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O J O S

D E

U N D I O S
p a r t e .

B O R R A C H O .

1 ª

Autora: Elxena

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— "BUSCA".
LA LUZ.

Una leve brisa barrió suavemente el piso de hojas secas que alfombraba el umbrío bosque.

La guerrera presintió la llegada de un nuevo invierno, agazapado tras la leve brisa, pero no sintió
emoción alguna en ello. Le daba igual la llegada de ese invierno, de la siguiente primavera, del estío, o
del próximo otoño que vendría a sustituir al que ahora moría. Le daban igual las estaciones, el viento,
el agua, la tierra, los dioses, los mortales. Su propia vida carecía de importancia.
Un rictus amargo torció su gesto y sus ojos se entrecerraron, no queriendo recordar, no queriendo
permitírselo, no deseándolo.
Temiéndolo.

Temió abrir las puertas al dolor, el único sentimiento que todavía le acompañaba, cuando ya sus otras
emociones habían cesado bruscamente un día de un invierno como el que ahora se anunciaba, este
invierno que antaño deseara, no más, ni menos, que por la excusa de buscar calor en cuerpo amigo.
"Amiga".

La palabra la golpeó con brusquedad, súbito dolor, y sacudió su cabeza para apartarla de sí, de lo que
implicaba, de lo que escondía, de la puerta que abriría tras ella. De su significado.

Lanzó una patada al aire, y un remolino de hojas secas danzó sobre sus desgastadas botas de cuero.
Inició un gesto fiero e iracundo, y de buen grado se hubiera dejado llevar y podría así haber
destrozado ese árbol, ese bosque, este mundo, esta vida.
Que ya no le importaban.

Ya no gozaba con la promesa de un nuevo día, porque ya no tenía junto a quién cumplirla; ya no
disfrutaba con los simples actos, los simples gestos, porque ya no tenía sobre quién prodigarlos o de
quién recibirlos. Hubiera deseado ahora no haber sido tan... distante. Hubiera deseado ahora el trazo
de sus dedos sobre su mejilla, la mano en su brazo, la cercanía física que siempre le había rehuido.
"Amiga".

Agitó la cabeza de nuevo. Esa palabra. Esa sensación. Le dolía. Era una palabra afilada, intocable, una
herida abierta, una llaga, un oscuro pozo sin fondo al cual asomarse con el terror aleteando en lo más
profunda del alma. Esa hermosa palabra que antaño lo había sido, que tan llena de significados había
estado, que tanto y tantas cosas habían sugerido, que tanto le había dado, que había tocado su
corazón.
Hacía tanto tiempo. Un año. Toda una vida.
Suspiró con desasosiego. Notaba cómo el aplastante manto de la tristeza empezaba a posarse sobre
ella. Una tristeza densa, profunda, insondable, un fiero dolor que laceraba su alma y que se
alimentaba, voraz, de aquellos recuerdos que no se permitía tener. Al menos no de forma consciente.
Porque sabía que había soñado con ella. Muchas veces, desde entonces.
Alzó bruscamente la cabeza, echándola hacia atrás, dejando escapar un suave gemido surgido desde
lo más profundo de su ser. Cerró los ojos con fuerza, consciente del hecho de que de nuevo había
permitido abrir las puertas al torrente de dolor que anidaba de forma permanente en su interior,
dolorosa intangibilidad que había pasado a formar parte de su ser desde el día que ella murió.
Ya está. Estaba alcanzando su punto álgido. El dolor iba en aumento, se convertía poco a poco en algo
físico, le aplastaba el pecho, asfixiaba su garganta, como si un fiero diosecillo la atenazara con su
garra inmortal. No disponía de la menor barrera de defensa para combatir ese dolor y no la deseaba.
Era lo que se merecía. Por seguir viva, por respirar de forma regular, por poder caminar, ver, oler,
tocar... cuando ella ya no podía hacerlo.

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"Amiga".
Una y otra vez. Lo dijo, lo susurró, una y otra vez. Como un castigo, como un látigo azotando su
corazón, haciéndolo trizas, obligándose a pronunciar la palabra, una y otra vez, la cabeza enterrada en
el pecho, los ojos arrasados por las lágrimas, la mirada perdida en las hojas secas, su mano sujetando
con fuerza la espada desenvainada.
Podría hacerlo. Una vez más. Podría alzar esa espada y cercenarse con ella el cuello, las venas, la
femoral de su muslo, y la sangre empezaría a manar abundantemente, a borbotones, engañándola así
porque, cuando ya débil se sintiera, la esperanza de la muerte al fin en su interior brotando como una
certeza, volvería a suceder.

Cuando su cuerpo, agonizante, débil, vacío de esa sangre derramada, creyera poder traspasar el
umbral del Tártaro (pues era ésa, y sólo ésa, la última morada que se merecía. Incluso en la eternidad
no podrían estar juntas) entonces, en el último momento, de un plumazo, una risa cruel y errática,
pastosa, le devolvería a la vida, secaría su sangre, restañaría su herida.

Sólo quedaría una cicatriz, otra más, en su cuerpo ya marcado, mapa de dolor por mano ajena y por la
suya propia.
No podía morir. No lo entendía, pero así era. Supuso ése su castigo, su penitencia, la sinrazón dentro
de la sinrazón. Ya hacía tiempo que había dejado de pensar en ello, de buscar una explicación.
Simplemente, se lo merecía. Vivir eternamente con los remordimientos y el recuerdo de lo que había
hecho.

De súbito, su alma calló. El dolor seguía ahí, agazapado, como siempre, pero esta vez se había
retirado pronto, magnánimo. Esta vez sólo había deseado morir una vez más, sólo una. Su cuerpo se
resintió del castigo de su alma atormentada. Estaba cansada, muy cansada. Dejó resbalar la espada
hacia la tierra húmeda y su cuerpo se reclinó sobre la rugosa superficie de un árbol. No había
encendido fuego, no desde entonces. Había llegado a ser un acto tan... íntimo... con ella... que no
quería reproducirlo nunca más, porque nunca más volvería a ser lo mismo... sin ella.

Su alma gemía, agotada. Estaba demasiado cansada para nada, para moverse, para pensar, hasta
para respirar. Se quedó allí, recostada sobre el árbol, viendo anochecer, y no encendió fuego alguno,
ni deseó hacerlo, pese al frío, porque le dolía saber que la luz de sus llamas no se reflejaría más que
sobre ella; que su rojiza luz no lo haría también sobre el sereno rostro de una muchacha rubia a su
lado, siempre a su lado, y que no jugarían los destellos del dios del fuego sobre las líneas de ese rostro
y ya ninguna rodilla rozaría la suya y ninguna palabra oiría al calor de la lumbre.

Gabrielle sonrió traviesamente y, con un rápido gesto, arrojó la pequeña piedra contra el cuerpo de
Xena. La guerrera se giró, intentando mantener la calma. Alzó una ceja.

—Gabrielle —le dijo, pausadamente —, si vuelves a hacer eso te degollaré, te trocearé y te colgaré,
cachito a cachito, de las copas de todos y cada uno de estos árboles —y, con un gesto, abarcó el
perímetro tachonado de árboles centenarios.
Gabrielle frunció el ceño, tratando de no reír abiertamente, y miró a su alrededor, estirando el cuello.
—¿De veras subirías ahí arriba por mí, Xena? —preguntó, risueña, señalando las copas de los árboles.
Silbó con admiración. —Veinte metros nos contemplan, princesa.
Xena reprimió un gesto de impaciencia.
—Aquí la única princesa que hay eres tú —dijo, apretando los dientes —. No me llames eso o, además
de degollarte y trocearte, te daré de comer a los carroñeros.
Gabrielle sopló por la comisura de sus labios, apartando así un mechón rebelde que caía sobre sus
ojos, al tiempo que alzaba sus manos en son de paz.

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—Vale, vale —dijo en tono suave —, sólo que... en vez de dar de comer a los carroñeros —suspiró,
conciliadora —podrías darme de comer a mí... —y ladeó la cabeza en una cómica súplica.
Xena se palmeó el costado con impaciencia.

—¡No me lo puedo creer! —dijo, exasperada —Mira, Gabrielle, no sé qué malvado encantamiento se
apoderó de tu estómago, pero deberías intentar luchar contra él. –hizo una pausa, remarcando cada
palabra: —"con-todas-tus-fuerzas". ¿Entendido?

Gabrielle sonrió, mirándola a los ojos. Sólo con ese gesto ya sabía que se había ganado un suculento
primer plato. Era vagamente consciente del poder (no, influencia. Poder no era un calificativo
apropiado para una relación de amistad), de la influencia que ejercía sobre la guerrera, temida por
muchos, odiada por más. Y ella, con una sola mirada, borraba de un plumazo toda resistencia.
Xena suspiró.

—Venga. —le instó Gabrielle, sabiéndola prácticamente convencida —Así, de paso, curaré esos cortes
—y señaló el brazo de Xena, marcado con tres incisiones paralelas que lo atravesaban —. Además —
añadió —, no tardará en caer la noche y hará frío y el camino será difícil y lleno de peligros...

—Basta —Xena alzó una mano —. Es suficiente –claudicó —. Iré a ver qué encuentro para comer. Tú
enciende ese fuego –se giraba ya para adentrarse entre los árboles cuando se detuvo, mostrando su
brazo —. Y mi brazo ni tocarlo, ¿entendido?
Gabrielle asintió. Vio cómo Xena desaparecía entre la espesura del bosque y no pudo evitar un cálido
sentimiento impregnado, paradójicamente, de una pátina de tristeza. No era justo, se dijo, que el
nombre de Xena todavía fuera maldito en pequeñas aldeas y extensos reinos, susurrado con odio y
pronunciado con desprecio, pues ella la había llegado a conocer muy bien en el poco tiempo que
llevaban viajando juntas y sabía, lo intuía, que un día llegaría en que ese nombre dejaría de
representar el terror y la maldad. Xena se encontraba ahora en ese camino y ella no podía por menos
que acompañarla en él.
La había visto matar, sí, pero nunca asesinar. Su espada, sí, había atravesado certeramente el corazón
de muchos, pero nunca en un acto injustificado o gratuito. Y su resolución en el momento de decidir la
lucha, sí, era firme e irrenunciable, pero jamás precipitada o caprichosa.

No era justo, pues, haber presenciado el desprecio y la ira soterrada de aldeas enteras a su paso,
ahora que su corazón ya no pertenecía a Ares ni a la guerra, ahora que había decidido enmendar el
rastro de sangre dejado tras de sí. Xena se limitaba a marcharse de esas aldeas sin intentar
justificarse, ni su ayer ni su hoy, y aguantaba en silencio el desprecio y los insultos. Incluso prohibía a
Gabrielle intervenir en su defensa y solía decirle que aquellas palabras y aquellos insultos no podrían
herirla más que sus propios recuerdos.

No, Xena ya no era la Destructora de Naciones. Ya no era una asesina. Ningún ejército mortal e impío
la secundaba. Sólo ella, sólo Gabrielle. Xena estaba sola cuando la conoció y ahora lo único que
anhelaba era deshacer la coraza de maldad que en sí misma había contribuido a conformar, sangre a
sangre, y Gabrielle estaría para ello a su lado. Quería ayudarla porque había intuido, cuando la vio por
primera vez y salió en su defensa, que ello era posible. Su redención. Porque leía en sus claros ojos
azules que así podía ser, si al menos alguien, una sola persona, lo creía, creía en ella.
Y esa persona era Gabrielle.
"Gabrielle".
Se despertó bruscamente, un frío temblor recorriendo de golpe todo su ser. Se sintió aturdida y
súbitamente descorazonada. Había vuelto a pasar, había vuelto a soñar con ella. Y, como en anteriores
ocasiones, el despertar le había devuelto a la desesperanzada realidad.
Gabrielle no volvería.

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Se había quedado dormida junto al árbol sin darse cuenta, como sucedía ahora tan a menudo. No
había vuelto a tener una noción precisa del paso del tiempo desde aquel día, desde el día que ella
murió. Desde entonces no había pretendido volver a considerar los días y las noches como parte de un
ciclo esperanzador, donde la luz podía traer la vitalidad y la noche el sosiego. No deseaba el amanecer
de un nuevo día, porque ello le obligaba a enfrentarse al hecho de que el tiempo, con extremada
crueldad, proseguía su camino sin reparar en el hecho de la pérdida, vital para ella, brutal, de la
persona que compartía sus amaneceres antaño; la persona por la cual había empezado a pensar en sí
misma como en alguien digno, la que había iniciado el camino de la desintegración del muro de
vergüenza que acompañaba su nombre y su persona. La que había empezado a convertirla en un ser
humano.
Trató de precisar el momento justo del inicio de esa transformación, el punto de inflexión en el paso
del monstruo a la persona, pero no obtuvo la respuesta en forma de fecha o lugar, sino en forma de
sensación.
La sonrisa de Gabrielle, su bondad.

Gimió suavemente. Era de noche, debería tener frío, de hecho lo tenía, pero no le importaba. Había
sobrevivido a un primer invierno sin el calor del fuego, no entendía cómo, aunque lo intuía. Nada
dañaría su mortalidad. Ni el frío, ni el fuego, ni la sangre. No podía morir, no debía morir. Ni por
acción, ni por omisión, ni por su propia mano ni por la de otros. Podría dejar de comer, podría dormir
desnuda a la intemperie durante una nevada, podría su cuerpo ser atravesado por cien espadas, que
no moriría. Podía, sí, sentir el dolor, el dolor físico, la mordedura del frío, la agonía del calor extremo,
la fatiga del hambre. Su cuerpo se había consumido, tanto por el castigo físico al que ella misma lo
sometía como por el psíquico que constantemente la atormentaba. Tenía la esperanza de que, con el
tiempo, su organismo acabaría colapsándose, desintegrándose de pura desidia, sin más, harto de
continuar, incapaz de volver a regenerarse por sí mismo sin la pasión de vivir necesaria que lo haría
reaccionar, sin la esperanza que lo mantuviera funcionando.
Sólo deseaba eso, acabar, terminar, huir definitivamente de tanto sufrimiento sin esperanza, sin una
finalidad, sin nada por lo que luchar. Sin nadie por quién hacerlo.
Junto a Gabrielle eso había sido exactamente lo contrario. Junto a ella luchaba por una razón, por un
anhelo, por sí misma. También por Gabrielle, ahora lo sabía. Gabrielle representaba en cierto modo
toda la inocencia y toda la bondad arrasadas bajo el filo de su espada, bajo el yugo de su odio; todos
aquellos seres a los cuales jamás había dado la oportunidad de progresar, de vivir, de contarle su
verdad.

