r d i r s t í n M i l l a r e s T o r r e s
Agustín Millares Torres
Historia
de la
Gran Canaria
Tomo 1.
Ediciones Real Club Victoria
Las Palmas de Gran Canaria 1997
Colección La Barra
Dirección: José A. Alemán - Pedro Schlueter
Diseño portada: María Rosa Ponce
Impresión: Litografía González
ISBN 84 - 923411 - O - 6
D. L. G. C. 1.533- 1997
Presentación de L
a Barra
La Historia de la Gran Canaria es obra poco conocida,
de difícil acceso para el público, pues no ha conocido nueva
edición desde que apareciera al principio de la década de los
60 del siglo pasado. Su primer tomo lleva fecha de 1860 y de
1861 el segundo. Fue impreso en la Imprenta M. Collina.
El volumen que hoy presentamos es el primero y ya está
en preparación el segundo, que completa la obra, ambos edi-
tados por el Real Club Victoria, bajo el patrocinio de Caja de
Madrid. Con él se inicia una colección, que hemos bautizado
como La Barra en referencia al arrecife que cierra la playa de
Las Canteras y que los socios del Victoria contemplan desde
cualquier ventana de nuestra sociedad. Tiene valor simbólico
"
7
no sólo para nosotros sino para la ciudad y para la isla. E
La Barra pretende recuperar textos de la historia de la 3
ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Unos son ediciones -
O
muy antiguas y agotadas, sólo disponibles en alguna bibliote-
m
O
ca pública, no en todas, y en otros casos se trata de dar a 4
conocer textos absolutamente inéditos, manuscritos que es- *
n
peran desde hace demasiados anos una salida a la luz que no
debe demorarse para darle ocasión a nuestra gente de cono-
cer su pasado, el que va desde la gran historia más o menos :
conocida a través de las aportaciones de la historiografia ca-
naria hasta la crónica, la anécdota, las curiosidades, etcétera,
que, con frecuencia, resultan reveladoras del entorno en que
se movieron nuestros antepasados. n
-
Con la colección que ponemos a disposición de los amantes
O
O
de nuestras cosas, el Victoria pretende ampliar el frente de su
oferta de actividades culturales, reforzar su compromiso con
la ciudad y la isla en la seguridad de que nuestros socios y
simpatizantes y los grancanarios en general sabrán compren-
der el sentido de esta iniciativa.
Por Último, es justo destacar la sensibilidad mostrada
por Caja de Madrid al posibilitar con su mecenazgo la puesta
en marcha de La Barra.
Juan Armas Martín
Presidente del Real Club Victoria
Notu u la presente edición:
Con respecto a la edición que de esta obra se hizo en 1860,hemos actualiza-
do los nombres de la mayoría de las personas y localidades de acuerdo con
la ortografía actual.
Introducción
Enfrente d e las inhospitalarias costas del África occi-
dental, y muy cerca del punto mismo donde vienen a morir
las últimas oleadas d e e s e Océano de arena que se llama
el Sahara, se levantan, bañadas por el Atlántico, las volcá-
nicas montañas que forman el grupo d e las Canarias.
Colocadas estas islas en los mismos sitios donde se
cruzan las sendas que conducen al Asia, recuerdo d e lo
pasado, a la Europa, encarnación d e los presente, y a la
América, símbolo del porvenir, las Canarias son el primer
eslabón d e e s a cadena d e islas, que, cual un puente echa- "
,
d o d e un mundo a otro, sirven d e oasis al peregrino, d e W
E
descanso al viajero, d e refugio al navegante. -
Cuéntanse siete como principales, cuyos nombres son -
Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, Gomera, -
O
m
Palma y Hierro, y seis islotes desiertos que se denominan
Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Lobos, Roque del Este
y Roque del Oeste. n
N o vamos a escribir con la misma extensión la histo-
ria d e estas siete islas: esta obra, como lo indica s u mismo
título, sólo tiene por objeto dar a conocer la Gran Canaria.
O
Sin embargo, aunque sólo vamos a ocuparnos d e la a
isla que, colocada con la d e Tenerife e n el centro, presta f
s u nombre a las demás, tan enlazados s e hallan los suce- n
sos históricos d e las unas y las otras, que puede con exac- 0
O
titud asegurarse que la historia de la Gran Canaria será al
mismo tiempo la general d e todo el archipiélago.
Conocer, pues, esta isla, estudiarla e n s u conjunto y
en sus detalles; presentar en pocas páginas un cuadro completo
d e su historia política, civil y religiosa, d e s u s produccio-
nes naturales, d e s u s diversos ramos d e comercio e indus-
tria; ofrecer al público un resumen exacto y razonado de
las varias obras que en el extranjero se han publicado so-
bre su conformación geológica y el origen d e s u s antiguos
volcanes; no olvidar las relaciones d e los ilustres viajeros
que sucesivamente la han visitado; ocuparse d e s u impor-
tancia, como posición marítima y comercial, el día e n que
la luz d e la civilización ilumine e s a s inmensas soledades
africanas q u e s e extienden a s u vista, e s el plan q u e nos
hemos propuesto e n esta obra.
Muchos siglos han pasado sin que la culta Europa haya
conocido de las Canarias otra cosa q u e s u s pájaros, s u s
vinos y el poético renombre que les dio la antigüedad; pre-
ciso ha sido q u e el siglo XIX, con s u actividad inteligente y
s u s portentosos descubrimientos e n las ciencias y e n las
artes, rompiendo al fin las barreras que han separado en-
tre sí a los pueblos, y dando un nuevo impulso a la navega-
ción y al comercio, haya venido a anudar los lazos que
deben algún día enlazar fraternalmente a todas las nacio-
nes.
De este movimiento universal ha resultado una inves-
tigación más exacta y profunda d e todos los países del glo-
bo, sin que haya uno, por más insignificante q u e parezca,
que pueda ocultarse hoy a las miradas d e la ciencia y a las
atrevidas combinaciones d e la política.
Vagas e inciertas son las noticias que los antiguos poetas,
historiadores y geógrafos nos han conservado d e las Cana-
rias.
La subversión d e la Atlántida, isla d e hipotética exis-
tencia, situada al parecer e n la misma latitud que hoy ocu-
pa el archipiélago, y d e cuya catástrofe se habla extensa-
mente e n el diálogo Critias de Platón, e s la primera noti-
cia histórica que conocemos que tenga alguna relación con
estas islas. Homero antes las había cantado e n s u s versos
inmortales, colocando en ellas los Campos Elíseos.
La historia cita asimismo, aunque confusamente, una
expedición d e Sesostris a las Afortunadas; pero puede de-
cirse con seguridad q u e sólo los fenicios, etruscos y
cartagineses, e n s u s varias excursiones más allá del Estre-
&o, llegaron al fin a conocerlas, debiéndose tal vez a ellos
s u colonización.
Después d e estos pueblos, vienen los romanos que,
al extender s u dominio por todo el mundo entonces cono-
cido, penetraron también con sus naves hasta las islas Canarias,
siendo d e ello una prueba indubitable la supuesta expedi-
ción d e Sertorio, d e que nos habla Plutarco, y la obra del
Rey Juba, dedicada a Augusto, cuya pérdida deplora hoy
tanto la moderna ciencia.
En los siglos que siguieron a la destrucción del impe-
rio romano, la historia guarda un profundo silencio sobre
el archipiélago canario: e n estos siglos d e barbarie y de-
molición universal, los pueblos entregados a la lenta obra :
d e s u reconstrucción social y política no podían dedicarse
N
E
al comercio exterior, ni a la navegación, artes q u e requie-
ren un grado de cultura más avanzado del q u e alcanzaban 3
entonces aquellas dislocadas sociedades. -
O
m
O
Preciso fue, pues, q u e los normandos, con s u s atrevi- 4
d a s piraterías, y los árabes, con s u s fanáticas conquistas,
volvieran a encontrar el ya olvidado grupo d e las Canarias.
n
Después d e esta oscura época, las repúblicas italia-
nas, que habían crecido y robustecídose con el movimien-
to civilizador d e las Cruzadas, echaron los cimientos del
comercio moderno, inundando con s u s naves el Mediterrá-
neo. Multiplicáronse en estos siglos las expediciones leja-
nas, y con el auxilio d e la brújula, q u e aparece entonces
por primera vez e n los anales del progreso, los venecianos,
genoveses, catalanes y mallorquines se lanzan impávidos
a las desconocidas soledades del Océano.
Principiaba apenas el siglo XV, cuando un barón nor-
mando, animado del espíritu caballeresco d e s u época, se
dirige con un puñado d e aventureros a las Canarias, y con-
quista con el auxilio d e Enrique 111 d e Castilla, y declarán-
dose s u feudatario, las islas d e Lanzarote, Fuerteventura,
Hierro y Gomera.
Sus sucesores enajenan luego estas cuatro islas, como
pudiera venderse un mueble cualquiera, y las hacen pasar
sucesivamente bajo el dominio señorial d e varios nobles
portugueses y castellanos. Por último, la casa de los Herreras
afirma e n ellas s u dominación, y c e d e a la corona de Castilla
el derecho de conquista q u e conservaba respecto a las tres
principales d e Gran Canaria, Tenerife y Palma. Entonces,
Isabel, esa reina de imperecedero recuerdo para las glo-
rias españolas, mientras asediando a Granada meditaba con
religioso entusiasmo e n los asombrosos descubrimientos
q u e le predecía el genio d e Colón, ordena el equipo de la
escuadra q u e había de dotar a España d e un nuevo reino.
Rejón, primero, y enseguida Vera, tremolan la e n s e ñ a
d e Castilla s o b r e las playas de la Gran Canaria, y d e s p u é s
d e una lucha sangrienta, q u e dura sin interrupción m á s d e
seis años, consiguen al fin rendir la isla a las a r m a s espa-
ñolas.
La civilización europea asienta entonces s u planta e n
el archipiélago afortunado, y, a u n q u e con lento paso, va
penetrando paulatinamente del litoral al interior. Levántanse
ciudades, villas y lugares, d e s m ó n t a s e el terreno, á b r e s e
cauce a las aguas, deslíndanse las propiedades, trázanse
caminos, acótanse bosques, y aparece el comercio y la in-
dustria sirviendo d e apoyo a la agricultura isleña, verdade-
ra e inagotable fuente d e s u futura riqueza.
Así fueron las islas lentamente progresando, sin q u e
los enemigos de la España, e n s u s diversos conatos de in-
vasión, pudieran nunca afirmar e n ellas s u dominio.
En tanto la España, ocupada e n la vasta administra-
ción de s u s inmensas colonias, poco se cuidaba d e las Canarias,
hasta que, e n e s t o s últimos años, adivinando tal vez s u
futura importancia y las ventajas q u e pueden obtenerse d e
s u privilegiado suelo y d e s u envidiable posición a las puertas
mismas del África, ha vuelto al fin s u atención hacia ellas y
medita e n s u favor grandes proyectos d e utilidad y progre-
so.
Después d e lo que llevamos dicho, fácilmente s e com-
prenderá el plan que nos hemos trazado e n esta obra. Va-
mos a dar a conocer, como ya hemos indicado, una d e las
islas principales del grupo: aquélla que supo conquistar
por el denuedo d e s u s hijos el sobrenombre de Grande: la
única que mereció el distinguido honor d e ser designada
por la católica Isabel para que, por medio d e s u s armas y a
costa d e su erario, fuera sometida a la corona d e Castilla:
aquélla donde se fijó el asiento d e todas las autoridades
superiores del que entonces se llamaba Reino afortuna-
do, y la que, como prenda d e unión y fraternidad, dio s u
mismo nombre a todo el archipiélago.
D
Aunque puede asegurarse que no s e ha publicado aún E
una historia completa d e las Canarias, en la forma y bajo $
el plan que requieren los adelantos d e la época, también $
es cierto que los materiales s e encuentran e n abundancia, -
e
m
sin que el historiador tenga otro trabajo que el acierto e n :
:
4
la elección, y la dificultad d e reunir y compulsar tan diver- ;
*
s o s documentos, d e los cuales muchos permanecen toda- i
vía inéditos.
Tenemos, como coetáneos d e la conquista, a Bontier !
m
y Leverrier, Sedeño y Muros: en el siglo XVI, a Alonso García, O
Fiesco, Turian y el P. Espinosa: e n el XVII, a Viana, Cairasco, -
Abreu Galindo, Núñez d e la Peña, Sosa y Anchieta; e n el
XVIII, a Marín y Cubas, Castro, el P. Sánchez, Castillo, Anchieta
d e Alarcón, Porlier, García del Castillo, Glass y Viera; en el %
XIX, e n la parte geológica y descriptiva, a Humboldt, Bory "
d e St. Vincent, Cordier, Ledru, Buch, Webb y Berthelot, Lied,
Minutoli y otros célebres viajeros y geólogos: y e n lo perte-
neciente a estadística, administración y sucesos contem-
poráneos, a Zuaznabar, Escolar, Saviñón, Ossuna, Bremón,
Montero y otros.
Elegir, compulsar, reseñar, y ofrecer un resumen exacto
y razonado de las noticias que en estos diversos volúme-
nes, así como en los archivos y documentos q u e hemos
podido consultar s e encuentren, referentes a la Gran Ca-
naria, será el objeto principal d e nuestro trabajo, que sólo
tendrá el mérito d e llevar el sello d e la verdad e n la narra-
ción d e los hechos, d e la imparcialidad en la exposición
d e s u crítica, y d e patriotismo en el sentimiento q u e nos
ha inspirado s u plan y ejecución, convencidos d e q u e s u s
defectos serán disimulados por todos lo que sepan com-
prender y apreciar el noble pensamiento que nos ha soste-
nido en la publicación d e una obra, útil al menos y necesa-
ria a los intereses de nuestra cara patria.
Libro Primero.
L
a Gran Canaria.
Idea general del archipiélago.. Lanzarote..
Fuerteventura.. Tenerife.. Palma, Gomera y Hierro.- La
Gran Canaria: etimología - mapas antiguos y moder-
nos -situación - descripción del litoral -puertos, radas,
fondeaderos -opiniones geológicas - aspecto orográfico
.vegetación, clima, aguas, temperatura.
Idea general del archipiélago. E
El archipiélago d e las islas Canarias se encuentra si- $
tuado e n el océano Atlántico, d e 2 0 a 8 0 leguas N.O. del m
continente africano, entre los cabos Guer y Bojador, y en- O
4
frente d e la costa d e la Mauritania Tingitana, llamada por ;
los árabes Biledulgerid, o país de los dátiles.
*
Ocupa próximamente una extensión d e 3 0 0 millas d e
E. a O. entre los paralelos 29" 25' 30"y 27" 30' lat. N. y 12"
2' 30" y 7" 2' 30" long. O. del meridiano d e S. Fernando.
Compónese el grupo d e siete islas habitadas, cuyos
nombres son Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife,
Gomera, Palma y Hierro, y seis islotes desiertos q u e se
denominan Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Lobos, Roque
del Este y Roque del Oeste.
Hállanse separadas estas islas por cortos brazos d e
mar, e n los cuales no se encuentra anclaje, si se exceptúa
el estrecho d e la Bocaina y el d e la Graciosa.
De las siete principales, Lanzarote y Fuerteventura
demoran al E., Gran Canaria y Tenerife en el centro, y Gomera,
Palma y Hierro al O.
Su menor distancia a las costas española es d e 1 9 5
leguas. ( 1).
Si s e consulta la opinión d e los geólogos q u e han vi-
sitado este archipiélago, parece indudable q u e las monta-
ñ a s q u e constituyen s u macizo, debieron e n otro tiempo
formar parte del sistema q u e atraviesa el África occiden-
tal. La dirección del ramal del Atlas q u e viene a terminar
e n el c a b o Guer, es la misma q u e siguen las m o n t a ñ a s d e
Lanzarote, Fuerteventura, Canaria y Tenerife.
Antiguos y poderosos volcanes han desgarrado suce-
sivamente el suelo de las Canarias, dejando por t o d a s par-
t e s impresa la profunda huella de s u aparición. Inmensos
torrentes d e lava han cruzado e n todas direcciones el te-
rreno, elevando montañas, cambiando el curso de los ba-
rrancos, y cegando valles y llanuras. En algunos sitios, la
lava ennegrecida señala la reciente época d e s u formación:
e n otros, s u descomposición rápida y completa revela los
siglos q u e s o b r e e s t e torrente destructor han debido pasar
para transformarle e n m e n u d a arena, propia ya para el cul-
tivo.
Una temperatura q u e ni participa d e los ardores de la
zona tórrida, ni d e las terribles heladas del norte, se expe-
rimenta siempre e n las Canarias. Si alguna vez el viento
del desierto se extiende s o b r e s u s risueños valles, al atra-
vesar el brazo del mar q u e le s e p a r a del continente, y al
contacto d e las brisas q u e soplan constantemente e n las
costas, pierde s u mortífera influencia, desapareciendo e n
breve a los dos o tres días d e s u aparición.
Por una disposición favorable del terreno, se encuen-
tran e n e s t a s islas los diversos climas de los m á s o p u e s t o s
países del globo. En las costas, o primera zona cultivable,
se descubre la frondosidad y vigorosa vegetación d e las
regiones tropicales; e n las medianías o segunda zona, q u e
la forman los valles q u e se desprenden del macizo central,
florecen las plantas europeas: y e n las grandes m e s e t a s
q u e constituyen la cima de s u s cordilleras o tercera zona,
se extienden los grandes b o s q u e s d e pinos, q u e han sido
siempre u n o d e los m á s preciosos productos del país.
Así, pues, e n la primera de e s t a s tres zonas q u e he-
mos demarcado vemos crecer unidos los euforbios, el aguacate,
el banano, los anones, el guayabo, el árbol d e la goma, el
café, el tabaco, el nopal y la elegante palma. En la segunda
se levantan espléndidos y lozanos el naranjo, el olivo, el
la vid, el castaño, la morera y toda esa inmensa
"ariedad d e árboles frutales q u e s e conocen e n los países
más ricos del globo. En la tercera crecen hasta una eleva-
d a altura el roble, el tilo, el laurel, la encina, el haya y el
pino con otros árboles d e montaña que sería enojoso enu-
merar.
Por su situación geográfica, el grupo d e las Canarias
está llamado a ejercer una grande influencia sobre la colo-
nización y cultura del vasto continente africano, asediado
hoy por la civilización europea. En e s a vasta cintura d e
puestos avanzados que rodean s u inmenso litoral, las Ca-
narias ocupan uno d e los lugares más privilegiados, pues
tienen a s u frente los feraces valles del Atlas, que, des-
prendiéndose d e las gigantescas crestas d e aquellos eleva- ;
dos montes, se extienden cubiertos d e espigas y variados -
E
frutos hasta la misma orilla del mar. 7
Notas -
0
( 1 ) Véase e n el apéndice la distancia d e las islas entre sí y
m
O
d e éstas a Cádiz, y la que separa a los pueblos d e la Gran Canaria 3
d e s u capital la ciudad d e Las Palmas. n
11.
Lanzarote.
Ya hemos dicho que Lanzarote e s la isla situada al E. O
del grupo, y la primera que, por consiguiente, s e encuen-
O
tra viniendo d e las costas meridionales d e España.
Su mayor longitud, d e N. a S., e s d e diez leguas, y s u
latitud, d e E. a O., cinco, contando veinticuatro d e circun-
ferencia y cincuenta d e superficie.
La opinión m á s probable respecto a la etimología de
su nombre e s la que hallamos enunciada por los Sres. Bontier
y Leverrier, cuando afirman que, antes d e la conquista d e
la isla por Mr. d e Bethencourt, s e había fortificado en el
país un aventurero francés llamado Lancelot d e Maloisel
(1).
La configuración d e la isla e s bastante irregular, ofre-
ciendo e n s u circuito varios cabos y ensenadas notables.
Entre aquéllos conviene citar el cabo Farión, extremidad
oriental d e la isla, y la punta del Papagayo q u e es la parte
opuesta, o su extremidad occidental. Lanzarote posee una
excelente rada, junto a s u villa capital d e Arrecife, q u e e s
conocida con el nombre d e Puerto d e Naos.
Vastos arenales q u e recuerdan los desiertos africa-
nos y extensas llanuras cubiertas d e negra lava forman casi
e n s u totalidad s u suelo cultivable. Los volcanes han des-
garrado y siguen desgarrando d e vez e n cuando aquella
trabajada superficie, como si aun los fuegos subterráneos
no hubiesen allí cumplido s u obra d e destrucción.
"
7
En 1730 un espantoso volcán conmovió la isla desde E
s u s cimientos, llevando el espanto y la desolación a s u s
sorprendidos habitantes, y destruyendo pueblos y lugares 3
q u e borró para siempre del mapa d e las Canarias (2). -
O
m
Posteriormente, volvió otro volcán a rasgar s u super-
o
4
ficie, cerca d e la aldea d e Tao, q u e cubrió d e escorias y
lava una parte muy considerable d e s u s mejores terrenos.
n
Esta disposición del suelo hace sin duda q u e la isla
carezca d e manantiales, viéndose s u s habitantes e n la dura
necesidad d e recoger e n aljibes o albercas al agua llovediza
para s u consumo diario. Existen, sin embargo, d o s peque-
ñas fuentes, la una llamada d e Chafariz, que está situada
e n vertiente d e los montes d e Famara; y la otra d e Aguza,
abierta al pie d e las escarpadas rocas del cabo Farión, pero
cuyas aguas, poco abundantes, son d e ninguna utilidad para
las necesidades d e la población, por lo apartado y esca-
broso del sitio donde tienen s u nacimiento (3).
Atraviesa la isla e n dirección del N.E. al S.O. una cor-
dillera d e montañas sobre las cuales descuella el pico d e
Famara a 2.455 pies d e elevación. La parte m á s escarpada
d e esta cordillera es la que mira al O., descendiendo por la
opuesta, esto e s por el E., e n suaves ondulaciones al mar.
Rodean esta isla cinco islotes desiertos q u e se Ila-
man Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este y
Roque del Oeste.
La Graciosa tendrá cinco millas de longitud y una de
latitud en su mayor anchura. Sepárala de Lanzarote un es-
trecho canal que se denomina el Río, y que con ciertos
vientos puede servir de fondeadero.
U
n cuarto de legua al N. de la Graciosa, se levanta
Montaña Clara, que eleva s u más alto pico a una altura de
300 pies sobre el mar.
Junto a este islote se descubre el escollo llamado Roque
del Oeste cuyo nombre indica claramente su posición.
Legua y media el M. de Lanzarote, se encuentra la
Alegranza, que tendrá apenas una legua de extensión. Esta
fue la primera tierra que descubrió Bethencourt en su ex-
pedición a estas islas, dándole por ello el nombre de Joyeuse.
"
7
E
E1 Roque del Este es un pico casi inabordable que
destaca su pelada cima sobre las agitadas olas del mar. 3
Entre las islas de Lanzarote y Fuerteventura, y en medio
-
0
m
del estrecho que llaman la Bocaina, hay otro islote desier-
to, que se conoce con el nombre de isla de Lobos, cuya
3
circunferencia podrá ser de una legua escasa. Sus orillas
son muy escarpadas y difíciles de abordar.
=
m
O
Notas
( 1 ) 11s rassemblerent grande quantite d'orge et la mirent e n
un vieux chateau que Lancelot Maloisel avait jadis fait faire, c e
que I'on dit, et d e la partirent et s e mirent en chemin, au nombre
d e sept, pour venir a Rubicon. (Conq. des Can. chap. 32, pag. 2 1 ,
nouvelle edition.)
(2)Las aldeas o pueblos destruidos fueron Tingafa, Maretas,
Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Pena d e Palmas, Testeina y
Rodeos.
(3)Hace poco tiempo que un ingeniero hidráulico examinó
estas fuentes con el objeto d e averiguar si s e podía conducir el
agua a la Villa d e Arrecife, y el resultado d e sus investigaciones
fue que la obra sería tan difícil y costosa, que los gastos n o
compensarían nunca las utilidades que produciría su conducción.
Fuerteventura.
La isla d e Fuerteventura toma su nombre, según la
opinión de algunos historiadores, d e los sangrientos com-
bates q u e tuvieron q u e sostener los primeros conquistado-
res cuando intentaron apoderarse del país ( 1 ) .
Esta isla se extiende e n un espacio d e 2 6 leguas, te-
niendo d e latitud, en su mayor anchura, 7, d e circunferen-
cia, 58, y 182 d e superficie.
Si tendemos la vista sobre los mapas q u e la repre-
sentan, podemos dividirla e n d o s partes muy distintas, se-
paradas por un istmo d e tres cuartos d e legua d e exten-
sión.
La parte q u e los indígenas llamaban Maxorata es la
más extensa y llana, desarrollándose s u s costas casi e n
dirección paralela hasta el indicado istmo. La otra, q u e
pudiéramos llamar península, conserva aún el nombre d e
Jandía, q u e le daban los antiguos isleños; su suelo e s que-
brado y montuoso, y presenta muy pocos puntos abordables.
Sobre su banda oriental s e abre el fondeadero d e Puerto
d e Cabras, q u e es el más frecuentado por los navegantes,
-
m
O
y e n cuyas playas se levanta una pequena población, que
e s hoy la principal d e la isla.
Siguiendo la costa en la misma dirección, s e descu- a
n
bren sucesivamente Puerto Lajas, Fuste y Pozo Negro, y -
O
más al S. Gran Tarajal, Tarajalejo y la ensenada d e la Pa-
O
red, que son otras tantas radas abiertas, donde sólo puede
encontrarse, según los vientos, un momentáneo abrigo.
Por la banda opuesta s e hallan también los fondeade-
ros d e Puerto Nuevo, d e la peña y del tostón, donde sue-
len anclar los pequeños buques del país.
El terreno d e la isla, si se exceptúa la península d e
Jandía, es poco accidentado. Extensas llanuras, abrasadas
por un sol ardiente, recuerdan al viajero los desiertos del
Sahara. Escasos son también aquí los manantiales, pero
los hay sin embargo en mayor número q u e en Lanzarote, si
bien no corresponden s u s aguas a la grande extensión d e
la isla.
La escasez d e lluvias, q u e s e reproduce con mucha
frecuencia, es el mayor azote d e s u s habitantes, que la
abandonan e n masa cuando, perdida la esperanza d e la
cosecha, n o se les ofrece otro porvenir q u e una muerte
segura entre las horribles angustias del hambre y d e la sed.
En estos últimos años, el d e s e o d e mejorar u n a situa-
ción tan triste y precaria, ha impulsado a algunos propieta-
rios a abrir e n ciertos puntos norias y pozos profundos, d e
donde se ha extraído un gran caudal d e aguas q u e prome-
te cambiar la suerte d e estos isleños, si se generaliza e s t e
sistema sobre un plan metódico, y bajo una dirección inte- m
-
ligente y activa. -
E
Notas
( 1 ) Consúltese lo que dicen O
:
:
- Bontier y Leverrier, Conq. d e s iles Can. Chap. LXX.
- Viera, Not. d e Can. t o m o l . p. 57.
- Webb y Berthelot, Hist. nat. d e s ¡les Can. t. 2 p. 165.
IV.
Tenerife.
Varios s o n los nombres con que antiguamente s e de-
signaba esta isla, q u e e s la primera del grupo situado al O.
d e la Gran Canaria.
Llamóla Plinio Nivaria, Ningaria, Ptolomeo, y los na-
vegantes italianos d e la Edad Media, Isola dell'lnferno. El
nombre d e Tenerife, que posteriormente recibió, se deriva
sin duda d e Tinerfe el Grande, soberano poderoso d e la
isla que, según una antigua tradición del país, llegó a re-
unir bajo s u dominio todos los distritos independientes d e
la isla.
Tenerife es conocida principalmente en todo el mun-
do por su famoso pico que, con el nombre de Teide, es
uno de los conos volcánico más elevados del globo ( 1 ).
De figura irregular, la isla se extiende del N.E. al S.O.
en un espacio de 17 leguas, contando 9 de latitud, 48 de
circunferencia y 153 de superficie.
Espantosos sacudimientos revelan el aspecto de sus
elevadísimas montañas. Largos y profundos barrancos, al-
tos y peligrosos desfiladeros, corrientes de lava ennegreci-
da, horribles precipicios, promontorios que lanzan al mar
sus desgarradas e inabordables masas de basalto, costas
erizadas de escollos y cortadas a pico, todo esto indica
que el fuego subterráneo que aún se siente bullir en las
entrañas del Teide, debió trastornar completamente en época
remota todo el macizo de la isla, produciendo los variados
accidentes que hoy se ven todavía con profundo asombro.
Según se deduce de la relación de Cadamosto (2),
que visitó el archipiélago en 1344, y de algunas frases del
diario de Colón en su primer viaje, parece indudable que
el Teide estaba en aquella época en u n período de comple-
ta erupción.
Dos siglos después, en diciembre de 1704 y enero de
1705, otra nueva erupción en el Llano de los infantes y
roques de Güímar, esparció el espanto por toda la isla. Repitióse
ésta con doble intensidad en 1706, cuando un torrente de
abrasadora lava sorprendió el pueblo de Garachico y lo redujo
a cenizas, cegando su puerto; siendo por fin la última de
1798 en la base del mismo pico, donde llaman Chahorra,
la cual no produjo por su situación los desastrosos efectos
de las anteriores.
A pesar de la irregular configuración de sus costas,
no abundan en esta isla las buenas radas, defecto de que
participan también las otras islas: la mejor y más frecuen-
tada es la de Santa Cruz, cuya importancia principió desde
que, como hemos dicho, cegó el Teide el puerto de Garachico.
Siguiendo la costa en toda en su extensión, podremos ci-
tar como fondeaderos las playas de Candelaria, Abona,
Garachico y La Orotava.
Posee esta isla abundantes manantiales que brotan
en todas direcciones de la base del Teide, y van a regar
extensos y bien cultivados valles donde se desarrolla en
toda su plenitud la rica vegetación de los trópicos.
Aunque hemos dicho que el terreno es muy quebra-
do y fragoso, la industria de los canarios ha sabido cultivar
todos los puntos donde el hombre se atreve a sentar s u
planta. Valles, montañas y precipicios se ven cubiertos de
verdura, y desde que los torrentes o el viento han sembra-
do algunas capas de tierra sobre la superficie de las rocas,
allí acude la mano del labrador, y, tomando posesión del
terreno, deposita en él su semilla, que el sol hermoso de
las Canarias se encarga luego de fructificar. m
D
Notas
3
( 1 ) Según las últimas observaciones, tiene el Teide d e altura
absoluta sobre el nivel del mar 13.333 pies, y s e le descubre por -
0
m
los navegantes a 90 millas d e distancia. O
4
(2)Navigatio ad terras ignotas. (Basilea 1532.)
-
Palma, Gomera y Hierro.
E
Estas tres pequeñas islas son las más occidentales
del grupo. O
O
Algunos autores han creído encontrar la verdadera
etimología de la palabra Palma, remontándose a las expe-
diciones de los mallorquines en el siglo XIV, durante las
cuales, para recordar la capital de su patria, pudieron muy
bien aquellos navegantes darle el mismo nombre a la isla
que los naturales llamaban Benahoave, es decir, mi país.
Cuenta La Palma 10 leguas de largo, 5 de ancho, 24
de circuito y 50 de superficie.
Una elevada y escabrosa cordillera la divide en dos
partes casi iguales en dirección de N. a S. Sobre esta me-
seta descuellan algunos picos, entre los que se distinguen
el de los Muchachos a 8.416 pies, y el de la Cruz, que es el
más alto de la isla, a 8.459 pies sobre el nivel del mar.
En medio de este sistema de elevadas montañas que
revelan a cada paso su formación geológica, se abre un
inmenso cráter, llamado la Caldera, espantoso abismo que
mide dos leguas de diámetro y 5.000 pies de profundidad.
El fondo de este cráter se halla a 2.257 pies sobre el
Océano, y el circulo de montañas que le rodea consti-
tuye un macizo poderoso que una erupción submarina
de primer orden hizo brotar del seno de los mares ( 1).
Esta escabrosidad del terreno se observa sin interrupción
hasta la orilla del mar, presentando al navegante costas de
difícil acceso. El único puerto frecuentado es la rada que
se abre enfrente de la capital de la isla, y que lleva por
nombre San Miguel de la Palma.
Los principales cabos o promontorios son la punta
de Juan Alby al N., la de Fuencaliente al S., la de Barloven-
to al N.E. y la de Punta Gorda al N.O.
Quince millas al S.O. de Tenerife se descubre la isla
de la Gomera, de figura casi redonda, contando 8 leguas
de E. a O., 6 de N. a S., 24 de circunferencia y 48 de super-
ficie.
El principal fondeadero de la isla se halla en una rada
abierta a los vientos del S.O. al N.E. por el E. y en cuyo
fondo se levanta la villa de San Sebastián.
Los marinos del siglo XIV y XV la visitaban con mu-
cha frecuencia.
El nombre de la Gomera se encuentra unido al de
Colón en todas las expediciones del Almirante a las playas
americanas.
Según las últimas observaciones, no es La Palma sino
el Hierro la mas occidental de las Canarias, siendo al mis-
mo tiempo la más pequeña del grupo, pues sólo tiene 7
leguas de largo, 5 de ancho, 24 de circunferencia y 42 de
superficie.
Masas imponentes de rocas rodean como una cintura
la isla, elevándose rápidamente hasta 6.000 pies sobre el
nivel del Océano. Esta disposición d e la costa hace q u e los
sean escasos, y los fondeaderos inseguros.
Carece d e manantiales, y s u s habitantes conservan
e n aljibes el agua llovediza para s u s diarias necesidades.
En esta isla se elevaba e n otro tiempo el famoso ár-
bol que tanto llamó la atención d e los naturalistas, y cuyas
ramas tenían, según dicen, la propiedad maravillosa d e
absorber los vapores acuosos d e la atmósfera, convirtién-
doles e n agua que destilaba luego por la extremidad d e
sus hojas e n grandes albercas dispuestas al efecto para
recibirla.
Este árbol q u e se cree fuera un tilo, desapareció a
mediados del siglo XVll (2). "
7
D
Por muchos siglos s e ha considerado esta isla como
el primer meridiano, hasta q u e e n estos últimos a ñ o s cada
nación lo ha hecho pasar por s u respectivo observatorio
astronómico.
Notas
( 1 ) Webb y Berthelot. Hist. nat. des IIes Can. T. 2. p. 122.
(2)Véase sobre este árbol una curiosa disertación de Viera
en el t. 1 " p. 140 de sus Noticias.
VI.
Gran Canaria.
La Gran Canaria ocupa, con la d e Tenerife, el centro
del archipiélago a quien d a s u nombre, teniendo al E. el
grupo d e Fuerteventura y Lanzarote con los islotes desier-
tos q u e rodean a esta última isla y al O. la misma Tenerife
y Palma con las d o s más pequeñas d e la Ciomera y Hierro.
Varias son las versiones q u e los diversos autores q u e
se han ocupado d e este asunto presentan sobre s u verda-
dera etimología. Unos, con Núñez d e la Peña, hacen deri-
var el nombre d e Canaria d e d o s hijos d e Noé llamados
Crano y Crana (1): otros, de la palabra canna, que en latín
significa cana, y que recuerda las cañas de azúcar que hu-
bieron en otro tiempo en ella (2).Plinio, copiando u n frag-
mento del Rey Juba, dice que el nombre de Canaria le vie-
ne a esta isla de los numerosos perros que los explorado-
res africanos encontraron en su famosa excursión ( 3 ) ;y
finalmente algunos, apoyándose en Ptolomeo que denomi-
na Caunaria estrema al cabo de Bojador, creen que esta
voz seria una palabra númida, cuya significación se ha per-
dido, y que sirvió luego para designar la primera de las
islas del archipiélago (4).
Sin detenernos a elegir nosotros entre estas opues-
tas opiniones la que pueda parecer mas probable, hare-
mos solamente observar que es la única del grupo que no "
7
ha cambiado jamás de nombre, estando de acuerdo todos E
los historiadores y geógrafos, así antiguos como moder-
nos, en designarla con el de Canaria (5).
3
-
=
Por último indicaremos también que los primitivos m
O
habitantes de la isla le daban el nombre de Tamarán, que 3
en su dialecto significaba, país de los valientes.
Las primeras cartas geográficas en que se encuentra
delineada esta isla, aunque de una manera todavía infor-
me e inexacta, son las venecianas de Picigano, ano de 1367;
-
m
O
la de Andrea Bianco, 1436; la de Beninchosa, 1466; la del
genovés Bartolomeo de Pareto, 1456; las cartas catalanas
de los siglos XIV y XV; y el célebre atlas de Guillaume de
Testu, 1555. n
O
Posteriormente, en 1724, el P. Feuillée, enviado a las
O
Canarias por la Academia de Ciencias de París, trazó en su
obra, que se conserva manuscrita en aquella biblioteca
nacional, los contornos de la Gran Canaria, pero bajo fal-
sos datos. En los mismos defectos incurrió Bellin en 1764.
A estos sabios sucedió Borda que, en 1776, procuró deter-
minar la posición de algunos puntos del litoral, pero sin
obtener u n resultado más satisfactorio.
Poco después, en 1780, u n geógrafo español, Don
Tomás López, publicó en Madrid una carta de la Gran Ca-
naria, más exacta que todas las anteriores, según los da-
tos de un plano inédito del ingeniero Don Manuel Hernández,
que lo había levantado con inspección minuciosa d e las
1ocalidades, e n 1746 (6).
Los Sres. Webb y Berthelot levantaron otro e n 1829,
que acompaña a s u Historia Natural de las Canarias, y
e n el que rectificaron algunos errores d e López.
Finalmente, el teniente Arlett y el capitán V i d a l d e la
Marina Inglesa, han publicado d e orden del almirantazgo
en 1852, entre otros mapas d e estas islas, uno d e la Gran
Canaria, que e s considerado como el mejor y más exacto
que s e conoce hasta el día, si bien contiene muchas in-
exactitudes respecto a la posición d e los pueblos del inte-
rior, dirección d e s u s montañas y curso d e s u s principales
barrancos. m
D
E
Notas 3
( 1 ) Núñez d e la Peña, Antig. d e las Isl. d e G. Can. p. 15. -
(2)Amb. Calepino. Dicc. verb. Canaria p. 236.- Hackluyt O
Part. 2. t. 2" p. 3.
C1
4
(3)Plinio lib. 6 cap. 32.- Viera, Noticias d e Isl. Can. t. 1 . p.
5 1.
(4) W e b b y Bert. Hist. nat. d e s lles Can. t. 2. p. 98.
-
(5)<<Gran
Canaria siempre obtuvo este nombre, porque como
la había criado Dios nuestro señor para cabeza y superior d e las
otras seis islas afortunadas, nunca fue mudable~~.
(Sosa. Topografía
d e (3. Can. p. 8. - 1678.)
(6) Webb y Bert. t. 2". p. 1 0 1 .
VII.
Situación, configuración de sus costas.
La Gran Canaria ocupa una extensión d e 1 2 leguas
d e longitud d e N. a S., 11 d e latitud d e E. a O., 4 8 d e cir-
cunferencia y 132 d e superficie.
Su figura sería casi redonda, si al N.E. no s e le uniera
por medio d e un istmo d e arena una pequeña península
que se denomina la Isleta.
Esta Isleta, que tendrá una legua de diámetro, está
formada por cinco conos de erupción que han vomitado,
en un tiempo antehistórico, torrentes de lava, cuya acción
destructora se puede todavía descubrir en toda su impo-
nente acción sobre las bandas del S. y del O. El punto más
elevado de estos apagados cráteres es el de la Atalaya Vie-
ja, que se levanta a 1.200 pies sobre el nivel del Océano.
Esta Isleta, al unirse con la isla principal por el istmo
de Guanarteme, hace un recodo que constituye el abrigo
del puerto de La Luz. La costa sigue formando luego varias
ondulaciones, casi imperceptibles por en medio de playas
y montecillos de arena, hasta la ciudad de Las Palmas, ca-
pital de la isla, situada a la orilla del mar y en la misma
dirección, a dos millas escasas del citado puerto.
Toda la vasta ensenada que está comprendida desde la
punta de la Isleta hasta los últimos límites de la población,
constituye lo que los marinos llaman la bahía de Las Palmas.
La costa continúa enseguida desarrollándose al S.E.
hasta la punta de Jinámar, y presentando ya playas de fácil
acceso, como las de San Cristóbal y la Laja, ya riscos taja-
dos a plomo como los del Salto del Castellano y la M
a
r
Fea.
Más al S. de esta punta se descubre la de Melenara,
desde la cual puede todavía verse la ciudad y su bahía.
Entre esta punta y la de Gando se abre otra ensenada
que tendrá cuatro o seis millas de extensión, en donde se
fondea al abrigo de los vientos del 1 " y 4" cuadrante. Pero
ninguno de estos surgideros, exceptuando sin embargo el
de Las Palmas, ofrece las ventajas del de Gando. El arqueo
de la costa que forma esta hermosa rada, la extensa playa
de fina arena que se extiende a su frente, y la buena cali-
dad del fondo, le dan la preferencia no sólo sobre la ya
citada de Melenara, sino también sobre las que iremos ahora
indicando hacia esta parte de la costa.
Descendiendo siempre al S.E. encontramos primera-
mente las extensas playas de Arinaga que terminan en la
punta de Tenefe, y, desde aquí, siguiendo la imperceptible
curvatura de la costa, llegaremos a la de Maspalomas, que
es el extremo meridional de la isla.
Torciendo luego al S.O. hallamos la rada de Arguineguín,
y enseguida las escarpadas vertientes q u e se desprenden
d e la cordillera central, y q u e vienen a formar sobre el Océano
murallas d e basalto, cortadas por profundos y
barrancos, d o n d e n o se halla ningún abrigo.
La vista, al fin, p u e d e detenerse s o b r e la e n s e n a d a
d e la Aldea, q u e se abre a la extremidad O. y d e s d e la cual
vuelve a correr la costa siempre escarpada e inaccesible
hasta Agaete o puerto d e las Nieves, d o n d e se encuentra
una playa q u e es frecuentada por los q u e d e s e a n llegar
con prontitud d e Tenerife a Canaria. Por eso se llama e s t a
parte del litoral, primera tierra.
Saliendo del puerto o surgidero d e las Nieves, se ve a
poca distancia la rada d e Sardina, abrigada por la punta de
este nombre, y d e s d e cuya playa se divisa, a d o s millas
tierra adentro, la fértil llanura d o n d e se asienta la villa d e
Gáldar.
Doblando la punta de Sardina, q u e se dirige al N.O., y
siguiendo la costa e n dirección N,, vuelven a descubrirse
grandes rocas y promontorios q u e se lanzan bruscamente
al mar, hasta que, llegando a la célebre montaña de Silva,
principia la costa d e Lairaga, cuyas caprichosas ondulacio-
n e s forman la e n s e n a d a d e los Bañaderos y alguna otra
pequeña rada desabrigada a los vientos del N.O. al N.E.
Desde estas playas se pasa luego al territorio de Arucas
y Tenoya, cuyas montañas vuelven a elevarse perpendicu-
larmente s o b r e el mar, presentando a la vista horribles pre-
cipicios y torrentes de rápido y violento curso.
Dejando enseguida esta parte de la costa, y acercán-
d o n o s de nuevo a la pequeña península de la Isleta, para
cerrar el círculo q u e h e m o s recorrido, encontramos, por
último, la ensenada del Arrecife y el fondeadero del Confital,
situados a m b o s s o b r e la banda del N. d e la misma Isleta, y
q u e sirven d e abrigo a los b u q u e s cuando los vientos del
S. soplan c o n violencia e n la bahía de Las Palmas.
VIII.
Puertos. Radas. Fondeaderos.
Puede decirse con exactitud que en las islas Canarias
no existen verdaderos puertos en la genuina acepción de
esta palabra; los que en ellas se conocen con este nombre
son radas, más o menos abiertas, al abrigo de ciertos vien-
tos, y sujetas a condiciones favorables o adversas, según
la estación reinante o la calidad del fondo que tiene el si-
tio del anclaje.
Entre éstos, que, como hemos dicho, se llaman en el
país puertos, se distingue como uno de los mejores y más
seguros el de La Luz, que forma parte, con otros fondeade-
ros, de la bahía de Las Palmas ( 1 ) .
La importancia de esta rada, como principal surgidero
de la isla, merece una descripción especial.
La bahía de Las Palmas se abre al E., corriendo la
costa de N. a S., en u n espacio de tres o cuatro millas des-
de la extremidad de la Isleta hasta el castillo de San Cristó-
bal.
Puede dividirse esta bahía en cinco fondeaderos dife-
rentes, que se denominan y conocen con los nombres de
Puerto de la Luz, Comedurías, Marisco, Plátanos y la Laja.
El puerto de La Luz es la ensenada que forma la pro-
longación de la lsleta con la curvatura de la costa, que corre
desde el castillo de San Fernando hasta el de Santa Catali-
na. Hállase abierta tan solo a los vientos del E. y S., que sólo
recalan en la estación invernosa, y cuya aparición hay tiem-
po de prevenir haciéndose a la vela para cambiar de ancla-
je, y buscar abrigo a la parte N. de la misma Isleta (2).
El espacio comprendido entre el castillode Santa Catalina
y el muelle de la ciudad, es la parte de la bahía que se
conoce con el nombre de Comedurías. Este fondeadero es
el más frecuentado por su proximidad al punto de desem-
barco, y por la buena calidad de su fondo. Cualquiera que
sea el viento que recale, aunque sea atemporalado, lo que
rara vez sucede, hay la seguridad de poder salir sin temer
ningún siniestro.
Entre el muelle y la enfilación d e la ermita d e San
TelmO, hay un corto espacio donde suelen fondear cerca
d e tierra los pequeños buques d e cabotaje, y q u e lleva el
nombre del marisco.
Llámase plátanos al fondeadero que s e extiende desde
el marisco a la embocadura del Barranco Ciuiniguada, pre-
ferido por algunos buques extranjeros, tal vez por la her-
mosa vista q u e presenta desde allí la ciudad d e Las Palmas
y el valle d e San Roque.
Finalmente, desde este último punto al Castillo d e San
Cristóbal, extremo S. d e la ciudad, s e puede también có-
modamente fondear, aunque por s u distancia al muelle n o
s e a frecuentado nunca este surgidero. m
-E
Al O. d e la Isleta, y a la parte opuesta del istmo d e
Ciuanarteme, s e encuentra una pequeña ensenada llamada 3
del Arrecife, que sirve d e dársena natural, donde se carenan -
con frecuencia los buques del país. La boca d e esta ense-
0
m
O
nada s e halla defendida por una muralla d e rocas arenis- 4
cas q u e velan e n todas mareas, dejando una estrecha en- ;
trada, que e n la pleamar puede calar hasta 9 pies d e agua.
Al N.O., siguiendo la misma costa d e la Isleta, s e ha-
lla el fondeadero del Confital, visitado por los marinos cuando
al S.E. les obliga a abandonar la bahía d e Las Palmas, lo
que sólo sucede e n invierno, y sin que, como ya hemos
dicho, corran los buques ningún peligro al hacer esta ope-
ración.
En general, las radas del N. y 0. son malas e n la bue-
na estación por estar descubiertas a los vientos reinantes,
que generalmente soplan e n el Archipiélago, e s t o es, al
N.E. o brisa, al N. y al N.O. Estas radas son, a d e m á s d e la
del Confital ya mencionada, las d e los Bañaderos, Sardina
(Ciáldar), las Nieves (Agaete), y la Aldea.
Las del S. y E. cuyo mayor número está formado d e
playas anegadizas, s e hallan por el contrario abiertas a los
S.E., q u e son los vientos más temibles e n invierno, aun-
que, como hemos repetido, no suelan recalar todos los años.
Las principales son las q u e s e conocen con los nombres
d e Arguineguín, Maspalomas, Tenefe, Ciando y Melenara.
Notas
(1) ((Porsus recursos; por la pesca que se encuentra en sus
mares; por sus productos, y, sobre todo, por la bahía de Las Palmas,
sin disputa la mejor del archipiélago, la Isla de la Gran Canaria es
reputada, como la mas importante de todas las de este grupo.
(Derrotero de Islas Canarias por Mr. Charles Philippe de Kerhallel,
p. 32).
(2) "Esta ensenada (la de Las Palmas) tiene excelente anclaje
con fondos de arena que desde 10 2/3 brazas escasas van
disminuyendo gradualmente hacia la playa, cerca de la cual se
hallan de 5 a 7 pies largos de agua.,](Kerhallet, Derrotero p. 35.)
IX.
Aspecto orográfico.
L
a Gran Canaria puede considerarse como una enor- -
0
m
me montaña circular, que, escondiendo sus cimientos en O
4
las profundidades del Océano, se levanta majestuosa en
progresivos escalones hasta la extensa explanada que for- n
ma la región de los pinos a 5.000 pies sobre el nivel del
mar, y sobre la cual se destacan todavía algunos picos ais- =
lados, cuyas peladas rocas, cubiertas en el invierno de nieve, m
O
anuncian al navegante su aproximación a la isla.
Colocados en el centro de esta vasta y desigual platafor-
ma, que constituye, por decirlo así, el dorso de la Cumbre o a
n
cordillera central, vemos abrirse en todas direcciones, cual los O
O
radios que parten de un punto, profundas gargantas que, en-
sanchándose poco a poco por entre los desgarrados flancos de
las montarías, van a servir de cauce a los torrentes que, forma-
dos en la estación de las lluvias, llevan s u s aguas al mar.
Diversas son las opiniones en que se han dividido
los geólogos sobre la formación de ésta y de las demás
islas del grupo.
Unos han creído ver en ellas las aisladas crestas de
u n sumergido continente que desapareció entre las con-
vulsiones del Océano, dejando flotar, al fin, sobre sus aguas,
cual los desmantelados mástiles de un buque náufrago,
estas pequeñas y olvidadas islas.
Las Canarias s o n para e s t o s sabios la lápida q u e indi-
ca el lugar d e esa inmensa sepultura, o el jeroglífico q u e
forma el nombre ya olvidado de aquel desconocido conti-
nente.
Otros suponen que, e n tiempos antidiluvianos, debieron
estar unidas al vecino continente d e África, y q u e revolu-
ciones para nosotros ignoradas rompieron luego el lazo q u e
las unían a la Mauritania, q u e d a n d o separadas e n la forma
e n q u e hoy se encuentran. S u s montañas n o s o n para es-
tos geólogos s i n o una ramificación del Atlas.
Entretanto, la moderna ciencia, al observar los tras-
tornos q u e se descubren e n t o d a s direcciones s o b r e s u
quebrantado suelo, los apagados cráteres de s u s numero- "
,
sos volcanes, los torrentes de lava q u e cruzan s u s valles, y E
los nuevos respiraderos q u e de vez e n c u a n d o suelen apa-
recer e n s u superficie, n o d u d a atribuir al solo efecto del 3
fuego subterráneo el origen d e e s t a s islas. S u s montañas, -
e
dicen, revelan por s u configuración geológica q u e han sido
m
O
producto de ascensiones submarinas, efecto d e las terri- 4
bles oscilaciones q u e e n é p o c a s remotas han elevado gra-
dualmente el terreno desde el fondo d e los mares para constituir
el grupo bajo las condiciones físicas e n q u e hoy se n o s
presenta. O
=
m
-
Examinemos ahora la orografía d e la Gran Canaria, y
procuremos hacer comprender la ramificación y aspecto
d e s u s montañas.
-
-
Ya h e m o s dicho q u e d e s d e la orilla del m a r el terreno O
O
se va progresivamente elevando hasta la Cumbre, cordi-
llera central q u e e n dirección del N.E. al S.E. separa la isla
e n d o s partes casi iguales.
Tres s o n los caminos q u e pueden elegirse para d a r
vuelta a la isla: o el q u e c o n d u c e a los cantones del N., o a
los del S., o a los del centro. Elijamos el último.
Si saliendo de Las Palmas, situada sobre la banda oriental
y a orillas del Océano, n o s acercamos directamente a la
Cumbre, encontraremos primero las mesetas de Tafira y
del Lentiscal, sobre las cuales descuella el pico d e Bandama
a 1.722 pies s o b r e el nivel del mar, extraño cráter q u e visi-
tan con curiosidad todos los viajeros y geólogos que se
han detenido en la isla ( 1 ).
Alejándonos siempre de la costa, y siguiendo la rnis-
ma dirección, penetramos por un estrecho desfiladero, q u e
se llama Cuevas d e los frailes, en un extenso y fertilísimo
valle conocido con el nombre de Vega de Santa Brígida, en
cuyo fondo arrastra sus aguas el Guiniguada, en la esta-
ción de las lluvias.
Desde este punto el terreno principia a elevarse con
más rapidez, y el valle, limitado al N. y S. por dos cordille-
ras de montañas, se alza progresivamente en escalones,
formando otros nuevos distritos, que llevan los nombres
de Vega de Enmedio y Vega de San Mateo. m
D
Situados ya aquí, nos hallamos a 2.500 pies sobre el
mar, y la Cumbre se descubre a nuestra vista escondiendo
sus caprichosos picos en las nubes. Entre estos picos se
3
destaca, como uno de los más elevados, el Saucillo, que
-
0
m
mide 5.400 pies de altura absoluta.
O
4
Para llegar a su cima se atraviesa, después de dejar
el pueblo de San Mateo, un hermoso valle llamado de la
Lechuza, cubierto de nogales, castaños y almendros, en-
contrándose luego a mayor elevación otro valle y pago, -
m
conocidos con los nombres de Camaretas y Cuevas gran-
0
des, donde la vegetación es tan lozana y espléndida como
en los valles del centro.
Colocados al fin sobre el Saucillo, en cuya cúspide
se alza una cruz (2), la vista abraza toda la costa oriental
de la isla desde la pequeña península de la Isleta hasta la
punta de Arinaga (3).Las montañas que se desprenden de
la cordillera central, y que van sucesivamente descendien-
do hasta las playas en suaves ondulaciones, dejan ver des-
de aquel punto la dirección paralela de los valles, y el cur-
so de los arroyos que tienen su nacimiento en la Cumbre.
Descúbrense al N. las deliciosas vegas donde se levantan
los pueblos de Arucas, Teror y Moya: al oriente, los lugares
que hemos indicado de Tafira, el Lentiscal, Santa Brígida y
San Mateo; y al mediodía, Telde, Agüimes, Tenteniguada y
Valsequillo; en el fondo del cuadro, el mar, y, por entre
una degollada, la ciudad de Las Palmas con sus torres y su
caserío. El conjunto forma un vasto panorama, que
no cede en hermosura y novedad a cualquiera otro de la
misma naturaleza.
Descendiendo del Saucillo por la parte opuesta, y di-
rigiéndonos al O., subimos a una extensa meseta que cons-
tituye, por decirlo así, el dorso de la Cumbre, y la cual se
halla designada por todos los viajeros y geólogos con el
nombre de Pozos de la nieve. Esta altura, que es, como
acabamos de decir, la culminante, tiene 5.930 pies. A esta
meseta central, nudo de todo el sistema orográfico de la
Gran Canaria, se vienen a unir otras montañas desde las
cuales se domina el valle de Tejeda, situado en el centro "
7
de la isla. Por la parte opuesta, y en medio de un espanto- N
-E
so caos de fragmentos volcánicos, se elevan el Nublo, enorme -
monolito formado de un solo trozo de trachito, y el Bentaiga, 3
célebre en los anales de la conquista. -
-
fl
m
Desde Tejeda principia ya la parte occidental de la O
4
isla, cuyo aspecto es muy diferente del que ofrecen los
distritos del N. y E.
Desde luego podemos hacer la importante observa-
ción siguiente. Las montañas, que en dirección al mar se
alejan de la Cumbre, son más elevadas que las de la banda
oriental; los barrancos tienen mayor profundidad: los pre-
cipicios son más frecuentes y peligrosos: los valles más
escasos; las lomas pierden los suaves contornos que faci-
litan el cultivo, y se convierten en alturas de rápido des-
censo, donde sólo estériles rocas reemplazan a la tierra
vegetal.
Colocados sobre el Nublo, se nos presenta a la vista
la imagen del caos (4).Por todas partes descubrimos desfi-
laderos espantosos, gargantas insondables, y montañas frac-
cionadas por la acción de los volcanes. Entre estas gargan-
tas se cuenta, como una de las más profundas, la que sir-
ve de cauce al barranco de Tejeda, que parece penetrar
hasta el corazón de la isla. Al norte de este abismo, y en
los flancos de una muralla de rocas que domina otro ba-
rranco, se abren las cuevas que forman exclusivamente el
pueblo de Artenara. Extensos y sombríos pinares cubren
todavía algunas montañas, árboles escapados milagrosa-
mente a la acción destructora del hierro y del fuego.
Descendiendo ahora sobre la costa, y acercándonos
al distrito de la Aldea, la cordillera se divide en dos bra-
zos, de los cuales uno cierra el valle por el oriente, y ter-
mina en la Cueva del mediodía, y otro va a formar al N.O.
la meseta de Tirma, cuyas rocas se lanzan al mar haciendo
la costa por aquel lado inabordable.
Escolar, en sus apuntes inéditos, que ya hemos cita-
do, observa muy juiciosamente que el barranco de Tejeda,
cuyo nacimiento está en la Cumbre, después de haber re-
unido sus aguas sobre la meseta que se extiende al pie del
Saucillo, debió abrirse un paso angosto y profundo por entre m
las montañas de la Cueva del mediodía y de la Fuente E
blanca, que fueron en u n principio una sola, como lo ma-
nifiesta la igualdad del nivel a que están los estratos de las 3
diferentes rocas que las forman, y la idéntica naturaleza -
O
de ellos. Rota esta primera valla, tuvo que romper la otra,
m
O
que en una época muy posterior le opusieron las monta- =
ñas volcánicas y escarpadas que son hoy el baluarte en
que el mar se estrella con violenta furia: abierto este nue-
vo paso, las avenidas debieron formar un lago que, subiendo
de nivel, se fue desaguando por los sitios más bajos, y -
O
m
arrastrando en su corriente los terrenos menos sólidos, hasta
abrirse la boca por donde al presente entra en el mar.
Torciendo ahora al N. para volver por esta parte de la
isla a Las Palmas, atravesaremos el valle de Furrel, y, tre-
pando a la meseta de Tirma, de triste recuerdo histórico,
bajamos al barranco del mismo nombre, desde cuyo punto
el sendero se presenta de peligroso tránsito. Dos desfila-
deros, conocidos con los nombres de Risco de las mujeres
y Andenes de Guayedra, abren paso hacia Agaete, cuyo pueblo
se comunica también con los de Artenara y Tejeda por u n
profundo barranco que desagua en el valle, a cuya entrada
se levanta un cono de erupción de época reciente, aun-
que, como todas las de Gran Canaria, desconocida en la
historia.
Desde Agaete se penetra en las populosas villas de
Gáldar, corte de los antiguos reyes de la isla, y de Guía,
situada a poca distancia de ella entre varias montañas ele-
v a d a ~ .
Saliendo de esta villa, y acercándonos al mar, baja-
mos la célebre Cuesta de Silva y entramos en la costa de
Lairaga o de los Bañaderos, cortada por muchos barrancos
que vienen a regar su fertilísima llanura. Alejándonos al
llegar aquí de la costa para internarnos en los distritos de
ArucaS y Moya, ricos en vegetación y bañados por numero-
sas corrientes de agua, atravesamos la famosa montaña
de Doramas, de cuyo bosque se conserva aún un pálido
recuerdo en las Madres de Moya. Preséntase luego el pin-
toresco barranco de la Virgen y, más allá, el pico de Vergara
que domina todos los valles colindantes. Dejando a la de-
recha a Valleseco, y ascendiendo a San José del Álamo,
altura desde la cual se ve por la vez primera el pueblo y m
santuario de Teror, bajamos la cuesta de Las Palmas, y, E
por San Lorenzo o por Tenoya, penetramos en el distrito
de Tamaraceite, desde el cual se descubre bien pronto el
3
Castillo del Rey, centinela avanzado de la capital de la isla, -
0
m
en la cual se entra, siguiendo este camino, por los barrios O
4
del norte.
n
Para completar nuestra descripción, volvamos de nuevo
a la Aldea de San Nicolás, y, torciendo a la izquierda, reco-
rramos los pueblos de las costas del sur. -
m
O
Las montañas que se elevan por esta lado adquieren
una altura muy considerable a poca distancia del litoral, y
vienen a enlazarse por el pinar de Pajonales con la meseta
central de la Cumbre, que ya hemos descrito. n
O
Colocados de nuevo en el Pozo de las Nieves, y diri- O
giéndonos al S.E., se nos presenta de improviso, desde las
alturas llamadas el Pan de azúcar y Corona alta, el in-
menso valle de Tirajana, circo imponente, que es conside-
rado por todos los geólogos como el cráter primitivo de la
isla (5).
Nada más admirable y sorprendente que el espectá-
culo que desde aquellos sitios se ofrece al viajero.
Las montañas, que dan vista al valle por la parte de la
Cumbre, se hallan cortadas a pico y a 3.000 pies de eleva-
ción sobre el nivel de su suelo. Desde esta imponente altu-
ra se desarrolla el distrito de Tirajana en medio de un circo
de dos leguas de diámetro, y rodeado todo de montañas
sobre cuyo fondo, que forma diversas y caprichosas ondu-
laciones, se levantan los pueblos de Tunte y Santa Lucía.
Los caseríos, que en medio de frondosas huertas se
extienden en todas direcciones, así como las esbeltas pal-
mas y los gigantes pinos, aparecen, desde la altura que
domina el cráter, cual pequeños objetos prontos a desapa-
recer bajo las nubes, que, de vez en cuando, como velos
de gasa, dirigen desde la Cumbre su rumbo al mediodía.
Volviendo al O., y siguiendo la costa en-su curvatura
al S., se descubre el solitario pueblo de Mogán, situado a
poca distancia del mar y a orillas de u n barranco. Vése
luego la costa desde la punta de la Degollada a la de Taozo,
cortada por valles profundos y barrancos casi inaccesibles,
hasta que, al acercarnos a Arguineguin, el suelo se nos
presenta más igual, formando un extenso valle, rico en verdor
y lozanía. Desde este punto, las llanuras se suceden sin
interrupción, cortadas a intervalos por arenales, donde se
desarrollan, hasta perderse de vista, las huertas de los dis-
tritos de Maspalomas, Juan Grande, Sardina y Arinaga, en
una extensión de ocho leguas de costa. Mas si dejamos
ahora el litoral, y queremos acercarnos a los pueblos que
se extienden al S.E. de la isla, vuelven a presentarse nue-
vas montañas, desprendidas de la cordillera central, las
cuales es preciso escalar de nuevo para ir sucesivainente
penetrando en los valles de Agüimes y Temisas. Desde este
punto, se ven a la derecha los pequeños pueblos del Carrizal
y del Ingenio, y después de atravesar el agreste barranco
de Silva y las estériles llanuras de Ciando, nos encontra-
mos en el espléndido valle de Telde, que en fertilidad, ri-
queza y hermosura, no cede a ningún otro de las islas.
Desde este populoso distrito se pasa al de Jinámar,
donde se descubren aún profundamente impresas las hue-
llas de una reciente erupción volcánica que, sin embargo,
como las ya citadas de Agaete y de la Isleta, es anterior a
todo recuerdo histórico. De aquí, siguiendo una costa casi
inabordable, se llega de nuevo a Las Palmas, entrando por
los barrios situados al S. de la ciudad.
notas
(1)El célebre Mr. Leopoldo de Buch, hablando de este apagado
cráter, se expresa de este modo: el volcán de Bandama es quizá
e/ más notable de todos los que se observan en la superficie del
@bo: su inmenso cráter es mayor que el del pico de Tenerife, y
recuerda por SU aspecto y profundidad el Lago di Nemi o más
bien el Lago del Albano. Una llanura fértil, cubierta de viñedos
y de árboles frutales, se extiende en el fondo de este abismo. El
extremo más elevado del borde del cráter es conocido con el
nombre de Pico de Bandama. Una casa construida a la orilla del
camino, que serpenteando conduce a la Caldera, se halla a 1.343
pies de altura; el fondo está, pues, a l .O30 pies del borde superior.J j
(phisical. Beschr. der Can. Ins. p. 262.)
D. Francisco Escolar, en sus apuntes inéditos, se expresa
también así, hablando del mismo volcán: <<Esta
caldera o cráter m
-
de figura perfectamente circular, y cuyo diámetro superior será E
de media milla, y el inferior de 450 a 500 varas, tiene de profundidad
=
dos tercios de milla, cuando menos, y se halla a una legua escasa 3
del mar. Esto,junto con las camadas de cantos rodados, embutidos -
-
0
en cal y en zeolita de diferentes especies, que se encuentran desde m
O
la ciudad a Telde y están debajo de las corrientes de lava que 4
salieron de este volcán formidable, y de otros que de él dimanaron *
como el de la Montaña pelada, los de Tapia y Cuevas de los n
-
frailes, prueba que al tiempo de la erupción tenía comunicación
con el mar, que se hallaba a menor distancia que ahora. Se baja -
a esta caldera, cómodamente a caballo, por una vereda que, aunque =
m
O
pendiente, no es muy peligrosa por las diferentes vueltas en que -
está dispuesta. Cuando recobrado el observador del temor y -
admiración que causa el verse metido en este enorme crisol, se -
coloca enmedio de él, lo que más particularmente llama la atención a
es la constante uniformidad con que en derredor de la Caldera
n
-
O
están sobrepuestas, y formando zonas, las diferentes corrientes O
o estratos de lava, cuyas especies pueden reducirse a tres; los de
la de basalto con sus escorias, que forman los bordes y primera
zona de la caldera; los de la de grunsténica, que están inmediatamente
debajo de éstos formando la segunda zona y el tránsito de ellos;
y los de la de porfirina, que forman la tercera zona y toca ya el
fondo del cráter.
(2) No debe confundirse el Saucillo, llamado por algunos
La cruz de los navegantes, con el Roque del Saucillo, que
sólo tiene 4.850 pies y domina el valle de San Mateo. Ambos se
descubren desde Las Palmas.
(3) Webby Berthelot se equivocan cuando afirman que desde
el Saucillo se ve la punta de Tenefe.
(4) Webb y Berthelot. t.2 p. 108.
(5) ((Elpórfido, dice Escolar, es la base de casi todas las
lavas que componen las montañas de la Gran Canaria. Sobre estas
lavas porfirinas están las grunsténicas y, últimanienfe, las basálticas.
Unas pasan por tránsitos insensibles, y todas alterrian con sus
tobas correspondientes, que son, en las basálticas, bancos de
escorias y arenas volcánicas negras muy cargadas de olivino y
olenda córnea basáltica y común; en las grunsténicas, bancos de
piedra pómez, y en las porfirinas, estos rnismos bancos de póriiez,
pero más frecuentemerite una especie de brecha volcánica, cor7ipuesta
de pedacitos de pómez de diferentes colores, algunos de vidrios
volcánicos y muchos cristales de feldespato confusarnerite
aglomerados. Esta toba tiene bastante consistencia: es sonora y
fácil de labrarse, y, por lo mismo, hacen mucho uso de ella los
habitantes de las islas para edificar y para enlozar las calles.
D
La nomenclatura mineralógica de que se sirve Escolar, es
la de Werner. Webb y Berthelot usan la de Brongniart.
A estas noticias geológicas debenios añadir que e11la Fuente 3
blanca y Cueva del mediodía (Aldea de San Nicolás), se encueritra -
jaspe verde oliva, jaspe que pasa a vidrio volcánico, jaspe azul
0
m
verdoso, de color de carne, rojo sanguíneo y rojo pardusco. :
:
4
Vegetación.
Entre las islas que componen este archipiélago, la mejor
a
cultivada es, sin disputa, la Gran Canaria. El insensible declive 8
-
de sus valles, el curso tranquilo de sus barrancos, y la sua-
O
O
ve curvatura de sus montañas, hacen que el terreno sea
más llano, y, por consiguiente, más accesible al cultivo ( 1 1.
Uno de los geólogos y naturalistas más célebres que
han visitado las Canarias, Mr. Leopoldo de Buch, cuyas ex-
ploraciones en esta isla datan de 1815, la dividió en cua-
tro grandes regiones, que forman un cuadro, cuyo exacto
contenido puede verse a continuación.
Primera región. Subtropical o de aspecto africano.
Extensión. Desde las playas hasta 1 .SO0 pies de altu-
ra.
Temperatura media, 17" a 18" R.
Clima, análogo al d e Egipto o Berberís.
Segunda región. Mediterránea o d e cultivo europeo.
~ x t e n s i ó n .
Desde 1.200 hasta 2.500 pies.
Temperatura media, 14" R.
Clima, análogo al del mediodía d e la Francia e Italia
central.
Tercera región. Siempre verde (sempervivente)o d e
los bosques.
Extensión. Desde 2.500 pies a 4.100.
Temperatura media. 11" R.
Clima, análogo al d e la Lombardía.
"
7
E
Cuarta región. Región del Pinar.
Extensión. Desde 4.100 pies hasta 5.900.
3
Temperatura media. 8 " R.
-
0
m
O
Clima, análogo al del N. d e la Francia, Escocia y N. d e 4
Alemania (2). n
Al hacer extensivo este plan a la isla d e Tenerife, como
más elevada, le añadió una quinta región a la q u e dio el
nombre d e la Cumbre o d e las Retamas blancas.
-
m
O
Esta división prueba evidentemente que, bajo el cie-
lo d e las Canarias, s e encuentran los climas más opuestos
del globo, pudiendo considerarse su suelo como un jardín
d e aclimatación, donde pueden florecer las plantas d e los
n
O
trópicos, d e las zonas templadas, y d e las heladas regio-
O
nes del N.
En los tiempos que precedieron a la conquista d e la
isla por los españoles, los bosques habían descendido hasta
las playas. Los valles costaneros, cubiertos de palmas, dragos,
olivos silvestres e higueras, ocupaban una gran extensión
d e terreno, y s e enlazaban, desde las mesetas del Lentiscal
por el E. y d e Arucas por el N., con la frondosa selva d e
Doramas, q u e ocupaba, en un radio d e más d e cuatro le-
guas, los distritos d e Moya, Firgas y Teror.
En las vertientes de la Cumbre, grandes y espesos
pinares de esa especie rara y preciosa, única tal vez en el
mundo, cubrían los flancos de las montañas y diseñaban
su oscura sombra hasta el mismo pie del Nublo, del Bentaiga
y del Saucillo.
La mano asoladora del hombre ha hecho desapare-
cer poco a poco esta frondosa vegetación, orgullo de la
Gran Canaria: los pinos han caído en su mayor parte bajo
el doble impulso del hacha y del fuego, y extensos desier-
tos se encuentran hoy donde la vista se perdía antes entre
el espeso follaje de árboles seculares, cuyas ramas se es-
condían en las nubes.
lgual suerte cupo luego a la selva de Doramas; redu-
cida a dominio particular, cayeron uno tras otro todos sus
hermosos árboles, sin que haya quedado u n solo pliegue
de terreno que conserve una muestra de aquella ex~ibe-
rante vegetación tropical.
Para comprender lo que era entonces el bosque de
Doramas, veamos como lo describe Viera en sus N o t i c i a s ,
publicadas en el último tercio del siglo pasado.
{(Muéstraseallí la naturaleza en toda su simplicidad,
pero en ninguna parte tan rica, tan risuena, ni tan agrada-
ble: el bosque de Doramas parece su obra más exquisita
por la diversidad y espesura de árboles robustos siempre
verdes, muy altos, rectos, fértiles y frondosos; jamás ha
penetrado el sol el laberinto de sus ramas, ni las hiedras,
hivalveras y zarzas se han desprendido de sus troncos; la
gran copia de aguas claras y sumamente frías que, en arro-
yos muy caudalosos, cortan y bañan el terreno por diferen-
tes parajes, especialmente en las que dicen M a d r e s de M o y a ,
conservan un suelo siempre entapizado de hierbas medici-
nales y olorosas; el canto de los pájaros, y el continuado
vuelo de las aves que allí habitan en infinitas tropas, dan
u n aspecto delicioso a toda la selva. Entre en ella una ima-
ginación poética, y se verán por todas partes náyades, dríades
& ". Los paseos dilatados y llanos parecen u n esmero del
arte, y agradan más porque no lo son; hay u n sitio, que los
aldeanos llaman la Catedral, que a la verdad representa
una gran pieza de arquitectura decorada de columnas, ar-
Y bóvedas. Finalmente, toda esta montaña ofrece be-
llos puntos de perspectiva, y si los bosques afortunados
de 10s Campos Elíseos no tuvieron en nuestra isla su asiento,
esta montana es una buena prueba de que le debieron te-
ner.))(3).
U
n siglo antes de este escritor, en 1634, escribía uno
de los Señores Obispos de estas islas, Don Cristóbal de la
cámara y Murga, lo siguiente:
((Es,pues, aquella montana de Oramas de las gran-
diosas cosas de España: muy cerrada de variedad de árbo-
les, que mirarlos a lo alto, casi se pierde la vista, y puestos
a trechos en unas profundidades y unas peñas, que fue
singular obra de Dios criándolos allí. Ay muchos arroyos y
nacimientos de frescas aguas, y están los árboles tan acopados
q u e el mayor sol no baja a la tierra. A mí me espantaba lo
que me decían, y visto de ella lo que pude, dije me avian
dicho poco.))(4).
La proximidad de las Canarias a las regiones tropica-
les les comunica, a su vez, la energía de la zona tórrida y
la frescura de la zona templada (5).En la ciudad de Las
Palmas, situada a orillas del mar, sobre la costa oriental de
la isla, nunca sube el termómetro centígrado de 30°, ni
desciende de 16". Tan suave temperatura puede conside-
rarse como una perpetua primavera: así es que las flores
se suceden sin interrupción, y los árboles no bien se des-
pojan de su hojas, cuando otras nuevas principian a cubrir
SUS ramas.
La feracidad del suelo produce en las costas, donde
la acción del sol es más fecundante, tres cosechas anuales
y a veces hasta cuatro, de modo que se recoge un fruto
para sembrar otro, sin que la tierra descanse un solo ins-
tante en este trabajo reproductor.
La vegetación canaria parece el punto de enlace en-
tre la europea y la americana. Bajo el cielo de las Afortuna-
das, el tránsito de una a otra es insensible. Por eso vemos
crecer, mezclados en sus valles, el naranjo y el banano, la
palma y la higuera, el café y la vid, el tabaco y la morera, el
aguacate, el papayo y el guayabo, con el euforbio, el drago
y el nopal.
Parece, además, que la naturaleza ha favorecido a la
Gran Canaria con una abundancia de aguas que, admira-
blemente distribuidas, llevan el beneficio de su riego a los
valles que se abren en las regiones media y costanera.
Ciento tres heredamientos, o corrientes de agua le-
galmente roturadas, se cuentan en la isla, sin indicar las norias,
pozos y minas abiertas en los barrancos, que aumentan el
caudal de estos manantiales. La nieve nunca desciende de
las altas regiones de la Cumbre; el frío pocas veces hiela sus
plantas y el calor rara vez las quema; brisas empapadas en
la frescura del Océano vienen diariamente a bañar la atmós-
fera, y cuando el sudeste, con el fuego abrasador que ha
recogido al atravesar los desiertos de África, aparece sobre
sus costas, modifica siempre su mortífera influencia al cru-
zar las montañas del Nublo y del Saucillo.
Notas
(1) La Gran Canaria es el granero del archipiélago de las
islas afortunadas (Personal, narrative of travels toth ey~iinoctial
regions.)
- Pareceporsu fertilidad la verdaderaisla afortunada de la antigüedad
(Bory de Saint-Vincent, Essais sur les iles fortunées p. 206).
- La grande Canarie es en general moins elevée que Teneriffe: le
sol est moins tourmenté et plus susceptible de labour, aussi est-íl niieux
cultivé. Si I'on excepte la partie centrale, les talus de I'ile sont plus
accessibles, les ravins plus larges et moins escarpés; les torrens, an
lieu de s'y precipiter en cascades, les parcourent sans fracas, et les
eaux, mieux reparties, viennent facilitar les irrigations. La nature meme
des trachytesa produit d'autres aspects; ces puissantes masses, disposées
en plateau presentent des formes plus arrondies, des pentes rnoins
abruptes, et ce concours de circonstances geognostiques a influé ici
sur les progrés de cultures, l'abondance des ressources alimentaires,
et meme sur les moeurs et la caractére des habitans. (Hist. nat. des
lles Can. par Webb y Berthelot t. 2 p. 345).
(2) Phisical. Beschr. des Can. Insel. Cap. 4".
(3) Viera. Noticias de la hist. gen. de las /.C. t. 1" p. 208.
(4) Constit. sinodales p. 240. Véase sobre el mismo asunto:
Sosa (Topografía de G. Can. p. 9), Abreu Galindo (Conq. de G. Can.
p. 104), Cairasco (Templo militante), y Castillo (Descripción histórica
de Can. p. 193).
(5) Hist. nat. des iles Can. t. 3 p. 3.
Libro Segundo.
Edad antigua y media.
~gipcios,
fenicios, etruscos, marselleses.- Hannon,
sertorio, Juba.- Los árabes.- Expediciones de genoveses:
~ o r i a
y Vivaldi; Angiolino del Teggia.- El Príncipe d e
la Fortuna.-Juan de BethencourL- Conquista de Lanzarote,
~uerteventura,Gomera y Hierro.- Sucesores d e
Bethencourt.- Diego d e Herrera.
Egipcios, fenicios, etruscos, marselleses.
-
0
Cuando los hombres en la infancia de su civilización, m
O
desbordándose de las alturas del Asia, descendieron en 4
opuestas direcciones hacia las riberas del Mar Amarillo y
del Mediterráneo, puede decirse con certeza que el comer- -
cio y la navegación brotaron espontáneamente de aquellos
nacientes pueblos, como una de las primeras necesidades -
m
de su existencia social.
O
Muchos siglos debieron, sin embargo, transcurrir an-
tes que la balsa o el tronco ahuecado del savaje se cam-
biaran en canoa, y ésta, en una nave provista de timón,
velas y remos. Penosas y largas observaciones, infructuo-
sosy repetidos ensayos tuvieron que preceder a aquel momento
afortunado en que el hombre, con la audacia de su genio,
cruzó tranquilo la inmensidad de los mares, sin temer la
inconstancia de los vientos, ni el furor de las tempestades;
por eso, talvez, las primeras expediciones marítimas que
registra la historia han sido inmortalizadas en los cantos
de los poetas, que han visto en ellas el esfuerzo supremo
del valor y de la inteligencia humana.
Las primeras noticias históricas que poseemos sobre
las antiguas Afortunadas se deben a los egipcios. Sus sa-
cerdotes, depositarios exclusivos de la ciencia, conserva-
ban en sus anales el recuerdo de la subversión de una isla,
situada en el mismo paralelo de las Canarias, que desapa-
reció en el fondo de las aguas sin dejar vestigios de su
existencia.
Esta era la famosa Atlántida, objeto de tantas discu-
siones y de tan encontrados comentarios.
Platón, en uno de sus diálogos, dice que u n anciano
sacerdote egipcio, natural de Sais, había revelado a Solón,
y éste a su vez a Critias, abuelo del filósofo, que en el
Océano, más allá de las columnas de Hércules, había exis-
tido una isla llamada Atlántida, de forma cuadrada, de 3.000
estadios de longitud y 2.000 de latitud, en donde el suelo,
las montañas, los árboles, los animales, y, en fin, todas las
producciones, eran de una perfecta hermosura.
Ahora bien, las Canarias, la Madera, las Azores, ¿sc-
rán tal vez fragmentos de esa isla sumergida?
Indudable es que los egipcios y fenicios extendieron
sus excursiones por las costas occidentales del África. Es-
tos viajes, que serían entonces muy raros y expuestos a
grandes peligros, abultados siempre por la imaginación de
los pueblos, dejaron u n recuerdo imperecedero de su exis-
tencia en la fábula de los Campos Elíseos, que Hornero,
Virgilio, Horacio y otros poetas de la antigüedad, coloca-
ron sin duda en las Canarias.
Hacia aquellos tiempos en que Nechao reinaba en Egipto
(610 a. de J.C.), se asegura que los fenicios, saliendo del
Mar Rojo, dieron vuelta al Africa, y entraron al cabo de tres
años por el estrecho de Gibraltar; expedición que se con-
firma con la circunstancia que indica Herodoto de haber
visto el sol a su derecha al avanzar hacia el cabo de Buena
Esperanza, después de pasar el trópico de Capricornio.
De este relato se deduce, desde luego, que, siendo
su sistema de navegación no perder de vista la tierra, cos-
teando siempre en cuanto se lo permitían las corrientes y
los vientos ( l ) , debieron, al cruzar por el canal que separa
las costas de Berbería de las islas de Lanzarote y Fuerteventura,
descubrir esta parte del archipiélago, y descansar en sus
playas después de u n viaje tan dilatado (2).
Entre las naciones que florecían a orillas del Medite-
rráneo, se distinguieron,después de los feniciosy cartagineses,
de que luego hablaremos, los etruscos y marselleses.
conquistadores los primeros de la Italia, y dueños con
sus naves de los mares Tirreno y Adriático, que de ellos
tomaron estos nombres, eran con sus continuas piraterías
el terror de todos los navegantes. Dícese que intentaron ir
más allá del Estrecho y colonizar u n país desconocido, lo
cual prueba que se conservaba siempre vivo el recuerdo de
las islas que poblaban el Atlántico.
Por su parte, Marsella, florecientecolonia de la Fócide,
fundada 600 años antes de J.C., se adelantó también con
sus naves hasta el grande Océano. Piteas, que floreció an-
tes de la época de Alejandro, reconoció las costas de la
España, de la Cialia y del Báltico; y Eutímenes, costeando
el África, llegó a las regiones equinocciales después de
detenerse en las Canarias (3).
De todas estas excursiones no nos quedan noticias
bastante exactas, que puedan servirnos de guía para dedu-
cir el origen y costumbres de los primitivos habitantes de
estas islas, pero debe suponerse que fueron entonces co-
lonizadas, dejando en ellas aquellos pueblos algunos ves-
tigios de su paso.
Notas
( 1 ) Los fenicios construían sus naves casi redondas,
poquísima quilla para poder navegar l o m á s cerca posible d e tierra; O
y con anchas velas, y muchos y grandes remos las hacían bogar
contra el viento. (Cantú, Hist. univ. t. l op. 229.)
(2)Herodoto lib. 4" cap. 42.- Viera. Noticias d e 1. Can. t. 1 "
p. 2 5 1 .-Cantú. Hist. univ. t. 1 " p. 230.
(3)Lelewell-Pytheas d e Marseille-París-1837.
Hannon, Sertorio, Juba.
Sin embargo, entre las naciones que extendieron en
la antigüedad su imperio marítimo por el Mediterráneo, ninguna
igualó en poder y nombradía a la orgullosa república de
Cartago.
Asentada sobre un terreno ingrato, la necesidad obli-
gó a sus hijos a buscar las riquezas y el favor sobre aquel
elemento, que, inconstante y proceloso, se extendía a su
pies. Numerosas escuadras salían continuamente de sus
puertos, que llevaban la fama de su nombre y el terror de
sus armas a las más apartadas regiones que bañaba el m
D
Mediterráneo. N
E
Las islas de Malta y Sicilia sintieron bien pronto la
dureza de su yugo, cabiéndole igual suerte a la España,
3
que era en aquella remota época lo que el Indostán es hoy 1
m
para las naciones europeas.
O
4
La opulenta Gades, centinela avanzado de sus flore-
cientes colonias, era el puerto elegido como punto de par-
tida de sus lejanas expediciones, con las que, costeando
por una parte las costas de Galicia, y doblando el cabo de
Finisterre, se extendían hasta la Islandia y el Báltico, o por
el contrario, siguiendo las costas que ciñen el continente
africano, tocaban en las Canarias y reconocían o doblaban
los cabos de Ciuer y Bojador hasta las apartadas regiones
ecuatoriales.
Entre estas expediciones hay una, cuya relación se
ha conservado hasta nosotros por haberse depositado en
u n templo de donde la copió, aunque inexactamente, u n
griego.
Extractaremos lo más notable que en ella se contie-
ne.
Corría el año 450 a. de J.C. La república de Cartago,
hallándose en el apogeo de su gloria, y deseando extender
su influencia, por esa necesidad de expansión que carac-
teriza a las naciones comerciales, determinó enviar a Hannon
más allá de las Columnas de Hércules, hacia cuyas desco-
~íéronle
a Hannon sesenta naves con 3.000 perso-
nas entre hombres, mujeres y niños, y engolfándose con
ellas en alta mar, después de haber navegado dos días fue-
ra ya del Estrecho, principió a fundar ciudades en las cos-
tas, reconociendo algunas islas cuya descripción hace.
Aunque debe suponerse desde luego que visitó las
canarias, tanto porque debían ser ya conocidas de los
cartagineses, como porque, costeando la Mauritania, era
difícil que no descubriese a Lanzarote o a Fuerteventura,
sus indicaciones son tan oscuras, o el extracto que ha Ile-
gado hasta nosotros tan incompleto, que no podemos se- "
,
-
ñalar con certeza la parte que se refiere al archipiélago -
E
canario ( 1 ) .
3
Pasaron después de esta expedición tres siglos sin -
0
que la historia consignara en sus páginas ningún hecho que m
O
tuviera relación con las Afortunadas, hasta que, por los 4
anos de 82 antes de nuestra era, Sertorio, dueño de la Es- -*
pana, donde sostenía el partido de Mario contra Sila, al
hacerse a la mar en una escuadra, que oponía a la que en
su persecución enviaba el senado, se vio sorprendido por -
m
una tempestad y arrojado sobre unas islas desconocidas
O
del Océano (2).
Sin embargo, Plutarco, en la vida de este mismo ge-
neral, da una versión muy diferente y más verosímil (3). n
O
-
Hallándose Sertorio en Lisboa, dice el biógrafo roma-
O
no, encontróse allí unos marineros lusitanos que le hicie-
ron una seductora descripción de los países que por ca-
sualidad acababan de visitar.
Estas son las palabras de Plutarco:
dos son las islas que hemos encontrado en nuestro
viaje, separadas por un estrecho brazo de mar, y distantes
mil estadios de las costas de África. Llámanse Afortuna-
das, y se hallan bañadas por vientos agradables, y regadas
por lluvias suaves y periódicas: su fecundo suelo provee
abundantemente a las necesidades de su pueblo que pasa
la vida en dulce ociosidad. Nada altera en este clima la
tranquilidad d e la atmósfera; el viento d e l mediodía, a l Ile-
g a r a e s t a s deliciosas c o m a r c a s , se halla modificado p o r el
v a s t o e s p a c i o d e m a r q u e h a recorrido, y, a u n q u e las bri-
sas marítimas a g r u p a n a l g u n a s n u b e s q u e p r o d u c e n esca-
sas lluvias, se h u m e d e c e c o n frecuencia la tierra c o n un
rocío b i e n h e c h o r q u e sirve para s a z o n a r los frutos. Se a s c -
g u r a q u e e s t a s islas s o n los C a m p o s Elíseos, m a n s i ó n d e
las a l m a s b i e n a v e n t u r a d a s q u e h a c e l e b r a d o Honiero e n
s u s versos, y e s t a opinión se h a generalizado h a s t a c n t r c
las n a c i o n e s m á s b á r b a r a s y salvaje s.^^
En e s t a s d o s islas d e los n a v e g a n t e s lusitanos, c r c c -
m o s r e c o n o c e r a Lanzarote y Fuerteventura, a p e s a r d e q u e
a l g u n o s c o m e n t a d o r e s (4)o p i n a n q u e Plutarco se refiere a
la Madera y Porto S a n t o , juicio q u e n o n o s p a r e c e n i ~ i y
ftin-
d a d o .
Pero d e j a n d o e s t a s vagas indicaciones, q u e n o n o s
suministran ningún d a t o a u t é n t i c o s o b r e las Canarias, e x a -
m i n e m o s la Historia natural d e Plinio, e n d o n d e e s t e a u -
tor, c o p i a n d o a o t r o s c u y a s o b r a s se h a n perdido, n o s ha-
bla ya c o n exactitud d e las Afortunadas. Los d a l o s a q t ~ c
n o s referimos s o n los q u e , siguiendo a Statius S e b o s u s y a
J u b a , n o s h a c o n s e r v a d o e n s u curiosa compilación.
Statius, q u e escribió algunos a n o s d e s p u é s d e la muerte
d e Sertorio, indica c l a r a m e n t e la posición d e a l g u n a s islas
siguiendo la c o s t a d e Africa y la dirección del Atlas, a las
q u e llama J u n o n i a , Pluvialia, Capraria, Convallis y Planaria
( 5 ) .
J u b a , rey d e la Mauritania y u n o d e los h o m b r e s m i s
instruidos d e s u é p o c a , d e s e a n d o c o n o c e r las islas q u e se
extendían e n f r e n t e d e s u reino, e n v i ó u n a expedición a las
Afortunadas, e s c r i b i e n d o luego u n a relación d e e s t e viajc
q u e d e s g r a c i a d a m e n t e se h a perdido.
El f r a g m e n t o q u e Plinio n o s h a c o n s e r v a d o d i c e tex-
tualmente, así:
~ ~ H á l l a n s e
s i t u a d a s (las Afortunadas) a p o c a distancia
d e las Purpurinas. La primera se llama O m b r i o s y n o c o n -
s e r v a vestigios d e edificios, cino u n e s t a n q u e e n s u s m o n -
tes; v é n s e e n ella u n o s á r b o l e s a m a n e r a d e férulas, q u e
dan, los de color oscuro, un licor amargo, y los más
blancos, una agua muy grata al paladar. Llámase otra isla Junonia,
y tiene un pequeño oratorio de piedra; inmediata a ella se des-
cubre una d e menores dimensiones y del mismo nombre.
~ ~ c u é n t r a s e
después la isla Capraria, llena d e grandes lagar-
tos. Enfrente de ésta se levanta Nivaria, llamada así por estar
casi siempre nebulosa y cubierta d e nieve.
No lejos de ésta se ve la isla de Canaria, así de-
llominada por la multitud de perros de gran tamaño,
de los que dos fueron llevados a Juba: en esta isla se
descubren vestigios de edificios (6).Todo este archipié-
lago abunda e n frutas, aves, palmas, pinos, miel...; e n s u s
riachuelos crecen los juncos q u e sirven para hacer papel, m
y en s u s mares se encuentran ciertos peces llamados siluros.~) D
Este importante fragmento del célebre naturalista la-
tino, tiene para nosostros un valor inestimable, por s e r la 3
obra m á s antigua donde se encuentra designada por pri- -
e
m
mera vez la isla d e Canaria con el nombre q u e siempre h a O
4
conservado, indicando clara y explícitamente s u verdade-
ra etimología. -
Al examinar las pocas palabras q u e se refieren a esta
isla e n la narración de J u b a , deberemos deducir q u e había
ya e n ella algunas poblaciones, supuesto q u e desde el mar
podían descubrirse. En efecto, la costumbre de construir
oratorios e n la cima de s u s montañas se encuentra confir-
mada por Abreu Galindo y Viera, sin contar con las gran-
d e s aldeas de Telde, Argonez (Agüimes) y Arguineguín, de
q u e n o s hablan Bontier y Leverrier. Estos antiguos cronis-
tas se expresan del m o d o siguiente hablando de la Gran
Canaria: ((Amedia legua de la costa por la parte N.E. se
hallan d o s lugares o aldeas distantes d o s leguas entre sí,
llamado el u n o Telde y el otro Argonez, situados a m b o s a
la orilla d e d o s arroyos d e agua corriente; y a 25 millas de
estos lugares hacia el S.E. se ve otra aldea llamada Arguineguin
(7).
Después de estas breves indicaciones d e Plinio, to-
madas, c o m o ya h e m o s dicho, de las obras de Statius y
Juba, un silencio de diez siglos viene a caer c o m o u n a losa
fúnebre sobre las Canarias.
La invasión de los pueblos del N., la caída del impe-
rio romano, y la ignorancia de los siglos que siguieron a
esta catástrofe, echó un velo impenetrable sobre las Afor-
tunadas, cuyo recuerdo se borró enteramente de la memo-
ria de la Europa.
Notas
( 1 ) Véanse Plinio, lib 2" Cap. 67.- Malte-Brun, Hist. d e la
geog. lib. 4. p. 85.- Heeren, Ideas sobre la política y comercio d e
los Cartagineses.- Campomanes. Periplo d e Hannon ilustrado.- Viera.
t. 1 O. p. 252.
(2)Florus. Hist. rom. lib. 3". cap. 22.
(3)Plut., d e Sert.
(4) Bory d e St. Vincent.
(5)Statius Sebosus apud Plin. lib. 6". cap. 37.
(6)Proximam ei Canariam vocari a multitudine canum ingentis
magnitudinis, e x quibus perducti sunt Juba duo: apparentque ibi
vestigia aedificiorum. Pli. Lib. 6". cap. 32.
(7)Bontier y Leverrir p. 72.
Los árabes.
Dueños los árabes de España desde el año 7 13, ha-
bían fundado el poderoso Califato de Córdoba, donde las
ciencias y las artes, olvidadas en el resto de Europa, vol-
vían a adquirir el brillo que alcanzaron en las repúblicas
de Grecia y Roma.
La industria renacía entre el estrépito de las armas,
el comercio se robustecía, y la navegación, indispensable
en un país cruzado por tantos ríos, y bañado por dos ma-
res, tomaba un incremento que favorecían por su propio
interés las ciudades del litoral.
En efecto, no sólo los árabes tenían que sostener una
lucha continua con la indómita raza española, sino que se
veían en la necesidad de cubrir sus costas de numerosas
para evitar que los normandos, atrevidos pira-
tas que cruzaban el Mar del Norte y s e adelantaban e n s u s
ligeros buques sobre las playas d e la Francia y d e las islas
Británicas, saqueasen también las costas españolas.
Uno d e los capitanes árabes, que mandaba un buque
destinado a defender el litoral d e Portugal y Galicia, supo
por casualidad que, siguiendo la dirección del Atlas, se
encontraban unas islas famosas por la bondad d e s u clima
y la fertilidad d e s u suelo, a las que la antigüedad había
dado el nombre d e Afortunadas.
Deseando reconocerlas, abandonó su crucero, y, di-
rigiendo s u rumbo al África, avistó después d e algunos días
d e navegación, la Gran Canaria, e n cuyo puerto d e Gando m
fondeó a principios d e febrero d e 999 (año 334 d e la Hégi- E
ra).
3
Esta expedición, desconocida a todos nuestros histo- -
riadores, e s la primera relación circunstanciada y auténti-
0
m
O
ca que ha llegado hasta nosotros sobre la Gran Canaria, 4
dándonos una curiosa idea del país y d e s u s habitantes e n
aquella lejana época ( 1).
n
Ben Farroukh, q u e así se llamaba el capitán, después
d e haber dado s u nombre a la rada donde fondeó, desem- -
m
O
barcó al frente d e 130 hombres bien armados y se internó
en el país.
Hallábase por todas partes el suelo cubierto d e una
frondosa vegetación: los montes y los valles presentaban n
0
entonces selvas, cuyos árboles, enlazando estrechamente O
s u s ramas, hacían muy difíciles las comunicaciones.
Algunos arabes, que anteriores naufragios habían Ile-
vado a las costas d e la isla, s e presentaron al saber la Ile-
gada d e los extranjeros, y reconocieron con indecible gozo
a s u s compatriotas. Desde este momento la marcha d e los
arabes no ofreció dificultad. El Rey o Guanarteme, cuyo
nombre era Guanariga y que tenía s u residencia en Gáldar,
sobre la banda septentrional d e la isla, quiso recibirlos e n
su palacio, y Ben Farroukh, festejado por los Guaires o
consejeros del monarca isleño, se presentó a éste para in-
dicarle por medio d e s u s intérpretes que el poderoso cali-
fa Abdelmelec, reinante entonces, le enviaba a solicitar su
alianza y amistad, y a rendir el debido homenaje a s u ge-
nerosidad y valor ( 2 ) .
Tan lisonjera embajada fue recibida por Guanariga con
la más profunda satisfacción. Su palacio se vio instantá-
neamente adornado con palmas y flores, y por su orden se
obsequió a los árabes con ganado, frutas y cebada tostada
(gofio),que constituían toda la riqueza del país.
De Canaria, Ben Farrooukh se dirigió al occidente y
reconoció una isla muy elevada que llamó Ningaria (Tenerife);
otras más pequeña, situada al S. de aquélla y a la que dio
el nombre de Junonia (Ciomera),y más al occidente, otras
dos que denominó Aprositus (Palma)y Hero (Hierro).Cam- m
biando luego el rumbo hacia el oriente, descubrió a Capraria
D
E
(Fuerteventura) y Pluitana (Lanzarote).
-
7
Después de reconocerlas todas, y de verificar en ellas
algunos desembarcos para renovar sus provisiones y agua-
-
0
m
O
da, que se le habían concluido, resolvió Ben Farroukh vol- 4
ver a España, a cuyas costas llegó en mayo del mismo ano
de 999.
n
Por lo que acabamos de referir se comprenderá cuan
interesante es el contenido del manuscrito árabe que he-
mos extractado.
Los nombres antiguos de las siete islas aparecen con
la mayor claridad y precisión, sin dar lugar a comentarios
ni a suposiciones, y las breves noticias que nos da sobre la
Gran Canaria, y que comentaremos al ocuparnos de los
usos y costumbres de los indígenas, son de u n gran valor
histórico en medio de la oscuridad que envuelve tan leja-
na época.
N
o es éste, sin embargo, el único historiador árabe
que parece ocuparse de las Afortunadas: en la conocida
obra del geógrafo de la Nubia, El Edrisi, comentada y
traducida por Mr. Jaubert (3)y por Conde (4), hay algunos
párrafos que se refieren indudablemente a las Canarias,
pero en los que nosotros no encontramos la claridad nece-
saria para deducir del texto árabe ninguna noticia intere-
sante al archipiélago.
Dice literalmente así, siguiendo la traducción de Mr.
jaubert.
,<~xpediciÓn
d e los Maghruinos (año 1016 d e J.C.)),
,,Se reunieron e n número de ocho, todos primos her-
manos, con el objeto d e saber lo q u e encerraba el Océano
y cuáles eran s u s límites; después d e haber construido un
buque d e transporte, embarcaron agua y víveres e n sufi-
ciente cantidad para una navegación d e muchos meses, y
dieron a la vela d e Lisboa, al primer soplo d e viento del E.
D ~ ~ P U ~ S
de navegar durante once días, llegaron a un sitio
cuyas espesas olas exhalaban un olor fétido y ocultaban
numerosos arrecifes, que no se vislumbraban sino débil-
mente: temiendo naufragar, cambiaron la direccíón de s u s m
velas, corrieron hacia el S. otros once días, y llegaron a la E
isla de los carneros, llamada así por el gran número d e
estos animales q u e pacían sin pastor y sin persona q u e los 3
cuidase.1
, -
e
m
((Habiendosaltado a tierra e n esta isla, encontraron O
4
un manantial d e agua corriente e higueras salvajes; cogie-
ron y mataron algunos carneros, pero su carne era tan amarga n
que les fue imposible comerla. Guardaron, sin embargo,
las pieles, y siguieron su navegación otros once días, al =
cabo d e los cuales descubrieron otra isla que parecía habi- m
0
tada y cultivada; acercáronse a reconocerla, y al poco tiempo
se vieron rodeados d e barcas, hechos prisioneros, y con- -
ducidos a un pueblo situado a la orilla del mar. Fueron
enseguida a una casa e n donde vieron unos hombres d e n
alta estatura, d e color moreno y atezado, cabellos n o cres-
o
O
pos, y mujeres d e una rara belleza; en esta casa permane-
cieron tres días; al cuarto vieron llegar a un hombre ha-
blando árabe, que les preguntó quiénes eran, y por qué
habían venido a aquel país. Contáronle los prisioneros s u
aventura, y él les dijo que era intérprete y que nada temie-
sen. Dos días después fueron presentados al rey d e la isla,
que les dirigió las mismas preguntas, a las cuales respon-
dieron como lo habían hecho con el intérprete, esto es,
que s e habían lanzado al mar con el objeto d e saber lo que
podría haber d e singular y curioso, y descubrir su límites.))
((Luegoque el rey les hubo oído, soltó una carcajada
y dijo al intérprete.- Explica a esas gentes que mi padre
habiendo un día ordenado a uno de sus esclavos que se
embarcase y siguiera el mismo rumbo, navegó hasta que
la claridad del cielo le faltó, viéndose obligado a renunciar
a tan vana empresa.- El rey mandó también al intérprete
que asegurase a los Maghruinos que serían tratados con
bondad para que de este modo lo estimasen, y así se eje-
cutó. Volviéronlos luego a su prisión, en donde permane-
cieron hasta que, soplando viento del O., les vendaron los
ojos, les embarcaron en una lancha, y los hicieron bogar
por algún tiempo.>)
((Deeste modo, dicen, pasamos tres días y tres no-
ches, llegando enseguida a un país donde nos desembar- "
7
caron con las manos atadas a la espalda, abandonándonos E
en la playa. Así permanecimos hasta la salida del sol, su-
friendo horriblemente con las ligaduras que nos sujetaban
3
los brazos. En fin oímos voces humanas y grandes carcaja-
-
0
m
das a nuestro alrededor, y llamamos en nuestro auxilio.
O
4
Rompieron entonces aquellas ligaduras y nos dirigieron diversas
preguntas, a las que contestamos refiriéndoles nuestas des- -
gracias. Las personas que nos rodeaban eran bereberes, y
uno de ellos nos dijo: - ¿Sabéis a qué distancia os encon- -
tráis de vuestro país? - Al oír nuestra respuesta negativa
m
O
añadió. - Entre el punto en que os encontráis y vuestra
patria, hay dos meses de camino.- El que entre ellos pare- -
tía ser el jefe, decía continuamente Wasafi! (jay de mí!).
Esta es la causa porque aquel punto se ha llamado Asafi.
O
"
Según los más ilustrados comentadores, las islas que
primero encontraron los Maghruinos debieron ser las Azo-
res, la de los Carneros, la Madera, y la última, donde caye-
ron prisioneros, Lanzarote o Fuerteventura.
Pero ¿no es indudable que los indígenas no conocie-
ron el arte de la navegación? ¿Cómo aseguran alg~inos
au-
tores que descubren la raza canaria en la descripción que
hace el geógrafo árabe de los habitantes de aq~lellaisla?
Cuestiones son éstas de imposible solución, y que
sólo por conjeturas pueden apreciarse; su interés decae,
sin embargo, después de la relación que hemos copiado
Y que d a una idea tan clara y precisa del
&ado d e las Canarias e n el siglo undécimo.
Dejaremos, pues, a los árabes Maghruinos, q u e nada
nos revelan respecto al archipiélago, y echemos una rápi-
da ojeada sobre las expediciones de los genoveses e n los
siglos que precedieron a la conquista.
Notas
(1) El manuscrito original, conservado en la Biblioteca d e
parís, ha sido traducido al francés por Mr. Etienne en 1842.
(2)Ossuna, Comp. d e hist. d e Can. p. 17.- Mr. Etienne m s .
13.
(3)Geog. d e Edrisi.
(4) Compilaciones d e autores árabes.
IV.
Expediciones de genoveses.
Doria y Vivaldi.
Angiolino del Teggia.
Continuando el análisis d e las noticias, que de los
oscuros tiempos d e la Edad Media nos restan relativas a
las Canarias, vamos ahora a ocuparnos d e dos expedicio-
nes muy notables, realizadas por marinos genoveses.
Según lo q u e nos refieren algunos historiadores ita-
lianos ( 1 ), se sabe que, en 1291, dos capitanes genoveses,
llamados Teodorio Doria y Ugolino Vivaldi, emprendieron
un viaje d e exploración a las Canarias, llevando consigo
dos religiosos franciscanos. Pero aunque s e dice q u e toca-
ron e n estas islas, como no volvió a tenerse noticia d e es-
tos atrevidos aventureros, se supone que naufragron so-
bre las costas occidentales del África, perdiéndose con ellos
las noticias adquiridas en su exploración ( 2 ) .
Llegamos ya al ano d e 1341, y a la célebre expedi-
ción que el rey de Portugal, Alfonso IV, encomendó a Angiolino
del Teggia de Corbizzi, ilustre aventurero florentino, viaje
que arroja una gran luz sobre el estado de las islas en el
siglo XIV (3).
El 1 O de julio del citado año, tres carabelas, aprovi-
sionadas convenientemente de orden del rey Alfonso, y tri-
puladas por florentinos, genoveses y castellanos, se die-
ron a la vela de Lisboa con rumbo a las Canarias, llevando
a su bordo caballos, armas y diversas máquinas de guerra.
A los cinco días de navegación aportaron a una de las
islas del grupo, que, según sus cálculos, tenía 140 millas
de circunferencia, y era formada de una masa de piedras
sin cultivo, abundante en cabras y otros animales, y pobla-
da de hombres y mujeres desnudos. Aquí adquirieron grandes
cantidades de pieles y sebo, sin atreverse, sin embargo, a
internarse en el país.
Pasaron enseguida a otra isla (Canaria),donde descu-
brieron una multitud de gente que les salía al encuentro
llenando la playa. Los hombres y las mujeres se presenta-
ban también casi desnudos, viéndose entre ellos algunos
que parecían jefes, vestidos con pieles de cabra, pintadas
de color de azafrán y rojo, muy finas, blandas y artística-
mente cosidas con hilo de tripa. Sus movimientos pare-
cían indicar que obedecían todos a su príncipe, a quien
manifestaban mucho respeto y obediencia. Estos insulares
dieron a entender por señas que deseaban comerciar con
los recién llegados y entrar con ellos en relaciones, pero
cuando las chalupas se acercaron a la playa, los marinos
no pudieron comprender sus palabras, ni se atrevieron a
tomar tierra. Sin embargo, añade el autor de esta relación,
su lenguaje es muy dulce, y la pronunciación viva y preci-
pitada como la de los italianos.
Cuando los isleños conocieron que los extranjeros no
querían desembarcar, intentaron algunos llegar nadando a
los navíos, pero, aunque lo consiguieron, su tentativa les
salió muy cara, pues los portugueses retuvieron cuatro a
bordo, que luego fueron conducidos a Lisboa.
Al costear la isla, observaron que por el N. se hallaba
mejor cultivada que por el S. Vieron además u n gran nú-
mero de casas pequeñas, higueras y otros árboles, palmas
sin fruto, y jardines con coles y legumbres. Decidiéronse
entonces a saltar e n tierra, desembarcando hasta veinti-
cinco tripularios bien armados. Acercáronse a las casas y
encontraron e n una de ellas treinta hombres desnudos, que,
espantados al ver s u s armas, huyeron sin detenerse a las
montañas. Los marineros penetraron e n estas casas aban-
donadas, y descubrieron q u e estaban construidas de pie-
dras cuadradas, unidas con mucho arte y forradas de ma-
dera. Pero, observando q u e muchas habitaciones se halla-
ban cerradas, y queriendo examinarlas, rompieron con piedras
las puertas, violencia q u e irritá mucho a los canarios, cu-
yos gritos d e enojo llegaron hasta la playa. Rotas al fin las
puertas, hallaron excelentes higos secos consevados en cestas
de palma, trigo de un grano grueso y muy blanco, cebada y m
otras semillas, q u e probablemente servirían de alimento a
E
los isleños.
Las casas, c o m o hemos dicho, eran muy hermosas, 3
revestidas de madera e n el interior, y tan aseadas y limpias -
O
m
q u e parecían blanqueadas con yeso. O
4
Entre otras cosas curiosas, hallaron una capilla u ora- *
n
torio donde sólo se veía una estatua esculpida e n piedra,
representando a un hombre con un globo e n la mano. Este
ídolo, q u e estaba desnudo, exceptuando un delantal de -
m
hojas de palma q u e le caía desde la cintura, fue llevado O
por ellos a Lisboa.
La isla les pareció muy poblada y d e esmerado culti-
vo, supuesto q u e producía, c o m o acabamos de decir, tri- n
go, cebada, legumbres, frutas y especialmente higos. O
O
Después de alejarse de la Gran Canaria, descubrie-
ron otras islas q u e fueron Hierro, Palma, Ciomera y Tenerife,
pero sin atreverse a desembarcar, aunque las costas pre-
sentaban un aspecto muy agradable por la frondosidad de
s u arbolado.
Y
a hemos dicho que los expedicionarios se habían apo-
derado de cuatro indígenas canarios, que condujeron a Lisboa
para presentarlos al rey. Eran éstos, jóvenes sin barba y de
hermosa figura; adornábales una especie d e delantal o tonele-
te de hojas d e palma y juncos, como d e una tercia de longitud;
tenían los cabellos muy largos y rubios, y se cubrían con ellos
el rostro y una parte del cuerpo. N o conocían el calzado. Su
estatura era regular, y e n sus robustos miembros se revelaba su
fuerza y agilidad. El lenguaje que usaban no era d e nadie com-
prendido, pero se entendían por signos, manifestando e n todo
una inteligencia muy despejada. Entre los cuatro prisioneros,
había uno a quien miraban con mucho respeto; distinguíase
este jefe de los demás por su tonelete tejido d e hojas d e pal-
ma, mientras s u s compañeros los llevaban de juncos teñidos
de amarillo y rojo. Dulce era s u canto, y sus danzas tenían mu-
cha semejanza con las francesas; alegres y risueños estos insu-
lares, añade el autor del diario, parecían más civilizados y me-
nos salvajes que muchos españoles (4).
Cuando se encontraron prisioneros, comieron higos y pan
sin repugnancia, a pesar d e q u e el pan no le habían probado
antes. Rehusaron, sin embargo, tomar vino, pero bebieron agua
en abundancia. N o conocían el dinero, ni el valor d e los meta-
les preciosos, y s u generosidad eran tan notable, que, cuando
alguno recibía cualquiera cosa d e comida, la partía en trozos
antes de probarla, y la dividía entre s u s compañeros.
Alfonso IV recibió gran placer c o n el resultado d e esta
expedición, y se dispuso a s o s t e n e r con m á s ahinco s u s
pretendidos derechos a las Canarias, c o m o veremos luego
e n el curso d e e s t a historia.
Notas
( 1 ) Petro d'Albano. Conciliat. dissert. LXVII1.- Foglieta. Hist.
Genuens. lib. V.- Petrarca, In vit. solit. lib 2" sect. 6". cap. 3".
(2) Hace poco tiempo que hemos leído en un periódico:
<<Parece
que Mr. Parri, acreditado bibliófilo, empleado en la Biblioteca
d e Turín, ha descubierto el diario manuscrito de los navegantes
Teodorio Doria y Ugolino vi val di'^.
(3)Este viaje desconocido a todos nuestros historiadores,
ha sido extractado d e un manuscrito autógrafo d e Bocaccio, que
s e conservaba en la biblioteca d e los Magliabechi de Florencia, y
publicado e n 1827 con notas y aclaraciones por Mr. Sebastian
Ciampi. Los Sres. Webby Berthelot, e n s u Hist. Nat. des iles Can.,
ilustran este pasaje, t. 1 O . p. 23 y siguientes.
(4) ... ridentes sunt et alacres, et satis domestici, ultra quarn
sint multi e x Hispanis.
El Príncipe de la Fortuna.
La expedición que acabamos de referir indica que el
archipiélago era bastante conocido entre las naciones ma-
rítimas de Europa, y que se codiciaba ya su posesión.
Pero entretanto, y casi en la misma época (1344),el
papa Clemente VI disponía soberanamente de las siete is-
las en uso de las facultades que se les atribuía a los pontí-
fices sobre todos los países del globo.
Había en Francia un príncipe, nieto de reyes, que desaba
ceñir su cabeza con una corona soberana, y, llevando la
fama a sus oídos las noticias más favorables sobre las Afor-
tunadas, determinó solicitar su investidura, obligándose a
conquistarlas y reconociéndose feudatario de la Santa Sede.
Era éste el príncipe don Luis de la Cerda, conde de
Clermont, biznieto de don Alfonso El Sabio de Castilla y de
san Luis, rey de Francia.
Residía entonces la corte romana en Avinón, y allí fue
donde, después de un consistorio público, celebrado al efecto,
fueron las islas Canarias erigidas en reino y proclamado
don Luis de la Cerda príncipe soberano de ellas, a condi-
ción de reconocerse vasallo del Sumo Pontífice y pagar anual-
mente cuatrocientos florines de oro bueno y puro con el
peso y cuno de Florencia.
La bula llevaba la fecha del 15 de noviembre de 1344,
y en ella hacía el Papa donación de las islas Canaria, Ningaria,
Pluviaria, Capraria, Junonia, Embronea, Atlántica, Hespérida,
Cernent, Górgonas y la Goleta ( 1 ).
Para solemnizar tan curiosa ceremonia, el nuevo Rey
de las Afortunadas, con cetro y corona, recorrió las calles
principales de Avinón al frente de una lujosa cabalgata (2).
Pero, ¿qué resultado obtuvo en su arriesgada empresa? Después
de muchas contradicciones y obstáculos, pudo al fin ar-
mar tres carabelas con alguna gente de guerra, y, con ellas,
salir al mar desde el puerto de Cádiz en abril de 1345.
Diose a la vela, dirigiendo su rumbo al S.E. con el fin
de no perder de vista el continente africano, pero esta na-
vegación, e n vez de ofrecerle m e n o s dificultades, le pro-
d u j o tantos contratiempos, q u e , p o r Último, tuvo q u e re-
nunciar a s u e m p r e s a sin llegar a pisar nunca el s u e l o d e
las Canarias.
Entretanto, uno de sus capitanes, llamado Álvaro Guerra,
q u e m a n d a b a la mayor d e las carabelas, despreciando los
temporales, escollos y corriente q u e habían detenido al
príncipe, continuó navegando e n d e m a n d a del archipiéla-
go, hasta abordar por fin a u n a isla, cercana a la costa d e
África, a quien dio el n o m b r e d e Isla del Infante (3).
Álvaro Guerra d e s e m b a r c ó al punto, tomando pose-
sión, con las fórmulas d e costumbre, de aquella isla y d e
t o d a s las q u e e s t a b a n comprendidas e n un radio d e cien
leguas.
Encontró allí a algunos españoles, restos d e antiguas
expediciones o d e anteriores naufragios, q u e le sirvieron
d e intérpretes con los naturales. Pero, a pesar d e los bue-
n o s auspicios con q u e dio principio la colonia, es lo cierto
q u e la carabela volvió a España con t o d o s los expediciona-
rios, muy descontentos d e n o hallar e n las Afortunadas las
riquezas q u e s u m i s m o n o m b r e parecía ofrecerles (4).
El Príncipe d e la Fortuna, c o m o llamaban d e s p u é s d e
s u coronación al infante d o n Luis, informado sin d u d a por
Álvaro Guerra d e las pocas ventajas q u e ofrecía s u prome-
tido reino, o tal vez, c o m o cree u n o d e nuestros historia-
dores, d e s e o s o de prestar s u ayuda a la Francia, invadida
e n t o n c e s por los ingleses, olvidó bien pronto s u e m p r e s a y
murió e n Europa, sin pisar j a m á s las islas, ni acordarse
repetir estas expediciones, q u e hubieran podido darle nuevas
luces s o b r e u n o s países que, según el d e r e c h o público eu-
ropeo, le pertenecían exclusivamente.
Después d e e s t a expedición del Infante, n o s dicen
nuestros cronistas q u e , e n 1360, salieron d e los puertos
d e Mallorca d o s b u q u e s con dirección a Canaria, sin d u d a
con el intento d e cambiar algunos avalorios por ciertos
productos indígenas muy apreciados e n Europa.
Los mallorquines fondearon e n Gando, puerto situa-
d o entre Telde y Agüimes, y, sin el m e n o r recelo, d e s e m -
barcaron, internándose e n el país; pero los canarios, rece-
losos ya d e las intenciones con q u e les visitaban los euro-
peos, cayeron sobre los expedicionarios, aprisionándolos
a todos. Los pocos q u e habían quedado en los navíos se
alejaron d e la costa, sin q u e volviera e n lo sucesivo a te-
nerse noticia d e ellos.
En tanto, los mallorquines prisioneros, deseando captarse
la voluntad d e los canarios, les enseñaron a labrar la ma-
dera, construir casas, y abrir cuevas más espaciosas y có-
modas q u e las q u e hasta entonces les habían servido d e
habitación; al mismo tiempo, cinco frailes d e la Orden d e
San Francisco, prisioneros también, principiaron a sembrar
las primeras semillas del evangelio, encontrando e n la in- "
7
teligencia y docilidad d e los isleños discípulos respetuo-
E
s o s y obedientes. En prueba d e los rápidos progresos del
cristianismo e n la Gran Canaria, podemos citar el hecho, 3
que refiere Abreu Galindo, d e haberse construido d o s er- -
mitas d e piedra, una en los arenales del puerto d e La Luz,
0
m
O
bajo la advocación d e Santa Catalina, y otra e n Agaete con 4
el nombre d e San Nicolás (5). -
Esta buena armonía no duró, sin embargo, largos años;
causas q u e no son fáciles d e indicar con seguridad, pero
q u e no debieron ser muy favorables a los mallorquines,
determinaron a los canarios a exterminarlos e n un solo día
(6).
Verificáronlo así, sin grande obstáculo, despenando
a los frailes, como muerte más honrosa, por la sima d e
Jinámar, famosa caverna q u e se encuentra e n el distrito
d e este nombre, y cuya profundidad nadie ha podido toda-
vía sondear.
El mal éxito d e estas expediciones no desalentó a los
españoles y portugueses, ni les impuso temor alguno; el
espíritu aventurero, q u e bien pronto había d e llevarles a
descubrir nuevos mundos, infundió e n s u s pechos el de-
s e o d e extender la fama d e su nombre y la fe d e s u s mayo-
res.
En septiembre d e 1369 nos encontramos con una bula
del Papa Urbano V, dirigida a los obispos d e Barcelona y
Tortosa, a fin d e q u e permitieran y aceleraran la marcha
de algunos misioneros que deseaban con instancia ir a predicar
el evangelio a la Gran Canaria.
En 1377, Martin Ruiz de Avendaño, noble vizcaíno,
aporta a Lanzarote y es recibido con afectuoso interés por
aquellos naturales (7).
En 1382, una tempestad arroja sobre las costas de la
Gran Canaria, un buque mandado por Francisco López, sal-
vándose del naufragio trece españoles, que fueron hechos
prisioneros por los isleños. El Guanarteme, a quien fueron
presentados, ordenó que se les tratase como amigos, man-
dando bajo las más severas penas a todos sus vasallos que
nadie fuera osado a agraviarles. Así vivieron muchos años,
contribuyendo con sus conocimientos a suavizar las cos-
tumbres de aquellos insulares, hasta que, en 1399, una ar-
mada de vizcaínos y andaluces, al mando de Gonzalo Peraza
Martel, se presentó sobre las costas de la isla y saqueó cuanto
encontró a su paso; consecuencia de esta invasión fue la
desconfianza con que principaron los canarios a mirar a los
mallorquines, suponiéndoles espías de los españoles, y la
cruel resolución que adoptaron de ahogarlos a todos en el
mar, haciendo sufrir la misma suerte a siete prisioneros que
habían caído en su poder en las últimas refriegas (8).De
este modo, aquellas inocentes víctimas pagaron con su vida
las feroces correrías de los aventureros europeos, que, cual
aves de rapiña, se lanzaban a intervalos sobre las abiertas
costas del archipiélago, para saciar s u sed de oro, vendien-
do por esclavos en Europa a todos su habitantes sin distin-
ción de edad, clase ni sexo (9).
Notas
( 1 ) Fleury. Hist. eccles. t. 20.- Viera, t. 1 ". p. 270.
(2)Petrarca. De vit. solit. liv. 2". trat. 6". cap. 3": Mariana.
Hist. d e Esp. lib. 16. cap. 14.
(3)Es probable que fuera Lanzarote.
(4) Esta relación s e halla tomada d e unos manuscritos
descubiertos recientemente en la Biblioteca del Escorial.- Véanse
los citados mss. que llevan el nombre d e Diego Ordóñez, cuad"
4" año d e 1530, y a Ossuna, Comp. d e la hist. de Can. p. 28.
(5)Abreu Galindo. Conq. d e Can. p. 22.
(6)<<Es
menester sospechar que los vicios de aquellos cristianos
fueron mayores que sus virtudes. 11 Viera. t. 1 O. p. 275.
(7) Oigamos a Viera: donzamas reinaba e n Lanzarote por
10saños de 1377, cuando arribó a la isla, azotada de una borrasca,
cierta embarcación española a cargo d e Martín Ruiz de Avendaño.
LOS naturales le recibieron con una afabilidad y un agrado que n o
tenía nada de grosería, pues le hicieron muchos presentes d e
ganado, leche, queso, conchas y pieles. El mismo rey, n o sólo
quiso que se hospedase en su palacio, que era un castillo construido
de piedras de una magnitud portentosa, sino que viviese familiarmente
con la reina Faina, su mujer. Faina tenía buena figura, Martín Ruiz
era joven, galán, extranjero y n o estaba vestido de pieles. Véase
aquí por qué a los nueve meses de s u regreso a España dio a luz
la reina de Lanzarote una niña blanca y rubia, que s e llamó Ico, y
quien todos negaban en secreto el epíteto de Guaire o noble, m
reputándola por extranjera. 11 Hist. d e Can. t. 1 O
. p. 191.
D
Véase también Abreu Galindo. p. 34, de donde Viera toma
esta noticia. 3
(8)Castillo. Descrip. d e Can. p. 17. -
O
m
(9)Los pormenores de este suceso han llegado hasta nosotros O
en un testamento escrito por uno d e estos mismos españoles. 4
Castillo p. 30. n
VI.
Juan de Bethencourt.
n
Principiaba apenas el siglo XV, ese siglo portentoso -
O
que abrió un nuevo período a la humanidad con la apari-
O
ción d e la imprenta y el descubrimiento del Nuevo Mundo,
cuando e n un oscuro pueblo d e Normandía, un noble ba-
rón, chambelán d e Carlos VI, animado del espíritu d e s u
época, quiso emprender la conquista d e las islas Canarias,
cuya fama había llegado hasta la Francia.
Era este caballero el senor Juan d e Bethencourt, ba-
rón d e Saint Martin-le-Gaillard e n el condado d e Eu, senor
d e Bethencourt, d e Grainville-la-Teinturiere, d e Saint Sere,
d e Lincourt, d e Riville, del Grand Quesnay &".
Decidido a emprender tan extraña conquista, s e des-
pidió d e su familia, y, dirigiéndose a la Rochela, se asoció
allí con otro noble aventurero, llamado Gadifer de a Salle,
y juntos equiparon un buque con más de doscientos hom-
bres de armas, haciéndose a la vela el 1 " de mayo de 1402.
Después de algunas vicisitudes llegaron todos a Cádiz,
donde, a consecuencia de una denuncia presentada por
varios comerciantes españoles, aprisionaron a Bethencourt,
creyéndole pirata, y le condujeron a las cárceles de Sevi-
lla.
Puesta allí en claro su inocencia, se hizo de nuevo a
la vela, no sin haber tenido antes el disgusto de verse aban-
donado de la mayor parte de los aventureros, que, temien-
do ir a morir a lejanas tierras, sin otra recompensa que u n
mezquino sueldo, y divididos en bandos por ciertas des-
avenencias que habían estallado a bordo, se quedaron en
España.
A los nueve días de una navegación feliz, los normandos
descubrieron la Alegranza, islote desierto al este del archi-
piélago, que, en señal de regocijo, llamaron Joyeuse, y,
pocas horas después, desembarcaron en Lanzarote.
Contábanse entonces los primeros días de julio de 1402.
Ciuadarfia, que así se llamaba el rey de Lanzarote,
vino a recibir a sus huéspedes con señales de afectuosa
amistad, y, entre fiestas y regocijos, pasaron juntos algu-
nos días. Enseguida se dispuso edificar u n castillo, al que
dieron el nombre de Rubicón, y por consejo de Gadifer se
hizo una excursión a la isla vecina de Fuerteventura.
Después de estos sucesos, habiendo surgido nuevas
disidencias entre losjefes y soldados normandos, Bethencourt
determinó regresar a España y solicitar la protección y ayu-
da de Enrique 111 de Castilla, para de este modo obtener
con más seguridad el fin que se había propuesto.
Bertin de Berneval, que durante la ausencia de
Bethencourt debía ejercer en la colonia el cargo de lugar-
teniente, se malquistó con Gadifer y con los naturales del
país, fomentando entre estos últimos la guerra, y apode-
rándose por engaño de sus personas para venderlos luego
como esclavos a varios marineros españoles que en un pequeno
buque acababan de aportar a la Graciosa.
Contábase entre los prisioneros a Guadarfia, rey como
hemos dicho d e Lanzarote, el cual, viéndose reducido a
tan miserable estado, logró romper s u s ligaduras, y esca-
parse d e las manos d e s u s cobardes enemigos.
El traidor Bertin, firme e n s u odioso propósito, se hizo
a la vela con veintidós isleños prisioneros, de-
jando el país sublevado y arruinada la colonia.
Abandonado a s u s escasos recursos, Gadifer d e la Salle
consiguió, sin embargo, mantener el orden y la disciplina
entre los pocos europeos que aún le quedaban e n Lanzarote,
y con el fin d e poder con más seguridad dominar a los
isleños procuró dividirlos. Tal fue el objeto con q u e dio
oídos a las proposiciones que le hizo uno d e s u s principa-
lesjefes llamado Asche, para entregarle prisionero a Quadarfia.
Pero el astuto isleño, si bien cumplió s u palabra, fue
para engañar mejor a los franceses, y conseguir, en un momento
oportuno y d e antemano señalado, degollar a todos los q u e
componían la colonia.
Los celos d e los isleños y s u s divisiones interiores
salvaron esta vez a los normandos; Guadarfia pudo d e nuevo
vencer a s u s rebeldes súbditos, y, aprisionando a Asche,
le hizo morir apedreado, mandando quemar luego s u cadá-
ver.
Bethencourt, mientras esto sucedía, s e había presen-
tado e n la corte d e Enrique 111, q u e entonces reinaba e n
Castilla, y, declarándose s u feudatario, solicitó d e aquel
monarca los recursos necesarios para continuar s u princi-
piada empresa.
Enrique le recibió con cariño y aceptó benévolamente
su ofrecimiento, ordenando equipar un buque, q u e d e s d e
luego s e dirigiese a Lanzarote, y proporcionándole otros
auxilios d e hombres, armas, víveres y dinero, con los cua-
les Bethencourt pudo regresar a s u colonia, llevando una
pequeña pero lucida compañía, como dicen s u s cronistas
( 1 ) .
La llegada sucesiva d e estos refuerzos, y principal-
mente la d e Bethencourt, q u e era muy apreciado d e los
insulares por s u rectitud y justicia, hizo tal impresión e n
Guadarfia y e n todos s u s vasallos, q u e resolvieron presen-
tarse e n Rubicón, y pedir sin tardanza el bautismo. Hiciéronlo
así con gran contentamiento d e Bethencourt y Gadifer, q u e
se apresuraron a señalar el día para tan solemne ceremo-
nia. Fue é s t e el primero d e cuaresma del a ñ o d e gracia d e
1404, y Guadarfia, llevado con gran pompa a la iglesia,
cambió e n aquel m o m e n t o s u nombre por el d e Luis, imi-
tandole e n los días siguientes todos los isleños.
De e s t e m o d o q u e d ó e n d o s a ñ o s sometida la isla d e
Lanzarote a la fe cristiana, y a los usos, costumbres y civi-
lización de la vieja Europa (2).
Notas
( 1 ) Bontier y Leverrier. Chap. X L V.
(2)Es digno d e leerse el curioso catecismo que s e escribió
entonces por los capellanes d e Bethencourt para instrucción de
los neófitos isleños. Véase la crónica d e Bontiery Leverrier desde
el cap. 47 hasta el 52.
VII.
Conquista de Fuerteventura,
Gomera y Hierro.
El homenaje prestado por Bethencourt al rey d e Castilla,
n o había sido bien recibido por s u asociado Gadifer d e la
Salle, d e m o d o q u e e s t e motivo, unido al papel secundario
q u e se veía obligado a representar e n la colonia, fue c a u s a
d e q u e estallasen entre a m b o s serias disensiones, q u e en-
torpecieron por algún tiempo los progresos d e la conquis-
ta.
Por fin, n o pudiendo ponerse de acuerdo respecto d e
s u s mutuas pretensiones, resolvieron trasladarse a Espa-
ña, y ventilar s u s derechos a n t e el mismo rey d e Castilla.
Con e s t e objeto se embarcaron e n dos diferentes naves, y,
llegando casi al mismo tiempo a la Península, se dirigieron
a la Corte, q u e e s t a b a entonces e n Sevilla.
Poco tardó e n convencerse Gadifer q u e todo el favor
d e Enrique era para s u rival, y así, pretextando el abando-
no e n q u e tenía s u s intereses, manifestó deseos d e retirar-
se a Francia, c o m o lo verificó luego, sin q u e d e s d e enton-
ces volviera a ocuparse nunca d e las islas.
Libre Bethencourt d e s u incómodo consocio, retornó con
refuerzos a Lanzarote y emprendió seriamente la rendición de
Fuerteventura, o de Herbania, como entonces se llamaba.
Al intento levantó varias fortalezas d e s d e las cuales
hacía excursiones e n el país, talándole e n todas direccio-
nes, llevándose el ganado a Lanzarote y haciendo prisione-
ros a los isleños, a quienes procuraba dar el mejor trato,
para q u e d e e s t e m o d o cundiese al mismo tiempo la fama
d e s u fuerza y d e s u bondad.
N o le salió inútil s u estratagema, porque, viendo los
d o s reyes q u e entonces se dividían la isla la inferioridad
d e s u s armas, y convencidos d e q u e aquellos extranjeros
les prometían un gobierno benéfico y paternal, enviaron
una embajada a Bethencourt, ofreciéndole s u sumisión y
manifestándole s u d e s e o d e abrazar la fe cristiana.
Aceptada c o n vivo entusiasmo una proposición q u e
ponía término a la conquista, se presentaron sucesivamente
los d o s reyes e n el campamento, seguidos d e s u s principa-
les vasallos, y todos recibieron el bautismo con grande aplauso
de Bethencourt y de s u s compañeros de armas.
Sucedía e s t o e n e n e r o d e 1405.
A los pocos días d e este venturoso suceso, Bethencourt
resolvió volver a Francia, c o m o lo verificó: y allí, con el
auxilio de s u s parientes y amigos, p u d o reunir bien pronto
una brillante comitiva d e hidalgos, soldados, artesanos y
labradores, e n t r e los cuales, algunos casados llevaban a
s u s mujeres, y el 9 d e mayo del mismo a n o salió d e la
Rochela con r u m b o a las Canarias.
En e s t e s e g u n d o viaje tuvo también una navegación
feliz, y las d o s naves con los colonos normandos fondea-
ron e n Lanzarote, e n cuyas playas hizo Bethencourt s u en-
trada triunfal al sonido, desconocido para aquellos insula-
res, d e tambores, flautas, arpas, rabeles y bocinas.
Grande fue el respeto y veneración q u e infundió e n
todos el aparato bélico y deslumbrador de q u e su nuevo
rey estaba rodeado, y oyóseles decir, llenos d e asombro,
q u e si desde el principio se hubieran presentado los con-
quistadores con aquella magnificencia, muy luego hubie-
ran quedado todos sometidos.
Al día siguiente, Bethencourt se trasladó a Fuerteventura,
d o n d e dio a s u s principales jefes un gran convite, al q u e
asistieron también los d o s reyes de la isla. Durante estos
festejos se dispuso hacer una excursión por todo el archi-
piélago con el objeto de reconocer mejor s u s puertos y
fondeaderos, y el número aproximado de s u s habitantes.
Dirigíase principalmente la expedición a la Gran Canaria,
q u e era el blanco de la ambición del barón normando, si
bien comprendía q u e le era imposible abrigar ninguna idea
de conquista c o n las tropas de q u e entonces podía dispo-
ner.
La escuadra, compuesta d e tres naves a cuyo bordo
iban las mejores tropas francesas y españolas, se hizo a la
vela el 6 de octubre de 1405, y, d e s p u é s de haber sufrido
d o s furiosas borrascas, q u e la obligó a separarse e n dife-
rentes direcciones, pudo al fin dar fondo e n el puerto d e
Arguineguín, s o b r e la costa S. de la Gran Canaria. Allí deci-
dieron los jefes hacer una entrada e n el país, desembar-
c a n d o e n número d e cuarenta y uno, pero los canarios,
mandados por s u Guanarteme Artemi Semidán, les ataca-
ron con tanta furia q u e los desbarataron completamente,
matándoles los principales oficiales y veinticinco soldados,
y apoderándose de una de las d o s lanchas e n q u e habían
verificado el desembarco. En este combate desgraciado mu-
rieron Juan le Courtois, lugarteniente de Bethencourt, Aníbal,
bastardo d e Gadifer, y otros muchos esforzados y valientes
capitanes.
Desde esta memorable jornada adquirió la isla el so-
brenombre d e Grande, q u e le dieron s u s propios enemi-
gos, puesto q u e se asegura q u e Bethencourt, siempre q u e
de ella se acordaba, la llamaba con respeto la Gran Cana-
ria ( 1 ) .
A pesar d e la sensible pérdida sufrida por este desca-
labro, s u jefe, n o cejando e n s u empresa, dirigió el rumbo
a La Palma, e n cuyas aguas encontró la tercera d e s u s em-
barcaciones, conducida a aquellas costas por la tempes-
tad.
Después d e seis semanas d e inútiles correrías, e n las
que, d e una y otra parte, perdieron algunos hombres, de-
terminaron los aventureros retirarse a la Gomera, cuya con-
quista les parecía m á s fácil.
En efecto, n o bien s e presentaron ante aquellos natu-
rales, cuando todos s e sometieron sin resistencia, casi
contentos, porque d e este modo ponían un término a s u s
discordias intestinas. m
D
Lo mismo sucedió e n el Hierro, a cuya isla se trasla- E
dó enseguida Bethencourt, pues Armiche, que entonces reinaba 3
e n la isla, creyendo e n la buena fe y honradez d e los con- -
quistadores, n o vaciló e n rendirse sin oponer tampoco la
-
0
m
menor resistencia.
O
4
En pago d e esta sumisión voluntaria, fueron él y to- n
d o s los suyos vendidos como esclavos, y el país dividido
entre los conquistadores.
-
Concluida esta hazaña, propia sólo d e aquellos siglos
m
O
bárbaros, Bethencourt dejó e n estas islas una guarnición
suficiente para conservar e n ellas la tranquilidad, y volvió
inmediatamente a Fuerteventura, satisfecho d e haber en-
sanchado un poco los límites d e s u apartado reino. n
O
O
Notas
( 1 ) Abreu Galindo. lib. 1 O. cap. 14.- Viera, t. 1 O. p. 352.
VIII.
Sucesores de Bethencourt.
Conquistadas las cuatro islas d e Lanzarote, Fuerteventura,
Hierro y Gomera, Bethencourt determinó retornar a Euro-
pa, nombrando por lugarteniente a s u primo Maciot, q u e le
había acompañado e n su última expedición.
Antes d e emprender e s t e viaje, quiso visitar escrupu-
losamente el país conquistado, oyendo con benevolencia
a todos s u s súbditos, reparando agravios y haciendo donaciones
a los q u e , con justo título, las solicitaban. Nombró para la
administración de justicia un ayuntamiento compuesto d e
los principales personajes d e la colonia, así e n Lanzarote
c o m o e n Fuerteventura, y ordenó varias obras d e pública
utilidad, q u e costeó él mismo con las rentas q u e le corres-
pondían c o m o soberano.
Su partida produjo e n todos m u c h o sentimiento, por-
q u e reconocían e n s u carácter un fondo de rectitud y d e
justicia, q u e a p e n a s conseguían oscurecer las bárbaras
costumbres d e la época.
De vuelta a Europa, solicitó y obtuvo del Papa lnocencio
VII, una bula erigiendo las islas e n obispado, y nombrando
por s u primer pastor a D. Alberto de las Casas, natural d e
Sevilla y pariente del mismo Bethencourt ( 1 ) .
Después d e e s t a concesión, q u e le llenó d e piadoso
jubilo, se retiró a s u s dominios d e Normandía, d o n d e per-
maneció hasta 1425, a ñ o de s u muerte, sin q u e volviera,
a u n q u e lo deseó, a pisar el suelo de las Canarias (2).
Y
a h e m o s dicho q u e Maciot había q u e d a d o investido
del cargo d e gobernador d e las cuatro islas, con omnímodas
facultades s o b r e t o d o el territorio de s u mando. Las cir-
cunstancias especiales d e un país recién conquistado, donde
el cultivo de la tierra era casi desconocido, produjeron muy
luego un número considerable d e males, que, aumentán-
d o s e progresivamente, redujeron la colonia a un e s t a d o d e
completa insurrección.
Engañados los aventureros c o n las falsas promesas
de s u s jefes, y c o n las q u e les sugería s u propia imagina-
ción, se trasladaban a las islas, creyendo encontrar e n ellas
un paraíso donde, sin trabajo, p e n a s ni dolores, transcurri-
rían s u s días e n apacible calma; m a s el cuadro cambiaba
completamente de aspecto, tan proto c o m o pisaban el suelo
afortunado. El hambre, c o n todos s u s horrores, se ofrecía
a s u vista al concluirse los víveres q u e venían del extrarije-
ro; la tierra abandonada a sí misma, nada producía, y los
isleños, demasiado ignorantes e indolentes por naturale-
za, n o sabían ni podían aplicarse a e s t o s trabajos. De aquí
resultó q u e Maciot y los colonos europeos, d u e n o s d e los
indígenas por la ley del m á s fuerte, los vendiesen c o m o
esclavos a los b u q u e s q u e con ellos traficaban, ultrajando
antes a s u s mujeres e hijas, y obligando a penosas faenas,
para ellos desconocidas, a aquellos infelices ( 3 ) .
Tan violenta situación produjo al fin tres sublevacio-
n e s q u e estallaron a la vez e n el Hierro, e n Fuerteventura y
e n Lanzarote, sublevaciones q u e don Fray Mendo d e Biedma,
segundo obispo d e estas islas y testigo d e tantas injusti-
cias, creyó de s u d e b e r apoyar, dirigiendo las quejas d e los
descontentos hasta el mismo trono del Pontífice Eugenio
IV, y del Rey d e Castilla d o n J u a n el 11. A consecuencia d e
estas sentidas reclamaciones, el Papa expidió una bula (octubre "
7
D
d e 1 417) prohibiendo, bajo las m á s severas penas, la es- -
E
clavitud, y el monarca castellano envió una escuadra e n la
q u e vino d e juez pesquisidor Pedro Barba d e Campos.
3
-
-
0
Entonces Maciot, reconociéndose culpable, abando- m
O
n ó a Lanzarote, y fue a refugiarse a la Madera, donde, de- 4
seando proporcionarse algunos recursos, y vengarse al mismo n
tiempo d e los españoles, vendió las Canarias al Infante d o n
Enrique de Portugal. Esto n o le sirvió d e obstáculo para
q u e pocos a ñ o s después, habiéndose trasladado a la Pe- -
m
nínsula, y suponiendo poderes d e s u primo Bethencourt
O
q u e a ú n vivía, verificase otra nueva venta a favor del Con-
-
d e de Niebla. A e s t o s improvisados d u e n o s del archipiéla-
g o canario, d e b e m o s añadir d o n Guillén d e las Casas, q u e n
alegaba s u derecho e n virtud d e u n a donación h e c h a e n O
O
1 4 2 0 por Don J u a n 11 a s u padre Alfonso d e las Casas, y
confirmada por u n a bula del Papa Martino V.
En medio de e s t e c a o s de opuestas pretensiones p u d o
obtener por último d o n Ciuillén la posesión del señorío,
mediante un arreglo q u e hizo c o n el Conde d e Niebla y
Maciot, d a n d o al primero 5.000 doblas d e oro, y cediendo-
le al segundo el dominio útil d e la isla d e Lanzarote.
A la muerte d e don Ciuillén, s u hija d o ñ a Inés, c a s a d a
con Fernán Peraza, heredó las islas conquistadas, y éste,
q u e p u e d e considerarse c o m o s u séptimo señor, d e s p u é s
d e varias excursiones desgraciadas s o b r e La Palma, Cana-
ria y Tenerife, e n las q u e vio morir a s u hijo (4),joven d e
grandes esperanzas, sin conquistar un palmo d e terreno, y
d e sostener reñidos litigios con los Reyes de Portugal, a
quienes de nuevo había cedido Maciot s u s pretendidos de-
rechos s o b r e Lanzarote, murió e n la Gomera e n 1452, de-
j a n d o todos s u s e s t a d o s a s u hija única llamada también
d o ñ a Inés, y c a s a d a c o n Diego García de Herrera, valeroso
y noble caballero sevillano.
Notas
( 1 ) Viera e n sus Noticias nos dice que el primer obispo fue
D. Fr. Bernardo, nombrado por Clemente VI, según un diploma
original que vio e n la abadía d e Melek e n Viena; pero si así fue,
este obispo n o vino a las Canarias.
"
7
E
(2)Fue sepultado delante del altar mayor d e la iglesia de
Grainville la Tainturiere. 3
(3)Ossuna. Comp. de Isl. Canarias. -
0
(4)Conocidas son las endechas compuestas a la muerte d e m
O
estejoven, y que copian todos nuestros cronistas. Abreu Galindo. 4
lib. l . cap. 22.- Viera, t. l o , p. 415. n
=
m
O
IX.
Diego d e Herrera. E
El nuevo s e ñ o r d e las Canarias, acompañado de s u O
esposa y d e m u c h o s hidalgos españoles, se trasladó e n una O
flotilla d e s d e Sanlúcar a Fuerteventura.
Hallábanse entonces las islas u n a s sublevadas y otras
e n poder de los portugueses, q u e n o abandonaban nunca
s u s supuestos derechos s o b r e el archipiélago, a pesar d e
las repetidas reclamaciones de la Corte d e Castilla.
Lanzarote, secuestrada por J u a n lniguez d e Atave, fue
devuelta por fin a Diego d e Herrera e n virtud de sentencia
pronunciada a s u favor, y confirmada por una real cédula
expedida e n 1454. Fuerteventura se sometió con la sola
presencia de s u s señores, q u e , e n conmemoración de e s t e
suceso, levantaron un convento bajo el patrocinio d e San
~ u e n a v e n t u r a
( 1). Las activas diligencias practicadas e n la
Corte de Lisboa por el embajador español don Juan d e Guzmán,
dieron por resultado la cesión d e la Gomera, q u e tenían
invadida los portugueses; y por último, el Hierro recibió
por gobernador a Luis González Martel d e Tapia, sobrino
d e d o n a Inés, q u e logró pacificar c o n s u rectitud y prome-
s a s a aquellos insurrectos islenos.
Tranquilos ya los nuevos señores, respecto a s u dis-
putado dominio, se propusieron extender los límites de s u
imperio, intentando algunas entradas e n las tres islas ma-
yores, y fufidando e n ellas, así c o m o e n la vecina costa d e
la Mauritania, varios fuertes y castillos q u e les asegurasen
la tranquila posesión de u n a parte del litoral.
Con este objeto, asociados a don Diego López d e Illescas,
q u e entonces o c u p a b a la silla episcopal, al bachiller Antón
López, s u provisor, a Alonso d e Cabrera, gobernador d e
las islas, y a otras personas respetables, equiparon u n a
escuadra con la cual se presentaron un día e n el puerto de
las Isletas d e Canaria. Los isleños, desconfiando ya d e es-
tas expediciones, acudieron e n crecido número a oponer-
se a la marcha d e los españoles, pero habiéndoseles ase-
gurado q u e sólo se trataba de entablar relaciones amisto-
sas y de comercio entre a m b o s pueblos, se tranquilizaron,
regalando espléndidamente a s u s fingidos amigos.
Entonces fue cuando, según las fórmulas q u e e n aquella
é p o c a regían e n Europa, tomaron los Herreras posesión de
la Gran Canaria, por medio de u n a certificación extendida
e n debida forma por s u escribano Fernando d e Párraga, y
q u e lleva la fecha d e 12 d e agosto d e 1 4 6 1.
Dos a ñ o s después, e n junio de 1464, representaron
la misma farsa respecto a Tenerife, cuya isla invadieron
con quinientos hombres d e armas, pero sin atreverse a cometer
ningún acto formal d e hostilidad.
Entretanto, los portugueses, al m a n d o de Diego d e
Silva, intentaron por s u parte algunas excursiones e n la
Gran Canaria, tentativas todas, q u e , c o m o las de los espa-
ñoles, obtuvieron un éxito desgraciado.
Herrera, sin embargo, fue firme en su propósito, hizo
construir, bajo falsas promesas, u n fuerte en Ciando, y otro
en Añaza (hoy Santa Cruz de Tenerife), que los canarios, al
adivinar el objeto verdadero de su construcción, demolie-
ron hasta los cimientos, aprisionando y pasando a cuchillo
la guarnición.
Tan repetidas desgracias, y el descontento que reina-
ba entre los isleños de las cuatro islas conquistadas a con-
secuencia de varios litigios suscjtados por demarcación de
límites en las propiedades pertenecientes a los indígenas y
a los colonos extranjeros, prepararon de tal modo los áni-
mos, que al fin se declararon en abierta insurrección.
El motín estalló en Lanzarote, negando sus vecinos
la obediencia a sus señores naturales, y poniendo la isla
bajo la protección de los Reyes Católicos, de quienes se
declararon desde luego súbditos.
Las justas quejas del pueblo, y las reclamaciones de
Herrera, llegaron hasta el trono de Castilla, escudadas ambas
con poderosas recomendaciones. Fernando e Isabel las oyeron,
y celosos ya de sus prerrogativas, en pro de las cuales
meditaban, como objeto principal de su política, la dismi-
nución del poder de sus nobles, se apresuraron, condoli-
dos al mismo tiempo de la triste pintura que se les había
hecho de los desafueros de Herrera, a enviar en su nom-
bre, de juez pesquisidor, a Esteban Pérez de Cabitos.
Asi se verificó; y concluida esta célebre pesquisa en
1477 (2), los Reyes, para mejor deliberar en u n asunto de
tanta importancia, quisieron oír el dictamen de los más
ilustrados varones de su consejo. Esta consulta, presenta-
da por Fray Hernando de Talavera, prior del monasterio
del Prado, fue la que decidió a la Reina Isabel a incorporar
a su corona las tres islas de Gran Canaria, Tenerife y Pal-
ma, y emprender al ano siguiente su conquista.
Dice así este notable documento:
{(Muypoderosa Princesa, é muy esclarecida reina
é Señora. Vimos con diligencia. como V.A. mandó, el
negocio de las islas de Canaria, así cerca de las con-
quistadas, como de las por conquistar: y vistos los
títulos y escrituras d e Diego d e Herrera é d e Doña Inés
peraza su mujer, vasallos vuestros, é asimimismo lo
que contra ello se debia, y ciertas pesquisas que en
diversos tiempos fueron fechas por el reverendo Obis-
po d e Mondonedo (que despues fué d e Jaén), y por
~ s t é b a nPerez d e Cabitos, y otras escrituras y
apuntamientos que por algunos letrados cerca d e ello
estaban fechos: Nos parece, que los dichos Diego d e
Herrera y Dona Inés su muger, tienen cumplido dere-
cho á la propiedad. senorio, posesion, é mero y misto
imperio d e las cuatro islas conquistadas, q u e son
Lanzarote, Fuerteventura, la Gomera y el Hierro: y que
en ellas tiene V.A. la superioridad y supremo dominio
que tiene en todas las otras tierras, villas y lugares m
que son d e los caballeros d e vuestros Reinos. ltem E
que los dichos Diego d e Herrera y Doña Inés su muger,
tienen derecho á la conquista d e la Gran Canaria, e d e 3
la isla d e Tenerife, é d e la Palma, y es suya y les perte- -
O
nece la dicha conquista por merced que d e ella hobo
m
O
fecho d e juro é d e heredad el muy Excelentísimo Rey 4
D. Juan, vuestro padre d e gloriosa memoria (que haya n
d e Santa gloria) á Alfon d e las Casas, ascendiente d e
la dicha Dona Inés: Pero por algunas justas y razona-
bles causas, V.A. puede mandar conquistar las dichas -
m
O
islas d e la Gran Canaria y d e Tenerife y d e La Palma: y
si se ganaren las dichas islas, ó cualquiera d e ellas,
debe V.A. facer equivalencia por lo que se asignare á
los dichos Diego d e Herrera é Dona Inés su muger, por n
el derecho que á la dicha conquista tienen, y por los O
O
muchos trabajos y pérdidas que han recibido, y cos-
tas que han fecho en la prosecucion d e ella, y espe-
cialmente ganándose la dicha isla d e Tenerife, en la
cual han tenido y tienen agora adquirida alguna par-
te.- lndignus Prior de Prado.. Joannes Doctor.- Rodericus
Doctor.))
Conformándose con el parecer de s u s ministros y con-
sejeros, los Reyes determinaron poner bajo s u protección
las islas de Canaria, Tenerife y Palma, y adelantar la empre-
sa a costa d e s u erario, dando desde luego a Diego d e Herrera
y a s u mujer, c o m o indemnización de s u derecho y de las
sumas invertidas e n las anteriores expediciones, cinco cuentos
de maravedíes e n contado, el título d e Condes de la Gomera,
y el dominio útil d e las d e Lanzarote, Fuerteventura y Hie-
rro, con los islotes despoblados, renunciando éstos, por s u
parte, a todos s u s derechos y pretensiones a las tres islas
mayores e n favor d e la corona de Castilla ( 3 ) .
Esta memorable cesión y ajuste se celebró e n Sevilla
ante Bartolomé Sánchez de Porras a 15 d e octubre d e 1477.
Y é s t e fue el primer a c t o formal d e la conquista de la
Gran Canaria.
Notas
( 1 ) De este convento fue primer guardián san Diego d e Alcalá,
canonizado por Sixto V, e n 1588, a petición d e Felipe 11.
"
7
D
(2)Consérvase el manuscrito e n la Biblioteca del Escorial. E
(3)Gomara, Hist. d e las Ind. cap. 223.-Salazar d e Mendoza, 3
Monarq. d e España.- Pelliser, Mem. p. 9.- Viera, t. 1 ". p. 479.- -
Abreu Galindo, p. 81. 0
m
O
4
-
Libro tercero.
Los indígenas.
Raza canaria.- Conjeturas sobre su origen.- Siste-
ma civil y político.- Religión.- Estrategia.. Armas ofen-
sivas y defensivas.-Artes e industria.- Usos y costum-
bres.- Danzas, juegos y diversiones.- Entierros.- Mo-
mias.-Tradiciónbistórica.- Andamana.. Artemi Semidán.-
Tenesor y Bentaguaire.. Doramas.- Estado del país al
emprenderse la conquista.
Conjeturas sobre el origen de la raza -
O
m
canaria.
O
4
La primera cuestión q u e se nos presenta al tender la
vista sobre el archipiélago afortunado, e n la época remota
d e s u conquista, e s indudablemente la que trata de resol- -
ver el origen d e la antigua raza q u e le poblaba, y averiguar -
m
O
por la historia y la tradición el tronco a que d e b e enlazarse
esta rama aislada d e la gran familia humana.
-
Entre las innumerables soluciones q u e nos presen- a
tan los autores q u e han tratado esta cuestión, y especial- --
O
mente nuestros cronistas tan inclinados a lo maravilloso, O
hay d o s solamente q u e merecen un examen detenido, por-
q u e son las únicas q u e ofrecen cierto carácter d e probabi-
lidad.
Viera, q u e escribía e n el siglo pasado s u s eruditas
Noticias, y que, con su recto juicio y agudo ingenio, suplía
los escasos adelantos q u e la ciencia etnográfica y la lin-
güística habían hecho e n aquella época, después d e abru-
mar con su razonada crítica y ática agudeza los groseros
errores d e los historiadores que copiaba, s e detiene e n d o s
opiniones q u e le parecen las m á s probables sobre el ori-
gen d e los primitivos isleños; una, q u e los considera colo-
nia de aquellos cananeos que abandonaron su país al tiempo
de la invasión de los israelitas, y otra, que los juzga resto
de los atlántides, nación escapada al naufragio de la hí-
potética isla de Platón.
Y
a hemos hablado, aunque brevemente, de las em-
presas de los cananeos, estos es, de los tirios o fenicios, y
hemos también indicado la posibilidad de que en sus atre-
vidas excursiones hubiesen llegado hasta el archipiélago,
colonizando alguna de sus islas. La analogía que se en-
cuentra entre la palabra púnica cananos (descendiente de
cananeos), y la voz con que luego se conoció la primera de
las Canarias, da a esta conjetura algunos grados de certi-
dumbre.
La segunda opinión es, sin embargo, más aceptable,
si se tiene en cuenta que Viera, al proponerla, entiende
por atlántides no sólo los habitantes de esa isla, que tal
vez no haya existido, sino también los antiguos poblado-
res que fijaron sus tiendas en las regiones del Atlas, y cuyo
origen se pierde en la noche de los tiempos.
Esta opinión se halla precisamente de acuerdo con
los modernos descubrimientos etnográficos, y con el aná-
lisis concienzudo de los usos, costumbres, lenguaje y ca-
racteres físicos del indígena canario, comparado al de los
bereberes o primitivos habitantes del África.
Cuando las Canarias fueron descubiertas, se hablaba
en cada una de las islas u n dialecto que, aunque ofrecía
algunas notables diferencias, no impedía que los naturales
de Lanzarote comprendieran a los de Fuerteventura, ni és-
tos a los de Canaria y demás islas del grupo. Por los frag-
mentos que aún nos restan de ese perdido lenguaje, nos
es fácil convencernos de que hay muchas palabras y fra-
ses que eran idénticas en dos o más islas, lo cual corrobo-
ra el aserto de que estos pueblos reconocían la tnisma co-
munidad de origen.
Ahora, si comparamos estos mismos fragmentos con
los que hasta el día se conocen de los diferentes dialectos
bereberes, que se hablan en las vertientes meridionales
del Atlas, observaremos que el mismo genio ha presidido
a la formación de los dos idiomas ( 1 ).
Abreu Galindo había notado ya q u e algunas palabras
eran idénticas e n a m b o s pueblos (2),y George Glass, e n la
traducción q u e publicó e n inglés de las memorias del mis-
m o Galindo, ayudado d e los conocimientos q u e había ad-
quirido e n los dialectos árabes, n o s confirma e n la misma
idea. Los s e ñ o r e s Webb y Berthelot, e n s u Historia Natural,
ilustrando con gran copia de razones esta interesante cuestión,
n o s presentan u n a lista numerosa de palabras canarias, e n
las cuales se encuentra la misma semejanza con las q u e
usan algunas tribus de la Mauritania. En fin, la indicación
d e ciertos lugares canarios como Tamaraceite, Telde, Argonez,
Fataga, Adeje, Agulo y otros, q u e tienen s u equivalente,
sin cambiar casi u n a letra, e n pueblos del imperio marro-
quí, indican, sin la m e n o r duda, la identidad d e origen q u e m
D
unía a los habitantes d e e s t a s islas c o n las tribus q u e po- N
E
blaron aquella parte del continente africano. -
5
Además, el recuerdo d e los usos y costumbres de estos
mismos isleños, el estudio frenológico de s u s cráneos, y el 1
m
examen d e s u s momias con los caracteres físicos q u e tan
O
4
marcadamente los distinguían, vienen también a compro- *
bar la idea q u e llevamos expuesta.
En efecto, los bereberes, mezcla confusa de los gétulos,
libios, cananeos y vándalos, presentan diferentes tipos q u e
se acercan m á s o m e n o s al q u e ofrecían los indígenas ca-
narios. Entre e s t o s tipos, merecen, por s u analogía, espe-
cial mención los d e ciertas tribus d e los Zenethah, de los
Ghomerah, y d e los Haouarah, que, según Mr. dlAvezac,
s o n d e tez blanca, frente ancha, cara cuadrada, facciones
salientes, ojos azules y cabello rubio, cualidades t o d a s q u e
se acuerdan perfectamente c o n la descripción q u e se con-
serva e n nuestras crónicas d e aquellos insulares, y c o n la
d e algunos tipos, restos degenerados d e e s a indómita raza,
escondidos a ú n e n los valles y montañas del archipiélago.
N o concluiremos esta interesante cuestión, sin pre-
sentar a n t e s un extracto del informe q u e Mr. Dubreuil de
Montpellier publicó s o b r e las momias que, e n 1802, llevó
a París Mr. Broussonet.
El cráneo, dice, ofrece un hermoso Óvalo, cuya parte pos-
terior es mucho m á s voluminosa q u e la anterior; este cráneo se
hace notable, además, por su altura, por la forma redondeada
de su bóveda, por la ausencia completa de ángulos y de salien-
tes, por relieves simétricos y suaves; la frente domina las par-
tes inferiores, las fosas temporales están poco excavadas; el
agujero auditivo se acerca a la parte posterior de la cabeza o
del occipucio, el agujero occipital es ovoide0 como el cráneo,
la cara ligeramente redondeada; las fosas nasales, la bóveda
palatina tienen poca extensión, los dientes son verticales.
Este tipo, añaden los señores Webb y Berthelot, se
encuentra en la mayoría de los cráneos de los esqueletos
encerrados en los túmulos de la Gran Canaria, así como en
las cabezas que se hallan entre las osamentas acumuladas
en las cuevas de Tenerife y La Palma (3).
Quede, pues, probado, que las Canarias, ya se hayan frac-
cionado en tiempos antidiluvianos del continente de África, ya
hayan sido visitadas por los pueblos bereberes antes de toda
tradición histórica, fueron pobladas por esa raza que aún defien-
de con tanta tenacidad en las inmediaciones del desierto, y en
las asperezas del Atlas, su cara y nunca perdida independencia.
Notas
( 1 ) Webb y Berthelot. Etnografía p. 208.
(2) ((EnLanzarote, Fuerteventura y Canaria llamaban los
naturales a la lecha aho, al puerco ylfe y a la cebada temossen,
y e s e m i s m o nombre tienen los alarves y berberiscos ..." Abreu
Galindo, p. 17.
(3)Etnografía, p. 232.
Sistema civil y político.
Las noticias que nos restan de los antiguos poblado-
res de las Canarias, están todas contestes en presentarnos
sus diversas tribus gobernadas por jefes más o menos ab-
solutos, cuya dignidad suprema se había ya perpetuado en
ciertas familias privilegiadas, que la transmitían, sin oposi-
ción ni obstáculo, a sus descendientes.
En Lanzarote, al tiempo d e s u conquista, había un
rey, dos, en Fuerteventura, dos, e n Canaria, doce, e n La
Palma, nueve, e n Tenerife. Estos reyes, mandando unos
con absoluto dominio, gobernando otros d e acuerdo con
un concejo elegido entre la nobleza, ejercían el poder eje-
cutivo, cuidando al mismo tiempo d e hacer q u e se respe-
tasen las costumbres, usos y tradiciones q u e constituían
el sencillo código d e s u s leyes.
En las Canarias, como en todos los países del globo,
debió la sociedad atravesar las mismas idénticas fases para
llegar al estado d e perfeccionamiento relativo e n q u e la
encontraron aquí los conquistadores. El gobierno patriar-
cal, producto inmediato de la sociedad doméstica, vino primero
a enlazar los esparcidos miembros d e cada familia, q u e
"
7
respetaban en el más anciano la sabiduría, experiencia y E
conocimientos q u e d a la práctica d e la vida, venerándole 3
como la expresión más digna d e la autoridad paternal. -
0
Al multiplicarse las necesidades sociales de estas mismas
m
O
tribus, uno más atrevido, más feliz o más valiente, reasumió 4
en sí el poder d e los demás, con el pretexto d e emprender n
una guerra, rechazar una invasión o conducir alguna nego-
ciación complicada y difícil, útil a la comunidad. Dueño así
del poder, no le devolvió al pueblo, y siguió gobernando -
m
O
con el prestigio d e s u s victorias, d e s u valor o d e s u genio,
hasta que la sociedad s e fue transformando insensiblemente
en una monarquía guerrera, abandonando las sencillas for-
mas d e una república, q u e pudiéramos llamar patriarcal. n
-
O
En la Gran Canaria existía la monarquía hereditaria, O
cuando los europeos reconocieron por la primera vez s u s
costas, y un orden d e nobleza establecido, sujeto a reglas
determinadas e invariables.
El rey o jefe supremo, tomaba el nombre de Guanarteme,
voz compuesta d e las palabras Guan y Artemí, que signficaba
e n el dialecto del país, hijo o descendiente del sobera-
no, d e modo q u e este título, Artemi, precedía casi siempre
al nombre del príncipe.
Del cuerpo d e la nobleza elegía el Guanarteme s u s
guaires o consejeros entre los m á s esforzados y pruden-
tes, con los q u e decidía todas las cuestiones relativas al
buen gobierno y administración de s u reino. Entre estos
personajes ocupaba el primer lugar el Faicán ( l ) , o gran
sacerdote, encargado especialmente de todo lo relativo al
culto, de la conservación de los fueros y privilegios de la
nobleza, y de la educación de la juventud.
La población de la isla se dividía, pues, en nobles y
plebeyos, distinguiéndose los primeros en llevar las bar-
bas largas y el cabello redondo hasta las orejas, mientras
los últimos usaban el pelo muy corto, circunstancia por la
que recibían el sobrenombre de trasquilados o villanos
(achicaxna).
Para pertenecer a la nobleza, o más bien para ser dig-
no de llevar las armas, era preciso que el pretendiente fue-
se hijo de noble, o que, por su valor, agilidad o claro en-
tendimiento, se le considerase acreedor a esta distinción
honrosa; entonces el aspirante se dejaba crecer el cabe-
llo, y, acercándose al Faicán, le manifestaba su deseo y le
pedía la convocación de la nobleza y del pueblo, para que
en juicio contradictorio le concediesen aquella prerrogati-
va.
El Faicán, según los usos del país, no podía negarse
a esta solicitud, e inmediatamente reunía la asamblea para
proceder a la elección del candidato.
Reunidos, pues, todos en el mismo lugar donde ha-
bía nacido y residía el aspirante, se invocaba por el Faicán
el nombre de Alcorac, que así llamaban a Dios, y, dirigién-
dose en seguida a la multitud, preguntaba en voz alta si
había alguno que hubiese visto al joven pretendiente co-
meter alguna acción deshonrosa, como preparar por sus
manos la comida, matar u ordeñar cabras, hacer robos en
tiempo de paz, u ofender alguna mujer (2). Si la respuesta
era favorable, el Faicán le cortaba el cabello por debajo de
las orejas y le entregaba el magado o lanza, principal arma
ofensiva de que usaban en la guerra; mas si se levantaba
una sola voz que le acusara, y se probaba que había delin-
quido, entonces se le cortaba enteramente el cabello, y
era considerado desde aquel momento como u n villano,
quedando inhábil para ascender de nuevo al rango de la
nobleza (3).
Según nuestros cronistas, s e contaban e n toda la isla
d e diez a catorce mil hombres d e pelea, número q u e nos
parece muy exagerado, porque supone una población d e
cerca d e 90.000 almas. Abreu Galindo nos asegura (4)que,
habiéndose multiplicado con exceso s u s habitantes, y no
teniendo medios para darles salida por ignorar el arte d e la
navegación, q u e los hubiera conducido en sucesivas emi-
graciones a otros países, determinaron dar muerte a todos
los recién nacidos, salvando sólo d e esta ley bárbara a los
primogénitos. Ignoramos el tiempo q u e estuviera e n prác-
tica esta costumbre, q u e n o hallamos confirmada e n nin-
guna relación anterior, sólo sí sabemos q u e una enferme-
dad contagiosa invadió la isla e hizo perecer d o s tercios d e
s u s habitantes. m
D
N
Entre los canarios eran muy respetadas las mujeres, E
sin q u e nadie fuera osado a ofenderlas, sopena d e un cas- 3
tigo muy severo; ya hemos visto como una falta d e esta
naturaleza invalidaba la elección d e cualquiera q u e desea- 1
m
ra pertenecer a la nobleza.
O
4
La poligamia no era admitida e n la isla, a pesar d e n
q u e algunos autores han pretendido, sin fundamento, sos-
tener q u e las mujeres s e casaban hasta con tres maridos,
lo cual, dejando a un lado el absurdo, supondría un exce- -
m
O
s o d e varones en la población, q u e no s e han advertido
jamás e n ninguna época, y q u e por consiguiente es evi-
dentemente falso.
G
La educación e n ambos sexos eran tan limitada como n
-
s u s necesidades. Los hijos d e los nobles o guerreros s e
o"
O
ejercitaban en luchar, levantar pesos, correr, trepar por riscos
inaccesibles, arrojar dardos, piedras y varas d e tea endu-
recidas al fuego, y, otras veces, e n apacentar s u s ganados,
bailar y tocar tamborcillos y flautas d e caña.
Los plebeyos o villanos recibían s u principal alimen-
to d e la pesca e n la q u e eran muy diestros; sembraban,
abrían cuevas, tejían tamarcos o toneletes d e junco o pal-
ma, los teñían d e varios colores, ordeñaban los ganados y
hacían otros oficios, considerados como degradantes por
la clase más elevada. Sin embargo, los que en ella s e dis-
tinguían, podían aspirar a la iniciación que llevamos indi-
cada, como sucedió con Doramas, que, siendo u n simple
trasquilado, llegó a cenirse la corona del reino de Telde.
Habia, además, otros empleos más viles, como eran
los de verdugo y carnicero; las personas que los ejercían
no podían entrar en ninguna habitación, ni tocar alimen-
tos, vestidos, ni muebles, ni tener comunicación con nin-
guna otra persona, bajo las más severas penas. Llevaban
siempre una varita en la mano para señalar con ella lo que
necesitaban, aunque, en cambio de tanta abyección, se les
concedía gratuitamente el alimento (5).Con frecuencia solían
obligar a los prisioneros españoles a ejercer estos oficios
para degradarlos y envilecerlos en la opinión publica (6),
creyendo que de este modo no podrían volver a esgrimir
las armas contra ellos.
Había tribunales especiales para los nobles y para los
plebeyos, no pudiendo ser juzgados por los mismos jue-
ces, tan grande era ya la distinción de clases que existía
en esta naciente sociedad. De noche se castigaba a los
hidalgos, y de día, a los villanos, consistiendo por lo regu-
lar estos castigos en azotes; pero cuando el delito merecía
la muerte, cogían al delincuente, lo encerraban en una casa
dispuesta como cárcel, y se procedía inmediatamente, y
por breves trámites, a la averiguación de la certeza del hecho
denunciado. Convicto el criminal, y condenado a perder la
vida, lo sacaban del encierro y lo conducían a una especie
de cerca de piedra de bastante elevación, donde, después
de tenderle en el suelo y atarle los brazos a la espalda,
poníanle sobre una piedra llana, y alzando el verdugo otra
de gran peso, la dejaba caer sobre la cabeza hasta desha-
cérsela completamente (7). Los delitos que se castigaban
con esta última pena eran el hurto, el estupro, la falsedad
del juramento y el homicidio (8).No les era tampoco des-
conocida la pena del talión, pues si alguno rompía a otro
u n miembro, le condenaban a perderle, para que viviese
siempre con aquel recuerdo de su falta (9).
Cada aldea o pueblo de alguna consideración tenía
u n Fayacan para su gobierno y administración de justicia,
con cierto número de Guayafacanes o coadyutores, que
constituían una junta o ayuntamiento consultivo.
Los pueblos más notables d e la Gran Canaria e n la
época d e la conquista eran los siguientes: Gáldar, Telde,
Argonez (Agüimes),Arguineguin, Acayro, Acuza, Fataga, Artaso,
Artenara, Areucas (Arucas), Terori (Teror), Arayga, Gandia,
amar aceite, Temisa y Tunte (10). De estos pueblos, los
d e Gáldar y Telde s e consideraban como capitales d e los
distritos del N. y S. d e la isla, residiendo e n ambos un
Guanarteme con s u s seis guaires o consejeros que forma-
ban el Gran Sábor o junta suprema d e administración y
gobierno.
Cuando el rey salía, le acompañaba una lucida escol-
ta, que llevaba delante una lanza llamada Anepa, a cuya
vista se arrodillaban todos, besando al Guanarteme la orla
d e s u tamarco (1 1). Sin embargo, como veremos luego en
la tradición histórica, este respeto n o eran tan servil que
impidese a algunos vasallos atrevidos llegar hasta la regia
diadema, usurpándola a s u s verdaderos dueños para intro-
ducir luego e n el país revoluciones peligrosas al sosteni-
miento d e las dinastías reinantes.
Notas
( 1 ) Abreu Galindo escribe Faycag.
(2)Abreu Galindo, p. 89.- Viera, t. 1, p. 154.
