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República Bolivariana de Venezuela
Ministerio del Poder Popular para la Educación Superior
Universidad Fermín Toro.
Facultad de Ciencias Económicas y Sociales
Escuela de Relaciones Industriales.
Cátedra: Redacción de Informes Técnicos
Tema: Unidad 1: La Comunicación
La Comunicación Escrita
Es la forma en la que los seres
humanos se expresan con
oraciones a través de textos
Esta compuesta por:
Emisor
Es el que labora o
produce el mensaje
en forma de texto.
Es el que lee e
interpreta la
lectura.
Emisor
Se caracteriza por:
• Es reflexiva ,organizada y lógica.
• Se usan letras y signos para construir el mensaje.
• No esta sometida a los conceptos de espacio y
tiempo.
Permite utilizar el
mismo mensaje
para llegar a
varias personas
Es posible retener
el mensaje en la
distancia y el
tiempo.
E mensaje es
claro, ya que
antes de enviarlo
puede ser
corregido
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receptor no es
instantánea
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comunicación fría
e impersonal
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el emisor y el
receptor sepan
leer y hablar el
mismo idioma.
Características de la comunicación
escrita
Letras, Signos de
puntuación,
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Correcta, precisa,
organizada y
lógica.
Se establece una
relación unilateral
entre el emisor y el
receptor.
Errores de la comunicación
escrita
Ideas desorganizadas
Falta de coherencia
Redundancia
Falta de ortografía
Son palabras que se pronuncian igual, pero se
escriben de forma diferente y tienen distinto
significado.
EJEMPLOS
Abrasar = (quemar)
Abrazar = (dar un abrazo)
Acerbo = (áspero)
Acervo = (conjunto)
Son aquellas que se escriben o suenan de una
manera muy similar, pero que poseen
significados diferentes.
EJEMPLOS
Asunción: Aceptación, admisión
Ascensión: Subida, elevación.
Espirar: expeler el aire aspirado
Expirar: morir.
LA
REDACCIÓN
Acción y efecto de
poner por escrito
algo sucedido,
acordado o pensado
con anterioridad
TIENE SUS
ESTILOS
Debe ser coherente
con lo que dice
Todo lo escrito lleva un orden
Debe tener un sello
personal.
No se
necesita
ampliar tanto
el tema
1. Revisa cuidadosamente la
redacción y la ortografía.
2. Revisa la estructura del
mensaje .
3. Escoge el medio apropiado
para transmitir el mensaje.
4. Verifica si el mensaje llego
como lo habías planeado.
GRUPO CENTAURO
Mercedes BarriosDexi Terán
Raiza Sansonetti Andrea Granada
ANEXO
Cuento de Luz
La mejor manera de comenzar
Haciendo honor a lo que es un cuento, éste en particular debería comenzar con un “Érase una
vez...” Sin embargo, como era un suceso en pleno desarrollo, sólo es pertinente describir a
nuestro protagonista: Napoleón. Un bichón maltés de once meses de edad, consentido y
caprichoso.
Napoleón parecía haber nacido con estrella, y no estrellado, como suele decirse
coloquialmente. Napoleón, de una camada de cinco cachorros machos, fue el que más suerte
tuvo al ser escogido por una dueña amorosa, cuidadosa y adinerada. Su dueña, Niah, quedó
encantada con el pelaje alisado, blanco puro de su cachorrito, Napoleón.
¿Qué nombre vas a ponerle? – Preguntó Doña Amada, Ama de Princesa, la madre de Napoleón,
con una sonrisa en los labios al ver al pequeño cachorro, graciosamente acomodado en los
brazos de su nueva ama.
Napoleón – contestó determinada la muchacha, de aproximadamente 22 años de edad,
respondiendo cálidamente la sonrisa de Doña Amada.
¿Napoleón? – repitió en medio de una carcajada la señora, de pasados 50 años. – Como
Napoleón Bonaparte.
Niah sonrió ampliamente. Era amante de la historia universal, así que desde que decidió que
quería una mascota, decidió que se llamaría Napoleón.
Napoleón, como Napoleón Bonaparte. Porque es pequeño, pero obstinado. Y un conquistador –
dijo con una sonrisa – Napoleón Bonaparte era malo, pero el mío, será bueno, Doña Amada...
¡Está destinado a replantear la historia! – culminó la joven con una sonrisa osada.
A Doña Amada eso le pareció una afirmación muy exagerada. Sonriendo diplomáticamente, dio
las indicaciones para el cuidado del cachorro, como la experta en el tema que era. En el camino
a casa, la nueva “madre” de Napoleón, iba haciéndole carantoñas al nuevo miembro de su
familia.
De allí en adelante, Napoleón creció como un cachorro fino, consentido, que comía carnes de primera, además de su alimento
especial, educado con rectitud, peinado y perfumado a diario, paseaba, y tenía amigos perros, a quienes su Ama se encargaba de
invitar a casa, cada una que otra vez.
