más bien como esa hechura plena. De instantes en la voltereta. Viéndolos y viéndolas a
todos y a todas. Desde López Pumarejo a Eduardo Santos. Desde Laureano hasta Ospina Pérez.
Desde “el caudillo del pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por “el sargento hecho poder
nimio, vergonzante”, hasta el triunvirato. Y desde ahí hasta…la letanía continuada.
Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de sesera propia. Corría veloz. En el tiempo.
Como aventajado sujeto; al que le dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en
cualquier recodo de vida. Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer; pulsión de
vida. Percepción de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a los rígidos dromedarios
en el desierto: Tratando de llevarlos por el camino cierto. Sin esa ambivalencia de los
plenipotenciarios negociadores perennes. Sin la cantinela de los pregoneros. Gnomos
perdularios. Heraldos con la semiótica perdida. Como perdido fue y ha sido el rastro de los
lobos de la estepa.
La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las ocho de la mañana ya estaba en el hotelito
de la comadre de su papá. Bien acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en
búsqueda de su furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje
de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado. Como
queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme lo había prometido.
Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y puesto. En crecimiento sus pechos.
Inflamados estaban. Tal vez por el mismo afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel
a quien ya amaba. Desde la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya
expreso, tanto que le quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad
de forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando a ese
entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre dichosa y cándida, llegó
como lo había prometido. Con ansias locas de sentir adentro; bien adentro ese falo inmenso
con el que empezó a soñar, sin verlo.
Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en el escenario mismo, en que mataron a Rafael
Uribe Uribe. Como quiera que Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de
casi ochenta años de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo el día 22 de marzo de
1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas cervecitas. Aprovechando una
gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la recién fundada Cervecería de Barranquilla. Con
su producto estrella “Cerveza Águila, Sin Igual y Siempre Igual”. No fui el único ese día.
También estaba Marianita Monsalve. Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su
novio. Por puritanos vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo empecé a llamar
“Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que me acompañaba después de
haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que su peregrinar por el mundo de las
ilusiones guerreras y solidarias, no eran reconocidas a casi cien años de su muerte?
Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo
había reseñado, como al garete. Como al viento, dos mensajes que se me vinieron a la cabeza,
después de haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio Galán. Vi florecer
una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De Comuneros guerreros. Y, doña
Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se hizo madre de la mujer amada por mí desde
entonces. Imaginación de inmenso simbolismo. Tanto, como que difundí la historia de lo que
forjó. Con ese talante libertario. Pegado, ahí. Siendo su piel y su guía.
Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era
de cuerpo. Ese día me dijo: “…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case
con Bartolomé. De lo que si estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va
encontrar otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que prefirió huir,
sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella. Solo, una fugaz referencia
expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de
Serafín Paniagua. Insólito personaje que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una
manera de bordear el abismo, sin caer en él”.
Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene que ver con lo que algunos y algunas, quieren
que no seamos. Parece trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea.
Dueño de la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño de
una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy clarito lo dice nuestra
Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que, casi siempre ha sido así. Lo que hagas y
digas tiene relación con lo que te prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me
convencí, aún más, de lo cercana que estaba su expulsión del hogar en que manda don
Timoleón Monsalve. Y, también, del repudio público que habría de hacer Bartolomé Valtierra.
Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío perenne. Nació en Villa de Leyva. Una
impronta monosílaba. Como cuando se percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha
su voz. Un murmullo, el de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra.
Una arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de lo que sería el
futuro. Habida cuenta de lo que somos, ahora, sin querer serlo. Tanto más como que puede ser
una vivencia, como expresión de lo plana que es la vida, cuando no se tiene otro referente que
la azarosa perfidia latente. Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que
cuentan que dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda.
“…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no
me di cuenta cuando fue Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen
repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo.
Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está
menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la
cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomencla tura centrada en los colores.
Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con
esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo
gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de
azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa
que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces
siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las
cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de
propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin
poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni
en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del
Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas
para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí,
todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y
especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y
transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el
mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de
liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron
al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí,
sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera
hacemos conciencia del significado de estar vivos…”2
No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando lo leí por primera vez. Y que, por lo
mismo, marcó mi ruta, de por sí desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No
valía la pena, dada su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin
contexto. Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero
pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para contar cosas
con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado. Sin saber por qué y por
quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo dicho. Como cuando se asiste a una sesión
con el ventrílocuo. Como transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su
expresión.
2 Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.
Estando en estas, apareció Bartolomé. Con esa cara de corcho varado en remolino. Entre
saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto, machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun
sabiendo que lo que él conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La
Dorada, conmigo, cuando saqué en volandas a Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque,
cuando me atacaron a machete rula.
Y me levanté siempre presto. Le dije “vea Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere,
por ejemplo, que yo soy su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy
pendenciero de tiempo completo. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de
Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores Guzmán,
cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando usted de paso, hacia
Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario Fermín Bocanegra.
Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio más conmovedor de nuestro país. Yo
había leído su “Manifiesto acerca del Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes
espléndidos en relación con el sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por mucho
tiempo, el único líder político al que le creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En esos
tiempos azarosos. Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía insignia de malévolo vende
patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su envergadura. Son, pues, Rafael Uribe Uribe
y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos luchadores por las causas sociales y políticas justas.
Aspirando construir mejor país. Más humano. Más solidario.
Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a Francisca. En esa franja inmediata de
tiempo, tejió interpretación de futuro, por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito.
Muy original, por cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el
contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de María Cano. En
cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la encrucijada. En sucesivas heridas
recibidas. Con Cataluña como marco geográfico.
"…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de
palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le
dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.
Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él
era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su
responsabilidad.
Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las
arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir,
tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera
absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al acompañamiento
a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas.
Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de las
crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y
madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más
estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción
constante con la calidez.
Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en
Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió
como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron
abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a
España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias.
Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las
orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no
se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera
en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de
los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades.
Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es
un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más
creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los
socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza.
…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para
mí, era un domingo de 1936…Y, sin saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví
a recordar lo que la abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días
habidos. Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre.
“…De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como
siempre lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente
en cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo.
Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años. No me creas
tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato
terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les
falta sino venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo
de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez
en cuando.
En verdad Ifigenia no se en que pensás. Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni
hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa
tristeza que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí,
preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen.
Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no
se hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que
se lo dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del
Charrito Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la
moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen
como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen
ahora. Como queriendo decir a pesar de todo.
Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No
sé por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados.
Y cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese
tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos
hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran
vida y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre
felicidad y tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin
horizonte distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es,
más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada.
Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no
futuro. Si entendemos por éste la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les
permita ascender. Por lo menos en la escala de lo mínimo posible.
Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente reparador. Todavía están
intactas las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea
con sus brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo.
Ahí, explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa
dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá.
Provocándome una explosión inédita.
Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son
las horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo
por el ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas,
ordinarias. De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto
con poder económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión
el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio.
Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos
cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber
soportado el asedio y las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni
conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día.
Hasta cierto punto, ese diario de Francisca Caraballo, me ha ma ntenido en vilo. Y, ahora que
vuelvo, después de tantos años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la
nomenclatura histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito, las
condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los atizadores. De aquellos
que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y
que, posteriormente, lo hicieron en la cruenta intervención en la huelga de los trabajadores
bananeros en el Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La
Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido alrededor de la
ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de la dirigencia que tensionó
hilos, en la perspectiva reinventar continuamente, procedimientos y veleidades que hicieron
vigencia durante el tránsito político de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De
esperanzas e ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa
finalización de siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en la manipulación de
conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de momentos hacia la guerra y hacia el
exterminio. Nada diferente a lo que se cumple en esa nefasta década que va desde 1940 hasta
1950. Incluyendo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán.
La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos horas después. Le dijo a la niñita que se
había quedado dormido muy tarde en la noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y
que su amor por ella, era amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda
la entereza y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el alto vuelo que solo dan las
palabras y el viento en crecimiento.
Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron. Como fundidos cuerpos buscándose en todo
lo que los cuerpos tienen. Un aluvión inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes cruzan
los dedos. Un remolino envolvente. Y, esa doncellita susurraba palabrotas transmitiendo
deseos. Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus ojitos color mango biche, derramaron tantas
lágrimas de aliento y alegría; que llenaron más piscinas que las que en Paipa había.
Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por fin deshicieron el encierro, policías y
tunantes agazapados. Dos heridas de daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones
heridos, arrancados a la fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insípido y vejado. Dicen,
todos dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la doncellita.
Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera en sueños. En este sueño mío, ahora.
Sueño definitivo. Pero mucho más punzante. Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido
esta vida mía…Y me perdí en laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó
coordenadas a su amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último,
que hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y las engarcé
como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas.
Episodio doce
Cuando nació, mi Ancízar, en ese tiempo. Como hecho pleno
Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo percibo como referente. Mi memoria, se
desplaza hacia atrás. Por esa vía configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si,
desde ahí, estuviera atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día, empecé a
sentir el desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al garete. Es una
forma de expresar el sentido que ha tenido mi recorrido. Incierto, desde ahí. Desde ese primer
momento. Enfrentado al mundo con cierto vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé
disociando las ideas. A contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir,
asociando hechos, ideas, momentos, ilusiones.
Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la vida, hubiese tenido un grado de dificultad
mayor. Porque fue un instante de profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las
vivencias de mi madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un
acompañamiento conmigo mismo. Como si hubiese sido necesario crear la duplicidad del yo. En
el entendido de que debía ser así. Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo
necesario para no claudicar allí mismo; sin haber iniciado el vuelo.
Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no haber intentado nunca el juego elemental
aritmético de retrotraer el calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no
satisficiese mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo
irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo que somos y hemos
sido, muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones de hechos. Como si, cada uno de
esos hechos, ya estuvieran codificados. Es una figura paliativa que nos induce a seguir
adelante, viviendo. Pero, a decir verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la
historia. Esa que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de una
interpretación más allá de la simple sociología del recuerdo.
En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante. Venía en crecimiento. No se si identificarlo
como suma de hombres y mujeres. No se si identificarlo como sucesión de acontecimientos
vinculados con el tránsito complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los
acontecimientos. De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las normas,
asociadas al dominio construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil, al mismo tiempo religioso
y político. Perfil sin matices distintos a esos que ya estaban y que habían permanecido desde
1810. Lo sentía como tósigo que ya había sentido. No se si en los sucesivos sueños que tuve
desde el primer día. Y que, aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso
de verme inmerso en un territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo creo así,
sin querer hacerlo.
Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo. Barrio hospedante. Típico de ese tiempo.
Calles como simples trazos, sin ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones
que después encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a
apropiarlo. A hacerlo mío, trascendiendo la actitud de infante sin reconocimiento de las cosas y
de los hechos, al interior de una casa. En esta, los hermanos y las hermanas, no eran o tra cosa
que figuras que percibía como sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese
momento, me percibí como sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que
compromete la lucidez; por cuanto la ubica en una categoría conceptual alejada de los roles
que cada quien puede o quiere asumir.
No podría precisar lo que sentí el mismo día en que accedí al espectro invariado de la casa. Si
de esa en que nací. Escuchaba las voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro,
ahora, a distancia, si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición
de recién llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera asirlas y entenderlas.
Tengo la sensación de haber escuchado, como ráfagas, los cantos. Desde la aldeana, hasta la
pastora. Pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de haber escuchado las versiones libres que
se hacían de las historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían
temblar. El Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura larguirucha. A la
espera de poder entrar a las casas, para excitar la risa en la víctima elegida. Cosquilleo que no
cesaba hasta que se producía la muerte, entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad
para retomar la respiración normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que
transitaba por las calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra y
desaparecer con él o con ella. O la Patasola. Una expresión sin características físicas fijas,
identificables. O la Llorona. Mujer en búsqueda perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y
variadas versiones de brujas. Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que
se atreviese a desafiar la soledad y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante
permanente, su mundo; su fortaleza. Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi padre decía
tener el antídoto o, al menos, la clave para evitar que entraran a los cuartos. Se trataba de
esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera que ellas, precisamente por su tendencia a
antojarse de cualquier objeto, se detendrían a contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol
y se ocultarían de manera inmediata. Su refugio, durante el día, era desconocido.
O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad existían lugares que se exhibían como referentes.
Que la Plaza de Cisneros. Una especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San
Fernando. Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y puesta en
funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación del Ferrocarril. O El Pedrero,
sitio adyacente a la plaza de mercado. Sitio para el rebusque de promociones de tomates,
plátanos, cebolla, papas, legumbres, etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de
aviesas costumbres. O el Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El
Bosque de la Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el lago; el
carrusel; la rueda de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca, La Curva del Bosque. Sitio
al cual arribaban los bandidos: Pistocho y Pacho Troneras; después de haber asaltado un
banco. Allí bebían ellos e invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último centavo.
O El Fundungo, Lovaina, Las Camelias. Reconocidos como sitios, en veces, o como barrios,
otras veces. De todas maneras, zonas en las cuales se podían encontrar lo que se conocía como
“casas de citas”. Y se llamaban así, porque allí llegaban los hombres, adultos y m uchachos,
buscando mujeres. Y allí esperaban estas para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas
que administraban. O los dueños que atendían, sin ninguna intermediación, las solicitudes y
designaban a las muchachas; por riguroso turno.
O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño. Nunca se supo porque esa denominación.
Solo, que por ahí atravesaban los rieles del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio
en donde se encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a recepcionar
y servir de reclusorio a los locos y las locas. El concepto de enfermedades mentales, solo lo
manejaban los médicos. Para todos y todas las demás, eran simplemente eso: locos o locas.
Ubicado en “cuatrobocas”; barrio Aranjuez.
Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón; La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur-
oriental. Desde muy pequeño supe que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre
Arturo. Hogar que fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos
Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de fincas en lo que era la
periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que la parte aledaña a la carretera que
conducía a Envigado. Con el correr del tiempo, tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le
llevábamos el almuerzo o la comida, o el desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches,
preferiblemente. Allí escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba
las bellotas. Arturo Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció de cerca
algunos eventos. Que la Guerra de los Mil Días. Que a Salvita ascendiendo en el globo inflado
con helio. Y la tragedia de Salvita; que murió en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de
la construcción del túnel de la quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero
Francisco Cisneros; de origen cubano. Que dirigió la construcción de ese túnel y también la
construcción del puente colgante conocido como “Puente de Occidente”; sobre el Río Cauca;
entre Sopetrán y Santafé de Antioquia.
Pero estaban, también, los barrios Manrique, Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado
(situados al centro y nororiente. O Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier,
Calasanz; Robledo.
Episodio trece
En ese andar, se me fue yendo
Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora, recuerdo otras cosas. La ciudad seguía
expandiéndose. Con las limitaciones asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que
hacen del tránsito central un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro.
Mientras las pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Unas bien construidas. Otras,
simplemente, pautadas por los requerimientos de quienes llegaban del campo. Como ahora, en
ese tiempo, había desplazados. Porque la violencia se ensañaba con quienes habitaban las
zonas rurales. No solo en el Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores
del desarraigo eran, al mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y siguen siendo),
al mismo tiempo, beneficiarios de la guerra. Por su condición usufructuarios de los sucesivos
regímenes. Tenían el control desde hacía mucho tiempo. Casi desde el mismo inmediato
posterior a 1819.
Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de
las calles para auspiciar la lúdica. O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese
territorio. Y, entonces, creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos
primarios. Por lo mismo, en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo; que las
escondidas; que la lleva; que la guerra libertaria; que los trompos; y las bolas de cristal y, “las
vistas” (recortes de las cintas o las películas), con sus acepciones “cuadros” (para designar a
aquellas en las cuales aparecían los protagonistas o los denominados “el muchacho” y la
“muchacha”); o el ejercicio de elevar las cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los
globos de papel, llenos del calor y el humo producidos por el mechón encendido con gasolina o
petróleo y el cebo o la esperma como combustibles. O el ejercicio de lanzar piedras con
caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían en el centro un receptáculo hecho de cuero y
en el cual se colocaba la piedra a lanzar). O el intercambio de revistas (folletos con las
aventuras de Tarzán, el Llanero Solitario, Batman y Robin; El Pájaro Loco; el Conejo de la
Suerte; El Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas) en los teatros (salas de cine)
de los barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique; Rialto; Olimpia; Aranjuez; Belén. O la
trenza humana (formaciones entre dos grupos. Uno al frente de otro; cogido de la mano.
Hombres y mujeres); a partir de la cual se cantaba matarile lire lo. O la trenza en rueda que
permitía o impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba libre por fuera de la
rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba listo ya. O el juego de
la perinola; o el de catapis (Jaz); o el juego del carga montón (se escogía la víctima que tenía
que aceptar que todos y todas cayeran encima de él o de ella). O el juego con el lazo en los
dedos, construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección de cajetillas
de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se jugaban. Como si fueran billetes.
(Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L & M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así,
sucesivamente). O la preparación y realización de novenario en la época de diciembre; incluido
el ejercicio alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el fútbol. La
pelota en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en la calle. Calle para el juego.
Calle libre. Inclusive con el vigía, encargado de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía
municipal); la bola (vehículo policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego.
Porque estaba prohibido tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición de
quien o quienes, siendo habitantes del barrio, odian la expresión lúdica.
Ahora bien, la confrontación entre grupos interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a
expresiones vandálicas, violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc.
Forzando un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre bandas
en los barrios y/o en los colegios
Y, entonces, esa apropiación de los espacios, corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros
y maestras. Muchos y muchas, autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la
deserción escolar. Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles, tolerantes, amigos (as).
Que la sopa escolar (una figura reducida del restaurante), a la cual accedían los niños y niñas
cuyas familias eran mucho más pobres que el promedio. Que el pan y la leche que se entregaba
en los recreos y que era posible, en razón al convenio con Caritas Arquiodecesana (organización
religiosa-católica) y las entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir
de convenios internacionales con países europeos o con EE.UU.
O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces;
las caminatas; el sancocho elaborado a partir de recursos propios recogidos en las escuelas. O
a partir de los aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas no eran mixtas.
Además que, las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m., hasta las 11:30 a.m. y desde
la 1:30 p.m., hasta las 4:30 p.m., de lunes a viernes. Los sábados de 8:00 a .m.; hasta la1:00
p.m.
Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde ahí, desde la escuela. El recuerdo no es
vago. Tanto así que tengo claro el momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el
mundo con los ojos de quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo
protagónico. Es decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita.
Condicionamientos acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con ella, mi madre,
sin otro horizonte que el centrado en nosotros y nosotras. El padre que deviene en un rol
cercano al autoritarismo perverso. Pero ahí; sin descuidar las exigencias derivadas de su
posición como cohesionador forzado del grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque,
entendido como colateral a referentes plenamente definidos, en nuestro caso no tenía por qué
existir. Éramos un conglomerado de individualidades vinculadas a un espacio, nada más.
Siendo, como en realidad era, Norela una niña aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la
sensación de haberla visto antes de conocerla. No se por qué, me viene a la memoria un
cuadro de desazón. Como si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de
algunos hechos poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras otro,
sin término. Como si no atinara a establecer con claridad mi estancia allí. En ese mundo
hilvanado a partir de secuencias enrarecidas. Veía, por ejemplo, a mi hermano mayor en un rol
de sujeto vociferante. Yo estaba en la cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era
en el Fundungo; en Chagualo. De todas maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado.
Yo, ¡pero que hacía yo ahí; si estaba en la cuna?. ¿Una ubicuidad no deseada? Lo único cierto,
me sigo diciendo a mi mismo, es que él estaba ahí Y yo con la escalera, tratando de auxiliarlo
para que bajara del tejado. Por el patio. Estando el padre, también vociferando. En la misma
casita. Los mismos insultos. Iban y venían. Uno y otro. ¿Pero qué hacía yo ahí, entre los dos?
Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la
textilera Coltejer. Y el televisor allí. En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la
ventana, tratando de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la
pantalla se veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los actuantes. Y Norela me miraba, a
través de la cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar. Y Norela
con el plato en la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla. Para que dejara la
ventana.
Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos. El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el
poder. Siendo el cuadro político antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado
desde ahí. Desde ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López
Pumarejo y su Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge Eliécer
Gaitán. El sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A ser libertador. A ser
guerrero guiando a un pueblo famélico y agarrotado. Nuestra familia era una de tantas miles
sin horizontes gratificantes.
La heredad, provenía de dos íconos perversos. Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el
divino Laureano”. El perdulario que encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas
achatadas. Con una sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo
intelectual. Hacedora de fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que
pretendía pasar a la historia como héroe. En una Colombia desagarrada por él, y por Ospina
Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los azuzadores perennes. Un fascismo inveterado. Héroe
de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la tragedia de un pueblo inerme.
Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo
Alfonso López, que se arredró ante la infamia.
…Y yo en la ventana, mirando las imágenes distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las
nueve de la noche. Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando
la cortina para que yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la noche. Fin de la
emisión. Y Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada, hasta mañana.
Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y
es que las niñas recibían solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la
geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el padre Astete. Y, lo
demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es decir casi esclavas como mi
madre. Y que se repita el ciclo.
…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido
perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias.
Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método
soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En
recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las
repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la
sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.
Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo
felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser
la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya
estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington.
Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una
Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el
camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas
que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en
cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz.
No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las
desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna
parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día.
Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el
pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar.
Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo.
El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.
Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen
de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros,
que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser
recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y
luego yo.
Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada,
ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el
modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable
más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y
los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los
comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades
democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar
piano por correspondencia.
Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta
cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año
anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba
al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero:
héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los
ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos
la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en
concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del
puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos
eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras;
avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por
Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de
Medellín.
Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de
imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más
dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar
a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y
nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo
ser ungido.
Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la
peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos
en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La
cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí
Episodio catorce
Ancízar en ese escenario de voces inciertas
…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido
perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias.
Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método
soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En
recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las
repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la
sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.
Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo
felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser
la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya
estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington.
Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una
Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el
camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas
que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en
cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz.
No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las
desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna
parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día.
Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el
pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar.
Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo.
El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.
Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen
de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros,
que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser
recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y
luego yo.
Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada,
ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el
modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable
más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y
los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los
comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades
democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar
piano por correspondencia.
Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta
cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año
anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba
al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero:
héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los
ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos
la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en
concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del
puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos
eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras;
avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por
Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de
Medellín.
Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de
imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más
dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar
a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y
nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo
ser ungido.
Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la
peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos
en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La
cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central.
Episodio Quince
El umbral propuesto
Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí
así, porque no levitaba. Porque no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo
sujeto niño; sin perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de la
escuela y que fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los sin horizontes. Al
menos de esos que siempre escuché hablar a los adultos y adultas que hablaban por las
emisoras y que escribían en las primeras páginas de El Colombiano y El Correo. Yo leía:
Horizonte: sinónimo de futuro o de lejanas aspiraciones.
Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío de la desescolarización. Con extravíos. Con
los imperativos y las imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con
hilos endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con un
solidaridad formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una ensimismada en sus
procesos internos. Las otras dos, ansiando ser matrimoniadas, lo más pronto posible. Para
ausentarse de ese territorio inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de
ellas, desertando, hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía paternas.
Abuela ya reducida a la silla de ruedas, casi sin ruedas. Más como silla estática.
Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería decir: un sujeto de comparación. Porque
el otro hermano mantuvo su escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del
bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente asociada a las
angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas partes. Hijo menor que ya,
desde ese entonces, alucinaba. Creando espacios y personajes enfermizos. Ese yo ahí.
Aparentemente un holgazán niño. Un sujeto en la quietud que suponían quienes me veían
deambular; por la casa. O por el barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella.
Ya viajaba solo a lo que denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria
de ganados; al lado del padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al lado del
padre. A Sopetrán, San Jerónimo, Santafé de Antioquia; Liborina. Pero, también a Rionegro y a
Fredonia. Siempre al lado del padre.
Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a ser marcado, de por vida, por hechos y
situaciones que fueran adversas. De una u otra manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la
soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los cuales era
víctima o victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los truenos en una tormenta
eléctrica. Pero, más aún, por no hallar explicación ninguna. O porque me enseñaron a
asociarlos con el exterminio a que seríamos sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría,
estaba situado yo. Por no ir a la escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo.
Porque, a decir verdad, me sentía bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando esa
angustia. Simplemente, los hechos, están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y sufrí yo. Siendo niño,
entre perverso y santo. Solo que la santidad me abandonó, en proporción directa a mi
incapacidad para ascender, para levitar; para volar al lado de dios.
Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del compromiso, en el poder. Ya empezaba la
feria de las mudanzas. De los intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto
ignominioso. Pacto construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados.
Pacto suscrito, vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían nacer; ni
crecer; ni mucho menos expresarse.
Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando
en ese tránsito; sintiendo flotar en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos
lo impusieron. Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo
siguen haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza es vivir; y
caminar; y trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y soñar. Ellos que promovieron las
muertes físicas masivas. Y que promovieron la extirpación de las ilusiones. Y que, por esto
mismo, han lobotomizado los espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan
al olvido. A creer que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de los
enemigos de la patria.
Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de entender el modelo impuesto. El problema era que
no tenía ni medios; ni conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una
predisposición a seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir
que venía fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese grupo familiar
vigente desde antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para mí, presencia con el correr de
los años; de mis años. Ya, entonces, Chagualo y Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no
accedía a el. Simplemente, ahí en la casita o en las casitas. Ya la madre era esclava. Se hizo
así, a partir de mis miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias
intelectuales. Miserias políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de violentados. De violentos
que conducían con rumbo definido por ellos. Violentos que agredían aquí y allá. Violentos que
protagonizaban ejercicios aparentemente diferenciados; pero que eran lo mismo.
Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol protagónico de mi mismo; seguía el curso, mi curso.
Ya en la calle. Ya en la casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir
ser visto desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto niño
sin posibilidad de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de la escolaridad.
Desertor, más no herético. Porque el origen de esa deserción, la motivación de la misma, no
estaban anclados en una opción de vida diferente. Y no tenía por qué serlo. Porque no tenía
opciones alternativas. Simplemente ahí. Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara
y donde Arturo Gómez. Una vida al garete. Incluso con tendencias y manifestaciones perversas;
vistas con una óptica moralista. Sujeto niño ahí; sin nada entre las manos.
Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también. Ya la ciudad no era la misma que conocí o
que imaginé. Ya los barrios en las pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla
Y Pedregal y Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas viviendas
ya con casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de El Poblado. Ya Bello y
Copacabana, al norte, se integraban; en un concepto de territorio mucho más vasto. No se si,
desde ese primero momento, se asumían los conceptos de zonas metropolitanas. Pero también,
al sur, se acercaba Itagüí y, aunque de manera más lenta, Envigado.
Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar inmerso en un proceso no pensado; no
entendido. Pero estaba ahí. Como proceso envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad
moderna, actuaba independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y
las otras. No se, en fin de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento urbano, una
opción como la planteada por Manuel Castells. No se, si en el caso de los y las ciudadanas en
mi ciudad y en las otras ciudades. No se si la presión, a partir de los desplazamientos masivos,
sobre la ciudad y, por lo mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o
no expresión en términos de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no se si
alguien, en nuestro país tuviera, en ese entonces, posiciones como: “…Cuando se habla de
problemas urbanos nos referimos más bien, tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje
común a toda una serie de actos y de situaciones de la vida cotidiana cuyo desarrollo y
características dependen estrechamente de la organización social general. Efectivamente, a un
primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la población, el acceso a las guarderías,
jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una gama de problemas que van desde
las condiciones de seguridad en los edificios (en los que se producen, cada vez con mayor
frecuencia accidentes mortales colectivos) hasta el contenido de las actividades culturales de los
centros de jóvenes reproductores de la ideología dominante…”3
En verdad dudo que se hubiera desarrollado una opción de vida urbana, así en esas
condiciones. Lo que este sujeto niño perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de
quien no tenía ni siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún,
reconociendo que, cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una estructura
escolar-académica en donde el lugar para la profundización no existía. No iba más allá, como lo
expresé arriba de aglutinar una serie de saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa,
particularmente la católica.
Estaba, pues, situado en un reconocimiento del entorno inmediato y mediato. Reconocimiento
que no iba más allá de encontrar espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica
podría haber, en mi escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron
y mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar; particularmente
de la madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las posibilidades y justificaciones para
profundizar en torno al cuadro comparativo con mi hermano, el escolarizado, que seguía
avanzando.
Entonces, una noción de ciudad y de país y de mí mismo y de los demás; que comprometía las
fijaciones que había venido construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes.
Expresiones en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi
cuerpo y que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas asumidas por mí
antes. Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a asumirlas. Opciones como
latigazos. Opciones que conminaban a no existir más. Opciones que me proponían huir de la
casita y abordar el camino del transeúnte sin referentes. Como si me propusieran jugarme la
vida en el amplio espectro que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a cualquier sitio sin
ningún nexo con los hermanos, las hermanos, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes
que se erigían como mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda
angustia. En extravíos que yo no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una
angustia sobre otra. La mía propia y la heredada de esos sueños absolutamente onerosos.
Y era el año que marcaba el inicio de otra década. Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi
dieciséis años. No era sujeto hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en
la posición de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de la
necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el conocimiento. Vale la
3 Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”.Siglo XXI Editores, segunda edición en español,
1976, página 5
pena aclarar, ahora, que había innovado en lo que respecta a la justificación para desertar. Una
figura, parecida a las imágenes que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y
una voz que me reta. Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad.
¿Pero sería cierto eso? ¿De cuándo acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún ahora no
me lo creo. Yo no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por el contrario, un bandido
que se azuzaba así mismo; vertiendo palabras. Sin poder construir una o dos frases con
sentido. Solo, en esos sueños tormentosos, venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa
exterioridad que no percibía sino en la vigilia del día a día.
Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo lo relacionado con la continuación del
exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese
pacto entre los mismos. Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho
de aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas las noches. Veía
a los campesinos y campesinas. Niños y niñas. En las travesías. Solo ahora, después de haber
leído al maestro Alfredo Molano, en su trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva
adentro”, he podido descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado
de esas imágenes. Los sin tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento a la vida.
Como si esta estuviera flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de asirla. Mientras tanto los
aviones y la tropa de los jerarcas. Apuntándoles. Matándolos. Y los gritos de rabia y las
lágrimas y la ternura invitando a resistir. Y los jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a
reconocerlos como voceros válidos. Como convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las
ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los discursos ampulosos. Y llegó el segundo de
la lista. El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no
sabe nada de la vida de los y las demás. Que mantuvo la línea de acción. Con los chafarotes a
la ofensiva. Limpiando el campo. Siendo, esa limpieza, un concepto asociado a la matanza.
Generalizada y selectiva. E inundaban los campos de panfletos. Convocando a la rendición.
Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia. Bandidos eran quienes no se
dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de la dignidad y, porque no, con
las armas que habían logrado salvar. Y los niños ahí. Y las niñas también. Muriendo ellos y ellas.
Y sus madres. Y sus padres…y todos y todas.
Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les
hablaba. Una a una. Como macho subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos.
Me disipaban las angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría
raudo, al salir de mi jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba como flecha veloz.
Y llegaba y Rosita ahí y Gudiela también. Un día con una y al otro día con la otra. Y ellas
accedían. No sé por qué. Tal vez porque era adolescente alucinado. Con toda la carga
emocional de los sueños. Me fui volviendo taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por
eso Rosita, la más cercana, la más tierna y la más conmovida; me acogió. También me acogió
su madre. Y Miguel, su hermano. Con él profundicé en amistad.
Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque la veía, al lado de las imágenes
tormentosas. Porque con ella hablaba. Y ella decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión
me transportaba al universo en el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca
de los años luz, como ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo.
Pero tenía miedo a la soledad. Por eso, le conté a Rosita. Y, con ella, si quería viajar.
Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero más distante. Más fría. Me daba miedo esa
actitud. Hablar con ella no suponía, como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me
hacía falta hablarle. Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no lo
expresaba. Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me aceptó. Me
consideraba demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida. “Y ella, con ese personaje
tan feo”. Esto me lo contaba Gudiela. Y lloraba al decirlo. Me amaba, pero sufría c on las
expresiones de su madre.
Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un día cualquiera, se fue Gudiela. Su familia
se trasladó hacia Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de
Rosita. Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo que
ir. Sé que no volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No puedo hacer nada, porque
no soy libre. Adiós”.
Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos
cómplices en todo. Caminar, desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable.
Ella y yo, de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella,
incólume. Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas.
Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba ahí. Al lado de las imágenes que me
atormentaban. “No sufras patico”, me decía. En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de
semana; como si no hubiéramos hablado todos los días, al salir de la escuela.
Episodio dieciséis
Eso, en mí, de verlo y sentirlo como sujeto volátil
Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en veremos. Muy intermitente, casi nula. Y,
Rosita, se volvió recuerdo. Como con Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra
etapa del peregrinar. Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo,
otra vez, mi deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre Prado,
Campo Valdés. Volví a mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones producidas por mi
mismo. Y el grupo familiar se había ido desmantelando. Ya no estaba el hermano mayor.
Tampoco dos de las hermanas. Se habían matrimoniado, huyendo de la casita inhóspita.
Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas y en los ayunos, conocí al padre Daniel.
Exégeta, pero demócrata. Había logrado construir y posicionar grupos de acción, dentro de los
jóvenes cercanos al ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud
Obrera Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no como
proceso continuo y/o programático y político; sino como respuesta a los atropellos de los
patronos. Yo, en ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi actividad laboral, periódica e
intermitente, con la escolaridad. Y caminábamos las calles solicitando ayuda para los
huelguistas. Recaudábamos alimentos y algún dinero. Participábamos en las reuniones con
ellos, con los trabajadores.
Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los sábados, en la sala de reuniones de la casa
cural. Y leíamos los evangelios. Y los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los
hospitales, a visitar a los enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por
esa vía conocí a Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant; y A
Hegel; y a Hobbes; y a Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo la red de los
rebeldes. De los que aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento profundo en las ciudades. Y
fuimos relacionando esto con la tragedia de nuestro país, tragedia de los nómadas forzados; los
de las travesías; los bombardeados; los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas
muertas y muertos, al lado de sus madres y de sus padres.
Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se empezó a desenvolver la actuación como
proceso. Como continuidad. Porque accedí a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la
universidad, sin matrícula. Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa.
Y decanté lo hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo Torres Restrepo.
Todo porque el sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una lucha acompañando a los
desarrapados del basurero. Hoy los llaman recicladores. Y Vicente convocó a Camilo, un día
cualquiera de octubre. Y estuvimos con él. Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de
equilibrar mi religiosidad con la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de
la lucha de clases. Empecé a reconocer, en todos los entornos, los objetivos fundamentales por
los cuales luchar. Y se hizo gigante y hermosa la espiritualidad; esa tendencia que había estado
ahí y que fue resortada y voló a todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad
y a asumirla. Profundamente triste y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo
absoluto cabalgando en las nubes y en el polvo cósmico. Iba y regresaba. De aquí hasta allá
Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo acontecido conmigo. Porque, en el día a día,
sentía morir por todos y por todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su
reemplazo. Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación
impuesta a sangre y fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien lo siguió; el otro Lleras.
Porque el pacto entre los perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los
trasgresores y trasgresoras del orden establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles. Fue
la década de la infamia. La muerte de Camilo; la muerte de Ernesto Guevara; las muertes de
todos y todas. Soñadores y soñadoras; intérpretes de la lucha diaria. Aquí, en esta ciudad que
seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya
estaba el barrio obrero, Campoamor; y había crecido San José la Cima; y Santo Domingo y
apareció Guadalupe y Loreto se extendió hacia el oriente; y Villa Hermosa se fragmentó. Y sus
aristas crecieron. Y se construyó la ciudad universitaria, para agrupar las facultades que
estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el movimiento estudiantil Ya había demostrado
su poder en los enfrentamientos en Estudios Generales, sección de la Universidad de Antioquia.
Y creció la lucha por vivienda digna y por un servicio de transporte eficiente y masivo. Es decir,
ahora si se estaba dando lo que preconizaba Castells. Era otra ciudad, sin lugar a dudas.
Éramos otros y otras.
Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi, allá. En una batalla callejera, izando la bandera
de la esperanza. La vi y me vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era
de él. Y, por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como manifestación
latente. Como figura dispuesta a aparecer al menor descuido.
Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita llamándome ¡ ven patico ¡. Y me negué a
seguir viviendo. Y desperté. Y navegué, deambulé por todos los espacios conocidos. Y no
estaba en condiciones de ir al tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he
transitado. Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando ta nto o más que yo.
Y volví a la religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las laceraciones…y muerte.
Ilusionario
Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo
tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni
alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí
mismo, ojala lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la
gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé
por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud
me aclamaba.
El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto estaba junto a él. Esperando ser atendido por la
asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario
Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a
su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una
casa en el aire. ¡Venga ya. Atrévase!...¡Tenga casa hoy mismo. Somos los mejores del
mercado!...”.Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré.
Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su
infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus
fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo
perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran
reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto
suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza.
¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la
solidaridad de género. Y otras cosas!
Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente
porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana.
Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un
holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en
verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante.
¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres,
son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre
un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente.
No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La
espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi
suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio.
Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado
al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en
arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero,
puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese
aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una
casita. Así sea como las de los pesebres.
Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos
varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que
solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho.
Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las
inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña
a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese
que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración.
Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no
sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son
candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos
atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a
todos y todas los atendemos…”
Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998.
Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen,
era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era
informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les
decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen
que fueron los paracos.
Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección.
Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si
son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me
dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor,
está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy
de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza.
Pero que pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como
si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes.
Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos
desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el
cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un
treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres
tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis.
Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo
que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el
Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca,
amiga de su madre…”
Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado
Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo.
Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso
tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni
mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo
Marica. Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena!
Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como
incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como
concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan
Nepomuceno, comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto.
El señor del carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un
tanquecito, conectado a dispensadores.
La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y
tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas.
Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m.,
hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto
ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que
han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además,
certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios.
Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso.
Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor
de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco
que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el
referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber
llegado al otro día; a uno le quedan dudas.
La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta
las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más
temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención
a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora.
Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en
Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana por cierto,
estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como
Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado mayor. Es decir,
cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores.
Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual
constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia
Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien
habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la
demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva
pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la
Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del
señor Ordóñez.
De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia.
Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo
familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en
cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los
Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a
la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las
ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquidocesana de Regentes del
Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido
beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los
requisitos.
Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el
compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está,
de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado
para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno
a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto.
Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido
castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la
peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi siempre, porque no
compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco
Central.
Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente.
De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo
el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del
onceavo piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”.
Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”.
De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando
cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó,
estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un
tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí
trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo,
cuando conoció el proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré,
cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo
demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además que,
verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990,
estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus
cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal
Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de
Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite
vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa.
Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran
Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas
solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella.
Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a
hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema
por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades
que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a
saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó.
Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel.
Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia,
entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la
perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su
primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Betancur, empezó
a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho
días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde
Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con
lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don
Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba un mil
seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes.
Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita
de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman.
Cocinar, lavar ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce
meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega.
Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita
para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras
de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con
don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la
mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno
parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate.
Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había
recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba
Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente
en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha
sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las
mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la
vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo
miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido
siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una
excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo,
exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó
a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que
yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista.
Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad
de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a
la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las
bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación
temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que
se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado.
Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en
inventario”.
Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más,
cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La
abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo.
El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de
la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo
ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la
arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Que
pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con
mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San
Agustín…”
Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que,
aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción”…sale loco de contento, con su
cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis
manos? Por cuenta de este malparido bocón.
Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único
que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la
noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día
en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…”
¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a
volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y
todo por culpa de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para
donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa.
Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida
de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro
quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano
derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo:
miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”.
Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público
de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al
comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá.
Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por
la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos
hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba
que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están
entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él,
hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando
la presidencia de la República.
Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un
formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada
semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña
Consueta, mujer de amplio espectro en el coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de Rosendo
Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de
la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de
Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescún, el marido
de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive en el
barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para
allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor
de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara
hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin que lleva casi siete meses. Nos cuenta
que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las
señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la
muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los
ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido
entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al
principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo
enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne
de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades
Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de
cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los
Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as)
favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un
empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”.
Más o menos dos millones.
Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al
rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en
cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el
popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos.
Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan
hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio
para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es
amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no
pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…”
El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el
trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La
viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome
ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para
estar ahí adentro, con ese palo al máximo.
Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a
Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía,
para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora
Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa.
Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua,
me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la
placita de mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo
de las “escobitas” en el área de Paloquemao.
Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al
entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora.
Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, que más?. Lo retrata al pie de
figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir
y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores
asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un
bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo
resulta.”
El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me
contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una
referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios
concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un
sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada
con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones.
Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir,
por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del
préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura.
No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si
esta opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si
apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la
vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para
trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que
he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.”
Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor
Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación.
Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya
con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni
siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y
yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito
para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde
que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito..
“…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo.
De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es
Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la
encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me
recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas,
nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo
por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial
no importa.
“…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado
a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta
casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega.
Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la
echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…”
Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en
el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo
corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos
huevitos y jugo de toronja.
“Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de
Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El
man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en
Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me
prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján,
asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio
Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le
puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el
servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la
Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así
estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez,
miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante
Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”.
Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras le prometo que usted,
su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted,
particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la
Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal
Albarracín, que es ahijado mío…”
A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos
sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡ no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora,
lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor.
No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa.
Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en
comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo.
“Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez
regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…”
“Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza
de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene
chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé
que ese marica nos puede ayudar…”
Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del
chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte.
En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro por cierto. Ahí dejé lo poco que me
quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada.
Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar
una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja
hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar,
porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó,
también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que
desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la
entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS
COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos
piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto.
El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar
el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada
en Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga
mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte
de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es que, mucha gente
desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…”
Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una
viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la
Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años.
Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero
después del segundo arranque.
Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos.
Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes.
Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de
ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a
los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre
albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilito prostíbulos. Asumió una relación
consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del
Sur del País.
Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de
dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y
se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta.
Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de
tres mil millones de pesos y…listo.
Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un
cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara
de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, co nociéndola
como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos
de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un
momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel
Infante.
Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de
desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al
peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto
preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su
familia y almorzando.
Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que
te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron
tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del
cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en
esa empresa de vigilancia para la cual trabajan.
Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por
la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si
me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”.
Y dicho y hecho. No pudo más.
Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía
mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la
verdad:”…voy a ver en que le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive
sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito.
La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a l o de las costuritas y la confección.
Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además,
los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos
e inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato.
Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la
Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las
olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino.
Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la
amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede
valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol
que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir
más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza.
Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el
accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin
saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su
tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era
niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a
toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie,
ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico.
El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado
hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado.
Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la
separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue
vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo
único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente
porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo
conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera
voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió.
Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera
Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue
como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina
Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por
eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina
de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes.
Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar
escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le
trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los
verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza,
cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire.
También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez
años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una
flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a
nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don
Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo
cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los
compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que
querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron,
ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante.
A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando
conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo,
después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió
con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más.
Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se
alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz
atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja.
Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre
tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha
gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos
transidos del hambre.
Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde
allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor
de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo
del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre.
Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las
hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con
nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su
nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a
Fulgencio, su vecino.
Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres
familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos,
porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los
agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos.
El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y
con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco
Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta
Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero
algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro
que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar
con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se
tratara de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese.
Yo con cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido
muy mal. Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos.
Vendiendo tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes.
A veces, hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos.
La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con
ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones.
En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Le pagan a mil pesos la decena. Y es bastante
dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede
romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos
hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al
nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona.
Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la
puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a
Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en
casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece
intacto. Como si hubiera permanecido sola.
Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada¡. Ni
rastros de ellos ni de ella. Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo
don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la
noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates,
quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente.
Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio.
¡Nadie¡. Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos. Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al
pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes
de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no
me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen
repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo.
Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está
menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A
Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se
diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber que pasó.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la
cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores.
Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y
notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con
esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo
gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir una mezcla de
azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa
que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces
siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las
cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de
propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin
poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado.
El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en
la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni
en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee.
Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del
Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas
para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí,
todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y
especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y
transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el
mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de
liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron
al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí,
sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no
servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera
hacemos conciencia del significado de estar vivos.
El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores
para que negaran mi permiso.
Yo, Universo herido
Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz
brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y
yo traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en
el entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí,
antes. Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como
sujeto necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el
espectro, una ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo
memoria abierta. Pero no fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces,
dándole vuelta al corcho. Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo
material. Yo, dando la impresión de sujeto precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo
sometido a ir y venir en concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo
aquietante. Como inmóvil cuerda de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra
simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente voz. Ni como
móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de espacio exterior vuelto colmena. Y, en
esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para dejar de ser cuerpo de estigmas dolorosas.
Que se aferra a la piel. Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión
desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo. En esa
presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Com o impávido averno
dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como explorador inicuo.
Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados.
Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la heridas vergonzantes. Por lo
mismo que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída.
Simples fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a
una torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación
cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la
hoguera primera. De los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de
oprobios todo lo que insinuara desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los
dioses idos desde antes de haber nacido.
Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin
el faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de
Zeus. Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para
una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún.
Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza en la Tierra viva. Volviendo
desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio.
Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro.
Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo,
convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En
remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo.
Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes
violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones
embelleciendo con sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá,
huyendo a cualquier galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía
consumida toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la vida.
Proponer cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma, refería como simples
engarces de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de haceres pródigos. Como en esa libertad
de libre albedrío, que no permite inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge
como simple respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante.
Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto originario. Venido desde la melancolía
primera. Atravesada. Estando ahí, siendo yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir.
Cualquiera que haya sido. Me fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado
volantín en tinieblas. Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de acción;
lo demás se fue extinguiendo.
Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado. Sus vivencias, empezaron a buscar un
refugio pertinente. Se fugó de la casa en la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia
donde iba. Solo yo logré descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi
imperceptible. Y la seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como
levitación de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en
dirección a la marginalidad
Una mirada desde la vida, ante sujeto muerto
Yo supe de la muerte de este señor, hace media hora. Un niño, vecino, me relató que, viniendo
de la escuela, vio el cuerpo de un hombre tirado. Ahí en la acera de la casa de don Virgilio
Pomares. “Me asusté mucho, don Ubaldino”, me dijo el chico. Y yo, como imbuido de esos
deseos locos de celebrar lo macabro; me desplacé enseguida. Y, como ya creo que lo dije, lo vi
ahí. Una profunda herida en el cuello. Esa sangre seca, que le corría por la espalda y por el
tórax. Ese charco, inmenso, que más parecía apiladura de costras; que esa espesura fluida que
es a los mamíferos, combustible continuo que va y viene, como surtidor de vida.
Y, en el camino, me encontré con Diógenes Arboleda, el novio de mi hermana. No más al
mirarlo y saludarlo, me dio por recordar el día ese de la fiestecita, cuando celebramos la, boda.
Qué lujo de orquesta. Y qué música, tan bacana. El novio bailando “patacón pisao”, siguiéndole
el paso a la novia. Y es que, Dorita, sí que sabe de eso. De bailar. Desde pequeñita. Todavía le
recuerdo, cuando celebramos su bautizo; bailando “Anacaona”.
Y sigo allí. Como ensimismado. Mirando esa cabeza, yerta. Con un cabello que, aunque
empezaba a opacarse, exhibe unas sortijas bellísimas. Un negro `profundo, brusca y tierno al
mismo tiempo. Y, sin saber porque, vino a mi recuerdo el día en que conocí a Andrea
Benjumea. Tal vez, porque el cabello de ella era tan esplendoroso como el de éste cuerpo que
está ahí tirado. Que fue vejado, inclusive. Porque, se me olvidaba precisar, que sus uñas
estaban arrancadas. Tanto las manos como en los pies. Y, sus pestañas, también había sido
arrancadas. Así, esos hermosos ojos, se mostraban a la intemperie; como queriendo volver a
mirar la vida.
Cuando yo conocí a Adrián, tuve la sensación de estar enfrente de alguien que, al vuelo, induce
a reflexionar. Con una mirada, ya desde tan niño, torva. Una boca, con rictus de ofensa para
quien quisiera mirarlo. Unas manos, excesivamente livianas. Delgadas. Como las de experto
cirujano, ávidas de bisturí. Todo él navegando entre lo brutal y lo insípido. Como queriendo
ufanarse de la lectura a la que convocaba.
Yo diría que, en lo inmediato visceral, remontaba a los orígenes de la estructura freudiana de la
vida. De las pulsiones; de las pasiones y los impulsos. Como sujeto condensado, repleto de
potencia latente. Algo parecido a lo que se ha dado en llamar “Caja de Pandora”. Creo que, en
lo más recóndito de su bella reflexión acerca de la psiquis, Freud analizaría el cuadro de Adrián,
como tratando de escudriñar: Como si se diera cuenta de que ahí, en esa cabeza sesuda,
podrían encontrarse las respuestas a sus interrogantes máximos. Como en la intención de
descifrar los mensajes que, estando ahí, no son todavía realidad.
Pedro Cancelado, estuvo a mi lado. Durante esa dos largas horas en que miré el cadáver de
este señor mío. Que nunca antes había visto. Que, a lo mejor, nadie había visto; por lo menos
vivo. “Es como si hubiera sufrido mucho antes de morir”, me dijo Pedro. Y yo dije sí, con un
movimiento de cabeza. En esa heredad que ha estado siempre. Como diciendo a todo que sí.
Por mero reflejo corporal. “En este cuerpo, si veo plena la muerte sin convicción”, recababa el
Pedro Cancelado. Y, yo, absorto. Volviendo a la afirmación como cabeceo inmediato.
Esa misma noche, encerrado en mi cuarto, retome el hilo conductor de mi análisis. Y seguía
apuntando a que Adrián, fue el asesino. El propiciador de todo ese sufrimiento reflejado en ese
cuerpo ya inerte.
No dormí en toda la noche, incluida la madrugada. Seguí viendo ese cuerpo trozado. Y, con un
grito mudo, recordé que ese cuerpo si lo había visto antes. El de ese joven que me encontré el
martes pasado, yendo para Palermo.
Casi a las seis de la mañana. Cuando todavía estaba despierto, sentí unos leves golpecitos en la
puerta del cuarto. Cuando abrí, me encontró de frente con esos ojos que parecían rasurados.
Con esos cortes transversales, invitándome al olvido de lo que había visto. “…no vaya a ser que
a usted también lo maten y le quemen las manos y las piernas con el mismo carbón encendido
que en mi aplicaron los tres hombres, uno de ellos don Diógenes. Que llegaron antier a mi
casa, me llevaron y me mataron sin yo saber nada de lo que me endilgaban. Entre otras cosas,
que yo violé a su hermana, de usted, don Ubaldino…”
Un día después del sábado
Qué domingo este. Anclado, en esta plaza, estoy yo, hace ya algún tiempo. Ya he estado en
varias ocasiones. Pero lo de hoy es, particularmente especial. Esa nostalgia que me ha invadido.
Como convocante a dilucidar, de una vez por todas, el tipo de camino a emprender. La
concreción de la caminata. Hasta cierto punto estoy mimetizado. Como si nadie supiese lo que
hay en mí. En este tiempo tan lejano ya, de esos hermosos días, allá en mi barrio amado.
Recuerdo el impulso básico, por todas las calles andando. Las voces que llamaban a la
expresión de la vida, en medio de cada arrabal. Siendo yo, todo, condensación de esperanza.
Aún, habiendo vivido como lo había hecho: casi como tósigo que penetra y hunde, en lo más
hondo, el espíritu de fe y de liberación.
Que día es este día. Un carnaval de espacio triturado. Oyendo todas las voces. Diversas.
Ansiosas de no sé qué. Porque, por esto mismo, es mi brega. Por distanciar. Pero puede más mi
soledad de búsqueda impenetrable. Como siento ahora el silencio. Como me he dejado llevar
por el vértigo del dolor nefasto. Que tritura y destruye, todo lo que he podido alcanzar a ser.
Aun dentro de estas limitaciones mías. Como garras que no me sueltan. Por el contrario, que
me colocan en cepo eterno.
Como añoro yo esos días. En la mañana dominical; alzando el vuelo hacia la didáct ica de la
lúdica primaria. Emergiendo en cada esquina. Como repetición dichosa que me hacía feliz. Ese
pasado inmenso, que añoro. Tal vez porque, siendo niño, no veía desaparecer las cosas bellas.
Así como si nada. Que bipolaridad enhiesta. Entre sentir el vacío y sentir, también, la
fascinación de lo cotidiano. Recreando la sensibilidad hasta magnificarla. Hasta convertirla en
motor imaginario. Con el eros sin explotar. Casi que como enfatización perenne.
Y, sin saber cómo, llegó el naufragio. Eso que estoy viviendo en este presente. Hecho trisas el
insumo fundamental. Una vida que se corroe a sí misma. Sin saber porque. En veces,
ensayando la diatriba del insulto; como expresión de rechazo. En veces augurándome a mí
mismo toda la felicidad posible por venir. Sin que llegue. Como ese límite en lo del día. Como
llegando allí, sin llegar al fin. Como depositario de fracasos. Uno sobre otros. Con un horizonte
que, de manera tardía, me engulle y de satura.
Esos domingos míos, antes. Días de ensayo y de vocación. Hacia lo nuevo. Sin dejar de ser yo
mismo. Sin olvidar que existía. Precisamente por eso, para mí, son añoranzas de ternura. Aún
ahí, en ese lodazal que amenazaba con permearme a cada paso. Con todo aquello que dolía.
Con todo y que sentía el contubernio entre la tristeza y la desesperanza. Pero que, yo,
ignoraba, estando en el juego callejero. Y en la penumbra nítida del regreso a casa, después de
deambular por ahí. Por cualquier parte.
Y hoy, en este domingo cerrado. Sin por donde mirar lo sublime; ahoga mis ímpetus. Esos que
creí que nunca perdería; después de haber bebido la fuente de la vida. Siendo esa tú. Y tus
anhelos. Tú y tu alegría desbordada. Allá lejana. En ese otro territorio; en el cual también es
domingo. Pero otro, no este mío.
Y se van decantando las condiciones. Ya, como otrora no lo había percibido, solo me recorre el
beneplácito de haber vivido. Como memoria que no habilita nada más que la victoria de los
dioses que siempre he odiado, desde el mismo día en que hice ruptura con mi universo no
profano. Desde el día en que dije no va más mi sublimación. Diciendo no va más el ejercicio
oratorio como evento religioso perverso.
Pero yo ya lo sabía. El pago por esa partición, tiene que con el crecimiento de la ansiedad,
como castigo, tal vez. No lo sé en ciencia cierta. Y vuelves a aparecer allí, en esa esquina de
esta plaza empalagosa, en lo que esto tiene de perdición del poder de la magia de amar.
Siendo, en este lugar, sujeto que no atina a resolver el entuerto de siempre. El nudo gordiano
que asfixia y que liquida, a cuenta gotas. Por esto es de mayor dolencia. Por esto es de mayor
severidad.
Por lo pronto no sé qué más vendrá. Si ha de ser el colapso absoluto. O si ha de ser una nueva
esperanza. Encontrarla, no sé dónde. Tal vez ande por ahí y yo no la he visto. Es posible que
haya acabado de pasar y ha dejado su suspiro en el aire. Y si ya pasó, no sé si lo volverá a
hacer. De pronto, quien sabe cuándo.
Y, al unísono con esas voces continuas. Inacabadas, estrepitosas, diciendo nada; me he volcado
al vacío. A ese espacio que no creía mío. Pero que, ahora en este domingo que cuento, se erige
como presencia soberbia. Tal alta como monte Everest. Tan aletargadora que, por si misma,
hace enmudecer, el grito de potencia que creía tener.
A no ser por ti, aún en vaguedad insoslayable, tu espíritu vuele hasta acá. Como águila
gendármica. Atravesando esos pesados montes que veo allá, en la terminación del Sol, al
menos por hoy. Y si fuese así, yo diría que la esperanza podría volver; a no ser que tu vuelo de
águila inmensa, se detenga a mitad de camino y regrese hasta donde a cualquier hora partiste.
Travesía
Al llegar, Paulina Moterroso, me hizo conocer a que venía. Ella era de unas condiciones
espirituales excepcionales. Tanto que fue elegida, por el señor alcalde como “mujer de la eterna
dulzura y faro de todas las mujeres de San Calixto” Yo veía en ella algo parecido a “todas las
diosas juntas”. Cuando cruzó por la puerta de la Terminal de Transporte de Lago Viejo, quedé
perplejo. Me habían hablado mucho de su belleza corporal. Pero, a decir verdad, era mucho
más. Una hermosura de ojos y de cara. Piernas como recién hechas. Me le presenté como
Everardo Camino González. Y fui elegido como su guía mientras permanezca en la ciudad.
Ni me sonrió. Solamente, me entregó sus maletas. Y, ella misma, hizo señales al conductor de
una de las berlinas que estaban ahí en la bahía dispuesta. Conversamos solamente lo necesario.
Como esa pregunta rutinaria ¿cómo le fue en el viaje?... ¿llegó muy cansada? La respuesta fue
un monosílabo erguido como sucesión de palabras que decían nada.
Al legar a la tienda de don Hildo Monterroso, solicitó a su papá, una bebida bien fría.
Preferiblemente una cerveza. Para mí no pidió nada. Solo la infinita bondad del propietario,
impidió que muriera de sed y de rabia, ante esa actitud pérfida de la señorita Paulina. Yo le
expresé a don Hildo que iba para la casa de mi mamá a almorzar y que luego regresaría para
acompañar a la señorita Paulina a las visitas de rigor para sus amigas.
Cuando regresé ya Paulina había cambiado de traje y de personalidad. Me recibió con la risa
que dicen es la más bonita en este territorio de dios. El dueño de la berlina, ya nos había
preparado todo el lujo posible al interior. Fuimos primero donde Isabela Martínez, su
compañera de toda la vida en el colegio Betlemitas. Hubo mucha alegría en el reencuentro.
Doña Ranquelina, la mamá de Isabela, le había preparado dulce de duraznos, acompañados
con cuajada, la especialidad de su casa y su secreto, al prepararlo.
Desde ahí, fuimos en el coche, hasta donde Martha Eugenia Cipagauta, quien fue novia del
hermano de don Eurípides Gutiérrez. Este, a su vez, es el tío de Isabela. Mucha ternura noté yo
en las expresiones vividas. Doña Esther había preparado dulce de maracuyá, acompañado con
buñuelos, especialidad de la casa. Hablaron mamá Esther, Martha y Paulina. Se contaron
hechos y acciones realizadas durante la ausencia.
Desde ahí, partimos hasta la vereda “Potro quemado”. Allí encontró a Gudelia Paniagua. Se
conocieron desde chicas. Aun antes de ir a la escuela. Habían terminado juntas quinto de
primaria. Ahora, con la carrera de medicina ya terminada , Paulina se ufanaba de su
capacidad para ganarle el pulso a la vida, en todos los ámbitos.
La llevé a su casa. Eran las ocho de la noche. Ella golpeó la puerta, luego de agradecerle al
señor conductor de la berlina. A mí, simplemente me dijo “adiós señor”. Mañana me debe
recoger a las siete de la mañana; ya que debemos ir donde Evangelina Arregocès. Es muy lejos
de aquí. Por esos, le solicito esté temprano, a la hora convenida
Al otro día estuve puntual a la hora convenida. Ya había llegado don Evaristo, el conductor del
coche. Me informó que había tocado la puerta tres veces y que nadie abrió. Yo mismo golpee
otras tres veces la puerta. Nadie abrió. Fuimos donde la señora Francisca, la vecina. Se extrañó
de lo que hablamos. Según ella, don Hildo Monterroso y su hija Paulina habían muerto hacia
dos años en accidente de automóvil, cuando iban desde aquí, hasta Santa Marta.
Absolutamente compungido, regresé a mi casa. Le conté a mi mamá lo sucedido. Ella me dijo
“no es posible lo que me cuentas. Aquí, en nuestro pueblito nunca ha vivido señor de nombre
Hildo, ni su supuesta hija .Y, mucho menos, existe una tienda en la esquina de “los
Brujos”“.Nombre dado
a la esquina en donde yo llevé a Paulina. Y donde la recogí el día anterior. Y la que esperé en la
Terminal de Transporte. Desconsolado cogí el camino de regreso a la casa de mi mamá.
Cruzándola esquina de “los Brujos”, encontré un cartel que anunciaba los sepelios del día
diecisiete de agoto de 1956.Entre ellas estaban los nombres Isabela Martínez. Martha
Cipagauta y GUDIELA Paniagua. Las tres habían muerto en accidente vehicular el día anterior,
cuando se dirigían a la ciudad de Bucaramanga. Cotejando versiones, me encontré que las tres
señoritas habían muerto el mismo día en que doña Esther había percibido el tronar de los
rayos; allí en la misma casa en que murió.
Sujetos de hecho, sujetos vencidos
Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por ahí tirado. En una nomenclatura de alma,
vacía. Sin las perspectivas que casi todos y todas tienen. Empecé por acceder a la vida, como
cuando se asume una comparsa. Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que no
tuvo lugar nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de los
altavoces, llamando a quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como razón puntual de vida.
En ese medio camino surtido de veleidades. Como artesano venido a menos en sus haceres.
Por ahí dándole a la palabra como mero lujo pasajero. Sin poder construir ternura. Este yo que
ha andado tanto, pero que sigo en el mismo punto de partida. Una entelequia en la expresión.
Presuroso e impávido doliente de la vida en plenitud.
Cierto día, en un marzo por cierto, invité a Pedronel Cipagauta, para que me acompañara en un
ejercicio rudimentario. Como escoger una posición cualquiera. Para navegar en ella, hasta los
límites del Pacífico asfixiante. Una duermevela, le dije yo. Venía, como yo, de cualquier lado y
en cualquier tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al aire. En una tronera de posibilidades
habladas. Tanto como la ejecución de opciones desprovistas de cualquier trasunto libertario.
Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos. Caminando al lado de uno al otro.
Circundamos toda la esfera corpórea. Por todos los atajos irreversibles. En ocasiones como
simples ser él y ser yo. En algo parecido a la diatriba vergonzante. Unos episodios malgastados.
Como vena rota. Aludiendo acerca de esto y de lo otro. Como para no dejar la costumbre de
hablar. Pero decires improvisados y como al viento echados. Sin dirección alguna. Lo que, los
otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí. Por donde se prestara la brújula.
Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después de haber jerarquizado los cruces hablados
y hechos. Notaba, en él, una figura como barca flotando. Meciéndose en recordaciones de lo
que fue antes. Y sigue siendo ahora. En este universo de opciones que se pierden a cada
momento vivido. Todo esto hecho con insumos encontrados en cualquier parte. Como inmersos
en espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y nos pusimos, en la tarde,
a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera en lo mínimo ilustrado, atropellado.
En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda de la razón de ser de lo que somos. De
nuestro deambular alcahueta. En el querer mismo de dejar pasar lo que fuere. Sin embargo le
hicimos el escape a todo proclama vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde hace
setenta veces siete en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos encontramos en el
mismo espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas imperiosas. Demostrativas de lo enjuto
que es el hablar hoy en día.
Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde antes que fuese verbo de por sí,
decantada en el ejercicio postulado. Hecho de mil haberes y decires agrios. Perdidos, sin huella.
Siendo hoy el día de la cisura nostálgica; he decidido volver vista atrás. Como buscando los
remos para enderezar la vida, hecha rescoldo ahora, por cuenta de los incendiarios vecinos
nuestros. Idos en la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que habíamos sido dispuestos
para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de aplicaciones.
Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de lo inhóspito. Sin ejecuciones previstas
antes. Situándonos en posición de inconformes ordenados de mayor a menor. Por fuera y por
dentro. Éramos visires sin funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto de
partida. Ese que recordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi estar en vientre de
madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo.
Vendimia
Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo
al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena.
Como cuando se tiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De
aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad, sin
poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin sentir la ausencia de
condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la
querella conmigo y con el otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo
mismo que sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de
extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna.
Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos íntimos. Asociados
a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al menos, sentido.
Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En una hondura de dolor
manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la
intención de no enfrentar más lo habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la
lucidez. Porque he ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como
construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado. Subsumido
en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y andando caminos que llevan a ninguna
parte.
Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en cualquier otra parte
anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la
espada mía insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el
límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un
yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de incapacidad para ser
uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo.
Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En búsqueda de camino de
escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un
tiempo, fui. Como pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a
la memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la largueza
de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la negación de todo. En lo
circunstancial perdido. En el contexto proclamado como aluvión de rigores. De itinerarios
envolventes. Surtidos de simples cosas.
Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En vocinglería innata y rústica.
Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me
apabulla. En fin que, siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado
el momento de no ser más.
Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía. Un sentir
desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha
tornado perenne.. Un no a mi yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán
áspero. Punzante. Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte.
