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Los y las investigadores y docentes de historia nos estamos organizando
para poner la
#HISTORIAenACCIÓN
y dar los #NUEVOSCOMBATESporlaHISTORIA
ciclo lectivo 2016
"No hay que contentarse con ver desde la orilla, perezosamente, lo que ocurre en el mar
enfurecido. Cuando el barco esté amenazado, no tengan miedo, ni se contenten con elevar los
ojos al cielo, abrazados al palo mayor, e implorar. Hay que arremangarse. Y ayudar a los
marineros en la maniobra."
“Vivir la historia”. Lucièn Febvre, Combates por la historia, 1952.
Quienes decidimos estudiar historia para enseñar historia leímos, más temprano o más
tarde, los Combates por la historia que Lucièn Febvre escribió a mediados del siglo XX,
con la intención de “prestar algunos servicios” a sus compañeros (historiadores),
“principalmente a los más jóvenes”.
En aquella época, ese libro significó un comprometido manifiesto, escrito en primera
persona –una persona singular que se reconocía colectiva y constituida por
muchísimas otras–, sobre los combates que un pequeño grupo de historiadores se
decidieron a dar para convencer a la academia de entonces, de que hacer historia, en
el sentido de investigar y producir conocimiento histórico, no se trataba de sólo
observar hechos dados, sino de interpretarlos. Combates que se proponían derribar el
respeto “pueril y devoto” por el hecho y la descripción como principios fundamentales
del trabajo del historiador, para poner en el centro el planteo de problemas y la
formulación de hipótesis acerca del origen y las múltiples causas de tales problemas.
“Sin problemas no hay historia” –afirmaban una y otra vez, en clases, conferencias y
escritos.
Los historiadores que comenzaron a hacer la historia económica y social (que para
ellos era inseparable de la historia política, ideológica, cultural y religiosa; es decir, de
la historia de la vida misma de todos los hombres), habían aprendido que la historia
como disciplina que se producía y se enseñaba, “se dormía en sus laureles, se frenaba,
cuando volvía a decir, repetía, coleccionaba... y no recreaba”: porque así escrita y así
enseñada, esa historia estaba absolutamente separada de la realidad (tanto que,
decían aquellos historiadores, en las denominadas décadas de oro del progreso
indefinido, el conocimiento histórico producido y escrito según los principios del
positivismo y el racionalismo, no había contribuido a advertir la crisis que provocó las
catástrofes de las guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX).
En 1952, dar “combates por la historia” significaba afirmar, para no olvidar nunca, que
el objeto de estudio de la historia no es el pasado sino el presente. Y el mensaje para
todos quienes quisieran escucharlo era claro: para hacer historia y para enseñar
historia es indispensable vivir una intensa vida intelectual y una intensa vida práctica;
es indispensable mezclarse con la vida que en cada presente vive la humanidad.
Algunos desprevenidos (o no tanto) pueden considerar que, hoy, estos “combates por
la historia” son cosa del siglo pasado, y que ya están pasados de moda.
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Al contrario, en la Argentina actual, somos muchos los y las investigadores y docentes
de historia que consideramos que las discusiones y los debates sobre cómo y para qué
hacer historia (investigar y producir conocimiento histórico), y sobre cómo y para qué
enseñar historia a niños, a jóvenes y a adultos, tienen (tienen que tener) una vigencia
permanente.
Y consideramos que es así, porque enseñar historia a los niños y a los jóvenes en la
escuela significa contribuir a la formación de su pensamiento histórico,
proporcionándoles herramientas intelectuales para analizar, comprender y explicar(se)
por qué pasó y pasa lo que pasó y pasa en la realidad social de la que forman parte, así
como los procesos históricos y los cambios sociales de los que son protagonistas. Si
conocemos que en el pasado la vida era diferente a la actual, sabremos que el futuro
no será igual al presente y podremos sustentar el proceso de cambio social con
conocimientos teóricos y también prácticos.
Y porque enseñar historia en la escuela conlleva poner en juego el uso público de la
historia y el conflictivo proceso de construcción de la memoria histórica y de las
identidades colectivas.
En esta Argentina de 2016, somos muchos las y los docentes que estamos decididos a
enseñar una historia que no se limite a enumerar y describir hechos, sino que, además,
los interprete; una historia que plantee problemas y proponga una teoría explicativa
para comprender por qué pasa lo que pasa (lo que nos pasó y nos pasa como
sociedad).
En esta Argentina de 2016, somos muchos los investigadores, los docentes y los
estudiantes que a través de nuestras investigaciones, nuestra enseñanza y nuestros
aprendizajes, nos reconocemos como sujetos que pueden pensar, explicar, interpretar
y transformar la realidad social.
En esta Argentina de 2016, somos muchos los investigadores, los docentes y los
estudiantes que consideramos que no hay lugar ni para relatos históricos ni para
enseñanzas de historia que se pretendan neutros, privándonos así de un enorme
caudal de ideas y explicaciones posibles.
Y porque estamos convencidos de que los profesores/docentes de historia (y de
geografía y de economía y de todas y cada una de las asignaturas escolares) podemos
–en cada clase, enseñando cualquiera de todos los temas de los programas de
estudio– contribuir a entender por qué pasa lo que pasa en nuestra realidad social
contemporánea y cómo podemos actuar para transformarla,
convocamos a nuestros colegas de todo el país
a organizarnos, trabajando colaborativamente y en red,
para poner la #HISTORIAenACCIÓN
y dar los #NUEVOSCOMBATESporlaHISTORIA que necesita el ciclo lectivo 2016

#HISTORIAenACCIÓN

  • 1.