(3)Azurara e n s u crónica inédita d e la conquista de Guinea
s e expresa así hablando d e los canarios: c cuando los caballeros
llegan a morir, los demás s e reunen para proceder a la elección
d e aquéllos que deben ocupar las plazas vacantes, y la elección
recae siempre e n los hijos d e caballeros, a fin d e completar el
número. Estos caballeros no se unenjamás con las clases inferiores,
y pertenecen a la nobleza m á s pura. Tan solo ellos conservan y
guardan las tradiciones d e las creencias religosas, d e las q u e n o
divulgan ni dejan creer a los demás, sino aquello que les place.^^
(4)Abreu Galindo, p. 96.
(5)Abreu Galindo, p. 99.- Castillo, p. 68.
(6) Sosa, p. 172.
(7)Abreu Galindo, p. 99.- Sosa y Castillo dicen que la piedra
les caía sobre el corazón.
(8)Castillo, p. 63.
(9)Abreu Galindo, p. 99.
(10)Andrés Bernáldez, e n s u célebre crónica d e los Reyes
Católicos, cap. 65, copia la siguiente lista d e los pueblos más
notables d e la Gran Canaria, según las noticias que directamente
adquirió d e los conquistadores: Adfatagad, Aeragraca, Afapunige,
Afurgad, Aracuseo, Araginas, Araguimez, Arahuacaos, Arantiagatia,
Aratimigada, Arantiagaza, Arbemugamias, Arcacasumag, Areachu,
Arcagamasten, Arcaganigui, Areagraha, Areacanemuga, Arefuias,
Aregaieda, Aregaldar, Aregoraja, Arepaldan, Arerehuí, Arteguede,
Artenaran, Artuburguais, Aruenuganias, Atagad, Atairia, Atomaraseid,
Atamaria, Atasarti, Atenoria, Atenoya, Aterebiti, Aterura, Atirma,
Theminsas, Thuni.
( 1 1 ) Castillo, p. 63.
Sistema religioso.
En todos los países del globo, a u n aquellos q u e n o
han entrado e n el primer período d e s u civilización, s e
encuentra siempre innato el sentimiento religioso.
La creencia e n un s e r supremo, grande, misericordio-
so y omnipotente, autor d e todo lo q u e existe, dispensa-
dor de todos los beneficios q u e m á s aprecia el hombre e n
s u s necesidades, juez severo d e s u s malas acciones, due-
ñ o del rayo, de las tempestades, de los volcanes, del mar,
d e todos los fenómenos, e n fin, q u e e n s u estado d e igno-
rancia y aislamiento hieren m á s s u fantasía y le llenan d e
pavor, es tan universal, c o m o cierta e incuestionable.
También e n l a s Canarias existía e s e s e n t i m i e n t o
desarrollado e n t o d o s u primitivo candor, sin q u e los san-
grientos sacrificios de los mejicanos, ni las vergonzosas
supersticiones de los cafres y hotentotes, vinieran a man-
char la pureza de s u s sencillas creencias.
Todos los compiladores de nuestras antigüedades están
contestes e n asegurar, q u e reconocían los canarios un s e r
supremo conservador del mundo, a quien llamaban Alcorac
o Achorán, y al q u e invocaban e n todas s u s calamidades,
rindiéndole culto e n la cima d e las montañas, y en adoratorios
d e piedra labrados c o n e s t e objeto.
Según la relación d e Angiolino del Teggia, q u e ya he-
mos extractado, los navegantes enviados por Alfonso IV
d e Portugal encontraron en la Gran Canaria y llevaron a
Lisboa una estatua q u e s e veneraba e n un oratorio, y q u e
representaba un hombre desnudo con un globo en la mano.
~l Cura d e los Palacios, en s u Crónica inédita d e los Reyes
católicos, nos habla también ( 1 ) de varios ídolos q u e reci-
bían los homenajes d e estos isleños, y d e las ofrendas y
libaciones q u e s e les presentaban e n s u s altares. Parece,
además, que no les era desconocido el espíritu del mal, a
quien daban el nombre d e Gaviot ( 2 ) ,ni el d e algunos se-
res sobrenaturales, llamados Mahio y Tibicén, todo lo cual
complica en cierto modo las nociones religiosas q u e po-
seían. m
Hallábase entre ellos debidamente organizada la je- E
rarquía, que pudiéramos llamar eclesiástica. Había, e n pri-
mer lugar, un Faicán o gran sacerdote, q u e era la segunda
3
dignidad d e la isla, ejercida siempre por un individuo d e la -
0
m
familia real. Sus atribuciones y prerrogativas eran numero- O
4
sas, así como era grande s u influencia e n la administra- *
ción y marcha d e los negocios públicos. A él le correspon- n
día conferir la nobleza, cuidar d e la educación d e la juven-
tud, y ordenar todo lo concerniente al culto, auxiliado por
dependientes q u e obedecían ciegamente s u s mandatos.
-
m
O
Pero, s u s más poderosos auxiliares eran sin disputa
las Harimaguadas. Llamábanse así ciertas mujeres consa-
gradas a la divinidad, q u e vivían e n recogimiento, guarda- s
n
ban continencia, y hacían vida pura y ejemplar, las cuales -
O
estaban especialmente encargadas d e las libaciones dia-
O
rias en los templos, y d e presentar las ofrendas d e leche y
manteca q u e derramaban al pie d e s u s ídolos.
Estas vestales canarias gozaban d e grandes privile-
gios. Su casa era considerada como un asilo sagrado, don-
d e encontraban gracia los malhechores q u e a ella se refu-
giaban. Sustentábanse d e limosnas q u e e n abundancia re-
cibían del pueblo, y para distinguirse d e las demás muje-
res, llevaban unas vestiduras blancas y talares, hechas d e
pieles muy finas.
Entre las calamidades que afligían a los isleños, era
una de las más graves la escasez de lluvias. L
a sequía les
privaba de los pastos con que alimentaban sus ganados, y
de la cebada que constituía su principal alimento. En tan
tristes circunstancias acudían al Faicán, y éste, según la
costumbre, ordenaba una procesión general, para aplacar
la cólera divina.
El orden de esta procesión era el siguiente: el Faicán,
acompañado del Rey, de la nobleza y del pueblo con pal-
mas, ramos y varas en las manos, se acercaba a la residen-
cia de las harimaguadas, que les salían al encuentro con
vasos de leche y manteca. Reunidos todos se dirigían a la
montaña de Tirma, situada en el distrito de Gáldar, o a la
de Umiaya, que pertenecía a Telde, y, subiendo a su cima,
derramaban con ciertas ceremonias la leche y la manteca,
bailando algunas danzas, y entonando varias tristes ende-
chas. Concluido este acto, bajaban de la montaña y se di-
rigían entonces a la orilla del mar, cuya superficie azota-
ban con las mismas palmas, ramos y varas que les habían
servido durante la ceremonia, dando feroces alaridos (3).
Otras veces se preparaban a estas ceremonias con
un ayuno de tres días, privación que aumentaba el fervor
con que invocaban a su Dios, y el furor y las imprecaciones
con que la multitud maldecía al espíritu del mal.
Entre las curiosas ceremonias que habían conserva-
do de sus mayores, resto tal vez de alguna tradición cris-
tiana, era una la de echar agua sobre la cabeza de los re-
cién nacidos, operación para la cual elegían a una harimaguada,
por considerarla con manos más puras y santas que las de
las demás mujeres. Esto indica claramente que le daban
cierta significación a una ceremonia, que algunos autores
juzgan casual y sin importancia (4).
En todas las islas del archipiélago era general la creencia
en un ser supremo, a quien invocaban con diferentes nom-
bres, reconociendo también el poder de u n espíritu malig-
no, y el de ciertos hechiceros que suponían recibir sus re-
velaciones del cielo, prediciendo el porvenir.
Algunos adoraban, además de este ser supremo, a
las estrellas, al sol y a la luna, venerando los tinerfeños a
~ c h e i d e ,
nombre con que designaban el volcán, cuyo furor
temían.
Los títulos pomposos que daban a la divinidad prue-
ban, en cierto modo, que habían comprendido algunos d e
s u s atributos, y que la adoraban filosóficamente como dice
Viera (5): llamaban, pues, a Dios conservador del mundo
(Achguoyajiraji),gran señor (Achjurajan),sublime (Achjucanac),
y los juramentos que hacían invocando s u nombre eran
inviolables.
Los capellanes d e Bethencourt nos aseguran q u e eran
muy tenaces e n s u s creencias; citaremos e n apoyo d e esta
opinión un documento histórico.
Luego q u e los canarios estuvieron sometidos a las m
armas españolas, la población d e Telde, una d e las más E
guerreras d e la isla, fue deportada e n masa a Sevilla,
señalándosele para s u residencia el barrio d e Mijohar; allí
3
continuaron viviendo e n s u s antiguas creencias, sin cui- -
0
m
darse mucho d e la nueva fe que habían abrazado. Esta fal- o
4
ta dio pretexto a algunos magnates sevillanos para juzgar- *
se autorizados a apoderarse d e s u s personas como infie- n
les, produciendo estos actos d e arbitrariedad escenas vio-
lentas y multiplicadas quejas, q u e llegaron al fin hasta el
mismo trono. Entonces los Reyes expidieron en Córdoba,
-
m
O
a 30 d e agosto d e 1485, una real cédula que decía textual- -
mente así: «áqueja d e Fernando Guadarteme, hecha en
Nuestro propio y d e los canarios y canarias residentes
en Sevilla, sobre agravios que les hacian, tomándoles -
n
mugeres é hijos para servirse d e ellos, s ó color d e no
O
O
ser cristianos, y aun siéndolo, d e haber sido reduci-
dos, despues d e presos y cautivos d e buena guerra,
sobre otros malos tratamientos... Para remedio d e eso,
y tambien para que ellos no sigan juntándose en las
casas que les señalaron haciendo los actos é comuni-
dades é gentilidad que solían: se dá comision á Juan
Guillen, alcalde mayor de Sevilla, para que privativamente
entienda en el régimen d e dichos canarios, les defien-
da d e todo daño, obligue á buscar señores á quien
servir, cada uno con su amo, y juntos marido y muger,
á los casados separe d e las mugeres á no casarse in
facie ecclesiae: á los que mal hicieren castigue pru-
dentemente, mientras no tuvieren doctrina y conoci-
miento de leyes y pena: cuide se les dé doctrina y cos-
tumbres cristianas.))
Cuando los conquistadores, después de dominada la
isla, interrogaron a los ancianos de la Gran Canaria sobre
el origen de su raza, éstos les contestaron: nuestros ante-
pasados nos han dicho que Dios nos colocó en esta isla y
que en ella nos olvidó; pero que del lado del Oriente ven-
dría la luz que debe iluminarnos.11(6).Existía también otra
tradición que no debemos pasar en silencio; y es como
sigue. Al principio, decían, Dios creó cierto número de hombres
y mujeres con tierra y agua, a los que dio ganados para su
sustento; éstos fueron los nobles; luego creó otros hom-
bres, y como nada les dio, preguntáronle que habían de
hacer para vivir, a lo que el Señor les contestó, Servid a
essotros, y daros an de comer ( 7 ) , y esos fueron los vi-
llanos.
Imposible nos parece que hombres cuyo sistema reli-
gioso se hallaba tan completamente desarrollado, no tu-
vieran algunas nociones de la inmortalidad del alma. Un
pueblo que adoraba a u n ser único, omnipotente y justi-
ciero, que invocaba a este mismo Dios en sus aflicciones,
y le aplacaba con sacrificios, que depositaba al lado de
sus muertos ofrendas de harina, leche y manteca, que cui-
daba con tanto esmero de la conservación de sus cuerpos,
y los depositaba en cuevas al abrigo de curiosas miradas,
y de toda corrupción; imposible parece, repetimos, que no
abrigase alguna esperanza para después de la muerte. Esta
creencia tan universalmente arraigada, tan conforme con
los instintos naturales del hombre, tan en armonía con su
dignidad y su razón, debió necesariamente hallar u n lugar
en la teogonía de ese pueblo, cuyas instituciones nos reve-
lan, a pesar de la distancia, su amor a la virtud, su horror
al vicio.
Antes de la época de la conquista, algunos celosos
misioneros habían esparcido las primeras semillas del Evan-
gelio, llegando hasta construir dos ermitas, una en el puer-
to de las Nieves (Agaete),y otra en los arenales de Santa
Catalina (Las Palmas), pero ambas fueron destruidas por
los isleños, obteniendo con frecuencia aquellos misione-
ros la corona del martirio.
El último Faicán, digno descendiente d e ese pueblo
indómito, hostil al yugo y a toda creencia nueva, no quiso
sobrevivir a la pérdida d e su libertad, y, el mismo día e n
que el pabellón español ondeó triunfante sobre todas las
alturas d e la isla, se arrojó al mar desde lo alto del Tirma,
prefiriendo la muerte a la abjuración d e sus errores, y a la
servidumbre con que le brindaban s u s enemigos.
La teogonía canaria s e borró e n breve d e la memoria
d e la raza conquistada, sin que nos haya quedado d e ella
otros recuerdos que los fragmentos casi sin ilación q u e
acabamos d e recopilar.
"
7
Notas E
( 1 ) Bernáldez, cap. 63. Ms. 5
(2)Abreu Galindo. -
0
(3)Abreu Galindo, p. 98.-Castillo, p. 56.- Sosa p. 168. m
O
(4) Viera, t. l . p. 1 70. 4
(5) Viera, t. l . p. 165.
(6)Andrés Bernáldez, cap. 63.
(7) P. Espinosa, p. 14. -
m
O
IV.
Estrategia.- Armas ofensivas y defensivas. n
a
El estado d e completo aislamiento e n que s e encon-
traban los pueblos canarios, no impidió que conocieran e n
todo su horror los males d e la guerra. La desigualdad d e
condiciones, la división en castas, las aspiraciones al man-
d o supremo, los celos, la envidia, el abuso de la fuerza,
fueron causas que, e n mayor o menor escala, ejercieron
su funesta influencia sobre aquellas sociedades, destru-
yendo con frecuencia los beneficios d e la paz, y asolando
completamente el país.
Sin embargo, la proximidad d e un enemigo más po-
deroso y terrible, como era el europeo, los obligaba a apla-
zar sus discordias intestinas, para rechazar con todas s u s
fuerzas la invasión extranjera.
El contacto c o n tropas aguerridas y disciplinadas,
cubiertas d e hierro, y manejando a r m a s para ellos desco-
nocidas, perfeccionó relativamente s u estrategia, y modifi-
c ó con ventaja propia s u manera de pelear, y s u s medios
de ataque y defensa. Cada reino e s t a b a dividido e n distri-
tos, y é s t o s e n tribus, q u e reconocían por jefes d e guerra a
los m á s diestros, esforzados y prudentes, elegidos todos
por el m i s m o G u a n a r t e m e . L l a m á b a n s e e s t o s j e f e s
Fayahuracanes, y estaban obligados a reunir, al primer aviso
d e s u rey, todos los hombres d e a r m a s q u e había e n s u
demarcación, y llevarlos al punto designado, sin q u e nadie
pudiera negarles la obediencia ( 1 ) . Estas diversas falan-
ges, así capitaneadas, combatían bajo el m a n d o d e un jefe
supremo, q u e e r a el primero e n lanzarse al combate, fian-
d o al valor personal el éxito d e la batalla.
Eran, sin embargo, muy diestros e n elegir un sitio q u e
les favoreciese, ya por lo escabroso, ya por otras ventajas
naturales, q u e hicieran difícil s u escalamiento. Ingeniosos
para preparar emboscadas, atraían c o n arte a los enemi-
g o s para caer s o b r e ellos, y destruirlos a una señal conve-
nida.
En el m o m e n t o d e atacar prorrumpían e n grandes gri-
t o s y silbos espantosos, con los q u e creían infundir miedo
a s u s enemigos.
S u s a r m a s ofensivas eran la maza o magado, q u e ,
entre los habitantes d e Canaria, concluía e n d o s grandes
bolas, a r m a d a s m u c h a s veces d e pedernales afilados, q u e
llamaban tabonas; el hacha d e combate, cuyo cortante lo
formaba un trozo d e obsidiana; el banot, dardo o venablo
d e tea, endurecido al fuego, preparado d e m o d o q u e , al
penetrar e n la herida, se rompían las muescas abiertas e n
el mango; y la anepa o lanza, d e o c h o a diez pies d e largo,
q u e arrojaban con grande habilidad y a gran distancia c o m o
los dardos. Entre las defensivas, sólo se contaban los es-
c u d o s hechos con corteza d e drago, y el tamarco revuelto
e n el brazo izquierdo.
Presentábanse casi siempre d e s n u d o s e n el c a m p o
d e batalla, después d e ungirse el cuerpo con el jugo d e
ciertas plantas: su primera embestida era una lluvia d e piedras,
lanzadas con vigoroso brazo y segura puntería, descarga
q u e se repetía hasta llegar a las manos con s u s enemigos;
entonces hacían uso d e las mazas, lanzas y venablos, evi-
tando los golpes con singular destreza, y devolviéndolos
con toda la energía d e hombres acostumbrados a estos
ejercicios d e fuerza prodigiosa, y d e un valor a toda prue-
ba.
Concluido el combate, se manifestaban siempre ge-
nerosos con los vencidos, canjeando los prisioneros entre
ambas partes.
En las alturas tenían vigilantes que, por medio d e ciertas m
señales convenidas, avisaban la aparición o los movimien- E
tos del enemigo.
Su grito d e guerra era hay tu catana, esto es, lihom-
bres haced c o m o buenos)),frase q u e revela clara y explíci- O
tamente los principios d e honor q u e atesoraban e n s u s C1
4
esforzados corazones. Nunca decían fulano es valiente, sino
tal día fue valiente fulano ( 2 ) .
n
Las distinguidas hazañas d e s u s guerreros, y n o el
favor ni el nacimiento, servían para elevar a cada uno a los -
m
O
puestos m á s eminentes d e la milicia. Cada jefe era un hé-
roe: Doramas, Adargoma, Bentaguaire, durante los largos
años que los europeos trabajaron e n arrancarles s u inde-
pendencia y libertad, legaron con s u s valerosos hechos n
hermosas tradiciones a s u país. O
O
En estos combates, donde fueron con frecuencia de-
rrotados los invasores, aprendían los canarios a regulari-
zar su disciplina, sirviéndoles los despojos d e los muertos
y prisioneros para armarse d e una manera más temible, y
hacer m á s difícil su sumisión: n o era, pues, extraño verles
manejar una espada, una ballesta o una hacha española,
con la misma destreza que s u s magados, añepas y banotes.
Notas
( 1 ) Castillo, p. 6 1 .
(2)Sedeño, Ms.- Sosa, p. 160.
Artes e industria.
En el grado de cultura que habían alcanzado ya los
canarios, sus necesidades sociales habían dado nacimien-
to a una multitud de artes y oficios, comunes a todos los
pueblos en las primeras edades de su civilización.
El cultivo de la tierra, y el cuidado y vigilancia de los
rebaños, eran las principales y más nobles ocupaciones de
los isleños, después del ejercicio de las armas. N
o cono-
ciendo el valor de la moneda, no teniendo comercio exte-
rior, ni artefactos que pudieran aumentar los productos del
país, la única riqueza real y verdadera la encontraban sólo
en la agricultura: así es que puede decirse con seguridad
que fueron desde luego labradores y pastores.
Los recursos alimenticios de que podían disponer eran
trigo, cebada, habas, dátiles, higos, moras, madroños y
palmitos. La cebada la comían después d e tostarla y redu-
cirla a harina en un molinillo de piedra, puesto en movi-
miento con la mano. Esta harina, que ellos llamaban gofio,
y que constituía su principal alimento, la comían mezclán-
dola con agua, miel o leche. El trigo, si hemos de creer el
manuscrito de Bocaccio, era más blanco y mucho más her-
moso que el europeo, y los higos secos, tan buenos como
los de Cesena. Las palmas las cortaban por el pimpollo y
recogían el licor que destila, convirtiéndole en una espe-
cie de bebida muy apreciada de ellos ( 1 ).
Respecto a viandas, las tenían muy buenas y sabro-
sas. Estimaban mucho las cabras, que llamaban aridaman,
y así mismo las ovejas y los puercos salvajes. De la leche
hacían excelentes quesos, y la manteca, después de ser-
virles de alimento, la empleaban en varios usos medicina-
les mezclándola con el jugo de ciertas plantas cuyas virtu-
des les eran conocidas.
La manera de labrar la tierra era tan extraña como
ingeniosa. N
o poseyendo bestias de labor con que arar la
tierra, se servían de unos largos palos a cuya extremidad
ataban una asta de cabra. Enseguida reuníanse veinte o
más isleños, cada uno con su vara, y juntos surcaban la
tierra, yendo en pos de ellos las mujeres sembrando la cebada,
que llevaban en unos sacos atados a la espalda.
Al recoger la cosecha, que era regularmente en julio
( 2 ) ,sólo tomaban la espiga, trillándola con sus mismos pies,
y aventándola con sus manos; después guardaban el grano
en silos o lo almacenaban en cuevas muy enjutas. Para el
riego de sus tierras construían acequias, y recogían el agua
en grandes albercas (S), como precaución muy Útil en los
anos escasos de lluvias.
La pesca era otro de los recursos alimenticios que
con más frecuencia utilizaban, pero como no conocían el
arte de la navegación, no podían alejarse de la costa. Era
tanta, sin embargo, la abundancia de pescado, que, a pe- m
sar de los defectuosos medios que empleaban para coger- E
le, siempre suplía a todas sus necesidades. Servíanse de
unos cordeles fabricados de una estopa muy fuerte que se 3
extrae de los palmitos, y labraban los anzuelos de astas de -
O
carnero o de cabra, torciéndolos al fuego y dándoles la
m
O
consistencia del hierro (4).También conocían la pesca con 4
redes de junco, para lo cual se arrojaban al mar a nado, n
ejercicio en que eran muy diestros.
Además del cultivo de la tierra, del cuidado de los
rebanos y de la pesca, artes principales que ocupaban a
los canarios, había entre ellos albañiles que entendían en
la construcción de las casas y oratorios, y en el ensanche y
apertura de las cuevas; tintoreros para las pieles y vesti-
dos dejunco; alfahareros para la fábrica de gánigosy utensilios
de barro; estereros para las esteras de palma y sogas de
junco; embalsamadores para la disecación y colocación de
los cadáveres en los sepulcros, y, en fin, verdugos y carni-
ceros, oficio tan vil, que no era permitido, como ya hemos
dicho, a los que lo ejercían, tocar nada con la mano, ni
penetrar en ninguna habitación (5).
Los muebles de que se servían pueden reducirse a
los siguientes (6):un molino de mano compuesto de dos
piedras, donde trituraban la cebada o el trigo para conver-
tirla en gofio o harina; algunas vasijas de barro o gánigos,
para los usos de la cocina y del servicio; varios instrumen-
tos cortantes de pedernal o de vidrio volcánico; cucharas
de conchas marinas; anzuelos y agujas de espinas de pes-
cado o púas de palma; rodelas de drago, espadas de ace-
buche, dardos y lanzas de tea endurecida al fuego; lechos
de paja, y sillas de piedra cubiertas de pieles.
Los canarios se distinguían de los habitantes de las
otras islas, por el esmero con que construían sus casas, y
el arte con que labraban la piedra para abrir las cuevas
que les servían de habitaciones. Antiguos documentos di-
cen que los prisioneros mallorquines, que en los siglos Xlll
y XIV habían quedado en la isla, enseñaron a los indígenas
éstas y otras artes, así como introdujeron el trigo y las hi-
gueras: lo cierto es que ya en 1402, época de la llegada de
Bethencourt, existían aldeas considerables cerca de las costas,
formadas de casas y cuevas muy bien construidas. El viaje
que ya hemos citado de Angiolino del Teggia, verificado en
1341 , da testimonio de esta verdad, medio siglo antes que
los capellanes del barón normando. <(La
gente del equipa-
je, se lee en aquel diario, penetró en el interior de las ca-
sas, y reconoció que estos edificios estaban construidos
con piedras cuadradas con mucho arte, y cubiertos de grandes
y hermosas piezas de madera))(7).
Aún se conservan en algunos puntos de la isla vesti-
gios de estos edificios, a pesar de que el tiempo y la incu-
ria de sus nuevos habitantes han contribuido de consuno
a destruirlos.
Véase la descripción que de los restos del pueblo de
Arguineguín, situado en el barranco del mismo nombre,
hacen en su Historia natural de las Canarias los señores
Webb y Berthelot (8).
((La
habitaciones se hallan colocadas en varias filas
alrededor de un gran circo, en medio del cual se ven
las ruinas de un edificio más considerable que los otros,
presentando delante de la puerta de entrada un enor-
me banco semicircular con un dosel, todo de piedra,
lo que ha hecho presumir que esta casa había sido la
residencia de un jefe, y que el concejo de los guaires
se reunía en este sitio. Grandes y sólidas vigas de lau-
rel (barbusano),madera casi incorruptible. cubren aún
algunas de estas habitaciones, cuya forma es elíptica,
presentando interiormente tres alcobas practicadas en
el espesor del muro, que tiene 8 o 9 pies d e ancho.
Estas alcobas parecen haber sido destinadas para ca-
mas. El hogar se halla colocado cerca d e la puerta d e
entrada, que hace frente a la alcoba del fondo. La pa-
red carece d e cimiento, se halla construida con pie-
dras en bruto y muy gruesas exteriormente, pero per-
fectamente talladas y alineadas en el interior, y estas
piedras blancas se hallan tan bien unidas, como pu-
diera hacerlo el mejor d e nuestros albaniles.))
En Gáldar se conservaba hasta hace poco tiempo el
palacio del Guanarteme forrado todo admirablemente de
hermosas piezas de madera (9),y en Agaete, dos habita-
ciones de figura cuadrada con grandes vigas de un hermo-
"
7
so pulimento ( 10). E
Cerca de Telde, donde llaman el Risco d e las cuatro 3
puertas, en la cima de una montaña volcánica, hay una -
O
cueva espaciosa, abierta en la roca, de ochenta pies de
m
O
largo y cuarenta de ancho, que parece haber sido destina- 4
da a algunas ceremonias del antiguo culto. Penetrase en n
ella por cuatro aberturas de catorce pies de alto, sobre
seis de ancho, separadas entre sí por pilares de diferentes
dimensiones. Delante de la cueva se abre una explanada, -
m
O
cortada en el mismo risco, donde hay unos nichos a cinco
pies del suelo, redondos unos, y otros cuadrados. En la
vertiente de la montaña, por la parte del sur, hay otra ex- -
planada semicircular ( 1 1). n
En el barranco de Valerón, distrito de Guía, existe otra
curiosa cueva destinada, según la tradición, para convento
de las vestales o harimaguadas; subese a ella con bastante
peligro, y se compone de un arco elevado que le sirve de
entrada, y u n largo corredor a cuyos lados se abren unas
celdillas a distancias regulares, colocadas las unas sobre
las otras con sus ventanas para recibir la luz. En el exterior
hay dos torreones cortados a plomo sobre el barranco con
sus correspondientes troneras ( 12).
La población rica vivía en el centro de la isla, prefi-
riendo las cuevas a las casas, por suponer que eran más
frescas y saludables; la gente del pueblo se reunía en las
playas o en los valles cercanos al mar, porque de este ele-
m e n t o recibían s u principal subsistencia.
Los g r a n d e s c e n t r o s d e población e r a n e n t o n c e s al
N. Ciáldar, al O. Acusa, y al S. Telde, Argonez y Arguineguín.
Notas
(1) Castillo, p. 6 1.
(2) Los canarios contaban por lunas.
(3)Castillo, p. 60.
(4) Sosa, p. 172.
(5) Viera, t. l . p. 158.
(6) Seguimos en esta breve descripción a Viera, t. l . p. 152.
(7) '(Hiver0 intrantes domos eas videre ex lapidibus quadris
compositas mirabili artificio et lignis ingentibus ac p~~lcherrimis
tectas.11 Ciampi. Firenze. 1827.
(8) Etnografía. p. 143.
(9) Fue destruido con inaudita barbarie, para utilizar esta
madera.
(10) El P. Sosa, en su Topografía de Gran Canaria, se expresa
así hablando de este edificio: ,,Estando en la villa de Gáldar en
misión, fui a ver una casa canaria que hasta hoy por vía de estado
se conserva cerca de la iglesia parroquia1 del Sr. Santiago; y reparando
en lo pulido y labrado de sus maderos, y en el ajuste de sus tablones
y vigas, quedé fuera de mí casi; considerando su curiosidad y
primor con tal neutralidad, que es cierto sino hallara evidencias
tan matemáticas y claras por algunos escritos muy antiguos que
he leido, que en esta afortunada isla hasta su conquista, nunca
hubo herramienta, sino los viera labrar no lo creyera. Este palacio,
que dicen ser del rey Guadarteme, está todo aforrado con tablones
de tea muyjuntos, y con tal orden puestos y curiosamente pintados,
que a primera vista parecen ser todos una pieza."
(11) Webb y Berthelot, p. 159.
(12) Castillo, p. 56.
VI.
Usos y costumbres.
Y
a h e m o s visto q u e , a p e s a r de la sencillez e n q u e
debieron vivir los insulares canarios, la división e n c a s t a s
era ya conocida entre ellos, separando e n dos bandos opuestos,
los intereses comunes de aquella sociedad.
Signos exteriores de nobleza servían para señalar a
las familias que habían tenido la suerte de nacer en ese
rango. Una larga cabellera era el distintivo de este orden
elevado, así como la falta de este requisito era la señal de
ser un villano, o un achicaxna (trasquilado).
El respeto a las mujeres, según hemos dicho, consti-
tuía uno de los más curiosos rasgos de su fisonomía mo-
ral. Este respeto se extendía a los ancianos, a los niños, y
a las personas consagradas al culto, como los Faicanes y
las harimaguadas.
Aunque sólo les eran conocidas aquellas artes que
brotaban, por decirlo así, espontáneamente de sus mismas
"
7
necesidades, cuidaban de conservarlas fomentando su apren- E
dizaje, y velando por la educación de la juventud que en 3
ellas se instruía. -
0
Sin ocuparnos ahora de los ejercicios que constituían
m
O
su principal ocupación, como eran la carrera, la lucha, el 4
pugilato, el manejo de la honda, del hacha y del palo, re-
*
n
cordaremos que aprendían a tejer con la mayor perfección
sus vestidos, y a coserlos cuando eran formados de pieles,
que pintaban sus rodelas con varios cuarteles de diferen- -
m
O
tes colores, que se tenían el rostro y los brazos, que se
ocupaban en fabricar vasijas de barro de diferentes dimen-
siones, que araban, sembraban y regaban la tierra, y que
levantaban por fin edificios, cuyas ruinas después de cua- s
n
tro siglos se conservan aún intactas. O
O
Es probable que las disposiciones naturales decidie-
ran del arte a que cada uno se aplicara, siendo casi exclu-
sivo de la nobleza el manejo de las armas, el cultivo del
terreno, y el cuidado de los rebaños, ocupaciones que no
desdeñaban los mismos reyes.
Sencillos eran sus vestidos. Componíanse siempre de
dos clases; o de pieles perfectamente adobadas, o de un
tejido de junco o de palma, primorosamente trabajado, en
cuya industria eran muy diestros.
El vestido de los jefes se distinguía de los demás. En
la relación del viaje de Angiolino, que tantas veces hemos
citado, se dice expresamente que el tamarco o tonelete
del jefe era de hojas de palmera, y el de los otros cana-
rios, de junco, pintado de amarillo y rojo.
El tamarco no carecía de cierta elegancia: llevabanle
ajustado al cuerpo, y encima otro de pieles que sólo se
ponían en invierno. Algunos usaban también una especie
de sombrero con plumas. Las mujeres se vestían una hopalanda
que les llegaba al suelo, llevando el cabello recogido atrás
y trenzado con juncos de diferentes colores. Ambos sexos
usaban sandalias de cuero de cabra, ligadas con correas al
pie (1).
Además de estos adornos, se pintaban el cuepo con
extravagantes dibujos. Bontier y Leverrier dicen en su cró-
nica ( 2 ) , ([quetienen sus carnes labradas con diferentes
dibujos, según el capricho y gusto de cada uno.))
En lo que todos los historiadores convienen, era en
su gallarda y varonil figura, y en la belleza de las mujeres.
Cairasco añade, que éstas tenían los ojos negros y rasga-
dos (3).((Idpor todo el mundo, escribían los capellanes
del señor de Bethencourt, y no hallaréis en ninguna parte
personas más hermosas ni gente mas gallarda que la de
estas islas.))Otro autor contemporáneo decía hablando de
los canarios: lino exceden de una estatura regular, tienen
los miembros robustos, son fuertes, muy valerosos, y al
parecer de una gran inteligencia.>)
(4).
Hemos ya hablado de la costumbre de bautizar a los
recién nacidos, ahora añadiremos que, segun algunos au-
tores, no era la madre quien los criaba sino una cabra,
porque creían que de este modo llegarían sus hijos a ad-
quirir la ligereza de este animal (5).
Las doncellas nobles eran educadas en los cenobios,
donde vivían reclusas las harimaguadas, siendo éstas las
que tenían a su cargo la vigilancia y cuidado dé su educa-
ción.
Allí entraban a la edad de ocho años, y no salían has-
ta cumplir los veinte. Debe suponerse que la instrucción
que en estas casas recibirían, sería siempre relativa a las
artes que estaban en uso en el país.
Vivían las esposas muy sujetas a la voluntad d e s u s
maridos ( 6 ) ,distinguiéndose d e las solteras e n la forma y
corte del vestido.
La manera d e celebrar s u s casamientos era muy sen-
cilla. Convenidas las partes contrayentes, y obtenido el
consentimiento d e s u s padres, se celebraban grandes fies-
tas que duraban muchos días, según el rango y riqueza d e
los novios, quedando sin más ceremonias ni requisitos unidos
por toda la vida. Si s e casaban por segunda vez, los hijos
del primer matrimonio tomaban el nombre d e punapales,
esto es, mayorazgos o principales herederos d e la casa,
siendo necesario q u e los hijos del segundo, para s e r enno-
blecidos, los tomara d e la mano el Guanarteme y los entre- "
,
gara al padre, pues sin esta circunstancia n o eran conside- D
E
rados hijodalgos (7). =
La adopción s e verificaba del mismo modo, siendo 5
muy frecuente q u e los nobles aumentaran s u familia o el -
e
m
número d e s u s adeptos o clientes por medio d e esta senci- O
4
Ila ceremonia, q u e era el primer acto, por decirlo así, d e la
introducción d e un plebeyo e n el orden d e la nobleza. n
-
Entre las doncellas principales era costumbre autorizada,
que, cuando las querían casar, estuviesen antes descansando =
m
treinta días, regalándose con todas aquellas viandas y bebidas 0
más suculentas y estimadas, que de ellos eran conocidas, para
que así las encontrase el novio llenas de robustez y vida, y
pudieran dar al estado hijos esforzados y valientes (8).
n
-
Se asegura por nuestros historiadores que el Guanarteme O
O
tenía el derecho d e prelibación e n todos los matrimonios,
considerándose honrada la novia q u e a tal costumbre se
sometía; pero los canarios q u e sobrevivieron a la conquis-
ta, lo negaban con tenacidad, asegurando q u e era tan fal-
s a esta noticia, como aquélla e n q u e s e les atribuía la unión
legal d e tres hombres con una sola mujer (9).
Podemos, pues, asegurar, que los usos y costumbres d e
los primitivos canarios, nada tenían d e vergonzoso ni de repug-
nante, teniendo e n cuenta el grado d e cultura y civilización que
alcanzaban en aquella época. En la sociedad doméstica encon-
tramos el respeto a los padres, el cariño a los esposos y el amor
a los hijos; en la civil, la veneración a los ancianos, a los sacer-
dotes y a las mujeres, la sumisión a las leyes y a los usos de sus
mayores, y la obediencia a las autoridades. ¿Qué más podía
esperarse de unos hombres separados por el Océano del movi-
miento civilizado de los pueblos del continente, y entregados
sin la luz del Evangelio a sus buenos o malos instintos?
Dignos de admiración serán siempre por su heroico
valor, por s u actividad inteligente, y por su decidido amor
a la patria, los que supieron defender durante un siglo su
independencia, respetando a sus vencidos enemigos, y
cumpliendo con fidelidad sus juramentos.
Notas
( 1 ) Abreu Galindo, p. 98.
(2)Bontier y Leverrier, p. 7 2 .
(3)Templo militante, p. 2 8 3 .
(4)Ciampi.- Diario d e Bocaccio.
(5)Castillo, p. 6 2 .
( 6 ) Castillo, p. 58.
(7)Sosa, p. 182.
(8)Abreu Galindo, p. 92.- Castillo, p. 57.
(9)Sedeño. M s .
VII.
Bailes.- Juegos.- Diversiones.
Los canarios, según todas las tradiciones que de ellos
se conservan, eran muy aficionados a los juegos y regoci-
jos públicos. Entre éstos, ocupaban el primer lugar las fiestas
que celebraban en cierta época del ano, que creemos se-
ría en julio o agosto, los convites y bailes con que festeja-
ban sus matrimonios, y las justas o torneos, que, para
manifestar su valor y destreza, disponían en las plazas pú-
blicas, según el ceremon,ial que el uso había consagrado
en esta clase de espectáculos.
11Doscosas, decía Francisco d e Gomara en s u Histo-
ria de las Indias, andan por el mundo, q u e han ennoble-
cido a estas islas: los pájaros canarios, tan estimados por
su canto, y el canario, baile gentil y artificioso.))((Estees
un tañido músico, añade Viera ( l ) , d e cuatro compases,
q u e s e danza haciendo el son con los pies, con violentos y
cortos movimiento s.)^
Este baile ha desaparecido d e la Gran Canaria, sin
q u e se conserve ningún recuerdo d e la música ni d e los
movimientos con q u e s e acompañaba, pero creemos q u e
el tango herreno es una copia d e e s e famoso baile, con
las modificaciones que el tiempo y las costumbres han podido
introducir en s u ejecución.
"
7
Mientras unos bailaban, tocaban otros unos tamborcillos E
y flautas d e caña, y cantaban endechas que recordaban
s u s amores, o las hazañas d e los personajes q u e más se 3
habían distinguido e n la guerra, y cuya grata memoria con- -
-
o
servaba el pueblo. m
O
:
:
Las justas o desafíos se verificaban, como hemos di-
cho, en un sitio destinado a este objeto, q u e era siempre
una gran plaza e n cuyo centro se elevaba un estrado, so-
bre el cual se colocaban los d o s combatientes, para desde
esta altura poder ser vistos del público. En esta explanada
o terraplén había, además, d o s piedras llanas d e d o s pies
d e ancho, sobre las cuales era costumbre q u e cada lidia-
dor recibiera y devolviese los golpes d e s u adversario, sin
serle permitido, bajo ningún pretexto, apartarse d e aquel
sitio mientras duraba el combate.
Las armas con que s e presentaban e n la lid eran un
palo que remataba e n un grueso nudo, y al cual llamaban
magado, tres guijarros muy redondos y lisos, y algunos
pedazos d e afilado pedernal. El combate daba principio
arrojándose con increíble ligereza las piedras, que, con no
menos facilidad, procuraban evitar, sin mover los pies del
sitio donde se hallaban colocados: enseguida, empuñaban
las tabonas o pedernales, y ya con éstos, ya con el palo, se
dirigían y paraban los golpes, dando pruebas d e s u fuerza,
d e su agilidad y d e s u destreza. Cuando a alguno d e los
combatientes s e le rompía el magado, s e detenía el otro: y
si ambos estaban cansados, los padrinos les llevaban re-
frescos, interrumpiéndose la lid, para recomenzarla de nuevo.
Por fin, satisfecho ya el público y los jueces del valor
respectivo que cada uno había demostrado, levantaba la voz
el presidente, diciendo gama, gama (basta, basta), a cuyas
palabras se suspendía el combate, quedando ambos reco-
nocidos como hombres dignos de llevar las armas (2).
La lucha y el pugilato eran otros de los ejercicios
que más agradaban a los canarios, distinguiéndose, entre
sus hazañas, la que consistía en trepar a los riscos más
escarpados e inaccesibles, y fijar en su cima u n madero,
como señal eterna de este rasgo de audacia. Aún se descu-
bren en algunas alturas, donde parece imposible que el
hombre se haya atrevido a fijar su planta, varias señales
de este genero, que evidentemente no tienen otro origen.
Cuentanse algunas anécdotas, que confirman la idea
que del valor y destreza de estos insulares se conserva en
nuestras crónicas.
Adargoma, uno de los guaires más famosos de la isla,
cortaba de una pedrada la hoja de la palma que tomaba
por blanco de sus tiros, aunque estuviese muy elevada; y
bien sabido es la resistencia que opone la palma a u n ins-
trumento cortante, por más afilado y bien dirigido que esté.
Había canario que elegía tres hombres, a los que, después
de darles a cada uno doce naranjas y reservar u n número
igual, les mandaba que se las arrojasen a diez pasos de
distancia. De esto resultaba que ninguno conseguía tocar-
le con las naranjas, mientras él las empleaba todas (3).
((Yovi en Sevilla, dice Nebrija en sus Décadas (4),
una cosa que califiqué por milagro. Estaba allí cierto
isleño, natural de Canaria. el cual sin mover el pie si-
niestro de un sitio, aguardaba a ocho pasos de distan-
cia a cuantos le querían arrojar piedras, cuyos golpes
sabía evitar, ya torciendo un poco la cabeza, ya apar-
tando enteramente el cuerpo, o ya mudando
alternadamente las corvas. Este era un peligro a que
se exponía tantas cuantas veces le ofrecían un cuar-
to.,,
Cuéntase d e otro q u e llevaba un vaso a s u s labios,
lleno enteramente d e agua, sin q u e nadie pudiera impedír-
selo, ni hacerle derramar u n a sola gota (5).
N o podemos pasar en silencio la respuesta que Maninidra,
uno de los guaires m á s famosos de Canaria, convertido ya
al cristianismo, y jefe d e un cuerpo de indígenas e n la con-
quista d e Tenerife, dio a Alonso Fernández d e Lugo, cuan-
do al entrar e n u n a batalla advirtió el general español q u e
el canario temblaba. - ¿Por q u é tiemblas? - le dijo -,¿tienes
miedo? - A lo q u e contestó Maninidra.- Tiemblan las c a r n e s
del aprieto e n q u e las va a poner el corazón (6).
Hubo también otro canario, llamado Guanháben, céle-
bre por s u valor y por s u destreza e n la lucha, al cual otro
isleño, q u e gozaba d e la misma reputación, desafió a probar
s u s fuerzas e n uno d e esos certámenes públicos, de q u e an-
tes hemos hablado. Aceptado el desafío, y arregladas las con-
diciones, estuvieron asidos cuerpo a cuerpo por largo rato,
sin que uno ni otro consiguieran derribarse. Entonces Guanháben,
dirigiéndose a s u adversario, le.dijo: - Eres Caitafa un hombre
valiente, pero n o harás nunca lo q u e yo m e atreva a hacer.
A e s a interpelación, el isleño, lleno de arrogancia, res-
pondió afirmativamente: oído lo cual por Guanháben, se
dirigió sin deternerse a la playa seguido d e s u contrario, y
d e una multitud innumerable d e curiosos. Entonces, tre-
pando a lo m a s alto d e un escarpado risco, situado cerca
d e la Aldea d e San Nicolás, y q u e lleva el nombre d e Tirma,
y e c h a n d o una mirada d e desafío a Caitafa, se lanza d e s d e
aquella altura al mar. Su rival, al ver esto, sin titubear un
solo instante, corre, trepa al risco, y se d e s p e ñ a tras él,
poseído del m á s ardiente entusiasmo (7).
Estos hechos, y otros q u e omitimos, prueban el ca-
rácter indomable d e esta raza de valientes, y las grandes
cualidades q u e les adornaban, si bien, dirigida s u e n s e -
ñanza e ilustrada s u razón, hubieran empleado c o n m á s
acierto s u s fuerzas prodigiosas y s u s inteligente actividad.
En pocos países encontraremos m á s rasgos heroicos
q u e e n la Gran Canaria. Los Adargomas, Maninidras, Doramas
y Bentaguaires, n o c e d e n e n valor ni patriotismo a los hé-
roes m á s famosos d e la Grecia, d e Roma y de Cartago.
Notas
( 1 ) Viera, t. 1. p. 160.
(2)Abreu Galindo, p. 90. ,'La manera q u e tenían e n curarse
cuando salían heridos, era que si la herida era penetrante, tomaban
unjunco y majábanlo c o m o estopa el cabo hacia la raíz, y metían10
por la herida, mojado e n manteca d e ganado m u y caliente, cuanto
le podían sufrir, y así quemaban las heridas por dentro y fuera: y
hacían la manteca d e leche d e cabras, la cual guardaban para
muchos casos y efectos, porque mientras m á s añeja e s la manteca,
mejores efectos hace.>>
Abreu Galindo, p. 9 1 .
(3)Abreu Galindo, p. 1 12.
(4)Nebrija, Décadas, lib. 2, cap. l o .
(5)Abreu Galindo, p. 1 10.
(6)Sosa, p. 16 1
(7)Abreu Galindo, p. 1 1 1 .
VIII.
Entierros.. Momias.
Famosos son también los pueblos primitivos d e Tenerife
y Canaria, por el arte con q u e embalsamaban los cuerpos
d e s u s ascendientes, conservándolos intactos durante muchos
siglos, e n la misma forma q u e lo practicaron los antiguos
egipcios.
Renombre universal tienen e n los círculos científicos
d e Europa los momias d e Tenerife, viéndose en s u s pricipales
museos, restos más o menos curiosos de la raza guanchinesca,
mientras las momias canarias, olvidadas o confundidas con
las de aquella isla, n o obtienen d e los viajeros ni d e los
sabios el menor recuerdo. Algunos historiadores se han
adelantado hasta negar q u e los habitantes d e la Gran Ca-
naria conocieran el arte d e embalsamar los cuerpos, su-
puesto que jamás se han encontrado momias en las
cuevas de esta isla ( 1 ) . Para contradecir esta aventurada
aserción, bastaría citar a todos nuestros cronistas, así an-
tiguos c o m o modernos, q u e afirman lo contrario, si no
existieran hoy pruebas indubitables d e la existencia d e esas
momias.
Castillo, e n s u Descripción histórica ( 2 ) , nos dice
que los embalsamadores formaban un gremio, teniendo a
s u cargo todos los procedimientos d e esta operación, y
contándose entre ellos personas d e ambos sexos. La ma-
nera d e proceder a estos embalsamamientos, según el mismo
autor, era el siguiente. Introducían por la boca d e los cadá-
veres diferentes confecciones d e polvos d e brezo, d e cor-
teza d e pino, d e hierbas aromáticas, y manteca d e cabras
derretida, y por espacio d e quince días los ungían, ponién-
doles al sol: envolvíanlos, luego, e n pieles perfectamente
gamuzadas, y los depositaban en cuevas inaccesibles.
Abreu Galindo añade que los plebeyos eran exclui-
dos d e este honor, teniendo s u sepultura entre las esco-
rias volcánicas d e la Isleta, donde todavía s e encuentran
hoy en gran número.
En efecto, hacia la banda meridional d e la misma Is-
leta, s e descubren grandes montones d e piedra e n forma
piramidal, d e los cuales cada uno indica el lugar d e una
tumba. Este sitio s e halla cubierto d e lava que s e llama por
los canarios malpaís, y que el tiempo no ha podido aún
cubrir d e tierra vegetal; cada fosa tiene d e seis a ocho pies
d e profundidad, formando una bóveda, sostenida o por
tablones d e tea, o por una muralla d e piedra seca. El cuer-
po s e halla siempre colocado con la cabeza hacia el norte,
encontrándose generalmente entero, y los huesos bien
conservados. En algunos sepulcros s e ven fragmentos d e
tamarcos, d e calzado y d e esteras d e palma, y las frutas d e
una planta q u e pertenece a la especie del terebinto (3),
que, según algunos, empleaban para retardar la putrefac-
ción. Vénse también, aunque en muy pocos, hachas d e piedra,
vasijas d e tierra cocida, y unas piedrecitas basálticas
cortadas en pirámides, cuya base, incrustada de líneas
trasversales, figura una multitud de losanges. con una
punta en el centro (4).
Estos mismos sepulcros que vamos describiendo, s e
encuentran también sobre la costa occidental, muy cerca
del pueblo d e Agaete, y e n la antigua aldea d e Arguineguín,
al s u r d e la isla. M. Despreaux, q u e los ha examinado, ase-
gura q u e los esqueletos encerrados e n las fosas mayores
tienen la cabeza vuelta hacia el norte, mientras e n las pe-
q u e ñ a s se dirigen d e e s t e a oeste.
Podemos citar también ejemplos d e sepulturas encon-
tradas s o b r e la cima d e las montañas. Cuando e n 1 7 0 4 se
allanó el cerro d e Santa Catalina para colocar e n él una
batería, se descubrieron tres, formando una bóveda d e la-
jas artísticamente cerrada, q u e impedía penetrar la tierra y
el polvo (5).
Posteriormente, e n 1855, se hizo por casusalidad un
descubrimiento d e m á s importancia: u n o s pastores encon-
traron u n a cueva situada e n la escarpada vertiente d e una
montaña d e las b a n d a s del Sur, donde, d e s p u é s d e pene-
trar con gran peligro, vieron una multitud d e momias ence-
rradas allí d e s d e tiempo inmemorial.
La entrada d e la cueva era baja y estrecha, pero el
interior, a n c h o y despejado.
Hallábanse las momias sin orden ni simetría, efecto
sin d u d a d e s u m u c h a antigüedad, q u e las había descom-
puesto y fraccionado. Esta confusión e n la disposición d e
los cuerpos se hacía m á s notable, a medida q u e se inter-
naba e n el enterramiento, viéndose l o s miembros mezcla-
d o s indistintamente sin s a b e r s e a q u é momias debieron
pertenecer. Felizmente, a la entrada d e la cueva, y e n un
sitio d o n d e era m e n o r la humedad, se encontró una per-
fectamente conservada, y d e la cual vamos a hacer una
minuciosa descripción.
Estaba el c u e r p o envuelto e n d o c e pieles. De éstas,
las siete interiores, extraídas d e corderos nonatos, se ha-
llaban tan perfectamente conservadas, q u e a ú n podía ver-
se el brillo del pelo, y tan elásticas c o m o si estuvieran aca-
b a d a s de curtir. De las cinco exteriores, c o m o m á s expues-
tas al contacto del aire, sólo quedaban fragmentos. Encontróse
así mismo el rastro d e una sustancia viscosa, fusible al
calor d e la mano, d e gusto y olor semejantes e n un t o d o al
d e la miel de abejas, pero de color rojo oscuro, debido tal
vez a la mezcla d e algunos ingredientes q u e empleaban
para obtener el bálsamo con q u e ungían las mismas mo-
mias. Las pieles d e que hemos hablado no eran todas d e la
misma clase: las m á s finas y delicadas s e encontraban in-
mediatas al cuerpo, con el pelo hacia adentro, observán-
dose mezclados e n algunas d e ellas los colores blarico y
negro, formando sencillos dibujos. Cada d o s o tres d e es-
tas pieles estaban sujetas al cuerpo por algunas tiras de
cuero colocadas a media vara d e distancia y cosidas e n
s u s extremos; la última presentaba el aspecto d e un s a c o
cerrado por la boca.
La momia se hallaba e n un estado d e regular conser-
vación. El rostro había perdido la piel, y sólo la mandíbula
inferior s e veía aún cubierta d e una barba negra y corta; el
cráneo tenía así mismo algunos mechones d e pelo castaño "
7
e n su parte posterior. El pecho y el abdomen, aunque hun- W
didos, s e descubrían distintamente del mismo m o d o q u e E
los muslos y piernas: no así las manos y los pies q u e sólo 3
tenían las falanges, desnudas enteramente d e la piel q u e -
las cubría. Por la inspección d e los dientes y el color del O
4
pelo y d e la barba, parecía pertenecer la momia a un hom-
bre d e mediana edad. n
La posición d e los brazos y las piernas era perfecta-
-
mente horizontal, sin q u e s e advirtiera e n s u s miembros
ninguna contracción. -
m
O
Halláronse junto a ella d o s fragmentos d e una vasija
hecha d e madera d e drago, q u e aún conservaba el olor d e
la miel que e n ella s e había depositado.
n
-
Además d e esta momia, se pudo recoger también la O
O
d e una niña d e corta edad, cuyas manos s e hallaban tan
perfectamente conservadas q u e se distinguían los hoyos
d e las coyunturas, la tersura d e la piel, su color y s u s dimi-
nutas unas.
Entre los varios restos informes q u e s e veían disemi-
nados e n la cueva, eran dignos d e llamar la atención, una
pierna con su pie, cuya piel era igual e n color al d e las
momias egipcias; un cráneo adornado d e pelo negro y cor-
to, peinado e n gruesos bucles c o m o el d e algunas estatuas
antiguas: y un fragmento q u e sólo conservaba el fémur, o
hueso del muslo, unido a los d e la pelvis, y formando án-
gulo recto con el resto del cuerpo, lo cual dejaba com-
prender q u e la persona a quien perteneció debió morir sentada
c o n las rodillas unidas a la barba, por efecto d e alguna
enfermedad q u e la obligó a tomar aquella violenta posi-
ción.
Pero, lo q u e m á s se admiraba e n la primera momia
era la fortaleza, suavidad y tersura d e las pieles q u e le ser-
vían d e envoltura; había algunas q u e podían competir con
la m á s exquisita gamuza d e Suecia. Estos diversos frag-
mentos estaban cosidos con una cuerda d e tripa, tan fina y
delicada, q u e se necesitaba el auxilio d e un vidrio micros-
cópico para distinguir las d o s hebras torcidas cada una s e -
paradamente y luego juntas, con q u e se hallaban unidas
las pieles, siendo d e notar la perfecta uniformidad del grueso
de la cuerda.
No todas las momias estaban envueltas con tanto esmero;
había algunas, cuyos restos se conservaban e n s a c o s gro-
s e r o s d e una tela formada d e un tejido d e junco, resguar-
d a d a s exteriormente por esteras d e palma.
Encontróse también, entre otros objetos, un collar
compuesto d e tres cuentas azules d e vidrio ensartadas e n
un cordón d e cuatro hilos d e tripa, resto tal vez d e los ju-
guetes q u e les vendían los traficantes europeos, e n cam-
bio d e los productos m á s apreciados del país.
El descubrimiento d e e s t a cueva comprueba muchos
de los detalles q u e h e m o s t o m a d o de nuestros cronistas
s o b r e el embalsamamiento y entierro d e los cadáveres is-
lenos.
Varias s o n las observaciones q u e se desprenden d e
lo q u e llevamos expuesto, y q u e reasumiremos e n pocas
palabras.
Vemos primeramente confirmado q u e los canarios
conocieron el arte d e embalsamar los cuerpos y conservar-
los sin corrupción c o m o los de los guanches d e Tenerife;
así mismo, es indudable q u e depositaban junto al cadáver
vasijas con miel, manteca y leche, a las q u e tal vez ana-
dían los muebles q u e m á s apreciaba el difunto, observa-
ción importante q u e nos hace sospechar algún conocimiento
e n ellos del dogma de la inmortalidad del alma. La diferen-
cia de envoltura n o s revela también q u e el rango y la clase
del muerto influía e n el m o d o de embalsamarle, cuidándo-
se poco d e los q u e n o podían por s u fortuna aspirar a las
d o c e pieles q u e cubrían la momia, q u e ha llegado intacta
hasta nosotros.
Sabemos, por u n a constante tradición, q u e los cana-
rios eran muy celosos de la conservación d e e s t o s sepul-
cros, y q u e a nadie revelaban el sitio d o n d e se ocultaban,
tapiando c o n el mayor cuidado la entrada d e las cuevas
q u e les servían de encierro. N o d u d a m o s , pues, q u e exis-
tan todavía m u c h a s e n nuestras montañas, c o m o la q u e
casualmente se descubrió e n 1855, y cuyas momias po-
drían resolver algunos problemas curiosos s o b r e la oscura
historia de aquellos isleños.
"
7
D
E
En fin, h a c e algunos a ñ o s q u e se encontró e n u n a
=
cueva de los alrededores d e Telde u n a vasija d e barro co- 3
cida, llena d e discos d e diferentes dimensiones agujerea-
-
-
0
m
d o s todos por el centro, y arreglados c o m o las espirales d e O
u n a concha. 4
*
S e s u p o n e q u e e s t o s objetos fueron de algún valor
para los primitivos habitantes, sirviéndoles tal vez de adorno
o de m o n e d a corriente (6). =
m
O
Berthelot, Etnografía, p. 148.
Castillo, p. 64. n
O
Cneorum pulverulentum, llamada por los indígenas O
Berthelot, p. 149.
Castillo, p. 64.
La momia de que nos hemos ocupado en este artículo
se halla en poder de D. Juan del Castillo y Westerling.
IX.
Tradición histórica.- Andamana.
Escasas son las noticias que han llegado hasta noso-
tros sobre las transformaciones políticas que debieron ex-
perimentar los pueblos de estas islas, antes de constituir-
se definitivamente en monarquías, más o menos absolu-
tas, como las que encontraron establecidas los europeos
al visitar de nuevo este olvidado archipiélago: pero debe-
mos suponer, que al revelarse en ellos la necesidad de coristituii-
alguna forma de gobierno, debió naturalmente quedar el
territorio dividido en tribus independientes, formadas en-
tre sí por la asociación de una o de muchas familias, enla-
zadas por el parentesco o por la amistad de sus individuos.
Estas tribus se hicieron luego la guerra por celos, por envi-
dia, por demarcación de límites, o por el uso de los pastos
que habían de servirles para alimentar sus rebaños.
Entre estas tribus es probable hubiera alguna, cuya pre-
ponderancia sobre las demás fuera insensiblemente pronun-
ciándose, ya por el aumento de su población, o ya por la
feracidad del terreno que le había tocado en suerte; así creernos
que sucedió con la establecida en el distrito de Ciáldar.
La expedición de Ben Farroukh en 999, la más anli-
gua de que tenemos noticia en la Edad Media, nos habla
de u n Ciuanarteme de Ciáldar, llamado Ciuanariga, en cuyo
palacio fue festejado el capitán árabe por los guaires o
consejeros canarios. Aquella curiosa relación añade: {(que
las islas Canarias estaban habitadas por tribus más o
menos bárbaras y gobernadas por diferentes caudillos:
q u e e n las islas de Canaria y Capraria (Fuerteventura),
é s t o s eran independientes y se hacían la guerra unos
a otros, al paso q u e e n la d e Nivaria (Tenerife). los
habitantes formaban hasta quince tribus subordina-
das a un soberano o Mencey: y finalmente que, entre
todas las islas, la q u e ofrecía muestras d e alguna civi-
lización era la isla de Canaria, tanto por la afabilidad
d e s u s naturales para con los extranjeros, como por
s u s instituciones civiles y religiosas, y su agricultura
e industria, q u e se hallaban más perfeccionadas q u e
e n las demás islas.u ( 1).
Estas noticias, por incompletas q u e nos parezcan, se
anudan perfectamente con las q u e han sido recogidas por
nuestros cronistas.
En una época q u e no s e cita, pero que nosotros cree-
mos poder fijar a mediados del siglo XIV, la isla d e Canaria
se hallaba dividida e n diez distritos independientes, cuyos
nombres eran Gáldar, Telde, Agüimes, Tejeda, Aquejata,
Agaete, Tamaraceite, Artebirgo, Astiacar y Arucas. Cada uno
d e estos distritos era mandado por un jefe o capitán inde-
pendiente, auxiliado por un número m á s o menos crecido
d e guerreros.
Esta división e n tribus fomentaba entre los canarios
s u s instintos belicosos, y hacía m á s sangrientas y frecuen- m
tes s u s guerras y disensiones. E
Entretanto, una mujer s e disponía a cambiar radical- =
mente este sistema d e gobierno, preparando una revolu-
ción, cuyas consecuencias s e dejaron sentir bien pronto.
-
0
m
m
Vivía e n el cantón d e Gáldar una hermosa joven Ila-
mada Andamana ( 2 ) ,que por su raro talento, por s u s virtu-
des, y por la habilidad con q u e arreglaba los negocios m á s
arduos y complicados, gozaba e n toda la isla d e una repu-
tación tan justa como merecida. Suponen algunos q u e prac-
ticaba el arte d e la adivinación, y que, para aumentar s u
prestigio, fingía estar inspirada y e n comunicación con los
espíritus. Sea d e esto lo q u e fuere, e s lo cierto q u e todos
acataban su poder, y que, si bien n o lo ejercía d e hecho,
era moralmente irresistible. Todos, sin embargo, convie-
nen e n que lo empleaba e n bien y utilidad del país, sin
apartarse nunca d e las reglas d e la m á s estricta justicia.
Pasaron así algunos años, hasta q u e varios isleños, o
envidiosos d e la fama d e Andamana, o avergonzados d e
ver a una mujer mezclada e n s u s negocios públicos y deci-
diendo como supremo árbitro todas las cuestiones susci-
tadas entre ellos, s e propusieron sacudir el yugo, burlán-
dose d e s u s actos, despreciando s u s decisiones, y desacre-
ditándola por cuantos medios puede sugerir el odio y la
envidia.
Estos vergonzosos manejos irritaron al fin a Andamana,
q u e , a u n q u e superior a s u s viles detractores, n o podía con-
formarse con la tranquila resignación d e víctima; entonces
juró vengarse ellos y del pueblo e n cuyo favor había traba-
j a d o tantos años, y formó el atrevido proyecto d e conquis-
tar la isla, ciñéndose la corona d e esta nueva monarquía.
Al efecto eligió, entre s u s numerosos adoradores, al m á s
valiente y afamado c a m p e ó n d e las diez tribus, y se despo-
só públicamente con él, ocultando a todos s u designio. Estas
b o d a s atrajeron la juventud guerrera a Gáldar, e n cuyo dis-
trito vivía Gumidafe, q u e así se llamaba el venturoso elegi-
d o (3),y aprovechándose Andamana d e esta circunstan-
cia, empleó toda s u habilidad y talento e n reclutar un pe-
queño, pero adicto y aguerrido ejército, q u e obedeciera
ciegamente s u s órdenes, y le sirviera d e dócil instrumento
para llevar a efecto s u ambicioso plan.
Así sucedió; los guerreros, seducidos por la magia d e
s u s palabras, por el anuncio d e fáciles victorias, y por la
promesa formal d e premios y recompensas, se agruparon
e n torno de ella y de s u esposo, y conducidos por a m b o s a
los cantones m á s próximos, fueron sin resistencia redu-
ciéndolos a s u dominio. Todavía quisieron s u s enemigos
hacerle frente e n algunos puntos, pero era ya tarde, s u in-
flujo moral, apoyado por un ejército victorioso q u e c a d a
día se engrosaba con nuevos adeptos, los redujo e n breve
a la impotencia, obligándoles a d e p o n e r las armas. La isla,
entonces, q u e d ó enteramente sometida a un solo dueño,
rindiendo d e s d e aquel m o m e n t o humilde vasallaje a la as-
tuta y afortunada isleña.
Los nuevos reyes fijaron s u corte e n el distrito d e Gáldar,
y procuraron atraer a s u lado, c o m o prenda d e seguridad
futura, a los mejores guerreros d e la isla. Es muy posible
q u e Andamana n o se apartara e n el poder d e las máximas
justas y equitativas q u e la habían conquistado antes d e s u
elevación, la fama y renombre q u e le sirvió d e escabel para
subir al trono; así, al menos, s e d e d u c e d e la tranquilidad
interior q u e disfrutó el país e n el largo período d e s u reina-
do.
La tradición, pues, guarda silencio sobre los aconte-
cimientos q u e siguieron a e s t e cambio d e gobierno; sólo
se s a b e q u e le sucedió s u hijo Artemi Semidán, digno he-
redero d e una corona q u e los e u r o p e o s iban a hacer muy
peligrosa.
Notas
( 1 ) Ossuna. Comp. p. 22.- Mr. Etienne, m s . 13.
(2) Abreu Galindo la llama Atidamana, p. 108.
(3)Vivía Gumidafe e n unas cuevas que al presente se llaman
del caballero d e Facaracas. Abreu Galindo, p. 108.
Artemi Semidán.
Sucedía e s t o a fines del siglo XIV. -
e
m
Ninguna noticia nos conservan nuestros cronistas so-
O
4
bre los primeros a ñ o s del reinado de este príncipe. De supo- *
ner es siguiera las máximas d e buen gobierno q u e le legaran
n
s u s padres, teniendo la habilidad o la fortuna d e sostenerse,
e n medio d e la sorda rivalidad q u e debía necesariamente =
m
existir todavía entre los principales guerreros de la isla. O
En medio d e la oscuridad e n q u e está envuelto e s t e
período d e nuestra historia, d e b e m o s a los capellanes d e
Bethencourt algunas breves noticias, recogidas e n s u s fre- z
n
cuentes excursiones por las costas d e la Gran Canaria, bajo O
O
el m a n d o d e Gadifer de la Salle y del mismo Bethencourt.
Cuando éste, d e s p u é s d e h a b e r rendido vasallaje al
rey de Castilla, envió a s u asociado una fragata con refres-
cos, a r m a s y soldados, según dijimos e n el libro 2", Gadifer,
d e s e o s o d e reconocer todo el archipiélago, y sabiendo q u e
así secundaba las intenciones d e Bethencourt, dispuso q u e
la misma embarcación, a n t e s d e retornar a España, le sir-
viera para llevar a efecto c o n m á s comodidad s u empresa.
Esta resolución fue muy bien recibida por españoles y fran-
ceses, q u e se prometían cambiar c o n ventaja s u s bujerías
por los productos canarios q u e c o n tanta aceptación se
vendían e n Europa.
Dio principio la expedición por la isla de Fuerteventura,
donde, después de varias escaramuzas con los naturales,
aún no conquistados, aprisionaron cuatro mujeres, único
trofeo de su victoria.
De allí pasaron felizmente a Canaria, fondeando al
amanecer en el puerto de Gando, sobre cuya costa apare-
cieron a las pocas horas cerca de 500 isleños. Después de
habérseles hablado por medio de u n intérprete, y dádoles
las seguridades que ellosjuzgaron necesarias, fueron a bordo
de la nave veintidós canarios, cambiando por anzuelos,
cuchillos usados y hierro viejo, la sangre de drago que Ile-
vaban y que podía valer 200 doblas de oro. Detuviéronse
allí dos días, sirviéndoles de distracción los juegos de los
isleños, hasta que, deseando hacer aguada, se dirigieron
más al sur, a la rada de Arguineguín, pueblo entonces de
numeroso vecindario, en donde por ser la gente más sus-
picaz y desconfiada no se les permitió llegar a tierra. En
este viaje recogieron a bordo u n canario que se vino na-
dando al buque, y que hablaba el castellano. Este dijo Ila-
marse Pedro, ser hijo de padres hidalgos, y natural del va-
lle de Guiniguada ( 1 ). Añadió que había sido educado por
unos españoles que naufragaron en aquella costa, y los
cuales, en número de trece, fijaron allí su residencia, ins-
truyendo a los isleños en la fe cristianaa, y enseñándoles
varias artes y oficios, propios para hacer más cómoda su
vida salvaje. Pero sucedió que u n día aparecieron algunos
buques tripulados por vizcaínos y andaluces que entraron
a saco las pacíficas poblaciones del litoral; y entonces los
canarios, siempre recelosos, atribuyendo esta conducta y
la llegada de los extranjeros a avisos secretos comunica-
dos por los prisioneros náufragos, determinaron extermi-
narlos a todos, con algunos que habían cogido en la última
refriega. Uno, sin embargo, antes de morir, pudo escribir
la relación de sus aventuras que confió a Pedro, rogándole
pusiera aquellos papeles en manos de los primeros espa-
ñoles que llegaran a la isla.
Este era el objeto que conducía a bordo al fiel isleño.
El papel salvado de una manera tan extraña decía,
siguiendo a nuestros cronistas, de este modo (2):
«Encinco d e julio d e 1382, hizo viage el navío d e
Francisco López, vecino d e Sevilla, del puerto d e S.
Lucar para Galicia, y con tormenta derrotada, aporta-
mos y dimos en la costa del poniente d e esta isla d e
Canana, en la boca de un barranco llamado de Niginiguada,
y d e treinta y seis personas que veníamos en el navío,
solo salimos con vida trece por estar el mar muy fu-
rioso, las olas rebentando muy lejos d e tierra, y so-
mos los siguientes: Andrés Suarez, Juan Romero, An-
drés Galindo, Juan Hernandez. Ignacio de Fuentes, Antonio
Lopez, Francisco Tellez d e Sevilla (hermano del capi-
tán del navío Francisco Lopez que se ahogó con los
demás). En dicha parte fuimos presos por los canarios
y llevados la tierra dentro, á presencia del Guadarteme, L n
D
señor d e la isla: y cuando entendíamos ser maltrata- -
E
dos d e ellos, merecimos que nos regalasen con carne
asada, miel y harina d e cebada tostada, y nos dió li-
3
-
bertad, poniendo penas á todos s u s vasallos para que -
0
m
no nos ofendiesen ni agraviasen..
O
4
«Esgente piadosa, caritativa y obediente á s u rey, n
porque entendida su voluntad, no faltarán á ella, y
amorosamente nos dieron muchas cabras para criar,
que es lo que usan, y mucha cebada para la semente- -
m
ra. Andan los hombres y mugeres vestidos d e pieles
O
amorosas, y las camisas son d e lo mas tierno d e las
palmas. Précianse de tener los cabellos rubios: es grande
el número d e la gente que hay en esta isla: los nobles n
son muchos, diferenciados d e todos por los trages, y O
O
no trabajan jamás, porque es afrenta para ellos, y así
pagan á otros que les siembran y guardan sus gana-
dos, y así cada uno sustenta un gran numero d e pas-
tores y criados para su labranza. Tienen mucho go-
bierno en su república, para que nombran en todos
los lugares Fayacanes. que son como gobernadores,
que entienden tambien en cobrar una parte d e los fru-
tos que cada año pagan y se crian para el Guadarteme,
y en casar los donceles y doncellas, y en castigar los
delitos, quitando las vidas á los malhechores, man-
dándolos echar al mar ó debajo d e piedras: y como
son rectos en sus castigos, viven todos quietos y pacificas.
Es gente muy belicosa, y no se les ha d e faltar á la
verdad, ni cometer traicion, porque lo sienten mucho,
demas de q u e l o castigan severamente.))
((Habernosenseñado algunos muchachos la doc-
trina cristana y hablar castellano, sin q u e lo entien-
dan ellos lo q u e dicen: hemos bautizado algunos en
secreto, y lo han guardado porque todos corriamos
peligro, y especial un muchacho de ocho años, poco
m a s o menos, q u e se ha inclinado á servirnos, Ilama-
d o Tiferán e n canario, el cual tenemos e n nuestra com-
pañia, y le hemos bautizado y puesto el nombre de
Pedro: esperamos e n Dios, nuestro senor, ha de ser
buen cristiano. Todos los de e s t a isla lo fueran, por-
q u e s u s naturales son dóciles é inclinados á buenas
costumbres e n aquello q u e conocen ser bueno, y en
hacer bien á los desvalidos: s u divina magestad n o s
favorezca y lleve a nuestra tierra España para morir
entre cristianos.))
((Onceaños há que habitamos en Gran Canaria trece
espanoles en nuestra libertad, y ya naturalizados, nos
han preso los canarios y juntamente con nosotros unos
siete espanoles, cuatro guipuzcoanos y los tres sevi-
llanos, q u e cautivaron el la guerra q u e les vinieron á
hacer e s t a s naciones este año de 1393, y nos tienen
e n una cárcel debajo de tierra: no sé lo q u e será d e
nosotros. Hemos sabido como llevan muchos natura-
l e s de e s t a isla cautivos á España, q u e han cogido en
otras islas, y q u e e n ésta, aunque hicieron una torre,
la fuerza d e los canarios los rechazó de ella y así se
embarcaron los q u e pudieron, aunque no se cogieron
m a s q u e e s t o s siete. aunque fueron muertos muchos
canarios. porque acabaremos aquí las vidas, porque
los canarios s o n muy rigurosos y egecutan s u s casti-
g o s inviolablemente. solo Pedro el canario nos t a e el
sustento y nos asiste. Dios nuestos senor sea por no-
sotros. Amen.))
El autor, de donde tomamos esta relación, no nos in-
dica como llegó a sus manos este testamento de los cana-
rios, conservado sin duda por los expedicionarios de Gadifer,
pero desde luego puede afirmarse, que, si bien en las ideas
puede ser una copia exacta del original, las palabras con
que ha llegado hasta nosotros s o n evidentemente apócri-
fas. N o es éste el estilo del siglo XIV.
E1 suceso, sin embargo, e s verdadero y podemos re-
ferirlo al reinado d e Andamana y Gumidafe, q u e debieron
ocupar el trono e n el período comprendido entre 1 3 6 0 a
1399.
Sea como fuere, e s indudable q u e e n 1405 reinaba
ya e n la Gran Canaria Artemi Semidán, jefe d e las tropas
q u e rechazaron victoriosamente a los normandos y espa-
ñoles e n la rada d e Arguineguín.
Reseñemos brevemente este memorable suceso.
Después q u e Bethencourt volvió por segunda vez d e m
Francia, libre ya d e s u consocio Gadifer, y viéndose señor
E
tributario d e las islas, por concesión solemne d e los Reyes
d e Castilla, determinó explorar detenidamente aquella parte 3
del archipiélago q u e no s e había sometido a s u s armas, -
dirigiendo principalmente s u s ambiciosas miras hacia la
0
m
O
Gran Canaria, como la prenda m á s codiciada d e s u peque- 4
n o reino. -
Ya hemos dicho e n otro lugar, que, con este objeto,
equipó tres carabelas con las cuales salió d e Fuerteventura
el 6 d e octubre d e 1405, pero q u e luego, los temporales,
-
m
O
dispersándolas, lo condujeron al cabo d e Bojador, donde
la tripulación aprisionó algunos moros y mató una multi-
tud d e camellos salvajes. E
Desde e s t e punto, emprendiendo d e nuevo s u rumbo
n
-
O
a la Gran Canaria, los vientos tornaron a separar las naves,
O
llevándose una a La Palma y otra a Fuerteventura, hasta
q u e la tercera, e n q u e iba Bethencourt, pudo al fin echar el
ancla e n la costa s u r d e Canaria.
Aquí tuvo este jefe varias conferencias con el rey d e la
isla, que probablemente debieron ser amistosas, cambiando
entre sí algunos objetos d e comercio: pero, mientras esto
sucedía, la segunda embarcación llegó a Arguineguín, con-
duciendo a algunos caballeros franceses, entre los que cita-
remos a Juan le Courtois, Guillermo d e Auberbosc, Aníbal el
Bastardo y Andrac. Orgullosos estos nobles con la fácil victo-
ria obtenida en las playas africanas, creyeron repetir con buen
éxito la misma hazaña e n las costas d e la Gran Canaria. No
faltó un normando q u e dijese q u e con veinte hombres se
comprometía a atravesar impunemente toda la isla, fanfarro-
nada q u e pinta exactamente el estado d e confianza y entu-
siasmo d e q u e se hallaba poseído el pequeño ejército euro-
peo, y el desprecio con q u e miraba a los q u e en s u orgulloso
desdén daba el nombre d e bárbaros e infieles.
Bethencourt, sin embargo, m á s prudente q u e s u s sol-
dados, y apreciando e n s u verdadero valor las cualidades
guerreras d e los canarios, se o p u s o a toda invasión a m a n o
armada, hasta que, sin orden suya, desembarcaron e n d o s
chalupas cuarenta y cinco hombres y atacaron d e improvi-
so a los isleños, rechazándolos e n desorden a las monta-
ñas.
Los canarios, m a n d a d o s c o m o h e m o s dicho por s u
Guanarteme, huyeron a esta primera embestida, tal vez con
premeditado cálculo, así es que, rehaciéndose luego y viendo
diseminados a s u s enemigos, les acometieron con furor, y,
cortándoles la retirada, se apoderaron d e una d e las d o s
chalupas, matándoles veintidós hombres. Allí murieron
Guillermo d e Auberbosc, jefe d e la escaramuza, Godofredo
d e Auzonville, Guillermo d e Allemagne, J u a n le Courtois,
lugarteniente del s e ñ o r d e Bethencourt, Aníbal, bastardo
d e Gadifer, Seguirgal, Gerardo d e Sombray, J u a n Chevalier
y otros muchos.
Grande fue el sentimiento q u e esta pérdida produjo
e n todos los expedicionarios, especialmente e n s u jefe, d e
m o d o que, reuniendo inmediatamente la gente q u e había
escapado a tan funesta derrota, hizo rumbo a La Palma,
abandonando para siempre las costas d e una isla, a la q u e
d e s d e entonces dio el nombre d e Gran Canaria.
Este fue el h e c h o culminante del reinado d e Artemi
Semidán, debiendo s u p o n e r q u e sucedió c u a n d o él se ha-
llaba todavía e n la adolescencia, y sin q u e pereciera e n
aquella gloriosa jornada c o m o algunos equivocadamente
aseguran.
Desde esta época, los canarios n o tuvieron un mo-
mento d e tranquilidad. Conquistadas las islas d e Lanzarote,
Fuerteventura, Hierro y Gomera, y n o contando s u s nuevos
dueños con otras riquezas que las que pudiera proporcio-
narles la venta d e esclavos, odioso tráfico admitido enton-
ces en muchos mercados d e Europa, tenían siempre dis-
puesta una escuadrilla d e buques menores, con la que se
dejaban caer sobre las costas d e Tenerife y d e la Gran Ca-
naria, sorprendiendo a los indefensos isleños, y huyendo
tan pronto como encontraban alguna resistencia.
Maciot era el jefe d e estas piraterías, que s e ejecuta-
ban a mansalva durante la noche, produciéndole cuantio-
sas sumas. Sus sucesores, los Barba de Campos, los Perazas
y los Herreras, siguieron el mismo camino, y todos de consuno,
durante medio siglo, s e complacieron en talar, saquear y
despoblar el país.
"
7
Entretanto, los portugueses enviaban también s u s N
-E
escuadras, unas veces sobre las islas conquistadas, arran-
cándolas momentáneamente al dominio d e los magnates 3
españoles que las poseían, otras sobre las tres q u e aún -
permanecían libres, no para imponerles su yugo, sino para
fl
m
O
hacer el mismo odioso tráfico d e esclavos, y llevarlos lue- 4
go a vender a Lisboa.
Sin embargo, no siempre estas expediciones s e Ile-
vaban a efecto impunemente; los canarios, amaestrados
ya con tan continuas alarmas, habían establecido atalayas
e n los puntos más elevados d e la costa que se correspon-
dían d e uno a otro distrito, y así, e n pocas horas, la pobla-
ción guerrera d e la isla se hallaba reunida en el punto ame-
nazado, acaudillada por s u s principales jefes, y con armas
temibles ganadas a sus mismos enemigos.
Entre aquellas expediciones es digna d e citarse la que
el Infante don Enrique d e Portugal encomendó a don Fer-
nando d e Castro, y que constaba d e 2.500 infantes y 200
caballos. Este poderoso armamento, después d e haber
amenazado a la isla d e Lanzarote, secuestrada entonces
por Pedro Barba d e Campos, se dejó caer súbitamente so-
bre la Gran Canaria invadiendo s u s playas. Pero no bien
los canarios descubrieron a los primeros portugueses e n
tierra, cuando los acometieron con tanta furia que su co-
mandante, creyéndose perdido, ordenó al punto la retira-
da, embarcándose precipitadamente con sus tropas, no sin
haber perdido antes un gran número.
La misma derrota sufrió otra nueva escuadra, que, al
mando del capitán Antonio González, guardarropa del mis-
mo Infante, y sujeto de toda su confianza, invadió al ano
siguiente la isla.
Poco después de estos sucesos murió Artemi Semidán,
dejando el trono a sus dos hijos Tenesor y Bentaguaire Semidán,
que lo dividieron entre sí, gobernando el primero en el país
de Gáldar, que comprendía desde el pueblo de Tamaraceite,
corriendo una línea hasta Tunte (hoy San Bartolomé de
Tirajana), Arguineguín y Aldea de San Nicolás; y el segun-
do en el país de Telde, que abrazaba los demás territorios
de la isla con las grandes villas de Argones, Cendro y Agüimes.
Durante este cambio de sucesión, y en los primeros
anos que siguieron al gobierno de los dos jóvenes prínci-
pes, podemos fijar la época de la fundación de la famosa
torre de Gando, primera señal de dominio enclavada por
los europeos en el territorio de la Gran Canaria.
Notas
( 1 ) Donde hoy se levanta la ciudad de Las Palmas.
(2) Castillo, p. 30.
X
I
.
Tenesor y Bentaguaire.
Diego de Herrera acababa de tomar posesión de las
cuatro islas conquistadas que formaban entonces su seno-
río, cuando, según ya indicamos en nuestro libro anterior,
trató de emprender la conquista de la Gran Canaria, objeto
constante de las aspiraciones de sus antecesores Bethencourt,
Maciot y Peraza.
Para conseguir su intento, entabló negociaciones con
el Rey o Guanarteme de Telde, y obtuvo al fin, ocultando
sus designios bajo el velo del comercio, que le perrnitie-
sen levantar una torre en el puerto de Gando, próximo a
los grandes centros de población de Telde, Argones y Agüimes.
Colocóse e n la torre una respetable guarnición, y se
estacionó e n la rada una barca que, de vez e n cuando,
sirviera para transmitir noticias de una a otra isla.
Entre tanto, se consolidaban los d o s nuevos gobier-
nos e n q u e se había dividido a Canaria. Cada Guanarteme
había nombrado seis consejeros o guaires entre las perso-
nas m á s notables de la nobleza, y habían convenido e n
reunirse anualmente e n u n a s c o m o cortes o asambleas
generales para ventilar e n ellas aquellos asuntos q u e fue-
ran de interés común a a m b o s pueblos.
Estas asambleas tenían siempre lugar e n Gáldar, e n
consideración tal vez de haber sido aquel pueblo la anti-
gua Corte de los Guanartemes y asiento principal d e s u m
nobleza.
L o s guaires m á s famosos q u e formaban el consejo
de Tenesor eran Adargoma, Tazarte, Doramas, Tijama y Gayfa,
5
y los q u e constituían el d e Bentaguaire, Maninidra, Nenedán, -
0
m
Bentaguaya, Caytafa, Guanháven y Gariraygua. O
4
A favor de la torre construida en Gando, Diego de Herrera
aprestó e n agosto de 146 1 una escuadra con el objeto de
probar fortuna; acompañábale e n esta empresa el obispo
de Rubicón d o n Diego López d e Illescas. Los canarios, sin
embargo, n o se dejaron sorprender.
Al ver tantos aprestos d e guerra declararon terminan-
temente q u e n o les permitirían desembarcar de aquel modo,
a pesar de s u s protestas d e amistad, pero q u e consentían
e n darles cuanto necesitasen así e n víveres, como en aguada.
Herrera tuvo q u e sufrir este desaire, contentándose con la
certificación e n debida forma, q u e extendió s u escribano
Fernando de Párraga, tomando en s u nombre posesión nominal
d e un país para él inconquistable ( 1 ) . Igual resultado tuvo
otra expedición mandada por el obispo Illescas, que, al
a ñ o siguiente, intentó con 300 hombres d e a r m a s inter-
narse e n la isla.
L a guerra d e sorpresa y escaramuzas nocturnas era,
pues, m á s ventajosa a Herrera q u e estos alardes de fuerza
siempre inútiles ante la vigilancia d e los isleños; y así, te-
niendo e n cuenta s u s verdaderos intereses, siguió explo-
tando el tráfico de esclavos, tanto en ésta como en las dos
islas de Tenerife y La Palma.
En una de estas correrías, habiendo llegado una no-
che sobre la costa N. de la Gran Canaria algunos buques
mandados por el mismo Herrera, envió éste una lancha a
tierra con algunos soldados y marineros, que, desembar-
cando sin ser sentidos por la plaza de los Bañaderos, se
ocultaron tras unas tnatas, y estuvieron en acecho dos o
tres horas. A este tiempo descubrieron tres mujeres, que,
acercándose al mar, se disponían a bañarse; dejáronlas llegar,
y cuando les pareció oportuno, se presentaron, y se apo-
deraron de ellas, embarcándose precipitadamente en su
lancha.
Al llegar a bordo supieron por medio de los intérpre-
tes que la más joven de las tres cautivas era la sobrina del
Guanarteme de Gáldar, hija del guaire Aymedeyacoam. Contaba
esta isleña dieciocho años, y era notable por su hermosu-
ra y por la gallardía de su talle. Vestía u n elegante tonelete
de pieles perfectamente gamuzadas y cosidas artísticamente;
u n extraño calzado le sujetaba el pie (2). Su nombre era
Tenesoya Vidina. De sus dos compañeras, la una, llamada
Tazirga, tenía cuarenta años, y ejercía con ella el empleo
de aya; y la otra, de menos edad, era sólo una criada, que
respondía al nombre de Orchena.
Cuando los aventureros conocieron el valor de aque-
lla presa, se esforzaron en dulcificar su cautiverio, rodean-
do a la joven de las más delicadas atenciones, destinándo-
la el mejor sitio del navío, y ofreciéndola u n pronto resca-
te. No pensaban, sin embargo, de este modo Herrera y su
familia. Doña Inés, aficionada a la hermosura y buenas
cualidades de la isleña, se propuso iluminar aquella alma
con la luz del Evangelio; al efecto Ilevóla a su palacio, ganó
su amistad y su confianza, la aleccionó en la lengua caste-
llana, y, haciéndola conocer las ventajas de la civilización,
la preparó a recibir las verdades cristianas, poniéndole de
manifiesto la pureza de su moral.
N
o contribuyó poco a este resultado el cariño que supo
inspirarle Maciot Perdomo, de la casa de Bethencourt, c~lya
mano aceptó al fin, después de haber recibido el bautis-
mo.
En tanto q u e e s t o p a s a b a e n Lanzarote, s u tío, el
Guanarteme de Gáldar, ofrecía ciento trece cautivos cris-
tianos por s u rescate, creyendo q u e ella desearía restituir-
se a s u patria: los Herreras, al s a b e r esta proposición, se
guardaron muy bien de despreciarla, aceptáronla c o n pla-
cer d e acuerdo c o n la joven, instruyendo antes a é s t a e n lo
q u e debía ejecutar.
Verificado el canje, y conducida a Gáldar la joven,
q u e ahora se llamaba d o n a Luisa d e Bethencourt, fingió
estar muy contenta e n medio de s u s parientes y amigos,
pero, llegada la noche y c o n el mayor sigilo, se levantó del
lecho d o n d e dormía junto a s u prima Guayarmina, abrió la
puerta, q u e era muy pesada, pasó por e n medio d e los perros, "
7
q u e n o se movieron ni ladraron, y, c o n s u aya y criada, -E
volvió a la playa, d o n d e ya la e s p e r a b a un buque, manda- -
d o por s u esposo, quien d e nuevo la condujo e n triunfo a 3
Lanzarote. -
-
0
m
Por e s t e mismo tiempo, los portugueses, a pesar de O
4
las derrotas sucesivas de Castro y de Gonzalez, dispusie-
ron una nueva expedición, cuyo m a n d o se confió al noble n
y esforzado caballero Diego d e Silva. Es fama q u e a n t e s de
caer s o b r e la Gran Canaria, principal objeto del armamen-
to, entraron e n Lanzarote, atacando a los castellanos c o n
-
m
O
tal vigor, q u e Diego de Herrera, s u familia y amigos, tuvie-
ron q u e refugiarse e n las asperezas d e los m á s altos riscos
para escapar al furor de los portugueses, q u e los perse-
guían c o m o a infieles. En esta invasión q u e d ó prisionero n
el gobernador Alonso d e Cabrera. O
O
Después d e h a b e r robado m á s d e d o s c u e n t o s de
maravedíes, se dirigieron a Fuerteventura, d o n d e saquea-
ron una casa q u e Herrera tenía cerca de la playa, haciendo
todo el d a ñ o q u e pudieron e n los c a m p o s y ganados.
Este nublado vino al fin a estallar sobre la Gran Cana-
ria. Los portugueses fondearon e n Gando, y se dedicaron a
batir la torre q u e allí poseía Herrera, a la que, d e s p u é s d e
u n a honrosa resistencia, consiguieron rendir. Desde e s t e
punto fortificado, recorrieron e n varias direcciones la isla,
haciendo algunos prisioneros, q u e redujeron a la fe cristia-
na para venderlos luego c o m o esclavos.
A los pocos días de estos sucesos, le llegó a Silva u n
refuerzo de gente y víveres que Pedro Feo, criado del Rey
de Portugal, le conducía en algunas carabelas, refuerzo que
colocó las armas portuguesas a una altura, que nunca ha-
bían alcanzado en otra época.
Viendo, pues, Herrera la imposibilidad de oponerse
con sus reducidas fuerzas a las tropas enemigas, y per-
diendo la esperanza de arrojarlas de las islas, apeló a las
negociaciones, entablando una ante el Rey de Portugal, fundada
en sus antiguos derechos al archipiélago, y otra con Silva,
para el rescate de la torre de Gando, y de sus vasallos pri-
sioneros.
Con este motivo se negoció una tregua, durante la
cual el general portugués pasó con gran pompa a Lanzarote.
Allí conoció y trató a la noble familia de su antagonista, y
de esta visita surgió u n arreglo que llenó de gozo al atribu-
lado Herrera: Silva se enamoró perdidamente de dona Ma-
ría de Ayala, su hija, y, desde este momento, fue muy fácil
entenderse. La negociación en Lisboa se concluyó favora-
blemente, anulándose las pretensiones de algunos próce-
res portugueses que alegaban todavía derechos a las islas;
firmóse u n tratado de paz y alianza entre ambos conten-
dientes; devolviéronse los prisioneros; se rescató la torre:
y la mano de dona María, con cuatro partes de doce en
Lanzarote, y Fuerteventura, fue el premio de tantos sacrifi-
cios y de tantas ventajosas concesiones.
En tan inesperada posición, fortalecido con una alianza
poderosa, y contando con u n cuerpo auxiliar de ochocien-
tos portugueses, Diego de Herrera propuso a su nuevo pa-
riente hacer una entrada formal en la Gran Canaria. En aquellos
tiempos, una proposición de esta clase era siempre acep-
tada con placer; por consiguiente, Diego de Silva unió sus
fuerzas a las de Herrera, y ambos desembarcaron con grande
aparato en Gando.
Formado allí el campamento al abrigo de la fortaleza
que conservaban en la playa, se adelantaron al frente de
quinientos hombres ordenados en columnas, y en direc-
ción al valle de Agüimes, situado en medio de las monta-
ñas que se elevan a poca distancia del puerto. Pero no bien
se alejaron d e s u s reales, cuando, de improviso, se vieron
tan fieramente acometidos por dos o tres mil isleños, que,
a pesar d e t o d o s u valor, y d e la superioridad q u e les da-
ban s u disciplina y armas, tuvieron q u e emprender la reti-
rada, dejando e n el c a m p o veinticinco muertos y treinta
heridos. En esta refriega observó Herrera q u e los canarios
iban mejor armados, y q u e se batían con cierta regulari-
dad, divididos e n cuadrillas. Muchos llevaban e s p a d a s y
rodelas, despojos de anteriores invasiones, q u e maneja-
ban con extraordinaria maestría.
Después de ponerse las tropas aliadas al abrigo d e la
fortaleza y d e s u s buques, Herrera creyó conveniente ha-
cer una diversión por el país de Gáldar, suponiendo q u e
aquel distrito estuviese abandonado, c o n el doble objeto
"
7
d e sorprender a los canarios y dividir s u s fuerzas. Esta difí- E
cil e m p r e s a fue e n c o m e n d a d a a Diego de Silva c o n dos- =
cientos hombres y dos oficiales prácticos e n estas corre- -
-
rías, llamados J u a n Mayor y Guillén Castellanos. 0
m
O
La expedición iba e n tres carabelas que, e n el silen- 4
cio de la noche, emprendieron s u viaje, amaneciendo al n
segundo día fondeadas e n el puerto d e Agumastel o d e los
Bañaderos, sin q u e los isleños sospecharan s u llegada. Allí
desembarcaron los doscientos h o m b r e s con s u s jefes, y se =
m
O
adelantaron por una montaña muy áspera ( S ) , poniendo
fuego incautamente a las zarzas y arbustos para abrirse
p a s o hasta el llano.
El Guanarteme d e Gáldar, a quien ya habían d a d o aviso n
O
de esta novedad, reuniendo precipitadamente s u s mejores O
guerreros, se adelantó al encuentro del enemigo, y, vién-
dolo tan empeñado e n aquel mal paso, dividió e n dos cuerpos
s u s tropas, y d e j a n d o uno para hacerle frente, retrocedió
con el otro hacia la playa, cortándole d e e s t e m o d o la reti-
rada.
Lo agrio de la subida, el calor, la imprudencia de po-
ner fuego a los matorrales, los silbos y a r m a s arrojadizas
de los isleños, y el fundado t e m o r de q u e tenían encima
un ejército numeroso y aguerrido, infundió tal desaliento
e n los castellanos, q u e Silva acordó, c o m o m á s prudente,
hacer una contramarcha, y salir a un llano q u e se extendía
hasta Ciáldar. Mas apenas hubieron logrado su intento, cuando
reunidos todos los canarios, y seguros ya de que sus ene-
migos no podían retroceder a los navíos, les acometieron
con tanta furia, que no encontrando éstos otro medio de
salvación, se refugiaron a u n circo de piedra, aislado en la
llanura, que servía a los isleños para sus fiestas y regoci-
jos, y de plaza de ejecución para sus malhechores, y allí se
hicieron fuertes, y se defendieron con la energía que pue-
de infundir la deseperación.
Dos días con sus noches transcurrieron de este modo,
sin que los sitiadores cesasen en sus acometidas, ni deja-
ran de acudir nuevas partidas que aumentaban a cada ins-
tante su número, ya muy considerable. Silva y sus solda-
dos, acosados del hambre y de la sed, sin esperanza de
ser socorridos, y sin fuerzas para manejar las armas, de-
terminaron enviar algunos mensajeros y rendirse a discre-
ción.
Mientras esto pasaba en el circo, una mujer, que, se-
gún nuestras crónicas, era cristiana y ocupaba en el pala-
cio del Ciuanarteme una posición respetable, se propuso
salvar a los españoles, valiéndose para ello de la influen-
cia que ejercía sobre el dócil carácter del Rey.
Así sucedió; Tenesor Semidán se dejó ablandar por
los ruegos de la isleña, y, deseando también por su parte
rescatar las vidas de sus enemigos, se acercó sin recelo a
ellos, mandando a los suyos suspender el combate.
Silva y los principales jefes salieron al encuentro del
Ciuanarteme, y al saber sus nobles intenciones, admirados
de tanta generosidad, no sabían como manifestarle su agra-
decimiento. Sin embargo, no era empresa tan fácil con-
vencer a los canarios y obligarles a perdonar a sus contra-
rios, cuando sabían que era segura la victoria. Así fue que
Tenesor, desconfiando del poder que sobre ellos ejercía,
propuso secretamente a Silva que hiciera ademán de apri-
sionarle para que, viéndole en su poder, ofrecieran a sus
vasallos canjearle, mediante la promesa de perdonarles la
vida.
Tan heroica resolución, que nos pareciera increíble,
si no la viésemos reproducida por todos nuestros cronis-
tas, s e ejecutó e n la forma proyectada, y produjo el efecto
deseado, pues los canarios, engañados por las amenazas
d e los españoles, entraron e n tratos con ellos, y convinie-
ron al fin e n perdonarles la vida, e n cambio del rescate d e
s u Guanarteme.
Ajustada así la paz, dejaron los sitiados s u s armas, y,
confiados e n la palabra d e los isleños, q u e era siempre
sagrada, fueron conducidos al pueblo d e Gáldar, donde el
Rey los obsequió con carne, gofio, leche, manteca, miel y
dátiles.
Al día siguiente, reunidos todos, s e dirigieron los es-
pañoles a la playa para reembarcarse en s u s navíos. En-
tonces es fama q u e al bajar la cuesta q u e e n memoria d e m
este suceso aún conserva el nombre d e Silva, cuesta áspe- E
ra y pendiente, cortada a pique sobre el mar, el general
portugués creyó por un momento q u e los canarios lo ha- 3
bían conducido a aquel sitio, a él y a los suyos, para despeñarlos -
e
m
d e improviso e n castigo d e su invasión. Así s e lo manifestó O
4
con franqueza al Guanarteme, el cual, sonriéndose, sólo le
contestó dándole el brazo y bajando con él la cuesta, mientras
s u s vasallos hacían lo mismo con los demás españoles.
Llegados a la playa s e despidieron todos llenos d e
regocijo y con muestras d e recíproco afecto, mientras Sil-
va, profundamente conmovido d e la nobleza d e carácter
d e aquel Rey bárbaro, le regaló una espada sobredorada y
una caperuza d e grana, con otras doce espadas y vestidos
para q u e obsequiase e n s u nombre a s u s guaires o conse-
jeros, jurándole no volver a esgrimir s u s armas contra una
nación tan heroica y generosa (4).
Diego d e Herrera, al saber el resultado d e la expedi-
ción, y la firme resolución d e s u yerno d e no volver a com-
batir a los canarios, tuvo q u e renunciar a su empresa, vol-
viendo otra vez a Lanzarote, después d e algunas escara-
muzas d e escasa importancia con los teldenses, no sin dejar
bien aprovisionada d e víveres y municiones la ya famosa
torre d e Gando.
Luego que los españoles s e alejaron d e la isla, cuéntase
q u e el rey Tenesor se vio en grave peligro d e perder la
vida, por la justa desconfianza q u e inspiró a s u s vasallos
respecto a la conducta observada con Silva y sus solda-
dos. Suponiendo, pues, que era cristiano, y que estaba en
relaciones con los enemigos del país, resolvieron sus prin-
cipales guaires asesinarle el día en que se celebrase el pri-
mer sábor o concejo de estado. Al efecto escondieron sus
armas en la sala de sesiones, y esperaron con impaciencia
el día senalado, seguros del buen éxito de su conspira-
ción.
Entre tanto súpolo el Rey, y, sin manifestar temor al-
guno, ni revelar a nadie sus sospechas, se dirigió al sitio
del concejo antes que llegasen los conjurados, y luego,
según éstos se iban presentado, les decía: ¿En dónde has
escondido tu magado? Levántale del suelo y da la muerte
a tu Guanarteme. Tanta grandeza y generosidad desarmó
completamente a los sublevados, que, confesando su fal-
ta, se arrojaron a sus pies implorando avergonzados su perdón
( 5 ) .
Pocos después de estos sucesos, Diego de Herrera,
que no olvidaba su propósito de conquistar la Gran Cana-
ria, sin que las continuas derrotas sufridas, ni la defección
de Silva, que con sus portugueses había vuelto a Lisboa
( 6 ) ,lograran desalentarle, volvió a Gando con intenciones
al parecer pacificas, y convocó allí una junta para arreglar
un tratado de paz y amistad con los canarios, prometién-
dose de este modo obtener al fin lo que por la fuerza de
las armas le era imposible.
Asistieron a esta reunión los dos Guanartemes de Gáldar
y Telde, y sus hermanos menores Chavendery Guanariragua,
Faicanes o sumos sacerdotes de los dos reinos.
Propúsoles Herrera, con suma destreza en esta junta,
le permitieran reedificar sobre una eminencia el castillo o
torre de Gando, que siempre continuaba llamando iglesia
u oratorio, a fin de que los negociantes cristianos pudieran
vivir seguros cuando vinieran a la isla. Este artículo le fue
concedido, pero con la condición de que diera en rehenes
treinta jóvenes menores de doce anos. Luego solicitó el
canje de prisioneros, en lo que tampoco hubo dificultad;
y, por último, pidió para sí exclusivamente toda la orchilla
que se recogiese en la isla, petición que también le fue
otorgada, advirtiéndole antes q u e había de pagar a los
cogedores.
Arreglada así la paz, se dio principio a la fábrica d e la
nueva torre s o b r e un cerro cercano al mar, e n la q u e traba-
jaron con gusto los mismos canarios, sin sospechar siquie-
ra el destino ulterior de aquella construcción. Luego q u e
estuvo concluida, Herrera y el obispo se volvieron a Lanzarote,
dejándola bien provista de gente, víveres y municiones, y
por caudillo de la guarnición a Pedro Chemida, soldado
veleroso, muy práctico e n las costumbres y usos del país,
aguerrido, fiel y astuto. Dícese, además, q u e Herrera, al
marcharse, le indicó e n secreto la conveniencia d e procu-
rar mañosamente debilitar las fuerzas de la isla, ya intro- "
7
duciendo la discordia entre los jefes canarios, ya ganándo- -E
los con promesas y dádivas, d e m o d o q u e pudieran éstos =
servir con el tiempo d e apoyo al partido q u e trataba de 3
formar e n beneficio de s u s ambiciosos planes. -
-
0
m
Ello es lo cierto q u e Chemida, u obedeciendo las ór- O
4
d e n e s de Herrera, u obrando por s u propia cuenta, empe-
z ó a olvidar lo estipulado e n la conferencia de Gando, y, n
confiando en s u s tropas, y creyéndose inexpugnable al abrigo
d e la fortaleza q u e ocupaba, dio rienda suelta a s u s instin-
tos de rapiña. N o pasaba día sin q u e s u s soldados dejaran =
m
0
de molestar a los canarios q u e vivían e n los lugares circun-
vecinos, ya insultado a s u s hijas y esposas, ya robándoles
el ganado. Cansados éstos al fin de tan continuas vejacio-
nes, se quejaron al comandante, y viendo q u e n o obtenían n
justicia, se propusieron hacérsela por sí mismos, convo- O
O
cando al efecto a los principales guaires del distrito de Telde,
entre los q u e se discutieron los medios de sorprender la
torre por uno de esos ardides de guerra e n q u e eran tan
diestros c o m o fecundos.
Podía decirse q u e la paz estaba rota, supuesto q u e
habían tenido lugar e n aquellos días algunas escaramuzas
entre canarios y españoles, e n las q u e habían muerto va-
rios soldados de u n o y otro bando. Esta circunstancia fa-
voreció a los isleños. Cortadas las comunicaciones, los ví-
veres escaseaban, y era preciso procurárselos haciendo algunas
salidas a m a n o armada, c o m o así lo empezaron a ejecutar
por orden del mismo Chemida.
En una de estas salidas, los canarios, mandados por
Maninidra, dejaron el ganado oculto en una hondonada,
pero de modo que pudiera ser visto, y procuraron atraer a
aquel sitio a sus contrarios, fingiendo huir por los cerros
inmediatos. Los españoles, confiados en su número (eran
treinta y seis), y atraídos por la vista de la fácil y rica presa
que tenían a su alcance, penetraron en el desfiladero, y,
llenos de codicia, principiaron a reunir el ganado y guiarlo
hacia Ciando. Durante esta maniobra los canarios salieron
de s u emboscada, y, cayendo por todas partes sobre los
sorprendidos españoles, lograron vencerlos, matando a unos
y haciendo a otros prisioneros, sin que escapase uno solo
para llevar a sus jefes la noticia. Entonces Maninidra man-
dó que los despojasen de sus armas y vestidos, y disfrazó
con ellos a igual número de canarios, los cuales, llevando
el ganado en medio, y fingiendo que eran perseguidos por
otro cuerpo de isleños, se acercaron a Ciando con grande
algazara. Los del fuerte que los vieron en aquel aprieto,
sin sospechar la verdad, creyendo acudir en auxilio de sus
amigos y compañeros, ordenaron una salida, dejando la
torre casi abandonada. En este momento, otra partida isle-
ña que estaba emboscada al pie del cerro, entre la fortale-
za y el mar, se precipitó a las puertas, y, cogidos entre los
tres cuerpos canarios, después de una inútil resistencia,
tuvieron al fin que rendirse.
Algunos soldados que pescaban en una barca a la entrada
del puerto, llevaron a Herrera la triste noticia de esta nue-
va derrota.
Los canarios, exasperados, dieron fuego a la torre, y
no hubieran perdonado a sus prisioneros y a los treinta
jóvenes que en rehenes les dejara Herrera, si uno de los
principales consejeros de Bentaguaire no se hubiera inte-
resado por ellos, obteniendo que les perdonaran la vida.
En esta refriega es fama que murieron ochenta europeos,
y quedaron más de ciento prisioneros (7).
Así concluyeron las famosas expediciones de Herrera
sobre la Gran Canaria.
La conquista de esta isla no estaba reservada a sus
débiles armas; una nación noble y generosa, mandada en-
tonces por una Reina d e gran corazón, debía sólo intentar
esta empresa, y llevarla dignamente a cabo.
Luego veremos c o m o e s t o sucedió.
Notas
( 1 ) Fueron testigos e n este curioso documento el obispo y
su provisor, el gobernador Cabrera, Pedro d e Padilla, Alonso Becerra
d e Valdevega, Alonso Rodríguez Cabezudo, Mateo Alonso, Marcos
Gómez, Francisco d e Morales, y Juan Negrín rey d e Armas
(2)Castillo, p. 72.
(3)Donde llaman hoy los Palmitales.
(4) Nuñez d e la Peña, p. 79.- Viana, canto 2.- Castillo, p. m
89.- Abreu Galindo, p. 72.- Sosa, p. 5 1.- Viera, t o m o l . p. 463.
E
(5)Sosa, p. 56.- Viera, t. l . p. 467.
(6)Diego d e Silva fue luego ayo d e don Juan 11 d e Portugal 3
y Conde d e Portalegre por merced del mismo monarca e n 1483. -
O
m
(7)Abreu Galindo, p. 77.- Castillo, p. 85.- Sosa, p. 60.- Viera, O
t. 1 O, p.468.- Nuñez d e la Peña, p. 83. 4
-
XII.
Doramas. E
Poco d e s p u é s d e los s u c e s o s q u e a c a b a m o s d e con-
-
O
O
tar, Bentaguaire, Guanarteme del distrito d e Telde, falle-
ció, dejando d o s hijos pequenos, a quienes, según las le-
yes del país, correspondía d e derecho la corona.
Lo revuelto de los tiempos, el estado d e agitación
permanente e n q u e se hallaba la isla, asediada sin descan-
so por las a r m a s espanolas, y los males q u e siempre traen
consigo las minorías, hizo q u e los nobles, e s t o es, los gue-
rreros, pensasen seriamente e n darle un sucesor a Bentaguaire,
q u e pudiera c o n s u genio y s u valor gobernar el distrito de
Telde, y defenderlo d e las continuas correrías de s u s ene-
migos.
Estas circunstancias favorecieron los ambiciosos pla-
nes de un canario, cuya fama, justamente merecida, ha
llegado hasta nosotros.
Entre la clase despreciada y envilecida de los villa-
nos, había nacido u n hombre de carácter osado y empren-
dedor, de hercúleas fuerzas, de grande agilidad, y de genio
guerrero y político a la vez. Este hombre se llamaba Doramas
( 1 ) .
Cuando llegó a la edad de la razón, y se encontró
desheredado de los beneficios que disfrutaban otros hom-
bres inferiores a él en cualidades morales y físicas, com-
prendió que con valor y perseverancia podía él mismo en-
mendar esta injusticia social, tanto más, cuanto que, en el
período de perturbación que atravesaba la isla, las divisio-
nes de raza iban a desaparecer ante la igualdad que esta-
blece siempre una desgracia inevitable y general.
Sus primeros ensayos fueron felices; armado del dar-
do terrible que lanzaban con tanto acierto los canarios, y
de otros medios defensivos que la experiencia le iba ense-
ñando en sus diarias escaramuzas con los españoles, Doramas
acudía a todos los puntos donde encontraba enemigos que
combatir, y, constituyéndose otras en improvisado jefe de
las partidas que sin orden se presentaban a defender las
playas, fue insensiblemente adquiriendo una fama de va-
lor, de prudencia y de arrojo, que se extendió por toda la
isla, llegando hasta las ya conquistadas de Fuerteventura y
Lanzarote.
Cuando creyó bien sentada su reputación, escogió
cincuenta jóvenes entre los más valientes de ambos distri-
tos, y, haciéndose aclamar jefe, se estableció con ellos en
un frondoso bosque que luego tomó su mismo nombre, y
que se extendía entonces entre los lugares de Teror, Moya,
Firgas y Arucas; y desde allí, como soberano independien-
te, contribuía a la defensa de su patria, sin rendir vasallaje
al Ciuanarteme.
La bondad de carácter de Tenesor, o tal vez su irnpo-
tencia para reprimir estos desórdenes, enorgullecieron de
tal modo a Doramas, que se burlaba pública y privadatnen-
te de la nobleza y de las castas en que estaba dividido el
pensando quizá e n establecer una nobleza personal,
independiente d e la casualidad del nacimiento.
Cuando estas noticias llegaron a circular por toda la
isla, un noble guerrero, natural d e Arguineguín, llamado
Bentaguaya, s e propuso humillar el orgullo d e Doramas,
s u osadía; y al efecto, sin revelar a nadie el
plan que meditaba, su puso e n camino hacia Moya y Arucas,
lugar predilecto d e s u plebeyo enemigo.
Conocida era la divisa que en su escudo llevaba Doramas,
y Bentaguaya, sentándose e n un sitio por donde aquel ha-
bía d e pasar, le esperó tranquilamente. Al poco rato, un
escudo amartelado d e blanco y rojo reveló al noble guerre-
ro la presencia d e su contrario, que, sin sospechar tan hostiles m
intenciones, avanzaba descuidado por el bosque con el objeto E
d e vigilar s u ganado.
Doramas pasó sin saludar a aquel hombre, para él
3
desconocido, lo cual aumentó la cólera d e Bentaguaya. -
0
m
Entonces, levantándose con furia, y tomando un puñado O
4
d e arena, señal d e desafío entre los canarios, s e lo arrojó
a la cara diciéndole: - Aquí estamos.- A tan inesperado ata- n
que, apenas tuvo tiempo Doramas d e cubrirse con s u es-
cudo, d e cuya sorpresa, aprovechándose el noble, se pre- -
cipitó sobre él, y, trabando una lucha cuerpo a cuerpo, m
O
consiguió derribarle e n tierra y ponerle la rodilla e n el pe-
cho, oprimiéndole d e tal modo, que, faltándole el aire a
Doramas, preguntóle: - ¿Quién eres? - Conócete primero a
ti mismo, y luego t e contestaré, le respondió Bentaguaya.- n
Yo, ... soy un trasquilado. O
O
A tan ingenua confesión, su antagonista sorprendido
s e levantó y le tendió la mano. Ambos juraron entonces
ocultar aquella aventura, porque conocieron q u e debían
estimarse mutuamente.
Sin embargo, mucho tiempo después, e n una escara-
muza contra los españoles, e n q u e Doramas hizo prodigios
d e valor, elogiándole todo el ejército por su bravura, con-
testó: - N o m e elogiéis, no; porque canario hay entre voso-
tros, q u e m e ha tenido bajo s u s pies.
Este hombre, pues, verdaderamente extraordinario para
la é p o c a y país d o n d e naciera, al s a b e r la muerte del
Ciuanarteme de Telde, concibió el atrevido proyecto de ceñirse
aquella corona. Los guaires, o consejeros del finado mo-
narca, eran todos amigos o admiradores d e Doramas (2),
circunstancia que, unida a la reciente destrucción d e Ciando,
y al temor d e las represalias q u e s e esperaban d e parte del
ofendido Herrera, demandaban imperiosamente el nombra-
miento d e un jefe, aguerrido y prudente, q u e dirigiese con
acierto los negocios del estado: estas causas, y la justa
reputación d e q u e gozaba el afortunado plebeyo, le gana-
ron los votos d e los guerreros teldenses, q u e se apresura-
ron a reconocerle por s u soberano, enviándole a Tenesor
s u s d o s huérfanos sobrinos, privados d e la corona por el
voto unánime d e la nobleza (3).
Esta revolución tan importante tuvo lugar por los a ñ o s
d e 1472 a 1474, y después d e la destrucción d e la fortale-
za d e Ciando d e q u e ya hemos hablado.
Fácilmente se comprende que la situación del país
ofrecía e n s u conjunto un aspecto poco halagüeño. Los
que, como Doramas, sabían apreciar la gravedad d e las
circunstancias, y sospechaban el poder y la tenacidad d e
los europeos, aves d e rapiña que hacía un siglo visitaban
las islas, comprendían que todos s u s esfuerzos reunidos
apenas bastarían a conservar s u querida independencia,
pero como al mismo tiempo n o eran hombres q u e cejaban
ante la fuerza, principal elemento d e la sociedad, y s e veían
hasta entonces favorecidos d e la fortuna, s e preparaban
con placer al combate, confiando e n s u destreza, e n s u
valor y e n la aspereza d e s u s escarpadas montañas.
Doramas, sin embargo, q u e a s u indisputable bravu-
ra unía la habilidad d e un diestro político, quiso conjurar
la tormenta que e n Lanzarote había de levantarse al saber
la destrucción del fuerte d e Ciando y el rompimiento del
tratado d e paz con Herrera estipulado. Valiéndose diestra-
mente d e su influencia, y d e la q u e personalmente habían
adquirido los prisioneros, consiguió reunir e n una asam-
blea general los Ciuanartemes, Faicanes, guaires y princi-
pales nobles d e los d o s reinos, y q u e éstos nombrasen una
comisión q u e pasara con Pedro Chemida a Lanzarote, y
reanudara la alianza rota e n los llanos d e Agüimes. Esta
comisión s e componía d e los representantes siguientes:
~ c o r a i d a
por Telde, Egenenacar por Argones, Vildacana por
Tejeda, Aridani por Aquejata, Isaco por Agaete, Achutindac
por Gáldar, Aduen por Tamaraceite, Artenteifac por Artebirgo,
~ c h u t e i g a
por Astiacar y Guriruquian por Arucas (4).
Hallábase entonces Herrera o c u p a d o e n contener la
insurrección de s u s principales súbditos, que, desconten-
t o s por la manera injusta y parcial c o n q u e se había h e c h o
la distribución d e datas y demarcación d e límites entre las
propiedades de los colonos europeos y las d e los indíge-
nas, y aprovechando la desgracia sucedida e n Gando, q u e
había cubierto de luto a las cuatro islas d e señorío, se de-
clararon e n abierta rebelión, le negaron la obediencia, y
enviaron comisionados a la Corte q u e elevaran hasta el
trono el capítulo de s u s quejas.
Ya h e m o s visto e n nuestro libro anterior cual fue el
resultado d e e s t e célebre litigio. La Reina Isabel envió un
juez pesquisidor q u e averiguase la verdad d e los h e c h o s
denunciados, y, d e s e a n d o ensanchar al mismo tiempo s u
poder y el brillo de s u corona, determinó conquistar las
tres islas principales de Gran Canaria, Tenerife y Palma,
indemnizando a los Herreras los derechos q u e s o b r e ellas
alegaban.
Mientras e s t e nublado se disponía a atravesar el m a r
para caer s o b r e la Gran Canaria, la embajada conducida
por Chemida, y q u e se había embarcado a bordo de u n a
pequeña carabela q u e la casualidad condujo a Gando, e r a
recibida por Herrera e n medio de s u s tribulaciones con singular
complacencia. Ratificaronse e n e s t a ocasión los antiguos
tratados, a los cuales se añadieron algunos nuevos artícu-
los e n los q u e se estipulaba: 1O , q u e los prisioneros y rehe-
n e s q u e estaban e n Canaria recobrarían s u libertad; 2",
q u e los canarios detenidos e n Fuerteventura y Lanzarote,
volverían a s u patria; y 3",q u e toda la orchilla q u e e n Ca-
naria se recogiese, pertenecía exclusivamente a Diego d e
Herrera y s u s sucesores. Este tratado se redactó por J u a n
Ruiz Cometa, escribano de Lanzarote, a 1 1 d e e n e r o de
1476.
Los embajadores volvieron contentos a Canaria, des-
p u é s de recibir numerosos regalos de s u antiguo y tenaz
enemigo, sin sospechar que éste se disponía a violar aque-
llas condiciones ( 5 ) ,y a vender luego a la Corona de Castilla
sus supuestos derechos a las tres islas principales.
Tratábase de conquistar tierras infieles, y, por consi-
guiente, esta venta inicua se hallaba sancionada por el derecho
público europeo.
La suerte de los canarios estaba decidida. El archi-
piélago afortunado era el prólogo del drama americano.
Notas
( 1 ) En el dialecto del país Doramas significaba ancha nariz.
(2)Llamábanse Gaitafa, Tijandarte, Naira, Gararosay Gitagama.
(3)Abreu Galindo, p. 78.- Sosa, p. 160.- Castillo, p. 122.-
Viera, t. l . p. 205.
( 4 )Abreu Galindo, p. 80.
(5)En efecto, meditaba una nueva invasión sobre la Gran
Canaria, para cuyo objeto había obtenido una cédula real dada
e n Burgos a 2 8 d e m a y o d e 1476, a fin d e poder extraer del
Arzobispado d e Sevilla y de1 Obispado d e Cádiz, todos los víveres
q u e e n cada a n o necesitase para conservación d e s u s tropas.-
Viera, t. l . p. 475.
Libro Cuarto.
La Conquista.
Expedición española a la Gran Canaria.- Batalla
d e Guiniguada.- Discordia entre los conquistadores.-
Algaba.- Derrota e n Moya.- Regreso d e Rejón.. Excur-
sión desgraciada e n Tirajana.. Proceso y muerte d e
Algaba.- El general Vera.- Batalla d e Arucas.- Cons-
trucción del fuerte de Agaete.- Nueva derrota en Tirajana.-
Bentaguaya.- Muerte d e Rejón en la Gomera.. Prisión
del Guanarteme.. Su viaje a España.- Ataque d e los
últimos fuertes d e la isla.- Bentejuí.- Rendición. "
7
D
El Real de Las Palmas
La muerte d e Enrique IV el impotente, acaecida el
11 d e diciembre d e 1474, elevó al trono d e Castilla a s u
hermana doña Isabel, casada ya con don Fernando de Aragón,
heredero del trono d e s u nombre. Este notable aconteci-
miento, que todos los españoles esperaban con grande interés,
preludiaba al fin la unión tan deseada d e los d o s reinos
m á s poderosos d e la Península, e n circunstancias q u e pa-
recían muy favorables al afianzamiento d e la grandeza fu-
tura d e la España.
En efecto, las altas dotes q u e adornaban a los regios
esposos, s u amor a los pueblos, s u afán d e reforma, y los
extensos recursos d e q u e podían disponer para hacer el
bien d e s u s súbditos y curar radicalmente las llagas q u e
los anteriores reinados habían abierto e n la administración
pública, eran motivos más q u e suficientes para esperar d e
estos monarcas, una d e las páginas más gloriosas d e la
heroica nación q u e estaban llamados a gobernar.
Acorralados los moros e n un rincón del mediodía d e
la España, sin fuerzas para resistir al empuje d e las lanzas
castellanas, veían aproximarse el día e n que, arrojados d e
s u hermosa Granada, volvieran a levantar s u s tiendas e n
los abrasados desiertos d e la Mauritania.
Excepto e s t e p e q u e ñ o reino, condenado a desapare-
c e r e n breve del m a p a ibérico, y las provincias q u e compo-
nían los estados independientes d e Portugal y Navarra, el
resto d e la Península se hallaba bajo el cetro d e los Reyes
Católicos, nombre glorioso q u e e n lo sucesivo había d e
darles la historia.
Tristes eran, sin embargo, los principios con q u e in-
auguraban s u reinado.
Los azarosos tiempos q u e habían precedido en Castilla
a e s t a d e s e a d a unión, rompiendo los diques a la ambición
d e los nobles, abriendo a n c h o c a m p o a los aventureros y
bandidos d e profesión, y relajando e n todas las clases los
vínculos d e la moral, del orden y d e la justicia, habían ido
insensiblemente introduciendo e n la sociedad los gérme-
n e s d e una corrupción tan universal, c o m o incurable y pro-
funda. Cada noble era e n s u castillo d u e ñ o absoluto d e la
vida y hacienda d e todos aquellos a quienes podía alcan-
zar s u brazo. Estos reyezuelos eran tanto m á s temibles,
cuanto más poderosos se creían por el número d e s u s vasallos,
o la riqueza y extensión d e s u s dominios, arrebatados ge-
neralmente a la jurisdicción d e la corona o a la del munici-
pio adyacente.
Alzábanse, entre otras, e n la fértil Andalucía, las ca-
sas rivales del Duque d e Medinasidonia y del Marqués d e
Cádiz, q u e se combatían con furor hasta dentro d e los muros
d e la populosa Sevilla, gobernándose con entera indepen-
dencia del monarca, y haciéndole a veces cruda guerra. En
Córdoba reinaba la misma anarquía, fomentada bajo los
opuestos bandos del Conde d e Cabra y del Señor d e Montilla,
sin q u e abrigasen los infelices pueblos esperanza alguna
d e mejorar s u suerte.
La Reina, libre ya del cuidado e n q u e la puso la gue-
rra c o n Portugal, y d e s e a n d o poner coto a e s t o s desórde-
nes, y devolver a la justicia toda s u inflexibilidad e inde-
pendencia, determinó hacer un viaje con s u e s p o s o a An-
dalucía, y remediar por sí misma t a m a ñ o s desafueros.
Durante e s t e viaje, q u e produjo los mejores resulta-
dos, y q u e tuvo lugar e n la primavera de 1478, fue c u a n d o
se preparó y dispuso la expedición que, d e s d e el Puerto de
Santa María, había d e conducir a la Gran Canaria las tropas
destinadas a s u conquista, según el ajuste celebrado c o n
la casa de Herrera e n octubre del a ñ o anterior.
Con e s t e objeto expidieron los Reyes una orden diri-
gida a d o n Diego de Merlo, asistente de Sevilla, y a s u cro-
nista Alonso d e Palencia, mandándoles reunieran a la ma-
yor brevedad un cuerpo de ejército bien pertrechado y apro-
visionado, c o n los b u q u e s d e transporte necesarios para
la conducción d e e s t e a r m a m e n t o a la Gran Canaria.
Nombraron, al mismo tiempo, por jefe de las tropas a m
Juan Rejón, caballero ilustre y esforzado, diestro desde s u ni- E
nez e n el ejercicio de las armas, y por s u asociado a don Juan
Bermúdez, Deán de Rubicón, práctico e n las costumbres y len- 3
guaje del país, q u e había estudiado e n las varias excursiones -
e
m
dirigidas por el obispo don Diego López d e Illescas, cuando O
4
Herrera soñaba todavía con la sumisión d e los canarios.
Componíase la expedición de seiscientos soldados d e
infantería y treinta de caballería, reclutados e n Sevilla, Jerez,
Cádiz y el c o n d a d o de Niebla, y d e algunos voluntarios q u e =
m
se agregaron a ella por solo el d e s e o de adquirir gloria, O
correr aventuras, y extender el dominio d e la fe cristiana.
Mandaban c o m o subalternos e s t a s tropas los capita-
nes Alonso Fernández d e Lugo, Rodrigo de Solórzano, Hernando n
García del Castillo y Orduño Bermúdez, viniendo d e alfé- O
O
rez mayor d e la conquista Alonso Jaimez d e Sotomayor,
c a s a d o c o n u n a hermana del General Rejón.
Los comisarios Merlo y Palencia, d e s p u é s d e acopiar
e n el Puerto d e Santa María grandes cantidades de pan,
vino, hierro, lienzo, paño, a r m a s y municiones, dispusie-
ron embarcarlas e n tres b u q u e s q u e al efecto habían fleta-
do, h e c h o lo cual, mandaron publicar a toque d e trompe-
t a s y tambores una real provisión con fecha 1 2 d e mayo
del mismo a ñ o ( 14 7 8 ) , firmada por la Reina y por Diego de
Santander, s u secetario, e n la q u e se ordenaba al jefe y
capitanes d e la expedición respetasen los dominios de Herrera,
y n o molestaran bajo ningún pretexto a s u s vasallos.
Reunidas las tropas, dispuestos los jefes, y embarca-
do todo el armamento, se hicieron a la vela los tres bu-
ques, desde el indicado Puerto de Santa María, el día 2 3
de mayo de 1478, dirigiendo su rumbo a la Gran Canaria.
La travesía, si bien fue larga, no ofreció ningún inci-
dente notable, y los buques echaron tranquilamente el ancla
en el puerto de La Luz, llamado entonces de Las Isletas,
el 24 de junio por la mañana, al mes de su salida de la
Península.
Esta parte de la costa no se veía entonces poblada,
tal vez por su triste aspecto y falta de agua; así fue que las
tropas pudieron efectuar su desembarco, sin ser molesta-
das, como en otros sitios, por los canarios.
Después de tomar el General Rejón las precauciones
necesarias para no verse sorprendido, dispuso levantar en
la playa una tienda ( l ) , donde el Deán Bermúdez pudo ce-
lebrar una misa que oyó devotamente su pequeño ejérci-
to, y luego, llevando delante batidores, en orden de bata-
lla, se adelantó con armas y bagajes por la orilla del mar,
con ánimo de llegar hasta Gando y reedificar la torre de los
Herreras, a cuyo abrigo pensaba establecer su campamen-
to.
N
o es difícil comprender que Rejón, al tomar estas
disposiciones, ignoraba la verdadera distancia a aquel puerto,
y las dificultades, casi insuperables, que iba a encontrar
en su marcha.
El país se presentaba, en cuanto alcanzaba la vista,
desierto y árido. Al salir de la Isleta, las tropas descubrían
a su derecha una cordillera de montañas de corta eleva-
ción, que, casi en línea recta, se avanzaba tres millas al
sur, donde bruscamente parecía cortada por u n barranco.
A su izquierda se extendía en suaves oleadas el mar, ro-
dando sobre una playa de arena amarilla, que subía, for-
mando desiguales montecillos, hasta el pie de la indicada
cordillera. A su frente, una pequeña ondulación de la cos-
ta les impedía descubrir el valle del Guiniguada, que, ya
desde los navíos, habían podido admirar en toda la fuerza
de su vigorosa vegetación.
Siguieron, pues, avanzando por e n medio de la faja
d e movediza arena q u e o c u p a b a el espacio comprendido
entre los m o n t e s y el mar, hasta llegar a la orilla de un
arroyo q u e atravesaba el valle ya mencionado, d e s d e cuyo
punto pudieron descubrir a derecha e izquierda h e r m o s o s
b o s q ~ e ~ i l l 0 ~
d e palmas, higueras, álamos y dragos, q u e se
extendían e n t o d a s direcciones por a m b a s orillas del ria-
chuelo, y trepaban, mezclados c o n multitud d e arbustos,
por las faldas de dos montañas q u e dominaban la llanura.
Aquí m a n d ó hacer alto Rejón para interrogar a un vie-
jo pescador canario q u e los batidores habían sorprendido
junto a la orilla, y q u e n o manifestaba recelo alguno al ver-
se prisionero. Preguntóle la distancia q u e les separaba d e m
Ciando, y diole a entender pensaba trasladarse a aquel si- -E
tio c o n s u s tropas; a lo q u e el canario contestó, c o n m á s
lealtad de la q u e convenía a un hijo del país, q u e la distan- =
cia era grande, el camino áspero y difícil, y el distrito q u e -
había d e atravesarse peligroso y arriesgado, por hallarse 0
m
O
poblado d e gente belicosa y astuta, de cuyas e m b o s c a d a s 4
n o era fácil precaverse. En seguida añadió, q u e ningún si- n
*
tio de la isla ofrecía las ventajas del valle e n q u e se halla- -
ban, tanto por s u proximidad a u n a buena rada, c o m o por
la madera y agua necesarias para establecer un buen cam- =
m
pamento, q u e allí se encontraba e n abundancia. En fin, O
concluyó diciendo q u e d e s d e aquel sitio e r a m á s fácil in-
ternarse e n el país y dominarlo sin gran dificultad ( 1 ) .
E
Estas noticias, confirmadas por algunos españoles q u e n
-
habían e s t a d o ya e n la isla, decidieron a Rejón a seguir los O
O
consejos d e s u extraño guía, plantando s u s reales e n u n a
p e q u e ñ a eminencia, a la izquierda del riachuelo, y e n el
mismo sitio d o n d e hoy se levanta e n la ciudad d e Las Pal-
m a s el barrio y ermita d e San Antonio Abad.
Inmediatamente se aplicaron todos a cercar el cam-
pamento con u n a gruesa muralla d e piedras y troncos d e
palmas, construyendo e n s u s extremos d o s torreones, y e n
el centro, un almacén para guardar las provisiones, mien-
tras se abrían al mismo tiempo los cimientos d e una igle-
sia bajo la advocación d e Santa Ana.
En estas obras trabajaron todos con empeño, pues,
conociendo el carácter belicoso de los canarios, temían
ser sorprendidos de improviso, antes de poseer u n sitio
donde refugiarse en caso de derrota.
Concluida la muralla, y levantadas las tiendas a su
abrigo, redoblóse la vigilancia de los españoles con la nue-
va ya esparcida por los espías de que se preparaba en el
interior de la isla un numeroso ejército, decidido a casti-
gar la osadía de los nuevos invasores.
Notas
( 1 ) No están acordes nuestros cronistas sobre el sexo d e
este prisionero. Abreu Galindo afirma que era una mujer, y Sosa, m
Castillo, Núñez d e la Peña y Viana nos dicen que era un hombre; E
aquél le presta un carácter sobrenatural; éstos, a pesar d e s u
inclinación a lo maravilloso, s e contentan con referirsencillamente 3
el hecho. Nosotros h e m o s preferido esta última versión. Véase l o
que Viera, siguiendo a Abreu Galindo, n o s dice e n sus Noticias
-
0
m
sobre este notable incidente: <c... apenas habían hecho alto las
O
tropas, y empezaban a levantar sus tiendas, s e desapareció la 3
canaria incógnita con admiración universal. Juan Rejón que, sin n
ser escrupuloso, era devoto d e santa Ana, s e persuadió, o quiso
persuadir a los otros, q u e la madre d e María Santísima, bajo la
figura de aquella buena mujer, había descendido del cielo a dirigirle -
m
e n el primer paso d e s u campaña; por tanto, dio orden para que
O
s e edificase allí una iglesia con la advocación d e santa Ana, cuyo
patronato s e ha conservado siempre.1J
<<La
noticia d e esta piadosa creencia (que también pudo ser
estratagema política d e Rejón para animar a sus tropas), e s d e
n
O
fray Juan Abreu Galindo; pero los demás escritores o la omiten, o O
la reducen, a circunstancias m á s regulares. Éstos sólo dicen que,
habiendo sorprendido los espías españoles a cierto isleño anciano,
que pescaba e n la ribera del mar, les dio aquél saludable consejo,
sin añadir que el anciano s e desapareciese, ni que le tuviesen
por ningún santo los cristianos que le cogieron:,, Viera, t. 2". p.
35.
Batalla de Guiniguada.
En efecto, desde el m o m e n t o e n q u e los españoles
habían verificado con tanta felicidad s u desembarco, la noticia
había circulado con rapidez por t o d a la isla, produciendo
m á s a s o m b r o q u e temor e n el ánimo d e los valientes cana-
rios. Acostumbrados é s t o s a vencer a los europeos e n mil
sangrientos y reñidos combates, creían fácilmente hacer-
les pagar cara s u osadía e n e s t a nueva invasión. Sin e m -
bargo, n o por eso olvidaron las máximas d e prudencia, q u e
e n semejantes c a s o s la práctica les había enseñado. Por
consiguiente, s u primer cuidado fue convocar un sábor o
consejo general, al q u e asistieron los d o c e guaires y prin- "
7
cipales guerreros d e a m b o s reinos, e n cuya asamblea pro- E
curaron é s t o s reconciliar al Guanarteme d e Gáldar con el 3
usurpador Doramas. Conseguido e s t e resultado, q u e n o fue
difícil, invocando el común peligro, y recordando los servi-
-
0
m
cios prestados a la patria por el plebeyo rey, se determinó
O
4
reunir un cuerpo de d o s mil isleños, d e los cuales quinien-
tos podían presentarse armados d e lanzas, espadas y rodelas,
y bajar c o n ellos al valle del Guiniguada para atacar e n s u s
mismas líneas a los españoles. =
m
Diósele el m a n d o de las tropas a Doramas, el cual las
dividió e n d o s cuerpos, confiando u n o a Adargoma y otro a
Maninidra, guerreros a m b o s de justa y merecida fama.
El 28 d e junio, Rejón, q u e sabía por s u s espías todos
estos movimientos, deseando retardar el momento del ataque
para tener tiempo d e concluir s u s trincheras, envió a los
canarios un mensajero q u e les hiciera s a b e r el motivo q u e
allí les conducía, y el verdadero objeto d e la expedición.
decidle les q u e soy enviado por los muy altos y poderosos
príncipes d e Aragón y d e Castilla, d o n Fernando y d o ñ a
Isabel, para tomar la isla de Canaria bajo s u protección, y
exhortar a s u s habitantes a q u e abracen la religión cristia-
na, y que, si así n o lo hicieren, serán persiguidos sin tre-
gua ni d e s c a n s o hasta hacerles perder la vida o llevarlos a
todos prisionero s.)^ ( 1).
Al recibir Doramas tan insultante embajada, contestó
con la arrogancia y laconismo de u n espartano: .Decid a
vuestro general que mañana le llevaremos la respues-
ta.))
Al día siguiente, 29 de junio, desde que el sol asomó
por el horizonte, los canarios, divididos como ya hemos
dicho en dos cuerpos, bajaron con rapidez por las monta-
ñas de San Francisco y de San Juan, y se dispusieron a
atacar el Real de Las Palmas (2).
Entretanto, Rejón no había permanecido ocioso. Aquella
noche redobló su vigilancia, y quiso que sus soldados dur-
miesen con las armas en la mano. Así fue que, desde el
amanecer, pudieron formarse en el llano que se extendía
enfrente del campamento, colocándose bajo el mando de
sus jefes en orden de batalla.
Habíase confiado la izquierda al capitán Rodrigo de
Solorzano, la derecha a Alonso Fernández de Lugo, el cen-
tro al general Rejón, y la caballería al Deán Bermúdez, que,
cubierto de casco y coraza, manejaba u n brioso corcel. El
alférez mayor llevaba el estandarte real.
Los españoles estaban armados de picas, arcabuces
y ballestas, y llevaban consigo algunas piezas de artillería.
Sin embargo, a pesar de la superioridad que su disciplina,
armas y caballos les daba sobre el enemigo, Rejón prohi-
bió a sus soldados apartarse de las murallas que iban a
servir de abrigo a su retaguardia.
Trabóse inmediatamente la pelea en medio de u n rui-
do espantoso de gritos y silbidos, que los canarios lanza-
ban, como de costumbre, para infundir terror en sus con-
trarios. Por mucho tiempo no pudo distinguirse hacia que
lado se inclinaba la victoria.
Una completa confusión reinaba entre los combatientes,
viéndose a cada instante feroces luchas cuerpo a cuerpo,
que hacían más sangrienta e indecisa la jornada.
Dos horas hacía ya que peleaban, sin que por uno ni
otro bando se conociera ventaja alguna, cuando Rejón ad-
virtió que su izquierda flaqueaba, asediada por los certe-
ros golpes de la espada de Adargoma, que, con u n valor y
una destreza admirables, hería e n el vientre a los caballos,
y desbarataba las filas españolas, sacudiendo a uno y otro
lado terribles y furiosos mandobles. En este momento d e
supremo peligro, Rejón, consultando sólo su valor, se avanzó
con denuedo sobre el esforzado isleño, y, blandiendo con
brío s u lanza, alcanzó a herirle e n un muslo, haciéndole
caer al suelo, lejos de los suyos. Entonces Jáimez de Sotomayor,
que seguía al General con la bandera, s e apresuró a desar-
mar al vencido, y lo hizo trasladar al campamento, cuidan-
d o d e que examinaran y curasen la herida. Cuando los ca-
narios observaron la desgracia d e s u caudillo, redoblaron
s u s esfuerzos y se lanzaron con indecible furia sobre los
soldados castellanos, conducidos d e nuevo a la pelea por
Doramas, Tazarte, Maninidra, Bentaguaya y Autindana, pero m
-
ya era inútil, los españoles, firmes en s u s puestos, apoya- =
E
dos por el fuego d e s u s trincheras, por las repetidas cargas
d e s u caballería, y por los disparos d e las piezas d e campa- 3
-
ña, llevaron por último el desaliento a las cuadrillas isle- -
0
m
ñas, que, a una señal d e Doramas, emprendieron en buen O
4
orden la retirada, sin que s u s enemigos se atreviesen a *
perseguirlos, ni a abandonar un solo instante el campa- n
-
mento.
En esta primera batalla quedaron muertos treinta is- =
m
leños, y heridos un gran número, d e los cuales perecieron O
la mayor parte por no saber curarse. De los españoles sólo
murieron siete, quedando veintiseis heridos (3).
Después d e esta jornada hubo un intervalo d e des-
canso, que empleó Rejón e n completar s u s fortificaciones,
acabar la iglesia d e Santa Ana, y conciliarse el afecto d e
los canarios que vivían en las inmediaciones del Real, para
obtener d e éstos la venta d e carne, cebada y otros frutos
del país, que alegres trocaban por algunas cuentas y aba-
lorios d e insignificante valor. Sin embrgo, esta buena ar-
monía no duró mucho tiempo. Los soldados creyeron que
podían tomar sin retribución, lo que s e les ofrecía e n ven-
ta, y, ofendiendo con s u s rapiñas y mala fe a los canarios,
los alejaron del campamento, haciendo que esparciesen
en el interior la noticia d e s u falsedad y doblez (4).
N o era preciso que esto sucediera para que el ardor
d e los isleños s e reanimase. La pérdida sufrida e n la pri-
mera batalla, aunque muy sensible para ellos por haber
quedado heridos muchos guerreros de cuenta, no les in-
fundió temor ni desaliento. El 20 de julio, cuando más tran-
quilos se hallaban los españoles, aparecieron los isleños
sobre el Real, en número considerable, capitaneados por
el valiente Maninidra, y trabaron la pelea con su acostum-
brado arrojo.
Rejón, al verlos, salió con toda su caballería y algu-
nos soldados armados de arcabuces y ballestas, y aunque
Maninidra hizo prodigios de valor, hiriendo al mismo Gene-
ral y matándole el caballo, no pudo obtener otro resulta-
do, sino convencerse de la superioridad que las armas y
disciplina daban a sus enemigos.
Después de esta segunda victoria, Rejón extendió sus
correrías a los valles de Satautejo, Tamaraceite y Jinámar,
en un radio de más de dos leguas, haciendo varias presas
de ganado y algunos prisioneros que, después de bautizar
con alegría, enviaba a los mercados de Europa para ser
vendidos como esclavos.
Mientras esto sucedía a orilla del Ciuiniguada, u n acon-
tecimiento inesperado y de graves consecuencias vino a
poner en grave aprieto a Rejón y a su pequeno ejército. El
Rey de Portugal, cuyas pretensiones a las islas Canarias
hemos referido en nuestros libros anteriores, al saber que
la Reina de Castilla había enviado una expedición sobre la
Gran Canaria, creyó que era llegada la ocasión oportuna
de hacer valer sus derechos con las armas en la mano, y al
efecto mandó aprestar siete carabelas con tropas de des-
embarco, y, dándole a sus jefes las instrucciones conve-
nientes, hizo que salieran inmediatamente con rumbo al
archipiélago.
Las carabelas amanecieron, pues, u n día del mes de
agosto fondeadas en el puerto, que ahora Ilatnamos de las
Nieves, enfrente de Agaete, atrayendo hacia aquel punto
de la playa toda la población guerrera de Gáldar, la más
belicosa entonces del país.
Los canarios creyeron, al ver estos buques, que era
una nueva expedición española salida del Real de Las Pal-
mas con intención de atacarles por aquella parte de la cos-
ta y divididr s u s fuerzas, pero luego q u e los intérpretes les
informaron d e la verdad, y les propusieron una alianza entre
las tropas portuguesas y las suyas, con el objeto d e des-
truir completamente el ejército castellano, los recibieron
con grande agasajo y obsequiáronlos con queso, manteca,
ganado y frutas, conviniendo luego e n q u e s u s aliados des-
embarcarían por las playas d e la Isleta, embistiendo por
aquel lado el campamento, mientras ellos dirigían otro ataque
por el frente.
Tres días estuvieron los portugueses sobre Gáldar, e n
lo q u e no anduvieron muy acertados, porque habiéndole
sabido Rejón, por medio d e espías q u e mantenía entre los
mismos canarios, tomó s u s disposiciones para no s e r sor- "
,
prendido. Antes q u e las siete carabelas aparecieran e n el
E
puerto d e las Isletas, ya había él colocado entre aquellas
breñas y malpaís hasta doscientos hombres bien armados 3
con orden d e permanecer ocultos y d e vigilar todos los -
puntos d e desembarco, q u e por a m b o s lados d e la costa 0
m
O
abundan, a fin d e caer e n el momento oportuno sobre los 4
primeros soldados portugueses q u e se atrevieran a pisar la n
playa.
Una mañana, la escuadra apareció empavesada y
atronando el aire con el ruido d e s u s bocinas y tambores, y
los disparos d e s u artillería.
Por fortuna para los castellanos el mar estaba embra-
vecido, y el desembarco ofrecía graves inconvenientes a
personas q u e n o conocían la rada; esto no impidió, sin
embargo, q u e avanzara una división d e lanchas enemigas,
llevando consigo ciento cincuenta soldados, los cuales,
tomando con trabajo tierra sobre la playa d e Santa Catali-
na, s e adelantaron con imprudente confianza sin esperar
la llegada d e nuevos refuerzos.
Aprovechando Rejón esta coyuntura salió d e improvi-
so d e su emboscada, y, acometiendo con decisión a los
portugueses, los arrolló, obligándoles a refugiarse a s u s
lanchas, que, no pudiendo cogerlos por la bravura d e las
olas, fue causa d e q u e unos muriesen ahogados y otros a
manos d e los españoles.
Los canarios, en tanto, presenciaban la batalla desde
la alturas inmediatas, y, viendo su mal resultado, determi-
naron con prudencia no bajar al llano, retirándose de nue-
vo lejos de sus enemigos, y conservando de este modo sus
fuerzas para mejor ocasión.
Esta expedición portuguesa dio a conocer a Rejón los
peligros de aquella guerra, y le inspiró la idea de talar los
campos, destruir los sembrados e higuerales, y hacer cuantos
prisioneros pudiera para abreviar así la sumisión del país.
Con este objeto organizó nuevas salidas, adelantándose
sobre Tamaraceite, Tenoya y Arucas, por un lado, y, por
otro, sobre Tafira y las Vegas.
De este modo conseguía principalmente infundir te-
rror a los isleños, y proporcionarse algunos víveres que ya
escaseaban en el Real.
De estas correrías se verificaban dos por semana,
componiéndose cada partida de doscientos hombres y al-
gunos caballos, que llevaban por doquiera la devastación
y el estrago. Por este tiempo fondeó en la rada una en~bar-
cación sevillana mandada por un patrón llamado Manuel
Fernández Trotín, muy conocido de los conquistadores, el
cual les vendió por orchilla algunas cortas porciones de
galleta.
El hambre, sin embargo, se enseñoreaba del campa-
mento, y ni este ligero socorro ni los escasos y agotados
recursos del país ofrecían para lo sucesivo u n porvenir li-
sonjero. Los ojos se volvían diariamente hacia el mar, y en
vano buscaban una vela amiga que les llevara de las cos-
tas españolas los auxilios que se les había prometido a su
salida.
Rejón bramaba de coraje, el Deán Bermúdez conspi-
raba en secreto, y los soldados, hambrientos, murmura-
ban.
Del choque de estos encontrados elementos tardó poco
en estallar la tempestad.
Notas
( 1 ) Abreu Galindo, p. 1 1 5 .
(2) Viera al referir este suceso, pone e n boca d e Doramas
el siguiente razonamiento dirigido a sus soldados, que copiamos,
aunque sea evidentemente apócrifo: <<Ese
puñado d e estrangeros
que veis ahí encerrados, e s aquella misma casta de hombres crueles,
que inquietan y perturban porfiadamente nuestra patria cien años
hace, y á quienes e n m a s d e doce batallas hemos vencido; s o n
aquellos que tuvimos presos e n el cerco d e Galdar como las sardinas
e n las mallas d e nuestras redes d e junco, y cuyas fortificaciones
demolimos e n Gando. Son aquellos que siempre nos han hablado
d e un Guanarteme poderoso, que los envia á robar nuestra tierra,
y d e una religion santa, que n o los hace mejores que nosotros.
Ya e s tiempo d e q u e acaben d e salir bien escarmentados d e s u
locura, y de poner para siempre nuestra libertad, nuestras mujeres
y nuestros hijos al abrigo d e s u insolencia. Acordémonos d e q u e N
E
s o m o s Canarios, y d e q u e Alcorac (Dios) n o s dió e s t e pais.
Acordémonos del Gran Artemí, que murió peleando contra el valeroso 3
Bethencourt.~~
T o m o 2", p. 37. -
0
(3)Viera, copiando textualmente a Abreu Galindo, n o s dice 8
que fueron 300 los canarios muertos e n esta batalla, pero otros 4
autores m á s antiguos, entre ellos Sosa y Sedeño, los reducen a n
30, número que h e m o s preferido, porque nos parece q u e guarda
m á s proporción con los 7 que todos los autores dan d e pérdida a
los españoles. =
m
(4) Castillo, p. 103. O
n
O
O
Bermudez y Algaba.
En tan difíciles circunstancias, acordóse Rejón de Diego
d e Herrera, y, suponiendo que una empresa e n que se ha-
llaban comprometidas las tropas reales no podía dejar d e
ser socorrida por súbditos españoles, determinó trasladar-
se a Lanzarote y solicitar el permiso d e tomar allí algunas
provisiones, mientas llegaban los socorros que se espera-
ban d e España.
Hallábanse entonces e n el campamento algunos d e
aquellos vecino? d e Lanzarote, que, n o queriendo some-
terse a los caprichos de Herrera, habían promovido la in-
surrección que tuvo por resultado la pesquisa de Cabitos y
la incorporación a la Corona de las tres islas principales.
Estos vecinos, entre los que figuraban como jefes Pedro
de Aday y Luis de Casañas, deseosos de volver a su patria
y reconciliarse con su señor natural, prometieron a Rejón
que si les servía de intermediario, y les alcanzaba u n per-
dón generoso, ellos se obligaban a facilitarle todas las pro-
visiones que para el socorro de las tropas necesitara.
Seducido por estas promesas, el General accedió a
todo lo que le proponían, y, confiando el mando del ejérci-
to a Bermúdez, su oculto enemigo, se embarcó con los
lanzaroteños rebeldes y algunos soldados españoles hacia
la vecina isla, esperando obtener u n éxito favorable en su
negociación.
N
o contaba él, sin embargo, con el orgullo e inflexi-
bilidad de carácter de Herrera y su familia. La herida había
sido demasiado profunda y reciente para que pudiese es-
tar cerrada; así fue que, tan pronto como se supo la Ilega-
da del buque que conducía a Rejón y a los sublevados,
Hernán Peraza, hijo de Herrera, se presentó con tropas en
el puerto de Arrecife para impedir a toda costa el desem-
barco. En vano Rejón hizo ver al joven lo pacífico de su
embajada y la apurada situación de los castellanos en el
Real de Las Palmas; en vano le demostró el agravio que en
su persona se hacía a la Corona, y los perjuicios que de
esa negativa se iban a seguir a la conquista de Canaria;
por fin, en vano se esforzó en probarle la sinceridad con
que solicitaban su perdón los vasallos rebeldes, que con-
sigo llevaba, reconociendo sus pasadas faltas y sometién-
dose de nuevo a la jurisdicción de su señor: nada pudo
cambiar la inexorable resolución de Herrera y su hijo.
Entonces Rejón, que creía haber obrado con toda la
prudencia y respeto que se merecía el señor de Lanzarote,
y que veía con este desaire comprometida su dignidad, mandó
inconsideradamente hacer fuego, con los dos cañones que
montaba su embarcación, sobre los soldados de Fernán
Peraza formados en la playa, quedando muerto en esta
escaramuza un escudero de Herrera, y malheridos dos de
sus vasallos.
Tal f u e el resultado d e e s t e viaje, q u e luego tuvo fu-
nestas consecuencias para el General ( 1).
Mayores fueron, sin embargo, s u sorpresa y enojo,
cuando, al regresar a Canaria, se encontró con un b u q u e
procedente d e Sevilla, e n el q u e a c a b a b a de llegar un so-
corro d e víveres y tropa con un gobernador q u e la Corte
enviaba, para averiguar las v e r d a d e r a s c a u s a s de las
desaveniencias q u e habían surgido entre él y Bermúdez.
Era e s t e gobernador un caballero sevillano, llamado
Pedro Fernández de Algaba ( 2 ) ,sujeto muy recomendable,
según nuestros cronistas, por la nobleza d e s u nacimiento
y por el acierto con q u e había arreglado otros negocios d e
igual naturaleza. m
-
Al siguiente día d e la llegada de Rejón, el nuevo go-
bernador convocó a todas las personas principales del ejército
e n la iglesia de Santa Ana, les presentó s u s despachos, y
les indicó e n un breve discurso las causas que habían motivado
s u viaje a la Gran Canaria, exhortando a todos a la paz, y
procurando c o n frases amables y conciliadoras calmar la
irritación d e los ánimos y el odio personal q u e había esta-
llado ya abiertamente entre el General e n jefe y el Deán.
A e s t e discurso contestó Rejón, exponiendo e n po-
c a s palabras los progresos de la conquista, y presentando
un breve resumen d e las medidas q u e había adoptado des-
de s u llegada a las playas d e la Gran Canaria, e n el q u e
elogiaba el valor y sufrimiento d e los soldados, y pondera-
ba la importancia de las victorias obtenidas sobre los isle-
ños. Por último, concluyó d a n d o cuenta de s u expedición
a Lanzarote, y del insulto dirigido por Herrera a la autori-
d a d d e S.S.A.A., e n cuyo nombre obraba, y ofreciendo cas-
tigar e n breve la osadía d e aquel insolente magnate.
Al oírle hablar así, el Deán le interrumpió, diciéndole
q u e las tropas q u e estaban e n el Real de Las Palmas, n o
habían sido enviadas por los Reyes para vengar agravios
personales, ni enmendar desaciertos d e Rejón; q u e Herrera
había obrado con prudencia negándole la entrada e n s u s
estados, y q u e e n nada se oponía al real servicio la falta q u e
se le atribuía, por cuanto estaba expresamente mandado que,
bajo ningún pretexto, se molestase las islas de señorío.
El General, al oír estas palabras, que acogieron con
aplauso los partidarios de Bermúdez, se levantó exaspera-
do y entabló con el Deán una polémica, que bien pronto
degeneró en turbulenta disputa. Entonces, Algaba, que ya
se inclinaba secretamente al partido del belicoso sacerdo-
te, interpuso su mediación, y pretendió imponer silencio a
la asamblea, pero Rejón no permitió que nadie pusiera en
duda su autoridad, y concluyó diciendo que haría respetar
sus Órdenes, allí y en Lanzarote, castigando cuando creye-
ra conveniente y oportuno la insolencia de Herrera, y la de
todos sus defensores.
Dicho esto, se retiró acompañado de Sotomayor y otros
oficiales de su confianza, siguiéndole hasta su alojamien-
to el gobernador Algaba, que se apresuró a prodigarle fal-
sas protestas de adhesión y deferencia, a fin de que no
sospechara el plan que con Bermúdez tenía ya aplazado
para aquella misma tarde.
Después del mediodía, hallándose Algaba, el Deán y
los principales jefes de la conspiración reunidos en uno de
los torreones que servía de defensa al campamento, y de
sala de consejo para los oficiales, se envió a llamar a Re-
jón con el pretexto de concertar u n plan de campaña para
la próxima salida que se proyectaba contra los canarios, a
cuyo mensaje, no sospechando la red que le tendían, acu-
dió el General solo y sin escolta, entrando en la sala con
tranquilo y sereno continente.
Al verle Algaba, se precipitó sobre él, y, arrancándole
el puñal del cinto, le gritó: - ((Daos
a prisión en nombre de
la reina)).Rejón, sin intimidarse a tan brusco ataque, miró
a su alrededor y vio que estaba cercado por sus mayores
enemigos, completamente armados y dispuestos a asesi-
narle a la menor resistencia, entonces, disimulando todo
el furor de que se hallaba poseído, desciñóse en silencio
la espada y la entregó al gobernador, que mandó inmedia-
tamente le echaran unos pesados grillos, diciéndole al sa-
lir: - ((Asíse trata a los locos~~
( 3 ) .
Cuando el alférez Sotomayor lo supo, acaudillando
una parte de la tropa que se manifestaba adicta a Rejón,
se presentó en la plaza y quiso forzar su encierro para po-
nerle e n libertad, pero éste, m á s prudente q u e s u s amigos,
comprendiendo q u e la Corte nunca le perdonaría u n a coli-
sión entre las tropas, provocada por s u causa, y q u e com-
prometería gravemente los intereses d e la naciente colo-
nia, los calmó con prudentes reflexiones, arengándoles desde
una ventana q u e miraba a la dicha plaza, y, probándoles
e n s u discurso, q u e se sometía sin quejarse al atropello
cometido e n s u persona, esperando e n la justicia de s u s
soberanos, a n t e los cuales iba a defender s u c a u s a c o m o
buen soldado y súbdito leal.
Calmado así el motín y restablecida la tranquilidad,
Algaba y Bermúdez se ocuparon e n formar un extenso pro-
c e s o a s u enemigo, imputándole cuantas faltas p u e d e in-
ventar el odio y la envidia m á s encarnizada (4), h e c h o lo
"
7
E
cual le enviaron a España e n el mismo b u q u e e n q u e había
llegado el gobernador, confiando s u custodia a cuatro de
s u s m á s fieles amigos. La embarcación aportó a Sanlúcar,
d e s d e cuyo puerto el General fue conducido preso a Sevi- B
Ila.
O
4
Residían e n e s t a ciudad los comisarios don Diego de j
Merlo y Alonso d e Falencia, a n t e los cuales se presentó
Rejón a defender s u causa, apoyado por s u s b u e n o s servi-
cios, y por el influjo d e u n o d e s u s parientes, don Fernan-
do Rejón, comendador d e la orden d e Santiago y jefe d e la g
-
artillería d e las fronteras d e aquel reino (5).
Las b u e n a s razones q u e tuvo la habilidad d e presen-
tar a los comisarios, y el influjo ya indicado, le valieron
una pronta y completa absolución, y un nuevo d e s p a c h o
de General d e la conquista, c o n cuyo carácter debía volver
a la Gran Canaria, acompañado de d o n J u a n d e Frías, obis-
p o electo por Sixto IV, y sujeto muy recomendable por s u
mérito, juicio y valor (6).Este prelado llevaba el espinoso
encargo d e arreglar las diferencias entre Rejón, Algaba y
Bermúdez, según las instrucciones q u e escritas se le con-
fiaron a n t e s de embarcarse.
Esta nueva expedición se componía d e cuatro navíos
al m a n d o d e Pedro Hernández Cabrón, vecino y regidor de
Cádiz, bien pertrechados de armas, víveres y reclutas. Iba
también, e n compañía del obispo, Esteban Pérez d e Cabitos,
famoso ya e n las islas por s u pesquisa contra Diego d e
Herrera, el cual, e n premio d e s u s buenos servicios, había
sido nombrado alcalde mayor vitalicio d e Canaria (7).
La escuadrilla aportó a las Metas el 6 de agosto de 1479.
Notas
(1)BJel puerto de Arrecife (Lanzarote)hay todavía una pequeña
ensenada que se llama Charco de Juan Rejón; y en el puerto de
La Luz (Gran Canaria), por la parte O., hay otra, cuya entrada
lleva el mismo nombre.
(2) Sedeño, contemporáneo de los conquistadores, en sus
apuntes manuscritos que tenemos a la vista, le llarna Pedro del
Algarve.
(3) Abreu Galindo, p. 122.
(4) Imputábanle 1" que no había querido reconocer a don
Juan Bermúdez por su asociado en el gobierno, ni darle parte de
ningún plan de operaciortes. 2" Que había usurpado despóticamerite
toda lajurisdcción temporal, y aun la espiritual. 3" Que era partidario,
bandolero, díscolo y amotinador. 4" Que conlo hombre violento
y mal aconsejado, pretetldía, en contravención a las reales órdenes,
pasar armado a Lanzarote contra Diego de Herrera, a fin de vengar
agravios personales, distrayendo así las tropas de la guerra contra
los canarios.- Viera, t. 2, p. 50.
(5) Castillo, p. 111.
(6) Viera, t. 2, p. 53.
(7) La real cédula de esta merced lleva la fecha de 15 de
mayo de 1478, y fue confirmada en 1 7 de marzo de 1479.
IV.
Proceso y muerte de Algaba.
Mientras esto sucedía en Sevilla, los amotinados, dueños
d e la suprema autoridad, quisieron señalar con alguna bri-
llante victoria el tiempo d e su mando, y, para conseguirlo
con más probabilidades d e buen éxito, despacharon un aviso
a Diego d e Herrera, refiriéndole la prisión del General y
pidiéndole algunos víveres, que siempre escaseaban e n el
campamento.
En tanto que se recibía la respuesta a este mensaje,
no queriendo permanecer ociosos, dispusieron una expe-
dición a Satautejo con el objeto de apoderarse de algún
ganado, lo que apenas era ya posible por haberse refugia-
do a la parte más fragosa de la isla los habitantes, Ileván-
dose consigo todo lo que poseían de algún valor y los es-
casos víveres que habían escapado a la rapacidad de sus
enemigos. Sin embargo, la expedición se llevó a efecto con
felicidad, sorprendiendo a seis isleños, que cayeron pri-
sioneros y fueron conducidos en triunfo al Real.
Esta fácil victoria inspiró a Algaba y a Bermúdez el
atrevido proyecto de hacer una excursión hasta el centro
de la isla y sorprender a los Guanartemes que, según la
relación de sus espías, tenían aplazada una conferencia
para un día de aquella semana. Dispuesto todo con el ma-
yor secreto, y comunicadas las órdenes oportunas, salió el
Deán una noche con las tropas designadas, dirigiéndose
por Arucas a Moya, pueblo situado entonces en medio del
frondoso bosque de Doramas. El camino que habían de
atravesar era áspero y difícil, erizado de malezas, cortado
por barrancos profundos y por desfiladeros peligrosos.
Los espanoles llegaron al frente de sus enemigos ham-
brientos, faltos de sueño y cansados, además, por las grandes
dificultades del camino; pero cobrando aliento a la voz de
sus oficiales, y animados especialmente por el Deán, que
como soldado se batía con ellos, se lanzaron a la pelea,
atacando a los isleños a quienes no encontraron tan des-
prevenidos como hubieran deseado. En efecto, la presen-
cia de los dos Ciuanartemes duplicó el valor de los cana-
rios; el combate se empeñó con nueva furia, y, por ambas
partes, se hicieron prodigios de valor. Sin embargo, pronto
conocieron los españoles que su nocturna empresa había
fracasado; el número de los isleños aumentaba por mo-
mentos, y les abrumaba con sus rápidas evoluciones, que-
dando ellos heridos por las armas arrojadizas que lanza-
ban al abrigo de la fragosidad del terreno y a favor del co-
nocimiento que tenían de aquellos sitios. Entonces se dio
la orden de retirada, y las tropas, casi en desorden, aban-
donaron el distrito de Moya. Los canarios, mandados por
Doramas, los fueron siguiendo paso a paso, pero sin
inquietarlos demasiado, hasta que, al bajar la áspera cues-
ta d e Tenoya, viéndolos e m p e ñ a d o s e n aquel peligroso des-
filadero sin poder hacer u s o d e s u caballería, ni d e s u s
armas, se arrojaron impetuosamente s o b r e ellos ponién-
dolos e n precipitada fuga, hiriendo d e nuevo a muchos, y
matando un número n o despreciable d e hombres y caba-
llos.
Así concluyó e s t a desgraciada excursión, con grave
perjuicio d e la fama militar d e Bermúdez, y gran contenta-
miento d e s u s enemigos ( 1 ) .
Sin embargo, vino a consolar al ejército la llegada d e
Fernán Peraza, hijo, c o m o ya h e m o s dicho, d e Diego d e
Herrera, el cual se presentó e n el campamento con un re-
fresco d e víveres y algunos hombres d e armas, q u e volun-
tariamente se habían alistado e n Lanzarote para servir e n
la conquista.
Corría entonces el m e s d e agosto d e 1479, é p o c a e n
q u e , d e s p u é s d e una feliz navegación, aportaba a la rada
del Real d e Las Palmas la escuadra q u e conducía a Rejón,
a c o m p a ñ a d o del obispo, y d e los refuerzos q u e antes he-
m o s indicado.
Al saberse e n el campamento e s t a noticia, h u b o una
verdadera alarma; el partido d e Algaba y Bermúdez se amotinó,
y, e n medio d e la efervescencia q u e e s t e movimiento pro-
dujo e n u n o y otro bando, el obispo, c o m o varón pruden-
te, obtuvo d e Rejón la promesa d e n o tomar tierra hasta
explorar el estado d e los ánimos y tranquilizarlos. Con e s t e
objeto congregó e n u n o d e los torreones a los oficiales y
gente principal, entre los q u e s e contaban el gobernador
Algaba, el Deán Bermúdez, el jefe d e la escuadra Pedro
Cabrón, el alférez mayor Alonso Jáimez, el capitán Alonso
Fernández d e Lugo, el alcalde mayor Esteban Pérez d e Cabitos,
el alguacil mayor Esteban d e Valdés, Orduno Bermúdez,
Lope Hernández d e la Guerra, Francisco d e Espinosa, Hernán
Peraza y Pedro Algelo, escribano d e la conquista ( 2 ) ,y, después
d e una exhortación cristiana sobre el perdón d e nuestros
enemigos y las ventajas d e la paz, les manifestó la llegada
d e s u antiguo General, absuelto d e todos s u s cargos por
los comisionados Merlo y Palencia, y animado del d e s e o
de volver a ponerse al frente de sus tropas y obtener por
último la rendición de la isla.
El gobernador, entonces, respondió por sí y en nom-
bre del partido que representaba, que no concedía autori-
dad suficiente a los comisarios para resolver un proceso
de tanta importancia, y que por consiguiente no reconoce-
ría ni prestaría obediencia a Rejón, mientras no se presen-
tase apoyado por una cédula real.
La justicia de esta observación, o más bien el tumul-
to que en la asamblea reinaba, y que se iba ya comunican-
do a todo el ejército, intimidó al obispo de tal modo que le
obligó a adoptar la resolución de enviar de nuevo al Ciene-
ral a España, a fin de que los comisarios, en vista de estos m
sucesos, lo consultaran con la Reina y proveyesen lo que
D
E
juzgaran más conveniente. -
5
Rejón, pues, tuvo que volver a Sevilla en una de las
carabelas, más irritado que la primera vez de la conducta
-
0
m
desleal de sus enemigos.
O
4
No se crea por esto que el partido de Bermúdez era
omnipotente en el Real; la poca suerte con que este gene-
ral-sacerdote había conducido la expedición de Moya, sus
escasos talentos militares, y las pocas ventajas que había
obtenido sobre los isleños, le habían ido poco a poco ena-
jenando la voluntad de los soldados, que bajo su direc-
ción veían eternizarse la conquista de la isla, y alejarse la
esperanza de las recompensas prometidas para la época
de su rendición.
Su asociado Algaba, que no desconocía esta disposi-
ción hostil de las tropas, deseando recobrar el afecto per-
dido, y obtener un triunfo que le sirviera de apoyo en la
cuestión suscitada en la Corte, consiguió que Hernández
Cabrón, jefe, como ya hemos dicho, de la escuadra surta
en el puerto de las Isletas, prestara su cooperación para
efectuar un desembarco en las playas de Arguineguín y
sorprender aquella aldea, una de las más populosas enton-
ces de la isla.
Esta proposición fue aceptada con júbilo, y, bajo el
mando del mismo Hernández, se embarcó una parte de la
guarnición del Real con las tropas que de refresco habían
llegado en las carabelas, acompañando la expedición como
voluntario el Deán Bermúdez.
Al día siguiente, los buques se hallaban sobre la costa
S. de la isla, y sin obstáculo verificaron varios desembarcos
en Maspalomas y Arguineguín, recogiendo alguna cebada,
higos y mucho ganado, pero ningún prisionero, porque to-
dos los canarios, al ver los navíos, se habían refugiado a los
montes y asperezas de la Cumbre. Confiados los españoles
con el terror que su repentina aparición producía, no duda-
ron internarse en dirección a Tirajana, distrito situado a dos
leguas del mar y en medio de barrancos profundos y eleva-
dos riscos. Allí aumentaron su botín, y talaron todos los campos
que se encontraban al paso, dejando una triste huella de su
rápida marcha; entonces, Hernández, conseguido ya el prin-
cipal objeto de su plan, dio la orden de retirada, llevándose
consigo el ganado y los víveres, y procurando conservar sus
tropas en disposición de oponerse a cualquier sorpresa.
Sucedía esto el 24 de agosto de 1479; los soldados,
a quienes el peso de las armas y bagajes, y la rapidez de
sus movimientos habían postrado las fuerzas, se hallaban,
al volver a sus navíos, agobiados por la fatiga y el calor.
Sin embargo, ni ellos ni su comandante esperaban ser
molestados en la retirada, supuesto que los isleños sólo
se habían atrevido a aparecer en las más elevadas crestas
de la cordillera, que por aquella parte domina el valle de
Tirajana, sin manifestar la intención ni el deseo de descen-
der una sola vez al llano. Verdad es que no faltó u n canario
recién convertido, de los que acompañaban la expedición,
que hiciera al jefe varias juiciosas observaciones. Díjole,
entre otras cosas, que no saliesen del lugar donde se ha-
llaban, porque sus enemigos, en número considerable, andaban
escondidos por aquellas sierras, esperando el momento opor-
tuno de caer sobre ellos, que permaneciesen allí dos días,
en cuyo tiempo, los isleños, faltos de víveres, se derrama-
rían por la isla, siéndoles entonces fácil bajar a la playa, y,
sin temor de ser atacados, embarcarse.
Pero Hernández Cabrón, que no conocía a los cana-
rios, despreciando el prudente aviso, contestó: - Anda. hijo.
anda, que yo no tengo miedo a gentes desnudas. Y
mandó continuar la marcha sin manifestar recelo alguno.
Los isleños, entretanto, acaudillados por el Faicán de
Telde, habían ido con cautela siguiendo los pasos a s u s
enemigos, ocultándose, para disimular s u número, entre
las malezas y matorrales, hasta q u e , al llegar a una áspera
cuesta q u e caía s o b r e el mar, salieron e n tropel con horri-
ble vocería y, e c h á n d o s e s o b r e los sorprendidos y cansa-
d o s españoles, les desbarataron al primer choque, y, po-
niéndoles e n completa fuga, les mataron veintiséis hom-
bres, hiriendo m á s de ciento, y haciendo ochenta prisione-
ros. El jactancioso comandante recibió una pedrada e n la
boca q u e le derribó todos los dientes, escapando él, y al-
gunos d e los suyos, al furor d e los canarios, porque las
lanchas de la escuadra llegaron a tiempo d e recibirlos,
deteniendo con s u artillería a los isleños. m
-
Nunca u n a derrota m á s completa habían sufrido las E
a r m a s españolas e n el archipiélago; Hernández Cabrón, 3
avergonzado de s u impericia o de s u mala suerte, se vol- -
-
vio c o n s u s navíos a Cádiz, llevando consigo un recuerdo 0
m
O
imperecedero y poco grato del valor de las gentes desnu- 4
das. El obispo, participando también d e s u disgusto, se n
fue a s u iglesia de Lanzarote.
A e s t a imprevista desgracia, sucedió e n el Real d e
Las Palmas una forzada inacción q u e n o contribuyó poco =
m
0
al descrédito de Algaba y del Deán.
En tan favorables circunstancias fue c u a n d o tuvo lu-
gar el tercer viaje de Rejon, q u e había conseguido e n Sevi-
Ila n o sólo q u e le absolviesen de todos s u s cargos, sino n
O
hasta una real cédula e n la q u e se le confirmaba el m a n d o O
d e las tropas y la conquista de la Gran Canaria. Los comi-
sarios, q u e habían hecho suya la ofensa inferida por Alga-
ba al General, se apresuraron a devolver a é s t e toda s u
confianza, y, sin calcular los males q u e iban a seguirse d e
la aparición del ofendido Rejón e n el teatro de la guerra, le
instaron a q u e se trasladase sin m á s dilación a Canaria.