Napoleón, desarrolló un amor puro por su ama. Porque, al final ¿qué amor más puro hay que el de una mascota hacia un amo? Para
Napoleón, no existía nada más. Su amor era lleno de inocencia. Si su ama lloraba, Napoleón lamía sus lágrimas. Si su ama reía,
Napoleón agitaba su cola vigorosamente, y asistía a ella a volandas. Cuando ella salía y no podía llevarlo con el, Napoleón lloraba y
aullaba. Y cuando su ama regresaba, Napoleón corría hacia a ella, como no lo haría ningún otro ser.
Niah, era una muchacha sola. Se casó muy joven con un hombre mayor que ella, que la dejaba constantemente sola por cuestiones
de trabajo. Aunado esto a que no podía ser madre con facilidad, enfocó todo su amor a esa criatura que la retribuía de todas las
formas.
Sin embargo, un día Niah enfermó. Aparentemente, no era nada extremadamente grave, pero sí algo que requería de atenciones
médicas estrictas. Durante ese tiempo, Napoleón quedó solo en casa. Es allí donde comienza nuestra historia.
Celia, era una niña de aproximadamente siete años de edad. Estaba prácticamente enamorada del cachorro Napoleón, y desde que
éste último había llegado al vecindario, a Celia se le permitía jugar a diario con él. Por lo cual, cuando Niah enfermó, a Celia se le
permitió cuidarlo. Sin embargo, tuvo un desliz.
Una tarde en que Celia sacó a pasear a Napoleón, para animarlo un poco al ser su ama hospitalizada y éste encontrarse triste y
desolado, Napoleón desapareció. Y decimos desapareció porque en realidad Celia no sabe que pasó. Ella se entretuvo mirando las
nubes, y en un pestañeo, ya “Napo” no estaba.
Napoleón se distrajo con una hembra de su especie en celo. La persiguió por todo el vecindario, y de repente, ya no estaba más allí.
Entonces Napoleón descubrió la ciudad, y no sabía como reaccionar.
En su fuero interno, Napoleón no era un ser racional. Pero cuando pasaba hambre, se acordaba de las carnes que rechazó. Entonces
tuvo que aprender a husmear entre la basura.
En la lluvia, cuando no tuvo techo, cobijo, recordó las mantas que amorosamente su ama Niah le daba, las cuales rompió a
mordiscos.
Su pelo antes blanco, liso, acicalado, estaba en nudos enormes, sucios. Su cuerpo antes alimentado con las mejores carnes, era un
cuerpecito flaco.
posesiones. Napoleón estaba a su lado, aunque no pudiera hablarle, le expresaba su amor y cariño. La acompañaba.
Y recordaba los suspiritos de él cuando lo acariciaba y se le partía el corazón. ¿Qué calamidades estará pasando?
Sólo pensar que no viviera ahora, era para Niah una tortura.
Pero Napoleón había nacido con estrella, eso lo mencionamos al principio.
Napoleón tuvo la suerte de que un niño de diez años lo mirara a través del vitral de una tienda. Su madre, una mujer
pobre, de muy escasos recursos, así que cuando su hijo le expresó:
- ¡Mami, mira ese cachorrito! – gritó emocionado mientras su madre pagaba apenas un par de panes
con un poco de queso- ¡es muy bonito! Mami... está en la calle, abandonado.
La madre, pudo visualizar que con el sol, brillaba sobre el pecho del animalito un dije en forma de hueso, con una
delgada correa azul, casi indistinguible entre aquella mata de pelo enmarañado.
- No está abandonado hijo, tiene dueño... Mira ese collar – expresó la madre, Sara, señalando al
cachorro.
- Si yo fuese su dueño, lo cuidaría mucho... – expresó el niño, Daniel.
- No sé con qué dinero – respondió la madre, apelando a su realismo.
Sara con su hijo Daniel vivían en un terreno abandonado, en una tienda apenas armadas con algunas placas de zinc
y tela de saco. Cerca donde justo Napoleón había encontrado un trozo de techo, y un basurero cerca donde
husmear.
Días después, una tarde, cuando Daniel volvía solo de la escuela pública – porque su Madre no permitiría que su
hijo se quedara sin estudiar como ella- ubicada a media cuadra, lo encontró. Y miró el dije, que tenía una inscripción
grabada: “Napoleón”.
¿Napoleón? – se preguntó a si mismo con risas, mientras acariciaba al cachorro. Daniel recordó que era el mismo
cachorro que había visto hace días. – Pero, pensé que tenías dueño... – dijo dubitativo.
Napoleón ladró en respuesta. Daniel interpretó que efectivamente tenía uno. Creía que los animales hablaban a
través de su particular idioma. Y con Napoleón no estaba tan equivocado.
Entonces estás perdido – afirmó, esperando una confirmación del cachorro.
Napoleón se paró en dos patas brevemente, agitando de arriba abajo sus patas delanteras. A Daniel ese gesto le
pareció de morirse de la ternura.
¡Entonces voy a cuidarte! – le prometió al cachorro – vivirás conmigo mientras consigo a tu dueño, Napoleón.
