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LIMITES Y NORMAS. ¿POR QUÉ SON NECESARIOS?
Para un niño tener puntos de referencia claros sobre lo que debe o no debe
hacerse es tan vital como alimentarse. Para él tener claros los límites
educativos es importante por tres motivos:
1. Porque le ayuda a entender e integrar las normas que rigen el
mundo en el que vive.
2. Porque le ayuda a sentirse seguro.
3. Porque les ayuda a “portarse bien”, a ser “mejores personas” y,
por lo tanto, a tener un buen concepto de sí mismos.
Un sistema de normas estable le ayuda a saber predecir las
consecuencias de su propia conducta. Le ofrece la seguridad de saber a qué
atenerse en todo momento.
No os quepa la menor duda de que vuestros límites le dan seguridad al
niño; sin ellos el niño se siente perdido. Todo ser humano necesita un punto
de referencia. Los niños más inseguros y temerosos son aquellos hijos de
padres muy permisivos o que tienen un criterio educativo incoherente (hoy
te castigo por esto, mañana lo considero una gracia). “Si yo no tengo claro
por dónde me tengo que conducir, si no tengo claro qué es lo que está bien y
qué es lo que está mal, me siento perdido”. Los niños sin disciplina sufren
mucho. No creas que te va a querer menos por negarle o prohibirle ciertas
cosas, le hace bien saber que eres tú, y no él, quien decide.
Los niños que consiguen manejar a sus padres a su antojo desarrollan
una aparente seguridad en sí mismos que se disipa en cuanto salen del hogar.
Parece como si su experiencia vital les llevara a la siguiente reflexión
inconsciente:
“Mis padres son los que me tienen que defender de los peligros del mundo,
si yo hago con ellos lo que quiero ¿en qué manos estoy?”
Muchos padres piensan que si son exigentes con sus hijos, éstos les
querrán menos, se rebelarán y no habrá quien los domine. Por lo general, les
sorprende que ante una mano firme pero cariñosa, sus hijos respondan
relajándose y portándose bien.
Los niños necesitan límites y normas claras y se sienten más seguros y
más cómodos interiormente cuando los tienen.
Los niños desean portarse bien, porque portarse bien les hace
sentirse válidos y buenos niños. Algunos padres son excesivamente blandos,
modifican sus castigos ante el llanto de sus hijos y se dejan convencer con
1
facilidad para tomar una decisión que en el fondo no desean o que sospechan
que no es educativamente correcta. Estos padres volubles ante las
protestas de sus hijos, no se dan cuenta de que cambian constantemente las
normas de casa. Cuando actúan así, dejan en manos del niño toda la
responsabilidad de decidir portarse bien o mal. El niño tiene tentaciones de
dejarse llevar por lo que le apetece y dejar las responsabilidades a un lado,
si los padres tienen un planteamiento coherente que les ayude a ajustarse a
las normas, vencer este deseo es más fácil. ¿Te costaría igual llegar puntual
al trabajo si no tuvieras que fichar?, ¿Trabajarías horas extras si no
estuvieran bien pagadas?.
Igual que nos sucede a nosotros, al niño le resulta más fácil portarse
bien si tiene los límites claros y si tiene incentivos que le animen a hacerlo.
Cuando un niño se porta mal, aunque no lo manifieste abiertamente, se
siente malo y su autoestima se deteriora.
Los padres que saben poner límites son mucho más eficaces y dan más
seguridad que los que temen hacer uso de su autoridad (no se debe
confundir autoridad con autoritarismo). O los que cambian sin cesar sus
principios educativos. En este último caso, el niño siente una gran
inestabilidad y confusión, no sabe a qué atenerse y su conducta se vuelve
estresante e insoportable. Tiene necesidad de unas normas claras y
estables, dictadas por vosotros y que vigilaréis.
El respeto a las reglas es asunto de ambos progenitores. Ambos
padres han de ponerse de acuerdo y formar un frente común delante del
niño. Cuando no existe acuerdo en cuanto a las pautas a seguir (normas,
premios, castigos,...) el niño lo aprovecha y consigue salirse con la suya.
Las normas y los límites no son un medio para controlar a los niños o
conseguir que éstos obedezcan a los adultos, sino un método que les ayuda a
integrarse en la sociedad mostrándoles patrones de conductas socialmente
admitidas y, por consiguiente, también las que no lo son. Para una buena
convivencia tanto familiar como escolar es necesario establecer normas y
límites.
A los niños les gustan los límites, hacen que se sientan seguros. Pero
también intentan ponerlos a prueba para ver si estamos hablando en serio.
Cuando los niños fuerzan los límites es importante que padres y
profesores se mantengan firmes y no cedan a todo tipo de chantajes
afectivos, que pueden entran en juego en ese momento. Los límites no son
sinónimo de castigo sino de enseñanza, marcan lo que se espera de nosotros
y así nos es más fácil agradar a los demás con nuestro comportamiento.
Además, ayudan a los niños a asumir el control de su comportamiento
y a ser responsables de sus acciones (no olvidemos, que la responsabilidad
se aprende). Por tanto, podemos estar seguros de que los niños de todas las
2
edades deciden cómo se comportan y ajustan su comportamiento en función
de las respuestas que reciben o de las consecuencias de sus actos.