Dos d e u d o s suyos, don Fernando y d o n J u a n Rejón,
el primero, c o m o ya h e m o s dicho, Jefe d e la artillería d e la
frontera d e Granada, y el segundo, Deán d e Cádiz, le facili-
taron los medios de preparar una embarcación con treinta
soldados fieles y aguerridos, y algunos víveres, con los cuales
aportó al Real e n la noche del 2 d e mayo de 1480. Enton-
ces, y a n t e s d e q u e pudiera s e r conocida s u llegada, des-
e m b a r c ó por la Isleta a la luz d e u n a hermosa luna, y, ha-
biendo avanzado e n silencio por los arenales, dio aviso
con un hombre de toda s u confianza a s u cuñado Sotomayor
y a s u amigo Esteban Pérez de Cabitos, q u e inmediatamen-
t e salieron a recibirle. De acuerdo t o d o s y con el mayor
secreto, corrompieron enseguida las centinelas, q u e con-
servaban siempre grande afecto a Rejón, y penetraron e n
el campamento aquella misma noche, ocultándose e n la
casa d e Pedro Hernández, q u e vivía e n la plaza d e San Antonio
Abad (3).
Al día siguiente, 3 d e mayo, c u a n d o reunidos e n la
iglesia los principales jefes celebraban la Exaltación de
la Cruz, se vio c o n grande asombro entrar d e s p u é s del
sanctus a J u a n Rejón, seguido d e s u s treinta soldados, y
de u n a gran parte de la población del Real, a quien ya s e
había comunicado la noticia, d a n d o alegres vivas al Rey, e
interrumpiendo c o n s u presencia y gritos la sagrada cere-
monia. Rejón m a n d ó al instante q u e sacaran d e la iglesia a
Algaba y lo encerraran e n la misma torre y con los mismos
grillos q u e a él le habían puesto, ordenando también luego
prender al Deán y a s u s principales amigos.
Estas rigurosas medidas alarmaron a todos, especial-
m e n t e a los q u e d u d a b a n d e la legalidad d e s u ejecución,
lo q u e advertido por el General, y adivinando el motivo,
sacó una real cédula q u e entregó a Esteban Pérez d e Cabitos,
c o m o alcalde mayor, el cual la hizo leer inmediatamente a
voz de pregonero e n la plaza principal.
La cédula decía así:
CID.Fernando é Dona Isabel 81". Habiendo visto un
proceso q u e nuestro Gobernador d e Canaria Pedro d e Al-
g a b a fizo é fulminó contra J u a n Rejon, nuestro capilan d e
la Conquista d e ella, fallamos: Q u e lo contra él intentado
n o h u b o lugar, é lo restituimos e n s u honor, y buena fama,
é lo d a m o s por libre, é le mandamos, q u e vuelva á la dicha
isla d e Canaria y a c a b e s u conquista, c o m o s e le estaba
encargado, é para ello y por lo d e m a s tocante el nuestro
servicio le d a m o s poder y facultad &"H
(4).
Con la lectura de e s t a cédula todos enmudecieron:
los e s c a s o s partidarios del Deán n o se atrevieron a levan-
tar la voz, y Rejón pudo, c o m o d u e ñ o absoluto, satisfacer
completamente s u d e s e o d e venganza.
Dedicóse con afán a formar el proceso d e Algaba,
recibiendo las declaraciones d e m u c h o s testigos q u e se
empeñaron e n probar q u e este desgraciado se hallaba e n
secreta correspondencia con los portugueses para entre-
garles la isla, por cuya traición había ya recibido regalos y
dinero.
Acusación tan absurda encontró e n s u s jueces, cré-
dulos oyentes, que, o cediendo a las sugestiones del odio
q u e abrigaba el General, o a u n a imperdonable alucina- m
ción, condenaron a Algaba a s e r degollado e n un cadalso. E
Ejecutóse e s t a inicua sentencia la víspera d e Pentecostés
por la mañana, e n la plaza q u e hoy lleva el nombre d e San 3
Antonio Abad, a voz d e pregonero, y al s o n de trompetas y -
O
m
tambores (5). O
:
:
El Deán y s u s partidarios fueron desterrados de la isla, n
y embarcados e n un buque, cuyo patrón, se dice, q u e reci-
bió la orden secreta d e desembarcarlos e n la Gomera, donde
aquellos isleños se hallaban insurreccionados contra Fernán -
m
Peraza, por lo q u e é s t e n o se hallaba ya e n la Gran Canaria 0
a la llegada d e Rejón.
Los vientos contrarios, la lealtad del patrón, o tal vez
la falsedad d e la orden, condujeron a Bermúdez a Lanzarote, n
d o n d e fue recibido por los Herreras con grandes s e ñ a l e s O
O
d e distinción (6).
Dijose entonces, y repitióse después, q u e la orden
exhibida por Rejón era fraguada por él mismo y s u s ami-
gos, sin q u e la voluntad d e la Reina Isabel interviniese e n
e s t e deplorable suceso; pero sin tratar nosotros d e defen-
d e r la conducta de Rejón, c r e e m o s c o n Viera q u e la orden
era auténtica, si bien nadie pudo calcular s u s funestas con-
secuencias, ni el a b u s o q u e d e ella había d e hacerse por el
ofendido General (7).
El verdadero culpable e n estas tristes disensiones, q u e
tantos perjuicios produjeron a los intereses d e la Corona,
fue la conducta observada por el Deán Bermúdez: este mal
aconsejado sacerdote, manchado con la sangre de los
canarios (8), olvidando s u misión d e paz, y cediendo sólo al
impulso d e s u s malas pasiones, consiguió q u e Algaba entra-
se e n s u s ambiciosos planes, sostuvo y fomentó la división
entre las tropas, hizo prender a Rejón, y, desconociendo s u
autoridad, le envió a España d o s veces prisionero.
El infeliz Algaba fue la víctima inocente d e estas fu-
nestas contiendas q u e eran sólo el preludio d e las q u e habían
d e ensangrentar d e s p u é s el Nuevo Mundo.
Notas
( 1 ) Viera, al referir este suceso, copia d e una información
d e Lope Hernández d e la Guerra el siguiente episodio q u e n o s e
encuentra e n ninguna d e nuestras crónicas: "Cierta partida de
cincuenta hombres, que e n medio del combate s e habían separado
d e s u bandera con el designio d e ganar una altura, desde donde
les parecia fácil incomodar al enemigo, s e hallaron embestidos
d e m a s d e docientos canarios, sin poder defenderse, por mas
q u e daban voces pidiendo socorro á s u s camaradas, entre los
cuales n o habia uno tan bravo que s e atreviese á atacar la multitud.
Vuelto entonces Lope d e la Guerra hacia Francisco Vilchesy otros
oficiales, les dijo con voz muy animada: ((Ea,
compañerosy amigos,
corramos á favorecer á los nuestros ¿qué! los dejaremos morir
a nuestros O~OS?JJ
Esta reconvencion disipó d e tal forma todo el
miedo d e los Españoles, q u e habiendo acometido con indecible
furia a los bárbaros, los ahuyentaron poniendo á los suyos e n
libertad.>)
T. 2". p. 51.
(2)Abreu Galindo, p. 124.
(3)Sedeño, Ms.- Gómez Escudero, Ms.
( 4 ) Castillo, p. 1 13.
(5)Abreu Galindo, p. 129.- Castillo, p. 113.
(6) Viera asegura que murió allí devorado de pesadumbre,
pero consta que e n 1496 era Deán d e Málaga.- Montero, Historia
militar d e Canarias, p. 132.
(7) Nuestros historiadores, apoyados e n las memorias d e
Sedeño y Escudero, sostienen la falsedad d e la orden, pero Viera
hace con este motivo la siguiente juiciosa observación. "La corte
hubiera tenido m u y presente esta impostura para n o confiarle
después, c o m o le confió, la conquista d e la isla d e La Paln?a,,.t.2.
p. 6 1 .
(8)Viera, t. 2. p. 60.
Pedro de Vera.
Mientras e n estas miserables cuestiones d e partido
perdían s u s enemigos lastimosamente el tiempo, los cana-
rios continuaban retirándose a los montes y haciéndose
fuertes e n los puntos más inaccesibles del centro y O. d e
la Cumbre. Allí habían conducido s u s ganados, sin renun-
ciar por e s o a los llanos d e Gáldar y valles d e Tirajana,
donde los españoles habían ya recibidos sangrientas lec-
ciones, q u e no eran tan fáciles d e olvidar.
En estos mismos días, deseando verse libres del cui-
dado d e alimentar a los ochenta soldados prisioneros d e la m
última refriega, y del trabajo que empleaban e n vigilarlos, E
resolvieron en un sabor o concejo general sacrificarlos a
todos, quemándolos públicamente e n una hoguera. Para 3
llevar a efecto tan bárbara sentencia, cada guerrero se pre- -
e
m
sentó e n la plaza o lugar del suplicio con el prisionero o O
a,
prisioneros que tenía e n su guarda, poniéndolos a disposi-
ción del Guanarteme. n
-
Entonces, y cuando ya encendida la hoguera parecía in-
evitable el sacrificio, se presentó una mujer, que no sólo goza- -
=
m
ba entre las hanmaguadas de gran reputación de santidad, O
sino que se la creía dotada del don de profecía, y amenazóles
en voz alta con grandes calamidades, en nombre de su Dios, si
inmediatamente no devolvían la libertad a los prisioneros.
n
-
La elocuencia de sus palabras o la influencia que ejercía O
O
sobre sus paisanos era sin duda tan poderosa, que, deján-
dose todos conmover, rompieron las ligaduras d e los ató-
nitos españoles, y les permitieron sin condiciones volver-
se al campamento ( 1 ).
No perdía entretanto el General Rejón medio ni oca-
sión propicia d e adelantar la sumisión d e los canarios, ya
tratándoles con cariño, ya atrayéndoles con halagos y fal-
s a s promesas que no pensaba jamás cumplir. Además d e
su valor, y d e su reconocida aptitud para dirigir los nego-
cios d e la colonia, sabia ganarse el afecto del soldado, y
aprovecharse oportunamente de las faltas del enemigo e n
esta guerra d e emboscadas y sorpresas.
Su deseo, pues, de adelantar la empresa, y de seña-
lar su vuelta al poder con alguna brillante victoria, le de-
terminó a disponer sus tropas para una excursión en los
llanos de Tamaraceite, donde se extendía un extenso pal-
mar ( 2 ) , lugar de recreo y propiedad del Guanarteme, por
cuya circunstancia era con frecuencia y furtivamente visi-
tado de los canarios.
Subían las tropas por la loma de las Rehoyas, orde-
nadas en vistosos escuadrones, cuando de improviso des-
cubrieron un buque que a toda vela se dirigía al puerto.
Era entonces tan raro y deseado este espectáculo, que Rejón
mandó inmediatamente hacer alto, y suspender la expedi-
ción, volviendo con sus soldados al Real.
El buque en tanto fondeaba en el puerto de las Isletas,
a cuya playa se dirigió el General acompañado de su amigo
Esteban Pérez de Cabitos, y de algunos oficiales. Entonces
supo, con la admiración que es fácil concebir, que llegaba
de España u n nuevo Gobernador y Capitán general de la
conquista, con encargo de sustituirle y llevar a feliz térmi-
no la sumisión de la isla.
Debiase esta súbita aparición a las sentidas quejas
que habían elevado, hasta el trono de Isabel la viuda e
hijos del tnalogrado Algaba, unidas a las reclamaciones de
Diego de Herrera, y a los informes de Hernández Cabrón y
Bermudez. Para calmar estos desórdenes, y evitar la repe-
tición de las escenas que habían ensangrentado ya el Real,
la Corte, que se hallaba en Sevilla, ordenó a Pedro de Vera,
ilustre caballero de Jeréz, que pasara inmediatamente a
Cádiz, donde le esperaban tres buques con tropas y tnuni-
ciones, y se dirigiera en ellos a Canaria, librándole al rnis-
mo tiempo los convenientes despachos que acreditaban
su comisión.
Deseoso Vera de cumplir los mandatos de la Reina,
no esperó a que los tres buques estuviesen aparejados, y,
dejando al cuidado de sus hijos Rodrigo y Fernando la con-
ducción de los dos que aún no habían completado su car-
gamento, se hizo a la vela en el mismo que aquella rnana-
na tan impensadamente acababa de fondear en la bahia.
Sucedía e s t o el 18 de agosto de 1480. Pedro d e Vera
se apresuró a desembarcar acompañado d e Miguel d e Mujica,
vizcaíno, receptor d e los quintos reales, y de s u primo J u a n
Siverio (3),siendo recibido por Rejón con semblante ama-
ble y cariñoso. Llegados todos al Real, Vera manifestó s u s
despachos q u e fueron al punto obedecidos, y J u a n Rejón
le aposentó e n la torre d o n d e él mismo tenía s u cuarto,
cambiando desde aquel día d e alojamiento, a pesar d e la
cortés oposición d e Vera.
Después de e s t o s sucesos, y d e la entrega oficial de
todos los enseres, a r m a s y municiones q u e estaban a s u
cuidado, Rejón declaró públicamente s u deseo d e volver a
España a dar cuenta a S.S.A.A. d e los actos d e s u gobier-
no, y responder a las acusaciones de s u s enemigos; pero
"
7
el nuevo general, q u e sin d u d a o b r a b a e n virtud d e órde- E
n e s secretas, le persuadió c o n b u e n a s razones a q u e espe- 3
rara la llegada d e los d o s b u q u e s q u e conducían s u s hijos,
diciéndole, entre otras cosas, q u e la nave fondeada e n el
-
0
m
puerto se hallaba haciendo agua y n o ofrecía seguridad al-
O
4
guna para tan largo viaje; a lo q u e anadió, con traidora
falsedad, q u e le eran muy necesarios s u s consejos y expe-
n
riencia para el buen d e s e m p e ñ o del espinoso encargo q u e
le habían confiado s u s Altezas, y que, por consiguiente, -
m
convenía al real servicio retardase s u marcha y permane- O
ciera algún tiempo a s u lado, m á s c o m o consejero y ami- -
go, q u e c o m o indiferente u ofendido.
Rejón se d e j ó persuadir, p u e s n o hay cosa q u e g a n e n
m á s la voluntad q u e la lisonja, y, engañado por la fingida O
O
deferencia de Vera, e s p e r ó tranquilo la llegada de los bu-
ques, suministrando entretanto a s u rival cuantos d a t o s y
noticias podían servirle para concluir con prontitud la campana.
Algunos días después, llegaron al fin los esperados buques,
y, con ellos, los d o s hijos d e Vera, don Rodrigo y don Fer-
nando. Con este motivo todos los oficiales les fueron a visi-
tar, pasando Rejón a bordo, a invitación de Vera, con el do-
ble objeto d e saludarlos y examinar el buque e n q u e iba a
s e r trasladado a Espana; pero cuando él y Esteban Pérez d e
Cabitos quisieron volver a tierra, d o n Fernando se interpuso
cortesmente, diciéndoles que convenía al servicio de sus Altezas
se diesen e n aquel momento presos.
Acostumbrado Rejón a estos reveses de fortuna, no
opuso la menor resistencia, y se dejó desarmar lo mismo
que su amigo el alcalde, siendo ambos guardados a bordo
con la mayor vigilancia, mientras se instruía el proceso que
ya secretamente había principiado el nuevo General. La ne-
cesidad de alejar con prontitud a tan peligroso enemigo,
fue causa de que los despachos estuvieran luego conclui-
dos, y de que el buque se hiciese inmediatamente a la vela,
viéndose por tercera vez preso Rejón y desterrado a Espa-
ña (4).
Libre ya Vera de este cuidado, procuró dirigir todos
sus conatos a la ardua empresa que tenía a su cargo, utili-
zando los refuerzos que felizmente habían llegado, y cum-
pliendo con las instrucciones que de la Corte recibiera.
Según la relación de sus espías, los canarios se mani-
festaban cada día más osados, despreciando a los que en
Tirajana y Moya habían últimamente vencido, y no queriendo
dar oídos a ningún arreglo ni pacífico acomodamiento. Era,
pues, necesario internarse en los bosques, forzarlos en sus
trincheras naturales, vencerlos en ellas, y perseguirlos lue-
go sin descanso, para que el terror de su derrota infundie-
ra en todos desaliento, y fuera esto como el preludio de su
sumisión.
Pero antes de madurar estos planes y ponerlos en
práctica, conociendo Vera que no era prudente alejarse del
Real, dejando en él tantos prisioneros y canarios converti-
dos, cuya sospechosa fidelidad podía convertirse en abier-
ta rebelión al primer revés de la fortuna, concibió, para
deshacerse de ellos, u n proyecto tan desleal como inicuo.
Con este objeto los reunió u n día en las playas de la
Isleta, y, señalándoles al N. la isla de Tenerife que se dibu-
jaba en el horizonte, les dijo había pensado conquistar aquel
país, sometiéndolo a la jurisdicción de su Reina, para cuya
valerosa y arriesgada empresa contaba con el auxilio de
sus canarios, reforzados con u n cuerpo de españoles al
mando de su mismo hijo Fernando de Vera; que se dispu-
siesen en consecuencia a embarcarse, seguros de que allí
habían de recoger abundante cosecha de buenos terrenos,
esclavos y ganados.
Los crédulos isleños, engañados por las palabras del
General, aprobaron s u idea y se dieron prisa a embarcarse
e n numero d e doscientos: pero aquella noche, observan-
d o q u e e n vez d e acercarse a Tenerife la nave hacía r u m b o
al este, empezaron a desconfiar. Fernando d e Vera, q u e
entendió esta desconfianza, procuró calmarlos, asegurán-
doles q u e sólo los vientos y las corrientes contrarias lo
alejaban del punto de s u destino. Callaron los canarios,
pero siguieron observando e n silencio, y cuando al fin, después
d e d o s días d e navegación, se convencieron de q u e ningu-
na isla se hallaba a la vista, tomaron s u s a r m a s y, amoti-
nándose d e nuevo, declararon q u e n o seguirían adelante.
Las secretas instrucciones comunicadas por Vera a
s u hijo y a Guillén Castellano les prescribían conducir a
"
7
España a los canarios y venderlos allí c o m o esclavos, mas, E
n o contando c o n s u inesperada resistencia y conociendo 3
lo inseguro de un combate s o b r e la frágil tabla d e una ca-
rabela, con hombres tan desesperados c o m o valientes, acor-
-
0
m
daron acceder a lo q u e no podían negar, y, siendo Lanzarote
O
4
la isla m á s cercana, fondearon al día siguiente e n el puerto
d e Arrecife. Hallabase allí don Diego de Silva, casado, c o m o
n
ya sabemos, c o n u n a hija d e Herrera, y, acordándose d e la
generosidad c o n q u e e n los llanos d e Gáldar le habían sal- -
-
m
vado la vida otros canarios, les salió al encuentro, los ob- O
sequió, y, disimulando la traición de Vera, les prometió que,
si querían seguirle a Portugal, les daría terrenos donde pudieran
libremente establecerse.
n
Dícese q u e m u c h o s le acompañaron e n s u viaje, fi-
j á n d o s e junto al c a b o d e San Vicente, e n un lugar llamado
Sagres, y q u e otros se quedaron e n Lanzarote, seducidos
por las promesas de Herrera, q u e reclutaba soldados para
s u s entradas e n África. Pero sea d e e s t o lo q u e fuere, es lo
cierto q u e el b u q u e volvió a la Gran Canaria con el desta-
camento español, donde, a pesar d e la diligencia q u e se
p u s o e n guardar el secreto, los islenos llegaron a entender
la falsedad d e Vera, produciendo e s t e descubrimiento gra-
ve perjuicio a los intereses de la colonia, porque todos los
neófitos, renunciando a s u nueva fe, tornaron a huir a s u s
montes, proclamando e n todas partes la deslealtad de los
cristianos (5).
Notas
(1) Esta curiosa aventura, que nos refiere Abreu Galindo y
que Vierareproduce en sus Noticias, no la encontramos, sin embargo,
en ningún otro libro ni manuscrito de los que hemos podido consultar.
Añádese por estos autores, no sabemos con qué fundamento,
que la inspirada canaria era madre del guaire Aymedeyacoan y
abuela de Tenesoya Vidina, joven robada por Herrera y casada
con Maciot Perdomo en Lanzarote, según referimos anteriormente.
(2) Crecían allí más de 20.000 palmas. Castillo, p. 6 l .
(3) Abreu Galindo, p. 131.
(4)Sosa nos dice ,'queinmediatamente despues de su prision,
Vera pasó á su casa con un escribano y le embargó todo lo que
tenia que era lo siguiente: Cuatro caballos con sus sillas y frcnos,
cuatro adargas, cuatro pares de corazas, cuatro cotas de malla,
una docena de paveses y r o d e l a , tres docenas de lanzas, una
caja de aparatos de la gineta, dos arcas con ropa de lienzo y
galas de su vestir, dos jarros de plata, dos tazas, dos copas, uri
salero y una docena de cucharuelas, todo de plata, dos paños dc
corte, dos reposteros, dos bufetes y una docena de sillas sin otras
menudencias del servicio de casa. Todo lo cual hizo poner despires
en almoneda y se remato en quien mas por ello daba. Sosa, p.
83. ((Solose le hizo gracia de la canla cn que dorrnia que se le
envió al navío,>,anade Viera, copiando este mismo pasaje dc un
manuscrito que cita. T. 2". p. 67.
(5)Núñez de la Peña, al referir este suceso que calla Abreu
Galindo, lo traslada a una época posterior; según este cronista,
Vera usó de esta estratagema inicua después de la rendición dc
la isla. Nosotros, sin embargo, hemos preferido con Viera la versión
de Castillo, que juzgamos más exacta en todo lo relativo a la
Gran Canaria. No omitiremos tampoco lo que el rriismo Castillo
añade acerca de este suceso, aunque sin darle entero crédito.
Dice, pues, este historiador, que Vera, para persuadir a los canarios
de la sinceridad de sus palabras, prestó juramento sobre una hostia
que sin consagrar tenía preparada. Lo mismo repite Núñez de la
Pena, pero Viera observa: ,,¿Era por ventura el caso tari arduo
que necesitaba la malicia añadir sacrilegamente al perjuiio la
idolatría?,,. Viera, 1.2". p. 68.- Núriez de la Peña, p. 96.- Castillo,
p. 1 18.- Viana, canto 2".
Batalla de Arucas.
Contento Vera d e haber obtenido c o n la ejecución d e
s u abominable proyecto una parte de lo q u e deseaba, e s t o
es, la ausencia de los doscientos prisioneros cuyo valor
temía, se aplicó c o n m á s ahinco a preparar todo lo necesa-
rio para la total sumisión de los isleños, cuya tenaz resis-
tencia, d e s p u é s d e d o s a n o s d e cruda guerra, parecía e n la
Corte extraordinaria, atribuyéndose m á s a impericia d e los
jefes q u e a dificultades d e la misma empresa.
Bien conocía Vera q u e las fuerzas d e q u e e n t o n c e s
disponía eran muy insuficientes para acabar de reducir a m
los canarios, fuertes a ú n e n casi todos los puntos principa- E
les d e la isla, pero aplazando para mejor ocasión el dar
cuenta a la corte d e e s t a necesidad, y queriendo c o n u n a 3
brillante victoria borrar el triste recuerdo d e las derrotas -
e
anteriores, resolvió salir a campana, enderezando s u s pa-
m
O
sos hacia las costas del norte, d o n d e m á s orgullosos e in- 4
domables se mostraban los canarios.
A poca distancia d e Arucas y e n un llano q u e se ex-
tendía al pie d e los últimos árboles, límite por aquella par-
t e del famoso bosque d e Doramas, se hallaba apostado
e s t e caudillo con la flor d e s u s guerreros, tan luego c o m o
s u p o la proyectada marcha del ejército español.
Desde allí, envió a Vera un mensajero para hacerle
saber, que, si entre s u s caballeros había alguno que se atreviese
a medir c o n él s u s armas, lo desafiaba a singular combate.
El General, q u e e r a valiente y e s t a b a acostumbrado a
esta clase d e certámenes, admitió inmediatamente el reto,
y quiso él mismo salir a castigar la insolencia d e aquel bár-
baro, pero s u s oficiales n o lo consintieron temiendo algu-
na desgracia q u e les privase d e s u jefe. Entonces, J u a n de
Hozes, hidalgo q u e servía en la caballería, se ofreció a combatir
por el honor d e todos, y, montando un brioso caballo an-
daluz, salió al llano e n busca d e s u enemigo. Esperabalo
Doramas, separado de los suyos, y e n un sitio d o n d e podía
hacer u s o de s u s a r m a s y agilidad, de m o d o que, tan pron-
t o c o m o le vio, sin aguardar a q u e se le acercase demasia-
do, le lanzó un dardo con tanta destreza y brío, que, tras-
pasándole la adarga y la cota de malla, le derribó muerto
del caballo.
Puede fácilmente comprenderse cuan grande sería el
disgusto de los españoles y la alegría de los canarios; am-
bos campamentos ensordecían el aire con los gritos de j ú -
bilo de los unos, y las imprecaciones de los otros. En me-
dio de esta horrible vocería, Pedro de Vera, poseído de noble
indignación y sin escuchar por más tiempo los consejos de
la prudencia, picó espuelas a su caballo y, saliendo de sus
líneas, se lanzó al encuentro de su victorioso enemigo.
Entonces, al tumulto anterior, sucedió el silencio más
profundo; los dos ejércitos, respirando apenas, siguieron
con avidez los movimientos de sus jefes, como si la vida
de cada soldado estuviese pendiente del éxito de aquel
extraordinario duelo.
Siguiendo Doramas su táctica precedente, no esperó
a que Vera se le acercase, y, lanzándole con certera punte-
ría un dardo, consiguió traspasarle la adarga aunque sin
herirle, por la prontitud con que aquél evitó el golpe. El
caballo, entretanto, seguía avanzando velozmente, mane-
jado por la segura diestra de Vera, que con habilidad pro-
pia de u n consumado justador, evitó de nuevo u n segundo
dardo lanzado con redoblada furia por el valiente Guanarteme.
En este momento, y mientras Doramas se disponía a de-
fenderse con el magado y rodela, Vera le alcanzó con su
lanza en un costado e hiriéndole mortalmente le derribó
en tierra.
Al ver esta desgracia, los canarios salieron de sus fi-
las con enconado furor, y, deseando salvar a su caudillo,
arremetieron a los españoles como torrente desbordado,
pero éstos, a su vez, habían ya avanzado en orden de bata-
lla hacia el lugar del combate y en defensa de su jefe, solo
en medio del campo, y opusieron una muralla de acero a
los certeros golpes de las armas isleñas, conteniéndolos
por todas partes.
Generalizóse en breve la batalla, haciéndose por uno
y otro bando prodigios de valor. Los canarios querían reco-
brar el cuerpo de su querido caudillo, los españoles tenían
e m p e ñ o e n conservarle, y, entretanto, el ilustre herido,
guardado por s u s vencedores, a p e n a s d a b a señales d e vida.
Por fin, d e s p u é s d e varias embestidas infructuosas,
e n las q u e los isleños pudieron demostrar de nuevo s u in-
disputable valor y s u denodado arrojo, conociendo q u e todos
s u s esfuerzos eran aquella vez inútiles, abandonaron des-
esperados el c a m p o y se ocultaron e n el bosque, n o sin
q u e luego m u c h o s de e s t o s mismos valientes se presenta-
ran voluntariamente a Vera, declarándose prisioneros, por
sólo tener la triste satisfacción d e acompañar e n s u cauti-
verio a s u malogrado jefe.
Doramas, llevado e n brazos d e s u s súbditos, abando-
n ó e n medio del ejército vencedor la llanura d e Arucas, m
q u e tan fatal le fuera, recibiendo s u s conductores orden E
del General para conducirle al Real d e Las Palmas, pero al
subir la Cuesta de Arucas, débil y extenuado por la falta 3
de sangre, conoció q u e s u muerte e s t a b a próxima. Sabido -
O
el caso por Vera y s u s oficiales, se dispuso inmediatamen-
m
O
t e hacer alto y bautizarle, para cuya ceremonia, q u e él n o 4
podía comprender, llevaron agua d e una fuente cercana e n n
el casco d e un soldado. Quiso entonces s e r s u padrino el
mismo General y darle s u propio nombre, t o d o lo cual,
verificado sin el m e n o r obstáculo y recibida el agua santa, -
m
O
el héroe expiró. Abriéronle un sepulcro e n aquella monta- -
ñ a d e Arucas, testigo d e s u s triunfos y de s u derrota, y,
entre canarios y españoles, levantaron un cerco q u e ro-
dease s u fosa, señalándola a las futuras generaciones c o n n
una humilde cruz ( 1 ) . O
O
La fama de Doramas h a llegado hasta nosotros, au-
mentada por s u s mismos generosos vencedores. Lo q u e
d e e s t e hombre extraordinario h e m o s dicho, siguiendo las
noticias q u e d e él se conservan e n todos nuestros historia-
dores, basta para comprender s u mérito, ya se le juzgue
c o m o político, ya c o m o militar. Nacido e n una clase abyec-
ta y envilecida, condenado por la suerte a vivir y morir sin
nombre y sin -fortuna, se rebela c o n energía contra e s a in-
justicia d e la sociedad, y con t o d o el poder de s u genio va
poco a poco conquistándose un nombre envidiable, logrando
d e s p u é s de m u c h o s y penosos esfuerzos trepar hasta las
mismas gradas del trono. Colocado allí, y e n un m o m e n t o
oportuno, tiende s u atrevida diestra y coloca sobre s u s sie-
n e s la corona d e Telde. El pueblo entonces le aplaude, los
guerreros le elogian y los guaires sancionan s u elección.
Desde ese m o m e n t o s u nombre va unido al d e todos los
c o m b a t e s q u e ensangrientan los c a m p o s canarios e n de-
fensa d e s u independencia y libertad. Feliz hasta e n su muerte,
tuvo la gloria d e morir con las a r m a s e n la mano, admirado
d e s u s mismos enemigos. Los isleños le llamaron el ulti-
mo de los canarios ( 2 ) .
La muerte d e e s t e caudillo fue por sí sola un gran
triunfo para las armas españolas; es fama que, desde aquella
época, se principió a conquistar verdaderamente el país
(3).
Conocióse d e s d e luego falta d e unidad y concierto
entre las diversas cuadrillas q u e capitaneaban los guaires;
faltábales aquel arrojo q u e infunde una voluntad superior
y q u e s a b e comunicarse con el ejemplo y la mirada e n los
m o m e n t o s d e peligro. Fueron, pues, retirándose los m á s
tímidos a Tejeda y Artenara, y los q u e manifestaban mayor
resolución se contentaron con hacerse fuertes e n Moya,
Ciáldar y Tirajana.
Hubo, sin embargo, un guaire q u e , habiendo sido ri-
val d e Doramas y luego s u mejor amigo, se propuso ven-
garlo y vengar a s u patria, intimidando con s u s proezas a
los españoles, a quienes persiguió hasta e n s u mismo carn-
pamento. Fue e s t e canario el noble Bentaguaya.
Sabiendo q u e s u s enemigos admitían sin desconfian-
za e n el Real a los q u e se manifestaban d e s e o s o s d e reci-
bir el bautismo, se presentó un día al general Vera, y pidióle
c o n instancia s e r cristiano y súbdito d e la Reina d e Castilla.
Sabida con júbilo s u oferta, se le concedió la gracia
q u e solicitaba, y, d e s d e entonces, n o le fue difícil recorrer
libremente las trincheras, examinar los puntos débiles d e
la fortificación, observar el orden y disciplina d e las tro-
pas, el sitio q u e ocupaban las centinelas, las horas e n q u e
é s t a s se relevaban, y otras particularidades interesantes al
plan q u e ya tenía meditado.
Cuando creyó completa s u instrucción, desapareció
un día del Real y fue a unirse con s u s amigos, principiando
desde entonces una guerra d e sorpresas contra los espa-
ñoles, q u e llegó a infundir graves recelos hasta al mismo
Vera.
A favor d e los conocimientos prácticos q u e había
adquirido, se introducía d e noche e n el campamento, sor-
prendía a los soldados, y, maniatados, los entregaba a los
isleños que ocultos le aguardaban e n las cercanías. Otras
veces degollaba a los q u e imprudentes salían a merodear
por la plaza, y con frecuencia dirigía s u s certeros tiros so-
bre las centinelas, que, sin sospechar el peligro, custodia-
ban las murallas. "
7
Meditó por último un plan q u e manifiesta hasta don- E
d e llegaba su profunda astucia y temerario arrojo.
Una noche se acercó al campamento acaudillando una -
hueste valerosa d e canarios a quienes había revelado s u 0
m
O
proyecto, y con cuyo auxilio s e proponía realizarlo. 4
Dividióla al efecto e n d o s cuerpos, encargando a uno
q u e simulase un ataque por el frente, mientras el otro, a
cuya cabeza se puso él mismo, se introducía e n el Real,
escalando el muro por la parte q u e miraba a la playa. Su-
ponía q u e d e este modo los españoles acudirían primero
al punto amenazado, dejando sin defensa la otra parte d e
la muralla, por donde, introduciéndose él con los suyos,
podría con facilidad poner fuego a los edificios, pasando a
cuchillo e n medio d e esta horrible confusión a cuantos Ile-
vasen el nombre d e españoles.
Una feliz casualidad salvó al ejército d e una destruc-
ción completa. El cuerpo q u e debía atacar por la playa,
engañado por un falso ruido q u e oyó e n el campamento,
creyó llegado ya el instante d e subir a la trinchera, y, con
denodado arrojo, s e abalanzó al muro, atacando a los sor-
prendidos españoles. La alarma cundió al momento, y Vera,
q u e ya estaba receloso y temía alguna sorpresa, hizo ocu-
par todos los puntos por donde se podía introducir el ene-
migo, y s e defendió con todo el valor y prudencia q u e el
caso requería.
Al fin, después de una lucha sangrienta y tenaz, los
canarios, rechazados por todas partes, se retiraron a los
montes, sin ser perseguidos por Vera, que esperaba toda-
vía alguna nueva celada.
El mal éxito de este plan no desalentó al infatigable
Bentaguaya. Pocas noches después, acompañado de un amigo
y confidente suyo, escaló la muralla con mucho silencio,
y, penetrando en la casa del General, mató al centinela
que guardaba las caballerizas, degollando enseguida dos
hermosos caballos andaluces que Vera tenía en mucha es-
tima.
Verificado esto volvió a la muralla, y, cuando ya se
diponía a bajarla, un soldado que le vio le arrojó una pie-
dra con tal fuerza, que, derribándolo, cayó al foso sin co-
nocimiento. El centinela, temiendo haber muerto a algún
compañero de los muchos que de noche salían a pescar
en la vecina playa, no se atrevió a dar la voz de alarma, y,
a favor de esta timidez, Bentaguaya, ayudado de su amigo,
salió del foso y pudo internarse en las montañas (4).
Tales eran los hombres que vengaban la muerte de
Doramas.
Notas
( 1 ) Dice así Abreu Galindo, autor a quicri con prefcroicia
seguimos: Enterráronlo encima de las montañas los ciistianos y
algunos canarios que habian venido con él, que no lo habiari querido
dejar, y le hicieron un cercado en el mismo lugar donde esta enterrado
y pusieron una cruz que está hoy allí. Esto se escrib~a
en 1632.
¿Sabemos hoy el sitio de ese sepulcro ilustre?
(2) Viera t. 2. p. 72. Castillo, al referir la muerte de Dorarnas,
se expresa de este modo: Fué esta victoria muy celebrada cr7 el
Real, de que se dieron gracias á Dios por todos cri la iglesia de
Sn. Anton, de que no juzgaron poderlo hacer, por cl cslrcclio cri
que les pusieron los canarios, que aflojaron viendo caido a Dofarms
quien sintiendo las heridas, y cortado una pierna á Pedro de Hozcs
(que fué cuando recibió la que le dio en el pecho Vera), le dijo:
quien me ha muerto fue el traidor, que no me hirió sino por
detras)).
Castillo, p. 123. Esta noticia se halla tomada indirdableriicrilc
de Sedeno que en sus apuntes manuscritos dice así, hablarido tlc
Doramas: ... y yéndose defendiendo, Pedro de Hozes Ic dio por
detras una lanzada; el Doramas volvio y le dió al dicho rrria ~ ~ ~ c l i i l l d d a
que le cortó una pierna de que murió luego, y al volver, Pedro de
Vera le dió una lanzada por el pecho; á esto dijo Doramas: no
eres tú el que me ha matado.. Nosotros hemos seguido la versión
menos oscura de Abreu Galindo que es también la que ha preferido
Viera.
(3) Viera, t. 2. p. 72.
(4) Abreu Galindo, p. 136.
VII.
Prisión del Gwanarteme.
Estudiando Vera la configuración de la isla, se pudo
fácilmente convencer de que las costas del norte ofrecían
grandes recursos a los naturales, tanto por la feracidad del
terreno como por los abundantes pastos que en sus férti-
les valles y montañas brotan para los rebaños.
Esta era la causa porque en este distrito se encontra-
ba la capital del Guanarteme, la rica población de Gáldar,
en cuyas inmediaciones se habían hecho fuertes los cana-
rios, burlando desde allí el poder de las tropas castella-
nas.
Para llegar desde el Real de Las Palmas a aquel pue-
blo era necesario atravesar seis leguas de mal camino, y
exponerse a arriesgados combates, como los de Moya y
Arucas, en los cuales podría ser varia la fortuna, y correr
grandes peligros el porvenir de la colonia; por lo que Vera,
juzgando prudentemente, y de acuerdo con los canarios
convertidos, creyo más acertado preparar dos pequeños
buques que estaban entonces surtos en el puerto de las
Isletas, y aprovisionándolos de todo lo necesario, embar-
có diez caballos y cien hombres entre ballesteros y lance-
ros, y con ellos tomó tierra sobre las playas de Agaete, dos
leguas distante de Gáldar. El terreno, por aquella parte, se
presentaba cubierto de higueras y abundante en agua y
ganado, lo que visto por el General, acordó levantar en el
mismo sitio una torre fuerte y sólida desde la cual pudie-
ran defenderse y ofender las tropas que dejara de guarni-
ción ( 1 ) .
Dos meses estuvo en aquellas playas haciendo corre-
rías en todas direcciones, en cuyo tiempo se concluyó la
torre, y, dejando por gobernador de ella al capitán Alonso
de Lugo con cincuenta soldados aguerridos ( 2 ) ,retornó al
Real, más que nunca convencido, al ver la aspereza de la
tierra y la tenacidad de los isleños, de que las tropas de su
pequeño ejército eran insuficientes para acabar la conquista
de la isla.
En este sentido escribió a los comisarios pidiéndoles
refuerzos, armas y provisiones, y haciéndoles al mismo tiempo
una sucinta relación de las últimas victorias obtenidas, y
de los inconvenientes que ofrecía la empresa.
Mientras el buque que llevaba este mensaje volvía a
España, se dispuso una nueva expedición a Tirajana, pun-
to opuesto al de Gáldar, y en donde se decía que estaba
atrincherados u n crecido número de guerreros. Las tropas
salieron divididas en dos cuerpos, de los cuales el prime-
ro, después de recorrer las estériles costas del sur y atra-
vesar sus profundos barrancos sin encontrar resistencia,
llegó al pie de una escarpada montaña en cuya cima espe-
raban los canarios; y como los castellanos iban orgullosos
con las recientes victorias de Arucas y Agaete, sin esperar
a sus compañeros del segundo cuerpo, emprendieron la
subida, despreciando la lluvia de piedras y dardos que les
arrojaban desde lo alto. Empero, su arrogancia no fue de
larga duración, porque, advirtiendo que todos estaban he-
ridos, y que veinticinco yacían muertos antes de alcanzar
la mitad de la cuesta, empezaron a cejar, y, retrocediendo
en desorden, abandonaron el campo buscando amparo en
la retaguardia que a toda prisa conducía el mismo Vera.
Con este refuerzo, y animados por la voz y el ejemplo de
su esforzado capitán, volvieron con nuevos bríos a la car-
ga consiguiendo al fin desalojar a los canarios, y apoderar-
se de algunos prisioneros y ganado, que condujeron sin
detenerse al Real.
Por este tiempo, aportó a las Isletas una escuadrilla
compuesta de cuatro buques de transporte, en los que ve-
nían trescientos soldados de a pie y veinte de a caballo,
que los Reyes enviaban para la conquista de las islas de La
Palma y Tenerife, al mando del tantas veces expulsado Juan
Rejón. Este afortunado General, d e s p u é s d e haber justifi-
c a d o s u conducta e n el jurídico asesinato d e Algaba, y ab-
suelto por la Corte, consiguió el titulo d e Adelantado d e
las dos islas indicadas, y los b u q u e s y tropa necesarias
para aquella conquista, embarcándose e n Cádiz c o n s u s
dos hijos, aún pequeños, y s u mujer doña Elvira de Sotomayor,
hermana del alférez mayor d e Canaria Alonso Jáimez. Esta
f u e la expedición q u e Vera vio aparecer enfrente d e s u cam-
pamento, sin q u e ni remotamente hubiese sospechado s u
llegada.
Dícese q u e la intención del nuevo Adelantado e r a
mostrarse a n t e s u s antiguos enemigos, coronado c o n el
laurel d e la victoria q u e había obtenido e n la Corte, e n el
ruidoso proceso instruido por Vera contra s u persona, aun-
"
,
q u e , con la prudencia q u e lo caracterizaba, sólo indicó el E
d e s e o de q u e le permitieran dejar allí s u familia, mientras 3
adelantaba la conquista d e La Palma. -
0
Al s a b e r s u llegada, los numerosos amigos q u e a u n
m
O
tenía e n el Real, principiaron a reunirse tumultuosamente, 4
y sin duda se hubieran alzado contra Vera, si Alonso Jáimez, n
por evitar nuevas desgracias, n o pasara inmediatamente a
bordo, y consiguiera con acertadas reflexiones y amisto-
sas súplicas q u e Rejón renunciara a s u proyecto, y prome- -
m
O
tiera dejar la isla sin tomar e n ella descanso. Doña Elvira,
justamente alarmada, contribuyó también con s u s ruegos
y lágrimas a q u e adoptase esta resolución, y así, aquel mismo
día, m a n d ó levar áncoras, y hacer rumbo a La Palma c o n n
gran satisfacción d e Vera, q u e d e s d e entonces estimó a O
O
Alonso Jáimez c o m o a s u mejor amigo.
Durante la travesía, los vientos contrarios obligaron
a Rejón a hacer escala e n la Gomera, fondeando tranquila-
m e n t e e n la rada d e Hermigua. Al ver la soledad y hermo-
s u r a d e la playa, n o acordándose q u e era senor de la isla
s u mortal enemigo, el hijo d e Diego de Herrera, quiso des-
cansar de las molestias d e tan largo viaje desembarcando
c o n s u mujer, s u s hijos y o c h o de s u s amigos.
La noticia d e s u llegada cundió al m o m e n t o por el
país, y Fernán Peraza, q u e se encontraba e n la villa capi-
tal, m a n d ó a s u s vasallos q u e inmediatamente lo llevasen
prisionero a su presencia. N
o contaban, sin embargo, los
gomeros con la obstinada resistencia de Rejón, cuyo valor
y dignidad no podían someterse a tan inmotivado ultraje.
Resistióse, pues, ayudado de los suyos, y en esta refriega
le alcanzó u n dardo, que, hiriéndole en la cabeza, le derri-
bó muerto en los brazos de su mujer. Cuando Peraza supo
el triste resultado de su imprudente orden, se trasladó in-
mediatamente al valle de Hermigua, e intentó, con reitera-
das protestas y solemnes juramentos, probar a la inconso-
lable viuda la inocencia de su conducta. Llevóla al instante
a su castillo, prodigóla respetuosos obsequios y atencio-
nes, y procuró honrar la memoria del infortunado General
con pomposas exequias (3).Doña Elvira recibió en silen-
cio estas muestras de u n arrepentimiento inútil, y, acom-
pañada de sus hijos, volvió con los cuatro buques de la
expedición a Canaria, donde al saberse la triste nueva, to-
dos deploraron la trágica muerte de u n caballero tan va-
liente como noble y generoso. Y en fecto, sin la ejecución
de Algaba que mancha su memoria, Rejón hubiera sido por
su valor, actividad y prudencia, el héroe más famoso de
cuantos vinieron de España a conquistar el archipiélago.
La Reina Isabel, a cuyos pies fue con sus hijos a arro-
jarse doña Elvira, sintió esta funesta aventura, que la pri-
vaba de u n leal servidor, y, después de consolar a la viuda,
prometiéndole justicia, le asignó una pensión de veinte mil
maravedíes por juro de heredad, y dos casas en Sevilla
para su habitación (4).Al mismo tiempo expidió una real
cédula en la que mandaba u n juez pesquisidor a la Gomera
para que inquiriese la verdad del suceso, y llevase preso a
la corte a Hernán Peraza. Detuvose este comisionado en el
puerto de Santa María, fingiéndose enfermo por industria
del duque de Medina Sidonia, deudo y protector de los Herreras,
pero habiéndose quejado de nuevo doña Elvira, obtuvo al
fin la prisión de Hernán Peraza, que fue conducido a la
Corte y procesado.
Los poderosos y nobles parientes que el reo tenía en
España, trataron entonces de conseguir su perdón, inter-
poniendo su influjo con doña Elvira, para que abandonase
sus proyectos de venganza, petición que por último les fue
concedida, así como la gracia de la Reina, que cedió ante
las protestas d e inocencia q u e e n s u defensa alegaba el
joven. El perdón, sin embargo, le fue otorgado c o n la ex-
presa condición de q u e iría a servir e n persona c o n algu-
n a s compañías de gomeros e n la conquista de la Gran Ca-
naria hasta q u e estuviese sometida la isla.
Libre ya Hernán Peraza d e tan enojoso proceso, fue
obsequiado y festejado por todos los nobles q u e seguían
la Corte, obteniendo inesperadamente la honra d e casarse
con una hermana de la célebre marquesa de Moya, cama-
rera mayor de la reina y s u mejor amiga, boda q u e tuvo
efecto a pesar d e la sorda oposición del Rey, q u e se mos-
traba aficionado a aquella dama.
La Reina Isabel, q u e había adivinado esta naciente m
pasión, se alegró de poder con e s t e pretexto alejar d e s u E
lado a u n a rival tan discreta c o m o hermosa (5).
Deseoso d e cumplir el precepto impuesto por s u Rei-
na, Hernán volvió a Lanzarote con dona Beatriz d e Bobadilla,
q u e así se llamaba s u esposa, y, d e s d e allí, se trasladó a la
Gomera, d o n d e reunió s u s vasallos y alistó aquéllos q u e le
parecieron m á s a p t o s para la guerra, e n número d e ciento
cincuenta h o m b r e s y d o c e caballos. Con e s t a s tropas se
dirigió enseguida a las playas d e Agaete, desembarcando
e n ellas el 1O de febrero d e 1482, desde cuyo punto dio
aviso al General Vera d e s u llegada, manifestándole q u e se
q u e d a b a con Alonso d e Lugo por n o encontrarse e n el Real
con Alonso Jáimez de Sotomayor, hermano, c o m o ya he-
m o s dicho, de d o ñ a Elvira, y c u ñ a d o d e Rejón.
Vera, a u n q u e seguro d e la prudencia d e s u alférez
mayor, aprobó este arreglo que se conformaba con s u s secretos
planes, y ordenó a Lugo que, con los nuevos refuerzos,
procurase perseguir a los canarios y n o dejarles un mo-
m e n t o de descanso. Con este objeto, salieron un día las
tropas d e Agaete e n dirección a Gáldar, mientras Vera, q u e
había llevado s u c a m p o a Arucas, se avanzaba hacia los
Bañaderos. Al amanecer, Lugo y Peraza, con aviso q u e tu-
vieron d e q u e el Guanarteme Tenesor Semidán se hallaba
oculto e n una cueva acompañado d e algunos d e s u servi-
dumbre, se acercaron cautelosamente y, d e s p u é s de ro-
d e a r c o n tropas el punto designado, y apoderarse d e las
armas, entraron y los hicieron a todos prisioneros. Hallábanse
con el Guanarteme cuatro de sus guaires, algunas mujeres
y niños, y once criados (6).
Conseguida s i n obstáculo esta importante presa, ba-
jaron las tropas a la playa de Lairaga, donde se juntaron
alegremente con las que acaudillaba el General. Celebró
éste la prisión de Tenesor, considerándola como de feliz
augurio para la conquista, y acordó llevárselo al Real, tra-
tándole con gran distinción y cariño. Alegráronse mucho
en el campamento de esta captura, y festejáronla con grandes
regocijos, cantándose u n Tedéum que oyeron devotamen-
te las tropas en la iglesia de Santa Ana (7).
N
o era ciertamente inmotivada esta alegría, porque,
faltándole ya a los canarios sus dos principalesjefes, Doramas
y Tenesor, parecía probable que todos se sometieran a la
obediencia de los Reyes de Castilla, especialmente al ver
la afluencia de isleños que venían al campamento a entre-
garse prisioneros y recibir el bautismo, por sólo el deseo
de ver y servir a su querido Guanarteme, a quien ellos Ila-
maban el bueno.
Parecióle también a Vera que era propicia la ocasión
de recordar a la Corte sus servicios, y conseguir algunos
refuerzos que ya otras veces había inútilmente pedido; y
así determinó enviar al Guanarteme y sus cuatro guaires a
España, acompañados de Miguel de Mujica y de Juan Ma-
yor, intérprete que Peraza había llevado con sus soldados
desde Lanzarote.
Dispuesto convenientemente todo lo necesario, verificóse
el viaje, y los comisionados, después de embarcarse en
una carabela surta en el puerto de las Isletas, llegaron a
Cádiz con los prisioneros, cuyo salvaje aspecto y vestidu-
ras de pieles llamaron extraordinariamente la atención de
todos. Así atravesaron las ciudades de Sevilla, Jeréz y Cór-
doba, y alcanzaron la corte en Calatayud, población en donde
los Reyes tenían entonces su residencia. Señalado día para
la recepción pública, acudieron m~ichos
grandes y prela-
dos a esta ceremonia. Era Tenesor hombre de cuarenta años,
de agradable y majestuosa presencia, alto, fornido, de co-
lor claro, y barba y cabello negro (8);vestía aquella maña-
na el vistoso tamarco d e s u país, pintado d e diversos colo-
res y perfectamente cosido y gamuzado; s u s guaires o con-
sejeros iban también vestidos d e pieles, y e n esta forma
los condujeron hasta las gradas del trono Mujica y J u a n
Mayor.
El Rey canario, aunque admirado al observar tanta
pompa y riqueza, y conociendo entonces todo el poder de
la nación q u e había osado por tantos años combatir, n o
perdió s u presencia d e espíritu; detúvose ante los Reyes,
se arrodilló, les besó las manos y, poniéndolas sobre s u
cabeza, les pidió la gracia d e s e r cristiano y d e q u e ellos
fueran s u s padrinos.
El rey Fernando lo levantó con bondad, le abrazó, y, m
concediéndole al momento s u petición, dispuso q u e le vis- E
tiesen d e grana y seda, y con decencia a los guaires. (8)
5
Pasados algunos días, el cardenal arzobispo d e Toledo,
don Pedro González d e Mendoza, le administró el bautis-
-
0
m
mo, siendo los Reyes los padrinos, según lo habían prome-
O
4
tido, y dándole el nombre d e Fernando. Concluida la cere-
monia, s e le hicieron espléndidos regalos y diole el Rey
n
licencia p a r a q u e volviese a Canaria y procurase reducir a
s u s vasallos a la obediencia y a la fe cristiana, ofreciéndo- -
m
les e n s u real nombre las mismas franquicias y libertades O
d e q u e s u s súbditos españoles disfrutaban; respecto a él,
se le concedió, a petición suya, el término d e Guayedra
para sí y s u s legítimos sucesores (9). E
n
Al intérprete Juan Mayor se le hizo la merced d e al-
-
O
O
guacil mayor perpetuo d e Canaria, y se dio permiso a Peraza
para q u e pudiera retirarse a la Gomera, dejando e n el Real
d e Las Palmas s u s tropas auxiliares.
Después d e tomadas estas disposiciones, los Reyes
ordenaron a Miguel d e Mujica q u e levantase e n Vizcaya y
e n las montañas d e Burgos doscientos hombres d e armas,
q u e pasaran a servir e n la conquista (lo),mientras se co-
municaba orden a Hernán Arias d e Saavedra, provincial d e
la Santa Hermandad d e Andalucía, para que dispusiera d o s
compañías d e caballería y una d e ballesteros, q u e forma-
ban un total de doscientos sesenta hombres, para que, unidos
a los soldados d e Mujica, s e trasladaran todos a la Gran
Canaria a c o m p a ñ a n d o al Ciuanarteme, y contribuyesen a
las m á s pronta rendición d e la isla.
Este p o d e r o s o refuerzo se e m b a r c ó e n Sanlúcar e n
cinco buques, llevando por capitanes a Esteban de Junqueras,
Pedro de Santi-Esteban, Cristóbal d e Medina, y Siberio de
Mujica.
El b u q u e e n q u e venía J u n q u e r a s c o n s u c o m p a ñ í a
d e ballesteros se perdió al entrar d e arribada e n el puerto
d e Arrecife, e n Lanzarote, p e r o se salvó t o d a la g e n t e y
tripulación; Diego de Herrera c u i d ó d e r e c o g e r l o s ,
proveyéndoles d e t o d o lo necesario y proporcionándoles
d o s b u q u e s e n q u e pudieran trasladarse a Canaria ( 1 1 ).
En o c t u b r e d e 1482 e s t a b a n ya reunidas e s t a s t r o p a s
a las q u e Vera tenía e n el Real, y, d e s d e e n t o n c e s , ya nadie
d u d ó d e q u e se a c e r c a b a la feliz é p o c a d e la total sumi-
sión de los canarios.
Notas
(1) Hablando de esta torre o fortaleza dice el Padre Sosa cn
su ~opografía
de Gran Canaria, p. 95: ,,Esta torre, hasta hoy dia
está gran parte de ella en aquel ancho valle de Agaetc, cr~yo
dueno
es D. AIonso Olivares del Castillo, maestre de campo por S.M.,
del tercio de las villas de Galdar y Guia con sir partido, y se dejan
ver sus tapias tan constantes y fuertes, y contra la duracion del
tiempo inespugnables, que se dilataran á lo que parcce rri~~clios
siglos. Sírvele hoy, con algunos aforros que le han hecho, lo alto
de granero en que guarda las mieses de si1 agosto, lo bajo de
bodega en que encierra los vinos de su cosecha, que son mrry
buenos los de aquel parage y pago.' El P. Sosa escribía en 1678.
(2) Castillo, p. 123.-Abreu Galindo, reduce estc ~iiji?ic~-o
a
treinta.
(3) Está sepultado en la capilla mayor de la iglcsici pnl-roqrrial
de San Sebastián de la Gomera, al lado del evangelio. Abreir Gcl/illdo,
p. 139.
(4) Estas casas eran confiscadas a unos conversos. Abrcu
Galindo, p. 141.
(5) Abreu Galindo, p. 141.- Viera, t. 2. p. 82.
(6)Abreu Galindo, p. 143.
(7) Castillo, p. 128.
(8)Nebrija. Década 2. lib. 2. cap. l o .
(9)Abreu Galindo, p. 144.- Viera dice al referir este suceso:
.Creyeron los reyes que concediéndole a Guayedra quizá le habian
mucho. Un Guanarteme era acreedor á alguna cosa
grande. Pero Guayedra n o es mas que una ladera d e montañas y
riscos escarpados que corren hasta la ribera del mar cerca del
Agaete, en donde solo pueden pastarganados salvages. Un soberano
despojado d e sus Estados, q u e s e admiraba del lujo d e los Reyes
católicos n o debia contentarse con Guayedra, así vemos que despues
tuvo repartimientos d e tierras e n Tenerife.11 Viera, t. 2. p. 86.
( 10)Mujica gastó e n este armamento que hizo a s u costa
700.000maravedíes, obteniendo luego e n recompensa repartimiento
de tierras e n Tenerife por concesión real. Castillo, p. 132.
( 1 1 ) Abreu Galindo, p. 145.
Bentejuí.
Después d e la prisión del Ciuanarteme y d e la muerte
o defección d e muchos d e los guerreros más célebres del
país, como Adargoma, Doramas y Maninidra, parecía que,
agotadas las fuerzas d e los isleños, perdida toda esperan-
za d e salud, y sin medios para conservar s u querida inde-
pendencia, habían d e entregarse e n breve a merced del
vencedor. Tal era al menos la confianza d e Vera y d e s u s
oficiales, segun el conocimiento práctico q u e habían ad-
quirido e n aquella guerra, y las relaciones d e los isleños
convertidos.
Esta confianza, empero, les salió fallida, porque no
habían contado con el ciego valor d e los canarios ni con
s u fiereza indomable.
Al saberse la prisión d e Tenesor, todos los guerreros
se internaron en los montes, y convocaron un sábor o asamblea
general para nombrar un sucesor a la corona. Entre los
pretendientes s e contaba Ciuayarmina, hija del Ciuanarteme:
dos hijos del finado Bentaguaya, desheredados por Doramas
del reino d e Telde, llamados Bentejuí, joven valiente, astu-
to y atrevido, y Masequera, niña todavía: el Faicán Aytami,
hermano de Tenesor; y Tagooroste, príncipe de la familia
Semidan ( 1 ).
Dividiéronse en esta asamblea las opiniones; unos
querían proclamar a Bentejuí, otros a Guayarmina con u n
consejo de regencia, y algunos a Aytami. Al fin, después
de largos debates, y cuando ya se preparaban a decidir la
cuestión con las armas en la mano, Tajaste ( 2 ) ,uno de los
guaires de más fama, se levantó y propuso proclamar a
Bentejuí, si éste se comprometía a casarse con su prima
Guayarmina. Prometió10 así el joven, y entonces, uniéndo-
se los votos de los dos partidos, derrotaron con facilidad
al del Faicán de Telde, que no contaba con muchas simpa-
tías.
Ofendido Aytami de este desaire, reunió a sus ami-
gos y vasallos, y con ellos vino al Real, entregándose sin
condiciones al General Vera, y pidiéndole el bautismo, de
lo que todos los conquistadores se alegraron, pues de este
modo se conseguía debilitar las fuerzas canarias, sin ries-
gos ni combates. El Faicán recibió el nombre de Diego, y
fue su padrino el mismo Vera (3).
Luego que don Fernando Guanarteme llegó a Cana-
ria, acompañado de los refuerzos de tropa que hemos indi-
cado, deseando cumplir la palabra que había dado a los
Reyes, y conociendo la desigualdad de la lucha en que se
habían empeñado sus vasallos, suplicó al General le diese
algunos soldados españoles, y con éstos y quinientos isle-
ños ya cristianos, que acaudillaba su hermano Aytami, se
dirigió a Telde, donde sabía que u n nuevo Faicán, llamado
Faya, reunía por orden de Bentejuí los guerreros de aq~iel
distrito para conducirlos a la Cumbre.
La noticia de la llegada del Guanarterne produjo en-
tre los canarios honda sensación, pues era generalmente
respetado y querido, a pesar de las vehementes sospechas
que de ser favorable a los cristianos se habían esparcido
desde la célebre aventura de Silva.
Esta circunstancia, o la timidez de Faya, que no se
atrevió a esperar el choque de las tropas, retirándose sin
combatir desde que descubrió a su antiguo Ci~ianarteme,
proporcionó una fácil victoria a los españoles, y atrajo al
~ e a i
un gran número d e canarios q u e sin resistencia ve-
nían ellos mismos a entregarse prisioneros.
El cuerpo expedicionario, mandado por Miguel d e Mujica
y ~ r i s t ó b a l
d e Molina, con los auxiliares canarios q u e acau-
dillaban Aytami y Maninidra, se dirigió después d e la retira-
d a del Faicán al pueblo d e Cendro, situado e n el barranco
d e Telde, y, descansando d o s días e n aquellas fértiles Ila-
nuras, desiertas entonces, volvió al campamento sin dejar
ya enemigos e n aquel distrito.
Poco después d e estos sucesos, confiado don Fernando
e n el buen éxito d e su primera expedición, quiso empren-
der otra más arriesgada, dirigiéndose con una escolta a s u
antigua capital, e n cuyas inmediaciones estaban s u s prin- m
cipales vasallos con Bentejuí y Tajaste. Vistióse las ricas E
galas q u e le dieron los Reyes Católicos, y d e este m o d o se
presentó a los sorprendidos isleños, q u e al verle bajaron 3
d e s u s escarpados cerros, y le rodearon palpando con cu- -
O
riosidad aquellas sedas y brocados. Entonces quiso hablarles,
m
O
e imponiendo silencio les refirió s u viaje a la Corte, el lujo, 4
pompa y grandeza d e los Reyes d e España, el número pro-
*
n
digioso d e s u s pueblos y vasallos, el poder d e s u s escua-
dras, y los innumerables escuadrones que obedecían al menor
d e s u s caprichos; hablóles d e las franquicias y libertades -
m
O
que para ellos le habían ofrecido, si deponiendo las armas
se sometían como él a tan poderosos monarcas; recordóles
que era ya cristiano, y, casi llorando, les suplicó q u e ellos
también lo fuesen. n
-
Oyéronle todos e n silencio, y es fama q u e al concluir
O
O
s e le acercó Tajaste, y, e n contestación a su discurso, le
replicó con otro tan agresivo, como poco respetuoso: ((Anda.
díjole, Guanarteme indigno de tu fama y de tu nombre,
vuelve a que los pérfidos europeos te engañen: vuelve
y déjanos siquiera morir con honra.))(4).
El Ciuanarteme, conmovido, quiere sincerarse d e las
pérfidas intenciones q u e s e le atribuyen, y torna a recor-
darles el inmenso poder d e la nación española y la inutili-
dad d e su resistencia; pero Tajaste, interrumpiéndole, le
señala las alturas vecinas coronadas d e guerreros, y le dice
con acento decidido en que s e revela, sin embargo, su emoción:
«No importa: quédate con nosotros, recobra tu
dignidad: aquí hallarás hombres que sabrán morir por
su patria: Canaria existe aún... Mírala armada sobre
estos cerros.))
Avergonzado el Guanarteme calló, y, abandonando
tristemente sus antiguos súbditos, volvió a Las Palmas, dudando
si aquéllos que iban a morir por su querida libertad eran
mas dignos de envidia que de vituperio.
Esta inútil tentativa convenció a Vera de que, para
someter completamente la isla, era preciso internarse en
la Cumbre, trepar a sus alturas y desalojar de ellas a los
canarios. Entonces, como se viera con las fuerzas necesa-
rias para acometer esta empresa, resolvió llevarla sin tar-
danza a efecto.
Habíanse atrincherado los canarios en varios punlos
casi inaccesibles, situados al oeste de la isla. Llatnábanse
estas fortalezas naturales Bentaiga, Titana, Amodar, Ta~artico
y Ansite, y en ellas habían depositado sus hijos y miijci-cs
con los escasos víveres que pudieron reunir.
Pedro de Vera salió, pues, del Real, con todas SLIS
tropas de caballería e infantería y los isleños auxiliares (5),
decidido a no volver sin haber sometido el país.
El primer punto que quiso bloquear fue el de Bentaiga,
elevado cerro que levanta su descarnada cima junto a Mogán;
rodeólo con sus tropas para impedir que los sitiados rtci-
biesen víveres, pensando rendirlos por hambre, pero vien-
do que habían pasado ya quince días, sin que los canarios
manifestasen el menor indicio que revelara desaliento, dio
la orden de atacar la posición por diferentes puntos a la
vez, auxiliado de los guías desertores. Mas los canarios,
que no se descuidaban, los recibieron con tal lluvia d e pie-
dras, dardos y venablos, que los obligaron a retroceder con
pérdida de ocho soldados y muchos heridos.
Retiróse Vera a Tirajana, donde dio descanso a sus
tropas, haciendo algunas presas de ganado, que abando-
nado andaba por aquellas sierras, y, desde allí, con gran
sigilo, envió una expedición a Titana, cerro también muy
escarpado, que ocupaban algunas familias de islenos con
su correspondiente escolta de guerreros; y habiendoles
sorprendido c o n ayuda de los canarios convertidos, q u e
treparon por s e n d a s sólo d e ellos conocidas, les mataron
veinticinco hombres, saquearon las provisiones y llevaron
a todos prisioneros.
Dejando luego a Tirajana, avanzó el ejército español
hacia Amodar, q u e también o c u p ó n o sin pérdida de algu-
n a gente, viéndose aquí una nueva prueba del carácter is-
leño, pues, n o queriendo d o s mujeres entregarse prisione-
ras, se despeñaron valerosamente entre aquellos espanto-
sos precipicios.
Desde Amodar p a s ó Vera a Fataga, sitio también casi
inaccesible, y consiguió hacerlo desalojar, d e m o d o que,
e n breve tiempo, batiendo a los isleños e n los bosques y m
e n las sierras c o m o bestias feroces, logró el General s u E
intento y p u d o lisonjearse c o n la esperanza d e ver s u cam-
paña felizmente terminada. 3
-
Para conseguir esto, sólo le faltaba apoderarse d e un
0
m
O
fuerte situado e n la montaña d e Tazartico, al norte d e la 4
Aldea de San Nicolás, y u n o de los m á s inexpugnables de n
la isla. Habíanse refugiado e n él casi todos los canarios
c o n s u s mujeres e hijos, resueltos a morir todos a n t e s q u e
rendirse. -
m
"
-
Llegado al pie del cerro, y visto q u e era imposible
tomarlo por sorpresa, Vera llamó a s u s capitanes a conse-
jo, y juntos determinaron atacarlo por dos partes: encargóse
Miguel d e Mujica, con los ballesteros vizcaínos, del a t a q u e n
por la parte del mar, c u a n d o o c u p a d o s los canarios e n d e - n
O
fenderse de otro cuerpo d e tropas, q u e fingiría acometer-
les d e frente, n o advirtiesen la celada.
Concertado así el ataque, Mujica, q u e era valiente y
d e s e a b a tener u n a ocasión d e distinguirse, aprovechó la
q u e entonces se le presentaba, y, sin esperar la señal con-
venida, principió a trepar el cerro con s u s vizcaínos. Los
canarios, q u e observaban esta imprudencia, dejáronlos tran-
quilamente subir, y, c u a n d o los vieron e n un sitio d e s d e el
cual ni podían favorecerse ni s e r socorridos, salieron d e
s u s trincheras con gran furia, y, dando horribles silbos, lanzaron
d e s d e la altura tal multitud d e gruesos peñascos y troncos
d e árboles, que, rodando s o b r e los infelices soldados, n o
dejaron con vida a ninguno. Allí murió Mujica y t o d o s s u s
ballesteros, y hubieran perecido también los q u e aún n o
habían subido, si Vera y d o n Fernando, a quienes aún res-
petaban los canarios, n o hubieran acudido e n s u auxilio,
protegiendo s u retirada d e aquel funesto sitio.
Esta imprevista derrota disgustó tanto al General, q u e
inmediatamente o r d e n ó la retirada a Gáldar, para curar allí
s u s heridos, poner s u s soldados al abrigo d e cualquier sor-
presa, y d a r honrosa sepultura a s u s muertos.
En e s t e pueblo se bendijo un sitio para celebrar la
misa, d o n d e luego se levantó la iglesia d e Santiago, y, des-
pués d e ponerse e n comunicación con la guarnición d e Agaete,
d e formar un c a m p o atrincherado, y dejar espías e n el in-
terior, Vera volvió c o n u n a parte d e s u s tropas al Real a
disponer lo necesario para abrir d e nuevo la campaña.
Notas
(1)Castillo, p. 134.- Abreu Galindo, p. 145.- Viera cita también
u n guerrero llamado Hecher Hamenato, sin advertir q u e é s t e era
el título q u e s e daba a los consejeros d e los Guanartemes. Véase
Castillo, p. 5 6 .
(2) Viera dice equivocadamente Tazarte.
(3)Castillo, p. 153.
(4) Viera,t. 2. p. 89.- Sosa, p. 98.- Abreu Galindo, p. 145.
(5)Castillo dice equivocadamente q u e el ejército ascendía
a 10.200 hombres, p. 137.
IX.
Rendición de la isla.
Creíase, y c o n razón, q u e e s t a c a m p a ñ a q u e se pre-
paraba había d e s e r la última, tanto por el e s c a s o número
d e guerreros q u e obedecían a Bentejuí, c o m o por el ham-
bre q u e ya se había e n s e ñ o r e a d o d e t o d o s los canarios,
producto d e cinco a n o s d e asoladora guerra.
El obispo d o n J u a n d e Frías, q u e c o n evangélico inte-
rés seguía d e s d e Lanzarote los progresos de la conquista,
al s a b e r q u e se preparaba e n aquella primavera un a t a q u e
formal y decisivo contra los últimos atrincheramientos de
la isla, salió de s u humilde catedral, y desembarcó e n el
Real d e Las Palmas, d e s e o s o d e animar con s u s exhorta-
ciones y consejos a los oficiales y soldados castellanos.
En los primeros días d e abril, Pedro d e Vera p a s ó re-
vista a s u s tropas, y, d e s p u é s d e u n a inspección minucio-
sa, halló q u e podía contar con m á s d e mil quinientos sol-
d a d o s entre españoles y auxiliares ( 1).
De éstos, eran ciento cincuenta d e a caballo, y los
demás, peones, entre los cuales trescientos iban a r m a d o s m
con ballestas, y el resto, con mosquetes, espadas, puñales E
y rodelas (2).
Este ejército, q u e podía llamarse numeroso e n u n a -
isla c o m o la Gran Canaria, salió del Real de Las Palmas 0
m
O
c o n dirección a Gáldar el 8 d e abril d e 1483. 4
Hallábanse los isleños reunidos e n Ansite, agria mon- n
taña situada s o b r e Tirajana, e n número d e dos mil, de los
cuales seiscientos eran hombres de pelea y mil quinien-
tos, niños, ancianos y mujeres. Estaba con ellos Bentejuí, -
m
O
Tajaste, el Faicán Faya, la infanta Guayarmina y s u prima
Masequera, c o n algunos pocos guaires q u e habían preferi-
d o la muerte a la esclavitud. E
Con aviso q u e dieron los espías d e los movimientos n
-
O
del enemigo, Vera se dirigió primero a Gáldar, d o n d e ya le O
e s p e r a b a Alonso d e Lugo y la guarnición de Agaete, y, des-
d e allí, unidos todos, se internaron e n la Cumbre, yendo a
sentar s u s reales al pie de la escarpada montaña, e n q u e
había ido a refugiarse el resto d e la nación canaria.
El mismo día de s u llegada, q u e fue el 22 de abril, se
rodeó el cerro, de manera q u e los sitiados no pudieran reci-
bir socorros d e víveres ni d e tropa. Vera había dado la orden
d e n o atacarles e n s u fortaleza, tanto por evitar la efusión de
sangre, c o m o porque intentaba todavía atraerles con prome-
s a s d e paz y de perdón, q u e n o era difícil escuchasen e n la
situación desesperada e n q u e se hallaban.
Después d e algunos días d e tranquila y silenciosa
expectación, d o n Fernando Guanarteme, q u e n o podía mi-
rar c o n indiferencia la triste suerte q u e esperaba a s u s an-
tiguos súbditos, d e j ó un día el campamento y se dirigió
solo y d e s a r m a d o a lo alto del cerro.
Al verlo, saliéronle a recibir todos los canarios pro-
rrumpiendo e n alegres voces, llorando unos y besándole
otros las vestiduras, c o m o e n aquellos tiempos e n q u e aún
obedecían s u s órdenes. Luego q u e el tumulto se calmó un
poco, d o n Fernando principió a hablarles e n el mismo sen-
tido q u e ya lo había h e c h o e n Ciáldar, pero con la elocuen-
cia y persuasión q u e comunicaba a s u s palabras la triste
realidad d e los Últimos sucesos. Hízoles ver q u e aquellas
tropas reunidas al pie d e s u fortaleza, a d e m á s d e serles
tan superiores e n número, a r m a s y disciplina, eran sólo
una parte muy insignificante d e la gran nación a q u e perte-
necían; q u e a u n q u e se lisonjeasen con la idea absurda d e
derrotarles otra vez, como e n Tazartico, vendrían otras nuevas
a reemplazarlas c o n nuevos bajeles y nuevos capitanes; y
entonces, perdida ya toda esperanza d e perdón, serían tra-
tados c o m o esclavos, y verían perecer a s u s hijos, bajo el
pesado yugo d e un vencedor inexorable. Recordóles la promesa
q u e él había h e c h o a los Reyes, las ventajas d e la civiliza-
ción, d e las artes y d e la fe religiosa q u e profesaban los
españoles, y concluyó exhortándoles a rendirse para no
perder las concesiones q u e Vera en aquel momento les ofrecía.
Los canarios habían ya tenido tiempo y ocasión d e
comprender la exactitud d e e s t a s reflexiones, q u e oían por
segunda vez a s u Guanarteme. Convencidos estaban d e la
inutilidad d e s u resistencia y d e lo insuficiente d e s u sacri-
ficio para salvar el país. Esta convicción ya e n ellos arrai-
gada, la vista d e s u s mujeres e hijos Ilorosos y s~iplican-
tes, el hambre q u e se principiaba a sentir, la imposibilidad
d e socorro, el a b a n d o n o y apostasía d e s u s principales jc-
fes, el influjo y autoridad d e s u Ciuanarteme, todas e s t a s
razones fueron c a u s a d e q u e , al concluir don Fernando SLI
discurso, prorrumpiesen todos e n alborozados gritos, di-
ciendo q u e deseaban rendirse a Pedro d e Vera y s e r vasallos
d e los Reyes d e Castilla.
Tajaste, entonces, q u e al fin se había convencido d e
s u desesperada situación, y n o quería sacrificar inúltilmente
el resto d e aquella nación heroica, se presentó a d o n Fer-
n a n d o y le e m p e ñ ó s u palabra de q u e todos los canarios
se someterían, si Vera se trasladaba c o n s u ejército al Real
d e Las Palmas y allí los aguardaba, porque ellos n o que-
rían presentarse c o m o rendidos, sino c o m o hombres li-
b r e s q u e voluntariamente iban a ofrecer s u s vidas y ha-
ciendas al nuevo s e ñ o r q u e habían elegido (3).
Una palabra entre los canarios e r a inviolable. Vera
creyó, pues, a Tajaste, y n o titubeó e n concederle lo q u e
le pedía. Al día siguiente, lleno d e júbilo por el afortunado
desenlace d e la campaña, dio a s u s tropas la orden d e
regresar al campamento, c e s a n d o por u n a y otra parte las
hostilidades.
Pocas horas después de este suceso, cuando los cana-
rios se disponían a emprender s u prometida marcha, Bentejuí
y el Faicán de Telde, después d e haber agotado toda s u in-
fluencia y autoridad para retener a s u lado los isleños, ha-
cerles cambiar de resolución y continuar s u desesperada re-
sistencia, viendo q u e todos s u s esfuerzos eran inútiles, y
q u e se estrellaban siempre ante la inexorable lógica d e la
necesidad, se apartaron d e ellos e n silencio, y, trepando tran-
quilamente a lo m á s alto d e la montaña, se lanzaron desde
allí estrechamente abrazados, por entre aquellos horrorosos
desfiladeros, repitiendo s u exclamación favorita, atis tirma,
atis tirma, invocación q u e dirigían sin duda a s u divinidad.
Éste fue el Último suspiro d e la libertad canaria.
Faya y Bentejuí eran s u s últimos mártires.
El jueves, 29 d e abril d e 1483, avisaron las avanza-
d a s del Real q u e por el camino d e Telde se acercaban muchos
canarios e n actitud pacífica y sin armas. Al m o m e n t o salie-
ron a recibirlos Pedro d e Vera, el Obispo, los capitanes, y
toda la nobleza y gente principal d e la colonia.
Detuviéronse todos e n la llanura d o n d e hoy se levan-
ta la iglesia y exconvento de Santa Domingo, y allí recibie-
ron a los guaires q u e e n unas a n d a s traían con el mayor
respeto a s u s dos infantas Guayarmina y Masequera.
Entonces, por medio del intérprete, las entregaron
solemnemente al General, con la expresa condición de que
las considerase como personas reales, educándolas e ins-
truyéndolas en la fe cristiana. Vera las tomó de la mano, y,
estando presente Francisco Mayorga, alcalde mayor, y su
mujer Juana de Bolaños, las confió a su custodia, para que,
teniéndolas en su casa, les enseñaran los principales mis-
terios de la religión y pudieran así luego recibir el bautis-
mo. Mayorga las recibió con cariño, y poco tiempo des-
pués fueron admitidas en el gremio de la iglesia, celebran-
do la ceremonia el senor Obispo, y siendo su padrino Rodrigo
de Vera, hijo del General. Ciuayarmina tomó el nombre de
Margarita, y Masequera el de Catalina; la primera casó con
Miguel de Trejo Carvajal (4), y la segunda con Alonso Perez
de Guzmán ( 5 ) ,ambos conquistadores.
Grande fue el jubilo de todo el ejército cuando ya no
pudo dudarse de la sumisión de los isleños; la difícil con-
quista que se había emprendido, y que hacía cinco años
continuaba con fuerzas numerosas y expertos capitanes, estaba
concluida: la nación guerrera, que en tantas batallas había
mostrado su poder y su hidalguía, se hallaba ya humillada;
triunfaba la cruz; la civilización europea iba a depositar so-
bre aquella tierra su fecunda semilla; entonces, subiendo
Alonso Jáimez de Sotomayora la explanada del torreón principal,
y tremolando el pendón de la caballería, dijo tres veces en
voz clara e inteligible: .La Gran Canaria por los muy altos
y poderosos Reyes Católicos don Fernando y dona Isa-
bel, nuestros señores, Rey y Reina de Castilla y de Aragon.))
Al día siguiente se cantó una misa solemne que dijo
el senor Obispo, y u n Tedéum que entonaron todos con
ferviente júbilo. Desde entonces se consagró ese día como
aniversario de la conquista, y se puso la isla bajo el patro-
nato del santo mártir, san Pedro de Verona (6).
Así concluyó esta memorable conquista, que si se tienen
en cuenta los continuos asaltos e invasiones de Bethencourt,
Maciot, Herrera, Silva y otros señores castellanos y portu-
gueses, duró más de ochenta años, sin que en tan largo
período pudieran éstos derrotar a los isleños, hasta la ba-
talla de Guiniguada, ocurrida sesenta años después de la
célebre derrota de Bethencourt sobre las playas de Arguineguín.
Indudablemente los canarios fueron una nación d e
héroes.
Notas
( 1 ) Aunque n o es fácil calcular con rigurosa exactitud el
número d e soldados que en diferentes ocasiones vinieron d e España
a la conquista d e la Gran Canaria, podemos aproximadamente
hacer el siguiente cómputo, fundado en los datos que nos suministran
los mismos historiadores.
Jefes Infanteria Caballería.
Rejón .................................
Algaba ...............................
............
Hernández Cabrón
Peraza ................................
.........
Rejón (segunda vez)
Vera ...................................
........
Peraza (segunda vez)
Mujica ................................
Totales ...............................1.680 .............................192.
D e este número podemos rebajar una tercera parte entre
muertos, heridos o prisioneros en los combates d e los cinco años
anteriores, quedando, después d e esta deducción, reducidos a
mil hombres d e infantería y 150 d e caballería. Ahora, si a este
número añadimos 500 o 600 canarios que acaudillaba don Fernando
Guanarteme, tenemos el número que hemos indicado, m u y superior
a las fuerzas con que Cortés dominó el imperio mejicano.
(2) Iban también tres religiosos dominicos llamados fray
Martín Cañas, fray Diego Villavicencioy fray Juan de Lebrija. Castillo,
p. 137.
(3)Castillo, p. 14 1.- Sosa, p. 104.
(4) Era este hidalgo natural d e Plasencia e hijo d e Alonso
Pérez Carvajal y d e Elvira Fernández Trejo, señor d e Grimaldo y
d e la Corchuela.
(5)Natural d e Toledo e hijo d e Alonso Pérez d e Guzmán,
señor d e Latres y Alenvillete.- Castillo, p. 142.
(6) El pendón que Alonso Jáimez tremoló e n la torre se
conserva aún e n la Catedral y s e lleva e n procesión todos los
años a la iglesia d e Santo Domingo por el regidor decano del
ayuntamiento. Este pendón, envuelto hoy e n una tela morada,
era d e tafetán blanco con un san Juan Bautista bordado e n el
centro.
Libro quinto.
Las Palmas.
Organización muncipal d e la isla.- Primer Ayun-
tamiento.- Fuero y privilegios. - Repartimiento d e tie-
rras y aguas.- Los indígenas después de la conquista..
Traslación d e la Catedral de Rubicón a Las Palmas..
Antecedentes.- Primer Cabildo.- Estatutos.- Constitu-
ciones sinodales d e Muros.. Inquisición.- Tribunal d e
la Santa Cruzada.- Conventos.- Su fundación e histo-
ria.- Imágenes aparecidas.. Sublevación d e la Gomera..
Disensiones entre Veray el Obispo.. Maldonado y Fajardo..
"
7
Entradas en África.- Conquista d e La Palma y Tenerife.. E
Organización municipal de ambas islas.-Descubrimiento 3
d e América.- Muerte del Adelantado.- Creación d e la -
Audiencia.. Ordenanzas.- Visitadores.- Don Luis de la 0
m
O
Cueva.- Invasiones d e Drake y Van der Does.- Estado 4
del país al concluir el siglo XVL- Ciencias, artes, lite-
ratura, industria, agricultura y comercio.
n
-
Organización muncipal. -
-
El 29 d e abril d e 1483 fue día d e inmenso júbilo para n
a
todos los q u e e n el Real d e Las Palmas habían contribuido
-
O
O
a la conquista d e la Gran Canaria. Capitanes y soldados,
auxiliares y aventureros, todos se manifestaban contentos
del buen éxito d e la ultima campana, y s o n a b a n c o n los
repartimientos de tierras y aguas q u e por s u s b u e n o s ser-
vicios creían merecer. Hasta los mismos indígenas, q u e n o
desconfiaban d e la palabra de s u Guanarteme, esperaban,
cambiando d e religión y dueño, mejorar d e condición y fortuna.
El primer cuidado de Pedro de Vera, después d e fenecida
la conquista, fue enviar un mensajero a la Corte, q u e Ileva-
se las nuevas d e e s t e feliz s u c e s o a los Reyes, y les supli-
case, e n s u nombre y e n el d e los nobles caballeros q u e
habían contribuido a la sumisión de los isleños, fuesen servidos
de recompensar s u fidelidad y valor con una parte de las
tierras que acababan de conquistar.
Hallábanse los Reyes en la ciudad de Vitoria y fueles
la noticia de mucha satisfacción. Entonces confirmaron la
real cédula que ya con fecha de 4 de febrero de 1480 ha-
bían expedido en Toledo, autorizando a Vera para el repar-
timiento de tierras y aguas entre los conquistadores y po-
bladores, según los servicios y cualidades de cada uno.
Decía esta cédula literalmente así:
((Porcuanto habernos sido informados d e q u e al-
gunos caballeros, escuderos é marineros é otras perso-
nas ansi de las q u e están e n esa isla, como otras q u e
agora van é fueren e n adelante quieren vivir é morar en
ella: é porque la dicha isla mejor se pueda poblar é pueble
é tenga las tales personas con que se poder sustentar é
mantener, vos mandamos que repartades todos los éxidos
é dehesas é heredamientos entre los caballeros é escu-
deros é marineros é otras personas q u e en la dicha isla
están é estovieren é e n ella quieran vivir é morar, dan-
d o á cada uno aquellos q u e vieredes q u e segun su me-
recimiento ó estado oviere d e menester))( 1 ).
Pedro de Vera, obrando con arreglo a estas instruc-
ciones, nombró primeramente u n Ayuntamiento compues-
to de doce regidores, que tuviesen a su cargo el buen go-
bierno y régimen de la isla.
Las personas que merecieron el honor de ser norn-
bradas para regir la naciente colonia fueron: Pedro García
de Soto, Fernando de Prado, Diego de Zorita, Francisco de
Torquemada, Francisco de Espinosa, Martín de Escalante,
Alonso Jáimez de Sotomayor, Pedro de Burgos, Juan de
Siverio, Juan Malfante, Juan de Mayorga y Diego Miguel.
Fue escribano de Cabildo, Gonzalo de Burgos; escribano
público y del crimen, Gonzalo Díaz de Valderas; fiel ejecu-
tor, Juan de Penalosa; jurados, Rodrigo de la Fuente y el
escribano Valderas: alguacil, Juan Mayor, por concesión real;
y pregonero, Juan Francés (2).
Hízose el repartimiento de tierras y aguas con gene-
ral aplauso de los nuevos colonos, dividiéndolos para ello
el General e n conquistadores, pobladores y naturales. A
los primeros se les asignó e n d a t a s el precio d e los suel-
dos q u e habían devengado durante la conquista (3),
y los
servicios particulares de cada uno, según el rango que ocupaba
e n el ejército; a los segundos se les repartieron terrenos,
c o n la expresa condición d e cultivarlos e n un breve plazo,
y aclimatar aquellas plantas q u e pudieran s e r de utilidad a
la futura riqueza agrícola de la isla; y a los terceros, n o
inspirando todavía gran confianza s u reciente conversión,
se les colocó casi e n la condición de esclavos, bajo la tute-
la de los principales y m á s nobles conquistadores, c o n el
pretexto d e instruirles e n la doctrina cristiana y enseñarles
el cultivo d e la tierra, pero e n realidad para proporcionarse
brazos q u e rompieran los terrenos, privándoles de t o d a m
influencia e n los negocios de la colonia. E
El rumor d e la nueva cruzada q u e los Reyes Católicos 3
levantaban contra los moros granadinos, impulsó a muchos
caballeros a abandonar la dulce tranquilidad con q u e les
-
0
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brindaba s u nueva conquista, para correr tras mayores pe- 4
ligros, exponiendo s u s vidas y haciendas e n defensa d e s u
patria y religión. Dejaron también la isla, por orden d e Vera,
n
las compañías d e la Santa Hermandad q u e habían venido
c o n Mujica, restituyéndose a Sevilla a continuar e n el ejer- -
m
cicio de s u loable instituto, por lo cual se obtuvo q u e mu- O
c h o s vecinos del condado de Niebla, Jeréz y Cádiz, vinie-
s e n a poblar, concediéndoseles tierras, franquicias y privi-
legios (4).
n
-
De la isla d e la Madera y d e Andalucía se trajeron muchos O
O
árboles frutales, especialmente naranjos, q u e crecieron
rápidamente; parras y c a ñ a s d e azúcar, q u e e n pocos a ñ o s
dieron abundante fruto.
El primer ingenio q u e h u b o e n el archipiélago fue el
q u e Pedro d e Vera levantó a orillas del Guiniguada, e n te-
rrenos q u e le correspondieron, junto al valle d e San Ro-
que; hizo otro enseguida Alonso Jáimez de Sotomayor, al
pie de la montaña de San Francisco al norte de la ciudad, y
e n poco tiempo, generalizándose el cultivo d e la cana, fue-
ron muchos los ingenios q u e e n Gáldar, Guía, Agaete, Telde
y Tirajana se levantaron produciendo grandes cantidades
d e azúcar.
Este producto, entonces muy buscado, dio mucha
importancia al comercio de la isla; numerosos buques ve-
nían de varios mercados extranjeros a comprar a buen precio
las cosechas, con lo que la población y riqueza de Cana-
rias se aumentaron rápidamente en pocos años (5).
Habíanse dividido las tierras de regadío en pequeñas
suertes, y las de secano, en grandes lotes, y se tuvo en
cuenta dar mayores datas a los conquistadores que a los
pobladores; y a los soldados de caballería m á s que a los
peones, sin excluir de este beneficio a los principales indí-
genas (6),aunque con las precauciones que ya hemos in-
dicado.
Este cultivo del azúcar y el de las viñas, que también
principió a fomentarse, redujo tanto la cosecha de granos,
que se prohibió por una real cédula su extracción (7).
Vera, después de haber visitado la isla, hecho los
repartimientos y nombrado regidores, determinó fundar la
capital de la isla en el mismo sitio donde había sentado
sus reales.
N
o fue casual esta elección, como tal vez pudiera creerse,
sino que tuvo presente al hacerla la conveniencia de que
estuviese junto a u n buen puerto, por donde pudiera po-
nerse en comunicación con el resto del archipiélago y con
la madre patria.
El justo temor que entonces inspiraban los argelinos
y berberiscos, obligó a muchos de los conquistadores a
fundar las capitales de sus respectivas islas en sitios apar-
tados del litoral: Teguise, Betancuria y La Laguna, son de
esta verdad una prueba evidente; pero no observaron es-
tos primitivos fundadores que esas poblaciones, separa-
das del mar, no tenían porvenir en islas tan pequeñas como
lo son las Canarias, y que, en un tiempo más o menos próximo,
habían de perder su importancia y su rango de capitales.
En efecto, la imperiosa necesidad del comercio, atrayendo
a los vecinos hacia el litoral, y obligándoles a fundar otros
pueblos, dio luego nacimiento a Arrecife, Puerto de Cabras
y Santa Cruz, que ocuparon el rango señalado a Teguise,
Betancuria y La Laguna.
De elogiar es, pues, el acierto c o n q u e Vera eligió el
sitio d e la capital, despreciando los temores de u n a inva-
sión, q u e con el reconocido valor de los nuevos canarios
n o le inspiraba recelos.
Impulsóle también, a d e m á s de la bondad del puerto,
la salubridad del aire, lo a m e n o del valle, la abundacia de
aguas, la proximidad d e buenas canteras para la fábrica de
edificios, y la frondosidad del bosque d e lentiscos q u e cu-
bría la meseta de Tafira hasta las Vegas, el cual proporcio-
naría e n los veranos un sitio d e recreo a los moradores de
la ciudad. Éstas y otras ventajas le decidieron por el Real
d e Las Palmas, señalando a los m á s nobles conquistado-
r e s los solares q u e habían d e ocupar s u s casas y huertas, y
delineando las calles principales del barrio d e Vegueta, q u e
"
7
fue el q u e primero se pobló. E
Deseando luego ennoblecerla c o n los privilegios q u e 3
otros pueblos disfrutaban e n la Península, acudió el Gene- -
O
ral a los Reyes, q u e entonces se hallaban e n Salamanca, y
m
O
a s u ruego expidieron é s t o s e n 20 de e n e r o d e 1 4 8 7 dos 4
reales cédulas, q u e debieron llenarle d e satisfacción y or- n
gullo. Incorporaban por la primera a la Corona d e Castilla
el reino d e las islas Afortunadas, del q u e la Gran Canaria
e r a capital, y prometían y aseguraban a los vecinos y po- -
n
m
bladores q u e e n ningún tiempo ni con pretexto alguno se- -
ría enajenada ni separada la dicha isla, ni ciudad, villa, o
lugar d e la misma, excepto lo q u e se había d a d o al Obispo
para cámara de s u dignidad; y por la segunda manifesta- n
ban que, para q u e mejor se poblase la isla, la hacían libre O
O
d e todo pecho, tributo o alcabala, durante los veinte a ñ o s
primeros contados d e s d e la fecha d e la dicha real cédula
(8).
Algunos a ñ o s después, e n 2 0 d e diciembre d e 1494,
fuele concedido a la Gran Canaria otra real cédula (9),e n
la q u e se insertaban las ordenanzas q u e habían d e regir e n
lo sucesivo a s u municipio.
Autorizábase e n ella al Gobernador de la isla para formar
Ayuntamientos e n los pueblos q u e tuviese por convenien-
te (10) y q u e , mientras n o fuese otra la voluntad real, se
observase el siguiente orden:
Ha de haber, decía, seis regidores, un síndico personero,
un escribano d e Cabildo, tres alcaldes y un alguacil mayor.
Para proceder a las elecciones s e reunirán los indicados
ministros el primero d e noviembre en la iglesia mayor des-
pués d e misa, y, prestando allí juramento sobre una hostia
consagrada, los seis regidores echarán suertes, y los tres
e n quienes recayere elegirán seis electores que sean per-
sonas llanas, abonadas y de conciencia. Estos seis elec-
tores, así nombrados, pondrán cada uno en doce cédulas
los nombres d e las personas que quieran elegir para com-
poner el nuevo Ayuntamiento. Las cédulas, en número de
setenta y ocho, s e echarán en un cántaro, las cuales irá
sacando un niño. Las tres primeras serán los nombres de
los alcaldes; las seis siguientes, d e los regidores; la déci-
ma, del procurador; la undécima, del alguacil, y la duodé-
cima, del mayordomo; las cédulas restantes serán quema-
das e n el acto. El escribano d e Cabildo extenderá estos
nombramientos, que, firmados por todos los individuos del
Cabildo, s e remitirán al Rey para su aprobación.
El día primero d e enero s e volverán a reunir todos en
el mismo sitio, y los elegidos prestarán juramento de ejer-
cer bien y lealmente su empleo q u e durará dos años; la
reelección no e s permitida, sino pasados cuatro. Por au-
sencia o enfermedad del Gobernador, conocerán los alcal-
d e s ordinarios d e los pleitos civiles y criminales.
Ordenóse también que hubiese en la isla seis escri-
banos públicos nombrados por la ciudad y confirmados por
el Rey; siendo el del Cabildo d e nombramiento real y veci-
no d e Las Palmas.
S e fijaban tres días d e la semana para las sesiones
del Ayuntamiento. Al síndico s e le concedía el derecho a
oponerse a los acuerdos que fueren contra ordenanzas.
El Ayuntamiento nombraba portero, carcelero, verdu-
g o y d o s pregoneros; y s e le mandaba tuviese Casas d e
Cabildo, reloj, hospital, carnicerías, mataderos, pendón con
las armas del consejo, y libros d e acuerdos y reales provi-
siones.
Preveníase además que s e formaran ordenanzas so-
bre el peso d e la harina, casa d e jabón, tabernas, meso-
nes, ventas, guardas d e montes, oficios d e menestrales y
jornaleros, y q u e se remitieran a la Corte para su aproba-
ción.
El día d e Reyes e n cada un ano, los vecinos contribu-
yentes s e habían d e reunir e n la iglesia al toque d e campa-
na, y allí elegían, por mayoría d e votos, d o s procuradores
del común, q u e asistiesen al Ayuntamiento, y examinaran
y fiscalizasen los repartimientos y cuentas d e propios, y
los acuerdos q u e e n pro o e n contra d e la comunidad se
adoptasen, dando cuenta al Rey cuando lo creyesen con-
veniente.
Anularonse todos los cargos perpetuos o vitalicios q u e
por merced s e hubiesen dado antes y después d e la con-
quista; y finalmente se prescribía que los bienes raíces pasasen
a las personas exentas y eclesiásticas con las mismas car-
gas, pecherías y contribuciones que tuviesen, y que los pleitos,
q u e sobre ello se movieran, fuesen fallados por jueces se-
culares con pérdida del dominio ( 1 1 ).
Véase aquí una constitución enteramente democráti-
ca, y tan libre cual pudiera apetecerla hoy cualquier otro
pueblo o colonia. Reconócese e n ella la potente vida del
municipio q u e principiaba a ahogar al caduco feudalismo.
Los Reyes, q u e deseaban acercarse al pueblo para destruir
con s u s fuerzas reunidas el poderoso elemento d e la no-
bleza, extendían sobre los países conquistados el benefi-
cio d e s u sabia administración y d e su previsora política,
descentralizando el poder y dejando a los pueblos e n li-
bertad d e disponer y utilizar los varios elementos d e rique-
za q u e pudieran encontrar e n s u s respectivos distritos.
El cuerpo municipal venía a ser entonces el q u e re-
presentaba los intereses generales d e la isla. La riqueza
comunal o d e propios, diseminada e n cada población, per-
tenecía sólo a s u Ayuntamiento principal, centro d e todo
el sistema político, económico y gubernativo.
En La Palma y Tenerife, luego q u e fueron conquista-
das, se estableció con poca diferencia un sistema análogo
d e gobierno, como tendremos a s u tiempo ocasión d e exa-
minar.
Respecto a las islas d e señorío, Lanzarote, Fuerteventura,
Gomera y Hierro, se regían e n esta é p o c a por medio d e un
alcalde ordinario y un Ayuntamiento, q u e nombraba el se-
ñor territorial, y q u e residían e n la capital d e cada isla. En
e s t o s Cabildos había también s u alférez y s u alguacil ma-
yor. Un escribano desempeñaba el cargo d e secretario. Cuando
la población se aumentó, nombráronse por el mismo se-
ñor e n las nuevas villas y lugares alcaldes pedáneos d e
limitada jurisdicción, sujetos al consejo d e la capital.
Esto mismo sucedió e n la Gran Canaria: los pueblos
d e Telde, Guía, Gáldar, Teror, Arucas, Moya, Tejeda y otros,
tuvieron s u s alcaldes p e d á n e o s según se iban aumentando
la necesidades d e la población. En Agüimes, c o m o villa d e
señorío, h u b o d o s alcaldes d e s d e 1491 , u n o pedáneo, q u e
nombraba el pueblo, sujeto a los magistrados d e la capi-
tal, y otro q u e entendía e n lo gubernativo, nombrado por
el Obispo d e la diócesis. El alcalde p e d á n e o d e la villa d e
Guía, se intitulaba entonces alcalde mayor, aunque sin te-
ner jurisdicción exenta.
El Ayuntamiento d e la ciudad, c u a n d o algún c a s o im-
portante lo requería, solía constituirse e n Cabildo general,
llamando a s u s e n o las autoridades principales, los prela-
d o s y dignidades d e los cleros regular y secular, las perso-
n a s m á s notables del pueblo por s u nacimiento, riqueza o
saber, y algunos diputados d e los municipios subalternos.
La renta d e s u s propios consistía e n el estanco del
jabón, el derecho del haber del peso, las tabernas, meso-
n e s y mancebías (12), las p e n a s d e cámara y las aguas del
heredamiento d e Tejeda.
En efecto, por una real cédula d e 2 6 d e julio d e 1501 ,
los Reyes Católicos hicieron merced a la isla, para propios
d e s u Ayuntamiento, del agua q u e nace e n la sierra d e Tejeda,
permitiendo q u e se diese parte d e ella al vecino q u e qui-
siera conducirla a s u costa a Las Palmas, con tanto, de-
cían los Reyes, que no le podáis dar más de la mitad de
toda el agua.
En 1506 se concedió a la isla el e s c u d o d e a r m a s d e
q u e debía usar. Este e s c u d o lo forman un castillo d e o r o
e n c a m p o d e plata y un león d e gules, con d o s c a n e s a los
lados y una palma e n medio, orlado t o d o con diez e s p a d a s
e n cruz ( 13).
En 1515 se expidió otra real cédula por la q u e se
concedió a la misma ciudad el título d e noble, llamándola
e n ella el Rey Carlos y s u madre d o ñ a J u a n a , la noble ciu-
dad del Real de Las Palmas. En las provisiones anterio-
res, sólo se le d a b a el título de villa ( 14).
Vemos, pues, q u e d e s d e luego procuró el General Vera
ennoblecer la población q u e había elegido para capital de
la isla y del archipiélago, atrayendo a s u s e n o nuevos po-
bladores, y fijando con b u e n a s concesiones a los nobles
q u e le habían ayudado a vencer a los indígenas.
Establecieronse muchos e n Las Palmas, y otros se fi-
"
7
jaron e n Gáldar y e n Telde, d o n d e se multiplicaron e n gran E
número los ingenios d e azúcar, que, c o m o ya h e m o s di- =
cho, constituían entonces un ramo d e comercio extenso y -
lucrativo. 0
m
O
Algunos mercaderes d e Génova y d e Malta vinieron 4
también, atraídos por la riqueza de la isla, a fijarse e n ella; n
y d e e s t e modo, mejorándose el cultivo, talándose los bos-
q u e s q u e n o ofrecían utilidad, canalizándose las aguas, y
dándosele vida a la agricultura, al comercio y a la indus- -
m
0
tria, se fue a u m e n t a n d o la población, y echándose los ver- -
daderos cimientos a la prosperidad y engrandecimiento futuro
d e la isla.
n
O
O
Notas
( 1 ) Esta real cédula existía e n el archivo del Ayuntamiento
d e Las Palmas antes del incendio d e 1842, que consumió todos
los preciosos manuscritos que allí s e custodiaban, excepto un
libro d e privilegios que luego tendremos ocasión d e citar. Viera,
que n o había leído esta cédula, la cita (t. 2. p. 104) siguiendo a
Abreu Galindo, pero equivoca el año, pues asegura fue expedida
en 1484. Zuaznavar, en su Kompendio de historia d e las Canariasl~,
rectifica este error d e fecha, pero sin incluir el texto. Nosotros,
que poseemos felizmente una copia, tenemos un verdadero placer
en citarla textualmente, como el documento más antiguo e importante
d e aquella época.
(2)Abreu Galindo, p. 153.
(3) En una información que existe en el archivo parroquia1
de Telde se lee lo siguiente: ',Se pagaron en tierras de Telde a
Joan de Alba, 25,562 maravedis que ovo de aver durante el tiempo
que sirvió en la conquista.^^ Este documento lleva la fecha de 12
de septiembre de 1502.
( 4 ) Abreu Galindo, p. 152.- Véase en el apéndice que
publicaremos al concluir la obra una lista de los apellidos que
entonces había en la isla.
(5) Sosa, p. 112.
(6) Zuaznavar, p. 18.
(7) Real cédula de 1489.
(8) Libro de Privilegios, fol. 6, vuelto y 27.
(9) Libro de Privilegios, fol. 1 al 6.
(10) ',Otrosiordenamos et mandamos, que en cualquier lugarcs
et villas que estoviesen subjetas á la jurisdiccion desa villa, ó
encomendadas á vos el dicho nuestro Gobernador dclla, habida
primeramente informacion de la calidad ó poblacion de cada lugar,
et de lo que conviene para la buena gobernacion dél, fagais
ordenanzas, cuales vieredes que conviene para cada Irrgar, ansi
en el elegir de los Alcaldes et regidores et procuradores, e otl-os
oficiales, como en las otras que tocan a la buena gobernacioli de
las dichas villas et lugares...lJ Libro de Privilegios, del folio 1 " al
6".
(1 1) Libro de Privilegios ya citado.
(12) Por real cédula de 1503 dio el Rey para propios uri
bodegón, dos tiendas y el lupanar que fue luego abolido en 1523.
(13) Abreu Galindo, p. 155.
(14) Abreu Galindo, p. 156.
Los indígenas después de la conquista.
Al dividir los terrenos de la isla, el General Pedro de
Vera procuro olvidar a los canarios, creyendo privarles, con
la propiedad territorial, de toda influencia en el país. N
o
era, sin embargo, tan fácil empresa obrar así con todos los
isleños: algunos había que por sus eminentes servicios en
favor de los conquistadores no podían ser excluidos sin
notable injusticia: las solemnes promesas hechas a otros
e n diferentes ocasiones eran tan evidentes, q u e el eludir-
las podía traer funestas consecuencias.
En estas circunstancias, considerando Vera y el nuevo
Ayuntamiento q u e los canarios tenían un carácter inquieto y
bullicioso, independiente y altivo, enemigo d e toda sujeción
legal, y celoso d e los derechos y privilegios q u e aún creían
conservar sobre las tierras conquistadas, determinaron darles
datas improductivas y d e escasa importancia, esperando el
momento oportuno d e alejarlos con varios pretextos de la isla.
Esta conducta, preciso es confesarlo, n o era confor-
m e ni a la razón ni a la justicia; e n efecto, todos los q u e se
rindieron e n Ansite, y los q u e a n t e s y d e s p u é s vinieron
voluntariamente al campamento, lo habían h e c h o bajo el m
seguro d e la palabra del General, q u e solemnemente les E
había prometido instruirles e n la religión cristiana y seña-
-
larles una porción de territorio d o n d e pudieran vivir c o n 3
comodidad e independencia. -
O
m
O
Ofrecíales Vera liberalmente el agua del bautismo, pero 4
los terrenos, si llegaba a darlos, eran, c o m o h e m o s dicho,
pocos, malos o improductivos.
n
Corto fue el número d e los q u e pudieron conseguir
q u e e n e s t e primer repartimiento se les asignara alguna
data. El mismo d o n Fernando Guanarteme, a quien el ejér-
cito debía la rendición de la isla, y cuya lealtad a los Re-
yes, abnegación y desinterés merecían una brillante recom-
pensa, sólo obtuvo el término de Guayedra, estériles ris-
c o s junto a Agaete, d o n d e a p e n a s se puede apacentar un
miserable rebaño.
A la infanta Guayarmina sólo se le dio la c a s a q u e e n
Gáldar era de s u familia, de m o d o q u e esta señora, a quien
los canarios veneraban tanto c o m o heredera del trono de
los Guanartemes, vivió modestamente con lo q u e s u espo-
so Miguel d e Trejo Carvajal recibió c o m o conquistador ( 1 ) .
En vano los naturales habían obtenido expresamente
d e los Reyes Católicos q u e n o se les excluyese d e la divi-
sión d e los terrenos (2); s u posición d e vencidos, s u igno-
rancia d e los u s o s y costumbres europeas, la diferencia d e
razas, el desprecio de los españoles, y la rapacidad d e los
jefes que estaban al frente de la colonia, prepararon a los
isleños la triste suerte que luego les cupo, y que sólo algu-
nos en Tenerife pudieron mejorar.
Ignórase si estas causas de descontento, o el deseo
de recobrar su perdida independencia, produjeron en 1484
una sublevación que hubiera podido traer funestas conse-
cuencias para la colonia, si Vera no procurase ahogarla en
su nacimiento.
Debe suponerse, por las noticias que han llegado hasta
nosotros, que esta insurrección fue sólo provocada por al-
gunas partidas de isleños, que, no habiendo tomado parte
en la capitulación de Ansite, se mantuvieron en las aspere-
zas y altas sierras de la isla, bajando algunas veces al llano
para atacar los caseríos, saquear los sembrados, y asesi-
nar a los castellanos que lejos de las poblaciones podían
sorprender.
Cuando la noticia de esta sublevación llegó a Las Pal-
mas, dos reverendos frailes que habían acompañado a Vera
en la conquista de la isla, animados de santo celo por la
conversión de estos infieles, solicitaron y obtuvieron licencia
para salir a su encuentro, y exhortarles, con el crucifijo en
la mano, a deponer las armas y someterse a sus nuevos
Reyes.
Llamábanse estos frailes fray Diego de las Cañas y
fray Juan de Lebrija, los cuales, saliendo, como hemos di-
cho, de Las Palmas, hallaron en el monte de lentiscos, que
a una legua de la ciudad se extendía, una partida de insurrectos
sobre los que principiaron a ejercer su santo ministerio, y
a probar la influencia de sus piadosas exhortaciones. Pero
aquellos bárbaros, exasperados por las últimas injusticias
de Vera, despreciando sus consejos, y burlándose de sus
palabras, los maniataron y, Ilevándolos a un desfiladero
en cuyo fondo corría el Guiniguada, los despeñaron con
furor, dándoles de este modo la corona del martirio. Desde
entonces aquel sitio se conoce en el país con el nombre
de Cuevas d e l o s frailes (3).
Estas fueron, sin embargo, las últimas víctimas de la
insurrección, porque don Fernando Guarnarteme, Planinidra,
Aytami y otros nobles canarios, saliendo entonces de la
ciudad, consiguieron c o n halagos, promesas y juiciosas
reflexiones atraerlos a la vida civilizada, y hacerles adop-
tar la religión q u e ellos mismos habían abrazado.
Aunque ni por s u número, ni por s u s planes, ni por
losjefes q u e acaudillaban estas partidas, podía sospecharse
d e la fidelidad q u e habían jurado los principales isleños,
n o por e s o se disminuyó la desconfianza d e Vera, y c o n
varios pretextos les fue prohibiendo el uso d e ciertas ar-
mas, hasta q u e consiguió trasladar a Sevilla todos aqué-
llos q u e por s u s costumbres y carácter le parecían dignos
d e e s t e castigo. A e s t o s deportados se les señaló por los
Reyes el barrio d e Mijohar, para q u e e n él viviesen; pero
posteriormente, habiéndose quejado de los agravios q u e
recibían d e los vecinos d e aquella ciudad, que les toma-
ban mugeres é hijos para servirse de ellos s o color de
no ser cristianos, y aun siéndolo, de haber sido redu-
cidos despues de presos y cautivos de buena guerra
(4), los Reyes mandaron al alcalde mayor d e Sevilla los
defendiese d e t o d o daño, l e s buscase a m o s a quien servir,
castigándolos prudentemente, mientras no tuviesen doctrina
y conocimiento de leyes y pena.
Cuando se juzgó q u e estaban bastante civilizados, y
q u e s u presencia n o alteraría la paz d e la colonia, les per-
mitieron volver a la Gran Canaria, d o n d e s u s brazos eran
sin d u d a m á s útiles q u e e n Sevilla (5);m a s esperábales
también la esclavitud e n s u patria. En efecto, n o sólo ellos,
sino todos los q u e por s u humilde condición pertenecían a
la clase d e los achicaxnas o siervos continuaron d e s p u é s
siéndolo d e los conquistadores; y a u n los niños, que, huér-
fanos, había distribuido Vera para s e r instruidos e n la fe
cristiana, quedaron e n s u mayor parte esclavos d e s u s pro-
tectores.
Triste había de ser la condición d e los indígenas, cuando
v e m o s q u e Alonso de Lugo obtuvo c o n facilidad q u e los
principales abandonasen s u patria y le siguiesen a la con-
quista de La Palma y Tenerife, contándose e n e s t e n ú m e r o
a d o n F e r n a n d o G u a n a r t e m e , Maninidra, Adargoma y
Bentaguaire (6).Las datas q u e allí adquirieron fueron, sin
embargo, de alguna consideración, supuesto q u e se esta-
blecieron e n aquellas islas, y contribuyeron a extinguir la
raza guanchinesca, c o m o Vera se esforzaba e n concluir la
suya.
Don F e r n a n d o Ciuanarteme fijó s u domicilio e n
Buenavista, pueblo de Tenerife, d o n d e casó con María Viz-
caína, y allí murió a los setenta a n o s d e e d a d (7), pobre y
olvidado d e canarios y conquistadores.
Un sobrino, d e s u mismo nombre y apellido, vivió también
e n Tenerife, y murió e n 1533, con sospechas de que le
dieron con que morir (8).Éste es el mismo que, e n escri-
tura de 6 de septiembre de 1532, ofrecía diez doblas a
J u a n de Contreras, q u e iba a la Corte, porque le trajese
confirmado un privilegio de hidalguía (9).
El valiente Maninidra consta q u e murió con las a r m a s
e n la mano, e n una d e las peligrosas entradas q u e e n la
costa de Africa dirigía el Adelantado, dejando hijos, q u e
luego se ilustraron e n América.
Estos y otros canarios, avecindados e n Tenerife, expo-
nían al Rey, e n poder otorgado e n La Laguna e n 1 5 1 4 a
favor de Miguel González y J u a n Cabello, s u s compatriotas,
los eminentes servicios q u e habían prestado a la Corona d e
Castilla, s u cristiandad, fidelidad y nobleza, y que, aunque
indígenas, eran muy superiores a los guanches, palmeses y
gomeros, por lo q u e solicitaban la merced d e que nadie pudiese
obligarles a abandonar s u patria, c o m o d e continuo se in-
tentaba, pues de ello, decían, redunda el que se despue-
blen estas islas, cuando lejos de sacar los vecinos, an-
tes se debian traer otros para su poblacion.
De lo q u e llevamos dicho se d e d u c e q u e si bien los
canarios fueron, e n cierto modo, considerados y respeta-
d o s d e los conquistadores, y obtuvieron mejor suerte q u e
la q u e c u p o a los d e m á s isleños, no estuvieron, sin embar-
go, libres d e sentir alguna vez el yugo q u e siempre pesa
s o b r e las razas vencidas.
Aun aquellos q u e habían q u e d a d o e n la Gran Cana-
ria, y que injustamente habían sido esclavizados por la ambición
y malicia d e los primeros pobladores, habiendo acudido
e n queja a la Corte, consiguieron q u e se expidiese una real
cédula ( l o ) , dirigida al Gobernador Lope d e Sosa, e n la
q u e se le m a n d a b a pusiese e n libertad a los que, s i e n d o
libres, estuviesen esclavos ( 1 1 ) .
Pero, ¿llegó a repararse esta injusticia? ¿Mejoró aquella
orden la condición de los canarios?
Mucho lo dudamos. Lo q u e sí p o d e m o s asegurar es
q u e , e n el transcurso del siglo XVI, la mayor parte de los
indígenas y s u s hijos se fueron paulatinamente emancipando,
contribuyendo a e s t e resultado la introducción d e escla-
vos negros y bereberes traídos de las costas d e África, com-
prados o hechos prisioneros e n las invasiones q u e c o n e s t e
objeto se organizaban e n Las Palmas, y para lo cual se había
obtenido una real cédula ( 12).
N o n o s admire, pues, la noticia d e q u e ya e n 1 6 7 7
"
7
hubiese e n la isla 6 . 4 6 8 negros y mulatos entre libres y E
esclavos ( 1S ) , raza desgraciada q u e n o se confundía e n - 3
tonces c o n los europeos ni con los indígenas, porque és-
t o s y s u s descendientes, ya ennoblecidos, aspiraban aliar-
-
0
m
se a las familias castellanas, c o n las cuales llegaron con el
O
4
tiempo a confundirse.
n
Notas
( 1 ) Sosa, p. 106.
-
m
O
(2)Zuaznavar, p. 13.
(3)Castillo, p. 142.
( 4 ) Real cédula d e 30 d e agosto d e 1485, citada ya
anteriormente. n
O
(5)Bernáldez, Historia d e los Reyes Católicos, cap. 63. O
(6) Viana, canto X I , p. 239.
(7)(<Otorgó
testamento en 12 d e agosto d e 1512 ante Antón
Vallejo. Pensaba volver a España, pero enfermó y murió pobre.
Está sepultado e n la ermita d e San Cristóbal d e La Laguna))
(Informaciónde su hija doria Margarita en 1526).Viera, t. 3. prólogo.
(8)Sosa, p. 107.- Nosotros nos inclinamos a creer que Sosa
s e refiere al tío y n o al sobrino, a pesar d e la respetable opinión
d e Viera.
(9) Viera, t. 3, prólogo.
(10)En 1 5 1 1.
( 1 1 ) Viera, t. 3, prólogo.
(12) En 1505. Esta cédula existía en el archivo municipal
d e Las Palmas.
(13) Sosa, p. 2 0 .
La Catedral.
Cuando Juan de Bethencourt, después de conquistar
las cuatro islas de Lanzarote, Fuerteventura, Hierro y Goinera,
salió de las Canarias para regresar por tercera vez a Pran-
cia, poseído de ese celo religoso que animaba entonces
en sus guerreras empresas a todo noble caballero, se diri-
gid a Valladolid, donde a la sazón residía Enrique 111 de
Castilla,y le suplicó humildemente escribiese al Papa lnocencio
VII, para que éste se dignara dotar a las islas de u n Obis-
po, que, con sus santas exhortaciones, contribuyese a la
enseñanza y conversión de los infieles.
Tan piadosa pretensión fue muy bien recibida del
monarca castellano, que inmediatamente escribió al Papa,
presentándole para este obispado a fray Martín de las Ca-
sas ( l ) , deudo de Bethencourt, natural de Sevilla y ecle-
siástico que, a sus virtudes y saber, añadía algún conoci-
miento de la lengua isleña.
lnocencio recibió a Bethencourt con la distinción que
merecían sus heroicos hechos, y, después de haberse in-
formado extensamente de la conquista de las islas, de las
costumbres de sus habitantes, de sus errores y supersti-
ciones, y de los recursos del país, mandó que se expidie-
sen la bulas del nuevo obispado, erigiéndole bajo el título
de San Marcial de Rubicón.
Y
a por este tiempo el antipapa Benedicto XlIl había
expedido otra bula ( 2 ) ,en la que elevaba al rango de ciu-
dad el castillo de Rubicón, y su iglesia, a la categoría de
Catedral, nombrando por obispo a fray Alonso de Barrameda,
religioso de San Franciso; pero este prelado, que tal vez
desconfiaba de la legalidad de su nombramiento, jamás
pasó a su diócesis, ocupada luego, como hemos dicho,
por fray Martín de las Casas.
En efecto, este deudo d e Bethencourt, después d e
visitar al Rey d e Castilla, y d e arreglar lo q u e le pareció
conveniente para el mejor servicio d e s u iglesia, s e trasla-
d ó a las islas, aportando felizmente a Fuerteventura, q u e
e n aquella época visitaba Maciot. La pequeña iglesia d e
Santa María d e Betancuria fue la primera e n q u e el Obispo
dio principio a s u s funciones pastorales, pasando ensegui-
da a Lanzarote, donde consagró la d e San Marcial d e Rubicón,
designada como Catedral d e la diócesis.
Después d e un pontificado pacífico y laborioso, mu-
rió e n las islas e n 1 410, cuando aún vivía fray Alonso d e
Barrameda. Entonces, el mismo antipapa Benedicto, pro-
movió a éste al obispado libaniense, y nombró para suce-
derle e n Lanzarote a fray Mendo d e Viedma. Cuando esto
"
7
tenía lugar, Castilla s e había ya sustraído a la obediencia E
del dicho antipapa, y reconocía a Martino V; por lo que, 3
perdiendo los lanzaroteños toda esperanza d e ver a su Obispo -
e n San Marcial, consiguieron q u e se les nombrara por co- 0
m
O
adjutor o administrador apostólico a Juan Le Verrier, cape- 4
Ilán, historiador y compañero d e Bethencourt, y Deán q u e
era d e Rubicón (3).Reconciliado luego fray Mendo con el
n
Pontífice, vino al fin a su iglesia, donde sostuvo renidas
disputas con Maciot, que, sin respetar los derechos d e s u s -
m
vasallos, los tiranizaba a s u capricho. Estas funestas dis- O
cordias continuaron hasta 1 4 31, a ñ o d e s u muerte, verifi-
cándose durante s u pontificado la erección d e un nuevo
obispado e n Fuerteventura (4), q u e nunca llegó a realizar- a
se, pero q u e Maciot solicitó e n Roma, sólo por vengarse d e n
O
este celoso prelado. O
Fue su sucesor fray Fernando Calvetos, a quien el Papa
Eugenio IV expidió las bulas ( 5 ) ,y que no s e mostró me-
nos celoso d e las prerrogativas d e s u dignidad, ni menos
amante d e s u rebaño. Desde su llegada a Lanzarote lanzó
un decreto por el cual prohibió bajo las más severas penas
q u e fuesen vendidos los canarios, antes ni después d e s u
bautismo, decreto q u e destruía por s u base el lucrativo
comercio q u e Maciot sostenía con s u s continuas entradas
e n Canaria, Palma y Tenerife. Sin embargo, n o creyendo
suficientes estas censuras eclesiásticas para contener la
rapacidad d e los magnates lanzaroteños, que s e ocupaban
de este odioso tráfico, pagando derechos de aduanas y
señorío igualmente que de los cueros de las cabras,
de la orchilla y el sebo, (6) obtuvo una bula del mismo
Eugenio IV (7), prohibiendo el mal tratamiento y cautiverio
de los isleños, y en la que el Papa destinaba cierta canti-
dad de dinero para rescate de estos desgraciados.
A suplica de este mismo prelado, se expidió también
otra bula por la que se le concedía la facultad de poder
trasladar a la Gran Canaria la Catedral de Rubicón, en fuer-
za de la cual, cincuenta años más tarde, se verificó este
memorable acontecimiento (8).
Por su muerte, ocurrida en 1436, le sucedió fray Fran-
cisco, confesor del Príncipe de Asturias, don Enrique (9),
de cuya administración sólo se conserva u n triste recuerdo
en una bula de Eugenio IV, documento que denuncia los
graves cargos que se habían dirigido contra este prelado, y
en el que se nombra u n cardenal que examine su conduc-
ta, y lo castigue si resultare culpable.
Ignórase el resultado de esta pesquisa; sólo se sabe
que ya en 1450, cuando Juan lñiguez de Atabe secuestra-
ba la isla de Lanzarote, le había sucedido don Juan Cid,
racionero que fue de la metropolitana de Sevilla.
De éste y de su sucesor, don Roberto, cuyo apellido
se ha escapado a las indagaciones de nuestros anticuarios,
nada se refiere digno de especial mención, sino que el pri-
mero estuvo diez años en Lanzarote, ejerciendo su santo
ministerio, y el segundo no pasó a su iglesia.
Llegamos ya a don Diego de Illescas, celoso y activo
prelado, que acompañó al infatigable Herrera en SLIS n u -
merosas y desgraciadas excursiones por las islas no con-
quistadas. Viósele en Gando, en Guiniguada, en Añaza, ya
administrando el bautismo a los neófitos, ya predicando a
los isleños, y atrayéndolos al seno de la iglesia. Su incan-
sable celo fue premiado por Pío 11, que le dirigió en octu-
bre de 1462 una bula laudatoria, en la que, haciendo justi-
cia a sus relevantes virtudes, le confirmaba los privilegios
concedidos a sus antecesores, y otorgaba nuevas indulgencias
a la Catedral e iglesias principales de la diócesis.
Retiróse a España e s t e prelado con una pensión so-
bre la mitra q u e le concedió e n recompensa d e s u s tareas
apostólicas el papa Paulo 11 ( l o ) , y sucedióle don fray Mar-
tín d e Rojas, q u e n o llegó a trasladarse a s u iglesia. A é s t e
siguieron d o n fray J u a n d e Salazar y d o n fray Tomás Serra-
no, de cuya administración a p e n a s se conservan recuer-
dos. S á b e s e solamente de cierto q u e ya e n el a ñ o d e 1 4 7 9
estaba vacante la mitra, y se proveía e n don J u a n d e Frías,
canónigo de Sevilla, cuyo mérito y valor se demostraron
suficientemente e n los varios s u c e s o s q u e tuvieron lugar
durante la conquista d e la Gran Canaria.
Terminada ésta, según h e m o s visto, y d e s e a n d o el
Obispo y Vera trasladar a la nueva villa d e Las Palmas la
Catedral d e San Marcial d e Rubicón, c o n arreglo a lo orde-
"
7
n a d o por el Papa Eugenio IV, se dirigieron a los Reyes Ca- E
tólicos, quienes, instruidos de q u e la dicha Catedral d e San 3
Marcial se hallaba situada e n una isla d e señorío, sin fon-
dos, magnificencia, ni regularidad (1 1), escribieron al
-
0
m
O
Papa lnocencio V111, para q u e autorizase con un breve la 4
indicada traslación. -
Obtenida sin dificultad esta licencia, se celebró e n
Sevilla un cabildo ( 1 2), al q u e asistieron por aquella igle-
sia metropolitana d o s diputados, q u e lo fueron d o n J u a n
d e Ayllón, Deán y a b a d d e Valladolid, y d o n lñigo Manrique,
tesorero y provisor; y por la Catedral de Canaria, s u obispo
don J u a n de Frías; d o n Pedro d e la Fuente, arcediano; d o n
Fernando Rodríguez d e Medina, tesorero; Pedro Valdés,
bachiller e n decretos; J u a n d e Millares y Fernando Alvarez,
canónigos, q u i e n e s a c o r d a r o n p a r a la n u e v a Catedral
sufragánea los siguiente estatutos:
(1 1O . El número de las Prebendas será d e treinta y dos;
a saber, seis dignidades, deán, arcediano, chantre, tesore-
ro, maestre-escuela y prior ( 13); diez y o c h o canonicatos;
y d o c e racioneros q u e se dividirán entre sí las seis preben-
d a s restantes. l1
((2".
Las vacantes e n los m e s e s ordinarios, se han de
proveer simultáneamente entre el Prelado con s u Cabiido,
salvo e n las dignidades, q u e pertenecerán sólo al Prelado,
excepto el deanazgo, q u e ha de s e r presentado por el Ca-
bildo, y elegido por el Papa.))
~ 3 " .
El Cabildo será administrador d e la fábrica.>)
<(4".Tendrá s u hacedor d e las rentas d e diezmos,
pertiguero y repartidor.))
((5".Tendrá también facultades para componer ami-
gablemente las diferencias entre s u s individuos.))
(16".S e niega al Prelado el derecho d e imponer penas
al Cabildo.11
117".
El valor d e los diezmos se habrá d e dividir e n
tres partes, una para el Prelado, otra para el Cabildo, y la
tercera subdividida e n otras tres, para la fábrica d e la cate-
dral, parroquias y curas.))
(18". El cabildo elegirá los curas d e s u parroquia, q u e
percibirán las primicias y o b v e n c i o n e s . ~ ~
119".S e establecen varias reglas s o b r e el juramento
d e servandi statutis, y distribuciones d e la masa capitu-
lar.1)
(( 10". S e arreglan los tiempos e n q u e s e han d e ganar
las horas. 1)
11 1 1O . S e m a n d a q u e c u a n d o el Prelado asista a dichas
horas, ha d e ganar por d o s prebendas.))
1< 12". Concédense cuatro días d e licencia e n cada mes,
con facultad d e poderlos reunir.))
ií 13". Se previene q u e los comensales del obispo ga
nen, c u a n d o le a c o m p a ñ e n e n la visita.^^
Estos fueron los capítulos primordiales q u e juraron
observar por sí y s u s sucesores, el Obispo y Cabildo d e
Canaria, reunidos, c o m o h e m o s dicho, e n Sevilla.
Verificóse la traslación d e la iglesia d o s a ñ o s después,
celebrándose s u solemne dedicación e n la pequeña igle-
sia, q u e es hoy ermita d e San Antonio Abad, a 20 d e no-
viembre d e 1485. S e ignora si don J u a n d e Frías asistió a
esta ceremonia; sólo se s a b e q u e murió e n el mismo año,
porque ya e n el siguiente le sucedía don fray Miguel d e la
Cerda, cuyas bulas le expidió el Papa lnocencio Vlll a 29
d e marzo d e 1486.
Desde esta época se fijó e n la Gran Canaria la resi-
dencia d e los Obispos, adquiriendo e n ella el señorío d e la
villa d e Agüimes para su cámara pontificia, con la juriscicción
temporal y dominio directo, derecho q u e se perpetuó, a
pesar d e la oposición d e los vecinos d e aquella villa, hasta
la extinción d e estos privilegios.
Poco después se señaló sitio para abrir los cimientos
d e una hermosa Catedral, y s e delineó la plaza q u e había
d e llamarse d e Santa Ana, cuyas obras se encargaron a un
diestro arquitecto, llamado Diego Alonso Motaude, q u e
expresamente se hizo venir d e Sevilla por el Cabildo, ga-
nando sesenta doblas d e salario. Éste, pues, levantó el tra-
zado y dio principio al templo, e n la forma q u e luego ten-
dremos ocasión d e examinar. "
7
E
Notas 3
( 1 ) Bontiery Leverrier e n s u historia le llaman Alberto: otros -
O
le dicen don Alvaro. En Roma le conocían con el nombre d e Martín
m
O
Frater Martinus de Domibus. Viera, t. 4", p. 3 1 . Sábese que al 4
erigirse las islas e n principado para don Luis de la Cerda, s e nombró n
también un Obispo, llamado fray Bernardo, del cual s e conserva
un diploma e n la abadía d e Melck, e n Austria, fechado a 8 d e
mayo d e 1353. N o vino a las Canarias. -
m
(2)En Marsella a 7 d e julio d e 1404. O
(3)Esta bula, dada e n Florencia, lleva la fecha d e 2 7 d e
enero d e 14 19.
(4) Esta curiosa bula, dada e n Roma por Martino V a 20 d e
noviembre de 1424, erige a Santa María d e Betancuria e n Catedral,
n
0
y, separándola d e Lanzarote, le asigna c o m o diócesis las islas d e O
Gran Canaria, Infierno, Gomera, Hierro y Palma. N o s e llegó a
nombrar Obispo.
(5)Roma, octubre 1 " d e 14.31.
(6) Viera, t. 4. p. 45.
(7)Octubre 25 d e 1434.
(8) Véase esta bula e n el apéndice.
(9)Expidiéronsele las bulas a 26 d e septiembre d e 1436.
( 10) Marzo 1 7 d e 1468.
( 1 1 ) Viera, t. 2. p. 106.
( 12) A 22 d e mayo d e 1483.
( 13) Luego s e añadieron otras dos, que fueron, arcediano
d e Fuerteventura y arcediano d e Tenerife,porque plegue á Dios
de la dar á los cristianos. Viera t. 4, p. 2 18.
IV.
Swblevacion de la Gomera.
Y
a en 1485 había muerto Diego García de Herrera ( 1 ),
señor de las cuatro islas de Lanzarote, Fuerteventura, Gomera
y Hierro, dejando cinco hijos, llamados Pedro García de
Herrera, Fernán Peraza, Sancho de Herrera, María de Ayala,
mujer de Diego de Silva, conde de Portalegre, y Constanza
Sarmiento, casada con Pedro Fernández de Saavedra, hijo
del mariscal de Zahara. De éstos, el primogénito, Pedro
García de Herrera, quedó desheredado a causa de su
distraimiento; el segundo, Sancho de Herrera, obtuvo cin-
co partes de doce sobre la renta y jurisdicción de las dos
islas de Lanzarote y Fuerteventura, con las cuatro peque-
ñas de Alegranza, Graciosa, Lobos y Santa Clara; a doña
María de Ayala le correspondieron otras cuatro partes, y
las tres restantes, a doña Constanza Sarmiento. Fernán Peraza,
que era el hijo predilecto, heredó, por mejora de su madre
doña Inés, las islas de la Gomera y Hierro, siendo éste el
que había casado, como hemos dicho, con doña Beatriz
de Bobadilla, hermana de la célebre marquesa de Moya.
Nunca los gomeros habían manifestado mucho cari-
ño a sus señores, ni éstos por su parte les habían dado
grandes pruebas de afecto. Hernán Peraza, joven, altivo y
orgulloso, luego que por la muerte de su padre se vio due-
ño absoluto de las vidas y haciendas de sus vasallos, se
acabó de enajenar con sus desafuerosel débil sentimiento
de respeto que aun mantenían a aquéllos en la obedien-
cia, y fue causa de que, sublevándose u n día, lo obligaran
a encerrarse en una torre o castillo, que para su defensa
había construido, y en el cual se vio estrechatnente blo-
queado.
Su madre, dona Inés, al saberlo e n Lanzarote, dio aviso
a Pedro de Vera d e s u peligrosa situación, y le suplicó la
ayudase a socorrerlo con las tropas q u e pudiera reunir e n
la Gran Canaria, para cuyo transporte le enviaba d o s cara-
belas.
Vera, q u e disfrutaba e n s u conquista d e u n a paz
octaviana, y cuyo ánimo inquieto buscaba siempre ocasio-
n e s d e ejercitar s u actividad, aprovechó la q u e e n t o n c e s
se le presentaba, y, reuniendo algunos soldados veteranos,
se trasladó c o n ellos a la Gomera.
A s u vista, los gomeros levantaron apresuradamente
el cerco de la torre, y se refugiaron a las alturas d e la isla,
d o n d e el implacable General los persiguió, aprisionando a m
unos, y d a n d o a otros cruda muerte. Por fin, d e s p u é s de E
esparcir el terror entre aquellos desgraciados, creyendo de
e s t a manera someterlos, se restituyó a Canaria c o n dos- =
cientos esclavos, entre hombres, mujeres y niños, salario -
O
q u e tal vez exigió a Peraza por los gastos de la expedición.
m
O
:
:
Sólo entonces callaron los gomeros, pero jurando antes
vengarse.
n
En efecto, algunos m e s e s después, una nueva insu-
rrección, m á s violenta q u e la primera, llamó otra vez a Vera
a aquella isla c o n s u s tercios canarios. Veamos lo q u e allí
sucedía. Hernán Peraza, suponiendo a s u s vasallos someti-
d o s ya completamente, juzgó q u e le e r a lícito entregarse
sin freno a s u s pasiones. Hallabase por aquel tiempo ena-
morado d e una isleña, q u e vivía e n u n a s cuevas del térmi-
n o d e Guahedum, y, sin sospechar el estado del país, n o
titubeó e n ir a visitarla, a c o m p a n a d o sólo d e un paje y un
escudero.
S u s rebeldes súbditos, q u e acechaban una ocasión
propicia d e vengar s u s antiguos agravios, tuvieron conoci-
miento de esta cita, y, animados por Pablo Hupalupu, an-
ciano d e grande influjo entre ellos, y por el joven Pedro
Hautacuperche, d e u d o de la islena, urdieron una atrevida
conspiración, q u e debía estallar el día primero e n q u e Peraza
volviese a Guahedum.
Este día no se hizo esperar: Hernán, escoltado sólo
de las dos personas que hemos dicho, se presentó en las
cuevas de Guahedum, con el pretexto de ir a sembrar uno
de sus cortijos, porque eran ya los Últimos días de noviem-
bre, pero animado únicamente del deseo de ver a la isle-
ña. Esperábale ya Iballa, que así se llamaba ella, en aquel
sitio, y entonces, mandando retirar a sus criados, entró en
una de las cuevas, habitación de la joven, donde se encon-
tró con una vieja, que se hallaba instruida de la conspira-
ción, y que habían colocado allí de espía. Al poco rato,
oyéronse los pasos precipitados de muchas personas que
se acercaban, y sospechando la joven lo que aquello pu-
diera ser, se acercó a la entrada de la cueva, desde cuyo
sitio reconoció con espanto a sus paisanos, y exclamó,
volviendo al lado de Peraza: - Huye. señor, que te vienen
mis parientes a prender: toma al punto mis vestidos y
sal disfrazado para que no te conozcan.
Creyendo prudente el consejo en aquellas circunstancias,
y suponiendo que sus vasallos no se contentarían con pren-
derlo, se vistió deprisa la saya, y se acercó a la puerta con
intención de escapar; pero en aquel momento la astuta vieja,
dando grandes voces, dijo: - Prendedle, que es ese... ese
que sale disfrazado de mujer.
Al verse descubierto, el noble caballero volvió a la
cueva, arrojó con desprecio la saya y tocas, vistióse la co-
raza, y, embrazando la espada y adarga, salió furioso al
encuentro de sus enemigos.
En este momento, Hautacuperche, que se había si-
tuado en la parte superior de la cueva, sin darle lugar a
que avanzase, le lanzó u n dardo que, hiriéndole en la ca-
beza, le derribó muerto en tierra. También los dos criados
murieron en el mismo sitio defendiéndole, sin que se cal-
mase el furor de los amotinados.
Después de esta fácil victoria, se refugiaron los gomeros
a los montes, en donde, habiéndose concertado, determi-
naron bajar al llano, y atacar el castillo o fortaleza que ser-
vía de asilo a doña Beatriz de Bobadilla.
Esta señora, al saber la desgracia de su esposo, se
había encerrado en efecto en aquella casa-fuerte con sus
hijos y servidores m á s leales, entre los q u e se distinguían
Sebastián d e Ocampo Coronado, Alonso d e Ocampo, y Antonio
d e la Peña, y dio aviso inmediatamente a Pedro d e Vera del
peligro e n q u e se hallaba.
Entretanto, los gomeros rebeldes, acaudillados por
Hautacuperche, cercaron al punto la fortaleza, y empren-
dieron con furor el asalto, a pesar de la desesperada resis-
tencia q u e oponían los sitiados.
En u n o de e s t o s encuentros, c o m o observase Alonso
d e Ocampo q u e Hautacuperche e r a el jefe m á s audaz de
los amotinados, suponiendo q u e s u muerte sería para és-
t o s una pérdida irreparable, dispuso q u e Antonio de la Peña
se situase e n lo m á s alto d e la explanada, y, desde allí, m
amenazase al isleño con el tiro d e una ballesta, mientras E
él, por una tronera baja, se aprovechaba d e s u descuido.
Engañado Hautacuperche por aquel falso ataque, fijó sólo 3
s u atención e n la explanada, sin que, por e s t a causa, pu- -
O
m
diese evitar el pasador, q u e Ocampo con destreza le lanza- O
ra, hiriéndole mortalmente e n el costado izquierdo. 4
Esta muerte inesperada fue la señal d e levantar el si-
n
tio los gomeros y retirarse a las alturas, temiendo ya el
castigo d e s u imprudencia. -
m
"
-
Y
a e r a tiempo, porque el General Pedro d e Vera, des- -
p u é s de confiar el gobierno d e la Gran Canaria al capitán
Gonzalo d e Jaraquemada, desembarcaba e n las playas d e
la Gomera con cuatrocientos hombres aguerridos, y se di- -
rigía s o b r e la torre, d o n d e a ú n estaba encerrada d o ñ a Bea- O
O
triz.
Apoyados e n tan poderoso refuerzo, los servidores
d e esta señora se atrevieron al fin a salir, y, d e acuerdo
todos, se determinó publicar un bando, por el cual se mandaba,
que, e n un día señalado, se hallasen todos los gomeros e n
la iglesia parroquia1 d e la villa, para celebrar las exequias
d e s u difunto señor, considerándose culpables los q u e d e -
jaran de asistir a ellas.
Para evitar esta sospecha, y n o pudiendo suponer q u e
Vera les preparase una celada, acudieron casi t o d o s los
vecinos d e la isla, inocentes e n s u mayor parte d e los s u -
cesos pasados, al piadoso llamamiento que se les hacía.
Pero, según iban entrando en la iglesia, sin distinción de
edad, clase, ni sexo, eran maniatados por los españoles, y
encerrados en lugar seguro. Quedaban todavía algunos,
los verdaderos culpables, en las alturas de Garagonohe,
que, no fiándose de la palabra de Vera, se habían hecho
fuertes en aquel sitio; a éstos consiguió al fin engañar el
astuto Gobernador, prodigándoles mil promesas de paz,
perdón y olvido, hasta que pudo obtener que depusiesen
las armas, y se le entregaran todos sin desconfianza.
Entonces, arrancándose Vera la máscara que oculta-
ba sus proyectos de venganza, condenó a muerte a todos
los vecinos del distrito de Agana de quince anos arriba,
sin excepción alguna. Esta sentencia, de inaudita feroci-
dad, se ejecutó ahorcando a unos, arrastrando y empalando
a otros, cortando a algunos los pies y las manos, y arro-
jando a otros al mar con grandes piedras al cuello o ata-
dos de dos en dos. Se asegura que, sólo por diversión, u n
capitán llamado Alonso de Cota arrojó al agua a algunos
de estos infelices, que llevaba desterrados a Lanzarote.
Después de tan horrible carnicería, Vera, quc había
obrado de este modo no sólo por vengar la muerte de Peraza,
sino por salvar su propia vida, volvió a Canaria con ánimo
de continuar la matanza en los doscientos gomeros que
estaban en ella reclusos desde la anterior revolución, por-
que había averiguado, por confesión de algunos de los reos,
que se tramaba una conspiración en Las Palmas para ase-
sinarle con los principales caudillos españoles.
Sin más informes ni proceso, mandó en una noche
prender a todos los gomeros, y sentenció a la horca a los
varones mayores de edad, enviando a Europa a las muje-
res y niños para ser vendidos en público mercado ( 2 ) .
La repetición de estas sangrientas escenas, en las
que morían tantos inocentes, conmovió a todos los que
aún conservaban sentimientos humanitarios, y especial-
mente a don fray Miguel de la Cerda, obispo que entonces
ocupaba la sede de Canarias, prelado virtuoso y recto, que
no podía olvidar que aquellos infelices eran también cris-
tianos, y así, poseído de santo celo, se acercó al Cioberna-
dor, y le reprendió su injusta crueldad.
Entonces es fama q u e Pedro de Vera, indignado de
q u e hubiese quien levantara la voz contra s u s tiránicos actos,
le respondió e s t a s injuriosas palabras: ((Muchoo s deman-
dáis contra mí: callad, obispo, que o s haré poner un
casco ardiendo sobre la corona, si mucho habláis.))(3).
El virtuoso prelado, conociendo q u e serían infructuo-
sas todas s u s observaciones, y justamente ofendido del
insulto q u e se hacía a s u persona y a s u alta dignidad, se
e m b a r c ó inmediatamente para España, y se presentó e n
queja a los Reyes, dándoles cuenta d e todo lo sucedido, y
pidiéndoles protección y a m p a r o e n favor d e aquellas des-
graciadas víctimas.
Los Reyes le oyeron con bondad, e informados de la m
verdad d e los hechos, declararon por libres a los gomeros E
esclavos, haciendo publicar edictos e n todos los pueblos
d o n d e habían sido vendidos, y expidiendo una requisitoria 3
para q u e Pedro d e Vera se presentara sin dilación e n la -
e
Corte, dejando el cargo de Gobernador de Canaria a Fran- m
O
cisco de Maldonado, q u e llegó a Las Palmas e n diciembre 4
d e 1489. -
Sin embargo, sábese q u e Vera fue absuelto libremen-
t e de todos s u s cargos, y que, d e s p u é s d e haber servido =
c o n distinción e n la guerra d e Granada, murió e n Jerez, m
O
honrado d e s u s Reyes, y respetado d e s u s contemporáneos,
siendo sepultado e n el convento d e Santo Domingo d e aquella
ciudad. E
En cuanto al digno Obispo, fray Miguel d e la Cerda, O
O
se s u p o n e q u e murió e n España por los a ñ o s de 1488,
q u e d a n d o sin prelado la diócesis hasta 1 4 9 6 e n q u e fue
nombrado don Diego d e Muros (4).
Notas
( 1 ) Está sepultado e n el convento d e San Francisco d e
Betancuria q u e había h e c h o él m i s m o construir. Murió e n
Fuerteventura a los 70 años, a 22 d e junio d e 1485. Gonzalo
Argote d e Molina puso una pomposa inscripción e n su sepulcro
el año d e 1591.
(2) <<Entre
los isleños que mandó ajusticiar Pedro d e Vera,
e s célebre un Pedro Agachiche, d e quien s e refiere, que, habiendo
caído de la horca con el verdugo, dispuso el Gobernadorle arrojasen
al mar con un peso al cuello; que por dos veces trabajaron e n
sumergirle, y q u e e n una y otra salió ileso, diciendo: Que él era
del numero de los inocentes, y que por intercesion de Sta.
Catalina Mártir le había Dios libertado.^^ Viera, t. 2. p. 134.-
Castillo, p. 152.
(3)Abreu Galindo, p. 162.- Murga, Constituciones sinodales.-
Castillo, p. 153.
(4)Consta e n la dataria d e Roma la muerte d e la Cerda en
el año citado, y el nombramiento d e s u sucesor e n la persona de
Tomás Grore, que n o aceptó, y del cual n o s e conserva otra noticia.
Primeros gobernadores.
Restablecida la tranquilidad en las islas conquistadas
con la ausencia de Vera y muerte de Hernán Peraza, se
aplicó Francisco de Maldonado a continuar la obra de s u
predecesor, dando impulso a la naciente colonia de Las
Palmas, y procurando satisfacer las justas quejas de sus
pobladores.
Y
a se ha dicho que Pedro de Vera, en virtud de autori-
zación real, había procedido a la división de los terrenos y
aguas de la Gran Canaria; pero aunque en aquellos prime-
ros años el temor que inspiraba su mando absoluto había
hecho enmudecer a los descontentos, cuando Maldonado
llegó de juez de residencia creyeron oportuna la ocasión
de manifestar s u s agravios.
Fundaban ellos s u s reclamaciones en la facultad que
se les concedía por una cláusula de la real cédula de 20 de
enero de 1487, que decía así: .si algunas personas de
los dichos vecinos é moradores de la dicha isla de la
Gran Canaria de la tal particion fueren agraviados, vistos
los tales agravios desfagan á las tales personas. igua-
lándolas como é segun oviere informacion en lo que
ovo de haber.))
E
l nuevo Gobernador, deseando administrar rectajusticia,
recibió las pruebas y documentos que se le presentaron, y
dio aviso de t o d o a los Reyes, q u e expidieron e n s u vista
una real cédula, fechada e n Zaragoza a 1 2 d e octubre de
1492, autorizando a Maldonado para corregir las faltas de
s u predecesor. Éstas, sin embargo, n o pudieron corregir-
se, s u p u e s t o q u e , a 2 0 d e febrero de 1495, libraban los
Reyes otra real cédula e n Madrid, dirigida al bachiller Alonso
Fajardo, sucesor de Maldonado e n el gobierno d e Canaria,
e n la q u e decían entre otras c o s a s lo siguiente: ((nuestra
merced é voluntad es de mandar proveer sobre todo
ello, como mas cumple á nuestro servicio y al bien d e
la dicha isla, apartando primeramente lo que vieredes
que es menester para propios é dehesas é exidos para
el consejo é para pasto común.))
Fajardo dio principio a s u espinosa comisión c o n celo
"
7
y b u e n a voluntad, pero fueron tantas las dificultades y en- E
torpecimientos q u e se le presentaron por los injustos po- 3
s e e d o r e s d e los terrenos, poderosos ya e n la colonia, q u e
a s u salida del gobierno d e j ó intacta la cuestión a s u s s u -
-
0
m
cesores Antonio d e Torres y Lope Sánchez de Valenzuela
O
4
( 1 ) . -
Torres nada hizo por remediar e s t o s males, y Lope
Sánchez, e n lugar d e corregirlos, los aumentó.
Desde s u llegada a Las Palmas (2),el nuevo Goberna-
d o r ( 1499) pidió a los Reyes la donación d e cien fanegadas
d e tierra de regadío, q u e obtuvo e n determinado sitio, pero
q u e él se adjudicó e n el q u e le pareció m á s conveniente y
productivo. Y n o sólo autorizó con s u ejemplo e s t o s frau-
des, sino que, sabiendo q u e algunos vecinos iban a dirigir-
se e n queja al gobierno, ganó s u silencio con dádivas y
nuevas donaciones aumentando de e s t e m o d o la confu-
sión d e las d a t a s y el disgusto de los colonos (3).
El señorío de Agüimes, adquirido c o m o ya dijimos por
los Obispos, dio también lugar a muchas y repetidas que-
jas, q u e la Corte oyó, mandando por d o s veces (4) q u e se
informase s o b r e e s t e particular.
Entonces, viendo m u c h o s de los vecinos y poblado-
r e s de la isla q u e los Gobernadores eludían las Órdenes
del gobierno, perpetuando y con frecuencia a u m e n t a n d o
los agravios d e q u e se quejaban d e s d e la é p o c a de la con-
quista, se dirigieron a los Reyes, haciéndoles ver e n u n a
sentida exposición q u e todavía existían m u c h o s terrenos
d e s e c a n o y regadío e n la isla sin haberse dividido, y q u e
si e s t a división se efectuaba e n la forma conveniente, se
repararían m u c h o s agravios, y se acrecentarían la riqueza
d e la isla y las rentas d e la corona.
A consecuencia d e esta exposición se expidió una nueva
cédula e n la q u e los Reyes pedían informe s o b r e los pun-
t o s siguientes. 1 1 1 . ¿Qué tierras y aguas habia q u e n o estu-
viesen repartidas por vecindad? - 11. ¿Que personas se las
habian apropiado, usurpándolas? - 111. ¿Porqué titulo, ó con
q u e razon ó pretesto, ó d e q u e m o d o se las habian apro-
piado. - IV. ¿Que tenia c a d a uno? - V. ¿A q u e personas n o
se habian cumplido las vecindades y q u e tenian por c u m -
plir? - VI. ¿Que habia d e q u e se les pudiese cumplir s u s
vecindades? - VII. ¿Que s e podria hacer para q u e la isla s e
poblase y acrecentase?^^ (5).
Tan importante informe nunca llegó a efectuarse, tal
vez por los secretos manejos d e los interesados e n conti-
nuar aquellos desórdenes; por eso, e n 1505, se concedía
facultad especial al licenciado Ortiz d e Zárate, para q u e ,
con el carácter d e juez reformador d e las tierras y aguas
d e Canaria y Tenerife, pasase a estas islas y cumpliese por
fin la voluntad real, deshaciendo los agravios q u e justa-
m e n t e fuesen probados, d a n d o carta d e confirmación a los
q u e presentasen s u s títulos d e propiedad e n debida for-
ma, y examinando t o d o lo q u e convenir pudiera al acre-
centamiento d e la población d e dichas islas. (6).
Llegado Zárate a la Gran Canaria revestido d e tan
omnímodas facultades, y bien informado d e los inconve-
nientes con q u e iba a tropezar por el ejemplo d e s u s ante-
cesores, publicó un edicto e n el q u e dio a conocer el ca-
rácter oficial con q u e el gobierno le enviaba, rnanifestan-
d o e n él: ((quelas islas n o estaban tan pobladas c o m o de-
bían serlo, por haberse distribuido mal las tierras y aguas;
q u e las personas poderosas se habian apropiado inmen-
s a s cantidades d e tierras y aguas sin título, autoridad, ni
facultades para ello; y, por último, q u e se habían d a d o tie-
rras y agua justa y legítimamente, quitándolas luego sin
c a u s a racional, ni motivo suficiente.^^ (7).
Luego d e publicado este edicto, acudieron a s u tribu-
nal los descontentos, y, después d e un examen detenido,
reformó todo aquello q u e le pareció justo, reparando agra-
vios q u e merecían serlo, y haciendo que s e inscribiesen
con las correspondientes formalidades los títulos d e pro-
piedad, para evitar en lo sucesivo fraudes y ocultaciones.
Temiendo, sin embargo, q u e la pobreza d e algunos d e los
nuevos propietarios le indujese a vender s8s datas a bajo
precio, y tornaran los terrenos a s u s antiguos e injustos
poseedores, obtuvo d e la Corte una real cédula, expedida
e n Salamanca a 2 5 d e febrero d e 1506, por la q u e s e pro-
hibió con graves penas a todos los vecinos d e Canaria ven-
der a personas poderosas ingenio ni otro heredamiento al-
guno. iExtratia ignorancia d e los más sencillos principios m
d e la ciencia económica!
D
Mientras estos primeros gobernadores s e ocupaban 3
e n tan útiles reformas, el Obispo don Diego d e Muros, su- -
cesar, como hemos dicho, en 1496, del virtuoso d e la Cer-
-
0
m
da, daba a su diócesis las primeras constituciones sinodales,
O
4
e n las q u e corregía muchos abusos introducidos por los
eclesiásticos, y fijaba reglas e n todo lo relativo al buen
orden y disciplina d e su Iglesia.
Estas curiosas sinodales, desconocidas a todos nues- -
m
O
tros historiadores (8),
dan una idea bastante aproximada
del estado d e la isla en aquella época.
En ellas s e ordenaba, entre otras cosas, q u e se for-
masen libros d e bautismos, expresándose el día, mes, a ñ o
y nombre del recién nacido, padres, abuelos y padrinos,
mejora notable no introducida hasta entonces e n la isla
con la debida regularidad; y como había poca gente, y
era necesario evitar la extensión d e los impedimentos es-
pirituales para los matrimonios, s e prohibía que asistiesen
a los bautismos, en clase d e padrinos, más d e una persona
d e cada sexo. Mandaba también el Obispo a cada párroco,
sopena de cuatro florines de oro del cuño de Aragón,
q u e le remitiese anualmente una lista d e los vecinos q u e
hubiesen cumplido con el precepto pascua1 d e la Iglesia,
para denunciar como excomulgados a los q u e a él falta-
sen.
Prescribía del mismo m o d o q u e e n c a d a parroquia se
fijase una tabla e n pergamino, e n la q u e estuviesen escri-
t o s los principales preceptos de la doctrina cristiana, y,
para q u e e s t a enseñanza fuese m á s completa, se ordena-
ba q u e c a d a cura o s u lugarteniente tuviese e n s u respecti-
va iglesia otro clérigo o sacristán docto, q u e e n s e ñ a s e a
los hijos d e los vecinos a leer, escribir y contar.
Llevan e s t a s sinodales la fecha del 23 d e octubre d e
1497, habiendolas a u m e n t a d o luego c o n otras q u e conclu-
yó a 2 6 d e febrero d e 1506.
En 2 4 d e octubre de 1 4 9 7 dio también el Obispo va-
rios estatutos para el Cabildo, q u e fueron modificados e n
el siguiente año, y, a s u salida d e Canaria, derogados por
los canónigos, por ser, decían, contra la antigua usanza
de este obispado y de las catedrales de España.
Durante la administración apostólica d e este docto prelado,
se unieron a s u diócesis las d o s islas d e Palma y Tenerife,
rendidas a las armas españolas, e n 1 4 9 3 y 1496, notable
acontecimiento q u e iba a dar un nuevo impulso a la pobla-
ción, y al desarrollo económico e industrial del archipiélago,
aumentando considerablemente s u importancia.
Notas
(1) Débese a Fajardo la construcción del castillo de La Luz
donde puso dos cañones, y la reedificación de la fortaleza de
Santa Cruz de Mar Pequeña en la costa de Marruecos.
(2) Kautiváronlo unos corsarios moros al venir a Canaria, y
lo condujeron al puerto de la Luz donde trataron de su rescate.
Con este motivo hizo voto de edificar una iglesia, y serialó sitio
para la de los R e m e d i ~ s . ~ ~
Castillo, p. 236.
(3) ,'E porque algunas personas selo contradecian, diz qrie
(Lope Sánchez] les dió muchas tierras y heredades, porqrre lo
oviesen por bien, é los que nos habian servido en la dicha coliqrricta,
diz, que no fueron pagados de lo que se les debia, ni les dió
tierras ni aguas, en lo cual diz que habiari recibido rnuctio agravio.
Real cédula dada en Sevilla a 4 de febrero de 1502.
(4) En 1498 y 1502.
(5) Zuaznavar, p. 25.
(6)(<Quiero
que fagais la reforma é poblacion é todo aquello
que conviene facer para la buena poblacion d e las dichas islas é
para desagraviará todos aquellos que han sido agraviados. Asimismo
faced que todas las personas que tobieren e n las dichas islas é
en cada una dellas tierras é aguas é ingenios, é otros cualesquiera
heredamientos así d e secano, como d e riego, presenten ante vos,
luego que fueren requeridos, las cartas é donaciones é mercedes
é titulos que tienen para tener é poseer las dichas heredades, é
que asimismo presenten ante vos los apeos dellas. E á las personas
que falláredes que tienen é poseen las dichas tierras é aguas e
ingenios é otros heredamientos conforme á las mercedes é poderes
é instrucciones que tobieren los dichos Gobernadores é otras personas
para facer el dicho repartimiento, é para pago de algunos maravedís
que d e sus sueldos debieron haber, les deis carta d e confirmacion
dellos. E si falláredes que las tales personas é otras algunas tienen m
las dichas tierras é aguas é ingenios é otras heredades sin título
E
alguno tal que sea de la manera que dicha es; ó que tienen algunos
demasiado de lo que así debieren haber, que se lo fagais luego 3
quitar é quiteis lo que así tobieren sin el dicho título, é lo que
tobieren demasiadamente, porque la verdad s e sepa, é ninguno -
0
m
reciba agravio. j1
O
4
(7)Zuaznavar, p. 26.
(8)Zuaznavar e s el primero que las ha publicado e n 1 8 16 ,
copiándolas d e un libro que existe e n el archivo parroquia1 d e la
ciudad d e Telde. p. 68.
=
m
O
VI.
Conquista de La Palma.
Después d e conquistada la Gran Canaria, los jefes y
soldados q u e habían contribuido a e s t e feliz suceso, acos-
tumbrados al estrépito d e las armas, a la vida aventurera
del campamento, y a las fáciles riquezas adquiridas c o n
los despojos de los enemigos vencidos y con la venta de
esclavos y ganados, echaban de vez e n c u a n d o codiciosas
miradas s o b r e las brumosas montañas de Tenerife, que,
d e s d e las costas de la Gran Canaria, se dibujaban e n el
horizonte.
N o e r a ya fácil q u e los Reyes, e m p e ñ a d o s c o m o s e
hallaban e n la total expulsión d e los moros, y e n el cerco
de Granada, pudiesen acudir con tropas y dinero a la con-
quista d e Palma y Tenerife: d e modo que esta empresa quedaba
reservada a cualquier aventurero atrevido y audaz, que quisiese
buscar asociados, con cuyo auxilio pudiese añadir este nuevo
florón a la corona d e Castilla, y enriquecerse al mismo tiempo
e n gloria y provecho personal.
El primero q u e intentó la aventura fue Francisco d e
Maldonado, gobernador d e Canaria, q u e reemplazó a Vera en
1489. Alióse para ello con Pedro Pernández d e Saavedra, hijo
del mariscal de Zahara, que residía con su mujer doña Constanza
Sarmiento e n Fuerteventura, y ambos equiparon dos buques
con la tropa q u e pudieron reunir, surgiendo una noche e n el
puerto d e Añaza, y desembarcando en silencio s u s soldados.
Luego q u e amaneció, Maldonado, con un cuerpo d e
ciento cincuenta infantes, se avanzó imprudentemente so-
bre el valle de La Laguna, trepando, sin esperar la llegada
de Saavedra, por una áspera montaña, d o n d e lo esperaba
el Mencey o Guanarteme d e Anaga con mil y quinientos d e
s u s m á s esforzados vasallos.
Trabóse la refriega por a m b a s partes con gran encar-
nizamiento, a u n q u e con notable desventaja por parte d e
Maldonado, q u e d e s d e luego vio caer a s u lado cuarenta
de los suyos. Su temerario arrojo le hubiera sin d u d a obli-
gado a rendirse, si Saavedra, apresurando el paso, no acu-
diera con tropas d e refresco a sacarlo d e tan apurada si-
tuación. A s u llegada, el combate se trabó d e nuevo, pero
sin mejorar d e fortuna, y así, d e s p u é s d e d o s horas d e san-
grienta lucha, se tocó a retirada por los españoles, embar-
cándose aquel mismo día apresuradamente con pérdida d e
ciento d e s u s compañeros. Los isleños n o s e atrevieron a
inquietarlos, recogiendo s u s muertos y heridos, q u e ascendían
al numero d e trescientos.
Esta desgraciada expedición, e n lugar d e entibiar el
ardor d e los aventureros, contribuyó a despertar s u codi-
cia, y a fijar con m á s e m p e ñ o s u atención sobre aquella
envidiable presa.
Entre los capitanes d e más fama que habían acudido
a la conquista d e la Gran Canaria desde la primera expedi-
ción, se contaba el noble y esforzado caballero Alonso
Fernández d e Lugo, alcaide que había sido d e la fortaleza
d e Agaete, y sujeto muy apreciado en el país por su valor,
su prudencia, y sus talentos militares, acreditados suficien-
temente en las batallas d e Guiniguada y Arucas, y en la
prisión del Guanarteme d e Gáldar.
Este caballero, después de la infructuosa tentativa d e
Maldonado sobre las playas de Anaza, se decidió a emprender
por sí la conquista formal d e ambas islas, vendiendo al
efecto las hermosas propiedades que e n el valle d e Agaete
le habían correspondido, y dirigiéndose al campamento d e
Santa Fé e n la vega d e Granada, a solicitar d e los Reyes el "
7
0"
permiso d e llevar a cabo su atrevido proyecto. -
E
La católica Isabel, atenta siempre al aumento d e s u s 3
estados, y al progreso d e la religión, dio la orden para q u e -
0
le despachasen la patente d e Capitán general de las con- m
O
quistas de Canaria, desde el cabo Guer hasta el de 4
Bojador ( 1 ). n
Escudado con esta autorización, y auxiliado d e algu-
nos deudos y amigos, Lugo s e trasladó desde Sevilla y Cádiz
a Las Palmas, donde publicó un bando en el que anunciaba
a todos los vecinos d e las islas su proyecto, y la autorización
que los Reyes le habían concedido para realizarlo, no esca-
seando al mismo tiempo las promesas de tierras, esclavos y
aguas sobre los terrenos que se conquistasen, a fin d e atraer
con estas dádivas un mayor número d e soldados.
No salió vano su deseo, pues e n breve vio llegar a
s u s banderas a muchos capitanes, d e los q u e más se ha-
bían ilustrado en la Gran Canaria, a los cuales se agrega-
ron algunos deudos y amigos d e Lugo, entre los q u e figura-
ban Pedro d e Lugo, Bartolome y Pedro Benítez, Fernando
del Hoyo, Lope Hernández d e la Guerra, y otros q u e sería
prolijo enumerar.
De los indígenas, s e asociaron a la expedición don
Fernando Guanarteme con cuarenta nobles de su servidumbre,
entre los que se contaban Pedro Maninidra, Gonzalo Méndez,
Pedro Mayor, Ibone d e Armas y Juan Dara.
Mientras Lugo proveía d e todo lo necesario s u peque-
ñ o ejército, y embarcaba e n tres buques, surtos e n la ba-
hía d e Las Palmas, la artillería, armas, pólvora, caballos y
víveres q u e , según s u s recursos, le había sido permitido
reunir, surgía e n el mismo puerto un desconocido geno-
vés, que, con tres carabelas, se disponía a atravesar el Océano
y descubrir un nuevo mundo. La ilustre Isabel había oído
s u s proyectos, y, sin participar d e la incredulidad d e s u
Corte, le confiaba la pequeña escuadra q u e los canarios
sorprendidos veían anclada e n s u bahía.
En Las Palmas, pues, renovó Cristóbal Colón s u s ví-
veres y aguada, y c o m p u s o el timón d e la Pinta, cambian-
d o la vela latina d e la Niña e n otra redonda.
Permaneció e n el puerto d e la Gran Canaria d e s d e el
o n c e d e agosto hasta el primero d e septiembre, día e n q u e
se dirigió a la Gomera, d o n d e llegó el cuatro. El siete salía
por fin d e esta última isla, y s e engolfaba e n desconocidos
mares, para ceñirse la corona m á s brillante q u e adorna e n
el m u n d o las sienes del genio.
Pocos días después, e s t o es, el 29 d e septiembre d e
1492, Alonso d e Lugo desembarcaba s u s tropas e n La Pal-
ma, s o b r e las playas d e Tazacorte, rada q u e s e abre al S.O.
d e aquella isla.
Hallábase entonces dividida la soberanía d e La Pal-
m a e n d o c e distritos o círculos, llamados Aridane, Tihuya,
T a m a n c a , A b e n g u a r e m e , Tigalate, Tedote, Tenagua,
Adeyáhamen, Tagaragre, Galguen, Hiscaguan y Eceró, go-
bernado cada u n o por un príncipe independiente, q u e con
frecuencia hacía la guerra a s u vecino.
Pertenecía la playa d e Tazacorte, a d o n d e Lugo había
formado s u campamento, al círculo d e Aridane, e n el cual
reinaba el príncipe Mayantigo, sobrenombre q u e e n lengua
palmesa significaba pedazo de cielo, y q u e había mereci-
d o aquel jefe por la bondad d e s u carácter.
Cuando Lugo fortificó s u s reales, dejó e n ellos trein-
ta hombres, y se adelantó sobre Mayantigo, q u e , dispuesto
a someterse a los españoles, admitió sin resistencia las
capitulaciones q u e Lugo le dictó, y q u e pueden resumirse
e n los cuatro artículos siguientes: 1 O , q u e habría paz, unión,
trato y amistad entre españoles y palmeses; 2",q u e Mayantigo
reconocería la grandeza d e los Reyes Católicos, y les obe-
decería e n t o d o c o m o inferior; pero q u e conservaría la dig-
nidad d e príncipe, y el gobierno del territorio d e Aridane;
3",que así él, como s u s vasallos abrazarían la religión cristiana;
4", q u e se les guardarían las mismas libertades y franque-
z a s q u e a los vasallos es pan ole s.^^ ( 2 ) .
Estas proposiciones n o sólo fueron admitidas por
Mayantigo, sino que, creyéndolas ventajosas, los príncipes
de Tihuya, Guehevey y Abenguareme, se apresuraron tam-
bién a aceptarlas.
Recorriendo, pues, la isla, consiguió Lugo dejarla so- "
,
metida a n t e s d e entrar e n cuarteles d e invierno, si se ex- -E
ceptúan los distritos e n q u e mandaban los príncipes Jariguo
y Ciarehagua, q u e opusieron un simulacro d e resistencia, y 3
el territorio de Eceró o la Caldera, país fragoso y enrisca- -
e
do, d o n d e se había h e c h o fuerte Tanausú, u n o d e los gue- m
O
rreros m á s atrevidos y valientes d e La Palma, cuya tenaci- 4
d a d y orgullo n o podían s e r abatidos, sino d e s p u é s q u e las
tropas tomasen algún descanso, y volvieran los h e r m o s o s
días d e la primavera.
Formaba e s t e distrito d e Eceró el fondo d e un pro-
fundo valle, cráter apagado del volcán primitivo de la isla,
d e casi d o s leguas de diámetro, cubierto por todas partes
d e e s p e s o s bosques d e palmas, dragos, pinos, laureles y
otros árboles. Para penetrar e n e s t e valle ( 3 )sólo hay d o s
pasos; u n o es el c a u c e d e un barranco por d o n d e atraviesa
un riachuelo q u e se d e s p e ñ a d e s d e lo alto c o n rapidez, y
otro, un desfiladero, llamado las Cuevas d e Herrera, y por
los naturales adamacansis, d e m á s fácil tránsito. Aquí e r a
donde Tanausú esperaba al ejército cristiano, creyendo inútil
defender el otro p a s o por juzgarlo inexpugnable.
Lugo, con s u s tropas y algunas cuadrillas de palmeses
auxiliares, intentó forzar el puesto, pero luego se conven-
ció de la inutilidad d e s u s esfuerzos; entonces, ocultamen-
te, se dirigió con algunos de s u s mejores soldados al p a s o
inexpugnable, y, atravesándolo e n hombros de los isleños,
p u d o internarse e n el codiciado distrito, y atacar a Tanausú
en sus mismos dominios. Sin embargo, no por esto se aco-
bardó el valiente caudillo; porque, tan pronto como supo
la llegada de los espanoles, acudió presuroso a impedirles
la marcha, y, situándose en lugar importante, rechazó des-
de allí con feliz éxito todos los ataques de Lugo.
Tanta constancia y valor, consiguieron al fin quebran-
tar las fuerzas del ejército castellano, y disponerle a aban-
donar el campo; pero su astuto jefe, acordándose entonces
que la diplomacia le había conquistado sin esfuerzos el res-
to de la isla, envió de mensajero u n isleño convertido, Ila-
mado Juan de L
a Palma, próximo pariente de Tanausú, con
encargo de proponer a éste un ventajoso tratado de paz.
La respuesta de Tanausú fue que saliera inmediata-
mente de sus estados, y luego hablarían. Concertóse, pues,
una entrevista para el siguiente día, fuera del distrito de
Eceró, en una llanura donde llaman la fuente del Pino, y
allí, habiendo acudido con sus guerreros el valiente jefe,
fue de improviso atacado por Alonso de Lugo, que, con
insigne mala fe y faltando a su palabra, le preparó una co-
barde emboscada.
Sucedía esto el 3 de mayo de 1493 a los siete meses
de haberse empezado la conquista.
Lugo dio cuenta a la Corte de tan feliz suceso, y en-
vió algunos prisioneros, entre los cuales figuraba Tanausú;
pero éste, durante la travesía, se dejó morir de hambre.
Los Reyes hicieron merced a Lugo del título de Go-
bernador de la isla, dándole poder para nombrar justicias,
establecer regidores, y practicar por sí el repartimiento de
tierras y aguas. Este poder lo sustituyó en su sobrino Juan
Fernández de Lugo, y él, dejando allí una corta guarnición,
se trasladó con el resto de su ejército a Canaria, para em-
prender desde s u s playas la conquista de Tenerife, princi-
pal objeto de su inquieta ambición.
Fundóse en La Palma una ciudad que se llamó Santa
Cruz; púsose la isla bajo el patronato de San Miguel; y creóse
un Ayuntamiento compuesto de seis regidores y dos jura-
dos.
Así concluyó la conquista de esta isla.
Notas
( 1 ) Viera, t. 2, p. 145.
(2)Viera, t. 2, p. 15 1.
(3)Véase la descripción que Mr. de Buch hace de este famoso
cráter: #<La
Caldera constituye el grande eje de la Palma. Las orillas
de la isla s e desarrollan casi circularmente alrededor de este eje,
si la prolongación de una montaña, hacia la banda meridional,
n o modificase esta estructura. Glass ha supuesto que la caldera
tiene dos leguas d e diámetro e n todos sentidos, y su cálculo es
bastante exacto, aunque nos parecen mayores las dimensiones
e n la dirección del N.E. al S.O. Ningún volcán e n el mundo ofrece
un crisol m á s extenso: e n ninguna isla existe un cráter, producto
de ascensiones submarinas, con tal circunferencia, ni tan espantosa
profundidad. En vano s e pretendería subir desde el fondo de la
Caldera a la cima, o viceversa; para llegar a la cumbre s e necesita o"
m
escalar la montaña por el circuito exterior. Aunque escarpados y E
penosos los caminos que conducen a esta región desde la capital,
n o ofrecen peligro alguno, y apenas s e creería la altura a que s e 3
asciende, si no fuera por las zonas vegetales que se van sucesivamente -
atravesando, y cuya desaparición s e advierte al acercarse a los
0
m
O
bordes superiores de la caldera. Esta cumbre s e halla interrumpida 4
por tres picos, que son el del Cedro, cuya altura alcanza 6.803
pies, el d e la Cruz d e los muchachos, que s e eleva a 7.082
pies, y otro que llega a 7.234. El aspecto de la caldera desde
cualquiera de estos tres puntos, n o e s menos asombroso; d e una
sola mirada s e abraza toda su profundidad. Las rocas verticales -
m
O
que la circundan forman hasta su cima una muralla cortada a
pico d e 4.000 pies d e altura.))