Daniel bañó a Napoleón en la lluvia de esa misma tarde. Posteriormente lo peinó, con un cepillo improvisado, hecho
por él mismo, costándole mucho trabajo. Pero fue la excusa perfecta para dejar de lado la tarea. Después de todo, su
madre le había enseñado a socorrer a animales en peligro. Le dio algo de su propio almuerzo. Un flaco muslo de
pollo que su madre había conseguido después de huir de una cantina, y un trozo de pan. En su inconsciencia animal,
Napoleón recordó la carne que llegó a rechazar, y que alcanzaría para que él y Daniel comieran decentemente.
A pesar de todo, después de eso, Napoleón se sentía fresco y cómodo. Estaba acostado sobre la cerámica del piso, con las
patas traseras abiertas y el hocico descansando entre sus patitas delanteras.
Cuando Sara llegó a su improvisada casa, encontró a un perro fino y acicalado sobre sus trastos. Le bastaron un par de
regaños a Daniel, y un par de lametazos a Sara para decidir quedarse con el cachorro. Sara acariciaba la cabeza de
Napoleón cuando este le jaloneaba las medias hasta quitárselas, y Daniel compartía con el perro, ahora adulto, su
almuerzo. Napoleón de a poco, volvía a ser un perro medianamente sano, pero no del todo feliz. Le complacía jugar con
Daniel a perseguir una pelotita de plástico, y le agradaba el cariño de Sara, pero le faltaba Niah. Recordaba su olor, y el
sonido de su carro, y se acurrucaba, pensando en volver a su casa.
Daniel un día regresó a la tienda un poco más tarde. Había llovido nuevamente, mucho más fuerte, y en la escuela le
prohibieron retirarse puesto que no tenía un paraguas.
Daniel, con sus zapatos rotos, entró a su hogar. Pero no encontró a su madre en el único catre que poseían viendo una
televisión destartalada que encontraron en la basura.
Daniel la esperó hasta tarde esa noche. La esperó al día siguiente, y al siguiente. Pero su madre no volvió. Lloró cada día, y
cada noche, por un largo tiempo. Y Daniel tuvo que dejar la escuela, y dedicarse a lavar autos, para poder sobrevivir y
aunque sea, comprar algo de comida para él y para Napoleón. Napoleón fue su refugio, su compañero, secaba sus lágrimas
acariciándolo con su pelaje, y lo abrazaba para sentir algo de calor en las noches ante la ausencia de su madre. Daniel
sobrevivía de a poco, como siempre. Pero esta vez, había perdido incluso más. Napoleón permanecía a su lado, fielmente.
Niah mientras tanto, cumplió con su determinación. Recorrió cada calle de la ciudad, colocó volantes, y preguntó a cada
vecino y no vecino del vecindario. En medio de su búsqueda, paró un momento a tomarse un café en medio de la avenida
principal.
Allí, observó a través del vitral de la cafetería a un pequeño chico de al menos diez años, lavando con ahínco un auto
último modelo en la acera del frente. Se veía carente, a juzgar por su cabello quemado por el sol, sus rodillas rotas y su
cuerpo escuálido.
Niah compró un par de croissants, y un jugo de durazno. Dudó en acercarse, porque anteriormente había intentado
colaborar con un chico así en su propio vecindario y éste era bastante arisco y distante.
¡Chico! – lo llamó
Daniel la miró confundido, mientras recibía el pago de su cliente. Niah observó, que éste no dijo ni una palabra de
agradecimiento, así que lo reprendió.
Señor – exclamó, seria – así le pague, igual debe agradecer los servicios del muchacho – manifestó severa - ¿o es que en su
casa no le enseñaron educación? – culminó irónica.
Se ganó una respuesta brillante del tipo: “No tuve una mamacita como tú que me enseñara”. Niah sólo pudo poner sus
ojos en blanco.
Daniel, extrañado, dirigió su mirada hacia la mujer joven frente a él.
Señora, puedo defenderme solo – dijo el niño, con una seriedad impropia de su edad.
Era una respuesta que Niah temía, pero con dulzura, lo miró.
Sé que un hombrecito como tú puede hacerlo... pero dime una cosa. ¿cómo en un día de escuela puedes ponerte a lavar
autos?
No voy a la escuela – respondió Daniel, incómodo.
La boca de Niah formó una “o” perfecta.
¿Por qué? Tu madre o tu padre pueden trabajar perfectamente, tú solo debes estudiar. Además, lavar autos... tanto
contacto con el agua y el jabón pueden resfriarte.
Daniel pensó en que debía darse prisa para alcanzar a comprar algo de comida y llevarlo a casa, donde había dejado a
Napoleón.
Mi madre murió – respondió el chico con crudeza – y a mi padre no alcancé a conocerlo. Solo soy yo, y Napoleón. Ambos
debemos comer.
La desoladora respuesta del chico conmovió sin límites el corazón de Niah. De cerca, el cuerpo del niño era muy delgado,
de una forma insana. Sus piernas llenas de cicatrices al igual que sus manos, sólo denotaban una vida de mucha carencia y
necesidad. Había mencionado a alguien más, pero su respuesta inmediata la desconcentró.
