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Secuencia primera (como introduciendo el amor
Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación
hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como
discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la
otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo,
reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del
pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida.
Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el
viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la
complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la
vida en él.
Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo.
En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese
aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se
torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en
veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y
nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No
física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber
hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de
cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos
casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo,
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anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de
quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre.
Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí
sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese.
Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que
propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como
concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo
eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad.
Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera
seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta.
Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del
imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando
la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido
su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil.
Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento.
Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente.
Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de
Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.
Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que
nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte.
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Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no
físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre.
Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en
ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya
tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar
entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado
desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi
recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos
los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados
por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas.
Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a
viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los
seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho
más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada
imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por
los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los
sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él
y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En
esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras
diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí
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instantánea. En un instar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en
posición enhiesta. Vivicantes.
Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer
de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una
perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una
opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con
la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la
esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil
años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta
vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante.
Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo
plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración. Operando el taladro
de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como
dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el
acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi
vuelo y la imaginación subyacente.
Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que
me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi
legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido.
Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno.
Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no
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encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un
sentir de del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.
Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la
tristeza. Porque, tampoco, lo vi. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y
más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo.
Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro.
Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil
que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin
verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho
concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes
cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las
lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos
recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos.
Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la
sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando
conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La
elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la
mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de
los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como
si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido
por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido.
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El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en
las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo
recuerdo. Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi
los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la
espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los
soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer.
Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga
yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos
celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente,
penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En
zozobra ambivalente, incierta.
Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el
imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de
siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a
Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi
rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir
llegando impoluto exacerbado.
En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá
largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de
la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo
después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante
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en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible
por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba
siempre. Hasta ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares
cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que
no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle.
Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo.
Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa
solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había
escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades
como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas.
Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida,
inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese
comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo,
que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había
sido mi referente, en el pasado reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado
por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería
para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dije que lo había esperado en esta
orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no
recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes.
Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo,
le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su
autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo,
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cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y,
en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él
y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo
uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así,
entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros.
Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado.
Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me
dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una
expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de
escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como
variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer
simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de
lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O,
simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante.
Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo
incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su
condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva.
Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa
ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre
desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez
ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso.
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En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el
momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como
actitud palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de
él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De
su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese
entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi
mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza
enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido.
Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por
la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas
cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada
“De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del
dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras.
Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No
cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice
a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte
caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo
envilecido.
Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer
referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era
su nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía
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efímera. Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como
queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados
de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo
mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar.
Me supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio
forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir
yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto que
expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil
perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de
perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo”
vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo
posible ya pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con
Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de
los cuentahabientes primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra
expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones
bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido
antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación propuesta como paraíso
concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería
ser. Y lo ví en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía
sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera
réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada.
Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer
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en lo que vendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete
avergonzado, después de la verdad verdadera.
Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré
inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en
que nacimos. Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de
quien quisiera patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto.
Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante.
Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad
mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo
impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como
reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no
suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más trascendente.
He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido. En
calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido.
Y recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue
la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el
conflicto entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada,
enrevesada. Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo
habido, por la vía de suplantar lo que antes era.
Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal,
sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta.
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En la cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi
amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad
estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como
sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como
simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me
metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo
andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi
Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada.
Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer
nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro
construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no vi a Ancízar en
aquella mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares
previstos o no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella
imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío.
A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño,
Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y
la veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del
ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro
lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre,
también. Y le dije lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía
necesaria. 1) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y
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dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de
probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las
dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más
aspaviento
Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma
vida, Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado
en volver a esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de
remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese
irse de bruces sobre la historia. Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este
caso, en el masculino andante que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de
quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser
de lo puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez más, en
asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos. Siendo así, entonces,
volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con Ancízar. Y localicé la esquina nuestra.
La bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he
vuelto a jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con
él. Como a comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo
ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más. En
la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En
esa potente ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de
dominar el baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez.
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Yo me la pasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma
perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños
y niñas de largo vuelo. Y me ví en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En
medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia.
Y, extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos.
No acompasados. Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la
otra esquina. O en la callecita que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del
barrio. Derrochando, yo, alegrías que habían permanecido adormecidas.
Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos.
Sujeto, este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle
significados distintos a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante.
También, conocí de él, los atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un
giro creativo. Y de cómo enseñar los números, con los palitos de paletas compradas en la
tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos y la memoria de los otros y de las
otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito. Mucho más allá que el Libertador. Tal
vez porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre
por las fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante.
Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente, cada
minuto.
No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”.
Como cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de
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liviandades. En ese ejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en
un cansancio áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las
verdades y los hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía
agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de
hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado del martirologio. Por vía de la resequedad
en las ideas. Como si me hubiera convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como
haber perdido el rumbo. Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos
instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y la veía
vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi
al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía
por el mismo camino. Y me dio la mano tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la
otra orilla, en donde estaba “el mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser
felices. Aun en medio de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos.
Y volvimos al andar. Del ir yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos truncado.
Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de verdades y de acciones y de la lúdica toda habida.
Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso
supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer
los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante
falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más
coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me
hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui
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hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy
enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo
punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos,
enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición
libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la
asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido
a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión
incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como
tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una
aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad
banal. Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión
estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado.
Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman
suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no
entendida. No vertida en la racionalidad vigente.
Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado
acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve.
O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos.
En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo
que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple
desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente.
17
Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad
habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo
yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente.
Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar,
en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante
lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes.
Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar
a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y
transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente.
Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño
próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado,
pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión
equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo
inveterado. Amorfo. Sin vida.
En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier
laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo
incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como
si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo.
Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío.
O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad
doliente. Infame.
18
Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza
perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima.
Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios
impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera
lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre
seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la
redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como
secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico.
Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese
territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo
venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana
de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos.
Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso
supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer
los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante
falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más
19
coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me
hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui
hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy
enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo
punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos,
enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición
libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la
asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido
a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión
incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como
tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una
aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad
banal. Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión
estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado.
Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman
suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no
entendida. No vertida en la racionalidad vigente.
Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado
acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve.
O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos.
En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo
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que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple
desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente.
Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad
habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo
yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente.
Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar,
en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante
lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes.
Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar
a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y
transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente.
Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño
próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado,
pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión
equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo
inveterado. Amorfo. Sin vida.
En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier
laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo
incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como
si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo.
Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío.
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O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad
doliente. Infame.
Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza
perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima.
Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios
impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera
lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre
seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la
redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como
secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico.
Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese
territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo
venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana
de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos.
Cuando Isolina Girardot despertó, el día primero de abril de 2025, recordó lo sucedido el día
anterior. Estuvo con Isabel Pamplona, en Annapolis, ciudad siempre acogedora. Uno de los
aspectos más importantes, hacía referencia a la manera de abordar la doctrina de la libertad.
Doctrina inmersa en vacíos conceptuales. Algo así como entender su dinámica, anclada a la
teoría de “vista atrás”.
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Es decir, una reiteración en torno al hilo conductor: por más que avancemos en el discurso
libertario, navegamos en el remolino de la repetición. Significa desandar, por lo menos en la
noción de asumir los hechos, en un contexto de cotidianidad, agresivo.
Ya Isabel le había advertido a Isolina sobre las consecuencias relacionadas con la
depravación vigente. Los malos tratos recibidos avanzaban exponencialmente. Inclusive,
Isabel, hizo referencia a la cantidad de momentos vividos bajo el énfasis de los textos
producidos. Textos que relacionan la libertad con esquemas discursivos. Unos esquemas de
fulgurantes palabras huecas. De hechos formales.
Inclusive le recordó lo sucedido el 8 de marzo de 2024. Cuando enfrentaron la fatiga de los
escenarios y de las intervenciones alusivas a la mujer. Como ícono, en constante crecimiento.
Una forma de respaldar la interpretación de los aportes, en términos de epopeyas vinculadas
con la defensa de sí mismas en la ciudad, en el campo, en el hogar; utilizando un lenguaje
impúdico. Una reflexión atada a la globalización. Un contexto en el cual se vulneraba la
emancipación, por la vía de utilizar ese referente, como doctrina soportada en la
superficialidad; cuando no con una variante perversa del homenaje a las madres, de por si
degradado, absorbido por la literatura y las prácticas inveteradas. Como aquella de hacer
coincidir afecto y respeto, con la oferta de mercancías.
No obstante, en esa referencia, Isabel postuló la posibilidad de rehacer el concepto de libertad
de las mujeres. Tal vez, volver al origen de la declaración primera. Esa derivada de las obreras
y las mujeres libertarias, cuando erigieron la lucha autonómica, soportada en la dignidad,
23
contra los atropellos, contra la asimilación de sus reivindicaciones, a simples acciones
cautivas de la lógica de una sociedad absolutamente centrada en la opción de la ternura como
la implicación de las mujeres en el proceso orientado por el rotulo: nacieron para ser madres.
Esa huelga de las mujeres obreras en una empresa de Estados Unidos, en 1910, constituye
referente obligado, al momento de valorar la celebración del 8 de marzo, como el Día
Internacional de las Mujeres.
Asimismo, Isabel, hizo alusión a la variante de transformar esa degradación absoluta, por la
vía de otorgarles el derecho, inmóvil, pasivo y condicionado, a la expresión. En eventos y
celebraciones. Es obvio, decía Isabel, que no ha habido traslado de lo allí expresado, a una
generalización real, en el día a día.
Para Isolina, ese día de abril de 2025, fue la reafirmación de su autonomía. Pues decidió su
ruptura con Adrián, su gendarme y tutor en casa. Aquel que siempre reivindicó en público su
condición de amante libertario que compartía con ella la opción de vida vinculada con el
concepto de autonomía plena. Un desdoblamiento que ella no soportó más.
Yo no tenía certeza, si Isolina había estado conmigo en la caminata que hice en compañía de
Susana y Juliana. Lo único claro, para mí, fue su recuerdo, al quedarme dormido, una vez en
casa, después de despedirme de Juliana.
Isolina fue compañera de Martha y de Maritza en los primeros grados de escuela. Había
conocido a Adrián, mi hermano, en una fiesta, realizada en celebración de los cuarenta años
de Liceo Nietzsche, en el cual trabajaba Juliana. Morena, esbelta, un cabello crespo, pegado
24
al cráneo. Nunca pretendió alisárselo. Se sentía feliz con esa prueba de su afro descendencia.
Fue mi confidente en los momentos de angustia causados por el quehacer perverso de la
empresa.
De ella aprendí el amor por nuestras raíces. Siempre me ha acompañado su recuerdo. Mujer
abierta, sincera y de una fortaleza impresionante para enfrentar los rigores asociados a la
lucha por los derechos de las etnias. Cercana a todo el proceso reivindicatorio de la equidad
y solidaridad de género. Acompañante de las mujeres de la Ruta del Pacífico. Conocedora de
los crímenes de lesa humanidad en el país. Y, por lo mismo, tejedora de posibilidades
libertarias de las negras y los negros. De nuestros nativos Wayú, de los Paeces; de los de la
Sierra Nevada.
El día que se conoció de la tragedia provocada en Bojayá y en la cual murieron más de 100
negros y negras, mujeres, niños, niñas, adultos; Isolina promovió un clamor social, un
repudio al hecho y de solidaridad. Asimismo, ocurrió, cuando en Barrancabermeja, fueron
asesinados y asesinadas personas, civiles; trabajadores y trabajadoras
De todas maneras, ese día, al despertar tenía la esperanza de encontrarla, de que lo soñado
era realidad. Quería que me repitiera esas imágenes escritas que leí en el sueño. Pero no.
Isolina no estaba. En su lugar estaba esa sombra de la soledad. Esa que me acompaña a cada
momento. Pensé en Juliana, en su mirada hacia el profesor Arenas. Pensé en Susana, en la
cita que tuvimos y que nos distanció más. Pensé en Sinisterra en su pérfida pasión por el
25
enriquecimiento, en su malvada tendencia a engañar y a fornicar, con consentimiento o sin
él.
Maritza estaba sentada en el vergel. Una casa inmensa. Había conocido a un hombre con el
poder que otorga el hecho de tener dinero en abundancia. Su nombre era Pánfilo. Individuo
de malas mañas. Con extensiones de tierra, casi infinitas. Conocedor del negocio que alucina
Controlador de procesos de envíos, de siembras, de crímenes ligados a esos procesos.
Demasiado rico. Demasiado hacedor de poderes y macropoderes. Tanto que, en 2002, auxilió
a campañas políticas hacia los instrumentos de poder. Año aciago ese. Cuando se conoció de
un discurso ampuloso vinculado con la seguridad y la paz. Cuando, la asunción al poder
ejecutivo, constituyó un pulso entre la libertad y la ignominia la presencia de una versión
bastarda de la libertad. Una extensión de poderes y macropoderes, en todos los ámbitos. Una
manera de proponer la interpretación de la lógica. Una manera de poner de revés la búsqueda
de la libertad. Un tanto como el fascismo de Mussolini, anclado en la denominada voz del
pueblo. En la expresión no cierta de que éste nunca se equivoca. La voz del pueblo es la voz
de Dios, en crecimiento exponencial. En donde todo es sensato y posible, por la vía de la
teoría de que el fin justificaba los medios.
Pánfilo Castaño, era un hombre pragmático. Así se había hecho rico. Así había comprado su
posibilidad de crecer en un entorno de corrupción. Lleno de expresiones que conducen a
validar el poder, por la vía de construir un equilibrio entre el delito y los crímenes, con el
ejercicio de un poder ejecutivo vertical, supuestamente democrático.
26
Al llegar, saludé a Maritza. Ella permaneció inmóvil, en silencio. Se creía sujeto de alto
vuelo. Por lo mismo, significaba el hecho de que sus circundantes le reverenciaran. Un hacer
la vida, por la vía del control. En donde el dinero permite ascender de estrato y de controlar
poderes y micropoderes.
Por fin atendió mi expresión. Me dijo, Samuel, tú eres incorregible. Sigues pegado al
recuerdo de nuestra madre. Por el contrario, yo aprendí la lógica de lo cotidiano, de lo real.
De aquello que, siendo real, permite la manipulación. Es un empoderarse de los ofrecimientos
que otorga la vida. En el cual los valores no existen, en el cual, lo que vale es sentirse pleno,
sin afugias.
Yo, seguía diciendo Maritza, estoy aquí, porque he podido interpretar la magia de ese
equilibrio. En eso, apareció Pánfilo, con su esotérica presencia, saludando en la distancia.
Asumiendo que yo, también, era sujeto controlado.
Me dijo: estoy aquí, no por tu hermana que parece una zorra; sino por la fascinación que
ofrece el poder y el logro del equilibrio. Como si de antemano supieras que no existe barrera
para el poder del dinero.
Yo, me resistí a la veleidad de Pánfilo. A su peculiar manera de entender la vida como simples
sumas y restas. En el cual, lo humano se traduce en simple expectación
Una vez terminada la conversación con Maritza, me dirigí al Teatro España, en donde se
realizaba una conferencia, titulada,” Estado, poder, educación y bienestar”. El conferencista
27
era el mismo profesor Pedro Arenas. Había conocido de la misma, por una llamada que me
hizo Juliana y me invitó.
Más tarde comprendí que, Juliana, había concretado con el profesor Arenas, una reunión, o
para ser más preciso, un estar, después de la disertación. La denominación de la intervención,
hablaba de la noción de poder educación y de bienestar social en América Latina. Antes de
empezar, el profesor Arenas, pidió, al auditorio, un reconocimiento hacia la labor realizada
por Juliana en El colegio Federico Nietzsche. Luego empezó su disertación, así:
El ser individual es, de por sí, complejo. En cuanto logra, aún en su condición de individuo
(a) primario (a), construir su propia visión de la exterioridad. Este proceso está asociado a
los sentidos biológicos. La percepción, como ejercicio inicial que permite acceder a insumos
externos, ejerce como instrumento para recolectar esos datos y procesarlos. Ya ahí, la
diferenciación se establece por la vía del seguimiento y continuidad, originados en la
capacidad para retener la información e interpretarla. Noes una memoria simbólica ni formal,
como la de los otros animales. Esa memoria trasciende a la repetición simple de lo
aprendido, a manera de expresión espontánea y/o de respuesta instintiva a motivaciones
externas. Por el contrario, es una memoria en constanteactividad y que actúa como recurso
pleno e intencional, cuando se hace necesario recordar lo visto antes, lo vivido; a partir de
experiencias individuales y colectivas. Así y solo así se puede entender la capacidad que
adquiere cada sujeto (a), para proponer y desarrollar opciones dirigidas al proceso de
transformación de la exterioridad. Pero también, para entender la construcción de una
simbología para sí; de tal manera que ejerza como instrumento fundamental, a la hora de
28
definir sus propias perspectivas; en cuanto expectativas originadas en su propia pulsación
con respecto a los (as) otros (as). Entonces, la esperanza, la ilusión, los afectos, el placer
como elaboración suya; constituyen referentes en los cuales se cruzan la individualidad y lo
colectivo. No como derogación de lo primero en función de lo segundo; sino como
interacción que el (la) sujeto (a) individual acepta, e incluso propone, en el camino hacia la
obtención de un determinado fin. Ya, en esta expresión, es pertinente entrever la influencia
(...en esa memoria individual, como acumulado constante) de las tradiciones aprehendidas
por la vía de la imposición y/o de la experiencia directa, que adquieren determinadas
instancias simbólicas; construidas a partir de procesos individuales y colectivos. Así
entonces, a manera de ejemplo, cabe analizar en ese espectro; el rol de la religión, de los
códigos y paradigmas que ejercen como limitaciones al desarrollo pleno de la
individualidad, en cuanto adquieren una significación que trasciende a cada sujeto (a) y lo
(a) obliga a un acatamiento; so pena de quedar por fuera de esa figura de concertación
colectiva que lo (a) compromete. No reconocer la concertación (a la manera de equilibrio);
tuvo siempre (...y tiene ahora) para cada sujeto (a) repercusiones profundas. Inclusive, de
su aceptación o no, depende en muchos casos la existencia suya como sujeto (a) individual
vivo, como actor válido.
En este contexto cabe una expresión relacionada con la incidencia que adquieren las opciones
propuestas, por parte de los (a) sujetos (as) individuales; en lo que hace referencia a la
interpretación de las pautas, paradigmas y condiciones vigentes en un determinado período
histórico. En sí esas pautas y condiciones, no son otra cosa que construcciones colectivas que
29
trasciendan a cada individuo (a). Podría aseverarse inclusive que, en las mismas; cada sujeto
se subsume, como quiera que no le esté permitido transgredirlas. Está obligado, en
consecuencia, a asumir una interpretación similar a la que realizan los (as) otros (as). Si su
decisión es hacer trasgresión, bien sea por la vía de proponer una interpretación diferente y/o
de asumir la opción directa de cuestionarlas y trabajar por su destrucción; se entiende que
asume las consecuencias a que esto conlleva…Entonces se configura, a partir de esa
intervención individual, una confrontación con la simbología e iconografías colectivas.
Aquí, en esa confrontación, se enfrenta la construcción individual con la construcción
colectiva. Esto es válido, como decíamos arriba, tanto para los paradigmas colectivos
asociados a la religión; como para aquellos paradigmas asociados a la noción de
ordenamiento y de jerarquización. Queda claro, asimismo, que estas construcciones
colectivas, son posteriores a la apropiación primigenia de la exterioridad, a la
internalización primera realizada por cada sujeto (a) en su contacto inicial con la
naturaleza. Es decir, son elaboraciones, desarrolladas en el tiempo y en el espacio; como
acciones conscientes o inconscientes (...o mediante una interacción entre los dos estados) en
donde se aplica el conocimiento acumulado, a manera de ordenamiento de las percepciones
recibidas y almacenadas en la memoria. Pasa a ser, por esta vía, una memoria de todos y
todas. Una memoria colectiva que se construye a través de la comunicación y de la
instauración de códigos e íconos que dan fe de la concertación.
Toda herejía, en principio, es una acción individual. Compromete a quien realiza una
interpretación diferente y se decide a proponerla como opción. Bien sea como modificación
30
parcial de las pautas, paradigmas y condiciones instaurados como referentes colectivos; o
como alternativa que conlleva a una modifi9cación total, radical. Algo así como o son esas
pautas y paradigmas o son estas pautas y paradigmas alternativos. Ya ahí, en esa acción de
proponer una alternativa, se configura un distanciamiento con respecto al ordenamiento
vigente. Adquiere ese hecho un significado asimilado a la ruptura. En el proceso de enfrentar
esa opción (...u opciones) con las existentes; el (la) sujeto (a) que ejerce como cuestionados
(a), desemboca en una posición herética. A partir de ahí, se trata de definir las condiciones y
el tipo de acciones a realizar, el proceso de difusión de la opción u opciones nuevas. Aquí,
condiciones, tienen que ver con los insumos recaudados para sustentar la nueva opción. Tipo
de acciones, tiene que ver con realizar una confrontación individual absoluta. O la
adquisición, mediante el proceso de persuasión o imposición, de una aceptación de los (as)
otros (as). De tal manera que pueda presentarse y desarrollar como opción u opciones
colectivas. Esto no es otra cosa que el comienzo de una sumatoria de acciones diferenciadas;
en procura de lograr la aceptación y acatamiento, bien sea de la modificación parcial o de la
erradicación de las anteriores pautas y paradigmas y, en su reemplazo, erigir las nuevas.
De todas maneras, bien sea que se actúe en uno u otro sentido, es evidente la necesidad de
cierta subyugación hacia los otros y las otras. Algo así como entender y aceptar el principio
básico relacionado con el ordenamiento y el equilibrio por la vía de la imposición de pautas
y paradigmas: siempre existan referentes establecidos como condición para el ordenamiento
y el equilibrio; habrá unos códigos y obligaciones que ejercen como limitación a la libertad
31
individual. Alcanzar unos nuevos referentes, unos nuevos códigos y nuevas obligaciones;
supone la realización de acciones que controvierten lo anterior.
Ahora se trata de establecer los términos de referencia, a partir de los cuales se configura la
presencia y las acciones del colectivo; como sujeto pleno que trasciende a la individualidad,
pero no la puede subsumir.
Desde una interpretación etimológica, sujeto colectivo se entiende como figura plural. Es
decir, se asume su configuración como sumatoria, simple o compleja, de individualidades
con presencia en un determinado escenario, ámbito o territorio. También involucra un
concepto adjunto, que da cuenta de una posición asimilada a la conciencia y a su significado.
Algo así como entender al sujeto colectivo en condición vinculante con respecto a una visión
(o visiones) y a una interpretación de la exterioridad que lo circunda. El problema radica en
la posibilidad efectiva para precisar el nexo entre esa figura colectiva y la individualidad, sin
que implique la disolución. Porque, a partir de una interpretación centrada en el estricto
comportamiento mecánico; podría pensarse en una dicotomía elemental, en donde la
conciencia colectiva es una expresión que traduce los acumulados históricos, en cuanto
vivencias, como información procesada que induce a una definición desde la perspectiva
cultural.
De todas maneras, la interpretación de lo colectivo, supone un imaginario. Este, a su vez,
debe estar asociado al concepto de espacio físico. Algo así como establecer una dinámica en
la cual aparece la interrelación entre los (as) sujetos (as) individuales, asociados e integrados
32
con respecto a determinados códigos reconocidos como válidos. Ya decíamos antes, en esta
misma línea de reflexión: los referentes, entendidos como códigos, pueden ejercer como
punto de equilibrio; a través del cual se expresan las coincidencias. Ahora bien, la
complejidad en la interpretación del significado y alcance de este equilibrio, está dado por
el análisis del recorrido previo para acceder al mismo. Tal parece que se presentan dos
opciones en la interpretación. Una de ellas tiene que ver la identidad pasiva que realiza cada
sujeto individual con los códigos o referentes generales que inducen al equilibrio. La otra
tiene que ver con la coacción, con la imposición, por la vía de acciones ejercidas por parte
de quien o quienes se erijan como centro y/o como intérpretes únicos de esos códigos.
La primera opción supone un tránsito no traumático, mediante el cual cada sujeto asume la
identificación con los códigos (consciente o inconsciente). Es de suponer que, ya ahí en ese
tránsito hacia la identificación o reconocimiento, se configura una ruptura con respecto al
yo absoluto. Se traslada parte de la identidad personal, a la identidad colectiva; como
condición indispensable para acceder al equilibrio. Se entiende y acepta esa necesidad, en
una perspectiva grupal, plural. Ahora bien, los códigos pueden adquirir características
religiosas, o de simples premisas para el trabajo asociado; o de compromisos para
establecer una figura colectiva relacionada con el ordenamiento global de obligaciones; o
una sumatoria compleja de todas estas las anteriores. Lo cierto es que la aceptación se
expresa como actitud soportada en la libertad para definir.
La segunda opción supone la presencia de posiciones previas; en las cuales es evidente una
diferenciación en términos no solo de interpretación y elaboración con respecto a la
33
exterioridad; sino también en términos de apropiación unilateral de los acumulados
históricos de las vivencias entendidas como insumos para la construcción de los códigos,
referentes. O paradigmas. Aquí, entonces, se configura un recorrido traumático; por cuanto
supone la restricción impuesta a las posibilidades individuales. No es ya la aceptación en
libertad; es por el contrario la imposición a reconocer, tanto los referentes en sí, como
también a quien o quienes los representan y los imponen.
Ahora es pertinente desarrollar algunos conceptos en relación al comportamiento del sujeto
colectivo; a partir de su separación con respecto a los (as) sujetos (as) individualmente
considerados. Supone, entonces, la aceptación de su existencia con expresión propia; regida
por pautas que, a su vez, pueden ejercer como referentes generales. El problema tiene que
ver con precisar las condiciones y/o prerrequisitos necesarios para consolidar la figura de la
instancia abstracta; aquella que se desprende del sujeto colectivo y se rige como referente
que debe ser acatado; no solo por los (as) sujetos (as) individuales; sino también por la
colectividad que se construye y se hace plena en razón a la interacción constante entre los
(as) sujetos (as). Ya, aquí, puede hablarse de una prefiguración territorial y de unos vínculos
que hace posible esa interacción. Supone la aceptación de la identidad individual propia de
cada sujeto (a); pero también la existencia de los (as) otros (as) como pares que comparten
una misma identidad colectiva.
Segundo (un yo vulnerador)
34
En lo diferido, en ese entonces, estuve malgastando los recuerdos. Como quiera que son
muchos. Y han viajado, conmigo, en la línea del tiempo profundo. Hacia diferentes medidas
de trayecto lineal. En este día, estoy como al comienzo. Es decir, como aletargado por las
palabras vertidas en todo el camino posible. Uno de los momentos que más me oprimen, tiene
que ver con el incremento de hechos dados. Expósitos. Como esperando que alguien efectúe
inventario de vida alrededor de ellos. Y, en ese proceso de manejo contado, fui hilvanando
preguntas. Algunas, se han quedado sin respuesta. Y, por lo mismo, es un énfasis en litigio.
Entre lo que soy ahora. Y lo contado por mí mismo, como insumos del ayer pasado.
El día en que conocí a Abelarda Alfonsín, fue uno de tantos. Andábamos, ella y yo, en esos
escapes que, en veces, son manifiesto otorgado a la locura. Ella, venida desde el pasado. Un
origen, el suyo, envuelto en esa somnolencia propia de quienes han heredado tósigos. Como
emblema hiriente. Un yo, acezante, dijo el primer día de nuestro encuentro. Iba en esa
aplicación del legado, como infortunio. Aún visto desde la simpleza de la lógica en
desarmonía con los códigos de vida. En universo de opciones no lúcidas. Más bien, como
ejerciendo de hospedante de las cosas vagas. Esto fue propuesto, por ella, como referencia
sin la cual no podría atravesar ese mar abierto punzante, hiriente. Y yo, en eso de tratar de
interpretar lo mío. Como pretendiendo izar la iconografía, por vía explayada. En la cual, el
unísono como plegaria, hirsuta; hacia destinos perdidos, antes de ser comienzo.
En la noche habitamos ese desierto impávido. Hecho de pedacitos de verdades. En una
perspectiva de ilusiones varadas en su propia longitud de travesía andada. No más nos
miramos, dispusimos una aceptación tácita. Como esas que vienen desde las tristezas
35
ampliados. Un quehacer de nervio enjuto. Y nos mirábamos, a cada nada. Ella, mi
acompañante vencida por el agobio de los años y de su heredad inviable; empezó a proponer
cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma, refería como simples engarces
de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de haceres pródigos. Como en esa libertad de libre
albedrío, que no permite inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge como
simple respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante.
Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto originario. Venido desde la melancolía
primera. Atravesada. Estando ahí, siendo yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir.
Cualquiera que haya sido. Me fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado
volantín en tinieblas. Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de acción;
lo demás se fue extinguiendo.
Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado. Sus vivencias, empezaron a buscar un
refugio pertinente. Se fugó de la casa en la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia
donde iba. Solo yo logré descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi
imperceptible. Y la seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como
levitación de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en
dirección a la marginalidad del horizonte kafkiano. Una rutina de día y noche. Sin intervalos
de bondad. Ni de lúdica andante. Y, ella, vio en mí, los depositarios de sus ilusiones
consumidas ya. Y, yo, hice énfasis en lo cotidiano casi como usura prestataria. Como si, lo
mío, fuese entrega válida en, ese su vuelo a ras de la tierra.
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Cuando lo hicimos, sentí un placer inapropiado. Ella impávida. Como simple depositaria de
mi largueza hecha punzón. Un rompimiento de himen, doloroso. Y se durmió en mi
recostada. Y vi crecer su vientre a cada minuto. Y la vi, en noveno mes, vencida. Como
mirando la nada. Y con esos ojitos cafés llorando en su mismo silencio.
Vulcano lo llamé yo. Desde ese venirse en plena noche de abrumadora estreches de ver y de
caminar. Y, este, creció ahí mismo. Y, ella, con un odio visceral conmigo y con él. Miraba
sin vernos. Y fue decayendo su poquito ímpetu ya, de por si desguarnecido. Le dije,
sottovoce, que el hijo parido quería hablar con ella. Y lo asumió como escarnio absoluto,
pútrido.
La dejamos allí. En ese desierto brumoso. Nos fuimos en dirección mar abierto. Y
empezamos a deletrear los mensajes recibidos. Desde ese vuelo perenne. Y sus códigos
aviesos, ya sin ella. Hasta que recordé que la amaba. Y que le hice daño físico, al hendir lo
mío en tierno sitio. Y dejé que Vulcano se fuera en otra dirección. Yo me quedé ahí. En sitio
insano. Sin ninguna propiedad cálida. Sin ver sus brazos. Y su cuerpo todo. Y me fui yendo
de esta vida. Y, rauda, la vi pasar. En otro vuelo abierto, con dirección a lo insumiso. Como
heredad. Como sitio benévolo.
Desperté. Me encontré al lado de Olga y de mi madre. Verdaguer acariciaba a mi madre. Ahí
en donde ella explotaba. Olga estaba desnuda, me obligó a montarla. Gritaba de placer,
viendo a Verdaguer y a mi madre; conmigo encima. Sacudía todo el cuarto. Las paredes se
agrietaron; todo el lugar fue cubierto de un líquido viscoso, con un color entre amarillo y
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blanco. Superó la altura de la cama, nos ahogó…asistí a un despertar equivocado. Porque,
realmente, fui despertado por Silvia, quien había acudido a casa, pretendiendo una expresión
de desasosiego, ante mi ausencia y mí silencio con respecto a ella. Todavía escuchaba las
palabras de Menchú. Todavía me sentía absorbido por el líquido amarillento.
Ya he viajado mucho, comencé en ese lugar que yo creía que no existía. Plaza Felicidad, un
sitio adecuado para darle vuelo a la imaginación. Una imaginación imantada, como quiera
que se ofrecía, por si misma, a quienes llegaran allí, sin naufragar. Requisito con alto grado
de dificultad para alcanzarlo. Porque, náufrago, es aquí haberse dejado vencer por las
vicisitudes cotidianas. Haber sido absorbido, alguna vez, por los códigos que rigen el
quehacer, de tal manera, que cada quien como sujeto pierde su identidad. Se elimina la
libertad por la vía de atar la esperanza a un instrumento fijo, estático. Instrumento conocido
como insumo necesario a la hora de concretar una opción totalizadora. Esa que remite a cada
quien, como expediente. Con un itinerario preestablecido. Aquel que va desde si mismo,
hasta el control. Expediente guardado con sumo cuidado, en secreto. Solo le es dado conocer
a quienes irrumpen en la vida, individual y colectiva, como hacedores de oportunidades. Esos
que le definen a cada quien, aún antes de nacer, un lugar y un rol.
Este viaje mío ya estaba codificado. No recuerdo ni el día, ni la hora en que perdí la
autonomía. Creo que esto les ha pasado a todas las personas. Sin embargo, en mí, constituyó
un hecho absolutamente trascendental. Como quiera que estuviera al garete, desde el día en
que nació mi madre, a la cual conocí sin esta haber conocido a mi padre. Recuerdo que, desde
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mi condición de niño no nacido, ya estaba girando alrededor de entornos azarosos. Lugares
en los cuales la incomunicación es punto de partida y soporte de la vida.
Plaza Felicidad, es un territorio poco poblado. Tanto así que el número de personas está dado
por una operación simple. Aplicada la misma, el número resultante no traspasa la barrera de
una progresión aritmética, en la cual la finitud está condicionada por el prerrequisito vigente.
Llegan personas de todas partes. Una expresión mínima, si se compara con los habitantes que
quedan por fuera, que no clasifican. Es decir, casi todo el mundo.
Por lo mismo, entonces, yo tuve que huir de allí. Porque mi imaginación es de muy corto
vuelo y porque, siempre me he sentido atado a un tipo de nostalgia que destruye cualquier
aspiración. Lo mío ha sido una vida condicionada. Como la de casi todos los demás; la
diferencia reside en el hecho de ir y venir. Entre sueños tempestuosos y alucinados, hasta
vivir en presente, pero sintiendo encima el pasado como carga inverosímil, que no me deja
mover en libertad. Ya esto lo había planteado antes a Juliana. Precisamente, por esto, Juliana
me acompañó, hasta el día en que se enamoró de Pedro Arenas. Con Isolina, ella y él, reúnen
los requisitos para acceder a Plaza Felicidad. Por su condición de libertarias. Porque, en el
caso de Isolina, llegó hasta la muerte por defender su autonomía. Para ella, la felicidad,
siempre estuvo del lado de sus actuaciones y realizaciones.
El día en que cremaron su cuerpo, después de la breve ceremonia que reunió a todos y todas
aquellos y aquellas que compartimos sus convicciones. Claro está que, en mí, esa
compartición, es un decir. Porque he sido y sigo siendo un sujeto partido. Un tipo de
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esquizofrenia magnificada. Por lo tanto, mi expresión hacia ella aparece como de superficie.
Mi interior no reconoce ese tipo de convicciones y de principios, en razón a que es una
interioridad enfermiza, llena de vericuetos insospechados y que no pueden ser cuantificados.
Desde mi vicioso afán por despojar a las mujeres de su existencia, por la vía de la vulneración
constante. Desde mi madre, hasta Juliana. Desde ésta a Isolina y desde Isolina a cualquier
mujer, independientemente de su cercanía o de su distancia inmensa. A todas las he deseado.
Con ese deseo destructor, grosero.
Ese día tuve conocimiento del legado escrito de Isolina. Comenté con Juliana al respecto y
ella propuso rescatarlo, organizarlo y expresarlo en cátedra magistral. No sospeché, en ese
momento que el destinatario era el profesor Arenas. Me comprometí, con Juliana, a tramitar
los permisos requeridos. Tanto de la familia de Isolina, como también de sus pares en el
movimiento feminista.
Una vez analizados los escritos, por parte de Juliana y del profesor Arenas, se escogió un
escrito realizado por Isolina, acerca del rol de las mujeres en la historia del periodismo en
Colombia. A partir de ahí, Arenas y Juliana diseñaron la versión que sería presentada como
cátedra magistral en la universidad en donde labora el profesor.
La fecha se fijó para el día 8 de marzo. Incluiría la presentación del escrito, su impresión,
revisión, a manera de edición, a cargo del profesor Pedro Arenas. Además, se propuso y
aceptó que la cátedra tendría tres sesiones, a partir de ese 8 de marzo. Una cada quince días.
La recopilación de esas tres sesiones, se haría partir de lo expresado por Arenas.
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El día de la inauguración estuve, antes, en casa de Jerónimo, el joven que conocí en la
empresa. Jerónimo había solicitado mi intervención en un asunto relacionado con su novia
Teresa. Algo así como asistirlos en el proceso de su definición matrimonial. A decir verdad,
no me interesaba ejercer como consejero. Acepté visitarlo, más bien por ese deseo que me
acompañaba, de estar cerca de Teresa. Otra vez, soy consciente de ello, mi afán vulnerador.
Cierta noche soñé con ella. Una réplica de mis continuos abusos temerarios y violentos. La
asedié, desde su salida del colegio, sin que ella se percatara de mi presencia. En un lugar
despoblado, por el cual ella tenía que pasar, la abordé. Yo tenía una máscara para no ser
reconocido. La tiré al piso, la desnudé. La penetré de manera violenta, como lo he hecho
siempre, con mi madre, con Olga, con Maritza, con Martha, con las niñas que he violado.
Teresa era una de ellas, tiene quince años. Su estreches me volvió loco de pasión. Le destruí
su himen, la saturé con mi líquido viscoso que manaba y manaba. Le apreté sus pechos
turgentes, en un ritual asfixiante. Teresa lloraba, forcejeaba. Esto me excitaba más y más. La
golpeaba, le mordía sus labios, hasta sangrar. Quemé su ropa, la dejé en el piso y hui.
Llegué a casa de Jerónimo y allí estaba ella. Todo el tiempo que hablamos, mi mente estaba
lejos, en ese sueño. Sentí deseos de vulnerarla, delante de Jerónimo y matarlos después.
Cuando expresaron su intención de casarse, los odié a los dos. No me hacía a la idea de verla
con él. De presumir su primera noche, envueltos en ese ejercicio puro, sexuado, alegre y
reconfortante. Lo mío no es eso. Lo mío es el afán de acabar con todas; de destruirles su
gozo; de no dejarlas en paz; de terminar ese proceso que es mío y de nadie más.
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Al despedirnos, expresé la misma engañifa que es el soporte de mis intervenciones. Me
comprometí a ayudarlos, de una manera cínica, besé la mejilla de Teresa y me fui.
Mi primera reclusión se produjo, justo el día de mi 39 aniversario. Se habían acrecentado mis
acciones ignominiosas. Se profundizó mi partición, en términos de no identificar ni
diferenciar sueños y realidad. Vagué todos los días, con sus noches, en busca de objetivos.
Mis imágenes eran cada vez más punzantes y más diferenciadas. Siempre estaba viviendo un
recorrido brutal. Mis imágenes volaban y se estacionaban, según mi necesidad. Una
necesidad constante. No podía pasar una fracción de tiempo superior a 24 horas. Cuando esto
sucedía, cuando no alcanzaba ningún trofeo, mis alucinaciones eran mucho más enfermizas.
Mi cuerpo temblaba, daba tumbos, golpeaba las paredes, los árboles. Solo encontraba
sosiego, cuando victimizaba;
Cuando podía expresar toda mi capacidad; cuando mi falo erecto, penetraba y despedazaba.
Cuando sentía claudicar a mis víctimas. Sentía mucho más placer, cuando olía la sangre que
brotaba de la abertura de mis víctimas, las palpaba, hasta casi destruir su clítoris. Cuando
mordía sus pezones, delirando de gozo perverso. Me sentía un Rasero al revés. Porque éste,
al menos tenían en consideración la aceptación de sus mujeres. Yo no soportaría nunca una
aceptación. Mi gozo era directamente proporcional al rechazo, al forcejeo de las niñas y las
mujeres adultas.
Lo aprendí de Santiago, mi odiado padre. Le debo sus enseñanzas, teniendo a mi madre como
mujer tipo en la cual descargaba todo su furor de macho prepotente. Para mí era todo un
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espectáculo verlo encima de ella y ella tratando de detenerlo. Cuando él no estaba yo
pretendía hacer lo mismo, desde mi primer día de nacido…reconocía en esto mi desencuentro
total, el desdoblamiento más perverso. Decía defender a mi madre, de la violencia de mi
padre. Pero, en el fondo deseaba ser como él, avasallarla, como lo hacía él.
Un hospital como reclusorio. Allí me llevaron el día en que violé a Natalia, una niña de 13
años. Le devoré todo su cuerpo, con saña brutal. La dejé en el mismo sitio en el cual la abordé.
Desangrándose. Fui detenido en ese mismo sitio; me amarraron, me apalearon. Asimilaba el
dolor, reía, vociferaba, como si estuviera, palabras más, relacionadas con todo lo vivido.
Llamaba a Maritza, a Olga…, a mi madre. Las deseo a todas otra vez. Eso decía, mientras
era conducido.
Me calmaron y durmieron con medicamentos para enfermos psiquiátricos Me inyectaron
enantato de flufenazina.
No recuerdo cuanto tiempo estuve narcotizado. Lo cierto es que, cuando desperté estaba
atado a la cama. Sentí una sed inmensa. Pedía agua, a gritos. Un cuarto solo, desde donde
nadie oía mi petición. Un cuarto saturado de colores que inducían a la desesperación. Como
castigo que se extiende a lo largo de las horas.
Mi segunda reclusión se produjo a mis cuarenta y cinco años. Hacía tres años había escapado
del hospital-cárcel. Lo hice, cuando era llevado a un reconocimiento por parte de las víctimas.
Corrí todo el día, hasta llegar a casa de Adrián. Me dio asilo, a pesar de conocer mis retorcidas
acciones. De allí, pase a un escondite proporcionado por Pánfilo. Una casita en la periferia
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de la capital. Pánfilo me visitaba con frecuencia; gozaba con mis confidencias; en las cuales
relataba mis experiencias. Tomaba nota de ellas, para no dejar escapar los detalles. Supe,
después, que mis relatos fueron aprovechados como instrumentos de los cuales se aprendía
el protocolo necesario para aplicar en los sitios y en las mujeres donde sus adeptos
ingresaban, arrasando. Yo sentía una sensación dicotómica. Como creador y maestro de
formas para vulnerar; como sujeto que reclamaba otra opción de vida, sin propiciar
laceraciones.
Esta segunda reclusión fue mucho más ejemplarizante que la primera. Escuchaba voces que
expresaban análisis de mi caso. Este fue tipificado como depravación y desarreglo
irreversible. Les oía hablar de la necesidad de una intervención denominada lobotomía, como
único recurso para resolver mi situación.
Fui lobotomizado, un año después de haber sido recluido. Desperté. No respondía a ninguna
motivación externa. Todo lo veía igual. No distinguía un elemento de otro. Una vivencia
plana, sin ninguna sensación. La identificación como sujeto vivo biológicamente, la hacía a
partir de caminar de un lado a otro del cuarto. Desfilaron a personas que no reconocía,
mujeres niñas y mujeres adultas. Para mí eran como sombras que no me motivaban; a las
cuales veía como construcciones asimétricas.
Dos años después, se decretó mi muerte. Estuvo precedida de acciones pasivas intermitentes,
asociadas a mi vida. Recuerdos cada vez más borrosos. Casi extinguidos. No volví a ver a mi
madre, a nadie. Que pudiera identificar. Mi última visión fue Isolina Girardot. A partir de ahí
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dejé de existir, balbuceaba palabras parecidas a la expresión volveré. Esta fue mi primera
muerte, pero no la última.
Tres
(Volviendo a nacer)
Nací un día tres de abril, Un cuarto saturado de luces blancas. Veía muchas personas
alrededor de la cama. Mi madre estaba al lado. Una mujer joven. Su risa, absoluta, navegaba
por todos los espacios. Se dirigía hacia mí, con voces suaves. Una mirada que me convoca a
ver en ella una réplica de Isolina Girardot. En efecto, un cabello pegado al cráneo. Totalmente
negro, sin las fisuras que adquieren las mujeres que ven en este tipo cabello, un limitante para
su empoderamiento como mujeres, real o ficticiamente bellas. Una piel de color negro
hermoso.
Observo, de pie, al lado izquierdo de la cama, a un hombre negro, como mi madre y como
yo. Percibí en él, un tipo de hombre sutil, sensible. Su mirada lo expresaba, sin lugar a
equívocos. Totalmente diferente a mi primer padre. Mi madre lo miraba, asía sus manos y le
decía, gracias Demetrio; se parece mucho a ti. Quiero que se llame Isaías; como tu abuelo
materno. Ese ser hermoso que conocí. De una mirada limpia y de unas acciones
profundamente humanas; con absoluto respeto por los otros y las otras. Todavía se mantiene,
en mí, vivo ese momento en el cual le expresaba a tu abuela palabras que la inducían a
posicionarse como mujer libertaria; en ese escenario inhóspito en que vivían. Todavía siguen
vivas aquellas jornadas de cautivación, aquellas que ella y él, asumían roles vinculados con
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el amor absoluto; en una definición del mismo que prolongaba la continua búsqueda de
momentos para amarse, para trascender la inmediatez. Como un proceso continuo, sin más
ataduras que la imaginación. Inclusive, te lo confieso ahora, muchas noches, estando contigo
en ese forcejeo que nos ha distinguido, yo cerraba los ojos y veía, en paralelo, a tu abuelo y
a tu abuela, recorriendo sus cuerpos, susurrando palabras inequívocas de ternura y de pasión.
Un equilibrio perfecto. El con setenta años de vida y ella con setenta y cinco; parecían
adolescentes que desnudan sus cuerpos y realizan, sin detenerse, una lucha viva, llena de
fortaleza y de entrega.
Al escuchar a Isolina, me sentí transportado. Me encontré localizado en un territorio de
frontera. Entre los recuerdos de mi primera vida y la perspectiva de asir, como hilo conductor,
momentos de felicidad...Una confianza en mí mismo, que trascendía los entornos y realizaba
búsquedas en un contexto social e individual en los cuales, ataba el pasado y el presente. Un
pasado que comenzaba en escenarios históricos diferenciados. Veía la Roma de los Césares;
a Suetonio relatando sus vidas. Percibía a Espartaco, caminaba con él; entendía sus opciones
de vida. Me situaba en nuestros territorios antes de ser avasallados. Me veía inmerso en las
relaciones primigenias. Con los rituales y con una organización social diferente. Los Aztecas,
los Mayas, los Incas, los Chibchas…Todo esto en un universo de realizaciones propias, en el
proceso de asumir y dominar a la Naturaleza. Trascendiendo lo inmediato, por la vía de
orientar sus acciones en términos de una dinámica propia, autóctona...
Cierto día, me vi. , hojeando un texto que mi madre escribió, cuando tenía 16 años. Un ensayo
acerca de la concepción del ser humano propuesta por Federico Nietzsche en su obra
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“Humano, demasiado humano”. Según mi madre, en este texto se refleja una tipificación de
la historia de la humanidad, por la vía de asumir un soliloquio que conduce a clasificar el
comportamiento humano, como un continuo afán por despertar al mundo, a la realidad;
entretejiendo, verdades, teorías, paradigmas. De tal manera que la angustia que produce
sentirse escindido, conduce a promover espacios de intervención en los cuales cada quien
define su rol, en términos de descifrar los códigos de la moral, de la religión y de la
organización social y política.
Según Isolina, los seres humanos estamos retratados en la obra de Nietzsche. Porque
asumimos la herencia sucesiva que nos otorga la historia de la humanidad; de una manera tal
que exhibimos un corpus exterior, cosido por las pautas previamente establecidas. Pero que,
nuestra interioridad, se subsume en la angustia, por la vía de reconocerse como sujeto al
garete. Con bifurcaciones cada vez más complejas. Desembocamos en una continua
búsqueda de nosotros (as) mismos(as). Prevalece, sigue diciendo mi madre, una dicotomía
que hace de la vida cotidiana, una figura similar a la que describe Freud en su texto “El
malestar de la cultura”; o lo que señala Marcuse en “Eros y Civilización”. Sujetos, hombres
y mujeres, en constante desequilibrio; de tal manera que no construimos nuevos escenarios
psicológicos, de conformidad con nuestros deseos y aspiraciones autónomos. Por el
contrario, realizamos nuestro recorrido de vida, atados a los conceptos preestablecidos.
Un ir y venir, anclados, sin libertad. Tal vez, por esto mismo, dice Isolina, se desprende de
la teoría de Nietzsche, una propuesta que define la libertad individual, como latente, sin que
pueda expresarse y concretarse. A no ser que asumamos, radicalmente, una opción de vida
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en la cual cada quien reivindique la particularidad de esa opción. Una figura parecida al
nihilismo.
La esquizofrenia es una definición tipo, que se prolonga, se transmite; significando con ello
la herencia cultural, como una transmisión constante, perenne. Un cuadro patológico que nos
inhibe para acceder a un universo social sin condicionantes. Es un encerramiento que
promueve, en nosotros y nosotras, una remisión hacia iconos que nos orientan. Es una pérdida
de identidad. Porque no acertamos de descifrar los códigos impuestos y, por esta vía, redefinir
nuestros roles.
Para Isolina, este tipo de atadura individual, no es otra cosa que la réplica de los
condicionantes inherentes a la organización social y política de la sociedad. La libertad se
pierde, en el momento mismo en que transferimos toda iniciativa, hacia el referente que nos
es impuesto por parte de quien o quienes ejercen el control.
Propone, mi madre, un entendido en el cual, el Leviatán, el Contrato social y la teoría de
Maquiavelo, corren paralelas a ese distanciamiento, cada vez más agresivo, del individuo con
respecto a su propio ser en sí.
Lo que sucede, entonces, es una prolongación infinita de ese control. Cada quien adquiere
una posición en el contexto social que previamente ha sido establecido. Una porción que se
transforma en territorio individualizado de manera imaginaria. Porque, en el mismo, no es
dada otra cotidianidad que la que nos corresponde, a manera de recrear ese dominio,
asumiéndolo como necesario.
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En este texto suyo, Isolina refleja la angustia individual. En la cual nos desenvolvemos, sin
que esto implique actuar con libertad. Una cosa es ese control que nos ha sido transferido y
que parece insoslayable. Y, otra cosa, es el sentido de pertenencia con respecto a la sociedad
como construcción libertaria, que nos convoca a la transformación constante.
A manera de corolario, mi madre, asume como necesidad constante la renovación de
actitudes y acciones. De tal manera que estas no estén sujetas a paradigmas impuestos. Por
el contrario, las define como una revolucionarización de la vida cotidiana. Sin dejar de
reconocer la necesidad de un tipo de cohesión social centrada en el reconocimiento de sí
mismos y de sí mismas; difiere de la teoría del control como causa necesaria. Son, en
consecuencia, dos opciones no solo diferentes, sino antagónicas.
Mi madre define esa opción libertaria, como la redefinición de roles. En ella, rol, significa la
asunción de objetivos en los cuales estén referenciadas las aspiraciones individuales y
colectivas, de tal manera que la imaginación sea sinónimo de libertad. Imaginación que, a su
vez, es definida como la posibilidad de crear; de convertir los entornos en territorios no
cifrados como principios ineludibles; sino como escenarios en los cuales, cada quien,
transfiere conocimientos, sin que esto implique deshacerse de su individualidad. La sociedad,
así entendida, es una extensión de la figura de la democracia, como construcción a la cual se
accede por la vía de reconocerse a sí mismos (as) y alcanzar una participación efectiva en los
procesos sociales, políticos y económicos. El centro es, entonces, la construcción de un tejido
social que cohesione las individualidades, no como instrumento de poder impuesto; sino
como realización de esos objetivos de beneficio común, basados en un concepto de justeza
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que convoque a los hombres y a las mujeres. Hasta acceder a formas de gobierno
participativo, de manera efectiva y no formal.
En la segunda parte del documento, Isolina, aborda la cuestión de género. Ya antes, según lo
supe por Demetrio, ella había escrito un texto relacionado con las mujeres y su intervención
en la literatura y el periodismo.
En mi primer encuentro con ella, después de mi duodécimo aniversario le indagué por el
contenido de esa segunda parte. De paso le comenté que, a los tres días de haber nacido,
encontré la primera parte de su texto. Me dijo, Isaías, tú tienes una manera muy peculiar de
vivir la vida. Hasta cierto punto te pareces a Demetrio. Yo lo conocí, cuando él tenía seis
años y yo estaba bordeando los cinco. Vivíamos en un barrio de la capital., barrio periférico.
Saturado de recuerdos ingratos nuestras familias habían llegado del c ampo. Concretamente
de un territorio golpeado por la violencia. En donde se sumaban, a la violencia oficial
reiteradas, la presencia de grupos armados. Desde posiciones guerrilleras, supuesta o
realmente libertarias; hasta grupo de paramilitares auspiciados por sucesivos gobiernos. Eran,
en sí, aparatos al servicio del Estado.
Nuestra infancia, transcurría en medio de limitaciones casi absolutas. Demetrio, me hablaba
en términos que yo creía reconocer. Como si ya los hubiera escuchado antes de nacer... Su
padre fue un hombre rígido en lo que respecta a su posición en la familia. La rigidez, era
expresada por la vía de imponer sus principios. Una unidad familiar, relativamente, centrada
en el poder del padre. Sin embargo, su abuelo materno, del cual tú llevas el nombre, asumía
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como ser libertario. No tenía preparación académica. En él, cobraba fuerza aquello de que
las posturas ante la vida, se deben entender como proceso continuo, casi innato. Amaba a las
mujeres, como lo que somos. Es decir, como agentes del cambio. Para nosotras, decía el
abuelo, los lugares deben ser escenarios de libertad.
Cuando se produjo la concreción de la intervención femenina en los procesos electorales; él
ya había asumido en su hogar unas expresiones que reflejaban su intención de realizar, así
fuera en términos de micro sociedades (como la familia, por ejemplo), una opción en la cual
la diferenciación de género, no puede ser interpretada con exclusión y/o sometimiento. Por
el contrario, debía significar una interacción en igualdad de condiciones en las realizaciones
políticas, sociales; sin pretender homogenizar las. Las mujeres, son las mujeres. Nosotros, el
hombre, desde el punto de vista biológico que no admite confusiones. Diferenciación
insoslayable. La búsqueda de la equidad de género, lo llevó a fuertes enfrentamientos con
sus pares masculinos y con las jerarquías religiosas y gubernamentales.
La señora Ana, su esposa, conoció de él un equilibrio humanizado. Isaías se prodigaba en un
trato absolutamente hermoso. Tanto hacia sus hijos e hijas; como también ante la señora Ana.
Cuando se vieron obligados a abandonar su territorio, al que siempre amaron, sucedió una
descompensación de repercusiones de inmensa tristeza. Era, tanto así, como dejar su vida
allí. En donde habían nacido y crecido. No lograron nunca asimilar esa pérdida. Mucho
menos, adecuarse a las condiciones que exigía la ciudad.
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Demetrio era mi ícono. A sus seis años, sabía acceder a los otros y las otras, con una profunda
sensibilidad. En la escuela se distinguía por su amabilidad y por la ecuanimidad con que
abordaba el trato con los niños, las niñas y sus profesoras y profesores. Una versión asimilada
a aquellos hombres que, después de haber vivido intensamente y haber adoptado posturas
feministas de manera tardía, accedían a una lucha por los derechos de nosotras las mujeres.
Quizás, sin saberlo, Demetrio, fue desde esa temprana edad, un horizonte que convocaba. Mi
relación con él, no fue nunca de subordinación. Era un equilibrio de contenidos
profundamente humanos. La ternura y la consecuencia con su rol, fueron y han sido sinceros
y transparentes.
Fue mi novio, desde allí, hasta la frontera con el infinito. Un amor que se ha prolongado en
el tiempo. Que se ha fortalecido en el día a día. Un negro sin ningún tipo de claudicaciones.
Ha luchado, desde niño, por la libertad. No como expresión retórica, sino como compromiso
ineludible. Como obrero, ha mantenido su esperanza inquebrantable en una sociedad más
justa.
Me preñó a mis quince años. Después de un cortejo en el cual intervinimos los dos. Fue un
momento de sublimación. Él y yo, trenzados en una acción hermosa. Estuvimos todo un día.
De terminar y volver a empezar. Una vitalidad espiritual que guiaba su sexo y el mío. Nos
recorrimos los cuerpos. Paso a paso, minuto a minuto. Exploramos zonas que no conocíamos
en nuestros cuerpos. Terminamos exhaustos. Dormimos no sé cuánto tiempo. Solo sé que, al
despertar, ya te sentía en mí. Ya me hablabas, con tus palabras de niño producto de la más
hermosa relación que he tenido.
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Después, vino la persecución. Demetrio y yo estábamos comprometidos en la lucha por los
derechos humanos. Por los derechos de las minorías étnicas. Afrodescendientes, y por los
nativos primarios de nuestra América. Mi formación fue a puro pulso. Lo mismo que
Demetrio. Las carencias en nuestras familias, nos situaron a Demetrio y a mí, en una opción
en la cual lo único posible era la vinculación a un trabajo, para coadyuvar al mantenimiento
de nuestras familias. Fuimos vendedores en las calles áridas de la ciudad. Estuvimos, como
jornaleros transitorios, en la recolección de café en Caldas, Risaralda y Quindío. Nuestro reto
fue, siempre, no claudicar ante la adversidad. Nos mantuvimos unidos; de tal manera que no
nos venciera la opción de convertirnos en sujetos desvertebrados, cercanos a la depravación.
Mantuvimos enhiestas nuestras opciones de crecer y de servir a nuestros pares.
Cada vez que nos entregábamos al placer de la sexualidad, nos convertíamos en los seres más
dichosos de la Tierra. Demetrio me cautivaba, como la primera vez. Jornadas sin término en
el tiempo. Él y yo. No ha habido zona de nuestros cuerpos que no hayamos explorado. Yo
sentía que alucinaba. Demetrio y yo. En una entrega absoluta. Cuando terminábamos, nos
vinculábamos al ejército de hombres y mujeres que no reconocen fronteras. Contigo
creciendo en mi vientre. No sé si alguna vez nos escuchaste, en un diálogo continuo; en el
cual él y yo navegábamos por mares abiertos. No había lugar a la duda. Él y yo, como
expresiones de sublimación. Él y yo, a cada momento, creando nuevas formas de amarnos y
de entregarnos.
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Cuando tú naciste, Isaías, encontramos en ti la posibilidad de prolongarnos en el tiempo. Te
tuve dentro de mí. Te hablaba, te susurraba palabras de motivación. Te requería como la
continuación de nuestras vidas.
No sé por qué intuyo que ya, antes te conocí. En mis sueños, te he visto en un lejano
momento. Siendo tú un sujeto diferente. He tratado de hallar una explicación. Te he visto
como vulnerador. Siempre apareces como hombre sin definiciones claras. Como ese
interregno, en el cual nos movemos todos y todas. Sin precisar los contenidos de nuestras
acciones. Con decires confusos. Como cuando no encontramos nuestra razón de ser. Hasta
cierto punto, en esos sueños, te doy la razón. Porque, yo también, creo que somos escindidos.
Transitando por nuestra vida y las de los demás, sin acatar a concretar nuestros roles. Es algo
parecido a ese sujeto kafkiano, absurdo, pero tan real que nos absorbe y nos reivindica como
producto de una sucesión de historias vividas; centradas en ese no saber por qué existimos.
En una búsqueda constante. Casi perenne. Un no encontrase con uno mismo. Repitiendo
momentos, cada vez más incomprensibles. Una lucha titánica con nosotros y nosotras
mismos (as). Un Eros y Tanatos, a la manera freudiana.
Hasta cierto punto, tú eres como ese espejo que nos retrotrae continuamente. Un mirarse
hacia atrás, tratando de modificar los sitios y las acciones; pretendiendo modificar los
escenarios presentes y futuros. Como una recopilación extendida de Sísifo, aquel que cada
día inicia una nueva vida que no es nueva, porque es simple ejercicio de castigo. Será porque,
todos los seres humanos, tenemos puntos de eclosión, de surgimiento, de vivir la vida; pero
siempre nos regresamos al comienzo, a la nada; como quiera que no reconocemos ningún
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punto de comienzo no racional. Por esto mismo somos, en fin de cuentas, una sumatoria de
posibilidades latentes; que se concretan sin nuestra aprobación. Como si fuéramos norias que
viajan sin parar; que confluyen en un vacío, parecido a los agujeros negros de que hablan los
astrónomos.
El hecho de no tener un dios nos coloca, a quienes así actuamos y pensamos, en sujetos
angustiados, pero en capacidad de crear escenarios en donde prevalezca la confianza en sí
mismos (as) como colateral a esas mismas convicciones. Sin las cuales no reconoceríamos la
realidad, como independiente de nosotros y nosotras. Como Naturaleza que ha estado ahí, en
proceso de evolución y desarrollo. A nosotros y nosotras, solo nos es dado entenderla y
modificarla. La creación de la misma nos parece un misterio inacabado, indescifrado.
Un ser o no ser. En una propuesta de blanco o negro. Los tonos grises son el equilibrio. La
razón de ser de nuestro deambular por el universo. Estando aquí o allá, sin más límites que
nuestras carencias para conocer, indagar y transformar.
Cuando tenía tu edad, yo era una mujer definida. Ya conocía a Demetrio. Ya estaba a su lado.
Ya estaba dispuesta para la preñez. Es que, para mí, el sexo es sinónimo de imaginación y de
creatividad. Sin forzar ni ser forzadas. Más bien como latencias que se concretan con el ser
amado o amada. Dispuestos (as) a sentir ese recorrido por nuestros cuerpos, como un elíxir
que nos fortalece. Ser preñada así, adquiere un significado absoluto. En el cual no hay lugar
para las vías intermedias. O se ama, o no se ama. Sin saber por qué, percibo que ya te había
visto antes. Cuando tu madre, antes que yo fuera tu madre, recibía de ti acciones de
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sometimiento. No se por qué, te he visto en mis sueños con sujeto confrontador del padre.
Ese padre diferente a Demetrio. Cercano a aquellos machos que pervierten el ritmo del amor
y de la condición de amantes. Transformándolo en vulneración; derivando en secuelas de
insospechadas repercusiones. Como horadando nuestra condición de humanos; vertiendo el
instinto antes que la ternura; antes que la entrega compartida y sublime.
Somos Eros, en razón a eso. Tal vez, en esos sueños tú no eras eso. No eras ternura, ni
potenciador de la entrega sin pausa a quien amamos. Tal vez, eras sujeto de contenido
asimilado a la violencia que no desinhibe; sino que por el contrario esclaviza; en unas
condiciones en donde no podemos ser sujetos y sujetas de transformación. Tu pasado, según
eso, no albergaba ninguna esperanza. Era, insisto en ello, una repetición lineal. Amabas a
quien era tu madre, de tal manera que ese amor se convertía en dolor, a cada paso. Como si
tú orientaras el comportamiento, hacia simas insospechadas. Aquellas en las cuales muere la
espiritualidad de cada sujeto y se construye, en su reemplazo, unas figuras de mármol. Así
como aquellas de quien tengo referencia, al asistir con Demetrio a una proyección con ese
nombre. Hombres y mujeres de mármol, trabajados (as) con un cincel que ya tiene
predeterminados los ángulos y los perfiles de aquel o aquella a quienes han de construir...
Me decidí a hablar con Demetrio. Veía en él la definición que mi madre hacía. Como
queriendo auscultar su verdadera capacidad. Demetrio empezaba a ser, para mí, un tipo de
deidad cercana a aquellas figuras míticas. Como Afrodita; como Hércules; como el gran
Zeus. Quería estar a su lado, palpar su cuerpo y cerciorarme de su condición de amante pleno.
Ese que Isolina siempre recuerda. Ese que la convoca a una vida siempre en crecimiento.
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Diáfana, creativa, solidaria, entregada a vivir y transformar al mundo a su lado. Quería saber
si, en realidad, cuando la preñó, lo hizo como culminación de un acto de profunda libertad.
Quería saber si, como ella, fue partícipe de una preñez dirigida a mí. Como sujeto que soy
yo, según los sueños de mi madre Isolina, Venido de un pasado en donde los avasallamientos
y las vulneraciones eran cosas comunes aceptadas como válidas.
Demetrio estaba en su sitio de trabajo. Un salón inmenso con hornos a lado y lado. Como
operario, debía surtir el horno que le había sido asignado. Un calor insoportable. Una
sensación de asfixia, que invitaba a desear los espacios abiertos, frescos. Un salón en el cual
estaba acompañado por otros hombres, igual que él, atosigados por el infernal fuego. Su labor
era, y sigue siendo, coadyuvar a la transformación del hierro en diferentes aleaciones.
Decantando esa figuración asignada al elemento primario, según los requerimientos de la
empresa.
Cierto día, sin saber por qué, me asediaba un vago recuerdo. Como si yo hubiera estado, e n
el pasado, como operario. Así como Demetrio. La diferencia radicaba en que, siendo yo
sujeto partícipe de un proceso, ese proceso era algo así como orientar las perversiones
inherentes a la desculturización. Como raponazo a nuestras vivencias. Como si yo hubiese
estado al servicio de los destructores de etnias y de los elementos asociados a ellas. Siendo,
así, un sujeto pervertido, auriga de los controladores. Me veía desarrollando lenguajes
lineales. Pretendiendo suplantar la creatividad y la belleza de nuestros saberes ancestrales,
nativos, desde antes de la invasión.
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Pretendí deshacerme de ese recuerdo, a partir de orientar mi quehacer con los postulados de
Demetrio y de Isolina. Siendo yo una derivación de un amor pleno, íntegro. Sin embargo,
persistían en mí esos vagos recuerdos. Como haber conocido otros lugares y otras personas.
Una de ellas, una mujer parecida a Isolina, en lo que esta tiene de entereza, de sutilidad, de
elevados valores acumulados. No como simple sumatoria de agregados circunstanciales; sino
como expresión de una vida dedicada a construir espacios humanizados, garantes del
progreso, centrado en la convivencia, el respeto y la creatividad colectiva e individual.
Escenarios no endosados a los poderes. Más bien, en interacción con todos y todas aquellos
(as) que tenemos, en cualquier momento de nuestras vidas, unas vivencias inconexas,
segmentadas, valoradas como simples accesorios que adornan la sociedad regida por quienes
esquilman a los demás…Aún siento esas secuelas.
Petronila Rentería de Girardot, una mujer de 84 años, ha vivido la mayor parte de su vida,
alrededor de su familia. Desde niña, añoró trascender esos territorios. Sin embargo, la fuerza
de las convicciones y valores vigentes, la han convertido en simple reproductora de hijos,
nietos, biznietos… Nunca ha sido feliz. Su primer matrimonio, con Escolástico Girardot, fue
una réplica de la concreción de la dominación por parte del hombre sobre las mujeres. Este,
Escolástico, venía de una familia de tradiciones casi inquisidoras. Su abuelo materno, había
conocido los rigores de la transición entre la independencia real, a la independencia formal.
Cuando, después de haber concretado la expulsión de los invasores, nos convertimos en
territorio de confrontaciones. Algunas de ellas bizantinas. Otras, de mayor calado, se referían
a los conceptos disímiles de libertad y de la construcción de Estado. Como si, en cada una de
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esas expresiones, se descifrara el código de la dominación, anclada en poderes y
macropoderes absurdos; en los cuales se destruía la razón de ser de la libertad. Sumatorias
de territorios y de poderes. Con actores convencidos de su condición de predestinados por la
divinidad del Dios Católico, para salvar a la nación de las perversidades liberales, entendidas
estas como apertura al conocimiento y a la construcción de democracia efectiva.
Lo cierto es que Petronila convirtió su vida en un continuo hacer repetitivo, por la fuerza de
la tradición. A pesar de la obvia diferenciación inherente a los seres humanos, considerados
individualmente, lo suyo fue y es una réplica de la dominación ejercida sobre las mujeres.
De por sí, ellas han constituido una franja de la población, sobre la cual recae el control sobre
sus vidas. Hasta cierto punto, lo aquí expresado, puede aparecer como discurso que ha sido
expresado en diferentes escenarios políticos y sociales. La necesidad de postular una
perspectiva, en concreto para el caso de mi madre Isolina, a partir de la situación relacionada
con su abuelo y su abuela, supone reiterar acerca de esa dominación. Tal vez, porque en esta
situación descrita, reside una especie de referente asumida por Isolina. Referente no patético.
Más bien centrado en la continua búsqueda efectuada por las mujeres que, como mi madre,
aspiran a desafiar esos condicionantes y trascenderlos., por la vía creativa y proactiva.
De hecho, Isolina tiene un recorrido de vida, que le ha permitido descifrar las alternativas
necesarias para proponer, desarrollar y fortalecer una teoría y una praxis vinculada al proceso
de liberación femenina. Esto es lo que explica, a manera de ejemplo, su compromiso con las
mujeres de Ruta Pacifico y con la gestión popular alrededor de la periferia en que fue situada,
junto con Demetrio. Escenarios en los cuales crece, de manera exponencial, las carencias, la
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desvertebración social y la existencia, latente y real, de opciones asimiladas a la degradación
del entorno físico y de los grupos sociales.
Desde ahí, entonces, Isolina ha comprometido su acción, conocedora de que la confrontación,
en últimas, es con los gobiernos y con el Estado. Por esa vía ha desembocado en la
construcción de proyectos económicos, políticos y sociales. Cuando le hablé de mi deseo por
conocer esa segunda parte de su texto, me reitero la expresión relacionada con un tipo de
actitud, como la mía, que conduce a pretender abarcar los conceptos de manera tal, que
pueden convertirse en simple formalidad.
Isaías, en consideración a tus inquietudes, acerca de mi compromiso con las luchas sociales,
tengo la posibilidad de presentarte dos escritos míos, relacionados con ese tipo de actividad.
Ya, por vía de tu decisión anterior, relacionada con esa búsqueda; conociste la primera parte
del documento en el cual realizo un análisis de propuesta de Nietzsche, a partir de su texto
“Humano, demasiado humano”. La segunda parte, es un proyecto relacionado con la
educación de los niños y las niñas. Este documento lo he ido construyendo a partir de mis
experiencias en nuestros barrios... Léelo.
La primera impresión que tuve, al escuchar a Isolina, tuvo que ver con algo parecido a la con
fusión. Porque no entendí, de manera plena, el significado de sus palabras. Sin embargo, me
dispuse a leer el texto constitutivo de la segunda parte del texto conocido por mí antes. Al
comenzar la lectura, sentí la inquietud, en términos de creer que ya había conocido esas
expresiones ante. El documento de mi madre dice:
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Toda herejía, en principio, es una acción individual. Compromete a quien realiza una
interpretación diferente y se decide a proponerla como opción. Bien sea como modificación
parcial de las pautas, paradigmas y condiciones instaurados como referentes colectivos; o
como alternativa que conlleva a una modifi9cación total, radical. Algo así como o son esas
pautas y paradigmas o son estas pautas y paradigmas alternativos. Ya ahí, en esa acción de
proponer una alternativa, se configura un distanciamiento con respecto al ordenamiento
vigente. Adquiere ese hecho un significado asimilado a la ruptura. En el proceso de enfrentar
esa opción (...u opciones) con las existentes; el (la) sujeto (a) que ejerce como cuestionador
(a), desemboca en una posición herética. A partir de ahí, se trata de definir las condiciones y
el tipo de acciones a realizar, el proceso de difusión de la opción u opciones nuevas. Aquí,
condiciones, tienen que ver con los insumos recaudados para sustentar la nueva opción. Un
tipo o tipos de acciones, tiene que ver con realizar una confrontación individual absoluta. O
la adquisición, mediante el proceso de persuasión o imposición, de una aceptación de los (as)
otros (as). De tal manera que pueda presentarse y desarrollar como opción u opciones
colectivas. Esto no es otra cosa que el comienzo de una sumatoria de acciones diferenciadas;
en procura de lograr la aceptación y acatamiento, bien sea de la modificación parcial o de la
erradicación de las anteriores pautas y paradigmas y, en su reemplazo, erigir las nuevas.
De todas maneras, bien sea que se actúe n un u otro sentido, es evidente la necesidad de cierta
subyugación hacia los otros y las otras. Algo así como entender y aceptar el principio básico
relacionado con el ordenamiento y el equilibrio por la vía de la imposición de pautas y
paradigmas: siempre existan referentes establecidos como condición para el ordenamiento y
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el equilibrio; habrá unos códigos y obligaciones que ejercen como limitación a la libertad
individual. Alcanzar unos nuevos referentes, unos nuevos códigos y nuevas obligaciones;
supone la realización de acciones que controvierten lo anterior.
Cuarto (Como huella doliente)
Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio
y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres.
Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como
consecuencia del ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él
y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir
propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra cosa que justificaciones
para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles
acerca de los valores humanos.
He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de
normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les
hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos
recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio.
Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el
amor.
Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable.
Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera
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pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante
de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la
vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y
otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte.
Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo
demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por
qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que
se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para
vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone.
No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré.
Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad.
Un día cualquiera de abril, en el año 2025, conocí a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada
por ella y él. Una mujer de mirada furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La
desee desde que entró por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado
todo el tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose. Era,
insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces. Apretada su vagina. Desde
ese instante conocí que no había sido penetrada. El primer día de mi mirada furtiva, sentí
crecer mi asta. A tal punto que empecé a surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía.
Porque era un continuo ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mí
mismo. La sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas. La
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inundé de tal manera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que ella se diera cuenta,
exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía cada vez más.
En ese momento decidí que era mía. Que esa sujeto, merecía ser allanada por mí. Como en
el pasado, con otras. Ya, aquí, con esa sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado.
La quería para mí. No en sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar
el lugar y aprovecharlo.
Fue en la misma habitación que le asignaron él y ella. Cuando recién se había dormido, entré
en el cuarto. Me desvestí. Traía un lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando
despertó yo ya estaba encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La
penetré con todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le
respondí: esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde más pueda.
Eres mujer. Por lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié. Suspiraba
aceleradamente. Peleaba con mi fuerza. A los diez años, yo tenía una capacidad insospechada
para inmovilizar y para hacer sucumbir. Lo mío se prolongó hasta caer la noche. Estaba
inerte. Lo estuvo desde que ahogué sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la recorrí una y otra
vez. Mi asta seguía erguida. La dejé ahí, muerta. Esa misma noche me fugué de casa, dejando
su cuerpo inmóvil, lacerado.
Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus vacaciones. A pesar de que eran casi las once
de la mañana, no habían dispuesto el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior
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estuve inmerso en un sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre
Mireya, estaba a mi lado. Cantaba.
No sé por qué la sentía tan cerca. Sentía su olor y me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero
no podía asirla. Porque me trascendía. En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era
mía, pero sin serlo todavía. La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un
placer que me engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que
está conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo un
universo de expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a cada momento.
Siendo consciente de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía surcada de pasión. Por mí y
por ella. Un asedio continuo.
Mientras él y ella dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que
podía hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo viven
para mirarse y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en silencio, de esa mujer que
me cantaba. Que estaba a mi lado por placer. Porque yo le gustaba. Porque ella me gustaba.
De nuevo su voz.
El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua.
Como quien no concibe la vida sin ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y
que no sé de qué se trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy
ya no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente, la volviera a
ver. Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven solo para sí mismos. En un
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ejercicio patético y caduco. Sintiendo amor en donde solo hay repetición vehemente de
lugares comunes. Como lobos esteparios que se confiesan a sí mismos. Con las miradas
puestas en el teatro de la vida. De su vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada
y acomodada a las circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y
codificada. Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido. Sumatoria
de lados iguales. Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después de regresar de sus
oficios. Esos repetidos que los inunda de orgullo. De saberse partícipes del proyecto de vida
igual. Para todos y para todas. Cada quien, viviendo su vida, sus quehaceres. Sus limitaciones
de felicidad. En procura de la cual viven, cada día.
Al despertar, por fin, encontré a mi madre al lado mío. Me tomaba las manos y me decía,
¿Cómo te pareció la historia que te conté? Espero no te hayas confundido con tantos
conceptos juntos, ni con algunas de las situaciones descritas. Este día es muy especial para
Demetrio y para mí; espero que tú también nos acompañes en nuestra felicidad. Hoy nos
hemos dado cuenta que estoy preñada. En verdad, resulta, para mí, muy gratificante asumir
este rol; a partir de entender la condición de madre, con plenitud. Deseándolo, sin que
implique la asunción de los conceptos enrevesados y doctrinarios que promueven algunas
instituciones y personas que reiteran, de manera constante, en que nosotras las mujeres, no
podemos ejercer el gozo en nuestras relaciones sexuales; sin que en ello incida los
condiciones vinculados con opciones moralistas; que se convierten en versiones perversas
del sexo, entendido como antecedente que conlleva, o debe conllevar a construir unas
relaciones formales en términos heterosexuales.
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Por esa misma vía, proponen y realizan opciones, en las cuales lo sexual, se remite al
condicionante de vida en pareja entre hombres y mujeres. Pretenden mantener una restricción
absoluta para las relaciones homosexuales. Con el agravante de proponer estas relaciones
como contrarias a la naturaleza biológica. Tú sabes de mis intervenciones a favor de la
libertad plena al momento de definir las opciones sexuales, en términos de su sublimación,
del goce y del desarrollo autónomo de hombres y mujeres. No se si recuerdas a Juliana, y
Pedro, que han trabajado conmigo en este tipo de perspectiva libertaria, como herejía
hermosa que cuestiona la falsa moral que nos circunda. Ya ella y él, han trazado y realizado
todo un programa en los colegios, en el sentido de coadyuvar a la formación de los y las
jóvenes, por la vía de entender su dinámica sexual, su libertad y responsabilidad. El trabajo
permite establecer unos roles no estáticos; sino flexibles. En los cuales debe prevalecer la
autonomía. Además, esto último, debe implicar la prevención de los embarazos no deseados.
Es obvio, Isaías, que nos hemos encontrado con muchas dificultades. Nos ha correspondido
enfrentar a las jerarquías escolares, a muchos (as) padres y madres de familia; a las posiciones
arcaicas, casi inquisidoras de las organizaciones religiosas.
Me quedó sonando el relato de mi madre, en el que aparecen las figuras de Juliana y Pedro.
Es como si ya los hubiera conocido, en el pasado. Siento como un remolino que me absorbe,
que me dificulta dilucidar la conexión pasado y presente. Al momento estoy confundido.
Porque no sé si esa percepción del pasado, me remitiera a entenderlo con dinámica propia.
Como si estuviera asistiendo a una versión de la teoría acerca de la repetición de acciones,
en periodos diferentes. Esa teoría que define lo consciente, y lo inconsciente; como instancias
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en las cuales las realizaciones y los requerimientos se juntaran y conforman una cohesión de
hechos y acciones que convocan a cada sujeto, a definir sus intervenciones en la realidad,
como presente, pero influenciadas por la percepción de momentos y vivencias anteriores,
similares. Algo así como condicionantes que nos remiten, bien sea a recrearnos en esa
relación pasado-presente; a confundirnos por lo mismo. Sintiéndolos como condicionante
que asfixia y restringe la autonomía, la imaginación y la creatividad.
Quinto (mi sorna ambivalente)
Muy temprano, ese día 22 de abril, Demetrio salió a cumplir una diligencia relacionada con
la organización comunitaria de los y las desplazados(as). Él había logrado reunir esfuerzos,
por la vía de este tipo de organizaciones. Fue algo inherente a nuestra condición de itinerantes
forzados en nuestro territorio. Un ir y venir acá y allá. Soportando asedios de todo tipo. Desde
la graficación construida por los organismos gubernamentales, hasta las amenazas anónimas,
difundidas en panfletos que aparecen de manera constante. Muchas de esas amenazas se han
cumplido. El recuerdo de muchos y muchos itinerantes muertos (as) violentamente, en el
silencio que imponen este tipo de acciones. Un universo de situaciones extremas con sus
variables: pobreza, discriminación, falta de servicios domiciliarios básicos, viviendo en
ranchos inadecuados para la cotidianidad familiar y social.
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La reunión estaba convocada para las 10 de la mañana, en uno de los salones comunales
improvisados por la organización. El tema, según el cronograma referido por mi padre,
incluía el análisis de nuestra situación actual; como quiera que se ha estrechado el entorno;
restringiendo el territorio y profundizando las difíciles condiciones de vida. Se pretendía, la
elaboración de un documento y la designación de una comisión para entregarla en el
Ministerio del Interior y en la Secretaría de Acción Social del Distrito.
Yo quedé en casa, al lado de Isolina, quien, a su vez, estaba preparando un documento para
llevar a la reunión regional de mujeres itinerantes. La noté en un estado de zozobra y de
inquietud. Algo raro en ella, pues nos tiene acostumbrados a la serenidad y a la certeza en
sus acciones. En principio creí que se trataba de algún síntoma relacionado con el embarazo.
Sin embargo, mi madre, me hablaba de una percepción extraña.” Algo que me recorre en
como una intuición a futuro. Una especie de malestar espiritual. Como vacío en el que
emergen visiones vinculadas con el futuro inmediato. Algo, supongo yo, en relación con el
dolor que produce la pérdida de personas cercanas.”
Isolina salió de casa, una vez terminado el documento. La reunión, según me expresó, estaba
programada para las 12 del mediodía.
Al momento regresó en un estado de conmoción. Me refirió que algunos de los vecinos que
debían asistir a la reunión con Demetrio, le informaron que, al ver que él no llegaba, salieron
a indagar lo que pudo haber pasado. Algunos niños y algunas niñas, que jugaban en el
parquecito al lado de la escuela, vieron que Demetrio fue interceptado por dos señores
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desconocidos y lo subieron a un vehículo que los esperaba. Según esta versión, Demetrio
forcejeaba para no dejarse llevar; pero estos señores lo golpearon y lo hicieron subir al
vehículo.
Cundió la alarma en el barrio. Los vecinos y las vecinas, llegaron a la casa confundidos.
Dispusieron una comisión para denunciar este hecho ante las autoridades competentes; otra
para realizar una búsqueda en la localidad, en la dirección que señalaron los niños y las niñas.
Entretanto, mi madre, sollozaba; me decía: ¡Ese era mi malestar; era una premonición ¡A
Demetrio lo van a matar! Conozco ese tipo de procedimientos. En el pasado reciente lo hemos
vivido, con diferentes personas de otras localidades.
Somos itinerantes,
Exiliados en nuestro propio territorio.
Siempre vienen así,
Siempre nos buscan,
Porque somos semilla,
Para otro amanecer,
Para construir otro país.
No sé adónde te llevaron,
Solo intuyo que no te volveré a ver,
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Ni a tu cuerpo, ni a tu bella manera de amarme.
Ahora que ya no estás, es como si recordara
Que siempre ha sucedido.
Es como si ya lo hubiera vivido.
La hija de mi preñez reciente,
Y el hijo que ya estaba,
Vivirán para siempre,
Con tu recuerdo,
Con mi lucha. Que era tu lucha.
Septiembre, del mismo año en que se llevaron a mi padre. No lo hemos encontrado. Hemos
andado muchos caminos; hemos llamado a todas las puertas. Con mil y más voces, hemos
difundido su desaparición. Nadie da razón. Es tanto como romper nuestras ilusiones; a la par
con la distancia.
Isolina ha parido. Una niña. Mi hermana. La hija que no conoció Demetrio. Ella tampoco lo
conocerá en vida. Solo a través de nuestros relatos que expresarán su recuerdo. Ella, mi
madre, ha superado la crisis inicial. Su temple es una guía. A través de ella, siguiendo sus
pasos; he logrado soportar la situación. Emergen nuevas opciones. En el día a día.
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Ya es octubre. Un jueves. Hoy he amanecido inmerso en una congoja absoluta. A decir
verdad, no tengo certeza de su origen. Porque, lo de mi padre, ya lo he asimilado. Nunca con
olvido. Mi madre y yo tenemos muy claro que nuestro dolor cifra un camino de esperanza.
Natalia, mi hermana, ha crecido. Todavía no entiende la situación. Es una niña como todas
las niñas del mundo. En un crecimiento asociado a nuestro cuidado y a los avatares en que
estamos inmersos.
Lo de hoy es otra cosa. He tratado de relacionarla con mi sueño. Porque, cuando desperté,
estaban vivas las imágenes. Una sucesión más o menos vertebrada. A partir de ver y sentir
un territorio árido, como desierto. Estaba en un recinto, rodeado de personas que me
observaban. Como inquisidores. Tenía amputada mi memoria. Tanto como entrever que mis
recuerdos eran recortados. Tan pronto estaba enfrente de una niña desnuda que sangraba entre
sus piernas. Me mostraba sus laceraciones en la vagina. Los bordes completamente
destruidos. Su himen no estaba. Me hablaba, con palabras duras. No las entendía. Sin
embargo, la niña, señalaba hacia mí. Con una expresión que articulaba dolor y rabia. Luego,
una de las personas que estaban conmigo, refería acerca de un castigo. Era para mí. Luego
me ataron a la cama, boca abajo. Me sodomizaron Todos pasaron por mi cuerpo. Todos me
penetraron. Un profundo dolor físico. Se reían. Me mostraban sus penes largos, erectos.
Había sangre, mi sangre, en ellos. Luego me cambiaron de posición. Quedé mirando el techo.
Una luz roja, fuerte. Nublaba mis ojos. Mientras uno de ellos abría mi boca a la fuerza, los
otros introducían sus falos en ella. Uno a uno. Eyaculaban en mi boca. Un sabor entre amargo
y dulzón. Un líquido espeso. Luego me levantaron y me mostraron, otra vez, a la niña. Ella
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seguía desnuda. En sus manos un inmenso cuchillo. Me amputó el pene. Todos reían y
danzaban alrededor. El falo amputado lo cocinaron y me obligaron a comerlo.
Como regresión. En términos de la teoría que refiere al sujeto, vinculado a procesos, en los
cuales su inconsciente vuela en sentido contrario. Encontrando sitios y vivencias pasadas. En
un proceso que localiza posibles realidades. Me sentía sujeto de vida anterior. Ese sueño con
la niña avasallada, me era familiar; como quiera que mis sensaciones no fueran nuevas. Una
repetición de acciones. Ella, la niña, era para mí un referente vinculado al dolor. Como carga
de alucinación. Ya lo había vivido. Era cierto. Un vulnerador en el pasado. Sentir una figura
de vida nueva, con un horizonte hacia atrás, colmado de hechos en contravía del significado
de libertad para actuar; pero sin asumir posición de vándalo. Ese castigo infringido por los
hombres de blanco, no era otra cosa que la necesidad de revertir el tiempo y localizarme en
una situación como la actual. Sólido en principios. Auspiciador de roles en donde los
hombres no mataran lo sublime del amor. En donde, las mujeres no son trofeo sexual. Son
sujetas plenas en el quehacer cotidiano y de perspectiva. Con una noción precisa de su rol y
de sus posibilidades de transformaciones sociales y éticas.
Busqué, con la mirada, a mi madre. Isolina no estaba. Recordé su anunciado viaje a la
Argentina. Un encuentro con las Madres de la Plaza de Mayo. Confluencia de dolores y de
esperanzas. De capacidad para actuar, sin miedos. Reivindicándose como partícipes de la
denuncia y de la acción. Sus hijos e hijas. Sus compañeros y compañeras, ausentes. Producto
de los sátrapas institucionales. Dueñas de su opción de vida. Sin ataduras. Esa era mi madre.
Esas eran ellas. Las madres libertarias. Hermosas manifestaciones del poder que adquieren
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las mujeres. De su capacidad para trascender las fisuras inmediatas. Par situarse de frente. Al
futuro. Pletórico de acciones. Construyendo universos de solidaridad, de amor, de libertad.
De sutilezas absolutas.
Isolina había preparado un trabajo teórico acerca de la economía y sus repercusiones sociales
y políticas. Me lo había leído el día anterior. Una solidez argumental impresionante. Cada
día me asombraba más su capacidad, para alcanzar un equilibrio entre la acción y la teoría.
Mi padre, Demetrio, siempre valoró a su amada. En una dimensión tan sincera y tan plena,
que no hallaba límites. Él era un campesino rudimentario en sus conceptos; pero con unos
acumulados de sensibilidad y de capacidad para amar que trascendía a cualquier expresión
intelectual avanzada. Nunca sintió resentimiento. Nunca se opuso a las exploraciones teóricas
de mi madre. En fin; un sujeto hombre que compartía con su amada todas las vicisitudes del
quehacer diario. De una lucha tenaz, en contra de los mandarines criollos.
El programa de la reunión con las Madres de Mayo, incluía la intervención de mi madre. Para
eso había preparado su escrito. Hoy, después de ese sueño descarnado que me situó en
condición de sujeto de pasado vulnerador; leí otra vez el escrito de Isolina. Tal vez como
insumo para reconfortar mi dolido espíritu que navegaba entre el ser pasado y el ahora.
Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación
hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como
discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la
otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo,
74
reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del
pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida.
Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el
viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la
complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la
vida en él.
Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo.
En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese
aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se
torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en
veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y
nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No
física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber
hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de
cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos
casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo,
anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de
quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre.
Sexto (Como profecía amnésica)
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Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí
sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese.
Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que
propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como
concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo
eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad.
Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera
seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta.
Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del
imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando
la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido
su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil.
Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento.
Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente.
Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de
Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.
Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que
nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte.
Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no
físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre.
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Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en
ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya
tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar
entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado
desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi
recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos
los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados
por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas.
Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a
viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los
seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho
más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada
imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por
los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los
sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él
y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En
esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras
diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí
instantánea. En un instar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en
posición enhiesta. Vivicantes.
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Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer
de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una
perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una
opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con
la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la
esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil
años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta
vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante.
Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo
plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración Operando el taladro
de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como
dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el
acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi
vuelo y la imaginación subyacente.
Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que
me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi
legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido.
Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno.
Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no
encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un
sentir del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.
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Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la
tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y
más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo.
Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro.
Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil
que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin
verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho
concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes
cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las
lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos
recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos.
Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la
sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando
conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La
elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la
mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de
los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como
si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido
por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido.
El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en
las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo
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recuerdo. Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi
los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la
espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los
soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer.
Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga
yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos
celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente,
penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En
zozobra ambivalente, incierta.
Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el
imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de
siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a
Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi
rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir
llegando impoluto exacerbado.
En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá
largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de
la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo
después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante
en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible
por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba
80
siempre. Hasta ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares
cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que
no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle.
Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo.
Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa
solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había
escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades
como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas.
Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida,
inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese
comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo,
que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había
sido mi referente, en el pasado reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado
por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería
para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dijo que lo había esperado en esta
orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no
recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes.
Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo,
le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su
autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo,
cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y,
en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él
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y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo
uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así,
entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros.
Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado.
Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me
dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una
expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de
escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como
variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer
simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de
lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O,
simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante.
Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo
incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su
condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva.
Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa
ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre
desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez
ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso.
En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el
momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como
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actitud palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de
él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De
su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese
entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi
mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza
enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido.
Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por
la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas
cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada
“De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del
dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras.
Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No
cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice
a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte
caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo
envilecido.
Séptimo (entre la lúdica y lo cotidiano)
Mi hermana ya habla. Además, entiende mucho lo que le leemos. Recuerdo que la noche
anterior, Isolina le había leído un cuentecito escrito por ella misma: Un sueño escondido.
Como la nena, yo también me quedé dormido.
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Alrededor, todo parecía estar encantado. Demetrio Usaquén, no es de aquellos que simulan
estar convencidos de su capacidad para asumir aventuras.
Ese domingo, como casi todos los domingos, compartía con su madre la alegría de empacar
sus pequeñas cosas. Aquellas que utilizaba siempre en su viaje hacia “Lago Dorado”. Este es
un sitio en el cual la naturaleza, a más de exuberante, tiene la particularidad de acumular
leyendas. Tanto que, podría hablarse un historial atiborrado de versiones fantásticas.
Una de ellas es la atribuida a un personaje que los y las habitantes del caserío, denominan “la
travesía”. Según la tradición, heredada y basada en el poder de la palabra; en “Lago Dorado”,
al pie de un cerezo que ha permanecido inundado de frutos de un rojo mucho más intenso
que lo comúnmente conocido; tiene su lugar de habitación una familia de escarabajos.
Además, el imaginario de las gentes, remite a anécdotas asombrosas. Una de ellas, tiene que
ver con papá escarabajo. Su longeva vida ha estado asociada a versiones según las cuales su
prominencia en la cabeza es tan grande que se erige como cuerno inmenso que sobresale en
todos los ámbitos conocidos por su especie. El tamaño de su cuerpo es superior al promedio.
Es decir, no está entre los dos y los tres centímetros, más bien está cercano a los cinco
centímetros. Su coloración es de un pardo-rojizo tan firme e intenso, que lo hace un ejemplar
superior en todo cortejo. Su zumbido es ensordecedor. Se escucha en un perímetro de dos
kilómetros, a partir de escenario en el cual realiza su vuelo.
Lo cierto es que Demetrio y su madre, al hablar del escarabajo padre, se dejan avasallar por
las historias tejidas desde mucho antes de llegar al caserío.
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-No descansaré hasta encontrarlo, insiste Demetrio.
-Si lo logras terminará la magia de la leyenda, replica su madre.
-No sé porque lo dices.
-Mira Demetrio, he vivido aquí mucho tiempo. La leyenda de papá escarabajo y de su familia,
me ha cautivado. Sin embargo, lo bello de una leyenda es su envoltura impenetrable...su
capacidad para convocar a quienes la enriquecen con sus versiones. En últimas, lo bello es el
encantamiento...y todo lo encantado, cuando aparece deja de serlo.
-Aun así, este domingo será mi día. Volveré con el escarabajo padre; así termine con la
tradición mágica de mi pueblo; dijo Demetrio al salir de su casa.
Corría el año tres desde el nacimiento de mi hermana y de la desaparición de Demetrio, mi
padre. Trataba de dormir. Llevo cuatro noches sin poder hacerlo. Desde el día en que empezó
a atormentarme una figura que, como sombra me perseguía. Una mujer. Yo la conocía. Otra
vez esa regresión que me atormenta. Una mujer hermosa, joven. Estaba en un escampado.
Desnuda, lacerada. Sus labios manaban sangre; así como su zona entre las piernas. Me
llamaba. Me decía: porque me vulneras Samuel. Según ella, yo era otro. No Isaías, era
Samuel. Volvieron a aparecer los hombres de blanco. Reían. Me mostraban un inmenso falo
cortado. Me llamaban perdulario hipócrita. Isolina no sabe quién eres. Para nosotros,
realmente, eres el exterminador de mujeres. No te imaginas lo que te tenemos reservado.
Vamos a hacer contigo lo que deberíamos haber hecho hace años. Desde que vulneraste a la
niña Lucía. No eres digno de vivir. Mereces una y mil muertes. Te extirparemos la lucidez.
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No sabrás que hacer. Si vives o si ya has muerto. Samuel El Exterminador. Eso eres. Mira lo
que has hecho con la novia de tu amigo. La has penetrado una y mil veces. Has mordido sus
labios y sus pechos. Mira como sangra. Nada podrá redimirla. Vimos tu inmenso pene entrar
y salir de su tierna aberturita. Así como hiciste con la niña. La laceraste. Ese inmenso falo
entraba y salía. Tú reías Samuel. Vimos como vertías chorros de líquido pútrido. Líquido de
vergüenza. Alardeabas de ser inacabable. Surtías una y otra vez. Llenaste sus bellos espacios
de ese líquido impúdico. Podrido. Con el podríamos haber llenado una y mil vasijas. No eres
digno de Isolina, Samuel. Regresa a ese pasado tuyo, enfermizo, indigno. No sigas ahí.
Creyendo que eres hombre de respeto y de transformaciones éticas. Recuerda que ya viviste.
Eres perverso. No sigas ahí, perdulario. Vuelve al pasado abominable que viviste antes.
Regresa Samuel, regresa.
Una vez regresó Isolina, hablamos largo rato. Acerca de sus experiencias en el encuentro con
las Madres de Mayo. Además, le expresé mi malestar espiritual. Mis sueños recientes a los
cuales no les hallo significado. Por lo menos en términos de lo que soy y de lo que he sido.
Sin embargo, le comenté, es como si estuviera enfrente de una dicotomía personal.; ante una
figura parecida a la esquizofrenia. Una partición que me hace dar tumbos. No saber si he
vivido o no esas experiencias en pasado. De ser así, es como si viviera una segunda vida. En
la cual asumo posiciones diferentes a las que observo en las imágenes de los sueños. En las
cuales me veo como sujeto dañino. De un tipo similar al de los vulneradores constantes. Es
una comparación que me veo obligado a efectuar. Precisamente por la fuerza que adquieren
esas imágenes.
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Después del atentado en el cual murió Isolina Girardot. Una vez surtimos la reivindicación
de sus escritos. Juliana y Pedro viajaron a Montevideo. Antes de hacerlo me invitaron a
conocer su hijo. Había nacido justo antes de confirmar su viaje al Congreso de Pedagogía en
Uruguay. Es un bebé hermoso. Como su madre. Ojos escrutadores. Me miraron. Una mirada
extraña. Como si indagara por lo que soy. Como si tratara de verificar el significado de mi
presencia.
Juliana y Pedro gozaban con su hijo. Le hablaban. Él los identifica. Reía con ellos. Hacia mí,
había un ceño fruncido. Como si tratara de asumir un rol en el cual yo no debería estar ahí.
Me abruma ver a Juliana tan feliz. Siempre la he amado. Por encima de Susana. Porque,
Juliana, es diferente. Es un tono de mujer, en el cual aparece una policromía en la cual
convergen la pasión, la belleza, la calidez. Un protagonismo no requerido por ella. Es algo
innato. Trasciende los entornos inmediatos y rudimentarios. Es una construcción humana
absoluta. Como soporte de vida; en el cual prevalecen el encanto, la sutileza, la sensibilidad.
Unidas a una sólida preparación académica. Una mujer, además, bella.
Siempre he pensado en matar a Pedro. Es más, un recuerdo remoto, me hace creer que ya lo
he hecho, a través de alguien. Como entender que lo he hecho, sin precisar cómo y dónde.
Juliana está ahí. Me mira como una opción de sujeto sin soporte. Como si yo fuera una figura
plana; sin horizontes humanos. Una especie de muchacho que merece ser auxiliado, en su
proceso de definición.
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Silvia, mi hermana, ha estado ausente en mi memoria. Ahora que la veo; es como si fuera la
primera vez. Santiago está a su lado. Pitágoras y Maritza también. No veo a Daniel. Tengo
un vago recuerdo de él. Este lugar es profundamente triste, desolado. Estoy acostado y
conectado a unos tubos articulados con cables delgados. Mis dos brazos están sujetados. Un
traje enterizo, blanco. Cruzado. No puedo sacar mis manos... Santiago me habla. Le entiendo
algo así como que estoy en un sanatorio, enclaustrado. No puedo salir. No recuerdo desde
cuando estoy aquí.
Sinisterra y Susana me miran. Están ahí cerca. Tomados de la mano. Me hablan. Ya tienen
un hijo. Todo es furtivo en ella y en él. Todo confluye en una satrapía voluntaria. En la cual
él y ella se subsumen. El tráfico con las etnias está vigente. Ya ha sobrepasado todas las
fronteras. África, Asia, América. Territorios que han sido saqueados. Culturas milenarias han
sucumbido. Comercializan. Aquí y allá. Sin principios. Al mejor postor.
Octavo (Soñando con la imaginación de otro sujeto)
No he vuelto a ver a Menchú. Un ícono permanente. Con él se abren espacios de diálogo y
de vigencia ancestral. Su querida Guatemala. La de Asturias; es territorio de aborígenes
dispuestos a preservar su cultura y su derecho a la vida. Aquí, nuestra Nación, ha sido
valorada por él, como universo étnico apabullado. Sigue siendo saqueado: Victimizado.
Ahora estoy aquí. Sintiendo que su lucha es permanente. Pero, en mí, aparecen fisuras
inmensas. Soy sujeto fragmentado. Sin más memoria que la necesaria para no sentirme
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perdido. Una inmediatez conectada a lo primario. En un entorno sórdido. Sintiéndome
maniatado. Un espíritu que no tiene perspectivas. Como ente lobotomizado.
Tampoco veo a Isolina. Su muerte es mi referente último de ella. Como haberla visto
sucumbir. Por la fuerza de victimarios que están aquí y allá. En todas partes en las cuales
haya posibilidad para la esperanza en una liberación efectiva. De conciencias limpias y
trascendentes. Dispuestas a recuperar lo perdido y avanzar hasta Villa Libertad. No he vuelto
a ver su recuerdo impregnado en mí. Solo intuyo que ya no volverá...
Mi madre estuvo conmigo hasta descifrar mis sueños. Me dijo: Isaías, no hay lugar para
construir escenarios falseados. Tengo la sensación de que tú has vivido en otro tiempo. Lo
veo en tus ojos. Ojos inquietos, movedizos; transmisores de empatía con algo oculto.
Ciertamente tenebroso. Patético. Te siento alejado de la vida asumida como referente vivo,
dinámico, transformador. Más bien pareces ente sin memoria y sin futuro. Es, te lo reitero,
una intuición que me cruza. Pero no sé por qué. Tan parecida a aquellas figuras amorfas,
difusas, sin concreción. Pero que permanece latente. Ahí, en todos los espacios.
Ahora soy consciente de que estoy con mi hermana. Ella pregunta por mamá. Todavía no ha
regresado le respondo. Yo también la espero. Me hace mucha falta. Esta casa, sin ella, no es
más que laberinto desértico. Tengo entendido que regresa la próxima semana. Estoy aquí
para cuidarte. Nuestro padre, en su ausencia forzada, sería muy feliz al conocerte. No he
podido recuperar su imagen. Demetrio es una figura que me atraviesa. En silencio. Sin otra
concreción que aquella en la cual el padre trasciende el entorno. Pero que no está ahí. Se ha
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ido. Lo han lacerado. Una vivencia lejana. Mi indagación es superflua. No tiene asidero.
Porque es una acción difusa. Como cuando tú avanzas, sin andar. Caminas sin camino, sin
ejercer una sincera posición como sujeto vivo que recuerda a quienes han levantado sus voces
y sus acciones, pretendiendo la libertad... En plural.
Quedé asombrado. Isolina expresó una opinión que me situaba en condiciones adversas; con
respecto al significado de mi vida y al rol que desempeña en la actualidad. Es como si ella,
retomara las voces de los hombres de blanco. O de la niña que me acusaba de ser su
vulnerador. O de aquella muchacha que había sufrido el ímpetu de mi condición de macho
lacerante. Una confusión total. Ya no sabía si mi madre me acusaba; o si se extendía la
dicotomía entre estar o no estar. Como sujeto de más de una interpretación. Como alucinación
perenne. Como si estuviera en ese callejón sin salida que representa aquellos estados del ser
en los cuales este transita por lugares ya andados. Pero que no sabe cuáles son. Como si ella
me adjudicara los mismos problemas descritos por quienes emergen en mis sueños como
castigadores. Como inquisidores que reclaman castigo. Para mí, como Samuel que ahora es
Isaías. Reivindicando una continuidad en el tiempo. Del pasado hasta el estar ahora. Con otro
nombre y otro hilo conductor. Isaías o Samuel. Una confrontación extrema entre dos
verdades. Dos opciones de vida. O quizás una sola. Que está aquí y allá. En espacios y
escenarios disímiles. Uno de ellos como lacerador y vulnerador. En otro como ser que
reclama sensibilidad en cada acción. Desde el amor por la vida, como horizonte pródigo en
posiciones de tenaz compromiso por los demás. Incluidos aquellos y aquellas que proponen
y realizan acciones sumarias a favor de la libertad. Como entre tierno y vandálico
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O como expresiones en las cuales el sujeto se desenvuelve como intérprete de un libreto
acabado. En el cual la interacción supone aplicar latentes escenas de maldad. No es la
moralidad per se. Es una moralidad atrabiliaria. Porque se empecina en entenderla como
simple extensión del quehacer cotidiano. Sin diferenciaciones entre lo bueno o lo malo.
Simplemente actuando de conformidad con el deseo que no reconoce fronteras. Igual da si
violas a las niñas y a las mujeres; así simplemente ejercitas el derecho a la satisfacción. Un
Eros redefinido. No como amor sincero y representativo del espíritu como soporte. Más bien
como identificación con la operatividad inmediata. En donde basta con satisfacer la necesidad
primera del sexo. Sin intermediaciones. Siendo estas afines a tomar lo que es mío. Un sexo
adjunto a la teoría de hacerse a sí mismo como expresión de lo primario. Es eso y nada más.
El retorno a la simpleza que rige al deseo. Como patrimonio individual. No importa con quien
o donde.
El día en que mi hermana cumplió 6 años; Isolina estaba atareada. La preparación de un
evento le reclamaba todo el tiempo disponible. Se trataba de articular esfuerzos en procura
de estabilizar las realizaciones. Un evento de confrontación con la opción de los gendarmes.
La redefinición del concepto de libertad, asociado a la calidad de vida. Lo comunitario como
expresión compleja. Que involucra a la política, a la economía y al desarrollo de lo social.
Como opción que vincula al concepto de país y de nación.
Isolina se había convertido en referente ético. Las miradas la buscaban como soporte a sus
versiones. Desde ahí, a su vez, comprometía todos sus esfuerzos en hacer compatibles las
reclamaciones con el soporte de las mismas. Así es como hoy, recorre el país entero. En una
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disposición firme por lograr la aceptación de que, en el país, existe un conflicto no resuelto.
Entre la necesaria transformación y el statu quo, liderado por parte de quienes han sido
usufructuarios continuos del poder y de la riqueza. No era una expresión resentida. Por el
contrario, era el horizonte que justificaba cada esfuerzo. Individual y colectivo.
Lo suyo es, hoy por hoy, una institución dinámica. Un quehacer permanente. Una
confrontación diaria. Esa era, para ella La razón de ser en el recuerdo de Demetrio. Sin que
esto implicara una simple repetición anecdótica. Más bien una convocatoria actuar sin
límites. Hasta alcanzar la precisión de su ideario de libertad... Tanto en lo que respecta a la
consolidación de sujeto individual; como en lo que significa de actuación en lo colectivo.
Después de haber acompañado a Juliana, a Pedro y a su hijo hasta el aeropuerto, regresé a
casa de Silvia. Como siempre, estaba absorta. Mirando al horizonte. Buscando a mi madre.
Ella sabía que había una confrontación. Mi madre como expresión permanente de desilusión.
Silvia como expresión inacabada de mediocridad. Silvia nunca ha tenido nada claro. A no ser
esos días en que Burbano la avasalló con su consentimiento. Todavía recuerdo esas cuatro
horas de lucha intensa. Silvia y Burbano. Burbano y Silvia. Una lucha infinita, inacabada.
Silvia era eso. Capacidad para otorgar placer. Lo hizo conmigo. Ese día 3600 de mi
nacimiento. Me incitó Estaba desnuda en su cuarto. Me dijo: ven Samuel que te necesito.
Como mi falo no se erguía, lo masajeó hasta que este quedó erecto. Como punta de lápiz.
Abrió sus piernas. Dirigió con su mano mi pene. Lo introdujo en su abertura insaciable.
Entonces comenzó una danza hermosa. Ella arriba. Dirigía las acciones. Sacudía su cuerpo
en espasmos cada vez más violentos. Gritaba. Entre tanto yo aprendí a entrar y sacar mi falo.
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Sentía una presión absoluta. Al fin la inundé con un líquido espeso. Amarillento. Salía y salía.
Un torrente continuo. La erección se mantenía. Ella me gritaba. Más, más Samuel. Quiero
más. Como enloquecida. Yo enloquecí con ella. En veces aparecía la figura de mi madre. Era
para ellas dos. Después de tres horas de forcejeo. De llegar y volver a llegar, sentí un profundo
cansancio. Dormí debajo de ella. Silvia también durmió encima de mí.
Susana estaba impartiendo órdenes. En una secuencia interrumpida. Como si fuese capataz
en un ejército de esclavos. Vociferaba. A su lado, Sinisterra, reía. Como cuadro asimilado a
lo dantesco. Ella conservaba su cuerpo intacto. Como si nunca hubiera sido maltratado por
el ejercicio aquel que ella más disfrutaba y conocía. Conmigo lo había aplicado varias veces.
No sé cuántas con Sinisterra. Lo cierto es que estaba insinuante. Como si fuera primera vez.
La abordé allí. La violenté. Hasta que perdió la respiración. Volví a matar a Sinisterra. Fue
la cuarta vez. Ella miraba sorprendida. Ante todos y todas la exhibí como trofeo. Desgarré su
vestido. La monté una y otra vez. La hice mía. Como nunca lo había imaginada. La doblegué.
Le grité: a ver si puedes resistir, puta mía. Puta de todos. Territorio de deseo. No eres más.
Llama a tu hijo para que te vea. Así, abierta de piernas. Pidiendo más.
Muy temprano, Isolina, sacó a mi hermana de su cuna. Salió con ella. No me dijo adónde iba.
Supuse que iba a encontrarse con Demetrio. Él había llegado la noche anterior a la casa de
su padre y de su madre. Corría la voz de que había matado a sus verdugos. Yo flotaba en un
ambiente cargado de alucinaciones. Había dormido 48 horas continuas. Ya mi madre no me
reconocía como su hijo. Asumía que era sujeto atravesado entre el porvenir dichoso y el
pasado amargo. Yo me sentía, también, ajeno a ella. Desde ese día en que le confesé mis
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sueños; ella entendió que lo mío no era más que la realidad de los mismos. Nunca volví a
saber de sus incursiones en el escenario de la confrontación. Me miraba con rabia
comprimida. Yo era su hijo perverso. No hablaba conmigo como antes. Se quejaba de mis
estertores mientras dormía. De mis llamados constantes. Juliana, Susana, Silvia, estoy aquí…
Un día de marzo, salí de casa. Tenía una cita con Maritza. Le había confiado mi decisión de
matar a mi hermana y a Isolina. Ella, Maritza, dirigía un grupo de sicarios. Afines a Pánfilo.
Además, había acordado con ella, día y hora. No soportaba más la capacidad de Isolina para
asumir retos y lograr objetivos. Odiaba a mi hermana. Porque ella acaparaba toda la atención
de mi madre. Odiaba los espacios en los cuales ella se desenvolvía. Volví a ser Samuel.
Perverso. En capacidad de dañar todo mi entorno. Acordamos la fecha del 8 de marzo.
Cuando ella saliera de la celebración del día internacional de las mujeres. Así fue. La
abordaron al salir, de la mano con mi maldita hermana. La mataron. Yo gocé su muerte.
…Al despertar, mi madre seguía allí. Me hablaba en silencio. Me acarició la cabeza y me
decía. Isaías, hijo mío, deja ya de sufrir. Eres un hombre íntegro. Bueno como tu padre
Demetrio. Ven, vayamos a visitarlo en su tumba.
Sentí una inmensa satisfacción. Esos sueños míos no dan tregua. Me sitúan, constantemente,
en posición de ir a territorios en los cuales creo haber estado. Condicionado por acciones que,
como rituales, creo haber vivido. Una permanente alusión, sin ser sujeto plenamente
consciente, a realizaciones pasadas. Ejerciendo como victimario absoluto. En una
desagregación de valores. Unos que reivindican el derecho a proclamar y ejercer la violencia.
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En todos los ámbitos. Fundamentalmente, con una carga emocional que deriva en un
entendido de lo sexual como ritual enfermizo. Una regresión en la cual, la figura materna
tiene implicaciones trascendentales, en razón a que la veo como mujer que debe ser
avasallada. Unos recuerdos de haber vivido la posesión de ella como sumatoria de
vulneraciones. Por un padre lacerante. Es como haber construido un escenario en el cual yo
puedo y debo dominar; a partir de sentirme en un vientre anterior, o el mismo. Pero en
situaciones y momentos diferentes. Para, de todas maneras, concluir que no quiero aceptar
haber sido engendrado, en un momento en el cual la madre y el padre se rastrearon sus
cuerpos. Zona a zona. En un ejercicio de entrega. En un orgasmo provocado por esa
exploración y la consecuente penetración. Como si anhelara haber sido yo mismo el que
exploró y penetró. Por eso odio al padre. Por eso deseo a mi madre. Y a todas las mujeres.
Como queriendo hacer realidad, a cada momento, esa acción de la cual yo soy un efecto.
Al ver a Isolina, allí sentada. Mirándome. Regreso a los sueños, en uno de los cuales quería
matarla. A ella y a mi hermana. O, tal vez, deseándola. Veía sus pechos. Traspasaba su blusa
con mi mirada. Los veía erectos. Me imaginaba revolcándola. Abriendo sus piernas a la
fuerza. Asfixiándola con palabras agitadas. Rasgando todo su vestido. Buscando su abertura.
La imaginaba apretada. Porque ya Demetrio no está para horadarla. Estoy yo que la penetro
con fuerza, con vehemencia. Ahogando sus gritos de reproche. Otros que me sitúan como
sujeto amado y amante. De la vida y de las realizaciones. En contrario a las actuaciones como
sujeto perdulario.
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No quiero treguas. Entre esos dos sujetos en que me he convertido. Lo que quiero es saber si
soy uno u otro. Definitivamente no quiero particiones esquizofrénicas. Quiero la redefinición
de los roles que puedo ejercer. O el sujeto vulnerador, perverso. O el sujeto en capacidad de
ejercer la sensibilidad, el respeto y la necesidad de construir un proyecto de vida con esos
paradigmas como soporte.
O, mejor la muerte. Esa con la cual, también he soñado. Cuando veía a aquellos hombres
vestidos de blanco. Que me sodomizaron, uno tras otro. Aquellos que me remitían a la niña
violada. Los mismos que me amputaron el cerebro y el pene. Una muerte deseada por todos
y todas a quienes he hecho mal. Por mi madre. Por Susana, por Juliana.
Isolina ha sido, para mí, un cuerpo no consumido por mis ejecuciones vesánicas. En mi
recuerdo nunca la he tenido como trofeo burdo de mis andanzas de hombre vulnerador. Un
ícono que he admirado, desde antes. Solo ahora, en el último sueño, desee matarla. A ella y
a su hija, mi hermana. ¿Pero que soy yo, en fin, de cuentas? Un analfabeto en la lectura y
aplicación de valores, asimilados a las acciones humanísticas. Soy un errabundo. Sin sosiego.
Sujeto de mil y más aventuras irrespetuosas de los derechos de los demás. ¿O será que soy
esto?
Navegante sin ruta. Con una bitácora atrofiada, por lo deleznable. Por lo mismo, perdido en
el tiempo y en el espacio. Volver a morir. Esta puede ser mi alternativa. No encuentro otra.
Me duele la significación que adquiere mi tránsito por la vida. No quiero más que dejar a un
lado esta vida de perenne ejecución de violencias. ¿O será que ya morí antes? ¿Dejando esa
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huella de hombre totalmente absorbido por la locura? En verdad no lo sé. Solo se de esta
dicotomía. Vulnerador y defensor. Esta vida mía, ha sido una angustia constante. Un ir y
venir. Entre héroe y bandido.
Acompañé a Isolina a visitar la tumba imaginaria de Demetrio. Un lugar un tanto excéntrico.
Un bosque que bordea a la ciudad. Un sitio abierto. Mirando al oriente. Rodeado de mensajes.
Unos cifrados. Otros explícitos. Como cuando lo imaginario se hace realidad, a partir del
recuerdo del ser amado. Isolina lo había adecuado. Un epígrafe. Escrito por ella:
Seré lo que quieras que sea...
Mujer de lucha constante.
Libertaria amante.
Amiga de todos y todas.
Aquellos que están contigo y conmigo.
O mujer ensimismada, ante tu recuerdo.
Sin fuerzas para continuar.
Porque faltas tú,
He decidido estar contigo. Aquí.
En los árboles, en el suelo teñido de verde absoluto...
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Me reclama la lucha. La que inicié contigo.
Me reclama la convocatoria a vivir la vida.
Siendo partícipe de acciones. Como aquellas.
En tu pueblo. Cuando atravesamos la barrera del miedo.
Y fuimos libres…por siempre.
Como tú quieres que sea.
Al leerlo, no sé por qué, recordé a Juliana. Pletórica de gozo. Con su Antonio Machado. Su
hijo. El de ella y Pedro. Tal vez será porque ellas se parecen. Juliana e Isolina. La una y la
otra. Las dos libertarias. Las dos que convocan a no mirar atrás. Siempre adelante. Aquellas
cuyos recuerdos no significan posición estática. Más bien una dinámica de entrega y
sacrificio. Por lo y las de hoy. Por las y los de futuro. Una dinámica sin lugar para la
desesperanza.