    1 Los y lasinvestigadores y docentes de historia nos estamos organizando para poner la #HISTORIAenACCIÓN y dar los #NUEVOSCOMBATESporlaHISTORIA ciclo lectivo 2016 "No hay que contentarse con ver desde la orilla, perezosamente, lo que ocurre en el mar enfurecido. Cuando el barco esté amenazado, no tengan miedo, ni se contenten con elevar los ojos al cielo, abrazados al palo mayor, e implorar. Hay que arremangarse. Y ayudar a los marineros en la maniobra." “Vivir la historia”. Lucièn Febvre, Combates por la historia, 1952. Quienes decidimos estudiar historia para enseñar historia leímos, más temprano o más tarde, los Combates por la historia que Lucièn Febvre escribió a mediados del siglo XX, con la intención de “prestar algunos servicios” a sus compañeros (historiadores), “principalmente a los más jóvenes”. En aquella época, ese libro significó un comprometido manifiesto, escrito en primera persona –una persona singular que se reconocía colectiva y constituida por muchísimas otras–, sobre los combates que un pequeño grupo de historiadores se decidieron a dar para convencer a la academia de entonces, de que hacer historia, en el sentido de investigar y producir conocimiento histórico, no se trataba de sólo observar hechos dados, sino de interpretarlos. Combates que se proponían derribar el respeto “pueril y devoto” por el hecho y la descripción como principios fundamentales del trabajo del historiador, para poner en el centro el planteo de problemas y la formulación de hipótesis acerca del origen y las múltiples causas de tales problemas. “Sin problemas no hay historia” –afirmaban una y otra vez, en clases, conferencias y escritos. Los historiadores que comenzaron a hacer la historia económica y social (que para ellos era inseparable de la historia política, ideológica, cultural y religiosa; es decir, de la historia de la vida misma de todos los hombres), habían aprendido que la historia como disciplina que se producía y se enseñaba, “se dormía en sus laureles, se frenaba, cuando volvía a decir, repetía, coleccionaba... y no recreaba”: porque así escrita y así enseñada, esa historia estaba absolutamente separada de la realidad (tanto que, decían aquellos historiadores, en las denominadas décadas de oro del progreso indefinido, el conocimiento histórico producido y escrito según los principios del positivismo y el racionalismo, no había contribuido a advertir la crisis que provocó las catástrofes de las guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX). En 1952, dar “combates por la historia” significaba afirmar, para no olvidar nunca, que el objeto de estudio de la historia no es el pasado sino el presente. Y el mensaje para todos quienes quisieran escucharlo era claro: para hacer historia y para enseñar historia es indispensable vivir una intensa vida intelectual y una intensa vida práctica; es indispensable mezclarse con la vida que en cada presente vive la humanidad. Algunos desprevenidos (o no tanto) pueden considerar que, hoy, estos “combates por la historia” son cosa del siglo pasado, y que ya están pasados de moda.
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    2 Al contrario, enla Argentina actual, somos muchos los y las investigadores y docentes de historia que consideramos que las discusiones y los debates sobre cómo y para qué hacer historia (investigar y producir conocimiento histórico), y sobre cómo y para qué enseñar historia a niños, a jóvenes y a adultos, tienen (tienen que tener) una vigencia permanente. Y consideramos que es así, porque enseñar historia a los niños y a los jóvenes en la escuela significa contribuir a la formación de su pensamiento histórico, proporcionándoles herramientas intelectuales para analizar, comprender y explicar(se) por qué pasó y pasa lo que pasó y pasa en la realidad social de la que forman parte, así como los procesos históricos y los cambios sociales de los que son protagonistas. Si conocemos que en el pasado la vida era diferente a la actual, sabremos que el futuro no será igual al presente y podremos sustentar el proceso de cambio social con conocimientos teóricos y también prácticos. Y porque enseñar historia en la escuela conlleva poner en juego el uso público de la historia y el conflictivo proceso de construcción de la memoria histórica y de las identidades colectivas. En esta Argentina de 2016, somos muchos las y los docentes que estamos decididos a enseñar una historia que no se limite a enumerar y describir hechos, sino que, además, los interprete; una historia que plantee problemas y proponga una teoría explicativa para comprender por qué pasa lo que pasa (lo que nos pasó y nos pasa como sociedad). En esta Argentina de 2016, somos muchos los investigadores, los docentes y los estudiantes que a través de nuestras investigaciones, nuestra enseñanza y nuestros aprendizajes, nos reconocemos como sujetos que pueden pensar, explicar, interpretar y transformar la realidad social. En esta Argentina de 2016, somos muchos los investigadores, los docentes y los estudiantes que consideramos que no hay lugar ni para relatos históricos ni para enseñanzas de historia que se pretendan neutros, privándonos así de un enorme caudal de ideas y explicaciones posibles. Y porque estamos convencidos de que los profesores/docentes de historia (y de geografía y de economía y de todas y cada una de las asignaturas escolares) podemos –en cada clase, enseñando cualquiera de todos los temas de los programas de estudio– contribuir a entender por qué pasa lo que pasa en nuestra realidad social contemporánea y cómo podemos actuar para transformarla, convocamos a nuestros colegas de todo el país a organizarnos, trabajando colaborativamente y en red, para poner la #HISTORIAenACCIÓN y dar los #NUEVOSCOMBATESporlaHISTORIA que necesita el ciclo lectivo 2016