¿Ese otro chico... tienes un hermano? – preguntó, queriendo saber si había alguien más pequeño que él.
No, es mi perro – respondió – Debo irme señora.
¡Espera! – exclamó, al ver que el niño empezaba a marcharse – traje esto, para ti. Espero que puedas compartirlo con... tu
perro. – observó como el niño miraba la bolsa de papel con los panecillos y el jugo con un brillo especial en la mirada.
Niah en cambio sentía que le estaba dando menos que migajas. – yo también tenía uno... un perro. ¿Cómo dices que se
llama el tuyo?
Napoleón – respondió el niño relamiéndose, concentrado en los croissant.
A Niah le saltó el corazón.
El mío se llamaba igual... – expresó con tristeza la muchacha – pero se extravió. Estoy buscándolo.
Daniel recordó que Napoleón parecía un perro caro con dueño. Rápidamente, corrió hacia el callejón cercano, dejando
atónita a Niah, que se reprendía por la tontería de no preguntar el nombre del niño.
Esa noche, Niah no pudo dormir, pensando en el chico del frente de la cafetería, y su desoladora imagen. Daniel en
cambio, durmió satisfecho, abrazado a Napoleón, olvidando por breves momentos su pobreza y soledad.
Al día siguiente, Niah regresó al lugar del trabajo del niño, pero no lo encontró allí. Ni el día después de ese, ni el que le
seguía.
Pasaron un par de semanas antes de verlo nuevamente. Daniel la reconoció de inmediato, por lo cual, se apresuró a huir.
No permitiría que le quitaran a Napoleón, lo único que le quedaba.
Niah se dio cuenta que Daniel huyó antes de que pudiera alcanzarlo. Pensó que tal vez sentía miedo, pero intentaría
acercársele nuevamente. Algo en el niño, había conectado con su ser, y quería acercarse, y ayudarlo de alguna forma.
Dejó pasar un par de días hasta volver a la cafetería. Desde allí observó toda una mañana como el pequeño trabajaba.
Observándolo, le asignó virtudes, como la responsabilidad, la paciencia, la dedicación y el esfuerzo. Al finalizar la
mañana, vio que el niño se retiraba, tomando el mismo callejón de las veces anteriores.
Niah lo siguió, hasta llegar a un cercano terreno abandonado donde estaba una pequeña tienda improvisada con láminas
de zinc y telas. Se preguntó como resistiría eso ante la lluvia y el viento, apoyada apenas entre piedras. Conmovida, miró
como el chico maniobraba con unas cadenas alrededor de la puerta de zinc de la tienda.
Y Niah reconoció a su Napoleón, apenas lo miró saltar frente al niño, parado sobre sus dos patas traseras y agitando
veloz de arriba abajo sus patas delanteras.
Niah, derramó una lágrima, emocionada. Mientras, Daniel observó extrañado como Napoleón corría hacia un punto
detrás de él. Reconoció a la chica de la cafetería, horrorizado.
- ¡Mi Napo! ¡Napoleón! – gritó, con lágrimas en los ojos. - ¡Eres tú, amor! Eres tú, cachorrito de mamá, apareciste amor,
apareciste...- era todo lo que Niah podía susurrar, entre los ruiditos de satisfacción de su mascota, y ante los ojos
sorprendidos de Daniel.
El anhelo de Niah se cumplió, pero el miedo de Daniel se hizo realidad. Daniel había aprendido a amar mucho a
Napoleón. Se convirtió en su compañero de aventuras, de tristezas, de pobreza... ahora sólo sería él. Sin mamá, sin
amigos, sin nada.
Niah se incorporó, con Napoleón entre sus brazos, lamiéndole las mejillas.
¿cuál es tu nombre? – inquirió Niah al niño, pronunciando por fin lo que había querido desde hace días.
Daniel – respondió el infante, mirándola con rabia.
Niah comprendió en ese momento que Daniel, sólo tenía miedo de que le arrebatase a Napoleón.
¿Qué edad tienes? – preguntó con dulzura, dejando de lado a Napoleón, y acercándose al niño.
No le importa – respondió – Tome a su perro y váyase.
¡Espera un poco! – dijo – sólo quiero saber de ti. Eres muy pequeño para estar tan sólo... y has cuidado bien a mi
Napoleón. Quiero saber como agradecerte... Puedo invitarte a un helado, ¿qué dices?
Y fue la mejor manera de comenzar. Niah notificó ante las autoridades la situación de riesgo
de Daniel, y comenzó junto con su esposo, Fernando, el proceso de adopción. Fue un
proceso difícil, y riguroso. Pero más difícil fue investigar sobre el paradero de la madre de
Daniel. Fue muy doloroso descubrir que fue arroyada por un auto. Sin embargo, Daniel, por
su dura crianza, ya se había hecho la idea de que su madre había muerto. Otorgó una tumba
decente donde poder visitarla cada cumpleaños, cada aniversario de su desaparición.