Hoy en día, muchos padres y madres viven esclavizados por "la
tiranía" de los hijos, haciendo todo aquello que ellos quieren sin poner ningún
límite a su conducta. Las normas son necesarias para la convivencia familiar
y para la posterior integración de los niños en la sociedad, y una vez
establecidas deben ser cumplidas, ya que de lo contrario los niños o
adolescentes pueden pensar que no tenían verdadera razón de ser.
A la hora de establecer límites, los padres deben tener como criterio
establecer unas normas claras, razonables y adecuadas a la edad del niño;
evitar ciertas actitudes como pueden ser la sobreprotección, el
autoritarismo o la pasividad; y por último, no deben olvidar ser coherentes
con dichas normas respecto a su cumplimiento, fijando y aplicando
refuerzos y sanciones, y siendo nosotros mismos ejemplo de las mismas.
La existencia de normas es muy importante para el adecuado
desarrollo del niño. Una de las primeras necesidades del niño es la de
seguridad. El niño educado sin disciplina se muestra inseguro e indeciso.
Las normas ayudan a poner límites a los impulsos y comportamientos, así
como a crear conductas sociales y saludables. Además, aumentan el
autocontrol de la persona.
Imponer unos límites claros y coherentes, aunque sea complicado e
ingrato, es más que necesario.
Normalmente, a los padres les resulta más fácil o cómodo decir "sí" a todo
aquello que piden los hijos o dejarles hacer lo que quieren, pero decir un
"no" a tiempo también es conveniente y necesario. De esta manera,
enseñaremos a los niños a interiorizar unas normas y conseguiremos
transmitir una disciplina que harán suya desde pequeños hasta que,
progresivamente, se responsabilicen de su comportamiento.
¿POR QUÉ CUESTA TANTO A ALGUNOS NIÑOS OBEDECER?
1. Hay muchas razones; sin embargo, la que más predomina es que no
reconocen la autoridad en la persona que les está pidiendo que hagan algo;
pueden incluso considerarla “inferior”. En los niños pequeños la autoridad se
pierde por la falta de constancia en las normas o demandas. Cuando les
pedimos que hagan algo y no lo cumplen, debemos 1º analizar cómo se lo
hemos pedido; 2º, si le ha quedado claro lo que se le pide; 3º, si previamente
les hemos enseñado a hacer lo que queremos que hagan (si se lo hemos
explicado) y 4º, si hemos pensado qué haremos cuando no obedezca (¿se lo
3
repetiremos tres veces? ¿levamos a amenazar? ¿a castigar? ¿lo haremos
nosotros por no pelear con él? ¿”no hemos visto nada”?...) El niño aprende a
salirse con la suya y siente que gana la batalla, ¡él es el más fuerte, él es el
que manda!
2. Tampoco obedecen cuando lo que les pedimos es contrario a su gusto o
preferencias. Han de aprender a que no sólo hacemos las cosas que nos
gustan y que no son ellos los que han de marcar los ritmos o momentos. Se
puede ser flexible en las exigencias y “negociar con ellos”, estableciendo
una relación de diálogo y entendimiento de las necesidades mutuas, cediendo
algunas veces, pero siendo siempre conscientes de que es una excepción o
consecuencia de un acuerdo.
3. A veces piensan que lo que se les pide no es importante o prioritario en
sus necesidades. Deben asumir que las prioridades las marca siempre el
adulto,
dejándoles claro los porqués, y procurando no actuar de forma mecánica
“porque sí” o “porque lo digo yo”.
No debemos dejar que pongan en duda las razones que se les dan para hacer
las cosas. Les enseñaremos con nuestro ejemplo que actuamos con criterios
firmes, razonables y por el bien suyo, de la familia, del grupo...etc.
Dos momentos críticos
Cuando se acercan a la adolescencia, es cuando vemos si los niños han tenido
un aprendizaje adecuado o no. Se ponen de manifiesto las consecuencias de
crecer “siendo desobediente, sin disciplina y sin asumir la autoridad o el
respeto a las personas que les piden normas”. Hay enfrentamiento en las
familias por normas de conducta, por actitudes de mal carácter, por la ropa,
los horarios, las exigencias, los estudios etc. Sin embargo, “obedecen a sus
líderes de pandilla o ídolos mediáticos”, es decir, a personas sin ninguna
fuerza moral pero que se los “han ganado”.
Cuando están en la edad del “NO”, se vuelven muy exigentes, empiezan a
pedir explicaciones y se enfrentan sistemáticamente a sus padres, para al
final no obedecer y salirse con la suya, después de “haber montado el
numerito”. Es el momento más importante para establecer los criterios que
se pretende inculcar y la necesidad del diálogo. No se debe ceder nunca a
las peticiones o exigencias que se pidan por la fuerza, tampoco por las
extorsiones emocionales, por el aburrimiento y la tozudez.
4
¿CÓMO DEBEN SER LAS NORMAS?