Conquista de Tenerife.
La felicidad y rapidez con q u e Alonso d e Lugo había
dirigido la última campaña, produjo en las islas conquista-
das, y especialmente e n la Gran Canaria, un movimiento
d e satisfacción muy fácil d e comprender, si s e atiende a
q u e e n aquella época, esencialmente caballeresca y reli-
giosa, se peleaba no por exclusivo interés personal, sino
por extender también la luz del evangelio e n las regiones
donde dominaba la idolatría.
La llegada de Lugo a Las Palmas, y sus aprestos para
conquistar a Tenerife, encendieron, pues, el entusiasmo
de los canarios, de tal manera, que en breve se vio el Ge-
neral a la cabeza de u n brillante ejército de más de mil
infantes y ciento veinte caballos, entre los que se conta-
ban algunos guerreros que habían medido sus armas con
los moros en la famosa vega de Granada.
El 30 de abril de 1494, a las cuatro de la tarde, salió
del puerto de La Luz la expedición con rumbo a Tenerife
en quince bergantines, que, a la madrugada del siguiente
día, echaron áncoras en la rada de Añaza, hoy de Santa
Cruz.
Desembarcadas las tropas y trazado el campamento,
el 4 de mayo se dirigió Lugo con su ejército al valle de La
Laguna, donde le esperaba ya Bencomo, Mencey o sobera-
no de Taoro, con cuatrocientos de sus vasallos.
Hallábase entonces dividida la isla de Tenerife en nueve
distritos o reinos independientes, gobernado cada uno por
su Mencey, nombre que significaba lo mismo que Guanarteme
en el dialecto canario. En el primero, que llamaban de Taoro,
y que comprendía todo el valle de Orotava, reinaba el prín-
cipe Bencomo, guerrero dotado de relevantes cualidades
para el gobierno del estado, y a quien secundaba su her-
mano Tinguaro, de cuyas brillantes hazañas ha llegado el
recuerdo hasta nosotros. Era el segundo el reino de Güimar,
distrito donde se había aparecido la famosa imagen de Can-
delaria; Ilamábase Anaterve el bueno el jefe de este can-
tón. Abona era el tercero, y en él mandaba Atxoña. En el
cuarto, que era Adeje, reinaba Pelinor. En Da~ite,
Ronien;
en Icod, Pelicar; en Tacoronte, el valiente Acaymo: en Tegueste,
un príncipe de su nombre; y por último, en Anaga, Beneharo,
Mencey de grande y merecida reputación militar.
Desde el momento en que Lugo verificó el desembar-
co de sus tropas, la noticia corrió con velocidad por todos
los distritos de la isla, y Bencomo, a quien todos respeta-
ban como el más poderoso de sus Menceyes, convocó una
reunión para tratar de una alianza ofensiva y defensiva,
que diera unidad y energía a los esfuerzos que en defensa
del país debían organizarse. Mientras esta junta se verifi-
caba, Bencomo, deseoso de reconocer las fuerzas e inten-
ciones del enemigo, se adelantó con una escolta de cua-
trocientos vasallos y avistó, como hemos dicho, en la ma-
ñana del cuatro, el grueso del ejército español.
El General Lugo, después de hacer alto con sus tropas, le
envió a Ciuillén Castellano y otros dos intérpretes a fin de diri-
girle las mismas tres proposiciones que habían servido de capi-
tulación en L
a Palma; pero el orgulloso Mencey contestó en s u
nombre, y en el de los demás príncipes de la isla: <(Que
los
Menceyes de Tenerife no habían conocido jamás la vileza
de sujetarse ni obedecer a otros hombres como ellos))( 1 ).
Dada esta respuesta, Bencomo se retiró a sus esta-
dos de Taoro, donde ya habían llegado todos los príncipes
de la isla, excepto Añaterve el bueno, que, infiel a su
patria, se había aliado con los espanoles, y en esta junta
se discutió acaloradamente sobre los medios que debían
emplearse para rechazar con buen éxito al enemigo.
Los Menceyes de Abona, Adeje, Daute e Icod, que
miraban con envidia y recelo el poder de Bencomo, y te-
mían con este motivo ser víctimas de su ambición, no qui-
sieron formar parte de la liga; los de Tacoronte, Tegueste y
Anaga, sintiendo al enemigo mas cerca de sus estados, o
más valientes o más políticos, abrazaron con entusiasmo
el partido de Bencomo, y unieron sus guerreros a los de
Taoro, para pelear juntos en defensa de la patria.
Los espanoles, entretanto, se habían retirado de nue-
vo a s u s reales, y allí se ejercitaban en hacer algunas cor-
tas correrías en todas direcciones, después de recibir la
visita y los regalos, que, en señal de alianza y amistad, les
había dirigido el Mencey de Ciüímar.
Habia llegado ya la primavera, y Lugo, deseando no
tener por más tiempo'sus tropas en vergonzosa inacción,
se decidió, después de maduras reflexiones, a adelantarse
hacia el valle de Arantápala (Orotava), suponiendo que, si
tenía la suerte de vencer a Bencomo, el resto de la isla no
tardaría en rendirse.
Consecuente con este plan, hizo avanzar sus tropas
por La Laguna y Los Rodeos en dirección a la parte occi-
dental de la isla, en cuyo camino observó que reinaba el
más imponente y completo silencio, y era que sus cautelo-
sos enemigos, que espiaban todos sus movimientos, al verlo
con tanta imprudencia adelantarse por entre aquellos fra-
gosos riscos y peligrosos desfiladeros, se disponían a pre-
pararle una celada, digna de su conocida astucia.
En efecto, por orden de Bencomo, se oculta el prínci-
pe Tinguaro con un aguerrido cuerpo de guanches entre
los espesos matorrales y quebradas del barranco de Acentejo,
dejando algún ganado a la otra parte del desfiladero, para
provocar de este modo la codicia de los españoles, mien-
tras el astuto Mencey, con el grueso de su ejército, espera
en el valle de La Orotava a que sea tiempo de caer sobre
sus incautos enemigos. Entretanto, los príncipes de Anaga
y Tegueste se apostan en La Laguna para cortarles la reti-
rada, o atacar su retaguardia, si la resistencia se prolonga
y no se decide pronto la victoria.
Todo sucedió como Bencomo lo había previsto; Alonso
de Lugo, con una imprevisión indigna de sus cualidades
militares, dejó que sus soldados se internasen en confuso
desorden por entre aquellos desconocidos y peligrosos
barrancos hasta dar vista al valle de La Orotava, y sólo dio
la orden de retirada cuando la ausencia de los guanches, y
el silencio que le rodeaba en u n país tan poblado, desper-
taron algún tanto su dormida vigilancia. Al dirigirse, pues,
de nuevo a su campamento de Santa Cruz, no bien entrara
en las profundas gargantas por donde corre el torrente de
Acentejo, ve levantarse de entre las matas, alturas y preci-
picios cercanos, una nube de bárbaros, que, ensordecien-
do el aire con sus silbos, arroja sobre los sorprendidos
españoles piedras, troncos, dardos, venablos y peñascos
de prodigioso volumen, que aplastan y se llevan filas ente-
ras de soldados.
Dos horas duraba ei combate, o más bien la matan-
za, que impunemente llevaban a cabo los guanches, auxi-
liados por el refuerzo de tres mil hombres que de refresco
condujo el Rey de Taoro, cuando de improviso se oscure-
ció el cielo, y una tempestad separó a los combatientes,
salvándose así los pocos castellanos que aún podían sos-
tenerse e intentar una penosa retirada.
De los mil hombres d e q u e constaba el ejército cris-
tiano, sólo se salvaron doscientos, y ninguno sin herida,
dejando s o b r e el c a m p o d e batalla seiscientos españoles y
trescientos isleños auxiliares.
En una situación tan peligrosa, y temiendo a cada instante
verse atacados e n s u s reales por s u victorioso enemigo,
los conquistadores determinaron retirarse a Canaria, y e s -
perar allí la reorganización d e s u ejército para emprender
la conquista bajo mejores auspicios.
Verificóse el e m b a r q u e el primero d e julio, y, trasla-
d a d o s los restos del ejército a Las Palmas, o c u p ó s e Lugo
sin descanso e n celebrar un contrato con u n o s comercian-
t e s genoveses establecidos e n aquella ciudad, por el cual
éstos se comprometían a facilitar los fondos necesarios para
el equipo d e los navíos q u e fueran necesarios a u n a nueva
expedición. Al mismo tiempo, el Duque d e Medina Sidonia,
a quien el General le escribió interesándole e n la conquis-
ta, permitió reclutar e n s u s e s t a d o s seiscientos cincuenta
infantes y cuarenta y cinco caballos, que, al m a n d o d e
Bartolomé Estupiñán y Diego de Mesa, llegaron a Canaria a
fines d e octubre del mismo a ñ o d e 1494.
Uniéronse a é s t o s un cuerpo de canarios, y otros isle-
ñ o s enviados por los s e ñ o r e s d e Lanzarote, y d e e s t e m o d o
p u d o Lugo verse e n breve al frente de mil y cien infantes y
setenta caballos.
Dispuesto t o d o del m o d o m á s conveniente, y desean-
d o n o perder tiempo, el incansable General e m b a r c ó s u s
tropas el d o s d e noviembre, y, dirigiéndose a s u antiguo
campamento, t o m ó tierra sobre las mismas playas d e Añaza,
d o n d e había plantado u n a cruz e n s u primera expedición.
La torre, demolida e n parte por los guanches, fue bien
pronto reparada, y las fortificaciones exteriores puestas e n
e s t a d o d e defensa.
Los isleños, orgullosos c o n el recuerdo d e la victoria
d e Acentejo, n o tardaron e n correr d e nuevo a las armas, y
presentarse c o n t o d a s s u s fuerzas reunidas e n el valle d e
La Laguna, m a n d a d o s siempre por los menceyes d e Taoro,
Tacoronte, Tegueste, Anaga, y los príncipes Tinguaro y
Zebenzuí.
El 3 1 de noviembre, Alonso de Lugo, sabiendo por sus
espías la posición del enemigo, deja en silencio su campa-
mento y se avanza sobre la cuesta de La Laguna para garlar
el valle, desplegar allí sus fuerzas, y presentar inmediatamente
la batalla. Sorprendidos los que custodiaban la agria subida,
permiten al ejército cristiano ocupar el llano, y entonces, no
queriendo escuchar los guanches ninguna proposición de paz,
se traba la refriega con el mayor encarnizamiento.
Indecisa se mantuvo la victoria durante dos largas horas,
hasta que don Fernando Guanarteme, detenido con los is-
leños de Canaria en el campamento de Santa Cruz, oyendo
el lejano rumor de la pelea, tuvo la feliz inspiración de
acudir con sus valientes soldados en auxilio de Lugo, Ile-
gando tan a tiempo, que su presencia decidió la retirada
de los guanches.
Grandes fueron las pérdidas que a éstos produjo su
inesperada derrota. Bencomo y el Mencey de Tacoronte se
retiraron gravemente heridos; el valiente Tinguaro, el hé-
roe de Acentejo, fue alanceado y muerto por u n soldado
de caballería, y se asegura que, sobre el campo de batalla,
quedaron más de mil y setecientos isleños fuera de com-
bate.
Sea de esto lo que fuere, puede asegurarse que esta
batalla fue la señal precursora de la rendición de la isla.
Los Menceyes se refugiaron en sus respectivos estados, y,
aunque no eran perseguidos por Lugo, que se retiró con
excesiva prudencia a Santa Cruz, el desaliento que les ins-
piró su derrota no pudo ya borrarse de sus ánimos. Al mis-
mo tiempo, y como auxiliar del ejército español, se decla-
ró en la isla una enfermedad pestilencial, que los guanches
llamaron modorra, la cual les arrebataba más de cien per-
sonas por día. Los valles y cañadas se veían cubiertos de
cadáveres insepultos, que llenaban de horror a las parti-
das españolas, que se aventuraban a hacer algunas excur-
siones en el interior.
El temor a la peste, o el recuerdo de la emboscada
de Acentejo, obligó a Lugo a permanecer inactivo en su
campamento algunos meses, hasta que una imprevista es-
casez de víveres vino a despertar su energía, y a recordar-
le un nuevo peligro, q u e podía hacer abortar s u empresa,
a pesar d e los triunfos obtenidos. Entonces es f a m a q u e
uno d e los conquistadores, Lope Hernández de la Guerra,
con sublime abnegación, se ofreció a volver a Canaria, vender
e n esta isla s u hacienda, comprar víveres, y favorecer con
ellos al ejército español. Este generoso soldado marchó
e n efecto a cumplir s u oferta, y bien pronto se le vio regre-
s a r e n un buque cargado de abundantes provisiones.
Deseando Lugo aprovechar tan inesperado socorro,
determinó hacer una salida con todas s u s tropas e n direc-
ción siempre d e La Orotava, y, poniéndose e n marcha el
2 4 de diciembre d e 1495, avanzó hasta el famoso barran-
c o de Acentejo, m á s allá del cual tomó posición y esperó
al enemigo. "
7
D
E
Los guanches, siempre dispuestos a defender s u li-
bertad, salieron divididos e n d o s cuerpos, q u e mandaban 3
Bencomo y Acaymo, y atacaron a los españoles con encar- -
o
nizado furor. Cinco horas duró la refriega, ejecutándose m
O
por a m b a s partes hazañas dignas d e los tiempos heroicos, 4
pero todo e n vano; el arrojo d e los bárbaros venía a estre- n
llarse siempre contra la disciplina y superioridad de los
cristianos. Derrotados, pues, abandonaron el campo, don-
d e resonaban alegremente los cánticos de alegría c o n q u e -
m
celebraban los castellanos s u victoria.
O
Lugo, sin embargo, n o se atrevió a ú n a penetrar e n el
corazón d e la isla, y, con increíble timidez, volvió a s u cam-
pamento a esperar q u e la peste le ayudase e n s u empresa. n
O
Por último, el l o de julio de 1496, a los seis m e s e s
O
de esta importante batalla, se situó el General con el grue-
so de s u s tropas e n la entrada del valle d e La Orotava,
dispuesto a concluir esta vez una conquista q u e u n a nueva
escasez de víveres iba a malograr. Aquí fue donde Bencomo,
convencido d e la inutilidad d e s u s esfuerzos, determinó
con s u s aliados suscribir a las capitulaciones q u e le ofre-
cía Lugo, rindiéndose con la expresa condición d e q u e ni
ellos ni s u s hijos serían jamás esclavos.
El 2 5 de julio d e 1496 fue la fecha memorable de
este suceso, porque, si bien los guanches d e la costa meri-
dional n o habían a ú n medido s u s a r m a s con los españo-
les, al saber la sumisión de sus hermanos, no encontrán-
dose con fuerzas para resistir a tantos enemigos reunidos,
determinaron acudir al campamento de La Orotava, donde
aún permanecía Lugo, acabando de pacificar aquellos es-
tados, y, sin combatir, ofrecieron rendirse a los Reyes Ca-
tólicos, bajo las mismas garantías que el Mencey de Taoro.
El 29 de septiembre del mismo año, hallándose ya la
isla conquistada, Alonso de Lugo tremoló el estandarte de
Castilla, declarando a ((Tenerifep o r l o s C a t ó l i c o s R e y e s
de Castilla y de León)), y luego de celebrada una misa en
el mismo campamento, se cantó u n solemne T e d é u m , que
entonaron todos con ferviente júbilo.
Llamóse el sitio donde tuvo lugar el fausto suceso de
la sumisión de los Menceyes, L o s R e a l e j o s , y en él perma-
neció Lugo nueve meses con sus tropas, para atender con
más prontitud a la completa pacificación del país, y desar-
mar a algunas partidas de insurrectos, que todavía se ha-
cían fuertes en los montes.
Los Reyes recibieron en Burgos la noticia de la con-
quista de la isla, y, queriendo premiar los méritos y servi-
cios de don Alonso, le hicieron merced del título vitalicio
de Gobernador y justicia mayor de Tenerife y L
a Palma,
con poder y facultades para dividir por sí solo las tierras y
aguas entre los conquistadores y pobladores, y para admi-
tir o expulsar del país a cualquiera persona que le convi-
niese ( 2 ) .
Recibieron el bautismo los Menceyes, tomando cada
uno u n nombre cristiano, y con ellos pasó a la Corte el
General, donde fueron objeto de la curiosidad pública.
Asegúrase que no volvieron a las islas.
Fundóse la capital de la isla en el valle de La Laguna,
cuyo nombre recibió, y púsose bajo el patronato de San
Cristóbal; estableciéronse en ella muchos de los conquis-
tadores, que obtuvieron buenas datas en premio de sus
servicios, y creóse u n Ayuntamiento compuesto de seis
regidores y dos jurados, con los oficiales subalternos ne-
cesarios para la administración de la justicia, y para la des-
embarazada marcha de los negocios.
Obtuvieron datas y repartimientos e n Tenerife todos
los canarios célebres q u e habían ayudado a Lugo en la
conquista, especialmente don Fernando Guanarteme y
Maninidra; pero los guanches fueron en general persegui-
dos, expulsados y vendidos como esclavos, pudiendo ase-
gurarse que, algunos años después, ya no existían sino muy
cortos restos d e esta nación d e valientes ( 3 ) .
Notas
( 1 ) Viera, t. 2. p. 204.
(2) Esta real cédula lleva la fecha de 5 de noviembre de
1496. Núñez de la Peña, p. 16 1 . El título de Adelantado no lo
obtuvo don Alonso de Lugo hasta 1501.
(3)P. Espinosa, p. 16.- Viera, t. 2, p. 2 70.
m
VIII.
-
Entradas e n África.
Expediciones a América.
Concluída, del modo que acabamos d e referir, la con-
-
quista de las tres islas principales, y gobernándose cada
-
-
una e n la parte administrativa y económica por medio d e a
s u s respectivos municipios, don Alonso d e Lugo, orgulloso
n
-
O
con el título que acababa d e obtener d e Adelantado y Ca-
O
pitán general d e las conquistas d e Canaria desde el cabo
Guer hasta el d e Bojador, creyó que no estaba concluida
s u misión, mientras no redujera a la fe católica las tribus
nómadas que vagan por las inhospitalarias costas que se
extienden al frente d e Lanzarote y Fuerteventura.
Habíale precedido e n esta noble, aunque infructuosa
empresa, el célebre don Diego d e Herrera, construyendo
en el puerto d e Ciuáder o Santa Cruz d e Mar Pequeña una
torre que por mucho tiempo desafió todo el poder d e los
jerifes moros.
Desde esta fortaleza se dirigían con frecuencia excur-
siones hacia el interior del país, apresando moros, caba-
llos, camellos y ganado, cuya venta constituía una de las
rentas más productivas de aquellos señores feudales. Can-
sada al fin la paciencia de las tribus comarcanas, se confe-
deraron un día, y, reuniendo u n ejército de 10.000 infan-
tes y 2.000 caballos, cayeron de improviso sobre los isle-
ños, poniendo sitio a la torre. Su alcaide, Jofre Tenorio,
halló, entretanto, medio de avisar a Lanzarote de su apura-
da situación, y Herrera, embarcándose inmediatamente con
setecientos hombres, se introdujo sin ser visto en la plaza,
y obligó a los moros a levantar el sitio.
Parece, sin embargo, que el dominio de esta torre y
s u distrito pasó a los Reyes de Castilla cuando la casa de
Herrera cedió su derecho de conquista a las tres islas prin-
cipales, porque vemos que Alonso Fajardo, gobernador de
la Gran Canaria, en 1492, aumentó sus fortificaciones y
guarnición, y la defendió en ocasiones diversas contra el
furor de los berberiscos. Sus sucesores conservaron hasta
el siglo pasado el título de alcaides de la fortaleza de Guáder,
percibiendo por esta causa un aumento de sueldo de 50.000
maravedíes, aunque desde 1524 desapareció la torre, de-
molida al fin por los moros ( 1 ).
Este cambio de posesión no estorbó que los suceso-
res de Herrera continuasen sus atrevidas correrías, siendo
el azote de aquellas indefensas comarcas. El primer Mar-
qués de Lanzarote, don Agustín de Herrera, hizo por sí solo
hasta catorce entradas, armando escuadras a sus expen-
sas y cautivando más de mil africanos (2).
El Adelantado don Alonso de Lugo, tranquilo ya en s u
nueva conquista, formó el proyecto de hacer una excur-
sión sobre Mar Pequeña, y, acompañado de su hijo don
Fernando, y de su sobrino Pedro Benítez, con buenos sol-
dados y máquinas de guerra, desembarcó en el puerto de
Nul, a veinte leguas de Tagaost. Allí se atrincheró y sostu-
vo durante quince días los continuos asaltos de los moros,
que, con sangriento furor, atacaron la improvisada fortale-
za, dando muerte en estos encuentros al hijo y sobrino del
General.
Después d e esta pérdida, y la d e muchos d e s u s me-
jores soldados, Lugo se retiró a Tenerife con el sentimien-
to y vergüenza d e su derrota, aunque sin conseguir q u e los
nuevos pobladores d e las Canarias renunciaran a estas
peligrosas aventuras.
Vemos, e n efecto, que el Ayuntamiento d e Las Pal-
mas obtenía e n 1505 una real cédula para que los vecinos
d e Canaria hicieran presas d e moros en Berberia: y que,
e n 15 1 1 , se autorizaba al mismo Adelantado para q u e pu-
diese tomar la mitad d e los quintos d e los esclavos, q u e
fuesen apresados por los vecinos d e Tenerife y Palma.
Algunos años después, el segundo Adelantado don
Pedro d e Lugo, dirigió sobre las mismas costas una nueva m
expedición, sin que podamos señalar año en que particu- E
lares y autoridades dejasen d e acometer a aquellos africa-
nos por diferentes puntos a la vez, robándoles s u s hijos, 3
mujeres y ganados. -
O
m
Estas expediciones duraron todo el siglo XVI, hasta O
4
q u e los marroquies, auxiliados por los piratas argelinos,
emprendieron por su parte sangrientas represalias sobre n
el archipiélago, especialmente e n los indefensos vecinos
d e Fuerteventura y Lanzarote. -
"
,
En ese mismo siglo los nuevos canarios tuvieron tam-
o
bién otro campo abierto a su ambición e n la conquista y
descubrimiento d e las Américas, adonde incesantemente
acudían con armas, víveres y soldados. a
n
En cada una de sus célebres expediciones, Colón aportó
e hizo escala e n las Canarias. En la primera s e detuvo e n
Las Palmas, donde compuso el timón d e la Pinta y las ve-
las d e la Niña; e n la segunda, emprendida con diecisiete
embarcaciones en 1493, avistó el 2 d e octubre la Gran
Canaria. En su tercera expedición visitó la Ciomera, y e n la
cuarta volvió a Las Palmas, en cuyo puerto d e La Luz sur-
gió el 19 d e mayo d e 1502.
Colón, Pizarro, Balboa, Alvarado, Mendoza, todos los
hombres que se inmortalizaron con s u s hazañas en el Nue-
vo Mundo, tenían a su lado canarios, que les prestaron noble
y desinteresada ayuda en sus empresas. Vemos e n Paria y
Trinidad a Agustín Delgado (3) acometer empresas dignas
d e los antiguos tiempos; e n Puerto Rico, a Luis Perdomo;
e n la Española, a J u a n Canario, Gaspar d e Santa Fe, Antón
Guanche, Luis d e Aday, y otros q u e sería c a n s a d o e n u m e -
rar.
Posteriormente, el s e g u n d o y tercer Adelantado d o n
Pedro y d o n Alonso Luis Fernández d e Lugo, con m u c h o s
d e s u s d e u d o s y amigos, salieron d e las Canarias, y e m -
prendieron la conquista y colonización d e la Nueva Grana-
d a y Castilla del Oro, ejecutando notables proezas, y de-
j a n d o e n las ciudades q u e fundaron, y a quienes pusieron
n o m b r e s canarios, un e t e r n o recuerdo d e s u patria.
Don Alonso d e Lugo murió en La Laguna en 1525 después
d e h a b e r pasado a terceras nupcias, y s u título d e Adelan-
tado, d e s p u é s d e heredarlo sucesivamente s u hijo don Pe-
d r o y s u nieto d o n Alonso, vino, por decirlo así, a extin-
guirse e n s u biznieto d o n Alonso el lindo, q u e n o tuvo s u -
cesión, p a s a n d o t o d o s s u s bienes y honores a los prínci-
p e s d e Asculi y luego a los c o n d e s d e Talara, hasta la total
supresión d e los Adelantamientos, q u e , d e s d e mediados
del siglo XVI, ya n o tuvieron significación política e n las
Canarias.
Notas
( 1 ) Castillo, p. 238.
(2) ¡¡Unade sus hazañas más memorables, fue el combate
singular que sostuvo con Athomar, el mas valiente de los Jeques
de Berbería á quien aprisionó, y obtuvo por su rescate cincuer~ta
esclavos.11 Viera, t. 2, p. 1 75.
(3) ¡<Mandababuenos Agustin Delgado,
En quien podré deciros que cabia
Urbanidad, valor y valentía.$1
Elegías de Varones ilustres de Indias, p. 9 1.
Tribunales.
Su creación y establecimiento en Las Palmas.
Ya hemos dicho, al ocuparnos d e la organización
municipal d e la Gran Canaria, que en cada una d e las tres
islas realengas, después d e su conquista, s e estableció un
municipio independiente, que, bajo la presidencia d e un
Gobernador, d e un Adelantado, d e un capitán a guerra o
d e un corregidor, dirigía la parte económica y administrati-
va d e cada localidad.
Hay, sin embargo, ciertos intereses e n la sociedad,
que para marchar con la regularidad debida, necesitan un
centro d e acción q u e les comunique unidad, energía y
movimiento.
Hemos visto cómo e n la parte religiosa, la solicitud
d e los Reyes d e Castilla y del Pontífice dotaron a las Cana-
rias de un obispado, cuya silla, establecida primero en Rubicón,
fue trasladada a Las Palmas, a los dos años d e fundada
esta ciudad.
Aquí senalaron los obispos con su cabildo sitio para
una Catedral, y fijaron el asiento d e todas las autoridades
superiores eclesiásticas, que habían d e regir a la diócesis.
Estableciese, pues, en la Gran Canaria, y e n su capital la
ciudad d e Las Palmas, el vicariato general del obispado,
con todas las oficinas y dependencias propias d e estos tri-
bunales, nombrándose e n cada una d e las demás islas un
vicario foráneo o delegado eclesiástico, que conociera e n
primera instancia d e las causas, que luego habían d e so-
meterse a la decisión del tribunal superior. En Tenerife se
pusieron hasta cinco vicarios: esto es, e n La Laguna, Santa
Cruz, Orotava, Daute e Icod; pero con facultades muy limi-
tadas, pues no podían conocer d e causas criminales, sino
hasta la formación d e la sumaria, ni menos d e las decima-
les, beneficiales y matrimoniales, que ocurrían cada día.
Por este motivo, las islas d e Tenerife y Palma solicitaron
con instancia el establecimiento en sus respectivas capita-
les d e jueces d e las referidas cuatro causas, los cuales
conociesen de ellas definitivamente, evitando d e este modo
los gastos y perjuicios que de trasladarse a Canaria se les
seguía.
Algunos obispos creyeron justos estos motivos, y nom-
braron jueces con las atribuciones solicitadas, pero otros
las consideraron como atentatorias a su autoridad, y dene-
garon el nombramiento.
Introdújose también en las Canarias, y fijó su asiento
en Las Palmas, el Tribunal de la Inquisición, a consecuen-
cia de la entrada de algunos judíos expulsados de España,
de moros aprehendidos en las correrías de África, y de la
connaturalización de varios comerciantes del norte y le-
vante de Europa, que, atraídos por la riqueza del país, ve-
nían a establecerse en las islas, inspirando a los católicos
isleños seria desconfianza por sus creencias religiosas.
El licenciado Bartolomé López Tribaldos fue el pri-
mero que recibió en 1504 el título de inquisidor de Cana-
ria, expedido por don fray Diego Deza, Arzobispo de Sevi-
lla, subordinando el nuevo Tribunal a la Inquisición de aquella
metropolitana, a cuya superior aprobación debían remitir-
se las causas fenecidas.
Tuvo Tribaldos varios sucesores, hasta que, en 1567,
se solicitó y obtuvo erigir la Inquisición de Canarias en Tri-
bunal independiente, siendo sus primeros ministros el doctor
Bravo de Zayas y el licenciado Pedro Ortiz de Fúnez ( 1 ).
Por bula de Pío V (2)se suprimió una canonjía en la
Catedral de Canaria, quedando su renta afecta al nuevo
Tribunal. Pero no contento el Cabildo con esta innovación,
y fundándose en que para la supresión no se había solici-
tado el consentimiento real, acudió en queja a la Corte
desde 1578. Siguióse sobre este asunto u n reñido litigio,
en que hubieron ruidosas notificaciones, autos y censu-
ras, hasta que al fin triunfó la Inquisición,quedándose siempre
con el producto de la canonjía, a pesar de que las rentas y
bienes confiscados, y los caudales acumulados en sus ar-
cas, no le imponían la necesidad de apelar, como en otro
tiempo, a este recurso.
Establecióse también en Las Palmas el Tribunal de la
Santa Cruzada, y, por una provisión dada por el comisario
general, Obispo de Zamora, en 1532, tomó esta adminis-
tración una forma regular. Componíase ordinariamente el
Tribunal d e tres jueces subdelegados, que lo eran tres
prebendados del Cabildo, con su notario, alguacil mayor y
otros ministros, teniendo e n las demás islas comisarios
subalternos (3).
Para completar el sistema político, económico y judi-
cial d e las islas, en la forma que entonces se comprendía
la administración del estado, determinó el emperador Car-
los V instituir un Tribunal superior, compuesto de tres jue-
ces d e apelación, que, residiendo e n Las Palmas como ca-
pital, abriesen su audiencia en ella.
Antes que este nuevo orden d e cosas viniese a for-
mar época e n las Canarias, sus vecinos y pobladores Ileva-
ban sus pleitos y causas en grado d e apelación a la chanci-
llería de Granada (4);pero considerando los excesivos gastos
que d e este modo se ocasionaban a los litigantes, los en-
torpecimientos y dilaciones que sufría la recta administra-
ción d e justicia, y la necesidad d e un centro d e acción q u e
impulsase y regularizara los acuerdos d e la municipalida-
des, el gobierno expidió una real cédula, dada e n Granada
a 7 d e diciembre d e 1526, por la que se creaban tres jue-
ces, que decidieran y determinaran e n última instancia to-
dos los litigios q u e se les presentaran con arreglo a las
ordenanzas que contenía dicha real cédula (5).
Los tres primeros oidores nombrados fueron Pedro
d e Paradinas, Pedro d e Adurza y Pedro Ruiz d e Zorita, q u e
llegaron a la Gran Canaria en septiembre d e 1527, presen-
tando s u s despachos ante el Ayuntamiento d e esta isla e n
20 del mismo mes.
Era entonces Gobernador Martin Gutiérrez Serón, te-
niente suyo, el licenciado Cristóbal de la Coba, y regidores,
Juan Siverio, Juan de Escobedo, Gerónimo de Pineda y Diego
Narváez.
Recibióse la noticia d e la instalación del nuevo Tribu-
nal, como una gran merced que el Rey hacía a las islas, y
así lo significaron éstas por conducto d e s u s Ayuntamien-
tos, mandando publicar y obedecer e n sus respectivas ju-
risdicciones los despachos y reales cédulas que a los oidores
les servían d e títulos.
No tardó, empero, en provocar discordias el choque
del antiguo sistema con el nuevo. Pedro de Adurra t ~ ~ v o
algunas diferencias con el Gobernador de Canaria, Bernar-
do del Nero, el cual, auxiliado de los regidores de Las Pal-
mas, lo arrestó y remitió a España. El consejo real envió
entonces por pesquisidor de este negocio y juez de resi-
dencia del segundo adelantado de Tenerife, cuyos desafueros
habían también producido graves quejas entre aquellos
vecinos, al licenciado Pedro de Reina. Pero a su llegada
encontró que Nero había huido a Portugal, y que los regidores,
arrepentidos de su audacia, se sometían a la multa y al
destierro que les impuso (6).
Sin embargo, las discordias y competencias continuaban
unas veces con los Ayuntamientos, otras con el Cabildo, y
algunas entre los mismos magistrados; y así, para evitar
estos escándalos, la Corte envió al licenciado Francisco
Ruiz Melgarejo en calidad de juez visitador de la Audiencia
y Gobernador de la Gran Canaria (7). Célebres son las or-
denanzas que entonces proveyó este sabio jurisconsul-
to, las cuales se mandaron guardar por el Tribunal, y que
se leyesen públicamente el primer día de cada año.
Por este tiempo, la Audiencia se trasladó dos veces a
Tenerife (8).
Fue la primera en el año de 1531 , a consecuencia de
una enfermedad contagiosa que se había desarrollado en
la Gran Canaria. Esta traslación no era ni podía ser enton-
ces agradable al municipio de La Laguna, consejo aristo-
crático que gobernaba con despótico mando la isla, y cuya
jurisdicción se veía amenazada por la inspección inmedia-
ta del Tribunal; así fue que su diputado en la Corte, Rodrigo
Núñez de la Peña, obtuvo cédula confirmatoria para que
los oidores no conociesen de las apelaciones que no exce-
dieran de diez mil niaravedies, y otra para que la isla no
les pagase sueldo.
Tres anos permaneció la Audiencia en La Laguna,
volviendo enseguida a Las Palmas, donde nuevos distur-
bios con los vecinos y con su Ayuntamiento produjeron
una segunda traslación de seis meses y repetidas quejas a
la Corte, que, para satisfacerlas, envió de juez visitador a
don García Sarmiento, d e cuya visita no se obtuvo resulta-
d o favorable.
Entonces la Gran Canaria despachó en 1552 un dipu-
tado a Madrid, para que suplicase al Rey proveyese nuevos
títulos e n otros oidores, supuesto que, por no haber el
consejo consultado sobre ello a S.M. y puesto reme-
dio, padecian las islas notables vejaciones, siendo los
jueces de alzada emparentados con los vecinos, y arrai-
gados en la tierra con posesiones. de manera que los
deudos hallaban en ellos favor, y ellos tenian disensiones
entre sí mismos con general escándalo. (9).
En las instrucciones que el Ayuntamiento d e Las Pal-
mas daba a su comisionado se le encargaba la conclusión
d e un proceso, pendiente en el consejo, sobre los benefi-
cios patrimoniales d e las villas d e Guía y Gáldar, la solici-
tud d e alguna artillería para defensa d e la isla, la adminis-
tración por cuenta del municipio del almojarifazgo d e Ca-
naria, y, especialmente, que el gobierno no enviase por
gobernador a un juez letrado, en lugar d e un capitán va-
liente y d e experiencia, como el q u e entonces les goberna-
ba (10).
A consecuencia d e esta representación, dictó Felipe 11
en 1553 unas ordenanzas en cuyo capítulo primero previe-
ne (1 1) «queen cada un ano el primer dia de enero que
se hiciese audiencia. los oidores hagan juntar todos
los oficiales de ella, y que allí se lean públicamente
dichas ordenanzas, las del licenciado Melgarejo, y las
demas que en adelante se hicieren por dicha audien-
cia.. En el tercero (12) ((sedispone, que los oidores no
salgan fuera del pueblo de la residencia del tribunal a
ninguna comision con salario ó sin él, sin licencia real,
á no ser que convenga que alguno ó algunos de ellos
vayan a ver por vista de ojos la diferencia sobre que es
el pleito: y eso las menos veces que pueda ser)).En el
cuarto ( 13) ((seordena que en las apelaciones de autos
interlocutonos los escribanos hagan la relacion en cuanto
fuere posible, sin entregar los procesos á los relatores,
y no reteniéndolos. póngase el auto en el proceso y no
se despache mandamiento ejecutorio». En el quinto se
previene (14) ((quelos oidores alzen las fuerzas que los
jueces eclesiásticos hicieren, así contra legos en cau-
sas profanas, como en no otorgar apelaciones en cau-
sas eclesiásticas)).En el sexto ( 1 5) ase dispone que los
oidores vayan a visitar la cárcel de la isla de su resi-
dencia todos los sábados, y que las justicias y escriba-
nos no solamente concurran para darles cuenta y razon
de los procesos, sino que ejecuten lo que los oidores
dispongan acerca de la prision ó soltura de los proce-
sados)).En el séptimo ( 1 6) ase manda que los viernes se
vean los pleitos de los pobres por su antigüedad, y en
su defecto los criminales de presos, procurando des-
pachar éstos brevemente, tanto en los viérnes, como
en cualesquiera otros diaslb. En el octavo ( 17)use previe-
ne que cuando en la audiencia hubiere algun pleito de
padre, suegro, hijo, yerno, ó hermano de algun oidor,
éste no lo vea. ni s e halle presente á la vista ni
determinacion del tal pleito))( 18).
El triunfo, pues, del Ayuntamiento de Las Palmas no
podía ser más completo; estas célebres ordenanzas corre-
gían los desafueros de que el pueblo se venía quejando, y
devolvían a la justicia toda su imparcialidad y rectitud.
Tales fueron las principales vicisitudes por que pasó
en los primeros años de su instalación el primer Tribunal
de las Canarias, hasta que nuevas desavenencias hicieron
necesaria una reforma radical. Llevóla a cabo Felipe 11 en
1566, nombrando de primer regente al doctor Hernán Pérez
de Grado, persona en quien concurrían bondad, rectitud,
dignidad y energía.
Entre las nuevas ordenanzas que entonces se dicta-
ron, mencionaremos aquéllas en que se disponía que en
las causas civiles hubiese grado de súplica, como fuese en
cantidad de 300.0000 maravedíes abajo, sin apelación ni
recurso: y que en las criminales, en que no se impusiese
pena de muerte, se apelara a la Audiencia de Sevilla, y no
a la de Granada.
En esta misma época fijóse también en Las Palmas el
Juzgado de Indias, que intervenía en todo lo relativo a la
hacienda publica, y a la contratación con las Américas,
indicandose en la misma real cédula ( 1 9) las fianzas que
había d e prestar el jefe, e n la misma forma q u e lo hacían
los j u e c e s y regidores de residencia (20).
Tenemos, pues, q u e e n Las Palmas residían entonces
todos los tribunales superiores del archipiélago, a u n q u e
e n la parte económica y administrativa los municipios tu-
vieran ciertos privilegios, q u e les d a b a n una independen-
cia relativa, cuyos límites demarcaba la Audiencia, conte-
niéndolos e n el círculo a q u e debían extenderse s u s facul-
tades.
De e s t e m o d o se le dio unidad al sistema económico,
político y judicial d e las islas, desapareciendo d e s d e los
primeros a n o s d e la conquista la jurisdicción exenta d e
algunos Ayuntamientos, q u e aspiraban, c o m o el de Tenerife, m
a una independencia absoluta, y sujetándolos a las mis-
-E
m a s reglas y preceptos q u e regían a los demás.
3
Notas
( 1 ) Solía componerse e s t e extinguido Tribunal d e d o s 4
inquisidores, o d e un inquisidory un fiscal con alguaciles mayores, n
secretarios, calificadores, consultores, notarios, fa~niliares,etc.,
extendiendo su jurisdicción por todo el archipiélago. En 1659, el
inquisidor don José Badaran fabricó las casas que hoy existen -
para cárceles y Tribunal del Santo Oficio, habiendo estado antes
m
O
e n la calle d e Armas número 3. Aquellas casas fueron restauradas
e n 1787, bajo la dirección d e don Diego Eduardo que trazó s u
elegante escalera. Abolida esta institución en 1820, el edificio
fue destinado a vivienda particular, trasladándose por fin a él la n
Audiencia Territorial, después del incendio que, en 1842, consumió O
O
las Casas Consistoriales. El curioso archivo que s e conservaba
e n sus salones ha sido e n este siglo varias veces saqueado.
(2)A 15 d e julio d e 1566.
(3)Cuando e n 18 19 se dividió el Obispado, s e fundó otro
Tribunal e n La Laguna. Suprimidos ambos por el concordato d e
1851 , sólo el diocesano e s quien entiende e n la administración y
gobierno d e Cruzada e indulto cuadragesimal.
(4)Los Ayuntamientos n o podían conocer sino hasta la cantidad
d e 10.000 maravedíes.- Reales cédulas d e 1504 y 15 10.
(5)Véase original en el apéndice que va al fin del tomo.
(61Zuaznavar, Noticias histórico-legales, p. 7.
(7)Real cédula d e 2 2 d e diciembre d e 1531
(8) Esta traslación provisional se fundaba en el siguie~ite
artículo de la cédula de instalación: ~~Primeratnente
ordenarnos y
mandamos, que los dichos tres jueces estén y residan en la
dicha isla d e la Gran-Canaria, y allí tengan la Audiencia, y si
por algún respecto necesario conviniere que se mude y discr~rra
a otra parte de las dichas islas por algun tiempo, que sea I u y a ~
conveniente, que lo pueda hacer.11
(9) Viera, t. 3. p. 134.
(10) Era gobernador don Rodrigo Manrique: Viera t. 3, p.
135.
(1 1) Ley 17. Tit. 3", lib. 3". Recop.
(12 ) Ley 1 l . Tit. 3", lib. 3". Recop.
(13) Ley 12. Tít. 3", lib. 3". Recop.
(14) Ley 14. Tit. 3",lib. 3". Recop.
(15) Ley 15. Tit. 3",lib. 3". Recop.
(16 ) Ley 16. Tit. 3", lib. 3". Recop.
(1 7) Ley 13. Tit. S", lib. 3". Recop.
(18) Zuaznavar. Noticias histórico-legales, p. 10.
(19) Fecha 2 3 de noviembre de 1566, y 3 de agosto de
1573. Lib. de privilegios, fol. 178 y 96 vto.
(20) ,,Elrey concedió á la Gran Canaria por encabezamiento
las rentas del seis por ciento, entrada y salida de esta isla
pertenecientes á S.M. con las tercias de ella y de Tenerifc y La
Palma, y por ello concedia á su ayuntamiento la ilitervencio~ien
la casa del Dean y cabildo de la Sta. iglesia catedral para tomar
razon de lo que correspondia á estos ramos y repartiniiento de
granos.,,Martínez, Compilación, p. 53.- Lib. de privilegios, f. 130.
Progresos de la colonia.
Después que el licenciado Ortiz de Zárate empren-
dió, como hemos visto, la reforma de los repartimientos
de tierras y aguas de Canaria y Tenerife, se consiguió tran-
quilizar por algún tiempo a los pobladores, y acallar sus
justas quejas, si bien en los años sucesivos volvieron aquéllos
a querellarse como sucedió en 1512 y 1545 ( 1 ).
A Zárate sucedieron varios gobernadores q u e procu-
raron, d e acuerdo c o n el Ayuntamiento de Las Palmas, dic-
tar todas aquellas providencias q u e e n pro del bien c o m ú n
les parecían m á s acertadas.
La población iba, entretanto, aumentándose progre-
sivamente: nuevas casas se construían en el barrio d e Vegueta,
y el comercio d e azúcares y vinos, atrayendo algunos bu-
q u e s europeos al puerto de La Luz, prestaba movimiento a
la agricultura, y animaba a los propietarios al d e s m o n t e d e
nuevos terrenos, trabajo siempre penoso e n los primeros
a n o s d e la colonización de un país.
Debe, sin embargo, suponerse q u e la riqueza agríco-
la e r a todavía muy insignificante, c u a n d o observamos la m
frecuencia con q u e la escasez de granos se dejaba sentir E
e n la isla, efecto sin d u d a de la defectuosa distribución d e
los terrenos y aguas, d e la falta d e brazos, y d e la preferen- 3
cia q u e se d a b a al cultivo de las viñas y el azúcar. -
O
m
Habíase prohibido d e s d e 1 4 8 9 la extracción d e sus- O
4
tancias alimenticias, y nuevas reales cédulas vinieron a
confirmar e s t e privilegio, creyendo de e s t e m o d o conjurar n
m á s fácilmente el mal.
Pero al azote del hambre unióse también el d e la pes- -
m
te, q u e esparció e n varias ocasiones el terror entre los ha- O
bitantes de Canaria.
En 1524, Bernardino d e Anaya, Gobernador q u e era
entonces d e la isla, n o p u d o socorrer el castillo d e Guader a
n
e n Mar Pequeña, por la epidemia d e modorra q u e hacía o
O
entre los isleños grandes estragos.
Esta enfermedad se prolongó hasta 153 1 , pues, c o m o
ya se h a indicado, la Audiencia se trasladó a Tenerife hu-
yendo d e ella, y residió e n La Laguna algunos meses.
Ya desde 1 5 2 4 se había desarrollado el germen d e
e s t a enfermedad desconocida, q u e tal vez los buques, q u e
d e s d e levante venían a traficar, condujeran a las playas
canarias. Los vecinos de Las Palmas, atemorizados c o n s u s
desastrosos efectos, y creyendo ver e n ella un castigo divi-
no, prometieron quitar de s u recinto el lupanar q u e por
u n a real cédula se hallaba establecido e n d o n d e hoy exis-
te el extinguido convento agustino, y cuyos productos for-
maban una parte de la renta de propios del Ayuntamiento,
edificando sobre sus cimientos una ermita al Santísimo Cristo
de la Veracruz ( 2 ) .
Esta promesa se llevó más adelante a efecto, así como
en Telde, la fundación de la ermita de San Sebastián, debi-
da a un voto de igual naturaleza.
La peste, sin embargo, no desapareció de la isla, sino
después de algunos años, aunque es de suponer que sólo
en ciertas estaciones se desarrollase completamente, fa-
vorecida por el estancamiento de las aguas, y el desmonte
y destrucción de los bosques (3).
La fama del lucrativo comercio que sostenía la isla
con el continente europeo, movió la codicia de algunos
aventureros que, aprovechándose de las guerras que divi-
dían entre sí a los reinos de España y Francia, armaron
buques en corso, y vinieron a ejercer sus robos y pirate-
rías sobre las costas del archipiélago.
Fue, entre éstos, el primero, Juan Florint, natural de
Francia, el cual, en 1522, se apareció con siete naves so-
bre el puerto de las Isletas o de L
a Luz, y, manteniéndose
algunos días cruzando en esa altura, logró apresar unos
buques que venían de Cádiz con familias a establecerse
en la Gran Canaria.
Era entonces Gobernador Pedro Suárez de Castilla,
esforzado caballero sevillano, que, indignado al ver la hu-
millación de nuestra bandera, mandó inmediatamente ar-
mar cinco navíos que estaban surtos en la rada, y, nom-
brando por capitanes de ellos a Arriete de Bethencourt y a
Juan Perdomo de Bethencourt, su hermano, les ordenó que
fueran en seguimiento del corsario, le batieran y procura-
ran arrancarle su presa.
Los valientes isleños, sin conocer el miedo, se hicie-
ron a la vela, y, persiguiendo de cerca al enemigo, traba-
ron con él u n encarnizado combate sobre la punta de Gando,
obteniendo en recompensa de su arrojo una completa vic-
toria, y obligando al francés a abandonar su presa y huir
lejos de las Canarias, a buscar en otros mares más fáciles
conquistas (4).
Pocos a ñ o s después, e n 1532, otra hazaña d e un ca-
nario dio a conocer a los enemigos d e la Espana q u e e n
este olvidado archipiélago había también corazones esforzados,
q u e volvían por la honra del pabellón nacional. Bernardino
de Lezcano Mujica, Regidor d e la Gran Canaria, hijo del
conquistador J u a n de Siverio Mujica, observando 'con do-
lor q u e los corsarios se multiplicaban e n estos mares en-
torpeciendo el comercio, saqueando las poblaciones inde-
fensas y robando los pequeños buques d e cabotaje, y sa-
biendo al mismo tiempo q u e s u audacia llegaba al extremo
d e haberse establecido e n la isla de Lobos, roca desierta
situada entre Fuerteventura y Lanzarote, donde dividían el
producto de s u s robos y carenaban s u s naves, determinó
destruirlos, atacándoles e n el mismo sitio q u e les servía
d e punto de reunión. Para obtener este resultado, tuvo Lezcano
la abnegación de trasladarse a Vizcaya, mandar allí cons-
truir tres buques de gran porte, aprovisionarlos y pertre-
charlos abundantemente, dotándolos con la gente d e gue-
rra necesaria, todo a s u s expensas, y, con ellos, trasladar-
se a la Gran Canaria, desde cuyo punto, haciendo rumbo a
la isla de Lobos, ahuyentó por completo a estos corsarios,
obligándolos a abandonar s u puerto d e refugio.
Este eminente patricio había levantado e n Las Palmas,
a la entrada d e s u magnífica casa, un alto terraplén, q u e
había coronado de artillería, para defender desde allí, como
desde una forteleza, la desguarnecida playa por d o n d e se
extiende la ciudad (5).N o fue éste s u último servicio; u n o
de los tres navíos construidos, c o m o h e m o s dicho e n Viz-
caya, y q u e capitaneaba Simón Lorenzo, natural del Algarve,
d e s p u é s de haber sido contratado d e orden del Emperador
para almirante d e los galeones que iban anualmente a América,
volvió a las Canarias, concluida felizmente s u honrosa co-
misión, y hallándose e n La Palma pasaron junto a la rada
dos buques franceses de corso, a cuya vista, levantando
áncoras, se fue sobre ellos, y, dándoles alcance, trabó un
reñido combate, q u e dio por resultado echar uno a fondo y
rendir al otro, poniendo e n libertad a cuarenta mujeres,
algunos hombres y varios religiosos de a m b o s sexos, to-
dos españoles, q u e se dirigían a la isla de Santo Domingo
( 6 ) .
Entretanto, no se descuidaba el ornato público de Las
Palmas, ciudad que, reuniendo en su recinto las autorida-
des principales del archipiélago, era considerada de hecho
y de derecho como la capital de las Canarias. fl licenciado
Agustín de Zurbarán, uno de los Gobernadores de la isla,
se propuso construir algunas obras de indisputable nece-
sidad (7).A su patriótico celo e incansable solicitud se debió
la construcción de las Casas Consistoriales, que adorna-
ban hasta 1842 la plaza principal de Santa Ana, y donde la
Audiencia tenía también sus archivos, oficinas y sesiones,
la cárcel, el peso de la harina, la fuente que en otro tiempo
se hallaba enfrente de la Catedral (8), las gradas de los
Remedios, que ya han desaparecido, la carnicería, y otros
edificios y mejoras, como la nivelación y empedrado de
las calles, que denotan su laboriosidad e inteligencia (9).
Pero las alarmas no habían cesado: en la mañana del
lunes 29 de octubre de 1543 apareció dentro del puerto
de las Isletas el corsario francés Juan Afonso, atrevido pi-
rata, que, conociendo lo indefenso de la costa, había aquella
noche sorprendido el castillo de La Luz, entonces sin aca-
bar, y clavado una pieza de artillería de bronce. Los isle-
ños, al verlo, condujeron a la playa los cañones que Bernardino
de Lezcano tenía en su casa, y, con ellos, lo alejaron de la
costa, aunque con el disgusto de no poder evitar que apre-
sase tres buques surtos en la rada.
Sin embargo, no siempre estas piraterías eran coro-
nadas con éxito feliz; en 1553, siendo Gobernador de Ca-
naria don Rodrigo Manrique de Acuña, apareció u n día en
la bahía de Las Palmas una escuadra francesa, que se mantuvo
sobre el puerto hasta que logró apresar algunos buques
que llegaban de España. Indignados los canarios con esta
humillación, acordáronse de la hazaña de Suárez de Castilla,
y, queriendo repetirla, armaron en corso cinco embarca-
ciones, y tomando el mando de ellas Gerónimo Baptista
Maynel, escribano publico que era de esta isla, hombre de
valor y conocimientos náuticos, y llevando de tenientes a
Maciot de Bethencourt y a Luis, Juan y Diego de Herrera,
alcanzó a los enemigos, los batió, y, rindiendo siete em-
barcaciones, humilló el orgullo de los franceses poniéndo-
les en vergonzosa fuga. Los últimos tiros que se dispara-
ron en este notable combate, tan honroso para los cana-
rios, privaron de la vida a Maynel, cuya muerte acibaró en
toda la isla el placer de la victoria ( 1 0).
Digno de notarse es que, durante estos años de con-
tinuas alarmas y reiteradas sorpresa, los cañones, pólvora
y armas, los buques, tripulaciones y soldados, y todas las
defensas de las islas, eran improvisadas por los mismos
hijos del país, sin que el gobierno enviase tropas al archi-
piélago, ni contribuyese directamente a rechazar las inva-
siones que se organizaban contra sus costas.
Las fortificaciones de la Gran Canaria se reducían sólo
a la torre de Gando, en la rada de este nombre, y al incom-
pleto castillo de La Luz en el puerto de las Isletas, con m
escasa artillería y débiles murallas. Posteriormente, en 1579, E
siendo Gobernador de la isla don Martín de Benavides, se
construyó un lienzo de muralla que resguardase a la ciu- 5
dad por el M., levantando a sus extremos dos fuertes, que 1
fueron los de Santa Ana y Mata, y colocando en ellos algu- m
O
na artillería. 4
Debióse también a este solícito Gobernador la cons-
trucción de un puente de cantería sobre el barranco que
atraviesa la ciudad, pues un fuerte aluvión se había Ileva-
do 'el que existía, interrumpiendo la comunicación entre
los dos principales barrios de Vegueta y Triana, y destru-
yendo algunas casas de las calles de la Pelota y Herrería.
La obra fue construida con toda la solidez necesaria, apro-
vechando alguna cantería de una muralla ruinosa que se
extendía al sur de la ciudad. Coronaban el puente dos es-
tatuas, una de santa Ana y otra de san Pedro Mártir, con
una inscripción en verso que indicaba el nombre del Go-
bernador y los servicios que había prestado a la isla ( 1 1 ).
Estos servicios, o tal vez la audacia de inscribir s u
nombre en una obra pública, le crearon una multitud de
émulos que, deseando su pérdida, le acusaron ante el su-
premo consejo, exagerando sus faltas y olvidando sus vir-
tudes. Llegó entonces u n juez de residencia, formóle un
ruidoso proceso, y, en pago del bien que hiciera a Las Pal-
mas, condenole a morir públicamente degollado.
Tan inicua sentencia fue revocada por el Rey, y don
Martín, puesto en libertad, tuvo la satisfacción de ver hu-
millados a sus enemigos y triunfante su inocencia ( 1 2), pero
creemos desde luego que en lo sucesivo se abstuvo de
servir al público con el celo y abnegación de que hasta
entonces había dado tantas pruebas.
Por aquellos años se recibieron en Canaria algunas
reales cédulas, que no carecen de importancia. En una, de
1533, se prohibía a los dueños de los ingenios de azúcar
se hallaran presentes en las sesiones del Cabildo cuando
se tratase de cortes de leña, tal vez por los abusos que ya
desde aquella época se advertían en los montes de domi-
nio público. En el mismo año se expidió otra cédula, man-
dando expresamente no se estorbase la navegación a los
buques que arribasen a la isla. En 1537, se prohibió re-
vender azúcare;, y, en 1550, admitir negros en los barcos
del tráfico y pesca de la costa de Africa. Por último, con la
misma fecha, se autorizó la importación de caballos de raza
española, y la introducción de alguna moneda castellana,
pues la que servía para el cambio diario escaseaba ya en
la provincia ( 13).
Las enfermedades contagiosas y la escasez de gra-
nos habían, entretanto, desaparecido de la Gran Canaria,
pero la peste llamada de las Landres se aprestaba a diez-
mar a Tenerife, un horrible volcán a destruir algunos disti-i-
tos de La Palma, y los moros y argelinos a saquear a Lanzarote.
Calamidades eran éstas que habían de repetirse por
desgracia en el archipiélago.
Notas
(1) En 1511 , el Gobernador Sosa despojó de una parte del
heredamiento del río Guiniguada a sus legítimos due~ios
para dársela
a su cuñado Pedro de Cabrera, al regidor Cristóbal Vivasy al escribano
Juan de Aríñez. Las veinticinco suertes de agua de Satautejo y
Angostura se dividieron en 1545 de esta manera: diecinueve y
media para el regidor Zoilo Ramírez, el chantre Zoilo Ramírez y el
bachiller la Coba, y las otras cinco y media suertes entre otros
dos interesados. Zuaznavar, p. 29.
(2) Castillo, p. 238.
(3)En el testamento del conquistador Francisco Carrión,
natural d e Burgos, otorgado e n Canaria a 22 d e mayo d e 1527
ante Hernando d e Padilla, refiere el testador que n o l e habían
permitido comunicar con su mujer, a la vuelta del último viaje
que hizo a Burgos, por la pestilencia que había en dicha isla, y d e
que s e hallaba moribundo e n cama. Zuaznavar, p. 10.
(4) Este Juan Florint fue el mismo que, alejándose de la
Gran Canaria después d e este combate, s e dirigió a las Azores,
donde s e apoderó d e dos navíos que volvían d e América con la
recámara d e Moctezuma, y un tesoro inmenso en barras d e oro,
plata y piedras preciosas. Castillo p. 237.
(5)Castillo, p. 249.
(6)Castillo, p. 239.
(7) Ano d e 1535.
(8)Hoy trasladada a la fachada posterior de la misma iglesia,
y conocida con el nombre d e Pilar Nuevo.
(9)En 1540 volvió Zurbarán d e Gobernador, y concluyó las
obras principiadas. Castillo, p. 240.
( 10) Castillo, p. 2 4 1 .
( 1 1 ) La inscripción era una octava que decía d e este modo:
Alégrate Canaria, pues t e hallas
De tales patronos defendida,
D e torres, puentes, fuertes y murallas
Y bélico ejercicio enriquecida;
Con éstas y otras ínclitas medallas
Te ves y te verás ennoblecida
Por tu gobernador, que e n paz y e n lides,
Se nombra don Martín d e Benavides.
(12)Mandósele sólo que quitase el último verso d e la octava.
Castillo, p. 243.
( 13) Zuaznavar, p. 39.
X
I
.
Fundaciones religiosas.
Imágenes aparecidas.- Parroquias.
Cuando la España e n los siglos XV y XVI emprendió
esa memorable serie d e viajes y conquistas, q u e dio por
resultado el descubrimiento y civilización d e un nuevo mundo,
abriendo a las atónitas miradas d e la Europa, mares y paí-
ses desconocidos, costumbres y religiones nuevas, hom-
bres y animales, a v e s y plantas, ríos y montañas d e rara y
sorprendente variedad, junto al pendón triunfante d e Castilla,
veíase siempre levantar la cruz, c o m o símbolo d e la con-
quista moral, c o m o emblema d e la civilización del porve-
ni r.
Por desgracia, no siempre los intérpretes d e la fe cumplían
e s t a santa misión: impulsados con frecuencia por la codi-
cia, la ambición, o el d e s e o d e venganza, olvidaban el o b -
j e t o q u e a aquellas regiones les llevara, y eran los prime-
ros q u e ensangrentaban s u s m a n o s e n los indios q u e no se
sometían sin vacilar a s u s caprichos. J u s t o e s , sin embar-
go, añadir q u e muchos alcanzaron e n la lucha la corona
del martirio, predicando el evangelio entre naciones bár-
baras y salvajes, y q u e , si puede citarse con repugnancia a
un fray Vicente d e Valverde, también p o d e m o s señalar c o n
honra universal a un fray Bartolomé d e las Casas.
En las islas Canarias, los misioneros predicaron e n
varias ocasiones la fe d e J.C., viniendo con las primeras
expediciones d e aragoneses y mallorquines, y luego con
las que, e n las costas d e Andalucía y mar Cantábrico, se
organizaron a n t e s y d e s p u é s del siglo XV.
Ya se han referido los trabajos apostólicos d e e s t o s
misioneros, y los martirios q u e e n la Gran Canaria sufrie-
ron algunos failes d e s p e ñ a d o s e n la sima d e Jinámar.
Cuando Rejón vino luego con s u pequeño ejército a
conquistar la isla, trajo consigo algunos frailes d e la orden
d e San Francisco, q u e le ayudaron e n la conversión y s u -
misión d e los indígenas. Concluida la conquista, Pedro d e
Vera les señaló sitio al norte d e la ciudad para fabricar un
convento, q u e se levantó a los pocos a n o s con el producto
d e las limosnas d e los fielesy algunos despojos de los vencidos
( 1 ) .
Entre los pueblos d e Gáldar y Guía de la misma isla,
e n sitio conveniente, se levantó otro convento de la mis-
m a orden el a ñ o de 1520, bajo el título de San Antonio de
Padua, siendo s u s patronos don Sebastián d e Bethencourt
y d o n a Elvira Pineda. Aquí fue d o n d e el día 2 2 de enero d e
1 5 6 2 cayó un rayo q u e abrasó el sagrario, sin ninguna le-
sión del Santísimo (2).
El tercer convento q u e se fundó e n Canaria fue el d e
Santo Domingo, para cuya fundación había solicitado Pe-
dro de Vera con instancia la conveniente real licencia, q u e
parece le fue concedida sin dificultad. Señalósele sitio al
sur de la ciudad d e Las Palmas, y e n la misma llanura don-
de se había verificado el último acto de la conquista, esto
es, la entrega de las infantas Guayarmina y Masequera, y,
dotándolo el General de buenos repartimientos, se princi-
pió la obra con entusiasmo. Sin embargo, se asegura q u e
el convento n o pudo abrirse hasta marzo d e 1522, época
e n q u e Vera, s u protector, había ya muerto e n Jerez.
A la iglesia de e s t e convento va todos los a n o s e n
procesión el Cabildo y Ayuntamiento el día del aniversario
de la conquista de la isla, llevando el pendón tradicional,
recuerdo q u e n o s prueba la importancia de esta comuni-
dad, y la protección q u e le fue concedida por los primeros
pobladores.
Este convento y el de San Francisco fueron incendia-
dos por los holandeses e n 1599, perdiéndose s u s papeles,
libros y archivos; pero a m b o s se reedificaron luego c o n
donativos y limosnas de los fieles, distinguiéndose entre
los donantes don Rodrigo de León y s u esposa d o n a Susa-
n a del Castillo, que, movidos de un s u e n o misterioso, cos-
tearon la obra d e la iglesia de Santo Domingo, hasta s u
total conclusión.
Por los anos de 1572, vivía e n Canaria un monje bene-
dictino, hijo del monasterio d e Valladolid, llamado fray Pe-
dro Basilio de Peñalosa, amigo y deudo del célebre poeta
don Bartolomé Cairasco de Figueroa, dignidad d e prior en-
tonces en el cabildo de la Catedral de Las Palmas. Este mon-
je, deseando fundar en la isla un convento de monjas, con-
siguió, con sus consejos y exhortaciones, que algunas jóve-
nes de nobles familias se reunieran junto a una ermita de la
Concepción, situada en la plaza de San Bernardo, y que allí,
en unas casillas pobres, formaran sus celdas y practicaran,
sin ser monjas, una vida ascética y ejemplar ( 3 ) .
El 12 de diciembre del ano citado, se presentó el pa-
dre fray Basilio ante el Cabildo, y pidió licencia para fun-
dar con las indicadas jóvenes u n monasterio, en atención
a la vocación decidida que éstas manifestaban al retiro y a
la vida religiosa. Contradijo con graves razones esta solici-
tud el arcediano de Canaria don Juan Salvago, pero Cairasco
y otros capitulares combatieron una por una las razones
del ilustrado arcediano, y su opinión prevaleció, obtenien-
do al fin el padre Penalosa la licencia que solicitaba (4).
Con esta protección, con la de los padres de las jóve-
nes reclusas, y con la más poderosa aún del Obispo don
Fernando Suárez de Figueroa, se dio desde luego principio
al edificio, embarcándose al mismo tiempo el fraile para
Sevilla, donde sacando del monasterio cisterciense de Santa
María de las Dueñas a las que debían ser fundadoras, llegó
con ellas a Canaria, y entraron todas en clausura el 14 de
junio de 1592. Llamábase la abadesa dona Isabel de Ciarcés
de Bracamonte, y la priora dona Francisca Ramírez. Este
fue el primer convento de monjas que hubo en la isla, pre-
sa luego de las llamas en la invasión de los holandeses y
reedificado en 1609 bajo la vigilancia y dirección de Anto-
nio de Olivares (5).
Los franciscanos edificaron u n nuevo convento de su
orden en Telde, hacia el año de 1612, bajo la advocación
de Nuestra Señora de la Antigua: y los frailes dominicos,
uno en Firgas al ano siguiente, y otro en Agüimes en 1649,
todos con escasos bienes y reducida comunidad.
Deseando el Obispo don Cristóbal de la Cámara y Murga
que hubiese un segundo monasterio de religiosas en Las
Palmas, fundó el de bernardas descalzas, con título de San
Ildefonso, dotándolo de sus mismas rentas, y promovien-
do con celo y diligencia la construcción del convento.
Las monjas fundadoras fueron trasladadas del monasterio
bernardo de la misma ciudad, y entraron e n clausura a 11
d e abril de 1643.
Por fin, e n 1 6 6 4 se fundaron los d o s últimos conven-
tos q u e había e n Las Palmas, siendo el primero, el de reli-
giosos d e la orden de San Agustín, construido en el local
q u e servía para ermita del Santo Cristo de la Veracruz (6),
y el segundo, el de religiosas d e Santa Clara, establecido
en las casas que fueron d e don Bartolomé Cairasco d e Figueroa.
Las fundadoras de esta último convento eran seis monjas
de la ciudad de La Laguna, q u e entraron e n clausura e n
mayo del citado a ñ o (7).
En cada uno de los tres conventos de religiosos q u e "
7
hemos indicado, había clases de gramática, moral y teolo-
E
gía, siendo ésta la única instrucción a q u e entonces po-
dían aspirar los canarios. Bajo e s t e punto de vista, los con- =
ventos prestaron e n aquella época grandes servicios al país, -
conservando el gusto a los estudios clásicos, si bien infi-
0
m
O
cionado con el escolasticismo de la Edad Media, q u e domi- 4
naba exclusivamente e n s u s aulas.
Desde la traslación de la Catedral a Las Palmas, se
dispuso e n los estatutos del Cabildo q u e se nombraran d o s
curas e n s u sagrario, a quienes se acudiese con un cierto
-
m
0
noveno de los frutos del término d e s u jurisdicción, para
q u e éstos proveyesen a todas las necesidades espirituales
de los fieles de la capital. E
Estos beneficios cu'rados los ejercían al principio los
mismos canónigos, siendo s u nombramiento d e real provi-
sión; pero observándose q u e muchas veces recaian estos
cargos e n sujetos q u e residían e n la Península, los cuales
a s u vez nombraban sustitutos q u e n o cumplían con s u
obligación, los pueblos y Ayuntamientos acudieron al Rey
haciéndole ver los perjuicios q u e de e s t o se seguían, y, a
s u instancia, se expidió una real cédula, dada e n Madrid a
5 de diciembre de 1533, e n la q u e se prevenía que, reser-
vándose el Rey la provisión de las dignidades, canonicatos
y raciones, los beneficios y curatos se proveyesen e n los
naturales de las islas, previa oposición.
A consecuencia de esta orden, se subdividieron los
beneficios en esta forma: en cada una de las cinco islas de
Lanzarote, Fuerteventura, Hierro, Gomera y Palma u n be-
neficio; tres en la Gran Canaria, a saber, el de la capital, el
de Telde y el de Ciáldar; y tres en Tenerife, el de L
a Laguna,
el de Taoro y el de Daute.
Consta de los libros capitulares del Cabildo que ya
en 1527 había dos curas en Las Palmas, tres en 1541 , y
cuatro en 1563 (8).Este número volvió a reducirse a tres
en 1583.
Por cuestiones de disciplina, el Cabildo les quitó las
llaves del sagrario en 1591 , y nombró para administrar los
sacramentos interinamente al canónigo Rocha y al racionero
Borrero, cesando este entredicho en el siguiente año de
1592.
Posteriormente, esto es en 1614, se acordó que es-
tos curatos se diesen por oposición y examen, como en
Sevilla, y que sólo hubiese dos.
En algunas informaciones que datan de 1506 se ve la
firma de fray Joan de Matos, que se intitulaba cura de Telde,
lo cual prueba que desde la época de la conquista se esta-
bleció allí una parroquia; encontramos, además, que en
1497, visitó don Diego de Muros, Obispo de la diócesis, el
citado pueblo de Telde, dejando en su archivo las prime-
ras constituciones sinodales de que hay memoria en la his-
toria religiosa de las islas.
El aumento de población en el interior de la Gran Canaria
dio origen a varios pueblos, que, creciendo en vecindario,
pidieron curas para sus necesidades espirituales. El Cabil-
do, entonces, por acuerdo de 19 de enero de 1.522, decre-
tó que se accediese a tan justa solicitud, pagándose a los
nuevos curas de la masa común de los diezmos de la ciu-
dad (9).
El exaltado sentimiento religioso que dominaba a los
conquistadores españoles del siglo XV en todas sus em-
presas produjo con frecuencia extraños sucesos, que, en
su ferviente fe, atribuían siempre y sin examen a la inter-
vención milagrosa de la providencia. No fue en las Cana-
rias donde menos dejó d e notarse este fenómeno; tene-
m o s desde luego e n Tenerife la imagen d e Candelaria, y en
Fuerteventura la d e la Peña, cuyas apariciones fueron acom-
pañadas d e circunstancias maravillosas, que nuestros pia-
dosos cronistas s e complacieron en comentar, siendo aquellas
imágenes objeto del culto más respetuoso, dentro y fuera
d e la provincia ( 1 0).
Ya hemos visto también cómo al llegar Rejón por la
primera vez a las playas d e la Isleta s e le apareció según
unos Santa Ana, y según otros San Pedro, señalándole el
sitio más conveniente para sentar allí s u s reales; en Tenerife
aseguraba Alonso d e Lugo que el apóstol Santiago había
bajado del cielo a alancear a los guanches; y en la derrota
d e Acentejo, una tempestad milagrosa vino a salvar los restos
del ejército español. N o tiene, pues, nada d e extraño que
e n la Gran Canaria hubiese también su imagen aparecida
desde los primeros años d e la conquista, siendo el sitio
destinado para este hallazgo milagroso el bosque q u e cu-
bría el pintoresco valle d e Teror.
Veamos cómo la tradición y la fe d e los canarios nos
conservan este suceso.
Al a ñ o siguiente d e la rendición d e los isleños, algu-
nos españoles, a quienes había tocado e n suerte los terre-
nos del valle, observaron que d e noche se iluminaba el
bosque con una luz misteriosa, rodeando ésta especialmente
el tronco y ramas d e un magnífico pino, único d e s u espe-
cie, que en medio d e una plazoleta s e elevaba.
Era este pino un prodigio d e la naturaleza.
Además d e la considerable altura d e s u copa, tenía
por el tronco once varas d e circunferencia, y s u s ramas se
elevaban iguales, esbeltas y frondosas. En la primera dis-
tribución d e estas ramas s e descubría un circulo d e culan-
trillo, tan lozano y fresco como si brotase junto a un ma-
nantial. De este círculo nacían tres dragos, d e cuatro varas
d e alto, injertados e n el mismo pino.
Aquí fue donde el ilustrisimo don Juan d e Frias se
atrevió a subir, encontrando en medio d e los dragos y so-
bre una peana d e piedra, una imagen d e la Vírgen con s u
hijo sobre el brazo izquierdo.
Esta imagen e s la misma q u e e n el día se venera e n el
santuario d e Teror.
Al pie del pino brotaba una fuente d e milagrosos efectos,
d o n d e los enfermos iban a curar d e s u s dolencias. Secóse,
dicen, porque un cura, codicioso y avaro, cercó el sitio
con un vallado y puso irreligiosamente precio al agua san-
ta.
Levantóse una iglesia a pocos pasos del pino, q u e
fue incorporada a la Catedral e n 1514, reedificándose lue-
g o m á s suntuosa, c o m o tendremos a s u tiempo ocasión d e
examinar.
Un siglo después, el 3 d e abril d e 1684, se vio d e
improviso inclinarse al suelo el árbol prodigioso, tal vez
por la barbarie d e tener pendiente d e s u s ramas las cam-
panas, cayendo e n medio d e la plaza, sin producir ningún
daño.
En s u s calamidades la isla entera ha acudido siempre
a la intercesión d e esta imagen, llevándola con frecuencia
a Las Palmas con una pompa y solemnidad dignas del o b -
jeto q u e motivaba la función.
Su última visita a la capital fue e n el a ñ o d e 1816
( 1 1).
Reanudando ahora la interrumpida serie d e los Obis-
p o s d e la diócesis, diremos q u e d e s p u é s q u e don Diego d e
Muros h u b o d a d o a s u iglesia las primeras constituciones
sinodales, y reformado los estatutos d e s u cabildo, fue tras-
ladado e n 1 5 0 4 al obispado d e Mondoñedo, sucediéndole
don fray Antonio d e la Peña, insigne predicador d e los Re-
yes Católicos, q u e n o pasó a Canarias, así c o m o tampoco
s u inmediato sucesor don fray Antonio d e Ávila.
En 151 2 era Obispo don Pedro d e Ayala, q u e sostuvo
grandes controversias respecto al señorío d e Agüimes, dis-
tinguiéndose especialmente e n éste y e n otros litigios d e
inmunidad eclesiástica s u sucesor don Fernando Vázquez
d e Arce, q u e se cree murió e n Sevilla por los a ñ o s d e 1520.
El emperador Carlos V presentó para la silla vacante
e n 1 5 2 1 a fray J u a n d e Peraza, nieto del célebre Diego d e
Herrera, pero sólo vino s u hermano fray Vicente a visitar
e n s u nombre la diócesis, cuando, nombrado obispo d e
Santa María d e la Antigua del Darien, p a s ó por las islas
para trasladarse a aquella iglesia.
Es notable la administración apostólica de s u suce-
s o r d o n Luis Vaca, por el entredicho lanzado s o b r e la ciu-
d a d de La Laguna e n 1 5 2 6 a consecuencia de n o querer
casarse el regidor Cierónimo Valdés con Margarita Perdomo,
según lo tenía m a n d a d o el canónigo Hernán Ruiz, visitador
y vicario general del obispado, e n la causa q u e al efecto
sentenció. Arreglado, e n fin, e s t e desagradable incidente
con aquel Ayuntamiento, el canónigo levantó s u s censu-
ras.
A e s t e Obispo, que, según se infiere, nunca visitó s u
iglesia, sucedió fray J u a n de Salamanca, a quien d e s p a c h ó
las bulas Clemente VI1 e n 5 d e marzo de 1 5 31 . Carlos V,
e n 1533,le dirigió las reales cédulas s o b r e patrimonialidad
y división d e los beneficios curados, según h e m o s ya refe-
rido. A s u muerte, acaecida e n 1534, n o m b r ó el Cabildo,
e n u s o d e s u s facultades, un administador apostólico, per-
maneciendo, según se d e d u c e de algunos documentos, la
s e d e vacante hasta el nombramiento de fray Alonso d e Virues
e n 1539, p u e s es d u d o s a la presentación de fray J u a n de
Sarvia o Saravia, Obispo q u e se s u p o n e consagrado entre
las d o s é p o c a s indicadas ( 12).
Era el s e ñ o r Virues un teólogo insigne, autor d e va-
rias obras d e mérito, y muy estimado del Emperador, pero
e s t o n o fue obstáculo para q u e , acudiendo e s t e monarca a
las instancias del Ayuntamiento de Canaria, q u e d e s e a b a
ver e n la diócesis a s u Obispo, le prescribiera trasladarse
sin demora al archipiélago, orden q u e Virues se apresuró a
obedecer. Después d e haber visitado todas las islas, murió
e s t e prelado e n Telde e n 1545, hallándose sepultado e n el
presbiterio de la Catedral al lado del evangelio. Fue s u su-
cesor d o n Antonio de la Cruz, teólogo también muy céle-
bre, q u e asitió al concilio d e Trento, y el cual, al venir para
s u iglesia e n 1550, murió e n Cádiz a n t e s de embarcarse.
Igual desgracia tuvo s u sucesor d o n fray Francisco d e la
Cerda, que, a los nueve m e s e s de haber ocupado la silla
episcopal, la d e j ó vacante, c u a n d o estaba ya e n viaje para
Las Palmas. Tampoco obtuvieron las Canarias la honra de
ver e n s u s e n o a fray Bartolomé d e Carranza, ni a fray Melchor
Cano, nombrados luego sucesivamente, y d e los cuales el
primero renunció la mitra, y el segundo n o pasó a las islas.
Entonces, y por renuncia q u e al fin presentó también
el ilustre Cano, fue nombrado don Diego d e Deza, auditor
q u e e r a del Tribunal d e la Rota. Creyeron los canarios q u e
el nuevo Obispo vendría a residir e n s u iglesia, pero n o s e
p u d o o b t e n e r q u e abandonase a Sevilla, s u patria, d o n d e
permaneció durante t o d o el tiempo d e s u pontificado.
Entretanto, gobernaba la diócesis el Deán don Diego
d e Padilla, que, e n 1564, puso e n entredicho a la isla d e
La Palma a consecuencia d e la extracción d e aquella isla
d e los granos d e los diezmos, e n una é p o c a e n q u e allí se
padecía s u m a escasez. El Ayuntamiento d e La Palma acu-
dió e n queja al nuncio d e s u Santidad, y éste, dirigiéndose
al Obispo que, c o m o h e m o s dicho, e s t a b a e n Sevilla, man-
d ó q u e levantase el entredicho, y s e arreglara e s t e negocio
d e u n a manera satisfactoria a aquellos pueblos y a la auto-
ridad eclesiástica.
En e s t e mismo a ñ o el s e ñ o r Deza fue trasladado a la
silla d e Coria, siendo nombrado e n s u lugar don Bartolomé
d e Torres, q u e aportó a las Canarias e n compañía del pri-
mer regente d e la Audiencia, el doctor Hernán Pérez d e
Grado, y cuatro misioneros jesuitas, los primeros q u e d e
e s t e instituto visitaban el obispado.
Notas
( 1 ) Por bula de Inocencio VIII, dada en Roma a 23 de agosto
de 1486,se concedía facultad a los Reyes Católicosy a sus sucesores
de poder fundar en todo el nuevo reino de Granada e islas de
Canaria los conventos y monasterios de órdenes religiosas de ambos
sexos que juzgasen oportuno, dotándolos antes de rentas
competentes.
(2) Viera, t. 4. p. 359.
(3)Viera, t. 4. p. 440.
(4) Don Juan Salvago dijo: "Que no convenia hubiese tal
monasterio en Canaria, pues habria de traer entonces y en lo
sucesivo grandes perjuicios: que la isla era pobre; que las sementeras,
las viñas y las canas de azúcar iban de dia en dia á menos; y
apenas s e podian mantener los capitulares, y que era su dictamen
s e hiciesen todas las contradicciones posibles ante el Señor obispo
y demásjueces, pues á la verdad Dios n o seria servido, ni recibiria
la isla ningun beneficio d e semejante fundacion. Que lo primero
porque esto n o convenia, era porque la dicha isla e s cálida, y el
vecindario de la ciudad s e compone de gente ociosa, d e que s e
seguirian visitas á todas horas a las monjas y comunicaciones
dañosas; lo segundo, porque esta tierra estaba expuesta á entradas
de enemigos, moros, luteranos, etc. e n cuyos rebatos seria forzoso
que las mugeres saliesen de la ciudad, y no se sabria donde recojer
las monjas; lo tercero, porque la isla era falta de mantenimientos
de pan y carne, de suerte que á veces s e veian ricos y pobres
buscándolos, sin encontrarlos; lo cuarto, porque las heredades
s e cautivarian con las dotes y demás gastos de los mongios, iglesia,
capellanes, etc. etc.
"
7
A esto contestó Cairasco: Que á lo primero que s e dice que -
esta tierra e s cálida, la esperiencia nos enseña lo contrario, y E
-
todos los que han escrito de estas islas por su temperamento, las
llaman fortunadas; y aunque fuese cálida, por esa misma causa
3
-
s e debia hacer el dicho monasterio, porque el reparo del calor e s -
0
m
infundado, y así las vírgenes que aquí s e han dedicado y dedican O
a N. S. con el reparo d e s u monasterio s e podrán defender del 4
calor de los vicios. Y á lo que s e dice que e s inconveniente el ser *
n
esta isla infestada de enemigos, cosa que hasta ahora n o hemos -
visto, por esta misma causa s e debe hacer el dicho monasterio,
porque con las oraciones, vida y ejemplos de las dichas monjas, -
-
m
será tener un fuerte muy seguro contra estos peligros, así de enemigos O
visibles como invisible s.^^ Actas del cabildo.- Sesiones del 12 y -
19 de diciembre d e 1572. -
-
(5)Sosa, p. 27. a
(6)Celebróse la fundación a 27 de mayo. n
-
O
(7)En el local que ocupaba este convento s e ha construido
O
una alameda y un teatro.
(8) Llamábanse estos curas Gómez, Morón, Samaniego y
Castillo.
(9) Es curioso el siguiente acuerdo del Cabildo e n sesión
de 1 " de diciembre de 1534: ,,Por cuanto piden cura los vecinos
de Tirajana, acuerda el Cabildo concederles ocho doblas por cuenta
d e hacimientos, para ayuda de costa del clérigo que tomen ellos
mismos á su contento.,>
( 1 0 ) El aluvión que descargó sobre las Canarias e n 1826 s e
llevó al mar la virgen de Candelaria, sin que haya vuelto a encontrarse.
( 1 1 ) En el archivo del extinguido Tribunal de la Inquisición
existía un expediente formado en averiguación de las circunstancias
milagrosas que acompañaron a la aparición o hallazgo de la Virgen
del Pino, y en él resultaba complicado un Juan Pérez de Villanrrcva,
vecino de Teror en la época de la conquista.
(12) En el archivo de la parroquia de San Juan de Teldc se
encuentra el acta de la visita del hospital de San Pedro Marti/;
que en 1536 hizo en aquel pueblo el muy reverendo señor don
Joan Vivas, canónigo de Canaria, visitador de este obispado por
los muy magníficos y reverendos señores el Deán y Cabildo dc
Canaria, sede vacante.
XII.
Don Luis de la Cueva.
La llegada a Las Palmas del doctor Hernán Pérez d e
Grado fue anunciada e n todo el archipiélago c o m o un acon-
tecimiento d e la mayor importancia. La reputación d e q u e
gozaba c o m o sabio y recto jurisconsulto, la reforma del
Tribunal q u e tan acertadamente había llevado a efecto e n
los a ñ o s anteriores, y el carácter d e q u e venía revestido
con el titulo, nuevo e n las islas, d e regente d e la Audien-
cia, le aseguraban d e s d e luego el respeto y la considera-
ción d e los municipios y de los pueblos ( 1 ) . Así sucedió,
porque haciendo desaparecer los g é r m e n e s d e antagonis-
m o q u e todavía existían entre los oidores y algunas perso-
n a s particulares, y ocupándose con afán e n remediar los
males públicos, dio un nuevo aspecto de dignidad al
primer Tribunal de la provincia ( 2 ) .
Entre otras medidas d e importancia merecen citarse
las enérgicas disposiciones q u e adoptó para conjurar el
hambre q u e asolaba a Canaria, y el socorro d e buques,
soldados y municiones q u e envió a Lanzarote, invadida por
diez galeras d e moros e n septiembre de 1569. Este soco-
rro se componía d e 300 hombres m a n d a d o s por J u a n de
Siverio Mujica, q u e llevaba a s u s órdenes por capitanes a
J u a n d e Herrera, Angel de Bethencourt y Francisco d e To-
rres.
Al aparecer s o b r e Lanzarote las cinco embarcaciones
e n q u e iban e s t a s tropas, los moros se reembarcaron pre-
cipitadamente, ahogándose muchos, y zozobrando s o b r e
la costa d e San Bartolomé algunas d e s u galeras (3).
Incansable siempre el regente Grado e n promover el
bien d e las Canarias, dispuso una expedición para descu-
brir, e n el paralelo del mismo archipiélago, la famosa isla
d e San Borondón, q u e , según las informaciones m á s minu-
ciosas y las declaraciones d e testigos fidedignos, se apare-
cía c o n frecuencia hacia la parte occidental de Tenerife,
Hierro y Gomera, n o faltando quien asegurase haber des-
embarcado e n ella. Inútil es decir q u e e s t a expedición, así
c o m o otras muchas, dirigidas luego c o n el mismo objeto,
fueron tan infructuosas, c o m o ilusoria e r a la isla q u e bus-
caban.
Sin embargo, las apariciones se repitieron hasta el
siglo pasado, y si bien las personas instruidas las conside-
raron c o m o un fenómeno d e refracción solar, la gente cré-
dula del pueblo siguió creyendo e n la existencia de aque-
lla isla inaccesible, poblándola d e gigantes, de ríos cauda-
losos, y d e montañas d e raras y extrañas formas (4).
Por e s t e tiempo, los franceses invadieron la isla de
La Palma, s a q u e a n d o s u ciudad capital, y q u e m a n d o s u s
edificios y archivos, hasta q u e aquellos valientes isleños,
volviendo de s u sorpresa, los obligaron a reembarcarse con
pérdida considerable.
Otra calamidad, a ú n m á s terrible, vino a afligir a los
palmeses c u a n d o m á s tranquilos se encontraban. El 1 5 d e
abril d e 1585, a las d o s d e la tarde, d e s p u é s d e un espan-
toso terremoto, se vio elevarse la tierra e n el término d e
Los Llanos, formándose de repente una elevada montaña,
d e cuyo centro caía e n arroyos abundante lava, q u e corrió
m á s d e una legua e n dirección al mar, mientras se cruza-
ban por el aire fuego, humo, cenizas y peñascos encendi-
dos.
Poco a n t e s d e esta é p o c a memorable, e n 1582, una
horrorosa peste invadió a Tenerife llevándose m á s de nue-
ve mil personas e n pocos meses.
Creyóse q u e el contagio se había propagado por me-
dio de u n o s tapices d e Levante q u e trajo el capitán Lázaro
Moreno, recibido e n aquel a n o por Gobernador d e la isla, y
los cuales se expusieron por la primera vez e n s u s balco-
n e s el día del Corpus al tiempo d e la procesión.
La infección duró con m á s o m e n o s intensidad hasta
1583, pero sin comunicarse a las d e m á s islas.
En e s t e mismo a ñ o y e n los siguientes las islas s e
vieron amenazadas a la vez por los ingleses, argelinos y
portugueses; los primeros, mandados por Drake, d e s p u é s
d e haber atacado a Cádiz, se dispusieron a cruzar por nuestro
archipiélago; los segundos, capitaneados por el corsario
Amurat, penetraron e n Lanzarote, y, avanzándose s o b r e
Teguise, desmantelaron s u castillo principal, quemaron doce
mil fanegas d e trigo y cebada, y destruyeron las casas, ar-
chivos y depósitos públicos. Entre los numerosos prisione-
ros q u e hicieron e n esta jornada se contaba la marquesa
d e Lanzarote, d o ñ a Inés Benítez d e las Cuevas, y d o ñ a
Constanza d e Herrera, hija natural del marqués, a quienes
é s t e rescató por precio d e quince mil ducados, a u n q u e sin
poder estorbar q u e los moros se llevaran e n triunfo dos-
cientos isleños cautivos.
Los portugueses, rebeldes ya a la dominación españo-
la, quisieron también invadir las islas, pero nunca se llevó a
efecto s u intento, pues don Alvaro Bazán, primer marqués
d e Santa Cruz, venció al pretendiente e n el combate naval
d e las Azores, destruyendo por entonces s u armada y s u s
locas esperanzas. Al mismo tiempo, el marqués d e Lanzarote
invadía por orden del Rey las islas d e la Madera y Puerto
Santo, y las sometía, a s u costa, a la Corona d e Castilla.
En medio d e tantas tribulaciones, d e tantos temores, y
d e tan continuas alarmas, Felipe 11 determinó enviar a las Canarias
un jefe militar entendido, prudente, y d e acreditado valor y
experiencia, para confiarle el mando superior del archipiéla-
go, con el título d e Capitán general d e mar y tierra, y Presi-
dente d e s u Audiencia. La persona elegida para tan importan-
te empleo, q u e iba a reasumir e n sí todo el poder gubernativo
y militar d e las Canarias, fue don Luis d e la Cueva y Benavides,
caballero d e Santiago y señor d e Bedmar, cuyo valor se había
demostrado e n la defensa d e la Goleta d e Túnez, y e n la revo-
lución y guerra d e Portugal.
Antes de este cambio importante de administración,
los Gobernadores letrados, q u e desde la instalación de la
Audiencia se hallaban al frente de las islas de Gran Cana-
ria, Palma y Tenerife, se habían transformado de real or-
d e n e n Gobernadores militares. Los primeros nombrados
en 1570 para ejercer este cargo fueron don Martín de Benavides
y don J u a n Álvarez de Fonseca.
Las instrucciones, q u e a don Luis de la Cueva se le
dieron para el mejor desempeño d e s u espinoso encargo,
eran, entre otras, las siguientes:
((Habeisde tener entendido, decía Felipe 11, que la
principal causa que me ha movido á instituir y esta-
blecer el cargo que Ilevais. ha sido la defensa y segu-
ridad de las islas, por ser de la importancia que son: y
así os encargo y mando tengais el cuidado y vigilancia
que de vos confio. Que llegado á la Isla de la Gran
Canaria, donde ha de ser vuestra principal residencia,
veais y reconozcais el estado en que se hallan las co-
sas de la guerra. así cuanto á las fortalezas, como la
gente. artillería, municiones. y lo demas que de aque-
llo convenga fortificar y proveer: y esto mismo hareis
en las demas islas, visitando por vuestra propia per-
sona, lo mas presto que fuere posible: y en todas vereis
y entendereis la forma de milicia que los naturales tienen
entre sí para su defensa y seguridad, y pareciendoos
que conviene reformarla, lo hareis tratándolo con los
mismos naturales, para que se haga con su benepláci-
to..
((Es mi voluntad que tengais jurisdiccion sobre
toda la gente de guerra. y oficialesde cualquiera condicion
que sean, así de mar como de tierra que están a mi
sueldo: y de las dichas islas. siempre que se hubiese
dejuntar, ó lo estuviere para algun efecto: y que podais
conocer de todas las cosas, y causas civiles y crimina-
les que entre la dicha gente sucedieren: y que cuando
saliéredes á visitar las islas. conozcais de los pleitos
y diferencias que se ofrecieren entre la gente de gue-
rra y la de las islas, eligiendo un asesor letrado, es-
tando lejos del lugar donde residiere la Audiencia: y
estando cerca consultareis á uno de los jueces d e ella
por escrito ó tomándolo por asesor, y con su parecer
determinar la causa. Pero cuando la gente d e guerra y
la natural estuviesen juntas donde reside la Audien-
cia, para ofensa Ó defensa de los enemigos, Ó para
otros actos de guerra, si algunas causas criminales se
ofrecieren, habeis de conocer d e ellas, y determinar-
las juntamente con los otros jueces de la Audiencia.
Mas. s i la dicha reunión de gente de guerra y natural
se hiciere e n otro lugar, e n tal caso conocereis toman-
d o por asesor uno de los jueces de dicha Audiencia: y
e n e s t a s tales criminales es mi voluntad no se pueda
apelar para el mi consejo de guerra, ni á la Audiencia
sino para a n t e vos mismo, donde se seguirán las cau-
sas e n grado de apelacion de cualquiera calidad q u e
sean, y para sustanciarlas y determinarlas tomeis por
asesor Ó asesores, uno Ó d o s jueces de la dicha Au-
diencia.))
((Estamisma órden se guarde e n cuanto á las co-
s a s d e presas d e Corsarios. Tendreis particular cuenta
con el buen recaudo de mi hacienda, y de órdenar l o
q u e viéredes q u e conviene para q u e no haya fraude.
Habeis d e tener particular cuenta de la buena órden y
disciplina d e la dicha gente, para q u e entre ella y l o s
naturales no haya ruidos ni cuestiones, y habiéndose
de repartir e n diversas partes, ordenareis q u e las per-
s o n a s á cuyo cargo hubieren de estar. sean las de m a s
práctica, esperiencia y buen gobierno.))
((Llegadoq u e seais á las islas de Canaria, avisareis
del número q u e hay de artilleros, y los q u e faltaren,
para q u e mande yo l o q u e conviniere. Lo demas q u e
aquí no se dice, se remite á vuestra prudencia y cuida-
do, y adelante se os irá avisando y ordenando l o q u e
m a s se ofreciere..
En la primavera d e 1589, llegó p u e s a la Gran Cana-
ria don Luis d e la Cueva y Benavides, llevando consigo seis-
cientos soldados d e España, divididos e n tres compañías,
d e las cuales venían por capitanes J u a n d e Bedmar, Gaspar
Hernández y J u a n Jaraquemada, natural d e Telde y caba-
llero del hábito d e Santiago.
Era entonces Regente d e la Audiencia Pedro López d e
Aldaya, q u e tuvo q u e ceder su puesto al nuevo presidente,
así como también cambiaron s u s títulos d e Gobernadores
d e Canaria y Tenerife, los capitanes Melchor Morales y To-
más d e Cangas, por el más modesto d e corregidores.
Una d e las primeras providencias q u e adoptó el Capi-
tán general, fue la d e nombrar, para cada una d e las siete
islas, personas d e s u confianza a cuyo cargo estuviese el
mando d e las armas (5).
En s u consecuencia nombró por Gobernador d e Ca-
naria a s u hijo don Alonso d e la Cueva ( 6 ) ;d e Tenerife, al
corregidor Tomás d e Cangas; d e La Palma, al sargento mayor
Juan Niño; d e la Gomera, a Juan Sánchez d e Arellano; del m
Hierro, a don Nicolás d e Castilla; de Lanzarote y Fuerteventura, 0"
E
a Gonzalo Argote d e Molina, y, en s u s ausencias, a los sar-
gentos mayores Francisco Henao d e Peñalosa y Cierónimo 3
d e Aguilera Valdivia. -
O
m
Ya por este tiempo los Ayuntamientos del archipiéla-
go habían cuidado d e organizar, d e acuerdo con los Gober-
nadores militares, los tercios que, a imitación d e los d e
Castilla, tenían bajo su vigilancia la defensa d e las costas,
y la guarnición d e los castillos y fortalezas. Estos tercios
se componían d e infantes, armados d e picas y arcabuces,
d e artilleros con algunas piezas d e campaña d e corto al-
cance, y d e algunas compañías d e caballos, formadas ex-
clusivamente con la gente más noble y escogida d e cada
localidad. Estas tropas se ejercitaban e n días determina-
d o s e n el manejo d e s u s armas respectivas, teniendo las
municipalidades grandes depósitos d e alabardas, chuzos y
sables para repartir, en los casos d e rebato, entre los ne-
gociantes, forasteros y labradores que no estaban inscri-
tos e n estas milicias.
No s e hallaba excluido d e este servicio ni aun el cle-
ro regular y secular. Las comunidades d e los conventos,
con los estandartes d e s u s cofradías, acudían armadas al
primer toque d e alarma, y el cabildo d e la Catedral, con s u
bandera desplegada, s e reunía e n iguales ocasiones, y se
presentaba armado e n el sitio del peligro (7).
Senalábase, entretanto, el nuevo jefe de las islas, con
numerosas providencias gubernativas, económicas y mili-
tares, invadiendo en su incansable anhelo de mando todas
las esferas del poder. Desde luego se comprende que en
u n país gobernado exclusivamente por pequeños senados
aristocráticos, donde el elemento popular era casi nulo, la
acción directa y decisiva de u n jefe absoluto no podía con-
venir a la nobleza, que monopolizaba con los corregidores
el gobierno de sus respectivas demarcaciones. Por esto vemos
que Tenerife, cuya guarnición la componían trescientos de
los nuevos soldados españoles, se apresuró a dirigir ense-
guida diferentes representaciones a la Corte, quejándose
de la insolencia de la tropa, y del depravado ejemplo que
con sus desarregladas costumbres daba a los isleños.
El gobierno oyó estas quejas y a los mensajeros que
las llevaban, pero, por entonces, suspendió toda resolu-
ción definitiva.
Hallábase en aquella epoca dividido el señorío de las
islas de Fuerteventura y Lanzarote entre dos casas rivales.
Argote de Molina, casado con una bastarda del célebre marqués
don Agustín de Herrera, gobernaba a Lanzarote; don Fer-
nando y don Gonzalo de Saavedra, huérfanos y en su me-
nor edad bajo la tutela de su madre doña María Mojica,
tenían bajo su mando la isla de Fuerteventura. L
a casa de
los Herreras, rival de la de los Saavedras, no perdonaba
medio alguno para usurpar a ésta sus derechos y prerroga-
tivas, habiendo entre ambas frecuentes cuestiones sobre
límites de senorío, jurisdicción, rentas y vasallaje, sobre
recolección y embarque de orchilla, sobre entradas en las
costas de Berbería, pastos de las dehesas de Jandía, y otros
puntos litigiosos que fomentaban y conservaban vivo el odio
y antagonismo hereditario de ambas familias.
El Capitán general, usando de sus facultades dictato-
riales, quiso mezclarse en estas cuestiones y resolverlas
según sus simpatías, que se había ganado con repetidos
serviciosel astuto Argote de Molina; pero losjóvenes Saavedras,
trasladándose a la Corte y llevando al pie del trono sus
quejas, obtuvieron un real despacho, por el que se orde-
naba a don Luis de la Cueva se abstuviese de apoyar las
tramas del Argote, le hiciese salir d e Fuerteventura, y de-
volviese a los señores territoriales el gobierno militar d e la
isla.
Después d e esta derrota le esperaba a don Luis otra
más sensible.
Una escuadra d e corsarios berberiscos, mandada por
el moro Jaban, famoso caudillo d e aquellos tiempos, des-
pués de saquear a Lanzarote, se dejó caer sobre Fuerteventura,
donde desembarcó con seiscientos hombres, dirigiéndose
sin encontrar resistencia hacia la villa capital d e Betancuria.
Mientras los moros robaban, quemaban y destruían cuanto
encontraban a su paso, llegó a Canaria el aviso d e esta
invasión, e inmediatamente el Capitán general dispuso fuesen
trasladados a Fuerteventura doscientos soldados espano-
"
7
les, para que, unidos con los naturales, contribuyesen a la E
defensa del país. Estos soldados, embarcados al punto y 3
conducidos a su destino, llegaron sin orden y mareados a
las playas de la isla, d e modo q u e los moros, atacándolos
-
0
m
vigorosamente e n un sitio donde llaman las Siete fuen-
O
;
tes, los derrotaron al primer encuentro, cayendo prisione-
3
ros los que escaparon d e la matanza.
n
Los moros s e retiraron cuando ya no tuvieron que robar. -
-
Esta infausta jornada, libró a las Canarias del mando
m
O
absoluto d e don Luis, y d e la residencia d e las tropas espa-
ñolas.
Convencido el gobierno d e las ventajas del antiguo
E
n
régimen, y d e lo inútil y gravoso q u e eran estos soldados a O
O
las poblaciones isleñas, queriendo además calmar los dis-
turbios que s e habían suscitado entre la nueva autoridad,
los Ayuntamientos y los pueblos, ordenó que el Capitán
general volviese a la Península y entregara el mando d e la
Audiencia y d e la provincia al doctor Antonio Arias, que
acababa d e ser nombrado Regente.
Al saberse esta noticia, todos los municipios s e apre-
suraron a dar las gracias al Rey y a su consejo por tan sa-
bia medida, y encomiaron, como sucede en casos seme-
jantes, el régimen pasado, exagerando las faltas del ac-
tual.
En el mismo navío e n q u e llegó el Regente s e etnbar-
có don Luis d e la Cueva (1594), muriendo poco después,
e n octubre d e 1598, c u a n d o se dirigía a la Corte, llamado
por el Rey a recibir el premio debido a s u s largos e impor-
tantes servicios.
Con la llegada del Regente Arias, los corregidores d e
Canaria, Tenerife y Palma volvieron a recobrar s u s títulos
d e Gobernadores militares, abandonando el d e corregido-
res, y reasumiendo las mismas atribuciones q u e a n t e s te-
nían, a u n q u e siempre con completa sujeción al Tribunal
d e la Audiencia, q u e continuaba residiendo e n Las Palmas,
c o m o capital reconocida del archipiélago.
Notas
(1) El Cabildo de Tenerife le cumplimentó por acuerdo del
6 de mayo de 1567.
(2) Viera, t. 3. p. 144.
(3)Castillo, p. 242.
(4) Véase a Viera, t. l . p. 78.- Castillo, p. 305. -Abreu Galindo,
p. 21 7.- Feijóo, Teatro crítico, t. 4. p. 256.
(5) Viera, t. 3. p. 160.
(6) Fue este don Alonso el célebre marqués de Bedmar, y el
mismo que, después de haber residido algún tiempo en Canaria,
ejerciendo aquel empleo, pasó a la Corte, donde Felpe 1
1
1le confió
la difícil embajada de Venecia. Conocidos son en la historia los
sucesos que en 1618 tuvieron lugar en aquella república a
consecuencia de la conjuración que el don Alonso fraguó contra
los astutos venecianos.
(7) En sesión de 31 de julio de 1553, acordó el Cabildo:
"Que en caso de conflicto saliesen todos los capitulares y capellanes
con sus armas en son de guerra bajo de una bandera, pues desde
luego nombraban sus mercedes por capitan de esta cornpañía al
Sr. Dean, y por alferez al Sr. Arcediano de Canaria, con pena de
tres meses de su renta á los que no acudiesen.~~
En 25 dejunio de 1554, se acordó: "Queel Cabildo niantendria
á su sueldo dos hombres que hiciesen parte de la guarnicion de
la torre de la Isleta durante la guerra con los franceses y que se
amasasen para biscocho cuarenta fanegas de trigo.>>
En 1 1 de enero de 1567: ,,Quese franquease la cal necesaria
para concluir dicha torre.11
En 20 d e agosto d e 1568: ,,Que se mandasen hacer dos
tambores ó cajas de guerra para las marchas del cabildo.^^
En 1 O d e julo d e 1581: ((Pornuevo recelo d e enemigos se
declara que al toque d e la campana y al ruido d e los tambores
deben acudir los cleros regular y secular, para lo que s e haga
acopio d e biscocho, queso y tocinetas.jj
En 3 de septiembre de 1625:((Que
la compañaía de eclesiasticos
esté pronta.
Extracto d e actas del Cabildo.
XIII.
Drake en la Gran Canaria.
La política agresiva de Felipe 11, y el rápido engrande-
cimiento de la España que amenazaba avasallar al mundo
con sus numerosas escuadras y sus tercios invencibles, había
producido entre las naciones europeas un sentimiento de
celos y rencorosa envidia, que se manifestaba de diversos
modos cuantas veces se presentaba una ocasión propicia.
Entre estas naciones, distinguíanse por s u constante
arrojo la Inglaterra y la Holanda, que ya tendían sus codi-
ciosas miradas sobre el océano, cuyas movibles olas ha-
bían de servirles luego de cimiento a su futura grandeza.
A finales del siglo XVI, poderosas naves mandadas por
expertos capitanes sembraban ya el terror por los mares y
las costas donde ondeaba triunfante el pabellón de España.
En estas excursiones, que algunas veces tenían el carácter
de piraterías, se fue formando la Marina Inglesa, adquirien-
do susjefes esa experiencia tan difícil de obtener, que des-
pués se han transmitido con religiosa fidelidad los unos a
los otros, desde el conde de Essex hasta Nelson.
Entre los atrevidos marinos que la fortuna elevó a los
primeros rangos del Almirantazgo en aquella borrascosa
epoca, se cuenta sir Francis Drake, célebre por su viaje
alrededor del mundo, y por los ataques que dirigió en va-
rias ocasiones a las flotas y colonias españolas.
Había ya m u c h o s a ñ o s q u e los ingleses amenazaban
c o n s u s escuadras a las islas principales del archipiélago;
los avisos q u e de todas partes se recibían confirmaban estos
temores, manteniendo viva la alarma y el desasosiego e n -
tre las poblaciones del litoral.
Acababa d e llegar a la Gran Canaria, d e Gobernador
o Capitán general, Alonso d e Alvarado, persona muy reco-
mendable por s u valor, pericia y prendas militares, acom-
pañado de Antonio Pamochamoso, s u lugarteniente, suje-
t o asimismo muy digno del aprecio público.
Aplicáronse a m b o s d e s d e s u llegada a continuar los
trabajos q u e dejara interrumpidos don Luis d e la Cueva,
así e n las trincheras c o m o e n las fortalezas, procurando
cubrir la desguarnecida costa y los puntos m á s fáciles d e
desembarco con algunas fortificaciones improvisadas, d e
poca solidez y d e d u d o s a resistencia.
Descubríanse entonces, sobre las playas q u e circun-
d a n el puerto y la ciudad capital, d o s fortalezas o torres d e
argamasa, cimentadas s o b r e peñascos a la orilla del mar,
cuyos n o m b r e s eran d e La Luz y d e Santa Ana; la primera,
e n el puerto d e s u nombre, y la segunda, a la entrada de la
ciudad por la parte del norte. Desde e s t a última, e n direc-
ción al poniente, corría un lienzo d e muralla a unirse con
el risco d e San Lázaro, a cuyo pie, y e n una pequeña emi-
nencia, se descubría un torreón. Por la parte del s u r exis-
tía otra muralla, pero débil y ruinosa, sin q u e ningún otro
castillo ni trinchera defendiese la ciudad ( 1).
Había, entretanto, m u c h o entusiasmo militar; los hi-
jos d e los conquistadores y los descendientes d e los Doramas,
Bentaguayas y Maninidras, n o habían olvidado las hazañas
d e s u s mayores, y n o n o s equivocaríamos, sin d u d a algu-
na, si asegurásemos q u e anhelaban el m o m e n t o e n q u e
u n a escuadra enemiga se presentara enfrente d e la ciudad.
Ese m o m e n t o llegó al fin. El viernes 6 d e octubre d e
1595, a p e n a s la aurora iluminó el horizonte c u a n d o la Ila-
m a y el h u m o d e una hoguera encendida s o b r e la m á s alta
montaña de la Isleta anunció a todas las atalayas d e la isla,
q u e tenían orden de repetir d e altura e n altura la señal,
q u e un enemigo poderoso se acercaba a s u s playas. Casi
al mismo tiempo el cañón d e la torre del puerto de La Luz
hizo oír s u ronca voz, q u e repitió el e c o de valle e n valle,
llevando la alarma a la dormida ciudad.
Inmediatamente, Alonso d e Alvarado montó a caba-
llo y se dirigió sin detenerse a las playas del Puerto, e n
cuyas aguas acababa d e fondear la escuadra enemiga, aunque
fuera d e tiro d e cañón. Componíase ésta d e veintiocho navíos
d e alto bordo, con cuatro mil h o m b r e s d e desembarco.
Era entonces alcaide de la fortaleza d e La Luz el no-
ble y esforzado caballero Constantino Cairasco, a cuyo va-
lor y esfuerzo confió Alvarado el importante encargo d e
rechazar por aquella parte al enemigo.
Entretanto, y al ruido d e los tambores, trompetas y m
c a m p a n a s q u e tocaban a rebato, todos los vecinos de Las E
Palmas se habían reunido e n la plaza principal, d o n d e los
q u e n o tenían a r m a s las recibían de los regidores e n los
3
depósitos del Ayuntamiento. -
O
m
O
El Regente d o n Antonio d e Arias, con los oidores Mi- 4
Ila y d o n Luis de Guzmán, d a b a n allí s u s órdenes para q u e n
recorriesen los pueblos del interior personas activas y dili-
gentes q u e trajesen acaudillado el paisanaje, mientras el
capitán J o s é Fernández Muñiz, cabo de las compañías d e -
m
Telde y Agüimes, salía a e s c a p e hacia el s u r para conducir
O
sin demora las tropas d e s u m a n d o a la ciudad.
Cuatro eran las compañías q u e formaban el tercio d e
-
a
Las Palmas, d e las q u e eran capitanes Bernardino de San n
-
J u a n , Francisco de Cabrejas Toscano, J u a n Martel Peraza y O
O
J u a n Ruiz d e Alarcón. Acompañaban a e s t o s caballeros el
maestre d e c a m p o Hernando del Castillo, Gabriel Gómez
de Palacios, Alonso Venegas, Ciprián d e Torres y Alonso
Rodríguez Castrillo, Alcalde mayor d e las villas de Gáldar y
Guía.
El incansable Pamochamoso hizo conducir a la calle
d e Triana seis pequeñas piezas de campaña, y, a n t e s d e
salir al campo, proveyó a las tropas de pólvora, cuerdas y
balas.
Mientras e s t o sucedía, llegaba a rienda suelta Alonso
Rodríguez Castrillo c o n orden d e Alvarado para q u e saliese
la gente a los arenales, y se formase en la playa de Santa
Catalina, por cuyo sitio se temía u n desembarco.
Obedeciendo esta orden, el Regente dispuso que el
capitán Juan Martel Peraza con su companía se q~iedara
en
la ciudad guardando las murallas, y Fernando de Lezcano
Mujica, tomase el mando del castillo de Santa Ana para
defenderlo a todo trance, en tanto que él, con Pamochamoso
y las tropas, se adelantaban al encuentro del enemigo.
A este escuadrón, que inmediatamente se puso en mar-
cha, seguía otro más extraño. Los canónigos e inquisidores,
reunidos también al toque de rebato, con s u Obispo don Fer-
nando Xuares de Figueroa a la cabeza, tambor batiente y ban-
dera desplegada, montados en briosos caballos, y cubiertos de
cascos de acero y cotas de malla, marchaban en buen orden al
sitio del peligro, dispuestos a defender a punta de espada su
patria y religión. Un poco más lejos venía otra companía, com-
puesta de sesenta frailes del orden de Santo Domingo, con el
estandarte de la virgen del Rosario en alto, armados de picas y
alabardas, viéndose al mismo tiempo a los frailes de San Fran-
cisco y a los vecinos que no formaban parte de las tropas regu-
lares, levantar trincheras en la caletilla de San Telmo, llenando
sacos de arena y parapetando la orilla con barcas, carros, pie-
dras y muebles inútiles.
Eran ya las ocho de la mañana, y la escuadra, objeto
de tan belicosos prearativos, obedeciendo el plan de ata-
que de su Almirante, se avanzaba en forma de media luna
sobre la ciudad, destacando antes una carabela que sondase
el fondeadero de Santa Catalina y dejara en el algunas bo-
yas flotantes para servir de señal.
El buque cumplió su encargo sin peligro alguno, por-
que el fuego del castillo de La Luz no alcanzaba al fondea-
dero, y enseguida se incorporó a la escuadra, que, a velas
desplegadas, tomaba posición en los puntos que de ante-
mano se le habían designado.
Con arreglo a estas disposiciones, una división de quince
naves fue a situarse enfrente de la playa de Santa Catalina,
otra de dos se dirigió sobre el castillo de La Luz, y otra de
once se avanzó sobre la fortaleza de Santa Ana, cuyos di-
versos puntos empezaron los ingleses a batir con furia.
Al ver e s t a s maniobras, Alvarado d u d ó si esperaría al
enemigo s o b r e la indefensa costa de los arenales c o n gen-
te bisoña y n o fogueada, c o m o eran los canarios, o si seria
m á s prudente retirarse al abrigo d e las murallas d e la ciu-
dad; pero s u teniente Pamochamoso y algunos otros capi-
tanes, a quienes consultó, se decidieron por la defensa e n
las playas, asegurando que todos los soldados sabrían cumplir
c o n s u deber, y morir c o n las a r m a s e n la mano, a n t e s q u e
abandonar s u patria a los ingleses.
Adoptada e s t a resolución, retrocedieron todos hacia
el Puerto, y el Gobernador dispuso q u e e n la Caletilla de
las trincheras de Santa Catalina se colocaran d o s com-
pañías al m a n d o de los capitanes Cabrejas Toscano y Ar-
mas, con dos piezas de campana, y el resto de la tropa,
c o n cuatro, e n la playa grande q u e sigue luego hasta la
Isleta.
El fuego se rompió por a m b a s partes hacia las o n c e
del día, oyéndose el tiroteo a la vez e n los tres puntos dife-
rentes, a d o n d e se había dirigido simultáneamente la es-
cuadra. Mientras é s t a procuraba desmantelar los d o s pe-
q u e ñ o s fuertes de Santa Ana y La Luz, y destruir las mal
formadas trincheras d e Santa Catalina, Drake o r d e n ó q u e
saliesen, al abrigo de un nutrido fuego, una división d e
veintiocho lanchas con s u s correspondientes banderas, y
quinientos hombres d e desembarco.
Estas lanchas se avanzaron hacia la playa, siendo re-
cibidas por todas partes c o n repetidas y mortíferas descar-
g a s d e metralla, trabándose e n la misma orilla un reñido
combate.
Después de diez minutos de confusión, los ingleses,
n o pudiendo vencer la resistencia de los canarios, retroce-
dieron al abrigo d e s u escuadra, q u e permanecía a u n fon-
d e a d a e n el mismo sitio.
Por segunda y tercera vez, las mismas lanchas inten-
taron renovar la lucha, pero fueron siempre rechazadas con
gran pérdida, retirándose, al fin, definitivamente, persua-
didos d e q u e n o e r a empresa fácil desalojar d e la playa a
los isleños.
Durante la refriega habían llegado las compañías d e
Telde y Agüimes, capitaneadas por Fernández Muñiz, quie-
n e s por orden d e Pamochamoso s e dirigieron a la playa d e
San Telmo, d o n d e por momentos s e esperaba q u e los e n e -
migos intentaran un nuevo ataque.
E1 teniente Pamochamoso, luego q u e t o m ó estas pre-
cauciones, entró e n la ciudad con s u s alguaciles, y hacien-
d o acopio d e pan, vino, bizcocho, fruta y agua, lo fue e n -
viando todo a los sitios del combate, para reparar las fuer-
z a s d e los cansados isleños. Al mismo tiempo, y sabiendo
q u e ya escaseaban las municiones y las cuerdas d e arcabuces,
envió las necesarias. A la gente q u e acudía d e los c a m p o s
le d a b a d e c o m e r y la proveía d e armas, enviándola luego
a los arenales, con orden expresa d e marchar a la vista del
enemigo y formada e n compañías.
En tanto q u e e s t o tenía lugar e n tierra, observando
Drake q u e los fuertes d e La Luz y d e Santa Ana se resistían
denodadamente, consiguiendo echar a pique d o s d e s u s
mejores navios, quiso probar por última vez fortuna, y al
efecto dirigió un desembarco sobre la parte d e la playa
q u e e s t a b a sin trincheras, y d o n d e los isleños tenían q u e
combatir a pecho descubierto con s u s enemigos.
El Gobernador, q u e espiaba con cuidado los intentos
d e s u poderoso adversario, adivinando sin esfuerzo el si-
tio elegido para e s t e nuevo desembarco, acudió presuroso
c o n s u s tropas y cuatro piezas d e campaña, y, c u a n d o los
ingleses llegaban casi a tocar la playa, sin darles tiempo a
dejar s u s lanchas, cayó s o b r e ellos denodadamente, y des-
p u é s d e matarles u n o d e s u s principales jefes y muchos d e
s u s mejores soldados, los obligó a retroceder e n desorden
a s u s naves.
Esta segunda derrota, la pérdida d e d o s navíos echa-
d o s a pique por los fuegos d e los castillos d e Santa Ana y
La Luz, y el ver d e s d e la escuadra el numeroso gentío q u e
d e hora e n hora llegaba del interior d e la isla e n defensa
d e la ciudad, bajando e n m a s a s compactas por las cordi-
lleras q u e dominan los arenales y el valle d e San Roque,
decidió por último al almirante inglés a renunciar a s u s
proyectos d e invasión, y retirarse d e la isla, admirado del
valor y atrevimiento d e los canarios, que, casi sin a r m a s ni
defensas, habían conseguido tan brillante victoria s o b r e
s u s valientes marinos.
Al mediodía, la escuadra recibió orden d e levar an-
clas y alejarse d e la isla, lo q u e verificó lentamente y des-
p u é s d e disparar repetidas a n d a n a d a s s o b r e los soldados
formados e n la playa, sin otro resultado q u e aumentar el
entusiasmo d e los canarios.
La escuadra continuó hasta la noche cruzando e n to-
d a s direcciones la bahía, fuera d e tiro d e cañón, hasta q u e ,
a favor d e los faroles encendidos e n s u s topes, se vio q u e
hacía rumbo al sur, desapareciendo con s u s lanchas al costado,
tras la punta de Melenara, limite por aquella parte de la m
e n s e n a d a s o b r e cuya orilla se asienta, c o m o ya h e m o s di- -
cho, la capital d e la isla.
La dirección q u e llevaban los enemigos hizo t e m e r a 3
Alvarado q u e intentaran al día siguiente algún nuevo des-
-
-
0
m
embarco por las costas del sur, y, para evitarlo, o al m e n o s O
4
atenuar s u s consecuencias, envió a Telde y Agüimes las
compañías d e e s t o s pueblos, y ordenó q u e recorriesen e n
partidas sueltas todo el litoral d e s d e Ciando a Arguineguín,
mientras el permanecía e n la ciudad con el resto d e s u s
tropas s o b r e las armas, dispuesto a dirigirse a la menor
-
m
O
señal s o b r e el punto amenazado.
En la tarde del s á b a d o 7 de octubre, los ingleses en-
-
-
traron e n efecto e n el puerto d e Arguineguín, con la inten- a
ción d e reparar s u s averías y hacer aguada, suponiendo
n
-
O
q u e e n aquel desierto nadie se opondría a s u desembarco.
O
Con e s t a seguridad, echaron algunas lanchas e n tierra, y,
e n ellas, una partida de o n c e soldados, q u e se adelantaron
por el valle buscando alguna fuente. Casi al mismo tiem-
po, seis isleños d e la compañía de Agüimes y cinco pasto-
res, q u e al ver los enemigos habían recogido s u ganado a
toda prisa, se reunieron s o b r e las montañas q u e circundan
la bahía, y, c u a n d o les pareció conveniente, cayeron s o b r e
los desprevenidos ingleses, y matando a nueve, hicieron
d o s prisioneros q u e llevaron e n triunfo a la ciudad. Por
ellos se s u p o q u e los enemigos habían perdido doscientos
hombres, con cuatro d e s u s mejores oficiales, q u e d a n d o
herido un número mayor. Supose también q u e Drake se
dirigía a las Antillas, dispuesto a saquearlas y sorprender
los galeones del Rey surtos e n s u s puertos. Alvarado e n -
tonces fletó un buque, q u e , haciéndose inmediatamente a
la vela, llegó a Puerto Rico tres días a n t e s q u e la escuadra
inglesa. De e s t e modo, y gracias a la previsión del Gober-
nador, p u d o la flota estar dispuesta a la honrosa defensa
con q u e e n aquella ocasión se distinguió.
Al s a b e r s e e n España la victoria obtenida por los ca-
narios, Felipe 111 dio las gracias a la isla por medio d e real
cédula dirigida a s u Ayuntamiento, el célebre Lope d e Vega
la cantó e n s u Dragontea (2) e n versos armoniosos, y el
poeta canario, don Bartolomé Cairasco d e Figueroa, ento-
n ó e n s u Templo Militante un himno d e alabanzas, q u e
transmitiera a las e d a d e s futuras las hazañas d e s u s com-
patriotas (3).
Puede decirse, e n efecto, q u e e s t a victoria rayaba e n
lo maravilloso. Ochocientos hombres mal armados, sin trin-
cheras ni defensas, sin fortalezas ni murallas, desafiaron y
vencieron el poder d e una escuadra numerosa, mandada
por un jefe d e indisputable celebridad, auxiliado por cua-
tro mil hombres aguerridos, y al abrigo d e una excelente
artillería.
Orgulloso Alvarado d e mandar tan esforzada gente,
se aplicó enseguida a reparar los destrozos causados por
el enemigo e n las débiles fortificaciones d e la población,
previendo, n o sin fundamento, q u e aquel combate no s e -
ría el ultimo q u e Las Palmas habría d e rechazar.
Veamos c ó m o e s t o se realizó.
Notas
( 1 ) Viera s e equivoca cuando nos habla del castillo de Santa
Catalina e n el ataque memorable que vamos a referir. El castillo
d e Santa Catalina n o s e construyó sino e n el primer tercio del
siglo siguiente.
(2) Dragontea, canto 3",p. 392.
(3)Templo Militante, t. 1 ". p. 283
XIV
Invasión de Van der Does.
La derrota d e los ingleses no devolvió la tranquilidad
a las islas; sabíase por experiencia la tenacidad y arrojo d e
estos marinos, y a cada instante s e esperaba q u e nuevos
desembarcos vinieran a turbar la paz y entorpecer el co-
mercio del archipiélago.
En prueba d e la realidad d e estos temores, sabemos
q u e e n el mismo año d e 1595, un buque d e guerra d e la
misma nación entró una noche furtivamente en el puerto
d e La Luz, y s e llevó otro buque q u e estaba allí fondeado
con cargamento para las Américas. Pero entonces, Anto-
nio Lorenzo, Regidor y Capitán d e infantería d e Las Pal-
mas, toma otra embarcación, sigue al enemigo, atácale con
brío, y, arrebatándole la codiciada presa, vuelve con ella
en triunfo a la bahía ( 1).
O
En el siguiente año d e 1596, otra poderosa escuadra, 4
mandada por el conde d e Essex, después d e haber saqueado
Cádiz, vino a cruzar entre las islas, dejándose caer sobre
n
Lanzarote, cuyas poblaciones recorrieron s u s marinos sin
la menor oposición. Concluida felizmente tan inútil haza- -
m
ña, s e retiraron a s u s naves, y desaparecieron por enton- o
c e s del archipiélago.
Continuaba, entretanto, e n Las Palmas Alonso d e
Alvarado, ejerciendo el importante cargo d e Gobernador n
-
militar, y ocupándose sin descanso e n la organización d e o"
O
las milicias d e la isla, y en el aumento y extensión d e s u s
fortificaciones.
Era aquella la época e n q u e los Países Bajos, sacu-
diendo el yugo d e la dominación española, habían obteni-
d o repetidas victorias sobre los ejércitos d e Felipe 11, con-
solidando así su querida independencia. Pero no conten-
tos con estos triunfos, y comprendiendo q u e su prosperi-
dad futura estaba basada principalmente e n el comercio,
s e aplicaron a multiplicar el número d e s u s escuadras, y,
siguiendo el camino d e Vasco d e Gama, fueron a disputar
a los portugueses y españoles el dominio d e las vastas y
ricas regiones del Asia.
Para tan largas expediciones necesitaban, empero, los
holandeses puntos d e escala y d e refugio, d o n d e reparar
s u s averías, invernar, y refrescar s u s víveres y aguada: e n -
tonces fue cuando, al tender la vista por el mapa, tropeza-
ron c o n las islas Canarias, y, encontrándolas e n el paralelo
deseado, determinaron sujetarlas a s u imperio.
No entraba, sin embargo, e n s u s cálculos conquistar
t o d o el archipiélago, bastábales elegir la mejor d e las is-
las, y e n ella establecer s u s depósitos.
La elección n o podía s e r dudosa: los holandeses co-
nocían demasiado el archipiélago para equivocarse respecto
a la fertilidad, abundancia d e aguas, clima y bondad del
puerto d e la isla adonde dirigían s u s aprestos. La Gran Canaria
era, pues, la elegida para la invasión q u e e n silencio se
proyectaba. Pero a n t e s d e probar e n ella todo el poder d e
s u s fuerzas, intentaron un desembarco parcial e n la Gomera,
isla d o n d e solían detenerse los galeones d e América, c o n
el objeto d e apoderarse d e e s t o s caudales.
En e s t a ocasión opusieron los gomeros una resisten-
cia tan firme c o m o heroica, a u n q u e es indudable q u e la
retirada d e los enemigos se debió a la circunstancia d e n o
abrigar e n s u puerto ningún galeón de América.
Componíase la escuadra de sesenta y tres b u q u e s de
guerra y de transporte, al m a n d o del almirante Pedro Van
d e r Does, con nueve a diez mil hombres d e tropas d e des-
embarco.
Estas fuerzas reunidas, d e s p u é s d e s u inútil recono-
cimiento e n la Ciomera, aparecieron s o b r e la Gran Canaria
e n la m a ñ a n a del s á b a d o 26 d e junio d e 1599, cubriendo
c o n s u extensa línea el horizonte.
Los canarios, animados con la vista d e los holande-
ses, y recordando s u anterior victoria, corrieron con entu-
siasmo a las armas, distribuyéndose por compañías e n las
playas q u e se extienden entre la ciudad y el Puerto. El Obispo
d o n Francisco Martínez, los cleros regular y secular, el Ca-
bildo, la Audiencia y los inquisidores, acudieron también
al toque d e alarma y salieron a r m a d o s a combatir por s u
patria sin intimidarles el número ni el poder del enemigo.
Apoyados e n las trincheras d e la playa d e Santa Cata-
lina, tomaron posición Alvarado y s u teniente Pamochamoso
con cinco compañías y o n c e piezas d e campaña, y allí es-
peraron denodadamente la llegada de ciento cincuenta lanchas,
llenas d e soldados, q u e dirigía el mismo almirante Van der
Does; de m o d o que, cuando los holandeses, cerca ya d e la
orilla, se disponían a tomar tierra, la batería descubrió s u s
fuegos, y, desordenando las lanchas, e c h ó dos a pique,
hiriendo y matando un número considerable de oficiales y
soldados.
Rechazados de este sitio, se dirigieron los enemigos
a la playa grande, donde llaman Punta de la matanza, y
allí, n o encontrando e n aquel momento resistencia, consi-
guieron echar hasta setenta hombres e n la playa, mientras
"
7
los canarios acudían presurosos sobre el punto invadido, E
trabando e n la misma orilla un combate encarnizado. Grande 3
era la desventaja con q u e peleaban los nuestros. Las lan- -
chas eran tan numerosas q u e cubrían, por decirlo así, el
0
m
O
mar; los holandeses, fuertes y aguerridos, se sucedían sin 3
interrupción, reemplazando nuevos soldados a los que muertos
caían sobre la playa. Sin embargo, el valor de los canarios
n
n o se desmentía; con el agua hasta el pecho defendían
valerosamente s u s hogares, ejecutando proezas dignas d e -
m
eterna fama. En medio d e la confusión, descubríase e n una O
elegante falúa, ricamente empavesada, el Almirante Van
der Does, cubierto todo de acero, y animando a s u s solda- -
d o s con s u presencia y palabras; al verlo, uno d e nuestros
esforzados capitanes, el canario Ciprián de Torres, se ade- n
O
lanta armado d e daga y alabarda, y, abriéndose paso por O
entre los holandeses, llega casi a nado a la falúa, y, asien-
d o fuertemente por el cuello al Almirante, lo arroja al agua,
y le d a tres puñaladas e n el corazón, q u e afortunadamente
para el jefe enemigo se embotan e n s u cota de malla. Po-
c o s momentos después, cayó muerto el valiente Torres, y,
a s u lado, el capitán Clemente Jordán, y el alférez Antonio
Hernández Ramos, con otros muchos denodados defenso-
res, hijos todos d e la Gran Canaria.
En medio de tan repetidas desgracias, una bala de
cañón mató el caballo q u e montaba el Gobernador Alvarado,
arrojándolo malherido al suelo, de donde fue recogido por
el maestre de campo Hernando del Castillo, y conducido
inmediatamente a la ciudad. La pérdida de su jefe, y el
número siempre en aumento de los holandeses que des-
embarcaban sin oposición alguna, obligó a los canarios a
retirarse al fin a la ciudad, poniéndose al abrigo de sus
murallas y fortalezas, no sin perder una parte de la artille-
ría que no pudo retirarse a tiempo, por haber quedado muertos
los bueyes que la conducían.
Reunidos entonces precipitadamente en la puerta de
Triana el Regente Antonio de Arias y los oidores Milla, Bedoya
y Vallecillo, con el sargento mayor Antonio de Heredia, y
otros capitanes, acordaron nombrar por General interino
al teniente Pamochamoso, con orden de que se aconseja-
se en todos sus planes de defensa con el sargento mayor
Heredia.
Publicóse bando para dar publicidad a este nombra-
miento, mandándose a la vez que toda la gente en estado
de tomar las armas acudiera a las murallas, donde se ha-
bía acordado oponer una desesperada resistencia.
El enemigo, en tanto, después de su afortunado des-
embarco, se aplicó a rendir el castillo de La Luz, defendi-
do por setenta y ocho soldados al mando de Antón Jove, a
quienes se intimó luego la rendición con la amenaza de
pasarlos a cuchillo si se detenían en abrir las puertas. Jove,
que no era canario, traidor al puesto que se le había con-
fiado, se apresuró a entregar la fortaleza, siendo conduci-
do con la guarnición a bordo de la escuadra, donde queda-
ron todos maniatados y prisioneros de guerra.
Pamochamoso, tan activo y enérgico como el mori-
bundo Alvarado, veló toda la noche sobre las murallas,
adoptando aquellas precauciones que le sugería su expe-
riencia y lo crítico de las circunstancias. Confióle a Alonso
de Venegas y Calderón la defensa del castillo de Santa Ana,
límite de la muralla por el oriente; entre este castillo y el
Cubelo (hoy castillo de Mata), colocó las compañías de
José Fernández Muñiz, Francisco de Carvajal, Juan Jara,
Alonso Tubilleja y Melchor de Aguilar, y el mismo, acompa-
ñado de los señores de la Audiencia, de Hernando del Cas-
tillo, de Antonio de Heredia y de otros jefes, patrulló sin
descanso por el recinto d e la población, cuidando d e po-
ner e n seguridad los caudales del Rey, hacer q u e se retira-
sen al campo los heridos, mujeres y gente inútil, colocar
empalizadas, abrir fosos, y levantar nuevas trincheras don-
d e la disposición del terreno lo permitía.
En estas disposiciones se pasó la noche, hasta que,
viniendo el día, pudieron descubrirse los verdaderos de-
signios del enemigo.
Hallábase éste acampado e n número d e cuatro a cin-
c o mil hombres, enfrente d e la muralla d e Triana, resguar-
dado por los muros del hospital d e San Lázaro y ermita d e
San Sebastián, edificios q u e se hallaban entonces en el
sitio q u e hoy llaman Agua dulce, en dirección a las huer- m
0
tas q u e están entre el mar y las faldas d e la cordillera d e E
Ciuanarteme.
=
Allí habían hecho conducir algunas piezas d e artille-
ría d e bronce, sacadas d e s u s navíos y del castillo d e La
-
0
m
Luz, q u e colocaron inmediatamente en batería, rompiendo
O
4
desde el amanecer el fuego sobre los fuertes d e Santa Ana
y Mata, y muralla y puerta d e Triana.
n
En tanto q u e en aquel sitio s e trababa así la lucha,
Pamochamoso subió a la montaña d e San Francisco, des- =
m
O
d e la cual se dominaba la población, los arenales y el mar,
y, e n la explanada donde luego se levantó la plataforma,
se aplicó a colocar algunas piezas d e campaña q u e ofen-
diesen al enemigo, y evitaran por aquella parte s u aproxi- n
mación a la ciudad. o
O
En efecto, algunas compañías de mosqueteros, saliendo
del campamento, trataron d e posesionarse d e las alturas
q u e s e extienden al frente d e la dicha explanada, separa-
d a s d e ésta por el barranquillo d e las Rehoyas; pero el ca-
pitán Carvajal, con las tropas del cantón del norte, s e lo
impidió, después d e un reñido encuentro en el q u e perdie-
ron los holandeses cinco hombres.
Sin embargo, conociendo Van der Does la importan-
cia d e aquellas alturas, tanto para rodear la ciudad, cuan-
d o lo creyera conveniente, como para establecer desde luego
baterías que allanasen las murallas y alejaran a s u s defen-
sores, hizo q u e un cuerpo compuesto d e mil hombres d e
todas armas, subiendo por el barranco d e Guanarteme, se
adelantara por la cima de la cordillera hasta enlazarse con
el ejército q u e a c a m p a b a e n San Lázaro, del cual había d e
f o r m a r e s t e c u e r p o a v a n z a d o el a l a d e r e c h a . Pero
Pamochamoso, q u e todo lo observaba, salió inmediatamente
d e la ciudad con el resto d e s u s fuerzas, y, bajando por el
vallecillo d e las Rehoyas, logró contener la marcha del enemigo,
que, tímido e n avanzar, observaba con recelo la batería d e
la explanada d e San Francisco, e n d o n d e provisionalmen-
t e acababa d e levantar u n a s trincheras el ingeniero Prós-
pero Cazorla, y cuyo fuego dominaba enteramente la altu-
ra q u e tanto codiciaban.
De e s t e modo, y siempre con varia fortuna, siguió la
lucha por una y otra parte, sin q u e e n todo el día cambia-
ran esencialmente d e posición las fuerzas contendientes.
Por si a c a s o el enemigo intentaba d e nuevo trepar al cerro
d e Ciuanarteme, se colocó e n aquel sitio, con tropas sufi-
cientes, el Alcalde mayor de Guía Alonso Rodríguez Castrillo,
manteniéndose toda la noche e n la explanada d e San Fran-
cisco el regente y oidores, con los inquisidores Claudio de
la Cueva y Pedro de Camina.
Amaneció el lunes 28, y los holandeses, avergonza-
d o s d e la resistencia q u e les oponían aquellos débiles
atrincheramientos y aquellos bisoños soldados, principia-
ron a batir con duplicada furia los fuertes, murallas y altu-
ras circunvecinas, logrando derribar u n a parte del castillo
d e Santa Ana y abrir grandes brechas e n la muralla.
A este tiempo habíanse ya concluido las balas, y Alonso
d e Venegas, n o teniendo ya con q u é cargar los c a ñ o n e s del
fuerte confiado a s u custodia, m a n d ó cerrar la puerta, y,
c o n las llaves, disparó e1 mismo el último tiro al enemigo.
N o se le había ocultado a Van d e r Does la apurada
situación d e s u s contrarios, y, d e s e a n d o aprovechar e s t a s
ventajas, dispuso un ataque general y simultáneo s o b r e la
población. Al efecto, ordenó q u e un cuerpo d e mil hom-
bres, precedido de doscientos mosqueteros, subiendo de
nuevo al disputado cerro de Guanarteme, y dejándolo a la
izquierda, bajara a la llanura d e las Rehoyas, entrando e n
la ciudad por las alturas q u e la circundan al poniente, e n
tanto que él, con los cinco mil soldados, atrincherados e n
San Lázaro, penetraba también e n ella por las numerosas
brechas abiertas por la artillería e n las murallas.
Combinando d e este modo el plan, y comunicadas
las órdenes oportunas, s e formaron las tropas, y s e dio
principio al ataque, después d e un vivo cañoneo q u e los
canarios no pudieron contestar por falta d e proyectiles.
Sin embargo, todavía Pamochamoso no quiso retirar-
se, y, habiendo encargado a José Fernández la defensa d e
la muralla, subió él mismo con el sargento mayor Heredia
a la explanada d e San Francisco, y allí, parapetado e n las
trincheras, consiguió detener un largo rato la marcha d e
las tropas enemigas, hasta que Juan Negrete y Pedro Bayón,
cabos d e los artilleros, declararon que d e las cuatro piezas
"
7
d e campo colocadas e n batería s e habían inutilizado tres, E
no pudiendo por esta causa sostenerse por más tiempo el 5
fuego.
1
Reconocida la exactitud d e esta observación, el Ge-
m
O
neral confió las piezas al capitán d e artillería Pedro d e Zerpa, 4
con orden d e que las pusiese e n seguridad, y él, con las
*
z
tropas que aun tenía a su disposición, principió a retirarse
lentamente, bajando por la vertiente de la montaña, al mismo
tiempo que los cinco mil holandeses que mandaba el almi- -
m
O
rante, después d e poner fuego a la puerta d e Triana, entra- -
ban e n la ciudad por el espacio vacío que había entonces
entre la muralla y el fuerte d e Santa Ana, aprovechando e n
aquellos momentos la bajamar. n
Convencido Pamochamoso de que toda resistencia era
inútil y temeraria, s e apresuró a recoger la guarnición del
Cubelo y d e Santa Ana, con su heroico alcaide Alonso d e
Venegas, y, practicando para ello una brecha en la muralla
de la fortaleza, ordenó la retirada, saliendo todos de la ciudad
y dirigiéndose a la vega d e Santa Brígida, donde ya s e ha-
bía refugiado la población y autoridades, llevándose consi-
go al general Alvarado.
La Audiencia se situó en unas casas que Guillén d e
Ayala, Regidor d e la isla, poseía en el pueblo d e la misma
Vega, y Pamochamoso, en las del alcalde Andrés de la Nuez,
y acordaron convocar a aquel sitio todos los isleños e n
estado d e llevar las armas, oponer al enemigo la m á s te-
naz resistencia, y n o comunicarse con él pena d e la vida.
Al efecto ordenaron cortar las aguas, interceptar los
víveres, y poner avanzadas e n todas las alturas q u e domi-
nan la ciudad, para tener inmediatamente noticias exactas
d e s u s movimientos.
Las compañías de Gáldar y Guía se situaron con e s t e
objeto e n unas c a s a s d e Gaspar Ardil, y el General y sar-
gento mayor hicieron el día 30 varios reconocimientos,
aproximándose a la población, sin q u e observasen ningu-
n a intención hostil e n los holandeses.
El jueves primero d e julio llegaron a la Vega el capi-
tán J u a n Martel Peraza d e Ayala, y el alférez Agustín d e
Reguera, que, c o n un refuerzo de tropas, acababan d e des-
embarcar d e s d e la isla d e Tenerife, y Pamochamoso les
señaló el sitio d o n d e debían acampar.
Mientras se ponían e n ejecución e s t a s disposiciones,
Van der Does, q u e había t o m a d o posesión d e la ciudad y
creía ya segura la rendición de la isla, hizo venir d o s pri-
sioneros d e la guarnición del fuerte d e La Luz, y c o n ellos
envió a los canarios las siguientes proposiciones d e capi-
tulación (2):
IILOque pide el señor General d e parte d e los se-
ñores Estados Confederados d e la baja Alemana.
((Primeramente,que los vecinos é moradores d e
la isla e ciudad d e Canaria, ansi eclesiásticos como
otros cualesquier vecinos, exhibirán luego por resca-
t o d e sus personas. bienes e haciendas, el valor d e
400.000 ducados d e á once reales cada uno, es á sa-
ber, moneda d e oro y en reales d e á ocho.
«Asimismoquedarán obligados d e pagar en cada
un año 10.000 ducados, en mientres los dichos seño-
res estados posearen las otras seis islas d e Canaria, Ó
cualquier dellas: y habiendo los dichos vecinos todo
esto cumplido. se obliga el Señor general d e esta ar-
mada, que los dichos vecinos quedarán libres d e los
dichos Señores Estados Confederados, y vivirán libres
en su isla y sus puertos con sus personas é bienes.
((Y
ademas desto, que todos, flamencos, ingleses,
presos, ansí por parte de la Inquisicion, como por otros
cualesquieres cargos, sean sueltos y libres.))
Examinadas e s t a s proposiciones por el General, la
Audiencia y el Ayuntamiento, acordaron unánimemente n o
admitirlas, enviando, sin embargo, una atenta contestación
c o n d o n Bartolomé Cairasco d e Figueroa y Antonio Loren-
zo, canarios de ilustre y merecida reputación e n las letras
y e n las armas.
Cairasco, al llegar a la ciudad, encontró a Van d e r
Does alojado e n s u propia casa, situada d o n d e luego se
levantó el convento d e Santa Clara (3),
y habiéndose im-
puesto verbalmente de la certeza y autenticidad d e las pro- "
,
posiciones hechas, las rechazó e n nombre de todos los D
N
E
isleños, asegurándole al Almirante q u e todos perderían con -
gusto la vida a n t e s q u e rendirse a las a r m a s holandesas. 3
A pesar d e esta enérgica negativa, Van d e r Does n o 1
m
se manifestó ofendido, y, con la m á s atenta urbanidad, acom- O
4
pañó a los comisionados hasta la calle, dejándolos mar- *
char libremente. Pero enseguida dispuso q u e s u s tropas n
emprendiesen una excursión e n el interior d e la isla, c o n
ánimo de conducirlas hasta el mismo sitio d o n d e se halla- -
-
ban a c a m p a d o s los canarios, batirlos, arrollarlos, y asegu- m
O
rar la sumisión del país. Con e s t e objeto ordenó q u e un
cuerpo d e tres mil hombres, al m a n d o de s u segundo, el
comandante Darcal, saliese el sábado 3 de julio de la ciu-
dad, y, subiendo las alturas de Tafira, penetrara por el Monte n
-
Lentiscal e n el lugar d e la Vega.
o"
O
Tales disposiciones n o se habían ocultado a los cana-
rios, y, e n s u consecuencia, el General con el sargento mayor
y otros capitanes, seguidos d e doscientos infantes y de al-
gunos caballos, se habían situado c o m o avanzada e n u n a s
c a s a s de Miguel Geronimo, q u e estaban a la entrada del
monte, distribuyendo centinelas y espías a lo largo del ca-
mino, q u e se extiende hasta la población.
En la m a ñ a n a del sábado, el oidor Gerónimo d e la
Milla, y el alférez Miguel de Mujica, q u e habían bajado a
caballo hasta las primeras avanzadas, descubrieron las tropas
enemigas, q u e con catorce banderas salían de la ciudad
por el valle de San Roque, e inmediatamente volvieron a
dar aviso al General, haciendo replegar los soldados q u e
estaban de centinela, y continuando ellos s u marcha hasta
la Vega, d o n d e pusieron e n movimiento todas las milicias
del país.
Sencillo e r a el plan d e defensa q u e s e había adopta-
d o por los isleños. En efecto: dejar internarse al enemigo,
atraerlo insensiblemente a lo m á s e s p e s o y difícil del mon-
te, y, aprovechándose d e la aspereza d e las localidades,
atacarlo de improviso, era lo m á s acertado y prudente, y lo
q u e , comparadas la fuerza numérica y estrategia de a m b o s
ejércitos, podía d a r algún resultado favorable a los cana-
rios.
Así lo comprendieron éstos, y Pamochamoso, encar-
gado de ejecutar el plan indicado, se apresuró a distribuir
e n pelotones las compañías d e Gáldar y Guía, y, escalo-
nándolas a la entrada del monte, fue atrayendo a aquellos
sitios a los holandeses que, confiados e n s u número y or-
gullosos c o n s u reciente victoria, marchaban sin recelo y
c o m o si se tratara sólo de un paseo militar.
De e s t e m o d o llegaron hasta el sitio d o n d e el camino
se divide e n dos, u n o q u e sigue para la Atalaya, y otro q u e
conduce directamente a la Vega, y estando a tiro de arca-
buz de los nuestros, hizo alto una avanzada d e doscientos
mosqueteros q u e precedía al cuerpo principal, y pidió re-
fuerzos a n t e s d e continuar s u marcha. Luego q u e se los
enviaron, el comandante d e la columna, q u e se distinguía
por una banda roja q u e le cruzaba el pecho, t o m ó el cami-
n o d e la izquierda y se internó e n el monte, dejando el
camino real q u e los isleños ocupaban, y llegando por u n a
senda oculta a las casas de Miguel Gerónimo, q u e los nuestros
abandonaron, retirándose e n buen orden a sitio m á s segu-
ro.
Entonces, engañados los holandeses por el movimiento
retrógrado d e los canarios, y suponiéndolos incapaces de
oponerles un seria resistencia, continuaron e n s u alcance,
persiguiéndolos sin orden ni concierto, y deteniéndose c o n
frecuencia a beber e n las charcas cenagosas q u e encontra-
ban al paso, p u e s el calor y la s e d los sofocaban.
A este tiempo, los capitanes Miguel de Mujica y Pedro
d e Torres Santiago, ocultos entre unos matorrales, y acom-
pañados de unos cuarenta hombres, aconsejándose sólo
d e s u valor y d e s u patriotismo, y creyendo la ocasión pro-
picia, se lanzan de improviso sobre el enemigo, y le atacan
entre aquellas espesas matas y ocultos desfiladeros, pro-
duciendo con s u brusca aparición un terror pánico e n los
holandeses. Entonces, Pamochamoso por un lado y Heredia
por otro llegan con tropas d e refresco, y, secundando el
arrojo d e Torres y Mujica, lanzan piedras, troncos de árbo-
les y descargas de mosquetería, q u e introducen el desaliento
y el terror e n las filas enemigas. Ochenta holandeses caen
muertos al primer encuentro, otros, al querer huir, pierden
la vida despeñados de las alturas del Dragonal, y algunos, m
rendidos por el calor sofocante del día, caen desfallecidos
D
E
e n el camino sin fuerzas para continuar la retirada. -
5
En vano el jefe d e la banda roja, corriendo de fila e n
fila, procura con s u s exhortaciones y amenazas detener a -
0
m
los fugitivos: todos s u s esfuerzos s o n inútiles, y las tropas, O
e n completo desorden, huyen a la ciudad, seguidas de cer-
3
ca por los islenos, q u e hieren mortalmente con s u s tiros al n
valiente comandante y a otro oficial de cuenta, contribu-
yendo esta desgracia a hacer m á s completa y decisiva la -
victoria de los nuestros. m
O
El terror de los holandeses, q u e huyendo de este modo
entraban e n la ciudad, se comunicó a los q u e habían que-
-
d a d o e n ella, de m o d o que, oficiales y soldados, y hasta el
mismo Van der Does, abandonando todo el botín q u e te-
n
O
nían preparado, y dejando las mesas dispuestas para al-
O
morzar, salieron precipitadamente el domingo 4 de julio
por la puerta d e Triana y se dirigieron sin deternerse al
puerto, embarcándose a aquella hora e n s u s lanchas, y
buscando seguro abrigo e n la escuadra.
Siguiéronles los nuestros de cerca, picándoles siem-
pre la retaguardia, si bien una parte d e las tropas se aplicó
a apagar el incendio de los conventos d e Santo Domingo,
San Francisco y monjas bernardas con algunas casas parti-
culares, q u e habían intentado quemar los holandeses.
Pamochamoso bajó a la ciudad por la montaña d e San
Francisco, y e n tanto q u e el capitán J u a n Martel Peraza se
apoderaba por orden suya del fuerte d e San Ana, y las com-
pañías de Guía y Agüimes entraban e n el Cubelo o castillo
de Mata, él, con el resto d e s u s tropas, seguía por el cerro
d e Guanarteme a la vista del enemigo, hasta q u e las lan-
c h a s se alejaron d e la playa, llevándose el último holan-
dés.
Mantúvose la escuadra tres días enfrente d e la ciu-
dad, cruzando e n distintas direcciones la bahía, hasta q u e
el jueves 8 d e julio se hizo a la vela, y, siguiendo rumbo al
sur, se alejó definitivamente d e la isla.
Esta invasión costó a los holandeses la pérdida de
dos navíos, algunos centenares d e soldados, y cuatro ofi-
ciales superiores, entre ellos el jefe d e la expedición d e la
Vega: por nuestra parte sólo murieron el Gobernador Alvarado,
los capitanes Ciprián d e Torres, J u a n Ruiz d e Alarcón, Cle-
mente Jordán y Andrés d e Bethencourt, y treinta y d o s sol-
dados.
Los trofeos del enemigo fueron algunas piezas d e ar-
tillería, las c a m p a n a s de la Catedral, ciento cincuenta pi-
pas de vino, y veinte cajas d e azúcar, q u e e m b a r c ó e n los
días q u e fue d u e ñ o d e la ciudad.
Por s u parte, los canarios se apoderaron d e los mos-
quetes, cotas y armaduras d e los ochenta muertos e n el
Dragonal, con otras a r m a s d e valor abandonadas e n s u pre-
cipitada fuga.
La isla entera solemnizó con gran pompa las exequias
del malogrado General Alonso de Alvarado, a quien se dio
sepultura bajo las bóvedas d e la Catedral: Pamochamoso
fue recompensado por el Rey con el título d e Gobernador
de Canaria, cargo q u e ejerció con general aplauso hasta
1601; y el Ayuntamiento d e Las Palmas recibió, e n repre-
sentación d e todos los isleños, los elogios q u e por s u nombre
y heroica defensa merecía e n aquella memorable jornada
(4).
Notas
( 1 ) Así consta de un certificado dado e n 1638 por don Luis
Fernández d e Córdova, Capitán general d e las Canarias. Viera, t.
3. p. 177.
(2)Copiamos textualmente las palabras d e la capitulación
tal como las encontramos en los documentos de donde extractamos
estas noticias.
(3)Hoy alameda.
(4)Hemos recogio estas noticias d e un diario del escribano
d e Guía Juan d e Quintana, que presenció la invasión, y d e una
información hecha por orden d e Pamochamoso e n 1 6 01. Véanse
también Castillo, p. 248.- Zuaznavar, p. 54.- Viera, t. 3. p. 1 79.
XV.
Estado de las islas al concluir el siglo XVI.
Apartadas las islas Canarias del continente europeo
por doscientas treinta leguas de mar, y siendo, en la época
que examinamos, escasas las comunicaciones entre am-
bos países, el movimiento civilizador, que principiaba en-
tonces a remover las sociedades, llegaba roto y debilitado
a estas regiones, consiguiendo apenas agitar su superfi-
cie.
En efecto, pocos eran los que podían aspirar a una
instrucción, imposible entonces en el país; necesitábase
para ello voluntad, aptitud y recursos pecuniarios, condi-
ciones todas difícilesde encontrar juntas en cualquier tiempo.
Era el siglo XVI el siglo de las maravillas españolas;
las artes y las letras, la política y las armas, habían eleva-
do a la nación ibérica a un grado tal de prosperidad y en-
grandecimiento, que la Europa atónita la contemplaba muda
de admiración.
Por doquiera que la vista se tendiese, se hallaba on-
deando el pabellón de España. Sus triunfantes colores, después
de conquistar u n mundo y rodear por la primera vez el glo-
bo, se veían iluminados por la luz del sol, que nunca para
ellos encontraba ocaso.
Teníamos monarcas como Carlos V y Felipe 11; capita-
nes como Gonzalo de Córdoba, el Duque de Alba, Cortés,
Balboa y Pizarro; navegantes como Pinzón y Elcano; poe-
tas como Garcilaso y Ercilla; dramáticos como Calderón y
Vega, novelistas como Cervantes, músicos como Salinas,
arquitectos como Berruguete, pintores como Murillo; cu-
brían nuestros tercios la tierra, nuestras escuadras el mar;
brotaban de Salamanca torrentes de luz, y los extranjeros
la apellidaban la Atenas del continente.
Pero todo este poder, esta grandeza, esta abundante
savia que alimentaba el cuerpo social, ¿se comunicaba de
algún modo a las Canarias? Fácil será la respuesta.
Hallábase el archipiélago poblado desde su conquis-
ta de familias más o menos laboriosas, que, viniendo de
España y del extranjero a establecerse en él, sólo anhela-
ban encontrar una existencia cómoda, tranquila y sosega-
da. Observando los recursos que el país ofrecía, desde luego
comprendieron que su riqueza futura estaba cifrada en los
adelantos de la agricultura y del comercio, para lo cual era
indispensable desmontar el terreno, canalizar las aguas, y
crearse productos agrícolas de exportación, que atrajeran
el comercio extranjero. Estas necesidades materiales, difí-
ciles de satisfacer en un país inculto y casi despoblado,
debieron ocupar exclusivamente la atención de los primiti-
vos pobladores, que relegaron al olvido las artes de la ima-
ginación, como alimento innecesario en aquel primer pe-
ríodo de su existencia social.
Lleváronse de la madre patria abundantes semillasde todas
aquellas plantas que no se encontraban en el archipiélago, y
que podían ser útiles a sus moradores; introdujéronse anima-
les domésticos de todas clases, que en sus bosques y dehesas
se multiplicaran; y considerando que, bajo su privilegiado cli-
ma, crecerían lozanas aquellas plantas de especial cultivo, tan
apreciadas de Europa, como los vinos y el azúcar, los propieta-
rios, entonces labradores todos, se aplicaron con empeño a
reproducir en sus terrenos la caña y la vid, consiguiendo en
poco tiempo que la Italia, cuyas repúblicas monopolizaban con
sus naves el comercio universal, acudiera solícita a sus puer-
tos, dejando, en cambio de los vinos y el azúcar, los cereales y
las manufacturas de Europa (1).
La seda, producto también d e gran valor por el lujo
introducido en las Cortes d e Francia, Italia y Alemania, se
había asimismo aclimatado en las Canarias, como prueba
el contrato celebrado por el Cabildo con Juan d e Mendiola,
tejedor, para q u e fijase s u casa y telares e n Las Palmas,
cediéndole por seis años el diezmo d e la seda, y compro-
metiéndole a surtir al país d e terciopelos, rasos y tafeta-
nes (2).
Los artículos d e primera necesjdad vendianse a pre-
cios módicos, y, del mismo modo, las telas y artefactos d e
uso diario para el pueblo (3).El trigo, que con frecuencia
escaseaba, aunque constituía uno d e los cambios mas im-
portantes para los q u e exportaban el azúcar y el vino, bas-
taba al consumo d e la población, y s e prohibía su extrac-
ción bajo las más severas penas. Su precio medio podría-
mos fijarlo, según los datos m á s exactos, a doscientos
maravedies por fanega.
Escaso era el numerario q u e circulaba entonces en el
archipiélago, y creemos q u e sólo por esta razón había ad-
quirido un precio comparativamente mayor q u e el d e igual
clase e n la Península. Un maravedí d e España equivalía a
diez y medio maravedíes d e islas, lo q u e prueba tal vez
q u e se había dado el nombre y el valor d e maravedí a las
fracciones d e cobre en q u e éste s e subdividía, y q u e s e
acuñaban en las islas d e señorío con el nombre d e dineri-
llos. Las monedas q u e entonces eran más usuales e n los
contratos, y por las que s e podría aproximadamente dedu-
cir el valor del numerario e n aquella época, eran la dobla
d e oro, el real, el cuarto, el maravedí y el dinerillo. Diez
dinerillos valían un maravedí, seis maravedís un cuarto,
ocho cuartos un real, y diez y medio reales una dobla, su-
puesto q u e é s t a equivalía a quinientos maravedíes.
Introdujéronse en el mismo siglo unas monedas d e cobre
acuñadas en la isla d e Santo Domingo, a las q u e s e dio un
valor q u e no tenían en el comercio: y del mismo modo cir-
cularon, durante la dominación española en Portugal, unos
ochavos q u e llamaron teresicos, llevados d e este reino, y
d e los cuales componían tres un cuarto. Añádase a esta
moneda, despreciable toda por s u escaso valor intrínseco,
la d e los reales d e vellón acuñados por los Reyes Católi-
cos, recibidos en las Canarias por u n precio que habían
perdido ya en España. Estos reales fueron los que luego se
llamaron bambas, cuya falsificación produjo en el siglo
XVllI tantos conflictos con las autoridades. Sin embargo,
era tan escasa en islas la circulación del numerario, que el
gobierno concedió licencia en 1579 para que el Ayunta-
miento de Las Palmas pudiese acuñar moneda de vellón
de cobre, a imitación de la que se labraba con igual permi-
so en las islas señoriales (4).
Esta escasez de dinero dio origen a otro mal de ma-
yor trascendencia para los progresos del comercio y de la
agricultura. Los dueños de los terrenos, deseando adquirir
dinero en cambio de sus propiedades, introdujeron en las
islas los censos, conocidos en Aragón con el nombre de al
quitar, que gravaron en poco tiempo toda la parte cultiva-
ble y productiva del archipiélago.
A pesar de las prohibiciones legales, véase de que
modo se verificaba este convenio.
((Elque iba á dar dinero á censo (5)aparentaba primero
en una escritura la compra de la finca que habia de servir de
hipoteca, suponiendo precio de la compra una suma corta, y
despues en otro instrumento distinto, daba la misma finca á
censo reservativo al propio vendedor, estableciendo el cá-
non ó réditos correspondientes, no al precio que sonaba en
la venta de la primera escritura, sino al precio efectivo y ver-
dadero que se la daba en la segunda: de manera, que com-
prada tal vez por ciento una finca que valia mil, se daba despues
á censo por su verdadero valor de mil, no por los ciento que
habian desembolsado; y se pactaban los réditos no de estos
ciento, sino de aquellos mil; y por consiguiente se fundaban
los censos consignativos al quitar á mucho menos de cator-
ce mil el millar, contra el espíritu de la ley.))(6).
A estos inconvenientes que impedían el desarrollo de
la agricultura, pudiéramos añadir la defectuosa distribu-
ción de las tierras y de las aguas, el número prodigioso de
dehesas y montes de dominio público, la amortización en
provecho de los conventos y corporaciones religiosas, y el
amayorazgamiento de los principales y más pingües terre-
nos, arrancados de este modo a la actividad personal, y al
movimiento progresivo de un pueblo que necesitaba el
poderoso estímulo de la propiedad para robustecerse y
aumentar sus medios de riqueza y bienestar.
La industria, pues, principió visiblemente a decaer,
la agricultura quedó estacionaria, y aquéllos que, vincu-
lando su bienes, creyeron perpetuar su nombre y su in-
fluencia en el país, sólo consiguieron, al satisfacer tan ridi-
culo orgullo, cegar con su punible indolencia las únicas
fuentes de prosperidad que hubieran levantado las islas a
la altura que, por su clima y elemenntos naturales, esta-
ban llamadas desde su conquista.
Si los intereses materiales se encontraban en tal abandono,
no será extraño que los que se refieren al cultivo de la inte-
ligencia fueran casi desconocidos en el archipiélago.
"
7
Y
a hemos dicho que la fundación de los conventos
contribuyó en cierto modo a la conservación y propaga-
ción de la enseiianza, abriendo en sus aulas algunas cáte-
dras de filosofía escolástica, de lugares teológicos y de elo-
cuencia sagrada, que, si bien inficionadas del mal gusto
del siglo, sostuvieron la afición a las letras, y difundieron
algunas nociones útiles entre esa clase pobre y abandona-
da, que tenía siempre abierta a s u s modestas aspiraciones
la carrera monacal.
Al clero, pues, se le debe en aquella época el renaci-
miento de las ciencias, el estudio de los clásicos, y el de- -
sarrollo de las bellas artes, que encontraban en los monu-
mentos religiosos alimento suficiente a su diaria actividad. O
O
De 1500 a 1570 se levantaron los cimientos de la
elegante Catedral de Las Palmas, y es indudable que esta
obra introdujo en la antigua capital de las Canarias, el buen
gusto arquitectónico, que tantas maravillas había creado
sobre el suelo de la madre patria.
La escultura, la música y la pintura, encontraron del
mismo modo bajo la protección del Cabildo el estímulo
necesario para darse a conocer. Sus ensayos, tímidos y
vacilantes al principio, fueron paulatinamente adquiriendo
el conveniente desarrollo, llegando, bajo el influjo que siempre
ejercen los climas meridionales sobre las artes de imagi-
nación, y cuando el aumento d e población y d e riqueza
multiplicó las necesidades sociales, a proporcionarse un
campo más vasto e n que tender su vuelo y cumplir su civi-
lizadora misión.
Sin embargo, la palanca más poderosa del progreso,
la imprenta, permaneció desconocida e n las Canarias todo
el siglo XVI. Las empresas d e esta clase no encontraban
sin duda e n un país tan pobre las ventajas pecuniarias con
q u e les brindaban las ciudades principales d e España. Por
eso vemos q u e los libros llegaban d e las penínsulas ibéri-
ca e italiana, y, principalmente, d e los Países Bajos, en el
corto número que entonces era suficiente a satisfacer las
necesidades intelectuales d e la escasa población ilustrada
d e las islas, siendo, por consiguiente, nulo todo movimiento
literario.
La instrucción primaria, base fundamental d e la civi-
lización, hallábase entonces confiada a los curas d e cada
parroquia. En las constituciones sinodales del Obispo Mu-
ros, publicadas e n 1497, encontramos la siguiente pres-
cripción, q u e prueba el sistema d e enseñanza adoptado
e n aquella época.
«Itemordenamos, que el cura ó su lugar teniente
tenga en su iglesia consigo otro clérigo Ó sacristan
docto, para que ensenen á los hijos d e los parroquia-
nos leer, escribir, é contar, é les ensenen buenas cos-
tumbres, y aparten d e los vicios, y les instruyan en
toda castidad é virtud, é les ensenen los mandamien-
tos y todas las cosas que se contienen en la dicha ta-
bla ( 7 ) y en la cartilla, y se sepan signar é santiguar
con el signo d e la cruz, é les exhorten obediencia é
acatamiento á sus padres. é que los clérigos amones-
ten á sus parroquianos que envien sus hijos á la Igle-
sia para que sean industriados en todo lo susodicho,
lo cual fagan dentro d e tres meses despues que fuere
publicado, d e lo cual mandamos: y asimismo encarga-
mos las conciencias á los curas ó s u s lugar tenientes
que procuren con toda diligencia tener buenos y doc-
tos sacristanes, que sirvan las dichas iglesias é ins-
truyan á los niños como dicho es, certificándoles que
las culpas é negligencias d e los sacristanes requerire-
mos dellos: é asimesmo estatuimos donde el pueblo
no paga el sacristan. que no se entrometa en cojello;
é donde ellos lo pagan, lo cojan con consentimiento
del cura.lJ
Es, pues, indudable q u e la instrucción d e la niñez s e
hallaba confiada al clero, y continuó así durante los d o s
siglos siguientes, supuesto q u e no hallamos derogada esta
obligación por las constituciones del ilustrísimo Murga,
publicadas e n 1628. La constitución 13, q u e trata d e los
sacristanes, previene: ((quesean eclesiásticos, siempre que
s e a posible, d e honestas costumbres, mayores d e quince
años, capaces d e enseñar el catecismo y de tener es-
cuela.~)
Esta enseñanza tenía lugar muchas veces e n el lo-
cal d e la misma iglesia.
N o s e limitó la solicitud del clero, e n aquella época, a
la instrucción elemental q u e s e d a b a e n las parroquias,
sino que, deseando proporcionar mayor ensanche a los
conocimientos d e los isleños, y comprendiendo la dificul-
tad d e poderse trasladar éstos a Alcalá o a Salamanca para
obtener tan ventajoso resultado, fundó una cátedra d e lati-
nidad q u e popularizara el idioma d e Cicerón y d e Virgilio,
lengua entonces universal, y sin cuyo conocimiento ningu-
no podía penetrar e n el santuario d e las ciencias.
Consta, por los libros d e acuerdo q u e existían e n el
archivo municipal d e Las Palmas, q u e e n primero d e febre-
ro d e 1515 s e señaló del fondo d e propios d e la isla una
cantidad al preceptor d e gramática, que, con las ya fijadas
por el Obispo y el Cabildo eclesiástico, se consideraron
por entonces suficientes a s u decente manutención (8).
Resulta también d e los libros capitulares del Cabildo
q u e e n 2 0 d e septiembre d e 1519 había esta corporación
nombrado para el cargo d e bachiller de gramática a Gutierre
d e Penalosa, con 6.000 maravedies e n hacimientos; q u e a
éste sucedió, e n 152 1, el bachiller Rodríguez d e Liria, y
luego el bachiller Francisco d e Aguiar con el sueldo d e vein-
ticuatro doblas anuales. Pero habiendo tomado posesión
este último, e n 5 d e octubre d e 1527, d e una ración e n la
Catedral d e Las Palmas, le concedió el Cabildo la gracia d e
q u e pudiese continuar regentando su cátedra, durante las
horas prima, sexta y nona, dispensándole d e la asistencia
al coro, y ganando estas horas como si estuviese presente.
Por su fallecimiento, y a solicitud del mismo Cabildo,
mandó Felipe 11 en 1554 q u e el licenciado Ávalos, q u e ha-
bía sucedido e n esta ración, y todos los que luego la obtu-
viesen, fuesen obligados a leer gramática latina, proponiendo
aquella corporación al Rey, en las vacantes q u e se presen-
taran, personas q u e por s u s conocimientos especiales fue-
sen dignas d e cumplir este encargo.
No s e limitó a esto la solicitud del Cabildo en benefi-
cio d e la ilustración del país, pues consta asimismo d e s u s
acuerdos, que, en 1 3 d e agosto d e 1520, mandó crear una
biblioteca, indicando el sitio q u e debiera ocupar; y e n 6 d e
julio d e 1526, fundado ya tan útil establecimiento, acordó
se aumentase con los fondos propios del Cabildo, y con
los donativos que algunos d e s u s individuos s e habían apre-
surado a señalar, comprendiendo sin duda, desde aquella
época, lo necesario y útil d e tan loable pensamiento.
A fines d e este mismo siglo XVI, un canario ilustre,
dotado d e una imaginación fogosa y varonil, d e un enten-
dimiento claro y despejado, y d e un genio esencialmente
poético, después d e haber viajado por la culta Italia y d e
haber bebido, por decirlo así, en el raudal d e armonía q u e
brotaba d e los divinos labios del Ariosto y del Tasso, tornó
a s u patria afortunada, y ocupó en ella una silla del Cabil-
d o eclesiástico, q u e desde los trece anos había obtenido
por gracia especial del Rey.
Sola y aprisionada por las olas del Atlántico, la fanta-
sía viva y apasionada del joven canario buscó e n los traba-
jos literarios, desconocidos entonces e n s u país, una ocu-
pación a s u espíritu, y una distracción a su alma, adivinan-
d o su corazón d e poeta, e n la soledad d e aquel destierro,
el lenguaje armonioso d e Ciarcilaso y Lope d e Vega.
Varias son las obras q u e debemos a la pluma incan-
sable d e este ilustre vate, cuya fama, atravesando el Atlán-
tico, no fue desconocida a Vega ni a Cervantes (9),aunque
sin poder asegurar q u e circularan también e n el país don-
d e se habían creado.
Había nacido e n la ciudad d e Las Palmas, y a media-
dos del siglo XVI, don Bartolomé Cairasco d e Figueroa, que
e s el poeta a quien nos referimos, y no hay duda q u e su
persona ejerció una grande influencia e n los destinos d e
su patria durante los cincuenta y tres anos q u e ocupó en el
Cabildo eclesiástico el distinguido empleo de canónigo, y
luego el d e prior, dignidad d e la misma santa iglesia.
Bajo la frondosa selva d e Doramas, que entonces se
hallaba e n toda la fuerza y hermosura d e su lozana vegeta-
ción, escribió Cairasco s u s mejores versos; allí cantó las
glorias inmortales d e todos los mártires que cuenta e n su
seno el cristianismo; allí tradujo, e n armoniosas octavas,
la Jerusalén del Tasso; allí, en fin, escribió la vida d e Je-
sucristo, La Esdrujúlea y varias comedias, q u e por des-
gracia se han perdido, o yacen envueltas e n el polvo d e
viejas y olvidadas bibliotecas.
Conocedor también del contrapunto, y diestro e n el
arpa, Cairasco era músico y compositor, oyéndose con fre-
cuencia su voz dulce y armoniosa bajo las bóvedas d e la
Catedral.
Todas las comisiones que requerían conocimientos
especiales le eran por el Cabildo encargadas, desempeñándolas
siempre a satisfacción d e sus amigos y compañeros.
En 1576 era secretario capitular; e n 1583, maestro
d e sagradas ceremonias, coadjutor y obrero mayor de Ca-
bildo.
En las célebres fiestas que dispuso la ciudad para festejar
la llegada a sus playas del Obispo don Fernando d e Rueda,
s e ordenó a Cairasco la composición d e una comedia que
debía representarse en la plaza principal.
Concluida la composición y ensayada, se ejecutó ante
el Obispo Rueda en mayo d e 1582, conservándonos d e ella
un fragmento el diligente historiador fray Juan d e Abreu
Cialindo ( 10).
Estos espectáculos escénicos, cuyo renacimiento prin-
cipiaba entonces en España, y q u e el genio d e Lope d e
Vega había d e elevar más tarde a su más alto grado d e
perfección, encontraban también en las Canarias entusias-
t a s admiradores q u e premiaban los desvelos del poeta. En
la festividad del Corpus, entre otros festejos públicos, se
permitía la representación e n el atrio d e la Catedral de autos
sacramentales o comedias d e argumento sacro, debidas
e n s u mayor parte a la m u s a de Cairasco, o publicadas c o n
la cooperación y censura d e e s t e ilustre canario.
Consta, d e un acuerdo del Cabildo d e 19 d e e n e r o de
1596, el permiso concedido a J u a n d e Centellas para q u e
pudiese ejecutar la comedia del Corpus con parecer del
canónigo Cairasco ( 1 l ) , lo cual prueba q u e el influjo d e
é s t e e r a grande y poderoso e n el país, personificando e n
cierto m o d o el e s c a s o movimiento literario q u e entonces
agitaba la parte ilustrada d e la población.