Pero ahora... ¿ahora qué? Todo esto había quedado sepultado junto a Gabrielle, toda la esperanza,
todo el bien, todo deseo, su propia vida. Se sentía marchita, perdida, vacía. Traidora. Porque sabía que
la estaba traicionando, traicionando su memoria, todo aquello por lo que había luchado, que la había
motivado. Sabía que tendría que recuperarse de su pérdida, asumirla, vivir con ello y contribuir a su
memoria continuando aquella labor a la que Gabrielle siempre la impulsaba, le inspiraba.
Pero no podía. Se sentía incapaz, inerte, vencida, muerta más allá de lo físico, vacía. Ese devastador
vacío en su interior, eso era lo único que era capaz de sentir, junto con la tristeza y el horror de seguir
viva. El dolor.
Se había convertido en un deshecho, un ser sin esperanza ni ilusión, repleta de ira latente que no
quería descubrir, el monstruo dormido de sueño ligero que volvería a llamarla por su nombre en
cualquier momento. Ya tardaba. Ni ella misma se lo explicaba. La muerte de Gabrielle no había
retornado su corazón hacía la ira, sólo hacia el infinito cansancio, la dejadez. La nada.
Quería tener la fuerza suficiente para afrontar con dignidad lo que había pasado.
Pero, simplemente, no podía.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 2ª parte.
Autora: Elxena.

—¿Podrás tú solita con todo eso? –inquirió Xena enarcando una ceja y señalando el grueso muslo
asado que Gabrielle sostenía entre sus manos.
—Pod fupuesto –logró decir Gabrielle entre bocado y bocado —¿Acafo lo dudas?
Xena agitó la cabeza.

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—Ni por un momento. Serías capaz de comer mucho más allá de tu propio límite, estoy segura.

Siguieron cenando en silencio un largo rato. El fuego crepitaba, sereno, en la fogata que habían
encendido. Gabrielle se fijó en el brazo de Xena, en los surcos de sangre seca que pintaban
dolorosamente su piel.
—Oye, Xena.
—¿Mm?

—Oye...

—Oigo, Gabrielle –la miró fijamente y siguió la mirada de la bardo hasta su brazo. Gruñó ligeramente
—. No. Ni lo pienses. No me vas a tocar el brazo. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
Gabrielle suspiró.

—¡Pero mira que eres cabezota! Sólo será un momento –dibujó una sonrisa traviesa —No te dolerá.
Xena volvió a gruñir.

—Sé que no me dolerá, Gabrielle. Son unos cortes pequeños, no moriré por ello.
Gabrielle se mordió el labio inferior.

—¿Y lo de la espalda? –preguntó tentativamente.

Xena se irguió de forma inconsciente, recordando el corte de machete en su dorsal.
—No.

—Cabezota –sentenció Gabrielle.

—Como quieras. Come, o lo harán las bestias del bosque por ti.

Gabrielle lo intentó, pero ya no podía tragar bocado. Estaba preocupada por Xena. Parecía irritada,
evasiva y muy lejos de allí desde lo del valle, esa mañana. Desde el encuentro con el grupo bajuun.
Era una milicia de renegados esclavistas y salteadores que habían visto avanzando hacia el Norte.
Transportaban una carga humana, esclavos cuyo destino sería el mercado de Poozah Dobra, a una
legua del punto donde los interceptaron.
—Familias –había susurrado Xena al verlos.

Gabrielle había fruncido el ceño y agudizado la vista. Comprobó por sí misma la afirmación de Xena.
Familias enteras de aldeanos, por lo que pudo deducir.
—Se llevan más de los que quieren para garantizar una mínima venta en el mercado –Xena no
apartaba la mirada del grupo bajuun, y Gabrielle ya sabía qué significaba esa mirada calculadora y fría.
Esos bajuun no avanzarían su próxima legua sin una sorpresa. A pesar de su confianza ciega en Xena,
Gabrielle se preguntó si la treintena de esclavistas no sería excesiva hasta para ella. Pero la respuesta
la encontró poco después. Habían estado siguiéndolos a distancia y, en un determinado momento, el
que parecía el líder silbó y la milicia se desgajó en cuatro grupos. Tres de ellos, el grueso, partió en
tres direcciones diferentes. El cuarto grupo quedó como custodia de las familias de aldeanos.
—Es el momento –le oyó decir a Xena —, van a acampar. El resto habrá partido en batida de pillaje.
Gabrielle contó ocho bajuun. Asintió para sí misma. "Asequible", pensó.
—Mientras yo les distraigo, conduce a las familias a aquel bosque. Me reuniré allí contigo cuando
termine.

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Gabrielle bufó. Quiso protestar, pero carecía de fundamento. Por supuesto, ella no sería capaz de
levantar una daga contra un ser humano. Admitía su papel, pero se dijo que tarde o temprano la
guerrera debería instruirle en algo más que los simples golpes de autodefensa que le había enseñado.
No quería ser ni una carga ni una mera comparsa, no quería quedarse siempre viendo cómo Xena
luchaba sola, si bien, se admitió a sí misma, era perfectamente capaz de ello.
Pero no olvidaría comentárselo.

Sumida en sus pensamientos ni siquiera se dio cuenta del momento en que Xena se había apartado de
su lado y, cuando quiso hacerlo, la vio acercándose sigilosamente al grupo centinela. Agazapada tras
unos arbustos la buscó con la mirada. Gabrielle trató de reprimir la ansiedad que sentía y asintió
enérgicamente al gesto de Xena. Vio cómo sacaba su espada y Gabrielle no pudo reprimir un
escalofrío. No se acostumbraba, no aún. El filo de una espada y la violencia eran dos cosas muy
distintas a una azada y la rutina de Poteidea.
Y como sabía que Xena no lo haría, fue ella la que rogó a los dioses porque todo saliera bien.

Vio a Xena erguirse de golpe en su escondite. Se irguió todo lo larga que era y, adelantando su espada
y su cuerpo, saltó junto a los bajuun. Al primero de ellos lo sorprendió totalmente, derribándolo de una
fuerte patada en los riñones, pero al segundo y al tercero se los encontró armados y dispuestos. Los
dos milicianos se abalanzaron sobre ella y Xena los desarmó fácilmente haciendo un barrido en arco
con la espada a dos manos. Abatió al primero golpeando su cuello con el dorso de la mano, pero el
segundo la alcanzó de lleno en el estómago con un puñetazo. Se resintió del golpe, pero reaccionó
mecánicamente y lo atravesó con su espada. Quedaban aún cinco bajuun más, que la rodearon
blandiendo pequeñas hachas, machetes y espadas. Xena anotó mentalmente en ese momento un
pequeño triunfo. Habían dejado a las familias sin custodia. "Al bosque, Gabrielle", pensó.
Los cinco esclavistas sonreían fieramente, deleitándose anticipadamente con lo que consideraban una
diversión.
Sólo era una guerrera.

Uno de ellos lanzó su hacha hacia el costado izquierdo de Xena y ésta tuvo que descuidar su atención
para desviarla, momento que fue aprovechado por dos de ellos para atacarla por el lado contrario.
Xena se revolvió con premura y noqueó a uno de ellos con una patada justo en la tráquea. El crack
que se escuchó anticipó la segura muerte del bajuun, que ya había dejado de respirar antes de tocar
suelo. Aprovechando el impulso de la patada, Xena giró sobre sí misma haciendo que la fuerza
centrífuga del movimiento se concentrara en sus brazos y su espada. Cercenó así de este modo la
cabeza del segundo atacante, pero dejó su espalda desprotegida y un doloroso roce le confirmó su
error. Un machete curvo había abierto una hendidura en su traje de cuero, desgajando una línea roja
en su espalda. Maldiciendo por lo bajo giró su muñeca, cambiando la dirección de su espada 360º y,
sin girarse, la hizo pasar junto a su costado, atravesando por sorpresa al esclavista del machete curvo,
que murió sin llegar a comprender la maniobra.

Xena extrajo con celeridad la espada, apoyando el talón a modo de puntal en el cuerpo muerto de su
atacante, aprovechando la caída de éste para imprimir a su movimiento mayor rapidez. Quedaban dos
bajuun intactos y los dos derribados al iniciar la refriega, que estaban recuperando poco a poco la
consciencia. Uno de los primeros se adelantó hacia ella, mirándola fijamente. Había un extraño brillo
en sus ojos y Xena no pudo evitar un leve estremecimiento, como una corriente de... ¿empatía?, como
si reconociera en él algo de lo que ella antaño había sido. Desechó irritada el sentimiento y tensó los
músculos, alerta. El bajuun le sonreía, blandiendo una pesada espada en la mano derecha y un estilete
de triple filo en la izquierda.
—¿Quién eres? –le espetó, con voz ronca. No inquiría, exigía. Xena vio su rostro cruzado por una
telaraña de cicatrices —Pocas mujeres luchan así.
Xena percibió por el rabillo del ojo cómo uno de los esclavistas derribados trataba de incorporarse. Lo
envió de nuevo a la inconsciencia con un seco y poderoso patadón.
—¿Acaso importa quién sea yo? –le replicó.
Le dolía el estómago por el puñetazo, y el corte en la espalda le ardía. Controló su deseo de mirar
hacia donde Gabrielle debería estar. Al menos, pensó, tenía a todos los bajuun controlados a su
alrededor.
Los vivos y los muertos.
—Querría añadir tu nombre a mi larga lista de vencidos.

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—Qué arrogancia. ¿Qué te hace pensar que seré vencida por ti?
El bajuun torció su gesto en lo que parecía una sonrisa.
—¿Qué te hace pensar a ti que no lo serás?
—Que hablas demasiado.

El bajuun balanceó pesadamente el hierro afilado, como si jugara.

—Pensé que querrías vivir un poco más, mujer.

—¿Pensaste? –dijo ella, sonriendo —Lo dudo mucho.

El bajuun dejó de balancear la espada y soltó una carcajada sin alegría.
—Únete a mí, mujer –le dijo —. Me gusta tu estilo.

—Cuando los dioses sean uno, ése será el día que, puede que me lo plantee.

—Es una lástima. Morirás. –sentenció.

—Todos los días muere alguien, bajuun, pero no siempre aquel que uno desea.

—Ahora eres tú la que hablas demasiado –alzó su espada —. Dime tu nombre y prepara tu hato para ir
al Tártaro, mujer.
—Prepáralo tú, hombre –gruñó ella, flexionando su cuerpo.

El bajuun atacó, alternando certeros golpes de espada y estilete. Xena replicaba con fuerza a diestra y
siniestra y reconoció vagamente en la furia del hombre una fuerza superior, una pujanza
sobrehumana.

En un momento dado el segundo bajuun que aún quedaba en pie intervino en la lucha pero,
sorprendentemente, su propio compañero lo dejó fuera de combate reventando su cara con la parte
plana de su espada.
—Es mía –siseó al guiñapo yaciente a sus pies —. Eres mía –le dijo a Xena, mirándola.

Atacó con renovada furia, consiguiendo que Xena retrocediera unos pies, incluso a punto estuvo de
hacerle caer en un momento dado. El bajuun atacaba con inusitada fiereza y Xena tuvo que forzar al
máximo su cuerpo para responder al ataque. En ese momento el esclavista reparó en un movimiento
en el extremo del campamento. Furioso, vio cómo Gabrielle guiaba al último de los aldeanos hacia el
bosque. Xena también lo vio. Aprovechó el momentáneo descuido de él para adelantar su cuerpo al
ataque. El bajuun se revolvió y bloqueó con su espada el golpe y, en un rápido movimiento de su
mano izquierda, la hirió en el brazo con el estilete de triple filo. Xena se separó un paso de él y
desdeñó la tríada de dolor que surcaba su brazo. Furiosa, se revolvió y logró desarmarlo de una
patada, atacó su tobillo segando el suelo con su espada y logró hacer que el bajuun trastabillara.
Aprovechó la momentánea ventaja y descargó tres golpes consecutivos que fueron sucesivamente
contrarrestados por la espada de él. El choque de las pesadas armas y la fuerza de los golpes
repercutían como latigazos en sus brazos y en su cuerpo, haciéndole apretar con fuerza los dientes. El
bajuun sudaba copiosamente pero la fuerza de su mirada no había perdido ni un ápice de su amenaza.
—Necesitaré... dos... nombres –barboteó el bajuun, haciendo un leve gesto hacia la posición de
Gabrielle —¿Crees que ella... gritará el suyo?
Xena inspiró profundamente. Amenazar a Gabrielle era una insana costumbre entre sus enemigos. Se
arriesgó a entrar demasiado cerca del radio de acción de su espada, pero debía acercarse a él para
neutralizarlo. Se agachó hacia la izquierda, esquivó la hoja de la espada de su contrincante y, cogiendo
impulso, con un rápido y contundente golpe, alcanzó con la empuñadura de su espada la barbilla de su
oponente y escuchó con claridad el crujido de su mandíbula. Esto enfureció sobremanera al bajuun y
cegó su estrategia.
Ese fue el error que lo envió directamente al Tártaro.

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Su ira anuló su táctica y atacó sólo guiado por la cólera, y ésta era compañera del descuido y la
torpeza. El esclavista centró toda su fuerza en sus brazos, guiando su espada directamente hacia el
pecho de Xena. Éstaaguantó medio, un segundo... y, cuando ya la punta del hierro silbaba cercana a
su piel, se inclinó repentinamente hacia un lado, alzando su espada en un arco ascendente. El
movimiento desvió la espada de su contrincante y lo dejó desprotegido.
Xena lo atravesó limpiamente.

Al caer el bajuun la miró con fijeza, con los ojos desorbitados, no con espanto, no con dolor. Xena lo
reconoció, pues ella misma había llevado toda su vida esa mirada. Era odio. Puro y directo.
Se estremeció involuntariamente.

El bajuun cayó pesadamente al suelo, salpicando con su sangre las botas de Xena.

Ella agitó con cansancio la cabeza. Siempre era lo mismo, ¿siempre sería así? Estaba cansada de la
sangre, del hierro, del miedo, del odio.

Los tres bajuun que aún quedaban se encararon con ella. Xena se mordió el labio inferior y volvió a
alzar su espada manchada de sangre. Pero no hizo falta. Los tres esclavistas miraron al bajuun caído,
la miraron a ella y retrocedieron sobre sus pasos, echando a correr hacia sus caballos.
"Bendita cobardía", pensó. Miró al bajuun muerto a sus pies y volvió a sentir ese sentimiento de
reconocimiento recorrer todo su cuerpo, sus huesos, su piel... y su memoria. No pudo desgranar el
camino de ese familiar sentimiento pues notó movimiento a su espalda. No hizo ningún gesto para
defenderse.
Reconocería la presencia de Gabrielle en cualquier circunstancia.

Se giró hacia ella, cansada, dolorida. Gabrielle le sonrió levemente.

—¿Están a salvo? –preguntó Xena, haciendo un gesto hacia el bosque.
Gabrielle asintió.

—¿Tú estás bien? –le preguntó ésta a su vez.

Xena se alzó de hombros y dibujó un gesto vago con la cabeza. Pensó si en verdad algún día estaría
bien. Miró el cuerpo asus pies y la sangre en sus botas, en el filo de su espada, en su propia alma. La
sangre, para ella, tenía el rastro de la herrumbre, su peculiar olor a óxido.
—Sí –dijo lacónicamente —, lo estoy.