No sé por qué decidiste abandonarnos Isaías. Ayer, cuando estuvimos visitando la tumba de
tu padre, te noté fugado de la realidad. Absorto. Mirando hacia el oriente. Como si no
estuvieras aquí. Ni siquiera escuchaste mi voz. Cuando te relacioné con Amalia. Una de las
gestoras del proyecto por el cual trabajo. Heredado de Demetrio. Hacer de la zozobra un lugar
perdido. Cediendo su lugar a los itinerantes. Que viajamos alrededor del país. Reclamando
un sitio para construir nuestra opción de felicidad.
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No le respondí. Continué haciendo mi maleta. Había decidido no estar más con ella, ni con
mi hermana. Una decisión irreversible.
Antes de partir, esa noche, entré al cuarto en el que dormían Isolina y la hija de Demetrio.
Las maté con la pistola cedida por Maritza. Aportada por Pánfilo. Luego, desnudé a la niña
y la horadé. Hasta ver su abertura totalmente destrozada. Una y otra vez. Al terminar, cerré
la puerta del cuarto, salí hasta la cocina. Allí tenía gasolina. Rocié toda la casa. Prendí fuego
y me marché.
Desperté en un lugar excesivamente estrecho. Un sitio en el cual apenas podía respirar. Una
especie de compartimento en el cual nunca había estado. Alrededor, observé cantidad de
palomas muertas. Un olor que inducía al mareo. Un rojo intenso surcaba el cuchitril. Levanté
la mirada. Un techo saturado de murciélagos. Emitían un sonido que apenas podía percibir.
Salí, me encontré un cuarto similar. Un laberinto en el cual destacaba una luz tenue, casi
inexistente. Traté de abrir una puerta en el costado izquierdo. La halé con todas mis fuerzas.
Por fin cedió. Una entrada, más que una salida. A otro espacio. Un poco más amplio. Una
potente luz, rojiza. Una inscripción en la pared. Frases incoherentes. Logré descifrarlas. Eran
un llamado a volver a la vida. Convocaban a trascender esos espacios y localizarla en
escenarios en los cuales yo actuaría como sujeto primero. Como ejecutor de la consigna:
¡muerte a quienes aspiran a codificar lo andado con una postura ética. A aquellos y aquellas
que no validaran la imperiosa necesidad de extender acciones vinculadas con el proyecto de
vida de quienes la asumimos como lo que debe ser. Es decir, como inmersa en el
cuestionamiento de los rituales moralistas que definen una perspectiva de ocultamiento de lo
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que somos como sujetos: hacedores de opciones inherentes a lo que es realmente la
humanidad. Una sumatoria de acciones mezquinas, dolosas, de postulaciones soportadas en
discursos que falsean la realidad. Inclusive, agitando las banderas de la religiosidad.
Entendida como refugio que justifique nuestra presencia en la Tierra.
Una mujer surgió de repente. Vestida de blanco. La vi acercarse. Me pareció una figura
conocida. No sé, como si hubiera estado con ella en otro momento, en otro escenario de vida.
Su voz, parecía un susurro enervante. Señalaba otra puerta y me invitaba a seguirla. Una vez
en la puerta, la abrió y una luz más intensa que la anterior. Colores verdes y amarillos. Parecía
un terreno sinuoso. Al horizonte, percibí una aglomeración de hombres, mujeres, niñas,
niños. Levantaban sus brazos. Como pidiéndome algo. Como si quisieran transmitirme un
mensaje. Una especie de aplicación semiótica de los códigos para la comunicación.
La mujer ya no estaba ahí. En su lugar había un animal que no lograba identificar. Acezante.
Mirada profunda. Ojos rojizos. Como si quisieran transmitirme un odio profundo. Como el
mío. Hacia la humanidad filistea. Aquella que, como lo dije antes, habitaba la Tierra, trazando
senderos de aparente sensibilidad. Cuando, en realidad, su postura no ha sido y es, otra cosa
que vertimientos exteriores no coincidentes con su interioridad. Que grafica posiciones
teóricas ajenas al derecho de llegar a ser. Lo kantiano y lo aristotélico. Lo hegeliano y lo
nietzscheano. Los cruzados y hitlerianos. Sucesivas apariciones que no reflejan lo real. No
hay ética. Lo que valen son las imposiciones. A sangre y fuego, si es necesario. Nunca como
construcciones de futuro, de paz, de tolerancia y de hermandad a las cuales convocan, pero
no concretan. Se tornan en falsas opciones de vida
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Noveno (La infinita afugia perdularia)
Terminaba el desayuno, cuando llamaron a la puerta. Un día antes había regresado de Villa
Realidad. Estuve allí, en razón a la verificación necesaria en términos de la inexistencia de
equilibrio entre maldad y virtud. Ante todo, porque ya he trasegado por varias vidas, sin
encontrar esa posibilidad Era una mujer bien formada. Expresaba unos treinta años. Me dijo:
vengo de parte del señor Verdaguer. Él me informó que usted necesitaba información acerca
de los lugares en los cuales se puede efectuar una interacción entre hombres y mujeres.
Interacción que supone el manejo de ciertas posiciones relacionadas con el ir y venir. En
diferentes mundos. Con vidas pasadas y la sucesión de momentos en los cuales es posible
acceder a determinadas transformaciones. Algo así como la creación de imágenes pasadas, a
partir de las repeticiones presentes.
Entiendo, señor Viracocha, que usted anhela destruir el punto de equilibrio entre lo que se
denomina opciones morales e inmorales. Siendo el primer aspecto un subterfugio propuesto
a lo largo de la historia de la humanidad. Siendo lo segundo un universo de acciones que
desafía la lógica perenne. En el sentido de demostrar que se puede y debe ejercer el derecho
individual a satisfacer las necesidades primarias. Sexo y violencia. Es ahí en donde reside el
hilo conductor de la vida. No esas expresiones de un filisteísmo diletante, que se convierte
en pauta, en el contexto de un entendido de ética en el cual debe prevalecer el bienestar
colectivo. Con unas determinadas reglas, impuestas por quienes ejercen posiciones de
dominación en periodos históricos oscilantes.
101
Yo me llamo Bibiana Sinisterra. De tiempo atrás, he configurado una serie de instintos
transformados en lo que denomino ética de lo posible. Entendido esto en función de
reivindicar lo primario. En la localización del deseo como instinto mayor, que guía a los
demás. Una sexualidad que no reconozca límites. Ya esto se promovió y aplicó por parte de
los Césares. Otorgarse placer, independientemente de a quien se vulnera en ese hecho. Es el
orgasmo la directriz. Como referente que se ejecuta. Nada de limitaciones. Las mujeres
somos trofeo. No importa la edad. Verter placer, significa localizar momentos de intensa
realización. Somos hombres y mujeres en celo constante. Reitero, la edad no puede ser
motivo de restricción.
Verdaguer me ha informado que usted ha atravesado diferentes líneas del tiempo. En algunas
de ellas ha poseído a su madre, a sus hermanas, a mujeres diferentes. Incluyendo niñas. Me
informó como usted ha horadado e inundado en todo momento. Usted ha sido condenado por
eso. Ha estado en reclusorios para sicópatas. Inclusive, que lo han lobotomizado. Pero, al
mismo tiempo, que usted ha renacido. Tal parece que usted ha sido designado para orientar
al mundo en las acciones de reincidencia. De una generación a otra. De un periodo a otro.
Usted, entonces, ha poseído, ha vejado y ha desarrollado el derecho al placer sexual. Que es
el único placer posible.
Me extrañó que esta mujer conociese tanto sobre mi vida. Porque Verdaguer, el amante
sistemático de mi madre; no tiene los datos que ella expresa. Es como si Bibiana Sinisterra
fuera un símil mío. Una mujer que me convoca a fortalecer mi lucha por destruir el filisteísmo
fanático de los moralistas. Ya antes había estado enfrente de una mujer similar. Recuerdo
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que Susana me infundió ese tipo de posiciones. Ella era la expresión más nítida del sexo
continuo, como correlato de la necesidad de vivir. De orgasmo en orgasmo. En donde solo
hay tiempo para buscar en donde horadar o ser horadada. Desde la posesión de mi última
hermana, no he tenido posibilidad de ejercer el dominio. Con mi pene erguido, sujeté a
Bibiana. Le destrocé el vestido que llevaba puesto. Me vacié una y otra vez en ella. Mordí
sus pezones hasta arrancarlos. Ella suplicaba. Gritaba de dolor y de placer. Después de cuatro
horas de ejercicio continuo, explorando sus lugares más excitantes, la maté. Cargué su cuerpo
inerte y lo trasladé al escampado próximo a la casa. Allí la dejé. Desnuda, mirando al viento.
Soy lo que soy. Ese ha sido mi referente. Como cuando fingí dolor por la desaparición de
Demetrio. Yo mismo consulté con Orestes, jefe de sicarios. Le dí los datos relacionados con
él. Día y hora en los cuales podían localizarlo, sin ningún problema. Yo mismo había
transmitido in formación acerca de Isolina. De sus movimientos al interior y al exterior del
país. Sentí una inmensa alegría, cuando los vecinos me informaron que se lo habían llevado.
Fingí ante Isolina. Le hice creer que me conmovía la desaparición de Demetrio, mi padre. Yo
nací para liderar, en el transcurso del tiempo, las acciones hasta erradicar lo que llaman el
derecho a ser, en un escenario en el cual el equilibrio sea posible. Yo no creo en esa
posibilidad. Lo mío es destruir. Convocar a ejercer el derecho de mis necesidades; no las de
los demás. Yo soy yo, en un proceso que no reconoce límites en el tiempo. Voy más allá de
lo kafkiano. Porque Kafka se diluye en el extrañamiento del sujeto por si mismo y por su
nexo con la exterioridad que él entiende como una construcción por fuera del yo. Con sus
limitaciones y con sus imposiciones. Trasciendo, en consecuencia, a Kafka y sus lugares
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comunes insípidos, procurando hacer vivir un individualismo que es absorbido por los otros.
Con sus reglas y con sus normas.
Voy más allá que Nietzsche. Porque éste, ante todo en Así Habló Zaratustra, emerge como
el hombre tipo que se disocia de los demás. Se enajena, a partir de un discurso compulsivo.
Pretendiendo diferenciarse. Pero que, en fin de cuentas, asume el ícono de la diferenciación
y de la validación de la individualidad, como situación tipo para realizar lo unidimensional,
por la vía de expresiones sucesivas de los arios en contra de lo universal. Pero sin ser explícito
en el sentido de que lo colectivo, como realización última, no vale la pena. Esto mismo digo,
con respecto a lo wagneriano. En resumen, estoy en posibilidad de trascender el súper yo, de
manera constante, hasta acceder a una verdadera diferenciación. Siendo primario. Siendo
héroe que despliega todas sus acciones, en función de mí mismo.
Hoy por hoy, he asumido mis derechos. He trasegado largo tiempo, hasta alcanzar la
convicción de que la humanidad no es una sumatoria de expresiones en el transcurso de la
historia. La humanidad es, para mí, un simple enunciado. Somos uno a uno, una expresión
de la necesidad de reivindicar el derecho a ser lo que somos. Cada quien. Como en
compartimentos que se expresan en momentos diferentes. Pero que, en fin de cuentas, nos
conducen a entender la dinámica de la vida al revés de todos los tratados de acuerdos y
equilibrios. Lo mío es, la reivindicación de la lógica: cada quien por lo suyo. Hasta
consumirse en ese mismo proceso. Tengo la idea de que nos repetimos en la historia. De una
vida a otra, tratando de imponer nuestra condición de individuos o sujetos que estamos en
disposición de enajenarnos en la realidad inmediata. Y, después, volver a nacer con las
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mismas opciones anteriores. Y, así, hasta lograr la imposición de un yo diseminado. En donde
cada quien es lo que quiera ser. Sin límites. Una destrucción de los principios éticos de los
estafadores de la individualidad.,
Volví al lugar en que maté a Isolina y a su hija. Ya habían sido removidos los escombros, de
lo que quedó después del incendio. Me encontré con algunos de los vecinos de la zona. No
me reconocieron. Porque había cambiado mi aspecto. Había adquirido la forma de un
sacerdote católico. Con una sotana de color blanco que irradiaba cierto aire de ternura y de
compasión. Es uno de mis disfraces favoritos. Como plañidera que invita al dolor ante los
infortunios que nos depara la vida. En una lógica de lo posible; en donde puedo expresar algo
diferente a lo sentido realmente. Esa misma noche asedié a Ivonne, la hermana de Demetrio.
Una chica de 18 años, la cual siempre me ha excitado. Disimulé mucho tiempo mi deseo de
devorarla. He soñado con ella. Desnuda. Abriendo sus piernas e invitándome a avasallarla.
Muchas noches desperté vaciado. Una emanación infinita de ese líquido gris, que deleito.
Una emanación continua de nunca acabar.
La esperé en el predio afuera del barrio. Allí mismo en donde consumí a la niña de 13 años.
Ella me saludó cordialmente. Creía en mí. Porque yo había sabido disimular mi deseo de
hacerla mía, con toda la fuerza que he acumulado en mis sucesivas vidas. La abordé. Le
mentí, diciéndole que quería hablar con ella acerca de la muerte de Isolina y de su hija. Ella,
inocente, accedió. Una vez en el lugar al cual la había llevado., la golpee. La inmovilicé. Abrí
sus piernas. Hasta que su abertura se hizo tan inmensa que parecía a una cavidad de mina.
Con un clítoris acezante. Me desvestí y la penetré. Una y otra vez. Durante seis horas. Hasta
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que, exhausta, dejó de forcejear. La maté. Con la punta de un palo, hendí su vagina. Hasta
que la hemorragia la consumió. Quemé su cuerpo y lo deposité en la vía. Era de noche ya.
Varios vehículos pasaron por encima de ella. Me sentí realizado. Grité: ¡ese soy y seré yo ¡
Había dormido poco. Todavía me dolía el pene. Porque, Ivonne, estaba muy estrecha. Casi
no puedo penetrarla. Tuve que esforzarme como nunca lo había hecho. Tal vez por eso, decidí
hendir un palo en su vagina. Como retaliación por haberme hecho trabajar durante mucho
tiempo, hasta hallar espacio para hurgarla.
Me levanté. Hacía mucho calor. Decidí salir a caminar. Como sujeto ciudadano. Respetuoso
del orden establecido. Visité la tumba de Isolina y mi hermana. Una vez allí, decidí hablar
solo. Con ellas. Les dije: no sé qué piensas tú, Isolina. O mejor, no sé qué pensabas, cuando
fuiste consumida por Demetrio. Con una actitud de patéticos seres que sublimaron la entrega.
Que me engendraron. De la misma forma fue engendrada mi hermana. No Reconozco nada
sublime. Para mí, el sexo debe ser burdo, violento, sin limitaciones y sin lugar para las
caricias superfluas. Esas que pretenden indicar el grado de sutileza y de pasión compartida.
Para mí... Mientras menos compartida, mejor. Eso es lo que me incita. No necesito ser
aceptado. Mucho menos expresar jadeantes palabras de amor. A quienes yo he poseído y
poseeré, no les doy ni daré tiempo de sentir placer. No me importa. Aún ahora, me preguntó:
¿Por qué no te poseí, como a mi primera madre? Reconozco que se me fue el tiempo en
fingirte. Pero siempre te desee. Desde esa noche en que sentí y vi que Demetrio te hacía gritar
de placer, cuando lamía tu clítoris. Y tú, respondías con temblores y gritos. Decías Más, más
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mi amor. Desde esa noche te odié y odié a Demetrio. Odié a mi hermana que fue engendrada
ese día.
Pero, sin que lo supieras, te aceché. Me escondí para verte desnuda. Bañándote. Observé
como palpabas tu vientre y hablabas con mi hermana. Los odié a todos y a todas. Porque lo
mío no es placer circunstancial y compartido. Es placer individual. Como lamento no haberte
poseído Isolina. De haberlo hecho, te hubiese hecho sentir mi fortaleza, por encima de los
balbuceos, casi infantiles, de Demetrio.
Volví a casa cansado. Traía conmigo a Tesala. La mujer que me satisface cada que yo quiero.
Sin pagarle. Sólo porque siempre ha pretendido superarme en el número de orgasmos, sin
descansar. Aquella noche, volví a derrotarla. Después de cincuenta eyaculaciones mías, ella
dijo: no más. Tú ganas. Eres un perro. Eres un animal. La maté mientras dormía. Llevé su
cadáver al mismo escampado en el cual dejé el cuerpo de Bibiana. Allí dejé su cuerpo.
Llueve a cántaros, en la ciudad. Desde hace 40 horas, sin cesar. Estaba con Juliana Macías,
en el aniversario de la muerte de Joaquín Espeleta. A este, lo conocí un día cualquiera. Estaba
al borde de la claudicación como consejero y asesor en una de esas organizaciones de
ayudantía a los desplazados. Me hice su amigo. Fingiéndole, así como lo hice con Isolina y
Demetrio. Yo tenía conexiones clandestinas con los organismos de control y de seguridad.
Logré hacerlo, gracias a la intervención de Pánfilo, el amante de mi hermana Maritza. Ya
he perdido la cuenta de cuantos insubordinados y burdos altruistas he informado, lo único
seguro y preciso es que ya están muertos. Hombres y mujeres; a quienes he perseguido en
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silencio. De los cuales he dado informes concretos; para que los de seguridad actúen. Me
enervan esos y esas sujetos que pregonan el derecho a la libertad y la búsqueda de una
sociedad justa. A mí la sociedad me importa un bledo. N o soporto a quienes han pretendido
y pretenden, aún, incidir con sus discursos patéticos, panfletarios; a nombre de los derechos
humanos. Derechos superfluos. Herencia de desgastadas doctrinas igualitarias. Los y las he
odiado siempre. Lo mío no pasa por referentes humanísticos. Así lo he expresado con mis
hechos. Sin que nadie sospeche de mí. Lo hice con Juliana primera y con su tutor, maestro y
amante, Pedro Arenas. He engañado y lo seguiré haciendo. La muerte de Espeleta me
satisfizo como ninguna otra. Lo despedazaron los de seguridad. Esos. si son hombres.
Abnegados defensores del derecho a matar, por encima de cualquier otra consideración. Son
herederos de aquellos que, a través del tiempo, han cumplido esa misma labor. Los admiro
por su destreza para eliminar indeseables y cretinos auspiciadores de revoluciones o
similares. Estoy de acuerdo con ellos en actuar ante cualquier sospecha. Por mínima que esta
sea. He contribuido a invertir el vano principio jurídico que habla de que nadie es culpable
hasta que haya sido vencido o vencida en juicio. Las constituciones son híbridos que
aborrezco.
En fin, Juliana Macías, es mi actual amante. Con ella he recorrido todos los lugares ocultos
del sexo violento. Me lacera y la lacero. Cada quien es cada quien. Nada de compartir con el
otro o con la otra. Reivindicamos la violencia pura, sin atajos y sin remordimientos. Ella y
yo somos fervientes aplicadores del derecho al sadomasoquismo. Continuo, a cualquier hora.
Ella, cuando yo pretendo algún respiro en este proceso, me ha golpeado. Ha deseado propiciar
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mi muerte. Lo mismo he hecho yo con respecto a ella. Es un duelo de géneros. Yo las odio.
Ella nos odia. Mientras más se exacerba ese odio, más enfatizamos en la posesión absoluta,
sin sosiego.
Justo ese día, asistimos a los ejercicios relacionados con el aniversario de Joaquín Espeleta.
Lo hicimos como parte del juego sadomasoquista que nos encanta. Ver sufrir, a los demás es
un deleite para nosotros. Hacemos todo lo posible para que ese placer se concrete día a día.
Cada noche, cada mañana o cada tarde, lo hacemos entre nosotros, somos insaciables.
Disfrutamos, cada quien, el placer individual. Nos invadimos. Cada día lo hacemos más
lento. En los lugares del cuerpo que más dolor sintamos.
Décimo (Los recuerdos del ayer vivido)
Joaquín Espeleta, había nacido en 1956. En pleno proceso de implementación de la doctrina
de seguridad nacional. Doctrina sabia. Que introdujo la opción de regenerar las
organizaciones partidistas. A la usanza. Es decir, recuperando el tiempo perdido durante las
sucesivas divisiones, muchas veces estratégicas. Como justificando la erosión de la sociedad,
para luego enfatizar y fortalecer los valores tradicionales. Conservar los orígenes es
fundamental para anclar a cualquier sociedad. En esto Hitler tenía razón. Siempre la tuvo. En
lo que a mi respecta, lo admiro. Inclusive, en determinados periodos de tiempo, he visto
surgir en nuestra patria opciones similares. Como lamento que no haya fructificado. Por lo
mismo que, hemos sido territorio político de ensayos. Desde una gran parte del Siglo XIX y
en mucha parte del Siglo XX. Coaliciones y divisiones. Una interpretación auténtica de la
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generosidad inherente a la historia. Un entendido de la construcción de Nación, con la misma
visión de nuestros benefactores, los españoles. Solo ellos entendieron la necesidad de una
dinámica avasallante hacia especies inferiores. Los nativos fueron y son eso. Simples
especímenes que merecían ser invadidos, cuestionados y arrasados. Como lamento las
intenciones, en veces concretadas, de buscar beneficios y reconocimientos culturales a lo que
queda de esas hordas. Cultura plebeya, anclada en rituales sociales y religiosos de
antepasados que no merecían llamarlos humanos. Uno de mis deseos más profundos y
arraigados, es ver desaparecer esas expresiones histriónicas, caducas, vergonzantes.
Joaquín Espeleta nació el mismo día en que se surtía trámite para alcanzar el acuerdo en
Benidorm. Acuerdo entre los más grandes dirigentes que haya tenido este país. Su dimensión
solo se entenderá y valorará, cuando entendamos y valoremos lo que ha venido sucediendo
actualmente. Un presidente visionario, soñador, pragmático. Y, ante todo refundador de la
patria, con su orden y sus principios. Sin concesiones a quienes pretenden volver o reivindicar
el lenguaje y la acción de la falsa democracia. Aquella que se define como el otorgamiento
de derechos y su aplicación. Se confunde dádiva con derechos. Estos no son tal, sino están
sometidos a la orientación de quien ejerce el poder. Con toda razón y con todo merecimiento.
Vino, Joaquín, a la ciudad, huyendo de la persecución política de quienes, arriesgando sus
vidas, construyen el concepto de democracia y de poder afines a quien, en algunos casos de
manera ortodoxa, nos han guiado. Particularmente en el gobierno actual. En su caso y en el
de muchos más, se ha ejercido una parafernalia ruidosa y demagógica. Como si quienes
ejercen como víctimas fuesen verdaderos dirigentes dignos de ser reconocidos y reconocidas.
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Para mí son solo auspiciadores y auspiciadoras de subversión, por la vía de algo parecido al
comunismo trasnochado. Bien hace el actual (este si auténtico) líder en no reconocerlos, ni
reconocerlas como antagonistas en la escena política. El tratamiento que reciben actualmente
es el que merecen, sin los desvaríos de gobernantes precedentes. Eso de la mala imagen
internacional es un artificio que se utiliza para pretender invalidar lo actuado y ejecutado.
Artificio montado sobre informaciones y verdades a medias, intencionales, por parte de los
defensores de supuestos derechos, humanos. Insisto en que los derechos no existen, sino en
la medida en que se articulen con el plan de gobierno que busca la restitución política de la
Nación. Sin veleidades comunistoides.
Decía, pues, que Joaquín Espeleta, llegó a la ciudad en busca de refugio. Venía de la zona
oriental del país. Precedido de ínfulas de héroe y de luchador campesino. Su familia, en mi
opinión, con toda razón, había sido diezmada por el ejército de la reconquista de las zonas
perdidas, y que ejercen como territorio liberados. Supuestas zonas que fundan su esperanza
en la libertad y en la construcción de un escenario político nuevo. En el cual “brille el respeto
a los derechos humanos y la opción de una sociedad más justa”. Pataletas de subversivos que
pretenden reconocimiento nacional e internacional.
Estuvo alojado en lo que era nuestra casa. Quiero decir, en el espacio físico que me alojaba
como hijo de Isolina, de Demetrio y de mi hermana. Con gran malestar me correspondió
asistir a la cantilena que se armaba entre ellos. Ensayando discursos y tácticas para proponer
en desarrollo de su lucha por supuestas reivindicaciones. Obviamente, yo tenía que aparentar
mi acuerdo Con ellos y con ella. Como estratagema para ganar espacio y confianza que me
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permitieran adquirir información para los de seguridad del Estado. Hoy me ufano de que el
esfuerzo no fue en vano. Ya he superado el record en la cantidad, calidad y oportunidad de
la información transmitida. Lo que más me admira de mí mismo es saber que, por esta acción,
se ha logrado desarticular la cadena de organizaciones de esos deleznables sujetos.
Una vez en casa, Joaquín, se hizo cargo de lo que ellos y ella llamaban zonas de
vulnerabilidad en la ciudad. Describían así, aquellas zonas que ya habían sido penetradas por
los de Seguridad. Joaquín propuso hacerse cargo de la “Dirección Central” en la localidad.
Su objetivo: el contacto con organizaciones internacionales para lograr una veeduría
internacional del proceso político y militar que ha venido implementando, con éxito el actual
líder del país y de la Nación.
Según su estrategia, lograrían, en corto tiempo, el reconocimiento como organizaciones
altruistas, en contra del proyecto de gobierno. Lo tipificaban con la denominación de la
caricatura hitleriana. Él (Joaquín) viviría allí, en casa de Fortunato Aguilar, líder sindical,
que estaba trabajando por articular movimiento sindical con movimiento de desplazados.
Delinearon acciones de corto y de mediano plazo. Precisamente, este tipo de acciones, fueron
intervenidas y eliminadas por parte de Seguridad, a partir de mi información.
Lo detuvieron un día en la noche; cuando regresaba de un mitin en los alrededores de la Casa
Presidencial. La consigna, como en el caso de Demetrio, era liquidarlo, sin que apareciera,
posteriormente, ninguna evidencia. Que la verdad no se conociera. Así se hizo. El énfasis en
la laceración de Joaquín, estuvo en desmembrar su cuerpo. Así lo merecía por su condición
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de orientador conceptual. Un verdadero enemigo del país, sustentando opciones teóricas que
no podían arraigar. Ese fue el propósito y se consiguió. 8 de marzo de 2003, ese día fue su
muerte. Como anunciándole a Isolina lo que le esperaba, también, a ella.
La verdad es que, en ese primer aniversario de su muerte, se recordaban sus enseñanzas y
orientaciones; con un énfasis inusitado. Tal vez, de la mano de las organizaciones que había
contribuido a crear y, además de haber logrado la entrevista con destacados líderes
internacionales. Yo llamo, a éstos últimos, auspiciadores internacionales de la subversión.
Un día, 8 de marzo, mientras estaba con Juliana Macías en uno de nuestros habituales
forcejeos, llegaron a la casa unos individuos vestidos de rojo y negro. En principio
preguntaron por mí. Con nombre y apellidos. Al identificarme, me golpearon y me sacaron
de casa. A bordo de un vehículo que no logré identificar. Fui llevado hasta una zona muy
húmeda, con calor altísimo. Me bajaron del vehículo y fui situado en lo que parecía ser una
sala de reuniones improvisada. Uno de los sujetos que me había sacado de casa, informó
sobre el operativo a otros sujetos que, en mi opinión, ejercían como jefes.
Una vez hecha la presentación de rigor, se me informó que estaba sometido a la justicia del
pueblo. Que mi prontuario era altísimo y que sería juzgado en aplicación al método
revolucionario. Una vez escuchados los cargos se me preguntó si tenía algo que contradecir.
Les dije: No me arrepiento de nada de lo que he hecho.
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En la madrugada del día siguiente a mi detención, se ordenó mi muerte por fusilamiento
como promotor y auxiliador en crímenes de lesa humanidad. Lo último que recuerdo, el ruido
de las armas cuando fueron activadas.
Según mi madre, nací un ocho de marzo, de 2016. Los registros así lo evidencian. Un hogar
plácido. Un padre empleado en una empresa petrolera. Una madre, funcionaria estatal. Único
hijo. Con holgura económica. Asistí a la Escuela Benedictina de la ciudad. Sitio elitista.
Esfuerzo de mi padre y mi madre, para garantizarme, en su opinión, una formación de
acuerdo con los principios morales y éticos que los han acompañado durante sus vidas. Vidas
unilineales. Como quiera que han transitado por el mismo camino. Los mismos rigores. Las
mismas acciones. La misma formación familiar. El mismo énfasis escolar. La misma
culminación profesional. El mismo ritual religioso. Como si, en vez de marido y mujer, se
tratara de gemelos auténticos. Un solo cerebro. Una sola opción de vida: ser gregarios.
Lo entendí así desde que pude leer su lenguaje cifrado, codificado. Lenguaje de seres
asimilados, acotados por los rituales de una sociedad sin otro horizonte que el sometimiento
absoluto a las guías y orientaciones de lo que se conoce como el sistema preferente. Es decir,
única opción. Para todos y para todas, sin excepciones. Una codificación a partir de
considerar la vida como una continua repetición de principios. Como colección de momentos
en los cuales, cada uno y cada una, ejercen y/o consumen la parte que les corresponde. Siendo
esto último una figura como categoría tipo que se exhibe a manera de doctrina que identifica
a quien o a quienes viven en espacios precisos. Como territorios asimilados a contextos
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sociales que involucran al quehacer cotidiano. Con pausas que simplemente generan
posibilidades, dependiendo de la jerarquía asignada.
Como quiera que soy partícipe de esos condicionamientos, me siento sujeto acartonado.
Aquel que, en cada momento, solo expresa lo que le es asignado, a manera de rótulo
inmodificable. Lo que he vivido ha sido la extensión de la cotejación de mi rótulo con la
realidad. Un medio ambiente creado a partir de ese condicionamiento en sí mismo. Sin que
vivir implique otra cosa que recabar en la repetición. Vida insulsa.
Ahora recuerdo lo pasado. Como atributo que me persigue a donde quiera que vaya. Como
expresión de lo que he sido; añorando esos momentos perdidos. En el tiempo. En cada
extravío. Que, como sombra perenne acompaña mi tránsito por ese tipo de vida. Como
alucinación que no recrea; sino que se vierte en función de lo que previamente me ha sido
asignado. A través del tiempo. Como memoria individual inhibida. Relacionada siempre con
lo que he sido y seré. Como autómata ensimismado. Como quien es perturbado por esos
recuerdos. De acciones y de expresiones inamovibles. Las mismas. Calcadas desde el origen
mismo de la humanidad.
Me siento, entonces, sujeto de tradiciones que, simplemente, exterioriza lo que le es
permitido. Un permiso localizado en la línea del tiempo que nos separa en compartimentos
estancos. Sin nexo uno con el otro. Profundizando en una noción de soledad previamente
explicada. Soledad que me consume. Que sitúa referentes también programados desde el
comienzo. En cada etapa de nuestro desarrollo. Una especie de empirismo de lo inmediato,
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soportado en el pasado y presagiando el futuro. En esa misma línea. Con los mismos
condicionamientos vertidos con zumo que nos devora; nos absorbe. Sin lugar para nada
diferente que no sea lo que ha sido graficado. Una figura parecida a la función continua que
está condicionada, que es dependiente de la variable ya establecida y que se mueve
modificándola, a cada paso. Una modificación que es circular. Que comienza y termina en el
mismo punto. Anclados como satélites que no tienen noción de libertad. Que son lo que
quiere que sean la fuerza gravitatoria de quien, desde siempre los ha atrapado y los
condiciona.
Es un castigo que emerge siempre. Que se concreta a cada paso y a cada momento. Siendo
lo que somos, a manera de estiramiento de los roles. Como aquellas figuras que circundan el
espacio aéreo inmediato. Guiados por el hilo de quien nos conduce. Que nos permite ir con
el viento, hasta que el poseedor del hilo quiera. Un ovillo como el de Ariadna. Que nos
permite salir y volver a entrar, sin extraviarnos en disquisiciones, o en imaginarios que no
nos corresponden. Porque hemos sido hechos para ser volantines monótonos. Como
sucesiones aritméticas. Que son presentadas como irrelevantes sumas y restas con respecto a
los antecesores y que prefiramos el valor siguiente, a partir de las constantes de quien nos
retiene.
He odiado siempre esas simplezas. Desde mi primera vida. El y ella son agentes de la
distorsión. Pretenden acomodar toda su actuación al hilo conductor previsto. Yo no quiero
eso. Mi afán tiene que ver por reivindicar el derecho a ser perverso. Trascendiendo mi
primera y segunda vidas. Haciendo énfasis en la restauración plena de derecho primario.
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Aquel que nos involucra con el hedonismo, como doctrina central. Perfecta. Por esos los
odio. A él y a ella. No son otra cosa que la repetición milenaria de los llamados valores de la
humanidad. Dizque imperecedero. Yo no creo en eso. Mucho menos en la lealtad llamada
precedente. Pretendiendo la adquisición del equilibrio peregrino, absurdo. Con un entendido
de la ética vinculado a los acuerdos en el contexto social, político, económico y ético. Desde
atrás, en la noción que tengo de pasado, he rechazado esa construcción artificiosa. Me
recuerdo como lo que quiero ser. Iconoclasta absoluto. Sin cesiones mediocres de mis
principios con respecto a los de los otros y las otras.
Ya lo he dicho. Soy lo que soy y lo quiero ser. No quiero mostrarme como sujeto de bien. No
creo en esa noción de honestidad. Lo que quiero es trascender esta caja de resonancia. Sin
lugar para estrecheces mentales. Pensadas para generar armonía. Los seres humanos no
podemos ser armónicos. Mucho menos idea totalizante del buen comportamiento. No sé por
qué, a cada renacer, emergen referentes éticos absurdos. Estos constituyen obstáculos para la
libre gestión personal. Yo no creo y, así lo enfaticé en el pasado, en la posibilidad de ese
equilibrio insulso. Lo que he deseado siempre es que me dejen ser como soy y como quiero
ser. Sin ataduras mecánicas, instrumento de los hacedores de historia, para justificar la cesión
de lo que somos. O parte de ello; en función de alcanzar un referente conciliatorio.
Lo que he hecho siempre es reivindicar mi condición de sujeto avasallante. Sin límites
grotescos amparados en sucesivos equilibrios entre el yo individual y el yo colectivo. Quise
renacer a partir de esta premisa. Y me veo aquí. Atado a quienes ejercen como soporte de mi
existencia. Ese que habla de las posibilidades latentes para el yo, como simple ejecución de
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un proyecto previamente diseñado. Repudio esa interpretación de la vida y de su proceso. Yo
hablo del derecho a triunfar sobre los otros y las otras, por la vía del hedonismo mejorado.
Es decir, por la vía de alcanzar la plenitud de posibilidades. Ideadas por si mismo.
Planificadas y realizadas con ese mismo referente que establece el nivel de prioridades
asociadas al yo individual. Sin lugar para la presencia del interés colectivo. Porque este
último no es otra cosa que claudicar como sujeto. A ella la considero sujeto pusilánime. No
otra cosa que trofeo de nosotros. Al cual accedemos por la vía de nuestra superioridad
incuestionada. Porque somos poseedores y no poseídos. Porque reclamamos el derecho a
nacer, no como producto de un acuerdo de lealtades. Debemos ser, considero, herederos
biológicos mejorados, a partir de desechar valores absurdos, incoados en un proceso continuo
en el cual se nos referencia a partir de sujetos tipo que deben deambular por el universo.
Como variables pensadas y preestablecidas. Como proceso que nos debe involucrar con el
derecho que tenemos a exterminarlas. Como género y como interactuantes.
Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio
y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres.
Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como
consecuencia de ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él
y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir
propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mi no son otra cosa que justificaciones
para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles
a cerca de los valores humanos.
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He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de
normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les
hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos
recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio.
Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el
amor.
Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable.
Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera
pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante
de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la
vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y
otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte.
Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo
demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por
qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que
se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para
vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone.
No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré.
Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad.
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Un día cualquiera de abril, en el año 2025, conocí a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada
por ella y él. Una mujer de mirada furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La
desee desde que entró por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado
todo el tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose. Era,
insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces. Apretada su vagina. Desde
ese instante conocí que no había sido penetrada. El primer día de mi mirada furtiva, sentí
crecer mi asta. A tal punto que empecé a surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía.
Porque era un continuo ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mi
mismo. La sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas. La
inundé de tal manera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que ella se diera cuenta,
exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía cada vez más.
En ese momento decidí que era mía. Que ese sujeto, merecía ser allanada por mí. Como en
el pasado, con otras. Ya, aquí, con esa sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado.
La quería para mí. No en sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar
el lugar y aprovecharlo.
Fue en la misma habitación que le asignaron él y ella. Cuando recién se había dormido, entré
en el cuarto. Me desvestí. Traía un lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando
despertó yo ya estaba encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La
penetré con todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le
respondí: esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde más pueda.
Eres mujer. Por lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié. Suspiraba
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aceleradamente. Peleaba con mi fuerza. A los diez años, yo tenía una capacidad insospechada
para inmovilizar y para hacer sucumbir. Lo mío se prolongó hasta caer la noche. Estaba
inerte. Lo estuvo desde que ahogué sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la recorrí una y otra
vez. Mi asta seguía erguida. La dejé ahí, muerta. Esa misma noche me fugué de casa, dejando
su cuerpo inmóvil, lacerado.
Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus vacaciones. A pesar de que eran casi las once
de la mañana, no habían dispuesto el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior
estuve inmerso en un sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre
Mireya, estaba a mi lado. Cantaba:
Eres un niño bueno Jonás,
Eres toda ternura mi bien.
Eres como pajarito que vuela, nené.
Eres un niño. Naciste anteayer.
Mi bien. Mi placer.
Déjame tu mirada, mi niño.
Cuando duermas, ven conmigo.
Que te estaré esperando. Para amarte,
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Como niño. Como ese a quien quiero tanto,
Volviéndome niña a la vez.
Con todo lo tuyo que me acaricia,
Con todo lo mío que te mima.
Porque eres todo niño, mi bien.
Niño dulce,
Niño tranquilo,
Niño que ríe.
Aquí y allá. De noche y de madrugá,
La había visto antes. Tal vez a mis tres meses. No sé cuándo. Pero reconocía su voz y su
mirada. Mujer, mujer primera. Me volvía a cantar.
Niño, Daniel.
Eres como la hierba,
Que crece cada vez,
Que te nombro.
Cada vez que te miro.
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Eres mío mi niño.
Eres vida Daniel.
Eres horizonte mi bien.
Eres niño a la vez,
Que hombre,
Que viene y va con el mismo nombre.
No sé por qué la sentía tan cerca. Sentía su olor y me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero
no podía asirla. Porque me trascendía. En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era
mía, pero sin serlo todavía. La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un
placer que me engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que
está conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo un
universo de expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a cada momento.
Siendo consciente de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía surcada de pasión. Por mí y
por ella. Un asedio continuo.
Mientras él y ella dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que
podía hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo viven
para mirarse y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en silencio, de esa mujer que
me cantaba. Que estaba a mi lado por placer. Porque yo le gustaba. Porque ella me gustaba.
De nuevo su voz.
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Niño eres mío.
Niño, soy tuya.
Duerme mi pajarito,
Duerme que viene la luna.
Y te hará preguntas. Acerca del Sol,
Acerca de la vida.
Tu vida que es la mía.
Duerme pajarito. Duerme mi dulce compañía; que ya mañana
Será otro día.
Once (Esas ansias locas de no bordear el abismo)
El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua.
Como quien no concibe la vida sin ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y
que no sé de qué se trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy
ya no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente, la volviera a
ver. Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven solo para si mismos. En un
ejercicio patético y caduco. Sintiendo amor en donde solo hay repetición vehemente de
lugares comunes. Como lobos esteparios que se confiesan a sí mismos. Con las miradas
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puestas en el teatro de la vida. De su vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada
y acomodada a las circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y
codificada. Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido. Sumatoria
de lados iguales. Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después de regresar de sus
oficios. Esos repetidos que los inunda de orgullo. De saberse partícipes del proyecto de vida
igual. Para todos y para todas. Cada quien, viviendo su vida, sus quehaceres. Sus limitaciones
de felicidad. En procura de la cual viven, cada día.
Otra vez lo kafkiano. Un proceso en donde no hay lugar para la certeza. Ni para la verdad.
Por esto mismo, momentos de ilusiones reprimidas. Ni a ella, ni a él, le debo nada. Porque
no me consultaron. Cuando sus cuerpos se estremecieron y se otorgaron. En ese ejercicio.
Otra vez patético. Cada vez más. Los odios, porque sintieron placer los dos. No en singular,
como lo quiero y lo siento yo. Una solidaridad inmunda. De él a ella. De ella a él. Los odios
como nunca he odiado. Ni siquiera en esa primera vida que reportó ingratos beneficios.,
Porque, allí perdí la noción de sentimientos. Los vendíes. Como mercancía inservible. Los
perdí para siempre. Y me alegro de ello. Porque, así, aprendí a reconocer lo mío como único
y absoluto. Porque, así, aprendí a odiar a quienes comparten placeres. Sobre todo, a ellas.
Porque no fueron mías primero. Porque no estuvieron conmigo antes. En fin, porque solo son
mujeres, cuando yo las inauguro. Cuando yo las recorro. A cualquier hora. Cualquier día.
Tienen que ser esclavas de lo que yo diga y deseo. Por eso las he odiado. Desde la primera
madre, hasta la última. Deseo su muerte, una vez pasen por mis manos. Una vez las surque
con lo mío. Definiendo territorios. Esos a los que nadie más que yo puede llegar. Un yo
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kafkiano, similar al que reportó Pedro Arenas en esa conferencia ya lejana. Distante tres vidas
atrás. Ese Pedro Arenas al cual también odié. Por estar con Juliana. Por amarla, sin mi
consentimiento. Me he acostumbrado a cederlas. En herencia. Una vez me satisfagan. Por lo
mismo que soy sujeto de pasiones inversamente proporcionales a la calidez. Lo mío es y será
el avasallamiento sin límites. El odio a ella y lo odio a él. Porque me engendraron sintiendo
placer. No como mi primera madre que no lo sentía. Una cosa u otra. Un lugar u otro. La
dicotomía de ser yo y ser ellos. Porque ellos se disfrutaron antes de que yo naciera. Nací por
eso y por eso odio. Porque no concibo ninguna satisfacción compartida. Lo que valido es el
unilateralismo. Este debe ser la guía y el fin en sí mismo.
No la quiero ni lo quiero. A esta que está enfrente. A esa que me canta; también la odio
porque se ha negado a ser poseída y porque no tengo la fuerza necesaria para forzarla. Morí
antes de crecer. Solo recuerdo que esa me cantaba:
Duerme por siempre amor,
Duerme que ya mañana
Volverá a nacer r el Sol. Muy temprano,
Antes que despiertes y seas consciente que,
Otra vez, ha amanecido y tú con él.
Cuando él y ella despertaron, yo yacía. Sin vida y sin ganas de recuperarla. Fue un estar con
él y ella efímero. Como cuando tú te das cuenta que has vivido en medio de una sociedad que
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no te entiende. Que corroe lo que eres. En una superficialidad enhiesta bordeando todos los
rigores. Uno a uno. Desde la primera hasta la última vida. Porque yo he sido eso. Un sujeto
atado a una vida que se desenvuelve en diferentes periodos históricos. Hoy uno. Mañana
otro…después lo demás. Un sortilegio constante. En el cual eres sin ser. Al menos consciente.
Pero, divagando en torno a las razones que te impelen a seguir el juego de la vida. Un juego
con un almizcle diferente cada día. Hoy eres sujeto entre perverso y más perverso. Mañana,
más perverso que ayer y…, cada vida más de lo mismo. Pero profundizado. Como progresión
geométrica inmisericorde que te sitúa en condiciones absolutamente difíciles. Porque, de por
sí, es muy difícil reconocerse en el tiempo. Sientes como un avasallamiento que no para. Que,
por el contrario, actúa como sendero que debes andar. Todos los días y a toda hora.
Recuerdo, en esta muerte, lo de Sísifo. Personaje alterado en el tiempo. Porque se ha
pretendido exhibir su vida repetitiva como sinónimo de holocausto de la libertad. Cuando fue
condenado por los dioses a ir y venir. A un sufrimiento extraño. Porque, bajar y subir con la
piedra, es sinónimo de no tener libertad. Toda ha sido endosada a ellos, los dioses. Dioses
que no deberían existir. Porque son lo que son, producto de nuestra temeraria imaginación.
Ellos, los dioses, son nada. Son artificios que nos obligan a sucumbir. Cada día. A endosarles
nuestras vidas y saciar, así, su afán de sentirse poderosos. Controladores de la sociedad y de
cada uno de sus integrantes. Son insufribles. Reclamando, a toda hora, las retribuciones por
habernos permitido vivir. Lo que ellos no saben es que., en mí, vivir es estar sin estar. Por lo
tanto, no deseo. No he deseado estar vivo. Porque no quiero tener deudas con ellos. Yo vivo
y no vivo. He tenido, que recuerde, la primera, la segunda y la tercera vida. Todas sin mi
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consentimiento. Me he quejado como sujeto que advierte la aventura de cada día, en cada
vida. Asquerosa manera de vivir. Esa que te remite a ser lo que eres. Es decir, otra vez, el
tránsito, por el camino que me ha sido trazado desde antes. Eso yo no lo quiero. Lo que deseo
es volver al principio. Para elegir que debo ser. No aceptando directrices que pretenden
someterme. Convertirme en perdulario absoluto.
En esta muerte, él y ella, ejercieron como veedores. Desde sus convicciones. Por ejemplo,
esa de amarse profundamente. Como patéticos personajes de telenovela. Ya he dicho antes
que lo mío no es eso. Ese tipo de entrega afectiva no me conmueve. Lo que quiero y querré,
siempre, es ser sujeto sin afectaciones. No he querido y no querré nunca ser icono de amantes
entregados y sometidos por las leyes del buen amar. He sido y seré referente de placer. No
de posiciones absurdas. Como esa de que el amor es delirio y ofrecerse sin contraprestación.
Soy y seré sinónimo de deslealtades. De hecho, ya me estoy preparando para volver a nacer.
Si me alcanza el tiempo, mi próxima resurrección será más exigente. Quiero dañar todo lo
que se me presente. Quiero destruir ese concepto de entrega y de amor. Seré más salvaje,
aún, en mis rituales orgiásticos. Violaré a la mujer que se cruce en mi camino. Niña o no tan
niña. Estoy dispuesto a hacer valer mi músculo que crece cada vez más. Lo exhibiré como
correlato del derecho al placer. A mi placer. No compartido. Destruiré hímenes. Espero
alcanzar una cifra que supere el número mil. Para eso estoy preparado…en eso va mi vida.
Cada día más que ayer. Esa es mi perspectiva. Mataré cuando haya que hacerlo. Cuando, por
ejemplo, no vea disposición de ella o ellas a adorarme. A dejarme recorrer sus cuerpos, según
mi mapa.
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Ese día, ocho de marzo, morí solo. Así lo deseé. Sin compañías insulsas. Expresiones morales
anticuadas. Quiero que se me valore por lo que soy: sujeto que actúa según los principios del
placer. Ese que es hermoso, en su estado original. Con quien sea. Heteróclito, sin eufemismos
anquilosados, atados a una definición de pasión, como simple referencia a un concepto de
permisibilidad admitido según los cánones establecidos para la sociedad en su conjunto.
El día 8 de marzo de 2049, nací. Un hogar compuesto por diecisiete personas. Incluidas mi
padre y mi madre. Ella había nacido en Venezuela, treinta años atrás. Mi padre, había nacido
en Bello Horizonte, Brasil. Eran las cinco de la tarde. Como era de esperarse, ante tal cantidad
de personas en casa, la estrechez, se erigía como limitante para el desarrollo de la familia. Al
menos en lo que este tiene de posibilidad en crecimiento con calidad. El mismo día de mi
nacimiento, enfrenté un problema demasiado complicado. Estaba en el mismo cuarto de
mamá y papá... Por lo mismo, no tenía espacio que me permitiera asumir esa soledad que, en
veces, es necesaria. Además, la vida afectiva de los dos, era una continua exposición a mi
veeduría. Como sujeto proclive a la influencia del instinto. Ese que me ha recorrido durante
tres vidas. Un sujeto proclive al ensimismamiento, como efecto colateral a mi tendencia a
diluir mi vida en una sumatoria de hechos vandálicos. Una presencia que me ha ubicado en
condiciones de un rigor absoluto. He sido y, tal parece que soy ahora, un hombre vinculado
a las exacerbaciones físicas; en lo que estas tienen de corroboración de ese insumo latente
que reivindica, a cada paso, una opción repetida. Sin otros referentes que la exhibición de
una tendencia perversa. En mí, lo sexual, no ha sido otra cosa que una continua laceración
espiritual. De mí y de quienes están en mi entorno inmediato.
129
He sido sujeto bandido todo el tiempo. Asimilado a construcciones de inmensas expresiones
dañinas. Veo, en cada mujer, un objetivo que instiga mis compromisos primarios. Soy un
sujeto condicionado por una opción enfermiza. En la cual, quienes están en derredor, no
tienen conmigo una relación de libertad, de expresa posición transparente. En mí, la ética, no
es más que una ilusión torcida. El concepto de honestidad ha sido, en mí, una postura
vinculada conmigo mismo; con mis deseos. Porque valoro, la perversión, sin acatamiento de
referentes subsumidos en una noción de moralidad sustentada en la regresión. Soy, aún,
hombre condicionado por la violencia. No he creído ni creo en la vida como posibilidad de
actuar sin condicionamientos. Lo mío ha sido y es una constante que remite a situaciones
unilaterales. Esas que han propiciado mi quehacer como realización que vulnera. A cada
paso. En cada momento y en cada periodo de tiempo.
No soy otra cosa que sujeto embadurnado de nostalgias que me convocan a la rebeldía y a la
venganza. Paso a paso, he deambulado por todos los territorios. Sombríos. Antesala de mis
expresiones lapidarias. Esas que subyugan el espíritu y lo convierten en mera simulación ante
los demás. Estoy aquí, ahora, en un nuevo nacimiento. Que es el mismo. Como si cada día
vertiera mi obsesión por lacerar. El problema es que no quiero ser otro. Para mí, la bondad,
es una actitud equívoca. Que emerge como posibilidad insulsa. Para mí, lo dinámico, es una
estructura patética. No quiero ser diferente. Aún ahora, cuando recién he vuelto a nacer,
reivindico el derecho a hacer daño. Porque los otros y las otras son una exterioridad que debe
ser exterminada. Aspiro al reinado de mí mismo. Solo. Como expresión de lo unidimensional.
No creo en lo colectivo. No quiero ser parte de ninguna sociedad. Soy yo mismo, ese que no
130
quiere ser aceptado. Una noria permanente. En una divagación perenne. Eso me satisface.
Ese es mi rol.
Un hogar que no quiero. Pero está ahí. Estoy ahí. El y ella son progenitores, pero no los
reconozco como opciones de cariño. Nunca he sentido eso. Ni quiero sentirlo. Son
expresiones grotescas. Eso de amarse y engendrar es como volver a los vericuetos
inquisidores que reclaman la ausencia de placer como colateral de la preñez. Como si la
animalidad que me acompaña tuviera que ser registrada como insumo proscrito. De siempre
ha habido esa perspectiva. Todos los humanos reclaman una especie de tesitura ideológica.
Esa que, según los códigos de los moralistas, nos invita a sentir amor y a ser amados. Una
relación de pareja que se constituye un en un bodrio. Opción insípida de la vida. Esta madre
y este padre, son como todos y todas. Destilan una viscosidad que llaman dulzura. Hacia mí.
Yo los rechazo y los rechazaré por siempre. Pretenden ungirse como íconos. Me ven como
fruto del amor. Como sujeto deseado a partir de ese ejercicio sexual que yo reivindico. Pero
no como prototipo de complementación. Lo mío es una opción animal. De saciarse. Con
quien sea y donde sea. Sin la permisibilidad. Yo he violentado. Lo haré por siempre. Las
mujeres que he agredido se lo merecían. Por el solo hecho de ser mujeres. De estar
predispuestas biológicamente para se avasalladas. Ese placer que he sentido, quiero repetirlo.
Una de mis hermanas me tienta. La he observado desnuda. A mis diez meses, la erección de
mi músculo es constante cuando la veo. Ariadna es mía. En sus cinco años ya es toda una
hembra. Añoro el momento en que la pueda montar. Lo haré. Pase lo que pase. Como lo he
hecho con otras.
131
Doce (La búsqueda del dios impío)
La religiosidad es un dominio absorbente. De ella he heredado mi estrechez conceptual. No
sé qué arcano me convoca a sentir cierta tendencia a asumir lo pecaminoso como herencia.
Que me hastía y, en algunos momentos, me angustia. Creo que catorce generaciones atrás
era sujeto idólatra. Con una visión de Dios asociada al altruismo y al esfuerzo por no pecar.
Por ser individuo atrayente, a partir de esa idolatría. Creo que lo que vivo actualmente es una
venganza. Una reparación para mí mismo Por lo mucho que sufrí al lado de los tejedores
hipócritas de ilusiones. Quiero vengarme aún más. Aspiro a destruir esas asociaciones
colectivas de conceptos que reclaman un más allá diluido en éxtasis cada vez más cercano a
la idea física de Dios. Yo soy consciente de haber trasegado por diferentes vidas. Me esfuerzo
por ser, cada vez más, Jesús al revés. No quiero conducir a territorios de paz, sosiego y
descanso. Por el contrario, quiero ser un referente de maldad. En contravía de esos aviesos
conductores dogmáticos que insinúan corolarios, a manera de amuletos. Como conclusiones
de fraternidad. La Humanidad no puede ser entendida como logro en desarrollo de la
Naturaleza. Lo que creo es que somos simples conglomerados que se han apropiado de los
entornos. Remitiendo a los otros seres animales a refugios que los sitúan como inferiores.
Con el pretexto de que somos superiores. No hay tal cosa. Nosotros somos los inferiores. A
excepción de quienes estamos llamados a liderar, en contravía, el represo hacia la animalidad.
Perseguir a las que están en celo. Para dilapidar el tiempo. Esa medición que nos ha sido
impuesta, como insumo indispensable. Dilapidación que nos tiene que otorgar el derecho a
132
ser libres. Sin reconocer a los otros y a las otras. Ser sí mismo. Violentando a quienes no lo
vean así.
Ese día 25 de diciembre, rapté a Ariadna. Cumplidos seis años, ya había demostrado mi
capacidad para horadar. Así ocurrió con India, la mujer que me cuidaba. La cabalgué durante
seis horas continuas. Apareció muerta en un escampado cercano a la casa. Ariadna estaba
bañándose. La seduje con mi líquido viscoso. La inundé, hasta asfixiarla. Dejó de respirar.
Aun así, la cabalgué otras dos horas. Dejé impresa mi marca. Soy el más avezado de los
ruines. Siempre he querido serlo. Lo exhibo como trofeo. Como coto de caza. He heredado
esa capacidad. Soy, en vivo, lo que otros han tratado de ocultar con enfermizas acciones
denominadas generosidad. O lo que ha sido llamado amor por los demás. Sigilosos sujetos
que han engañado. Que han transitado por el universo, con diferentes expresiones que remiten
a lo mismo: mensajes y rituales amorfos que pretenden señalar caminos obsoletos desde su
comienzo. Por lo mismo que remiten a establecer códigos de comportamiento vinculados con
la ética. Invento social que pretende equilibrio entre lo colectivo y lo individual. Lo mío es
individualidad perenne. No acato ninguna norma que hable de tolerancia y de interacción
compleja de por sí.
La elusión es mi convocante. Cuando abandoné la casa de padre y madre, lo hice en búsqueda
de otro territorio. Nunca supe si encontraron a Ariadna. Lo cierto es que no los extraño. Estoy
en un lugar inhóspito como a mí me agrada. Porque interactúo con mis pares. Con aquellos
y aquellas que renuevan, cada día, el veto a lo societario. Nuestro paradigma es la exclusión.
Uno a uno. No nos percatamos de quien esté a nuestro lado. Porque hacerlo sería desdecir de
133
nuestro hilo conductor. Hacia el perfeccionamiento de nuestra técnica para avizorar lo
individual en cada recodo de la vida. Me siento inmerso en una formación social primaria.
Una especie de horda absoluta. He abandonado la posibilidad de reconciliarme con la
sociedad. Esta sociedad que es mera expresión de la exégesis de la doble vida. Una figura en
la que predomina el doble juego. Con instituciones políticas que se han levantado a partir de
extirpar la libertad. De hecho, yo no la reconozco sino para mí. No para los otros y las otras.
Soy arquetipo en esta sucesión de expresiones que han cortado el vuelo a la dignidad. En
donde se valida como cierta la ausencia del decoro. Una sociedad en la que se han construido
iconos que no se respetan. Seres que fingen la solidaridad, la ternura y la paz. Pero que son,
por siempre, herederos de un poder que exhiben como justo. Como validación de hechos y
acciones que dañan. Que conducen a un escenario en el cual la verdad es la de ellos. No la
de los dominados. Por esto mismo, me considero hijo legítimo de ese tipo de expresiones.
No sé a qué viene el establecimiento de códigos y de referentes, como centro del equilibrio
social. Siendo, como es, la sociedad: un artificio deliberado. Para ser aplicado a quienes son
dominados. Un ejercicio que se profundiza día a día. Y que yo reivindico, postulando un
ideario de vida ajeno a la persuasión. Soportado en la desorientación. Esa que imprime como
justo y como verdadero, la hegemonía de quienes han diseñado el modelo político e
ideológico. A manera de institución superestructural. Un tanto aquello que se define como
la base que condiciona a la ausencia de libertad. Una figura parecida a la de Lukács, cuando
describió las relaciones de dominio como expresión compleja del dominio de clase.
134
Al volver, ese día, encontré a Ariadna inmolada. En casa no había nadie. Solo ella. En el
mismo sitio en que la dejé hace diez años. Todos se habían ido. No encontré rastros de mi
padre y de mi madre. Tal parece que habían abandonado este espacio físico. De los otros
hermanos y hermanas, no quedaba ningún registro. Me instalé en el mismo cuarto en que
estaba, inerte, Ariadna. Allí dormí esa noche. Tuve un sueño extraño. Estaba con Isolina y
con Juliana, en un territorio desértico. A mi lado había un sinnúmero de niñas, vestidas con
trajes de color negro. Ululaban en mis oídos. Un sonido profundo, que aumentaba con el paso
del tiempo. Juliana me advertía algo. Con su mirada hermosa. Isolina me requería. Como
diciéndome: ¿dónde estabas, cuando desapareció Demetrio, tu padre? Yo no atinaba ninguna
respuesta. Simplemente, me refugiaba en la coraza de mi yo como sujeto dueño de mis
acciones. Le expresé algo relacionado con mi odio por quienes pretenden ser justos,
equilibrados; libertarios. Esos que postulan, a cada paso, la necesidad de una transformación.
Hacia una sociedad igualitaria. Le decía: Lo mío no es eso. Yo coadyuvé a su desaparición.
Por eso mismo. Porque veía en él un sujeto estereotipado. Un bastardo político. Que heredó
triquiñuelas, a manera de opciones metodológicas que pretenden demostrar que esta sociedad
está soportada en el dominio hegemónico de quienes poseen la riqueza. Ese tipo de sujetos
tienen que ser cuestionados y eliminados.
Lo mismo usted, Isolina. Lo mismo usted, Juliana. Hice matar a Demetrio. La maté a usted
y a su hija. La perseguí a usted y a Pedro Arenas. Porque eran insoportables con sus discursos
obsoletos. De libertad y de derechos. Porque, en mí, cobra fuerza la limpieza social. La
entronización de quienes no reclamamos nada. Porque somos dueños absolutos de esa
135
heredad en donde cada quien es cada quien. Una selección natural que nos sitúa, a quienes
no reconocemos equilibrios, en dueños de nosotros mismos. Yo soy uno de ellos. Soy una
vertiente continua que irriga a quienes son como yo. Irrigación que está soportada en la
individualidad. Ajena a eufemismos circunstanciales que postulan solidaridad. La
solidaridad, en mí, es una expresión grotesca. Ya lo he dicho antes y lo repito ahora.
Después las vi alejarse. A Juliana y a Isolina. A las niñas vestidas de negro. Un color que
me obnubila. Para mí es un desagrado. Los negros, son como las mujeres. Inferiores. No
racionalizan nada. Un cerebro que no trasciende más allá que lo inmediato. Incapaces para
construir opciones válidas. Tal vez por esto, instigué a las fuerzas de control y exterminio
para que actuaran en Bojayá. Y en Caloto. Y en los Cabildos indígenas del Cauca. Expresé
todo mi odio a esas razas primarias. Hacia ese género que debe ser dominado. Que son, para
mí, solo sujetas de deseo. Que exacerban mis instintos. Ya, de por sí en ese sueño, mi falo
permaneció erecto. Cuando vi. a las niñas, a Isolina, a Juliana. Erección que es única. Vertí
inmensa cantidad de líquido. Un sueño en otro sueño. Las monté a todas. Manipulé mi
músculo inmenso. Cuando desperté, estaba inundado. Mí pene seguía ahí. Como esperando
otra visión. De Juliana y de Isolina, desnudas. De las niñas que tenían su sexo destruido.
Me levanté. Otra vez vi. a Ariadna. Parecía dormida. No se había descompuesto su cuerpo.
Como en el relato de García Márquez, estaba inmóvil. Incorruptible. Como diciéndome: aquí
estoy. Para reclamar justicia. Para condenarte a ti. Como sujeto vulnerador. Yo hice caso
omiso de sus expresiones. Salí a la calle. Caminé largo rato. Avenidas sombrías. Sin nadie
presente. Como si se hubieran evaporado los transeúntes. Solo estaba yo. Caminé sin
136
descansar. Al fin hallé a alguien. Una mujer muy joven. Estaba parada en un sitio destinado
para la espera de transporte. Negra, con un cuerpo hermoso. La desnudé con mi mirada. Sus
pezones erectos. Nadie los había tocado. Un triángulo pélvico, cerrado. Con vellos blancos y
negros. Impenetrado. Me habló algo que no entendí. Solo sé que, cuando traté de asirla,
desapareció. Como si lo visto hubiese sido simple visión enrarecida.
Después la volví a ver. Un callejón obscuro, como su piel. Me llamó con sus ojos y con sus
manos. Al entrar, para poseerla, sentí un intenso dolor en el vientre. Una daga inmensa me
penetró. No volví a despertar. Estaba muerto.
Trece (Otra vez Susana; otra vez mi lucha)
Susana había regresado. Estuvo con Sinisterra y con su padre en ciudad Méjico. Viaje de
negocios. Chiapas era para ellos una obsesión. Desde que el Ejército Zapatista había
irrumpido en la región; él y ella habían diseñado una estrategia perversa, para apoderarse de
la ideología del grupo social que estaba allí instalado. El comandante Marcos había sido
contactado por el padre de Susana. Este sujeto, era intermediario. Desde su emigración
forzada, de Nicaragua y, luego de su breve paso por Montevideo, comunicó a su hija que
tenía un buen negocio en Méjico. La empresa de Sinisterra y Susana, había crecido. Ya
habían instalado, en todo Centroamérica, sucursales. Después del éxito en Perú, Bolivia. Ante
todo en este último, estuvieron algunos años, con los cultivadores de coca. Con sus
delegatarios, habían logrado penetrar el movimiento de los cocaleros. Ganaron un espacio
geográfico y político. Sinisterra se había hecho socio de parte del negocio. Traficaba con la
137
hoja. Esto, a pesar de la expresión autóctona de los nativos; que siempre han reivindicado a
la coca como expresión cultural, ajena a la elaboración y tráfico de sus derivados. Ya, en el
pasado, sus antecesores, habían transitado por la Paz y por Cochabamba. Cuando la COB y
otros trabajadores urbanos, alcanzaron una gran fortaleza política y gremial. Su movimiento
alcanzó dimensiones insospechadas. Hasta haber provocado el vacío de poder que luego
usufructuaron Lilia Gueiler y sus colegas, respaldados por Sinisterra y su grupo de
colaboradores a nivel internacional.
Yo los recibí en el aeropuerto de Barranquilla. Me expresaron una sonrisa forzada. Ya, de
por sí, cuando recibí su mensaje, advirtiéndome de su llegada, tuve la sensación de cierta
posición utilitarista. Me informaban que requerían mi presencia para que legalizara la entrada
al país, de la mercancía adquirida en Méjico. Unos documentales inéditos. Aparecían allí
historias relacionadas con los orígenes de la independencia. Con la misma secuela. Los
mismos rastros. Como en Colombia, en Ecuador, en Bolivia, en Chile. Situaciones no
resueltas para los nativos primarios. Aquellos que siempre han sufrido el racismo. Unas etnias
a las cuales se les han negado su derecho a ser lo que son. A lo que han sido por milenios.
Es uno de esos periodos en los cuales me siento extraño. Como si la solidaridad fuese mi
compañía. Olvidando mi condición de rostro impenetrable hacia toda exterioridad. Un día de
reconciliación. Tal vez por las ansias de venganza con Susana. Por su entrega a Sinisterra.
Ese sujeto sin méritos. Que no es otra cosa que individuo anodino. No sé porque Susana, hizo
mutación hacia él. Negarme a mí el liderazgo. Es como si se erigiera en hembra puta. Al
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mejor postor. Tal vez por eso me convoqué, a mí mismo, para diseñar una estrategia para
matarlo.
Recorrimos la ciudad. Hasta su refugio. Ese e edificio inhóspito, gris. A la medida de la puta
y el enemigo. No soporto la visión de Sinisterra encima de Susana. No se si ella olvidó mis
recorridos por su cuerpo. Llegándole a los sitios en los cuales yo hacía énfasis y que la
estremecían de placer. Sinisterra, zángano absoluto. Impotente que solo logra penetrar. Y no
más. Sin imaginación. Sin recursos.
Invité a Sinisterra para descendiera primero. Con una genuflexión convincente. Ese era el
momento y la señal. El lugarteniente de Pánfilo abordó a Sinisterra y desenrrajó dos disparos
a la cabeza del maldito usurpador. Murió instantáneamente. Susana sollozó. Expresó un dolor
inmenso. La odié más. Se profundizó mi repudio ante esa puta. Insté al sicario para que la
matara también a ella. Este accedió. Disparó en el frontal de Susana. Cayó pesadamente. Me
escapé del lugar, aprovechando el desconcierto de los curiosos que observaban los cuerpos
inertes.
Dos días después escapé por la frontera del Pacífico. Hacia Panamá. Llegué a la capital, en
la noche. Me instalé en un cuarto tétrico. Húmedo. Sin luz. Maloliente. Pero seguro. Ya había
hecho esto, en el pasado. Cuando entregué en manos de los controladores a Demetrio. Lo
mismo cuando maté a Isolina y a su hija. Un refugio repetido.
Desperté. Sentí, profundamente, que lo pasado no hubiese sido una realidad. Sinisterra
seguía vivo. Susana también.
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Tres meses después, arribé a Santiago de Chile. Justo el día en que Allende murió. Un trajín
azaroso. Calles en soledad. Tanques y soldados en patrullaje constante. Conocía, de tiempo
atrás, a Saúl Tapias. Organizador de masacres. Como Pánfilo. Había concertado con él un
encuentro. Cerca al Estadio Nacional. Donde murió Víctor Jara.
La concertación para la muerte del comunista, se había realizado tres meses atrás. Con
participación de un representante del Imperio. Porque, en lenguaje de Mr. X., nuestro rol
consiste en prevenir. Conociendo, como lo conozco, a Allende; con sus expresiones verbales
coherentes posó siempre como defensor de los derechos que acompañan a los pobres. Pero,
en lo más íntimo de sus aspiraciones, estuvo la confabulación para acceder al poder por la
vía de la democracia rudimentaria. Esa que pretende una expresión como en los carnavales.
En los cuales cada uno es cada quien y cada quien cada uno. A la manera de Serrat.
A la mañana siguiente me entrevisté con Lucía Pinochet. Hija del presidente de la Junta
Militar que gobernaba desde la noche anterior. Aciaga, llena de contradicciones en lo
internacional. Plagada de vociferantes fieles a la política como un fin en sí mismo. Con unos
roles que son delegatarios y herederos. Transmisión que se produce de unos a unos. Es decir,
de los mismos a los mismos. La colaboración de Pánfilo fue importante. Con él, realizamos
diferentes ejercicios. De ataque y contraataque. Lo aprendido con los mercenarios. Tipo
Klein. Una enseñanza rigurosa. Para identificar y para asesinar. Acumulados que, después,
sirvieron en Colombia. Cuando la baja y media intensidad, dieron sus frutos. Con un
exterminio selectivo. Yo era recreado por Pánfilo. Insté para que él entrara en el escenario.
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Convocado por todas las fuerzas retrógradas del hemisferio sur. Incluido el presidente de
Colombia.
Volví a nacer el día en que se juntaron dos mundos. El mismo día en que emergieron las
verdades y las mentiras; a propósito del comportamiento. Una especie de verificación y de
cotejación. Entre la ética y la antiética. Una valoración. Un inventario realizado en torno a la
sociedad que se convoca para validar o invalidar sus códigos. En términos religiosos-
católicos, una figura parecida al denominado Juicio Final.
Regía Maximiliano Eugenio. Con envoltura similar a los tribunales del Santo Oficio de
gobernar y de postular instrumentos para vigilar y castigar. Un espécimen atrabiliario. Socio
de gendarmes e inquisidores. Descendiente de Jeremías Bizancio. Aquel que, una vez,
propuso que los humanos asistieran, en peregrinación constante, a una vida tipo que incluía
el concepto de relación costo beneficio. Siendo esto último un acercamiento a la utilidad de
los compromisos. Como equilibrios permanentes. En los cuales se inhibe el sujeto, en lo que
respecta a sus más trascendentales decisiones y acciones. Tal vez las más comprometidas
tienen que ver con el ejercicio de su libertad, como figura próxima a la anarquía. A ese
dominio sobre sí mismo que está definido como onanismo político. Diferente al Narciso
típico tradicional. Onanismo que requiere la ausencia de compromisos para poder ser
ejercido.
Catorce (Otra vez regresar del pasado)
141
He aquí, que mi nacimiento, se produjo en medio de ese maremágnum societario. Con un
padre que ejercía como vocero perenne de los compromisos adquiridos por parte de cada uno
de los individuos. Mi madre, enajenada real. Con su condición de género endosada al
dominio ancestral realizado por los consejeros del dios promiscuo. Que se personificaba en
cada aldea social, según los requerimientos puntuales. Mujer de decisiones indexadas por el
dios dominante. Sumisión que sabía encarnar. Como todas las de su tipo. Ese que no se
redefine con el transcurrir del tiempo; sino que prolonga la aceptación de las hegemonías
derivadas del Dios Macho. Como perpetuación del poder masculino. Ese que no requiere
presentación ni justificación. Porque está ahí. El solo hecho de nacer, supone aceptación del
manifiesto de fe. Que no es otra que la proyección, en el tiempo. Propagación que no se
debilita. Que, por el contrario, se profundiza.
Las sutilezas de la sociedad actual, moderna; mimetizan los estragos de esa dominación.
Ahora es presentada como condicionante que no admite reclamaciones. Que no admite
ninguna subversión. Está anclada, la dominación, en simbolismos inequívocos. Ante todo
para quienes pueden discernir. Para quienes saben efectuar una lectura. En ese diccionario
complejo de los rituales. Orgías en donde el placer es concomitante con el dominio.
Avasallamiento imperial. Porque se mantienen, en lo fundamental, las definiciones primarias.
Solo que, ahora, son ejercidas por la vía de postular niveles de aceptación. Manipulación de
los vivientes. De sus aspiraciones y de sus necesidades. Una sociedad presa de lo estadístico.
Como demostración de la hegemonía y de la sumisión.
142
Un Dios Único. Porque ha alcanzado su dominio por la vía del equilibrio religioso. Desde el
judeocristianismo, hasta las Vestas. Pasando por la inmolación de los bonzos. Un dios, en
apariencia, decrépito personaje. Pero, en realidad, supremo vindicador. Llamado a validar
y/o a invalidar. Una untura aceitosa que se convierte en lubricante de grupos sociales y de
individuos. Lubricación que nos expone al quehacer diario. Que nos sitúa como sujetos en
los cuales se consagra la convalidación de su dominio.
Ya, la disquisición filosófica del ser o no ser. Del individuo caja de resonancia de las
imágenes exteriores. De aquellos en que la Razón Pura auspiciaba la posibilidad de
encontrarla y de asirla. Por la vía de la racionalización sistemática del conocimiento de la
naturaleza. Ya esas posibilidades no existen. Las ha absorbido el Dios único. Equilibrista.
Hacedor de objetivos que diluyen al ser. Lo convierten en instrumento de realizaciones. No
de proposiciones, ni de elaboraciones trascendentes. Meros repetidores de la traducción
inmersa en ese diccionario totalizante. Elaborado por El y por sus aurigas.
Gobernantes que han situado sus reinos en territorios disímiles. Pero que son sujetos de
particiones. De conveniencias. Un tanto lo que Marcuse define como lo unidimensional. O
como desintegración de la sociedad, de cara a la dominación. Con figuras en las que
prevalecen, no la persuasión documentada y libre; sino la imposición absorbente. Esa que
retrotrae la Civilización solo como logro parcial, endeudado con los sujetos dominantes. Con
sus diversas manifestaciones con cronogramas e instituciones.
143
En fin, nací ese día. En comienzo no reconocía el espacio inmediato. Circunscrito a lo
maternal. Condicionado por esto. Con la lateralidad centrada en izquierda-derecha. Sin los
horizontes que otorga la imaginación. Porque esta no cabe en donde solo hay respiro para lo
cotidiano. Una madre esotérica. Un padre dialogante con si mismo y con su dios. Figura
mendaz. Originada en la debilidad espiritual para enfrentar la exterioridad. Sujeto refugiado
en el temor. Ajeno a cualquier manifestación libertaria.
Ya, entonces, al nacer tuve un estigma. Un protocolo que guiaba mi comportamiento. En el
día a día. En la perspectiva, no podía tener otro horizonte que no fuera ese.
Una hermana. Solo ella. Una habitación amplia. Con ventanas laterales. Solo una puerta en
el frontis. Muebles extraños. De color lila y rosado. Vestuario amorfo. Ninguna vistosidad.
Solo tonos grises. Excelentes prendas para mimetizarse. Para adquirir el derecho a pasar
desapercibido. Anhelaba estar lúcido, para efectuar, con posibilidades, otro regreso. Volver
a Rosa, mi primera madre. Volver a odiar a Santiago. Hablar con Silvia, sin la carga afectiva
que le otorga el recuerdo de Burbano. Conversar con Adrián y con Pitágoras. Seres lejanos
ya. Pero que me convocan. Desde no sé qué sitio. Ellos que viajaron tanto tiempo. Los veo
repletos de vida. Un tipo de vida al que yo he aspirado. Sin tapujos. Sin ningún norte
moralista. Así he querido vivir. No en esta partición absoluta. Que limita mi tránsito.
Creyendo ser libre, pero refugiado en sueños en descomposición. Como cadáver que no
percibe otra cosa que sombras. Que pasan veloces, que trato de alcanzar desde mi
inmovilidad.
144
En este día quiero volver a David Menchú. A sus conversaciones que descifran signos y
lenguajes primeros. Volver, a través de él, a Los muiscas, a los huitotos, a los mayas, a los
aztecas. En un recorrido hacia atrás. Cuando no eran civilizaciones constreñidas y vulneradas.
Cuando eran sujetos sociales con su cultura, acumulada y recreada desde siempre. Cuando
no tenían la yunta de los europeos. Cuando realizaban sus rituales. Hacia el Sol y hacia la
Luna. Cuando recién inventaban los signos para calcular el tiempo, y las distancias, y las
construcciones portentosas.
Volver a Daniel y sus insípidas alegorías. Entre la ternura de su madre y la autoridad tosca
de su padre. Entre su enamoramiento perpetuo de Silvia. Sin traspasar la línea que lo separa
de ella. De su tristeza cuando llegó Burbano y logró lo que él siempre había querido. Y que,
aún hoy, lo quiere. Ya envejecido. Ya reventado por la fatiga, de una vida insulsa. Como
prototipo de amante frustrado. Con vivencias repetidas. Constantes. Tatuadas en su cuerpo.
Con un Francisco Peñuela mimetizado. Al acecho de Rosa. Invitándola a reproducir el tiempo
en que la amaba. Ese tiempo que está en el aire; que es absorbido. Como pasado que revierte
figuras. Como obsolescencia que se resiste a morir.
Estoy, ahora, al lado de esta hermana nueva. De una madre y un padre, que viven la vida sin
ninguna pasión. Solo transitan por ella. Por ese escenario inmediato que los agobia. Y que
buscan interpretarlo por la vía de rituales que mutilan su imaginación. Un padre que apenas
respira. Sujeto muerto en vida. Porque no desea otra cosa que ocultarse. Eliminando la
transparencia, en virtud a esas mismas creencias que soportan los mismos rituales. Una madre
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sin nada nuevo. Una mujer gris. Sin nada entre las manos. Ni para asir, ni para construir
futuro.
Quince (El don de la palabra perversa)
Una hermana, que me recuerda a Betsabé Josefina, la hermana de Juliana. Porque veo, en sus
ojos, un estar ahí. Sin traspasar la frontera que la separa de la vida sincera. Ahí como náufraga
de sí misma. Sin trascender. Solo expresando la variedad de los lugares comunes que
acompañan sus experiencias. Siendo estas de escaso recorrido y significado.
Añoro a Maritza. Sin Pánfilo. A pesar de que he aprendido de él la técnica de la maldad. A
pesar de que me alié con él en los procesos de exterminio. A pesar de haber sido influido por
él con su doctrina de tierra arrasada. En todos los escenarios en los cuales exterminó hombres,
mujeres, niños, niñas. En una sumatoria de realizaciones infames.
Quiero, entonces, ver a Maritza. Hablar con ella a solas. Escuchar, de viva voz, el anecdotario
de sus travesías al lado de Santiago y de Martha. Con sus palabras; sin veedurías ajenas a
nosotros dos. Es decir, ella al descubierto. Porque llevo tres vidas sin verla. Sin hablarle. Sin
mirar sus ojos, profundos. De un verde imposible de repetir o de copiar. Preguntarle si
recuerda a nuestra madre. Si ella también vivió su angustia y su tristeza. O, si, por el contrario,
siguió al padre (como me lo contó Rosa), en un gesto de admiración y de pasión por él.
146
Estoy aquí, entonces, recordando a Verdaguer; a Francesca Gavilán a Federica Maidana. A
Patricia, a Raquel España; a Everardo. Recordando esos extravíos de mi primera madre.
Recordando la leyenda de los centauros y lapitas. Esa que conocí por medio de Patricia y
Everardo. Recordando esa alucinación del conteo de estrellas. Recordando la versión acerca
de los ojos de la Luna. Recordando esos símiles utilizados para describir a Prometeo; a Teseo;
a Ariadna. Deseando una repetición de esas historias. Entre reales e imaginarias. Volver a las
pétreas figuras de Pigmalión.
Me veo matando, otra vez, a Francisco Peñuela. Indagándole por sus aviesos recorridos.
Como hombre resentido. Siendo yo una manera de ver la vida. Por mí mismo. Siendo, al
mismo tiempo, yo y otro. Contando lo mucho que he vivido. Hasta llegar aquí. A un sitio
híbrido. Sin colores punzantes. Sin referentes dignos de imitar. Con una madre y un padre
inmersos en la cotidianidad absoluta. Un ir y venir tatuados por la simpleza perversa. Esa que
nos hace sujetos insulsos. Sin imaginación y sin convicciones. Sin los impulsos vitales.
Necesarios para transitar en el tiempo y en el espacio, sin esos espejos que nos retratan.
Invirtiéndonos, pero siempre siendo lo mismo.
Estando aquí, un día cualquiera, porque aquí son iguales; estuve en el sitio en que maté a
Pedro y a Juliana. Recordé a su hijo. De él y de ella. Ese hijo que pudo ser mío; pero que no
lo fue. Precisamente porque no estuve a la altura de ella. Porque Pedro Arenas descifró, antes
que yo, los códigos afectivos de Juliana. Porque él supo darle lo que yo no ofrecí: una
perspectiva de vida, plena de saberes y, sobre todo, de movimientos no constantes. Travesías
pletóricas de imágenes y realizaciones. Construcciones nuevas, a cada paso. Propuestas de
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vida dinámicas. Sin las repeticiones del caleidoscopio, que abraza los colores y los sitúa como
visiones estáticas, sin expresiones nuevas. Sin matices heterodoxos. Sin las dogmáticas
insensibles que yo he pregonado y vivido. En fin, sin los torcidos escenarios de vida que yo
he reclamado como proyectos válidos.
Ese mismo día estuve donde inmolé a Isolina y a su hija. Visité el lugar en donde entregué a
Demetrio. En el sitio en donde maté a la hermana de Jerónimo, mi compañero de trabajo en
la infame empresa que lideraron Susana y Sinisterra. Volví a los sitios de mi primera infancia.
Fui hasta donde conocí al primer amante de Rosa, mi primera madre. Me instalé en los
dominios de Juan Carlos Urrutia, de Ricardo Valbuena y de Eliseo. Estuve en los escenarios
que recorrió Estanislao Verdún. Ese sujeto ávido de poder a la sombra de sus tutores
perversos.
Creo que no llegué a crecer, aquí. Fui como el sujeto central que describe el texto “El Tambor
de Hojalata”. O como el pigmeo Peter Pan. Ídolo insípido de una generación que no
evolucionó. Creo que no fui otra cosa que una copia bastarda de aquel sujeto vivo que
traspasó la línea del tiempo; o de Galileo; o de Giordano Bruno. Transité con ellos las
experiencias creativas y sus conclusiones como legados a la humanidad. Pero no fui sino
veedor irresoluto. Incapaz de trascender. Con unas verdades a bordo de mí mismo. Verdades
no expresadas a los y las demás. Como taciturno palaciego en un bosque empobrecido.
Siendo príncipe de nada. Con una vocinglería histriónica.
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Hasta en el mismo hecho de depravado no soy original. Tomé prestados los vejámenes
impartidos a lo largo de toda la historia de mi vida. Hasta en el hecho de estar aquí me
considero intérprete de una difusa melodía, cargada de atropellos como partitura. Siento que
he descendido. Que no fui capaz de bordear el abismo impuesto por el destino. Con hilo
conductor nefasto. Pretendí que éste era como el hilo de Ariadna. Pero no es más que simple
atadura. A los espasmos de mi quehacer. Que se diluyeron y se diluye, aún, en efímeros
momentos de lucidez.
Con esta hermana no tengo ninguna comunicación. Como no la tengo, tampoco, con esta
madre y este padre. Lo veo y las veo como simple imagen en el agua. Que se pierden
lentamente, al agitar su soporte. Como en la nada sartreana, llevo impresos los motivos de
mi desmoronamiento. No he sido amante pleno. He sido amante de los cuerpos de mis
víctimas. Ahora reconozco que las palabras de Rosa, cuando me decía “eres como tu padre”,
era verdad de apuño. Solitario mercader de cachivaches, que pretendí transformarlos en
elementos de vitrina para ser observados por los transeúntes. De todas las ciudades y de todos
los sitios. Un ciempiés que no camina. Que no caminó, por miedo a ser descubierto como
encantador de serpientes. Siendo estas mucho más erectas que yo. He reptado allá y acá. He
vilipendiado al universo entero. Pretendí acceder al espacio. A encontrarme con las estrellas
de toda la Vía Láctea. Pero héteme aquí sangrando por la herida que adquirí antes de nacer.
Antes de que se inventara el registro del tiempo.
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óvulos de mi primera madre. Fui creciendo. En resentimiento y en angustias. Como sujeto
proclive a la absorción de la lascivia. Como expresión de no querer nacer. Hubiese sido mejor
así. Haber quedado en un limbo constante. Sin lugar para precisar mis opciones de vida.
Las veces que he muerto. Las veces que he vuelto a nacer; son rótulos colocados en el camino.
Como simbología que denota peligro. Siendo consciente de que, cada vez más, era un
misógino. Que lo sigo siendo. Odio a esta nueva hermana. El odio a ella, a mi madre, porque
son lo que son. Receptáculos dispuestos a ser invadidos y dispuestas a parir después.
Esa misma noche, me entregué a mis sueños. Volé como mariposa contra el viento.
Pretendiendo acceder a un lugar no inhóspito. Porque ya estoy cansado de ellos. Volé a través
del universo. Devoré kilómetros luz. Desde aquí hasta la lejana nebulosa que viene y se va.
Indagué por Ernesto Gardeazábal, el padre de Juliana. Para pedirle que me llevará en su
tragicomedia. En su supuesto viaje al Sol. Navegué por todos los océanos. Bebiendo agua
salada. Como mitigación de mi amargura.
En la celebración del cumpleaños de Urania, mi hermana actual; eludí la posibilidad de
concretar un equilibrio. Fue propuesto por mi padre Juvenal. Mi madre Dorotea, lo respaldó.
No así Urania. Porque ella ya conocía mi origen, mis sensaciones y mis valores. Ella me
había traspasado con su mirada. Había realizado una lectura cierta de mi verdadero ser. Me
escudriñó el ideario que poseo. Disfrutaba de mis evasiones y de mis sortilegios. De mis
andanzas y de mis valores. O mis antivalores. Urania me persuadió con solo mover sus ojos.
Me hizo un gesto que informaba de sus deseos. Me quería lejos. Me transmitió la verdad, en
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el sentido de que he sido y soy un paria. Que estaba dispuesta a matarme. Me invitaba,
entonces a huir; a perderme en el tiempo. A retomar mi patrimonio de hombre perverso.
Efectivamente, hui. Caminé sin descanso. Llegué hasta Villa Gabriela. Un lugar sórdido. Ya
estuve ahí. En el tiempo de en qué me sometieron al aislamiento. Un lugar monótono. Solo
blanco y negro. Sin la iridiscencia propia de la vida, cuando se vive sin ataduras que laceran.
Lugar propicio para ejercer como leprosorio para espíritus corroídos. Allí conocí al par de
Calígula, individuo de un odio inveterado a la libertad. Cuando lo conocí estaba preparando
su viaje al territorio de las elecciones manejadas. Al lugar en donde se envuelve a la verdad,
amarrándola, asfixiándola en un traje parecido a camisa de fuerza. Lugar patrio manejado a
distancia. En donde la mentira enrolla a la lógica. Hasta construir escenarios de intervención
como simples compilaciones de evangelios eternamente aprendidos. Guiados por una opción
única. Sin ningún tipo de asidero diferente. Lugar de pantomima. De la norma jurídica
implantada como ideario enrevesado. Una lógica del derecho que obnubila. Donde hay
víctimas sin victimarios. Donde los controladores son supremos jerarcas que trastocan lo
cotidiano. En donde los mensajes son soliloquios entre gendarmes. En donde la vida, el
derecho a ella, no existe como realización; sino como postulación incorpórea. Que nunca se
concreta. Que está a merced de los lapidarios garantes del poder. Poder aciago, que crispa los
sentidos. Ahí, donde los conceptos son vertidos de manera unilineal; sin lugar para
desencuentros. En donde el príncipe perverso; el aprendiz de rey, ejecuta trozos de opereta
soportada en la teoría de conmigo o en contra mía.
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Pasó, también por aquí, el Inhibido. Que permitió todo tipo de ejercicios vandálicos. Aquel
que dibujó la paz como concepto de idolatría pusilánime. El de las palabras ampulosas. El
que cerró los ojos ese día trágico de noviembre. El que persuadió a la comunidad
internacional de que le manipularon el pulso y la mente. El defensor infame de la gendarmería
atrabiliaria. Esa que hizo añicos la expresión física de la justicia. Como gnomo fantasioso.
El que se refugió en la poesía sin piso y sin talante. Aquel que convocó a los habitantes del
país de nunca jamás, a diluirse como colectivo; mientras que el manto blanco de los
inquisidores se cernía sobre la verdad. Ocultándola. Haciendo de los desaparecidos simples
figuras ignotas. Sin cuerpo y sin palabras.
Estuvo el brigadier de brigadieres. El general de generales. Aquellos que asolaron el Cono
Sur. Desde Chile hasta Uruguay. Vencedores que lapidaron hasta más no poder. Los que
mimetizaron la tragedia de los pueblos. Los que inventaron el descenso obligado, sin
paracaídas. Que zambulleron, a la fuerza, en los mares cercanos, a los patriotas que
revindicaron sus derechos. Aquellos que exterminaron la alegría. Y las voces. Y las
canciones. Y las ilusiones de los adolescentes. Aquellos que creyeron que las madres son
simples íconos. Aquellos que no sospecharon que estas crecían en solidaridad, en ternura
guerrera; en símbolos de la pasión por sus hijos y por sus hijas.
A su lado estuve yo. El de siempre. El que nunca ha levantado la voz. El que nunca ha
arriesgado un solo concepto, por efímero que sea. Este Samuel, convertido en Isaías, y en
Jonás y en…espécimen aturdido por las mentiras de sí mismo. Este que debutó en el mundo,
amarrado al destino. Y que fue consciente de ello. Desde que, en el vientre, le arrebataba a
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su madre su condición de mujer viviente. Este que imitó al padre desde un comienzo. Que
hizo veeduría gendármica de los pasos de Rosa. Este que mató y volvió a matar. Amigo de
Pánfilo. Supuesto enemigo de Sinisterra. Pero que, en verdad, coincidió con él. Su única
contradicción estuvo del lado de desear el cuerpo de Susana. Nada más. El que inventó, una
y mil veces las ejecuciones en serie. La matanza de mujeres para exhibirlas como trofeo
infame. El que ha muerto y ha vuelto a nacer multitud de veces. En todos los tiempos y en
todos los territorios.
Es mi segunda llegada a la Villa. Vine dispuesto a recordar. Y ya lo he hecho. Vine huyendo
de mí mismo. Pero conmigo estoy aquí. Vine, esta vez, porque Urania descubrió mi juego.
Se convirtió en defensora de si misma y de su madre. De todas aquellas que pasaron por mis
manos ácidas. Desde Rosa, hasta Silvia. Desde Isolina hasta Juliana. Urania me retó a volver
adonde nunca debía de haber salido. Esa tierra que ha incoado y protegido a los perversos.
Siendo el tercer día, desde mi segunda llegada, recibí la visita de Rosa. Supo de mi nueva
estadía en la Villa. Hablamos durante 24 horas continuas. Me contó de su reencuentro con
Alejandro Verdaguer. De su permanencia en Paysandú. Ella y Francesca, vivieron al lado de
él. Por turnos. Como macho cerril, las poseía a ambas. Una y otra. A cada momento.
Decidieron equilibrar el otorgamiento de placer. Hasta el día en que Francesca y Verdaguer
desaparecieron. Indagó por ella y por él, desesperada. Rosa no concebía el mundo sin la
presencia del macho Alejandro. Federica Maidana le refirió que los habían visto Montevideo.
En compañía de Susana y de su nuevo amante Adrián. Habían llegado dos años atrás.
Lideraban una sucursal de empresa traficadora con etnias. Susana abortó el sembrado que
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dejó Sinisterra en ella. Este último había viajado a Londres, como escala de su destino final,
Arabia Saudita. Le escribió a Susana, contándole de sus éxitos. Había establecido en Lisboa
y en Islamabad, sendas sucursales de su nueva empresa traficadora de migrantes e
inmigrantes africanos y asiáticos.
Rosa, una vez conoció el paradero de su Alejandro, viajó hasta Montevideo. Llevaba consigo
unas ganas inmensas de él. Nunca había pasado tanto tiempo, desde que lo conoció, sin su
fortaleza, sin su vigor. Inclusive, me comentó que todas las noches, en la misma cama, ella,
él y Francesca, construían fantasías orgiásticas. Una y otra vez, el falo de Verdaguer las
alucinaba. Ellas se inundaban, mientras él permanecía con su taladro erguido. Pasaba una y
pasaba la otra. Durante cuarenta horas se amaron, en la versión más sucia que este término
tiene. Ella y ella, también se recorrían, cuando Alejandro no estaba o cuando dormía. Al final
del relato, Rosa me expresó que nunca supo si perseguía a Alejandro o a Francesca. Lo cierto,
me dijo, es que no podía vivir sin poderse vaciar. Sin que la excitaran y que la penetraran, o
cualquier otro ejercicio. No la encontró ni lo encontró. Ella y él nunca volvieron a aparecer.
Abandonada por él y por ella, viajó a su país de origen. Buscó a Santiago. Antes de
localizarlo, surtía sus ansias, masturbándose, con la imagen de su Santiago, de su Alejandro
y la de Francesca. Se había convertido en una mujer insaciable. O, tal vez, siempre lo había
sido. Hubo un momento de su vida en que se sintió vulnerada. En el tiempo en que vivió con
Santiago. En ese periodo en que parió una y otra vez. En el periodo en que me tuvo a mí
como compañía. Cuando creyó que podría ser sujeto mujer autónoma, combinando placer y
jerarquía. Imitando a Isolina, que se había constituido en su referente. No alcanzo a entender
154
la verdadera dimensión del feminismo como movimiento que reclama el derecho a ejercer la
diferencia de género. Nunca supo, si ella podía revertir su lascivia; para convertirse en
hacedora de cultura fémina. Con todo lo que esto tiene de postura racional, con imaginación.
De radicalidad en valores y principios. No hablo de una ética feminista, insulsa. Hablo de
una ética feminista coincidente con ejecuciones propias, sin arribar al puerto prostituido. Lo
cierto, debo reconocerlo así, es que sus entregas sucesivas no constituyen ejercicio de
barragana. Porque siempre ha estado con quien ha querido estar. A excepción de la época en
que estuvo al lado de su primer Santiago.
Dieciséis (Lo amado como rutina simple)
Lo volví a buscar, me dijo, porque ya no están aquellos a quienes amé, antes de él. Lo busco
como refugio. En un giro utilitarista. Porque aspiro a que él haya cambiado. Que ya me sepa
poseer como yo quiero, como lo he querido. Ululando, imaginando opciones no repetidas.
Cuando lo encontré, me dijo, nos apareamos. Lo seguimos haciendo. Ahora mismo voy en
tránsito hasta donde está. Mi paso por aquí es circunstancial. Aproveché el momento para
visitarte. Veo que has cambiado mucho físicamente. Te veo derruido. Esos enfermizos
personajes tuyos te han aniquilado. Ya no tienes la fuerza espiritual que conocí. O será que
nunca las has tenido. Y que, por el contrario, has vivido, desde siempre, al garete. Como
noria perdida, sin rumbo.
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Esa misma noche resolví demostrarle que si era el mismo. Me sentí retado por ella. Sus relatos
en relación a Francesca, a Verdaguer, a Santiago; y su afirmación despectiva en torno a mi
aniquilamiento; despertaron en mí ese yo que creía perdido. Mi decisión ya estaba tomada.
Rosa pagaría muy caro su osadía. Nunca he soportado que me definan como sujeto
pusilánime. En el pasado inmediato reaccioné, huyendo, ante las expresiones de Urania. Lo
hice así, porque consideré prematura la decisión del volver a ser yo. Pero, ahora, no soporté
más. La tumbé al piso. La golpeé. La inmovilicé. La forcé a abrir sus piernas, hasta llegar
casi a una horizontal. vi. Todas sus paredes vaginales. Los bordes acezaban. Su centro
clitórico, estaba erguido. Me zambullí ahí. Me desnudé. Ya mi asta estaba dispuesta. Siempre
ha sido grande y voluminosa. Sin embargo, hoy ha crecido más. La introduje violentamente.
El ritmo del ejercicio que había aprendido desde niño, la hacía gritar. Por lo lacerante. Porque,
al mismo tiempo la hurgaba con mis dedos. Halaba los bordes vaginales con ellos. Haciendo
fuerza. Cada vez con más fuerza. Mi asta entraba y salía. No sentía lubricación alguna. Fue
una manera de demostrarme que no sentía placer. Me indigné. No soportaba el dolor por la
resequedad. No soportaba que ella no sintiera placer. Mordí sus pezones, como represalia.
Le grité: puta, puta. Ahora veras que sigo siendo el mismo. Cuando empezó a sangrar por
entre las piernas, me exacerbé más. Un olor agrio. Allí mismo se desangró. Sus heridas en
los pezones y en su vagina produjeron una hemorragia imparable. Sin embargo, seguí allí,
encima de ella. Hasta que vacié todo el líquido viscoso, amarillento. Le susurré, por última
vez: puta, no me vuelvas a provocar…pero ya no me oía. Estaba muerta.
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La levanté, caminé hasta el acantilado y empujé su cuerpo hasta verlo caer. Entonces, miré
en derredor y me encontré de frente con Urania. Estaba ahí, a mi lado. Me golpeó con una
varilla, en la frente, me empujó…y empecé a caer…lo último que vía fue el rostro sonriente
de Urania que me veía caer.
Disisiete (Preclusión)
Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio
y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres.
Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como
consecuencia de ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él
y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir
propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra cosa que justificaciones
para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles
acerca de los valores humanos.
He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de
normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les
hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos
recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio.
Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el
amor.
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Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable.
Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera
pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante
de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la
vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y
otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte.
Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo
demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por
qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que
se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para
vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone.
No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré.
Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad.
Dieciocho (Otra vez las mujeres)
Ese día, ocho de marzo, morí solo. Así lo deseé. Sin compañías insulsas. Expresiones morales
anticuadas. Quiero que se me valore por lo que soy: sujeto que actúa según los principios del
placer. Ese que es hermoso, en su estado original. Con quien sea. Heteróclito, sin eufemismos
anquilosados, atados a una definición de pasión, como simple referencia a un concepto de
permisibilidad admitido según los cánones establecidos para la sociedad en su conjunto.
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El día 8 de marzo de 2049, nací. Un hogar compuesto por diecisiete personas. Incluidas mi
padre y mi madre. Ella había nacido en Venezuela, treinta años atrás. Mi padre, había nacido
en Bello Horizonte, Brasil. Eran las cinco de la tarde. Como era de esperarse, ante tal cantidad
de personas en casa, la estrechez, se erigía como limitante para el desarrollo de la familia. Al
menos en lo que este tiene de posibilidad en crecimiento con calidad. El mismo día de mi
nacimiento, enfrenté un problema demasiado complicado. Estaba en el mismo cuarto de
mamá y papá... Por lo mismo, no tenía espacio que me permitiera asumir esa soledad que, en
veces, es necesaria. Además, la vida afectiva de los dos, era una continua exposición a mi
veeduría. Como sujeto proclive a la influencia del instinto. Ese que me ha recorrido durante
tres vidas. Un sujeto proclive al ensimismamiento, como efecto colateral a mi tendencia a
diluir mi vida en una sumatoria de hechos vandálicos. Una presencia que me ha ubicado en
condiciones de un rigor absoluto. He sido y, tal parece que soy ahora, un hombre vinculado
a las exacerbaciones físicas; en lo que estas tienen de corroboración de ese insumo latente
que reivindica, a cada paso, una opción repetida. Sin otros referentes que la exhibición de
una tendencia perversa. En mí, lo sexual, no ha sido otra cosa que una continua laceración
espiritual. De mí y de quienes están en mi entorno inmediato.
He sido sujeto bandido todo el tiempo. Asimilado a construcciones de inmensas expresiones
dañinas. Veo, en cada mujer, un objetivo que instiga mis compromisos primarios. Soy un
sujeto condicionado por una opción enfermiza. En la cual, quienes están en derredor, no
tienen conmigo una relación de libertad, de expresa posición transparente. En mí, la ética, no
es más que una ilusión torcida. El concepto de honestidad ha sido, en mí, una postura
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vinculada conmigo mismo; con mis deseos. Porque valoro, la perversión, sin acatamiento de
referentes subsumidos en una noción de moralidad sustentada en la regresión. Soy, aún,
hombre condicionado por la violencia. No he creído ni creo en la vida como posibilidad de
actuar sin condicionamientos. Lo mío ha sido y es una constante que remite a situaciones
unilaterales. Esas que han propiciado mi quehacer como realización que vulnera. A cada
paso. En cada momento y en cada periodo de tiempo.
No soy otra cosa que sujeto embadurnado de nostalgias que me convocan a la rebeldía y a la
venganza. Paso a paso, he deambulado por todos los territorios. Sombríos. Antesala de mis
expresiones lapidarias. Esas que subyugan el espíritu y lo convierten en mera simulación ante
los demás. Estoy aquí, ahora, en un nuevo nacimiento. Que es el mismo. Como si cada día
vertiera mi obsesión por lacerar. El problema es que no quiero ser otro. Para mí, la bondad,
es una actitud equívoca. Que emerge como posibilidad insulsa. Para mí, lo dinámico, es una
estructura patética. No quiero ser diferente. Aún ahora, cuando recién he vuelto a nacer,
reivindico el derecho a hacer daño. Porque los otros y las otras son una exterioridad que debe
ser exterminada. Aspiro al reinado de mí mismo. Solo. Como expresión de lo unidimensional.
No creo en lo colectivo. No quiero ser parte de ninguna sociedad. Soy yo mismo, ese que no
quiere ser aceptado. Una noria permanente. En una divagación perenne. Eso me satisface.
Ese es mi rol.
Un hogar que no quiero. Pero está ahí. Estoy ahí. El y ella son progenitores, pero no los
reconozco como opciones de cariño. Nunca he sentido eso. Ni quiero sentirlo. Son
expresiones grotescas. Eso de amarse y engendrar es como volver a los vericuetos
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inquisidores que reclaman la ausencia de placer como colateral de la preñez. Como si la
animalidad que me acompaña tuviera que ser registrada como insumo proscrito. De siempre
ha habido esa perspectiva. Todos los humanos reclaman una especie de tesitura ideológica.
Esa que, según los códigos de los moralistas, nos invita a sentir amor y a ser amados. Una
relación de pareja que se constituye un en un bodrio. Opción insípida de la vida. Esta madre
y este padre, son como todos y todas. Destilan una viscosidad que llaman dulzura. Hacia mí.
Yo los rechazo y los rechazaré por siempre. Pretenden ungirse como íconos. Me ven como
fruto del amor. Como sujeto deseado a partir de ese ejercicio sexual que yo reivindico. Pero
no como prototipo de complementación. Lo mío es una opción animal. De saciarse. Con
quien sea y donde sea. Sin la permisibilidad. Yo he violentado. Lo haré por siempre. Las
mujeres que he agredido se lo merecían. Por el solo hecho de ser mujeres. De estar
predispuestas biológicamente para ser avasalladas. Ese placer que he sentido, quiero
repetirlo. Una de mis hermanas me tienta. La he observado desnuda. A mis diez meses, la
erección de mi músculo es constante cuando la veo. Ariadna es mía. En sus cinco años ya es
toda una hembra. Añoro el momento en que la pueda montar. Lo haré. Pase lo que pase.
Como lo he hecho con otras.
La religiosidad es un dominio absorbente. De ella he heredado mi estrechez conceptual. No
sé qué arcano me convoca a sentir cierta tendencia a asumir lo pecaminoso como herencia.
Que me hastía y, en algunos momentos, me angustia. Creo que catorce generaciones atrás
era sujeto idólatra. Con una visión de Dios asociada al altruismo y al esfuerzo por no pecar.
Por ser individuo atrayente, a partir de esa idolatría. Creo que lo que vivo actualmente es una
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venganza. Una reparación para mí mismo Por lo mucho que sufrí al lado de los tejedores
hipócritas de ilusiones. Quiero vengarme aún más. Aspiro a destruir esas asociaciones
colectivas de conceptos que reclaman un más allá diluido en éxtasis cada vez más cercano a
la idea física de Dios. Yo soy consciente de haber trasegado por diferentes vidas. Me esfuerzo
por ser, cada vez más, Jesús al revés. No quiero conducir a territorios de paz, sosiego y
descanso. Por el contrario, quiero ser un referente de maldad. En contravía de esos aviesos
conductores dogmáticos que insinúan corolarios, a manera de amuletos. Como conclusiones
de fraternidad. La Humanidad no puede ser entendida como logro en desarrollo de la
Naturaleza. Lo que creo es que somos simples conglomerados que se han apropiado de los
entornos. Remitiendo a los otros seres animales a refugios que los sitúan como inferiores.
Con el pretexto de que somos superiores. No hay tal cosa. Nosotros somos los inferiores. A
excepción de quienes estamos llamados a liderar, en contravía, el represo hacia la animalidad.
Perseguir a las que están en celo. Para dilapidar el tiempo. Esa medición que nos ha sido
impuesta, como insumo indispensable. Dilapidación que nos tiene que otorgar el derecho a
ser libres. Sin reconocer a los otros y a las otras. Ser si mismo. Violentando a quienes no lo
vean así.
Ese día 25 de diciembre, rapté a Ariadna. Cumplidos seis años, ya había demostrado mi
capacidad para horadar. Así ocurrió con India, la mujer que me cuidaba. La cabalgué durante
seis horas continuas. Apareció muerta en un escampado cercano a la casa. Ariadna estaba
bañándose. La seduje con mi líquido viscoso. La inundé, hasta asfixiarla. Dejó de respirar.
Aún así, la cabalgué otras dos horas. Dejé impresa mi marca. Soy el más avezado de los
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ruines. Siempre he querido serlo. Lo exhibo como trofeo. Como coto de caza. He heredado
esa capacidad. Soy, en vivo, lo que otros han tratado de ocultar con enfermizas acciones
denominadas generosidad. O lo que ha sido llamado amor por los demás. Sigilosos sujetos
que han engañado. Que han transitado por el universo, con diferentes expresiones que remiten
a lo mismo: mensajes y rituales amorfos que pretenden señalar caminos obsoletos desde su
comienzo. Por lo mismo que remiten a establecer códigos de comportamiento vinculados con
la ética. Invento social que pretende equilibrio entre lo colectivo y lo individual. Lo mío es
individualidad perenne. No acato ninguna norma que hable de tolerancia y de interacción
compleja de por sí.
La elusión es mi convocante. Cuando abandoné la casa de padre y madre, lo hice en búsqueda
de otro territorio. Nunca supe si encontraron a Ariadna. Lo cierto es que no los extraño. Estoy
en un lugar inhóspito como a mí me agrada. Porque interactúo con mis pares. Con aquellos
y aquellas que renuevan, cada día, el veto a lo societario. Nuestro paradigma es la exclusión.
Uno a uno. No nos percatamos de quien esté a nuestro lado. Porque hacerlo sería desdecir de
nuestro hilo conductor. Hacia el perfeccionamiento de nuestra técnica para avizorar lo
individual en cada recodo de la vida. Me siento inmerso en una formación social primaria.
Una especie de horda absoluta. He abandonado la posibilidad de reconciliarme con la
sociedad. Esta sociedad que es mera expresión de la exégesis de la doble vida. Una figura en
la que predomina el doble juego. Con instituciones políticas que se han levantado a partir de
extirpar la libertad. De hecho yo no la reconozco sino para mí. No para los otros y las otras.
Soy arquetipo en esta sucesión de expresiones que han cortado el vuelo a la dignidad. En
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donde se valida como cierta la ausencia del decoro. Una sociedad en la que se han construido
iconos que no se respetan. Seres que fingen la solidaridad, la ternura y la paz. Pero que son,
por siempre, herederos de un poder que exhiben como justo. Como validación de hechos y
acciones que dañan. Que conducen a un escenario en el cual la verdad es la de ellos. No la
de los dominados. Por esto mismo, me considero hijo legítimo de ese tipo de expresiones.
No sé a qué viene el establecimiento de códigos y de referentes, como centro del equilibrio
social. Siendo, como es, la sociedad: un artificio deliberado. Para ser aplicado a quienes son
dominados. Un ejercicio que se profundiza día a día. Y que yo reivindico, postulando un
ideario de vida ajeno a la persuasión. Soportado en la desorientación. Esa que imprime como
justo y como verdadero, la hegemonía de quienes han diseñado el modelo político e
ideológico. A manera de institución superestructural. Un tanto aquello que se define como
la base que condiciona a la ausencia de libertad. Una figura parecida a la de Lukács, cuando
describió las relaciones de dominio como expresión compleja del dominio de clase.
Al volver, ese día, encontré a Ariadna inmolada. En casa no había nadie. Solo ella. En el
mismo sitio en que la dejé hace diez años. Todos se habían ido. No encontré rastros de mi
padre y de mi madre. Tal parece que habían abandonado este espacio físico. De los otros
hermanos y hermanas, no quedaba ningún registro. Me instalé en el mismo cuarto en que
estaba, inerte, Ariadna. Allí dormí esa noche. Tuve un sueño extraño. Estaba con Isolina y
con Juliana, en un territorio desértico. A mi lado había un sinnúmero de niñas, vestidas con
trajes de color negro. Ululaban en mis oídos. Un sonido profundo, que aumentaba con el paso
del tiempo. Juliana me advertía algo. Con su mirada hermosa. Isolina me requería. Como
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diciéndome: ¿dónde estabas, cuando desapareció Demetrio, tu padre? Yo no atinaba ninguna
respuesta. Simplemente, me refugiaba en la coraza de mi yo como sujeto dueño de mis
acciones. Le expresé algo relacionado con mi odio por quienes pretenden ser justos,
equilibrados; libertarios. Esos que postulan, a cada paso, la necesidad de una transformación.
Hacia una sociedad igualitaria. Le decía: Lo mío no es eso. Yo coadyuvé a su desaparición.
Por eso mismo. Porque veía en él un sujeto estereotipado. Un bastardo político. Que heredó
triquiñuelas, a manera de opciones metodológicas que pretenden demostrar que esta sociedad
está soportada en el dominio hegemónico de quienes poseen la riqueza. Ese tipo de sujetos
tienen que ser cuestionados y eliminados.
Lo mismo usted, Isolina. Lo mismo usted, Juliana. Hice matar a Demetrio. La maté a usted
y a su hija. La perseguí a usted y a Pedro Arenas. Porque eran insoportables con sus discursos
obsoletos. De libertad y de derechos. Porque, en mí, cobra fuerza la limpieza social. La
entronización de quienes no reclamamos nada. Porque somos dueños absolutos de esa
heredad en donde cada quien es cada quien. Una selección natural que nos sitúa, a quienes
no reconocemos equilibrios, en dueños de nosotros mismos. Yo soy uno de ellos. Soy una
vertiente continua que irriga a quienes son como yo. Irrigación que está soportada en la
individualidad. Ajena a eufemismos circunstanciales que postulan solidaridad. La
solidaridad, en mí, es una expresión grotesca. Ya lo he dicho antes y lo repito ahora.
Después las vi alejarse. A Juliana y a Isolina. A las niñas vestidas de negro. Un color que
me obnubila. Para mi es un desagrado. Los negros, son como las mujeres. Inferiores. No
racionalizan nada. Un cerebro que no trasciende más allá que lo inmediato. Incapaces para
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construir opciones válidas. Tal vez por esto, instigué a las fuerzas de control y exterminio
para que actuaran en Bojayá. Y en Caloto. Y en los Cabildos indígenas del Cauca. Expresé
todo mi odio a esas razas primarias. Hacia ese género que debe ser dominado. Que son, para
mí, solo sujetas de deseo. Que exacerban mis instintos. Ya, de por sí en ese sueño, mi falo
permaneció erecto. Cuando vi. a las niñas, a Isolina, a Juliana. Erección que es única. Vertí
inmensa cantidad de líquido. Un sueño en otro sueño. Las monté a todas. Manipulé mi
músculo inmenso. Cuando desperté, estaba inundado. Mí pene seguía ahí. Como esperando
otra visión. De Juliana y de Isolina, desnudas. De las niñas que tenían su sexo destruido.
Me levanté. Otra vez vi. a Ariadna. Parecía dormida. No se había descompuesto su cuerpo.
Como en el relato de García Márquez, estaba inmóvil. Incorruptible. Como diciéndome: aquí
estoy. Para reclamar justicia. Para condenarte a ti. Como sujeto vulnerador. Yo hice caso
omiso de sus expresiones. Salí a la calle. Caminé largo rato. Avenidas sombrías. Sin nadie
presente. Como si se hubieran evaporado los transeúntes. Solo estaba yo. Caminé sin
descansar. Al fin hallé a alguien. Una mujer muy joven. Estaba parada en un sitio destinado
para la espera de transporte. Negra, con un cuerpo hermoso. La desnudé con mi mirada. Sus
pezones erectos. Nadie los había tocado. Un triángulo pélvico, cerrado. Con vellos blancos y
negros. Impenetrado. Me habló algo que no entendí. Solo se que, cuando traté de asirla,
desapareció. Como si lo visto hubiese sido simple visión enrarecida.
Después la volví a ver. Un callejón obscuro, como su piel. Me llamó con sus ojos y con sus
manos. Al entrar, para poseerla, sentí un intenso dolor en el vientre. Una daga inmensa me
penetró. No volví a despertar. Estaba muerto.
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Susana había regresado. Estuvo con Sinisterra y con su padre en ciudad Méjico. Viaje de
negocios. Chiapas era para ellos una obsesión. Desde que el Ejército Zapatista había
irrumpido en la región; él y ella habían diseñado una estrategia perversa, para apoderarse de
la ideología del grupo social que estaba allí instalado. El comandante Marcos había sido
contactado por el padre de Susana. Este sujeto, era intermediario. Desde su emigración
forzada, de Nicaragua y, luego de su breve paso por Montevideo, comunicó a su hija que
tenía un buen negocio en Méjico. La empresa de Sinisterra y Susana, había crecido. Ya
habían instalado, en todo Centroamérica, sucursales. Después del éxito en Perú, Bolivia. Ante
todo en este último, estuvieron algunos años, con los cultivadores de coca. Con sus
delegatarios, habían logrado penetrar el movimiento de los cocaleros. Ganaron un espacio
geográfico y político. Sinisterra se había hecho socio de parte del negocio. Traficaba con la
hoja. Esto, a pesar de la expresión autóctona de los nativos; que siempre han reivindicado a
la coca como expresión cultural, ajena a la elaboración y tráfico de sus derivados. Ya, en el
pasado, sus antecesores, habían transitado por la Paz y por Cochabamba. Cuando la COB y
otros trabajadores urbanos, alcanzaron una gran fortaleza política y gremial. Su movimiento
alcanzó dimensiones insospechadas. Hasta haber provocado el vacío de poder que luego
usufructuaron Lilia Gueiler y su colegas, respaldados por Sinisterra y su grupo de
colaboradores a nivel internacional.
Yo los recibí en el aeropuerto de Barranquilla. Me expresaron una sonrisa forzada. Ya, de
por sí, cuando recibí su mensaje, advirtiéndome de su llegada, tuve la sensación de cierta
posición utilitarista. Me informaban que requerían mi presencia para que legalizara la entrada
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al país, de la mercancía adquirida en Méjico. Unos documentales inéditos. Aparecían allí
historias relacionadas con los orígenes de la independencia. Con la misma secuela. Los
mismos rastros. Como en Colombia, en Ecuador, en Bolivia, en Chile. Situaciones no
resueltas para los nativos primarios. Aquellos que siempre han sufrido el racismo. Unas etnias
a las cuales se les han negado su derecho a ser lo que son. A lo que han sido por milenios.
Es uno de esos periodos en los cuales me siento extraño. Como si la solidaridad fuese mi
compañía. Olvidando mi condición de rostro impenetrable hacia toda exterioridad. Un día de
reconciliación. Tal vez por las ansias de venganza con Susana. Por su entrega a Sinisterra.
Ese sujeto sin méritos. Que no es otra cosa que individuo anodino. No sé porque Susana, hizo
mutación hacia él. Negarme a mí el liderazgo. Es como si se erigiera en hembra puta. Al
mejor postor. Tal vez por eso me convoqué, a mi mismo, para diseñar una estrategia para
matarlo.
Recorrimos la ciudad. Hasta su refugio. Ese e edificio inhóspito, gris. A la medida de la puta
y el enemigo. No soporto la visión de Sinisterra encima de Susana. No se si ella olvidó mis
recorridos por su cuerpo. Llegándole a los sitios en los cuales yo hacía énfasis y que la
estremecían de placer. Sinisterra, zángano absoluto. Impotente que solo logra penetrar. Y no
más. Sin imaginación. Sin recursos.