Extraño parecería, entretanto, q u e e n un país e s e n -
cialmente marítimo c o m o lo es el d e las Canarias, el arte
de la navegación n o hubiera adquirido, d e s d e luego, u n
grande y poderoso incremento, contribuyendo así a crear
esa clase útil y laboriosa, dedicada exclusivamente a fo-
mentar los importantes y variados ramos q u e lo constitu-
yen; pero, a u n q u e s e a n escasos los d a t o s q u e hayan podi-
do llegar hasta nosotros relativos a la navegación interinsular
del archipiélago, puede sin embargo asegurarse q u e é s t a
nació con la conquista, y recibió, de las multiplicadas e
indeclinables necesidades del comercio y de la industria,
el impulso q u e le era indispensable para cumplir con las
exigencias marítimas d e aquella época.
Sábese desde luego q u e los frondosos bosques d e la
Gran Canaria brindaban al constructor con s u s raros y precio-
sos árboles, y q u e éstos, conducidos a Las Palmas, servían
para la fábrica de pequeños buques, destinados al tráfico d e
una a otra isla, y tripulados todos por marineros del país.
Bastaba, para realizar c o n seguridad e s t o s cortos via-
jes, una observación exacta d e las corrientes y vientos ge-
nerales del archipiélago, y una inspección minuciosa y práctica
de s u s principales radas y fondeaderos, conocimientos q u e
reunían y se transmitían fielmente los marinos d e la Gran
Canaria, e n quienes, puede decirse, hallábanse deposita-
das las tradiciones marítimas d e la provincia.
Esta navegación, aunque circunscrita a tan limitado espacio,
dio origen luego a la industria pesquera, iniciada primero en
las costas isleñas, y luego en las del continente africano.
Indudable e s que esta pesca, explotada en el siglo
XV por los vizcaínos y portugueses, y abandonada después
por temor a los corsarios d e Fez y d e Marruecos, debió su
importancia a las atrevidas excursiones que los canarios
emprendieron armados sobre las vecinas costas del Sahara.
Como prueba d e su antigüedad podemos citar al his-
toriador Gonzalo Fernández d e Oviedo, quien, después d e
haber visitado la Gran Canaria a principios del siglo XVI,
escribía e n su Historia General de las Indias, al ocupar-
se d e las islas d e este archipiélago: .son fértiles, é abun- "
7
dan en bastimentos é de lo que conviene á los que
E
esta larga navegacion (la de América) hacen. Toman
allí los navíos refresco d e agua, d e leña, de pan fresco 3
é gallinas, é carnero é cabritos, é vacas en pié é carne -
salada, é quesos épescados salados de tollos, galludos
0
m
O
é pargos.)) 3
Sin embargo, debieron ser muy azarosas las prime-
ras expediciones en aquella época, si se atiende al estado
d e continua guerra e n que se hallaban las islas con los
reyezuelos del continente, y a lo pequeño y débil d e las
embarcaciones: por esto, parece lo más probable q u e n o
pasaran los marinos canarios del cabo Non, ni s e aventura-
ran a comunicarse con las hordas errantes y salvajes que
vivían, y aún viven, en aquellas desiertas playas.
Ahora bien: si tan desfavorable se presentaba e n ge- O
neral la situación d e la Gran Canaria e n aquel primer pe-
riodo d e su existencia política, ¿cuál no debiera ser enton-
ces la del resto del archipiélago?
Tenerife, que por su extensión, s u s recursos, y la ac-
tividad d e sus pobladores, s e ofrecía desde luego con ven-
tajosas condiciones d e progreso, arrastraba, sin embargo,
la misma existencia trabajosa y difícil d e la Gran Canaria;
comunes eran los males e n ambas islas, iguales las causas
d e su atraso, e idénticos los medios que para evitar estos
inconvenientes s e ofrecían a s u s municipios, aunque sin
voluntad d e querer ejercitarlos.
La Palma seguía la misma marcha d e Tenerife. Algu-
nas familias, q u e del extranjero habían llegado a estable-
cerse e n s u suelo, introdujeron el plantío e n grande escala
d e la c a ñ a d e azúcar y d e la morera, obteniendo d e e s t e
m o d o abundantes cosechas d e azúcar, y la cantidad de s e d a
suficiente para establecer fábricas d e tejidos, q u e llegaron
con el tiempo a adquirir justa fama e n toda la provincia.
En cuanto a las islas señoriales, s u situación era tan
precaria y miserable q u e a p e n a s d a b a n otro producto q u e
la orchilla y el musgo recogidos e n s u s montañas, y el que-
so y s e b o d e las numerosas cabras salvajes, q u e se habían
multiplicado e n s u s extensas dehesas.
La indolencia de carácter, q u e el clima principiaba a
modelar e n los hijos de los conquistadores, era ya un o b s -
táculo al desarrollo material e intelectual del archipiélago;
a ñ á d a s e a e s t o la falta d e estímulo, la dificultad y escasez
d e las comunicaciones, la imperiosa necesidad d e acudir a
los primeros trabajos d e u n p u e b l o q u e principiaba a
fomentarse, sin un impulso extraño q u e conmoviera a s u
aletargada sociedad y la comunicase la vida agitada y labo-
riosa del continente, y encontraremos las c a u s a s principa-
les del notable atraso q u e vamos señalando.
Así, pues, las islas Canarias, entregadas a s u s pro-
pias inspiraciones, aisladas entre sí y d e la madre patria,
sin participarse s u s mutuas necesidades, ni crear asocia-
ciones q u e aumentaran s u s débiles fuerzas y suplieran s u
falta d e recursos, avanzaban lentamente y a ciegas por la
espinosa s e n d a del progreso, oyendo a lo lejos y c o m o débil
e c o la voz d e la prensa, q u e , tímida al concluir el siglo XV,
se levantaba ya entonces poderosa e irresistible, sirviendo
de indestructible b a s e a la libertad del pensamiento.
La llegada d e un buque nacional o extranjero a cual-
quiera d e los puertos de las islas e r a un acontecimiento
q u e ponía e n movimiento la población.
En general, las noticias q u e n o se referían a los inte-
reses particulares de cada individuo eran recibidas siem-
pre con indiferencia; los esfuerzos de la España e n los Paí-
ses Bajos y e n Italia, la prisión d e Francisco 1, los progre-
s o s d e la Reforma, la destrucción d e la Armada Invencible,
la batalla d e Lepanto, y otros acontecimientos, destinados
a formar época en la historia del mundo, acaso pasaban
desapercibidos en el archipiélago, sin producir otra sensa-
ción q u e la d e un movimiento d e pasajera curiosidad.
En cambio, una declaración d e guerra, la muerte o
nacimiento d e un príncipe español, una fiesta religiosa, la
fundación d e un convento, la llegada d e un obispo, eran
sucesos q u e dejaban honda huella en la memoria del pue-
blo canario.
La sencillez, empero, d e estos primeros tiempos, e n
armonía con lo limitado d e s u s necesidades, caracteriza
perfectamente el espíritu d e esa nación q u e vino a poblar m
la isla, y que, destinada luego a la alta empresa d e descu- E
brir y colonizar un mundo, supo llevar a desconocidas re- -
giones la civilización d e la vieja Europa, y plantar sobre 3
aquellas lejanas playas la cruz del evangelio, emblema e n -
O
todas épocas d e paz, fraternidad y progreso.
m
O
:
:
Veremos luego como e n los siglos posteriores, ese
mismo espíritu, don d e la raza latina, q u e a los españoles
animaba al contacto d e las condiciones físicas del clima
isleño, supo desarrollar el gérmen q u e en s u s e n o s e es-
condía, y producir el carácter especial q u e hoy constituye,
por decirlo así, la fisonomía moral del archipiélago. Sólo
así podremos estudiar y apreciar debidamente los adelan-
tos d e e s a civilización, cuyas semillas s e depositaron en el
Real d e Las Palmas el día e n q u e vino a rendirse a las ar-
mas castellanas el último d e los canarios.
Notas
( 1 ) Por un acuerdo del Cabildo d e 1 5 1 7, se ordena que la
arroba d e azúcar se vendiese a razón d e una dobla, y e n el mismo
año recibió el Cabildo por su médico al bachiller Alvaro d e Mata
con el salario d e 30 arrobas d e azúcar. En 1529 s e habla d e un
pleito d e azúcares que seguía el Cabildo, y e n 1573 se vendió
esta misma arroba a 1.400 maravedies.- Nougues, Cartas sobre
las islas Canarias, p. 71 .
(2)Acuerdo del 18 d e junio d e 1563.
(3)Núñez d e la Peña nos conserva una curiosa lista que
reproducimos a continuación: ((Lalibra d e carnero y la d e ternera
ocho maravedís; la d e vaca, puerco, macho y castrado, siete rnrs.;
la d e oveja, cabra y puerco, seis mrs.; un cabritillo un real; un
azumbre d e leche diez rnrs.; el pescado fresco desde cuatro á
diez rnrs.; el cuartillo d e aceite veinte rnrs.; un par d e palomas
diezy seis rnrs.; un par de tórtolas seis rnrs.; una docena d e pájaros
seis rnrs.; una gallina diez cuartos; un capon dos reales; un pollo
medio real; un conejo doce mrs.; una fanega d e trigo d e tres á
ocho reales; un costal d e carbon treinta rnrs., etc.
El lienzo d e presilla á ocho mrs. la vara; la bretaña a real y
medio, el paño d e belarte á veinte y un reales; la frisa del pais á
dos reales; el paño d e id. seis reales; un par d e zapatos sesenta y
ocho rnrs., unos chapines d e muger setenta rnrs., etc.1)
(4)Zuaznavar, p. 52.
(5)Copiamos textualmente el siguiente párrafo d e Zuaznavar,
que dará una idea exacta del fraude legal que vamos explicando.
(6)Zuaznavar, p. 4 1
(7)Esta era una tablilla e n pergamino, que debía fijarse e n
cada iglesia conteniendo un resumen del catecismo.
(8)Zuaznavar, p. 28.
(9)Galatea, libro 6.
( 10)Abreu Galindo, p. 106.
( 1 1 ) Extracto d e actas.
Indice del tomo 1
Presentación de La Barra ................................................ 5
....................................................................
Introducción 7
Libro primero: L
a Gran-Canaria
1. Idea general del archipiélago .................................. 1 3
11. Lanzarote ................................................................. 15
111. Fuerteventura .......................................................... 1 8
IV. Tenerife .................................................................... 19
V. Palma. Gomera y Hierro ........................................
21
VI . Gran Canaria ............................................................ 23
..................
VI1. Situación. configuración de sus costas 25
VI11. Puertos. radas. fondeaderos ................................... 28
IX. Aspecto orográfico ..................................................30
.*
X. Vegetacion ................................................................ 38
Libro segundo: Edad antigua y media
1. Egipcios. fenicios. etruscos. marselleses .............. 43
...........................................
11. Hannon. Sertorio. Juba 46
111. Los árabes ................................................................ 50
IV. Expediciones de genoveses.Doria y Vivaldi.
Angiolino del Teggia ................................................ 55
V. E1 Príncipe de la Fortuna ........................................ 59
VI . J u a n d e Bethencourt ........................................
63
VI1. Conquista d e Fuerteventura. Gomera y Hierro ....66
VI11. Sucesores d e Bethencourt ....................................69
IX. Diego d e Herrera ................................................... 7 2
Libro tercero: Los indígenas
1. Conjeturas acerca del origen d e la raza canaria .7 7
11. Sistema social y político ....................................... 80
111. Sistema religioso ...................................................86
IV. Estrategia. a r m a s ofensivas y defensivas .............9 1
V. Artes e industrias ..................................................9 4
VI. Usos y costumbres ................................................ 98
VI1. Bailes. juegos. diversiones ................................... 1 0 2
VI11. Entierros. momias ................................................. 106
IX. Tradición histórica.. Andamana ............................ 1 1 2
X. Artemi Semidán ..................................................... 1 1 5
XI. Tenesor y Bentaguaire ........................................... 1 2 2
XII. Doramas ................................................................. 133
Libro cuarto: La Conquista
1. El Real d e Las Palmas......................................... :. 139
11. La batalla del Guiniguada ..................................... 1 4 5
................................................
111. Bermudez y Algaba 1 5 1
.................................
IV. Proceso y muerte d e Algaba 156
V. Pedro d e Vera ......................................................... 165
VI. Batalla de Arucas ................................................... 171
.........................................
VII. Prisión del Ciuanarteme 177
VIII. Bentejuí .................................................................. 185
IX. Rendición de la isla ........................................ 190
Libro quinto: L a s Palmas
1.
11.
111.
1v.
v.
VI.
VII.
Vlll
IX.
X.
XI.
XII.
Organización municipal ........................................ 197
Los indígenas después de la Conquista ............... 206
La Catedral 2 12 "
7
D
.............................................................
Sublevación de la Ciomera ....................................2 18
Primeros gobernadores ........................................ 224
Conquista de La Palma ................................... 229
Conquista de Tenerife ........................................ 235
......
Entradas en África.- Expediciones a América 243
Tribunales: su creación y establecimiento en
Las Palmas ............................................................. 247
Progresos de la colonia ........................................ 254
Fundaciones religiosas.- Imágenes aparecidas.
Parroquias .............................................................. 262
Don Luis de la Cueva ........................................ 272
..........................................
XIII. Drake en Gran Canaria 28 1
XIV. Invasión de Van der Does .....................................289
..........
XV. Estado de las islas al concluir el siglo XVI 301
GRANCANARIA

GRANCANARIA

  • 1.
    r d ir s t í n M i l l a r e s T o r r e s
  • 2.
    Agustín Millares Torres Historia dela Gran Canaria Tomo 1. Ediciones Real Club Victoria Las Palmas de Gran Canaria 1997
  • 3.
    Colección La Barra Dirección:José A. Alemán - Pedro Schlueter Diseño portada: María Rosa Ponce Impresión: Litografía González ISBN 84 - 923411 - O - 6 D. L. G. C. 1.533- 1997
  • 4.
    Presentación de L aBarra La Historia de la Gran Canaria es obra poco conocida, de difícil acceso para el público, pues no ha conocido nueva edición desde que apareciera al principio de la década de los 60 del siglo pasado. Su primer tomo lleva fecha de 1860 y de 1861 el segundo. Fue impreso en la Imprenta M. Collina. El volumen que hoy presentamos es el primero y ya está en preparación el segundo, que completa la obra, ambos edi- tados por el Real Club Victoria, bajo el patrocinio de Caja de Madrid. Con él se inicia una colección, que hemos bautizado como La Barra en referencia al arrecife que cierra la playa de Las Canteras y que los socios del Victoria contemplan desde cualquier ventana de nuestra sociedad. Tiene valor simbólico " 7 no sólo para nosotros sino para la ciudad y para la isla. E La Barra pretende recuperar textos de la historia de la 3 ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Unos son ediciones - O muy antiguas y agotadas, sólo disponibles en alguna bibliote- m O ca pública, no en todas, y en otros casos se trata de dar a 4 conocer textos absolutamente inéditos, manuscritos que es- * n peran desde hace demasiados anos una salida a la luz que no debe demorarse para darle ocasión a nuestra gente de cono- cer su pasado, el que va desde la gran historia más o menos : conocida a través de las aportaciones de la historiografia ca- naria hasta la crónica, la anécdota, las curiosidades, etcétera, que, con frecuencia, resultan reveladoras del entorno en que se movieron nuestros antepasados. n - Con la colección que ponemos a disposición de los amantes O O de nuestras cosas, el Victoria pretende ampliar el frente de su oferta de actividades culturales, reforzar su compromiso con la ciudad y la isla en la seguridad de que nuestros socios y simpatizantes y los grancanarios en general sabrán compren- der el sentido de esta iniciativa. Por Último, es justo destacar la sensibilidad mostrada por Caja de Madrid al posibilitar con su mecenazgo la puesta en marcha de La Barra. Juan Armas Martín Presidente del Real Club Victoria
  • 5.
    Notu u lapresente edición: Con respecto a la edición que de esta obra se hizo en 1860,hemos actualiza- do los nombres de la mayoría de las personas y localidades de acuerdo con la ortografía actual.
  • 6.
    Introducción Enfrente d elas inhospitalarias costas del África occi- dental, y muy cerca del punto mismo donde vienen a morir las últimas oleadas d e e s e Océano de arena que se llama el Sahara, se levantan, bañadas por el Atlántico, las volcá- nicas montañas que forman el grupo d e las Canarias. Colocadas estas islas en los mismos sitios donde se cruzan las sendas que conducen al Asia, recuerdo d e lo pasado, a la Europa, encarnación d e los presente, y a la América, símbolo del porvenir, las Canarias son el primer eslabón d e e s a cadena d e islas, que, cual un puente echa- " , d o d e un mundo a otro, sirven d e oasis al peregrino, d e W E descanso al viajero, d e refugio al navegante. - Cuéntanse siete como principales, cuyos nombres son - Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, Gomera, - O m Palma y Hierro, y seis islotes desiertos que se denominan Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Lobos, Roque del Este y Roque del Oeste. n N o vamos a escribir con la misma extensión la histo- ria d e estas siete islas: esta obra, como lo indica s u mismo título, sólo tiene por objeto dar a conocer la Gran Canaria. O Sin embargo, aunque sólo vamos a ocuparnos d e la a isla que, colocada con la d e Tenerife e n el centro, presta f s u nombre a las demás, tan enlazados s e hallan los suce- n sos históricos d e las unas y las otras, que puede con exac- 0 O titud asegurarse que la historia de la Gran Canaria será al mismo tiempo la general d e todo el archipiélago. Conocer, pues, esta isla, estudiarla e n s u conjunto y en sus detalles; presentar en pocas páginas un cuadro completo d e su historia política, civil y religiosa, d e s u s produccio- nes naturales, d e s u s diversos ramos d e comercio e indus- tria; ofrecer al público un resumen exacto y razonado de las varias obras que en el extranjero se han publicado so- bre su conformación geológica y el origen d e s u s antiguos volcanes; no olvidar las relaciones d e los ilustres viajeros que sucesivamente la han visitado; ocuparse d e s u impor- tancia, como posición marítima y comercial, el día e n que
  • 7.
    la luz de la civilización ilumine e s a s inmensas soledades africanas q u e s e extienden a s u vista, e s el plan q u e nos hemos propuesto e n esta obra. Muchos siglos han pasado sin que la culta Europa haya conocido de las Canarias otra cosa q u e s u s pájaros, s u s vinos y el poético renombre que les dio la antigüedad; pre- ciso ha sido q u e el siglo XIX, con s u actividad inteligente y s u s portentosos descubrimientos e n las ciencias y e n las artes, rompiendo al fin las barreras que han separado en- tre sí a los pueblos, y dando un nuevo impulso a la navega- ción y al comercio, haya venido a anudar los lazos que deben algún día enlazar fraternalmente a todas las nacio- nes. De este movimiento universal ha resultado una inves- tigación más exacta y profunda d e todos los países del glo- bo, sin que haya uno, por más insignificante q u e parezca, que pueda ocultarse hoy a las miradas d e la ciencia y a las atrevidas combinaciones d e la política. Vagas e inciertas son las noticias que los antiguos poetas, historiadores y geógrafos nos han conservado d e las Cana- rias. La subversión d e la Atlántida, isla d e hipotética exis- tencia, situada al parecer e n la misma latitud que hoy ocu- pa el archipiélago, y d e cuya catástrofe se habla extensa- mente e n el diálogo Critias de Platón, e s la primera noti- cia histórica que conocemos que tenga alguna relación con estas islas. Homero antes las había cantado e n s u s versos inmortales, colocando en ellas los Campos Elíseos. La historia cita asimismo, aunque confusamente, una expedición d e Sesostris a las Afortunadas; pero puede de- cirse con seguridad q u e sólo los fenicios, etruscos y cartagineses, e n s u s varias excursiones más allá del Estre-
  • 8.
    &o, llegaron alfin a conocerlas, debiéndose tal vez a ellos s u colonización. Después d e estos pueblos, vienen los romanos que, al extender s u dominio por todo el mundo entonces cono- cido, penetraron también con sus naves hasta las islas Canarias, siendo d e ello una prueba indubitable la supuesta expedi- ción d e Sertorio, d e que nos habla Plutarco, y la obra del Rey Juba, dedicada a Augusto, cuya pérdida deplora hoy tanto la moderna ciencia. En los siglos que siguieron a la destrucción del impe- rio romano, la historia guarda un profundo silencio sobre el archipiélago canario: e n estos siglos d e barbarie y de- molición universal, los pueblos entregados a la lenta obra : d e s u reconstrucción social y política no podían dedicarse N E al comercio exterior, ni a la navegación, artes q u e requie- ren un grado de cultura más avanzado del q u e alcanzaban 3 entonces aquellas dislocadas sociedades. - O m O Preciso fue, pues, q u e los normandos, con s u s atrevi- 4 d a s piraterías, y los árabes, con s u s fanáticas conquistas, volvieran a encontrar el ya olvidado grupo d e las Canarias. n Después d e esta oscura época, las repúblicas italia- nas, que habían crecido y robustecídose con el movimien- to civilizador d e las Cruzadas, echaron los cimientos del comercio moderno, inundando con s u s naves el Mediterrá- neo. Multiplicáronse en estos siglos las expediciones leja- nas, y con el auxilio d e la brújula, q u e aparece entonces por primera vez e n los anales del progreso, los venecianos, genoveses, catalanes y mallorquines se lanzan impávidos a las desconocidas soledades del Océano. Principiaba apenas el siglo XV, cuando un barón nor- mando, animado del espíritu caballeresco d e s u época, se dirige con un puñado d e aventureros a las Canarias, y con- quista con el auxilio d e Enrique 111 d e Castilla, y declarán- dose s u feudatario, las islas d e Lanzarote, Fuerteventura, Hierro y Gomera. Sus sucesores enajenan luego estas cuatro islas, como pudiera venderse un mueble cualquiera, y las hacen pasar sucesivamente bajo el dominio señorial d e varios nobles
  • 9.
    portugueses y castellanos.Por último, la casa de los Herreras afirma e n ellas s u dominación, y c e d e a la corona de Castilla el derecho de conquista q u e conservaba respecto a las tres principales d e Gran Canaria, Tenerife y Palma. Entonces, Isabel, esa reina de imperecedero recuerdo para las glo- rias españolas, mientras asediando a Granada meditaba con religioso entusiasmo e n los asombrosos descubrimientos q u e le predecía el genio d e Colón, ordena el equipo de la escuadra q u e había de dotar a España d e un nuevo reino. Rejón, primero, y enseguida Vera, tremolan la e n s e ñ a d e Castilla s o b r e las playas de la Gran Canaria, y d e s p u é s d e una lucha sangrienta, q u e dura sin interrupción m á s d e seis años, consiguen al fin rendir la isla a las a r m a s espa- ñolas. La civilización europea asienta entonces s u planta e n el archipiélago afortunado, y, a u n q u e con lento paso, va penetrando paulatinamente del litoral al interior. Levántanse ciudades, villas y lugares, d e s m ó n t a s e el terreno, á b r e s e cauce a las aguas, deslíndanse las propiedades, trázanse caminos, acótanse bosques, y aparece el comercio y la in- dustria sirviendo d e apoyo a la agricultura isleña, verdade- ra e inagotable fuente d e s u futura riqueza. Así fueron las islas lentamente progresando, sin q u e los enemigos de la España, e n s u s diversos conatos de in- vasión, pudieran nunca afirmar e n ellas s u dominio. En tanto la España, ocupada e n la vasta administra- ción de s u s inmensas colonias, poco se cuidaba d e las Canarias, hasta que, e n e s t o s últimos años, adivinando tal vez s u futura importancia y las ventajas q u e pueden obtenerse d e s u privilegiado suelo y d e s u envidiable posición a las puertas mismas del África, ha vuelto al fin s u atención hacia ellas y medita e n s u favor grandes proyectos d e utilidad y progre- so.
  • 10.
    Después d elo que llevamos dicho, fácilmente s e com- prenderá el plan que nos hemos trazado e n esta obra. Va- mos a dar a conocer, como ya hemos indicado, una d e las islas principales del grupo: aquélla que supo conquistar por el denuedo d e s u s hijos el sobrenombre de Grande: la única que mereció el distinguido honor d e ser designada por la católica Isabel para que, por medio d e s u s armas y a costa d e su erario, fuera sometida a la corona d e Castilla: aquélla donde se fijó el asiento d e todas las autoridades superiores del que entonces se llamaba Reino afortuna- do, y la que, como prenda d e unión y fraternidad, dio s u mismo nombre a todo el archipiélago. D Aunque puede asegurarse que no s e ha publicado aún E una historia completa d e las Canarias, en la forma y bajo $ el plan que requieren los adelantos d e la época, también $ es cierto que los materiales s e encuentran e n abundancia, - e m sin que el historiador tenga otro trabajo que el acierto e n : : 4 la elección, y la dificultad d e reunir y compulsar tan diver- ; * s o s documentos, d e los cuales muchos permanecen toda- i vía inéditos. Tenemos, como coetáneos d e la conquista, a Bontier ! m y Leverrier, Sedeño y Muros: en el siglo XVI, a Alonso García, O Fiesco, Turian y el P. Espinosa: e n el XVII, a Viana, Cairasco, - Abreu Galindo, Núñez d e la Peña, Sosa y Anchieta; e n el XVIII, a Marín y Cubas, Castro, el P. Sánchez, Castillo, Anchieta d e Alarcón, Porlier, García del Castillo, Glass y Viera; en el % XIX, e n la parte geológica y descriptiva, a Humboldt, Bory " d e St. Vincent, Cordier, Ledru, Buch, Webb y Berthelot, Lied, Minutoli y otros célebres viajeros y geólogos: y e n lo perte- neciente a estadística, administración y sucesos contem- poráneos, a Zuaznabar, Escolar, Saviñón, Ossuna, Bremón, Montero y otros. Elegir, compulsar, reseñar, y ofrecer un resumen exacto y razonado de las noticias que en estos diversos volúme- nes, así como en los archivos y documentos q u e hemos podido consultar s e encuentren, referentes a la Gran Ca- naria, será el objeto principal d e nuestro trabajo, que sólo tendrá el mérito d e llevar el sello d e la verdad e n la narra-
  • 11.
    ción d elos hechos, d e la imparcialidad en la exposición d e s u crítica, y d e patriotismo en el sentimiento q u e nos ha inspirado s u plan y ejecución, convencidos d e q u e s u s defectos serán disimulados por todos lo que sepan com- prender y apreciar el noble pensamiento que nos ha soste- nido en la publicación d e una obra, útil al menos y necesa- ria a los intereses de nuestra cara patria.
  • 12.
    Libro Primero. L a GranCanaria. Idea general del archipiélago.. Lanzarote.. Fuerteventura.. Tenerife.. Palma, Gomera y Hierro.- La Gran Canaria: etimología - mapas antiguos y moder- nos -situación - descripción del litoral -puertos, radas, fondeaderos -opiniones geológicas - aspecto orográfico .vegetación, clima, aguas, temperatura. Idea general del archipiélago. E El archipiélago d e las islas Canarias se encuentra si- $ tuado e n el océano Atlántico, d e 2 0 a 8 0 leguas N.O. del m continente africano, entre los cabos Guer y Bojador, y en- O 4 frente d e la costa d e la Mauritania Tingitana, llamada por ; los árabes Biledulgerid, o país de los dátiles. * Ocupa próximamente una extensión d e 3 0 0 millas d e E. a O. entre los paralelos 29" 25' 30"y 27" 30' lat. N. y 12" 2' 30" y 7" 2' 30" long. O. del meridiano d e S. Fernando. Compónese el grupo d e siete islas habitadas, cuyos nombres son Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, Gomera, Palma y Hierro, y seis islotes desiertos q u e se denominan Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Lobos, Roque del Este y Roque del Oeste. Hállanse separadas estas islas por cortos brazos d e mar, e n los cuales no se encuentra anclaje, si se exceptúa el estrecho d e la Bocaina y el d e la Graciosa. De las siete principales, Lanzarote y Fuerteventura demoran al E., Gran Canaria y Tenerife en el centro, y Gomera, Palma y Hierro al O. Su menor distancia a las costas española es d e 1 9 5 leguas. ( 1). Si s e consulta la opinión d e los geólogos q u e han vi- sitado este archipiélago, parece indudable q u e las monta-
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    ñ a sq u e constituyen s u macizo, debieron e n otro tiempo formar parte del sistema q u e atraviesa el África occiden- tal. La dirección del ramal del Atlas q u e viene a terminar e n el c a b o Guer, es la misma q u e siguen las m o n t a ñ a s d e Lanzarote, Fuerteventura, Canaria y Tenerife. Antiguos y poderosos volcanes han desgarrado suce- sivamente el suelo de las Canarias, dejando por t o d a s par- t e s impresa la profunda huella de s u aparición. Inmensos torrentes d e lava han cruzado e n todas direcciones el te- rreno, elevando montañas, cambiando el curso de los ba- rrancos, y cegando valles y llanuras. En algunos sitios, la lava ennegrecida señala la reciente época d e s u formación: e n otros, s u descomposición rápida y completa revela los siglos q u e s o b r e e s t e torrente destructor han debido pasar para transformarle e n m e n u d a arena, propia ya para el cul- tivo. Una temperatura q u e ni participa d e los ardores de la zona tórrida, ni d e las terribles heladas del norte, se expe- rimenta siempre e n las Canarias. Si alguna vez el viento del desierto se extiende s o b r e s u s risueños valles, al atra- vesar el brazo del mar q u e le s e p a r a del continente, y al contacto d e las brisas q u e soplan constantemente e n las costas, pierde s u mortífera influencia, desapareciendo e n breve a los dos o tres días d e s u aparición. Por una disposición favorable del terreno, se encuen- tran e n e s t a s islas los diversos climas de los m á s o p u e s t o s países del globo. En las costas, o primera zona cultivable, se descubre la frondosidad y vigorosa vegetación d e las regiones tropicales; e n las medianías o segunda zona, q u e la forman los valles q u e se desprenden del macizo central, florecen las plantas europeas: y e n las grandes m e s e t a s q u e constituyen la cima de s u s cordilleras o tercera zona, se extienden los grandes b o s q u e s d e pinos, q u e han sido siempre u n o d e los m á s preciosos productos del país. Así, pues, e n la primera de e s t a s tres zonas q u e he- mos demarcado vemos crecer unidos los euforbios, el aguacate, el banano, los anones, el guayabo, el árbol d e la goma, el café, el tabaco, el nopal y la elegante palma. En la segunda se levantan espléndidos y lozanos el naranjo, el olivo, el
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    la vid, elcastaño, la morera y toda esa inmensa "ariedad d e árboles frutales q u e s e conocen e n los países más ricos del globo. En la tercera crecen hasta una eleva- d a altura el roble, el tilo, el laurel, la encina, el haya y el pino con otros árboles d e montaña que sería enojoso enu- merar. Por su situación geográfica, el grupo d e las Canarias está llamado a ejercer una grande influencia sobre la colo- nización y cultura del vasto continente africano, asediado hoy por la civilización europea. En e s a vasta cintura d e puestos avanzados que rodean s u inmenso litoral, las Ca- narias ocupan uno d e los lugares más privilegiados, pues tienen a s u frente los feraces valles del Atlas, que, des- prendiéndose d e las gigantescas crestas d e aquellos eleva- ; dos montes, se extienden cubiertos d e espigas y variados - E frutos hasta la misma orilla del mar. 7 Notas - 0 ( 1 ) Véase e n el apéndice la distancia d e las islas entre sí y m O d e éstas a Cádiz, y la que separa a los pueblos d e la Gran Canaria 3 d e s u capital la ciudad d e Las Palmas. n 11. Lanzarote. Ya hemos dicho que Lanzarote e s la isla situada al E. O del grupo, y la primera que, por consiguiente, s e encuen- O tra viniendo d e las costas meridionales d e España. Su mayor longitud, d e N. a S., e s d e diez leguas, y s u latitud, d e E. a O., cinco, contando veinticuatro d e circun- ferencia y cincuenta d e superficie. La opinión m á s probable respecto a la etimología de su nombre e s la que hallamos enunciada por los Sres. Bontier y Leverrier, cuando afirman que, antes d e la conquista d e la isla por Mr. d e Bethencourt, s e había fortificado en el país un aventurero francés llamado Lancelot d e Maloisel (1).
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    La configuración de la isla e s bastante irregular, ofre- ciendo e n s u circuito varios cabos y ensenadas notables. Entre aquéllos conviene citar el cabo Farión, extremidad oriental d e la isla, y la punta del Papagayo q u e es la parte opuesta, o su extremidad occidental. Lanzarote posee una excelente rada, junto a s u villa capital d e Arrecife, q u e e s conocida con el nombre d e Puerto d e Naos. Vastos arenales q u e recuerdan los desiertos africa- nos y extensas llanuras cubiertas d e negra lava forman casi e n s u totalidad s u suelo cultivable. Los volcanes han des- garrado y siguen desgarrando d e vez e n cuando aquella trabajada superficie, como si aun los fuegos subterráneos no hubiesen allí cumplido s u obra d e destrucción. " 7 En 1730 un espantoso volcán conmovió la isla desde E s u s cimientos, llevando el espanto y la desolación a s u s sorprendidos habitantes, y destruyendo pueblos y lugares 3 q u e borró para siempre del mapa d e las Canarias (2). - O m Posteriormente, volvió otro volcán a rasgar s u super- o 4 ficie, cerca d e la aldea d e Tao, q u e cubrió d e escorias y lava una parte muy considerable d e s u s mejores terrenos. n Esta disposición del suelo hace sin duda q u e la isla carezca d e manantiales, viéndose s u s habitantes e n la dura necesidad d e recoger e n aljibes o albercas al agua llovediza para s u consumo diario. Existen, sin embargo, d o s peque- ñas fuentes, la una llamada d e Chafariz, que está situada e n vertiente d e los montes d e Famara; y la otra d e Aguza, abierta al pie d e las escarpadas rocas del cabo Farión, pero cuyas aguas, poco abundantes, son d e ninguna utilidad para las necesidades d e la población, por lo apartado y esca- broso del sitio donde tienen s u nacimiento (3). Atraviesa la isla e n dirección del N.E. al S.O. una cor- dillera d e montañas sobre las cuales descuella el pico d e Famara a 2.455 pies d e elevación. La parte m á s escarpada d e esta cordillera es la que mira al O., descendiendo por la opuesta, esto e s por el E., e n suaves ondulaciones al mar. Rodean esta isla cinco islotes desiertos q u e se Ila- man Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste.
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    La Graciosa tendrácinco millas de longitud y una de latitud en su mayor anchura. Sepárala de Lanzarote un es- trecho canal que se denomina el Río, y que con ciertos vientos puede servir de fondeadero. U n cuarto de legua al N. de la Graciosa, se levanta Montaña Clara, que eleva s u más alto pico a una altura de 300 pies sobre el mar. Junto a este islote se descubre el escollo llamado Roque del Oeste cuyo nombre indica claramente su posición. Legua y media el M. de Lanzarote, se encuentra la Alegranza, que tendrá apenas una legua de extensión. Esta fue la primera tierra que descubrió Bethencourt en su ex- pedición a estas islas, dándole por ello el nombre de Joyeuse. " 7 E E1 Roque del Este es un pico casi inabordable que destaca su pelada cima sobre las agitadas olas del mar. 3 Entre las islas de Lanzarote y Fuerteventura, y en medio - 0 m del estrecho que llaman la Bocaina, hay otro islote desier- to, que se conoce con el nombre de isla de Lobos, cuya 3 circunferencia podrá ser de una legua escasa. Sus orillas son muy escarpadas y difíciles de abordar. = m O Notas ( 1 ) 11s rassemblerent grande quantite d'orge et la mirent e n un vieux chateau que Lancelot Maloisel avait jadis fait faire, c e que I'on dit, et d e la partirent et s e mirent en chemin, au nombre d e sept, pour venir a Rubicon. (Conq. des Can. chap. 32, pag. 2 1 , nouvelle edition.) (2)Las aldeas o pueblos destruidos fueron Tingafa, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Pena d e Palmas, Testeina y Rodeos. (3)Hace poco tiempo que un ingeniero hidráulico examinó estas fuentes con el objeto d e averiguar si s e podía conducir el agua a la Villa d e Arrecife, y el resultado d e sus investigaciones fue que la obra sería tan difícil y costosa, que los gastos n o compensarían nunca las utilidades que produciría su conducción.
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    Fuerteventura. La isla de Fuerteventura toma su nombre, según la opinión de algunos historiadores, d e los sangrientos com- bates q u e tuvieron q u e sostener los primeros conquistado- res cuando intentaron apoderarse del país ( 1 ) . Esta isla se extiende e n un espacio d e 2 6 leguas, te- niendo d e latitud, en su mayor anchura, 7, d e circunferen- cia, 58, y 182 d e superficie. Si tendemos la vista sobre los mapas q u e la repre- sentan, podemos dividirla e n d o s partes muy distintas, se- paradas por un istmo d e tres cuartos d e legua d e exten- sión. La parte q u e los indígenas llamaban Maxorata es la más extensa y llana, desarrollándose s u s costas casi e n dirección paralela hasta el indicado istmo. La otra, q u e pudiéramos llamar península, conserva aún el nombre d e Jandía, q u e le daban los antiguos isleños; su suelo e s que- brado y montuoso, y presenta muy pocos puntos abordables. Sobre su banda oriental s e abre el fondeadero d e Puerto d e Cabras, q u e es el más frecuentado por los navegantes, - m O y e n cuyas playas se levanta una pequena población, que e s hoy la principal d e la isla. Siguiendo la costa en la misma dirección, s e descu- a n bren sucesivamente Puerto Lajas, Fuste y Pozo Negro, y - O más al S. Gran Tarajal, Tarajalejo y la ensenada d e la Pa- O red, que son otras tantas radas abiertas, donde sólo puede encontrarse, según los vientos, un momentáneo abrigo. Por la banda opuesta s e hallan también los fondeade- ros d e Puerto Nuevo, d e la peña y del tostón, donde sue- len anclar los pequeños buques del país. El terreno d e la isla, si se exceptúa la península d e Jandía, es poco accidentado. Extensas llanuras, abrasadas por un sol ardiente, recuerdan al viajero los desiertos del Sahara. Escasos son también aquí los manantiales, pero los hay sin embargo en mayor número q u e en Lanzarote, si
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    bien no correspondens u s aguas a la grande extensión d e la isla. La escasez d e lluvias, q u e s e reproduce con mucha frecuencia, es el mayor azote d e s u s habitantes, que la abandonan e n masa cuando, perdida la esperanza d e la cosecha, n o se les ofrece otro porvenir q u e una muerte segura entre las horribles angustias del hambre y d e la sed. En estos últimos años, el d e s e o d e mejorar u n a situa- ción tan triste y precaria, ha impulsado a algunos propieta- rios a abrir e n ciertos puntos norias y pozos profundos, d e donde se ha extraído un gran caudal d e aguas q u e prome- te cambiar la suerte d e estos isleños, si se generaliza e s t e sistema sobre un plan metódico, y bajo una dirección inte- m - ligente y activa. - E Notas ( 1 ) Consúltese lo que dicen O : : - Bontier y Leverrier, Conq. d e s iles Can. Chap. LXX. - Viera, Not. d e Can. t o m o l . p. 57. - Webb y Berthelot, Hist. nat. d e s ¡les Can. t. 2 p. 165. IV. Tenerife. Varios s o n los nombres con que antiguamente s e de- signaba esta isla, q u e e s la primera del grupo situado al O. d e la Gran Canaria. Llamóla Plinio Nivaria, Ningaria, Ptolomeo, y los na- vegantes italianos d e la Edad Media, Isola dell'lnferno. El nombre d e Tenerife, que posteriormente recibió, se deriva sin duda d e Tinerfe el Grande, soberano poderoso d e la isla que, según una antigua tradición del país, llegó a re- unir bajo s u dominio todos los distritos independientes d e la isla.
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    Tenerife es conocidaprincipalmente en todo el mun- do por su famoso pico que, con el nombre de Teide, es uno de los conos volcánico más elevados del globo ( 1 ). De figura irregular, la isla se extiende del N.E. al S.O. en un espacio de 17 leguas, contando 9 de latitud, 48 de circunferencia y 153 de superficie. Espantosos sacudimientos revelan el aspecto de sus elevadísimas montañas. Largos y profundos barrancos, al- tos y peligrosos desfiladeros, corrientes de lava ennegreci- da, horribles precipicios, promontorios que lanzan al mar sus desgarradas e inabordables masas de basalto, costas erizadas de escollos y cortadas a pico, todo esto indica que el fuego subterráneo que aún se siente bullir en las entrañas del Teide, debió trastornar completamente en época remota todo el macizo de la isla, produciendo los variados accidentes que hoy se ven todavía con profundo asombro. Según se deduce de la relación de Cadamosto (2), que visitó el archipiélago en 1344, y de algunas frases del diario de Colón en su primer viaje, parece indudable que el Teide estaba en aquella época en u n período de comple- ta erupción. Dos siglos después, en diciembre de 1704 y enero de 1705, otra nueva erupción en el Llano de los infantes y roques de Güímar, esparció el espanto por toda la isla. Repitióse ésta con doble intensidad en 1706, cuando un torrente de abrasadora lava sorprendió el pueblo de Garachico y lo redujo a cenizas, cegando su puerto; siendo por fin la última de 1798 en la base del mismo pico, donde llaman Chahorra, la cual no produjo por su situación los desastrosos efectos de las anteriores. A pesar de la irregular configuración de sus costas, no abundan en esta isla las buenas radas, defecto de que participan también las otras islas: la mejor y más frecuen- tada es la de Santa Cruz, cuya importancia principió desde que, como hemos dicho, cegó el Teide el puerto de Garachico. Siguiendo la costa en toda en su extensión, podremos ci- tar como fondeaderos las playas de Candelaria, Abona, Garachico y La Orotava.
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    Posee esta islaabundantes manantiales que brotan en todas direcciones de la base del Teide, y van a regar extensos y bien cultivados valles donde se desarrolla en toda su plenitud la rica vegetación de los trópicos. Aunque hemos dicho que el terreno es muy quebra- do y fragoso, la industria de los canarios ha sabido cultivar todos los puntos donde el hombre se atreve a sentar s u planta. Valles, montañas y precipicios se ven cubiertos de verdura, y desde que los torrentes o el viento han sembra- do algunas capas de tierra sobre la superficie de las rocas, allí acude la mano del labrador, y, tomando posesión del terreno, deposita en él su semilla, que el sol hermoso de las Canarias se encarga luego de fructificar. m D Notas 3 ( 1 ) Según las últimas observaciones, tiene el Teide d e altura absoluta sobre el nivel del mar 13.333 pies, y s e le descubre por - 0 m los navegantes a 90 millas d e distancia. O 4 (2)Navigatio ad terras ignotas. (Basilea 1532.) - Palma, Gomera y Hierro. E Estas tres pequeñas islas son las más occidentales del grupo. O O Algunos autores han creído encontrar la verdadera etimología de la palabra Palma, remontándose a las expe- diciones de los mallorquines en el siglo XIV, durante las cuales, para recordar la capital de su patria, pudieron muy bien aquellos navegantes darle el mismo nombre a la isla que los naturales llamaban Benahoave, es decir, mi país. Cuenta La Palma 10 leguas de largo, 5 de ancho, 24 de circuito y 50 de superficie. Una elevada y escabrosa cordillera la divide en dos partes casi iguales en dirección de N. a S. Sobre esta me- seta descuellan algunos picos, entre los que se distinguen
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    el de losMuchachos a 8.416 pies, y el de la Cruz, que es el más alto de la isla, a 8.459 pies sobre el nivel del mar. En medio de este sistema de elevadas montañas que revelan a cada paso su formación geológica, se abre un inmenso cráter, llamado la Caldera, espantoso abismo que mide dos leguas de diámetro y 5.000 pies de profundidad. El fondo de este cráter se halla a 2.257 pies sobre el Océano, y el circulo de montañas que le rodea consti- tuye un macizo poderoso que una erupción submarina de primer orden hizo brotar del seno de los mares ( 1). Esta escabrosidad del terreno se observa sin interrupción hasta la orilla del mar, presentando al navegante costas de difícil acceso. El único puerto frecuentado es la rada que se abre enfrente de la capital de la isla, y que lleva por nombre San Miguel de la Palma. Los principales cabos o promontorios son la punta de Juan Alby al N., la de Fuencaliente al S., la de Barloven- to al N.E. y la de Punta Gorda al N.O. Quince millas al S.O. de Tenerife se descubre la isla de la Gomera, de figura casi redonda, contando 8 leguas de E. a O., 6 de N. a S., 24 de circunferencia y 48 de super- ficie. El principal fondeadero de la isla se halla en una rada abierta a los vientos del S.O. al N.E. por el E. y en cuyo fondo se levanta la villa de San Sebastián. Los marinos del siglo XIV y XV la visitaban con mu- cha frecuencia. El nombre de la Gomera se encuentra unido al de Colón en todas las expediciones del Almirante a las playas americanas. Según las últimas observaciones, no es La Palma sino el Hierro la mas occidental de las Canarias, siendo al mis- mo tiempo la más pequeña del grupo, pues sólo tiene 7 leguas de largo, 5 de ancho, 24 de circunferencia y 42 de superficie. Masas imponentes de rocas rodean como una cintura la isla, elevándose rápidamente hasta 6.000 pies sobre el
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    nivel del Océano.Esta disposición d e la costa hace q u e los sean escasos, y los fondeaderos inseguros. Carece d e manantiales, y s u s habitantes conservan e n aljibes el agua llovediza para s u s diarias necesidades. En esta isla se elevaba e n otro tiempo el famoso ár- bol que tanto llamó la atención d e los naturalistas, y cuyas ramas tenían, según dicen, la propiedad maravillosa d e absorber los vapores acuosos d e la atmósfera, convirtién- doles e n agua que destilaba luego por la extremidad d e sus hojas e n grandes albercas dispuestas al efecto para recibirla. Este árbol q u e se cree fuera un tilo, desapareció a mediados del siglo XVll (2). " 7 D Por muchos siglos s e ha considerado esta isla como el primer meridiano, hasta q u e e n estos últimos a ñ o s cada nación lo ha hecho pasar por s u respectivo observatorio astronómico. Notas ( 1 ) Webb y Berthelot. Hist. nat. des IIes Can. T. 2. p. 122. (2)Véase sobre este árbol una curiosa disertación de Viera en el t. 1 " p. 140 de sus Noticias. VI. Gran Canaria. La Gran Canaria ocupa, con la d e Tenerife, el centro del archipiélago a quien d a s u nombre, teniendo al E. el grupo d e Fuerteventura y Lanzarote con los islotes desier- tos q u e rodean a esta última isla y al O. la misma Tenerife y Palma con las d o s más pequeñas d e la Ciomera y Hierro. Varias son las versiones q u e los diversos autores q u e se han ocupado d e este asunto presentan sobre s u verda- dera etimología. Unos, con Núñez d e la Peña, hacen deri- var el nombre d e Canaria d e d o s hijos d e Noé llamados
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    Crano y Crana(1): otros, de la palabra canna, que en latín significa cana, y que recuerda las cañas de azúcar que hu- bieron en otro tiempo en ella (2).Plinio, copiando u n frag- mento del Rey Juba, dice que el nombre de Canaria le vie- ne a esta isla de los numerosos perros que los explorado- res africanos encontraron en su famosa excursión ( 3 ) ;y finalmente algunos, apoyándose en Ptolomeo que denomi- na Caunaria estrema al cabo de Bojador, creen que esta voz seria una palabra númida, cuya significación se ha per- dido, y que sirvió luego para designar la primera de las islas del archipiélago (4). Sin detenernos a elegir nosotros entre estas opues- tas opiniones la que pueda parecer mas probable, hare- mos solamente observar que es la única del grupo que no " 7 ha cambiado jamás de nombre, estando de acuerdo todos E los historiadores y geógrafos, así antiguos como moder- nos, en designarla con el de Canaria (5). 3 - = Por último indicaremos también que los primitivos m O habitantes de la isla le daban el nombre de Tamarán, que 3 en su dialecto significaba, país de los valientes. Las primeras cartas geográficas en que se encuentra delineada esta isla, aunque de una manera todavía infor- me e inexacta, son las venecianas de Picigano, ano de 1367; - m O la de Andrea Bianco, 1436; la de Beninchosa, 1466; la del genovés Bartolomeo de Pareto, 1456; las cartas catalanas de los siglos XIV y XV; y el célebre atlas de Guillaume de Testu, 1555. n O Posteriormente, en 1724, el P. Feuillée, enviado a las O Canarias por la Academia de Ciencias de París, trazó en su obra, que se conserva manuscrita en aquella biblioteca nacional, los contornos de la Gran Canaria, pero bajo fal- sos datos. En los mismos defectos incurrió Bellin en 1764. A estos sabios sucedió Borda que, en 1776, procuró deter- minar la posición de algunos puntos del litoral, pero sin obtener u n resultado más satisfactorio. Poco después, en 1780, u n geógrafo español, Don Tomás López, publicó en Madrid una carta de la Gran Ca- naria, más exacta que todas las anteriores, según los da- tos de un plano inédito del ingeniero Don Manuel Hernández,
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    que lo habíalevantado con inspección minuciosa d e las 1ocalidades, e n 1746 (6). Los Sres. Webb y Berthelot levantaron otro e n 1829, que acompaña a s u Historia Natural de las Canarias, y e n el que rectificaron algunos errores d e López. Finalmente, el teniente Arlett y el capitán V i d a l d e la Marina Inglesa, han publicado d e orden del almirantazgo en 1852, entre otros mapas d e estas islas, uno d e la Gran Canaria, que e s considerado como el mejor y más exacto que s e conoce hasta el día, si bien contiene muchas in- exactitudes respecto a la posición d e los pueblos del inte- rior, dirección d e s u s montañas y curso d e s u s principales barrancos. m D E Notas 3 ( 1 ) Núñez d e la Peña, Antig. d e las Isl. d e G. Can. p. 15. - (2)Amb. Calepino. Dicc. verb. Canaria p. 236.- Hackluyt O Part. 2. t. 2" p. 3. C1 4 (3)Plinio lib. 6 cap. 32.- Viera, Noticias d e Isl. Can. t. 1 . p. 5 1. (4) W e b b y Bert. Hist. nat. d e s lles Can. t. 2. p. 98. - (5)<<Gran Canaria siempre obtuvo este nombre, porque como la había criado Dios nuestro señor para cabeza y superior d e las otras seis islas afortunadas, nunca fue mudable~~. (Sosa. Topografía d e (3. Can. p. 8. - 1678.) (6) Webb y Bert. t. 2". p. 1 0 1 . VII. Situación, configuración de sus costas. La Gran Canaria ocupa una extensión d e 1 2 leguas d e longitud d e N. a S., 11 d e latitud d e E. a O., 4 8 d e cir- cunferencia y 132 d e superficie. Su figura sería casi redonda, si al N.E. no s e le uniera por medio d e un istmo d e arena una pequeña península que se denomina la Isleta.
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    Esta Isleta, quetendrá una legua de diámetro, está formada por cinco conos de erupción que han vomitado, en un tiempo antehistórico, torrentes de lava, cuya acción destructora se puede todavía descubrir en toda su impo- nente acción sobre las bandas del S. y del O. El punto más elevado de estos apagados cráteres es el de la Atalaya Vie- ja, que se levanta a 1.200 pies sobre el nivel del Océano. Esta Isleta, al unirse con la isla principal por el istmo de Guanarteme, hace un recodo que constituye el abrigo del puerto de La Luz. La costa sigue formando luego varias ondulaciones, casi imperceptibles por en medio de playas y montecillos de arena, hasta la ciudad de Las Palmas, ca- pital de la isla, situada a la orilla del mar y en la misma dirección, a dos millas escasas del citado puerto. Toda la vasta ensenada que está comprendida desde la punta de la Isleta hasta los últimos límites de la población, constituye lo que los marinos llaman la bahía de Las Palmas. La costa continúa enseguida desarrollándose al S.E. hasta la punta de Jinámar, y presentando ya playas de fácil acceso, como las de San Cristóbal y la Laja, ya riscos taja- dos a plomo como los del Salto del Castellano y la M a r Fea. Más al S. de esta punta se descubre la de Melenara, desde la cual puede todavía verse la ciudad y su bahía. Entre esta punta y la de Gando se abre otra ensenada que tendrá cuatro o seis millas de extensión, en donde se fondea al abrigo de los vientos del 1 " y 4" cuadrante. Pero ninguno de estos surgideros, exceptuando sin embargo el de Las Palmas, ofrece las ventajas del de Gando. El arqueo de la costa que forma esta hermosa rada, la extensa playa de fina arena que se extiende a su frente, y la buena cali- dad del fondo, le dan la preferencia no sólo sobre la ya citada de Melenara, sino también sobre las que iremos ahora indicando hacia esta parte de la costa. Descendiendo siempre al S.E. encontramos primera- mente las extensas playas de Arinaga que terminan en la punta de Tenefe, y, desde aquí, siguiendo la imperceptible curvatura de la costa, llegaremos a la de Maspalomas, que es el extremo meridional de la isla.
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    Torciendo luego alS.O. hallamos la rada de Arguineguín, y enseguida las escarpadas vertientes q u e se desprenden d e la cordillera central, y q u e vienen a formar sobre el Océano murallas d e basalto, cortadas por profundos y barrancos, d o n d e n o se halla ningún abrigo. La vista, al fin, p u e d e detenerse s o b r e la e n s e n a d a d e la Aldea, q u e se abre a la extremidad O. y d e s d e la cual vuelve a correr la costa siempre escarpada e inaccesible hasta Agaete o puerto d e las Nieves, d o n d e se encuentra una playa q u e es frecuentada por los q u e d e s e a n llegar con prontitud d e Tenerife a Canaria. Por eso se llama e s t a parte del litoral, primera tierra. Saliendo del puerto o surgidero d e las Nieves, se ve a poca distancia la rada d e Sardina, abrigada por la punta de este nombre, y d e s d e cuya playa se divisa, a d o s millas tierra adentro, la fértil llanura d o n d e se asienta la villa d e Gáldar. Doblando la punta de Sardina, q u e se dirige al N.O., y siguiendo la costa e n dirección N,, vuelven a descubrirse grandes rocas y promontorios q u e se lanzan bruscamente al mar, hasta que, llegando a la célebre montaña de Silva, principia la costa d e Lairaga, cuyas caprichosas ondulacio- n e s forman la e n s e n a d a d e los Bañaderos y alguna otra pequeña rada desabrigada a los vientos del N.O. al N.E. Desde estas playas se pasa luego al territorio de Arucas y Tenoya, cuyas montañas vuelven a elevarse perpendicu- larmente s o b r e el mar, presentando a la vista horribles pre- cipicios y torrentes de rápido y violento curso. Dejando enseguida esta parte de la costa, y acercán- d o n o s de nuevo a la pequeña península de la Isleta, para cerrar el círculo q u e h e m o s recorrido, encontramos, por último, la ensenada del Arrecife y el fondeadero del Confital, situados a m b o s s o b r e la banda del N. d e la misma Isleta, y q u e sirven d e abrigo a los b u q u e s cuando los vientos del S. soplan c o n violencia e n la bahía de Las Palmas.
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    VIII. Puertos. Radas. Fondeaderos. Puededecirse con exactitud que en las islas Canarias no existen verdaderos puertos en la genuina acepción de esta palabra; los que en ellas se conocen con este nombre son radas, más o menos abiertas, al abrigo de ciertos vien- tos, y sujetas a condiciones favorables o adversas, según la estación reinante o la calidad del fondo que tiene el si- tio del anclaje. Entre éstos, que, como hemos dicho, se llaman en el país puertos, se distingue como uno de los mejores y más seguros el de La Luz, que forma parte, con otros fondeade- ros, de la bahía de Las Palmas ( 1 ) . La importancia de esta rada, como principal surgidero de la isla, merece una descripción especial. La bahía de Las Palmas se abre al E., corriendo la costa de N. a S., en u n espacio de tres o cuatro millas des- de la extremidad de la Isleta hasta el castillo de San Cristó- bal. Puede dividirse esta bahía en cinco fondeaderos dife- rentes, que se denominan y conocen con los nombres de Puerto de la Luz, Comedurías, Marisco, Plátanos y la Laja. El puerto de La Luz es la ensenada que forma la pro- longación de la lsleta con la curvatura de la costa, que corre desde el castillo de San Fernando hasta el de Santa Catali- na. Hállase abierta tan solo a los vientos del E. y S., que sólo recalan en la estación invernosa, y cuya aparición hay tiem- po de prevenir haciéndose a la vela para cambiar de ancla- je, y buscar abrigo a la parte N. de la misma Isleta (2). El espacio comprendido entre el castillode Santa Catalina y el muelle de la ciudad, es la parte de la bahía que se conoce con el nombre de Comedurías. Este fondeadero es el más frecuentado por su proximidad al punto de desem- barco, y por la buena calidad de su fondo. Cualquiera que sea el viento que recale, aunque sea atemporalado, lo que rara vez sucede, hay la seguridad de poder salir sin temer ningún siniestro.
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    Entre el muelley la enfilación d e la ermita d e San TelmO, hay un corto espacio donde suelen fondear cerca d e tierra los pequeños buques d e cabotaje, y q u e lleva el nombre del marisco. Llámase plátanos al fondeadero que s e extiende desde el marisco a la embocadura del Barranco Ciuiniguada, pre- ferido por algunos buques extranjeros, tal vez por la her- mosa vista q u e presenta desde allí la ciudad d e Las Palmas y el valle d e San Roque. Finalmente, desde este último punto al Castillo d e San Cristóbal, extremo S. d e la ciudad, s e puede también có- modamente fondear, aunque por s u distancia al muelle n o s e a frecuentado nunca este surgidero. m -E Al O. d e la Isleta, y a la parte opuesta del istmo d e Ciuanarteme, s e encuentra una pequeña ensenada llamada 3 del Arrecife, que sirve d e dársena natural, donde se carenan - con frecuencia los buques del país. La boca d e esta ense- 0 m O nada s e halla defendida por una muralla d e rocas arenis- 4 cas q u e velan e n todas mareas, dejando una estrecha en- ; trada, que e n la pleamar puede calar hasta 9 pies d e agua. Al N.O., siguiendo la misma costa d e la Isleta, s e ha- lla el fondeadero del Confital, visitado por los marinos cuando al S.E. les obliga a abandonar la bahía d e Las Palmas, lo que sólo sucede e n invierno, y sin que, como ya hemos dicho, corran los buques ningún peligro al hacer esta ope- ración. En general, las radas del N. y 0. son malas e n la bue- na estación por estar descubiertas a los vientos reinantes, que generalmente soplan e n el Archipiélago, e s t o es, al N.E. o brisa, al N. y al N.O. Estas radas son, a d e m á s d e la del Confital ya mencionada, las d e los Bañaderos, Sardina (Ciáldar), las Nieves (Agaete), y la Aldea. Las del S. y E. cuyo mayor número está formado d e playas anegadizas, s e hallan por el contrario abiertas a los S.E., q u e son los vientos más temibles e n invierno, aun- que, como hemos repetido, no suelan recalar todos los años. Las principales son las q u e s e conocen con los nombres d e Arguineguín, Maspalomas, Tenefe, Ciando y Melenara.
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    Notas (1) ((Porsus recursos;por la pesca que se encuentra en sus mares; por sus productos, y, sobre todo, por la bahía de Las Palmas, sin disputa la mejor del archipiélago, la Isla de la Gran Canaria es reputada, como la mas importante de todas las de este grupo. (Derrotero de Islas Canarias por Mr. Charles Philippe de Kerhallel, p. 32). (2) "Esta ensenada (la de Las Palmas) tiene excelente anclaje con fondos de arena que desde 10 2/3 brazas escasas van disminuyendo gradualmente hacia la playa, cerca de la cual se hallan de 5 a 7 pies largos de agua.,](Kerhallet, Derrotero p. 35.) IX. Aspecto orográfico. L a Gran Canaria puede considerarse como una enor- - 0 m me montaña circular, que, escondiendo sus cimientos en O 4 las profundidades del Océano, se levanta majestuosa en progresivos escalones hasta la extensa explanada que for- n ma la región de los pinos a 5.000 pies sobre el nivel del mar, y sobre la cual se destacan todavía algunos picos ais- = lados, cuyas peladas rocas, cubiertas en el invierno de nieve, m O anuncian al navegante su aproximación a la isla. Colocados en el centro de esta vasta y desigual platafor- ma, que constituye, por decirlo así, el dorso de la Cumbre o a n cordillera central, vemos abrirse en todas direcciones, cual los O O radios que parten de un punto, profundas gargantas que, en- sanchándose poco a poco por entre los desgarrados flancos de las montarías, van a servir de cauce a los torrentes que, forma- dos en la estación de las lluvias, llevan s u s aguas al mar. Diversas son las opiniones en que se han dividido los geólogos sobre la formación de ésta y de las demás islas del grupo. Unos han creído ver en ellas las aisladas crestas de u n sumergido continente que desapareció entre las con- vulsiones del Océano, dejando flotar, al fin, sobre sus aguas, cual los desmantelados mástiles de un buque náufrago, estas pequeñas y olvidadas islas.
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    Las Canarias so n para e s t o s sabios la lápida q u e indi- ca el lugar d e esa inmensa sepultura, o el jeroglífico q u e forma el nombre ya olvidado de aquel desconocido conti- nente. Otros suponen que, e n tiempos antidiluvianos, debieron estar unidas al vecino continente d e África, y q u e revolu- ciones para nosotros ignoradas rompieron luego el lazo q u e las unían a la Mauritania, q u e d a n d o separadas e n la forma e n q u e hoy se encuentran. S u s montañas n o s o n para es- tos geólogos s i n o una ramificación del Atlas. Entretanto, la moderna ciencia, al observar los tras- tornos q u e se descubren e n t o d a s direcciones s o b r e s u quebrantado suelo, los apagados cráteres de s u s numero- " , sos volcanes, los torrentes de lava q u e cruzan s u s valles, y E los nuevos respiraderos q u e de vez e n c u a n d o suelen apa- recer e n s u superficie, n o d u d a atribuir al solo efecto del 3 fuego subterráneo el origen d e e s t a s islas. S u s montañas, - e dicen, revelan por s u configuración geológica q u e han sido m O producto de ascensiones submarinas, efecto d e las terri- 4 bles oscilaciones q u e e n é p o c a s remotas han elevado gra- dualmente el terreno desde el fondo d e los mares para constituir el grupo bajo las condiciones físicas e n q u e hoy se n o s presenta. O = m - Examinemos ahora la orografía d e la Gran Canaria, y procuremos hacer comprender la ramificación y aspecto d e s u s montañas. - - Ya h e m o s dicho q u e d e s d e la orilla del m a r el terreno O O se va progresivamente elevando hasta la Cumbre, cordi- llera central q u e e n dirección del N.E. al S.E. separa la isla e n d o s partes casi iguales. Tres s o n los caminos q u e pueden elegirse para d a r vuelta a la isla: o el q u e c o n d u c e a los cantones del N., o a los del S., o a los del centro. Elijamos el último. Si saliendo de Las Palmas, situada sobre la banda oriental y a orillas del Océano, n o s acercamos directamente a la Cumbre, encontraremos primero las mesetas de Tafira y del Lentiscal, sobre las cuales descuella el pico d e Bandama a 1.722 pies s o b r e el nivel del mar, extraño cráter q u e visi-
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    tan con curiosidadtodos los viajeros y geólogos que se han detenido en la isla ( 1 ). Alejándonos siempre de la costa, y siguiendo la rnis- ma dirección, penetramos por un estrecho desfiladero, q u e se llama Cuevas d e los frailes, en un extenso y fertilísimo valle conocido con el nombre de Vega de Santa Brígida, en cuyo fondo arrastra sus aguas el Guiniguada, en la esta- ción de las lluvias. Desde este punto el terreno principia a elevarse con más rapidez, y el valle, limitado al N. y S. por dos cordille- ras de montañas, se alza progresivamente en escalones, formando otros nuevos distritos, que llevan los nombres de Vega de Enmedio y Vega de San Mateo. m D Situados ya aquí, nos hallamos a 2.500 pies sobre el mar, y la Cumbre se descubre a nuestra vista escondiendo sus caprichosos picos en las nubes. Entre estos picos se 3 destaca, como uno de los más elevados, el Saucillo, que - 0 m mide 5.400 pies de altura absoluta. O 4 Para llegar a su cima se atraviesa, después de dejar el pueblo de San Mateo, un hermoso valle llamado de la Lechuza, cubierto de nogales, castaños y almendros, en- contrándose luego a mayor elevación otro valle y pago, - m conocidos con los nombres de Camaretas y Cuevas gran- 0 des, donde la vegetación es tan lozana y espléndida como en los valles del centro. Colocados al fin sobre el Saucillo, en cuya cúspide se alza una cruz (2), la vista abraza toda la costa oriental de la isla desde la pequeña península de la Isleta hasta la punta de Arinaga (3).Las montañas que se desprenden de la cordillera central, y que van sucesivamente descendien- do hasta las playas en suaves ondulaciones, dejan ver des- de aquel punto la dirección paralela de los valles, y el cur- so de los arroyos que tienen su nacimiento en la Cumbre. Descúbrense al N. las deliciosas vegas donde se levantan los pueblos de Arucas, Teror y Moya: al oriente, los lugares que hemos indicado de Tafira, el Lentiscal, Santa Brígida y San Mateo; y al mediodía, Telde, Agüimes, Tenteniguada y Valsequillo; en el fondo del cuadro, el mar, y, por entre
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    una degollada, laciudad de Las Palmas con sus torres y su caserío. El conjunto forma un vasto panorama, que no cede en hermosura y novedad a cualquiera otro de la misma naturaleza. Descendiendo del Saucillo por la parte opuesta, y di- rigiéndonos al O., subimos a una extensa meseta que cons- tituye, por decirlo así, el dorso de la Cumbre, y la cual se halla designada por todos los viajeros y geólogos con el nombre de Pozos de la nieve. Esta altura, que es, como acabamos de decir, la culminante, tiene 5.930 pies. A esta meseta central, nudo de todo el sistema orográfico de la Gran Canaria, se vienen a unir otras montañas desde las cuales se domina el valle de Tejeda, situado en el centro " 7 de la isla. Por la parte opuesta, y en medio de un espanto- N -E so caos de fragmentos volcánicos, se elevan el Nublo, enorme - monolito formado de un solo trozo de trachito, y el Bentaiga, 3 célebre en los anales de la conquista. - - fl m Desde Tejeda principia ya la parte occidental de la O 4 isla, cuyo aspecto es muy diferente del que ofrecen los distritos del N. y E. Desde luego podemos hacer la importante observa- ción siguiente. Las montañas, que en dirección al mar se alejan de la Cumbre, son más elevadas que las de la banda oriental; los barrancos tienen mayor profundidad: los pre- cipicios son más frecuentes y peligrosos: los valles más escasos; las lomas pierden los suaves contornos que faci- litan el cultivo, y se convierten en alturas de rápido des- censo, donde sólo estériles rocas reemplazan a la tierra vegetal. Colocados sobre el Nublo, se nos presenta a la vista la imagen del caos (4).Por todas partes descubrimos desfi- laderos espantosos, gargantas insondables, y montañas frac- cionadas por la acción de los volcanes. Entre estas gargan- tas se cuenta, como una de las más profundas, la que sir- ve de cauce al barranco de Tejeda, que parece penetrar hasta el corazón de la isla. Al norte de este abismo, y en los flancos de una muralla de rocas que domina otro ba- rranco, se abren las cuevas que forman exclusivamente el pueblo de Artenara. Extensos y sombríos pinares cubren
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    todavía algunas montañas,árboles escapados milagrosa- mente a la acción destructora del hierro y del fuego. Descendiendo ahora sobre la costa, y acercándonos al distrito de la Aldea, la cordillera se divide en dos bra- zos, de los cuales uno cierra el valle por el oriente, y ter- mina en la Cueva del mediodía, y otro va a formar al N.O. la meseta de Tirma, cuyas rocas se lanzan al mar haciendo la costa por aquel lado inabordable. Escolar, en sus apuntes inéditos, que ya hemos cita- do, observa muy juiciosamente que el barranco de Tejeda, cuyo nacimiento está en la Cumbre, después de haber re- unido sus aguas sobre la meseta que se extiende al pie del Saucillo, debió abrirse un paso angosto y profundo por entre m las montañas de la Cueva del mediodía y de la Fuente E blanca, que fueron en u n principio una sola, como lo ma- nifiesta la igualdad del nivel a que están los estratos de las 3 diferentes rocas que las forman, y la idéntica naturaleza - O de ellos. Rota esta primera valla, tuvo que romper la otra, m O que en una época muy posterior le opusieron las monta- = ñas volcánicas y escarpadas que son hoy el baluarte en que el mar se estrella con violenta furia: abierto este nue- vo paso, las avenidas debieron formar un lago que, subiendo de nivel, se fue desaguando por los sitios más bajos, y - O m arrastrando en su corriente los terrenos menos sólidos, hasta abrirse la boca por donde al presente entra en el mar. Torciendo ahora al N. para volver por esta parte de la isla a Las Palmas, atravesaremos el valle de Furrel, y, tre- pando a la meseta de Tirma, de triste recuerdo histórico, bajamos al barranco del mismo nombre, desde cuyo punto el sendero se presenta de peligroso tránsito. Dos desfila- deros, conocidos con los nombres de Risco de las mujeres y Andenes de Guayedra, abren paso hacia Agaete, cuyo pueblo se comunica también con los de Artenara y Tejeda por u n profundo barranco que desagua en el valle, a cuya entrada se levanta un cono de erupción de época reciente, aun- que, como todas las de Gran Canaria, desconocida en la historia. Desde Agaete se penetra en las populosas villas de Gáldar, corte de los antiguos reyes de la isla, y de Guía,
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    situada a pocadistancia de ella entre varias montañas ele- v a d a ~ . Saliendo de esta villa, y acercándonos al mar, baja- mos la célebre Cuesta de Silva y entramos en la costa de Lairaga o de los Bañaderos, cortada por muchos barrancos que vienen a regar su fertilísima llanura. Alejándonos al llegar aquí de la costa para internarnos en los distritos de ArucaS y Moya, ricos en vegetación y bañados por numero- sas corrientes de agua, atravesamos la famosa montaña de Doramas, de cuyo bosque se conserva aún un pálido recuerdo en las Madres de Moya. Preséntase luego el pin- toresco barranco de la Virgen y, más allá, el pico de Vergara que domina todos los valles colindantes. Dejando a la de- recha a Valleseco, y ascendiendo a San José del Álamo, altura desde la cual se ve por la vez primera el pueblo y m santuario de Teror, bajamos la cuesta de Las Palmas, y, E por San Lorenzo o por Tenoya, penetramos en el distrito de Tamaraceite, desde el cual se descubre bien pronto el 3 Castillo del Rey, centinela avanzado de la capital de la isla, - 0 m en la cual se entra, siguiendo este camino, por los barrios O 4 del norte. n Para completar nuestra descripción, volvamos de nuevo a la Aldea de San Nicolás, y, torciendo a la izquierda, reco- rramos los pueblos de las costas del sur. - m O Las montañas que se elevan por esta lado adquieren una altura muy considerable a poca distancia del litoral, y vienen a enlazarse por el pinar de Pajonales con la meseta central de la Cumbre, que ya hemos descrito. n O Colocados de nuevo en el Pozo de las Nieves, y diri- O giéndonos al S.E., se nos presenta de improviso, desde las alturas llamadas el Pan de azúcar y Corona alta, el in- menso valle de Tirajana, circo imponente, que es conside- rado por todos los geólogos como el cráter primitivo de la isla (5). Nada más admirable y sorprendente que el espectá- culo que desde aquellos sitios se ofrece al viajero. Las montañas, que dan vista al valle por la parte de la Cumbre, se hallan cortadas a pico y a 3.000 pies de eleva- ción sobre el nivel de su suelo. Desde esta imponente altu- ra se desarrolla el distrito de Tirajana en medio de un circo
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    de dos leguasde diámetro, y rodeado todo de montañas sobre cuyo fondo, que forma diversas y caprichosas ondu- laciones, se levantan los pueblos de Tunte y Santa Lucía. Los caseríos, que en medio de frondosas huertas se extienden en todas direcciones, así como las esbeltas pal- mas y los gigantes pinos, aparecen, desde la altura que domina el cráter, cual pequeños objetos prontos a desapa- recer bajo las nubes, que, de vez en cuando, como velos de gasa, dirigen desde la Cumbre su rumbo al mediodía. Volviendo al O., y siguiendo la costa en-su curvatura al S., se descubre el solitario pueblo de Mogán, situado a poca distancia del mar y a orillas de u n barranco. Vése luego la costa desde la punta de la Degollada a la de Taozo, cortada por valles profundos y barrancos casi inaccesibles, hasta que, al acercarnos a Arguineguin, el suelo se nos presenta más igual, formando un extenso valle, rico en verdor y lozanía. Desde este punto, las llanuras se suceden sin interrupción, cortadas a intervalos por arenales, donde se desarrollan, hasta perderse de vista, las huertas de los dis- tritos de Maspalomas, Juan Grande, Sardina y Arinaga, en una extensión de ocho leguas de costa. Mas si dejamos ahora el litoral, y queremos acercarnos a los pueblos que se extienden al S.E. de la isla, vuelven a presentarse nue- vas montañas, desprendidas de la cordillera central, las cuales es preciso escalar de nuevo para ir sucesivainente penetrando en los valles de Agüimes y Temisas. Desde este punto, se ven a la derecha los pequeños pueblos del Carrizal y del Ingenio, y después de atravesar el agreste barranco de Silva y las estériles llanuras de Ciando, nos encontra- mos en el espléndido valle de Telde, que en fertilidad, ri- queza y hermosura, no cede a ningún otro de las islas. Desde este populoso distrito se pasa al de Jinámar, donde se descubren aún profundamente impresas las hue- llas de una reciente erupción volcánica que, sin embargo, como las ya citadas de Agaete y de la Isleta, es anterior a todo recuerdo histórico. De aquí, siguiendo una costa casi inabordable, se llega de nuevo a Las Palmas, entrando por los barrios situados al S. de la ciudad.
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    notas (1)El célebre Mr.Leopoldo de Buch, hablando de este apagado cráter, se expresa de este modo: el volcán de Bandama es quizá e/ más notable de todos los que se observan en la superficie del @bo: su inmenso cráter es mayor que el del pico de Tenerife, y recuerda por SU aspecto y profundidad el Lago di Nemi o más bien el Lago del Albano. Una llanura fértil, cubierta de viñedos y de árboles frutales, se extiende en el fondo de este abismo. El extremo más elevado del borde del cráter es conocido con el nombre de Pico de Bandama. Una casa construida a la orilla del camino, que serpenteando conduce a la Caldera, se halla a 1.343 pies de altura; el fondo está, pues, a l .O30 pies del borde superior.J j (phisical. Beschr. der Can. Ins. p. 262.) D. Francisco Escolar, en sus apuntes inéditos, se expresa también así, hablando del mismo volcán: <<Esta caldera o cráter m - de figura perfectamente circular, y cuyo diámetro superior será E de media milla, y el inferior de 450 a 500 varas, tiene de profundidad = dos tercios de milla, cuando menos, y se halla a una legua escasa 3 del mar. Esto,junto con las camadas de cantos rodados, embutidos - - 0 en cal y en zeolita de diferentes especies, que se encuentran desde m O la ciudad a Telde y están debajo de las corrientes de lava que 4 salieron de este volcán formidable, y de otros que de él dimanaron * como el de la Montaña pelada, los de Tapia y Cuevas de los n - frailes, prueba que al tiempo de la erupción tenía comunicación con el mar, que se hallaba a menor distancia que ahora. Se baja - a esta caldera, cómodamente a caballo, por una vereda que, aunque = m O pendiente, no es muy peligrosa por las diferentes vueltas en que - está dispuesta. Cuando recobrado el observador del temor y - admiración que causa el verse metido en este enorme crisol, se - coloca enmedio de él, lo que más particularmente llama la atención a es la constante uniformidad con que en derredor de la Caldera n - O están sobrepuestas, y formando zonas, las diferentes corrientes O o estratos de lava, cuyas especies pueden reducirse a tres; los de la de basalto con sus escorias, que forman los bordes y primera zona de la caldera; los de la de grunsténica, que están inmediatamente debajo de éstos formando la segunda zona y el tránsito de ellos; y los de la de porfirina, que forman la tercera zona y toca ya el fondo del cráter. (2) No debe confundirse el Saucillo, llamado por algunos La cruz de los navegantes, con el Roque del Saucillo, que sólo tiene 4.850 pies y domina el valle de San Mateo. Ambos se descubren desde Las Palmas. (3) Webby Berthelot se equivocan cuando afirman que desde el Saucillo se ve la punta de Tenefe.
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    (4) Webb yBerthelot. t.2 p. 108. (5) ((Elpórfido, dice Escolar, es la base de casi todas las lavas que componen las montañas de la Gran Canaria. Sobre estas lavas porfirinas están las grunsténicas y, últimanienfe, las basálticas. Unas pasan por tránsitos insensibles, y todas alterrian con sus tobas correspondientes, que son, en las basálticas, bancos de escorias y arenas volcánicas negras muy cargadas de olivino y olenda córnea basáltica y común; en las grunsténicas, bancos de piedra pómez, y en las porfirinas, estos rnismos bancos de póriiez, pero más frecuentemerite una especie de brecha volcánica, cor7ipuesta de pedacitos de pómez de diferentes colores, algunos de vidrios volcánicos y muchos cristales de feldespato confusarnerite aglomerados. Esta toba tiene bastante consistencia: es sonora y fácil de labrarse, y, por lo mismo, hacen mucho uso de ella los habitantes de las islas para edificar y para enlozar las calles. D La nomenclatura mineralógica de que se sirve Escolar, es la de Werner. Webb y Berthelot usan la de Brongniart. A estas noticias geológicas debenios añadir que e11la Fuente 3 blanca y Cueva del mediodía (Aldea de San Nicolás), se encueritra - jaspe verde oliva, jaspe que pasa a vidrio volcánico, jaspe azul 0 m verdoso, de color de carne, rojo sanguíneo y rojo pardusco. : : 4 Vegetación. Entre las islas que componen este archipiélago, la mejor a cultivada es, sin disputa, la Gran Canaria. El insensible declive 8 - de sus valles, el curso tranquilo de sus barrancos, y la sua- O O ve curvatura de sus montañas, hacen que el terreno sea más llano, y, por consiguiente, más accesible al cultivo ( 1 1. Uno de los geólogos y naturalistas más célebres que han visitado las Canarias, Mr. Leopoldo de Buch, cuyas ex- ploraciones en esta isla datan de 1815, la dividió en cua- tro grandes regiones, que forman un cuadro, cuyo exacto contenido puede verse a continuación. Primera región. Subtropical o de aspecto africano. Extensión. Desde las playas hasta 1 .SO0 pies de altu- ra.
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    Temperatura media, 17"a 18" R. Clima, análogo al d e Egipto o Berberís. Segunda región. Mediterránea o d e cultivo europeo. ~ x t e n s i ó n . Desde 1.200 hasta 2.500 pies. Temperatura media, 14" R. Clima, análogo al del mediodía d e la Francia e Italia central. Tercera región. Siempre verde (sempervivente)o d e los bosques. Extensión. Desde 2.500 pies a 4.100. Temperatura media. 11" R. Clima, análogo al d e la Lombardía. " 7 E Cuarta región. Región del Pinar. Extensión. Desde 4.100 pies hasta 5.900. 3 Temperatura media. 8 " R. - 0 m O Clima, análogo al del N. d e la Francia, Escocia y N. d e 4 Alemania (2). n Al hacer extensivo este plan a la isla d e Tenerife, como más elevada, le añadió una quinta región a la q u e dio el nombre d e la Cumbre o d e las Retamas blancas. - m O Esta división prueba evidentemente que, bajo el cie- lo d e las Canarias, s e encuentran los climas más opuestos del globo, pudiendo considerarse su suelo como un jardín d e aclimatación, donde pueden florecer las plantas d e los n O trópicos, d e las zonas templadas, y d e las heladas regio- O nes del N. En los tiempos que precedieron a la conquista d e la isla por los españoles, los bosques habían descendido hasta las playas. Los valles costaneros, cubiertos de palmas, dragos, olivos silvestres e higueras, ocupaban una gran extensión d e terreno, y s e enlazaban, desde las mesetas del Lentiscal por el E. y d e Arucas por el N., con la frondosa selva d e Doramas, q u e ocupaba, en un radio d e más d e cuatro le- guas, los distritos d e Moya, Firgas y Teror.
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    En las vertientesde la Cumbre, grandes y espesos pinares de esa especie rara y preciosa, única tal vez en el mundo, cubrían los flancos de las montañas y diseñaban su oscura sombra hasta el mismo pie del Nublo, del Bentaiga y del Saucillo. La mano asoladora del hombre ha hecho desapare- cer poco a poco esta frondosa vegetación, orgullo de la Gran Canaria: los pinos han caído en su mayor parte bajo el doble impulso del hacha y del fuego, y extensos desier- tos se encuentran hoy donde la vista se perdía antes entre el espeso follaje de árboles seculares, cuyas ramas se es- condían en las nubes. lgual suerte cupo luego a la selva de Doramas; redu- cida a dominio particular, cayeron uno tras otro todos sus hermosos árboles, sin que haya quedado u n solo pliegue de terreno que conserve una muestra de aquella ex~ibe- rante vegetación tropical. Para comprender lo que era entonces el bosque de Doramas, veamos como lo describe Viera en sus N o t i c i a s , publicadas en el último tercio del siglo pasado. {(Muéstraseallí la naturaleza en toda su simplicidad, pero en ninguna parte tan rica, tan risuena, ni tan agrada- ble: el bosque de Doramas parece su obra más exquisita por la diversidad y espesura de árboles robustos siempre verdes, muy altos, rectos, fértiles y frondosos; jamás ha penetrado el sol el laberinto de sus ramas, ni las hiedras, hivalveras y zarzas se han desprendido de sus troncos; la gran copia de aguas claras y sumamente frías que, en arro- yos muy caudalosos, cortan y bañan el terreno por diferen- tes parajes, especialmente en las que dicen M a d r e s de M o y a , conservan un suelo siempre entapizado de hierbas medici- nales y olorosas; el canto de los pájaros, y el continuado vuelo de las aves que allí habitan en infinitas tropas, dan u n aspecto delicioso a toda la selva. Entre en ella una ima- ginación poética, y se verán por todas partes náyades, dríades & ". Los paseos dilatados y llanos parecen u n esmero del arte, y agradan más porque no lo son; hay u n sitio, que los aldeanos llaman la Catedral, que a la verdad representa una gran pieza de arquitectura decorada de columnas, ar-
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    Y bóvedas. Finalmente,toda esta montaña ofrece be- llos puntos de perspectiva, y si los bosques afortunados de 10s Campos Elíseos no tuvieron en nuestra isla su asiento, esta montana es una buena prueba de que le debieron te- ner.))(3). U n siglo antes de este escritor, en 1634, escribía uno de los Señores Obispos de estas islas, Don Cristóbal de la cámara y Murga, lo siguiente: ((Es,pues, aquella montana de Oramas de las gran- diosas cosas de España: muy cerrada de variedad de árbo- les, que mirarlos a lo alto, casi se pierde la vista, y puestos a trechos en unas profundidades y unas peñas, que fue singular obra de Dios criándolos allí. Ay muchos arroyos y nacimientos de frescas aguas, y están los árboles tan acopados q u e el mayor sol no baja a la tierra. A mí me espantaba lo que me decían, y visto de ella lo que pude, dije me avian dicho poco.))(4). La proximidad de las Canarias a las regiones tropica- les les comunica, a su vez, la energía de la zona tórrida y la frescura de la zona templada (5).En la ciudad de Las Palmas, situada a orillas del mar, sobre la costa oriental de la isla, nunca sube el termómetro centígrado de 30°, ni desciende de 16". Tan suave temperatura puede conside- rarse como una perpetua primavera: así es que las flores se suceden sin interrupción, y los árboles no bien se des- pojan de su hojas, cuando otras nuevas principian a cubrir SUS ramas. La feracidad del suelo produce en las costas, donde la acción del sol es más fecundante, tres cosechas anuales y a veces hasta cuatro, de modo que se recoge un fruto para sembrar otro, sin que la tierra descanse un solo ins- tante en este trabajo reproductor. La vegetación canaria parece el punto de enlace en- tre la europea y la americana. Bajo el cielo de las Afortuna- das, el tránsito de una a otra es insensible. Por eso vemos crecer, mezclados en sus valles, el naranjo y el banano, la palma y la higuera, el café y la vid, el tabaco y la morera, el aguacate, el papayo y el guayabo, con el euforbio, el drago y el nopal.
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    Parece, además, quela naturaleza ha favorecido a la Gran Canaria con una abundancia de aguas que, admira- blemente distribuidas, llevan el beneficio de su riego a los valles que se abren en las regiones media y costanera. Ciento tres heredamientos, o corrientes de agua le- galmente roturadas, se cuentan en la isla, sin indicar las norias, pozos y minas abiertas en los barrancos, que aumentan el caudal de estos manantiales. La nieve nunca desciende de las altas regiones de la Cumbre; el frío pocas veces hiela sus plantas y el calor rara vez las quema; brisas empapadas en la frescura del Océano vienen diariamente a bañar la atmós- fera, y cuando el sudeste, con el fuego abrasador que ha recogido al atravesar los desiertos de África, aparece sobre sus costas, modifica siempre su mortífera influencia al cru- zar las montañas del Nublo y del Saucillo. Notas (1) La Gran Canaria es el granero del archipiélago de las islas afortunadas (Personal, narrative of travels toth ey~iinoctial regions.) - Pareceporsu fertilidad la verdaderaisla afortunada de la antigüedad (Bory de Saint-Vincent, Essais sur les iles fortunées p. 206). - La grande Canarie es en general moins elevée que Teneriffe: le sol est moins tourmenté et plus susceptible de labour, aussi est-íl niieux cultivé. Si I'on excepte la partie centrale, les talus de I'ile sont plus accessibles, les ravins plus larges et moins escarpés; les torrens, an lieu de s'y precipiter en cascades, les parcourent sans fracas, et les eaux, mieux reparties, viennent facilitar les irrigations. La nature meme des trachytesa produit d'autres aspects; ces puissantes masses, disposées en plateau presentent des formes plus arrondies, des pentes rnoins abruptes, et ce concours de circonstances geognostiques a influé ici sur les progrés de cultures, l'abondance des ressources alimentaires, et meme sur les moeurs et la caractére des habitans. (Hist. nat. des lles Can. par Webb y Berthelot t. 2 p. 345). (2) Phisical. Beschr. des Can. Insel. Cap. 4". (3) Viera. Noticias de la hist. gen. de las /.C. t. 1" p. 208. (4) Constit. sinodales p. 240. Véase sobre el mismo asunto: Sosa (Topografía de G. Can. p. 9), Abreu Galindo (Conq. de G. Can. p. 104), Cairasco (Templo militante), y Castillo (Descripción histórica de Can. p. 193). (5) Hist. nat. des iles Can. t. 3 p. 3.
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    Libro Segundo. Edad antiguay media. ~gipcios, fenicios, etruscos, marselleses.- Hannon, sertorio, Juba.- Los árabes.- Expediciones de genoveses: ~ o r i a y Vivaldi; Angiolino del Teggia.- El Príncipe d e la Fortuna.-Juan de BethencourL- Conquista de Lanzarote, ~uerteventura,Gomera y Hierro.- Sucesores d e Bethencourt.- Diego d e Herrera. Egipcios, fenicios, etruscos, marselleses. - 0 Cuando los hombres en la infancia de su civilización, m O desbordándose de las alturas del Asia, descendieron en 4 opuestas direcciones hacia las riberas del Mar Amarillo y del Mediterráneo, puede decirse con certeza que el comer- - cio y la navegación brotaron espontáneamente de aquellos nacientes pueblos, como una de las primeras necesidades - m de su existencia social. O Muchos siglos debieron, sin embargo, transcurrir an- tes que la balsa o el tronco ahuecado del savaje se cam- biaran en canoa, y ésta, en una nave provista de timón, velas y remos. Penosas y largas observaciones, infructuo- sosy repetidos ensayos tuvieron que preceder a aquel momento afortunado en que el hombre, con la audacia de su genio, cruzó tranquilo la inmensidad de los mares, sin temer la inconstancia de los vientos, ni el furor de las tempestades; por eso, talvez, las primeras expediciones marítimas que registra la historia han sido inmortalizadas en los cantos de los poetas, que han visto en ellas el esfuerzo supremo del valor y de la inteligencia humana. Las primeras noticias históricas que poseemos sobre las antiguas Afortunadas se deben a los egipcios. Sus sa- cerdotes, depositarios exclusivos de la ciencia, conserva-
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    ban en susanales el recuerdo de la subversión de una isla, situada en el mismo paralelo de las Canarias, que desapa- reció en el fondo de las aguas sin dejar vestigios de su existencia. Esta era la famosa Atlántida, objeto de tantas discu- siones y de tan encontrados comentarios. Platón, en uno de sus diálogos, dice que u n anciano sacerdote egipcio, natural de Sais, había revelado a Solón, y éste a su vez a Critias, abuelo del filósofo, que en el Océano, más allá de las columnas de Hércules, había exis- tido una isla llamada Atlántida, de forma cuadrada, de 3.000 estadios de longitud y 2.000 de latitud, en donde el suelo, las montañas, los árboles, los animales, y, en fin, todas las producciones, eran de una perfecta hermosura. Ahora bien, las Canarias, la Madera, las Azores, ¿sc- rán tal vez fragmentos de esa isla sumergida? Indudable es que los egipcios y fenicios extendieron sus excursiones por las costas occidentales del África. Es- tos viajes, que serían entonces muy raros y expuestos a grandes peligros, abultados siempre por la imaginación de los pueblos, dejaron u n recuerdo imperecedero de su exis- tencia en la fábula de los Campos Elíseos, que Hornero, Virgilio, Horacio y otros poetas de la antigüedad, coloca- ron sin duda en las Canarias. Hacia aquellos tiempos en que Nechao reinaba en Egipto (610 a. de J.C.), se asegura que los fenicios, saliendo del Mar Rojo, dieron vuelta al Africa, y entraron al cabo de tres años por el estrecho de Gibraltar; expedición que se con- firma con la circunstancia que indica Herodoto de haber visto el sol a su derecha al avanzar hacia el cabo de Buena Esperanza, después de pasar el trópico de Capricornio. De este relato se deduce, desde luego, que, siendo su sistema de navegación no perder de vista la tierra, cos- teando siempre en cuanto se lo permitían las corrientes y los vientos ( l ) , debieron, al cruzar por el canal que separa las costas de Berbería de las islas de Lanzarote y Fuerteventura, descubrir esta parte del archipiélago, y descansar en sus playas después de u n viaje tan dilatado (2).
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    Entre las nacionesque florecían a orillas del Medite- rráneo, se distinguieron,después de los feniciosy cartagineses, de que luego hablaremos, los etruscos y marselleses. conquistadores los primeros de la Italia, y dueños con sus naves de los mares Tirreno y Adriático, que de ellos tomaron estos nombres, eran con sus continuas piraterías el terror de todos los navegantes. Dícese que intentaron ir más allá del Estrecho y colonizar u n país desconocido, lo cual prueba que se conservaba siempre vivo el recuerdo de las islas que poblaban el Atlántico. Por su parte, Marsella, florecientecolonia de la Fócide, fundada 600 años antes de J.C., se adelantó también con sus naves hasta el grande Océano. Piteas, que floreció an- tes de la época de Alejandro, reconoció las costas de la España, de la Cialia y del Báltico; y Eutímenes, costeando el África, llegó a las regiones equinocciales después de detenerse en las Canarias (3). De todas estas excursiones no nos quedan noticias bastante exactas, que puedan servirnos de guía para dedu- cir el origen y costumbres de los primitivos habitantes de estas islas, pero debe suponerse que fueron entonces co- lonizadas, dejando en ellas aquellos pueblos algunos ves- tigios de su paso. Notas ( 1 ) Los fenicios construían sus naves casi redondas, poquísima quilla para poder navegar l o m á s cerca posible d e tierra; O y con anchas velas, y muchos y grandes remos las hacían bogar contra el viento. (Cantú, Hist. univ. t. l op. 229.) (2)Herodoto lib. 4" cap. 42.- Viera. Noticias d e 1. Can. t. 1 " p. 2 5 1 .-Cantú. Hist. univ. t. 1 " p. 230. (3)Lelewell-Pytheas d e Marseille-París-1837.
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    Hannon, Sertorio, Juba. Sinembargo, entre las naciones que extendieron en la antigüedad su imperio marítimo por el Mediterráneo, ninguna igualó en poder y nombradía a la orgullosa república de Cartago. Asentada sobre un terreno ingrato, la necesidad obli- gó a sus hijos a buscar las riquezas y el favor sobre aquel elemento, que, inconstante y proceloso, se extendía a su pies. Numerosas escuadras salían continuamente de sus puertos, que llevaban la fama de su nombre y el terror de sus armas a las más apartadas regiones que bañaba el m D Mediterráneo. N E Las islas de Malta y Sicilia sintieron bien pronto la dureza de su yugo, cabiéndole igual suerte a la España, 3 que era en aquella remota época lo que el Indostán es hoy 1 m para las naciones europeas. O 4 La opulenta Gades, centinela avanzado de sus flore- cientes colonias, era el puerto elegido como punto de par- tida de sus lejanas expediciones, con las que, costeando por una parte las costas de Galicia, y doblando el cabo de Finisterre, se extendían hasta la Islandia y el Báltico, o por el contrario, siguiendo las costas que ciñen el continente africano, tocaban en las Canarias y reconocían o doblaban los cabos de Ciuer y Bojador hasta las apartadas regiones ecuatoriales. Entre estas expediciones hay una, cuya relación se ha conservado hasta nosotros por haberse depositado en u n templo de donde la copió, aunque inexactamente, u n griego. Extractaremos lo más notable que en ella se contie- ne. Corría el año 450 a. de J.C. La república de Cartago, hallándose en el apogeo de su gloria, y deseando extender su influencia, por esa necesidad de expansión que carac- teriza a las naciones comerciales, determinó enviar a Hannon más allá de las Columnas de Hércules, hacia cuyas desco-
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    ~íéronle a Hannon sesentanaves con 3.000 perso- nas entre hombres, mujeres y niños, y engolfándose con ellas en alta mar, después de haber navegado dos días fue- ra ya del Estrecho, principió a fundar ciudades en las cos- tas, reconociendo algunas islas cuya descripción hace. Aunque debe suponerse desde luego que visitó las canarias, tanto porque debían ser ya conocidas de los cartagineses, como porque, costeando la Mauritania, era difícil que no descubriese a Lanzarote o a Fuerteventura, sus indicaciones son tan oscuras, o el extracto que ha Ile- gado hasta nosotros tan incompleto, que no podemos se- " , - ñalar con certeza la parte que se refiere al archipiélago - E canario ( 1 ) . 3 Pasaron después de esta expedición tres siglos sin - 0 que la historia consignara en sus páginas ningún hecho que m O tuviera relación con las Afortunadas, hasta que, por los 4 anos de 82 antes de nuestra era, Sertorio, dueño de la Es- -* pana, donde sostenía el partido de Mario contra Sila, al hacerse a la mar en una escuadra, que oponía a la que en su persecución enviaba el senado, se vio sorprendido por - m una tempestad y arrojado sobre unas islas desconocidas O del Océano (2). Sin embargo, Plutarco, en la vida de este mismo ge- neral, da una versión muy diferente y más verosímil (3). n O - Hallándose Sertorio en Lisboa, dice el biógrafo roma- O no, encontróse allí unos marineros lusitanos que le hicie- ron una seductora descripción de los países que por ca- sualidad acababan de visitar. Estas son las palabras de Plutarco: dos son las islas que hemos encontrado en nuestro viaje, separadas por un estrecho brazo de mar, y distantes mil estadios de las costas de África. Llámanse Afortuna- das, y se hallan bañadas por vientos agradables, y regadas por lluvias suaves y periódicas: su fecundo suelo provee abundantemente a las necesidades de su pueblo que pasa la vida en dulce ociosidad. Nada altera en este clima la
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    tranquilidad d ela atmósfera; el viento d e l mediodía, a l Ile- g a r a e s t a s deliciosas c o m a r c a s , se halla modificado p o r el v a s t o e s p a c i o d e m a r q u e h a recorrido, y, a u n q u e las bri- sas marítimas a g r u p a n a l g u n a s n u b e s q u e p r o d u c e n esca- sas lluvias, se h u m e d e c e c o n frecuencia la tierra c o n un rocío b i e n h e c h o r q u e sirve para s a z o n a r los frutos. Se a s c - g u r a q u e e s t a s islas s o n los C a m p o s Elíseos, m a n s i ó n d e las a l m a s b i e n a v e n t u r a d a s q u e h a c e l e b r a d o Honiero e n s u s versos, y e s t a opinión se h a generalizado h a s t a c n t r c las n a c i o n e s m á s b á r b a r a s y salvaje s.^^ En e s t a s d o s islas d e los n a v e g a n t e s lusitanos, c r c c - m o s r e c o n o c e r a Lanzarote y Fuerteventura, a p e s a r d e q u e a l g u n o s c o m e n t a d o r e s (4)o p i n a n q u e Plutarco se refiere a la Madera y Porto S a n t o , juicio q u e n o n o s p a r e c e n i ~ i y ftin- d a d o . Pero d e j a n d o e s t a s vagas indicaciones, q u e n o n o s suministran ningún d a t o a u t é n t i c o s o b r e las Canarias, e x a - m i n e m o s la Historia natural d e Plinio, e n d o n d e e s t e a u - tor, c o p i a n d o a o t r o s c u y a s o b r a s se h a n perdido, n o s ha- bla ya c o n exactitud d e las Afortunadas. Los d a l o s a q t ~ c n o s referimos s o n los q u e , siguiendo a Statius S e b o s u s y a J u b a , n o s h a c o n s e r v a d o e n s u curiosa compilación. Statius, q u e escribió algunos a n o s d e s p u é s d e la muerte d e Sertorio, indica c l a r a m e n t e la posición d e a l g u n a s islas siguiendo la c o s t a d e Africa y la dirección del Atlas, a las q u e llama J u n o n i a , Pluvialia, Capraria, Convallis y Planaria ( 5 ) . J u b a , rey d e la Mauritania y u n o d e los h o m b r e s m i s instruidos d e s u é p o c a , d e s e a n d o c o n o c e r las islas q u e se extendían e n f r e n t e d e s u reino, e n v i ó u n a expedición a las Afortunadas, e s c r i b i e n d o luego u n a relación d e e s t e viajc q u e d e s g r a c i a d a m e n t e se h a perdido. El f r a g m e n t o q u e Plinio n o s h a c o n s e r v a d o d i c e tex- tualmente, así: ~ ~ H á l l a n s e s i t u a d a s (las Afortunadas) a p o c a distancia d e las Purpurinas. La primera se llama O m b r i o s y n o c o n - s e r v a vestigios d e edificios, cino u n e s t a n q u e e n s u s m o n - tes; v é n s e e n ella u n o s á r b o l e s a m a n e r a d e férulas, q u e
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    dan, los decolor oscuro, un licor amargo, y los más blancos, una agua muy grata al paladar. Llámase otra isla Junonia, y tiene un pequeño oratorio de piedra; inmediata a ella se des- cubre una d e menores dimensiones y del mismo nombre. ~ ~ c u é n t r a s e después la isla Capraria, llena d e grandes lagar- tos. Enfrente de ésta se levanta Nivaria, llamada así por estar casi siempre nebulosa y cubierta d e nieve. No lejos de ésta se ve la isla de Canaria, así de- llominada por la multitud de perros de gran tamaño, de los que dos fueron llevados a Juba: en esta isla se descubren vestigios de edificios (6).Todo este archipié- lago abunda e n frutas, aves, palmas, pinos, miel...; e n s u s riachuelos crecen los juncos q u e sirven para hacer papel, m y en s u s mares se encuentran ciertos peces llamados siluros.~) D Este importante fragmento del célebre naturalista la- tino, tiene para nosostros un valor inestimable, por s e r la 3 obra m á s antigua donde se encuentra designada por pri- - e m mera vez la isla d e Canaria con el nombre q u e siempre h a O 4 conservado, indicando clara y explícitamente s u verdade- ra etimología. - Al examinar las pocas palabras q u e se refieren a esta isla e n la narración de J u b a , deberemos deducir q u e había ya e n ella algunas poblaciones, supuesto q u e desde el mar podían descubrirse. En efecto, la costumbre de construir oratorios e n la cima de s u s montañas se encuentra confir- mada por Abreu Galindo y Viera, sin contar con las gran- d e s aldeas de Telde, Argonez (Agüimes) y Arguineguín, de q u e n o s hablan Bontier y Leverrier. Estos antiguos cronis- tas se expresan del m o d o siguiente hablando de la Gran Canaria: ((Amedia legua de la costa por la parte N.E. se hallan d o s lugares o aldeas distantes d o s leguas entre sí, llamado el u n o Telde y el otro Argonez, situados a m b o s a la orilla d e d o s arroyos d e agua corriente; y a 25 millas de estos lugares hacia el S.E. se ve otra aldea llamada Arguineguin (7). Después de estas breves indicaciones d e Plinio, to- madas, c o m o ya h e m o s dicho, de las obras de Statius y Juba, un silencio de diez siglos viene a caer c o m o u n a losa fúnebre sobre las Canarias.
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    La invasión delos pueblos del N., la caída del impe- rio romano, y la ignorancia de los siglos que siguieron a esta catástrofe, echó un velo impenetrable sobre las Afor- tunadas, cuyo recuerdo se borró enteramente de la memo- ria de la Europa. Notas ( 1 ) Véanse Plinio, lib 2" Cap. 67.- Malte-Brun, Hist. d e la geog. lib. 4. p. 85.- Heeren, Ideas sobre la política y comercio d e los Cartagineses.- Campomanes. Periplo d e Hannon ilustrado.- Viera. t. 1 O. p. 252. (2)Florus. Hist. rom. lib. 3". cap. 22. (3)Plut., d e Sert. (4) Bory d e St. Vincent. (5)Statius Sebosus apud Plin. lib. 6". cap. 37. (6)Proximam ei Canariam vocari a multitudine canum ingentis magnitudinis, e x quibus perducti sunt Juba duo: apparentque ibi vestigia aedificiorum. Pli. Lib. 6". cap. 32. (7)Bontier y Leverrir p. 72. Los árabes. Dueños los árabes de España desde el año 7 13, ha- bían fundado el poderoso Califato de Córdoba, donde las ciencias y las artes, olvidadas en el resto de Europa, vol- vían a adquirir el brillo que alcanzaron en las repúblicas de Grecia y Roma. La industria renacía entre el estrépito de las armas, el comercio se robustecía, y la navegación, indispensable en un país cruzado por tantos ríos, y bañado por dos ma- res, tomaba un incremento que favorecían por su propio interés las ciudades del litoral. En efecto, no sólo los árabes tenían que sostener una lucha continua con la indómita raza española, sino que se veían en la necesidad de cubrir sus costas de numerosas
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    para evitar quelos normandos, atrevidos pira- tas que cruzaban el Mar del Norte y s e adelantaban e n s u s ligeros buques sobre las playas d e la Francia y d e las islas Británicas, saqueasen también las costas españolas. Uno d e los capitanes árabes, que mandaba un buque destinado a defender el litoral d e Portugal y Galicia, supo por casualidad que, siguiendo la dirección del Atlas, se encontraban unas islas famosas por la bondad d e s u clima y la fertilidad d e s u suelo, a las que la antigüedad había dado el nombre d e Afortunadas. Deseando reconocerlas, abandonó su crucero, y, di- rigiendo s u rumbo al África, avistó después d e algunos días d e navegación, la Gran Canaria, e n cuyo puerto d e Gando m fondeó a principios d e febrero d e 999 (año 334 d e la Hégi- E ra). 3 Esta expedición, desconocida a todos nuestros histo- - riadores, e s la primera relación circunstanciada y auténti- 0 m O ca que ha llegado hasta nosotros sobre la Gran Canaria, 4 dándonos una curiosa idea del país y d e s u s habitantes e n aquella lejana época ( 1). n Ben Farroukh, q u e así se llamaba el capitán, después d e haber dado s u nombre a la rada donde fondeó, desem- - m O barcó al frente d e 130 hombres bien armados y se internó en el país. Hallábase por todas partes el suelo cubierto d e una frondosa vegetación: los montes y los valles presentaban n 0 entonces selvas, cuyos árboles, enlazando estrechamente O s u s ramas, hacían muy difíciles las comunicaciones. Algunos arabes, que anteriores naufragios habían Ile- vado a las costas d e la isla, s e presentaron al saber la Ile- gada d e los extranjeros, y reconocieron con indecible gozo a s u s compatriotas. Desde este momento la marcha d e los arabes no ofreció dificultad. El Rey o Guanarteme, cuyo nombre era Guanariga y que tenía s u residencia en Gáldar, sobre la banda septentrional d e la isla, quiso recibirlos e n su palacio, y Ben Farroukh, festejado por los Guaires o consejeros del monarca isleño, se presentó a éste para in- dicarle por medio d e s u s intérpretes que el poderoso cali-
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    fa Abdelmelec, reinanteentonces, le enviaba a solicitar su alianza y amistad, y a rendir el debido homenaje a s u ge- nerosidad y valor ( 2 ) . Tan lisonjera embajada fue recibida por Guanariga con la más profunda satisfacción. Su palacio se vio instantá- neamente adornado con palmas y flores, y por su orden se obsequió a los árabes con ganado, frutas y cebada tostada (gofio),que constituían toda la riqueza del país. De Canaria, Ben Farrooukh se dirigió al occidente y reconoció una isla muy elevada que llamó Ningaria (Tenerife); otras más pequeña, situada al S. de aquélla y a la que dio el nombre de Junonia (Ciomera),y más al occidente, otras dos que denominó Aprositus (Palma)y Hero (Hierro).Cam- m biando luego el rumbo hacia el oriente, descubrió a Capraria D E (Fuerteventura) y Pluitana (Lanzarote). - 7 Después de reconocerlas todas, y de verificar en ellas algunos desembarcos para renovar sus provisiones y agua- - 0 m O da, que se le habían concluido, resolvió Ben Farroukh vol- 4 ver a España, a cuyas costas llegó en mayo del mismo ano de 999. n Por lo que acabamos de referir se comprenderá cuan interesante es el contenido del manuscrito árabe que he- mos extractado. Los nombres antiguos de las siete islas aparecen con la mayor claridad y precisión, sin dar lugar a comentarios ni a suposiciones, y las breves noticias que nos da sobre la Gran Canaria, y que comentaremos al ocuparnos de los usos y costumbres de los indígenas, son de u n gran valor histórico en medio de la oscuridad que envuelve tan leja- na época. N o es éste, sin embargo, el único historiador árabe que parece ocuparse de las Afortunadas: en la conocida obra del geógrafo de la Nubia, El Edrisi, comentada y traducida por Mr. Jaubert (3)y por Conde (4), hay algunos párrafos que se refieren indudablemente a las Canarias, pero en los que nosotros no encontramos la claridad nece- saria para deducir del texto árabe ninguna noticia intere- sante al archipiélago.
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    Dice literalmente así,siguiendo la traducción de Mr. jaubert. ,<~xpediciÓn d e los Maghruinos (año 1016 d e J.C.)), ,,Se reunieron e n número de ocho, todos primos her- manos, con el objeto d e saber lo q u e encerraba el Océano y cuáles eran s u s límites; después d e haber construido un buque d e transporte, embarcaron agua y víveres e n sufi- ciente cantidad para una navegación d e muchos meses, y dieron a la vela d e Lisboa, al primer soplo d e viento del E. D ~ ~ P U ~ S de navegar durante once días, llegaron a un sitio cuyas espesas olas exhalaban un olor fétido y ocultaban numerosos arrecifes, que no se vislumbraban sino débil- mente: temiendo naufragar, cambiaron la direccíón de s u s m velas, corrieron hacia el S. otros once días, y llegaron a la E isla de los carneros, llamada así por el gran número d e estos animales q u e pacían sin pastor y sin persona q u e los 3 cuidase.1 , - e m ((Habiendosaltado a tierra e n esta isla, encontraron O 4 un manantial d e agua corriente e higueras salvajes; cogie- ron y mataron algunos carneros, pero su carne era tan amarga n que les fue imposible comerla. Guardaron, sin embargo, las pieles, y siguieron su navegación otros once días, al = cabo d e los cuales descubrieron otra isla que parecía habi- m 0 tada y cultivada; acercáronse a reconocerla, y al poco tiempo se vieron rodeados d e barcas, hechos prisioneros, y con- - ducidos a un pueblo situado a la orilla del mar. Fueron enseguida a una casa e n donde vieron unos hombres d e n alta estatura, d e color moreno y atezado, cabellos n o cres- o O pos, y mujeres d e una rara belleza; en esta casa permane- cieron tres días; al cuarto vieron llegar a un hombre ha- blando árabe, que les preguntó quiénes eran, y por qué habían venido a aquel país. Contáronle los prisioneros s u aventura, y él les dijo que era intérprete y que nada temie- sen. Dos días después fueron presentados al rey d e la isla, que les dirigió las mismas preguntas, a las cuales respon- dieron como lo habían hecho con el intérprete, esto es, que s e habían lanzado al mar con el objeto d e saber lo que podría haber d e singular y curioso, y descubrir su límites.))
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    ((Luegoque el reyles hubo oído, soltó una carcajada y dijo al intérprete.- Explica a esas gentes que mi padre habiendo un día ordenado a uno de sus esclavos que se embarcase y siguiera el mismo rumbo, navegó hasta que la claridad del cielo le faltó, viéndose obligado a renunciar a tan vana empresa.- El rey mandó también al intérprete que asegurase a los Maghruinos que serían tratados con bondad para que de este modo lo estimasen, y así se eje- cutó. Volviéronlos luego a su prisión, en donde permane- cieron hasta que, soplando viento del O., les vendaron los ojos, les embarcaron en una lancha, y los hicieron bogar por algún tiempo.>) ((Deeste modo, dicen, pasamos tres días y tres no- ches, llegando enseguida a un país donde nos desembar- " 7 caron con las manos atadas a la espalda, abandonándonos E en la playa. Así permanecimos hasta la salida del sol, su- friendo horriblemente con las ligaduras que nos sujetaban 3 los brazos. En fin oímos voces humanas y grandes carcaja- - 0 m das a nuestro alrededor, y llamamos en nuestro auxilio. O 4 Rompieron entonces aquellas ligaduras y nos dirigieron diversas preguntas, a las que contestamos refiriéndoles nuestas des- - gracias. Las personas que nos rodeaban eran bereberes, y uno de ellos nos dijo: - ¿Sabéis a qué distancia os encon- - tráis de vuestro país? - Al oír nuestra respuesta negativa m O añadió. - Entre el punto en que os encontráis y vuestra patria, hay dos meses de camino.- El que entre ellos pare- - tía ser el jefe, decía continuamente Wasafi! (jay de mí!). Esta es la causa porque aquel punto se ha llamado Asafi. O " Según los más ilustrados comentadores, las islas que primero encontraron los Maghruinos debieron ser las Azo- res, la de los Carneros, la Madera, y la última, donde caye- ron prisioneros, Lanzarote o Fuerteventura. Pero ¿no es indudable que los indígenas no conocie- ron el arte de la navegación? ¿Cómo aseguran alg~inos au- tores que descubren la raza canaria en la descripción que hace el geógrafo árabe de los habitantes de aq~lellaisla? Cuestiones son éstas de imposible solución, y que sólo por conjeturas pueden apreciarse; su interés decae, sin embargo, después de la relación que hemos copiado
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    Y que da una idea tan clara y precisa del &ado d e las Canarias e n el siglo undécimo. Dejaremos, pues, a los árabes Maghruinos, q u e nada nos revelan respecto al archipiélago, y echemos una rápi- da ojeada sobre las expediciones de los genoveses e n los siglos que precedieron a la conquista. Notas (1) El manuscrito original, conservado en la Biblioteca d e parís, ha sido traducido al francés por Mr. Etienne en 1842. (2)Ossuna, Comp. d e hist. d e Can. p. 17.- Mr. Etienne m s . 13. (3)Geog. d e Edrisi. (4) Compilaciones d e autores árabes. IV. Expediciones de genoveses. Doria y Vivaldi. Angiolino del Teggia. Continuando el análisis d e las noticias, que de los oscuros tiempos d e la Edad Media nos restan relativas a las Canarias, vamos ahora a ocuparnos d e dos expedicio- nes muy notables, realizadas por marinos genoveses. Según lo q u e nos refieren algunos historiadores ita- lianos ( 1 ), se sabe que, en 1291, dos capitanes genoveses, llamados Teodorio Doria y Ugolino Vivaldi, emprendieron un viaje d e exploración a las Canarias, llevando consigo dos religiosos franciscanos. Pero aunque s e dice q u e toca- ron e n estas islas, como no volvió a tenerse noticia d e es- tos atrevidos aventureros, se supone que naufragron so- bre las costas occidentales del África, perdiéndose con ellos las noticias adquiridas en su exploración ( 2 ) . Llegamos ya al ano d e 1341, y a la célebre expedi- ción que el rey de Portugal, Alfonso IV, encomendó a Angiolino
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    del Teggia deCorbizzi, ilustre aventurero florentino, viaje que arroja una gran luz sobre el estado de las islas en el siglo XIV (3). El 1 O de julio del citado año, tres carabelas, aprovi- sionadas convenientemente de orden del rey Alfonso, y tri- puladas por florentinos, genoveses y castellanos, se die- ron a la vela de Lisboa con rumbo a las Canarias, llevando a su bordo caballos, armas y diversas máquinas de guerra. A los cinco días de navegación aportaron a una de las islas del grupo, que, según sus cálculos, tenía 140 millas de circunferencia, y era formada de una masa de piedras sin cultivo, abundante en cabras y otros animales, y pobla- da de hombres y mujeres desnudos. Aquí adquirieron grandes cantidades de pieles y sebo, sin atreverse, sin embargo, a internarse en el país. Pasaron enseguida a otra isla (Canaria),donde descu- brieron una multitud de gente que les salía al encuentro llenando la playa. Los hombres y las mujeres se presenta- ban también casi desnudos, viéndose entre ellos algunos que parecían jefes, vestidos con pieles de cabra, pintadas de color de azafrán y rojo, muy finas, blandas y artística- mente cosidas con hilo de tripa. Sus movimientos pare- cían indicar que obedecían todos a su príncipe, a quien manifestaban mucho respeto y obediencia. Estos insulares dieron a entender por señas que deseaban comerciar con los recién llegados y entrar con ellos en relaciones, pero cuando las chalupas se acercaron a la playa, los marinos no pudieron comprender sus palabras, ni se atrevieron a tomar tierra. Sin embargo, añade el autor de esta relación, su lenguaje es muy dulce, y la pronunciación viva y preci- pitada como la de los italianos. Cuando los isleños conocieron que los extranjeros no querían desembarcar, intentaron algunos llegar nadando a los navíos, pero, aunque lo consiguieron, su tentativa les salió muy cara, pues los portugueses retuvieron cuatro a bordo, que luego fueron conducidos a Lisboa. Al costear la isla, observaron que por el N. se hallaba mejor cultivada que por el S. Vieron además u n gran nú- mero de casas pequeñas, higueras y otros árboles, palmas
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    sin fruto, yjardines con coles y legumbres. Decidiéronse entonces a saltar e n tierra, desembarcando hasta veinti- cinco tripularios bien armados. Acercáronse a las casas y encontraron e n una de ellas treinta hombres desnudos, que, espantados al ver s u s armas, huyeron sin detenerse a las montañas. Los marineros penetraron e n estas casas aban- donadas, y descubrieron q u e estaban construidas de pie- dras cuadradas, unidas con mucho arte y forradas de ma- dera. Pero, observando q u e muchas habitaciones se halla- ban cerradas, y queriendo examinarlas, rompieron con piedras las puertas, violencia q u e irritá mucho a los canarios, cu- yos gritos d e enojo llegaron hasta la playa. Rotas al fin las puertas, hallaron excelentes higos secos consevados en cestas de palma, trigo de un grano grueso y muy blanco, cebada y m otras semillas, q u e probablemente servirían de alimento a E los isleños. Las casas, c o m o hemos dicho, eran muy hermosas, 3 revestidas de madera e n el interior, y tan aseadas y limpias - O m q u e parecían blanqueadas con yeso. O 4 Entre otras cosas curiosas, hallaron una capilla u ora- * n torio donde sólo se veía una estatua esculpida e n piedra, representando a un hombre con un globo e n la mano. Este ídolo, q u e estaba desnudo, exceptuando un delantal de - m hojas de palma q u e le caía desde la cintura, fue llevado O por ellos a Lisboa. La isla les pareció muy poblada y d e esmerado culti- vo, supuesto q u e producía, c o m o acabamos de decir, tri- n go, cebada, legumbres, frutas y especialmente higos. O O Después de alejarse de la Gran Canaria, descubrie- ron otras islas q u e fueron Hierro, Palma, Ciomera y Tenerife, pero sin atreverse a desembarcar, aunque las costas pre- sentaban un aspecto muy agradable por la frondosidad de s u arbolado. Y a hemos dicho que los expedicionarios se habían apo- derado de cuatro indígenas canarios, que condujeron a Lisboa para presentarlos al rey. Eran éstos, jóvenes sin barba y de hermosa figura; adornábales una especie d e delantal o tonele- te de hojas d e palma y juncos, como d e una tercia de longitud; tenían los cabellos muy largos y rubios, y se cubrían con ellos
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    el rostro yuna parte del cuerpo. N o conocían el calzado. Su estatura era regular, y e n sus robustos miembros se revelaba su fuerza y agilidad. El lenguaje que usaban no era d e nadie com- prendido, pero se entendían por signos, manifestando e n todo una inteligencia muy despejada. Entre los cuatro prisioneros, había uno a quien miraban con mucho respeto; distinguíase este jefe de los demás por su tonelete tejido d e hojas d e pal- ma, mientras s u s compañeros los llevaban de juncos teñidos de amarillo y rojo. Dulce era s u canto, y sus danzas tenían mu- cha semejanza con las francesas; alegres y risueños estos insu- lares, añade el autor del diario, parecían más civilizados y me- nos salvajes que muchos españoles (4). Cuando se encontraron prisioneros, comieron higos y pan sin repugnancia, a pesar d e q u e el pan no le habían probado antes. Rehusaron, sin embargo, tomar vino, pero bebieron agua en abundancia. N o conocían el dinero, ni el valor d e los meta- les preciosos, y s u generosidad eran tan notable, que, cuando alguno recibía cualquiera cosa d e comida, la partía en trozos antes de probarla, y la dividía entre s u s compañeros. Alfonso IV recibió gran placer c o n el resultado d e esta expedición, y se dispuso a s o s t e n e r con m á s ahinco s u s pretendidos derechos a las Canarias, c o m o veremos luego e n el curso d e e s t a historia. Notas ( 1 ) Petro d'Albano. Conciliat. dissert. LXVII1.- Foglieta. Hist. Genuens. lib. V.- Petrarca, In vit. solit. lib 2" sect. 6". cap. 3". (2) Hace poco tiempo que hemos leído en un periódico: <<Parece que Mr. Parri, acreditado bibliófilo, empleado en la Biblioteca d e Turín, ha descubierto el diario manuscrito de los navegantes Teodorio Doria y Ugolino vi val di'^. (3)Este viaje desconocido a todos nuestros historiadores, ha sido extractado d e un manuscrito autógrafo d e Bocaccio, que s e conservaba en la biblioteca d e los Magliabechi de Florencia, y publicado e n 1827 con notas y aclaraciones por Mr. Sebastian Ciampi. Los Sres. Webby Berthelot, e n s u Hist. Nat. des iles Can., ilustran este pasaje, t. 1 O . p. 23 y siguientes. (4) ... ridentes sunt et alacres, et satis domestici, ultra quarn sint multi e x Hispanis.
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    El Príncipe dela Fortuna. La expedición que acabamos de referir indica que el archipiélago era bastante conocido entre las naciones ma- rítimas de Europa, y que se codiciaba ya su posesión. Pero entretanto, y casi en la misma época (1344),el papa Clemente VI disponía soberanamente de las siete is- las en uso de las facultades que se les atribuía a los pontí- fices sobre todos los países del globo. Había en Francia un príncipe, nieto de reyes, que desaba ceñir su cabeza con una corona soberana, y, llevando la fama a sus oídos las noticias más favorables sobre las Afor- tunadas, determinó solicitar su investidura, obligándose a conquistarlas y reconociéndose feudatario de la Santa Sede. Era éste el príncipe don Luis de la Cerda, conde de Clermont, biznieto de don Alfonso El Sabio de Castilla y de san Luis, rey de Francia. Residía entonces la corte romana en Avinón, y allí fue donde, después de un consistorio público, celebrado al efecto, fueron las islas Canarias erigidas en reino y proclamado don Luis de la Cerda príncipe soberano de ellas, a condi- ción de reconocerse vasallo del Sumo Pontífice y pagar anual- mente cuatrocientos florines de oro bueno y puro con el peso y cuno de Florencia. La bula llevaba la fecha del 15 de noviembre de 1344, y en ella hacía el Papa donación de las islas Canaria, Ningaria, Pluviaria, Capraria, Junonia, Embronea, Atlántica, Hespérida, Cernent, Górgonas y la Goleta ( 1 ). Para solemnizar tan curiosa ceremonia, el nuevo Rey de las Afortunadas, con cetro y corona, recorrió las calles principales de Avinón al frente de una lujosa cabalgata (2). Pero, ¿qué resultado obtuvo en su arriesgada empresa? Después de muchas contradicciones y obstáculos, pudo al fin ar- mar tres carabelas con alguna gente de guerra, y, con ellas, salir al mar desde el puerto de Cádiz en abril de 1345. Diose a la vela, dirigiendo su rumbo al S.E. con el fin de no perder de vista el continente africano, pero esta na-
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    vegación, e nvez de ofrecerle m e n o s dificultades, le pro- d u j o tantos contratiempos, q u e , p o r Último, tuvo q u e re- nunciar a s u e m p r e s a sin llegar a pisar nunca el s u e l o d e las Canarias. Entretanto, uno de sus capitanes, llamado Álvaro Guerra, q u e m a n d a b a la mayor d e las carabelas, despreciando los temporales, escollos y corriente q u e habían detenido al príncipe, continuó navegando e n d e m a n d a del archipiéla- go, hasta abordar por fin a u n a isla, cercana a la costa d e África, a quien dio el n o m b r e d e Isla del Infante (3). Álvaro Guerra d e s e m b a r c ó al punto, tomando pose- sión, con las fórmulas d e costumbre, de aquella isla y d e t o d a s las q u e e s t a b a n comprendidas e n un radio d e cien leguas. Encontró allí a algunos españoles, restos d e antiguas expediciones o d e anteriores naufragios, q u e le sirvieron d e intérpretes con los naturales. Pero, a pesar d e los bue- n o s auspicios con q u e dio principio la colonia, es lo cierto q u e la carabela volvió a España con t o d o s los expediciona- rios, muy descontentos d e n o hallar e n las Afortunadas las riquezas q u e s u m i s m o n o m b r e parecía ofrecerles (4). El Príncipe d e la Fortuna, c o m o llamaban d e s p u é s d e s u coronación al infante d o n Luis, informado sin d u d a por Álvaro Guerra d e las pocas ventajas q u e ofrecía s u prome- tido reino, o tal vez, c o m o cree u n o d e nuestros historia- dores, d e s e o s o de prestar s u ayuda a la Francia, invadida e n t o n c e s por los ingleses, olvidó bien pronto s u e m p r e s a y murió e n Europa, sin pisar j a m á s las islas, ni acordarse repetir estas expediciones, q u e hubieran podido darle nuevas luces s o b r e u n o s países que, según el d e r e c h o público eu- ropeo, le pertenecían exclusivamente. Después d e e s t a expedición del Infante, n o s dicen nuestros cronistas q u e , e n 1360, salieron d e los puertos d e Mallorca d o s b u q u e s con dirección a Canaria, sin d u d a con el intento d e cambiar algunos avalorios por ciertos productos indígenas muy apreciados e n Europa. Los mallorquines fondearon e n Gando, puerto situa- d o entre Telde y Agüimes, y, sin el m e n o r recelo, d e s e m -
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    barcaron, internándose en el país; pero los canarios, rece- losos ya d e las intenciones con q u e les visitaban los euro- peos, cayeron sobre los expedicionarios, aprisionándolos a todos. Los pocos q u e habían quedado en los navíos se alejaron d e la costa, sin q u e volviera e n lo sucesivo a te- nerse noticia d e ellos. En tanto, los mallorquines prisioneros, deseando captarse la voluntad d e los canarios, les enseñaron a labrar la ma- dera, construir casas, y abrir cuevas más espaciosas y có- modas q u e las q u e hasta entonces les habían servido d e habitación; al mismo tiempo, cinco frailes d e la Orden d e San Francisco, prisioneros también, principiaron a sembrar las primeras semillas del evangelio, encontrando e n la in- " 7 teligencia y docilidad d e los isleños discípulos respetuo- E s o s y obedientes. En prueba d e los rápidos progresos del cristianismo e n la Gran Canaria, podemos citar el hecho, 3 que refiere Abreu Galindo, d e haberse construido d o s er- - mitas d e piedra, una en los arenales del puerto d e La Luz, 0 m O bajo la advocación d e Santa Catalina, y otra e n Agaete con 4 el nombre d e San Nicolás (5). - Esta buena armonía no duró, sin embargo, largos años; causas q u e no son fáciles d e indicar con seguridad, pero q u e no debieron ser muy favorables a los mallorquines, determinaron a los canarios a exterminarlos e n un solo día (6). Verificáronlo así, sin grande obstáculo, despenando a los frailes, como muerte más honrosa, por la sima d e Jinámar, famosa caverna q u e se encuentra e n el distrito d e este nombre, y cuya profundidad nadie ha podido toda- vía sondear. El mal éxito d e estas expediciones no desalentó a los españoles y portugueses, ni les impuso temor alguno; el espíritu aventurero, q u e bien pronto había d e llevarles a descubrir nuevos mundos, infundió e n s u s pechos el de- s e o d e extender la fama d e su nombre y la fe d e s u s mayo- res. En septiembre d e 1369 nos encontramos con una bula del Papa Urbano V, dirigida a los obispos d e Barcelona y Tortosa, a fin d e q u e permitieran y aceleraran la marcha
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    de algunos misionerosque deseaban con instancia ir a predicar el evangelio a la Gran Canaria. En 1377, Martin Ruiz de Avendaño, noble vizcaíno, aporta a Lanzarote y es recibido con afectuoso interés por aquellos naturales (7). En 1382, una tempestad arroja sobre las costas de la Gran Canaria, un buque mandado por Francisco López, sal- vándose del naufragio trece españoles, que fueron hechos prisioneros por los isleños. El Guanarteme, a quien fueron presentados, ordenó que se les tratase como amigos, man- dando bajo las más severas penas a todos sus vasallos que nadie fuera osado a agraviarles. Así vivieron muchos años, contribuyendo con sus conocimientos a suavizar las cos- tumbres de aquellos insulares, hasta que, en 1399, una ar- mada de vizcaínos y andaluces, al mando de Gonzalo Peraza Martel, se presentó sobre las costas de la isla y saqueó cuanto encontró a su paso; consecuencia de esta invasión fue la desconfianza con que principaron los canarios a mirar a los mallorquines, suponiéndoles espías de los españoles, y la cruel resolución que adoptaron de ahogarlos a todos en el mar, haciendo sufrir la misma suerte a siete prisioneros que habían caído en su poder en las últimas refriegas (8).De este modo, aquellas inocentes víctimas pagaron con su vida las feroces correrías de los aventureros europeos, que, cual aves de rapiña, se lanzaban a intervalos sobre las abiertas costas del archipiélago, para saciar s u sed de oro, vendien- do por esclavos en Europa a todos su habitantes sin distin- ción de edad, clase ni sexo (9). Notas ( 1 ) Fleury. Hist. eccles. t. 20.- Viera, t. 1 ". p. 270. (2)Petrarca. De vit. solit. liv. 2". trat. 6". cap. 3": Mariana. Hist. d e Esp. lib. 16. cap. 14. (3)Es probable que fuera Lanzarote. (4) Esta relación s e halla tomada d e unos manuscritos descubiertos recientemente en la Biblioteca del Escorial.- Véanse los citados mss. que llevan el nombre d e Diego Ordóñez, cuad" 4" año d e 1530, y a Ossuna, Comp. d e la hist. de Can. p. 28. (5)Abreu Galindo. Conq. d e Can. p. 22.
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    (6)<<Es menester sospechar quelos vicios de aquellos cristianos fueron mayores que sus virtudes. 11 Viera. t. 1 O. p. 275. (7) Oigamos a Viera: donzamas reinaba e n Lanzarote por 10saños de 1377, cuando arribó a la isla, azotada de una borrasca, cierta embarcación española a cargo d e Martín Ruiz de Avendaño. LOS naturales le recibieron con una afabilidad y un agrado que n o tenía nada de grosería, pues le hicieron muchos presentes d e ganado, leche, queso, conchas y pieles. El mismo rey, n o sólo quiso que se hospedase en su palacio, que era un castillo construido de piedras de una magnitud portentosa, sino que viviese familiarmente con la reina Faina, su mujer. Faina tenía buena figura, Martín Ruiz era joven, galán, extranjero y n o estaba vestido de pieles. Véase aquí por qué a los nueve meses de s u regreso a España dio a luz la reina de Lanzarote una niña blanca y rubia, que s e llamó Ico, y quien todos negaban en secreto el epíteto de Guaire o noble, m reputándola por extranjera. 11 Hist. d e Can. t. 1 O . p. 191. D Véase también Abreu Galindo. p. 34, de donde Viera toma esta noticia. 3 (8)Castillo. Descrip. d e Can. p. 17. - O m (9)Los pormenores de este suceso han llegado hasta nosotros O en un testamento escrito por uno d e estos mismos españoles. 4 Castillo p. 30. n VI. Juan de Bethencourt. n Principiaba apenas el siglo XV, ese siglo portentoso - O que abrió un nuevo período a la humanidad con la apari- O ción d e la imprenta y el descubrimiento del Nuevo Mundo, cuando e n un oscuro pueblo d e Normandía, un noble ba- rón, chambelán d e Carlos VI, animado del espíritu d e s u época, quiso emprender la conquista d e las islas Canarias, cuya fama había llegado hasta la Francia. Era este caballero el senor Juan d e Bethencourt, ba- rón d e Saint Martin-le-Gaillard e n el condado d e Eu, senor d e Bethencourt, d e Grainville-la-Teinturiere, d e Saint Sere, d e Lincourt, d e Riville, del Grand Quesnay &". Decidido a emprender tan extraña conquista, s e des- pidió d e su familia, y, dirigiéndose a la Rochela, se asoció
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    allí con otronoble aventurero, llamado Gadifer de a Salle, y juntos equiparon un buque con más de doscientos hom- bres de armas, haciéndose a la vela el 1 " de mayo de 1402. Después de algunas vicisitudes llegaron todos a Cádiz, donde, a consecuencia de una denuncia presentada por varios comerciantes españoles, aprisionaron a Bethencourt, creyéndole pirata, y le condujeron a las cárceles de Sevi- lla. Puesta allí en claro su inocencia, se hizo de nuevo a la vela, no sin haber tenido antes el disgusto de verse aban- donado de la mayor parte de los aventureros, que, temien- do ir a morir a lejanas tierras, sin otra recompensa que u n mezquino sueldo, y divididos en bandos por ciertas des- avenencias que habían estallado a bordo, se quedaron en España. A los nueve días de una navegación feliz, los normandos descubrieron la Alegranza, islote desierto al este del archi- piélago, que, en señal de regocijo, llamaron Joyeuse, y, pocas horas después, desembarcaron en Lanzarote. Contábanse entonces los primeros días de julio de 1402. Ciuadarfia, que así se llamaba el rey de Lanzarote, vino a recibir a sus huéspedes con señales de afectuosa amistad, y, entre fiestas y regocijos, pasaron juntos algu- nos días. Enseguida se dispuso edificar u n castillo, al que dieron el nombre de Rubicón, y por consejo de Gadifer se hizo una excursión a la isla vecina de Fuerteventura. Después de estos sucesos, habiendo surgido nuevas disidencias entre losjefes y soldados normandos, Bethencourt determinó regresar a España y solicitar la protección y ayu- da de Enrique 111 de Castilla, para de este modo obtener con más seguridad el fin que se había propuesto. Bertin de Berneval, que durante la ausencia de Bethencourt debía ejercer en la colonia el cargo de lugar- teniente, se malquistó con Gadifer y con los naturales del país, fomentando entre estos últimos la guerra, y apode- rándose por engaño de sus personas para venderlos luego como esclavos a varios marineros españoles que en un pequeno buque acababan de aportar a la Graciosa.
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    Contábase entre losprisioneros a Guadarfia, rey como hemos dicho d e Lanzarote, el cual, viéndose reducido a tan miserable estado, logró romper s u s ligaduras, y esca- parse d e las manos d e s u s cobardes enemigos. El traidor Bertin, firme e n s u odioso propósito, se hizo a la vela con veintidós isleños prisioneros, de- jando el país sublevado y arruinada la colonia. Abandonado a s u s escasos recursos, Gadifer d e la Salle consiguió, sin embargo, mantener el orden y la disciplina entre los pocos europeos que aún le quedaban e n Lanzarote, y con el fin d e poder con más seguridad dominar a los isleños procuró dividirlos. Tal fue el objeto con q u e dio oídos a las proposiciones que le hizo uno d e s u s principa- lesjefes llamado Asche, para entregarle prisionero a Quadarfia. Pero el astuto isleño, si bien cumplió s u palabra, fue para engañar mejor a los franceses, y conseguir, en un momento oportuno y d e antemano señalado, degollar a todos los q u e componían la colonia. Los celos d e los isleños y s u s divisiones interiores salvaron esta vez a los normandos; Guadarfia pudo d e nuevo vencer a s u s rebeldes súbditos, y, aprisionando a Asche, le hizo morir apedreado, mandando quemar luego s u cadá- ver. Bethencourt, mientras esto sucedía, s e había presen- tado e n la corte d e Enrique 111, q u e entonces reinaba e n Castilla, y, declarándose s u feudatario, solicitó d e aquel monarca los recursos necesarios para continuar s u princi- piada empresa. Enrique le recibió con cariño y aceptó benévolamente su ofrecimiento, ordenando equipar un buque, q u e d e s d e luego s e dirigiese a Lanzarote, y proporcionándole otros auxilios d e hombres, armas, víveres y dinero, con los cua- les Bethencourt pudo regresar a s u colonia, llevando una pequeña pero lucida compañía, como dicen s u s cronistas ( 1 ) . La llegada sucesiva d e estos refuerzos, y principal- mente la d e Bethencourt, q u e era muy apreciado d e los insulares por s u rectitud y justicia, hizo tal impresión e n
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    Guadarfia y en todos s u s vasallos, q u e resolvieron presen- tarse e n Rubicón, y pedir sin tardanza el bautismo. Hiciéronlo así con gran contentamiento d e Bethencourt y Gadifer, q u e se apresuraron a señalar el día para tan solemne ceremo- nia. Fue é s t e el primero d e cuaresma del a ñ o d e gracia d e 1404, y Guadarfia, llevado con gran pompa a la iglesia, cambió e n aquel m o m e n t o s u nombre por el d e Luis, imi- tandole e n los días siguientes todos los isleños. De e s t e m o d o q u e d ó e n d o s a ñ o s sometida la isla d e Lanzarote a la fe cristiana, y a los usos, costumbres y civi- lización de la vieja Europa (2). Notas ( 1 ) Bontier y Leverrier. Chap. X L V. (2)Es digno d e leerse el curioso catecismo que s e escribió entonces por los capellanes d e Bethencourt para instrucción de los neófitos isleños. Véase la crónica d e Bontiery Leverrier desde el cap. 47 hasta el 52. VII. Conquista de Fuerteventura, Gomera y Hierro. El homenaje prestado por Bethencourt al rey d e Castilla, n o había sido bien recibido por s u asociado Gadifer d e la Salle, d e m o d o q u e e s t e motivo, unido al papel secundario q u e se veía obligado a representar e n la colonia, fue c a u s a d e q u e estallasen entre a m b o s serias disensiones, q u e en- torpecieron por algún tiempo los progresos d e la conquis- ta. Por fin, n o pudiendo ponerse de acuerdo respecto d e s u s mutuas pretensiones, resolvieron trasladarse a Espa- ña, y ventilar s u s derechos a n t e el mismo rey d e Castilla. Con e s t e objeto se embarcaron e n dos diferentes naves, y, llegando casi al mismo tiempo a la Península, se dirigieron a la Corte, q u e e s t a b a entonces e n Sevilla.
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    Poco tardó en convencerse Gadifer q u e todo el favor d e Enrique era para s u rival, y así, pretextando el abando- no e n q u e tenía s u s intereses, manifestó deseos d e retirar- se a Francia, c o m o lo verificó luego, sin q u e d e s d e enton- ces volviera a ocuparse nunca d e las islas. Libre Bethencourt d e s u incómodo consocio, retornó con refuerzos a Lanzarote y emprendió seriamente la rendición de Fuerteventura, o de Herbania, como entonces se llamaba. Al intento levantó varias fortalezas d e s d e las cuales hacía excursiones e n el país, talándole e n todas direccio- nes, llevándose el ganado a Lanzarote y haciendo prisione- ros a los isleños, a quienes procuraba dar el mejor trato, para q u e d e e s t e m o d o cundiese al mismo tiempo la fama d e s u fuerza y d e s u bondad. N o le salió inútil s u estratagema, porque, viendo los d o s reyes q u e entonces se dividían la isla la inferioridad d e s u s armas, y convencidos d e q u e aquellos extranjeros les prometían un gobierno benéfico y paternal, enviaron una embajada a Bethencourt, ofreciéndole s u sumisión y manifestándole s u d e s e o d e abrazar la fe cristiana. Aceptada c o n vivo entusiasmo una proposición q u e ponía término a la conquista, se presentaron sucesivamente los d o s reyes e n el campamento, seguidos d e s u s principa- les vasallos, y todos recibieron el bautismo con grande aplauso de Bethencourt y de s u s compañeros de armas. Sucedía e s t o e n e n e r o d e 1405. A los pocos días d e este venturoso suceso, Bethencourt resolvió volver a Francia, c o m o lo verificó: y allí, con el auxilio de s u s parientes y amigos, p u d o reunir bien pronto una brillante comitiva d e hidalgos, soldados, artesanos y labradores, e n t r e los cuales, algunos casados llevaban a s u s mujeres, y el 9 d e mayo del mismo a n o salió d e la Rochela con r u m b o a las Canarias. En e s t e s e g u n d o viaje tuvo también una navegación feliz, y las d o s naves con los colonos normandos fondea- ron e n Lanzarote, e n cuyas playas hizo Bethencourt s u en- trada triunfal al sonido, desconocido para aquellos insula- res, d e tambores, flautas, arpas, rabeles y bocinas.
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    Grande fue elrespeto y veneración q u e infundió e n todos el aparato bélico y deslumbrador de q u e su nuevo rey estaba rodeado, y oyóseles decir, llenos d e asombro, q u e si desde el principio se hubieran presentado los con- quistadores con aquella magnificencia, muy luego hubie- ran quedado todos sometidos. Al día siguiente, Bethencourt se trasladó a Fuerteventura, d o n d e dio a s u s principales jefes un gran convite, al q u e asistieron también los d o s reyes de la isla. Durante estos festejos se dispuso hacer una excursión por todo el archi- piélago con el objeto de reconocer mejor s u s puertos y fondeaderos, y el número aproximado de s u s habitantes. Dirigíase principalmente la expedición a la Gran Canaria, q u e era el blanco de la ambición del barón normando, si bien comprendía q u e le era imposible abrigar ninguna idea de conquista c o n las tropas de q u e entonces podía dispo- ner. La escuadra, compuesta d e tres naves a cuyo bordo iban las mejores tropas francesas y españolas, se hizo a la vela el 6 de octubre de 1405, y, d e s p u é s de haber sufrido d o s furiosas borrascas, q u e la obligó a separarse e n dife- rentes direcciones, pudo al fin dar fondo e n el puerto d e Arguineguín, s o b r e la costa S. de la Gran Canaria. Allí deci- dieron los jefes hacer una entrada e n el país, desembar- c a n d o e n número d e cuarenta y uno, pero los canarios, mandados por s u Guanarteme Artemi Semidán, les ataca- ron con tanta furia q u e los desbarataron completamente, matándoles los principales oficiales y veinticinco soldados, y apoderándose de una de las d o s lanchas e n q u e habían verificado el desembarco. En este combate desgraciado mu- rieron Juan le Courtois, lugarteniente de Bethencourt, Aníbal, bastardo d e Gadifer, y otros muchos esforzados y valientes capitanes. Desde esta memorable jornada adquirió la isla el so- brenombre d e Grande, q u e le dieron s u s propios enemi- gos, puesto q u e se asegura q u e Bethencourt, siempre q u e de ella se acordaba, la llamaba con respeto la Gran Cana- ria ( 1 ) .
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    A pesar de la sensible pérdida sufrida por este desca- labro, s u jefe, n o cejando e n s u empresa, dirigió el rumbo a La Palma, e n cuyas aguas encontró la tercera d e s u s em- barcaciones, conducida a aquellas costas por la tempes- tad. Después d e seis semanas d e inútiles correrías, e n las que, d e una y otra parte, perdieron algunos hombres, de- terminaron los aventureros retirarse a la Gomera, cuya con- quista les parecía m á s fácil. En efecto, n o bien s e presentaron ante aquellos natu- rales, cuando todos s e sometieron sin resistencia, casi contentos, porque d e este modo ponían un término a s u s discordias intestinas. m D Lo mismo sucedió e n el Hierro, a cuya isla se trasla- E dó enseguida Bethencourt, pues Armiche, que entonces reinaba 3 e n la isla, creyendo e n la buena fe y honradez d e los con- - quistadores, n o vaciló e n rendirse sin oponer tampoco la - 0 m menor resistencia. O 4 En pago d e esta sumisión voluntaria, fueron él y to- n d o s los suyos vendidos como esclavos, y el país dividido entre los conquistadores. - Concluida esta hazaña, propia sólo d e aquellos siglos m O bárbaros, Bethencourt dejó e n estas islas una guarnición suficiente para conservar e n ellas la tranquilidad, y volvió inmediatamente a Fuerteventura, satisfecho d e haber en- sanchado un poco los límites d e s u apartado reino. n O O Notas ( 1 ) Abreu Galindo. lib. 1 O. cap. 14.- Viera, t. 1 O. p. 352. VIII. Sucesores de Bethencourt. Conquistadas las cuatro islas d e Lanzarote, Fuerteventura, Hierro y Gomera, Bethencourt determinó retornar a Euro- pa, nombrando por lugarteniente a s u primo Maciot, q u e le había acompañado e n su última expedición.
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    Antes d eemprender e s t e viaje, quiso visitar escrupu- losamente el país conquistado, oyendo con benevolencia a todos s u s súbditos, reparando agravios y haciendo donaciones a los q u e , con justo título, las solicitaban. Nombró para la administración de justicia un ayuntamiento compuesto d e los principales personajes d e la colonia, así e n Lanzarote c o m o e n Fuerteventura, y ordenó varias obras d e pública utilidad, q u e costeó él mismo con las rentas q u e le corres- pondían c o m o soberano. Su partida produjo e n todos m u c h o sentimiento, por- q u e reconocían e n s u carácter un fondo de rectitud y d e justicia, q u e a p e n a s conseguían oscurecer las bárbaras costumbres d e la época. De vuelta a Europa, solicitó y obtuvo del Papa lnocencio VII, una bula erigiendo las islas e n obispado, y nombrando por s u primer pastor a D. Alberto de las Casas, natural d e Sevilla y pariente del mismo Bethencourt ( 1 ) . Después d e e s t a concesión, q u e le llenó d e piadoso jubilo, se retiró a s u s dominios d e Normandía, d o n d e per- maneció hasta 1425, a ñ o de s u muerte, sin q u e volviera, a u n q u e lo deseó, a pisar el suelo de las Canarias (2). Y a h e m o s dicho q u e Maciot había q u e d a d o investido del cargo d e gobernador d e las cuatro islas, con omnímodas facultades s o b r e t o d o el territorio de s u mando. Las cir- cunstancias especiales d e un país recién conquistado, donde el cultivo de la tierra era casi desconocido, produjeron muy luego un número considerable d e males, que, aumentán- d o s e progresivamente, redujeron la colonia a un e s t a d o d e completa insurrección. Engañados los aventureros c o n las falsas promesas de s u s jefes, y c o n las q u e les sugería s u propia imagina- ción, se trasladaban a las islas, creyendo encontrar e n ellas un paraíso donde, sin trabajo, p e n a s ni dolores, transcurri- rían s u s días e n apacible calma; m a s el cuadro cambiaba completamente de aspecto, tan proto c o m o pisaban el suelo afortunado. El hambre, c o n todos s u s horrores, se ofrecía a s u vista al concluirse los víveres q u e venían del extrarije- ro; la tierra abandonada a sí misma, nada producía, y los isleños, demasiado ignorantes e indolentes por naturale-
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    za, n osabían ni podían aplicarse a e s t o s trabajos. De aquí resultó q u e Maciot y los colonos europeos, d u e n o s d e los indígenas por la ley del m á s fuerte, los vendiesen c o m o esclavos a los b u q u e s q u e con ellos traficaban, ultrajando antes a s u s mujeres e hijas, y obligando a penosas faenas, para ellos desconocidas, a aquellos infelices ( 3 ) . Tan violenta situación produjo al fin tres sublevacio- n e s q u e estallaron a la vez e n el Hierro, e n Fuerteventura y e n Lanzarote, sublevaciones q u e don Fray Mendo d e Biedma, segundo obispo d e estas islas y testigo d e tantas injusti- cias, creyó de s u d e b e r apoyar, dirigiendo las quejas d e los descontentos hasta el mismo trono del Pontífice Eugenio IV, y del Rey d e Castilla d o n J u a n el 11. A consecuencia d e estas sentidas reclamaciones, el Papa expidió una bula (octubre " 7 D d e 1 417) prohibiendo, bajo las m á s severas penas, la es- - E clavitud, y el monarca castellano envió una escuadra e n la q u e vino d e juez pesquisidor Pedro Barba d e Campos. 3 - - 0 Entonces Maciot, reconociéndose culpable, abando- m O n ó a Lanzarote, y fue a refugiarse a la Madera, donde, de- 4 seando proporcionarse algunos recursos, y vengarse al mismo n tiempo d e los españoles, vendió las Canarias al Infante d o n Enrique de Portugal. Esto n o le sirvió d e obstáculo para q u e pocos a ñ o s después, habiéndose trasladado a la Pe- - m nínsula, y suponiendo poderes d e s u primo Bethencourt O q u e a ú n vivía, verificase otra nueva venta a favor del Con- - d e de Niebla. A e s t o s improvisados d u e n o s del archipiéla- g o canario, d e b e m o s añadir d o n Guillén d e las Casas, q u e n alegaba s u derecho e n virtud d e u n a donación h e c h a e n O O 1 4 2 0 por Don J u a n 11 a s u padre Alfonso d e las Casas, y confirmada por u n a bula del Papa Martino V. En medio de e s t e c a o s de opuestas pretensiones p u d o obtener por último d o n Ciuillén la posesión del señorío, mediante un arreglo q u e hizo c o n el Conde d e Niebla y Maciot, d a n d o al primero 5.000 doblas d e oro, y cediendo- le al segundo el dominio útil d e la isla d e Lanzarote. A la muerte d e don Ciuillén, s u hija d o ñ a Inés, c a s a d a con Fernán Peraza, heredó las islas conquistadas, y éste, q u e p u e d e considerarse c o m o s u séptimo señor, d e s p u é s d e varias excursiones desgraciadas s o b r e La Palma, Cana-
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    ria y Tenerife,e n las q u e vio morir a s u hijo (4),joven d e grandes esperanzas, sin conquistar un palmo d e terreno, y d e sostener reñidos litigios con los Reyes de Portugal, a quienes de nuevo había cedido Maciot s u s pretendidos de- rechos s o b r e Lanzarote, murió e n la Gomera e n 1452, de- j a n d o todos s u s e s t a d o s a s u hija única llamada también d o ñ a Inés, y c a s a d a c o n Diego García de Herrera, valeroso y noble caballero sevillano. Notas ( 1 ) Viera e n sus Noticias nos dice que el primer obispo fue D. Fr. Bernardo, nombrado por Clemente VI, según un diploma original que vio e n la abadía d e Melek e n Viena; pero si así fue, este obispo n o vino a las Canarias. " 7 E (2)Fue sepultado delante del altar mayor d e la iglesia de Grainville la Tainturiere. 3 (3)Ossuna. Comp. de Isl. Canarias. - 0 (4)Conocidas son las endechas compuestas a la muerte d e m O estejoven, y que copian todos nuestros cronistas. Abreu Galindo. 4 lib. l . cap. 22.- Viera, t. l o , p. 415. n = m O IX. Diego d e Herrera. E El nuevo s e ñ o r d e las Canarias, acompañado de s u O esposa y d e m u c h o s hidalgos españoles, se trasladó e n una O flotilla d e s d e Sanlúcar a Fuerteventura. Hallábanse entonces las islas u n a s sublevadas y otras e n poder de los portugueses, q u e n o abandonaban nunca s u s supuestos derechos s o b r e el archipiélago, a pesar d e las repetidas reclamaciones de la Corte d e Castilla. Lanzarote, secuestrada por J u a n lniguez d e Atave, fue devuelta por fin a Diego d e Herrera e n virtud de sentencia pronunciada a s u favor, y confirmada por una real cédula expedida e n 1454. Fuerteventura se sometió con la sola presencia de s u s señores, q u e , e n conmemoración de e s t e
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    suceso, levantaron unconvento bajo el patrocinio d e San ~ u e n a v e n t u r a ( 1). Las activas diligencias practicadas e n la Corte de Lisboa por el embajador español don Juan d e Guzmán, dieron por resultado la cesión d e la Gomera, q u e tenían invadida los portugueses; y por último, el Hierro recibió por gobernador a Luis González Martel d e Tapia, sobrino d e d o n a Inés, q u e logró pacificar c o n s u rectitud y prome- s a s a aquellos insurrectos islenos. Tranquilos ya los nuevos señores, respecto a s u dis- putado dominio, se propusieron extender los límites de s u imperio, intentando algunas entradas e n las tres islas ma- yores, y fufidando e n ellas, así c o m o e n la vecina costa d e la Mauritania, varios fuertes y castillos q u e les asegurasen la tranquila posesión de u n a parte del litoral. Con este objeto, asociados a don Diego López d e Illescas, q u e entonces o c u p a b a la silla episcopal, al bachiller Antón López, s u provisor, a Alonso d e Cabrera, gobernador d e las islas, y a otras personas respetables, equiparon u n a escuadra con la cual se presentaron un día e n el puerto de las Isletas d e Canaria. Los isleños, desconfiando ya d e es- tas expediciones, acudieron e n crecido número a oponer- se a la marcha d e los españoles, pero habiéndoseles ase- gurado q u e sólo se trataba de entablar relaciones amisto- sas y de comercio entre a m b o s pueblos, se tranquilizaron, regalando espléndidamente a s u s fingidos amigos. Entonces fue cuando, según las fórmulas q u e e n aquella é p o c a regían e n Europa, tomaron los Herreras posesión de la Gran Canaria, por medio de u n a certificación extendida e n debida forma por s u escribano Fernando d e Párraga, y q u e lleva la fecha d e 12 d e agosto d e 1 4 6 1. Dos a ñ o s después, e n junio de 1464, representaron la misma farsa respecto a Tenerife, cuya isla invadieron con quinientos hombres d e armas, pero sin atreverse a cometer ningún acto formal d e hostilidad. Entretanto, los portugueses, al m a n d o de Diego d e Silva, intentaron por s u parte algunas excursiones e n la Gran Canaria, tentativas todas, q u e , c o m o las de los espa- ñoles, obtuvieron un éxito desgraciado.
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    Herrera, sin embargo,fue firme en su propósito, hizo construir, bajo falsas promesas, u n fuerte en Ciando, y otro en Añaza (hoy Santa Cruz de Tenerife), que los canarios, al adivinar el objeto verdadero de su construcción, demolie- ron hasta los cimientos, aprisionando y pasando a cuchillo la guarnición. Tan repetidas desgracias, y el descontento que reina- ba entre los isleños de las cuatro islas conquistadas a con- secuencia de varios litigios suscjtados por demarcación de límites en las propiedades pertenecientes a los indígenas y a los colonos extranjeros, prepararon de tal modo los áni- mos, que al fin se declararon en abierta insurrección. El motín estalló en Lanzarote, negando sus vecinos la obediencia a sus señores naturales, y poniendo la isla bajo la protección de los Reyes Católicos, de quienes se declararon desde luego súbditos. Las justas quejas del pueblo, y las reclamaciones de Herrera, llegaron hasta el trono de Castilla, escudadas ambas con poderosas recomendaciones. Fernando e Isabel las oyeron, y celosos ya de sus prerrogativas, en pro de las cuales meditaban, como objeto principal de su política, la dismi- nución del poder de sus nobles, se apresuraron, condoli- dos al mismo tiempo de la triste pintura que se les había hecho de los desafueros de Herrera, a enviar en su nom- bre, de juez pesquisidor, a Esteban Pérez de Cabitos. Asi se verificó; y concluida esta célebre pesquisa en 1477 (2), los Reyes, para mejor deliberar en u n asunto de tanta importancia, quisieron oír el dictamen de los más ilustrados varones de su consejo. Esta consulta, presenta- da por Fray Hernando de Talavera, prior del monasterio del Prado, fue la que decidió a la Reina Isabel a incorporar a su corona las tres islas de Gran Canaria, Tenerife y Pal- ma, y emprender al ano siguiente su conquista. Dice así este notable documento: {(Muypoderosa Princesa, é muy esclarecida reina é Señora. Vimos con diligencia. como V.A. mandó, el negocio de las islas de Canaria, así cerca de las con- quistadas, como de las por conquistar: y vistos los
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    títulos y escriturasd e Diego d e Herrera é d e Doña Inés peraza su mujer, vasallos vuestros, é asimimismo lo que contra ello se debia, y ciertas pesquisas que en diversos tiempos fueron fechas por el reverendo Obis- po d e Mondonedo (que despues fué d e Jaén), y por ~ s t é b a nPerez d e Cabitos, y otras escrituras y apuntamientos que por algunos letrados cerca d e ello estaban fechos: Nos parece, que los dichos Diego d e Herrera y Dona Inés su muger, tienen cumplido dere- cho á la propiedad. senorio, posesion, é mero y misto imperio d e las cuatro islas conquistadas, q u e son Lanzarote, Fuerteventura, la Gomera y el Hierro: y que en ellas tiene V.A. la superioridad y supremo dominio que tiene en todas las otras tierras, villas y lugares m que son d e los caballeros d e vuestros Reinos. ltem E que los dichos Diego d e Herrera y Doña Inés su muger, tienen derecho á la conquista d e la Gran Canaria, e d e 3 la isla d e Tenerife, é d e la Palma, y es suya y les perte- - O nece la dicha conquista por merced que d e ella hobo m O fecho d e juro é d e heredad el muy Excelentísimo Rey 4 D. Juan, vuestro padre d e gloriosa memoria (que haya n d e Santa gloria) á Alfon d e las Casas, ascendiente d e la dicha Dona Inés: Pero por algunas justas y razona- bles causas, V.A. puede mandar conquistar las dichas - m O islas d e la Gran Canaria y d e Tenerife y d e La Palma: y si se ganaren las dichas islas, ó cualquiera d e ellas, debe V.A. facer equivalencia por lo que se asignare á los dichos Diego d e Herrera é Dona Inés su muger, por n el derecho que á la dicha conquista tienen, y por los O O muchos trabajos y pérdidas que han recibido, y cos- tas que han fecho en la prosecucion d e ella, y espe- cialmente ganándose la dicha isla d e Tenerife, en la cual han tenido y tienen agora adquirida alguna par- te.- lndignus Prior de Prado.. Joannes Doctor.- Rodericus Doctor.)) Conformándose con el parecer de s u s ministros y con- sejeros, los Reyes determinaron poner bajo s u protección las islas de Canaria, Tenerife y Palma, y adelantar la empre- sa a costa d e s u erario, dando desde luego a Diego d e Herrera y a s u mujer, c o m o indemnización de s u derecho y de las sumas invertidas e n las anteriores expediciones, cinco cuentos
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    de maravedíes en contado, el título d e Condes de la Gomera, y el dominio útil d e las d e Lanzarote, Fuerteventura y Hie- rro, con los islotes despoblados, renunciando éstos, por s u parte, a todos s u s derechos y pretensiones a las tres islas mayores e n favor d e la corona de Castilla ( 3 ) . Esta memorable cesión y ajuste se celebró e n Sevilla ante Bartolomé Sánchez de Porras a 15 d e octubre d e 1477. Y é s t e fue el primer a c t o formal d e la conquista de la Gran Canaria. Notas ( 1 ) De este convento fue primer guardián san Diego d e Alcalá, canonizado por Sixto V, e n 1588, a petición d e Felipe 11. " 7 D (2)Consérvase el manuscrito e n la Biblioteca del Escorial. E (3)Gomara, Hist. d e las Ind. cap. 223.-Salazar d e Mendoza, 3 Monarq. d e España.- Pelliser, Mem. p. 9.- Viera, t. 1 ". p. 479.- - Abreu Galindo, p. 81. 0 m O 4 -
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    Libro tercero. Los indígenas. Razacanaria.- Conjeturas sobre su origen.- Siste- ma civil y político.- Religión.- Estrategia.. Armas ofen- sivas y defensivas.-Artes e industria.- Usos y costum- bres.- Danzas, juegos y diversiones.- Entierros.- Mo- mias.-Tradiciónbistórica.- Andamana.. Artemi Semidán.- Tenesor y Bentaguaire.. Doramas.- Estado del país al emprenderse la conquista. Conjeturas sobre el origen de la raza - O m canaria. O 4 La primera cuestión q u e se nos presenta al tender la vista sobre el archipiélago afortunado, e n la época remota d e s u conquista, e s indudablemente la que trata de resol- - ver el origen d e la antigua raza q u e le poblaba, y averiguar - m O por la historia y la tradición el tronco a que d e b e enlazarse esta rama aislada d e la gran familia humana. - Entre las innumerables soluciones q u e nos presen- a tan los autores q u e han tratado esta cuestión, y especial- -- O mente nuestros cronistas tan inclinados a lo maravilloso, O hay d o s solamente q u e merecen un examen detenido, por- q u e son las únicas q u e ofrecen cierto carácter d e probabi- lidad. Viera, q u e escribía e n el siglo pasado s u s eruditas Noticias, y que, con su recto juicio y agudo ingenio, suplía los escasos adelantos q u e la ciencia etnográfica y la lin- güística habían hecho e n aquella época, después d e abru- mar con su razonada crítica y ática agudeza los groseros errores d e los historiadores que copiaba, s e detiene e n d o s opiniones q u e le parecen las m á s probables sobre el ori- gen d e los primitivos isleños; una, q u e los considera colo-
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    nia de aquelloscananeos que abandonaron su país al tiempo de la invasión de los israelitas, y otra, que los juzga resto de los atlántides, nación escapada al naufragio de la hí- potética isla de Platón. Y a hemos hablado, aunque brevemente, de las em- presas de los cananeos, estos es, de los tirios o fenicios, y hemos también indicado la posibilidad de que en sus atre- vidas excursiones hubiesen llegado hasta el archipiélago, colonizando alguna de sus islas. La analogía que se en- cuentra entre la palabra púnica cananos (descendiente de cananeos), y la voz con que luego se conoció la primera de las Canarias, da a esta conjetura algunos grados de certi- dumbre. La segunda opinión es, sin embargo, más aceptable, si se tiene en cuenta que Viera, al proponerla, entiende por atlántides no sólo los habitantes de esa isla, que tal vez no haya existido, sino también los antiguos poblado- res que fijaron sus tiendas en las regiones del Atlas, y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Esta opinión se halla precisamente de acuerdo con los modernos descubrimientos etnográficos, y con el aná- lisis concienzudo de los usos, costumbres, lenguaje y ca- racteres físicos del indígena canario, comparado al de los bereberes o primitivos habitantes del África. Cuando las Canarias fueron descubiertas, se hablaba en cada una de las islas u n dialecto que, aunque ofrecía algunas notables diferencias, no impedía que los naturales de Lanzarote comprendieran a los de Fuerteventura, ni és- tos a los de Canaria y demás islas del grupo. Por los frag- mentos que aún nos restan de ese perdido lenguaje, nos es fácil convencernos de que hay muchas palabras y fra- ses que eran idénticas en dos o más islas, lo cual corrobo- ra el aserto de que estos pueblos reconocían la tnisma co- munidad de origen. Ahora, si comparamos estos mismos fragmentos con los que hasta el día se conocen de los diferentes dialectos bereberes, que se hablan en las vertientes meridionales del Atlas, observaremos que el mismo genio ha presidido a la formación de los dos idiomas ( 1 ).
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    Abreu Galindo habíanotado ya q u e algunas palabras eran idénticas e n a m b o s pueblos (2),y George Glass, e n la traducción q u e publicó e n inglés de las memorias del mis- m o Galindo, ayudado d e los conocimientos q u e había ad- quirido e n los dialectos árabes, n o s confirma e n la misma idea. Los s e ñ o r e s Webb y Berthelot, e n s u Historia Natural, ilustrando con gran copia de razones esta interesante cuestión, n o s presentan u n a lista numerosa de palabras canarias, e n las cuales se encuentra la misma semejanza con las q u e usan algunas tribus de la Mauritania. En fin, la indicación d e ciertos lugares canarios como Tamaraceite, Telde, Argonez, Fataga, Adeje, Agulo y otros, q u e tienen s u equivalente, sin cambiar casi u n a letra, e n pueblos del imperio marro- quí, indican, sin la m e n o r duda, la identidad d e origen q u e m D unía a los habitantes d e e s t a s islas c o n las tribus q u e po- N E blaron aquella parte del continente africano. - 5 Además, el recuerdo d e los usos y costumbres de estos mismos isleños, el estudio frenológico de s u s cráneos, y el 1 m examen d e s u s momias con los caracteres físicos q u e tan O 4 marcadamente los distinguían, vienen también a compro- * bar la idea q u e llevamos expuesta. En efecto, los bereberes, mezcla confusa de los gétulos, libios, cananeos y vándalos, presentan diferentes tipos q u e se acercan m á s o m e n o s al q u e ofrecían los indígenas ca- narios. Entre e s t o s tipos, merecen, por s u analogía, espe- cial mención los d e ciertas tribus d e los Zenethah, de los Ghomerah, y d e los Haouarah, que, según Mr. dlAvezac, s o n d e tez blanca, frente ancha, cara cuadrada, facciones salientes, ojos azules y cabello rubio, cualidades t o d a s q u e se acuerdan perfectamente c o n la descripción q u e se con- serva e n nuestras crónicas d e aquellos insulares, y c o n la d e algunos tipos, restos degenerados d e e s a indómita raza, escondidos a ú n e n los valles y montañas del archipiélago. N o concluiremos esta interesante cuestión, sin pre- sentar a n t e s un extracto del informe q u e Mr. Dubreuil de Montpellier publicó s o b r e las momias que, e n 1802, llevó a París Mr. Broussonet. El cráneo, dice, ofrece un hermoso Óvalo, cuya parte pos- terior es mucho m á s voluminosa q u e la anterior; este cráneo se
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    hace notable, además,por su altura, por la forma redondeada de su bóveda, por la ausencia completa de ángulos y de salien- tes, por relieves simétricos y suaves; la frente domina las par- tes inferiores, las fosas temporales están poco excavadas; el agujero auditivo se acerca a la parte posterior de la cabeza o del occipucio, el agujero occipital es ovoide0 como el cráneo, la cara ligeramente redondeada; las fosas nasales, la bóveda palatina tienen poca extensión, los dientes son verticales. Este tipo, añaden los señores Webb y Berthelot, se encuentra en la mayoría de los cráneos de los esqueletos encerrados en los túmulos de la Gran Canaria, así como en las cabezas que se hallan entre las osamentas acumuladas en las cuevas de Tenerife y La Palma (3). Quede, pues, probado, que las Canarias, ya se hayan frac- cionado en tiempos antidiluvianos del continente de África, ya hayan sido visitadas por los pueblos bereberes antes de toda tradición histórica, fueron pobladas por esa raza que aún defien- de con tanta tenacidad en las inmediaciones del desierto, y en las asperezas del Atlas, su cara y nunca perdida independencia. Notas ( 1 ) Webb y Berthelot. Etnografía p. 208. (2) ((EnLanzarote, Fuerteventura y Canaria llamaban los naturales a la lecha aho, al puerco ylfe y a la cebada temossen, y e s e m i s m o nombre tienen los alarves y berberiscos ..." Abreu Galindo, p. 17. (3)Etnografía, p. 232. Sistema civil y político. Las noticias que nos restan de los antiguos poblado- res de las Canarias, están todas contestes en presentarnos sus diversas tribus gobernadas por jefes más o menos ab- solutos, cuya dignidad suprema se había ya perpetuado en ciertas familias privilegiadas, que la transmitían, sin oposi- ción ni obstáculo, a sus descendientes.
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    En Lanzarote, altiempo d e s u conquista, había un rey, dos, en Fuerteventura, dos, e n Canaria, doce, e n La Palma, nueve, e n Tenerife. Estos reyes, mandando unos con absoluto dominio, gobernando otros d e acuerdo con un concejo elegido entre la nobleza, ejercían el poder eje- cutivo, cuidando al mismo tiempo d e hacer q u e se respe- tasen las costumbres, usos y tradiciones q u e constituían el sencillo código d e s u s leyes. En las Canarias, como en todos los países del globo, debió la sociedad atravesar las mismas idénticas fases para llegar al estado d e perfeccionamiento relativo e n q u e la encontraron aquí los conquistadores. El gobierno patriar- cal, producto inmediato de la sociedad doméstica, vino primero a enlazar los esparcidos miembros d e cada familia, q u e " 7 respetaban en el más anciano la sabiduría, experiencia y E conocimientos q u e d a la práctica d e la vida, venerándole 3 como la expresión más digna d e la autoridad paternal. - 0 Al multiplicarse las necesidades sociales de estas mismas m O tribus, uno más atrevido, más feliz o más valiente, reasumió 4 en sí el poder d e los demás, con el pretexto d e emprender n una guerra, rechazar una invasión o conducir alguna nego- ciación complicada y difícil, útil a la comunidad. Dueño así del poder, no le devolvió al pueblo, y siguió gobernando - m O con el prestigio d e s u s victorias, d e s u valor o d e s u genio, hasta que la sociedad s e fue transformando insensiblemente en una monarquía guerrera, abandonando las sencillas for- mas d e una república, q u e pudiéramos llamar patriarcal. n - O En la Gran Canaria existía la monarquía hereditaria, O cuando los europeos reconocieron por la primera vez s u s costas, y un orden d e nobleza establecido, sujeto a reglas determinadas e invariables. El rey o jefe supremo, tomaba el nombre de Guanarteme, voz compuesta d e las palabras Guan y Artemí, que signficaba e n el dialecto del país, hijo o descendiente del sobera- no, d e modo q u e este título, Artemi, precedía casi siempre al nombre del príncipe. Del cuerpo d e la nobleza elegía el Guanarteme s u s guaires o consejeros entre los m á s esforzados y pruden- tes, con los q u e decidía todas las cuestiones relativas al
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    buen gobierno yadministración de s u reino. Entre estos personajes ocupaba el primer lugar el Faicán ( l ) , o gran sacerdote, encargado especialmente de todo lo relativo al culto, de la conservación de los fueros y privilegios de la nobleza, y de la educación de la juventud. La población de la isla se dividía, pues, en nobles y plebeyos, distinguiéndose los primeros en llevar las bar- bas largas y el cabello redondo hasta las orejas, mientras los últimos usaban el pelo muy corto, circunstancia por la que recibían el sobrenombre de trasquilados o villanos (achicaxna). Para pertenecer a la nobleza, o más bien para ser dig- no de llevar las armas, era preciso que el pretendiente fue- se hijo de noble, o que, por su valor, agilidad o claro en- tendimiento, se le considerase acreedor a esta distinción honrosa; entonces el aspirante se dejaba crecer el cabe- llo, y, acercándose al Faicán, le manifestaba su deseo y le pedía la convocación de la nobleza y del pueblo, para que en juicio contradictorio le concediesen aquella prerrogati- va. El Faicán, según los usos del país, no podía negarse a esta solicitud, e inmediatamente reunía la asamblea para proceder a la elección del candidato. Reunidos, pues, todos en el mismo lugar donde ha- bía nacido y residía el aspirante, se invocaba por el Faicán el nombre de Alcorac, que así llamaban a Dios, y, dirigién- dose en seguida a la multitud, preguntaba en voz alta si había alguno que hubiese visto al joven pretendiente co- meter alguna acción deshonrosa, como preparar por sus manos la comida, matar u ordeñar cabras, hacer robos en tiempo de paz, u ofender alguna mujer (2). Si la respuesta era favorable, el Faicán le cortaba el cabello por debajo de las orejas y le entregaba el magado o lanza, principal arma ofensiva de que usaban en la guerra; mas si se levantaba una sola voz que le acusara, y se probaba que había delin- quido, entonces se le cortaba enteramente el cabello, y era considerado desde aquel momento como u n villano, quedando inhábil para ascender de nuevo al rango de la nobleza (3).