Gabrielle se fijó en las heridas de su brazo y trazó con suavidad un gesto hacia ellas, frunciendo el
ceño con angustia. Nunca se acostumbraría a verla herida, nunca.
—Más tarde –la atajó Xena, al ver su gesto —. Ahora hemos de alejarnos de aquí. Vuelve con esa
gente y reúnelos en el claro del bosque. Prepararé un par de carretas y caballos para que les sirvan de
transporte –pareció entonces reparar en algo. Sabía que no era precisamente una persona accesible
tras una contienda, cuando todavía la sangre le hervía y los tendones de todo su cuerpo reclamaban
más; cuando la energía zigzagueaba por sus venas y la huella de la muerte y la violencia todavía
asomaban a sus ojos; cuando su cuerpo y su alma aún se estremecían con los estertores de la
guerrera portadora de desolación en la que se transfiguraba, por mucho que ahora lo hiciera para bien.
Procuró suavizar el tono de su voz y llamó a... —Gabrielle...
—¿Sí? –se giró ésta.
—Estoy bien –le dijo, intentando sonreír —Ve con ellos. Enseguida estaré allí.
Gabrielle asintió, expandiendo su sonrisa. Conocía a Xena más de lo que ni ella misma parecía
conocerse. Se lo agradeció silenciosamente.

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Xena se reunió con ella y los aldeanos más tarde. Fue entonces cuando al parecer pasó lo que había
estado ensombreciendo el carácter de Xena todo el día. Cuando la guerrera se acercó a las familias
llevando de las riendas uno de los caballos que había preparado, uno de los niños empezó a llorar,
reflejándose en su rostro un pánico aterrador. Xena apartó al caballo, pero no logró con ello calmar al
niño, ni nadie lo pudo hacer, hasta que Xena se dio cuenta de a qué, con tanto pavor, estaba mirando
el niño.
La miraba a ella.

Hipaba incontroladamente, a pesar de los esfuerzos de la madre por calmarlo, y no apartaba una
mirada febril de la guerrera.
Xena hizo un gesto a Gabrielle y le indicó que ayudara a los aldeanos con los caballos y que les urgiera
a partir. Los tres huidos no tardarían en contactar con el resto del grupo y debían estar lejos de allí lo
más pronto posible. Ella prepararía rastros falsos para despistarlos. Dicho esto, se internó en la
maleza, llevando a Argo consigo.
Cuando Gabrielle se reunió con ella la encontró de pie ante la yegua, con la mirada perdida en el suelo.

—¿Xena?

No le contestó. Gabrielle llegó hasta ella y tocó su costado.
—¿Xena? –repitió.

La guerrera le prestó atención.
—¿Qué, Gabrielle?
—¿Estás bien?

—Lo estoy –miró por encima de su hombro —¿Y las familias?
—Están bien, no te preocupes.

—No me preocupo –su tono era bajo, inusualmente átono en ella.

–Me dijeron que te transmitiera su agradecimiento por lo que hiciste. Querrían haberlo hecho en
persona, pero... ¡hop!... desapareciste –Gabrielle agitó las manos, como si estuviera haciendo magia.
Notó la tensión en Xena, su abatimiento —. ¿Ocurre algo? –inquirió —Fue todo bien, ¿no? –se fijó de
nuevo en las heridas de su brazo y reparó en ese momento en la de la espalda —Por todos los dioses,
Xena, tienes un enorme tajo aquí –bordeó cuidadosamente con las yemas de sus dedos la herida.
Xena se apartó con un gesto rápido.
—Sólo es un corte. Se curará solo.

Gabrielle la miró fijamente. La opacidad en la mirada de Xena había desaparecido, pero no una sombra
de ¿preocupación?
—¿Hay algo que yo debería saber, Xena?
La guerrera agitó la cabeza, mirándola a los ojos.
—Que también debemos poner tierra por medio. Si he de enfrentarme al resto de ese grupo quiero
hacerlo en condiciones.
Caminaron durante todo el día, salvo al principio, que habían cabalgado para poder ampliar la
distancia. Mientras lo hacían, Gabrielle, a la grupa, había podido sentir la tensión en Xena. Sabía que
no cabalgaba apremiada por el temor a un enfrentamiento, pues ése, que Gabrielle supiera, era un
sentimiento desconocido para Xena. No, la tensión que notaba en Xena parecía proceder de otra
fuente, de algo profundo en su interior y que ahora parecía haber aflorado a ras de su piel. Sólo
cuando frenaron el ritmo y pudieron seguir el camino con más calma pudo Gabrielle retomar la
conversación.

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—¿Te preocupa el grupo bajuun? –le preguntó.
Xena caminaba unos pasos por delante de ella. No se giró para contestarle.
—No.

—¿Las familias?

Hubo un instante de silencio.
—No.

—¿Te preocupo yo?

Xena se detuvo y la encaró, con un gesto de extrañeza pintadoen el rostro.
—¿Por qué dices eso? –inquirió.

Gabrielle suspiró. Era una cuestión que se había planteado a sí misma desde que empezara a
acompañar a Xena y notado que ésta a veces descuidaba su propia seguridad por ella. Su atención
parecía estar de forma permanente en dos frentes y eso hacía temer a Gabrielle que algún día
provocara un descuido mortal en la guerrera. Volvió a suspirar.
—Bueno, quizás yo no sea la mejor compañía. Quiero decir... –carraspeó —, que debes tener mejores
cosas que hacer que cuidar de alguien como yo.
Xena frunció el ceño.

—No digas tonterías –dijo, con tono brusco. Pareció darse cuenta de ello e intentó suavizarlo —. No me
molesta tu compañía, en absoluto —e inició un gesto para volver a andar.
—¿Entonces? –insistió Gabrielle.
Xena se detuvo.

—¿Entonces, qué?

—Hay algo que te está molestando y no me lo quieres decir —dijo Gabrielle cautelosamente. Xena no
parecía dispuesta a un interrogatorio.

La guerrera pareció querer decir algo, sus ojos brillaron durante una milésima de segundo, pero
pareció optar por el silencio.
—Déjalo.
Gabrielle suspiró.

—Mira, Xena, no sé qué pensarás tú al respecto, pero yo no creo ser simplemente una bardo que te
acompaña sin más. Creo que... –trató de encontrar las palabras adecuadas —... que puedo
considerarme amiga tuya, ¿no?
Xena parecía incómoda al contestar.
—Eso creo, sí.

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Gabrielle sonrió fugazmente. Sabía que para Xena no era fácil aludir a ningún tipo de afecto o
intimidad. Por lo que había vivido junto a ella hasta ahora, sabía que Xena había levantado todo un
muro impenetrable a su alrededor que no dejaba entrar, ni salir, fácilmente los sentimientos. Era algo
que había intuido en Xena al poco de estar a su lado. Su capacidad de aislamiento afectivo, su coraza.
La guerrera de Amphipolis parecía caminar sin problemas sobre el filo de la frialdad, pero Gabrielle
sabía que no era así. En su interior Xena resguardaba, probablemente de sí misma, un ser humano
distinto del que mostraba ante los demás. Gabrielle intuyó su desazón y su tormento, la naturaleza
intrínseca de Xena. Un ser atrapado por su pasado con un enorme potencial para hacer el bien que,
sabía Gabrielle, se hallaba en su interior. A veces era muy difícil llegar a ese interior, que éste se
mostrara en plenitud, pero cuando así había sido Gabrielle había notado un significativo cambio en
Xena, a veces sólo por unos segundos. Sus facciones se relajaban, la dureza de su mirada se diluía, y
algo parecido a la paz se posaba sobre todo su ser. Era entonces cuando Xena se podía permitir un
instante de relajación, algo de sosiego. Pero enseguida sacudía de sí ese sentimiento y volvía a
ponerse en camino, a la búsqueda de la próxima reparación, en búsqueda de la paz definitiva. Sólo
que, Gabrielle lo intuía, el carácter atormentado de Xena podría convertir esa búsqueda en algo
perdurable más allá de su propia existencia. Nunca estaba satisfecha, nunca nada arrancaba de ella el
alivio definitivo, la reconciliación con su pasado, como si el conjunto del mismo fuese algo demasiado
terrible como para poder ser reparado en una sola vida de bondad. Por ello Gabrielle la seguía
ciegamente, porque había reconocido en ella a un ser puro por el cual merecía la pena pasar por
cualquier tipo de fatiga o peligro, dolor o penuria.
La miró. Su aspecto era, probablemente, fiero a ojos de extraños, y su estatura y su helada mirada
azul, seguramente, intimidaba a aquellos y aquellas a los que encaraba. Pero Gabrielle había tenido la
paciencia de descubrir en ella otra mirada, una mirada algo perdida en su búsqueda, una mirada suave
y desconcertada, que asomaba a los ojos de Xena en los escasos momentos en que la guerrera, a
veces por puro cansancio, bajaba la guardia. Por esa mirada Gabrielle la seguía. Por todo el mundo
interior de Xena que se asomaba tras ella. Volvió a sonreírle.
—Si así es, Xena –le dijo suavemente —, si me consideras tu amiga, puedes confiar en mí, lo sabes.
—Lo hago, Gabrielle.

—Sé que lo haces, pero a veces... –extendió una mano —es como si estuvieras a mil leguas de aquí y
de mí.

Xena encaró los ojos verdes de Gabrielle y se sintió muy apesadumbrada. Era su propio interior el que
siempre le impedía mostrarse más abierta, opción que, hoy por hoy, únicamente era posible con
Gabrielle, la única que había sabido acercarse a ella de ese modo. Y ello, en cierto modo, la asustaba.
La dependencia afectiva mataba. O te hacía morir. Eso ya lo había aprendido. Su alma estaba
rastrillada con esa verdad. Nadie cuya vida continuamente transitara por la vía de la muerte podía
permitirse el lujo de sentir nada por nadie. Porque la Muerte, infatigable, reclamaba constantemente
su peaje. Su pesadumbre era debida al hecho de que sí, ciertamente, consideraba a Gabrielle su
amiga, un sentimiento nuevo para ella, pues en su tiempo de Destructora de Naciones toda amistad y
toda lealtad fijaban siempre su precio. Nunca había encontrado a nadie a quien considerar un amigo,
una amiga. Hasta ahora. Y esa persona estaba ahora junto a ella y se esforzaba por demostrarle,
muchas veces desde el silencio, su amistad totalmente desinteresada, y era eso algo a lo que Xena
querría acostumbrarse, lo deseaba, luchando constantemente contra su abrupto y endurecido interior.
Pero le costaba muchísimo.
—Gabrielle... –empezó a decir —No es fácil para mí hablar, lo sabes. Debes tener paciencia.

Gabrielle esperó a que Xena continuara, pero la guerrera sostuvo su mirada un par de segundos más
y, acto seguido, se giró, tirando suavemente de Argo. Gabrielle suspiró. Siempre era así con Xena.

Sigue — —>
A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 3ª parte.
Autora: Elxena

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El fuego crepitaba suavemente. Habían terminado de cenar en silencio y en silencio habían continuado.
Gabrielle sabía cuándo Xena quería hablar y cuándo no, y este largo día había sido todo un no
constante. El carácter de Xena se había mostrado taciturno desde lo del grupo bajuun y ningún intento
de Gabrielle por perforar el manto de hosquedad de Xena había dado sus frutos. Xena incluso se había
negado reiteradamente a que Gabrielle curara sus heridas y ahora la veía sentada algo alejada de ella,
con la mirada perdida en el fuego. Gabrielle sufría por ella. Sabía que algo la atormentaba, que algo
había sido activado durante o después del enfrentamiento con los esclavistas y deseaba saber qué era.
Sólo sabiendo podría ayudar. Deseaba conjurar ese sentimiento que oscurecía la mirada de Xena. Ésta
podía ser exasperante a menudo, muchas veces demasiado, con su terco autoaislamiento. Gabrielle
sabía que había llegado más lejos que cualquier otra persona en la intimidad de Xena, y, aún así,
sentía que estaba a mil años luz de poder decir que estaba lo suficientemente cerca. Su frustración
alcanzaba hasta el aspecto físico. Al menos, pensaba Gabrielle, si las palabras no podían reconfortarla
podría ser la cercanía quien lo lograra. Allí donde una palabra no podía reparar una herida podría
hacerlo una caricia, un abrazo. Sin embargo, una y otra vez, Gabrielle chocaba con las reticencias de
Xena. La guerrera parecía rehuir su contacto, aún siendo Gabrielle la única a la que le hubiera
permitido acercarse de ese modo. Muchas veces hubiera deseado acariciar su oscura cabeza para
tratar de reconfortarla cuando algo la atormentaba, como hoy, y hacerle ver que ella estaba allí, a su
lado, y que seguiría estándolo pasase lo que pasase. Pero el único contacto que Xena permitía era
cuando cabalgaban juntas, o cuando Gabrielle lograba convencerla para que le dejara curar alguna
herida. Cosa que ni siquiera había logrado esta vez. Inspiró profundamente y, para su sorpresa, Xena
la miró. Parecía estar muy lejos de allí en sus pensamientos.
—¿Tienes frío, Gabrielle? –le preguntó.

—No, no te preocupes, estoy bien... –"quizás", pensó, "sería un buen momento para intentarlo otra
vez" —¿Y tú?

La guerrera negó con la cabeza y volvió a fijar su mirada en el fuego. "Fugaz intento, bardo", se dijo a
sí misma Gabrielle. Entonces, de nuevo sorprendentemente, Xena habló.
—A veces no tiene sentido.

Gabrielle se mordió el labio inferior.

—¿El qué? –inquirió cautelosamente. No quería hacer que Xena se replegara de nuevo en su interior
por la torpeza de sus palabras.
Xena la miró.

—¿Por qué sigues conmigo? –le preguntó, con tono cansado.
Gabrielle respondió sin titubear.
—Porque merece la pena.

—Qué merece la pena. ¿Ver morir a gente?

—No –dijo Gabrielle con vehemencia —, no se trata de eso. Yo no veo morir a gente. Yo veo a gente
que se salva. Que se salva gracias a ti.
Xena sonrió con amargura.

—El punto de vista optimista.
—El punto de vista real, Xena –replicó Gabrielle. Deseaba acercarse a ella, pues el latido de su
angustia era bien palpable; acercarse y calmarla, pero temió que el gesto provocara una reacción
negativa en Xena —¿No lo ves? ¿No lo notas? Tú haces que pasen cosas buenas, Xena.
—Pero muere gente.
Gabrielle asintió gravemente.
—Sí, así es, muere. Pero es el juego de los dioses, lo sabes, ni siquiera tú puedes contra eso. Además
–hizo una leve pausa —, a los que veo morir son a aquellos a los que el hierro marcó su corazón, que
eligieron la espada y por ella murieron.
Xena la miró fijamente.
—De ese modo, Gabrielle, yo también debería morir.

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—¡No! –sin poder evitarlo se acercó a ella —No, Xena, tú no lo mereces, no digas eso. Tú haces el
bien.
Un rictus amargo serpenteó por el rostro de Xena.

—Eso no ha sido así durante mucho tiempo, demasiado.

Gabrielle acercó su mano y la posó sobre el brazo de Xena. Casi podía palpar su amargura.

—Xena, por favor, escúchame. Yo te conozco. Cualquier hecho pasado puede ser purgado por los actos
del presente, por lo que puedas hacer mañana, pasado mañana. Nada es definitivo, ¿comprendes?
—El niño no parecía comprenderlo.

—¿Qué niño? –preguntó Gabrielle, confusa.
—El aldeano.