1. Claras. El niño tiene que saber claramente lo que se espera de él. La
norma debe establecer qué tiene que hacer, cuándo hacerlo, cómo
hacerlo y qué consecuencias supondrá su cumplimiento o
incumplimiento. Por ejemplo, es preferible decirle al niño “quiero que
permanezcas sentado en tu silla hasta que termines de comer” que
decir “pórtate bien”.
2. Deben ser aplicadas indistintamente por el padre y por la madre,
independiente del estado de ánimo y de quien esté presente en ese
momento. Si no le permitimos saltar en el sofá cuando hay visitas,
tampoco debemos permitírselo cuando estemos solos. Debemos
mantener la palabra tanto en los premios como en los castigos. Por
ello no debemos prometer algo que no podamos cumplir.
3. Debemos seleccionar pocas normas pero necesarias. A menor edad,
menos normas.
4. Que sean razonables y fáciles de cumplir. Por ejemplo, a un niño muy
activo, no podemos pedirle que permanezca quieto durante una hora
leyendo.
5. Si es posible compartidas y no impuestas. Respetarán mejor las
normas si han participado en su diseño.
6. Coherentes, a todos por igual, incluidos los padres. No podemos pedir
a nuestros hijos que no digan palabrotas si nosotros no somos capaces
de evitar decirlas.
7. Revisables y evaluables periódicamente. Por ejemplo la hora de
acostarse puede ir modificándose con la edad.
¿CÓMO DAR ÓRDENES?
1. Asegurémonos de lo que queremos decir. A veces somos demasiado
rigurosos con nuestros hijos, pidiendo demasiadas cosas que no son
realmente necesarias, lo que da más oportunidades al niño de
desobedecer. Es bueno pararse a pensar en la importancia de la orden
antes de darla. Una vez que damos la orden es importante que el niño
cumpla lo que le pedimos y si es necesario apoyaremos su
cumplimiento. Si pedimos al niño que recoja sus juguetes y acabamos
recogiéndolos nosotros, difícilmente nos obedecerá en el futuro.
2. Digamos, no preguntemos. Las órdenes en forma de pregunta dan al
niño la opción de negarse a obedecer. Es preferible decirle ayúdame a
poner la mesa que ¿quieres poner la mesa?
5
3. Hagamos que sea fácil de cumplir. En niños más pequeños a veces
tenemos que limitarnos a una sola orden, aunque necesitemos que el
niño realice varias tareas. Si la tarea es compleja para él, podemos
dividirla en varios pasos para que pueda cumplirla, elogiando cada
paso. Por ejemplo si un niño está aprendiendo a vestirse solo,
podemos elogiarle por cada prenda que sea capaz de ponerse.
4. Asegurémonos de que nos escucha. Sin un contacto visual no podemos
estar seguros de que nos han oído. No conviene dar órdenes a gritos
de una habitación a otra, ya que el niño puede estar tan concentrado
en la actividad que esté realizando que ni siquiera nos escuche.
5. Si queremos estar seguros de que recibe y entiende nuestra orden
debemos eliminar todas las demás distracciones (televisión, música,
videojuegos...).
6. Conviene asegurarse de que ha entendido lo que le hemos ordenado.
Para ello podemos pedirle que nos repita la orden que le hemos dado.
7. Debemos considerar el tiempo. A veces es necesario decir al niño de
cuánto tiempo dispone para realizar la tarea.
CÓMO APLICAR LAS CONSECUENCIAS
SIN CONSECUENCIAS NO HAY LÍMITES
- La consecuencia hay que aplicarla de manera inmediata a la conducta
inadecuada o al incumplimiento de la norma. Es la mejor manera de que se
asocien conducta y consecuencia.
- La consecuencia hay que aplicarla sistemáticamente, es decir, en todas las
ocasiones. No se trata de ser más blandos o más duros según el estado de
humor que se tenga en ese momento.
- La consecuencia hay que aplicarla con respeto. Es decir, manteniendo la
calma, sin criticar ni humillar al niño. La consecuencia no va contra el niño
sino contra su conducta, que queremos y creemos que puede mejorar.
- La duración de la consecuencia no debe ser larga. No es necesario mandar
a un niño de 3 años a su habitación media hora. Es igual, o más efectivo
hacerlo durante 5 minutos.
- Una vez aplicada la consecuencia, hacer borrón y cuenta nueva. Así
trasmitimos al niño que confiamos en él.
6
IMPONERSE POR LA FUERZA: CUANDO NO QUEDA OTRO RECURSO
Una de las características de la disciplina positiva es la de evitar los
métodos punitivos y el castigo físico.
Sin embargo hay momentos en los que los niños nos desafían y retan y se
niegan a aceptar las consecuencias que se les aplican.
Esto es más probable que ocurra cuando se comienza a utilizar las técnicas
de disciplina positiva con niños a los que se castigaba anteriormente.
Bien, supongamos que hemos aplicado la técnica del tiempo fuera, rincón o
pausa obligada y el niño se niega a irse a su habitación, tal como se le había
advertido que ocurriría si no mejoraba su conducta.
¿Qué podemos hacer?
Nuestra obligación como padres es educar, enseñar al niño a respetar las
normas y límites que previamente se le han marcado. Por lo tanto no
tenemos más remedio que imponernos por la fuerza.