Invité a Sinisterra para descendiera primero. Con una genuflexión convincente. Ese era el
momento y la señal. El lugarteniente de Pánfilo abordó a Sinisterra y desenrrajó dos disparos
a la cabeza del maldito usurpador. Murió instantáneamente. Susana sollozó. Expresó un dolor
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inmenso. La odié más. Se profundizó mi repudio ante esa puta. Insté al sicario para que la
matara también a ella. Este accedió. Disparó en el frontal de Susana. Cayó pesadamente. Me
escapé del lugar, aprovechando el desconcierto de los curiosos que observaban los cuerpos
inertes.
Dos días después escapé por la frontera del Pacífico. Hacia Panamá. Llegué a la capital, en
la noche. Me instalé en un cuarto tétrico. Húmedo. Sin luz. Maloliente. Pero seguro. Ya había
hecho esto, en el pasado. Cuando entregué en manos de los controladores a Demetrio. Lo
mismo cuando maté a Isolina y a su hija. Un refugio repetido.
Desperté. Sentí, profundamente, que lo pasado no hubiese sido una realidad. Sinisterra
seguía vivo. Susana también.
Tres meses después, arribé a Santiago de Chile. Justo el día en que Allende murió. Un trajín
azaroso. Calles en soledad. Tanques y soldados en patrullaje constante. Conocía, de tiempo
atrás, a Saúl Tapias. Organizador de masacres. Como Pánfilo. Había concertado con él un
encuentro. Cerca al Estadio Nacional. Donde murió Víctor Jara.
La concertación para la muerte del comunista, se había realizado tres meses atrás. Con
participación de un representante del Imperio. Porque, en lenguaje de Mr. X., nuestro rol
consiste en prevenir. Conociendo, como lo conozco, a Allende; con sus expresiones
verbales coherentes posó siempre como defensor de los derechos que acompañan a los
pobres. Pero, en lo más íntimo de sus aspiraciones, estuvo la confabulación para acceder al
poder por la vía de
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Diecinueve (Matando en silencio)
Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que
fuimos en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de
hombres puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera
llamarse camino enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en
plenitud. Y, como sumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome
sujeto proclamado al comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto
de mil voces y mil pasos y mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones
vertebradas. Como simple hechura compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso
con los otros y con las otras.
Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si,
estas, pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como
concreción cerrada, inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes
Pelayo. Nos habíamos visto antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las
hilaturas de toda vida compartida, colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera
llamar opciones de propuestas. Casitas como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio
viento, soplando el polvo de los caminos, como dice la canción.
Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el
tormento de bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y
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los zaguanes impropios. Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que
se da, ahora, en llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra
hecha por los vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica
Hegeliana improvisada. De aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color
y sin vida. Solo en el transitar de sus habitantes. En la noche y en el día.
Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio.
Tanto como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo
desnudo. Para hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante.
Sus piernas absolutas. Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en
todos. Así fuera en la noche o en el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo
rojizo.
Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y lugar. En danzantes
hechos de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En
legendarias brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes
que no fueron para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades
distinta a la de ser soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le
permitieron.
Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí,
era como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito.
O en la calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese
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día en que la vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de
mirada aspaventosa. Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo
saludé a él. Tratando de disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la
vida, hasta la asfixia casi.
Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño.
Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla.
Y salí a la calle. Y lo busqué y la busqué. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa,
la maté y lo maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue
para Miguelito amante.
Pánfilo Castaño, nació en un hogar en el cual había seis hermanos. Raquel, su madre era una
mujer relativamente joven. Había conocido a Pánfilo, padre, en Puerto Boyacá. Un hombre
contrahecho. Una joroba inmensa lo acompañaba. De profesión vendedor y comprador de
cachivaches. Decidió vivir con él; desde su primer embarazo. Ella reconocía que el único
atributo de Pánfilo era su capacidad para satisfacerla. Un músculo inmenso y en continua
necesidad de horadar. Ella explotaba, solo con verlo y palparlo. Así, con ese referente como
base, tuvo siete hijos.
Al nacer Pánfilo, hijo, su padre estaba en Puerto Boyacá. Ejerciendo sus labores como
cachivachero. Además de sus funciones como hombre insaciable. Se dice que había violado
a una niña de diez años; la cual quedó embarazada y que tuvo un hijo en el hospital de Puerto
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Berrio. Que, por esto, la madre y el padre de la niña la habían expulsado de la casa. Y,
también, que la niña había sido recogida y cuidada por una pareja que vivía en el Puerto.
De ser así, no sería el primer caso de violación endilgable a Pánfilo. Ya, en otras ocasiones,
se había conocido de algunos casos más. Sin embargo, nunca fue requerido por esto. Como
si su entorno estuviera adormecido. Como si ese tipo de vulneración no tuviese ningún
doliente. Solo ellas, las niñas, con su dolor y con la amargura que produce el estar inmersas
en la pérdida de su infancia. De frente a una sociedad que asume esto como cotidiano, sin
ninguna expresión de repudio.
El hogar de Pánfilo, en un proceso de descomposición acelerado. Un escenario en donde cada
quien asume un rol relacionado con ese proceso. Sus seis hermanos, herederos de los
principios aviesos del padre. Una madre que era subyugada por sus propias convicciones.
Siendo ella un referente confuso. Porque Raquel, mujer de simplezas y de ansiedades. Como
esa de estar buscando la felicidad en un universo que otorga el derecho a su placer
inequívoco. Añorando a su Pánfilo a cada rato. Buscando saciar sus ganas perennes. De
hecho, cuando estuvo en Puerto Berrio, durante uno de sus viajes para visitar a su sediento
Jorobado, conoció a Santiago. Hombre sin joroba, pero dueño de principios similares al
jorobado. Con él ejerció lo mismo que con Pánfilo. La diferencia estaba en las sutilezas.
Santiago la obnubilaba con sus palabras tipo. Le susurraba nimiedades a su oído. Poseedor
de un falo continuamente erguido, como el de su Pánfilo. Santiago la hacía llorar y gritar de
gozo. Nunca acabado. A cada instante. Compartía con los dos su desenfrenada necesidad de
ser penetrada. Hizo cuentas y concluyó que hubo dos hijos con Santiago. Pitágoras y Adrián.
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Los obsequió a dos familias. Sin trámites, solo con su visto bueno. Sin rastros y sin
remordimientos.
Los seis hermanos fueron decidiendo, cada uno, su rol. Vendedores de perversiones. Cada
quien es cada quien. Se les conocía como la banda de los Pánfilos. Devastadores. Hacían
suyos lo de los demás. Una banda tenebrosa. Mataban por placer…o por encargo. Uno de
ellos poseyó a Raquel, ella lo quiso así. Porque vio en su músculo horadador, el tamaño del
de su Pánfilo. Lo hacían a cada rato. Un ejercicio sistemático. Lo mismo, erección continua,
receptáculo continuo. Sin importar hora ni lugar. Todos, en casa lo sabían. Ella nunca lo
negó. Porque lo suyo era eso. Placer a cada momento. Raquel de todos y de nadie. Heterodoxa
constante. Solo le importaba eso y nada más.
Pánfilo, hijo, fue creciendo. Se vinculó con grupos que hacían de la vida, una postal para
enmarcar. Asesinatos, robos e inveterados alumnos de quienes ofrecían tácticas de
exterminio. Él estuvo como aprendiz con su maestro Klein, judío que enseñaba técnicas para
matar y permanecer insensible a las consecuencias.
Muchas experiencias. Aprendió a identificar objetivos, a hacer seguimientos. A seleccionar
víctimas. Todo en un solo paquete. Recorrió todo el país practicando lo aprendido. Asesor de
quien lo necesitara. Realizador de acciones por encargo. Fue creciendo en importancia. Una
experiencia tras otra; lo consolidaban como sujeto imprescindible. De confianza de los
patronos. Fue creciendo en dinero. A través del negocio de sus jefes. Cada encargo y cada
ejecución lo hacían más importante. Estuvo en Medellín en 1986, entrenando aspirantes a
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ejecutores directos. De hecho, allí, ese año, se conocieron los resultados. En la carretera a
Villavicencio tuvo discípulos aventajados. En Bogotá tejió redes y concluyó encargos. Lo
mismo en Soacha, en 1989.
Pánfilo conoció a Maritza, un día 4 de julio. Ella estaba en el funeral de Ambrosio. Un
conocido suyo desde la infancia. Amigo de ella y de su hermano Samuel. Hombre vinculado
a la trata de etnias. Esa empresa crecía día a día. Cuando lo mataron, se tejió la versión en el
sentido de que había sido orden de Sinisterra, uno de los secuaces con más recorrido en ese
negocio. Supervisor en el país. Verificador de códigos y de determinaciones. Su aval era
necesario para justificar cualquier acción. Pánfilo estuvo allí, como veedor de la tarea
cumplida. Como su interventor.
Maritza, mujer de unos 25 años. Poseedora de un cuerpo atrayente. Exuberante. Su padre,
Santiago, la había reservado siempre para ocasiones particulares, importantes. La probó y la
entregó a quien la necesitara. Ella era digna de su padre. Insaciable. No le importaba nada
que no estuviera relacionado con su condición de hembra otorgadora de placer. Tampoco le
importaba su pasado. Cuando sació a su padre. Cuando conoció que su madre Rosa Eugenia
andaba por ahí, prodigándose a quien la necesitara. A Verdaguer, a Santiago, al Jorobado, a
Tapia, a Ismael, etc. No tenía escrúpulos, Maritza. Lo que ha de ser que sea, su consigna.
Conversaron un rato. Pánfilo la había abordado. Se dijeron palabras cautivadoras. Ya ella
había advertido el tamaño del músculo bajo su bragueta. Este quería salirse de su contenedor.
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Él, también, había advertido la ranura de Maritza. Su tamaño y su ancho no podían ser
ocultados por el pantalón que llevaba puesto. Era como un trofeo exhibido en blanco y negro.
Fueron a casa de ella. Una habitación estrecha. Pánfilo expresó, sin pensarlo, “tienes que
mudarte de esta estreches. Puedo pagarte la amplitud que quieras”.
Fueron a lo suyo. Maritza le mostró lo que él ya prefiguraba. Un cuerpo bien hecho. Un pubis
y unos pezones hermosos y provocadores. Una ranura ancha; pero unas paredes que parecían
no inauguradas. Una y otra vez. Sin pausa. Ni él ni ella se rendían. Solo el afán de cumplir
dos citas contraídas previamente por Pánfilo, puso fin a su trajín. Le dejó dinero para lo que
necesitara, con la advertencia de que debía cambiar de domicilio. Donde sea y al precio que
sea. Me avisas, dijo al salir. Lo urgía la supervisión de un encargo que le había hecho a dos
de sus hermanos, en la Universidad de la República y en un barrio de la periferia.
Volvieron a verse tres días después. En la ciudad había revuelo por sucesivas muertes
violentas. Todas con un modus operandi similar. Dos hombres al acecho, baleaban a las
víctimas. Sin ninguna pista, decían las autoridades.
Maritza estaba con su hermano Samuel. Ya este conocía a Pánfilo. Habían realizado algunas
actividades juntas. Una de ellas, tal vez la fundamental, tuvo que ver con una sesión de
entrenamiento, en Puerto Boyacá, impartido por un ciudadano israelí. Una reunión amplia.
Forjadora de futuros acechantes de enemigos del orden. Particularmente de aquellos y
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aquellas que postulaban opciones en contravía de lo ya establecido, como doctrina y como
realización.
Samuel había llegado dos días antes. Ya había realizado con Maritza un ejercicio pleno que
conocían de memoria. Desde su infancia, se tocaban, sus respectivas zonas. Hoy, una vez
llegó, Samuel abordo a su hermana. La hizo sucumbir con sus conocimientos acerca de
acceder a lugares del cuerpo que hacían explotar. Estuvieron una y otra vez, por dos horas.
Cuando Pánfilo entró, percibió el olor a sexo. No dijo nada. Porque él no tenía reparos en eso
de poseer. Para él era válido cualquier momento y cualquier mujer. Su experiencia era muy
vasta. Con mujeres comprometidas y ensayadas. Y con mujeres de primera vez. Unas y otras,
por la fuerza si era necesario. Era un individuo que sabía complacer. Era consciente de que
su asta daba para todo. Nunca se veía fláccida. Una erección de mil momentos. Era su estado
natural. Era consciente de ello y se alegraba de que así fuera.
Saludó a su par, Samuel. Este se retiró de allí inmediatamente. Pánfilo le dijo a Maritza que
venía cargado. La ansiedad de los dos trabajos realizados, le causaron una erección fuera de
la normal. Estaba ávido de montar. Maritza se entregó. Como si fuera la primera vez. Pedía
más y más. Pánfilo le daba lo que pedía. Su erección crecía y crecía. De nunca acabar. La
avasalló más de diez veces. Como en el primer día; solo suspendió la prueba de resistencia,
cuando llamaron a la puerta. Era su madre Raquel. Venía por la dádiva que le había prometido
Pánfilo, su hijo. Ella también olió el entorno. Supo que allí se habían realizado, por lo menos
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dos, ejercicios. Para ella no era novedad. Incluso, se acordó de, cuando su hijo la penetró, a
sus quince años. Quisiera haber retenido ese momento y ese músculo.
Maritza se incorporó de la cama. Había quedado a medio camino, en la onceava vez. Acechó
a Pánfilo y a su madre. Ella intuyó que habían sido amantes. Por esas condiciones que tienen
las mujeres de intuir cualquier movimiento sexual que no fuera con ella. Pánfilo acompañó
a Raquel, hasta la puerta. Se despidieron sin más. Pánfilo regresó adonde Maritza. Ella estaba
adormilada, más no cansada. Concluyeron lo que dejaron iniciado. Durmieron largo rato. Ya
era de noche, cuando Pánfilo pidió cena a domicilio. Tan abundante fue la cena; que Maritza
le insinuó a Pánfilo la posibilidad de guardar las sobras, para cuando volviera su madre,
Raquel. El accedió.
Pánfilo salió. Fue a visitar a su medio hermano, Pitágoras. Le había conseguido un domicilio
en la ciudad. Había realizado con él todo lo imaginable. Se surtía de placer con él. Pitágoras
era amante de todos los hombres. Pánfilo ya lo sabía. Pero, como con Maritza, no le preocupa.
Simplemente, le exigía atenderlo cuando él lo necesitara. Llegó con ganas. Ordenó a
Pitágoras que se desvistiera. Él hizo lo propio. Lo tuvo hasta la madrugada. Un
avasallamiento sin límites. Una y otra vez. Su falo estaba como si nada hubiera sucedido.
Pitágoras estaba exhausto. Sin embargo, Pánfilo no acababa. Una y otra vez. Su músculo
seguía erguido. Cuando Pitágoras le expresó que no podía más, Pánfilo lo golpeó con fuerza.
Sus puños eran de hierro. Lo dejó allí, lacerado, casi muerto.
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…Cuando Pánfilo se despertó, ya Maritza estaba en pie. Le dijo: dormiste mal. Gritabas a
cada momento. Mencionabas a Pitágoras. Lo insultabas. Le decías: ¡más, más; hombre de
todos. Marica vergonzante ¡
Pánfilo salió, como si nada hubiera pasado. Como si nada hubiera escuchado.
Se dirigió al sur de la ciudad. Había concertado una cita de verificación con Samuel. Lo
amaba. Ya se lo había manifestado varias veces. En principio, Samuel, resistió. Sin embargo,
al cabo del tiempo, sucumbió. Este Pánfilo es ineludible. Era asfixiante. Se recorrieron los
cuerpos antes de hablar del asunto. Una vez Pánfilo. Otra vez él. Montaban y montaban.
Hablaron de los trabajos realizados durante el día. Confirmadas las muertes de Juliana,
Isolina y Pedro. Todo un hito, en relación con el grado de dificultad de las acciones. Samuel
le expresó que era una trama bien realizada. Su perspectiva no lo era menos. Acechar a sus
contradictores. Ya estaba programado lo sucesivo. Hombres y mujeres que debían morir.
Como escarmiento y como novedad. Un ensayo continuo que no podía prescribir. Por el
contrario; debía prolongarse por el tiempo que fuera necesario. Pánfilo le pidió más a Samuel.
Este estaba saturado. Pero tuvo fuerzas para otorgar lo que pedía Pánfilo. Lo recibió dos
veces más. Quedó dormido, vapuleado por el cansancio. Cuando Pánfilo salió, fue abordado
por dos hombres que lo hicieron subir a su auto. Pánfilo apareció muerto en un escampado
de la ciudad. Así lo informaron los medios.
Veinte (Esos recuerdos lóbregos)
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Susana Amézquita, tenía nueve años; cuando su madre marchó. Nunca se supo el motivo ni
el destino. Un padre Itinerante. De aquí y de allá. Sirvió como portador de opciones políticas.
Se dice que estuvo inmerso en mil variantes del ejercicio de hilo conductor a través de todo
el continente. Un sujeto bárbaro, a la hora de fijar sus principios y convicciones. Trató a su
hija como surtidora. Ella lo había localizado, cada vez, en escenarios diferentes. Un tipo que
sabía hacerse en los lugares necesarios para desarrollar su rol como señor de mil y una
informaciones. Nómada perverso. Estuvo en todos los lugares. Cada que era requerido,
aparecía como fantasma. La democracia era, para él, un ejercicio, cuando menos, inocuo. No
era sujeto de aspavientos. Lo que hacía, lo hacía con absoluta certeza. Esto le permitió
cautivar a diferentes personajes. Jefes de gobierno y confabuladores. Esos eran sus objetivos.
Aun ahora, recuerda su tránsito por Centroamérica. Y por algunos países del Cono Sur.
Perdulario siempre. Tejiendo, aquí y allá, falacias. Que le permitían todo tipo de
benevolencias para actuar.
Susana lo conocía. Para ella había sido difícil entender esta dinámica. Pero, de hecho, no solo
se acostumbró; sino que heredó el don de la palabra. Para construir argucias. Para acomodarse
a cualquier circunstancia.
Cuando conoció a Samuel, estaba bordeando los quince años. Él tenía 16. Cada viernes se
encontraban, en la noche. Disfrutaban del placer que otorga el sexo. De una y mil maneras.
Como quienes descubren el quehacer y lo prolongan.
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Susana no amaba a Samuel. Era insípido, a veces, No tenía continuidad. Además, era un
sujeto extraño. A veces le decía que exploraran más allá. Le indicaba una posición bocabajo.
Él encima. Hasta que ella no resistió más. Le dijo que ese tipo de posición no le agradaba.
Que dolía mucho y, además, no estaba hecha para eso. Lo suyo era la ortodoxia; por donde
lo hacen todas las parejas. Hasta ese día estuvieron juntos. Lo demás, fueron meras
aproximaciones. Como amantes que habían sido. Pero no más.
Susana se vinculó a una empresa. Un negocio extraño, en comienzo, pero después se habituó.
Una comercialización de etnias y de sus culturas. Un engranaje a nivel internacional. Con
sucursales en casi todas las ciudades capitales de países en Europa, Asia y África. Era un
procedimiento entre sutil y abierto. Una aplicación nada compleja, del lenguaje inherente a
la globalización. Porque, sin esto, los pueblos no serían pueblos, ni sus culturas serían
culturas. Un discurso engañoso.
Procedimientos bárbaros, aquellos. Un traslado de culturas, a la manera de un intercambio.
Inmigrantes que sufrían los rigores de autoridades que, por un lado auspiciaban esos
procedimientos y que, mañana, hacían aparecer su ejercicio de autoridad; como algo pulcro,
sin ningún tipo de conciliación. Discursos onerosos que contribuían a la caracterización de
nuestros países como orientadores, sin fin, de opciones para el enriquecimiento.
Samuel se vinculó después. El mismo día en que Nicolás Sinisterra fue designado como
supervisor general de la empresa. Este tipo, Sinisterra, si que era abominable. Con un rictus
en su boca que causaba profundo fastidio; por lo mismo que era agresivo. Ojos escrutadores.
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hacia las mujeres, con un tono lascivo. En principio me apartaba de él y conversaba con
Samuel. Sinisterra se dio cuenta de mis argucias y, entonces, conminó a Samuel para que
permaneciera en el depósito de exportaciones e importaciones. Un trabajo durísimo; ya que
le correspondía realizar inventarios periódicos. A su vez, cotejar los resultados con las
bitácoras existentes en la compañía. Le asignaron un auxiliar un tanto torpe, Jerónimo. Este
se acomodó a las circunstancias, con Samuel como guía. Un trabajo dispendioso. Se trataba
de inventariar el contenido de cajas que llegaban de diferentes partes del país y, de Europa,
Asia y África. Samuel, le manifestó a Susana algunas inquietudes al respecto. Esta hizo caso
omiso de las mismas. Samuel, nunca más, volvió a manifestarle algo al respecto.
Entretanto, Las relaciones entre Susana y Samuel se fueron deteriorando. Samuel sentía celos
por la cercanía entre Sinisterra y ella. De por sí, Susana, era abierta, circunstancial. No la
arrobaban los comentarios de los demás. En el caso particular de Samuel lo desechaba como
resentido.
Entre Sinisterra y Susana, fue creciendo una interacción sexuada. Ella y él eran expertos en
eso de otorgarse a cada momento. La esposa de Sinisterra era, para él, sujeto distante y frío.
Con Susana sentía placer con solo mirarla e imaginar sus pechos al desnudo. Imaginar la joya
que llevaba entre sus piernas. Soñaba con montarla. A cada noche. No podía dormir, hasta
no manipular su pene, con la figura de Susana como referente. Una y otra vez; hasta vaciarse
en cantidades enormes. Las sábanas daban cuenta de ello. Cuando su esposa le requería por
esas manchas que dejaba cada noche; Sinisterra le respondía que era consecuencia de una
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fijación con respecto a ella; ya que no podía tenerla debido a las hemorragias continuas que
sufría.
Susana tenía precio. No simbólico. Realmente disfrutaba de los ofrecimientos de Sinisterra.
Obsequios diversos que colmaban su vanidad. Desde vestidos de marca, hasta chocolates
importados, los garotos de Brasil. .Se sentía halagada constantemente. Además, como
propuesta de Sinisterra a la gerencia, la nombraron su asesora. Un sueldo más representativo
y unas ínfulas derivadas de ello. Hasta que no pudo más. Se entregó a Sinisterra en el mismo
local de la empresa. Un mediodía, mientras el personal disfrutaba de su descanso para el
almuerzo; se tumbaron sin ningún recato. Rodaron por la alfombra; destrozaron sillas en su
ajetreo que duró cerca de dos horas.
Susana lamentó, después, no haberle exigido preservativo a Sinisterra. Porque, desde ese
mismo día quedó preñada. Le habló a Sinisterra al respecto. La respuesta de este fue
perentoria: es tu problema. Claro que puedes contar con mi aporte económico cuando lo
necesites. Pero el hijo o hija será tuyo o tuya, no míos. A pesar de la respuesta, Susana siguió
explorando con Sinisterra. Dos veces por semana. Siempre al mediodía. Desde la primera
vez, Jerónimo los observó desde lejos, aprovechando una grieta que había sido inadvertida,
durante mucho tiempo. El chico se sentía trastornado. No quería a las mujeres; sentía gran
excitación, viendo el palo erguido de Sinisterra y su sincronía para forcejear con Susana.
Siempre, a partir de ahí, quiso ser él el que soportara esa maniobra, de la sincronía de
Sinisterra. Con Samuel, a pesar de su fuerza, no era lo mismo. No sentía mucho placer. Los
movimientos de Samuel eran torpes y permanecía mudo mientras lo poseía. Ninguna caricia;
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ninguna palabra motivadora que delatara su amor por él. Se hizo la promesa de lograr que
Sinisterra hiciera con él, lo mismo que con Susana. Soñaba con eso. Despertaba en la
madrugada, cautivado por la imagen de Sinisterra con su músculo erguido y llamándolo.
La madre de Susana, había trasegado por mil mundos. Una mujer altiva. Con una inmensa
pasión por lo espiritual. Mientras vivió con el padre de Susana y de Josefina, le enseñó un
ritual complejo, antes de ser penetrada. Un sortilegio extraño. Por lo menos no era común.
Se trataba de danzar desnudos y luego meditar durante largo rato. Ella decía que así se
expulsaban malquerencias que la acechaban a ella y que, suponía, lo acechaban a él. Una vez
concluida jornada. Invitaba a su macho, para que la montara. Pero, previamente, se vendaba
los ojos. No es conveniente, le decía, verte la cara con esos gestos acezantes.
Un día cualquiera, Rafaela, salió de casa y nunca más regresó. No se supo de ella. Había
algunas versiones que la localizaban en Manaos. Pero esta versión nunca pudo ser
confirmada. Lo cierto es que, en ausencia de Rafaela, Josefina satisfizo al padre. Siempre
había soñado con esto. Ser amante del padre. Como rodeo teórico que invierte la opción
edípica. Josefina nunca quiso a su madre. La odiaba por poseer a su padre. Muchas noches
estuvo atisbando el ritual. Abría sus piernas y seguía el ritmo de ella y el de él. Un orgasmo
provocado, a distancia. Después, la absorbía el sueño, dormía sonriendo. Con sus dedos en
su abertura; entrando y saliendo. Con la imagen de su padre sobre ella y no sobre su madre.
Así se mantuvo hasta los 16 años; Hasta que conoció al negro Burbano. Sucedió un día que
estaba en casa de Silvia, su amiga de siempre. Burbano entró, sin saludarla. Le dijo a Silvia
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que quería estar solo con ella. Josefina salió. La había impactado el cuerpo de ese negro.
Imaginaba la largueza de su miembro; a partir de lo que podía observar en su bragueta.
Esperó largo tiempo, hasta que Burbano salió. Lo abordó. Le dijo que necesitaba hablar con
él. Lo llevó a su casa. Una vez allí, se desnudó delante de él, se acostó en la cama y abrió sus
piernas, insinuándoles a Burbano que la montara. Él era un hombre de constantes
experiencias sexuales. Hombre de grandes batallas. Siempre había sido admirado por las
mujeres, que veían él, un ejemplar inagotable. Entre sí, ellas, hablaban de sus montadas. Sin
pausa, hasta cinco o seis veces. Casi siempre las dejaba exhaustas, mientras él seguía con su
asta erguida.
Burbano avasalló a Josefina. Tres veces la inundó; hasta que ella no resistió más. Se quedó
dormida. Burbano salió por donde había entrado.
Josefina le relató a Susana su entrega. Eran buenas amigas. Susana preguntó si Burbano había
utilizado preservativo. Josefina, dijo que no. Susana le advirtió: ahora debes estar preñada.
Dime donde vive ese tipo, para obligarlo a regresar donde ti.
No sé dónde vive, respondió Josefina. Lo único que se es que frecuenta a Silvia. Son amantes
desde mucho tiempo atrás.
Silvia recibió a Susana, un tanto sorprendida. Nunca la había visitado. Sin embargo la invitó
a seguir. Hablaron en el cuarto que Silvia destinaba para sus escarceos con Burbano. Después
de escuchar la versión de Susana, Silvia dijo: cada quien vive sus propios placeres. Cada
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quien asume las consecuencias. Esto lo tradujo Susana; en términos de que a Silvia no le
importaba lo que hubiera su cedido entre Burbano y Josefina, a pesar de su minoría de edad.
Josefina y Susana, se acompañaron en la preñez casi simultánea. El padre, al conocer el
estado de las dos, abandonó el hogar; no sin antes vilipendiarlas. Las acusó de ser putas perras
que le abren las piernas a cualquiera. No quiso saber nada de ellas, desde ese momento.
Transcurrió el tempo para las dos gestantes. Entretanto, Susana se le entregaba a Sinisterra,
sin importarle el crecimiento de su vientre. Susana era incansable. Aun a riesgo de perder a
su hijo, ensayaba con Nicolás un gran número de posiciones diferentes. Lo suyo era un eterno
ejercicio erótico, sin límites.
Jerónimo, había cumplido su promesa. Se presentó donde Sinisterra; un día festivo en que la
empresa no tuvo actividades. Le dijo: patrón he venido porque necesito confesarle algo. Estoy
enamorado de usted. Quiero ser suyo, todos los días; donde usted quiera y a la hora que
quiera.
Ese día, Sinisterra inauguró su otra opción. Le sugirió a Jerónimo que se desvistiera. Luego,
desabrochó su bragueta y montó en él. Jerónimo sintió el placer de ser penetrado por un falo
tan inmenso. Le hurgaba las entrañas. Alejó de si el dolor, gritando más, más, patroncito.
Sinisterra lo hizo una y otra vez. Hasta que Jerónimo empezó a sangrar. Una hemorragia
inmensa. No sirvieron los algodones, las gasas y los trapos que utilizó Nicolás. Era un
torrente inagotable.
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Allí mismo murió Jerónimo. El problema para Sinisterra fue mayúsculo. Llamó al asesor
jurídico de la empresa. Este lo advirtió de las consecuencias jurídicas del caso. Porque no
valía la pena mentir; ya que la cotejación del ADN o, una simple muestra de semen, lo haría
vulnerable; por no decir que responsable de manera directa.
Le propuso deshacerse del cadáver. Primero, encerrándolo en el cuarto que queda cerca de la
bodega principal. Allí no entraba nadie sin ser autorizado y sin tener la clave de acceso.
Después, aprovecharían el vehículo que reparte mercancías, para tirarlo en cualquier
escampado.
Diez días después, el cuerpo de Jerónimo fue encontrado y reportado como occiso que había
sido violado días antes y que había sido reportado como desaparecido.
Para Samuel, la noticia, significó un dolor inmenso. Porque Jerónimo era su vida. Lo amaba
profundamente. Cada día, al lado suyo, fue una experiencia hermosa. Para no hablar de los
momentos en que recorrían sus cuerpos. A pesar de cierta indiferencia por parte de Jerónimo,
Samuel lo sentía como amante que sabía otorgar placer sin límites.
Susana sospechó de Sinisterra. Era como una percepción constante. Como cuando alguien
siente que quien está consigo; tiene un secreto. Como un viento frío que causa escozor; que
penetra todo el cuerpo y obliga a sentir miedo. La sospecha, se incrementó, cuando Susana
observó manchas en el tapete. Sangre y semen. Ella conocía de esas texturas, desde su lejana
infancia, cuando fue violada por su padre. Allí, ella sangró de manera abundante y su padre
se vacío cien veces sobre ella.
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Sin embargo, calló. No estaba dentro de sus propósitos un juicio de responsabilidades. Entre
otras cosas, porque Sinisterra era el padre de su hijo, aunque él no lo quisiera. Además,
porque, las ganancias de la empresa dependían de él; como sujeto que mueve el negocio; a
partir de sus contactos en el exterior y en el interior, a través de su amigo, el hermano del
Ministro del Interior y de Justicia.
El registro de la muerte de Jerónimo, cumplió su ciclo. Fue caso olvidado, a pesar de las
conjeturas de Samuel, que veía en la muerte de su Jerónimo, un asesinato con responsable
cercano; ahí mismo en la empresa. Pero todo, en él, eran suposiciones y nunca evidencias
demostrables.
Susana llamó a su hijo, Daniel. Josefina, llamó a su hija Isadora. Las dos, Susana y Josefina,
se arrepentían del paso que habían dado. Era un pago demasiado grande por el placer sentido.
Cierta rabia con su hijo y con su hija. Daniel e Isadora crecieron, en el contexto del
resentimiento. Una y la otra, una amargura extrema que las obligaba a un continuo ejercicio
de desdoblamiento, mostrando hacia fuera una satisfacción absoluta. Siendo, en su interior,
una angustia reprimida. No querer ser madres era el soporte de su quehacer inmediato.
La vida de Silvia siempre fue extraña. Una mujer con infancia sometida a unos rigores
infames. Una madre deambulando por aquí y por allá. Con un registro histórico de
ineludibles visos de descompensación. Tuvo a su primer hijo, Samuel, como consecuencia
de haber sido violada por un hombre giboso, residente en Puerto Boyacá. Estuvo a la
deriva, como noria constante. Una pareja, Isolina y Demetrio, la recibieron con bondad y
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con solidaridad. Sin embargo ella, Rosa, se escapó. Encontró a Santiago, en Puerto Berrio,
Se enamoró de él; como había aprendido a hacerlo. Por la vía de su deseo, que parte desde
adentro. Una obsesión patológica. Al ver a un hombre, siempre, medía su condición, por la
imagen de su pene. Casi nunca se equivocaba. En el caso de Santiago, no fue la excepción.
Lo vio en el parque. Calculó su potencia y su longitud. Así, sin ninguna excitación, era una
vara inmensa; siempre al acecho. Ese día durmieron allí mismo, en el parque. El piso
desnudo fue su hospitalario lecho. Gimieron cerca de tres horas. Los transeúntes los
miraban. Algunos con envidia de lo que tenía Santiago. Otras con la ansiedad y con el
deseo de que sus parejas les hicieran lo mismo. Algunos. Pasaron las horas allí. Viendo esa
lucha cuerpo a cuerpo. Se abstraían; olvidando sus tareas inmediatas. Se quedaron, hasta
asegurarse de que la pareja cumplió su reto.
Tal parece que Silvia fue engendrada ese primer día del encuentro entre Santiago y Rosa
Elvia. Nació un 8 de marzo. Desde pequeña añoró tener un amante. Veía en su madre un
prototipo a imitar. Cada noche Santiago la poseía. Era tanto el furor y los espasmos, que la
niña terminó por creer que ese ritual hacía parte de lo cotidiano de una mujer y de un hombre.
A su muñeco lo desvestía y lo colocaba encima de ella, simulando a Rosa y a Santiago.
Tal vez por esto, a sus diez años, ya lo anhelaba. Lo encontró en Daniel; un amigo de la
familia de tiempo atrás. Un joven de estatura mediana; que la alzaba y la acariciaba desde
que tenía tres meses. Daniel, desde ese momento, la hurgaba con los dedos. Ella sentía dolor
y placer. Así fue siempre. Cuando cumplió diez años, Rosa Elvia solicitó a Daniel que cuidara
de su hija, mientras ella atendía un asunto por fuera de la casa. Daniel ya sabía de cual asunto
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se trataba. La espiaba desde hacía tiempo. Seguía sus pasos y se percató de que se encontraba
con un hombre en las afueras del barrio. Se besaban y caminaban cogidos de la mano, hasta
un sitio famoso por ser el hospital de los amantes. Allí, cada pareja, curaba sus vacíos de
amor y su nostalgia.
Cuando Silvia entró al baño, Daniel la siguió. Entró con ella. La envolvió en sus brazos.
Silvia dejó que las manos de Daniel la recorrieran. Sentía un estremecimiento gratificante.
Cuando él le mostró su pene; Silvia lo tomó, acariciándolo. Se dejaron caer al piso. Daniel
la guiaba. Abre las piernas; muévete. No llores. Esto no duele tanto.
Dos horas después, Silvia sangraba. Se sentía dichosa. Admiraba lo de Daniel. La excitaba
ese líquido viscoso que salía de él. Lo palpaba, era tibio. Daniel terminó con ella, porque
llamaron a la puerta. Se incorporó, subió sus pantalones. La niña quedó en el baño, como si
apenas empezara a bañarse. Cuando Rosa entró a la casa miró la bragueta de Daniel, a punto
de romperse. Allí mismo le tocó su músculo tenso. Con Daniel cogido de la mano, lo llevó a
su cuarto y allí continuo lo que había dejado pendiente con Pánfilo.
Creció, Silvia, al lado de sus hermanas y hermanos; excepto Samuel que ya se encontraba
por fuera del hogar. Vivía en un cuarto aparte. Allí pasaba noches y días. Después de su
trabajo. Unas veces con Susana, otras veces con Jerónimo. Otras con Maritza. La había
llevado allí y la poseía cada vez que no tenía a Jerónimo ni a algunos de sus amantes
itinerantes. La primera preñez de Maritza, fue atendida con un aborto practicado en el mismo
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cuarto. Desde ahí, Maritza tuvo hemorragias continuas. Se le calmaron después de conocer a
Pánfilo.
Para Silvia, la vida es y ha sido un eterno murmullo. Un hablar consigo misma. En esos
intentos inveterados que efectúan algunas personas, buscando sosiego. Tratando de
encontrarse; a partir de redefinir sus roles. Ha sido una itinerante. Desde todos los lados.
Desde su condición de mujer; desde sus pasiones; desde sus nostalgias. Podría decirse que
no ha tenido la noción del significado que adquiere el tránsito por el mundo, en el contexto
de una determinada sociedad. Lo suyo ha sido rodar por un abismo; sin asideros diferentes a
aquellos que la relacionan con sus afugias de amante transitoria de uno u otro hombre.
Inclusive, con hombres de la familia o cercanos a ella. Ella tiene un estigma. Desde que deseó
a Santiago, al verlo actuar con su madre. Desde aquel día en que Daniel la tuvo.
Pánfilo siempre la ha asediado. No importa que esté con Maritza. Para él, la promiscuidad es
la condición normal de un hombre o una mujer. Lo de Pánfilo es una exhibición de poder
económico y de convencimiento. Así concretó su relación con Silvia. No tuvo ningún reparo
al saber que ella, a sus diez años, supo que es el placer de sentirse penetrada. Tampoco lo
tuvo cuando conoció que Burbano la tuvo por mucho tiempo. Con él, Silvia, había construido
mil y una maneras de forcejear. Por lo tanto, Pánfilo, encontró en ella una mujer ya hecha,
curtida en posibilidades eróticas.
Silvia conoció de la profesión que asumía Pánfilo. Hombre hecho para vulnerar a los demás.
Con experiencias en todos los ámbitos derivados del manejo y aplicación de opciones
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políticas y militares. Su historial era inmenso. Tenía bajo su mando diferentes zonas del país.
Sus empleados (así llamaba a los que cumplían con sus órdenes) eran distribuidos según las
necesidades. Hombres con sentido de pertenencia con la muerte. Para ellos, matar, era una
profesión y se divertían con ella. En el campo incursionaban a cualquier hora. Matanzas
colectivas o individuales. Sabían convertir cualquier sitio en fosas comunes. Todo lo suyo
estaba medido con un mismo rasero: el exterminio de quienes no asumieran sus convicciones;
las mismas de quien o quienes estén en el poder. Un cruce de caminos entre exterminio y
conducción política y económica. En la ciudad variaban los métodos. El preferido: matar en
la calle a quienes previamente fueran señalados…O incursionar en las viviendas, llevándose
al (la) requerido (a), para luego matarlo (a). La tortura se convirtió en modus operandi.
Por vía Pánfilo, Silvia conoció del soporte que tuvieron muchas muertes. De Isolina; de
Juliana; de Pedro Arenas; de Demetrio. Para ella, en principio, fue difícil la adaptación. Saber
que quien exploraba con ella su cuerpo; era la misma persona que ordenaba las muertes. Por
lo mismo no tuvo ningún problema para asimilar el hecho de que Samuel, Adrián, Pitágoras;
eran agentes encubiertos al servicio de Pánfilo. Como no tuvo ningún problema asimilar el
hecho de que su madre Rosa Elvia, a más de ser otra amante de Pánfilo; se constituyera en
señuelo para adquirir información.
En fin que, Silvia, llegó a ser mujer de todos. Como su madre. Se iniciaron a la misma edad.
Rosa Elvia asumió su primera vez, no como vulneración; sino como hecho cotidiano que le
otorgó placer, a pesar del dolor y de las hemorragias. Tal vez por esto desechó la protección
de Isolina y de Demetrio. Ella, Silvia, gozó del encuentro con Daniel. Siempre lo consideró
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como el primer paso hacia la reivindicación del placer. Con quien sea y como sea. Disfrutaba
con Pánfilo cada que este la requería. Aun sabiendo que horas antes este había estado con
Maritza. A esta, a pesar de que le molestaba, no le quedaba otra cosa que satisfacerlo; si bien
en muchos momentos no lo disfrutaba. En veces podían más la rabia y los celos. Esto la
inhibía para el placer.
Volvió a conocer de Burbano, cuando supo que había sido muerto. Sospechaba de Pánfilo
como mandante. Sin embargo, nunca tuvo certeza. Como homenaje silencioso, a partir de
ahí, cuando Pánfilo estaba con ella; evocaba a Burbano. Tuvo su imagen. Como si quien
estuviera encima o debajo fuera él y no Pánfilo.
Veintiuno (El azar como falso ícono)
Cierto día, Pánfilo le solicitó un favor. Se trataba de que sirviera como señuelo para atraer a
un muchacho que debía ser muerto. Un sujeto, decía Pánfilo, que no merece vivir. Por ser
desleal con él. No imaginaba Silvia de qué tipo de deslealtad hablaba Pánfilo. Lo vino a saber
cuándo Samuel le habló de Jerónimo. Le dijo que habían, Pánfilo y él, conocido de su
romance con Sinisterra. Que se veían en la empresa; al mediodía. Que allí se poseían en
extenso. No se ordenó la muerte de Sinisterra, porque su poder económico y su quehacer
como administrador de la empresa; hacían parte del engranaje. Lo odiaban como competidor
con respecto a Jerónimo. Pero se hacía intocable.
Soñó Silvia, que llamó a Jerónimo, con el supuesto propósito de entregarle un obsequio de
Samuel. Ya que este se había ausentado de la ciudad; para cumplir con una misión de la
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empresa. Lo citó al parque central del barrio. Allí fue acribillado por dos hombres que se
movilizaban a pie. Sin ningún problema huyeron después del asesinato. A pesar de la cercanía
de un puesto de policía y de que algunos vecinos informaron de lo sucedido a los agentes.
Silvia vivió presa de ese sueño, durante el resto de sus días. Ver a Jerónimo muerto…y que
la llamaba…y que la increpaba por haber sido cómplice.
En ese sueño, pudo más el desconcierto y la conmoción. Silvia no pudo soportar saberse
cómplice de la muerte de Jerónimo. Pánfilo la encontró muerta en su cuarto. Había ingerido
veneno, tres horas atrás. Antes de tomar la decisión de matarse, Silvia había escrito: “Creo
que he llegado a la cúspide de la ignominia. Me avergüenzo por el giro que he dado en mi
vida. Nunca encontré mi rumbo. Me consumió el placer y no me arrepiento de ello. Todo lo
superé, a mi manera. Lo que no pude soportar fue mi condición de vehículo para la muerte;
particularmente de Jerónimo.”... Cuando despertó, se percató que Pánfilo estaba encima de
ella.
Adrián se hizo hombre, en el entendido que serlo, significa capacidad para realizar acciones
que impliquen la utilización de la fuerza para someter a quien sea. Desde su nacimiento,
tuvo vocación de perdulario. De hecho, su infancia, la cruzó al lado de Santiago, su padre.
Con él anduvo todos los caminos que pudieron. Santiago se preocupó por enseñarle las mañas
necesarias para adquirir poder o, por lo menos, para intentarlo. Nunca jugó con otros niños.
No había tiempo para hacerlo. Para él, era una muestra de debilidad. Maduró su personalidad,
a golpes de acciones recomendadas por Santiago. Desde robar a un indefenso tendero de
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barrio; hasta llevar y traer información para pares más importantes y poderos. Esos fueron
los rituales para su iniciación.
Con su madre nunca tuvo un acercamiento diferente que aquel relacionado con su condición
de mujer de todos. Él mismo realizó con ella lo que realizaba Santiago y Pánfilo y Daniel y
Samuel y Sinisterra…Lista de nunca acabar. Así aprendió a subestimar a las mujeres. Para
él, ellas no eran otra cosa que sujetas de placer. Bien sea comprado o por cualquier otra
condición. Lo único cierto, según aprendió Adrián, es que ellas no saben más allá que de
abrir sus piernas y esperar uno o varios usuarios. Así estuvo con Rosa Elvia; con Maritza;
con Martha; con Susana. Cuando no pudo imponer sus condiciones, como en el caso de la
efímera vida de pareja con Isolina, dirimió el impasse por la vía de la separación;
manteniendo latente su odio por la valentía y la fuerza conceptual de Isolina. Esto incidió,
hasta cierto punto en el acumulado de hechos que sustentaron la muerte violenta de ella.
Porque, le insistió a Pánfilo que mujeres así no podían seguir viviendo. De hecho ya, Pánfilo,
tenía suficientes motivos para hacerlo. De todas maneras lo que más peso tuvo en la decisión
de darle muerte, fue su cercanía con Juliana, con Pedro Arenas y con Demetrio; todos ellos
y ellas usufructuarios de lo que Pánfilo tipificó como la franja de la subversión del orden
establecido. En todos los sentidos. Incluido, claro está, el orden político, económico y social
del país; liderado por un auténtico extirpador de tumores sociales malignos.
Con Samuel mantuvo, transitoriamente, una confrontación. Cuando éste (Samuel) fue
infectado por el mal de la discrepancia y la sedición. Tiempo en el cual Samuel respaldaba
las acciones de Isolina, de Juliana, de Pedro Arenas y de Demetrio. Nunca ha negado que
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hubiera matado a Samuel, si no hubiera rectificado su camino. A partir de ahí se hicieron
socios en la tarea de matar y vulnerar. Socios de Pánfilo y de sus adeptos-empleados como
asesinos a sueldo.
Conoció a Verdaguer, un día en que este visitó a su madre; en ausencia de Santiago. Adrián
tenía nueve años. Fue testigo de la capacidad de Rosa Elvia para otorgar placer. Ella y
Verdaguer consumieron horas y horas. Ella gritaba, él acezaba, una y otra vez. Fue el origen
de su misoginia.
Volvió a verlo con ocasión de un viaje a Montevideo; cumpliendo una actividad ordenada
por Pánfilo. Se trataba de contactar hombres al servicio de la dictadura, en su lucha contra la
oposición, incluidos claro está militantes de los Tupamaros; o simpatizantes de ellos. Probado
o sin comprobar. Justo, Verdaguer era un cabecilla de los exterminadores; o de los “patriotas”
como se hacían llamar.
En comienzo, Verdaguer no reconoció a Adrián. No atinaba a la cotejación entre un joven de
20 años y un imberbe de nueve años. Pero Adrián si lo identificó en el acto. Se lo hizo saber.
Inclusive le manifestó que, como él, había disfrutado de las bondades eróticas de Rosa Elvia.
Por indicación de Verdaguer, Adrián conoció otros integrantes de los grupos de exterminio.
Viajaron a Punta del Este. Se divirtieron y concretaron asesorías para los grupos en
Colombia. Hasta cierto punto la escogencia de esta ciudad obró como distractor; pues había
grupos de inteligencia, compuestos por personas afines a la oposición. Particularmente, a los
Tupamaros; cuyo objetivo era localizar, identificar y actuar en contra de los mercenarios.
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Su regreso al País, se produjo el mismo día en que se cumplió la orden de matar a Juliana y
a Pedro Arenas. Un trabajo perfecto. Un procedimiento similar al que conoció que estaban
perfeccionando en Uruguay. Estuvo reunido con Pánfilo, Samuel y tres hombres más, de
plena confianza de Pánfilo. Desde ese mismo día se programaron sesiones de trabajo con
ejecutores activos y potenciales. Ya había el antecedente de las enseñanzas de Klein. Lo de
ahora era un reto mayor; pues se trataba de incursionar de lleno en las ciudades en contra de
objetivos previamente identificados por las labores de inteligencia al servicio de ellos,
orientados desde las instituciones militares y policiales.
Adrián fue designado interventor de los procedimientos en la capital. Un oficio dispendioso
que exigía conocimientos y concentración. Coordinar búsquedas y ejecuciones. Él era
intermediario entre Pánfilo y los realizadores directos de los encargos; así llamaban ellos los
asesinatos.
Desde allí, Adrián conoció pormenores de toda la doctrina al respecto. Conoció códigos
utilizados para concretar reuniones entre militares y policías institucionalizados, con los
grupos de ejecución clandestinos. Desde allí conoció el rol de los asesores estadunidenses;
del rol no publicitado de la embajada. Conoció de los alcances de la política diseñada por la
cúpula gubernamental, militar y policial. De los objetivos a mediano y largo plazo y de las
tareas inmediatas conducentes a concretarlos.
Por sus manos pasaron listas y códigos con los nombres de los objetivos militares,
paramilitares, policiales y parapoliciales. De todas las edades y sexos. Con indicaciones
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precisas para el encubrimiento de las muertes. Con todos los datos necesarios. Con día y hora
de las ejecuciones y con indicaciones acerca de las modificaciones de último momento.
Una noche, fue secuestrado, en su residencia, por un grupo de hombres y mujeres. Lo
encontraron muerto tres días después en una localidad vecina a la capital. Luego se supo,
después de complicadísimas cotejaciones realizadas por Pánfilo y la cúpula militar; que había
sido ubicado e identificado, a partir de información vertida por Verdaguer. Este fue tipificado
como mercenario de doble vía y doble aplicación.
Pánfilo Castaño, nació en un hogar en el cual había seis hermanos. Raquel, su madre era una
mujer relativamente joven. Había conocido a Pánfilo, padre, en Puerto Boyacá. Un hombre
contrahecho. Una joroba inmensa lo acompañaba. De profesión vendedor y comprador de
cachivaches. Decidió vivir con él; desde su primer embarazo. Ella reconocía que el único
atributo de Pánfilo era su capacidad para satisfacerla. Un músculo inmenso y en continua
necesidad de horadar. Ella explotaba, solo con verlo y palparlo. Así, con ese referente como
base, tuvo siete hijos.
Al nacer Pánfilo, hijo, su padre estaba en Puerto Boyacá. Ejerciendo sus labores como
cachivachero. Además de sus funciones como hombre insaciable. Se dice que había violado
a una niña de diez años; la cual quedó embarazada y que tuvo un hijo en el hospital de Puerto
Berrio. Que, por esto, la madre y el padre de la niña la habían expulsado de la casa. Y,
también, que la niña había sido recogida y cuidada por una pareja que vivía en el Puerto.
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De ser así, no sería el primer caso de violación endilgable a Pánfilo. Ya, en otras ocasiones,
se había conocido de algunos casos más. Sin embargo, nunca fue requerido por esto. Como
si su entorno estuviera adormecido. Como si ese tipo de vulneración no tuviese ningún
doliente. Solo ellas, las niñas, con su dolor y con la amargura que produce el estar inmersas
en la pérdida de su infancia. De frente a una sociedad que asume esto como cotidiano, sin
ninguna expresión de repudio.
El hogar de Pánfilo, en un proceso de descomposición acelerado. Un escenario en donde cada
quien asume un rol relacionado con ese proceso. Sus seis hermanos, herederos de los
principios aviesos del padre. Una madre que era subyugada por sus propias convicciones.
Siendo ella un referente confuso. Porque Raquel, mujer de simplezas y de ansiedades. Como
esa de estar buscando la felicidad en un universo que otorga el derecho a su placer
inequívoco. Añorando a su Pánfilo a cada rato. Buscando saciar sus ganas perennes. De
hecho, cuando estuvo en Puerto Berrio, durante uno de sus viajes para visitar a su sediento
Jorobado, conoció a Santiago. Hombre sin joroba, pero dueño de principios similares al
jorobado. Con él ejerció lo mismo que con Pánfilo. La diferencia estaba en las sutilezas.
Santiago la obnubilaba con sus palabras tipo. Le susurraba nimiedades a su oído. Poseedor
de un falo continuamente erguido, como el de su Pánfilo. Santiago la hacía llorar y gritar de
gozo. Nunca acabado. A cada instante. Compartía con los dos su desenfrenada necesidad de
ser penetrada. Hizo cuentas y concluyó que hubo dos hjos con Santiago. Pitágoras y Adrián.
Los obsequió a dos familias. Sin trámites, solo con su visto bueno. Sin rastros y sin
remordimientos.
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Los seis hermanos fueron decidiendo, cada uno, su rol. Vendedores de perversiones. Cada
quien es cada quien. Se les conocía como la banda de los Pánfilos. Devastadores. Hacían
suyos lo de los demás. Una banda tenebrosa. Mataban por placer…o por encargo. Uno de
ellos poseyó a Raquel, ella lo quiso así. Porque vio en su músculo horadador, el tamaño del
de su Pánfilo. Lo hacían a cada rato. Un ejercicio sistemático. Lo mismo, erección continua,
receptáculo continuo. Sin importar hora ni lugar. Todos, en casa lo sabían. Ella nunca lo
negó. Porque lo suyo era eso. Placer a cada momento. Raquel de todos y de nadie. Heterodoxa
constante. Solo le importaba eso y nada más.
Pánfilo, hijo, fue creciendo. Se vinculó con grupos que hacían de la vida, una postal para
enmarcar. Asesinatos, robos e inveterados alumnos de quienes ofrecían tácticas de
exterminio. Él estuvo como aprendiz con su maestro Klein, judío que enseñaba técnicas para
matar y permanecer insensible a las consecuencias.
Muchas experiencias. Aprendió a identificar objetivos, a hacer seguimientos. A seleccionar
víctimas. Todo en un solo paquete. Recorrió todo el país practicando lo aprendido. Asesor de
quien lo necesitara. Realizador de acciones por encargo. Fue creciendo en importancia. Una
experiencia tras otra; lo consolidaban como sujeto imprescindible. De confianza de los
patronos. Fue creciendo en dinero. A través del negocio de sus jefes. Cada encargo y cada
ejecución lo hacían más importante. Estuvo en Medellín en 1986, entrenando aspirantes a
ejecutores directos. De hecho, allí, ese año, se conocieron los resultados. En la carretera a
Villavicencio tuvo discípulos aventajados. En Bogotá tejió redes y concluyó encargos. Lo
mismo en Soacha, en 1989.
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Pánfilo conoció a Maritza, un día 4 de julio. Ella estaba en el funeral de Ambrosio. Un
conocido suyo desde la infancia. Amigo de ella y de su hermano Samuel. Hombre vinculado
a la trata de etnias. Esa empresa crecía día a día. Cuando lo mataron, se tejió la versión en el
sentido de que había sido orden de Sinisterra, uno de los secuaces con más recorrido en ese
negocio. Supervisor en el país. Verificador de códigos y de determinaciones. Su aval era
necesario para justificar cualquier acción. Pánfilo estuvo allí, como veedor de la tarea
cumplida. Como su interventor.
Maritza, mujer de unos 25 años. Poseedora de un cuerpo atrayente. Exuberante. Su padre,
Santiago, la había reservado siempre para ocasiones particulares, importantes. La probó y la
entregó a quien la necesitara. Ella era digna de su padre. Insaciable. No le importaba nada
que no estuviera relacionado con su condición de hembra otorgadora de placer. Tampoco le
importaba su pasado. Cuando sació a su padre. Cuando conoció que su madre Rosa Eugenia
andaba por ahí, prodigándose a quien la necesitara. A Verdaguer, a Santiago, al Jorobado, a
Tapia, a Ismael, etc. No tenía escrúpulos, Maritza. Lo que ha de ser que sea, su consigna.
Conversaron un rato. Pánfilo la había abordado. Se dijeron palabras cautivadoras. Ya ella
había advertido el tamaño del músculo bajo su bragueta. Este quería salirse de su contenedor.
Él, también, había advertido la ranura de Maritza. Su tamaño y su ancho no podían ser
ocultados por el pantalón que llevaba puesto. Era como un trofeo exhibido en blanco y negro.
Fueron a casa de ella. Una habitación estrecha. Pánfilo expresó, sin pensarlo, “tienes que
mudarte de esta estreches. Puedo pagarte la amplitud que quieras”. Fueron a lo suyo. Maritza
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le mostró lo que él ya prefiguraba. Un cuerpo bien hecho. Un pubis y unos pezones hermosos
y provocadores. Una ranura ancha; pero unas paredes que parecían no inauguradas. Una y
otra vez. Sin pausa. Ni él ni ella se rendían. Solo el afán de cumplir dos citas contraídas
previamente por Pánfilo, puso fin a su trajín. Le dejó dinero para lo que necesitara, con la
advertencia de que debía cambiar de domicilio. Donde sea y al precio que sea. Me avisas,
dijo al salir. Lo urgía la supervisión de un encargo que le había hecho a dos de sus hermanos,
en la Universidad de la República y en un barrio de la periferia. Volvieron a verse tres días
después. En la ciudad había revuelo por sucesivas muertes violentas. Todas con un modus
operandi similar. Dos hombres al acecho, baleaban a las víctimas. Sin ninguna pista, decían
las autoridades.
Maritza estaba con su hermano Samuel. Ya este conocía a Pánfilo. Habían realizado algunas
actividades juntas. Una de ellas, tal vez la fundamental, tuvo que ver con una sesión de
entrenamiento, en Puerto Boyacá, impartido por un ciudadano Israelí. Una reunión amplia.
Forjadora de futuros acechantes de enemigos del orden. Particularmente de aquellos y
aquellas que postulaban opciones en contravía de lo ya establecido, como doctrina y como
realización.
Samuel había llegado dos días antes. Ya había realizado con Maritza un ejercicio pleno que
conocían de memoria. Desde su infancia, se tocaban, sus respectivas zonas. Hoy, una vez
llegó, Samuel abordo a su hermana. La hizo sucumbir con sus conocimientos acerca de
acceder a lugares del cuerpo que hacían explotar. Estuvieron una y otra vez, por dos horas.
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Cuando Pánfilo entró, percibió el olor a sexo. No dijo nada. Porque él no tenía reparos en eso
de poseer. Para él era válido cualquier momento y cualquier mujer. Su experiencia era muy
vasta. Con mujeres comprometidas y ensayadas. Y con mujeres de primera vez. Unas y otras,
por la fuerza si era necesario. Era un individuo que sabía complacer. Era conciente de que su
asta daba para todo. Nunca se veía fláccida. Una erección de mil momentos. Era su estado
natural. Era conciente de ello y se alegraba de que así fuera.
Saludó a su par, Samuel. Este se retiró de allí inmediatamente. Pánfilo le dijo a Maritza que
venía cargado. La ansiedad de los dos trabajos realizados, le causaron una erección fuera de
la normal. Estaba ávido de montar. Maritza se entregó. Como si fuera la primera vez. Pedía
más y más. Pánfilo le daba lo que pedía. Su erección crecía y crecía. De nunca acabar. La
avasalló más de diez veces. Como en el primer día; solo suspendió la prueba de resistencia,
cuando llamaron a la puerta. Era su madre Raquel. Venía por la dádiva que le había prometido
Pánfilo, su hijo. Ella también olió el entorno. Supo que allí se habían realizado, por lo menos
dos, ejercicios. Para ella no era novedad. Incluso, se acordó de, cuando su hijo la penetró, a
sus quince años. Quisiera haber retenido ese momento y ese músculo.
Maritza se incorporó de la cama. Había quedado a medio camino, en la onceava vez. Acechó
a Pánfilo y a su madre. Ella intuyó que habían sido amantes. Por esas condiciones que tienen
las mujeres de intuir cualquier movimiento sexual que no fuera con ella. Pánfilo acompañó
a Raquel, hasta la puerta. Se despidieron sin más. Pánfilo regresó adonde Maritza. Ella estaba
adormilada, más no cansada. Concluyeron lo que dejaron iniciado. Durmieron largo rato. Ya
era de noche, cuando Pánfilo pidió cena a domicilio. Tan abundante fue la cena; que Maritza
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le insinuó a Pánfilo la posibilidad de guardar las sobras, para cuando volviera su madre,
Raquel. El accedió.
Pánfilo salió. Fue a visitar a su medio hermano, Pitágoras. Le había conseguido un domicilio
en la ciudad. Había realizado con él todo lo imaginable. Se surtía de placer con él. Pitágoras
era amante de todos los hombres. Pánfilo ya lo sabía. Pero, como con Maritza, no le preocupa.
Simplemente, le exigía atenderlo cuando él lo necesitara. Llegó con ganas. Ordenó a
Pitágoras que se desvistiera. Él hizo lo propio. Lo tuvo hasta la madrugada. Un
avasallamiento sin límites. Una y otra vez. Su falo estaba como si nada hubiera sucedido.
Pitágoras estaba exhausto. Sin embargo, Pánfilo no acababa. Una y otra vez. Su músculo
seguía erguido. Cuando Pitágoras le expresó que no podía más, Pánfilo lo golpeó con fuerza.
Sus puños eran de hierro. Lo dejó allí, lacerado, casi muerto
…Cuando Pánfilo se despertó, ya Maritza estaba en pie. Le dijo: dormiste mal. Gritabas a
cada momento. Mencionabas a Pitágoras. Lo insultabas. Le decías: ¡más, más; hombre de
todos. Marica vergonzante ¡Pánfilo salió, como si nada hubiera pasado. Como si nada hubiera
escuchado.
Se dirigió al sur de la ciudad. Había concertado una cita de verificación con Samuel. Lo
amaba. Ya se lo había manifestado varias veces. En principio, Samuel, resistió. Sin embargo,
al cabo del tiempo, sucumbió. Este Pánfilo es ineludible. Era asfixiante. Se recorrieron los
cuerpos antes de hablar del asunto. Una vez Pánfilo. Otra vez él. Montaban y montaban.
204
Hablaron de los trabajos realizados durante el día. Confirmadas las muertes de Juliana,
Isolina y Pedro. Todo un hito, en relación con el grado de dificultad de las acciones. Samuel
le expresó que era una trama bien realizada. Su perspectiva no lo era menos. Acechar a sus
contradictores. Ya estaba programado lo sucesivo. Hombres y mujeres que debían morir.
Como escarmiento y como novedad. Un ensayo continuo que no podía prescribir. Por el
contrario; debía prolongarse por el tiempo que fuera necesario. Pánfilo le pidió más a Samuel.
Este estaba saturado. Pero tuvo fuerzas para otorgar lo que pedía Pánfilo. Lo recibió dos
veces más. Quedó dormido, vapuleado por el cansancio. Cuando Pánfilo salió, fue abordado
por dos hombres que lo hicieron subir a su auto. Pánfilo apareció muerto en un escampado
de la ciudad. Así lo informaron los medios.
Susana Amézquita, tenía nueve años; cuando su madre marchó. Nunca se supo el motivo ni
el destino.
Un padre Itinerante. De aquí y de allá. Sirvió como portador de opciones políticas. Se dice
que estuvo inmerso en mil variantes del ejercicio de hilo conductor a través de todo el
continente. Un sujeto bárbaro, a la hora de fijar sus principios y convicciones. Trató a su hija
como surtidora. Ella lo había localizado, cada vez, en escenarios diferentes. Un tipo que sabía
hacerse en los lugares necesarios para desarrollar su rol como señor de mil y una
informaciones. Nómada perverso. Estuvo en todos los lugares. Cada que era requerido,
aparecía como fantasma. La democracia era, para él, un ejercicio, cuando menos, inocuo. No
era sujeto de aspavientos. Lo que hacía, lo hacía con absoluta certeza. Esto le permitió
cautivar a diferentes personajes. Jefes de gobierno y confabuladores. Esos eran sus objetivos.
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Aun ahora, recuerda su tránsito por Centroamérica. Y por algunos países del Cono Sur.
Perdulario siempre. Tejiendo, aquí y allá, falacias. Que le permitían todo tipo de
benevolencias para actuar.
Susana lo conocía. Para ella había sido difícil entender esta dinámica. Pero, de hecho, no solo
se acostumbró; sino que heredó el don de la palabra. Para construir argucias. Para acomodarse
a cualquier circunstancia. Cuando conoció a Samuel, estaba bordeando los quince años. Él
tenía 16. Cada viernes se encontraban, en la noche. Disfrutaban del placer que otorga el sexo.
De una y mil maneras. Como quienes descubren el quehacer y lo prolongan.
Susana no amaba a Samuel. Era insípido, a veces, No tenía continuidad. Además, era un
sujeto extraño. A veces le decía que exploraran más allá. Le indicaba una posición bocabajo.
Él encima. Hasta que ella no resistió más. Le dijo que ese tipo de posición no le agradaba.
Que dolía mucho y, además, no estaba hecha para eso. Lo suyo era la ortodoxia; por donde
lo hacen todas las parejas. Hasta ese día estuvieron juntos. Lo demás, fueron meras
aproximaciones. Como amantes que habían sido. Pero no más.
Susana se vinculó a una empresa. Un negocio extraño, en comienzo, pero después se habituó.
Una comercialización de etnias y de sus culturas. Un engranaje a nivel internacional. Con
sucursales en casi todas las ciudades capitales de países en Europa, Asia y África. Era un
procedimiento entre sutil y abierto. Una aplicación nada compleja, del lenguaje inherente a
la globalización. Porque, sin esto, los pueblos no serían pueblos, ni sus culturas serían
culturas. Un discurso engañoso.
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Procedimientos bárbaros, aquellos. Un traslado de culturas, a la manera de un intercambio.
Inmigrantes que sufrían los rigores de autoridades que, por un lado auspiciaban esos
procedimientos y que, mañana, hacían aparecer su ejercicio de autoridad; como algo pulcro,
sin ningún tipo de conciliación. Discursos onerosos que contribuían a la caracterización de
nuestros países como orientadores, sin fin, de opciones para el enriquecimiento.
Samuel se vinculó después. El mismo día en que Nicolás Sinisterra fue designado como
supervisor general de la empresa. Este tipo, Sinisterra, si que era abominable. Con un rictus
en su boca que causaba profundo fastidio; por lo mismo que era agresivo. Ojos escrutadores.
hacia las mujeres, con un tono lascivo. En principio me apartaba de él y conversaba con
Samuel. Sinisterra se dio cuenta de mis argucias y, entonces, conminó a Samuel para que
permaneciera en el depósito de exportaciones e importaciones. Un trabajo durísimo; ya que
le correspondía realizar inventarios periódicos. A su vez, cotejar los resultados con las
bitácoras existentes en la compañía. Le asignaron un auxiliar un tanto torpe, Jerónimo. Este
se acomodó a las circunstancias, con Samuel como guía. Un trabajo dispendioso. Se trataba
de inventariar el contenido de cajas que llegaban de diferentes partes del país y, de Europa,
Asia y África. Samuel, le manifestó a Susana algunas inquietudes al respecto. Esta hizo caso
omiso de las mismas. Samuel, nunca más, volvió a manifestarle algo al respecto.
Entretanto, Las relaciones entre Susana y Samuel se fueron deteriorando. Samuel sentía celos
por la cercanía entre Sinisterra y ella. De por sí, Susana, era abierta, circunstancial. No la
arrobaban los comentarios de los demás. En el caso particular de Samuel lo desechaba como
resentido.
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Entre Sinisterra y Susana, fue creciendo una interacción sexuada. Ella y él eran expertos en
eso de otorgarse a cada momento. La esposa de Sinisterra era, para él, sujeto distante y frío.
Con Susana sentía placer con solo miarle e imaginar sus pechos al desnudo. Imaginar la joya
que llevaba entre sus piernas. Soñaba con montarla. A cada noche. No podía dormir, hasta
no manipular su pene, con la figura de Susana como referente. Una y otra vez; hasta vaciarse
en cantidades enormes. Las sábanas daban cuenta de ello. Cuando su esposa le requería por
esas manchas que dejaba cada noche; Sinisterra le respondía que era consecuencia de una
fijación con respecto a ella; ya que no podía tenerla debido a las hemorragias continuas que
sufría.
Susana tenía precio. No simbólico. Realmente disfrutaba de los ofrecimientos de Sinisterra.
Obsequios diversos que colmaban su vanidad. Desde vestidos de marca, hasta chocolates
importados, los garotos de Brasil. .Se sentía halagada constantemente. Además, como
propuesta de Sinisterra a la gerencia, la nombraron su asesora. Un sueldo más representativo
y unas ínfulas derivadas de ello. Hasta que no pudo más. Se entregó a Sinisterra en el mismo
local de la empresa. Un mediodía, mientras el personal disfrutaba de su descanso para el
almuerzo; se tumbaron sin ningún recato. Rodaron por la alfombra; destrozaron sillas en su
ajetreo que duró cerca de dos horas.
Susana lamentó, después, no haberle exigido preservativo a Sinisterra. Porque, desde ese
mismo día quedó preñada. Le habló a Sinisterra al respecto. La respuesta de este fue
perentoria: es tu problema. Claro que puedes contar con mi aporte económico cuando lo
necesites. Pero el hijo o hija será tuyo o tuya, no míos. A pesar de la respuesta, Susana siguió
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explorando con Sinisterra. Dos veces por semana. Siempre al mediodía. Desde la primera
vez, Jerónimo los observó desde lejos, aprovechando una grieta que había sido inadvertida,
durante mucho tiempo. El chico se sentía trastornado. No quería a las mujeres; sentía gran
excitación, viendo el palo erguido de Sinisterra y su sincronía para forcejear con Susana.
Siempre, a partir de ahí, quiso ser él el que soportara esa maniobra, de la sincronía de
Sinisterra. Con Samuel, a pesar de su fuerza, no era lo mismo. No sentía mucho placer. Los
movimientos de Samuel eran torpes y permanecía mudo mientras lo poseía. Ninguna caricia;
ninguna palabra motivadora que delatara su amor por él. Se hizo la promesa de lograr que
Sinisterra hiciera con él, lo mismo que con Susana. Soñaba con eso. Despertaba en la
madrugada, cautivado por la imagen de Sinisterra con su músculo erguido y llamándolo.
La madre de Susana, había trasegado por mil mundos. Una mujer altiva. Con una inmensa
pasión por lo espiritual. Mientras vivió con el padre de Susana y de Josefina, le enseñó un
ritual complejo, antes de ser penetrada. Un sortilegio extraño. Por lo menos no era común.
Se trataba de danzar desnudos y luego meditar durante largo rato. Ella decía que así se
expulsaban malquerencias que la acechaban a ella y que, suponía, lo acechaban a él. Una vez
concluida jornada. Invitaba a su macho, para que la montara. Pero, previamente, se vendaba
los ojos. No es conveniente, le decía, verte la cara con esos gestos acezantes.
Un día cualquiera, Rafaela, salió de casa y nunca más regresó. No se supo de ella. Había
algunas versiones que la localizaban en Manaos. Pero esta versión nunca pudo ser
confirmada. Lo cierto es que, en ausencia de Rafaela, Josefina satisfizo al padre. Siempre
había soñado con esto. Ser amante del padre. Como rodeo teórico que invierte la opción
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edípica. Josefina nunca quiso a su madre. La odiaba por poseer a su padre. Muchas noches
estuvo atisbando el ritual. Abría sus piernas y seguía el ritmo de ella y el de él. Un orgasmo
provocado, a distancia. Después, la absorbía el sueño, dormía sonriendo. Con sus dedos en
su abertura; entrando y saliendo. Con la imagen de su padre sobre ella y no sobre su madre.
Así se mantuvo hasta los 16 años; Hasta que conoció al negro Burbano. Sucedió un día que
estaba en casa de Silvia, su amiga de siempre. Burbano entró, sin saludarla. Le dijo a Silvia
que quería estar solo con ella. Josefina salió. La había impactado el cuerpo de ese negro.
Imaginaba la largueza de su miembro; a partir de lo que podía observar en su bragueta.
Esperó largo tiempo, hasta que Burbano salió. Lo abordó. Le dijo que necesitaba hablar con
él. Lo llevó a su casa. Una vez allí, se desnudó delante de él, se acostó en la cama y abrió sus
piernas, insinuándoles a Burbano que la montara. Él era un hombre de constantes
experiencias sexuales. Hombre de grandes batallas. Siempre había sido admirado por las
mujeres, que veían él, un ejemplar inagotable. Entre sí, ellas, hablaban de sus montadas. Sin
pausa, hasta cinco o seis veces. Casi siempre las dejaba exhaustas, mientras él seguía con su
asta erguida.
Burbano avasalló a Josefina. Tres veces la inundó; hasta que ella no resistió más. Se quedó
dormida. Burbano salió por donde había entrado.
Josefina le relató a Susana su entrega. Eran buenas amigas. Susana preguntó si Burbano había
utilizado preservativo. Josefina, dijo que no. Susana le advirtió: ahora debes estar preñada.
Dime donde vive ese tipo, para obligarlo a regresar donde ti.
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No sé dónde vive, respondió Josefina. Lo único que sé es que frecuenta a Silvia. Son amantes
desde mucho tiempo atrás. Silvia recibió a Susana, un tanto sorprendida. Nunca la había
visitado. Sin embargo, la invitó a seguir. Hablaron en el cuarto que Silvia destinaba para sus
escarceos con Burbano. Después de escuchar la versión de Susana, Silvia dijo: cada quien
vive sus propios placeres. Cada quien asume las consecuencias. Esto lo tradujo Susana; en
términos de que a Silvia no le importaba lo que hubiera su cedido entre Burbano y Josefina,
a pesar de su minoría de edad.
Josefina y Susana, se acompañaron en la preñez casi simultánea. El padre, al conocer el
estado de las dos, abandonó el hogar; no sin antes vilipendiarlas. Las acusó de ser putas perras
que le abren las piernas a cualquiera. No quiso saber nada de ellas, desde ese momento.
Transcurrió el tempo para las dos gestantes. Entretanto, Susana se le entregaba a Sinisterra,
sin importarle el crecimiento de su vientre. Susana era incansable. Aun a riesgo de perder a
su hijo, ensayaba con Nicolás un gran número de posiciones diferentes. Lo suyo era un eterno
ejercicio erótico, sin límites.
Jerónimo, había cumplido su promesa. Se presentó donde Sinisterra; un día festivo en que la
empresa no tuvo actividades. Le dijo: patrón he venido porque necesito confesarle algo. Estoy
enamorado de usted. Quiero ser suyo, todos los días; donde usted quiera y a la hora que
quiera.
Ese día, Sinisterra inauguró su otra opción. Le sugirió a Jerónimo que se desvistiera. Luego,
desabrochó su bragueta y montó en él. Jerónimo sintió el placer de ser penetrado por un falo
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tan inmenso. Le hurgaba las entrañas. Alejó de si el dolor, gritando más, más, patroncito.
Sinisterra lo hizo una y otra vez. Hasta que Jerónimo empezó a sangrar. Una hemorragia
inmensa. No sirvieron los algodones, las gasas y los trapos que utilizó Nicolás. Era un
torrente inagotable.
Allí mismo murió Jerónimo. El problema para Sinisterra fue mayúsculo. Llamó al asesor
jurídico de la empresa. Este lo advirtió de las consecuencias jurídicas del caso. Porque no
valía la pena mentir; ya que la cotejación del ADN o, una simple muestra de semen, lo haría
vulnerable; por no decir que responsable de manera directa.
Le propuso deshacerse del cadáver. Primero, encerrándolo en el cuarto que queda cerca de la
bodega principal. Allí no entraba nadie sin ser autorizado y sin tener la clave de acceso.
Después, aprovecharían el vehículo que reparte mercancías, para tirarlo en cualquier
escampado.
Diez días después, el cuerpo de Jerónimo fue encontrado y reportado como occiso que había
sido violado días antes y que había sido reportado como desaparecido Para Samuel, la noticia,
significó un dolor inmenso. Porque Jerónimo era su vida. Lo amaba profundamente. Cada
día, al lado suyo, fue una experiencia hermosa. Para no hablar de los momentos en que
recorrían sus cuerpos. A pesar de cierta indiferencia por parte de Jerónimo, Samuel lo sentía
como amante que sabía otorgar placer sin límites.
Susana sospechó de Sinisterra. Era como una percepción constante. Como cuando alguien
siente que quien está consigo; tiene un secreto. Como un viento frío que causa escozor; que
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penetra todo el cuerpo y obliga a sentir miedo. La sospecha, se incrementó, cuando Susana
observó manchas en el tapete. Sangre y semen. Ella conocía de esas texturas, desde su lejana
infancia, cuando fue violada por su padre. Allí, ella sangró de manera abundante y su padre
se vacío cien veces sobre ella.
Sin embargo, calló. No estaba dentro de sus propósitos un juicio de responsabilidades. Entre
otras cosas, porque Sinisterra era el padre de su hijo, aunque él no lo quisiera. Además,
porque, las ganancias de la empresa dependían de él; como sujeto que mueve el negocio; a
partir de sus contactos en el exterior y en el interior, a través de su amigo, el hermano del
Ministro del Interior y de Justicia.
El registro de la muerte de Jerónimo, cumplió su ciclo. Fue caso olvidado, a pesar de las
conjeturas de Samuel, que veía en la muerte de su Jerónimo, un asesinato con responsable
cercano; ahí mismo en la empresa. Pero todo, en él, eran suposiciones y nunca evidencias
demostrables.
Susana llamó a su hijo, Daniel. Josefina, llamó a su hija Isadora. Las dos, Susana y Josefina,
se arrepentían del paso que habían dado. Era un pago demasiado grande por el placer sentido.
Cierta rabia con su hijo y con su hija. Daniel e Isadora crecieron, en el contexto del
resentimiento. Una y la otra, una amargura extrema que las obligaba a un continuo ejercicio
de desdoblamiento, mostrando hacia fuera una satisfacción absoluta. Siendo, en su interior,
una angustia reprimida. No querer ser madres era el soporte de su quehacer inmediato.
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La vida de Silvia siempre fue extraña. Una mujer con infancia sometida a unos rigores
infames. Una madre deambulando por aquí y por allá. Con un registro histórico de ineludibles
visos de descompensación. Tuvo a su primer hijo, Samuel, como consecuencia de haber sido
violada por un hombre giboso, residente en Puerto Boyacá. Estuvo a la deriva, como noria
constante. Una pareja, Isolina y Demetrio, la recibieron con bondad y con solidaridad. Sin
embargo, ella, Rosa, se escapó. Encontró a Santiago, en Puerto Berrio, Se enamoró de él;
como había aprendido a hacerlo. Por la vía de su deseo, que parte desde adentro. Una
obsesión patológica. Al ver a un hombre, siempre, medía su condición, por la imagen de su
pene. Casi nunca se equivocaba. En el caso de Santiago, no fue la excepción. Lo vio en el
parque. Calculó su potencia y su longitud. Así, sin ninguna excitación, era una vara inmensa;
siempre al acecho.
Ese día durmieron allí mismo, en el parque. El piso desnudo fue su hospitalario lecho.
Gimieron cerca de tres horas. Los transeúntes los miraban. Algunos con envidia de lo que
tenía Santiago. Otras con la ansiedad y con el deseo de que sus parejas les hicieran lo mismo.
Algunos. Pasaron las horas allí. Viendo esa lucha cuerpo a cuerpo. Se abstraían; olvidando
sus tareas inmediatas. Se quedaron, hasta asegurarse de que la pareja cumplió su reto.
Tal parece que Silvia fue engendrada ese primer día del encuentro entre Santiago y Rosa
Elvia. Nació un 8 de marzo. Desde pequeña añoró tener un amante. Veía en su madre un
prototipo a imitar. Cada noche Santiago la poseía. Era tanto el furor y los espasmos, que la
niña terminó por creer que ese ritual hacía parte de lo cotidiano de una mujer y de un hombre.
A su muñeco lo desvestía y lo colocaba encima de ella, simulando a Rosa y a Santiago.
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Tal vez por esto, a sus diez años, ya lo anhelaba. Lo encontró en Daniel; un amigo de la
familia de tiempo atrás. Un joven de estatura mediana; que la alzaba y la acariciaba desde
que tenía tres meses. Daniel, desde ese momento, la hurgaba con los dedos. Ella sentía dolor
y placer. Así fue siempre. Cuando cumplió diez años, Rosa Elvia solicitó a Daniel que cuidara
de su hija, mientras ella atendía un asunto por fuera de la casa. Daniel ya sabía de cual asunto
se trataba. La espiaba desde hacía tiempo. Seguía sus pasos y se percató de que se encontraba
con un hombre en las afueras del barrio. Se besaban y caminaban cogidos de la mano, hasta
un sitio famoso por ser el hospital de los amantes. Allí, cada pareja, curaba sus vacíos de
amor y su nostalgia.
Cuando Silvia entró al baño, Daniel la siguió. Entró con ella. La envolvió en sus brazos.
Silvia dejó que las manos de Daniel la recorrieran. Sentía un estremecimiento gratificante.
Cuando él le mostró su pene; Silvia lo tomó, acariciándolo. Se dejaron caer al piso. Daniel
la guiaba. Abre las piernas; muévete. No llores. Esto no duele tanto.
Dos horas después, Silvia sangraba. Se sentía dichosa. Admiraba lo de Daniel. La excitaba
ese líquido viscoso que salía de él. Lo palpaba, era tibio. Daniel terminó con ella, porque
llamaron a la puerta. Se incorporó, subió sus pantalones. La niña quedó en el baño, como si
apenas empezara a bañarse. Cuando Rosa entró a la casa miró la bragueta de Daniel, a punto
de romperse. Allí mismo le tocó su músculo tenso. Con Daniel cogido de la mano, lo llevó a
su cuarto y allí continuo lo que había dejado pendiente con Pánfilo.
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Creció, Silvia, al lado de sus hermanas y hermanos; excepto Samuel que ya se encontraba
por fuera del hogar. Vivía en un cuarto aparte. Allí pasaba noches y días. Después de su
trabajo. Unas veces con Susana, otras veces con Jerónimo. Otras con Maritza. La había
llevado allí y la poseía cada vez que no tenía a Jerónimo ni a algunos de sus amantes
itinerantes. La primera preñez de Maritza, fue atendida con un aborto practicado en el mismo
cuarto. Desde ahí, Maritza tuvo hemorragias continuas. Se le calmaron después de conocer a
Pánfilo.
Para Silvia, la vida es y ha sido un eterno murmullo. Un hablar consigo misma. En esos
intentos inveterados que efectúan algunas personas, buscando sosiego. Tratando de
encontrarse; a partir de redefinir sus roles. Ha sido una itinerante. Desde todos los lados.
Desde su condición de mujer; desde sus pasiones; desde sus nostalgias. Podría decirse que
no ha tenido la noción del significado que adquiere el tránsito por el mundo, en el contexto
de una determinada sociedad. Lo suyo ha sido rodar por un abismo; sin asideros diferentes a
aquellos que la relacionan con sus afugias de amante transitoria de uno u otro hombre.
Inclusive, con hombres de la familia o cercanos a ella. Ella tiene un estigma. Desde que deseó
a Santiago, al verlo actuar con su madre. Desde aquel día en que Daniel la tuvo.
Pánfilo siempre la ha asediado. No importa que esté con Maritza. Para él, la promiscuidad es
la condición normal de un hombre o una mujer. Lo de Pánfilo es una exhibición de poder
económico y de convencimiento. Así concretó su relación con Silvia. No tuvo ningún reparo
al saber que ella, a sus diez años, supo que es el placer de sentirse penetrada. Tampoco lo
tuvo cuando conoció que Burbano la tuvo por mucho tiempo. Con él, Silvia, había construido
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mil y una maneras de forcejear. Por lo tanto, Pánfilo, encontró en ella una mujer ya hecha,
curtida en posibilidades eróticas.
Silvia conoció de la profesión que asumía Pánfilo. Hombre hecho para vulnerar a los demás.
Con experiencias en todos los ámbitos derivados del manejo y aplicación de opciones
políticas y militares. Su historial era inmenso. Tenía bajo su mando diferentes zonas del país.
Sus empleados (así llamaba a los que cumplían con sus órdenes) eran distribuidos según las
necesidades. Hombres con sentido de pertenencia con la muerte. Para ellos, matar, era una
profesión y se divertían con ella. En el campo incursionaban a cualquier hora. Matanzas
colectivas o individuales. Sabían convertir cualquier sitio en fosas comunes. Todo lo suyo
estaba medido con un mismo rasero: el exterminio de quienes no asumieran sus convicciones;
las mismas de quien o quienes estén en el poder. Un cruce de caminos entre exterminio y
conducción política y económica. En la ciudad variaban los métodos. El preferido: matar en
la calle a quienes previamente fueran señalados…O incursionar en las viviendas, llevándose
al (la) requerido (a), para luego matarlo (a). La tortura se convirtió en modus operandi.
Por vía Pánfilo, Silvia conoció del soporte que tuvieron muchas muertes. De Isolina; de
Juliana; de Pedro Arenas; de Demetrio. Para ella, en principio, fue difícil la adaptación. Saber
que quien exploraba con ella su cuerpo; era la misma persona que ordenaba las muertes. Por
lo mismo no tuvo ningún problema para asimilar el hecho de que Samuel, Adrián, Pitágoras;
eran agentes encubiertos al servicio de Pánfilo. Como no tuvo ningún problema asimilar el
hecho de que su madre Rosa Elvia, a más de ser otra amante de Pánfilo; se constituyera en
señuelo para adquirir información.
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En fin que, Silvia, llegó a ser mujer de todos. Como su madre. Se iniciaron a la misma edad.
Rosa Elvia asumió su primera vez, no como vulneración; sino como hecho cotidiano que le
otorgó placer, a pesar del dolor y de las hemorragias. Tal vez por esto desechó la protección
de Isolina y de Demetrio. Ella, Silvia, gozó del encuentro con Daniel. Siempre lo consideró
como el primer paso hacia la reivindicación del placer. Con quien sea y como sea. Disfrutaba
con Pánfilo cada que este la requería. Aun sabiendo que horas antes este había estado con
Maritza. A esta, a pesar de que le molestaba, no le quedaba otra cosa que satisfacerlo; si bien
en muchos momentos no lo disfrutaba. En veces podían más la rabia y los celos. Esto la
inhibía para el placer.
Volvió a conocer de Burbano, cuando supo que había sido muerto. Sospechaba de Pánfilo
como mandante. Sin embargo, nunca tuvo certeza. Como homenaje silencioso, a partir de
ahí, cuando Pánfilo estaba con ella; evocaba a Burbano. Tuvo su imagen. Como si quien
estuviera encima o debajo fuera él y no Pánfilo.
Cierto día, Pánfilo le solicitó un favor. Se trataba de que sirviera como señuelo para atraer a
un muchacho que debía ser muerto. Un sujeto, decía Pánfilo, que no merece vivir. Por ser
desleal con él. No imaginaba Silvia de qué tipo de deslealtad hablaba Pánfilo. Lo vino a saber
cuándo Samuel le habló de Jerónimo. Le dijo que habían, Pánfilo y él, conocido de su
romance con Sinisterra. Que se veían en la empresa; al mediodía. Que allí se poseían en
extenso. No se ordenó la muerte de Sinisterra, porque su poder económico y su quehacer
como administrador de la empresa; hacían parte del engranaje. Lo odiaban como competidor
con respecto a Jerónimo. Pero se hacía intocable.
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Soñó Silvia, que llamó a Jerónimo, con el supuesto propósito de entregarle un obsequio de
Samuel. Ya que este se había ausentado de la ciudad; para cumplir con una misión de la
empresa. Lo citó al parque central del barrio. Allí fue acribillado por dos hombres que se
movilizaban a pie. Sin ningún problema huyeron después del asesinato. A pesar de la cercanía
de un puesto de policía y de que algunos vecinos informaron de lo sucedido a los agentes.
Silvia vivió presa de ese sueño, durante el resto de sus días. Ver a Jerónimo muerto…y que
la llamaba…y que la increpaba por haber sido cómplice.
En ese sueño, pudo más el desconcierto y la conmoción. Silvia no pudo soportar saberse
cómplice de la muerte de Jerónimo. Pánfilo la encontró muerta en su cuarto. Había ingerido
veneno, tres horas atrás. Antes de tomar la decisión de matarse, Silvia había escrito: “Creo
que he llegado a la cúspide de la ignominia. Me avergüenzo por el giro que he dado en mi
vida. Nunca encontré mi rumbo. Me consumió el placer y no me arrepiento de ello. Todo lo
superé, a mi manera. Lo que no pude soportar fue mi condición de vehículo para la muerte;
particularmente de Jerónimo.”... Cuando despertó, se percató que Pánfilo estaba encima de
ella.
Adrián se hizo hombre, en el entendido que serlo, significa capacidad para realizar acciones
que impliquen la utilización de la fuerza para someter a quien sea. Desde su nacimiento,
tuvo vocación de perdulario. De hecho, su infancia, la cruzó al lado de Santiago, su padre.
Con él anduvo todos los caminos que pudieron. Santiago se preocupó por enseñarle las mañas
necesarias para adquirir poder o, por lo menos, para intentarlo. Nunca jugó con otros niños.
No había tiempo para hacerlo. Para él, era una muestra de debilidad. Maduró su personalidad,
219
a golpes de acciones recomendadas por Santiago. Desde robar a un indefenso tendero de
barrio; hasta llevar y traer información para pares más importantes y poderos. Esos fueron
los rituales para su iniciación.
Con su madre nunca tuvo un acercamiento diferente que aquel relacionado con su condición
de mujer de todos. Él mismo realizó con ella lo que realizaba Santiago y Pánfilo y Daniel y
Samuel y Sinisterra…Lista de nunca acabar. Así aprendió a subestimar a las mujeres. Para
él, ellas no eran otra cosa que sujetas de placer. Bien sea comprado o por cualquier otra
condición. Lo único cierto, según aprendió Adrián, es que ellas no saben más allá que de
abrir sus piernas y esperar uno o varios usuarios. Así estuvo con Rosa Elvia; con Maritza;
con Martha; con Susana. Cuando no pudo imponer sus condiciones, como en el caso de la
efímera vida de pareja con Isolina, dirimió el impasse por la vía de la separación;
manteniendo latente su odio por la valentía y la fuerza conceptual de Isolina. Esto incidió,
hasta cierto punto en el acumulado de hechos que sustentaron la muerte violenta de ella.
Porque, le insistió a Pánfilo que mujeres así no podían seguir viviendo. De hecho ya, Pánfilo,
tenía suficientes motivos para hacerlo. De todas maneras lo que más peso tuvo en la decisión
de darle muerte, fue su cercanía con Juliana, con Pedro Arenas y con Demetrio; todos ellos
y ellas usufructuarios de lo que Pánfilo tipificó como la franja de la subversión del orden
establecido. En todos los sentidos. Incluido, claro está, el orden político, económico y social
del país; liderado por un auténtico extirpador de tumores sociales malignos.
Con Samuel mantuvo, transitoriamente, una confrontación. Cuando éste (Samuel) fue
infectado por el mal de la discrepancia y la sedición. Tiempo en el cual Samuel respaldaba
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las acciones de Isolina, de Juliana, de Pedro Arenas y de Demetrio. Nunca ha negado que
hubiera matado a Samuel, si no hubiera rectificado su camino. A partir de ahí se hicieron
socios en la tarea de matar y vulnerar. Socios de Pánfilo y de sus adeptos-empleados como
asesinos a sueldo.
Veintidós (El amante de mi madre)
Conoció a Verdaguer, un día en que este visitó a su madre; en ausencia de Santiago. Adrián
tenía nueve años. Fue testigo de la capacidad de Rosa Elvia para otorgar placer. Ella y
Verdaguer consumieron horas y horas. Ella gritaba, él acezaba, una y otra vez. Fue el origen
de su misoginia.
Volvió a verlo con ocasión de un viaje a Montevideo; cumpliendo una actividad ordenada
por Pánfilo. Se trataba de contactar hombres al servicio de la dictadura, en su lucha contra la
oposición, incluidos claro está militantes de los Tupamaros; o simpatizantes de ellos. Probado
o sin comprobar. Justo, Verdaguer era un cabecilla de los exterminadores; o de los “patriotas”
como se hacían llamar.
En comienzo, Verdaguer no reconoció a Adrián. No atinaba a la cotejación entre un joven de
20 años y un imberbe de nueve años. Pero Adrián si lo identificó en el acto. Se lo hizo saber.
Inclusive le manifestó que, como él, había disfrutado de las bondades eróticas de Rosa Elvia.
221
Por indicación de Verdaguer, Adrián conoció otros integrantes de los grupos de exterminio.
Viajaron a Punta del Este. Se divirtieron y concretaron asesorías para los grupos en
Colombia. Hasta cierto punto la escogencia de esta ciudad obró como distractor; pues había
grupos de inteligencia, compuestos por personas afines a la oposición. Particularmente, a los
Tupamaros; cuyo objetivo era localizar, identificar y actuar en contra de los mercenarios.
Su regreso al País, se produjo el mismo día en que se cumplió la orden de matar a Juliana y
a Pedro Arenas. Un trabajo perfecto. Un procedimiento similar al que conoció que estaban
perfeccionando en Uruguay. Estuvo reunido con Pánfilo, Samuel y tres hombres más, de
plena confianza de Pánfilo. Desde ese mismo día se programaron sesiones de trabajo con
ejecutores activos y potenciales. Ya había el antecedente de las enseñanzas de Klein. Lo de
ahora era un reto mayor; pues se trataba de incursionar de lleno en las ciudades en contra de
objetivos previamente identificados por las labores de inteligencia al servicio de ellos,
orientados desde las instituciones militares y policiales.
Adrián fue designado interventor de los procedimientos en la capital. Un oficio dispendioso
que exigía conocimientos y concentración. Coordinar búsquedas y ejecuciones. Él era
intermediario entre Pánfilo y los realizadores directos de los encargos; así llamaban ellos los
asesinatos.
Desde allí, Adrián conoció pormenores de toda la doctrina al respecto. Conoció códigos
utilizados para concretar reuniones entre militares y policías institucionalizados, con los
grupos de ejecución clandestinos. Desde allí conoció el rol de los asesores estadunidenses;
222
del rol no publicitado de la embajada. Conoció de los alcances de la política diseñada por la
cúpula gubernamental, militar y policial. De los objetivos a mediano y largo plazo y de las
tareas inmediatas conducentes a concretarlos.
Por sus manos pasaron listas y códigos con los nombres de los objetivos militares,
paramilitares, policiales y parapoliciales. De todas las edades y sexos. Con indicaciones
precisas para el encubrimiento de las muertes. Con todos los datos necesarios. Con día y hora
de las ejecuciones y con indicaciones acerca de las modificaciones de último momento.
Una noche, fue secuestrado, en su residencia, por un grupo de hombres y mujeres. Lo
encontraron muerto tres días después en una localidad vecina a la capital. Luego se supo,
después de complicadísimas cotejaciones realizadas por Pánfilo y la cúpula militar; que había
sido ubicado e identificado, a partir de información vertida por Verdaguer. Este fue tipificado
como mercenario de doble vía y doble aplicación.
Adrián fue reemplazado por Daniel. Este había logrado escalar posiciones en la estructura; a
partir de su relación con Silvia y con Maritza. Desde ahí empezó a conocer la organizac ión.
Pánfilo le tomó confianza, por recomendación de Silvia que veía en él un amante pleno e
imaginativo y, al mismo tiempo, un prospecto para asumir tareas. Por lo incondicional y por
sus convicciones ajustadas a los requerimientos del oficio liderado por Pánfilo.
Su primer encargo, tuvo que ver con la coordinación de una infiltración en dos grupos
políticos de oposición. Dos objetivos. Uno, interceptar comunicaciones y enviar información
223
constante. Otro, identificar posibles nexos entre esos dos grupos y otros movimientos
nacionales e internacionales; en una perspectiva desestabilizadora a gran escala.
De su cosecha, fueron los atentados en contra de, al menos dos dirigentes de esos dos grupos.
Uno de ellos, un ciudadano colombiano, responsable de la orientación y coordinador del flujo
de información con organizaciones no gubernamentales a nivel internacional, incluida
Amnistía Internacional. Otro, un ciudadano argentino; responsable de la coordinación de
ayudas económicas con diferentes instituciones gubernamentales y no gubernamentales de
Europa y de Asia.
Fueron muertes violentas, con saña. Una, en la capital, mediante la adecuación de un coche
bomba, a la salida de un acto político en el centro de la capital. La otra, en Buenos Aires,
mediante una intervención sicarial. En las dos ejecuciones hubo personas muertas y heridas,
ajenas al conflicto.
Con esa carta de presentación, Daniel fue transferido a una instancia mucho más compleja.
Estando allí, ejerciendo como coordinador operativo; lo sorprendió la muerte. Mientras
andaba por una zona deprimida de la ciudad en que estaba; fue abordado por dos hombres.
Allí mismo fue acuchillado. Según el reporte pericial, el móvil no fue el robo, porque llevaba
toda su documentación, dinero y tarjetas de crédito.
A Samuel lo sorprendió la decisión que le comunicó Pánfilo. Este había recibido, el día
anterior, la orden de asesinar a Sinisterra. El soporte tiene que ver, según Pánfilo, con las
actuaciones de Sinisterra, y que lesionaron las finanzas de la empresa. Había transferido, a
224
su nombre, una suma muy importante de dinero; desde dos bancos en el país, hacia un banco
en Suiza. Tolo, con la garantía que le daba el conocimiento de las claves correspondientes.
Lo hizo sin compartir con nadie. Incluso, ni siquiera Susana lo supo. A pesar de haber
realizado con ella diferentes viajes a Uruguay, Chile y Argentina; en un proceso de
consolidación de sucursales de la empresa.
Sinisterra, además, estuvo en Europa; concretamente en Inglaterra y Holanda. Viajó solo. Su
relación con algunos de los socios más importantes, se había acrecentado. Precisamente, en
este viaje, obtuvo una información bien importante acerca del movimiento de inmigrantes,
desde África hacia España y Francia. Acreditó sus realizaciones, en términos de la
administración de la empresa. Informó, por ejemplo, de las circunstancias en que se
desenvolvía el negocio en el País y de los nexos adquiridos con funcionarios
gubernamentales, en un proceso que incluía la interacción con grupos encargados de realizar
acciones específicas de seguimiento a algunas organizaciones opuestas al programa de
gobierno, relacionados con el manejo de la seguridad. Incluía, además, la financiación de
estos grupos; manejando un bajo perfil, no visible; al menos en lo que respecta a la difusión
en los medios de comunicación. Un trabajo, en el cual se habían obtenido logros importantes.
Pánfilo siempre tuvo con Sinisterra, un conflicto latente.; soportado en dos aspectos. Uno,
relacionado con Susana. Para Pánfilo, ella, representaba un ícono en su ideario sexuado. No
había logrado alcanzarla. Cuando supo que, las relaciones entre Susana y Sinisterra, habían
adquirido un sesgo de amantes; se sintió en desventaja. Como si Sinisterra lo hubiera
derrotado en un duelo no visible, no pactado, pero si con conocimiento de causa.
225
El otro aspecto, tenía relación con el posicionamiento adquirido por Sinisterra en la empresa.
Porque, éste, había logrado, no solo escalar posiciones sino, lo que era más importante, esas
posiciones lo ubicaban como un hombre trascendente en todo el proceso. Incluidas las
relaciones con el gobierno. Llegando, incluso, a ejercer como asesor y consultor en el
contexto de las políticas de seguridad trazadas, desde el inicio mismo del actual presidente.
Cuando Pánfilo recibió la orden, sintió un profundo alivio. Algo así como ver en ella la
posibilidad de revancha que siempre había esperado.
Samuel asimiló la noticia. Recordando, entre otras cosas, que Sinisterra lo había despojado
de Susana. Sintió esto, desde el primer día en que advirtió que éste había logrado cautivarla
y poseerla. La versión que Jerónimo le comunicó, no hizo otra cosa que consolidar su
resentimiento.
Samuel y Pánfilo diseñaron el plan para cumplir con la orden impartida. Decidieron que debía
ser una acción que debía ser realizada, en condiciones similares a la muerte de Daniel; con
la diferencia de que, aquí, se apoyarían en Jerónimo. En su condición de amante de Sinisterra.
Jerónimo recibió la noticia, por parte de Samuel. Entre los dos se había producido un
distanciamiento, a raíz del enamoramiento absoluto de Jerónimo, con respecto a Sinisterra.
Para este, Sinisterra, se constituyó en una obsesión. No podía pasar un día sin verlo. Se le
hacía eterno el tiempo entre una sesión y otra. Sesiones que duraban tres o cuatro horas.
Sinisterra utilizaba toda su potencia. Lo penetraba sin descanso. Lo surtía de su líquido que
226
fluía y fluía todo el tiempo. Jerónimo era insaciable. No importaban las hemorragias
repetidas. Lo hacían cada dos días; sin interrupciones.
Por lo tanto, cuando Samuel le comunicó que Sinisterra le había propuesto iniciar una
relación como amantes y que, esta había empezado ese día; en su oficina. Que habían
utilizado todo el repertorio conocido por ambos. Y que, Sinisterra, le había confesado que
nunca había estado con alguien que lo cautivara y lo saciara como él. Que, incluso, se había
dejado penetrar. Que valoró su pene como lo más hermoso que había visto en su vida. Que
se lo manipuló; que lamió todo el líquido que vertía Samuel. Que lo besó en todo su cuerpo.
Que gritó de dicha, cada que Samuel lo horadó. Que fueron cinco horas de absoluto placer
de parte y parte.
Jerónimo se sintió desolado. Sintió como si todo se hubiera derrumbado para él. Como si su
vida hubiera terminado. No podía hacerse a la idea de que Sinisterra lo reemplazara.
Recordaba que, cada que estaban juntos, le susurraba su profundo amor y lealtad. Le decía
que era su único amor. Que Susana era nada, comparado con él. En la sesión siguiente,
Jerónimo llegó donde Sinisterra. Según la costumbre, se besaron largamente, mientras se
desvestían y se acariciaban sus astas erguidas; Jerónimo se mostró mucho más apasionado y
excitado. Le pedía más y más a su amante. En uno de los descansos, simuló la necesidad de
ir al baño. Allí rompió uno de los espejos. Regresó donde Sinisterra. Sin darle tiempo a
reaccionar le hundió una astilla de vidrio en la garganta. Una y otra vez, sin parar. Se vistió,
salió de la oficina; dejándola cerrada. Sinisterra, se había quedado dormido después de poseer
a Susana. Despertó, conmovido por el aterrador sueño.
227
Pitágoras se apartó de Santiago. Sintió mucho la situación de Rosa Elvia. Tanto como
entender que ella había sucumbido ante los avatares de la vida. Valoró su condición de mujer
libertaria. Su decisión de asumir lo afectivo como sucesión de relaciones. En una
promiscuidad que no compartía; pero que respetaba.
Rosa Elvia era, para Pitágoras, ese tipo de personas en angustia constante. Sin poder redefinir
su proceso como itinerante en una sociedad cargada de situaciones complejas. Un tejido que
la sometía. Un entendido de libertad circunscrito a ensayar variables. Pitágoras la sentía como
mujer que nunca había sido amada. Tal vez, ella, tampoco ha amado. Porque, consideraba,
que amar era más que estar con todos o todas; sin importar cuando o porqué. Un tipo de
satisfacción, de placer, centrado en el arrebato sexual circunstancial. Vivir esto como
condición única; como soporte único. Una distorsión del hecho de amar y ser amada. Un
camino lleno de dificultades asociadas a esa condición de ser. La reconocía como madre y
como mujer. Pero, no fue capaz de estar al lado de ella. No pudo o no quiso acompañarla en
su peregrinar; mucho menos intentar la persuasión en términos de buscar otra alternativa de
vida.
Sorteando obstáculos, logró terminar sus estudios secundarios. Ingresó a la universidad en
horario nocturno. Trabajaba todo el día como vendedor en un almacén. Había heredado de
su padre la capacidad para cautivar compradores.
Escogió un programa de pregrado que le pareció importante. La antropología siempre le
había llamado la atención. Con el profesor Pedro Arenas y con la profesora Juliana, a quienes
228
había conocido en el colegio, había departido muchas veces. Tertulias agradables; que lo
situaban en opciones de interpretación de la cultura y, en general, de la humanidad. Estuvo
en muchas de las actividades realizadas por Isolina; a quien admiraba profundamente. La
mujer que supo valorarse y hacer ruptura con Adrián. Por esa vía conoció a Demetrio. Le
pareció, siempre, un hombre con vocación de servicio. Demasiado humano. Amigo absoluto,
leal y confidente cuando fue necesario.
Pitágoras vivió el proceso angustioso que supuso el asesinato consecutivo de Pedro Arenas,
Juliana, Isolina y Demetrio. Hechos que le hicieron ver la tragedia de un país que nunca ha
conocido la paz, ni la solidaridad, ni la aceptación del otro o de la otra. País de convicciones
torcidas; en el cual ha predominado el ejercicio de la violencia continua, sistemática. País en
donde no ha existido sitio para la tolerancia y el respeto de los valores y derechos humanos.
Para él, esos asesinatos y muchos más, constituyeron y constituyen la reiteración del odio, y
la tropelía. Acezantes verdugos que nos conducen al desmoronamiento. Como sociedad y
como nación.
Se prometió a si mismo, retomar, a su manera el ideario de ellas y de ellos. A partir de los
logros alcanzados en la universidad y de su interacción con diversas organizaciones obreras,
campesinas y de la población más vulnerable; fue construyendo escenarios para proponer
alternativas. Para postular y realizar actividades trascendentes. En búsqueda de opciones
constantes, generosas, humanas. La intención de transformar la sociedad, desde una
perspectiva politica de inclusión. De reconocimiento de valores y de adecuaciones. De tal
229
manera que la vida adquiera otro significado; derrotando a la muerte inducida por quienes
nos han controlado y avasallado.
Al hacerse cargo de ese ideario, logró consolidar su posición como sujeto creativo, humano,
investigador e impulsor de nexos entre la academia y la población. Con un sentido de
pertenencia a la humanidad, por la vía de expandir el conocimiento de la historia; de tal
manera que este conocimiento se convierta en interacción social no claudicante ante el
embate de los violentos. Ante el embate de esas fuerzas poderosas, casi siempre soterrados,
que manejan los hilos de la política y de la economía, pretendiendo el beneficio propio; de
las clases que siempre se han constituido en el poder y que no están dispuestos a perder.
Siempre intuyó que sus hermanos y hermanas estaban del lado de los detentadores de ese
poder. Conoció a Pánfilo, de su relación con Maritza y Silvia. De su amistad con Samuel y
con Adrián. Siendo así, para Pitágoras, la noción de familia fue pragmática. Los vínculos de
sangre no cuentan a la hora de percibir y analizar determinados comportamientos. Por lo
mismo, para él, sus hermanos y hermanas no son otra cosa que auxiliares de los gendarmes.
Con un entendido de la vida similar a quienes asesinan contradictores, el contexto del
afianzamiento de su poder.
Pánfilo ya había hablado con Silvia y con Samuel, acerca de las andanzas de Pitágoras. Lo
asimilaron a la subversión. Para ellos, quedaba claro que no podía permitir la expansión de
esas opciones. No importaba la condición de hermano. Como sea hay que detener sus
avances. Ya conocían que había retomado las actividades que realizaban Isolina, Pedro,
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Juliana y Demetrio. Siendo así, la decisión fue obvia El 8 de marzo, al salir de un acto
realizado en la universidad, con motivo del Día Internacional de las Mujeres; Pitágoras fue
baleado desde un vehículo. Allí mismo murió. Su última visión, estuvo destinada a Rosa
Elvia.
Para Samuel, Pánfilo se había convertido en un socio molesto. Entre otras razones, porque el
afán de poder; le exigía a este, realizar cualquier tipo de tarea o acción. Ya, una vez muerto
Sinisterra, Pánfilo logró acceder a la administración de la empresa en la capital. Desde allí,
empezó una gestión avasallante. Desde todas las opciones posibles. Hizo recambio en la
planta de personal; gestionó la desvinculación de Verdaguer; en la sucursal uruguaya. Se
apoderó del mercado en Santiago de Chile. En el ámbito más doméstico, se apoderó de
Susana. Ella había lamentado, a su modo, la muerte de su amante. Pero, aplicado su afilado
sentido común, n o tuvo reparos el día en que Pánfilo se encerró con ella en la oficina y la
hizo gritar de placer. Lo de Pánfilo, observó ella, no es tan largo y voluminoso como lo era
el de Sinisterra. Pero, de todas maneras, acompañó la penetración, con rituales que había
aprendido y que le enseñó a Pánfilo; quien a pesar de su recorrido no había tenido acceso a
ese manual. El hijo de Susana y Sinisterra había nacido hace cerca de un año. Un niño normal.
Con un parecido absoluto a su madre. Para Susana, el niño, se convirtió en una carga. Su rol
estaba condicionado a tener libertad para asumir los requerimientos de la empresa y,
adicionalmente, los requerimientos de Pánfilo. Centrados en las necesidades sexuales de éste.
Es como entender la situación de muchos niños y niñas que no tienen un padre o una madre
que asuman con ellos y ellas la construcción de opciones de vida integral. Con una valoración
231
precisa del universo de necesidades. Una inclusión en la sociedad; de tal manera que la
complejidad de esta inserción se convierta en un hecho efectivo y no, simplemente, latente o
como mera expectativa.
Samuel conoció al niño. Le causó impacto, en el contexto de sus convicciones, un niño de
expresión triste. Como si, a su edad, ya estuviera inmerso en la angustia particular y colectiva.
Un niño que, en principio, no tendría posibilidades de vivir su infancia. Con lo que esta tiene
de lúdica, imaginación, amplitud y, fundamentalmente, de sensibilidad.
Con Pánfilo, entonces, Samuel asumió una modificación importante en su relación. En una
estructura de vida y de empresa, soportada en intereses particulares que erosionan cualquier
sentimiento de amistad. Ya, antes, había conocido la posición de Pánfilo con respecto a
Jerónimo. Los móviles de su muerte no le resultaban claros a Samuel. Porque la versión
presentada por las autoridades era un tanto inverosímil. Como aquella de expresar un ajuste
cuentas entre bandas criminales que se disputan territorios para las diferentes acciones
inherentes al proceso de descomposición social vigente en diferentes ciudades.
Efectuaba un análisis de mayor profundidad, incluida la cotejación entre momentos y
expresiones, en el contexto de la triada Samuel-Jerónimo y Pánfilo. Porque, lo que si conocía
con certeza Samuel, era que Jerónimo estaba con los dos. Inclusive, arriesgo la conclusión
de un asesinato planeado por Pánfilo, con un único móvil: los celos. Había un hecho adicional
en su reflexión: Jerónimo tenía otro amante. Se trata de Sinisterra. Estaba convencido,
Samuel, de que Jerónimo amaba profundamente a Sinisterra y no ellos dos.
232
A través de Silvia y Maritza, Samuel concertó una entrevista con Verdaguer; conociendo que
éste se encontraba en la capital, de paso para Panamá. Había decidido jugarse la carta de
convencer a la dirección de la empresa acerca de los malos manejos, por parte de Pánfilo, de
algunos aspectos específicos de la actividad; tanto en la capital, como en otras dos ciudades
en el País.
Previamente, tejió una urdimbre verosímil. Algo así como efectuar un seguimiento de las
actividades de Pánfilo. Apoyándose en algunos agentes intermedios. Construyendo una
versión, en el sentido de que Pánfilo conoció, de mucho tiempo atrás, los manejos realizados
por Sinisterra; en términos del manejo de cuentas bancarias, para su beneficio particular. Se
trataba, entonces, de reconstruir alguna documentación, variando contenidos. Para esto se
apoyaron en expertos al servicio de la empresa, cuya labor consiste en falsificar documentos.
Lograron, por ejemplo, hacer coincidir fechas en los desplazamientos de Pánfilo y Sinisterra
a Europa. Construyendo premisas que permitían deducir una confabulación en contra de los
intereses generales de la empresa, apropiándose de unas sumas muy importantes de dinero
que depositaron en sus respectivas cuentas. Aparecieron consignaciones subrepticias,
coincidentes en horas y fechas.
Con estos insumos, se presentó Samuel ante Verdaguer. Analizaron la documentación y
concluyeron que notificarían a la máxima dirección de la empresa. Pánfilo tenía a su favor el
hecho de haber reportado realizaciones de gran impacto positivo para la empresa.
Fundamentalmente en lo que tiene que ver el contenido de los acuerdos con instancias
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gubernamentales para el buen manejo de los seguimientos y ejecuciones de algunos
dirigentes políticos y sociales; a partir de identificar sus contradicciones con el programa del
actual gobierno.
Verdaguer, en Panamá, concertó una reunión con Rolando Jiménez, actual presidente de la
empresa, para América Latina. Este, precisamente, había asistido a una sesión de toda la
dirección de la empresa, en San Salvador.
Rolando Jiménez, le expresó a Verdaguer que a Pánfilo se le venía haciendo un seguimiento.
No por el mal manejo de dinero; porque no tenían información al respecto. Solo la que
presentó Verdaguer. El seguimiento tenía que ver con la sospecha de que Pánfilo era un doble
agente. Como prueba, dijo Rolando a Verdaguer, tenemos información en el siguiente
sentido: Pánfilo estuvo realizando tareas para la CIA, durante el conflicto interno en El
Salvador. Fue artífice para la realización de ejecuciones selectivas; incluida la del Arzobispo
de San Salvador. Además, también de algunos mandos medios y auxiliadores del Frente
Farabundo Martí.
De El Salvador, Pánfilo, pasó a Colombia. Estuvo en todo el proceso de preparación militar
y política, necesarias para desarrollar un esquema similar al que él Concretó en El Salvador.
Particularmente, en lo que respecta a la concreción d grupos parapoliciales y paramilitares.
Inicialmente, dirigió la creación del movimiento MAS y, más adelante, dirigió la concreción
de grupos de seguimiento y ejecución, durante y posterior al proceso de acercamiento del
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gobierno de Belisario Betancur con las organizaciones subversivas. En concreto, participó,
con otros dirigentes, en todo el proceso en contra de la UP.
Sin embargo, dijo Rolando, Pánfilo empezó a filtrar información a organizaciones como
Amnistía Internacional. Si bien es cierto que, aquí, la información no es muy precisa; existen
evidencias del móvil. Tuvo que ver con un juego de doble vía, centrado en las contradicciones
entre algunos de los grupos. Particularmente, para desviar la atención con respecto a la
organización que el dirigía. Así, esta, quedaría libre de sospecha y consolidaría su posición
posterior.
Rolando Jiménez, concluyó su relato, con la aseveración, en el siguiente sentido: Pánfilo está
realizando el mismo juego. Está filtrando información. Tal parece que va dirigida a algunas
instancias gubernamentales en España y Francia. Con el objeto de tejer versiones, en contra
nuestra y, por esa vía, consolidar la posición de los pares que nos hacen competencia.
Particularmente, en el fortalecimiento de una empresa que tiene su sede en Somalia.
Lo que usted me presenta, Verdaguer, es una información que vamos a acumular; para tomar
una decisión, con respecto a Pánfilo. En mi opinión, no solo debe salir de circulación; sino
que le debemos aplicar el castigo máximo; es decir su ejecución. Pánfilo se encontraba en su
oficina, departía con Susana, en uno de sus encuentros de rutina.
Recibió una llamada de los empleados de seguridad, en portería; en el sentido de que lo
necesitaban dos personas. Pánfilo bajó a la entrada principal. Él reconoció a las dos personas.
Había trabajado con ellos en Santiago de Chile. Le llevaban un recado. Se iba a efectuar una
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reunión plenaria de la dirección zonal, aquí en la capital. Decidieron informarle
personalmente, ya que se sospechaba una intervención de los teléfonos de la empresa.
Pánfilo subió al vehículo. Durante el recorrido, expresó que se dirigían a un municipio, fuera
de Bogotá. Y que, entonces, la reunión no era en la ciudad. Le contestaron que, por seguridad,
debía ser así.
Tres días después, su cuerpo sin vida fue encontrado en un predio de la ciudad. Le habían
disparado dos veces en la cabeza…Sin saber por qué, Samuel creyó haber asistido a la muerte
de Pánfilo en otras circunstancias
Susana no sintió la muerte de Pánfilo. Para ella, las cosas se dan o no se dan. Es decir, cada
quien debe manejar sus opciones y responsabilidades. Y, en esto, asumir como camaleón, es
un registro que mueve al mundo. Cada quien, entonces, construye su vida; incluyendo la
posición de apoyarse en quien sea con tal de lograrlo. En lo personal, su único interés estaba
centrado en ascender en calidad de vida. Para ella, esto significa acceder a los recursos
necesarios. No importa cómo. Inclusive, llegó a pensar en la posibilidad de que la nombraran
reemplazo de Pánfilo. Así pensó cuando murió Sinisterra. Si bien es cierto que, esa vez, no
lo logró, abrigaba esperanzas de que ahora si se daría.
Esta vez tampoco fue así. El reemplazo de Pánfilo fue Silvia (que ejerció como resucitada).
Un giro sorprendente. Entre otras razones, porque Silvia nunca había participado en
actividades de la empresa. Lo de ella, era el manejo de información en relación con algunas
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ejecuciones. La administración del negocio requería de alguien con experiencia. Sin
embargo, se ratificó su designación.
Para Susana fue una desilusión más. Pero, en aplicación de su lógica del pragmatismo, lo
aceptó, interiorizando su resentimiento. Orientó a Silvia en los pormenores de la
administración zonal y el tipo de nexos con las sucursales en América Latina. En la práctica
era ella quien manejaba la administración. Silvia, simplemente, avalaba las decisiones
tomadas por Susana.
Revivió el pasado. Cuando entre las dos se dio una relación afectiva. Si bien no fue duradera;
al menos vivieron momentos intensos. Las dos sabían que hacer y como conducir sus
encuentros. Las dos manejaban y entendían la bisexualidad. Silvia era mucho más intensa y
apasionada. Expandía su placer, llegando a zonas siempre nuevas. Recorriendo el cuerpo de
sus amantes, con una imaginación profunda. Por lo tanto, al encontrarse con Susana, le
insinuó la posibilidad de retomar la relación. Hacerla mucho más profunda y dinámica.