Daniel agradeció a Dios, y a Napoleón, quien definitivamente, había replanteado la historia,
inconscientemente. Por eso, Napoleón nació con estrella. Nació con el don de amar, de
acompañar, y de acercar, a dos seres que se necesitaban uno al otro.

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Taller creativo redacción de informes

  • 1. República Bolivariana de Venezuela Ministerio del Poder Popular para la Educación Superior Universidad Fermín Toro. Facultad de Ciencias Económicas y Sociales Escuela de Relaciones Industriales. Cátedra: Redacción de Informes Técnicos Tema: Unidad 1: La Comunicación
  • 3. Es la forma en la que los seres humanos se expresan con oraciones a través de textos Esta compuesta por: Emisor Es el que labora o produce el mensaje en forma de texto. Es el que lee e interpreta la lectura. Emisor Se caracteriza por: • Es reflexiva ,organizada y lógica. • Se usan letras y signos para construir el mensaje. • No esta sometida a los conceptos de espacio y tiempo.
  • 4. Permite utilizar el mismo mensaje para llegar a varias personas Es posible retener el mensaje en la distancia y el tiempo. E mensaje es claro, ya que antes de enviarlo puede ser corregido La respuesta del receptor no es instantánea Es una comunicación fría e impersonal Es necesario que el emisor y el receptor sepan leer y hablar el mismo idioma.
  • 5. Características de la comunicación escrita Letras, Signos de puntuación, Ortografía. Correcta, precisa, organizada y lógica. Se establece una relación unilateral entre el emisor y el receptor.
  • 6. Errores de la comunicación escrita Ideas desorganizadas Falta de coherencia Redundancia Falta de ortografía
  • 7. Son palabras que se pronuncian igual, pero se escriben de forma diferente y tienen distinto significado. EJEMPLOS Abrasar = (quemar) Abrazar = (dar un abrazo) Acerbo = (áspero) Acervo = (conjunto)
  • 8. Son aquellas que se escriben o suenan de una manera muy similar, pero que poseen significados diferentes. EJEMPLOS Asunción: Aceptación, admisión Ascensión: Subida, elevación. Espirar: expeler el aire aspirado Expirar: morir.
  • 9. LA REDACCIÓN Acción y efecto de poner por escrito algo sucedido, acordado o pensado con anterioridad TIENE SUS ESTILOS Debe ser coherente con lo que dice Todo lo escrito lleva un orden Debe tener un sello personal. No se necesita ampliar tanto el tema
  • 10. 1. Revisa cuidadosamente la redacción y la ortografía. 2. Revisa la estructura del mensaje . 3. Escoge el medio apropiado para transmitir el mensaje. 4. Verifica si el mensaje llego como lo habías planeado.
  • 11. GRUPO CENTAURO Mercedes BarriosDexi Terán Raiza Sansonetti Andrea Granada
  • 12. ANEXO Cuento de Luz La mejor manera de comenzar Haciendo honor a lo que es un cuento, éste en particular debería comenzar con un “Érase una vez...” Sin embargo, como era un suceso en pleno desarrollo, sólo es pertinente describir a nuestro protagonista: Napoleón. Un bichón maltés de once meses de edad, consentido y caprichoso. Napoleón parecía haber nacido con estrella, y no estrellado, como suele decirse coloquialmente. Napoleón, de una camada de cinco cachorros machos, fue el que más suerte tuvo al ser escogido por una dueña amorosa, cuidadosa y adinerada. Su dueña, Niah, quedó encantada con el pelaje alisado, blanco puro de su cachorrito, Napoleón. ¿Qué nombre vas a ponerle? – Preguntó Doña Amada, Ama de Princesa, la madre de Napoleón, con una sonrisa en los labios al ver al pequeño cachorro, graciosamente acomodado en los brazos de su nueva ama. Napoleón – contestó determinada la muchacha, de aproximadamente 22 años de edad, respondiendo cálidamente la sonrisa de Doña Amada. ¿Napoleón? – repitió en medio de una carcajada la señora, de pasados 50 años. – Como Napoleón Bonaparte. Niah sonrió ampliamente. Era amante de la historia universal, así que desde que decidió que quería una mascota, decidió que se llamaría Napoleón. Napoleón, como Napoleón Bonaparte. Porque es pequeño, pero obstinado. Y un conquistador – dijo con una sonrisa – Napoleón Bonaparte era malo, pero el mío, será bueno, Doña Amada... ¡Está destinado a replantear la historia! – culminó la joven con una sonrisa osada. A Doña Amada eso le pareció una afirmación muy exagerada. Sonriendo diplomáticamente, dio las indicaciones para el cuidado del cachorro, como la experta en el tema que era. En el camino a casa, la nueva “madre” de Napoleón, iba haciéndole carantoñas al nuevo miembro de su familia.