Imponerse por la fuerza no es pegar ni causar daño físico. Se trata de
actuar sin violencia. Con determinación le llevaremos de la mano a su
habitación, si se trata de que debe hacer una pausa obligada o tiempo-fuera.
Si se resistiera, tendríamos que llevarlo en brazos. Si el niño no quiere
quedarse y se escapa tendremos que cerrar la puerta.
Nuestro comportamiento como padres debe ser sereno, evitando gritar,
pero firme. Si nuestro hijo ha perdido el control, nuestra obligación es
ayudarle a recobrarlo.
No podemos quedarnos impasibles ante la resistencia y el rechazo a las
normas.
CÓMO MANEJAR LAS RABIETAS
Imagina que tu hijo no tendrá una rabieta, compórtate como si nunca
hubieras oído hablar de ellas y luego trátalas, cuando ocurran, como algo
desagradable, pero completamente irrelevante en el curso de los
acontecimientos de un día ordinario. Suena fácil, pero no lo es.
Una vez visité a una amiga cuyo hijo de 20 meses le había pedido que quitara la tapa de su
caja de arena. Ella le dijo, "Ahora no, es casi la hora de tu baño", y siguió conversando
conmigo. El niño le tiró del brazo y le preguntó de nuevo, pero no obtuvo respuesta. Luego
intentó en vano abrirla él mismo. Estaba cansado y la frustración fue demasiado para él.
Explotó. Cuando la rabieta había pasado, su madre me dijo: "Siento que soy muy mala. Esto
ha sido culpa mía. No me he dado cuenta de que era tan importante para él jugar en la caja
de arena". Y entonces le quitó la tapa a la caja de arena.
7
El comportamiento de la madre es fácil de comprender, ¡pero también un ejemplo excelente
de cómo no hay que manejar una rabieta! Ella dijo "no" al niño cuando le pidió ayuda la
primera vez, sin pensar con detenimiento en lo que le había pedido su pequeño. Los
esfuerzos del niño para retirar la tapa de la arena le mostraban las ganas que tenía de
jugar porque no le estaba prestando atención.
Fue necesaria una rabieta para que la madre se diera cuenta de las ganas
que el niño tenía de jugar con la arena y de que no había una buena razón
para no dejarle jugar. Es normal que deseara compensarlo dejándole jugar
después de todo, pero era demasiado tarde para eso.
Aunque no hubiera sido una buena decisión al principio, la mamá debería
haber seguido con su "no" original porque, al cambiarlo por un "sí" después
de la rabieta, lo que consiguió fue que su hijo sintiera que su explosión había
tenido el efecto deseado.
Hubiera sido mejor para ambos que la madre hubiera escuchado a su hijo
cuando le pidió ayuda por primera vez, y hubiera pensado mejor su
respuesta en lugar de ceder a los deseos del niño después de su rabieta.
No es fácil ser un niño chiquito, y pasar sin control de esos estados de
ansiedad a explosiones de rabia. Tampoco es fácil ser madre y tener que
convivir con ese estado emocional tan variable y mantenerlo en equilibrio.
Pero el tiempo ayuda: gran parte de la turbulencia emocional se habrá
calmado para cuando tu hijo haya completado su cambio de niño pequeño a
niño en edad preescolar.
Ante una rabieta:
No intentes discutir con tu hijo. Mientras la rabieta dura, tu pequeño está
más allá de la razón.
No le contestes gritando, si es que puedes evitarlo. La rabia y el enojo
son muy contagiosos y puede que te sientas más enojada con cada uno de sus
gritos. Intenta no participar en la rabieta. Si lo haces, probablemente la
prolongarás ya que cuando comience a calmarse, se dará cuenta del tono
enojado de tu voz y comenzará de nuevo.
No se debe dar ninguna recompensa ni ningún castigo por una rabieta.
Quieres que vea que las rabietas, que son horribles para él, no cambian
nada, tanto a favor como en contra. Si tiene una rabieta porque no dejas que
salga al jardín, no cambies de opinión y dejes que salga después de que se
8
haya calmado. De la misma forma, si ibas a dar un paseo antes de que
tuviera la rabieta, debes seguir con el plan, tan pronto como se calme.
No dejes que las rabietas en público te hagan sentir mal. Muchos padres
temen las rabietas en lugares públicos; sin embargo, no debes dejar que tu
hijo sienta esta preocupación. Si dudas en llevarlo a la tienda de la esquina,
para evitar que tenga una rabieta porque quiere dulces, o si lo tratas de
forma extra cuidadosa cuando hay visitas por si el trato ordinario provoca
una explosión, se dará cuenta de lo que está pasando. Una vez que tu hijo se
dé cuenta de que sus enojos genuinamente incontrolables tienen un efecto
en tu comportamiento hacia él, es probable que aprenda a usarlos y entre en
un estado de rabietas semi-deliberadas típicas de niños de cuatro años
cuyas rabietas no se han manejado con eficacia.