Lo hacían a mañana y tarde. Todos los días. Cada vez más intensamente. Cada vez más
apasionadamente. Orgasmos extendidos. Una y otra vez. A veces se olvidaban de los asuntos
relacionados con la administración, así fueran asuntos urgentes.
Natalia, una chica joven. Una bella mujer, en la cual coincidían un rostro hermoso y unas
formas bien hechas e insinuantes; se vinculó a la empresa, a través de Samuel. Este la había
conocido en Barranquilla, en una de sus giras. Ya había realizado con ella encuentros. Ya
había explorado todo su cuerpo. Decidió traerla a la capital. No solo para tenerla cerca; sino
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también por la capacidad que Natalia tenía para organizar eventos tan necesarios en la
empresa. Cuando se precisaba concretar determinaciones y postular estrategias misionales.
Desde el primer momento, Silvia fue cautivada por Natalia. Se imaginaba su cuerpo desnudo.
Imaginaba exploraciones, mucho más allá de las que realizaba con Susana o de las que realizó
con su hermana Maritza.
En principio, Susana, no advirtió los deseos de Silvia; a pesar de haber observado que Silvia
llamaba continuamente a Natalia a su oficina, por cualquier motivo. La posición de Natalia
coincidía, con el pragmatismo de Susana. A pesar de que nunca había vivido relaciones
bisexuales; tampoco era ajena a ello.
Silvia invitó a Natalia a su casa. Un sábado. Se trataba de una comida a la cual habían sido
invitadas otras personas. Susana no fue invitada. Hablaron, durante la cena. Compartieron
con los comensales. Una sesión que terminó casi a medianoche. Silvia le sugirió a Natalia, la
posibilidad de quedarse en su casa, hasta el día siguiente. El vino excitaba a Silvia, la hacía
mucho más coloquial; mucho más extrovertida. Para Natalia, era una rutina la ebriedad.
También ella, se exaltaba en esas condiciones.
A Natalia se le asignó un cuarto. Había sido, en un tiempo, el lugar de encuentro entre Silvia
y Maritza. Una historia enorme de pasiones y destrezas. Unos orgasmos tan placenteros que
Silvia nunca había repetido con otra amante. Se bañaron juntas. Allí se inició el ritual. Se
besaron largamente. Una a una tocaron sus clítoris, No importó el dolor Se lamieron sus
pezones. Recorrieron sus cuerpos. Zona a zona. Juntaron sus pelvis. Olieron sus axilas,
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pasaron sus lenguas por ellas. Gritaron de placer. Susurraron palabras llenas de sensibilidad
y de regocijo. Terminaron a las cuatro de la mañana del domingo, lo que había iniciado tres
horas atrás. Extenuadas, durmieron en la misma cama.
Al despertar lo hicieron una y otra vez. Una jornada tan intensa que las venció, otra vez, el
sueño. Durmieron hasta el anochecer. Hicieron el compromiso de vivir juntas, a partir de ese
día.
A Samuel, esta decisión, lo indignó. Le era insoportable la ausencia de Natalia en la casa que
le había conseguido. Donde llegaba cada vez que lo urgía el deseo. En donde, se juntaban él,
ella y Maritza. En donde ellas y él, realizaban sesiones inimaginables. Un ir y venir. Ella y
ella. Él y ellas. Samuel conservaba su potencia. Erecciones duraderas. Tanto que terminaba
con Maritza y seguía con Natalia. A todas dos las inundaba. Samuel, se excitaba, viendo a
Natalia y a Maritza besarse, lamerse, hurgarse.
Le exigió a Natalia regresar a su casa. Esta no aceptó. Se había enamorado tan profundamente
de Silvia, que se le hacía inconcebible no estar a su lado. Tanto en la empresa como en la
casa. Se le hacía inconcebible no estar con ella; no volver, a todo momento, al ritual que era,
cada vez, más expandido y placentero.
Samuel volvió a recordar su pasado. Cuando navegó por la vida, ejerciendo su capacidad
para amar y vulnerar. A su pasado esquizofrénico. Cuando iba y venía por todos los lugares.
Cuando conoció a Isolina; cuando conoció a Juliana y a Pedro. Cuando horadaba a las niñas;
cuando montaba a su madre; cuando conoció a Demetrio. Cuando mató e hizo matar. Cuando
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fue recluido; cuando escapaba. Cuando veía, en sueños, al jorobado encima de Rosa Elvia;
cuando veía a Santiago hacer lo mismo; cuando tuvo a Jerónimo; cuando asedió y montó a
Maritza, a Silvia, a Martha. Cuando inundaba a Susana; cuando Penetró y fue penetrado por
Pánfilo; cuando hizo matar a sus hermanos; cuando se amó con Verdaguer; cuando penetró
a su hermanita, la hija de Isolina y Demetrio, al cumplir ella cinco años; Cuando estuvo dando
tumbos. Aquí y allá, sin encontrarse; cuando se dio cuenta que ese encuentro no era posible;
cuando triunfó el yo malvado y no el yo sensible y humano; cuando volvió a nacer, una y
otra vez; cuando perdió la memoria y el deseo, al ser lobotomizado; cuando dirigió grupos
de matanza selectiva; cuando le dijo sí al programa gubernamental de exterminio; cuando
estuvo en Villa Esperanza, buscándose otra ves
Y, al recordar, volvió el impulso patológico. Se hizo irrefrenable el deseo de acallar voces.
Se hizo indispensable la venganza. Como paliativo a su vergonzosa vida. Volvió a crecer en
él, la necesidad matar, de manera directa. Y, porque no, morir y volver a nacer.
Susana encontró a Silvia y a Natalia, muertas en la oficina. Sin signos de haber sido
violentadas. El dictamen pericial, fue reportado como muerte por envenenamiento.
Veintitrés (otra vez el sujeto)
Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por ahí tirado. En una nomenclatura de alma,
vacía. Sin las perspectivas que casi todos y todas tienen. Empecé por acceder a la vida, como
cuando se asume una comparsa. Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que
no tuvo lugar nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de
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los altavoces, llamando a quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como razón puntual de
vida. En ese medio camino surtido de veleidades. Como artesano venido a menos en sus
haceres. Por ahí dándole a la palabra como mero lujo pasajero. Sin poder construir ternura.
Este yo que ha andado tanto, pero que sigo en el mismo punto de partida. Una entelequia en
la expresión. Presuroso e impávido doliente de la vida en plenitud.
Cierto día, en un marzo, por cierto, invité a Pedronel Cipagauta, para que me acompañara en
un ejercicio rudimentario. Como escoger una posición cualquiera. Para navegar en ella, hasta
los límites del Pacífico asfixiante. Una duermevela, le dije yo. Venía, como yo, de cualquier
lado y en cualquier tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al aire. En una tronera de posibilidades
habladas. Tanto como la ejecución de opciones desprovistas de cualquier trasunto libertario.
Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos. Caminando al lado de uno al otro.
Circundamos toda la esfera corpórea. Por todos los atajos irreversibles. En ocasiones como
simples ser él y ser yo. En algo parecido a la diatriba vergonzante. Unos episodios
malgastados. Como vena rota. Aludiendo acerca de esto y de lo otro. Como para no dejar la
costumbre de hablar. Pero decires improvisados y como al viento echados. Sin dirección
alguna. Lo que, los otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí. Por donde se
prestara la brújula.
Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después de haber jerarquizado los cruces
hablados y hechos. Notaba, en él, una figura como barca flotando. Meciéndose en
recordaciones de lo que fue antes. Y sigue siendo ahora. En este universo de opciones que se
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pierden a cada momento vivido. Todo esto hecho con insumos encontrados en cualquier
parte. Como inmersos en espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y
nos pusimos, en la tarde, a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera en lo mínimo
ilustrado, atropellado.
En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda de la razón de ser de lo que somos. De
nuestro deambular alcahueta. En el querer mismo de dejar pasar lo que fuere. Sin embargo,
le hicimos el escape a toda proclama vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde
hace setenta veces siete en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos encontramos en
el mismo espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas imperiosas. Demostrativas de lo
enjuto que es el hablar hoy en día.
Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde antes que fuese verbo de por sí,
decantada en el ejercicio postulado. Hecho de mil haberes y decires agrios. Perdidos, sin
huella. Siendo hoy el día de la cisura nostálgica; he decidido volver vista atrás. Como
buscando los remos para enderezar la vida, hecha rescoldo ahora, por cuenta de los
incendiarios vecinos nuestros. Idos en la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que
habíamos sido dispuestos para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de aplicaciones.
Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de lo inhóspito. Sin ejecuciones previstas
antes. Situándonos en posición de inconformes ordenados de mayor a menor. Por fuera y por
dentro. Éramos visires sin funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto de
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partida. Ese que recordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi estar en vientre
de madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo.
Yo me inicié con justa causa. Mucho recorrido en lo que llevo de vida, Mi entorno hosco y
presumido. Como cuando surgen las algarabías perplejas de tanto hacerse paso de recodos
inciertos. Ya había perdido esa juntura exótica que he dado en llamar ingente plusvalía. Un
ir mirando, lo digo yo ahora, lo que se ha hecho puntual de tendencia efímera. Como legado
de la estadística intuitiva, que junta versiones de uno u otro lado. Es ahí, en ese punto de hoyo
negro probabilístico, en el cual encontré la lluvia expiatoria. Un más o menos de recorrido
penoso. No entendido, en comienzo. Y me hice vértigo de mí mismo. Como eso de no saber
pulsar lo que me había sido dado. Un ceniciento sujeto opaco. La voltereta, en ciernes,
sumaba hasta convertirme en ocaso prematuro. Podría decirse que es nimiedad de conceptos.
En eso que tenemos todos y todas, de andar diciendo cualquier cosa. Como si el único
requisito para hacerlo fuera lo que es una propuesta hecha fuego. Un ton y son exportado al
aire puro o impuro.
Rigoberto era como mi otro yo. Lo conocí en octubre primero. Estaba, él, recogiendo las
bondades de lo humano. En un inventario insípido. Como quera que fue tomado de la usura
puesta como principio y como quehacer. Los dos rodamos. Habiéndonos hecho cuerpos de
hechura simple. Como simple fue lo que le dije en tiempo preciso. Lo hice reconocer que él
solo era punto de llegada del trajín teológico. En eso aprendido que instauramos con
condición de ser y estar. Una novedad manifiesta, para esa época langaruta. Mecida en el
talismán de los sujetos hechos poder. Y le dije, además, que no entendía su desarreglo.
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Habiendo hecho, como en realidad lo hicimos, un tejido societario. Po por lo mismo, sujeto
a las veleidades de los detentadores de poder afanado. Vuelto gobernanza infinita.
Y, habiendo pasado un siglo, nos juntamos otra vez. Él y yo. Como dualidad ajena a lo
perdulario. Pero que, en misma, era como troccadero de puerto inasible. Por lo mismo que
éramos cuerpos incrustados. Uno en el otro. En vencimiento de términos y adportas de
sucumbir como sujetos venidos desde ese más allá interior de cada uno. Como si hubiéciimos
embadurnado todo el pasar, pasando. Una especie de galimatías ramplón.
No en vano he dicho lo que ha pasado. Como secreto venido de logros pereceros. En una
inventiva sacrílega, en razón de la contravía de quienes hablan un creador del universo. Y, él
y yo. Empezamos el desmembramiento del Ilusionario. Hicimos lo grotesco como límite
ansiado. Yo quise adelantar mi vida y principios. Llegué a soñar con el futuro hecho madre
bondadosa, pero anclada en el pasado suyo. En ese que conoció al padre vejatorio,
Y, él, embadurnado de motivos tibios. Tanto como decir que se fue encumbrando al infinito
espacio no conocido, ni por mí siquiera que soy sujeto de volar amplio. . Hasta que dejé de
verlo. Y lo busqué como beneficiario de los que habíamos sido. Yo, de mi parte, lo seduje
con mis planillas dogmáticas. Siendo, yo, un especulador con los principios vivos y hechos
en la proclama primera. Ya olvidada por todos y todas, Una unión de convocatoria inelástica.
El lunes 30 de octubre lo maté. Ahí mismo. Entre Luna Y sol. Ya no me importó su sesera
lúcida. Le di muerte ese sábado descosido. Unidos en lentejuelas picarescas. Como mares
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que se juntan, por acción nuestra. La mía y la de los súbditos empalagosos. Como en esa
eterna vaguedad en principios que siempre me cobija
De todas maneras, Daniel, partió el día acordado. No fue fácil desprenderse de sus dos hijas,
América y portuguesa. La decisión había sido tomada a finales del año anterior. Tal vez, por
lo corajudo que era, y sigue siendo, Retuvo en la memoria la situación que desencadenó la
ruptura con Evarista Monsalve, su amante. Vivieron treinta y seis años juntos. En una
exuberancia de locura, de amor como fuego. Se había conocido en ciudad Ilíada. Desde muy
pequeño, él. Y, muy pequeña, ella. Un barriecito (Talión Verde), iridiscente. Tanto que, se
habían acostumbrado a la radiantes benévola de su entorno. Gentes que iban y venían. Casi
como lugar de tránsito perpetuo para mujeres y hombres. En esa niñez potente, todo se les
daba. Simplemente, como si fuese herencia. De tiempo y espacio. Las voces y las palabras,
se fueron difuminando. Hasta tocar el fondo de lo que quisiéramos ser. Yo, enfatizando sobre
las teorías de la adultez, aun siendo muy niño. Por lo tanto, la señora Evarista, fue definida
por mí, como sujeta de absoluta entrega. En lo que era su cuerpo, embriagador, excitante. Y
lo que era su magia para percibir a los otros y a las otras. Como moviola que iba editando los
hechos y las acciones. Ella (Evarista) había llegado con su familia, desde San Juan del Pomar,
ciudad casi perdida en la memoria. Como escenario de leguleyadas patriarcales. Y, en eso,
su padre Benito Monsalve, se hizo célebre. Decantaba todo. Como asumiendo un filtro
necesario para poder interpretar y dilucidar vidas. Una vigencia testaruda, por lo bajo. Lo
suyo (de Benito Monsalve), se fue esparciendo por todo el territorio. Como maldición
propiciadora del ultraje habido y por haber. Como notario intransigente, perdulario. Era él
245
quien decidía todo. A partir de jerigonza enhebrado a la historia de los que, él, consideraba
epopéyicos varones. Sacrificados en aras a la continuidad de los valores, como heredades
ciertas. Fundamentales para que la esferita siguiera girando.
Eufrasio fue, desde que teníamos diez años cumplidos, un idólatra, empecinado en medir las
cosas, a partir de la elongación de su mirada. Éramos niños al vuelo. Yendo por ahí,
Siguiendo sus mediciones. Desde saber interpretar la distancia entre los cuerpos. También,
la distancia entre hombres y mujeres. En un equívoco mandato que él transfería a los y las
demás, como mandatos absolutos. No toleraba las herejías. Las niñas, tenían que ser tasadas
y tratadas como diosas ígneas. En un revoltijo de pasiones, más allá de lo inmediato. Figura
ingrávida. Simplemente predispuestas para parir otros dioses que, a su vez, eran clasificados
como regentes y vigías.
Los juegos eran, para nosotros invenciones terrenas: en donde no cabían ni las vicisitudes, ni
los valores de plenitud lúdica, la danza incorpórea de las mujeres niñas. Él decidía por todos
y todas. Fue, en esas maniobras vergonzantes, como conoció a Evarista. Siempre la incitaba
a asumir retos relacionados con su visión de las cosas. Como, por ejemplo, a estar con él,
desnuda. En el parquecito del barrio. La obligaba a masajear su falo (de Eufrasio). Hasta que
este surtiera el líquido, o la agüita de la vida, como decía coloquialmente. Luego la vestía
como regenta del territorio de ella y él. Con overol verde claro y una blusa transparente; de
tal manera que todos los hombres en el barrio la miraran. Con sus pechos erectos.
Tensionando la tela hasta romperla. Y, la exhibía por todas las calles. Como trofeo absoluto
para su potente verga.
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Cuando cumplimos (él y yo) quince años, ya era un avezado sujeto. Había preñado dos veces
a Evarista. Dos hijas volantonas. Nacidas, como hembras hechas. América y portuguesa.
Fueron creciendo a ritmo de los haceres en el barriecito. Fueron acicaladas, desde el
comienzo, por mamá Evarista. Les hablaba de su padre, como potente varón iniciático,
dispuesto así por los dioses venidos de tiempo atrás. Cuando recién comenzó la humanidad,
su andar. De mi parte, y así se lo hice saber a él, fui haciendo historia propia. Ya había
conocido a Valeriano Armendáriz.
Eso fue como a mediados de junio de ese mismo año. Había llegado desde Calcuta. Un niño
indio, hermoso. De tez morena subyugante. Y, unos labios gruesos, convocantes. Su familia
llegó a la ciudad, en un itinerario. Como crucero de vacaciones indefinidas. Ocuparon la
casita de doña Benilda Cifuentes, en el barrio Mochuelo Alto. Llegué a él, casi de manera
fortuita. Como que fue cualquier sábado. Acompañaba a mi mamá Protocolina, en la visita
que hizo a doña Parentela del Bosque. Una mujer extremadamente bella. A sus cincuenta
años, era radiante en todo su cuerpo y sus palabras. Había llegado desde Barcelona, desde
muy pequeñita. De la mano de su papá Caisodiaris Salamanca. Sumamá, Libertaria Hinojosa,
había terminado unilateralmente, la relación con el papá de la niña. Vivieron casi cuarenta
años. Padre e hija. Siempre serán recordados y recordadas, como ejecutores de la expresión
de vida, asociada a dejar correr la historia, a lomo de sus cuerpos y sus realizaciones. Papá
Caisodiaris, implantó un estilo de vida en nexo con la euforia y la lúdica perennes. Instituyó
el Carnaval de Las Cosas Juntas. Todavía se celebra, aún en su ausencia definitiva.
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Lo vi jugando a la rayuela, con otro niño. Disfrutaban cada brinco sobre los espacios del
trazado. Reían todo el tiempo. Me acerqué. Me invitaron a jugar con ellos. Valeriano me
miraba siempre. Gozaba con mi falta de gracia y agilidad. Pero, al mismo tiempo, me rozaba
con su cuerpo. Se apretaba al mío. Tanto así, que sentía su falo erguido. Sentía ese palpitar
acechante. Después del juego, aprovechando que la mamá del otro niño lo llamó, no sentamos
en la banquita. Hablamos de cualquier cosa. Más, dejando volar la libido. En imaginario
envolvente, crecido, diáfano. Arropó sus manos con las mías. Me besó en la boca. Tan largo
y tan sublime, que quedé prendido. Absorto. Con mi imaginación puesta en cuerpos
desnudos, abrazados.
La familia de Valeriano había llegado, en la inmediatez de tiempo. Como quiera que este
vuela sin itinerario. Por ahí, tratando de aterrizar en cualquier sitio. Lo cierto del caso es que,
doña Benilda llegó sola, con su niño de la mano. Empezó como trabajadora al servicio de la
familia Zaldúa, en el norte de la ciudad. En principio vivieron en casa de inquilinato, hasta
que pudo arrendar la casita, aprovechando que, el señor Zaldúa le otorgó un préstamo, sin
plazo preciso. Valeriano creció al lado de su mamá. Llegó a la escuelita dispuesto a terminar
su educación básica primaria.
Eufrasio supuso que yo estaba enamorado de Evarista. Y que, por eso, me había apartado
de él. A decir verdad, yo apreciaba mucho a la mujer de Eufrasio. Tanto así, que me juntaba
con ella, para leer algunos textos de psicología. Disfrutábamos mucho. Tratando de dilucidar
algunos aspectos del comportamiento de los humanos. Como volcándonos a una impronta
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enhebrada con todos hilos posibles. Cuando leímos La Metamorfosis, de Franz Kaffa,
preparamos una disertación para compartirla con estudiantes que conocíamos.
Lo que a mí más me mortificó, decía Eufrasio, fue lo del domingo trece de febrero. Estaban
juntos. Mirándose. Como ese embeleso que nos cruza cuando estamos enamorados. La
fiestecita había sido convocada por la mamá y el papá de Dorance Enjundia. Uno jovencito
que había, sido estudiante aventajado en matemáticas. En La Institución Educativa “Pablo de
Almagro”. Celebraban los veinticinco años de su relación afectiva. Bailaban con sus cuerpos
pegados. Abrazados. En un otorgarse propio de amantes libertarios. Notuve ninguna reacción
primaria. Más bien quise expresar mi rudeza. Simplemente me fui, por ahí. En una caminata
sin rumbo.
Evarista llegó muy tarde a la casa, ese día. Logró entrar a casa, gracias a la complicidad de
su hermano Galimatías. Papá y mamá estaban dormidos. Se bañó antes de acostarse. El sudor
de cuerpo, fundamentalmente en su vagina que no cesaba de verter ese líquido; que se hace
exquisita sensación, cuando se ha estado con alguien. Casi al bordo del orgasmo. Ahí,
bailando con mi amigo Jején Martínez. De todas maneras, sentía cruzar el nervio de los
celos.
Volví al barrio en el cual vivía Valeriano con su mamá. Habían pasado dos meses, desde
nuestro primer encuentro. Todo me daba vueltas, alrededor. Sentía una ansiedad absoluta.
No paraba de recordarlo. Aun bailando con Evarista. No sentía nada en mi cuerpo pegado al
249
de ella. Lo mío era algo así como estar en una subaste de convicciones. Yo ya sabía que lo
mío no tenía nada que ver con las mujeres.
Saludé a mi hombre. Y lo besé con absoluta ternura. Estuvimos de pie largo rato. Me invitó
a su casa, aprovechando la ausencia de su mamá. Nos desvestimos. Él cogía mi pene. Como
queriendo arrancarlo con su boca. Dormimos tanto, que no sentimos a su mamá, cuando avió
la puerta. Llegó tan cansada, que se acostó en su cama y quedó dormida.
Parentela había estudiado hasta el cuarto semestre del pregrado en derecho, en la universidad
Pontificia San Marcos. Se retiró, fundamentalmente, porque debía trabajar para aportar
recursos en su familia.; ya que don Caisodiaris le daba mucha dificultad trabajar. Tuvo dos
amantes, Adrenalino Grisales y Epaminondas Arbeláez. Vivió con mucha pasión su vida
como amante. Cada rato recuerda a quien más amó, Adrenalino. Un joven arriero en la única
vereda que tenía el municipio de Tatacoa. Se conocieron, estando ella en el almacén de
insumos para ganadería. Un día en el cual le correspondió realizar una visita a la sucursal de
la empresa para la cual trabajaba. Adrenalino, miraba algunos de los elementos que
necesitaba para su trabajo. Iba a la cabecera municipal, cada quince días. El otro tiempo lo
consumía viajando con sus mulas.
En principio, miradas interminables. Ella decidió hablarle. Le contó (Adrenalino) muchos
pasajes de su vida. Había nacido en Puerto Cachetes, municipio situado a unos mil
trescientos kilómetros de la capital. Estudió hasta terminar su formación primaria básica. A
partir de ahí, empezó su peregrinar por todo el país. Hasta que llegó aquí con veintinueve
250
años. Y nunca ha tenido novia. Quedaron en verse en el hotelito en que se hospedaba
Parentela.
Una despedida más bien triste. Habían pasado la noche juntos. Todavía sentía (ella), cierto
dolor en su sexo. La potencia del chico, la había colocado en condición de aguantar. Y sentir
ese músculo en erección todo el tiempo. Parentela abordó el camioncito que prestaba servicio
entre el municipio y la capital.
Sintió que estaba preñada, desde la primera hora, después que Adrenalino, vació toda su
potencia, en ella. Tal parece que la abundancia del líquido, la inundó. Y Así no hay
anticonceptivo que valga. Parece que ese fluido hermoso buscó en donde quedarse. Cuando
Adrenalino lo supo, hizo un aspaviento. Volcando en la su felicidad. A los tres meses, el feto
fue expulsado hacia afuera. Un aborto no provocado. Adrenalino estuvo largo tiempo
abstraído. Las palabras volaron. No atinaba a nada más. Cierto día, mientras Parentela atendía
a varios clientes en el almacén de insumos agrícolas, su amiga Hercúlea Romero, llegó
acezante. Le comunicó que Adrenalino había muerto tres días atrás. Simplemente se
desbarrancaron; cuando él llevaba un viaje café. Hercúlea lo supo, a través de una llamada
que recibió de don Jeremías Ibarbo, alcalde del municipio la Tatacoa. Encontraron, en el
bolsillo de la camisa, que llevaba puesta Adrenalino. Unos apuntes sublimes que hacía casi
a diario; y el número telefónico de ella (Hercúlea), ya que en la casa de Parentela no tenían
teléfono.
251
Sintió que se desmoronaba. Lloró toda la tarde, hasta que don Casimiro, el dueño del
almacén. Le concedió permiso para retirarse más temprano. Ya en casa, Parentela, empezó a
delirar. Su padre no pudo hacer mucho. Ya que, como el mismo lo decía, una frustración
amorosa es la peor enfermedad terminal que existe.
Valeriano crecía, raudo, de cuerpo. Y de pasión. No siguió estudiando. Solo estaba pleno y
satisfecho cuando estábamos juntos. Y eso era posible cada mes. Todo por cuenta de mi
oficio de tornero en el taller de propiedad de don Humberto Sinisterra. Además, estaban las
lecturas con Evarista. Asunto que, por ningún motivo podía ni quería dejar. Doña Benilda,
se sentía muy preocupada con esa relación. Noera una actitud moralista. Simplemente viendo
pasar el tiempo. Y con las manifestaciones, cada vez más evidentes en el cuerpo de Valeriano.
Hemorragias sucesivas, cada vez más abundantes. Sentía que su hijo se le iba, Por eso habló
con Jején. Le expuso, de una lo que ella pensaba. Le sugirió que dejara de verse, de manera
tan frecuente, con su niño.
Yo empecé a sangrar, también. Una inmensidad de sangre, cada día. Sin que mamá lo supiera,
estuve varias veces donde el doctor Clementito Borrasca. Un amigo de la familia. Me juró
mantener en reserva lo mío. Me examinó largo rato. Tenía una hendidura pronunciada en mi
ano. Además, mi pene, estaba enrojeciendo cada día más. Lo único que recetó, coincidía con
la opción asumida por la madre de mi Valeriano.
Tanto tiempo que ha pasado, desde que vi a Valeriano por última vez. De esos sueños
tormentosos en los cuales veía el cuerpo de mi amor. Al lado de empalizadas, en todos los
252
caminos. Nos amábamos en el parquecito que vio nacer nuestro idilio. Volábamos hacia el
infinito cuerpo planetario. Desventurada era mi vida, a partir de la obligada soledad. Lo
sentía. Escuchaba palmitar todo lo que él era. Como sujeto pristino, absoluto
La vi pasar, por ahí. Por ese camino andado antes por ella. Lo que pasa, ahora, es que va de
la mano de Ciriaco Cartagena. Negro ramplón. Traicionero de su propia raza. Hecho como
de plomo hechizo. Fundido en otrora expiación inquisidora. Estuvo en el trajín de llevar y
traer mensajes entre obispos y monseñores. Por allá en ese tiempo de martirologio absoluto.
En cuando ensillaba a la bestia religiosa. Para potenciar decapitaciones en la exponencial. O,
ese mismo negro, asumiendo que lo suyo era reclamarles a reyes y gendarmes. Que le
facilitaran la pócima para limpiar su piel.
Yo sé que, ella, lo eligió. Siendo que, antes, fue negra de libertad crecida. Incendiaria, a lo
bien. Trepidante mujer, en combate. Ires y venires, a su nombre. Por ella acicalados con el
negro absoluto, potente, libertario. Y verla, ahora, en ese nudo perdulario con ese sujeto avaro
en lo que se dice de verdades. Henchido de pobre jerigonza vertebrada con palabras aviesas.
Y no lo digo, yo, por resentimiento o por sangrar por herida. La amé. La amo. La amaré por
siempre. Lo que pasa es que uno, como que envuelve la vida y la cree en enhorabuena
perenne. Yo soy, eso sí, un sinfín de contradicciones. Soy, eso que llaman ahora, sujeto de ir
y venir. En diferente, cada vez. Como si, siendo así, pudiese retornar al comienzo. Cuando
era, apenas, sujeto de ida, en vivo simple. En caída libre, en veces. Diciendo lo que fuere con
el énfasis puesto en el no posible. O, tal vez, será. Siendo yo así, fue que la conocí. En el
253
villorio relajado. Llamado Hondonada de San Belisario. Un sitio de bravía hechura. En ese
pasado de trochas y de mulas en ellas. Yendo enjalmadas, inocentes, cansadas. Con arriero
irascible. Dador de zurriago y de palos hendidos en su cuero. Expósitas sujetas nobles.
Leales.
Y, sigo en lo que iba, esa negra Incendiaria Soto, se hizo mujer de plena locura amatoria.
Libre. Pasión pura. Iconoclasta. Herética. Y se encontró con el Ciriaco, allá. En Compostela
Moderna. Sitio ajado, ya. Desde tiempos de las jerarquías apoltronadas en los ribetes de los
jalones en tierra. Esos que se fueron, en el despiste de la libertad, posicionados como
instrumentos de crueldad infinita. Doctorzuelos en el discurso ampuloso. Como si fuesen
veletas que desarropan el viento. Venidos desde tiempos de horizonte hecho para el abismo.
O para el asfixiante yugo de fierros hechos en el incandescente fuego.
Al verlos pasar, Dije: mírenla y mírenlo. Ella y él ufanados. Con la malparidez alborotada.
Con la ponzoña lista. Paira devastar a todos y todas, los de la otra orilla. En ese inventario
manifiesto. De cosas afanadas. De fisuras puestas al servicio de lo enervante. De lo que duele.
De lo que castiga y destruye.
Un venirse, diría yo, en componenda con la cizaña de la que hablaba el hablador bíblico.
Mero sujeto diciente de cualquier cosa. Pero, a decir verdad, en eso atinó. Cizañero y
cizañera, son ahora ella y él. Como vociferantes, impío e impía.
Yo me quedé silente. Dije nada. Ahí. Y después. Varado, digo yo. Corcho oscilante. Para
aquí y para allá. Embolaté la iridiscencia. Casi perdida quedó. Y, lo punzante por lo bajo,
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fue que no me afanó la tristeza por ello. Como en la decadencia absoluta. Como vendedor de
pasquines insultantes, apenas. Sin la vehemencia de antes. Metido en esa pocilga agria.
Se me perdieron en el horizonte trazado por mí. Dejé de verlos, casi en la medianía del pasar.
Fijé mis ojos al piso. Me hice sujeto embobado. Inmerso en la jetuda ignorancia supina.
Digno de ser ejecutado en guillotina doble. Simplemente, porque no les advertía a todos y a
todas, lo que vendría encima. A cargo de los ejércitos depravados. Surtidos por la traición de
Incendiaría y de Ciriaco. Negra y negro en deslealtad con la vida. Naciente. Y la ya hecha.
Isolina, empezó a crecer en conocimientos y en capacidad para aplicarlos. Ella y su madre,
tuvieron que soportar tristezas y privaciones. Hubo momentos de profunda desprotección.
Solo la articulación con sus pares individuales y colectivos, pudo desatar el nudo de la
desolación. Isolina creció en capacidad organizadora. Juntando ingenio, destrezas e
investigaciones acerca de sus orígenes, como etnia. Acerca del cruce de caminos en los que
se han encontrado similitudes. No solo desde el punto de vista económico y cultural; sino
también en lo que hace referencia al enfrentamiento político con quienes han insistido, por
la fuerza del poder, en asfixiarlos. Restringiendo sus territorios y conminándolos a ejercer
como pueblos y grupos sociales en condiciones infames. Han sido los usurpadores, de ayer
y de hoy. Los que han expropiado sus tierras; lanzándolos, expulsándolos. A sangre y fuego.
Veinticuatro (Como fuga)
Comenzó un itinerario. Visitando regiones y postulando opciones. Algo así como lo que hizo
María Cano en el movimiento obrero. Estuvo en todos los municipios y resguardos cercanos
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a Caloto. Luego expandió su acción a territorios más alejados. Llegando, inclusive, hasta la
frontera con Ecuador, por el sur, compartiendo conocimientos con los Pastos. Con los cuales
interactuó, a pesar de la pérdida de su dialecto, por la vía de la absorción por parte del
castellano.
Viajó al Amazonas. Comunicando energía y expectativas a los Ticuna. Recibiendo, en
beneficio de inventario cultural, las enseñanzas de los chamanes, en Puerto Nariño y la
Chorrera. Estuvo con los Huitotos en Caquetá, aprendiendo sus lenguas mika y minika y su
acumulado histórico como cosmovisión de amplio espectro. Visitó a los Mukak-Makú, los
nómadas en el Guaviare.
Aprendió de los Guambianos, en Silvia, Jambaló, Caldono y Toribio. Viajó a la Guajira,
asumió con los Kogi retos en términos de conservar su lengua ancestral, Chibcha. Conoció
de ellos, el culto a la Madre Tierra. Convivió con los Wayú y su lengua Arawak. Con sus
niñas menstruantes, recluidas en su preparación para el matrimonio. En el intercambio de las
familias que asumen el proceso de casamiento.
Con los Arahuacos en Sierra Nevada. Con su perfil lingüístico Chibcha y sus ceremonias de
casamiento, bajo el régimen matrilocal. Con los Embera en el Choco y sus variantes Cholos,
en el Pacífico, Chamies o memes en Risaralda. Catíos en Antioquia y los Eperas en Nariño.
Con sus pares en raza, los negros y las negras. Construyendo nexos como Afrodescendientes;
por toda la franja que bordea al Pacífico. Aunando expresiones de consolidación cultura.
Asumiendo roles que reivindican su potencia cultural-musical. Con sucesivas variantes; en
256
términos de localización y particularidades. Sin pretender opciones hegemónicas y/o racistas.
Siendo artífice de las organizaciones de mujeres. Organizaciones inherentes a sus luchas.
Como mujeres que asumen la defensa de su raza, de sus costumbres. Y, fundamentalmente,
sus derechos. Ante la despiadada persecución y aniquilación a que son sometidas ellas, sus
hombres, sus niños y sus niñas. Tratando de forjar lazos de unidad y organización con las
etnias. Sin pretender un intercambio cultural o político, que destruya sus soportes y registros
ancestrales.
Estuvo en Barrancabermeja, cuando el asedio de los grupos armados al servicio del Estado
(abiertos y clandestinos). Actuó con las Mujeres Ruta Pacifico; buscando justicia. Exigiendo
restitución de bienes y derechos. Comunicando al mundo las acciones de exterminio oficiales
y paraoficiales. Siguiendo, un poco, el mapa construido por las Madres de la Plaza de Mayo,
en Argentina. Siguiendo el registro histórico de Rigoberta Menchú, en Guatemala y su
incidencia en el Caribe y en Centro América.
La actuación de Isolina, entonces, estuvo centrada en propiciar y actuar, en relación con los
derechos conculcados a las minorías étnicas y a los Afrodescendientes. Nunca olvidó la
historia del luchador Álvaro Ocué Chocué; asesinado de manera infame.
Conoció a Demetrio en Jambaló. (...o, ¿tal vez, ya lo había conocido, siendo niña?) Durante
una de sus actividades. Realizaban una acción comunitaria, consistente en analizar la
situación planteada en torno al despojo territorial de que habían sido víctimas los Paeces y
Nasas. Concretamente de la Hacienda Emperatriz. De tiempo atrás, terratenientes caucanos
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habían realizado un proceso de expropiación, a nombre de la propiedad privada. Para
sucesivos gobiernos, esa interpretación de los terratenientes era válida. Abstrayendo el
significado cultural y organizativo alcanzado por los Resguardos. No solo en lo que supone
el nexo con la Tierra, como parte de su cosmovisión, a la manera de los Kogi; sino también
en lo relacionado con su subsistencia. Había sido decretada una nueva toma por parte de la
dirigencia indígena. A su vez, el gobierno central, había determinado el desalojo. Una
confrontación ineludible.
Demetrio, un hombre sencillo. De mirada fuerte, decidida. Una contextura física parecida a
todos los hombres de su raza. Hercúlea. Había llegado a Jambaló, desde Quibdó. Allí
realizaba tareas de pesquería y estaba asociado a la eterna lucha por derechos fundamentales
inmediatos. El alcantarillado, agua potable, acueducto, etc. No habían sido nada fáciles su
vida y su gestión comunitaria. De hecho, era un itinerante obligado. Tenía sobre si un
estigma. Una marca que lo colocaba con la placa de subversor del orden público. En el pasado
reciente había sido reportado como auxiliador de guerrillas, por parte de las fuerzas
paraoficiales. Escapó del asedio, por parte de la gendarmería clandestina, al barrio en donde
vivía, en la ciudad de Medellín. Por coincidencia, estaba alojado en casa de un primo. El
barrio Corazón, fue declarado objetivo militar; en el contexto de la ofensiva de las fuerzas
oficiales y paraoficiales, en la Comuna 13. Salió clandestino para Apartadó, en la zona
adscrita a una forma de región y de organización similar a la reinserción. Allí estaba cuando
el ataque paraoficial. Escapó hacia Turbo. De allí salió para Arboletes. Siempre huyendo.
Como nómada forzado. En un desarraigo brutal. Por fin logró establecerse en Quibdó.
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Isolina presentó, en esa sesión, un análisis preciso. Acerca de la situación de la etnia y de los
Afrodescendientes en el país. Hizo referencia a la dinámica de la confrontación social y
política. Desde antes de la Reforma Constitucional de 1991 y sus antecedentes, hasta la
valoración del impacto efectivo del Mandato Constitucional, que refiere una Nación
pluriétnica y pluricultural. Con todos los agregado estructurales y circunstanciales a que esto
conlleva. Como correlato de ese marco conceptual. Asimismo, enfatizó acerca de las
limitaciones para apropiarse de esos conceptos y su traducción a la acción común, cotidiana,
efectiva.
Uno de los elementos, dijo Isolina, que nos convoca a la reflexión, tiene que ver con el
significado como simple alegoría; o como concreción. Lo que yo percibo es que se presenta
una dicotomía real. La Constitución por un lado y la realidad por la otra. Porque no solo los
particulares hegemónicos y vandálicos; sino el gobierno actual y su predecesor, han hecho
caso omiso de ese mandato. Y, cuando se produce, como ahora, una lucha exigiendo los
derechos constitucionales para las etnias y los Afrodescendientes; se produce y se publicita
una andanada panfletaria. Pretendiendo localizarnos como eslabones de la cadena terrorista
y” antipatriota”.
En mi opinión, entonces, es la siguiente: a como de lugar. Arriesgando lo que sea. Incluso
nuestras vidas; debemos estar al lado de Paeces y Nasas. No es este el momento de asumir
posiciones dubitativas. Somos pacíficos; pero eso no implica ser inferiores a quienes nos han
precedido y que han sacrificado sus vidas en nombre de los derechos ancestrales y actuales.
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Si por solidarizarnos, efectivamente, con ellos y ellas, nos han de llamar subversivos, que
venga ese nombre.
Demetrio quedó impresionado por la coherencia en las expresiones de Isolina. Por sus
conocimientos, vertidos en lenguaje popular, asequible a todos y a todas. Se acercó a ella, en
la intención de felicitarla. Isolina miró a Demetrio. Una cautivación instantánea. La
conmovieron su mirada y sus gestos. Respondió con una sonrisa a los halagos de Demetrio.
Le preguntó desde donde venía. A la respuesta de Demetrio, Isolina indagó si tenía en donde
alojarse. Demetrio trató de mentir, con un sí borroso. Ella le ofreció el cuarto que compartía
con su madre.
Al llegar a casa, Isolina lo presentó a su madre Petronila. La negra se encantó con Demetrio.
Tal vez, porque vio en él el hijo que no pudo crecer. El antecesor a Isolina. Ella siempre había
querido un hijo varón. Lo perdió, sin nacer. Cenaron un menú constante: arroz, sopa de
champiñones y pescado. Conversaron largo rato, hasta las 12 de la noche. De todo hablaron.
De la vida, de la muerte, del gobierno, de su gente, de su familia. En fin, siendo esa hora,
Isolina invitó a Demetrio a dormir en el piso. Con almohadas y cobertores como contrapeso
a la dureza del piso.
Al amanecer, Isolina resbaló al sitio de Demetrio. Petronila estaba dormida. Demetrio, al
sentir el cuerpo de Isolina en su sitio, reaccionó con timidez. Isolina pegó su cuerpo al de
Demetrio. Lo besó en la boca. Le susurró: quiero compartir contigo. Quiero que estés
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conmigo. Quiero tu aliento. Quiero tus brazos. Y tus manos. Y que me recorras el cuerpo.
Así, con la fuerza que tienes. Quiero que me preñes. Ya, lo quiero.
Él sintió un espasmo. Nunca había estado con una mujer, tan cerca. Nunca había tenido coito.
Nunca había amado a una mujer. El calor insinuante de Isolina, lo aturdió. Sintió crecer lo
suyo. Esa largueza y esa dureza que él veía a diario, cuando se bañaba. En ciertos momentos,
de manera subrepticia, se sentía orgulloso de ese. Porque era un músculo negro, duro,
inmenso. Solo había sentido y palpado el líquido que manaba por ahí. Justo el día en que
despertó, después de haber soñado con una mujer desnuda. Negra, como Isolina.
No soportó más. Saltó sobre ella. Destruyó todo lo que, al paso de su largueza y dureza,
encontró. Isolina sintió cuando se rompió su respaldo a la virginidad. Sintió un dolor dulce,
infinito. Movía su cuerpo. Como danzando. Demetrio la dominó. Decía: soy lo que quiero
que seas. Negra hermosa. Negra provocativa. Negra libertaria. Negra absoluta.
Así estuvieron toda la noche. Una y otra vez, sin sentir cansancio. Al despertar, observaron
sus cuerpos desnudos. No pudieron seguir, porque ya Petronila estaba al pie de ella y de él.
Con una mirada de dulzura plena. Como diciendo: “es lo que siempre desee, que Escolástico
me amara así”.
Isaías nació, cuando en Nicaragua los sandinistas accedían al poder; después de derrotar a
Anastasio Somoza. Un día pletórico de enseñanzas y de alegrías. Demetrio estaba enfrente
del recién nacido. Un niño normal, en términos de físico, peso, talla. Tenía algo que llamaba
la atención: una mirada profunda, escrutadora, por unos ojos inmensos, azabaches. Lo
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escrutaba todo. Desde el espacio físico de la habitación; hasta los cuerpos de Demetrio e
Isolina. Un niño precoz. Aún en la manera llorar. Una exigencia prematura. Respecto a la
distancia entre él, su padre y su madre. Un niño de un negro inmenso. Su piel brillaba. Como
el ébano.
Isaías creció rápidamente. En cuerpo y en espíritu A los cinco años sintió que su padre
traspasaba la línea entre el ser y no ser. Lo vio muerto en una fosa común. Compartida por
quienes, como él, nunca se ofrecieron como sujetos transables. Susceptibles de ser erigidos
como imagen de compromiso, con lo valores impuestos desde su edad temprana.
Isolina le hablaba, en su cubículo, improvisado como cuna y como sitio. Sin embargo, ella,
percibía en él un sujeto extraño. Evasivo. Como cuando alguien, en la literatura vinculada
con el terror, percibe, retiene un personaje para que ejerza como símbolo de la maldad. Hasta
cierto punto, Isolina, hizo una reflexión inmediata. Algo así como sentirse azarada por la
mirada de su hijo. Pero, insistió a sí misma, en una elucubración posible. Como si quisiera
desentrañar los vericuetos del destino. Percibía a Isaías como sujeto que, con el tiempo,
podría llegar a ser un asesino en serie, o algo así.
Precisamente, el día del décimo aniversario de Isaías, Isolina tuvo un sueño alucinante, de un
gran dolor. Isaías estaba enfrente de ella y de una niña que parecía ser su hija. Al menos eso
aparentaba al observar, fijamente, sus ojos y su rostro. Isaías andaba desnudo por toda la
casa. Hablaba cosas ininteligibles. Más bien parecía una vocinglería inexplicable. Con
términos mendaces, obscenos. Cuando se acercaba a la niña, Isaías, se tomaba el pene y lo
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manipulaba. Sin ningún recato. Luego empezaba a verter litros de líquido amarillento. Se reía
y ahogaba sus voces. La de la niña y la de Isolina.
Cuando despertó, Isolina miró a Isaías que dormía placentero en su cama. Respiraba
tranquilo. Pero, de pronto, despertó. La miró y se desnudó. Gritaba: ¡ven Isolina, ven ¡. Esto
es para ti y para tu hija. Ese bastardo de Demetrio lo hice matar. No me gustaba la manera
como te miraba. Mucho menos me gustaba la manera como te poseía, cada noche. Ustedes
dos. Tú y él. Descifrando códigos de ternura y de placer. Yo, en entre tanto, sollozando,
porque no atinaba a hacer crecer lo mío como el de Demetrio. Te sentía sollozar, pero de
alegría. Con una inmensa felicidad absurda. Yo no creo en la felicidad. Creo en mí. Le
entregué a Demetrio a los gendarmes. Calculé con ellos el momento más propicio para
raptarlo y para matarlo. Con la técnica que han aprendido, a fuerza de ver pasar la historia.
Generaciones y generaciones de gendarmes. Siempre sumisos, atados al poder de momento
o al de siempre. Lo desollaron. Mientras tú llorabas. Mientras esa niña, la hija de Demetrio
y tuya ululaba y se sentía ajena.
Sentí, dijo Isolina, como si mi pecho explotara en mil pedazos. No sospeché, ni prefiguré
nunca que un hijo pudiera contribuir al asesinato de su padre y a profundizar el dolor de su
madre. Lo veía, allí sentado. Riendo. Celebrando su triunfo. Sobre mí y sobre Demetrio. A
favor de los dueños del poder. Esos que, siempre han mentido, a propósito de todo. Pero,
fundamentalmente, a propósito de la muerte de los adversarios. Adversarios que solo tienen
o han tenido la culpa de ser diferentes. Ajenos a opciones malvadas. Cercanos a
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construcciones solidarias y justas. Tanto en relación con sus pares; como también en relación
con los escenarios de vida.
¿Fue un sueño, de otro sueño? Isolina no podía descifrarlo de inmediato. Lo cierto es que
Demetrio Desapareció. Unas vecinas vinieron a informarme que había sido violentado y
obligado a subir a un vehículo. No tuve fuerzas para levantarme y seguir a mis vecinas. Mi
respiración era entrecortada. Sollozaba. (… ¿Será que ya viví ese momento, antes?) No como
sujeta pusilánime, a la manera de las plañideras. Pero si como madre y amante. Tanto más el
dolor, en cuanto este era originado por un hijo que entrega a su padre y violenta, por esa vía
a la madre. Son signos inequívocos de una descomposición de los valores. Cada vez más
punzante y más cuantiosa. Todo, relacionado con el Joyero que ejerce el poder. Que vende
cachivaches, a manera de mercancía excelente. Un joyero abominable. Que rige en el país de
las utilidades, de las recompensas, de las verdades a medias, o simplemente, no verdades. Es
la consecuencia del raponazo a la democracia. Es, en otras palabras, el ejercicio del poder, a
nombre de la democracia. Con una popularidad construida en la manipulación de datos. O,
simplemente, con la aquiescencia de un pueblo mudo, ciego y deleznable. Al volver a
despertar, Isolina, encontró a Isaías, su lado, dormido. Se estremeció, al recordar su sueño.
Rosa Eugenia, tenía 10 años, cuando conoció a Jerónimo Peralta, un viejo amigo de la casa.
Desde muy temprano, todas las mañanas, asistía a los ejercicios que pretendía prolongar, en
el tiempo, el pasado de cada uno (a) de lo(as) habitantes de Puerto Boyacá. Un municipio
talado por indescifrables momentos de la historia. Un perfil que, tendencialmente, se
identificaba con aquellas zonas que eran escenarios de hechos insólitos; incluido el de vivir
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una dinámica en el tiempo que coincidía con la infamia. Un lugar de expresiones
premonitorias.
Jerónimo, un personaje sacado de las historietas patéticas, entendía el tiempo como un simple
recodo en el camino. Para él, la vida, estaba inmersa en circunstancias disímiles. Algo así
como entender todo contexto, en términos de la continuidad. Una alucinación constante.
Vertía, a cada paso, una sombra de nostalgia. Como cuando se percibe lo cotidiano,
incrustado en el pasado. Siendo, entonces, sometido a la ley de la continuidad y de la
desesperanza.
Cuando conoció a la familia de Rosa Eugenia, había cumplido 23 años. En ese mismo tiempo
conoció a Burbano que, a su vez, tenía el horizonte subsumido en la lógica trinitaria. Como
quiera que ejercía como hombre, en relación con la orfandad, la miseria y la posibilidad. Esta
última, latente, todo el tiempo.
Para él, Rosa Eugenia, era un tipo de doncella erigida en adulta, antes de que la lógica del
tiempo, inaugurara la continuidad enfermiza del tiempo... Esta que pretende, a cada paso,
reelaborar el universo; a partir de unos códigos preestablecidos. En los cuales no existe lugar
para la imaginación. Mucho menos para ejercer vida plena. Con sus placeres y con sus
afugias.
El padre de Rosa, nunca tuvo un horizonte preciso. Nunca ejerció como líder en un hogar
tatuado de miserias. Lo suyo era recorrer la vida, al lomo de la trivialidad. Nunca supo
defender su territorio. Más bien, era sujeto pasivo que no hacía otra cosa que poseer a la
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madre de Rosa Eugenia, y a la mayor de las hijas. Con esta estableció, desde su nacimiento,
una relación pútrida, perversa. Ya, la madre de Rosa, sabía que este perdulario, era un macho
sin ton ni son. Sujeto atado a la vida, por un vínculo circunstancial. No era, ni mucho menos,
heredero de ningún agregado de calidad. Por lo mismo, cuando Jerónimo instó a Rosa para
que lo acompañara, ella sintió un profundo alivio. Por lo menos no sería su padre quien la
convirtiera en mujer preñada a los diez años.
Los ejercicios de Jerónimo eran un anzuelo perfecto. Transitaron hacia el habitáculo en que
vivían él y dos hermanos suyos. Al llegar, le dijo a Rosa Eugenia: no te preocupes, ya casi
llega la gente para empezar la reconciliación con Dios. En el entretanto, dijo, puedes bañarte.
Debemos llegar limpios a la ceremonia.
No terminaba su baño cuando, Rosa, sintió vértigo. Como cuando alguien se da cuenta que
lo espían. Sin embargo, siguió adelante. Alguien entró al cuarto de baño. Un hombre desnudo
levantó la cortina. Rosa Eugenia, solo atinó a cubrirse con las manos el pubis. Su abuela le
había dicho siempre que esa zona era fundamental para una mujer. Si la perforan es como si
hubieses muerto, niña. Ya ningún hombre te querrá. Lo único que les interesa es que sea el
primero en hacerlo. De hecho, tu abuelo me examinó exhaustivamente, antes de pedir mi
mano. El hombre jorobado, se acercó a Rosa; tomándose su asta con ambas manos. La
blandía como un trofeo, recién termina la competencia. Rosa Eugenia despertó en un lugar
húmedo. Sentía un fuerte dolor abajo del vientre. Como si un ardor profundo se confundiera
con el dolor. Una mujer la observaba, de pie, a la orilla de la cama. Le habló muy quedo.
Como susurrándole al oído, palabras indescifrables; pero cargadas de tristeza.
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Padre y madre; abuela y abuelo llegaron hasta la cama. Habían logrado entrar, después de
muchas demostraciones acerca del parentesco con Rosa. Fueron al grano: el informe del
médico, dijo el padre, se resume en lo siguiente: ya no eres virgen. Te entregaste a un hombre
antes de lo previsto. Ya no sirves. Estás rota. Ni para cargar agua eres apta, ahora.
Por más que les expliqué lo sucedido, no creyeron mi versión. A partir de este momento, dijo
el padre, no estarás en casa. No eres bienvenida. Busca al hombre y convéncelo de que se
case contigo. Ya le hemos informado a Januario lo sucedido. Pobre hombre, tanto que te
quiere.
No sé qué día salí del hospital. Todavía sentía un fuerte ardor. Este se mezclaba con el dolor.
Caminaba sin rumbo. No tenía adonde ir. Sabor amargo, este, que me penetraba. Sin un lugar.
Adolorida. Estuve caminando por todo el puerto. El cansancio me rindió. Quedé dormida en
la acera. Al despertar, no recuerdo que día, me percaté de que tenía puesto un traje, a manera
de pijama. Una mujer negra me asistía, al borde de la cama. Esbelta, parecida a una fotografía
que había visto de una atleta en los juegos olímpicos de Sídney. Me habló con delicadeza.
Como queriendo apaciguar mi tormento con palabras que me parecieron hermosas.
¿Linda niña, de donde has venido?
No sé si te trajo el Sol;
O viniste con la Luna;
267
¿…O será que mi corazón no recuerda tu hermosura?
¿…De tiempo atrás,
Cuando tú eras mi hermana.
…y yo hermana tuya?
Me abrazó con ternura. Mujer, más que mi madre. No podré olvidar sus palabras. No podré
olvidar que me asistió; en el momento más oneroso de mi vida. Me dijo: me llamo Isolina.
Te encontramos, Demetrio y yo en la calle. Tenías el cuerpecito tirado en la acera. Te trajimos
a nuestra casa. Si tú quieres puedes quedarte. Necesitamos compañía. Además, nos cautivan
las niñas y los niños. ¿…Quieres comer algo?, …, disculpa que no te llame por el nombre.
No lo sé. ¿Tú lo recuerdas?
Le dije, me llamo Rosa Eugenia. Solo así. Tengo hambre, muchas gracias señora. Agradezco
también a tu patrón, al señor Demetrio. Aquí no hay patronos ni señores, ni señoras, Rosa
Eugenia. Solo amigos y amigas. Ven sentémonos a la mesa. Demetrio ha preparado el
desayuno y lo servirá enseguida.
¿Ahora bien, ¿Rosa Eugenia, qué pasó?
Conté lo que recordaba. Lo del hombre jorobado en el baño y lo de mis familiares en el
hospital. Después, salí y quedé dormida en la acera. Lo demás ya ustedes lo saben.
El examen de laboratorio arrojó un resultado infame. Estaba preñada. Ya estaba por la tercera
semana. Isolina respiraba fuerte. Demetrio no dejaba de llorar. No sé qué pienses tú Rosa
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Eugenia. Mi recomendación en solo una: debes abortar. Tu preñez es consecuencia de una
violación. Además, tu cuerpecito, a los diez años, no está para parir. Ya tenemos suficiente
con el hecho de no haber vivido tu infancia.
Yo no atinaba a responder. Porque no sabía cómo hacerlo. Mi madre siempre vociferaba: los
hijos que manda dios, hijos son, hijos serán. A pesar de mi resentimiento con ella y con mi
padre, sentía que esas palabras me calaban hasta el centro de mis huesos. No quiero ser
madre. Y menos de un violador jorobado. Sin embargo, no quiero ser asesina de mi hijo.
Isolina me dijo, pero ¿qué tipo de hijo va a ser? Un hijo se admite cuando es resultado de la
pasión del amor y del deseo. Lo tuyo no fue ni lo uno ni lo otro. Mi linda niña. Que sea lo
que tú quieras que sea. Solo ten en cuenta mis palabras, como inventario expreso de lo que
ha sido mi vida. Samuel nació. Yo estaba viviendo con Santiago. Habían transcurrido seis
años. Samuel no fue el último. Después llegaron Silvia, Martha, Maritza, Pitágoras y Adrián.
Uno detrás del otro. Apenas si cumplía mi ciclo de recuperación, cuando ya estaba encinta
otra vez.
Santiago me había conocido en Puerto Berrio. Yo había llegado allí, después de fugarme, con
mi hijo, de la casa de Isolina y Demetrio. Trabajaba como doméstica en casa de uno de los
médicos del hospital. Allí, encontré refugio y ocupación. Samuelito, era un niño raro. Desde
que pudo moverse en la cama; me atosigaba con sus manos. Iban directo a mis pezones. Me
hacía gritar de dolor. Me hurgaba las piernas. En principio yo no me percaté de sus
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intenciones. De las piernas, al pubis y de allá a….No bastaba con decirle: Samuelito, no me
toques así. Duérmete por favor.
Era conductor de una de las ambulancias del Puerto. A decir verdad, me entregué a él, el
primer día. Si alguien me pregunta por qué lo hice; le diría: …no sé por qué. Tal vez, porque
me hallaba desolada. Sin más norte que la calle, el ruido y los insultos. Santiago, al menos,
me recogió. Me llevó a su casa. Allí se sació conmigo y, después, su padre y su madre, me
lanzaron a la calle, de nuevo. A mí y a Samuel. Lo busqué en el hospital, hasta encontrarlo.
Me dijo que iba a conversar con el doctor Mascheroni, para que me eligiera como trabajadora
en su casa; ya que el doctor le había encargado eso, desde hacía algunos días.
El doctor Mascheroni, estaba casado con la doctora Cecilia Abril, médica cirujana que ejercía
en Bogotá. Absoluto respeto conmigo y con mi Samuelito. El trabajo no era complicado;
pero si requería de mucha atención. Las camas, el aseo de los cuartos; de los baños, de piso
y…preparar la cena. Porque el doctor desayunaba y almorzaba en el hospital.
Pasados tres meses, me diagnosticaron otro embarazo. Creí morir. No había referenciado un
hecho como ese. Hablé con Santiago y me dijo: no puedo llevarte a la casa de mi padre y de
mi madre. Mi salario no es suficiente para atenderte a ti y a mis padres.
Decidí hablar con el doctor Mascheroni. Le conté acerca de mi segundo embarazo. El doctor,
muy sincero, expresó que no podía hacerse cargo de tres personas. Sin embargo, me
referenció a Francisco Peñuela; abogado de casi la totalidad de los hacendados de la región.
Él tenía una hacienda a la salida del Puerto y necesitaba que alguien le colaborara con la
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administración. Don Policarpo, ella es Rosa Eugenia. Ya le había hablado de ella. Tiene un
hijo y espera otro. Pero es muy eficaz en su trabajo. Tanto en cocina, como en labores de
aseo.
El señor Policarpo, me enseñó la casa y la hacienda. Debía alimentar a los peones. Además,
debía asear la casa. Dije sí. Y allí se cerró el negocio. Estuve en la hacienda de don Policarpo,
cerca de seis años. Nacieron, Silvia, Martha y Maritza. Cuando creí haber cesado en mi
función reproductiva, nacieron Pitágoras y Adrián. Santiago decía responder por Silvia y
Maritza. Los demás no son mis hijos. Porque te has vuelto una puta recatada Rosa, me
advertía a cada rato. Según me cuentan, seguía diciendo a cada rato, te acuestas con la mitad
de los peones de la hacienda. Incluso, ellos, hacen bromas en el bar. Han llegado, inclusive,
a apostar acerca de quien ha durado más contigo. Porque, según ellos, eres insaciable.
Después de uno, viene el otro y…después del otro el siguiente. Esto para no hablar, decía, de
tu primogénito. Ese es de quien te rompió. De quien hizo de ti una olla rota, sin otro oficio
que servir de filtro.
Estuve en Montevideo. Ya Samuel y los (as) demás estaban lejos. Había conocido a
Verdaguer, el mismo día en que llegué a Bogotá. Estaba sentado en uno de los restaurantes
de la terminal de transportes. Yo andaba sin rumbo. Había salido de Puerto Berrio la noche
anterior. Mis hijos e hijas ya no estaban conmigo. Cada uno (a) tomó su camino. Las niñas
quedaron con Santiago. Me acompañaba el estigma de ser mujer de todos.
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Verdaguer me observó, desde el mismo momento en que entré y pedí un café. Se me acercó.
Se sentó a mi lado. Hablamos de todo. Como contando nostalgias, pesares. Como
indagándonos acerca de lo que fuimos y de lo que somos. Era como efectuar un recorrido
inmenso en el tiempo. Una apertura de vida, a partir de un hecho circunstancial y fortuito, un
encuentro. Conocí parte de su vida. Y él conoció casi toda mi vida. Palabras y palabras, que
fluyen y comunican. Palabras acerca de la dureza del día a día.
Me escrutaba. Unos ojos inmensos, color verde. Un cabello hermoso, azabache. A decir
verdad, me sentía arrobada. Una especie de atracción primera, sin otra justificación que la
necesidad de ser tomada y de sentir ese placer que me convoca. No sé qué pasa conmigo, los
hombres son, para mí, referentes sexuales. De manera constante. Ahí, en ese momento, ya
recorría el cuerpo de Verdaguer con la mirada y con el deseo.
Supe de su origen. Había nacido en Montevideo, treinta años atrás. Llegó al país, en busca
de aventuras. Un hombre hecho para viajar, sin rumbo. Se ganaba la vida, haciendo lo que
fuera necesario. Desde trabajar en oficios varios; hasta engañar incautos, como
prestidigitador. Estaba alojado en un hotel sencillo. Situado en uno de los sitios más
deprimidos de la ciudad.
Llegamos a su cuarto. Le informó al administrador que yo era una familiar y que estaría con
él hasta el día siguiente. A su vez, el administrador, le informó que habían estado unos
señores indagando por él. Por su aspecto, creo que son detectives. No respondió. Nos
bañamos juntos. De pie hicimos un ejercicio inmenso. De nunca acabar. Me asombró su
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capacidad. Tres veces me inundó. Quería más. Pero, en verdad, yo estaba extenuada.
Dormimos largo rato. Nos despertó la voz del administrador. Decía que habían vuelto los
señores que estuvieron en la mañana. Le informaron que tenía 48 horas para salir del país.
Por su condición de indocumentado itinerante, no podía residir aquí.
Estuvimos errantes. Sin un norte preciso. Aquí y allá. De Bogotá a Popayán y luego a Pasto.
Entramos a Ecuador en un furgón de carga, camuflados. Hicimos tránsito a Perú y Bolivia en
las mismas condiciones. Al entrar a Chile, nos encontramos con un amigo de Verdaguer. Un
tal Patricio Tapia. Hablaron largo rato. Nos invitó a cenar. Esto me alegró mucho, ya que no
comíamos desde el día anterior.
Tapia, le insinuó a Verdaguer que se quedara en su casa. Tu amiga, también puede quedarse
en casa, dijo. Un barrio inmenso, en la periferia de Santiago. Tapia nos guiaba. Habló del rol
que tuvo ese barrio en 1972 y 1973, durante el gobierno de Salvador Allende. De las brigadas
patrióticas. De las consecuencias del golpe militar. De la persecución constante. De los
muertos; de los torturados; de los desaparecidos. Él mismo, dijo, perdió a sus hermanos.
Nunca más supo de ellos; desde que allanaron su vivienda y se los llevaron. Logró escapar,
gracias a la colaboración de varios vecinos que le permitieron escalar techos y saltar al vacío.
Tapia describió un horizonte complicado. Estuvo huyendo todo el tiempo. Pasó a Argentina.
Allí la situación era igual o peor. Militares que absorbían todo. Aplicaban la opción de
gobierno, sustentada en su hegemonía. Y en su violencia, absoluta. También el vértigo de las
desapariciones forzadas. De las torturas. De execrables métodos para ahogar cualquier
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vestigio de libertad, de oposición. En Buenos Aires, recorrió diferentes sitios. Se enroló en
milicias urbanas afines a los peronistas y, después en milicias afines a los Montoneros. Un
recorrido azaroso. Participó en varias acciones directas, de confrontación a la tropa y a sus
informantes. Estuvo en Córdoba. Se enroló en los grupos de resistencia, dirigidos por los
obreros, por los sindicatos, de manera clandestina. Allí, en Córdoba, la represión fue más
cruel. Porque era un territorio en el cual las organizaciones obreras eran fuertes y decididas.
Pasó a Montevideo. Se enroló en milicias tupamaras. Lo mismo: represión brutal. Se trataba
de hostigar y resistir a la fuerza avasallante, demoledora de los militares. Estuvo en Punta del
Este, territorio no tan azotado por la violencia. Allí hizo contactos. Sirvió como estafeta entre
las secciones en diferentes sitios. Recorrió mil caminos. Hasta en Brasil estuvo. Recabando
solidaridad. Colaboró con la organización logística. Dinero y pertrechos. Distribución de los
mismos. Coadyuvó con las Madres de la Plaza de Mayo, en los momentos más cruciales.
Admiraba, profundamente, la capacidad de estas mujeres para resistir y para convocar
solidaridad, en el país y en el exterior.
Tapia, también, estuvo realizando propaganda clandestina, en desarrollo del campeonato
mundial de fútbol, realizado en Argentina en 1978. Labor ardua. Porque la Junta Militar se
la había jugado toda en el impulso a ese evento. Como terapia forzada. Para presentar otra
visión al mundo. Diferente de la realidad. Se mostró una imagen del país; en donde la paz
interna había sido lograda. Se había derrotado a la subversión, a los antipatriotas. Decían,
además, que los desaparecidos eran un invento de quienes no querían hacerse a la idea de que
Argentina, era una república democrática. Simplemente, ellos, tuvieron que actuar para
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impedir que se generalizara en el país y en todo el Cono Sur, la influencia dañina, pervertida
de los comunistas.
Tapia supo, además, que desde mucho tiempo atrás, existía una confabulación entre la Junta
Militar y algunos directivos de la FIFA. Debía quedar claro: a la Selección Argentina no lo
quedaba otra opción que ganar el campeonato. Una ampliación y profundización de dominio.
Por una de esas vías que Gramsci definía como el poder ideológico. Una superestructura que
absorbe lo real. Una propagación de las verdades construidas a imagen y semejanza de los
detentadores del poder. Si bien es cierto que puede haber algunas diferencias entre un
gobierno burgués anclado en la democracia tradicional; no es menos cierto que, en últimas,
la Junta Militar defendía sus intereses y los de la burguesía, agazapada; sin decir nada ante
las atrocidades de los militares.
Él (Tapia); estuvo, a su vez, durante el conflicto entre Argentina e Inglaterra; soportado en
la reivindicación de la jurisdicción de la primera sobre las Islas Malvinas. Un enclave inglés,
arrebatado por la fuerza. Desde la perspectiva de los luchadores por la libertad; esta
reivindicación es válida. Porque se trata de un territorio argentino, de su soberanía. Sin
embargo, enfatizaban, además, que la Junta Militar pretendía hacer de ese conflicto una
posición de unidad nacional, pero manteniendo la dictadura, la violencia, el exterminio sobre
el pueblo argentino.
Nos contó de las andanzas de Atanasio, un auriga de los detentadores del poder. Un hombre
curtido en acciones, reivindicando el derecho de los militares a ejercerlo, incluidas la
275
violencia y las desapariciones forzadas. Hombre de talla perversa. Se cuenta, decía Tapia,
que su hija está atada a un negocio de tráfico de personas; de un comercio infame con las
etnias. No solo en América Latina, sino también en Europa, Asia y África. Negocio montado
con la complacencia de las autoridades en diversos países.
Yo veía, en Tapia, un hombre sólido. De ideas y actividades recias, decididas. Hasta cierto
punto lo comparaba con Verdaguer, hombre sin principios, camaleónico, desleal, aventurero
por lo bajo. Solo me subyugaba su manera de hacer explotar mi placer.
Yo veía, en Tapia, un hombre hermoso. Con horizontes. Empezó a cautivarme. Cierto día,
antes de salir de Santiago, me acerqué a él, en un momento en que Verdaguer salió a pasear
por el barrio. Le dije, quiero que estés conmigo. Quiero palparte, absorberte. Quiero que me
poseas. Me miró perplejo. Como que no se hacía a la idea de que la mujer de su amigo se
atreviera a tanto. Le insistí. Me desvestí delante de él. Lo empujé hacia el baño. Le desaté los
pantalones; le cogí su inmenso músculo. Abrí mis piernas, de pie y lo introduje en mi
abertura. No pudo más. Me asió por las nalgas y empujó. Una fuerza absoluta. Una y otra
vez, sentí su líquido, tibio. Una y otra vez me hurgaba; me tocaba los pezones. Exploté, grité.
Le decía: más, más; quiero más.
Cuando regresó Verdaguer, todavía estaba un tanto convulsa. Un ardor hermoso me recorría
todo el bajo vientre. Todavía sentía mis pezones adoloridos, erectos. Intuí en Verdaguer una
expresión extraña. Como si oliera mi vagina y el líquido en ella. Era hombre conocedor de
nosotras las mujeres. Su experiencia en estas bregas con las mujeres; lo había dotado de un
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gran olfato. Conocía el olor de lo suyo. Aprendió a conocer los olores del líquido de otros
hombres. Era un animal en celo permanente, que olfatea a su hembra y sabe si su territorio
ha sido invadido.
Viajamos a Buenos Aires. En furgones de carga. Otros trechos los hicimos a pie, evitando
pasar por lugares militarizados. Todos concentrados en la necesidad de llegar sin obstáculos.
Yo miraba a Tapia, a cada momento. El sabía que yo lo hacía. Aprendió, en su lucha, a mirar
sin mirar. A percibir a los otros y a las otras a distancia. Hablaba con Verdaguer. Sobre
trivialidades. Sobre lo cotidiano. Sobre el paisaje.
Llegamos un martes en la tarde. Me sentía cansada. Casi arrastrando los pies. Tapia nos
condujo a la casa de uno de sus camaradas. Eludiendo sitios. Dando giros; vigilante. Por fin
llegamos a la casa. Ismael, saludó a Tapia y este nos presentó como un amigo y una amiga
que conoció en Santiago. Le susurró al oído. Supongo que le dijo que no había nada que
temer con Verdaguer y yo.
Ismael enteró a Tapia de los últimos acontecimientos. Supimos que seguían en la lucha; a
pesar de la leve apertura que se sentía en el ambiente político. Habló de Raúl Alfonsín. Del
deterioro constante de la Junta. De su desprestigio a nivel internacional. De la presión que
ejercían sobre ella diferentes gobiernos europeos. Contó que se había conocido,
públicamente, lo que antes era un rumor. La CIA estuvo, todo el tiempo, asesorando a la
Junta Militar. En el contexto de la política de la guerra de baja intensidad. De la influencia
de esta política en casi todos los países Latinoamericanos. Incluido El Salvador; en donde se
277
desarrollaba una lucha tenaz. Del Frente Farabundo Martí. Del desarrollo de las actividades
del Frente Sandinista que había triunfado en Nicaragua. De la situación en Guatemala, de la
violencia en contra de las mujeres allí. Misóginos constantes. Nos contó de la situación
interna del movimiento revolucionario en Argentina; de las contradicciones crecientes;
habida cuenta de la heterogeneidad de sus integrantes. Peronistas, socialistas, los sin partido,
etc.
Veinticinco (Viajeros)
Al día siguiente de nuestra llegada, asistimos a un concierto. Ya había regresado Mercedes
Sosa de su exilio. Estuvo León Giecco, quien también había regresado. Esa misma noche
estuvimos bailando en uno de los barrios de la capital. Al regresar a la casa de Ismael,
bebimos unas copas de vino. Casi no pude conciliar el sueño. Estuve inmersa en una sucesión
de imágenes pasadas. Imágenes de regresión. Me veía asfixiada por el jorobado. Veía a
Santiago encima de mí, a la vez que me susurraba: ¡Puta ¡No vales nada; mujer de todos!
Veía a Samuel. Sentía su odio: Sentía sus manos recorriéndome todo el cuerpo; recordé sus
vesanias; su tránsito hacia la maldad absoluta. Veía a Silvia; a Martha; a Maritza entregada
a Pánfilo; a Pitágoras y a Adrián. Recordaba a Demetrio y a Isolina; lloré de dolor por mi
deslealtad. Cuando desperté, estaba en Montevideo con Verdaguer. Habíamos huido. No
estaban ni Tapia, ni Ismael. Luego supe que Verdaguer los había traicionado. Los había
delatado. Cobró una recompensa por ello. Aturdida; vagué por las calles, sin rumbo. Me lancé
al vacío desde el octavo piso de un edifico comercial. Sentí el estruendo de mi propia caída.
Fui muriendo lentamente, ante la mirada horrorizada de los transeúntes.
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Pedro Arenas Monserrat, había nacido en Lisboa. Padre portugués, madre colombiana. Desde
los dos años residía en Colombia, con su madre. Su padre había quedado en Lisboa,
ejerciendo funciones de empleado estatal. A los seis años fue matriculado en una escuela
pública en la ciudad de Barranquilla. A tan temprana edad, dejaba entrever sus capacidades
para casi todas las áreas del conocimiento. Lector innato. Surtidor de un lenguaje preciso,
lógico, creativo.
Transcurridos los años de su educación formal, en la escuela y en el colegio, Pedro Arenas
se vinculó a la universidad en el programa de pregrado de antropología. Desde allí, empezó
un proceso en el cual desarrolló algunas teorías acerca de la relación entre filosofía y
educación. Un acercamiento a la pedagogía, desde una perspectiva innovadora. Como quiera
que formuló algunos conceptos básicos. Uno de ellos tiene que ver con los modelos
educativos y su incidencia en el conjunto de la formación académica. Una dinámica que
incluye asumir roles protagónicos, por parte de los y las docentes, pero sin que esto implique
la vulneración de la autonomía de los y las estudiantes. Un proceso que irrumpía en un
universo saturado de lugares comunes y proyectos pedagógicos obsoletos.
Dada su capacidad para relacionarse con contextos sociales diversos; fue realizando
propuestas en todos los niveles. Particularmente en la educación secundaria. Pero, también
incursionó en la educación básica primaria. Con opciones conceptuales novedosas. Por
ejemplo, el nexo entre la formación en familia y la educación en las aulas. Otro ejemplo,
tiene que ver con la noción de autoridad, en los colegios. En un recorrido que incluyó la
realización de diferentes seminarios y talleres con docentes, madres y padres de familia. En
279
uno de esos eventos, conoció a Juliana y a Isolina. Dos mujeres que, desde diferentes ámbitos,
manejaban las mismas reflexiones. En el sentido de la articulación, por ejemplo, de la
educación formal, la equidad de género y las transformación de modelos educativos que no
reconocen opciones diferentes construidas a partir de la cotidianidad.
Isolina, una mujer negra, vinculada al movimiento feminista; con realizaciones en los barrios,
en el campo y, particularmente en los grupos sociales que sufren el flagelo del
desplazamiento forzado. Mujer nacida en el Pacífico colombiano; autodidacta y dueña de una
capacidad inmensa para orientar y dirigir. De una sensibilidad absoluta para entrever las
necesidades de los pobladores. Ya había, incluso, publicado documentos alusivos a los temas
y realizaciones que la comprometían. Y que sabía manejar, sin producir distanciamientos con
respecto a sus pares; o con respecto a los grupos sociales. Una de las manifestaciones de esa
capacidad, era establecer una relación colectiva e individual. Con un pasado saturado de
nostalgias y dolores. Por estar inmersa en territorios de conflictos. Con laceraciones
profundas que la marcaron. Pero, sin transformar esto en posiciones de resentimiento y/o
inmovilidad. Su primera experiencia afectiva no fue feliz. Un individuo ambiguo, autoritario
e insensible, fue su primer amante. Pero, ella, tuvo la capacidad para efectuar la ruptura; sin
que esto implicara posiciones de desasosiego. Sin que esto la limitara en sus acciones.
Conoció a su segundo amante, en un escenario social, en donde prevalecían condiciones de
miseria, represión, olvido, matanzas. Demetrio, un hombre forjado en duras batallas por la
vida y por la sociedad. Amaba profundamente a Isolina y, con ella, desarrollaba las
actividades que los vinculaban con el proceso ya descrito
280
Juliana, maestra en un colegio de educación secundaria en la capital, se había forjado como
investigadora de los proyectos educativos en Colombia y en América Latina. Mujer hermosa;
de un temple espiritual privilegiado. Su trabajo, en el área de humanidades, trascendía en la
institución educativa en donde laboraba. Una exigencia constante, consigo misma y con sus
alumnos y alumnas. Esto último no implicaba, sin embargo, una postura autoritaria. Sus
clases, eran reuniones para la reflexión. Los resultados, desde el punto de vista académico,
se medían por la capacidad adquirida por sus estudiantes, para exponer con independencia y
con calidad, los temas vistos durante los sucesivos períodos académicos.
Juliana consignó en un documento, algunas anécdotas y experiencias. Una de ellas, tuvo que
ver con un estudiante en décimo grado, llamado Samuel. Un joven extraño, decía Juliana, me
conmovió desde el primer momento. Porque tenía una expresión similar a los
esquizofrénicos. De gran capacidad para entender los temas vistos en clase. Además, dueño
de una capacidad, casi innata, para la reflexión de largo aliento; trascendiendo lo inmediato
y vinculando contextos necesarios para elaborar sus conclusiones.
Sin embargo, dice Juliana en su documento, en veces, aparecía un perfil un tanto perdulario.
Como si emergiera, de pronto, ese otro yo que expresaba una tendencia sicótica, aunada con
cierta dosis infamia y violencia. A pesar de su relación cercana con Samuel, Juliana nunca
exhibió ninguna posición afectiva, a la manera de amante. Tal parece que este chico si había
construido una interioridad que fluía en esa dirección. Este relato, extenso, constituye un
ejercicio de interpretación de la personalidad. En una opción, desde la perspectiva freudiana
y piagetiana. Estuvo con él en diferentes actividades académicas. Además, trató de conocer
281
esa instancia perdida de su infancia. Dejaba entrever la incidencia en su formación, de
situaciones difíciles en su infancia. Incluida una relación con la madre y el padre, con aristas
punzantes y vulneradoras. De hecho, un día, Juliana encontró a Samuel, tratando de forzar a
una compañera de clase. Expresaba un extravío tal, que convocaba a la tristeza,
independientemente de la acción que estaba realizando. Otro día, estando a solas con él,
revisando unos de trabajos académicos, Samuel le insinuó que estaba enamorado de ella; que
la deseaba, que era su obsesión. Es decir, una posición unilateral de Samuel; porque no había
mediado, en absoluto, alguna acción provocadora por parte de Juliana.
Lo cierto, es que Pedro Arenas propuso a Isolina y a Juliana, la realización de diferentes
ejercicios académicos, a manera de seminarios, sobre diferentes aspectos de la condición
humana; por fuera del ámbito restringido de las aulas. Un proyecto permeado por la necesidad
de profundizar e interpretar algunos textos fundamentales diseñados para proponer
reflexiones y opciones en el proceso educativo. Uno de los aspectos que reivindica Pedro
Arenas tiene que ver con un recorrido, en profundidad, por los territorios y por los maestros
y maestras de América. En uno de sus documentos, Pedro, ensaya un ir y venir crítico, pero
asertivo; por las propuestas de José Martí. Muchas de ellas vertidas en el texto El siglo de
oro y la vinculación que se desprende de sus escritos recogidos en Nuestra América. Con
una visual periférica, en términos de la necesidad de recomponer los proyectos educativos;
para ajustarlos a los requerimientos. En un entendido básico, que denota el respeto por la
diversidad cultural y étnica; así como, fundamentalmente, por la autonomía de los niños y
282
las niñas. Un paisaje, en donde la cultura es un escenario de vida que se modifica de manera
perenne.
O, sigue diciendo Pedro, los esbozos delineados por Pablo Freyre, en ese recorrido suyo que
nos habla de la administración del conocimiento en general y de la pedagogía en particular;
vinculando propósitos, a partir de los entornos inmediatos y mediatos; con los cuales se
identifica a la población y de los cuales podemos entresacar elementos visuales y abstractos.
Claro está que no se trata de un aislamiento parroquial; sino de una universalización
progresiva. Referentes ya, de por sí, atractivos. Como opciones políticas y sociales; a partir
de un continente tan disímil como lo es América. Pero entendiendo, también que África y
Asia, son territorios inmensamente diversos, en cuanto a etnias, religiones, lenguas, culturas.
Solo avanzando en la perspectiva de interactuar (pero no a la manera en que lo proponen los
difusores de la teoría del pensamiento complejo); sino por la vía de internacionalizar el
conocimiento de tal manera que los pueblos se apropien de el. Con un elemento conceptual
adicional: el que hace referencia a la necesidad de promover, elaborar y respaldar propuestas
inclusivas. Uno de los aspectos más relevantes de esto último, hace referencia a los niños,
niñas y adultos en condiciones de discapacidad.
Precisamente, en uno de los eventos programados y realizados, se presenta una opción de
interpretación de los procedimientos pedagógicos para los niños autistas. El evento se realizó
en la Universidad de la República. En su preparación estuvieron haciendo eje, Isolina, Juliana
y Pedro. Se invitaron disertadores y asistentes de las diferentes áreas académicas.
Obviamente, con énfasis en maestros y maestras.
283
La conferencista expuso y sustentó un documento elaborado, a manera de investigación sobre
un evento específico. Samuelito Arregocès, ha estado mucho tiempo en silencio. Tal vez,
más tiempo del que reporta su edad. Una travesía profunda por la vida. Llena de expresiones
nefandas. Que involucran opciones cuyo contenido permite posiciones onerosas. Ante todo,
para un niño como Samuel, cuya madre, Rosa Eugenia, pertenece a la tipología clásica del
desvarío. En donde no se sabe si la vida empezó con ella o si, por el contrario, la vamos
construyendo a cada paso. Como si fuésemos arquitectos de futuros. Pero con las cargas y
los estigmas de un pasado que no conocimos. Pasado cargado de latencias. Esas mismas que
nos pesan al nacer. Que las traemos cuando aparecemos, como hecho fortuito, en el mundo.
Entonces, quien presenta el trabajo, se constituye en rastreadora de esas lejanas opciones que
vivieron otros y otras. De esas vivencias soportadas por quienes nos antecedieron. Pero que,
de alguna manera, nos tocan al momento en que emergemos y que, si se quiere, nos
acompañarán toda la vida. Un desasosiego constante. Que nos sitúan, como a Samuel, en
condiciones de indefensión. Haciéndonos mucho más vulnerables de lo que creemos.
Aquí, vuela la imaginación. Pero también se ve recortada, en pleno vuelo. Y, entonces, nos
precipitamos al vacío. Que dura lo que dura una vida. Como la de Samuelito. Con vestigios
opacos. En donde los colores hay que inventarlos. No vienen con nosotros. En este sentido,
en consecuencia, resulta válido asumir la desesperación. Como cuando no sabemos que
estamos hechos, ni para que servimos. Solo sabemos que estamos ahí, en donde los otros y
las otras, también están buscando lo mismo. Tan cierto como que no alcanzamos a
identificarnos. A establecer relaciones creativas, asertivas, llenas de tonalidades diferentes;
284
como diferentes que somos. Samuelito, vino ya. Pero el no sabe que está aquí. Ni allá. Lo
único posible para él, es la envoltura que, todavía, lo retiene y lo impulsa a seguir viviendo.
Pero sin ver alrededor. En un entorno agresivo. Tal vez, por esto mismo, él no se atreve a
despertar, a pesar de que sus ojos miran desde el mismo momento del nacimiento. Una acción
de mirar que no parece verbo. Un estar ahí, sin saber porque…y, de pronto, sin quererlo. En
lo que sigue, la exposición de la maestra Adelina Santacruz.
Veintiséis (Mujeres braveras, mujeres mártires, las anécdotas)
¡Lo dicho, está dicho ¡Eso me dijo Herminio Pérez; alcalde de la localidad San Bonifacio! Y
es que venía desde mucho tiempo atrás. Una confrontación de nunca acabar. Por lo mismo
que estaba de por medio las ilusiones que motivaban a José Buelvas. Sujeto, este, de
violencias acabadas en él mismo. Como quiera que todo se centraba en las posibilidades. En
términos de las consideraciones. Como vigía de sí mismo. Mucho después de la muerte de
mamá Protocolaria Martínez. La quiso tanto que no dudó en convocar a toda la localidad para
realizar jornadas de desagravio. Un poco en el mismo hilo conductor, con el cual se miden
las obligaciones perennes. En esa postura de las mujeres madres. Que perciben lo que ha de
venir. Y recuerdan la historia de los hechos y sus orígenes. Ante todo, cuando cada quien ha
observado, en su camino, los rigores del tempo. Hablado y vivido. Así no más.
285
A Este vergajo de Herminio, se le metió en la cabeza, alzarse en armas contra las matronas
potentes. Ese ramillete de mujeres, veloces de pensamiento y realizaciones. Por esa vía
promovió la primera batalla, en contra de Protocolaria. Ya llevaba mucho tiempo en la
planeación de ejecuciones. Como ensayo general, había elegido a Estanislao Birbiezcas. Este,
envalentonado con la misión, reunió a cuatro hombres jóvenes, para empezar.
Fueron, primero, a la casa de María Epimenia Busquets. Mujer de fuerte convicción y
mejores decisiones al momento de cualquier batalla. Estaba sola en casa. Saturnino
Mascachochas Bocanumen, su compañero estaba en su rutina cotidiana como cargador en el
puerto. Primero tumbaron las puertas con hachas y machetes. La levantaron, a la fuerza, de
su cama. La enmudecieron. Y los cinco vulneraron su cuerpo. Un ultraje espantoso. Cuando
terminaron, la mataron. Cuatro balazos en su cabecita, casi yerta.
Luego fueron donde Belisaria Pocahontas Martínez. Hija de Barbarita Libertad Fuego. Mujer
de ostentación solidaria, a la enésima potencia. Rodearon la casita. Entraron por la ventana.
La colgaron, de las muñecas. Atadas al travesaño primero. Sus ojazos negros absolutos,
fueron quemados. Ya, después de ahí, todos los ojos de todas las mujeres aprendieron a mirar
con las tristezas siempre hechas, puestas.
En velocidad tendida, por su ejército de mujeres negras, de cuerpos hechos para la danzar.
Siguiendo la tambora y la chirimía. Pero, también, para acceder a la correría. Y habilitaron
trincheras en todas las ciudades. Trazaron ofensivas a las casas de extermino y de torturas.
Las arrasaron con todos los matones adentro. Y fueron, pronto, seis en ciudad Chiquita. Y
286
doce en ciudad Ternera. Todo se volvió una avalancha de aguerridas mujeres. Cenicientas en
batalla, Feroces, vengativas. Para las cuales, no habrá paz, si no ejecutan a los perdularios.
Y las derrotaron, ese tres de noviembre. Cuando llegaron “Los Caballeros de la Legión de
María Virgen.” Cruzados. Pervertidos. Arropados por la sabana que cubrió el cuerpo del
Nazareno. Además, por Trinitario Ordóñez. Con su aureola pendenciera, por lo bajo. Se
reforzaron los ejércitos inmundos, apestosos.
A Esas mujeres que sobrevivieron; El alcalde Herminio, enterró vivas. Eso fue lo que dijo,
siempre “lo dicho, dicho está” Cuando estaba dispuesto a seguir su perorata, lo maté. Le
enhebré mi puñal, en esa garganta ampulosa. Tal vez, tratando de mutilar sus palabras, para
siempre.
Pitágoras se apartó de Santiago. Sintió mucho la situación de Rosa Elvia. Tanto como
entender que ella había sucumbido ante los avatares de la vida. Valoró su condición de mujer
libertaria. Su decisión de asumir lo afectivo como sucesión de relaciones. En una
promiscuidad que no compartía; pero que respetaba.
Rosa Elvia era, para Pitágoras, ese tipo de personas en angustia constante. Sin poder redefinir
su proceso como itinerante en una sociedad cargada de situaciones complejas. Un tejido que
la sometía. Un entendido de libertad circunscrito a ensayar variables. Pitágoras la sentía como
mujer que nunca había sido amada. Tal vez, ella, tampoco ha amado. Porque, consideraba,
que amar era más que estar con todos o todas; sin importar cuando o porqué. Un tipo de
satisfacción, de placer, centrado en el arrebato sexual circunstancial. Vivir esto como
287
condición única; como soporte único. Una distorsión del hecho de amar y ser amada. Un
camino lleno de dificultades asociadas a esa condición de ser. La reconocía como madre y
como mujer. Pero, no fue capaz de estar al lado de ella. No pudo o no quiso acompañarla en
su peregrinar; mucho menos intentar la persuasión en términos de buscar otra alternativa de
vida.
Sorteando obstáculos, logró terminar sus estudios secundarios. Ingresó a la universidad en
horario nocturno. Trabajaba todo el día como vendedor en un almacén. Había heredado de
su padre la capacidad para cautivar compradores.
Escogió un programa de pregrado que le pareció importante. La antropología siempre le
había llamado la atención. Con el profesor Pedro Arenas y con la profesora Juliana, a quienes
había conocido en el colegio, había departido muchas veces. Tertulias agradables; que lo
situaban en opciones de interpretación de la cultura y, en general, de la humanidad. Estuvo
en muchas de las actividades realizadas por Isolina; a quien admiraba profundamente. La
mujer que supo valorarse y hacer ruptura con Adrián. Por esa vía conoció a Demetrio. Le
pareció, siempre, un hombre con vocación de servicio. Demasiado humano. Amigo absoluto,
leal y confidente cuando fue necesario.
Pitágoras vivió el proceso angustioso que supuso el asesinato consecutivo de Pedro Arenas,
Juliana, Isolina y Demetrio. Hechos que le hicieron ver la tragedia de un país que nunca ha
conocido la paz, ni la solidaridad, ni la aceptación del otro o de la otra. País de convicciones
torcidas; en el cual ha predominado el ejercicio de la violencia continua, sistemática. País en
288
donde no ha existido sitio para la tolerancia y el respeto de los valores y derechos humanos.
Para él, esos asesinatos y muchos más, constituyeron y constituyen la reiteración del odio, y
la tropelía. Acezantes verdugos que nos conducen al desmoronamiento. Como sociedad y
como nación.
Se prometió a si mismo, retomar, a su manera el ideario de ellas y de ellos. A partir de los
logros alcanzados en la universidad y de su interacción con diversas organizaciones obreras,
campesinas y de la población más vulnerable; fue construyendo escenarios para proponer
alternativas. Para postular y realizar actividades trascendentes. En búsqueda de opciones
constantes, generosas, humanas. La intención de transformar la sociedad, desde una
perspectiva politica de inclusión. De reconocimiento de valores y de adecuaciones. De tal
manera que la vida adquiera otro significado; derrotando a la muerte inducida por quienes
nos han controlado y avasallado.
Al hacerse cargo de ese ideario, logró consolidar su posición como sujeto creativo, humano,
investigador e impulsor de nexos entre la academia y la población. Con un sentido de
pertenencia a la humanidad, por la vía de expandir el conocimiento de la historia; de tal
manera que este conocimiento se convierta en interacción social no claudicante ante el
embate de los violentos. Ante el embate de esas fuerzas poderosas, casi siempre soterrados,
que manejan los hilos de la política y de la economía, pretendiendo el beneficio propio; de
las clases que siempre se han constituido en el poder y que no están dispuestos a perder.
289
Siempre intuyó que sus hermanos y hermanas estaban del lado de los detentadores de ese
poder. Conoció a Pánfilo, de su relación con Maritza y Silvia. De su amistad con Samuel y
con Adrián. Siendo así, para Pitágoras, la noción de familia fue pragmática. Los vínculos de
sangre no cuentan a la hora de percibir y analizar determinados comportamientos. Por lo
mismo, para él, sus hermanos y hermanas no son otra cosa que auxiliares de los gendarmes.
Con un entendido de la vida similar a quienes asesinan contradictores, el contexto del
afianzamiento de su poder.
Pánfilo ya había hablado con Silvia y con Samuel, acerca de las andanzas de Pitágoras. Lo
asimilaron a la subversión. Para ellos, quedaba claro que no podía permitir la expansión de
esas opciones. No importaba la condición de hermano. Como sea hay que detener sus
avances. Ya conocían que había retomado las actividades que realizaban Isolina, Pedro,
Juliana y Demetrio. Siendo así, la decisión fue obvia.
El 8 de marzo, al salir de un acto realizado en la universidad, con motivo del Día Internacional
de las Mujeres; Pitágoras fue baleado desde un vehículo. Allí mismo murió. Su última visión,
estuvo destinada a Rosa Elvia.
Para Samuel, Pánfilo se había convertido en un socio molesto. Entre otras razones, porque el
afán de poder; le exigía a este, realizar cualquier tipo de tarea o acción. Ya, una vez muerto
Sinisterra, Pánfilo logró acceder a la administración de la empresa en la capital. Desde allí,
empezó una gestión avasallante. Desde todas las opciones posibles. Hizo recambio en la
planta de personal; gestionó la desvinculación de Verdaguer; en la sucursal uruguaya. Se
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apoderó del mercado en Santiago de Chile. En el ámbito más doméstico, se apoderó de
Susana. Ella había lamentado, a su modo, la muerte de su amante. Pero, aplicado su afilado
sentido común, n o tuvo reparos el día en que Pánfilo se encerró con ella en la oficina y la
hizo gritar de placer. Lo de Pánfilo, observó ella, no es tan largo y voluminoso como lo era
el de Sinisterra. Pero, de todas maneras, acompañó la penetración, con rituales que había
aprendido y que le enseñó a Pánfilo; quien a pesar de su recorrido no había tenido acceso a
ese manual.
El hijo de Susana y Sinisterra había nacido hace cerca de un año. Un niño normal. Con un
parecido absoluto a su madre. Para Susana, el niño, se convirtió en una carga. Su rol estaba
condicionado a tener libertad para asumir los requerimientos de la empresa y,
adicionalmente, los requerimientos de Pánfilo. Centrados en las necesidades sexuales de éste.
Es como entender la situación de muchos niños y niñas que no tienen un padre o una madre
que asuman con ellos y ellas la construcción de opciones de vida integral. Con una valoración
precisa del universo de necesidades. Una inclusión en la sociedad; de tal manera que la
complejidad de esta inserción se convierta en un hecho efectivo y no, simplemente, latente o
como mera expectativa.
Samuel conoció al niño. Le causó impacto, en el contexto de sus convicciones, un niño de
expresión triste. Como si, a su edad, ya estuviera inmerso en la angustia particular y colectiva.
Un niño que, en principio, no tendría posibilidades de vivir su infancia. Con lo que esta tiene
de lúdica, imaginación, amplitud y, fundamentalmente, de sensibilidad.
291
Con Pánfilo, entonces, Samuel asumió una modificación importante en su relación. En una
estructura de vida y de empresa, soportada en intereses particulares que erosionan cualquier
sentimiento de amistad. Ya, antes, había conocido la posición de Pánfilo con respecto a
Jerónimo. Los móviles de su muerte no le resultaban claros a Samuel. Porque la versión
presentada por las autoridades era un tanto inverosímil. Como aquella de expresar un ajuste
cuentas entre bandas criminales que se disputan territorios para las diferentes acciones
inherentes al proceso de descomposición social vigente en diferentes ciudades.
Efectuaba un análisis de mayor profundidad, incluida la cotejación entre momentos y
expresiones, en el contexto de la triada Samuel-Jerónimo y Pánfilo. Porque, lo que, si conocía
con certeza Samuel, era que Jerónimo estaba con los dos. Inclusive, arriesgo la conclusión
de un asesinato planeado por Pánfilo, con un único móvil: los celos. Había un hecho adicional
en su reflexión: Jerónimo tenía otro amante. Se trata de Sinisterra. Estaba convencido,
Samuel, de que Jerónimo amaba profundamente a Sinisterra y no ellos dos.
A través de Silvia y Maritza, Samuel concertó una entrevista con Verdaguer; conociendo que
éste se encontraba en la capital, de paso para Panamá. Había decidido jugarse la carta de
convencer a la dirección de la empresa acerca de los malos manejos, por parte de Pánfilo, de
algunos aspectos específicos de la actividad; tanto en la capital, como en otras dos ciudades
en el País.
Previamente, tejió una urdimbre verosímil. Algo así como efectuar un seguimiento de las
actividades de Pánfilo. Apoyándose en algunos agentes intermedios. Construyendo una
292
versión, en el sentido de que Pánfilo conoció, de mucho tiempo atrás, los manejos realizados
por Sinisterra; en términos del manejo de cuentas bancarias, para su beneficio particular. Se
trataba, entonces, de reconstruir alguna documentación, variando contenidos. Para esto se
apoyaron en expertos al servicio de la empresa, cuya labor consiste en falsificar documentos.
Lograron, por ejemplo, hacer coincidir fechas en los desplazamientos de Pánfilo y Sinisterra
a Europa. Construyendo premisas que permitían deducir una confabulación en contra de los
intereses generales de la empresa, apropiándose de unas sumas muy importantes de dinero
que depositaron en sus respectivas cuentas. Aparecieron consignaciones subrepticias,
coincidentes en horas y fechas.
Con estos insumos, se presentó Samuel ante Verdaguer. Analizaron la documentación y
concluyeron que notificarían a la máxima dirección de la empresa. Pánfilo tenía a su favor el
hecho de haber reportado realizaciones de gran impacto positivo para la empresa.
Fundamentalmente en lo que tiene que ver el contenido de los acuerdos con instancias
gubernamentales para el buen manejo de los seguimientos y ejecuciones de algunos
dirigentes políticos y sociales; a partir de identificar sus contradicciones con el programa del
actual gobierno.
Verdaguer, en Panamá, concertó una reunión con Rolando Jiménez, actual presidente de la
empresa, para América Latina. Este, precisamente, había asistido a una sesión de toda la
dirección de la empresa, en San Salvador.
293
Rolando Jiménez, le expresó a Verdaguer que a Pánfilo se le venía haciendo un seguimiento.
No por el mal manejo de dinero; porque no tenían información al respecto. Solo la que
presentó Verdaguer. El seguimiento tenía que ver con la sospecha de que Pánfilo era un doble
agente. Como prueba, dijo Rolando a Verdaguer, tenemos información en el siguiente
sentido: Pánfilo estuvo realizando tareas para la CIA, durante el conflicto interno en El
Salvador. Fue artífice para la realización de ejecuciones selectivas; incluida la del Arzobispo
de San Salvador. Además, también de algunos mandos medios y auxiliadores del Frente
Farabundo Martí.
De El Salvador, Pánfilo, pasó a Colombia. Estuvo en todo el proceso de preparación militar
y política, necesarias para desarrollar un esquema similar al que él Concretó en El Salvador.
Particularmente, en lo que respecta a la concreción d grupos parapoliciales y paramilitares.
Inicialmente, dirigió la creación del movimiento MAS y, más adelante, dirigió la concreción
de grupos de seguimiento y ejecución, durante y posterior al proceso de acercamiento del
gobierno de Belisario Betancur con las organizaciones subversivas. En concreto, participó,
con otros dirigentes, en todo el proceso en contra de la UP.
Sin embargo, dijo Rolando, Pánfilo empezó a filtrar información a organizaciones como
Amnistía Internacional. Si bien es cierto que, aquí, la información no es muy precisa; existen
evidencias del móvil. Tuvo que ver con un juego de doble vía, centrado en las contradicciones
entre algunos de los grupos. Particularmente, para desviar la atención con respecto a la
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organización que el dirigía. Así, esta, quedaría libre de sospecha y consolidaría su posición
posterior.
Rolando Jiménez, concluyó su relato, con la aseveración, en el siguiente sentido: Pánfilo está
realizando el mismo juego. Está filtrando información. Tal parece que va dirigida a algunas
instancias gubernamentales en España y Francia. Con el objeto de tejer versiones, en contra
nuestra y, por esa vía, consolidar la posición de los pares que nos hacen competencia.
Particularmente, en el fortalecimiento de una empresa que tiene su sede en Somalia.
Lo que usted me presenta, Verdaguer, es una información que vamos a acumular; para tomar
una decisión, con respecto a Pánfilo. En mi opinión, no solo debe salir de circulación; sino
que le debemos aplicar el castigo máximo; es decir su ejecución. Pánfilo se encontraba en su
oficina, departía con Susana, en uno de sus encuentros de rutina.
Recibió una llamada de los empleados de seguridad, en portería; en el sentido de que lo
necesitaban dos personas. Pánfilo bajó a la entrada principal. Él reconoció a las dos personas.
Había trabajado con ellos en Santiago de Chile. Le llevaban un recado. Se iba a efectuar una
reunión plenaria de la dirección zonal, aquí en la capital. Decidieron informarle
personalmente, ya que se sospechaba una intervención de los teléfonos de la empresa. Pánfilo
subió al vehículo. Durante el recorrido, expresó que se dirigían a un municipio, fuera de
Bogotá. Y que, entonces, la reunión no era en la ciudad. Le contestaron que, por seguridad,
debía ser así.
295
Tres días después, su cuerpo sin vida fue encontrado en un predio de la ciudad. Le habían
disparado dos veces en la cabeza…Sin saber por qué, Samuel creyó haber asistido a la muerte
de Pánfilo en otras circunstancias.
Susana no sintió la muerte de Pánfilo. Para ella, las cosas se dan o no se dan. Es decir, cada
quien debe manejar sus opciones y responsabilidades. Y, en esto, asumir como camaleón, es
un registro que mueve al mundo. Cada quien, entonces, construye su vida; incluyendo la
posición de apoyarse en quien sea con tal de lograrlo. En lo personal, su único interés estaba
centrado en ascender en calidad de vida. Para ella, esto significa acceder a los recursos
necesarios. No importa cómo. Inclusive, llegó a pensar en la posibilidad de que la nombraran
reemplazo de Pánfilo. Así pensó cuando murió Sinisterra. Si bien es cierto que, esa vez, no
lo logró, abrigaba esperanzas de que ahora si se daría.
Esta vez tampoco fue así. El reemplazo de Pánfilo fue Silvia (que ejerció como resucitada).
Un giro sorprendente. Entre otras razones, porque Silvia nunca había participado en
actividades de la empresa. Lo de ella, era el manejo de información en relación con algunas
ejecuciones. La administración del negocio requería de alguien con experiencia. Sin embargo
se ratificó su designación.
Para Susana fue una desilusión más. Pero, en aplicación de su lógica del pragmatismo, lo
aceptó, interiorizando su resentimiento. Orientó a Silvia en los pormenores de la
administración zonal y el tipo de nexos con las sucursales en América Latina. En la práctica
296
era ella quien manejaba la administración. Silvia, simplemente, avalaba las decisiones
tomadas por Susana.
Revivió el pasado. Cuando entre las dos se dio una relación afectiva. Si bien no fue duradera;
al menos vivieron momentos intensos. Las dos sabían que hacer y como conducir sus
encuentros. Las dos manejaban y entendían la bisexualidad. Silvia era mucho más intensa y
apasionada. Expandía su placer, llegando a zonas siempre nuevas. Recorriendo el cuerpo de
sus amantes, con una imaginación profunda. Por lo tanto, al encontrarse con Susana, le
insinuó la posibilidad de retomar la relación. Hacerla mucho más profunda y dinámica.
Lo hacían a mañana y tarde. Todos los días. Cada vez más intensamente. Cada vez más
apasionadamente. Orgasmos extendidos. Una y otra vez. A veces se olvidaban de los asuntos
relacionados con la administración, así fueran asuntos urgentes.
Natalia, una chica joven. Una bella mujer, en la cual coincidían un rostro hermoso y unas
formas bien hechas e insinuantes; se vinculó a la empresa, a través de Samuel. Este la había
conocido en Barranquilla, en una de sus giras. Ya había realizado con ella encuentros. Ya
había explorado todo su cuerpo. Decidió traerla a la capital. No solo para tenerla cerca; sino
también por la capacidad que Natalia tenía para organizar eventos tan necesarios en la
empresa. Cuando se precisaba concretar determinaciones y postular estrategias misionales.
Desde el primer momento, Silvia fue cautivada por Natalia. Se imaginaba su cuerpo desnudo.
Imaginaba exploraciones, mucho más allá de las que realizaba con Susana o de las que realizó
con su hermana Maritza.
297
En principio, Susana, no advirtió los deseos de Silvia; a pesar de haber observado que Silvia
llamaba continuamente a Natalia a su oficina, por cualquier motivo. La posición de Natalia
coincidía, con el pragmatismo de Susana. A pesar de que nunca había vivido relaciones
bisexuales; tampoco era ajena a ello.
Silvia invitó a Natalia a su casa. Un sábado. Se trataba de una comida a la cual habían sido
invitadas otras personas. Susana no fue invitada. Hablaron, durante la cena. Compartieron
con los comensales. Una sesión que terminó casi a medianoche. Silvia le sugirió a Natalia, la
posibilidad de quedarse en su casa, hasta el día siguiente. El vino excitaba a Silvia, la hacía
mucho más coloquial; mucho más extrovertida. Para Natalia, era una rutina la ebriedad.
También ella, se exaltaba en esas condiciones.
A Natalia se le asignó un cuarto. Había sido, en un tiempo, el lugar de encuentro entre Silvia
y Maritza. Una historia enorme de pasiones y destrezas. Unos orgasmos tan placenteros que
Silvia nunca había repetido con otra amante. Se bañaron juntas. Allí se inició el ritual. Se
besaron largamente. Una a una tocaron sus clítoris, No importó el dolor Se lamieron sus
pezones. Recorrieron sus cuerpos. Zona a zona. Juntaron sus pelvis. Olieron sus axilas,
pasaron sus lenguas por ellas. Gritaron de placer. Susurraron palabras llenas de sensibilidad
y de regocijo. Terminaron a las cuatro de la mañana del domingo, lo que había iniciado tres
horas atrás. Extenuadas, durmieron en la misma cama.
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Al despertar lo hicieron una y otra vez. Una jornada tan intensa que las venció, otra vez, el
sueño. Durmieron hasta el anochecer. Hicieron el compromiso de vivir juntas, a partir de ese
día.
A Samuel, esta decisión, lo indignó. Le era insoportable la ausencia de Natalia en la casa que
le había conseguido. Donde llegaba cada vez que lo urgía el deseo. En donde, se juntaban él,
ella y Maritza. En donde ellas y él, realizaban sesiones inimaginables. Un ir y venir. Ella y
ella. Él y ellas. Samuel conservaba su potencia. Erecciones duraderas. Tanto que terminaba
con Maritza y seguía con Natalia. A todas dos las inundaba. Samuel, se excitaba, viendo a
Natalia y a Maritza besarse, lamerse, hurgarse.
Le exigió a Natalia regresar a su casa. Esta no aceptó. Se había enamorado tan profundamente
de Silvia, que se le hacía inconcebible no estar a su lado. Tanto en la empresa como en la
casa. Se le hacía inconcebible no estar con ella; no volver, a todo momento, al ritual que era,
cada vez, más expandido y placentero.
Samuel volvió a recordar su pasado. Cuando navegó por la vida, ejerciendo su capacidad
para amar y vulnerar. A su pasado esquizofrénico. Cuando iba y venía por todos los lugares.
Cuando conoció a Isolina; cuando conoció a Juliana y a Pedro. Cuando horadaba a las niñas;
cuando montaba a su madre; cuando conoció a Demetrio. Cuando mató e hizo matar. Cuando
fue recluido; cuando escapaba. Cuando veía, en sueños, al jorobado encima de Rosa Elvia;
cuando veía a Santiago hacer lo mismo; cuando tuvo a Jerónimo; cuando asedió y montó a
Maritza, a Silvia, a Martha. Cuando inundaba a Susana; cuando Penetró y fue penetrado por
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Pánfilo; cuando hizo matar a sus hermanos; cuando se amó con Verdaguer; cuando penetró
a su hermanita, la hija de Isolina y Demetrio, al cumplir ella cinco años; Cuando estuvo dando
tumbos. Aquí y allá, sin encontrarse; cuando se dio cuenta que ese encuentro no era posible;
cuando triunfó el yo malvado y no el yo sensible y humano; cuando volvió a nacer, una y
otra vez; cuando perdió la memoria y el deseo, al ser lobotomizado; cuando dirigió grupos
de matanza selectiva; cuando le dijo sí al programa gubernamental de exterminio; cuando
estuvo en Villa Esperanza, buscándose otra ves
Y, al recordar, volvió el impulso patológico. Se hizo irrefrenable el deseo de acallar voces.
Se hizo indispensable la venganza. Como paliativo a su vergonzosa vida. Volvió a crecer en
él, la necesidad matar, de manera directa. Y, porque no, morir y volver a nacer. Susana
encontró a Silvia y a Natalia, muertas en la oficina. Sin signos de haber sido violentadas. El
dictamen pericial, fue reportado como muerte por envenenamiento
Veintisiete (el embrujo y la muerte, por fin)
Susana había arribado a sus cuarenta años. Siempre reflexionaba acerca de su vida. Pero, en
el contexto de su ética de lo posible. Ese día recordó su primer encuentro con su madre. Era
una mujer un tanto extraña. Una mujer parecida a una opción robótica de vida. Transeúnte
en la vida. Nunca se le conoció una meta alcanzada. Todas sus relaciones fueron de un
contenido insípido. Ni siquiera cuando Santiago la preñó por primera vez, sintió placer. Ni
eso, ni odio. Simplemente estuvo ahí. Abrió sus piernas y las cerró cuando Santiago termino.
Inmediatamente se bañó. Le fastidiaba ese líquido viscoso y amarillento pegado a sus piernas.
300
Consecuencia de eso nació Susana. Desde pequeña le hizo creer que su padre había emigrado
a recorrer el mundo. Inclusive le inventó un nombre. Cuando Daniel la preñó; ella,
simplemente, cerró los ojos. Otra vez se bañó. Limpio sus piernas y asumió otro trajín. Otra
vez nació mujer.
Lo conoció Susana, atando cabos. Nunca habló del hecho de que su padre era el mismo padre
de Adrián, Maritza, Silvia, Martha, Adrián y Pitágoras. Además, conoció que su madre viajó
al Brasil y que allí fue preñada por Thiago Ronaldo. Y que nació otra mujer. Y que, esta
hermana suya, fue avasallada por el mismo Thiago, cuando cumplió nueve años. Y que se
llamaba Úrsula. Y que no tuvo apellido. Y que murió cuando acompañaba a su marido en
una tala de árboles en el Amazonas Brasileño. Y que su muerte se produjo por la mordedura
de una serpiente. Y que fue sepultada allí. Y que había tenido una hija a sus once años. Y que
el padre de la niña, era Thiago. Y que había conocido el pene de cien hombres, incluidos los
dependientes de su marido. Allí mismo, en el campamento. Y que la muerte por mordedura
de serpiente fue preparada por su marido, cuando la dejó bajo los trapos que la cubrían, Y
que, una vez muerta, su marido la montó una y otra vez. Y que le decía puta desgraciada,
ahora estoy feliz, porque después de este día no habrá ninguno más.
Susana se blindó para todo quehacer. Gratificante o no. Hizo de su vida un peregrinar por
todos los escenarios posibles. La primera vez que fue penetrada tenía nueve años. Lo hizo
Adrián. Ella estaba sola en casa. Adrián fingió una visita de cortesía para comunicarle que
había conseguido un cupo en la escuelita, para ella. Una vez allí, la abordó. Ella no resistió.
Ya había conocido este episodio en uno de sus sueños. Lo anhelaba, lo esperaba. Entonces,
301
abrió sus piernas y siguió el ritmo que imponía Adrián. Desde ese día, siempre quiso más.
La obsesionaba ese entrar y salir. La fascinaba ese palo erecto que tenía Adrián. Volvió a ver
algo similar, cuando Verdaguer le hizo lo mismo. Con éste disfrutó más. Tenía catorce años
y ya sabía diferenciar entre uno y otro palo. La apasionaba y la excitaba uno grueso y largo.
Inclusive practicaba a solas, hendiéndose un palo envuelto en hule, Lo entraba y sacaba,
como había aprendido. Y llegaba al orgasmo. Su primera preñez fue a los dieciséis años.
Abortó, asistida en su cuarto. Dos días después estaba lista para conocer otro palo. Era su
obsesión. Por lo tanto, cuando conoció a Samuel, ya era experta. Lo condujo por todo su
cuerpo. Le enseñó a introducirlo sin necesidad de ser guiado por su mano. Cada que estaban
le apretaba su palo, tan fuerte que Samuel sentía dolor. Pero callaba.
Después vino lo de Adrián y lo de Verdaguer y lo de Jerónimo, el imberbe que la hizo aullar
de pasión, al sentir su asta hurgándole hasta sus vísceras. Lo amaba profundamente. No le
importaba su doble condición. Por eso sufría cuando Sinisterra lo montaba; cuando Pánfilo
hacía con él uno y mil ejercicios. Cuando Samuel lo revolcaba, lo insultaba y lo golpeaba por
deslealtad. Sufrió mucho al conocer su muerte.
Después de la muerte de Silvia y Natalia, Susana abandonó su trabajo. Sentía asco de si
misma, como copartícipe de los asesinatos. Siempre estuvo con Samuel en la preparación de
los mismos. Incluido el proceso de mezclar el licor con el veneno que bebieron Silvia y
Natalia. Tenía algunos ahorros que le permitirían subsistir, holgadamente, por algunos años.
Volvió a su hijo. Lo hizo, por fin suyo. Había desistido de esa opción torcida de abandonarlo
a su suerte. A través de una mujer que se encontraba inscrita en el programa de protección
302
de testigos, tuvo una entrevista en el Ministerio del interior. Allí ofreció otorgar información
de las actividades sórdidas de la empresa. Solicitó, a cambio, ubicación en el exterior y
protección para ella y para su hijo.
Su destino era Londres. La capital se conmocionó al observar la explosión de un avión en el
aire. Acababa de decolar del aeropuerto. En él, iban Susana y su hijo. Samuel comunicó al
mando central que la tarea había sido cumplida de manera exitosa. Verdaguer logró escalar
algunas posiciones. Desde su entrevista con Rolando Jiménez, en Panamá, la dirección
central de la empresa lo colocó como uno de sus empleados de mayor relevancia. Asistió a
una de las reuniones plenarias, en ciudad Méjico. Allí fue condecorado con la mención de
honor con la que la que se exalta la labor de los empleados que han logrado metas
importantes. En concreto, la justificación hablaba del logro adquirido, al contribuir a la
ubicación de los manejos de Pánfilo. Con Federica Maidana, logró estabilizar su vida
afectiva. Por lo menos, en el sentido de tener un refugio fijo, en casa de la madre de ésta y de
hacer de su relación la principal. Las otras no importaban, eran transitorias. Y, así, lo sabían
sus amantes ocasionales. Incluidas Rosa Elvia, Silvia y Maritza. También sus amantes
masculinos. Incluidos Samuel, Jerónimo, Daniel y Adrián.
De los dos hijos que tuvo con Francesca, uno de ellos lo llamaron Everardo, en recuerdo de
su camarada. Este, al lado de Patricia, habían sido muertos en un atentado cuando realizaban
labores de infiltración al Frente Farabundo Martí, como parte de su trabajo con la CIA.
303
Julián, el otro hijo, logró alcanzar algunas posiciones en la empresa, a partir de la influencia
suya. Julián fue destinado a labores de inteligencia, a nombre de la compañía,; en Chile y
Paraguay. Entre tanto, Everardo, se vinculó con la C IA, como informante calificado. En los
dos, Verdaguer y Federica, veían la continuación del oficio.
Para la compañía era necesario efectuar seguimiento a Samuel. Desde su ascenso,
recomendado por Rolando y por Verdaguer, Samuel no había reportado logros importantes.
Es como si la empresa hubiese caído en un vacío de poder. Unas actividades que se reducían
a vincular algunos colaboradores que fracasaron en dos tareas fundamentales. Una de ellas
tuvo que ver con el cumplimiento del mandato para desaparecer y matar al presidente del
Sindicato de Trabajadores Agrarios. El otro, la recaudación de información que permitiese la
localización de Isaías, miembro activo de la organización no gubernamental, que venía
trabajando la investigación de las muertes sucesivas de algunos de sus dirigentes. En los dos
casos, Samuel era el directo responsable; habida cuenta de su condición de administrador
general de la zona.
Estos hechos, fueron tipificados como un fracaso absoluto. Algo tenía que andar mal. Porque
no es posible aceptar que los fracasos fueran justificados por la inexperiencia. De hecho,
Samuel, era uno de los agentes más avezados.
Verdaguer y su hijo Everardo, se hicieron cargo de la situación. Confrontación de los datos
informados por Samuel a la dirección central; con versiones en contrario. Un desfase
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preocupante. Porque, era cierto que hubo un desarreglo fundamental. Una rueda andaba
suelta y no era, precisamente, en la dirección.