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    Según nuestros cronistas,s e contaban e n toda la isla d e diez a catorce mil hombres d e pelea, número q u e nos parece muy exagerado, porque supone una población d e cerca d e 90.000 almas. Abreu Galindo nos asegura (4)que, habiéndose multiplicado con exceso s u s habitantes, y no teniendo medios para darles salida por ignorar el arte d e la navegación, q u e los hubiera conducido en sucesivas emi- graciones a otros países, determinaron dar muerte a todos los recién nacidos, salvando sólo d e esta ley bárbara a los primogénitos. Ignoramos el tiempo q u e estuviera e n prác- tica esta costumbre, q u e n o hallamos confirmada e n nin- guna relación anterior, sólo sí sabemos q u e una enferme- dad contagiosa invadió la isla e hizo perecer d o s tercios d e s u s habitantes. m D N Entre los canarios eran muy respetadas las mujeres, E sin q u e nadie fuera osado a ofenderlas, sopena d e un cas- 3 tigo muy severo; ya hemos visto como una falta d e esta naturaleza invalidaba la elección d e cualquiera q u e desea- 1 m ra pertenecer a la nobleza. O 4 La poligamia no era admitida e n la isla, a pesar d e n q u e algunos autores han pretendido, sin fundamento, sos- tener q u e las mujeres s e casaban hasta con tres maridos, lo cual, dejando a un lado el absurdo, supondría un exce- - m O s o d e varones en la población, q u e no s e han advertido jamás e n ninguna época, y q u e por consiguiente es evi- dentemente falso. G La educación e n ambos sexos eran tan limitada como n - s u s necesidades. Los hijos d e los nobles o guerreros s e o" O ejercitaban en luchar, levantar pesos, correr, trepar por riscos inaccesibles, arrojar dardos, piedras y varas d e tea endu- recidas al fuego, y, otras veces, e n apacentar s u s ganados, bailar y tocar tamborcillos y flautas d e caña. Los plebeyos o villanos recibían s u principal alimen- to d e la pesca e n la q u e eran muy diestros; sembraban, abrían cuevas, tejían tamarcos o toneletes d e junco o pal- ma, los teñían d e varios colores, ordeñaban los ganados y hacían otros oficios, considerados como degradantes por la clase más elevada. Sin embargo, los que en ella s e dis- tinguían, podían aspirar a la iniciación que llevamos indi-
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    cada, como sucediócon Doramas, que, siendo u n simple trasquilado, llegó a cenirse la corona del reino de Telde. Habia, además, otros empleos más viles, como eran los de verdugo y carnicero; las personas que los ejercían no podían entrar en ninguna habitación, ni tocar alimen- tos, vestidos, ni muebles, ni tener comunicación con nin- guna otra persona, bajo las más severas penas. Llevaban siempre una varita en la mano para señalar con ella lo que necesitaban, aunque, en cambio de tanta abyección, se les concedía gratuitamente el alimento (5).Con frecuencia solían obligar a los prisioneros españoles a ejercer estos oficios para degradarlos y envilecerlos en la opinión publica (6), creyendo que de este modo no podrían volver a esgrimir las armas contra ellos. Había tribunales especiales para los nobles y para los plebeyos, no pudiendo ser juzgados por los mismos jue- ces, tan grande era ya la distinción de clases que existía en esta naciente sociedad. De noche se castigaba a los hidalgos, y de día, a los villanos, consistiendo por lo regu- lar estos castigos en azotes; pero cuando el delito merecía la muerte, cogían al delincuente, lo encerraban en una casa dispuesta como cárcel, y se procedía inmediatamente, y por breves trámites, a la averiguación de la certeza del hecho denunciado. Convicto el criminal, y condenado a perder la vida, lo sacaban del encierro y lo conducían a una especie de cerca de piedra de bastante elevación, donde, después de tenderle en el suelo y atarle los brazos a la espalda, poníanle sobre una piedra llana, y alzando el verdugo otra de gran peso, la dejaba caer sobre la cabeza hasta desha- cérsela completamente (7). Los delitos que se castigaban con esta última pena eran el hurto, el estupro, la falsedad del juramento y el homicidio (8).No les era tampoco des- conocida la pena del talión, pues si alguno rompía a otro u n miembro, le condenaban a perderle, para que viviese siempre con aquel recuerdo de su falta (9). Cada aldea o pueblo de alguna consideración tenía u n Fayacan para su gobierno y administración de justicia, con cierto número de Guayafacanes o coadyutores, que constituían una junta o ayuntamiento consultivo.
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    Los pueblos másnotables d e la Gran Canaria e n la época d e la conquista eran los siguientes: Gáldar, Telde, Argonez (Agüimes),Arguineguin, Acayro, Acuza, Fataga, Artaso, Artenara, Areucas (Arucas), Terori (Teror), Arayga, Gandia, amar aceite, Temisa y Tunte (10). De estos pueblos, los d e Gáldar y Telde s e consideraban como capitales d e los distritos del N. y S. d e la isla, residiendo e n ambos un Guanarteme con s u s seis guaires o consejeros que forma- ban el Gran Sábor o junta suprema d e administración y gobierno. Cuando el rey salía, le acompañaba una lucida escol- ta, que llevaba delante una lanza llamada Anepa, a cuya vista se arrodillaban todos, besando al Guanarteme la orla d e s u tamarco (1 1). Sin embargo, como veremos luego en la tradición histórica, este respeto n o eran tan servil que impidese a algunos vasallos atrevidos llegar hasta la regia diadema, usurpándola a s u s verdaderos dueños para intro- ducir luego e n el país revoluciones peligrosas al sosteni- miento d e las dinastías reinantes. Notas ( 1 ) Abreu Galindo escribe Faycag. (2)Abreu Galindo, p. 89.- Viera, t. 1, p. 154. (3)Azurara e n s u crónica inédita d e la conquista de Guinea s e expresa así hablando d e los canarios: c cuando los caballeros llegan a morir, los demás s e reunen para proceder a la elección d e aquéllos que deben ocupar las plazas vacantes, y la elección recae siempre e n los hijos d e caballeros, a fin d e completar el número. Estos caballeros no se unenjamás con las clases inferiores, y pertenecen a la nobleza m á s pura. Tan solo ellos conservan y guardan las tradiciones d e las creencias religosas, d e las q u e n o divulgan ni dejan creer a los demás, sino aquello que les place.^^ (4)Abreu Galindo, p. 96. (5)Abreu Galindo, p. 99.- Castillo, p. 68. (6) Sosa, p. 172. (7)Abreu Galindo, p. 99.- Sosa y Castillo dicen que la piedra les caía sobre el corazón. (8)Castillo, p. 63. (9)Abreu Galindo, p. 99.
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    (10)Andrés Bernáldez, en s u célebre crónica d e los Reyes Católicos, cap. 65, copia la siguiente lista d e los pueblos más notables d e la Gran Canaria, según las noticias que directamente adquirió d e los conquistadores: Adfatagad, Aeragraca, Afapunige, Afurgad, Aracuseo, Araginas, Araguimez, Arahuacaos, Arantiagatia, Aratimigada, Arantiagaza, Arbemugamias, Arcacasumag, Areachu, Arcagamasten, Arcaganigui, Areagraha, Areacanemuga, Arefuias, Aregaieda, Aregaldar, Aregoraja, Arepaldan, Arerehuí, Arteguede, Artenaran, Artuburguais, Aruenuganias, Atagad, Atairia, Atomaraseid, Atamaria, Atasarti, Atenoria, Atenoya, Aterebiti, Aterura, Atirma, Theminsas, Thuni. ( 1 1 ) Castillo, p. 63. Sistema religioso. En todos los países del globo, a u n aquellos q u e n o han entrado e n el primer período d e s u civilización, s e encuentra siempre innato el sentimiento religioso. La creencia e n un s e r supremo, grande, misericordio- so y omnipotente, autor d e todo lo q u e existe, dispensa- dor de todos los beneficios q u e m á s aprecia el hombre e n s u s necesidades, juez severo d e s u s malas acciones, due- ñ o del rayo, de las tempestades, de los volcanes, del mar, d e todos los fenómenos, e n fin, q u e e n s u estado d e igno- rancia y aislamiento hieren m á s s u fantasía y le llenan d e pavor, es tan universal, c o m o cierta e incuestionable. También e n l a s Canarias existía e s e s e n t i m i e n t o desarrollado e n t o d o s u primitivo candor, sin q u e los san- grientos sacrificios de los mejicanos, ni las vergonzosas supersticiones de los cafres y hotentotes, vinieran a man- char la pureza de s u s sencillas creencias. Todos los compiladores de nuestras antigüedades están contestes e n asegurar, q u e reconocían los canarios un s e r supremo conservador del mundo, a quien llamaban Alcorac o Achorán, y al q u e invocaban e n todas s u s calamidades, rindiéndole culto e n la cima d e las montañas, y en adoratorios d e piedra labrados c o n e s t e objeto.
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    Según la relaciónd e Angiolino del Teggia, q u e ya he- mos extractado, los navegantes enviados por Alfonso IV d e Portugal encontraron en la Gran Canaria y llevaron a Lisboa una estatua q u e s e veneraba e n un oratorio, y q u e representaba un hombre desnudo con un globo en la mano. ~l Cura d e los Palacios, en s u Crónica inédita d e los Reyes católicos, nos habla también ( 1 ) de varios ídolos q u e reci- bían los homenajes d e estos isleños, y d e las ofrendas y libaciones q u e s e les presentaban e n s u s altares. Parece, además, que no les era desconocido el espíritu del mal, a quien daban el nombre d e Gaviot ( 2 ) ,ni el d e algunos se- res sobrenaturales, llamados Mahio y Tibicén, todo lo cual complica en cierto modo las nociones religiosas q u e po- seían. m Hallábase entre ellos debidamente organizada la je- E rarquía, que pudiéramos llamar eclesiástica. Había, e n pri- mer lugar, un Faicán o gran sacerdote, q u e era la segunda 3 dignidad d e la isla, ejercida siempre por un individuo d e la - 0 m familia real. Sus atribuciones y prerrogativas eran numero- O 4 sas, así como era grande s u influencia e n la administra- * ción y marcha d e los negocios públicos. A él le correspon- n día conferir la nobleza, cuidar d e la educación d e la juven- tud, y ordenar todo lo concerniente al culto, auxiliado por dependientes q u e obedecían ciegamente s u s mandatos. - m O Pero, s u s más poderosos auxiliares eran sin disputa las Harimaguadas. Llamábanse así ciertas mujeres consa- gradas a la divinidad, q u e vivían e n recogimiento, guarda- s n ban continencia, y hacían vida pura y ejemplar, las cuales - O estaban especialmente encargadas d e las libaciones dia- O rias en los templos, y d e presentar las ofrendas d e leche y manteca q u e derramaban al pie d e s u s ídolos. Estas vestales canarias gozaban d e grandes privile- gios. Su casa era considerada como un asilo sagrado, don- d e encontraban gracia los malhechores q u e a ella se refu- giaban. Sustentábanse d e limosnas q u e e n abundancia re- cibían del pueblo, y para distinguirse d e las demás muje- res, llevaban unas vestiduras blancas y talares, hechas d e pieles muy finas.
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    Entre las calamidadesque afligían a los isleños, era una de las más graves la escasez de lluvias. L a sequía les privaba de los pastos con que alimentaban sus ganados, y de la cebada que constituía su principal alimento. En tan tristes circunstancias acudían al Faicán, y éste, según la costumbre, ordenaba una procesión general, para aplacar la cólera divina. El orden de esta procesión era el siguiente: el Faicán, acompañado del Rey, de la nobleza y del pueblo con pal- mas, ramos y varas en las manos, se acercaba a la residen- cia de las harimaguadas, que les salían al encuentro con vasos de leche y manteca. Reunidos todos se dirigían a la montaña de Tirma, situada en el distrito de Gáldar, o a la de Umiaya, que pertenecía a Telde, y, subiendo a su cima, derramaban con ciertas ceremonias la leche y la manteca, bailando algunas danzas, y entonando varias tristes ende- chas. Concluido este acto, bajaban de la montaña y se di- rigían entonces a la orilla del mar, cuya superficie azota- ban con las mismas palmas, ramos y varas que les habían servido durante la ceremonia, dando feroces alaridos (3). Otras veces se preparaban a estas ceremonias con un ayuno de tres días, privación que aumentaba el fervor con que invocaban a su Dios, y el furor y las imprecaciones con que la multitud maldecía al espíritu del mal. Entre las curiosas ceremonias que habían conserva- do de sus mayores, resto tal vez de alguna tradición cris- tiana, era una la de echar agua sobre la cabeza de los re- cién nacidos, operación para la cual elegían a una harimaguada, por considerarla con manos más puras y santas que las de las demás mujeres. Esto indica claramente que le daban cierta significación a una ceremonia, que algunos autores juzgan casual y sin importancia (4). En todas las islas del archipiélago era general la creencia en un ser supremo, a quien invocaban con diferentes nom- bres, reconociendo también el poder de u n espíritu malig- no, y el de ciertos hechiceros que suponían recibir sus re- velaciones del cielo, prediciendo el porvenir. Algunos adoraban, además de este ser supremo, a las estrellas, al sol y a la luna, venerando los tinerfeños a
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    ~ c he i d e , nombre con que designaban el volcán, cuyo furor temían. Los títulos pomposos que daban a la divinidad prue- ban, en cierto modo, que habían comprendido algunos d e s u s atributos, y que la adoraban filosóficamente como dice Viera (5): llamaban, pues, a Dios conservador del mundo (Achguoyajiraji),gran señor (Achjurajan),sublime (Achjucanac), y los juramentos que hacían invocando s u nombre eran inviolables. Los capellanes d e Bethencourt nos aseguran q u e eran muy tenaces e n s u s creencias; citaremos e n apoyo d e esta opinión un documento histórico. Luego q u e los canarios estuvieron sometidos a las m armas españolas, la población d e Telde, una d e las más E guerreras d e la isla, fue deportada e n masa a Sevilla, señalándosele para s u residencia el barrio d e Mijohar; allí 3 continuaron viviendo e n s u s antiguas creencias, sin cui- - 0 m darse mucho d e la nueva fe que habían abrazado. Esta fal- o 4 ta dio pretexto a algunos magnates sevillanos para juzgar- * se autorizados a apoderarse d e s u s personas como infie- n les, produciendo estos actos d e arbitrariedad escenas vio- lentas y multiplicadas quejas, q u e llegaron al fin hasta el mismo trono. Entonces los Reyes expidieron en Córdoba, - m O a 30 d e agosto d e 1485, una real cédula que decía textual- - mente así: «áqueja d e Fernando Guadarteme, hecha en Nuestro propio y d e los canarios y canarias residentes en Sevilla, sobre agravios que les hacian, tomándoles - n mugeres é hijos para servirse d e ellos, s ó color d e no O O ser cristianos, y aun siéndolo, d e haber sido reduci- dos, despues d e presos y cautivos d e buena guerra, sobre otros malos tratamientos... Para remedio d e eso, y tambien para que ellos no sigan juntándose en las casas que les señalaron haciendo los actos é comuni- dades é gentilidad que solían: se dá comision á Juan Guillen, alcalde mayor de Sevilla, para que privativamente entienda en el régimen d e dichos canarios, les defien- da d e todo daño, obligue á buscar señores á quien servir, cada uno con su amo, y juntos marido y muger, á los casados separe d e las mugeres á no casarse in facie ecclesiae: á los que mal hicieren castigue pru-
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    dentemente, mientras notuvieren doctrina y conoci- miento de leyes y pena: cuide se les dé doctrina y cos- tumbres cristianas.)) Cuando los conquistadores, después de dominada la isla, interrogaron a los ancianos de la Gran Canaria sobre el origen de su raza, éstos les contestaron: nuestros ante- pasados nos han dicho que Dios nos colocó en esta isla y que en ella nos olvidó; pero que del lado del Oriente ven- dría la luz que debe iluminarnos.11(6).Existía también otra tradición que no debemos pasar en silencio; y es como sigue. Al principio, decían, Dios creó cierto número de hombres y mujeres con tierra y agua, a los que dio ganados para su sustento; éstos fueron los nobles; luego creó otros hom- bres, y como nada les dio, preguntáronle que habían de hacer para vivir, a lo que el Señor les contestó, Servid a essotros, y daros an de comer ( 7 ) , y esos fueron los vi- llanos. Imposible nos parece que hombres cuyo sistema reli- gioso se hallaba tan completamente desarrollado, no tu- vieran algunas nociones de la inmortalidad del alma. Un pueblo que adoraba a u n ser único, omnipotente y justi- ciero, que invocaba a este mismo Dios en sus aflicciones, y le aplacaba con sacrificios, que depositaba al lado de sus muertos ofrendas de harina, leche y manteca, que cui- daba con tanto esmero de la conservación de sus cuerpos, y los depositaba en cuevas al abrigo de curiosas miradas, y de toda corrupción; imposible parece, repetimos, que no abrigase alguna esperanza para después de la muerte. Esta creencia tan universalmente arraigada, tan conforme con los instintos naturales del hombre, tan en armonía con su dignidad y su razón, debió necesariamente hallar u n lugar en la teogonía de ese pueblo, cuyas instituciones nos reve- lan, a pesar de la distancia, su amor a la virtud, su horror al vicio. Antes de la época de la conquista, algunos celosos misioneros habían esparcido las primeras semillas del Evan- gelio, llegando hasta construir dos ermitas, una en el puer- to de las Nieves (Agaete),y otra en los arenales de Santa Catalina (Las Palmas), pero ambas fueron destruidas por los isleños, obteniendo con frecuencia aquellos misione-
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    ros la coronadel martirio. El último Faicán, digno descendiente d e ese pueblo indómito, hostil al yugo y a toda creencia nueva, no quiso sobrevivir a la pérdida d e su libertad, y, el mismo día e n que el pabellón español ondeó triunfante sobre todas las alturas d e la isla, se arrojó al mar desde lo alto del Tirma, prefiriendo la muerte a la abjuración d e sus errores, y a la servidumbre con que le brindaban s u s enemigos. La teogonía canaria s e borró e n breve d e la memoria d e la raza conquistada, sin que nos haya quedado d e ella otros recuerdos que los fragmentos casi sin ilación q u e acabamos d e recopilar. " 7 Notas E ( 1 ) Bernáldez, cap. 63. Ms. 5 (2)Abreu Galindo. - 0 (3)Abreu Galindo, p. 98.-Castillo, p. 56.- Sosa p. 168. m O (4) Viera, t. l . p. 1 70. 4 (5) Viera, t. l . p. 165. (6)Andrés Bernáldez, cap. 63. (7) P. Espinosa, p. 14. - m O IV. Estrategia.- Armas ofensivas y defensivas. n a El estado d e completo aislamiento e n que s e encon- traban los pueblos canarios, no impidió que conocieran e n todo su horror los males d e la guerra. La desigualdad d e condiciones, la división en castas, las aspiraciones al man- d o supremo, los celos, la envidia, el abuso de la fuerza, fueron causas que, e n mayor o menor escala, ejercieron su funesta influencia sobre aquellas sociedades, destru- yendo con frecuencia los beneficios d e la paz, y asolando completamente el país. Sin embargo, la proximidad d e un enemigo más po- deroso y terrible, como era el europeo, los obligaba a apla- zar sus discordias intestinas, para rechazar con todas s u s
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    fuerzas la invasiónextranjera. El contacto c o n tropas aguerridas y disciplinadas, cubiertas d e hierro, y manejando a r m a s para ellos desco- nocidas, perfeccionó relativamente s u estrategia, y modifi- c ó con ventaja propia s u manera de pelear, y s u s medios de ataque y defensa. Cada reino e s t a b a dividido e n distri- tos, y é s t o s e n tribus, q u e reconocían por jefes d e guerra a los m á s diestros, esforzados y prudentes, elegidos todos por el m i s m o G u a n a r t e m e . L l a m á b a n s e e s t o s j e f e s Fayahuracanes, y estaban obligados a reunir, al primer aviso d e s u rey, todos los hombres d e a r m a s q u e había e n s u demarcación, y llevarlos al punto designado, sin q u e nadie pudiera negarles la obediencia ( 1 ) . Estas diversas falan- ges, así capitaneadas, combatían bajo el m a n d o d e un jefe supremo, q u e e r a el primero e n lanzarse al combate, fian- d o al valor personal el éxito d e la batalla. Eran, sin embargo, muy diestros e n elegir un sitio q u e les favoreciese, ya por lo escabroso, ya por otras ventajas naturales, q u e hicieran difícil s u escalamiento. Ingeniosos para preparar emboscadas, atraían c o n arte a los enemi- g o s para caer s o b r e ellos, y destruirlos a una señal conve- nida. En el m o m e n t o d e atacar prorrumpían e n grandes gri- t o s y silbos espantosos, con los q u e creían infundir miedo a s u s enemigos. S u s a r m a s ofensivas eran la maza o magado, q u e , entre los habitantes d e Canaria, concluía e n d o s grandes bolas, a r m a d a s m u c h a s veces d e pedernales afilados, q u e llamaban tabonas; el hacha d e combate, cuyo cortante lo formaba un trozo d e obsidiana; el banot, dardo o venablo d e tea, endurecido al fuego, preparado d e m o d o q u e , al penetrar e n la herida, se rompían las muescas abiertas e n el mango; y la anepa o lanza, d e o c h o a diez pies d e largo, q u e arrojaban con grande habilidad y a gran distancia c o m o los dardos. Entre las defensivas, sólo se contaban los es- c u d o s hechos con corteza d e drago, y el tamarco revuelto e n el brazo izquierdo. Presentábanse casi siempre d e s n u d o s e n el c a m p o
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    d e batalla,después d e ungirse el cuerpo con el jugo d e ciertas plantas: su primera embestida era una lluvia d e piedras, lanzadas con vigoroso brazo y segura puntería, descarga q u e se repetía hasta llegar a las manos con s u s enemigos; entonces hacían uso d e las mazas, lanzas y venablos, evi- tando los golpes con singular destreza, y devolviéndolos con toda la energía d e hombres acostumbrados a estos ejercicios d e fuerza prodigiosa, y d e un valor a toda prue- ba. Concluido el combate, se manifestaban siempre ge- nerosos con los vencidos, canjeando los prisioneros entre ambas partes. En las alturas tenían vigilantes que, por medio d e ciertas m señales convenidas, avisaban la aparición o los movimien- E tos del enemigo. Su grito d e guerra era hay tu catana, esto es, lihom- bres haced c o m o buenos)),frase q u e revela clara y explíci- O tamente los principios d e honor q u e atesoraban e n s u s C1 4 esforzados corazones. Nunca decían fulano es valiente, sino tal día fue valiente fulano ( 2 ) . n Las distinguidas hazañas d e s u s guerreros, y n o el favor ni el nacimiento, servían para elevar a cada uno a los - m O puestos m á s eminentes d e la milicia. Cada jefe era un hé- roe: Doramas, Adargoma, Bentaguaire, durante los largos años que los europeos trabajaron e n arrancarles s u inde- pendencia y libertad, legaron con s u s valerosos hechos n hermosas tradiciones a s u país. O O En estos combates, donde fueron con frecuencia de- rrotados los invasores, aprendían los canarios a regulari- zar su disciplina, sirviéndoles los despojos d e los muertos y prisioneros para armarse d e una manera más temible, y hacer m á s difícil su sumisión: n o era, pues, extraño verles manejar una espada, una ballesta o una hacha española, con la misma destreza que s u s magados, añepas y banotes. Notas ( 1 ) Castillo, p. 6 1 . (2)Sedeño, Ms.- Sosa, p. 160.
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    Artes e industria. Enel grado de cultura que habían alcanzado ya los canarios, sus necesidades sociales habían dado nacimien- to a una multitud de artes y oficios, comunes a todos los pueblos en las primeras edades de su civilización. El cultivo de la tierra, y el cuidado y vigilancia de los rebaños, eran las principales y más nobles ocupaciones de los isleños, después del ejercicio de las armas. N o cono- ciendo el valor de la moneda, no teniendo comercio exte- rior, ni artefactos que pudieran aumentar los productos del país, la única riqueza real y verdadera la encontraban sólo en la agricultura: así es que puede decirse con seguridad que fueron desde luego labradores y pastores. Los recursos alimenticios de que podían disponer eran trigo, cebada, habas, dátiles, higos, moras, madroños y palmitos. La cebada la comían después d e tostarla y redu- cirla a harina en un molinillo de piedra, puesto en movi- miento con la mano. Esta harina, que ellos llamaban gofio, y que constituía su principal alimento, la comían mezclán- dola con agua, miel o leche. El trigo, si hemos de creer el manuscrito de Bocaccio, era más blanco y mucho más her- moso que el europeo, y los higos secos, tan buenos como los de Cesena. Las palmas las cortaban por el pimpollo y recogían el licor que destila, convirtiéndole en una espe- cie de bebida muy apreciada de ellos ( 1 ). Respecto a viandas, las tenían muy buenas y sabro- sas. Estimaban mucho las cabras, que llamaban aridaman, y así mismo las ovejas y los puercos salvajes. De la leche hacían excelentes quesos, y la manteca, después de ser- virles de alimento, la empleaban en varios usos medicina- les mezclándola con el jugo de ciertas plantas cuyas virtu- des les eran conocidas. La manera de labrar la tierra era tan extraña como ingeniosa. N o poseyendo bestias de labor con que arar la tierra, se servían de unos largos palos a cuya extremidad ataban una asta de cabra. Enseguida reuníanse veinte o más isleños, cada uno con su vara, y juntos surcaban la
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    tierra, yendo enpos de ellos las mujeres sembrando la cebada, que llevaban en unos sacos atados a la espalda. Al recoger la cosecha, que era regularmente en julio ( 2 ) ,sólo tomaban la espiga, trillándola con sus mismos pies, y aventándola con sus manos; después guardaban el grano en silos o lo almacenaban en cuevas muy enjutas. Para el riego de sus tierras construían acequias, y recogían el agua en grandes albercas (S), como precaución muy Útil en los anos escasos de lluvias. La pesca era otro de los recursos alimenticios que con más frecuencia utilizaban, pero como no conocían el arte de la navegación, no podían alejarse de la costa. Era tanta, sin embargo, la abundancia de pescado, que, a pe- m sar de los defectuosos medios que empleaban para coger- E le, siempre suplía a todas sus necesidades. Servíanse de unos cordeles fabricados de una estopa muy fuerte que se 3 extrae de los palmitos, y labraban los anzuelos de astas de - O carnero o de cabra, torciéndolos al fuego y dándoles la m O consistencia del hierro (4).También conocían la pesca con 4 redes de junco, para lo cual se arrojaban al mar a nado, n ejercicio en que eran muy diestros. Además del cultivo de la tierra, del cuidado de los rebanos y de la pesca, artes principales que ocupaban a los canarios, había entre ellos albañiles que entendían en la construcción de las casas y oratorios, y en el ensanche y apertura de las cuevas; tintoreros para las pieles y vesti- dos dejunco; alfahareros para la fábrica de gánigosy utensilios de barro; estereros para las esteras de palma y sogas de junco; embalsamadores para la disecación y colocación de los cadáveres en los sepulcros, y, en fin, verdugos y carni- ceros, oficio tan vil, que no era permitido, como ya hemos dicho, a los que lo ejercían, tocar nada con la mano, ni penetrar en ninguna habitación (5). Los muebles de que se servían pueden reducirse a los siguientes (6):un molino de mano compuesto de dos piedras, donde trituraban la cebada o el trigo para conver- tirla en gofio o harina; algunas vasijas de barro o gánigos, para los usos de la cocina y del servicio; varios instrumen- tos cortantes de pedernal o de vidrio volcánico; cucharas
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    de conchas marinas;anzuelos y agujas de espinas de pes- cado o púas de palma; rodelas de drago, espadas de ace- buche, dardos y lanzas de tea endurecida al fuego; lechos de paja, y sillas de piedra cubiertas de pieles. Los canarios se distinguían de los habitantes de las otras islas, por el esmero con que construían sus casas, y el arte con que labraban la piedra para abrir las cuevas que les servían de habitaciones. Antiguos documentos di- cen que los prisioneros mallorquines, que en los siglos Xlll y XIV habían quedado en la isla, enseñaron a los indígenas éstas y otras artes, así como introdujeron el trigo y las hi- gueras: lo cierto es que ya en 1402, época de la llegada de Bethencourt, existían aldeas considerables cerca de las costas, formadas de casas y cuevas muy bien construidas. El viaje que ya hemos citado de Angiolino del Teggia, verificado en 1341 , da testimonio de esta verdad, medio siglo antes que los capellanes del barón normando. <(La gente del equipa- je, se lee en aquel diario, penetró en el interior de las ca- sas, y reconoció que estos edificios estaban construidos con piedras cuadradas con mucho arte, y cubiertos de grandes y hermosas piezas de madera))(7). Aún se conservan en algunos puntos de la isla vesti- gios de estos edificios, a pesar de que el tiempo y la incu- ria de sus nuevos habitantes han contribuido de consuno a destruirlos. Véase la descripción que de los restos del pueblo de Arguineguín, situado en el barranco del mismo nombre, hacen en su Historia natural de las Canarias los señores Webb y Berthelot (8). ((La habitaciones se hallan colocadas en varias filas alrededor de un gran circo, en medio del cual se ven las ruinas de un edificio más considerable que los otros, presentando delante de la puerta de entrada un enor- me banco semicircular con un dosel, todo de piedra, lo que ha hecho presumir que esta casa había sido la residencia de un jefe, y que el concejo de los guaires se reunía en este sitio. Grandes y sólidas vigas de lau- rel (barbusano),madera casi incorruptible. cubren aún algunas de estas habitaciones, cuya forma es elíptica,
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    presentando interiormente tresalcobas practicadas en el espesor del muro, que tiene 8 o 9 pies d e ancho. Estas alcobas parecen haber sido destinadas para ca- mas. El hogar se halla colocado cerca d e la puerta d e entrada, que hace frente a la alcoba del fondo. La pa- red carece d e cimiento, se halla construida con pie- dras en bruto y muy gruesas exteriormente, pero per- fectamente talladas y alineadas en el interior, y estas piedras blancas se hallan tan bien unidas, como pu- diera hacerlo el mejor d e nuestros albaniles.)) En Gáldar se conservaba hasta hace poco tiempo el palacio del Guanarteme forrado todo admirablemente de hermosas piezas de madera (9),y en Agaete, dos habita- ciones de figura cuadrada con grandes vigas de un hermo- " 7 so pulimento ( 10). E Cerca de Telde, donde llaman el Risco d e las cuatro 3 puertas, en la cima de una montaña volcánica, hay una - O cueva espaciosa, abierta en la roca, de ochenta pies de m O largo y cuarenta de ancho, que parece haber sido destina- 4 da a algunas ceremonias del antiguo culto. Penetrase en n ella por cuatro aberturas de catorce pies de alto, sobre seis de ancho, separadas entre sí por pilares de diferentes dimensiones. Delante de la cueva se abre una explanada, - m O cortada en el mismo risco, donde hay unos nichos a cinco pies del suelo, redondos unos, y otros cuadrados. En la vertiente de la montaña, por la parte del sur, hay otra ex- - planada semicircular ( 1 1). n En el barranco de Valerón, distrito de Guía, existe otra curiosa cueva destinada, según la tradición, para convento de las vestales o harimaguadas; subese a ella con bastante peligro, y se compone de un arco elevado que le sirve de entrada, y u n largo corredor a cuyos lados se abren unas celdillas a distancias regulares, colocadas las unas sobre las otras con sus ventanas para recibir la luz. En el exterior hay dos torreones cortados a plomo sobre el barranco con sus correspondientes troneras ( 12). La población rica vivía en el centro de la isla, prefi- riendo las cuevas a las casas, por suponer que eran más frescas y saludables; la gente del pueblo se reunía en las playas o en los valles cercanos al mar, porque de este ele-
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    m e nt o recibían s u principal subsistencia. Los g r a n d e s c e n t r o s d e población e r a n e n t o n c e s al N. Ciáldar, al O. Acusa, y al S. Telde, Argonez y Arguineguín. Notas (1) Castillo, p. 6 1. (2) Los canarios contaban por lunas. (3)Castillo, p. 60. (4) Sosa, p. 172. (5) Viera, t. l . p. 158. (6) Seguimos en esta breve descripción a Viera, t. l . p. 152. (7) '(Hiver0 intrantes domos eas videre ex lapidibus quadris compositas mirabili artificio et lignis ingentibus ac p~~lcherrimis tectas.11 Ciampi. Firenze. 1827. (8) Etnografía. p. 143. (9) Fue destruido con inaudita barbarie, para utilizar esta madera. (10) El P. Sosa, en su Topografía de Gran Canaria, se expresa así hablando de este edificio: ,,Estando en la villa de Gáldar en misión, fui a ver una casa canaria que hasta hoy por vía de estado se conserva cerca de la iglesia parroquia1 del Sr. Santiago; y reparando en lo pulido y labrado de sus maderos, y en el ajuste de sus tablones y vigas, quedé fuera de mí casi; considerando su curiosidad y primor con tal neutralidad, que es cierto sino hallara evidencias tan matemáticas y claras por algunos escritos muy antiguos que he leido, que en esta afortunada isla hasta su conquista, nunca hubo herramienta, sino los viera labrar no lo creyera. Este palacio, que dicen ser del rey Guadarteme, está todo aforrado con tablones de tea muyjuntos, y con tal orden puestos y curiosamente pintados, que a primera vista parecen ser todos una pieza." (11) Webb y Berthelot, p. 159. (12) Castillo, p. 56. VI. Usos y costumbres. Y a h e m o s visto q u e , a p e s a r de la sencillez e n q u e debieron vivir los insulares canarios, la división e n c a s t a s era ya conocida entre ellos, separando e n dos bandos opuestos,
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    los intereses comunesde aquella sociedad. Signos exteriores de nobleza servían para señalar a las familias que habían tenido la suerte de nacer en ese rango. Una larga cabellera era el distintivo de este orden elevado, así como la falta de este requisito era la señal de ser un villano, o un achicaxna (trasquilado). El respeto a las mujeres, según hemos dicho, consti- tuía uno de los más curiosos rasgos de su fisonomía mo- ral. Este respeto se extendía a los ancianos, a los niños, y a las personas consagradas al culto, como los Faicanes y las harimaguadas. Aunque sólo les eran conocidas aquellas artes que brotaban, por decirlo así, espontáneamente de sus mismas " 7 necesidades, cuidaban de conservarlas fomentando su apren- E dizaje, y velando por la educación de la juventud que en 3 ellas se instruía. - 0 Sin ocuparnos ahora de los ejercicios que constituían m O su principal ocupación, como eran la carrera, la lucha, el 4 pugilato, el manejo de la honda, del hacha y del palo, re- * n cordaremos que aprendían a tejer con la mayor perfección sus vestidos, y a coserlos cuando eran formados de pieles, que pintaban sus rodelas con varios cuarteles de diferen- - m O tes colores, que se tenían el rostro y los brazos, que se ocupaban en fabricar vasijas de barro de diferentes dimen- siones, que araban, sembraban y regaban la tierra, y que levantaban por fin edificios, cuyas ruinas después de cua- s n tro siglos se conservan aún intactas. O O Es probable que las disposiciones naturales decidie- ran del arte a que cada uno se aplicara, siendo casi exclu- sivo de la nobleza el manejo de las armas, el cultivo del terreno, y el cuidado de los rebaños, ocupaciones que no desdeñaban los mismos reyes. Sencillos eran sus vestidos. Componíanse siempre de dos clases; o de pieles perfectamente adobadas, o de un tejido de junco o de palma, primorosamente trabajado, en cuya industria eran muy diestros. El vestido de los jefes se distinguía de los demás. En la relación del viaje de Angiolino, que tantas veces hemos
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    citado, se diceexpresamente que el tamarco o tonelete del jefe era de hojas de palmera, y el de los otros cana- rios, de junco, pintado de amarillo y rojo. El tamarco no carecía de cierta elegancia: llevabanle ajustado al cuerpo, y encima otro de pieles que sólo se ponían en invierno. Algunos usaban también una especie de sombrero con plumas. Las mujeres se vestían una hopalanda que les llegaba al suelo, llevando el cabello recogido atrás y trenzado con juncos de diferentes colores. Ambos sexos usaban sandalias de cuero de cabra, ligadas con correas al pie (1). Además de estos adornos, se pintaban el cuepo con extravagantes dibujos. Bontier y Leverrier dicen en su cró- nica ( 2 ) , ([quetienen sus carnes labradas con diferentes dibujos, según el capricho y gusto de cada uno.)) En lo que todos los historiadores convienen, era en su gallarda y varonil figura, y en la belleza de las mujeres. Cairasco añade, que éstas tenían los ojos negros y rasga- dos (3).((Idpor todo el mundo, escribían los capellanes del señor de Bethencourt, y no hallaréis en ninguna parte personas más hermosas ni gente mas gallarda que la de estas islas.))Otro autor contemporáneo decía hablando de los canarios: lino exceden de una estatura regular, tienen los miembros robustos, son fuertes, muy valerosos, y al parecer de una gran inteligencia.>) (4). Hemos ya hablado de la costumbre de bautizar a los recién nacidos, ahora añadiremos que, segun algunos au- tores, no era la madre quien los criaba sino una cabra, porque creían que de este modo llegarían sus hijos a ad- quirir la ligereza de este animal (5). Las doncellas nobles eran educadas en los cenobios, donde vivían reclusas las harimaguadas, siendo éstas las que tenían a su cargo la vigilancia y cuidado dé su educa- ción. Allí entraban a la edad de ocho años, y no salían has- ta cumplir los veinte. Debe suponerse que la instrucción que en estas casas recibirían, sería siempre relativa a las artes que estaban en uso en el país.
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    Vivían las esposasmuy sujetas a la voluntad d e s u s maridos ( 6 ) ,distinguiéndose d e las solteras e n la forma y corte del vestido. La manera d e celebrar s u s casamientos era muy sen- cilla. Convenidas las partes contrayentes, y obtenido el consentimiento d e s u s padres, se celebraban grandes fies- tas que duraban muchos días, según el rango y riqueza d e los novios, quedando sin más ceremonias ni requisitos unidos por toda la vida. Si s e casaban por segunda vez, los hijos del primer matrimonio tomaban el nombre d e punapales, esto es, mayorazgos o principales herederos d e la casa, siendo necesario q u e los hijos del segundo, para s e r enno- blecidos, los tomara d e la mano el Guanarteme y los entre- " , gara al padre, pues sin esta circunstancia n o eran conside- D E rados hijodalgos (7). = La adopción s e verificaba del mismo modo, siendo 5 muy frecuente q u e los nobles aumentaran s u familia o el - e m número d e s u s adeptos o clientes por medio d e esta senci- O 4 Ila ceremonia, q u e era el primer acto, por decirlo así, d e la introducción d e un plebeyo e n el orden d e la nobleza. n - Entre las doncellas principales era costumbre autorizada, que, cuando las querían casar, estuviesen antes descansando = m treinta días, regalándose con todas aquellas viandas y bebidas 0 más suculentas y estimadas, que de ellos eran conocidas, para que así las encontrase el novio llenas de robustez y vida, y pudieran dar al estado hijos esforzados y valientes (8). n - Se asegura por nuestros historiadores que el Guanarteme O O tenía el derecho d e prelibación e n todos los matrimonios, considerándose honrada la novia q u e a tal costumbre se sometía; pero los canarios q u e sobrevivieron a la conquis- ta, lo negaban con tenacidad, asegurando q u e era tan fal- s a esta noticia, como aquélla e n q u e s e les atribuía la unión legal d e tres hombres con una sola mujer (9). Podemos, pues, asegurar, que los usos y costumbres d e los primitivos canarios, nada tenían d e vergonzoso ni de repug- nante, teniendo e n cuenta el grado d e cultura y civilización que alcanzaban en aquella época. En la sociedad doméstica encon- tramos el respeto a los padres, el cariño a los esposos y el amor a los hijos; en la civil, la veneración a los ancianos, a los sacer-
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    dotes y alas mujeres, la sumisión a las leyes y a los usos de sus mayores, y la obediencia a las autoridades. ¿Qué más podía esperarse de unos hombres separados por el Océano del movi- miento civilizado de los pueblos del continente, y entregados sin la luz del Evangelio a sus buenos o malos instintos? Dignos de admiración serán siempre por su heroico valor, por s u actividad inteligente, y por su decidido amor a la patria, los que supieron defender durante un siglo su independencia, respetando a sus vencidos enemigos, y cumpliendo con fidelidad sus juramentos. Notas ( 1 ) Abreu Galindo, p. 98. (2)Bontier y Leverrier, p. 7 2 . (3)Templo militante, p. 2 8 3 . (4)Ciampi.- Diario d e Bocaccio. (5)Castillo, p. 6 2 . ( 6 ) Castillo, p. 58. (7)Sosa, p. 182. (8)Abreu Galindo, p. 92.- Castillo, p. 57. (9)Sedeño. M s . VII. Bailes.- Juegos.- Diversiones. Los canarios, según todas las tradiciones que de ellos se conservan, eran muy aficionados a los juegos y regoci- jos públicos. Entre éstos, ocupaban el primer lugar las fiestas que celebraban en cierta época del ano, que creemos se- ría en julio o agosto, los convites y bailes con que festeja- ban sus matrimonios, y las justas o torneos, que, para manifestar su valor y destreza, disponían en las plazas pú- blicas, según el ceremon,ial que el uso había consagrado en esta clase de espectáculos.
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    11Doscosas, decía Franciscod e Gomara en s u Histo- ria de las Indias, andan por el mundo, q u e han ennoble- cido a estas islas: los pájaros canarios, tan estimados por su canto, y el canario, baile gentil y artificioso.))((Estees un tañido músico, añade Viera ( l ) , d e cuatro compases, q u e s e danza haciendo el son con los pies, con violentos y cortos movimiento s.)^ Este baile ha desaparecido d e la Gran Canaria, sin q u e se conserve ningún recuerdo d e la música ni d e los movimientos con q u e s e acompañaba, pero creemos q u e el tango herreno es una copia d e e s e famoso baile, con las modificaciones que el tiempo y las costumbres han podido introducir en s u ejecución. " 7 Mientras unos bailaban, tocaban otros unos tamborcillos E y flautas d e caña, y cantaban endechas que recordaban s u s amores, o las hazañas d e los personajes q u e más se 3 habían distinguido e n la guerra, y cuya grata memoria con- - - o servaba el pueblo. m O : : Las justas o desafíos se verificaban, como hemos di- cho, en un sitio destinado a este objeto, q u e era siempre una gran plaza e n cuyo centro se elevaba un estrado, so- bre el cual se colocaban los d o s combatientes, para desde esta altura poder ser vistos del público. En esta explanada o terraplén había, además, d o s piedras llanas d e d o s pies d e ancho, sobre las cuales era costumbre q u e cada lidia- dor recibiera y devolviese los golpes d e s u adversario, sin serle permitido, bajo ningún pretexto, apartarse d e aquel sitio mientras duraba el combate. Las armas con que s e presentaban e n la lid eran un palo que remataba e n un grueso nudo, y al cual llamaban magado, tres guijarros muy redondos y lisos, y algunos pedazos d e afilado pedernal. El combate daba principio arrojándose con increíble ligereza las piedras, que, con no menos facilidad, procuraban evitar, sin mover los pies del sitio donde se hallaban colocados: enseguida, empuñaban las tabonas o pedernales, y ya con éstos, ya con el palo, se dirigían y paraban los golpes, dando pruebas d e s u fuerza, d e su agilidad y d e s u destreza. Cuando a alguno d e los combatientes s e le rompía el magado, s e detenía el otro: y
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    si ambos estabancansados, los padrinos les llevaban re- frescos, interrumpiéndose la lid, para recomenzarla de nuevo. Por fin, satisfecho ya el público y los jueces del valor respectivo que cada uno había demostrado, levantaba la voz el presidente, diciendo gama, gama (basta, basta), a cuyas palabras se suspendía el combate, quedando ambos reco- nocidos como hombres dignos de llevar las armas (2). La lucha y el pugilato eran otros de los ejercicios que más agradaban a los canarios, distinguiéndose, entre sus hazañas, la que consistía en trepar a los riscos más escarpados e inaccesibles, y fijar en su cima u n madero, como señal eterna de este rasgo de audacia. Aún se descu- bren en algunas alturas, donde parece imposible que el hombre se haya atrevido a fijar su planta, varias señales de este genero, que evidentemente no tienen otro origen. Cuentanse algunas anécdotas, que confirman la idea que del valor y destreza de estos insulares se conserva en nuestras crónicas. Adargoma, uno de los guaires más famosos de la isla, cortaba de una pedrada la hoja de la palma que tomaba por blanco de sus tiros, aunque estuviese muy elevada; y bien sabido es la resistencia que opone la palma a u n ins- trumento cortante, por más afilado y bien dirigido que esté. Había canario que elegía tres hombres, a los que, después de darles a cada uno doce naranjas y reservar u n número igual, les mandaba que se las arrojasen a diez pasos de distancia. De esto resultaba que ninguno conseguía tocar- le con las naranjas, mientras él las empleaba todas (3). ((Yovi en Sevilla, dice Nebrija en sus Décadas (4), una cosa que califiqué por milagro. Estaba allí cierto isleño, natural de Canaria. el cual sin mover el pie si- niestro de un sitio, aguardaba a ocho pasos de distan- cia a cuantos le querían arrojar piedras, cuyos golpes sabía evitar, ya torciendo un poco la cabeza, ya apar- tando enteramente el cuerpo, o ya mudando alternadamente las corvas. Este era un peligro a que se exponía tantas cuantas veces le ofrecían un cuar- to.,,
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    Cuéntase d eotro q u e llevaba un vaso a s u s labios, lleno enteramente d e agua, sin q u e nadie pudiera impedír- selo, ni hacerle derramar u n a sola gota (5). N o podemos pasar en silencio la respuesta que Maninidra, uno de los guaires m á s famosos de Canaria, convertido ya al cristianismo, y jefe d e un cuerpo de indígenas e n la con- quista d e Tenerife, dio a Alonso Fernández d e Lugo, cuan- do al entrar e n u n a batalla advirtió el general español q u e el canario temblaba. - ¿Por q u é tiemblas? - le dijo -,¿tienes miedo? - A lo q u e contestó Maninidra.- Tiemblan las c a r n e s del aprieto e n q u e las va a poner el corazón (6). Hubo también otro canario, llamado Guanháben, céle- bre por s u valor y por s u destreza e n la lucha, al cual otro isleño, q u e gozaba d e la misma reputación, desafió a probar s u s fuerzas e n uno d e esos certámenes públicos, de q u e an- tes hemos hablado. Aceptado el desafío, y arregladas las con- diciones, estuvieron asidos cuerpo a cuerpo por largo rato, sin que uno ni otro consiguieran derribarse. Entonces Guanháben, dirigiéndose a s u adversario, le.dijo: - Eres Caitafa un hombre valiente, pero n o harás nunca lo q u e yo m e atreva a hacer. A e s a interpelación, el isleño, lleno de arrogancia, res- pondió afirmativamente: oído lo cual por Guanháben, se dirigió sin deternerse a la playa seguido d e s u contrario, y d e una multitud innumerable d e curiosos. Entonces, tre- pando a lo m a s alto d e un escarpado risco, situado cerca d e la Aldea d e San Nicolás, y q u e lleva el nombre d e Tirma, y e c h a n d o una mirada d e desafío a Caitafa, se lanza d e s d e aquella altura al mar. Su rival, al ver esto, sin titubear un solo instante, corre, trepa al risco, y se d e s p e ñ a tras él, poseído del m á s ardiente entusiasmo (7). Estos hechos, y otros q u e omitimos, prueban el ca- rácter indomable d e esta raza de valientes, y las grandes cualidades q u e les adornaban, si bien, dirigida s u e n s e - ñanza e ilustrada s u razón, hubieran empleado c o n m á s acierto s u s fuerzas prodigiosas y s u s inteligente actividad. En pocos países encontraremos m á s rasgos heroicos q u e e n la Gran Canaria. Los Adargomas, Maninidras, Doramas y Bentaguaires, n o c e d e n e n valor ni patriotismo a los hé- roes m á s famosos d e la Grecia, d e Roma y de Cartago.
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    Notas ( 1 )Viera, t. 1. p. 160. (2)Abreu Galindo, p. 90. ,'La manera q u e tenían e n curarse cuando salían heridos, era que si la herida era penetrante, tomaban unjunco y majábanlo c o m o estopa el cabo hacia la raíz, y metían10 por la herida, mojado e n manteca d e ganado m u y caliente, cuanto le podían sufrir, y así quemaban las heridas por dentro y fuera: y hacían la manteca d e leche d e cabras, la cual guardaban para muchos casos y efectos, porque mientras m á s añeja e s la manteca, mejores efectos hace.>> Abreu Galindo, p. 9 1 . (3)Abreu Galindo, p. 1 12. (4)Nebrija, Décadas, lib. 2, cap. l o . (5)Abreu Galindo, p. 1 10. (6)Sosa, p. 16 1 (7)Abreu Galindo, p. 1 1 1 . VIII. Entierros.. Momias. Famosos son también los pueblos primitivos d e Tenerife y Canaria, por el arte con q u e embalsamaban los cuerpos d e s u s ascendientes, conservándolos intactos durante muchos siglos, e n la misma forma q u e lo practicaron los antiguos egipcios. Renombre universal tienen e n los círculos científicos d e Europa los momias d e Tenerife, viéndose en s u s pricipales museos, restos más o menos curiosos de la raza guanchinesca, mientras las momias canarias, olvidadas o confundidas con las de aquella isla, n o obtienen d e los viajeros ni d e los sabios el menor recuerdo. Algunos historiadores se han adelantado hasta negar q u e los habitantes d e la Gran Ca- naria conocieran el arte d e embalsamar los cuerpos, su- puesto que jamás se han encontrado momias en las cuevas de esta isla ( 1 ) . Para contradecir esta aventurada aserción, bastaría citar a todos nuestros cronistas, así an- tiguos c o m o modernos, q u e afirman lo contrario, si no
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    existieran hoy pruebasindubitables d e la existencia d e esas momias. Castillo, e n s u Descripción histórica ( 2 ) , nos dice que los embalsamadores formaban un gremio, teniendo a s u cargo todos los procedimientos d e esta operación, y contándose entre ellos personas d e ambos sexos. La ma- nera d e proceder a estos embalsamamientos, según el mismo autor, era el siguiente. Introducían por la boca d e los cadá- veres diferentes confecciones d e polvos d e brezo, d e cor- teza d e pino, d e hierbas aromáticas, y manteca d e cabras derretida, y por espacio d e quince días los ungían, ponién- doles al sol: envolvíanlos, luego, e n pieles perfectamente gamuzadas, y los depositaban en cuevas inaccesibles. Abreu Galindo añade que los plebeyos eran exclui- dos d e este honor, teniendo s u sepultura entre las esco- rias volcánicas d e la Isleta, donde todavía s e encuentran hoy en gran número. En efecto, hacia la banda meridional d e la misma Is- leta, s e descubren grandes montones d e piedra e n forma piramidal, d e los cuales cada uno indica el lugar d e una tumba. Este sitio s e halla cubierto d e lava que s e llama por los canarios malpaís, y que el tiempo no ha podido aún cubrir d e tierra vegetal; cada fosa tiene d e seis a ocho pies d e profundidad, formando una bóveda, sostenida o por tablones d e tea, o por una muralla d e piedra seca. El cuer- po s e halla siempre colocado con la cabeza hacia el norte, encontrándose generalmente entero, y los huesos bien conservados. En algunos sepulcros s e ven fragmentos d e tamarcos, d e calzado y d e esteras d e palma, y las frutas d e una planta q u e pertenece a la especie del terebinto (3), que, según algunos, empleaban para retardar la putrefac- ción. Vénse también, aunque en muy pocos, hachas d e piedra, vasijas d e tierra cocida, y unas piedrecitas basálticas cortadas en pirámides, cuya base, incrustada de líneas trasversales, figura una multitud de losanges. con una punta en el centro (4). Estos mismos sepulcros que vamos describiendo, s e encuentran también sobre la costa occidental, muy cerca del pueblo d e Agaete, y e n la antigua aldea d e Arguineguín,
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    al s ur d e la isla. M. Despreaux, q u e los ha examinado, ase- gura q u e los esqueletos encerrados e n las fosas mayores tienen la cabeza vuelta hacia el norte, mientras e n las pe- q u e ñ a s se dirigen d e e s t e a oeste. Podemos citar también ejemplos d e sepulturas encon- tradas s o b r e la cima d e las montañas. Cuando e n 1 7 0 4 se allanó el cerro d e Santa Catalina para colocar e n él una batería, se descubrieron tres, formando una bóveda d e la- jas artísticamente cerrada, q u e impedía penetrar la tierra y el polvo (5). Posteriormente, e n 1855, se hizo por casusalidad un descubrimiento d e m á s importancia: u n o s pastores encon- traron u n a cueva situada e n la escarpada vertiente d e una montaña d e las b a n d a s del Sur, donde, d e s p u é s d e pene- trar con gran peligro, vieron una multitud d e momias ence- rradas allí d e s d e tiempo inmemorial. La entrada d e la cueva era baja y estrecha, pero el interior, a n c h o y despejado. Hallábanse las momias sin orden ni simetría, efecto sin d u d a d e s u m u c h a antigüedad, q u e las había descom- puesto y fraccionado. Esta confusión e n la disposición d e los cuerpos se hacía m á s notable, a medida q u e se inter- naba e n el enterramiento, viéndose l o s miembros mezcla- d o s indistintamente sin s a b e r s e a q u é momias debieron pertenecer. Felizmente, a la entrada d e la cueva, y e n un sitio d o n d e era m e n o r la humedad, se encontró una per- fectamente conservada, y d e la cual vamos a hacer una minuciosa descripción. Estaba el c u e r p o envuelto e n d o c e pieles. De éstas, las siete interiores, extraídas d e corderos nonatos, se ha- llaban tan perfectamente conservadas, q u e a ú n podía ver- se el brillo del pelo, y tan elásticas c o m o si estuvieran aca- b a d a s de curtir. De las cinco exteriores, c o m o m á s expues- tas al contacto del aire, sólo quedaban fragmentos. Encontróse así mismo el rastro d e una sustancia viscosa, fusible al calor d e la mano, d e gusto y olor semejantes e n un t o d o al d e la miel de abejas, pero de color rojo oscuro, debido tal vez a la mezcla d e algunos ingredientes q u e empleaban para obtener el bálsamo con q u e ungían las mismas mo-
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    mias. Las pielesd e que hemos hablado no eran todas d e la misma clase: las m á s finas y delicadas s e encontraban in- mediatas al cuerpo, con el pelo hacia adentro, observán- dose mezclados e n algunas d e ellas los colores blarico y negro, formando sencillos dibujos. Cada d o s o tres d e es- tas pieles estaban sujetas al cuerpo por algunas tiras de cuero colocadas a media vara d e distancia y cosidas e n s u s extremos; la última presentaba el aspecto d e un s a c o cerrado por la boca. La momia se hallaba e n un estado d e regular conser- vación. El rostro había perdido la piel, y sólo la mandíbula inferior s e veía aún cubierta d e una barba negra y corta; el cráneo tenía así mismo algunos mechones d e pelo castaño " 7 e n su parte posterior. El pecho y el abdomen, aunque hun- W didos, s e descubrían distintamente del mismo m o d o q u e E los muslos y piernas: no así las manos y los pies q u e sólo 3 tenían las falanges, desnudas enteramente d e la piel q u e - las cubría. Por la inspección d e los dientes y el color del O 4 pelo y d e la barba, parecía pertenecer la momia a un hom- bre d e mediana edad. n La posición d e los brazos y las piernas era perfecta- - mente horizontal, sin q u e s e advirtiera e n s u s miembros ninguna contracción. - m O Halláronse junto a ella d o s fragmentos d e una vasija hecha d e madera d e drago, q u e aún conservaba el olor d e la miel que e n ella s e había depositado. n - Además d e esta momia, se pudo recoger también la O O d e una niña d e corta edad, cuyas manos s e hallaban tan perfectamente conservadas q u e se distinguían los hoyos d e las coyunturas, la tersura d e la piel, su color y s u s dimi- nutas unas. Entre los varios restos informes q u e s e veían disemi- nados e n la cueva, eran dignos d e llamar la atención, una pierna con su pie, cuya piel era igual e n color al d e las momias egipcias; un cráneo adornado d e pelo negro y cor- to, peinado e n gruesos bucles c o m o el d e algunas estatuas antiguas: y un fragmento q u e sólo conservaba el fémur, o hueso del muslo, unido a los d e la pelvis, y formando án- gulo recto con el resto del cuerpo, lo cual dejaba com-
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    prender q ue la persona a quien perteneció debió morir sentada c o n las rodillas unidas a la barba, por efecto d e alguna enfermedad q u e la obligó a tomar aquella violenta posi- ción. Pero, lo q u e m á s se admiraba e n la primera momia era la fortaleza, suavidad y tersura d e las pieles q u e le ser- vían d e envoltura; había algunas q u e podían competir con la m á s exquisita gamuza d e Suecia. Estos diversos frag- mentos estaban cosidos con una cuerda d e tripa, tan fina y delicada, q u e se necesitaba el auxilio d e un vidrio micros- cópico para distinguir las d o s hebras torcidas cada una s e - paradamente y luego juntas, con q u e se hallaban unidas las pieles, siendo d e notar la perfecta uniformidad del grueso de la cuerda. No todas las momias estaban envueltas con tanto esmero; había algunas, cuyos restos se conservaban e n s a c o s gro- s e r o s d e una tela formada d e un tejido d e junco, resguar- d a d a s exteriormente por esteras d e palma. Encontróse también, entre otros objetos, un collar compuesto d e tres cuentas azules d e vidrio ensartadas e n un cordón d e cuatro hilos d e tripa, resto tal vez d e los ju- guetes q u e les vendían los traficantes europeos, e n cam- bio d e los productos m á s apreciados del país. El descubrimiento d e e s t a cueva comprueba muchos de los detalles q u e h e m o s t o m a d o de nuestros cronistas s o b r e el embalsamamiento y entierro d e los cadáveres is- lenos. Varias s o n las observaciones q u e se desprenden d e lo q u e llevamos expuesto, y q u e reasumiremos e n pocas palabras. Vemos primeramente confirmado q u e los canarios conocieron el arte d e embalsamar los cuerpos y conservar- los sin corrupción c o m o los de los guanches d e Tenerife; así mismo, es indudable q u e depositaban junto al cadáver vasijas con miel, manteca y leche, a las q u e tal vez ana- dían los muebles q u e m á s apreciaba el difunto, observa- ción importante q u e nos hace sospechar algún conocimiento e n ellos del dogma de la inmortalidad del alma. La diferen-
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    cia de envolturan o s revela también q u e el rango y la clase del muerto influía e n el m o d o de embalsamarle, cuidándo- se poco d e los q u e n o podían por s u fortuna aspirar a las d o c e pieles q u e cubrían la momia, q u e ha llegado intacta hasta nosotros. Sabemos, por u n a constante tradición, q u e los cana- rios eran muy celosos de la conservación d e e s t o s sepul- cros, y q u e a nadie revelaban el sitio d o n d e se ocultaban, tapiando c o n el mayor cuidado la entrada d e las cuevas q u e les servían de encierro. N o d u d a m o s , pues, q u e exis- tan todavía m u c h a s e n nuestras montañas, c o m o la q u e casualmente se descubrió e n 1855, y cuyas momias po- drían resolver algunos problemas curiosos s o b r e la oscura historia de aquellos isleños. " 7 D E En fin, h a c e algunos a ñ o s q u e se encontró e n u n a = cueva de los alrededores d e Telde u n a vasija d e barro co- 3 cida, llena d e discos d e diferentes dimensiones agujerea- - - 0 m d o s todos por el centro, y arreglados c o m o las espirales d e O u n a concha. 4 * S e s u p o n e q u e e s t o s objetos fueron de algún valor para los primitivos habitantes, sirviéndoles tal vez de adorno o de m o n e d a corriente (6). = m O Berthelot, Etnografía, p. 148. Castillo, p. 64. n O Cneorum pulverulentum, llamada por los indígenas O Berthelot, p. 149. Castillo, p. 64. La momia de que nos hemos ocupado en este artículo se halla en poder de D. Juan del Castillo y Westerling.
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    IX. Tradición histórica.- Andamana. Escasasson las noticias que han llegado hasta noso- tros sobre las transformaciones políticas que debieron ex- perimentar los pueblos de estas islas, antes de constituir- se definitivamente en monarquías, más o menos absolu- tas, como las que encontraron establecidas los europeos al visitar de nuevo este olvidado archipiélago: pero debe- mos suponer, que al revelarse en ellos la necesidad de coristituii- alguna forma de gobierno, debió naturalmente quedar el territorio dividido en tribus independientes, formadas en- tre sí por la asociación de una o de muchas familias, enla- zadas por el parentesco o por la amistad de sus individuos. Estas tribus se hicieron luego la guerra por celos, por envi- dia, por demarcación de límites, o por el uso de los pastos que habían de servirles para alimentar sus rebaños. Entre estas tribus es probable hubiera alguna, cuya pre- ponderancia sobre las demás fuera insensiblemente pronun- ciándose, ya por el aumento de su población, o ya por la feracidad del terreno que le había tocado en suerte; así creernos que sucedió con la establecida en el distrito de Ciáldar. La expedición de Ben Farroukh en 999, la más anli- gua de que tenemos noticia en la Edad Media, nos habla de u n Ciuanarteme de Ciáldar, llamado Ciuanariga, en cuyo palacio fue festejado el capitán árabe por los guaires o consejeros canarios. Aquella curiosa relación añade: {(que las islas Canarias estaban habitadas por tribus más o menos bárbaras y gobernadas por diferentes caudillos: q u e e n las islas de Canaria y Capraria (Fuerteventura), é s t o s eran independientes y se hacían la guerra unos a otros, al paso q u e e n la d e Nivaria (Tenerife). los habitantes formaban hasta quince tribus subordina- das a un soberano o Mencey: y finalmente que, entre todas las islas, la q u e ofrecía muestras d e alguna civi- lización era la isla de Canaria, tanto por la afabilidad d e s u s naturales para con los extranjeros, como por s u s instituciones civiles y religiosas, y su agricultura e industria, q u e se hallaban más perfeccionadas q u e e n las demás islas.u ( 1).
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    Estas noticias, porincompletas q u e nos parezcan, se anudan perfectamente con las q u e han sido recogidas por nuestros cronistas. En una época q u e no s e cita, pero que nosotros cree- mos poder fijar a mediados del siglo XIV, la isla d e Canaria se hallaba dividida e n diez distritos independientes, cuyos nombres eran Gáldar, Telde, Agüimes, Tejeda, Aquejata, Agaete, Tamaraceite, Artebirgo, Astiacar y Arucas. Cada uno d e estos distritos era mandado por un jefe o capitán inde- pendiente, auxiliado por un número m á s o menos crecido d e guerreros. Esta división e n tribus fomentaba entre los canarios s u s instintos belicosos, y hacía m á s sangrientas y frecuen- m tes s u s guerras y disensiones. E Entretanto, una mujer s e disponía a cambiar radical- = mente este sistema d e gobierno, preparando una revolu- ción, cuyas consecuencias s e dejaron sentir bien pronto. - 0 m m Vivía e n el cantón d e Gáldar una hermosa joven Ila- mada Andamana ( 2 ) ,que por su raro talento, por s u s virtu- des, y por la habilidad con q u e arreglaba los negocios m á s arduos y complicados, gozaba e n toda la isla d e una repu- tación tan justa como merecida. Suponen algunos q u e prac- ticaba el arte d e la adivinación, y que, para aumentar s u prestigio, fingía estar inspirada y e n comunicación con los espíritus. Sea d e esto lo q u e fuere, e s lo cierto q u e todos acataban su poder, y que, si bien n o lo ejercía d e hecho, era moralmente irresistible. Todos, sin embargo, convie- nen e n que lo empleaba e n bien y utilidad del país, sin apartarse nunca d e las reglas d e la m á s estricta justicia. Pasaron así algunos años, hasta q u e varios isleños, o envidiosos d e la fama d e Andamana, o avergonzados d e ver a una mujer mezclada e n s u s negocios públicos y deci- diendo como supremo árbitro todas las cuestiones susci- tadas entre ellos, s e propusieron sacudir el yugo, burlán- dose d e s u s actos, despreciando s u s decisiones, y desacre- ditándola por cuantos medios puede sugerir el odio y la envidia.
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    Estos vergonzosos manejosirritaron al fin a Andamana, q u e , a u n q u e superior a s u s viles detractores, n o podía con- formarse con la tranquila resignación d e víctima; entonces juró vengarse ellos y del pueblo e n cuyo favor había traba- j a d o tantos años, y formó el atrevido proyecto d e conquis- tar la isla, ciñéndose la corona d e esta nueva monarquía. Al efecto eligió, entre s u s numerosos adoradores, al m á s valiente y afamado c a m p e ó n d e las diez tribus, y se despo- só públicamente con él, ocultando a todos s u designio. Estas b o d a s atrajeron la juventud guerrera a Gáldar, e n cuyo dis- trito vivía Gumidafe, q u e así se llamaba el venturoso elegi- d o (3),y aprovechándose Andamana d e esta circunstan- cia, empleó toda s u habilidad y talento e n reclutar un pe- queño, pero adicto y aguerrido ejército, q u e obedeciera ciegamente s u s órdenes, y le sirviera d e dócil instrumento para llevar a efecto s u ambicioso plan. Así sucedió; los guerreros, seducidos por la magia d e s u s palabras, por el anuncio d e fáciles victorias, y por la promesa formal d e premios y recompensas, se agruparon e n torno de ella y de s u esposo, y conducidos por a m b o s a los cantones m á s próximos, fueron sin resistencia redu- ciéndolos a s u dominio. Todavía quisieron s u s enemigos hacerle frente e n algunos puntos, pero era ya tarde, s u in- flujo moral, apoyado por un ejército victorioso q u e c a d a día se engrosaba con nuevos adeptos, los redujo e n breve a la impotencia, obligándoles a d e p o n e r las armas. La isla, entonces, q u e d ó enteramente sometida a un solo dueño, rindiendo d e s d e aquel m o m e n t o humilde vasallaje a la as- tuta y afortunada isleña. Los nuevos reyes fijaron s u corte e n el distrito d e Gáldar, y procuraron atraer a s u lado, c o m o prenda d e seguridad futura, a los mejores guerreros d e la isla. Es muy posible q u e Andamana n o se apartara e n el poder d e las máximas justas y equitativas q u e la habían conquistado antes d e s u elevación, la fama y renombre q u e le sirvió d e escabel para subir al trono; así, al menos, s e d e d u c e d e la tranquilidad interior q u e disfrutó el país e n el largo período d e s u reina- do. La tradición, pues, guarda silencio sobre los aconte- cimientos q u e siguieron a e s t e cambio d e gobierno; sólo
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    se s ab e q u e le sucedió s u hijo Artemi Semidán, digno he- redero d e una corona q u e los e u r o p e o s iban a hacer muy peligrosa. Notas ( 1 ) Ossuna. Comp. p. 22.- Mr. Etienne, m s . 13. (2) Abreu Galindo la llama Atidamana, p. 108. (3)Vivía Gumidafe e n unas cuevas que al presente se llaman del caballero d e Facaracas. Abreu Galindo, p. 108. Artemi Semidán. Sucedía e s t o a fines del siglo XIV. - e m Ninguna noticia nos conservan nuestros cronistas so- O 4 bre los primeros a ñ o s del reinado de este príncipe. De supo- * ner es siguiera las máximas d e buen gobierno q u e le legaran n s u s padres, teniendo la habilidad o la fortuna d e sostenerse, e n medio d e la sorda rivalidad q u e debía necesariamente = m existir todavía entre los principales guerreros de la isla. O En medio d e la oscuridad e n q u e está envuelto e s t e período d e nuestra historia, d e b e m o s a los capellanes d e Bethencourt algunas breves noticias, recogidas e n s u s fre- z n cuentes excursiones por las costas d e la Gran Canaria, bajo O O el m a n d o d e Gadifer de la Salle y del mismo Bethencourt. Cuando éste, d e s p u é s d e h a b e r rendido vasallaje al rey de Castilla, envió a s u asociado una fragata con refres- cos, a r m a s y soldados, según dijimos e n el libro 2", Gadifer, d e s e o s o d e reconocer todo el archipiélago, y sabiendo q u e así secundaba las intenciones d e Bethencourt, dispuso q u e la misma embarcación, a n t e s d e retornar a España, le sir- viera para llevar a efecto c o n m á s comodidad s u empresa. Esta resolución fue muy bien recibida por españoles y fran- ceses, q u e se prometían cambiar c o n ventaja s u s bujerías por los productos canarios q u e c o n tanta aceptación se vendían e n Europa.
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    Dio principio laexpedición por la isla de Fuerteventura, donde, después de varias escaramuzas con los naturales, aún no conquistados, aprisionaron cuatro mujeres, único trofeo de su victoria. De allí pasaron felizmente a Canaria, fondeando al amanecer en el puerto de Gando, sobre cuya costa apare- cieron a las pocas horas cerca de 500 isleños. Después de habérseles hablado por medio de u n intérprete, y dádoles las seguridades que ellosjuzgaron necesarias, fueron a bordo de la nave veintidós canarios, cambiando por anzuelos, cuchillos usados y hierro viejo, la sangre de drago que Ile- vaban y que podía valer 200 doblas de oro. Detuviéronse allí dos días, sirviéndoles de distracción los juegos de los isleños, hasta que, deseando hacer aguada, se dirigieron más al sur, a la rada de Arguineguín, pueblo entonces de numeroso vecindario, en donde por ser la gente más sus- picaz y desconfiada no se les permitió llegar a tierra. En este viaje recogieron a bordo u n canario que se vino na- dando al buque, y que hablaba el castellano. Este dijo Ila- marse Pedro, ser hijo de padres hidalgos, y natural del va- lle de Guiniguada ( 1 ). Añadió que había sido educado por unos españoles que naufragaron en aquella costa, y los cuales, en número de trece, fijaron allí su residencia, ins- truyendo a los isleños en la fe cristianaa, y enseñándoles varias artes y oficios, propios para hacer más cómoda su vida salvaje. Pero sucedió que u n día aparecieron algunos buques tripulados por vizcaínos y andaluces que entraron a saco las pacíficas poblaciones del litoral; y entonces los canarios, siempre recelosos, atribuyendo esta conducta y la llegada de los extranjeros a avisos secretos comunica- dos por los prisioneros náufragos, determinaron extermi- narlos a todos, con algunos que habían cogido en la última refriega. Uno, sin embargo, antes de morir, pudo escribir la relación de sus aventuras que confió a Pedro, rogándole pusiera aquellos papeles en manos de los primeros espa- ñoles que llegaran a la isla. Este era el objeto que conducía a bordo al fiel isleño. El papel salvado de una manera tan extraña decía, siguiendo a nuestros cronistas, de este modo (2):
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    «Encinco d ejulio d e 1382, hizo viage el navío d e Francisco López, vecino d e Sevilla, del puerto d e S. Lucar para Galicia, y con tormenta derrotada, aporta- mos y dimos en la costa del poniente d e esta isla d e Canana, en la boca de un barranco llamado de Niginiguada, y d e treinta y seis personas que veníamos en el navío, solo salimos con vida trece por estar el mar muy fu- rioso, las olas rebentando muy lejos d e tierra, y so- mos los siguientes: Andrés Suarez, Juan Romero, An- drés Galindo, Juan Hernandez. Ignacio de Fuentes, Antonio Lopez, Francisco Tellez d e Sevilla (hermano del capi- tán del navío Francisco Lopez que se ahogó con los demás). En dicha parte fuimos presos por los canarios y llevados la tierra dentro, á presencia del Guadarteme, L n D señor d e la isla: y cuando entendíamos ser maltrata- - E dos d e ellos, merecimos que nos regalasen con carne asada, miel y harina d e cebada tostada, y nos dió li- 3 - bertad, poniendo penas á todos s u s vasallos para que - 0 m no nos ofendiesen ni agraviasen.. O 4 «Esgente piadosa, caritativa y obediente á s u rey, n porque entendida su voluntad, no faltarán á ella, y amorosamente nos dieron muchas cabras para criar, que es lo que usan, y mucha cebada para la semente- - m ra. Andan los hombres y mugeres vestidos d e pieles O amorosas, y las camisas son d e lo mas tierno d e las palmas. Précianse de tener los cabellos rubios: es grande el número d e la gente que hay en esta isla: los nobles n son muchos, diferenciados d e todos por los trages, y O O no trabajan jamás, porque es afrenta para ellos, y así pagan á otros que les siembran y guardan sus gana- dos, y así cada uno sustenta un gran numero d e pas- tores y criados para su labranza. Tienen mucho go- bierno en su república, para que nombran en todos los lugares Fayacanes. que son como gobernadores, que entienden tambien en cobrar una parte d e los fru- tos que cada año pagan y se crian para el Guadarteme, y en casar los donceles y doncellas, y en castigar los delitos, quitando las vidas á los malhechores, man- dándolos echar al mar ó debajo d e piedras: y como son rectos en sus castigos, viven todos quietos y pacificas. Es gente muy belicosa, y no se les ha d e faltar á la
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    verdad, ni cometertraicion, porque lo sienten mucho, demas de q u e l o castigan severamente.)) ((Habernosenseñado algunos muchachos la doc- trina cristana y hablar castellano, sin q u e lo entien- dan ellos lo q u e dicen: hemos bautizado algunos en secreto, y lo han guardado porque todos corriamos peligro, y especial un muchacho de ocho años, poco m a s o menos, q u e se ha inclinado á servirnos, Ilama- d o Tiferán e n canario, el cual tenemos e n nuestra com- pañia, y le hemos bautizado y puesto el nombre de Pedro: esperamos e n Dios, nuestro senor, ha de ser buen cristiano. Todos los de e s t a isla lo fueran, por- q u e s u s naturales son dóciles é inclinados á buenas costumbres e n aquello q u e conocen ser bueno, y en hacer bien á los desvalidos: s u divina magestad n o s favorezca y lleve a nuestra tierra España para morir entre cristianos.)) ((Onceaños há que habitamos en Gran Canaria trece espanoles en nuestra libertad, y ya naturalizados, nos han preso los canarios y juntamente con nosotros unos siete espanoles, cuatro guipuzcoanos y los tres sevi- llanos, q u e cautivaron el la guerra q u e les vinieron á hacer e s t a s naciones este año de 1393, y nos tienen e n una cárcel debajo de tierra: no sé lo q u e será d e nosotros. Hemos sabido como llevan muchos natura- l e s de e s t a isla cautivos á España, q u e han cogido en otras islas, y q u e e n ésta, aunque hicieron una torre, la fuerza d e los canarios los rechazó de ella y así se embarcaron los q u e pudieron, aunque no se cogieron m a s q u e e s t o s siete. aunque fueron muertos muchos canarios. porque acabaremos aquí las vidas, porque los canarios s o n muy rigurosos y egecutan s u s casti- g o s inviolablemente. solo Pedro el canario nos t a e el sustento y nos asiste. Dios nuestos senor sea por no- sotros. Amen.)) El autor, de donde tomamos esta relación, no nos in- dica como llegó a sus manos este testamento de los cana- rios, conservado sin duda por los expedicionarios de Gadifer, pero desde luego puede afirmarse, que, si bien en las ideas puede ser una copia exacta del original, las palabras con
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    que ha llegadohasta nosotros s o n evidentemente apócri- fas. N o es éste el estilo del siglo XIV. E1 suceso, sin embargo, e s verdadero y podemos re- ferirlo al reinado d e Andamana y Gumidafe, q u e debieron ocupar el trono e n el período comprendido entre 1 3 6 0 a 1399. Sea como fuere, e s indudable q u e e n 1405 reinaba ya e n la Gran Canaria Artemi Semidán, jefe d e las tropas q u e rechazaron victoriosamente a los normandos y espa- ñoles e n la rada d e Arguineguín. Reseñemos brevemente este memorable suceso. Después q u e Bethencourt volvió por segunda vez d e m Francia, libre ya d e s u consocio Gadifer, y viéndose señor E tributario d e las islas, por concesión solemne d e los Reyes d e Castilla, determinó explorar detenidamente aquella parte 3 del archipiélago q u e no s e había sometido a s u s armas, - dirigiendo principalmente s u s ambiciosas miras hacia la 0 m O Gran Canaria, como la prenda m á s codiciada d e s u peque- 4 n o reino. - Ya hemos dicho e n otro lugar, que, con este objeto, equipó tres carabelas con las cuales salió d e Fuerteventura el 6 d e octubre d e 1405, pero q u e luego, los temporales, - m O dispersándolas, lo condujeron al cabo d e Bojador, donde la tripulación aprisionó algunos moros y mató una multi- tud d e camellos salvajes. E Desde e s t e punto, emprendiendo d e nuevo s u rumbo n - O a la Gran Canaria, los vientos tornaron a separar las naves, O llevándose una a La Palma y otra a Fuerteventura, hasta q u e la tercera, e n q u e iba Bethencourt, pudo al fin echar el ancla e n la costa s u r d e Canaria. Aquí tuvo este jefe varias conferencias con el rey d e la isla, que probablemente debieron ser amistosas, cambiando entre sí algunos objetos d e comercio: pero, mientras esto sucedía, la segunda embarcación llegó a Arguineguín, con- duciendo a algunos caballeros franceses, entre los que cita- remos a Juan le Courtois, Guillermo d e Auberbosc, Aníbal el Bastardo y Andrac. Orgullosos estos nobles con la fácil victo- ria obtenida en las playas africanas, creyeron repetir con buen
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    éxito la mismahazaña e n las costas d e la Gran Canaria. No faltó un normando q u e dijese q u e con veinte hombres se comprometía a atravesar impunemente toda la isla, fanfarro- nada q u e pinta exactamente el estado d e confianza y entu- siasmo d e q u e se hallaba poseído el pequeño ejército euro- peo, y el desprecio con q u e miraba a los q u e en s u orgulloso desdén daba el nombre d e bárbaros e infieles. Bethencourt, sin embargo, m á s prudente q u e s u s sol- dados, y apreciando e n s u verdadero valor las cualidades guerreras d e los canarios, se o p u s o a toda invasión a m a n o armada, hasta que, sin orden suya, desembarcaron e n d o s chalupas cuarenta y cinco hombres y atacaron d e improvi- so a los isleños, rechazándolos e n desorden a las monta- ñas. Los canarios, m a n d a d o s c o m o h e m o s dicho por s u Guanarteme, huyeron a esta primera embestida, tal vez con premeditado cálculo, así es que, rehaciéndose luego y viendo diseminados a s u s enemigos, les acometieron con furor, y, cortándoles la retirada, se apoderaron d e una d e las d o s chalupas, matándoles veintidós hombres. Allí murieron Guillermo d e Auberbosc, jefe d e la escaramuza, Godofredo d e Auzonville, Guillermo d e Allemagne, J u a n le Courtois, lugarteniente del s e ñ o r d e Bethencourt, Aníbal, bastardo d e Gadifer, Seguirgal, Gerardo d e Sombray, J u a n Chevalier y otros muchos. Grande fue el sentimiento q u e esta pérdida produjo e n todos los expedicionarios, especialmente e n s u jefe, d e m o d o que, reuniendo inmediatamente la gente q u e había escapado a tan funesta derrota, hizo rumbo a La Palma, abandonando para siempre las costas d e una isla, a la q u e d e s d e entonces dio el nombre d e Gran Canaria. Este fue el h e c h o culminante del reinado d e Artemi Semidán, debiendo s u p o n e r q u e sucedió c u a n d o él se ha- llaba todavía e n la adolescencia, y sin q u e pereciera e n aquella gloriosa jornada c o m o algunos equivocadamente aseguran. Desde esta época, los canarios n o tuvieron un mo- mento d e tranquilidad. Conquistadas las islas d e Lanzarote, Fuerteventura, Hierro y Gomera, y n o contando s u s nuevos
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    dueños con otrasriquezas que las que pudiera proporcio- narles la venta d e esclavos, odioso tráfico admitido enton- ces en muchos mercados d e Europa, tenían siempre dis- puesta una escuadrilla d e buques menores, con la que se dejaban caer sobre las costas d e Tenerife y d e la Gran Ca- naria, sorprendiendo a los indefensos isleños, y huyendo tan pronto como encontraban alguna resistencia. Maciot era el jefe d e estas piraterías, que s e ejecuta- ban a mansalva durante la noche, produciéndole cuantio- sas sumas. Sus sucesores, los Barba de Campos, los Perazas y los Herreras, siguieron el mismo camino, y todos de consuno, durante medio siglo, s e complacieron en talar, saquear y despoblar el país. " 7 Entretanto, los portugueses enviaban también s u s N -E escuadras, unas veces sobre las islas conquistadas, arran- cándolas momentáneamente al dominio d e los magnates 3 españoles que las poseían, otras sobre las tres q u e aún - permanecían libres, no para imponerles su yugo, sino para fl m O hacer el mismo odioso tráfico d e esclavos, y llevarlos lue- 4 go a vender a Lisboa. Sin embargo, no siempre estas expediciones s e Ile- vaban a efecto impunemente; los canarios, amaestrados ya con tan continuas alarmas, habían establecido atalayas e n los puntos más elevados d e la costa que se correspon- dían d e uno a otro distrito, y así, e n pocas horas, la pobla- ción guerrera d e la isla se hallaba reunida en el punto ame- nazado, acaudillada por s u s principales jefes, y con armas temibles ganadas a sus mismos enemigos. Entre aquellas expediciones es digna d e citarse la que el Infante don Enrique d e Portugal encomendó a don Fer- nando d e Castro, y que constaba d e 2.500 infantes y 200 caballos. Este poderoso armamento, después d e haber amenazado a la isla d e Lanzarote, secuestrada entonces por Pedro Barba d e Campos, se dejó caer súbitamente so- bre la Gran Canaria invadiendo s u s playas. Pero no bien los canarios descubrieron a los primeros portugueses e n tierra, cuando los acometieron con tanta furia que su co- mandante, creyéndose perdido, ordenó al punto la retira- da, embarcándose precipitadamente con sus tropas, no sin haber perdido antes un gran número.
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    La misma derrotasufrió otra nueva escuadra, que, al mando del capitán Antonio González, guardarropa del mis- mo Infante, y sujeto de toda su confianza, invadió al ano siguiente la isla. Poco después de estos sucesos murió Artemi Semidán, dejando el trono a sus dos hijos Tenesor y Bentaguaire Semidán, que lo dividieron entre sí, gobernando el primero en el país de Gáldar, que comprendía desde el pueblo de Tamaraceite, corriendo una línea hasta Tunte (hoy San Bartolomé de Tirajana), Arguineguín y Aldea de San Nicolás; y el segun- do en el país de Telde, que abrazaba los demás territorios de la isla con las grandes villas de Argones, Cendro y Agüimes. Durante este cambio de sucesión, y en los primeros anos que siguieron al gobierno de los dos jóvenes prínci- pes, podemos fijar la época de la fundación de la famosa torre de Gando, primera señal de dominio enclavada por los europeos en el territorio de la Gran Canaria. Notas ( 1 ) Donde hoy se levanta la ciudad de Las Palmas. (2) Castillo, p. 30. X I . Tenesor y Bentaguaire. Diego de Herrera acababa de tomar posesión de las cuatro islas conquistadas que formaban entonces su seno- río, cuando, según ya indicamos en nuestro libro anterior, trató de emprender la conquista de la Gran Canaria, objeto constante de las aspiraciones de sus antecesores Bethencourt, Maciot y Peraza. Para conseguir su intento, entabló negociaciones con el Rey o Guanarteme de Telde, y obtuvo al fin, ocultando sus designios bajo el velo del comercio, que le perrnitie- sen levantar una torre en el puerto de Gando, próximo a los grandes centros de población de Telde, Argones y Agüimes.
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    Colocóse e nla torre una respetable guarnición, y se estacionó e n la rada una barca que, de vez e n cuando, sirviera para transmitir noticias de una a otra isla. Entre tanto, se consolidaban los d o s nuevos gobier- nos e n q u e se había dividido a Canaria. Cada Guanarteme había nombrado seis consejeros o guaires entre las perso- nas m á s notables de la nobleza, y habían convenido e n reunirse anualmente e n u n a s c o m o cortes o asambleas generales para ventilar e n ellas aquellos asuntos q u e fue- ran de interés común a a m b o s pueblos. Estas asambleas tenían siempre lugar e n Gáldar, e n consideración tal vez de haber sido aquel pueblo la anti- gua Corte de los Guanartemes y asiento principal d e s u m nobleza. L o s guaires m á s famosos q u e formaban el consejo de Tenesor eran Adargoma, Tazarte, Doramas, Tijama y Gayfa, 5 y los q u e constituían el d e Bentaguaire, Maninidra, Nenedán, - 0 m Bentaguaya, Caytafa, Guanháven y Gariraygua. O 4 A favor de la torre construida en Gando, Diego de Herrera aprestó e n agosto de 146 1 una escuadra con el objeto de probar fortuna; acompañábale e n esta empresa el obispo de Rubicón d o n Diego López d e Illescas. Los canarios, sin embargo, n o se dejaron sorprender. Al ver tantos aprestos d e guerra declararon terminan- temente q u e n o les permitirían desembarcar de aquel modo, a pesar de s u s protestas d e amistad, pero q u e consentían e n darles cuanto necesitasen así e n víveres, como en aguada. Herrera tuvo q u e sufrir este desaire, contentándose con la certificación e n debida forma, q u e extendió s u escribano Fernando de Párraga, tomando en s u nombre posesión nominal d e un país para él inconquistable ( 1 ) . Igual resultado tuvo otra expedición mandada por el obispo Illescas, que, al a ñ o siguiente, intentó con 300 hombres d e a r m a s inter- narse e n la isla. L a guerra d e sorpresa y escaramuzas nocturnas era, pues, m á s ventajosa a Herrera q u e estos alardes de fuerza siempre inútiles ante la vigilancia d e los isleños; y así, te- niendo e n cuenta s u s verdaderos intereses, siguió explo-
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    tando el tráficode esclavos, tanto en ésta como en las dos islas de Tenerife y La Palma. En una de estas correrías, habiendo llegado una no- che sobre la costa N. de la Gran Canaria algunos buques mandados por el mismo Herrera, envió éste una lancha a tierra con algunos soldados y marineros, que, desembar- cando sin ser sentidos por la plaza de los Bañaderos, se ocultaron tras unas tnatas, y estuvieron en acecho dos o tres horas. A este tiempo descubrieron tres mujeres, que, acercándose al mar, se disponían a bañarse; dejáronlas llegar, y cuando les pareció oportuno, se presentaron, y se apo- deraron de ellas, embarcándose precipitadamente en su lancha. Al llegar a bordo supieron por medio de los intérpre- tes que la más joven de las tres cautivas era la sobrina del Guanarteme de Gáldar, hija del guaire Aymedeyacoam. Contaba esta isleña dieciocho años, y era notable por su hermosu- ra y por la gallardía de su talle. Vestía u n elegante tonelete de pieles perfectamente gamuzadas y cosidas artísticamente; u n extraño calzado le sujetaba el pie (2). Su nombre era Tenesoya Vidina. De sus dos compañeras, la una, llamada Tazirga, tenía cuarenta años, y ejercía con ella el empleo de aya; y la otra, de menos edad, era sólo una criada, que respondía al nombre de Orchena. Cuando los aventureros conocieron el valor de aque- lla presa, se esforzaron en dulcificar su cautiverio, rodean- do a la joven de las más delicadas atenciones, destinándo- la el mejor sitio del navío, y ofreciéndola u n pronto resca- te. No pensaban, sin embargo, de este modo Herrera y su familia. Doña Inés, aficionada a la hermosura y buenas cualidades de la isleña, se propuso iluminar aquella alma con la luz del Evangelio; al efecto Ilevóla a su palacio, ganó su amistad y su confianza, la aleccionó en la lengua caste- llana, y, haciéndola conocer las ventajas de la civilización, la preparó a recibir las verdades cristianas, poniéndole de manifiesto la pureza de su moral. N o contribuyó poco a este resultado el cariño que supo inspirarle Maciot Perdomo, de la casa de Bethencourt, c~lya mano aceptó al fin, después de haber recibido el bautis- mo.
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    En tanto qu e e s t o p a s a b a e n Lanzarote, s u tío, el Guanarteme de Gáldar, ofrecía ciento trece cautivos cris- tianos por s u rescate, creyendo q u e ella desearía restituir- se a s u patria: los Herreras, al s a b e r esta proposición, se guardaron muy bien de despreciarla, aceptáronla c o n pla- cer d e acuerdo c o n la joven, instruyendo antes a é s t a e n lo q u e debía ejecutar. Verificado el canje, y conducida a Gáldar la joven, q u e ahora se llamaba d o n a Luisa d e Bethencourt, fingió estar muy contenta e n medio de s u s parientes y amigos, pero, llegada la noche y c o n el mayor sigilo, se levantó del lecho d o n d e dormía junto a s u prima Guayarmina, abrió la puerta, q u e era muy pesada, pasó por e n medio d e los perros, " 7 q u e n o se movieron ni ladraron, y, c o n s u aya y criada, -E volvió a la playa, d o n d e ya la e s p e r a b a un buque, manda- - d o por s u esposo, quien d e nuevo la condujo e n triunfo a 3 Lanzarote. - - 0 m Por e s t e mismo tiempo, los portugueses, a pesar de O 4 las derrotas sucesivas de Castro y de Gonzalez, dispusie- ron una nueva expedición, cuyo m a n d o se confió al noble n y esforzado caballero Diego d e Silva. Es fama q u e a n t e s de caer s o b r e la Gran Canaria, principal objeto del armamen- to, entraron e n Lanzarote, atacando a los castellanos c o n - m O tal vigor, q u e Diego de Herrera, s u familia y amigos, tuvie- ron q u e refugiarse e n las asperezas d e los m á s altos riscos para escapar al furor de los portugueses, q u e los perse- guían c o m o a infieles. En esta invasión q u e d ó prisionero n el gobernador Alonso d e Cabrera. O O Después d e h a b e r robado m á s d e d o s c u e n t o s de maravedíes, se dirigieron a Fuerteventura, d o n d e saquea- ron una casa q u e Herrera tenía cerca de la playa, haciendo todo el d a ñ o q u e pudieron e n los c a m p o s y ganados. Este nublado vino al fin a estallar sobre la Gran Cana- ria. Los portugueses fondearon e n Gando, y se dedicaron a batir la torre q u e allí poseía Herrera, a la que, d e s p u é s d e u n a honrosa resistencia, consiguieron rendir. Desde e s t e punto fortificado, recorrieron e n varias direcciones la isla, haciendo algunos prisioneros, q u e redujeron a la fe cristia- na para venderlos luego c o m o esclavos.
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    A los pocosdías de estos sucesos, le llegó a Silva u n refuerzo de gente y víveres que Pedro Feo, criado del Rey de Portugal, le conducía en algunas carabelas, refuerzo que colocó las armas portuguesas a una altura, que nunca ha- bían alcanzado en otra época. Viendo, pues, Herrera la imposibilidad de oponerse con sus reducidas fuerzas a las tropas enemigas, y per- diendo la esperanza de arrojarlas de las islas, apeló a las negociaciones, entablando una ante el Rey de Portugal, fundada en sus antiguos derechos al archipiélago, y otra con Silva, para el rescate de la torre de Gando, y de sus vasallos pri- sioneros. Con este motivo se negoció una tregua, durante la cual el general portugués pasó con gran pompa a Lanzarote. Allí conoció y trató a la noble familia de su antagonista, y de esta visita surgió u n arreglo que llenó de gozo al atribu- lado Herrera: Silva se enamoró perdidamente de dona Ma- ría de Ayala, su hija, y, desde este momento, fue muy fácil entenderse. La negociación en Lisboa se concluyó favora- blemente, anulándose las pretensiones de algunos próce- res portugueses que alegaban todavía derechos a las islas; firmóse u n tratado de paz y alianza entre ambos conten- dientes; devolviéronse los prisioneros; se rescató la torre: y la mano de dona María, con cuatro partes de doce en Lanzarote, y Fuerteventura, fue el premio de tantos sacrifi- cios y de tantas ventajosas concesiones. En tan inesperada posición, fortalecido con una alianza poderosa, y contando con u n cuerpo auxiliar de ochocien- tos portugueses, Diego de Herrera propuso a su nuevo pa- riente hacer una entrada formal en la Gran Canaria. En aquellos tiempos, una proposición de esta clase era siempre acep- tada con placer; por consiguiente, Diego de Silva unió sus fuerzas a las de Herrera, y ambos desembarcaron con grande aparato en Gando. Formado allí el campamento al abrigo de la fortaleza que conservaban en la playa, se adelantaron al frente de quinientos hombres ordenados en columnas, y en direc- ción al valle de Agüimes, situado en medio de las monta- ñas que se elevan a poca distancia del puerto. Pero no bien
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    se alejaron de s u s reales, cuando, de improviso, se vieron tan fieramente acometidos por dos o tres mil isleños, que, a pesar d e t o d o s u valor, y d e la superioridad q u e les da- ban s u disciplina y armas, tuvieron q u e emprender la reti- rada, dejando e n el c a m p o veinticinco muertos y treinta heridos. En esta refriega observó Herrera q u e los canarios iban mejor armados, y q u e se batían con cierta regulari- dad, divididos e n cuadrillas. Muchos llevaban e s p a d a s y rodelas, despojos de anteriores invasiones, q u e maneja- ban con extraordinaria maestría. Después de ponerse las tropas aliadas al abrigo d e la fortaleza y d e s u s buques, Herrera creyó conveniente ha- cer una diversión por el país de Gáldar, suponiendo q u e aquel distrito estuviese abandonado, c o n el doble objeto " 7 d e sorprender a los canarios y dividir s u s fuerzas. Esta difí- E cil e m p r e s a fue e n c o m e n d a d a a Diego de Silva c o n dos- = cientos hombres y dos oficiales prácticos e n estas corre- - - rías, llamados J u a n Mayor y Guillén Castellanos. 0 m O La expedición iba e n tres carabelas que, e n el silen- 4 cio de la noche, emprendieron s u viaje, amaneciendo al n segundo día fondeadas e n el puerto d e Agumastel o d e los Bañaderos, sin q u e los isleños sospecharan s u llegada. Allí desembarcaron los doscientos h o m b r e s con s u s jefes, y se = m O adelantaron por una montaña muy áspera ( S ) , poniendo fuego incautamente a las zarzas y arbustos para abrirse p a s o hasta el llano. El Guanarteme d e Gáldar, a quien ya habían d a d o aviso n O de esta novedad, reuniendo precipitadamente s u s mejores O guerreros, se adelantó al encuentro del enemigo, y, vién- dolo tan empeñado e n aquel mal paso, dividió e n dos cuerpos s u s tropas, y d e j a n d o uno para hacerle frente, retrocedió con el otro hacia la playa, cortándole d e e s t e m o d o la reti- rada. Lo agrio de la subida, el calor, la imprudencia de po- ner fuego a los matorrales, los silbos y a r m a s arrojadizas de los isleños, y el fundado t e m o r de q u e tenían encima un ejército numeroso y aguerrido, infundió tal desaliento e n los castellanos, q u e Silva acordó, c o m o m á s prudente, hacer una contramarcha, y salir a un llano q u e se extendía
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    hasta Ciáldar. Masapenas hubieron logrado su intento, cuando reunidos todos los canarios, y seguros ya de que sus ene- migos no podían retroceder a los navíos, les acometieron con tanta furia, que no encontrando éstos otro medio de salvación, se refugiaron a u n circo de piedra, aislado en la llanura, que servía a los isleños para sus fiestas y regoci- jos, y de plaza de ejecución para sus malhechores, y allí se hicieron fuertes, y se defendieron con la energía que pue- de infundir la deseperación. Dos días con sus noches transcurrieron de este modo, sin que los sitiadores cesasen en sus acometidas, ni deja- ran de acudir nuevas partidas que aumentaban a cada ins- tante su número, ya muy considerable. Silva y sus solda- dos, acosados del hambre y de la sed, sin esperanza de ser socorridos, y sin fuerzas para manejar las armas, de- terminaron enviar algunos mensajeros y rendirse a discre- ción. Mientras esto pasaba en el circo, una mujer, que, se- gún nuestras crónicas, era cristiana y ocupaba en el pala- cio del Ciuanarteme una posición respetable, se propuso salvar a los españoles, valiéndose para ello de la influen- cia que ejercía sobre el dócil carácter del Rey. Así sucedió; Tenesor Semidán se dejó ablandar por los ruegos de la isleña, y, deseando también por su parte rescatar las vidas de sus enemigos, se acercó sin recelo a ellos, mandando a los suyos suspender el combate. Silva y los principales jefes salieron al encuentro del Ciuanarteme, y al saber sus nobles intenciones, admirados de tanta generosidad, no sabían como manifestarle su agra- decimiento. Sin embargo, no era empresa tan fácil con- vencer a los canarios y obligarles a perdonar a sus contra- rios, cuando sabían que era segura la victoria. Así fue que Tenesor, desconfiando del poder que sobre ellos ejercía, propuso secretamente a Silva que hiciera ademán de apri- sionarle para que, viéndole en su poder, ofrecieran a sus vasallos canjearle, mediante la promesa de perdonarles la vida. Tan heroica resolución, que nos pareciera increíble, si no la viésemos reproducida por todos nuestros cronis-
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    tas, s eejecutó e n la forma proyectada, y produjo el efecto deseado, pues los canarios, engañados por las amenazas d e los españoles, entraron e n tratos con ellos, y convinie- ron al fin e n perdonarles la vida, e n cambio del rescate d e s u Guanarteme. Ajustada así la paz, dejaron los sitiados s u s armas, y, confiados e n la palabra d e los isleños, q u e era siempre sagrada, fueron conducidos al pueblo d e Gáldar, donde el Rey los obsequió con carne, gofio, leche, manteca, miel y dátiles. Al día siguiente, reunidos todos, s e dirigieron los es- pañoles a la playa para reembarcarse en s u s navíos. En- tonces es fama q u e al bajar la cuesta q u e e n memoria d e m este suceso aún conserva el nombre d e Silva, cuesta áspe- E ra y pendiente, cortada a pique sobre el mar, el general portugués creyó por un momento q u e los canarios lo ha- 3 bían conducido a aquel sitio, a él y a los suyos, para despeñarlos - e m d e improviso e n castigo d e su invasión. Así s e lo manifestó O 4 con franqueza al Guanarteme, el cual, sonriéndose, sólo le contestó dándole el brazo y bajando con él la cuesta, mientras s u s vasallos hacían lo mismo con los demás españoles. Llegados a la playa s e despidieron todos llenos d e regocijo y con muestras d e recíproco afecto, mientras Sil- va, profundamente conmovido d e la nobleza d e carácter d e aquel Rey bárbaro, le regaló una espada sobredorada y una caperuza d e grana, con otras doce espadas y vestidos para q u e obsequiase e n s u nombre a s u s guaires o conse- jeros, jurándole no volver a esgrimir s u s armas contra una nación tan heroica y generosa (4). Diego d e Herrera, al saber el resultado d e la expedi- ción, y la firme resolución d e s u yerno d e no volver a com- batir a los canarios, tuvo q u e renunciar a su empresa, vol- viendo otra vez a Lanzarote, después d e algunas escara- muzas d e escasa importancia con los teldenses, no sin dejar bien aprovisionada d e víveres y municiones la ya famosa torre d e Gando. Luego que los españoles s e alejaron d e la isla, cuéntase q u e el rey Tenesor se vio en grave peligro d e perder la vida, por la justa desconfianza q u e inspiró a s u s vasallos
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    respecto a laconducta observada con Silva y sus solda- dos. Suponiendo, pues, que era cristiano, y que estaba en relaciones con los enemigos del país, resolvieron sus prin- cipales guaires asesinarle el día en que se celebrase el pri- mer sábor o concejo de estado. Al efecto escondieron sus armas en la sala de sesiones, y esperaron con impaciencia el día senalado, seguros del buen éxito de su conspira- ción. Entre tanto súpolo el Rey, y, sin manifestar temor al- guno, ni revelar a nadie sus sospechas, se dirigió al sitio del concejo antes que llegasen los conjurados, y luego, según éstos se iban presentado, les decía: ¿En dónde has escondido tu magado? Levántale del suelo y da la muerte a tu Guanarteme. Tanta grandeza y generosidad desarmó completamente a los sublevados, que, confesando su fal- ta, se arrojaron a sus pies implorando avergonzados su perdón ( 5 ) . Pocos después de estos sucesos, Diego de Herrera, que no olvidaba su propósito de conquistar la Gran Cana- ria, sin que las continuas derrotas sufridas, ni la defección de Silva, que con sus portugueses había vuelto a Lisboa ( 6 ) ,lograran desalentarle, volvió a Gando con intenciones al parecer pacificas, y convocó allí una junta para arreglar un tratado de paz y amistad con los canarios, prometién- dose de este modo obtener al fin lo que por la fuerza de las armas le era imposible. Asistieron a esta reunión los dos Guanartemes de Gáldar y Telde, y sus hermanos menores Chavendery Guanariragua, Faicanes o sumos sacerdotes de los dos reinos. Propúsoles Herrera, con suma destreza en esta junta, le permitieran reedificar sobre una eminencia el castillo o torre de Gando, que siempre continuaba llamando iglesia u oratorio, a fin de que los negociantes cristianos pudieran vivir seguros cuando vinieran a la isla. Este artículo le fue concedido, pero con la condición de que diera en rehenes treinta jóvenes menores de doce anos. Luego solicitó el canje de prisioneros, en lo que tampoco hubo dificultad; y, por último, pidió para sí exclusivamente toda la orchilla que se recogiese en la isla, petición que también le fue
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    otorgada, advirtiéndole antesq u e había de pagar a los cogedores. Arreglada así la paz, se dio principio a la fábrica d e la nueva torre s o b r e un cerro cercano al mar, e n la q u e traba- jaron con gusto los mismos canarios, sin sospechar siquie- ra el destino ulterior de aquella construcción. Luego q u e estuvo concluida, Herrera y el obispo se volvieron a Lanzarote, dejándola bien provista de gente, víveres y municiones, y por caudillo de la guarnición a Pedro Chemida, soldado veleroso, muy práctico e n las costumbres y usos del país, aguerrido, fiel y astuto. Dícese, además, q u e Herrera, al marcharse, le indicó e n secreto la conveniencia d e procu- rar mañosamente debilitar las fuerzas de la isla, ya intro- " 7 duciendo la discordia entre los jefes canarios, ya ganándo- -E los con promesas y dádivas, d e m o d o q u e pudieran éstos = servir con el tiempo d e apoyo al partido q u e trataba de 3 formar e n beneficio de s u s ambiciosos planes. - - 0 m Ello es lo cierto q u e Chemida, u obedeciendo las ór- O 4 d e n e s de Herrera, u obrando por s u propia cuenta, empe- z ó a olvidar lo estipulado e n la conferencia de Gando, y, n confiando en s u s tropas, y creyéndose inexpugnable al abrigo d e la fortaleza q u e ocupaba, dio rienda suelta a s u s instin- tos de rapiña. N o pasaba día sin q u e s u s soldados dejaran = m 0 de molestar a los canarios q u e vivían e n los lugares circun- vecinos, ya insultado a s u s hijas y esposas, ya robándoles el ganado. Cansados éstos al fin de tan continuas vejacio- nes, se quejaron al comandante, y viendo q u e n o obtenían n justicia, se propusieron hacérsela por sí mismos, convo- O O cando al efecto a los principales guaires del distrito de Telde, entre los q u e se discutieron los medios de sorprender la torre por uno de esos ardides de guerra e n q u e eran tan diestros c o m o fecundos. Podía decirse q u e la paz estaba rota, supuesto q u e habían tenido lugar e n aquellos días algunas escaramuzas entre canarios y españoles, e n las q u e habían muerto va- rios soldados de u n o y otro bando. Esta circunstancia fa- voreció a los isleños. Cortadas las comunicaciones, los ví- veres escaseaban, y era preciso procurárselos haciendo algunas salidas a m a n o armada, c o m o así lo empezaron a ejecutar por orden del mismo Chemida.
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    En una deestas salidas, los canarios, mandados por Maninidra, dejaron el ganado oculto en una hondonada, pero de modo que pudiera ser visto, y procuraron atraer a aquel sitio a sus contrarios, fingiendo huir por los cerros inmediatos. Los españoles, confiados en su número (eran treinta y seis), y atraídos por la vista de la fácil y rica presa que tenían a su alcance, penetraron en el desfiladero, y, llenos de codicia, principiaron a reunir el ganado y guiarlo hacia Ciando. Durante esta maniobra los canarios salieron de s u emboscada, y, cayendo por todas partes sobre los sorprendidos españoles, lograron vencerlos, matando a unos y haciendo a otros prisioneros, sin que escapase uno solo para llevar a sus jefes la noticia. Entonces Maninidra man- dó que los despojasen de sus armas y vestidos, y disfrazó con ellos a igual número de canarios, los cuales, llevando el ganado en medio, y fingiendo que eran perseguidos por otro cuerpo de isleños, se acercaron a Ciando con grande algazara. Los del fuerte que los vieron en aquel aprieto, sin sospechar la verdad, creyendo acudir en auxilio de sus amigos y compañeros, ordenaron una salida, dejando la torre casi abandonada. En este momento, otra partida isle- ña que estaba emboscada al pie del cerro, entre la fortale- za y el mar, se precipitó a las puertas, y, cogidos entre los tres cuerpos canarios, después de una inútil resistencia, tuvieron al fin que rendirse. Algunos soldados que pescaban en una barca a la entrada del puerto, llevaron a Herrera la triste noticia de esta nue- va derrota. Los canarios, exasperados, dieron fuego a la torre, y no hubieran perdonado a sus prisioneros y a los treinta jóvenes que en rehenes les dejara Herrera, si uno de los principales consejeros de Bentaguaire no se hubiera inte- resado por ellos, obteniendo que les perdonaran la vida. En esta refriega es fama que murieron ochenta europeos, y quedaron más de ciento prisioneros (7). Así concluyeron las famosas expediciones de Herrera sobre la Gran Canaria. La conquista de esta isla no estaba reservada a sus débiles armas; una nación noble y generosa, mandada en-
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    tonces por unaReina d e gran corazón, debía sólo intentar esta empresa, y llevarla dignamente a cabo. Luego veremos c o m o e s t o sucedió. Notas ( 1 ) Fueron testigos e n este curioso documento el obispo y su provisor, el gobernador Cabrera, Pedro d e Padilla, Alonso Becerra d e Valdevega, Alonso Rodríguez Cabezudo, Mateo Alonso, Marcos Gómez, Francisco d e Morales, y Juan Negrín rey d e Armas (2)Castillo, p. 72. (3)Donde llaman hoy los Palmitales. (4) Nuñez d e la Peña, p. 79.- Viana, canto 2.- Castillo, p. m 89.- Abreu Galindo, p. 72.- Sosa, p. 5 1.- Viera, t o m o l . p. 463. E (5)Sosa, p. 56.- Viera, t. l . p. 467. (6)Diego d e Silva fue luego ayo d e don Juan 11 d e Portugal 3 y Conde d e Portalegre por merced del mismo monarca e n 1483. - O m (7)Abreu Galindo, p. 77.- Castillo, p. 85.- Sosa, p. 60.- Viera, O t. 1 O, p.468.- Nuñez d e la Peña, p. 83. 4 - XII. Doramas. E Poco d e s p u é s d e los s u c e s o s q u e a c a b a m o s d e con- - O O tar, Bentaguaire, Guanarteme del distrito d e Telde, falle- ció, dejando d o s hijos pequenos, a quienes, según las le- yes del país, correspondía d e derecho la corona. Lo revuelto de los tiempos, el estado d e agitación permanente e n q u e se hallaba la isla, asediada sin descan- so por las a r m a s espanolas, y los males q u e siempre traen consigo las minorías, hizo q u e los nobles, e s t o es, los gue- rreros, pensasen seriamente e n darle un sucesor a Bentaguaire, q u e pudiera c o n s u genio y s u valor gobernar el distrito de Telde, y defenderlo d e las continuas correrías de s u s ene- migos.
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    Estas circunstancias favorecieronlos ambiciosos pla- nes de un canario, cuya fama, justamente merecida, ha llegado hasta nosotros. Entre la clase despreciada y envilecida de los villa- nos, había nacido u n hombre de carácter osado y empren- dedor, de hercúleas fuerzas, de grande agilidad, y de genio guerrero y político a la vez. Este hombre se llamaba Doramas ( 1 ) . Cuando llegó a la edad de la razón, y se encontró desheredado de los beneficios que disfrutaban otros hom- bres inferiores a él en cualidades morales y físicas, com- prendió que con valor y perseverancia podía él mismo en- mendar esta injusticia social, tanto más, cuanto que, en el período de perturbación que atravesaba la isla, las divisio- nes de raza iban a desaparecer ante la igualdad que esta- blece siempre una desgracia inevitable y general. Sus primeros ensayos fueron felices; armado del dar- do terrible que lanzaban con tanto acierto los canarios, y de otros medios defensivos que la experiencia le iba ense- ñando en sus diarias escaramuzas con los españoles, Doramas acudía a todos los puntos donde encontraba enemigos que combatir, y, constituyéndose otras en improvisado jefe de las partidas que sin orden se presentaban a defender las playas, fue insensiblemente adquiriendo una fama de va- lor, de prudencia y de arrojo, que se extendió por toda la isla, llegando hasta las ya conquistadas de Fuerteventura y Lanzarote. Cuando creyó bien sentada su reputación, escogió cincuenta jóvenes entre los más valientes de ambos distri- tos, y, haciéndose aclamar jefe, se estableció con ellos en un frondoso bosque que luego tomó su mismo nombre, y que se extendía entonces entre los lugares de Teror, Moya, Firgas y Arucas; y desde allí, como soberano independien- te, contribuía a la defensa de su patria, sin rendir vasallaje al Ciuanarteme. La bondad de carácter de Tenesor, o tal vez su irnpo- tencia para reprimir estos desórdenes, enorgullecieron de tal modo a Doramas, que se burlaba pública y privadatnen- te de la nobleza y de las castas en que estaba dividido el
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    pensando quizá en establecer una nobleza personal, independiente d e la casualidad del nacimiento. Cuando estas noticias llegaron a circular por toda la isla, un noble guerrero, natural d e Arguineguín, llamado Bentaguaya, s e propuso humillar el orgullo d e Doramas, s u osadía; y al efecto, sin revelar a nadie el plan que meditaba, su puso e n camino hacia Moya y Arucas, lugar predilecto d e s u plebeyo enemigo. Conocida era la divisa que en su escudo llevaba Doramas, y Bentaguaya, sentándose e n un sitio por donde aquel ha- bía d e pasar, le esperó tranquilamente. Al poco rato, un escudo amartelado d e blanco y rojo reveló al noble guerre- ro la presencia d e su contrario, que, sin sospechar tan hostiles m intenciones, avanzaba descuidado por el bosque con el objeto E d e vigilar s u ganado. Doramas pasó sin saludar a aquel hombre, para él 3 desconocido, lo cual aumentó la cólera d e Bentaguaya. - 0 m Entonces, levantándose con furia, y tomando un puñado O 4 d e arena, señal d e desafío entre los canarios, s e lo arrojó a la cara diciéndole: - Aquí estamos.- A tan inesperado ata- n que, apenas tuvo tiempo Doramas d e cubrirse con s u es- cudo, d e cuya sorpresa, aprovechándose el noble, se pre- - cipitó sobre él, y, trabando una lucha cuerpo a cuerpo, m O consiguió derribarle e n tierra y ponerle la rodilla e n el pe- cho, oprimiéndole d e tal modo, que, faltándole el aire a Doramas, preguntóle: - ¿Quién eres? - Conócete primero a ti mismo, y luego t e contestaré, le respondió Bentaguaya.- n Yo, ... soy un trasquilado. O O A tan ingenua confesión, su antagonista sorprendido s e levantó y le tendió la mano. Ambos juraron entonces ocultar aquella aventura, porque conocieron q u e debían estimarse mutuamente. Sin embargo, mucho tiempo después, e n una escara- muza contra los españoles, e n q u e Doramas hizo prodigios d e valor, elogiándole todo el ejército por su bravura, con- testó: - N o m e elogiéis, no; porque canario hay entre voso- tros, q u e m e ha tenido bajo s u s pies. Este hombre, pues, verdaderamente extraordinario para la é p o c a y país d o n d e naciera, al s a b e r la muerte del
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    Ciuanarteme de Telde,concibió el atrevido proyecto de ceñirse aquella corona. Los guaires, o consejeros del finado mo- narca, eran todos amigos o admiradores d e Doramas (2), circunstancia que, unida a la reciente destrucción d e Ciando, y al temor d e las represalias q u e s e esperaban d e parte del ofendido Herrera, demandaban imperiosamente el nombra- miento d e un jefe, aguerrido y prudente, q u e dirigiese con acierto los negocios del estado: estas causas, y la justa reputación d e q u e gozaba el afortunado plebeyo, le gana- ron los votos d e los guerreros teldenses, q u e se apresura- ron a reconocerle por s u soberano, enviándole a Tenesor s u s d o s huérfanos sobrinos, privados d e la corona por el voto unánime d e la nobleza (3). Esta revolución tan importante tuvo lugar por los a ñ o s d e 1472 a 1474, y después d e la destrucción d e la fortale- za d e Ciando d e q u e ya hemos hablado. Fácilmente se comprende que la situación del país ofrecía e n s u conjunto un aspecto poco halagüeño. Los que, como Doramas, sabían apreciar la gravedad d e las circunstancias, y sospechaban el poder y la tenacidad d e los europeos, aves d e rapiña que hacía un siglo visitaban las islas, comprendían que todos s u s esfuerzos reunidos apenas bastarían a conservar s u querida independencia, pero como al mismo tiempo n o eran hombres q u e cejaban ante la fuerza, principal elemento d e la sociedad, y s e veían hasta entonces favorecidos d e la fortuna, s e preparaban con placer al combate, confiando e n s u destreza, e n s u valor y e n la aspereza d e s u s escarpadas montañas. Doramas, sin embargo, q u e a s u indisputable bravu- ra unía la habilidad d e un diestro político, quiso conjurar la tormenta que e n Lanzarote había de levantarse al saber la destrucción del fuerte d e Ciando y el rompimiento del tratado d e paz con Herrera estipulado. Valiéndose diestra- mente d e su influencia, y d e la q u e personalmente habían adquirido los prisioneros, consiguió reunir e n una asam- blea general los Ciuanartemes, Faicanes, guaires y princi- pales nobles d e los d o s reinos, y q u e éstos nombrasen una comisión q u e pasara con Pedro Chemida a Lanzarote, y reanudara la alianza rota e n los llanos d e Agüimes. Esta comisión s e componía d e los representantes siguientes:
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    ~ c or a i d a por Telde, Egenenacar por Argones, Vildacana por Tejeda, Aridani por Aquejata, Isaco por Agaete, Achutindac por Gáldar, Aduen por Tamaraceite, Artenteifac por Artebirgo, ~ c h u t e i g a por Astiacar y Guriruquian por Arucas (4). Hallábase entonces Herrera o c u p a d o e n contener la insurrección de s u s principales súbditos, que, desconten- t o s por la manera injusta y parcial c o n q u e se había h e c h o la distribución d e datas y demarcación d e límites entre las propiedades de los colonos europeos y las d e los indíge- nas, y aprovechando la desgracia sucedida e n Gando, q u e había cubierto de luto a las cuatro islas d e señorío, se de- clararon e n abierta rebelión, le negaron la obediencia, y enviaron comisionados a la Corte q u e elevaran hasta el trono el capítulo de s u s quejas. Ya h e m o s visto e n nuestro libro anterior cual fue el resultado d e e s t e célebre litigio. La Reina Isabel envió un juez pesquisidor q u e averiguase la verdad d e los h e c h o s denunciados, y, d e s e a n d o ensanchar al mismo tiempo s u poder y el brillo de s u corona, determinó conquistar las tres islas principales de Gran Canaria, Tenerife y Palma, indemnizando a los Herreras los derechos q u e s o b r e ellas alegaban. Mientras e s t e nublado se disponía a atravesar el m a r para caer s o b r e la Gran Canaria, la embajada conducida por Chemida, y q u e se había embarcado a bordo de u n a pequeña carabela q u e la casualidad condujo a Gando, e r a recibida por Herrera e n medio de s u s tribulaciones con singular complacencia. Ratificaronse e n e s t a ocasión los antiguos tratados, a los cuales se añadieron algunos nuevos artícu- los e n los q u e se estipulaba: 1O , q u e los prisioneros y rehe- n e s q u e estaban e n Canaria recobrarían s u libertad; 2", q u e los canarios detenidos e n Fuerteventura y Lanzarote, volverían a s u patria; y 3",q u e toda la orchilla q u e e n Ca- naria se recogiese, pertenecía exclusivamente a Diego d e Herrera y s u s sucesores. Este tratado se redactó por J u a n Ruiz Cometa, escribano de Lanzarote, a 1 1 d e e n e r o de 1476. Los embajadores volvieron contentos a Canaria, des- p u é s de recibir numerosos regalos de s u antiguo y tenaz
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    enemigo, sin sospecharque éste se disponía a violar aque- llas condiciones ( 5 ) ,y a vender luego a la Corona de Castilla sus supuestos derechos a las tres islas principales. Tratábase de conquistar tierras infieles, y, por consi- guiente, esta venta inicua se hallaba sancionada por el derecho público europeo. La suerte de los canarios estaba decidida. El archi- piélago afortunado era el prólogo del drama americano. Notas ( 1 ) En el dialecto del país Doramas significaba ancha nariz. (2)Llamábanse Gaitafa, Tijandarte, Naira, Gararosay Gitagama. (3)Abreu Galindo, p. 78.- Sosa, p. 160.- Castillo, p. 122.- Viera, t. l . p. 205. ( 4 )Abreu Galindo, p. 80. (5)En efecto, meditaba una nueva invasión sobre la Gran Canaria, para cuyo objeto había obtenido una cédula real dada e n Burgos a 2 8 d e m a y o d e 1476, a fin d e poder extraer del Arzobispado d e Sevilla y de1 Obispado d e Cádiz, todos los víveres q u e e n cada a n o necesitase para conservación d e s u s tropas.- Viera, t. l . p. 475.
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    Libro Cuarto. La Conquista. Expediciónespañola a la Gran Canaria.- Batalla d e Guiniguada.- Discordia entre los conquistadores.- Algaba.- Derrota e n Moya.- Regreso d e Rejón.. Excur- sión desgraciada e n Tirajana.. Proceso y muerte d e Algaba.- El general Vera.- Batalla d e Arucas.- Cons- trucción del fuerte de Agaete.- Nueva derrota en Tirajana.- Bentaguaya.- Muerte d e Rejón en la Gomera.. Prisión del Guanarteme.. Su viaje a España.- Ataque d e los últimos fuertes d e la isla.- Bentejuí.- Rendición. " 7 D El Real de Las Palmas La muerte d e Enrique IV el impotente, acaecida el 11 d e diciembre d e 1474, elevó al trono d e Castilla a s u hermana doña Isabel, casada ya con don Fernando de Aragón, heredero del trono d e s u nombre. Este notable aconteci- miento, que todos los españoles esperaban con grande interés, preludiaba al fin la unión tan deseada d e los d o s reinos m á s poderosos d e la Península, e n circunstancias q u e pa- recían muy favorables al afianzamiento d e la grandeza fu- tura d e la España. En efecto, las altas dotes q u e adornaban a los regios esposos, s u amor a los pueblos, s u afán d e reforma, y los extensos recursos d e q u e podían disponer para hacer el bien d e s u s súbditos y curar radicalmente las llagas q u e los anteriores reinados habían abierto e n la administración pública, eran motivos más q u e suficientes para esperar d e estos monarcas, una d e las páginas más gloriosas d e la heroica nación q u e estaban llamados a gobernar. Acorralados los moros e n un rincón del mediodía d e la España, sin fuerzas para resistir al empuje d e las lanzas castellanas, veían aproximarse el día e n que, arrojados d e
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    s u hermosaGranada, volvieran a levantar s u s tiendas e n los abrasados desiertos d e la Mauritania. Excepto e s t e p e q u e ñ o reino, condenado a desapare- c e r e n breve del m a p a ibérico, y las provincias q u e compo- nían los estados independientes d e Portugal y Navarra, el resto d e la Península se hallaba bajo el cetro d e los Reyes Católicos, nombre glorioso q u e e n lo sucesivo había d e darles la historia. Tristes eran, sin embargo, los principios con q u e in- auguraban s u reinado. Los azarosos tiempos q u e habían precedido en Castilla a e s t a d e s e a d a unión, rompiendo los diques a la ambición d e los nobles, abriendo a n c h o c a m p o a los aventureros y bandidos d e profesión, y relajando e n todas las clases los vínculos d e la moral, del orden y d e la justicia, habían ido insensiblemente introduciendo e n la sociedad los gérme- n e s d e una corrupción tan universal, c o m o incurable y pro- funda. Cada noble era e n s u castillo d u e ñ o absoluto d e la vida y hacienda d e todos aquellos a quienes podía alcan- zar s u brazo. Estos reyezuelos eran tanto m á s temibles, cuanto más poderosos se creían por el número d e s u s vasallos, o la riqueza y extensión d e s u s dominios, arrebatados ge- neralmente a la jurisdicción d e la corona o a la del munici- pio adyacente. Alzábanse, entre otras, e n la fértil Andalucía, las ca- sas rivales del Duque d e Medinasidonia y del Marqués d e Cádiz, q u e se combatían con furor hasta dentro d e los muros d e la populosa Sevilla, gobernándose con entera indepen- dencia del monarca, y haciéndole a veces cruda guerra. En Córdoba reinaba la misma anarquía, fomentada bajo los opuestos bandos del Conde d e Cabra y del Señor d e Montilla, sin q u e abrigasen los infelices pueblos esperanza alguna d e mejorar s u suerte. La Reina, libre ya del cuidado e n q u e la puso la gue- rra c o n Portugal, y d e s e a n d o poner coto a e s t o s desórde- nes, y devolver a la justicia toda s u inflexibilidad e inde- pendencia, determinó hacer un viaje con s u e s p o s o a An- dalucía, y remediar por sí misma t a m a ñ o s desafueros.
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    Durante e st e viaje, q u e produjo los mejores resulta- dos, y q u e tuvo lugar e n la primavera de 1478, fue c u a n d o se preparó y dispuso la expedición que, d e s d e el Puerto de Santa María, había d e conducir a la Gran Canaria las tropas destinadas a s u conquista, según el ajuste celebrado c o n la casa de Herrera e n octubre del a ñ o anterior. Con e s t e objeto expidieron los Reyes una orden diri- gida a d o n Diego de Merlo, asistente de Sevilla, y a s u cro- nista Alonso d e Palencia, mandándoles reunieran a la ma- yor brevedad un cuerpo de ejército bien pertrechado y apro- visionado, c o n los b u q u e s d e transporte necesarios para la conducción d e e s t e a r m a m e n t o a la Gran Canaria. Nombraron, al mismo tiempo, por jefe de las tropas a m Juan Rejón, caballero ilustre y esforzado, diestro desde s u ni- E nez e n el ejercicio de las armas, y por s u asociado a don Juan Bermúdez, Deán de Rubicón, práctico e n las costumbres y len- 3 guaje del país, q u e había estudiado e n las varias excursiones - e m dirigidas por el obispo don Diego López d e Illescas, cuando O 4 Herrera soñaba todavía con la sumisión d e los canarios. Componíase la expedición de seiscientos soldados d e infantería y treinta de caballería, reclutados e n Sevilla, Jerez, Cádiz y el c o n d a d o de Niebla, y d e algunos voluntarios q u e = m se agregaron a ella por solo el d e s e o de adquirir gloria, O correr aventuras, y extender el dominio d e la fe cristiana. Mandaban c o m o subalternos e s t a s tropas los capita- nes Alonso Fernández d e Lugo, Rodrigo de Solórzano, Hernando n García del Castillo y Orduño Bermúdez, viniendo d e alfé- O O rez mayor d e la conquista Alonso Jaimez d e Sotomayor, c a s a d o c o n u n a hermana del General Rejón. Los comisarios Merlo y Palencia, d e s p u é s d e acopiar e n el Puerto d e Santa María grandes cantidades de pan, vino, hierro, lienzo, paño, a r m a s y municiones, dispusie- ron embarcarlas e n tres b u q u e s q u e al efecto habían fleta- do, h e c h o lo cual, mandaron publicar a toque d e trompe- t a s y tambores una real provisión con fecha 1 2 d e mayo del mismo a ñ o ( 14 7 8 ) , firmada por la Reina y por Diego de Santander, s u secetario, e n la q u e se ordenaba al jefe y capitanes d e la expedición respetasen los dominios de Herrera, y n o molestaran bajo ningún pretexto a s u s vasallos.
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    Reunidas las tropas,dispuestos los jefes, y embarca- do todo el armamento, se hicieron a la vela los tres bu- ques, desde el indicado Puerto de Santa María, el día 2 3 de mayo de 1478, dirigiendo su rumbo a la Gran Canaria. La travesía, si bien fue larga, no ofreció ningún inci- dente notable, y los buques echaron tranquilamente el ancla en el puerto de La Luz, llamado entonces de Las Isletas, el 24 de junio por la mañana, al mes de su salida de la Península. Esta parte de la costa no se veía entonces poblada, tal vez por su triste aspecto y falta de agua; así fue que las tropas pudieron efectuar su desembarco, sin ser molesta- das, como en otros sitios, por los canarios. Después de tomar el General Rejón las precauciones necesarias para no verse sorprendido, dispuso levantar en la playa una tienda ( l ) , donde el Deán Bermúdez pudo ce- lebrar una misa que oyó devotamente su pequeño ejérci- to, y luego, llevando delante batidores, en orden de bata- lla, se adelantó con armas y bagajes por la orilla del mar, con ánimo de llegar hasta Gando y reedificar la torre de los Herreras, a cuyo abrigo pensaba establecer su campamen- to. N o es difícil comprender que Rejón, al tomar estas disposiciones, ignoraba la verdadera distancia a aquel puerto, y las dificultades, casi insuperables, que iba a encontrar en su marcha. El país se presentaba, en cuanto alcanzaba la vista, desierto y árido. Al salir de la Isleta, las tropas descubrían a su derecha una cordillera de montañas de corta eleva- ción, que, casi en línea recta, se avanzaba tres millas al sur, donde bruscamente parecía cortada por u n barranco. A su izquierda se extendía en suaves oleadas el mar, ro- dando sobre una playa de arena amarilla, que subía, for- mando desiguales montecillos, hasta el pie de la indicada cordillera. A su frente, una pequeña ondulación de la cos- ta les impedía descubrir el valle del Guiniguada, que, ya desde los navíos, habían podido admirar en toda la fuerza de su vigorosa vegetación.
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    Siguieron, pues, avanzandopor e n medio de la faja d e movediza arena q u e o c u p a b a el espacio comprendido entre los m o n t e s y el mar, hasta llegar a la orilla de un arroyo q u e atravesaba el valle ya mencionado, d e s d e cuyo punto pudieron descubrir a derecha e izquierda h e r m o s o s b o s q ~ e ~ i l l 0 ~ d e palmas, higueras, álamos y dragos, q u e se extendían e n t o d a s direcciones por a m b a s orillas del ria- chuelo, y trepaban, mezclados c o n multitud d e arbustos, por las faldas de dos montañas q u e dominaban la llanura. Aquí m a n d ó hacer alto Rejón para interrogar a un vie- jo pescador canario q u e los batidores habían sorprendido junto a la orilla, y q u e n o manifestaba recelo alguno al ver- se prisionero. Preguntóle la distancia q u e les separaba d e m Ciando, y diole a entender pensaba trasladarse a aquel si- -E tio c o n s u s tropas; a lo q u e el canario contestó, c o n m á s lealtad de la q u e convenía a un hijo del país, q u e la distan- = cia era grande, el camino áspero y difícil, y el distrito q u e - había d e atravesarse peligroso y arriesgado, por hallarse 0 m O poblado d e gente belicosa y astuta, de cuyas e m b o s c a d a s 4 n o era fácil precaverse. En seguida añadió, q u e ningún si- n * tio de la isla ofrecía las ventajas del valle e n q u e se halla- - ban, tanto por s u proximidad a u n a buena rada, c o m o por la madera y agua necesarias para establecer un buen cam- = m pamento, q u e allí se encontraba e n abundancia. En fin, O concluyó diciendo q u e d e s d e aquel sitio e r a m á s fácil in- ternarse e n el país y dominarlo sin gran dificultad ( 1 ) . E Estas noticias, confirmadas por algunos españoles q u e n - habían e s t a d o ya e n la isla, decidieron a Rejón a seguir los O O consejos d e s u extraño guía, plantando s u s reales e n u n a p e q u e ñ a eminencia, a la izquierda del riachuelo, y e n el mismo sitio d o n d e hoy se levanta e n la ciudad d e Las Pal- m a s el barrio y ermita d e San Antonio Abad. Inmediatamente se aplicaron todos a cercar el cam- pamento con u n a gruesa muralla d e piedras y troncos d e palmas, construyendo e n s u s extremos d o s torreones, y e n el centro, un almacén para guardar las provisiones, mien- tras se abrían al mismo tiempo los cimientos d e una igle- sia bajo la advocación d e Santa Ana.
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    En estas obrastrabajaron todos con empeño, pues, conociendo el carácter belicoso de los canarios, temían ser sorprendidos de improviso, antes de poseer u n sitio donde refugiarse en caso de derrota. Concluida la muralla, y levantadas las tiendas a su abrigo, redoblóse la vigilancia de los españoles con la nue- va ya esparcida por los espías de que se preparaba en el interior de la isla un numeroso ejército, decidido a casti- gar la osadía de los nuevos invasores. Notas ( 1 ) No están acordes nuestros cronistas sobre el sexo d e este prisionero. Abreu Galindo afirma que era una mujer, y Sosa, m Castillo, Núñez d e la Peña y Viana nos dicen que era un hombre; E aquél le presta un carácter sobrenatural; éstos, a pesar d e s u inclinación a lo maravilloso, s e contentan con referirsencillamente 3 el hecho. Nosotros h e m o s preferido esta última versión. Véase l o que Viera, siguiendo a Abreu Galindo, n o s dice e n sus Noticias - 0 m sobre este notable incidente: <c... apenas habían hecho alto las O tropas, y empezaban a levantar sus tiendas, s e desapareció la 3 canaria incógnita con admiración universal. Juan Rejón que, sin n ser escrupuloso, era devoto d e santa Ana, s e persuadió, o quiso persuadir a los otros, q u e la madre d e María Santísima, bajo la figura de aquella buena mujer, había descendido del cielo a dirigirle - m e n el primer paso d e s u campaña; por tanto, dio orden para que O s e edificase allí una iglesia con la advocación d e santa Ana, cuyo patronato s e ha conservado siempre.1J <<La noticia d e esta piadosa creencia (que también pudo ser estratagema política d e Rejón para animar a sus tropas), e s d e n O fray Juan Abreu Galindo; pero los demás escritores o la omiten, o O la reducen, a circunstancias m á s regulares. Éstos sólo dicen que, habiendo sorprendido los espías españoles a cierto isleño anciano, que pescaba e n la ribera del mar, les dio aquél saludable consejo, sin añadir que el anciano s e desapareciese, ni que le tuviesen por ningún santo los cristianos que le cogieron:,, Viera, t. 2". p. 35.
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    Batalla de Guiniguada. Enefecto, desde el m o m e n t o e n q u e los españoles habían verificado con tanta felicidad s u desembarco, la noticia había circulado con rapidez por t o d a la isla, produciendo m á s a s o m b r o q u e temor e n el ánimo d e los valientes cana- rios. Acostumbrados é s t o s a vencer a los europeos e n mil sangrientos y reñidos combates, creían fácilmente hacer- les pagar cara s u osadía e n e s t a nueva invasión. Sin e m - bargo, n o por eso olvidaron las máximas d e prudencia, q u e e n semejantes c a s o s la práctica les había enseñado. Por consiguiente, s u primer cuidado fue convocar un sábor o consejo general, al q u e asistieron los d o c e guaires y prin- " 7 cipales guerreros d e a m b o s reinos, e n cuya asamblea pro- E curaron é s t o s reconciliar al Guanarteme d e Gáldar con el 3 usurpador Doramas. Conseguido e s t e resultado, q u e n o fue difícil, invocando el común peligro, y recordando los servi- - 0 m cios prestados a la patria por el plebeyo rey, se determinó O 4 reunir un cuerpo de d o s mil isleños, d e los cuales quinien- tos podían presentarse armados d e lanzas, espadas y rodelas, y bajar c o n ellos al valle del Guiniguada para atacar e n s u s mismas líneas a los españoles. = m Diósele el m a n d o de las tropas a Doramas, el cual las dividió e n d o s cuerpos, confiando u n o a Adargoma y otro a Maninidra, guerreros a m b o s de justa y merecida fama. El 28 d e junio, Rejón, q u e sabía por s u s espías todos estos movimientos, deseando retardar el momento del ataque para tener tiempo d e concluir s u s trincheras, envió a los canarios un mensajero q u e les hiciera s a b e r el motivo q u e allí les conducía, y el verdadero objeto d e la expedición. decidle les q u e soy enviado por los muy altos y poderosos príncipes d e Aragón y d e Castilla, d o n Fernando y d o ñ a Isabel, para tomar la isla de Canaria bajo s u protección, y exhortar a s u s habitantes a q u e abracen la religión cristia- na, y que, si así n o lo hicieren, serán persiguidos sin tre- gua ni d e s c a n s o hasta hacerles perder la vida o llevarlos a todos prisionero s.)^ ( 1).
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    Al recibir Doramastan insultante embajada, contestó con la arrogancia y laconismo de u n espartano: .Decid a vuestro general que mañana le llevaremos la respues- ta.)) Al día siguiente, 29 de junio, desde que el sol asomó por el horizonte, los canarios, divididos como ya hemos dicho en dos cuerpos, bajaron con rapidez por las monta- ñas de San Francisco y de San Juan, y se dispusieron a atacar el Real de Las Palmas (2). Entretanto, Rejón no había permanecido ocioso. Aquella noche redobló su vigilancia, y quiso que sus soldados dur- miesen con las armas en la mano. Así fue que, desde el amanecer, pudieron formarse en el llano que se extendía enfrente del campamento, colocándose bajo el mando de sus jefes en orden de batalla. Habíase confiado la izquierda al capitán Rodrigo de Solorzano, la derecha a Alonso Fernández de Lugo, el cen- tro al general Rejón, y la caballería al Deán Bermúdez, que, cubierto de casco y coraza, manejaba u n brioso corcel. El alférez mayor llevaba el estandarte real. Los españoles estaban armados de picas, arcabuces y ballestas, y llevaban consigo algunas piezas de artillería. Sin embargo, a pesar de la superioridad que su disciplina, armas y caballos les daba sobre el enemigo, Rejón prohi- bió a sus soldados apartarse de las murallas que iban a servir de abrigo a su retaguardia. Trabóse inmediatamente la pelea en medio de u n rui- do espantoso de gritos y silbidos, que los canarios lanza- ban, como de costumbre, para infundir terror en sus con- trarios. Por mucho tiempo no pudo distinguirse hacia que lado se inclinaba la victoria. Una completa confusión reinaba entre los combatientes, viéndose a cada instante feroces luchas cuerpo a cuerpo, que hacían más sangrienta e indecisa la jornada. Dos horas hacía ya que peleaban, sin que por uno ni otro bando se conociera ventaja alguna, cuando Rejón ad- virtió que su izquierda flaqueaba, asediada por los certe- ros golpes de la espada de Adargoma, que, con u n valor y
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    una destreza admirables,hería e n el vientre a los caballos, y desbarataba las filas españolas, sacudiendo a uno y otro lado terribles y furiosos mandobles. En este momento d e supremo peligro, Rejón, consultando sólo su valor, se avanzó con denuedo sobre el esforzado isleño, y, blandiendo con brío s u lanza, alcanzó a herirle e n un muslo, haciéndole caer al suelo, lejos de los suyos. Entonces Jáimez de Sotomayor, que seguía al General con la bandera, s e apresuró a desar- mar al vencido, y lo hizo trasladar al campamento, cuidan- d o d e que examinaran y curasen la herida. Cuando los ca- narios observaron la desgracia d e s u caudillo, redoblaron s u s esfuerzos y se lanzaron con indecible furia sobre los soldados castellanos, conducidos d e nuevo a la pelea por Doramas, Tazarte, Maninidra, Bentaguaya y Autindana, pero m - ya era inútil, los españoles, firmes en s u s puestos, apoya- = E dos por el fuego d e s u s trincheras, por las repetidas cargas d e s u caballería, y por los disparos d e las piezas d e campa- 3 - ña, llevaron por último el desaliento a las cuadrillas isle- - 0 m ñas, que, a una señal d e Doramas, emprendieron en buen O 4 orden la retirada, sin que s u s enemigos se atreviesen a * perseguirlos, ni a abandonar un solo instante el campa- n - mento. En esta primera batalla quedaron muertos treinta is- = m leños, y heridos un gran número, d e los cuales perecieron O la mayor parte por no saber curarse. De los españoles sólo murieron siete, quedando veintiseis heridos (3). Después d e esta jornada hubo un intervalo d e des- canso, que empleó Rejón e n completar s u s fortificaciones, acabar la iglesia d e Santa Ana, y conciliarse el afecto d e los canarios que vivían en las inmediaciones del Real, para obtener d e éstos la venta d e carne, cebada y otros frutos del país, que alegres trocaban por algunas cuentas y aba- lorios d e insignificante valor. Sin embrgo, esta buena ar- monía no duró mucho tiempo. Los soldados creyeron que podían tomar sin retribución, lo que s e les ofrecía e n ven- ta, y, ofendiendo con s u s rapiñas y mala fe a los canarios, los alejaron del campamento, haciendo que esparciesen en el interior la noticia d e s u falsedad y doblez (4). N o era preciso que esto sucediera para que el ardor d e los isleños s e reanimase. La pérdida sufrida e n la pri-
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    mera batalla, aunquemuy sensible para ellos por haber quedado heridos muchos guerreros de cuenta, no les in- fundió temor ni desaliento. El 20 de julio, cuando más tran- quilos se hallaban los españoles, aparecieron los isleños sobre el Real, en número considerable, capitaneados por el valiente Maninidra, y trabaron la pelea con su acostum- brado arrojo. Rejón, al verlos, salió con toda su caballería y algu- nos soldados armados de arcabuces y ballestas, y aunque Maninidra hizo prodigios de valor, hiriendo al mismo Gene- ral y matándole el caballo, no pudo obtener otro resulta- do, sino convencerse de la superioridad que las armas y disciplina daban a sus enemigos. Después de esta segunda victoria, Rejón extendió sus correrías a los valles de Satautejo, Tamaraceite y Jinámar, en un radio de más de dos leguas, haciendo varias presas de ganado y algunos prisioneros que, después de bautizar con alegría, enviaba a los mercados de Europa para ser vendidos como esclavos. Mientras esto sucedía a orilla del Ciuiniguada, u n acon- tecimiento inesperado y de graves consecuencias vino a poner en grave aprieto a Rejón y a su pequeno ejército. El Rey de Portugal, cuyas pretensiones a las islas Canarias hemos referido en nuestros libros anteriores, al saber que la Reina de Castilla había enviado una expedición sobre la Gran Canaria, creyó que era llegada la ocasión oportuna de hacer valer sus derechos con las armas en la mano, y al efecto mandó aprestar siete carabelas con tropas de des- embarco, y, dándole a sus jefes las instrucciones conve- nientes, hizo que salieran inmediatamente con rumbo al archipiélago. Las carabelas amanecieron, pues, u n día del mes de agosto fondeadas en el puerto, que ahora Ilatnamos de las Nieves, enfrente de Agaete, atrayendo hacia aquel punto de la playa toda la población guerrera de Gáldar, la más belicosa entonces del país. Los canarios creyeron, al ver estos buques, que era una nueva expedición española salida del Real de Las Pal- mas con intención de atacarles por aquella parte de la cos-
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    ta y divididrs u s fuerzas, pero luego q u e los intérpretes les informaron d e la verdad, y les propusieron una alianza entre las tropas portuguesas y las suyas, con el objeto d e des- truir completamente el ejército castellano, los recibieron con grande agasajo y obsequiáronlos con queso, manteca, ganado y frutas, conviniendo luego e n q u e s u s aliados des- embarcarían por las playas d e la Isleta, embistiendo por aquel lado el campamento, mientras ellos dirigían otro ataque por el frente. Tres días estuvieron los portugueses sobre Gáldar, e n lo q u e no anduvieron muy acertados, porque habiéndole sabido Rejón, por medio d e espías q u e mantenía entre los mismos canarios, tomó s u s disposiciones para no s e r sor- " , prendido. Antes q u e las siete carabelas aparecieran e n el E puerto d e las Isletas, ya había él colocado entre aquellas breñas y malpaís hasta doscientos hombres bien armados 3 con orden d e permanecer ocultos y d e vigilar todos los - puntos d e desembarco, q u e por a m b o s lados d e la costa 0 m O abundan, a fin d e caer e n el momento oportuno sobre los 4 primeros soldados portugueses q u e se atrevieran a pisar la n playa. Una mañana, la escuadra apareció empavesada y atronando el aire con el ruido d e s u s bocinas y tambores, y los disparos d e s u artillería. Por fortuna para los castellanos el mar estaba embra- vecido, y el desembarco ofrecía graves inconvenientes a personas q u e n o conocían la rada; esto no impidió, sin embargo, q u e avanzara una división d e lanchas enemigas, llevando consigo ciento cincuenta soldados, los cuales, tomando con trabajo tierra sobre la playa d e Santa Catali- na, s e adelantaron con imprudente confianza sin esperar la llegada d e nuevos refuerzos. Aprovechando Rejón esta coyuntura salió d e improvi- so d e su emboscada, y, acometiendo con decisión a los portugueses, los arrolló, obligándoles a refugiarse a s u s lanchas, que, no pudiendo cogerlos por la bravura d e las olas, fue causa d e q u e unos muriesen ahogados y otros a manos d e los españoles.
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    Los canarios, entanto, presenciaban la batalla desde la alturas inmediatas, y, viendo su mal resultado, determi- naron con prudencia no bajar al llano, retirándose de nue- vo lejos de sus enemigos, y conservando de este modo sus fuerzas para mejor ocasión. Esta expedición portuguesa dio a conocer a Rejón los peligros de aquella guerra, y le inspiró la idea de talar los campos, destruir los sembrados e higuerales, y hacer cuantos prisioneros pudiera para abreviar así la sumisión del país. Con este objeto organizó nuevas salidas, adelantándose sobre Tamaraceite, Tenoya y Arucas, por un lado, y, por otro, sobre Tafira y las Vegas. De este modo conseguía principalmente infundir te- rror a los isleños, y proporcionarse algunos víveres que ya escaseaban en el Real. De estas correrías se verificaban dos por semana, componiéndose cada partida de doscientos hombres y al- gunos caballos, que llevaban por doquiera la devastación y el estrago. Por este tiempo fondeó en la rada una en~bar- cación sevillana mandada por un patrón llamado Manuel Fernández Trotín, muy conocido de los conquistadores, el cual les vendió por orchilla algunas cortas porciones de galleta. El hambre, sin embargo, se enseñoreaba del campa- mento, y ni este ligero socorro ni los escasos y agotados recursos del país ofrecían para lo sucesivo u n porvenir li- sonjero. Los ojos se volvían diariamente hacia el mar, y en vano buscaban una vela amiga que les llevara de las cos- tas españolas los auxilios que se les había prometido a su salida. Rejón bramaba de coraje, el Deán Bermúdez conspi- raba en secreto, y los soldados, hambrientos, murmura- ban. Del choque de estos encontrados elementos tardó poco en estallar la tempestad.
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    Notas ( 1 )Abreu Galindo, p. 1 1 5 . (2) Viera al referir este suceso, pone e n boca d e Doramas el siguiente razonamiento dirigido a sus soldados, que copiamos, aunque sea evidentemente apócrifo: <<Ese puñado d e estrangeros que veis ahí encerrados, e s aquella misma casta de hombres crueles, que inquietan y perturban porfiadamente nuestra patria cien años hace, y á quienes e n m a s d e doce batallas hemos vencido; s o n aquellos que tuvimos presos e n el cerco d e Galdar como las sardinas e n las mallas d e nuestras redes d e junco, y cuyas fortificaciones demolimos e n Gando. Son aquellos que siempre nos han hablado d e un Guanarteme poderoso, que los envia á robar nuestra tierra, y d e una religion santa, que n o los hace mejores que nosotros. Ya e s tiempo d e q u e acaben d e salir bien escarmentados d e s u locura, y de poner para siempre nuestra libertad, nuestras mujeres y nuestros hijos al abrigo d e s u insolencia. Acordémonos d e q u e N E s o m o s Canarios, y d e q u e Alcorac (Dios) n o s dió e s t e pais. Acordémonos del Gran Artemí, que murió peleando contra el valeroso 3 Bethencourt.~~ T o m o 2", p. 37. - 0 (3)Viera, copiando textualmente a Abreu Galindo, n o s dice 8 que fueron 300 los canarios muertos e n esta batalla, pero otros 4 autores m á s antiguos, entre ellos Sosa y Sedeño, los reducen a n 30, número que h e m o s preferido, porque nos parece q u e guarda m á s proporción con los 7 que todos los autores dan d e pérdida a los españoles. = m (4) Castillo, p. 103. O n O O Bermudez y Algaba. En tan difíciles circunstancias, acordóse Rejón de Diego d e Herrera, y, suponiendo que una empresa e n que se ha- llaban comprometidas las tropas reales no podía dejar d e ser socorrida por súbditos españoles, determinó trasladar- se a Lanzarote y solicitar el permiso d e tomar allí algunas provisiones, mientas llegaban los socorros que se espera- ban d e España. Hallábanse entonces e n el campamento algunos d e aquellos vecino? d e Lanzarote, que, n o queriendo some-
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    terse a loscaprichos de Herrera, habían promovido la in- surrección que tuvo por resultado la pesquisa de Cabitos y la incorporación a la Corona de las tres islas principales. Estos vecinos, entre los que figuraban como jefes Pedro de Aday y Luis de Casañas, deseosos de volver a su patria y reconciliarse con su señor natural, prometieron a Rejón que si les servía de intermediario, y les alcanzaba u n per- dón generoso, ellos se obligaban a facilitarle todas las pro- visiones que para el socorro de las tropas necesitara. Seducido por estas promesas, el General accedió a todo lo que le proponían, y, confiando el mando del ejérci- to a Bermúdez, su oculto enemigo, se embarcó con los lanzaroteños rebeldes y algunos soldados españoles hacia la vecina isla, esperando obtener u n éxito favorable en su negociación. N o contaba él, sin embargo, con el orgullo e inflexi- bilidad de carácter de Herrera y su familia. La herida había sido demasiado profunda y reciente para que pudiese es- tar cerrada; así fue que, tan pronto como se supo la Ilega- da del buque que conducía a Rejón y a los sublevados, Hernán Peraza, hijo de Herrera, se presentó con tropas en el puerto de Arrecife para impedir a toda costa el desem- barco. En vano Rejón hizo ver al joven lo pacífico de su embajada y la apurada situación de los castellanos en el Real de Las Palmas; en vano le demostró el agravio que en su persona se hacía a la Corona, y los perjuicios que de esa negativa se iban a seguir a la conquista de Canaria; por fin, en vano se esforzó en probarle la sinceridad con que solicitaban su perdón los vasallos rebeldes, que con- sigo llevaba, reconociendo sus pasadas faltas y sometién- dose de nuevo a la jurisdicción de su señor: nada pudo cambiar la inexorable resolución de Herrera y su hijo. Entonces Rejón, que creía haber obrado con toda la prudencia y respeto que se merecía el señor de Lanzarote, y que veía con este desaire comprometida su dignidad, mandó inconsideradamente hacer fuego, con los dos cañones que montaba su embarcación, sobre los soldados de Fernán Peraza formados en la playa, quedando muerto en esta escaramuza un escudero de Herrera, y malheridos dos de sus vasallos.
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    Tal f ue el resultado d e e s t e viaje, q u e luego tuvo fu- nestas consecuencias para el General ( 1). Mayores fueron, sin embargo, s u sorpresa y enojo, cuando, al regresar a Canaria, se encontró con un b u q u e procedente d e Sevilla, e n el q u e a c a b a b a de llegar un so- corro d e víveres y tropa con un gobernador q u e la Corte enviaba, para averiguar las v e r d a d e r a s c a u s a s de las desaveniencias q u e habían surgido entre él y Bermúdez. Era e s t e gobernador un caballero sevillano, llamado Pedro Fernández de Algaba ( 2 ) ,sujeto muy recomendable, según nuestros cronistas, por la nobleza d e s u nacimiento y por el acierto con q u e había arreglado otros negocios d e igual naturaleza. m - Al siguiente día d e la llegada de Rejón, el nuevo go- bernador convocó a todas las personas principales del ejército e n la iglesia de Santa Ana, les presentó s u s despachos, y les indicó e n un breve discurso las causas que habían motivado s u viaje a la Gran Canaria, exhortando a todos a la paz, y procurando c o n frases amables y conciliadoras calmar la irritación d e los ánimos y el odio personal q u e había esta- llado ya abiertamente entre el General e n jefe y el Deán. A e s t e discurso contestó Rejón, exponiendo e n po- c a s palabras los progresos de la conquista, y presentando un breve resumen d e las medidas q u e había adoptado des- de s u llegada a las playas d e la Gran Canaria, e n el q u e elogiaba el valor y sufrimiento d e los soldados, y pondera- ba la importancia de las victorias obtenidas sobre los isle- ños. Por último, concluyó d a n d o cuenta de s u expedición a Lanzarote, y del insulto dirigido por Herrera a la autori- d a d d e S.S.A.A., e n cuyo nombre obraba, y ofreciendo cas- tigar e n breve la osadía d e aquel insolente magnate. Al oírle hablar así, el Deán le interrumpió, diciéndole q u e las tropas q u e estaban e n el Real de Las Palmas, n o habían sido enviadas por los Reyes para vengar agravios personales, ni enmendar desaciertos d e Rejón; q u e Herrera había obrado con prudencia negándole la entrada e n s u s estados, y q u e e n nada se oponía al real servicio la falta q u e se le atribuía, por cuanto estaba expresamente mandado que, bajo ningún pretexto, se molestase las islas de señorío.
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    El General, aloír estas palabras, que acogieron con aplauso los partidarios de Bermúdez, se levantó exaspera- do y entabló con el Deán una polémica, que bien pronto degeneró en turbulenta disputa. Entonces, Algaba, que ya se inclinaba secretamente al partido del belicoso sacerdo- te, interpuso su mediación, y pretendió imponer silencio a la asamblea, pero Rejón no permitió que nadie pusiera en duda su autoridad, y concluyó diciendo que haría respetar sus Órdenes, allí y en Lanzarote, castigando cuando creye- ra conveniente y oportuno la insolencia de Herrera, y la de todos sus defensores. Dicho esto, se retiró acompañado de Sotomayor y otros oficiales de su confianza, siguiéndole hasta su alojamien- to el gobernador Algaba, que se apresuró a prodigarle fal- sas protestas de adhesión y deferencia, a fin de que no sospechara el plan que con Bermúdez tenía ya aplazado para aquella misma tarde. Después del mediodía, hallándose Algaba, el Deán y los principales jefes de la conspiración reunidos en uno de los torreones que servía de defensa al campamento, y de sala de consejo para los oficiales, se envió a llamar a Re- jón con el pretexto de concertar u n plan de campaña para la próxima salida que se proyectaba contra los canarios, a cuyo mensaje, no sospechando la red que le tendían, acu- dió el General solo y sin escolta, entrando en la sala con tranquilo y sereno continente. Al verle Algaba, se precipitó sobre él, y, arrancándole el puñal del cinto, le gritó: - ((Daos a prisión en nombre de la reina)).Rejón, sin intimidarse a tan brusco ataque, miró a su alrededor y vio que estaba cercado por sus mayores enemigos, completamente armados y dispuestos a asesi- narle a la menor resistencia, entonces, disimulando todo el furor de que se hallaba poseído, desciñóse en silencio la espada y la entregó al gobernador, que mandó inmedia- tamente le echaran unos pesados grillos, diciéndole al sa- lir: - ((Asíse trata a los locos~~ ( 3 ) . Cuando el alférez Sotomayor lo supo, acaudillando una parte de la tropa que se manifestaba adicta a Rejón, se presentó en la plaza y quiso forzar su encierro para po-
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    nerle e nlibertad, pero éste, m á s prudente q u e s u s amigos, comprendiendo q u e la Corte nunca le perdonaría u n a coli- sión entre las tropas, provocada por s u causa, y q u e com- prometería gravemente los intereses d e la naciente colo- nia, los calmó con prudentes reflexiones, arengándoles desde una ventana q u e miraba a la dicha plaza, y, probándoles e n s u discurso, q u e se sometía sin quejarse al atropello cometido e n s u persona, esperando e n la justicia de s u s soberanos, a n t e los cuales iba a defender s u c a u s a c o m o buen soldado y súbdito leal. Calmado así el motín y restablecida la tranquilidad, Algaba y Bermúdez se ocuparon e n formar un extenso pro- c e s o a s u enemigo, imputándole cuantas faltas p u e d e in- ventar el odio y la envidia m á s encarnizada (4), h e c h o lo " 7 E cual le enviaron a España e n el mismo b u q u e e n q u e había llegado el gobernador, confiando s u custodia a cuatro de s u s m á s fieles amigos. La embarcación aportó a Sanlúcar, d e s d e cuyo puerto el General fue conducido preso a Sevi- B Ila. O 4 Residían e n e s t a ciudad los comisarios don Diego de j Merlo y Alonso d e Falencia, a n t e los cuales se presentó Rejón a defender s u causa, apoyado por s u s b u e n o s servi- cios, y por el influjo d e u n o d e s u s parientes, don Fernan- do Rejón, comendador d e la orden d e Santiago y jefe d e la g - artillería d e las fronteras d e aquel reino (5). Las b u e n a s razones q u e tuvo la habilidad d e presen- tar a los comisarios, y el influjo ya indicado, le valieron una pronta y completa absolución, y un nuevo d e s p a c h o de General d e la conquista, c o n cuyo carácter debía volver a la Gran Canaria, acompañado de d o n J u a n d e Frías, obis- p o electo por Sixto IV, y sujeto muy recomendable por s u mérito, juicio y valor (6).Este prelado llevaba el espinoso encargo d e arreglar las diferencias entre Rejón, Algaba y Bermúdez, según las instrucciones q u e escritas se le con- fiaron a n t e s de embarcarse. Esta nueva expedición se componía d e cuatro navíos al m a n d o d e Pedro Hernández Cabrón, vecino y regidor de Cádiz, bien pertrechados de armas, víveres y reclutas. Iba también, e n compañía del obispo, Esteban Pérez d e Cabitos,
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    famoso ya en las islas por s u pesquisa contra Diego d e Herrera, el cual, e n premio d e s u s buenos servicios, había sido nombrado alcalde mayor vitalicio d e Canaria (7). La escuadrilla aportó a las Metas el 6 de agosto de 1479. Notas (1)BJel puerto de Arrecife (Lanzarote)hay todavía una pequeña ensenada que se llama Charco de Juan Rejón; y en el puerto de La Luz (Gran Canaria), por la parte O., hay otra, cuya entrada lleva el mismo nombre. (2) Sedeño, contemporáneo de los conquistadores, en sus apuntes manuscritos que tenemos a la vista, le llarna Pedro del Algarve. (3) Abreu Galindo, p. 122. (4) Imputábanle 1" que no había querido reconocer a don Juan Bermúdez por su asociado en el gobierno, ni darle parte de ningún plan de operaciortes. 2" Que había usurpado despóticamerite toda lajurisdcción temporal, y aun la espiritual. 3" Que era partidario, bandolero, díscolo y amotinador. 4" Que conlo hombre violento y mal aconsejado, pretetldía, en contravención a las reales órdenes, pasar armado a Lanzarote contra Diego de Herrera, a fin de vengar agravios personales, distrayendo así las tropas de la guerra contra los canarios.- Viera, t. 2, p. 50. (5) Castillo, p. 111. (6) Viera, t. 2, p. 53. (7) La real cédula de esta merced lleva la fecha de 15 de mayo de 1478, y fue confirmada en 1 7 de marzo de 1479. IV. Proceso y muerte de Algaba. Mientras esto sucedía en Sevilla, los amotinados, dueños d e la suprema autoridad, quisieron señalar con alguna bri- llante victoria el tiempo d e su mando, y, para conseguirlo con más probabilidades d e buen éxito, despacharon un aviso a Diego d e Herrera, refiriéndole la prisión del General y pidiéndole algunos víveres, que siempre escaseaban e n el campamento.
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    En tanto quese recibía la respuesta a este mensaje, no queriendo permanecer ociosos, dispusieron una expe- dición a Satautejo con el objeto de apoderarse de algún ganado, lo que apenas era ya posible por haberse refugia- do a la parte más fragosa de la isla los habitantes, Ileván- dose consigo todo lo que poseían de algún valor y los es- casos víveres que habían escapado a la rapacidad de sus enemigos. Sin embargo, la expedición se llevó a efecto con felicidad, sorprendiendo a seis isleños, que cayeron pri- sioneros y fueron conducidos en triunfo al Real. Esta fácil victoria inspiró a Algaba y a Bermúdez el atrevido proyecto de hacer una excursión hasta el centro de la isla y sorprender a los Guanartemes que, según la relación de sus espías, tenían aplazada una conferencia para un día de aquella semana. Dispuesto todo con el ma- yor secreto, y comunicadas las órdenes oportunas, salió el Deán una noche con las tropas designadas, dirigiéndose por Arucas a Moya, pueblo situado entonces en medio del frondoso bosque de Doramas. El camino que habían de atravesar era áspero y difícil, erizado de malezas, cortado por barrancos profundos y por desfiladeros peligrosos. Los espanoles llegaron al frente de sus enemigos ham- brientos, faltos de sueño y cansados, además, por las grandes dificultades del camino; pero cobrando aliento a la voz de sus oficiales, y animados especialmente por el Deán, que como soldado se batía con ellos, se lanzaron a la pelea, atacando a los isleños a quienes no encontraron tan des- prevenidos como hubieran deseado. En efecto, la presen- cia de los dos Ciuanartemes duplicó el valor de los cana- rios; el combate se empeñó con nueva furia, y, por ambas partes, se hicieron prodigios de valor. Sin embargo, pronto conocieron los españoles que su nocturna empresa había fracasado; el número de los isleños aumentaba por mo- mentos, y les abrumaba con sus rápidas evoluciones, que- dando ellos heridos por las armas arrojadizas que lanza- ban al abrigo de la fragosidad del terreno y a favor del co- nocimiento que tenían de aquellos sitios. Entonces se dio la orden de retirada, y las tropas, casi en desorden, aban- donaron el distrito de Moya. Los canarios, mandados por Doramas, los fueron siguiendo paso a paso, pero sin
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    inquietarlos demasiado, hastaque, al bajar la áspera cues- ta d e Tenoya, viéndolos e m p e ñ a d o s e n aquel peligroso des- filadero sin poder hacer u s o d e s u caballería, ni d e s u s armas, se arrojaron impetuosamente s o b r e ellos ponién- dolos e n precipitada fuga, hiriendo d e nuevo a muchos, y matando un número n o despreciable d e hombres y caba- llos. Así concluyó e s t a desgraciada excursión, con grave perjuicio d e la fama militar d e Bermúdez, y gran contenta- miento d e s u s enemigos ( 1 ) . Sin embargo, vino a consolar al ejército la llegada d e Fernán Peraza, hijo, c o m o ya h e m o s dicho, d e Diego d e Herrera, el cual se presentó e n el campamento con un re- fresco d e víveres y algunos hombres d e armas, q u e volun- tariamente se habían alistado e n Lanzarote para servir e n la conquista. Corría entonces el m e s d e agosto d e 1479, é p o c a e n q u e , d e s p u é s d e una feliz navegación, aportaba a la rada del Real d e Las Palmas la escuadra q u e conducía a Rejón, a c o m p a ñ a d o del obispo, y d e los refuerzos q u e antes he- m o s indicado. Al saberse e n el campamento e s t a noticia, h u b o una verdadera alarma; el partido d e Algaba y Bermúdez se amotinó, y, e n medio d e la efervescencia q u e e s t e movimiento pro- dujo e n u n o y otro bando, el obispo, c o m o varón pruden- te, obtuvo d e Rejón la promesa d e n o tomar tierra hasta explorar el estado d e los ánimos y tranquilizarlos. Con e s t e objeto congregó e n u n o d e los torreones a los oficiales y gente principal, entre los q u e s e contaban el gobernador Algaba, el Deán Bermúdez, el jefe d e la escuadra Pedro Cabrón, el alférez mayor Alonso Jáimez, el capitán Alonso Fernández d e Lugo, el alcalde mayor Esteban Pérez d e Cabitos, el alguacil mayor Esteban d e Valdés, Orduno Bermúdez, Lope Hernández d e la Guerra, Francisco d e Espinosa, Hernán Peraza y Pedro Algelo, escribano d e la conquista ( 2 ) ,y, después d e una exhortación cristiana sobre el perdón d e nuestros enemigos y las ventajas d e la paz, les manifestó la llegada d e s u antiguo General, absuelto d e todos s u s cargos por los comisionados Merlo y Palencia, y animado del d e s e o
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    de volver aponerse al frente de sus tropas y obtener por último la rendición de la isla. El gobernador, entonces, respondió por sí y en nom- bre del partido que representaba, que no concedía autori- dad suficiente a los comisarios para resolver un proceso de tanta importancia, y que por consiguiente no reconoce- ría ni prestaría obediencia a Rejón, mientras no se presen- tase apoyado por una cédula real. La justicia de esta observación, o más bien el tumul- to que en la asamblea reinaba, y que se iba ya comunican- do a todo el ejército, intimidó al obispo de tal modo que le obligó a adoptar la resolución de enviar de nuevo al Ciene- ral a España, a fin de que los comisarios, en vista de estos m sucesos, lo consultaran con la Reina y proveyesen lo que D E juzgaran más conveniente. - 5 Rejón, pues, tuvo que volver a Sevilla en una de las carabelas, más irritado que la primera vez de la conducta - 0 m desleal de sus enemigos. O 4 No se crea por esto que el partido de Bermúdez era omnipotente en el Real; la poca suerte con que este gene- ral-sacerdote había conducido la expedición de Moya, sus escasos talentos militares, y las pocas ventajas que había obtenido sobre los isleños, le habían ido poco a poco ena- jenando la voluntad de los soldados, que bajo su direc- ción veían eternizarse la conquista de la isla, y alejarse la esperanza de las recompensas prometidas para la época de su rendición. Su asociado Algaba, que no desconocía esta disposi- ción hostil de las tropas, deseando recobrar el afecto per- dido, y obtener un triunfo que le sirviera de apoyo en la cuestión suscitada en la Corte, consiguió que Hernández Cabrón, jefe, como ya hemos dicho, de la escuadra surta en el puerto de las Isletas, prestara su cooperación para efectuar un desembarco en las playas de Arguineguín y sorprender aquella aldea, una de las más populosas enton- ces de la isla. Esta proposición fue aceptada con júbilo, y, bajo el mando del mismo Hernández, se embarcó una parte de la guarnición del Real con las tropas que de refresco habían
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    llegado en lascarabelas, acompañando la expedición como voluntario el Deán Bermúdez. Al día siguiente, los buques se hallaban sobre la costa S. de la isla, y sin obstáculo verificaron varios desembarcos en Maspalomas y Arguineguín, recogiendo alguna cebada, higos y mucho ganado, pero ningún prisionero, porque to- dos los canarios, al ver los navíos, se habían refugiado a los montes y asperezas de la Cumbre. Confiados los españoles con el terror que su repentina aparición producía, no duda- ron internarse en dirección a Tirajana, distrito situado a dos leguas del mar y en medio de barrancos profundos y eleva- dos riscos. Allí aumentaron su botín, y talaron todos los campos que se encontraban al paso, dejando una triste huella de su rápida marcha; entonces, Hernández, conseguido ya el prin- cipal objeto de su plan, dio la orden de retirada, llevándose consigo el ganado y los víveres, y procurando conservar sus tropas en disposición de oponerse a cualquier sorpresa. Sucedía esto el 24 de agosto de 1479; los soldados, a quienes el peso de las armas y bagajes, y la rapidez de sus movimientos habían postrado las fuerzas, se hallaban, al volver a sus navíos, agobiados por la fatiga y el calor. Sin embargo, ni ellos ni su comandante esperaban ser molestados en la retirada, supuesto que los isleños sólo se habían atrevido a aparecer en las más elevadas crestas de la cordillera, que por aquella parte domina el valle de Tirajana, sin manifestar la intención ni el deseo de descen- der una sola vez al llano. Verdad es que no faltó u n canario recién convertido, de los que acompañaban la expedición, que hiciera al jefe varias juiciosas observaciones. Díjole, entre otras cosas, que no saliesen del lugar donde se ha- llaban, porque sus enemigos, en número considerable, andaban escondidos por aquellas sierras, esperando el momento opor- tuno de caer sobre ellos, que permaneciesen allí dos días, en cuyo tiempo, los isleños, faltos de víveres, se derrama- rían por la isla, siéndoles entonces fácil bajar a la playa, y, sin temor de ser atacados, embarcarse. Pero Hernández Cabrón, que no conocía a los cana- rios, despreciando el prudente aviso, contestó: - Anda. hijo. anda, que yo no tengo miedo a gentes desnudas. Y mandó continuar la marcha sin manifestar recelo alguno.