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haya calmado. De la misma forma, si ibas a dar un paseo antes de que
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Limites y normas elaborado

  • 1. LIMITES Y NORMAS. ¿POR QUÉ SON NECESARIOS? Para un niño tener puntos de referencia claros sobre lo que debe o no debe hacerse es tan vital como alimentarse. Para él tener claros los límites educativos es importante por tres motivos: 1. Porque le ayuda a entender e integrar las normas que rigen el mundo en el que vive. 2. Porque le ayuda a sentirse seguro. 3. Porque les ayuda a “portarse bien”, a ser “mejores personas” y, por lo tanto, a tener un buen concepto de sí mismos. Un sistema de normas estable le ayuda a saber predecir las consecuencias de su propia conducta. Le ofrece la seguridad de saber a qué atenerse en todo momento. No os quepa la menor duda de que vuestros límites le dan seguridad al niño; sin ellos el niño se siente perdido. Todo ser humano necesita un punto de referencia. Los niños más inseguros y temerosos son aquellos hijos de padres muy permisivos o que tienen un criterio educativo incoherente (hoy te castigo por esto, mañana lo considero una gracia). “Si yo no tengo claro por dónde me tengo que conducir, si no tengo claro qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, me siento perdido”. Los niños sin disciplina sufren mucho. No creas que te va a querer menos por negarle o prohibirle ciertas cosas, le hace bien saber que eres tú, y no él, quien decide. Los niños que consiguen manejar a sus padres a su antojo desarrollan una aparente seguridad en sí mismos que se disipa en cuanto salen del hogar. Parece como si su experiencia vital les llevara a la siguiente reflexión inconsciente: “Mis padres son los que me tienen que defender de los peligros del mundo, si yo hago con ellos lo que quiero ¿en qué manos estoy?” Muchos padres piensan que si son exigentes con sus hijos, éstos les querrán menos, se rebelarán y no habrá quien los domine. Por lo general, les sorprende que ante una mano firme pero cariñosa, sus hijos respondan relajándose y portándose bien. Los niños necesitan límites y normas claras y se sienten más seguros y más cómodos interiormente cuando los tienen. Los niños desean portarse bien, porque portarse bien les hace sentirse válidos y buenos niños. Algunos padres son excesivamente blandos, modifican sus castigos ante el llanto de sus hijos y se dejan convencer con 1
  • 2. facilidad para tomar una decisión que en el fondo no desean o que sospechan que no es educativamente correcta. Estos padres volubles ante las protestas de sus hijos, no se dan cuenta de que cambian constantemente las normas de casa. Cuando actúan así, dejan en manos del niño toda la responsabilidad de decidir portarse bien o mal. El niño tiene tentaciones de dejarse llevar por lo que le apetece y dejar las responsabilidades a un lado, si los padres tienen un planteamiento coherente que les ayude a ajustarse a las normas, vencer este deseo es más fácil. ¿Te costaría igual llegar puntual al trabajo si no tuvieras que fichar?, ¿Trabajarías horas extras si no estuvieran bien pagadas?. Igual que nos sucede a nosotros, al niño le resulta más fácil portarse bien si tiene los límites claros y si tiene incentivos que le animen a hacerlo. Cuando un niño se porta mal, aunque no lo manifieste abiertamente, se siente malo y su autoestima se deteriora. Los padres que saben poner límites son mucho más eficaces y dan más seguridad que los que temen hacer uso de su autoridad (no se debe confundir autoridad con autoritarismo). O los que cambian sin cesar sus principios educativos. En este último caso, el niño siente una gran inestabilidad y confusión, no sabe a qué atenerse y su conducta se vuelve estresante e insoportable. Tiene necesidad de unas normas claras y estables, dictadas por vosotros y que vigilaréis. El respeto a las reglas es asunto de ambos progenitores. Ambos padres han de ponerse de acuerdo y formar un frente común delante del niño. Cuando no existe acuerdo en cuanto a las pautas a seguir (normas, premios, castigos,...) el niño lo aprovecha y consigue salirse con la suya. Las normas y los límites no son un medio para controlar a los niños o conseguir que éstos obedezcan a los adultos, sino un método que les ayuda a integrarse en la sociedad mostrándoles patrones de conductas socialmente admitidas y, por consiguiente, también las que no lo son. Para una buena convivencia tanto familiar como escolar es necesario establecer normas y límites. A los niños les gustan los límites, hacen que se sientan seguros. Pero también intentan ponerlos a prueba para ver si estamos hablando en serio. Cuando los niños fuerzan los límites es importante que padres y profesores se mantengan firmes y no cedan a todo tipo de chantajes afectivos, que pueden entran en juego en ese momento. Los límites no son sinónimo de castigo sino de enseñanza, marcan lo que se espera de nosotros y así nos es más fácil agradar a los demás con nuestro comportamiento. Además, ayudan a los niños a asumir el control de su comportamiento y a ser responsables de sus acciones (no olvidemos, que la responsabilidad se aprende). Por tanto, podemos estar seguros de que los niños de todas las 2