—¿El niño, el que lloraba? –Xena asintió —Bueno, no era más que un niño. Estaba asustado, eso era
todo. Acababa de pasar por una experiencia terrible y estaba...
—A ti no te tuvo miedo —la interrumpió Xena.

—Bueno, no. Pero digamos que tú... eres más alta –y terminó la frase con una sonrisa, tratando de
aliviar la carga de amargura que emanaba de Xena. Nunca la había visto así, tan... vulnerable. Deseó
poder abrazarla para calmarla, para espantar de ella el pozo de dolor que se asomaba a sus ojos
azules —. Xena, ¿qué ocurre? Salvaste a ese niño, salvaste a su familia y a todos los demás.
—Pero él me tuvo miedo.

Había algo en el tono terco de Xena que hizo que Gabrielle sintiera una punzada de dolor en todo su
ser. Nunca antes había visto esa mirada atormentada en los ojos de Xena, ni esa pátina de dolor que
cubría su cansada voz. Deseó más que nunca poder abrazarla y temió hacerlo por si el gesto la
incomodaba y terminaba con sus ganas de hablar.

—Sí, Xena –dijo Gabrielle suavemente —, puede que sintiera miedo al verte, al ver tu figura, tu
espada, sí. Pero es porque alguien le mostró el miedo como único camino, la espada para él no es más
que un instrumento de horror, es lo único que habrá podido ver en su corta vida. Pero —dijo
pausadamente —puede que a partir de hoy, cuando ya se encuentre a salvo en su aldea y sus padres
le cuenten la historia y oiga referirse a ti como la persona que procuró el bien de su familia, entonces,
eso cambiará, ya no habrá un único camino en su vida como alternativa. Conocerá respeto y valor y
bondad –presionó suavemente el brazo de Xena. Ésta la miraba con un algo indefinido en sus ojos que
Gabrielle no supo descifrar —¿De acuerdo, Xena?
Transcurrieron un par de segundos antes de que la guerrera hiciera o dijera nada.

—No –murmuró, e hizo que Gabrielle soltara su brazo —. No, Gabrielle, y nunca lo entenderías –Xena
miraba la fogata —. Ya nada de lo que pueda hacer cambiará todas las miradas de terror que merezco.
Nada.
Gabrielle quiso replicarle pero Xena la hizo callar con un gesto.
—Estoy cansada, Gabrielle –su voz era átona, pesada, y su mirada, triste azul —. Descansa tú también
–y se tumbó de costado, dándole la espalda.
Gabrielle abrió la boca para replicarle, pero miró a su amiga tumbada, ligeramente encogida, como
una niña pequeña con frío, y sólo deseó poder sosegarla de su tormenta interior, aunque sólo fuera
con un gesto, aunque sólo fuera con la nada, su silencio. Acercó su hato, extrajo la manta de viaje y
tapó con ella a Xena. Ésta se agitó levemente
—Usa la manta para ti, Gabrielle, yo no la necesito –la oyó murmurar.
—Si no te importa, Xena, la compartiremos. ¿Te importa que duerma a tu lado?
Xena tardó un instante en contestar.

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—Sabes que no –dijo al fin.

Gabrielle se tumbó junto a ella, ambas cerca del fuego, y la bardo procuró que una parte de su cuerpo
tocara el de Xena. Recordaba que, siendo pequeña, su madre calmaba así sus pesadillas. Deseó poder
obrar el mismo efecto en Xena, que su cuerpo confiara en la calidez del suyo, que lograra acunarlo en
su cercanía, en su intención, silenciar así los gritos de su oculto interior. Al principio temió que Xena
rechazara su contacto pero no fue así. Permitió tanto su cercanía como su roce y, poco a poco,
Gabrielle notó cómo la tensión iba desapareciendo del cuerpo de la guerrera, hasta quedarse sumida
en un intranquilo sueño que agitaba de tanto en tanto su inconsciencia. Permaneció largo tiempo
despierta, atenta a la inquietud del letargo de Xena, procurando aliviarla cuando la notaba agitarse,
murmurando palabras y dulces melodías rescatadas de su infancia.
Gabrielle recordaría siempre esa noche con una mezcla de tristeza e infinita ternura.

Se formó un viento helado que hizo estremecer a Gabrielle en su sueño y que le hizo buscar de forma
inconsciente la cercanía del cuerpo de Xena para abrigar su frío.
No escuchó ni notó nada más.

Los demonios del Inframundo eran silenciosos.
Silenciosos y efectivos.

No sabía si echar a andar o quedarse allí. Tampoco le importaba demasiado. El mundo ya no guardaba
para ella ninguna nueva promesa; de igual modo, ya no deseaba cruzar palabra o mirada alguna con
nadie, se sentía bien así, sola, vagando por montañas y valles, alejada de aldeas y enclaves poblados,
todo lo bien que podía sentirse un alma rota, vacía, sin rumbo, sin ánimo ni querencia, sin nada, con
todo el dolor.
Había matado a Argo. Recordaba haber estado junto al cuerpo de Gabrielle aún sin sepultar durante
horas, tal vez un día entero.
Al filo del siguiente amanecer intentó suicidarse por primera vez.
No lo consiguió.

Se abrió el cuello conel filo de su espada y no murió.

Lo intentó tres veces más a lo largo de las siguientes horas, hasta que su cuerpo, exhausto, casi sin ni
una gota de sangre, se rindió, mucho antes que su voluntad.
Así, permaneció sin aliento junto al cuerpo de Gabrielle hasta la llegada de la siguiente noche. Argo
hozaba cerca de ella, silenciosa. A medianoche Xena se incorporó pesadamente, aún abiertas las
heridas auto inflingidas, ayudándose de su espada a modo de bastón. Se acercó a la yegua y acarició
su robusto cuello. Dejó apoyada su mejilla enfebrecida sobre el pelaje canela del noble animal durante
unos minutos y rogó interiormente por tener la fuerza suficiente como para hacerlo rápido y sin dolor.
La degolló de un profundo y certero corte y la yegua cayó pesadamente al suelo.

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Tardó cuatro horas en hacer un agujero lo suficientemente grande. A duras penas sí consiguió hacer
caer al noble animal en él. Después se acercó a Gabrielle, se arrodilló a su lado y acarició su rubia
cabeza inerte. Quiso hablarle, pero apenas podía susurrar. Se inclinó sobre ella y besó suavemente su
mejilla. La notó fría y le dolió pensar que Gabrielle tuviera frío allá donde se encontrara. Acercó el hato
de su amiga y sacó su manta de viaje, arropando con ella el cuerpo de Gabrielle. Recordó cuántas
veces ella había hecho lo propio con ella cuando la creía dormida y se acercaba y la tapaba con esa
misma manta. Se mordió el labio inferior, sintiéndose absolutamente desolada. Se inclinó sobre
Gabrielle hasta dejar reposar la cabeza sobre el pecho de la bardo y permaneció así largo rato,
murmurando un "lo siento" surgido de lo más profundo de su corazón ahora enfermo. Después, la alzó
suavemente y la sostuvo abrazada contra sí. La llevó hasta la sepultura y la depositó con cuidado junto
al cuerpo de Argo. Antes de cubrirlas con tierra fijó la vista en Gabrielle y siguió haciéndolo hasta que
ya no pudo soportarlo más. Cubrió la tumba, se sentó en el suelo y allí se quedó.
Mucho más tarde cayó en la cuenta de que no había podido llorar.

Tampoco ahora, en aquel oscuro bosque, un año después, podía hacerlo. Por primera vez en su vida
había algo que no se sentía capaz de afrontar. Se sentía perdida, rota, vacía. Había sido una guerrera
feroz, decidida, sabía que cruel e impía, nunca había vacilado ante nada, sus recuerdos y su cuerpo
estaban llenos de mil batallas y su conciencia quizás sólo hubiera podido llegar a estar limpia y
tranquila si su vida hubiera seguido por el camino trazado... gracias a Gabrielle. Desde que la joven
bardo había salido en su defensa cuando todos estaban en su contra algo en su interior había logrado
despertar, había logrado abrirse paso por entre la maraña de furia y dolor que ella en sí misma había
constituido. Sólo una persona en el mundo había sido capaz de entrever ese interior oculto y ahora esa
persona estaba muerta, y ella con ella, y toda su vida, y todo lo que habría podido desear o anhelar,
querer o atesorar. Porque ahora ya el todo y la nada eran una sola cosa, un solo molde, un solo
camino que ella, Xena, estaba obligada a transitar, por mucho que lo odiara, por mucho que no
deseara estar allí, por mucho y tanto que tan sólo deseara cerrar los ojos y no volver abrirlos nunca
más.
Ella, la Destructora de Naciones.

—Destructora de Naciones.

Gabrielle la oyó susurrar, pero no entendió lo que dijo. Se acababan de despertar y Xena no parecía
encontrarse mejor que el día anterior. Se había levantado con la idea de acercarse hasta Istoidea,
donde le dijo que vivía un antiguo compañero de armas suyo, un mercenario que había conocido y al
cual, con el tiempo, había salvado la vida, aunque no sus piernas.

Caprus Sencam, el mercenario, se había retirado a un lugar llamado Istoidea, donde, al parecer,
regentaba una posada. Xena quería preguntarle sobre las rutas bajuun. Estaba dispuesta a acabar con
esa milicia esclavista.
Gabrielle se fijó en el brazo y la espalda de Xena, donde las heridas empezaban a sanar. Ahora conocía
la razón de por qué Xena se negara tercamente a que se las curara. Se lo había dicho al alba cuando,
ya despiertas, ella le había insistido por última vez al verle hacer un gesto de dolor al levantarse.
—Deja estas heridas, Gabrielle –le había dicho —. Quiero levantarme con ellas y ser lo último que note
cuando me duerma. Quiero que me lo recuerden. Quiero que me digan una y otra vez que nunca será
suficiente, que siempre quedará el dolor de lo que hice y que nada de lo que haga podrá repararlo.
Deja estas heridas.

Gabrielle se había sentido profundamente afectada. Xena seguía atormentada por su pasado, ligada a
él por lazos de sangre, por el remordimiento, por la conciencia despertada. El camino emprendido
hacia la redención podía ser, y lo estaba siendo, peligrosamente afilado para Xena, un doble filo que
podría agotarla, vencerla y devolverla al lado oscuro. Gabrielle quería estar a su lado para evitarlo,
para apoyarla, para ayudarla y para, se estaba dando cuenta, fundir su destino con aquella enigmática
guerrera cuyo interior quedaba aún encerrado bajo las pesadas llaves de un pasado de odio, sangre y
dolor. En Gabrielle había ido consolidándose poco a poco un sentimiento desde que acompañaba a
Xena, desde que la vio por primera vez. Algo nuevo, cálido, una seguridad impregnada,
paradójicamente, de incertidumbre. Mirando a Xena muchas veces Gabrielle se había preguntado la
razón de por qué ésta había permitido su compañía. La guerrera parecía más del tipo solitario,
autosuficiente, capaz de transitar por el mundo sin ayuda de nadie, menos de la de ella, una inexperta
aldeana cuyo mundo había sido tan reducido como su aldea y el arroyo que la cruzaba a cien pasos de
distancia. No había nada más allá que Gabrielle conociera y en no pocas ocasiones se había consumido
por el deseo de hacerlo.
Era una egoísta, lo sabía.
Su ansia de conocer se encontraba también tras su decisión de acompañar a Xena, al menos en un
primer momento. Después, poco a poco, con el sigilo de un felino, un nuevo sentido a su acto se había
ido hilvanando.
No había egoísmo, sino admiración.

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Admiraba a Xena, la admiraba en su silencio, en su terquedad, en su furia incluso. Amaba el nuevo
camino que la guerrera había asumido, aún existiendo una feroz lucha en su interior, entre el
monstruo y la persona. Gabrielle quería estar allí, junto a la persona, e impedir que el monstruo
aflorara y se llevara con él a Xena. Confiaba ciegamente en el triunfo de la persona y sabía que sólo
era cuestión de tiempo que ello sucediera, aunque también sabía (o al menos así se había convencido
a sí misma, para justificar su presencia junto a Xena) que el camino estaba lleno de peligros, peligros
en forma de debilidad, de dudas, de ira que arrastraba como una furiosa tromba de agua; de miedos
insondables que sabía anidaban en el alma de Xena. Porque Xena no temía lo físico, sino lo psíquico,
las trampas de su mente, de su alma, las pequeñas fieras agazapadas tras todos y cada uno de sus
terribles recuerdos.
De súbito, como un vahído, Gabrielle tuvo una fugaz visión: vio a Xena de pie en mitad de un campo
de batalla sembrado de cuerpos ensangrentados, mutilados en su mayoría. Era una visión
espeluznante, pero no fue eso lo que llamó su atención.

Era Xena, allí de pie, entre los cuerpos, su espada ensangrentada pendiendo inerte a lo largo de su
costado, la armadura agitada por los irregulares latidos de su agitada respiración. Tenía la frente
perlada de sudor y pequeñas heridas moteaban su piel allá donde el cuero y el metal no la cubrían.
Tenía el cuerpo embarrado, la batalla se había librado bajo una furiosa lluvia y los rugidos de la
tormenta aún se dejaban oír, entremezclados con el ruido del choque de metales, el desgarro de la
carne y los gritos, de los que morían y de los que mataban. Xena permanecía con la cabeza inclinada
sobre su pecho agitado y parecía fijar su mirada sobre un cuerpo a sus pies.
La visión de Gabrielle se lo mostró.

Era el cuerpo de una guerrera que yacía con los ojos abiertos en mudo dolor, pero no era eso lo que
atraía la mirada de Xena, sino la profunda herida abierta en su abdomen... y el feto que asomaba por
ella, con el cuello seccionado en una horrenda hendidura.

Con brusquedad Gabrielle sintió un punzante rechazo ante la visión y, como si un agudo sonido la
hubiera alertado, la Xena de su visión giró su cabeza hacia la mirada de Gabrielle. Miró a Gabrielle, a
través de una imposible conexión, y entonces ésta leyó en sus ojos el dolor, la confusión... y el miedo.
Miedo a sí misma. Xena por fin había encontrado un enemigo de su talla: su propia alma corrupta, el
satánico émbolo que impulsaba todas sus acciones, su patria muerta.

Súbitamente, igual que había llegado, la visión desapareció y Gabrielle notó de nuevo un ligero vahído
que la aturdió, haciéndola llevar una mano a un pecho donde su corazón latía apresuradamente.
Sin que ella se diera cuenta, Xena ya se había situado a su lado, el rostro pintado de preocupación.
—¿Gabrielle? –musitó, alerta, tocándole el codo.

La bardo levantó su mirada hacia ella y, sin pensarlo siquiera, acarició con el dorso de su dedo índice
la mejilla de la guerrera, queriendo consolar no a esta Xena frente a sí, sino a la dolida y perdida Xena
de su visión. La confusión se dibujó en los ojos de Xena y, de forma imperceptible, apartó la cara.
—¿Te ocurre algo? –inquirió, insegura.