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    Los isleños, entretanto,acaudillados por el Faicán de Telde, habían ido con cautela siguiendo los pasos a s u s enemigos, ocultándose, para disimular s u número, entre las malezas y matorrales, hasta q u e , al llegar a una áspera cuesta q u e caía s o b r e el mar, salieron e n tropel con horri- ble vocería y, e c h á n d o s e s o b r e los sorprendidos y cansa- d o s españoles, les desbarataron al primer choque, y, po- niéndoles e n completa fuga, les mataron veintiséis hom- bres, hiriendo m á s de ciento, y haciendo ochenta prisione- ros. El jactancioso comandante recibió una pedrada e n la boca q u e le derribó todos los dientes, escapando él, y al- gunos d e los suyos, al furor d e los canarios, porque las lanchas de la escuadra llegaron a tiempo d e recibirlos, deteniendo con s u artillería a los isleños. m - Nunca u n a derrota m á s completa habían sufrido las E a r m a s españolas e n el archipiélago; Hernández Cabrón, 3 avergonzado de s u impericia o de s u mala suerte, se vol- - - vio c o n s u s navíos a Cádiz, llevando consigo un recuerdo 0 m O imperecedero y poco grato del valor de las gentes desnu- 4 das. El obispo, participando también d e s u disgusto, se n fue a s u iglesia de Lanzarote. A e s t a imprevista desgracia, sucedió e n el Real d e Las Palmas una forzada inacción q u e n o contribuyó poco = m 0 al descrédito de Algaba y del Deán. En tan favorables circunstancias fue c u a n d o tuvo lu- gar el tercer viaje de Rejon, q u e había conseguido e n Sevi- Ila n o sólo q u e le absolviesen de todos s u s cargos, sino n O hasta una real cédula e n la q u e se le confirmaba el m a n d o O d e las tropas y la conquista de la Gran Canaria. Los comi- sarios, q u e habían hecho suya la ofensa inferida por Alga- ba al General, se apresuraron a devolver a é s t e toda s u confianza, y, sin calcular los males q u e iban a seguirse d e la aparición del ofendido Rejón e n el teatro de la guerra, le instaron a q u e se trasladase sin m á s dilación a Canaria. Dos d e u d o s suyos, don Fernando y d o n J u a n Rejón, el primero, c o m o ya h e m o s dicho, Jefe d e la artillería d e la frontera d e Granada, y el segundo, Deán d e Cádiz, le facili- taron los medios de preparar una embarcación con treinta soldados fieles y aguerridos, y algunos víveres, con los cuales
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    aportó al Reale n la noche del 2 d e mayo de 1480. Enton- ces, y a n t e s d e q u e pudiera s e r conocida s u llegada, des- e m b a r c ó por la Isleta a la luz d e u n a hermosa luna, y, ha- biendo avanzado e n silencio por los arenales, dio aviso con un hombre de toda s u confianza a s u cuñado Sotomayor y a s u amigo Esteban Pérez de Cabitos, q u e inmediatamen- t e salieron a recibirle. De acuerdo t o d o s y con el mayor secreto, corrompieron enseguida las centinelas, q u e con- servaban siempre grande afecto a Rejón, y penetraron e n el campamento aquella misma noche, ocultándose e n la casa d e Pedro Hernández, q u e vivía e n la plaza d e San Antonio Abad (3). Al día siguiente, 3 d e mayo, c u a n d o reunidos e n la iglesia los principales jefes celebraban la Exaltación de la Cruz, se vio c o n grande asombro entrar d e s p u é s del sanctus a J u a n Rejón, seguido d e s u s treinta soldados, y de u n a gran parte de la población del Real, a quien ya s e había comunicado la noticia, d a n d o alegres vivas al Rey, e interrumpiendo c o n s u presencia y gritos la sagrada cere- monia. Rejón m a n d ó al instante q u e sacaran d e la iglesia a Algaba y lo encerraran e n la misma torre y con los mismos grillos q u e a él le habían puesto, ordenando también luego prender al Deán y a s u s principales amigos. Estas rigurosas medidas alarmaron a todos, especial- m e n t e a los q u e d u d a b a n d e la legalidad d e s u ejecución, lo q u e advertido por el General, y adivinando el motivo, sacó una real cédula q u e entregó a Esteban Pérez d e Cabitos, c o m o alcalde mayor, el cual la hizo leer inmediatamente a voz de pregonero e n la plaza principal. La cédula decía así: CID.Fernando é Dona Isabel 81". Habiendo visto un proceso q u e nuestro Gobernador d e Canaria Pedro d e Al- g a b a fizo é fulminó contra J u a n Rejon, nuestro capilan d e la Conquista d e ella, fallamos: Q u e lo contra él intentado n o h u b o lugar, é lo restituimos e n s u honor, y buena fama, é lo d a m o s por libre, é le mandamos, q u e vuelva á la dicha isla d e Canaria y a c a b e s u conquista, c o m o s e le estaba encargado, é para ello y por lo d e m a s tocante el nuestro servicio le d a m o s poder y facultad &"H (4).
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    Con la lecturade e s t a cédula todos enmudecieron: los e s c a s o s partidarios del Deán n o se atrevieron a levan- tar la voz, y Rejón pudo, c o m o d u e ñ o absoluto, satisfacer completamente s u d e s e o d e venganza. Dedicóse con afán a formar el proceso d e Algaba, recibiendo las declaraciones d e m u c h o s testigos q u e se empeñaron e n probar q u e este desgraciado se hallaba e n secreta correspondencia con los portugueses para entre- garles la isla, por cuya traición había ya recibido regalos y dinero. Acusación tan absurda encontró e n s u s jueces, cré- dulos oyentes, que, o cediendo a las sugestiones del odio q u e abrigaba el General, o a u n a imperdonable alucina- m ción, condenaron a Algaba a s e r degollado e n un cadalso. E Ejecutóse e s t a inicua sentencia la víspera d e Pentecostés por la mañana, e n la plaza q u e hoy lleva el nombre d e San 3 Antonio Abad, a voz d e pregonero, y al s o n de trompetas y - O m tambores (5). O : : El Deán y s u s partidarios fueron desterrados de la isla, n y embarcados e n un buque, cuyo patrón, se dice, q u e reci- bió la orden secreta d e desembarcarlos e n la Gomera, donde aquellos isleños se hallaban insurreccionados contra Fernán - m Peraza, por lo q u e é s t e n o se hallaba ya e n la Gran Canaria 0 a la llegada d e Rejón. Los vientos contrarios, la lealtad del patrón, o tal vez la falsedad d e la orden, condujeron a Bermúdez a Lanzarote, n d o n d e fue recibido por los Herreras con grandes s e ñ a l e s O O d e distinción (6). Dijose entonces, y repitióse después, q u e la orden exhibida por Rejón era fraguada por él mismo y s u s ami- gos, sin q u e la voluntad d e la Reina Isabel interviniese e n e s t e deplorable suceso; pero sin tratar nosotros d e defen- d e r la conducta de Rejón, c r e e m o s c o n Viera q u e la orden era auténtica, si bien nadie pudo calcular s u s funestas con- secuencias, ni el a b u s o q u e d e ella había d e hacerse por el ofendido General (7). El verdadero culpable e n estas tristes disensiones, q u e tantos perjuicios produjeron a los intereses d e la Corona, fue la conducta observada por el Deán Bermúdez: este mal
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    aconsejado sacerdote, manchadocon la sangre de los canarios (8), olvidando s u misión d e paz, y cediendo sólo al impulso d e s u s malas pasiones, consiguió q u e Algaba entra- se e n s u s ambiciosos planes, sostuvo y fomentó la división entre las tropas, hizo prender a Rejón, y, desconociendo s u autoridad, le envió a España d o s veces prisionero. El infeliz Algaba fue la víctima inocente d e estas fu- nestas contiendas q u e eran sólo el preludio d e las q u e habían d e ensangrentar d e s p u é s el Nuevo Mundo. Notas ( 1 ) Viera, al referir este suceso, copia d e una información d e Lope Hernández d e la Guerra el siguiente episodio q u e n o s e encuentra e n ninguna d e nuestras crónicas: "Cierta partida de cincuenta hombres, que e n medio del combate s e habían separado d e s u bandera con el designio d e ganar una altura, desde donde les parecia fácil incomodar al enemigo, s e hallaron embestidos d e m a s d e docientos canarios, sin poder defenderse, por mas q u e daban voces pidiendo socorro á s u s camaradas, entre los cuales n o habia uno tan bravo que s e atreviese á atacar la multitud. Vuelto entonces Lope d e la Guerra hacia Francisco Vilchesy otros oficiales, les dijo con voz muy animada: ((Ea, compañerosy amigos, corramos á favorecer á los nuestros ¿qué! los dejaremos morir a nuestros O~OS?JJ Esta reconvencion disipó d e tal forma todo el miedo d e los Españoles, q u e habiendo acometido con indecible furia a los bárbaros, los ahuyentaron poniendo á los suyos e n libertad.>) T. 2". p. 51. (2)Abreu Galindo, p. 124. (3)Sedeño, Ms.- Gómez Escudero, Ms. ( 4 ) Castillo, p. 1 13. (5)Abreu Galindo, p. 129.- Castillo, p. 113. (6) Viera asegura que murió allí devorado de pesadumbre, pero consta que e n 1496 era Deán d e Málaga.- Montero, Historia militar d e Canarias, p. 132. (7) Nuestros historiadores, apoyados e n las memorias d e Sedeño y Escudero, sostienen la falsedad d e la orden, pero Viera hace con este motivo la siguiente juiciosa observación. "La corte hubiera tenido m u y presente esta impostura para n o confiarle después, c o m o le confió, la conquista d e la isla d e La Paln?a,,.t.2. p. 6 1 . (8)Viera, t. 2. p. 60.
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    Pedro de Vera. Mientrase n estas miserables cuestiones d e partido perdían s u s enemigos lastimosamente el tiempo, los cana- rios continuaban retirándose a los montes y haciéndose fuertes e n los puntos más inaccesibles del centro y O. d e la Cumbre. Allí habían conducido s u s ganados, sin renun- ciar por e s o a los llanos d e Gáldar y valles d e Tirajana, donde los españoles habían ya recibidos sangrientas lec- ciones, q u e no eran tan fáciles d e olvidar. En estos mismos días, deseando verse libres del cui- dado d e alimentar a los ochenta soldados prisioneros d e la m última refriega, y del trabajo que empleaban e n vigilarlos, E resolvieron en un sabor o concejo general sacrificarlos a todos, quemándolos públicamente e n una hoguera. Para 3 llevar a efecto tan bárbara sentencia, cada guerrero se pre- - e m sentó e n la plaza o lugar del suplicio con el prisionero o O a, prisioneros que tenía e n su guarda, poniéndolos a disposi- ción del Guanarteme. n - Entonces, y cuando ya encendida la hoguera parecía in- evitable el sacrificio, se presentó una mujer, que no sólo goza- - = m ba entre las hanmaguadas de gran reputación de santidad, O sino que se la creía dotada del don de profecía, y amenazóles en voz alta con grandes calamidades, en nombre de su Dios, si inmediatamente no devolvían la libertad a los prisioneros. n - La elocuencia de sus palabras o la influencia que ejercía O O sobre sus paisanos era sin duda tan poderosa, que, deján- dose todos conmover, rompieron las ligaduras d e los ató- nitos españoles, y les permitieron sin condiciones volver- se al campamento ( 1 ). No perdía entretanto el General Rejón medio ni oca- sión propicia d e adelantar la sumisión d e los canarios, ya tratándoles con cariño, ya atrayéndoles con halagos y fal- s a s promesas que no pensaba jamás cumplir. Además d e su valor, y d e su reconocida aptitud para dirigir los nego- cios d e la colonia, sabia ganarse el afecto del soldado, y aprovecharse oportunamente de las faltas del enemigo e n esta guerra d e emboscadas y sorpresas.
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    Su deseo, pues,de adelantar la empresa, y de seña- lar su vuelta al poder con alguna brillante victoria, le de- terminó a disponer sus tropas para una excursión en los llanos de Tamaraceite, donde se extendía un extenso pal- mar ( 2 ) , lugar de recreo y propiedad del Guanarteme, por cuya circunstancia era con frecuencia y furtivamente visi- tado de los canarios. Subían las tropas por la loma de las Rehoyas, orde- nadas en vistosos escuadrones, cuando de improviso des- cubrieron un buque que a toda vela se dirigía al puerto. Era entonces tan raro y deseado este espectáculo, que Rejón mandó inmediatamente hacer alto, y suspender la expedi- ción, volviendo con sus soldados al Real. El buque en tanto fondeaba en el puerto de las Isletas, a cuya playa se dirigió el General acompañado de su amigo Esteban Pérez de Cabitos, y de algunos oficiales. Entonces supo, con la admiración que es fácil concebir, que llegaba de España u n nuevo Gobernador y Capitán general de la conquista, con encargo de sustituirle y llevar a feliz térmi- no la sumisión de la isla. Debiase esta súbita aparición a las sentidas quejas que habían elevado, hasta el trono de Isabel la viuda e hijos del tnalogrado Algaba, unidas a las reclamaciones de Diego de Herrera, y a los informes de Hernández Cabrón y Bermudez. Para calmar estos desórdenes, y evitar la repe- tición de las escenas que habían ensangrentado ya el Real, la Corte, que se hallaba en Sevilla, ordenó a Pedro de Vera, ilustre caballero de Jeréz, que pasara inmediatamente a Cádiz, donde le esperaban tres buques con tropas y tnuni- ciones, y se dirigiera en ellos a Canaria, librándole al rnis- mo tiempo los convenientes despachos que acreditaban su comisión. Deseoso Vera de cumplir los mandatos de la Reina, no esperó a que los tres buques estuviesen aparejados, y, dejando al cuidado de sus hijos Rodrigo y Fernando la con- ducción de los dos que aún no habían completado su car- gamento, se hizo a la vela en el mismo que aquella rnana- na tan impensadamente acababa de fondear en la bahia.
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    Sucedía e st o el 18 de agosto de 1480. Pedro d e Vera se apresuró a desembarcar acompañado d e Miguel d e Mujica, vizcaíno, receptor d e los quintos reales, y de s u primo J u a n Siverio (3),siendo recibido por Rejón con semblante ama- ble y cariñoso. Llegados todos al Real, Vera manifestó s u s despachos q u e fueron al punto obedecidos, y J u a n Rejón le aposentó e n la torre d o n d e él mismo tenía s u cuarto, cambiando desde aquel día d e alojamiento, a pesar d e la cortés oposición d e Vera. Después de e s t o s sucesos, y d e la entrega oficial de todos los enseres, a r m a s y municiones q u e estaban a s u cuidado, Rejón declaró públicamente s u deseo d e volver a España a dar cuenta a S.S.A.A. d e los actos d e s u gobier- no, y responder a las acusaciones de s u s enemigos; pero " 7 el nuevo general, q u e sin d u d a o b r a b a e n virtud d e órde- E n e s secretas, le persuadió c o n b u e n a s razones a q u e espe- 3 rara la llegada d e los d o s b u q u e s q u e conducían s u s hijos, diciéndole, entre otras cosas, q u e la nave fondeada e n el - 0 m puerto se hallaba haciendo agua y n o ofrecía seguridad al- O 4 guna para tan largo viaje; a lo q u e anadió, con traidora falsedad, q u e le eran muy necesarios s u s consejos y expe- n riencia para el buen d e s e m p e ñ o del espinoso encargo q u e le habían confiado s u s Altezas, y que, por consiguiente, - m convenía al real servicio retardase s u marcha y permane- O ciera algún tiempo a s u lado, m á s c o m o consejero y ami- - go, q u e c o m o indiferente u ofendido. Rejón se d e j ó persuadir, p u e s n o hay cosa q u e g a n e n m á s la voluntad q u e la lisonja, y, engañado por la fingida O O deferencia de Vera, e s p e r ó tranquilo la llegada de los bu- ques, suministrando entretanto a s u rival cuantos d a t o s y noticias podían servirle para concluir con prontitud la campana. Algunos días después, llegaron al fin los esperados buques, y, con ellos, los d o s hijos d e Vera, don Rodrigo y don Fer- nando. Con este motivo todos los oficiales les fueron a visi- tar, pasando Rejón a bordo, a invitación de Vera, con el do- ble objeto d e saludarlos y examinar el buque e n q u e iba a s e r trasladado a Espana; pero cuando él y Esteban Pérez d e Cabitos quisieron volver a tierra, d o n Fernando se interpuso cortesmente, diciéndoles que convenía al servicio de sus Altezas se diesen e n aquel momento presos.
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    Acostumbrado Rejón aestos reveses de fortuna, no opuso la menor resistencia, y se dejó desarmar lo mismo que su amigo el alcalde, siendo ambos guardados a bordo con la mayor vigilancia, mientras se instruía el proceso que ya secretamente había principiado el nuevo General. La ne- cesidad de alejar con prontitud a tan peligroso enemigo, fue causa de que los despachos estuvieran luego conclui- dos, y de que el buque se hiciese inmediatamente a la vela, viéndose por tercera vez preso Rejón y desterrado a Espa- ña (4). Libre ya Vera de este cuidado, procuró dirigir todos sus conatos a la ardua empresa que tenía a su cargo, utili- zando los refuerzos que felizmente habían llegado, y cum- pliendo con las instrucciones que de la Corte recibiera. Según la relación de sus espías, los canarios se mani- festaban cada día más osados, despreciando a los que en Tirajana y Moya habían últimamente vencido, y no queriendo dar oídos a ningún arreglo ni pacífico acomodamiento. Era, pues, necesario internarse en los bosques, forzarlos en sus trincheras naturales, vencerlos en ellas, y perseguirlos lue- go sin descanso, para que el terror de su derrota infundie- ra en todos desaliento, y fuera esto como el preludio de su sumisión. Pero antes de madurar estos planes y ponerlos en práctica, conociendo Vera que no era prudente alejarse del Real, dejando en él tantos prisioneros y canarios converti- dos, cuya sospechosa fidelidad podía convertirse en abier- ta rebelión al primer revés de la fortuna, concibió, para deshacerse de ellos, u n proyecto tan desleal como inicuo. Con este objeto los reunió u n día en las playas de la Isleta, y, señalándoles al N. la isla de Tenerife que se dibu- jaba en el horizonte, les dijo había pensado conquistar aquel país, sometiéndolo a la jurisdicción de su Reina, para cuya valerosa y arriesgada empresa contaba con el auxilio de sus canarios, reforzados con u n cuerpo de españoles al mando de su mismo hijo Fernando de Vera; que se dispu- siesen en consecuencia a embarcarse, seguros de que allí habían de recoger abundante cosecha de buenos terrenos, esclavos y ganados.
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    Los crédulos isleños,engañados por las palabras del General, aprobaron s u idea y se dieron prisa a embarcarse e n numero d e doscientos: pero aquella noche, observan- d o q u e e n vez d e acercarse a Tenerife la nave hacía r u m b o al este, empezaron a desconfiar. Fernando d e Vera, q u e entendió esta desconfianza, procuró calmarlos, asegurán- doles q u e sólo los vientos y las corrientes contrarias lo alejaban del punto de s u destino. Callaron los canarios, pero siguieron observando e n silencio, y cuando al fin, después d e d o s días d e navegación, se convencieron de q u e ningu- na isla se hallaba a la vista, tomaron s u s a r m a s y, amoti- nándose d e nuevo, declararon q u e n o seguirían adelante. Las secretas instrucciones comunicadas por Vera a s u hijo y a Guillén Castellano les prescribían conducir a " 7 España a los canarios y venderlos allí c o m o esclavos, mas, E n o contando c o n s u inesperada resistencia y conociendo 3 lo inseguro de un combate s o b r e la frágil tabla d e una ca- rabela, con hombres tan desesperados c o m o valientes, acor- - 0 m daron acceder a lo q u e no podían negar, y, siendo Lanzarote O 4 la isla m á s cercana, fondearon al día siguiente e n el puerto d e Arrecife. Hallabase allí don Diego de Silva, casado, c o m o n ya sabemos, c o n u n a hija d e Herrera, y, acordándose d e la generosidad c o n q u e e n los llanos d e Gáldar le habían sal- - - m vado la vida otros canarios, les salió al encuentro, los ob- O sequió, y, disimulando la traición de Vera, les prometió que, si querían seguirle a Portugal, les daría terrenos donde pudieran libremente establecerse. n Dícese q u e m u c h o s le acompañaron e n s u viaje, fi- j á n d o s e junto al c a b o d e San Vicente, e n un lugar llamado Sagres, y q u e otros se quedaron e n Lanzarote, seducidos por las promesas de Herrera, q u e reclutaba soldados para s u s entradas e n África. Pero sea d e e s t o lo q u e fuere, es lo cierto q u e el b u q u e volvió a la Gran Canaria con el desta- camento español, donde, a pesar d e la diligencia q u e se p u s o e n guardar el secreto, los islenos llegaron a entender la falsedad d e Vera, produciendo e s t e descubrimiento gra- ve perjuicio a los intereses de la colonia, porque todos los neófitos, renunciando a s u nueva fe, tornaron a huir a s u s montes, proclamando e n todas partes la deslealtad de los cristianos (5).
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    Notas (1) Esta curiosaaventura, que nos refiere Abreu Galindo y que Vierareproduce en sus Noticias, no la encontramos, sin embargo, en ningún otro libro ni manuscrito de los que hemos podido consultar. Añádese por estos autores, no sabemos con qué fundamento, que la inspirada canaria era madre del guaire Aymedeyacoan y abuela de Tenesoya Vidina, joven robada por Herrera y casada con Maciot Perdomo en Lanzarote, según referimos anteriormente. (2) Crecían allí más de 20.000 palmas. Castillo, p. 6 l . (3) Abreu Galindo, p. 131. (4)Sosa nos dice ,'queinmediatamente despues de su prision, Vera pasó á su casa con un escribano y le embargó todo lo que tenia que era lo siguiente: Cuatro caballos con sus sillas y frcnos, cuatro adargas, cuatro pares de corazas, cuatro cotas de malla, una docena de paveses y r o d e l a , tres docenas de lanzas, una caja de aparatos de la gineta, dos arcas con ropa de lienzo y galas de su vestir, dos jarros de plata, dos tazas, dos copas, uri salero y una docena de cucharuelas, todo de plata, dos paños dc corte, dos reposteros, dos bufetes y una docena de sillas sin otras menudencias del servicio de casa. Todo lo cual hizo poner despires en almoneda y se remato en quien mas por ello daba. Sosa, p. 83. ((Solose le hizo gracia de la canla cn que dorrnia que se le envió al navío,>,anade Viera, copiando este mismo pasaje dc un manuscrito que cita. T. 2". p. 67. (5)Núñez de la Peña, al referir este suceso que calla Abreu Galindo, lo traslada a una época posterior; según este cronista, Vera usó de esta estratagema inicua después de la rendición dc la isla. Nosotros, sin embargo, hemos preferido con Viera la versión de Castillo, que juzgamos más exacta en todo lo relativo a la Gran Canaria. No omitiremos tampoco lo que el rriismo Castillo añade acerca de este suceso, aunque sin darle entero crédito. Dice, pues, este historiador, que Vera, para persuadir a los canarios de la sinceridad de sus palabras, prestó juramento sobre una hostia que sin consagrar tenía preparada. Lo mismo repite Núñez de la Pena, pero Viera observa: ,,¿Era por ventura el caso tari arduo que necesitaba la malicia añadir sacrilegamente al perjuiio la idolatría?,,. Viera, 1.2". p. 68.- Núriez de la Peña, p. 96.- Castillo, p. 1 18.- Viana, canto 2".
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    Batalla de Arucas. ContentoVera d e haber obtenido c o n la ejecución d e s u abominable proyecto una parte de lo q u e deseaba, e s t o es, la ausencia de los doscientos prisioneros cuyo valor temía, se aplicó c o n m á s ahinco a preparar todo lo necesa- rio para la total sumisión de los isleños, cuya tenaz resis- tencia, d e s p u é s d e d o s a n o s d e cruda guerra, parecía e n la Corte extraordinaria, atribuyéndose m á s a impericia d e los jefes q u e a dificultades d e la misma empresa. Bien conocía Vera q u e las fuerzas d e q u e e n t o n c e s disponía eran muy insuficientes para acabar de reducir a m los canarios, fuertes a ú n e n casi todos los puntos principa- E les d e la isla, pero aplazando para mejor ocasión el dar cuenta a la corte d e e s t a necesidad, y queriendo c o n u n a 3 brillante victoria borrar el triste recuerdo d e las derrotas - e anteriores, resolvió salir a campana, enderezando s u s pa- m O sos hacia las costas del norte, d o n d e m á s orgullosos e in- 4 domables se mostraban los canarios. A poca distancia d e Arucas y e n un llano q u e se ex- tendía al pie d e los últimos árboles, límite por aquella par- t e del famoso bosque d e Doramas, se hallaba apostado e s t e caudillo con la flor d e s u s guerreros, tan luego c o m o s u p o la proyectada marcha del ejército español. Desde allí, envió a Vera un mensajero para hacerle saber, que, si entre s u s caballeros había alguno que se atreviese a medir c o n él s u s armas, lo desafiaba a singular combate. El General, q u e e r a valiente y e s t a b a acostumbrado a esta clase d e certámenes, admitió inmediatamente el reto, y quiso él mismo salir a castigar la insolencia d e aquel bár- baro, pero s u s oficiales n o lo consintieron temiendo algu- na desgracia q u e les privase d e s u jefe. Entonces, J u a n de Hozes, hidalgo q u e servía en la caballería, se ofreció a combatir por el honor d e todos, y, montando un brioso caballo an- daluz, salió al llano e n busca d e s u enemigo. Esperabalo Doramas, separado de los suyos, y e n un sitio d o n d e podía hacer u s o de s u s a r m a s y agilidad, de m o d o que, tan pron- t o c o m o le vio, sin aguardar a q u e se le acercase demasia-
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    do, le lanzóun dardo con tanta destreza y brío, que, tras- pasándole la adarga y la cota de malla, le derribó muerto del caballo. Puede fácilmente comprenderse cuan grande sería el disgusto de los españoles y la alegría de los canarios; am- bos campamentos ensordecían el aire con los gritos de j ú - bilo de los unos, y las imprecaciones de los otros. En me- dio de esta horrible vocería, Pedro de Vera, poseído de noble indignación y sin escuchar por más tiempo los consejos de la prudencia, picó espuelas a su caballo y, saliendo de sus líneas, se lanzó al encuentro de su victorioso enemigo. Entonces, al tumulto anterior, sucedió el silencio más profundo; los dos ejércitos, respirando apenas, siguieron con avidez los movimientos de sus jefes, como si la vida de cada soldado estuviese pendiente del éxito de aquel extraordinario duelo. Siguiendo Doramas su táctica precedente, no esperó a que Vera se le acercase, y, lanzándole con certera punte- ría un dardo, consiguió traspasarle la adarga aunque sin herirle, por la prontitud con que aquél evitó el golpe. El caballo, entretanto, seguía avanzando velozmente, mane- jado por la segura diestra de Vera, que con habilidad pro- pia de u n consumado justador, evitó de nuevo u n segundo dardo lanzado con redoblada furia por el valiente Guanarteme. En este momento, y mientras Doramas se disponía a de- fenderse con el magado y rodela, Vera le alcanzó con su lanza en un costado e hiriéndole mortalmente le derribó en tierra. Al ver esta desgracia, los canarios salieron de sus fi- las con enconado furor, y, deseando salvar a su caudillo, arremetieron a los españoles como torrente desbordado, pero éstos, a su vez, habían ya avanzado en orden de bata- lla hacia el lugar del combate y en defensa de su jefe, solo en medio del campo, y opusieron una muralla de acero a los certeros golpes de las armas isleñas, conteniéndolos por todas partes. Generalizóse en breve la batalla, haciéndose por uno y otro bando prodigios de valor. Los canarios querían reco- brar el cuerpo de su querido caudillo, los españoles tenían
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    e m pe ñ o e n conservarle, y, entretanto, el ilustre herido, guardado por s u s vencedores, a p e n a s d a b a señales d e vida. Por fin, d e s p u é s d e varias embestidas infructuosas, e n las q u e los isleños pudieron demostrar de nuevo s u in- disputable valor y s u denodado arrojo, conociendo q u e todos s u s esfuerzos eran aquella vez inútiles, abandonaron des- esperados el c a m p o y se ocultaron e n el bosque, n o sin q u e luego m u c h o s de e s t o s mismos valientes se presenta- ran voluntariamente a Vera, declarándose prisioneros, por sólo tener la triste satisfacción d e acompañar e n s u cauti- verio a s u malogrado jefe. Doramas, llevado e n brazos d e s u s súbditos, abando- n ó e n medio del ejército vencedor la llanura d e Arucas, m q u e tan fatal le fuera, recibiendo s u s conductores orden E del General para conducirle al Real d e Las Palmas, pero al subir la Cuesta de Arucas, débil y extenuado por la falta 3 de sangre, conoció q u e s u muerte e s t a b a próxima. Sabido - O el caso por Vera y s u s oficiales, se dispuso inmediatamen- m O t e hacer alto y bautizarle, para cuya ceremonia, q u e él n o 4 podía comprender, llevaron agua d e una fuente cercana e n n el casco d e un soldado. Quiso entonces s e r s u padrino el mismo General y darle s u propio nombre, t o d o lo cual, verificado sin el m e n o r obstáculo y recibida el agua santa, - m O el héroe expiró. Abriéronle un sepulcro e n aquella monta- - ñ a d e Arucas, testigo d e s u s triunfos y de s u derrota, y, entre canarios y españoles, levantaron un cerco q u e ro- dease s u fosa, señalándola a las futuras generaciones c o n n una humilde cruz ( 1 ) . O O La fama de Doramas h a llegado hasta nosotros, au- mentada por s u s mismos generosos vencedores. Lo q u e d e e s t e hombre extraordinario h e m o s dicho, siguiendo las noticias q u e d e él se conservan e n todos nuestros historia- dores, basta para comprender s u mérito, ya se le juzgue c o m o político, ya c o m o militar. Nacido e n una clase abyec- ta y envilecida, condenado por la suerte a vivir y morir sin nombre y sin -fortuna, se rebela c o n energía contra e s a in- justicia d e la sociedad, y con t o d o el poder de s u genio va poco a poco conquistándose un nombre envidiable, logrando d e s p u é s de m u c h o s y penosos esfuerzos trepar hasta las mismas gradas del trono. Colocado allí, y e n un m o m e n t o
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    oportuno, tiende su atrevida diestra y coloca sobre s u s sie- n e s la corona d e Telde. El pueblo entonces le aplaude, los guerreros le elogian y los guaires sancionan s u elección. Desde ese m o m e n t o s u nombre va unido al d e todos los c o m b a t e s q u e ensangrientan los c a m p o s canarios e n de- fensa d e s u independencia y libertad. Feliz hasta e n su muerte, tuvo la gloria d e morir con las a r m a s e n la mano, admirado d e s u s mismos enemigos. Los isleños le llamaron el ulti- mo de los canarios ( 2 ) . La muerte d e e s t e caudillo fue por sí sola un gran triunfo para las armas españolas; es fama que, desde aquella época, se principió a conquistar verdaderamente el país (3). Conocióse d e s d e luego falta d e unidad y concierto entre las diversas cuadrillas q u e capitaneaban los guaires; faltábales aquel arrojo q u e infunde una voluntad superior y q u e s a b e comunicarse con el ejemplo y la mirada e n los m o m e n t o s d e peligro. Fueron, pues, retirándose los m á s tímidos a Tejeda y Artenara, y los q u e manifestaban mayor resolución se contentaron con hacerse fuertes e n Moya, Ciáldar y Tirajana. Hubo, sin embargo, un guaire q u e , habiendo sido ri- val d e Doramas y luego s u mejor amigo, se propuso ven- garlo y vengar a s u patria, intimidando con s u s proezas a los españoles, a quienes persiguió hasta e n s u mismo carn- pamento. Fue e s t e canario el noble Bentaguaya. Sabiendo q u e s u s enemigos admitían sin desconfian- za e n el Real a los q u e se manifestaban d e s e o s o s d e reci- bir el bautismo, se presentó un día al general Vera, y pidióle c o n instancia s e r cristiano y súbdito d e la Reina d e Castilla. Sabida con júbilo s u oferta, se le concedió la gracia q u e solicitaba, y, d e s d e entonces, n o le fue difícil recorrer libremente las trincheras, examinar los puntos débiles d e la fortificación, observar el orden y disciplina d e las tro- pas, el sitio q u e ocupaban las centinelas, las horas e n q u e é s t a s se relevaban, y otras particularidades interesantes al plan q u e ya tenía meditado.
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    Cuando creyó completas u instrucción, desapareció un día del Real y fue a unirse con s u s amigos, principiando desde entonces una guerra d e sorpresas contra los espa- ñoles, q u e llegó a infundir graves recelos hasta al mismo Vera. A favor d e los conocimientos prácticos q u e había adquirido, se introducía d e noche e n el campamento, sor- prendía a los soldados, y, maniatados, los entregaba a los isleños que ocultos le aguardaban e n las cercanías. Otras veces degollaba a los q u e imprudentes salían a merodear por la plaza, y con frecuencia dirigía s u s certeros tiros so- bre las centinelas, que, sin sospechar el peligro, custodia- ban las murallas. " 7 Meditó por último un plan q u e manifiesta hasta don- E d e llegaba su profunda astucia y temerario arrojo. Una noche se acercó al campamento acaudillando una - hueste valerosa d e canarios a quienes había revelado s u 0 m O proyecto, y con cuyo auxilio s e proponía realizarlo. 4 Dividióla al efecto e n d o s cuerpos, encargando a uno q u e simulase un ataque por el frente, mientras el otro, a cuya cabeza se puso él mismo, se introducía e n el Real, escalando el muro por la parte q u e miraba a la playa. Su- ponía q u e d e este modo los españoles acudirían primero al punto amenazado, dejando sin defensa la otra parte d e la muralla, por donde, introduciéndose él con los suyos, podría con facilidad poner fuego a los edificios, pasando a cuchillo e n medio d e esta horrible confusión a cuantos Ile- vasen el nombre d e españoles. Una feliz casualidad salvó al ejército d e una destruc- ción completa. El cuerpo q u e debía atacar por la playa, engañado por un falso ruido q u e oyó e n el campamento, creyó llegado ya el instante d e subir a la trinchera, y, con denodado arrojo, s e abalanzó al muro, atacando a los sor- prendidos españoles. La alarma cundió al momento, y Vera, q u e ya estaba receloso y temía alguna sorpresa, hizo ocu- par todos los puntos por donde se podía introducir el ene- migo, y s e defendió con todo el valor y prudencia q u e el caso requería.
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    Al fin, despuésde una lucha sangrienta y tenaz, los canarios, rechazados por todas partes, se retiraron a los montes, sin ser perseguidos por Vera, que esperaba toda- vía alguna nueva celada. El mal éxito de este plan no desalentó al infatigable Bentaguaya. Pocas noches después, acompañado de un amigo y confidente suyo, escaló la muralla con mucho silencio, y, penetrando en la casa del General, mató al centinela que guardaba las caballerizas, degollando enseguida dos hermosos caballos andaluces que Vera tenía en mucha es- tima. Verificado esto volvió a la muralla, y, cuando ya se diponía a bajarla, un soldado que le vio le arrojó una pie- dra con tal fuerza, que, derribándolo, cayó al foso sin co- nocimiento. El centinela, temiendo haber muerto a algún compañero de los muchos que de noche salían a pescar en la vecina playa, no se atrevió a dar la voz de alarma, y, a favor de esta timidez, Bentaguaya, ayudado de su amigo, salió del foso y pudo internarse en las montañas (4). Tales eran los hombres que vengaban la muerte de Doramas. Notas ( 1 ) Dice así Abreu Galindo, autor a quicri con prefcroicia seguimos: Enterráronlo encima de las montañas los ciistianos y algunos canarios que habian venido con él, que no lo habiari querido dejar, y le hicieron un cercado en el mismo lugar donde esta enterrado y pusieron una cruz que está hoy allí. Esto se escrib~a en 1632. ¿Sabemos hoy el sitio de ese sepulcro ilustre? (2) Viera t. 2. p. 72. Castillo, al referir la muerte de Dorarnas, se expresa de este modo: Fué esta victoria muy celebrada cr7 el Real, de que se dieron gracias á Dios por todos cri la iglesia de Sn. Anton, de que no juzgaron poderlo hacer, por cl cslrcclio cri que les pusieron los canarios, que aflojaron viendo caido a Dofarms quien sintiendo las heridas, y cortado una pierna á Pedro de Hozcs (que fué cuando recibió la que le dio en el pecho Vera), le dijo: quien me ha muerto fue el traidor, que no me hirió sino por detras)). Castillo, p. 123. Esta noticia se halla tomada indirdableriicrilc de Sedeno que en sus apuntes manuscritos dice así, hablarido tlc Doramas: ... y yéndose defendiendo, Pedro de Hozes Ic dio por detras una lanzada; el Doramas volvio y le dió al dicho rrria ~ ~ ~ c l i i l l d d a
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    que le cortóuna pierna de que murió luego, y al volver, Pedro de Vera le dió una lanzada por el pecho; á esto dijo Doramas: no eres tú el que me ha matado.. Nosotros hemos seguido la versión menos oscura de Abreu Galindo que es también la que ha preferido Viera. (3) Viera, t. 2. p. 72. (4) Abreu Galindo, p. 136. VII. Prisión del Gwanarteme. Estudiando Vera la configuración de la isla, se pudo fácilmente convencer de que las costas del norte ofrecían grandes recursos a los naturales, tanto por la feracidad del terreno como por los abundantes pastos que en sus férti- les valles y montañas brotan para los rebaños. Esta era la causa porque en este distrito se encontra- ba la capital del Guanarteme, la rica población de Gáldar, en cuyas inmediaciones se habían hecho fuertes los cana- rios, burlando desde allí el poder de las tropas castella- nas. Para llegar desde el Real de Las Palmas a aquel pue- blo era necesario atravesar seis leguas de mal camino, y exponerse a arriesgados combates, como los de Moya y Arucas, en los cuales podría ser varia la fortuna, y correr grandes peligros el porvenir de la colonia; por lo que Vera, juzgando prudentemente, y de acuerdo con los canarios convertidos, creyo más acertado preparar dos pequeños buques que estaban entonces surtos en el puerto de las Isletas, y aprovisionándolos de todo lo necesario, embar- có diez caballos y cien hombres entre ballesteros y lance- ros, y con ellos tomó tierra sobre las playas de Agaete, dos leguas distante de Gáldar. El terreno, por aquella parte, se presentaba cubierto de higueras y abundante en agua y ganado, lo que visto por el General, acordó levantar en el mismo sitio una torre fuerte y sólida desde la cual pudie- ran defenderse y ofender las tropas que dejara de guarni- ción ( 1 ) .
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    Dos meses estuvoen aquellas playas haciendo corre- rías en todas direcciones, en cuyo tiempo se concluyó la torre, y, dejando por gobernador de ella al capitán Alonso de Lugo con cincuenta soldados aguerridos ( 2 ) ,retornó al Real, más que nunca convencido, al ver la aspereza de la tierra y la tenacidad de los isleños, de que las tropas de su pequeño ejército eran insuficientes para acabar la conquista de la isla. En este sentido escribió a los comisarios pidiéndoles refuerzos, armas y provisiones, y haciéndoles al mismo tiempo una sucinta relación de las últimas victorias obtenidas, y de los inconvenientes que ofrecía la empresa. Mientras el buque que llevaba este mensaje volvía a España, se dispuso una nueva expedición a Tirajana, pun- to opuesto al de Gáldar, y en donde se decía que estaba atrincherados u n crecido número de guerreros. Las tropas salieron divididas en dos cuerpos, de los cuales el prime- ro, después de recorrer las estériles costas del sur y atra- vesar sus profundos barrancos sin encontrar resistencia, llegó al pie de una escarpada montaña en cuya cima espe- raban los canarios; y como los castellanos iban orgullosos con las recientes victorias de Arucas y Agaete, sin esperar a sus compañeros del segundo cuerpo, emprendieron la subida, despreciando la lluvia de piedras y dardos que les arrojaban desde lo alto. Empero, su arrogancia no fue de larga duración, porque, advirtiendo que todos estaban he- ridos, y que veinticinco yacían muertos antes de alcanzar la mitad de la cuesta, empezaron a cejar, y, retrocediendo en desorden, abandonaron el campo buscando amparo en la retaguardia que a toda prisa conducía el mismo Vera. Con este refuerzo, y animados por la voz y el ejemplo de su esforzado capitán, volvieron con nuevos bríos a la car- ga consiguiendo al fin desalojar a los canarios, y apoderar- se de algunos prisioneros y ganado, que condujeron sin detenerse al Real. Por este tiempo, aportó a las Isletas una escuadrilla compuesta de cuatro buques de transporte, en los que ve- nían trescientos soldados de a pie y veinte de a caballo, que los Reyes enviaban para la conquista de las islas de La Palma y Tenerife, al mando del tantas veces expulsado Juan
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    Rejón. Este afortunadoGeneral, d e s p u é s d e haber justifi- c a d o s u conducta e n el jurídico asesinato d e Algaba, y ab- suelto por la Corte, consiguió el titulo d e Adelantado d e las dos islas indicadas, y los b u q u e s y tropa necesarias para aquella conquista, embarcándose e n Cádiz c o n s u s dos hijos, aún pequeños, y s u mujer doña Elvira de Sotomayor, hermana del alférez mayor d e Canaria Alonso Jáimez. Esta f u e la expedición q u e Vera vio aparecer enfrente d e s u cam- pamento, sin q u e ni remotamente hubiese sospechado s u llegada. Dícese q u e la intención del nuevo Adelantado e r a mostrarse a n t e s u s antiguos enemigos, coronado c o n el laurel d e la victoria q u e había obtenido e n la Corte, e n el ruidoso proceso instruido por Vera contra s u persona, aun- " , q u e , con la prudencia q u e lo caracterizaba, sólo indicó el E d e s e o de q u e le permitieran dejar allí s u familia, mientras 3 adelantaba la conquista d e La Palma. - 0 Al s a b e r s u llegada, los numerosos amigos q u e a u n m O tenía e n el Real, principiaron a reunirse tumultuosamente, 4 y sin duda se hubieran alzado contra Vera, si Alonso Jáimez, n por evitar nuevas desgracias, n o pasara inmediatamente a bordo, y consiguiera con acertadas reflexiones y amisto- sas súplicas q u e Rejón renunciara a s u proyecto, y prome- - m O tiera dejar la isla sin tomar e n ella descanso. Doña Elvira, justamente alarmada, contribuyó también con s u s ruegos y lágrimas a q u e adoptase esta resolución, y así, aquel mismo día, m a n d ó levar áncoras, y hacer rumbo a La Palma c o n n gran satisfacción d e Vera, q u e d e s d e entonces estimó a O O Alonso Jáimez c o m o a s u mejor amigo. Durante la travesía, los vientos contrarios obligaron a Rejón a hacer escala e n la Gomera, fondeando tranquila- m e n t e e n la rada d e Hermigua. Al ver la soledad y hermo- s u r a d e la playa, n o acordándose q u e era senor de la isla s u mortal enemigo, el hijo d e Diego de Herrera, quiso des- cansar de las molestias d e tan largo viaje desembarcando c o n s u mujer, s u s hijos y o c h o de s u s amigos. La noticia d e s u llegada cundió al m o m e n t o por el país, y Fernán Peraza, q u e se encontraba e n la villa capi- tal, m a n d ó a s u s vasallos q u e inmediatamente lo llevasen
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    prisionero a supresencia. N o contaban, sin embargo, los gomeros con la obstinada resistencia de Rejón, cuyo valor y dignidad no podían someterse a tan inmotivado ultraje. Resistióse, pues, ayudado de los suyos, y en esta refriega le alcanzó u n dardo, que, hiriéndole en la cabeza, le derri- bó muerto en los brazos de su mujer. Cuando Peraza supo el triste resultado de su imprudente orden, se trasladó in- mediatamente al valle de Hermigua, e intentó, con reitera- das protestas y solemnes juramentos, probar a la inconso- lable viuda la inocencia de su conducta. Llevóla al instante a su castillo, prodigóla respetuosos obsequios y atencio- nes, y procuró honrar la memoria del infortunado General con pomposas exequias (3).Doña Elvira recibió en silen- cio estas muestras de u n arrepentimiento inútil, y, acom- pañada de sus hijos, volvió con los cuatro buques de la expedición a Canaria, donde al saberse la triste nueva, to- dos deploraron la trágica muerte de u n caballero tan va- liente como noble y generoso. Y en fecto, sin la ejecución de Algaba que mancha su memoria, Rejón hubiera sido por su valor, actividad y prudencia, el héroe más famoso de cuantos vinieron de España a conquistar el archipiélago. La Reina Isabel, a cuyos pies fue con sus hijos a arro- jarse doña Elvira, sintió esta funesta aventura, que la pri- vaba de u n leal servidor, y, después de consolar a la viuda, prometiéndole justicia, le asignó una pensión de veinte mil maravedíes por juro de heredad, y dos casas en Sevilla para su habitación (4).Al mismo tiempo expidió una real cédula en la que mandaba u n juez pesquisidor a la Gomera para que inquiriese la verdad del suceso, y llevase preso a la corte a Hernán Peraza. Detuvose este comisionado en el puerto de Santa María, fingiéndose enfermo por industria del duque de Medina Sidonia, deudo y protector de los Herreras, pero habiéndose quejado de nuevo doña Elvira, obtuvo al fin la prisión de Hernán Peraza, que fue conducido a la Corte y procesado. Los poderosos y nobles parientes que el reo tenía en España, trataron entonces de conseguir su perdón, inter- poniendo su influjo con doña Elvira, para que abandonase sus proyectos de venganza, petición que por último les fue concedida, así como la gracia de la Reina, que cedió ante
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    las protestas de inocencia q u e e n s u defensa alegaba el joven. El perdón, sin embargo, le fue otorgado c o n la ex- presa condición de q u e iría a servir e n persona c o n algu- n a s compañías de gomeros e n la conquista de la Gran Ca- naria hasta q u e estuviese sometida la isla. Libre ya Hernán Peraza d e tan enojoso proceso, fue obsequiado y festejado por todos los nobles q u e seguían la Corte, obteniendo inesperadamente la honra d e casarse con una hermana de la célebre marquesa de Moya, cama- rera mayor de la reina y s u mejor amiga, boda q u e tuvo efecto a pesar d e la sorda oposición del Rey, q u e se mos- traba aficionado a aquella dama. La Reina Isabel, q u e había adivinado esta naciente m pasión, se alegró de poder con e s t e pretexto alejar d e s u E lado a u n a rival tan discreta c o m o hermosa (5). Deseoso d e cumplir el precepto impuesto por s u Rei- na, Hernán volvió a Lanzarote con dona Beatriz d e Bobadilla, q u e así se llamaba s u esposa, y, d e s d e allí, se trasladó a la Gomera, d o n d e reunió s u s vasallos y alistó aquéllos q u e le parecieron m á s a p t o s para la guerra, e n número d e ciento cincuenta h o m b r e s y d o c e caballos. Con e s t a s tropas se dirigió enseguida a las playas d e Agaete, desembarcando e n ellas el 1O de febrero d e 1482, desde cuyo punto dio aviso al General Vera d e s u llegada, manifestándole q u e se q u e d a b a con Alonso d e Lugo por n o encontrarse e n el Real con Alonso Jáimez de Sotomayor, hermano, c o m o ya he- m o s dicho, de d o ñ a Elvira, y c u ñ a d o d e Rejón. Vera, a u n q u e seguro d e la prudencia d e s u alférez mayor, aprobó este arreglo que se conformaba con s u s secretos planes, y ordenó a Lugo que, con los nuevos refuerzos, procurase perseguir a los canarios y n o dejarles un mo- m e n t o de descanso. Con este objeto, salieron un día las tropas d e Agaete e n dirección a Gáldar, mientras Vera, q u e había llevado s u c a m p o a Arucas, se avanzaba hacia los Bañaderos. Al amanecer, Lugo y Peraza, con aviso q u e tu- vieron d e q u e el Guanarteme Tenesor Semidán se hallaba oculto e n una cueva acompañado d e algunos d e s u servi- dumbre, se acercaron cautelosamente y, d e s p u é s de ro- d e a r c o n tropas el punto designado, y apoderarse d e las
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    armas, entraron ylos hicieron a todos prisioneros. Hallábanse con el Guanarteme cuatro de sus guaires, algunas mujeres y niños, y once criados (6). Conseguida s i n obstáculo esta importante presa, ba- jaron las tropas a la playa de Lairaga, donde se juntaron alegremente con las que acaudillaba el General. Celebró éste la prisión de Tenesor, considerándola como de feliz augurio para la conquista, y acordó llevárselo al Real, tra- tándole con gran distinción y cariño. Alegráronse mucho en el campamento de esta captura, y festejáronla con grandes regocijos, cantándose u n Tedéum que oyeron devotamen- te las tropas en la iglesia de Santa Ana (7). N o era ciertamente inmotivada esta alegría, porque, faltándole ya a los canarios sus dos principalesjefes, Doramas y Tenesor, parecía probable que todos se sometieran a la obediencia de los Reyes de Castilla, especialmente al ver la afluencia de isleños que venían al campamento a entre- garse prisioneros y recibir el bautismo, por sólo el deseo de ver y servir a su querido Guanarteme, a quien ellos Ila- maban el bueno. Parecióle también a Vera que era propicia la ocasión de recordar a la Corte sus servicios, y conseguir algunos refuerzos que ya otras veces había inútilmente pedido; y así determinó enviar al Guanarteme y sus cuatro guaires a España, acompañados de Miguel de Mujica y de Juan Ma- yor, intérprete que Peraza había llevado con sus soldados desde Lanzarote. Dispuesto convenientemente todo lo necesario, verificóse el viaje, y los comisionados, después de embarcarse en una carabela surta en el puerto de las Isletas, llegaron a Cádiz con los prisioneros, cuyo salvaje aspecto y vestidu- ras de pieles llamaron extraordinariamente la atención de todos. Así atravesaron las ciudades de Sevilla, Jeréz y Cór- doba, y alcanzaron la corte en Calatayud, población en donde los Reyes tenían entonces su residencia. Señalado día para la recepción pública, acudieron m~ichos grandes y prela- dos a esta ceremonia. Era Tenesor hombre de cuarenta años, de agradable y majestuosa presencia, alto, fornido, de co- lor claro, y barba y cabello negro (8);vestía aquella maña-
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    na el vistosotamarco d e s u país, pintado d e diversos colo- res y perfectamente cosido y gamuzado; s u s guaires o con- sejeros iban también vestidos d e pieles, y e n esta forma los condujeron hasta las gradas del trono Mujica y J u a n Mayor. El Rey canario, aunque admirado al observar tanta pompa y riqueza, y conociendo entonces todo el poder de la nación q u e había osado por tantos años combatir, n o perdió s u presencia d e espíritu; detúvose ante los Reyes, se arrodilló, les besó las manos y, poniéndolas sobre s u cabeza, les pidió la gracia d e s e r cristiano y d e q u e ellos fueran s u s padrinos. El rey Fernando lo levantó con bondad, le abrazó, y, m concediéndole al momento s u petición, dispuso q u e le vis- E tiesen d e grana y seda, y con decencia a los guaires. (8) 5 Pasados algunos días, el cardenal arzobispo d e Toledo, don Pedro González d e Mendoza, le administró el bautis- - 0 m mo, siendo los Reyes los padrinos, según lo habían prome- O 4 tido, y dándole el nombre d e Fernando. Concluida la cere- monia, s e le hicieron espléndidos regalos y diole el Rey n licencia p a r a q u e volviese a Canaria y procurase reducir a s u s vasallos a la obediencia y a la fe cristiana, ofreciéndo- - m les e n s u real nombre las mismas franquicias y libertades O d e q u e s u s súbditos españoles disfrutaban; respecto a él, se le concedió, a petición suya, el término d e Guayedra para sí y s u s legítimos sucesores (9). E n Al intérprete Juan Mayor se le hizo la merced d e al- - O O guacil mayor perpetuo d e Canaria, y se dio permiso a Peraza para q u e pudiera retirarse a la Gomera, dejando e n el Real d e Las Palmas s u s tropas auxiliares. Después d e tomadas estas disposiciones, los Reyes ordenaron a Miguel d e Mujica q u e levantase e n Vizcaya y e n las montañas d e Burgos doscientos hombres d e armas, q u e pasaran a servir e n la conquista (lo),mientras se co- municaba orden a Hernán Arias d e Saavedra, provincial d e la Santa Hermandad d e Andalucía, para que dispusiera d o s compañías d e caballería y una d e ballesteros, q u e forma- ban un total de doscientos sesenta hombres, para que, unidos a los soldados d e Mujica, s e trasladaran todos a la Gran
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    Canaria a co m p a ñ a n d o al Ciuanarteme, y contribuyesen a las m á s pronta rendición d e la isla. Este p o d e r o s o refuerzo se e m b a r c ó e n Sanlúcar e n cinco buques, llevando por capitanes a Esteban de Junqueras, Pedro de Santi-Esteban, Cristóbal d e Medina, y Siberio de Mujica. El b u q u e e n q u e venía J u n q u e r a s c o n s u c o m p a ñ í a d e ballesteros se perdió al entrar d e arribada e n el puerto d e Arrecife, e n Lanzarote, p e r o se salvó t o d a la g e n t e y tripulación; Diego de Herrera c u i d ó d e r e c o g e r l o s , proveyéndoles d e t o d o lo necesario y proporcionándoles d o s b u q u e s e n q u e pudieran trasladarse a Canaria ( 1 1 ). En o c t u b r e d e 1482 e s t a b a n ya reunidas e s t a s t r o p a s a las q u e Vera tenía e n el Real, y, d e s d e e n t o n c e s , ya nadie d u d ó d e q u e se a c e r c a b a la feliz é p o c a d e la total sumi- sión de los canarios. Notas (1) Hablando de esta torre o fortaleza dice el Padre Sosa cn su ~opografía de Gran Canaria, p. 95: ,,Esta torre, hasta hoy dia está gran parte de ella en aquel ancho valle de Agaetc, cr~yo dueno es D. AIonso Olivares del Castillo, maestre de campo por S.M., del tercio de las villas de Galdar y Guia con sir partido, y se dejan ver sus tapias tan constantes y fuertes, y contra la duracion del tiempo inespugnables, que se dilataran á lo que parcce rri~~clios siglos. Sírvele hoy, con algunos aforros que le han hecho, lo alto de granero en que guarda las mieses de si1 agosto, lo bajo de bodega en que encierra los vinos de su cosecha, que son mrry buenos los de aquel parage y pago.' El P. Sosa escribía en 1678. (2) Castillo, p. 123.-Abreu Galindo, reduce estc ~iiji?ic~-o a treinta. (3) Está sepultado en la capilla mayor de la iglcsici pnl-roqrrial de San Sebastián de la Gomera, al lado del evangelio. Abreir Gcl/illdo, p. 139. (4) Estas casas eran confiscadas a unos conversos. Abrcu Galindo, p. 141. (5) Abreu Galindo, p. 141.- Viera, t. 2. p. 82. (6)Abreu Galindo, p. 143. (7) Castillo, p. 128.
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    (8)Nebrija. Década 2.lib. 2. cap. l o . (9)Abreu Galindo, p. 144.- Viera dice al referir este suceso: .Creyeron los reyes que concediéndole a Guayedra quizá le habian mucho. Un Guanarteme era acreedor á alguna cosa grande. Pero Guayedra n o es mas que una ladera d e montañas y riscos escarpados que corren hasta la ribera del mar cerca del Agaete, en donde solo pueden pastarganados salvages. Un soberano despojado d e sus Estados, q u e s e admiraba del lujo d e los Reyes católicos n o debia contentarse con Guayedra, así vemos que despues tuvo repartimientos d e tierras e n Tenerife.11 Viera, t. 2. p. 86. ( 10)Mujica gastó e n este armamento que hizo a s u costa 700.000maravedíes, obteniendo luego e n recompensa repartimiento de tierras e n Tenerife por concesión real. Castillo, p. 132. ( 1 1 ) Abreu Galindo, p. 145. Bentejuí. Después d e la prisión del Ciuanarteme y d e la muerte o defección d e muchos d e los guerreros más célebres del país, como Adargoma, Doramas y Maninidra, parecía que, agotadas las fuerzas d e los isleños, perdida toda esperan- za d e salud, y sin medios para conservar s u querida inde- pendencia, habían d e entregarse e n breve a merced del vencedor. Tal era al menos la confianza d e Vera y d e s u s oficiales, segun el conocimiento práctico q u e habían ad- quirido e n aquella guerra, y las relaciones d e los isleños convertidos. Esta confianza, empero, les salió fallida, porque no habían contado con el ciego valor d e los canarios ni con s u fiereza indomable. Al saberse la prisión d e Tenesor, todos los guerreros se internaron en los montes, y convocaron un sábor o asamblea general para nombrar un sucesor a la corona. Entre los pretendientes s e contaba Ciuayarmina, hija del Ciuanarteme: dos hijos del finado Bentaguaya, desheredados por Doramas del reino d e Telde, llamados Bentejuí, joven valiente, astu- to y atrevido, y Masequera, niña todavía: el Faicán Aytami,
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    hermano de Tenesor;y Tagooroste, príncipe de la familia Semidan ( 1 ). Dividiéronse en esta asamblea las opiniones; unos querían proclamar a Bentejuí, otros a Guayarmina con u n consejo de regencia, y algunos a Aytami. Al fin, después de largos debates, y cuando ya se preparaban a decidir la cuestión con las armas en la mano, Tajaste ( 2 ) ,uno de los guaires de más fama, se levantó y propuso proclamar a Bentejuí, si éste se comprometía a casarse con su prima Guayarmina. Prometió10 así el joven, y entonces, uniéndo- se los votos de los dos partidos, derrotaron con facilidad al del Faicán de Telde, que no contaba con muchas simpa- tías. Ofendido Aytami de este desaire, reunió a sus ami- gos y vasallos, y con ellos vino al Real, entregándose sin condiciones al General Vera, y pidiéndole el bautismo, de lo que todos los conquistadores se alegraron, pues de este modo se conseguía debilitar las fuerzas canarias, sin ries- gos ni combates. El Faicán recibió el nombre de Diego, y fue su padrino el mismo Vera (3). Luego que don Fernando Guanarteme llegó a Cana- ria, acompañado de los refuerzos de tropa que hemos indi- cado, deseando cumplir la palabra que había dado a los Reyes, y conociendo la desigualdad de la lucha en que se habían empeñado sus vasallos, suplicó al General le diese algunos soldados españoles, y con éstos y quinientos isle- ños ya cristianos, que acaudillaba su hermano Aytami, se dirigió a Telde, donde sabía que u n nuevo Faicán, llamado Faya, reunía por orden de Bentejuí los guerreros de aq~iel distrito para conducirlos a la Cumbre. La noticia de la llegada del Guanarterne produjo en- tre los canarios honda sensación, pues era generalmente respetado y querido, a pesar de las vehementes sospechas que de ser favorable a los cristianos se habían esparcido desde la célebre aventura de Silva. Esta circunstancia, o la timidez de Faya, que no se atrevió a esperar el choque de las tropas, retirándose sin combatir desde que descubrió a su antiguo Ci~ianarteme, proporcionó una fácil victoria a los españoles, y atrajo al
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    ~ e ai un gran número d e canarios q u e sin resistencia ve- nían ellos mismos a entregarse prisioneros. El cuerpo expedicionario, mandado por Miguel d e Mujica y ~ r i s t ó b a l d e Molina, con los auxiliares canarios q u e acau- dillaban Aytami y Maninidra, se dirigió después d e la retira- d a del Faicán al pueblo d e Cendro, situado e n el barranco d e Telde, y, descansando d o s días e n aquellas fértiles Ila- nuras, desiertas entonces, volvió al campamento sin dejar ya enemigos e n aquel distrito. Poco después d e estos sucesos, confiado don Fernando e n el buen éxito d e su primera expedición, quiso empren- der otra más arriesgada, dirigiéndose con una escolta a s u antigua capital, e n cuyas inmediaciones estaban s u s prin- m cipales vasallos con Bentejuí y Tajaste. Vistióse las ricas E galas q u e le dieron los Reyes Católicos, y d e este m o d o se presentó a los sorprendidos isleños, q u e al verle bajaron 3 d e s u s escarpados cerros, y le rodearon palpando con cu- - O riosidad aquellas sedas y brocados. Entonces quiso hablarles, m O e imponiendo silencio les refirió s u viaje a la Corte, el lujo, 4 pompa y grandeza d e los Reyes d e España, el número pro- * n digioso d e s u s pueblos y vasallos, el poder d e s u s escua- dras, y los innumerables escuadrones que obedecían al menor d e s u s caprichos; hablóles d e las franquicias y libertades - m O que para ellos le habían ofrecido, si deponiendo las armas se sometían como él a tan poderosos monarcas; recordóles que era ya cristiano, y, casi llorando, les suplicó q u e ellos también lo fuesen. n - Oyéronle todos e n silencio, y es fama q u e al concluir O O s e le acercó Tajaste, y, e n contestación a su discurso, le replicó con otro tan agresivo, como poco respetuoso: ((Anda. díjole, Guanarteme indigno de tu fama y de tu nombre, vuelve a que los pérfidos europeos te engañen: vuelve y déjanos siquiera morir con honra.))(4). El Ciuanarteme, conmovido, quiere sincerarse d e las pérfidas intenciones q u e s e le atribuyen, y torna a recor- darles el inmenso poder d e la nación española y la inutili- dad d e su resistencia; pero Tajaste, interrumpiéndole, le señala las alturas vecinas coronadas d e guerreros, y le dice con acento decidido en que s e revela, sin embargo, su emoción:
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    «No importa: quédatecon nosotros, recobra tu dignidad: aquí hallarás hombres que sabrán morir por su patria: Canaria existe aún... Mírala armada sobre estos cerros.)) Avergonzado el Guanarteme calló, y, abandonando tristemente sus antiguos súbditos, volvió a Las Palmas, dudando si aquéllos que iban a morir por su querida libertad eran mas dignos de envidia que de vituperio. Esta inútil tentativa convenció a Vera de que, para someter completamente la isla, era preciso internarse en la Cumbre, trepar a sus alturas y desalojar de ellas a los canarios. Entonces, como se viera con las fuerzas necesa- rias para acometer esta empresa, resolvió llevarla sin tar- danza a efecto. Habíanse atrincherado los canarios en varios punlos casi inaccesibles, situados al oeste de la isla. Llatnábanse estas fortalezas naturales Bentaiga, Titana, Amodar, Ta~artico y Ansite, y en ellas habían depositado sus hijos y miijci-cs con los escasos víveres que pudieron reunir. Pedro de Vera salió, pues, del Real, con todas SLIS tropas de caballería e infantería y los isleños auxiliares (5), decidido a no volver sin haber sometido el país. El primer punto que quiso bloquear fue el de Bentaiga, elevado cerro que levanta su descarnada cima junto a Mogán; rodeólo con sus tropas para impedir que los sitiados rtci- biesen víveres, pensando rendirlos por hambre, pero vien- do que habían pasado ya quince días, sin que los canarios manifestasen el menor indicio que revelara desaliento, dio la orden de atacar la posición por diferentes puntos a la vez, auxiliado de los guías desertores. Mas los canarios, que no se descuidaban, los recibieron con tal lluvia d e pie- dras, dardos y venablos, que los obligaron a retroceder con pérdida de ocho soldados y muchos heridos. Retiróse Vera a Tirajana, donde dio descanso a sus tropas, haciendo algunas presas de ganado, que abando- nado andaba por aquellas sierras, y, desde allí, con gran sigilo, envió una expedición a Titana, cerro también muy escarpado, que ocupaban algunas familias de islenos con su correspondiente escolta de guerreros; y habiendoles
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    sorprendido c on ayuda de los canarios convertidos, q u e treparon por s e n d a s sólo d e ellos conocidas, les mataron veinticinco hombres, saquearon las provisiones y llevaron a todos prisioneros. Dejando luego a Tirajana, avanzó el ejército español hacia Amodar, q u e también o c u p ó n o sin pérdida de algu- n a gente, viéndose aquí una nueva prueba del carácter is- leño, pues, n o queriendo d o s mujeres entregarse prisione- ras, se despeñaron valerosamente entre aquellos espanto- sos precipicios. Desde Amodar p a s ó Vera a Fataga, sitio también casi inaccesible, y consiguió hacerlo desalojar, d e m o d o que, e n breve tiempo, batiendo a los isleños e n los bosques y m e n las sierras c o m o bestias feroces, logró el General s u E intento y p u d o lisonjearse c o n la esperanza d e ver s u cam- paña felizmente terminada. 3 - Para conseguir esto, sólo le faltaba apoderarse d e un 0 m O fuerte situado e n la montaña d e Tazartico, al norte d e la 4 Aldea de San Nicolás, y u n o de los m á s inexpugnables de n la isla. Habíanse refugiado e n él casi todos los canarios c o n s u s mujeres e hijos, resueltos a morir todos a n t e s q u e rendirse. - m " - Llegado al pie del cerro, y visto q u e era imposible tomarlo por sorpresa, Vera llamó a s u s capitanes a conse- jo, y juntos determinaron atacarlo por dos partes: encargóse Miguel d e Mujica, con los ballesteros vizcaínos, del a t a q u e n por la parte del mar, c u a n d o o c u p a d o s los canarios e n d e - n O fenderse de otro cuerpo d e tropas, q u e fingiría acometer- les d e frente, n o advirtiesen la celada. Concertado así el ataque, Mujica, q u e era valiente y d e s e a b a tener u n a ocasión d e distinguirse, aprovechó la q u e entonces se le presentaba, y, sin esperar la señal con- venida, principió a trepar el cerro con s u s vizcaínos. Los canarios, q u e observaban esta imprudencia, dejáronlos tran- quilamente subir, y, c u a n d o los vieron e n un sitio d e s d e el cual ni podían favorecerse ni s e r socorridos, salieron d e s u s trincheras con gran furia, y, dando horribles silbos, lanzaron d e s d e la altura tal multitud d e gruesos peñascos y troncos d e árboles, que, rodando s o b r e los infelices soldados, n o
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    dejaron con vidaa ninguno. Allí murió Mujica y t o d o s s u s ballesteros, y hubieran perecido también los q u e aún n o habían subido, si Vera y d o n Fernando, a quienes aún res- petaban los canarios, n o hubieran acudido e n s u auxilio, protegiendo s u retirada d e aquel funesto sitio. Esta imprevista derrota disgustó tanto al General, q u e inmediatamente o r d e n ó la retirada a Gáldar, para curar allí s u s heridos, poner s u s soldados al abrigo d e cualquier sor- presa, y d a r honrosa sepultura a s u s muertos. En e s t e pueblo se bendijo un sitio para celebrar la misa, d o n d e luego se levantó la iglesia d e Santiago, y, des- pués d e ponerse e n comunicación con la guarnición d e Agaete, d e formar un c a m p o atrincherado, y dejar espías e n el in- terior, Vera volvió c o n u n a parte d e s u s tropas al Real a disponer lo necesario para abrir d e nuevo la campaña. Notas (1)Castillo, p. 134.- Abreu Galindo, p. 145.- Viera cita también u n guerrero llamado Hecher Hamenato, sin advertir q u e é s t e era el título q u e s e daba a los consejeros d e los Guanartemes. Véase Castillo, p. 5 6 . (2) Viera dice equivocadamente Tazarte. (3)Castillo, p. 153. (4) Viera,t. 2. p. 89.- Sosa, p. 98.- Abreu Galindo, p. 145. (5)Castillo dice equivocadamente q u e el ejército ascendía a 10.200 hombres, p. 137. IX. Rendición de la isla. Creíase, y c o n razón, q u e e s t a c a m p a ñ a q u e se pre- paraba había d e s e r la última, tanto por el e s c a s o número d e guerreros q u e obedecían a Bentejuí, c o m o por el ham- bre q u e ya se había e n s e ñ o r e a d o d e t o d o s los canarios, producto d e cinco a n o s d e asoladora guerra.
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    El obispo do n J u a n d e Frías, q u e c o n evangélico inte- rés seguía d e s d e Lanzarote los progresos de la conquista, al s a b e r q u e se preparaba e n aquella primavera un a t a q u e formal y decisivo contra los últimos atrincheramientos de la isla, salió de s u humilde catedral, y desembarcó e n el Real d e Las Palmas, d e s e o s o d e animar con s u s exhorta- ciones y consejos a los oficiales y soldados castellanos. En los primeros días d e abril, Pedro d e Vera p a s ó re- vista a s u s tropas, y, d e s p u é s d e u n a inspección minucio- sa, halló q u e podía contar con m á s d e mil quinientos sol- d a d o s entre españoles y auxiliares ( 1). De éstos, eran ciento cincuenta d e a caballo, y los demás, peones, entre los cuales trescientos iban a r m a d o s m con ballestas, y el resto, con mosquetes, espadas, puñales E y rodelas (2). Este ejército, q u e podía llamarse numeroso e n u n a - isla c o m o la Gran Canaria, salió del Real de Las Palmas 0 m O c o n dirección a Gáldar el 8 d e abril d e 1483. 4 Hallábanse los isleños reunidos e n Ansite, agria mon- n taña situada s o b r e Tirajana, e n número d e dos mil, de los cuales seiscientos eran hombres de pelea y mil quinien- tos, niños, ancianos y mujeres. Estaba con ellos Bentejuí, - m O Tajaste, el Faicán Faya, la infanta Guayarmina y s u prima Masequera, c o n algunos pocos guaires q u e habían preferi- d o la muerte a la esclavitud. E Con aviso q u e dieron los espías d e los movimientos n - O del enemigo, Vera se dirigió primero a Gáldar, d o n d e ya le O e s p e r a b a Alonso d e Lugo y la guarnición de Agaete, y, des- d e allí, unidos todos, se internaron e n la Cumbre, yendo a sentar s u s reales al pie de la escarpada montaña, e n q u e había ido a refugiarse el resto d e la nación canaria. El mismo día de s u llegada, q u e fue el 22 de abril, se rodeó el cerro, de manera q u e los sitiados no pudieran reci- bir socorros d e víveres ni d e tropa. Vera había dado la orden d e n o atacarles e n s u fortaleza, tanto por evitar la efusión de sangre, c o m o porque intentaba todavía atraerles con prome- s a s d e paz y de perdón, q u e n o era difícil escuchasen e n la situación desesperada e n q u e se hallaban.
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    Después d ealgunos días d e tranquila y silenciosa expectación, d o n Fernando Guanarteme, q u e n o podía mi- rar c o n indiferencia la triste suerte q u e esperaba a s u s an- tiguos súbditos, d e j ó un día el campamento y se dirigió solo y d e s a r m a d o a lo alto del cerro. Al verlo, saliéronle a recibir todos los canarios pro- rrumpiendo e n alegres voces, llorando unos y besándole otros las vestiduras, c o m o e n aquellos tiempos e n q u e aún obedecían s u s órdenes. Luego q u e el tumulto se calmó un poco, d o n Fernando principió a hablarles e n el mismo sen- tido q u e ya lo había h e c h o e n Ciáldar, pero con la elocuen- cia y persuasión q u e comunicaba a s u s palabras la triste realidad d e los Últimos sucesos. Hízoles ver q u e aquellas tropas reunidas al pie d e s u fortaleza, a d e m á s d e serles tan superiores e n número, a r m a s y disciplina, eran sólo una parte muy insignificante d e la gran nación a q u e perte- necían; q u e a u n q u e se lisonjeasen con la idea absurda d e derrotarles otra vez, como e n Tazartico, vendrían otras nuevas a reemplazarlas c o n nuevos bajeles y nuevos capitanes; y entonces, perdida ya toda esperanza d e perdón, serían tra- tados c o m o esclavos, y verían perecer a s u s hijos, bajo el pesado yugo d e un vencedor inexorable. Recordóles la promesa q u e él había h e c h o a los Reyes, las ventajas d e la civiliza- ción, d e las artes y d e la fe religiosa q u e profesaban los españoles, y concluyó exhortándoles a rendirse para no perder las concesiones q u e Vera en aquel momento les ofrecía. Los canarios habían ya tenido tiempo y ocasión d e comprender la exactitud d e e s t a s reflexiones, q u e oían por segunda vez a s u Guanarteme. Convencidos estaban d e la inutilidad d e s u resistencia y d e lo insuficiente d e s u sacri- ficio para salvar el país. Esta convicción ya e n ellos arrai- gada, la vista d e s u s mujeres e hijos Ilorosos y s~iplican- tes, el hambre q u e se principiaba a sentir, la imposibilidad d e socorro, el a b a n d o n o y apostasía d e s u s principales jc- fes, el influjo y autoridad d e s u Ciuanarteme, todas e s t a s razones fueron c a u s a d e q u e , al concluir don Fernando SLI discurso, prorrumpiesen todos e n alborozados gritos, di- ciendo q u e deseaban rendirse a Pedro d e Vera y s e r vasallos d e los Reyes d e Castilla.
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    Tajaste, entonces, qu e al fin se había convencido d e s u desesperada situación, y n o quería sacrificar inúltilmente el resto d e aquella nación heroica, se presentó a d o n Fer- n a n d o y le e m p e ñ ó s u palabra de q u e todos los canarios se someterían, si Vera se trasladaba c o n s u ejército al Real d e Las Palmas y allí los aguardaba, porque ellos n o que- rían presentarse c o m o rendidos, sino c o m o hombres li- b r e s q u e voluntariamente iban a ofrecer s u s vidas y ha- ciendas al nuevo s e ñ o r q u e habían elegido (3). Una palabra entre los canarios e r a inviolable. Vera creyó, pues, a Tajaste, y n o titubeó e n concederle lo q u e le pedía. Al día siguiente, lleno d e júbilo por el afortunado desenlace d e la campaña, dio a s u s tropas la orden d e regresar al campamento, c e s a n d o por u n a y otra parte las hostilidades. Pocas horas después de este suceso, cuando los cana- rios se disponían a emprender s u prometida marcha, Bentejuí y el Faicán de Telde, después d e haber agotado toda s u in- fluencia y autoridad para retener a s u lado los isleños, ha- cerles cambiar de resolución y continuar s u desesperada re- sistencia, viendo q u e todos s u s esfuerzos eran inútiles, y q u e se estrellaban siempre ante la inexorable lógica d e la necesidad, se apartaron d e ellos e n silencio, y, trepando tran- quilamente a lo m á s alto d e la montaña, se lanzaron desde allí estrechamente abrazados, por entre aquellos horrorosos desfiladeros, repitiendo s u exclamación favorita, atis tirma, atis tirma, invocación q u e dirigían sin duda a s u divinidad. Éste fue el Último suspiro d e la libertad canaria. Faya y Bentejuí eran s u s últimos mártires. El jueves, 29 d e abril d e 1483, avisaron las avanza- d a s del Real q u e por el camino d e Telde se acercaban muchos canarios e n actitud pacífica y sin armas. Al m o m e n t o salie- ron a recibirlos Pedro d e Vera, el Obispo, los capitanes, y toda la nobleza y gente principal d e la colonia. Detuviéronse todos e n la llanura d o n d e hoy se levan- ta la iglesia y exconvento de Santa Domingo, y allí recibie- ron a los guaires q u e e n unas a n d a s traían con el mayor respeto a s u s dos infantas Guayarmina y Masequera.
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    Entonces, por mediodel intérprete, las entregaron solemnemente al General, con la expresa condición de que las considerase como personas reales, educándolas e ins- truyéndolas en la fe cristiana. Vera las tomó de la mano, y, estando presente Francisco Mayorga, alcalde mayor, y su mujer Juana de Bolaños, las confió a su custodia, para que, teniéndolas en su casa, les enseñaran los principales mis- terios de la religión y pudieran así luego recibir el bautis- mo. Mayorga las recibió con cariño, y poco tiempo des- pués fueron admitidas en el gremio de la iglesia, celebran- do la ceremonia el senor Obispo, y siendo su padrino Rodrigo de Vera, hijo del General. Ciuayarmina tomó el nombre de Margarita, y Masequera el de Catalina; la primera casó con Miguel de Trejo Carvajal (4), y la segunda con Alonso Perez de Guzmán ( 5 ) ,ambos conquistadores. Grande fue el jubilo de todo el ejército cuando ya no pudo dudarse de la sumisión de los isleños; la difícil con- quista que se había emprendido, y que hacía cinco años continuaba con fuerzas numerosas y expertos capitanes, estaba concluida: la nación guerrera, que en tantas batallas había mostrado su poder y su hidalguía, se hallaba ya humillada; triunfaba la cruz; la civilización europea iba a depositar so- bre aquella tierra su fecunda semilla; entonces, subiendo Alonso Jáimez de Sotomayora la explanada del torreón principal, y tremolando el pendón de la caballería, dijo tres veces en voz clara e inteligible: .La Gran Canaria por los muy altos y poderosos Reyes Católicos don Fernando y dona Isa- bel, nuestros señores, Rey y Reina de Castilla y de Aragon.)) Al día siguiente se cantó una misa solemne que dijo el senor Obispo, y u n Tedéum que entonaron todos con ferviente júbilo. Desde entonces se consagró ese día como aniversario de la conquista, y se puso la isla bajo el patro- nato del santo mártir, san Pedro de Verona (6). Así concluyó esta memorable conquista, que si se tienen en cuenta los continuos asaltos e invasiones de Bethencourt, Maciot, Herrera, Silva y otros señores castellanos y portu- gueses, duró más de ochenta años, sin que en tan largo período pudieran éstos derrotar a los isleños, hasta la ba- talla de Guiniguada, ocurrida sesenta años después de la célebre derrota de Bethencourt sobre las playas de Arguineguín.
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    Indudablemente los canariosfueron una nación d e héroes. Notas ( 1 ) Aunque n o es fácil calcular con rigurosa exactitud el número d e soldados que en diferentes ocasiones vinieron d e España a la conquista d e la Gran Canaria, podemos aproximadamente hacer el siguiente cómputo, fundado en los datos que nos suministran los mismos historiadores. Jefes Infanteria Caballería. Rejón ................................. Algaba ............................... ............ Hernández Cabrón Peraza ................................ ......... Rejón (segunda vez) Vera ................................... ........ Peraza (segunda vez) Mujica ................................ Totales ...............................1.680 .............................192. D e este número podemos rebajar una tercera parte entre muertos, heridos o prisioneros en los combates d e los cinco años anteriores, quedando, después d e esta deducción, reducidos a mil hombres d e infantería y 150 d e caballería. Ahora, si a este número añadimos 500 o 600 canarios que acaudillaba don Fernando Guanarteme, tenemos el número que hemos indicado, m u y superior a las fuerzas con que Cortés dominó el imperio mejicano. (2) Iban también tres religiosos dominicos llamados fray Martín Cañas, fray Diego Villavicencioy fray Juan de Lebrija. Castillo, p. 137. (3)Castillo, p. 14 1.- Sosa, p. 104. (4) Era este hidalgo natural d e Plasencia e hijo d e Alonso Pérez Carvajal y d e Elvira Fernández Trejo, señor d e Grimaldo y d e la Corchuela. (5)Natural d e Toledo e hijo d e Alonso Pérez d e Guzmán, señor d e Latres y Alenvillete.- Castillo, p. 142. (6) El pendón que Alonso Jáimez tremoló e n la torre se conserva aún e n la Catedral y s e lleva e n procesión todos los
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    años a laiglesia d e Santo Domingo por el regidor decano del ayuntamiento. Este pendón, envuelto hoy e n una tela morada, era d e tafetán blanco con un san Juan Bautista bordado e n el centro.
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    Libro quinto. Las Palmas. Organizaciónmuncipal d e la isla.- Primer Ayun- tamiento.- Fuero y privilegios. - Repartimiento d e tie- rras y aguas.- Los indígenas después de la conquista.. Traslación d e la Catedral de Rubicón a Las Palmas.. Antecedentes.- Primer Cabildo.- Estatutos.- Constitu- ciones sinodales d e Muros.. Inquisición.- Tribunal d e la Santa Cruzada.- Conventos.- Su fundación e histo- ria.- Imágenes aparecidas.. Sublevación d e la Gomera.. Disensiones entre Veray el Obispo.. Maldonado y Fajardo.. " 7 Entradas en África.- Conquista d e La Palma y Tenerife.. E Organización municipal de ambas islas.-Descubrimiento 3 d e América.- Muerte del Adelantado.- Creación d e la - Audiencia.. Ordenanzas.- Visitadores.- Don Luis de la 0 m O Cueva.- Invasiones d e Drake y Van der Does.- Estado 4 del país al concluir el siglo XVL- Ciencias, artes, lite- ratura, industria, agricultura y comercio. n - Organización muncipal. - - El 29 d e abril d e 1483 fue día d e inmenso júbilo para n a todos los q u e e n el Real d e Las Palmas habían contribuido - O O a la conquista d e la Gran Canaria. Capitanes y soldados, auxiliares y aventureros, todos se manifestaban contentos del buen éxito d e la ultima campana, y s o n a b a n c o n los repartimientos de tierras y aguas q u e por s u s b u e n o s ser- vicios creían merecer. Hasta los mismos indígenas, q u e n o desconfiaban d e la palabra de s u Guanarteme, esperaban, cambiando d e religión y dueño, mejorar d e condición y fortuna. El primer cuidado de Pedro de Vera, después d e fenecida la conquista, fue enviar un mensajero a la Corte, q u e Ileva- se las nuevas d e e s t e feliz s u c e s o a los Reyes, y les supli- case, e n s u nombre y e n el d e los nobles caballeros q u e habían contribuido a la sumisión de los isleños, fuesen servidos
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    de recompensar su fidelidad y valor con una parte de las tierras que acababan de conquistar. Hallábanse los Reyes en la ciudad de Vitoria y fueles la noticia de mucha satisfacción. Entonces confirmaron la real cédula que ya con fecha de 4 de febrero de 1480 ha- bían expedido en Toledo, autorizando a Vera para el repar- timiento de tierras y aguas entre los conquistadores y po- bladores, según los servicios y cualidades de cada uno. Decía esta cédula literalmente así: ((Porcuanto habernos sido informados d e q u e al- gunos caballeros, escuderos é marineros é otras perso- nas ansi de las q u e están e n esa isla, como otras q u e agora van é fueren e n adelante quieren vivir é morar en ella: é porque la dicha isla mejor se pueda poblar é pueble é tenga las tales personas con que se poder sustentar é mantener, vos mandamos que repartades todos los éxidos é dehesas é heredamientos entre los caballeros é escu- deros é marineros é otras personas q u e en la dicha isla están é estovieren é e n ella quieran vivir é morar, dan- d o á cada uno aquellos q u e vieredes q u e segun su me- recimiento ó estado oviere d e menester))( 1 ). Pedro de Vera, obrando con arreglo a estas instruc- ciones, nombró primeramente u n Ayuntamiento compues- to de doce regidores, que tuviesen a su cargo el buen go- bierno y régimen de la isla. Las personas que merecieron el honor de ser norn- bradas para regir la naciente colonia fueron: Pedro García de Soto, Fernando de Prado, Diego de Zorita, Francisco de Torquemada, Francisco de Espinosa, Martín de Escalante, Alonso Jáimez de Sotomayor, Pedro de Burgos, Juan de Siverio, Juan Malfante, Juan de Mayorga y Diego Miguel. Fue escribano de Cabildo, Gonzalo de Burgos; escribano público y del crimen, Gonzalo Díaz de Valderas; fiel ejecu- tor, Juan de Penalosa; jurados, Rodrigo de la Fuente y el escribano Valderas: alguacil, Juan Mayor, por concesión real; y pregonero, Juan Francés (2). Hízose el repartimiento de tierras y aguas con gene- ral aplauso de los nuevos colonos, dividiéndolos para ello
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    el General en conquistadores, pobladores y naturales. A los primeros se les asignó e n d a t a s el precio d e los suel- dos q u e habían devengado durante la conquista (3), y los servicios particulares de cada uno, según el rango que ocupaba e n el ejército; a los segundos se les repartieron terrenos, c o n la expresa condición d e cultivarlos e n un breve plazo, y aclimatar aquellas plantas q u e pudieran s e r de utilidad a la futura riqueza agrícola de la isla; y a los terceros, n o inspirando todavía gran confianza s u reciente conversión, se les colocó casi e n la condición de esclavos, bajo la tute- la de los principales y m á s nobles conquistadores, c o n el pretexto d e instruirles e n la doctrina cristiana y enseñarles el cultivo d e la tierra, pero e n realidad para proporcionarse brazos q u e rompieran los terrenos, privándoles de t o d a m influencia e n los negocios de la colonia. E El rumor d e la nueva cruzada q u e los Reyes Católicos 3 levantaban contra los moros granadinos, impulsó a muchos caballeros a abandonar la dulce tranquilidad con q u e les - 0 m O brindaba s u nueva conquista, para correr tras mayores pe- 4 ligros, exponiendo s u s vidas y haciendas e n defensa d e s u patria y religión. Dejaron también la isla, por orden d e Vera, n las compañías d e la Santa Hermandad q u e habían venido c o n Mujica, restituyéndose a Sevilla a continuar e n el ejer- - m cicio de s u loable instituto, por lo cual se obtuvo q u e mu- O c h o s vecinos del condado de Niebla, Jeréz y Cádiz, vinie- s e n a poblar, concediéndoseles tierras, franquicias y privi- legios (4). n - De la isla d e la Madera y d e Andalucía se trajeron muchos O O árboles frutales, especialmente naranjos, q u e crecieron rápidamente; parras y c a ñ a s d e azúcar, q u e e n pocos a ñ o s dieron abundante fruto. El primer ingenio q u e h u b o e n el archipiélago fue el q u e Pedro d e Vera levantó a orillas del Guiniguada, e n te- rrenos q u e le correspondieron, junto al valle d e San Ro- que; hizo otro enseguida Alonso Jáimez de Sotomayor, al pie de la montaña de San Francisco al norte de la ciudad, y e n poco tiempo, generalizándose el cultivo d e la cana, fue- ron muchos los ingenios q u e e n Gáldar, Guía, Agaete, Telde y Tirajana se levantaron produciendo grandes cantidades d e azúcar.
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    Este producto, entoncesmuy buscado, dio mucha importancia al comercio de la isla; numerosos buques ve- nían de varios mercados extranjeros a comprar a buen precio las cosechas, con lo que la población y riqueza de Cana- rias se aumentaron rápidamente en pocos años (5). Habíanse dividido las tierras de regadío en pequeñas suertes, y las de secano, en grandes lotes, y se tuvo en cuenta dar mayores datas a los conquistadores que a los pobladores; y a los soldados de caballería m á s que a los peones, sin excluir de este beneficio a los principales indí- genas (6),aunque con las precauciones que ya hemos in- dicado. Este cultivo del azúcar y el de las viñas, que también principió a fomentarse, redujo tanto la cosecha de granos, que se prohibió por una real cédula su extracción (7). Vera, después de haber visitado la isla, hecho los repartimientos y nombrado regidores, determinó fundar la capital de la isla en el mismo sitio donde había sentado sus reales. N o fue casual esta elección, como tal vez pudiera creerse, sino que tuvo presente al hacerla la conveniencia de que estuviese junto a u n buen puerto, por donde pudiera po- nerse en comunicación con el resto del archipiélago y con la madre patria. El justo temor que entonces inspiraban los argelinos y berberiscos, obligó a muchos de los conquistadores a fundar las capitales de sus respectivas islas en sitios apar- tados del litoral: Teguise, Betancuria y La Laguna, son de esta verdad una prueba evidente; pero no observaron es- tos primitivos fundadores que esas poblaciones, separa- das del mar, no tenían porvenir en islas tan pequeñas como lo son las Canarias, y que, en un tiempo más o menos próximo, habían de perder su importancia y su rango de capitales. En efecto, la imperiosa necesidad del comercio, atrayendo a los vecinos hacia el litoral, y obligándoles a fundar otros pueblos, dio luego nacimiento a Arrecife, Puerto de Cabras y Santa Cruz, que ocuparon el rango señalado a Teguise, Betancuria y La Laguna.
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    De elogiar es,pues, el acierto c o n q u e Vera eligió el sitio d e la capital, despreciando los temores de u n a inva- sión, q u e con el reconocido valor de los nuevos canarios n o le inspiraba recelos. Impulsóle también, a d e m á s de la bondad del puerto, la salubridad del aire, lo a m e n o del valle, la abundacia de aguas, la proximidad d e buenas canteras para la fábrica de edificios, y la frondosidad del bosque d e lentiscos q u e cu- bría la meseta de Tafira hasta las Vegas, el cual proporcio- naría e n los veranos un sitio d e recreo a los moradores de la ciudad. Éstas y otras ventajas le decidieron por el Real d e Las Palmas, señalando a los m á s nobles conquistado- r e s los solares q u e habían d e ocupar s u s casas y huertas, y delineando las calles principales del barrio d e Vegueta, q u e " 7 fue el q u e primero se pobló. E Deseando luego ennoblecerla c o n los privilegios q u e 3 otros pueblos disfrutaban e n la Península, acudió el Gene- - O ral a los Reyes, q u e entonces se hallaban e n Salamanca, y m O a s u ruego expidieron é s t o s e n 20 de e n e r o d e 1 4 8 7 dos 4 reales cédulas, q u e debieron llenarle d e satisfacción y or- n gullo. Incorporaban por la primera a la Corona d e Castilla el reino d e las islas Afortunadas, del q u e la Gran Canaria e r a capital, y prometían y aseguraban a los vecinos y po- - n m bladores q u e e n ningún tiempo ni con pretexto alguno se- - ría enajenada ni separada la dicha isla, ni ciudad, villa, o lugar d e la misma, excepto lo q u e se había d a d o al Obispo para cámara de s u dignidad; y por la segunda manifesta- n ban que, para q u e mejor se poblase la isla, la hacían libre O O d e todo pecho, tributo o alcabala, durante los veinte a ñ o s primeros contados d e s d e la fecha d e la dicha real cédula (8). Algunos a ñ o s después, e n 2 0 d e diciembre d e 1494, fuele concedido a la Gran Canaria otra real cédula (9),e n la q u e se insertaban las ordenanzas q u e habían d e regir e n lo sucesivo a s u municipio. Autorizábase e n ella al Gobernador de la isla para formar Ayuntamientos e n los pueblos q u e tuviese por convenien- te (10) y q u e , mientras n o fuese otra la voluntad real, se observase el siguiente orden:
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    Ha de haber,decía, seis regidores, un síndico personero, un escribano d e Cabildo, tres alcaldes y un alguacil mayor. Para proceder a las elecciones s e reunirán los indicados ministros el primero d e noviembre en la iglesia mayor des- pués d e misa, y, prestando allí juramento sobre una hostia consagrada, los seis regidores echarán suertes, y los tres e n quienes recayere elegirán seis electores que sean per- sonas llanas, abonadas y de conciencia. Estos seis elec- tores, así nombrados, pondrán cada uno en doce cédulas los nombres d e las personas que quieran elegir para com- poner el nuevo Ayuntamiento. Las cédulas, en número de setenta y ocho, s e echarán en un cántaro, las cuales irá sacando un niño. Las tres primeras serán los nombres de los alcaldes; las seis siguientes, d e los regidores; la déci- ma, del procurador; la undécima, del alguacil, y la duodé- cima, del mayordomo; las cédulas restantes serán quema- das e n el acto. El escribano d e Cabildo extenderá estos nombramientos, que, firmados por todos los individuos del Cabildo, s e remitirán al Rey para su aprobación. El día primero d e enero s e volverán a reunir todos en el mismo sitio, y los elegidos prestarán juramento de ejer- cer bien y lealmente su empleo q u e durará dos años; la reelección no e s permitida, sino pasados cuatro. Por au- sencia o enfermedad del Gobernador, conocerán los alcal- d e s ordinarios d e los pleitos civiles y criminales. Ordenóse también que hubiese en la isla seis escri- banos públicos nombrados por la ciudad y confirmados por el Rey; siendo el del Cabildo d e nombramiento real y veci- no d e Las Palmas. S e fijaban tres días d e la semana para las sesiones del Ayuntamiento. Al síndico s e le concedía el derecho a oponerse a los acuerdos que fueren contra ordenanzas. El Ayuntamiento nombraba portero, carcelero, verdu- g o y d o s pregoneros; y s e le mandaba tuviese Casas d e Cabildo, reloj, hospital, carnicerías, mataderos, pendón con las armas del consejo, y libros d e acuerdos y reales provi- siones. Preveníase además que s e formaran ordenanzas so- bre el peso d e la harina, casa d e jabón, tabernas, meso-
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    nes, ventas, guardasd e montes, oficios d e menestrales y jornaleros, y q u e se remitieran a la Corte para su aproba- ción. El día d e Reyes e n cada un ano, los vecinos contribu- yentes s e habían d e reunir e n la iglesia al toque d e campa- na, y allí elegían, por mayoría d e votos, d o s procuradores del común, q u e asistiesen al Ayuntamiento, y examinaran y fiscalizasen los repartimientos y cuentas d e propios, y los acuerdos q u e e n pro o e n contra d e la comunidad se adoptasen, dando cuenta al Rey cuando lo creyesen con- veniente. Anularonse todos los cargos perpetuos o vitalicios q u e por merced s e hubiesen dado antes y después d e la con- quista; y finalmente se prescribía que los bienes raíces pasasen a las personas exentas y eclesiásticas con las mismas car- gas, pecherías y contribuciones que tuviesen, y que los pleitos, q u e sobre ello se movieran, fuesen fallados por jueces se- culares con pérdida del dominio ( 1 1 ). Véase aquí una constitución enteramente democráti- ca, y tan libre cual pudiera apetecerla hoy cualquier otro pueblo o colonia. Reconócese e n ella la potente vida del municipio q u e principiaba a ahogar al caduco feudalismo. Los Reyes, q u e deseaban acercarse al pueblo para destruir con s u s fuerzas reunidas el poderoso elemento d e la no- bleza, extendían sobre los países conquistados el benefi- cio d e s u sabia administración y d e su previsora política, descentralizando el poder y dejando a los pueblos e n li- bertad d e disponer y utilizar los varios elementos d e rique- za q u e pudieran encontrar e n s u s respectivos distritos. El cuerpo municipal venía a ser entonces el q u e re- presentaba los intereses generales d e la isla. La riqueza comunal o d e propios, diseminada e n cada población, per- tenecía sólo a s u Ayuntamiento principal, centro d e todo el sistema político, económico y gubernativo. En La Palma y Tenerife, luego q u e fueron conquista- das, se estableció con poca diferencia un sistema análogo d e gobierno, como tendremos a s u tiempo ocasión d e exa- minar.
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    Respecto a lasislas d e señorío, Lanzarote, Fuerteventura, Gomera y Hierro, se regían e n esta é p o c a por medio d e un alcalde ordinario y un Ayuntamiento, q u e nombraba el se- ñor territorial, y q u e residían e n la capital d e cada isla. En e s t o s Cabildos había también s u alférez y s u alguacil ma- yor. Un escribano desempeñaba el cargo d e secretario. Cuando la población se aumentó, nombráronse por el mismo se- ñor e n las nuevas villas y lugares alcaldes pedáneos d e limitada jurisdicción, sujetos al consejo d e la capital. Esto mismo sucedió e n la Gran Canaria: los pueblos d e Telde, Guía, Gáldar, Teror, Arucas, Moya, Tejeda y otros, tuvieron s u s alcaldes p e d á n e o s según se iban aumentando la necesidades d e la población. En Agüimes, c o m o villa d e señorío, h u b o d o s alcaldes d e s d e 1491 , u n o pedáneo, q u e nombraba el pueblo, sujeto a los magistrados d e la capi- tal, y otro q u e entendía e n lo gubernativo, nombrado por el Obispo d e la diócesis. El alcalde p e d á n e o d e la villa d e Guía, se intitulaba entonces alcalde mayor, aunque sin te- ner jurisdicción exenta. El Ayuntamiento d e la ciudad, c u a n d o algún c a s o im- portante lo requería, solía constituirse e n Cabildo general, llamando a s u s e n o las autoridades principales, los prela- d o s y dignidades d e los cleros regular y secular, las perso- n a s m á s notables del pueblo por s u nacimiento, riqueza o saber, y algunos diputados d e los municipios subalternos. La renta d e s u s propios consistía e n el estanco del jabón, el derecho del haber del peso, las tabernas, meso- n e s y mancebías (12), las p e n a s d e cámara y las aguas del heredamiento d e Tejeda. En efecto, por una real cédula d e 2 6 d e julio d e 1501 , los Reyes Católicos hicieron merced a la isla, para propios d e s u Ayuntamiento, del agua q u e nace e n la sierra d e Tejeda, permitiendo q u e se diese parte d e ella al vecino q u e qui- siera conducirla a s u costa a Las Palmas, con tanto, de- cían los Reyes, que no le podáis dar más de la mitad de toda el agua. En 1506 se concedió a la isla el e s c u d o d e a r m a s d e q u e debía usar. Este e s c u d o lo forman un castillo d e o r o e n c a m p o d e plata y un león d e gules, con d o s c a n e s a los
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    lados y unapalma e n medio, orlado t o d o con diez e s p a d a s e n cruz ( 13). En 1515 se expidió otra real cédula por la q u e se concedió a la misma ciudad el título d e noble, llamándola e n ella el Rey Carlos y s u madre d o ñ a J u a n a , la noble ciu- dad del Real de Las Palmas. En las provisiones anterio- res, sólo se le d a b a el título de villa ( 14). Vemos, pues, q u e d e s d e luego procuró el General Vera ennoblecer la población q u e había elegido para capital de la isla y del archipiélago, atrayendo a s u s e n o nuevos po- bladores, y fijando con b u e n a s concesiones a los nobles q u e le habían ayudado a vencer a los indígenas. Establecieronse muchos e n Las Palmas, y otros se fi- " 7 jaron e n Gáldar y e n Telde, d o n d e se multiplicaron e n gran E número los ingenios d e azúcar, que, c o m o ya h e m o s di- = cho, constituían entonces un ramo d e comercio extenso y - lucrativo. 0 m O Algunos mercaderes d e Génova y d e Malta vinieron 4 también, atraídos por la riqueza de la isla, a fijarse e n ella; n y d e e s t e modo, mejorándose el cultivo, talándose los bos- q u e s q u e n o ofrecían utilidad, canalizándose las aguas, y dándosele vida a la agricultura, al comercio y a la indus- - m 0 tria, se fue a u m e n t a n d o la población, y echándose los ver- - daderos cimientos a la prosperidad y engrandecimiento futuro d e la isla. n O O Notas ( 1 ) Esta real cédula existía e n el archivo del Ayuntamiento d e Las Palmas antes del incendio d e 1842, que consumió todos los preciosos manuscritos que allí s e custodiaban, excepto un libro d e privilegios que luego tendremos ocasión d e citar. Viera, que n o había leído esta cédula, la cita (t. 2. p. 104) siguiendo a Abreu Galindo, pero equivoca el año, pues asegura fue expedida en 1484. Zuaznavar, en su Kompendio de historia d e las Canariasl~, rectifica este error d e fecha, pero sin incluir el texto. Nosotros, que poseemos felizmente una copia, tenemos un verdadero placer en citarla textualmente, como el documento más antiguo e importante d e aquella época. (2)Abreu Galindo, p. 153.
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    (3) En unainformación que existe en el archivo parroquia1 de Telde se lee lo siguiente: ',Se pagaron en tierras de Telde a Joan de Alba, 25,562 maravedis que ovo de aver durante el tiempo que sirvió en la conquista.^^ Este documento lleva la fecha de 12 de septiembre de 1502. ( 4 ) Abreu Galindo, p. 152.- Véase en el apéndice que publicaremos al concluir la obra una lista de los apellidos que entonces había en la isla. (5) Sosa, p. 112. (6) Zuaznavar, p. 18. (7) Real cédula de 1489. (8) Libro de Privilegios, fol. 6, vuelto y 27. (9) Libro de Privilegios, fol. 1 al 6. (10) ',Otrosiordenamos et mandamos, que en cualquier lugarcs et villas que estoviesen subjetas á la jurisdiccion desa villa, ó encomendadas á vos el dicho nuestro Gobernador dclla, habida primeramente informacion de la calidad ó poblacion de cada lugar, et de lo que conviene para la buena gobernacion dél, fagais ordenanzas, cuales vieredes que conviene para cada Irrgar, ansi en el elegir de los Alcaldes et regidores et procuradores, e otl-os oficiales, como en las otras que tocan a la buena gobernacioli de las dichas villas et lugares...lJ Libro de Privilegios, del folio 1 " al 6". (1 1) Libro de Privilegios ya citado. (12) Por real cédula de 1503 dio el Rey para propios uri bodegón, dos tiendas y el lupanar que fue luego abolido en 1523. (13) Abreu Galindo, p. 155. (14) Abreu Galindo, p. 156. Los indígenas después de la conquista. Al dividir los terrenos de la isla, el General Pedro de Vera procuro olvidar a los canarios, creyendo privarles, con la propiedad territorial, de toda influencia en el país. N o era, sin embargo, tan fácil empresa obrar así con todos los isleños: algunos había que por sus eminentes servicios en favor de los conquistadores no podían ser excluidos sin notable injusticia: las solemnes promesas hechas a otros
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    e n diferentesocasiones eran tan evidentes, q u e el eludir- las podía traer funestas consecuencias. En estas circunstancias, considerando Vera y el nuevo Ayuntamiento q u e los canarios tenían un carácter inquieto y bullicioso, independiente y altivo, enemigo d e toda sujeción legal, y celoso d e los derechos y privilegios q u e aún creían conservar sobre las tierras conquistadas, determinaron darles datas improductivas y d e escasa importancia, esperando el momento oportuno d e alejarlos con varios pretextos de la isla. Esta conducta, preciso es confesarlo, n o era confor- m e ni a la razón ni a la justicia; e n efecto, todos los q u e se rindieron e n Ansite, y los q u e a n t e s y d e s p u é s vinieron voluntariamente al campamento, lo habían h e c h o bajo el m seguro d e la palabra del General, q u e solemnemente les E había prometido instruirles e n la religión cristiana y seña- - larles una porción de territorio d o n d e pudieran vivir c o n 3 comodidad e independencia. - O m O Ofrecíales Vera liberalmente el agua del bautismo, pero 4 los terrenos, si llegaba a darlos, eran, c o m o h e m o s dicho, pocos, malos o improductivos. n Corto fue el número d e los q u e pudieron conseguir q u e e n e s t e primer repartimiento se les asignara alguna data. El mismo d o n Fernando Guanarteme, a quien el ejér- cito debía la rendición de la isla, y cuya lealtad a los Re- yes, abnegación y desinterés merecían una brillante recom- pensa, sólo obtuvo el término de Guayedra, estériles ris- c o s junto a Agaete, d o n d e a p e n a s se puede apacentar un miserable rebaño. A la infanta Guayarmina sólo se le dio la c a s a q u e e n Gáldar era de s u familia, de m o d o q u e esta señora, a quien los canarios veneraban tanto c o m o heredera del trono de los Guanartemes, vivió modestamente con lo q u e s u espo- so Miguel d e Trejo Carvajal recibió c o m o conquistador ( 1 ) . En vano los naturales habían obtenido expresamente d e los Reyes Católicos q u e n o se les excluyese d e la divi- sión d e los terrenos (2); s u posición d e vencidos, s u igno- rancia d e los u s o s y costumbres europeas, la diferencia d e razas, el desprecio de los españoles, y la rapacidad d e los
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    jefes que estabanal frente de la colonia, prepararon a los isleños la triste suerte que luego les cupo, y que sólo algu- nos en Tenerife pudieron mejorar. Ignórase si estas causas de descontento, o el deseo de recobrar su perdida independencia, produjeron en 1484 una sublevación que hubiera podido traer funestas conse- cuencias para la colonia, si Vera no procurase ahogarla en su nacimiento. Debe suponerse, por las noticias que han llegado hasta nosotros, que esta insurrección fue sólo provocada por al- gunas partidas de isleños, que, no habiendo tomado parte en la capitulación de Ansite, se mantuvieron en las aspere- zas y altas sierras de la isla, bajando algunas veces al llano para atacar los caseríos, saquear los sembrados, y asesi- nar a los castellanos que lejos de las poblaciones podían sorprender. Cuando la noticia de esta sublevación llegó a Las Pal- mas, dos reverendos frailes que habían acompañado a Vera en la conquista de la isla, animados de santo celo por la conversión de estos infieles, solicitaron y obtuvieron licencia para salir a su encuentro, y exhortarles, con el crucifijo en la mano, a deponer las armas y someterse a sus nuevos Reyes. Llamábanse estos frailes fray Diego de las Cañas y fray Juan de Lebrija, los cuales, saliendo, como hemos di- cho, de Las Palmas, hallaron en el monte de lentiscos, que a una legua de la ciudad se extendía, una partida de insurrectos sobre los que principiaron a ejercer su santo ministerio, y a probar la influencia de sus piadosas exhortaciones. Pero aquellos bárbaros, exasperados por las últimas injusticias de Vera, despreciando sus consejos, y burlándose de sus palabras, los maniataron y, Ilevándolos a un desfiladero en cuyo fondo corría el Guiniguada, los despeñaron con furor, dándoles de este modo la corona del martirio. Desde entonces aquel sitio se conoce en el país con el nombre de Cuevas d e l o s frailes (3). Estas fueron, sin embargo, las últimas víctimas de la insurrección, porque don Fernando Guarnarteme, Planinidra, Aytami y otros nobles canarios, saliendo entonces de la
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    ciudad, consiguieron co n halagos, promesas y juiciosas reflexiones atraerlos a la vida civilizada, y hacerles adop- tar la religión q u e ellos mismos habían abrazado. Aunque ni por s u número, ni por s u s planes, ni por losjefes q u e acaudillaban estas partidas, podía sospecharse d e la fidelidad q u e habían jurado los principales isleños, n o por e s o se disminuyó la desconfianza d e Vera, y c o n varios pretextos les fue prohibiendo el uso d e ciertas ar- mas, hasta q u e consiguió trasladar a Sevilla todos aqué- llos q u e por s u s costumbres y carácter le parecían dignos d e e s t e castigo. A e s t o s deportados se les señaló por los Reyes el barrio d e Mijohar, para q u e e n él viviesen; pero posteriormente, habiéndose quejado de los agravios q u e recibían d e los vecinos d e aquella ciudad, que les toma- ban mugeres é hijos para servirse de ellos s o color de no ser cristianos, y aun siéndolo, de haber sido redu- cidos despues de presos y cautivos de buena guerra (4), los Reyes mandaron al alcalde mayor d e Sevilla los defendiese d e t o d o daño, l e s buscase a m o s a quien servir, castigándolos prudentemente, mientras no tuviesen doctrina y conocimiento de leyes y pena. Cuando se juzgó q u e estaban bastante civilizados, y q u e s u presencia n o alteraría la paz d e la colonia, les per- mitieron volver a la Gran Canaria, d o n d e s u s brazos eran sin d u d a m á s útiles q u e e n Sevilla (5);m a s esperábales también la esclavitud e n s u patria. En efecto, n o sólo ellos, sino todos los q u e por s u humilde condición pertenecían a la clase d e los achicaxnas o siervos continuaron d e s p u é s siéndolo d e los conquistadores; y a u n los niños, que, huér- fanos, había distribuido Vera para s e r instruidos e n la fe cristiana, quedaron e n s u mayor parte esclavos d e s u s pro- tectores. Triste había de ser la condición d e los indígenas, cuando v e m o s q u e Alonso de Lugo obtuvo c o n facilidad q u e los principales abandonasen s u patria y le siguiesen a la con- quista de La Palma y Tenerife, contándose e n e s t e n ú m e r o a d o n F e r n a n d o G u a n a r t e m e , Maninidra, Adargoma y Bentaguaire (6).Las datas q u e allí adquirieron fueron, sin embargo, de alguna consideración, supuesto q u e se esta- blecieron e n aquellas islas, y contribuyeron a extinguir la
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    raza guanchinesca, co m o Vera se esforzaba e n concluir la suya. Don F e r n a n d o Ciuanarteme fijó s u domicilio e n Buenavista, pueblo de Tenerife, d o n d e casó con María Viz- caína, y allí murió a los setenta a n o s d e e d a d (7), pobre y olvidado d e canarios y conquistadores. Un sobrino, d e s u mismo nombre y apellido, vivió también e n Tenerife, y murió e n 1533, con sospechas de que le dieron con que morir (8).Éste es el mismo que, e n escri- tura de 6 de septiembre de 1532, ofrecía diez doblas a J u a n de Contreras, q u e iba a la Corte, porque le trajese confirmado un privilegio de hidalguía (9). El valiente Maninidra consta q u e murió con las a r m a s e n la mano, e n una d e las peligrosas entradas q u e e n la costa de Africa dirigía el Adelantado, dejando hijos, q u e luego se ilustraron e n América. Estos y otros canarios, avecindados e n Tenerife, expo- nían al Rey, e n poder otorgado e n La Laguna e n 1 5 1 4 a favor de Miguel González y J u a n Cabello, s u s compatriotas, los eminentes servicios q u e habían prestado a la Corona d e Castilla, s u cristiandad, fidelidad y nobleza, y que, aunque indígenas, eran muy superiores a los guanches, palmeses y gomeros, por lo q u e solicitaban la merced d e que nadie pudiese obligarles a abandonar s u patria, c o m o d e continuo se in- tentaba, pues de ello, decían, redunda el que se despue- blen estas islas, cuando lejos de sacar los vecinos, an- tes se debian traer otros para su poblacion. De lo q u e llevamos dicho se d e d u c e q u e si bien los canarios fueron, e n cierto modo, considerados y respeta- d o s d e los conquistadores, y obtuvieron mejor suerte q u e la q u e c u p o a los d e m á s isleños, no estuvieron, sin embar- go, libres d e sentir alguna vez el yugo q u e siempre pesa s o b r e las razas vencidas. Aun aquellos q u e habían q u e d a d o e n la Gran Cana- ria, y que injustamente habían sido esclavizados por la ambición y malicia d e los primeros pobladores, habiendo acudido e n queja a la Corte, consiguieron q u e se expidiese una real cédula ( l o ) , dirigida al Gobernador Lope d e Sosa, e n la
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    q u ese le m a n d a b a pusiese e n libertad a los que, s i e n d o libres, estuviesen esclavos ( 1 1 ) . Pero, ¿llegó a repararse esta injusticia? ¿Mejoró aquella orden la condición de los canarios? Mucho lo dudamos. Lo q u e sí p o d e m o s asegurar es q u e , e n el transcurso del siglo XVI, la mayor parte de los indígenas y s u s hijos se fueron paulatinamente emancipando, contribuyendo a e s t e resultado la introducción d e escla- vos negros y bereberes traídos de las costas d e África, com- prados o hechos prisioneros e n las invasiones q u e c o n e s t e objeto se organizaban e n Las Palmas, y para lo cual se había obtenido una real cédula ( 12). N o n o s admire, pues, la noticia d e q u e ya e n 1 6 7 7 " 7 hubiese e n la isla 6 . 4 6 8 negros y mulatos entre libres y E esclavos ( 1S ) , raza desgraciada q u e n o se confundía e n - 3 tonces c o n los europeos ni con los indígenas, porque és- t o s y s u s descendientes, ya ennoblecidos, aspiraban aliar- - 0 m se a las familias castellanas, c o n las cuales llegaron con el O 4 tiempo a confundirse. n Notas ( 1 ) Sosa, p. 106. - m O (2)Zuaznavar, p. 13. (3)Castillo, p. 142. ( 4 ) Real cédula d e 30 d e agosto d e 1485, citada ya anteriormente. n O (5)Bernáldez, Historia d e los Reyes Católicos, cap. 63. O (6) Viana, canto X I , p. 239. (7)(<Otorgó testamento en 12 d e agosto d e 1512 ante Antón Vallejo. Pensaba volver a España, pero enfermó y murió pobre. Está sepultado e n la ermita d e San Cristóbal d e La Laguna)) (Informaciónde su hija doria Margarita en 1526).Viera, t. 3. prólogo. (8)Sosa, p. 107.- Nosotros nos inclinamos a creer que Sosa s e refiere al tío y n o al sobrino, a pesar d e la respetable opinión d e Viera. (9) Viera, t. 3, prólogo. (10)En 1 5 1 1. ( 1 1 ) Viera, t. 3, prólogo.
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    (12) En 1505.Esta cédula existía en el archivo municipal d e Las Palmas. (13) Sosa, p. 2 0 . La Catedral. Cuando Juan de Bethencourt, después de conquistar las cuatro islas de Lanzarote, Fuerteventura, Hierro y Goinera, salió de las Canarias para regresar por tercera vez a Pran- cia, poseído de ese celo religoso que animaba entonces en sus guerreras empresas a todo noble caballero, se diri- gid a Valladolid, donde a la sazón residía Enrique 111 de Castilla,y le suplicó humildemente escribiese al Papa lnocencio VII, para que éste se dignara dotar a las islas de u n Obis- po, que, con sus santas exhortaciones, contribuyese a la enseñanza y conversión de los infieles. Tan piadosa pretensión fue muy bien recibida del monarca castellano, que inmediatamente escribió al Papa, presentándole para este obispado a fray Martín de las Ca- sas ( l ) , deudo de Bethencourt, natural de Sevilla y ecle- siástico que, a sus virtudes y saber, añadía algún conoci- miento de la lengua isleña. lnocencio recibió a Bethencourt con la distinción que merecían sus heroicos hechos, y, después de haberse in- formado extensamente de la conquista de las islas, de las costumbres de sus habitantes, de sus errores y supersti- ciones, y de los recursos del país, mandó que se expidie- sen la bulas del nuevo obispado, erigiéndole bajo el título de San Marcial de Rubicón. Y a por este tiempo el antipapa Benedicto XlIl había expedido otra bula ( 2 ) ,en la que elevaba al rango de ciu- dad el castillo de Rubicón, y su iglesia, a la categoría de Catedral, nombrando por obispo a fray Alonso de Barrameda, religioso de San Franciso; pero este prelado, que tal vez desconfiaba de la legalidad de su nombramiento, jamás pasó a su diócesis, ocupada luego, como hemos dicho, por fray Martín de las Casas.
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    En efecto, estedeudo d e Bethencourt, después d e visitar al Rey d e Castilla, y d e arreglar lo q u e le pareció conveniente para el mejor servicio d e s u iglesia, s e trasla- d ó a las islas, aportando felizmente a Fuerteventura, q u e e n aquella época visitaba Maciot. La pequeña iglesia d e Santa María d e Betancuria fue la primera e n q u e el Obispo dio principio a s u s funciones pastorales, pasando ensegui- da a Lanzarote, donde consagró la d e San Marcial d e Rubicón, designada como Catedral d e la diócesis. Después d e un pontificado pacífico y laborioso, mu- rió e n las islas e n 1 410, cuando aún vivía fray Alonso d e Barrameda. Entonces, el mismo antipapa Benedicto, pro- movió a éste al obispado libaniense, y nombró para suce- derle e n Lanzarote a fray Mendo d e Viedma. Cuando esto " 7 tenía lugar, Castilla s e había ya sustraído a la obediencia E del dicho antipapa, y reconocía a Martino V; por lo que, 3 perdiendo los lanzaroteños toda esperanza d e ver a su Obispo - e n San Marcial, consiguieron q u e se les nombrara por co- 0 m O adjutor o administrador apostólico a Juan Le Verrier, cape- 4 Ilán, historiador y compañero d e Bethencourt, y Deán q u e era d e Rubicón (3).Reconciliado luego fray Mendo con el n Pontífice, vino al fin a su iglesia, donde sostuvo renidas disputas con Maciot, que, sin respetar los derechos d e s u s - m vasallos, los tiranizaba a s u capricho. Estas funestas dis- O cordias continuaron hasta 1 4 31, a ñ o d e s u muerte, verifi- cándose durante s u pontificado la erección d e un nuevo obispado e n Fuerteventura (4), q u e nunca llegó a realizar- a se, pero q u e Maciot solicitó e n Roma, sólo por vengarse d e n O este celoso prelado. O Fue su sucesor fray Fernando Calvetos, a quien el Papa Eugenio IV expidió las bulas ( 5 ) ,y que no s e mostró me- nos celoso d e las prerrogativas d e s u dignidad, ni menos amante d e s u rebaño. Desde su llegada a Lanzarote lanzó un decreto por el cual prohibió bajo las más severas penas q u e fuesen vendidos los canarios, antes ni después d e s u bautismo, decreto q u e destruía por s u base el lucrativo comercio q u e Maciot sostenía con s u s continuas entradas e n Canaria, Palma y Tenerife. Sin embargo, n o creyendo suficientes estas censuras eclesiásticas para contener la rapacidad d e los magnates lanzaroteños, que s e ocupaban
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    de este odiosotráfico, pagando derechos de aduanas y señorío igualmente que de los cueros de las cabras, de la orchilla y el sebo, (6) obtuvo una bula del mismo Eugenio IV (7), prohibiendo el mal tratamiento y cautiverio de los isleños, y en la que el Papa destinaba cierta canti- dad de dinero para rescate de estos desgraciados. A suplica de este mismo prelado, se expidió también otra bula por la que se le concedía la facultad de poder trasladar a la Gran Canaria la Catedral de Rubicón, en fuer- za de la cual, cincuenta años más tarde, se verificó este memorable acontecimiento (8). Por su muerte, ocurrida en 1436, le sucedió fray Fran- cisco, confesor del Príncipe de Asturias, don Enrique (9), de cuya administración sólo se conserva u n triste recuerdo en una bula de Eugenio IV, documento que denuncia los graves cargos que se habían dirigido contra este prelado, y en el que se nombra u n cardenal que examine su conduc- ta, y lo castigue si resultare culpable. Ignórase el resultado de esta pesquisa; sólo se sabe que ya en 1450, cuando Juan lñiguez de Atabe secuestra- ba la isla de Lanzarote, le había sucedido don Juan Cid, racionero que fue de la metropolitana de Sevilla. De éste y de su sucesor, don Roberto, cuyo apellido se ha escapado a las indagaciones de nuestros anticuarios, nada se refiere digno de especial mención, sino que el pri- mero estuvo diez años en Lanzarote, ejerciendo su santo ministerio, y el segundo no pasó a su iglesia. Llegamos ya a don Diego de Illescas, celoso y activo prelado, que acompañó al infatigable Herrera en SLIS n u - merosas y desgraciadas excursiones por las islas no con- quistadas. Viósele en Gando, en Guiniguada, en Añaza, ya administrando el bautismo a los neófitos, ya predicando a los isleños, y atrayéndolos al seno de la iglesia. Su incan- sable celo fue premiado por Pío 11, que le dirigió en octu- bre de 1462 una bula laudatoria, en la que, haciendo justi- cia a sus relevantes virtudes, le confirmaba los privilegios concedidos a sus antecesores, y otorgaba nuevas indulgencias a la Catedral e iglesias principales de la diócesis.
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    Retiróse a Españae s t e prelado con una pensión so- bre la mitra q u e le concedió e n recompensa d e s u s tareas apostólicas el papa Paulo 11 ( l o ) , y sucedióle don fray Mar- tín d e Rojas, q u e n o llegó a trasladarse a s u iglesia. A é s t e siguieron d o n fray J u a n d e Salazar y d o n fray Tomás Serra- no, de cuya administración a p e n a s se conservan recuer- dos. S á b e s e solamente de cierto q u e ya e n el a ñ o d e 1 4 7 9 estaba vacante la mitra, y se proveía e n don J u a n d e Frías, canónigo de Sevilla, cuyo mérito y valor se demostraron suficientemente e n los varios s u c e s o s q u e tuvieron lugar durante la conquista d e la Gran Canaria. Terminada ésta, según h e m o s visto, y d e s e a n d o el Obispo y Vera trasladar a la nueva villa d e Las Palmas la Catedral d e San Marcial d e Rubicón, c o n arreglo a lo orde- " 7 n a d o por el Papa Eugenio IV, se dirigieron a los Reyes Ca- E tólicos, quienes, instruidos de q u e la dicha Catedral d e San 3 Marcial se hallaba situada e n una isla d e señorío, sin fon- dos, magnificencia, ni regularidad (1 1), escribieron al - 0 m O Papa lnocencio V111, para q u e autorizase con un breve la 4 indicada traslación. - Obtenida sin dificultad esta licencia, se celebró e n Sevilla un cabildo ( 1 2), al q u e asistieron por aquella igle- sia metropolitana d o s diputados, q u e lo fueron d o n J u a n d e Ayllón, Deán y a b a d d e Valladolid, y d o n lñigo Manrique, tesorero y provisor; y por la Catedral de Canaria, s u obispo don J u a n de Frías; d o n Pedro d e la Fuente, arcediano; d o n Fernando Rodríguez d e Medina, tesorero; Pedro Valdés, bachiller e n decretos; J u a n d e Millares y Fernando Alvarez, canónigos, q u i e n e s a c o r d a r o n p a r a la n u e v a Catedral sufragánea los siguiente estatutos: (1 1O . El número de las Prebendas será d e treinta y dos; a saber, seis dignidades, deán, arcediano, chantre, tesore- ro, maestre-escuela y prior ( 13); diez y o c h o canonicatos; y d o c e racioneros q u e se dividirán entre sí las seis preben- d a s restantes. l1 ((2". Las vacantes e n los m e s e s ordinarios, se han de proveer simultáneamente entre el Prelado con s u Cabiido, salvo e n las dignidades, q u e pertenecerán sólo al Prelado, excepto el deanazgo, q u e ha de s e r presentado por el Ca- bildo, y elegido por el Papa.))
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    ~ 3 ". El Cabildo será administrador d e la fábrica.>) <(4".Tendrá s u hacedor d e las rentas d e diezmos, pertiguero y repartidor.)) ((5".Tendrá también facultades para componer ami- gablemente las diferencias entre s u s individuos.)) (16".S e niega al Prelado el derecho d e imponer penas al Cabildo.11 117". El valor d e los diezmos se habrá d e dividir e n tres partes, una para el Prelado, otra para el Cabildo, y la tercera subdividida e n otras tres, para la fábrica d e la cate- dral, parroquias y curas.)) (18". El cabildo elegirá los curas d e s u parroquia, q u e percibirán las primicias y o b v e n c i o n e s . ~ ~ 119".S e establecen varias reglas s o b r e el juramento d e servandi statutis, y distribuciones d e la masa capitu- lar.1) (( 10". S e arreglan los tiempos e n q u e s e han d e ganar las horas. 1) 11 1 1O . S e m a n d a q u e c u a n d o el Prelado asista a dichas horas, ha d e ganar por d o s prebendas.)) 1< 12". Concédense cuatro días d e licencia e n cada mes, con facultad d e poderlos reunir.)) ií 13". Se previene q u e los comensales del obispo ga nen, c u a n d o le a c o m p a ñ e n e n la visita.^^ Estos fueron los capítulos primordiales q u e juraron observar por sí y s u s sucesores, el Obispo y Cabildo d e Canaria, reunidos, c o m o h e m o s dicho, e n Sevilla. Verificóse la traslación d e la iglesia d o s a ñ o s después, celebrándose s u solemne dedicación e n la pequeña igle- sia, q u e es hoy ermita d e San Antonio Abad, a 20 d e no- viembre d e 1485. S e ignora si don J u a n d e Frías asistió a esta ceremonia; sólo se s a b e q u e murió e n el mismo año, porque ya e n el siguiente le sucedía don fray Miguel d e la Cerda, cuyas bulas le expidió el Papa lnocencio Vlll a 29 d e marzo d e 1486.
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    Desde esta épocase fijó e n la Gran Canaria la resi- dencia d e los Obispos, adquiriendo e n ella el señorío d e la villa d e Agüimes para su cámara pontificia, con la juriscicción temporal y dominio directo, derecho q u e se perpetuó, a pesar d e la oposición d e los vecinos d e aquella villa, hasta la extinción d e estos privilegios. Poco después se señaló sitio para abrir los cimientos d e una hermosa Catedral, y s e delineó la plaza q u e había d e llamarse d e Santa Ana, cuyas obras se encargaron a un diestro arquitecto, llamado Diego Alonso Motaude, q u e expresamente se hizo venir d e Sevilla por el Cabildo, ga- nando sesenta doblas d e salario. Éste, pues, levantó el tra- zado y dio principio al templo, e n la forma q u e luego ten- dremos ocasión d e examinar. " 7 E Notas 3 ( 1 ) Bontiery Leverrier e n s u historia le llaman Alberto: otros - O le dicen don Alvaro. En Roma le conocían con el nombre d e Martín m O Frater Martinus de Domibus. Viera, t. 4", p. 3 1 . Sábese que al 4 erigirse las islas e n principado para don Luis de la Cerda, s e nombró n también un Obispo, llamado fray Bernardo, del cual s e conserva un diploma e n la abadía d e Melck, e n Austria, fechado a 8 d e mayo d e 1353. N o vino a las Canarias. - m (2)En Marsella a 7 d e julio d e 1404. O (3)Esta bula, dada e n Florencia, lleva la fecha d e 2 7 d e enero d e 14 19. (4) Esta curiosa bula, dada e n Roma por Martino V a 20 d e noviembre de 1424, erige a Santa María d e Betancuria e n Catedral, n 0 y, separándola d e Lanzarote, le asigna c o m o diócesis las islas d e O Gran Canaria, Infierno, Gomera, Hierro y Palma. N o s e llegó a nombrar Obispo. (5)Roma, octubre 1 " d e 14.31. (6) Viera, t. 4. p. 45. (7)Octubre 25 d e 1434. (8) Véase esta bula e n el apéndice. (9)Expidiéronsele las bulas a 26 d e septiembre d e 1436. ( 10) Marzo 1 7 d e 1468. ( 1 1 ) Viera, t. 2. p. 106. ( 12) A 22 d e mayo d e 1483.
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    ( 13) Luegos e añadieron otras dos, que fueron, arcediano d e Fuerteventura y arcediano d e Tenerife,porque plegue á Dios de la dar á los cristianos. Viera t. 4, p. 2 18. IV. Swblevacion de la Gomera. Y a en 1485 había muerto Diego García de Herrera ( 1 ), señor de las cuatro islas de Lanzarote, Fuerteventura, Gomera y Hierro, dejando cinco hijos, llamados Pedro García de Herrera, Fernán Peraza, Sancho de Herrera, María de Ayala, mujer de Diego de Silva, conde de Portalegre, y Constanza Sarmiento, casada con Pedro Fernández de Saavedra, hijo del mariscal de Zahara. De éstos, el primogénito, Pedro García de Herrera, quedó desheredado a causa de su distraimiento; el segundo, Sancho de Herrera, obtuvo cin- co partes de doce sobre la renta y jurisdicción de las dos islas de Lanzarote y Fuerteventura, con las cuatro peque- ñas de Alegranza, Graciosa, Lobos y Santa Clara; a doña María de Ayala le correspondieron otras cuatro partes, y las tres restantes, a doña Constanza Sarmiento. Fernán Peraza, que era el hijo predilecto, heredó, por mejora de su madre doña Inés, las islas de la Gomera y Hierro, siendo éste el que había casado, como hemos dicho, con doña Beatriz de Bobadilla, hermana de la célebre marquesa de Moya. Nunca los gomeros habían manifestado mucho cari- ño a sus señores, ni éstos por su parte les habían dado grandes pruebas de afecto. Hernán Peraza, joven, altivo y orgulloso, luego que por la muerte de su padre se vio due- ño absoluto de las vidas y haciendas de sus vasallos, se acabó de enajenar con sus desafuerosel débil sentimiento de respeto que aun mantenían a aquéllos en la obedien- cia, y fue causa de que, sublevándose u n día, lo obligaran a encerrarse en una torre o castillo, que para su defensa había construido, y en el cual se vio estrechatnente blo- queado.
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    Su madre, donaInés, al saberlo e n Lanzarote, dio aviso a Pedro de Vera d e s u peligrosa situación, y le suplicó la ayudase a socorrerlo con las tropas q u e pudiera reunir e n la Gran Canaria, para cuyo transporte le enviaba d o s cara- belas. Vera, q u e disfrutaba e n s u conquista d e u n a paz octaviana, y cuyo ánimo inquieto buscaba siempre ocasio- n e s d e ejercitar s u actividad, aprovechó la q u e e n t o n c e s se le presentaba, y, reuniendo algunos soldados veteranos, se trasladó c o n ellos a la Gomera. A s u vista, los gomeros levantaron apresuradamente el cerco de la torre, y se refugiaron a las alturas d e la isla, d o n d e el implacable General los persiguió, aprisionando a m unos, y d a n d o a otros cruda muerte. Por fin, d e s p u é s de E esparcir el terror entre aquellos desgraciados, creyendo de e s t a manera someterlos, se restituyó a Canaria c o n dos- = cientos esclavos, entre hombres, mujeres y niños, salario - O q u e tal vez exigió a Peraza por los gastos de la expedición. m O : : Sólo entonces callaron los gomeros, pero jurando antes vengarse. n En efecto, algunos m e s e s después, una nueva insu- rrección, m á s violenta q u e la primera, llamó otra vez a Vera a aquella isla c o n s u s tercios canarios. Veamos lo q u e allí sucedía. Hernán Peraza, suponiendo a s u s vasallos someti- d o s ya completamente, juzgó q u e le e r a lícito entregarse sin freno a s u s pasiones. Hallabase por aquel tiempo ena- morado d e una isleña, q u e vivía e n u n a s cuevas del térmi- n o d e Guahedum, y, sin sospechar el estado del país, n o titubeó e n ir a visitarla, a c o m p a n a d o sólo d e un paje y un escudero. S u s rebeldes súbditos, q u e acechaban una ocasión propicia d e vengar s u s antiguos agravios, tuvieron conoci- miento de esta cita, y, animados por Pablo Hupalupu, an- ciano d e grande influjo entre ellos, y por el joven Pedro Hautacuperche, d e u d o de la islena, urdieron una atrevida conspiración, q u e debía estallar el día primero e n q u e Peraza volviese a Guahedum.
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    Este día nose hizo esperar: Hernán, escoltado sólo de las dos personas que hemos dicho, se presentó en las cuevas de Guahedum, con el pretexto de ir a sembrar uno de sus cortijos, porque eran ya los Últimos días de noviem- bre, pero animado únicamente del deseo de ver a la isle- ña. Esperábale ya Iballa, que así se llamaba ella, en aquel sitio, y entonces, mandando retirar a sus criados, entró en una de las cuevas, habitación de la joven, donde se encon- tró con una vieja, que se hallaba instruida de la conspira- ción, y que habían colocado allí de espía. Al poco rato, oyéronse los pasos precipitados de muchas personas que se acercaban, y sospechando la joven lo que aquello pu- diera ser, se acercó a la entrada de la cueva, desde cuyo sitio reconoció con espanto a sus paisanos, y exclamó, volviendo al lado de Peraza: - Huye. señor, que te vienen mis parientes a prender: toma al punto mis vestidos y sal disfrazado para que no te conozcan. Creyendo prudente el consejo en aquellas circunstancias, y suponiendo que sus vasallos no se contentarían con pren- derlo, se vistió deprisa la saya, y se acercó a la puerta con intención de escapar; pero en aquel momento la astuta vieja, dando grandes voces, dijo: - Prendedle, que es ese... ese que sale disfrazado de mujer. Al verse descubierto, el noble caballero volvió a la cueva, arrojó con desprecio la saya y tocas, vistióse la co- raza, y, embrazando la espada y adarga, salió furioso al encuentro de sus enemigos. En este momento, Hautacuperche, que se había si- tuado en la parte superior de la cueva, sin darle lugar a que avanzase, le lanzó u n dardo que, hiriéndole en la ca- beza, le derribó muerto en tierra. También los dos criados murieron en el mismo sitio defendiéndole, sin que se cal- mase el furor de los amotinados. Después de esta fácil victoria, se refugiaron los gomeros a los montes, en donde, habiéndose concertado, determi- naron bajar al llano, y atacar el castillo o fortaleza que ser- vía de asilo a doña Beatriz de Bobadilla. Esta señora, al saber la desgracia de su esposo, se había encerrado en efecto en aquella casa-fuerte con sus
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    hijos y servidoresm á s leales, entre los q u e se distinguían Sebastián d e Ocampo Coronado, Alonso d e Ocampo, y Antonio d e la Peña, y dio aviso inmediatamente a Pedro d e Vera del peligro e n q u e se hallaba. Entretanto, los gomeros rebeldes, acaudillados por Hautacuperche, cercaron al punto la fortaleza, y empren- dieron con furor el asalto, a pesar de la desesperada resis- tencia q u e oponían los sitiados. En u n o de e s t o s encuentros, c o m o observase Alonso d e Ocampo q u e Hautacuperche e r a el jefe m á s audaz de los amotinados, suponiendo q u e s u muerte sería para és- t o s una pérdida irreparable, dispuso q u e Antonio de la Peña se situase e n lo m á s alto d e la explanada, y, desde allí, m amenazase al isleño con el tiro d e una ballesta, mientras E él, por una tronera baja, se aprovechaba d e s u descuido. Engañado Hautacuperche por aquel falso ataque, fijó sólo 3 s u atención e n la explanada, sin que, por e s t a causa, pu- - O m diese evitar el pasador, q u e Ocampo con destreza le lanza- O ra, hiriéndole mortalmente e n el costado izquierdo. 4 Esta muerte inesperada fue la señal d e levantar el si- n tio los gomeros y retirarse a las alturas, temiendo ya el castigo d e s u imprudencia. - m " - Y a e r a tiempo, porque el General Pedro d e Vera, des- - p u é s de confiar el gobierno d e la Gran Canaria al capitán Gonzalo d e Jaraquemada, desembarcaba e n las playas d e la Gomera con cuatrocientos hombres aguerridos, y se di- - rigía s o b r e la torre, d o n d e a ú n estaba encerrada d o ñ a Bea- O O triz. Apoyados e n tan poderoso refuerzo, los servidores d e esta señora se atrevieron al fin a salir, y, d e acuerdo todos, se determinó publicar un bando, por el cual se mandaba, que, e n un día señalado, se hallasen todos los gomeros e n la iglesia parroquia1 d e la villa, para celebrar las exequias d e s u difunto señor, considerándose culpables los q u e d e - jaran de asistir a ellas. Para evitar esta sospecha, y n o pudiendo suponer q u e Vera les preparase una celada, acudieron casi t o d o s los vecinos d e la isla, inocentes e n s u mayor parte d e los s u -
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    cesos pasados, alpiadoso llamamiento que se les hacía. Pero, según iban entrando en la iglesia, sin distinción de edad, clase, ni sexo, eran maniatados por los españoles, y encerrados en lugar seguro. Quedaban todavía algunos, los verdaderos culpables, en las alturas de Garagonohe, que, no fiándose de la palabra de Vera, se habían hecho fuertes en aquel sitio; a éstos consiguió al fin engañar el astuto Gobernador, prodigándoles mil promesas de paz, perdón y olvido, hasta que pudo obtener que depusiesen las armas, y se le entregaran todos sin desconfianza. Entonces, arrancándose Vera la máscara que oculta- ba sus proyectos de venganza, condenó a muerte a todos los vecinos del distrito de Agana de quince anos arriba, sin excepción alguna. Esta sentencia, de inaudita feroci- dad, se ejecutó ahorcando a unos, arrastrando y empalando a otros, cortando a algunos los pies y las manos, y arro- jando a otros al mar con grandes piedras al cuello o ata- dos de dos en dos. Se asegura que, sólo por diversión, u n capitán llamado Alonso de Cota arrojó al agua a algunos de estos infelices, que llevaba desterrados a Lanzarote. Después de tan horrible carnicería, Vera, quc había obrado de este modo no sólo por vengar la muerte de Peraza, sino por salvar su propia vida, volvió a Canaria con ánimo de continuar la matanza en los doscientos gomeros que estaban en ella reclusos desde la anterior revolución, por- que había averiguado, por confesión de algunos de los reos, que se tramaba una conspiración en Las Palmas para ase- sinarle con los principales caudillos españoles. Sin más informes ni proceso, mandó en una noche prender a todos los gomeros, y sentenció a la horca a los varones mayores de edad, enviando a Europa a las muje- res y niños para ser vendidos en público mercado ( 2 ) . La repetición de estas sangrientas escenas, en las que morían tantos inocentes, conmovió a todos los que aún conservaban sentimientos humanitarios, y especial- mente a don fray Miguel de la Cerda, obispo que entonces ocupaba la sede de Canarias, prelado virtuoso y recto, que no podía olvidar que aquellos infelices eran también cris- tianos, y así, poseído de santo celo, se acercó al Cioberna- dor, y le reprendió su injusta crueldad.
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    Entonces es famaq u e Pedro de Vera, indignado de q u e hubiese quien levantara la voz contra s u s tiránicos actos, le respondió e s t a s injuriosas palabras: ((Muchoo s deman- dáis contra mí: callad, obispo, que o s haré poner un casco ardiendo sobre la corona, si mucho habláis.))(3). El virtuoso prelado, conociendo q u e serían infructuo- sas todas s u s observaciones, y justamente ofendido del insulto q u e se hacía a s u persona y a s u alta dignidad, se e m b a r c ó inmediatamente para España, y se presentó e n queja a los Reyes, dándoles cuenta d e todo lo sucedido, y pidiéndoles protección y a m p a r o e n favor d e aquellas des- graciadas víctimas. Los Reyes le oyeron con bondad, e informados de la m verdad d e los hechos, declararon por libres a los gomeros E esclavos, haciendo publicar edictos e n todos los pueblos d o n d e habían sido vendidos, y expidiendo una requisitoria 3 para q u e Pedro d e Vera se presentara sin dilación e n la - e Corte, dejando el cargo de Gobernador de Canaria a Fran- m O cisco de Maldonado, q u e llegó a Las Palmas e n diciembre 4 d e 1489. - Sin embargo, sábese q u e Vera fue absuelto libremen- t e de todos s u s cargos, y que, d e s p u é s d e haber servido = c o n distinción e n la guerra d e Granada, murió e n Jerez, m O honrado d e s u s Reyes, y respetado d e s u s contemporáneos, siendo sepultado e n el convento d e Santo Domingo d e aquella ciudad. E En cuanto al digno Obispo, fray Miguel d e la Cerda, O O se s u p o n e q u e murió e n España por los a ñ o s de 1488, q u e d a n d o sin prelado la diócesis hasta 1 4 9 6 e n q u e fue nombrado don Diego d e Muros (4). Notas ( 1 ) Está sepultado e n el convento d e San Francisco d e Betancuria q u e había h e c h o él m i s m o construir. Murió e n Fuerteventura a los 70 años, a 22 d e junio d e 1485. Gonzalo Argote d e Molina puso una pomposa inscripción e n su sepulcro el año d e 1591. (2) <<Entre los isleños que mandó ajusticiar Pedro d e Vera, e s célebre un Pedro Agachiche, d e quien s e refiere, que, habiendo
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    caído de lahorca con el verdugo, dispuso el Gobernadorle arrojasen al mar con un peso al cuello; que por dos veces trabajaron e n sumergirle, y q u e e n una y otra salió ileso, diciendo: Que él era del numero de los inocentes, y que por intercesion de Sta. Catalina Mártir le había Dios libertado.^^ Viera, t. 2. p. 134.- Castillo, p. 152. (3)Abreu Galindo, p. 162.- Murga, Constituciones sinodales.- Castillo, p. 153. (4)Consta e n la dataria d e Roma la muerte d e la Cerda en el año citado, y el nombramiento d e s u sucesor e n la persona de Tomás Grore, que n o aceptó, y del cual n o s e conserva otra noticia. Primeros gobernadores. Restablecida la tranquilidad en las islas conquistadas con la ausencia de Vera y muerte de Hernán Peraza, se aplicó Francisco de Maldonado a continuar la obra de s u predecesor, dando impulso a la naciente colonia de Las Palmas, y procurando satisfacer las justas quejas de sus pobladores. Y a se ha dicho que Pedro de Vera, en virtud de autori- zación real, había procedido a la división de los terrenos y aguas de la Gran Canaria; pero aunque en aquellos prime- ros años el temor que inspiraba su mando absoluto había hecho enmudecer a los descontentos, cuando Maldonado llegó de juez de residencia creyeron oportuna la ocasión de manifestar s u s agravios. Fundaban ellos s u s reclamaciones en la facultad que se les concedía por una cláusula de la real cédula de 20 de enero de 1487, que decía así: .si algunas personas de los dichos vecinos é moradores de la dicha isla de la Gran Canaria de la tal particion fueren agraviados, vistos los tales agravios desfagan á las tales personas. igua- lándolas como é segun oviere informacion en lo que ovo de haber.)) E l nuevo Gobernador, deseando administrar rectajusticia, recibió las pruebas y documentos que se le presentaron, y
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    dio aviso det o d o a los Reyes, q u e expidieron e n s u vista una real cédula, fechada e n Zaragoza a 1 2 d e octubre de 1492, autorizando a Maldonado para corregir las faltas de s u predecesor. Éstas, sin embargo, n o pudieron corregir- se, s u p u e s t o q u e , a 2 0 d e febrero de 1495, libraban los Reyes otra real cédula e n Madrid, dirigida al bachiller Alonso Fajardo, sucesor de Maldonado e n el gobierno d e Canaria, e n la q u e decían entre otras c o s a s lo siguiente: ((nuestra merced é voluntad es de mandar proveer sobre todo ello, como mas cumple á nuestro servicio y al bien d e la dicha isla, apartando primeramente lo que vieredes que es menester para propios é dehesas é exidos para el consejo é para pasto común.)) Fajardo dio principio a s u espinosa comisión c o n celo " 7 y b u e n a voluntad, pero fueron tantas las dificultades y en- E torpecimientos q u e se le presentaron por los injustos po- 3 s e e d o r e s d e los terrenos, poderosos ya e n la colonia, q u e a s u salida del gobierno d e j ó intacta la cuestión a s u s s u - - 0 m cesores Antonio d e Torres y Lope Sánchez de Valenzuela O 4 ( 1 ) . - Torres nada hizo por remediar e s t o s males, y Lope Sánchez, e n lugar d e corregirlos, los aumentó. Desde s u llegada a Las Palmas (2),el nuevo Goberna- d o r ( 1499) pidió a los Reyes la donación d e cien fanegadas d e tierra de regadío, q u e obtuvo e n determinado sitio, pero q u e él se adjudicó e n el q u e le pareció m á s conveniente y productivo. Y n o sólo autorizó con s u ejemplo e s t o s frau- des, sino que, sabiendo q u e algunos vecinos iban a dirigir- se e n queja al gobierno, ganó s u silencio con dádivas y nuevas donaciones aumentando de e s t e m o d o la confu- sión d e las d a t a s y el disgusto de los colonos (3). El señorío de Agüimes, adquirido c o m o ya dijimos por los Obispos, dio también lugar a muchas y repetidas que- jas, q u e la Corte oyó, mandando por d o s veces (4) q u e se informase s o b r e e s t e particular. Entonces, viendo m u c h o s de los vecinos y poblado- r e s de la isla q u e los Gobernadores eludían las Órdenes del gobierno, perpetuando y con frecuencia a u m e n t a n d o los agravios d e q u e se quejaban d e s d e la é p o c a de la con-
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    quista, se dirigierona los Reyes, haciéndoles ver e n u n a sentida exposición q u e todavía existían m u c h o s terrenos d e s e c a n o y regadío e n la isla sin haberse dividido, y q u e si e s t a división se efectuaba e n la forma conveniente, se repararían m u c h o s agravios, y se acrecentarían la riqueza d e la isla y las rentas d e la corona. A consecuencia d e esta exposición se expidió una nueva cédula e n la q u e los Reyes pedían informe s o b r e los pun- t o s siguientes. 1 1 1 . ¿Qué tierras y aguas habia q u e n o estu- viesen repartidas por vecindad? - 11. ¿Que personas se las habian apropiado, usurpándolas? - 111. ¿Porqué titulo, ó con q u e razon ó pretesto, ó d e q u e m o d o se las habian apro- piado. - IV. ¿Que tenia c a d a uno? - V. ¿A q u e personas n o se habian cumplido las vecindades y q u e tenian por c u m - plir? - VI. ¿Que habia d e q u e se les pudiese cumplir s u s vecindades? - VII. ¿Que s e podria hacer para q u e la isla s e poblase y acrecentase?^^ (5). Tan importante informe nunca llegó a efectuarse, tal vez por los secretos manejos d e los interesados e n conti- nuar aquellos desórdenes; por eso, e n 1505, se concedía facultad especial al licenciado Ortiz d e Zárate, para q u e , con el carácter d e juez reformador d e las tierras y aguas d e Canaria y Tenerife, pasase a estas islas y cumpliese por fin la voluntad real, deshaciendo los agravios q u e justa- m e n t e fuesen probados, d a n d o carta d e confirmación a los q u e presentasen s u s títulos d e propiedad e n debida for- ma, y examinando t o d o lo q u e convenir pudiera al acre- centamiento d e la población d e dichas islas. (6). Llegado Zárate a la Gran Canaria revestido d e tan omnímodas facultades, y bien informado d e los inconve- nientes con q u e iba a tropezar por el ejemplo d e s u s ante- cesores, publicó un edicto e n el q u e dio a conocer el ca- rácter oficial con q u e el gobierno le enviaba, rnanifestan- d o e n él: ((quelas islas n o estaban tan pobladas c o m o de- bían serlo, por haberse distribuido mal las tierras y aguas; q u e las personas poderosas se habian apropiado inmen- s a s cantidades d e tierras y aguas sin título, autoridad, ni facultades para ello; y, por último, q u e se habían d a d o tie- rras y agua justa y legítimamente, quitándolas luego sin c a u s a racional, ni motivo suficiente.^^ (7).
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    Luego d epublicado este edicto, acudieron a s u tribu- nal los descontentos, y, después d e un examen detenido, reformó todo aquello q u e le pareció justo, reparando agra- vios q u e merecían serlo, y haciendo que s e inscribiesen con las correspondientes formalidades los títulos d e pro- piedad, para evitar en lo sucesivo fraudes y ocultaciones. Temiendo, sin embargo, q u e la pobreza d e algunos d e los nuevos propietarios le indujese a vender s8s datas a bajo precio, y tornaran los terrenos a s u s antiguos e injustos poseedores, obtuvo d e la Corte una real cédula, expedida e n Salamanca a 2 5 d e febrero d e 1506, por la q u e s e pro- hibió con graves penas a todos los vecinos d e Canaria ven- der a personas poderosas ingenio ni otro heredamiento al- guno. iExtratia ignorancia d e los más sencillos principios m d e la ciencia económica! D Mientras estos primeros gobernadores s e ocupaban 3 e n tan útiles reformas, el Obispo don Diego d e Muros, su- - cesar, como hemos dicho, en 1496, del virtuoso d e la Cer- - 0 m da, daba a su diócesis las primeras constituciones sinodales, O 4 e n las q u e corregía muchos abusos introducidos por los eclesiásticos, y fijaba reglas e n todo lo relativo al buen orden y disciplina d e su Iglesia. Estas curiosas sinodales, desconocidas a todos nues- - m O tros historiadores (8), dan una idea bastante aproximada del estado d e la isla en aquella época. En ellas s e ordenaba, entre otras cosas, q u e se for- masen libros d e bautismos, expresándose el día, mes, a ñ o y nombre del recién nacido, padres, abuelos y padrinos, mejora notable no introducida hasta entonces e n la isla con la debida regularidad; y como había poca gente, y era necesario evitar la extensión d e los impedimentos es- pirituales para los matrimonios, s e prohibía que asistiesen a los bautismos, en clase d e padrinos, más d e una persona d e cada sexo. Mandaba también el Obispo a cada párroco, sopena de cuatro florines de oro del cuño de Aragón, q u e le remitiese anualmente una lista d e los vecinos q u e hubiesen cumplido con el precepto pascua1 d e la Iglesia, para denunciar como excomulgados a los q u e a él falta- sen.
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    Prescribía del mismom o d o q u e e n c a d a parroquia se fijase una tabla e n pergamino, e n la q u e estuviesen escri- t o s los principales preceptos de la doctrina cristiana, y, para q u e e s t a enseñanza fuese m á s completa, se ordena- ba q u e c a d a cura o s u lugarteniente tuviese e n s u respecti- va iglesia otro clérigo o sacristán docto, q u e e n s e ñ a s e a los hijos d e los vecinos a leer, escribir y contar. Llevan e s t a s sinodales la fecha del 23 d e octubre d e 1497, habiendolas a u m e n t a d o luego c o n otras q u e conclu- yó a 2 6 d e febrero d e 1506. En 2 4 d e octubre de 1 4 9 7 dio también el Obispo va- rios estatutos para el Cabildo, q u e fueron modificados e n el siguiente año, y, a s u salida d e Canaria, derogados por los canónigos, por ser, decían, contra la antigua usanza de este obispado y de las catedrales de España. Durante la administración apostólica d e este docto prelado, se unieron a s u diócesis las d o s islas d e Palma y Tenerife, rendidas a las armas españolas, e n 1 4 9 3 y 1496, notable acontecimiento q u e iba a dar un nuevo impulso a la pobla- ción, y al desarrollo económico e industrial del archipiélago, aumentando considerablemente s u importancia. Notas (1) Débese a Fajardo la construcción del castillo de La Luz donde puso dos cañones, y la reedificación de la fortaleza de Santa Cruz de Mar Pequeña en la costa de Marruecos. (2) Kautiváronlo unos corsarios moros al venir a Canaria, y lo condujeron al puerto de la Luz donde trataron de su rescate. Con este motivo hizo voto de edificar una iglesia, y serialó sitio para la de los R e m e d i ~ s . ~ ~ Castillo, p. 236. (3) ,'E porque algunas personas selo contradecian, diz qrie (Lope Sánchez] les dió muchas tierras y heredades, porqrre lo oviesen por bien, é los que nos habian servido en la dicha coliqrricta, diz, que no fueron pagados de lo que se les debia, ni les dió tierras ni aguas, en lo cual diz que habiari recibido rnuctio agravio. Real cédula dada en Sevilla a 4 de febrero de 1502. (4) En 1498 y 1502. (5) Zuaznavar, p. 25.
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    (6)(<Quiero que fagais lareforma é poblacion é todo aquello que conviene facer para la buena poblacion d e las dichas islas é para desagraviará todos aquellos que han sido agraviados. Asimismo faced que todas las personas que tobieren e n las dichas islas é en cada una dellas tierras é aguas é ingenios, é otros cualesquiera heredamientos así d e secano, como d e riego, presenten ante vos, luego que fueren requeridos, las cartas é donaciones é mercedes é titulos que tienen para tener é poseer las dichas heredades, é que asimismo presenten ante vos los apeos dellas. E á las personas que falláredes que tienen é poseen las dichas tierras é aguas e ingenios é otros heredamientos conforme á las mercedes é poderes é instrucciones que tobieren los dichos Gobernadores é otras personas para facer el dicho repartimiento, é para pago de algunos maravedís que d e sus sueldos debieron haber, les deis carta d e confirmacion dellos. E si falláredes que las tales personas é otras algunas tienen m las dichas tierras é aguas é ingenios é otras heredades sin título E alguno tal que sea de la manera que dicha es; ó que tienen algunos demasiado de lo que así debieren haber, que se lo fagais luego 3 quitar é quiteis lo que así tobieren sin el dicho título, é lo que tobieren demasiadamente, porque la verdad s e sepa, é ninguno - 0 m reciba agravio. j1 O 4 (7)Zuaznavar, p. 26. (8)Zuaznavar e s el primero que las ha publicado e n 1 8 16 , copiándolas d e un libro que existe e n el archivo parroquia1 d e la ciudad d e Telde. p. 68. = m O VI. Conquista de La Palma. Después d e conquistada la Gran Canaria, los jefes y soldados q u e habían contribuido a e s t e feliz suceso, acos- tumbrados al estrépito d e las armas, a la vida aventurera del campamento, y a las fáciles riquezas adquiridas c o n los despojos de los enemigos vencidos y con la venta de esclavos y ganados, echaban de vez e n c u a n d o codiciosas miradas s o b r e las brumosas montañas de Tenerife, que, d e s d e las costas de la Gran Canaria, se dibujaban e n el horizonte.
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    N o er a ya fácil q u e los Reyes, e m p e ñ a d o s c o m o s e hallaban e n la total expulsión d e los moros, y e n el cerco de Granada, pudiesen acudir con tropas y dinero a la con- quista d e Palma y Tenerife: d e modo que esta empresa quedaba reservada a cualquier aventurero atrevido y audaz, que quisiese buscar asociados, con cuyo auxilio pudiese añadir este nuevo florón a la corona d e Castilla, y enriquecerse al mismo tiempo e n gloria y provecho personal. El primero q u e intentó la aventura fue Francisco d e Maldonado, gobernador d e Canaria, q u e reemplazó a Vera en 1489. Alióse para ello con Pedro Pernández d e Saavedra, hijo del mariscal de Zahara, que residía con su mujer doña Constanza Sarmiento e n Fuerteventura, y ambos equiparon dos buques con la tropa q u e pudieron reunir, surgiendo una noche e n el puerto d e Añaza, y desembarcando en silencio s u s soldados. Luego q u e amaneció, Maldonado, con un cuerpo d e ciento cincuenta infantes, se avanzó imprudentemente so- bre el valle de La Laguna, trepando, sin esperar la llegada de Saavedra, por una áspera montaña, d o n d e lo esperaba el Mencey o Guanarteme d e Anaga con mil y quinientos d e s u s m á s esforzados vasallos. Trabóse la refriega por a m b a s partes con gran encar- nizamiento, a u n q u e con notable desventaja por parte d e Maldonado, q u e d e s d e luego vio caer a s u lado cuarenta de los suyos. Su temerario arrojo le hubiera sin d u d a obli- gado a rendirse, si Saavedra, apresurando el paso, no acu- diera con tropas d e refresco a sacarlo d e tan apurada si- tuación. A s u llegada, el combate se trabó d e nuevo, pero sin mejorar d e fortuna, y así, d e s p u é s d e d o s horas d e san- grienta lucha, se tocó a retirada por los españoles, embar- cándose aquel mismo día apresuradamente con pérdida d e ciento d e s u s compañeros. Los isleños n o s e atrevieron a inquietarlos, recogiendo s u s muertos y heridos, q u e ascendían al numero d e trescientos. Esta desgraciada expedición, e n lugar d e entibiar el ardor d e los aventureros, contribuyó a despertar s u codi- cia, y a fijar con m á s e m p e ñ o s u atención sobre aquella envidiable presa.
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    Entre los capitanesd e más fama que habían acudido a la conquista d e la Gran Canaria desde la primera expedi- ción, se contaba el noble y esforzado caballero Alonso Fernández d e Lugo, alcaide que había sido d e la fortaleza d e Agaete, y sujeto muy apreciado en el país por su valor, su prudencia, y sus talentos militares, acreditados suficien- temente en las batallas d e Guiniguada y Arucas, y en la prisión del Guanarteme d e Gáldar. Este caballero, después de la infructuosa tentativa d e Maldonado sobre las playas de Anaza, se decidió a emprender por sí la conquista formal d e ambas islas, vendiendo al efecto las hermosas propiedades que e n el valle d e Agaete le habían correspondido, y dirigiéndose al campamento d e Santa Fé e n la vega d e Granada, a solicitar d e los Reyes el " 7 0" permiso d e llevar a cabo su atrevido proyecto. - E La católica Isabel, atenta siempre al aumento d e s u s 3 estados, y al progreso d e la religión, dio la orden para q u e - 0 le despachasen la patente d e Capitán general de las con- m O quistas de Canaria, desde el cabo Guer hasta el de 4 Bojador ( 1 ). n Escudado con esta autorización, y auxiliado d e algu- nos deudos y amigos, Lugo s e trasladó desde Sevilla y Cádiz a Las Palmas, donde publicó un bando en el que anunciaba a todos los vecinos d e las islas su proyecto, y la autorización que los Reyes le habían concedido para realizarlo, no esca- seando al mismo tiempo las promesas de tierras, esclavos y aguas sobre los terrenos que se conquistasen, a fin d e atraer con estas dádivas un mayor número d e soldados. No salió vano su deseo, pues e n breve vio llegar a s u s banderas a muchos capitanes, d e los q u e más se ha- bían ilustrado en la Gran Canaria, a los cuales se agrega- ron algunos deudos y amigos d e Lugo, entre los q u e figura- ban Pedro d e Lugo, Bartolome y Pedro Benítez, Fernando del Hoyo, Lope Hernández d e la Guerra, y otros q u e sería prolijo enumerar. De los indígenas, s e asociaron a la expedición don Fernando Guanarteme con cuarenta nobles de su servidumbre, entre los que se contaban Pedro Maninidra, Gonzalo Méndez, Pedro Mayor, Ibone d e Armas y Juan Dara.
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    Mientras Lugo proveíad e todo lo necesario s u peque- ñ o ejército, y embarcaba e n tres buques, surtos e n la ba- hía d e Las Palmas, la artillería, armas, pólvora, caballos y víveres q u e , según s u s recursos, le había sido permitido reunir, surgía e n el mismo puerto un desconocido geno- vés, que, con tres carabelas, se disponía a atravesar el Océano y descubrir un nuevo mundo. La ilustre Isabel había oído s u s proyectos, y, sin participar d e la incredulidad d e s u Corte, le confiaba la pequeña escuadra q u e los canarios sorprendidos veían anclada e n s u bahía. En Las Palmas, pues, renovó Cristóbal Colón s u s ví- veres y aguada, y c o m p u s o el timón d e la Pinta, cambian- d o la vela latina d e la Niña e n otra redonda. Permaneció e n el puerto d e la Gran Canaria d e s d e el o n c e d e agosto hasta el primero d e septiembre, día e n q u e se dirigió a la Gomera, d o n d e llegó el cuatro. El siete salía por fin d e esta última isla, y s e engolfaba e n desconocidos mares, para ceñirse la corona m á s brillante q u e adorna e n el m u n d o las sienes del genio. Pocos días después, e s t o es, el 29 d e septiembre d e 1492, Alonso d e Lugo desembarcaba s u s tropas e n La Pal- ma, s o b r e las playas d e Tazacorte, rada q u e s e abre al S.O. d e aquella isla. Hallábase entonces dividida la soberanía d e La Pal- m a e n d o c e distritos o círculos, llamados Aridane, Tihuya, T a m a n c a , A b e n g u a r e m e , Tigalate, Tedote, Tenagua, Adeyáhamen, Tagaragre, Galguen, Hiscaguan y Eceró, go- bernado cada u n o por un príncipe independiente, q u e con frecuencia hacía la guerra a s u vecino. Pertenecía la playa d e Tazacorte, a d o n d e Lugo había formado s u campamento, al círculo d e Aridane, e n el cual reinaba el príncipe Mayantigo, sobrenombre q u e e n lengua palmesa significaba pedazo de cielo, y q u e había mereci- d o aquel jefe por la bondad d e s u carácter. Cuando Lugo fortificó s u s reales, dejó e n ellos trein- ta hombres, y se adelantó sobre Mayantigo, q u e , dispuesto a someterse a los españoles, admitió sin resistencia las capitulaciones q u e Lugo le dictó, y q u e pueden resumirse
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    e n loscuatro artículos siguientes: 1 O , q u e habría paz, unión, trato y amistad entre españoles y palmeses; 2",q u e Mayantigo reconocería la grandeza d e los Reyes Católicos, y les obe- decería e n t o d o c o m o inferior; pero q u e conservaría la dig- nidad d e príncipe, y el gobierno del territorio d e Aridane; 3",que así él, como s u s vasallos abrazarían la religión cristiana; 4", q u e se les guardarían las mismas libertades y franque- z a s q u e a los vasallos es pan ole s.^^ ( 2 ) . Estas proposiciones n o sólo fueron admitidas por Mayantigo, sino que, creyéndolas ventajosas, los príncipes de Tihuya, Guehevey y Abenguareme, se apresuraron tam- bién a aceptarlas. Recorriendo, pues, la isla, consiguió Lugo dejarla so- " , metida a n t e s d e entrar e n cuarteles d e invierno, si se ex- -E ceptúan los distritos e n q u e mandaban los príncipes Jariguo y Ciarehagua, q u e opusieron un simulacro d e resistencia, y 3 el territorio de Eceró o la Caldera, país fragoso y enrisca- - e do, d o n d e se había h e c h o fuerte Tanausú, u n o d e los gue- m O rreros m á s atrevidos y valientes d e La Palma, cuya tenaci- 4 d a d y orgullo n o podían s e r abatidos, sino d e s p u é s q u e las tropas tomasen algún descanso, y volvieran los h e r m o s o s días d e la primavera. Formaba e s t e distrito d e Eceró el fondo d e un pro- fundo valle, cráter apagado del volcán primitivo de la isla, d e casi d o s leguas de diámetro, cubierto por todas partes d e e s p e s o s bosques d e palmas, dragos, pinos, laureles y otros árboles. Para penetrar e n e s t e valle ( 3 )sólo hay d o s pasos; u n o es el c a u c e d e un barranco por d o n d e atraviesa un riachuelo q u e se d e s p e ñ a d e s d e lo alto c o n rapidez, y otro, un desfiladero, llamado las Cuevas d e Herrera, y por los naturales adamacansis, d e m á s fácil tránsito. Aquí e r a donde Tanausú esperaba al ejército cristiano, creyendo inútil defender el otro p a s o por juzgarlo inexpugnable. Lugo, con s u s tropas y algunas cuadrillas de palmeses auxiliares, intentó forzar el puesto, pero luego se conven- ció de la inutilidad d e s u s esfuerzos; entonces, ocultamen- te, se dirigió con algunos de s u s mejores soldados al p a s o inexpugnable, y, atravesándolo e n hombros de los isleños, p u d o internarse e n el codiciado distrito, y atacar a Tanausú
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    en sus mismosdominios. Sin embargo, no por esto se aco- bardó el valiente caudillo; porque, tan pronto como supo la llegada de los espanoles, acudió presuroso a impedirles la marcha, y, situándose en lugar importante, rechazó des- de allí con feliz éxito todos los ataques de Lugo. Tanta constancia y valor, consiguieron al fin quebran- tar las fuerzas del ejército castellano, y disponerle a aban- donar el campo; pero su astuto jefe, acordándose entonces que la diplomacia le había conquistado sin esfuerzos el res- to de la isla, envió de mensajero u n isleño convertido, Ila- mado Juan de L a Palma, próximo pariente de Tanausú, con encargo de proponer a éste un ventajoso tratado de paz. La respuesta de Tanausú fue que saliera inmediata- mente de sus estados, y luego hablarían. Concertóse, pues, una entrevista para el siguiente día, fuera del distrito de Eceró, en una llanura donde llaman la fuente del Pino, y allí, habiendo acudido con sus guerreros el valiente jefe, fue de improviso atacado por Alonso de Lugo, que, con insigne mala fe y faltando a su palabra, le preparó una co- barde emboscada. Sucedía esto el 3 de mayo de 1493 a los siete meses de haberse empezado la conquista. Lugo dio cuenta a la Corte de tan feliz suceso, y en- vió algunos prisioneros, entre los cuales figuraba Tanausú; pero éste, durante la travesía, se dejó morir de hambre. Los Reyes hicieron merced a Lugo del título de Go- bernador de la isla, dándole poder para nombrar justicias, establecer regidores, y practicar por sí el repartimiento de tierras y aguas. Este poder lo sustituyó en su sobrino Juan Fernández de Lugo, y él, dejando allí una corta guarnición, se trasladó con el resto de su ejército a Canaria, para em- prender desde s u s playas la conquista de Tenerife, princi- pal objeto de su inquieta ambición. Fundóse en La Palma una ciudad que se llamó Santa Cruz; púsose la isla bajo el patronato de San Miguel; y creóse un Ayuntamiento compuesto de seis regidores y dos jura- dos. Así concluyó la conquista de esta isla.
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    Notas ( 1 )Viera, t. 2, p. 145. (2)Viera, t. 2, p. 15 1. (3)Véase la descripción que Mr. de Buch hace de este famoso cráter: #<La Caldera constituye el grande eje de la Palma. Las orillas de la isla s e desarrollan casi circularmente alrededor de este eje, si la prolongación de una montaña, hacia la banda meridional, n o modificase esta estructura. Glass ha supuesto que la caldera tiene dos leguas d e diámetro e n todos sentidos, y su cálculo es bastante exacto, aunque nos parecen mayores las dimensiones e n la dirección del N.E. al S.O. Ningún volcán e n el mundo ofrece un crisol m á s extenso: e n ninguna isla existe un cráter, producto de ascensiones submarinas, con tal circunferencia, ni tan espantosa profundidad. En vano s e pretendería subir desde el fondo de la Caldera a la cima, o viceversa; para llegar a la cumbre s e necesita o" m escalar la montaña por el circuito exterior. Aunque escarpados y E penosos los caminos que conducen a esta región desde la capital, n o ofrecen peligro alguno, y apenas s e creería la altura a que s e 3 asciende, si no fuera por las zonas vegetales que se van sucesivamente - atravesando, y cuya desaparición s e advierte al acercarse a los 0 m O bordes superiores de la caldera. Esta cumbre s e halla interrumpida 4 por tres picos, que son el del Cedro, cuya altura alcanza 6.803 pies, el d e la Cruz d e los muchachos, que s e eleva a 7.082 pies, y otro que llega a 7.234. El aspecto de la caldera desde cualquiera de estos tres puntos, n o e s menos asombroso; d e una sola mirada s e abraza toda su profundidad. Las rocas verticales - m O que la circundan forman hasta su cima una muralla cortada a pico d e 4.000 pies d e altura.)) Conquista de Tenerife. La felicidad y rapidez con q u e Alonso d e Lugo había dirigido la última campaña, produjo en las islas conquista- das, y especialmente e n la Gran Canaria, un movimiento d e satisfacción muy fácil d e comprender, si s e atiende a q u e e n aquella época, esencialmente caballeresca y reli- giosa, se peleaba no por exclusivo interés personal, sino por extender también la luz del evangelio e n las regiones donde dominaba la idolatría.
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    La llegada deLugo a Las Palmas, y sus aprestos para conquistar a Tenerife, encendieron, pues, el entusiasmo de los canarios, de tal manera, que en breve se vio el Ge- neral a la cabeza de u n brillante ejército de más de mil infantes y ciento veinte caballos, entre los que se conta- ban algunos guerreros que habían medido sus armas con los moros en la famosa vega de Granada. El 30 de abril de 1494, a las cuatro de la tarde, salió del puerto de La Luz la expedición con rumbo a Tenerife en quince bergantines, que, a la madrugada del siguiente día, echaron áncoras en la rada de Añaza, hoy de Santa Cruz. Desembarcadas las tropas y trazado el campamento, el 4 de mayo se dirigió Lugo con su ejército al valle de La Laguna, donde le esperaba ya Bencomo, Mencey o sobera- no de Taoro, con cuatrocientos de sus vasallos. Hallábase entonces dividida la isla de Tenerife en nueve distritos o reinos independientes, gobernado cada uno por su Mencey, nombre que significaba lo mismo que Guanarteme en el dialecto canario. En el primero, que llamaban de Taoro, y que comprendía todo el valle de Orotava, reinaba el prín- cipe Bencomo, guerrero dotado de relevantes cualidades para el gobierno del estado, y a quien secundaba su her- mano Tinguaro, de cuyas brillantes hazañas ha llegado el recuerdo hasta nosotros. Era el segundo el reino de Güimar, distrito donde se había aparecido la famosa imagen de Can- delaria; Ilamábase Anaterve el bueno el jefe de este can- tón. Abona era el tercero, y en él mandaba Atxoña. En el cuarto, que era Adeje, reinaba Pelinor. En Da~ite, Ronien; en Icod, Pelicar; en Tacoronte, el valiente Acaymo: en Tegueste, un príncipe de su nombre; y por último, en Anaga, Beneharo, Mencey de grande y merecida reputación militar. Desde el momento en que Lugo verificó el desembar- co de sus tropas, la noticia corrió con velocidad por todos los distritos de la isla, y Bencomo, a quien todos respeta- ban como el más poderoso de sus Menceyes, convocó una reunión para tratar de una alianza ofensiva y defensiva, que diera unidad y energía a los esfuerzos que en defensa del país debían organizarse. Mientras esta junta se verifi-
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    caba, Bencomo, deseosode reconocer las fuerzas e inten- ciones del enemigo, se adelantó con una escolta de cua- trocientos vasallos y avistó, como hemos dicho, en la ma- ñana del cuatro, el grueso del ejército español. El General Lugo, después de hacer alto con sus tropas, le envió a Ciuillén Castellano y otros dos intérpretes a fin de diri- girle las mismas tres proposiciones que habían servido de capi- tulación en L a Palma; pero el orgulloso Mencey contestó en s u nombre, y en el de los demás príncipes de la isla: <(Que los Menceyes de Tenerife no habían conocido jamás la vileza de sujetarse ni obedecer a otros hombres como ellos))( 1 ). Dada esta respuesta, Bencomo se retiró a sus esta- dos de Taoro, donde ya habían llegado todos los príncipes de la isla, excepto Añaterve el bueno, que, infiel a su patria, se había aliado con los espanoles, y en esta junta se discutió acaloradamente sobre los medios que debían emplearse para rechazar con buen éxito al enemigo. Los Menceyes de Abona, Adeje, Daute e Icod, que miraban con envidia y recelo el poder de Bencomo, y te- mían con este motivo ser víctimas de su ambición, no qui- sieron formar parte de la liga; los de Tacoronte, Tegueste y Anaga, sintiendo al enemigo mas cerca de sus estados, o más valientes o más políticos, abrazaron con entusiasmo el partido de Bencomo, y unieron sus guerreros a los de Taoro, para pelear juntos en defensa de la patria. Los espanoles, entretanto, se habían retirado de nue- vo a s u s reales, y allí se ejercitaban en hacer algunas cor- tas correrías en todas direcciones, después de recibir la visita y los regalos, que, en señal de alianza y amistad, les había dirigido el Mencey de Ciüímar. Habia llegado ya la primavera, y Lugo, deseando no tener por más tiempo'sus tropas en vergonzosa inacción, se decidió, después de maduras reflexiones, a adelantarse hacia el valle de Arantápala (Orotava), suponiendo que, si tenía la suerte de vencer a Bencomo, el resto de la isla no tardaría en rendirse. Consecuente con este plan, hizo avanzar sus tropas por La Laguna y Los Rodeos en dirección a la parte occi-
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    dental de laisla, en cuyo camino observó que reinaba el más imponente y completo silencio, y era que sus cautelo- sos enemigos, que espiaban todos sus movimientos, al verlo con tanta imprudencia adelantarse por entre aquellos fra- gosos riscos y peligrosos desfiladeros, se disponían a pre- pararle una celada, digna de su conocida astucia. En efecto, por orden de Bencomo, se oculta el prínci- pe Tinguaro con un aguerrido cuerpo de guanches entre los espesos matorrales y quebradas del barranco de Acentejo, dejando algún ganado a la otra parte del desfiladero, para provocar de este modo la codicia de los españoles, mien- tras el astuto Mencey, con el grueso de su ejército, espera en el valle de La Orotava a que sea tiempo de caer sobre sus incautos enemigos. Entretanto, los príncipes de Anaga y Tegueste se apostan en La Laguna para cortarles la reti- rada, o atacar su retaguardia, si la resistencia se prolonga y no se decide pronto la victoria. Todo sucedió como Bencomo lo había previsto; Alonso de Lugo, con una imprevisión indigna de sus cualidades militares, dejó que sus soldados se internasen en confuso desorden por entre aquellos desconocidos y peligrosos barrancos hasta dar vista al valle de La Orotava, y sólo dio la orden de retirada cuando la ausencia de los guanches, y el silencio que le rodeaba en u n país tan poblado, desper- taron algún tanto su dormida vigilancia. Al dirigirse, pues, de nuevo a su campamento de Santa Cruz, no bien entrara en las profundas gargantas por donde corre el torrente de Acentejo, ve levantarse de entre las matas, alturas y preci- picios cercanos, una nube de bárbaros, que, ensordecien- do el aire con sus silbos, arroja sobre los sorprendidos españoles piedras, troncos, dardos, venablos y peñascos de prodigioso volumen, que aplastan y se llevan filas ente- ras de soldados. Dos horas duraba ei combate, o más bien la matan- za, que impunemente llevaban a cabo los guanches, auxi- liados por el refuerzo de tres mil hombres que de refresco condujo el Rey de Taoro, cuando de improviso se oscure- ció el cielo, y una tempestad separó a los combatientes, salvándose así los pocos castellanos que aún podían sos- tenerse e intentar una penosa retirada.