  • 3. edades deciden cómo se comportan y ajustan su comportamiento en función de las respuestas que reciben o de las consecuencias de sus actos. Hoy en día, muchos padres y madres viven esclavizados por "la tiranía" de los hijos, haciendo todo aquello que ellos quieren sin poner ningún límite a su conducta. Las normas son necesarias para la convivencia familiar y para la posterior integración de los niños en la sociedad, y una vez establecidas deben ser cumplidas, ya que de lo contrario los niños o adolescentes pueden pensar que no tenían verdadera razón de ser. A la hora de establecer límites, los padres deben tener como criterio establecer unas normas claras, razonables y adecuadas a la edad del niño; evitar ciertas actitudes como pueden ser la sobreprotección, el autoritarismo o la pasividad; y por último, no deben olvidar ser coherentes con dichas normas respecto a su cumplimiento, fijando y aplicando refuerzos y sanciones, y siendo nosotros mismos ejemplo de las mismas. La existencia de normas es muy importante para el adecuado desarrollo del niño. Una de las primeras necesidades del niño es la de seguridad. El niño educado sin disciplina se muestra inseguro e indeciso. Las normas ayudan a poner límites a los impulsos y comportamientos, así como a crear conductas sociales y saludables. Además, aumentan el autocontrol de la persona. Imponer unos límites claros y coherentes, aunque sea complicado e ingrato, es más que necesario. Normalmente, a los padres les resulta más fácil o cómodo decir "sí" a todo aquello que piden los hijos o dejarles hacer lo que quieren, pero decir un "no" a tiempo también es conveniente y necesario. De esta manera, enseñaremos a los niños a interiorizar unas normas y conseguiremos transmitir una disciplina que harán suya desde pequeños hasta que, progresivamente, se responsabilicen de su comportamiento. ¿POR QUÉ CUESTA TANTO A ALGUNOS NIÑOS OBEDECER? 1. Hay muchas razones; sin embargo, la que más predomina es que no reconocen la autoridad en la persona que les está pidiendo que hagan algo; pueden incluso considerarla “inferior”. En los niños pequeños la autoridad se pierde por la falta de constancia en las normas o demandas. Cuando les pedimos que hagan algo y no lo cumplen, debemos 1º analizar cómo se lo hemos pedido; 2º, si le ha quedado claro lo que se le pide; 3º, si previamente les hemos enseñado a hacer lo que queremos que hagan (si se lo hemos explicado) y 4º, si hemos pensado qué haremos cuando no obedezca (¿se lo 3
  • 4. repetiremos tres veces? ¿levamos a amenazar? ¿a castigar? ¿lo haremos nosotros por no pelear con él? ¿”no hemos visto nada”?...) El niño aprende a salirse con la suya y siente que gana la batalla, ¡él es el más fuerte, él es el que manda! 2. Tampoco obedecen cuando lo que les pedimos es contrario a su gusto o preferencias. Han de aprender a que no sólo hacemos las cosas que nos gustan y que no son ellos los que han de marcar los ritmos o momentos. Se puede ser flexible en las exigencias y “negociar con ellos”, estableciendo una relación de diálogo y entendimiento de las necesidades mutuas, cediendo algunas veces, pero siendo siempre conscientes de que es una excepción o consecuencia de un acuerdo. 3. A veces piensan que lo que se les pide no es importante o prioritario en sus necesidades. Deben asumir que las prioridades las marca siempre el adulto, dejándoles claro los porqués, y procurando no actuar de forma mecánica “porque sí” o “porque lo digo yo”. No debemos dejar que pongan en duda las razones que se les dan para hacer las cosas. Les enseñaremos con nuestro ejemplo que actuamos con criterios firmes, razonables y por el bien suyo, de la familia, del grupo...etc. Dos momentos críticos Cuando se acercan a la adolescencia, es cuando vemos si los niños han tenido un aprendizaje adecuado o no. Se ponen de manifiesto las consecuencias de crecer “siendo desobediente, sin disciplina y sin asumir la autoridad o el respeto a las personas que les piden normas”. Hay enfrentamiento en las familias por normas de conducta, por actitudes de mal carácter, por la ropa, los horarios, las exigencias, los estudios etc. Sin embargo, “obedecen a sus líderes de pandilla o ídolos mediáticos”, es decir, a personas sin ninguna fuerza moral pero que se los “han ganado”. Cuando están en la edad del “NO”, se vuelven muy exigentes, empiezan a pedir explicaciones y se enfrentan sistemáticamente a sus padres, para al final no obedecer y salirse con la suya, después de “haber montado el numerito”. Es el momento más importante para establecer los criterios que se pretende inculcar y la necesidad del diálogo. No se debe ceder nunca a las peticiones o exigencias que se pidan por la fuerza, tampoco por las extorsiones emocionales, por el aburrimiento y la tozudez. 4
