AQUÉL QUE NO TIENE NOMBRE
(Extraído del libro “Dios Adentro” de P. Ignacio Larrañaga)
Los hombres de la Biblia
no se atreven a definir a
Dios, ni siquiera a
nombrarlo. Definir es
abarcar algo, y Dios es
inabarcable. Nombrar es
aprehender y medir la
esencia de una persona,
y Dios no es mensurable.
Dios le dijo: Moisés, sácame a
este pueblo de la opresión de
Egipto. Moisés le respondió:
Señor, cuando yo convoque a
los israelitas y les diga: vuestro
Dios me envió para libertaros
de la opresión, y ellos me
pregunten: ¿cómo se llama
ese Dios?, ¿qué les respondo
entonces, Señor? ¿Cuál es tu
nombre? ¿Cómo te llamas? El
Señor Dios esquiva la
pregunta. Yo soy el que soy.
Viene a decir que el verdadero Dios no tiene nombre, y
si tuviéramos que darle un nombre, sería éste: Sin
nombre, Innominado. Esencialmente es eso: el
Inefable, el Inclasificable, el Incalificable Las palabras
más altas no lo pueden encerrar en sus fronteras, no le
alcanzan los silogismos. Dios no es lógica, no es un
ente abstracto. Sólo en la fe, sólo de rodillas.
Es inútil, aunque juntemos los adjetivos más brillantes
del lenguaje común, aunque saquemos las palabras del
diccionario y armemos con ellas un monumento más
profundo que el mar, más alto que el cielo y más ancho
que la Tierra, es inútil, las palabras no valen. Él es otra
cosa, es mucho más, mucho más que las palabras.
Sólo en la fe, en silencio y de rodillas.
En la noche profunda de la fe, cuando el alma
se extiende sedienta en la presencia divina para
acoger en silencio el misterio infinito, sólo así,
entregados y receptivos, comenzaremos a
entender al Ininteligible.
Cuando la música calla, las palabras callan, la
inteligencia calla y sólo queda el silencio en la
presencia, en la fe pura, sin entender nada y
entendiéndolo todo, sin decir nada y diciéndolo todo,
cuando el abrazo se consuma, no de idea a idea, sino
de ser a ser, entonces la certeza y la oscuridad, que son
las dos fuerzas dialécticas que sostienen la fe, se elevan
por encima de las dialécticas mismas para darse las
manos y así plantar un altar en medio del mundo y,
mudos, adorar, y asumir y ser asumidos por el misterio
infinito. Sólo en la fe, de rodillas, en silencio, con
certeza, pero a oscuras.
Aquél que no tiene nombre

Aquél que no tiene nombre

  • 1.
    AQUÉL QUE NOTIENE NOMBRE (Extraído del libro “Dios Adentro” de P. Ignacio Larrañaga) Los hombres de la Biblia no se atreven a definir a Dios, ni siquiera a nombrarlo. Definir es abarcar algo, y Dios es inabarcable. Nombrar es aprehender y medir la esencia de una persona, y Dios no es mensurable.
  • 3.
    Dios le dijo:Moisés, sácame a este pueblo de la opresión de Egipto. Moisés le respondió: Señor, cuando yo convoque a los israelitas y les diga: vuestro Dios me envió para libertaros de la opresión, y ellos me pregunten: ¿cómo se llama ese Dios?, ¿qué les respondo entonces, Señor? ¿Cuál es tu nombre? ¿Cómo te llamas? El Señor Dios esquiva la pregunta. Yo soy el que soy.
  • 4.
    Viene a decirque el verdadero Dios no tiene nombre, y si tuviéramos que darle un nombre, sería éste: Sin nombre, Innominado. Esencialmente es eso: el Inefable, el Inclasificable, el Incalificable Las palabras más altas no lo pueden encerrar en sus fronteras, no le alcanzan los silogismos. Dios no es lógica, no es un ente abstracto. Sólo en la fe, sólo de rodillas. Es inútil, aunque juntemos los adjetivos más brillantes del lenguaje común, aunque saquemos las palabras del diccionario y armemos con ellas un monumento más profundo que el mar, más alto que el cielo y más ancho que la Tierra, es inútil, las palabras no valen. Él es otra cosa, es mucho más, mucho más que las palabras. Sólo en la fe, en silencio y de rodillas.
  • 5.
    En la nocheprofunda de la fe, cuando el alma se extiende sedienta en la presencia divina para acoger en silencio el misterio infinito, sólo así, entregados y receptivos, comenzaremos a entender al Ininteligible.
  • 6.
    Cuando la músicacalla, las palabras callan, la inteligencia calla y sólo queda el silencio en la presencia, en la fe pura, sin entender nada y entendiéndolo todo, sin decir nada y diciéndolo todo, cuando el abrazo se consuma, no de idea a idea, sino de ser a ser, entonces la certeza y la oscuridad, que son las dos fuerzas dialécticas que sostienen la fe, se elevan por encima de las dialécticas mismas para darse las manos y así plantar un altar en medio del mundo y, mudos, adorar, y asumir y ser asumidos por el misterio infinito. Sólo en la fe, de rodillas, en silencio, con certeza, pero a oscuras.