Yo, sujeto ingrávido
Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si nada. Aun sabiendo que lleva en sí, ese
tejido nefasto de violencia. De insania viva a toda hora y día. Con esos niños y esas niñas que
van y vienen sin horizonte. A cuenta de opciones de vida y de conceptos, que las y las sitúan en
posición de ser vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de allá. Como si
fuese único horizonte habido y posible. O con esas mujeres nuestras, matadas. Vulneradas.
Como sopladura en ese vahído maldito. Que nos cruza. Que las infiere como simples
expresiones de vida sin pulsión válida. O, en esos dolores todos. Asumidos como vigencia y
vigía circundantes. Como si fuese oxígeno necesario para vivir, así. En esa penuria de alma y de
valores. Que están ahí mismo. En ese ir y venir de toda hora y momento.
Y sí que, entonces, este tiempo es tenido en cuenta como referente de las gobernanzas. Huero
y hueco soporte de haceres alongados, potenciados. Erigidos como valores universales, a ser
acatados. Como simbología que se torna proclama de recinto en lentejuelas soportado. Como
vasos comunicantes, hechos hervideros de solapados agentes. Sujetos catalépticos, que obran
como momias vivas. Revividas a puro golpe de normativas. Y de imperativos. En esa lógica con
nervadura trinitaria. Con horizonte impúdico a lomo del gestor virulento, aciago, cicatero,
malparido. En lo que esto tiene, no de referencia a mujer ninguna. Más bien como cuerpo y
vida hecha y contrahecha, a partir de manuales pensados para armar. Rompecabezas, con
piezas preestablecidas. En eso que tienen todos los modelos construidos. A semejanza de
rutinas, pensadas en catacumbas pútridos.
O, en esa ironía que da la vida, ver rodando y crescendo, la búsqueda de orquesta que
partitura interprete. En cualquier opción de pentagrama. Así sea en RE o en Do desparramado.
Erigiendo, como expresión con algún sentido y tono, la vendimia de los saqueadores de culturas
y promotores de lobotomías colectivas. Directrices hechas y, por lo mismo, diseminadas. Como
pandemias. Expuestas al viento. Para que vuelen. Y que, volando, hagan aplicación en su
derrotero. Aquí y allá. Como en el ahí de los troyanos sorprendidos. Como esos inventos de
toda la vida y de todos los días. En cuanto que somos sujetos y sujetas de locomoción, entre
incierta y cierta. Viviendo en una u otra entelequia. Qué más da. Si todo lo habido ha sido y
será, secuencia a perpetuidad pensada. O no pensada. Siendo cierto, eso sí, que lo que más
odian y han odiado los exterminadores ha sido y es a la fémina ternura. Tal vez, más por ser
fémina que otra cosa.
Y, yendo en ese por ahí, tortuoso e in-sereno; hemos ido encontrando lo avieso de las conjuras.
Hemos ido andando el pantano. Que succiona los cuerpos y las vidas en ellos. Caminando lo
empinado y pedregoso. Como yendo al lugar que conocimos como cuna de Pedro Páramo. O en
el cuarto frío, en tierra en que vivió el que encontró la perla casi viva; en la nomenclatura de
palabras en Steimbeck.
Y sí que, en ese envolvente torbellino de vidas juntas. O en las soledades solas de Kafka. O en
lo insólito vivido por el sujeto sutilmente áspero de Camus. O, en esa comunidad internalizada,
viviente y compleja de Cortázar en su Rayuela. O, en fin, en ese saber que somos. Casi siempre
sin haber sido nosotros y nosotras. Ahí, en ese tejido de vida pasando y pasando. En este
maldito tiempo de cronología que mata. Por lo mismo que, siendo tiempo, no redimido. Por lo
mismo que redención es sinonimia de puro embeleco mata pasiones y mata ilusiones.
Será por eso que yo, en mi íntimo yo incierto y perturbado, sigo amando a esa ramera
propuesta por Manolo Galván. En esa simple letra, en canción casi clisé zalamero. O, en esa
misma línea, sigo amando a la amante del puerto que dio origen a la otra simpleza del
“hombre llamado Jesús””; el hijo de esa que entregó su cuerpo a quien pasó primero. Vuelvo y
digo: será por eso. Por tantas simplezas juntas; que sigo viviendo a diario, con la dermis
ilusionada, expuesta, a lo que pasa, pasando. Tal vez pobre sujeto, insumiso empedernido. Que
sigue atado a cualquier canto de letra compleja o fútil. Pero expeliendo más vida que este
tiempo enjuto. Pletórico de sujetos, serios. De pies en tierra, dominando. Valgo más yo, como
sujeto ingrávido de fácil volar, volando.
Sumatoria
Sumatoria

Sumatoria

  • 1.
    Xiomara Arredondo Lo deXiomara Arredondo todavía estaba ahí. El cuento ese que le inventaron hace días. Que estaba en tinieblas, cuando apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero. Antes de ser ella hoy lo que antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de palabra suya, si era verdad o mentira. Fui hasta donde vivía antes. Y me dijeron que no; que desde el siete de febrero se mudó. Que no saben para donde. Y qué razón alguna dejó. Ni para mí ni para nadie. Solo que se iba y que no la buscaran más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte tampoco. En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí caminando. Preguntando si la han visto siquiera. Por lo mismo, vuelvo y digo, qué pasará con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni nada. Sin siquiera expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me dijo no voy más; porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi dolor es profundo me dijo. Que no me podía contar lo que en otro lugar pasó con ella. Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad que deduje cuando de tanto hablar, até cabos sin par. Y leí lo que logré entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez. Que se hizo mujer en brevedad de tiempo. No tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple apoyo para ayudarla a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo, entró en eso de dar su cuerpo al postor primero y mejor. Y se siguió yendo. Andando pasos perdidos; sin lograr nunca sentirse amada. Sin encontrar refugio, que al menos su pulsión descansara. Que, al menos, descanso fuera. Para ella y para quien llegó a ser fruto sin quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brincó el océano raudo. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Buscó el atajo siempre; tratando de no perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor en dolor, llegó al punto de no retorno. Como queriendo decir con eso, que tocando fondo estaban su pasión y su albedrío. Y, con ella, y por supuesto Germancito que crecía; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra cosa que ser sí mismo. Su estructura mental iba más allá que el perfil todo de Xiomara. Era algo así como un dotado extremo. De esos que no se encuentran ahí no más. Diría yo, ahora, ni cada doscientos años. Luego que perdí su rastro no tuve sosiego. Lo mío hacia ella, siempre ha sido y será verla mía. No más, ahora, vuelven a mí esos dos días en Cali. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando a lo torbellino. Una danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como diosa que se otorga. Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo perdido. Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora. Y pregunté por ella al viento. No supo que decir. Lo increpé por su no recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en profundo. De agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir perdida. En cualquier lugar, un día cualquiera, encontré a Germán. Ya no Germancito. Y me dijo no la he visto. Ya casi ni la recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar siquiera que yo la amaba y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O el de ella. O el de los dos. Y vagué por el mundo, me dijo. Desde el Pacifico violento. De mar a mar. De Buenaventura a Malasia. Desde Antofagasta hasta la India. No vi huella de ella. Pero escuchaba su voz a todo momento. La veía en sueño recurrente. Recordaba sus espasmos; sus gritos; sus susurros. Como cuando mi padre la amaba. Por lo menos eso dijo una noche. Entre sueños y desvelos. Dejé al Germán sin rumbo. Yo cogí el mío. No otro que el mismo, enrutado por mi brújula doliente. De amor y de vértigo. De ternura y de deseo. Fui a recabar en Angola. Conocí sus pesares y sus soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada, violentada. Nadie, allí, supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera.
  • 2.
    La mañana enque me contaron lo que, según dicen pasó, estuve yendo y viniendo en lo que hacía. No me interesé al comienzo. Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos. Revolqué mi silencio. Una copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no tenerla. Odié a quienes vinieron. A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a remolque. Como suplicante mujer que juntando mil palabras hacía de lo dicho un sonajero de expresiones, como doliente insaciada. Como náufraga asida a cualquier trozo de viento benévolo. Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos de caminante perverso. Que busca lo que ha perdido y que, a conjuro, envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no importándole si en ella moría Xiomara o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de una esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre. Porque hice que así fuera; como quiera que en su cuerpo clavara tres veces el puñal que llevaba en cinto desde la víspera. Desde ese día anterior; o desde el mismo día, no sé. Y seguí con los mismos pasos andando. Ni siquiera corrí; porque para que hacerlo si me di cuenta que no era Santiago el Señor que a Xiomara poseyera. No recuerdo si por vez primera. O si primero fui yo en el inventario de sueños que en mi memoria estaban. Azuzándome siempre para que yo mismo tejiera la urdimbre malparida. Para que buscara siempre en ella su hendidura hermosa que daba vueltas en mi cabeza. Solo eso; no otra cosa. La mañana nueva, me encontró en cama tendido. Desnudo, casi rígido. Con mi asta enhiesta. Con mi mirada puesta en el pubis de Xiomara, la recordada y deseada. Como obnubilado sujeto de la Inquisición venido. Con la heredad de los machos que van buscando tesoros como ese de mi mujer deseada. Otro mediodía, ahora en Sucumbíos. No pierdo el referente del Pacífico trepidante. Estuve en esa selva hiriente. En esa soledad de caminos. Ni mujeres, ni hombres había. Solo ese viento ligero que estremece. Por lo mismo que es viento de ausencia. Ninguna indagación posible, entonces. Simplemente oteando. Aguzando mi olfato de pervertido. Que hace de cada día una una visión, un relato de ese tesoro acezante; de Xiomara o de cualquiera otra hembra invitando a ser poseída. Por mí o por cualquiera. Germán volvió del periplo. Lo encontré un lunes de marzo. Con la sujeción de quien espera ver a su madre. Con la juntura de palabras desparramadas. Con el arrebato del hijo que extraviado sigue; sin encontrar nunca lo que quiere y persigue. Desde el día mismo en que, a mitad de camino, Xiomara Arredondo lo abandonó. Este Germán se hizo mi par en la búsqueda. Juntos estábamos, allí. Ese día lunes, siendo ya tarde. Cuando nos sorprendió la luz de Luna, alumbrando el paisaje. Y vimos pasar a Xiomara de la mano del Gran Señor. Diciéndonos adiós con sus manos. Cuando la luz se apagó; sentimos que una sombra pasó. Siendo, como en verdad era, un cortejo de muerte. Con Xiomara Arredondo muda, envejecida, diciéndonos no busquen más que de la tumba he vuelto para verlos de dolor cubiertos. Para decirles que yo ningún Gran Señor tuve. Solo a ustedes dos. Padre e hijo que son. Viajero perdido En vela pasé la noche. Acompañado, no más, por el travieso reloj. Dando cuenta de las horas perdidas, ya pasadas. En rigor, para mí, las señales del tiempo, no son otra cosa que vivir ensimismado en mí mismo. Con un sinnúmero de cargas expuestas. Hasta que maduren. En dejación del espacio. Por lo mismo, succionado por el eterno vagar, cada quien, haciendo del cuerpo mismo un latir constante. Y es que tenía pensado jugar a la ruleta. Esperando perder la vida en eso. Y este día que comienza. Tan ávido de la última proclama del Gran Jefe. En verdad, me siento cansado. Con los residuos de la madrugada hechos trizas. Y más ahora, que debería tener el cerebro limpio. Para poder ensayar lo que soy. Al pie del día que no entendiendo. Se vinieron los momentos juntos. Como tósigos inveterados, parsimoniosos.
  • 3.
    También recuerdo aAriel, mi amante en las sombras milenarias, acompañadas por los estigmas insaciables. En tiempo pasado, lo amé con la fuerza de Hércules. Siendo, este sujeto, mi yo primo. Adquirida a fuerza de vivir su nostalgia. Por los tiempos idos. Ariel engarzado por los hilos de la vida. Desde el mar hasta el obscuro cielo, hasta el obscuro velo. Con sus diminutos puntos iridiscentes, A cada momento infinito. Sin reconocer la holgura de tiempo pasado. Además, viviendo entre el estrecho camino al Sol y camino, en vaivén, hasta pasar, de lejos, viajando hasta el límite de la galaxia nuestra. Tal vez, con ganas de traspasarla hendiendo mi cuerpo, en su cénit ampuloso. Dotado de una y mil maneras de ser invaria ncia pertinente, al momento de localizar la bruma, entretejida en los hilos gruesos de los celestes móviles. Los hechos antes y. los ahora renovados. Siguiendo la huella de los mundos no conocidos. Y sí, que me quedé perdido en tanta infinitud hecha. Buscándolo a él, penitente extraviado. Una luciérnaga que nació con solo andar pétreo. Acucioso hombre mío. Dotado de los frutos todos. En madre natura viviente. Repasé mi bitácora. Como anhelante sujeto que no regresaré nunca más a mi entorno recordado, querido. Pero, ahora, convertido en simple sujeto, al garete, Como si no hubiese vivido en él; con la potencia de cuerpo, indisoluble, erguido. Como prepotente sujeto. Lo de ahora, en mí, no es aspaviento en palabras torcidas. Es, más bien, una juntura de fuerzas adormecidas. Como ir yendo hasta que todo mi ser se escurra; en la medianía soterrada. Con o sin viento a favor del viaje, Simplemente, entiendo que soy expósito ser. Naufragado en esa totalidad de espacio abierto. En espera de mi Ariel vivido en mí, desde que este escenario fue creado. Y, él, no está conmigo; precisamente porque hizo de su viaje eterno, una constante topológica. Como venida a menos. Solo con su cuerpo pegado a las lunas encontradas en la Vía Láctea como soporte de lo que ya vino y lo que vendrá para ella, Insumisa novia querida. Allá en los atardeceres vividos a dúo. Acicalados con el viento sereno, a veces. Explosión de mares, otras. Mi yo viajero milenario, se hizo hospedante sonoro. A fuerza de escuchar los trinos de los cantores todos. Como tratando de ilusionar mii sujeto entero. Viviendo de premoniciones baldías. Allá donde viví la vida, Y que no será más la tuya, ni la mía. Moviola Un lugar para amar en silencio. Ha sido lo más deseado, desde que se hizo referente como persona ajena, a los otros y las otras. En ese mundo de algarabía. En este territorio de infinito abandono, con respecto a la esperanza. Y a la vida, en lo que esto supone crecer. De ir yendo en procura de las ilusiones. Un deambular casi sin límites. Como expósito itinerario. En veces de regreso al pasado. En otras, asumiendo el presente. Y, otras, con la mira puesta hacia allá. Como rodeando los cuerpos habidos, arropándolos con el manto que cubrió el primer frío. Y sí que, Luis Ignacio, fue decantando cada una de sus ideas. Como cosas que vuelan. Que volaron desde que la humanidad empezó el camino. En el proceso de transformación. Todo en un escenario sin convicciones sinceras. Más bien, como en alusión a lo perdido desde antes de haber nacido. Y Luisito, como siempre lo llamó su madre, estuvo en la situación de invidente. Nacido así. En la obscuridad tan íntima. Se fue imaginando el mundo. Y las cosas en él. Y el perfil de los acompañantes y las acompañantes. Cercanas (os). Y se imaginó los horizontes. Las fronteras. Los territorios. Todo, en el contexto de lo societario. Y se encumbró en el aire. Y en las montañas insondables. Y las aguas de mares y ríos. Aprendió a llorar. Y a reír. Editando cada uno de los momentos, en sucesión. Al mes de haber nacido, se dio cuenta de su condición de sujeto sin ver. Todo porque su madre lo supo antes que él. La intuición de todas las madres. Que Luisito la miraba sin verla. Y se dedicó a enseñarle como se tratan los momentos, sin verlos. Como se hace nexo con la vida de los otros y las otras. Aprendió, de su mano, a ver volar los volantines de sus pares infantes. A
  • 4.
    seguir la huellade los carritos de madera. De los trencitos hechos con el metal que ya existía antes de él y de ella. Siguió, con sus ojos tristes, velados, el camino que llevaba a la ciudad centro. A mirar el barrio. Y la casa suya. Y fueron creciendo en la pulsión que significa asumir retos y resolverlos. Se acostumbró a sentir y palpar las violencias. Las cercanas. Y las de más lejos. El hilo conductor de las palabras de Eloísa Valverde, despejaban dudas. Y, en la escuelita, emprendió la lucha por alcanzar el conocimiento trascedente. A medir la Luna. A imaginar su luz refleja. A dirigirse, en coordenadas, al Sol. A entender el régimen de la física que estudia los planetas todos. Allí conoció a su Sonia. La amiguita volantona. Amable, radiante. De ojos como los suyos. Negros, inescrutables. Vivos en el silencio de la noche constante. Y aprendió a hablar con ella de todo lo habido. De los rigores del clima. De la exuberante naturaleza amenazada. De la química del universo. Y de los códigos ocultos de las matemáticas infinitas. Y del significado de las voces agrias. Atropelladas, envolventes. Ácidas, disolventes. Pero, al mismo tiempo, las voces de los sueños. De la ilusión. De la vida compartida. En la bondad e iridiscencia. Y, juntos, vieron los colores mágicos del arco iris. Enhebrando cada instante. Soplando el azul maravilloso. Y succionando el amarillo cándido. Y vertiendo al mar los tonos del verde insinuado. Y, avivando el rojo magnífico. Y aprendieron a conocer sus cuerpos. Con las manos. De aquí y de allá. En un obsequiarse, en el día a día. Palpando sus cabezas. Y sus caras. Y sus vientres. Y sus piernas. Todo cuerpo elongado por toda la inmensidad de los decires. Y caminaban camino al Parque. Manos entrelazadas. Risas volando a lo inmenso del firmamento cercano. Y hablaban, en la banquita de siempre. Y lloraban de alegría, cuando escuchaban y veían el ruido de los niños y las niñas jugando. Siempre, ella y él, asumiendo el rol de la gallina ciega estridente. Sabia. Corriendo. Tratando de superar, en velocidad, al sonido y a la luz, su luz suya y de nadie más. Fueron creciendo, envueltos en la magnificencia de los árboles. Entendiendo cada hecho. Fino o grueso. O, simplemente, atado al estar lúcido. Y corrieron, siempre, detrás del viento. Hasta superarlo. Y sus palabras, orientaban el quehacer del barrio. De sus gentes amigas. Y, cada día, se contaban los sueños habidos en la noche dentro de su noche profunda. Y nunca sintieron distanciamientos. Ella y Él, con sus secretos y sus verdades. Escritas en las paredes de cada cuadra. Dibujos de pulcritud. Las aves. Y los elefantes expandidos. De la María Palitos, en cada hoja. De los leones anhelantes. De las cebras rotuladas en blanco y negro. Sus colores ciertos. Posibles. Le dieron la vuelta al mundo. Desde el África milenaria. Con todos los negros y las negras, en lo suyo. Con las praderas y los lagos incomparables. Con el sufrimiento originado en el arrasamiento de sus culturas y de sus vidas. Por la caterva de bandidos armados, pretendiendo erosionar sus vidas. Y, ella y él, se aventuraron por los caminos a la libertad. Y soñaron con Mandela. Y con Patricio Lumumba. Y con el traidor Idi Amín. Y recorrieron Asia, en toda la profundidad de saberes. De rituales. De razas. De la China inconmensurable. Del Japón en la quietud dinámica de sus valores. Y vieron a las gentes derretidas en el pavoroso fuego expandido a partir de la explosión nuclear. Jugaron, en simultánea, con los niños y las niñas, en Nagasaki Hiroshima arrasadas, Entendieron la dialéctica simple de Gandhi. Y sufrieron los rigores en Vietnam, cuando el Imperio pretendió aniquilar a sus gentes. Sintieron el calor destructor del Napalm. Y entraron a los túneles en los arrozales. Y Vieron, en ciernes a Australia y todo lo no conocido antes. Y volaron sobre los glaciales atormentados, amenazados de muerte. Y estuvieron en Europa. Con todas las contradicciones puestas. Desde la ambición de los colonizadores. Su entendido de vida. Como esclavistas. Pero, al mismo tiempo, conocieron a sus pueblos y de sus afugias. Y recorrieron a nuestra América. Sabiendo descifrar los contenidos de sus divisiones territoriales. Sobre todo, la más profunda. Norte Y Sur. En esa fracturación aciaga. Y sí que, Luisito y la Sonia suya, crecieron sintiéndose a cada paso. Y el barrio. Su barrio, se fue perdiendo. Lo sintieron en la decadencia. Cuando sus vivencias y las de su gente, fueron arrinconadas, asfixiadas. Y murieron sus padres y sus madres. Y se sintieron en soledad profunda. Pero, aprendieron a hacer los cortes y las ediciones de vida. Su vida. Y, en su noche
  • 5.
    constante y profunda,se fueron acicalando. Aún, ya, en su vejez. Cuando todos y todas olvidaron a Sonia y a su Luisito. Y, ella y él, siguieron viviendo su vida. Descubriendo, cada día, las maravillas y las hecatombes en el infinito universo. En esa brillante noche. Iridiscente. Hecha con su imaginación y sus ilusiones. Un bello hechizo Con razón estoy en el desvarío ampliado. Sí, no más, ayer me di cuenta de lo que pasó con Anita. La niñita mía que amo. Desde antes que ella naciera. Porque la vi en los trazos del vientre de su madre, Amatista. Y la empecé a cautivar desde el momento mismo en que empezó a gozar y a reír. Ahí en el caballito de carrusel primario, íntimo. Cuando, en el cuerpo de su madre, montaba y giraba. Ella, en esa erudición que tienen los niños y las niñas antes de nacer; se erigió en guía suprema. Yo, viéndola en ese ir y venir momentáneo, le dije que, en este yo anciano taciturno, prosperaba la ilusión de verla cuando naciera. O de arrebatarla a su madre, desde ahí. Desde ese cuerpo hecho mujer primera. Y le dije, como susurrante sujeto, que todo empezaría a nacer cuando ella lo hiciera. Y le seguí hablando aun cuando escucharme no podía. Simplemente porque su madre, amiga, mujer, se alejó del parquecito en donde estábamos. Y me quedé mirando a Amatista madre, en poco tiempo concretada. Y la vi subir al busecito escolar que ella tenía. Pintado de anaranjadas jirafas. Y de verdes hojas nuevas. Y se alejó, en dirección a casa. Y yo la seguí con mi mirada. Traspasando las líneas del tiempo y de los territorios. Sin cesar me empinaba para dar rienda suelta a mi vehemente rechazo por haberte alejado de mí. Niña bella. Niña mañanera. Y, en el otro día siguiente. Ella, tu madre, volvió a estar donde nos vimos ayer. Amatista madre. Como voladora alondra prístina, se sentó en el mismo sitio. En ese pedacito de cielo que había solo para ella y para ti. Y me miró. Como extrañada madre que iba a ser pronto. Y me dijo, con sus palabras como volantines libertarios surcando el aire, qué ella nunca me dejaría llevarte al lugar que he hecho para los dos. Que, según ella madre, ese lugar tendría que albergar tres cuerpos. Uno inmenso, el de ella. Otro, en originalidad absoluta y tierna, el tuyo. Y, el mío, sería solo rinconcito desde el cual podría verlas regatear el lenguaje. Elevándolo a más no poder. Casi, entre nubes ciegas, umbrías. Y que, ella, tejería tus vestiditos azules, rojos, morados, infinitos los colores. Y que, su mano, extendería hasta el más lejano universo. Para que, siendo dos, me dijeran desde arriba que yo no podría ser tu dueño. Ni nada. Solo vago recuerdo de cuerpo visto en la calle. En el parque. Más nunca en el aire ensimismado. Otra tarde hoy. Yo aquí. Esperándolas. Tú en el cuerpo de ella. Y las vi acercarse, desde la distancia prófuga, Viniendo del barriecito amado por las dos. El de las callecitas amplias. Benévolas. Desde esa casita impregnada por el arrebato de las dos mujeres vivas. Transparentes. Orgullosas de lo que son. Y, tú y ella, con los ojos puestos en una negrura vorazmente bella. Amplia, dadivosa. Y las vi en el agua hendidas. Como en baño sonoro, puro. Imborrable. Y agucé mis sentidos. El olor fresco de sus cuerpos. Y el escuchar las risas y las palabras que se decían las dos. Hoy, en este sábado lento, estoy acá. Esperándolas como siempre. Y veo que llegan mujeres otras. Con sus hijos y con sus hijas. Niños y niñas nuevos y nuevas aquí. Pero, mi mirada, buscaba otros cuerpos. El de Amatista y de Anita, como decidí llamarte. Buscándolas por todo el espacio abierto. Sentí que no podía más con la nostalgia de no verlas. Y me pesaban las piernas. Como hechas de plomo basto. Y, mis ojos, horadando todo el territorio. Y miraba el aire que bramaba. Como sujeto celoso. Como fuerza envolvente, Pero no llegaron. Ni ella. Ni tu cuerpo en ella. Pasando que pasaban las horas, todo estaba como hendido en la espesura de bosque embrujado. Y me monté, con mi mirada, en los carritos pintados que veía. Como siguiendo la huella de su cuerpo y el tuyo en el de ella. Viajero sumiso. Con el vahído espeso de la tristeza, pegado en mí. Viendo calles. Cerradas ahora, para cualquier asomo de alegría. Así fuese pasajera, Y llegó la noche. Y, el frío con ella. Eché a caminar. Llegué a la casita mía. Y las encontré. Dibujadas en la pared. Ella riendo y tú también. Pero eran solo eso. Dos cuerpos hechos. Ahí. Sin vida. Y, esa misma noche, decidí no vivir más.
  • 6.
    Y me matécon metal brilloso. Y mis manos embadurnaron con mi sangre los cuerpos dibujados por no sé quien Traición manifiesta La vi pasar, por ahí. Por ese camino andado antes por ella. Lo que pasa, ahora, es que va de la mano de Ciriaco Cartagena. Negro ramplón. Traicionero de su propia raza. Hecho como de plomo hechizo. Fundido en otrora expiación inquisidora. Estuvo en el trajín de llevar y traer mensajes entre obispos y monseñores. Por allá en ese tiempo de martirologio absoluto. En cuando ensillaba a la bestia religiosa. Para potenciar decapitaciones en la exponencial. O, ese mismo negro, asumiendo que lo suyo era reclamarles a reyes y gendarmes. Que le facilitaran la pócima para limpiar su piel. Yo sé que, ella, lo eligió. Siendo que, antes, fue negra de libertad crecida. Incendiaria, a lo bien. Trepidante mujer, en combate. Ires y venires, a su nombre. Por ella acicalados con el negro absoluto, potente, libertario. Y verla, ahora, en ese nudo perdulario con ese sujeto avaro en lo que se dice de verdades. Henchido de pobre jerigonza vertebrada con palabras aviesas. Y no lo digo, yo, por resentimiento o por sangrar por herida. La amé. La ama. La amaré por siempre. Lo que pasa es que uno, como que envuelve la vida y la cree en enhorabuena perenne. Yo soy, eso sí, un sinfín de contradicciones. Soy, eso que llaman ahora, sujeto de ir y venir. En diferente, cada vez. Como si, siendo así, pudiese retornar al comienzo. Cuando era, apenas, sujeto de ida, en vivo simple. En caída libre, en veces. Diciendo lo que fuere con el énfasis puesto en el no posible. O, tal vez, será. Siendo yo así, fue que la conocí. En el villorio relajado. Llamado Hondonada de San Belisario. Un sitio de bravía hechura. En ese pasado de trochas y de mulas en ellas. Yendo enjalmadas, inocentes, cansadas. Con arriero irascible. Dador de zurriago y de palos hendidos en su cuero. Expósitas sujetas nobles. Leales. Y, sigo en lo que iba, esa negra Incendiaria Soto, se hizo mujer de plena locura amatoria. Libre. Pasión pura. Iconoclasta. Herética. Y se encontró con el Ciriaco, allá. En Compostela Moderna. Sitio ajado, ya. Desde tiempos de las jerarquías apoltronadas en los ribetes de los jalones en tierra. Esos que se fueron, en el despiste de la libertad, posicionados como instrumentos de crueldad infinita. Doctorzuelos en el discurso ampuloso. Como si fuesen veletas que desarropan el viento. Venidos desde tiempos de horizonte hecho para el abismo. O para el asfixiante yugo de fierros hechos en el incandescente fuego. Al verlos pasar, Dije: mírenla y mírenlo. Ella y él ufanados. Con la malparidez alborotada. Con la ponzoña lista. Paira devastar a todos y todas, los de la otra orilla. En ese inventario manifiesto. De cosas afanadas. De fisuras puestas al servicio de lo enervante. De lo que duele. De lo que castiga y destruye. Un venirse, diría yo, en componenda con la cizaña de la que hablaba el hablador bíblico. Mero sujeto diciente de cualquier cosa. Pero, a decir verdad, en eso atinó. Cizañero y cizañera, son ahora ella y él. Como vociferantes, impío e impía. Yo me quedé silente. Dije nada. Ahí. Y después. Varado, digo yo. Corcho oscilante. Para aquí y para allá. Embolaté la iridiscencia. Casi perdida quedó. Y, lo punzante por lo bajo, fue que no me afanó la tristeza por ello. Como en la decadencia absoluta. Como vendedor de pasquines insultantes, apenas. Sin la vehemencia de antes. Metido en esa pocilga agria. Se me perdieron en el horizonte trazado por mí. Dejé de verlos, casi en la medianía del pasar. Fijé mis ojos al piso. Me hice sujeto embobado. Inmerso en la jetuda ignorancia supina. Digno de ser ejecutado en guillotina doble. Simplemente, porque no les advertía a todos y a todas, lo que vendría encima. A cargo de los ejércitos depravados. Surtidos por la traición de Incendiaría y de Ciriaco. Negra y negro en deslealtad con la vida. Naciente. Y la ya hecha.
  • 7.
    Río mío. Ríode ella Yo te he propuesto volver conmigo. A este territorio expansivo, lleno de opciones y de imaginarios vertiginosos. Te lo he dicho, por lo mismo que estoy reivindicando el derecho a mirarte una vez más. En seguilla de palabras y de expresiones corporales; te he visto en todos mis sueños habidos desde que volaste. Recuerdo bien ese día. Uno de tantos de enero. Te acompañé hasta el río nuestro. Y, estando allí, me dijiste que no ibas más conmigo. Tu discurso se volvió lineal, insípido. No como cuando nos conocimos. Este ahora es pura perplejidad para mí. Habiéndote visto en tu infancia. Danzante. Con tus piecitos atados a las alas del águila nuestra. La que vimos, por primera vez, en majestuoso bosque de los dos. Lo habíamos construido juntos. Tú con lo que tenías. Como queriendo decir que no. Y, yo, aportando mi visión de universos hechos para ti y para mí. En una corredera improvisada. En ese juego con el mar. Allá, en donde el agua es más densa. Y colocamos arrecifes para detener las olas encrespadas y dotadas de una fuerza infinita. Y te lo dije, diciéndote que no te fueras. Pro ya todo estaba dicho. No más palabras que en vez de arrullar, laceran. Me regresé como perdido de fe y de memoria. Te fabriqué un ícono. Y lo puse a la entrada de la casita, la que nos albergó tanto tiempo. La puse para que, quien pasara, supiera que eras mujer absoluta. Y, al caer la noche, cerré puertas y ventanas. Y me propuse dormir. Buscando los sueños idos. Cuando estábamos los dos. Dormí, en tiempo, trece veces más que lo eterno. Buscándote en las soledades del desierto. Y vi tus huellas en el camino todo. Y soñé más. Viéndote en la lejanía del río que te llevó a ti y a tu barca. Hecha del ilusionario tuyo y mío. Y, ese nuestro río, siguió raudo buscando al mar. Barquita esa de papel con hilo trabajado por mi madre. Y la recibiste ese día antes de partir. Y la vieja Baltazara, me dijo que, siendo ella mi madre; era tuya también. Bajé de los sueños consecutivos. Justo cuando robaba las alas a nuestra águila que, tú y yo, bautizamos Esperanza. Tal vez recordando lo que hicimos juntos, ese día de calentura manifiesta. Tanto que derritieron todos y todas. Menos a nosotros. Alzando vuelo magnífico: Pensábamos ir hasta donde estuviera quien hizo tus ojos. Lo encontramos en ese extremo que no conocíamos. Y apareció. Así, ¡de golpe ¡Que yo necesitaba tener otro par como los tuyos! En alzando las manos, como solo él podía hacerlo. Me susurró que su trabajo ya no era ese. Que buscáramos a la estrellita que vivía todo enfrente. Pasamos a esa otra orilla. Y le dijimos al notario de la vida, lo mismo que le habíamos dicho al otro hacedor de estigmas. Y, este otro, nos dijo que lo que pasó con tus ojos, solo fue laminita de agua. Y que ahí se hicieron los negros luceros de mi alma bella. Mi mujer que vive la vida, viviéndola tantas veces que ya había perdido la cuenta. Que lo único cierto era que irrepetibles serían siempre. Volví a soñar con el río. Y con tu barquita bajándola, estabas tú. Y que habías partido ese lunes, después de haber hablado con los sabios que no pudieron repetir los ojos que miran y enloquecen al unísono. Que todo lo nuestro había sido. Pero que ya no era. Que la soledad solita se prolongaría hasta las setenta veces siete universos juntos. Al despertar de ese enésimo sueño, corrí tanto y tan de prisa que la velocidad de la luz de las luciérnagas, quedaron en silencio detenidas. Pasé por los bosques. Cada nada me perdía. Pero, al momento, volvía a encontrar el río referente. Contigo abordo. Te llamaba a voces, en gritos. Y tú imperturbable. Y llegué al mar antes que tu barca. Y, cuando llegó, venía íngrima. Y me contó que te habías bajado a la mitad del viaje. Y que, en voz vibrante me llamabas para regresar conmigo. Y que, la barquita, te respondió diciéndote que ya era muy tarde. Que yo había ido hasta el mar y que con él me quedaría Matar en silencio Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que fuimos en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de hombres puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera llamarse camino enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en
  • 8.
    plenitud. Y, comosumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome sujeto proclamado al comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto de mil voces y mil pasos y mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones vertebradas. Como simple hechura compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso con los otros y con las otras. Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si, estas, pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como concreción cerrada, inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes Pelayo. Nos habíamos visto antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las hilaturas de toda vida compartida, colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera llamar opciones de propuestas. Casitas como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio viento, soplando el polvo de los caminos, como dice la canción. Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el tormento de bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y los zaguanes impropios. Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que se da, ahora, en llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra hecha por los vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica Hegeliana improvisada. De aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color y sin vida. Solo en el transitar de sus habitantes. En la noche y en el día. Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio. Tanto como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo desnudo. Para hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante. Sus piernas absolutas. Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en todos. Así fuera en la noche o en el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo rojizo. Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y lugar. En danzantes hechos de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En legendarias brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes que no fueron para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades distinta a la de ser soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le permitieron. Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí, era como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito. O en la calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese día en que la vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de mirada aspaventosa. Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo saludé a él. Tratando de disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la vida, hasta la asfixia casi. Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño. Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla. Y salí a la calle. Y lo busqué y la busqué. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa, la maté y lo maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue para Miguelito amante. Vendimia Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena. Como cuando se tiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad, sin poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin sentir la ausencia de condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la querella conmigo y con el otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo mismo que sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna.
  • 9.
    Efímera o constante.Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos íntimos. Asociados a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al menos, sentido. Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En una hon dura de dolor manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la intención de no enfrentar más lo habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la lucidez. Porque he ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado. Subsumido en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y andando caminos que llevan a ninguna parte. Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en cualquier otra parte anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la espada mía insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de incapacidad para ser uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo. Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En búsqueda de camino de escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un tiempo, fui. Como pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a la memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la largueza de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la negación de todo. En lo circunstancial perdido. En el contexto proclamado como aluvión de rigores. De itinerarios envolventes. Surtidos de simples cosas. Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En vocinglería innata y rústica. Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me apabulla. En fin, que, siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado el momento de no ser más. Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía. Un sentir desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha tornado perenne. Un no a mi yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán áspero. Punzante. Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte. Sol viejo. Tu radiante Ejerciendo como violín de tu danza y canto, me ha dado por recorrer todo lo que vivimos antes. Toda una expresión que vuelve a revivir el recuerdo. De mi parte te he adjudicado una línea en el tiempo básico. Para que, conmigo, iniciemos la caminata hacia ese territorio efímero. Un ir y venir absoluto tratando de encontrar la vida. Aquella que no veo desde el tiempo en que tratamos de iniciar los pasos por el camino provistos de un y mil aventuras. Como esa, cuando yo tomé la decisión de vincular mis ilusiones a la vastedad de perspectivas que me dijiste habías iniciado; desde el mismo momento en que naciste. Todo fue como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya, desde ese momento, había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las cosas, no pasaba de ser diminutivo centrado en posibles expresiones que no irían a fundamentar ninguna opción de vida. Viendo a Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a uno los fuimos contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. A propósito de sonsacar a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese recorrido nos situamos en la misma línea habida. Situada en posición de entender su dinámica. -
  • 10.
    La vía nuestra,fue y ha sido, entonces, una bruma falsa. Que impide que veamos todos los indicios manifiestos. Y que, en su lugar, incorpora a sus hábitos, todo aquello que se venía insinuando. Desde ese mismo anchuroso rio benévolo. Y, de mi parte, insistí en navegar contracorriente. Tratando de no eludir ninguna bronca. Todo a su tiempo, te dije. Y esperamos en esa pasadera de tiempo. Y volvimos, en esos escarceos, a habilitar la doctrina de los ilusionistas inveterados. Todo, en una gran holgura de haceres trascendentes. Y, ya que lo mío es ahora, una copia lánguida de todo lo que yo mismo había enunciado en ese canto a capela. Y que traté de impulsar, como principio aludido y nunca indagado. En esa sordera de vida. Solo comparable con el momento en que te fuiste. Y entendía que no escuchaba las voces. Las ajenas y las nuestras, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera vuelta. Y que tú lloraste. Pero seguía el olvido de tus palabras. Porque ya se había instalado, en mí, la condición de no hablante, no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que pasar, antes de volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido y dominado el rol del silencio y de la vocinglería. Contradictores frente a frente. Y que empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te hicieron los dioses chicaneros. Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre. No iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las acechanzas que te siguieron desde ese día Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el Sol deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás, de tu música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo Sol. Muerto ya. Tú debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará Yo, Universo herido Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y yo traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en el entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí, antes. Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como sujeto necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el espectro, una ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero no fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho. Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo material. Yo, dando la impresión de sujeto precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como inmóvil cuerda de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente voz. Ni como móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de espacio exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para dejar de ser cuerpo de estigmas dolorosas. Que se aferra a la piel. Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo. En esa presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Como impávido averno dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como explorador inicuo. Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados. Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la herida vergonzante. Por lo mismo que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a una torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la hoguera primera. De los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de
  • 11.
    oprobios todo loque insinuara desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los dioses idos desde antes de haber nacido. Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin el faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de Zeus. Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún. Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza e n la Tierra viva. Volviendo desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio. Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro. Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo, convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo. Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones embelleciendo con sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá, huyendo a cualquier galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía consumida toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la vida. Proponer cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma, refería como simples engarces de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de haceres pródigos. Como en esa libertad de libre albedrío, que no permite inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge como simple respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante. Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto originario. Venido desde la melancolía primera. Atravesada. Estando ahí, siendo yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir. Cualquiera que haya sido. Me fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado volantín en tinieblas. Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de acción; lo demás se fue extinguiendo. Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado. Sus vivencias, empezaron a buscar un refugio pertinente. Se fugó de la casa en la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia donde iba. Solo yo logré descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi imperceptible. Y la seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como levitación de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en dirección a la marginalidad Yo, vulnerador En lo diferido, en ese entonces, estuve malgastando los recuerdos. Como quiera que son muchos. Y han viajado, conmigo, en la línea del tiempo profundo. Hacia diferentes medidas de trayecto lineal. En este día, estoy como al comienzo. Es decir, como aletargado por las palabras vertidas en todo el camino posible. Uno de los momentos que más me oprimen, tiene que ver con el incremento de hechos dados. Expósitos. Como esperando que alguien efectúe inventario de vida alrededor de ellos. Y, en ese proceso de manejo contado, fui hilvanando preguntas. Algunas, se han quedado sin respuesta. Y, por lo mismo, es un énfasis en litigio. Entre lo que soy ahora. Y lo contado por mí mismo, como insumos del ayer pasado. El día en que conocí a Abelarda Alfonsín, fue uno de tantos. Andábamos, ella y yo, en esos escapes que, en veces, son manifiesto otorgado a la locura. Ella, venida desde el pasado. Un origen, el suyo, envuelto en esa somnolencia propia de quienes han heredado tósigos. Como emblema hiriente. Un yo, acezante, dijo el primer día de nuestro encuentro. Iba en esa aplicación del legado, como infortunio. Aún visto desde la simpleza de la lógica en d esarmonía con los códigos de vida. En universo de opciones no lúcidas. Más bien, como ejerciendo de hospedante de las cosas vagas. Esto fue propuesto, por ella, como referencia sin la cual no podría atravesar ese mar abierto punzante, hiriente. Y yo, en eso de tratar de interpretar lo
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    mío. Como pretendiendoizar la iconografía, por vía explayada. En la cual, el unísono como plegaria, hirsuta; hacia destinos perdidos, antes de ser comienzo. En la noche habitamos ese desierto impávido. Hecho de pedacitos de verdades. En una perspectiva de ilusiones varadas en su propia longitud de travesía andada. No más nos miramos, dispusimos una aceptación tácita. Como esas que vienen desde las tristezas ampliados. Un quehacer de nervio enjuto. Y nos mirábamos, a cada nada. Ella, mi acompañante vencida por el agobio de los años y de su heredad inviable; empezó a del horizonte kafkiano. Una rutina de día y noche. Sin intervalos de bondad. Ni de lúdica andante. Y, ella, vio en mí, los depositarios de sus ilusiones consumidas ya. Y, yo, hice énfasis en lo cotidiano casi como usura prestataria. Como si, lo mío, fuese entrega válida en, ese su vuelo a ras de la tierra. Cuando lo hicimos, sentí un placer inapropiado. Ella impávida. Como simple depositaria de mi largueza hecha punzón. Un rompimiento de himen, doloroso. Y se durmió en mi recostada. Y vi crecer su vientre a cada minuto. Y la vi, en noveno mes, vencida. Como mirando la nada. Y con esos ojitos cafés llorando en su mismo silencio. Vulcano lo llamé yo. Desde ese venirse en plena noche de abrumadora estreches de ver y de caminar. Y, este, creció ahí mismo. Y, ella, con un odio visceral conmigo y con él. Miraba sin vernos. Y fue decayendo su poquito ímpetu ya, de por si desguarnecido. Le dije, sottovoce, que el hijo parido quería hablar con ella. Y lo asumió como escarnio absoluto, pútrido. La dejamos allí. En ese desierto brumoso. Nos fuimos en dirección mar abierto. Y empezamos a deletrear los mensajes recibidos. Desde ese vuelo perenne. Y sus códigos aviesos, ya sin ella. Hasta que recordé que la amaba. Y que le hice daño físico, al hendir lo mío en tierno sitio. Y dejé que Vulcano se fuera en otra dirección. Yo me quedé ahí. En sitio insano. Sin ninguna propiedad cálida. Sin ver sus brazos. Y su cuerpo todo. Y me fui yendo de esta vida. Y, rauda, la vi pasar. En otro vuelo abierto, con dirección a lo insumiso. Como heredad. Como sitio benévolo. Siendo yo Yo me inicié con justa causa. Mucho recorrido en lo que llevo de vida, Mi entorno hosco y presumido. Como cuando surgen las algarabías perplejas de tanto hacerse paso de recodos inciertos. Ya había perdido esa juntura exótica que he dado en llamar ingente plusvalía. Un ir mirando, lo digo yo ahora, lo que se ha hecho puntual de tendencia efímera. Como legado de la estadística intuitiva, que junta versiones de uno u otro lado. Es ahí, en ese punto de hoyo negro probabilístico, en el cual encontré la lluvia expiatoria. Un más o menos de recorrido penoso. No entendido, en comienzo. Y me hice vértigo de mí mismo. Como eso de no saber pulsar lo que me había sido dado. Un ceniciento sujeto opaco. La voltereta, en ciernes, sumaba hasta convertirme en ocaso prematuro. Podría decirse que es nimiedad de conceptos. En eso que tenemos todos y todas, de andar diciendo cualquier cosa. Como si el único requisito para hacerlo fuera lo que es una propuesta hecha fuego. Un tono y son exportado al aire puro o impuro. Rigoberto era como mi otro yo. Lo conocí en octubre primero. Estaba, él, recogiendo las bondades de lo humano. En un inventario insípido. Como quera que fue tomado de la usura puesta como principio y como quehacer. Los dos rodamos. Habiéndonos hecho cuerpos de hechura simple. Como simple fue lo que le dije en tiempo preciso. Lo hice reconocer que él solo era punto de llegada del trajín teológico. En eso aprendido que instauramos con condición de ser y estar. Una novedad manifiesta, para esa época langaruta. Mecida en el talismán de los sujetos hechos poder. Y le dije, además, que no entendía su desarreglo. Habiendo hecho, como en realidad lo hicimos, un tejido societario. Po por lo mismo, sujeto a las veleidades de los detentadores de poder afanado. Vuelto gobernanza infinita. Y, habiendo pasado un siglo, nos juntamos otra vez. Él y yo. Como dualidad ajena a lo perdulario. Pero que, en sí misma, era com trocadero de puerto inasible. Por lo mismo que éramos cuerpos incrustados. Uno en el otro. En vencimiento de términos y adportas de
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    sucumbir como sujetosvenidos desde ese más allá interior de cada uno. Como si hubiéciimos embadurnado todo el pasar, pasando. Una especie de galimatías ramplón. Holograma Supe lo que pasó, cuando lo contó Luxila. La que estuvo en ese aspaviento de casa. Lo supe, entonces, en esa cortedad de tiempo. Vago, como pasa siempre. Como vaga es la verdad contada a porrazos. Y, en esa casita, rayada. Como dibujo hecho en la penumbra. Como cuando no se sabe lo que es ser cierto. Y, la Luxila, azotando al viento con sus palabras vertidas. Así. Dejándolas volar sin prisa. Con la vehemencia de quien ya, antes de hoy, le ha hablado al mundo. Y es que dicen que, siendo ella niña hechicera, se puso a pasar por encima del fuego vivo, enhiesto. Empecinado, envolvente. Como potencia misma, sin ocaso. Y, lo dicen ellos, que ella se fue adueñando de él y de lo circundante. Y que fue creciendo en pulsión y en calendas. Y que conoció a Cayetano Manrique. Avieso tormento. El mismo que llegó, siendo un junio soleado. Fugaz. Y se instaló en el predio de los Benjumea. Que los hirió con el punzón traído desde su época de matón. De funesto cobrador de deudas. En ese peregrinar insaciable de sus patronos. Vergonzantes aduladores del Jerarca mayor, bandolero por lo bajo. Y, ese jueves en que pasó lo dicho por ella, se hizo hostigante día de holgura en odio supremo. Día que pasó lento. Como lenta fue la tortura infringida a los protestantes que habían levantado voces, juntas. En reclamante expresión primaria. En una seguidilla de opciones propuestas desde antes. Desde que se hizo evidente la sensación de exterminio palaciego. Y, tal vez, por eso mismo se fue tejiendo, en anchura, la noción de libertad. En una elucubración de ternura suprema. Unos ires evolucionados desde adentro. Y las cosas, según ella, se dieron de tal manera que, cada quien, buscó lo suyo en ese mismo hilo envolvente. En el ejercicio máximo de fuerza suya. De las condiciones que empezaron a trepidar en ese adentro letal. En volcamiento de seres que fueron en crecimiento de razón como quiera que se fue disolviendo la verdad venida desde antes. Y, entonces, en posición venida se exhibieron las ofertas para horadar la ternura y la esperanza. Y, diciendo ella eso, supe de su verdadero rol. Y, en esa misma perspectiva, validé mi referente. Ya no era el que había sido hasta entonces. Ya era lo reducido del ver y del andar. Como si yo fuese taxidermista improvisado. O rebanador de cerebros. Así se lo hice saber, cuando terminó su letanía pensada desde antes. Y, en ese mismo destrozo de vida, se fue irguiendo la especulación con la esperanza. Una voladera de unciones aceitosas. Como simple caparazón que llegó a ser permeado por los ilustrados empotrados en el cuerpo que heredaron de su anterior extirpe. Como sujetos magos que, blandiendo las espadas novísimas, se convirtieron en simples azuzadores de proclamas venidas a menos. Y ella, entonces, trató de alzar vuelo secuenciado. Como dosificando las palabras habidas desde allá. Desde esas noches en que ella hizo vigilia para observar la tornasolada transformación de las noches-días. De la iridiscencia opacada por el vuelo en alas de amargura. Y, en esa casa en que ella habló, se cerraron puertas y ventanas. Se hizo viento de acerad o frío. De humedades sarnosas, Como si, en enfermizo entorno, la pudrición pudiera más que la velocidad luz de las reclamaciones. En este hoy epopéyicos, ella y yo, juntamos habladurías. Para decirnos a nosotros lo que ya sabíamos. Pero fingiendo, en tartamudez vergonzante, que ese era nuestro mensaje nuevo. Traducido de las palabras escuchadas en las montañas frescas. En las cuales surgió la vida. Y que, en ese diciendo nuestro apestoso, mostramos como languideciendo el futuro. Que, con nuestras manos, ella y yo, fuimos haciendo hilatura gruesa. Como esa que ha protegido siempre a los malvados.
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    Y sí que,en ese juego extremo, nos sentamos a la vera de los caminos. Puliendo la piedra que habría de darle muerte a los libertarios. Pues sí que, habíamos transformado los tiempos. Habíamos mimetizado las verdades. Y habíamos hecho del delirio, manifiesta estampa de vida incierta. Río mío. Río de ella Yo te he propuesto volver conmigo. A este territorio expansivo, lleno de opciones y de imaginarios vertiginosos. Te lo he dicho, por lo mismo que estoy reivindicando el derecho a mirarte una vez más. En seguilla de palabras y de expresiones corporales; te he visto en todos mis sueños habidos desde que volaste. Recuerdo bien ese día. Uno de tantos de enero. Te acompañé hasta el río nuestro. Y, estando allí, me dijiste que no ibas más conmigo. Tu discurso se volvió lineal, insípido. No como cuando nos conocimos. Este ahora es pura perplejidad para mí. Habiéndote visto en tu infancia. Danzante. Con tus piecitos atados a las alas del águila nuestra. La que vimos, por primera vez, en majestuoso bosque de los dos. Lo habíamos construido juntos. Tú con lo que tenías. Como queriendo decir que no. Y, yo, aportando mi visión de universos hechos para ti y para mí. En una corredera improvisada. En ese juego con el mar. Allá, en donde el agua es más densa. Y colocamos arrecifes para detener las olas encrespadas y dotadas de una fuerza infinita. Y te lo dije, diciéndote que no te fueras. Pro ya todo estaba dicho. No más palabras que en vez de arrullar, laceran. Me regresé como perdido de fe y de memoria. Te fabriqué un ícono. Y lo puse a la entrada de la casita, la que nos albergó tanto tiempo. La puse para que, quien pasara, supiera que eras mujer absoluta. Y, al caer la noche, cerré puertas y ventanas. Y me propuse dormir. Buscando los sueños idos. Cuando estábamos los dos. Dormí, en tiempo, trece veces más que lo eterno. Buscándote en las soledades del desierto. Y vi tus huellas en el camino todo. Y soñé más. Viéndote en la lejanía del río que te llevó a ti y a tu barca. Hecha del ilusionario tuyo y mío. Y, ese nuestro río, siguió raudo buscando al mar. Barquita esa de papel con hilo trabajado por mi madre. Y la recibiste ese día antes de partir. Y la vieja Baltazara, me dijo que, siendo ella mi madre; era tuya también. Bajé de los sueños consecutivos. Justo cuando robaba las alas a nuestra águila que, tú y yo, bautizamos Esperanza. Tal vez recordando lo que hicimos juntos, ese día de calentura manifiesta. Tanto que derritieron todos y todas. Menos a nosotros. Alzando vuelo magnífico: Pensábamos ir hasta donde estuviera quien hizo tus ojos. Lo encontramos en ese extremo que no conocíamos. Y apareció. Así, ¡de golpe ¡Que yo necesitaba tener otro par como los tuyos! En alzando las manos, como solo él podía hacerlo. Me susurró que su trabajo ya no era ese. Que buscáramos a la estrellita que vivía todo enfrente. Pasamos a esa otra orilla. Y le dijimos al notario de la vida, lo mismo que le habíamos dicho al otro hacedor de estigmas. Y, este otro, nos dijo que lo que pasó con tus ojos, solo fue laminita de agua. Y que ahí se hicieron los negros luceros de mi alma bella. Mi mujer que vive la vida, viviéndola tantas veces que ya había perdido la cuenta. Que lo único cierto era que irrepetibles serían siempre. Volví a soñar con el río. Y con tu barquita bajándola, estabas tú. Y que habías partido ese lunes, después de haber hablado con los sabios que no pudieron repetir los ojos que miran y enloquecen al unísono. Que todo lo nuestro había sido. Pero que ya no era. Que la soledad solita se prolongaría hasta las setenta veces siete universos juntos. Al despertar de ese enésimo sueño, corrí tanto y tan de prisa que la velocidad de la luz de las luciérnagas, quedaron en silencio detenidas. Pasé por los bosques. Cada nada me perdía. Pero, al momento, volvía a encontrar el río referente. Contigo abordo. Te llamaba a voces, en gritos. Y tú imperturbable. Y llegué al mar antes que tu barca. Y, cuando llegó, venía íngrima. Y me contó que te habías bajado a la mitad del viaje. Y que, en voz vibrante me llamabas para regresar conmigo. Y que, la barquita, te respondió diciéndote que ya era muy tarde. Que yo había ido hasta el mar y que con él me quedaría
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    Viejo Fredy libertario Laconvocación primera me llama, ahora. Teniendo el recuerdo vivo. En el absurdo volcado. Como lo vi en ese ayer no sereno. Guerrero. Y no dejando pasar el olvido. Ni que se asiente aquí, ahora. Y me vino la locuacidad del silencio. En un engaño, a veces, traté de hacer recilencia. Pero pudo más el hecho del recuerdo cierto. En viéndolo ahora como sujeto de entrenada ternura. Para que no fuese a brotar al lado de quienes nunca la sintieron. Ni la sentirán. De esa imborrable mirada, suya. Con la suficiencia plena. Por ahí andando. Tratando de encontrar el futuro pleno. En lo que esto tiene tendrá de amplitud de bondad rebelde: Que quiso ceder, tal vez, cuando mataron su cuerpo. Una infame perspectiva. Anclada en lo que somos como sujetos en violencia maldita. Pero, en él estaba, el sueño escondido. Para ponerlo a vibrar al lado de quienes amó siempre. Sus súbditos voluntarios. Al lado suyo. Queriendo irse con él. Hacia esa brecha de silencio vivo. Elocuente. Dispuesto a volar en anchuroso vuelo de libertad prístina. Y estuvimos a su lado siempre. Aún en esa ausencia del no estar reclamándoles a los dadores de muerte aciaga. Pero, en eso que tenemos de nervadura oscilante, pero férrea, nos hicimos a la idea de no haberlo visto partir por ese camino no querido. Pero transitado por otros y otras muchas y muchos. De los que se fueron antes que él. Pero que le dejaron la huella viva, abierta. Tal vez para que la recogerá cualquier día. Pensado en eso de que vivir tenemos en fuerza y en lucha. Y que, esa muerte ahí, al tanto de los cuerpos que ya no respiran. Pero, así mismo, en ese verlos flotar en el espíritu que tenían. De pura pulsión de vida cimera Y, en este hoy tardío, aquí. Se va la memoria a rescatarlos. Pero, sobre todo, a él. El sujeto Fredy. Empalagoso con tanta fuerza puesta al servicio de la libertad. Y, en esa recordadera de ahora, me encuentro en este yo flagelado por el hecho de no poderlo ver más. Desde ese día. En su trinchera de verdad. De la academia sin fisuras. Al lado de setenta veces siete volan tines. Hombres y mujeres. De los niños y las niñas, puestos en primera fila. Para no dejar que el olvido se asiente. Y deje que cobre fuerza la acechanza pérfida. Ellos y ellas. Pero ante todo este yo que sintió su voz en la cercanía misma. Ahí en el boquejarro no estridente. Acicalado por la doctrina cierta, certera. De la teoría y la acción empecinadas en no naufragar nunca. Es, como si ahora, en este tiempo presente. Venido del pasado. Pero nunca del olvido. Yo siento que me fui por la verdad como simple sortilegio inusual, innecesario, Tal vez cómplice de los matadores de hoy y de ayer. Y de los que se van suceder como empotrados en los tronos de miseria y de poca vida ilustre y lúcida. Es como cuando siento y he sentido, el ave agorera volando alrededor de nosotros y nosotras. Ave creada por los perdularios. Para extender el dominio de su ignominiosa presencia. Como Chabacanes que fungen como sujetos de venganza. Tratando de impedir el vuelo de la esperanza. Como vuelo de vida perenne. A unísono, mi yo y mi fuerza, seguiremos empecinados en darle vuelta a las cosas. Como en esa subversión necesaria. Más ahora que quienes fueron libertarios y libertarias con nosotros y nosotras, otrora; los vemos y las vemos al lado de la democracia vergonzosa. Como querie ndo, ellos y ellas, dar a creer que lo pasado de la revolución necesaria, hizo crisis. Qué diría el viejo Fredy, si le hubiese tocado ver esta sangría. Este entregarse a los dueños del poder. De los que, a cada paso. Nutren de vergüenza y de dolor el territorio que habrá de ser nuestro. Y que te esperamos, cuando se haga presencia absoluta. Inamovible. Para que nos veas desfilar en la divertida alegría. De libre vuelo. De esperanza henchidos y henchidas. Haciéndoles morder polvo a los matadores. Como esos que te mataron el cuerpo. Pero que no mataron tu recuerdo. La cautiva liberada Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva
  • 16.
    Es como todolo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada. Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo. Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno. Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada. Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega. Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para que hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana. Y es ahí en donde quedo. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida; repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí. Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el entorno que amamos.
  • 17.
    Ella, la mujer.Ella Fantasía Yo sí que he tenido dificultades. De esas que uno dice, espontáneamente, que se parecen a algún castigo premeditado. A pesar de mi ateísmo declarado, ahora como que meto en saco roto esa posición. La cual la advertí, en mí, hace mucho tiempo. Así, de rapidez. Como cuando se entiende una dinámica de vida que no se corresponde con la lógica elemental de los hechos y acciones asignados por uno mismo. Pero que, condiciones de similitud con respecto a las ilusiones, se parecen a esos tejidos de arañas. Que te dejan ahí. Encadenado. Viviendo al gasto cotidiano. Y, entonces, te das cuenta que todo lo habido como que se constituye en insumo que aturde. Que te deja a merced de lo absurdo. Cuando no, de lo ridículo. Y claro que se sigue viviendo. En sucesión, las cosas, adquieren vida propia. Y te asfixian. Se colocan por encima del sujeto que las vive y las siente. No habiendo lugar, a partir de esa sumatoria de momentos, para reclamar la identidad. Esta como que se disuelve en las eventualidades del día a día. Por lo tanto, en consecuencia, es un recuerdo que hace daño. Es decir, siendo yo hoy, lo que se perfiló desde ayer, ese mismo hoy me condiciona. Como una pulsión que me deja varado, inmóvil, tratando de cruzar el rio. Y la realidad se convierte en escenario de cosas punzantes. Que hiere. Y te vuelven a remitir a lo primero. Siendo esto lo que ya dije del ayer. Y tal parece que lo estoy asimilando por una vía inapropiada. En eso de que lo uno sigue a lo otro. Y que este otro es, precisamente porque fue primero lo que advierto como ese uno abstracto. Como cosificación que inmola. Que te obliga a padecer ese hoy, como tormento. Y qué decir, entonces, de la posibilidad de retornar al origen. Es decir, como tratar de rehacer la vida. Tratando de reconciliar creencias con las decisiones. En suposición de que sea factible corregir. Emprender camino con otras connotaciones. Y con otras opciones que no traduzcan lo que ya está cifrado. En ese tipo de ilusión que no había sido contemplada. Al menos que no había sido requerida como otra ruta. Distinta a la que, al final, fue. En esa locura de realizaciones. Contenidos impropios. Por cuanto se asemejan a la pasión convertida en insensatez. En revoltijo de concreciones generadoras de desencanto. En ese tipo de reflexión estaba, cuando se me dibujó su cuerpo. En película que yo llamo la línea de percepción inmediata. Una negra convocante. En desnudez. Sin admitir ninguna erosión entre la percepción y la cosa en sí. Yo me detuve, tratando de increparme, para despertar del sueño creído. Pero no era sueño. Porque la palpé. Cogí sus manos. Luego deslice mi mirada y mis dedos por el vientre puro. Aprisioné su cintura. Con mis labios recorrí su cuello. Extasiado. Yo ya sabía que era una de aquellas mujeres en venta. De esas que se compran por ratos. Para deshacer con ellas la soledad. Ya me había pasado antes. En el mismo sitio. Pero esta ejercía una sensación hipnótica. Pujaba, todo en ella, por la seducción imprecisa. Mágica. Y le dije que lo mío iba más allá. Que no la quería ver ahí. Que la deseaba. Y se lo dije en condición de sujeto que vive el éxtasis no premeditado. No como con las otras a las cuales acosé con mi libido enfermiza. Que maltraté en lo físico y en lo del alma también. Y le dije que la deseaba. Para mí. Para que espantara mi soledad y mí entendido de vida. Y que la amaba desde antes. Siendo ese antes, la primera pasión y visión. No en montonera de cosas estáticas. Sino en secuencias de gratificación universal. Como cuando se vuelve a localizar el camino perdido. Y vino a mí. Y me besó. Con ternura de mujer total. Y caminamos. Por la calle tan visitada. Tan vilipendiada. Y fuimos el uno y el otro. Un crecimiento de pasión. De cuerpos entrelazados. Y la tuve y me tuvo. Siendo, ya, el amanecer; me despedí de ella. Y no la volví a ver. A pesar de que todos los días y las noches la he buscado desde entonces. Indagando por ella; me dijeron que no había sido nunca cuerpo de ahí. No era sujeta en venta. Simplemente porque nunca, ella, había estado. Porque ese nombre “Ternura”, no había sido conocido, ni visto. En fin, que, lo mío, no era más que una fantasía. Una locura habida. Ahí en donde yo decía que puse mi vida.
  • 18.