  • 5. ¿CÓMO DEBEN SER LAS NORMAS? 1. Claras. El niño tiene que saber claramente lo que se espera de él. La norma debe establecer qué tiene que hacer, cuándo hacerlo, cómo hacerlo y qué consecuencias supondrá su cumplimiento o incumplimiento. Por ejemplo, es preferible decirle al niño “quiero que permanezcas sentado en tu silla hasta que termines de comer” que decir “pórtate bien”. 2. Deben ser aplicadas indistintamente por el padre y por la madre, independiente del estado de ánimo y de quien esté presente en ese momento. Si no le permitimos saltar en el sofá cuando hay visitas, tampoco debemos permitírselo cuando estemos solos. Debemos mantener la palabra tanto en los premios como en los castigos. Por ello no debemos prometer algo que no podamos cumplir. 3. Debemos seleccionar pocas normas pero necesarias. A menor edad, menos normas. 4. Que sean razonables y fáciles de cumplir. Por ejemplo, a un niño muy activo, no podemos pedirle que permanezca quieto durante una hora leyendo. 5. Si es posible compartidas y no impuestas. Respetarán mejor las normas si han participado en su diseño. 6. Coherentes, a todos por igual, incluidos los padres. No podemos pedir a nuestros hijos que no digan palabrotas si nosotros no somos capaces de evitar decirlas. 7. Revisables y evaluables periódicamente. Por ejemplo la hora de acostarse puede ir modificándose con la edad. ¿CÓMO DAR ÓRDENES? 1. Asegurémonos de lo que queremos decir. A veces somos demasiado rigurosos con nuestros hijos, pidiendo demasiadas cosas que no son realmente necesarias, lo que da más oportunidades al niño de desobedecer. Es bueno pararse a pensar en la importancia de la orden antes de darla. Una vez que damos la orden es importante que el niño cumpla lo que le pedimos y si es necesario apoyaremos su cumplimiento. Si pedimos al niño que recoja sus juguetes y acabamos recogiéndolos nosotros, difícilmente nos obedecerá en el futuro. 2. Digamos, no preguntemos. Las órdenes en forma de pregunta dan al niño la opción de negarse a obedecer. Es preferible decirle ayúdame a poner la mesa que ¿quieres poner la mesa? 5
  • 6. 3. Hagamos que sea fácil de cumplir. En niños más pequeños a veces tenemos que limitarnos a una sola orden, aunque necesitemos que el niño realice varias tareas. Si la tarea es compleja para él, podemos dividirla en varios pasos para que pueda cumplirla, elogiando cada paso. Por ejemplo si un niño está aprendiendo a vestirse solo, podemos elogiarle por cada prenda que sea capaz de ponerse. 4. Asegurémonos de que nos escucha. Sin un contacto visual no podemos estar seguros de que nos han oído. No conviene dar órdenes a gritos de una habitación a otra, ya que el niño puede estar tan concentrado en la actividad que esté realizando que ni siquiera nos escuche. 5. Si queremos estar seguros de que recibe y entiende nuestra orden debemos eliminar todas las demás distracciones (televisión, música, videojuegos...). 6. Conviene asegurarse de que ha entendido lo que le hemos ordenado. Para ello podemos pedirle que nos repita la orden que le hemos dado. 7. Debemos considerar el tiempo. A veces es necesario decir al niño de cuánto tiempo dispone para realizar la tarea. CÓMO APLICAR LAS CONSECUENCIAS SIN CONSECUENCIAS NO HAY LÍMITES - La consecuencia hay que aplicarla de manera inmediata a la conducta inadecuada o al incumplimiento de la norma. Es la mejor manera de que se asocien conducta y consecuencia. - La consecuencia hay que aplicarla sistemáticamente, es decir, en todas las ocasiones. No se trata de ser más blandos o más duros según el estado de humor que se tenga en ese momento. - La consecuencia hay que aplicarla con respeto. Es decir, manteniendo la calma, sin criticar ni humillar al niño. La consecuencia no va contra el niño sino contra su conducta, que queremos y creemos que puede mejorar. - La duración de la consecuencia no debe ser larga. No es necesario mandar a un niño de 3 años a su habitación media hora. Es igual, o más efectivo hacerlo durante 5 minutos. - Una vez aplicada la consecuencia, hacer borrón y cuenta nueva. Así trasmitimos al niño que confiamos en él. 6
  • 7. IMPONERSE POR LA FUERZA: CUANDO NO QUEDA OTRO RECURSO Una de las características de la disciplina positiva es la de evitar los métodos punitivos y el castigo físico. Sin embargo hay momentos en los que los niños nos desafían y retan y se niegan a aceptar las consecuencias que se les aplican. Esto es más probable que ocurra cuando se comienza a utilizar las técnicas de disciplina positiva con niños a los que se castigaba anteriormente. Bien, supongamos que hemos aplicado la técnica del tiempo fuera, rincón o pausa obligada y el niño se niega a irse a su habitación, tal como se le había advertido que ocurriría si no mejoraba su conducta. ¿Qué podemos hacer? Nuestra obligación como padres es educar, enseñar al niño a respetar las normas y límites que previamente se le han marcado. Por lo tanto no tenemos más remedio que imponernos por la fuerza. Imponerse por la fuerza no es pegar ni causar daño físico. Se trata de actuar sin violencia. Con determinación le llevaremos de la mano a su habitación, si se trata de que debe hacer una pausa obligada o tiempo-fuera. Si se resistiera, tendríamos que llevarlo en brazos. Si el niño no quiere quedarse y se escapa tendremos que cerrar la puerta. Nuestro comportamiento como