  • 13. De allí en adelante, Napoleón creció como un cachorro fino, consentido, que comía carnes de primera, además de su alimento especial, educado con rectitud, peinado y perfumado a diario, paseaba, y tenía amigos perros, a quienes su Ama se encargaba de invitar a casa, cada una que otra vez. Napoleón, desarrolló un amor puro por su ama. Porque, al final ¿qué amor más puro hay que el de una mascota hacia un amo? Para Napoleón, no existía nada más. Su amor era lleno de inocencia. Si su ama lloraba, Napoleón lamía sus lágrimas. Si su ama reía, Napoleón agitaba su cola vigorosamente, y asistía a ella a volandas. Cuando ella salía y no podía llevarlo con el, Napoleón lloraba y aullaba. Y cuando su ama regresaba, Napoleón corría hacia a ella, como no lo haría ningún otro ser. Niah, era una muchacha sola. Se casó muy joven con un hombre mayor que ella, que la dejaba constantemente sola por cuestiones de trabajo. Aunado esto a que no podía ser madre con facilidad, enfocó todo su amor a esa criatura que la retribuía de todas las formas. Sin embargo, un día Niah enfermó. Aparentemente, no era nada extremadamente grave, pero sí algo que requería de atenciones médicas estrictas. Durante ese tiempo, Napoleón quedó solo en casa. Es allí donde comienza nuestra historia. Celia, era una niña de aproximadamente siete años de edad. Estaba prácticamente enamorada del cachorro Napoleón, y desde que éste último había llegado al vecindario, a Celia se le permitía jugar a diario con él. Por lo cual, cuando Niah enfermó, a Celia se le permitió cuidarlo. Sin embargo, tuvo un desliz. Una tarde en que Celia sacó a pasear a Napoleón, para animarlo un poco al ser su ama hospitalizada y éste encontrarse triste y desolado, Napoleón desapareció. Y decimos desapareció porque en realidad Celia no sabe que pasó. Ella se entretuvo mirando las nubes, y en un pestañeo, ya “Napo” no estaba. Napoleón se distrajo con una hembra de su especie en celo. La persiguió por todo el vecindario, y de repente, ya no estaba más allí. Entonces Napoleón descubrió la ciudad, y no sabía como reaccionar. En su fuero interno, Napoleón no era un ser racional. Pero cuando pasaba hambre, se acordaba de las carnes que rechazó. Entonces tuvo que aprender a husmear entre la basura. En la lluvia, cuando no tuvo techo, cobijo, recordó las mantas que amorosamente su ama Niah le daba, las cuales rompió a mordiscos. Su pelo antes blanco, liso, acicalado, estaba en nudos enormes, sucios. Su cuerpo antes alimentado con las mejores carnes, era un cuerpecito flaco.
  • 14. posesiones. Napoleón estaba a su lado, aunque no pudiera hablarle, le expresaba su amor y cariño. La acompañaba. Y recordaba los suspiritos de él cuando lo acariciaba y se le partía el corazón. ¿Qué calamidades estará pasando? Sólo pensar que no viviera ahora, era para Niah una tortura. Pero Napoleón había nacido con estrella, eso lo mencionamos al principio. Napoleón tuvo la suerte de que un niño de diez años lo mirara a través del vitral de una tienda. Su madre, una mujer pobre, de muy escasos recursos, así que cuando su hijo le expresó: - ¡Mami, mira ese cachorrito! – gritó emocionado mientras su madre pagaba apenas un par de panes con un poco de queso- ¡es muy bonito! Mami... está en la calle, abandonado. La madre, pudo visualizar que con el sol, brillaba sobre el pecho del animalito un dije en forma de hueso, con una delgada correa azul, casi indistinguible entre aquella mata de pelo enmarañado. - No está abandonado hijo, tiene dueño... Mira ese collar – expresó la madre, Sara, señalando al cachorro. - Si yo fuese su dueño, lo cuidaría mucho... – expresó el niño, Daniel. - No sé con qué dinero – respondió la madre, apelando a su realismo. Sara con su hijo Daniel vivían en un terreno abandonado, en una tienda apenas armadas con algunas placas de zinc y tela de saco. Cerca donde justo Napoleón había encontrado un trozo de techo, y un basurero cerca donde husmear. Días después, una tarde, cuando Daniel volvía solo de la escuela pública – porque su Madre no permitiría que su hijo se quedara sin estudiar como ella- ubicada a media cuadra, lo encontró. Y miró el dije, que tenía una inscripción grabada: “Napoleón”. ¿Napoleón? – se preguntó a si mismo con risas, mientras acariciaba al cachorro. Daniel recordó que era el mismo cachorro que había visto hace días. – Pero, pensé que tenías dueño... – dijo dubitativo. Napoleón ladró en respuesta. Daniel interpretó que efectivamente tenía uno. Creía que los animales hablaban a través de su particular idioma. Y con Napoleón no estaba tan equivocado. Entonces estás perdido – afirmó, esperando una confirmación del cachorro. Napoleón se paró en dos patas brevemente, agitando de arriba abajo sus patas delanteras. A Daniel ese gesto le pareció de morirse de la ternura. ¡Entonces voy a cuidarte! – le prometió al cachorro – vivirás conmigo mientras consigo a tu dueño, Napoleón. Daniel bañó a Napoleón en la lluvia de esa misma tarde. Posteriormente lo peinó, con un cepillo improvisado, hecho por él mismo, costándole mucho trabajo. Pero fue la excusa perfecta para dejar de lado la tarea. Después de todo, su madre le había enseñado a socorrer a animales en peligro. Le dio algo de su propio almuerzo. Un flaco muslo de pollo que su madre había conseguido después de huir de una cantina, y un trozo de pan. En su inconsciencia animal, Napoleón recordó la carne que llegó a rechazar, y que alcanzaría para que él y Daniel comieran decentemente.