    La Diosa Amada Elerizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era. En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, mu chas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera. Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos. En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente. Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en enésima potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados, pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir. Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho. ¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen. Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado caminos al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo. Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura. De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y ellos e ncuentres el rumbo que parece perdido. Son
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    (ellos, ellas), viajantesempedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita. Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente. Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de las heridas que han hecho en tì, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra natura en formación. Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y ellas, vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo. En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias. Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo. Hetaira nuestra La conocí en el universo habido. Siendo ella mujer de libertad primera. En esa exuberancia que me tuvo perplejo. Durante toda la vida mía. Siempre indagándola por su pasado sin fin. Siendo este presente su expresión afín a lo que se ama en anchura inmensa. Siendo su belleza el asidero de la ternura. En su andar vibrante. En caminos por ella pensados. En ese ejercicio lujurioso sublime, herético. Me fui haciendo a su lado, como s ujeto de verso ampliado. Me dijo, en el ahora suyo, lo mucho que podía amarme. Diciéndole yo lo de mí viaje al límite gravitatorio. Ofreciéndole todo el ozono vertido en el fugaz comienzo que se hizo eterno. No por esto siendo mera expresión de momento. Ella, a su vez, me enseñó sus títulos. Siendo el primero de toda su holgura en lectura y en palabras. Yendo en caravana de las otras. Con ellas deambulando de la mejor manera. Por ahí. Por los anchurosos valles. Por los mares empecinados en demostrar su fuerza. Cogiendo el viento en sus manos y arropándolo para que no se perdiera. En fin, que, la mujer mía libre; se fue haciendo, cada vez más explayada en recoger lo cierto. En lucha constante con la gendarmería despótica. Fue cubriendo con su cuerpo todos los lugares no conocidos antes. La vi llorar de alegría inmensa. Cuando encontró la yerba de verde nítido. Y las aves volando que vuelan con ella. Me dijo lo que no decir podían las otras. Juró liberarlas. Y sí que lo hizo. Con su ejército de potenciado. Uno a uno. Una a una, fueron apareciendo. Espléndidos y espléndidas. Con el traje robado a la Luna nuestra. Sin oropeles. Pero si hechos con tesitura amable. Elocuente. Enhiesto. En ese andar que anda como sólo ella puede hacerlo. Todos los lugares, todos, se fueron convenciendo de lo que había en esa belleza extraña. No efímera. Cambiante siempre. Siendo negra que fuere. Y amarilla superlativa. Y blanca venida a la solidaridad de cuerpo. En mestizaje abierto, profundo. Como queriendo, yo, decirle mis palabras, me enseñó a tejerlas de tal manera que surgió la letra, el lenguaje más pleno. Siendo, ella, lingüista abrumadora en lo que esto tiene de amplitud posible, para enhebrar las voluntades todas. Haciéndose vértebra ansiosa, a la vez que lúcida para la espera. Me trajo, ese día, los mensajes emitidos en todas partes. Conociéndola, como en realidad es, me fui deslizando hasta la orilla del cántico soberbio. Y, estando ahí, triné cual pájaro milenario. Convocando a mis pares para ofrecerle corona áurea, a ella. Para efectuar el
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    divertimento nuestro, antesu potente mirada. Negra, en sus ojos bellos. Locuaz conversadora en la historia entendida o, simplemente, en latencia perpendicular, en veces, sinuosa en curvatura envolvente, en otras. De todas maneras, permitiendo el encantamiento ilustrado. Este territorio que piso hoy; se convertirá en paraíso para las y los herejes todos y todas. Para quienes han ido decantando sus vidas. Evolucionando enardecidas. Como decir que el ahínco se hace cada vez más cierto; por la vía de la presunción leal, no despótica. Aclamando la voz escuchada. Voz de ella sensible. De iracunda enjundia permitida, plena, elocuente. Conocí, lo de ella en ese tiempo en que casi habíamos perdido nuestros cuerpos. Y nuestras palabras todas. Y sí que, en ese viaje permitido, me hice sujeto mensajero suyo. Llevando la fe suya; como quiera que es fe de la libertad encontrada. Uno a uno, entonces. Una a una, entonces; nos fuimos elevando en las hechuras de ella. Transferidas a lo que somos. Conocimos las nubes no habidas antes. Y los colores ignotos hasta entonces. Y las lluvias nuevas. Venidas desde el origen de la mujer que ya es mía. Y digo esto, porque primero me hizo suyo, en algarabía de voces niñas, trepidantes en potencia de ilusiones, engarzadas en el cordón obsequiado por Ariadna; hija de ella. Concebida en libertaria relación con el dios uno, llamado por ella misma, dios de amplio espectro. Hecho no de sí mismo; sino por todos y todas. Siendo, por eso mismo, dios no impuesto desde la nada. Más bien dios dispuesto como esperanza viva vivida. Cuando terminó mi vida, al lado de ella, me fui al espacio soñándola como el primer día. Cuando, con ella, comenzó Natura embriagante, nítida. Dominante. Protista Cuando tuve ese sueño complejo, me sentí inmerso en las condiciones primeras. Cuando no había aprendido a navegar. A andar. Por la vía de sujeto próspero en ilusiones coincidentes con mi instar. La soñé en lo recóndito de su belleza plena, avasallante. Y me hice viajero cohibido, en el significante de ser intrépido. Como convocante al ejercicio de vida. Con hilatura limpia, absoluta. Ella estaba, entonces, en la cumbre potenciada de su amplitud. De su holgura de creyente en la sabiduría como conocimiento sutil. Abierto a toda perspectiva; afín a la locomoción herética. Inasible para los gendarmes de vuelo a ras de la tierra. Hice, por lo tanto, recorrido en territorio áspero, en procura de la imponente mujer establecida. En conocido terreno. Y, en lo desconocido en universo todo. Supe que no podía emularla. Por lo mismo que ella es sujeta de inmenso enhebramiento. En esa seguidilla de seres cambiantes. Con la mira puesta en la velocidad del tiempo luz. Pero, en el entretanto inmediato, sabía asir la vida en la evolución máxima posible. Sabía, ella, del pundonor aplicado al crescendo nutriente de lo móvil, en veces imperceptible. Yendo hacia los entornos amados por todos y todas. Algo así como sopladura del viento tierno. Pero, al mismo tiempo, en ese ir prefigurando la visión de la vibrante hechura, en vida. Se fue creciendo mi cortejo hacia ella. Yo, en esa condición envolvente, de lo palaciego. En condición de simple heredero de nichos ululantes. Hice del caminar en camino entero, no otra cosa que hacedor torpe de lo orgánico viviente. No lo pude entender en esa velocidad soportada en el paso que paso de lo suyo. De ella. Orientadora de la pulsión coqueta. Ella, entreviendo la juntura explayada de las condiciones vivas. En ese proceso. En eso de entender lo cambiante; como ejecución en la lentitud misma. Como si anhelara lo consciente. En el entendido de Natura. Iridiscente, en veces. En lo opaco imperceptible, en otras. Subiendo, ella, que subiendo fue legítima pieza corpórea. En ese estar en ciernes. Sin los predicamentos formales, lineales. Más bien en ese avizorar el futuro, por la vía de proponer una bitácora cierta. Siendo, entonces ella, el sonido hecho, aupado. Con ella mirada suya como
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    miríada vertebradora delo concreto. Por la vía de lo complejo del paso a paso. No volátil. Como si fuese mero nutriente impávido. Más bien cómo hacer primero. Sin nostalgias entendidas como haber sido sujetas y sujetos ya. Impulsando el quehacer ahí. En donde el ser y ser está cifrado de manera cambiante, dialéctica. Como soporte ampliado de su conocer, de su concepto, de su impronta azuzada siempre por aquella noción de lo vivo, no premeditado. Más como insumo que viene desde el ayer lo milenario. En tiempo no recogido. No contado. Como entendiendo lo suyo como inmensidad. Con patrones de vocería, siempre inconclusos. Pero nunca atados al olvido de lo ya aprendido. En, digo de nuevo, posibilidad en albur que fue evidenciado lo inmediato, como hechura de lo tendencial. En las probabilidades, siendo razón. Y siendo no-razón al mismo tiempo. En la diatriba convertida en ternura. Siempre ella, nunca ella misma primera, igual. Al fin no tuve que volar buscándola, en el horizonte ya percibido. Pero nunca hecho fin eterno. Me vi avocado en premura instantánea. En ese ir sin ella. Ya posicionada de su rol. En lo inverso y directo. Yo la vi, vuelvo y digo, como diosa guía. Como en posición de ser instrumento. A la vez constante. A la vez cambiante. Y yo icé banderas relampagueantes. Como mojones imponentes, por lo mismo que fueron y son herencia de ella. Después d haber sido convidado a su nombre. Para convertir la vida simple, en cimera compleja. Sin cronología formal. Y, en lo que digo hoy mismo, está cifrada su vida punzante. Cada nada hecha la misma, pero distinta. En equilibrio imposible. Porque Natura sigue yendo. En infinita potencia. Ella solo es momento. Yo seré, también, un momento que paso a paso pasa. Recreando a Eros Que la vida es una, no lo sé. Sé si, que tiene que ser vivida en el ahora presente. De futuro incierto. Como si fuera no válido, para abrigarla. Y de pasado opulento, a veces, pero sin mirada posible, en el ahora, vivido. Como si fuese, ella, profanadora en ímpetu. De la belleza ingrávida. O de la tristeza necesaria. Fungiendo como ave arpía; que no se duele de ella. Pero que causa dolor pasmoso, insólito; por lo mismo que siendo tal, se exhibe y vuela, pero no se pierde. Por lo tanto, en vida esta, siento que se desparrama lo habido. Como si fuese etéreo patrimonio no vigente. Como si, en larga esa vida, manifestara el dolor como primer recurso. Como atadura infame. Como torcedura que atranca lo que pudiera discurrir como cosa pura. O, al menos, como nervadura de alma, que la hace empinada y susurrante de ternura. Y, siendo así esa vida doliente, se empecina en retrotraer lo que fue. Allá en el no recuerdo nunca. O como si estuviera atada a la invariante locura de quienes no han sido y nunca fueron en sí, sí mismos. Tanto como sentir que revolotean en memoria. Sin alas suyas. Siendo prestadas las que usan, para planear sobre los entornos; de esa vida que duele y es agria. Como la hiel que le dieron a probar al Maestro. Ese en que cree ella; mi amante que vive. En un no estar ahí. Y la herrumbre se ensancha. Como ensancha esa vida el mortal quehacer que vuelve y duele. Como aguijón de escorpión en desierto. Como con atadura a la rueda inquisitorial. Partiendo los huesos de cuerpo que duele tanto que hasta muere de ese dolor inmenso. Que casi como, impensado. No más vuelve avanzando a zancadas. En noche plena de Luna; pero insípida por no verte. Es como si ensanchando lo profundo, volviese a momentos. Punzante como ahora. Siendo, tal vez, punzante siempre. Y vuelvo a mirar esa vida, no vida. Por lo mismo, vuelvo y digo, que no están. O que, esa misma vida mía, te hizo perder en lontananza. En periferia escabrosa. Como silencio absoluto. Siseando solo la voz de la serpiente engalanada. Con sus aires de domestica de esa vida mía. Como acechándome sin contera. Como palpando el aire. Localizando mi cuerpo casi yerto. Y se expande, con absoluta holgura, la ceguera de los ojos míos que no lo siento ahora; porque han volado las ansias, agotadas por no sentirte. Y sigue viva esa vida lacerante. En corpúsculos hirientes. Como aristas del tridente que es alzado por Dante Aglieri, simulando sus inframundos, como infiernos. Y todo, así, entonces, se vuelve y se volverá recinto de tortura. En proclama
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    avivando mi dolorin situ. De lo que fue y lo que será. Pasando por el es ahora. Hibernando en soledad. En locomoción estática. Como móvil arbitrario. Que no se mueve ni deja mover. Como supongo que es la nada. Es decir, como sintiendo que faltas en este universo pequeño mío, hoy. Todo así, como si fuera el todo total existente, Como si fuera lugar perenne. En donde habitan las sombras de tenacidad impía. Como el vociferar de los dioses venidos a menos. Como las Parcas de Zeus. Colocadas ahí no más. Vigilando la vida para, algún día y por siempre, volverla muerte incesante. Como constante variación de la ternura. Como disecando la felicidad que sentía antes. Cuando te veía siempre. Todos los días, más días. Más soleados de Sol alegre. Como cuando te veía enhebrar la risa, como obsequio a cualquier suceso; por simple que fuese. Con la voz desafinada. Más de lo que antes fuera. Con las manos buscando la puerta de la ventana tuya. Del símil de vida, ésa si vida plena. Y navego, entonces. Desde aquí y para allá, perdido. Siendo lo mío final estando apenas en el principio. Por ahí; en tumbos, por lo mismo inciertos. Como palabra no generosa. Más bien como estallido de las armas en todas las guerras. En tronera las siento ahora. En esa pavura como cantata de aspavientos. Lóbrega al infinito. Frío carnaval de la desesperanza. Con la hidra de mil ramas y mil espinas, como oferente. Siendo el día que es hoy. Siendo el antes de mañana. Sigo diciendo que necesito tu voz. No echada al aire a través de ondas invisibles. Sino como voz fresca, incitante, persuasiva. Siendo, entonces, este hoy sin ser mañana, estoy aquí; o ahí. O no sé dónde. Pero donde sea siempre estaré esperando tu abrigo. De Sol naciente. Sigue yendo por ahí Sé que vienes por ahí; oh diablillo envidioso. Tal vez es que te contaron de mi cuerpo hermoso. O será que, por ser de día, no hallaste el camino de tu casita olvidada. O, será que quieres quedarte a rogarle perdón al Sol, por lo mucho que has vagado. De lo que sea será, chiquilla habladora. No vengo ni voy tampoco. Solo espero la noche, aquí en este lugar que no brilla, ni calor tiene; ni risas tampoco. Yo siendo tú niña de alto vuelo, correría a buscar refugio en cualquier lado; antes que yo te convierta en bruja y viajes por las nubes con la escoba y el gorro. No me digas que debo hacer; no tienes por qué decirlo. Yo a ti no te creo, ni te quiero siquiera un poco. Anda ve y te pierdes. Espera la noche solo; como tiene que ser y como será siempre por lo que eres, diablillo mentiroso. Si tuviera aquí mi tridente te ensartara en él sin remedio. Y te haría arder en el fuego mío que tengo. Desde ayer y todos los días más; para vivir sin estorbos. Vete tú ahora no quiero ver ni tu rostro, ni tu pelo ni tus zapatos que tienen el color que no quiero; porque me hace recordar el día aquel en que partí la Luna en dos trazos. Uno para mí y el otro para mi hijo que se ha quedado allá solo. Vuelvo y te digo señor, que no te tengo miedo ni respeto. Eres para mí solo huella pasajera; que no puede anidar aquí; ni allí; ni allá en la casita de todos. Sigue tu marcha, pues, no vaya a ser que te conviertas en sumiso escorpión que no tenga aguijón, ni de a poco. Qué suerte la mía, digo ahora, encontrarme esta niña hoy; cuando yo llegué a creer que no había nadie aquí; en este bosque y ciudad que quiero tanto; por ser ella y él mi universo primero. Y buscando siempre estuve a quien robar y a quien soplar para que no viva más como ahora; sino como animal que ni pelo tenga. Ni muchos menos lindos ojos. Cuéntale eso a cualquiera que no te conozca. Yo, por lo pronto, sé quién eres y quien fuiste, porque me lo contó la alondrita mía que amo. Y que me avisó también, que vendrías muy solo, como para poder engañar; a ella, a mí y las otras también. Sigue andando pues, hasta que
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    puedas hallar aquien engañar y a quien pelar para a la olla llevar y prepara así suculento festín y para reírte sin fin. Ya ni ganas tengo de seguir hablando contigo; muchacha necia y sabia; me voy por otros caminos; buscando a quien agradar y ofrecerle mis mimos. No sabes lo que te has perdido, por andar hablando demás y por meterte conmigo. Que te vaya mal deseo, diablillo de ojos vivos. Tú seguirás tu camino y yo a vivir aquí me quedo. Como cuando no estabas, ni habías llegado siquiera. Saluda a tu hijo de mi parte; porque si es aún niño debe ser hermoso, cálido y tierno; como somos todos y todas las que, siendo niños y niñas vivimos la vida siempre, con la mirada hecha para amar ahora y por siempre Luna fugada Tanto huirle a la vida. Es como evitar ser tu amante. Las dos cosas trascendentes. Una, por ser la vida misma. Lo otro que sería igual a hurgar la tierra, en búsqueda del tesoro pedido, que sería cual faro absoluto. Entre lo yerto y lo móvil vivamente vivido. Todo se aviene a que mi canto no sea escuchado. Fundamentalmente por ti, diosa infinita. Por eso, me puse a esperar cualquier vuelo. De cualquier ave pasajera. Nocturna o diurna. Sería, para mí el mismo impacto y el mismo oficio. El de doliente sujeto que hizo de su vida; la no vida estando sin el refugio de tus brazos. Y, al tiempo habido, le conté mi sentimiento. Y me respondió con la verdad del viento. Fugado, sin poder asirlo. Y revolqué la tierra, en todo sitio. En cualquier lugar fecundo. Y el mismo tiempo y el viento, hicieron una trenza para ahogar mis ímpetus. Para que yo no pudiera entrar en ese cuerpo tuyo. Viajé en ellos, en el tiempo y el viento. Llegué, no recuerdo ni el día ni la hora. Simplemente, bajé, otra vez, al sitio en que te he amado. Encontrándote, susurrando palabras. Como las de ese Sol potente. Estaba en espacio frío. Y te fuiste, en el tiempo y el viento. Y te vi ascender. Traspasando la línea que protege a la Tierra nuestra. No pude alzar vuelo contigo. Simplemente porque, viento y tiempo, te arroparon y desecharon mi presencia, mi cuerpo. En este otro día, En esta soledad tan manifiesta. Tan hecha de retazos de tu mundo ya fugado. Me dije que ya era hora de ser libre. ¡Para qué libertad, sin estar contigo! Eso dije. Y retomé el camino arado, por siglos. Por gentes sencillas. Bienamadas, solidarias. E hice andar mis piernas. Hice que todo mi cuerpo te buscara. Y encontré a la vieja esperanza, maltrecha, pero nunca vencida. Al tiempo encontré a la ternura toda. Me dijo: si nos has de ir, mejor quédate ahí. Llegando la noche, entonces, te vi dibujada en la Luna. Y gozabas, jugando con su arena inmensa. Con su gravedad hecha cuerpo. Y, siendo ese cuerpo, tú. Me enviabas voces, palabras. Pero a mitad de camino se perdían. Ruidoso rayo, envolvente. Dos en uno. Energía potente. Sonido anclado en toda la energía hecha. Pasando la noche, pasando se, hizo más borrosa tu figura que volví mis ojos al lado obscuro de tu hospedante Luna. Haciéndose fugaz lo que antes era permanente para mí. Esa risa tuya. Esos tus ojos tiernos en pasado; ahora voraces y lacerantes miradas. Mudez impávida, enervante ahora. Hoy, camino… ¿Yendo adonde? No sé. Como si se hubiese perdido la brújula. Esa que siempre llevabas en tus manos. Y, siendo cierto esto, traté de retomar el camino perdido. Traté de alzar vuelo. Pero seguía ahí mismo. En la yesca infame, Todos miraban mi dolor. Todos y todas, mostrando su insolaridad por ti endosada. Tal vez como revancha absurda. Pero era eso y no otra cosa. Era tu pulsión de vida. Perdida ya. Y recordé que, en otrora, éramos boyantes personajes. Absorbiendo la luz y la ternura en ella. En este sitio, para mi memorable, quedará escrito, con el lápiz de tus ojos, la pulsión de vida mía. Pasajera. Casi irreal. Casi cenicienta simple, engañada. Y si digo esto ahora, es porque te fuiste. Y está en esa Luna tuya, inmensa. Pero, para mí, Luna Fugaz. Luna hechicera
  • 24.
    Libertad negra, prístina Enconsentimiento de los dos, se hizo icono lo que antes era solo falso conserje. Le dimos el nombre de lógica, en conexión con lo que entendíamos desde antes de ser uno, siendo dos. Y volamos, en vuelo ajeno, a los palacios de reyes eternos, no vencidos por la historia guerrera libertaria. Nos hicimos, pues, escoltas de lo que pasó, en ciernes. Como homenaje a África profunda, absoluta. Y resultaron ser reyes proselitistas, en la nueva era de lo que somos hoy. E hicimos voz bipartita, como convocatoria a las voces todas, imaginadas. Nos fuimos yendo en lo pendenciero. Por la vía de no promover libertadores melifluos. Asumimos la brega hecha protesta libertaria. Pero, quien creyera, llevando por dentro los traidores a la manera de Caballo de Troya. Y vimos a Idi Amín pútrido, torcido sujeto. Y volamos, de nuevo, a ese Congo distanciado, liberado de la Bélgica presuntuosa, engañadora como supuesta madre patria. Localizamos la potente Biafra, en separarada ya, de no sabemos qué. Pero, sabiendo que estaba languideciendo. Con sus hijos e hijas negras devoradas por la miseria. Hambruna hecha potencia. Con los déspotas hiriendo el camino y los cuerpos. A todos los lugares yendo y viniendo. Se fue perdiendo en el agobio potenciado. Todos y todas en la negrura, color bello. Les fueron hendiendo las lanzas como a corazón abierto. Esa, la mujer mía, negra de conocimiento grato. De potente palabra convocante. Como presagiando, con su voz, lo que vendría. Por los valles. Reconfortando los ríos. Haciendo de las expediciones tumultos volcados. A lo que resultar pudiese. Metida en la oración andante. Contando las cosas con buen dedal y enhebramiento. Y, todos y todas, creímos ver, en ella, la libertad creciente. Convergiendo en los continentes todos. Un de aquí para allá irreverente. Viendo lo autoritario como escuálido cuerpo qué lugar no tendría. Y, en esos esbozos, su vocinglería iconoclasta, fue surtiendo de palabras el lenguaje. Precisas, perspicaces, hirientes de ser necesario. Pero, sobre todo, elocuente mimosa ampliada. Para nombrar a los niños y a las niñas. Diciéndoles de lo que vendría. De tal manera que fungieran como surtidores ampulosos en lo sereno que debería ser. En nervadura evidenciada desde el comienzo. Desde que, las mujeres, aprendieron a ser madres. Originados los seres vivientes, en el clamor por el sexo dúctil. Tierno, explosivo, herético. Pero, en los tumbos dando, yo la seguí en primera pieza y primeros pasos. Tratando de alcanzar su vida. Y untarme en ella. Para ser negro del tiempo mozo, libertario. Y, ella, como si nada andando. En veloz carrera. Para alcanzar la estrella habida. Y supuso que volar tendría. Y se apropió de las alas de Pegaso, negro también, como ella. Viajaron juntos. Ella y Él. Hasta el abierto espacio de universo dado. Como prolongación de infinito estímulo. Yo, viendo lo que pude ver, me fui haciendo enano, impotente sujeto de mediodía apenas. El día siendo él y ella. Y juntaron alas mucho más grandes. Habidas en contienda ligera con las aves lentas y presurosas. Haciendo de cada estar, huella imborrable ahora y siempre. Unieron sus cuerpos en negritud los dos. Unieron la hermosura de la Vía Láctea, con su hechura de planetas dependientes de su vuelo; con las galaxias todas. Y se hizo un universo de amplitud prolongada. No perecedero. Por lo mismo que la Negra fue creciendo. Ya volando sin el alado sujeto equino que fue suyo. Solo ella y sus alas. Y, las aves todas, viéndola en esa plenitud de vida, le cedieron también las suyas. Lo mío, es hoy, no otra cosa que cazador de albedrío teñido, hecho. Buscándola en esta mí libertad sin ella. He roto cadenas antiguas y modernas. En ese ejercicio narrado. La he buscado en el entorno de todos los soles. De las lunas manifiestas, como silentes niñas que arroparme quisieron. Para mitigar la soledad cantada. O silente como la que más habida. Andando yo, sin las alas, robadas por ella. Por la Negra inmensa. Supe que creó otros mundos. No a su imagen y semejanza, Más bien como iconos sueltos. Rondando, por ahí. Aduciendo que son libres. Pero reclamando de la Negra Vida, su presencia. Para ser conducidos a la explosión toda. Como suponiendo, o murmurando, que despertarán en nuevo Bing Bang, más pleno y expansivo que el de otrora hecho. Y sí que, en esas andando. Como esperándola en la esquina de la galaxia nuestra, Tal vez añorando verla pasar algún día. Y que, me preste sus alas. Par ir volando hasta Asia pujante. Y volviendo a ver a nuestra África recién naciente. Descubriendo la pulsión de la Australia
  • 25.
    inmensa y gratificante,Surcando a la América toda. Y, proponiéndole a la Europa íngrima que se una a nosotros y a nosotras para levantar la vida, en plenitud potente, deseada. Valeria y yo Este pueblito fue presencia, cuando mataron a Leovigildo. Y digo que fue presencia, en la medida en que sus pobladores desecharon cualquier injerencia. Como que no quisieron ser testigos de la matanza. Un pueblito muy peculiar. Sólo había hombres adultos. A mí me contó mi abuelo de esa excentricidad. Pero, en verdad, ya se me olvidó. Lo cierto es que estaban ahí. con sus caras repetidas. Como si fuesen solo uno. Yo llegué un tres de enero. No importa el año, por lo mismo que todo remite a ese día martes. Traje, conmigo, a mi hijita Valeria. Su madre había muerto el año anterior. La nena tenía dos añitos cuando nos abandonó Eufrasia. Estuvo mucho tempo enferma. Con dolor de alma. Eso diagnosticó en medicina legal y el diagnóstico del médico de Villarrica. Durante muchos días yo hablaba con ella. Viéndole esos ojazos inmensos. Y detectar en ello, la profundidad de su dolor. Supe, un buen día, que su infancia fue pura brega consigo misma. Tanto como validar aquello que dicen, en relación al sufrimiento. Algo así como que, ella, vivió con su padre, desde la muerte de su mamá Hipólita. Un diluvio de lágrimas, casi todos los días. En esas ínfulas de tiempo como impertinente consejero. Y nos fuimos yendo en la conversa. Logré entender, después de mucho tiempo, que la vida es como albur. Que le reconoce a cada quien lo que le desconoce al otro o la otra. Un cuerpo, antes hermoso y convocante, quedó reducido a mera huesamenta impávida. Fue seleccionado a cada quien; para convertirse en soledad absoluta. Me decía que, así fuera su compañero permanente, no veía en mi otra cosa que sujeto en albedrío. Sin disciplina para vivir la vida. Y que, cuando quedó embarazada, fue insumo de desgano. No era el tipo de mujer que quisiera ser madre. Ella estuvo en Inírida. Había viajado hasta allí, en la intención de conseguir un amante. Alguien que despertara en ella el furor y la fuerza del sexo. Algo que yo no tenía. Y sí que consiguió lo que quería. El deseo por ella, hizo colgar los hábitos al cura Orestes. Vivieron mucho tiempo juntos. Y, cuando vino la ruptura; simplemente sintió la tristeza potenciada. Que se metió en su cuerpo para no dejarla jamás. Como vértebras necesarias para el andar. Su proclividad a la soledad, la convirtió en mujer lejana, siempre absorta. Nunca le interesó su hija. La veía, en contrario, como sujeta que había recortado su libertad. Que la había convertido en simple esclava del quehacer cotidiano. La tristeza es algo punzante. Hiriente. Una enfermedad de espíritu que se torna en contagiosa. Y, a decir verdad, Valeria y yo, fuimos contaminados. Tres personas en una casa de amargura. No había sonrisa; ni la fe para creer en algo, por lo menos. Cierto día, inclusive, esta mujer que creía mía, me expresó que saldría a buscar a quien pudiese determinar y justiciarla como enfermedad terminal. Y que, a partir de ahí, estaría ofreciendo su cuerpo y espíritu a quien quisiera recibirlos. Ese énfasis en la muerte; pudo más que mi ruego por reha cer nuestras vidas y la de la nena. Justo al bajarme del bus, me dirigí a la inspección de policía. Hablé con el cabo Guitarrero. Le expuse la razón de mi visita. Y que quería él fuera testigo de mi desidia por la vida. Que quería enmendar la rutina que llevó a la muerte a mi primo Leovigildo. Además, que quería que recibieran a Valerita en custodia. Me dijo que esa petición era muy complicada, muy compleja. Me sugería que hablara con el señor alcalde don Edmundo. Me refirió que él era una persona de puro sentimiento y capacidad para brindar ayuda a los demás. También que él conoció de cerca las versiones que había acerca de la muerte de ese señor. Es un convencido de la pasión por la vida que tenemos los seres humanos. Pero, en el caso de Leovigildo, era partícipe de entenderlo como una figura parecida a la eutanasia. Esta fue la tesis que primó durante todo el proceso en contra de Eneas Valenzuela, quien ejecutó la orden, Al llegar al despacho del señor alcalde, lo encontré con una mujer mucho mayor. Hablaban como si nadie estuviera necesitando ser atendido. Después de una espera de dos horas, me atendió. Repetí las palabras que había pronunciado al cabo Guitarrero. Simplemente no me interesa su caracterización, me dijo. A continuación, ordenó al dragoneante que me llevará hasta la flota. Y que me embarcara en el próximo bus que saliera. En cuanto a su hija, le
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    aconsejo que sela lleve. Aquí, en Villa Adelaida; no existen mujeres que son magas para atender estos casos. Hoy, en este ámbito, me encuentro pulsando la cuerda con mi hija. A sus catorce años, no habla, ni escucha nada. La alcanzó la maldición de su mamá Priscila. Insumiso Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar con la vida en ello. Y es bien convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde que yo hice de mis pasos nacientes, una conversadera sobre lo que somos y lo que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; como en realidad éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos. Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy perdida. Un vacío de esperanza atormentador. Por lo mismo que era y es la suma de lo pasado. Y, precisando en el aquí, que nos dejábamos arropar por ese tipo de soledad acuciosa. Casi como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera llevado el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En todo ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir. Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que ya se iba de por sí. Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el infinito hecho posible. Como circundando a la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos que se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos. Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado, en palabras gruesas, limpias, amatorias. Solo queda un vaivén de cosas que sé yo. Un estar pasando el límite de lo vivo presente. Entrando en una devastación absoluta. Y, este yo cansado, se fue por el camino avieso. Encontrando todo lo habido, en términos de búsqueda. De los sollozos perdido. De mi madre envuelta en esos mantos íngrimos de su religión por mi olvidada. Una figura parecida a la ternura asediada por los varones grotescos. De la dominación profunda y acechante en todo el recorrido de vida. Mi proclama, por lo tanto, ya no es válida para registrar el deseo libertario. Los sabuesos pérfidos han arrasado con la poca esperanza que había. En una nube de sortilegios ingratos; por cuenta del nuevo tiempo y de las nuevas formas de dominación en el universo que amenaza con rebelarse. De dejar de girar. De cuestionar el dominio de Sol. Como pidiéndole que no haga sus cuentas de vida en millones de años más. Y si, entonces, que lo convenido se convirtió en reclamación atropella. De nuevos compromisos. Tal vez, el más importante: dejar de ser lo que somos. Y ser lo que, en el ayer, fingimos. Pura nostalgia potenciada.
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    Ígnea, diosa hiriente Hoy,como también ayer, hice esa parada en tiempo. De mi tiempo que se originó cualquier día. Desde muy lejos regresé. No tengo creencia del por qué me había ausentado de este pueblito. Miserable, dirán algunos y algunas. Para mí ha sido embeleso llano. Estando allá lo veía como territorio insumiso. Que fue creciendo estando yo allá. En un proceso de decantación de las palabras mayores. Para hacerlas más nítidas. Más simples a la entendedera de esas mujeres y esos hombres que andaban en él, cuando no habían nacido. Una pulsión henchida me arropó desde ese entonces. Cuando yo era simple plebeyo. Como sujeto ahí. Sin entender lo lejana que es la vida; cuando ella es para quien la vive; simple acechanza. No por su negrura bella. Más bien porque me fui en el viento que me recogió, un buen día. Y me llevó sin ningún descanso, hasta donde me encontraba antes de regresar. Hoy, en este umbroso día, empecé a recorrer lo que antes ya había hecho. Pero que, en el hoy mío, lo hago de nuevo. Tal vez tratando de hacer de mis pasos una lentitud benévola. Tal vez para verificar si todo está ahora, como estaba cuando me fui. Camina que camina, llegué al parquecito de tantas historias vistas y oídas. No lo encontré lúcido. Estaba abrigado por un tono gris, que parece recién hecho. Seguí por Calle Santander. Solo observé el respiro de quienes ya se habían ido, después que yo. Un tono de vida incierta, parecía ya. Seguí hasta la que fuera nuestra casa. Había nadie. Se fugaron desde hace más de mil años. Y me dio por la pensadera. Trayendo acá la figura de Ámbar. La mujer que siempre quise. En ese remolino de cuerpos, no la detecté Mi imaginario perplejo, se fue deslizando hasta el solarcito de su casa. Donde jugábamos todos los días. Sentí un hálito de nostalgia, aferrada a la puerta que daba a la calle. Desde esa dejadera de espasmos secretos. Como yendo en vuelo, hasta hacer retroceder el tiempo. Para volverla a ver. Para acariciar sus ojos benévolos. Llamé al viento que me llevó un día de esos en que pensar era simple elocuencia, aferrada al ámbito suyo. Fui a la escuelita aquella. Donde hice mil letras. Y mil palabras con ellas. En ese acento de ilusión, traté de reconvenir a la duda manifiesta que siempre tuve. Preguntándome, en ejemplo, sobre el comienzo del universo. Y por la hechura de vida de los dioses. Y, ahí al lado de esa entrada, decanté yo mismo mis preguntas. Como reiterándolos. Fui al rio. Ese el del agua ya ida. Solo hilito de agua es ya. Y recordé cuando me bañaba en el. Acompañado por el amigo del alma. Mauricio Hernández. El poeta siempre enhiesto. Sin regatear conceptos y rimas. Lo veo en ese dechado de imaginarios que tenía. Recordé, del mismo modo, la muerte de Estercita Loboguerrero. La amiga de todos. Pero solo en uno depositó su condición de mujer amada. Y veo al Rigoberto Machado. Con esa risa amplia y generosa. Al lado de la bella Esther. De vuelta, tomé por el camino que siempre llamamos El Cruzado. Nadie pudo recordar el origen de este nombre, que trae a cuento y a recuerdo esos ejércitos de golpes secos. Una amargura, en sí misma. Sujetos poseídos por su dios. Para no dejar a su paso, siquiera la nostalgia de los caídos, bajo sus lanzas y sus espadas. Me detuve a mitad de camino. Para respirar lo que todos y todas dejamos en el aire. Esa sensación de ternura. Esa expresión etérea de los imaginarios todos. Y volvió el viento por mí. En una mañana parecida al del anterior vuelo. Y, desde arriba, a ráfagas vi cómo se iba poblando otra vez el pueblito amado. Como si todo solo hubiera sido simple pulsión mía. Adherida a la ceguera física que me cedió el mismo viento. Todavía recuerdo el líquido incandescente que hirió mis ojos. Ese día después de haber visto a la mujer esposa del viento. En la desnudez absoluta, Por haber osado quedarme absorto, sin retirar mi mirada de la hermosura de cuerpo de Ígnea, la que hizo mecer mi espíritu, en esa latencia habida.
  • 28.
    Hilván Si lo queviene es diferente, no puede ser la pérdida del énfasis de tu mirada que va y viene. Todavía, en mis manos ásperas, está tu cuerpo erguido. Pero tan lejos que casi no lo percibo. Como en ese trece de diciembre en que aprendí a verte en mi imaginario escenario. Cuando llegaste, niña eras. Y estuviste con nosotros y nosotras en ese espacio callejero. De barrio abierto a la verdad. Cuando naciste, niña traviesa, te hice el itinerario venido desde mi infancia lejana. Camino que yo caminé primero. Pero que lo hice contigo, en simultánea vocinglería tierna. Y, sin conocerte antes, empecé a entender la sabiduría de tus ojos y la potencia de tus manos. Y de tu palabra ligera, gruesa, suave, manifiesta. Y siendo ese día en que viniste. Este barrio empezó a crecer en valentía adquirida para no evitar tropiezos. Para magnificar las heredades de aquellas viejas y aquellos viejos que primero estuvieron. Te hiciste expansiva plegaria libertaria. Anduvimos contigo en los días pares y en los impares. Tú dibujaste de azul a los jueves que vendrían. Y de amarillo a los martes todos. El verde lo asignaste a los lunes. En veces lánguidos. En otras relucientes. El rojo tuyo, de tus labios, se lo entregaste a los sábados acuciosos como que en ellos termina siempre la jornada. Y estuviste en el bautizo de los domingos. Ahí, en velocidad primera de pensamiento, dijiste que sería el tono ambiguo del gris tuyo, envolvente. Como ambigua fue tu voz cuando en tristeza estabas. Y sí que, entonces, los viernes simulaste no tener color para ellos. Y dijiste, al vuelo, que sean negros como negra es la libertad verdadera. Y, montada en el tiovivo trepidante. Con las voces de los caballitos y de las cebras traídas. Y de las llamas, incas, legendarias. Y de los bueyecitos tristes, mirando. De todos y todas ellos y ellas. Enseñaste a las niñas y a los niños a entender que la felicidad no se piensa en ciernes; sino que se crea, se hace vida; con los pasos mismos, agregándoles las voces inmensas en el quehacer del día a día. Y te sonrojaste, cuando llegó Mercurio a enriquecer la cuerda saltada. Cuando Marte hizo con nosotros y nosotras, la figurita en el hilo anclado en los dedos presurosos. Lo mismo, reíste al infinito, cuando el inmenso Júpiter te llamó para enseñarte el vuelo secreto de los dioses amigos, heréticos, transparentes. Y, en ese trece, siendo día de lo que tu llamaste tiempo de la ligereza en vida. Del andar benévolo. De la libertad. Entre umbría y celeste. Desde ahí, en calendas, llamaste a tu amiga Luna, para que hiciese con todos y todas las escrituras de la historia de las noches. Y, la Lunita, como sujeta ingrávida envolvente; utilizó la letra habida antes, para articular proclamas en contra del desvarío impertinente. Y, le dijiste también a ella, que éramos tus amigos y tus amigas de siempre. Y, ya pasado ese tiempo tuyo, te diste a la tarea de enseñarnos lo de la locomoción. Como velocidad creciente. Yendo a los mares todos. Desde este territorio de la Montaña Mágica de Scherezada. Siendo, ella, la niña venida desde el llamado territorio de la pirueta y de las sombras chinescas. Y, enseñaste el camino. Con cada quien en su punto de comienzo. El mismo, pero diferente con el pasar de los días. Y recordaste los colores ya enseñados. El amarillo, verde, azul, rojo, negro. Y con ellos los días ya impartidos por tu sabiduría heterodoxa. Y, en llegando a todas las aguas-mares; inventaste las alas para los pájaros. Y para nosotros y nosotras. Y, en romería bulliciosa de cantos, encumbramos el vuelo para la travesía cierta. Y, entonces, dijimos todos y todas: si lo que viene es diferente de lo que tú eres y tus cosas heredadas, que lo que viene no sea. Por cuanto, siendo necesario cambio, no lo será grato si lo del cambio tiene insertado el principio de no verte. Vendimia Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena.
  • 29.
    Como cuando setiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad, sin poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin sentir la ausencia de condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la querella conmigo y con el otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo mismo que sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna. Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos íntimos. Asociados a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al menos, sentido. Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En una hondura de dolor manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la intención de no enfrentar más lo habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la lucidez. Porque he ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado. Subsumido en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y andando caminos que llevan a ninguna parte. Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en cualquier otra parte anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la espada mía insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de incapacidad para ser uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo. Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En búsqueda de camino de escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un tiempo, fui. Como pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a la memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la largueza de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la negación de todo. En lo circunstancial perdido. En el contexto proclamado como aluvión de rigores. De itinerarios envolventes. Surtidos de simples cosas. Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En vocinglería innata y rústica. Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me apabulla. En fin, que, siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado el momento de no ser más. Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía. Un sentir desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha tornado perenne. Un no a mi yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán áspero. Punzante. Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte. Me quedé allí, sin vida, en la Luna mía En lo que viene saldré adelante. Eso me dije en pasado remoto. Y lo cierto es que he seguido en la misma brega. Tal vez, infame; diría yo. Propietario de locomoción perdida. En esa infancia muy lejana. Me instalé aquí. En este universo del aquí. De voyerismo equidistante. De la vida mía vivida. Y de los momentos que no viví. En un vuelo inmenso. Sombrío. Tropezones punzantes. Como quiera que me remite, a cada momento, a vivir lo mismo vivido. En ese estar de afuera. En el entorno problemático, de por sí. Dándome opciones a mí mismo. En la intención de volver a vivir en la reversa no permitida. Y fui decantando las voces que, conmigo, se hicieron estridencia perversa. Reclamando a todos y todas unas miradas de ojos permisivos. Insondables. De negrura absoluta. Ojos de siempre.
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    Cautivo quedé desdeese mismo momento en que, en sueños, te hice creer que eras mía. Desde ese día en que retorcí mi esperanza en vivir ahí, al lado, de tu cuerpo. Ejercicio de momentos lúcidos. Proclama de vigencia en el ayer o y en el hoy. Sombrío, por cierto. En esa soledad ampulosa. De gobernanza entre sublime y perversa. Con ese referente me hice vuelo de posibilidades abiertas. Yendo por ahí. Como ceniciento umbrío. En el aspaviento mío vigente. Todo un proceso agotador. Quedándome ahí. A tu lado. Tú sin verme. Yo, viéndome requerido a todo momento. Sin ser consciente de lo mucho que eres a mi lado. Como si te hiciese falta para dar respiro. En ese escenario inventado, por mí. Sin mirar afuera. Solo mirándote en el adentro tuyo. Y sí que fui creyéndome cuerpo al lado del tuyo. En plena lucha amable. Tierna. Siendo voz primera la tuya. Y fui de elusión en elusión. Como si estuviese pagando la habladuría mí. En ese enganche de ilusiones. Y seguí, siempre, en esa expresión. De lo mío con lo que lo tuyo no ha sido. Impertinente sujeto. De vocinglería absoluta. Primera. Única. Desde la sombra, hasta lo físico mío desmirriado. Como tósigo tuyo. En sabiendo que, ni tu mirada, ni tu cuerpo, ni nada he sido para ti. Solo navegante amorfo. Sin mar abierto para desplegar las velas de ese inventario de vida que creí tener. En esa bravura de aguas asfixiantes. Como si me dijeran, a cada momento, lo impertinente que he sido. En el aquí. Y en el pasado cercano y lejano. Y siendo así, entonces, me dio por claudicar. Empecé a no vivir la vida. Como levitando en cualquier lado y a cualquier hora. Ya no te veía ahí. Ya tus ojos no me miraban. Ya, tu cuerpo, empezó a diluirse. Y me fui yendo en espacio sonoro. Como ruido ponzoñoso. Traspasé la línea del ozono. Y empecé a flotar, ingrávido. Me fui perdiendo. Y fui a parar a la Luna. En esa aridez traté de hacerme fuerte. Y te enviaba mensajes. Desde allá. Desde esa lejura. Como espurio eco. De voces mías. Gritando cualquier cosa habida. Palabras gruesas. Y delgadas. E impotentes. Discordantes. Por lo mismo que el viento, como vehículo necesario, ahí nunca ha estado. Nunca ha hecho presencia en esos confines; avalados por la soledad mía. Y me fu deshaciendo. Empecé a ver lo mío como cercano al no vivir. Al no poder palpar lo tuyo. Ese vientre pletórico. Esos ojos inmensos y negros. Esa voz tuya desaparecida. Y, siendo así, fui muriendo. Y la Luna me acogió como novio suyo. Y, por lo mismo, me quedé allí. Y morí allí Y te olvidé, por siempre. Cenizas, yugo y grito libertario Día vaporoso, este, Siendo las diez de la mañana, ya se insinuaba como caldero hirviente. No más había pasado la luciérnaga henchida de Luna. Lunita. Cuando vi relampaguear en contravía de ella. Un solo silencio de voces. Pero, una andanada de nubes apretadas. Un circulo color rojo, se hizo expansivo, hacia el mediodía. Y, se vino la lluvia tempestuosa. En un ulular de viento malvado, por lo fuerte, intrigante. Apenas salía de esa somnolencia, después del sueño enjuto de la noche. Y, digo esto, porque vi sombras. Como gemelas del carbón brotado en las minas inclementes, como nichos asfixiantes para nuestra gente. Que en ellas se ganaba el pan benévolo; por lo mitigante del hambre acosador, siniestro. Los veía uno a uno. En languidez insumisa. Veía a sus mujeres. Ahí en bocamina azarosa. Ellas, recibían la riqueza del carbón, en canastas. Y las llevaban al tasador. Hombrote crudo. Sin ningún empalago societario, lúdico. Y eran decenas de ellas. Vestidas de remiendos hechos. Pero cálidos. Limpios. Generosos. Fui hasta lo de la negra Rosita Ipiales. Vendedora de avena fría. Para pasar, pasando la sed voluminosa de ellos y ellas. Y, ya en mediodía, se amplió el sofoco. Un calor ponzoñoso. Apretado, sin disipación posible, al momento. Y, la bocamina, expelía fuego condensado. Amparado en el ripio que flotaba en el ambiente estrecho. Yo le dije a mamá Fortunata, que me exprimía el dolor de nuestra gente amorosa. Sencilla. Dicharachera, briosa, gozadora de la vida. No importando la pesadez del cansancio. Ni el hambre acumulada. Año tras año. Y, por lo mismo, hice énfasis en no dejarse triturar más por el ostentoso patrón, Miserable como el que más. Un tal Diosdado Pérez. Dueño. Expoliador. De
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    esta y otrasminas en entorno cercano y lejano. Y, también, le dije a mamá Fortunata, que iba a llegar el día de andar por caminos libres de polvo la piel de los cuerpos. Y de cenizas los vientres y los pulmones. Dejé pasar, volando, el resto de tarde. Bien entrada la noche, hablé con E dgardo Cifuentes. Minero de años ha. Casi infinitos en el pasado remoto e inmediato. Nos dijimos muchas palabras. Contentivas de furia por desatar. Y, nos fuimos yendo a los cambuches cálidos, por lo que tenían estos, de habitantes a las mujeres. Los niños y niñas. Y los adultos hombres que prometían ser guerreros. Y cuajamos las consignas y la fuerza puesta al servicio liberador de ese yugo puto, malparido. Y, en primero yo, le hice al capataz, herida profunda en su abultado vientre. Y, siendo el primero, en cada bocamina hicimos otros tantos. Y se fue exasperando la fuerza. Llegamos hasta las barracas lúcidas, pintadas, con aire pleno. Y con cocinitas limpias. Y con los frutos inmensos en bodegas. Y licores de extranjería. De mucha marca. Distantes del ag uardientico oloroso, enguayabante. Y le metimos fuerza a las puertas. E hicimos sonar el trepidante pito acordado. Y vino la montonera graciosa, de libertad. No había entrado, de lleno, la mañana siguiente; cuando sentimos y vimos el trepidar de las tanquetas acorazadas. Y el bramar de las columnas soldadescas. Y empezaron las ráfagas de los fusiles asesinos. Y el gas asfixiante. entraba por la hendidura de las burdas puertas de nuestro refugio. Y salí yo. Con mano empuñada gritando libertad absoluta. Sin remilgos ni sinónimos melifluos. Ya ha pasado la trifulca libertaria. Fuimos vencidos a lo que, los patronos llaman, sangre y fuego. Casi todos morimos. Solo se alcanzan a ver las banderitas rojas, rampantes casi lujuriosas, que nuestras mujeres ataron a los postes de las bocaminas. Cuerpos doblemente ennegrecidos. Por el polvo del carbón desventurado. Y por la sangre seca en las heridas por las balas que penetraron nuestros cuerpos. Y, en nuestros cambuches, la soledad imperante. Niños y niñas, ahí expósitos. Mirando al aire que pasa. Y que no se detiene. Simplemente, sigue su habitual paseo mañanero. No sé cuándo, ni como, me veo en hospicio breve. Inmenso en sus paredes aseadas, límpidas. Como habiendo sido hechas por las manos de dulzura. De las mujeres que siguen en la brega. Y que alzan voces manifiestas. Convocantes, libertarias. Se apagaron mis ojos. No las vi más, en físico. Pero, a vuelo alzado, van conmigo y con todos y todas muertos y muertas en carne. Viendo una luz potente, como faro guía. La luz de los silentes guerreros y guerreras que seguirán, con paso firme, la confrontación ampliada, libertaria. En lo habido, como secuencia inerme. Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ah í. Como convocante falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza
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    ampulosa en lacual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente. Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desen volvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes. Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida. En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame. Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la cons trucción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos. Harmonía, diosa muerta en mí Quiero hacer un no sé qué. En esta, mi vida, enjuta. Siento que está suprimida mi larga estancia. En, de a poquitos, ensanchada, ahora. Como estando en la largueza de lo que se dice de la angustia. Intentando reabrir una brecha, en esta morada ya deshecha. Volcada hacia la deshumanización imperativa. Por mí mismo hecha constancia. Que de chiquita pasó a ser de la envergadura de lo que se presume casi muerto. En esa ceguera refleja. Ansiada competencia que busco. Para trinar, desde mi mismo, al aire tornado en instancia minusválida. Para lo que soy hoy. En naufragio hecho casi proclama. Viviendo en el entredicho de ser célebre, despierto. O, simplemente, ser alguien sin respuesta a lo que viene ahora. Y que vendrá a distancia, no medida. Por lo mismo que se dice, en punzante diatriba, lo que no puedo asir. Ni podré. Eso
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    creo. En esalarga estrechura de camino. Como asfixia do letargo. Siento lo inmóvil en lo que, hoy, es apenas percepción vacía. En estridente presupuesto hecho antes. Ir por ahí. Vagando como animal loco. Allí y allá. En esto o aquello estudiado y vivido. Y sí que, entonces, merodeo lo vago y lo impropio. Como queriendo desandar lo habido antes. Una prolongación hechiza del significante de estar. Cuando fue alado. O, por lo menos, en potencia única. La que me fue cedida al nacer. No se por quién. Ni porqué. Ni me importa ahora. Un trasunto milenario epopéyicos, si esto es caminar sin ver. Sin pensar. Sin una brizna, siquiera, de lo que fue quehacer umbrío. De lo que se hizo, en mí, tronar de tambores sordos, ciegos. Quise mucho, digo yo. Tanto que no recuerdo la trenza hecha para ser así. Briosa bestia anclada. Reducida en su tamaño y en su holgura. Yendo en ese ir simple. Débil. Casi monocorde. Un hilillo de feliz ser. Ni eso, digo ahora, alcancé a ser y a vivir. Esa enjundia cimera que soñé al nacer; ha tornado mera ansiedad enfermiza. Como cuando se ve torcer lo inmediato. Lleno de espinas hirientes. No bondadosas. Sin ser hechas para la defensa de sí misma, como flor. Que vuela en aire equívoco, demoniaco. Que difunde lo que nunca fue hecho. Ni en conjunción pequeña con la tierra y con el agua. No dichosa. Simple expresión de vértebra no lúcida. Como en acuosa redondez de lo pútrido. De lo no valedero, para acceder a estar vivo. Elocuente. Palabra a medias, siquiera. Hoy por hoy, entonces, todo es vaguedad primaria. Desdichada la vida, por esto. La mía que decrece sin parar. Y que, se ha ido yendo, por ahí. En desierto impávido. Y en sutura ciega, de herida magnificada. En unión no válida. No pertinente. Ni siquiera aspersor de nimiedades. Lo preclaro es, vuelvo y digo, en mí; solo cara de Luna seca, obscura. Abandonada. Triste, desde su inicio, por no ver que es mirada por alguien. Una acezante postulación al silencio de ahora y por siempre. O niña mía, lo cierto es que desvarío, cuando pienso en tu memoria diáfana. Loca, irreverente. Mi nomenclatura, mujer mía, es simple recordación de términos. De íconos subsumidos. De nichos ululantes. Sangría nefasta. Y mi temor, alma mía, es untarte de tragedia. En esa carita tersa, subyugante. Y ahí, en lo que digo y expongo, se va yendo lo que, antes en mí, fue vida imbécil. Por lo mucho que, vuelvo y reitero, la brillantez mía; es simple imagen apagada. La cautiva liberada Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada. Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí
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    misma. Por temor,tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo. Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno. Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada. Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega. Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana. Y es ahí en donde quedo. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida; repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí. Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el entorno que amamos. Locura mía, locura por ti. Bella locura El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era. En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida e n ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
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    Y así fuesiempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos. En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente. Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente. Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto. Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados. Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego. Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes. Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.
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    Ahora estoy enreposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer. No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado. Me quedé allí, sin vida, en la Luna mía En lo que viene saldré adelante. Eso me dije en pasado remoto. Y lo cierto es que he seguido en la misma brega. Tal vez, infame; diría yo. Propietario de locomoción perdida. En esa infancia muy lejana. Me instalé aquí. En este universo del aquí. De voyerismo equidistante. De la vida mía vivida. Y de los momentos que no viví. En un vuelo inmenso. Sombrío. Tropezones punzantes. Como quiera que me remite, a cada momento, a vivir lo mismo vivido. En ese estar de afuera. En el entorno problemático, de por sí. Dándome opciones a mí mismo. En la intención de volver a vivir en la reversa no permitida. Y fui decantando las voces que, conmigo, se hicieron estridencia perversa. Reclamando a todos y todas unas miradas de ojos permisivos. Insondables. De negrura absoluta. Ojos de siempre. Cautivo quedé desde ese mismo momento en que, en sueños, te hice creer que eras mía. Desde ese día en que retorcí mi esperanza en vivir ahí, al lado, de tu cuerpo. Ejercicio de momentos lúcidos. Proclama de vigencia en el ayer o y en el hoy. Sombrío, por cierto. En esa soledad ampulosa. De gobernanza entre sublime y perversa. Con ese referente me hice vuelo de posibilidades abiertas. Yendo por ahí. Como ceniciento umbrío. En el aspaviento mío vigente. Todo un proceso agotador. Quedándome ahí. A tu lado. Tú sin verme. Yo, viéndome requerido a todo momento. Sin ser consciente de lo mucho que eres a mi lado. Como si te hiciese falta para dar respiro. En ese escenario inventado, por mí. Sin mirar afuera. Solo mirándote en el adentro tuyo. Y sí que fui creyéndome cuerpo al lado del tuyo. En plena lucha amable. Tierna. Siendo voz primera la tuya. Y fui de elusión en elusión. Como si estuviese pagando la habladuría mí. En ese enganche de ilusiones. Y seguí, siempre, en esa expresión. De lo mío con lo que lo tuyo no ha sido. Impertinente sujeto. De vocinglería absoluta. Primera. Única. Desde la sombra, hasta lo físico mío desmirriado. Como tósigo tuyo. En sabiendo que, ni tu mirada, ni tu cuerpo, ni nada he sido para ti. Solo navegante amorfo. Sin mar abierto para desplegar las velas de ese inventario de vida que creí tener. En esa bravura de aguas asfixiantes. Como si me dijeran, a cada momento, lo impertinente que he sido. En el aquí. Y en el pasado cercano y lejano. Y siendo así, entonces, me dio por claudicar. Empecé a no vivir la vida. Como levitando en cualquier lado y a cualquier hora. Ya no te veía ahí. Ya tus ojos no me miraban. Ya, tu cuerpo, empezó a diluirse. Y me fui yendo en espacio sonoro. Como ruido ponzoñoso. Traspasé la línea del ozono. Y empecé a flotar, ingrávido. Me fui perdiendo. Y fui a parar a la Luna. En esa aridez traté de hacerme fuerte. Y te enviaba mensajes. Desde allá. Desde esa lejura. Como espurio eco. De voces mías. Gritando cualquier cosa habida. Palabras gruesas. Y delgadas. E impotentes. Discordantes. Por lo mismo que el viento, como vehículo necesario, ahí nunca ha estado. Nunca ha hecho presencia en esos confines; avalados por la soledad mía.
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    Y me fudeshaciendo. Empecé a ver lo mío como cercano al no vivir. Al no poder palpar lo tuyo. Ese vientre pletórico. Esos ojos inmensos y negros. Esa voz tuya desaparecida. Y, siendo así, fui muriendo. Y la Luna me acogió como novio suyo. Y, por lo mismo, me quedé allí. Y morí allí Y te olvidé, por siempre. Canto a quienes derrotaron la desesperanza Yo diría que ascendí pronto. Hacia esa proclama de vida. Por ahí me fui yendo. Conociendo el otrora permiso para estar ahí. En ese entorno. De ellos y de ellas. Solo así entendí lo mucho que he dejado de amar a quienes son y han sido todos y todas. Niños y niñas en existencia que no conocía. Como si hubiese estado perdido antes. Ciego en lo que corresponde a vivir la vida hecha. A pulso de ellos y ellas, Por ahí estando siempre. Mostrando lo que alegría es. Y sigue siendo por lo mismo que son y han sido puro vivir. En veces pleno. En otras en violencia sumidos y sumidas. En esas veces de puro golpe. Sobre sus cuerpos. Lesionados. Ajados. Muertos. Y di por creer que, el ascenso era la vida vuelta a vivir. Y me olvidé de lo que estoy hecho. De puro mármol frío. Insípido. Sin conocer ternura. Y siendo así que lo olvidé; el ascenso se tornó pesado. Cuando pasé por donde solo pueden volar quienes han sido y son de su cohorte. Infantes de erudición hecha. De la mano con la ternura manifiesta. O en ciernes. O habida desde el inicio de su universo afín. Como que me hice a la idea de ser sujeto prístino. Como el Adrián cantado. En unísono coloquial. Violentado. Y vuelto a nacer vistoso. Como luciérnaga primera. Incandescente. Sublime. Nacido en volantines. Hecho con la finura de aeroplanos de libre vuelo. De instar lúcido como la maría palitos visitando árboles floridos. Y en qué condiciones volví a tierra, no lo sé. Solo sé que cavé la fosa buscando refugio propio para los que, como yo, hibernamos a la intemperie glotona. Lluviosa. En granizo envolvente. Con golpes secos. Acerados. Doliente. Lo que me pasó, en el después inmediato; no lo recuerdo. Y, tal parece que no lo recordaré. Por lo mismo que recordándolo volvería a la prisión del olvido que se posesionó en mí. Desde temprana vida. Desde ese tiempo pasado aciago. Envolvente. Hiriente. Punzante. Como propósito de enmienda en religiosidad hecha nudo. Asfixiante ceremonia que, en mi se volvió perenne. Y me sorprendió la urgencia manifiesta. Esa que no da lugar al respiro. De aquí y de allá fui tomando insumos. Penetrantes. Extravagantes. En lo que esto tiene de enervante, lobotomía. Y me hice pútrido sujeto. Insano. Inamovible. Como cerebro tullido, casi muerto. Casi perdido en absoluto laberinto abyecto. Al volver. Al asir, de nuevo, la palabra limpia. Llegaron los y las vivicantes; me hicieron levantar la mirada. Hacia el rojo intenso del padre Sol. Porque fueron ellos y ellas, quienes me rescataron de ese infierno que estaba en mí. De sujeto perverso, pasé a ser lúcido andante. Caminante, de nuevo cuño. Libertario absoluto. Y sí que el ascenso se tornó vibrante convocatoria a vivir la vida. Como solo, ellos y ellas, saben hacerlo. Renovando entornos aéreos y terrenos. Sin condicionantes al acec ho. Volviendo a vivir la vida. Tanto como el Callejero de Alberto Cortes. Tanto como esas voces suyas. Entonando el Pájaro Libre que cantó Mercedes. Recordada por ellos y ellas, como ejemplo vivo presente. Relato de un día Cuando llegó, Hermelinda, no pronunció palabra. Sus dos maletas empolvadas, bastaron para llenar el aire de una verdad traída por ella. Estuvo por fuera mucho tiempo. Tanto que se le
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    olvidaron las calles.No solo en nomenclaturas habladas, sino en lo que c orresponde al significado: Como testigos del tiempo que ha ido pasando. Y que pasó, aún sin ella. Su mirada no ha cambiado, en lo sustancial. Su pelo sigue siendo tan negro como lo era desde niña. Lo único cambiado, lo hacía cierto el teñido blanco-amarillo como huella de su tránsito por esta carretera hecha de piedras y arena. Un vestido ceniciento. Como mostrando la ambigüedad hecha persona en ella. Atinó a entender que el piso desnivelaba el trasunto del entorno; cuando su primer paso hizo trastabillar su erguida figura. Caminando que camina, se fue yendo. Hacia la esquina olvidada. Y empezó el vuelo largo de su mirada; a tratar de adivinar algún referente conocido, válido. No más la vieron caminar, las niñas del Colegio Manjarrez, en fila india, la miraron como si fuese esplendor náufrago. Con la sencillez posible de encontrar, en este territorio que fue suyo. Y, las mujeres niñas evidenciaron, en ella, su condición de mujer ya hecha. Pero que fue niña como ellas. Y entornaron los ojos. En ese plenosol del mediodía. Y siguieron, siguiendo huella las unas de las otras. Sin perder el compás de la música perdida en ese sonido solo, como soledad enunciada. Al llegar al Parque de las Palmas, deshizo la prisa suya. Y se sentó en la banquita única habida. Mirando siempre en derredor. Fijo sus ojazos cafés en la puerta azulada de la casa de Los Acosta. Sabía eso porque nunca olvidar podría lo que pasó esa noche en que tuvo que partir en veloz andar. Vino, en plenitud, el recuerdo aciago. Volvió a ver el lazo energúmeno, manejado por Toribio Acosta. Infringiendo azote agrio, feroz. Su madre recibiéndolo como castigo a su condición de mujer viva, viviente. Ajena a la gendarmería desparramada en esa casa. Y en ese pueblo que languidecía todos los días. Y, volvió a ver, las acechanzas de los hijos dell patrón. Verdugo hiriente. Y de su fuerza aviesa sobre su cuerpo, apenas niña, Y recordó, la algarabía ensordecedora de sus pares; lanzando al aire el grito de la insolidaridad. Volvió al camino. Transitando la ventidos. Hasta llegar a la alberca comunitaria. Estando ahí esa lámina de agua verdeazulada. Refrescó sus manos. Y, con ellas, su cara. Tan hermosa como el día que la vio partir, presurosa, golpeada, sangrante. Y, también, mojó sus labios gruesos; de carmesí absoluto. Bebiendo hasta que sintió la acritud. En lo que sabor transfiere el agua empozada, quieta. Desanudó sus zapatos que, en tiempos ha, fueron de verde fuerte, sólido. Ahora transformados en mero cuero híbrido y de suelas delgadas, casi rotas. Miró sus pies perfectos. Dedos rosados, pulidos, largos. Supuso que era pertinente meterlos en la alberquita de todos y todas. Para ello, izó su cuerpo. Y, con él, su pierna. Hasta casi deshacer la costura vertical de su vestido. Que cabía en su cuerpo exhibiendo las líneas perfectas de sus caderas y de sus glúteos. Suspiró, en do mayor, cuando sintió el pulso tibio del agua. Hizo los mismo con la otra pierna, acrecentando lo maravilloso de todo el cuerpo erguido, convocante. Ya, en este tiempo pasando, los muchachos del Liceo Arredondo; estaban prestos para asediarla. Como sujetos presurosos, maravillados, sedientos de ese cuerpo ígneo. E hicieron cerco, en honor a la Bella Hermelinda. La Diosa. Ida del pueblo con heridas punzantes. Y venida al pueblo en exhibición de monumental iridiscencia. Estuvo con ellos, adjetivando lugares y cuerpos, con sus palabras. Y llegó la noche, bella. Con esa Luna infinita prendida. Y ascendieron hasta desaparecer, allá en el horizonte inmenso. Buscando el Sol para alcanzar el fuego puro. Para lograr, Ella y Ellos, azuzar, en él, el paso de la vida, aquí y ahora, hacia la vida que viniendo venga. Francisca y Gabriela
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    Sí que, esedía, la vi en paralelo con su hija. Habíamos estado, hace ya mucho tiempo, en la quietud lejana del inicio. Áspera desde que nació. Un montón de cosas fue construyendo. En ese barrio nuestro, travieso. Y, cuando fuimos creciendo, empezamos a entender, en didáctica cierta, el entono amado, La recuerdo en ese juego de calendas. Como engolosinados, ella y yo, sin compartir con los otros y las otras. Lidiábamos las venturas y las desventuras. En ese solarcito equipado con brevos amplios, generosos. Lo de la escuela iba siendo una aproximación a la ciencia de los conceptos y de los hechos. La geometría acosándonos siempre. En lectura y cálculo de triángulos y sus hipotenusas. La geografía anidando en la memoria. Identificando sitios, con sus ríos y sus montañas. Y, yendo más lejos, el viejo mar anchuroso y profundo. Una filosofía de la nada. Y fuimos engarzando íconos sobre el conocimiento. Aristóteles, por ahí, dándole vueltas a su ética maniquea. Un Platón esforzado. Perpendicular a la madre naturaleza. Y, el amplio y sutil Sócrates, dirigiendo la orquesta en tocata a la vida, por siempre. Y, ni que hablar tiene, la hechura castellana. Como lengua que fue voraz, cuando llegaron los invasores. Sustantivos y adjetivos. Verbos con ínfulas de dominarlo todo. Y la empalagosa historia. Con datos enanos, por lo mismo que maestros y maestras eran tímidos viajeros con nosotros y nosotras a bordo. Historia de país, achatada. Historia de lo lejos, muy lejos, apenas como ramplones ejecuciones en lectura a medias. Esa religión dándole vueltas a la creación. Al origen del universo todo. Con un solo dios como referente. Cruzándonos el alma y el cuerpo con desvencijadas ilusiones del más allá. Un catecismo infame. Metido a la fuerza como doctrina que asfixia la vida. Sin permitir respiro. Sin opciones diferentes. La aritmética. Con ella empezamos a contar. Los números mágicos. Enteros, naturales, fraccionarios, complejos. Con las raíces cuadradas y cúbicas. Con las vivencias en cálculo de todo lo habido, hecho material. Álgebra virtuosa. Efímera, a veces, por lo mismo que no dábamos con las respuestas. Talleres descritos y luego interpretados. La fuga de las ecuaciones. Y de las potencias. Y de los logaritmos. Y las funciones. La recta. Las cuadráticas. Memoria casi virgen para alojar las gráficas. En medio estaba, nuestra cotidianidad. Sábados de gloria lúdica. Domingos acuciosos. Dándole largas a la interpretación de las volátiles horas. Estando, ella y yo, en esas casas amplias. Hospederas vivas. Todos y todas en proclamas hechas a punta de saber quererlos. Y transferíamos, en veces, amarguras. Como esas de estar en el brete impositivo, autoritario. Ya crecida, Esperanza, empezó a soltarse de la pita hecha nudo por su mamá y su papá. Empezó a volar por cualquier parte. Con la ayuda de cualquier viento benévolo o agrio. Su cuerpo se fue haciendo una inmensidad de bondades. Sus pechos. Erectos, pulidos. Piernas de diosa. Gruesas, duras. Cara que convidaba a inventarse cualquier expresión magnificada. Glúteos de impresionante hechura. En esas estaba cuando conoció a quienes iban a ser sus amores borrascosos e intensos. Lo mío con ella, siempre fue solo caricias. Estando solos, en casa de Mariana y Jorge, cualquier día, nos denudamos. Ya empezaba a tomar forma lo que después fue cuerpo absolutamente bello. Nos tocamos a pura fuerza de gemidos, dulces. Y, yo, le palpé ese vientre divino. Y su juntura con tenues vellos, negros como era ella misma. Dos amores, decía yo, suyos opuestos. De pulsión apasionada. Dora Helena Madariaga. Una negra inmensa. Bien hecha, como ella. Y Patricio Vengoechea, un sujeto de piel blanca, hermosa. Como hermoso era él, en todo lo que se dijere. Una vez con Dorita. Otra con Patricio. Una triada como para componer una sinfonía de largo aliento. Y empezaron a estar ella, Dora y Patricio. En una misma danza, simultánea. Las dos quedaron preñadas, casi al mismo tiempo. Y se fue volviendo, la trilogía, un inmenso nudo perfecto. Francisca, la hija de Dora. Y Gabriela, la hija de Esperanza. Y fueron creciendo. Se hizo viejo Patricio, el papá de las dos nenas. Y se hicieron viejas Dorita y Esperanza. Por lo mismo, cuando la vi, en esa línea de tiempo y de vida, recordé que había soñado con Francisca y con Gabriela. Que habían pasado, en lento caminar, por el camino mío. Y que, a las dos las amé desde ese instante. Un viaje
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    Nunca supe quefue primero. Si este silencio mío, derivado de mi profunda tristeza. O el yo que difiere de todo lo que se pudo haber contado. Y esta opción dubitativa que no me deja asir la ternura, ni la esperanza. Esto es lo mismo que vagar por ahí. Entornos de asfixia. Que recuento ahora. Y que me han asediado. Decir, entonces, otraparte es tanto como que no entiendo lo que me cruza la piel y mi cabeza. He estado a la espera de revivir lo mío. Desde el momento mismo de haber nacido. Tratando de recordar sí, ese tiempo pasado, tuve alguna ilusión. Sí, por ejemplo, no pude localizar lo que era. Y, esto, me ha generado una angustia, en todo mi tránsito por lo que llevo de vida. Metiéndome en este cuerpo. Y tratando de exhibirlo como trofeo de mí mismo. Es una sensación de vértigo. Y, por lo mismo, no recuerdo si tuvo su origen desde allí. Desde ese desprendimiento con respecto a mi madre. Y, el silencio, me lleva a estar más lejos. Desde que se inauguró la palabra. Como si volviese a ese pasado abs oluto de todos y todas. Siendo así, manifiesto que lo que soy, no sé si era proyecto mío. O de quien. Como relámpago, mi memoria se torna cada vez más obsoleta. Por cuanto no atina a establecer, siquiera, los referentes primarios que pudiesen desatar mi cuerpo, del yo sujeto. Es como una incandescencia milenaria. Como sí el Sol no me hubiera alumbrado, desde el momento en que prefiguré como ser. En la latencia propia de quienes hicimos camino. Desde ahí, al comienzo del tiempo. Hoy, en la mañana, me propuse salir de viaje. En esa nave de papel que heredé de mi padre. Como, el mismo decía “no vaya a ser que te extravíes en la vida que te ha sido dada”. Y rogué, en este hoy, que me fuera impuesta la brújula navegante, sin par. Esa que he tenido en mis sueños. Pero que, cuando despierto ya no estaba. O está. No sé, en verdad lo que pueda decir y pensar. En este mediodía ligero, coloqué mi barquita en el lago inmenso situado junto a mi casa. Y la soplé, como intentando que hiciera mar en lo que no es ahora. Y, s u fragilidad, la hizo naufragar. Menos mal que no la había montado. O, mejor sería decir, lo debí hacer; para ver si este desasosiego se hunde y se ahoga. Y que, yo como sujeto herido, no me levantara jamás, del fondo grasoso que creí intuir primero. Busqué un reparador de ilusiones dañadas, como para ver si la podía rescatar. Y, este, me la entregó casi recién hecha. Entonces, me fui con ella debajo de mi brazo. Llegué al mar verdadero, en la tarde de este día. Y toqué, con mis pies, la laminita de agua en la orilla-playa. Y sentí que ascendía hacia el espacio abierto. Que empecé a flotar como sujeto herido de muerte, en esta vida. Y que busca la otra en cualquier parte. Es un unísono lenguaje cantado. El límite de mi ascenso fue la pesadez de mi cuerpo y el yo sujeto. Empecé a notar que me hacía falta el suelo. Y el agua de mar, para seguir navegando en mi reconstruida barquita. Bajé en la noche. Escuchaba el trepidar del agua. Y la fuerza del viento que se erigía como potencia mayor. Y que transportaba las olas, por la vía de enseñarles sus caminos. Y yo fui señalado y las olas me pegaban como fuerza casi inaudita. Toda la noche en eso. Sin poder dormir. Tal vez porque temía que, al llegar el otro día, se haría más fuerte mi desazón y mi incapacidad para seguir yendo con mi barquita. Empecé a sentir que no podía moverme. No sé si era todavía noche. O si era el otro día. Lo cierto es que estaba inmóvil. Desarropado. En una miseria de vida dolorosa. Pero podía hablar. Y traté de expresar algo, por la vía de mis palabras aprendidas al nacer. Y sentí que solo era un balbuceo insípido, irrelevante. Un vuelo de lenguaje asido al piso. Como no entenderá construida aquí en este presente, que heredé de quienes fueron primero que yo. Y, en el desvarío siguiente, entendí que eso era mi muerte, Traición manifiesta La vi pasar, por ahí. Por ese camino andado antes por ella. Lo que pasa, ahora, es que va de la mano de Ciriaco Cartagena. Negro ramplón. Traicionero de su propia raza. Hecho como de plomo hechizo. Fundido en otrora expiación inquisidora. Estuvo en el trajín de llevar y traer mensajes entre obispos y monseñores. Por allá en ese tiempo de martirologio absoluto. En cuando ensillaba a la bestia religiosa. Para potenciar decapitaciones en la exponencial. O, ese mismo negro, asumiendo que lo suyo era reclamarles a reyes y gendarmes. Que le facilitaran la pócima para limpiar su piel.