Una vez concluida la labor, presentaron un informe que destacaba a Samuel como el directo
responsable. Adicionalmente, encontraron que se había configurado un desfase en términos
de la información transmitida a la dirección; acerca de dineros pagados a supuestos
informantes. Estos no solo no existían, sino que Samuel había reportado cuantías muy
superiores al costo de los servicios en el mercado cotidiano. Además, lograron recaudar
información que vinculaban a Samuel con la muerte de Silvia y de Natalia. Versiones muy
diferentes a las que había transmitido Samuel. Él informó que había procedido a ejecutarlas,
en razón a que las dos estaban filtrando información a algunas organizaciones no
gubernamentales. Todo el material recaudado indicaba, inclusive, que era él quien estaba
filtrando esa información. Coincidían estos datos con la frustración de tareas en Cali y en
Bucaramanga, ordenadas por la dirección general y que habían sido encomendadas a agentes
uruguayos.
Una vez presentado el informe, por parte de Everardo y su padre; la dirección central, decidió
coloca r a Samuel en cuarentena. Esto significaba una suspensión temporal de sus
actividades. Everardo lo reemplazaría mientras duraba la cuarentena. Era una forma muy
peculiar de aplazar su muerte.
Así lo entendió, también, Samuel. Tan pronto fue notificado de la decisión, se comunicó con
Juan Pablo Tenorio, uno de sus enlaces en el Ministerio del Interior. Concertó una reunión
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con el Ministro. Le hizo saber a este, que se estaría fraguando un atentado en contra del
Asesor en seguridad designado por el gobierno norteamericano. Se trata, dijo Samuel, de un
asunto que exigía la perentoria disposición de mecanismos para frustrarlo. Él se ofreció para
efectuar la coordinación de la decisión que fuera adoptada. Presentó pruebas elaboradas con
el mismo método que utilizó para justificar la muerte de Pánfilo. Delató a Verdaguer y a sus
hijos Julián y Everardo. Otorgó datos de su ubicación precisa en Uruguay. Asimismo, ofreció
agentes que, según él, venían desarrollando la acción del seguimiento.
Verdaguer y Julián estaban con Federica, en su casa de Montevideo. Después de su visita a
Colombia, habían convenido separarse, previendo cual situación anómala. Porque Verdaguer
conocía de la capacidad de Samuel para conocer lo confidencial. Tenía agentes muy
especializados en esa labor. Decidieron que Julián se desplazaría a Paysandú y que Verdaguer
se instalaría en Córdoba. El puente, siempre, sería Federica.
Cuando Samuel llamó a Federica, por teléfono. Esta recordó los momentos vividos con él.
Ante todo, su estadía en Punta del Este. Allí, Federica, conoció lo que es el placer. Horas
enteras forcejeando con él. La potencia de Samuel era ilimitada. Ella sucumbió a las tres
horas, mientras que él seguía dispuesto con su vara erguida, esperando otra oportunidad.
Federica tenía la convicción de que Everardo era hijo de Samuel y no de Verdaguer. Así lo
deducía de las cuentas realizadas; como solo lo saben hacer las mujeres.
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Acordaron una entrevista en La Plata. Allí, Federica le informó a Samuel de la ubicación de
Verdaguer y Julián; con la promesa, solicitada por Federica, de que no los matarían. Que
fuera algo de simple rutina.
Verdaguer fue ubicado en Córdoba. Un hombre que llamó a la puerta, le propinó seis disparos
a quemarropa. Murió en el acto. Julián apareció muerto en su casa. Lo asfixiaron con una
almohada y luego fue apuñalado.
Federica sufrió la muerte de sus hijos y la de Verdaguer. Sin embargo, silenció su voz. Pudo
más su lealtad a Samuel, el amante apasionado y dador de placeres sin fin. Después de la
muerte de Verdaguer y Julián, Everardo se puso en contacto con la dirección central.
Consiguió una licencia, argumentando razones personales urgentes. Una vez instalada la
reunión de la dirección en Nueva York; solicitó la investigación exhaustiva del asesinato de
su padre y de su hermano Julián. Él sospechaba que Samuel estaba detrás de las muertes. Qué
solo él, era capaz de una acción de ese calado.
De otra parte, se apoyó en empleados de la CIA, para fraguar la muerte de Samuel. Opciones
paralelas. Ubicaron Samuel en la ciudad de Cúcuta. Se había desplazado hasta allá, previendo
una retaliación. Dispuso de una gendarmería inmensa para que lo guardara, ante cualquier
evento. Por eso, cuando tres hombres lo esperaban a su salida de la casa, no se percataron del
dispositivo instalado por Samuel. Los victimarios fueron víctimas. Fuego simultáneo de
treinta hombres, localizados en la periferia, acabó con la vida de dos de los tres hombres.
Después se supo que eran de nacionalidad brasilera. El otro huyó herido.
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Cuando Samuel se instaló como administrador de la empresa en la zona, encontró anomalías
acumuladas. Reportes sin procesar; mercancías sin transportar; contactos difusos. Se dio a la
tarea de superar esas dificultades. Además, logró reabrir plenamente la comunicación con el
gobierno central, que había sido suspendida o., por lo menos debilitada. Personalmente
asumió esa comunicación. Logró recaudar evidencias de filtraciones muy peligrosas.
Además, propuso y obtuvo una línea especial y secreta con el Ministro del Interior. Por esa
vía comunicaba informes de doble vía. Alcanzó gran estima y confianza a partir de los
certeros informes transmitidos y de sus resultados. Desmantelamiento de oficinas paralelas
de informantes; ubicación de redes coordinadas por la dirección central y que no habían sido
reportadas, por lo mismo que significaban una traición a los acuerdos previamente realizados.
Fue laureado con los más representativos honores. Volvió a aparecer en la Embajada
Colombiana en Kenia. Desde allí continuó su labor al servicio del ejecutivo gubernamental.
Testamento: Así como empezaron mis vidas, asimismo terminaron. Esta última no es otra
cosa que la corroboración del hecho de que mi yo perdulario pudo más que el yo quise ser.
Ese que me enseñó Isolina. Al final de mi vida, quiero presentar el siguiente documento que
entregué como prerrequisito para estudiar en la universidad. En mi valija diplomática, se
hallan documentos que no han sido conocidos. No son de mi autoría; pero espero procesarlos
como si lo fuesen.
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309

Perfiles y secuencias

  • 1.
    1 Secuencia primera (comointroduciendo el amor Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en él. Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo,
  • 2.
    2 anhelamos volver aver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre. Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta. Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento. Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad. Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte.
  • 3.
    3 Más bien conla simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre. Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí
  • 4.
    4 instantánea. En uninstar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicantes. Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración. Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación subyacente. Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no
  • 5.
    5 encontraba nada parecidoa la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir de del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso. Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza. Porque, tampoco, lo vi. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos. Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido.
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    6 El llegar acasa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo. Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente, incierta. Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto exacerbado. En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante
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    7 en eso deentender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas. Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dije que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo,
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    8 cuando lo llevarona prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O, simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante. Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso.
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    9 En todo lohabido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como actitud palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido. Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía
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    10 efímera. Tal vezhecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería ser. Y lo ví en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer
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    11 en lo quevendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la verdad verdadera. Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era. Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta.
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    12 En la cualla ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no vi a Ancízar en aquella mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío. A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 1) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y
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    13 dispuesto. Y, ella,me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más aspaviento Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma vida, Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado en volver a esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese irse de bruces sobre la historia. Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en el masculino andante que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de lo puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez más, en asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos. Siendo así, entonces, volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he vuelto a jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con él. Como a comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más. En la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En esa potente ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de dominar el baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez.
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    14 Yo me lapasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y niñas de largo vuelo. Y me ví en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia. Y, extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos. No acompasados. Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra esquina. O en la callecita que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio. Derrochando, yo, alegrías que habían permanecido adormecidas. Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos. Sujeto, este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle significados distintos a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante. También, conocí de él, los atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un giro creativo. Y de cómo enseñar los números, con los palitos de paletas compradas en la tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos y la memoria de los otros y de las otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito. Mucho más allá que el Libertador. Tal vez porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre por las fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante. Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente, cada minuto. No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”. Como cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de
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    15 liviandades. En eseejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las verdades y los hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado del martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me hubiera convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el rumbo. Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y la veía vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía por el mismo camino. Y me dio la mano tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en donde estaba “el mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en medio de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y volvimos al andar. Del ir yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos truncado. Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de verdades y de acciones y de la lúdica toda habida. Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui
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    16 hilvanando. Tanto comoacentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente. Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente.
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    17 Y, entonces, volvía la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes. Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida. En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame.
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    18 Si se tratarade volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos. Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más
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    19 coincidentes con minuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente. Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo
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    20 que esto tienede simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes. Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida. En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío.
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    21 O el deAncízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame. Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos. Cuando Isolina Girardot despertó, el día primero de abril de 2025, recordó lo sucedido el día anterior. Estuvo con Isabel Pamplona, en Annapolis, ciudad siempre acogedora. Uno de los aspectos más importantes, hacía referencia a la manera de abordar la doctrina de la libertad. Doctrina inmersa en vacíos conceptuales. Algo así como entender su dinámica, anclada a la teoría de “vista atrás”.
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    22 Es decir, unareiteración en torno al hilo conductor: por más que avancemos en el discurso libertario, navegamos en el remolino de la repetición. Significa desandar, por lo menos en la noción de asumir los hechos, en un contexto de cotidianidad, agresivo. Ya Isabel le había advertido a Isolina sobre las consecuencias relacionadas con la depravación vigente. Los malos tratos recibidos avanzaban exponencialmente. Inclusive, Isabel, hizo referencia a la cantidad de momentos vividos bajo el énfasis de los textos producidos. Textos que relacionan la libertad con esquemas discursivos. Unos esquemas de fulgurantes palabras huecas. De hechos formales. Inclusive le recordó lo sucedido el 8 de marzo de 2024. Cuando enfrentaron la fatiga de los escenarios y de las intervenciones alusivas a la mujer. Como ícono, en constante crecimiento. Una forma de respaldar la interpretación de los aportes, en términos de epopeyas vinculadas con la defensa de sí mismas en la ciudad, en el campo, en el hogar; utilizando un lenguaje impúdico. Una reflexión atada a la globalización. Un contexto en el cual se vulneraba la emancipación, por la vía de utilizar ese referente, como doctrina soportada en la superficialidad; cuando no con una variante perversa del homenaje a las madres, de por si degradado, absorbido por la literatura y las prácticas inveteradas. Como aquella de hacer coincidir afecto y respeto, con la oferta de mercancías. No obstante, en esa referencia, Isabel postuló la posibilidad de rehacer el concepto de libertad de las mujeres. Tal vez, volver al origen de la declaración primera. Esa derivada de las obreras y las mujeres libertarias, cuando erigieron la lucha autonómica, soportada en la dignidad,
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    23 contra los atropellos,contra la asimilación de sus reivindicaciones, a simples acciones cautivas de la lógica de una sociedad absolutamente centrada en la opción de la ternura como la implicación de las mujeres en el proceso orientado por el rotulo: nacieron para ser madres. Esa huelga de las mujeres obreras en una empresa de Estados Unidos, en 1910, constituye referente obligado, al momento de valorar la celebración del 8 de marzo, como el Día Internacional de las Mujeres. Asimismo, Isabel, hizo alusión a la variante de transformar esa degradación absoluta, por la vía de otorgarles el derecho, inmóvil, pasivo y condicionado, a la expresión. En eventos y celebraciones. Es obvio, decía Isabel, que no ha habido traslado de lo allí expresado, a una generalización real, en el día a día. Para Isolina, ese día de abril de 2025, fue la reafirmación de su autonomía. Pues decidió su ruptura con Adrián, su gendarme y tutor en casa. Aquel que siempre reivindicó en público su condición de amante libertario que compartía con ella la opción de vida vinculada con el concepto de autonomía plena. Un desdoblamiento que ella no soportó más. Yo no tenía certeza, si Isolina había estado conmigo en la caminata que hice en compañía de Susana y Juliana. Lo único claro, para mí, fue su recuerdo, al quedarme dormido, una vez en casa, después de despedirme de Juliana. Isolina fue compañera de Martha y de Maritza en los primeros grados de escuela. Había conocido a Adrián, mi hermano, en una fiesta, realizada en celebración de los cuarenta años de Liceo Nietzsche, en el cual trabajaba Juliana. Morena, esbelta, un cabello crespo, pegado
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    24 al cráneo. Nuncapretendió alisárselo. Se sentía feliz con esa prueba de su afro descendencia. Fue mi confidente en los momentos de angustia causados por el quehacer perverso de la empresa. De ella aprendí el amor por nuestras raíces. Siempre me ha acompañado su recuerdo. Mujer abierta, sincera y de una fortaleza impresionante para enfrentar los rigores asociados a la lucha por los derechos de las etnias. Cercana a todo el proceso reivindicatorio de la equidad y solidaridad de género. Acompañante de las mujeres de la Ruta del Pacífico. Conocedora de los crímenes de lesa humanidad en el país. Y, por lo mismo, tejedora de posibilidades libertarias de las negras y los negros. De nuestros nativos Wayú, de los Paeces; de los de la Sierra Nevada. El día que se conoció de la tragedia provocada en Bojayá y en la cual murieron más de 100 negros y negras, mujeres, niños, niñas, adultos; Isolina promovió un clamor social, un repudio al hecho y de solidaridad. Asimismo, ocurrió, cuando en Barrancabermeja, fueron asesinados y asesinadas personas, civiles; trabajadores y trabajadoras De todas maneras, ese día, al despertar tenía la esperanza de encontrarla, de que lo soñado era realidad. Quería que me repitiera esas imágenes escritas que leí en el sueño. Pero no. Isolina no estaba. En su lugar estaba esa sombra de la soledad. Esa que me acompaña a cada momento. Pensé en Juliana, en su mirada hacia el profesor Arenas. Pensé en Susana, en la cita que tuvimos y que nos distanció más. Pensé en Sinisterra en su pérfida pasión por el
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    25 enriquecimiento, en sumalvada tendencia a engañar y a fornicar, con consentimiento o sin él. Maritza estaba sentada en el vergel. Una casa inmensa. Había conocido a un hombre con el poder que otorga el hecho de tener dinero en abundancia. Su nombre era Pánfilo. Individuo de malas mañas. Con extensiones de tierra, casi infinitas. Conocedor del negocio que alucina Controlador de procesos de envíos, de siembras, de crímenes ligados a esos procesos. Demasiado rico. Demasiado hacedor de poderes y macropoderes. Tanto que, en 2002, auxilió a campañas políticas hacia los instrumentos de poder. Año aciago ese. Cuando se conoció de un discurso ampuloso vinculado con la seguridad y la paz. Cuando, la asunción al poder ejecutivo, constituyó un pulso entre la libertad y la ignominia la presencia de una versión bastarda de la libertad. Una extensión de poderes y macropoderes, en todos los ámbitos. Una manera de proponer la interpretación de la lógica. Una manera de poner de revés la búsqueda de la libertad. Un tanto como el fascismo de Mussolini, anclado en la denominada voz del pueblo. En la expresión no cierta de que éste nunca se equivoca. La voz del pueblo es la voz de Dios, en crecimiento exponencial. En donde todo es sensato y posible, por la vía de la teoría de que el fin justificaba los medios. Pánfilo Castaño, era un hombre pragmático. Así se había hecho rico. Así había comprado su posibilidad de crecer en un entorno de corrupción. Lleno de expresiones que conducen a validar el poder, por la vía de construir un equilibrio entre el delito y los crímenes, con el ejercicio de un poder ejecutivo vertical, supuestamente democrático.
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    26 Al llegar, saludéa Maritza. Ella permaneció inmóvil, en silencio. Se creía sujeto de alto vuelo. Por lo mismo, significaba el hecho de que sus circundantes le reverenciaran. Un hacer la vida, por la vía del control. En donde el dinero permite ascender de estrato y de controlar poderes y micropoderes. Por fin atendió mi expresión. Me dijo, Samuel, tú eres incorregible. Sigues pegado al recuerdo de nuestra madre. Por el contrario, yo aprendí la lógica de lo cotidiano, de lo real. De aquello que, siendo real, permite la manipulación. Es un empoderarse de los ofrecimientos que otorga la vida. En el cual los valores no existen, en el cual, lo que vale es sentirse pleno, sin afugias. Yo, seguía diciendo Maritza, estoy aquí, porque he podido interpretar la magia de ese equilibrio. En eso, apareció Pánfilo, con su esotérica presencia, saludando en la distancia. Asumiendo que yo, también, era sujeto controlado. Me dijo: estoy aquí, no por tu hermana que parece una zorra; sino por la fascinación que ofrece el poder y el logro del equilibrio. Como si de antemano supieras que no existe barrera para el poder del dinero. Yo, me resistí a la veleidad de Pánfilo. A su peculiar manera de entender la vida como simples sumas y restas. En el cual, lo humano se traduce en simple expectación Una vez terminada la conversación con Maritza, me dirigí al Teatro España, en donde se realizaba una conferencia, titulada,” Estado, poder, educación y bienestar”. El conferencista
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    27 era el mismoprofesor Pedro Arenas. Había conocido de la misma, por una llamada que me hizo Juliana y me invitó. Más tarde comprendí que, Juliana, había concretado con el profesor Arenas, una reunión, o para ser más preciso, un estar, después de la disertación. La denominación de la intervención, hablaba de la noción de poder educación y de bienestar social en América Latina. Antes de empezar, el profesor Arenas, pidió, al auditorio, un reconocimiento hacia la labor realizada por Juliana en El colegio Federico Nietzsche. Luego empezó su disertación, así: El ser individual es, de por sí, complejo. En cuanto logra, aún en su condición de individuo (a) primario (a), construir su propia visión de la exterioridad. Este proceso está asociado a los sentidos biológicos. La percepción, como ejercicio inicial que permite acceder a insumos externos, ejerce como instrumento para recolectar esos datos y procesarlos. Ya ahí, la diferenciación se establece por la vía del seguimiento y continuidad, originados en la capacidad para retener la información e interpretarla. Noes una memoria simbólica ni formal, como la de los otros animales. Esa memoria trasciende a la repetición simple de lo aprendido, a manera de expresión espontánea y/o de respuesta instintiva a motivaciones externas. Por el contrario, es una memoria en constanteactividad y que actúa como recurso pleno e intencional, cuando se hace necesario recordar lo visto antes, lo vivido; a partir de experiencias individuales y colectivas. Así y solo así se puede entender la capacidad que adquiere cada sujeto (a), para proponer y desarrollar opciones dirigidas al proceso de transformación de la exterioridad. Pero también, para entender la construcción de una simbología para sí; de tal manera que ejerza como instrumento fundamental, a la hora de
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    28 definir sus propiasperspectivas; en cuanto expectativas originadas en su propia pulsación con respecto a los (as) otros (as). Entonces, la esperanza, la ilusión, los afectos, el placer como elaboración suya; constituyen referentes en los cuales se cruzan la individualidad y lo colectivo. No como derogación de lo primero en función de lo segundo; sino como interacción que el (la) sujeto (a) individual acepta, e incluso propone, en el camino hacia la obtención de un determinado fin. Ya, en esta expresión, es pertinente entrever la influencia (...en esa memoria individual, como acumulado constante) de las tradiciones aprehendidas por la vía de la imposición y/o de la experiencia directa, que adquieren determinadas instancias simbólicas; construidas a partir de procesos individuales y colectivos. Así entonces, a manera de ejemplo, cabe analizar en ese espectro; el rol de la religión, de los códigos y paradigmas que ejercen como limitaciones al desarrollo pleno de la individualidad, en cuanto adquieren una significación que trasciende a cada sujeto (a) y lo (a) obliga a un acatamiento; so pena de quedar por fuera de esa figura de concertación colectiva que lo (a) compromete. No reconocer la concertación (a la manera de equilibrio); tuvo siempre (...y tiene ahora) para cada sujeto (a) repercusiones profundas. Inclusive, de su aceptación o no, depende en muchos casos la existencia suya como sujeto (a) individual vivo, como actor válido. En este contexto cabe una expresión relacionada con la incidencia que adquieren las opciones propuestas, por parte de los (a) sujetos (as) individuales; en lo que hace referencia a la interpretación de las pautas, paradigmas y condiciones vigentes en un determinado período histórico. En sí esas pautas y condiciones, no son otra cosa que construcciones colectivas que
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    29 trasciendan a cadaindividuo (a). Podría aseverarse inclusive que, en las mismas; cada sujeto se subsume, como quiera que no le esté permitido transgredirlas. Está obligado, en consecuencia, a asumir una interpretación similar a la que realizan los (as) otros (as). Si su decisión es hacer trasgresión, bien sea por la vía de proponer una interpretación diferente y/o de asumir la opción directa de cuestionarlas y trabajar por su destrucción; se entiende que asume las consecuencias a que esto conlleva…Entonces se configura, a partir de esa intervención individual, una confrontación con la simbología e iconografías colectivas. Aquí, en esa confrontación, se enfrenta la construcción individual con la construcción colectiva. Esto es válido, como decíamos arriba, tanto para los paradigmas colectivos asociados a la religión; como para aquellos paradigmas asociados a la noción de ordenamiento y de jerarquización. Queda claro, asimismo, que estas construcciones colectivas, son posteriores a la apropiación primigenia de la exterioridad, a la internalización primera realizada por cada sujeto (a) en su contacto inicial con la naturaleza. Es decir, son elaboraciones, desarrolladas en el tiempo y en el espacio; como acciones conscientes o inconscientes (...o mediante una interacción entre los dos estados) en donde se aplica el conocimiento acumulado, a manera de ordenamiento de las percepciones recibidas y almacenadas en la memoria. Pasa a ser, por esta vía, una memoria de todos y todas. Una memoria colectiva que se construye a través de la comunicación y de la instauración de códigos e íconos que dan fe de la concertación. Toda herejía, en principio, es una acción individual. Compromete a quien realiza una interpretación diferente y se decide a proponerla como opción. Bien sea como modificación
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    30 parcial de laspautas, paradigmas y condiciones instaurados como referentes colectivos; o como alternativa que conlleva a una modifi9cación total, radical. Algo así como o son esas pautas y paradigmas o son estas pautas y paradigmas alternativos. Ya ahí, en esa acción de proponer una alternativa, se configura un distanciamiento con respecto al ordenamiento vigente. Adquiere ese hecho un significado asimilado a la ruptura. En el proceso de enfrentar esa opción (...u opciones) con las existentes; el (la) sujeto (a) que ejerce como cuestionados (a), desemboca en una posición herética. A partir de ahí, se trata de definir las condiciones y el tipo de acciones a realizar, el proceso de difusión de la opción u opciones nuevas. Aquí, condiciones, tienen que ver con los insumos recaudados para sustentar la nueva opción. Tipo de acciones, tiene que ver con realizar una confrontación individual absoluta. O la adquisición, mediante el proceso de persuasión o imposición, de una aceptación de los (as) otros (as). De tal manera que pueda presentarse y desarrollar como opción u opciones colectivas. Esto no es otra cosa que el comienzo de una sumatoria de acciones diferenciadas; en procura de lograr la aceptación y acatamiento, bien sea de la modificación parcial o de la erradicación de las anteriores pautas y paradigmas y, en su reemplazo, erigir las nuevas. De todas maneras, bien sea que se actúe en uno u otro sentido, es evidente la necesidad de cierta subyugación hacia los otros y las otras. Algo así como entender y aceptar el principio básico relacionado con el ordenamiento y el equilibrio por la vía de la imposición de pautas y paradigmas: siempre existan referentes establecidos como condición para el ordenamiento y el equilibrio; habrá unos códigos y obligaciones que ejercen como limitación a la libertad
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    31 individual. Alcanzar unosnuevos referentes, unos nuevos códigos y nuevas obligaciones; supone la realización de acciones que controvierten lo anterior. Ahora se trata de establecer los términos de referencia, a partir de los cuales se configura la presencia y las acciones del colectivo; como sujeto pleno que trasciende a la individualidad, pero no la puede subsumir. Desde una interpretación etimológica, sujeto colectivo se entiende como figura plural. Es decir, se asume su configuración como sumatoria, simple o compleja, de individualidades con presencia en un determinado escenario, ámbito o territorio. También involucra un concepto adjunto, que da cuenta de una posición asimilada a la conciencia y a su significado. Algo así como entender al sujeto colectivo en condición vinculante con respecto a una visión (o visiones) y a una interpretación de la exterioridad que lo circunda. El problema radica en la posibilidad efectiva para precisar el nexo entre esa figura colectiva y la individualidad, sin que implique la disolución. Porque, a partir de una interpretación centrada en el estricto comportamiento mecánico; podría pensarse en una dicotomía elemental, en donde la conciencia colectiva es una expresión que traduce los acumulados históricos, en cuanto vivencias, como información procesada que induce a una definición desde la perspectiva cultural. De todas maneras, la interpretación de lo colectivo, supone un imaginario. Este, a su vez, debe estar asociado al concepto de espacio físico. Algo así como establecer una dinámica en la cual aparece la interrelación entre los (as) sujetos (as) individuales, asociados e integrados
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    32 con respecto adeterminados códigos reconocidos como válidos. Ya decíamos antes, en esta misma línea de reflexión: los referentes, entendidos como códigos, pueden ejercer como punto de equilibrio; a través del cual se expresan las coincidencias. Ahora bien, la complejidad en la interpretación del significado y alcance de este equilibrio, está dado por el análisis del recorrido previo para acceder al mismo. Tal parece que se presentan dos opciones en la interpretación. Una de ellas tiene que ver la identidad pasiva que realiza cada sujeto individual con los códigos o referentes generales que inducen al equilibrio. La otra tiene que ver con la coacción, con la imposición, por la vía de acciones ejercidas por parte de quien o quienes se erijan como centro y/o como intérpretes únicos de esos códigos. La primera opción supone un tránsito no traumático, mediante el cual cada sujeto asume la identificación con los códigos (consciente o inconsciente). Es de suponer que, ya ahí en ese tránsito hacia la identificación o reconocimiento, se configura una ruptura con respecto al yo absoluto. Se traslada parte de la identidad personal, a la identidad colectiva; como condición indispensable para acceder al equilibrio. Se entiende y acepta esa necesidad, en una perspectiva grupal, plural. Ahora bien, los códigos pueden adquirir características religiosas, o de simples premisas para el trabajo asociado; o de compromisos para establecer una figura colectiva relacionada con el ordenamiento global de obligaciones; o una sumatoria compleja de todas estas las anteriores. Lo cierto es que la aceptación se expresa como actitud soportada en la libertad para definir. La segunda opción supone la presencia de posiciones previas; en las cuales es evidente una diferenciación en términos no solo de interpretación y elaboración con respecto a la
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    33 exterioridad; sino tambiénen términos de apropiación unilateral de los acumulados históricos de las vivencias entendidas como insumos para la construcción de los códigos, referentes. O paradigmas. Aquí, entonces, se configura un recorrido traumático; por cuanto supone la restricción impuesta a las posibilidades individuales. No es ya la aceptación en libertad; es por el contrario la imposición a reconocer, tanto los referentes en sí, como también a quien o quienes los representan y los imponen. Ahora es pertinente desarrollar algunos conceptos en relación al comportamiento del sujeto colectivo; a partir de su separación con respecto a los (as) sujetos (as) individualmente considerados. Supone, entonces, la aceptación de su existencia con expresión propia; regida por pautas que, a su vez, pueden ejercer como referentes generales. El problema tiene que ver con precisar las condiciones y/o prerrequisitos necesarios para consolidar la figura de la instancia abstracta; aquella que se desprende del sujeto colectivo y se rige como referente que debe ser acatado; no solo por los (as) sujetos (as) individuales; sino también por la colectividad que se construye y se hace plena en razón a la interacción constante entre los (as) sujetos (as). Ya, aquí, puede hablarse de una prefiguración territorial y de unos vínculos que hace posible esa interacción. Supone la aceptación de la identidad individual propia de cada sujeto (a); pero también la existencia de los (as) otros (as) como pares que comparten una misma identidad colectiva. Segundo (un yo vulnerador)
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    34 En lo diferido,en ese entonces, estuve malgastando los recuerdos. Como quiera que son muchos. Y han viajado, conmigo, en la línea del tiempo profundo. Hacia diferentes medidas de trayecto lineal. En este día, estoy como al comienzo. Es decir, como aletargado por las palabras vertidas en todo el camino posible. Uno de los momentos que más me oprimen, tiene que ver con el incremento de hechos dados. Expósitos. Como esperando que alguien efectúe inventario de vida alrededor de ellos. Y, en ese proceso de manejo contado, fui hilvanando preguntas. Algunas, se han quedado sin respuesta. Y, por lo mismo, es un énfasis en litigio. Entre lo que soy ahora. Y lo contado por mí mismo, como insumos del ayer pasado. El día en que conocí a Abelarda Alfonsín, fue uno de tantos. Andábamos, ella y yo, en esos escapes que, en veces, son manifiesto otorgado a la locura. Ella, venida desde el pasado. Un origen, el suyo, envuelto en esa somnolencia propia de quienes han heredado tósigos. Como emblema hiriente. Un yo, acezante, dijo el primer día de nuestro encuentro. Iba en esa aplicación del legado, como infortunio. Aún visto desde la simpleza de la lógica en desarmonía con los códigos de vida. En universo de opciones no lúcidas. Más bien, como ejerciendo de hospedante de las cosas vagas. Esto fue propuesto, por ella, como referencia sin la cual no podría atravesar ese mar abierto punzante, hiriente. Y yo, en eso de tratar de interpretar lo mío. Como pretendiendo izar la iconografía, por vía explayada. En la cual, el unísono como plegaria, hirsuta; hacia destinos perdidos, antes de ser comienzo. En la noche habitamos ese desierto impávido. Hecho de pedacitos de verdades. En una perspectiva de ilusiones varadas en su propia longitud de travesía andada. No más nos miramos, dispusimos una aceptación tácita. Como esas que vienen desde las tristezas
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    35 ampliados. Un quehacerde nervio enjuto. Y nos mirábamos, a cada nada. Ella, mi acompañante vencida por el agobio de los años y de su heredad inviable; empezó a proponer cosas habladas. En insidiosas especulaciones que, ella misma, refería como simples engarces de verdades. Una tras otra. Una nimiedad de haceres pródigos. Como en esa libertad de libre albedrío, que no permite inferir, siquiera, ficciones ampulosas. Tal vez en lo que surge como simple respuesta monocorde. Insincera. Demoniaca, diría Dante. Por mi parte, ofrecí un entendido como manifiesto originario. Venido desde la melancolía primera. Atravesada. Estando ahí, siendo yo sujeto milenario, se fue diluyendo el decir. Cualquiera que haya sido. Me fui por el otro lado. En una evasión tormentosa. Abigarrado volantín en tinieblas. Sin poder atarle el lazo de control. Y, entonces, desde ese pie de acción; lo demás se fue extinguiendo. Sin hablarnos, pasamos durante tiempo prolongado. Sus vivencias, empezaron a buscar un refugio pertinente. Se fugó de la casa en la que hacía vida societaria. No le dijo a nadie hacia donde iba. Solo yo logré descifrar esas palabras escritas. Un lenguaje enano. Casi imperceptible. Y la seguí en su enjuta ruta. Sin ver los caminos andados. Era casi como levitación de brujos maltratados, lacerados por la ignominia inquisidora. Volaba, ella, en dirección a la marginalidad del horizonte kafkiano. Una rutina de día y noche. Sin intervalos de bondad. Ni de lúdica andante. Y, ella, vio en mí, los depositarios de sus ilusiones consumidas ya. Y, yo, hice énfasis en lo cotidiano casi como usura prestataria. Como si, lo mío, fuese entrega válida en, ese su vuelo a ras de la tierra.
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    36 Cuando lo hicimos,sentí un placer inapropiado. Ella impávida. Como simple depositaria de mi largueza hecha punzón. Un rompimiento de himen, doloroso. Y se durmió en mi recostada. Y vi crecer su vientre a cada minuto. Y la vi, en noveno mes, vencida. Como mirando la nada. Y con esos ojitos cafés llorando en su mismo silencio. Vulcano lo llamé yo. Desde ese venirse en plena noche de abrumadora estreches de ver y de caminar. Y, este, creció ahí mismo. Y, ella, con un odio visceral conmigo y con él. Miraba sin vernos. Y fue decayendo su poquito ímpetu ya, de por si desguarnecido. Le dije, sottovoce, que el hijo parido quería hablar con ella. Y lo asumió como escarnio absoluto, pútrido. La dejamos allí. En ese desierto brumoso. Nos fuimos en dirección mar abierto. Y empezamos a deletrear los mensajes recibidos. Desde ese vuelo perenne. Y sus códigos aviesos, ya sin ella. Hasta que recordé que la amaba. Y que le hice daño físico, al hendir lo mío en tierno sitio. Y dejé que Vulcano se fuera en otra dirección. Yo me quedé ahí. En sitio insano. Sin ninguna propiedad cálida. Sin ver sus brazos. Y su cuerpo todo. Y me fui yendo de esta vida. Y, rauda, la vi pasar. En otro vuelo abierto, con dirección a lo insumiso. Como heredad. Como sitio benévolo. Desperté. Me encontré al lado de Olga y de mi madre. Verdaguer acariciaba a mi madre. Ahí en donde ella explotaba. Olga estaba desnuda, me obligó a montarla. Gritaba de placer, viendo a Verdaguer y a mi madre; conmigo encima. Sacudía todo el cuarto. Las paredes se agrietaron; todo el lugar fue cubierto de un líquido viscoso, con un color entre amarillo y
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    37 blanco. Superó laaltura de la cama, nos ahogó…asistí a un despertar equivocado. Porque, realmente, fui despertado por Silvia, quien había acudido a casa, pretendiendo una expresión de desasosiego, ante mi ausencia y mí silencio con respecto a ella. Todavía escuchaba las palabras de Menchú. Todavía me sentía absorbido por el líquido amarillento. Ya he viajado mucho, comencé en ese lugar que yo creía que no existía. Plaza Felicidad, un sitio adecuado para darle vuelo a la imaginación. Una imaginación imantada, como quiera que se ofrecía, por si misma, a quienes llegaran allí, sin naufragar. Requisito con alto grado de dificultad para alcanzarlo. Porque, náufrago, es aquí haberse dejado vencer por las vicisitudes cotidianas. Haber sido absorbido, alguna vez, por los códigos que rigen el quehacer, de tal manera, que cada quien como sujeto pierde su identidad. Se elimina la libertad por la vía de atar la esperanza a un instrumento fijo, estático. Instrumento conocido como insumo necesario a la hora de concretar una opción totalizadora. Esa que remite a cada quien, como expediente. Con un itinerario preestablecido. Aquel que va desde si mismo, hasta el control. Expediente guardado con sumo cuidado, en secreto. Solo le es dado conocer a quienes irrumpen en la vida, individual y colectiva, como hacedores de oportunidades. Esos que le definen a cada quien, aún antes de nacer, un lugar y un rol. Este viaje mío ya estaba codificado. No recuerdo ni el día, ni la hora en que perdí la autonomía. Creo que esto les ha pasado a todas las personas. Sin embargo, en mí, constituyó un hecho absolutamente trascendental. Como quiera que estuviera al garete, desde el día en que nació mi madre, a la cual conocí sin esta haber conocido a mi padre. Recuerdo que, desde
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    38 mi condición deniño no nacido, ya estaba girando alrededor de entornos azarosos. Lugares en los cuales la incomunicación es punto de partida y soporte de la vida. Plaza Felicidad, es un territorio poco poblado. Tanto así que el número de personas está dado por una operación simple. Aplicada la misma, el número resultante no traspasa la barrera de una progresión aritmética, en la cual la finitud está condicionada por el prerrequisito vigente. Llegan personas de todas partes. Una expresión mínima, si se compara con los habitantes que quedan por fuera, que no clasifican. Es decir, casi todo el mundo. Por lo mismo, entonces, yo tuve que huir de allí. Porque mi imaginación es de muy corto vuelo y porque, siempre me he sentido atado a un tipo de nostalgia que destruye cualquier aspiración. Lo mío ha sido una vida condicionada. Como la de casi todos los demás; la diferencia reside en el hecho de ir y venir. Entre sueños tempestuosos y alucinados, hasta vivir en presente, pero sintiendo encima el pasado como carga inverosímil, que no me deja mover en libertad. Ya esto lo había planteado antes a Juliana. Precisamente, por esto, Juliana me acompañó, hasta el día en que se enamoró de Pedro Arenas. Con Isolina, ella y él, reúnen los requisitos para acceder a Plaza Felicidad. Por su condición de libertarias. Porque, en el caso de Isolina, llegó hasta la muerte por defender su autonomía. Para ella, la felicidad, siempre estuvo del lado de sus actuaciones y realizaciones. El día en que cremaron su cuerpo, después de la breve ceremonia que reunió a todos y todas aquellos y aquellas que compartimos sus convicciones. Claro está que, en mí, esa compartición, es un decir. Porque he sido y sigo siendo un sujeto partido. Un tipo de
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    39 esquizofrenia magnificada. Porlo tanto, mi expresión hacia ella aparece como de superficie. Mi interior no reconoce ese tipo de convicciones y de principios, en razón a que es una interioridad enfermiza, llena de vericuetos insospechados y que no pueden ser cuantificados. Desde mi vicioso afán por despojar a las mujeres de su existencia, por la vía de la vulneración constante. Desde mi madre, hasta Juliana. Desde ésta a Isolina y desde Isolina a cualquier mujer, independientemente de su cercanía o de su distancia inmensa. A todas las he deseado. Con ese deseo destructor, grosero. Ese día tuve conocimiento del legado escrito de Isolina. Comenté con Juliana al respecto y ella propuso rescatarlo, organizarlo y expresarlo en cátedra magistral. No sospeché, en ese momento que el destinatario era el profesor Arenas. Me comprometí, con Juliana, a tramitar los permisos requeridos. Tanto de la familia de Isolina, como también de sus pares en el movimiento feminista. Una vez analizados los escritos, por parte de Juliana y del profesor Arenas, se escogió un escrito realizado por Isolina, acerca del rol de las mujeres en la historia del periodismo en Colombia. A partir de ahí, Arenas y Juliana diseñaron la versión que sería presentada como cátedra magistral en la universidad en donde labora el profesor. La fecha se fijó para el día 8 de marzo. Incluiría la presentación del escrito, su impresión, revisión, a manera de edición, a cargo del profesor Pedro Arenas. Además, se propuso y aceptó que la cátedra tendría tres sesiones, a partir de ese 8 de marzo. Una cada quince días. La recopilación de esas tres sesiones, se haría partir de lo expresado por Arenas.
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    40 El día dela inauguración estuve, antes, en casa de Jerónimo, el joven que conocí en la empresa. Jerónimo había solicitado mi intervención en un asunto relacionado con su novia Teresa. Algo así como asistirlos en el proceso de su definición matrimonial. A decir verdad, no me interesaba ejercer como consejero. Acepté visitarlo, más bien por ese deseo que me acompañaba, de estar cerca de Teresa. Otra vez, soy consciente de ello, mi afán vulnerador. Cierta noche soñé con ella. Una réplica de mis continuos abusos temerarios y violentos. La asedié, desde su salida del colegio, sin que ella se percatara de mi presencia. En un lugar despoblado, por el cual ella tenía que pasar, la abordé. Yo tenía una máscara para no ser reconocido. La tiré al piso, la desnudé. La penetré de manera violenta, como lo he hecho siempre, con mi madre, con Olga, con Maritza, con Martha, con las niñas que he violado. Teresa era una de ellas, tiene quince años. Su estreches me volvió loco de pasión. Le destruí su himen, la saturé con mi líquido viscoso que manaba y manaba. Le apreté sus pechos turgentes, en un ritual asfixiante. Teresa lloraba, forcejeaba. Esto me excitaba más y más. La golpeaba, le mordía sus labios, hasta sangrar. Quemé su ropa, la dejé en el piso y hui. Llegué a casa de Jerónimo y allí estaba ella. Todo el tiempo que hablamos, mi mente estaba lejos, en ese sueño. Sentí deseos de vulnerarla, delante de Jerónimo y matarlos después. Cuando expresaron su intención de casarse, los odié a los dos. No me hacía a la idea de verla con él. De presumir su primera noche, envueltos en ese ejercicio puro, sexuado, alegre y reconfortante. Lo mío no es eso. Lo mío es el afán de acabar con todas; de destruirles su gozo; de no dejarlas en paz; de terminar ese proceso que es mío y de nadie más.
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    41 Al despedirnos, expreséla misma engañifa que es el soporte de mis intervenciones. Me comprometí a ayudarlos, de una manera cínica, besé la mejilla de Teresa y me fui. Mi primera reclusión se produjo, justo el día de mi 39 aniversario. Se habían acrecentado mis acciones ignominiosas. Se profundizó mi partición, en términos de no identificar ni diferenciar sueños y realidad. Vagué todos los días, con sus noches, en busca de objetivos. Mis imágenes eran cada vez más punzantes y más diferenciadas. Siempre estaba viviendo un recorrido brutal. Mis imágenes volaban y se estacionaban, según mi necesidad. Una necesidad constante. No podía pasar una fracción de tiempo superior a 24 horas. Cuando esto sucedía, cuando no alcanzaba ningún trofeo, mis alucinaciones eran mucho más enfermizas. Mi cuerpo temblaba, daba tumbos, golpeaba las paredes, los árboles. Solo encontraba sosiego, cuando victimizaba; Cuando podía expresar toda mi capacidad; cuando mi falo erecto, penetraba y despedazaba. Cuando sentía claudicar a mis víctimas. Sentía mucho más placer, cuando olía la sangre que brotaba de la abertura de mis víctimas, las palpaba, hasta casi destruir su clítoris. Cuando mordía sus pezones, delirando de gozo perverso. Me sentía un Rasero al revés. Porque éste, al menos tenían en consideración la aceptación de sus mujeres. Yo no soportaría nunca una aceptación. Mi gozo era directamente proporcional al rechazo, al forcejeo de las niñas y las mujeres adultas. Lo aprendí de Santiago, mi odiado padre. Le debo sus enseñanzas, teniendo a mi madre como mujer tipo en la cual descargaba todo su furor de macho prepotente. Para mí era todo un
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    42 espectáculo verlo encimade ella y ella tratando de detenerlo. Cuando él no estaba yo pretendía hacer lo mismo, desde mi primer día de nacido…reconocía en esto mi desencuentro total, el desdoblamiento más perverso. Decía defender a mi madre, de la violencia de mi padre. Pero, en el fondo deseaba ser como él, avasallarla, como lo hacía él. Un hospital como reclusorio. Allí me llevaron el día en que violé a Natalia, una niña de 13 años. Le devoré todo su cuerpo, con saña brutal. La dejé en el mismo sitio en el cual la abordé. Desangrándose. Fui detenido en ese mismo sitio; me amarraron, me apalearon. Asimilaba el dolor, reía, vociferaba, como si estuviera, palabras más, relacionadas con todo lo vivido. Llamaba a Maritza, a Olga…, a mi madre. Las deseo a todas otra vez. Eso decía, mientras era conducido. Me calmaron y durmieron con medicamentos para enfermos psiquiátricos Me inyectaron enantato de flufenazina. No recuerdo cuanto tiempo estuve narcotizado. Lo cierto es que, cuando desperté estaba atado a la cama. Sentí una sed inmensa. Pedía agua, a gritos. Un cuarto solo, desde donde nadie oía mi petición. Un cuarto saturado de colores que inducían a la desesperación. Como castigo que se extiende a lo largo de las horas. Mi segunda reclusión se produjo a mis cuarenta y cinco años. Hacía tres años había escapado del hospital-cárcel. Lo hice, cuando era llevado a un reconocimiento por parte de las víctimas. Corrí todo el día, hasta llegar a casa de Adrián. Me dio asilo, a pesar de conocer mis retorcidas acciones. De allí, pase a un escondite proporcionado por Pánfilo. Una casita en la periferia
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    43 de la capital.Pánfilo me visitaba con frecuencia; gozaba con mis confidencias; en las cuales relataba mis experiencias. Tomaba nota de ellas, para no dejar escapar los detalles. Supe, después, que mis relatos fueron aprovechados como instrumentos de los cuales se aprendía el protocolo necesario para aplicar en los sitios y en las mujeres donde sus adeptos ingresaban, arrasando. Yo sentía una sensación dicotómica. Como creador y maestro de formas para vulnerar; como sujeto que reclamaba otra opción de vida, sin propiciar laceraciones. Esta segunda reclusión fue mucho más ejemplarizante que la primera. Escuchaba voces que expresaban análisis de mi caso. Este fue tipificado como depravación y desarreglo irreversible. Les oía hablar de la necesidad de una intervención denominada lobotomía, como único recurso para resolver mi situación. Fui lobotomizado, un año después de haber sido recluido. Desperté. No respondía a ninguna motivación externa. Todo lo veía igual. No distinguía un elemento de otro. Una vivencia plana, sin ninguna sensación. La identificación como sujeto vivo biológicamente, la hacía a partir de caminar de un lado a otro del cuarto. Desfilaron a personas que no reconocía, mujeres niñas y mujeres adultas. Para mí eran como sombras que no me motivaban; a las cuales veía como construcciones asimétricas. Dos años después, se decretó mi muerte. Estuvo precedida de acciones pasivas intermitentes, asociadas a mi vida. Recuerdos cada vez más borrosos. Casi extinguidos. No volví a ver a mi madre, a nadie. Que pudiera identificar. Mi última visión fue Isolina Girardot. A partir de ahí
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    44 dejé de existir,balbuceaba palabras parecidas a la expresión volveré. Esta fue mi primera muerte, pero no la última. Tres (Volviendo a nacer) Nací un día tres de abril, Un cuarto saturado de luces blancas. Veía muchas personas alrededor de la cama. Mi madre estaba al lado. Una mujer joven. Su risa, absoluta, navegaba por todos los espacios. Se dirigía hacia mí, con voces suaves. Una mirada que me convoca a ver en ella una réplica de Isolina Girardot. En efecto, un cabello pegado al cráneo. Totalmente negro, sin las fisuras que adquieren las mujeres que ven en este tipo cabello, un limitante para su empoderamiento como mujeres, real o ficticiamente bellas. Una piel de color negro hermoso. Observo, de pie, al lado izquierdo de la cama, a un hombre negro, como mi madre y como yo. Percibí en él, un tipo de hombre sutil, sensible. Su mirada lo expresaba, sin lugar a equívocos. Totalmente diferente a mi primer padre. Mi madre lo miraba, asía sus manos y le decía, gracias Demetrio; se parece mucho a ti. Quiero que se llame Isaías; como tu abuelo materno. Ese ser hermoso que conocí. De una mirada limpia y de unas acciones profundamente humanas; con absoluto respeto por los otros y las otras. Todavía se mantiene, en mí, vivo ese momento en el cual le expresaba a tu abuela palabras que la inducían a posicionarse como mujer libertaria; en ese escenario inhóspito en que vivían. Todavía siguen vivas aquellas jornadas de cautivación, aquellas que ella y él, asumían roles vinculados con
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    45 el amor absoluto;en una definición del mismo que prolongaba la continua búsqueda de momentos para amarse, para trascender la inmediatez. Como un proceso continuo, sin más ataduras que la imaginación. Inclusive, te lo confieso ahora, muchas noches, estando contigo en ese forcejeo que nos ha distinguido, yo cerraba los ojos y veía, en paralelo, a tu abuelo y a tu abuela, recorriendo sus cuerpos, susurrando palabras inequívocas de ternura y de pasión. Un equilibrio perfecto. El con setenta años de vida y ella con setenta y cinco; parecían adolescentes que desnudan sus cuerpos y realizan, sin detenerse, una lucha viva, llena de fortaleza y de entrega. Al escuchar a Isolina, me sentí transportado. Me encontré localizado en un territorio de frontera. Entre los recuerdos de mi primera vida y la perspectiva de asir, como hilo conductor, momentos de felicidad...Una confianza en mí mismo, que trascendía los entornos y realizaba búsquedas en un contexto social e individual en los cuales, ataba el pasado y el presente. Un pasado que comenzaba en escenarios históricos diferenciados. Veía la Roma de los Césares; a Suetonio relatando sus vidas. Percibía a Espartaco, caminaba con él; entendía sus opciones de vida. Me situaba en nuestros territorios antes de ser avasallados. Me veía inmerso en las relaciones primigenias. Con los rituales y con una organización social diferente. Los Aztecas, los Mayas, los Incas, los Chibchas…Todo esto en un universo de realizaciones propias, en el proceso de asumir y dominar a la Naturaleza. Trascendiendo lo inmediato, por la vía de orientar sus acciones en términos de una dinámica propia, autóctona... Cierto día, me vi. , hojeando un texto que mi madre escribió, cuando tenía 16 años. Un ensayo acerca de la concepción del ser humano propuesta por Federico Nietzsche en su obra
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    46 “Humano, demasiado humano”.Según mi madre, en este texto se refleja una tipificación de la historia de la humanidad, por la vía de asumir un soliloquio que conduce a clasificar el comportamiento humano, como un continuo afán por despertar al mundo, a la realidad; entretejiendo, verdades, teorías, paradigmas. De tal manera que la angustia que produce sentirse escindido, conduce a promover espacios de intervención en los cuales cada quien define su rol, en términos de descifrar los códigos de la moral, de la religión y de la organización social y política. Según Isolina, los seres humanos estamos retratados en la obra de Nietzsche. Porque asumimos la herencia sucesiva que nos otorga la historia de la humanidad; de una manera tal que exhibimos un corpus exterior, cosido por las pautas previamente establecidas. Pero que, nuestra interioridad, se subsume en la angustia, por la vía de reconocerse como sujeto al garete. Con bifurcaciones cada vez más complejas. Desembocamos en una continua búsqueda de nosotros (as) mismos(as). Prevalece, sigue diciendo mi madre, una dicotomía que hace de la vida cotidiana, una figura similar a la que describe Freud en su texto “El malestar de la cultura”; o lo que señala Marcuse en “Eros y Civilización”. Sujetos, hombres y mujeres, en constante desequilibrio; de tal manera que no construimos nuevos escenarios psicológicos, de conformidad con nuestros deseos y aspiraciones autónomos. Por el contrario, realizamos nuestro recorrido de vida, atados a los conceptos preestablecidos. Un ir y venir, anclados, sin libertad. Tal vez, por esto mismo, dice Isolina, se desprende de la teoría de Nietzsche, una propuesta que define la libertad individual, como latente, sin que pueda expresarse y concretarse. A no ser que asumamos, radicalmente, una opción de vida
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    47 en la cualcada quien reivindique la particularidad de esa opción. Una figura parecida al nihilismo. La esquizofrenia es una definición tipo, que se prolonga, se transmite; significando con ello la herencia cultural, como una transmisión constante, perenne. Un cuadro patológico que nos inhibe para acceder a un universo social sin condicionantes. Es un encerramiento que promueve, en nosotros y nosotras, una remisión hacia iconos que nos orientan. Es una pérdida de identidad. Porque no acertamos de descifrar los códigos impuestos y, por esta vía, redefinir nuestros roles. Para Isolina, este tipo de atadura individual, no es otra cosa que la réplica de los condicionantes inherentes a la organización social y política de la sociedad. La libertad se pierde, en el momento mismo en que transferimos toda iniciativa, hacia el referente que nos es impuesto por parte de quien o quienes ejercen el control. Propone, mi madre, un entendido en el cual, el Leviatán, el Contrato social y la teoría de Maquiavelo, corren paralelas a ese distanciamiento, cada vez más agresivo, del individuo con respecto a su propio ser en sí. Lo que sucede, entonces, es una prolongación infinita de ese control. Cada quien adquiere una posición en el contexto social que previamente ha sido establecido. Una porción que se transforma en territorio individualizado de manera imaginaria. Porque, en el mismo, no es dada otra cotidianidad que la que nos corresponde, a manera de recrear ese dominio, asumiéndolo como necesario.
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    48 En este textosuyo, Isolina refleja la angustia individual. En la cual nos desenvolvemos, sin que esto implique actuar con libertad. Una cosa es ese control que nos ha sido transferido y que parece insoslayable. Y, otra cosa, es el sentido de pertenencia con respecto a la sociedad como construcción libertaria, que nos convoca a la transformación constante. A manera de corolario, mi madre, asume como necesidad constante la renovación de actitudes y acciones. De tal manera que estas no estén sujetas a paradigmas impuestos. Por el contrario, las define como una revolucionarización de la vida cotidiana. Sin dejar de reconocer la necesidad de un tipo de cohesión social centrada en el reconocimiento de sí mismos y de sí mismas; difiere de la teoría del control como causa necesaria. Son, en consecuencia, dos opciones no solo diferentes, sino antagónicas. Mi madre define esa opción libertaria, como la redefinición de roles. En ella, rol, significa la asunción de objetivos en los cuales estén referenciadas las aspiraciones individuales y colectivas, de tal manera que la imaginación sea sinónimo de libertad. Imaginación que, a su vez, es definida como la posibilidad de crear; de convertir los entornos en territorios no cifrados como principios ineludibles; sino como escenarios en los cuales, cada quien, transfiere conocimientos, sin que esto implique deshacerse de su individualidad. La sociedad, así entendida, es una extensión de la figura de la democracia, como construcción a la cual se accede por la vía de reconocerse a sí mismos (as) y alcanzar una participación efectiva en los procesos sociales, políticos y económicos. El centro es, entonces, la construcción de un tejido social que cohesione las individualidades, no como instrumento de poder impuesto; sino como realización de esos objetivos de beneficio común, basados en un concepto de justeza
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    49 que convoque alos hombres y a las mujeres. Hasta acceder a formas de gobierno participativo, de manera efectiva y no formal. En la segunda parte del documento, Isolina, aborda la cuestión de género. Ya antes, según lo supe por Demetrio, ella había escrito un texto relacionado con las mujeres y su intervención en la literatura y el periodismo. En mi primer encuentro con ella, después de mi duodécimo aniversario le indagué por el contenido de esa segunda parte. De paso le comenté que, a los tres días de haber nacido, encontré la primera parte de su texto. Me dijo, Isaías, tú tienes una manera muy peculiar de vivir la vida. Hasta cierto punto te pareces a Demetrio. Yo lo conocí, cuando él tenía seis años y yo estaba bordeando los cinco. Vivíamos en un barrio de la capital., barrio periférico. Saturado de recuerdos ingratos nuestras familias habían llegado del c ampo. Concretamente de un territorio golpeado por la violencia. En donde se sumaban, a la violencia oficial reiteradas, la presencia de grupos armados. Desde posiciones guerrilleras, supuesta o realmente libertarias; hasta grupo de paramilitares auspiciados por sucesivos gobiernos. Eran, en sí, aparatos al servicio del Estado. Nuestra infancia, transcurría en medio de limitaciones casi absolutas. Demetrio, me hablaba en términos que yo creía reconocer. Como si ya los hubiera escuchado antes de nacer... Su padre fue un hombre rígido en lo que respecta a su posición en la familia. La rigidez, era expresada por la vía de imponer sus principios. Una unidad familiar, relativamente, centrada en el poder del padre. Sin embargo, su abuelo materno, del cual tú llevas el nombre, asumía
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    50 como ser libertario.No tenía preparación académica. En él, cobraba fuerza aquello de que las posturas ante la vida, se deben entender como proceso continuo, casi innato. Amaba a las mujeres, como lo que somos. Es decir, como agentes del cambio. Para nosotras, decía el abuelo, los lugares deben ser escenarios de libertad. Cuando se produjo la concreción de la intervención femenina en los procesos electorales; él ya había asumido en su hogar unas expresiones que reflejaban su intención de realizar, así fuera en términos de micro sociedades (como la familia, por ejemplo), una opción en la cual la diferenciación de género, no puede ser interpretada con exclusión y/o sometimiento. Por el contrario, debía significar una interacción en igualdad de condiciones en las realizaciones políticas, sociales; sin pretender homogenizar las. Las mujeres, son las mujeres. Nosotros, el hombre, desde el punto de vista biológico que no admite confusiones. Diferenciación insoslayable. La búsqueda de la equidad de género, lo llevó a fuertes enfrentamientos con sus pares masculinos y con las jerarquías religiosas y gubernamentales. La señora Ana, su esposa, conoció de él un equilibrio humanizado. Isaías se prodigaba en un trato absolutamente hermoso. Tanto hacia sus hijos e hijas; como también ante la señora Ana. Cuando se vieron obligados a abandonar su territorio, al que siempre amaron, sucedió una descompensación de repercusiones de inmensa tristeza. Era, tanto así, como dejar su vida allí. En donde habían nacido y crecido. No lograron nunca asimilar esa pérdida. Mucho menos, adecuarse a las condiciones que exigía la ciudad.
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    51 Demetrio era miícono. A sus seis años, sabía acceder a los otros y las otras, con una profunda sensibilidad. En la escuela se distinguía por su amabilidad y por la ecuanimidad con que abordaba el trato con los niños, las niñas y sus profesoras y profesores. Una versión asimilada a aquellos hombres que, después de haber vivido intensamente y haber adoptado posturas feministas de manera tardía, accedían a una lucha por los derechos de nosotras las mujeres. Quizás, sin saberlo, Demetrio, fue desde esa temprana edad, un horizonte que convocaba. Mi relación con él, no fue nunca de subordinación. Era un equilibrio de contenidos profundamente humanos. La ternura y la consecuencia con su rol, fueron y han sido sinceros y transparentes. Fue mi novio, desde allí, hasta la frontera con el infinito. Un amor que se ha prolongado en el tiempo. Que se ha fortalecido en el día a día. Un negro sin ningún tipo de claudicaciones. Ha luchado, desde niño, por la libertad. No como expresión retórica, sino como compromiso ineludible. Como obrero, ha mantenido su esperanza inquebrantable en una sociedad más justa. Me preñó a mis quince años. Después de un cortejo en el cual intervinimos los dos. Fue un momento de sublimación. Él y yo, trenzados en una acción hermosa. Estuvimos todo un día. De terminar y volver a empezar. Una vitalidad espiritual que guiaba su sexo y el mío. Nos recorrimos los cuerpos. Paso a paso, minuto a minuto. Exploramos zonas que no conocíamos en nuestros cuerpos. Terminamos exhaustos. Dormimos no sé cuánto tiempo. Solo sé que, al despertar, ya te sentía en mí. Ya me hablabas, con tus palabras de niño producto de la más hermosa relación que he tenido.
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    52 Después, vino lapersecución. Demetrio y yo estábamos comprometidos en la lucha por los derechos humanos. Por los derechos de las minorías étnicas. Afrodescendientes, y por los nativos primarios de nuestra América. Mi formación fue a puro pulso. Lo mismo que Demetrio. Las carencias en nuestras familias, nos situaron a Demetrio y a mí, en una opción en la cual lo único posible era la vinculación a un trabajo, para coadyuvar al mantenimiento de nuestras familias. Fuimos vendedores en las calles áridas de la ciudad. Estuvimos, como jornaleros transitorios, en la recolección de café en Caldas, Risaralda y Quindío. Nuestro reto fue, siempre, no claudicar ante la adversidad. Nos mantuvimos unidos; de tal manera que no nos venciera la opción de convertirnos en sujetos desvertebrados, cercanos a la depravación. Mantuvimos enhiestas nuestras opciones de crecer y de servir a nuestros pares. Cada vez que nos entregábamos al placer de la sexualidad, nos convertíamos en los seres más dichosos de la Tierra. Demetrio me cautivaba, como la primera vez. Jornadas sin término en el tiempo. Él y yo. No ha habido zona de nuestros cuerpos que no hayamos explorado. Yo sentía que alucinaba. Demetrio y yo. En una entrega absoluta. Cuando terminábamos, nos vinculábamos al ejército de hombres y mujeres que no reconocen fronteras. Contigo creciendo en mi vientre. No sé si alguna vez nos escuchaste, en un diálogo continuo; en el cual él y yo navegábamos por mares abiertos. No había lugar a la duda. Él y yo, como expresiones de sublimación. Él y yo, a cada momento, creando nuevas formas de amarnos y de entregarnos.
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    53 Cuando tú naciste,Isaías, encontramos en ti la posibilidad de prolongarnos en el tiempo. Te tuve dentro de mí. Te hablaba, te susurraba palabras de motivación. Te requería como la continuación de nuestras vidas. No sé por qué intuyo que ya, antes te conocí. En mis sueños, te he visto en un lejano momento. Siendo tú un sujeto diferente. He tratado de hallar una explicación. Te he visto como vulnerador. Siempre apareces como hombre sin definiciones claras. Como ese interregno, en el cual nos movemos todos y todas. Sin precisar los contenidos de nuestras acciones. Con decires confusos. Como cuando no encontramos nuestra razón de ser. Hasta cierto punto, en esos sueños, te doy la razón. Porque, yo también, creo que somos escindidos. Transitando por nuestra vida y las de los demás, sin acatar a concretar nuestros roles. Es algo parecido a ese sujeto kafkiano, absurdo, pero tan real que nos absorbe y nos reivindica como producto de una sucesión de historias vividas; centradas en ese no saber por qué existimos. En una búsqueda constante. Casi perenne. Un no encontrase con uno mismo. Repitiendo momentos, cada vez más incomprensibles. Una lucha titánica con nosotros y nosotras mismos (as). Un Eros y Tanatos, a la manera freudiana. Hasta cierto punto, tú eres como ese espejo que nos retrotrae continuamente. Un mirarse hacia atrás, tratando de modificar los sitios y las acciones; pretendiendo modificar los escenarios presentes y futuros. Como una recopilación extendida de Sísifo, aquel que cada día inicia una nueva vida que no es nueva, porque es simple ejercicio de castigo. Será porque, todos los seres humanos, tenemos puntos de eclosión, de surgimiento, de vivir la vida; pero siempre nos regresamos al comienzo, a la nada; como quiera que no reconocemos ningún
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    54 punto de comienzono racional. Por esto mismo somos, en fin de cuentas, una sumatoria de posibilidades latentes; que se concretan sin nuestra aprobación. Como si fuéramos norias que viajan sin parar; que confluyen en un vacío, parecido a los agujeros negros de que hablan los astrónomos. El hecho de no tener un dios nos coloca, a quienes así actuamos y pensamos, en sujetos angustiados, pero en capacidad de crear escenarios en donde prevalezca la confianza en sí mismos (as) como colateral a esas mismas convicciones. Sin las cuales no reconoceríamos la realidad, como independiente de nosotros y nosotras. Como Naturaleza que ha estado ahí, en proceso de evolución y desarrollo. A nosotros y nosotras, solo nos es dado entenderla y modificarla. La creación de la misma nos parece un misterio inacabado, indescifrado. Un ser o no ser. En una propuesta de blanco o negro. Los tonos grises son el equilibrio. La razón de ser de nuestro deambular por el universo. Estando aquí o allá, sin más límites que nuestras carencias para conocer, indagar y transformar. Cuando tenía tu edad, yo era una mujer definida. Ya conocía a Demetrio. Ya estaba a su lado. Ya estaba dispuesta para la preñez. Es que, para mí, el sexo es sinónimo de imaginación y de creatividad. Sin forzar ni ser forzadas. Más bien como latencias que se concretan con el ser amado o amada. Dispuestos (as) a sentir ese recorrido por nuestros cuerpos, como un elíxir que nos fortalece. Ser preñada así, adquiere un significado absoluto. En el cual no hay lugar para las vías intermedias. O se ama, o no se ama. Sin saber por qué, percibo que ya te había visto antes. Cuando tu madre, antes que yo fuera tu madre, recibía de ti acciones de
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    55 sometimiento. No sepor qué, te he visto en mis sueños con sujeto confrontador del padre. Ese padre diferente a Demetrio. Cercano a aquellos machos que pervierten el ritmo del amor y de la condición de amantes. Transformándolo en vulneración; derivando en secuelas de insospechadas repercusiones. Como horadando nuestra condición de humanos; vertiendo el instinto antes que la ternura; antes que la entrega compartida y sublime. Somos Eros, en razón a eso. Tal vez, en esos sueños tú no eras eso. No eras ternura, ni potenciador de la entrega sin pausa a quien amamos. Tal vez, eras sujeto de contenido asimilado a la violencia que no desinhibe; sino que por el contrario esclaviza; en unas condiciones en donde no podemos ser sujetos y sujetas de transformación. Tu pasado, según eso, no albergaba ninguna esperanza. Era, insisto en ello, una repetición lineal. Amabas a quien era tu madre, de tal manera que ese amor se convertía en dolor, a cada paso. Como si tú orientaras el comportamiento, hacia simas insospechadas. Aquellas en las cuales muere la espiritualidad de cada sujeto y se construye, en su reemplazo, unas figuras de mármol. Así como aquellas de quien tengo referencia, al asistir con Demetrio a una proyección con ese nombre. Hombres y mujeres de mármol, trabajados (as) con un cincel que ya tiene predeterminados los ángulos y los perfiles de aquel o aquella a quienes han de construir... Me decidí a hablar con Demetrio. Veía en él la definición que mi madre hacía. Como queriendo auscultar su verdadera capacidad. Demetrio empezaba a ser, para mí, un tipo de deidad cercana a aquellas figuras míticas. Como Afrodita; como Hércules; como el gran Zeus. Quería estar a su lado, palpar su cuerpo y cerciorarme de su condición de amante pleno. Ese que Isolina siempre recuerda. Ese que la convoca a una vida siempre en crecimiento.
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    56 Diáfana, creativa, solidaria,entregada a vivir y transformar al mundo a su lado. Quería saber si, en realidad, cuando la preñó, lo hizo como culminación de un acto de profunda libertad. Quería saber si, como ella, fue partícipe de una preñez dirigida a mí. Como sujeto que soy yo, según los sueños de mi madre Isolina, Venido de un pasado en donde los avasallamientos y las vulneraciones eran cosas comunes aceptadas como válidas. Demetrio estaba en su sitio de trabajo. Un salón inmenso con hornos a lado y lado. Como operario, debía surtir el horno que le había sido asignado. Un calor insoportable. Una sensación de asfixia, que invitaba a desear los espacios abiertos, frescos. Un salón en el cual estaba acompañado por otros hombres, igual que él, atosigados por el infernal fuego. Su labor era, y sigue siendo, coadyuvar a la transformación del hierro en diferentes aleaciones. Decantando esa figuración asignada al elemento primario, según los requerimientos de la empresa. Cierto día, sin saber por qué, me asediaba un vago recuerdo. Como si yo hubiera estado, e n el pasado, como operario. Así como Demetrio. La diferencia radicaba en que, siendo yo sujeto partícipe de un proceso, ese proceso era algo así como orientar las perversiones inherentes a la desculturización. Como raponazo a nuestras vivencias. Como si yo hubiese estado al servicio de los destructores de etnias y de los elementos asociados a ellas. Siendo, así, un sujeto pervertido, auriga de los controladores. Me veía desarrollando lenguajes lineales. Pretendiendo suplantar la creatividad y la belleza de nuestros saberes ancestrales, nativos, desde antes de la invasión.
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    57 Pretendí deshacerme deese recuerdo, a partir de orientar mi quehacer con los postulados de Demetrio y de Isolina. Siendo yo una derivación de un amor pleno, íntegro. Sin embargo, persistían en mí esos vagos recuerdos. Como haber conocido otros lugares y otras personas. Una de ellas, una mujer parecida a Isolina, en lo que esta tiene de entereza, de sutilidad, de elevados valores acumulados. No como simple sumatoria de agregados circunstanciales; sino como expresión de una vida dedicada a construir espacios humanizados, garantes del progreso, centrado en la convivencia, el respeto y la creatividad colectiva e individual. Escenarios no endosados a los poderes. Más bien, en interacción con todos y todas aquellos (as) que tenemos, en cualquier momento de nuestras vidas, unas vivencias inconexas, segmentadas, valoradas como simples accesorios que adornan la sociedad regida por quienes esquilman a los demás…Aún siento esas secuelas. Petronila Rentería de Girardot, una mujer de 84 años, ha vivido la mayor parte de su vida, alrededor de su familia. Desde niña, añoró trascender esos territorios. Sin embargo, la fuerza de las convicciones y valores vigentes, la han convertido en simple reproductora de hijos, nietos, biznietos… Nunca ha sido feliz. Su primer matrimonio, con Escolástico Girardot, fue una réplica de la concreción de la dominación por parte del hombre sobre las mujeres. Este, Escolástico, venía de una familia de tradiciones casi inquisidoras. Su abuelo materno, había conocido los rigores de la transición entre la independencia real, a la independencia formal. Cuando, después de haber concretado la expulsión de los invasores, nos convertimos en territorio de confrontaciones. Algunas de ellas bizantinas. Otras, de mayor calado, se referían a los conceptos disímiles de libertad y de la construcción de Estado. Como si, en cada una de
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    58 esas expresiones, sedescifrara el código de la dominación, anclada en poderes y macropoderes absurdos; en los cuales se destruía la razón de ser de la libertad. Sumatorias de territorios y de poderes. Con actores convencidos de su condición de predestinados por la divinidad del Dios Católico, para salvar a la nación de las perversidades liberales, entendidas estas como apertura al conocimiento y a la construcción de democracia efectiva. Lo cierto es que Petronila convirtió su vida en un continuo hacer repetitivo, por la fuerza de la tradición. A pesar de la obvia diferenciación inherente a los seres humanos, considerados individualmente, lo suyo fue y es una réplica de la dominación ejercida sobre las mujeres. De por sí, ellas han constituido una franja de la población, sobre la cual recae el control sobre sus vidas. Hasta cierto punto, lo aquí expresado, puede aparecer como discurso que ha sido expresado en diferentes escenarios políticos y sociales. La necesidad de postular una perspectiva, en concreto para el caso de mi madre Isolina, a partir de la situación relacionada con su abuelo y su abuela, supone reiterar acerca de esa dominación. Tal vez, porque en esta situación descrita, reside una especie de referente asumida por Isolina. Referente no patético. Más bien centrado en la continua búsqueda efectuada por las mujeres que, como mi madre, aspiran a desafiar esos condicionantes y trascenderlos., por la vía creativa y proactiva. De hecho, Isolina tiene un recorrido de vida, que le ha permitido descifrar las alternativas necesarias para proponer, desarrollar y fortalecer una teoría y una praxis vinculada al proceso de liberación femenina. Esto es lo que explica, a manera de ejemplo, su compromiso con las mujeres de Ruta Pacifico y con la gestión popular alrededor de la periferia en que fue situada, junto con Demetrio. Escenarios en los cuales crece, de manera exponencial, las carencias, la
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    59 desvertebración social yla existencia, latente y real, de opciones asimiladas a la degradación del entorno físico y de los grupos sociales. Desde ahí, entonces, Isolina ha comprometido su acción, conocedora de que la confrontación, en últimas, es con los gobiernos y con el Estado. Por esa vía ha desembocado en la construcción de proyectos económicos, políticos y sociales. Cuando le hablé de mi deseo por conocer esa segunda parte de su texto, me reitero la expresión relacionada con un tipo de actitud, como la mía, que conduce a pretender abarcar los conceptos de manera tal, que pueden convertirse en simple formalidad. Isaías, en consideración a tus inquietudes, acerca de mi compromiso con las luchas sociales, tengo la posibilidad de presentarte dos escritos míos, relacionados con ese tipo de actividad. Ya, por vía de tu decisión anterior, relacionada con esa búsqueda; conociste la primera parte del documento en el cual realizo un análisis de propuesta de Nietzsche, a partir de su texto “Humano, demasiado humano”. La segunda parte, es un proyecto relacionado con la educación de los niños y las niñas. Este documento lo he ido construyendo a partir de mis experiencias en nuestros barrios... Léelo. La primera impresión que tuve, al escuchar a Isolina, tuvo que ver con algo parecido a la con fusión. Porque no entendí, de manera plena, el significado de sus palabras. Sin embargo, me dispuse a leer el texto constitutivo de la segunda parte del texto conocido por mí antes. Al comenzar la lectura, sentí la inquietud, en términos de creer que ya había conocido esas expresiones ante. El documento de mi madre dice:
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    60 Toda herejía, enprincipio, es una acción individual. Compromete a quien realiza una interpretación diferente y se decide a proponerla como opción. Bien sea como modificación parcial de las pautas, paradigmas y condiciones instaurados como referentes colectivos; o como alternativa que conlleva a una modifi9cación total, radical. Algo así como o son esas pautas y paradigmas o son estas pautas y paradigmas alternativos. Ya ahí, en esa acción de proponer una alternativa, se configura un distanciamiento con respecto al ordenamiento vigente. Adquiere ese hecho un significado asimilado a la ruptura. En el proceso de enfrentar esa opción (...u opciones) con las existentes; el (la) sujeto (a) que ejerce como cuestionador (a), desemboca en una posición herética. A partir de ahí, se trata de definir las condiciones y el tipo de acciones a realizar, el proceso de difusión de la opción u opciones nuevas. Aquí, condiciones, tienen que ver con los insumos recaudados para sustentar la nueva opción. Un tipo o tipos de acciones, tiene que ver con realizar una confrontación individual absoluta. O la adquisición, mediante el proceso de persuasión o imposición, de una aceptación de los (as) otros (as). De tal manera que pueda presentarse y desarrollar como opción u opciones colectivas. Esto no es otra cosa que el comienzo de una sumatoria de acciones diferenciadas; en procura de lograr la aceptación y acatamiento, bien sea de la modificación parcial o de la erradicación de las anteriores pautas y paradigmas y, en su reemplazo, erigir las nuevas. De todas maneras, bien sea que se actúe n un u otro sentido, es evidente la necesidad de cierta subyugación hacia los otros y las otras. Algo así como entender y aceptar el principio básico relacionado con el ordenamiento y el equilibrio por la vía de la imposición de pautas y paradigmas: siempre existan referentes establecidos como condición para el ordenamiento y
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    61 el equilibrio; habráunos códigos y obligaciones que ejercen como limitación a la libertad individual. Alcanzar unos nuevos referentes, unos nuevos códigos y nuevas obligaciones; supone la realización de acciones que controvierten lo anterior. Cuarto (Como huella doliente) Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres. Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como consecuencia del ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra cosa que justificaciones para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles acerca de los valores humanos. He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio. Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el amor. Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable. Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera
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    62 pedido. No sonotra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte. Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone. No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré. Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad. Un día cualquiera de abril, en el año 2025, conocí a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada por ella y él. Una mujer de mirada furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La desee desde que entró por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado todo el tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose. Era, insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces. Apretada su vagina. Desde ese instante conocí que no había sido penetrada. El primer día de mi mirada furtiva, sentí crecer mi asta. A tal punto que empecé a surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía. Porque era un continuo ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mí mismo. La sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas. La
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    63 inundé de talmanera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que ella se diera cuenta, exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía cada vez más. En ese momento decidí que era mía. Que esa sujeto, merecía ser allanada por mí. Como en el pasado, con otras. Ya, aquí, con esa sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado. La quería para mí. No en sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar el lugar y aprovecharlo. Fue en la misma habitación que le asignaron él y ella. Cuando recién se había dormido, entré en el cuarto. Me desvestí. Traía un lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando despertó yo ya estaba encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La penetré con todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le respondí: esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde más pueda. Eres mujer. Por lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié. Suspiraba aceleradamente. Peleaba con mi fuerza. A los diez años, yo tenía una capacidad insospechada para inmovilizar y para hacer sucumbir. Lo mío se prolongó hasta caer la noche. Estaba inerte. Lo estuvo desde que ahogué sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la recorrí una y otra vez. Mi asta seguía erguida. La dejé ahí, muerta. Esa misma noche me fugué de casa, dejando su cuerpo inmóvil, lacerado. Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus vacaciones. A pesar de que eran casi las once de la mañana, no habían dispuesto el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior
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    64 estuve inmerso enun sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre Mireya, estaba a mi lado. Cantaba. No sé por qué la sentía tan cerca. Sentía su olor y me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero no podía asirla. Porque me trascendía. En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era mía, pero sin serlo todavía. La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un placer que me engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que está conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo un universo de expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a cada momento. Siendo consciente de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía surcada de pasión. Por mí y por ella. Un asedio continuo. Mientras él y ella dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que podía hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo viven para mirarse y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en silencio, de esa mujer que me cantaba. Que estaba a mi lado por placer. Porque yo le gustaba. Porque ella me gustaba. De nuevo su voz. El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua. Como quien no concibe la vida sin ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y que no sé de qué se trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy ya no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente, la volviera a ver. Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven solo para sí mismos. En un
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    65 ejercicio patético ycaduco. Sintiendo amor en donde solo hay repetición vehemente de lugares comunes. Como lobos esteparios que se confiesan a sí mismos. Con las miradas puestas en el teatro de la vida. De su vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada y acomodada a las circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y codificada. Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido. Sumatoria de lados iguales. Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después de regresar de sus oficios. Esos repetidos que los inunda de orgullo. De saberse partícipes del proyecto de vida igual. Para todos y para todas. Cada quien, viviendo su vida, sus quehaceres. Sus limitaciones de felicidad. En procura de la cual viven, cada día. Al despertar, por fin, encontré a mi madre al lado mío. Me tomaba las manos y me decía, ¿Cómo te pareció la historia que te conté? Espero no te hayas confundido con tantos conceptos juntos, ni con algunas de las situaciones descritas. Este día es muy especial para Demetrio y para mí; espero que tú también nos acompañes en nuestra felicidad. Hoy nos hemos dado cuenta que estoy preñada. En verdad, resulta, para mí, muy gratificante asumir este rol; a partir de entender la condición de madre, con plenitud. Deseándolo, sin que implique la asunción de los conceptos enrevesados y doctrinarios que promueven algunas instituciones y personas que reiteran, de manera constante, en que nosotras las mujeres, no podemos ejercer el gozo en nuestras relaciones sexuales; sin que en ello incida los condiciones vinculados con opciones moralistas; que se convierten en versiones perversas del sexo, entendido como antecedente que conlleva, o debe conllevar a construir unas relaciones formales en términos heterosexuales.
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    66 Por esa mismavía, proponen y realizan opciones, en las cuales lo sexual, se remite al condicionante de vida en pareja entre hombres y mujeres. Pretenden mantener una restricción absoluta para las relaciones homosexuales. Con el agravante de proponer estas relaciones como contrarias a la naturaleza biológica. Tú sabes de mis intervenciones a favor de la libertad plena al momento de definir las opciones sexuales, en términos de su sublimación, del goce y del desarrollo autónomo de hombres y mujeres. No se si recuerdas a Juliana, y Pedro, que han trabajado conmigo en este tipo de perspectiva libertaria, como herejía hermosa que cuestiona la falsa moral que nos circunda. Ya ella y él, han trazado y realizado todo un programa en los colegios, en el sentido de coadyuvar a la formación de los y las jóvenes, por la vía de entender su dinámica sexual, su libertad y responsabilidad. El trabajo permite establecer unos roles no estáticos; sino flexibles. En los cuales debe prevalecer la autonomía. Además, esto último, debe implicar la prevención de los embarazos no deseados. Es obvio, Isaías, que nos hemos encontrado con muchas dificultades. Nos ha correspondido enfrentar a las jerarquías escolares, a muchos (as) padres y madres de familia; a las posiciones arcaicas, casi inquisidoras de las organizaciones religiosas. Me quedó sonando el relato de mi madre, en el que aparecen las figuras de Juliana y Pedro. Es como si ya los hubiera conocido, en el pasado. Siento como un remolino que me absorbe, que me dificulta dilucidar la conexión pasado y presente. Al momento estoy confundido. Porque no sé si esa percepción del pasado, me remitiera a entenderlo con dinámica propia. Como si estuviera asistiendo a una versión de la teoría acerca de la repetición de acciones, en periodos diferentes. Esa teoría que define lo consciente, y lo inconsciente; como instancias
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    67 en las cualeslas realizaciones y los requerimientos se juntaran y conforman una cohesión de hechos y acciones que convocan a cada sujeto, a definir sus intervenciones en la realidad, como presente, pero influenciadas por la percepción de momentos y vivencias anteriores, similares. Algo así como condicionantes que nos remiten, bien sea a recrearnos en esa relación pasado-presente; a confundirnos por lo mismo. Sintiéndolos como condicionante que asfixia y restringe la autonomía, la imaginación y la creatividad. Quinto (mi sorna ambivalente) Muy temprano, ese día 22 de abril, Demetrio salió a cumplir una diligencia relacionada con la organización comunitaria de los y las desplazados(as). Él había logrado reunir esfuerzos, por la vía de este tipo de organizaciones. Fue algo inherente a nuestra condición de itinerantes forzados en nuestro territorio. Un ir y venir acá y allá. Soportando asedios de todo tipo. Desde la graficación construida por los organismos gubernamentales, hasta las amenazas anónimas, difundidas en panfletos que aparecen de manera constante. Muchas de esas amenazas se han cumplido. El recuerdo de muchos y muchos itinerantes muertos (as) violentamente, en el silencio que imponen este tipo de acciones. Un universo de situaciones extremas con sus variables: pobreza, discriminación, falta de servicios domiciliarios básicos, viviendo en ranchos inadecuados para la cotidianidad familiar y social.
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    68 La reunión estabaconvocada para las 10 de la mañana, en uno de los salones comunales improvisados por la organización. El tema, según el cronograma referido por mi padre, incluía el análisis de nuestra situación actual; como quiera que se ha estrechado el entorno; restringiendo el territorio y profundizando las difíciles condiciones de vida. Se pretendía, la elaboración de un documento y la designación de una comisión para entregarla en el Ministerio del Interior y en la Secretaría de Acción Social del Distrito. Yo quedé en casa, al lado de Isolina, quien, a su vez, estaba preparando un documento para llevar a la reunión regional de mujeres itinerantes. La noté en un estado de zozobra y de inquietud. Algo raro en ella, pues nos tiene acostumbrados a la serenidad y a la certeza en sus acciones. En principio creí que se trataba de algún síntoma relacionado con el embarazo. Sin embargo, mi madre, me hablaba de una percepción extraña.” Algo que me recorre en como una intuición a futuro. Una especie de malestar espiritual. Como vacío en el que emergen visiones vinculadas con el futuro inmediato. Algo, supongo yo, en relación con el dolor que produce la pérdida de personas cercanas.” Isolina salió de casa, una vez terminado el documento. La reunión, según me expresó, estaba programada para las 12 del mediodía. Al momento regresó en un estado de conmoción. Me refirió que algunos de los vecinos que debían asistir a la reunión con Demetrio, le informaron que, al ver que él no llegaba, salieron a indagar lo que pudo haber pasado. Algunos niños y algunas niñas, que jugaban en el parquecito al lado de la escuela, vieron que Demetrio fue interceptado por dos señores
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    69 desconocidos y losubieron a un vehículo que los esperaba. Según esta versión, Demetrio forcejeaba para no dejarse llevar; pero estos señores lo golpearon y lo hicieron subir al vehículo. Cundió la alarma en el barrio. Los vecinos y las vecinas, llegaron a la casa confundidos. Dispusieron una comisión para denunciar este hecho ante las autoridades competentes; otra para realizar una búsqueda en la localidad, en la dirección que señalaron los niños y las niñas. Entretanto, mi madre, sollozaba; me decía: ¡Ese era mi malestar; era una premonición ¡A Demetrio lo van a matar! Conozco ese tipo de procedimientos. En el pasado reciente lo hemos vivido, con diferentes personas de otras localidades. Somos itinerantes, Exiliados en nuestro propio territorio. Siempre vienen así, Siempre nos buscan, Porque somos semilla, Para otro amanecer, Para construir otro país. No sé adónde te llevaron, Solo intuyo que no te volveré a ver,
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    70 Ni a tucuerpo, ni a tu bella manera de amarme. Ahora que ya no estás, es como si recordara Que siempre ha sucedido. Es como si ya lo hubiera vivido. La hija de mi preñez reciente, Y el hijo que ya estaba, Vivirán para siempre, Con tu recuerdo, Con mi lucha. Que era tu lucha. Septiembre, del mismo año en que se llevaron a mi padre. No lo hemos encontrado. Hemos andado muchos caminos; hemos llamado a todas las puertas. Con mil y más voces, hemos difundido su desaparición. Nadie da razón. Es tanto como romper nuestras ilusiones; a la par con la distancia. Isolina ha parido. Una niña. Mi hermana. La hija que no conoció Demetrio. Ella tampoco lo conocerá en vida. Solo a través de nuestros relatos que expresarán su recuerdo. Ella, mi madre, ha superado la crisis inicial. Su temple es una guía. A través de ella, siguiendo sus pasos; he logrado soportar la situación. Emergen nuevas opciones. En el día a día.
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    71 Ya es octubre.Un jueves. Hoy he amanecido inmerso en una congoja absoluta. A decir verdad, no tengo certeza de su origen. Porque, lo de mi padre, ya lo he asimilado. Nunca con olvido. Mi madre y yo tenemos muy claro que nuestro dolor cifra un camino de esperanza. Natalia, mi hermana, ha crecido. Todavía no entiende la situación. Es una niña como todas las niñas del mundo. En un crecimiento asociado a nuestro cuidado y a los avatares en que estamos inmersos. Lo de hoy es otra cosa. He tratado de relacionarla con mi sueño. Porque, cuando desperté, estaban vivas las imágenes. Una sucesión más o menos vertebrada. A partir de ver y sentir un territorio árido, como desierto. Estaba en un recinto, rodeado de personas que me observaban. Como inquisidores. Tenía amputada mi memoria. Tanto como entrever que mis recuerdos eran recortados. Tan pronto estaba enfrente de una niña desnuda que sangraba entre sus piernas. Me mostraba sus laceraciones en la vagina. Los bordes completamente destruidos. Su himen no estaba. Me hablaba, con palabras duras. No las entendía. Sin embargo, la niña, señalaba hacia mí. Con una expresión que articulaba dolor y rabia. Luego, una de las personas que estaban conmigo, refería acerca de un castigo. Era para mí. Luego me ataron a la cama, boca abajo. Me sodomizaron Todos pasaron por mi cuerpo. Todos me penetraron. Un profundo dolor físico. Se reían. Me mostraban sus penes largos, erectos. Había sangre, mi sangre, en ellos. Luego me cambiaron de posición. Quedé mirando el techo. Una luz roja, fuerte. Nublaba mis ojos. Mientras uno de ellos abría mi boca a la fuerza, los otros introducían sus falos en ella. Uno a uno. Eyaculaban en mi boca. Un sabor entre amargo y dulzón. Un líquido espeso. Luego me levantaron y me mostraron, otra vez, a la niña. Ella
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    72 seguía desnuda. Ensus manos un inmenso cuchillo. Me amputó el pene. Todos reían y danzaban alrededor. El falo amputado lo cocinaron y me obligaron a comerlo. Como regresión. En términos de la teoría que refiere al sujeto, vinculado a procesos, en los cuales su inconsciente vuela en sentido contrario. Encontrando sitios y vivencias pasadas. En un proceso que localiza posibles realidades. Me sentía sujeto de vida anterior. Ese sueño con la niña avasallada, me era familiar; como quiera que mis sensaciones no fueran nuevas. Una repetición de acciones. Ella, la niña, era para mí un referente vinculado al dolor. Como carga de alucinación. Ya lo había vivido. Era cierto. Un vulnerador en el pasado. Sentir una figura de vida nueva, con un horizonte hacia atrás, colmado de hechos en contravía del significado de libertad para actuar; pero sin asumir posición de vándalo. Ese castigo infringido por los hombres de blanco, no era otra cosa que la necesidad de revertir el tiempo y localizarme en una situación como la actual. Sólido en principios. Auspiciador de roles en donde los hombres no mataran lo sublime del amor. En donde, las mujeres no son trofeo sexual. Son sujetas plenas en el quehacer cotidiano y de perspectiva. Con una noción precisa de su rol y de sus posibilidades de transformaciones sociales y éticas. Busqué, con la mirada, a mi madre. Isolina no estaba. Recordé su anunciado viaje a la Argentina. Un encuentro con las Madres de la Plaza de Mayo. Confluencia de dolores y de esperanzas. De capacidad para actuar, sin miedos. Reivindicándose como partícipes de la denuncia y de la acción. Sus hijos e hijas. Sus compañeros y compañeras, ausentes. Producto de los sátrapas institucionales. Dueñas de su opción de vida. Sin ataduras. Esa era mi madre. Esas eran ellas. Las madres libertarias. Hermosas manifestaciones del poder que adquieren
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    73 las mujeres. Desu capacidad para trascender las fisuras inmediatas. Par situarse de frente. Al futuro. Pletórico de acciones. Construyendo universos de solidaridad, de amor, de libertad. De sutilezas absolutas. Isolina había preparado un trabajo teórico acerca de la economía y sus repercusiones sociales y políticas. Me lo había leído el día anterior. Una solidez argumental impresionante. Cada día me asombraba más su capacidad, para alcanzar un equilibrio entre la acción y la teoría. Mi padre, Demetrio, siempre valoró a su amada. En una dimensión tan sincera y tan plena, que no hallaba límites. Él era un campesino rudimentario en sus conceptos; pero con unos acumulados de sensibilidad y de capacidad para amar que trascendía a cualquier expresión intelectual avanzada. Nunca sintió resentimiento. Nunca se opuso a las exploraciones teóricas de mi madre. En fin; un sujeto hombre que compartía con su amada todas las vicisitudes del quehacer diario. De una lucha tenaz, en contra de los mandarines criollos. El programa de la reunión con las Madres de Mayo, incluía la intervención de mi madre. Para eso había preparado su escrito. Hoy, después de ese sueño descarnado que me situó en condición de sujeto de pasado vulnerador; leí otra vez el escrito de Isolina. Tal vez como insumo para reconfortar mi dolido espíritu que navegaba entre el ser pasado y el ahora. Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo,
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    74 reclamando nuestra condiciónde humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en él. Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre. Sexto (Como profecía amnésica)
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    75 Y si seremosalgo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta. Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento. Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad. Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre.
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    76 Ese día nolo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicantes.
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    77 Y, precisamente esedía en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación subyacente. Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.
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    78 Me bajé ahí.En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos. Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido. El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo
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    79 recuerdo. Ni quierohacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente, incierta. Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto exacerbado. En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba
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    80 siempre. Hasta eselugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas. Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dijo que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo, cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él
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    81 y la mía.Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O, simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante. Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso. En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como
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    82 actitud palaciega enel pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido. Séptimo (entre la lúdica y lo cotidiano) Mi hermana ya habla. Además, entiende mucho lo que le leemos. Recuerdo que la noche anterior, Isolina le había leído un cuentecito escrito por ella misma: Un sueño escondido. Como la nena, yo también me quedé dormido.
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    83 Alrededor, todo parecíaestar encantado. Demetrio Usaquén, no es de aquellos que simulan estar convencidos de su capacidad para asumir aventuras. Ese domingo, como casi todos los domingos, compartía con su madre la alegría de empacar sus pequeñas cosas. Aquellas que utilizaba siempre en su viaje hacia “Lago Dorado”. Este es un sitio en el cual la naturaleza, a más de exuberante, tiene la particularidad de acumular leyendas. Tanto que, podría hablarse un historial atiborrado de versiones fantásticas. Una de ellas es la atribuida a un personaje que los y las habitantes del caserío, denominan “la travesía”. Según la tradición, heredada y basada en el poder de la palabra; en “Lago Dorado”, al pie de un cerezo que ha permanecido inundado de frutos de un rojo mucho más intenso que lo comúnmente conocido; tiene su lugar de habitación una familia de escarabajos. Además, el imaginario de las gentes, remite a anécdotas asombrosas. Una de ellas, tiene que ver con papá escarabajo. Su longeva vida ha estado asociada a versiones según las cuales su prominencia en la cabeza es tan grande que se erige como cuerno inmenso que sobresale en todos los ámbitos conocidos por su especie. El tamaño de su cuerpo es superior al promedio. Es decir, no está entre los dos y los tres centímetros, más bien está cercano a los cinco centímetros. Su coloración es de un pardo-rojizo tan firme e intenso, que lo hace un ejemplar superior en todo cortejo. Su zumbido es ensordecedor. Se escucha en un perímetro de dos kilómetros, a partir de escenario en el cual realiza su vuelo. Lo cierto es que Demetrio y su madre, al hablar del escarabajo padre, se dejan avasallar por las historias tejidas desde mucho antes de llegar al caserío.
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    84 -No descansaré hastaencontrarlo, insiste Demetrio. -Si lo logras terminará la magia de la leyenda, replica su madre. -No sé porque lo dices. -Mira Demetrio, he vivido aquí mucho tiempo. La leyenda de papá escarabajo y de su familia, me ha cautivado. Sin embargo, lo bello de una leyenda es su envoltura impenetrable...su capacidad para convocar a quienes la enriquecen con sus versiones. En últimas, lo bello es el encantamiento...y todo lo encantado, cuando aparece deja de serlo. -Aun así, este domingo será mi día. Volveré con el escarabajo padre; así termine con la tradición mágica de mi pueblo; dijo Demetrio al salir de su casa. Corría el año tres desde el nacimiento de mi hermana y de la desaparición de Demetrio, mi padre. Trataba de dormir. Llevo cuatro noches sin poder hacerlo. Desde el día en que empezó a atormentarme una figura que, como sombra me perseguía. Una mujer. Yo la conocía. Otra vez esa regresión que me atormenta. Una mujer hermosa, joven. Estaba en un escampado. Desnuda, lacerada. Sus labios manaban sangre; así como su zona entre las piernas. Me llamaba. Me decía: porque me vulneras Samuel. Según ella, yo era otro. No Isaías, era Samuel. Volvieron a aparecer los hombres de blanco. Reían. Me mostraban un inmenso falo cortado. Me llamaban perdulario hipócrita. Isolina no sabe quién eres. Para nosotros, realmente, eres el exterminador de mujeres. No te imaginas lo que te tenemos reservado. Vamos a hacer contigo lo que deberíamos haber hecho hace años. Desde que vulneraste a la niña Lucía. No eres digno de vivir. Mereces una y mil muertes. Te extirparemos la lucidez.
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    85 No sabrás quehacer. Si vives o si ya has muerto. Samuel El Exterminador. Eso eres. Mira lo que has hecho con la novia de tu amigo. La has penetrado una y mil veces. Has mordido sus labios y sus pechos. Mira como sangra. Nada podrá redimirla. Vimos tu inmenso pene entrar y salir de su tierna aberturita. Así como hiciste con la niña. La laceraste. Ese inmenso falo entraba y salía. Tú reías Samuel. Vimos como vertías chorros de líquido pútrido. Líquido de vergüenza. Alardeabas de ser inacabable. Surtías una y otra vez. Llenaste sus bellos espacios de ese líquido impúdico. Podrido. Con el podríamos haber llenado una y mil vasijas. No eres digno de Isolina, Samuel. Regresa a ese pasado tuyo, enfermizo, indigno. No sigas ahí. Creyendo que eres hombre de respeto y de transformaciones éticas. Recuerda que ya viviste. Eres perverso. No sigas ahí, perdulario. Vuelve al pasado abominable que viviste antes. Regresa Samuel, regresa. Una vez regresó Isolina, hablamos largo rato. Acerca de sus experiencias en el encuentro con las Madres de Mayo. Además, le expresé mi malestar espiritual. Mis sueños recientes a los cuales no les hallo significado. Por lo menos en términos de lo que soy y de lo que he sido. Sin embargo, le comenté, es como si estuviera enfrente de una dicotomía personal.; ante una figura parecida a la esquizofrenia. Una partición que me hace dar tumbos. No saber si he vivido o no esas experiencias en pasado. De ser así, es como si viviera una segunda vida. En la cual asumo posiciones diferentes a las que observo en las imágenes de los sueños. En las cuales me veo como sujeto dañino. De un tipo similar al de los vulneradores constantes. Es una comparación que me veo obligado a efectuar. Precisamente por la fuerza que adquieren esas imágenes.
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    86 Después del atentadoen el cual murió Isolina Girardot. Una vez surtimos la reivindicación de sus escritos. Juliana y Pedro viajaron a Montevideo. Antes de hacerlo me invitaron a conocer su hijo. Había nacido justo antes de confirmar su viaje al Congreso de Pedagogía en Uruguay. Es un bebé hermoso. Como su madre. Ojos escrutadores. Me miraron. Una mirada extraña. Como si indagara por lo que soy. Como si tratara de verificar el significado de mi presencia. Juliana y Pedro gozaban con su hijo. Le hablaban. Él los identifica. Reía con ellos. Hacia mí, había un ceño fruncido. Como si tratara de asumir un rol en el cual yo no debería estar ahí. Me abruma ver a Juliana tan feliz. Siempre la he amado. Por encima de Susana. Porque, Juliana, es diferente. Es un tono de mujer, en el cual aparece una policromía en la cual convergen la pasión, la belleza, la calidez. Un protagonismo no requerido por ella. Es algo innato. Trasciende los entornos inmediatos y rudimentarios. Es una construcción humana absoluta. Como soporte de vida; en el cual prevalecen el encanto, la sutileza, la sensibilidad. Unidas a una sólida preparación académica. Una mujer, además, bella. Siempre he pensado en matar a Pedro. Es más, un recuerdo remoto, me hace creer que ya lo he hecho, a través de alguien. Como entender que lo he hecho, sin precisar cómo y dónde. Juliana está ahí. Me mira como una opción de sujeto sin soporte. Como si yo fuera una figura plana; sin horizontes humanos. Una especie de muchacho que merece ser auxiliado, en su proceso de definición.
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    87 Silvia, mi hermana,ha estado ausente en mi memoria. Ahora que la veo; es como si fuera la primera vez. Santiago está a su lado. Pitágoras y Maritza también. No veo a Daniel. Tengo un vago recuerdo de él. Este lugar es profundamente triste, desolado. Estoy acostado y conectado a unos tubos articulados con cables delgados. Mis dos brazos están sujetados. Un traje enterizo, blanco. Cruzado. No puedo sacar mis manos... Santiago me habla. Le entiendo algo así como que estoy en un sanatorio, enclaustrado. No puedo salir. No recuerdo desde cuando estoy aquí. Sinisterra y Susana me miran. Están ahí cerca. Tomados de la mano. Me hablan. Ya tienen un hijo. Todo es furtivo en ella y en él. Todo confluye en una satrapía voluntaria. En la cual él y ella se subsumen. El tráfico con las etnias está vigente. Ya ha sobrepasado todas las fronteras. África, Asia, América. Territorios que han sido saqueados. Culturas milenarias han sucumbido. Comercializan. Aquí y allá. Sin principios. Al mejor postor. Octavo (Soñando con la imaginación de otro sujeto) No he vuelto a ver a Menchú. Un ícono permanente. Con él se abren espacios de diálogo y de vigencia ancestral. Su querida Guatemala. La de Asturias; es territorio de aborígenes dispuestos a preservar su cultura y su derecho a la vida. Aquí, nuestra Nación, ha sido valorada por él, como universo étnico apabullado. Sigue siendo saqueado: Victimizado. Ahora estoy aquí. Sintiendo que su lucha es permanente. Pero, en mí, aparecen fisuras inmensas. Soy sujeto fragmentado. Sin más memoria que la necesaria para no sentirme
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    88 perdido. Una inmediatezconectada a lo primario. En un entorno sórdido. Sintiéndome maniatado. Un espíritu que no tiene perspectivas. Como ente lobotomizado. Tampoco veo a Isolina. Su muerte es mi referente último de ella. Como haberla visto sucumbir. Por la fuerza de victimarios que están aquí y allá. En todas partes en las cuales haya posibilidad para la esperanza en una liberación efectiva. De conciencias limpias y trascendentes. Dispuestas a recuperar lo perdido y avanzar hasta Villa Libertad. No he vuelto a ver su recuerdo impregnado en mí. Solo intuyo que ya no volverá... Mi madre estuvo conmigo hasta descifrar mis sueños. Me dijo: Isaías, no hay lugar para construir escenarios falseados. Tengo la sensación de que tú has vivido en otro tiempo. Lo veo en tus ojos. Ojos inquietos, movedizos; transmisores de empatía con algo oculto. Ciertamente tenebroso. Patético. Te siento alejado de la vida asumida como referente vivo, dinámico, transformador. Más bien pareces ente sin memoria y sin futuro. Es, te lo reitero, una intuición que me cruza. Pero no sé por qué. Tan parecida a aquellas figuras amorfas, difusas, sin concreción. Pero que permanece latente. Ahí, en todos los espacios. Ahora soy consciente de que estoy con mi hermana. Ella pregunta por mamá. Todavía no ha regresado le respondo. Yo también la espero. Me hace mucha falta. Esta casa, sin ella, no es más que laberinto desértico. Tengo entendido que regresa la próxima semana. Estoy aquí para cuidarte. Nuestro padre, en su ausencia forzada, sería muy feliz al conocerte. No he podido recuperar su imagen. Demetrio es una figura que me atraviesa. En silencio. Sin otra concreción que aquella en la cual el padre trasciende el entorno. Pero que no está ahí. Se ha
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    89 ido. Lo hanlacerado. Una vivencia lejana. Mi indagación es superflua. No tiene asidero. Porque es una acción difusa. Como cuando tú avanzas, sin andar. Caminas sin camino, sin ejercer una sincera posición como sujeto vivo que recuerda a quienes han levantado sus voces y sus acciones, pretendiendo la libertad... En plural. Quedé asombrado. Isolina expresó una opinión que me situaba en condiciones adversas; con respecto al significado de mi vida y al rol que desempeña en la actualidad. Es como si ella, retomara las voces de los hombres de blanco. O de la niña que me acusaba de ser su vulnerador. O de aquella muchacha que había sufrido el ímpetu de mi condición de macho lacerante. Una confusión total. Ya no sabía si mi madre me acusaba; o si se extendía la dicotomía entre estar o no estar. Como sujeto de más de una interpretación. Como alucinación perenne. Como si estuviera en ese callejón sin salida que representa aquellos estados del ser en los cuales este transita por lugares ya andados. Pero que no sabe cuáles son. Como si ella me adjudicara los mismos problemas descritos por quienes emergen en mis sueños como castigadores. Como inquisidores que reclaman castigo. Para mí, como Samuel que ahora es Isaías. Reivindicando una continuidad en el tiempo. Del pasado hasta el estar ahora. Con otro nombre y otro hilo conductor. Isaías o Samuel. Una confrontación extrema entre dos verdades. Dos opciones de vida. O quizás una sola. Que está aquí y allá. En espacios y escenarios disímiles. Uno de ellos como lacerador y vulnerador. En otro como ser que reclama sensibilidad en cada acción. Desde el amor por la vida, como horizonte pródigo en posiciones de tenaz compromiso por los demás. Incluidos aquellos y aquellas que proponen y realizan acciones sumarias a favor de la libertad. Como entre tierno y vandálico
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    90 O como expresionesen las cuales el sujeto se desenvuelve como intérprete de un libreto acabado. En el cual la interacción supone aplicar latentes escenas de maldad. No es la moralidad per se. Es una moralidad atrabiliaria. Porque se empecina en entenderla como simple extensión del quehacer cotidiano. Sin diferenciaciones entre lo bueno o lo malo. Simplemente actuando de conformidad con el deseo que no reconoce fronteras. Igual da si violas a las niñas y a las mujeres; así simplemente ejercitas el derecho a la satisfacción. Un Eros redefinido. No como amor sincero y representativo del espíritu como soporte. Más bien como identificación con la operatividad inmediata. En donde basta con satisfacer la necesidad primera del sexo. Sin intermediaciones. Siendo estas afines a tomar lo que es mío. Un sexo adjunto a la teoría de hacerse a sí mismo como expresión de lo primario. Es eso y nada más. El retorno a la simpleza que rige al deseo. Como patrimonio individual. No importa con quien o donde. El día en que mi hermana cumplió 6 años; Isolina estaba atareada. La preparación de un evento le reclamaba todo el tiempo disponible. Se trataba de articular esfuerzos en procura de estabilizar las realizaciones. Un evento de confrontación con la opción de los gendarmes. La redefinición del concepto de libertad, asociado a la calidad de vida. Lo comunitario como expresión compleja. Que involucra a la política, a la economía y al desarrollo de lo social. Como opción que vincula al concepto de país y de nación. Isolina se había convertido en referente ético. Las miradas la buscaban como soporte a sus versiones. Desde ahí, a su vez, comprometía todos sus esfuerzos en hacer compatibles las reclamaciones con el soporte de las mismas. Así es como hoy, recorre el país entero. En una
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    91 disposición firme porlograr la aceptación de que, en el país, existe un conflicto no resuelto. Entre la necesaria transformación y el statu quo, liderado por parte de quienes han sido usufructuarios continuos del poder y de la riqueza. No era una expresión resentida. Por el contrario, era el horizonte que justificaba cada esfuerzo. Individual y colectivo. Lo suyo es, hoy por hoy, una institución dinámica. Un quehacer permanente. Una confrontación diaria. Esa era, para ella La razón de ser en el recuerdo de Demetrio. Sin que esto implicara una simple repetición anecdótica. Más bien una convocatoria actuar sin límites. Hasta alcanzar la precisión de su ideario de libertad... Tanto en lo que respecta a la consolidación de sujeto individual; como en lo que significa de actuación en lo colectivo. Después de haber acompañado a Juliana, a Pedro y a su hijo hasta el aeropuerto, regresé a casa de Silvia. Como siempre, estaba absorta. Mirando al horizonte. Buscando a mi madre. Ella sabía que había una confrontación. Mi madre como expresión permanente de desilusión. Silvia como expresión inacabada de mediocridad. Silvia nunca ha tenido nada claro. A no ser esos días en que Burbano la avasalló con su consentimiento. Todavía recuerdo esas cuatro horas de lucha intensa. Silvia y Burbano. Burbano y Silvia. Una lucha infinita, inacabada. Silvia era eso. Capacidad para otorgar placer. Lo hizo conmigo. Ese día 3600 de mi nacimiento. Me incitó Estaba desnuda en su cuarto. Me dijo: ven Samuel que te necesito. Como mi falo no se erguía, lo masajeó hasta que este quedó erecto. Como punta de lápiz. Abrió sus piernas. Dirigió con su mano mi pene. Lo introdujo en su abertura insaciable. Entonces comenzó una danza hermosa. Ella arriba. Dirigía las acciones. Sacudía su cuerpo en espasmos cada vez más violentos. Gritaba. Entre tanto yo aprendí a entrar y sacar mi falo.
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    92 Sentía una presiónabsoluta. Al fin la inundé con un líquido espeso. Amarillento. Salía y salía. Un torrente continuo. La erección se mantenía. Ella me gritaba. Más, más Samuel. Quiero más. Como enloquecida. Yo enloquecí con ella. En veces aparecía la figura de mi madre. Era para ellas dos. Después de tres horas de forcejeo. De llegar y volver a llegar, sentí un profundo cansancio. Dormí debajo de ella. Silvia también durmió encima de mí. Susana estaba impartiendo órdenes. En una secuencia interrumpida. Como si fuese capataz en un ejército de esclavos. Vociferaba. A su lado, Sinisterra, reía. Como cuadro asimilado a lo dantesco. Ella conservaba su cuerpo intacto. Como si nunca hubiera sido maltratado por el ejercicio aquel que ella más disfrutaba y conocía. Conmigo lo había aplicado varias veces. No sé cuántas con Sinisterra. Lo cierto es que estaba insinuante. Como si fuera primera vez. La abordé allí. La violenté. Hasta que perdió la respiración. Volví a matar a Sinisterra. Fue la cuarta vez. Ella miraba sorprendida. Ante todos y todas la exhibí como trofeo. Desgarré su vestido. La monté una y otra vez. La hice mía. Como nunca lo había imaginada. La doblegué. Le grité: a ver si puedes resistir, puta mía. Puta de todos. Territorio de deseo. No eres más. Llama a tu hijo para que te vea. Así, abierta de piernas. Pidiendo más. Muy temprano, Isolina, sacó a mi hermana de su cuna. Salió con ella. No me dijo adónde iba. Supuse que iba a encontrarse con Demetrio. Él había llegado la noche anterior a la casa de su padre y de su madre. Corría la voz de que había matado a sus verdugos. Yo flotaba en un ambiente cargado de alucinaciones. Había dormido 48 horas continuas. Ya mi madre no me reconocía como su hijo. Asumía que era sujeto atravesado entre el porvenir dichoso y el pasado amargo. Yo me sentía, también, ajeno a ella. Desde ese día en que le confesé mis
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    93 sueños; ella entendióque lo mío no era más que la realidad de los mismos. Nunca volví a saber de sus incursiones en el escenario de la confrontación. Me miraba con rabia comprimida. Yo era su hijo perverso. No hablaba conmigo como antes. Se quejaba de mis estertores mientras dormía. De mis llamados constantes. Juliana, Susana, Silvia, estoy aquí… Un día de marzo, salí de casa. Tenía una cita con Maritza. Le había confiado mi decisión de matar a mi hermana y a Isolina. Ella, Maritza, dirigía un grupo de sicarios. Afines a Pánfilo. Además, había acordado con ella, día y hora. No soportaba más la capacidad de Isolina para asumir retos y lograr objetivos. Odiaba a mi hermana. Porque ella acaparaba toda la atención de mi madre. Odiaba los espacios en los cuales ella se desenvolvía. Volví a ser Samuel. Perverso. En capacidad de dañar todo mi entorno. Acordamos la fecha del 8 de marzo. Cuando ella saliera de la celebración del día internacional de las mujeres. Así fue. La abordaron al salir, de la mano con mi maldita hermana. La mataron. Yo gocé su muerte. …Al despertar, mi madre seguía allí. Me hablaba en silencio. Me acarició la cabeza y me decía. Isaías, hijo mío, deja ya de sufrir. Eres un hombre íntegro. Bueno como tu padre Demetrio. Ven, vayamos a visitarlo en su tumba. Sentí una inmensa satisfacción. Esos sueños míos no dan tregua. Me sitúan, constantemente, en posición de ir a territorios en los cuales creo haber estado. Condicionado por acciones que, como rituales, creo haber vivido. Una permanente alusión, sin ser sujeto plenamente consciente, a realizaciones pasadas. Ejerciendo como victimario absoluto. En una desagregación de valores. Unos que reivindican el derecho a proclamar y ejercer la violencia.
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    94 En todos losámbitos. Fundamentalmente, con una carga emocional que deriva en un entendido de lo sexual como ritual enfermizo. Una regresión en la cual, la figura materna tiene implicaciones trascendentales, en razón a que la veo como mujer que debe ser avasallada. Unos recuerdos de haber vivido la posesión de ella como sumatoria de vulneraciones. Por un padre lacerante. Es como haber construido un escenario en el cual yo puedo y debo dominar; a partir de sentirme en un vientre anterior, o el mismo. Pero en situaciones y momentos diferentes. Para, de todas maneras, concluir que no quiero aceptar haber sido engendrado, en un momento en el cual la madre y el padre se rastrearon sus cuerpos. Zona a zona. En un ejercicio de entrega. En un orgasmo provocado por esa exploración y la consecuente penetración. Como si anhelara haber sido yo mismo el que exploró y penetró. Por eso odio al padre. Por eso deseo a mi madre. Y a todas las mujeres. Como queriendo hacer realidad, a cada momento, esa acción de la cual yo soy un efecto. Al ver a Isolina, allí sentada. Mirándome. Regreso a los sueños, en uno de los cuales quería matarla. A ella y a mi hermana. O, tal vez, deseándola. Veía sus pechos. Traspasaba su blusa con mi mirada. Los veía erectos. Me imaginaba revolcándola. Abriendo sus piernas a la fuerza. Asfixiándola con palabras agitadas. Rasgando todo su vestido. Buscando su abertura. La imaginaba apretada. Porque ya Demetrio no está para horadarla. Estoy yo que la penetro con fuerza, con vehemencia. Ahogando sus gritos de reproche. Otros que me sitúan como sujeto amado y amante. De la vida y de las realizaciones. En contrario a las actuaciones como sujeto perdulario.
  • 95.
    95 No quiero treguas.Entre esos dos sujetos en que me he convertido. Lo que quiero es saber si soy uno u otro. Definitivamente no quiero particiones esquizofrénicas. Quiero la redefinición de los roles que puedo ejercer. O el sujeto vulnerador, perverso. O el sujeto en capacidad de ejercer la sensibilidad, el respeto y la necesidad de construir un proyecto de vida con esos paradigmas como soporte. O, mejor la muerte. Esa con la cual, también he soñado. Cuando veía a aquellos hombres vestidos de blanco. Que me sodomizaron, uno tras otro. Aquellos que me remitían a la niña violada. Los mismos que me amputaron el cerebro y el pene. Una muerte deseada por todos y todas a quienes he hecho mal. Por mi madre. Por Susana, por Juliana. Isolina ha sido, para mí, un cuerpo no consumido por mis ejecuciones vesánicas. En mi recuerdo nunca la he tenido como trofeo burdo de mis andanzas de hombre vulnerador. Un ícono que he admirado, desde antes. Solo ahora, en el último sueño, desee matarla. A ella y a su hija, mi hermana. ¿Pero que soy yo, en fin, de cuentas? Un analfabeto en la lectura y aplicación de valores, asimilados a las acciones humanísticas. Soy un errabundo. Sin sosiego. Sujeto de mil y más aventuras irrespetuosas de los derechos de los demás. ¿O será que soy esto? Navegante sin ruta. Con una bitácora atrofiada, por lo deleznable. Por lo mismo, perdido en el tiempo y en el espacio. Volver a morir. Esta puede ser mi alternativa. No encuentro otra. Me duele la significación que adquiere mi tránsito por la vida. No quiero más que dejar a un lado esta vida de perenne ejecución de violencias. ¿O será que ya morí antes? ¿Dejando esa
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    96 huella de hombretotalmente absorbido por la locura? En verdad no lo sé. Solo se de esta dicotomía. Vulnerador y defensor. Esta vida mía, ha sido una angustia constante. Un ir y venir. Entre héroe y bandido. Acompañé a Isolina a visitar la tumba imaginaria de Demetrio. Un lugar un tanto excéntrico. Un bosque que bordea a la ciudad. Un sitio abierto. Mirando al oriente. Rodeado de mensajes. Unos cifrados. Otros explícitos. Como cuando lo imaginario se hace realidad, a partir del recuerdo del ser amado. Isolina lo había adecuado. Un epígrafe. Escrito por ella: Seré lo que quieras que sea... Mujer de lucha constante. Libertaria amante. Amiga de todos y todas. Aquellos que están contigo y conmigo. O mujer ensimismada, ante tu recuerdo. Sin fuerzas para continuar. Porque faltas tú, He decidido estar contigo. Aquí. En los árboles, en el suelo teñido de verde absoluto...
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    97 Me reclama lalucha. La que inicié contigo. Me reclama la convocatoria a vivir la vida. Siendo partícipe de acciones. Como aquellas. En tu pueblo. Cuando atravesamos la barrera del miedo. Y fuimos libres…por siempre. Como tú quieres que sea. Al leerlo, no sé por qué, recordé a Juliana. Pletórica de gozo. Con su Antonio Machado. Su hijo. El de ella y Pedro. Tal vez será porque ellas se parecen. Juliana e Isolina. La una y la otra. Las dos libertarias. Las dos que convocan a no mirar atrás. Siempre adelante. Aquellas cuyos recuerdos no significan posición estática. Más bien una dinámica de entrega y sacrificio. Por lo y las de hoy. Por las y los de futuro. Una dinámica sin lugar para la desesperanza. No sé por qué decidiste abandonarnos Isaías. Ayer, cuando estuvimos visitando la tumba de tu padre, te noté fugado de la realidad. Absorto. Mirando hacia el oriente. Como si no estuvieras aquí. Ni siquiera escuchaste mi voz. Cuando te relacioné con Amalia. Una de las gestoras del proyecto por el cual trabajo. Heredado de Demetrio. Hacer de la zozobra un lugar perdido. Cediendo su lugar a los itinerantes. Que viajamos alrededor del país. Reclamando un sitio para construir nuestra opción de felicidad.