Gabrielle rememoró apenas durante una fracción de segundo la imagen del niño que nunca nacería
( "niña", pensó Gabrielle, sin saber por qué, "era una niña") y trató de responderle.
—No, ¿y a ti?
Eso aumentó la confusión de Xena, que se removió inquieta.
—Por todos los dioses, Gabrielle, has sido tú la que has gritado como una niña asustada.
—¿Yo?
—Sí, tú. ¿Se puede saber qué te pasa? –Xena parecía molesta.
—No te enfades, Xena.

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—No me enfado –dijo Xena pausadamente —No lo hago.
Gabrielle sonrió.

—Me alegra oírtelo decir –le dijo Gabrielle —, pues temería que alguien de tu tamaño estuviera en mi
contra.

Xena parecía a cada momento más y más confundida. En ocasiones se sentía desarmada frente a la
joven aldeana y aún no se había explicado a sí misma la razón última de su decisión de dejar que le
acompañara. Muchas veces desde aquel día que la subió a la grupa de Argo se había cuestionado lo
acertado de su decisión. No por Gabrielle en sí pues, con sorpresa, había descubierto que su compañía
no la incomodaba. No, su temor era su integridad física... y, por qué no, moral. Un Señor de la guerra
con su pasado no era la mejor compañía para ella.

"Te reconforta", fue su propia respuesta y parecía la solución, pero sólo se trataba de una
consecuencia, no de una causa en sí misma. Apartó de sí esos pensamientos y miró a Gabrielle.
—Siempre pareces jugar –le dijo —, y el mundo no es siempre un cuarto de juegos.
Gabrielle asintió.

—Lo sé, Xena, pero sea lo que sea el mundo no puedo verlo eternamente como un abismo o un teatro
de muerte. El mundo tiene tantas caras como anillos el árbol más viejo. Y tú —añadió, alcanzando con
la yema de sus dedos el antebrazo de Xena —deberías darte la oportunidad de verlo con otros ojos.
Por un momento pareció que la confusión haría tanta mella en Xena que bloquearía cualquier intento
de respuesta por su parte; sin embargo, se rehizo y, elevando ligeramente los hombros, replicó:
—Eres una joven inquietante.

Gabrielle esbozó una ligera sonrisa y, en el momento en que Xena giraba sobre sus talones para
atrapar las riendas de Argo, la llamó, al tiempo que la alcanzaba.
—Oye, Xena.

—Qué, Gabrielle.

—¿Puedo cabalgar contigo?

Xena frunció el ceño en un gesto de extrañeza.

—¿Superaste acaso ya tu miedo a montar en Argo?
Gabrielle hizo un mohín.
—Pero tú iras conmigo.

—Por supuesto, no querría ver tu cuerpo morder el polvo delcamino. Ven, te ayudaré a montar.
Deberías hacerlo más a menudo, agotas tus fuerzas yendo a pie.
—Me gusta caminar.
—Eso pensaba –Xena montó en Argo y le tendió una mano a Gabrielle —. Arriba.
Cuando Gabrielle se acomodó tras Xena ciñó a propósito con fuerzala cintura de la guerrera, aunque
sabía que sería imposible caerse de Argo. Lo hizo para que ella notara que estaba ahí.
El viento helado. El viento helado y el susurro de un demonio.
Lo hizo para que la Xena que conducía la montura y la Xena de su visión supieran que ella siempre
estaría allí.

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La guerrera azuzó a Argo.
El viento helado.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 4ª parte.
Autora: Elxena

Era una aldea pequeña, sucia, maloliente y perturbadoramente abigarrada. Las estrechas
construcciones de madera parecían competir entre sí por hallar un hueco y de los tejados bien podría
decirse tres cuartos de lo mismo. De entre el sinfín de aldeas que ambas habían tenido ocasión de
visitar era con mucho ésta la más caótica, desmañada... y cualquier cosa.

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Gabrielle había arrugado la nariz y Xena alzado una de sus cejas. Ambas se miraron y compartieron un
gesto de resignación. Xena desmontó y ayudó a Gabrielle a hacerlo. Se encontraban justo en la linde
de la aldea con el bosque y por la cabeza de ambas cruzó el pensamiento de girar sobre sus talones y
dar un inmenso rodeo.
Pero, Gabrielle suspiró, habían llegado allí con un propósito.

Entraron en la aldea y Xena localizó un establo donde cobijar a Argo a cambio de un par de monedas.
Antes de salir del cobertizo Xena se acercó a la dorada yegua y acarició su cuello, murmurando suaves
palabras.

Gabrielle sonrió ante ello. Nadie que desplegara un amor así por un animal podría no desplegarlo
igualmente por el resto de la humanidad. Xena captó su sonrisa y ladeó ligeramente la cabeza,
frunciendo el ceño. No le gustaba que momentos como éste tuvieran testigos. La hacía sentirse
vulnerable, en cierto modo descubierta, como pillada en falta. Si bien momentos como éste sólo
ocurrían cuando estaba a solas o, como mucho, delante de Gabrielle. Tenía, en torno a ello,
sentimientos contradictorios. Por un lado ansiaba la rutinaria soledad a la que su espíritu se había
acostumbrado, cuando era una guerrera al servicio de Ares. Por otro, en cierto modo, en lo más
profundo de su ser, un infinito agotamiento agazapado tras su pétrea coraza de guerrera le instaba,
cada vez más, de forma persistente y urgente, a caminar hacia la cercanía, hacia la intimidad con otra
persona. Una intimidad que le permitiera relajarse, bajar los escudos, suspirar de vez en cuando. Una
intimidad (una persona) a la cual poder acudir cuando la tensión, el miedo (miedo, sí) o el simple
agotamiento le empujaran hacia el cenit de una dolorosa crisis. Ya no deseaba ser únicamente el hielo,
la piedra, el muro o la montaña. Deseaba descansar. Ser hierba o junco. Aire. Inclinar de vez en
cuando su alma hacia la percepción de una lánguida dejadez, dejarse atrapar por ella, envolverse en
ella. Sólo descansar. Esa intimidad, esa persona, lo sabía, lo intuía, llevaban el nombre de esta testigo
que ahora, a su lado mientras salían del establo y caminaban por la aldea, acompasaba su paso al
suyo, procurando no alejarse más de una pulgada de ella. Recordaba sus palabras (de hecho, lo hacía
a menudo) cuando le preguntó si no echaba de menos a su familia y la joven, sonriendo, le contestó
que no si estaba con ella. Cuando la defendió ante aquellos aldeanos que la acusaban de asesinato.
Cuando regresó a pesar de haberla golpeado. Recordaba cada palabra, cada acto... y cada pulsación
de emoción que la había embargado. Había guardado con sumo cuidado esas emociones, las había
acunado en su corazón, pues halló que fueron las primeras en su vida provocadas por la pura bondad
y la amistad desinteresada. Y ésta era, pese a su irracional temor por los riesgos que podría entrañar,
por su posible vulnerabilidad, una sensación poco cuantificable en medida de mercader o recaudador,
una sensación seductora, atractiva y golosa por la miríada de sensaciones secundarias que la
acompañaban.
Deseaba reposar su alma de una vez.

—... y preguntar. ¿Tú qué dices? –Gabrielle se había detenido y parecía aguardar una respuesta.
Xena frunció el ceño, algo confusa.

—Lo siento, Gabrielle, no estaba escuchando.

—Vaya –resopló ésta divertida —, habré de mejorar mi discurso si quiero que algún día alguien me
escuche —punteó con un dedo el antebrazo de la guerrera, que parecía mirarla sin verla —¿Xena?
—Sí.
—¿Sí a qué? –preguntó Gabrielle.
—¿Qué?
Gabrielle se mordió el labio inferior. Esperaba que el carácter taciturno de la última jornada no se
acentuara justo ahora.
—¿Estás bien? –le preguntó.
Xena pareció caer en la cuenta de su lapsus y agitó la cabeza.
—Claro, ¿qué decías?
Gabrielle reflexionó un instante, intentando averiguar la naturaleza del estado de Xena, pero decidió,
con un suspiro, que sería esa tarea demasiado ardua como para acometerla en este momento.

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—Te decía que probablemente muramos de cansancio en alguna de estas tortuosas calles antes de
encontrar la posada de tu amigo Caprus. ¿Te has fijado? –giró sobre sus talones, barriendo con la
mano el espacio a su alrededor. Decenas de casas se amontonaban sin ton ni son, convirtiendo las
calles en estrechas y serpenteantes sendas en las cuales no le apetecía nada aventurarse sin rumbo
fijo —Lo mejor será preguntar y que alguna alma caritativa nos guíe hasta él.
—Parece lógico –admitió Xena.

—Lo es –sentenció la joven sonriendo.

—Claro, Gabrielle –Xena se permitió sonreír tenuemente. "Para ser una muchacha que hace gala de
una lógica tan aplastante, no acierto a entender qué insensatez te arrastra a seguir junto a mí". Pero
esto Gabrielle no lo oyó, se quedó en los abismos del pensamiento de Xena, junto a tantos otros.
De súbito, Xena percibió que algo no iba bien. Sintió hielo en sus venas, hielo en su corazón. Agitó la
cabeza y miró a su alrededor. Nada. Aldeanos transitando las polvorientas calles. Miró a Gabrielle.
Un viento helado.

La joven griega se acercó a uno de los aldeanos para preguntar por la posada. Antes de que todo
ocurriera tuvo tiempo de escuchar por lo bajo cómo Gabrielle musitaba divertida un "a ver si éste me
escucha".
No pudo hacer nada.

Cuando Gabrielle estuvo junto a él, un rápido y violento movimiento del aldeano con el brazo la golpeó
en el tórax, con un efecto devastador: lanzó a Gabrielle cuatro pasos atrás y apenas sí la guerrera
pudo sujetarla antes de que cayera al suelo, flexionando las rodillas para absorber el impacto del peso
de su cuerpo.

—¡Gabrielle! –gritó. Un gesto de dolor cruzaba el rostro de la bardo al tiempo que la joven intentaba
llevarse una mano al pecho dolorido — No, no, no, espera... –le dijo Xena, cogiéndole la mano. Con un
rápido vistazo a su alrededor comprobó la situación del atacante y registró con estupor que éste no se
hallaba en su campo de visión. Es más, no había nadie en su campo de visión. La aldea estaba vacía y
opresivamente silenciosa. Un gemido de Gabrielle reclamó toda su atención —Espera, Gabrielle, no te
toques. Déjame ver qué tienes... –y, suavemente, le apartó la mano, al tiempo que volvía a echar una
rápida mirada a su alrededor.
No había nadie. No se escuchaba a nadie. Nada. Centró su atención en el pecho de Gabrielle,
apartando a un lado la tela de su camisa. Una fea contusión empezaba a dibujarse en el tórax, una
contusión que pronto reveló algo más: estaba oscureciéndose aceleradamente y Xena intuyó que el
golpe había sido tan fuerte como para provocarle una hemorragia interna, pero no lo suficiente como
para desgarrar la piel y permitir así una vía de escape a la sangre. Sabía lo que podría pasar si esa
sangre no era liberada. Tendría que hacerlo ella misma. Se inclinó sobre ella y, al tiempo que cogía la
pequeña daga de su pecho, le susurró suavemente al oído
: —No te preocupes, Gabrielle, no te dolerá... –la joven asintió débilmente, con los ojos cerrados.
Empezaba a no respirar bien. Xena debía darse prisa. Su mano izquierda sujetó con fuerza la frente de
Gabrielle y su mano derecha, con un gesto firme y preciso de la daga, desgarró la piel en la zona de la
contusión. De inmediato un borbotón de sangre manó de la incisión y Gabrielle, Xena lo notó bajo la
presión de su mano sobre su cabeza, se relajó perceptiblemente. Xena se tensó durante un instante y
después se dejó ir, suspirando hondamente. Acarició levemente la mejilla de la joven, notando que
estaba enfebrecida. —¿Gabrielle? –musitó —¿Gabrielle?
La joven abrió los ojos y parpadeó un par de veces antes de enfocar su mirada en Xena. Ésta le sonrió.
—¿Mejor?
—...ena –la voz de Gabrielle era débil, entrecortada.
—Estoy aquí. No te preocupes, estarás mejor dentro de nada.
—...tacó –intentó decir —Ese hombre...

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—Shist... no hagas esfuerzos. No te preocupes ahora por eso. Ya pasó... –Xena volvió a mirar a su
alrededor. Nadie. Nada. Todos sus sentidos estaban en alerta. No quería más sorpresas. No quería
pensar en el brusco silencio en el que se había sumido de repente el pueblo.
En ese viento helado.

Ni el canto de un ave aquietaba el denso vacío. Volvió a centrarse en la herida de Gabrielle. La sangre
había dejado de manar y el pecho de la bardo subía y bajaba de forma acompasada. Notó, sin
embargo, que su piel ardía bajo su contacto. Temió que el golpe hubiera causado algún daño interno al
cual no pudiera acceder, y un súbito temor mordió entonces su corazón, arrasándolo. Un miedo
absoluto ante la mortalidad. De Gabrielle. La miró detenidamente, con un sordo martilleo asolando su
sien. Se sintió desesperadamente débil, casi enferma, todo en un segundo. Notó que Gabrielle la
miraba.
—¿Xena? –musitó.
Intentó sonreírle.

—Bueno, mi joven amiga. Empiezas tu propio mapa —y le señaló la pequeña incisión en su pecho,
intentando parecer despreocupada —No te preocupes, cerrará bien. ¿Cómo te sientes?
Gabrielle intentó tragar.

—Tengo sed... –susurró.

—Bien, beberás –le sonrió. Miró en derredor suyo, con un atisbo de inquietud. Allí, en el centro de la
plaza, lo habría jurado, tendría que haber un pozo. "Maldición", se dijo, "mald...". pero ni siquiera
pudo seguir pensando cuando, al volver a girar la cabeza hacia Gabrielle, vio un odre húmedo junto a
ésta. Primero abrió muchos los ojos, después los entrecerró con desconfianza. Un nuevo barrido a su
alrededor volvió a confirmar lo que ya sabía: estaban solas. Tanteó el odre, llevándoselo a los labios.
Bebió un trago y paladeó el líquido. Agua, sólo agua. Se resistía, no obstante, a acercárselo a
Gabrielle. Todo era muy extraño, demasiado. Pero Gabrielle tenía sed, sus labios estaban resecos.
Rogó en su interior porque en verdad ese líquido fuese tan sólo agua, tal y como había comprobado.
Acomodó a Gabrielle sobre su regazo y mantuvo su cabeza erguida, apoyándola en el hueco de su
hombro.
—Toma, Gabrielle, es agua –le dijo, acercándole el odre a los labios —. Bebe despacio.

La joven tragó el agua, al principio con ansia, después más tranquila. Cuando terminó, se llevó una
tentativa mano al pecho dolorido.
—Uf... –se quejó, torciendo el gesto —, esto duele. ¿Qué tengo?