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    Yo sé que,ella, lo eligió. Siendo que, antes, fue negra de libertad crecida. Incendiaria, a lo bien. Trepidante mujer, en combate. Ires y venires, a su nombre. Por ella acicalados con el negro absoluto, potente, libertario. Y verla, ahora, en ese nudo perdulario con ese sujeto avaro en lo que se dice de verdades. Henchido de pobre jerigonza vertebrada con palabras aviesas. Y no lo digo, yo, por resentimiento o por sangrar por herida. La amé. La ama. La amaré por siempre. Lo que pasa es que uno, como que envuelve la vida y la cree en enhorabuena perenne. Yo soy, eso sí, un sinfín de contradicciones. Soy, eso que llaman ahora, sujeto de ir y venir. En diferente, cada vez. Como si, siendo así, pudiese retornar al comienzo. Cuando era, apenas, sujeto de ida, en vivo simple. En caída libre, en veces. Diciendo lo que fuere con el énfasis puesto en el no posible. O, tal vez, será. Siendo yo así, fue que la conocí. En el villorio relajado. Llamado Hondonada de San Belisario. Un sitio de bravía hechura. En ese pasado de trochas y de mulas en ellas. Yendo enjalmadas, inocentes, cansadas. Con arriero irascible. Dador de zurriago y de palos hendidos en su cuero. Expósitas sujetas nobles. Leales. Y, sigo en lo que iba, esa negra Incendiaria Soto, se hizo mujer de plena locura amatoria. Libre. Pasión pura. Iconoclasta. Herética. Y se encontró con el Ciriaco, allá. En Compostela Moderna. Sitio ajado, ya. Desde tiempos de las jerarquías apoltronadas en los ribetes de los jalones en tierra. Esos que se fueron, en el despiste de la libertad, posicionados como instrumentos de crueldad infinita. Doctorzuelos en el discurso ampuloso. Como si fuesen veletas que desarropan el viento. Venidos desde tiempos de horizonte hecho para el abismo. O para el asfixiante yugo de fierros hechos en el incandescente fuego. Al verlos pasar, Dije: mírenla y mírenlo. Ella y él ufanados. Con la malparidez alborotada. Con la ponzoña lista. Paira devastar a todos y todas, los de la otra orilla. En ese inventario manifiesto. De cosas afanadas. De fisuras puestas al servicio de lo enervante. De lo que duele. De lo que castiga y destruye. Un venirse, diría yo, en componenda con la cizaña de la que hablaba el hablador bíblico. Mero sujeto diciente de cualquier cosa. Pero, a decir verdad, en eso atinó. Cizañero y cizañera, son ahora ella y él. Como vociferantes, impío e impía. Yo me quedé silente. Dije nada. Ahí. Y después. Varado, digo yo. Corcho oscilante. Para aquí y para allá. Embolaté la iridiscencia. Casi perdida quedó. Y, lo punzante por lo bajo, fue que no me afanó la tristeza por ello. Como en la decadencia absoluta. Como vendedor de pasquines insultantes, apenas. Sin la vehemencia de antes. Metido en esa pocilga agria. Se me perdieron en el horizonte trazado por mí. Dejé de verlos, casi en la medianía del pasar. Fijé mis ojos al piso. Me hice sujeto embobado. Inmerso en la jetuda ignorancia supina. Digno de ser ejecutado en guillotina doble. Simplemente, porque no les advertía a todos y a todas, lo que vendría encima. A cargo de los ejércitos depravados. Surtidos por la traición de Incendiaría y de Ciriaco. Negra y negro en deslealtad con la vida. Naciente. Y la ya hecha. Imagen viva No puedo, hoy, resarcir lo que he vivido antes, Como mirando el oficio de ser humano. Elocuente y tejido con el hilo de tu énfasis en lo que somos. Como herederos de una estirpe vigente, aún ahora en que deshicimos lo nuestro. Y digo así, por las condiciones que se extienden hasta el tupido tiempo en melancolía. En este universo como si fuese impropio. Como si, cada paso, no sea otro que el devastador silencio cruzado. Y sí que hoy estoy aquí. Como sujeto vesánico. Anclado en la lluvia de pareceres todos. Insinuando, a cada nada, lo poco que he aprendido. Desde siempre. Pero, más ahora, que los hechos, son simples escoriaciones de lo que acumulamos como valores. En secuencia nítida de las versiones apuntaladas en endeblez única.
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    No más pasóel tiempo, de a poco, surgió esa delgadez de horizonte y de vocería. Más como un clamor secuenciado. En términos de insumos precisos. Pero, también, de aquello que dimos en llamar vergüenza de acciones. En esa punta de lanza alejada del vibrato sincero. Como en ese ir andando por ahí. En posición sujeto buscador ilusiones en la vía decantada. Como mostrando expresiones de amargo trajinar. Entonces, un vacío que me propongo a mí mismo. Tal vez en la intención de volver algún día. A este territorio que hoy piso y siento. En percepción primera inhibida. Una ampliación de caminos ignotos. Casi invisibles. En esa primera mano de envolvente rotulación de lo vigente. De aquello que me devuelve a la impregnación como sujeto de vivir ya vivido. Y que se repite como fundamentación estoica apenas. Generalizando los gritos en silencio. Imbricado. Doliente de sí mismo. En aventuras ido. E impávido, como posicionamiento estrecho. En esa tendencia que tengo siempre. De horadar lo cercano. En premonición baldía. Siendo sujeto de esponjoso recuerdo siempre. Y agarrotado por el frío incesante. Prolongado al infinito íngrimo. Expandido en reguero de memoria terminado. De avara potencia. Por esto mismo es que, clamo por tu presencia. Aquí, ahora. Para que me ayudes a descifrar lo que sigue. Recordando, de a poco, la tersura de tus palabras. Créeme Estando vivo todavía; lo que de cuento no es otra cosa que la ilusión que algún día tuve. De ser tridente aciago de mi mismo. Y, por lo tanto, ansioso de estar, al menos, en el recuerdo tuyo. De esperar soy, hoy, sujeto. Que extiende su melancolía mal habida. Ya que la heredé de cualquiera que pudo haber pasado por este sur helado. Ingrávida es mi postura. Que, en este vigor lacerado antes, permuta cada día la esperanza. A cualquier costo la entrego. Estando, por lo mismo, en esa sensación de proclama inerme. La que me cruza. Que me hiere como daga invisible. Pero certera en el momento de alzar el vuelo. Oficio que no he podido aprender. Y que tu lo sabes. Lo has sabido siempre. Desde que naciste. En esa aureolo de verdad que te acompaña. Hoy, entonces, te ofrezco mi memoria. Para la guardes. Ahí, en ese interior tuyo tan benigno y solidario. Si, defendiendo tu autonomía, no la tomas. Da lo mismo. Porque ya no respiro. Virginia Quien lo creyera. Doy la vida por ti. Una vida que vuela y que se posa ahí, en lo que has tocado antes. Recuerdo pleno hay en mí. Desde que naciste, te miré. Y te vi crecer en la exponencial hacia el infinito. La señora Agustina, tu mamá, supo de mis desvelos. Siendo tu mujer abrigada en las opciones otorgadas por ella. LO tuyo, manifiesta pulsión de vida. Recreada en el universo, desde que este surgiera. Una ligereza, la tuya, para cantar los verbos y adjetivos, de la gramática de lo vivido en plenitud. Volar que volar, hiciste. Caminos, en veces, azarosos. Teñidos de aplicaciones tardías; por lo menos en lo que tiene que ver con la holgura solidaria. Fuiste, en visión doliente, por esos espacios. Casi como proyección hasta los límites. Recuerdo el día en que tu papá Ambrosio, deshizo lo logrado. Se fue yendo como sujeto espurio. La degradación suprema. Viendo la vida, con ojos, esos suyos, que marcaron siempre el itinerario con el terciopelo de los venidos por la vía de imposición constante y dura. Tú, en esa condición de ser mujer niña. Añorando lo que fuiste en vientre materno. Viviendo las opciones de ella, tu mamá. Te conocí en el bocajarro, cuando recién salías. Aprendiendo a caminar, luciste lo más tierno de ser niña. En esos globos subiendo. Mirando el paso de quienes nacieron primero. Esa tarde, cuando adiviné a que venías, dije algo como insonoro. Como ingrávido cuerpo puesto en lentejuelas punzantes. Me dijiste que ya no querías ser tú misma. Por el contrario, que anhelabas empezar viaje hasta ese lugar que habías soñado antes. En pretérito lejano. Y me dijiste de lo tierna que era tu mamá. Y de esas inclemencias asociadas a la opción paterna. Y me hablabas del vergel florido. Que lo viste, sin aun nacer. Una trama, tu voz, de hilaturas ansiosas, pero hermosas.
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    Cuando fijé misojos en ti, yo dudaba del significante que eras. Me dije, a mí mismo, lo suyo en una surtidora de agua pura. Yendo por todo lo habitado. Aplicando sanaciones para la tristeza y el olvido. ¿Te acuerdas del cierto día? Mirándonos como dos cuerpos alongados. Uno a uno. Tu mirada cenicienta, fue invadiendo todo lo habido aquí. Y, además, en lo más lejano. Percibiendo la dominación bruta, aniquiladora. Me dijiste que, cada día, soñabas con un país diferente. Por ejemplo, dijiste, la negramenta potente. Dulce, maltratadas y maltratados. Eras como notaria benigna. Ibas validando todo lo tocado por tus manos y tus ojos. Hoy, en este treinta uno del mes fugaz. Ese en que siempre encontramos al sujeto breve y distante. Ese que le hizo una canción a la esperanza, pensando en ti. Me sentí paralizado; viéndote susurrarle al viento. En el mismo día vaticiné como presagio de lo que ocurriría. Mi recuerdo, entonces, fue un conocerte. Ya habían transcurrido casi sesenta años desde tu partida. Y supuse que habías logrado impactar en el cuerpo de vida. Absorto, en un entrelineas, quijotesco, subí la pendiente dada, como coordenada ávida de sustento para derrotar la amargura inaugurada, por quienes te conocimos. Y que, en ese el día de tu fuga de hace seis decenios ya. Inauguramos las voces nuevas. Sin repetidera de palabras. Siendo, por lo tanto, palabras de clamor sutil, deseado. Desde este lugar mío, entonces, ensayo las palabras, para que puedan volar y circundar la Tierra nuestra. Esa que va vivir, millón de años más. Y que tú la conduces, como ilusionario propio, real. Ella, el ocaso perenne. Lo habitual era mirar su risa buscona. Andando, en ocasiones, la partitura de la melodía aprendida cuando éramos adolescente. Sí que gozábamos en ese tiempo. Después de las clases olvidadas casi. El colegio ya solito. Nuestras vacaciones ejercían ese encanto fundamental a la hora de desdecir lo que habíamos hecho. Esas voladuras de juegos. Ella y yo postulándonos para asumir la dirección de lo aprendido. Como sacando animalitos del sombrero de papá. Las circunstancias tenían atracción mágica. Sin ningún tipo de rodeos dispensadores. Nos metíamos en ese tumulto de cosas impensadas. Yendo hasta el límite constante. En una alegoría suprema. Decantando las palabras hechiceras. Recuerdo, hoy, cuando la vi pasar. Un día plácido, silencioso. Y, yo, me inventé la canción propicia. Y se la canté ahí en el patio glorioso. El que estuvo con ella y conmigo desde siempre. Y alzo vuelo la imaginación de ella y la mía. Dándole vuelta a la tuerca del horizonte creado para ensalzar el milenario estribillo. Aprendido des tiempos de Juan Cristóbal Ayerbe. Esos enigmáticos personajes que anduvieron tras la huella d Angélica y la mía. En una exhibición de protestas cambiantes. Ora era lo anchuroso del río. Y, después, por lo visto en el eclipse de cada cien años. Cuando mirábamos el hecho. Entendiéndolo como simple hechura de magia tardía. Ella volvió mucho tiempo después. Desde que se marchó, yo no había emitido ni una sola percepción de realidad. Simplemente, me hice soporte de las calendas contadas para ella. En ese universo de voces íngrimas. Sonsacando a la criatura que ya había nacido. Un cordel como supuesto hilo de orientación venido a menos, desde que la ignición se hizo panfleto añorado. Pero desechado antes de leerlo. Ella con su fugaz expresión de palabras altisonantes. Como esas que se dilapidan, sin que lleguen a ejercer el rol del cual había sido dotado. Yo hice lo justo. Pronuncié mi habladuría aprendida desde el momento en que la conocí. Allá en el largo volar. En el cual me dije que lo otro era cosa de los iletrados en solidaridad y la ternura. Me vi pasar de un lado al otro. Sin encontrar la posibilidad de seguir matizando el dolor profundo, inmenso. Yo, como ador de lo que no tenía. En esas ínfulas mías de creerme acompañante dulce, amante. Siendo así, entonces, ejercí como reparador de artículos relacionados con la soledad. Me fui, una vez pasó el encanto, expliqué al mundo lo que deseaba en términos de uniformidad hirsuta. Dependiente de las voces agrias de los seguidores de ella. Yo, tratando de erigir, como soporte, la algarabía de los primeros días. Cuando, mi madre, entro al concierto de los seres
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    habido, vivos. Ella,sin otro aliciente que estar al borde de los suplici os, cada vez. Hice lo justo, para revertir el tiempo. Pero, este, se hizo remiso. Actúo como sujeto remiso. Procaz al infinito. Nervadura insólita. Ya que, la diosa mía avanzó hasta llegar a la Tierra de la de los lúcidos itinerantes. Y vine a saber, a través de las imágenes del Dios Sol, que había marchado con Euclides Gonzáles. El amante furtivo de ella. Y, se lo dije a agritos. Todo lo entendido a partir de la exuberancia de su cuerpo erguido. Pero con una sumatoria de deslealtades, apenas comparable con el recorrido del amado Plutón. Expuesto al frío absoluto. Parecido a la negligencia. A la traición con relación al sujeto vivo o viva en cada día. Y cada nanosegundo andante. Si me fui, uno, por el camino menos enrevesado posible, solo lo dirá el tiempo sin olvido acatado. Lo cierto, entonces, fue que albergué la esperanza, hasta el último de su corazón. Inmenso en lo que refiere la amplitud de alma y de cuerpo. Me quedé mudo, entonces, porque decidí no hablar, por el tiempo en que ella siguiera siendo inoportuna, al momento de dejar ver el tránsito de la vida. Doncella Lo dibujé en el espacio habido. Tracé líneas oscilantes, por lo mismo que cada quien dice lo que quiere, a la hora de definir su rol. Justo ese día había propuesto a Diana que estuviéramos juntos. Por siempre. Mi justificación hablaba del hecho manifiesto de querer estar con ella. En cualquier parte. Desde mucho tiempo atrás estaba obnubilado por ella. Como si fuese cómplice del querer estar que traspasa la línea mínima. Algo así como querer volcar en ella todo lo mío. Y le dije que la había visto en sueños, desde el día mismo en que nació. Que la había visto crecer. Que, todos los días, la veía en su bañerita en plástico. Que veía a su madre arroparla en la toallita que le obsequió don Sofronio y su esposa, doña Azalea. Y que la veía alzar sus manitas para alcanzar los móviles expuestos por doña Mariela, su tía. Y que, en el día a día, la veía jugar con Juan Pablo y con Valeria. Ahí en el parquecito. Cuando retozaban en lo más puro de la infancia de todos y todas. Y entraba en el escenario lúdico la exuberancia suya, pasando que haciendo pasar cada gesto hecho risa absoluta. Y que la veía en el jardín, con su uniformito acicalado de estrellas color rosado. Y que la seguí hasta la escuelita. Y que le decía todos los días, lo linda que estás mena. En el “aquí te espero”, luciérnaga mía. Para hacerte fácil amar. Aun en esa holgura de años que te llevo. Siendo, como en efecto soy, cuerpo de años muchos. Pero que te sigo mirando y esperando. Y que te esperaré, por siempre. Deteniendo las calendas. Hasta que tus doce añitos, evolucionen. Te espero de dieciocho. Y te veo en mi cama. Agarrotada del frío de esta ciudad punzante. Y que te cobijo con el manto de mi madre, por mi heredado, Y que te canto los cánticos de niña traviesa, pura, deslumbrante. Y ya, como en cuerpo ajeno, te sueño tendida en cama, anhelándome. Con esa espera traducida en los gemidos hermosos de quien se siente poseída. A todo momento y en cualquier lugar. Y voy hilvanando los tiempos. Y duermo para hacer menos larga la espera. En un desfile de ilusiones manipuladas, por mí mismo. Y me veo horadando lo tuyo. Con absoluta delicadeza. Dándole tiempo al mismo tiempo que corre y vuela. Y sí que, saliste de la escuelita hoy. Con tu valija. Llevando los cuadernos y los lápices. Y me acerqué a ti. Y cogí tu mano tersa. Con ese negro hermoso, extendido por todo tu cuerpo. Y te invité al Bazar de Las Marionetas. Y te divertiste tanto que hasta lloré al verte. Y, después, fuimos al parquecito de los sueños idos. Y jugaste con todos y todos tus pares, allí. Y te arropé luego. Después de lo hecho y del cansancio exhibido. Simplemente no pude más. Ese día, al recogerte en la escuelita, te dije que iríamos a disfrutar lo más hermoso de la vida. Aquí y ahora. Y te llevé a ese cuarto azulado. Te mostré las cortinas. Y las ventanas. Y te mostré el patio construido por mí mismo. Ahí, como enjuto y pequeño. Pero con la capacidad para expandir el brillo de cada día. De nuestro Sol. Bello, a veces. Hiriente otras. Y te dije no espero más. Hagámoslo ahora. Dame tu vida en este lugar. Quiero ya. No después. Y dijiste que sí. Y te desvestí en lo inmediato. Tu delantalcito rojo lo abrí y lo coloqué ahí, en esa sillita que ya estaba. Y deslicé mi mano por tu pubis. Y noté que se iba inflamando tu clítoris. Y tus pechos. Y, yo, me exacerbé en locura. Te abracé. Y te hice mía. Cabalgando en tu cuerpo. Y tú gemías. Y me arañabas. Y reías. Y me decías abuelo mío, por ahí
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    no es. Déjameorientarte. Y abrías más tus piernas. Y me guiaste hasta esa cavidad asombrosa. En esa juntura estrecha toda. Y lo hice como me lo dijiste. Y, ya ido en mis fuerzas todas, te vi dormitar. En placentera exhibición de regocijo y cansancio. Y vi crecer tu vientre. Allí mismo. Cada minuto más. Y alcé tu cuerpo. Ya dos. Lo que antes era uno. Y pasó el tiempo en velocidad creciente. Y, allí mismo, nació nuestro Ámbar. Y empezó a llorar, como niño que era. Y vi tu rostro de niña de doce añitos. Exuberante. Gozoso. Y lo hiciste arropado mimo hermoso. Al salir los tres, caminamos sin rumbo. Tú y nuestro Ámbar, riendo por ahí. Y fuimos a Lago Dorado. Nos bañamos en desnudez. Y veíamos pasar a la gente. Y reíamos al verlos. Y retozamos como infantes todos. Y me dije a mi mismo que ya había vivido lo que más anhelaba. Ya te había tenido y había hecho en vos, un lugar para se guir creciendo. En ese vientre ávido de sentirme. De hacer crecer mi ser sembrado. Del pasado que pasó Si me dijeran que la vieron ayer, diría que yo no la recuerdo. Porque, en eso de no juntar pesares, me obliga la obliteración del torrente que viaja. Des de ese pasado tan lacerante. Que ha estado conmigo. Por lo menos desde que lo reconozco como mío. Y no de otro. Por lo tanto, en la expresión “si me dijeran que la vieron ayer”, está inserta la palabra acumulada que he construido y he traído desde que la conocí un día, como cualquier otro. Pero que, en mí, fue día primero del origen. De esta ansiedad tan mía. Y tan profunda. Y tan auspiciadora del tormento mismo incoado en ella. Devastadora avalancha que rompe cualquier blindaje, Que horada el ímpetu de lo humano mío. Siendo, que sí es cierto que es, untura que atosiga, Que inhibe a la locura habida. Como imaginación mía. Que retuerce la hilatura de alma. Y que me hace proclive a la desesperanza que desde antes está ahí. En espera. Con certeza segura. De que mi camino es ese. Y que, por lo mismo entonces, se empodera de ese tránsito mío. En pleno ejercicio de perversa cautivación, Dejándome en incierto lugar, ahí sujeto, como anclado en la arena movediza. Con mi locomoción perdida. Es por esto que diré, cuando me digan que la vieron ayer, que yo no la quiero ver ya más. Que si, acaso, podría decir que la vi un día pasado ya. Muy lejano en el tiempo. Tanto que ya casi es un no recuerdo. Y que, a lo sumo, se mantiene como imagen borrosa. Sombría. Como litigante cuerpo perdido. Desde ese mismo día en que a bien partir tuvo. Y que no la seguí, por eso. Porque ya, de lo suyo, no hay memoria plena. Ni deseada. Ni nada. Y sí que me lo dijeron otra vez. Que la vieron ayer. Vestida de guirnaldas hechas con el rigor que exige el tiempo que pasa. Y que, según dicen, ella dijo que no estaría nunca más conmigo. Que lo suyo estaba en volar por ahí. Agitando las alas que eran mías. Y que, dice ella, yo se las cedí un día cualquiera. En ese pasado que pasó y que ella no recuerda. Y sí que presté atención a, lo último dicho, justificando en ello la desdicha mía habida. La desilusión que digo mía, por lo mismo que no la endoso. Porque, si así lo hiciera, retornaría al día primero habido. El mismo que nació conmigo. Como incitació n al recorrido avieso que, sin decirlo yo ni nadie, es como giro y giro que va y viene. Y que, por eso, me tiene aquí. Suspendido. Enajenado. Incierto, perdido. Y, como son las cosas contigo y conmigo. Quien me lo dijo hoy, es el mismo que me dijo ayer. Que te vio pasar por ahí. Y que, sin saber porque, dijiste que ya no ibas más conmigo. Simplemente porque, lo tuyo ya no era lo mío. Y que lo que vieron hoy y ayer, fue el cuerpo tuyo diluido. Ya muerto. Desde que, ese día en pasado, te maté por no ser tuya, cuando quise que lo fueras. De una historia vista, tocada en el sueño
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    Como si lohubiese narrado en el pasado, este cuento obra como certificación casi notarial del mismo. Ocurrió que fui hasta donde vivían ellos y ellas. Nativos y nativas de mi entorno nacional. Muchos siglos pasaron. En ese ejercicio de vida limpio. Los ríos anchurosos bañaban todo el territorio. Ellos y ellas en un embeleso de vida. Una cognición autónoma con la cual sabía identificar lo brumoso del dios dado. Repeticiones que convocaban a saber lo cotidiano, Po ejemplo eso de producir, al lado de la Madre Tierra. Sus insumos eran lo rudimentariamente explotados. Palos, piedras talladas. Y, la recolección de los frutos, exhibía el comportamiento apropiado. Un unísono trajinar cargado de sabores percibidos solo por ellos y ellas. El nacer, siendo una conexión entre la intención de cuerpo inmediato. Con las parturientas ahí. Como sujeta expósita. Bienamada con sus pares. Y, en crecimiento necesario, se iban dando los hijos e hijas. De todos y de todas. La soledad era amigo benévolo. Una interacción por la vía de las jefaturas existentes. Evolucionando desde el pasado darwiniano no conocido. Pero presente. En esa holgura de actuación. En el distanciamiento y en la pluralidad manifiesta. Con gritos guerreros. Violentos. Punzantes. En ese entendido del concepto guerra atrayente. En la divergencia explícita, relevante. El universo como esplendor absoluto. La iridiscencia gris de la Luna. El furor del Dios Sol. De vida lleno. En esa energía expandida. Proponiéndole a la vida un nexo en el cual se juzgaba los hechos por lo que este mismo era. Una noción de Estado, que consumía sus fuerzas. Que tenían la misma connotación de la partición de los sujetos y sujetas. En ese ajuste cuentas con el colectivo vivo. En veces oprobioso como lo es ahora. Un imaginario para las aventuras. Surtiendo de nombres epopéyicos para los animales, sus vecinos de siempre. Domando a la naturaleza con sus ínfulas de ascensos en la escala del crecimiento biológico. Su espiritualidad quizá de mayor contenido lúdico de los que somos ahora. Y vivían, en veces, la percepción de lo que vendría. De esos sujetos en ciernes que, en una perspectiva milenaria, empezaban a asomarse al mar abrupto, pero libre. Como hendiendo sus palos en el mismo. O con las telas extendidas. Desafiando la violencia del viento que corría por todos esos espacios benéficos, en lo que estos tienen de potencia y de capacidad para insinuar opciones de vida. Suyas. De nadie más. Pero, volvía el presagio. Como si los invasores estuvieran ya ahí. Mimetizados en la huella ululante. Como escuchando las arengas al Dios mítico hecho hombre. Al conjuro de todos y todas. En ese ensamble cultural, construido desde ese atrás casi infinito. La diferenciación expandida. Conceptos y acciones que verificaban lo suyo como potente mensaje. Como si, con sus pares de otras tierras cercanas, estuvieran comunicando saberes. Ya estaba la Vía Láctea. Que, para ellos y ellas, eran la conjunción entre lo brilloso de allá arriba. Vistos desde la Tierra primera. Sin saber por qué daban vueltas. Y en insondable oscuridad ampliada. Ya estaban los Agujeros negros. Ya había pasado mucho tiempo de brutal configuración cósmica. Separando las aguas de lo terreno propiamente dichos. Ya los elementos de la química en latencia. Esos que, vistos a futuro, sería como gobernanzas insubstanciales en el ahora inmediato. Pero que vagaban al son de los violentos cambios, Del hacerse ahí. Con rutilantes espacios. Como si el Hacedor o lo que fuere, hubiera extendido una sabiduría para que la evolución fuese violenta, en el entendido brusco. Pero veloz e incesante. Y, también, estaban los cuerpos hechos de pura juntura de resorte que, disparados, hacia futuro obrarían como mágicos encuentros Hoy que vuelvo de ese sueño ampliado. Corrí hacia el escampado permitiera mirar el cielo abierto. Y no me detuve hasta no cerciorarme de cuanto había pasado en mí, antes cuando dormía. Y vii cuajadas las estrellas. En la inmensa noche-día nutriendo la vida mía y la de todos y todas. Desde mi silencio Yo dije, en el pasado temprano. Quiero sentir el vibrato de la tierra. Tal vez para recordar, en ese silencio eterno que se avecina, lo que fui pasando por ahí cerca. Un volver a lo que fue mi latir antes de nacer. En una extensión brumosa. Acicalada. Y, recuerdo, por cierto hoy, ese tránsito aventajado. En trajín envolvente. De silencio abigarrado, en nostalgias idas. He ido, siempre, por lo bajo del espectro presente. Porque, siendo así, he sentido lo que ha sido, hasta
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    ahora, palabras deaquí y de allá. Y, como en simultánea, viviendo la vida mía con acezante temple del yo sin heredad amiga. Por lo menos manifiesta. En lo que esto tiene de empuñadura apenas tenue. Casi sin rozar la vida de los otros y las otras. No más, para el ejemplo, lo inmediato venidero puede dar cuenta de mis hechuras un tanto brutales, como si estuviera prefigurando. Lo que seré en bajo tierra. Hablándole a quienes había, en el entonces, sujetos hechos para la habladera. Y señalando a las mujeres que estuvieron conmigo. En esos espacios plenos de una pulsión grata. Y, ahí, en ese mismo espacio, con el cual dotaron a este yo insumiso. Oyendo lo que antes lo oí en físico. En ese tránsito espaciado, benévolo. Y empecé a ver, desde el piso conmigo en su vertical. Y, con esas sombras que trajo la tierrita misma. Y, yo, en esa vocinglería niños y niñas esplendorosas y esplendorosas, contándome los hechos de allá afuera. En ese recreo libre. En las escuelitas. Jugando a la locura. En la cual yo era su consejero. Y ellos y ellas, siendo potenciada habladuría. Y, en ese dicho mío perentorio empecé a ajustar mis acciones. Para que todo quedara, después de mí, como gobernanzas sinceras. Y, en ese sueñito de agosto 2, recreaba lo que podría ser. En ese final amplio. A pesar de la estrechura medida con plomadas y estructura que encontré. Hoy, estoy en eso. Suplicándole a la mujer que me soportó en los tiempos que dimos a volar, desde el primer día. Diciéndole que me llevará allí. Que me dejara ser cuerpo, no polvo inmediato. En horno crematorio con el poder del Sol, por la vía aciaga. Que me llevara, en romería estando ella conformada por mis cercanos amores. Mi hija y mis hijos. Y allá en remoto físico a quien tanto quise. Y, la mujer de ahora, con pañuelo de color negro. Porque negrura definí yo que fuera, el color punzante, por lo sincero, no efímero. Estando ya aquí, entonces, sigo en las palabras que ya dije. Este silencio me acompaña. Esta dejadez, de física materia maleable. Creciendo casi en la exponencial. Carne de yugo nacida (…como escribió Miguelito Hernández). Fueron pasando, pues los días y las noches en ese contar hasta siempre. Un infinito mayúsculo. Y volé. Visitando a quienes están como yo. Ese cautiverio sensato. Afín con mi percepción de vida. Que acaba tarde o temprano. Y volví a enterrar, mi yo mismo. Cansado de visitar tantas fisuras. Hechas como obligatorias. En esa hendidura que define mi estancia lúgubre. Más no ajena a los momentos vividos. Cuando fui lúcido sujeto viajero. Los escucho, a los y las que pasan. Oigo sus palabras, en murmullo v incansable. Y, en esa dirección, diré a mis cercanos que no dejen de transitar por ahí. Para seguir escuchando su palabrería Y sus risas. La vida es bella…a veces No más, ayer, al vuelo estaba. Eso es como mirar desde lo alto sin estar arriba. Algo parecido a esos momentos en los cuales todo se le va a uno. Como que no atina a aterrizar. Más bien como en esa subienda de alma, aún sin tener tal cosa. Pero sí su símil. Algo como corriendo en velocidad quinta. De aquí y de allí. Y, ella, se hace presente. Como gendarme libertario. Como quien te ha cautivado y no te suelta. Un va y viene y vuelve. Una tejedora de ilusiones que motiva a reanimar lo que parecía fenecido. Como alargar el ensueño que todos tuvimos siendo niños. Ese horizonte absoluto. Nítido. De colores diversos. Un azul de ternura inimitable. Un verde que satura y convierte lo habido en épico canto que subyuga. Ese rojo que hace explotar la pasión, siempre herética. Y, siendo como es hoy. Y estando como estoy hoy; me le fui yendo despaci to a la tristeza. Sigiloso, en punticas. Y listo. Ahí quedó la tristeza sola. Y, juntas, soledad y tristeza se dieron al reniegue. Buscándome. Pero yo ya iba lejos. Y, vuelvo con el vuelo primero. Y localicé a la mía. A la esperanza. A la más mía, la pasión. Y a la otra no menos mía, la ternura. Y me les quedé todo el tiempo por fuera. Y ellas, la soledad y la tristeza juntas, rumiando venganza. Como diciendo: nos la va a pagar ese pertinaz enamorado. Ese envalentonado sujeto de vuelo por lo que ama.
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    Y sí que,en volver retardado, me les entré sin que se dieran cuenta. Y las asfixié con esa nube de erotismo ampliado con la cual llegué. Y, sintiéndome así, me puse a navegar por todos los mares habidos. Del Caribe ardiente, al Mediterráneo endiosado, por lo mismo de su perfil elitista; por el Mar Negro. De esa negrura refleja por lo que es en su piso. Por el Báltico mitad de camino entre el Centro y el Oriente europeo. Con esas historias de viajeros venidos de la Siberia voraz, insensible. Por ese Mar Irlandés que acumula historias de la yunta inglesa y de todos los monarcas pérfidos. Y, cruzo el Gran Canal de la Mancha. Y me le introduzco a la Francia de ires y venires. Con el eco pleno de su Gran Revolución. Y me meto al Caspio casi incoloro. Casi inadvertido. Como juntando esas cosas, oteo el sueño. A distancia. Cuando llega, me aprisiona. En esa envoltura todo se vuelve ajeno. Pasan y pasan lugares y personajes ignotos. Como luciérnagas que han perdido su luz. O, simplemente, que mi retina angustiada no visibiliza. Caravanas agitadas, cruzando la Tierra yerta. Vuelta sobre sí misma. Atormentada. Casi sin vida. Este sopor mío como que fluye. Es como el entresueño volviera con sus agites revividos. Como insensible expresión. En la que no cuenta lo soñado y lo ha bido en mi vuelo de placer. Como si ese demiurgo impávido me recorriera todo lo que soy en cuerpo. Como decaimiento repetido. O, simplemente, como se hubiera sido encontrado, por la triada soledad, tristeza y enajenación. Ámbar y Vulcano El punto de partida fue el mismo. Ambos se criaron en Fonseca. Territorio benévolo ese. Los dos hicieron vuelo imaginario. Juntos en ese espacio en el cual lo cierto vivido, daba cuenta de sus ilusiones. Como esa de sentirse libres. Montados en jirafas voladoras. Elefantes enanos llevando y trayendo niños y niñas. En un alborozo rutilante. Generador de opciones de vida. Paisajes pletóricos. Colores y relieves de vida. Ensanchados. Abiertos. Poliformes. Con esos triángulos anclados con rigurosas pero libertarias alusiones a lo vasto que puede llegar a ser el escenario para la felicidad. Ámbar y Vulcano. Personajes de todos los tiempos. Recuerdan, hoy, lo que fueron. Y, como volviendo a la reiteración no penosa. Más bien como opción de vida. Con los canguros visionarios. Que asimilaron los retos propios de los seres que han sentido la ofensiva aniquiladora. Con tigres acompañantes de todos y todas. Niños, niñas, adultos. Con un universo que exhibe posibilidades aquí y allá. Sujetos de vida, siempre. Caminantes de caminos. En ve ces sinuosos. Como que esto es la vida misma. Que ha surtido trámites de beneficio. En los cuales, casi siempre, se percibe lo cierta que puede llegar a ser la ternura. Con dolientes vestidos de payasos. Con esas caras que ríen a todo momento. Volcados hacia todos los territorios. Por donde siempre ha de pasar Violeta. Y Mercedes. Y Piero. Y el sujeto absoluto Miguel Hernández. Y el gran Víctor Jara. Enhiesto. Y con las Madres de Plaza de Mayo. Y con la mira puesta en el Adrián de Leonardo Fabio. O, en la canción mágica “las manos” de Sandro de América. O la Paula Andrea de Leo Dan. Vivencias, en Ámbar y Vulcano. Dadoras de pautas lentas. Como lenta es la alegría cuando la acostumbramos a la compañía perenne. Ahí, con todos y todas. Husmando lugares. Con ganas de no irse nunca. De estar ahí. Enfrentado los vituperios de los apaga ilusiones. De esos que han surtido, y siguen surtiendo, de vejámenes. De ominosas imposiciones. Los perversos que se mantienen. Que ejercen poder. Torturadores en todos los entornos. Ámbar crecido. Como crecida es la ilusión absoluta. Benévola. Lisonjera. Atrayente. Esa que, tal vez, no pudieron ver quienes marcharon. Como mártires. En holocausto infame. Pero que nos dejaron las huellas que aprendimos ya a identificar y a interpretar. Un Vulcano Bullicioso, olvidadizo. Tanto que no se acordó de que ya había muerto. Y que se hizo risa. Y viento en buenos mares. Y que, en esta nueva vida, es orientador y guía. Vulcano impaciente sujeto que hizo inane la perspectiva del dolor y la tristeza.
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    Y, como sipoco, se dieron a la tarea de difundir, en profundo. La alegría que mataron ayer. La alegría que volvió con ellos. Y que se instalará aquí y ahora. A pesar de los sortilegios bandidescas, tanto del Emperador Pigmeo. Como también de su heredero de siempre. Connotación del término bandidos, cercana a la matanza. No en esa noción pura. Como trasgresión necesaria. Benévola. Surtidora de la contracorriente que transitan solo los verdaderos héroes. Al servicio de la más humana de las aspiraciones: acceder al territorio magnificado. En el cual la vida, sea vida verdadera. No simple copia de los discursos ampulosos, que repiten a diario los crucificadores. De esta vida mía, sola, absorta, desmirriada 1. Era un yo de mil cabezas. Siendo Juancito Lugano. Siendo hacedor de la desperdigada vida de los que sometió y somete aún. Divulgación de más de un tentáculo que asfixia. Como sonata física de eterna succión. Siendo la vida ahí, en ese hacer repetido, no otra cosa que receptoría de mil y un mañanas. Que resienten y que perduran. Por lo mismo que son aventura ya sabida. Vida ya cruzada por la imagen misma del desasosiego inerte, ventilando el entorno con la hélice misma que utilizó Diógenes, cuando reemplazó su lámpara. Como lo hizo Aladino, cuando trastocó su mensaje, valiéndose de lo que sabía podía envilecer su trágica desventura. Cuando la perdió. Y cuando la utilizaron todos y todas. Pasando a ser oprobiosa manera de querer ser lo que no se fue. En aventura sin par y sin impar. Ilusionismo vergonzante. Y traigo a cuento lo que le escuché a un ser que conocí al revés. Como simple prenda que está ahí. Y que la hice mía. Y que se volvió mercancía del mejor postor. Una prenda inútil ya. Por lo que tiene de expresión no grata. Como esa de decir que soy, cuando no lo he sido, en nada. Y paso el cachivachero ofreciéndola al que tuviese siquiera un centavo que ofrecer. Y se validó la yunta de éste y de aquel. Y la compraron. Todos y todas al unísono. Como peleando por vivir. Así fuese en extravío. Así fuese en lúgubre esencia de la vida partida. Que se hizo trizas. En él y en los otros. En mí y en el que vendrá después. Porque, si hay algo cierto, es que no quise ni quiero vivir. Y que, por hacerlo, se difuminó mi ser, en uno y mil rayos de bicicleta prestada. De veraces miserias que dan cuenta de todo. Desde lo que pude haber sido. Hasta lo que dejé de ser. Una luciérnaga empecinada en no aprender a titilar. Siendo, por tanto, simple alegoría de cualquier cosa. Y que duele sentirse así. Porque vas de viento en viento. Refugiado en el quehacer milenario, cotidiano. Repitiendo hoy lo del siglo uno. Y lo del siglo anterior al uno. Como reclamando espacio para otra nomenclatura. Que no sea antes o después de…Sino simple expresión de veredicto válido. Como ese que da la vida a cada paso. Preclusión de referentes. De íconos que están ahí desde siempre. Y que han ayudado a lo perenne. Precisamente porque son de lo más ansiado la negación. Como infelicidad que existe y que no, es más, precisamente porque aprendí a desalojar lo inapropiado de mi lista. A lo que es como tósigo, de mis vigencias futuras. Como ese inventario de dejar pasar hoy lo que puede ser mañana. Oh brecha infame. En mí como convaleciente sujeto al que extirparon la soledad y la razón; al mismo tiempo que su ilusión de ser ese que no pude ser. Por lo mismo que soy hoy, sin haber sido el ayer. Como sucesión de continuidades diversas. Con su tipología enmarcada en ese ir y venir que confluye en lo que fueron y serán otros y otras. Más valiera decir, como experimentos de hogeneidad azuzada. Promovida por los Templarios de ahora. Resucitadores de volcanes apagados; de glaciares en continuo decrecimiento. Y que habito lugares en los cuales no interpreto sinfonía alguna. Simplemente ahí, sin beneficio de esperanza. Como taciturna criatura que se envolvió en su propio ovillo, sin poder expresar quien era. 2. Siendo el oprobioso Efrit, buscado por las gentes primarias. Pero que, no por ello, dejan de ser libertarias asociaciones de personas y de elementos. En ese sitio en decadencia. Como
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    quiera que fueembrujo para gitanos y gitanas. Pasando y volviendo. Volviendo a pasar y volviendo a ser los mismos y las mismas. Entes sin más horizonte convocante que el mismo Sol que los y las reclama. En una figura parecida al Jardín del Bien y el Mal. Como ese que se inventó el Amo primero. Como Dios que conmueve a punta de humillar a los humanos y a las humanas. Como Ser Supremo ignominioso. Siempre buscando por donde atacar a los que considera sus criaturas terceras. De categoría inferior, por lo mismo que son enanas ante su Dios erguido en la longitudinal casi inacabable. Y Jesús Amparado Gutiérrez Villahermosa, siendo el escudero del ególatra sujeto mayor. Desplegó una vocinglería convocante. Dueño del don de la palabra. Por ahí no más. Cerca a la posibilidad de que le concedan, también, el don de transportarse por sí mismo. Algo parecido a la ascensión de su dueño; el ser acicalado que no quiere nada más que obediencia absurda. Al lado de sus súbditos anhelantes de Tierra Promisoria; pero que no llega a ser más que un remedo de la Desiderata nuestra. Quería volver a los de la ascensión primera. Como su Superior Primero. Sobre las nubes. Como mágica demostración de poderes inconmutables, imperecederos. Y, justo cuando ascendía, se dio cuenta de los haberes perdidos. En ese desasosiego que significa la vida errante. De aquí y de allá. Como queriendo no sucumbir en el escenario que le había sido otorgado. Y que perdió, por lo mismo que lo suyo era carne y hueso. Espíritu asociado a su don para pensar y realizar. Y justo cuando cayó, se dijo a sí mismo que quería otro Padre. No el Eterno. Más bien el Terrícola que asume en expiación, un lugar para pensar y actuar. Para decir en voz amplificada, que no quiere ser más objeto de prepotencia insulsa. Más bien, agente de dilucidación plena. Aunque tardía. Por cuanto su Superior Mayor, no le permitió hablar. Y contar lo que estaba sucediendo desde hace dos milenios. Y es que, no en vano ha pasado el tiempo. Como ráfaga que propone una interpretación lineal que supone el prerrequisito de la racionalidad. De la realidad asumida como tal en el presente. No como simple expectación. Más bien como palabra explicada. Como convenciones que ejercen como oferentes. Aquí. En presente. Dudando de lo no conocido. Dudando de las aplicaciones que invitan a la fe como opción única en la cual confluyen lo dogmático y lo irreal. Y se niega a creer en todo lo propuesto. Y exige asumir su condición de viento imparable. Como libertad que se rebela. Tanto como no asumir su condición de río que, siempre, va a la misma desembocadura. En ese territorio inmenso que es el Mar. Que condiciona. Pero, a la vez el mismo, reclama libertad para ir y volver a las mismas playas. A los mismos horizontes. En una repetidera que conmueve. Pero que no cambia. Y, entonces, Jesús Amparado, vive al gasto. Consumiendo lo que está desde antes. Pero que está ahora también. Un proceso renuente al cambio. Pero cambiando a la vez. Una figura parecida a la resucitación del Lázaro de la Leyenda Sagrada. Y que se tipifica como verdad inconmovible. Como verdad que es tal, por lo mismo que se impone por parte de la Jerarquía eclesial. Absurda presencia que se niega a ser examinada en la constante de los pueblos habidos y por haber. Una resucitación que propone volver a los tiempos idos. Como cuando eran dos no más. Antes de que los racionalizadores emergieran como jueces impávidos y con un ritual tan formal, como indignante. 3. Y la envoltura palaciega no deja de asumir su voz. Como nostalgia callejera. Por lo mismo que es cultura enrevesada, venida a menos. Desde que logramos descifrar el código. Como religiosos vergonzantes, asumían aquello que llaman “don de gentes”. Es decir, la capacidad para enredar. Para hacer sucumbir a quienes pregonaban su discurso amargo. Entonces, Leovigildo Leonel Lazo Lámpara, se hizo a la idea de que él no era, ni mucho menos, adorador de íconos. Le bastó solo una hora para explicarle a Suetonio Serapio Sánchez Solano lo mismo que ya había dicho antes. Como si un enano alcanzara los cuernos de las jirafas. Y que, por esto lo concedieran el premio “Misión Imposible”. Y lo disfrutó tanto que se olvidó de aquel otro camino. El de la sinceridad sincera. Esa que ya no recorren los dueños de la verdad apocada. Esos que deambulan por ahí. Contando cosas que no son. Pero que las hacen pasar como si fueran.
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    Lugartenientes plenos. Enescenarios vacíos de libertad. Porque, por lo mismo, son sujetos de ideas pasadas, lejanas. Como cuando les dio por versificar sobre sus orígenes. Ignotos y perversos. Como cuenta ayudas en posición de dar por si lo que es necesario dar por no. Atilas venidos a menos. Nerones falsificados. Envolventes oferentes de todo y de nada. Es decir, estridencias soterradas. Insumos de poca monta. No leguleyos. Más bien, notarios de tiempos idos. Y que fueron tiempos venales. Como lo fueron esos lugares arrasados por aquellos mongoles perdidos en tierras que no fueron siendo ellas mismas lo que es ahora. Un diletantismo cuyas aristas son como espinas que duelen. Porque no encontraron el rumbo. Y sucumbieron buscándolo. Y se hicieron a la idea de ser fantasmas prerrequisitos para abordar los tiempos con la razón de los Césares. Y, ellos mismos, se cansaron de ser lo que habían sido. Y se decidieron por la longevidad brusca. A zancadas. Como si su predestinación fuera al revés. Es decir, como buscadores innatos de tesoros hundidos en Siberia. Y se volcaron sobre ellos como alucinados emperadores. Proclives siempre a decir no, diciendo que sí. Y se embadurnaron de miserias hoscas. Por ahí, como decantando horizontes tardíos. Por ahí, como fetiches impuestos. Como ermitaños que se escondieron para no dar cuenta de lo que hicieron. Y, entre tanto, yo sigo como antes. Es decir, como sujeto abstraído. Dando cuenta de mi debilidad manifiesta, al conjuro de lo que ha de pasar. Siendo unánime el manifiesto que convoca a ser heterodoxo. Sin un lugar en ese estar. En un aquí decrépito. En un allá perdido. Es decir, un yo asumido en voltereta. Tanto aquí como en el pasado. Sórdido momento no anunciado. Soledad a cada paso, que me incita a no vivir. Es como si, de pronto, apareciera la sensación de la derrota. Y que me niego a aceptar. Pero, también es verdad, asumo la lucha por volver a ser lúcido. Rememorando la idea de buscador de parabienes. Como sujeto válido al momento de dilucidar entre lo que fui y lo que soy ahora. Es decir, como enhebración solícita. Que es lo mismo que no renunciar a la idea de reanudar el camino. Incierto, eso sí, pero a sabiendas de que es la única alternativa. Como contrario a sucumbir. 4. Acicalado, como siempre, Jesús Jenófanes Jaramillo Jején, salió a la calle. Un asunto de sortilegio lo convocó. Eso de andar por ahí, era para él cotidiana necesidad. Y visitó a Sor Soledad Santiago Silva, en su lugar de residencia. Un escenario lúgubre. Allí habitaba el Ser de lejana recordación. Un entorno vaciado a la manera del escultor que todo lo mira. Pero que, en ella, encontró una alucinación. Un inacabado brillo de virgen absoluta. Sor Soledad estaba ahí. Como Semiramis que alzó vuelo dejando una estela de mil y un palacios. Como soterrada insignia de mujer que hace trizas su reclusorio y que se vuelve alas de libertad. Con todo y todo, ella emergió. De la nada absoluta. Se convirti ó en algo distinto a la alegoría simple. Y se convirtió en heroína en los altares. Por lo mismo que convino con su Dios el hecho de aparecer viva, siendo ya muerta. Como insumo necesario para la beatitud y la santidad. Y yo seguí tras de ella, proponiéndole un equilibrio. De mi yo humano con ella invocada como santa. Y me dijo, en pocas palabras, que no me amaría, mientras fuese humano de realidad heterodoxa. Y le dije que no creyera ese cuento. Que yo era y sería escudero suyo. Aquí y allá. La respuesta es elocuente, no podía asumir ese reto. Porque, para ella, sería volver a la nada primera. Y, siguió diciendo, esto no es conmigo. Es del resorte de mi Guardián Eterno. Y le dije que no importaba. Que seríamos dos en uno. Así como se reivindica a la Trinidad. Y ella en lo mismo. No tenía memoria para soportar una explicación. Y yo ahí. Como convocante irracional. Como aprendiz de Dios Sujeto. Envoltura atrabiliaria. Mejor decir, como proclama insulsa. Vergonzante. Y, ella, asumió el rol de la ortodoxia figurada. Como diciendo “se me va la vida en ello”. Y yo volcado hacia su verdad. Hacia su fulgurante exhibición. Y pasaron los días. Y los años. Siempre ella, una. Siempre yo plural, aconsejado por los otros que no vinieron al interrogatorio. Y, entonces, ya fuimos ella, yo y ellos. Si se quiere, como elegantes vocingleros. Pero de corta duración en el pensar. Siendo esto, no más que simple repetición de lo que fue y de lo que es. Y Jesús Jenófanes se volvió simple estridente. Por ahí y por allá. Se quedó solo. Ya Sor Soledad no estaba. Y, él, era nadie para incitarla a que volviera.
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    5. Dicen queSegismundo Entretanto Oidor, nació con dos cabezas. Una para su madre y otra para su padre. Sin saber quién era lo segundo, se puso a aprender el juego de las adivinanzas. Que si este. Que si aquel. Que si don Veneciano Fuentes. Lo cierto es que no ha podido desatar el nudo, casi gordiano. Por último, preguntó a su madre, Emperatriz Oidor. Ella le dijo algo así como que fue el primero de sus diez amantes en línea. Que Jesús Restrepo. Que Pablo Gavilán. Que Sofronio Bermúdez. Que Aureliano Pentecostés. Que Virgilio Amorocho. Que…, en fin, la lista era larga. Y yo le dije ya conocía la sucesión. Como quiera que mi cabeza número uno, me contó y asimiló eso de lo bastardo. Pero que mi cabeza dos se negaban a entender el ditirambo. Y, siendo como eran, las dos cabezas crecieron en tamaño. Más no en inteligencia, La uno, siempre altiva y dispuesta a conocer. El número dos, estrecha como algoritmo pensado solo para un dos por tres. Y llegaron a la adultez. Siempre en la diferenciación inconsulta. Mientras la uno preguntaba quien fue Descartes, la dos indagaba por el nombre del apóstol traidor. Y así en continuidad. Lo uno, opuesto a lo otro. Pero llegó el día de la verdad, Uno y dos. La heterodoxa y la ortodoxa. Como mapas contrarios que reflejaban horizontes contrapuestos. Lo uno y lo otro. Lo otro y lo uno. En una conmutativa ya aprendida. Pero no resuelta. Que si esto, que si lo otro. Segismundo murió. Pero no murió ni la uno ni la dos. Bastante entretenidas estaban en dilucidar quien fue primera y quien fue después. 5. Si llegara otro pasado, no el mío. Le diría ¿de quién sos mascota? Y si el me dijera que del menor de los enanos de Blanca Nieves. Yo, tal vez, no le creería. Y le propondría la adivinanza sagrada. Esa que habla de tres siendo uno. Y, tal vez, el me diría no me acuerdo eso y de lo otro tampoco, pero sigo siendo pasado, así no recuerde de quien. Si me dijeran te cambio a tu señor dueño, por el futuro de mi heroína Cascabel. Pero me tienes que dar la certeza de que ella se va a recoger en su cuerpo, como emancipándose del dolor que le causa la persecución de sus pares, sometidas en otro pasado. De correligionarios de tu dueño. Y me tienes, además, que garantizar que ella y sus cómplices, tendrán todo el derecho a ser libres. Ajenas a cualquier yunta milenaria. Como la que, supongo, exhibieron los taitas perversos que vienen contigo. Y si, ese pasado de alguien anónimo, me planteara la disyuntiva entre acatar su verdad o exprimirlo hasta la tortura, buscando la verdad. Yo le diría lo mismo que le dije a Zoila Zapata Zamudio, cuando me contó que su pasado voló tan lejos que ahora no tiene vida. A no ser que por esta se entienda el vértigo de un futuro inmerso en lo baladí. Recuerdo que le dije. Nadie puede vivir sin un pasado conocido y recordado. Así este haya sido la permanente sombra agorera de eternos matadores. De humanos. Y de entornos. Y de Tierra perenne. No sé, si seguí diciendo lo mismo. En soledad. Porque el pasado sin memoria, había sido encontrado por su señor dueño. Escuché, después de haber terminado mi vocería, expresiones como cantos llorados. Tal vez, de aquellos pasados que fueron olvidados gota a gota. Siendo esa lentitud la que más duele. 6. Siendo Beatriz Altagracia Álvarez Arango, jerarca de rebaño convertido en cenizas por parte de dioses idos, logró la identificación de todos aquellos que fueron rebaño algún día. Casi como ADN plurales. Y los liberó a cada uno y cada una. No importándole que era cenizas; casi al viento. Y los juntó a todos y todas. Los convirtió en su ejército libertario. Y arrasó a los incendiarios impúdicos que propiciaron la hecatombe. Y, por lo mismo, fueron también, convertidos en rescoldo frío e inédito; comoquiera que nunca antes había sucedido eso de postrar a los verdugos y lapidadores. Siendo así, entonces, Altagracia fomentó el liderazgo fémino y traspasó fronteras. Incluidas las que nos separaban de los ejecutores de partituras que enseñan a odiar lo que no constituya par envilecido de la ignominia. Y se propuso utilizar la fuerza de los rescatados y rescatadas para asumir el rol de significantes plenipotenciarios que encumbren la felicidad como don de vida absoluto.
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    Ilusionario Tal vez debípercibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí mismo, ojalá lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me aclamaba. El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto, estaba junto a él. Esperando ser atendido por la asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una casa en el aire. ¡Venga ya! ¡Atrévase!¡Tenga casa hoy mismo! ¡Somos los mejores del mercado!”. Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré. Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de género! ¡Y otras cosas! Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana. Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante. ¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Ho y por hoy, vivimos en arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero, puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea como las de los pesebres. Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les c uento que solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho. Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración. Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los atendemos…”
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    Fíjense que soyde Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos. Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección. Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor, está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza. Pero qué pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis. Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…” Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica! ¡Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena! Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno, comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores. La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m., hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso. Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber llegado al otro día; a uno le quedan dudas. La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más
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    temprano que pudiéramos.Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora. Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana, por cierto, estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado mayor. Es decir, cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores. Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez. De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia. Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquiodecesana de Regentes del Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los requisitos. Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto. Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi siempre, porque no compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco Central. Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”. Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”. De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó, estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además, que, verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
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    A mí siempreme cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa. Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella. Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó. Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel. Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia, entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Betancur, empezó a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba unos mil seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes. Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman. Cocinar, lavar ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega. Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate. Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo, exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista. Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
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    Ya estaba ahí.Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en inventario”. Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más, cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo. El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Qué pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…” Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que, aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción” …sale loco de contento, con su cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis manos? Por cuenta de este malparido bocón. Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…” ¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y todo por culpa de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa. Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”. Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá. Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo, por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República. Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña Consueta, mujer de amplio espectro en el coge coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescun, el marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un
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    vividor de sietesuelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin, que lleva casi siete meses. Nos cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as) favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”. Más o menos dos millones. Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos. Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…” El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para estar ahí adentro, con ese palo al máximo. Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa. Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clari ta, lo de las “escobitas” en el área de Paloquemao. Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora. Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, ¿qué más? Lo retrata al pie de figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.” El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada
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    con una casitaque vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las co ndiciones en que se desenvuelve la vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.” Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito. “…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial no importa. “…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega. Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…” Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos huevitos y jugo de toronja. “Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján, asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”. Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras, le prometo que usted, su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuari o en la Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal Albarracín, que es ahijado mío…”
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    A decir verdad,sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor. No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa. Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo. “Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…” “Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé que ese marica nos puede ayudar…” Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro, por cierto. Ahí dejé lo poco que me quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada. Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar, porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó, también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”. Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto. El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada en Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es que, mucha gente desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…” Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años. Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo arranque. Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilitó prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur del País. Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de tres mil millones de pesos y…listo.
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    Nos quedamos dever en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, conociéndola como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante. Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su familia y almorzando. Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en esa empresa de vigilancia para la cual trabajan. Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”. Y dicho y hecho. No pudo más. Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la verdad:” …voy a ver en qué le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito. La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a lo de las costuritas y la confección. Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos e inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato. Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino. Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza. Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la i dea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico. El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo
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    conoció una nocheen la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió. Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire. También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron, ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante. A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo, después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más. Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja. Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del hambre. Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre. Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a Fulgencio, su vecino. Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos. El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro
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    que a ellale ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal. Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces, hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos. La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Los pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona. Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera permanecido sola. Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada ¡Ni rastros de ellos ni de ella! Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates, quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente. Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie ¡Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos! Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas… Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber qué pasó. Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo.
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    Es casi elmediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos. El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores para que negaran mi permiso. El Seminarista A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su madre no lo reconoció nunca. Como casi todas, ella ha tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir tristezas. Andando, aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento. Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a exhibir resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al mismo tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había lugar en su vida para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre. Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas. Desde ese de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde. Cuando llegaba llorando, porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo. Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes los pelaos y las peladas, más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la babeadera le sumó la movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y, todos y todas en el salón de clases, protestando por la presencia del oloroso.
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    Y eso depretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de haber trasegado. Estuvo de casa en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías Estipendia y Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas Agapita y Condoleezza. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María Graciana y Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la madre, lo bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco menos tarada. Un tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las dos de la tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta de anca. Arroz con buñuelos y natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos con aguapanela de postre. Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el Señor Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba por enterado de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres. Estaba borracho. Se acostaba a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres. La abordaba y listo. Así fue siempre. Así sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y dominó en casa de Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza. Los domingos. Desde las nueve de la mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina. Preparando el desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao, chocolate, pandequesos, huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito, mantequilla envuelta en hoja de plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo, arroz, carne frita, patacones, mazamorra con panela machacada en un trapo. Y, a las cuatro de la tarde, la especialidad de Calcárea: una mezcla de dulces de duraznos, brevas, mora y guanábana.; con leche y, al final, tinto bien cargadito. Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la asesoría de Hermenegildo Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la interpretación del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la sucesión de familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con el Nuevo Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para lo del humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el Bautista. Para lo de los doce apóstoles. Particularmente en cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano y los gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los fariseos…En fin, que Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho años. Pero asimiló. A los treinta ya era, pues, un experto. Y, cuatro años después, vino la iluminación. Sucedió un domingo, mientras hablaba con Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus tupidas cataratas. Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita. Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión del Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo Oficio. Incluida la obligatoriedad de mantenerse célibe. Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la determinación divina. Y se lo comunicó a su querido Cesáreo. Y este le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella hizo lo que le dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre ella y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la Diócesis aceptara la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el Seminario Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el elegido Juvenal que ni siquiera había logrado terminar grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue matriculado. Con el compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín Polanía Hinestroza. Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa Marta transmitió el mensaje divino. Fortunata madre falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado, en medio de una borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de hacerse Pastor
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    como lo indicóel mensaje. Está en lo que se llama segundo nivel de Teología Fundamental Básica. Es algo así como una tercera parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya llevan más de seis años ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país. Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya está en lo que se llama el tercer nivel de Teología Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus cabeceos no son tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de clases de Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso de canonización… Ya Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha contribuido con tres presidentes a la causa de sacar al país adelante. El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y será un santo. Lo declaró sacerdote post mortem. En su memoria, todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad religiosa y de profundo recogimiento”. Ilusionario Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí mismo, ojalá lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me aclamaba. El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto, estaba junto a él. Esperando ser atendido por la asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una casa en el aire. ¡Venga ya! ¡Atrévase!¡Tenga casa hoy mismo! ¡Somos los mejores del mercado!”. Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré. Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de género! ¡Y otras cosas! Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana. Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante. ¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La
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    espalda, las articulaciones,la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero, puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea como las de los pesebres. Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho. Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración. Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los atendemos…” Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos. Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección. Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor, está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza. Pero qué pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis. Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…” Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica! ¡Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena! Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno, comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del
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    carrito lleva ensus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores. La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m., hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso. Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber llegado al otro día; a uno le quedan dudas. La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora. Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana, por cierto, estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al gra do mayor. Es decir, cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores. Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez. De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia. Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquiodecesana de Regentes del Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los requisitos. Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto. Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la
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    peculiaridad de golpeary golpear a su pareja. Por lo más ni mio. Pero, casi siempre, porque no compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco Central. Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”. Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”. De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó, estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además, que, verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”. A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa. Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella. Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó. Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel. Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia, entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Beta ncur, empezó a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba unos mil seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes. Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman. Cocinar, lavar ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega. Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la
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    mañana, cuando mebajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate. Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo, exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista. Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde. Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en inventario”. Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más, cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo. El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Qué pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…” Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que, aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción” …sale loco de contento, con su cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis manos? Por cuenta de este malparido bocón. Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…” ¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y todo por culpa de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa. Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano
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    derecha sin ningúnmovimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”. Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá. Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo, por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República. Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña Consueta, mujer de amplio espectro en el coge coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescun, el marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin, que lleva casi siete meses. Nos cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as) favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”. Más o menos dos millones. Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos. Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…” El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para estar ahí adentro, con ese palo al máximo.
