La autora recuerda haber aprendido a leer y escribir en la escuela rural a la que asistió de niña, donde tuvo una maestra amorosa que les enseñaba con pocos recursos. Aprendió a leer utilizando la cartilla Nacho y disfrutaba leyendo el catecismo a sus compañeros. Más adelante, cuando se mudó, tuvo otra maestra que le pidió que ayudara a enseñar a leer a los demás estudiantes. Aunque tuvo dificultades cuando cursó el bachiller