  • 15. A pesar de todo, después de eso, Napoleón se sentía fresco y cómodo. Estaba acostado sobre la cerámica del piso, con las patas traseras abiertas y el hocico descansando entre sus patitas delanteras. Cuando Sara llegó a su improvisada casa, encontró a un perro fino y acicalado sobre sus trastos. Le bastaron un par de regaños a Daniel, y un par de lametazos a Sara para decidir quedarse con el cachorro. Sara acariciaba la cabeza de Napoleón cuando este le jaloneaba las medias hasta quitárselas, y Daniel compartía con el perro, ahora adulto, su almuerzo. Napoleón de a poco, volvía a ser un perro medianamente sano, pero no del todo feliz. Le complacía jugar con Daniel a perseguir una pelotita de plástico, y le agradaba el cariño de Sara, pero le faltaba Niah. Recordaba su olor, y el sonido de su carro, y se acurrucaba, pensando en volver a su casa. Daniel un día regresó a la tienda un poco más tarde. Había llovido nuevamente, mucho más fuerte, y en la escuela le prohibieron retirarse puesto que no tenía un paraguas. Daniel, con sus zapatos rotos, entró a su hogar. Pero no encontró a su madre en el único catre que poseían viendo una televisión destartalada que encontraron en la basura. Daniel la esperó hasta tarde esa noche. La esperó al día siguiente, y al siguiente. Pero su madre no volvió. Lloró cada día, y cada noche, por un largo tiempo. Y Daniel tuvo que dejar la escuela, y dedicarse a lavar autos, para poder sobrevivir y aunque sea, comprar algo de comida para él y para Napoleón. Napoleón fue su refugio, su compañero, secaba sus lágrimas acariciándolo con su pelaje, y lo abrazaba para sentir algo de calor en las noches ante la ausencia de su madre. Daniel sobrevivía de a poco, como siempre. Pero esta vez, había perdido incluso más. Napoleón permanecía a su lado, fielmente. Niah mientras tanto, cumplió con su determinación. Recorrió cada calle de la ciudad, colocó volantes, y preguntó a cada vecino y no vecino del vecindario. En medio de su búsqueda, paró un momento a tomarse un café en medio de la avenida principal. Allí, observó a través del vitral de la cafetería a un pequeño chico de al menos diez años, lavando con ahínco un auto último modelo en la acera del frente. Se veía carente, a juzgar por su cabello quemado por el sol, sus rodillas rotas y su cuerpo escuálido. Niah compró un par de croissants, y un jugo de durazno. Dudó en acercarse, porque anteriormente había intentado colaborar con un chico así en su propio vecindario y éste era bastante arisco y distante. ¡Chico! – lo llamó Daniel la miró confundido, mientras recibía el pago de su cliente. Niah observó, que éste no dijo ni una palabra de agradecimiento, así que lo reprendió. Señor – exclamó, seria – así le pague, igual debe agradecer los servicios del muchacho – manifestó severa - ¿o es que en su casa no le enseñaron educación? – culminó irónica.
  • 16. Se ganó una respuesta brillante del tipo: “No tuve una mamacita como tú que me enseñara”. Niah sólo pudo poner sus ojos en blanco. Daniel, extrañado, dirigió su mirada hacia la mujer joven frente a él. Señora, puedo defenderme solo – dijo el niño, con una seriedad impropia de su edad. Era una respuesta que Niah temía, pero con dulzura, lo miró. Sé que un hombrecito como tú puede hacerlo... pero dime una cosa. ¿cómo en un día de escuela puedes ponerte a lavar autos? No voy a la escuela – respondió Daniel, incómodo. La boca de Niah formó una “o” perfecta. ¿Por qué? Tu madre o tu padre pueden trabajar perfectamente, tú solo debes estudiar. Además, lavar autos... tanto contacto con el agua y el jabón pueden resfriarte. Daniel pensó en que debía darse prisa para alcanzar a comprar algo de comida y llevarlo a casa, donde había dejado a Napoleón. Mi madre murió – respondió el chico con crudeza – y a mi padre no alcancé a conocerlo. Solo soy yo, y Napoleón. Ambos debemos comer. La desoladora respuesta del chico conmovió sin límites el corazón de Niah. De cerca, el cuerpo del niño era muy delgado, de una forma insana. Sus piernas llenas de cicatrices al igual que sus manos, sólo denotaban una vida de mucha carencia y necesidad. Había mencionado a alguien más, pero su respuesta inmediata la desconcentró. ¿Ese otro chico... tienes un hermano? – preguntó, queriendo saber si había alguien más pequeño que él. No, es mi perro – respondió – Debo irme señora. ¡Espera! – exclamó, al ver que el niño empezaba a marcharse – traje esto, para ti. Espero que puedas compartirlo con... tu perro. – observó como el niño miraba la bolsa de papel con los panecillos y el jugo con un brillo especial en la mirada. Niah en cambio sentía que le estaba dando menos que migajas. – yo también tenía uno... un perro. ¿Cómo dices que se llama el tuyo? Napoleón – respondió el niño relamiéndose, concentrado en los croissant. A Niah le saltó el corazón. El mío se llamaba igual... – expresó con tristeza la muchacha – pero se extravió. Estoy buscándolo. Daniel recordó que Napoleón parecía un perro caro con dueño. Rápidamente, corrió hacia el callejón cercano, dejando atónita a Niah, que se reprendía por la tontería de no preguntar el nombre del niño.