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    98 No le respondí.Continué haciendo mi maleta. Había decidido no estar más con ella, ni con mi hermana. Una decisión irreversible. Antes de partir, esa noche, entré al cuarto en el que dormían Isolina y la hija de Demetrio. Las maté con la pistola cedida por Maritza. Aportada por Pánfilo. Luego, desnudé a la niña y la horadé. Hasta ver su abertura totalmente destrozada. Una y otra vez. Al terminar, cerré la puerta del cuarto, salí hasta la cocina. Allí tenía gasolina. Rocié toda la casa. Prendí fuego y me marché. Desperté en un lugar excesivamente estrecho. Un sitio en el cual apenas podía respirar. Una especie de compartimento en el cual nunca había estado. Alrededor, observé cantidad de palomas muertas. Un olor que inducía al mareo. Un rojo intenso surcaba el cuchitril. Levanté la mirada. Un techo saturado de murciélagos. Emitían un sonido que apenas podía percibir. Salí, me encontré un cuarto similar. Un laberinto en el cual destacaba una luz tenue, casi inexistente. Traté de abrir una puerta en el costado izquierdo. La halé con todas mis fuerzas. Por fin cedió. Una entrada, más que una salida. A otro espacio. Un poco más amplio. Una potente luz, rojiza. Una inscripción en la pared. Frases incoherentes. Logré descifrarlas. Eran un llamado a volver a la vida. Convocaban a trascender esos espacios y localizarla en escenarios en los cuales yo actuaría como sujeto primero. Como ejecutor de la consigna: ¡muerte a quienes aspiran a codificar lo andado con una postura ética. A aquellos y aquellas que no validaran la imperiosa necesidad de extender acciones vinculadas con el proyecto de vida de quienes la asumimos como lo que debe ser. Es decir, como inmersa en el cuestionamiento de los rituales moralistas que definen una perspectiva de ocultamiento de lo
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    99 que somos comosujetos: hacedores de opciones inherentes a lo que es realmente la humanidad. Una sumatoria de acciones mezquinas, dolosas, de postulaciones soportadas en discursos que falsean la realidad. Inclusive, agitando las banderas de la religiosidad. Entendida como refugio que justifique nuestra presencia en la Tierra. Una mujer surgió de repente. Vestida de blanco. La vi acercarse. Me pareció una figura conocida. No sé, como si hubiera estado con ella en otro momento, en otro escenario de vida. Su voz, parecía un susurro enervante. Señalaba otra puerta y me invitaba a seguirla. Una vez en la puerta, la abrió y una luz más intensa que la anterior. Colores verdes y amarillos. Parecía un terreno sinuoso. Al horizonte, percibí una aglomeración de hombres, mujeres, niñas, niños. Levantaban sus brazos. Como pidiéndome algo. Como si quisieran transmitirme un mensaje. Una especie de aplicación semiótica de los códigos para la comunicación. La mujer ya no estaba ahí. En su lugar había un animal que no lograba identificar. Acezante. Mirada profunda. Ojos rojizos. Como si quisieran transmitirme un odio profundo. Como el mío. Hacia la humanidad filistea. Aquella que, como lo dije antes, habitaba la Tierra, trazando senderos de aparente sensibilidad. Cuando, en realidad, su postura no ha sido y es, otra cosa que vertimientos exteriores no coincidentes con su interioridad. Que grafica posiciones teóricas ajenas al derecho de llegar a ser. Lo kantiano y lo aristotélico. Lo hegeliano y lo nietzscheano. Los cruzados y hitlerianos. Sucesivas apariciones que no reflejan lo real. No hay ética. Lo que valen son las imposiciones. A sangre y fuego, si es necesario. Nunca como construcciones de futuro, de paz, de tolerancia y de hermandad a las cuales convocan, pero no concretan. Se tornan en falsas opciones de vida
  • 100.
    100 Noveno (La infinitaafugia perdularia) Terminaba el desayuno, cuando llamaron a la puerta. Un día antes había regresado de Villa Realidad. Estuve allí, en razón a la verificación necesaria en términos de la inexistencia de equilibrio entre maldad y virtud. Ante todo, porque ya he trasegado por varias vidas, sin encontrar esa posibilidad Era una mujer bien formada. Expresaba unos treinta años. Me dijo: vengo de parte del señor Verdaguer. Él me informó que usted necesitaba información acerca de los lugares en los cuales se puede efectuar una interacción entre hombres y mujeres. Interacción que supone el manejo de ciertas posiciones relacionadas con el ir y venir. En diferentes mundos. Con vidas pasadas y la sucesión de momentos en los cuales es posible acceder a determinadas transformaciones. Algo así como la creación de imágenes pasadas, a partir de las repeticiones presentes. Entiendo, señor Viracocha, que usted anhela destruir el punto de equilibrio entre lo que se denomina opciones morales e inmorales. Siendo el primer aspecto un subterfugio propuesto a lo largo de la historia de la humanidad. Siendo lo segundo un universo de acciones que desafía la lógica perenne. En el sentido de demostrar que se puede y debe ejercer el derecho individual a satisfacer las necesidades primarias. Sexo y violencia. Es ahí en donde reside el hilo conductor de la vida. No esas expresiones de un filisteísmo diletante, que se convierte en pauta, en el contexto de un entendido de ética en el cual debe prevalecer el bienestar colectivo. Con unas determinadas reglas, impuestas por quienes ejercen posiciones de dominación en periodos históricos oscilantes.
  • 101.
    101 Yo me llamoBibiana Sinisterra. De tiempo atrás, he configurado una serie de instintos transformados en lo que denomino ética de lo posible. Entendido esto en función de reivindicar lo primario. En la localización del deseo como instinto mayor, que guía a los demás. Una sexualidad que no reconozca límites. Ya esto se promovió y aplicó por parte de los Césares. Otorgarse placer, independientemente de a quien se vulnera en ese hecho. Es el orgasmo la directriz. Como referente que se ejecuta. Nada de limitaciones. Las mujeres somos trofeo. No importa la edad. Verter placer, significa localizar momentos de intensa realización. Somos hombres y mujeres en celo constante. Reitero, la edad no puede ser motivo de restricción. Verdaguer me ha informado que usted ha atravesado diferentes líneas del tiempo. En algunas de ellas ha poseído a su madre, a sus hermanas, a mujeres diferentes. Incluyendo niñas. Me informó como usted ha horadado e inundado en todo momento. Usted ha sido condenado por eso. Ha estado en reclusorios para sicópatas. Inclusive, que lo han lobotomizado. Pero, al mismo tiempo, que usted ha renacido. Tal parece que usted ha sido designado para orientar al mundo en las acciones de reincidencia. De una generación a otra. De un periodo a otro. Usted, entonces, ha poseído, ha vejado y ha desarrollado el derecho al placer sexual. Que es el único placer posible. Me extrañó que esta mujer conociese tanto sobre mi vida. Porque Verdaguer, el amante sistemático de mi madre; no tiene los datos que ella expresa. Es como si Bibiana Sinisterra fuera un símil mío. Una mujer que me convoca a fortalecer mi lucha por destruir el filisteísmo fanático de los moralistas. Ya antes había estado enfrente de una mujer similar. Recuerdo
  • 102.
    102 que Susana meinfundió ese tipo de posiciones. Ella era la expresión más nítida del sexo continuo, como correlato de la necesidad de vivir. De orgasmo en orgasmo. En donde solo hay tiempo para buscar en donde horadar o ser horadada. Desde la posesión de mi última hermana, no he tenido posibilidad de ejercer el dominio. Con mi pene erguido, sujeté a Bibiana. Le destrocé el vestido que llevaba puesto. Me vacié una y otra vez en ella. Mordí sus pezones hasta arrancarlos. Ella suplicaba. Gritaba de dolor y de placer. Después de cuatro horas de ejercicio continuo, explorando sus lugares más excitantes, la maté. Cargué su cuerpo inerte y lo trasladé al escampado próximo a la casa. Allí la dejé. Desnuda, mirando al viento. Soy lo que soy. Ese ha sido mi referente. Como cuando fingí dolor por la desaparición de Demetrio. Yo mismo consulté con Orestes, jefe de sicarios. Le dí los datos relacionados con él. Día y hora en los cuales podían localizarlo, sin ningún problema. Yo mismo había transmitido in formación acerca de Isolina. De sus movimientos al interior y al exterior del país. Sentí una inmensa alegría, cuando los vecinos me informaron que se lo habían llevado. Fingí ante Isolina. Le hice creer que me conmovía la desaparición de Demetrio, mi padre. Yo nací para liderar, en el transcurso del tiempo, las acciones hasta erradicar lo que llaman el derecho a ser, en un escenario en el cual el equilibrio sea posible. Yo no creo en esa posibilidad. Lo mío es destruir. Convocar a ejercer el derecho de mis necesidades; no las de los demás. Yo soy yo, en un proceso que no reconoce límites en el tiempo. Voy más allá de lo kafkiano. Porque Kafka se diluye en el extrañamiento del sujeto por si mismo y por su nexo con la exterioridad que él entiende como una construcción por fuera del yo. Con sus limitaciones y con sus imposiciones. Trasciendo, en consecuencia, a Kafka y sus lugares
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    103 comunes insípidos, procurandohacer vivir un individualismo que es absorbido por los otros. Con sus reglas y con sus normas. Voy más allá que Nietzsche. Porque éste, ante todo en Así Habló Zaratustra, emerge como el hombre tipo que se disocia de los demás. Se enajena, a partir de un discurso compulsivo. Pretendiendo diferenciarse. Pero que, en fin de cuentas, asume el ícono de la diferenciación y de la validación de la individualidad, como situación tipo para realizar lo unidimensional, por la vía de expresiones sucesivas de los arios en contra de lo universal. Pero sin ser explícito en el sentido de que lo colectivo, como realización última, no vale la pena. Esto mismo digo, con respecto a lo wagneriano. En resumen, estoy en posibilidad de trascender el súper yo, de manera constante, hasta acceder a una verdadera diferenciación. Siendo primario. Siendo héroe que despliega todas sus acciones, en función de mí mismo. Hoy por hoy, he asumido mis derechos. He trasegado largo tiempo, hasta alcanzar la convicción de que la humanidad no es una sumatoria de expresiones en el transcurso de la historia. La humanidad es, para mí, un simple enunciado. Somos uno a uno, una expresión de la necesidad de reivindicar el derecho a ser lo que somos. Cada quien. Como en compartimentos que se expresan en momentos diferentes. Pero que, en fin de cuentas, nos conducen a entender la dinámica de la vida al revés de todos los tratados de acuerdos y equilibrios. Lo mío es, la reivindicación de la lógica: cada quien por lo suyo. Hasta consumirse en ese mismo proceso. Tengo la idea de que nos repetimos en la historia. De una vida a otra, tratando de imponer nuestra condición de individuos o sujetos que estamos en disposición de enajenarnos en la realidad inmediata. Y, después, volver a nacer con las
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    104 mismas opciones anteriores.Y, así, hasta lograr la imposición de un yo diseminado. En donde cada quien es lo que quiera ser. Sin límites. Una destrucción de los principios éticos de los estafadores de la individualidad., Volví al lugar en que maté a Isolina y a su hija. Ya habían sido removidos los escombros, de lo que quedó después del incendio. Me encontré con algunos de los vecinos de la zona. No me reconocieron. Porque había cambiado mi aspecto. Había adquirido la forma de un sacerdote católico. Con una sotana de color blanco que irradiaba cierto aire de ternura y de compasión. Es uno de mis disfraces favoritos. Como plañidera que invita al dolor ante los infortunios que nos depara la vida. En una lógica de lo posible; en donde puedo expresar algo diferente a lo sentido realmente. Esa misma noche asedié a Ivonne, la hermana de Demetrio. Una chica de 18 años, la cual siempre me ha excitado. Disimulé mucho tiempo mi deseo de devorarla. He soñado con ella. Desnuda. Abriendo sus piernas e invitándome a avasallarla. Muchas noches desperté vaciado. Una emanación infinita de ese líquido gris, que deleito. Una emanación continua de nunca acabar. La esperé en el predio afuera del barrio. Allí mismo en donde consumí a la niña de 13 años. Ella me saludó cordialmente. Creía en mí. Porque yo había sabido disimular mi deseo de hacerla mía, con toda la fuerza que he acumulado en mis sucesivas vidas. La abordé. Le mentí, diciéndole que quería hablar con ella acerca de la muerte de Isolina y de su hija. Ella, inocente, accedió. Una vez en el lugar al cual la había llevado., la golpee. La inmovilicé. Abrí sus piernas. Hasta que su abertura se hizo tan inmensa que parecía a una cavidad de mina. Con un clítoris acezante. Me desvestí y la penetré. Una y otra vez. Durante seis horas. Hasta
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    105 que, exhausta, dejóde forcejear. La maté. Con la punta de un palo, hendí su vagina. Hasta que la hemorragia la consumió. Quemé su cuerpo y lo deposité en la vía. Era de noche ya. Varios vehículos pasaron por encima de ella. Me sentí realizado. Grité: ¡ese soy y seré yo ¡ Había dormido poco. Todavía me dolía el pene. Porque, Ivonne, estaba muy estrecha. Casi no puedo penetrarla. Tuve que esforzarme como nunca lo había hecho. Tal vez por eso, decidí hendir un palo en su vagina. Como retaliación por haberme hecho trabajar durante mucho tiempo, hasta hallar espacio para hurgarla. Me levanté. Hacía mucho calor. Decidí salir a caminar. Como sujeto ciudadano. Respetuoso del orden establecido. Visité la tumba de Isolina y mi hermana. Una vez allí, decidí hablar solo. Con ellas. Les dije: no sé qué piensas tú, Isolina. O mejor, no sé qué pensabas, cuando fuiste consumida por Demetrio. Con una actitud de patéticos seres que sublimaron la entrega. Que me engendraron. De la misma forma fue engendrada mi hermana. No Reconozco nada sublime. Para mí, el sexo debe ser burdo, violento, sin limitaciones y sin lugar para las caricias superfluas. Esas que pretenden indicar el grado de sutileza y de pasión compartida. Para mí... Mientras menos compartida, mejor. Eso es lo que me incita. No necesito ser aceptado. Mucho menos expresar jadeantes palabras de amor. A quienes yo he poseído y poseeré, no les doy ni daré tiempo de sentir placer. No me importa. Aún ahora, me preguntó: ¿Por qué no te poseí, como a mi primera madre? Reconozco que se me fue el tiempo en fingirte. Pero siempre te desee. Desde esa noche en que sentí y vi que Demetrio te hacía gritar de placer, cuando lamía tu clítoris. Y tú, respondías con temblores y gritos. Decías Más, más
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    106 mi amor. Desdeesa noche te odié y odié a Demetrio. Odié a mi hermana que fue engendrada ese día. Pero, sin que lo supieras, te aceché. Me escondí para verte desnuda. Bañándote. Observé como palpabas tu vientre y hablabas con mi hermana. Los odié a todos y a todas. Porque lo mío no es placer circunstancial y compartido. Es placer individual. Como lamento no haberte poseído Isolina. De haberlo hecho, te hubiese hecho sentir mi fortaleza, por encima de los balbuceos, casi infantiles, de Demetrio. Volví a casa cansado. Traía conmigo a Tesala. La mujer que me satisface cada que yo quiero. Sin pagarle. Sólo porque siempre ha pretendido superarme en el número de orgasmos, sin descansar. Aquella noche, volví a derrotarla. Después de cincuenta eyaculaciones mías, ella dijo: no más. Tú ganas. Eres un perro. Eres un animal. La maté mientras dormía. Llevé su cadáver al mismo escampado en el cual dejé el cuerpo de Bibiana. Allí dejé su cuerpo. Llueve a cántaros, en la ciudad. Desde hace 40 horas, sin cesar. Estaba con Juliana Macías, en el aniversario de la muerte de Joaquín Espeleta. A este, lo conocí un día cualquiera. Estaba al borde de la claudicación como consejero y asesor en una de esas organizaciones de ayudantía a los desplazados. Me hice su amigo. Fingiéndole, así como lo hice con Isolina y Demetrio. Yo tenía conexiones clandestinas con los organismos de control y de seguridad. Logré hacerlo, gracias a la intervención de Pánfilo, el amante de mi hermana Maritza. Ya he perdido la cuenta de cuantos insubordinados y burdos altruistas he informado, lo único seguro y preciso es que ya están muertos. Hombres y mujeres; a quienes he perseguido en
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    107 silencio. De loscuales he dado informes concretos; para que los de seguridad actúen. Me enervan esos y esas sujetos que pregonan el derecho a la libertad y la búsqueda de una sociedad justa. A mí la sociedad me importa un bledo. N o soporto a quienes han pretendido y pretenden, aún, incidir con sus discursos patéticos, panfletarios; a nombre de los derechos humanos. Derechos superfluos. Herencia de desgastadas doctrinas igualitarias. Los y las he odiado siempre. Lo mío no pasa por referentes humanísticos. Así lo he expresado con mis hechos. Sin que nadie sospeche de mí. Lo hice con Juliana primera y con su tutor, maestro y amante, Pedro Arenas. He engañado y lo seguiré haciendo. La muerte de Espeleta me satisfizo como ninguna otra. Lo despedazaron los de seguridad. Esos. si son hombres. Abnegados defensores del derecho a matar, por encima de cualquier otra consideración. Son herederos de aquellos que, a través del tiempo, han cumplido esa misma labor. Los admiro por su destreza para eliminar indeseables y cretinos auspiciadores de revoluciones o similares. Estoy de acuerdo con ellos en actuar ante cualquier sospecha. Por mínima que esta sea. He contribuido a invertir el vano principio jurídico que habla de que nadie es culpable hasta que haya sido vencido o vencida en juicio. Las constituciones son híbridos que aborrezco. En fin, Juliana Macías, es mi actual amante. Con ella he recorrido todos los lugares ocultos del sexo violento. Me lacera y la lacero. Cada quien es cada quien. Nada de compartir con el otro o con la otra. Reivindicamos la violencia pura, sin atajos y sin remordimientos. Ella y yo somos fervientes aplicadores del derecho al sadomasoquismo. Continuo, a cualquier hora. Ella, cuando yo pretendo algún respiro en este proceso, me ha golpeado. Ha deseado propiciar
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    108 mi muerte. Lomismo he hecho yo con respecto a ella. Es un duelo de géneros. Yo las odio. Ella nos odia. Mientras más se exacerba ese odio, más enfatizamos en la posesión absoluta, sin sosiego. Justo ese día, asistimos a los ejercicios relacionados con el aniversario de Joaquín Espeleta. Lo hicimos como parte del juego sadomasoquista que nos encanta. Ver sufrir, a los demás es un deleite para nosotros. Hacemos todo lo posible para que ese placer se concrete día a día. Cada noche, cada mañana o cada tarde, lo hacemos entre nosotros, somos insaciables. Disfrutamos, cada quien, el placer individual. Nos invadimos. Cada día lo hacemos más lento. En los lugares del cuerpo que más dolor sintamos. Décimo (Los recuerdos del ayer vivido) Joaquín Espeleta, había nacido en 1956. En pleno proceso de implementación de la doctrina de seguridad nacional. Doctrina sabia. Que introdujo la opción de regenerar las organizaciones partidistas. A la usanza. Es decir, recuperando el tiempo perdido durante las sucesivas divisiones, muchas veces estratégicas. Como justificando la erosión de la sociedad, para luego enfatizar y fortalecer los valores tradicionales. Conservar los orígenes es fundamental para anclar a cualquier sociedad. En esto Hitler tenía razón. Siempre la tuvo. En lo que a mi respecta, lo admiro. Inclusive, en determinados periodos de tiempo, he visto surgir en nuestra patria opciones similares. Como lamento que no haya fructificado. Por lo mismo que, hemos sido territorio político de ensayos. Desde una gran parte del Siglo XIX y en mucha parte del Siglo XX. Coaliciones y divisiones. Una interpretación auténtica de la
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    109 generosidad inherente ala historia. Un entendido de la construcción de Nación, con la misma visión de nuestros benefactores, los españoles. Solo ellos entendieron la necesidad de una dinámica avasallante hacia especies inferiores. Los nativos fueron y son eso. Simples especímenes que merecían ser invadidos, cuestionados y arrasados. Como lamento las intenciones, en veces concretadas, de buscar beneficios y reconocimientos culturales a lo que queda de esas hordas. Cultura plebeya, anclada en rituales sociales y religiosos de antepasados que no merecían llamarlos humanos. Uno de mis deseos más profundos y arraigados, es ver desaparecer esas expresiones histriónicas, caducas, vergonzantes. Joaquín Espeleta nació el mismo día en que se surtía trámite para alcanzar el acuerdo en Benidorm. Acuerdo entre los más grandes dirigentes que haya tenido este país. Su dimensión solo se entenderá y valorará, cuando entendamos y valoremos lo que ha venido sucediendo actualmente. Un presidente visionario, soñador, pragmático. Y, ante todo refundador de la patria, con su orden y sus principios. Sin concesiones a quienes pretenden volver o reivindicar el lenguaje y la acción de la falsa democracia. Aquella que se define como el otorgamiento de derechos y su aplicación. Se confunde dádiva con derechos. Estos no son tal, sino están sometidos a la orientación de quien ejerce el poder. Con toda razón y con todo merecimiento. Vino, Joaquín, a la ciudad, huyendo de la persecución política de quienes, arriesgando sus vidas, construyen el concepto de democracia y de poder afines a quien, en algunos casos de manera ortodoxa, nos han guiado. Particularmente en el gobierno actual. En su caso y en el de muchos más, se ha ejercido una parafernalia ruidosa y demagógica. Como si quienes ejercen como víctimas fuesen verdaderos dirigentes dignos de ser reconocidos y reconocidas.
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    110 Para mí sonsolo auspiciadores y auspiciadoras de subversión, por la vía de algo parecido al comunismo trasnochado. Bien hace el actual (este si auténtico) líder en no reconocerlos, ni reconocerlas como antagonistas en la escena política. El tratamiento que reciben actualmente es el que merecen, sin los desvaríos de gobernantes precedentes. Eso de la mala imagen internacional es un artificio que se utiliza para pretender invalidar lo actuado y ejecutado. Artificio montado sobre informaciones y verdades a medias, intencionales, por parte de los defensores de supuestos derechos, humanos. Insisto en que los derechos no existen, sino en la medida en que se articulen con el plan de gobierno que busca la restitución política de la Nación. Sin veleidades comunistoides. Decía, pues, que Joaquín Espeleta, llegó a la ciudad en busca de refugio. Venía de la zona oriental del país. Precedido de ínfulas de héroe y de luchador campesino. Su familia, en mi opinión, con toda razón, había sido diezmada por el ejército de la reconquista de las zonas perdidas, y que ejercen como territorio liberados. Supuestas zonas que fundan su esperanza en la libertad y en la construcción de un escenario político nuevo. En el cual “brille el respeto a los derechos humanos y la opción de una sociedad más justa”. Pataletas de subversivos que pretenden reconocimiento nacional e internacional. Estuvo alojado en lo que era nuestra casa. Quiero decir, en el espacio físico que me alojaba como hijo de Isolina, de Demetrio y de mi hermana. Con gran malestar me correspondió asistir a la cantilena que se armaba entre ellos. Ensayando discursos y tácticas para proponer en desarrollo de su lucha por supuestas reivindicaciones. Obviamente, yo tenía que aparentar mi acuerdo Con ellos y con ella. Como estratagema para ganar espacio y confianza que me
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    111 permitieran adquirir informaciónpara los de seguridad del Estado. Hoy me ufano de que el esfuerzo no fue en vano. Ya he superado el record en la cantidad, calidad y oportunidad de la información transmitida. Lo que más me admira de mí mismo es saber que, por esta acción, se ha logrado desarticular la cadena de organizaciones de esos deleznables sujetos. Una vez en casa, Joaquín, se hizo cargo de lo que ellos y ella llamaban zonas de vulnerabilidad en la ciudad. Describían así, aquellas zonas que ya habían sido penetradas por los de Seguridad. Joaquín propuso hacerse cargo de la “Dirección Central” en la localidad. Su objetivo: el contacto con organizaciones internacionales para lograr una veeduría internacional del proceso político y militar que ha venido implementando, con éxito el actual líder del país y de la Nación. Según su estrategia, lograrían, en corto tiempo, el reconocimiento como organizaciones altruistas, en contra del proyecto de gobierno. Lo tipificaban con la denominación de la caricatura hitleriana. Él (Joaquín) viviría allí, en casa de Fortunato Aguilar, líder sindical, que estaba trabajando por articular movimiento sindical con movimiento de desplazados. Delinearon acciones de corto y de mediano plazo. Precisamente, este tipo de acciones, fueron intervenidas y eliminadas por parte de Seguridad, a partir de mi información. Lo detuvieron un día en la noche; cuando regresaba de un mitin en los alrededores de la Casa Presidencial. La consigna, como en el caso de Demetrio, era liquidarlo, sin que apareciera, posteriormente, ninguna evidencia. Que la verdad no se conociera. Así se hizo. El énfasis en la laceración de Joaquín, estuvo en desmembrar su cuerpo. Así lo merecía por su condición
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    112 de orientador conceptual.Un verdadero enemigo del país, sustentando opciones teóricas que no podían arraigar. Ese fue el propósito y se consiguió. 8 de marzo de 2003, ese día fue su muerte. Como anunciándole a Isolina lo que le esperaba, también, a ella. La verdad es que, en ese primer aniversario de su muerte, se recordaban sus enseñanzas y orientaciones; con un énfasis inusitado. Tal vez, de la mano de las organizaciones que había contribuido a crear y, además de haber logrado la entrevista con destacados líderes internacionales. Yo llamo, a éstos últimos, auspiciadores internacionales de la subversión. Un día, 8 de marzo, mientras estaba con Juliana Macías en uno de nuestros habituales forcejeos, llegaron a la casa unos individuos vestidos de rojo y negro. En principio preguntaron por mí. Con nombre y apellidos. Al identificarme, me golpearon y me sacaron de casa. A bordo de un vehículo que no logré identificar. Fui llevado hasta una zona muy húmeda, con calor altísimo. Me bajaron del vehículo y fui situado en lo que parecía ser una sala de reuniones improvisada. Uno de los sujetos que me había sacado de casa, informó sobre el operativo a otros sujetos que, en mi opinión, ejercían como jefes. Una vez hecha la presentación de rigor, se me informó que estaba sometido a la justicia del pueblo. Que mi prontuario era altísimo y que sería juzgado en aplicación al método revolucionario. Una vez escuchados los cargos se me preguntó si tenía algo que contradecir. Les dije: No me arrepiento de nada de lo que he hecho.
  • 113.
    113 En la madrugadadel día siguiente a mi detención, se ordenó mi muerte por fusilamiento como promotor y auxiliador en crímenes de lesa humanidad. Lo último que recuerdo, el ruido de las armas cuando fueron activadas. Según mi madre, nací un ocho de marzo, de 2016. Los registros así lo evidencian. Un hogar plácido. Un padre empleado en una empresa petrolera. Una madre, funcionaria estatal. Único hijo. Con holgura económica. Asistí a la Escuela Benedictina de la ciudad. Sitio elitista. Esfuerzo de mi padre y mi madre, para garantizarme, en su opinión, una formación de acuerdo con los principios morales y éticos que los han acompañado durante sus vidas. Vidas unilineales. Como quiera que han transitado por el mismo camino. Los mismos rigores. Las mismas acciones. La misma formación familiar. El mismo énfasis escolar. La misma culminación profesional. El mismo ritual religioso. Como si, en vez de marido y mujer, se tratara de gemelos auténticos. Un solo cerebro. Una sola opción de vida: ser gregarios. Lo entendí así desde que pude leer su lenguaje cifrado, codificado. Lenguaje de seres asimilados, acotados por los rituales de una sociedad sin otro horizonte que el sometimiento absoluto a las guías y orientaciones de lo que se conoce como el sistema preferente. Es decir, única opción. Para todos y para todas, sin excepciones. Una codificación a partir de considerar la vida como una continua repetición de principios. Como colección de momentos en los cuales, cada uno y cada una, ejercen y/o consumen la parte que les corresponde. Siendo esto último una figura como categoría tipo que se exhibe a manera de doctrina que identifica a quien o a quienes viven en espacios precisos. Como territorios asimilados a contextos
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    114 sociales que involucranal quehacer cotidiano. Con pausas que simplemente generan posibilidades, dependiendo de la jerarquía asignada. Como quiera que soy partícipe de esos condicionamientos, me siento sujeto acartonado. Aquel que, en cada momento, solo expresa lo que le es asignado, a manera de rótulo inmodificable. Lo que he vivido ha sido la extensión de la cotejación de mi rótulo con la realidad. Un medio ambiente creado a partir de ese condicionamiento en sí mismo. Sin que vivir implique otra cosa que recabar en la repetición. Vida insulsa. Ahora recuerdo lo pasado. Como atributo que me persigue a donde quiera que vaya. Como expresión de lo que he sido; añorando esos momentos perdidos. En el tiempo. En cada extravío. Que, como sombra perenne acompaña mi tránsito por ese tipo de vida. Como alucinación que no recrea; sino que se vierte en función de lo que previamente me ha sido asignado. A través del tiempo. Como memoria individual inhibida. Relacionada siempre con lo que he sido y seré. Como autómata ensimismado. Como quien es perturbado por esos recuerdos. De acciones y de expresiones inamovibles. Las mismas. Calcadas desde el origen mismo de la humanidad. Me siento, entonces, sujeto de tradiciones que, simplemente, exterioriza lo que le es permitido. Un permiso localizado en la línea del tiempo que nos separa en compartimentos estancos. Sin nexo uno con el otro. Profundizando en una noción de soledad previamente explicada. Soledad que me consume. Que sitúa referentes también programados desde el comienzo. En cada etapa de nuestro desarrollo. Una especie de empirismo de lo inmediato,
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    115 soportado en elpasado y presagiando el futuro. En esa misma línea. Con los mismos condicionamientos vertidos con zumo que nos devora; nos absorbe. Sin lugar para nada diferente que no sea lo que ha sido graficado. Una figura parecida a la función continua que está condicionada, que es dependiente de la variable ya establecida y que se mueve modificándola, a cada paso. Una modificación que es circular. Que comienza y termina en el mismo punto. Anclados como satélites que no tienen noción de libertad. Que son lo que quiere que sean la fuerza gravitatoria de quien, desde siempre los ha atrapado y los condiciona. Es un castigo que emerge siempre. Que se concreta a cada paso y a cada momento. Siendo lo que somos, a manera de estiramiento de los roles. Como aquellas figuras que circundan el espacio aéreo inmediato. Guiados por el hilo de quien nos conduce. Que nos permite ir con el viento, hasta que el poseedor del hilo quiera. Un ovillo como el de Ariadna. Que nos permite salir y volver a entrar, sin extraviarnos en disquisiciones, o en imaginarios que no nos corresponden. Porque hemos sido hechos para ser volantines monótonos. Como sucesiones aritméticas. Que son presentadas como irrelevantes sumas y restas con respecto a los antecesores y que prefiramos el valor siguiente, a partir de las constantes de quien nos retiene. He odiado siempre esas simplezas. Desde mi primera vida. El y ella son agentes de la distorsión. Pretenden acomodar toda su actuación al hilo conductor previsto. Yo no quiero eso. Mi afán tiene que ver por reivindicar el derecho a ser perverso. Trascendiendo mi primera y segunda vidas. Haciendo énfasis en la restauración plena de derecho primario.
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    116 Aquel que nosinvolucra con el hedonismo, como doctrina central. Perfecta. Por esos los odio. A él y a ella. No son otra cosa que la repetición milenaria de los llamados valores de la humanidad. Dizque imperecedero. Yo no creo en eso. Mucho menos en la lealtad llamada precedente. Pretendiendo la adquisición del equilibrio peregrino, absurdo. Con un entendido de la ética vinculado a los acuerdos en el contexto social, político, económico y ético. Desde atrás, en la noción que tengo de pasado, he rechazado esa construcción artificiosa. Me recuerdo como lo que quiero ser. Iconoclasta absoluto. Sin cesiones mediocres de mis principios con respecto a los de los otros y las otras. Ya lo he dicho. Soy lo que soy y lo quiero ser. No quiero mostrarme como sujeto de bien. No creo en esa noción de honestidad. Lo que quiero es trascender esta caja de resonancia. Sin lugar para estrecheces mentales. Pensadas para generar armonía. Los seres humanos no podemos ser armónicos. Mucho menos idea totalizante del buen comportamiento. No sé por qué, a cada renacer, emergen referentes éticos absurdos. Estos constituyen obstáculos para la libre gestión personal. Yo no creo y, así lo enfaticé en el pasado, en la posibilidad de ese equilibrio insulso. Lo que he deseado siempre es que me dejen ser como soy y como quiero ser. Sin ataduras mecánicas, instrumento de los hacedores de historia, para justificar la cesión de lo que somos. O parte de ello; en función de alcanzar un referente conciliatorio. Lo que he hecho siempre es reivindicar mi condición de sujeto avasallante. Sin límites grotescos amparados en sucesivos equilibrios entre el yo individual y el yo colectivo. Quise renacer a partir de esta premisa. Y me veo aquí. Atado a quienes ejercen como soporte de mi existencia. Ese que habla de las posibilidades latentes para el yo, como simple ejecución de
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    117 un proyecto previamentediseñado. Repudio esa interpretación de la vida y de su proceso. Yo hablo del derecho a triunfar sobre los otros y las otras, por la vía del hedonismo mejorado. Es decir, por la vía de alcanzar la plenitud de posibilidades. Ideadas por si mismo. Planificadas y realizadas con ese mismo referente que establece el nivel de prioridades asociadas al yo individual. Sin lugar para la presencia del interés colectivo. Porque este último no es otra cosa que claudicar como sujeto. A ella la considero sujeto pusilánime. No otra cosa que trofeo de nosotros. Al cual accedemos por la vía de nuestra superioridad incuestionada. Porque somos poseedores y no poseídos. Porque reclamamos el derecho a nacer, no como producto de un acuerdo de lealtades. Debemos ser, considero, herederos biológicos mejorados, a partir de desechar valores absurdos, incoados en un proceso continuo en el cual se nos referencia a partir de sujetos tipo que deben deambular por el universo. Como variables pensadas y preestablecidas. Como proceso que nos debe involucrar con el derecho que tenemos a exterminarlas. Como género y como interactuantes. Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres. Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como consecuencia de ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mi no son otra cosa que justificaciones para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles a cerca de los valores humanos.
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    118 He vuelto anacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio. Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el amor. Lo y la odio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable. Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte. Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone. No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré. Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad.
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    119 Un día cualquierade abril, en el año 2025, conocí a Mireya Sotomayor. Llegó a casa, invitada por ella y él. Una mujer de mirada furtiva. Entrada en años. Pero con un cuerpo absoluto. La desee desde que entró por la puerta. Recién yo había cumplido diez años. Estuve a su lado todo el tiempo. Asediándola. Espiándola. La vi, desde mi escondite secreto, bañándose. Era, insisto, absoluta. Toda ella convocaba a montarla una y mil veces. Apretada su vagina. Desde ese instante conocí que no había sido penetrada. El primer día de mi mirada furtiva, sentí crecer mi asta. A tal punto que empecé a surtir un líquido amarillento. Sentí que desfallecía. Porque era un continuo ejercicio. Inicialmente, espontáneo. Posteriormente, inducido por mi mismo. La sentía aquí, conmigo. Me vaciaba en ella. Sobre su pelvis. Sobre sus piernas. La inundé de tal manera que la viscosidad la hacía repetir su baño. Sin que ella se diera cuenta, exhibía un portentoso músculo. Que latía y que crecía cada vez más. En ese momento decidí que era mía. Que ese sujeto, merecía ser allanada por mí. Como en el pasado, con otras. Ya, aquí, con esa sensación de no ser, expresaba un deseo inacabado. La quería para mí. No en sueños ni en simulaciones. Decidí, como siempre lo hecho, buscar el lugar y aprovecharlo. Fue en la misma habitación que le asignaron él y ella. Cuando recién se había dormido, entré en el cuarto. Me desvestí. Traía un lazo conmigo. Este sirvió para la inmovilización. Cuando despertó yo ya estaba encima. Un músculo inmenso que buscaba el orificio estrecho. La penetré con todo. Ella apenas alcanzó a balbucear. Algo así como: ¡qué es esto ¡Yo le respondí: esto es mío y lo estoy utilizando para hurgarte la vida! Hasta donde más pueda. Eres mujer. Por lo mismo te someterás a mis necesidades. La asfixié. Suspiraba
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    120 aceleradamente. Peleaba conmi fuerza. A los diez años, yo tenía una capacidad insospechada para inmovilizar y para hacer sucumbir. Lo mío se prolongó hasta caer la noche. Estaba inerte. Lo estuvo desde que ahogué sus gritos. Cuando cesó su espasmo, la recorrí una y otra vez. Mi asta seguía erguida. La dejé ahí, muerta. Esa misma noche me fugué de casa, dejando su cuerpo inmóvil, lacerado. Ella y él yacían en la cama. Disfrutaban de sus vacaciones. A pesar de que eran casi las once de la mañana, no habían dispuesto el desayuno. Yo estaba en la cuna. La noche anterior estuve inmerso en un sueño, de esos que trascienden lo inmediato. Una mujer de nombre Mireya, estaba a mi lado. Cantaba: Eres un niño bueno Jonás, Eres toda ternura mi bien. Eres como pajarito que vuela, nené. Eres un niño. Naciste anteayer. Mi bien. Mi placer. Déjame tu mirada, mi niño. Cuando duermas, ven conmigo. Que te estaré esperando. Para amarte,
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    121 Como niño. Comoese a quien quiero tanto, Volviéndome niña a la vez. Con todo lo tuyo que me acaricia, Con todo lo mío que te mima. Porque eres todo niño, mi bien. Niño dulce, Niño tranquilo, Niño que ríe. Aquí y allá. De noche y de madrugá, La había visto antes. Tal vez a mis tres meses. No sé cuándo. Pero reconocía su voz y su mirada. Mujer, mujer primera. Me volvía a cantar. Niño, Daniel. Eres como la hierba, Que crece cada vez, Que te nombro. Cada vez que te miro.
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    122 Eres mío miniño. Eres vida Daniel. Eres horizonte mi bien. Eres niño a la vez, Que hombre, Que viene y va con el mismo nombre. No sé por qué la sentía tan cerca. Sentía su olor y me alegraba. Ya sabía que era mía. Pero no podía asirla. Porque me trascendía. En una relación adulto-niño que me subyugaba. Era mía, pero sin serlo todavía. La había deseado antes de nacer. Cuando Él estaba con ella. Un placer que me engendró. Quiero tomar venganza. No la quiero ni lo quiero. Quiero a esta que está conmigo. La quiero como referente próximo. Como figura que despliega todo un universo de expresiones. Sin ser pensadas. Solo intuidas, a cada paso y a cada momento. Siendo consciente de mis limitaciones inmediatas. Pero la veía surcada de pasión. Por mí y por ella. Un asedio continuo. Mientras él y ella dormían. Ajenos a mi mirada y a mi angustia. Por tener una mujer que podía hacer mía con solo balbucear la necesidad de cariño. El y ella no lo dan. Solo viven para mirarse y para sentirse plenos. Yo, en cambio, disfrutaba en silencio, de esa mujer que me cantaba. Que estaba a mi lado por placer. Porque yo le gustaba. Porque ella me gustaba. De nuevo su voz.
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    123 Niño eres mío. Niño,soy tuya. Duerme mi pajarito, Duerme que viene la luna. Y te hará preguntas. Acerca del Sol, Acerca de la vida. Tu vida que es la mía. Duerme pajarito. Duerme mi dulce compañía; que ya mañana Será otro día. Once (Esas ansias locas de no bordear el abismo) El 8 de marzo había estado en el lago que bordeaba la casa. Quise ahogarme. Tirarme al agua. Como quien no concibe la vida sin ilusiones. Que se difuminan. En un torrente que brilla y que no sé de qué se trata. Indagué, con mi mirada, las causas de esta soledad. Ayer la vi. Hoy ya no está. Como si disfrutara con percibir el futuro. Como si, al mes siguiente, la volviera a ver. Porque es mía. Porque los odio, a él y a ella. Que viven solo para si mismos. En un ejercicio patético y caduco. Sintiendo amor en donde solo hay repetición vehemente de lugares comunes. Como lobos esteparios que se confiesan a sí mismos. Con las miradas
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    124 puestas en elteatro de la vida. De su vida. Sin imaginación. O en la cual esta ha sido recortada y acomodada a las circunstancias. Esas que están aquí y allá... Pero siempre distante y codificada. Imaginación sin sorpresas. Equivalente a un perímetro ya conocido. Sumatoria de lados iguales. Con escenas iguales. Él y ella. Mirándose, después de regresar de sus oficios. Esos repetidos que los inunda de orgullo. De saberse partícipes del proyecto de vida igual. Para todos y para todas. Cada quien, viviendo su vida, sus quehaceres. Sus limitaciones de felicidad. En procura de la cual viven, cada día. Otra vez lo kafkiano. Un proceso en donde no hay lugar para la certeza. Ni para la verdad. Por esto mismo, momentos de ilusiones reprimidas. Ni a ella, ni a él, le debo nada. Porque no me consultaron. Cuando sus cuerpos se estremecieron y se otorgaron. En ese ejercicio. Otra vez patético. Cada vez más. Los odios, porque sintieron placer los dos. No en singular, como lo quiero y lo siento yo. Una solidaridad inmunda. De él a ella. De ella a él. Los odios como nunca he odiado. Ni siquiera en esa primera vida que reportó ingratos beneficios., Porque, allí perdí la noción de sentimientos. Los vendíes. Como mercancía inservible. Los perdí para siempre. Y me alegro de ello. Porque, así, aprendí a reconocer lo mío como único y absoluto. Porque, así, aprendí a odiar a quienes comparten placeres. Sobre todo, a ellas. Porque no fueron mías primero. Porque no estuvieron conmigo antes. En fin, porque solo son mujeres, cuando yo las inauguro. Cuando yo las recorro. A cualquier hora. Cualquier día. Tienen que ser esclavas de lo que yo diga y deseo. Por eso las he odiado. Desde la primera madre, hasta la última. Deseo su muerte, una vez pasen por mis manos. Una vez las surque con lo mío. Definiendo territorios. Esos a los que nadie más que yo puede llegar. Un yo
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    125 kafkiano, similar alque reportó Pedro Arenas en esa conferencia ya lejana. Distante tres vidas atrás. Ese Pedro Arenas al cual también odié. Por estar con Juliana. Por amarla, sin mi consentimiento. Me he acostumbrado a cederlas. En herencia. Una vez me satisfagan. Por lo mismo que soy sujeto de pasiones inversamente proporcionales a la calidez. Lo mío es y será el avasallamiento sin límites. El odio a ella y lo odio a él. Porque me engendraron sintiendo placer. No como mi primera madre que no lo sentía. Una cosa u otra. Un lugar u otro. La dicotomía de ser yo y ser ellos. Porque ellos se disfrutaron antes de que yo naciera. Nací por eso y por eso odio. Porque no concibo ninguna satisfacción compartida. Lo que valido es el unilateralismo. Este debe ser la guía y el fin en sí mismo. No la quiero ni lo quiero. A esta que está enfrente. A esa que me canta; también la odio porque se ha negado a ser poseída y porque no tengo la fuerza necesaria para forzarla. Morí antes de crecer. Solo recuerdo que esa me cantaba: Duerme por siempre amor, Duerme que ya mañana Volverá a nacer r el Sol. Muy temprano, Antes que despiertes y seas consciente que, Otra vez, ha amanecido y tú con él. Cuando él y ella despertaron, yo yacía. Sin vida y sin ganas de recuperarla. Fue un estar con él y ella efímero. Como cuando tú te das cuenta que has vivido en medio de una sociedad que
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    126 no te entiende.Que corroe lo que eres. En una superficialidad enhiesta bordeando todos los rigores. Uno a uno. Desde la primera hasta la última vida. Porque yo he sido eso. Un sujeto atado a una vida que se desenvuelve en diferentes periodos históricos. Hoy uno. Mañana otro…después lo demás. Un sortilegio constante. En el cual eres sin ser. Al menos consciente. Pero, divagando en torno a las razones que te impelen a seguir el juego de la vida. Un juego con un almizcle diferente cada día. Hoy eres sujeto entre perverso y más perverso. Mañana, más perverso que ayer y…, cada vida más de lo mismo. Pero profundizado. Como progresión geométrica inmisericorde que te sitúa en condiciones absolutamente difíciles. Porque, de por sí, es muy difícil reconocerse en el tiempo. Sientes como un avasallamiento que no para. Que, por el contrario, actúa como sendero que debes andar. Todos los días y a toda hora. Recuerdo, en esta muerte, lo de Sísifo. Personaje alterado en el tiempo. Porque se ha pretendido exhibir su vida repetitiva como sinónimo de holocausto de la libertad. Cuando fue condenado por los dioses a ir y venir. A un sufrimiento extraño. Porque, bajar y subir con la piedra, es sinónimo de no tener libertad. Toda ha sido endosada a ellos, los dioses. Dioses que no deberían existir. Porque son lo que son, producto de nuestra temeraria imaginación. Ellos, los dioses, son nada. Son artificios que nos obligan a sucumbir. Cada día. A endosarles nuestras vidas y saciar, así, su afán de sentirse poderosos. Controladores de la sociedad y de cada uno de sus integrantes. Son insufribles. Reclamando, a toda hora, las retribuciones por habernos permitido vivir. Lo que ellos no saben es que., en mí, vivir es estar sin estar. Por lo tanto, no deseo. No he deseado estar vivo. Porque no quiero tener deudas con ellos. Yo vivo y no vivo. He tenido, que recuerde, la primera, la segunda y la tercera vida. Todas sin mi
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    127 consentimiento. Me hequejado como sujeto que advierte la aventura de cada día, en cada vida. Asquerosa manera de vivir. Esa que te remite a ser lo que eres. Es decir, otra vez, el tránsito, por el camino que me ha sido trazado desde antes. Eso yo no lo quiero. Lo que deseo es volver al principio. Para elegir que debo ser. No aceptando directrices que pretenden someterme. Convertirme en perdulario absoluto. En esta muerte, él y ella, ejercieron como veedores. Desde sus convicciones. Por ejemplo, esa de amarse profundamente. Como patéticos personajes de telenovela. Ya he dicho antes que lo mío no es eso. Ese tipo de entrega afectiva no me conmueve. Lo que quiero y querré, siempre, es ser sujeto sin afectaciones. No he querido y no querré nunca ser icono de amantes entregados y sometidos por las leyes del buen amar. He sido y seré referente de placer. No de posiciones absurdas. Como esa de que el amor es delirio y ofrecerse sin contraprestación. Soy y seré sinónimo de deslealtades. De hecho, ya me estoy preparando para volver a nacer. Si me alcanza el tiempo, mi próxima resurrección será más exigente. Quiero dañar todo lo que se me presente. Quiero destruir ese concepto de entrega y de amor. Seré más salvaje, aún, en mis rituales orgiásticos. Violaré a la mujer que se cruce en mi camino. Niña o no tan niña. Estoy dispuesto a hacer valer mi músculo que crece cada vez más. Lo exhibiré como correlato del derecho al placer. A mi placer. No compartido. Destruiré hímenes. Espero alcanzar una cifra que supere el número mil. Para eso estoy preparado…en eso va mi vida. Cada día más que ayer. Esa es mi perspectiva. Mataré cuando haya que hacerlo. Cuando, por ejemplo, no vea disposición de ella o ellas a adorarme. A dejarme recorrer sus cuerpos, según mi mapa.
  • 128.
    128 Ese día, ochode marzo, morí solo. Así lo deseé. Sin compañías insulsas. Expresiones morales anticuadas. Quiero que se me valore por lo que soy: sujeto que actúa según los principios del placer. Ese que es hermoso, en su estado original. Con quien sea. Heteróclito, sin eufemismos anquilosados, atados a una definición de pasión, como simple referencia a un concepto de permisibilidad admitido según los cánones establecidos para la sociedad en su conjunto. El día 8 de marzo de 2049, nací. Un hogar compuesto por diecisiete personas. Incluidas mi padre y mi madre. Ella había nacido en Venezuela, treinta años atrás. Mi padre, había nacido en Bello Horizonte, Brasil. Eran las cinco de la tarde. Como era de esperarse, ante tal cantidad de personas en casa, la estrechez, se erigía como limitante para el desarrollo de la familia. Al menos en lo que este tiene de posibilidad en crecimiento con calidad. El mismo día de mi nacimiento, enfrenté un problema demasiado complicado. Estaba en el mismo cuarto de mamá y papá... Por lo mismo, no tenía espacio que me permitiera asumir esa soledad que, en veces, es necesaria. Además, la vida afectiva de los dos, era una continua exposición a mi veeduría. Como sujeto proclive a la influencia del instinto. Ese que me ha recorrido durante tres vidas. Un sujeto proclive al ensimismamiento, como efecto colateral a mi tendencia a diluir mi vida en una sumatoria de hechos vandálicos. Una presencia que me ha ubicado en condiciones de un rigor absoluto. He sido y, tal parece que soy ahora, un hombre vinculado a las exacerbaciones físicas; en lo que estas tienen de corroboración de ese insumo latente que reivindica, a cada paso, una opción repetida. Sin otros referentes que la exhibición de una tendencia perversa. En mí, lo sexual, no ha sido otra cosa que una continua laceración espiritual. De mí y de quienes están en mi entorno inmediato.
  • 129.
    129 He sido sujetobandido todo el tiempo. Asimilado a construcciones de inmensas expresiones dañinas. Veo, en cada mujer, un objetivo que instiga mis compromisos primarios. Soy un sujeto condicionado por una opción enfermiza. En la cual, quienes están en derredor, no tienen conmigo una relación de libertad, de expresa posición transparente. En mí, la ética, no es más que una ilusión torcida. El concepto de honestidad ha sido, en mí, una postura vinculada conmigo mismo; con mis deseos. Porque valoro, la perversión, sin acatamiento de referentes subsumidos en una noción de moralidad sustentada en la regresión. Soy, aún, hombre condicionado por la violencia. No he creído ni creo en la vida como posibilidad de actuar sin condicionamientos. Lo mío ha sido y es una constante que remite a situaciones unilaterales. Esas que han propiciado mi quehacer como realización que vulnera. A cada paso. En cada momento y en cada periodo de tiempo. No soy otra cosa que sujeto embadurnado de nostalgias que me convocan a la rebeldía y a la venganza. Paso a paso, he deambulado por todos los territorios. Sombríos. Antesala de mis expresiones lapidarias. Esas que subyugan el espíritu y lo convierten en mera simulación ante los demás. Estoy aquí, ahora, en un nuevo nacimiento. Que es el mismo. Como si cada día vertiera mi obsesión por lacerar. El problema es que no quiero ser otro. Para mí, la bondad, es una actitud equívoca. Que emerge como posibilidad insulsa. Para mí, lo dinámico, es una estructura patética. No quiero ser diferente. Aún ahora, cuando recién he vuelto a nacer, reivindico el derecho a hacer daño. Porque los otros y las otras son una exterioridad que debe ser exterminada. Aspiro al reinado de mí mismo. Solo. Como expresión de lo unidimensional. No creo en lo colectivo. No quiero ser parte de ninguna sociedad. Soy yo mismo, ese que no
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    130 quiere ser aceptado.Una noria permanente. En una divagación perenne. Eso me satisface. Ese es mi rol. Un hogar que no quiero. Pero está ahí. Estoy ahí. El y ella son progenitores, pero no los reconozco como opciones de cariño. Nunca he sentido eso. Ni quiero sentirlo. Son expresiones grotescas. Eso de amarse y engendrar es como volver a los vericuetos inquisidores que reclaman la ausencia de placer como colateral de la preñez. Como si la animalidad que me acompaña tuviera que ser registrada como insumo proscrito. De siempre ha habido esa perspectiva. Todos los humanos reclaman una especie de tesitura ideológica. Esa que, según los códigos de los moralistas, nos invita a sentir amor y a ser amados. Una relación de pareja que se constituye un en un bodrio. Opción insípida de la vida. Esta madre y este padre, son como todos y todas. Destilan una viscosidad que llaman dulzura. Hacia mí. Yo los rechazo y los rechazaré por siempre. Pretenden ungirse como íconos. Me ven como fruto del amor. Como sujeto deseado a partir de ese ejercicio sexual que yo reivindico. Pero no como prototipo de complementación. Lo mío es una opción animal. De saciarse. Con quien sea y donde sea. Sin la permisibilidad. Yo he violentado. Lo haré por siempre. Las mujeres que he agredido se lo merecían. Por el solo hecho de ser mujeres. De estar predispuestas biológicamente para se avasalladas. Ese placer que he sentido, quiero repetirlo. Una de mis hermanas me tienta. La he observado desnuda. A mis diez meses, la erección de mi músculo es constante cuando la veo. Ariadna es mía. En sus cinco años ya es toda una hembra. Añoro el momento en que la pueda montar. Lo haré. Pase lo que pase. Como lo he hecho con otras.
  • 131.
    131 Doce (La búsquedadel dios impío) La religiosidad es un dominio absorbente. De ella he heredado mi estrechez conceptual. No sé qué arcano me convoca a sentir cierta tendencia a asumir lo pecaminoso como herencia. Que me hastía y, en algunos momentos, me angustia. Creo que catorce generaciones atrás era sujeto idólatra. Con una visión de Dios asociada al altruismo y al esfuerzo por no pecar. Por ser individuo atrayente, a partir de esa idolatría. Creo que lo que vivo actualmente es una venganza. Una reparación para mí mismo Por lo mucho que sufrí al lado de los tejedores hipócritas de ilusiones. Quiero vengarme aún más. Aspiro a destruir esas asociaciones colectivas de conceptos que reclaman un más allá diluido en éxtasis cada vez más cercano a la idea física de Dios. Yo soy consciente de haber trasegado por diferentes vidas. Me esfuerzo por ser, cada vez más, Jesús al revés. No quiero conducir a territorios de paz, sosiego y descanso. Por el contrario, quiero ser un referente de maldad. En contravía de esos aviesos conductores dogmáticos que insinúan corolarios, a manera de amuletos. Como conclusiones de fraternidad. La Humanidad no puede ser entendida como logro en desarrollo de la Naturaleza. Lo que creo es que somos simples conglomerados que se han apropiado de los entornos. Remitiendo a los otros seres animales a refugios que los sitúan como inferiores. Con el pretexto de que somos superiores. No hay tal cosa. Nosotros somos los inferiores. A excepción de quienes estamos llamados a liderar, en contravía, el represo hacia la animalidad. Perseguir a las que están en celo. Para dilapidar el tiempo. Esa medición que nos ha sido impuesta, como insumo indispensable. Dilapidación que nos tiene que otorgar el derecho a
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    132 ser libres. Sinreconocer a los otros y a las otras. Ser sí mismo. Violentando a quienes no lo vean así. Ese día 25 de diciembre, rapté a Ariadna. Cumplidos seis años, ya había demostrado mi capacidad para horadar. Así ocurrió con India, la mujer que me cuidaba. La cabalgué durante seis horas continuas. Apareció muerta en un escampado cercano a la casa. Ariadna estaba bañándose. La seduje con mi líquido viscoso. La inundé, hasta asfixiarla. Dejó de respirar. Aun así, la cabalgué otras dos horas. Dejé impresa mi marca. Soy el más avezado de los ruines. Siempre he querido serlo. Lo exhibo como trofeo. Como coto de caza. He heredado esa capacidad. Soy, en vivo, lo que otros han tratado de ocultar con enfermizas acciones denominadas generosidad. O lo que ha sido llamado amor por los demás. Sigilosos sujetos que han engañado. Que han transitado por el universo, con diferentes expresiones que remiten a lo mismo: mensajes y rituales amorfos que pretenden señalar caminos obsoletos desde su comienzo. Por lo mismo que remiten a establecer códigos de comportamiento vinculados con la ética. Invento social que pretende equilibrio entre lo colectivo y lo individual. Lo mío es individualidad perenne. No acato ninguna norma que hable de tolerancia y de interacción compleja de por sí. La elusión es mi convocante. Cuando abandoné la casa de padre y madre, lo hice en búsqueda de otro territorio. Nunca supe si encontraron a Ariadna. Lo cierto es que no los extraño. Estoy en un lugar inhóspito como a mí me agrada. Porque interactúo con mis pares. Con aquellos y aquellas que renuevan, cada día, el veto a lo societario. Nuestro paradigma es la exclusión. Uno a uno. No nos percatamos de quien esté a nuestro lado. Porque hacerlo sería desdecir de
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    133 nuestro hilo conductor.Hacia el perfeccionamiento de nuestra técnica para avizorar lo individual en cada recodo de la vida. Me siento inmerso en una formación social primaria. Una especie de horda absoluta. He abandonado la posibilidad de reconciliarme con la sociedad. Esta sociedad que es mera expresión de la exégesis de la doble vida. Una figura en la que predomina el doble juego. Con instituciones políticas que se han levantado a partir de extirpar la libertad. De hecho, yo no la reconozco sino para mí. No para los otros y las otras. Soy arquetipo en esta sucesión de expresiones que han cortado el vuelo a la dignidad. En donde se valida como cierta la ausencia del decoro. Una sociedad en la que se han construido iconos que no se respetan. Seres que fingen la solidaridad, la ternura y la paz. Pero que son, por siempre, herederos de un poder que exhiben como justo. Como validación de hechos y acciones que dañan. Que conducen a un escenario en el cual la verdad es la de ellos. No la de los dominados. Por esto mismo, me considero hijo legítimo de ese tipo de expresiones. No sé a qué viene el establecimiento de códigos y de referentes, como centro del equilibrio social. Siendo, como es, la sociedad: un artificio deliberado. Para ser aplicado a quienes son dominados. Un ejercicio que se profundiza día a día. Y que yo reivindico, postulando un ideario de vida ajeno a la persuasión. Soportado en la desorientación. Esa que imprime como justo y como verdadero, la hegemonía de quienes han diseñado el modelo político e ideológico. A manera de institución superestructural. Un tanto aquello que se define como la base que condiciona a la ausencia de libertad. Una figura parecida a la de Lukács, cuando describió las relaciones de dominio como expresión compleja del dominio de clase.
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    134 Al volver, esedía, encontré a Ariadna inmolada. En casa no había nadie. Solo ella. En el mismo sitio en que la dejé hace diez años. Todos se habían ido. No encontré rastros de mi padre y de mi madre. Tal parece que habían abandonado este espacio físico. De los otros hermanos y hermanas, no quedaba ningún registro. Me instalé en el mismo cuarto en que estaba, inerte, Ariadna. Allí dormí esa noche. Tuve un sueño extraño. Estaba con Isolina y con Juliana, en un territorio desértico. A mi lado había un sinnúmero de niñas, vestidas con trajes de color negro. Ululaban en mis oídos. Un sonido profundo, que aumentaba con el paso del tiempo. Juliana me advertía algo. Con su mirada hermosa. Isolina me requería. Como diciéndome: ¿dónde estabas, cuando desapareció Demetrio, tu padre? Yo no atinaba ninguna respuesta. Simplemente, me refugiaba en la coraza de mi yo como sujeto dueño de mis acciones. Le expresé algo relacionado con mi odio por quienes pretenden ser justos, equilibrados; libertarios. Esos que postulan, a cada paso, la necesidad de una transformación. Hacia una sociedad igualitaria. Le decía: Lo mío no es eso. Yo coadyuvé a su desaparición. Por eso mismo. Porque veía en él un sujeto estereotipado. Un bastardo político. Que heredó triquiñuelas, a manera de opciones metodológicas que pretenden demostrar que esta sociedad está soportada en el dominio hegemónico de quienes poseen la riqueza. Ese tipo de sujetos tienen que ser cuestionados y eliminados. Lo mismo usted, Isolina. Lo mismo usted, Juliana. Hice matar a Demetrio. La maté a usted y a su hija. La perseguí a usted y a Pedro Arenas. Porque eran insoportables con sus discursos obsoletos. De libertad y de derechos. Porque, en mí, cobra fuerza la limpieza social. La entronización de quienes no reclamamos nada. Porque somos dueños absolutos de esa
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    135 heredad en dondecada quien es cada quien. Una selección natural que nos sitúa, a quienes no reconocemos equilibrios, en dueños de nosotros mismos. Yo soy uno de ellos. Soy una vertiente continua que irriga a quienes son como yo. Irrigación que está soportada en la individualidad. Ajena a eufemismos circunstanciales que postulan solidaridad. La solidaridad, en mí, es una expresión grotesca. Ya lo he dicho antes y lo repito ahora. Después las vi alejarse. A Juliana y a Isolina. A las niñas vestidas de negro. Un color que me obnubila. Para mí es un desagrado. Los negros, son como las mujeres. Inferiores. No racionalizan nada. Un cerebro que no trasciende más allá que lo inmediato. Incapaces para construir opciones válidas. Tal vez por esto, instigué a las fuerzas de control y exterminio para que actuaran en Bojayá. Y en Caloto. Y en los Cabildos indígenas del Cauca. Expresé todo mi odio a esas razas primarias. Hacia ese género que debe ser dominado. Que son, para mí, solo sujetas de deseo. Que exacerban mis instintos. Ya, de por sí en ese sueño, mi falo permaneció erecto. Cuando vi. a las niñas, a Isolina, a Juliana. Erección que es única. Vertí inmensa cantidad de líquido. Un sueño en otro sueño. Las monté a todas. Manipulé mi músculo inmenso. Cuando desperté, estaba inundado. Mí pene seguía ahí. Como esperando otra visión. De Juliana y de Isolina, desnudas. De las niñas que tenían su sexo destruido. Me levanté. Otra vez vi. a Ariadna. Parecía dormida. No se había descompuesto su cuerpo. Como en el relato de García Márquez, estaba inmóvil. Incorruptible. Como diciéndome: aquí estoy. Para reclamar justicia. Para condenarte a ti. Como sujeto vulnerador. Yo hice caso omiso de sus expresiones. Salí a la calle. Caminé largo rato. Avenidas sombrías. Sin nadie presente. Como si se hubieran evaporado los transeúntes. Solo estaba yo. Caminé sin
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    136 descansar. Al finhallé a alguien. Una mujer muy joven. Estaba parada en un sitio destinado para la espera de transporte. Negra, con un cuerpo hermoso. La desnudé con mi mirada. Sus pezones erectos. Nadie los había tocado. Un triángulo pélvico, cerrado. Con vellos blancos y negros. Impenetrado. Me habló algo que no entendí. Solo sé que, cuando traté de asirla, desapareció. Como si lo visto hubiese sido simple visión enrarecida. Después la volví a ver. Un callejón obscuro, como su piel. Me llamó con sus ojos y con sus manos. Al entrar, para poseerla, sentí un intenso dolor en el vientre. Una daga inmensa me penetró. No volví a despertar. Estaba muerto. Trece (Otra vez Susana; otra vez mi lucha) Susana había regresado. Estuvo con Sinisterra y con su padre en ciudad Méjico. Viaje de negocios. Chiapas era para ellos una obsesión. Desde que el Ejército Zapatista había irrumpido en la región; él y ella habían diseñado una estrategia perversa, para apoderarse de la ideología del grupo social que estaba allí instalado. El comandante Marcos había sido contactado por el padre de Susana. Este sujeto, era intermediario. Desde su emigración forzada, de Nicaragua y, luego de su breve paso por Montevideo, comunicó a su hija que tenía un buen negocio en Méjico. La empresa de Sinisterra y Susana, había crecido. Ya habían instalado, en todo Centroamérica, sucursales. Después del éxito en Perú, Bolivia. Ante todo en este último, estuvieron algunos años, con los cultivadores de coca. Con sus delegatarios, habían logrado penetrar el movimiento de los cocaleros. Ganaron un espacio geográfico y político. Sinisterra se había hecho socio de parte del negocio. Traficaba con la
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    137 hoja. Esto, apesar de la expresión autóctona de los nativos; que siempre han reivindicado a la coca como expresión cultural, ajena a la elaboración y tráfico de sus derivados. Ya, en el pasado, sus antecesores, habían transitado por la Paz y por Cochabamba. Cuando la COB y otros trabajadores urbanos, alcanzaron una gran fortaleza política y gremial. Su movimiento alcanzó dimensiones insospechadas. Hasta haber provocado el vacío de poder que luego usufructuaron Lilia Gueiler y sus colegas, respaldados por Sinisterra y su grupo de colaboradores a nivel internacional. Yo los recibí en el aeropuerto de Barranquilla. Me expresaron una sonrisa forzada. Ya, de por sí, cuando recibí su mensaje, advirtiéndome de su llegada, tuve la sensación de cierta posición utilitarista. Me informaban que requerían mi presencia para que legalizara la entrada al país, de la mercancía adquirida en Méjico. Unos documentales inéditos. Aparecían allí historias relacionadas con los orígenes de la independencia. Con la misma secuela. Los mismos rastros. Como en Colombia, en Ecuador, en Bolivia, en Chile. Situaciones no resueltas para los nativos primarios. Aquellos que siempre han sufrido el racismo. Unas etnias a las cuales se les han negado su derecho a ser lo que son. A lo que han sido por milenios. Es uno de esos periodos en los cuales me siento extraño. Como si la solidaridad fuese mi compañía. Olvidando mi condición de rostro impenetrable hacia toda exterioridad. Un día de reconciliación. Tal vez por las ansias de venganza con Susana. Por su entrega a Sinisterra. Ese sujeto sin méritos. Que no es otra cosa que individuo anodino. No sé porque Susana, hizo mutación hacia él. Negarme a mí el liderazgo. Es como si se erigiera en hembra puta. Al
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    138 mejor postor. Talvez por eso me convoqué, a mí mismo, para diseñar una estrategia para matarlo. Recorrimos la ciudad. Hasta su refugio. Ese e edificio inhóspito, gris. A la medida de la puta y el enemigo. No soporto la visión de Sinisterra encima de Susana. No se si ella olvidó mis recorridos por su cuerpo. Llegándole a los sitios en los cuales yo hacía énfasis y que la estremecían de placer. Sinisterra, zángano absoluto. Impotente que solo logra penetrar. Y no más. Sin imaginación. Sin recursos. Invité a Sinisterra para descendiera primero. Con una genuflexión convincente. Ese era el momento y la señal. El lugarteniente de Pánfilo abordó a Sinisterra y desenrrajó dos disparos a la cabeza del maldito usurpador. Murió instantáneamente. Susana sollozó. Expresó un dolor inmenso. La odié más. Se profundizó mi repudio ante esa puta. Insté al sicario para que la matara también a ella. Este accedió. Disparó en el frontal de Susana. Cayó pesadamente. Me escapé del lugar, aprovechando el desconcierto de los curiosos que observaban los cuerpos inertes. Dos días después escapé por la frontera del Pacífico. Hacia Panamá. Llegué a la capital, en la noche. Me instalé en un cuarto tétrico. Húmedo. Sin luz. Maloliente. Pero seguro. Ya había hecho esto, en el pasado. Cuando entregué en manos de los controladores a Demetrio. Lo mismo cuando maté a Isolina y a su hija. Un refugio repetido. Desperté. Sentí, profundamente, que lo pasado no hubiese sido una realidad. Sinisterra seguía vivo. Susana también.
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    139 Tres meses después,arribé a Santiago de Chile. Justo el día en que Allende murió. Un trajín azaroso. Calles en soledad. Tanques y soldados en patrullaje constante. Conocía, de tiempo atrás, a Saúl Tapias. Organizador de masacres. Como Pánfilo. Había concertado con él un encuentro. Cerca al Estadio Nacional. Donde murió Víctor Jara. La concertación para la muerte del comunista, se había realizado tres meses atrás. Con participación de un representante del Imperio. Porque, en lenguaje de Mr. X., nuestro rol consiste en prevenir. Conociendo, como lo conozco, a Allende; con sus expresiones verbales coherentes posó siempre como defensor de los derechos que acompañan a los pobres. Pero, en lo más íntimo de sus aspiraciones, estuvo la confabulación para acceder al poder por la vía de la democracia rudimentaria. Esa que pretende una expresión como en los carnavales. En los cuales cada uno es cada quien y cada quien cada uno. A la manera de Serrat. A la mañana siguiente me entrevisté con Lucía Pinochet. Hija del presidente de la Junta Militar que gobernaba desde la noche anterior. Aciaga, llena de contradicciones en lo internacional. Plagada de vociferantes fieles a la política como un fin en sí mismo. Con unos roles que son delegatarios y herederos. Transmisión que se produce de unos a unos. Es decir, de los mismos a los mismos. La colaboración de Pánfilo fue importante. Con él, realizamos diferentes ejercicios. De ataque y contraataque. Lo aprendido con los mercenarios. Tipo Klein. Una enseñanza rigurosa. Para identificar y para asesinar. Acumulados que, después, sirvieron en Colombia. Cuando la baja y media intensidad, dieron sus frutos. Con un exterminio selectivo. Yo era recreado por Pánfilo. Insté para que él entrara en el escenario.
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    140 Convocado por todaslas fuerzas retrógradas del hemisferio sur. Incluido el presidente de Colombia. Volví a nacer el día en que se juntaron dos mundos. El mismo día en que emergieron las verdades y las mentiras; a propósito del comportamiento. Una especie de verificación y de cotejación. Entre la ética y la antiética. Una valoración. Un inventario realizado en torno a la sociedad que se convoca para validar o invalidar sus códigos. En términos religiosos- católicos, una figura parecida al denominado Juicio Final. Regía Maximiliano Eugenio. Con envoltura similar a los tribunales del Santo Oficio de gobernar y de postular instrumentos para vigilar y castigar. Un espécimen atrabiliario. Socio de gendarmes e inquisidores. Descendiente de Jeremías Bizancio. Aquel que, una vez, propuso que los humanos asistieran, en peregrinación constante, a una vida tipo que incluía el concepto de relación costo beneficio. Siendo esto último un acercamiento a la utilidad de los compromisos. Como equilibrios permanentes. En los cuales se inhibe el sujeto, en lo que respecta a sus más trascendentales decisiones y acciones. Tal vez las más comprometidas tienen que ver con el ejercicio de su libertad, como figura próxima a la anarquía. A ese dominio sobre sí mismo que está definido como onanismo político. Diferente al Narciso típico tradicional. Onanismo que requiere la ausencia de compromisos para poder ser ejercido. Catorce (Otra vez regresar del pasado)
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    141 He aquí, quemi nacimiento, se produjo en medio de ese maremágnum societario. Con un padre que ejercía como vocero perenne de los compromisos adquiridos por parte de cada uno de los individuos. Mi madre, enajenada real. Con su condición de género endosada al dominio ancestral realizado por los consejeros del dios promiscuo. Que se personificaba en cada aldea social, según los requerimientos puntuales. Mujer de decisiones indexadas por el dios dominante. Sumisión que sabía encarnar. Como todas las de su tipo. Ese que no se redefine con el transcurrir del tiempo; sino que prolonga la aceptación de las hegemonías derivadas del Dios Macho. Como perpetuación del poder masculino. Ese que no requiere presentación ni justificación. Porque está ahí. El solo hecho de nacer, supone aceptación del manifiesto de fe. Que no es otra que la proyección, en el tiempo. Propagación que no se debilita. Que, por el contrario, se profundiza. Las sutilezas de la sociedad actual, moderna; mimetizan los estragos de esa dominación. Ahora es presentada como condicionante que no admite reclamaciones. Que no admite ninguna subversión. Está anclada, la dominación, en simbolismos inequívocos. Ante todo para quienes pueden discernir. Para quienes saben efectuar una lectura. En ese diccionario complejo de los rituales. Orgías en donde el placer es concomitante con el dominio. Avasallamiento imperial. Porque se mantienen, en lo fundamental, las definiciones primarias. Solo que, ahora, son ejercidas por la vía de postular niveles de aceptación. Manipulación de los vivientes. De sus aspiraciones y de sus necesidades. Una sociedad presa de lo estadístico. Como demostración de la hegemonía y de la sumisión.
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    142 Un Dios Único.Porque ha alcanzado su dominio por la vía del equilibrio religioso. Desde el judeocristianismo, hasta las Vestas. Pasando por la inmolación de los bonzos. Un dios, en apariencia, decrépito personaje. Pero, en realidad, supremo vindicador. Llamado a validar y/o a invalidar. Una untura aceitosa que se convierte en lubricante de grupos sociales y de individuos. Lubricación que nos expone al quehacer diario. Que nos sitúa como sujetos en los cuales se consagra la convalidación de su dominio. Ya, la disquisición filosófica del ser o no ser. Del individuo caja de resonancia de las imágenes exteriores. De aquellos en que la Razón Pura auspiciaba la posibilidad de encontrarla y de asirla. Por la vía de la racionalización sistemática del conocimiento de la naturaleza. Ya esas posibilidades no existen. Las ha absorbido el Dios único. Equilibrista. Hacedor de objetivos que diluyen al ser. Lo convierten en instrumento de realizaciones. No de proposiciones, ni de elaboraciones trascendentes. Meros repetidores de la traducción inmersa en ese diccionario totalizante. Elaborado por El y por sus aurigas. Gobernantes que han situado sus reinos en territorios disímiles. Pero que son sujetos de particiones. De conveniencias. Un tanto lo que Marcuse define como lo unidimensional. O como desintegración de la sociedad, de cara a la dominación. Con figuras en las que prevalecen, no la persuasión documentada y libre; sino la imposición absorbente. Esa que retrotrae la Civilización solo como logro parcial, endeudado con los sujetos dominantes. Con sus diversas manifestaciones con cronogramas e instituciones.
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    143 En fin, nacíese día. En comienzo no reconocía el espacio inmediato. Circunscrito a lo maternal. Condicionado por esto. Con la lateralidad centrada en izquierda-derecha. Sin los horizontes que otorga la imaginación. Porque esta no cabe en donde solo hay respiro para lo cotidiano. Una madre esotérica. Un padre dialogante con si mismo y con su dios. Figura mendaz. Originada en la debilidad espiritual para enfrentar la exterioridad. Sujeto refugiado en el temor. Ajeno a cualquier manifestación libertaria. Ya, entonces, al nacer tuve un estigma. Un protocolo que guiaba mi comportamiento. En el día a día. En la perspectiva, no podía tener otro horizonte que no fuera ese. Una hermana. Solo ella. Una habitación amplia. Con ventanas laterales. Solo una puerta en el frontis. Muebles extraños. De color lila y rosado. Vestuario amorfo. Ninguna vistosidad. Solo tonos grises. Excelentes prendas para mimetizarse. Para adquirir el derecho a pasar desapercibido. Anhelaba estar lúcido, para efectuar, con posibilidades, otro regreso. Volver a Rosa, mi primera madre. Volver a odiar a Santiago. Hablar con Silvia, sin la carga afectiva que le otorga el recuerdo de Burbano. Conversar con Adrián y con Pitágoras. Seres lejanos ya. Pero que me convocan. Desde no sé qué sitio. Ellos que viajaron tanto tiempo. Los veo repletos de vida. Un tipo de vida al que yo he aspirado. Sin tapujos. Sin ningún norte moralista. Así he querido vivir. No en esta partición absoluta. Que limita mi tránsito. Creyendo ser libre, pero refugiado en sueños en descomposición. Como cadáver que no percibe otra cosa que sombras. Que pasan veloces, que trato de alcanzar desde mi inmovilidad.
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    144 En este díaquiero volver a David Menchú. A sus conversaciones que descifran signos y lenguajes primeros. Volver, a través de él, a Los muiscas, a los huitotos, a los mayas, a los aztecas. En un recorrido hacia atrás. Cuando no eran civilizaciones constreñidas y vulneradas. Cuando eran sujetos sociales con su cultura, acumulada y recreada desde siempre. Cuando no tenían la yunta de los europeos. Cuando realizaban sus rituales. Hacia el Sol y hacia la Luna. Cuando recién inventaban los signos para calcular el tiempo, y las distancias, y las construcciones portentosas. Volver a Daniel y sus insípidas alegorías. Entre la ternura de su madre y la autoridad tosca de su padre. Entre su enamoramiento perpetuo de Silvia. Sin traspasar la línea que lo separa de ella. De su tristeza cuando llegó Burbano y logró lo que él siempre había querido. Y que, aún hoy, lo quiere. Ya envejecido. Ya reventado por la fatiga, de una vida insulsa. Como prototipo de amante frustrado. Con vivencias repetidas. Constantes. Tatuadas en su cuerpo. Con un Francisco Peñuela mimetizado. Al acecho de Rosa. Invitándola a reproducir el tiempo en que la amaba. Ese tiempo que está en el aire; que es absorbido. Como pasado que revierte figuras. Como obsolescencia que se resiste a morir. Estoy, ahora, al lado de esta hermana nueva. De una madre y un padre, que viven la vida sin ninguna pasión. Solo transitan por ella. Por ese escenario inmediato que los agobia. Y que buscan interpretarlo por la vía de rituales que mutilan su imaginación. Un padre que apenas respira. Sujeto muerto en vida. Porque no desea otra cosa que ocultarse. Eliminando la transparencia, en virtud a esas mismas creencias que soportan los mismos rituales. Una madre
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    145 sin nada nuevo.Una mujer gris. Sin nada entre las manos. Ni para asir, ni para construir futuro. Quince (El don de la palabra perversa) Una hermana, que me recuerda a Betsabé Josefina, la hermana de Juliana. Porque veo, en sus ojos, un estar ahí. Sin traspasar la frontera que la separa de la vida sincera. Ahí como náufraga de sí misma. Sin trascender. Solo expresando la variedad de los lugares comunes que acompañan sus experiencias. Siendo estas de escaso recorrido y significado. Añoro a Maritza. Sin Pánfilo. A pesar de que he aprendido de él la técnica de la maldad. A pesar de que me alié con él en los procesos de exterminio. A pesar de haber sido influido por él con su doctrina de tierra arrasada. En todos los escenarios en los cuales exterminó hombres, mujeres, niños, niñas. En una sumatoria de realizaciones infames. Quiero, entonces, ver a Maritza. Hablar con ella a solas. Escuchar, de viva voz, el anecdotario de sus travesías al lado de Santiago y de Martha. Con sus palabras; sin veedurías ajenas a nosotros dos. Es decir, ella al descubierto. Porque llevo tres vidas sin verla. Sin hablarle. Sin mirar sus ojos, profundos. De un verde imposible de repetir o de copiar. Preguntarle si recuerda a nuestra madre. Si ella también vivió su angustia y su tristeza. O, si, por el contrario, siguió al padre (como me lo contó Rosa), en un gesto de admiración y de pasión por él.
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    146 Estoy aquí, entonces,recordando a Verdaguer; a Francesca Gavilán a Federica Maidana. A Patricia, a Raquel España; a Everardo. Recordando esos extravíos de mi primera madre. Recordando la leyenda de los centauros y lapitas. Esa que conocí por medio de Patricia y Everardo. Recordando esa alucinación del conteo de estrellas. Recordando la versión acerca de los ojos de la Luna. Recordando esos símiles utilizados para describir a Prometeo; a Teseo; a Ariadna. Deseando una repetición de esas historias. Entre reales e imaginarias. Volver a las pétreas figuras de Pigmalión. Me veo matando, otra vez, a Francisco Peñuela. Indagándole por sus aviesos recorridos. Como hombre resentido. Siendo yo una manera de ver la vida. Por mí mismo. Siendo, al mismo tiempo, yo y otro. Contando lo mucho que he vivido. Hasta llegar aquí. A un sitio híbrido. Sin colores punzantes. Sin referentes dignos de imitar. Con una madre y un padre inmersos en la cotidianidad absoluta. Un ir y venir tatuados por la simpleza perversa. Esa que nos hace sujetos insulsos. Sin imaginación y sin convicciones. Sin los impulsos vitales. Necesarios para transitar en el tiempo y en el espacio, sin esos espejos que nos retratan. Invirtiéndonos, pero siempre siendo lo mismo. Estando aquí, un día cualquiera, porque aquí son iguales; estuve en el sitio en que maté a Pedro y a Juliana. Recordé a su hijo. De él y de ella. Ese hijo que pudo ser mío; pero que no lo fue. Precisamente porque no estuve a la altura de ella. Porque Pedro Arenas descifró, antes que yo, los códigos afectivos de Juliana. Porque él supo darle lo que yo no ofrecí: una perspectiva de vida, plena de saberes y, sobre todo, de movimientos no constantes. Travesías pletóricas de imágenes y realizaciones. Construcciones nuevas, a cada paso. Propuestas de
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    147 vida dinámicas. Sinlas repeticiones del caleidoscopio, que abraza los colores y los sitúa como visiones estáticas, sin expresiones nuevas. Sin matices heterodoxos. Sin las dogmáticas insensibles que yo he pregonado y vivido. En fin, sin los torcidos escenarios de vida que yo he reclamado como proyectos válidos. Ese mismo día estuve donde inmolé a Isolina y a su hija. Visité el lugar en donde entregué a Demetrio. En el sitio en donde maté a la hermana de Jerónimo, mi compañero de trabajo en la infame empresa que lideraron Susana y Sinisterra. Volví a los sitios de mi primera infancia. Fui hasta donde conocí al primer amante de Rosa, mi primera madre. Me instalé en los dominios de Juan Carlos Urrutia, de Ricardo Valbuena y de Eliseo. Estuve en los escenarios que recorrió Estanislao Verdún. Ese sujeto ávido de poder a la sombra de sus tutores perversos. Creo que no llegué a crecer, aquí. Fui como el sujeto central que describe el texto “El Tambor de Hojalata”. O como el pigmeo Peter Pan. Ídolo insípido de una generación que no evolucionó. Creo que no fui otra cosa que una copia bastarda de aquel sujeto vivo que traspasó la línea del tiempo; o de Galileo; o de Giordano Bruno. Transité con ellos las experiencias creativas y sus conclusiones como legados a la humanidad. Pero no fui sino veedor irresoluto. Incapaz de trascender. Con unas verdades a bordo de mí mismo. Verdades no expresadas a los y las demás. Como taciturno palaciego en un bosque empobrecido. Siendo príncipe de nada. Con una vocinglería histriónica.
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    148 Hasta en elmismo hecho de depravado no soy original. Tomé prestados los vejámenes impartidos a lo largo de toda la historia de mi vida. Hasta en el hecho de estar aquí me considero intérprete de una difusa melodía, cargada de atropellos como partitura. Siento que he descendido. Que no fui capaz de bordear el abismo impuesto por el destino. Con hilo conductor nefasto. Pretendí que éste era como el hilo de Ariadna. Pero no es más que simple atadura. A los espasmos de mi quehacer. Que se diluyeron y se diluye, aún, en efímeros momentos de lucidez. Con esta hermana no tengo ninguna comunicación. Como no la tengo, tampoco, con esta madre y este padre. Lo veo y las veo como simple imagen en el agua. Que se pierden lentamente, al agitar su soporte. Como en la nada sartreana, llevo impresos los motivos de mi desmoronamiento. No he sido amante pleno. He sido amante de los cuerpos de mis víctimas. Ahora reconozco que las palabras de Rosa, cuando me decía “eres como tu padre”, era verdad de apuño. Solitario mercader de cachivaches, que pretendí transformarlos en elementos de vitrina para ser observados por los transeúntes. De todas las ciudades y de todos los sitios. Un ciempiés que no camina. Que no caminó, por miedo a ser descubierto como encantador de serpientes. Siendo estas mucho más erectas que yo. He reptado allá y acá. He vilipendiado al universo entero. Pretendí acceder al espacio. A encontrarme con las estrellas de toda la Vía Láctea. Pero héteme aquí sangrando por la herida que adquirí antes de nacer. Antes de que se inventara el registro del tiempo.
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    149 óvulos de miprimera madre. Fui creciendo. En resentimiento y en angustias. Como sujeto proclive a la absorción de la lascivia. Como expresión de no querer nacer. Hubiese sido mejor así. Haber quedado en un limbo constante. Sin lugar para precisar mis opciones de vida. Las veces que he muerto. Las veces que he vuelto a nacer; son rótulos colocados en el camino. Como simbología que denota peligro. Siendo consciente de que, cada vez más, era un misógino. Que lo sigo siendo. Odio a esta nueva hermana. El odio a ella, a mi madre, porque son lo que son. Receptáculos dispuestos a ser invadidos y dispuestas a parir después. Esa misma noche, me entregué a mis sueños. Volé como mariposa contra el viento. Pretendiendo acceder a un lugar no inhóspito. Porque ya estoy cansado de ellos. Volé a través del universo. Devoré kilómetros luz. Desde aquí hasta la lejana nebulosa que viene y se va. Indagué por Ernesto Gardeazábal, el padre de Juliana. Para pedirle que me llevará en su tragicomedia. En su supuesto viaje al Sol. Navegué por todos los océanos. Bebiendo agua salada. Como mitigación de mi amargura. En la celebración del cumpleaños de Urania, mi hermana actual; eludí la posibilidad de concretar un equilibrio. Fue propuesto por mi padre Juvenal. Mi madre Dorotea, lo respaldó. No así Urania. Porque ella ya conocía mi origen, mis sensaciones y mis valores. Ella me había traspasado con su mirada. Había realizado una lectura cierta de mi verdadero ser. Me escudriñó el ideario que poseo. Disfrutaba de mis evasiones y de mis sortilegios. De mis andanzas y de mis valores. O mis antivalores. Urania me persuadió con solo mover sus ojos. Me hizo un gesto que informaba de sus deseos. Me quería lejos. Me transmitió la verdad, en
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    150 el sentido deque he sido y soy un paria. Que estaba dispuesta a matarme. Me invitaba, entonces a huir; a perderme en el tiempo. A retomar mi patrimonio de hombre perverso. Efectivamente, hui. Caminé sin descanso. Llegué hasta Villa Gabriela. Un lugar sórdido. Ya estuve ahí. En el tiempo de en qué me sometieron al aislamiento. Un lugar monótono. Solo blanco y negro. Sin la iridiscencia propia de la vida, cuando se vive sin ataduras que laceran. Lugar propicio para ejercer como leprosorio para espíritus corroídos. Allí conocí al par de Calígula, individuo de un odio inveterado a la libertad. Cuando lo conocí estaba preparando su viaje al territorio de las elecciones manejadas. Al lugar en donde se envuelve a la verdad, amarrándola, asfixiándola en un traje parecido a camisa de fuerza. Lugar patrio manejado a distancia. En donde la mentira enrolla a la lógica. Hasta construir escenarios de intervención como simples compilaciones de evangelios eternamente aprendidos. Guiados por una opción única. Sin ningún tipo de asidero diferente. Lugar de pantomima. De la norma jurídica implantada como ideario enrevesado. Una lógica del derecho que obnubila. Donde hay víctimas sin victimarios. Donde los controladores son supremos jerarcas que trastocan lo cotidiano. En donde los mensajes son soliloquios entre gendarmes. En donde la vida, el derecho a ella, no existe como realización; sino como postulación incorpórea. Que nunca se concreta. Que está a merced de los lapidarios garantes del poder. Poder aciago, que crispa los sentidos. Ahí, donde los conceptos son vertidos de manera unilineal; sin lugar para desencuentros. En donde el príncipe perverso; el aprendiz de rey, ejecuta trozos de opereta soportada en la teoría de conmigo o en contra mía.
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    151 Pasó, también poraquí, el Inhibido. Que permitió todo tipo de ejercicios vandálicos. Aquel que dibujó la paz como concepto de idolatría pusilánime. El de las palabras ampulosas. El que cerró los ojos ese día trágico de noviembre. El que persuadió a la comunidad internacional de que le manipularon el pulso y la mente. El defensor infame de la gendarmería atrabiliaria. Esa que hizo añicos la expresión física de la justicia. Como gnomo fantasioso. El que se refugió en la poesía sin piso y sin talante. Aquel que convocó a los habitantes del país de nunca jamás, a diluirse como colectivo; mientras que el manto blanco de los inquisidores se cernía sobre la verdad. Ocultándola. Haciendo de los desaparecidos simples figuras ignotas. Sin cuerpo y sin palabras. Estuvo el brigadier de brigadieres. El general de generales. Aquellos que asolaron el Cono Sur. Desde Chile hasta Uruguay. Vencedores que lapidaron hasta más no poder. Los que mimetizaron la tragedia de los pueblos. Los que inventaron el descenso obligado, sin paracaídas. Que zambulleron, a la fuerza, en los mares cercanos, a los patriotas que revindicaron sus derechos. Aquellos que exterminaron la alegría. Y las voces. Y las canciones. Y las ilusiones de los adolescentes. Aquellos que creyeron que las madres son simples íconos. Aquellos que no sospecharon que estas crecían en solidaridad, en ternura guerrera; en símbolos de la pasión por sus hijos y por sus hijas. A su lado estuve yo. El de siempre. El que nunca ha levantado la voz. El que nunca ha arriesgado un solo concepto, por efímero que sea. Este Samuel, convertido en Isaías, y en Jonás y en…espécimen aturdido por las mentiras de sí mismo. Este que debutó en el mundo, amarrado al destino. Y que fue consciente de ello. Desde que, en el vientre, le arrebataba a
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    152 su madre sucondición de mujer viviente. Este que imitó al padre desde un comienzo. Que hizo veeduría gendármica de los pasos de Rosa. Este que mató y volvió a matar. Amigo de Pánfilo. Supuesto enemigo de Sinisterra. Pero que, en verdad, coincidió con él. Su única contradicción estuvo del lado de desear el cuerpo de Susana. Nada más. El que inventó, una y mil veces las ejecuciones en serie. La matanza de mujeres para exhibirlas como trofeo infame. El que ha muerto y ha vuelto a nacer multitud de veces. En todos los tiempos y en todos los territorios. Es mi segunda llegada a la Villa. Vine dispuesto a recordar. Y ya lo he hecho. Vine huyendo de mí mismo. Pero conmigo estoy aquí. Vine, esta vez, porque Urania descubrió mi juego. Se convirtió en defensora de si misma y de su madre. De todas aquellas que pasaron por mis manos ácidas. Desde Rosa, hasta Silvia. Desde Isolina hasta Juliana. Urania me retó a volver adonde nunca debía de haber salido. Esa tierra que ha incoado y protegido a los perversos. Siendo el tercer día, desde mi segunda llegada, recibí la visita de Rosa. Supo de mi nueva estadía en la Villa. Hablamos durante 24 horas continuas. Me contó de su reencuentro con Alejandro Verdaguer. De su permanencia en Paysandú. Ella y Francesca, vivieron al lado de él. Por turnos. Como macho cerril, las poseía a ambas. Una y otra. A cada momento. Decidieron equilibrar el otorgamiento de placer. Hasta el día en que Francesca y Verdaguer desaparecieron. Indagó por ella y por él, desesperada. Rosa no concebía el mundo sin la presencia del macho Alejandro. Federica Maidana le refirió que los habían visto Montevideo. En compañía de Susana y de su nuevo amante Adrián. Habían llegado dos años atrás. Lideraban una sucursal de empresa traficadora con etnias. Susana abortó el sembrado que
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    153 dejó Sinisterra enella. Este último había viajado a Londres, como escala de su destino final, Arabia Saudita. Le escribió a Susana, contándole de sus éxitos. Había establecido en Lisboa y en Islamabad, sendas sucursales de su nueva empresa traficadora de migrantes e inmigrantes africanos y asiáticos. Rosa, una vez conoció el paradero de su Alejandro, viajó hasta Montevideo. Llevaba consigo unas ganas inmensas de él. Nunca había pasado tanto tiempo, desde que lo conoció, sin su fortaleza, sin su vigor. Inclusive, me comentó que todas las noches, en la misma cama, ella, él y Francesca, construían fantasías orgiásticas. Una y otra vez, el falo de Verdaguer las alucinaba. Ellas se inundaban, mientras él permanecía con su taladro erguido. Pasaba una y pasaba la otra. Durante cuarenta horas se amaron, en la versión más sucia que este término tiene. Ella y ella, también se recorrían, cuando Alejandro no estaba o cuando dormía. Al final del relato, Rosa me expresó que nunca supo si perseguía a Alejandro o a Francesca. Lo cierto, me dijo, es que no podía vivir sin poderse vaciar. Sin que la excitaran y que la penetraran, o cualquier otro ejercicio. No la encontró ni lo encontró. Ella y él nunca volvieron a aparecer. Abandonada por él y por ella, viajó a su país de origen. Buscó a Santiago. Antes de localizarlo, surtía sus ansias, masturbándose, con la imagen de su Santiago, de su Alejandro y la de Francesca. Se había convertido en una mujer insaciable. O, tal vez, siempre lo había sido. Hubo un momento de su vida en que se sintió vulnerada. En el tiempo en que vivió con Santiago. En ese periodo en que parió una y otra vez. En el periodo en que me tuvo a mí como compañía. Cuando creyó que podría ser sujeto mujer autónoma, combinando placer y jerarquía. Imitando a Isolina, que se había constituido en su referente. No alcanzo a entender
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    154 la verdadera dimensióndel feminismo como movimiento que reclama el derecho a ejercer la diferencia de género. Nunca supo, si ella podía revertir su lascivia; para convertirse en hacedora de cultura fémina. Con todo lo que esto tiene de postura racional, con imaginación. De radicalidad en valores y principios. No hablo de una ética feminista, insulsa. Hablo de una ética feminista coincidente con ejecuciones propias, sin arribar al puerto prostituido. Lo cierto, debo reconocerlo así, es que sus entregas sucesivas no constituyen ejercicio de barragana. Porque siempre ha estado con quien ha querido estar. A excepción de la época en que estuvo al lado de su primer Santiago. Dieciséis (Lo amado como rutina simple) Lo volví a buscar, me dijo, porque ya no están aquellos a quienes amé, antes de él. Lo busco como refugio. En un giro utilitarista. Porque aspiro a que él haya cambiado. Que ya me sepa poseer como yo quiero, como lo he querido. Ululando, imaginando opciones no repetidas. Cuando lo encontré, me dijo, nos apareamos. Lo seguimos haciendo. Ahora mismo voy en tránsito hasta donde está. Mi paso por aquí es circunstancial. Aproveché el momento para visitarte. Veo que has cambiado mucho físicamente. Te veo derruido. Esos enfermizos personajes tuyos te han aniquilado. Ya no tienes la fuerza espiritual que conocí. O será que nunca las has tenido. Y que, por el contrario, has vivido, desde siempre, al garete. Como noria perdida, sin rumbo.
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    155 Esa misma nocheresolví demostrarle que si era el mismo. Me sentí retado por ella. Sus relatos en relación a Francesca, a Verdaguer, a Santiago; y su afirmación despectiva en torno a mi aniquilamiento; despertaron en mí ese yo que creía perdido. Mi decisión ya estaba tomada. Rosa pagaría muy caro su osadía. Nunca he soportado que me definan como sujeto pusilánime. En el pasado inmediato reaccioné, huyendo, ante las expresiones de Urania. Lo hice así, porque consideré prematura la decisión del volver a ser yo. Pero, ahora, no soporté más. La tumbé al piso. La golpeé. La inmovilicé. La forcé a abrir sus piernas, hasta llegar casi a una horizontal. vi. Todas sus paredes vaginales. Los bordes acezaban. Su centro clitórico, estaba erguido. Me zambullí ahí. Me desnudé. Ya mi asta estaba dispuesta. Siempre ha sido grande y voluminosa. Sin embargo, hoy ha crecido más. La introduje violentamente. El ritmo del ejercicio que había aprendido desde niño, la hacía gritar. Por lo lacerante. Porque, al mismo tiempo la hurgaba con mis dedos. Halaba los bordes vaginales con ellos. Haciendo fuerza. Cada vez con más fuerza. Mi asta entraba y salía. No sentía lubricación alguna. Fue una manera de demostrarme que no sentía placer. Me indigné. No soportaba el dolor por la resequedad. No soportaba que ella no sintiera placer. Mordí sus pezones, como represalia. Le grité: puta, puta. Ahora veras que sigo siendo el mismo. Cuando empezó a sangrar por entre las piernas, me exacerbé más. Un olor agrio. Allí mismo se desangró. Sus heridas en los pezones y en su vagina produjeron una hemorragia imparable. Sin embargo, seguí allí, encima de ella. Hasta que vacié todo el líquido viscoso, amarillento. Le susurré, por última vez: puta, no me vuelvas a provocar…pero ya no me oía. Estaba muerta.
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    156 La levanté, caminéhasta el acantilado y empujé su cuerpo hasta verlo caer. Entonces, miré en derredor y me encontré de frente con Urania. Estaba ahí, a mi lado. Me golpeó con una varilla, en la frente, me empujó…y empecé a caer…lo último que vía fue el rostro sonriente de Urania que me veía caer. Disisiete (Preclusión) Ya, en el pasado próximo, reivindiqué el derecho que nos acompaña. Para ejercer el dominio y para hacerlo concreto a cada momento. Desde mi primera vida odio a las mujeres. Particularmente a quienes ejercen como madres. Porque pretenden mostrarnos como consecuencia de ejercicio sexual permitido, acordado, disfrutado. Por esto odio a los dos. Él y ella. Como sujetos artificiosos que suplantan la razón de ser del placer. No quiero vivir propuesto como conclusión de esos acuerdos. Para mí no son otra cosa que justificaciones para actuar en sociedad. Son la cuota inicial para actuar como portadores de mensajes pueriles acerca de los valores humanos. He vuelto a nacer, entonces, enredado en justificaciones y principios. En el contexto de normativas éticas que asumen como referentes y catalizadores. Yo no comparto esto. Así les hice saber. No quiero la monotonía del desarrollo de falsos principios. De una moral que nos recurre como elementos de beneficio. No quiero beneficiar ni ser beneficiado. La y lo odio. Porque, en su pacto de amantes, me concibieron dizque como producto de la entrega y el amor.
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    157 Lo y laodio porque han pretendido acomodarse y acomodarme en el territorio de lo probable. Con un acuerdo preestablecido. En el que me involucran, sin que yo lo quiera o lo hubiera pedido. No son otra cosa que sujetos anquilosados. A partir de un entendido de vida distante de la libertad plena. Son, él y ella, culpables de mi existencia. Porque me engendraron por la vía de un coito putrefacto que pretenden erigir como principio. Como modelo para otros y otras. Modelo absurdo. Con soporte en la comparación de placeres. El placer no se comparte. Simplemente se busca y se obtiene por medio de la acción individual. Intransferible. Lo demás es pretender ejercer la condición de portador o portadora de calidez. Esta no tiene por qué existir. No tiene que ser objetivo propuesto a partir de la interacción de pareja. De lo que se trata, en mi interpretación, es de magnificar la individualidad. Como único referente para vivir la vida. Porque esta se vive, en función a la individualidad. Con todo lo que esto supone. No sé qué hago aquí. En una tercera dimensión de mi existencia. No los amo. Nunca lo haré. Por su condición de herederos de falsa moralidad y la falsa libertad. Dieciocho (Otra vez las mujeres) Ese día, ocho de marzo, morí solo. Así lo deseé. Sin compañías insulsas. Expresiones morales anticuadas. Quiero que se me valore por lo que soy: sujeto que actúa según los principios del placer. Ese que es hermoso, en su estado original. Con quien sea. Heteróclito, sin eufemismos anquilosados, atados a una definición de pasión, como simple referencia a un concepto de permisibilidad admitido según los cánones establecidos para la sociedad en su conjunto.
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    158 El día 8de marzo de 2049, nací. Un hogar compuesto por diecisiete personas. Incluidas mi padre y mi madre. Ella había nacido en Venezuela, treinta años atrás. Mi padre, había nacido en Bello Horizonte, Brasil. Eran las cinco de la tarde. Como era de esperarse, ante tal cantidad de personas en casa, la estrechez, se erigía como limitante para el desarrollo de la familia. Al menos en lo que este tiene de posibilidad en crecimiento con calidad. El mismo día de mi nacimiento, enfrenté un problema demasiado complicado. Estaba en el mismo cuarto de mamá y papá... Por lo mismo, no tenía espacio que me permitiera asumir esa soledad que, en veces, es necesaria. Además, la vida afectiva de los dos, era una continua exposición a mi veeduría. Como sujeto proclive a la influencia del instinto. Ese que me ha recorrido durante tres vidas. Un sujeto proclive al ensimismamiento, como efecto colateral a mi tendencia a diluir mi vida en una sumatoria de hechos vandálicos. Una presencia que me ha ubicado en condiciones de un rigor absoluto. He sido y, tal parece que soy ahora, un hombre vinculado a las exacerbaciones físicas; en lo que estas tienen de corroboración de ese insumo latente que reivindica, a cada paso, una opción repetida. Sin otros referentes que la exhibición de una tendencia perversa. En mí, lo sexual, no ha sido otra cosa que una continua laceración espiritual. De mí y de quienes están en mi entorno inmediato. He sido sujeto bandido todo el tiempo. Asimilado a construcciones de inmensas expresiones dañinas. Veo, en cada mujer, un objetivo que instiga mis compromisos primarios. Soy un sujeto condicionado por una opción enfermiza. En la cual, quienes están en derredor, no tienen conmigo una relación de libertad, de expresa posición transparente. En mí, la ética, no es más que una ilusión torcida. El concepto de honestidad ha sido, en mí, una postura
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    159 vinculada conmigo mismo;con mis deseos. Porque valoro, la perversión, sin acatamiento de referentes subsumidos en una noción de moralidad sustentada en la regresión. Soy, aún, hombre condicionado por la violencia. No he creído ni creo en la vida como posibilidad de actuar sin condicionamientos. Lo mío ha sido y es una constante que remite a situaciones unilaterales. Esas que han propiciado mi quehacer como realización que vulnera. A cada paso. En cada momento y en cada periodo de tiempo. No soy otra cosa que sujeto embadurnado de nostalgias que me convocan a la rebeldía y a la venganza. Paso a paso, he deambulado por todos los territorios. Sombríos. Antesala de mis expresiones lapidarias. Esas que subyugan el espíritu y lo convierten en mera simulación ante los demás. Estoy aquí, ahora, en un nuevo nacimiento. Que es el mismo. Como si cada día vertiera mi obsesión por lacerar. El problema es que no quiero ser otro. Para mí, la bondad, es una actitud equívoca. Que emerge como posibilidad insulsa. Para mí, lo dinámico, es una estructura patética. No quiero ser diferente. Aún ahora, cuando recién he vuelto a nacer, reivindico el derecho a hacer daño. Porque los otros y las otras son una exterioridad que debe ser exterminada. Aspiro al reinado de mí mismo. Solo. Como expresión de lo unidimensional. No creo en lo colectivo. No quiero ser parte de ninguna sociedad. Soy yo mismo, ese que no quiere ser aceptado. Una noria permanente. En una divagación perenne. Eso me satisface. Ese es mi rol. Un hogar que no quiero. Pero está ahí. Estoy ahí. El y ella son progenitores, pero no los reconozco como opciones de cariño. Nunca he sentido eso. Ni quiero sentirlo. Son expresiones grotescas. Eso de amarse y engendrar es como volver a los vericuetos
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    160 inquisidores que reclamanla ausencia de placer como colateral de la preñez. Como si la animalidad que me acompaña tuviera que ser registrada como insumo proscrito. De siempre ha habido esa perspectiva. Todos los humanos reclaman una especie de tesitura ideológica. Esa que, según los códigos de los moralistas, nos invita a sentir amor y a ser amados. Una relación de pareja que se constituye un en un bodrio. Opción insípida de la vida. Esta madre y este padre, son como todos y todas. Destilan una viscosidad que llaman dulzura. Hacia mí. Yo los rechazo y los rechazaré por siempre. Pretenden ungirse como íconos. Me ven como fruto del amor. Como sujeto deseado a partir de ese ejercicio sexual que yo reivindico. Pero no como prototipo de complementación. Lo mío es una opción animal. De saciarse. Con quien sea y donde sea. Sin la permisibilidad. Yo he violentado. Lo haré por siempre. Las mujeres que he agredido se lo merecían. Por el solo hecho de ser mujeres. De estar predispuestas biológicamente para ser avasalladas. Ese placer que he sentido, quiero repetirlo. Una de mis hermanas me tienta. La he observado desnuda. A mis diez meses, la erección de mi músculo es constante cuando la veo. Ariadna es mía. En sus cinco años ya es toda una hembra. Añoro el momento en que la pueda montar. Lo haré. Pase lo que pase. Como lo he hecho con otras. La religiosidad es un dominio absorbente. De ella he heredado mi estrechez conceptual. No sé qué arcano me convoca a sentir cierta tendencia a asumir lo pecaminoso como herencia. Que me hastía y, en algunos momentos, me angustia. Creo que catorce generaciones atrás era sujeto idólatra. Con una visión de Dios asociada al altruismo y al esfuerzo por no pecar. Por ser individuo atrayente, a partir de esa idolatría. Creo que lo que vivo actualmente es una
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    161 venganza. Una reparaciónpara mí mismo Por lo mucho que sufrí al lado de los tejedores hipócritas de ilusiones. Quiero vengarme aún más. Aspiro a destruir esas asociaciones colectivas de conceptos que reclaman un más allá diluido en éxtasis cada vez más cercano a la idea física de Dios. Yo soy consciente de haber trasegado por diferentes vidas. Me esfuerzo por ser, cada vez más, Jesús al revés. No quiero conducir a territorios de paz, sosiego y descanso. Por el contrario, quiero ser un referente de maldad. En contravía de esos aviesos conductores dogmáticos que insinúan corolarios, a manera de amuletos. Como conclusiones de fraternidad. La Humanidad no puede ser entendida como logro en desarrollo de la Naturaleza. Lo que creo es que somos simples conglomerados que se han apropiado de los entornos. Remitiendo a los otros seres animales a refugios que los sitúan como inferiores. Con el pretexto de que somos superiores. No hay tal cosa. Nosotros somos los inferiores. A excepción de quienes estamos llamados a liderar, en contravía, el represo hacia la animalidad. Perseguir a las que están en celo. Para dilapidar el tiempo. Esa medición que nos ha sido impuesta, como insumo indispensable. Dilapidación que nos tiene que otorgar el derecho a ser libres. Sin reconocer a los otros y a las otras. Ser si mismo. Violentando a quienes no lo vean así. Ese día 25 de diciembre, rapté a Ariadna. Cumplidos seis años, ya había demostrado mi capacidad para horadar. Así ocurrió con India, la mujer que me cuidaba. La cabalgué durante seis horas continuas. Apareció muerta en un escampado cercano a la casa. Ariadna estaba bañándose. La seduje con mi líquido viscoso. La inundé, hasta asfixiarla. Dejó de respirar. Aún así, la cabalgué otras dos horas. Dejé impresa mi marca. Soy el más avezado de los
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    162 ruines. Siempre hequerido serlo. Lo exhibo como trofeo. Como coto de caza. He heredado esa capacidad. Soy, en vivo, lo que otros han tratado de ocultar con enfermizas acciones denominadas generosidad. O lo que ha sido llamado amor por los demás. Sigilosos sujetos que han engañado. Que han transitado por el universo, con diferentes expresiones que remiten a lo mismo: mensajes y rituales amorfos que pretenden señalar caminos obsoletos desde su comienzo. Por lo mismo que remiten a establecer códigos de comportamiento vinculados con la ética. Invento social que pretende equilibrio entre lo colectivo y lo individual. Lo mío es individualidad perenne. No acato ninguna norma que hable de tolerancia y de interacción compleja de por sí. La elusión es mi convocante. Cuando abandoné la casa de padre y madre, lo hice en búsqueda de otro territorio. Nunca supe si encontraron a Ariadna. Lo cierto es que no los extraño. Estoy en un lugar inhóspito como a mí me agrada. Porque interactúo con mis pares. Con aquellos y aquellas que renuevan, cada día, el veto a lo societario. Nuestro paradigma es la exclusión. Uno a uno. No nos percatamos de quien esté a nuestro lado. Porque hacerlo sería desdecir de nuestro hilo conductor. Hacia el perfeccionamiento de nuestra técnica para avizorar lo individual en cada recodo de la vida. Me siento inmerso en una formación social primaria. Una especie de horda absoluta. He abandonado la posibilidad de reconciliarme con la sociedad. Esta sociedad que es mera expresión de la exégesis de la doble vida. Una figura en la que predomina el doble juego. Con instituciones políticas que se han levantado a partir de extirpar la libertad. De hecho yo no la reconozco sino para mí. No para los otros y las otras. Soy arquetipo en esta sucesión de expresiones que han cortado el vuelo a la dignidad. En
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    163 donde se validacomo cierta la ausencia del decoro. Una sociedad en la que se han construido iconos que no se respetan. Seres que fingen la solidaridad, la ternura y la paz. Pero que son, por siempre, herederos de un poder que exhiben como justo. Como validación de hechos y acciones que dañan. Que conducen a un escenario en el cual la verdad es la de ellos. No la de los dominados. Por esto mismo, me considero hijo legítimo de ese tipo de expresiones. No sé a qué viene el establecimiento de códigos y de referentes, como centro del equilibrio social. Siendo, como es, la sociedad: un artificio deliberado. Para ser aplicado a quienes son dominados. Un ejercicio que se profundiza día a día. Y que yo reivindico, postulando un ideario de vida ajeno a la persuasión. Soportado en la desorientación. Esa que imprime como justo y como verdadero, la hegemonía de quienes han diseñado el modelo político e ideológico. A manera de institución superestructural. Un tanto aquello que se define como la base que condiciona a la ausencia de libertad. Una figura parecida a la de Lukács, cuando describió las relaciones de dominio como expresión compleja del dominio de clase. Al volver, ese día, encontré a Ariadna inmolada. En casa no había nadie. Solo ella. En el mismo sitio en que la dejé hace diez años. Todos se habían ido. No encontré rastros de mi padre y de mi madre. Tal parece que habían abandonado este espacio físico. De los otros hermanos y hermanas, no quedaba ningún registro. Me instalé en el mismo cuarto en que estaba, inerte, Ariadna. Allí dormí esa noche. Tuve un sueño extraño. Estaba con Isolina y con Juliana, en un territorio desértico. A mi lado había un sinnúmero de niñas, vestidas con trajes de color negro. Ululaban en mis oídos. Un sonido profundo, que aumentaba con el paso del tiempo. Juliana me advertía algo. Con su mirada hermosa. Isolina me requería. Como
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    164 diciéndome: ¿dónde estabas,cuando desapareció Demetrio, tu padre? Yo no atinaba ninguna respuesta. Simplemente, me refugiaba en la coraza de mi yo como sujeto dueño de mis acciones. Le expresé algo relacionado con mi odio por quienes pretenden ser justos, equilibrados; libertarios. Esos que postulan, a cada paso, la necesidad de una transformación. Hacia una sociedad igualitaria. Le decía: Lo mío no es eso. Yo coadyuvé a su desaparición. Por eso mismo. Porque veía en él un sujeto estereotipado. Un bastardo político. Que heredó triquiñuelas, a manera de opciones metodológicas que pretenden demostrar que esta sociedad está soportada en el dominio hegemónico de quienes poseen la riqueza. Ese tipo de sujetos tienen que ser cuestionados y eliminados. Lo mismo usted, Isolina. Lo mismo usted, Juliana. Hice matar a Demetrio. La maté a usted y a su hija. La perseguí a usted y a Pedro Arenas. Porque eran insoportables con sus discursos obsoletos. De libertad y de derechos. Porque, en mí, cobra fuerza la limpieza social. La entronización de quienes no reclamamos nada. Porque somos dueños absolutos de esa heredad en donde cada quien es cada quien. Una selección natural que nos sitúa, a quienes no reconocemos equilibrios, en dueños de nosotros mismos. Yo soy uno de ellos. Soy una vertiente continua que irriga a quienes son como yo. Irrigación que está soportada en la individualidad. Ajena a eufemismos circunstanciales que postulan solidaridad. La solidaridad, en mí, es una expresión grotesca. Ya lo he dicho antes y lo repito ahora. Después las vi alejarse. A Juliana y a Isolina. A las niñas vestidas de negro. Un color que me obnubila. Para mi es un desagrado. Los negros, son como las mujeres. Inferiores. No racionalizan nada. Un cerebro que no trasciende más allá que lo inmediato. Incapaces para
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    165 construir opciones válidas.Tal vez por esto, instigué a las fuerzas de control y exterminio para que actuaran en Bojayá. Y en Caloto. Y en los Cabildos indígenas del Cauca. Expresé todo mi odio a esas razas primarias. Hacia ese género que debe ser dominado. Que son, para mí, solo sujetas de deseo. Que exacerban mis instintos. Ya, de por sí en ese sueño, mi falo permaneció erecto. Cuando vi. a las niñas, a Isolina, a Juliana. Erección que es única. Vertí inmensa cantidad de líquido. Un sueño en otro sueño. Las monté a todas. Manipulé mi músculo inmenso. Cuando desperté, estaba inundado. Mí pene seguía ahí. Como esperando otra visión. De Juliana y de Isolina, desnudas. De las niñas que tenían su sexo destruido. Me levanté. Otra vez vi. a Ariadna. Parecía dormida. No se había descompuesto su cuerpo. Como en el relato de García Márquez, estaba inmóvil. Incorruptible. Como diciéndome: aquí estoy. Para reclamar justicia. Para condenarte a ti. Como sujeto vulnerador. Yo hice caso omiso de sus expresiones. Salí a la calle. Caminé largo rato. Avenidas sombrías. Sin nadie presente. Como si se hubieran evaporado los transeúntes. Solo estaba yo. Caminé sin descansar. Al fin hallé a alguien. Una mujer muy joven. Estaba parada en un sitio destinado para la espera de transporte. Negra, con un cuerpo hermoso. La desnudé con mi mirada. Sus pezones erectos. Nadie los había tocado. Un triángulo pélvico, cerrado. Con vellos blancos y negros. Impenetrado. Me habló algo que no entendí. Solo se que, cuando traté de asirla, desapareció. Como si lo visto hubiese sido simple visión enrarecida. Después la volví a ver. Un callejón obscuro, como su piel. Me llamó con sus ojos y con sus manos. Al entrar, para poseerla, sentí un intenso dolor en el vientre. Una daga inmensa me penetró. No volví a despertar. Estaba muerto.