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    De los milhombres d e q u e constaba el ejército cris- tiano, sólo se salvaron doscientos, y ninguno sin herida, dejando s o b r e el c a m p o d e batalla seiscientos españoles y trescientos isleños auxiliares. En una situación tan peligrosa, y temiendo a cada instante verse atacados e n s u s reales por s u victorioso enemigo, los conquistadores determinaron retirarse a Canaria, y e s - perar allí la reorganización d e s u ejército para emprender la conquista bajo mejores auspicios. Verificóse el e m b a r q u e el primero d e julio, y, trasla- d a d o s los restos del ejército a Las Palmas, o c u p ó s e Lugo sin descanso e n celebrar un contrato con u n o s comercian- t e s genoveses establecidos e n aquella ciudad, por el cual éstos se comprometían a facilitar los fondos necesarios para el equipo d e los navíos q u e fueran necesarios a u n a nueva expedición. Al mismo tiempo, el Duque d e Medina Sidonia, a quien el General le escribió interesándole e n la conquis- ta, permitió reclutar e n s u s e s t a d o s seiscientos cincuenta infantes y cuarenta y cinco caballos, que, al m a n d o d e Bartolomé Estupiñán y Diego de Mesa, llegaron a Canaria a fines d e octubre del mismo a ñ o d e 1494. Uniéronse a é s t o s un cuerpo de canarios, y otros isle- ñ o s enviados por los s e ñ o r e s d e Lanzarote, y d e e s t e m o d o p u d o Lugo verse e n breve al frente de mil y cien infantes y setenta caballos. Dispuesto t o d o del m o d o m á s conveniente, y desean- d o n o perder tiempo, el incansable General e m b a r c ó s u s tropas el d o s d e noviembre, y, dirigiéndose a s u antiguo campamento, t o m ó tierra sobre las mismas playas d e Añaza, d o n d e había plantado u n a cruz e n s u primera expedición. La torre, demolida e n parte por los guanches, fue bien pronto reparada, y las fortificaciones exteriores puestas e n e s t a d o d e defensa. Los isleños, orgullosos c o n el recuerdo d e la victoria d e Acentejo, n o tardaron e n correr d e nuevo a las armas, y presentarse c o n t o d a s s u s fuerzas reunidas e n el valle d e La Laguna, m a n d a d o s siempre por los menceyes d e Taoro, Tacoronte, Tegueste, Anaga, y los príncipes Tinguaro y Zebenzuí.
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    El 3 1de noviembre, Alonso de Lugo, sabiendo por sus espías la posición del enemigo, deja en silencio su campa- mento y se avanza sobre la cuesta de La Laguna para garlar el valle, desplegar allí sus fuerzas, y presentar inmediatamente la batalla. Sorprendidos los que custodiaban la agria subida, permiten al ejército cristiano ocupar el llano, y entonces, no queriendo escuchar los guanches ninguna proposición de paz, se traba la refriega con el mayor encarnizamiento. Indecisa se mantuvo la victoria durante dos largas horas, hasta que don Fernando Guanarteme, detenido con los is- leños de Canaria en el campamento de Santa Cruz, oyendo el lejano rumor de la pelea, tuvo la feliz inspiración de acudir con sus valientes soldados en auxilio de Lugo, Ile- gando tan a tiempo, que su presencia decidió la retirada de los guanches. Grandes fueron las pérdidas que a éstos produjo su inesperada derrota. Bencomo y el Mencey de Tacoronte se retiraron gravemente heridos; el valiente Tinguaro, el hé- roe de Acentejo, fue alanceado y muerto por u n soldado de caballería, y se asegura que, sobre el campo de batalla, quedaron más de mil y setecientos isleños fuera de com- bate. Sea de esto lo que fuere, puede asegurarse que esta batalla fue la señal precursora de la rendición de la isla. Los Menceyes se refugiaron en sus respectivos estados, y, aunque no eran perseguidos por Lugo, que se retiró con excesiva prudencia a Santa Cruz, el desaliento que les ins- piró su derrota no pudo ya borrarse de sus ánimos. Al mis- mo tiempo, y como auxiliar del ejército español, se decla- ró en la isla una enfermedad pestilencial, que los guanches llamaron modorra, la cual les arrebataba más de cien per- sonas por día. Los valles y cañadas se veían cubiertos de cadáveres insepultos, que llenaban de horror a las parti- das españolas, que se aventuraban a hacer algunas excur- siones en el interior. El temor a la peste, o el recuerdo de la emboscada de Acentejo, obligó a Lugo a permanecer inactivo en su campamento algunos meses, hasta que una imprevista es- casez de víveres vino a despertar su energía, y a recordar-
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    le un nuevopeligro, q u e podía hacer abortar s u empresa, a pesar d e los triunfos obtenidos. Entonces es f a m a q u e uno d e los conquistadores, Lope Hernández de la Guerra, con sublime abnegación, se ofreció a volver a Canaria, vender e n esta isla s u hacienda, comprar víveres, y favorecer con ellos al ejército español. Este generoso soldado marchó e n efecto a cumplir s u oferta, y bien pronto se le vio regre- s a r e n un buque cargado de abundantes provisiones. Deseando Lugo aprovechar tan inesperado socorro, determinó hacer una salida con todas s u s tropas e n direc- ción siempre d e La Orotava, y, poniéndose e n marcha el 2 4 de diciembre d e 1495, avanzó hasta el famoso barran- c o de Acentejo, m á s allá del cual tomó posición y esperó al enemigo. " 7 D E Los guanches, siempre dispuestos a defender s u li- bertad, salieron divididos e n d o s cuerpos, q u e mandaban 3 Bencomo y Acaymo, y atacaron a los españoles con encar- - o nizado furor. Cinco horas duró la refriega, ejecutándose m O por a m b a s partes hazañas dignas d e los tiempos heroicos, 4 pero todo e n vano; el arrojo d e los bárbaros venía a estre- n llarse siempre contra la disciplina y superioridad de los cristianos. Derrotados, pues, abandonaron el campo, don- d e resonaban alegremente los cánticos de alegría c o n q u e - m celebraban los castellanos s u victoria. O Lugo, sin embargo, n o se atrevió a ú n a penetrar e n el corazón d e la isla, y, con increíble timidez, volvió a s u cam- pamento a esperar q u e la peste le ayudase e n s u empresa. n O Por último, el l o de julio de 1496, a los seis m e s e s O de esta importante batalla, se situó el General con el grue- so de s u s tropas e n la entrada del valle d e La Orotava, dispuesto a concluir esta vez una conquista q u e u n a nueva escasez de víveres iba a malograr. Aquí fue donde Bencomo, convencido d e la inutilidad d e s u s esfuerzos, determinó con s u s aliados suscribir a las capitulaciones q u e le ofre- cía Lugo, rindiéndose con la expresa condición d e q u e ni ellos ni s u s hijos serían jamás esclavos. El 2 5 de julio d e 1496 fue la fecha memorable de este suceso, porque, si bien los guanches d e la costa meri- dional n o habían a ú n medido s u s a r m a s con los españo-
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    les, al saberla sumisión de sus hermanos, no encontrán- dose con fuerzas para resistir a tantos enemigos reunidos, determinaron acudir al campamento de La Orotava, donde aún permanecía Lugo, acabando de pacificar aquellos es- tados, y, sin combatir, ofrecieron rendirse a los Reyes Ca- tólicos, bajo las mismas garantías que el Mencey de Taoro. El 29 de septiembre del mismo año, hallándose ya la isla conquistada, Alonso de Lugo tremoló el estandarte de Castilla, declarando a ((Tenerifep o r l o s C a t ó l i c o s R e y e s de Castilla y de León)), y luego de celebrada una misa en el mismo campamento, se cantó u n solemne T e d é u m , que entonaron todos con ferviente júbilo. Llamóse el sitio donde tuvo lugar el fausto suceso de la sumisión de los Menceyes, L o s R e a l e j o s , y en él perma- neció Lugo nueve meses con sus tropas, para atender con más prontitud a la completa pacificación del país, y desar- mar a algunas partidas de insurrectos, que todavía se ha- cían fuertes en los montes. Los Reyes recibieron en Burgos la noticia de la con- quista de la isla, y, queriendo premiar los méritos y servi- cios de don Alonso, le hicieron merced del título vitalicio de Gobernador y justicia mayor de Tenerife y L a Palma, con poder y facultades para dividir por sí solo las tierras y aguas entre los conquistadores y pobladores, y para admi- tir o expulsar del país a cualquiera persona que le convi- niese ( 2 ) . Recibieron el bautismo los Menceyes, tomando cada uno u n nombre cristiano, y con ellos pasó a la Corte el General, donde fueron objeto de la curiosidad pública. Asegúrase que no volvieron a las islas. Fundóse la capital de la isla en el valle de La Laguna, cuyo nombre recibió, y púsose bajo el patronato de San Cristóbal; estableciéronse en ella muchos de los conquis- tadores, que obtuvieron buenas datas en premio de sus servicios, y creóse u n Ayuntamiento compuesto de seis regidores y dos jurados, con los oficiales subalternos ne- cesarios para la administración de la justicia, y para la des- embarazada marcha de los negocios.
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    Obtuvieron datas yrepartimientos e n Tenerife todos los canarios célebres q u e habían ayudado a Lugo en la conquista, especialmente don Fernando Guanarteme y Maninidra; pero los guanches fueron en general persegui- dos, expulsados y vendidos como esclavos, pudiendo ase- gurarse que, algunos años después, ya no existían sino muy cortos restos d e esta nación d e valientes ( 3 ) . Notas ( 1 ) Viera, t. 2. p. 204. (2) Esta real cédula lleva la fecha de 5 de noviembre de 1496. Núñez de la Peña, p. 16 1 . El título de Adelantado no lo obtuvo don Alonso de Lugo hasta 1501. (3)P. Espinosa, p. 16.- Viera, t. 2, p. 2 70. m VIII. - Entradas e n África. Expediciones a América. Concluída, del modo que acabamos d e referir, la con- - quista de las tres islas principales, y gobernándose cada - - una e n la parte administrativa y económica por medio d e a s u s respectivos municipios, don Alonso d e Lugo, orgulloso n - O con el título que acababa d e obtener d e Adelantado y Ca- O pitán general d e las conquistas d e Canaria desde el cabo Guer hasta el d e Bojador, creyó que no estaba concluida s u misión, mientras no redujera a la fe católica las tribus nómadas que vagan por las inhospitalarias costas que se extienden al frente d e Lanzarote y Fuerteventura. Habíale precedido e n esta noble, aunque infructuosa empresa, el célebre don Diego d e Herrera, construyendo en el puerto d e Ciuáder o Santa Cruz d e Mar Pequeña una torre que por mucho tiempo desafió todo el poder d e los jerifes moros.
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    Desde esta fortalezase dirigían con frecuencia excur- siones hacia el interior del país, apresando moros, caba- llos, camellos y ganado, cuya venta constituía una de las rentas más productivas de aquellos señores feudales. Can- sada al fin la paciencia de las tribus comarcanas, se confe- deraron un día, y, reuniendo u n ejército de 10.000 infan- tes y 2.000 caballos, cayeron de improviso sobre los isle- ños, poniendo sitio a la torre. Su alcaide, Jofre Tenorio, halló, entretanto, medio de avisar a Lanzarote de su apura- da situación, y Herrera, embarcándose inmediatamente con setecientos hombres, se introdujo sin ser visto en la plaza, y obligó a los moros a levantar el sitio. Parece, sin embargo, que el dominio de esta torre y s u distrito pasó a los Reyes de Castilla cuando la casa de Herrera cedió su derecho de conquista a las tres islas prin- cipales, porque vemos que Alonso Fajardo, gobernador de la Gran Canaria, en 1492, aumentó sus fortificaciones y guarnición, y la defendió en ocasiones diversas contra el furor de los berberiscos. Sus sucesores conservaron hasta el siglo pasado el título de alcaides de la fortaleza de Guáder, percibiendo por esta causa un aumento de sueldo de 50.000 maravedíes, aunque desde 1524 desapareció la torre, de- molida al fin por los moros ( 1 ). Este cambio de posesión no estorbó que los suceso- res de Herrera continuasen sus atrevidas correrías, siendo el azote de aquellas indefensas comarcas. El primer Mar- qués de Lanzarote, don Agustín de Herrera, hizo por sí solo hasta catorce entradas, armando escuadras a sus expen- sas y cautivando más de mil africanos (2). El Adelantado don Alonso de Lugo, tranquilo ya en s u nueva conquista, formó el proyecto de hacer una excur- sión sobre Mar Pequeña, y, acompañado de su hijo don Fernando, y de su sobrino Pedro Benítez, con buenos sol- dados y máquinas de guerra, desembarcó en el puerto de Nul, a veinte leguas de Tagaost. Allí se atrincheró y sostu- vo durante quince días los continuos asaltos de los moros, que, con sangriento furor, atacaron la improvisada fortale- za, dando muerte en estos encuentros al hijo y sobrino del General.
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    Después d eesta pérdida, y la d e muchos d e s u s me- jores soldados, Lugo se retiró a Tenerife con el sentimien- to y vergüenza d e su derrota, aunque sin conseguir q u e los nuevos pobladores d e las Canarias renunciaran a estas peligrosas aventuras. Vemos, e n efecto, que el Ayuntamiento d e Las Pal- mas obtenía e n 1505 una real cédula para que los vecinos d e Canaria hicieran presas d e moros en Berberia: y que, e n 15 1 1 , se autorizaba al mismo Adelantado para q u e pu- diese tomar la mitad d e los quintos d e los esclavos, q u e fuesen apresados por los vecinos d e Tenerife y Palma. Algunos años después, el segundo Adelantado don Pedro d e Lugo, dirigió sobre las mismas costas una nueva m expedición, sin que podamos señalar año en que particu- E lares y autoridades dejasen d e acometer a aquellos africa- nos por diferentes puntos a la vez, robándoles s u s hijos, 3 mujeres y ganados. - O m Estas expediciones duraron todo el siglo XVI, hasta O 4 q u e los marroquies, auxiliados por los piratas argelinos, emprendieron por su parte sangrientas represalias sobre n el archipiélago, especialmente e n los indefensos vecinos d e Fuerteventura y Lanzarote. - " , En ese mismo siglo los nuevos canarios tuvieron tam- o bién otro campo abierto a su ambición e n la conquista y descubrimiento d e las Américas, adonde incesantemente acudían con armas, víveres y soldados. a n En cada una de sus célebres expediciones, Colón aportó e hizo escala e n las Canarias. En la primera s e detuvo e n Las Palmas, donde compuso el timón d e la Pinta y las ve- las d e la Niña; e n la segunda, emprendida con diecisiete embarcaciones en 1493, avistó el 2 d e octubre la Gran Canaria. En su tercera expedición visitó la Ciomera, y e n la cuarta volvió a Las Palmas, en cuyo puerto d e La Luz sur- gió el 19 d e mayo d e 1502. Colón, Pizarro, Balboa, Alvarado, Mendoza, todos los hombres que se inmortalizaron con s u s hazañas en el Nue- vo Mundo, tenían a su lado canarios, que les prestaron noble y desinteresada ayuda en sus empresas. Vemos e n Paria y Trinidad a Agustín Delgado (3) acometer empresas dignas
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    d e losantiguos tiempos; e n Puerto Rico, a Luis Perdomo; e n la Española, a J u a n Canario, Gaspar d e Santa Fe, Antón Guanche, Luis d e Aday, y otros q u e sería c a n s a d o e n u m e - rar. Posteriormente, el s e g u n d o y tercer Adelantado d o n Pedro y d o n Alonso Luis Fernández d e Lugo, con m u c h o s d e s u s d e u d o s y amigos, salieron d e las Canarias, y e m - prendieron la conquista y colonización d e la Nueva Grana- d a y Castilla del Oro, ejecutando notables proezas, y de- j a n d o e n las ciudades q u e fundaron, y a quienes pusieron n o m b r e s canarios, un e t e r n o recuerdo d e s u patria. Don Alonso d e Lugo murió en La Laguna en 1525 después d e h a b e r pasado a terceras nupcias, y s u título d e Adelan- tado, d e s p u é s d e heredarlo sucesivamente s u hijo don Pe- d r o y s u nieto d o n Alonso, vino, por decirlo así, a extin- guirse e n s u biznieto d o n Alonso el lindo, q u e n o tuvo s u - cesión, p a s a n d o t o d o s s u s bienes y honores a los prínci- p e s d e Asculi y luego a los c o n d e s d e Talara, hasta la total supresión d e los Adelantamientos, q u e , d e s d e mediados del siglo XVI, ya n o tuvieron significación política e n las Canarias. Notas ( 1 ) Castillo, p. 238. (2) ¡¡Unade sus hazañas más memorables, fue el combate singular que sostuvo con Athomar, el mas valiente de los Jeques de Berbería á quien aprisionó, y obtuvo por su rescate cincuer~ta esclavos.11 Viera, t. 2, p. 1 75. (3) ¡<Mandababuenos Agustin Delgado, En quien podré deciros que cabia Urbanidad, valor y valentía.$1 Elegías de Varones ilustres de Indias, p. 9 1.
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    Tribunales. Su creación yestablecimiento en Las Palmas. Ya hemos dicho, al ocuparnos d e la organización municipal d e la Gran Canaria, que en cada una d e las tres islas realengas, después d e su conquista, s e estableció un municipio independiente, que, bajo la presidencia d e un Gobernador, d e un Adelantado, d e un capitán a guerra o d e un corregidor, dirigía la parte económica y administrati- va d e cada localidad. Hay, sin embargo, ciertos intereses e n la sociedad, que para marchar con la regularidad debida, necesitan un centro d e acción q u e les comunique unidad, energía y movimiento. Hemos visto cómo e n la parte religiosa, la solicitud d e los Reyes d e Castilla y del Pontífice dotaron a las Cana- rias de un obispado, cuya silla, establecida primero en Rubicón, fue trasladada a Las Palmas, a los dos años d e fundada esta ciudad. Aquí senalaron los obispos con su cabildo sitio para una Catedral, y fijaron el asiento d e todas las autoridades superiores eclesiásticas, que habían d e regir a la diócesis. Estableciese, pues, en la Gran Canaria, y e n su capital la ciudad d e Las Palmas, el vicariato general del obispado, con todas las oficinas y dependencias propias d e estos tri- bunales, nombrándose e n cada una d e las demás islas un vicario foráneo o delegado eclesiástico, que conociera e n primera instancia d e las causas, que luego habían d e so- meterse a la decisión del tribunal superior. En Tenerife se pusieron hasta cinco vicarios: esto es, e n La Laguna, Santa Cruz, Orotava, Daute e Icod; pero con facultades muy limi- tadas, pues no podían conocer d e causas criminales, sino hasta la formación d e la sumaria, ni menos d e las decima- les, beneficiales y matrimoniales, que ocurrían cada día. Por este motivo, las islas d e Tenerife y Palma solicitaron con instancia el establecimiento en sus respectivas capita- les d e jueces d e las referidas cuatro causas, los cuales conociesen de ellas definitivamente, evitando d e este modo
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    los gastos yperjuicios que de trasladarse a Canaria se les seguía. Algunos obispos creyeron justos estos motivos, y nom- braron jueces con las atribuciones solicitadas, pero otros las consideraron como atentatorias a su autoridad, y dene- garon el nombramiento. Introdújose también en las Canarias, y fijó su asiento en Las Palmas, el Tribunal de la Inquisición, a consecuen- cia de la entrada de algunos judíos expulsados de España, de moros aprehendidos en las correrías de África, y de la connaturalización de varios comerciantes del norte y le- vante de Europa, que, atraídos por la riqueza del país, ve- nían a establecerse en las islas, inspirando a los católicos isleños seria desconfianza por sus creencias religiosas. El licenciado Bartolomé López Tribaldos fue el pri- mero que recibió en 1504 el título de inquisidor de Cana- ria, expedido por don fray Diego Deza, Arzobispo de Sevi- lla, subordinando el nuevo Tribunal a la Inquisición de aquella metropolitana, a cuya superior aprobación debían remitir- se las causas fenecidas. Tuvo Tribaldos varios sucesores, hasta que, en 1567, se solicitó y obtuvo erigir la Inquisición de Canarias en Tri- bunal independiente, siendo sus primeros ministros el doctor Bravo de Zayas y el licenciado Pedro Ortiz de Fúnez ( 1 ). Por bula de Pío V (2)se suprimió una canonjía en la Catedral de Canaria, quedando su renta afecta al nuevo Tribunal. Pero no contento el Cabildo con esta innovación, y fundándose en que para la supresión no se había solici- tado el consentimiento real, acudió en queja a la Corte desde 1578. Siguióse sobre este asunto u n reñido litigio, en que hubieron ruidosas notificaciones, autos y censu- ras, hasta que al fin triunfó la Inquisición,quedándose siempre con el producto de la canonjía, a pesar de que las rentas y bienes confiscados, y los caudales acumulados en sus ar- cas, no le imponían la necesidad de apelar, como en otro tiempo, a este recurso. Establecióse también en Las Palmas el Tribunal de la Santa Cruzada, y, por una provisión dada por el comisario general, Obispo de Zamora, en 1532, tomó esta adminis-
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    tración una formaregular. Componíase ordinariamente el Tribunal d e tres jueces subdelegados, que lo eran tres prebendados del Cabildo, con su notario, alguacil mayor y otros ministros, teniendo e n las demás islas comisarios subalternos (3). Para completar el sistema político, económico y judi- cial d e las islas, en la forma que entonces se comprendía la administración del estado, determinó el emperador Car- los V instituir un Tribunal superior, compuesto de tres jue- ces d e apelación, que, residiendo e n Las Palmas como ca- pital, abriesen su audiencia en ella. Antes que este nuevo orden d e cosas viniese a for- mar época e n las Canarias, sus vecinos y pobladores Ileva- ban sus pleitos y causas en grado d e apelación a la chanci- llería de Granada (4);pero considerando los excesivos gastos que d e este modo se ocasionaban a los litigantes, los en- torpecimientos y dilaciones que sufría la recta administra- ción d e justicia, y la necesidad d e un centro d e acción q u e impulsase y regularizara los acuerdos d e la municipalida- des, el gobierno expidió una real cédula, dada e n Granada a 7 d e diciembre d e 1526, por la que se creaban tres jue- ces, que decidieran y determinaran e n última instancia to- dos los litigios q u e se les presentaran con arreglo a las ordenanzas que contenía dicha real cédula (5). Los tres primeros oidores nombrados fueron Pedro d e Paradinas, Pedro d e Adurza y Pedro Ruiz d e Zorita, q u e llegaron a la Gran Canaria en septiembre d e 1527, presen- tando s u s despachos ante el Ayuntamiento d e esta isla e n 20 del mismo mes. Era entonces Gobernador Martin Gutiérrez Serón, te- niente suyo, el licenciado Cristóbal de la Coba, y regidores, Juan Siverio, Juan de Escobedo, Gerónimo de Pineda y Diego Narváez. Recibióse la noticia d e la instalación del nuevo Tribu- nal, como una gran merced que el Rey hacía a las islas, y así lo significaron éstas por conducto d e s u s Ayuntamien- tos, mandando publicar y obedecer e n sus respectivas ju- risdicciones los despachos y reales cédulas que a los oidores les servían d e títulos.
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    No tardó, empero,en provocar discordias el choque del antiguo sistema con el nuevo. Pedro de Adurra t ~ ~ v o algunas diferencias con el Gobernador de Canaria, Bernar- do del Nero, el cual, auxiliado de los regidores de Las Pal- mas, lo arrestó y remitió a España. El consejo real envió entonces por pesquisidor de este negocio y juez de resi- dencia del segundo adelantado de Tenerife, cuyos desafueros habían también producido graves quejas entre aquellos vecinos, al licenciado Pedro de Reina. Pero a su llegada encontró que Nero había huido a Portugal, y que los regidores, arrepentidos de su audacia, se sometían a la multa y al destierro que les impuso (6). Sin embargo, las discordias y competencias continuaban unas veces con los Ayuntamientos, otras con el Cabildo, y algunas entre los mismos magistrados; y así, para evitar estos escándalos, la Corte envió al licenciado Francisco Ruiz Melgarejo en calidad de juez visitador de la Audiencia y Gobernador de la Gran Canaria (7). Célebres son las or- denanzas que entonces proveyó este sabio jurisconsul- to, las cuales se mandaron guardar por el Tribunal, y que se leyesen públicamente el primer día de cada año. Por este tiempo, la Audiencia se trasladó dos veces a Tenerife (8). Fue la primera en el año de 1531 , a consecuencia de una enfermedad contagiosa que se había desarrollado en la Gran Canaria. Esta traslación no era ni podía ser enton- ces agradable al municipio de La Laguna, consejo aristo- crático que gobernaba con despótico mando la isla, y cuya jurisdicción se veía amenazada por la inspección inmedia- ta del Tribunal; así fue que su diputado en la Corte, Rodrigo Núñez de la Peña, obtuvo cédula confirmatoria para que los oidores no conociesen de las apelaciones que no exce- dieran de diez mil niaravedies, y otra para que la isla no les pagase sueldo. Tres anos permaneció la Audiencia en La Laguna, volviendo enseguida a Las Palmas, donde nuevos distur- bios con los vecinos y con su Ayuntamiento produjeron una segunda traslación de seis meses y repetidas quejas a la Corte, que, para satisfacerlas, envió de juez visitador a
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    don García Sarmiento,d e cuya visita no se obtuvo resulta- d o favorable. Entonces la Gran Canaria despachó en 1552 un dipu- tado a Madrid, para que suplicase al Rey proveyese nuevos títulos e n otros oidores, supuesto que, por no haber el consejo consultado sobre ello a S.M. y puesto reme- dio, padecian las islas notables vejaciones, siendo los jueces de alzada emparentados con los vecinos, y arrai- gados en la tierra con posesiones. de manera que los deudos hallaban en ellos favor, y ellos tenian disensiones entre sí mismos con general escándalo. (9). En las instrucciones que el Ayuntamiento d e Las Pal- mas daba a su comisionado se le encargaba la conclusión d e un proceso, pendiente en el consejo, sobre los benefi- cios patrimoniales d e las villas d e Guía y Gáldar, la solici- tud d e alguna artillería para defensa d e la isla, la adminis- tración por cuenta del municipio del almojarifazgo d e Ca- naria, y, especialmente, que el gobierno no enviase por gobernador a un juez letrado, en lugar d e un capitán va- liente y d e experiencia, como el q u e entonces les goberna- ba (10). A consecuencia d e esta representación, dictó Felipe 11 en 1553 unas ordenanzas en cuyo capítulo primero previe- ne (1 1) «queen cada un ano el primer dia de enero que se hiciese audiencia. los oidores hagan juntar todos los oficiales de ella, y que allí se lean públicamente dichas ordenanzas, las del licenciado Melgarejo, y las demas que en adelante se hicieren por dicha audien- cia.. En el tercero (12) ((sedispone, que los oidores no salgan fuera del pueblo de la residencia del tribunal a ninguna comision con salario ó sin él, sin licencia real, á no ser que convenga que alguno ó algunos de ellos vayan a ver por vista de ojos la diferencia sobre que es el pleito: y eso las menos veces que pueda ser)).En el cuarto ( 13) ((seordena que en las apelaciones de autos interlocutonos los escribanos hagan la relacion en cuanto fuere posible, sin entregar los procesos á los relatores, y no reteniéndolos. póngase el auto en el proceso y no se despache mandamiento ejecutorio». En el quinto se previene (14) ((quelos oidores alzen las fuerzas que los
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    jueces eclesiásticos hicieren,así contra legos en cau- sas profanas, como en no otorgar apelaciones en cau- sas eclesiásticas)).En el sexto ( 1 5) ase dispone que los oidores vayan a visitar la cárcel de la isla de su resi- dencia todos los sábados, y que las justicias y escriba- nos no solamente concurran para darles cuenta y razon de los procesos, sino que ejecuten lo que los oidores dispongan acerca de la prision ó soltura de los proce- sados)).En el séptimo ( 1 6) ase manda que los viernes se vean los pleitos de los pobres por su antigüedad, y en su defecto los criminales de presos, procurando des- pachar éstos brevemente, tanto en los viérnes, como en cualesquiera otros diaslb. En el octavo ( 17)use previe- ne que cuando en la audiencia hubiere algun pleito de padre, suegro, hijo, yerno, ó hermano de algun oidor, éste no lo vea. ni s e halle presente á la vista ni determinacion del tal pleito))( 18). El triunfo, pues, del Ayuntamiento de Las Palmas no podía ser más completo; estas célebres ordenanzas corre- gían los desafueros de que el pueblo se venía quejando, y devolvían a la justicia toda su imparcialidad y rectitud. Tales fueron las principales vicisitudes por que pasó en los primeros años de su instalación el primer Tribunal de las Canarias, hasta que nuevas desavenencias hicieron necesaria una reforma radical. Llevóla a cabo Felipe 11 en 1566, nombrando de primer regente al doctor Hernán Pérez de Grado, persona en quien concurrían bondad, rectitud, dignidad y energía. Entre las nuevas ordenanzas que entonces se dicta- ron, mencionaremos aquéllas en que se disponía que en las causas civiles hubiese grado de súplica, como fuese en cantidad de 300.0000 maravedíes abajo, sin apelación ni recurso: y que en las criminales, en que no se impusiese pena de muerte, se apelara a la Audiencia de Sevilla, y no a la de Granada. En esta misma época fijóse también en Las Palmas el Juzgado de Indias, que intervenía en todo lo relativo a la hacienda publica, y a la contratación con las Américas, indicandose en la misma real cédula ( 1 9) las fianzas que
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    había d eprestar el jefe, e n la misma forma q u e lo hacían los j u e c e s y regidores de residencia (20). Tenemos, pues, q u e e n Las Palmas residían entonces todos los tribunales superiores del archipiélago, a u n q u e e n la parte económica y administrativa los municipios tu- vieran ciertos privilegios, q u e les d a b a n una independen- cia relativa, cuyos límites demarcaba la Audiencia, conte- niéndolos e n el círculo a q u e debían extenderse s u s facul- tades. De e s t e m o d o se le dio unidad al sistema económico, político y judicial d e las islas, desapareciendo d e s d e los primeros a n o s d e la conquista la jurisdicción exenta d e algunos Ayuntamientos, q u e aspiraban, c o m o el de Tenerife, m a una independencia absoluta, y sujetándolos a las mis- -E m a s reglas y preceptos q u e regían a los demás. 3 Notas ( 1 ) Solía componerse e s t e extinguido Tribunal d e d o s 4 inquisidores, o d e un inquisidory un fiscal con alguaciles mayores, n secretarios, calificadores, consultores, notarios, fa~niliares,etc., extendiendo su jurisdicción por todo el archipiélago. En 1659, el inquisidor don José Badaran fabricó las casas que hoy existen - para cárceles y Tribunal del Santo Oficio, habiendo estado antes m O e n la calle d e Armas número 3. Aquellas casas fueron restauradas e n 1787, bajo la dirección d e don Diego Eduardo que trazó s u elegante escalera. Abolida esta institución en 1820, el edificio fue destinado a vivienda particular, trasladándose por fin a él la n Audiencia Territorial, después del incendio que, en 1842, consumió O O las Casas Consistoriales. El curioso archivo que s e conservaba e n sus salones ha sido e n este siglo varias veces saqueado. (2)A 15 d e julio d e 1566. (3)Cuando e n 18 19 se dividió el Obispado, s e fundó otro Tribunal e n La Laguna. Suprimidos ambos por el concordato d e 1851 , sólo el diocesano e s quien entiende e n la administración y gobierno d e Cruzada e indulto cuadragesimal. (4)Los Ayuntamientos n o podían conocer sino hasta la cantidad d e 10.000 maravedíes.- Reales cédulas d e 1504 y 15 10. (5)Véase original en el apéndice que va al fin del tomo. (61Zuaznavar, Noticias histórico-legales, p. 7. (7)Real cédula d e 2 2 d e diciembre d e 1531
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    (8) Esta traslaciónprovisional se fundaba en el siguie~ite artículo de la cédula de instalación: ~~Primeratnente ordenarnos y mandamos, que los dichos tres jueces estén y residan en la dicha isla d e la Gran-Canaria, y allí tengan la Audiencia, y si por algún respecto necesario conviniere que se mude y discr~rra a otra parte de las dichas islas por algun tiempo, que sea I u y a ~ conveniente, que lo pueda hacer.11 (9) Viera, t. 3. p. 134. (10) Era gobernador don Rodrigo Manrique: Viera t. 3, p. 135. (1 1) Ley 17. Tit. 3", lib. 3". Recop. (12 ) Ley 1 l . Tit. 3", lib. 3". Recop. (13) Ley 12. Tít. 3", lib. 3". Recop. (14) Ley 14. Tit. 3",lib. 3". Recop. (15) Ley 15. Tit. 3",lib. 3". Recop. (16 ) Ley 16. Tit. 3", lib. 3". Recop. (1 7) Ley 13. Tit. S", lib. 3". Recop. (18) Zuaznavar. Noticias histórico-legales, p. 10. (19) Fecha 2 3 de noviembre de 1566, y 3 de agosto de 1573. Lib. de privilegios, fol. 178 y 96 vto. (20) ,,Elrey concedió á la Gran Canaria por encabezamiento las rentas del seis por ciento, entrada y salida de esta isla pertenecientes á S.M. con las tercias de ella y de Tenerifc y La Palma, y por ello concedia á su ayuntamiento la ilitervencio~ien la casa del Dean y cabildo de la Sta. iglesia catedral para tomar razon de lo que correspondia á estos ramos y repartiniiento de granos.,,Martínez, Compilación, p. 53.- Lib. de privilegios, f. 130. Progresos de la colonia. Después que el licenciado Ortiz de Zárate empren- dió, como hemos visto, la reforma de los repartimientos de tierras y aguas de Canaria y Tenerife, se consiguió tran- quilizar por algún tiempo a los pobladores, y acallar sus justas quejas, si bien en los años sucesivos volvieron aquéllos a querellarse como sucedió en 1512 y 1545 ( 1 ).
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    A Zárate sucedieronvarios gobernadores q u e procu- raron, d e acuerdo c o n el Ayuntamiento de Las Palmas, dic- tar todas aquellas providencias q u e e n pro del bien c o m ú n les parecían m á s acertadas. La población iba, entretanto, aumentándose progre- sivamente: nuevas casas se construían en el barrio d e Vegueta, y el comercio d e azúcares y vinos, atrayendo algunos bu- q u e s europeos al puerto de La Luz, prestaba movimiento a la agricultura, y animaba a los propietarios al d e s m o n t e d e nuevos terrenos, trabajo siempre penoso e n los primeros a n o s d e la colonización de un país. Debe, sin embargo, suponerse q u e la riqueza agríco- la e r a todavía muy insignificante, c u a n d o observamos la m frecuencia con q u e la escasez de granos se dejaba sentir E e n la isla, efecto sin d u d a de la defectuosa distribución d e los terrenos y aguas, d e la falta d e brazos, y d e la preferen- 3 cia q u e se d a b a al cultivo de las viñas y el azúcar. - O m Habíase prohibido d e s d e 1 4 8 9 la extracción d e sus- O 4 tancias alimenticias, y nuevas reales cédulas vinieron a confirmar e s t e privilegio, creyendo de e s t e m o d o conjurar n m á s fácilmente el mal. Pero al azote del hambre unióse también el d e la pes- - m te, q u e esparció e n varias ocasiones el terror entre los ha- O bitantes de Canaria. En 1524, Bernardino d e Anaya, Gobernador q u e era entonces d e la isla, n o p u d o socorrer el castillo d e Guader a n e n Mar Pequeña, por la epidemia d e modorra q u e hacía o O entre los isleños grandes estragos. Esta enfermedad se prolongó hasta 153 1 , pues, c o m o ya se h a indicado, la Audiencia se trasladó a Tenerife hu- yendo d e ella, y residió e n La Laguna algunos meses. Ya desde 1 5 2 4 se había desarrollado el germen d e e s t a enfermedad desconocida, q u e tal vez los buques, q u e d e s d e levante venían a traficar, condujeran a las playas canarias. Los vecinos de Las Palmas, atemorizados c o n s u s desastrosos efectos, y creyendo ver e n ella un castigo divi- no, prometieron quitar de s u recinto el lupanar q u e por u n a real cédula se hallaba establecido e n d o n d e hoy exis- te el extinguido convento agustino, y cuyos productos for-
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    maban una partede la renta de propios del Ayuntamiento, edificando sobre sus cimientos una ermita al Santísimo Cristo de la Veracruz ( 2 ) . Esta promesa se llevó más adelante a efecto, así como en Telde, la fundación de la ermita de San Sebastián, debi- da a un voto de igual naturaleza. La peste, sin embargo, no desapareció de la isla, sino después de algunos años, aunque es de suponer que sólo en ciertas estaciones se desarrollase completamente, fa- vorecida por el estancamiento de las aguas, y el desmonte y destrucción de los bosques (3). La fama del lucrativo comercio que sostenía la isla con el continente europeo, movió la codicia de algunos aventureros que, aprovechándose de las guerras que divi- dían entre sí a los reinos de España y Francia, armaron buques en corso, y vinieron a ejercer sus robos y pirate- rías sobre las costas del archipiélago. Fue, entre éstos, el primero, Juan Florint, natural de Francia, el cual, en 1522, se apareció con siete naves so- bre el puerto de las Isletas o de L a Luz, y, manteniéndose algunos días cruzando en esa altura, logró apresar unos buques que venían de Cádiz con familias a establecerse en la Gran Canaria. Era entonces Gobernador Pedro Suárez de Castilla, esforzado caballero sevillano, que, indignado al ver la hu- millación de nuestra bandera, mandó inmediatamente ar- mar cinco navíos que estaban surtos en la rada, y, nom- brando por capitanes de ellos a Arriete de Bethencourt y a Juan Perdomo de Bethencourt, su hermano, les ordenó que fueran en seguimiento del corsario, le batieran y procura- ran arrancarle su presa. Los valientes isleños, sin conocer el miedo, se hicie- ron a la vela, y, persiguiendo de cerca al enemigo, traba- ron con él u n encarnizado combate sobre la punta de Gando, obteniendo en recompensa de su arrojo una completa vic- toria, y obligando al francés a abandonar su presa y huir lejos de las Canarias, a buscar en otros mares más fáciles conquistas (4).
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    Pocos a ño s después, e n 1532, otra hazaña d e un ca- nario dio a conocer a los enemigos d e la Espana q u e e n este olvidado archipiélago había también corazones esforzados, q u e volvían por la honra del pabellón nacional. Bernardino de Lezcano Mujica, Regidor d e la Gran Canaria, hijo del conquistador J u a n de Siverio Mujica, observando 'con do- lor q u e los corsarios se multiplicaban e n estos mares en- torpeciendo el comercio, saqueando las poblaciones inde- fensas y robando los pequeños buques d e cabotaje, y sa- biendo al mismo tiempo q u e s u audacia llegaba al extremo d e haberse establecido e n la isla de Lobos, roca desierta situada entre Fuerteventura y Lanzarote, donde dividían el producto de s u s robos y carenaban s u s naves, determinó destruirlos, atacándoles e n el mismo sitio q u e les servía d e punto de reunión. Para obtener este resultado, tuvo Lezcano la abnegación de trasladarse a Vizcaya, mandar allí cons- truir tres buques de gran porte, aprovisionarlos y pertre- charlos abundantemente, dotándolos con la gente d e gue- rra necesaria, todo a s u s expensas, y, con ellos, trasladar- se a la Gran Canaria, desde cuyo punto, haciendo rumbo a la isla de Lobos, ahuyentó por completo a estos corsarios, obligándolos a abandonar s u puerto d e refugio. Este eminente patricio había levantado e n Las Palmas, a la entrada d e s u magnífica casa, un alto terraplén, q u e había coronado de artillería, para defender desde allí, como desde una forteleza, la desguarnecida playa por d o n d e se extiende la ciudad (5).N o fue éste s u último servicio; u n o de los tres navíos construidos, c o m o h e m o s dicho e n Viz- caya, y q u e capitaneaba Simón Lorenzo, natural del Algarve, d e s p u é s de haber sido contratado d e orden del Emperador para almirante d e los galeones que iban anualmente a América, volvió a las Canarias, concluida felizmente s u honrosa co- misión, y hallándose e n La Palma pasaron junto a la rada dos buques franceses de corso, a cuya vista, levantando áncoras, se fue sobre ellos, y, dándoles alcance, trabó un reñido combate, q u e dio por resultado echar uno a fondo y rendir al otro, poniendo e n libertad a cuarenta mujeres, algunos hombres y varios religiosos de a m b o s sexos, to- dos españoles, q u e se dirigían a la isla de Santo Domingo ( 6 ) .
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    Entretanto, no sedescuidaba el ornato público de Las Palmas, ciudad que, reuniendo en su recinto las autorida- des principales del archipiélago, era considerada de hecho y de derecho como la capital de las Canarias. fl licenciado Agustín de Zurbarán, uno de los Gobernadores de la isla, se propuso construir algunas obras de indisputable nece- sidad (7).A su patriótico celo e incansable solicitud se debió la construcción de las Casas Consistoriales, que adorna- ban hasta 1842 la plaza principal de Santa Ana, y donde la Audiencia tenía también sus archivos, oficinas y sesiones, la cárcel, el peso de la harina, la fuente que en otro tiempo se hallaba enfrente de la Catedral (8), las gradas de los Remedios, que ya han desaparecido, la carnicería, y otros edificios y mejoras, como la nivelación y empedrado de las calles, que denotan su laboriosidad e inteligencia (9). Pero las alarmas no habían cesado: en la mañana del lunes 29 de octubre de 1543 apareció dentro del puerto de las Isletas el corsario francés Juan Afonso, atrevido pi- rata, que, conociendo lo indefenso de la costa, había aquella noche sorprendido el castillo de La Luz, entonces sin aca- bar, y clavado una pieza de artillería de bronce. Los isle- ños, al verlo, condujeron a la playa los cañones que Bernardino de Lezcano tenía en su casa, y, con ellos, lo alejaron de la costa, aunque con el disgusto de no poder evitar que apre- sase tres buques surtos en la rada. Sin embargo, no siempre estas piraterías eran coro- nadas con éxito feliz; en 1553, siendo Gobernador de Ca- naria don Rodrigo Manrique de Acuña, apareció u n día en la bahía de Las Palmas una escuadra francesa, que se mantuvo sobre el puerto hasta que logró apresar algunos buques que llegaban de España. Indignados los canarios con esta humillación, acordáronse de la hazaña de Suárez de Castilla, y, queriendo repetirla, armaron en corso cinco embarca- ciones, y tomando el mando de ellas Gerónimo Baptista Maynel, escribano publico que era de esta isla, hombre de valor y conocimientos náuticos, y llevando de tenientes a Maciot de Bethencourt y a Luis, Juan y Diego de Herrera, alcanzó a los enemigos, los batió, y, rindiendo siete em- barcaciones, humilló el orgullo de los franceses poniéndo- les en vergonzosa fuga. Los últimos tiros que se dispara-
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    ron en estenotable combate, tan honroso para los cana- rios, privaron de la vida a Maynel, cuya muerte acibaró en toda la isla el placer de la victoria ( 1 0). Digno de notarse es que, durante estos años de con- tinuas alarmas y reiteradas sorpresa, los cañones, pólvora y armas, los buques, tripulaciones y soldados, y todas las defensas de las islas, eran improvisadas por los mismos hijos del país, sin que el gobierno enviase tropas al archi- piélago, ni contribuyese directamente a rechazar las inva- siones que se organizaban contra sus costas. Las fortificaciones de la Gran Canaria se reducían sólo a la torre de Gando, en la rada de este nombre, y al incom- pleto castillo de La Luz en el puerto de las Isletas, con m escasa artillería y débiles murallas. Posteriormente, en 1579, E siendo Gobernador de la isla don Martín de Benavides, se construyó un lienzo de muralla que resguardase a la ciu- 5 dad por el M., levantando a sus extremos dos fuertes, que 1 fueron los de Santa Ana y Mata, y colocando en ellos algu- m O na artillería. 4 Debióse también a este solícito Gobernador la cons- trucción de un puente de cantería sobre el barranco que atraviesa la ciudad, pues un fuerte aluvión se había Ileva- do 'el que existía, interrumpiendo la comunicación entre los dos principales barrios de Vegueta y Triana, y destru- yendo algunas casas de las calles de la Pelota y Herrería. La obra fue construida con toda la solidez necesaria, apro- vechando alguna cantería de una muralla ruinosa que se extendía al sur de la ciudad. Coronaban el puente dos es- tatuas, una de santa Ana y otra de san Pedro Mártir, con una inscripción en verso que indicaba el nombre del Go- bernador y los servicios que había prestado a la isla ( 1 1 ). Estos servicios, o tal vez la audacia de inscribir s u nombre en una obra pública, le crearon una multitud de émulos que, deseando su pérdida, le acusaron ante el su- premo consejo, exagerando sus faltas y olvidando sus vir- tudes. Llegó entonces u n juez de residencia, formóle un ruidoso proceso, y, en pago del bien que hiciera a Las Pal- mas, condenole a morir públicamente degollado.
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    Tan inicua sentenciafue revocada por el Rey, y don Martín, puesto en libertad, tuvo la satisfacción de ver hu- millados a sus enemigos y triunfante su inocencia ( 1 2), pero creemos desde luego que en lo sucesivo se abstuvo de servir al público con el celo y abnegación de que hasta entonces había dado tantas pruebas. Por aquellos años se recibieron en Canaria algunas reales cédulas, que no carecen de importancia. En una, de 1533, se prohibía a los dueños de los ingenios de azúcar se hallaran presentes en las sesiones del Cabildo cuando se tratase de cortes de leña, tal vez por los abusos que ya desde aquella época se advertían en los montes de domi- nio público. En el mismo año se expidió otra cédula, man- dando expresamente no se estorbase la navegación a los buques que arribasen a la isla. En 1537, se prohibió re- vender azúcare;, y, en 1550, admitir negros en los barcos del tráfico y pesca de la costa de Africa. Por último, con la misma fecha, se autorizó la importación de caballos de raza española, y la introducción de alguna moneda castellana, pues la que servía para el cambio diario escaseaba ya en la provincia ( 13). Las enfermedades contagiosas y la escasez de gra- nos habían, entretanto, desaparecido de la Gran Canaria, pero la peste llamada de las Landres se aprestaba a diez- mar a Tenerife, un horrible volcán a destruir algunos disti-i- tos de La Palma, y los moros y argelinos a saquear a Lanzarote. Calamidades eran éstas que habían de repetirse por desgracia en el archipiélago. Notas (1) En 1511 , el Gobernador Sosa despojó de una parte del heredamiento del río Guiniguada a sus legítimos due~ios para dársela a su cuñado Pedro de Cabrera, al regidor Cristóbal Vivasy al escribano Juan de Aríñez. Las veinticinco suertes de agua de Satautejo y Angostura se dividieron en 1545 de esta manera: diecinueve y media para el regidor Zoilo Ramírez, el chantre Zoilo Ramírez y el bachiller la Coba, y las otras cinco y media suertes entre otros dos interesados. Zuaznavar, p. 29. (2) Castillo, p. 238.
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    (3)En el testamentodel conquistador Francisco Carrión, natural d e Burgos, otorgado e n Canaria a 22 d e mayo d e 1527 ante Hernando d e Padilla, refiere el testador que n o l e habían permitido comunicar con su mujer, a la vuelta del último viaje que hizo a Burgos, por la pestilencia que había en dicha isla, y d e que s e hallaba moribundo e n cama. Zuaznavar, p. 10. (4) Este Juan Florint fue el mismo que, alejándose de la Gran Canaria después d e este combate, s e dirigió a las Azores, donde s e apoderó d e dos navíos que volvían d e América con la recámara d e Moctezuma, y un tesoro inmenso en barras d e oro, plata y piedras preciosas. Castillo p. 237. (5)Castillo, p. 249. (6)Castillo, p. 239. (7) Ano d e 1535. (8)Hoy trasladada a la fachada posterior de la misma iglesia, y conocida con el nombre d e Pilar Nuevo. (9)En 1540 volvió Zurbarán d e Gobernador, y concluyó las obras principiadas. Castillo, p. 240. ( 10) Castillo, p. 2 4 1 . ( 1 1 ) La inscripción era una octava que decía d e este modo: Alégrate Canaria, pues t e hallas De tales patronos defendida, D e torres, puentes, fuertes y murallas Y bélico ejercicio enriquecida; Con éstas y otras ínclitas medallas Te ves y te verás ennoblecida Por tu gobernador, que e n paz y e n lides, Se nombra don Martín d e Benavides. (12)Mandósele sólo que quitase el último verso d e la octava. Castillo, p. 243. ( 13) Zuaznavar, p. 39.
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    X I . Fundaciones religiosas. Imágenes aparecidas.-Parroquias. Cuando la España e n los siglos XV y XVI emprendió esa memorable serie d e viajes y conquistas, q u e dio por resultado el descubrimiento y civilización d e un nuevo mundo, abriendo a las atónitas miradas d e la Europa, mares y paí- ses desconocidos, costumbres y religiones nuevas, hom- bres y animales, a v e s y plantas, ríos y montañas d e rara y sorprendente variedad, junto al pendón triunfante d e Castilla, veíase siempre levantar la cruz, c o m o símbolo d e la con- quista moral, c o m o emblema d e la civilización del porve- ni r. Por desgracia, no siempre los intérpretes d e la fe cumplían e s t a santa misión: impulsados con frecuencia por la codi- cia, la ambición, o el d e s e o d e venganza, olvidaban el o b - j e t o q u e a aquellas regiones les llevara, y eran los prime- ros q u e ensangrentaban s u s m a n o s e n los indios q u e no se sometían sin vacilar a s u s caprichos. J u s t o e s , sin embar- go, añadir q u e muchos alcanzaron e n la lucha la corona del martirio, predicando el evangelio entre naciones bár- baras y salvajes, y q u e , si puede citarse con repugnancia a un fray Vicente d e Valverde, también p o d e m o s señalar c o n honra universal a un fray Bartolomé d e las Casas. En las islas Canarias, los misioneros predicaron e n varias ocasiones la fe d e J.C., viniendo con las primeras expediciones d e aragoneses y mallorquines, y luego con las que, e n las costas d e Andalucía y mar Cantábrico, se organizaron a n t e s y d e s p u é s del siglo XV. Ya se han referido los trabajos apostólicos d e e s t o s misioneros, y los martirios q u e e n la Gran Canaria sufrie- ron algunos failes d e s p e ñ a d o s e n la sima d e Jinámar. Cuando Rejón vino luego con s u pequeño ejército a conquistar la isla, trajo consigo algunos frailes d e la orden d e San Francisco, q u e le ayudaron e n la conversión y s u - misión d e los indígenas. Concluida la conquista, Pedro d e Vera les señaló sitio al norte d e la ciudad para fabricar un
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    convento, q ue se levantó a los pocos a n o s con el producto d e las limosnas d e los fielesy algunos despojos de los vencidos ( 1 ) . Entre los pueblos d e Gáldar y Guía de la misma isla, e n sitio conveniente, se levantó otro convento de la mis- m a orden el a ñ o de 1520, bajo el título de San Antonio de Padua, siendo s u s patronos don Sebastián d e Bethencourt y d o n a Elvira Pineda. Aquí fue d o n d e el día 2 2 de enero d e 1 5 6 2 cayó un rayo q u e abrasó el sagrario, sin ninguna le- sión del Santísimo (2). El tercer convento q u e se fundó e n Canaria fue el d e Santo Domingo, para cuya fundación había solicitado Pe- dro de Vera con instancia la conveniente real licencia, q u e parece le fue concedida sin dificultad. Señalósele sitio al sur de la ciudad d e Las Palmas, y e n la misma llanura don- de se había verificado el último acto de la conquista, esto es, la entrega de las infantas Guayarmina y Masequera, y, dotándolo el General de buenos repartimientos, se princi- pió la obra con entusiasmo. Sin embargo, se asegura q u e el convento n o pudo abrirse hasta marzo d e 1522, época e n q u e Vera, s u protector, había ya muerto e n Jerez. A la iglesia de e s t e convento va todos los a n o s e n procesión el Cabildo y Ayuntamiento el día del aniversario de la conquista de la isla, llevando el pendón tradicional, recuerdo q u e n o s prueba la importancia de esta comuni- dad, y la protección q u e le fue concedida por los primeros pobladores. Este convento y el de San Francisco fueron incendia- dos por los holandeses e n 1599, perdiéndose s u s papeles, libros y archivos; pero a m b o s se reedificaron luego c o n donativos y limosnas de los fieles, distinguiéndose entre los donantes don Rodrigo de León y s u esposa d o n a Susa- n a del Castillo, que, movidos de un s u e n o misterioso, cos- tearon la obra d e la iglesia de Santo Domingo, hasta s u total conclusión. Por los anos de 1572, vivía e n Canaria un monje bene- dictino, hijo del monasterio d e Valladolid, llamado fray Pe- dro Basilio de Peñalosa, amigo y deudo del célebre poeta don Bartolomé Cairasco de Figueroa, dignidad d e prior en-
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    tonces en elcabildo de la Catedral de Las Palmas. Este mon- je, deseando fundar en la isla un convento de monjas, con- siguió, con sus consejos y exhortaciones, que algunas jóve- nes de nobles familias se reunieran junto a una ermita de la Concepción, situada en la plaza de San Bernardo, y que allí, en unas casillas pobres, formaran sus celdas y practicaran, sin ser monjas, una vida ascética y ejemplar ( 3 ) . El 12 de diciembre del ano citado, se presentó el pa- dre fray Basilio ante el Cabildo, y pidió licencia para fun- dar con las indicadas jóvenes u n monasterio, en atención a la vocación decidida que éstas manifestaban al retiro y a la vida religiosa. Contradijo con graves razones esta solici- tud el arcediano de Canaria don Juan Salvago, pero Cairasco y otros capitulares combatieron una por una las razones del ilustrado arcediano, y su opinión prevaleció, obtenien- do al fin el padre Penalosa la licencia que solicitaba (4). Con esta protección, con la de los padres de las jóve- nes reclusas, y con la más poderosa aún del Obispo don Fernando Suárez de Figueroa, se dio desde luego principio al edificio, embarcándose al mismo tiempo el fraile para Sevilla, donde sacando del monasterio cisterciense de Santa María de las Dueñas a las que debían ser fundadoras, llegó con ellas a Canaria, y entraron todas en clausura el 14 de junio de 1592. Llamábase la abadesa dona Isabel de Ciarcés de Bracamonte, y la priora dona Francisca Ramírez. Este fue el primer convento de monjas que hubo en la isla, pre- sa luego de las llamas en la invasión de los holandeses y reedificado en 1609 bajo la vigilancia y dirección de Anto- nio de Olivares (5). Los franciscanos edificaron u n nuevo convento de su orden en Telde, hacia el año de 1612, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Antigua: y los frailes dominicos, uno en Firgas al ano siguiente, y otro en Agüimes en 1649, todos con escasos bienes y reducida comunidad. Deseando el Obispo don Cristóbal de la Cámara y Murga que hubiese un segundo monasterio de religiosas en Las Palmas, fundó el de bernardas descalzas, con título de San Ildefonso, dotándolo de sus mismas rentas, y promovien- do con celo y diligencia la construcción del convento.
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    Las monjas fundadorasfueron trasladadas del monasterio bernardo de la misma ciudad, y entraron e n clausura a 11 d e abril de 1643. Por fin, e n 1 6 6 4 se fundaron los d o s últimos conven- tos q u e había e n Las Palmas, siendo el primero, el de reli- giosos d e la orden de San Agustín, construido en el local q u e servía para ermita del Santo Cristo de la Veracruz (6), y el segundo, el de religiosas d e Santa Clara, establecido en las casas que fueron d e don Bartolomé Cairasco d e Figueroa. Las fundadoras de esta último convento eran seis monjas de la ciudad de La Laguna, q u e entraron e n clausura e n mayo del citado a ñ o (7). En cada uno de los tres conventos de religiosos q u e " 7 hemos indicado, había clases de gramática, moral y teolo- E gía, siendo ésta la única instrucción a q u e entonces po- dían aspirar los canarios. Bajo e s t e punto de vista, los con- = ventos prestaron e n aquella época grandes servicios al país, - conservando el gusto a los estudios clásicos, si bien infi- 0 m O cionado con el escolasticismo de la Edad Media, q u e domi- 4 naba exclusivamente e n s u s aulas. Desde la traslación de la Catedral a Las Palmas, se dispuso e n los estatutos del Cabildo q u e se nombraran d o s curas e n s u sagrario, a quienes se acudiese con un cierto - m 0 noveno de los frutos del término d e s u jurisdicción, para q u e éstos proveyesen a todas las necesidades espirituales de los fieles de la capital. E Estos beneficios cu'rados los ejercían al principio los mismos canónigos, siendo s u nombramiento d e real provi- sión; pero observándose q u e muchas veces recaian estos cargos e n sujetos q u e residían e n la Península, los cuales a s u vez nombraban sustitutos q u e n o cumplían con s u obligación, los pueblos y Ayuntamientos acudieron al Rey haciéndole ver los perjuicios q u e de e s t o se seguían, y, a s u instancia, se expidió una real cédula, dada e n Madrid a 5 de diciembre de 1533, e n la q u e se prevenía que, reser- vándose el Rey la provisión de las dignidades, canonicatos y raciones, los beneficios y curatos se proveyesen e n los naturales de las islas, previa oposición.
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    A consecuencia deesta orden, se subdividieron los beneficios en esta forma: en cada una de las cinco islas de Lanzarote, Fuerteventura, Hierro, Gomera y Palma u n be- neficio; tres en la Gran Canaria, a saber, el de la capital, el de Telde y el de Ciáldar; y tres en Tenerife, el de L a Laguna, el de Taoro y el de Daute. Consta de los libros capitulares del Cabildo que ya en 1527 había dos curas en Las Palmas, tres en 1541 , y cuatro en 1563 (8).Este número volvió a reducirse a tres en 1583. Por cuestiones de disciplina, el Cabildo les quitó las llaves del sagrario en 1591 , y nombró para administrar los sacramentos interinamente al canónigo Rocha y al racionero Borrero, cesando este entredicho en el siguiente año de 1592. Posteriormente, esto es en 1614, se acordó que es- tos curatos se diesen por oposición y examen, como en Sevilla, y que sólo hubiese dos. En algunas informaciones que datan de 1506 se ve la firma de fray Joan de Matos, que se intitulaba cura de Telde, lo cual prueba que desde la época de la conquista se esta- bleció allí una parroquia; encontramos, además, que en 1497, visitó don Diego de Muros, Obispo de la diócesis, el citado pueblo de Telde, dejando en su archivo las prime- ras constituciones sinodales de que hay memoria en la his- toria religiosa de las islas. El aumento de población en el interior de la Gran Canaria dio origen a varios pueblos, que, creciendo en vecindario, pidieron curas para sus necesidades espirituales. El Cabil- do, entonces, por acuerdo de 19 de enero de 1.522, decre- tó que se accediese a tan justa solicitud, pagándose a los nuevos curas de la masa común de los diezmos de la ciu- dad (9). El exaltado sentimiento religioso que dominaba a los conquistadores españoles del siglo XV en todas sus em- presas produjo con frecuencia extraños sucesos, que, en su ferviente fe, atribuían siempre y sin examen a la inter- vención milagrosa de la providencia. No fue en las Cana-
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    rias donde menosdejó d e notarse este fenómeno; tene- m o s desde luego e n Tenerife la imagen d e Candelaria, y en Fuerteventura la d e la Peña, cuyas apariciones fueron acom- pañadas d e circunstancias maravillosas, que nuestros pia- dosos cronistas s e complacieron en comentar, siendo aquellas imágenes objeto del culto más respetuoso, dentro y fuera d e la provincia ( 1 0). Ya hemos visto también cómo al llegar Rejón por la primera vez a las playas d e la Isleta s e le apareció según unos Santa Ana, y según otros San Pedro, señalándole el sitio más conveniente para sentar allí s u s reales; en Tenerife aseguraba Alonso d e Lugo que el apóstol Santiago había bajado del cielo a alancear a los guanches; y en la derrota d e Acentejo, una tempestad milagrosa vino a salvar los restos del ejército español. N o tiene, pues, nada d e extraño que e n la Gran Canaria hubiese también su imagen aparecida desde los primeros años d e la conquista, siendo el sitio destinado para este hallazgo milagroso el bosque q u e cu- bría el pintoresco valle d e Teror. Veamos cómo la tradición y la fe d e los canarios nos conservan este suceso. Al a ñ o siguiente d e la rendición d e los isleños, algu- nos españoles, a quienes había tocado e n suerte los terre- nos del valle, observaron que d e noche se iluminaba el bosque con una luz misteriosa, rodeando ésta especialmente el tronco y ramas d e un magnífico pino, único d e s u espe- cie, que en medio d e una plazoleta s e elevaba. Era este pino un prodigio d e la naturaleza. Además d e la considerable altura d e s u copa, tenía por el tronco once varas d e circunferencia, y s u s ramas se elevaban iguales, esbeltas y frondosas. En la primera dis- tribución d e estas ramas s e descubría un circulo d e culan- trillo, tan lozano y fresco como si brotase junto a un ma- nantial. De este círculo nacían tres dragos, d e cuatro varas d e alto, injertados e n el mismo pino. Aquí fue donde el ilustrisimo don Juan d e Frias se atrevió a subir, encontrando en medio d e los dragos y so- bre una peana d e piedra, una imagen d e la Vírgen con s u hijo sobre el brazo izquierdo.
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    Esta imagen es la misma q u e e n el día se venera e n el santuario d e Teror. Al pie del pino brotaba una fuente d e milagrosos efectos, d o n d e los enfermos iban a curar d e s u s dolencias. Secóse, dicen, porque un cura, codicioso y avaro, cercó el sitio con un vallado y puso irreligiosamente precio al agua san- ta. Levantóse una iglesia a pocos pasos del pino, q u e fue incorporada a la Catedral e n 1514, reedificándose lue- g o m á s suntuosa, c o m o tendremos a s u tiempo ocasión d e examinar. Un siglo después, el 3 d e abril d e 1684, se vio d e improviso inclinarse al suelo el árbol prodigioso, tal vez por la barbarie d e tener pendiente d e s u s ramas las cam- panas, cayendo e n medio d e la plaza, sin producir ningún daño. En s u s calamidades la isla entera ha acudido siempre a la intercesión d e esta imagen, llevándola con frecuencia a Las Palmas con una pompa y solemnidad dignas del o b - jeto q u e motivaba la función. Su última visita a la capital fue e n el a ñ o d e 1816 ( 1 1). Reanudando ahora la interrumpida serie d e los Obis- p o s d e la diócesis, diremos q u e d e s p u é s q u e don Diego d e Muros h u b o d a d o a s u iglesia las primeras constituciones sinodales, y reformado los estatutos d e s u cabildo, fue tras- ladado e n 1 5 0 4 al obispado d e Mondoñedo, sucediéndole don fray Antonio d e la Peña, insigne predicador d e los Re- yes Católicos, q u e n o pasó a Canarias, así c o m o tampoco s u inmediato sucesor don fray Antonio d e Ávila. En 151 2 era Obispo don Pedro d e Ayala, q u e sostuvo grandes controversias respecto al señorío d e Agüimes, dis- tinguiéndose especialmente e n éste y e n otros litigios d e inmunidad eclesiástica s u sucesor don Fernando Vázquez d e Arce, q u e se cree murió e n Sevilla por los a ñ o s d e 1520. El emperador Carlos V presentó para la silla vacante e n 1 5 2 1 a fray J u a n d e Peraza, nieto del célebre Diego d e Herrera, pero sólo vino s u hermano fray Vicente a visitar
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    e n su nombre la diócesis, cuando, nombrado obispo d e Santa María d e la Antigua del Darien, p a s ó por las islas para trasladarse a aquella iglesia. Es notable la administración apostólica de s u suce- s o r d o n Luis Vaca, por el entredicho lanzado s o b r e la ciu- d a d de La Laguna e n 1 5 2 6 a consecuencia de n o querer casarse el regidor Cierónimo Valdés con Margarita Perdomo, según lo tenía m a n d a d o el canónigo Hernán Ruiz, visitador y vicario general del obispado, e n la causa q u e al efecto sentenció. Arreglado, e n fin, e s t e desagradable incidente con aquel Ayuntamiento, el canónigo levantó s u s censu- ras. A e s t e Obispo, que, según se infiere, nunca visitó s u iglesia, sucedió fray J u a n de Salamanca, a quien d e s p a c h ó las bulas Clemente VI1 e n 5 d e marzo de 1 5 31 . Carlos V, e n 1533,le dirigió las reales cédulas s o b r e patrimonialidad y división d e los beneficios curados, según h e m o s ya refe- rido. A s u muerte, acaecida e n 1534, n o m b r ó el Cabildo, e n u s o d e s u s facultades, un administador apostólico, per- maneciendo, según se d e d u c e de algunos documentos, la s e d e vacante hasta el nombramiento de fray Alonso d e Virues e n 1539, p u e s es d u d o s a la presentación de fray J u a n de Sarvia o Saravia, Obispo q u e se s u p o n e consagrado entre las d o s é p o c a s indicadas ( 12). Era el s e ñ o r Virues un teólogo insigne, autor d e va- rias obras d e mérito, y muy estimado del Emperador, pero e s t o n o fue obstáculo para q u e , acudiendo e s t e monarca a las instancias del Ayuntamiento de Canaria, q u e d e s e a b a ver e n la diócesis a s u Obispo, le prescribiera trasladarse sin demora al archipiélago, orden q u e Virues se apresuró a obedecer. Después d e haber visitado todas las islas, murió e s t e prelado e n Telde e n 1545, hallándose sepultado e n el presbiterio de la Catedral al lado del evangelio. Fue s u su- cesor d o n Antonio de la Cruz, teólogo también muy céle- bre, q u e asitió al concilio d e Trento, y el cual, al venir para s u iglesia e n 1550, murió e n Cádiz a n t e s de embarcarse. Igual desgracia tuvo s u sucesor d o n fray Francisco d e la Cerda, que, a los nueve m e s e s de haber ocupado la silla episcopal, la d e j ó vacante, c u a n d o estaba ya e n viaje para Las Palmas. Tampoco obtuvieron las Canarias la honra de
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    ver e ns u s e n o a fray Bartolomé d e Carranza, ni a fray Melchor Cano, nombrados luego sucesivamente, y d e los cuales el primero renunció la mitra, y el segundo n o pasó a las islas. Entonces, y por renuncia q u e al fin presentó también el ilustre Cano, fue nombrado don Diego d e Deza, auditor q u e e r a del Tribunal d e la Rota. Creyeron los canarios q u e el nuevo Obispo vendría a residir e n s u iglesia, pero n o s e p u d o o b t e n e r q u e abandonase a Sevilla, s u patria, d o n d e permaneció durante t o d o el tiempo d e s u pontificado. Entretanto, gobernaba la diócesis el Deán don Diego d e Padilla, que, e n 1564, puso e n entredicho a la isla d e La Palma a consecuencia d e la extracción d e aquella isla d e los granos d e los diezmos, e n una é p o c a e n q u e allí se padecía s u m a escasez. El Ayuntamiento d e La Palma acu- dió e n queja al nuncio d e s u Santidad, y éste, dirigiéndose al Obispo que, c o m o h e m o s dicho, e s t a b a e n Sevilla, man- d ó q u e levantase el entredicho, y s e arreglara e s t e negocio d e u n a manera satisfactoria a aquellos pueblos y a la auto- ridad eclesiástica. En e s t e mismo a ñ o el s e ñ o r Deza fue trasladado a la silla d e Coria, siendo nombrado e n s u lugar don Bartolomé d e Torres, q u e aportó a las Canarias e n compañía del pri- mer regente d e la Audiencia, el doctor Hernán Pérez d e Grado, y cuatro misioneros jesuitas, los primeros q u e d e e s t e instituto visitaban el obispado. Notas ( 1 ) Por bula de Inocencio VIII, dada en Roma a 23 de agosto de 1486,se concedía facultad a los Reyes Católicosy a sus sucesores de poder fundar en todo el nuevo reino de Granada e islas de Canaria los conventos y monasterios de órdenes religiosas de ambos sexos que juzgasen oportuno, dotándolos antes de rentas competentes. (2) Viera, t. 4. p. 359. (3)Viera, t. 4. p. 440. (4) Don Juan Salvago dijo: "Que no convenia hubiese tal monasterio en Canaria, pues habria de traer entonces y en lo sucesivo grandes perjuicios: que la isla era pobre; que las sementeras, las viñas y las canas de azúcar iban de dia en dia á menos; y
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    apenas s epodian mantener los capitulares, y que era su dictamen s e hiciesen todas las contradicciones posibles ante el Señor obispo y demásjueces, pues á la verdad Dios n o seria servido, ni recibiria la isla ningun beneficio d e semejante fundacion. Que lo primero porque esto n o convenia, era porque la dicha isla e s cálida, y el vecindario de la ciudad s e compone de gente ociosa, d e que s e seguirian visitas á todas horas a las monjas y comunicaciones dañosas; lo segundo, porque esta tierra estaba expuesta á entradas de enemigos, moros, luteranos, etc. e n cuyos rebatos seria forzoso que las mugeres saliesen de la ciudad, y no se sabria donde recojer las monjas; lo tercero, porque la isla era falta de mantenimientos de pan y carne, de suerte que á veces s e veian ricos y pobres buscándolos, sin encontrarlos; lo cuarto, porque las heredades s e cautivarian con las dotes y demás gastos de los mongios, iglesia, capellanes, etc. etc. " 7 A esto contestó Cairasco: Que á lo primero que s e dice que - esta tierra e s cálida, la esperiencia nos enseña lo contrario, y E - todos los que han escrito de estas islas por su temperamento, las llaman fortunadas; y aunque fuese cálida, por esa misma causa 3 - s e debia hacer el dicho monasterio, porque el reparo del calor e s - 0 m infundado, y así las vírgenes que aquí s e han dedicado y dedican O a N. S. con el reparo d e s u monasterio s e podrán defender del 4 calor de los vicios. Y á lo que s e dice que e s inconveniente el ser * n esta isla infestada de enemigos, cosa que hasta ahora n o hemos - visto, por esta misma causa s e debe hacer el dicho monasterio, porque con las oraciones, vida y ejemplos de las dichas monjas, - - m será tener un fuerte muy seguro contra estos peligros, así de enemigos O visibles como invisible s.^^ Actas del cabildo.- Sesiones del 12 y - 19 de diciembre d e 1572. - - (5)Sosa, p. 27. a (6)Celebróse la fundación a 27 de mayo. n - O (7)En el local que ocupaba este convento s e ha construido O una alameda y un teatro. (8) Llamábanse estos curas Gómez, Morón, Samaniego y Castillo. (9) Es curioso el siguiente acuerdo del Cabildo e n sesión de 1 " de diciembre de 1534: ,,Por cuanto piden cura los vecinos de Tirajana, acuerda el Cabildo concederles ocho doblas por cuenta d e hacimientos, para ayuda de costa del clérigo que tomen ellos mismos á su contento.,> ( 1 0 ) El aluvión que descargó sobre las Canarias e n 1826 s e llevó al mar la virgen de Candelaria, sin que haya vuelto a encontrarse. ( 1 1 ) En el archivo del extinguido Tribunal de la Inquisición existía un expediente formado en averiguación de las circunstancias
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    milagrosas que acompañarona la aparición o hallazgo de la Virgen del Pino, y en él resultaba complicado un Juan Pérez de Villanrrcva, vecino de Teror en la época de la conquista. (12) En el archivo de la parroquia de San Juan de Teldc se encuentra el acta de la visita del hospital de San Pedro Marti/; que en 1536 hizo en aquel pueblo el muy reverendo señor don Joan Vivas, canónigo de Canaria, visitador de este obispado por los muy magníficos y reverendos señores el Deán y Cabildo dc Canaria, sede vacante. XII. Don Luis de la Cueva. La llegada a Las Palmas del doctor Hernán Pérez d e Grado fue anunciada e n todo el archipiélago c o m o un acon- tecimiento d e la mayor importancia. La reputación d e q u e gozaba c o m o sabio y recto jurisconsulto, la reforma del Tribunal q u e tan acertadamente había llevado a efecto e n los a ñ o s anteriores, y el carácter d e q u e venía revestido con el titulo, nuevo e n las islas, d e regente d e la Audien- cia, le aseguraban d e s d e luego el respeto y la considera- ción d e los municipios y de los pueblos ( 1 ) . Así sucedió, porque haciendo desaparecer los g é r m e n e s d e antagonis- m o q u e todavía existían entre los oidores y algunas perso- n a s particulares, y ocupándose con afán e n remediar los males públicos, dio un nuevo aspecto de dignidad al primer Tribunal de la provincia ( 2 ) . Entre otras medidas d e importancia merecen citarse las enérgicas disposiciones q u e adoptó para conjurar el hambre q u e asolaba a Canaria, y el socorro d e buques, soldados y municiones q u e envió a Lanzarote, invadida por diez galeras d e moros e n septiembre de 1569. Este soco- rro se componía d e 300 hombres m a n d a d o s por J u a n de Siverio Mujica, q u e llevaba a s u s órdenes por capitanes a J u a n d e Herrera, Angel de Bethencourt y Francisco d e To- rres. Al aparecer s o b r e Lanzarote las cinco embarcaciones e n q u e iban e s t a s tropas, los moros se reembarcaron pre-
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    cipitadamente, ahogándose muchos,y zozobrando s o b r e la costa d e San Bartolomé algunas d e s u galeras (3). Incansable siempre el regente Grado e n promover el bien d e las Canarias, dispuso una expedición para descu- brir, e n el paralelo del mismo archipiélago, la famosa isla d e San Borondón, q u e , según las informaciones m á s minu- ciosas y las declaraciones d e testigos fidedignos, se apare- cía c o n frecuencia hacia la parte occidental de Tenerife, Hierro y Gomera, n o faltando quien asegurase haber des- embarcado e n ella. Inútil es decir q u e e s t a expedición, así c o m o otras muchas, dirigidas luego c o n el mismo objeto, fueron tan infructuosas, c o m o ilusoria e r a la isla q u e bus- caban. Sin embargo, las apariciones se repitieron hasta el siglo pasado, y si bien las personas instruidas las conside- raron c o m o un fenómeno d e refracción solar, la gente cré- dula del pueblo siguió creyendo e n la existencia de aque- lla isla inaccesible, poblándola d e gigantes, de ríos cauda- losos, y d e montañas d e raras y extrañas formas (4). Por e s t e tiempo, los franceses invadieron la isla de La Palma, s a q u e a n d o s u ciudad capital, y q u e m a n d o s u s edificios y archivos, hasta q u e aquellos valientes isleños, volviendo de s u sorpresa, los obligaron a reembarcarse con pérdida considerable. Otra calamidad, a ú n m á s terrible, vino a afligir a los palmeses c u a n d o m á s tranquilos se encontraban. El 1 5 d e abril d e 1585, a las d o s d e la tarde, d e s p u é s d e un espan- toso terremoto, se vio elevarse la tierra e n el término d e Los Llanos, formándose de repente una elevada montaña, d e cuyo centro caía e n arroyos abundante lava, q u e corrió m á s d e una legua e n dirección al mar, mientras se cruza- ban por el aire fuego, humo, cenizas y peñascos encendi- dos. Poco a n t e s d e esta é p o c a memorable, e n 1582, una horrorosa peste invadió a Tenerife llevándose m á s de nue- ve mil personas e n pocos meses. Creyóse q u e el contagio se había propagado por me- dio de u n o s tapices d e Levante q u e trajo el capitán Lázaro
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    Moreno, recibido en aquel a n o por Gobernador d e la isla, y los cuales se expusieron por la primera vez e n s u s balco- n e s el día del Corpus al tiempo d e la procesión. La infección duró con m á s o m e n o s intensidad hasta 1583, pero sin comunicarse a las d e m á s islas. En e s t e mismo a ñ o y e n los siguientes las islas s e vieron amenazadas a la vez por los ingleses, argelinos y portugueses; los primeros, mandados por Drake, d e s p u é s d e haber atacado a Cádiz, se dispusieron a cruzar por nuestro archipiélago; los segundos, capitaneados por el corsario Amurat, penetraron e n Lanzarote, y, avanzándose s o b r e Teguise, desmantelaron s u castillo principal, quemaron doce mil fanegas d e trigo y cebada, y destruyeron las casas, ar- chivos y depósitos públicos. Entre los numerosos prisione- ros q u e hicieron e n esta jornada se contaba la marquesa d e Lanzarote, d o ñ a Inés Benítez d e las Cuevas, y d o ñ a Constanza d e Herrera, hija natural del marqués, a quienes é s t e rescató por precio d e quince mil ducados, a u n q u e sin poder estorbar q u e los moros se llevaran e n triunfo dos- cientos isleños cautivos. Los portugueses, rebeldes ya a la dominación españo- la, quisieron también invadir las islas, pero nunca se llevó a efecto s u intento, pues don Alvaro Bazán, primer marqués d e Santa Cruz, venció al pretendiente e n el combate naval d e las Azores, destruyendo por entonces s u armada y s u s locas esperanzas. Al mismo tiempo, el marqués d e Lanzarote invadía por orden del Rey las islas d e la Madera y Puerto Santo, y las sometía, a s u costa, a la Corona d e Castilla. En medio d e tantas tribulaciones, d e tantos temores, y d e tan continuas alarmas, Felipe 11 determinó enviar a las Canarias un jefe militar entendido, prudente, y d e acreditado valor y experiencia, para confiarle el mando superior del archipiéla- go, con el título d e Capitán general d e mar y tierra, y Presi- dente d e s u Audiencia. La persona elegida para tan importan- te empleo, q u e iba a reasumir e n sí todo el poder gubernativo y militar d e las Canarias, fue don Luis d e la Cueva y Benavides, caballero d e Santiago y señor d e Bedmar, cuyo valor se había demostrado e n la defensa d e la Goleta d e Túnez, y e n la revo- lución y guerra d e Portugal.
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    Antes de estecambio importante de administración, los Gobernadores letrados, q u e desde la instalación de la Audiencia se hallaban al frente de las islas de Gran Cana- ria, Palma y Tenerife, se habían transformado de real or- d e n e n Gobernadores militares. Los primeros nombrados en 1570 para ejercer este cargo fueron don Martín de Benavides y don J u a n Álvarez de Fonseca. Las instrucciones, q u e a don Luis de la Cueva se le dieron para el mejor desempeño d e s u espinoso encargo, eran, entre otras, las siguientes: ((Habeisde tener entendido, decía Felipe 11, que la principal causa que me ha movido á instituir y esta- blecer el cargo que Ilevais. ha sido la defensa y segu- ridad de las islas, por ser de la importancia que son: y así os encargo y mando tengais el cuidado y vigilancia que de vos confio. Que llegado á la Isla de la Gran Canaria, donde ha de ser vuestra principal residencia, veais y reconozcais el estado en que se hallan las co- sas de la guerra. así cuanto á las fortalezas, como la gente. artillería, municiones. y lo demas que de aque- llo convenga fortificar y proveer: y esto mismo hareis en las demas islas, visitando por vuestra propia per- sona, lo mas presto que fuere posible: y en todas vereis y entendereis la forma de milicia que los naturales tienen entre sí para su defensa y seguridad, y pareciendoos que conviene reformarla, lo hareis tratándolo con los mismos naturales, para que se haga con su benepláci- to.. ((Es mi voluntad que tengais jurisdiccion sobre toda la gente de guerra. y oficialesde cualquiera condicion que sean, así de mar como de tierra que están a mi sueldo: y de las dichas islas. siempre que se hubiese dejuntar, ó lo estuviere para algun efecto: y que podais conocer de todas las cosas, y causas civiles y crimina- les que entre la dicha gente sucedieren: y que cuando saliéredes á visitar las islas. conozcais de los pleitos y diferencias que se ofrecieren entre la gente de gue- rra y la de las islas, eligiendo un asesor letrado, es- tando lejos del lugar donde residiere la Audiencia: y
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    estando cerca consultareisá uno de los jueces d e ella por escrito ó tomándolo por asesor, y con su parecer determinar la causa. Pero cuando la gente d e guerra y la natural estuviesen juntas donde reside la Audien- cia, para ofensa Ó defensa de los enemigos, Ó para otros actos de guerra, si algunas causas criminales se ofrecieren, habeis de conocer d e ellas, y determinar- las juntamente con los otros jueces de la Audiencia. Mas. s i la dicha reunión de gente de guerra y natural se hiciere e n otro lugar, e n tal caso conocereis toman- d o por asesor uno de los jueces de dicha Audiencia: y e n e s t a s tales criminales es mi voluntad no se pueda apelar para el mi consejo de guerra, ni á la Audiencia sino para a n t e vos mismo, donde se seguirán las cau- sas e n grado de apelacion de cualquiera calidad q u e sean, y para sustanciarlas y determinarlas tomeis por asesor Ó asesores, uno Ó d o s jueces de la dicha Au- diencia.)) ((Estamisma órden se guarde e n cuanto á las co- s a s d e presas d e Corsarios. Tendreis particular cuenta con el buen recaudo de mi hacienda, y de órdenar l o q u e viéredes q u e conviene para q u e no haya fraude. Habeis d e tener particular cuenta de la buena órden y disciplina d e la dicha gente, para q u e entre ella y l o s naturales no haya ruidos ni cuestiones, y habiéndose de repartir e n diversas partes, ordenareis q u e las per- s o n a s á cuyo cargo hubieren de estar. sean las de m a s práctica, esperiencia y buen gobierno.)) ((Llegadoq u e seais á las islas de Canaria, avisareis del número q u e hay de artilleros, y los q u e faltaren, para q u e mande yo l o q u e conviniere. Lo demas q u e aquí no se dice, se remite á vuestra prudencia y cuida- do, y adelante se os irá avisando y ordenando l o q u e m a s se ofreciere.. En la primavera d e 1589, llegó p u e s a la Gran Cana- ria don Luis d e la Cueva y Benavides, llevando consigo seis- cientos soldados d e España, divididos e n tres compañías, d e las cuales venían por capitanes J u a n d e Bedmar, Gaspar Hernández y J u a n Jaraquemada, natural d e Telde y caba- llero del hábito d e Santiago.
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    Era entonces Regented e la Audiencia Pedro López d e Aldaya, q u e tuvo q u e ceder su puesto al nuevo presidente, así como también cambiaron s u s títulos d e Gobernadores d e Canaria y Tenerife, los capitanes Melchor Morales y To- más d e Cangas, por el más modesto d e corregidores. Una d e las primeras providencias q u e adoptó el Capi- tán general, fue la d e nombrar, para cada una d e las siete islas, personas d e s u confianza a cuyo cargo estuviese el mando d e las armas (5). En s u consecuencia nombró por Gobernador d e Ca- naria a s u hijo don Alonso d e la Cueva ( 6 ) ;d e Tenerife, al corregidor Tomás d e Cangas; d e La Palma, al sargento mayor Juan Niño; d e la Gomera, a Juan Sánchez d e Arellano; del m Hierro, a don Nicolás d e Castilla; de Lanzarote y Fuerteventura, 0" E a Gonzalo Argote d e Molina, y, en s u s ausencias, a los sar- gentos mayores Francisco Henao d e Peñalosa y Cierónimo 3 d e Aguilera Valdivia. - O m Ya por este tiempo los Ayuntamientos del archipiéla- go habían cuidado d e organizar, d e acuerdo con los Gober- nadores militares, los tercios que, a imitación d e los d e Castilla, tenían bajo su vigilancia la defensa d e las costas, y la guarnición d e los castillos y fortalezas. Estos tercios se componían d e infantes, armados d e picas y arcabuces, d e artilleros con algunas piezas d e campaña d e corto al- cance, y d e algunas compañías d e caballos, formadas ex- clusivamente con la gente más noble y escogida d e cada localidad. Estas tropas se ejercitaban e n días determina- d o s e n el manejo d e s u s armas respectivas, teniendo las municipalidades grandes depósitos d e alabardas, chuzos y sables para repartir, en los casos d e rebato, entre los ne- gociantes, forasteros y labradores que no estaban inscri- tos e n estas milicias. No s e hallaba excluido d e este servicio ni aun el cle- ro regular y secular. Las comunidades d e los conventos, con los estandartes d e s u s cofradías, acudían armadas al primer toque d e alarma, y el cabildo d e la Catedral, con s u bandera desplegada, s e reunía e n iguales ocasiones, y se presentaba armado e n el sitio del peligro (7).
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    Senalábase, entretanto, elnuevo jefe de las islas, con numerosas providencias gubernativas, económicas y mili- tares, invadiendo en su incansable anhelo de mando todas las esferas del poder. Desde luego se comprende que en u n país gobernado exclusivamente por pequeños senados aristocráticos, donde el elemento popular era casi nulo, la acción directa y decisiva de u n jefe absoluto no podía con- venir a la nobleza, que monopolizaba con los corregidores el gobierno de sus respectivas demarcaciones. Por esto vemos que Tenerife, cuya guarnición la componían trescientos de los nuevos soldados españoles, se apresuró a dirigir ense- guida diferentes representaciones a la Corte, quejándose de la insolencia de la tropa, y del depravado ejemplo que con sus desarregladas costumbres daba a los isleños. El gobierno oyó estas quejas y a los mensajeros que las llevaban, pero, por entonces, suspendió toda resolu- ción definitiva. Hallábase en aquella epoca dividido el señorío de las islas de Fuerteventura y Lanzarote entre dos casas rivales. Argote de Molina, casado con una bastarda del célebre marqués don Agustín de Herrera, gobernaba a Lanzarote; don Fer- nando y don Gonzalo de Saavedra, huérfanos y en su me- nor edad bajo la tutela de su madre doña María Mojica, tenían bajo su mando la isla de Fuerteventura. L a casa de los Herreras, rival de la de los Saavedras, no perdonaba medio alguno para usurpar a ésta sus derechos y prerroga- tivas, habiendo entre ambas frecuentes cuestiones sobre límites de senorío, jurisdicción, rentas y vasallaje, sobre recolección y embarque de orchilla, sobre entradas en las costas de Berbería, pastos de las dehesas de Jandía, y otros puntos litigiosos que fomentaban y conservaban vivo el odio y antagonismo hereditario de ambas familias. El Capitán general, usando de sus facultades dictato- riales, quiso mezclarse en estas cuestiones y resolverlas según sus simpatías, que se había ganado con repetidos serviciosel astuto Argote de Molina; pero losjóvenes Saavedras, trasladándose a la Corte y llevando al pie del trono sus quejas, obtuvieron un real despacho, por el que se orde- naba a don Luis de la Cueva se abstuviese de apoyar las
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    tramas del Argote,le hiciese salir d e Fuerteventura, y de- volviese a los señores territoriales el gobierno militar d e la isla. Después d e esta derrota le esperaba a don Luis otra más sensible. Una escuadra d e corsarios berberiscos, mandada por el moro Jaban, famoso caudillo d e aquellos tiempos, des- pués de saquear a Lanzarote, se dejó caer sobre Fuerteventura, donde desembarcó con seiscientos hombres, dirigiéndose sin encontrar resistencia hacia la villa capital d e Betancuria. Mientras los moros robaban, quemaban y destruían cuanto encontraban a su paso, llegó a Canaria el aviso d e esta invasión, e inmediatamente el Capitán general dispuso fuesen trasladados a Fuerteventura doscientos soldados espano- " 7 les, para que, unidos con los naturales, contribuyesen a la E defensa del país. Estos soldados, embarcados al punto y 3 conducidos a su destino, llegaron sin orden y mareados a las playas de la isla, d e modo q u e los moros, atacándolos - 0 m vigorosamente e n un sitio donde llaman las Siete fuen- O ; tes, los derrotaron al primer encuentro, cayendo prisione- 3 ros los que escaparon d e la matanza. n Los moros s e retiraron cuando ya no tuvieron que robar. - - Esta infausta jornada, libró a las Canarias del mando m O absoluto d e don Luis, y d e la residencia d e las tropas espa- ñolas. Convencido el gobierno d e las ventajas del antiguo E n régimen, y d e lo inútil y gravoso q u e eran estos soldados a O O las poblaciones isleñas, queriendo además calmar los dis- turbios que s e habían suscitado entre la nueva autoridad, los Ayuntamientos y los pueblos, ordenó que el Capitán general volviese a la Península y entregara el mando d e la Audiencia y d e la provincia al doctor Antonio Arias, que acababa d e ser nombrado Regente. Al saberse esta noticia, todos los municipios s e apre- suraron a dar las gracias al Rey y a su consejo por tan sa- bia medida, y encomiaron, como sucede en casos seme- jantes, el régimen pasado, exagerando las faltas del ac- tual.
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    En el mismonavío e n q u e llegó el Regente s e etnbar- có don Luis d e la Cueva (1594), muriendo poco después, e n octubre d e 1598, c u a n d o se dirigía a la Corte, llamado por el Rey a recibir el premio debido a s u s largos e impor- tantes servicios. Con la llegada del Regente Arias, los corregidores d e Canaria, Tenerife y Palma volvieron a recobrar s u s títulos d e Gobernadores militares, abandonando el d e corregido- res, y reasumiendo las mismas atribuciones q u e a n t e s te- nían, a u n q u e siempre con completa sujeción al Tribunal d e la Audiencia, q u e continuaba residiendo e n Las Palmas, c o m o capital reconocida del archipiélago. Notas (1) El Cabildo de Tenerife le cumplimentó por acuerdo del 6 de mayo de 1567. (2) Viera, t. 3. p. 144. (3)Castillo, p. 242. (4) Véase a Viera, t. l . p. 78.- Castillo, p. 305. -Abreu Galindo, p. 21 7.- Feijóo, Teatro crítico, t. 4. p. 256. (5) Viera, t. 3. p. 160. (6) Fue este don Alonso el célebre marqués de Bedmar, y el mismo que, después de haber residido algún tiempo en Canaria, ejerciendo aquel empleo, pasó a la Corte, donde Felpe 1 1 1le confió la difícil embajada de Venecia. Conocidos son en la historia los sucesos que en 1618 tuvieron lugar en aquella república a consecuencia de la conjuración que el don Alonso fraguó contra los astutos venecianos. (7) En sesión de 31 de julio de 1553, acordó el Cabildo: "Que en caso de conflicto saliesen todos los capitulares y capellanes con sus armas en son de guerra bajo de una bandera, pues desde luego nombraban sus mercedes por capitan de esta cornpañía al Sr. Dean, y por alferez al Sr. Arcediano de Canaria, con pena de tres meses de su renta á los que no acudiesen.~~ En 25 dejunio de 1554, se acordó: "Queel Cabildo niantendria á su sueldo dos hombres que hiciesen parte de la guarnicion de la torre de la Isleta durante la guerra con los franceses y que se amasasen para biscocho cuarenta fanegas de trigo.>> En 1 1 de enero de 1567: ,,Quese franquease la cal necesaria para concluir dicha torre.11
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    En 20 de agosto d e 1568: ,,Que se mandasen hacer dos tambores ó cajas de guerra para las marchas del cabildo.^^ En 1 O d e julo d e 1581: ((Pornuevo recelo d e enemigos se declara que al toque d e la campana y al ruido d e los tambores deben acudir los cleros regular y secular, para lo que s e haga acopio d e biscocho, queso y tocinetas.jj En 3 de septiembre de 1625:((Que la compañaía de eclesiasticos esté pronta. Extracto d e actas del Cabildo. XIII. Drake en la Gran Canaria. La política agresiva de Felipe 11, y el rápido engrande- cimiento de la España que amenazaba avasallar al mundo con sus numerosas escuadras y sus tercios invencibles, había producido entre las naciones europeas un sentimiento de celos y rencorosa envidia, que se manifestaba de diversos modos cuantas veces se presentaba una ocasión propicia. Entre estas naciones, distinguíanse por s u constante arrojo la Inglaterra y la Holanda, que ya tendían sus codi- ciosas miradas sobre el océano, cuyas movibles olas ha- bían de servirles luego de cimiento a su futura grandeza. A finales del siglo XVI, poderosas naves mandadas por expertos capitanes sembraban ya el terror por los mares y las costas donde ondeaba triunfante el pabellón de España. En estas excursiones, que algunas veces tenían el carácter de piraterías, se fue formando la Marina Inglesa, adquirien- do susjefes esa experiencia tan difícil de obtener, que des- pués se han transmitido con religiosa fidelidad los unos a los otros, desde el conde de Essex hasta Nelson. Entre los atrevidos marinos que la fortuna elevó a los primeros rangos del Almirantazgo en aquella borrascosa epoca, se cuenta sir Francis Drake, célebre por su viaje alrededor del mundo, y por los ataques que dirigió en va- rias ocasiones a las flotas y colonias españolas.
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    Había ya mu c h o s a ñ o s q u e los ingleses amenazaban c o n s u s escuadras a las islas principales del archipiélago; los avisos q u e de todas partes se recibían confirmaban estos temores, manteniendo viva la alarma y el desasosiego e n - tre las poblaciones del litoral. Acababa d e llegar a la Gran Canaria, d e Gobernador o Capitán general, Alonso d e Alvarado, persona muy reco- mendable por s u valor, pericia y prendas militares, acom- pañado de Antonio Pamochamoso, s u lugarteniente, suje- t o asimismo muy digno del aprecio público. Aplicáronse a m b o s d e s d e s u llegada a continuar los trabajos q u e dejara interrumpidos don Luis d e la Cueva, así e n las trincheras c o m o e n las fortalezas, procurando cubrir la desguarnecida costa y los puntos m á s fáciles d e desembarco con algunas fortificaciones improvisadas, d e poca solidez y d e d u d o s a resistencia. Descubríanse entonces, sobre las playas q u e circun- d a n el puerto y la ciudad capital, d o s fortalezas o torres d e argamasa, cimentadas s o b r e peñascos a la orilla del mar, cuyos n o m b r e s eran d e La Luz y d e Santa Ana; la primera, e n el puerto d e s u nombre, y la segunda, a la entrada de la ciudad por la parte del norte. Desde e s t a última, e n direc- ción al poniente, corría un lienzo d e muralla a unirse con el risco d e San Lázaro, a cuyo pie, y e n una pequeña emi- nencia, se descubría un torreón. Por la parte del s u r exis- tía otra muralla, pero débil y ruinosa, sin q u e ningún otro castillo ni trinchera defendiese la ciudad ( 1). Había, entretanto, m u c h o entusiasmo militar; los hi- jos d e los conquistadores y los descendientes d e los Doramas, Bentaguayas y Maninidras, n o habían olvidado las hazañas d e s u s mayores, y n o n o s equivocaríamos, sin d u d a algu- na, si asegurásemos q u e anhelaban el m o m e n t o e n q u e u n a escuadra enemiga se presentara enfrente d e la ciudad. Ese m o m e n t o llegó al fin. El viernes 6 d e octubre d e 1595, a p e n a s la aurora iluminó el horizonte c u a n d o la Ila- m a y el h u m o d e una hoguera encendida s o b r e la m á s alta montaña de la Isleta anunció a todas las atalayas d e la isla, q u e tenían orden de repetir d e altura e n altura la señal, q u e un enemigo poderoso se acercaba a s u s playas. Casi
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    al mismo tiempoel cañón d e la torre del puerto de La Luz hizo oír s u ronca voz, q u e repitió el e c o de valle e n valle, llevando la alarma a la dormida ciudad. Inmediatamente, Alonso d e Alvarado montó a caba- llo y se dirigió sin detenerse a las playas del Puerto, e n cuyas aguas acababa d e fondear la escuadra enemiga, aunque fuera d e tiro d e cañón. Componíase ésta d e veintiocho navíos d e alto bordo, con cuatro mil h o m b r e s d e desembarco. Era entonces alcaide de la fortaleza d e La Luz el no- ble y esforzado caballero Constantino Cairasco, a cuyo va- lor y esfuerzo confió Alvarado el importante encargo d e rechazar por aquella parte al enemigo. Entretanto, y al ruido d e los tambores, trompetas y m c a m p a n a s q u e tocaban a rebato, todos los vecinos de Las E Palmas se habían reunido e n la plaza principal, d o n d e los q u e n o tenían a r m a s las recibían de los regidores e n los 3 depósitos del Ayuntamiento. - O m O El Regente d o n Antonio d e Arias, con los oidores Mi- 4 Ila y d o n Luis de Guzmán, d a b a n allí s u s órdenes para q u e n recorriesen los pueblos del interior personas activas y dili- gentes q u e trajesen acaudillado el paisanaje, mientras el capitán J o s é Fernández Muñiz, cabo de las compañías d e - m Telde y Agüimes, salía a e s c a p e hacia el s u r para conducir O sin demora las tropas d e s u m a n d o a la ciudad. Cuatro eran las compañías q u e formaban el tercio d e - a Las Palmas, d e las q u e eran capitanes Bernardino de San n - J u a n , Francisco de Cabrejas Toscano, J u a n Martel Peraza y O O J u a n Ruiz d e Alarcón. Acompañaban a e s t o s caballeros el maestre d e c a m p o Hernando del Castillo, Gabriel Gómez de Palacios, Alonso Venegas, Ciprián d e Torres y Alonso Rodríguez Castrillo, Alcalde mayor d e las villas de Gáldar y Guía. El incansable Pamochamoso hizo conducir a la calle d e Triana seis pequeñas piezas de campaña, y, a n t e s d e salir al campo, proveyó a las tropas de pólvora, cuerdas y balas. Mientras e s t o sucedía, llegaba a rienda suelta Alonso Rodríguez Castrillo c o n orden d e Alvarado para q u e saliese
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    la gente alos arenales, y se formase en la playa de Santa Catalina, por cuyo sitio se temía u n desembarco. Obedeciendo esta orden, el Regente dispuso que el capitán Juan Martel Peraza con su companía se q~iedara en la ciudad guardando las murallas, y Fernando de Lezcano Mujica, tomase el mando del castillo de Santa Ana para defenderlo a todo trance, en tanto que él, con Pamochamoso y las tropas, se adelantaban al encuentro del enemigo. A este escuadrón, que inmediatamente se puso en mar- cha, seguía otro más extraño. Los canónigos e inquisidores, reunidos también al toque de rebato, con s u Obispo don Fer- nando Xuares de Figueroa a la cabeza, tambor batiente y ban- dera desplegada, montados en briosos caballos, y cubiertos de cascos de acero y cotas de malla, marchaban en buen orden al sitio del peligro, dispuestos a defender a punta de espada su patria y religión. Un poco más lejos venía otra companía, com- puesta de sesenta frailes del orden de Santo Domingo, con el estandarte de la virgen del Rosario en alto, armados de picas y alabardas, viéndose al mismo tiempo a los frailes de San Fran- cisco y a los vecinos que no formaban parte de las tropas regu- lares, levantar trincheras en la caletilla de San Telmo, llenando sacos de arena y parapetando la orilla con barcas, carros, pie- dras y muebles inútiles. Eran ya las ocho de la mañana, y la escuadra, objeto de tan belicosos prearativos, obedeciendo el plan de ata- que de su Almirante, se avanzaba en forma de media luna sobre la ciudad, destacando antes una carabela que sondase el fondeadero de Santa Catalina y dejara en el algunas bo- yas flotantes para servir de señal. El buque cumplió su encargo sin peligro alguno, por- que el fuego del castillo de La Luz no alcanzaba al fondea- dero, y enseguida se incorporó a la escuadra, que, a velas desplegadas, tomaba posición en los puntos que de ante- mano se le habían designado. Con arreglo a estas disposiciones, una división de quince naves fue a situarse enfrente de la playa de Santa Catalina, otra de dos se dirigió sobre el castillo de La Luz, y otra de once se avanzó sobre la fortaleza de Santa Ana, cuyos di- versos puntos empezaron los ingleses a batir con furia.
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    Al ver es t a s maniobras, Alvarado d u d ó si esperaría al enemigo s o b r e la indefensa costa de los arenales c o n gen- te bisoña y n o fogueada, c o m o eran los canarios, o si seria m á s prudente retirarse al abrigo d e las murallas d e la ciu- dad; pero s u teniente Pamochamoso y algunos otros capi- tanes, a quienes consultó, se decidieron por la defensa e n las playas, asegurando que todos los soldados sabrían cumplir c o n s u deber, y morir c o n las a r m a s e n la mano, a n t e s q u e abandonar s u patria a los ingleses. Adoptada e s t a resolución, retrocedieron todos hacia el Puerto, y el Gobernador dispuso q u e e n la Caletilla de las trincheras de Santa Catalina se colocaran d o s com- pañías al m a n d o de los capitanes Cabrejas Toscano y Ar- mas, con dos piezas de campana, y el resto de la tropa, c o n cuatro, e n la playa grande q u e sigue luego hasta la Isleta. El fuego se rompió por a m b a s partes hacia las o n c e del día, oyéndose el tiroteo a la vez e n los tres puntos dife- rentes, a d o n d e se había dirigido simultáneamente la es- cuadra. Mientras é s t a procuraba desmantelar los d o s pe- q u e ñ o s fuertes de Santa Ana y La Luz, y destruir las mal formadas trincheras d e Santa Catalina, Drake o r d e n ó q u e saliesen, al abrigo de un nutrido fuego, una división d e veintiocho lanchas con s u s correspondientes banderas, y quinientos hombres d e desembarco. Estas lanchas se avanzaron hacia la playa, siendo re- cibidas por todas partes c o n repetidas y mortíferas descar- g a s d e metralla, trabándose e n la misma orilla un reñido combate. Después de diez minutos de confusión, los ingleses, n o pudiendo vencer la resistencia de los canarios, retroce- dieron al abrigo d e s u escuadra, q u e permanecía a u n fon- d e a d a e n el mismo sitio. Por segunda y tercera vez, las mismas lanchas inten- taron renovar la lucha, pero fueron siempre rechazadas con gran pérdida, retirándose, al fin, definitivamente, persua- didos d e q u e n o e r a empresa fácil desalojar d e la playa a los isleños.
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    Durante la refriegahabían llegado las compañías d e Telde y Agüimes, capitaneadas por Fernández Muñiz, quie- n e s por orden d e Pamochamoso s e dirigieron a la playa d e San Telmo, d o n d e por momentos s e esperaba q u e los e n e - migos intentaran un nuevo ataque. E1 teniente Pamochamoso, luego q u e t o m ó estas pre- cauciones, entró e n la ciudad con s u s alguaciles, y hacien- d o acopio d e pan, vino, bizcocho, fruta y agua, lo fue e n - viando todo a los sitios del combate, para reparar las fuer- z a s d e los cansados isleños. Al mismo tiempo, y sabiendo q u e ya escaseaban las municiones y las cuerdas d e arcabuces, envió las necesarias. A la gente q u e acudía d e los c a m p o s le d a b a d e c o m e r y la proveía d e armas, enviándola luego a los arenales, con orden expresa d e marchar a la vista del enemigo y formada e n compañías. En tanto q u e e s t o tenía lugar e n tierra, observando Drake q u e los fuertes d e La Luz y d e Santa Ana se resistían denodadamente, consiguiendo echar a pique d o s d e s u s mejores navios, quiso probar por última vez fortuna, y al efecto dirigió un desembarco sobre la parte d e la playa q u e e s t a b a sin trincheras, y d o n d e los isleños tenían q u e combatir a pecho descubierto con s u s enemigos. El Gobernador, q u e espiaba con cuidado los intentos d e s u poderoso adversario, adivinando sin esfuerzo el si- tio elegido para e s t e nuevo desembarco, acudió presuroso c o n s u s tropas y cuatro piezas d e campaña, y, c u a n d o los ingleses llegaban casi a tocar la playa, sin darles tiempo a dejar s u s lanchas, cayó s o b r e ellos denodadamente, y des- p u é s d e matarles u n o d e s u s principales jefes y muchos d e s u s mejores soldados, los obligó a retroceder e n desorden a s u s naves. Esta segunda derrota, la pérdida d e d o s navíos echa- d o s a pique por los fuegos d e los castillos d e Santa Ana y La Luz, y el ver d e s d e la escuadra el numeroso gentío q u e d e hora e n hora llegaba del interior d e la isla e n defensa d e la ciudad, bajando e n m a s a s compactas por las cordi- lleras q u e dominan los arenales y el valle d e San Roque, decidió por último al almirante inglés a renunciar a s u s proyectos d e invasión, y retirarse d e la isla, admirado del
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    valor y atrevimientod e los canarios, que, casi sin a r m a s ni defensas, habían conseguido tan brillante victoria s o b r e s u s valientes marinos. Al mediodía, la escuadra recibió orden d e levar an- clas y alejarse d e la isla, lo q u e verificó lentamente y des- p u é s d e disparar repetidas a n d a n a d a s s o b r e los soldados formados e n la playa, sin otro resultado q u e aumentar el entusiasmo d e los canarios. La escuadra continuó hasta la noche cruzando e n to- d a s direcciones la bahía, fuera d e tiro d e cañón, hasta q u e , a favor d e los faroles encendidos e n s u s topes, se vio q u e hacía rumbo al sur, desapareciendo con s u s lanchas al costado, tras la punta de Melenara, limite por aquella parte de la m e n s e n a d a s o b r e cuya orilla se asienta, c o m o ya h e m o s di- - cho, la capital d e la isla. La dirección q u e llevaban los enemigos hizo t e m e r a 3 Alvarado q u e intentaran al día siguiente algún nuevo des- - - 0 m embarco por las costas del sur, y, para evitarlo, o al m e n o s O 4 atenuar s u s consecuencias, envió a Telde y Agüimes las compañías d e e s t o s pueblos, y ordenó q u e recorriesen e n partidas sueltas todo el litoral d e s d e Ciando a Arguineguín, mientras el permanecía e n la ciudad con el resto d e s u s tropas s o b r e las armas, dispuesto a dirigirse a la menor - m O señal s o b r e el punto amenazado. En la tarde del s á b a d o 7 de octubre, los ingleses en- - - traron e n efecto e n el puerto d e Arguineguín, con la inten- a ción d e reparar s u s averías y hacer aguada, suponiendo n - O q u e e n aquel desierto nadie se opondría a s u desembarco. O Con e s t a seguridad, echaron algunas lanchas e n tierra, y, e n ellas, una partida de o n c e soldados, q u e se adelantaron por el valle buscando alguna fuente. Casi al mismo tiem- po, seis isleños d e la compañía de Agüimes y cinco pasto- res, q u e al ver los enemigos habían recogido s u ganado a toda prisa, se reunieron s o b r e las montañas q u e circundan la bahía, y, c u a n d o les pareció conveniente, cayeron s o b r e los desprevenidos ingleses, y matando a nueve, hicieron d o s prisioneros q u e llevaron e n triunfo a la ciudad. Por ellos se s u p o q u e los enemigos habían perdido doscientos hombres, con cuatro d e s u s mejores oficiales, q u e d a n d o
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    herido un númeromayor. Supose también q u e Drake se dirigía a las Antillas, dispuesto a saquearlas y sorprender los galeones del Rey surtos e n s u s puertos. Alvarado e n - tonces fletó un buque, q u e , haciéndose inmediatamente a la vela, llegó a Puerto Rico tres días a n t e s q u e la escuadra inglesa. De e s t e modo, y gracias a la previsión del Gober- nador, p u d o la flota estar dispuesta a la honrosa defensa con q u e e n aquella ocasión se distinguió. Al s a b e r s e e n España la victoria obtenida por los ca- narios, Felipe 111 dio las gracias a la isla por medio d e real cédula dirigida a s u Ayuntamiento, el célebre Lope d e Vega la cantó e n s u Dragontea (2) e n versos armoniosos, y el poeta canario, don Bartolomé Cairasco d e Figueroa, ento- n ó e n s u Templo Militante un himno d e alabanzas, q u e transmitiera a las e d a d e s futuras las hazañas d e s u s com- patriotas (3). Puede decirse, e n efecto, q u e e s t a victoria rayaba e n lo maravilloso. Ochocientos hombres mal armados, sin trin- cheras ni defensas, sin fortalezas ni murallas, desafiaron y vencieron el poder d e una escuadra numerosa, mandada por un jefe d e indisputable celebridad, auxiliado por cua- tro mil hombres aguerridos, y al abrigo d e una excelente artillería. Orgulloso Alvarado d e mandar tan esforzada gente, se aplicó enseguida a reparar los destrozos causados por el enemigo e n las débiles fortificaciones d e la población, previendo, n o sin fundamento, q u e aquel combate no s e - ría el ultimo q u e Las Palmas habría d e rechazar. Veamos c ó m o e s t o se realizó. Notas ( 1 ) Viera s e equivoca cuando nos habla del castillo de Santa Catalina e n el ataque memorable que vamos a referir. El castillo d e Santa Catalina n o s e construyó sino e n el primer tercio del siglo siguiente. (2) Dragontea, canto 3",p. 392. (3)Templo Militante, t. 1 ". p. 283
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    XIV Invasión de Vander Does. La derrota d e los ingleses no devolvió la tranquilidad a las islas; sabíase por experiencia la tenacidad y arrojo d e estos marinos, y a cada instante s e esperaba q u e nuevos desembarcos vinieran a turbar la paz y entorpecer el co- mercio del archipiélago. En prueba d e la realidad d e estos temores, sabemos q u e e n el mismo año d e 1595, un buque d e guerra d e la misma nación entró una noche furtivamente en el puerto d e La Luz, y s e llevó otro buque q u e estaba allí fondeado con cargamento para las Américas. Pero entonces, Anto- nio Lorenzo, Regidor y Capitán d e infantería d e Las Pal- mas, toma otra embarcación, sigue al enemigo, atácale con brío, y, arrebatándole la codiciada presa, vuelve con ella en triunfo a la bahía ( 1). O En el siguiente año d e 1596, otra poderosa escuadra, 4 mandada por el conde d e Essex, después d e haber saqueado Cádiz, vino a cruzar entre las islas, dejándose caer sobre n Lanzarote, cuyas poblaciones recorrieron s u s marinos sin la menor oposición. Concluida felizmente tan inútil haza- - m ña, s e retiraron a s u s naves, y desaparecieron por enton- o c e s del archipiélago. Continuaba, entretanto, e n Las Palmas Alonso d e Alvarado, ejerciendo el importante cargo d e Gobernador n - militar, y ocupándose sin descanso e n la organización d e o" O las milicias d e la isla, y en el aumento y extensión d e s u s fortificaciones. Era aquella la época e n q u e los Países Bajos, sacu- diendo el yugo d e la dominación española, habían obteni- d o repetidas victorias sobre los ejércitos d e Felipe 11, con- solidando así su querida independencia. Pero no conten- tos con estos triunfos, y comprendiendo q u e su prosperi- dad futura estaba basada principalmente e n el comercio, s e aplicaron a multiplicar el número d e s u s escuadras, y, siguiendo el camino d e Vasco d e Gama, fueron a disputar a los portugueses y españoles el dominio d e las vastas y ricas regiones del Asia.
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    Para tan largasexpediciones necesitaban, empero, los holandeses puntos d e escala y d e refugio, d o n d e reparar s u s averías, invernar, y refrescar s u s víveres y aguada: e n - tonces fue cuando, al tender la vista por el mapa, tropeza- ron c o n las islas Canarias, y, encontrándolas e n el paralelo deseado, determinaron sujetarlas a s u imperio. No entraba, sin embargo, e n s u s cálculos conquistar t o d o el archipiélago, bastábales elegir la mejor d e las is- las, y e n ella establecer s u s depósitos. La elección n o podía s e r dudosa: los holandeses co- nocían demasiado el archipiélago para equivocarse respecto a la fertilidad, abundancia d e aguas, clima y bondad del puerto d e la isla adonde dirigían s u s aprestos. La Gran Canaria era, pues, la elegida para la invasión q u e e n silencio se proyectaba. Pero a n t e s d e probar e n ella todo el poder d e s u s fuerzas, intentaron un desembarco parcial e n la Gomera, isla d o n d e solían detenerse los galeones d e América, c o n el objeto d e apoderarse d e e s t o s caudales. En e s t a ocasión opusieron los gomeros una resisten- cia tan firme c o m o heroica, a u n q u e es indudable q u e la retirada d e los enemigos se debió a la circunstancia d e n o abrigar e n s u puerto ningún galeón de América. Componíase la escuadra de sesenta y tres b u q u e s de guerra y de transporte, al m a n d o del almirante Pedro Van d e r Does, con nueve a diez mil hombres d e tropas d e des- embarco. Estas fuerzas reunidas, d e s p u é s d e s u inútil recono- cimiento e n la Ciomera, aparecieron s o b r e la Gran Canaria e n la m a ñ a n a del s á b a d o 26 d e junio d e 1599, cubriendo c o n s u extensa línea el horizonte. Los canarios, animados con la vista d e los holande- ses, y recordando s u anterior victoria, corrieron con entu- siasmo a las armas, distribuyéndose por compañías e n las playas q u e se extienden entre la ciudad y el Puerto. El Obispo d o n Francisco Martínez, los cleros regular y secular, el Ca- bildo, la Audiencia y los inquisidores, acudieron también al toque d e alarma y salieron a r m a d o s a combatir por s u patria sin intimidarles el número ni el poder del enemigo.
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    Apoyados e nlas trincheras d e la playa d e Santa Cata- lina, tomaron posición Alvarado y s u teniente Pamochamoso con cinco compañías y o n c e piezas d e campaña, y allí es- peraron denodadamente la llegada de ciento cincuenta lanchas, llenas d e soldados, q u e dirigía el mismo almirante Van der Does; de m o d o que, cuando los holandeses, cerca ya d e la orilla, se disponían a tomar tierra, la batería descubrió s u s fuegos, y, desordenando las lanchas, e c h ó dos a pique, hiriendo y matando un número considerable de oficiales y soldados. Rechazados de este sitio, se dirigieron los enemigos a la playa grande, donde llaman Punta de la matanza, y allí, n o encontrando e n aquel momento resistencia, consi- guieron echar hasta setenta hombres e n la playa, mientras " 7 los canarios acudían presurosos sobre el punto invadido, E trabando e n la misma orilla un combate encarnizado. Grande 3 era la desventaja con q u e peleaban los nuestros. Las lan- - chas eran tan numerosas q u e cubrían, por decirlo así, el 0 m O mar; los holandeses, fuertes y aguerridos, se sucedían sin 3 interrupción, reemplazando nuevos soldados a los que muertos caían sobre la playa. Sin embargo, el valor de los canarios n n o se desmentía; con el agua hasta el pecho defendían valerosamente s u s hogares, ejecutando proezas dignas d e - m eterna fama. En medio d e la confusión, descubríase e n una O elegante falúa, ricamente empavesada, el Almirante Van der Does, cubierto todo de acero, y animando a s u s solda- - d o s con s u presencia y palabras; al verlo, uno d e nuestros esforzados capitanes, el canario Ciprián de Torres, se ade- n O lanta armado d e daga y alabarda, y, abriéndose paso por O entre los holandeses, llega casi a nado a la falúa, y, asien- d o fuertemente por el cuello al Almirante, lo arroja al agua, y le d a tres puñaladas e n el corazón, q u e afortunadamente para el jefe enemigo se embotan e n s u cota de malla. Po- c o s momentos después, cayó muerto el valiente Torres, y, a s u lado, el capitán Clemente Jordán, y el alférez Antonio Hernández Ramos, con otros muchos denodados defenso- res, hijos todos d e la Gran Canaria. En medio de tan repetidas desgracias, una bala de cañón mató el caballo q u e montaba el Gobernador Alvarado, arrojándolo malherido al suelo, de donde fue recogido por
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    el maestre decampo Hernando del Castillo, y conducido inmediatamente a la ciudad. La pérdida de su jefe, y el número siempre en aumento de los holandeses que des- embarcaban sin oposición alguna, obligó a los canarios a retirarse al fin a la ciudad, poniéndose al abrigo de sus murallas y fortalezas, no sin perder una parte de la artille- ría que no pudo retirarse a tiempo, por haber quedado muertos los bueyes que la conducían. Reunidos entonces precipitadamente en la puerta de Triana el Regente Antonio de Arias y los oidores Milla, Bedoya y Vallecillo, con el sargento mayor Antonio de Heredia, y otros capitanes, acordaron nombrar por General interino al teniente Pamochamoso, con orden de que se aconseja- se en todos sus planes de defensa con el sargento mayor Heredia. Publicóse bando para dar publicidad a este nombra- miento, mandándose a la vez que toda la gente en estado de tomar las armas acudiera a las murallas, donde se ha- bía acordado oponer una desesperada resistencia. El enemigo, en tanto, después de su afortunado des- embarco, se aplicó a rendir el castillo de La Luz, defendi- do por setenta y ocho soldados al mando de Antón Jove, a quienes se intimó luego la rendición con la amenaza de pasarlos a cuchillo si se detenían en abrir las puertas. Jove, que no era canario, traidor al puesto que se le había con- fiado, se apresuró a entregar la fortaleza, siendo conduci- do con la guarnición a bordo de la escuadra, donde queda- ron todos maniatados y prisioneros de guerra. Pamochamoso, tan activo y enérgico como el mori- bundo Alvarado, veló toda la noche sobre las murallas, adoptando aquellas precauciones que le sugería su expe- riencia y lo crítico de las circunstancias. Confióle a Alonso de Venegas y Calderón la defensa del castillo de Santa Ana, límite de la muralla por el oriente; entre este castillo y el Cubelo (hoy castillo de Mata), colocó las compañías de José Fernández Muñiz, Francisco de Carvajal, Juan Jara, Alonso Tubilleja y Melchor de Aguilar, y el mismo, acompa- ñado de los señores de la Audiencia, de Hernando del Cas- tillo, de Antonio de Heredia y de otros jefes, patrulló sin
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    descanso por elrecinto d e la población, cuidando d e po- ner e n seguridad los caudales del Rey, hacer q u e se retira- sen al campo los heridos, mujeres y gente inútil, colocar empalizadas, abrir fosos, y levantar nuevas trincheras don- d e la disposición del terreno lo permitía. En estas disposiciones se pasó la noche, hasta que, viniendo el día, pudieron descubrirse los verdaderos de- signios del enemigo. Hallábase éste acampado e n número d e cuatro a cin- c o mil hombres, enfrente d e la muralla d e Triana, resguar- dado por los muros del hospital d e San Lázaro y ermita d e San Sebastián, edificios q u e se hallaban entonces en el sitio q u e hoy llaman Agua dulce, en dirección a las huer- m 0 tas q u e están entre el mar y las faldas d e la cordillera d e E Ciuanarteme. = Allí habían hecho conducir algunas piezas d e artille- ría d e bronce, sacadas d e s u s navíos y del castillo d e La - 0 m Luz, q u e colocaron inmediatamente en batería, rompiendo O 4 desde el amanecer el fuego sobre los fuertes d e Santa Ana y Mata, y muralla y puerta d e Triana. n En tanto q u e en aquel sitio s e trababa así la lucha, Pamochamoso subió a la montaña d e San Francisco, des- = m O d e la cual se dominaba la población, los arenales y el mar, y, e n la explanada donde luego se levantó la plataforma, se aplicó a colocar algunas piezas d e campaña q u e ofen- diesen al enemigo, y evitaran por aquella parte s u aproxi- n mación a la ciudad. o O En efecto, algunas compañías de mosqueteros, saliendo del campamento, trataron d e posesionarse d e las alturas q u e s e extienden al frente d e la dicha explanada, separa- d a s d e ésta por el barranquillo d e las Rehoyas; pero el ca- pitán Carvajal, con las tropas del cantón del norte, s e lo impidió, después d e un reñido encuentro en el q u e perdie- ron los holandeses cinco hombres. Sin embargo, conociendo Van der Does la importan- cia d e aquellas alturas, tanto para rodear la ciudad, cuan- d o lo creyera conveniente, como para establecer desde luego baterías que allanasen las murallas y alejaran a s u s defen- sores, hizo q u e un cuerpo compuesto d e mil hombres d e
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    todas armas, subiendopor el barranco d e Guanarteme, se adelantara por la cima de la cordillera hasta enlazarse con el ejército q u e a c a m p a b a e n San Lázaro, del cual había d e f o r m a r e s t e c u e r p o a v a n z a d o el a l a d e r e c h a . Pero Pamochamoso, q u e todo lo observaba, salió inmediatamente d e la ciudad con el resto d e s u s fuerzas, y, bajando por el vallecillo d e las Rehoyas, logró contener la marcha del enemigo, que, tímido e n avanzar, observaba con recelo la batería d e la explanada d e San Francisco, e n d o n d e provisionalmen- t e acababa d e levantar u n a s trincheras el ingeniero Prós- pero Cazorla, y cuyo fuego dominaba enteramente la altu- ra q u e tanto codiciaban. De e s t e modo, y siempre con varia fortuna, siguió la lucha por una y otra parte, sin q u e e n todo el día cambia- ran esencialmente d e posición las fuerzas contendientes. Por si a c a s o el enemigo intentaba d e nuevo trepar al cerro d e Ciuanarteme, se colocó e n aquel sitio, con tropas sufi- cientes, el Alcalde mayor de Guía Alonso Rodríguez Castrillo, manteniéndose toda la noche e n la explanada d e San Fran- cisco el regente y oidores, con los inquisidores Claudio de la Cueva y Pedro de Camina. Amaneció el lunes 28, y los holandeses, avergonza- d o s d e la resistencia q u e les oponían aquellos débiles atrincheramientos y aquellos bisoños soldados, principia- ron a batir con duplicada furia los fuertes, murallas y altu- ras circunvecinas, logrando derribar u n a parte del castillo d e Santa Ana y abrir grandes brechas e n la muralla. A este tiempo habíanse ya concluido las balas, y Alonso d e Venegas, n o teniendo ya con q u é cargar los c a ñ o n e s del fuerte confiado a s u custodia, m a n d ó cerrar la puerta, y, c o n las llaves, disparó e1 mismo el último tiro al enemigo. N o se le había ocultado a Van d e r Does la apurada situación d e s u s contrarios, y, d e s e a n d o aprovechar e s t a s ventajas, dispuso un ataque general y simultáneo s o b r e la población. Al efecto, ordenó q u e un cuerpo d e mil hom- bres, precedido de doscientos mosqueteros, subiendo de nuevo al disputado cerro de Guanarteme, y dejándolo a la izquierda, bajara a la llanura d e las Rehoyas, entrando e n la ciudad por las alturas q u e la circundan al poniente, e n
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    tanto que él,con los cinco mil soldados, atrincherados e n San Lázaro, penetraba también e n ella por las numerosas brechas abiertas por la artillería e n las murallas. Combinando d e este modo el plan, y comunicadas las órdenes oportunas, s e formaron las tropas, y s e dio principio al ataque, después d e un vivo cañoneo q u e los canarios no pudieron contestar por falta d e proyectiles. Sin embargo, todavía Pamochamoso no quiso retirar- se, y, habiendo encargado a José Fernández la defensa d e la muralla, subió él mismo con el sargento mayor Heredia a la explanada d e San Francisco, y allí, parapetado e n las trincheras, consiguió detener un largo rato la marcha d e las tropas enemigas, hasta que Juan Negrete y Pedro Bayón, cabos d e los artilleros, declararon que d e las cuatro piezas " 7 d e campo colocadas e n batería s e habían inutilizado tres, E no pudiendo por esta causa sostenerse por más tiempo el 5 fuego. 1 Reconocida la exactitud d e esta observación, el Ge- m O neral confió las piezas al capitán d e artillería Pedro d e Zerpa, 4 con orden d e que las pusiese e n seguridad, y él, con las * z tropas que aun tenía a su disposición, principió a retirarse lentamente, bajando por la vertiente de la montaña, al mismo tiempo que los cinco mil holandeses que mandaba el almi- - m O rante, después d e poner fuego a la puerta d e Triana, entra- - ban e n la ciudad por el espacio vacío que había entonces entre la muralla y el fuerte d e Santa Ana, aprovechando e n aquellos momentos la bajamar. n Convencido Pamochamoso de que toda resistencia era inútil y temeraria, s e apresuró a recoger la guarnición del Cubelo y d e Santa Ana, con su heroico alcaide Alonso d e Venegas, y, practicando para ello una brecha en la muralla de la fortaleza, ordenó la retirada, saliendo todos de la ciudad y dirigiéndose a la vega d e Santa Brígida, donde ya s e ha- bía refugiado la población y autoridades, llevándose consi- go al general Alvarado. La Audiencia se situó en unas casas que Guillén d e Ayala, Regidor d e la isla, poseía en el pueblo d e la misma Vega, y Pamochamoso, en las del alcalde Andrés de la Nuez, y acordaron convocar a aquel sitio todos los isleños e n
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    estado d ellevar las armas, oponer al enemigo la m á s te- naz resistencia, y n o comunicarse con él pena d e la vida. Al efecto ordenaron cortar las aguas, interceptar los víveres, y poner avanzadas e n todas las alturas q u e domi- nan la ciudad, para tener inmediatamente noticias exactas d e s u s movimientos. Las compañías de Gáldar y Guía se situaron con e s t e objeto e n unas c a s a s d e Gaspar Ardil, y el General y sar- gento mayor hicieron el día 30 varios reconocimientos, aproximándose a la población, sin q u e observasen ningu- n a intención hostil e n los holandeses. El jueves primero d e julio llegaron a la Vega el capi- tán J u a n Martel Peraza d e Ayala, y el alférez Agustín d e Reguera, que, c o n un refuerzo de tropas, acababan d e des- embarcar d e s d e la isla d e Tenerife, y Pamochamoso les señaló el sitio d o n d e debían acampar. Mientras se ponían e n ejecución e s t a s disposiciones, Van der Does, q u e había t o m a d o posesión d e la ciudad y creía ya segura la rendición de la isla, hizo venir d o s pri- sioneros d e la guarnición del fuerte d e La Luz, y c o n ellos envió a los canarios las siguientes proposiciones d e capi- tulación (2): IILOque pide el señor General d e parte d e los se- ñores Estados Confederados d e la baja Alemana. ((Primeramente,que los vecinos é moradores d e la isla e ciudad d e Canaria, ansi eclesiásticos como otros cualesquier vecinos, exhibirán luego por resca- t o d e sus personas. bienes e haciendas, el valor d e 400.000 ducados d e á once reales cada uno, es á sa- ber, moneda d e oro y en reales d e á ocho. «Asimismoquedarán obligados d e pagar en cada un año 10.000 ducados, en mientres los dichos seño- res estados posearen las otras seis islas d e Canaria, Ó cualquier dellas: y habiendo los dichos vecinos todo esto cumplido. se obliga el Señor general d e esta ar- mada, que los dichos vecinos quedarán libres d e los dichos Señores Estados Confederados, y vivirán libres en su isla y sus puertos con sus personas é bienes.
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    ((Y ademas desto, quetodos, flamencos, ingleses, presos, ansí por parte de la Inquisicion, como por otros cualesquieres cargos, sean sueltos y libres.)) Examinadas e s t a s proposiciones por el General, la Audiencia y el Ayuntamiento, acordaron unánimemente n o admitirlas, enviando, sin embargo, una atenta contestación c o n d o n Bartolomé Cairasco d e Figueroa y Antonio Loren- zo, canarios de ilustre y merecida reputación e n las letras y e n las armas. Cairasco, al llegar a la ciudad, encontró a Van d e r Does alojado e n s u propia casa, situada d o n d e luego se levantó el convento d e Santa Clara (3), y habiéndose im- puesto verbalmente de la certeza y autenticidad d e las pro- " , posiciones hechas, las rechazó e n nombre de todos los D N E isleños, asegurándole al Almirante q u e todos perderían con - gusto la vida a n t e s q u e rendirse a las a r m a s holandesas. 3 A pesar d e esta enérgica negativa, Van d e r Does n o 1 m se manifestó ofendido, y, con la m á s atenta urbanidad, acom- O 4 pañó a los comisionados hasta la calle, dejándolos mar- * char libremente. Pero enseguida dispuso q u e s u s tropas n emprendiesen una excursión e n el interior d e la isla, c o n ánimo de conducirlas hasta el mismo sitio d o n d e se halla- - - ban a c a m p a d o s los canarios, batirlos, arrollarlos, y asegu- m O rar la sumisión del país. Con e s t e objeto ordenó q u e un cuerpo d e tres mil hombres, al m a n d o de s u segundo, el comandante Darcal, saliese el sábado 3 de julio de la ciu- dad, y, subiendo las alturas de Tafira, penetrara por el Monte n - Lentiscal e n el lugar d e la Vega. o" O Tales disposiciones n o se habían ocultado a los cana- rios, y, e n s u consecuencia, el General con el sargento mayor y otros capitanes, seguidos d e doscientos infantes y de al- gunos caballos, se habían situado c o m o avanzada e n u n a s c a s a s de Miguel Geronimo, q u e estaban a la entrada del monte, distribuyendo centinelas y espías a lo largo del ca- mino, q u e se extiende hasta la población. En la m a ñ a n a del sábado, el oidor Gerónimo d e la Milla, y el alférez Miguel de Mujica, q u e habían bajado a caballo hasta las primeras avanzadas, descubrieron las tropas enemigas, q u e con catorce banderas salían de la ciudad
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    por el vallede San Roque, e inmediatamente volvieron a dar aviso al General, haciendo replegar los soldados q u e estaban de centinela, y continuando ellos s u marcha hasta la Vega, d o n d e pusieron e n movimiento todas las milicias del país. Sencillo e r a el plan d e defensa q u e s e había adopta- d o por los isleños. En efecto: dejar internarse al enemigo, atraerlo insensiblemente a lo m á s e s p e s o y difícil del mon- te, y, aprovechándose d e la aspereza d e las localidades, atacarlo de improviso, era lo m á s acertado y prudente, y lo q u e , comparadas la fuerza numérica y estrategia de a m b o s ejércitos, podía d a r algún resultado favorable a los cana- rios. Así lo comprendieron éstos, y Pamochamoso, encar- gado de ejecutar el plan indicado, se apresuró a distribuir e n pelotones las compañías d e Gáldar y Guía, y, escalo- nándolas a la entrada del monte, fue atrayendo a aquellos sitios a los holandeses que, confiados e n s u número y or- gullosos c o n s u reciente victoria, marchaban sin recelo y c o m o si se tratara sólo de un paseo militar. De e s t e m o d o llegaron hasta el sitio d o n d e el camino se divide e n dos, u n o q u e sigue para la Atalaya, y otro q u e conduce directamente a la Vega, y estando a tiro de arca- buz de los nuestros, hizo alto una avanzada d e doscientos mosqueteros q u e precedía al cuerpo principal, y pidió re- fuerzos a n t e s d e continuar s u marcha. Luego q u e se los enviaron, el comandante d e la columna, q u e se distinguía por una banda roja q u e le cruzaba el pecho, t o m ó el cami- n o d e la izquierda y se internó e n el monte, dejando el camino real q u e los isleños ocupaban, y llegando por u n a senda oculta a las casas de Miguel Gerónimo, q u e los nuestros abandonaron, retirándose e n buen orden a sitio m á s segu- ro. Entonces, engañados los holandeses por el movimiento retrógrado d e los canarios, y suponiéndolos incapaces de oponerles un seria resistencia, continuaron e n s u alcance, persiguiéndolos sin orden ni concierto, y deteniéndose c o n frecuencia a beber e n las charcas cenagosas q u e encontra- ban al paso, p u e s el calor y la s e d los sofocaban.
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    A este tiempo,los capitanes Miguel de Mujica y Pedro d e Torres Santiago, ocultos entre unos matorrales, y acom- pañados de unos cuarenta hombres, aconsejándose sólo d e s u valor y d e s u patriotismo, y creyendo la ocasión pro- picia, se lanzan de improviso sobre el enemigo, y le atacan entre aquellas espesas matas y ocultos desfiladeros, pro- duciendo con s u brusca aparición un terror pánico e n los holandeses. Entonces, Pamochamoso por un lado y Heredia por otro llegan con tropas d e refresco, y, secundando el arrojo d e Torres y Mujica, lanzan piedras, troncos de árbo- les y descargas de mosquetería, q u e introducen el desaliento y el terror e n las filas enemigas. Ochenta holandeses caen muertos al primer encuentro, otros, al querer huir, pierden la vida despeñados de las alturas del Dragonal, y algunos, m rendidos por el calor sofocante del día, caen desfallecidos D E e n el camino sin fuerzas para continuar la retirada. - 5 En vano el jefe d e la banda roja, corriendo de fila e n fila, procura con s u s exhortaciones y amenazas detener a - 0 m los fugitivos: todos s u s esfuerzos s o n inútiles, y las tropas, O e n completo desorden, huyen a la ciudad, seguidas de cer- 3 ca por los islenos, q u e hieren mortalmente con s u s tiros al n valiente comandante y a otro oficial de cuenta, contribu- yendo esta desgracia a hacer m á s completa y decisiva la - victoria de los nuestros. m O El terror de los holandeses, q u e huyendo de este modo entraban e n la ciudad, se comunicó a los q u e habían que- - d a d o e n ella, de m o d o que, oficiales y soldados, y hasta el mismo Van der Does, abandonando todo el botín q u e te- n O nían preparado, y dejando las mesas dispuestas para al- O morzar, salieron precipitadamente el domingo 4 de julio por la puerta d e Triana y se dirigieron sin deternerse al puerto, embarcándose a aquella hora e n s u s lanchas, y buscando seguro abrigo e n la escuadra. Siguiéronles los nuestros de cerca, picándoles siem- pre la retaguardia, si bien una parte d e las tropas se aplicó a apagar el incendio de los conventos d e Santo Domingo, San Francisco y monjas bernardas con algunas casas parti- culares, q u e habían intentado quemar los holandeses.
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    Pamochamoso bajó ala ciudad por la montaña d e San Francisco, y e n tanto q u e el capitán J u a n Martel Peraza se apoderaba por orden suya del fuerte d e San Ana, y las com- pañías de Guía y Agüimes entraban e n el Cubelo o castillo de Mata, él, con el resto d e s u s tropas, seguía por el cerro d e Guanarteme a la vista del enemigo, hasta q u e las lan- c h a s se alejaron d e la playa, llevándose el último holan- dés. Mantúvose la escuadra tres días enfrente d e la ciu- dad, cruzando e n distintas direcciones la bahía, hasta q u e el jueves 8 d e julio se hizo a la vela, y, siguiendo rumbo al sur, se alejó definitivamente d e la isla. Esta invasión costó a los holandeses la pérdida de dos navíos, algunos centenares d e soldados, y cuatro ofi- ciales superiores, entre ellos el jefe d e la expedición d e la Vega: por nuestra parte sólo murieron el Gobernador Alvarado, los capitanes Ciprián d e Torres, J u a n Ruiz d e Alarcón, Cle- mente Jordán y Andrés d e Bethencourt, y treinta y d o s sol- dados. Los trofeos del enemigo fueron algunas piezas d e ar- tillería, las c a m p a n a s de la Catedral, ciento cincuenta pi- pas de vino, y veinte cajas d e azúcar, q u e e m b a r c ó e n los días q u e fue d u e ñ o d e la ciudad. Por s u parte, los canarios se apoderaron d e los mos- quetes, cotas y armaduras d e los ochenta muertos e n el Dragonal, con otras a r m a s d e valor abandonadas e n s u pre- cipitada fuga. La isla entera solemnizó con gran pompa las exequias del malogrado General Alonso de Alvarado, a quien se dio sepultura bajo las bóvedas d e la Catedral: Pamochamoso fue recompensado por el Rey con el título d e Gobernador de Canaria, cargo q u e ejerció con general aplauso hasta 1601; y el Ayuntamiento d e Las Palmas recibió, e n repre- sentación d e todos los isleños, los elogios q u e por s u nombre y heroica defensa merecía e n aquella memorable jornada (4).
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    Notas ( 1 )Así consta de un certificado dado e n 1638 por don Luis Fernández d e Córdova, Capitán general d e las Canarias. Viera, t. 3. p. 177. (2)Copiamos textualmente las palabras d e la capitulación tal como las encontramos en los documentos de donde extractamos estas noticias. (3)Hoy alameda. (4)Hemos recogio estas noticias d e un diario del escribano d e Guía Juan d e Quintana, que presenció la invasión, y d e una información hecha por orden d e Pamochamoso e n 1 6 01. Véanse también Castillo, p. 248.- Zuaznavar, p. 54.- Viera, t. 3. p. 1 79. XV. Estado de las islas al concluir el siglo XVI. Apartadas las islas Canarias del continente europeo por doscientas treinta leguas de mar, y siendo, en la época que examinamos, escasas las comunicaciones entre am- bos países, el movimiento civilizador, que principiaba en- tonces a remover las sociedades, llegaba roto y debilitado a estas regiones, consiguiendo apenas agitar su superfi- cie. En efecto, pocos eran los que podían aspirar a una instrucción, imposible entonces en el país; necesitábase para ello voluntad, aptitud y recursos pecuniarios, condi- ciones todas difícilesde encontrar juntas en cualquier tiempo. Era el siglo XVI el siglo de las maravillas españolas; las artes y las letras, la política y las armas, habían eleva- do a la nación ibérica a un grado tal de prosperidad y en- grandecimiento, que la Europa atónita la contemplaba muda de admiración. Por doquiera que la vista se tendiese, se hallaba on- deando el pabellón de España. Sus triunfantes colores, después de conquistar u n mundo y rodear por la primera vez el glo- bo, se veían iluminados por la luz del sol, que nunca para ellos encontraba ocaso.
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    Teníamos monarcas comoCarlos V y Felipe 11; capita- nes como Gonzalo de Córdoba, el Duque de Alba, Cortés, Balboa y Pizarro; navegantes como Pinzón y Elcano; poe- tas como Garcilaso y Ercilla; dramáticos como Calderón y Vega, novelistas como Cervantes, músicos como Salinas, arquitectos como Berruguete, pintores como Murillo; cu- brían nuestros tercios la tierra, nuestras escuadras el mar; brotaban de Salamanca torrentes de luz, y los extranjeros la apellidaban la Atenas del continente. Pero todo este poder, esta grandeza, esta abundante savia que alimentaba el cuerpo social, ¿se comunicaba de algún modo a las Canarias? Fácil será la respuesta. Hallábase el archipiélago poblado desde su conquis- ta de familias más o menos laboriosas, que, viniendo de España y del extranjero a establecerse en él, sólo anhela- ban encontrar una existencia cómoda, tranquila y sosega- da. Observando los recursos que el país ofrecía, desde luego comprendieron que su riqueza futura estaba cifrada en los adelantos de la agricultura y del comercio, para lo cual era indispensable desmontar el terreno, canalizar las aguas, y crearse productos agrícolas de exportación, que atrajeran el comercio extranjero. Estas necesidades materiales, difí- ciles de satisfacer en un país inculto y casi despoblado, debieron ocupar exclusivamente la atención de los primiti- vos pobladores, que relegaron al olvido las artes de la ima- ginación, como alimento innecesario en aquel primer pe- ríodo de su existencia social. Lleváronse de la madre patria abundantes semillasde todas aquellas plantas que no se encontraban en el archipiélago, y que podían ser útiles a sus moradores; introdujéronse anima- les domésticos de todas clases, que en sus bosques y dehesas se multiplicaran; y considerando que, bajo su privilegiado cli- ma, crecerían lozanas aquellas plantas de especial cultivo, tan apreciadas de Europa, como los vinos y el azúcar, los propieta- rios, entonces labradores todos, se aplicaron con empeño a reproducir en sus terrenos la caña y la vid, consiguiendo en poco tiempo que la Italia, cuyas repúblicas monopolizaban con sus naves el comercio universal, acudiera solícita a sus puer- tos, dejando, en cambio de los vinos y el azúcar, los cereales y las manufacturas de Europa (1).
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    La seda, productotambién d e gran valor por el lujo introducido en las Cortes d e Francia, Italia y Alemania, se había asimismo aclimatado en las Canarias, como prueba el contrato celebrado por el Cabildo con Juan d e Mendiola, tejedor, para q u e fijase s u casa y telares e n Las Palmas, cediéndole por seis años el diezmo d e la seda, y compro- metiéndole a surtir al país d e terciopelos, rasos y tafeta- nes (2). Los artículos d e primera necesjdad vendianse a pre- cios módicos, y, del mismo modo, las telas y artefactos d e uso diario para el pueblo (3).El trigo, que con frecuencia escaseaba, aunque constituía uno d e los cambios mas im- portantes para los q u e exportaban el azúcar y el vino, bas- taba al consumo d e la población, y s e prohibía su extrac- ción bajo las más severas penas. Su precio medio podría- mos fijarlo, según los datos m á s exactos, a doscientos maravedies por fanega. Escaso era el numerario q u e circulaba entonces en el archipiélago, y creemos q u e sólo por esta razón había ad- quirido un precio comparativamente mayor q u e el d e igual clase e n la Península. Un maravedí d e España equivalía a diez y medio maravedíes d e islas, lo q u e prueba tal vez q u e se había dado el nombre y el valor d e maravedí a las fracciones d e cobre en q u e éste s e subdividía, y q u e s e acuñaban en las islas d e señorío con el nombre d e dineri- llos. Las monedas q u e entonces eran más usuales e n los contratos, y por las que s e podría aproximadamente dedu- cir el valor del numerario e n aquella época, eran la dobla d e oro, el real, el cuarto, el maravedí y el dinerillo. Diez dinerillos valían un maravedí, seis maravedís un cuarto, ocho cuartos un real, y diez y medio reales una dobla, su- puesto q u e é s t a equivalía a quinientos maravedíes. Introdujéronse en el mismo siglo unas monedas d e cobre acuñadas en la isla d e Santo Domingo, a las q u e s e dio un valor q u e no tenían en el comercio: y del mismo modo cir- cularon, durante la dominación española en Portugal, unos ochavos q u e llamaron teresicos, llevados d e este reino, y d e los cuales componían tres un cuarto. Añádase a esta moneda, despreciable toda por s u escaso valor intrínseco, la d e los reales d e vellón acuñados por los Reyes Católi-
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    cos, recibidos enlas Canarias por u n precio que habían perdido ya en España. Estos reales fueron los que luego se llamaron bambas, cuya falsificación produjo en el siglo XVllI tantos conflictos con las autoridades. Sin embargo, era tan escasa en islas la circulación del numerario, que el gobierno concedió licencia en 1579 para que el Ayunta- miento de Las Palmas pudiese acuñar moneda de vellón de cobre, a imitación de la que se labraba con igual permi- so en las islas señoriales (4). Esta escasez de dinero dio origen a otro mal de ma- yor trascendencia para los progresos del comercio y de la agricultura. Los dueños de los terrenos, deseando adquirir dinero en cambio de sus propiedades, introdujeron en las islas los censos, conocidos en Aragón con el nombre de al quitar, que gravaron en poco tiempo toda la parte cultiva- ble y productiva del archipiélago. A pesar de las prohibiciones legales, véase de que modo se verificaba este convenio. ((Elque iba á dar dinero á censo (5)aparentaba primero en una escritura la compra de la finca que habia de servir de hipoteca, suponiendo precio de la compra una suma corta, y despues en otro instrumento distinto, daba la misma finca á censo reservativo al propio vendedor, estableciendo el cá- non ó réditos correspondientes, no al precio que sonaba en la venta de la primera escritura, sino al precio efectivo y ver- dadero que se la daba en la segunda: de manera, que com- prada tal vez por ciento una finca que valia mil, se daba despues á censo por su verdadero valor de mil, no por los ciento que habian desembolsado; y se pactaban los réditos no de estos ciento, sino de aquellos mil; y por consiguiente se fundaban los censos consignativos al quitar á mucho menos de cator- ce mil el millar, contra el espíritu de la ley.))(6). A estos inconvenientes que impedían el desarrollo de la agricultura, pudiéramos añadir la defectuosa distribu- ción de las tierras y de las aguas, el número prodigioso de dehesas y montes de dominio público, la amortización en provecho de los conventos y corporaciones religiosas, y el amayorazgamiento de los principales y más pingües terre- nos, arrancados de este modo a la actividad personal, y al
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    movimiento progresivo deun pueblo que necesitaba el poderoso estímulo de la propiedad para robustecerse y aumentar sus medios de riqueza y bienestar. La industria, pues, principió visiblemente a decaer, la agricultura quedó estacionaria, y aquéllos que, vincu- lando su bienes, creyeron perpetuar su nombre y su in- fluencia en el país, sólo consiguieron, al satisfacer tan ridi- culo orgullo, cegar con su punible indolencia las únicas fuentes de prosperidad que hubieran levantado las islas a la altura que, por su clima y elemenntos naturales, esta- ban llamadas desde su conquista. Si los intereses materiales se encontraban en tal abandono, no será extraño que los que se refieren al cultivo de la inte- ligencia fueran casi desconocidos en el archipiélago. " 7 Y a hemos dicho que la fundación de los conventos contribuyó en cierto modo a la conservación y propaga- ción de la enseiianza, abriendo en sus aulas algunas cáte- dras de filosofía escolástica, de lugares teológicos y de elo- cuencia sagrada, que, si bien inficionadas del mal gusto del siglo, sostuvieron la afición a las letras, y difundieron algunas nociones útiles entre esa clase pobre y abandona- da, que tenía siempre abierta a s u s modestas aspiraciones la carrera monacal. Al clero, pues, se le debe en aquella época el renaci- miento de las ciencias, el estudio de los clásicos, y el de- - sarrollo de las bellas artes, que encontraban en los monu- mentos religiosos alimento suficiente a su diaria actividad. O O De 1500 a 1570 se levantaron los cimientos de la elegante Catedral de Las Palmas, y es indudable que esta obra introdujo en la antigua capital de las Canarias, el buen gusto arquitectónico, que tantas maravillas había creado sobre el suelo de la madre patria. La escultura, la música y la pintura, encontraron del mismo modo bajo la protección del Cabildo el estímulo necesario para darse a conocer. Sus ensayos, tímidos y vacilantes al principio, fueron paulatinamente adquiriendo el conveniente desarrollo, llegando, bajo el influjo que siempre ejercen los climas meridionales sobre las artes de imagi-
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    nación, y cuandoel aumento d e población y d e riqueza multiplicó las necesidades sociales, a proporcionarse un campo más vasto e n que tender su vuelo y cumplir su civi- lizadora misión. Sin embargo, la palanca más poderosa del progreso, la imprenta, permaneció desconocida e n las Canarias todo el siglo XVI. Las empresas d e esta clase no encontraban sin duda e n un país tan pobre las ventajas pecuniarias con q u e les brindaban las ciudades principales d e España. Por eso vemos q u e los libros llegaban d e las penínsulas ibéri- ca e italiana, y, principalmente, d e los Países Bajos, en el corto número que entonces era suficiente a satisfacer las necesidades intelectuales d e la escasa población ilustrada d e las islas, siendo, por consiguiente, nulo todo movimiento literario. La instrucción primaria, base fundamental d e la civi- lización, hallábase entonces confiada a los curas d e cada parroquia. En las constituciones sinodales del Obispo Mu- ros, publicadas e n 1497, encontramos la siguiente pres- cripción, q u e prueba el sistema d e enseñanza adoptado e n aquella época. «Itemordenamos, que el cura ó su lugar teniente tenga en su iglesia consigo otro clérigo Ó sacristan docto, para que ensenen á los hijos d e los parroquia- nos leer, escribir, é contar, é les ensenen buenas cos- tumbres, y aparten d e los vicios, y les instruyan en toda castidad é virtud, é les ensenen los mandamien- tos y todas las cosas que se contienen en la dicha ta- bla ( 7 ) y en la cartilla, y se sepan signar é santiguar con el signo d e la cruz, é les exhorten obediencia é acatamiento á sus padres. é que los clérigos amones- ten á sus parroquianos que envien sus hijos á la Igle- sia para que sean industriados en todo lo susodicho, lo cual fagan dentro d e tres meses despues que fuere publicado, d e lo cual mandamos: y asimismo encarga- mos las conciencias á los curas ó s u s lugar tenientes que procuren con toda diligencia tener buenos y doc- tos sacristanes, que sirvan las dichas iglesias é ins- truyan á los niños como dicho es, certificándoles que las culpas é negligencias d e los sacristanes requerire-
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    mos dellos: éasimesmo estatuimos donde el pueblo no paga el sacristan. que no se entrometa en cojello; é donde ellos lo pagan, lo cojan con consentimiento del cura.lJ Es, pues, indudable q u e la instrucción d e la niñez s e hallaba confiada al clero, y continuó así durante los d o s siglos siguientes, supuesto q u e no hallamos derogada esta obligación por las constituciones del ilustrísimo Murga, publicadas e n 1628. La constitución 13, q u e trata d e los sacristanes, previene: ((quesean eclesiásticos, siempre que s e a posible, d e honestas costumbres, mayores d e quince años, capaces d e enseñar el catecismo y de tener es- cuela.~) Esta enseñanza tenía lugar muchas veces e n el lo- cal d e la misma iglesia. N o s e limitó la solicitud del clero, e n aquella época, a la instrucción elemental q u e s e d a b a e n las parroquias, sino que, deseando proporcionar mayor ensanche a los conocimientos d e los isleños, y comprendiendo la dificul- tad d e poderse trasladar éstos a Alcalá o a Salamanca para obtener tan ventajoso resultado, fundó una cátedra d e lati- nidad q u e popularizara el idioma d e Cicerón y d e Virgilio, lengua entonces universal, y sin cuyo conocimiento ningu- no podía penetrar e n el santuario d e las ciencias. Consta, por los libros d e acuerdo q u e existían e n el archivo municipal d e Las Palmas, q u e e n primero d e febre- ro d e 1515 s e señaló del fondo d e propios d e la isla una cantidad al preceptor d e gramática, que, con las ya fijadas por el Obispo y el Cabildo eclesiástico, se consideraron por entonces suficientes a s u decente manutención (8). Resulta también d e los libros capitulares del Cabildo q u e e n 2 0 d e septiembre d e 1519 había esta corporación nombrado para el cargo d e bachiller de gramática a Gutierre d e Penalosa, con 6.000 maravedies e n hacimientos; q u e a éste sucedió, e n 152 1, el bachiller Rodríguez d e Liria, y luego el bachiller Francisco d e Aguiar con el sueldo d e vein- ticuatro doblas anuales. Pero habiendo tomado posesión este último, e n 5 d e octubre d e 1527, d e una ración e n la Catedral d e Las Palmas, le concedió el Cabildo la gracia d e q u e pudiese continuar regentando su cátedra, durante las
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    horas prima, sextay nona, dispensándole d e la asistencia al coro, y ganando estas horas como si estuviese presente. Por su fallecimiento, y a solicitud del mismo Cabildo, mandó Felipe 11 en 1554 q u e el licenciado Ávalos, q u e ha- bía sucedido e n esta ración, y todos los que luego la obtu- viesen, fuesen obligados a leer gramática latina, proponiendo aquella corporación al Rey, en las vacantes q u e se presen- taran, personas q u e por s u s conocimientos especiales fue- sen dignas d e cumplir este encargo. No s e limitó a esto la solicitud del Cabildo en benefi- cio d e la ilustración del país, pues consta asimismo d e s u s acuerdos, que, en 1 3 d e agosto d e 1520, mandó crear una biblioteca, indicando el sitio q u e debiera ocupar; y e n 6 d e julio d e 1526, fundado ya tan útil establecimiento, acordó se aumentase con los fondos propios del Cabildo, y con los donativos que algunos d e s u s individuos s e habían apre- surado a señalar, comprendiendo sin duda, desde aquella época, lo necesario y útil d e tan loable pensamiento. A fines d e este mismo siglo XVI, un canario ilustre, dotado d e una imaginación fogosa y varonil, d e un enten- dimiento claro y despejado, y d e un genio esencialmente poético, después d e haber viajado por la culta Italia y d e haber bebido, por decirlo así, en el raudal d e armonía q u e brotaba d e los divinos labios del Ariosto y del Tasso, tornó a s u patria afortunada, y ocupó en ella una silla del Cabil- d o eclesiástico, q u e desde los trece anos había obtenido por gracia especial del Rey. Sola y aprisionada por las olas del Atlántico, la fanta- sía viva y apasionada del joven canario buscó e n los traba- jos literarios, desconocidos entonces e n s u país, una ocu- pación a s u espíritu, y una distracción a su alma, adivinan- d o su corazón d e poeta, e n la soledad d e aquel destierro, el lenguaje armonioso d e Ciarcilaso y Lope d e Vega. Varias son las obras q u e debemos a la pluma incan- sable d e este ilustre vate, cuya fama, atravesando el Atlán- tico, no fue desconocida a Vega ni a Cervantes (9),aunque sin poder asegurar q u e circularan también e n el país don- d e se habían creado.
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    Había nacido en la ciudad d e Las Palmas, y a media- dos del siglo XVI, don Bartolomé Cairasco d e Figueroa, que e s el poeta a quien nos referimos, y no hay duda q u e su persona ejerció una grande influencia e n los destinos d e su patria durante los cincuenta y tres anos q u e ocupó en el Cabildo eclesiástico el distinguido empleo de canónigo, y luego el d e prior, dignidad d e la misma santa iglesia. Bajo la frondosa selva d e Doramas, que entonces se hallaba e n toda la fuerza y hermosura d e su lozana vegeta- ción, escribió Cairasco s u s mejores versos; allí cantó las glorias inmortales d e todos los mártires que cuenta e n su seno el cristianismo; allí tradujo, e n armoniosas octavas, la Jerusalén del Tasso; allí, en fin, escribió la vida d e Je- sucristo, La Esdrujúlea y varias comedias, q u e por des- gracia se han perdido, o yacen envueltas e n el polvo d e viejas y olvidadas bibliotecas. Conocedor también del contrapunto, y diestro e n el arpa, Cairasco era músico y compositor, oyéndose con fre- cuencia su voz dulce y armoniosa bajo las bóvedas d e la Catedral. Todas las comisiones que requerían conocimientos especiales le eran por el Cabildo encargadas, desempeñándolas siempre a satisfacción d e sus amigos y compañeros. En 1576 era secretario capitular; e n 1583, maestro d e sagradas ceremonias, coadjutor y obrero mayor de Ca- bildo. En las célebres fiestas que dispuso la ciudad para festejar la llegada a sus playas del Obispo don Fernando d e Rueda, s e ordenó a Cairasco la composición d e una comedia que debía representarse en la plaza principal. Concluida la composición y ensayada, se ejecutó ante el Obispo Rueda en mayo d e 1582, conservándonos d e ella un fragmento el diligente historiador fray Juan d e Abreu Cialindo ( 10). Estos espectáculos escénicos, cuyo renacimiento prin- cipiaba entonces en España, y q u e el genio d e Lope d e Vega había d e elevar más tarde a su más alto grado d e perfección, encontraban también en las Canarias entusias-
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    t a sadmiradores q u e premiaban los desvelos del poeta. En la festividad del Corpus, entre otros festejos públicos, se permitía la representación e n el atrio d e la Catedral de autos sacramentales o comedias d e argumento sacro, debidas e n s u mayor parte a la m u s a de Cairasco, o publicadas c o n la cooperación y censura d e e s t e ilustre canario. Consta, d e un acuerdo del Cabildo d e 19 d e e n e r o de 1596, el permiso concedido a J u a n d e Centellas para q u e pudiese ejecutar la comedia del Corpus con parecer del canónigo Cairasco ( 1 l ) , lo cual prueba q u e el influjo d e é s t e e r a grande y poderoso e n el país, personificando e n cierto m o d o el e s c a s o movimiento literario q u e entonces agitaba la parte ilustrada d e la población. Extraño parecería, entretanto, q u e e n un país e s e n - cialmente marítimo c o m o lo es el d e las Canarias, el arte de la navegación n o hubiera adquirido, d e s d e luego, u n grande y poderoso incremento, contribuyendo así a crear esa clase útil y laboriosa, dedicada exclusivamente a fo- mentar los importantes y variados ramos q u e lo constitu- yen; pero, a u n q u e s e a n escasos los d a t o s q u e hayan podi- do llegar hasta nosotros relativos a la navegación interinsular del archipiélago, puede sin embargo asegurarse q u e é s t a nació con la conquista, y recibió, de las multiplicadas e indeclinables necesidades del comercio y de la industria, el impulso q u e le era indispensable para cumplir con las exigencias marítimas d e aquella época. Sábese desde luego q u e los frondosos bosques d e la Gran Canaria brindaban al constructor con s u s raros y precio- sos árboles, y q u e éstos, conducidos a Las Palmas, servían para la fábrica de pequeños buques, destinados al tráfico d e una a otra isla, y tripulados todos por marineros del país. Bastaba, para realizar c o n seguridad e s t o s cortos via- jes, una observación exacta d e las corrientes y vientos ge- nerales del archipiélago, y una inspección minuciosa y práctica de s u s principales radas y fondeaderos, conocimientos q u e reunían y se transmitían fielmente los marinos d e la Gran Canaria, e n quienes, puede decirse, hallábanse deposita- das las tradiciones marítimas d e la provincia.
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    Esta navegación, aunquecircunscrita a tan limitado espacio, dio origen luego a la industria pesquera, iniciada primero en las costas isleñas, y luego en las del continente africano. Indudable e s que esta pesca, explotada en el siglo XV por los vizcaínos y portugueses, y abandonada después por temor a los corsarios d e Fez y d e Marruecos, debió su importancia a las atrevidas excursiones que los canarios emprendieron armados sobre las vecinas costas del Sahara. Como prueba d e su antigüedad podemos citar al his- toriador Gonzalo Fernández d e Oviedo, quien, después d e haber visitado la Gran Canaria a principios del siglo XVI, escribía e n su Historia General de las Indias, al ocupar- se d e las islas d e este archipiélago: .son fértiles, é abun- " 7 dan en bastimentos é de lo que conviene á los que E esta larga navegacion (la de América) hacen. Toman allí los navíos refresco d e agua, d e leña, de pan fresco 3 é gallinas, é carnero é cabritos, é vacas en pié é carne - salada, é quesos épescados salados de tollos, galludos 0 m O é pargos.)) 3 Sin embargo, debieron ser muy azarosas las prime- ras expediciones en aquella época, si se atiende al estado d e continua guerra e n que se hallaban las islas con los reyezuelos del continente, y a lo pequeño y débil d e las embarcaciones: por esto, parece lo más probable q u e n o pasaran los marinos canarios del cabo Non, ni s e aventura- ran a comunicarse con las hordas errantes y salvajes que vivían, y aún viven, en aquellas desiertas playas. Ahora bien: si tan desfavorable se presentaba e n ge- O neral la situación d e la Gran Canaria e n aquel primer pe- riodo d e su existencia política, ¿cuál no debiera ser enton- ces la del resto del archipiélago? Tenerife, que por su extensión, s u s recursos, y la ac- tividad d e sus pobladores, s e ofrecía desde luego con ven- tajosas condiciones d e progreso, arrastraba, sin embargo, la misma existencia trabajosa y difícil d e la Gran Canaria; comunes eran los males e n ambas islas, iguales las causas d e su atraso, e idénticos los medios que para evitar estos inconvenientes s e ofrecían a s u s municipios, aunque sin voluntad d e querer ejercitarlos.
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    La Palma seguíala misma marcha d e Tenerife. Algu- nas familias, q u e del extranjero habían llegado a estable- cerse e n s u suelo, introdujeron el plantío e n grande escala d e la c a ñ a d e azúcar y d e la morera, obteniendo d e e s t e m o d o abundantes cosechas d e azúcar, y la cantidad de s e d a suficiente para establecer fábricas d e tejidos, q u e llegaron con el tiempo a adquirir justa fama e n toda la provincia. En cuanto a las islas señoriales, s u situación era tan precaria y miserable q u e a p e n a s d a b a n otro producto q u e la orchilla y el musgo recogidos e n s u s montañas, y el que- so y s e b o d e las numerosas cabras salvajes, q u e se habían multiplicado e n s u s extensas dehesas. La indolencia de carácter, q u e el clima principiaba a modelar e n los hijos de los conquistadores, era ya un o b s - táculo al desarrollo material e intelectual del archipiélago; a ñ á d a s e a e s t o la falta d e estímulo, la dificultad y escasez d e las comunicaciones, la imperiosa necesidad d e acudir a los primeros trabajos d e u n p u e b l o q u e principiaba a fomentarse, sin un impulso extraño q u e conmoviera a s u aletargada sociedad y la comunicase la vida agitada y labo- riosa del continente, y encontraremos las c a u s a s principa- les del notable atraso q u e vamos señalando. Así, pues, las islas Canarias, entregadas a s u s pro- pias inspiraciones, aisladas entre sí y d e la madre patria, sin participarse s u s mutuas necesidades, ni crear asocia- ciones q u e aumentaran s u s débiles fuerzas y suplieran s u falta d e recursos, avanzaban lentamente y a ciegas por la espinosa s e n d a del progreso, oyendo a lo lejos y c o m o débil e c o la voz d e la prensa, q u e , tímida al concluir el siglo XV, se levantaba ya entonces poderosa e irresistible, sirviendo de indestructible b a s e a la libertad del pensamiento. La llegada d e un buque nacional o extranjero a cual- quiera d e los puertos de las islas e r a un acontecimiento q u e ponía e n movimiento la población. En general, las noticias q u e n o se referían a los inte- reses particulares de cada individuo eran recibidas siem- pre con indiferencia; los esfuerzos de la España e n los Paí- ses Bajos y e n Italia, la prisión d e Francisco 1, los progre-
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    s o sd e la Reforma, la destrucción d e la Armada Invencible, la batalla d e Lepanto, y otros acontecimientos, destinados a formar época en la historia del mundo, acaso pasaban desapercibidos en el archipiélago, sin producir otra sensa- ción q u e la d e un movimiento d e pasajera curiosidad. En cambio, una declaración d e guerra, la muerte o nacimiento d e un príncipe español, una fiesta religiosa, la fundación d e un convento, la llegada d e un obispo, eran sucesos q u e dejaban honda huella en la memoria del pue- blo canario. La sencillez, empero, d e estos primeros tiempos, e n armonía con lo limitado d e s u s necesidades, caracteriza perfectamente el espíritu d e esa nación q u e vino a poblar m la isla, y que, destinada luego a la alta empresa d e descu- E brir y colonizar un mundo, supo llevar a desconocidas re- - giones la civilización d e la vieja Europa, y plantar sobre 3 aquellas lejanas playas la cruz del evangelio, emblema e n - O todas épocas d e paz, fraternidad y progreso. m O : : Veremos luego como e n los siglos posteriores, ese mismo espíritu, don d e la raza latina, q u e a los españoles animaba al contacto d e las condiciones físicas del clima isleño, supo desarrollar el gérmen q u e en s u s e n o s e es- condía, y producir el carácter especial q u e hoy constituye, por decirlo así, la fisonomía moral del archipiélago. Sólo así podremos estudiar y apreciar debidamente los adelan- tos d e e s a civilización, cuyas semillas s e depositaron en el Real d e Las Palmas el día e n q u e vino a rendirse a las ar- mas castellanas el último d e los canarios. Notas ( 1 ) Por un acuerdo del Cabildo d e 1 5 1 7, se ordena que la arroba d e azúcar se vendiese a razón d e una dobla, y e n el mismo año recibió el Cabildo por su médico al bachiller Alvaro d e Mata con el salario d e 30 arrobas d e azúcar. En 1529 s e habla d e un pleito d e azúcares que seguía el Cabildo, y e n 1573 se vendió esta misma arroba a 1.400 maravedies.- Nougues, Cartas sobre las islas Canarias, p. 71 . (2)Acuerdo del 18 d e junio d e 1563. (3)Núñez d e la Peña nos conserva una curiosa lista que reproducimos a continuación: ((Lalibra d e carnero y la d e ternera
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    ocho maravedís; lad e vaca, puerco, macho y castrado, siete rnrs.; la d e oveja, cabra y puerco, seis mrs.; un cabritillo un real; un azumbre d e leche diez rnrs.; el pescado fresco desde cuatro á diez rnrs.; el cuartillo d e aceite veinte rnrs.; un par d e palomas diezy seis rnrs.; un par de tórtolas seis rnrs.; una docena d e pájaros seis rnrs.; una gallina diez cuartos; un capon dos reales; un pollo medio real; un conejo doce mrs.; una fanega d e trigo d e tres á ocho reales; un costal d e carbon treinta rnrs., etc. El lienzo d e presilla á ocho mrs. la vara; la bretaña a real y medio, el paño d e belarte á veinte y un reales; la frisa del pais á dos reales; el paño d e id. seis reales; un par d e zapatos sesenta y ocho rnrs., unos chapines d e muger setenta rnrs., etc.1) (4)Zuaznavar, p. 52. (5)Copiamos textualmente el siguiente párrafo d e Zuaznavar, que dará una idea exacta del fraude legal que vamos explicando. (6)Zuaznavar, p. 4 1 (7)Esta era una tablilla e n pergamino, que debía fijarse e n cada iglesia conteniendo un resumen del catecismo. (8)Zuaznavar, p. 28. (9)Galatea, libro 6. ( 10)Abreu Galindo, p. 106. ( 1 1 ) Extracto d e actas.
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    Indice del tomo1 Presentación de La Barra ................................................ 5 .................................................................... Introducción 7 Libro primero: L a Gran-Canaria 1. Idea general del archipiélago .................................. 1 3 11. Lanzarote ................................................................. 15 111. Fuerteventura .......................................................... 1 8 IV. Tenerife .................................................................... 19 V. Palma. Gomera y Hierro ........................................ 21 VI . Gran Canaria ............................................................ 23 .................. VI1. Situación. configuración de sus costas 25 VI11. Puertos. radas. fondeaderos ................................... 28 IX. Aspecto orográfico ..................................................30 .* X. Vegetacion ................................................................ 38 Libro segundo: Edad antigua y media 1. Egipcios. fenicios. etruscos. marselleses .............. 43 ........................................... 11. Hannon. Sertorio. Juba 46 111. Los árabes ................................................................ 50 IV. Expediciones de genoveses.Doria y Vivaldi. Angiolino del Teggia ................................................ 55 V. E1 Príncipe de la Fortuna ........................................ 59
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    VI . Ju a n d e Bethencourt ........................................ 63 VI1. Conquista d e Fuerteventura. Gomera y Hierro ....66 VI11. Sucesores d e Bethencourt ....................................69 IX. Diego d e Herrera ................................................... 7 2 Libro tercero: Los indígenas 1. Conjeturas acerca del origen d e la raza canaria .7 7 11. Sistema social y político ....................................... 80 111. Sistema religioso ...................................................86 IV. Estrategia. a r m a s ofensivas y defensivas .............9 1 V. Artes e industrias ..................................................9 4 VI. Usos y costumbres ................................................ 98 VI1. Bailes. juegos. diversiones ................................... 1 0 2 VI11. Entierros. momias ................................................. 106 IX. Tradición histórica.. Andamana ............................ 1 1 2 X. Artemi Semidán ..................................................... 1 1 5 XI. Tenesor y Bentaguaire ........................................... 1 2 2 XII. Doramas ................................................................. 133 Libro cuarto: La Conquista 1. El Real d e Las Palmas......................................... :. 139 11. La batalla del Guiniguada ..................................... 1 4 5 ................................................ 111. Bermudez y Algaba 1 5 1 ................................. IV. Proceso y muerte d e Algaba 156 V. Pedro d e Vera ......................................................... 165
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    VI. Batalla deArucas ................................................... 171 ......................................... VII. Prisión del Ciuanarteme 177 VIII. Bentejuí .................................................................. 185 IX. Rendición de la isla ........................................ 190 Libro quinto: L a s Palmas 1. 11. 111. 1v. v. VI. VII. Vlll IX. X. XI. XII. Organización municipal ........................................ 197 Los indígenas después de la Conquista ............... 206 La Catedral 2 12 " 7 D ............................................................. Sublevación de la Ciomera ....................................2 18 Primeros gobernadores ........................................ 224 Conquista de La Palma ................................... 229 Conquista de Tenerife ........................................ 235 ...... Entradas en África.- Expediciones a América 243 Tribunales: su creación y establecimiento en Las Palmas ............................................................. 247 Progresos de la colonia ........................................ 254 Fundaciones religiosas.- Imágenes aparecidas. Parroquias .............................................................. 262 Don Luis de la Cueva ........................................ 272 .......................................... XIII. Drake en Gran Canaria 28 1 XIV. Invasión de Van der Does .....................................289 .......... XV. Estado de las islas al concluir el siglo XVI 301