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    Una vez noslevantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa. Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo de las “escobitas” en el área de Paloquemao. Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y l o esperé casi una hora. Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, ¿qué más? Lo retrata al pie de figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.” El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.” Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito. “…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. A quí en Bogotá. Me la encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial no importa. “…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega. Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…”
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    Ese huevón deJacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos huevitos y jugo de toronja. “Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján, asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”. Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras, le prometo que usted, su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal Albarracín, que es ahijado mío…” A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor. No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa. Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo. “Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…” “Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé que ese marica nos puede ayudar…” Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro, por cierto. Ahí dejé lo poco que me quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada. Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar, porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó, también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”. Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto. El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada
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    en Colombia. Yque, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es q ue, mucha gente desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…” Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años. Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo arranque. Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilitó prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur del País. Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de tres mil millones de pesos y…listo. Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, conociéndola como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante. Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su familia y almorzando. Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en esa empresa de vigilancia para la cual trabajan. Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”. Y dicho y hecho. No pudo más. Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la verdad:” …voy a ver en qué le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito. La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a lo de las costuritas y la confección. Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos
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    e inteligentes. LuisJosé ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato. Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino. Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza. Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico. El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió. Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire. También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron, ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante. A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo, después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más. Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja.
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    Durmieron los cuatro,hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del hambre. Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre. Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a Fulgencio, su vecino. Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos. El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal. Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces, hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos. La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Los pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona. Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera permanecido sola. Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada ¡Ni rastros de ellos ni de ella! Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates, quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente. Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie ¡Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos! Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
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    Andando el tiempome encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber qué pasó. Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo. Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos. El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores para que negaran mi permiso. El Seminarista
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    A la leguase ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su madre no lo reconoció nunca. Como casi todas, ella ha tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir tristezas. Andando, aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento. Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a exhibir resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al mismo tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había lugar en su vida para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre. Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas. Desde ese de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde. Cuando llegaba llorando, porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo. Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes los pelaos y las peladas, más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la babeadera le sumó la movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y, todos y todas en el salón de clases, protestando por la presencia del oloroso. Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de haber trasegado. Estuvo de casa en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías Estipendia y Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas Agapita y Condoleezza. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María Graciana y Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la madre, lo bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco menos tarada. Un tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las dos de la tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta de anca. Arroz con buñuelos y natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos con aguapanela de postre. Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el Señor Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba por enterado de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres. Estaba borracho. Se acostaba a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres. La abordaba y listo. Así fue siempre. Así sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y dominó en casa de Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza. Los d omingos. Desde las nueve de la mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina. Preparando el desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao, chocolate, pandequesos, huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito, mantequilla envuelta en hoja de plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo, arroz, carne frita, patacones, mazamorra con panela machacada en un trapo. Y, a las cuatro de la tarde, la especialidad de Calcárea: una mezcla de dulces de duraznos, bre vas, mora y guanábana.; con leche y, al final, tinto bien cargadito. Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la asesoría de Hermenegildo Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la interpretación del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la sucesión de familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con el Nuevo Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para lo del humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el Bautista. Para lo de los doce apóstoles. Particularmente en cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano y los gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los fariseos…En fin, que Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho años. Pero asimiló. A los treinta ya era, pues, un experto.
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    Y, cuatro añosdespués, vino la iluminación. Sucedió un domingo, mientras hablaba con Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus tupidas cataratas. Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita. Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión del Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo Oficio. Incluida la obligatoriedad de mantenerse célibe. Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la determinación divina. Y se lo comunicó a su querido Cesáreo. Y este le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella hizo lo que le dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre ella y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la Diócesis aceptara la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el Seminario Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el elegido Juvenal que ni siquiera había logrado terminar grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue matriculado. Con el compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín Polanía Hinestroza. Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa Marta transmitió el mensaje divino. Fortunata madre falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado, en medio de una borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de hacerse Pastor como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama segundo nivel de Teología Fundamental Básica. Es algo así como una tercera parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya llevan más de seis años ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país. Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya está en lo que se llama el tercer nivel de Teología Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus cabeceos no son tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de clases de Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso de canonización… Ya Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha contribuido con tres presidentes a la causa de sacar al país adelante. El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y será un santo. Lo declaró sacerdote post mortem. En su memoria, todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad religiosa y de profundo recogimiento”. María cartuja Ni enojadas que estuviéramos. Como que soy María Cartuja I, te lo juro Petronila. Cómo se te ocurre dudar de mi solidaridad. No más regrese Pacholuis, le digo que me preste los dos mil pesitos. Cómo vamos a dejar sin ajuar la nena. Lo que sí me parece el colmo es que el padre Alberto salga con esas cosas. Conociendo como conoce a la feligresía. Nunca había pasado eso aquí en Punta Canela en este cuarto de siglo que llevo viviendo en esta tierrita. Si no más mi mamá, que ha sido tan de la iglesia y que le ha ayudado tanto, siempre ha sido de la opinión de liberar el espíritu. Haciéndolo más cercano a lo mundanal. Y menos aplicado a esas amarras religiosas, ya caducas, según ella. Dizque amenazar a tu familia, con el cuento ese de que los(as) bautizados y bautizadas deben parecerse a los ángeles. Y que, por lo tanto, deben vestir tal cual. Es
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    decir, de blancoel vestidito y además en el caso de las niñas, con encajes azules en honor a la Reina Madre. Tal parece que se le olvidó cómo llegó aquí. Con una sotana hecha hilachas. Un sombrero que más parecía una gorra de basurero. Y que fuimos nosotras, las de la Cofradía de San Miguel, quienes lo hospedamos. Esther le cedió el cuarto de Juvenal, que se fue para Méjico con su Mariachi Botero. Y es que, me da una rabia, viendo como vio que ayudamos para que sacaran al padre Alonso de la Casa Cural. Se estaba haciendo el remilgado. No quería irse. Fuimos nosotras las que le escribimos al Obispo Marceliano. Diciéndole que, aquí en nuestro pueblo, no caben las pataletas de curas amargados. Y es que esa época fue muy tormentosa. Siendo yo una pelaita, de escasos tres añitos, me tocó lidiar con esos braveros vergonzantes que tenían asolada toda la comarca. Que vi cuando mataron a casi toda una familia. Por el asunto ese de linderos, usted sabe Petronila. Y que, a fuetazos me cogió mi padre, cuando le dije que ese grandulón de Serapio no era guapo sino con quienes no se pueden defender. Y que fui yo quien no dejé zarandear a ese cura remilgón. Y que, además, puse trampas de doble uso, en todos los rincones y esquinas. De doble uso para ratas, ratones y similares. Y para los jarretes de esos perversos. Y, cuando llovía a cántaros, le prestamos la capa de hule y casco, para que pudiera visitar e impartir la extremaunción a los (as) enfermos y enfermas próximas(as) a morir. Tal vez no se acuerda que le regalamos una mula para que la montara, facilitándole las travesías en Semana Santa. Y que, cuando hubo las primeras elecciones, hicimos campaña por Baudelio Higuita, hijo de doña Brígida y de don Everardo, el mandamás de este pueblito. Y que, cuando mataron a Lázaro Perdomo, fuimos nosotras las que le conseguimos la cajita, juntando nuestros ahorritos. Y que intervinimos ante el Obispo Pilatos Madariaga, para que le permitiera al hijo mayor de Lazarito y de doña Begonia, lo sucediera como sacristán. En verdad me da ira santa saber que este padrecito Alberto venga con esas. Como si no recordara que, a mediados de octubre hace tres años, linchamos al tipito ese que intentó robar la Custodia del Santo Eccehomo. Y que, para más veras, construimos el local para la Cooperativa que comercializa las cosechas de arroz y maíz. Desplazando a esos picaros intermediarios. Y que hicimos cadena de oración, rogándole a Dios que aliviara al Cardenal José de Arimatea Bermúdez, cuando estuvo tan enfermo. Petronila, fíjese que es como si hubiera olvidado el padre Alberto, que, en esos días aciagos, cuando partieron a Colombia en dos bandos. Y que, por esto mismo, construimos trincheras para defender esta tierrita, cuando llegaran los rojos, que venían asolando la región e invitando a no creer en Dios ni en el dogma del misterio Trinitario. Y que nos turnábamos para hacer vigilia toda la noche, para impedir que nos cogieran de sorpresa. Y que, en los diciembres, decoramos el Parque Central Pioquinto Rengifo y el Pesebre Comunitario que hacemos, en vivo, ha ganado varios reconocimientos de la y el mismísimo Vaticano. No sé cómo olvida que, cada año, nos encargamos del Altar de San Isidro Labrador. Que llenamos la Casa Cural de bultos de arroz, plátanos, maíz, gallinas y cerdos. Y que incineramos a la Bruja Bertilda. Y que nos negamos a recibir la recompensa ofrecida, por parte de Monseñor Hipólito del Carmen Bajonero. Como si fuera fácil olvidar el día aquel en que le quemamos los cultivos de plátano y caña dulce, propiedad de Gaspar Monsalve. El mismo que cerraba la puerta y ponía el radio a todo taco, cuando pasaba la
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    Procesión de Once,el Viernes Santo. Y que recogimos dinero, haciendo empanadas para pagarle al muchachito ese de las Gómez, para que lo matara en las afueras, tirara su cuerpo al rio. Y qué no decir de la vez en que organizamos todo lo concerniente a la fiesta cuando llegó la imagen de María Auxiliadora. Que fuimos nosotras quienes convencimos a Monseñor Humberto Pira Liévano para realizar la gestión necesaria para que incluyeran nuestro pueblito en la romería organizada por Don Pascual Berrio, el alcalde de San José Magno. De paso le cuento Petronilita, que el que es hoy Presidente de la Federación de Congregaciones Marianas, fue novio de mi hija Encarnación. Y qué decir de la Peregrinación que impulsamos e hicimos hasta Girardota Antioquia, para visitar al Señor Caído. Como retribución por todos los favores recibidos. Principalmente, aquel que permitió la lluvia, cuando hubo esa sequía tan horrible. O cuando desaparecimos a la hija mayor de Doroteo Zuluaga y Sara Bohórquez, que vinieron a predicar el ateísmo. Ernesto Benjumea y Cristo Fernando Úsuga se la llevaron bien lejos. Mandado que resultó más barato que lo que pensábamos. Segundo Episodio. No lo deje entrar doña Bárbara. Quién sabe de dónde vendrá, y que intenciones trae: Mejor vamos hasta la Alcaldía. Ese Coronel si es capaz de ponerle el tatequieto a cualquiera. Como que me llamo Cartuja II y, con el poder que me da el ser suegra del Epifanio, glorioso soldado de la Patria; aportaré todo mi esfuerzo por pacificar este País. Como es de raro ese abuelo de Rosalbita. Estoy por creer que algo tuvo que ver con el mariposo ese de Cayetano. ¿Recuerda lo que pasó, el año pasado? En plena ceremonia militar de graduación de mis dos hijos, don Lucrecio Jaramillo, intentó matar al Brigadier General, que vino en representación del Gobernador Isidoro Fonseca. Y lo cogimos a batazos. Con el primero, que le di en la cabeza, tuvo. Oiga mija, yo no sabía que el cerebro es como una masa gelatinosa, gris. Como si fuera poquito, Américo Asdrúbal no ha llegado. Tanto que le insistí, Barbarita, que no se demorara. El patrullaje en la noche me pone intranquila, señora María Cartuja. No sé porque no he podido olvidar ese cuerpo desmembrado que encontramos, yendo para Pajarito. Cuando Federico Fonseca, era Jefe de Zona, sucedieron muchas cosas. Como esa que me cuenta del abuelo de Rosalbita. Dizque vino desde Armenia, cuando se desató la violencia. Pero estuvo un tiempo sin salir, ni a la ventana. Solo salió a la calle, el 20 de Julio del año pasado. Y eso por la mañana. Como si temiera algo o a alguien. Esas gafas obscuras le quedan grandes. Y nunca se las quita. Creo que hasta duerme con ellas puestas. Como que soy hija del Sargento Matallana, le insisto, señora Bárbara no lo vaya a dejar entrar. Recuerde que esos bandidos son muy engañosos. Comoquiera que lo único que les interesa es apoderarse de los valores ajenos. Para ellos, nunca median consideraciones de respeto a los derechos humanos de los demás. ¡Por favor no lo deje entrar ¡O nos veremos perjudicados (as) todos y todas que habitamos en Punta Canela! Además, como que soy Cartuja desde antes de nacer. Como que soy hija de mi madre desde siempre. No vaya a ser que se desconozca el sentido de pertenencia que ha exhibido nuestra familia, a través del tiempo. Desde inmemoriales momentos. Casi despuesito del triunfo de la Campaña Libertadora. Claro que, mi bisabuelo, estuvo del
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    lado de losllamados Realistas. Tanto como que apoyó, con recursos de su Hacienda la Coloniala, La Campaña de Exterminio y de Recuperación del Mandato de la Corona, emprendida por Don Pablo Morillo. Y, como si fuera poco, entregó todos sus hijos para lo que él llamó “La Reinstauración del Poder de Dios. Y que decir tiene el hecho de su ingreso a la Cofradía de las Madres Vírgenes Visitadoras. Somos de tradición, Barbarita. Y seguiremos siéndolo por mucho tiempo más. Tercer Episodio Cómo no voy a recordarlo, mija. Si llegué a la par con él, hace cuarenta años. Aquí, en Punta Canela, creció al lado de mis hijos e hijas. Cómo que me llamo María Cartuja Tercera. Su papá fue elegido Alcalde, con los voticos que levantamos todas nosotras; las de la Cofradía Virgen del Carmen. Llegaron achilados. Sin un peso. Pero, casi hay mismo percibimos su talante. Muy parecido al de Augusto Fourier; el gringo ese que llegó a dominar todo el comercio de la región. Con mucho ímpetu. Pero, también, con mucha rosca. Muy amigo de los Valencia C. trabajó siempre a su lado. Ahí en el Directorio Conservador del Departamento. Primero, le consiguieron un plante de casi un millón de pesos. Un jurgo de plata en ese entonces. Luego, lo conectaron con los gerentes de los principales bancos. El Gran Banco Central. El Banco Ambrosiano. El Banco Gota a Gota… en fin todos de alto vuelo. Todavía tengo clarita la imagen de su mamá. Doña Francisca. Matrona de armas tomar. Con decirle que asistieron todos los partos habidos durante casi diez años. Trabajaba por levantarles a los niños y las niñas, jugueticos en Navidad. Se apoyó en las influencias de su hijo. Y ya le conté que este, a su vez, se hizo íntimo de las familias más prestantes de la Capital. Y qué decir de los servicios prestados a los ricos de la comarca. Siempre les brindó protección. Tanto así que los grupos armados que se crearon, durante los años duros de la Guerra, siguieron operando aun cuando esta terminó Lo vigilaban todo…y a todos y todas. No se movía una pulga sin que ellos lo supieran. Cuando llegaron los izquierdistas, antes de que pelecharan, los acabaron. A sangre y fuego que llaman. No quedó piedra sobre piedra. Más bien quedaron huesos sobre huesos. A mí me conmovió mucho la muerte de doña Zoilita. Mujer ejemplar, solidaria a morir. Pero llevaba el estigma de apoyar a su esposo y a sus hijos. Dio la vida por ellos. Lo de Juliana Pamplona fue otra cosa. Se hizo guerrillera del Frente Treinta Seis. Se salvó de milagro. Cuando allanaron y quemaron su casa, Zoilita, como pudo, la disfrazó de monja y así pudo salir sin que la reconocieran, los Apóstoles (así se llamaban y se llaman aún los Recuperadores de la Fe en Dios y Todos Los Santos). Y esa muchacha era arrecha desde pelaita. Con decirle que hizo sublevar a todos (as) los(as) jóvenes del Pueblito, cuando el Padre Absalón Machado, prohibió los bailes los sábados. Claro que, hasta cierto punto, él tenía razón. Porque se veían unas cosas, nena. Besos y abrazos. Cogidas de cola y de senos. Muchas crías hubo. Casi niñas, muchas se hicieron madres. Pero, desde otro punto de vista, el curita fue muy autoritario y, yo diría que perverso. Imagínese Pachita que a las muchachas las hizo tusar y a los muchachos los hizo marcar en sus brazos con la imagen de la Virgen... Dizque para que recordaran siempre sus pecados. Y, además, “Los Apóstoles”, los levantaron a planazos, hasta que se cansaron. Las nalgas les ardían.
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    Y fíjese lavaina. Todo el aspaviento alrededor de ese problemita. Pero nada ha dicho o hecho el curita ante la matazón que hierve por todos lados. En ciudades grandes y pequeñas. En pueblitos de escasos cinco mil almas. Cuando yo dije eso, en el velorio del viejito Peralta. Al que mataron por haber votado por Aristóteles Núñez, candidato al Concejo Municipal. Sobra decir que a él fue al primero que mataron después de las elecciones. Y se incendió el campo. Muertos por aquí y por allá. Yo recuerdo el caso de Virginia Peralonzo. La mataron despuesito que su marido quemó un afiche de Guillermo León Valencia. Allí no más. En el Parquecito. Yo nunca estuve de acuerdo con esa forma de enseñar religión e historia que llaman patria. Ese curita Astete y esos señores Henao y Arrubla, nos llenaron la cabeza de aserrín. Según estos últimos, nosotras las mujeres no hemos hecho nada. Ni Policarpa. Ni Manuelita. Ni María Cano. Ni Virginia Pineda…ninguna pues. Pero lo más tenaz lo constituyen esas acciones perversas. Esos Decretos y Leyes. Y la misma Constitución de 1886. Nosotras somos retratadas como proclives al síndrome pecaminoso heredado de Eva. Sin horizontes plenos de libertad. Y, después siguió el otro Lleras. Y, después Misaelito. Cuando le robaron las elecciones al achatado de Rojas Pinilla. De todas maneras, hubiera sido lo mismo. Como que me llaman y me llamo María Cartuja Tercera; no descansaré hasta ver a mis hijas profesionales universitarias. Que no les vaya a pasar lo que a mis hijos. Que los engañaron de oficio. Resultaron siendo estudiantes del Seminario Mayor de Pueblo Viejo. Ahí cerca de Popayán. Cuando el acuerdo había sido otro. Así pues, mijita, que yo tengo mucho que contar. Pero, también mucho que callar. Si no lo hago, algo me recorrerá pierna arriba, como dicen los señores ahora. Yo ya estoy curada. No solo de lo vieja en años. Sino también de tantas cosas malas juntas. Que me han pasado. No solo a mí; sino a todos y todas que somos conminadas a decir una cosa y pensar otra. A decir que sí, diciendo que no. En fin. Todo lo habido y por haber se conjugan. No sé si ya te conté lo que me pasó con El Indio Vergara. Se las ha dado y se las da de hacedor de talismanes. En contra del mal de ojo. Y en contra de las envidias. Y de la mala leche. Resulta y pasa que su mujer vino un día aquí, a mi casa y me contó tremendo rollo. Que, cuando lo de la Toma del Palacio de Justicia, en noviembre seis de 1985, su querido estaba en una sesión de autocontrol con el Presidente Belisario Betancur Cuartas. Y que, mi indiecito, le advirtió lo que iban a hacer los integrantes de la Cúpula Militar. Y que, Belisario le dijo: ¡Qué va mi Nativo ¡Yo los tengo bajo control! Tienen que respetar a su Presidente. Qué él no admitiría ninguna otra acción que la negociación. Y mire Cartujita lo que pasó. Cuál Presidente ni que nada. “…Usted hace lo que nosotros digamos y punto. Le pasó lo mismo que a Guillermo León Valencia, con su Ministro de Guerra (como se llamaba antes el Ministerio que hoy llamamos de Defensa). Y sí que pasó lo que pasó. A mí me dio mucho miedo. Y eso que estaba a casi a quinientos kilómetros de distancia. Allí, en mi Santandercito de Quilichao Hermoso. Tierra de tropeleras. Con decirle que se arruga más fácil Gartubela, la excepcional. Y dele, una semana después lo de Armero. Y antes lo de la tal Paloma de la Paz. Lo de la negociación con los subversivos. Nada de Nada. Puro cuento. Porque este País no tendrá arreglo así, por las buenas.
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    Y se mevino a la cabeza lo de Gandhi. Y lo de Mandela. Mucho lo templaos. Su coraje a toda prueba. Sin veleidades. Extirpe de hombres absolutos. Sin nada entre las manos, pasaron a gobernar con su ejemplo. Aquí y allá. Pero sigo con lo de la mujer del Indio Vergara. Me dijo que leyó el tabaco Julio César Turbay. Y que, le dijo: doctorcito sus días están contados. Como reyezuelo. Como bailador, por lo bajo, del Polvorete. Y, asimismo, le dijo: doctorcito la veo dura para usted. Pero eso se lo ha ganado. Por lo bruto. Usted no sabe diferenciar entre átomo y molécula. Usted cree que es lo mismo decir “hay viene Josefina” que “Josefina viene de Viena”. Yo no soy quien, para decirte, nenita, lo que debes creer o no creer. Pero lo cierto es que te invito a no tragar entero. Ni siquiera en tu casa. Con ese perdulario de Adonías, tu padre. Yo diría, más bien, cono ese hijueputa como dueño de hogar. Angelito Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba, caminó hacia la calle 92. En la esquina con carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948, estando en Ciudad Bolívar. Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de vida. Esa pulsión que, en veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera había, entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que arrasaron con las barreras primeras. De esas que definen como posturas de moralidad. Esas que fueron cruzando todo lo habido como colectividad. Como expresión de lo humano. Algo así como esa herencia cultural desde el medievo. Aun con los matices expuestos por Agustín, por la vía de sus “Confesiones”. Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se juntaron en el camión que los recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si nada. Mientras el ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta que el conductor se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras de Armenia. La noche, iluminada por una Luna pálida prometía ser, al filo de la madrugada, absolutamente fría. Ese firmamento explayado dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó, en la casa de Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca inmensa. De esas que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su descripción. También y, fundamentalmente, para proveer una versión creíble. Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La desmembración de los cuerpos de Eloisita Asprilla, de Esteban Armero y de Elías Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno. Empezó con la habladuría de siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio que se dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de expiación. La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí, como virulento atizador. En la “vueltecita” se perdieron como siete millones de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos ejercicios perdularios, lo que cuenta es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el Patrón, no permitía ningún error. Mucho menos si, de por medio, había dinero. Porque lo duro que había que meter para conseguir cualquier billete, ameritaba la consolidación de referentes básicos. Lo que, en términos coloquiales, se ha dado en llamar “códigos insoslayables” Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies, ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la sala, en el comedor. Todos por ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco personas que sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto. Y, este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de la mona Abigail. Bebió como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado, empezó a limpiar la macheta, con el
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    pañuelo que heredóde la madre. Y que había sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando estuvo en Colombia en 1968, en el Congreso Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran a.…Ella no aceptó aduciendo que lo había hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche. Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No pudo más. Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le ayudó a envolver, en papel periódico, las manos y los pies de Baltazar Garzón. El abuelo de Alejandrina. Allí todo empezó por lo de siempre. No cuadraban las cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos, correspondientes a las “vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”. Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde lo usual relacionado con el robo; en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducían los vehículos en que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso entregar “por las buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas. Particularmente, el día en que se celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del barrio. La comunidad se exacerbó. Quisieron lincharlo, pero pudo más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres personas resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván Martínez lo acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil pesos que ofreció. Como para subsidiar, en parte, la sopita. La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la muerte de mamá Belarmina. Del padre no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo, en mayo de 1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como que “Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el barrio Loreto en abril de 1957”. No más eso. Es decir que, en tiempo ido y presente, la mamá de Zoraida asumió, en parte, la carga de criar a la niña. Digo en parte, porque Aureliano y Otoniel, en verdad, fueron auxiliadores constantes. Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego que está vigente siempre en el quehacer de lo cotidiano. Desde muy niña había aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de un pañuelo. Y de interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella. Aureliano logró, por tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”. Alguien le puso esa chapa. Así, al vuelo. Y quedó bautizada así. Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal del barrio Manrique. Como dijo el policía en su informe “fueron muertas en extrañas circunstancias”. Y parece que si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela y Mariela del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela Sinisterra, en clase de costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque buscando al hermano de doña Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo, tenía una deudita pendiente con ellos. Y, así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba” choneto” en el talego que cargaba. Murieron todos y todas. Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de ella que, en verdad, Hermenegildo, había estafado a más de cien personas en el barrio Belencito. Con eso de adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y que, por eso,” choneto” y “chorizo” habían sido contratados por “la comunidad dolida”. Pero hasta ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de Otoniel. Él buscaba algo así como saber a quién podía demandar por daños y perjuicios, derivados de la muerte de sus tres Marielas. A decir verdad, la otra Mariela, ni la conocía. Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde doña Betulia. Que la vieron e n el barrio Fátima arrejuntada con Mauricio Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en hogar comunitario “El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma, se hizo algo para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego, la vieron recabar en San Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron como cinco meses. Hasta que, la
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    Belarmina, huyó. Jesúsfue encontrado muerto como a los tres días. Con dos heridas de cuchillo en el cuello. Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá. Don Heliodoro. Su mamá había muerto el mismo día en que murió Carlos Gardel. Se dice que ella estaba noveleriando en el aeropuerto Olaya Herrera. Y que le dio por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión iba a despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como en eso de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o para nadie, le oyeron decir. Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María, viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por todas partes, a ver si resultaba algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó, empezó a andar. Con la maletica de cuero que le había regalado doña Isabelina, la mamá de Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince añitos no más, cuando conoció la largueza y dureza de angelito. En evocación tardía, Angelito, quiso volver un día. Pero pudo más el afán para no responder por lo que hizo. En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como parodiando al maestro Fernando González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido boyacense. Zoraida le había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al lado de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se volvió un vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija de la dueña. A ella le correspondía atender a los madrugadores del entorno. Como veinte años aparentaba la china. Angelito tasaba a las mujeres, por las tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron migas, como dicen en la tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo habido sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978 y 1989. Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo lo territorial minero. Y, también con lo territorial vivencial. Tremendas grescas. Puñados de muertos y muertas. Había casas destinadas para la tortura y el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada contadora de recuerdos, sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado. Los otros dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si nada. Y todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad de “los de arriba”. Eran casi las doce del mediodía cuando salió del negocito de doña Epimenia. A ella también la conoció. Acostumbraba levantarse tarde. Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el comedorcito. Con legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía para dormir y que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí abajito en donde terminan las piernas, como marchitos también. Pero junticos. Angelito, la miró de los ojos con esa masita color verde. Pasando por los ajaditos pechos. Hasta ahí donde todos los palos llegaron. Y pueden, aún llegar. De ese talante era el morbo de don sujeto pecaminoso. Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá podía bañarse en los termales. Y que, además, podía encontrar a Valeriano, el dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de la ciudad. De una llegó al hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho de la tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de Pedro Navajas). Estaba como alucinado. Le vino a la mente, la situación vivida cuando chico. Que miseria de alma tan brava en esa casa suya. Cada quien con su propio inventario de bienes y contrabienes. Lo que ahora llaman valores. Y que, incluso, ha sido una vena extravagante para muchos teóricos de la vida. De los que derraman, a puñados, palabras habladas y escritas. Casi como sortilegio mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O de lo que vendrá. Eso que Fernando Savater ha exprimido a más no poder en su “Ética Para Amador”. Una virulencia en diatriba insabora de contenidos. Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia manifiesta en su hedor de puta mierda. Una simbología inane. Al menos para él. En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de historias entrelazadas por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de tres mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos embates de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer morir. Unas arengas embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre santanderistas y bolivaristas.
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    Cardúmenes de poblaciónsocietaria retenida o expulsada a la f uerza. Los esclavos y las esclavas todavía con la yunta al cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario perverso. Policromías a partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así, pasaba el tiempo. Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del próximo caudillo. Herederos del imperativo y empalagoso General. Dictador de siete muelas. El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos tras otros. Venidos desde la política bifronte consolidada desde 1886. Constitución en mano. Los generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia. Exacerbadores, a partir de manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando tumbos. Inventándose valores al calor del Sagrado Corazón de Jesús. Un templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas, bayonetas y fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto. Pero, por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico de días de desangre. Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como depositarios de las tres o más letras que les dejaron conocer. Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la de ella. Tratando de aplicar lo aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe de esos idearios. El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos. El sentimiento de ser mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada. Casi a la fuerza. Porque eso y solo eso eran las relaciones de amor unipartitas. Porque, siendo ella inmersa en esa relación; solo surtía como objeto. Abertura para el falo de los prohombres. U hombres, apenas en nombre. Machucantes huracanados solo en las noches. Sus noches. O a cualquier hora. Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina. Conociendo en directo o de ladito las andanzas de los dueños del país. Llevando ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe de jefes, Torres Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una pulsión de vida, asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideológico, que de verdaderos pulsos libérrimos. Punzantes. Revolucionarios. Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la mató por celos. Le faltaban dos añitos para cumplir 106. Qué malparido varoncito matacandelas. Le hizo los hijos y las hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos quedaron sucesión de imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien tenía de llamar a DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor, por parte de Virgiliano Cifuentes, quien fuera su amante furtivo, en toda su vida como mujer incendiaria y sublime. Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la abuela Isaura. La sexta hija de Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como queriendo decir que empezó a mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía que mamá Serafina y Virgiliano eran amantes. Para ella fue siempre un deleite a bsoluto verlos retozar y gemir en la estera que tenía en “el cuarto de nadie”, como llamaban la piecita de atrás. Pero, además, sabía de todo un poquito…o mucho. Nunca se supo, ni se sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita fabricaba “peos químicos” que cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de religión, con la señorita Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo aprendió, viéndolo en directo cuando la comadre Eunice asistía los partos de doña Beatriz Alviar. Nunca se tragó el cuento de El Arca de Noé. Mucho menos lo de El Paraíso Terrenal. Ella había leído y releído las “Nociones de Historia Sagrada” y el Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos con los de Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los halló en el escaparate que había heredado Serafina de Antonia, la tatarabuela. Angelito vivió parte de esa historia. Por ejemplo, le tocó ver como Macario Verdún, el marido de la abuela Isaura, le arruino uno de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira santa” como tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron, entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño de la ferretería “El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en palabra, que “…esa perra se lo da
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    a Braulio Castañeda”Angelito sabía que eso no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era homosexual en su clandestina vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de doña Eugenia, la tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y símbolo de los “Neo-Cruzados”. Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron después. Con su ojo de buen tasador, le adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una. Qué belleza de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del primer corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al municipio. Es decir, a los termales; se dejaron sonsacar la risa de don caballero. La conversa fue larga y tendida. Quedaron, en preciso, que se veían en las piscinas. En esto estaban, cuando apareció “el doctor Valeriano”. Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos amigas, de esas que llaman inseparables. De siempre. Una y la otra, andariegas a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio, primero. Luego, por todo el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia, conocieron los primeros trinos del hablar y escribir. Con la gramática y la semántica incorporada. Muy tenue, sí, pero en fin de cuentas con lo necesario. Destacaron, ambas, en los bordados en tambora. Y en el canto. Tanto así que, en el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”. Amenizaban piñatas. Cantaban en la eucaristía de los domingos a las once, en la parroquia Cristo Sacerdote. Se enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron diferencias, rotándolo. Una semana Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo tiempo. Hasta que Eusebio Luján se cansó de ellas y se casó con Leopoldina Beltrán; una vecina que había pasado desapercibida; pero que estuvo al acecho, hasta que conquistó al caribonito. Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron casi al mismo tiempo. La una (Leo) con Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui), con Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en simultáneo. Y empezó ese reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue angelito. Y, en esa condición de ser uno entre muchos, asumió la vida desde el rinconcito. Como diciendo, fui a la escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la respaldé cuando ese pérfido de Bautisterio le pegaba esas zumbas deprimentes y dolorosas. Y sí que, pensaba angelito, estuvo bien lo que le hice a esa mortecina. Que se las daba de macho bravucón. Como queriendo ser soporte en la casuística freudiana. O en la teoría acerca de los niños difíciles, esquizoides; en la opción neurolingüística. O en el o la sujeto con la palabra autoritaria como forma permanente de acción hacia la inhabilidad de la palabra como pulsión; a la manera de Foucault. Angelito sequía como envarado. No atinaba a entender lo que debía hacer. Si conversar con el doctor dueño del hotel. O si seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el poeta, en ese decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había metido. Se decidió por lo último. Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora, era ella. Tejiendo esa tesura de vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la ternura, tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y de llegada. Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a cualquiera le da por enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué y, precisamente, las guerras y la erosión de la ternura, como que son y han sido sinónimos compuestos. En lo que este símil tiene de juntar palabras. Más allá de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco de los poderes…” El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora llaman estresado. Todo por cuenta de “esos negocitos que, siendo pequeños (como caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos. Nada que le había resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la alcaldía; o en el concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de los padrinazgos. Y se atraviesan, como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que unta y unta manos y manos. Y nada. Y, así, no hay billete que alcance.
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    Y, “las tresbellezas”, seguían por ahí dando lora. Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de turistas y pobladores. A cada nada echaban a reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por cualquier otra cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O ron. Menos aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no ser. Horadando esa historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O con lo recién recordado compromiso con la niña de la tiendita. Habían quedado en verse aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de la señora Fortunata. La misma de las almojábanas símbolo de Paipa. Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera. Esta vez se fue por el lado de lo que le había contado Zoraida, acerca de su pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó donde “los tíos”. En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor de su madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y campesina. No registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto. Los valores, si acaso los hubo, trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar, se lo encontró a él. Como si nada. Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas matanzas ramplonas. Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el contrasentido. Como, en el entretiempo, de cualquier competencia viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y empezó la bebeta. La primera ronda a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del doctor dueño del hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto Cantinflas, cuántas películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al lado de Angelina Jolie tal vez le hubiera curado el mal de ojo que le acompaña desde pequeño. Y, siguieron hablando, como hasta las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los siete litros de licor. Ni a ellas. Ni a ellos. Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se quedó dormido en el sofá de la sala de recepción. Y empezaron los sueños a dar tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de Gumersindo Arbeláez, su amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por salir al solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban en el piso, en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos, como en los serpentarios. Ni Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca. Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En tiempo y espacio. En un sueño, dentro del mismo sueño primero la vio con Hermógenes Bobadilla, el carnicero del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco dijo nada, nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin Mayolo, Juvenal Alzate; el negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda. Una promiscuidad que resultó ser imagen y acción bella para él. Lo erótico en superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la profundidad de su goce. Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera. Lo cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a la cual le construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero. Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los tres cuerpazos que conoció), eran algo así como las dos de la mañana. Se le quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo supo. Lo que sí se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del espectáculo, ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la libérrima Paipa, ciudad turística y mundana. Salieron a la calle alumbrada por una canícula protagónica. En una inmensidad de cuerpo brillante que había emergido hacía ya casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las piscinas. Un hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaro n por la zona que llaman de vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban, vestidos. Ella en traje color panela. Trenzado con hilos de algodón multicolores. Él con pantalón verde militar y camisa blanca, ya ajada y con líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de polvo y sudor. Se metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras. Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si estuvieran al compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo Favio. De allí fueron
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    desalojados a lafuerza. Entre tres vigilantes del hotel y seis policías municipales, los tuvieron que cargar hasta la calle. Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le preguntaba a Leonilda; justo un día después de haber estado con Caribú. En las andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de Paipa. Un poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los Océanos. Pero que, justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y que, por eso mismo, llegó esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita insaciable en cuanto a recibir ternura. Insaciables, los dos, otorgadores de ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito. Espasmos que desparraman la locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En sincronía perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino pleno del Bolero. De un Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida. En un desafío al mismo Sol. Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada a los rigores de lo incendiario. Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una juntura nacida de tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron condicionando el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío. Centinelas, uno y otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando les mataron sus almas, por la vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa desesperanza, empezaron construir la esperanza que habrían de ser sus vidas. Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En cada acechanza. El uno y el otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en cualquiera de ellos. No hubo en esa, su casa, rincón que no c onocieran en sus escarceos pulcros, prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En combinatoria perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se dieron cuenta cuando pasó la vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó sin advertirles nada. Tal vez para no desdibujar lo hecho por ellos. En esas pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas. Como aprendices de motricidad fina. Ya estando viejos. Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y la pensadera. En fin, de cuentas siempre la tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo. Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De sus parentescos. De lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial. O de lo del entorno en cercanía. Y se vio, otra vez, sumergido en el follaje de la diatriba y de lo atrabiliario. Regresó a uno de los tres mundos de la bisabuela. Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin el crucifica do a bordo. Más bien como esa hechura plena. De instantes en la voltereta. Viéndolos y viéndolas a todos y a todas. Desde López Pumarejo a Eduardo Santos. Desde Laureano hasta Ospina Pérez. Desde “el caudillo del pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por “el sargento hecho poder nimio, vergonzante”, hasta el triunvirato. Y desde ahí hasta…la letanía continuada. Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de sesera propia. Corría veloz. En el tiempo. Como aventajado sujeto; al que le dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en cualquier recodo de vida. Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer; pulsión de vida. Percepción de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a los rígidos dromedarios en el desierto: Tratando de llevarlos por el camino cierto. Sin esa ambivalencia de los plenipotenciarios negociadores perennes. Sin la cantinela de los pregoneros. Gnomos perdularios. Heraldos con la semiótica perdida. Como perdido fue y ha sido el rastro de los lobos de la estepa. La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las ocho de la mañana ya estaba en el hotelito de la comadre de su papá. Bien acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en búsqueda de su furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado. Como queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme lo había prometido. Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y puesto. En crecimiento sus pechos. Inflamados estaban. Tal vez por el mismo afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel a quien ya amaba. Desde la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya
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    expreso, tanto quele quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad de forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando a ese entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre dichosa y cándida, llegó como lo había prometido. Con ansias locas de sentir adentro; bien adentro ese falo inmenso con el que empezó a soñar, sin verlo. Alucinado Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en el escenario mismo, en que mataron a Rafael Uribe Uribe. Como quiera que Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de casi ochenta años de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo el día 22 de marzo de 1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas cervecitas. Aprovechando una gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la recién fundada Cervecería de Barranquilla. Con su producto estrella “Cerveza Águila, Sin Igual y Siempre Igual”. No fui el único ese día. También estaba Marianita Monsalve. Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su novio. Por puritanos vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo empecé a llamar “Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que me acompañaba después de haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que su peregrinar por el mundo de las ilusiones guerreras y solidarias, no eran reconocidas a casi cien años de su muerte? Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo había reseñado, como al garete. Como al viento, dos mensajes que se me vinieron a la cabeza, después de haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio Galán. Vi florecer una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De Comuneros guerreros. Y, doña Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se hizo madre de la mujer amada por mí desde entonces. Imaginación de inmenso simbolismo. Tanto, como que difundí la historia de lo que forjó. Con ese talante libertario. Pegado, ahí. Siendo su piel y su guía. Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era de cuerpo. Ese día me dijo: “…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case con Bartolomé. De lo que si estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va encontrar otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que prefirió huir, sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella. Solo, una fugaz referencia expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de Serafín Paniagua. Insólito personaje que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una manera de bordear el abismo, sin caer en él”. Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene que ver con lo que algunos y algunas, quieren que no seamos. Parece trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea. Dueño de la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño de una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy clarito lo dice nuestra Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que, casi siempre ha sido así. Lo que hagas y digas tiene relación con lo que te prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me convencí, aún más, de lo cercana que estaba su expulsión del hogar en que manda don Timoleón Monsalve. Y, también, del repudio público que habría de hacer Bartolomé Valtierra. Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío perenne. Nació en Villa de Leyva. Una impronta monosílaba. Como cuando se percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha su voz. Un murmullo, el de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra. Una arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de lo que sería el futuro. Habida cuenta de lo que somos, ahora, sin querer serlo. Tanto más como que puede ser una vivencia, como expresión de lo plana que es la vida, cuando no se tiene otro referente que la azarosa perfidia latente. Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que cuentan que dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda. “…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fueLo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo.
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    Una nostalgia parecidaa esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos…”1 No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando lo leí por primera vez. Y que, por lo mismo, marcó mi ruta, de por sí desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No valía la pena, dada su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin contexto. Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para contar cosas con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado. Sin saber por qué y por quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo dicho. Como cuando se asiste a una sesión con el ventrílocuo. Como transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su expresión. Estando en estas, apareció Bartolomé. Con esa cara de corcho varado en remolino. Entre saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto, machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun sabiendo que lo que él conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La Dorada, conmigo, cuando saqué en volandas a Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque, cuando me atacaron a machete rula. Y me levanté siempre presto. Le dije “vea Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere, por ejemplo, que yo soy su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy 1 Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.
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    pendenciero de tiempocompleto. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores Guzmán, cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando usted de paso, hacia Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario Fermín Bocanegra. Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio más conmovedor de nuestro país. Yo había leído su “Manifiesto acerca del Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes espléndidos en relación con el sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por mucho tiempo, el único líder político al que le creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En esos tiempos azarosos. Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía insignia de malévolo vende patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su envergadura. Son, pues, Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos luchadores por las causas sociales y políticas justas. Aspirando construir mejor país. Más humano. Más solidario. Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a Francisca. En esa franja inmediata de tiempo, tejió interpretación de futuro, por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito. Muy original, por cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de María Cano. En cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la encrucijada. En sucesivas heridas recibidas. Con Cataluña como marco geográfico. "…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar. Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su responsabilidad. Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir, tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas. Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de las crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción constante con la calidez. Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias. Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades. Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza.
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    …Precisamente cuando Úrsulaiba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936…Y, sin saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví a recordar lo que la abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días habidos. Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre. “…De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente en cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo. Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años. No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez en cuando. En verdad Ifigenia no se en que pensás. Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí, preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen. Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no se hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de todo. Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin horizonte distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender. Por lo menos en la escala de lo mínimo posible. Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente reparador. Todavía están intactas las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí, explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita. Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas, ordinarias. De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto con poder económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio. Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber
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    soportado el asedioy las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día. Hasta cierto punto, ese diario de Francisca Caraballo, me ha mantenido en vilo. Y, ahora que vuelvo, después de tantos años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la nomenclatura histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito, las condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los atizadores. De aquellos que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y que, posteriormente, lo hicieron en la cruenta intervención en la huelga de los trabajadores bananeros en el Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido alrededor de la ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de la dirigencia que tensionó hilos, en la perspectiva reinventar continuamente, procedimientos y veleidades que hicieron vigencia durante el tránsito político de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De esperanzas e ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa finalización de siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en la manipulación de conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de momentos hacia la guerra y hacia el exterminio. Nada diferente a lo que se cumple en esa nefasta década que va desde 1940 hasta 1950. Incluyendo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos horas después. Le dijo a la niñita que se había quedado dormido muy tarde en la noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y que su amor por ella, era amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda la entereza y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el al to vuelo que solo dan las palabras y el viento en crecimiento. Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron. Como fundidos cuerpos buscándose en todo lo que los cuerpos tienen. Un aluvión inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes cruzan los dedos. Un remolino envolvente. Y, esa doncellita susurraba palabrotas transmitiendo deseos. Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus ojitos color mango biche, derramaron tantas lágrimas de aliento y alegría; que llenaron más piscinas que las que en Paipa había. Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por fin deshicieron el encierro, policías y tunantes agazapados. Dos heridas de daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones heridos, arrancados a la fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insí pido y vejado. Dicen, todos dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la doncellita. Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera en sueños. En este sueño mío, ahora. Sueño definitivo. Pero mucho más punzante. Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido esta vida mía…Y me perdí en laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó coordenadas a su amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último, que hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y las engarcé como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas. “... He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí. Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin, de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos
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    circunda. Bien comoprototipo. O bien como lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conscientes de eso. Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido. Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas. Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la muerte. Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que está orientado, hacia la muerte. Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para construir verdades. Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los días por venir y de los días perdidos. Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimba nquis que me convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la
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    tristeza envalentonada. Sintiéndomeposeído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche. II Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la historia. Cómo la han acomodado ellos. En tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa de la Edad Media. Definida así por una cronología nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros recorriendo los inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta veces siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas figuras de la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los herederos de San Pedro, ejercen como espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen anclados. Y difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida. Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de la tortura. …Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos. Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en la noche; cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de argüir mi condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo aproximación a la condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites. III. En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si fuese experto prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos encargados de divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación posible de mis acciones a aquellos teatrines incorporados a la cotidianidad burlesca. Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido posicionarme como cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como es efectivo. Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por las jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería! Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta para mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante expresiones que tuve o dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas. Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Hortensia, a Fabiana, a la
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    Nena linda deTunja, y a la negrita Caribú, y a Nancy, y a la Zoraida que muerte medio en el ahora y a… IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor. Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin soporte diferente a aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza; pero también de construir el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad. V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo experto. Pero como en regresión. Es decir, en contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo como advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser herético, punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa de la penuria y de la infelicidad de los otros y de las otras. Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por milenios. Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado en el itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que la mata, a cada momento. Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del olvido. Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa. VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado a vivir. Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin el acumulado de verdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije que no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue posible. Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es como mantener vigente la enajenación profunda. Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la heredad de los emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos. Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una
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    interpretación de lavida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios personajes que deletrean las verdades de conformidad con el discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar mil disputas por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin, asfixiándola, en cada momento histórico. Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante. Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía de la postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels. Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber. Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo entendí. Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió prendiéndole velas a Descartes. VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese tipo de expresiones que naufragan, cuando nos percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como promotores de esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo ellos son alternativos. VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los cachivaches colocados como símbolo por parte de los testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por la buena fe, la moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores. Escribiendo para diarios y revistas. Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y los y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y como justificación para recibir la mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la “sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se agazapan. Esperando un nombramiento. A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo que las mujeres violadas por los paramilitares no deben hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los criminales de guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la revolución. Sí, lo vi como fórmula vicepresidencial del invasor del Ecuador y prístino representante de los monopolios de la comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al brillador de lámparas de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que
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    defendió el bastiónmonárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó de agache cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta, expulsó a Claudia López, por haber escrito la verdad acerca de los manejos de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León Valencia, cuando llegó de Londres con su maleta cargada de palabras en contra de la lucha armada revolucionaria y con un breviario confesional que contiene el evangelio de los “nuevos demócratas”. Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a tener que asistir al parloteo de loros y loras que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame de los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por encima de los muertos y las muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia social? IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir, como repeticiones y prolongaciones sin fin. X No se cuánto tiempo llevo así. Solo se que me niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que, estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo, pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que, a cada subida y a cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has tratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá Asimbalá. Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí, esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar los objetos traídos de su saqueo. Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del Santo Oficio de la gestión autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia. Que le cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡ XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido; llenos de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado. Después vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal. XII. Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas
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    autoridades. Y loque pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y, me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que, al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por haber. Aun sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que han acumulado beneficios que no le son propios. Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo que debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la hora de la partida. Que llegó, justo ahora, por cuenta de mi amada; la Zoraida mía Mi pulsión, Diego y Demetrio Llegué temprano, en la mañana. Un sol sin asomarse, por lo cuajado de las nubes. Traía mochila llena de ropa y par zapatos. Lo único que pude recoger, antes de salir fugado de casa. Casi tres días caminando, por territorio árido y estrecho. Nunca supuse que lo haría de esta manera. Siendo, como fue mi infancia; tenía la certeza de hacerme adulto con mi familia al lado. Con la solidaridad advertida, siempre, en mi madre. Recordé anécdotas de mi temprana vida. Siempre ahí envuelto en la precariedad de alegrías. Me llamó mucho la atención ese lugar de juegos. A la pelota, a las escondidas, a la rayuela, a las cometas. Repasé mi amistad con Diego Alfonso Bejarano, mi amigo del alma y de siempre. Me conmovió, otra vez, la manera en que éste partió para Liborina, allá, en el occidente antioqueño. Los dos vivíamos en el barrio Manrique. Desde los tres años. Nos correspondió palpar los inicios del crecimiento de Medellín. Todo a pesar de no haber traspasado la frontera entre los barrios. Menos aún, recuerdo que hubiésemos llegado al centro de la ciudad. Tolo lo sabíamos en palabras de nuestras mamás. Doña Augusta, la de Diego. Rosario, la mía. Cuando iniciamos la escolaridad, los hicimos en la escuela Porfirio Barba Jacob. O, simplemente, “La Jacobo”, como la llamábamos coloquialmente. Lo nuestro universo de palabras. Unas aprendidas en diccionario. Otras aprendidas al lado de amigos mayores. Fuimos incendiarios en voces. Para describir lo que veíamos y lo imaginado. En los teatros Manrique y Lux, asistíamos a películas de todo tipo. Inclusive, engañando a los vigilantes, entraron a aquellas cuya opción válida, permitida estaba reservada a mayores de veintiún años. En los periódicos “El Correo” y “El Colombiano”, aparecían las clasificaciones ordenadas por la cúpula ec lesiástica católica. Nos llamaba la atención esas que eran prohibidas para todo católico, en la perspectiva moral que los orientaba. Cuando cumplimos catorce años, empezamos a masturbarnos él y yo. Ahí en el solarcito de su casa. Un veinte de julio, exploramos más nuestros cuerpos. Acariciábamos nuestros penes. Él a mí y Yo a él. Inclusive succionándolos, hasta ver salir ese líquido gris pálido. Cada día íbamos más allá. Recuerdo cuando lo penetré. A él le gustaba así. Que yo lo hiciera siempre. Teníamos algunos problemas, cuando, Diego, empezó a sangrar. A pesar de tomar todas las medidas necesarias, de todas maneras, su mamá empezó a notarlo cada que lavaba su ropa interior. Fuimos creciendo, así. Cada día nos necesitábamos más. Tanto que, en veces, nos fugábamos de la escuela. Nos íbamos para la canchita en donde jugábamos fútbol. Nos metíamos al rastrojo cercano. Allí lo hacíamos una y otra vez. Los recreos eran, para nosotros, un martirio. Porque estábamos siempre juntos. Ya los muchachos de los otros grados, sobre todo los de quinto, empezaron a sospechar nuestro amorío. Y fue en un octubre, cuando celebramos lo que se denominaba “la fiesta de los niños y niñas”, el profesor don Raimundo, de tercero, nos vio besándonos en el salón de clase, cuando creíamos que estábamos solos; pues los otros alumnos estaban de parranda en el patio, matando el marrano que la dirección de la escuela compró con los recursos de la venta de boletas para la rifa de una valija de puro cuero. Raimundo nos hizo ir hasta la oficina del director general. Allí, de manera explícita, le contó a don Eufrasio lo que había visto. Nuestras mamás tuvieron que ir a una reunión entre don
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    Raimundo, don Eufrasioy el párroco de la iglesia de “El Calvario”. Sobre todo, éste último (el padre Eugenio), hizo todo un drama. Nos acusó de ser anti-natura. Pervertidos, poseídos por el demonio, inmorales, pecadores azotadores de Jesús. La reunión término con la declaración en dos partes: una la expulsión inmediata de la escuela. Dos con la orden para que nuestras mamás nos encerraran en las casas, amarados y sin “pisar la puerta”, como dijeron el señor Eufrasio, el señor Raimundo y el párroco Eugenio. A partir de ahí, nuestras mamás empezaron a sufrir mucho. Con todo el valor incluido, nunca le contaron a mi papá Virginio. Y al papá de Diego, non Hildo. Simplemente, cuando ambos, por separado, indagaron con ellas el porqué de no ir a la escuela; ellas dijeron que el curso nuestro había sido suspendido hasta el año siguiente; ya que doña Heliodora, la maestra, se había enfermado. Que la iban a operar y no podía regresar a sus labores este año. Nos sentíamos desmoronados, espiritualmente. La separación fue, para Diego y para mí, un castigo absoluto. Un hervidero de pasión, tanto en él, como en mí, se fue extendiendo por todo el cuerpo. Un anhelo de vernos. Como si necesitáramos, cada vez más juntarnos como lo veníamos haciéndolo. Un espasmo de locura. Una gritería sofocada. Mis sueños y los de él, se cruzaban. Empezamos a querer estar dormidos siempre. En sueños nos acercábamos. Nos tocábamos. Nos besábamos, nos poseíamos. Siempre yo dentro de él. Y me vaciaba hasta quedar cansado. Divino cansancio, diría yo. Un día, viernes, por cierto, mi papá Virginio fue a la casa cural de la iglesia. Un vecino, don Romualdo. El papá de nuestra amiga en común, Berenice; le dijo que no era cierto lo de la suspensión de clases. Su hijo Doroteo, estaba en el mismo curso nuestro y estaba yendo a estudiar. Fue directo donde el señor párroco, ya que la directora encargada en la escuela, le dijo “mejor hable con el padre Eugenio. Él le puede contar mejor que yo lo que pasó”. Inmediatamente llegó a casa, golpeó mi mamá de manera brutal. A mí me azotó con el cuero que servía para enlazar a los caballos que compraba y vendía en la feria de ganados en Medellín, Sata Fe de Antioquia y Sopetrán. Me dejó lacerado. Mis heridas sangraban e hicieron pústulas rápidamente. Sobre poniéndose a su dolor físico y de alma, mi madre me las lavaba y me aplicaba mertiolate, para desinfectarlas. La orden fue fulminante; “este marica, cacorro, se va de la casa”. Al papá de Diego, don Hildo, mi papá se encargó de contarle lo que pasaba. Este señor, también agredió a doña Augusta. A Dieguito lo amarró el papayo que había en el solar. “De una vez te digo maricón; te vas para Liborina a la casa de tus tías Hermelinda y Altagracia. Es lo único que merecés. Allá te vamos a encerrar en el cuarto de los trebejos. Ya hablé con ellas” No sabía para dónde coger. A duras penas, mi mamá, pudo decirle a don Ismael y a doña Josefina (su esposa) y pedirle el favor que me recibiera. Le dijo, algo así como que yo necesitaba de un respiro en el campo. Y que, esas pústulas, como consecuencia de una caída, se pueden aliviar con el vientecito de San Roque. Claro está que, ni don Ismael; ni doña Hermelinda se tragaron el cuento. Pero, con una bondad linda, le dijeron a mi mamá Rosario que me recibirían. A los diez minutos llegó don Ismael, al parque del municipio. Así habían acordado con mi mamá, él y doña Hermelinda. Una casita hermosa, con tejado antiguo. Amplia. Todo en ella olía a eucalipto y a café recién molido. Conocí, ese mismo día, a Demetrio, el único hijo del matrimonio. Me recibió con mucha amabilidad. Él ya estaba cursando bachillerato en el colegio “Divina Providencia”. Tuve todo el día, tiempo para organizar mis cositas en el escaparate que me indicaron. Desayuné. Dormí tanto que, al levantarme ya estaba dando las ocho de la noche. Al otro día, después del baño, fui con Demetrio hasta el colegio. Habló con el señor rector. Le dijo” …este es mi primo Egidio Va a estar en casa por algunos años. Quisiera que se pudiera matricular aquí. Estaba cursando cuarto de primaria. Se enfermó y, mi familia y yo, creemos que aquí se puede recuperar. Su mamá, doña Rosario es amiga de mi mamá Hermelinda, desde que estaban chiquitas…”. Don Onofre, el rector, me recibió con palabras de afecto muy sinceras. Y,
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    a la otrasemana ya estaba estudiando. Doña Leonor, la maestra, me presentó a los otros muchachos. Yo les dije que quería estar bien con todos. De mi Diego no he vuelto a saber nada. Nos separaron, de por vida. Yo, aduras penas, me enteraba que doña Augusta se había recuperado de sus heridas. Ni siquiera ella sabía cómo estaba Dieguito. Llegó diciembre. A pesar de no ser muy creyente, de todas maneras, sentía mucha alegría durante todo el mes. La Navidad me parecía momento espléndido. Veía y sentía la calidez. No solo en casa de doña Hermelinda, de don Ismael y de Demetrio; sino en el barriecito en que vivíamos. Aprendí a conocer el campo. Salía con quienes se hicieron mis amigos y amigas. Íbamos hasta la vereda “Palomares” a recoger bichos. A coger pomas y naranjas. Ayudaba a Demetrio en la despulpadora. Y, en este mes especialmente, a coger musco y a cortar pino para el pesebre. Con Eloísa Peñaranda, vecina de la casa jugaba parqués y damas chinas. Fabricábamos sonajeros hechos con tapas de gaseosa y cerveza, martilladas. Le abríamos huecos con clavos y las ensartábamos en alambre. Así amenizábamos las novenas al niño Jesús. Mi mamá pudo visitarme. Llegó a casa de mis protectores, el día 8 de diciembre. Aprovechando que mi papá había viajado a Cañas Gordas a comprar una recua de mulas para vender en Sopetrán. Me trajo una ropita nueva. Y unos zapatos-botas de charol. Lloré de felicidad. Dormimos juntos en la camita que la familia me había cedido. Tuvo que irse al otro día, el nueve de diciembre, porque la angustiaba que llegara mi papá y no la encontrara en casa. Después supe que la ropita y las botas, las había comprado con dinero recaudado en la venta, secreta para mi papá, de buñuelos y empanadas entre las vecinas. Eloísa me confesó, exactamente el día tres de enero, cuando subimos al cerrito cerca a la casa, que estaba enamorada de mí. De manera espontánea me besó en los labios. En verdad, sentí su boca perfumada. Con una hermosura de dientes que le lucían al reír. Y reía, casi siempre. Yo le dije que no quería tener novia tan joven. Que la quería mucho como amiga, pero no más. Y, en ese instante recordé los besos de Dieguito. Recordé que, siempre lo veía. En esos sueños mágicos. Que lo besaba y que me besaba. Que le transmitía mi líquido grisáceo. En una ternura absoluta. Que le cogía su penecito. Y que me lo llevaba a la boca. Y que saboreaba su líquido hermoso. Me sabía a gloria. Terminábamos exhaustos. Él y Yo, entregados totalmente. Recién empezaba el año escolar, cuando don Onofre me citó en su oficinita. Un cuartico pequeño, pero muy cálido. Conocí a su esposa y a sus dos hijas. Las tres aparecían en el retrato enmarcado que adornaba el sitio. Había un crucifijo y una réplica en yeso de la Virgen de la Mercedes, patrona del pueblo. Me hizo sentar. Muy calmado me leyó una carta que le había enviado don Eufrasio. Parecía una diatriba perversa, antes que un escrito de un maestro de escuela. Don Onofre me dijo que era una obligación entre pares pedir referencias de los alumnos y alumnas, cada vez que se producía un cambio de colegio. Conocí de su interpretación de hechos como ése de mi relación con Diego. Me dijo no tener ese tipo de escrúpulos y de falsa moral. Simplemente, me advirtió que quedaba entre los dos. Que, ni siquiera Demetrio lo iba a conocer. Pero, de todas maneras, me hizo saber que, al menos en su colegio, no toleraría algo parecido. Ya íbamos por la mitad de febrero. Todo había seguido un curso normal. Yo cumpliendo con mis deberes en la familia. Asistiendo a clase y esforzándome por saber más. Entre otras cosas, resulté muy bueno para geometría y aritmética. Cierto día, yendo con Demetrio para el cafetal, a fumigar contra la broca, Demetrio me cogió de la mano. Me la apretó con fuerza. Luego me abrazó y me besó. Me dijo que yo era hermoso en todo cuerpo. Que me había visto desnudo en el baño que queda contiguo a su cuarto. Sentí pulsión de vida. Volví a recordar a Dieguito. Sus besos permanecían en mí acicalados más, en mis sueños que, de seguro eran los suyos. Como atontado le respondí a Demetrio que él también me gustaba. Nos tiramos al piso. Retozamos un rato. Luego, desnudos, lo hicimos. Un pene hermoso el de Demetrio. Grueso, erecto a más no poder y con un olor a las diosas de las flores. Esta vez fue el quien me penetró. Un inmenso placer, solo comparable con el que sentía al lado de mi Diego. Todo el rato pensé en él. Sintiendo como si fuera él y no Demetrio. Sangre un poco. Pero feliz estuve. Demetrio succionó
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    lo mío. Mevacié no sé cuántas veces él me hablaba cosas hermosas. . Eres mío. Mi Egidio del alma. Móntate tú. Penétrame amor mío. Y lo hice. Todavía me quedaban fuerzas para hacerlo. Y lo inundé no sé cuántas veces. De regreso a casa, almorzamos solos. Doña Hermelinda y don Ismael, había salido para misa. Nos dejaron una nota que hablaba de limpiar nuestros cuartos; de lavar los baños y de poner el maíz al fogón, con bastante agua. Pudo más lo nuestro. Seguimos en su cama. Me besaba. Yo lo besaba. Metía su falo en mi boca. Se lo apretaba, cuidando no lastimarlo. Me montó tres veces. Lo monté otras tantas. Terminamos en un cansancio absoluto. Bello. Nos quedamos dormidos, desnudos. Nos despertó el ruido de las aldabas de la puerta de enfrente. Corrí a mi cuarto y empecé a fingir que estaba sacudiendo la cama y la mesita de noche. Nos regañaron porque no habíamos cumplido ninguno de los requerimientos. Pero, al fin, no pasó nada más. Eso si no pudimos comer arepas en la cena. De ahí en adelante, siguió pasando lo mismo que entre Dieguito y Yo. Pensaba en él todo el tiempo. Con mayor énfasis, cuando Demetrio y yo nos besábamos. O cuando me montaba y sentía la tibieza de su líquido. Mi Dieguito esta en mí. No era Demetrio. Era él. Mi Dieguito querido. Te sueño todas las noches. Te siento. Succiono tu penecito. Te penetro a toda hora. Demetrio empezó a sospechar algo, desde la noche que estuvimos, otra vez, en su cuarto. Estaba un poco confundido. Había peleado con Dieguito, en uno de mis sueños. Simplemente le grité. Llamando a Diego y no a Demetrio. Inmediatamente sacó su pene. Por la brusquedad con que lo hizo, me dolió mucho. De ahí en adelante no me buscaba como antes. Hice todo lo posible para reconquistarlo. Porque él mi Diego y no Demetrio. Me rehuía. Pasaba por mi lado sin saludarme o decirme algo. Se iba solo para el colegio y no me esperaba al salir. Doña Hermelinda y don Ismael notaron nuestro distanciamiento. Pero supusieron que habíamos peleado por algo. Menos por lo que, en realidad, era. El primero de octubre, día de mi cumpleaños diecisiete, su mamá y su papá, como siempre lo habían hecho desde que estaba en su casa, celebraron con nosotros y con Dorita. Después, al terminar, me acosté. Pero no pude conciliar el sueño, como dicen las mamás. Sentí que entro a mi cuarto, sigiloso. Me creía dormido. Un punzón sentí en mi vientre. Luego en mi cuello. Empecé a sangrar a borbotones. Me sentía mudo. No tenía fuerzas para gritar. Simplemente me fui yendo. Lo último que vi fue la imagen de mi Dieguito. Y la de Demetrio que clavaba el punzón en su cuello y caía a mi lado. Karla Libertad La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería recluido en “Buena Pastora”, sitio ejemplar para el purgatorio de penas. Ante todo, conociendo lo que hizo. El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl estuvo recorriendo su pasado. Fue de barrio en barrio; de ciudad en ciudad. Se detuvo en ciudad Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y amigas del pasado. Percibió que el lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras. Simplemente, su mirada se tornó básica. Como cuando miraba, absorto, la procesión de la soledad, los sábados santos; en su añorada ciudad del Buen Vecino. Nunca había podido olvidar esas celebraciones. Para Raúl, la iconografía vinculada con el aniversario de la muerte de Jesús, el Nazareno, era una continua convocatoria a la reconversión. Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó antes de lo previsto. El tren no se había detenido en las estaciones reglamentarias. Simplemente, su conductor, tenía prisa. Debía llegar a Bienaventuranza, antes de que naciera su primogénito.