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    166 Susana había regresado.Estuvo con Sinisterra y con su padre en ciudad Méjico. Viaje de negocios. Chiapas era para ellos una obsesión. Desde que el Ejército Zapatista había irrumpido en la región; él y ella habían diseñado una estrategia perversa, para apoderarse de la ideología del grupo social que estaba allí instalado. El comandante Marcos había sido contactado por el padre de Susana. Este sujeto, era intermediario. Desde su emigración forzada, de Nicaragua y, luego de su breve paso por Montevideo, comunicó a su hija que tenía un buen negocio en Méjico. La empresa de Sinisterra y Susana, había crecido. Ya habían instalado, en todo Centroamérica, sucursales. Después del éxito en Perú, Bolivia. Ante todo en este último, estuvieron algunos años, con los cultivadores de coca. Con sus delegatarios, habían logrado penetrar el movimiento de los cocaleros. Ganaron un espacio geográfico y político. Sinisterra se había hecho socio de parte del negocio. Traficaba con la hoja. Esto, a pesar de la expresión autóctona de los nativos; que siempre han reivindicado a la coca como expresión cultural, ajena a la elaboración y tráfico de sus derivados. Ya, en el pasado, sus antecesores, habían transitado por la Paz y por Cochabamba. Cuando la COB y otros trabajadores urbanos, alcanzaron una gran fortaleza política y gremial. Su movimiento alcanzó dimensiones insospechadas. Hasta haber provocado el vacío de poder que luego usufructuaron Lilia Gueiler y su colegas, respaldados por Sinisterra y su grupo de colaboradores a nivel internacional. Yo los recibí en el aeropuerto de Barranquilla. Me expresaron una sonrisa forzada. Ya, de por sí, cuando recibí su mensaje, advirtiéndome de su llegada, tuve la sensación de cierta posición utilitarista. Me informaban que requerían mi presencia para que legalizara la entrada
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    167 al país, dela mercancía adquirida en Méjico. Unos documentales inéditos. Aparecían allí historias relacionadas con los orígenes de la independencia. Con la misma secuela. Los mismos rastros. Como en Colombia, en Ecuador, en Bolivia, en Chile. Situaciones no resueltas para los nativos primarios. Aquellos que siempre han sufrido el racismo. Unas etnias a las cuales se les han negado su derecho a ser lo que son. A lo que han sido por milenios. Es uno de esos periodos en los cuales me siento extraño. Como si la solidaridad fuese mi compañía. Olvidando mi condición de rostro impenetrable hacia toda exterioridad. Un día de reconciliación. Tal vez por las ansias de venganza con Susana. Por su entrega a Sinisterra. Ese sujeto sin méritos. Que no es otra cosa que individuo anodino. No sé porque Susana, hizo mutación hacia él. Negarme a mí el liderazgo. Es como si se erigiera en hembra puta. Al mejor postor. Tal vez por eso me convoqué, a mi mismo, para diseñar una estrategia para matarlo. Recorrimos la ciudad. Hasta su refugio. Ese e edificio inhóspito, gris. A la medida de la puta y el enemigo. No soporto la visión de Sinisterra encima de Susana. No se si ella olvidó mis recorridos por su cuerpo. Llegándole a los sitios en los cuales yo hacía énfasis y que la estremecían de placer. Sinisterra, zángano absoluto. Impotente que solo logra penetrar. Y no más. Sin imaginación. Sin recursos. Invité a Sinisterra para descendiera primero. Con una genuflexión convincente. Ese era el momento y la señal. El lugarteniente de Pánfilo abordó a Sinisterra y desenrrajó dos disparos a la cabeza del maldito usurpador. Murió instantáneamente. Susana sollozó. Expresó un dolor
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    168 inmenso. La odiémás. Se profundizó mi repudio ante esa puta. Insté al sicario para que la matara también a ella. Este accedió. Disparó en el frontal de Susana. Cayó pesadamente. Me escapé del lugar, aprovechando el desconcierto de los curiosos que observaban los cuerpos inertes. Dos días después escapé por la frontera del Pacífico. Hacia Panamá. Llegué a la capital, en la noche. Me instalé en un cuarto tétrico. Húmedo. Sin luz. Maloliente. Pero seguro. Ya había hecho esto, en el pasado. Cuando entregué en manos de los controladores a Demetrio. Lo mismo cuando maté a Isolina y a su hija. Un refugio repetido. Desperté. Sentí, profundamente, que lo pasado no hubiese sido una realidad. Sinisterra seguía vivo. Susana también. Tres meses después, arribé a Santiago de Chile. Justo el día en que Allende murió. Un trajín azaroso. Calles en soledad. Tanques y soldados en patrullaje constante. Conocía, de tiempo atrás, a Saúl Tapias. Organizador de masacres. Como Pánfilo. Había concertado con él un encuentro. Cerca al Estadio Nacional. Donde murió Víctor Jara. La concertación para la muerte del comunista, se había realizado tres meses atrás. Con participación de un representante del Imperio. Porque, en lenguaje de Mr. X., nuestro rol consiste en prevenir. Conociendo, como lo conozco, a Allende; con sus expresiones verbales coherentes posó siempre como defensor de los derechos que acompañan a los pobres. Pero, en lo más íntimo de sus aspiraciones, estuvo la confabulación para acceder al poder por la vía de
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    169 Diecinueve (Matando ensilencio) Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que fuimos en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de hombres puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera llamarse camino enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en plenitud. Y, como sumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome sujeto proclamado al comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto de mil voces y mil pasos y mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones vertebradas. Como simple hechura compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso con los otros y con las otras. Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si, estas, pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como concreción cerrada, inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes Pelayo. Nos habíamos visto antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las hilaturas de toda vida compartida, colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera llamar opciones de propuestas. Casitas como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio viento, soplando el polvo de los caminos, como dice la canción. Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el tormento de bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y
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    170 los zaguanes impropios.Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que se da, ahora, en llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra hecha por los vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica Hegeliana improvisada. De aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color y sin vida. Solo en el transitar de sus habitantes. En la noche y en el día. Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio. Tanto como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo desnudo. Para hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante. Sus piernas absolutas. Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en todos. Así fuera en la noche o en el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo rojizo. Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y lugar. En danzantes hechos de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En legendarias brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes que no fueron para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades distinta a la de ser soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le permitieron. Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí, era como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito. O en la calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese
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    171 día en quela vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de mirada aspaventosa. Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo saludé a él. Tratando de disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la vida, hasta la asfixia casi. Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño. Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla. Y salí a la calle. Y lo busqué y la busqué. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa, la maté y lo maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue para Miguelito amante. Pánfilo Castaño, nació en un hogar en el cual había seis hermanos. Raquel, su madre era una mujer relativamente joven. Había conocido a Pánfilo, padre, en Puerto Boyacá. Un hombre contrahecho. Una joroba inmensa lo acompañaba. De profesión vendedor y comprador de cachivaches. Decidió vivir con él; desde su primer embarazo. Ella reconocía que el único atributo de Pánfilo era su capacidad para satisfacerla. Un músculo inmenso y en continua necesidad de horadar. Ella explotaba, solo con verlo y palparlo. Así, con ese referente como base, tuvo siete hijos. Al nacer Pánfilo, hijo, su padre estaba en Puerto Boyacá. Ejerciendo sus labores como cachivachero. Además de sus funciones como hombre insaciable. Se dice que había violado a una niña de diez años; la cual quedó embarazada y que tuvo un hijo en el hospital de Puerto
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    172 Berrio. Que, poresto, la madre y el padre de la niña la habían expulsado de la casa. Y, también, que la niña había sido recogida y cuidada por una pareja que vivía en el Puerto. De ser así, no sería el primer caso de violación endilgable a Pánfilo. Ya, en otras ocasiones, se había conocido de algunos casos más. Sin embargo, nunca fue requerido por esto. Como si su entorno estuviera adormecido. Como si ese tipo de vulneración no tuviese ningún doliente. Solo ellas, las niñas, con su dolor y con la amargura que produce el estar inmersas en la pérdida de su infancia. De frente a una sociedad que asume esto como cotidiano, sin ninguna expresión de repudio. El hogar de Pánfilo, en un proceso de descomposición acelerado. Un escenario en donde cada quien asume un rol relacionado con ese proceso. Sus seis hermanos, herederos de los principios aviesos del padre. Una madre que era subyugada por sus propias convicciones. Siendo ella un referente confuso. Porque Raquel, mujer de simplezas y de ansiedades. Como esa de estar buscando la felicidad en un universo que otorga el derecho a su placer inequívoco. Añorando a su Pánfilo a cada rato. Buscando saciar sus ganas perennes. De hecho, cuando estuvo en Puerto Berrio, durante uno de sus viajes para visitar a su sediento Jorobado, conoció a Santiago. Hombre sin joroba, pero dueño de principios similares al jorobado. Con él ejerció lo mismo que con Pánfilo. La diferencia estaba en las sutilezas. Santiago la obnubilaba con sus palabras tipo. Le susurraba nimiedades a su oído. Poseedor de un falo continuamente erguido, como el de su Pánfilo. Santiago la hacía llorar y gritar de gozo. Nunca acabado. A cada instante. Compartía con los dos su desenfrenada necesidad de ser penetrada. Hizo cuentas y concluyó que hubo dos hijos con Santiago. Pitágoras y Adrián.
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    173 Los obsequió ados familias. Sin trámites, solo con su visto bueno. Sin rastros y sin remordimientos. Los seis hermanos fueron decidiendo, cada uno, su rol. Vendedores de perversiones. Cada quien es cada quien. Se les conocía como la banda de los Pánfilos. Devastadores. Hacían suyos lo de los demás. Una banda tenebrosa. Mataban por placer…o por encargo. Uno de ellos poseyó a Raquel, ella lo quiso así. Porque vio en su músculo horadador, el tamaño del de su Pánfilo. Lo hacían a cada rato. Un ejercicio sistemático. Lo mismo, erección continua, receptáculo continuo. Sin importar hora ni lugar. Todos, en casa lo sabían. Ella nunca lo negó. Porque lo suyo era eso. Placer a cada momento. Raquel de todos y de nadie. Heterodoxa constante. Solo le importaba eso y nada más. Pánfilo, hijo, fue creciendo. Se vinculó con grupos que hacían de la vida, una postal para enmarcar. Asesinatos, robos e inveterados alumnos de quienes ofrecían tácticas de exterminio. Él estuvo como aprendiz con su maestro Klein, judío que enseñaba técnicas para matar y permanecer insensible a las consecuencias. Muchas experiencias. Aprendió a identificar objetivos, a hacer seguimientos. A seleccionar víctimas. Todo en un solo paquete. Recorrió todo el país practicando lo aprendido. Asesor de quien lo necesitara. Realizador de acciones por encargo. Fue creciendo en importancia. Una experiencia tras otra; lo consolidaban como sujeto imprescindible. De confianza de los patronos. Fue creciendo en dinero. A través del negocio de sus jefes. Cada encargo y cada ejecución lo hacían más importante. Estuvo en Medellín en 1986, entrenando aspirantes a
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    174 ejecutores directos. Dehecho, allí, ese año, se conocieron los resultados. En la carretera a Villavicencio tuvo discípulos aventajados. En Bogotá tejió redes y concluyó encargos. Lo mismo en Soacha, en 1989. Pánfilo conoció a Maritza, un día 4 de julio. Ella estaba en el funeral de Ambrosio. Un conocido suyo desde la infancia. Amigo de ella y de su hermano Samuel. Hombre vinculado a la trata de etnias. Esa empresa crecía día a día. Cuando lo mataron, se tejió la versión en el sentido de que había sido orden de Sinisterra, uno de los secuaces con más recorrido en ese negocio. Supervisor en el país. Verificador de códigos y de determinaciones. Su aval era necesario para justificar cualquier acción. Pánfilo estuvo allí, como veedor de la tarea cumplida. Como su interventor. Maritza, mujer de unos 25 años. Poseedora de un cuerpo atrayente. Exuberante. Su padre, Santiago, la había reservado siempre para ocasiones particulares, importantes. La probó y la entregó a quien la necesitara. Ella era digna de su padre. Insaciable. No le importaba nada que no estuviera relacionado con su condición de hembra otorgadora de placer. Tampoco le importaba su pasado. Cuando sació a su padre. Cuando conoció que su madre Rosa Eugenia andaba por ahí, prodigándose a quien la necesitara. A Verdaguer, a Santiago, al Jorobado, a Tapia, a Ismael, etc. No tenía escrúpulos, Maritza. Lo que ha de ser que sea, su consigna. Conversaron un rato. Pánfilo la había abordado. Se dijeron palabras cautivadoras. Ya ella había advertido el tamaño del músculo bajo su bragueta. Este quería salirse de su contenedor.
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    175 Él, también, habíaadvertido la ranura de Maritza. Su tamaño y su ancho no podían ser ocultados por el pantalón que llevaba puesto. Era como un trofeo exhibido en blanco y negro. Fueron a casa de ella. Una habitación estrecha. Pánfilo expresó, sin pensarlo, “tienes que mudarte de esta estreches. Puedo pagarte la amplitud que quieras”. Fueron a lo suyo. Maritza le mostró lo que él ya prefiguraba. Un cuerpo bien hecho. Un pubis y unos pezones hermosos y provocadores. Una ranura ancha; pero unas paredes que parecían no inauguradas. Una y otra vez. Sin pausa. Ni él ni ella se rendían. Solo el afán de cumplir dos citas contraídas previamente por Pánfilo, puso fin a su trajín. Le dejó dinero para lo que necesitara, con la advertencia de que debía cambiar de domicilio. Donde sea y al precio que sea. Me avisas, dijo al salir. Lo urgía la supervisión de un encargo que le había hecho a dos de sus hermanos, en la Universidad de la República y en un barrio de la periferia. Volvieron a verse tres días después. En la ciudad había revuelo por sucesivas muertes violentas. Todas con un modus operandi similar. Dos hombres al acecho, baleaban a las víctimas. Sin ninguna pista, decían las autoridades. Maritza estaba con su hermano Samuel. Ya este conocía a Pánfilo. Habían realizado algunas actividades juntas. Una de ellas, tal vez la fundamental, tuvo que ver con una sesión de entrenamiento, en Puerto Boyacá, impartido por un ciudadano israelí. Una reunión amplia. Forjadora de futuros acechantes de enemigos del orden. Particularmente de aquellos y
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    176 aquellas que postulabanopciones en contravía de lo ya establecido, como doctrina y como realización. Samuel había llegado dos días antes. Ya había realizado con Maritza un ejercicio pleno que conocían de memoria. Desde su infancia, se tocaban, sus respectivas zonas. Hoy, una vez llegó, Samuel abordo a su hermana. La hizo sucumbir con sus conocimientos acerca de acceder a lugares del cuerpo que hacían explotar. Estuvieron una y otra vez, por dos horas. Cuando Pánfilo entró, percibió el olor a sexo. No dijo nada. Porque él no tenía reparos en eso de poseer. Para él era válido cualquier momento y cualquier mujer. Su experiencia era muy vasta. Con mujeres comprometidas y ensayadas. Y con mujeres de primera vez. Unas y otras, por la fuerza si era necesario. Era un individuo que sabía complacer. Era consciente de que su asta daba para todo. Nunca se veía fláccida. Una erección de mil momentos. Era su estado natural. Era consciente de ello y se alegraba de que así fuera. Saludó a su par, Samuel. Este se retiró de allí inmediatamente. Pánfilo le dijo a Maritza que venía cargado. La ansiedad de los dos trabajos realizados, le causaron una erección fuera de la normal. Estaba ávido de montar. Maritza se entregó. Como si fuera la primera vez. Pedía más y más. Pánfilo le daba lo que pedía. Su erección crecía y crecía. De nunca acabar. La avasalló más de diez veces. Como en el primer día; solo suspendió la prueba de resistencia, cuando llamaron a la puerta. Era su madre Raquel. Venía por la dádiva que le había prometido Pánfilo, su hijo. Ella también olió el entorno. Supo que allí se habían realizado, por lo menos
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    177 dos, ejercicios. Paraella no era novedad. Incluso, se acordó de, cuando su hijo la penetró, a sus quince años. Quisiera haber retenido ese momento y ese músculo. Maritza se incorporó de la cama. Había quedado a medio camino, en la onceava vez. Acechó a Pánfilo y a su madre. Ella intuyó que habían sido amantes. Por esas condiciones que tienen las mujeres de intuir cualquier movimiento sexual que no fuera con ella. Pánfilo acompañó a Raquel, hasta la puerta. Se despidieron sin más. Pánfilo regresó adonde Maritza. Ella estaba adormilada, más no cansada. Concluyeron lo que dejaron iniciado. Durmieron largo rato. Ya era de noche, cuando Pánfilo pidió cena a domicilio. Tan abundante fue la cena; que Maritza le insinuó a Pánfilo la posibilidad de guardar las sobras, para cuando volviera su madre, Raquel. El accedió. Pánfilo salió. Fue a visitar a su medio hermano, Pitágoras. Le había conseguido un domicilio en la ciudad. Había realizado con él todo lo imaginable. Se surtía de placer con él. Pitágoras era amante de todos los hombres. Pánfilo ya lo sabía. Pero, como con Maritza, no le preocupa. Simplemente, le exigía atenderlo cuando él lo necesitara. Llegó con ganas. Ordenó a Pitágoras que se desvistiera. Él hizo lo propio. Lo tuvo hasta la madrugada. Un avasallamiento sin límites. Una y otra vez. Su falo estaba como si nada hubiera sucedido. Pitágoras estaba exhausto. Sin embargo, Pánfilo no acababa. Una y otra vez. Su músculo seguía erguido. Cuando Pitágoras le expresó que no podía más, Pánfilo lo golpeó con fuerza. Sus puños eran de hierro. Lo dejó allí, lacerado, casi muerto.
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    178 …Cuando Pánfilo sedespertó, ya Maritza estaba en pie. Le dijo: dormiste mal. Gritabas a cada momento. Mencionabas a Pitágoras. Lo insultabas. Le decías: ¡más, más; hombre de todos. Marica vergonzante ¡ Pánfilo salió, como si nada hubiera pasado. Como si nada hubiera escuchado. Se dirigió al sur de la ciudad. Había concertado una cita de verificación con Samuel. Lo amaba. Ya se lo había manifestado varias veces. En principio, Samuel, resistió. Sin embargo, al cabo del tiempo, sucumbió. Este Pánfilo es ineludible. Era asfixiante. Se recorrieron los cuerpos antes de hablar del asunto. Una vez Pánfilo. Otra vez él. Montaban y montaban. Hablaron de los trabajos realizados durante el día. Confirmadas las muertes de Juliana, Isolina y Pedro. Todo un hito, en relación con el grado de dificultad de las acciones. Samuel le expresó que era una trama bien realizada. Su perspectiva no lo era menos. Acechar a sus contradictores. Ya estaba programado lo sucesivo. Hombres y mujeres que debían morir. Como escarmiento y como novedad. Un ensayo continuo que no podía prescribir. Por el contrario; debía prolongarse por el tiempo que fuera necesario. Pánfilo le pidió más a Samuel. Este estaba saturado. Pero tuvo fuerzas para otorgar lo que pedía Pánfilo. Lo recibió dos veces más. Quedó dormido, vapuleado por el cansancio. Cuando Pánfilo salió, fue abordado por dos hombres que lo hicieron subir a su auto. Pánfilo apareció muerto en un escampado de la ciudad. Así lo informaron los medios. Veinte (Esos recuerdos lóbregos)
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    179 Susana Amézquita, teníanueve años; cuando su madre marchó. Nunca se supo el motivo ni el destino. Un padre Itinerante. De aquí y de allá. Sirvió como portador de opciones políticas. Se dice que estuvo inmerso en mil variantes del ejercicio de hilo conductor a través de todo el continente. Un sujeto bárbaro, a la hora de fijar sus principios y convicciones. Trató a su hija como surtidora. Ella lo había localizado, cada vez, en escenarios diferentes. Un tipo que sabía hacerse en los lugares necesarios para desarrollar su rol como señor de mil y una informaciones. Nómada perverso. Estuvo en todos los lugares. Cada que era requerido, aparecía como fantasma. La democracia era, para él, un ejercicio, cuando menos, inocuo. No era sujeto de aspavientos. Lo que hacía, lo hacía con absoluta certeza. Esto le permitió cautivar a diferentes personajes. Jefes de gobierno y confabuladores. Esos eran sus objetivos. Aun ahora, recuerda su tránsito por Centroamérica. Y por algunos países del Cono Sur. Perdulario siempre. Tejiendo, aquí y allá, falacias. Que le permitían todo tipo de benevolencias para actuar. Susana lo conocía. Para ella había sido difícil entender esta dinámica. Pero, de hecho, no solo se acostumbró; sino que heredó el don de la palabra. Para construir argucias. Para acomodarse a cualquier circunstancia. Cuando conoció a Samuel, estaba bordeando los quince años. Él tenía 16. Cada viernes se encontraban, en la noche. Disfrutaban del placer que otorga el sexo. De una y mil maneras. Como quienes descubren el quehacer y lo prolongan.
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    180 Susana no amabaa Samuel. Era insípido, a veces, No tenía continuidad. Además, era un sujeto extraño. A veces le decía que exploraran más allá. Le indicaba una posición bocabajo. Él encima. Hasta que ella no resistió más. Le dijo que ese tipo de posición no le agradaba. Que dolía mucho y, además, no estaba hecha para eso. Lo suyo era la ortodoxia; por donde lo hacen todas las parejas. Hasta ese día estuvieron juntos. Lo demás, fueron meras aproximaciones. Como amantes que habían sido. Pero no más. Susana se vinculó a una empresa. Un negocio extraño, en comienzo, pero después se habituó. Una comercialización de etnias y de sus culturas. Un engranaje a nivel internacional. Con sucursales en casi todas las ciudades capitales de países en Europa, Asia y África. Era un procedimiento entre sutil y abierto. Una aplicación nada compleja, del lenguaje inherente a la globalización. Porque, sin esto, los pueblos no serían pueblos, ni sus culturas serían culturas. Un discurso engañoso. Procedimientos bárbaros, aquellos. Un traslado de culturas, a la manera de un intercambio. Inmigrantes que sufrían los rigores de autoridades que, por un lado auspiciaban esos procedimientos y que, mañana, hacían aparecer su ejercicio de autoridad; como algo pulcro, sin ningún tipo de conciliación. Discursos onerosos que contribuían a la caracterización de nuestros países como orientadores, sin fin, de opciones para el enriquecimiento. Samuel se vinculó después. El mismo día en que Nicolás Sinisterra fue designado como supervisor general de la empresa. Este tipo, Sinisterra, si que era abominable. Con un rictus en su boca que causaba profundo fastidio; por lo mismo que era agresivo. Ojos escrutadores.
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    181 hacia las mujeres,con un tono lascivo. En principio me apartaba de él y conversaba con Samuel. Sinisterra se dio cuenta de mis argucias y, entonces, conminó a Samuel para que permaneciera en el depósito de exportaciones e importaciones. Un trabajo durísimo; ya que le correspondía realizar inventarios periódicos. A su vez, cotejar los resultados con las bitácoras existentes en la compañía. Le asignaron un auxiliar un tanto torpe, Jerónimo. Este se acomodó a las circunstancias, con Samuel como guía. Un trabajo dispendioso. Se trataba de inventariar el contenido de cajas que llegaban de diferentes partes del país y, de Europa, Asia y África. Samuel, le manifestó a Susana algunas inquietudes al respecto. Esta hizo caso omiso de las mismas. Samuel, nunca más, volvió a manifestarle algo al respecto. Entretanto, Las relaciones entre Susana y Samuel se fueron deteriorando. Samuel sentía celos por la cercanía entre Sinisterra y ella. De por sí, Susana, era abierta, circunstancial. No la arrobaban los comentarios de los demás. En el caso particular de Samuel lo desechaba como resentido. Entre Sinisterra y Susana, fue creciendo una interacción sexuada. Ella y él eran expertos en eso de otorgarse a cada momento. La esposa de Sinisterra era, para él, sujeto distante y frío. Con Susana sentía placer con solo mirarla e imaginar sus pechos al desnudo. Imaginar la joya que llevaba entre sus piernas. Soñaba con montarla. A cada noche. No podía dormir, hasta no manipular su pene, con la figura de Susana como referente. Una y otra vez; hasta vaciarse en cantidades enormes. Las sábanas daban cuenta de ello. Cuando su esposa le requería por esas manchas que dejaba cada noche; Sinisterra le respondía que era consecuencia de una
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    182 fijación con respectoa ella; ya que no podía tenerla debido a las hemorragias continuas que sufría. Susana tenía precio. No simbólico. Realmente disfrutaba de los ofrecimientos de Sinisterra. Obsequios diversos que colmaban su vanidad. Desde vestidos de marca, hasta chocolates importados, los garotos de Brasil. .Se sentía halagada constantemente. Además, como propuesta de Sinisterra a la gerencia, la nombraron su asesora. Un sueldo más representativo y unas ínfulas derivadas de ello. Hasta que no pudo más. Se entregó a Sinisterra en el mismo local de la empresa. Un mediodía, mientras el personal disfrutaba de su descanso para el almuerzo; se tumbaron sin ningún recato. Rodaron por la alfombra; destrozaron sillas en su ajetreo que duró cerca de dos horas. Susana lamentó, después, no haberle exigido preservativo a Sinisterra. Porque, desde ese mismo día quedó preñada. Le habló a Sinisterra al respecto. La respuesta de este fue perentoria: es tu problema. Claro que puedes contar con mi aporte económico cuando lo necesites. Pero el hijo o hija será tuyo o tuya, no míos. A pesar de la respuesta, Susana siguió explorando con Sinisterra. Dos veces por semana. Siempre al mediodía. Desde la primera vez, Jerónimo los observó desde lejos, aprovechando una grieta que había sido inadvertida, durante mucho tiempo. El chico se sentía trastornado. No quería a las mujeres; sentía gran excitación, viendo el palo erguido de Sinisterra y su sincronía para forcejear con Susana. Siempre, a partir de ahí, quiso ser él el que soportara esa maniobra, de la sincronía de Sinisterra. Con Samuel, a pesar de su fuerza, no era lo mismo. No sentía mucho placer. Los movimientos de Samuel eran torpes y permanecía mudo mientras lo poseía. Ninguna caricia;
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    183 ninguna palabra motivadoraque delatara su amor por él. Se hizo la promesa de lograr que Sinisterra hiciera con él, lo mismo que con Susana. Soñaba con eso. Despertaba en la madrugada, cautivado por la imagen de Sinisterra con su músculo erguido y llamándolo. La madre de Susana, había trasegado por mil mundos. Una mujer altiva. Con una inmensa pasión por lo espiritual. Mientras vivió con el padre de Susana y de Josefina, le enseñó un ritual complejo, antes de ser penetrada. Un sortilegio extraño. Por lo menos no era común. Se trataba de danzar desnudos y luego meditar durante largo rato. Ella decía que así se expulsaban malquerencias que la acechaban a ella y que, suponía, lo acechaban a él. Una vez concluida jornada. Invitaba a su macho, para que la montara. Pero, previamente, se vendaba los ojos. No es conveniente, le decía, verte la cara con esos gestos acezantes. Un día cualquiera, Rafaela, salió de casa y nunca más regresó. No se supo de ella. Había algunas versiones que la localizaban en Manaos. Pero esta versión nunca pudo ser confirmada. Lo cierto es que, en ausencia de Rafaela, Josefina satisfizo al padre. Siempre había soñado con esto. Ser amante del padre. Como rodeo teórico que invierte la opción edípica. Josefina nunca quiso a su madre. La odiaba por poseer a su padre. Muchas noches estuvo atisbando el ritual. Abría sus piernas y seguía el ritmo de ella y el de él. Un orgasmo provocado, a distancia. Después, la absorbía el sueño, dormía sonriendo. Con sus dedos en su abertura; entrando y saliendo. Con la imagen de su padre sobre ella y no sobre su madre. Así se mantuvo hasta los 16 años; Hasta que conoció al negro Burbano. Sucedió un día que estaba en casa de Silvia, su amiga de siempre. Burbano entró, sin saludarla. Le dijo a Silvia
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    184 que quería estarsolo con ella. Josefina salió. La había impactado el cuerpo de ese negro. Imaginaba la largueza de su miembro; a partir de lo que podía observar en su bragueta. Esperó largo tiempo, hasta que Burbano salió. Lo abordó. Le dijo que necesitaba hablar con él. Lo llevó a su casa. Una vez allí, se desnudó delante de él, se acostó en la cama y abrió sus piernas, insinuándoles a Burbano que la montara. Él era un hombre de constantes experiencias sexuales. Hombre de grandes batallas. Siempre había sido admirado por las mujeres, que veían él, un ejemplar inagotable. Entre sí, ellas, hablaban de sus montadas. Sin pausa, hasta cinco o seis veces. Casi siempre las dejaba exhaustas, mientras él seguía con su asta erguida. Burbano avasalló a Josefina. Tres veces la inundó; hasta que ella no resistió más. Se quedó dormida. Burbano salió por donde había entrado. Josefina le relató a Susana su entrega. Eran buenas amigas. Susana preguntó si Burbano había utilizado preservativo. Josefina, dijo que no. Susana le advirtió: ahora debes estar preñada. Dime donde vive ese tipo, para obligarlo a regresar donde ti. No sé dónde vive, respondió Josefina. Lo único que se es que frecuenta a Silvia. Son amantes desde mucho tiempo atrás. Silvia recibió a Susana, un tanto sorprendida. Nunca la había visitado. Sin embargo la invitó a seguir. Hablaron en el cuarto que Silvia destinaba para sus escarceos con Burbano. Después de escuchar la versión de Susana, Silvia dijo: cada quien vive sus propios placeres. Cada
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    185 quien asume lasconsecuencias. Esto lo tradujo Susana; en términos de que a Silvia no le importaba lo que hubiera su cedido entre Burbano y Josefina, a pesar de su minoría de edad. Josefina y Susana, se acompañaron en la preñez casi simultánea. El padre, al conocer el estado de las dos, abandonó el hogar; no sin antes vilipendiarlas. Las acusó de ser putas perras que le abren las piernas a cualquiera. No quiso saber nada de ellas, desde ese momento. Transcurrió el tempo para las dos gestantes. Entretanto, Susana se le entregaba a Sinisterra, sin importarle el crecimiento de su vientre. Susana era incansable. Aun a riesgo de perder a su hijo, ensayaba con Nicolás un gran número de posiciones diferentes. Lo suyo era un eterno ejercicio erótico, sin límites. Jerónimo, había cumplido su promesa. Se presentó donde Sinisterra; un día festivo en que la empresa no tuvo actividades. Le dijo: patrón he venido porque necesito confesarle algo. Estoy enamorado de usted. Quiero ser suyo, todos los días; donde usted quiera y a la hora que quiera. Ese día, Sinisterra inauguró su otra opción. Le sugirió a Jerónimo que se desvistiera. Luego, desabrochó su bragueta y montó en él. Jerónimo sintió el placer de ser penetrado por un falo tan inmenso. Le hurgaba las entrañas. Alejó de si el dolor, gritando más, más, patroncito. Sinisterra lo hizo una y otra vez. Hasta que Jerónimo empezó a sangrar. Una hemorragia inmensa. No sirvieron los algodones, las gasas y los trapos que utilizó Nicolás. Era un torrente inagotable.
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    186 Allí mismo murióJerónimo. El problema para Sinisterra fue mayúsculo. Llamó al asesor jurídico de la empresa. Este lo advirtió de las consecuencias jurídicas del caso. Porque no valía la pena mentir; ya que la cotejación del ADN o, una simple muestra de semen, lo haría vulnerable; por no decir que responsable de manera directa. Le propuso deshacerse del cadáver. Primero, encerrándolo en el cuarto que queda cerca de la bodega principal. Allí no entraba nadie sin ser autorizado y sin tener la clave de acceso. Después, aprovecharían el vehículo que reparte mercancías, para tirarlo en cualquier escampado. Diez días después, el cuerpo de Jerónimo fue encontrado y reportado como occiso que había sido violado días antes y que había sido reportado como desaparecido. Para Samuel, la noticia, significó un dolor inmenso. Porque Jerónimo era su vida. Lo amaba profundamente. Cada día, al lado suyo, fue una experiencia hermosa. Para no hablar de los momentos en que recorrían sus cuerpos. A pesar de cierta indiferencia por parte de Jerónimo, Samuel lo sentía como amante que sabía otorgar placer sin límites. Susana sospechó de Sinisterra. Era como una percepción constante. Como cuando alguien siente que quien está consigo; tiene un secreto. Como un viento frío que causa escozor; que penetra todo el cuerpo y obliga a sentir miedo. La sospecha, se incrementó, cuando Susana observó manchas en el tapete. Sangre y semen. Ella conocía de esas texturas, desde su lejana infancia, cuando fue violada por su padre. Allí, ella sangró de manera abundante y su padre se vacío cien veces sobre ella.
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    187 Sin embargo, calló.No estaba dentro de sus propósitos un juicio de responsabilidades. Entre otras cosas, porque Sinisterra era el padre de su hijo, aunque él no lo quisiera. Además, porque, las ganancias de la empresa dependían de él; como sujeto que mueve el negocio; a partir de sus contactos en el exterior y en el interior, a través de su amigo, el hermano del Ministro del Interior y de Justicia. El registro de la muerte de Jerónimo, cumplió su ciclo. Fue caso olvidado, a pesar de las conjeturas de Samuel, que veía en la muerte de su Jerónimo, un asesinato con responsable cercano; ahí mismo en la empresa. Pero todo, en él, eran suposiciones y nunca evidencias demostrables. Susana llamó a su hijo, Daniel. Josefina, llamó a su hija Isadora. Las dos, Susana y Josefina, se arrepentían del paso que habían dado. Era un pago demasiado grande por el placer sentido. Cierta rabia con su hijo y con su hija. Daniel e Isadora crecieron, en el contexto del resentimiento. Una y la otra, una amargura extrema que las obligaba a un continuo ejercicio de desdoblamiento, mostrando hacia fuera una satisfacción absoluta. Siendo, en su interior, una angustia reprimida. No querer ser madres era el soporte de su quehacer inmediato. La vida de Silvia siempre fue extraña. Una mujer con infancia sometida a unos rigores infames. Una madre deambulando por aquí y por allá. Con un registro histórico de ineludibles visos de descompensación. Tuvo a su primer hijo, Samuel, como consecuencia de haber sido violada por un hombre giboso, residente en Puerto Boyacá. Estuvo a la deriva, como noria constante. Una pareja, Isolina y Demetrio, la recibieron con bondad y
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    188 con solidaridad. Sinembargo ella, Rosa, se escapó. Encontró a Santiago, en Puerto Berrio, Se enamoró de él; como había aprendido a hacerlo. Por la vía de su deseo, que parte desde adentro. Una obsesión patológica. Al ver a un hombre, siempre, medía su condición, por la imagen de su pene. Casi nunca se equivocaba. En el caso de Santiago, no fue la excepción. Lo vio en el parque. Calculó su potencia y su longitud. Así, sin ninguna excitación, era una vara inmensa; siempre al acecho. Ese día durmieron allí mismo, en el parque. El piso desnudo fue su hospitalario lecho. Gimieron cerca de tres horas. Los transeúntes los miraban. Algunos con envidia de lo que tenía Santiago. Otras con la ansiedad y con el deseo de que sus parejas les hicieran lo mismo. Algunos. Pasaron las horas allí. Viendo esa lucha cuerpo a cuerpo. Se abstraían; olvidando sus tareas inmediatas. Se quedaron, hasta asegurarse de que la pareja cumplió su reto. Tal parece que Silvia fue engendrada ese primer día del encuentro entre Santiago y Rosa Elvia. Nació un 8 de marzo. Desde pequeña añoró tener un amante. Veía en su madre un prototipo a imitar. Cada noche Santiago la poseía. Era tanto el furor y los espasmos, que la niña terminó por creer que ese ritual hacía parte de lo cotidiano de una mujer y de un hombre. A su muñeco lo desvestía y lo colocaba encima de ella, simulando a Rosa y a Santiago. Tal vez por esto, a sus diez años, ya lo anhelaba. Lo encontró en Daniel; un amigo de la familia de tiempo atrás. Un joven de estatura mediana; que la alzaba y la acariciaba desde que tenía tres meses. Daniel, desde ese momento, la hurgaba con los dedos. Ella sentía dolor y placer. Así fue siempre. Cuando cumplió diez años, Rosa Elvia solicitó a Daniel que cuidara de su hija, mientras ella atendía un asunto por fuera de la casa. Daniel ya sabía de cual asunto
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    189 se trataba. Laespiaba desde hacía tiempo. Seguía sus pasos y se percató de que se encontraba con un hombre en las afueras del barrio. Se besaban y caminaban cogidos de la mano, hasta un sitio famoso por ser el hospital de los amantes. Allí, cada pareja, curaba sus vacíos de amor y su nostalgia. Cuando Silvia entró al baño, Daniel la siguió. Entró con ella. La envolvió en sus brazos. Silvia dejó que las manos de Daniel la recorrieran. Sentía un estremecimiento gratificante. Cuando él le mostró su pene; Silvia lo tomó, acariciándolo. Se dejaron caer al piso. Daniel la guiaba. Abre las piernas; muévete. No llores. Esto no duele tanto. Dos horas después, Silvia sangraba. Se sentía dichosa. Admiraba lo de Daniel. La excitaba ese líquido viscoso que salía de él. Lo palpaba, era tibio. Daniel terminó con ella, porque llamaron a la puerta. Se incorporó, subió sus pantalones. La niña quedó en el baño, como si apenas empezara a bañarse. Cuando Rosa entró a la casa miró la bragueta de Daniel, a punto de romperse. Allí mismo le tocó su músculo tenso. Con Daniel cogido de la mano, lo llevó a su cuarto y allí continuo lo que había dejado pendiente con Pánfilo. Creció, Silvia, al lado de sus hermanas y hermanos; excepto Samuel que ya se encontraba por fuera del hogar. Vivía en un cuarto aparte. Allí pasaba noches y días. Después de su trabajo. Unas veces con Susana, otras veces con Jerónimo. Otras con Maritza. La había llevado allí y la poseía cada vez que no tenía a Jerónimo ni a algunos de sus amantes itinerantes. La primera preñez de Maritza, fue atendida con un aborto practicado en el mismo
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    190 cuarto. Desde ahí,Maritza tuvo hemorragias continuas. Se le calmaron después de conocer a Pánfilo. Para Silvia, la vida es y ha sido un eterno murmullo. Un hablar consigo misma. En esos intentos inveterados que efectúan algunas personas, buscando sosiego. Tratando de encontrarse; a partir de redefinir sus roles. Ha sido una itinerante. Desde todos los lados. Desde su condición de mujer; desde sus pasiones; desde sus nostalgias. Podría decirse que no ha tenido la noción del significado que adquiere el tránsito por el mundo, en el contexto de una determinada sociedad. Lo suyo ha sido rodar por un abismo; sin asideros diferentes a aquellos que la relacionan con sus afugias de amante transitoria de uno u otro hombre. Inclusive, con hombres de la familia o cercanos a ella. Ella tiene un estigma. Desde que deseó a Santiago, al verlo actuar con su madre. Desde aquel día en que Daniel la tuvo. Pánfilo siempre la ha asediado. No importa que esté con Maritza. Para él, la promiscuidad es la condición normal de un hombre o una mujer. Lo de Pánfilo es una exhibición de poder económico y de convencimiento. Así concretó su relación con Silvia. No tuvo ningún reparo al saber que ella, a sus diez años, supo que es el placer de sentirse penetrada. Tampoco lo tuvo cuando conoció que Burbano la tuvo por mucho tiempo. Con él, Silvia, había construido mil y una maneras de forcejear. Por lo tanto, Pánfilo, encontró en ella una mujer ya hecha, curtida en posibilidades eróticas. Silvia conoció de la profesión que asumía Pánfilo. Hombre hecho para vulnerar a los demás. Con experiencias en todos los ámbitos derivados del manejo y aplicación de opciones
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    191 políticas y militares.Su historial era inmenso. Tenía bajo su mando diferentes zonas del país. Sus empleados (así llamaba a los que cumplían con sus órdenes) eran distribuidos según las necesidades. Hombres con sentido de pertenencia con la muerte. Para ellos, matar, era una profesión y se divertían con ella. En el campo incursionaban a cualquier hora. Matanzas colectivas o individuales. Sabían convertir cualquier sitio en fosas comunes. Todo lo suyo estaba medido con un mismo rasero: el exterminio de quienes no asumieran sus convicciones; las mismas de quien o quienes estén en el poder. Un cruce de caminos entre exterminio y conducción política y económica. En la ciudad variaban los métodos. El preferido: matar en la calle a quienes previamente fueran señalados…O incursionar en las viviendas, llevándose al (la) requerido (a), para luego matarlo (a). La tortura se convirtió en modus operandi. Por vía Pánfilo, Silvia conoció del soporte que tuvieron muchas muertes. De Isolina; de Juliana; de Pedro Arenas; de Demetrio. Para ella, en principio, fue difícil la adaptación. Saber que quien exploraba con ella su cuerpo; era la misma persona que ordenaba las muertes. Por lo mismo no tuvo ningún problema para asimilar el hecho de que Samuel, Adrián, Pitágoras; eran agentes encubiertos al servicio de Pánfilo. Como no tuvo ningún problema asimilar el hecho de que su madre Rosa Elvia, a más de ser otra amante de Pánfilo; se constituyera en señuelo para adquirir información. En fin que, Silvia, llegó a ser mujer de todos. Como su madre. Se iniciaron a la misma edad. Rosa Elvia asumió su primera vez, no como vulneración; sino como hecho cotidiano que le otorgó placer, a pesar del dolor y de las hemorragias. Tal vez por esto desechó la protección de Isolina y de Demetrio. Ella, Silvia, gozó del encuentro con Daniel. Siempre lo consideró
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    192 como el primerpaso hacia la reivindicación del placer. Con quien sea y como sea. Disfrutaba con Pánfilo cada que este la requería. Aun sabiendo que horas antes este había estado con Maritza. A esta, a pesar de que le molestaba, no le quedaba otra cosa que satisfacerlo; si bien en muchos momentos no lo disfrutaba. En veces podían más la rabia y los celos. Esto la inhibía para el placer. Volvió a conocer de Burbano, cuando supo que había sido muerto. Sospechaba de Pánfilo como mandante. Sin embargo, nunca tuvo certeza. Como homenaje silencioso, a partir de ahí, cuando Pánfilo estaba con ella; evocaba a Burbano. Tuvo su imagen. Como si quien estuviera encima o debajo fuera él y no Pánfilo. Veintiuno (El azar como falso ícono) Cierto día, Pánfilo le solicitó un favor. Se trataba de que sirviera como señuelo para atraer a un muchacho que debía ser muerto. Un sujeto, decía Pánfilo, que no merece vivir. Por ser desleal con él. No imaginaba Silvia de qué tipo de deslealtad hablaba Pánfilo. Lo vino a saber cuándo Samuel le habló de Jerónimo. Le dijo que habían, Pánfilo y él, conocido de su romance con Sinisterra. Que se veían en la empresa; al mediodía. Que allí se poseían en extenso. No se ordenó la muerte de Sinisterra, porque su poder económico y su quehacer como administrador de la empresa; hacían parte del engranaje. Lo odiaban como competidor con respecto a Jerónimo. Pero se hacía intocable. Soñó Silvia, que llamó a Jerónimo, con el supuesto propósito de entregarle un obsequio de Samuel. Ya que este se había ausentado de la ciudad; para cumplir con una misión de la
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    193 empresa. Lo citóal parque central del barrio. Allí fue acribillado por dos hombres que se movilizaban a pie. Sin ningún problema huyeron después del asesinato. A pesar de la cercanía de un puesto de policía y de que algunos vecinos informaron de lo sucedido a los agentes. Silvia vivió presa de ese sueño, durante el resto de sus días. Ver a Jerónimo muerto…y que la llamaba…y que la increpaba por haber sido cómplice. En ese sueño, pudo más el desconcierto y la conmoción. Silvia no pudo soportar saberse cómplice de la muerte de Jerónimo. Pánfilo la encontró muerta en su cuarto. Había ingerido veneno, tres horas atrás. Antes de tomar la decisión de matarse, Silvia había escrito: “Creo que he llegado a la cúspide de la ignominia. Me avergüenzo por el giro que he dado en mi vida. Nunca encontré mi rumbo. Me consumió el placer y no me arrepiento de ello. Todo lo superé, a mi manera. Lo que no pude soportar fue mi condición de vehículo para la muerte; particularmente de Jerónimo.”... Cuando despertó, se percató que Pánfilo estaba encima de ella. Adrián se hizo hombre, en el entendido que serlo, significa capacidad para realizar acciones que impliquen la utilización de la fuerza para someter a quien sea. Desde su nacimiento, tuvo vocación de perdulario. De hecho, su infancia, la cruzó al lado de Santiago, su padre. Con él anduvo todos los caminos que pudieron. Santiago se preocupó por enseñarle las mañas necesarias para adquirir poder o, por lo menos, para intentarlo. Nunca jugó con otros niños. No había tiempo para hacerlo. Para él, era una muestra de debilidad. Maduró su personalidad, a golpes de acciones recomendadas por Santiago. Desde robar a un indefenso tendero de
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    194 barrio; hasta llevary traer información para pares más importantes y poderos. Esos fueron los rituales para su iniciación. Con su madre nunca tuvo un acercamiento diferente que aquel relacionado con su condición de mujer de todos. Él mismo realizó con ella lo que realizaba Santiago y Pánfilo y Daniel y Samuel y Sinisterra…Lista de nunca acabar. Así aprendió a subestimar a las mujeres. Para él, ellas no eran otra cosa que sujetas de placer. Bien sea comprado o por cualquier otra condición. Lo único cierto, según aprendió Adrián, es que ellas no saben más allá que de abrir sus piernas y esperar uno o varios usuarios. Así estuvo con Rosa Elvia; con Maritza; con Martha; con Susana. Cuando no pudo imponer sus condiciones, como en el caso de la efímera vida de pareja con Isolina, dirimió el impasse por la vía de la separación; manteniendo latente su odio por la valentía y la fuerza conceptual de Isolina. Esto incidió, hasta cierto punto en el acumulado de hechos que sustentaron la muerte violenta de ella. Porque, le insistió a Pánfilo que mujeres así no podían seguir viviendo. De hecho ya, Pánfilo, tenía suficientes motivos para hacerlo. De todas maneras lo que más peso tuvo en la decisión de darle muerte, fue su cercanía con Juliana, con Pedro Arenas y con Demetrio; todos ellos y ellas usufructuarios de lo que Pánfilo tipificó como la franja de la subversión del orden establecido. En todos los sentidos. Incluido, claro está, el orden político, económico y social del país; liderado por un auténtico extirpador de tumores sociales malignos. Con Samuel mantuvo, transitoriamente, una confrontación. Cuando éste (Samuel) fue infectado por el mal de la discrepancia y la sedición. Tiempo en el cual Samuel respaldaba las acciones de Isolina, de Juliana, de Pedro Arenas y de Demetrio. Nunca ha negado que
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    195 hubiera matado aSamuel, si no hubiera rectificado su camino. A partir de ahí se hicieron socios en la tarea de matar y vulnerar. Socios de Pánfilo y de sus adeptos-empleados como asesinos a sueldo. Conoció a Verdaguer, un día en que este visitó a su madre; en ausencia de Santiago. Adrián tenía nueve años. Fue testigo de la capacidad de Rosa Elvia para otorgar placer. Ella y Verdaguer consumieron horas y horas. Ella gritaba, él acezaba, una y otra vez. Fue el origen de su misoginia. Volvió a verlo con ocasión de un viaje a Montevideo; cumpliendo una actividad ordenada por Pánfilo. Se trataba de contactar hombres al servicio de la dictadura, en su lucha contra la oposición, incluidos claro está militantes de los Tupamaros; o simpatizantes de ellos. Probado o sin comprobar. Justo, Verdaguer era un cabecilla de los exterminadores; o de los “patriotas” como se hacían llamar. En comienzo, Verdaguer no reconoció a Adrián. No atinaba a la cotejación entre un joven de 20 años y un imberbe de nueve años. Pero Adrián si lo identificó en el acto. Se lo hizo saber. Inclusive le manifestó que, como él, había disfrutado de las bondades eróticas de Rosa Elvia. Por indicación de Verdaguer, Adrián conoció otros integrantes de los grupos de exterminio. Viajaron a Punta del Este. Se divirtieron y concretaron asesorías para los grupos en Colombia. Hasta cierto punto la escogencia de esta ciudad obró como distractor; pues había grupos de inteligencia, compuestos por personas afines a la oposición. Particularmente, a los Tupamaros; cuyo objetivo era localizar, identificar y actuar en contra de los mercenarios.
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    196 Su regreso alPaís, se produjo el mismo día en que se cumplió la orden de matar a Juliana y a Pedro Arenas. Un trabajo perfecto. Un procedimiento similar al que conoció que estaban perfeccionando en Uruguay. Estuvo reunido con Pánfilo, Samuel y tres hombres más, de plena confianza de Pánfilo. Desde ese mismo día se programaron sesiones de trabajo con ejecutores activos y potenciales. Ya había el antecedente de las enseñanzas de Klein. Lo de ahora era un reto mayor; pues se trataba de incursionar de lleno en las ciudades en contra de objetivos previamente identificados por las labores de inteligencia al servicio de ellos, orientados desde las instituciones militares y policiales. Adrián fue designado interventor de los procedimientos en la capital. Un oficio dispendioso que exigía conocimientos y concentración. Coordinar búsquedas y ejecuciones. Él era intermediario entre Pánfilo y los realizadores directos de los encargos; así llamaban ellos los asesinatos. Desde allí, Adrián conoció pormenores de toda la doctrina al respecto. Conoció códigos utilizados para concretar reuniones entre militares y policías institucionalizados, con los grupos de ejecución clandestinos. Desde allí conoció el rol de los asesores estadunidenses; del rol no publicitado de la embajada. Conoció de los alcances de la política diseñada por la cúpula gubernamental, militar y policial. De los objetivos a mediano y largo plazo y de las tareas inmediatas conducentes a concretarlos. Por sus manos pasaron listas y códigos con los nombres de los objetivos militares, paramilitares, policiales y parapoliciales. De todas las edades y sexos. Con indicaciones
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    197 precisas para elencubrimiento de las muertes. Con todos los datos necesarios. Con día y hora de las ejecuciones y con indicaciones acerca de las modificaciones de último momento. Una noche, fue secuestrado, en su residencia, por un grupo de hombres y mujeres. Lo encontraron muerto tres días después en una localidad vecina a la capital. Luego se supo, después de complicadísimas cotejaciones realizadas por Pánfilo y la cúpula militar; que había sido ubicado e identificado, a partir de información vertida por Verdaguer. Este fue tipificado como mercenario de doble vía y doble aplicación. Pánfilo Castaño, nació en un hogar en el cual había seis hermanos. Raquel, su madre era una mujer relativamente joven. Había conocido a Pánfilo, padre, en Puerto Boyacá. Un hombre contrahecho. Una joroba inmensa lo acompañaba. De profesión vendedor y comprador de cachivaches. Decidió vivir con él; desde su primer embarazo. Ella reconocía que el único atributo de Pánfilo era su capacidad para satisfacerla. Un músculo inmenso y en continua necesidad de horadar. Ella explotaba, solo con verlo y palparlo. Así, con ese referente como base, tuvo siete hijos. Al nacer Pánfilo, hijo, su padre estaba en Puerto Boyacá. Ejerciendo sus labores como cachivachero. Además de sus funciones como hombre insaciable. Se dice que había violado a una niña de diez años; la cual quedó embarazada y que tuvo un hijo en el hospital de Puerto Berrio. Que, por esto, la madre y el padre de la niña la habían expulsado de la casa. Y, también, que la niña había sido recogida y cuidada por una pareja que vivía en el Puerto.
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    198 De ser así,no sería el primer caso de violación endilgable a Pánfilo. Ya, en otras ocasiones, se había conocido de algunos casos más. Sin embargo, nunca fue requerido por esto. Como si su entorno estuviera adormecido. Como si ese tipo de vulneración no tuviese ningún doliente. Solo ellas, las niñas, con su dolor y con la amargura que produce el estar inmersas en la pérdida de su infancia. De frente a una sociedad que asume esto como cotidiano, sin ninguna expresión de repudio. El hogar de Pánfilo, en un proceso de descomposición acelerado. Un escenario en donde cada quien asume un rol relacionado con ese proceso. Sus seis hermanos, herederos de los principios aviesos del padre. Una madre que era subyugada por sus propias convicciones. Siendo ella un referente confuso. Porque Raquel, mujer de simplezas y de ansiedades. Como esa de estar buscando la felicidad en un universo que otorga el derecho a su placer inequívoco. Añorando a su Pánfilo a cada rato. Buscando saciar sus ganas perennes. De hecho, cuando estuvo en Puerto Berrio, durante uno de sus viajes para visitar a su sediento Jorobado, conoció a Santiago. Hombre sin joroba, pero dueño de principios similares al jorobado. Con él ejerció lo mismo que con Pánfilo. La diferencia estaba en las sutilezas. Santiago la obnubilaba con sus palabras tipo. Le susurraba nimiedades a su oído. Poseedor de un falo continuamente erguido, como el de su Pánfilo. Santiago la hacía llorar y gritar de gozo. Nunca acabado. A cada instante. Compartía con los dos su desenfrenada necesidad de ser penetrada. Hizo cuentas y concluyó que hubo dos hjos con Santiago. Pitágoras y Adrián. Los obsequió a dos familias. Sin trámites, solo con su visto bueno. Sin rastros y sin remordimientos.
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    199 Los seis hermanosfueron decidiendo, cada uno, su rol. Vendedores de perversiones. Cada quien es cada quien. Se les conocía como la banda de los Pánfilos. Devastadores. Hacían suyos lo de los demás. Una banda tenebrosa. Mataban por placer…o por encargo. Uno de ellos poseyó a Raquel, ella lo quiso así. Porque vio en su músculo horadador, el tamaño del de su Pánfilo. Lo hacían a cada rato. Un ejercicio sistemático. Lo mismo, erección continua, receptáculo continuo. Sin importar hora ni lugar. Todos, en casa lo sabían. Ella nunca lo negó. Porque lo suyo era eso. Placer a cada momento. Raquel de todos y de nadie. Heterodoxa constante. Solo le importaba eso y nada más. Pánfilo, hijo, fue creciendo. Se vinculó con grupos que hacían de la vida, una postal para enmarcar. Asesinatos, robos e inveterados alumnos de quienes ofrecían tácticas de exterminio. Él estuvo como aprendiz con su maestro Klein, judío que enseñaba técnicas para matar y permanecer insensible a las consecuencias. Muchas experiencias. Aprendió a identificar objetivos, a hacer seguimientos. A seleccionar víctimas. Todo en un solo paquete. Recorrió todo el país practicando lo aprendido. Asesor de quien lo necesitara. Realizador de acciones por encargo. Fue creciendo en importancia. Una experiencia tras otra; lo consolidaban como sujeto imprescindible. De confianza de los patronos. Fue creciendo en dinero. A través del negocio de sus jefes. Cada encargo y cada ejecución lo hacían más importante. Estuvo en Medellín en 1986, entrenando aspirantes a ejecutores directos. De hecho, allí, ese año, se conocieron los resultados. En la carretera a Villavicencio tuvo discípulos aventajados. En Bogotá tejió redes y concluyó encargos. Lo mismo en Soacha, en 1989.
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    200 Pánfilo conoció aMaritza, un día 4 de julio. Ella estaba en el funeral de Ambrosio. Un conocido suyo desde la infancia. Amigo de ella y de su hermano Samuel. Hombre vinculado a la trata de etnias. Esa empresa crecía día a día. Cuando lo mataron, se tejió la versión en el sentido de que había sido orden de Sinisterra, uno de los secuaces con más recorrido en ese negocio. Supervisor en el país. Verificador de códigos y de determinaciones. Su aval era necesario para justificar cualquier acción. Pánfilo estuvo allí, como veedor de la tarea cumplida. Como su interventor. Maritza, mujer de unos 25 años. Poseedora de un cuerpo atrayente. Exuberante. Su padre, Santiago, la había reservado siempre para ocasiones particulares, importantes. La probó y la entregó a quien la necesitara. Ella era digna de su padre. Insaciable. No le importaba nada que no estuviera relacionado con su condición de hembra otorgadora de placer. Tampoco le importaba su pasado. Cuando sació a su padre. Cuando conoció que su madre Rosa Eugenia andaba por ahí, prodigándose a quien la necesitara. A Verdaguer, a Santiago, al Jorobado, a Tapia, a Ismael, etc. No tenía escrúpulos, Maritza. Lo que ha de ser que sea, su consigna. Conversaron un rato. Pánfilo la había abordado. Se dijeron palabras cautivadoras. Ya ella había advertido el tamaño del músculo bajo su bragueta. Este quería salirse de su contenedor. Él, también, había advertido la ranura de Maritza. Su tamaño y su ancho no podían ser ocultados por el pantalón que llevaba puesto. Era como un trofeo exhibido en blanco y negro. Fueron a casa de ella. Una habitación estrecha. Pánfilo expresó, sin pensarlo, “tienes que mudarte de esta estreches. Puedo pagarte la amplitud que quieras”. Fueron a lo suyo. Maritza
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    201 le mostró loque él ya prefiguraba. Un cuerpo bien hecho. Un pubis y unos pezones hermosos y provocadores. Una ranura ancha; pero unas paredes que parecían no inauguradas. Una y otra vez. Sin pausa. Ni él ni ella se rendían. Solo el afán de cumplir dos citas contraídas previamente por Pánfilo, puso fin a su trajín. Le dejó dinero para lo que necesitara, con la advertencia de que debía cambiar de domicilio. Donde sea y al precio que sea. Me avisas, dijo al salir. Lo urgía la supervisión de un encargo que le había hecho a dos de sus hermanos, en la Universidad de la República y en un barrio de la periferia. Volvieron a verse tres días después. En la ciudad había revuelo por sucesivas muertes violentas. Todas con un modus operandi similar. Dos hombres al acecho, baleaban a las víctimas. Sin ninguna pista, decían las autoridades. Maritza estaba con su hermano Samuel. Ya este conocía a Pánfilo. Habían realizado algunas actividades juntas. Una de ellas, tal vez la fundamental, tuvo que ver con una sesión de entrenamiento, en Puerto Boyacá, impartido por un ciudadano Israelí. Una reunión amplia. Forjadora de futuros acechantes de enemigos del orden. Particularmente de aquellos y aquellas que postulaban opciones en contravía de lo ya establecido, como doctrina y como realización. Samuel había llegado dos días antes. Ya había realizado con Maritza un ejercicio pleno que conocían de memoria. Desde su infancia, se tocaban, sus respectivas zonas. Hoy, una vez llegó, Samuel abordo a su hermana. La hizo sucumbir con sus conocimientos acerca de acceder a lugares del cuerpo que hacían explotar. Estuvieron una y otra vez, por dos horas.
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    202 Cuando Pánfilo entró,percibió el olor a sexo. No dijo nada. Porque él no tenía reparos en eso de poseer. Para él era válido cualquier momento y cualquier mujer. Su experiencia era muy vasta. Con mujeres comprometidas y ensayadas. Y con mujeres de primera vez. Unas y otras, por la fuerza si era necesario. Era un individuo que sabía complacer. Era conciente de que su asta daba para todo. Nunca se veía fláccida. Una erección de mil momentos. Era su estado natural. Era conciente de ello y se alegraba de que así fuera. Saludó a su par, Samuel. Este se retiró de allí inmediatamente. Pánfilo le dijo a Maritza que venía cargado. La ansiedad de los dos trabajos realizados, le causaron una erección fuera de la normal. Estaba ávido de montar. Maritza se entregó. Como si fuera la primera vez. Pedía más y más. Pánfilo le daba lo que pedía. Su erección crecía y crecía. De nunca acabar. La avasalló más de diez veces. Como en el primer día; solo suspendió la prueba de resistencia, cuando llamaron a la puerta. Era su madre Raquel. Venía por la dádiva que le había prometido Pánfilo, su hijo. Ella también olió el entorno. Supo que allí se habían realizado, por lo menos dos, ejercicios. Para ella no era novedad. Incluso, se acordó de, cuando su hijo la penetró, a sus quince años. Quisiera haber retenido ese momento y ese músculo. Maritza se incorporó de la cama. Había quedado a medio camino, en la onceava vez. Acechó a Pánfilo y a su madre. Ella intuyó que habían sido amantes. Por esas condiciones que tienen las mujeres de intuir cualquier movimiento sexual que no fuera con ella. Pánfilo acompañó a Raquel, hasta la puerta. Se despidieron sin más. Pánfilo regresó adonde Maritza. Ella estaba adormilada, más no cansada. Concluyeron lo que dejaron iniciado. Durmieron largo rato. Ya era de noche, cuando Pánfilo pidió cena a domicilio. Tan abundante fue la cena; que Maritza
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    203 le insinuó aPánfilo la posibilidad de guardar las sobras, para cuando volviera su madre, Raquel. El accedió. Pánfilo salió. Fue a visitar a su medio hermano, Pitágoras. Le había conseguido un domicilio en la ciudad. Había realizado con él todo lo imaginable. Se surtía de placer con él. Pitágoras era amante de todos los hombres. Pánfilo ya lo sabía. Pero, como con Maritza, no le preocupa. Simplemente, le exigía atenderlo cuando él lo necesitara. Llegó con ganas. Ordenó a Pitágoras que se desvistiera. Él hizo lo propio. Lo tuvo hasta la madrugada. Un avasallamiento sin límites. Una y otra vez. Su falo estaba como si nada hubiera sucedido. Pitágoras estaba exhausto. Sin embargo, Pánfilo no acababa. Una y otra vez. Su músculo seguía erguido. Cuando Pitágoras le expresó que no podía más, Pánfilo lo golpeó con fuerza. Sus puños eran de hierro. Lo dejó allí, lacerado, casi muerto …Cuando Pánfilo se despertó, ya Maritza estaba en pie. Le dijo: dormiste mal. Gritabas a cada momento. Mencionabas a Pitágoras. Lo insultabas. Le decías: ¡más, más; hombre de todos. Marica vergonzante ¡Pánfilo salió, como si nada hubiera pasado. Como si nada hubiera escuchado. Se dirigió al sur de la ciudad. Había concertado una cita de verificación con Samuel. Lo amaba. Ya se lo había manifestado varias veces. En principio, Samuel, resistió. Sin embargo, al cabo del tiempo, sucumbió. Este Pánfilo es ineludible. Era asfixiante. Se recorrieron los cuerpos antes de hablar del asunto. Una vez Pánfilo. Otra vez él. Montaban y montaban.
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    204 Hablaron de lostrabajos realizados durante el día. Confirmadas las muertes de Juliana, Isolina y Pedro. Todo un hito, en relación con el grado de dificultad de las acciones. Samuel le expresó que era una trama bien realizada. Su perspectiva no lo era menos. Acechar a sus contradictores. Ya estaba programado lo sucesivo. Hombres y mujeres que debían morir. Como escarmiento y como novedad. Un ensayo continuo que no podía prescribir. Por el contrario; debía prolongarse por el tiempo que fuera necesario. Pánfilo le pidió más a Samuel. Este estaba saturado. Pero tuvo fuerzas para otorgar lo que pedía Pánfilo. Lo recibió dos veces más. Quedó dormido, vapuleado por el cansancio. Cuando Pánfilo salió, fue abordado por dos hombres que lo hicieron subir a su auto. Pánfilo apareció muerto en un escampado de la ciudad. Así lo informaron los medios. Susana Amézquita, tenía nueve años; cuando su madre marchó. Nunca se supo el motivo ni el destino. Un padre Itinerante. De aquí y de allá. Sirvió como portador de opciones políticas. Se dice que estuvo inmerso en mil variantes del ejercicio de hilo conductor a través de todo el continente. Un sujeto bárbaro, a la hora de fijar sus principios y convicciones. Trató a su hija como surtidora. Ella lo había localizado, cada vez, en escenarios diferentes. Un tipo que sabía hacerse en los lugares necesarios para desarrollar su rol como señor de mil y una informaciones. Nómada perverso. Estuvo en todos los lugares. Cada que era requerido, aparecía como fantasma. La democracia era, para él, un ejercicio, cuando menos, inocuo. No era sujeto de aspavientos. Lo que hacía, lo hacía con absoluta certeza. Esto le permitió cautivar a diferentes personajes. Jefes de gobierno y confabuladores. Esos eran sus objetivos.
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    205 Aun ahora, recuerdasu tránsito por Centroamérica. Y por algunos países del Cono Sur. Perdulario siempre. Tejiendo, aquí y allá, falacias. Que le permitían todo tipo de benevolencias para actuar. Susana lo conocía. Para ella había sido difícil entender esta dinámica. Pero, de hecho, no solo se acostumbró; sino que heredó el don de la palabra. Para construir argucias. Para acomodarse a cualquier circunstancia. Cuando conoció a Samuel, estaba bordeando los quince años. Él tenía 16. Cada viernes se encontraban, en la noche. Disfrutaban del placer que otorga el sexo. De una y mil maneras. Como quienes descubren el quehacer y lo prolongan. Susana no amaba a Samuel. Era insípido, a veces, No tenía continuidad. Además, era un sujeto extraño. A veces le decía que exploraran más allá. Le indicaba una posición bocabajo. Él encima. Hasta que ella no resistió más. Le dijo que ese tipo de posición no le agradaba. Que dolía mucho y, además, no estaba hecha para eso. Lo suyo era la ortodoxia; por donde lo hacen todas las parejas. Hasta ese día estuvieron juntos. Lo demás, fueron meras aproximaciones. Como amantes que habían sido. Pero no más. Susana se vinculó a una empresa. Un negocio extraño, en comienzo, pero después se habituó. Una comercialización de etnias y de sus culturas. Un engranaje a nivel internacional. Con sucursales en casi todas las ciudades capitales de países en Europa, Asia y África. Era un procedimiento entre sutil y abierto. Una aplicación nada compleja, del lenguaje inherente a la globalización. Porque, sin esto, los pueblos no serían pueblos, ni sus culturas serían culturas. Un discurso engañoso.
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    206 Procedimientos bárbaros, aquellos.Un traslado de culturas, a la manera de un intercambio. Inmigrantes que sufrían los rigores de autoridades que, por un lado auspiciaban esos procedimientos y que, mañana, hacían aparecer su ejercicio de autoridad; como algo pulcro, sin ningún tipo de conciliación. Discursos onerosos que contribuían a la caracterización de nuestros países como orientadores, sin fin, de opciones para el enriquecimiento. Samuel se vinculó después. El mismo día en que Nicolás Sinisterra fue designado como supervisor general de la empresa. Este tipo, Sinisterra, si que era abominable. Con un rictus en su boca que causaba profundo fastidio; por lo mismo que era agresivo. Ojos escrutadores. hacia las mujeres, con un tono lascivo. En principio me apartaba de él y conversaba con Samuel. Sinisterra se dio cuenta de mis argucias y, entonces, conminó a Samuel para que permaneciera en el depósito de exportaciones e importaciones. Un trabajo durísimo; ya que le correspondía realizar inventarios periódicos. A su vez, cotejar los resultados con las bitácoras existentes en la compañía. Le asignaron un auxiliar un tanto torpe, Jerónimo. Este se acomodó a las circunstancias, con Samuel como guía. Un trabajo dispendioso. Se trataba de inventariar el contenido de cajas que llegaban de diferentes partes del país y, de Europa, Asia y África. Samuel, le manifestó a Susana algunas inquietudes al respecto. Esta hizo caso omiso de las mismas. Samuel, nunca más, volvió a manifestarle algo al respecto. Entretanto, Las relaciones entre Susana y Samuel se fueron deteriorando. Samuel sentía celos por la cercanía entre Sinisterra y ella. De por sí, Susana, era abierta, circunstancial. No la arrobaban los comentarios de los demás. En el caso particular de Samuel lo desechaba como resentido.
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    207 Entre Sinisterra ySusana, fue creciendo una interacción sexuada. Ella y él eran expertos en eso de otorgarse a cada momento. La esposa de Sinisterra era, para él, sujeto distante y frío. Con Susana sentía placer con solo miarle e imaginar sus pechos al desnudo. Imaginar la joya que llevaba entre sus piernas. Soñaba con montarla. A cada noche. No podía dormir, hasta no manipular su pene, con la figura de Susana como referente. Una y otra vez; hasta vaciarse en cantidades enormes. Las sábanas daban cuenta de ello. Cuando su esposa le requería por esas manchas que dejaba cada noche; Sinisterra le respondía que era consecuencia de una fijación con respecto a ella; ya que no podía tenerla debido a las hemorragias continuas que sufría. Susana tenía precio. No simbólico. Realmente disfrutaba de los ofrecimientos de Sinisterra. Obsequios diversos que colmaban su vanidad. Desde vestidos de marca, hasta chocolates importados, los garotos de Brasil. .Se sentía halagada constantemente. Además, como propuesta de Sinisterra a la gerencia, la nombraron su asesora. Un sueldo más representativo y unas ínfulas derivadas de ello. Hasta que no pudo más. Se entregó a Sinisterra en el mismo local de la empresa. Un mediodía, mientras el personal disfrutaba de su descanso para el almuerzo; se tumbaron sin ningún recato. Rodaron por la alfombra; destrozaron sillas en su ajetreo que duró cerca de dos horas. Susana lamentó, después, no haberle exigido preservativo a Sinisterra. Porque, desde ese mismo día quedó preñada. Le habló a Sinisterra al respecto. La respuesta de este fue perentoria: es tu problema. Claro que puedes contar con mi aporte económico cuando lo necesites. Pero el hijo o hija será tuyo o tuya, no míos. A pesar de la respuesta, Susana siguió
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    208 explorando con Sinisterra.Dos veces por semana. Siempre al mediodía. Desde la primera vez, Jerónimo los observó desde lejos, aprovechando una grieta que había sido inadvertida, durante mucho tiempo. El chico se sentía trastornado. No quería a las mujeres; sentía gran excitación, viendo el palo erguido de Sinisterra y su sincronía para forcejear con Susana. Siempre, a partir de ahí, quiso ser él el que soportara esa maniobra, de la sincronía de Sinisterra. Con Samuel, a pesar de su fuerza, no era lo mismo. No sentía mucho placer. Los movimientos de Samuel eran torpes y permanecía mudo mientras lo poseía. Ninguna caricia; ninguna palabra motivadora que delatara su amor por él. Se hizo la promesa de lograr que Sinisterra hiciera con él, lo mismo que con Susana. Soñaba con eso. Despertaba en la madrugada, cautivado por la imagen de Sinisterra con su músculo erguido y llamándolo. La madre de Susana, había trasegado por mil mundos. Una mujer altiva. Con una inmensa pasión por lo espiritual. Mientras vivió con el padre de Susana y de Josefina, le enseñó un ritual complejo, antes de ser penetrada. Un sortilegio extraño. Por lo menos no era común. Se trataba de danzar desnudos y luego meditar durante largo rato. Ella decía que así se expulsaban malquerencias que la acechaban a ella y que, suponía, lo acechaban a él. Una vez concluida jornada. Invitaba a su macho, para que la montara. Pero, previamente, se vendaba los ojos. No es conveniente, le decía, verte la cara con esos gestos acezantes. Un día cualquiera, Rafaela, salió de casa y nunca más regresó. No se supo de ella. Había algunas versiones que la localizaban en Manaos. Pero esta versión nunca pudo ser confirmada. Lo cierto es que, en ausencia de Rafaela, Josefina satisfizo al padre. Siempre había soñado con esto. Ser amante del padre. Como rodeo teórico que invierte la opción
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    209 edípica. Josefina nuncaquiso a su madre. La odiaba por poseer a su padre. Muchas noches estuvo atisbando el ritual. Abría sus piernas y seguía el ritmo de ella y el de él. Un orgasmo provocado, a distancia. Después, la absorbía el sueño, dormía sonriendo. Con sus dedos en su abertura; entrando y saliendo. Con la imagen de su padre sobre ella y no sobre su madre. Así se mantuvo hasta los 16 años; Hasta que conoció al negro Burbano. Sucedió un día que estaba en casa de Silvia, su amiga de siempre. Burbano entró, sin saludarla. Le dijo a Silvia que quería estar solo con ella. Josefina salió. La había impactado el cuerpo de ese negro. Imaginaba la largueza de su miembro; a partir de lo que podía observar en su bragueta. Esperó largo tiempo, hasta que Burbano salió. Lo abordó. Le dijo que necesitaba hablar con él. Lo llevó a su casa. Una vez allí, se desnudó delante de él, se acostó en la cama y abrió sus piernas, insinuándoles a Burbano que la montara. Él era un hombre de constantes experiencias sexuales. Hombre de grandes batallas. Siempre había sido admirado por las mujeres, que veían él, un ejemplar inagotable. Entre sí, ellas, hablaban de sus montadas. Sin pausa, hasta cinco o seis veces. Casi siempre las dejaba exhaustas, mientras él seguía con su asta erguida. Burbano avasalló a Josefina. Tres veces la inundó; hasta que ella no resistió más. Se quedó dormida. Burbano salió por donde había entrado. Josefina le relató a Susana su entrega. Eran buenas amigas. Susana preguntó si Burbano había utilizado preservativo. Josefina, dijo que no. Susana le advirtió: ahora debes estar preñada. Dime donde vive ese tipo, para obligarlo a regresar donde ti.
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    210 No sé dóndevive, respondió Josefina. Lo único que sé es que frecuenta a Silvia. Son amantes desde mucho tiempo atrás. Silvia recibió a Susana, un tanto sorprendida. Nunca la había visitado. Sin embargo, la invitó a seguir. Hablaron en el cuarto que Silvia destinaba para sus escarceos con Burbano. Después de escuchar la versión de Susana, Silvia dijo: cada quien vive sus propios placeres. Cada quien asume las consecuencias. Esto lo tradujo Susana; en términos de que a Silvia no le importaba lo que hubiera su cedido entre Burbano y Josefina, a pesar de su minoría de edad. Josefina y Susana, se acompañaron en la preñez casi simultánea. El padre, al conocer el estado de las dos, abandonó el hogar; no sin antes vilipendiarlas. Las acusó de ser putas perras que le abren las piernas a cualquiera. No quiso saber nada de ellas, desde ese momento. Transcurrió el tempo para las dos gestantes. Entretanto, Susana se le entregaba a Sinisterra, sin importarle el crecimiento de su vientre. Susana era incansable. Aun a riesgo de perder a su hijo, ensayaba con Nicolás un gran número de posiciones diferentes. Lo suyo era un eterno ejercicio erótico, sin límites. Jerónimo, había cumplido su promesa. Se presentó donde Sinisterra; un día festivo en que la empresa no tuvo actividades. Le dijo: patrón he venido porque necesito confesarle algo. Estoy enamorado de usted. Quiero ser suyo, todos los días; donde usted quiera y a la hora que quiera. Ese día, Sinisterra inauguró su otra opción. Le sugirió a Jerónimo que se desvistiera. Luego, desabrochó su bragueta y montó en él. Jerónimo sintió el placer de ser penetrado por un falo
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    211 tan inmenso. Lehurgaba las entrañas. Alejó de si el dolor, gritando más, más, patroncito. Sinisterra lo hizo una y otra vez. Hasta que Jerónimo empezó a sangrar. Una hemorragia inmensa. No sirvieron los algodones, las gasas y los trapos que utilizó Nicolás. Era un torrente inagotable. Allí mismo murió Jerónimo. El problema para Sinisterra fue mayúsculo. Llamó al asesor jurídico de la empresa. Este lo advirtió de las consecuencias jurídicas del caso. Porque no valía la pena mentir; ya que la cotejación del ADN o, una simple muestra de semen, lo haría vulnerable; por no decir que responsable de manera directa. Le propuso deshacerse del cadáver. Primero, encerrándolo en el cuarto que queda cerca de la bodega principal. Allí no entraba nadie sin ser autorizado y sin tener la clave de acceso. Después, aprovecharían el vehículo que reparte mercancías, para tirarlo en cualquier escampado. Diez días después, el cuerpo de Jerónimo fue encontrado y reportado como occiso que había sido violado días antes y que había sido reportado como desaparecido Para Samuel, la noticia, significó un dolor inmenso. Porque Jerónimo era su vida. Lo amaba profundamente. Cada día, al lado suyo, fue una experiencia hermosa. Para no hablar de los momentos en que recorrían sus cuerpos. A pesar de cierta indiferencia por parte de Jerónimo, Samuel lo sentía como amante que sabía otorgar placer sin límites. Susana sospechó de Sinisterra. Era como una percepción constante. Como cuando alguien siente que quien está consigo; tiene un secreto. Como un viento frío que causa escozor; que
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    212 penetra todo elcuerpo y obliga a sentir miedo. La sospecha, se incrementó, cuando Susana observó manchas en el tapete. Sangre y semen. Ella conocía de esas texturas, desde su lejana infancia, cuando fue violada por su padre. Allí, ella sangró de manera abundante y su padre se vacío cien veces sobre ella. Sin embargo, calló. No estaba dentro de sus propósitos un juicio de responsabilidades. Entre otras cosas, porque Sinisterra era el padre de su hijo, aunque él no lo quisiera. Además, porque, las ganancias de la empresa dependían de él; como sujeto que mueve el negocio; a partir de sus contactos en el exterior y en el interior, a través de su amigo, el hermano del Ministro del Interior y de Justicia. El registro de la muerte de Jerónimo, cumplió su ciclo. Fue caso olvidado, a pesar de las conjeturas de Samuel, que veía en la muerte de su Jerónimo, un asesinato con responsable cercano; ahí mismo en la empresa. Pero todo, en él, eran suposiciones y nunca evidencias demostrables. Susana llamó a su hijo, Daniel. Josefina, llamó a su hija Isadora. Las dos, Susana y Josefina, se arrepentían del paso que habían dado. Era un pago demasiado grande por el placer sentido. Cierta rabia con su hijo y con su hija. Daniel e Isadora crecieron, en el contexto del resentimiento. Una y la otra, una amargura extrema que las obligaba a un continuo ejercicio de desdoblamiento, mostrando hacia fuera una satisfacción absoluta. Siendo, en su interior, una angustia reprimida. No querer ser madres era el soporte de su quehacer inmediato.
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    213 La vida deSilvia siempre fue extraña. Una mujer con infancia sometida a unos rigores infames. Una madre deambulando por aquí y por allá. Con un registro histórico de ineludibles visos de descompensación. Tuvo a su primer hijo, Samuel, como consecuencia de haber sido violada por un hombre giboso, residente en Puerto Boyacá. Estuvo a la deriva, como noria constante. Una pareja, Isolina y Demetrio, la recibieron con bondad y con solidaridad. Sin embargo, ella, Rosa, se escapó. Encontró a Santiago, en Puerto Berrio, Se enamoró de él; como había aprendido a hacerlo. Por la vía de su deseo, que parte desde adentro. Una obsesión patológica. Al ver a un hombre, siempre, medía su condición, por la imagen de su pene. Casi nunca se equivocaba. En el caso de Santiago, no fue la excepción. Lo vio en el parque. Calculó su potencia y su longitud. Así, sin ninguna excitación, era una vara inmensa; siempre al acecho. Ese día durmieron allí mismo, en el parque. El piso desnudo fue su hospitalario lecho. Gimieron cerca de tres horas. Los transeúntes los miraban. Algunos con envidia de lo que tenía Santiago. Otras con la ansiedad y con el deseo de que sus parejas les hicieran lo mismo. Algunos. Pasaron las horas allí. Viendo esa lucha cuerpo a cuerpo. Se abstraían; olvidando sus tareas inmediatas. Se quedaron, hasta asegurarse de que la pareja cumplió su reto. Tal parece que Silvia fue engendrada ese primer día del encuentro entre Santiago y Rosa Elvia. Nació un 8 de marzo. Desde pequeña añoró tener un amante. Veía en su madre un prototipo a imitar. Cada noche Santiago la poseía. Era tanto el furor y los espasmos, que la niña terminó por creer que ese ritual hacía parte de lo cotidiano de una mujer y de un hombre. A su muñeco lo desvestía y lo colocaba encima de ella, simulando a Rosa y a Santiago.
  • 214.
    214 Tal vez poresto, a sus diez años, ya lo anhelaba. Lo encontró en Daniel; un amigo de la familia de tiempo atrás. Un joven de estatura mediana; que la alzaba y la acariciaba desde que tenía tres meses. Daniel, desde ese momento, la hurgaba con los dedos. Ella sentía dolor y placer. Así fue siempre. Cuando cumplió diez años, Rosa Elvia solicitó a Daniel que cuidara de su hija, mientras ella atendía un asunto por fuera de la casa. Daniel ya sabía de cual asunto se trataba. La espiaba desde hacía tiempo. Seguía sus pasos y se percató de que se encontraba con un hombre en las afueras del barrio. Se besaban y caminaban cogidos de la mano, hasta un sitio famoso por ser el hospital de los amantes. Allí, cada pareja, curaba sus vacíos de amor y su nostalgia. Cuando Silvia entró al baño, Daniel la siguió. Entró con ella. La envolvió en sus brazos. Silvia dejó que las manos de Daniel la recorrieran. Sentía un estremecimiento gratificante. Cuando él le mostró su pene; Silvia lo tomó, acariciándolo. Se dejaron caer al piso. Daniel la guiaba. Abre las piernas; muévete. No llores. Esto no duele tanto. Dos horas después, Silvia sangraba. Se sentía dichosa. Admiraba lo de Daniel. La excitaba ese líquido viscoso que salía de él. Lo palpaba, era tibio. Daniel terminó con ella, porque llamaron a la puerta. Se incorporó, subió sus pantalones. La niña quedó en el baño, como si apenas empezara a bañarse. Cuando Rosa entró a la casa miró la bragueta de Daniel, a punto de romperse. Allí mismo le tocó su músculo tenso. Con Daniel cogido de la mano, lo llevó a su cuarto y allí continuo lo que había dejado pendiente con Pánfilo.
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    215 Creció, Silvia, allado de sus hermanas y hermanos; excepto Samuel que ya se encontraba por fuera del hogar. Vivía en un cuarto aparte. Allí pasaba noches y días. Después de su trabajo. Unas veces con Susana, otras veces con Jerónimo. Otras con Maritza. La había llevado allí y la poseía cada vez que no tenía a Jerónimo ni a algunos de sus amantes itinerantes. La primera preñez de Maritza, fue atendida con un aborto practicado en el mismo cuarto. Desde ahí, Maritza tuvo hemorragias continuas. Se le calmaron después de conocer a Pánfilo. Para Silvia, la vida es y ha sido un eterno murmullo. Un hablar consigo misma. En esos intentos inveterados que efectúan algunas personas, buscando sosiego. Tratando de encontrarse; a partir de redefinir sus roles. Ha sido una itinerante. Desde todos los lados. Desde su condición de mujer; desde sus pasiones; desde sus nostalgias. Podría decirse que no ha tenido la noción del significado que adquiere el tránsito por el mundo, en el contexto de una determinada sociedad. Lo suyo ha sido rodar por un abismo; sin asideros diferentes a aquellos que la relacionan con sus afugias de amante transitoria de uno u otro hombre. Inclusive, con hombres de la familia o cercanos a ella. Ella tiene un estigma. Desde que deseó a Santiago, al verlo actuar con su madre. Desde aquel día en que Daniel la tuvo. Pánfilo siempre la ha asediado. No importa que esté con Maritza. Para él, la promiscuidad es la condición normal de un hombre o una mujer. Lo de Pánfilo es una exhibición de poder económico y de convencimiento. Así concretó su relación con Silvia. No tuvo ningún reparo al saber que ella, a sus diez años, supo que es el placer de sentirse penetrada. Tampoco lo tuvo cuando conoció que Burbano la tuvo por mucho tiempo. Con él, Silvia, había construido
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    216 mil y unamaneras de forcejear. Por lo tanto, Pánfilo, encontró en ella una mujer ya hecha, curtida en posibilidades eróticas. Silvia conoció de la profesión que asumía Pánfilo. Hombre hecho para vulnerar a los demás. Con experiencias en todos los ámbitos derivados del manejo y aplicación de opciones políticas y militares. Su historial era inmenso. Tenía bajo su mando diferentes zonas del país. Sus empleados (así llamaba a los que cumplían con sus órdenes) eran distribuidos según las necesidades. Hombres con sentido de pertenencia con la muerte. Para ellos, matar, era una profesión y se divertían con ella. En el campo incursionaban a cualquier hora. Matanzas colectivas o individuales. Sabían convertir cualquier sitio en fosas comunes. Todo lo suyo estaba medido con un mismo rasero: el exterminio de quienes no asumieran sus convicciones; las mismas de quien o quienes estén en el poder. Un cruce de caminos entre exterminio y conducción política y económica. En la ciudad variaban los métodos. El preferido: matar en la calle a quienes previamente fueran señalados…O incursionar en las viviendas, llevándose al (la) requerido (a), para luego matarlo (a). La tortura se convirtió en modus operandi. Por vía Pánfilo, Silvia conoció del soporte que tuvieron muchas muertes. De Isolina; de Juliana; de Pedro Arenas; de Demetrio. Para ella, en principio, fue difícil la adaptación. Saber que quien exploraba con ella su cuerpo; era la misma persona que ordenaba las muertes. Por lo mismo no tuvo ningún problema para asimilar el hecho de que Samuel, Adrián, Pitágoras; eran agentes encubiertos al servicio de Pánfilo. Como no tuvo ningún problema asimilar el hecho de que su madre Rosa Elvia, a más de ser otra amante de Pánfilo; se constituyera en señuelo para adquirir información.
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    217 En fin que,Silvia, llegó a ser mujer de todos. Como su madre. Se iniciaron a la misma edad. Rosa Elvia asumió su primera vez, no como vulneración; sino como hecho cotidiano que le otorgó placer, a pesar del dolor y de las hemorragias. Tal vez por esto desechó la protección de Isolina y de Demetrio. Ella, Silvia, gozó del encuentro con Daniel. Siempre lo consideró como el primer paso hacia la reivindicación del placer. Con quien sea y como sea. Disfrutaba con Pánfilo cada que este la requería. Aun sabiendo que horas antes este había estado con Maritza. A esta, a pesar de que le molestaba, no le quedaba otra cosa que satisfacerlo; si bien en muchos momentos no lo disfrutaba. En veces podían más la rabia y los celos. Esto la inhibía para el placer. Volvió a conocer de Burbano, cuando supo que había sido muerto. Sospechaba de Pánfilo como mandante. Sin embargo, nunca tuvo certeza. Como homenaje silencioso, a partir de ahí, cuando Pánfilo estaba con ella; evocaba a Burbano. Tuvo su imagen. Como si quien estuviera encima o debajo fuera él y no Pánfilo. Cierto día, Pánfilo le solicitó un favor. Se trataba de que sirviera como señuelo para atraer a un muchacho que debía ser muerto. Un sujeto, decía Pánfilo, que no merece vivir. Por ser desleal con él. No imaginaba Silvia de qué tipo de deslealtad hablaba Pánfilo. Lo vino a saber cuándo Samuel le habló de Jerónimo. Le dijo que habían, Pánfilo y él, conocido de su romance con Sinisterra. Que se veían en la empresa; al mediodía. Que allí se poseían en extenso. No se ordenó la muerte de Sinisterra, porque su poder económico y su quehacer como administrador de la empresa; hacían parte del engranaje. Lo odiaban como competidor con respecto a Jerónimo. Pero se hacía intocable.
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    218 Soñó Silvia, quellamó a Jerónimo, con el supuesto propósito de entregarle un obsequio de Samuel. Ya que este se había ausentado de la ciudad; para cumplir con una misión de la empresa. Lo citó al parque central del barrio. Allí fue acribillado por dos hombres que se movilizaban a pie. Sin ningún problema huyeron después del asesinato. A pesar de la cercanía de un puesto de policía y de que algunos vecinos informaron de lo sucedido a los agentes. Silvia vivió presa de ese sueño, durante el resto de sus días. Ver a Jerónimo muerto…y que la llamaba…y que la increpaba por haber sido cómplice. En ese sueño, pudo más el desconcierto y la conmoción. Silvia no pudo soportar saberse cómplice de la muerte de Jerónimo. Pánfilo la encontró muerta en su cuarto. Había ingerido veneno, tres horas atrás. Antes de tomar la decisión de matarse, Silvia había escrito: “Creo que he llegado a la cúspide de la ignominia. Me avergüenzo por el giro que he dado en mi vida. Nunca encontré mi rumbo. Me consumió el placer y no me arrepiento de ello. Todo lo superé, a mi manera. Lo que no pude soportar fue mi condición de vehículo para la muerte; particularmente de Jerónimo.”... Cuando despertó, se percató que Pánfilo estaba encima de ella. Adrián se hizo hombre, en el entendido que serlo, significa capacidad para realizar acciones que impliquen la utilización de la fuerza para someter a quien sea. Desde su nacimiento, tuvo vocación de perdulario. De hecho, su infancia, la cruzó al lado de Santiago, su padre. Con él anduvo todos los caminos que pudieron. Santiago se preocupó por enseñarle las mañas necesarias para adquirir poder o, por lo menos, para intentarlo. Nunca jugó con otros niños. No había tiempo para hacerlo. Para él, era una muestra de debilidad. Maduró su personalidad,
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    219 a golpes deacciones recomendadas por Santiago. Desde robar a un indefenso tendero de barrio; hasta llevar y traer información para pares más importantes y poderos. Esos fueron los rituales para su iniciación. Con su madre nunca tuvo un acercamiento diferente que aquel relacionado con su condición de mujer de todos. Él mismo realizó con ella lo que realizaba Santiago y Pánfilo y Daniel y Samuel y Sinisterra…Lista de nunca acabar. Así aprendió a subestimar a las mujeres. Para él, ellas no eran otra cosa que sujetas de placer. Bien sea comprado o por cualquier otra condición. Lo único cierto, según aprendió Adrián, es que ellas no saben más allá que de abrir sus piernas y esperar uno o varios usuarios. Así estuvo con Rosa Elvia; con Maritza; con Martha; con Susana. Cuando no pudo imponer sus condiciones, como en el caso de la efímera vida de pareja con Isolina, dirimió el impasse por la vía de la separación; manteniendo latente su odio por la valentía y la fuerza conceptual de Isolina. Esto incidió, hasta cierto punto en el acumulado de hechos que sustentaron la muerte violenta de ella. Porque, le insistió a Pánfilo que mujeres así no podían seguir viviendo. De hecho ya, Pánfilo, tenía suficientes motivos para hacerlo. De todas maneras lo que más peso tuvo en la decisión de darle muerte, fue su cercanía con Juliana, con Pedro Arenas y con Demetrio; todos ellos y ellas usufructuarios de lo que Pánfilo tipificó como la franja de la subversión del orden establecido. En todos los sentidos. Incluido, claro está, el orden político, económico y social del país; liderado por un auténtico extirpador de tumores sociales malignos. Con Samuel mantuvo, transitoriamente, una confrontación. Cuando éste (Samuel) fue infectado por el mal de la discrepancia y la sedición. Tiempo en el cual Samuel respaldaba
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    220 las acciones deIsolina, de Juliana, de Pedro Arenas y de Demetrio. Nunca ha negado que hubiera matado a Samuel, si no hubiera rectificado su camino. A partir de ahí se hicieron socios en la tarea de matar y vulnerar. Socios de Pánfilo y de sus adeptos-empleados como asesinos a sueldo. Veintidós (El amante de mi madre) Conoció a Verdaguer, un día en que este visitó a su madre; en ausencia de Santiago. Adrián tenía nueve años. Fue testigo de la capacidad de Rosa Elvia para otorgar placer. Ella y Verdaguer consumieron horas y horas. Ella gritaba, él acezaba, una y otra vez. Fue el origen de su misoginia. Volvió a verlo con ocasión de un viaje a Montevideo; cumpliendo una actividad ordenada por Pánfilo. Se trataba de contactar hombres al servicio de la dictadura, en su lucha contra la oposición, incluidos claro está militantes de los Tupamaros; o simpatizantes de ellos. Probado o sin comprobar. Justo, Verdaguer era un cabecilla de los exterminadores; o de los “patriotas” como se hacían llamar. En comienzo, Verdaguer no reconoció a Adrián. No atinaba a la cotejación entre un joven de 20 años y un imberbe de nueve años. Pero Adrián si lo identificó en el acto. Se lo hizo saber. Inclusive le manifestó que, como él, había disfrutado de las bondades eróticas de Rosa Elvia.
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    221 Por indicación deVerdaguer, Adrián conoció otros integrantes de los grupos de exterminio. Viajaron a Punta del Este. Se divirtieron y concretaron asesorías para los grupos en Colombia. Hasta cierto punto la escogencia de esta ciudad obró como distractor; pues había grupos de inteligencia, compuestos por personas afines a la oposición. Particularmente, a los Tupamaros; cuyo objetivo era localizar, identificar y actuar en contra de los mercenarios. Su regreso al País, se produjo el mismo día en que se cumplió la orden de matar a Juliana y a Pedro Arenas. Un trabajo perfecto. Un procedimiento similar al que conoció que estaban perfeccionando en Uruguay. Estuvo reunido con Pánfilo, Samuel y tres hombres más, de plena confianza de Pánfilo. Desde ese mismo día se programaron sesiones de trabajo con ejecutores activos y potenciales. Ya había el antecedente de las enseñanzas de Klein. Lo de ahora era un reto mayor; pues se trataba de incursionar de lleno en las ciudades en contra de objetivos previamente identificados por las labores de inteligencia al servicio de ellos, orientados desde las instituciones militares y policiales. Adrián fue designado interventor de los procedimientos en la capital. Un oficio dispendioso que exigía conocimientos y concentración. Coordinar búsquedas y ejecuciones. Él era intermediario entre Pánfilo y los realizadores directos de los encargos; así llamaban ellos los asesinatos. Desde allí, Adrián conoció pormenores de toda la doctrina al respecto. Conoció códigos utilizados para concretar reuniones entre militares y policías institucionalizados, con los grupos de ejecución clandestinos. Desde allí conoció el rol de los asesores estadunidenses;
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    222 del rol nopublicitado de la embajada. Conoció de los alcances de la política diseñada por la cúpula gubernamental, militar y policial. De los objetivos a mediano y largo plazo y de las tareas inmediatas conducentes a concretarlos. Por sus manos pasaron listas y códigos con los nombres de los objetivos militares, paramilitares, policiales y parapoliciales. De todas las edades y sexos. Con indicaciones precisas para el encubrimiento de las muertes. Con todos los datos necesarios. Con día y hora de las ejecuciones y con indicaciones acerca de las modificaciones de último momento. Una noche, fue secuestrado, en su residencia, por un grupo de hombres y mujeres. Lo encontraron muerto tres días después en una localidad vecina a la capital. Luego se supo, después de complicadísimas cotejaciones realizadas por Pánfilo y la cúpula militar; que había sido ubicado e identificado, a partir de información vertida por Verdaguer. Este fue tipificado como mercenario de doble vía y doble aplicación. Adrián fue reemplazado por Daniel. Este había logrado escalar posiciones en la estructura; a partir de su relación con Silvia y con Maritza. Desde ahí empezó a conocer la organizac ión. Pánfilo le tomó confianza, por recomendación de Silvia que veía en él un amante pleno e imaginativo y, al mismo tiempo, un prospecto para asumir tareas. Por lo incondicional y por sus convicciones ajustadas a los requerimientos del oficio liderado por Pánfilo. Su primer encargo, tuvo que ver con la coordinación de una infiltración en dos grupos políticos de oposición. Dos objetivos. Uno, interceptar comunicaciones y enviar información
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    223 constante. Otro, identificarposibles nexos entre esos dos grupos y otros movimientos nacionales e internacionales; en una perspectiva desestabilizadora a gran escala. De su cosecha, fueron los atentados en contra de, al menos dos dirigentes de esos dos grupos. Uno de ellos, un ciudadano colombiano, responsable de la orientación y coordinador del flujo de información con organizaciones no gubernamentales a nivel internacional, incluida Amnistía Internacional. Otro, un ciudadano argentino; responsable de la coordinación de ayudas económicas con diferentes instituciones gubernamentales y no gubernamentales de Europa y de Asia. Fueron muertes violentas, con saña. Una, en la capital, mediante la adecuación de un coche bomba, a la salida de un acto político en el centro de la capital. La otra, en Buenos Aires, mediante una intervención sicarial. En las dos ejecuciones hubo personas muertas y heridas, ajenas al conflicto. Con esa carta de presentación, Daniel fue transferido a una instancia mucho más compleja. Estando allí, ejerciendo como coordinador operativo; lo sorprendió la muerte. Mientras andaba por una zona deprimida de la ciudad en que estaba; fue abordado por dos hombres. Allí mismo fue acuchillado. Según el reporte pericial, el móvil no fue el robo, porque llevaba toda su documentación, dinero y tarjetas de crédito. A Samuel lo sorprendió la decisión que le comunicó Pánfilo. Este había recibido, el día anterior, la orden de asesinar a Sinisterra. El soporte tiene que ver, según Pánfilo, con las actuaciones de Sinisterra, y que lesionaron las finanzas de la empresa. Había transferido, a
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    224 su nombre, unasuma muy importante de dinero; desde dos bancos en el país, hacia un banco en Suiza. Tolo, con la garantía que le daba el conocimiento de las claves correspondientes. Lo hizo sin compartir con nadie. Incluso, ni siquiera Susana lo supo. A pesar de haber realizado con ella diferentes viajes a Uruguay, Chile y Argentina; en un proceso de consolidación de sucursales de la empresa. Sinisterra, además, estuvo en Europa; concretamente en Inglaterra y Holanda. Viajó solo. Su relación con algunos de los socios más importantes, se había acrecentado. Precisamente, en este viaje, obtuvo una información bien importante acerca del movimiento de inmigrantes, desde África hacia España y Francia. Acreditó sus realizaciones, en términos de la administración de la empresa. Informó, por ejemplo, de las circunstancias en que se desenvolvía el negocio en el País y de los nexos adquiridos con funcionarios gubernamentales, en un proceso que incluía la interacción con grupos encargados de realizar acciones específicas de seguimiento a algunas organizaciones opuestas al programa de gobierno, relacionados con el manejo de la seguridad. Incluía, además, la financiación de estos grupos; manejando un bajo perfil, no visible; al menos en lo que respecta a la difusión en los medios de comunicación. Un trabajo, en el cual se habían obtenido logros importantes. Pánfilo siempre tuvo con Sinisterra, un conflicto latente.; soportado en dos aspectos. Uno, relacionado con Susana. Para Pánfilo, ella, representaba un ícono en su ideario sexuado. No había logrado alcanzarla. Cuando supo que, las relaciones entre Susana y Sinisterra, habían adquirido un sesgo de amantes; se sintió en desventaja. Como si Sinisterra lo hubiera derrotado en un duelo no visible, no pactado, pero si con conocimiento de causa.
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    225 El otro aspecto,tenía relación con el posicionamiento adquirido por Sinisterra en la empresa. Porque, éste, había logrado, no solo escalar posiciones sino, lo que era más importante, esas posiciones lo ubicaban como un hombre trascendente en todo el proceso. Incluidas las relaciones con el gobierno. Llegando, incluso, a ejercer como asesor y consultor en el contexto de las políticas de seguridad trazadas, desde el inicio mismo del actual presidente. Cuando Pánfilo recibió la orden, sintió un profundo alivio. Algo así como ver en ella la posibilidad de revancha que siempre había esperado. Samuel asimiló la noticia. Recordando, entre otras cosas, que Sinisterra lo había despojado de Susana. Sintió esto, desde el primer día en que advirtió que éste había logrado cautivarla y poseerla. La versión que Jerónimo le comunicó, no hizo otra cosa que consolidar su resentimiento. Samuel y Pánfilo diseñaron el plan para cumplir con la orden impartida. Decidieron que debía ser una acción que debía ser realizada, en condiciones similares a la muerte de Daniel; con la diferencia de que, aquí, se apoyarían en Jerónimo. En su condición de amante de Sinisterra. Jerónimo recibió la noticia, por parte de Samuel. Entre los dos se había producido un distanciamiento, a raíz del enamoramiento absoluto de Jerónimo, con respecto a Sinisterra. Para este, Sinisterra, se constituyó en una obsesión. No podía pasar un día sin verlo. Se le hacía eterno el tiempo entre una sesión y otra. Sesiones que duraban tres o cuatro horas. Sinisterra utilizaba toda su potencia. Lo penetraba sin descanso. Lo surtía de su líquido que
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    226 fluía y fluíatodo el tiempo. Jerónimo era insaciable. No importaban las hemorragias repetidas. Lo hacían cada dos días; sin interrupciones. Por lo tanto, cuando Samuel le comunicó que Sinisterra le había propuesto iniciar una relación como amantes y que, esta había empezado ese día; en su oficina. Que habían utilizado todo el repertorio conocido por ambos. Y que, Sinisterra, le había confesado que nunca había estado con alguien que lo cautivara y lo saciara como él. Que, incluso, se había dejado penetrar. Que valoró su pene como lo más hermoso que había visto en su vida. Que se lo manipuló; que lamió todo el líquido que vertía Samuel. Que lo besó en todo su cuerpo. Que gritó de dicha, cada que Samuel lo horadó. Que fueron cinco horas de absoluto placer de parte y parte. Jerónimo se sintió desolado. Sintió como si todo se hubiera derrumbado para él. Como si su vida hubiera terminado. No podía hacerse a la idea de que Sinisterra lo reemplazara. Recordaba que, cada que estaban juntos, le susurraba su profundo amor y lealtad. Le decía que era su único amor. Que Susana era nada, comparado con él. En la sesión siguiente, Jerónimo llegó donde Sinisterra. Según la costumbre, se besaron largamente, mientras se desvestían y se acariciaban sus astas erguidas; Jerónimo se mostró mucho más apasionado y excitado. Le pedía más y más a su amante. En uno de los descansos, simuló la necesidad de ir al baño. Allí rompió uno de los espejos. Regresó donde Sinisterra. Sin darle tiempo a reaccionar le hundió una astilla de vidrio en la garganta. Una y otra vez, sin parar. Se vistió, salió de la oficina; dejándola cerrada. Sinisterra, se había quedado dormido después de poseer a Susana. Despertó, conmovido por el aterrador sueño.
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    227 Pitágoras se apartóde Santiago. Sintió mucho la situación de Rosa Elvia. Tanto como entender que ella había sucumbido ante los avatares de la vida. Valoró su condición de mujer libertaria. Su decisión de asumir lo afectivo como sucesión de relaciones. En una promiscuidad que no compartía; pero que respetaba. Rosa Elvia era, para Pitágoras, ese tipo de personas en angustia constante. Sin poder redefinir su proceso como itinerante en una sociedad cargada de situaciones complejas. Un tejido que la sometía. Un entendido de libertad circunscrito a ensayar variables. Pitágoras la sentía como mujer que nunca había sido amada. Tal vez, ella, tampoco ha amado. Porque, consideraba, que amar era más que estar con todos o todas; sin importar cuando o porqué. Un tipo de satisfacción, de placer, centrado en el arrebato sexual circunstancial. Vivir esto como condición única; como soporte único. Una distorsión del hecho de amar y ser amada. Un camino lleno de dificultades asociadas a esa condición de ser. La reconocía como madre y como mujer. Pero, no fue capaz de estar al lado de ella. No pudo o no quiso acompañarla en su peregrinar; mucho menos intentar la persuasión en términos de buscar otra alternativa de vida. Sorteando obstáculos, logró terminar sus estudios secundarios. Ingresó a la universidad en horario nocturno. Trabajaba todo el día como vendedor en un almacén. Había heredado de su padre la capacidad para cautivar compradores. Escogió un programa de pregrado que le pareció importante. La antropología siempre le había llamado la atención. Con el profesor Pedro Arenas y con la profesora Juliana, a quienes
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    228 había conocido enel colegio, había departido muchas veces. Tertulias agradables; que lo situaban en opciones de interpretación de la cultura y, en general, de la humanidad. Estuvo en muchas de las actividades realizadas por Isolina; a quien admiraba profundamente. La mujer que supo valorarse y hacer ruptura con Adrián. Por esa vía conoció a Demetrio. Le pareció, siempre, un hombre con vocación de servicio. Demasiado humano. Amigo absoluto, leal y confidente cuando fue necesario. Pitágoras vivió el proceso angustioso que supuso el asesinato consecutivo de Pedro Arenas, Juliana, Isolina y Demetrio. Hechos que le hicieron ver la tragedia de un país que nunca ha conocido la paz, ni la solidaridad, ni la aceptación del otro o de la otra. País de convicciones torcidas; en el cual ha predominado el ejercicio de la violencia continua, sistemática. País en donde no ha existido sitio para la tolerancia y el respeto de los valores y derechos humanos. Para él, esos asesinatos y muchos más, constituyeron y constituyen la reiteración del odio, y la tropelía. Acezantes verdugos que nos conducen al desmoronamiento. Como sociedad y como nación. Se prometió a si mismo, retomar, a su manera el ideario de ellas y de ellos. A partir de los logros alcanzados en la universidad y de su interacción con diversas organizaciones obreras, campesinas y de la población más vulnerable; fue construyendo escenarios para proponer alternativas. Para postular y realizar actividades trascendentes. En búsqueda de opciones constantes, generosas, humanas. La intención de transformar la sociedad, desde una perspectiva politica de inclusión. De reconocimiento de valores y de adecuaciones. De tal
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    229 manera que lavida adquiera otro significado; derrotando a la muerte inducida por quienes nos han controlado y avasallado. Al hacerse cargo de ese ideario, logró consolidar su posición como sujeto creativo, humano, investigador e impulsor de nexos entre la academia y la población. Con un sentido de pertenencia a la humanidad, por la vía de expandir el conocimiento de la historia; de tal manera que este conocimiento se convierta en interacción social no claudicante ante el embate de los violentos. Ante el embate de esas fuerzas poderosas, casi siempre soterrados, que manejan los hilos de la política y de la economía, pretendiendo el beneficio propio; de las clases que siempre se han constituido en el poder y que no están dispuestos a perder. Siempre intuyó que sus hermanos y hermanas estaban del lado de los detentadores de ese poder. Conoció a Pánfilo, de su relación con Maritza y Silvia. De su amistad con Samuel y con Adrián. Siendo así, para Pitágoras, la noción de familia fue pragmática. Los vínculos de sangre no cuentan a la hora de percibir y analizar determinados comportamientos. Por lo mismo, para él, sus hermanos y hermanas no son otra cosa que auxiliares de los gendarmes. Con un entendido de la vida similar a quienes asesinan contradictores, el contexto del afianzamiento de su poder. Pánfilo ya había hablado con Silvia y con Samuel, acerca de las andanzas de Pitágoras. Lo asimilaron a la subversión. Para ellos, quedaba claro que no podía permitir la expansión de esas opciones. No importaba la condición de hermano. Como sea hay que detener sus avances. Ya conocían que había retomado las actividades que realizaban Isolina, Pedro,
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    230 Juliana y Demetrio.Siendo así, la decisión fue obvia El 8 de marzo, al salir de un acto realizado en la universidad, con motivo del Día Internacional de las Mujeres; Pitágoras fue baleado desde un vehículo. Allí mismo murió. Su última visión, estuvo destinada a Rosa Elvia. Para Samuel, Pánfilo se había convertido en un socio molesto. Entre otras razones, porque el afán de poder; le exigía a este, realizar cualquier tipo de tarea o acción. Ya, una vez muerto Sinisterra, Pánfilo logró acceder a la administración de la empresa en la capital. Desde allí, empezó una gestión avasallante. Desde todas las opciones posibles. Hizo recambio en la planta de personal; gestionó la desvinculación de Verdaguer; en la sucursal uruguaya. Se apoderó del mercado en Santiago de Chile. En el ámbito más doméstico, se apoderó de Susana. Ella había lamentado, a su modo, la muerte de su amante. Pero, aplicado su afilado sentido común, n o tuvo reparos el día en que Pánfilo se encerró con ella en la oficina y la hizo gritar de placer. Lo de Pánfilo, observó ella, no es tan largo y voluminoso como lo era el de Sinisterra. Pero, de todas maneras, acompañó la penetración, con rituales que había aprendido y que le enseñó a Pánfilo; quien a pesar de su recorrido no había tenido acceso a ese manual. El hijo de Susana y Sinisterra había nacido hace cerca de un año. Un niño normal. Con un parecido absoluto a su madre. Para Susana, el niño, se convirtió en una carga. Su rol estaba condicionado a tener libertad para asumir los requerimientos de la empresa y, adicionalmente, los requerimientos de Pánfilo. Centrados en las necesidades sexuales de éste. Es como entender la situación de muchos niños y niñas que no tienen un padre o una madre que asuman con ellos y ellas la construcción de opciones de vida integral. Con una valoración
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    231 precisa del universode necesidades. Una inclusión en la sociedad; de tal manera que la complejidad de esta inserción se convierta en un hecho efectivo y no, simplemente, latente o como mera expectativa. Samuel conoció al niño. Le causó impacto, en el contexto de sus convicciones, un niño de expresión triste. Como si, a su edad, ya estuviera inmerso en la angustia particular y colectiva. Un niño que, en principio, no tendría posibilidades de vivir su infancia. Con lo que esta tiene de lúdica, imaginación, amplitud y, fundamentalmente, de sensibilidad. Con Pánfilo, entonces, Samuel asumió una modificación importante en su relación. En una estructura de vida y de empresa, soportada en intereses particulares que erosionan cualquier sentimiento de amistad. Ya, antes, había conocido la posición de Pánfilo con respecto a Jerónimo. Los móviles de su muerte no le resultaban claros a Samuel. Porque la versión presentada por las autoridades era un tanto inverosímil. Como aquella de expresar un ajuste cuentas entre bandas criminales que se disputan territorios para las diferentes acciones inherentes al proceso de descomposición social vigente en diferentes ciudades. Efectuaba un análisis de mayor profundidad, incluida la cotejación entre momentos y expresiones, en el contexto de la triada Samuel-Jerónimo y Pánfilo. Porque, lo que si conocía con certeza Samuel, era que Jerónimo estaba con los dos. Inclusive, arriesgo la conclusión de un asesinato planeado por Pánfilo, con un único móvil: los celos. Había un hecho adicional en su reflexión: Jerónimo tenía otro amante. Se trata de Sinisterra. Estaba convencido, Samuel, de que Jerónimo amaba profundamente a Sinisterra y no ellos dos.
  • 232.
    232 A través deSilvia y Maritza, Samuel concertó una entrevista con Verdaguer; conociendo que éste se encontraba en la capital, de paso para Panamá. Había decidido jugarse la carta de convencer a la dirección de la empresa acerca de los malos manejos, por parte de Pánfilo, de algunos aspectos específicos de la actividad; tanto en la capital, como en otras dos ciudades en el País. Previamente, tejió una urdimbre verosímil. Algo así como efectuar un seguimiento de las actividades de Pánfilo. Apoyándose en algunos agentes intermedios. Construyendo una versión, en el sentido de que Pánfilo conoció, de mucho tiempo atrás, los manejos realizados por Sinisterra; en términos del manejo de cuentas bancarias, para su beneficio particular. Se trataba, entonces, de reconstruir alguna documentación, variando contenidos. Para esto se apoyaron en expertos al servicio de la empresa, cuya labor consiste en falsificar documentos. Lograron, por ejemplo, hacer coincidir fechas en los desplazamientos de Pánfilo y Sinisterra a Europa. Construyendo premisas que permitían deducir una confabulación en contra de los intereses generales de la empresa, apropiándose de unas sumas muy importantes de dinero que depositaron en sus respectivas cuentas. Aparecieron consignaciones subrepticias, coincidentes en horas y fechas. Con estos insumos, se presentó Samuel ante Verdaguer. Analizaron la documentación y concluyeron que notificarían a la máxima dirección de la empresa. Pánfilo tenía a su favor el hecho de haber reportado realizaciones de gran impacto positivo para la empresa. Fundamentalmente en lo que tiene que ver el contenido de los acuerdos con instancias
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    233 gubernamentales para elbuen manejo de los seguimientos y ejecuciones de algunos dirigentes políticos y sociales; a partir de identificar sus contradicciones con el programa del actual gobierno. Verdaguer, en Panamá, concertó una reunión con Rolando Jiménez, actual presidente de la empresa, para América Latina. Este, precisamente, había asistido a una sesión de toda la dirección de la empresa, en San Salvador. Rolando Jiménez, le expresó a Verdaguer que a Pánfilo se le venía haciendo un seguimiento. No por el mal manejo de dinero; porque no tenían información al respecto. Solo la que presentó Verdaguer. El seguimiento tenía que ver con la sospecha de que Pánfilo era un doble agente. Como prueba, dijo Rolando a Verdaguer, tenemos información en el siguiente sentido: Pánfilo estuvo realizando tareas para la CIA, durante el conflicto interno en El Salvador. Fue artífice para la realización de ejecuciones selectivas; incluida la del Arzobispo de San Salvador. Además, también de algunos mandos medios y auxiliadores del Frente Farabundo Martí. De El Salvador, Pánfilo, pasó a Colombia. Estuvo en todo el proceso de preparación militar y política, necesarias para desarrollar un esquema similar al que él Concretó en El Salvador. Particularmente, en lo que respecta a la concreción d grupos parapoliciales y paramilitares. Inicialmente, dirigió la creación del movimiento MAS y, más adelante, dirigió la concreción de grupos de seguimiento y ejecución, durante y posterior al proceso de acercamiento del
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    234 gobierno de BelisarioBetancur con las organizaciones subversivas. En concreto, participó, con otros dirigentes, en todo el proceso en contra de la UP. Sin embargo, dijo Rolando, Pánfilo empezó a filtrar información a organizaciones como Amnistía Internacional. Si bien es cierto que, aquí, la información no es muy precisa; existen evidencias del móvil. Tuvo que ver con un juego de doble vía, centrado en las contradicciones entre algunos de los grupos. Particularmente, para desviar la atención con respecto a la organización que el dirigía. Así, esta, quedaría libre de sospecha y consolidaría su posición posterior. Rolando Jiménez, concluyó su relato, con la aseveración, en el siguiente sentido: Pánfilo está realizando el mismo juego. Está filtrando información. Tal parece que va dirigida a algunas instancias gubernamentales en España y Francia. Con el objeto de tejer versiones, en contra nuestra y, por esa vía, consolidar la posición de los pares que nos hacen competencia. Particularmente, en el fortalecimiento de una empresa que tiene su sede en Somalia. Lo que usted me presenta, Verdaguer, es una información que vamos a acumular; para tomar una decisión, con respecto a Pánfilo. En mi opinión, no solo debe salir de circulación; sino que le debemos aplicar el castigo máximo; es decir su ejecución. Pánfilo se encontraba en su oficina, departía con Susana, en uno de sus encuentros de rutina. Recibió una llamada de los empleados de seguridad, en portería; en el sentido de que lo necesitaban dos personas. Pánfilo bajó a la entrada principal. Él reconoció a las dos personas. Había trabajado con ellos en Santiago de Chile. Le llevaban un recado. Se iba a efectuar una
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    235 reunión plenaria dela dirección zonal, aquí en la capital. Decidieron informarle personalmente, ya que se sospechaba una intervención de los teléfonos de la empresa. Pánfilo subió al vehículo. Durante el recorrido, expresó que se dirigían a un municipio, fuera de Bogotá. Y que, entonces, la reunión no era en la ciudad. Le contestaron que, por seguridad, debía ser así. Tres días después, su cuerpo sin vida fue encontrado en un predio de la ciudad. Le habían disparado dos veces en la cabeza…Sin saber por qué, Samuel creyó haber asistido a la muerte de Pánfilo en otras circunstancias Susana no sintió la muerte de Pánfilo. Para ella, las cosas se dan o no se dan. Es decir, cada quien debe manejar sus opciones y responsabilidades. Y, en esto, asumir como camaleón, es un registro que mueve al mundo. Cada quien, entonces, construye su vida; incluyendo la posición de apoyarse en quien sea con tal de lograrlo. En lo personal, su único interés estaba centrado en ascender en calidad de vida. Para ella, esto significa acceder a los recursos necesarios. No importa cómo. Inclusive, llegó a pensar en la posibilidad de que la nombraran reemplazo de Pánfilo. Así pensó cuando murió Sinisterra. Si bien es cierto que, esa vez, no lo logró, abrigaba esperanzas de que ahora si se daría. Esta vez tampoco fue así. El reemplazo de Pánfilo fue Silvia (que ejerció como resucitada). Un giro sorprendente. Entre otras razones, porque Silvia nunca había participado en actividades de la empresa. Lo de ella, era el manejo de información en relación con algunas
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    236 ejecuciones. La administracióndel negocio requería de alguien con experiencia. Sin embargo, se ratificó su designación. Para Susana fue una desilusión más. Pero, en aplicación de su lógica del pragmatismo, lo aceptó, interiorizando su resentimiento. Orientó a Silvia en los pormenores de la administración zonal y el tipo de nexos con las sucursales en América Latina. En la práctica era ella quien manejaba la administración. Silvia, simplemente, avalaba las decisiones tomadas por Susana. Revivió el pasado. Cuando entre las dos se dio una relación afectiva. Si bien no fue duradera; al menos vivieron momentos intensos. Las dos sabían que hacer y como conducir sus encuentros. Las dos manejaban y entendían la bisexualidad. Silvia era mucho más intensa y apasionada. Expandía su placer, llegando a zonas siempre nuevas. Recorriendo el cuerpo de sus amantes, con una imaginación profunda. Por lo tanto, al encontrarse con Susana, le insinuó la posibilidad de retomar la relación. Hacerla mucho más profunda y dinámica. Lo hacían a mañana y tarde. Todos los días. Cada vez más intensamente. Cada vez más apasionadamente. Orgasmos extendidos. Una y otra vez. A veces se olvidaban de los asuntos relacionados con la administración, así fueran asuntos urgentes. Natalia, una chica joven. Una bella mujer, en la cual coincidían un rostro hermoso y unas formas bien hechas e insinuantes; se vinculó a la empresa, a través de Samuel. Este la había conocido en Barranquilla, en una de sus giras. Ya había realizado con ella encuentros. Ya había explorado todo su cuerpo. Decidió traerla a la capital. No solo para tenerla cerca; sino
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    237 también por lacapacidad que Natalia tenía para organizar eventos tan necesarios en la empresa. Cuando se precisaba concretar determinaciones y postular estrategias misionales. Desde el primer momento, Silvia fue cautivada por Natalia. Se imaginaba su cuerpo desnudo. Imaginaba exploraciones, mucho más allá de las que realizaba con Susana o de las que realizó con su hermana Maritza. En principio, Susana, no advirtió los deseos de Silvia; a pesar de haber observado que Silvia llamaba continuamente a Natalia a su oficina, por cualquier motivo. La posición de Natalia coincidía, con el pragmatismo de Susana. A pesar de que nunca había vivido relaciones bisexuales; tampoco era ajena a ello. Silvia invitó a Natalia a su casa. Un sábado. Se trataba de una comida a la cual habían sido invitadas otras personas. Susana no fue invitada. Hablaron, durante la cena. Compartieron con los comensales. Una sesión que terminó casi a medianoche. Silvia le sugirió a Natalia, la posibilidad de quedarse en su casa, hasta el día siguiente. El vino excitaba a Silvia, la hacía mucho más coloquial; mucho más extrovertida. Para Natalia, era una rutina la ebriedad. También ella, se exaltaba en esas condiciones. A Natalia se le asignó un cuarto. Había sido, en un tiempo, el lugar de encuentro entre Silvia y Maritza. Una historia enorme de pasiones y destrezas. Unos orgasmos tan placenteros que Silvia nunca había repetido con otra amante. Se bañaron juntas. Allí se inició el ritual. Se besaron largamente. Una a una tocaron sus clítoris, No importó el dolor Se lamieron sus pezones. Recorrieron sus cuerpos. Zona a zona. Juntaron sus pelvis. Olieron sus axilas,
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    238 pasaron sus lenguaspor ellas. Gritaron de placer. Susurraron palabras llenas de sensibilidad y de regocijo. Terminaron a las cuatro de la mañana del domingo, lo que había iniciado tres horas atrás. Extenuadas, durmieron en la misma cama. Al despertar lo hicieron una y otra vez. Una jornada tan intensa que las venció, otra vez, el sueño. Durmieron hasta el anochecer. Hicieron el compromiso de vivir juntas, a partir de ese día. A Samuel, esta decisión, lo indignó. Le era insoportable la ausencia de Natalia en la casa que le había conseguido. Donde llegaba cada vez que lo urgía el deseo. En donde, se juntaban él, ella y Maritza. En donde ellas y él, realizaban sesiones inimaginables. Un ir y venir. Ella y ella. Él y ellas. Samuel conservaba su potencia. Erecciones duraderas. Tanto que terminaba con Maritza y seguía con Natalia. A todas dos las inundaba. Samuel, se excitaba, viendo a Natalia y a Maritza besarse, lamerse, hurgarse. Le exigió a Natalia regresar a su casa. Esta no aceptó. Se había enamorado tan profundamente de Silvia, que se le hacía inconcebible no estar a su lado. Tanto en la empresa como en la casa. Se le hacía inconcebible no estar con ella; no volver, a todo momento, al ritual que era, cada vez, más expandido y placentero. Samuel volvió a recordar su pasado. Cuando navegó por la vida, ejerciendo su capacidad para amar y vulnerar. A su pasado esquizofrénico. Cuando iba y venía por todos los lugares. Cuando conoció a Isolina; cuando conoció a Juliana y a Pedro. Cuando horadaba a las niñas; cuando montaba a su madre; cuando conoció a Demetrio. Cuando mató e hizo matar. Cuando
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    239 fue recluido; cuandoescapaba. Cuando veía, en sueños, al jorobado encima de Rosa Elvia; cuando veía a Santiago hacer lo mismo; cuando tuvo a Jerónimo; cuando asedió y montó a Maritza, a Silvia, a Martha. Cuando inundaba a Susana; cuando Penetró y fue penetrado por Pánfilo; cuando hizo matar a sus hermanos; cuando se amó con Verdaguer; cuando penetró a su hermanita, la hija de Isolina y Demetrio, al cumplir ella cinco años; Cuando estuvo dando tumbos. Aquí y allá, sin encontrarse; cuando se dio cuenta que ese encuentro no era posible; cuando triunfó el yo malvado y no el yo sensible y humano; cuando volvió a nacer, una y otra vez; cuando perdió la memoria y el deseo, al ser lobotomizado; cuando dirigió grupos de matanza selectiva; cuando le dijo sí al programa gubernamental de exterminio; cuando estuvo en Villa Esperanza, buscándose otra ves Y, al recordar, volvió el impulso patológico. Se hizo irrefrenable el deseo de acallar voces. Se hizo indispensable la venganza. Como paliativo a su vergonzosa vida. Volvió a crecer en él, la necesidad matar, de manera directa. Y, porque no, morir y volver a nacer. Susana encontró a Silvia y a Natalia, muertas en la oficina. Sin signos de haber sido violentadas. El dictamen pericial, fue reportado como muerte por envenenamiento. Veintitrés (otra vez el sujeto) Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por ahí tirado. En una nomenclatura de alma, vacía. Sin las perspectivas que casi todos y todas tienen. Empecé por acceder a la vida, como cuando se asume una comparsa. Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que no tuvo lugar nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de
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    240 los altavoces, llamandoa quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como razón puntual de vida. En ese medio camino surtido de veleidades. Como artesano venido a menos en sus haceres. Por ahí dándole a la palabra como mero lujo pasajero. Sin poder construir ternura. Este yo que ha andado tanto, pero que sigo en el mismo punto de partida. Una entelequia en la expresión. Presuroso e impávido doliente de la vida en plenitud. Cierto día, en un marzo, por cierto, invité a Pedronel Cipagauta, para que me acompañara en un ejercicio rudimentario. Como escoger una posición cualquiera. Para navegar en ella, hasta los límites del Pacífico asfixiante. Una duermevela, le dije yo. Venía, como yo, de cualquier lado y en cualquier tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al aire. En una tronera de posibilidades habladas. Tanto como la ejecución de opciones desprovistas de cualquier trasunto libertario. Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos. Caminando al lado de uno al otro. Circundamos toda la esfera corpórea. Por todos los atajos irreversibles. En ocasiones como simples ser él y ser yo. En algo parecido a la diatriba vergonzante. Unos episodios malgastados. Como vena rota. Aludiendo acerca de esto y de lo otro. Como para no dejar la costumbre de hablar. Pero decires improvisados y como al viento echados. Sin dirección alguna. Lo que, los otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí. Por donde se prestara la brújula. Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después de haber jerarquizado los cruces hablados y hechos. Notaba, en él, una figura como barca flotando. Meciéndose en recordaciones de lo que fue antes. Y sigue siendo ahora. En este universo de opciones que se
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    241 pierden a cadamomento vivido. Todo esto hecho con insumos encontrados en cualquier parte. Como inmersos en espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y nos pusimos, en la tarde, a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera en lo mínimo ilustrado, atropellado. En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda de la razón de ser de lo que somos. De nuestro deambular alcahueta. En el querer mismo de dejar pasar lo que fuere. Sin embargo, le hicimos el escape a toda proclama vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde hace setenta veces siete en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos encontramos en el mismo espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas imperiosas. Demostrativas de lo enjuto que es el hablar hoy en día. Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde antes que fuese verbo de por sí, decantada en el ejercicio postulado. Hecho de mil haberes y decires agrios. Perdidos, sin huella. Siendo hoy el día de la cisura nostálgica; he decidido volver vista atrás. Como buscando los remos para enderezar la vida, hecha rescoldo ahora, por cuenta de los incendiarios vecinos nuestros. Idos en la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que habíamos sido dispuestos para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de aplicaciones. Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de lo inhóspito. Sin ejecuciones previstas antes. Situándonos en posición de inconformes ordenados de mayor a menor. Por fuera y por dentro. Éramos visires sin funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto de
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    242 partida. Ese querecordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi estar en vientre de madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo. Yo me inicié con justa causa. Mucho recorrido en lo que llevo de vida, Mi entorno hosco y presumido. Como cuando surgen las algarabías perplejas de tanto hacerse paso de recodos inciertos. Ya había perdido esa juntura exótica que he dado en llamar ingente plusvalía. Un ir mirando, lo digo yo ahora, lo que se ha hecho puntual de tendencia efímera. Como legado de la estadística intuitiva, que junta versiones de uno u otro lado. Es ahí, en ese punto de hoyo negro probabilístico, en el cual encontré la lluvia expiatoria. Un más o menos de recorrido penoso. No entendido, en comienzo. Y me hice vértigo de mí mismo. Como eso de no saber pulsar lo que me había sido dado. Un ceniciento sujeto opaco. La voltereta, en ciernes, sumaba hasta convertirme en ocaso prematuro. Podría decirse que es nimiedad de conceptos. En eso que tenemos todos y todas, de andar diciendo cualquier cosa. Como si el único requisito para hacerlo fuera lo que es una propuesta hecha fuego. Un ton y son exportado al aire puro o impuro. Rigoberto era como mi otro yo. Lo conocí en octubre primero. Estaba, él, recogiendo las bondades de lo humano. En un inventario insípido. Como quera que fue tomado de la usura puesta como principio y como quehacer. Los dos rodamos. Habiéndonos hecho cuerpos de hechura simple. Como simple fue lo que le dije en tiempo preciso. Lo hice reconocer que él solo era punto de llegada del trajín teológico. En eso aprendido que instauramos con condición de ser y estar. Una novedad manifiesta, para esa época langaruta. Mecida en el talismán de los sujetos hechos poder. Y le dije, además, que no entendía su desarreglo.