  • 17. Esa noche, Niah no pudo dormir, pensando en el chico del frente de la cafetería, y su desoladora imagen. Daniel en cambio, durmió satisfecho, abrazado a Napoleón, olvidando por breves momentos su pobreza y soledad. Al día siguiente, Niah regresó al lugar del trabajo del niño, pero no lo encontró allí. Ni el día después de ese, ni el que le seguía. Pasaron un par de semanas antes de verlo nuevamente. Daniel la reconoció de inmediato, por lo cual, se apresuró a huir. No permitiría que le quitaran a Napoleón, lo único que le quedaba. Niah se dio cuenta que Daniel huyó antes de que pudiera alcanzarlo. Pensó que tal vez sentía miedo, pero intentaría acercársele nuevamente. Algo en el niño, había conectado con su ser, y quería acercarse, y ayudarlo de alguna forma. Dejó pasar un par de días hasta volver a la cafetería. Desde allí observó toda una mañana como el pequeño trabajaba. Observándolo, le asignó virtudes, como la responsabilidad, la paciencia, la dedicación y el esfuerzo. Al finalizar la mañana, vio que el niño se retiraba, tomando el mismo callejón de las veces anteriores. Niah lo siguió, hasta llegar a un cercano terreno abandonado donde estaba una pequeña tienda improvisada con láminas de zinc y telas. Se preguntó como resistiría eso ante la lluvia y el viento, apoyada apenas entre piedras. Conmovida, miró como el chico maniobraba con unas cadenas alrededor de la puerta de zinc de la tienda. Y Niah reconoció a su Napoleón, apenas lo miró saltar frente al niño, parado sobre sus dos patas traseras y agitando veloz de arriba abajo sus patas delanteras. Niah, derramó una lágrima, emocionada. Mientras, Daniel observó extrañado como Napoleón corría hacia un punto detrás de él. Reconoció a la chica de la cafetería, horrorizado. - ¡Mi Napo! ¡Napoleón! – gritó, con lágrimas en los ojos. - ¡Eres tú, amor! Eres tú, cachorrito de mamá, apareciste amor, apareciste...- era todo lo que Niah podía susurrar, entre los ruiditos de satisfacción de su mascota, y ante los ojos sorprendidos de Daniel. El anhelo de Niah se cumplió, pero el miedo de Daniel se hizo realidad. Daniel había aprendido a amar mucho a Napoleón. Se convirtió en su compañero de aventuras, de tristezas, de pobreza... ahora sólo sería él. Sin mamá, sin amigos, sin nada. Niah se incorporó, con Napoleón entre sus brazos, lamiéndole las mejillas. ¿cuál es tu nombre? – inquirió Niah al niño, pronunciando por fin lo que había querido desde hace días. Daniel – respondió el infante, mirándola con rabia. Niah comprendió en ese momento que Daniel, sólo tenía miedo de que le arrebatase a Napoleón. ¿Qué edad tienes? – preguntó con dulzura, dejando de lado a Napoleón, y acercándose al niño. No le importa – respondió – Tome a su perro y váyase. ¡Espera un poco! – dijo – sólo quiero saber de ti. Eres muy pequeño para estar tan sólo... y has cuidado bien a mi Napoleón. Quiero saber como agradecerte... Puedo invitarte a un helado, ¿qué dices?
  • 18. Y fue la mejor manera de comenzar. Niah notificó ante las autoridades la situación de riesgo de Daniel, y comenzó junto con su esposo, Fernando, el proceso de adopción. Fue un proceso difícil, y riguroso. Pero más difícil fue investigar sobre el paradero de la madre de Daniel. Fue muy doloroso descubrir que fue arroyada por un auto. Sin embargo, Daniel, por su dura crianza, ya se había hecho la idea de que su madre había muerto. Otorgó una tumba decente donde poder visitarla cada cumpleaños, cada aniversario de su desaparición. Daniel agradeció a Dios, y a Napoleón, quien definitivamente, había replanteado la historia, inconscientemente. Por eso, Napoleón nació con estrella. Nació con el don de amar, de acompañar, y de acercar, a dos seres que se necesitaban uno al otro.