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Santísima Trinidad - C

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Santísima Trinidad - C

  1. 1. Santísima Trinidad – C «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.» Juan 16, 12-15 Jesús, a ti te vieron y te conocieron muchos. Hoy te acogemos, te escuchamos, te comemos… Y tú siempre nos hablas del Padre. De él vienes y tu misión es hacer su voluntad. Tú y el Padre sois uno: todo lo suyo es tuyo. Y todo lo vuestro nos lo das. Nos abres las puertas de ese amor tan grande, y nos incluyes en esa familia divina. Nunca nos dejas solos. El Espíritu se queda con nosotros. En el Espíritu estáis tú y el Padre. Los tres, en uno. Tenemos un solo Dios… Un Dios muy especial, en tres personas. La divinidad no es una soledad, sino una comunidad. Por eso la imagen de Dios no es un hombre o una mujer, solos, sino una unión de amor. La mejor imagen de Dios son dos, o más, que se aman. La mejor imagen de Dios es una familia, una comunidad, una iglesia. Desde ese amor que une lo comprenderemos todo. Nos comprenderemos a nosotros mismos, comprenderemos a los demás, al mundo, a toda la creación. Y comprendemos a Dios. Quien conoce a Dios se conoce a sí mismo. Quien comprende a Dios comprende al hombre. Quien ama a Dios aprende a amar a la humanidad entera. Esta sabiduría no va del hombre a Dios, sino de Dios al hombre. Nace de él. Nosotros sólo necesitamos abrirnos a la gracia. Trinidad: un amante, un amado, un amor. El Padre ama, el Hijo es amado, y el amor que los une, recíprocamente, es el Espíritu. Ese amor se derrama sobre el mundo y sobre nosotros. No sería posible si no fuera un amor dinámico, que se mueve entre los tres. Y no sería posible un amor dinámico si sólo hubiera una persona. Por eso Dios, que es amor, se despliega en tres. Y los tres se abren al universo, creándolo, sosteniéndolo, amándolo… y rescatándolo. Dios no abandona su creación, y menos a su criatura. Por eso manda a su Hijo, nunca para juzgar, sino para defender. Nunca para condenar, sino para rescatar. Loado seas, Señor Dios, Padre bueno, fuente de nuestro ser. Loados seas, Señor Dios, dulce Cristo, luz del corazón. Loados seas, Señor Dios, Espíritu Santo, fuego que nos enciende.

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