Xena se maldijo silenciosamente." Estúpida guerrera. De qué te sirve tu pasado si no logras salvar el
presente en base a esa experiencia". E incluso ella misma, a pesar de haber sido dueña de ese
pensamiento, se conmocionó con él, por todo lo que implicaba. En este presente ella no estaba sola,
como en su turbulento pasado. En este presente que ahora construía Gabrielle ocupaba un lugar
central, cada vez más, cada vez mayor. Ese pensamiento la turbó... y la llenó de una paz hasta ahora
desconocida para su alma. Antes de que pudiera seguir con el hilo de sus pensamientos sintió agitarse
a Gabrielle en su regazo.
—¿Xena?
La guerrera la miró. Si Gabrielle percibió el brillo en sus ojos nada dijo.
—Últimamente eres una princesa muy perdida en tus ensoñaciones –le espetó la joven, sonriendo
levemente.
Xena correspondió a su sonrisa.
—Y tú una bardo muy afortunada. No te colgaré del árbol más alto por volver a llamarme eso..
Gabrielle sonrió más aún.
—¿Xena?
—¿Mm?

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—Agradezco tu cuidado, pero... –arqueó levemente el cuello —... esta armadura pectoral tuya me está
machacando la oreja.
—Oh.

Xena la ayudó a incorporase, siendo absolutamente consciente en ese momento de cómo su cuerpo
echaba de menos el cálido peso del de Gabrielle. Se sintió repentinamente... desamparada. Agitó con
decisión su cabeza. Maldito día. Malditos sentidos. Había pasado todo el día anterior revolcándose en la
amargura de su propio pasado, viéndose azotada por los oscuros designios que veía en un ayer
trazado a base de sangre y fuego; convenciéndose hasta la médula de que su vida no merecía
continuar o, en todo caso, de así hacerlo, que tomara ésta el rumbo del continuo dolor, del tormento
de un oscuro pasado esculpido con ira y odio sobre cada fibra de su ser. Y he aquí que, en el tiempo de
un suspiro, un golpe había hecho saltar en pedazos la preeminencia de sí misma sobre todo lo demás.
Ahora sólo importaba Gabrielle. Pero, y aún temió hacerse a sí misma esa pregunta, " ¿por qué era tan
importante Gabrielle?". "No", se corrigió a sí misma, "¿ por qué lo era tanto para ella?".
Notó moverse a la bardo.

—Ooops... –Gabrielle sujetó con fuerza la muñeca de Xena, lamentándose al incorporarse —Esto
duele, duele, duele... –gruñó entre dientes.
Xena se obligó a clavar sus sentidos en la realidad.

—Espera Gabrielle, no hagas movimientos bruscos –y pensó: "no los hagas, porque todavía no estoy
segura del alcance de tu herida. No lo hagas, porque temo que una hemorragia masiva que no pueda
controlar arrase tu pecho. No lo hagas, porque entonces yo no sabría qué hacer". Pero ni ella misma
tuvo muy claro si eso último hacía referencia sólo a la herida de la bardo o realmente al resto de su
propia vida. Estaba dispersándose mucho en sus pensamientos... y en sus sentidos. Colocó su mano
en la espalda de Gabrielle y se incorporó levemente, flexionando las rodillas —Lo haremos poco a
poco, ¿de acuerdo? –sujetó con su mano libre el antebrazo de Gabrielle — Si al alzarte notas algún
vahído dímelo y pararemos.
Gabrielle pareció divertida.

—No es para tanto –protestó —Sólo es un golpe en el pecho.
—Obedece.

Gabrielle asintió, mirándola.

—Por supuesto. Nadie en su sano juicio osaría jamás desobedecer el mandato de un... – "Señor de la
Guerra" estuvo a punto de pronunciar, pero se detuvo a tiempo —... una guerrera.
Xena enarcó una de sus cejas en su característico gesto, pero no replicó.
—¿Lista?
—Ajá... –asintió Gabrielle.

Y se sintió levantada suavemente, como una pluma. Los músculos y la envergadura de Xena le hacían
parecer casi siempre una desmañada aldeana a su lado pero, dioses, ambos eran bien recibidos y de
agradecer en según qué circunstancias. Sintió una leve punzada cuando por fin estuvo plantada sobre
sus pies, pero nada más. Inspiró con cautela y expulsó el aire con la misma diligencia. Sólo notó un
leve malestar.
—Creo que va bien –informó a Xena, que aguardaba expectante a su lado.
—¿Seguro?
—Sí, claro, muy bien –le sonrió —. Tranquila, no fue más que ungolpe.
Xena ladeó la cabeza.

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—Un feo golpe.
—Bah... –Gabrielle sacudió una mano, quitándole importancia —Pero tú estabas aquí.

Gabrielle notó la conmoción en Xena cuando una sombra permutó sus rasgos de la inquietud al
desencanto.
—Ni lo estaba tanto ni fui tan rápida como tú hubieras necesitado. –dijo sombríamente.
Gabrielle notó el pesar en su voz.

—Vamos Xena —dijo con vehemencia —, no eres una diosa omnipresente y omnipotente –dijo esto
último con un leve toque de ligereza —. Y, además, no has de cargar sobre tus hombros el peso de mi
cuidado. Cuando decidí marchar contigo lo hice bajo mi propia responsabilidad y no deseo convertirme
en... –vaciló —... una molestia para ti –encaró con inseguridad los ojos de Xena, un azul que tenía más
de mar que de metal para ella. Suspiró. Siempre esa incertidumbre, esa duda. No deseaba ser una
carga para Xena, un obstáculo que acabara convirtiendo su compañía en indeseable, que alentara la
decisión de Xena en el camino de la separación. Al fin y al cabo, no era más que una aldeana con más
debilidades que ventajas.

Pero al parecer Xena no pensaba así. Y, en todo caso, si algún día ella tomara esa decisión, separar
sus caminos, no lo haría en razón de las infundadas incapacidades de Gabrielle, sino todo lo contrario.
Enviaría a la bardo de regreso a Poteidea para preservar la riqueza que representaba. Jamás había
encontrado un ser tan puro en toda su vida. O tal vez sí, y seguramente acabó atravesándolo con su
espada antes de que pudiera demostrárselo.
Gabrielle malinterpretó el nuevo gesto de desagrado que se dibujó en el rostro de Xena. Le costó un
terrible esfuerzo decir lo que dijo a continuación:
—Me iré si así lo deseas –dijo débilmente.

Xena se agitó. "¿Cómo, por todos los dioses, había Gabrielle engarzado sus palabras con su propia
inquietud interior?". Era como si hubiera seguido el hilo de sus pensamientos.

—No –dijo claramente, quizás con demasiado ímpetu —. No –volvió a decir, esta vez más
sosegadamente —... Quiero decir –vaciló —, no si tú no lo deseas –parecía turbada, insegura, y
Gabrielle lo notó. Antes de que pudiera replicarle, la voz interior de Xena ya había elaborado toda una
ruta de pensamientos. Se dijo a sí misma que estaba siendo egoísta. Profundamente egoísta. Se había
acostumbrado demasiado a esa rutina dual, a hacer las cosas junto a alguien, ella que tan
autosuficiente había sido siempre. Y por mucho que a veces su otrora alma solitaria reclamara
puntualmente una soledad egoísta, era éste con mucho un egoísmo mayor. Deseaba que la bardo
continuara junto a ella. Pensar en lo contrario le provocaba un aturdidor vacío que jamás antes había
sentido. Y éste era su nuevo egoísmo. Era consciente de que su pasado iba a perseguirle siempre,
todos los días de su vida, y era un pasado con muchos filos. Había cambiado el sentido de su espada,
convirtiéndola en instrumento de justicia y no de maldad, y sabía que tendría que seguir usándola,
pues cientos, y no uno, eran los corazones oscuros que todavía asolaban el mundo. Y Gabrielle,
suspiró, siempre estaría allí. Cada vez que se cruzara con una milicia renegada, con un grupo
esclavista; cada vez que alguien la buscara para ganar su nombre, para hacerle pagar su pasado, cada
vez que... por eso era egoísta. Deseaba la compañía de Gabrielle, pues temía la soledad tras haber
conocido la sincera compañía. Pero también sabía los riesgos que ello entrañaba. Inspiró
profundamente y encaró la mirada de Gabrielle —. Hagamos un pacto –le dijo súbitamente.
Gabrielle arqueó una ceja, extrañada.
—¿Un pacto?
—Sí.
—¿Qué tipo de pacto?
Xena tomó aire. Le iba resultar difícil decir aquello.
—Escucha, Gabrielle. Aprecio mucho tu compañía y valoro aún más tu amistad pero... la rompería en
un instante, sin dudar, si con ello creyera que ibas a sobrevivir más allá de mí misma.

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Gabrielle inició una protesta. No estaba segura de lo que Xena le estaba diciendo y tampoco estaba
segura de que quisiera seguir escuchándolo. Intentó decir algo, pero Xena la acalló con un gesto.
—Soy una asesina, Gabrielle. Déjame hablar... –le espetó, cuando vio que la joven iniciaba un nuevo
gesto de protesta —Y lo soy tanto por acción como por omisión. Lo soy cuando permito que tú sigas a
mi lado y cuando por ello te hieren –bajó fugazmente la mirada hacia el pecho contusionado de
Gabrielle —. Tú pareces pagar un tanto de mis deudas con la humanidad, pues ella no distingue
cuando arremete con ciega furia. Si sigues a mi lado, algún día, sin que ninguna de las dos pueda
evitarlo, caerás bajo su hierro. Y tú no eres la deudora. Sólo yo lo soy. Sólo yo fui quien guió mi odio y
mi furia. Así –volvió a tomar aire —, quiero que me prometas una cosa Gabrielle.
Gabrielle aguardaba con expectación.

—Abandóname –Xena dudó una milésima antes de continuar al percibir el súbito y fugaz dolor que
ensombreció los ojos verdes de Gabrielle, pero se obligó a continuar —. Hazlo sin dudar el día que te lo
pida, pues ten la seguridad que si algún día así lo hiciera, sería por muy buenas razones. No pareces
creer que tus dones son mucho más valiosos de lo que puedan llegar a ser los míos, si acaso los
tuviera –torció el gesto —y estimo que la continuidad de tu camino en este mundo será mucho más
necesaria que la mía. Ese es el pacto que te pido. Tu compañía... –pareció vacilar en su forzada
seguridad —me es muy importante y no lo voy a negar. Simplemente has traído la luz a mi vida,
Gabrielle –suavizó el tono de voz, intentando sonreír —. Dudo que mi camino hacia la redención
tuviera tanta firmeza si tú no estuvieras aquí para... apoyarme –pareció acallar un súbito dolor, pero
se rehizo —. Prométeme que te irás de mi lado si así te lo pido, pues mis razones dirán que será por tu
bien, pero créeme si te digo que, en el fondo, sería por el mío. Porque tu bien es mi bien.

Gabrielle se sintió profundamente conmovida. Xena acababa de desnudar su alma ante ella, no toda,
no tanta, pero sí una porción gigantesca, vital. Quiso abrazarla, quiso rodearla con sus brazos y acunar
su morena cabeza en su hombro, invertir el orden por una vez y ser ella la protectora y decirle "basta,
saca todo tu dolor, tu miedo, tu cólera, que nada ocurrirá. Déjate mecer por una vez, déjate proteger,
muéstrame tu debilidad para que pueda conocerla y preservarla del mundo. Ven a mí de una vez".

Así que la miró directamente a los ojos y, extrañamente aún para ella misma, se oyó decir con una
pasmosa seguridad:

—Lo haré. Y tu pacto será también el mío. Prométeme que me abandonarás cuando mi presencia ya no
aporte nada a tu vida, cuando el riesgo sobre ti misma sea superior al riesgo sobre mí. Porque... –y
ahora fue ella la que acalló con un gesto el intento de réplica de Xena —porque... –repitió — conozco
tus dones aunque tú quieras ignorarlos y no sabes cuán valiosos son, mucho más allá de nosotras
mismas. Tus dones se proyectan sobre el resto de la Humanidad y tengo la absoluta certeza de que tu
propia ceguera ante ellos no impedirá su despliegue –agitó su cabeza, permitiéndose sonreír por
primera vez —. Y acepto el pacto porque, Xena, tu bien también es mi bien.
Por un instante reinó el más absoluto de los silencios y fue en ese micro espacio de tiempo que ambas
bucearon en sus miradas y vieron más allá de las palabras, más allá del mundo descrito. Así sellaron
su pacto.
Fue Xena la que, por una vez, se adelantó a un abrazo. Lo hizo con delicadeza, temiendo lastimar aún
más la herida de Gabrielle y ésta la rodeó también con sus brazos con una fuerza inusual. No cruzaron
una sola palabra, no hacía falta.

Mantuvieron el abrazo unos largos segundos, durante los cuales una, la guerrera, experimentó el alivio
de un contacto ante el cual siempre se había mostrado reacia, temerosa del caudal de debilidad que
podría abrir y otra, la bardo, por fin pudo materializar el consuelo que siempre había querido volcar
sobre la atormentada Xena.
Hubo algo más durante esos largos segundos, algo terrible. Xena se dio cuenta de que Gabrielle estaba
muerta.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 5ª parte.
Autora: Elxena

"El corazón no le latía", musitó la guerrera, a sí misma, al mundo, agitando pesarosa la cabeza en el
camino de sus recuerdos, "el corazón no le latía".

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Una fría lengua de viento volvió a levantar un puñado de hojas secas alrededor de sus gastadas botas,
y volvió a rememorar aquel abrazo, aquella súbita sospecha cuando notó, extrañada, que algo no iba
bien; cuando, sin explicárselo aún, dirigió su atención a la búsqueda del regular pulso que debía estar
allí, en Gabrielle. Entre sus múltiples cualidades se hallaba la de un sentido de la percepción
extraordinariamente desarrollado. Un sentido que la había salvado en innumerables ocasiones. Un
sentido que ahora había abierto un boquete de pánico en su corazón. Recordó cómo, de forma
inconsciente, colocó su mano sobre el cuello de la bardo. Y se sintió desfallecer. No podía ser. Volvió a
hacerlo y el miedo mordió su corazón.
Para entonces Gabrielle se había apartado ligeramente de ella, con un brillo divertido y confuso en los
ojos:
—"¿Se puede saber qué haces Xena?".

— ¿Se puede saber qué haces, Xena? –le preguntó Gabrielle con un brillo divertido y confuso en los
ojos.
Brillo que se transformó en alarma cuando vio la expresión de Xena.
— ¿Qué pasa?

Si Xena hubiera podido responderle se hubiera encontrado con que no habría sabido qué. En vez de
ello, posó la palma de su mano sobre el pecho de Gabrielle, justo donde se hallaba la contusión.
Allí no latía ningún corazón.

Xena respiró agitadamente. Gabrielle necesitaba una respuesta a su actitud y no deseaba en absoluto
proporcionársela.
— Xena, me estás asustando. ¿A qué se debe esa expresión?

Por primera vez en toda su vida Xena supo lo que era el pánico. Notó con desasosiego que el silencio
en el pecho de Gabrielle y el del pueblo eran dolorosamente similares y se preguntó hasta qué punto
estaba relacionado con ello la súbita desaparición de sus habitantes, o del mismo pozo... o de esa
casa... o de esa otra... El árbol de aquel callejón, el montón de heno acumulado a un lado, ¿el tejado
de aquel comercio?