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    Descendió, mirando alrededor.Como buscando a la mujer requerida. Una mirada de macho perverso. Porque, nunca había logrado olvidar el día en que la mujer buscada, le dijo en susurro: ya no me convocas como antes. Ya no veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi inmediatez lúdica. Te siento tan lejano; tan inmerso en los recuerdos, que no logro adivinar si llegaste; o si te quedaste dormido, asfixiándome con ese aliento propio de quienes han bebido licor todo el día. Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido; ya había amanecido. Ciudad del Mal, empezaba su quehacer cotidiano. Ya los vendedores de aviones de papel habían empezado su jornada. Las mujeres habían salido ya. Ataviadas con su desnudez; prestas a exhibir su cuerpo. Una ciudad en la cual, ellas, no habían sido, ni eran aún, noticia. Como si no existieran. Por esto, en reunión plena, habían decidido protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la idea de proponer la desnudez como expresión de protesta. Ya veremos si el señor obispo Pío XXIV y sus machos súbditos, serán capaces de resistir nuestra firmeza y nuestra capacidad para hacer de la desnudez un arte y una opción lúdica. Le aseguro, camaradas, que, por fin, seremos noticia de confrontación a la Cofradía del Santo Oficio. También habían salido los vendedores de ilusiones. Aquellos que cantaban el número ganador en la lotería. Ya habían aprendido el arte del cálculo de probabilidades. Por lo tanto, justo ese día, debía ganar el número 3345. Tal vez, por esos avatares del destino casi siempre incomprendidos, ese número coincidía con las cuatro últimas cifras del número de la cédula de Raúl. Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en la bodega habilitada para albergar los cuerpos de los y las NN, llegados desde diferentes sitios de la periferia, estaba Juvenal Merchán, el cuidador de cadáveres. Había aprendido su oficio desde niño. Su padre, Gaspar, había heredado el arte de cavar fosas comunes de su padre Hipólito. Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados con las muertes masivas, sin dolientes; sin historia. De esas muertes que se han vuelto cotidianas; a partir de la imposición de opciones de vida vinculadas con los conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes, simplemente, no comparten las propuestas y expresiones dominantes. A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla. Se conocieron cualquier día, en cualquier sitio. Lo que, si recuerda, de manera plena el sujeto, es que ese día recién terminaba de recibir el cadáver de Benjamín Cuadros. Ese que, para Karla, había sido símbolo de libertad. A su manera. Es decir, a la manera de la mujer que había recorrido todos los territorios, desafiando el poder de los inquisidores cercanos y lejanos. Fundamentalmente el poder del Obispo Pío XXIV; quien ahora ejercía como soporte del buen comportamiento en Ciudad del Mal. Él, a su vez, había recibido de Fornicato Palacio, procurador delegado por la Santa Sala de Preservadores del Orden, la misión de desterrar, minimizar y erradicar los conceptos de placer y de alegría. Benjamín, estuvo luchando al lado de Virginia Esperanza Potes. Cuando la libertad era horizonte deseado. Ella y él, protagonizaron la Gran Jornada por El Derecho a ser Humanos. En ese tiempo en el cual La Cofradía de los Eméritos Caballeros de la Santa Cruz, había determinado, mediante, Ordenanza Absoluta, que la condición de humano era un derecho que solo podría ser
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    otorgado a quienesdemostraran haber sido convocados y convocadas a la unción divina, por parte del Honorable Tribunal de la Santa Virtud y la Sagrada Aplicación de los Evangelios. Por lo mismo, entonces, tanto Benjamín como Virginia Esperanza, habían sido condenados y condenada a trabajos forzados. Los mismos consistían en ir de casa en casa, invitando a creer en María como virgen y en José como Santo Varón Sacrificado. Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron poblar de hijos e hijas libertarias (os) el territorio. Allá, en la Tierra Sagrada de Fornicato. Por lo tanto, hicieron lo que es necesario hacer para procrear. Nacieron 16 niños y 15 niñas. En un recorrido de tiempo calculado, utilizando el multiplicativo nueve, con escisiones calculadas entre dos y tres meses. Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre; instituyeron un ritual cifrado. Para sus seguidores y seguidoras. Algo así como entender que la sumatoria de adeptos es condición sine-quanum para fortalecer la lucha por el poder. Convencieron a varias parejas heterosexuales. Porque, para ellos, a pesar de su visión libertaria; los y las homosexuales eran algo que debía soportarse en honor a la posición libertaria. Pero, no más allá. Como si su rol estuviese asignado desde antes. Es decir, una posición en la cual la lucha de contrarios, suponía hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo con usted, en la misma condición de género. …Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su auto-condición de perdulario. El asesinato de Karla lo conmocionó tanto que, soñaba con ella. La veía en todas partes. Karla, la mujer libertaria, iba a la par con sus elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de la libertad, hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va y regresa. Como Prometeo que está allí, con su vientre abierto; como manutención de las aves que lo destripan cada día. Como Teseo originario, llegado un día cualquiera de la tierra del nunca jamás…Y que permaneció con ella, como lo hizo, hace siglos, con Ariadna, la hermosa amante suya que lo orientó y lo situó en condiciones de volver a ser sí. Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no estar con ella. Con esa Karla libertaria, pero efímera. Tan libertaria que nunca la pudo asir. Nunca pudo concertar con ella nada diferente a estar hoy, tal vez mañana; pero nunca aquí y ahora. Un Villaveces montonero perverso. Ser de un día; que no reconoció, ni reconoce aún hoy en su tormentosa pena, que fue pionero del amor a migajas. De la entrega, como trofeo que se adquiere, por haber sido merecedor de él; en la peor versión de esa simulación de competencia. Porque lo suyo, fue y será siempre la cautivación de la mujer sujeto de debilidad. Porque, siempre lo dijo, las mujeres no son otra cosa que placer latente. Ellas no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán. Porque su cerebro es su vagina; y sus horizontes, el placer que otorgan…En fin, que Raúl la mató; porque Karla pensó. Porque, cualquier día ella le dijo; quiero ser libre. Ya no te quiero. Quiero volar a otro territorio. Ese en el que conocí a Benjamín y a todos los que son como él. Tú no eres otra cosa que Raúl Villaveces, sujeto tardío; misógino; furtivo depredador constante. Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a pedacitos. El mato un día en que su expresión convulsiva (la de él); lo hizo delirar. Un día en el cual él se observó como lo que era, reflejo de la luna en el agua. Agua de ese pozo pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son nada diferente a la repetición de cosas. En el día a día. En ese ir y venir circunstancial. Porque, Raúl, ni siquiera pudo hacer bien las repeticiones. Todo en él fue y era ahí, en el momento. Sin
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    ningún acumulado visionario,trascendental. Su lógica, fue y es la del reciclador de la historia. Aquel que recoge lo que ha sido usado. Las ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades. Mató a Karla por reconocer que era superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso en las alocuciones constantes. Sobre el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y sobre la ignominia que prevalece. Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a cada paso, que su gestión es la de complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato Palacio; a Pedro Vaticano. Este último maestro de maestros en el arte de trastocar la historia. Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la perversidad. Que asistió a la inmolación de Espartaco; que condujo a las Legiones Romanas a arrasar todo lo que fuera sinónimo de herejía. Pedro Vaticano, sujeto inconcluso, como quiera que muriera sin haber extirpado el mal de amores. Sujeto que, por lo mismo, nunca pudo hablar con palabra propia. Todo en él era prestado. Hasta la manta que se suponía lo debía arropar a lo largo de la historia. Ese que se emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro Vaticano, sujeto de perversidad absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste, lo entendía y lo aceptaba así. Por eso no dudó en matar a Karla. Ese día, en el cual regresó; o que visitó por primera vez (porque ya no sabía distinguir tiempos y espacios) a su ciudad, para cumplir con el mandato jurisprudencial; Raúl estuvo divagando. En un proceso eterno. Ante todo, porque él sabía que la muerte de Karla era su estigma. Porque él sabía que había matado al símil de la ilusión; de la esperanza. Cuando él llegó, ya los y las testigos habían reflexionado. Habían establecido un conglomerado de hechos, de circunstancias, de evidencias. Ellos y ellas, habían logrado establecer que Villaveces esperó a Karla a la entrada de la habitación. La dejó entrar y la abordó. Le dijo, en comienzo, que la amaba; que siempre lo había hecho. Que vivían en función de ella. Que era su vida y su post-vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero, al mismo tiempo, aclaraba que, si no se quedaba con él, sería ella quien moriría. Que, cuando soñaba, era ella que aparecía. Aquí y allá…En fin que, “mi bella Karla, no me abandones”. Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu discurso; ya lo he vivido y lo he sufrido”. Entonces, Villaveces, se desmoronó; se consolidó como macho perverso y la acuchilló. Muchas veces. Tantas, que el cuerpo de Karla, parecía cedazo. Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas, definieron por unanimidad la sentencia: debe ser ahorcado en plaza pública. Será vejado antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere, pidiendo la muerte inmediata. Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la muerte de Karla. Porque había trastocado los roles. Porque desconoció la autoridad del hombre amante. Porque ni ella, ni ninguna mujer tenía derecho a confrontar a los hombres. Él, Villaveces, era su dueño y Karla no podía desconocerlo. Ella estaba obligada a amarlo por siempre. Por lo mismo, al negarse, entraba en el territorio vedado a las mujeres. Su independencia no había sido declarada. Ni ella, ni ninguna de ellas, podía trasgredir los principios y los Valores de Ciudad Trinitaria. Aquella que, algunas herejes habían cambiado de nombre llamándola Ciudad del Mal…En fin, decía Pío XXIV, Villaveces, era un ciudadano ejemplar. Siempre lo había sido. Al matar a Karla, él no hizo otra cosa que reafirmar el gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya había dicho, por siempre, que las mujeres no son sujetos independientes, ni pensantes. Ellas serán lo que los hombres digan que sean.
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    Y, entonces, Benjamíny Virginia, criaron a sus quince hijas y dieciséis hijos, con toda ternura y aprestamiento. Procurando inculcar en ellos y ellas, los valores que siempre los habían acompañado a él y a ella. Pero, Virginia estaba inquieta. Su aritmética no le cuadraba. Porque la equidad tiene que ver con la igualdad. Y no le faltaba razón. Es decir 16 varones mayores que 15 hembras. Luego, a sus sesenta años, quería ser preñada, en la esperanza de encontrar la unidad que configurara la igualdad. Lo otro no es otra cosa que una desigualdad. …Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín había hecho todo lo posible por responder, como varón. A sus sesenta y seis años, era un tanto difícil. Pero lo hizo- Nació otro varoncito. Virginia, creyó desfallecer. Después del enorme esfuerzo, lo que quedó fue un incremento de la desigualdad. Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la interpretación de su defensor Pío XXIV. Fundamentalmente porque, el acusado había asumido una opción no coincidente con los principios básicos definidos por las normas de Ciudad del Mal. Normas que habían sido construidas y aprobadas; a partir de la Asamblea de Mujeres Beligerantes. Mucho habían tenido que luchar para acceder al poder. Habían sufrido desde tiempos inmemoriales. Los Santos Inquisidores criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las enseñanzas del Santo Oficio. Una herencia directamente proporcional al dominio de los invasores. Una tradición heredada de los Santos Tribunos de la Santa Roma. Enseñaron a aplicar los métodos para garantizar la expiación y la reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo tenía que ser el Dios de todos y de todas. Enseñaron a castigar a las mujeres; cuando estas no reconocieran la primacía de los varones. Cuando estas no aceptaran su condición de seres sin opción de vida propia. Sucedió que Benjamín y Virginia, acompañada y acompañado de sus quince hijas y sus diecisiete hijos, se trasladaron de Villa Rebelión. Un caserío a orillas del río Mosquitos. Ya habían urdido un plan; en la intención de difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el padre de Virginia, Ramón Ilich, había construido una estrategia para acabar con el liderazgo de Los Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad Lejana. Ramón Ilich, era u n hombre profundamente humano. Con la ternura dibujada en su rostro; y en sus acciones. Ramón Ilich, expresaba solidaridad y esperanza, absolutas. Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo mataron; se cuajaron las nubes y se desató la lluvia que acompañaría a los y las habitantes de Ciudad Lejana, por espacio de doce meses. Sin cesar. Todo quedó anegado. Los victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin vida de Ramón. Porque temían que se produjese otra ascensión, como la del Nazareno hacía ya cerca de diecinueve siglos. Todo, además, porque los miembros de la Cofradía del Divino Verbo, los instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se quedaron en el cuarto subterráneo de la casa de Benedicto XIX quien ejercía como descifrador de la apologética de San Marcos y que había sido escrita por autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por esto, santa. Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su cantidad. Pudieron haberse vertido cerca de un billón de metros cúbicos; según lo relataron los calculistas oficiales. Pero el cuerpo de Ramón Ilich, en fin, de cuentas, desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue nombrada una comisión en la que se instalaron todos los beneméritos hijos de Benedicto XIX y los hijos de Fornicato Palacio…Pero no encontraron nada.
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    Una mujer campesina,de nombre Dolores Perpetuos, halló el cuerpo de Ramón; un día cualquiera del mes de enero del año siguiente a su inmolación. Dolores, tejió una red secreta para informar a los seguidores y las seguidoras de las ideas de Ramón. Al cabo de tres días, se reunieron todos y todas en la “Cueva de San Mariano”, ubicada en las afueras. Hacía tres meses había escampado. La ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin pudrición, fue exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad y de las acciones para lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por medio de la cual se expulsarían de la ciudad a todos los Honorables Caballeros de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX. Y la inhumación se produjo en medio de arengas panfletarias, sinceras, a viva voz; con profunda convicción en los ideales de Ilich y la necesidad de continuarlos; de propagarlos por todas las ciudades y en el campo y en el mar y en el espacio adyacente a la Tierra. Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete; no hicieron nada diferente a conservar y traducir el Mandato Ramoniano. Su horizonte se hizo inmenso. A cada paso; en cada lugar, hablaban en reuniones clandestinas. Temiendo que Fornicato Palacio los detectara y los y las hiciera matar. Porque, Fornicato, era un experto. Ya había sido probada su capacidad para matar; de manera directa y por encargo. Como resultado de esas acciones de matanza; ni Ciudad Bienaventuranza; ni Ciudad del Mal; ni Ciudad del Buen Vecino; eran reservorio de herejías. En estas, toda voz disidente había sido callada para siempre. Benjamín y Virginia murieron de manera simultánea. El veneno de la víbora que había sido colocada de manera subrepticia en su lecho, hizo efecto en segundos. Mucho se habló del acontecimiento, en toda el área de Villa Rebelión y en algunos poblados vecinos. Las quince y los diecisiete continuaron con la tarea. Vivir se tornó mucho más difícil. A cada momento se escuchaba acerca de la generalización de las matanzas individuales y colectivas. Pero no sólo se oía hablar de esto; también se podía constatar. Juvenal se quejaba de la cantidad de trabajo. Los muertos y las muertas eran muchos y muchas. Casi no había espacio en la antigua bodega. Hasta que Fornicato Palacio decidió arrendar otro espacio; al aire libre. Se pusieron varas verticales y horizontales y se cubrió el escenario con plástico. Allí eran depositados los cuerpos. Venían de Lengua Larga (vereda de Villa Rebelión); de La siembra (vereda de Ciudad del Mal); de El Ensueño (vereda de Ciudad del Buen Vecino). Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada por el viento hasta la misma Ciudad Salmón; territorio del Padre de los Padres. El mismo Dios trasplantado desde Roma; desde Castilla; desde el Sacro Imperio Anglo-Sajón cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el olor nauseabundo. Solo las quince, los diecisiete y sus adeptos escapaban. Ellos y ellas seguían sus labores cotidianas, como si nada. Pero, claro, sentían profunda tristeza y temor. Un día allí; otro día allá. Una peregrinación constante. Las ideas libertarias de Ramón Ilich, estaban grabadas en madera y bronce; de tal manera que no las degradara el paso del tiempo. …Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección. Primero fueron las mujeres; conocidas como las desnudas, en razón a que conformaban una asamblea permanente de féminas en contra de los chafarotes de Pío XIX y de sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los niños y las niñas. Se negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por el mismísimo Pío y avalado por su señoría Fornicato Palacio. Luego fueron las y los adolescentes. Estos se negaron a entrar como aprendices a alguna de las Legiones existentes. Ni a la del Santo Sagrario; ni a la de los Hijos e Hijas de María Auxiliadora; ni a la Cofradía de los Hombres y Mujeres Bienintencionados (as).
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    Por último, fueronlos abuelos y las abuelas. Ellos y ellas se negaron a servir de apóstoles en las celebraciones de la Semana Santa. También, sobre todo ellas, se negaron a acompañar a la Dolorosa los Sábados Santos, en su soledad. Sucedió lo que se presumía que iba a suceder. Fornicato, Benedicto XIX; Pío XXIV y los representantes de las cofradías y legiones; decidieron, en reunión secreta, juntar sus ahorros y situarlos en el mercado de mercenarios profesionales. Mercado que había sido instituido por el Nuevo Imperio Anglo-Sajón. Le servía como fuentes de divisas y como soporte a las guerras de baja intensidad, comunes en la región. Les alcanzó para comprar doscientos hombres rudos. Machotes curtidos en el arte de matar ilusiones y esperanzas y revoluciones clásicas. Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre, día de la Santísima Virgen. De manera furtiva se instalaron en los cobertizos que Fornicato utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron desplazando, hasta copar todos los espacios. Ya conocían quienes eran los y las dirigentes. Mataron a todos y a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas, hombres adultos y hombres niños. Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la Plaza Mayor de San Jacinto, ubicada en el centro de Ciudad del Mal. Allí se hizo una pira inmensa. Las llamas se veían desde Villa Rebelión y desde la Sede Central del Santo Oficio Divino De las quince, quedaron solo siete y de los diecisiete quedaron solo nueve. Se mantuvo la desigualdad que tanto inquietó a Virginia. Lo cierto es que, quienes quedaron, migraron hacia diferentes poblados relativamente cercanos entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron la brega. Ese fue el referente que tanto entusiasmó a Karla. La vida de Benjamín y de Virginia. Casi como La Vida de Jesús y de María. Un símil que ella validó y lo hizo suyo. Por lo mismo, cuando murieron ellos y ellas, las dirigentes y los dirigentes de la insurrección en Ciudad del Mal; ella se propuso vengarlos y vengarlas. Nada de poner la otra mejilla. Era ahora o nunca. Ojo por ojo. Simplemente hubo un problema que le enredó la pita: la aparición de Villaveces, su amante frustrado y resentido. Aquel que no le perdonó nunca el hecho de ha berse separado de él; por decisión autónoma, aprendida esa autonomía de las conclusiones de la Asamblea de Mujeres Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía del almacén en donde trabajaba. La siguió sin ser visto. Cuando Karla llegó al platanal; apareció enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en mano (alguien, hoy en día, de manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”). En fin, que la acuchilló. Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y, desde allí hasta Villa Perdón. Este último, un caserío habitado por ex convicto; prófugos resentidos mandantes, con muchas muertes a cuestas. El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada. Lo llamaban, también, “Tierra de Nadie y de Todos”. Desde ahí importaron el modelo, muchos de los estrategas de la barbarie; hegemónicos mandarines criollos. Pútridos, siempre. Y, entonces, se expandió el modelo. Fueron creciendo las ciudades y los países cuyos gobernantes a la fuerza, enviaban a sus agregados y aurigas a aprender el oficio de no preguntar nada. De guardar los secretos de las muertes sucesivas y de no permitir la identificación de los culpables. Allí estuvo, por ejemplo, Juan Manuel Santín; José Obdulio Miserabilísimo; Sabas Pretel de la Cuesta. Todos en nombre del prístino Álvaro.
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    Y, Raúl, estuvoallí casi cuatro años. Hizo muchos amigos. Algunos de ellos ejercieron como sus codeudores; cuando él decidió comprar a crédito El Buzón del Olvido, Un cachivache que servía, a la manera del sobrero de los magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o una flagrancia y sacar palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o divinas imágenes de la virgen; o del Divino Niño. Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue encontrado por uno de los hijos de Fornicato Palacio. Lo llevó a otro sitio, distante de allí. El cuerpo de Karla todavía estaba caliente. Deogracias Palacio, aplicó lo que había aprendido en los cursos de necrofilia. Una vez terminó, volvió a trasladar el cuerpo al lugar en el cual había sido dejado por Raúl Villaveces. El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de La Asamblea, estuvieron con ella y la acompañaron hasta el lugar de su cremación. Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por la Pronta Justicia. Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la región y del país. Un documento elaborado con un conocimiento previo de la lucha que han librado las mujeres en todo el mundo. Ellas, inclusive, promovieron siempre la realización de eventos y movilizaciones el ocho de marzo anterior a la muerte de Karla. Estaban convencidas de la importancia y trascendencia de su gestión. Como mujeres comprometidas con la defensa de sus derechos y por la persuasión acerca de la necesidad de la ternura para crecer como personas y como pueblo. Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo, ciudad situada al noroeste de Ciudad Bienaventuranza. Cuando niño fue protagonista en la escuelita en donde cursó su básica primaria. Porque exhibía capacidad para hacer de las palabras un todo coherente; independientemente del tema que propusiera la profesora Altagracia. Por esto mismo, estuvo mucho tiempo vinculado a la Sociedad de los Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart, su padre y su madre, recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo Diablillo Perenne lo exhibió en funciones en las cuales el público deliraba con los conocimientos de Raulito. Hasta que, en un día cualquiera del mes de mayo de 2020, se quedó mudo. Una forma de protestar por la utilización que venían haciendo de él su familia y los propietarios del circo. Creció, después de la ruptura, al lado de su tío Valentín. Cursó bachillerato en el Liceo Mariano y se vinculó a la Universidad Trinitaria, como estudiante del programa de pregrado Ingeniería Armamentista. Se graduó con honores y, posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para cursar estudios de doctorado en Energía Atómica Aplicada a la Destrucción. A su regreso al país, trabajó al lado del prístino Álvaro como consejero en asuntos de moral y de seguridad. Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano, en Bienaventuranza. Sucedió que Raúl fue delegado por el prístino como su delegado ante el Santo Oficio Criollo de la Búsqueda del Cielo. Raúl siempre fue un hombre parco y muy devoto de María Santísima. A ella le otorgaba todo tipo de sacrificios. Decía no querer a las mujeres, por su recuerdo de lo leído en la Historia
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    Sagrada, acerca delrol de Eva en la Tierra y, como colateral, la expulsión del Paraíso. Sin embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba en soledad, motivado por las poses de las conejitas. Karla había crecido al lado de su tía Saturia. Padre y madre habían muerto en un accidente. Viajaban de Ciudad del Mal a Ciudad del Buen Vecino; el bus en que viajaban rodó por un abismo. Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso Saturia, no tuvo ningún placer en su infancia. La adolescencia, la sitúo en diferentes escenarios. El colegio; la hacienda de su tía; las calles de Ciudad del Mal. Sin embargo, ella nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba el artefacto ideado por la tía para impedir que Karla fuera abordada. Se trataba de un cerrojo anticuadlo, pero efectivo. Ese día, en plena celebración de la Santísima Virgen, llevaba un vestido apretado, negro. Hacía diez años había muerto Saturia. Ahí, al pie de la tía muerte, lanzó el grito de libertad. El cerrajero logró abril el candado. Los trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados. Danzó toda la noche del velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo Encarnación para que la inaugurara. Estuvo con él toda la noche. Contó veintitrés orgasmos; hasta que Encarnación no pudo más. Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el hecho de que Karla había organizado una celebración paralela. Se trataba de la reunión de todas las mujeres de Bienaventura nza y de la expedición del Manifiesto Libertario de las Mujeres Vulneradas. La casuística consistía en exhibir sus cuerpos desnudos en la Plaza Central de la ciudad. Danzaban alrededor de la hoguera y, a cada paso, arrojaban al fuego retratos y réplicas de Fornicato Palacio de Benedicto XIX y Pío XXIV. Además, símiles de los Caballeros Cruzados. Le dijo: “señorita, usted no puede agraviar a la Virgen de esa manera.” Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo sustraerse al encanto de su mirada. Ojos verdes, simples; pero con una fuerza absoluta cuando se fijaban en alguien. En este caso, Karla, fue ese alguien. Casi desmaya. Porque ese mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron. Karla le expresó que no había vuelta atrás. Las mujeres de Bienaventuranza no admitían ninguna directriz; por sagrada que fuera. Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es así”. Todo tan coincidencial, que ella y él se sintieron sujetos de una alegoría lejana. Ella y él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó una botella de aguardiente marca Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de vino dulce, marca Los tres Frailecitos. Departieron hasta pasadas las doce de la medianoche. Karla invitó a “ojitos verdes” a su habitación. Ella vivía en casa de inquilinato. A pesar de eso, todo muy confortable y digno. Como lo hacía siempre, se desvistió inmediatamente llegó al cuarto. Raúl se sintió algo incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a las conejitas y sintió un fuerte escozor en su tornillo; tanto que se irguió mucho más de lo acostumbrado. Se juntaron, hasta el amanecer. Raulito se despertó asustado, porque había quedado en llamar al prístino.
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    Luego de haberexpedido el Manifiesto, las mujeres de la Asamblea, se dispersaron. Cada una con el propósito de arengar en la ciudad. Convocando a la confrontación en contra de Raúl y de sus símiles. Ellas ya sabían que Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero eso no las amilanaba. Estaban decididas a la venganza. Como fuera. O en los Tribunales. O en cualquier sitio. Lo cierto es que Raúl debía pagar por su crimen de lesa fémina. Prevaricato Martínez fue el primer amante de Virginia. Se conocieron cualquier día, en Villa de Dios, una localidad situada al Este de Ciudad del Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de Ciudad Amada por Dios. Allí nació y creció. Su padre ejerció como sacristán en la Parroquia de San Diego Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo doce hijas. Entre ellas Virginia, la cuarta. Cualquier día, su padre, la abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una de ellas para José Arimatea y Primogénita. La otra, para las doce. Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes desesperado. Te he observado cuando te bañas; déjame, por favor, probarte”. Cuentan que Arimatea se tiró al río. Nadie pudo recuperar su cuerpo. Sin embargo, Virginia quedó lista para ser la madre del hijo suyo y de su padre. El niño murió cuando tenía tres años. Un caso insólito de fiebre amarilla. Virginia nunca transfirió el hecho. Ni siquiera a su madre Primogénita. Cuando aprendió con Benjamín el arte de hacerse mujer autónoma, ya había conocido el arte de la sumisión. Había estado durante muchos años, al lado de la tristeza y de los vejámenes. Como ese, cuando su padre la vulneró; haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia. Desde ese día, Virginia juró por Los Dioses Antiguos, que jamás hombre alguno le haría lo mismo. Por eso lo ahogó en el Río de Oro. Por eso mató a Prevaricato; arrojándolo al Lago Santo. Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como Prevaricato; ni como Raúl. Es decir, él era un hombre pleno, sincero y que valoró siempre la importancia del rol de las mujeres y de la construcción de escenarios de equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamín siempre fue perseguido por todas las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente por aquella liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos al Servicio de Dios. Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a los hombres; transfiriéndoles el conocimiento asociado a la libertad. Ese fue el Benjamín que tanto admiró Karla. Ese tipo de propuestas libertarias; esa condición de sujeto comprometido convencido de la necesidad de la guerra entre las cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres que reivindicaban el derecho a ser libres y a tener la sensibilidad y la ternura como soportes en su actuación. Guerra que, aun hoy, continúa y que, por lo visto continuará por siglos; hasta que sea vencidos los dueños de la vida cautiva y de la inequidad y de la contra ternura. Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy asistiendo a la misma confrontación Algo extraño en ella. Nunca la había percibido así. Una imaginación que bordea lo absurdo. Sin que me diera cuenta, siguió con otra historia. Moviola
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    Un lugar paraamar en silencio. Ha sido lo más deseado, desde que se hizo referente como persona ajena, a los otros y las otras. En ese mundo de algarabía. En este territorio de infinito abandono, con respecto a la esperanza. Y a la vida, en lo que esto supone crecer. De ir yendo en procura de las ilusiones. Un deambular casi sin límites. Como expósito itinerario. En veces de regreso al pasado. En otras, asumiendo el presente. Y, otras, con la mira puesta hacia allá. Como rodeando los cuerpos habidos, arropándolos con el manto que cubrió el primer frío. Y sí que, Luis Ignacio, fue decantando cada una de sus ideas. Como cosas que vuelan. Que volaron desde que la humanidad empezó el camino. En el proceso de transformación. Todo en un escenario sin convicciones sinceras. Más bien, como en alusión a lo perdido desde antes de haber nacido. Y Luisito, como siempre lo llamó su madre, estuvo en la situación de invidente. Nacido así. En la obscuridad tan íntima. Se fue imaginando el mundo. Y las cosas en él. Y el perfil de los acompañantes y las acompañantes. Cercanas (os). Y se imaginó los horizontes. Las fronteras. Los territorios. Todo, en el contexto de lo societario. Y se encumbró en el aire. Y en las montañas insondables. Y las aguas de mares y ríos. Aprendió a llorar. Y a reír. Editando cada uno de los momentos, en sucesión. Al mes de haber nacido, se dio cuenta de su condición de sujeto sin ver. Todo porque su madre lo supo antes que él. La intuición de todas las madres. Que Luisito la miraba sin verla. Y se dedicó a enseñarle como se tratan los momentos, sin verlos. Como se hace nexo con la vida de los otros y las otras. Aprendió, de su mano, a ver volar los volantines de sus pares infantes. A seguir la huella de los carritos de madera. De los trencitos hechos con el metal que ya existía antes de él y de ella. Siguió, con sus ojos tristes, velados, el camino que llevaba a la ciudad centro. A mirar el barrio. Y la casa suya. Y fueron creciendo en la pulsión que significa asumir retos y resolverlos. Se acostumbró a sentir y palpar las violencias. Las cercanas. Y las de más lejos. El hilo conductor de las palabras de Eloísa Valverde, despejaban dudas. Y, en la escuelita, emprendió la lucha por alcanzar el conocimiento trascedente. A medir la Luna. A imaginar su luz refleja. A dirigirse, en coordenadas, al Sol. A entender el régimen de la física que estudia los planetas todos. Allí conoció a su Sonia. La amiguita volantona. Amable, radiante. De ojos como los suyos. Negros, inescrutables. Vivos en el silencio de la noche constante. Y aprendió a hablar con ella de todo lo habido. De los rigores del clima. De la exuberante naturaleza amenazada. De la química del universo. Y de los códigos ocultos de las matemáticas infinitas. Y del significado de las voces agrias. Atropelladas, envolventes. Ácidas, disolventes. Pero, al mismo tiempo, las voces de los sueños. De la ilusión. De la vida compartida. En la bondad e iridiscencia. Y, juntos, vieron los colores mágicos del arco iris. Enhebrando cada instante. Soplando el azul maravilloso. Y succionando el amarillo cándido. Y vertiendo al mar los tonos del verde insinuado. Y, avivando el rojo magnífico. Y aprendieron a conocer sus cuerpos. Con las manos. De aquí y de allá. En un obsequiarse, en el día a día. Palpando sus cabezas. Y sus caras. Y sus vientres. Y sus piernas. Todo cuerpo elongado por toda la inmensidad de los decires. Y caminaban camino al Parque. Manos entrelazadas. Risas volando a lo inmenso del firmamento cercano. Y hablaban, en la banquita de siempre. Y lloraban de alegría, cuando escuchaban y veían el ruido de los niños y las niñas jugando. Siempre, ella y él, asumiendo el rol de la gallina ciega estridente. Sabia. Corriendo. Tratando de superar, en velocidad, al sonido y a la luz, su luz suya y de nadie más. Fueron creciendo, envueltos en la magnificencia de los árboles. Entendiendo cada hecho. Fino o grueso. O, simplemente, atado al estar lúcido. Y corrieron, siempre, detrás del viento. Hasta superarlo. Y sus palabras, orientaban el quehacer del barrio. De sus gentes amigas. Y, cada día, se contaban los sueños habidos en la noche dentro de su noche profunda. Y nunca sintieron distanciamientos. Ella y Él, con sus secretos y sus verdades. Escritas en las paredes de cada cuadra. Dibujos de pulcritud. Las aves. Y los elefantes expandidos. De la María Palitos, en cada hoja. De los leones anhelantes. De las cebras rotuladas en blanco y negro. Sus colores ciertos. Posibles. Le dieron la vuelta al mundo. Desde el África milenaria. Con todos los negros y las negras, en lo suyo. Con las praderas y los lagos incomparables. Con el sufrimiento originado en el
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    arrasamiento de susculturas y de sus vidas. Por la caterva de bandidos armados, pretendiendo erosionar sus vidas. Y, ella y él, se aventuraron por los caminos a la libertad. Y soñaron con Mandela. Y con Patricio Lumumba. Y con el traidor Idi Amín. Y recorrieron Asia, en toda la profundidad de saberes. De rituales. De razas. De la China inconmensurable. Del Japón en la quietud dinámica de sus valores. Y vieron a las gentes derretidas en el pavoroso fuego expandido a partir de la explosión nuclear. Jugaron, en simultánea, con los niños y las niñas, en Nagasaki Hiroshima arrasadas, Entendieron la dialéctica simple de Gandhi. Y sufrieron los rigores en Vietnam, cuando el Imperio pretendió aniquilar a sus gentes. Sintieron el calor destructor del Napalm. Y entraron a los túneles en los arrozales. Y Vieron, en ciernes a Australia y todo lo no conocido antes. Y volaron sobre los glaciales atormentados, amenazados de muerte. Y estuvieron en Europa. Con todas las contradicciones puestas. Desde la ambición de los colonizadores. Su entendido de vida. Como esclavistas. Pero, al mismo tiempo, conocieron a sus pueblos y de sus afugias. Y recorrieron a nuestra América. Sabiendo descifrar los contenidos de sus divisiones territoriales. Sobre todo, la más profunda. Norte Y Sur. En esa fracturación aciaga. Y sí que, Luisito y la Sonia suya, crecieron sintiéndose a cada paso. Y el barrio. Su barrio, se fue perdiendo. Lo sintieron en la decadencia. Cuando sus vivencias y las de su gente, fueron arrinconadas, asfixiadas. Y murieron sus padres y sus madres. Y se sintieron en soledad profunda. Pero, aprendieron a hacer los cortes y las ediciones de vida. Su vida. Y, en su noche constante y profunda, se fueron acicalando. Aún, ya, en su vejez. Cuando todos y todas olvidaron a Sonia y a su Luisito. Y, ella y él, siguieron viviendo su vida. Descubriendo, cada día, las maravillas y las hecatombes en el infinito universo. En esa brillante noche. Iridiscente. Hecha con su imaginación y sus ilusiones. Bella Conchita En eso de juntar vidas para, así, enfrentar la vida; he elaborado proclamas. Al desgaire. Tratando de no caer en el síndrome del albur. Conchita era mi guía. Ella y yo con nueve años cumplidos. En ese barrio legendario. Gerona y Loreto. Separados, en las palabras, parecen dos sitios diferentes. Pero no, en ese Medellín de 1956, eran uno solo. Y traficábamos con el lenguaje. En una hacedera de juegos y de refranes y de dichos. Inclusive nos aprendimos, en simultánea, la jeringonza de Cosiaca. Y de sus decires en ella. Algo así como reír al vuelo. Pero, tal vez, lo más importante entre ella y yo, tenía que ver con las miradas demoradas a la Luna. Tratando de descifrar sus códigos. Ensayando interpretaciones. Construyendo nuestras leyendas. Y, esperando siempre, la noche en que pudiéramos ver el otro lado. Lo imaginábamos escenario de obscuridad. Pero, a la vez, de sitio para el recreo de brujas y demonios. Fue así como fuimos yendo. De minutos tras minutos. Y de horas y de días. Todos los días viéndome y viéndola. La espera al salir de la escuela. El afán para que llegara el domingo. Porque, después de la misa solemne de las once de la mañana; distraíamos los instantes. Por ahí. Vagando por esas calles empinadas de nuestro barrio. Y juntábamos las monedas recogidas entre semana. Gozábamos lamiendo el algodón dulce, hecho ahí en las esquinas. Y las paletas que comprábamos al señor del carrito. Cómo lo recuerdo. Le decíamos Cachuchita, en honor a que siempre llevaba puesta una cachucha de cuero. Íbamos donde Hortensia Bustamante. ¡Qué cómplice de mujer, tan bien puesta ¡ Y con ella bajábamos hasta Villa Hermosa. Largo trayecto ese. Y se nos pegaba Eusebio Santacruz. El negro, le decíamos. Ya éramos cuatro. En todos los domingos. Yo cogía a Conchita de la mano. Y el Negro la de Hortensia. De aquí para allá. Y de allá para cualquier lado.
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    Sin embargo, algono andaba bien. Corriendo el tiempo, nuestro barrio amado, iba perdiendo la fuerza y la convocatoria lúdica. Se nos fue yendo. Ya el horizonte no era el mismo. Empezamos la tristeza. La sentíamos a flor de piel. Ya, las calles se tornaban como inhóspitas. Como si el partidito de fútbol no constituyera lo que antes era. Es decir, la concentración de las miradas y de los gritos. Cuando, cada cuadra, tenía su propia hinchada. Y fuimos creciendo. Ya no era la escuela convocante. Para mí y para ella, el sitio de encuentro era otro. Ya éramos grandecito yo. Grandecita ella. Nos fuimos distanciando, A fuerza de la separación. Su familia consiguió casita propia en Buenos Aires, con un préstamo que Coltejer le hizo a don Heliodoro. Valga decir que laboró casi treinta años. Mi familia y yo nos quedamos. Pero Gerona-Loreto ya no era el mismo barrio que vivimos antes. Sin ella en la calle. Sin sus ojazos negros en cada mirada; empecé a sentir que me ahogaba. Que el hálito de vida mía, se iba desmoronando. Ya los domingos eran días sin el encanto que Conchita transmitía. Me fui enfermando. De un dolor de cuerpo extraño. Y de un dolor de alma más punzante. No pude volver al colegio (la Normal de Varones, en Villa Hermosa). Empecé a sentir y ver la pudrición. En mis brazos. Y en mis piernas. Me convertí en sujeto que hizo esclava a la madre. Bañándome y limpiando ese pus de vergüenza. Apenas si podía leer las carticas que me enviaba la bella mía Conchita. Cierto día, un domingo, por cierto, no volví a abrir los ojos. Era una mañana absolutamente gris y lluviosa. Ya, en la tarde, simplemente dejé de existir. Con ojos bien cerrados, alcancé a vivir el imaginario de los ojos de la bella-amada-Conchita. El Gran Arturo Andando el tiempo, me encontré con la historia de don Arturo Cifuentes Beltrán. Trabajó por cerca de 30 años en las oficinas del Gran Ministerio Real. Un poco taimado. Pero de una fuerza absoluta en lo que respecta a su compromiso. Siempre fue así. Inclusi ve desde el primer día laboral. Su oficio, más o menos imbuido por lo general que son todos los manuales de funciones y obligaciones. Sucesión de actividades inherentes al funcionamiento de una entidad similar a todas aquellas en las cuales predomina la sinrazón razonada como razón de ser en lo cotidiano. Como parte de ese ejercicio: Además, que lo suyo estuvo enmarcado en los parámetros propios del funcionamiento del Estado. Dependencias, secciones, oficinas y oficinitas. Todas con un vuelo rasante en lo que este tiene de seguimiento de pautas. Todas ancladas en lo que refiere el marco constitucional. Y es que las vigencias de los actos administrativos tienen, siempre, relación con los actos políticos proclamatorios de la realidad. Así esta sea suplantada las más de las veces. En ese tipo de vigilancia y control. Que corresponde a las perspectivas propias de cada quien que se erige como mandatario primero, soportado en la manipulación de lo que está definido como ejercicio pleno de la voluntad popular. Ésta, de por sí, manoseada y tergiversada. Porque, casi siempre,
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    corresponde a larazón de ser de las verdades presentadas como registros. Un tanto a la manera kafkiana. Un Estado pletórico en opciones de experimentación. Por la vía de conectar unos conceptos con otros. En una acción de revoltijo propia de los cuartos en los cuales almacenamos los trebejos y cachivaches que ya no nos sirven para nada. El señor Arturo asistió, siempre, de manera puntual a sus obligaciones. Por la vía de entender las obligaciones propias de su cargo. Como en ese tipo de tenencias psíquicas en las cuales cada quien está programado o programada para efectuar pie juntilla lo que ya está establecido. A la manera de reglamento que no es posible descifrar en lo que pueda tener de aporte real al proceso de consolidación del colectivo mayor. Casi que más allá de la significación de país. Inclusive, desbordando el concepto de nación. Fueron muchos los años. Interminables los días y las horas. Al pie de lo que, coloquialmente, llaman cañón. Es decir, ese hospicio rodeado de algunas sillitas y de arabescos relacionados con lo que es la función en sí. Es decir, algo así como una enhebración que viene dada por los registros documentales y las expresiones que le resuelven al “cliente usuario” los problemas y los requerimientos. Por la vía de procedimientos asociados a lo que la “institucionalidad” requiere. Es decir, una sucesión de papeles y papelitos que dan cuenta de la existencia de la oficinita y de su justificación en el marco propio de lo que quieren exhibir y autenticar quienes ejercen jefatura máxima o mínima. Todo depende de las expresiones propias de los macro y micro poderes. Un día a día fueron posicionando a Arturito. Un horizonte siempre el mismo. Con un sol guindado de la correa de transmisión de los hechos. Sol inmóvil. Como inmóvil es la transformación. Repitiendo lo de las gendarmerías. Y él en lo suyo. Resolviendo aquí y allá, a partir de lo estatutario. Días absolutamente laberínticos. Dando razón y fe pública de que lo establecido así, así será. Y las improntas, en lo que corresponde a el ir y venir, de documentos y de personas. Él aprendió rápido a saber resolver los requerimientos. Unas horas absorbidas por lo cotidiano. Desde las siete en punto hasta las 12 meridiano, no tan en punto. Y desde las dos en punto hasta las cinco no tan en punto. Porque todo dependía, según me relata Cifuentico. Sí, dependía de la asignación reglamentada. En esa tipología, dice él, enrevesada pero clara. Es decir, clara en lo que suponía ser claros al momento de decir lo que tenía que quedar claro. Mi padre (que en paz descanse), llamaba a esto el “circulo notarial”. Porque Beltrán fue siempre eso. Notario del tiempo habido, en el contexto de su formación y de su cronología administrativa. Una razón de ser que daba cuenta de lo necesario como fundamento de lo innecesario, si se observa desde el punto de vista de lo que es el manual de funciones y de requisitos para actuar de conformidad con la bitácora por siempre elaborada. Y en cuya elaboración participó el jefe de grupo. Un grupo seleccionado, para avocar lo seguro y lo inesperado. Porque la vida es así, refiere Arturito. Hoy es una cosa y mañana la misma u otra cosa. Todo depende de la ventana por la cual se mire. Siendo, en veces, los días suplantados por las noches y viceversa. Es decir, lo mismo que encontraba hoy, era lo mismo que lo que pude haber encontrado ayer. O mañana. Todo depende. Es decir, si encaja o no en lo que yo debía registrar. Casi siempre me correspondió legitimar a las personas ante la administración. Antes de que estas personas pudieran reclamar el servicio deseado. O sus derechos. O las dos cosas juntas. Casi siempre lo uno o lo otro. Todo depende. Porque no era lo mismo ser Juan ayer que ser ese Juan, o ser Augusto mañana. Por eso digo, decía Cifuentes, todo dependía de lo que me indicaran.
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    Pero, en definitiva,Arturo aprendió a ser alguien, dentro de ese montón de cosas hechas y de mandatos no asumidos, no resueltos. Según él “todo depende. O dependía”; de lo grueso del problema. Y si no era problema, mi obligación era convertirlo en tal. Porque, la administración define que lo que nosotros actuamos o actuábamos, tenía o tiene relación con satisfacer, con soluciones a los problemas. Sin estos no se justificaría nuestra presencia. Ahí en la oficina. O en cualquier escenario propio de la agenda o bitácora. Hoy, ya en el exilio jubilatorio añora esa razón de ser. De tanto soportar el insomnio propio de la dejadez y del envejecimiento, ha perdido categoría. Ya no es lo mismo. Ni él es el mismo. Sabe que está ahí. Pero ya no representa a la administración. Ya no es dueño de lo suyo. Y esto es lo mismo que decir que ya no exhibe ningún tipo de poder. Aunque sea mínimo. Añora ese tiempo en el cual llevaba y traía mensajes y documentos. Papeles importantes. Reseñas acerca de la existencia de las personas que solicitaban ser registrados como actuantes en la vida. Personas con problemas que eran resueltos por mí. Habida cuenta de mi posesión de los sellos necesarios. De la rúbrica válida, para poder habilitar a fulano para que demuestre que asistió a la oficinita y que yo le di el aval para que pudiera pasar a la otra etapa. Para que pudiera subir el peldaño hasta donde el jefecito, que avalaba lo que yo ya había registrado. Pero que precisaba del visto bueno amparado en lo que dicta las simbologías y los reglamentos. Ya hoy, Arturito, se siente más alejado de la vida. Porque su vida era y fue lo relacionado con esa porción de poder. Son unos días y unas noches absolutamente largas. Pesadas. Enervantes en lo que hace al ocio perverso. De estar añorando lo que fue. Y que ya no es. Días expandidos. En un aquí y un allá sórdido. Sueños y levitaciones. A mañana tarde y noche. Siempre proclive a los espasmos de lo temporal casi aciago. Como que los recuerdos desvirtúan las realidades. Se colocan en el vértice de existencia. Por ahí, hablando con pares. Todos los días de lo mismo. Y, el dinerito de la mesada se mantiene ahí en el mismo punto. Porque ya ha sido resuelto constitucionalmente, que no puede amentar más allá de lo que el gobierno defina como porcentaje proyectado. Un índice de la vida y de las necesidades inherentes en donde lo cierto es ver declinar las posibilidades para resolver lo mínimo posible. Arturito, siente que se ha convertido en un resentido. Su tarjetica plata plus, como la llama el banco, no da sino para no llegar a la insolvencia plena. Pero, bien sabe que tendencialmente va para allá. Es decir, hacia su disolución física, mirada esta como referente. Un horizonte en él cual ya no cuenta. En el cual, inclusive, ha ido perdiendo esos cuadros memorísticos que lo devolvían al pasado. A ese pasado que ya pasó. En el cual era alguien. Porque, los estatutos decían que él era alguien al cual se le había asignado unas funciones básicas. En el contexto del funcionamiento del Estado. Y, hoy, vive ahí. Resignado a saber que, dentro de los primeros cinco días de cada mes, puede pasar a retirar lo que le consignaron. Cada vez menos, respecto a lo necesario para subsistir. Y, cada vez, más alejado de lo que fue. Ya no acierta a precisar si lo hizo bien o mal. Siendo lo único cierto que ya no ejerce. Allá quedaron las escasas alegrías que proporcionaron el sentirse alguien. Con cinco dígitos 0023-3. En donde el último le definía la escala. Es decir, hasta donde llegaba su importancia. Y donde comenzaba la del jefecito. Valentina A sus escasos trece años, Valentina Potincare, ya había aprendido a abrir los ojos. Esa ceguera que la acompañó, desde el primer día de haber nacido, fue reemplazada por una apertura iconoclasta. Empezó a verlo todo. Lo de lejos y lo cercano. Un proceso lento, pero eficaz.
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    Para ella, yaes pasado innombrable lo que hicieron padre y madre. Recuerdo olvidado, es lo vivido; cuando apenas caminaba, dando tumbos. Como cada quien lo hizo en su momento. Y proclamó la libertad, de oficio. Sin pedirle nada a nadie. Por si misma, fue descubriendo lo necesariamente justo para no sumergirse en el abismo. Superando la ignorancia, acerca de la vida y de sus expresiones. No en vano pasaron las primeras ilusiones. Tan recortadas, como autoritarios fueron los mandatos. Y que decir tiene los ensayos. Para alcanzar el conocimiento, de las cosas y sus orígenes. Como la Escuela me fue formando en sinónimos y valores, al menos eso dijo ella, Valentina. El mismo día en que, a borbotones, vio que el agua viajó. Que no le encontró explicación al rugir de las tormentas. Pero que, después, vio y sintió los golpes. A cada rato. Uno y otro. Mama y papá, abriéndose camino, como ejemplares sucedáneos. De lo habido y por haber. De destapar lo escondido. Y que no querían ver. La vida dando tumbos. O él y ella, dando tumbos en la vida. Lo mismo daba y da, aún ahora. María cartuja Ni enojadas que estuviéramos. Como que soy María Cartuja I, te lo juro Petronila. Cómo se te ocurre dudar de mi solidaridad. No más regrese Pacholuis, le digo que me preste los dos mil pesitos. Cómo vamos a dejar sin ajuar la nena. Lo que sí me parece el colmo es que el padre Alberto salga con esas cosas. Conociendo como conoce a la feligresía. Nunca había pasado eso aquí en Punta Canela en este cuarto de siglo que llevo viviendo en esta tierrita. Si no más mi mamá, que ha sido tan de la iglesia y que le ha ayudado tanto, siempre ha sido de la opinión de liberar el es píritu. Haciéndolo más cercano a lo mundanal. Y menos aplicado a esas amarras religiosas, ya caducas, según ella. Dizque amenazar a tu familia, con el cuento ese de que los(as) bautizados y bautizadas deben parecerse a los ángeles. Yque, por lo tanto, deben vestir tal cual. Es decir, de blanco el vestidito y además en el caso de las niñas, con encajes azules en honor a la Reina Madre. Tal parece que se le olvidó cómo llegó aquí. Con una sotana hecha hilachas. Un sombrero que más parecía una gorra de basurero. Y que fuimos nosotras, las de la Cofradía de San Miguel, quienes lo hospedamos. Esther le cedió el cuarto de Juvenal, que se fue para Méjico con su Mariachi Botero. Y es que, me da una rabia, viendo como vio que ayudamos para que sacaran al padre Alons o de la Casa Cural. Se estaba haciendo el remilgado. No quería irse. Fuimos nosotras las que le escribimos al Obispo Marceliano. Diciéndole que, aquí en nuestro pueblo, no caben las pataletas de curas amargados. Y es que esa época fue muy tormentosa. Siendo yo una pelaita, de escasos tres añitos, me tocó lidiar con esos braveros vergonzantes que tenían asolada toda la comarca. Que vi cuando mataron a casi toda una familia. Por el asunto ese de linderos, usted sabe Petronila. Y que, a fuetazos me cogió mi padre, cuando le dije que ese grandulón de Serapio no era guapo sino con quienes no se pueden defender. Y que fui yo quien no dejé zarandear a ese cura remilgón. Y que, además, puse trampas de doble uso, en todos los rincones y esquinas.De doble uso para ratas, ratones y similares. Y para los jarretes de esos perversos. Y, cuando llovía a cántaros, le prestamos la capa de hule y casco, para que pudiera visitar e impartir la extremaunción a los (as) enfermos y enfermas próximas(as) a morir. Tal vez no se acuerda que le regalamos una mula para que la montara, facilitándole las travesías en Semana Santa. Y que, cuando hubo las primeras elecciones, hicimos campaña por Baudelio Higuita, hijo de doña Brígida y de don Everardo, el mandamás de este pueblito. Y que, cuando mataron a Lázaro Perdomo, fuimos nosotras las que le conseguimos la cajita, juntando nuestros ahorritos. Y que intervinimos ante el Obispo Pilatos Madariaga, para que le permitiera al hijo mayor de Lazarito y de doña Begonia, lo sucediera como sacristán. En verdad me da ira santa saber que este padrecito Alberto venga con esas. Como si no recordara que, a mediados de octubre hace tres años, linchamos al tipito ese que intentó robar la Custodia del Santo Eccehomo. Y que, para más veras, construimos el local para la Cooperativa que comercializa las cosechas
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    de arroz ymaíz. Desplazando a esos picaros intermediarios. Y que hicimos cadena de oración, rogándole a Dios que aliviara al Cardenal José de Arimatea Bermúdez, cuando estuvo tan enfermo. Petronila, fíjese que es como si hubiera olvidado el padre Alberto, que, en esos días aciagos, cuando partieron a Colombia en dos bandos. Y que, por esto mismo, construimos trincheras para defender esta tierrita, cuando llegaran los rojos, que venían asolando la región e invitando a no creer en Dios ni en el dogma del misterio Trinitario. Y que nos turnábamos para hacer vigilia toda la noche, para impedir que nos cogieran de sorpresa. Y que, en los diciembres, decoramos el Parque Central Pioquinto Rengifo y el Pesebre Comunitario que hacemos, en vivo, ha ganado varios reconocimientos de la Curia Arquiodecesana y el mismísimo Vaticano. No sé cómo olvida que, cada año, nos encargamos del Altar de San Isidro Labrador. Que llenamos la Casa Cural de bultos de arroz, plátanos, maíz, gallinas y cerdos. Yque incineramos a la Bruja Bertilda. Y que nos negamos a recibir la recompensa ofrecida, por parte de Monseñor Hipólito del Carmen Bajonero. Como si fuera fácil olvidar el día aquel en que le quemamos los cultivos de plátano y caña dulce, propiedad de Gaspar Monsalve. El mismo que cerraba la puerta y ponía el radio a todo taco, cuando pasaba la Procesión de Once, el Viernes Santo. Y que recogimos dinero, haciendo empanadas para pagarle al muchachito ese de las Gómez, para que lo matara en las afueras, tirara su cuerpo al rio. Y qué no decir de la vez en que organizamos todo lo concerniente a la fiesta cuando llegó la imagen de María Auxiliadora. Que fuimos nosotras quienes convencimos a Monseñor Humberto Pira Liévano para realizar la gestión necesaria para que incluyeran nuestro pueblito en la romería organizada por Don Pascual Berrio, el alcalde de San José Magno. De paso le cuento Petronilita, que el que es hoy Presidente de la Federación de Congregaciones Marianas, fue novio de mi hija Encarnación. Y qué decir de la Peregrinación que impulsamos e hicimos hasta Girardota Antioquia, para visitar al Señor Caído. Como retribución por todos los favores recibidos. Principalmente, aquel que permitió la lluvia, cuando hubo esa sequía tan horrible. O cuando desaparecimos a la hija mayor de Doroteo Zuluaga y Sara Bohórquez, que vinieron a predicar el ateísmo. Ernesto Benjumea y Cristo Fernando Úsuga se la llevaron bien lejos. Mandado que resultó más barato que lo que pensábamos. Segundo Episodio. No lo deje entrar doña Bárbara. Quién sabe de dónde vendrá, y que intenciones trae: Mejor vamos hasta la Alcaldía. Ese Coronel si es capaz de ponerle el tatequieto a cualquiera. Como que me llamo Cartuja II y, con el poder que me da el ser suegra del Epifanio, glorioso soldado de la Patria; aportaré todo mi esfuerzo por pacificar este País. Como es de raro ese abuelo de Rosalbita. Estoy por creer que algo tuvo que ver con el mariposo ese de Cayetano. ¿Recuerda lo que pasó, el año pasado? En plena ceremonia militar de graduación de mis dos hijos, don Lucrecio Jaramillo, intentó matar al Brigadier General, que vino en representación del Gobernador Isidoro Fonseca. Y lo cogimos a batazos. Con el primero, que le di en la cabeza, tuvo. Oiga mija, yo no sabía que el cerebro es como una masa gelatinosa, gris. Como si fuera poquito, Américo Asdrúbal no ha llegado. Tanto que le insistí, Barbarita, que no se demorara. El patrullaje en la noche me pone intranquila, señora María Cartuja. No sé porque no he podido olvidar ese cuerpo desmembrado que encontramos, yendo para Pajarito. Cuando Federico Fonseca, era Jefe de Zona, sucedieron muchas cosas. Como esa que me cuenta del abuelo de Rosalbita. Dizque vino desde Armenia, cuando se desató la violencia. Pero estuvo un tiempo sin salir, ni a la ventana. Solo salió a la calle, el 20 de Julio del año pasado. Yeso por la mañana. Como si temiera algo o a alguien. Esas gafas obscuras le quedan grandes.Y nunca se las quita. Creo que hasta duerme con ellas puestas. Como que soy hija del Sargento Matallana, le insisto, señora Bárbara no lo vaya a dejar entrar. Recuerde que esos bandidos son muy engañosos. Comoquiera que lo único que les interesa es apoderarse de los valores ajenos. Para ellos, nunca median consideraciones de respeto a los derechos humanos de los demás. ¡Por favor no lo deje entrar ¡O nos veremos perjudicados (as) todos y todas que habitamos en Punta Canela! Además, como que soy Cartuja desde antes de nacer. Como que soy hija de mi madre desde siempre. No vaya a ser que se desconozca el sentido de pertenencia que ha exhibido nuestra familia, a través del tiempo. Desde inmemoriales momentos. Casi despuesito del triunfo de la Campaña Libertadora. Claro que, mi bisabuelo, estuvo del lado de los llamados Realistas. Tanto como que apoyó, con recursos de su Hacienda la Coloniala, La Campaña de Exterminio y de Recuperación del Mandato de la Corona,
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    emprendida por DonPablo Morillo. Y, como si fuera poco, entregó todos sus hijos para lo que él llamó “La Reinstauración del Poder de Dios. Y que decir tiene el hecho de su ingreso a la Cofradía de las Madres Vírgenes Visitadoras. Somos de tradición, Barbarita. Y seguiremos siéndolo por mucho tiempo más. Tercer Episodio Cómo no voy a recordarlo, mija. Si llegué a la par con él, hace cuarenta años. Aquí, en Punta Canela, creció al lado de mis hijos e hijas. Cómo que me llamo María Cartuja Tercera. Su papá fue elegido Alcalde, con los voticos que levantamos todas nosotras; las de la Cofradía Virgen del Carmen. Llegaron achilados. Sin un peso. Pero, casi hay mismo percibimos su talante. Muy parecido al de Augusto Fourier; el gringo ese que llegó a dominar todo el comercio de la región. Con mucho ímpetu. Pero, también, con mucha rosca. Muy amigo de los Valencia C. trabajó siempre a su lado. Ahí en el Directorio Conservador del Departamento. Primero, le consiguieron un plante de casi un millón de pesos. Un jurgo de plata en ese entonces. Luego, lo conectaron con los gerentes de los principales bancos. El Gran Banco Central. El Banco Ambrosiano. El Banco Gota a Gota… en fin todos de alto vuelo. Todavía tengo clarita la imagen de su mamá. Doña Francisca. Matrona de armas tomar. Con decirle que asistieron todos los partos habidos durante casi diez años. Trabajaba por levantarles a los niños y las niñas, jugueticos en Navidad. Se apoyó en las influencias de su hijo. Y ya le conté que este, a su vez, se hizo íntimo de las familias más prestantes de la Capital. Y qué decir de los servicios prestados a los ricos de la comarca. Siempre les brindó protección. Tanto así que los grupos armados que se crearon, durante los años duros de la Guerra, siguieron operando aun cuando esta terminó Lo vigilaban todo…y a todos y todas. No se movía una pulga sin que ellos lo supieran. Cuando llegaron los izquierdistas, antes de que pelecharan, los acabaron. A sangre y fuego que llaman. No quedó piedra sobre piedra. Más bien quedaron huesos sobre huesos. A mí me conmovió mucho la muerte de doña Zoilita. Mujer ejemplar, solidaria a morir. Pero llevaba el estigma de apoyar a su esposo y a sus hijos. Dio la vida por ellos. Lo de Juliana Pamplona fue otra cosa. Se hizo guerrillera del Frente Treinta Seis. Se salvó de milagro. Cuando allanaron y quemaron su casa, Zoilita, como pudo, la disfrazó de monja y así pudo salir sin que la reconocieran, los Apóstoles (así se llamaban y se llaman aún los Recuperadores de la Fe en Dios y Todos Los Santos). Y esa muchacha era arrecha desde pelaita. Con decirle que hizo sublevar a todos (as) los(as) jóvenes del Pueblito, cuando el Padre Absalón Machado, prohibió los bailes los sábados. Claro que, hasta cierto punto, él tenía razón. Porque se veían unas cosas, nena. Besos y abrazos. Cogidas de cola y de senos. Muchas crías hubo. Casi niñas, muchas se hicieron madres. Pero, desde otro punto de vista, el curita fue muy autoritario y, yo diría que perverso. Imagínese Pachita que a las muchachas las hizo tusar y a los muchachos los hizo marcar en sus brazos con la imagen de la Virgen... Dizque para que recordaran siempre sus pecados. Y, además, “Los Apóstoles”, los levantaron a planazos, hasta que se cansaron. Las nalgas les ardían. Y fíjese la vaina. Todo el aspaviento alrededor de ese problemita. Pero nada ha dicho o hecho el curita ante la matazón que hierve por todos lados. En ciudades grandes y pequeñas. En pueblitos de escasos cinco mil almas. Cuando yo dije eso, en el velorio del viejito Peralta. Al que mataron por haber votado por Aristóteles Núñez, candidato al Concejo Municipal. Sobra decir que a él fue al primero que mataron después de las elecciones. Y se incendió el campo. Muertos por aquí y por allá. Yo recuerdo el caso de Virginia Peralonzo. La mataron despuesito que su marido quemó un afiche de Guillermo León Valencia. Allí no más. En el Parquecito. Yo nunca estuve de acuerdo con esa forma de enseñar religión e historia que llaman patria. Ese curita Astete y esos señores Henao y Arrubla, nos llenaron la cabeza de aserrín. Según estos últimos, nosotras las mujeres no hemos hecho nada. Ni Policarpa. Ni Manuelita. Ni María Cano. Ni Virginia Pineda…ninguna pues. Pero lo más tenaz lo constituyen esas acciones perversas. Esos Decretos y Leyes. Y la misma Constitución de 1886. Nosotras somos retratadas como proclives al síndrome pecaminoso heredado de Eva. Sin horizontes plenos de libertad. Y, después siguió el otro Lleras. Y, después Misaelito. Cuando le robaron las elecciones al achatado de Rojas Pinilla. De todas maneras, hubiera sido lo mismo. Como que me llaman y me llamo María Cartuja Tercera; no descansaré hasta ver a mis hijas profesionales universitarias. Que no les vaya a pasar lo que a mis hijos. Que los engañaron de oficio. Resultaron siendo
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    estudiantes del SeminarioMayor de Pueblo Viejo. Ahí cerca de Popayán. Cuando el acuerdo había sido otro. Así pues, mijita, que yo tengo mucho que contar. Pero, también mucho que callar. Si no lo hago, algo me recorrerá pierna arriba, como dicen los señores ahora. Yo ya estoy curada. No solo de lo vieja en años. Sino también de tantas cosas malas juntas. Que me han pasado. No solo a mí; sino a todos y todas que somos conminadas a decir una cosa y pensar otra. A decir que sí, diciendo que no. En fin. Todo lo habido y por haber se conjugan. No sé si ya te conté lo que me pasó con El Indio Vergara. Se las ha dado y se las da de hacedor de talismanes. En contra del mal de ojo. Y en contra de las envidias. Y de la mala leche. Resulta y pasa que su mujer vino un día aquí, a mi casa y me contó tremendo rollo. Que, cuando lo de la Toma del Palacio de Justicia, en noviembre seis de 1985, su querido estaba en una sesión de autocontrol con el Presidente Belisario Betancur Cuartas. Y que, mi indiecito, le advirtió lo que iban a hacer los integrantes de la Cúpula Militar. Y que, Belisario le dijo: ¡Qué va mi Nativo ¡Yo los tengo bajo control! Tienen que respetar a su Presidente. Qué él no admitiría ninguna otra acción que la negociación. Y mire Cartujita lo que pasó. Cuál Presidente ni que nada. “…Usted hace lo que nosotros digamos y punto. Le pasó lo mismo que a Guillermo León Valencia, con su Ministro de Guerra (como se llamaba antes el Ministerio que hoy llamamos de Defensa). Y sí que pasó lo que pasó. A mí me dio mucho miedo. Y eso que estaba a casi a quinientos kilómetros de distancia. Allí, en mi Santandercito de Quilichao Hermoso. Tierra de tropeleras. Con decirle que se arruga más fácil Gartubela, la excepcional. Y dele, una semana después lo de Armero. Y antes lo de la tal Paloma de la Paz. Lo de la negociación con los subversivos.Nada de Nada. Puro cuento. Porque este País no tendrá arreglo así, por las buenas. Y se me vino a la cabeza lo de Gandhi. Y lo de Mandela. Mucho lo templaos. Su coraje a toda prueba. Sin veleidades. Extirpe de hombres absolutos. Sin nada entre las manos, pasaron a gobernar con su ejemplo. Aquí y allá. Pero sigo con lo de la mujer del Indio Vergara. Me dijo que leyó el tabaco Julio César Turbay. Y que, le dijo: doctorcito sus días están contados. Como reyezuelo. Como bailador, por lo bajo, del Polvorete. Y, asimismo, le dijo: doctorcito la veo dura para usted. Pero eso se lo ha ganado. Por lo bruto. Usted no sabe diferenciar entre átomo y molécula. Usted cree que es lo mismo decir “hay viene Josefina” que “Josefina viene de Viena”. Yo no soy quien, para decirte, nenita, lo que debes creer o no creer. Pero lo cierto es que te invito a no tragar entero. Ni siquiera en tu casa. Con ese perdulario de Adonías, tu padre. Yo diría, más bien, cono ese hijueputa como dueño de hogar. Y que, yo Valentina, estuve en ese sitio, cuando me encontró Wilfrido. Y que me cantó, recién cumplidos los trece. Y que, yo Valentina, navegué los mares de la desilusión. Y que fui embarcada en contenedores. Y llevada, a través de esos mismos mares, a París y a Roma. Y que, una vez allí, vi explotar todo lo mío. Volando en mil pedazos lo único que tenía, no tocado. Y que, cuando fui creciendo fui enajenada. Fui vertida en mil lugares. Y que, cuando me negaba a seguir, fui violentada. Y fui sometida a rigores no hablados, estando ahí. No difundidos, a pesar de no ser ya solo el mío, sino el de todas las Valentinas, por doquier. Y me hice traductora de dolores y afugias. Y vi venirse el mundo encima. De unas y otras. Y que, en creciendo, los lapidadores, fueron universalizando el ejemplo. La propuesta y la acción. Y volví no sé qué día, volé a los altares. De una fama no antes vista. Altares de sumisión perenne. Antes de mí. Antes de mi madre. Antes de todos y de todas. Venales ejercicios permitidos. O, por lo menos, encubiertos. Normas difuminadas al soplo. Como queriendo decir que se van a ejercer castigos. Pero que, no más firmadas, se diluyen en el inmediato entorno
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    del aire quese esparce. Y, como si nada, emerge aquí y allá, o tra vez la vulneración. Otras Valentinas vuelven al suplicio. Y sus opciones son, de nuevo degradadas, en ese ejercicio inmenso, aterrador. Y nosotros y nosotras aquí. Recreando en corto escenario, lo impúdico. Y, ella, vuelve a sus trece. Siendo ya niña vieja. Como añorando el canto a la ramera, de Manolo Galván. Como retrotrayendo a las niñas viejas de antes. Y Valentina, sigue recordando a padre y madre, en esos soliloquios propios de quienes se acostumbraron a ver el mundo por la ventana más estrecha. En uso de unas ilusiones que no tuvieron. Mirando lo que no pudieron ver. La libertad. Ajena a todos y a todas. Horizonte asfixiado, lúgubre. Hechizos enfermizos. Scherezada reinventada, de tanto contar lo que no se debe contar. Una alegría no más. Cuando, en vientre, sintieron hablar. Madres que balbuceaban “te amo”. Pero sin extender la voz en el tiempo. Sin que permanecieran las palabras. Al garete volaron y se perdieron. Mi Valentina. La niña que se hizo vieja a los trece. Que no pudo vivir la vida en libertad y la ilusión primera, reconfortante. Más bien, otorgando un legado a quienes vienen atrás. Valentinas, Julianas, Tanias…todas a merced de lo que las normas dicen y desdicen. De dichas apagadas. Ahí, a pie de boca. Como niñas yunteras, trasgrediendo en género, el canto de Serrat. Oyendo, en lejano, el “que va a ser de ti lejos de casa, niña que va a ser de ti”. Escuchando, en ignoto el homenaje a Valentina, de Isabel Parra y de Ángel Parra. Y, ella, sigue diciendo que, quiere volar a ras de tierra. Encontrarse con el mar, como Alfonsina Storni. Como queriendo indicar que ya no va más. Esa vida atormentada. Ensañamiento brutal. Pérfidos mandarines venidos a menos. Como diciendo que no quiere volver. Ni a ver el Sol. Ni a añorar a la vieja Luna nuestra y de todos y todas. Como queriendo decir, hasta aquí mi vida. Hasta aquí yo. Hasta aquí mi tristeza. Utopía silenciada. Como férula hecha cuerpo Nació en el leprosorio de Ciudad Vigía. Inimaginables los vientos, rodando. Venidos desde la ternura amarrada, enviciada al truculento espasmo. Ella, por si sola, había rondado desde antiquísimos tiempos. Desde cuando la vida se hizo secuencia desparramada por el mar hiriente. Los avatares, en seguidilla, lo fueron siguiendo. Desde la violencia hecha muralla, profanada e inhóspita, por lo bajo. Ese hombrecito, empezó a ver el mundo, como proclama ya arrinconada: Metida en la muerte de la simpleza y de la aventura ansiada. Ahora mutilada. Sus orígenes, en eso de la herencia venida como patrón circular; remontan al tiempo en el cual la levitación era viento turbio; como cuando uno pretende dibujar El Sol a mano alzado. Una circunscripción rotando por todos los avatares del entorno. Viviendo una mudez que se amplía. Una memoria vaga; la ternura embolatada. Sin hacer superficie en el agua. Dulce o salada. En todo caso, cuando Patronato Antonio Lizarazu llegó a la vida; desde ahí mismo sintió que no podía vivir en ese escenario ditirámbico. Y se juntó con Inesita del Santísimo Juramento de las Casas. Ella y él trataron de buscar remedio a las afugias heredadas. Se hicieron al torbellino brusco, insensato. Y, entre ella y él, vaciaron todas sus fuerzas, como rogando aceptación. En este universo explayado. Con sus sistemas ya definidos. Después de esa explosión constante. Yéndose por
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    ahí. En loque sería una finura en todos los tiempos. Ecos de él y ella. Cantándole a los mares. Como decían otrora; solo cantos de sirena. Y llegaban las noches, después de ver morir el día. Y en la inmensa Luna, trataron de conocer su otra cara. Como diciendo que no es posible la obscuridad eterna. Que lo sensato sería que, esa Luna lunita, los acogiera. Y que les permitiera crecer a su lado. Ya, en el pueblito suyo habían comenzado las fiestas. Y se escondieron para que no los incitaran, a ella y a él a desestimular la alegría que, siempre, han querido conocer. Fiestecita encumbrada. Venciendo la gravedad, al aire sus cuerpos. Atendiendo las miradas de papá y mamá. Fingiendo, en veces, una locura hirsuta. Como escogiendo las nubes con las cuales arroparse. Y su Sol, amado Sol, les prohibió avanzar hasta su centro hirviente; milenario. Cuando a él lo tocaron las fisuras de piel. En esas ampollas que maduraban constantemente. Para luego volverse estigmas supurando ese pus malévolo. Ella le rogó que la untara. Para acompañarlo hasta todos los días y todas las noches juntos. Y, él en arrebato impuro le dijo sí. Y llegaron a ese sitio. Conocieron a sus pares. Se hicieron solidarios. Cada día, en esa carne viva licuada por el calor inmenso, como tósigo; fueron enhebrando los días. Y, en las noches, contándose las historias aprendidas en pasado hiriente. Se hicieron sujetos y sujetas de la veeduría ampliada. En ese perímetro primero y último, tuvieron que asumir sus datos personales. En lo que eran ya. No en lo que fueron antes. Y pasaban los días, en veces, fulgurantes. Rojos como deben ser las cosas y los cuerpos a la orilla de esa estrella enana que va muriendo. Pensaron en la miríada de otros cuerpos celestes ampliados. Un ejercicio que combina lo cierto de ahora. Y lo que puede pasar después. - Patronato e Inesita del Santísimo Juramento de las Casas, empezaron ese mediodía que separa la vida de la muerte. Ahí, en esa sillita breve. La del parquecito único. Se hacían sangría en sus pústulas. Se besaban. Juntando esos labios henchidos. A punto de reventar. Se acariciaban sus cabellos. Se miraban entre sí. Como en ese espejo no conocido. Por fin, les llegó la muerte. En esa amplitud manifiesta. En ese parquecito. En su casita color azul perenne. Y llevaron sus cuerpos. Los devolvieron a la tierra de la cual habían venido. Y se perdió la suma de años y de siglos…simplemente no volvieron. Una huella doliente Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres. Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como consecuencia del ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra cosa que justificaciones para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles acerca de los valores humanos. He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio. Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el amor.