padres debe ser sereno, evitando gritar, pero firme. Si nuestro hijo ha perdido el control, nuestra obligación es ayudarle a recobrarlo. No podemos quedarnos impasibles ante la resistencia y el rechazo a las normas. CÓMO MANEJAR LAS RABIETAS Imagina que tu hijo no tendrá una rabieta, compórtate como si nunca hubieras oído hablar de ellas y luego trátalas, cuando ocurran, como algo desagradable, pero completamente irrelevante en el curso de los acontecimientos de un día ordinario. Suena fácil, pero no lo es. Una vez visité a una amiga cuyo hijo de 20 meses le había pedido que quitara la tapa de su caja de arena. Ella le dijo, "Ahora no, es casi la hora de tu baño", y siguió conversando conmigo. El niño le tiró del brazo y le preguntó de nuevo, pero no obtuvo respuesta. Luego intentó en vano abrirla él mismo. Estaba cansado y la frustración fue demasiado para él. Explotó. Cuando la rabieta había pasado, su madre me dijo: "Siento que soy muy mala. Esto ha sido culpa mía. No me he dado cuenta de que era tan importante para él jugar en la caja de arena". Y entonces le quitó la tapa a la caja de arena. 7
  • 8. El comportamiento de la madre es fácil de comprender, ¡pero también un ejemplo excelente de cómo no hay que manejar una rabieta! Ella dijo "no" al niño cuando le pidió ayuda la primera vez, sin pensar con detenimiento en lo que le había pedido su pequeño. Los esfuerzos del niño para retirar la tapa de la arena le mostraban las ganas que tenía de jugar porque no le estaba prestando atención. Fue necesaria una rabieta para que la madre se diera cuenta de las ganas que el niño tenía de jugar con la arena y de que no había una buena razón para no dejarle jugar. Es normal que deseara compensarlo dejándole jugar después de todo, pero era demasiado tarde para eso. Aunque no hubiera sido una buena decisión al principio, la mamá debería haber seguido con su "no" original porque, al cambiarlo por un "sí" después de la rabieta, lo que consiguió fue que su hijo sintiera que su explosión había tenido el efecto deseado. Hubiera sido mejor para ambos que la madre hubiera escuchado a su hijo cuando le pidió ayuda por primera vez, y hubiera pensado mejor su respuesta en lugar de ceder a los deseos del niño después de su rabieta. No es fácil ser un niño chiquito, y pasar sin control de esos estados de ansiedad a explosiones de rabia. Tampoco es fácil ser madre y tener que convivir con ese estado emocional tan variable y mantenerlo en equilibrio. Pero el tiempo ayuda: gran parte de la turbulencia emocional se habrá calmado para cuando tu hijo haya completado su cambio de niño pequeño a niño en edad preescolar. Ante una rabieta: No intentes discutir con tu hijo. Mientras la rabieta dura, tu pequeño está más allá de la razón. No le contestes gritando, si es que puedes evitarlo. La rabia y el enojo son muy contagiosos y puede que te sientas más enojada con cada uno de sus gritos. Intenta no participar en la rabieta. Si lo haces, probablemente la prolongarás ya que cuando comience a calmarse, se dará cuenta del tono enojado de tu voz y comenzará de nuevo. No se debe dar ninguna recompensa ni ningún castigo por una rabieta. Quieres que vea que las rabietas, que son horribles para él, no cambian nada, tanto a favor como en contra. Si tiene una rabieta porque no dejas que salga al jardín, no cambies de opinión y dejes que salga después de que se 8
  • 9. haya calmado. De la misma forma, si ibas a dar un paseo antes de que tuviera la rabieta, debes seguir con el plan, tan pronto como se calme. No dejes que las rabietas en público te hagan sentir mal. Muchos padres temen las rabietas en lugares públicos; sin embargo, no debes dejar que tu hijo sienta esta preocupación. Si dudas en llevarlo a la tienda de la esquina, para evitar que tenga una rabieta porque quiere dulces, o si lo tratas de forma extra cuidadosa cuando hay visitas por si el trato ordinario provoca una explosión, se dará cuenta de lo que está pasando. Una vez que tu hijo se dé cuenta de que sus enojos genuinamente incontrolables tienen un efecto en tu comportamiento hacia él, es probable que aprenda a usarlos y entre en un estado de rabietas semi-deliberadas típicas de niños de cuatro años cuyas rabietas no se han manejado con eficacia. 9
  • 10. haya calmado. De la misma forma, si ibas a dar un paseo antes de que tuviera la rabieta, debes seguir con el plan, tan pronto como se calme. No dejes que las rabietas en público te hagan sentir mal. Muchos padres temen las rabietas en lugares públicos; sin embargo, no debes dejar que tu hijo sienta esta preocupación. Si dudas en llevarlo a la tienda de la esquina, para evitar que tenga una rabieta porque quiere dulces, o si lo tratas de forma extra cuidadosa cuando hay visitas por si el trato ordinario provoca una explosión, se dará cuenta de lo que está pasando. Una vez que tu hijo se dé cuenta de que sus enojos genuinamente incontrolables tienen un efecto en tu comportamiento hacia él, es probable que aprenda a usarlos y entre en un estado de rabietas semi-deliberadas típicas de niños de cuatro años cuyas rabietas no se han manejado con eficacia. 9