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    243 Habiendo hecho, comoen realidad lo hicimos, un tejido societario. Po por lo mismo, sujeto a las veleidades de los detentadores de poder afanado. Vuelto gobernanza infinita. Y, habiendo pasado un siglo, nos juntamos otra vez. Él y yo. Como dualidad ajena a lo perdulario. Pero que, en misma, era como troccadero de puerto inasible. Por lo mismo que éramos cuerpos incrustados. Uno en el otro. En vencimiento de términos y adportas de sucumbir como sujetos venidos desde ese más allá interior de cada uno. Como si hubiéciimos embadurnado todo el pasar, pasando. Una especie de galimatías ramplón. No en vano he dicho lo que ha pasado. Como secreto venido de logros pereceros. En una inventiva sacrílega, en razón de la contravía de quienes hablan un creador del universo. Y, él y yo. Empezamos el desmembramiento del Ilusionario. Hicimos lo grotesco como límite ansiado. Yo quise adelantar mi vida y principios. Llegué a soñar con el futuro hecho madre bondadosa, pero anclada en el pasado suyo. En ese que conoció al padre vejatorio, Y, él, embadurnado de motivos tibios. Tanto como decir que se fue encumbrando al infinito espacio no conocido, ni por mí siquiera que soy sujeto de volar amplio. . Hasta que dejé de verlo. Y lo busqué como beneficiario de los que habíamos sido. Yo, de mi parte, lo seduje con mis planillas dogmáticas. Siendo, yo, un especulador con los principios vivos y hechos en la proclama primera. Ya olvidada por todos y todas, Una unión de convocatoria inelástica. El lunes 30 de octubre lo maté. Ahí mismo. Entre Luna Y sol. Ya no me importó su sesera lúcida. Le di muerte ese sábado descosido. Unidos en lentejuelas picarescas. Como mares
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    244 que se juntan,por acción nuestra. La mía y la de los súbditos empalagosos. Como en esa eterna vaguedad en principios que siempre me cobija De todas maneras, Daniel, partió el día acordado. No fue fácil desprenderse de sus dos hijas, América y portuguesa. La decisión había sido tomada a finales del año anterior. Tal vez, por lo corajudo que era, y sigue siendo, Retuvo en la memoria la situación que desencadenó la ruptura con Evarista Monsalve, su amante. Vivieron treinta y seis años juntos. En una exuberancia de locura, de amor como fuego. Se había conocido en ciudad Ilíada. Desde muy pequeño, él. Y, muy pequeña, ella. Un barriecito (Talión Verde), iridiscente. Tanto que, se habían acostumbrado a la radiantes benévola de su entorno. Gentes que iban y venían. Casi como lugar de tránsito perpetuo para mujeres y hombres. En esa niñez potente, todo se les daba. Simplemente, como si fuese herencia. De tiempo y espacio. Las voces y las palabras, se fueron difuminando. Hasta tocar el fondo de lo que quisiéramos ser. Yo, enfatizando sobre las teorías de la adultez, aun siendo muy niño. Por lo tanto, la señora Evarista, fue definida por mí, como sujeta de absoluta entrega. En lo que era su cuerpo, embriagador, excitante. Y lo que era su magia para percibir a los otros y a las otras. Como moviola que iba editando los hechos y las acciones. Ella (Evarista) había llegado con su familia, desde San Juan del Pomar, ciudad casi perdida en la memoria. Como escenario de leguleyadas patriarcales. Y, en eso, su padre Benito Monsalve, se hizo célebre. Decantaba todo. Como asumiendo un filtro necesario para poder interpretar y dilucidar vidas. Una vigencia testaruda, por lo bajo. Lo suyo (de Benito Monsalve), se fue esparciendo por todo el territorio. Como maldición propiciadora del ultraje habido y por haber. Como notario intransigente, perdulario. Era él
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    245 quien decidía todo.A partir de jerigonza enhebrado a la historia de los que, él, consideraba epopéyicos varones. Sacrificados en aras a la continuidad de los valores, como heredades ciertas. Fundamentales para que la esferita siguiera girando. Eufrasio fue, desde que teníamos diez años cumplidos, un idólatra, empecinado en medir las cosas, a partir de la elongación de su mirada. Éramos niños al vuelo. Yendo por ahí, Siguiendo sus mediciones. Desde saber interpretar la distancia entre los cuerpos. También, la distancia entre hombres y mujeres. En un equívoco mandato que él transfería a los y las demás, como mandatos absolutos. No toleraba las herejías. Las niñas, tenían que ser tasadas y tratadas como diosas ígneas. En un revoltijo de pasiones, más allá de lo inmediato. Figura ingrávida. Simplemente predispuestas para parir otros dioses que, a su vez, eran clasificados como regentes y vigías. Los juegos eran, para nosotros invenciones terrenas: en donde no cabían ni las vicisitudes, ni los valores de plenitud lúdica, la danza incorpórea de las mujeres niñas. Él decidía por todos y todas. Fue, en esas maniobras vergonzantes, como conoció a Evarista. Siempre la incitaba a asumir retos relacionados con su visión de las cosas. Como, por ejemplo, a estar con él, desnuda. En el parquecito del barrio. La obligaba a masajear su falo (de Eufrasio). Hasta que este surtiera el líquido, o la agüita de la vida, como decía coloquialmente. Luego la vestía como regenta del territorio de ella y él. Con overol verde claro y una blusa transparente; de tal manera que todos los hombres en el barrio la miraran. Con sus pechos erectos. Tensionando la tela hasta romperla. Y, la exhibía por todas las calles. Como trofeo absoluto para su potente verga.
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    246 Cuando cumplimos (ély yo) quince años, ya era un avezado sujeto. Había preñado dos veces a Evarista. Dos hijas volantonas. Nacidas, como hembras hechas. América y portuguesa. Fueron creciendo a ritmo de los haceres en el barriecito. Fueron acicaladas, desde el comienzo, por mamá Evarista. Les hablaba de su padre, como potente varón iniciático, dispuesto así por los dioses venidos de tiempo atrás. Cuando recién comenzó la humanidad, su andar. De mi parte, y así se lo hice saber a él, fui haciendo historia propia. Ya había conocido a Valeriano Armendáriz. Eso fue como a mediados de junio de ese mismo año. Había llegado desde Calcuta. Un niño indio, hermoso. De tez morena subyugante. Y, unos labios gruesos, convocantes. Su familia llegó a la ciudad, en un itinerario. Como crucero de vacaciones indefinidas. Ocuparon la casita de doña Benilda Cifuentes, en el barrio Mochuelo Alto. Llegué a él, casi de manera fortuita. Como que fue cualquier sábado. Acompañaba a mi mamá Protocolina, en la visita que hizo a doña Parentela del Bosque. Una mujer extremadamente bella. A sus cincuenta años, era radiante en todo su cuerpo y sus palabras. Había llegado desde Barcelona, desde muy pequeñita. De la mano de su papá Caisodiaris Salamanca. Sumamá, Libertaria Hinojosa, había terminado unilateralmente, la relación con el papá de la niña. Vivieron casi cuarenta años. Padre e hija. Siempre serán recordados y recordadas, como ejecutores de la expresión de vida, asociada a dejar correr la historia, a lomo de sus cuerpos y sus realizaciones. Papá Caisodiaris, implantó un estilo de vida en nexo con la euforia y la lúdica perennes. Instituyó el Carnaval de Las Cosas Juntas. Todavía se celebra, aún en su ausencia definitiva.
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    247 Lo vi jugandoa la rayuela, con otro niño. Disfrutaban cada brinco sobre los espacios del trazado. Reían todo el tiempo. Me acerqué. Me invitaron a jugar con ellos. Valeriano me miraba siempre. Gozaba con mi falta de gracia y agilidad. Pero, al mismo tiempo, me rozaba con su cuerpo. Se apretaba al mío. Tanto así, que sentía su falo erguido. Sentía ese palpitar acechante. Después del juego, aprovechando que la mamá del otro niño lo llamó, no sentamos en la banquita. Hablamos de cualquier cosa. Más, dejando volar la libido. En imaginario envolvente, crecido, diáfano. Arropó sus manos con las mías. Me besó en la boca. Tan largo y tan sublime, que quedé prendido. Absorto. Con mi imaginación puesta en cuerpos desnudos, abrazados. La familia de Valeriano había llegado, en la inmediatez de tiempo. Como quiera que este vuela sin itinerario. Por ahí, tratando de aterrizar en cualquier sitio. Lo cierto del caso es que, doña Benilda llegó sola, con su niño de la mano. Empezó como trabajadora al servicio de la familia Zaldúa, en el norte de la ciudad. En principio vivieron en casa de inquilinato, hasta que pudo arrendar la casita, aprovechando que, el señor Zaldúa le otorgó un préstamo, sin plazo preciso. Valeriano creció al lado de su mamá. Llegó a la escuelita dispuesto a terminar su educación básica primaria. Eufrasio supuso que yo estaba enamorado de Evarista. Y que, por eso, me había apartado de él. A decir verdad, yo apreciaba mucho a la mujer de Eufrasio. Tanto así, que me juntaba con ella, para leer algunos textos de psicología. Disfrutábamos mucho. Tratando de dilucidar algunos aspectos del comportamiento de los humanos. Como volcándonos a una impronta
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    248 enhebrada con todoshilos posibles. Cuando leímos La Metamorfosis, de Franz Kaffa, preparamos una disertación para compartirla con estudiantes que conocíamos. Lo que a mí más me mortificó, decía Eufrasio, fue lo del domingo trece de febrero. Estaban juntos. Mirándose. Como ese embeleso que nos cruza cuando estamos enamorados. La fiestecita había sido convocada por la mamá y el papá de Dorance Enjundia. Uno jovencito que había, sido estudiante aventajado en matemáticas. En La Institución Educativa “Pablo de Almagro”. Celebraban los veinticinco años de su relación afectiva. Bailaban con sus cuerpos pegados. Abrazados. En un otorgarse propio de amantes libertarios. Notuve ninguna reacción primaria. Más bien quise expresar mi rudeza. Simplemente me fui, por ahí. En una caminata sin rumbo. Evarista llegó muy tarde a la casa, ese día. Logró entrar a casa, gracias a la complicidad de su hermano Galimatías. Papá y mamá estaban dormidos. Se bañó antes de acostarse. El sudor de cuerpo, fundamentalmente en su vagina que no cesaba de verter ese líquido; que se hace exquisita sensación, cuando se ha estado con alguien. Casi al bordo del orgasmo. Ahí, bailando con mi amigo Jején Martínez. De todas maneras, sentía cruzar el nervio de los celos. Volví al barrio en el cual vivía Valeriano con su mamá. Habían pasado dos meses, desde nuestro primer encuentro. Todo me daba vueltas, alrededor. Sentía una ansiedad absoluta. No paraba de recordarlo. Aun bailando con Evarista. No sentía nada en mi cuerpo pegado al
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    249 de ella. Lomío era algo así como estar en una subaste de convicciones. Yo ya sabía que lo mío no tenía nada que ver con las mujeres. Saludé a mi hombre. Y lo besé con absoluta ternura. Estuvimos de pie largo rato. Me invitó a su casa, aprovechando la ausencia de su mamá. Nos desvestimos. Él cogía mi pene. Como queriendo arrancarlo con su boca. Dormimos tanto, que no sentimos a su mamá, cuando avió la puerta. Llegó tan cansada, que se acostó en su cama y quedó dormida. Parentela había estudiado hasta el cuarto semestre del pregrado en derecho, en la universidad Pontificia San Marcos. Se retiró, fundamentalmente, porque debía trabajar para aportar recursos en su familia.; ya que don Caisodiaris le daba mucha dificultad trabajar. Tuvo dos amantes, Adrenalino Grisales y Epaminondas Arbeláez. Vivió con mucha pasión su vida como amante. Cada rato recuerda a quien más amó, Adrenalino. Un joven arriero en la única vereda que tenía el municipio de Tatacoa. Se conocieron, estando ella en el almacén de insumos para ganadería. Un día en el cual le correspondió realizar una visita a la sucursal de la empresa para la cual trabajaba. Adrenalino, miraba algunos de los elementos que necesitaba para su trabajo. Iba a la cabecera municipal, cada quince días. El otro tiempo lo consumía viajando con sus mulas. En principio, miradas interminables. Ella decidió hablarle. Le contó (Adrenalino) muchos pasajes de su vida. Había nacido en Puerto Cachetes, municipio situado a unos mil trescientos kilómetros de la capital. Estudió hasta terminar su formación primaria básica. A partir de ahí, empezó su peregrinar por todo el país. Hasta que llegó aquí con veintinueve
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    250 años. Y nuncaha tenido novia. Quedaron en verse en el hotelito en que se hospedaba Parentela. Una despedida más bien triste. Habían pasado la noche juntos. Todavía sentía (ella), cierto dolor en su sexo. La potencia del chico, la había colocado en condición de aguantar. Y sentir ese músculo en erección todo el tiempo. Parentela abordó el camioncito que prestaba servicio entre el municipio y la capital. Sintió que estaba preñada, desde la primera hora, después que Adrenalino, vació toda su potencia, en ella. Tal parece que la abundancia del líquido, la inundó. Y Así no hay anticonceptivo que valga. Parece que ese fluido hermoso buscó en donde quedarse. Cuando Adrenalino lo supo, hizo un aspaviento. Volcando en la su felicidad. A los tres meses, el feto fue expulsado hacia afuera. Un aborto no provocado. Adrenalino estuvo largo tiempo abstraído. Las palabras volaron. No atinaba a nada más. Cierto día, mientras Parentela atendía a varios clientes en el almacén de insumos agrícolas, su amiga Hercúlea Romero, llegó acezante. Le comunicó que Adrenalino había muerto tres días atrás. Simplemente se desbarrancaron; cuando él llevaba un viaje café. Hercúlea lo supo, a través de una llamada que recibió de don Jeremías Ibarbo, alcalde del municipio la Tatacoa. Encontraron, en el bolsillo de la camisa, que llevaba puesta Adrenalino. Unos apuntes sublimes que hacía casi a diario; y el número telefónico de ella (Hercúlea), ya que en la casa de Parentela no tenían teléfono.
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    251 Sintió que sedesmoronaba. Lloró toda la tarde, hasta que don Casimiro, el dueño del almacén. Le concedió permiso para retirarse más temprano. Ya en casa, Parentela, empezó a delirar. Su padre no pudo hacer mucho. Ya que, como el mismo lo decía, una frustración amorosa es la peor enfermedad terminal que existe. Valeriano crecía, raudo, de cuerpo. Y de pasión. No siguió estudiando. Solo estaba pleno y satisfecho cuando estábamos juntos. Y eso era posible cada mes. Todo por cuenta de mi oficio de tornero en el taller de propiedad de don Humberto Sinisterra. Además, estaban las lecturas con Evarista. Asunto que, por ningún motivo podía ni quería dejar. Doña Benilda, se sentía muy preocupada con esa relación. Noera una actitud moralista. Simplemente viendo pasar el tiempo. Y con las manifestaciones, cada vez más evidentes en el cuerpo de Valeriano. Hemorragias sucesivas, cada vez más abundantes. Sentía que su hijo se le iba, Por eso habló con Jején. Le expuso, de una lo que ella pensaba. Le sugirió que dejara de verse, de manera tan frecuente, con su niño. Yo empecé a sangrar, también. Una inmensidad de sangre, cada día. Sin que mamá lo supiera, estuve varias veces donde el doctor Clementito Borrasca. Un amigo de la familia. Me juró mantener en reserva lo mío. Me examinó largo rato. Tenía una hendidura pronunciada en mi ano. Además, mi pene, estaba enrojeciendo cada día más. Lo único que recetó, coincidía con la opción asumida por la madre de mi Valeriano. Tanto tiempo que ha pasado, desde que vi a Valeriano por última vez. De esos sueños tormentosos en los cuales veía el cuerpo de mi amor. Al lado de empalizadas, en todos los
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    252 caminos. Nos amábamosen el parquecito que vio nacer nuestro idilio. Volábamos hacia el infinito cuerpo planetario. Desventurada era mi vida, a partir de la obligada soledad. Lo sentía. Escuchaba palmitar todo lo que él era. Como sujeto pristino, absoluto La vi pasar, por ahí. Por ese camino andado antes por ella. Lo que pasa, ahora, es que va de la mano de Ciriaco Cartagena. Negro ramplón. Traicionero de su propia raza. Hecho como de plomo hechizo. Fundido en otrora expiación inquisidora. Estuvo en el trajín de llevar y traer mensajes entre obispos y monseñores. Por allá en ese tiempo de martirologio absoluto. En cuando ensillaba a la bestia religiosa. Para potenciar decapitaciones en la exponencial. O, ese mismo negro, asumiendo que lo suyo era reclamarles a reyes y gendarmes. Que le facilitaran la pócima para limpiar su piel. Yo sé que, ella, lo eligió. Siendo que, antes, fue negra de libertad crecida. Incendiaria, a lo bien. Trepidante mujer, en combate. Ires y venires, a su nombre. Por ella acicalados con el negro absoluto, potente, libertario. Y verla, ahora, en ese nudo perdulario con ese sujeto avaro en lo que se dice de verdades. Henchido de pobre jerigonza vertebrada con palabras aviesas. Y no lo digo, yo, por resentimiento o por sangrar por herida. La amé. La amo. La amaré por siempre. Lo que pasa es que uno, como que envuelve la vida y la cree en enhorabuena perenne. Yo soy, eso sí, un sinfín de contradicciones. Soy, eso que llaman ahora, sujeto de ir y venir. En diferente, cada vez. Como si, siendo así, pudiese retornar al comienzo. Cuando era, apenas, sujeto de ida, en vivo simple. En caída libre, en veces. Diciendo lo que fuere con el énfasis puesto en el no posible. O, tal vez, será. Siendo yo así, fue que la conocí. En el
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    253 villorio relajado. LlamadoHondonada de San Belisario. Un sitio de bravía hechura. En ese pasado de trochas y de mulas en ellas. Yendo enjalmadas, inocentes, cansadas. Con arriero irascible. Dador de zurriago y de palos hendidos en su cuero. Expósitas sujetas nobles. Leales. Y, sigo en lo que iba, esa negra Incendiaria Soto, se hizo mujer de plena locura amatoria. Libre. Pasión pura. Iconoclasta. Herética. Y se encontró con el Ciriaco, allá. En Compostela Moderna. Sitio ajado, ya. Desde tiempos de las jerarquías apoltronadas en los ribetes de los jalones en tierra. Esos que se fueron, en el despiste de la libertad, posicionados como instrumentos de crueldad infinita. Doctorzuelos en el discurso ampuloso. Como si fuesen veletas que desarropan el viento. Venidos desde tiempos de horizonte hecho para el abismo. O para el asfixiante yugo de fierros hechos en el incandescente fuego. Al verlos pasar, Dije: mírenla y mírenlo. Ella y él ufanados. Con la malparidez alborotada. Con la ponzoña lista. Paira devastar a todos y todas, los de la otra orilla. En ese inventario manifiesto. De cosas afanadas. De fisuras puestas al servicio de lo enervante. De lo que duele. De lo que castiga y destruye. Un venirse, diría yo, en componenda con la cizaña de la que hablaba el hablador bíblico. Mero sujeto diciente de cualquier cosa. Pero, a decir verdad, en eso atinó. Cizañero y cizañera, son ahora ella y él. Como vociferantes, impío e impía. Yo me quedé silente. Dije nada. Ahí. Y después. Varado, digo yo. Corcho oscilante. Para aquí y para allá. Embolaté la iridiscencia. Casi perdida quedó. Y, lo punzante por lo bajo,
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    254 fue que nome afanó la tristeza por ello. Como en la decadencia absoluta. Como vendedor de pasquines insultantes, apenas. Sin la vehemencia de antes. Metido en esa pocilga agria. Se me perdieron en el horizonte trazado por mí. Dejé de verlos, casi en la medianía del pasar. Fijé mis ojos al piso. Me hice sujeto embobado. Inmerso en la jetuda ignorancia supina. Digno de ser ejecutado en guillotina doble. Simplemente, porque no les advertía a todos y a todas, lo que vendría encima. A cargo de los ejércitos depravados. Surtidos por la traición de Incendiaría y de Ciriaco. Negra y negro en deslealtad con la vida. Naciente. Y la ya hecha. Isolina, empezó a crecer en conocimientos y en capacidad para aplicarlos. Ella y su madre, tuvieron que soportar tristezas y privaciones. Hubo momentos de profunda desprotección. Solo la articulación con sus pares individuales y colectivos, pudo desatar el nudo de la desolación. Isolina creció en capacidad organizadora. Juntando ingenio, destrezas e investigaciones acerca de sus orígenes, como etnia. Acerca del cruce de caminos en los que se han encontrado similitudes. No solo desde el punto de vista económico y cultural; sino también en lo que hace referencia al enfrentamiento político con quienes han insistido, por la fuerza del poder, en asfixiarlos. Restringiendo sus territorios y conminándolos a ejercer como pueblos y grupos sociales en condiciones infames. Han sido los usurpadores, de ayer y de hoy. Los que han expropiado sus tierras; lanzándolos, expulsándolos. A sangre y fuego. Veinticuatro (Como fuga) Comenzó un itinerario. Visitando regiones y postulando opciones. Algo así como lo que hizo María Cano en el movimiento obrero. Estuvo en todos los municipios y resguardos cercanos
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    255 a Caloto. Luegoexpandió su acción a territorios más alejados. Llegando, inclusive, hasta la frontera con Ecuador, por el sur, compartiendo conocimientos con los Pastos. Con los cuales interactuó, a pesar de la pérdida de su dialecto, por la vía de la absorción por parte del castellano. Viajó al Amazonas. Comunicando energía y expectativas a los Ticuna. Recibiendo, en beneficio de inventario cultural, las enseñanzas de los chamanes, en Puerto Nariño y la Chorrera. Estuvo con los Huitotos en Caquetá, aprendiendo sus lenguas mika y minika y su acumulado histórico como cosmovisión de amplio espectro. Visitó a los Mukak-Makú, los nómadas en el Guaviare. Aprendió de los Guambianos, en Silvia, Jambaló, Caldono y Toribio. Viajó a la Guajira, asumió con los Kogi retos en términos de conservar su lengua ancestral, Chibcha. Conoció de ellos, el culto a la Madre Tierra. Convivió con los Wayú y su lengua Arawak. Con sus niñas menstruantes, recluidas en su preparación para el matrimonio. En el intercambio de las familias que asumen el proceso de casamiento. Con los Arahuacos en Sierra Nevada. Con su perfil lingüístico Chibcha y sus ceremonias de casamiento, bajo el régimen matrilocal. Con los Embera en el Choco y sus variantes Cholos, en el Pacífico, Chamies o memes en Risaralda. Catíos en Antioquia y los Eperas en Nariño. Con sus pares en raza, los negros y las negras. Construyendo nexos como Afrodescendientes; por toda la franja que bordea al Pacífico. Aunando expresiones de consolidación cultura. Asumiendo roles que reivindican su potencia cultural-musical. Con sucesivas variantes; en
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    256 términos de localizacióny particularidades. Sin pretender opciones hegemónicas y/o racistas. Siendo artífice de las organizaciones de mujeres. Organizaciones inherentes a sus luchas. Como mujeres que asumen la defensa de su raza, de sus costumbres. Y, fundamentalmente, sus derechos. Ante la despiadada persecución y aniquilación a que son sometidas ellas, sus hombres, sus niños y sus niñas. Tratando de forjar lazos de unidad y organización con las etnias. Sin pretender un intercambio cultural o político, que destruya sus soportes y registros ancestrales. Estuvo en Barrancabermeja, cuando el asedio de los grupos armados al servicio del Estado (abiertos y clandestinos). Actuó con las Mujeres Ruta Pacifico; buscando justicia. Exigiendo restitución de bienes y derechos. Comunicando al mundo las acciones de exterminio oficiales y paraoficiales. Siguiendo, un poco, el mapa construido por las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina. Siguiendo el registro histórico de Rigoberta Menchú, en Guatemala y su incidencia en el Caribe y en Centro América. La actuación de Isolina, entonces, estuvo centrada en propiciar y actuar, en relación con los derechos conculcados a las minorías étnicas y a los Afrodescendientes. Nunca olvidó la historia del luchador Álvaro Ocué Chocué; asesinado de manera infame. Conoció a Demetrio en Jambaló. (...o, ¿tal vez, ya lo había conocido, siendo niña?) Durante una de sus actividades. Realizaban una acción comunitaria, consistente en analizar la situación planteada en torno al despojo territorial de que habían sido víctimas los Paeces y Nasas. Concretamente de la Hacienda Emperatriz. De tiempo atrás, terratenientes caucanos
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    257 habían realizado unproceso de expropiación, a nombre de la propiedad privada. Para sucesivos gobiernos, esa interpretación de los terratenientes era válida. Abstrayendo el significado cultural y organizativo alcanzado por los Resguardos. No solo en lo que supone el nexo con la Tierra, como parte de su cosmovisión, a la manera de los Kogi; sino también en lo relacionado con su subsistencia. Había sido decretada una nueva toma por parte de la dirigencia indígena. A su vez, el gobierno central, había determinado el desalojo. Una confrontación ineludible. Demetrio, un hombre sencillo. De mirada fuerte, decidida. Una contextura física parecida a todos los hombres de su raza. Hercúlea. Había llegado a Jambaló, desde Quibdó. Allí realizaba tareas de pesquería y estaba asociado a la eterna lucha por derechos fundamentales inmediatos. El alcantarillado, agua potable, acueducto, etc. No habían sido nada fáciles su vida y su gestión comunitaria. De hecho, era un itinerante obligado. Tenía sobre si un estigma. Una marca que lo colocaba con la placa de subversor del orden público. En el pasado reciente había sido reportado como auxiliador de guerrillas, por parte de las fuerzas paraoficiales. Escapó del asedio, por parte de la gendarmería clandestina, al barrio en donde vivía, en la ciudad de Medellín. Por coincidencia, estaba alojado en casa de un primo. El barrio Corazón, fue declarado objetivo militar; en el contexto de la ofensiva de las fuerzas oficiales y paraoficiales, en la Comuna 13. Salió clandestino para Apartadó, en la zona adscrita a una forma de región y de organización similar a la reinserción. Allí estaba cuando el ataque paraoficial. Escapó hacia Turbo. De allí salió para Arboletes. Siempre huyendo. Como nómada forzado. En un desarraigo brutal. Por fin logró establecerse en Quibdó.
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    258 Isolina presentó, enesa sesión, un análisis preciso. Acerca de la situación de la etnia y de los Afrodescendientes en el país. Hizo referencia a la dinámica de la confrontación social y política. Desde antes de la Reforma Constitucional de 1991 y sus antecedentes, hasta la valoración del impacto efectivo del Mandato Constitucional, que refiere una Nación pluriétnica y pluricultural. Con todos los agregado estructurales y circunstanciales a que esto conlleva. Como correlato de ese marco conceptual. Asimismo, enfatizó acerca de las limitaciones para apropiarse de esos conceptos y su traducción a la acción común, cotidiana, efectiva. Uno de los elementos, dijo Isolina, que nos convoca a la reflexión, tiene que ver con el significado como simple alegoría; o como concreción. Lo que yo percibo es que se presenta una dicotomía real. La Constitución por un lado y la realidad por la otra. Porque no solo los particulares hegemónicos y vandálicos; sino el gobierno actual y su predecesor, han hecho caso omiso de ese mandato. Y, cuando se produce, como ahora, una lucha exigiendo los derechos constitucionales para las etnias y los Afrodescendientes; se produce y se publicita una andanada panfletaria. Pretendiendo localizarnos como eslabones de la cadena terrorista y” antipatriota”. En mi opinión, entonces, es la siguiente: a como de lugar. Arriesgando lo que sea. Incluso nuestras vidas; debemos estar al lado de Paeces y Nasas. No es este el momento de asumir posiciones dubitativas. Somos pacíficos; pero eso no implica ser inferiores a quienes nos han precedido y que han sacrificado sus vidas en nombre de los derechos ancestrales y actuales.
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    259 Si por solidarizarnos,efectivamente, con ellos y ellas, nos han de llamar subversivos, que venga ese nombre. Demetrio quedó impresionado por la coherencia en las expresiones de Isolina. Por sus conocimientos, vertidos en lenguaje popular, asequible a todos y a todas. Se acercó a ella, en la intención de felicitarla. Isolina miró a Demetrio. Una cautivación instantánea. La conmovieron su mirada y sus gestos. Respondió con una sonrisa a los halagos de Demetrio. Le preguntó desde donde venía. A la respuesta de Demetrio, Isolina indagó si tenía en donde alojarse. Demetrio trató de mentir, con un sí borroso. Ella le ofreció el cuarto que compartía con su madre. Al llegar a casa, Isolina lo presentó a su madre Petronila. La negra se encantó con Demetrio. Tal vez, porque vio en él el hijo que no pudo crecer. El antecesor a Isolina. Ella siempre había querido un hijo varón. Lo perdió, sin nacer. Cenaron un menú constante: arroz, sopa de champiñones y pescado. Conversaron largo rato, hasta las 12 de la noche. De todo hablaron. De la vida, de la muerte, del gobierno, de su gente, de su familia. En fin, siendo esa hora, Isolina invitó a Demetrio a dormir en el piso. Con almohadas y cobertores como contrapeso a la dureza del piso. Al amanecer, Isolina resbaló al sitio de Demetrio. Petronila estaba dormida. Demetrio, al sentir el cuerpo de Isolina en su sitio, reaccionó con timidez. Isolina pegó su cuerpo al de Demetrio. Lo besó en la boca. Le susurró: quiero compartir contigo. Quiero que estés
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    260 conmigo. Quiero tualiento. Quiero tus brazos. Y tus manos. Y que me recorras el cuerpo. Así, con la fuerza que tienes. Quiero que me preñes. Ya, lo quiero. Él sintió un espasmo. Nunca había estado con una mujer, tan cerca. Nunca había tenido coito. Nunca había amado a una mujer. El calor insinuante de Isolina, lo aturdió. Sintió crecer lo suyo. Esa largueza y esa dureza que él veía a diario, cuando se bañaba. En ciertos momentos, de manera subrepticia, se sentía orgulloso de ese. Porque era un músculo negro, duro, inmenso. Solo había sentido y palpado el líquido que manaba por ahí. Justo el día en que despertó, después de haber soñado con una mujer desnuda. Negra, como Isolina. No soportó más. Saltó sobre ella. Destruyó todo lo que, al paso de su largueza y dureza, encontró. Isolina sintió cuando se rompió su respaldo a la virginidad. Sintió un dolor dulce, infinito. Movía su cuerpo. Como danzando. Demetrio la dominó. Decía: soy lo que quiero que seas. Negra hermosa. Negra provocativa. Negra libertaria. Negra absoluta. Así estuvieron toda la noche. Una y otra vez, sin sentir cansancio. Al despertar, observaron sus cuerpos desnudos. No pudieron seguir, porque ya Petronila estaba al pie de ella y de él. Con una mirada de dulzura plena. Como diciendo: “es lo que siempre desee, que Escolástico me amara así”. Isaías nació, cuando en Nicaragua los sandinistas accedían al poder; después de derrotar a Anastasio Somoza. Un día pletórico de enseñanzas y de alegrías. Demetrio estaba enfrente del recién nacido. Un niño normal, en términos de físico, peso, talla. Tenía algo que llamaba la atención: una mirada profunda, escrutadora, por unos ojos inmensos, azabaches. Lo
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    261 escrutaba todo. Desdeel espacio físico de la habitación; hasta los cuerpos de Demetrio e Isolina. Un niño precoz. Aún en la manera llorar. Una exigencia prematura. Respecto a la distancia entre él, su padre y su madre. Un niño de un negro inmenso. Su piel brillaba. Como el ébano. Isaías creció rápidamente. En cuerpo y en espíritu A los cinco años sintió que su padre traspasaba la línea entre el ser y no ser. Lo vio muerto en una fosa común. Compartida por quienes, como él, nunca se ofrecieron como sujetos transables. Susceptibles de ser erigidos como imagen de compromiso, con lo valores impuestos desde su edad temprana. Isolina le hablaba, en su cubículo, improvisado como cuna y como sitio. Sin embargo, ella, percibía en él un sujeto extraño. Evasivo. Como cuando alguien, en la literatura vinculada con el terror, percibe, retiene un personaje para que ejerza como símbolo de la maldad. Hasta cierto punto, Isolina, hizo una reflexión inmediata. Algo así como sentirse azarada por la mirada de su hijo. Pero, insistió a sí misma, en una elucubración posible. Como si quisiera desentrañar los vericuetos del destino. Percibía a Isaías como sujeto que, con el tiempo, podría llegar a ser un asesino en serie, o algo así. Precisamente, el día del décimo aniversario de Isaías, Isolina tuvo un sueño alucinante, de un gran dolor. Isaías estaba enfrente de ella y de una niña que parecía ser su hija. Al menos eso aparentaba al observar, fijamente, sus ojos y su rostro. Isaías andaba desnudo por toda la casa. Hablaba cosas ininteligibles. Más bien parecía una vocinglería inexplicable. Con términos mendaces, obscenos. Cuando se acercaba a la niña, Isaías, se tomaba el pene y lo
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    262 manipulaba. Sin ningúnrecato. Luego empezaba a verter litros de líquido amarillento. Se reía y ahogaba sus voces. La de la niña y la de Isolina. Cuando despertó, Isolina miró a Isaías que dormía placentero en su cama. Respiraba tranquilo. Pero, de pronto, despertó. La miró y se desnudó. Gritaba: ¡ven Isolina, ven ¡. Esto es para ti y para tu hija. Ese bastardo de Demetrio lo hice matar. No me gustaba la manera como te miraba. Mucho menos me gustaba la manera como te poseía, cada noche. Ustedes dos. Tú y él. Descifrando códigos de ternura y de placer. Yo, en entre tanto, sollozando, porque no atinaba a hacer crecer lo mío como el de Demetrio. Te sentía sollozar, pero de alegría. Con una inmensa felicidad absurda. Yo no creo en la felicidad. Creo en mí. Le entregué a Demetrio a los gendarmes. Calculé con ellos el momento más propicio para raptarlo y para matarlo. Con la técnica que han aprendido, a fuerza de ver pasar la historia. Generaciones y generaciones de gendarmes. Siempre sumisos, atados al poder de momento o al de siempre. Lo desollaron. Mientras tú llorabas. Mientras esa niña, la hija de Demetrio y tuya ululaba y se sentía ajena. Sentí, dijo Isolina, como si mi pecho explotara en mil pedazos. No sospeché, ni prefiguré nunca que un hijo pudiera contribuir al asesinato de su padre y a profundizar el dolor de su madre. Lo veía, allí sentado. Riendo. Celebrando su triunfo. Sobre mí y sobre Demetrio. A favor de los dueños del poder. Esos que, siempre han mentido, a propósito de todo. Pero, fundamentalmente, a propósito de la muerte de los adversarios. Adversarios que solo tienen o han tenido la culpa de ser diferentes. Ajenos a opciones malvadas. Cercanos a
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    263 construcciones solidarias yjustas. Tanto en relación con sus pares; como también en relación con los escenarios de vida. ¿Fue un sueño, de otro sueño? Isolina no podía descifrarlo de inmediato. Lo cierto es que Demetrio Desapareció. Unas vecinas vinieron a informarme que había sido violentado y obligado a subir a un vehículo. No tuve fuerzas para levantarme y seguir a mis vecinas. Mi respiración era entrecortada. Sollozaba. (… ¿Será que ya viví ese momento, antes?) No como sujeta pusilánime, a la manera de las plañideras. Pero si como madre y amante. Tanto más el dolor, en cuanto este era originado por un hijo que entrega a su padre y violenta, por esa vía a la madre. Son signos inequívocos de una descomposición de los valores. Cada vez más punzante y más cuantiosa. Todo, relacionado con el Joyero que ejerce el poder. Que vende cachivaches, a manera de mercancía excelente. Un joyero abominable. Que rige en el país de las utilidades, de las recompensas, de las verdades a medias, o simplemente, no verdades. Es la consecuencia del raponazo a la democracia. Es, en otras palabras, el ejercicio del poder, a nombre de la democracia. Con una popularidad construida en la manipulación de datos. O, simplemente, con la aquiescencia de un pueblo mudo, ciego y deleznable. Al volver a despertar, Isolina, encontró a Isaías, su lado, dormido. Se estremeció, al recordar su sueño. Rosa Eugenia, tenía 10 años, cuando conoció a Jerónimo Peralta, un viejo amigo de la casa. Desde muy temprano, todas las mañanas, asistía a los ejercicios que pretendía prolongar, en el tiempo, el pasado de cada uno (a) de lo(as) habitantes de Puerto Boyacá. Un municipio talado por indescifrables momentos de la historia. Un perfil que, tendencialmente, se identificaba con aquellas zonas que eran escenarios de hechos insólitos; incluido el de vivir
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    264 una dinámica enel tiempo que coincidía con la infamia. Un lugar de expresiones premonitorias. Jerónimo, un personaje sacado de las historietas patéticas, entendía el tiempo como un simple recodo en el camino. Para él, la vida, estaba inmersa en circunstancias disímiles. Algo así como entender todo contexto, en términos de la continuidad. Una alucinación constante. Vertía, a cada paso, una sombra de nostalgia. Como cuando se percibe lo cotidiano, incrustado en el pasado. Siendo, entonces, sometido a la ley de la continuidad y de la desesperanza. Cuando conoció a la familia de Rosa Eugenia, había cumplido 23 años. En ese mismo tiempo conoció a Burbano que, a su vez, tenía el horizonte subsumido en la lógica trinitaria. Como quiera que ejercía como hombre, en relación con la orfandad, la miseria y la posibilidad. Esta última, latente, todo el tiempo. Para él, Rosa Eugenia, era un tipo de doncella erigida en adulta, antes de que la lógica del tiempo, inaugurara la continuidad enfermiza del tiempo... Esta que pretende, a cada paso, reelaborar el universo; a partir de unos códigos preestablecidos. En los cuales no existe lugar para la imaginación. Mucho menos para ejercer vida plena. Con sus placeres y con sus afugias. El padre de Rosa, nunca tuvo un horizonte preciso. Nunca ejerció como líder en un hogar tatuado de miserias. Lo suyo era recorrer la vida, al lomo de la trivialidad. Nunca supo defender su territorio. Más bien, era sujeto pasivo que no hacía otra cosa que poseer a la
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    265 madre de RosaEugenia, y a la mayor de las hijas. Con esta estableció, desde su nacimiento, una relación pútrida, perversa. Ya, la madre de Rosa, sabía que este perdulario, era un macho sin ton ni son. Sujeto atado a la vida, por un vínculo circunstancial. No era, ni mucho menos, heredero de ningún agregado de calidad. Por lo mismo, cuando Jerónimo instó a Rosa para que lo acompañara, ella sintió un profundo alivio. Por lo menos no sería su padre quien la convirtiera en mujer preñada a los diez años. Los ejercicios de Jerónimo eran un anzuelo perfecto. Transitaron hacia el habitáculo en que vivían él y dos hermanos suyos. Al llegar, le dijo a Rosa Eugenia: no te preocupes, ya casi llega la gente para empezar la reconciliación con Dios. En el entretanto, dijo, puedes bañarte. Debemos llegar limpios a la ceremonia. No terminaba su baño cuando, Rosa, sintió vértigo. Como cuando alguien se da cuenta que lo espían. Sin embargo, siguió adelante. Alguien entró al cuarto de baño. Un hombre desnudo levantó la cortina. Rosa Eugenia, solo atinó a cubrirse con las manos el pubis. Su abuela le había dicho siempre que esa zona era fundamental para una mujer. Si la perforan es como si hubieses muerto, niña. Ya ningún hombre te querrá. Lo único que les interesa es que sea el primero en hacerlo. De hecho, tu abuelo me examinó exhaustivamente, antes de pedir mi mano. El hombre jorobado, se acercó a Rosa; tomándose su asta con ambas manos. La blandía como un trofeo, recién termina la competencia. Rosa Eugenia despertó en un lugar húmedo. Sentía un fuerte dolor abajo del vientre. Como si un ardor profundo se confundiera con el dolor. Una mujer la observaba, de pie, a la orilla de la cama. Le habló muy quedo. Como susurrándole al oído, palabras indescifrables; pero cargadas de tristeza.
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    266 Padre y madre;abuela y abuelo llegaron hasta la cama. Habían logrado entrar, después de muchas demostraciones acerca del parentesco con Rosa. Fueron al grano: el informe del médico, dijo el padre, se resume en lo siguiente: ya no eres virgen. Te entregaste a un hombre antes de lo previsto. Ya no sirves. Estás rota. Ni para cargar agua eres apta, ahora. Por más que les expliqué lo sucedido, no creyeron mi versión. A partir de este momento, dijo el padre, no estarás en casa. No eres bienvenida. Busca al hombre y convéncelo de que se case contigo. Ya le hemos informado a Januario lo sucedido. Pobre hombre, tanto que te quiere. No sé qué día salí del hospital. Todavía sentía un fuerte ardor. Este se mezclaba con el dolor. Caminaba sin rumbo. No tenía adonde ir. Sabor amargo, este, que me penetraba. Sin un lugar. Adolorida. Estuve caminando por todo el puerto. El cansancio me rindió. Quedé dormida en la acera. Al despertar, no recuerdo que día, me percaté de que tenía puesto un traje, a manera de pijama. Una mujer negra me asistía, al borde de la cama. Esbelta, parecida a una fotografía que había visto de una atleta en los juegos olímpicos de Sídney. Me habló con delicadeza. Como queriendo apaciguar mi tormento con palabras que me parecieron hermosas. ¿Linda niña, de donde has venido? No sé si te trajo el Sol; O viniste con la Luna;
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    267 ¿…O será quemi corazón no recuerda tu hermosura? ¿…De tiempo atrás, Cuando tú eras mi hermana. …y yo hermana tuya? Me abrazó con ternura. Mujer, más que mi madre. No podré olvidar sus palabras. No podré olvidar que me asistió; en el momento más oneroso de mi vida. Me dijo: me llamo Isolina. Te encontramos, Demetrio y yo en la calle. Tenías el cuerpecito tirado en la acera. Te trajimos a nuestra casa. Si tú quieres puedes quedarte. Necesitamos compañía. Además, nos cautivan las niñas y los niños. ¿…Quieres comer algo?, …, disculpa que no te llame por el nombre. No lo sé. ¿Tú lo recuerdas? Le dije, me llamo Rosa Eugenia. Solo así. Tengo hambre, muchas gracias señora. Agradezco también a tu patrón, al señor Demetrio. Aquí no hay patronos ni señores, ni señoras, Rosa Eugenia. Solo amigos y amigas. Ven sentémonos a la mesa. Demetrio ha preparado el desayuno y lo servirá enseguida. ¿Ahora bien, ¿Rosa Eugenia, qué pasó? Conté lo que recordaba. Lo del hombre jorobado en el baño y lo de mis familiares en el hospital. Después, salí y quedé dormida en la acera. Lo demás ya ustedes lo saben. El examen de laboratorio arrojó un resultado infame. Estaba preñada. Ya estaba por la tercera semana. Isolina respiraba fuerte. Demetrio no dejaba de llorar. No sé qué pienses tú Rosa
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    268 Eugenia. Mi recomendaciónen solo una: debes abortar. Tu preñez es consecuencia de una violación. Además, tu cuerpecito, a los diez años, no está para parir. Ya tenemos suficiente con el hecho de no haber vivido tu infancia. Yo no atinaba a responder. Porque no sabía cómo hacerlo. Mi madre siempre vociferaba: los hijos que manda dios, hijos son, hijos serán. A pesar de mi resentimiento con ella y con mi padre, sentía que esas palabras me calaban hasta el centro de mis huesos. No quiero ser madre. Y menos de un violador jorobado. Sin embargo, no quiero ser asesina de mi hijo. Isolina me dijo, pero ¿qué tipo de hijo va a ser? Un hijo se admite cuando es resultado de la pasión del amor y del deseo. Lo tuyo no fue ni lo uno ni lo otro. Mi linda niña. Que sea lo que tú quieras que sea. Solo ten en cuenta mis palabras, como inventario expreso de lo que ha sido mi vida. Samuel nació. Yo estaba viviendo con Santiago. Habían transcurrido seis años. Samuel no fue el último. Después llegaron Silvia, Martha, Maritza, Pitágoras y Adrián. Uno detrás del otro. Apenas si cumplía mi ciclo de recuperación, cuando ya estaba encinta otra vez. Santiago me había conocido en Puerto Berrio. Yo había llegado allí, después de fugarme, con mi hijo, de la casa de Isolina y Demetrio. Trabajaba como doméstica en casa de uno de los médicos del hospital. Allí, encontré refugio y ocupación. Samuelito, era un niño raro. Desde que pudo moverse en la cama; me atosigaba con sus manos. Iban directo a mis pezones. Me hacía gritar de dolor. Me hurgaba las piernas. En principio yo no me percaté de sus
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    269 intenciones. De laspiernas, al pubis y de allá a….No bastaba con decirle: Samuelito, no me toques así. Duérmete por favor. Era conductor de una de las ambulancias del Puerto. A decir verdad, me entregué a él, el primer día. Si alguien me pregunta por qué lo hice; le diría: …no sé por qué. Tal vez, porque me hallaba desolada. Sin más norte que la calle, el ruido y los insultos. Santiago, al menos, me recogió. Me llevó a su casa. Allí se sació conmigo y, después, su padre y su madre, me lanzaron a la calle, de nuevo. A mí y a Samuel. Lo busqué en el hospital, hasta encontrarlo. Me dijo que iba a conversar con el doctor Mascheroni, para que me eligiera como trabajadora en su casa; ya que el doctor le había encargado eso, desde hacía algunos días. El doctor Mascheroni, estaba casado con la doctora Cecilia Abril, médica cirujana que ejercía en Bogotá. Absoluto respeto conmigo y con mi Samuelito. El trabajo no era complicado; pero si requería de mucha atención. Las camas, el aseo de los cuartos; de los baños, de piso y…preparar la cena. Porque el doctor desayunaba y almorzaba en el hospital. Pasados tres meses, me diagnosticaron otro embarazo. Creí morir. No había referenciado un hecho como ese. Hablé con Santiago y me dijo: no puedo llevarte a la casa de mi padre y de mi madre. Mi salario no es suficiente para atenderte a ti y a mis padres. Decidí hablar con el doctor Mascheroni. Le conté acerca de mi segundo embarazo. El doctor, muy sincero, expresó que no podía hacerse cargo de tres personas. Sin embargo, me referenció a Francisco Peñuela; abogado de casi la totalidad de los hacendados de la región. Él tenía una hacienda a la salida del Puerto y necesitaba que alguien le colaborara con la
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    270 administración. Don Policarpo,ella es Rosa Eugenia. Ya le había hablado de ella. Tiene un hijo y espera otro. Pero es muy eficaz en su trabajo. Tanto en cocina, como en labores de aseo. El señor Policarpo, me enseñó la casa y la hacienda. Debía alimentar a los peones. Además, debía asear la casa. Dije sí. Y allí se cerró el negocio. Estuve en la hacienda de don Policarpo, cerca de seis años. Nacieron, Silvia, Martha y Maritza. Cuando creí haber cesado en mi función reproductiva, nacieron Pitágoras y Adrián. Santiago decía responder por Silvia y Maritza. Los demás no son mis hijos. Porque te has vuelto una puta recatada Rosa, me advertía a cada rato. Según me cuentan, seguía diciendo a cada rato, te acuestas con la mitad de los peones de la hacienda. Incluso, ellos, hacen bromas en el bar. Han llegado, inclusive, a apostar acerca de quien ha durado más contigo. Porque, según ellos, eres insaciable. Después de uno, viene el otro y…después del otro el siguiente. Esto para no hablar, decía, de tu primogénito. Ese es de quien te rompió. De quien hizo de ti una olla rota, sin otro oficio que servir de filtro. Estuve en Montevideo. Ya Samuel y los (as) demás estaban lejos. Había conocido a Verdaguer, el mismo día en que llegué a Bogotá. Estaba sentado en uno de los restaurantes de la terminal de transportes. Yo andaba sin rumbo. Había salido de Puerto Berrio la noche anterior. Mis hijos e hijas ya no estaban conmigo. Cada uno (a) tomó su camino. Las niñas quedaron con Santiago. Me acompañaba el estigma de ser mujer de todos.
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    271 Verdaguer me observó,desde el mismo momento en que entré y pedí un café. Se me acercó. Se sentó a mi lado. Hablamos de todo. Como contando nostalgias, pesares. Como indagándonos acerca de lo que fuimos y de lo que somos. Era como efectuar un recorrido inmenso en el tiempo. Una apertura de vida, a partir de un hecho circunstancial y fortuito, un encuentro. Conocí parte de su vida. Y él conoció casi toda mi vida. Palabras y palabras, que fluyen y comunican. Palabras acerca de la dureza del día a día. Me escrutaba. Unos ojos inmensos, color verde. Un cabello hermoso, azabache. A decir verdad, me sentía arrobada. Una especie de atracción primera, sin otra justificación que la necesidad de ser tomada y de sentir ese placer que me convoca. No sé qué pasa conmigo, los hombres son, para mí, referentes sexuales. De manera constante. Ahí, en ese momento, ya recorría el cuerpo de Verdaguer con la mirada y con el deseo. Supe de su origen. Había nacido en Montevideo, treinta años atrás. Llegó al país, en busca de aventuras. Un hombre hecho para viajar, sin rumbo. Se ganaba la vida, haciendo lo que fuera necesario. Desde trabajar en oficios varios; hasta engañar incautos, como prestidigitador. Estaba alojado en un hotel sencillo. Situado en uno de los sitios más deprimidos de la ciudad. Llegamos a su cuarto. Le informó al administrador que yo era una familiar y que estaría con él hasta el día siguiente. A su vez, el administrador, le informó que habían estado unos señores indagando por él. Por su aspecto, creo que son detectives. No respondió. Nos bañamos juntos. De pie hicimos un ejercicio inmenso. De nunca acabar. Me asombró su
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    272 capacidad. Tres vecesme inundó. Quería más. Pero, en verdad, yo estaba extenuada. Dormimos largo rato. Nos despertó la voz del administrador. Decía que habían vuelto los señores que estuvieron en la mañana. Le informaron que tenía 48 horas para salir del país. Por su condición de indocumentado itinerante, no podía residir aquí. Estuvimos errantes. Sin un norte preciso. Aquí y allá. De Bogotá a Popayán y luego a Pasto. Entramos a Ecuador en un furgón de carga, camuflados. Hicimos tránsito a Perú y Bolivia en las mismas condiciones. Al entrar a Chile, nos encontramos con un amigo de Verdaguer. Un tal Patricio Tapia. Hablaron largo rato. Nos invitó a cenar. Esto me alegró mucho, ya que no comíamos desde el día anterior. Tapia, le insinuó a Verdaguer que se quedara en su casa. Tu amiga, también puede quedarse en casa, dijo. Un barrio inmenso, en la periferia de Santiago. Tapia nos guiaba. Habló del rol que tuvo ese barrio en 1972 y 1973, durante el gobierno de Salvador Allende. De las brigadas patrióticas. De las consecuencias del golpe militar. De la persecución constante. De los muertos; de los torturados; de los desaparecidos. Él mismo, dijo, perdió a sus hermanos. Nunca más supo de ellos; desde que allanaron su vivienda y se los llevaron. Logró escapar, gracias a la colaboración de varios vecinos que le permitieron escalar techos y saltar al vacío. Tapia describió un horizonte complicado. Estuvo huyendo todo el tiempo. Pasó a Argentina. Allí la situación era igual o peor. Militares que absorbían todo. Aplicaban la opción de gobierno, sustentada en su hegemonía. Y en su violencia, absoluta. También el vértigo de las desapariciones forzadas. De las torturas. De execrables métodos para ahogar cualquier
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    273 vestigio de libertad,de oposición. En Buenos Aires, recorrió diferentes sitios. Se enroló en milicias urbanas afines a los peronistas y, después en milicias afines a los Montoneros. Un recorrido azaroso. Participó en varias acciones directas, de confrontación a la tropa y a sus informantes. Estuvo en Córdoba. Se enroló en los grupos de resistencia, dirigidos por los obreros, por los sindicatos, de manera clandestina. Allí, en Córdoba, la represión fue más cruel. Porque era un territorio en el cual las organizaciones obreras eran fuertes y decididas. Pasó a Montevideo. Se enroló en milicias tupamaras. Lo mismo: represión brutal. Se trataba de hostigar y resistir a la fuerza avasallante, demoledora de los militares. Estuvo en Punta del Este, territorio no tan azotado por la violencia. Allí hizo contactos. Sirvió como estafeta entre las secciones en diferentes sitios. Recorrió mil caminos. Hasta en Brasil estuvo. Recabando solidaridad. Colaboró con la organización logística. Dinero y pertrechos. Distribución de los mismos. Coadyuvó con las Madres de la Plaza de Mayo, en los momentos más cruciales. Admiraba, profundamente, la capacidad de estas mujeres para resistir y para convocar solidaridad, en el país y en el exterior. Tapia, también, estuvo realizando propaganda clandestina, en desarrollo del campeonato mundial de fútbol, realizado en Argentina en 1978. Labor ardua. Porque la Junta Militar se la había jugado toda en el impulso a ese evento. Como terapia forzada. Para presentar otra visión al mundo. Diferente de la realidad. Se mostró una imagen del país; en donde la paz interna había sido lograda. Se había derrotado a la subversión, a los antipatriotas. Decían, además, que los desaparecidos eran un invento de quienes no querían hacerse a la idea de que Argentina, era una república democrática. Simplemente, ellos, tuvieron que actuar para
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    274 impedir que segeneralizara en el país y en todo el Cono Sur, la influencia dañina, pervertida de los comunistas. Tapia supo, además, que desde mucho tiempo atrás, existía una confabulación entre la Junta Militar y algunos directivos de la FIFA. Debía quedar claro: a la Selección Argentina no lo quedaba otra opción que ganar el campeonato. Una ampliación y profundización de dominio. Por una de esas vías que Gramsci definía como el poder ideológico. Una superestructura que absorbe lo real. Una propagación de las verdades construidas a imagen y semejanza de los detentadores del poder. Si bien es cierto que puede haber algunas diferencias entre un gobierno burgués anclado en la democracia tradicional; no es menos cierto que, en últimas, la Junta Militar defendía sus intereses y los de la burguesía, agazapada; sin decir nada ante las atrocidades de los militares. Él (Tapia); estuvo, a su vez, durante el conflicto entre Argentina e Inglaterra; soportado en la reivindicación de la jurisdicción de la primera sobre las Islas Malvinas. Un enclave inglés, arrebatado por la fuerza. Desde la perspectiva de los luchadores por la libertad; esta reivindicación es válida. Porque se trata de un territorio argentino, de su soberanía. Sin embargo, enfatizaban, además, que la Junta Militar pretendía hacer de ese conflicto una posición de unidad nacional, pero manteniendo la dictadura, la violencia, el exterminio sobre el pueblo argentino. Nos contó de las andanzas de Atanasio, un auriga de los detentadores del poder. Un hombre curtido en acciones, reivindicando el derecho de los militares a ejercerlo, incluidas la
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    275 violencia y lasdesapariciones forzadas. Hombre de talla perversa. Se cuenta, decía Tapia, que su hija está atada a un negocio de tráfico de personas; de un comercio infame con las etnias. No solo en América Latina, sino también en Europa, Asia y África. Negocio montado con la complacencia de las autoridades en diversos países. Yo veía, en Tapia, un hombre sólido. De ideas y actividades recias, decididas. Hasta cierto punto lo comparaba con Verdaguer, hombre sin principios, camaleónico, desleal, aventurero por lo bajo. Solo me subyugaba su manera de hacer explotar mi placer. Yo veía, en Tapia, un hombre hermoso. Con horizontes. Empezó a cautivarme. Cierto día, antes de salir de Santiago, me acerqué a él, en un momento en que Verdaguer salió a pasear por el barrio. Le dije, quiero que estés conmigo. Quiero palparte, absorberte. Quiero que me poseas. Me miró perplejo. Como que no se hacía a la idea de que la mujer de su amigo se atreviera a tanto. Le insistí. Me desvestí delante de él. Lo empujé hacia el baño. Le desaté los pantalones; le cogí su inmenso músculo. Abrí mis piernas, de pie y lo introduje en mi abertura. No pudo más. Me asió por las nalgas y empujó. Una fuerza absoluta. Una y otra vez, sentí su líquido, tibio. Una y otra vez me hurgaba; me tocaba los pezones. Exploté, grité. Le decía: más, más; quiero más. Cuando regresó Verdaguer, todavía estaba un tanto convulsa. Un ardor hermoso me recorría todo el bajo vientre. Todavía sentía mis pezones adoloridos, erectos. Intuí en Verdaguer una expresión extraña. Como si oliera mi vagina y el líquido en ella. Era hombre conocedor de nosotras las mujeres. Su experiencia en estas bregas con las mujeres; lo había dotado de un
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    276 gran olfato. Conocíael olor de lo suyo. Aprendió a conocer los olores del líquido de otros hombres. Era un animal en celo permanente, que olfatea a su hembra y sabe si su territorio ha sido invadido. Viajamos a Buenos Aires. En furgones de carga. Otros trechos los hicimos a pie, evitando pasar por lugares militarizados. Todos concentrados en la necesidad de llegar sin obstáculos. Yo miraba a Tapia, a cada momento. El sabía que yo lo hacía. Aprendió, en su lucha, a mirar sin mirar. A percibir a los otros y a las otras a distancia. Hablaba con Verdaguer. Sobre trivialidades. Sobre lo cotidiano. Sobre el paisaje. Llegamos un martes en la tarde. Me sentía cansada. Casi arrastrando los pies. Tapia nos condujo a la casa de uno de sus camaradas. Eludiendo sitios. Dando giros; vigilante. Por fin llegamos a la casa. Ismael, saludó a Tapia y este nos presentó como un amigo y una amiga que conoció en Santiago. Le susurró al oído. Supongo que le dijo que no había nada que temer con Verdaguer y yo. Ismael enteró a Tapia de los últimos acontecimientos. Supimos que seguían en la lucha; a pesar de la leve apertura que se sentía en el ambiente político. Habló de Raúl Alfonsín. Del deterioro constante de la Junta. De su desprestigio a nivel internacional. De la presión que ejercían sobre ella diferentes gobiernos europeos. Contó que se había conocido, públicamente, lo que antes era un rumor. La CIA estuvo, todo el tiempo, asesorando a la Junta Militar. En el contexto de la política de la guerra de baja intensidad. De la influencia de esta política en casi todos los países Latinoamericanos. Incluido El Salvador; en donde se
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    277 desarrollaba una luchatenaz. Del Frente Farabundo Martí. Del desarrollo de las actividades del Frente Sandinista que había triunfado en Nicaragua. De la situación en Guatemala, de la violencia en contra de las mujeres allí. Misóginos constantes. Nos contó de la situación interna del movimiento revolucionario en Argentina; de las contradicciones crecientes; habida cuenta de la heterogeneidad de sus integrantes. Peronistas, socialistas, los sin partido, etc. Veinticinco (Viajeros) Al día siguiente de nuestra llegada, asistimos a un concierto. Ya había regresado Mercedes Sosa de su exilio. Estuvo León Giecco, quien también había regresado. Esa misma noche estuvimos bailando en uno de los barrios de la capital. Al regresar a la casa de Ismael, bebimos unas copas de vino. Casi no pude conciliar el sueño. Estuve inmersa en una sucesión de imágenes pasadas. Imágenes de regresión. Me veía asfixiada por el jorobado. Veía a Santiago encima de mí, a la vez que me susurraba: ¡Puta ¡No vales nada; mujer de todos! Veía a Samuel. Sentía su odio: Sentía sus manos recorriéndome todo el cuerpo; recordé sus vesanias; su tránsito hacia la maldad absoluta. Veía a Silvia; a Martha; a Maritza entregada a Pánfilo; a Pitágoras y a Adrián. Recordaba a Demetrio y a Isolina; lloré de dolor por mi deslealtad. Cuando desperté, estaba en Montevideo con Verdaguer. Habíamos huido. No estaban ni Tapia, ni Ismael. Luego supe que Verdaguer los había traicionado. Los había delatado. Cobró una recompensa por ello. Aturdida; vagué por las calles, sin rumbo. Me lancé al vacío desde el octavo piso de un edifico comercial. Sentí el estruendo de mi propia caída. Fui muriendo lentamente, ante la mirada horrorizada de los transeúntes.
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    278 Pedro Arenas Monserrat,había nacido en Lisboa. Padre portugués, madre colombiana. Desde los dos años residía en Colombia, con su madre. Su padre había quedado en Lisboa, ejerciendo funciones de empleado estatal. A los seis años fue matriculado en una escuela pública en la ciudad de Barranquilla. A tan temprana edad, dejaba entrever sus capacidades para casi todas las áreas del conocimiento. Lector innato. Surtidor de un lenguaje preciso, lógico, creativo. Transcurridos los años de su educación formal, en la escuela y en el colegio, Pedro Arenas se vinculó a la universidad en el programa de pregrado de antropología. Desde allí, empezó un proceso en el cual desarrolló algunas teorías acerca de la relación entre filosofía y educación. Un acercamiento a la pedagogía, desde una perspectiva innovadora. Como quiera que formuló algunos conceptos básicos. Uno de ellos tiene que ver con los modelos educativos y su incidencia en el conjunto de la formación académica. Una dinámica que incluye asumir roles protagónicos, por parte de los y las docentes, pero sin que esto implique la vulneración de la autonomía de los y las estudiantes. Un proceso que irrumpía en un universo saturado de lugares comunes y proyectos pedagógicos obsoletos. Dada su capacidad para relacionarse con contextos sociales diversos; fue realizando propuestas en todos los niveles. Particularmente en la educación secundaria. Pero, también incursionó en la educación básica primaria. Con opciones conceptuales novedosas. Por ejemplo, el nexo entre la formación en familia y la educación en las aulas. Otro ejemplo, tiene que ver con la noción de autoridad, en los colegios. En un recorrido que incluyó la realización de diferentes seminarios y talleres con docentes, madres y padres de familia. En
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    279 uno de esoseventos, conoció a Juliana y a Isolina. Dos mujeres que, desde diferentes ámbitos, manejaban las mismas reflexiones. En el sentido de la articulación, por ejemplo, de la educación formal, la equidad de género y las transformación de modelos educativos que no reconocen opciones diferentes construidas a partir de la cotidianidad. Isolina, una mujer negra, vinculada al movimiento feminista; con realizaciones en los barrios, en el campo y, particularmente en los grupos sociales que sufren el flagelo del desplazamiento forzado. Mujer nacida en el Pacífico colombiano; autodidacta y dueña de una capacidad inmensa para orientar y dirigir. De una sensibilidad absoluta para entrever las necesidades de los pobladores. Ya había, incluso, publicado documentos alusivos a los temas y realizaciones que la comprometían. Y que sabía manejar, sin producir distanciamientos con respecto a sus pares; o con respecto a los grupos sociales. Una de las manifestaciones de esa capacidad, era establecer una relación colectiva e individual. Con un pasado saturado de nostalgias y dolores. Por estar inmersa en territorios de conflictos. Con laceraciones profundas que la marcaron. Pero, sin transformar esto en posiciones de resentimiento y/o inmovilidad. Su primera experiencia afectiva no fue feliz. Un individuo ambiguo, autoritario e insensible, fue su primer amante. Pero, ella, tuvo la capacidad para efectuar la ruptura; sin que esto implicara posiciones de desasosiego. Sin que esto la limitara en sus acciones. Conoció a su segundo amante, en un escenario social, en donde prevalecían condiciones de miseria, represión, olvido, matanzas. Demetrio, un hombre forjado en duras batallas por la vida y por la sociedad. Amaba profundamente a Isolina y, con ella, desarrollaba las actividades que los vinculaban con el proceso ya descrito
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    280 Juliana, maestra enun colegio de educación secundaria en la capital, se había forjado como investigadora de los proyectos educativos en Colombia y en América Latina. Mujer hermosa; de un temple espiritual privilegiado. Su trabajo, en el área de humanidades, trascendía en la institución educativa en donde laboraba. Una exigencia constante, consigo misma y con sus alumnos y alumnas. Esto último no implicaba, sin embargo, una postura autoritaria. Sus clases, eran reuniones para la reflexión. Los resultados, desde el punto de vista académico, se medían por la capacidad adquirida por sus estudiantes, para exponer con independencia y con calidad, los temas vistos durante los sucesivos períodos académicos. Juliana consignó en un documento, algunas anécdotas y experiencias. Una de ellas, tuvo que ver con un estudiante en décimo grado, llamado Samuel. Un joven extraño, decía Juliana, me conmovió desde el primer momento. Porque tenía una expresión similar a los esquizofrénicos. De gran capacidad para entender los temas vistos en clase. Además, dueño de una capacidad, casi innata, para la reflexión de largo aliento; trascendiendo lo inmediato y vinculando contextos necesarios para elaborar sus conclusiones. Sin embargo, dice Juliana en su documento, en veces, aparecía un perfil un tanto perdulario. Como si emergiera, de pronto, ese otro yo que expresaba una tendencia sicótica, aunada con cierta dosis infamia y violencia. A pesar de su relación cercana con Samuel, Juliana nunca exhibió ninguna posición afectiva, a la manera de amante. Tal parece que este chico si había construido una interioridad que fluía en esa dirección. Este relato, extenso, constituye un ejercicio de interpretación de la personalidad. En una opción, desde la perspectiva freudiana y piagetiana. Estuvo con él en diferentes actividades académicas. Además, trató de conocer
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    281 esa instancia perdidade su infancia. Dejaba entrever la incidencia en su formación, de situaciones difíciles en su infancia. Incluida una relación con la madre y el padre, con aristas punzantes y vulneradoras. De hecho, un día, Juliana encontró a Samuel, tratando de forzar a una compañera de clase. Expresaba un extravío tal, que convocaba a la tristeza, independientemente de la acción que estaba realizando. Otro día, estando a solas con él, revisando unos de trabajos académicos, Samuel le insinuó que estaba enamorado de ella; que la deseaba, que era su obsesión. Es decir, una posición unilateral de Samuel; porque no había mediado, en absoluto, alguna acción provocadora por parte de Juliana. Lo cierto, es que Pedro Arenas propuso a Isolina y a Juliana, la realización de diferentes ejercicios académicos, a manera de seminarios, sobre diferentes aspectos de la condición humana; por fuera del ámbito restringido de las aulas. Un proyecto permeado por la necesidad de profundizar e interpretar algunos textos fundamentales diseñados para proponer reflexiones y opciones en el proceso educativo. Uno de los aspectos que reivindica Pedro Arenas tiene que ver con un recorrido, en profundidad, por los territorios y por los maestros y maestras de América. En uno de sus documentos, Pedro, ensaya un ir y venir crítico, pero asertivo; por las propuestas de José Martí. Muchas de ellas vertidas en el texto El siglo de oro y la vinculación que se desprende de sus escritos recogidos en Nuestra América. Con una visual periférica, en términos de la necesidad de recomponer los proyectos educativos; para ajustarlos a los requerimientos. En un entendido básico, que denota el respeto por la diversidad cultural y étnica; así como, fundamentalmente, por la autonomía de los niños y
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    282 las niñas. Unpaisaje, en donde la cultura es un escenario de vida que se modifica de manera perenne. O, sigue diciendo Pedro, los esbozos delineados por Pablo Freyre, en ese recorrido suyo que nos habla de la administración del conocimiento en general y de la pedagogía en particular; vinculando propósitos, a partir de los entornos inmediatos y mediatos; con los cuales se identifica a la población y de los cuales podemos entresacar elementos visuales y abstractos. Claro está que no se trata de un aislamiento parroquial; sino de una universalización progresiva. Referentes ya, de por sí, atractivos. Como opciones políticas y sociales; a partir de un continente tan disímil como lo es América. Pero entendiendo, también que África y Asia, son territorios inmensamente diversos, en cuanto a etnias, religiones, lenguas, culturas. Solo avanzando en la perspectiva de interactuar (pero no a la manera en que lo proponen los difusores de la teoría del pensamiento complejo); sino por la vía de internacionalizar el conocimiento de tal manera que los pueblos se apropien de el. Con un elemento conceptual adicional: el que hace referencia a la necesidad de promover, elaborar y respaldar propuestas inclusivas. Uno de los aspectos más relevantes de esto último, hace referencia a los niños, niñas y adultos en condiciones de discapacidad. Precisamente, en uno de los eventos programados y realizados, se presenta una opción de interpretación de los procedimientos pedagógicos para los niños autistas. El evento se realizó en la Universidad de la República. En su preparación estuvieron haciendo eje, Isolina, Juliana y Pedro. Se invitaron disertadores y asistentes de las diferentes áreas académicas. Obviamente, con énfasis en maestros y maestras.
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    283 La conferencista expusoy sustentó un documento elaborado, a manera de investigación sobre un evento específico. Samuelito Arregocès, ha estado mucho tiempo en silencio. Tal vez, más tiempo del que reporta su edad. Una travesía profunda por la vida. Llena de expresiones nefandas. Que involucran opciones cuyo contenido permite posiciones onerosas. Ante todo, para un niño como Samuel, cuya madre, Rosa Eugenia, pertenece a la tipología clásica del desvarío. En donde no se sabe si la vida empezó con ella o si, por el contrario, la vamos construyendo a cada paso. Como si fuésemos arquitectos de futuros. Pero con las cargas y los estigmas de un pasado que no conocimos. Pasado cargado de latencias. Esas mismas que nos pesan al nacer. Que las traemos cuando aparecemos, como hecho fortuito, en el mundo. Entonces, quien presenta el trabajo, se constituye en rastreadora de esas lejanas opciones que vivieron otros y otras. De esas vivencias soportadas por quienes nos antecedieron. Pero que, de alguna manera, nos tocan al momento en que emergemos y que, si se quiere, nos acompañarán toda la vida. Un desasosiego constante. Que nos sitúan, como a Samuel, en condiciones de indefensión. Haciéndonos mucho más vulnerables de lo que creemos. Aquí, vuela la imaginación. Pero también se ve recortada, en pleno vuelo. Y, entonces, nos precipitamos al vacío. Que dura lo que dura una vida. Como la de Samuelito. Con vestigios opacos. En donde los colores hay que inventarlos. No vienen con nosotros. En este sentido, en consecuencia, resulta válido asumir la desesperación. Como cuando no sabemos que estamos hechos, ni para que servimos. Solo sabemos que estamos ahí, en donde los otros y las otras, también están buscando lo mismo. Tan cierto como que no alcanzamos a identificarnos. A establecer relaciones creativas, asertivas, llenas de tonalidades diferentes;
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    284 como diferentes quesomos. Samuelito, vino ya. Pero el no sabe que está aquí. Ni allá. Lo único posible para él, es la envoltura que, todavía, lo retiene y lo impulsa a seguir viviendo. Pero sin ver alrededor. En un entorno agresivo. Tal vez, por esto mismo, él no se atreve a despertar, a pesar de que sus ojos miran desde el mismo momento del nacimiento. Una acción de mirar que no parece verbo. Un estar ahí, sin saber porque…y, de pronto, sin quererlo. En lo que sigue, la exposición de la maestra Adelina Santacruz. Veintiséis (Mujeres braveras, mujeres mártires, las anécdotas) ¡Lo dicho, está dicho ¡Eso me dijo Herminio Pérez; alcalde de la localidad San Bonifacio! Y es que venía desde mucho tiempo atrás. Una confrontación de nunca acabar. Por lo mismo que estaba de por medio las ilusiones que motivaban a José Buelvas. Sujeto, este, de violencias acabadas en él mismo. Como quiera que todo se centraba en las posibilidades. En términos de las consideraciones. Como vigía de sí mismo. Mucho después de la muerte de mamá Protocolaria Martínez. La quiso tanto que no dudó en convocar a toda la localidad para realizar jornadas de desagravio. Un poco en el mismo hilo conductor, con el cual se miden las obligaciones perennes. En esa postura de las mujeres madres. Que perciben lo que ha de venir. Y recuerdan la historia de los hechos y sus orígenes. Ante todo, cuando cada quien ha observado, en su camino, los rigores del tempo. Hablado y vivido. Así no más.
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    285 A Este vergajode Herminio, se le metió en la cabeza, alzarse en armas contra las matronas potentes. Ese ramillete de mujeres, veloces de pensamiento y realizaciones. Por esa vía promovió la primera batalla, en contra de Protocolaria. Ya llevaba mucho tiempo en la planeación de ejecuciones. Como ensayo general, había elegido a Estanislao Birbiezcas. Este, envalentonado con la misión, reunió a cuatro hombres jóvenes, para empezar. Fueron, primero, a la casa de María Epimenia Busquets. Mujer de fuerte convicción y mejores decisiones al momento de cualquier batalla. Estaba sola en casa. Saturnino Mascachochas Bocanumen, su compañero estaba en su rutina cotidiana como cargador en el puerto. Primero tumbaron las puertas con hachas y machetes. La levantaron, a la fuerza, de su cama. La enmudecieron. Y los cinco vulneraron su cuerpo. Un ultraje espantoso. Cuando terminaron, la mataron. Cuatro balazos en su cabecita, casi yerta. Luego fueron donde Belisaria Pocahontas Martínez. Hija de Barbarita Libertad Fuego. Mujer de ostentación solidaria, a la enésima potencia. Rodearon la casita. Entraron por la ventana. La colgaron, de las muñecas. Atadas al travesaño primero. Sus ojazos negros absolutos, fueron quemados. Ya, después de ahí, todos los ojos de todas las mujeres aprendieron a mirar con las tristezas siempre hechas, puestas. En velocidad tendida, por su ejército de mujeres negras, de cuerpos hechos para la danzar. Siguiendo la tambora y la chirimía. Pero, también, para acceder a la correría. Y habilitaron trincheras en todas las ciudades. Trazaron ofensivas a las casas de extermino y de torturas. Las arrasaron con todos los matones adentro. Y fueron, pronto, seis en ciudad Chiquita. Y
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    286 doce en ciudadTernera. Todo se volvió una avalancha de aguerridas mujeres. Cenicientas en batalla, Feroces, vengativas. Para las cuales, no habrá paz, si no ejecutan a los perdularios. Y las derrotaron, ese tres de noviembre. Cuando llegaron “Los Caballeros de la Legión de María Virgen.” Cruzados. Pervertidos. Arropados por la sabana que cubrió el cuerpo del Nazareno. Además, por Trinitario Ordóñez. Con su aureola pendenciera, por lo bajo. Se reforzaron los ejércitos inmundos, apestosos. A Esas mujeres que sobrevivieron; El alcalde Herminio, enterró vivas. Eso fue lo que dijo, siempre “lo dicho, dicho está” Cuando estaba dispuesto a seguir su perorata, lo maté. Le enhebré mi puñal, en esa garganta ampulosa. Tal vez, tratando de mutilar sus palabras, para siempre. Pitágoras se apartó de Santiago. Sintió mucho la situación de Rosa Elvia. Tanto como entender que ella había sucumbido ante los avatares de la vida. Valoró su condición de mujer libertaria. Su decisión de asumir lo afectivo como sucesión de relaciones. En una promiscuidad que no compartía; pero que respetaba. Rosa Elvia era, para Pitágoras, ese tipo de personas en angustia constante. Sin poder redefinir su proceso como itinerante en una sociedad cargada de situaciones complejas. Un tejido que la sometía. Un entendido de libertad circunscrito a ensayar variables. Pitágoras la sentía como mujer que nunca había sido amada. Tal vez, ella, tampoco ha amado. Porque, consideraba, que amar era más que estar con todos o todas; sin importar cuando o porqué. Un tipo de satisfacción, de placer, centrado en el arrebato sexual circunstancial. Vivir esto como
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    287 condición única; comosoporte único. Una distorsión del hecho de amar y ser amada. Un camino lleno de dificultades asociadas a esa condición de ser. La reconocía como madre y como mujer. Pero, no fue capaz de estar al lado de ella. No pudo o no quiso acompañarla en su peregrinar; mucho menos intentar la persuasión en términos de buscar otra alternativa de vida. Sorteando obstáculos, logró terminar sus estudios secundarios. Ingresó a la universidad en horario nocturno. Trabajaba todo el día como vendedor en un almacén. Había heredado de su padre la capacidad para cautivar compradores. Escogió un programa de pregrado que le pareció importante. La antropología siempre le había llamado la atención. Con el profesor Pedro Arenas y con la profesora Juliana, a quienes había conocido en el colegio, había departido muchas veces. Tertulias agradables; que lo situaban en opciones de interpretación de la cultura y, en general, de la humanidad. Estuvo en muchas de las actividades realizadas por Isolina; a quien admiraba profundamente. La mujer que supo valorarse y hacer ruptura con Adrián. Por esa vía conoció a Demetrio. Le pareció, siempre, un hombre con vocación de servicio. Demasiado humano. Amigo absoluto, leal y confidente cuando fue necesario. Pitágoras vivió el proceso angustioso que supuso el asesinato consecutivo de Pedro Arenas, Juliana, Isolina y Demetrio. Hechos que le hicieron ver la tragedia de un país que nunca ha conocido la paz, ni la solidaridad, ni la aceptación del otro o de la otra. País de convicciones torcidas; en el cual ha predominado el ejercicio de la violencia continua, sistemática. País en
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    288 donde no haexistido sitio para la tolerancia y el respeto de los valores y derechos humanos. Para él, esos asesinatos y muchos más, constituyeron y constituyen la reiteración del odio, y la tropelía. Acezantes verdugos que nos conducen al desmoronamiento. Como sociedad y como nación. Se prometió a si mismo, retomar, a su manera el ideario de ellas y de ellos. A partir de los logros alcanzados en la universidad y de su interacción con diversas organizaciones obreras, campesinas y de la población más vulnerable; fue construyendo escenarios para proponer alternativas. Para postular y realizar actividades trascendentes. En búsqueda de opciones constantes, generosas, humanas. La intención de transformar la sociedad, desde una perspectiva politica de inclusión. De reconocimiento de valores y de adecuaciones. De tal manera que la vida adquiera otro significado; derrotando a la muerte inducida por quienes nos han controlado y avasallado. Al hacerse cargo de ese ideario, logró consolidar su posición como sujeto creativo, humano, investigador e impulsor de nexos entre la academia y la población. Con un sentido de pertenencia a la humanidad, por la vía de expandir el conocimiento de la historia; de tal manera que este conocimiento se convierta en interacción social no claudicante ante el embate de los violentos. Ante el embate de esas fuerzas poderosas, casi siempre soterrados, que manejan los hilos de la política y de la economía, pretendiendo el beneficio propio; de las clases que siempre se han constituido en el poder y que no están dispuestos a perder.
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    289 Siempre intuyó quesus hermanos y hermanas estaban del lado de los detentadores de ese poder. Conoció a Pánfilo, de su relación con Maritza y Silvia. De su amistad con Samuel y con Adrián. Siendo así, para Pitágoras, la noción de familia fue pragmática. Los vínculos de sangre no cuentan a la hora de percibir y analizar determinados comportamientos. Por lo mismo, para él, sus hermanos y hermanas no son otra cosa que auxiliares de los gendarmes. Con un entendido de la vida similar a quienes asesinan contradictores, el contexto del afianzamiento de su poder. Pánfilo ya había hablado con Silvia y con Samuel, acerca de las andanzas de Pitágoras. Lo asimilaron a la subversión. Para ellos, quedaba claro que no podía permitir la expansión de esas opciones. No importaba la condición de hermano. Como sea hay que detener sus avances. Ya conocían que había retomado las actividades que realizaban Isolina, Pedro, Juliana y Demetrio. Siendo así, la decisión fue obvia. El 8 de marzo, al salir de un acto realizado en la universidad, con motivo del Día Internacional de las Mujeres; Pitágoras fue baleado desde un vehículo. Allí mismo murió. Su última visión, estuvo destinada a Rosa Elvia. Para Samuel, Pánfilo se había convertido en un socio molesto. Entre otras razones, porque el afán de poder; le exigía a este, realizar cualquier tipo de tarea o acción. Ya, una vez muerto Sinisterra, Pánfilo logró acceder a la administración de la empresa en la capital. Desde allí, empezó una gestión avasallante. Desde todas las opciones posibles. Hizo recambio en la planta de personal; gestionó la desvinculación de Verdaguer; en la sucursal uruguaya. Se
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    290 apoderó del mercadoen Santiago de Chile. En el ámbito más doméstico, se apoderó de Susana. Ella había lamentado, a su modo, la muerte de su amante. Pero, aplicado su afilado sentido común, n o tuvo reparos el día en que Pánfilo se encerró con ella en la oficina y la hizo gritar de placer. Lo de Pánfilo, observó ella, no es tan largo y voluminoso como lo era el de Sinisterra. Pero, de todas maneras, acompañó la penetración, con rituales que había aprendido y que le enseñó a Pánfilo; quien a pesar de su recorrido no había tenido acceso a ese manual. El hijo de Susana y Sinisterra había nacido hace cerca de un año. Un niño normal. Con un parecido absoluto a su madre. Para Susana, el niño, se convirtió en una carga. Su rol estaba condicionado a tener libertad para asumir los requerimientos de la empresa y, adicionalmente, los requerimientos de Pánfilo. Centrados en las necesidades sexuales de éste. Es como entender la situación de muchos niños y niñas que no tienen un padre o una madre que asuman con ellos y ellas la construcción de opciones de vida integral. Con una valoración precisa del universo de necesidades. Una inclusión en la sociedad; de tal manera que la complejidad de esta inserción se convierta en un hecho efectivo y no, simplemente, latente o como mera expectativa. Samuel conoció al niño. Le causó impacto, en el contexto de sus convicciones, un niño de expresión triste. Como si, a su edad, ya estuviera inmerso en la angustia particular y colectiva. Un niño que, en principio, no tendría posibilidades de vivir su infancia. Con lo que esta tiene de lúdica, imaginación, amplitud y, fundamentalmente, de sensibilidad.
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    291 Con Pánfilo, entonces,Samuel asumió una modificación importante en su relación. En una estructura de vida y de empresa, soportada en intereses particulares que erosionan cualquier sentimiento de amistad. Ya, antes, había conocido la posición de Pánfilo con respecto a Jerónimo. Los móviles de su muerte no le resultaban claros a Samuel. Porque la versión presentada por las autoridades era un tanto inverosímil. Como aquella de expresar un ajuste cuentas entre bandas criminales que se disputan territorios para las diferentes acciones inherentes al proceso de descomposición social vigente en diferentes ciudades. Efectuaba un análisis de mayor profundidad, incluida la cotejación entre momentos y expresiones, en el contexto de la triada Samuel-Jerónimo y Pánfilo. Porque, lo que, si conocía con certeza Samuel, era que Jerónimo estaba con los dos. Inclusive, arriesgo la conclusión de un asesinato planeado por Pánfilo, con un único móvil: los celos. Había un hecho adicional en su reflexión: Jerónimo tenía otro amante. Se trata de Sinisterra. Estaba convencido, Samuel, de que Jerónimo amaba profundamente a Sinisterra y no ellos dos. A través de Silvia y Maritza, Samuel concertó una entrevista con Verdaguer; conociendo que éste se encontraba en la capital, de paso para Panamá. Había decidido jugarse la carta de convencer a la dirección de la empresa acerca de los malos manejos, por parte de Pánfilo, de algunos aspectos específicos de la actividad; tanto en la capital, como en otras dos ciudades en el País. Previamente, tejió una urdimbre verosímil. Algo así como efectuar un seguimiento de las actividades de Pánfilo. Apoyándose en algunos agentes intermedios. Construyendo una
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    292 versión, en elsentido de que Pánfilo conoció, de mucho tiempo atrás, los manejos realizados por Sinisterra; en términos del manejo de cuentas bancarias, para su beneficio particular. Se trataba, entonces, de reconstruir alguna documentación, variando contenidos. Para esto se apoyaron en expertos al servicio de la empresa, cuya labor consiste en falsificar documentos. Lograron, por ejemplo, hacer coincidir fechas en los desplazamientos de Pánfilo y Sinisterra a Europa. Construyendo premisas que permitían deducir una confabulación en contra de los intereses generales de la empresa, apropiándose de unas sumas muy importantes de dinero que depositaron en sus respectivas cuentas. Aparecieron consignaciones subrepticias, coincidentes en horas y fechas. Con estos insumos, se presentó Samuel ante Verdaguer. Analizaron la documentación y concluyeron que notificarían a la máxima dirección de la empresa. Pánfilo tenía a su favor el hecho de haber reportado realizaciones de gran impacto positivo para la empresa. Fundamentalmente en lo que tiene que ver el contenido de los acuerdos con instancias gubernamentales para el buen manejo de los seguimientos y ejecuciones de algunos dirigentes políticos y sociales; a partir de identificar sus contradicciones con el programa del actual gobierno. Verdaguer, en Panamá, concertó una reunión con Rolando Jiménez, actual presidente de la empresa, para América Latina. Este, precisamente, había asistido a una sesión de toda la dirección de la empresa, en San Salvador.
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    293 Rolando Jiménez, leexpresó a Verdaguer que a Pánfilo se le venía haciendo un seguimiento. No por el mal manejo de dinero; porque no tenían información al respecto. Solo la que presentó Verdaguer. El seguimiento tenía que ver con la sospecha de que Pánfilo era un doble agente. Como prueba, dijo Rolando a Verdaguer, tenemos información en el siguiente sentido: Pánfilo estuvo realizando tareas para la CIA, durante el conflicto interno en El Salvador. Fue artífice para la realización de ejecuciones selectivas; incluida la del Arzobispo de San Salvador. Además, también de algunos mandos medios y auxiliadores del Frente Farabundo Martí. De El Salvador, Pánfilo, pasó a Colombia. Estuvo en todo el proceso de preparación militar y política, necesarias para desarrollar un esquema similar al que él Concretó en El Salvador. Particularmente, en lo que respecta a la concreción d grupos parapoliciales y paramilitares. Inicialmente, dirigió la creación del movimiento MAS y, más adelante, dirigió la concreción de grupos de seguimiento y ejecución, durante y posterior al proceso de acercamiento del gobierno de Belisario Betancur con las organizaciones subversivas. En concreto, participó, con otros dirigentes, en todo el proceso en contra de la UP. Sin embargo, dijo Rolando, Pánfilo empezó a filtrar información a organizaciones como Amnistía Internacional. Si bien es cierto que, aquí, la información no es muy precisa; existen evidencias del móvil. Tuvo que ver con un juego de doble vía, centrado en las contradicciones entre algunos de los grupos. Particularmente, para desviar la atención con respecto a la
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    294 organización que eldirigía. Así, esta, quedaría libre de sospecha y consolidaría su posición posterior. Rolando Jiménez, concluyó su relato, con la aseveración, en el siguiente sentido: Pánfilo está realizando el mismo juego. Está filtrando información. Tal parece que va dirigida a algunas instancias gubernamentales en España y Francia. Con el objeto de tejer versiones, en contra nuestra y, por esa vía, consolidar la posición de los pares que nos hacen competencia. Particularmente, en el fortalecimiento de una empresa que tiene su sede en Somalia. Lo que usted me presenta, Verdaguer, es una información que vamos a acumular; para tomar una decisión, con respecto a Pánfilo. En mi opinión, no solo debe salir de circulación; sino que le debemos aplicar el castigo máximo; es decir su ejecución. Pánfilo se encontraba en su oficina, departía con Susana, en uno de sus encuentros de rutina. Recibió una llamada de los empleados de seguridad, en portería; en el sentido de que lo necesitaban dos personas. Pánfilo bajó a la entrada principal. Él reconoció a las dos personas. Había trabajado con ellos en Santiago de Chile. Le llevaban un recado. Se iba a efectuar una reunión plenaria de la dirección zonal, aquí en la capital. Decidieron informarle personalmente, ya que se sospechaba una intervención de los teléfonos de la empresa. Pánfilo subió al vehículo. Durante el recorrido, expresó que se dirigían a un municipio, fuera de Bogotá. Y que, entonces, la reunión no era en la ciudad. Le contestaron que, por seguridad, debía ser así.
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    295 Tres días después,su cuerpo sin vida fue encontrado en un predio de la ciudad. Le habían disparado dos veces en la cabeza…Sin saber por qué, Samuel creyó haber asistido a la muerte de Pánfilo en otras circunstancias. Susana no sintió la muerte de Pánfilo. Para ella, las cosas se dan o no se dan. Es decir, cada quien debe manejar sus opciones y responsabilidades. Y, en esto, asumir como camaleón, es un registro que mueve al mundo. Cada quien, entonces, construye su vida; incluyendo la posición de apoyarse en quien sea con tal de lograrlo. En lo personal, su único interés estaba centrado en ascender en calidad de vida. Para ella, esto significa acceder a los recursos necesarios. No importa cómo. Inclusive, llegó a pensar en la posibilidad de que la nombraran reemplazo de Pánfilo. Así pensó cuando murió Sinisterra. Si bien es cierto que, esa vez, no lo logró, abrigaba esperanzas de que ahora si se daría. Esta vez tampoco fue así. El reemplazo de Pánfilo fue Silvia (que ejerció como resucitada). Un giro sorprendente. Entre otras razones, porque Silvia nunca había participado en actividades de la empresa. Lo de ella, era el manejo de información en relación con algunas ejecuciones. La administración del negocio requería de alguien con experiencia. Sin embargo se ratificó su designación. Para Susana fue una desilusión más. Pero, en aplicación de su lógica del pragmatismo, lo aceptó, interiorizando su resentimiento. Orientó a Silvia en los pormenores de la administración zonal y el tipo de nexos con las sucursales en América Latina. En la práctica
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    296 era ella quienmanejaba la administración. Silvia, simplemente, avalaba las decisiones tomadas por Susana. Revivió el pasado. Cuando entre las dos se dio una relación afectiva. Si bien no fue duradera; al menos vivieron momentos intensos. Las dos sabían que hacer y como conducir sus encuentros. Las dos manejaban y entendían la bisexualidad. Silvia era mucho más intensa y apasionada. Expandía su placer, llegando a zonas siempre nuevas. Recorriendo el cuerpo de sus amantes, con una imaginación profunda. Por lo tanto, al encontrarse con Susana, le insinuó la posibilidad de retomar la relación. Hacerla mucho más profunda y dinámica. Lo hacían a mañana y tarde. Todos los días. Cada vez más intensamente. Cada vez más apasionadamente. Orgasmos extendidos. Una y otra vez. A veces se olvidaban de los asuntos relacionados con la administración, así fueran asuntos urgentes. Natalia, una chica joven. Una bella mujer, en la cual coincidían un rostro hermoso y unas formas bien hechas e insinuantes; se vinculó a la empresa, a través de Samuel. Este la había conocido en Barranquilla, en una de sus giras. Ya había realizado con ella encuentros. Ya había explorado todo su cuerpo. Decidió traerla a la capital. No solo para tenerla cerca; sino también por la capacidad que Natalia tenía para organizar eventos tan necesarios en la empresa. Cuando se precisaba concretar determinaciones y postular estrategias misionales. Desde el primer momento, Silvia fue cautivada por Natalia. Se imaginaba su cuerpo desnudo. Imaginaba exploraciones, mucho más allá de las que realizaba con Susana o de las que realizó con su hermana Maritza.
  • 297.
    297 En principio, Susana,no advirtió los deseos de Silvia; a pesar de haber observado que Silvia llamaba continuamente a Natalia a su oficina, por cualquier motivo. La posición de Natalia coincidía, con el pragmatismo de Susana. A pesar de que nunca había vivido relaciones bisexuales; tampoco era ajena a ello. Silvia invitó a Natalia a su casa. Un sábado. Se trataba de una comida a la cual habían sido invitadas otras personas. Susana no fue invitada. Hablaron, durante la cena. Compartieron con los comensales. Una sesión que terminó casi a medianoche. Silvia le sugirió a Natalia, la posibilidad de quedarse en su casa, hasta el día siguiente. El vino excitaba a Silvia, la hacía mucho más coloquial; mucho más extrovertida. Para Natalia, era una rutina la ebriedad. También ella, se exaltaba en esas condiciones. A Natalia se le asignó un cuarto. Había sido, en un tiempo, el lugar de encuentro entre Silvia y Maritza. Una historia enorme de pasiones y destrezas. Unos orgasmos tan placenteros que Silvia nunca había repetido con otra amante. Se bañaron juntas. Allí se inició el ritual. Se besaron largamente. Una a una tocaron sus clítoris, No importó el dolor Se lamieron sus pezones. Recorrieron sus cuerpos. Zona a zona. Juntaron sus pelvis. Olieron sus axilas, pasaron sus lenguas por ellas. Gritaron de placer. Susurraron palabras llenas de sensibilidad y de regocijo. Terminaron a las cuatro de la mañana del domingo, lo que había iniciado tres horas atrás. Extenuadas, durmieron en la misma cama.
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    298 Al despertar lohicieron una y otra vez. Una jornada tan intensa que las venció, otra vez, el sueño. Durmieron hasta el anochecer. Hicieron el compromiso de vivir juntas, a partir de ese día. A Samuel, esta decisión, lo indignó. Le era insoportable la ausencia de Natalia en la casa que le había conseguido. Donde llegaba cada vez que lo urgía el deseo. En donde, se juntaban él, ella y Maritza. En donde ellas y él, realizaban sesiones inimaginables. Un ir y venir. Ella y ella. Él y ellas. Samuel conservaba su potencia. Erecciones duraderas. Tanto que terminaba con Maritza y seguía con Natalia. A todas dos las inundaba. Samuel, se excitaba, viendo a Natalia y a Maritza besarse, lamerse, hurgarse. Le exigió a Natalia regresar a su casa. Esta no aceptó. Se había enamorado tan profundamente de Silvia, que se le hacía inconcebible no estar a su lado. Tanto en la empresa como en la casa. Se le hacía inconcebible no estar con ella; no volver, a todo momento, al ritual que era, cada vez, más expandido y placentero. Samuel volvió a recordar su pasado. Cuando navegó por la vida, ejerciendo su capacidad para amar y vulnerar. A su pasado esquizofrénico. Cuando iba y venía por todos los lugares. Cuando conoció a Isolina; cuando conoció a Juliana y a Pedro. Cuando horadaba a las niñas; cuando montaba a su madre; cuando conoció a Demetrio. Cuando mató e hizo matar. Cuando fue recluido; cuando escapaba. Cuando veía, en sueños, al jorobado encima de Rosa Elvia; cuando veía a Santiago hacer lo mismo; cuando tuvo a Jerónimo; cuando asedió y montó a Maritza, a Silvia, a Martha. Cuando inundaba a Susana; cuando Penetró y fue penetrado por
  • 299.
    299 Pánfilo; cuando hizomatar a sus hermanos; cuando se amó con Verdaguer; cuando penetró a su hermanita, la hija de Isolina y Demetrio, al cumplir ella cinco años; Cuando estuvo dando tumbos. Aquí y allá, sin encontrarse; cuando se dio cuenta que ese encuentro no era posible; cuando triunfó el yo malvado y no el yo sensible y humano; cuando volvió a nacer, una y otra vez; cuando perdió la memoria y el deseo, al ser lobotomizado; cuando dirigió grupos de matanza selectiva; cuando le dijo sí al programa gubernamental de exterminio; cuando estuvo en Villa Esperanza, buscándose otra ves Y, al recordar, volvió el impulso patológico. Se hizo irrefrenable el deseo de acallar voces. Se hizo indispensable la venganza. Como paliativo a su vergonzosa vida. Volvió a crecer en él, la necesidad matar, de manera directa. Y, porque no, morir y volver a nacer. Susana encontró a Silvia y a Natalia, muertas en la oficina. Sin signos de haber sido violentadas. El dictamen pericial, fue reportado como muerte por envenenamiento Veintisiete (el embrujo y la muerte, por fin) Susana había arribado a sus cuarenta años. Siempre reflexionaba acerca de su vida. Pero, en el contexto de su ética de lo posible. Ese día recordó su primer encuentro con su madre. Era una mujer un tanto extraña. Una mujer parecida a una opción robótica de vida. Transeúnte en la vida. Nunca se le conoció una meta alcanzada. Todas sus relaciones fueron de un contenido insípido. Ni siquiera cuando Santiago la preñó por primera vez, sintió placer. Ni eso, ni odio. Simplemente estuvo ahí. Abrió sus piernas y las cerró cuando Santiago termino. Inmediatamente se bañó. Le fastidiaba ese líquido viscoso y amarillento pegado a sus piernas.
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    300 Consecuencia de esonació Susana. Desde pequeña le hizo creer que su padre había emigrado a recorrer el mundo. Inclusive le inventó un nombre. Cuando Daniel la preñó; ella, simplemente, cerró los ojos. Otra vez se bañó. Limpio sus piernas y asumió otro trajín. Otra vez nació mujer. Lo conoció Susana, atando cabos. Nunca habló del hecho de que su padre era el mismo padre de Adrián, Maritza, Silvia, Martha, Adrián y Pitágoras. Además, conoció que su madre viajó al Brasil y que allí fue preñada por Thiago Ronaldo. Y que nació otra mujer. Y que, esta hermana suya, fue avasallada por el mismo Thiago, cuando cumplió nueve años. Y que se llamaba Úrsula. Y que no tuvo apellido. Y que murió cuando acompañaba a su marido en una tala de árboles en el Amazonas Brasileño. Y que su muerte se produjo por la mordedura de una serpiente. Y que fue sepultada allí. Y que había tenido una hija a sus once años. Y que el padre de la niña, era Thiago. Y que había conocido el pene de cien hombres, incluidos los dependientes de su marido. Allí mismo, en el campamento. Y que la muerte por mordedura de serpiente fue preparada por su marido, cuando la dejó bajo los trapos que la cubrían, Y que, una vez muerta, su marido la montó una y otra vez. Y que le decía puta desgraciada, ahora estoy feliz, porque después de este día no habrá ninguno más. Susana se blindó para todo quehacer. Gratificante o no. Hizo de su vida un peregrinar por todos los escenarios posibles. La primera vez que fue penetrada tenía nueve años. Lo hizo Adrián. Ella estaba sola en casa. Adrián fingió una visita de cortesía para comunicarle que había conseguido un cupo en la escuelita, para ella. Una vez allí, la abordó. Ella no resistió. Ya había conocido este episodio en uno de sus sueños. Lo anhelaba, lo esperaba. Entonces,
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    301 abrió sus piernasy siguió el ritmo que imponía Adrián. Desde ese día, siempre quiso más. La obsesionaba ese entrar y salir. La fascinaba ese palo erecto que tenía Adrián. Volvió a ver algo similar, cuando Verdaguer le hizo lo mismo. Con éste disfrutó más. Tenía catorce años y ya sabía diferenciar entre uno y otro palo. La apasionaba y la excitaba uno grueso y largo. Inclusive practicaba a solas, hendiéndose un palo envuelto en hule, Lo entraba y sacaba, como había aprendido. Y llegaba al orgasmo. Su primera preñez fue a los dieciséis años. Abortó, asistida en su cuarto. Dos días después estaba lista para conocer otro palo. Era su obsesión. Por lo tanto, cuando conoció a Samuel, ya era experta. Lo condujo por todo su cuerpo. Le enseñó a introducirlo sin necesidad de ser guiado por su mano. Cada que estaban le apretaba su palo, tan fuerte que Samuel sentía dolor. Pero callaba. Después vino lo de Adrián y lo de Verdaguer y lo de Jerónimo, el imberbe que la hizo aullar de pasión, al sentir su asta hurgándole hasta sus vísceras. Lo amaba profundamente. No le importaba su doble condición. Por eso sufría cuando Sinisterra lo montaba; cuando Pánfilo hacía con él uno y mil ejercicios. Cuando Samuel lo revolcaba, lo insultaba y lo golpeaba por deslealtad. Sufrió mucho al conocer su muerte. Después de la muerte de Silvia y Natalia, Susana abandonó su trabajo. Sentía asco de si misma, como copartícipe de los asesinatos. Siempre estuvo con Samuel en la preparación de los mismos. Incluido el proceso de mezclar el licor con el veneno que bebieron Silvia y Natalia. Tenía algunos ahorros que le permitirían subsistir, holgadamente, por algunos años. Volvió a su hijo. Lo hizo, por fin suyo. Había desistido de esa opción torcida de abandonarlo a su suerte. A través de una mujer que se encontraba inscrita en el programa de protección
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    302 de testigos, tuvouna entrevista en el Ministerio del interior. Allí ofreció otorgar información de las actividades sórdidas de la empresa. Solicitó, a cambio, ubicación en el exterior y protección para ella y para su hijo. Su destino era Londres. La capital se conmocionó al observar la explosión de un avión en el aire. Acababa de decolar del aeropuerto. En él, iban Susana y su hijo. Samuel comunicó al mando central que la tarea había sido cumplida de manera exitosa. Verdaguer logró escalar algunas posiciones. Desde su entrevista con Rolando Jiménez, en Panamá, la dirección central de la empresa lo colocó como uno de sus empleados de mayor relevancia. Asistió a una de las reuniones plenarias, en ciudad Méjico. Allí fue condecorado con la mención de honor con la que la que se exalta la labor de los empleados que han logrado metas importantes. En concreto, la justificación hablaba del logro adquirido, al contribuir a la ubicación de los manejos de Pánfilo. Con Federica Maidana, logró estabilizar su vida afectiva. Por lo menos, en el sentido de tener un refugio fijo, en casa de la madre de ésta y de hacer de su relación la principal. Las otras no importaban, eran transitorias. Y, así, lo sabían sus amantes ocasionales. Incluidas Rosa Elvia, Silvia y Maritza. También sus amantes masculinos. Incluidos Samuel, Jerónimo, Daniel y Adrián. De los dos hijos que tuvo con Francesca, uno de ellos lo llamaron Everardo, en recuerdo de su camarada. Este, al lado de Patricia, habían sido muertos en un atentado cuando realizaban labores de infiltración al Frente Farabundo Martí, como parte de su trabajo con la CIA.
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    303 Julián, el otrohijo, logró alcanzar algunas posiciones en la empresa, a partir de la influencia suya. Julián fue destinado a labores de inteligencia, a nombre de la compañía,; en Chile y Paraguay. Entre tanto, Everardo, se vinculó con la C IA, como informante calificado. En los dos, Verdaguer y Federica, veían la continuación del oficio. Para la compañía era necesario efectuar seguimiento a Samuel. Desde su ascenso, recomendado por Rolando y por Verdaguer, Samuel no había reportado logros importantes. Es como si la empresa hubiese caído en un vacío de poder. Unas actividades que se reducían a vincular algunos colaboradores que fracasaron en dos tareas fundamentales. Una de ellas tuvo que ver con el cumplimiento del mandato para desaparecer y matar al presidente del Sindicato de Trabajadores Agrarios. El otro, la recaudación de información que permitiese la localización de Isaías, miembro activo de la organización no gubernamental, que venía trabajando la investigación de las muertes sucesivas de algunos de sus dirigentes. En los dos casos, Samuel era el directo responsable; habida cuenta de su condición de administrador general de la zona. Estos hechos, fueron tipificados como un fracaso absoluto. Algo tenía que andar mal. Porque no es posible aceptar que los fracasos fueran justificados por la inexperiencia. De hecho, Samuel, era uno de los agentes más avezados. Verdaguer y su hijo Everardo, se hicieron cargo de la situación. Confrontación de los datos informados por Samuel a la dirección central; con versiones en contrario. Un desfase
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    304 preocupante. Porque, eracierto que hubo un desarreglo fundamental. Una rueda andaba suelta y no era, precisamente, en la dirección. Una vez concluida la labor, presentaron un informe que destacaba a Samuel como el directo responsable. Adicionalmente, encontraron que se había configurado un desfase en términos de la información transmitida a la dirección; acerca de dineros pagados a supuestos informantes. Estos no solo no existían, sino que Samuel había reportado cuantías muy superiores al costo de los servicios en el mercado cotidiano. Además, lograron recaudar información que vinculaban a Samuel con la muerte de Silvia y de Natalia. Versiones muy diferentes a las que había transmitido Samuel. Él informó que había procedido a ejecutarlas, en razón a que las dos estaban filtrando información a algunas organizaciones no gubernamentales. Todo el material recaudado indicaba, inclusive, que era él quien estaba filtrando esa información. Coincidían estos datos con la frustración de tareas en Cali y en Bucaramanga, ordenadas por la dirección general y que habían sido encomendadas a agentes uruguayos. Una vez presentado el informe, por parte de Everardo y su padre; la dirección central, decidió coloca r a Samuel en cuarentena. Esto significaba una suspensión temporal de sus actividades. Everardo lo reemplazaría mientras duraba la cuarentena. Era una forma muy peculiar de aplazar su muerte. Así lo entendió, también, Samuel. Tan pronto fue notificado de la decisión, se comunicó con Juan Pablo Tenorio, uno de sus enlaces en el Ministerio del Interior. Concertó una reunión
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    305 con el Ministro.Le hizo saber a este, que se estaría fraguando un atentado en contra del Asesor en seguridad designado por el gobierno norteamericano. Se trata, dijo Samuel, de un asunto que exigía la perentoria disposición de mecanismos para frustrarlo. Él se ofreció para efectuar la coordinación de la decisión que fuera adoptada. Presentó pruebas elaboradas con el mismo método que utilizó para justificar la muerte de Pánfilo. Delató a Verdaguer y a sus hijos Julián y Everardo. Otorgó datos de su ubicación precisa en Uruguay. Asimismo, ofreció agentes que, según él, venían desarrollando la acción del seguimiento. Verdaguer y Julián estaban con Federica, en su casa de Montevideo. Después de su visita a Colombia, habían convenido separarse, previendo cual situación anómala. Porque Verdaguer conocía de la capacidad de Samuel para conocer lo confidencial. Tenía agentes muy especializados en esa labor. Decidieron que Julián se desplazaría a Paysandú y que Verdaguer se instalaría en Córdoba. El puente, siempre, sería Federica. Cuando Samuel llamó a Federica, por teléfono. Esta recordó los momentos vividos con él. Ante todo, su estadía en Punta del Este. Allí, Federica, conoció lo que es el placer. Horas enteras forcejeando con él. La potencia de Samuel era ilimitada. Ella sucumbió a las tres horas, mientras que él seguía dispuesto con su vara erguida, esperando otra oportunidad. Federica tenía la convicción de que Everardo era hijo de Samuel y no de Verdaguer. Así lo deducía de las cuentas realizadas; como solo lo saben hacer las mujeres.
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    306 Acordaron una entrevistaen La Plata. Allí, Federica le informó a Samuel de la ubicación de Verdaguer y Julián; con la promesa, solicitada por Federica, de que no los matarían. Que fuera algo de simple rutina. Verdaguer fue ubicado en Córdoba. Un hombre que llamó a la puerta, le propinó seis disparos a quemarropa. Murió en el acto. Julián apareció muerto en su casa. Lo asfixiaron con una almohada y luego fue apuñalado. Federica sufrió la muerte de sus hijos y la de Verdaguer. Sin embargo, silenció su voz. Pudo más su lealtad a Samuel, el amante apasionado y dador de placeres sin fin. Después de la muerte de Verdaguer y Julián, Everardo se puso en contacto con la dirección central. Consiguió una licencia, argumentando razones personales urgentes. Una vez instalada la reunión de la dirección en Nueva York; solicitó la investigación exhaustiva del asesinato de su padre y de su hermano Julián. Él sospechaba que Samuel estaba detrás de las muertes. Qué solo él, era capaz de una acción de ese calado. De otra parte, se apoyó en empleados de la CIA, para fraguar la muerte de Samuel. Opciones paralelas. Ubicaron Samuel en la ciudad de Cúcuta. Se había desplazado hasta allá, previendo una retaliación. Dispuso de una gendarmería inmensa para que lo guardara, ante cualquier evento. Por eso, cuando tres hombres lo esperaban a su salida de la casa, no se percataron del dispositivo instalado por Samuel. Los victimarios fueron víctimas. Fuego simultáneo de treinta hombres, localizados en la periferia, acabó con la vida de dos de los tres hombres. Después se supo que eran de nacionalidad brasilera. El otro huyó herido.
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    307 Cuando Samuel seinstaló como administrador de la empresa en la zona, encontró anomalías acumuladas. Reportes sin procesar; mercancías sin transportar; contactos difusos. Se dio a la tarea de superar esas dificultades. Además, logró reabrir plenamente la comunicación con el gobierno central, que había sido suspendida o., por lo menos debilitada. Personalmente asumió esa comunicación. Logró recaudar evidencias de filtraciones muy peligrosas. Además, propuso y obtuvo una línea especial y secreta con el Ministro del Interior. Por esa vía comunicaba informes de doble vía. Alcanzó gran estima y confianza a partir de los certeros informes transmitidos y de sus resultados. Desmantelamiento de oficinas paralelas de informantes; ubicación de redes coordinadas por la dirección central y que no habían sido reportadas, por lo mismo que significaban una traición a los acuerdos previamente realizados. Fue laureado con los más representativos honores. Volvió a aparecer en la Embajada Colombiana en Kenia. Desde allí continuó su labor al servicio del ejecutivo gubernamental. Testamento: Así como empezaron mis vidas, asimismo terminaron. Esta última no es otra cosa que la corroboración del hecho de que mi yo perdulario pudo más que el yo quise ser. Ese que me enseñó Isolina. Al final de mi vida, quiero presentar el siguiente documento que entregué como prerrequisito para estudiar en la universidad. En mi valija diplomática, se hallan documentos que no han sido conocidos. No son de mi autoría; pero espero procesarlos como si lo fuesen.
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