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    Lo y laodio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable. Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte. Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone. No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré. Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad. Un día cualquiera de abril, en el año 2025, conocí a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada por ella y él. Una mujer de mirada furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La desee desde que entró por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado todo el tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose. Era, insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces. Apretada su vagina. Desde ese instante conocí que no había sido penetrada. El primer día de mi mirada furtiva, sentí crecer mi asta. A tal punto que empecé a surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía. Porque era un continuo ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mí mismo. La sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas. La inundé de tal manera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que ella se diera cuenta, exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía cada vez más. En ese momento decidí que era mía. Que ese sujeto, merecía ser allanada por mí. Como en el pasado, con otras. Ya, aquí, con esa sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado. La quería para mí. No en sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar el lugar y aprovecharlo. Fue en la misma habitación que le asignaron él y ella. Cuando recién se había dormido, entré en el cuarto. Me desvestí. Traía un lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando despertó yo ya estaba encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La penetré con todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le respondí: esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde más pueda. Eres mujer. Por lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié. Suspiraba aceleradamente. Peleaba con mi fuerza. A los diez años, yo tenía una capacidad insospechada para inmovilizar y para hacer sucumbir. Lo mío se prolongó hasta caer la noche. Estaba inerte. Lo estuvo desde que ahogué sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la recorrí una y otra vez. Mi asta seguía erguida. La dejé ahí, muerta. Esa misma noche me fugué de casa, dejando su cuerpo inmóvil, lacerado. Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus vacaciones. A pesar de que eran casi las once de la mañana, no habían dispuesto el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior estuve inmerso en un sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre Mireya, estaba a mi lado. Cantaba:
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    No sé porqué la sentía tan cerca. Sentía su olor y me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero no podía asirla. Porque me trascendía. En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era mía, pero sin serlo todavía. La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un placer que me engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que está conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo un universo de expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a cada momento. Siendo conciente de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía surcada de pasión. Por mí y por ella. Un asedio continuo. Mientras él y ella dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que podía hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo viven para mirarse y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en silencio, de esa mujer que me cantaba. Que estaba a mi lado por placer. Porque yo le gustaba. Porque ella me gustaba. De nuevo su voz. El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua. Como quien no concibe la vida sin ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y que no sé de qué se trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy ya no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente, la volviera a ver. Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven solo para sí mismos. En un ejercicio patético y caduco. Sintiendo amor en donde solo hay repetición vehemente de lugares comunes. Como lobos esteparios que se confiesan a sí mismos. Con las miradas puestas en el teatro de la vida. De su vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada y acomodada a las circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y codificada. Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido. Sumatoria de lados iguales. Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después de regresar de sus oficios. Esos repetidos que los inunda de orgullo. De saberse partícipes del proyecto de vida igual. Para todos y para todas. Cada quien, viviendo su vida, sus quehaceres. Sus limitaciones de felicidad. En procura de la cual viven, cada día. Tres grados bajo cero Se hicieron cómplices en ese brete diario. Expandieron sus miradas, en esa amplitud vivencial, en Ciudad Perdida. Se habían conocido un 29 de febrero, cuando apenas tenían tres añitos ella y cuatro añitos él. Sus familias habían llegado desde Ciudad Jerusalem: como itinerantes forzados. Allá quedaron sus memorias y sus ranchitos. Construidos hacía ya varias generaciones. Todo empezó a agriarse, cuando llegaron los “Soldados de María y José.”. Cuando, éstos, hicieron de la vida, puro juego de albures. Incitando a la “violencia necesaria” en tratándose de conservar los valores históricos, prístinos. Sus casitas fueron arrasadas, hasta que solo quedaron “piedra sobre piedra”. Mamá Ígnea y papá Ámbar, se escondieron en el sótano de la casa asignada a las sacerdotisas vinculadas a la doctrina de “El Dios Potente”. Estuvieron tres días y tres noches, en ese hueco hechizo. Solo volvieron en sí, el mismo día en que mataron a Apolinar Enjuto. Sujeto este de largo prontuario en las hechicerías heredadas de Virgilio Héctor. Niños y niñas de fortaleza infinita. En esos escenarios vivieron antes de llegar a la ciudad. Llegaron en el tren de las ocho de la mañana. Con sus arrumes de corotos. Ya, en la Terminal, localizaron el barriecito en el cual vivían sus primas Eloísa María y María Eloísa. Cuando llegaron a casa, estaba dispuesta la piecita. Durmieron hasta bien entrada la noche. Un sueño benigno; comoquiera que quedó expuesta la necesidad de enfrentar lo que habría de pasar. En esa exhibición de fuerza que permite volar en ese espacio viajero. Pero todo se fue en mera algarabía inapropiada. Por lo mismo que caminaban por el suelo cenizo todos los días. Y, todos los días, empezaron a sentir que lo suyo
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    no era soloafugia comparada con el querer ser. Más bien, y en ese sentido, los hechos y las acciones convirtieron en un tipo de vivencia agreste. En un tiempo voraz que solo admitía expresiones de andar firme. Y no, simplemente, decires amarrados a la elocuencia estrambótica sin ninguna lucidez ni compromiso verdadero. En ese andar de la complicidad, se fueron diluyendo. Ella, Mariposa Vélez Anzoátegui y él, Roncancio Elías Martínez Bajonero, empezaron a entender la diferencia entre ser insumiso e insumisa; y solo ser cuerpos enredados en la inopia vergonzante. Caminaron, en doble sentido. Desde el sur-norte prolongado y el occidente-oriente aprendido apenas en el ayer de la brusquedad inoficiosa, burda. Cada quien, por su camino, les había dicho la señora Porcelana de Jesús Remedios y Jiménez. Esa señora vecina de la casita verde morada, la de ella, y grisrojointenso, la de él. Además, les anunció que no estaba en disposición de alcahuetear sus ligerezas. Como esa de tenerse en las aceras. Influyendo, de tal manera entre los niños y las niñas, que estaban haciendo vuelo mágico desmirriado. Esos viernes, embelesados, por cierto, fueron llamados. Él y ella a rendir cuentas por su influencia equívoca y maligna, en todo el barrio. Un vuelo rasante sobre la empedrada callejuela. Azalea del Carmen Veranodelarosa, la niñita que siempre los quiso, empezó a demostrar una mudez y unas expresiones dolorosas. Dijo, la señora Imaginaria Chejov Hinestroza, esto no puede seguir así. Algo hay que hacer. Las lentejuelas nocturnas, no pueden seguir siendo el vestido de todos los días. Algo hay que hacer. Pero no puedo actuar más como mujer sórdida que no da cuenta del significado que adquiere la esperanza, cuando se maltrata a quienes están en capacidad de entenderla y vivirla. Por lo tanto, entonces, las primas Eloísa María y María Eloísa, decidieron negarles el apoyo solidario. Por lo tanto, ella y él, regresaron por donde habían llegado. Y, allá en la Terminal de Trasportes, se hicieron cuerpos muertos, no sin antes reiterar que lo de ella y lo de él, no era otra cosa que vivir, sin entender nada de lo de Hoy, ayer, y en lo venidero. Tráfico de ilusiones Uno (lo que éramos). Cada quien vuelve a su pasado. Y, en veces, de manera abrupta, según el caso o la vivencia. En lo que respecta Virgilio Zapata Samaniego, sucedió un imprevisto que lo obligó a vaticinar su futuro, a partir de un engarce complejo. Problemas venidos desde su infancia, obligaron un paseo a bordo de la imaginación y del recuerdo. El suyo. Y el de Aurelia Lucía Monterroso, su eterna noviecita. En evidencia tardía, supieron de lo suyo cuando contaban seis y cuatro añitos de vida, respectivamente. Unos arrabales que daban cuenta de lo tormentoso que era el tiempo en esos días. Como cuando la iridiscencia en el día a día. Y relacionada con el quehacer instrumental íngrimo obligaba a vivir con los otros y las otras, en vuelo rasante. A ras de la tierra. El barrio, su barriecito del alma, se vio inmerso en un proceso de deterioro continuo. Irreparable e irreversible. Unas vidas ahí expuestas. En enjundioso trabajo de los hechos. Ese tipo de violencias que hicieron mella. Esa búsqueda de conexiones y de los conflictos en ellas. De tal manera que se fue erigiendo un agregado cada vez más pesado. Esa latencia, allí. En los escenarios familiares bruscos. Incompatibles con el recorrido ilusionario. Doña Cecilia Amalia del Bosque Samaniego, tuvo a Virgilio en esos días en que cualquiera diría, onerosos o infames. En ese recorrido lento de los momentos. De los decires cargados de ignominioso insumo vinculado con la diatriba hirsuta. En un aplicativo violento. Como diciendo
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    que los valoresson argumentos de ponderación en tiempos difíciles. Tal vez, haciendo alusión a la incorporación de definiciones, venidas desde los inicios de la teoría aristotélica. Desatando los nudos, a partir reflexiones por fuera del contexto cotidiano. Y, más bien, en el nexo con la parentela. Una vinculación de principios complejos y volátiles; a esas campañas de acompañamiento tutelar. En ese tiempo de veloces haceres, se fue configurando el sentido propio de la nostalgia. Yendo en dirección al decolaje. Ligado a esos vientos milenarios que aparecen y desaparecen en infinitud de procesos. Y, en ese vuelo áspero se ha ido magnificando la desesperanza. Por lo mismo que recaba, siempre, en la necesidad de articular la vida, cualquier vida, al vuelo perenne. Que se repite y reinventa a cada paso. Por lo mismo, entonces, Cecilia Amalia, se hizo al viento. Así como otros u otras se hacen a la mar. Ella hizo ese vuelo en nocturnal expresión. De todo lo habido en el territorio efímero. Como cuando se traspasan las franjas y los husos horarios sin proponérselo. Y la vaguedad de su intuición, la fue envolviendo. De tal manera que se fue perdiendo el ímpetu inicial. Y se fue tornando en rescoldo, atizado por el mismo viento que ella eligió como transporte benévolo. Un ir y venir, puestos en la memoria de quien sería su heredero, en lo que respecta a bienes soñados. Uno y mil momentos de trajín de acertijos madurados a la fuerza. Una presurosa orquestación lineal. He andado muchos caminos (…como canta Serrat). En esa búsqueda de ilusiones. Tal parece que, estas, se han evaporado. El “frente frío” de los mares las han expandido, echándolas a volar. Como queriendo decir y hacer, que se ha posicionado lo perverso. En el caso particular mío, he navegado en todos los mares. Entre otras cosas, nunca he podido saber cuántos son. Simplemente yo he sido como esa noria que va y viene. Yendo por ahí. De lugar en lugar. Siendo, como he sido, una aborigen en tierra ajena. Y sí que lo he pagado caro. Simplemente, porque he estado en ese escenario que nunca ha sido mío. A veces, me he sentido como mujer sujeta que está aquí. Pero no ahora, sino en los escapes vinculados a lo que cada quien le ha estado dado, asumir opciones vinculantes. A lo que queremos ser. Sin tránsitos infames. Eso explica, por lo tanto, mi vocación de nómada errante. Esa que se ha sentido predispuesta para entender las reglas, en veces, inhóspitas. Y he estado como en preclusión con respecto a la vida plena. He sentido, en perspectiva diferente a la que ayer, o cualquier día anterior, que se exhibían como proclamas al aire. Y, por esto mismo, yo he sido como vengadora solemne. Haciendo alusión a lo irrepetible. Pero, a decir verdad, me siento en locomoción perdida. Pegada al piso. Dando fe de la gravedad. Como insumo en contravía de ese vuelo nítido que siempre añoré. En esa infancia mía. Doliente expresión. Dos (ese mirar protagónico) Venía deambulando, desde el mismo momento en que supe del desvarío de mi Virgilio. Como ese rumiar que vuela. Unos ámbitos presurosos. Por ahí cayendo en cualquier parte. Yo me fui despacito. Hasta encontrarlo. En esa nimiedad de vida brusca. Por lo mismo que se fue distribuyendo con una vocación insípida. En esas ilusiones sin sustento. En un andar los caminos áridos. Y yo, como mujer libertaria, le dije a mi Virgilio que ampliáramos los pasos. En un reto a la longitud pensada e impuesta. Él y yo nos fuimos por la vía azarosa. Él sin padre. Y yo como preclara inspiradora. Aquella que no alcanzaba a dar el tono de lo diferente. En medio de tantas fisuras prolongadas por parte de los “gestores” de la vida. Llegué, cualquier día, al pueblito benévolo. En el cual había nacido. Me hice fabricar lentejuelas de diversos colores. Como cuando una quiere que la recuerden. Eran, más o menos, las ocho de la noche. El bus me dejó, justo al lado de las notarías. Yo había sabido algo de ellas. Por el tono de sus pareceres, En esa prolongación de los caminos. Que, por sí mismo, se hacían angostos y abiertos. Según la lectura e interpretación de lo que fuera necesario. Llegué a casa de mis tías, siendo casi las nueve de la mañana. Allí conocí a mi primo Alberto. Había estado perdido mucho tiempo. En mi vaguedad, creí haberlo conocido, en ese treinta y uno de octubre de cualquier año. Estaba taciturno. En una mudez que traicionaba la palabrería de toda mi familia.
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    Estuvimos en conversa,casi tres días. Una habladuría parsimoniosa. Yo diría, ahora, impertinente. Por lo vacía. Como entendiendo, una, que las palabras se hacían vuelo rasante. Sin definiciones. En eso que una llamaría, la anti gramática universal. Y, este Diego Mauricio Cifuentes, sí que camina por lo vago e insuficiente. Una locuacidad incolora. Pero, aun así, me cautivó. Como queriendo, yo, decir que la parentela es una u otra. Todo depende de la manera como se conectan unas palabras con otras. Y lo mío, en esa entendedera supina, no llegaba más allá que la interpretación de las proposiciones. En verdades y no verdades. En esa tipología hechiza de la teoría de conjuntos. De la lógica imperecedera. Pero, tal vez por esto mismo, empecé a vaticinar lo que habría de suceder. Yo misma compuse el plano que serviría de referente. En cada juego y cada nomenclatura. En esto de las veedurías angostas; la mira estaba del lado de lo nostálgico. Así fuese mero imaginario. Y lo llevé siempre conmigo. A cuanto territorio estuviese nombrado. Graficado. Me hice “sierva” de los holocaustos perennes. Aquí y allá. Como mensajera del vuelo de lo libertario. Me fui yendo en eso que llamábamos lo puntual de la vida ajena y propia. Hasta que me fui diluyendo. No soportaba más las alegorías alrededor de las cosas. Y, fundamentalmente, de la vida. Me fui haciendo a la idea de vincular hechos y decires. Con la palabra gruesa, casi milenaria. Y seguí ahí plantada. Ya habían pasado las lisonjeras convocatorias. Y en este otro tiempo, yo percibía que la condición de mujer arropada por las cobijas primeras. Desde ese primer frío que enhebré siendo volantona pasajera de a pie. En ese universo de opciones que, yo misma no entendí en el paso a paso de mi Virgilio que se hizo ilusionista de su propio entorno. Cuando lo abandoné en la orilla de ese rio henchido. Cuyas aguas lo llevaron al mar. Y, allí, se quedó por siempre. Con su Aurelia. La que siempre fue mi enemiga. Como quiera las dos siempre lo amamos. Episodio uno El instar vivo. Como recuerdo cierto Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en el. Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre.
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    Y si seremosalgo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta. Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento. Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad. Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre. Episodio dos Ancízar ido. Mi rol perdido. Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicantes. Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una
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    perspectiva alucinante. Viviendoal lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación subyacente. Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir de del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso. Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos. Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido. El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo. Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente, incierta. Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre
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    físico en ejercicio.Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto exacerbado. Episodio tres El embeleso lúdico En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas. Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dijo que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo, cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O, simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante. Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso. En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como
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    actitud palaciega enel pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido Episodio cuarto La huella sigue ahí Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera. Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería ser. Y lo ví en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la verdad verdadera. Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita
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    bravata. Deslizándome porel camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era. Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no ví a Ancízar en aquella mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío. A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 1) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más aspaviento Episodio quinto Cuando se va la memoria Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma vida, Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado en volver a esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese irse de bruces sobre la historia. Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en el masculino andante que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de lo puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez más, en asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos. Siendo así, entonces, volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he vuelto a jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con él. Como a comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más. En la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En esa potente ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de dominar el baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez.
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    Yo me lapasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y niñas de largo vuelo. Y me ví en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia. Y, extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos. No acompasados. Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra esquina. O en la callecita que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio. Derrochando, yo, alegrías que habían permanecido adormecidas. Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos. Sujeto, este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle significados distintos a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante. También, conocí de él, los atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un giro creativo. Y de cómo enseñar los números, con los palitos de paletas compradas en la tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos y la memoria de los otros y de las otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito. Mucho más allá que el Libertador. Tal vez porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre por las fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante. Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente, cada minuto. No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”. Como cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de liviandades. En ese ejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las verdades y los hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado del martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me hubiera convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el rumbo. Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y la veía vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía por el mismo camino. Y me dio la mano tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en donde estaba “el mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en medio de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y volvimos al andar. Del ir yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos truncado. Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de verdades y de acciones y de la lúdica toda habida. Episodio sexto En lo habido, como secuencia inerme. Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ah í. Como convocante falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza
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    ampulosa en lacual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente. Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desen volvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes. Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida. En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame. Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos. Episodio séptimo Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar Y en esto estaba, cuando recordé el yo milenario. En esas exposiciones que tuve en ese barrio calcado. Casi como daguerrotipo no lúcido. Y el barrio, entonces, ya estaba trazado. No importando como. En este recuerdo de ahora, no están ni Ancízar, ni Valeria. Como si el mundo apenas iniciara su ir girando. En esos primeros momentos en los cuales el tiempo de podía ser medido. Por la ausencia nítida de calendario. Una perspectiva en ciernes. De lo que conocería después como la historia. Hablada, primero. Y luego escrita. Casi a millón de años de la inquisición perversa. Y sí que, ese barrio amado no aparece como tal. Más bien como insumo
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    flotando en elaire que apenas está iniciando vuelo. Ni siquiera, en el entonces, hacían presencia de oxígeno, ni el hidrógeno, ni el ozono libertario, arropador. Y sí que, en esa lejanía tan expandida, me fui dando cuenta de lo mucho que me faltaba para ser un ser concreto, taciturno, solidario, libertario. Por lo mismo que ese yo mío apenas danzaba sin cuerpo alrededor de la Luna amiga. Y sintiendo ese calor absoluto de nuestro Sol venido desde mucho tiempo atrás. Un yo con fisuras profundas, logradas a través del camino dispuesto. Como acezante sujeto disperso. Y, al no estar ella ni él, sentí un profundo lazo en mi cuello. Era el tiempo que empezaba a crecer, sujetándome por la vía asfixiante. Como queriéndome hacer sentir que no iba poder disfrutar, a futuro, de la esquinita bravata. Y empecé a sentir que lo mío empezaba a ser mera expresión amorfa, diluida en cada instante. Y, ese yo primario mío, empezó a surtir tristezas prolongadas. Así, a tientas. Simplemente porque no había segundos, ni horas, años. Solo ese giro de traslación alrededor del Sol. Como si todo fuese arbitrario, anárquico. Sin nin gún hilo conductor. Me encontré, en cualquier momento no medido, con Ariadna. La Diosa nacida para amar al universo visto, apenas, como confusión pletórica en matices. Y en luces relampagueantes. Exacerbada opción como tinieblas. Y le dije que no la había visto antes. Y ella me dijo que siempre había estado allí. Que le correspondió incitar al viento para que iniciara su intervención. Además, que los mares nacientes lo requerían para producir las tormentas y los tifones, entonces silentes, latentes. Y, decía Ariadna, no sé por qué estoy recordando un canto propio. Iniciado casi al mismo tiempo en que prefiguré a mi Prometeo, en ciernes. Y, quiero expresarlo ahora. Para que tú lo aprendas y lo transfieras a quienes vendrán, cuando no haya tanta confusión, tanta anarquía: Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en enésima potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados, pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir. Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho. ¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen. Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado caminos al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo. Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura. De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son (ellos, ellas), viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita. Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente.
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    Déjalos y déjalasque, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de las heridas que han hecho en tì, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra natura en formación. Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y ellas, vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo. En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias. Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo. La vi perderse en la lejanía hecha preludio del tiempo vivo. Y me quedé obnubilado. Con ese vacío que sólo se siente cuando hemos perdido algo cálido, cautivante. En esa obscuridad tan amarga, pero necesario, como quiera que se constituía en insumo primario. Como lo eran todos los seres latentes. En el mar naciente, al que le cantó Ariadna. En el territorio ya libre de las aguas primigenias. Y en los territorios ya libres de la asfixia primera. Caminé, por ahí. Con apasionada voz vibrante. Como inaugurando el viaje de sonido, como invención necesaria. Y separando los quehaceres. Tal vez imitando lo que, desde ahora se decía. Que el Dios de la fuerza impuesta, se disponía a concretar su versión de la creación de todo lo habido y lo que vendría después. Me vi inventando las palabras y los números. Y teorizando acerca de los fenómenos incoados, por la vía de la Física de Kepler, de Arquímedes, de Galileo, de Descartes. Y me correspondió informar sobre los infiernos de Dante Aglieri. Y, con mucha más distancia, propuse la partición del átomo. De la generación de la energía ampulosa. Y, por esto mismo, vi a la Hiroshima arrasada por la fuerza del fuego impío. Nagasaki inmersa en el envolvente giro de la destrucción. Luego dormí, en el escenario que habría de albergar al viento. Y a las nubes. A las lluvias, como presagiaba la bella Ariadna perdida. Ida en la reversa infinita. Hacia otros lugares no nacidos todavía. En eso que se denominaría como paso incidente. Como iridiscente vahío. Traído desde más allá de la Galaxia que habría de atrapar todo lo que podíamos conocer. Como en la espirar de giro. Como absorción exponencial, en término que habría de ser desarrollado después. En esa expresión en ciernes de Euler; de Newton, de Leibniz, del demasiado humano Einstein. Siendo un diciembre frío, me dispuse a regresar a la esquinita bravata. Nadie estaba allí. No alcanzaba a dilucidar el porqué de la soledad tan sola. Los niños y las niñas en volteretas iniciadas antes, pero ya perdidas. Una sensación de desasosiego me arropó, como un todo embriagante. Los seres míos de antes, no estaban. Solo el viento tan frío, penetrante. Agarrotado, traté de decir algo con las palabras que había aprendido desde el inicio de las calendas. Pero no podía. Una mudez nítida, vergonzante. Bajé por Calle Amapola, también absolutamente sola. Fui a Patio Finito, escenario de nuestros juegos, a pelota cierta. Vi las piedras que semejan las porterías. El paso del tiempo las había agusanado. Ni nadie físico. Ni palabra lejana. Ya en la tarde fui a ver la casita mía. El albergue que conoció mi infancia. Que tanto prolongara mi estadía. No estaba. En su reemplazo unos herrumbrosos desechos. La del lado tampoco estaba. Como si se hubiera diluido. Como si el vértigo de los años hubiera pasado por ahí. Desde adentro hacia afuera. Ninguno de mis iconos quedó enhiesto. Solo el vago olor a silencio destructor. Porque, como me enseñó mi madre, donde no hay voces ni palabras, tampoco hay vida posible.
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    Recordé a Valeria,cuando escuché ulular al viento. Remolino gigante, absorbente. Se fue izando todo lo que quedaba. Recordé a Ariadna, y su cuentería acerca de los misterios y los secretos. Quise recordarlo en su empuje avasallante. Episodio octavo Del pasar secreto Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina. Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una euforia absoluta. Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos. La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego. Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava. Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:” ¿Por qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena la amiga de la Esclava? Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava. De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos. La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas. La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron. Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión. Los personajes y los personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo único que se les entiende es:” …esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día apareceremos y será otra tragedia.
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    Desde el díaen que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre. Vino, otra vez el recuerdo. Sentí como si yo hubiera vivido en ese tiempo y en esos lugares. No pude acuñar exposición alguna. No me daban las palabras, solo este yo silente. Como réplica doliente. Como si yo hubiera sido promotor del dolor de esa niña. Y de su extraña desaparición. Lo viví y sentí como castigo del Dios Increado que nació como leyenda, por allá, en el tiempo en que conocía a Ariadna. Veloz mensajería extenuante, apabullante. Hice como si quisiera regresar al comienzo de la memoria. Cuando no había ni sujetos, ni palabras, nada. Yéndome por ahí, en la vaguedad superflua, me volvieron los recuerdos, casi perdidos. En ese ejercicio notarial mío. Como compilador de hechos. Y de los seres actuantes. Por esa vía sentí punzante voz. Venida desde el patiecito, de la casita destruida por el paso del tiempo. Y me fue envolviendo la palabra como susurro. Como compleja porción de acciones. Volátiles, en veces; asincrónicas. Como nervio prepotente, sin remilgo alguno. Creo recordar esta plaza. Como cuando uno la mira y cree haber estado aquí antes. Tal vez será porque estas bancas tienen gente sentada, muy parecida a otras gentes. O será porque esa iglesia que miro “Cristo Reina, Cristo Impera”; se me asemeja a otras. Con la diferencia puesta en esa caída vertical, como pared un tanto fatua. Con esos dos íconos-torres terminados a la fuerza. Y esos caballos que pasan. Mulas que trote y trote cansino. Como mulas que han acumulado tantas enjalmas y tantas monturas. Que han transitado tantos caminos, en pendiente que te muestra el bajo fondo. Con el surco adormecido. De lo que pudo haber sido hilo de agua antes. Pero que ya no se nota. O nunca fue. Y, desde esa esquina, miro al fondo el Cauca que baja, buscando el Occidente. Con la mira puesta es Sopetrán y Santa Fe de Antioquia. Y, antes, distante Liborina exhibiendo frutales inmensos. Y, esta gente de a pie. Aquí y allá. Con ese universo de móviles celulares. Llamada tras llamada. Como una veintena por minuto. Y me pongo a imaginar que dirán tantas voces. Qué palabras verterán. Diciendo “la vuelta está hecha”; “no vino el patrón”; “ya casi terminado de comprar la papita”; “el bus de las y media ya salió”; “Los de Fredonia se perdieron”; “De Versalles no salieron ayer nada, Hortensia y los muchachos”; “amor, papito, no sea así. Mire que yo si lo quiero”; “tráigale los vestiditos a las niñas”; “Dígale a Mauricio que lo espero. Él sabe dónde”. Y miro tantas motos cruzando. Cada una con alguien y sus historias. Y tanta chivita pequeña. Con tantos bultos. Algunos sin amarrar. Cajas de mangos por ahí, en las esquinas. Y los almacenes repletos. Tanto insumo. Y para tanta cosa. Caficultores que regatean. Y que, en vísperas de elecciones, piensan en su vecino amigo. El del Comité anterior. Que no lo dejo nada contento. Pero, para que decirle ahora. Ya lo pasado pasó. Miremos, más bien, quien puede quedar. Y que sirva. Y tanto novelero suelto. Tantas tiendas cerveceras. Tantos cuentos que van y vienen. Tanto amigo o amiga. Todos esos niños. Y todas esas niñas. Los colegios ahí. Y salen unos y entran otros. Y, en sus ojos, la ilusión. Por lo que comienzan ahora. Por lo que serán después. Y esas campanas al vuelo. Siendo lunes, o miércoles; o viernes…cualquier día. Anunciando eucaristías. O solemnidad religiosa en las despedidas. De los cuerpos que ya no son vida. Y transito esta calle y la otra. En veces como que se me pierden las nomenclaturas. No he podido entender. Calle Córdoba. Carrera Bolívar. Calle Bolívar…y se repiten, como si nada. Y el tempo, como en toda parte, no da espera. El o la que llegó, bien. Y si no, que le vamos a hacer. Tiempo que se agota. Hora 13; hora 15; hora 18. Y así, hasta las veinticuatro. Y estas mujeres. Tantas y tan jóvenes. Bien bonitas, casi todas. Pero como en velocidad constante. O ahí, esperando. Y las escolares riendo y entornando ojos; ante su latente galán. Tantas mujeres que cruzan. Casi tres por cada un varón. Y, las miro. Y no preciso de donde vienen. Si de “La Pintada”; o de “La Úrsula”. O han estado aquí, en el entorno cercano.
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    Tanta palabra quesigue volando. Casi que las veo entre nubes. Con su significado. Prístino. O enjuto, casi verdulero. Casi en la diatriba. O en el encanto de voz que dice amar. Y, de seguro, que si aman. Tanta palabra engarzada. Metida ahí en su origen. Tanta conjugación posible. Verbos “Ir”; “Ser”; “Amar”; “Odiar”; “Servir”; “Vender” …todos en su momento y en su sujeto que lo hace real y efectivo. En el mensaje. Y tantos niños. Y tantas niñas. Con sus afugias que palpo. Con sus alegrías que siento. Con sus miradas que miro. Y tantos abuelos, como yo. Tantas abuelas. Con sus sentimientos aquí vertidos, desde siempre. Tal vez desde antes de ser lo que es hoy esta tierra. Cuántas historias Pasarán, por ahí. Por esa vía que viene desde Pasto; desde Popayán; desde Cali; Yo, también pasé un buen día. Hace mucho ya. Para Bogotá; cuando aún no era lo que hoy soy. Y, desde allá abajo. Más allá de Itagüí, hacia el centro de Medellín; de niño escuchaba “Ya cruzamos Alto de Minas; vamos rumbo a Medellín, con El Príncipe Estudiante, Hernán Medina Calderón…” Y, vuelvo y digo, no sé si estos abuelos y estas abuelas recordarán esos días. O estaban tan embadurnados de trabajo áspero; que no les daba el tempo para dedicárselo a eso. O será que, ellos y ellas tuvieron hijos obreros en Cementos Cairo. Con esos silencios cómplices que se tejieron. Ante los vejámenes. O será que escucharon decir de los de Amagà. Mucho más de lo que ahora pasa. Con mineros en socavones, asfixiados. Y, aquí; ahora estoy viendo en el día a día. Tratando de adaptar mi trajín. Mi memoria. Mi historia. Tratando de trasmitir algo con mi mirada. Porque, todavía, no he ensayado las palabras. El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era. En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera. Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos. En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente. Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos
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    de la pesadasal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente. Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto. Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados. Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego. Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes. Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha. Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer. No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado. Al día siguiente, aposté por la vida. Simplemente porque todo seguía igual. Los nubarrones grisáceos, impedía ver al Sol, Y ese frío profundo, grueso. No podía caminar. Me senté ahí, en el quicio de la casita de don Aldemar. Nadie alrededor. Siguió siendo un diciembre helado, rampante; en lo que esto tiene de antesala a la perdida de referentes. Sentí que el viento me llevaba, de la mano, a los primeros días. Esos, antes de haber nacido criatura alguna. Vapuleado por la fuerza áspera. Con el dolor en mis piernas. Como si hubiera recibido los flechazos de los gladiadores embravecidos. Enfrentándose a los Césares. Sujetos de mirada perdida, triste. En acciones de depredación. Con su amargura potenciada. Como queriendo dejar de sentir que todavía seguían vivos. Yo, en pretendida erudición, increpé a Suetonio. Le dije algo así como que de nada había servido su descripción de los avatares históricos de
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    quienes ejercían dominio.Como tósigo, decía yo. Seguí rodando, en mi imaginación enfermiza. Hasta llegar al territorio de Ulises. De los mares cargados de fuerza milenaria. Ampulosas olas sin gobernanza alguna. Me extravié en el camino. Y me encontré a Jesús de los Cristianos. Estaba ahí. Torturado, clavado en la cruz. Y todo, alrededor suyo, empecinado en dar rienda suelta a la tormenta aciaga. Me adentré en su pasado. Me expuse a seguir mirando su futuro. Y del de todos y todas sus seguidores y seguidoras. Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso. El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su equivocación al elegir ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado. Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada. Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas. En ese tiempo, la división política y administrativa, comprometía una noción primaria del concepto de estado. Por una vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de poder un tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices cruzaban territorios acicalados con ese universo de opciones de interpretación en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito. Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas, mosaicas y los hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta. Rondando “El Templo”, como instrumento físico; fortalecido, reconstruido en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi como acariciando la contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva ideología como herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina sólida. Porque, en lo cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones de proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios Significante; en necesidad de retar a la humanidad que se deterioraba cada día más, a partir de escindir y extraviar el acumulado histórico y religioso. Inclusive, con el agravante que era casi imposible dilucidar contenidos. Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi cieno cincuenta años después) una disputa que empezó a trascender la simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación centrada entre el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una representación grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de las expresiones judeocristianas. Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de pretensiones un tanto militaristas. Como si evocara, hacia atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva en contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia. Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como opción preponderante. En un entramado de confusión. Al menos en lo que respecta al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino y su inmolación, e nexo con la defensa de sus postulados fundamentales. Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado. Es decir, no
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    surtir teoría escindiendolas dos partes. Por el contrario, haciendo cohesión. Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la Trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo como era el momento de decisiones. Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos códigos propuestos por El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como palabras agrupadas en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que podría llamarse bajo perfil. Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta hilatura, por lo menos cohesionadora. Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el momento histórico de Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas, Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos. Y, el crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano, confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad. Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros; estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien, Jesús, superior a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró. Y lo mismo va para la designación del espacio temporal para el ejercicio sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O de, en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus consecuencias. Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde en el tiempo la posibilidad de la dilucidación. Quedan, entonces, en remojo parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que hacen alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles; pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de las Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha. Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las contradicciones no se ha atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo referente el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los contenidos de la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de su misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal. Haciéndose, como en verdad se hizo, converso utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder y de obligatoriedad deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso. Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes. Ensimismado estaba. Como vulgar agorero que impone las palabras. No dejando lugar a la libertad emergente. En una sensación de impotencia. Me veía, a mí mismo, como sujeto de nervadura pútrida. Como dando vuelo a la desperanza. Como imponiendo la versión árida del comienzo. Por fin me levanté. Ya el Sol había derrotado a las nubes. Apareció en la imponencia suya. En la gobernanza del sistema. Como Padre único del universo. Como si no existiese nada más. Como retando a todos y todas Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí
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    mismo. Con palabrasde los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada. Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo. Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno. Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada. Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega. Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana. Y es ahí en donde quedó. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida; repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí. Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el entorno que amamos. Episodio noveno
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    El Sol, Palasy la Diosa Definitivamente, la soledad hizo mella en mí. Pasaron y pasaron los días. Y yo ahí en las esquinitas braveras. Ya había pasado diciembre. Un enero caluroso. Pero yo seguí sin poder entender la dinámica nueva. En una sinrazón que me dolía en profundo. De pronto, como de la nada, apareció Serafín. Como sujeto convocado. Erizado su cabello negro. Venía, según me dijo, del lugar equidistante entre Júpiter y Saturno. Me miraba, haciendo girar trescientos sesenta grados su cabeza. Como fenómeno expósito. Como truhan de mil batallas erosianadoras. Como quien asume el mando de la locomoción y de la memoria. Su voz empezó a subir de tono. Casi en vocinglería inmensa, arropadora, por el bajo. En expresiones sin concatenación propia. Más bien como estertores profanos, deslucidos. Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando son nuestras. Estando ahí, situadas en la esquina tercera del barrio; una joven mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes. De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso. Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo de una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante. Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada quien tratando de esculcar cualquier versión. Que fue a propósito. Que las habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que las vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del barrio. Que… Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera un giro de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y, simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió el metal. Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de mitad de noche, anterior una vez lo soñé y comenzó el no poder dormir; viajé en el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y, allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos sólidos, puestos en firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente habilitad o. Y estaban otras mujeres cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como rayos enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían. Adornadas sus cabezas con olivos en fuego. A la otra noche. Noche antes del día en que en la esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé las aureolas que circulaban en torno a su cabeza. Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas. Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal, tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue. Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo esa piel hermosa languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda. Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la vencedora. Y ella puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón, no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga de viento que, de pronto, llegó desde la nada.
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    Volví a laotra noche, antes de este día aciago. Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío. Volcado a la arena del coliseo que seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del metal en la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El cuerpo tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda arropada en el velo traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la sentí como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído con delirio. Con ternura exacta, sin la expresión dubitativa mía en otros quehaceres. Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada. Abriendo los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que fue muerta e n lance absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida. Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles, Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la suya propia. Con el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahí, en el carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de corcel recién adiestrado para la guerra. Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida. Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un azul celeste divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi níveo. Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí. Volando se fue. Acompañada de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada fue para mí. Diciéndome adiós Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no había nadie en el coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí. Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él. Ascendió rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente en mi; a pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos perennes y por la noche guarnecido. El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era. En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera. Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
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    jocoso Hermes robóel tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos. En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de los Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente. Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente. Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto. Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados. Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego. Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían ser coronados, siendo triunfantes. Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha. Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz
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    diciéndome: has sembradoen mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer. No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado. Tal como apareció, se diluyó. Como siguiendo el camino del macro-poder del Padre suyo. Ese mismo que le había negado la vida a cientos de miles. En un ejercicio perverso. Aprendido en la Batalla de los Cuerpos idos. No dejó ningún rastro. Por más que traté de detenerlo, su incisivo impulso lo dejó en manos del viento presente. Como quien no le da respiro a nadie humano. En escapatoria impávida. Por la vía del tormento amasado en antes. Cuando Serafín se fugó, Andando desde su ciudad natal, hasta la ciudad no construida todavía. Episodio décimo La venganza Y sí que, en esta postura mía, decidí expresar lo íntimo cierto. En razón a que me siento como engañado amante. Que, aquel que sigo amando, se ha tornado en evasivo sujeto. En eso de ir buscando eventos de justificación, me he encontrado con el arrebato propio del inicio. Siempre en posición de tratar de negarlo todo. Como quien deduce que solo lo suyo es válido. Y que, inclusive, el antes del comienzo no se evidencia en ningún referente. Y que, a lo sumo, podría inventarse un proceso de confusión, al momento de explicarlo. Por esa vía, entonces, se tiende a socavar el infinito; porque este no conduce a la proclama del término de los días. Visto así, en consecuencia, lo mío como que se hace sensato; habida cuenta de los albores de lo que existe. Y siendo así, me detuve en el relato de la fornicación de Erebo con la Noche. Y que, por esa vía, fueron surgiendo la vejez, la muerte, la concordancia. Y me fui con esto al auto exilio. Reconviniéndome a mí mismo por la exudación de ejemplos vulgares. Como construidos al lado de un hilo conductor de expresiones funestas. Y, por lo mismo, sigo en la escucha de la tronera que emerge. De los rayos voraces que absorben toda energía que nos colocan en condición de postración constante. Dirigí la búsqueda, esa noche a la localización del aire y del día. Como si fuesen pareja que fueron cumpliendo con el exorcismo del que se erige como creador. Y que, aire y día, engendraron a la Madre Tierra y al Sol y a los Mares. Y que yo seguía ahí. En esa tenebrosa soledad. Y que se fueron decantando las cosas y los seres. En ese Templo de la diosa Hestia. Que, a lo sumo, fue recluida en el mismo. Que, de paso, ejerció como pionera de la madre esclava. De la mujer arropada con los poderes de quienes exhibían condición de soberanos inmutables. Que iban, como en realidad lo hicieron, enhebrando el hilo y la aguja, hacia el tejido propio del símil de cadalso habilitado. Volver, desde ese exilio mío, a retar a Urano. Por la vía del Cronos q ue lo impele a no seguir siendo él. Que lo vulnera en su sexo y que lo arroja a los mares. Y que, tal vez por esto, estimula el apareamiento Tierra Aire, originando el terror y la astucia. Y que, estos tesoros, fueron echados al entorno de los mortales. Para que, en juntera impropia, amenazaran con el exterminio. Por la vía más perversa posible. A mi regreso, entonces, lo de los otros y las otras, se ha convertido en insidioso proyecto. Ya, así entendido, se fueron reconstruyendo el actuar y el quehacer pasivo. Ya no en la exhibición del libre albedrío. Si no en aquello que es conducido a través de la hilatura primera. Como marionetas que pululan. Que se hacen, cada vez más, gregarias de ese Ser Primero. Que es condicionante y vulnerador del arrebato libertario del uno y de los unos todos.
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    Y, al desgaire,se sintonizan los eventos. Ya no en acción plena de lucidez; sino en simple repetición. Efímera, a veces, perenne, otras. En el Universo ya habilitado. Como simple diáspora de lo pasado antes. Circundando la esfera siempre. Yendo y viniendo estamos. En el vaticinio ya hecho. De que solo podemos ser lo que somos; sin el vuelo del albur necesario. Estando aquí y así, seguimos el sendero ya trazado. Somos como errantes mecanizados. Metidos en la envoltura del Determinador. Que se inmiscuye en lo nuestro y nos ordena. Vamos, por lo tanto, horadando nuestra propia habitación que nos ha de albergar por siempre. En esto de las ilusiones estaba. En ese sueño de perdición. Esta, yo, ahí. En el lugar preciso del territorio que creía válido y hospedero. Saliendo, hice como que miraba a la ciudad. Mi ciudad y la de los demás. Y la vi avasallada por la bola de fuego viva. Originada en los átomos partidos en sucesión. El uranio al aire y al suelo extendido. Energía destructora. Y corrimos todos y todas. Y nos refugiamos en el manto de Hestia y de los Nagares. Su refugio estaba incólume. Antes de esa bola roja que avanzaba. Y, al llegar todos y todas, Hestia hizo como que paraba el fuego con sus manos henchidas de mar. Pero fue arrasada. Y Nagares y las Ménades también huyeron. Delante de nosotros y nosotras. Y alzaron vuelo hacia el infinito universo. Pero de nada sirvió. La destrucción fue el todo. Como significando la nada del comienzo que no podrá ser tal, porque no habrá otro origen como el de antes. Ya en febrero, seguía sin moverme de la esquinita bravera. He visto pasar el tiempo, atropellado. Le dije desde la distancia, a la callecita lúdica, lo tanto que me he empecinado en volver a ver a Ancízar. Con pasión abierta y sincera. Nunca he dudado de la gendarmería palaciega. Allá adonde él se dirigió, hace mil años. No atinaba a nada más. La callecita impávida. Como diciendo, yo solo sé que no volverá, porque se llevó la pelotica con la cual me entretenía. Mirándolo en la gambeta mágica. Como si, en sus piernas llevara la vida. Mi vida. Estoy aquí. Y aquí me quedaré; dijo por último la divina calle que me vio crecer. Desde muy allá, en las sombras de esta otra noche emergió una potente voz. Como llamándome a la sinceridad. Qué dejara de ser enfermizo sujeto, detrás de Ancízar y Valeria. Porque recuerda que, hace mucho tiempo nación un niño. Tu hijo. Y nadie, incluido tú ha preguntado por él. Y que, Valeria, ha puesto todo lo que es, al servicio del infante. Que se hizo grande d cuerpo de alma. Y anda, por ahí, buscándote. Como martinete envejecido. Solo quieres avizorar a Ancízar, sin conocer que él se hizo amante del fuego vivo. Del viento veloz, cálido, sinuoso. ¡Qué te has creído dueño de todo y de nada1 Anda a ver sí te oyen en medio de esas acciones propuestas de tiempo atrás! Entre Ancízar y tú no has hecho nada al respecto. Solo en el brete repetitivo. Escúchalo. Yo te abro los oídos. Los potencio; para que sepas que está diciendo. Se lo habían enunciado un año atrás. Pero, él, creyó que era otra broma del señor alcalde. Lo que le dijeron tenía que ver con su condición de amante de hombres. Especialmente de adolescentes. Un largo historial. Aún antes de que se iniciara la actuación con el referente de “libertad para amar. Libertad para ser amado”. Su capacidad de seducción, era infinita. Él mismo contaba que había “desollado” a más de cuarenta. Sin ninguna violencia previa. Simplemente convocándolos con esos sus ojos verdes, penetrantes, asfixiantes. Que no dan lugar, una vez se los mira, a disidencias. Y es que David era puro fuego. Desde pequeño se acostumbró a medir los ensueños y los sueños. Siempre anhelando ser dueño de todos. Y los catalogaba. Por orden de belleza y de otorgante de placer. En el colegio era conocido como “El César”, Por lo mismo que exhibía un autocontrol absoluto, en unidad de acción con la maniobra constante para mantener cautivos a quienes amaba. Fueran consientes o no de ello. Y estuvo mucho tiempo en ejercicio de su aureola. Hasta que conoció a Nemesio. Imberbe bello. Ojos de una negrura convocante. Venía de familia hacedora de proclamas en lo que concierne a la libertad sexual. Todos y todas, en ella, eran amantes y amados. No importando la edad, ni el parentesco. Cuando lo citaron, simplemente, creyó que era una de esas audiencias más a las cuales había asistido un centenar de veces. Siendo siempre sujeto que no acataba reglas e insinuaciones. Y creyó, asimismo, que el señor alcalde, en uso de su perfil de incompetente consuetudinario, simplemente le diría “no hay pruebas. Luego no hay condena”, Él era consiente que había vulnerado todas las reglas. Desde el mismo momento en que había agredido a Juliancito, En ese tipo de agresión que involucra la perversión. Porque fue, no solo obligarlo a aceptar la penetración constante; sino la atadura, de se ser en sí, a un cuadro relacional vejatorio, infame.
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    Él había sidotodo un engarce sistemático. Aprovechándose del poder ejercido sobre sus súbditos. En un proceso sin fin. Y, así, se lo había hecho saber al Santo Imperio. Lo pecaminoso había sido desterrado a partir de la absolución lograda. Tanto así que su invernadero sexual no había sido tocado. Ni lo sería nunca. Lo que le anunciaron era, para él, simple retórica lineal. De conformidad con sus principios y valores. Con velo de organza afín a sus postulados. Y, todos en la región, lo conocían, Sabían que era dueño y señor de los nacientes párvulos. No había fisura alguna. Porque, siendo como era él, absoluto dueño de todos y todas; no existía ninguna disposición manifiesta o soterrada a cumplir con ninguna norma de reclamación. Colectiva o individual. Y allí estaban las madres. Sujetas inmersas en la reclamación de “justicia”. Sabiendo ellas que sus hijos habían sido avasallados por “El César”. Y, además, que este no insinuaba ningún arrepentimiento, ante el daño causado. Simplemente porque él, era Poder absoluto que transgredía, sin transgredir. Con esa visión de supuesto libertario que todo lo puede, en aras de demostrar que todo se puede. Y ellas, las madres, sucumbieron. Nadie las acompañó. Y murieron en fuego cruzado. Alcanzadas por las balas de “El César”. Quien previamente había informado que el sexo asociado a su predilección, era mandato de estado. Episodio once El sujeto vivo. Mi Ancízar y su vida perdida, en otro tiempo. Y, en esa vida mía. Envuelta en la sinrazón. Sin encontrarlo. Se me fue subiendo la sesera. Hasta que, en ese sueño prohibido, me lo imaginé al lado de esos sujetos anodinos. Y, no se por qué, me dio por buscarlo en esos avatares de los sueños infames. Por allá, por esos años gemelos. Afines a la vida perdida de lo que yo soy y era. Él, mi hermoso hombre quimérico. En esa hondonada del universo. En la cual cada quien cambia. Y, cada quien, desaparece. Así no más Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba, caminó hacia la calle 92. En la esquina con carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948, estando en Ciudad Bolívar. Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de vida. Esa pulsión que, en veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera había, entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que arrasaron con las barreras primeras. De esas que definen como posturas de moralidad. Esas que fueron cruzando todo lo habido como colectividad. Como expresión de lo humano. Algo así como esa herencia cultural desde el medievo. Aun con los matices expuestos por Agustín, por la vía de sus “Confesiones”. Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se juntaron en el camión que los recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si nada. Mientras el ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta que el conductor se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras de Armenia. La noche, iluminada por una Luna pálida prometía ser, al filo de la madrugada, absolutamente fría. Ese firmamento explayado dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó, en la casa de Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca inmensa. De esas que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su descripción. También y, fundamentalmente, para proveer una versión creíble. Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La desmembración de los cuerpos de Eloisita Asprilla, de Esteban Armero y de Elías Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno. Empezó con la habladuría de siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio que se dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de expiación. La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí, como virulento atizador.
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    En la “vueltecita”se perdieron como siete millones de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos ejercicios perdularios, lo que cuenta es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el Patrón, no permitía ningún error. Mucho menos si, de por medio, había dinero. Porque lo duro que había que meter para conseguir cualquier billete, ameritaba la consolidación de referentes básicos. Lo que, en términos coloquiales, se ha dado en llamar “códigos insoslayables” Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies, ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la sala, en el comedor. Todos por ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco personas que sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto. Y, este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de la mona Abigail. Bebió como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado, empezó a limpiar la macheta, con el pañuelo que heredó de la madre. Y que había sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando estuvo en Colombia en 1968, en el Congreso Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran a.…Ella no aceptó aduciendo que lo había hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche. Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No pudo más. Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le ayudó a envolver, en papel periódico, las manos y los pies de Baltazar Garzón. El abuelo de alejandrina. Allí todo empezó por lo de siempre. No cuadraban las cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos, correspondientes a las “vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”. Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde lo usual relacionado con el robo; en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducía los vehículos en que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso entregar “por las buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas. Particularmente, el día en que se celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del barrio. La comunidad se exacerbó. Quisieron lincharlo, pero pudo más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres personas resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván Martínez lo acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil pesos que ofreció. Como para subsidiar, en parte, la sopita. La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la muerte de mamá Belarmina. Del padre no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo, en mayo de 1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como que “Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el barrio Loreto en abril de 1957”. No más eso. Es decir que, en tiempo ido y presente, la mamá de Zoraida asumió, en parte, la carga de criar a la niña. Digo en parte, porque Aureliano y Otoniel, en verdad, fueron auxiliadores constantes. Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego que está vigente siempre en el quehacer de lo cotidiano. Desde muy niña había aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de un pañuelo. Y de interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella. Aureliano logró, por tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”. Alguien le puso esa chapa. Así, al vuelo. Y quedó bautizada así. Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal del barrio Manrique. Como dijo el policía en su informe “fueron muertas en extrañas circunstancias”. Y parece que si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela y Mariela del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela Sinisterra, en clase d costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque buscando al hermano de doña Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo, tenía una deudita pendiente con ellos. Y, así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba choneto en el talego que cargaba. Murieron todos y todas. Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de ella que, en verdad, Hermenegildo, había estafado a más de cien personas en el barrio Belencito. Con eso de adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y
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    que, por eso,choneto y chorizo habían sido contratados por “la comunidad dolida”. Pero hasta ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de Otoniel. Él buscaba algo así como saber a quién podía demandar por daños y perjuicios, derivados de la muerte de sus tres Marielas. A decir verdad, la otra Mariela, ni la conocía. Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde doña Betulia. Que la vieron en el barrio Fátima arrejuntada con Mauricio Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en hogar comunitario “El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma, se hizo algo para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego, la vieron recabar en San Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron como cinco meses. Hasta que, la Belarmina, huyó. Jesús fue encontrado muerto como a los tres días. Con dos heridas de cuchillo en el cuello. Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá. Don Heliodoro. Su mamá había muerto el mismo día en que murió Carlos Gardel. Se dice que ella esta ba noveleriando en el aeropuerto Olaya Herrera. Y que le dio por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión iba a despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como en eso de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o para nadie, le oyeron decir. Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María, viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por todas partes, a ver si resultaba algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó, empezó a andar. Con la maletica de cuero que le había regalado doña Isabelina, la mamá de Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince añitos no más, cuando conoció la largueza y dureza de angelito. En evocación tardía, Angelito, quiso volver un día. Pero pudo más el afán para no responder por lo que hizo. En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como parodiando al maestro Fernando González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido boyacense. Zoraida le había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al lado de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se volvió un vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija de la dueña. A ella le correspondía atender a los madrugadores del entorno. Como veinte años aparentaba la china. Angelito tasaba a las mujeres, por las tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron migas, como dicen en la tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo habido sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978 y 1989. Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo lo territorial minero. Y, también con lo territorial vivencial. Tremendas grescas. Puñados de muertos y muertas. Había casas destinadas para la tortura y el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada contadora de recuerdos, sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado. Los otros dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si nada. Y todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad de “los de arriba”. Eran casi las doce del mediodía cuando salió del negocito de doña Epimenia. A ella también la conoció. Acostumbraba levantarse tarde. Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el comedorcito. Con legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía para dormir y que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí abajito en donde terminan las piernas, como marchitos también. Pero junticos. Angelito, la miró de los ojos con esa masita color verde. Pasando por los ajaditos pechos. Hasta ahí donde todos los palos llegaron. Y pueden, aún llegar. De ese talante era el morbo de don sujeto pecaminoso. Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá podía bañarse en los termales. Y que, además, podía encontrar a Valeriano, el dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de la ciudad. De una llegó al hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho de la tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de Pedro Navajas). Estaba como alucinado. Le vino a la mente, la situación vivida cuando chico. Que miseria de alma tan brava en esa casa suya. Cada quien con su propio inventario de bienes y contrabienes. Lo que ahora llaman valores. Y que, incluso, ha sido una vena extravagante para muchos teóricos de la
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    vida. De losque derraman, a puñados, palabras habladas y escritas. Casi como sortilegio mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O de lo que vendrá. Eso que Fernando Savater ha exprimido a más no poder en su “Ética Para Amador”. Una virulencia en diatriba insabora de contenidos. Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia manifiesta en su hedor de puta mierda. Una simbología inane. Al menos para él. En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de historias entrelazadas por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de tres mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos embates de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer morir. Unas arengas embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre santanderistas y bolivaristas. Cardúmenes de población societaria retenida o expulsada a la fuerza. Los esclavos y las esclavas todavía con la yunta al cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario perverso. Policromías a partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así, pasaba el tiempo. Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del próximo caudillo. Herederos del imperativo y empalagoso General. Dictador de siete muelas. El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos tras otros. Venidos desde la política bifronte consolidada desde 1886. Constitución en mano. Los generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia. Exacerbadores, a partir de manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando tumbos. Inventándose valores al calor del Sagrado Corazón de Jesús. Un templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas, bayonetas y fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto. Pero, por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico de días de desangre. Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como depositarios de las tres o más letras que les dejaron conocer. Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la de ella. Tratando de aplicar lo aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe de esos idearios. El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos. El sentimiento de ser mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada. Casi a la fuerza. Porque eso y solo eso eran las relaciones de amor unipartitas. Porque, siendo ella inmersa en esa relación; solo surtía como objeto. Abertura para el falo de los prohombres. U hombres, apenas en nombre. Machucantes huracanados solo en las noches. Sus noches. O a cualquier hora. Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina. Conociendo en directo o de ladito las andanzas de los dueños del país. Llevando ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe de jefes, Torres Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una pulsión de vida, asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideol ógico, que de verdaderos pulsos libérrimos. Punzantes. Revolucionarios. Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la mató por celos. Le faltaban dos añitos para cumplir 106. Qué malparido varoncito matacandelas. Le hizo los hijos y las hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos quedaron sucesión de imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien tenía de llamar a DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor, por parte de Virgiliano Cifuentes, quien fuera su amante furtivo, en toda su vida como mujer incendiaria y sublime. Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la abuela Isaura. La sexta hija de Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como queriendo decir que empezó a mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía que mamá Serafina y Virgiliano eran amantes. Para ella fue siempre un deleite absoluto verlos retozar y gemir en la estera que tenía en “el cuarto de nadie”, como llamaban la piecita de atrás. Pero, además, sabía de todo un poquito…o mucho. Nunca se supo, ni se sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita fabricaba “peos químicos” que cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de religión, con la señorita Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo aprendió, viéndolo en directo
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    cuando la comadreEunice asistía los partos de doña Beatriz Alviar. Nunca se tragó el cuento de El Arca de Noé. Mucho menos lo de El Paraíso Terrenal. Ella había leído y releído las “Nociones de Historia Sagrada” y el Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos con los de Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los halló en el escaparate que había heredado Serafina de Antonia, la tatarabuela. Angelito vivió parte de esa historia. Po ejemplo, le tocó ver como Macario Verdún, el marido de la abuela Isaura, le arruino uno de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira santa” como tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron, entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño de la ferretería “El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en palabra, que “…esa perra se lo da a Braulio Castañeda” Angelito sabía que eso no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era homosexual en su clandestina vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de doña Eugenia, la tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y símbolo de los “Neo-Cruzados”. Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron después. Con su ojo de buen tasador, les adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una. Qué belleza de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del primer corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al municipio. Es decir, a los termales; se dejaron sonsacar la risa de don caballero. La conversa fue larga y tendida. Quedaron, en preciso, que se veían en las piscinas. En esto estaban, cuando apareció “el doctor Valeriano”. Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos amigas, de esas que llaman inseparables. De siempre. Una y la otra, andariegas a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio, primero. Luego, por todo el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia, conocieron los primeros trinos del hablar y escribir. Con la gramática y la semántica incorporada. Muy tenue, sí, pero en fin de cuentas con lo necesario. Destacaron, ambas, en los bordados en tambora. Y en el canto. Tanto así que, en el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”. Amenizaban piñatas. Cantaban en la eucaristía de los domingos a las once, en la parroquia Cristo Sacerdote. Se enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron diferencias, rotándolo. Una semana Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo tiempo. Hasta que Eusebio Luján se cansó de ellas y se casó con Leopoldina Beltrán; una vecina que había pasado desapercibida; pero que estuvo al acecho, hasta que conquistó al caribonito. Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron casi al mismo tiempo. La una (Leo) con Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui), con Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en simultáneo. Y empezó ese reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue angelito. Y, en esa condición de ser uno entre muchos, asumió la vida desde el rinconcito. Como diciendo, fui a la escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la respaldé cuando ese pérfido de Bautisterio le pegaba esas zumbas deprimentes y dolorosas. Y sí que, pensaba angelito, estuvo bien lo que le hice a esa mortecina. Que se las daba de macho bravucón. Como queriendo ser soporte en la casuística freudiana. O en la teoría acerca de los niños difíciles, esquizoides; en la opción neurolingüística. O en el o la sujeto con la palabra autoritaria como forma permanente de acción hacia la inhabilidad de la palabra como pulsión; a la manera de Foucault. Angelito sequía como envarado. No atinaba a entender lo que debía hacer. Si conversar con el doctor dueño del hotel. O si seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el poeta, en ese decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había metido. Se decidió por lo último. Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora, era ella. Tejiendo esa tesura de vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la ternura, tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y de llegada. Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a cualquiera le da por enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué y, precisamente, las guerras y la erosión de la ternura, como que son y han sido sinónimos compuestos. En lo que este símil
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    tiene de juntarpalabras. Más allá de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco de los poderes…” El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora llaman estresado. Todo por cuenta de “esos negocitos que, siendo pequeños (como caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos. Nada que le había resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la alcaldía; o en el concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de los padrinazgos. Y se atraviesan, como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que unta y unta manos y manos. Y nada. Y, así, no hay billete que alcance. Y, “las tres bellezas”, seguían por ahí dando lora. Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de turistas y pobladores. A cada nada echaban a reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por cualquier otra cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O ron. Menos aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no ser. Horadando esa historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O con lo recién recordado compromiso con la niña de la tiendita. Habían quedado en verse aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de la señora Fortunata. La misma de las almojábanas símbolo de Paipa. Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera. Esta vez se fue por el lado de lo que le había contado Zoraida, acerca de su pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó donde “los tíos”. En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor de su madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y campesina. No registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto. Los valores, si acaso los hubo, trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar, se lo encontró a él. Como si nada. Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas matanzas ramplonas. Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el contrasentido. Como, en el entretiempo, de cualquier competencia viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y empezó la bebeta. La primera ronda a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del doctor dueño el hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto Cantinflas, cuántas películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al lado de Angelina Jolie tal vez le hubiera curado el mal de ojo que le acompaña desde pequeño. Y, siguieron hablando, como hasta las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los siete litros de licor. Ni a ellas. Ni a ellos. Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se quedó dormido en el sofá de la sala de recepción. Y empezaron los sueños a dar tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de Gumersindo Arbeláez, su amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por salir al solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban en el piso, en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos, como en los serpentarios. Ni Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca. Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En tiempo y espacio. En un sueño, dentro del mismo sueño primero la vio con Hermógenes Bobadilla, el carnicero del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco dijo nada, nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin Mayolo, Juvenal Alzate; el negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda. Una promiscuidad que resultó ser imagen y acción bella para él. Lo erótico en superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la profundidad de su goce. Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera. Lo cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a la cual le construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero. Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los tres cuerpazos que conoció), eran algo así como las dos de la mañana. Se le quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo supo. Lo que sí se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del espectáculo, ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la libérrima Paipa, ciudad turística y mundana.