Xena creyó perder la razón. Todo estaba fluctuando a su alrededor, de forma aleatoria, caprichosa,
demencial. Las casuchas oscilaban de una dimensión a otra, súbitos cambios físicos en el entorno que
la sumieron en un estado de espantosa irrealidad. Lo último que escuchó antes de perder el
conocimiento fue la voz de Gabrielle que, aterrada y urgente, le preguntaba una y otra vez: "por qué,
por qué, por qué..."

Silencio.
Absoluto, sepulcral.
Y una voz: "vuelve el águila a su nido".
Y otra, sarcástica: "vuelve el carroñero, el instrumento del mal".
Y el silencio de nuevo.
La despertó una niña, un bebé apenas. De tez pálida, ojos grandes. Con el cuello seccionado por una
profunda herida. Le sonreía.
— Eres tú —le espetó con voz infantil.

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Y Xena, aturdida, preguntó:
— ¿Quién... soy yo?

— Tú eres el águila que vuelve al nido, el carroñero y el instrumento del mal. Tú eres por quién yo fui
muerta. Tú fuiste la mano que detuvo el cumplimiento de mi destino.
Xena se sintió desfallecer. Notaba que estaba tumbada sobre algo frío y duro, aunque la oscuridad que
reinaba a su alrededor le impedía percibir nada más.

— ¿Qué es esto? –y a continuación, con alarma, girando su cabeza a un lado y a otro, buscando —¿Y
Gabrielle? ¿Dónde está Gabrielle?
La niña sonrió.

— Yo soy Gabrielle.

Xena sintió un agudo ahogo en su pecho. La niña prosiguió:

— Ella está ahora en mí. También murió por tu mano. Yo soy todos los que por ti murieron.
Los ojos de Xena se agrandaron con horror. Se sentía débil, perdida, confusa.

— Explícame, por favor... –le suplicó en un susurro, alargando una mano temblorosa hacia la niña
muerta —Por favor... –sentía en su interior una helada certeza, una premonición inconclusa, el camino
de una verdadque no quería recorrer.

— Mira a tu alrededor –y, ante un aleteo de la niña con su mano, Xena notó que la oscuridad iba
resbalando hacia una penumbra casi perceptible, donde los contornos empezaban a perfilarse, aunque
aún algo difusos. Vio entonces los cuerpos mutilados, la sangre en las paredes, los restos humanos
esparcidos, el humo acre, el dolor, el miedo, la ira, el absoluto terror. El pastoso olor de la muerte. El
olor a óxido. Una náusea sacudió su estómago. Vio la carne sanguinolenta y mórbida, vio a mujeres y
hombres convertidos en guiñapos, los labios abiertos de sus heridas, el hedor de sus cuerpos, el horror
congelado en sus rostros. Vio a su propio hermano llorando en un rincón.
— ¡Lyceus! –gritó, intentando ir hacia él.
No pudo.

Él alzó sus palmas en un gesto de muda desesperación, infinito dolor y reproche. : "¿por qué me
convertiste en tu excusa?¿Por qué hiciste de mí la causa de tanto dolor?" –y, mirándola fijamente,
añadió: — "Ahora vivo entre ellos y... me duele, me duele mucho, hermana".
Entonces, un musculoso guerrero de fiera envergadura se materializó de la nada junto a Lyceus y,
blandiendo una pesada y afilada espada, partió su cráneo en dos.

Xena gritó con terror, con desesperación, pero nada pudo hacer. El guerrero de la nada remató su
macabra faena propinando una violenta patada al cuerpo roto que había sido Lyceus. Xena sintió
resbalar unas lágrimas y se llevó una mano al pecho, allí donde todo el dolor, toda la pena, habían
anidado. Volvió a escuchar en ese momento el par de voces que habían dado la bienvenida a su
consciencia, la primera de ellas suave, la segunda, sarcástica:
— Alimenta a tus polluelos, guerrera.
— Afila la hoja de tu mal.
Y algo fue lanzado rodando a sus pies. Lo miró.
Era la cabeza de Gabrielle.
Perdió el conocimiento.

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Ahora estaba en un jardín marchito, el sol castigando sus pupilas, arrasando su lucidez.

Ahora la niña estaba sentada sobre sus rodillas. No se mostraba inquieta. Sólo la miraba atentamente.

Xena tomó aire profundamente, parecía haberse olvidado de hacerlo hasta ese momento. Frunció el
ceño. Algo le dolía muy en su interior.
— Por favor... –volvió a suplicar Xena.

La niña posó una pálida manita en el pecho de Xena.
— ¿Tienes miedo?
Xena asintió.
— Mucho.

— ¿Tenías miedo antes?

— ¿Antes? –replicó, confusa.

— Durante tus días de Señor de la Guerra.

Xena se mordió el labio inferior. Su cuerpo y su rostro estaban cubiertos por una leve pátina de sudor,
el cabello húmedo pegado a la frente.

— Yo siempre he tenido miedo –se oyó decir a sí misma. No lo entendía. ¿Miedo? ¿De qué? —Por
favor... –volvió a pedir —Necesito saber qué... –y miró a su alrededor —... es todo esto.
La niña, de repente, le besó en la barbilla.

— Hace un segundo mataste a Gabrielle y ahora estás loca –le dijo con voz cantarina. Empezó a jugar
a hacer palmas contra la armadura de la guerrera, siguiendo el ritmo de su propia letanía —. Loca,
loca, loca.
Xena se sintió morir. Quiso gritar, pero un abismo de silencio se alojó en su garganta. Intentó apartar
a la niña de su regazo y, cuando lo hizo, sujetándola por las axilas, la niña se deshizo violentamente
entre sus dedos, dejando un rastro de polvo sanguinolento del cual pronto estuvo llena de pies a
cabeza. Volvió a suplicar.
— Por favor, por favor, por favor.

Durmió, pero ya no volvió a despertar. No al menos en aquel lugar.

— Xena, ese cuadrado rueda hacia mí con ira y con pena, detenlo, detenlo –pedía Gabrielle.
Volvía a estar ¿consciente? Abrió los ojos. No era Gabrielle. Tampoco era la niña. Era ella, con la voz
de Gabrielle, con el cuerpo de la niña.
— Quiero morir –pidió.
Y entonces un gato obeso, a su lado, moviendo el bigote, le espetó, divertido:
— ¿Por qué? ¿Porque un cuadrado ruede hacia ti con ira y con pena?
Xena lo miró. Y quedó ciega.

Ahora ni veía ni oía.

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Pensó en Gabrielle. Supo entonces por qué aquella muchacha era tan importante para ella, ahora lo
comprendió. Se sintió irracionalmente feliz y absurdamente cuerda.
Pero todo lo volvió a olvidar instantes después.
El gato lamió su mejilla, ronroneando.

Las voces graves, profundas, hablaban entre sí pausadamente.
—¿Qué le habéis hecho? —preguntó una voz azul.

— Hemos jugado con su mente y su corazón, con su ira y su bondad —le respondió una voz roja, algo
pastosa.
—¿Su bondad? –preguntó extrañada la voz azul.
—La tiene, sin duda –replicó, asintiendo, la roja.

—Un Señor de la Guerra bondadoso –musitó la azul.

— Ya no lo es. Ya no lo era cuando empezamos a jugar con ella –dijo la voz roja —. Ya no es un Señor
de la Guerra.
—¿Qué le habéis hecho? –volvió a preguntar azul.
—Hemos jugado. Y los juegos, juegos son.
—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué ella? ¿Por qué jugásteis así? ¿Por qué todo lo que ha visto?
—¿Por qué no?

—Eres un dios cauto, pero eso te hace ser también sumamente irritante.

—No te alteres. Las diosas alteradas provocan profundas y oscuras simas en el Universo.
La diosa de la voz azul sonrió levemente.
—Juegas con las palabras del mismo modo que juegas con los mortales.

—Me gusta. Me aburro. Ellos y ellas están para eso –y el dios Rojo echó un largo trago de un odre
viscoso.
—¿Los mortales?
—Los mortales –asintió, tragando con fruición.
—Volveré a preguntarte lo mismo –dijo ella —. ¿Qué le habéis hecho?
El dios Rojo suspiró y en algún lugar de Anatolia un bosque entero de cedros vio quebrado sus árboles.
—Xena era la favorita de Ares, era el instrumento del mal del dios de la guerra, su mejor baza, la
servidora perfecta. Empezó siendo una aldeana que tan sólo quería defender su aldea. Después, la
venganza anidó en su corazón. El ansia de poder llegó posteriormente. El odio fue el que venció al
final.

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—¿Y ahora?

—Ares sólo me pidió que lo intentáramos. Quiere desequilibrarla, arrancar de sus pies la frágil tabla de
la cordura. Quiere verla tambalearse, para recogerla en el momento de la caída. Quiere que vuelva a
ser suya, quiere volver a tenerlo. El corazón de Xena. El oscuro nido donde anidaban sus hambrientos
polluelos, sedientos de sangre y horror. La otrora Destructora de Naciones se escapó de entre sus
divinos dedos y ya no le pertenece. Giró hacia la luz. Fue un mal día para la guerra ése. Salvó a un
niño. El resto es historia.
Un dios Amarillo se acercó a ellos, uniéndose a la conversación.
— ¿Por qué le interesa tanto a Ares? –inquirió.
El dios Rojo encogió sus hombros.

— Yo jamás pregunto. Nunca hay una razón que me interese –y volvió a beber de su odre.
El dios Amarillo se fue a amanecer a algún lugar del mundo conocido, estelado de ocre.
La diosa Azul se acercó más a Rojo.

—¿Pretende Ares subyugarla a través de la locura?
Rojo asintió.

— Ella piensa que ha matado a la tal Gabrielle, ahora lo verás. La haremos retornar al mundo real,
junto a su amiga. Este paseo por todos sus demonios interiores ha hecho mella en ella. Tiene su
pasado a flor de piel. En realidad todo ha tenido su principio hace unos días, cuando atacó a una
milicia esclavista. Uno de los bajuun que mató era fragmento de carne de Ares, una de sus creaciones
aún en estado embrionario, un asesino cuya alma había empezado a emponzoñarse con el hálito
venenoso del dios de la guerra. Todavía no estaba completo, por eso no era poderoso, por eso Xena
pudo matarlo, atravesarlo con su espada y salpicar sus botas con la sangre del maldito.
—¿Ella lo sabía? –inquirió Azul.

— Por supuesto que no. ¿Acaso crees que los planes de los dioses son despojos prestos a ser
adivinados por los mortales? –hizo un gesto de desprecio —. Sólo fue una coincidencia. Se encontró
con ellos y todo acabó como acabó. Ella notó algo pero nunca sabrá qué. Estuvo a punto de reconocer
el aliento de Ares en ese esclavista, un aliento que había sido el suyo propio. A Ares no le hizo ninguna
gracia, debo añadir.
— ¿El agua de ese odre del que bebió la muchacha estaba envenenada? –preguntó ella.

— Oh, vamosss... –siseó el dios Rojo —No seas vulgar, querida, no agravies mi ingenio. Eso sería
demasiado fácil, demasiado poco. No, no será el odre, no tiene nada que ver. La rubita tenía sed, yo
ya había empezado a hacer desaparecer el pueblo y... pst, ¿qué quieres que te diga? –se alzó de
hombros —, a veces me doy asco yo mismo de lo amable que soy.
—¿Y ahora? –preguntó ella.

— Bueno, ahora ella, Xena, despertará. Pero no despertará... –rió sin alegría —Verás, ella creerá
despertar, pero sólo lo habrá hecho de uno de los sueños. Nos hemos tenido a bien envolver a la
infeliz en un cerco irreal, en una telaraña de pesadilla de la que nunca sabrá que forma parte. Hemos
construido un laberinto de ensueños para ella. Ahora abrirá los ojos, creyéndose de vuelta a la
realidad tras su tormentoso paso por el Averno de los Infortunados, donde ha visto a su propio
hermano. Despertará, creerá hacerlo, en aquella aldea, junto a Gabrielle, junto a su cuerpo–matizó,
divertido —, pero en realidad ni siquiera está en esa aldea. Es un segundo sueño. Sueños dentro de
sueños. Espejismos. Delirios.
—¿Podrías ser más explícito? –pidió ella.

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—Oh, bueno... –Rojo parecía disfrutar con la conversación, deleitándose en desentrañar la astucia de
su plan. —Verás, Actia, ¿ése es tu nombre, no? Pues verás, Actia, Xena lleva tres días en coma, no se
ha movido del campamento que ella y Gabrielle montaron tras la refriega con los bajuun. Ares pidió a
uno de los demonios del Inframundo que musitara unas palabras al oído de su otrora hija de sangre.
Ya sabes lo que ocurre cuando un demonio te susurra al oído. Ese viento helado. Se lo lleva todo. Tu
pensamiento, tu entendimiento, tu recuerdo. Cierra tus ojos y agita tu respiración. Acalla los latidos de
tu corazón y enfría tu piel. Xena está ahora así, yace inconsciente al cuidado de Gabrielle que,
desesperada, tampoco se atreve a dejarla sola e ir en busca de ayuda. Por cierto, que su adorada Argo
fue enviada a pastar a los Campos del Olvido –se rió por lo bajo —. Anda ahora masticando hierba en
algún punto lejano, ni siquiera sabe que es una yegua, ni siquiera, en realidad, creo que sepa lo que es
ser una yegua. Es un animal fiel a su ama y no podíamos consentir que Gabrielle pudiera acomodar a
Xena en ella e ir en busca de alguna aldea, ¿verdad? Y ahora que lo pienso... –pareció reparar en algo
y sonrió ampliamente, volviendo a beber —Xena adora a esa yegua. Haremos que la mate en ese
primer sueño –resolvió, satisfecho —. Eso haremos.
—¿Has pactado con Ares?

— Así es, querida tediosa mía. El Olimpo y los mortales pueden llegar a ser muy aburridos. Y yo no
estoy hecho para el aburrimiento. Ares quiere que esa Xena vuelva a él, pero sería imposible por el
curso que ha tomado su corazón en los últimos tiempos. No lo hará, no en su estado actual, Ares lo
sabe. No con ese espíritu de ñoña redención que arrastra tras su abdicación como reina de la
desolación –rió burlonamente —. Estúpidos mortales. Esa mujer me divertía mucho más antes,
créeme. Ares sabe que sólo podrá ser suya si su corazón gira de nuevo hacia la oscuridad, y no creas
que no lo ha intentado. Ha tratado de atraerla una y mil veces con mil y una artimañas, pero la
guerrera las ha rechazado todas. Es fuerte y lo es aún más por esa pequeña rubia que la acompaña.
¿Increíble, verdad? Toda una sanguinaria guerrera doblegada su voluntad por el anhelo de una
insignificante criatura.
— Pero tú mismo has dicho que hay bondad en su interior –replicó Actia.

— Así es –rezongó él, despectivo —. Una bondad dormida despertada y alentada por la incansable –
pronunció con retintín la última palabra.
—¿Incansable? –inquirió Actia, sin comprender.

— Oh, sí, la pequeña rubia. Come, habla y ama hasta el hartazgo.
Actia alzó una de sus cejas.

— Esa visión que tuvo... del feto y Xena, en el campo de batalla, ¿la provocaste tú?
Rojo sonrió, embelesado en su propia obra.
—Sí.

—¿Por qué?