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    Salieron a lacalle alumbrada por una canícula protagónica. En una inmensidad de cuerpo brillante que había emergido hacía ya casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las piscinas. Un hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaron por la zona que llaman de vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban, vestidos. Ella en traje color panela. Trenzado con hilos de algodón multicolores. Él con pantalón verde militar y camisa blanca, ya ajada y con líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de polvo y sudor. Se metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras. Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si estuvieran al compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo Favio. De allí f ueron desalojados a la fuerza. Entre tres vigilantes del hotel y seis policías municipales, los tuvieron que cargar hasta la calle. Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le preguntaba a Leonilda; justo un día después de haber estado con Caribú. En las andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de Paipa. Un poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los Océanos. Pero que, justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y que, por eso mismo, llegó esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita insaciable en cuanto a recibir ternura. Insaciables, los dos, otorgadores de ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito. Espasmos que desparraman la locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En sincronía perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino pleno del Bolero. De un Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida. En un desafío al mismo Sol. Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada a los rigores de lo incendiario. Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una juntura nacida de tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron condicionando el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío. Centinelas, uno y otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando les mataron sus almas, por la vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa desesperanza, empezaron construir la esperanza que habrían de ser sus vidas. Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En cada acechanza. El uno y el otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en cualquiera de ellos. No hubo en esa, su casa, rincón que no conocieran en sus escarceos pulcros, prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En combinatoria perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se dieron cuenta cuando pasó la vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó sin advertirles nada. Tal vez para no desdibujar lo hecho por ellos. En esas pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas. Como aprendices de motricidad fina. Ya estando viejos. Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y la pensadera. En fin, de cuentas siempre la tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo. Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De sus parentescos. De lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial. O de lo del entorno en cercanía. Y se vio, otra vez, sumergido en el follaje de la diatriba y de lo a trabiliario. Regresó a uno de los tres mundos de la bisabuela. Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin el crucificado a bordo. Más bien como esa hechura plena. De instantes en la voltereta. Viéndolos y viéndolas a todos y a todas. Desde López Pumarejo a Eduardo Santos. Desde Laureano hasta Ospina Pérez. Desde “el caudillo del pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por “el sargento hecho poder nimio, vergonzante”, hasta el triunvirato. Y desde ahí hasta…la letanía continuada. Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de sesera propia. Corría veloz. En el tiempo. Como aventajado sujeto; al que le dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en cualquier recodo de vida. Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer; pulsión de vida. Percepción de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a los rígidos dromedarios en el desierto: Tratando de llevarlos por el camino cierto. Sin esa ambivalencia de los plenipotenciarios negociadores perennes. Sin la cantinela de los pregoneros. Gnomos
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    perdularios. Heraldos conla semiótica perdida. Como perdido fue y ha sido el rastro de los lobos de la estepa. La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las ocho de la mañana ya estaba en el hotelito de la comadre de su papá. Bien acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en búsqueda de su furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado. Como queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme lo había prometido. Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y puesto. En crecimiento sus pechos. Inflamados estaban. Tal vez por el mismo afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel a quien ya amaba. Desde la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya expreso, tanto que le quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad de forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando a ese entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre dichosa y cándida, llegó como lo había prometido. Con ansias locas de sentir adentro; bien adentro ese falo inmenso con el que empezó a soñar, sin verlo. Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en el escenario mismo, en que mataron a Rafael Uribe Uribe. Como quiera que Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de casi ochenta años de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo el día 22 de marzo de 1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas cervecitas. Aprovechando una gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la recién fundada Cervecería de Barranquilla. Con su producto estrella “Cerveza Águila, Sin Igual y Siempre Igual”. No fui el único ese día. También estaba Marianita Monsalve. Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su novio. Por puritanos vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo empecé a llamar “Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que me acompañaba después de haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que su peregrinar por el mundo de las ilusiones guerreras y solidarias, no eran reconocidas a casi cien años de su muerte? Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo había reseñado, como al garete. Como al viento, dos mensajes que se me vinieron a la cabeza, después de haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio Galán. Vi florecer una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De Comuneros guerreros. Y, doña Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se hizo madre de la mujer amada por mí desde entonces. Imaginación de inmenso simbolismo. Tanto, como que difundí la historia de lo que forjó. Con ese talante libertario. Pegado, ahí. Siendo su piel y su guía. Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era de cuerpo. Ese día me dijo: “…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case con Bartolomé. De lo que si estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va encontrar otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que prefirió huir, sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella. Solo, una fugaz referencia expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de Serafín Paniagua. Insólito personaje que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una manera de bordear el abismo, sin caer en él”. Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene que ver con lo que algunos y algunas, quieren que no seamos. Parece trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea. Dueño de la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño de una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy clarito lo dice nuestra Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que, casi siempre ha sido así. Lo que hagas y digas tiene relación con lo que te prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me convencí, aún más, de lo cercana que estaba su expulsión del hogar en que manda don Timoleón Monsalve. Y, también, del repudio público que habría de hacer Bartolomé Valtierra. Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío perenne. Nació en Villa de Leyva. Una impronta monosílaba. Como cuando se percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha su voz. Un murmullo, el de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra. Una arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de lo que sería el
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    futuro. Habida cuentade lo que somos, ahora, sin querer serlo. Tanto más como que puede ser una vivencia, como expresión de lo plana que es la vida, cuando no se tiene otro referente que la azarosa perfidia latente. Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que cuentan que dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda. “…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomencla tura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos…”2 No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando lo leí por primera vez. Y que, por lo mismo, marcó mi ruta, de por sí desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No valía la pena, dada su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin contexto. Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para contar cosas con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado. Sin saber por qué y por quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo dicho. Como cuando se asiste a una sesión con el ventrílocuo. Como transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su expresión. 2 Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.
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    Estando en estas,apareció Bartolomé. Con esa cara de corcho varado en remolino. Entre saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto, machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun sabiendo que lo que él conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La Dorada, conmigo, cuando saqué en volandas a Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque, cuando me atacaron a machete rula. Y me levanté siempre presto. Le dije “vea Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere, por ejemplo, que yo soy su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy pendenciero de tiempo completo. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores Guzmán, cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando usted de paso, hacia Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario Fermín Bocanegra. Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio más conmovedor de nuestro país. Yo había leído su “Manifiesto acerca del Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes espléndidos en relación con el sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por mucho tiempo, el único líder político al que le creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En esos tiempos azarosos. Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía insignia de malévolo vende patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su envergadura. Son, pues, Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos luchadores por las causas sociales y políticas justas. Aspirando construir mejor país. Más humano. Más solidario. Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a Francisca. En esa franja inmediata de tiempo, tejió interpretación de futuro, por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito. Muy original, por cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de María Cano. En cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la encrucijada. En sucesivas heridas recibidas. Con Cataluña como marco geográfico. "…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar. Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su responsabilidad. Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir, tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas. Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de las crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción constante con la calidez. Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias. Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera
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    en que Stalinasumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades. Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza. …Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936…Y, sin saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví a recordar lo que la abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días habidos. Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre. “…De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente en cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo. Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años. No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez en cuando. En verdad Ifigenia no se en que pensás. Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí, preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen. Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no se hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de todo. Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin horizonte distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender. Por lo menos en la escala de lo mínimo posible. Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente reparador. Todavía están intactas las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí, explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita. Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas,
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    ordinarias. De esepérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto con poder económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio. Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado el asedio y las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día. Hasta cierto punto, ese diario de Francisca Caraballo, me ha ma ntenido en vilo. Y, ahora que vuelvo, después de tantos años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la nomenclatura histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito, las condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los atizadores. De aquellos que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y que, posteriormente, lo hicieron en la cruenta intervención en la huelga de los trabajadores bananeros en el Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido alrededor de la ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de la dirigencia que tensionó hilos, en la perspectiva reinventar continuamente, procedimientos y veleidades que hicieron vigencia durante el tránsito político de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De esperanzas e ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa finalización de siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en la manipulación de conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de momentos hacia la guerra y hacia el exterminio. Nada diferente a lo que se cumple en esa nefasta década que va desde 1940 hasta 1950. Incluyendo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos horas después. Le dijo a la niñita que se había quedado dormido muy tarde en la noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y que su amor por ella, era amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda la entereza y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el alto vuelo que solo dan las palabras y el viento en crecimiento. Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron. Como fundidos cuerpos buscándose en todo lo que los cuerpos tienen. Un aluvión inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes cruzan los dedos. Un remolino envolvente. Y, esa doncellita susurraba palabrotas transmitiendo deseos. Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus ojitos color mango biche, derramaron tantas lágrimas de aliento y alegría; que llenaron más piscinas que las que en Paipa había. Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por fin deshicieron el encierro, policías y tunantes agazapados. Dos heridas de daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones heridos, arrancados a la fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insípido y vejado. Dicen, todos dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la doncellita. Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera en sueños. En este sueño mío, ahora. Sueño definitivo. Pero mucho más punzante. Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido esta vida mía…Y me perdí en laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó coordenadas a su amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último, que hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y las engarcé como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas. Episodio doce Cuando nació, mi Ancízar, en ese tiempo. Como hecho pleno Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo percibo como referente. Mi memoria, se desplaza hacia atrás. Por esa vía configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si, desde ahí, estuviera atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día, empecé a sentir el desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al garete. Es una forma de expresar el sentido que ha tenido mi recorrido. Incierto, desde ahí. Desde ese primer
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    momento. Enfrentado almundo con cierto vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé disociando las ideas. A contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir, asociando hechos, ideas, momentos, ilusiones. Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la vida, hubiese tenido un grado de dificultad mayor. Porque fue un instante de profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las vivencias de mi madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un acompañamiento conmigo mismo. Como si hubiese sido necesario crear la duplicidad del yo. En el entendido de que debía ser así. Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo necesario para no claudicar allí mismo; sin haber iniciado el vuelo. Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no haber intentado nunca el juego elemental aritmético de retrotraer el calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no satisficiese mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo que somos y hemos sido, muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones de hechos. Como si, cada uno de esos hechos, ya estuvieran codificados. Es una figura paliativa que nos induce a seguir adelante, viviendo. Pero, a decir verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la historia. Esa que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de una interpretación más allá de la simple sociología del recuerdo. En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante. Venía en crecimiento. No se si identificarlo como suma de hombres y mujeres. No se si identificarlo como sucesión de acontecimientos vinculados con el tránsito complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los acontecimientos. De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las normas, asociadas al dominio construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil, al mismo tiempo religioso y político. Perfil sin matices distintos a esos que ya estaban y que habían permanecido desde 1810. Lo sentía como tósigo que ya había sentido. No se si en los sucesivos sueños que tuve desde el primer día. Y que, aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso de verme inmerso en un territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo creo así, sin querer hacerlo. Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo. Barrio hospedante. Típico de ese tiempo. Calles como simples trazos, sin ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones que después encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a apropiarlo. A hacerlo mío, trascendiendo la actitud de infante sin reconocimiento de las cosas y de los hechos, al interior de una casa. En esta, los hermanos y las hermanas, no eran o tra cosa que figuras que percibía como sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese momento, me percibí como sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que compromete la lucidez; por cuanto la ubica en una categoría conceptual alejada de los roles que cada quien puede o quiere asumir. No podría precisar lo que sentí el mismo día en que accedí al espectro invariado de la casa. Si de esa en que nací. Escuchaba las voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro, ahora, a distancia, si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición de recién llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera asirlas y entenderlas. Tengo la sensación de haber escuchado, como ráfagas, los cantos. Desde la aldeana, hasta la pastora. Pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de haber escuchado las versiones libres que se hacían de las historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían temblar. El Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura larguirucha. A la espera de poder entrar a las casas, para excitar la risa en la víctima elegida. Cosquilleo que no cesaba hasta que se producía la muerte, entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad para retomar la respiración normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que transitaba por las calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra y desaparecer con él o con ella. O la Patasola. Una expresión sin características físicas fijas, identificables. O la Llorona. Mujer en búsqueda perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y variadas versiones de brujas. Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que se atreviese a desafiar la soledad y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante
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    permanente, su mundo;su fortaleza. Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi padre decía tener el antídoto o, al menos, la clave para evitar que entraran a los cuartos. Se trataba de esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera que ellas, precisamente por su tendencia a antojarse de cualquier objeto, se detendrían a contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol y se ocultarían de manera inmediata. Su refugio, durante el día, era desconocido. O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad existían lugares que se exhibían como referentes. Que la Plaza de Cisneros. Una especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San Fernando. Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y puesta en funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación del Ferrocarril. O El Pedrero, sitio adyacente a la plaza de mercado. Sitio para el rebusque de promociones de tomates, plátanos, cebolla, papas, legumbres, etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de aviesas costumbres. O el Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El Bosque de la Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el lago; el carrusel; la rueda de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca, La Curva del Bosque. Sitio al cual arribaban los bandidos: Pistocho y Pacho Troneras; después de haber asaltado un banco. Allí bebían ellos e invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último centavo. O El Fundungo, Lovaina, Las Camelias. Reconocidos como sitios, en veces, o como barrios, otras veces. De todas maneras, zonas en las cuales se podían encontrar lo que se conocía como “casas de citas”. Y se llamaban así, porque allí llegaban los hombres, adultos y m uchachos, buscando mujeres. Y allí esperaban estas para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas que administraban. O los dueños que atendían, sin ninguna intermediación, las solicitudes y designaban a las muchachas; por riguroso turno. O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño. Nunca se supo porque esa denominación. Solo, que por ahí atravesaban los rieles del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio en donde se encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a recepcionar y servir de reclusorio a los locos y las locas. El concepto de enfermedades mentales, solo lo manejaban los médicos. Para todos y todas las demás, eran simplemente eso: locos o locas. Ubicado en “cuatrobocas”; barrio Aranjuez. Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón; La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur- oriental. Desde muy pequeño supe que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre Arturo. Hogar que fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de fincas en lo que era la periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que la parte aledaña a la carretera que conducía a Envigado. Con el correr del tiempo, tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le llevábamos el almuerzo o la comida, o el desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches, preferiblemente. Allí escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba las bellotas. Arturo Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció de cerca algunos eventos. Que la Guerra de los Mil Días. Que a Salvita ascendiendo en el globo inflado con helio. Y la tragedia de Salvita; que murió en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de la construcción del túnel de la quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero Francisco Cisneros; de origen cubano. Que dirigió la construcción de ese túnel y también la construcción del puente colgante conocido como “Puente de Occidente”; sobre el Río Cauca; entre Sopetrán y Santafé de Antioquia. Pero estaban, también, los barrios Manrique, Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado (situados al centro y nororiente. O Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier, Calasanz; Robledo. Episodio trece En ese andar, se me fue yendo Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora, recuerdo otras cosas. La ciudad seguía expandiéndose. Con las limitaciones asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que
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    hacen del tránsitocentral un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro. Mientras las pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Unas bien construidas. Otras, simplemente, pautadas por los requerimientos de quienes llegaban del campo. Como ahora, en ese tiempo, había desplazados. Porque la violencia se ensañaba con quienes habitaban las zonas rurales. No solo en el Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores del desarraigo eran, al mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y siguen siendo), al mismo tiempo, beneficiarios de la guerra. Por su condición usufructuarios de los sucesivos regímenes. Tenían el control desde hacía mucho tiempo. Casi desde el mismo inmediato posterior a 1819. Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de las calles para auspiciar la lúdica. O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese territorio. Y, entonces, creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos primarios. Por lo mismo, en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo; que las escondidas; que la lleva; que la guerra libertaria; que los trompos; y las bolas de cristal y, “las vistas” (recortes de las cintas o las películas), con sus acepciones “cuadros” (para designar a aquellas en las cuales aparecían los protagonistas o los denominados “el muchacho” y la “muchacha”); o el ejercicio de elevar las cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los globos de papel, llenos del calor y el humo producidos por el mechón encendido con gasolina o petróleo y el cebo o la esperma como combustibles. O el ejercicio de lanzar piedras con caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían en el centro un receptáculo hecho de cuero y en el cual se colocaba la piedra a lanzar). O el intercambio de revistas (folletos con las aventuras de Tarzán, el Llanero Solitario, Batman y Robin; El Pájaro Loco; el Conejo de la Suerte; El Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas) en los teatros (salas de cine) de los barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique; Rialto; Olimpia; Aranjuez; Belén. O la trenza humana (formaciones entre dos grupos. Uno al frente de otro; cogido de la mano. Hombres y mujeres); a partir de la cual se cantaba matarile lire lo. O la trenza en rueda que permitía o impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba libre por fuera de la rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba listo ya. O el juego de la perinola; o el de catapis (Jaz); o el juego del carga montón (se escogía la víctima que tenía que aceptar que todos y todas cayeran encima de él o de ella). O el juego con el lazo en los dedos, construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección de cajetillas de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se jugaban. Como si fueran billetes. (Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L & M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así, sucesivamente). O la preparación y realización de novenario en la época de diciembre; incluido el ejercicio alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el fútbol. La pelota en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en la calle. Calle para el juego. Calle libre. Inclusive con el vigía, encargado de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía municipal); la bola (vehículo policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego. Porque estaba prohibido tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición de quien o quienes, siendo habitantes del barrio, odian la expresión lúdica. Ahora bien, la confrontación entre grupos interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a expresiones vandálicas, violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc. Forzando un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre bandas en los barrios y/o en los colegios Y, entonces, esa apropiación de los espacios, corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros y maestras. Muchos y muchas, autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la deserción escolar. Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles, tolerantes, amigos (as). Que la sopa escolar (una figura reducida del restaurante), a la cual accedían los niños y niñas cuyas familias eran mucho más pobres que el promedio. Que el pan y la leche que se entregaba en los recreos y que era posible, en razón al convenio con Caritas Arquiodecesana (organización religiosa-católica) y las entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir de convenios internacionales con países europeos o con EE.UU. O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces; las caminatas; el sancocho elaborado a partir de recursos propios recogidos en las escuelas. O
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    a partir delos aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas no eran mixtas. Además que, las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m., hasta las 11:30 a.m. y desde la 1:30 p.m., hasta las 4:30 p.m., de lunes a viernes. Los sábados de 8:00 a .m.; hasta la1:00 p.m. Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde ahí, desde la escuela. El recuerdo no es vago. Tanto así que tengo claro el momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el mundo con los ojos de quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo protagónico. Es decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita. Condicionamientos acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con ella, mi madre, sin otro horizonte que el centrado en nosotros y nosotras. El padre que deviene en un rol cercano al autoritarismo perverso. Pero ahí; sin descuidar las exigencias derivadas de su posición como cohesionador forzado del grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque, entendido como colateral a referentes plenamente definidos, en nuestro caso no tenía por qué existir. Éramos un conglomerado de individualidades vinculadas a un espacio, nada más. Siendo, como en realidad era, Norela una niña aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la sensación de haberla visto antes de conocerla. No se por qué, me viene a la memoria un cuadro de desazón. Como si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de algunos hechos poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras otro, sin término. Como si no atinara a establecer con claridad mi estancia allí. En ese mundo hilvanado a partir de secuencias enrarecidas. Veía, por ejemplo, a mi hermano mayor en un rol de sujeto vociferante. Yo estaba en la cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era en el Fundungo; en Chagualo. De todas maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado. Yo, ¡pero que hacía yo ahí; si estaba en la cuna?. ¿Una ubicuidad no deseada? Lo único cierto, me sigo diciendo a mi mismo, es que él estaba ahí Y yo con la escalera, tratando de auxiliarlo para que bajara del tejado. Por el patio. Estando el padre, también vociferando. En la misma casita. Los mismos insultos. Iban y venían. Uno y otro. ¿Pero qué hacía yo ahí, entre los dos? Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la textilera Coltejer. Y el televisor allí. En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la ventana, tratando de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la pantalla se veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los actuantes. Y Norela me miraba, a través de la cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar. Y Norela con el plato en la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla. Para que dejara la ventana. Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos. El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el poder. Siendo el cuadro político antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado desde ahí. Desde ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López Pumarejo y su Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. El sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A ser libertador. A ser guerrero guiando a un pueblo famélico y agarrotado. Nuestra familia era una de tantas miles sin horizontes gratificantes. La heredad, provenía de dos íconos perversos. Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el divino Laureano”. El perdulario que encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas achatadas. Con una sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo intelectual. Hacedora de fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que pretendía pasar a la historia como héroe. En una Colombia desagarrada por él, y por Ospina Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los azuzadores perennes. Un fascismo inveterado. Héroe de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la tragedia de un pueblo inerme. Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo Alfonso López, que se arredró ante la infamia. …Y yo en la ventana, mirando las imágenes distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las nueve de la noche. Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando
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    la cortina paraque yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la noche. Fin de la emisión. Y Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada, hasta mañana. Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y es que las niñas recibían solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el padre Astete. Y, lo demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es decir casi esclavas como mi madre. Y que se repita el ciclo. …Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá. Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día. Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora. Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo. Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia. Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en
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    concreto, elevado; pordebajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín. Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido. Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí Episodio catorce Ancízar en ese escenario de voces inciertas …Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo XX. Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá. Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día. Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora. Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo. Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y
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    los nuestros (¿…nuestros?).Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia. Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín. Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido. Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Episodio Quince El umbral propuesto Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí así, porque no levitaba. Porque no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo sujeto niño; sin perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de la escuela y que fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los sin horizontes. Al menos de esos que siempre escuché hablar a los adultos y adultas que hablaban por las emisoras y que escribían en las primeras páginas de El Colombiano y El Correo. Yo leía: Horizonte: sinónimo de futuro o de lejanas aspiraciones. Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío de la desescolarización. Con extravíos. Con los imperativos y las imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con hilos endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con un solidaridad formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una ensimismada en sus procesos internos. Las otras dos, ansiando ser matrimoniadas, lo más pronto posible. Para ausentarse de ese territorio inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de ellas, desertando, hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía paternas. Abuela ya reducida a la silla de ruedas, casi sin ruedas. Más como silla estática. Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería decir: un sujeto de comparación. Porque el otro hermano mantuvo su escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente asociada a las angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas partes. Hijo menor que ya, desde ese entonces, alucinaba. Creando espacios y personajes enfermizos. Ese yo ahí. Aparentemente un holgazán niño. Un sujeto en la quietud que suponían quienes me veían deambular; por la casa. O por el barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella.
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    Ya viajaba soloa lo que denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria de ganados; al lado del padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al lado del padre. A Sopetrán, San Jerónimo, Santafé de Antioquia; Liborina. Pero, también a Rionegro y a Fredonia. Siempre al lado del padre. Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a ser marcado, de por vida, por hechos y situaciones que fueran adversas. De una u otra manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los cuales era víctima o victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los truenos en una tormenta eléctrica. Pero, más aún, por no hallar explicación ninguna. O porque me enseñaron a asociarlos con el exterminio a que seríamos sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría, estaba situado yo. Por no ir a la escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo. Porque, a decir verdad, me sentía bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando esa angustia. Simplemente, los hechos, están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y sufrí yo. Siendo niño, entre perverso y santo. Solo que la santidad me abandonó, en proporción directa a mi incapacidad para ascender, para levitar; para volar al lado de dios. Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del compromiso, en el poder. Ya empezaba la feria de las mudanzas. De los intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto ignominioso. Pacto construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados. Pacto suscrito, vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían nacer; ni crecer; ni mucho menos expresarse. Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando en ese tránsito; sintiendo flotar en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos lo impusieron. Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo siguen haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza es vivir; y caminar; y trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y soñar. Ellos que promovieron las muertes físicas masivas. Y que promovieron la extirpación de las ilusiones. Y que, por esto mismo, han lobotomizado los espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan al olvido. A creer que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de los enemigos de la patria. Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de entender el modelo impuesto. El problema era que no tenía ni medios; ni conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una predisposición a seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir que venía fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese grupo familiar vigente desde antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para mí, presencia con el correr de los años; de mis años. Ya, entonces, Chagualo y Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no accedía a el. Simplemente, ahí en la casita o en las casitas. Ya la madre era esclava. Se hizo así, a partir de mis miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias intelectuales. Miserias políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de violentados. De violentos que conducían con rumbo definido por ellos. Violentos que agredían aquí y allá. Violentos que protagonizaban ejercicios aparentemente diferenciados; pero que eran lo mismo. Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol protagónico de mi mismo; seguía el curso, mi curso. Ya en la calle. Ya en la casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir ser visto desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto niño sin posibilidad de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de la escolaridad. Desertor, más no herético. Porque el origen de esa deserción, la motivación de la misma, no estaban anclados en una opción de vida diferente. Y no tenía por qué serlo. Porque no tenía opciones alternativas. Simplemente ahí. Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara y donde Arturo Gómez. Una vida al garete. Incluso con tendencias y manifestaciones perversas; vistas con una óptica moralista. Sujeto niño ahí; sin nada entre las manos. Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también. Ya la ciudad no era la misma que conocí o que imaginé. Ya los barrios en las pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla Y Pedregal y Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas viviendas ya con casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de El Poblado. Ya Bello y
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    Copacabana, al norte,se integraban; en un concepto de territorio mucho más vasto. No se si, desde ese primero momento, se asumían los conceptos de zonas metropolitanas. Pero también, al sur, se acercaba Itagüí y, aunque de manera más lenta, Envigado. Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar inmerso en un proceso no pensado; no entendido. Pero estaba ahí. Como proceso envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad moderna, actuaba independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y las otras. No se, en fin de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento urbano, una opción como la planteada por Manuel Castells. No se, si en el caso de los y las ciudadanas en mi ciudad y en las otras ciudades. No se si la presión, a partir de los desplazamientos masivos, sobre la ciudad y, por lo mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o no expresión en términos de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no se si alguien, en nuestro país tuviera, en ese entonces, posiciones como: “…Cuando se habla de problemas urbanos nos referimos más bien, tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común a toda una serie de actos y de situaciones de la vida cotidiana cuyo desarrollo y características dependen estrechamente de la organización social general. Efectivamente, a un primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la población, el acceso a las guarderías, jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una gama de problemas que van desde las condiciones de seguridad en los edificios (en los que se producen, cada vez con mayor frecuencia accidentes mortales colectivos) hasta el contenido de las actividades culturales de los centros de jóvenes reproductores de la ideología dominante…”3 En verdad dudo que se hubiera desarrollado una opción de vida urbana, así en esas condiciones. Lo que este sujeto niño perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de quien no tenía ni siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún, reconociendo que, cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una estructura escolar-académica en donde el lugar para la profundización no existía. No iba más allá, como lo expresé arriba de aglutinar una serie de saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa, particularmente la católica. Estaba, pues, situado en un reconocimiento del entorno inmediato y mediato. Reconocimiento que no iba más allá de encontrar espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica podría haber, en mi escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron y mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar; particularmente de la madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las posibilidades y justificaciones para profundizar en torno al cuadro comparativo con mi hermano, el escolarizado, que seguía avanzando. Entonces, una noción de ciudad y de país y de mí mismo y de los demás; que comprometía las fijaciones que había venido construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes. Expresiones en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi cuerpo y que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas asumidas por mí antes. Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a asumirlas. Opciones como latigazos. Opciones que conminaban a no existir más. Opciones que me proponían huir de la casita y abordar el camino del transeúnte sin referentes. Como si me propusieran jugarme la vida en el amplio espectro que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a cualquier sitio sin ningún nexo con los hermanos, las hermanos, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes que se erigían como mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda angustia. En extravíos que yo no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una angustia sobre otra. La mía propia y la heredada de esos sueños absolutamente onerosos. Y era el año que marcaba el inicio de otra década. Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi dieciséis años. No era sujeto hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en la posición de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de la necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el conocimiento. Vale la 3 Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”.Siglo XXI Editores, segunda edición en español, 1976, página 5
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    pena aclarar, ahora,que había innovado en lo que respecta a la justificación para desertar. Una figura, parecida a las imágenes que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y una voz que me reta. Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad. ¿Pero sería cierto eso? ¿De cuándo acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún ahora no me lo creo. Yo no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por el contrario, un bandido que se azuzaba así mismo; vertiendo palabras. Sin poder construir una o dos frases con sentido. Solo, en esos sueños tormentosos, venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa exterioridad que no percibía sino en la vigilia del día a día. Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo lo relacionado con la continuación del exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese pacto entre los mismos. Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho de aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas las noches. Veía a los campesinos y campesinas. Niños y niñas. En las travesías. Solo ahora, después de haber leído al maestro Alfredo Molano, en su trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva adentro”, he podido descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado de esas imágenes. Los sin tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento a la vida. Como si esta estuviera flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de asirla. Mientras tanto los aviones y la tropa de los jerarcas. Apuntándoles. Matándolos. Y los gritos de rabia y las lágrimas y la ternura invitando a resistir. Y los jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a reconocerlos como voceros válidos. Como convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los discursos ampulosos. Y llegó el segundo de la lista. El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no sabe nada de la vida de los y las demás. Que mantuvo la línea de acción. Con los chafarotes a la ofensiva. Limpiando el campo. Siendo, esa limpieza, un concepto asociado a la matanza. Generalizada y selectiva. E inundaban los campos de panfletos. Convocando a la rendición. Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia. Bandidos eran quienes no se dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de la dignidad y, porque no, con las armas que habían logrado salvar. Y los niños ahí. Y las niñas también. Muriendo ellos y ellas. Y sus madres. Y sus padres…y todos y todas. Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les hablaba. Una a una. Como macho subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos. Me disipaban las angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría raudo, al salir de mi jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba como flecha veloz. Y llegaba y Rosita ahí y Gudiela también. Un día con una y al otro día con la otra. Y ellas accedían. No sé por qué. Tal vez porque era adolescente alucinado. Con toda la carga emocional de los sueños. Me fui volviendo taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por eso Rosita, la más cercana, la más tierna y la más conmovida; me acogió. También me acogió su madre. Y Miguel, su hermano. Con él profundicé en amistad. Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque la veía, al lado de las imágenes tormentosas. Porque con ella hablaba. Y ella decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión me transportaba al universo en el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca de los años luz, como ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo. Pero tenía miedo a la soledad. Por eso, le conté a Rosita. Y, con ella, si quería viajar. Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero más distante. Más fría. Me daba miedo esa actitud. Hablar con ella no suponía, como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me hacía falta hablarle. Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no lo expresaba. Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me aceptó. Me consideraba demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida. “Y ella, con ese personaje tan feo”. Esto me lo contaba Gudiela. Y lloraba al decirlo. Me amaba, pero sufría c on las expresiones de su madre. Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un día cualquiera, se fue Gudiela. Su familia se trasladó hacia Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de Rosita. Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo que
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    ir. Sé queno volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No puedo hacer nada, porque no soy libre. Adiós”. Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos cómplices en todo. Caminar, desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable. Ella y yo, de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella, incólume. Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas. Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba ahí. Al lado de las imágenes que me atormentaban. “No sufras patico”, me decía. En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de semana; como si no hubiéramos hablado todos los días, al salir de la escuela. Episodio dieciséis Eso, en mí, de verlo y sentirlo como sujeto volátil Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en veremos. Muy intermitente, casi nula. Y, Rosita, se volvió recuerdo. Como con Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra etapa del peregrinar. Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo, otra vez, mi deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre Prado, Campo Valdés. Volví a mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones producidas por mi mismo. Y el grupo familiar se había ido desmantelando. Ya no estaba el hermano mayor. Tampoco dos de las hermanas. Se habían matrimoniado, huyendo de la casita inhóspita. Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas y en los ayunos, conocí al padre Daniel. Exégeta, pero demócrata. Había logrado construir y posicionar grupos de acción, dentro de los jóvenes cercanos al ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud Obrera Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no como proceso continuo y/o programático y político; sino como respuesta a los atropellos de los patronos. Yo, en ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi actividad laboral, periódica e intermitente, con la escolaridad. Y caminábamos las calles solicitando ayuda para los huelguistas. Recaudábamos alimentos y algún dinero. Participábamos en las reuniones con ellos, con los trabajadores. Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los sábados, en la sala de reuniones de la casa cural. Y leíamos los evangelios. Y los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los hospitales, a visitar a los enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por esa vía conocí a Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant; y A Hegel; y a Hobbes; y a Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo la red de los rebeldes. De los que aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento profundo en las ciudades. Y fuimos relacionando esto con la tragedia de nuestro país, tragedia de los nómadas forzados; los de las travesías; los bombardeados; los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas muertas y muertos, al lado de sus madres y de sus padres. Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se empezó a desenvolver la actuación como proceso. Como continuidad. Porque accedí a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la universidad, sin matrícula. Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa. Y decanté lo hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo Torres Restrepo. Todo porque el sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una lucha acompañando a los desarrapados del basurero. Hoy los llaman recicladores. Y Vicente convocó a Camilo, un día cualquiera de octubre. Y estuvimos con él. Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de equilibrar mi religiosidad con la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de la lucha de clases. Empecé a reconocer, en todos los entornos, los objetivos fundamentales por los cuales luchar. Y se hizo gigante y hermosa la espiritualidad; esa tendencia que había estado ahí y que fue resortada y voló a todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad
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    y a asumirla.Profundamente triste y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo absoluto cabalgando en las nubes y en el polvo cósmico. Iba y regresaba. De aquí hasta allá Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo acontecido conmigo. Porque, en el día a día, sentía morir por todos y por todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su reemplazo. Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación impuesta a sangre y fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien lo siguió; el otro Lleras. Porque el pacto entre los perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los trasgresores y trasgresoras del orden establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles. Fue la década de la infamia. La muerte de Camilo; la muerte de Ernesto Guevara; las muertes de todos y todas. Soñadores y soñadoras; intérpretes de la lucha diaria. Aquí, en esta ciudad que seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya estaba el barrio obrero, Campoamor; y había crecido San José la Cima; y Santo Domingo y apareció Guadalupe y Loreto se extendió hacia el oriente; y Villa Hermosa se fragmentó. Y sus aristas crecieron. Y se construyó la ciudad universitaria, para agrupar las facultades que estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el movimiento estudiantil Ya había demostrado su poder en los enfrentamientos en Estudios Generales, sección de la Universidad de Antioquia. Y creció la lucha por vivienda digna y por un servicio de transporte eficiente y masivo. Es decir, ahora si se estaba dando lo que preconizaba Castells. Era otra ciudad, sin lugar a dudas. Éramos otros y otras. Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi, allá. En una batalla callejera, izando la bandera de la esperanza. La vi y me vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era de él. Y, por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como manifestación latente. Como figura dispuesta a aparecer al menor descuido. Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita llamándome ¡ ven patico ¡. Y me negué a seguir viviendo. Y desperté. Y navegué, deambulé por todos los espacios conocidos. Y no estaba en condiciones de ir al tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he transitado. Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando ta nto o más que yo. Y volví a la religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las laceraciones…y muerte. Ilusionario Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí mismo, ojala lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me aclamaba. El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto estaba junto a él. Esperando ser atendido por la asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una casa en el aire. ¡Venga ya. Atrévase!...¡Tenga casa hoy mismo. Somos los mejores del mercado!...”.Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré. Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de género. Y otras cosas!
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    Todavía recuerdo, medijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana. Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante. ¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero, puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea como las de los pesebres. Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho. Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración. Fíjese. Cambie de actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los atendemos…” Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos. Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección. Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor, está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza. Pero que pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis. Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…”
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    Y sí quenos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica. Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena! Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno, comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores. La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m., hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso. Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el referendo. Pero, a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber llegado al otro día; a uno le quedan dudas. La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora. Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana por cierto, estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado mayor. Es decir, cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores. Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez. De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia. Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquidocesana de Regentes del Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los requisitos.
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    Volví a casa,casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto. Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi siempre, porque no compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco Central. Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”. Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”. De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó, estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además que, verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”. A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa. Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella. Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó. Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel. Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia, entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Betancur, empezó a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba un mil seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes. Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman.
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    Cocinar, lavar ropa,plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega. Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate. Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una excitación absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo, exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista. Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde. Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en inventario”. Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más, cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo. El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Que pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…” Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que, aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción”…sale loco de contento, con su cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis manos? Por cuenta de este malparido bocón. Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…” ¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y
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    todo por culpade ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa. Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”. Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá. Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están entregando para regalar casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República. Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña Consueta, mujer de amplio espectro en el coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescún, el marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin que lleva casi siete meses. Nos cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as) favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”. Más o menos dos millones. Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos. Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…”
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    El trancón, entrandoa Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para estar ahí adentro, con ese palo al máximo. Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa. Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo de las “escobitas” en el área de Paloquemao. Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora. Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, que más?. Lo retrata al pie de figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.” El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.” Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito.. “…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial no importa.
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    “…A pesar detodo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega. Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…” Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos huevitos y jugo de toronja. “Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján, asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”. Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras le prometo que usted, su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal Albarracín, que es ahijado mío…” A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡ no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor. No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa. Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo. “Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…” “Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé que ese marica nos puede ayudar…” Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro por cierto. Ahí dejé lo poco que me quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada. Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar, porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó, también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
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    Lo cierto esque volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto. El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada en Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte de nuestra Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es que, mucha gente desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…” Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años. Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo arranque. Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilito prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur del País. Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de tres mil millones de pesos y…listo. Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, co nociéndola como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante. Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su familia y almorzando. Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en esa empresa de vigilancia para la cual trabajan. Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”. Y dicho y hecho. No pudo más. Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la
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    verdad:”…voy a veren que le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito. La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a l o de las costuritas y la confección. Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos e inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato. Es tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino. Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza. Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico. El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió. Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire. También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron, ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante.
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    A todo loanterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo, después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más. Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja. Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del hambre. Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre. Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a Fulgencio, su vecino. Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos. El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal. Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces, hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos. La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Le pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona. Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera permanecido sola.
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    Fuimos hasta elcomando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada¡. Ni rastros de ellos ni de ella. Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates, quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente. Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie¡. Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos. Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas… Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber que pasó. Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo. Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos. El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores para que negaran mi permiso.
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    Yo, Universo herido Quizáestoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y yo traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en el entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí, antes. Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como sujeto necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el espectro, una ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero no fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho. Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo material. Yo, dando la impresión de sujeto precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como inmóvil cuerda de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente voz. Ni como móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de espacio exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para dejar de ser cuerpo de estigmas dolorosas. Que se aferra a la piel. Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo. En esa presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Com o impávido averno dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como explorador inicuo. Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados. Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la heridas vergonzantes. Por lo mismo que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a una torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la hoguera primera. De los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de oprobios todo lo que insinuara desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los dioses idos desde antes de haber nacido. Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin el faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de Zeus. Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún. Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza en la Tierra viva. Volviendo desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio. Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro. Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo, convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo. Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones embelleciendo con sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá, huyendo a cualquier galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía consumida toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la vida. Proponer cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma, refería como simples engarces de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de haceres pródigos. Como en esa libertad de libre albedrío, que no permite inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge como simple respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante. Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto originario. Venido desde la melancolía primera. Atravesada. Estando ahí, siendo yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir. Cualquiera que haya sido. Me fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado
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    volantín en tinieblas.Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de acción; lo demás se fue extinguiendo. Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado. Sus vivencias, empezaron a buscar un refugio pertinente. Se fugó de la casa en la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia donde iba. Solo yo logré descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi imperceptible. Y la seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como levitación de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en dirección a la marginalidad Una mirada desde la vida, ante sujeto muerto Yo supe de la muerte de este señor, hace media hora. Un niño, vecino, me relató que, viniendo de la escuela, vio el cuerpo de un hombre tirado. Ahí en la acera de la casa de don Virgilio Pomares. “Me asusté mucho, don Ubaldino”, me dijo el chico. Y yo, como imbuido de esos deseos locos de celebrar lo macabro; me desplacé enseguida. Y, como ya creo que lo dije, lo vi ahí. Una profunda herida en el cuello. Esa sangre seca, que le corría por la espalda y por el tórax. Ese charco, inmenso, que más parecía apiladura de costras; que esa espesura fluida que es a los mamíferos, combustible continuo que va y viene, como surtidor de vida. Y, en el camino, me encontré con Diógenes Arboleda, el novio de mi hermana. No más al mirarlo y saludarlo, me dio por recordar el día ese de la fiestecita, cuando celebramos la, boda. Qué lujo de orquesta. Y qué música, tan bacana. El novio bailando “patacón pisao”, siguiéndole el paso a la novia. Y es que, Dorita, sí que sabe de eso. De bailar. Desde pequeñita. Todavía le recuerdo, cuando celebramos su bautizo; bailando “Anacaona”. Y sigo allí. Como ensimismado. Mirando esa cabeza, yerta. Con un cabello que, aunque empezaba a opacarse, exhibe unas sortijas bellísimas. Un negro `profundo, brusca y tierno al mismo tiempo. Y, sin saber porque, vino a mi recuerdo el día en que conocí a Andrea Benjumea. Tal vez, porque el cabello de ella era tan esplendoroso como el de éste cuerpo que está ahí tirado. Que fue vejado, inclusive. Porque, se me olvidaba precisar, que sus uñas estaban arrancadas. Tanto las manos como en los pies. Y, sus pestañas, también había sido arrancadas. Así, esos hermosos ojos, se mostraban a la intemperie; como queriendo volver a mirar la vida. Cuando yo conocí a Adrián, tuve la sensación de estar enfrente de alguien que, al vuelo, induce a reflexionar. Con una mirada, ya desde tan niño, torva. Una boca, con rictus de ofensa para quien quisiera mirarlo. Unas manos, excesivamente livianas. Delgadas. Como las de experto cirujano, ávidas de bisturí. Todo él navegando entre lo brutal y lo insípido. Como queriendo ufanarse de la lectura a la que convocaba. Yo diría que, en lo inmediato visceral, remontaba a los orígenes de la estructura freudiana de la vida. De las pulsiones; de las pasiones y los impulsos. Como sujeto condensado, repleto de potencia latente. Algo parecido a lo que se ha dado en llamar “Caja de Pandora”. Creo que, en lo más recóndito de su bella reflexión acerca de la psiquis, Freud analizaría el cuadro de Adrián, como tratando de escudriñar: Como si se diera cuenta de que ahí, en esa cabeza sesuda, podrían encontrarse las respuestas a sus interrogantes máximos. Como en la intención de descifrar los mensajes que, estando ahí, no son todavía realidad. Pedro Cancelado, estuvo a mi lado. Durante esa dos largas horas en que miré el cadáver de este señor mío. Que nunca antes había visto. Que, a lo mejor, nadie había visto; por lo menos vivo. “Es como si hubiera sufrido mucho antes de morir”, me dijo Pedro. Y yo dije sí, con un movimiento de cabeza. En esa heredad que ha estado siempre. Como diciendo a todo que sí. Por mero reflejo corporal. “En este cuerpo, si veo plena la muerte sin convicción”, recababa el Pedro Cancelado. Y, yo, absorto. Volviendo a la afirmación como cabeceo inmediato.
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    Esa misma noche,encerrado en mi cuarto, retome el hilo conductor de mi análisis. Y seguía apuntando a que Adrián, fue el asesino. El propiciador de todo ese sufrimiento reflejado en ese cuerpo ya inerte. No dormí en toda la noche, incluida la madrugada. Seguí viendo ese cuerpo trozado. Y, con un grito mudo, recordé que ese cuerpo si lo había visto antes. El de ese joven que me encontré el martes pasado, yendo para Palermo. Casi a las seis de la mañana. Cuando todavía estaba despierto, sentí unos leves golpecitos en la puerta del cuarto. Cuando abrí, me encontró de frente con esos ojos que parecían rasurados. Con esos cortes transversales, invitándome al olvido de lo que había visto. “…no vaya a ser que a usted también lo maten y le quemen las manos y las piernas con el mismo carbón encendido que en mi aplicaron los tres hombres, uno de ellos don Diógenes. Que llegaron antier a mi casa, me llevaron y me mataron sin yo saber nada de lo que me endilgaban. Entre otras cosas, que yo violé a su hermana, de usted, don Ubaldino…” Un día después del sábado Qué domingo este. Anclado, en esta plaza, estoy yo, hace ya algún tiempo. Ya he estado en varias ocasiones. Pero lo de hoy es, particularmente especial. Esa nostalgia que me ha invadido. Como convocante a dilucidar, de una vez por todas, el tipo de camino a emprender. La concreción de la caminata. Hasta cierto punto estoy mimetizado. Como si nadie supiese lo que hay en mí. En este tiempo tan lejano ya, de esos hermosos días, allá en mi barrio amado. Recuerdo el impulso básico, por todas las calles andando. Las voces que llamaban a la expresión de la vida, en medio de cada arrabal. Siendo yo, todo, condensación de esperanza. Aún, habiendo vivido como lo había hecho: casi como tósigo que penetra y hunde, en lo más hondo, el espíritu de fe y de liberación. Que día es este día. Un carnaval de espacio triturado. Oyendo todas las voces. Diversas. Ansiosas de no sé qué. Porque, por esto mismo, es mi brega. Por distanciar. Pero puede más mi soledad de búsqueda impenetrable. Como siento ahora el silencio. Como me he dejado llevar por el vértigo del dolor nefasto. Que tritura y destruye, todo lo que he podido alcanzar a ser. Aun dentro de estas limitaciones mías. Como garras que no me sueltan. Por el contrario, que me colocan en cepo eterno. Como añoro yo esos días. En la mañana dominical; alzando el vuelo hacia la didáct ica de la lúdica primaria. Emergiendo en cada esquina. Como repetición dichosa que me hacía feliz. Ese pasado inmenso, que añoro. Tal vez porque, siendo niño, no veía desaparecer las cosas bellas. Así como si nada. Que bipolaridad enhiesta. Entre sentir el vacío y sentir, también, la fascinación de lo cotidiano. Recreando la sensibilidad hasta magnificarla. Hasta convertirla en motor imaginario. Con el eros sin explotar. Casi que como enfatización perenne. Y, sin saber cómo, llegó el naufragio. Eso que estoy viviendo en este presente. Hecho trisas el insumo fundamental. Una vida que se corroe a sí misma. Sin saber porque. En veces, ensayando la diatriba del insulto; como expresión de rechazo. En veces augurándome a mí mismo toda la felicidad posible por venir. Sin que llegue. Como ese límite en lo del día. Como llegando allí, sin llegar al fin. Como depositario de fracasos. Uno sobre otros. Con un horizonte que, de manera tardía, me engulle y de satura. Esos domingos míos, antes. Días de ensayo y de vocación. Hacia lo nuevo. Sin dejar de ser yo mismo. Sin olvidar que existía. Precisamente por eso, para mí, son añoranzas de ternura. Aún ahí, en ese lodazal que amenazaba con permearme a cada paso. Con todo aquello que dolía. Con todo y que sentía el contubernio entre la tristeza y la desesperanza. Pero que, yo, ignoraba, estando en el juego callejero. Y en la penumbra nítida del regreso a casa, después de deambular por ahí. Por cualquier parte.
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    Y hoy, eneste domingo cerrado. Sin por donde mirar lo sublime; ahoga mis ímpetus. Esos que creí que nunca perdería; después de haber bebido la fuente de la vida. Siendo esa tú. Y tus anhelos. Tú y tu alegría desbordada. Allá lejana. En ese otro territorio; en el cual también es domingo. Pero otro, no este mío. Y se van decantando las condiciones. Ya, como otrora no lo había percibido, solo me recorre el beneplácito de haber vivido. Como memoria que no habilita nada más que la victoria de los dioses que siempre he odiado, desde el mismo día en que hice ruptura con mi universo no profano. Desde el día en que dije no va más mi sublimación. Diciendo no va más el ejercicio oratorio como evento religioso perverso. Pero yo ya lo sabía. El pago por esa partición, tiene que con el crecimiento de la ansiedad, como castigo, tal vez. No lo sé en ciencia cierta. Y vuelves a aparecer allí, en esa esquina de esta plaza empalagosa, en lo que esto tiene de perdición del poder de la magia de amar. Siendo, en este lugar, sujeto que no atina a resolver el entuerto de siempre. El nudo gordiano que asfixia y que liquida, a cuenta gotas. Por esto es de mayor dolencia. Por esto es de mayor severidad. Por lo pronto no sé qué más vendrá. Si ha de ser el colapso absoluto. O si ha de ser una nueva esperanza. Encontrarla, no sé dónde. Tal vez ande por ahí y yo no la he visto. Es posible que haya acabado de pasar y ha dejado su suspiro en el aire. Y si ya pasó, no sé si lo volverá a hacer. De pronto, quien sabe cuándo. Y, al unísono con esas voces continuas. Inacabadas, estrepitosas, diciendo nada; me he volcado al vacío. A ese espacio que no creía mío. Pero que, ahora en este domingo que cuento, se erige como presencia soberbia. Tal alta como monte Everest. Tan aletargadora que, por si misma, hace enmudecer, el grito de potencia que creía tener. A no ser por ti, aún en vaguedad insoslayable, tu espíritu vuele hasta acá. Como águila gendármica. Atravesando esos pesados montes que veo allá, en la terminación del Sol, al menos por hoy. Y si fuese así, yo diría que la esperanza podría volver; a no ser que tu vuelo de águila inmensa, se detenga a mitad de camino y regrese hasta donde a cualquier hora partiste. Travesía Al llegar, Paulina Moterroso, me hizo conocer a que venía. Ella era de unas condiciones espirituales excepcionales. Tanto que fue elegida, por el señor alcalde como “mujer de la eterna dulzura y faro de todas las mujeres de San Calixto” Yo veía en ella algo parecido a “todas las diosas juntas”. Cuando cruzó por la puerta de la Terminal de Transporte de Lago Viejo, quedé perplejo. Me habían hablado mucho de su belleza corporal. Pero, a decir verdad, era mucho más. Una hermosura de ojos y de cara. Piernas como recién hechas. Me le presenté como Everardo Camino González. Y fui elegido como su guía mientras permanezca en la ciudad. Ni me sonrió. Solamente, me entregó sus maletas. Y, ella misma, hizo señales al conductor de una de las berlinas que estaban ahí en la bahía dispuesta. Conversamos solamente lo necesario. Como esa pregunta rutinaria ¿cómo le fue en el viaje?... ¿llegó muy cansada? La respuesta fue un monosílabo erguido como sucesión de palabras que decían nada. Al legar a la tienda de don Hildo Monterroso, solicitó a su papá, una bebida bien fría. Preferiblemente una cerveza. Para mí no pidió nada. Solo la infinita bondad del propietario, impidió que muriera de sed y de rabia, ante esa actitud pérfida de la señorita Paulina. Yo le expresé a don Hildo que iba para la casa de mi mamá a almorzar y que luego regresaría para acompañar a la señorita Paulina a las visitas de rigor para sus amigas. Cuando regresé ya Paulina había cambiado de traje y de personalidad. Me recibió con la risa que dicen es la más bonita en este territorio de dios. El dueño de la berlina, ya nos había
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    preparado todo ellujo posible al interior. Fuimos primero donde Isabela Martínez, su compañera de toda la vida en el colegio Betlemitas. Hubo mucha alegría en el reencuentro. Doña Ranquelina, la mamá de Isabela, le había preparado dulce de duraznos, acompañados con cuajada, la especialidad de su casa y su secreto, al prepararlo. Desde ahí, fuimos en el coche, hasta donde Martha Eugenia Cipagauta, quien fue novia del hermano de don Eurípides Gutiérrez. Este, a su vez, es el tío de Isabela. Mucha ternura noté yo en las expresiones vividas. Doña Esther había preparado dulce de maracuyá, acompañado con buñuelos, especialidad de la casa. Hablaron mamá Esther, Martha y Paulina. Se contaron hechos y acciones realizadas durante la ausencia. Desde ahí, partimos hasta la vereda “Potro quemado”. Allí encontró a Gudelia Paniagua. Se conocieron desde chicas. Aun antes de ir a la escuela. Habían terminado juntas quinto de primaria. Ahora, con la carrera de medicina ya terminada , Paulina se ufanaba de su capacidad para ganarle el pulso a la vida, en todos los ámbitos. La llevé a su casa. Eran las ocho de la noche. Ella golpeó la puerta, luego de agradecerle al señor conductor de la berlina. A mí, simplemente me dijo “adiós señor”. Mañana me debe recoger a las siete de la mañana; ya que debemos ir donde Evangelina Arregocès. Es muy lejos de aquí. Por esos, le solicito esté temprano, a la hora convenida Al otro día estuve puntual a la hora convenida. Ya había llegado don Evaristo, el conductor del coche. Me informó que había tocado la puerta tres veces y que nadie abrió. Yo mismo golpee otras tres veces la puerta. Nadie abrió. Fuimos donde la señora Francisca, la vecina. Se extrañó de lo que hablamos. Según ella, don Hildo Monterroso y su hija Paulina habían muerto hacia dos años en accidente de automóvil, cuando iban desde aquí, hasta Santa Marta. Absolutamente compungido, regresé a mi casa. Le conté a mi mamá lo sucedido. Ella me dijo “no es posible lo que me cuentas. Aquí, en nuestro pueblito nunca ha vivido señor de nombre Hildo, ni su supuesta hija .Y, mucho menos, existe una tienda en la esquina de “los Brujos”“.Nombre dado a la esquina en donde yo llevé a Paulina. Y donde la recogí el día anterior. Y la que esperé en la Terminal de Transporte. Desconsolado cogí el camino de regreso a la casa de mi mamá. Cruzándola esquina de “los Brujos”, encontré un cartel que anunciaba los sepelios del día diecisiete de agoto de 1956.Entre ellas estaban los nombres Isabela Martínez. Martha Cipagauta y GUDIELA Paniagua. Las tres habían muerto en accidente vehicular el día anterior, cuando se dirigían a la ciudad de Bucaramanga. Cotejando versiones, me encontré que las tres señoritas habían muerto el mismo día en que doña Esther había percibido el tronar de los rayos; allí en la misma casa en que murió. Sujetos de hecho, sujetos vencidos Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por ahí tirado. En una nomenclatura de alma, vacía. Sin las perspectivas que casi todos y todas tienen. Empecé por acceder a la vida, como cuando se asume una comparsa. Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que no tuvo lugar nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de los altavoces, llamando a quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como razón puntual de vida. En ese medio camino surtido de veleidades. Como artesano venido a menos en sus haceres. Por ahí dándole a la palabra como mero lujo pasajero. Sin poder construir ternura. Este yo que ha andado tanto, pero que sigo en el mismo punto de partida. Una entelequia en la expresión. Presuroso e impávido doliente de la vida en plenitud. Cierto día, en un marzo por cierto, invité a Pedronel Cipagauta, para que me acompañara en un ejercicio rudimentario. Como escoger una posición cualquiera. Para navegar en ella, hasta los
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    límites del Pacíficoasfixiante. Una duermevela, le dije yo. Venía, como yo, de cualquier lado y en cualquier tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al aire. En una tronera de posibilidades habladas. Tanto como la ejecución de opciones desprovistas de cualquier trasunto libertario. Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos. Caminando al lado de uno al otro. Circundamos toda la esfera corpórea. Por todos los atajos irreversibles. En ocasiones como simples ser él y ser yo. En algo parecido a la diatriba vergonzante. Unos episodios malgastados. Como vena rota. Aludiendo acerca de esto y de lo otro. Como para no dejar la costumbre de hablar. Pero decires improvisados y como al viento echados. Sin dirección alguna. Lo que, los otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí. Por donde se prestara la brújula. Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después de haber jerarquizado los cruces hablados y hechos. Notaba, en él, una figura como barca flotando. Meciéndose en recordaciones de lo que fue antes. Y sigue siendo ahora. En este universo de opciones que se pierden a cada momento vivido. Todo esto hecho con insumos encontrados en cualquier parte. Como inmersos en espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y nos pusimos, en la tarde, a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera en lo mínimo ilustrado, atropellado. En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda de la razón de ser de lo que somos. De nuestro deambular alcahueta. En el querer mismo de dejar pasar lo que fuere. Sin embargo le hicimos el escape a todo proclama vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde hace setenta veces siete en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos encontramos en el mismo espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas imperiosas. Demostrativas de lo enjuto que es el hablar hoy en día. Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde antes que fuese verbo de por sí, decantada en el ejercicio postulado. Hecho de mil haberes y decires agrios. Perdidos, sin huella. Siendo hoy el día de la cisura nostálgica; he decidido volver vista atrás. Como buscando los remos para enderezar la vida, hecha rescoldo ahora, por cuenta de los incendiarios vecinos nuestros. Idos en la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que habíamos sido dispuestos para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de aplicaciones. Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de lo inhóspito. Sin ejecuciones previstas antes. Situándonos en posición de inconformes ordenados de mayor a menor. Por fuera y por dentro. Éramos visires sin funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto de partida. Ese que recordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi estar en vientre de madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo. Vendimia Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran trazadas de acuerdo al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto, siento que me cruza una nostalgia plena. Como cuando se tiene enfrente la soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De aquí y de allá, alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad, sin poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin sentir la ausencia de condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y ahora. Como subsumido en la querella conmigo y con el otro yo de afuera. En ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo mismo que sigue siendo una convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de extrañamiento y de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna. Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos íntimos. Asociados a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al menos, sentido. Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En una hondura de dolor manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes, quienes han muerto. Tal vez en la intención de no enfrentar más lo habido ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la lucidez. Porque he ido entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel calcado. Subsumido
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    en condiciones inherentesa la vacuidad. Andando y andando caminos que llevan a ninguna parte. Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en cualquier otra parte anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del viento. Traspasando las ilusiones, con la espada mía insertada en el vacío. En una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el límite del universo lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un yo mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de incapacidad para ser uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo. Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En búsqueda de camino de escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he sido. Como en recordación de lo que, en un tiempo, fui. Como pretendiendo volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a la memoria perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la largueza de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la negación de todo. En lo circunstancial perdido. En el contexto proclamado como aluvión de rigores. De itinerarios envolventes. Surtidos de simples cosas. Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En vocinglería innata y rústica. Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo mismo sonido. Un estar y no estar que me apabulla. En fin que, siento que voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado el momento de no ser más. Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía. Un sentir desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un condicionamiento que se ha tornado perenne.. Un no a mi yo. Una incidencia plena. De todo lo pasado. Como leviatán áspero. Punzante. Agobiante. En postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte. Yo, sujeto ingrávido Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si nada. Aun sabiendo que lleva en sí, ese tejido nefasto de violencia. De insania viva a toda hora y día. Con esos niños y esas niñas que van y vienen sin horizonte. A cuenta de opciones de vida y de conceptos, que las y las sitúan en posición de ser vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de allá. Como si fuese único horizonte habido y posible. O con esas mujeres nuestras, matadas. Vulneradas. Como sopladura en ese vahído maldito. Que nos cruza. Que las infiere como simples expresiones de vida sin pulsión válida. O, en esos dolores todos. Asumidos como vigencia y vigía circundantes. Como si fuese oxígeno necesario para vivir, así. En esa penuria de alma y de valores. Que están ahí mismo. En ese ir y venir de toda hora y momento. Y sí que, entonces, este tiempo es tenido en cuenta como referente de las gobernanzas. Huero y hueco soporte de haceres alongados, potenciados. Erigidos como valores universales, a ser acatados. Como simbología que se torna proclama de recinto en lentejuelas soportado. Como vasos comunicantes, hechos hervideros de solapados agentes. Sujetos catalépticos, que obran como momias vivas. Revividas a puro golpe de normativas. Y de imperativos. En esa lógica con nervadura trinitaria. Con horizonte impúdico a lomo del gestor virulento, aciago, cicatero, malparido. En lo que esto tiene, no de referencia a mujer ninguna. Más bien como cuerpo y vida hecha y contrahecha, a partir de manuales pensados para armar. Rompecabezas, con piezas preestablecidas. En eso que tienen todos los modelos construidos. A semejanza de rutinas, pensadas en catacumbas pútridos. O, en esa ironía que da la vida, ver rodando y crescendo, la búsqueda de orquesta que partitura interprete. En cualquier opción de pentagrama. Así sea en RE o en Do desparramado. Erigiendo, como expresión con algún sentido y tono, la vendimia de los saqueadores de culturas y promotores de lobotomías colectivas. Directrices hechas y, por lo mismo, diseminadas. Como pandemias. Expuestas al viento. Para que vuelen. Y que, volando, hagan aplicación en su derrotero. Aquí y allá. Como en el ahí de los troyanos sorprendidos. Como esos inventos de
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    toda la viday de todos los días. En cuanto que somos sujetos y sujetas de locomoción, entre incierta y cierta. Viviendo en una u otra entelequia. Qué más da. Si todo lo habido ha sido y será, secuencia a perpetuidad pensada. O no pensada. Siendo cierto, eso sí, que lo que más odian y han odiado los exterminadores ha sido y es a la fémina ternura. Tal vez, más por ser fémina que otra cosa. Y, yendo en ese por ahí, tortuoso e in-sereno; hemos ido encontrando lo avieso de las conjuras. Hemos ido andando el pantano. Que succiona los cuerpos y las vidas en ellos. Caminando lo empinado y pedregoso. Como yendo al lugar que conocimos como cuna de Pedro Páramo. O en el cuarto frío, en tierra en que vivió el que encontró la perla casi viva; en la nomenclatura de palabras en Steimbeck. Y sí que, en ese envolvente torbellino de vidas juntas. O en las soledades solas de Kafka. O en lo insólito vivido por el sujeto sutilmente áspero de Camus. O, en esa comunidad internalizada, viviente y compleja de Cortázar en su Rayuela. O, en fin, en ese saber que somos. Casi siempre sin haber sido nosotros y nosotras. Ahí, en ese tejido de vida pasando y pasando. En este maldito tiempo de cronología que mata. Por lo mismo que, siendo tiempo, no redimido. Por lo mismo que redención es sinonimia de puro embeleco mata pasiones y mata ilusiones. Será por eso que yo, en mi íntimo yo incierto y perturbado, sigo amando a esa ramera propuesta por Manolo Galván. En esa simple letra, en canción casi clisé zalamero. O, en esa misma línea, sigo amando a la amante del puerto que dio origen a la otra simpleza del “hombre llamado Jesús””; el hijo de esa que entregó su cuerpo a quien pasó primero. Vuelvo y digo: será por eso. Por tantas simplezas juntas; que sigo viviendo a diario, con la dermis ilusionada, expuesta, a lo que pasa, pasando. Tal vez pobre sujeto, insumiso empedernido. Que sigue atado a cualquier canto de letra compleja o fútil. Pero expeliendo más vida que este tiempo enjuto. Pletórico de sujetos, serios. De pies en tierra, dominando. Valgo más yo, como sujeto ingrávido de fácil volar, volando.