— ¿¡Y por qué no?! –replicó él, irritado —¿No aciertas a entender la gracia del puro juego? Te he dicho
que me aburro y que para eso están los mortales. Además –añadió —, que se entere la incansable de
cómo se las gastaba su amiga.
—Creo que ya lo sabe sin necesidad de tu ayuda. Y lo acepta.
Rojo gruñó, buscando con ansia el gollete del odre viscoso. El dulzón aroma del licor fermentado llegó
claramente hasta Actia.
—¿Cómo podría Xena retomar su oscuridad? –inquirió ella.
— Por lo pronto, matando a Gabrielle –sonrió estúpidamente —. Jamás se lo perdonará. Esa muerte le
romperá de tal modo, le destrozará tanto, que su alma será un campo abonado para el retorno del
monstruo. No soportará saberse el verdugo de la única persona que la había aceptado como era y que
la ayudaba con su pasado. Su propia ira la conducirá de vuelta a Ares. Él se colará por entre las fisuras
de su partido corazón.
—¿Esa muchacha ha muerto?
— Pss... –Rojo se encogió de hombros —Sí y no. Ha muerto en el sueño inducido, pero sigue viva en la
realidad. Verás, tediosa y aburrida sssserenidad –ahogó un eructo —, te lo mostraré.

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Agitó el manto de nubes a sus pies y abrió dos espacios en semicírculo. Señaló el primero. En él Xena
yacía inconsciente junto al fuego en un claro del bosque, mientras una desesperada Gabrielle se
inclinaba sobre ella.

—Realidad –dijo Rojo —Xena está pero no está. Tres noches atrás el susurro helado del Inframundo
penetró en su alma y preparó el camino hacia... –señaló el segundo espacio abierto. Xena inclinándose
sobre Gabrielle en la aldea —... Pesadilla. Xena cree estar en una aldea, donde cree haber matado a
Gabrielle. Bueno, en verdad lo ha hecho. Al menos en esa dimensión –soltó una corta carcajada —.
Aquí la incansable sí ha muerto. Y, por cierto, ése podría ser su estado definitivo si Xena se deja
vencer por el odio, aunque sea a sí misma, y libera el pequeño devorador que anida en su corazón.
Qué pena, ¿verdad? Si así ocurre, la rubia morirá también... ahí –señaló el primer espacio, Realidad —.
Y será Xena quien también la mate. Para que todo sea uno. Bonito, ¿verdad?
Actia lo miró con desprecio.

—¿Qué ganas tú con todo esto?

— ¡Diversión! –alzó los brazos al aire —¿Qué si no? Además... –se acercó a ella, como si fuera a
hacerle una confidencia, y Actia notó el agrio olor del alcohol en sus palabras —... tener a un poderoso
dios de tu parte puede ser muy beneficioso, querida.
Actia Azul parpadeó.

—¿Hay algo más que deba saber? –le preguntó.

— Oh, sí. Su amigo Caprus no existe –ahogó una risotada —. Ella piensa que sí, pero no. Fíjate,
incluso recuerda batallas a su lado, piensa que le salvó la vida, que no tiene piernas y que regenta una
posada en una remota aldea, en esa remota aldea. Nos indujimos ese recuerdo en ella, Nos
implantamos en su mente ahora dormida los resortes del divino plan. Para ella es muy real lo que ha
sucedido, lo que va a suceder. Cree que Caprus existe, cree que él le va a proporcionar información
sobre los esclavistas, cree que llegó a esa aldea junto a Gabrielle y ahora, cuando chasqueemos
nuestros divinos dedos, creerá que está de vuelta a esa pensada aldea, junto a esa pensada Gabrielle
muerta por ella.
— Eres retorcido –dijo ella fríamente.

— Somos la locura –dijo él, orgulloso.
Y chasqueó los dedos.

Sigue — —>
A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 6ª parte.

Autora: Elxena

Gabrielle se inclinaba sobre la figura yaciente de Xena. Tocó su piel helada, comprobó su débil latido.
Acomodó las hojas con las que la había arropado, intentando hacerla entrar en calor.
No comprendía nada.

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Xena yacía de este modo desde hacía tres días. Nada físico parecía haber provocado su actual estado.
Simplemente cayó redonda ante sus atónitos ojos, resbaló de Argo como un pesado fardo. Le había
pedido cabalgar a su grupa aquella mañana, al ponerse de nuevo en camino hacia esa aldea donde
Xena le había dicho que vivía su amigo; la había abrazado para que sintiera su cercanía y, dos metros
más allá Xena, simplemente, cayó. Casi la arrastró en su caída. Desmontó con celeridad y se acercó a
ella. No estaba consciente. Apenas podía moverla, su cuerpo estaba muy pesado.
—Xena, ¿qué te ocurre? Xena, por favor... –se alzó para alcanzar el recipiente de agua de las alforjas
de Argo para refrescar el rostro de Xena pero comprobó, atónita, que la yegua ya no estaba allí. Había
desaparecido — Pero, pero... –empezó a musitar, aturdida —Qué está pasando. ¡Argo! –llamó.

La yegua no respondió a su llamada. Centró su atención en Xena, intentó infructuosamente hacerla
volver a la consciencia pero le fue imposible. Tanteó su cuerpo y su cabeza en busca de alguna herida,
pero no halló ninguna. Recordó lo que habían comido la noche anterior, pero descartó la idea porque si
algún mal hubiera habido en esos alimentos ella también lo habría padecido. Se sintió desesperar. No
sabía qué hacer, perdida, pequeña.

Miró a Xena y acarició su frente. Debía serenarse. El latido de su amiga era débil pero regular y debía
hacer algo ante la baja temperatura de su cuerpo. Debía acomodarla y arroparla. Como pudo acercó el
cuerpo inerte de Xena hasta los restos de la hoguera del campamento y allí la despojó de la armadura
y las botas, procurando colocarla en una postura cómoda. Su traje de cuero apenas la cubría como
para calentar su helada epidermis. Maldijo en su interior. Las mantas iban también en Argo. Volvió a
llamarla pero esperó en vano. Miró a su alrededor, tratando de pensar con claridad. Vio un tronco
caído de considerable tamaño y sopesó las posibilidades que tenía de poder arrastrarlo hasta Xena,
pues donde había caído era terreno escarpado y no era posible llevar allí a la guerrera inconsciente. La
miró y sintió una profunda congoja. Inspiró profundamente y se puso manos a la obra. Dos horas
después había conseguido construir un remedo de cortavientos alrededor de Xena, con dos gruesos
troncos tapando el lateral y el frontal de la guerrera. Gabrielle estaba agotada, con raspaduras en
manos y piernas, pero aún no había terminado. Amontonó una alfombra de hojas sobre el cuerpo de
Xena en un desesperado intento de apaciguar la frialdad de su piel.

Cuando terminó, agotada, pensó que debía buscar agua, buscar ayuda, buscar a Argo, buscar la
consciencia de Xena. Pero estaba tan cansada que lo único que hizo fue tumbarse junto a ella y
abrazarla.

Estaba junto a Gabrielle, abrazándola.
No, no la abrazaba.
La retenía.

Así pudo imprimir mayor fuerza a su brazo y enterrar con profundidad su espada en el cuerpo de
Gabrielle.
Esta la miraba aterrada, mientras sus labios desgranaban una aterrorizada y urgente letanía: "por
qué, por qué, por qué..."
Actia Azul contemplaba los semicírculos, Realidad y Pesadilla.
En el primero vio a Gabrielle descansar junto al dormido cuerpo de Xena, cogiendo su mano.
En el segundo vio cómo se consumaba el plan de Rojo.

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Se sintió muy disgustada. Entre los dioses menores (ella era uno de ellos) no faltaban los ignorantes,
los engreídos y los irresponsables pero Rojo (otro de ellos), con mucho, era el peor.
Era un dios inestable, como su propia condición, y más de una vez sus erráticos actos habían llegado a
sus oídos. Le disgustaba sobremanera este último. Los mortales eran de su aprecio y lo que Rojo
ignoraba por completo era que, precisamente, esa muchacha rubia que sólo le inspiraba desprecio, se
encontraba entre sus favoritas. La joven la había honrado siempre con sus actos, hecho que la
complacía especialmente en estos tiempos de señores de la guerra y dioses caprichosos.
No le gustaba, por lo tanto, lo que estaba pasando. Ares era poderoso y sabía de su obcecación
cuando se fijaba un propósito, pero Actia rechazaba el modo con el que, tan arrogantemente,
pretendía aplastar dos vidas.
El Olimpo estaba lleno de dioses altaneros.

Pensó en hacer algo y fue entonces cuando recordó algo de la pesadilla inducida por Rojo, cuando éste
introdujo a Xena camino de sus propios demonios interiores.
Recordó el momento en que Xena quedó privada de todos sus sentidos y cómo en ese momento sólo
pudo ver y oír su interior.

Y lo que allí vio y escuchó fue a Gabrielle, teniendo constancia en ese momento de algo que después
olvidaría pero que, si Actia Azul pudiera retornar, sería la llave de su libertad, la libertad de todas las
cárceles que aprisionaban el alma de Xena.
Volvió a mirar el semicírculo de Pesadilla. Debía hacerlo, y debía hacerlo ya.
Y bien.

Si extraía su espada, el filo de la misma remataría el trabajo que el arma había hecho al entrar,
ahondando más aún el daño en los órganos de Gabrielle.

Xena la sostenía más allá de sus fuerzas, le pesaba su cuerpo, le pesaba su alma, enganchada sin
retirar la mirada (era lo menos que podía hacer, aunque le desgarrara) de unos ojos verdes
aterrorizados, dolidos y confusos que perdían ese brillo, esa luz.
Acompañó su caída utilizando el peso de su propio cuerpo y la depositó suavemente en el suelo. Era
como un terrible déjà vu. Había hecho eso antes, había cogido a Gabrielle cuando un aldeano la había
golpeado en el pecho. Temblaba de pura confusión. La aldea. Había perdido el conocimiento. La aldea
que desaparecía. Un sueño, no, una pesadilla. ¿Una niña? Su hermano. El dolor.
Notó, al tumbar a Gabrielle en el suelo, que la espada se movía ligeramente.
La había atravesado.
Maldijo su fuerza, maldijo su espada, no podía pensar, no sabía qué hacer, qué había pasado, por qué
esto, ¿ella había atravesado a Gabrielle con su espada?, no había lógica en nada, no recordaba qué, no
recordaba cuándo ni cuánto, ¿una niña?
Gabrielle la miraba atónita y pequeña, desvalida, agónica.
Por todos los dioses, qué había hecho.
—Qué he hecho, qué he hecho... –musitó, enfebrecida. Miró su mano manchada de sangre e intentó
limpiarla en el cuero de su traje, una lágrima ya cercana en su rostro.
Gabrielle seguía mirándola, el ceño agotado en un asombro aterrado, quería decir algo, pero un hilo de
sangre oscura ocupó el lugar de las palabras.

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—Gabrielle... –Xena acarició la mejilla ya pálida, el relentecido latido, el primer desvarío de su mirada,
atrapada ya por la muerte.
Se iba.

—No, no, no... –con desesperación Xena examinó la herida pero ya lo sabía. Un Señor de la Guerra
debía su nombre por algo. Sabía lo que se hacía cuando atacaba. Gabrielle ya estaba muerta desde el
mismo momento que la punta de la espada tocó el tejido de su camisa, desde el mismo momento en
que su mente anticipó el movimiento. Se sintió desesperar. Se sintió morir.
—No por mí...

Fue un susurro, pero lo escuchó. Gabrielle intentaba hablar. Se acercó a ella, inclinándose sobre su
voz.
—No por mí... –la oyó decir —... no hagas de mí tu excusa... Busca...

Un doloroso escalofrío recorrió la espalda de Xena. Esas palabras. Lyceus. Empezó a respirar
agitadamente, al tiempo que Gabrielle lo hacía más lentamente. La vio tomar aire con desesperación
un par de veces. La vio cerrar los ojos con fuerza.
La vio morir.

La diosa Azul le susurró al oído. Sabía que la mortal le había entendido. Musitó en su alma la certeza
de lo que había pasado, la ira de Ares, el plan de Rojo, la pesadilla a la que había sido arrastrada su
amiga Xena.

Gabrielle lo entendió. Sintió una brisa azul en su corazón y lo comprendió todo. Una diosa susurrando
a su alma, un sueño inducido, ella misma en otro lugar junto a Xena, el divino plan, el dolor de Xena,
su propio dolor.
Sabía que se estaba muriendo y sabía por mano de quién había sido.

Xena se inclinaba sobre ella, el terror y la confusión también dibujados en su rostro. Le inspiró una
profunda lástima. Ella iba a sufrir más que ella, ahora lo sabía.

Sólo tuvo diez segundos antes de morir para comprender y, haciendo un esfuerzo sobrehumano,
intentó decírselo, intentó hacérselo saber. No tenía tiempo para explicárselo todo, en realidad no tenía
tiempo para nada, el susurro de una diosa puede hacerte comprender un mundo entero en un
segundo. Las palabras de una mortal moribunda son, en cambio, urgentes e imprecisas.
Quiso decirle que todo era un sueño, una pesadilla, la mentira a los ojos de un dios borracho.
Quiso decirle que no llorara, que no sufriera, que no pasaba nada.
Que ella estaría bien.
No moriría pensando que Xena la había matado. No moriría con la terrible certeza de un hecho
irracional. No lo haría maldiciendo su nombre.
Quiso decirle tantas cosas y sólo pudo susurrar: "No por mí, no hagas de mí tu excusa". ¿Sería
suficiente, lo comprendería? Entonces recordó una parte del susurro de la diosa y añadió: "Busca",
pero no pudo terminar la frase.
Boqueó con desesperación un par de veces y el infinito dolor cerró con fuerza sus ojos.

Actia sólo una cosa no le dijo.

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Los dioses perversos y borrachos no suelen tejer sus planes al azar. No le dijo así que, si la guerrera
no entendía la última súplica de su amiga, si Xena retornaba su corazón a la oscuridad de Ares, todo
sueño, toda pesadilla, se haría realidad.
Toda mentira sería verdad.

Si ello sucediera Xena, la oscura Xena retornada a Ares, tomaría su vida violentamente como tributo a
su dios. Xena la habría matado en el sueño y en la realidad. Lo alternativo confluiría hacia lo real y se
fundiría en una sola certeza.

Actia le había susurrado la verdad a Gabrielle y ésta había comprendido. Le hizo ver el interior de Xena
y por ello Gabrielle, en el último momento, lo recordó y le dijo "busca", alentada por lo que allí
encontró.
Hubiera sido una crueldad innecesaria desvelarle el resto. Quiso que muriera con una esperanza, que
pensara que la magnitud de la misma la traería de vuelta a la realidad. En verdad, el tamaño de esa
posibilidad no sobrepasaba la densidad del más delgado de los filamentos.

Suspiró con pena, observando la Pesadilla y a la derrumbada Xena, pero a ella no podía alcanzarla con
su susurro. Ares la fulminaría. Ningún dios menor podía afectar un plan ordenado por un dios mayor.
Lo poco que había hecho podría hacérsele pagar caro.
A veces era muy difícil ser una diosa menor.

Permaneció junto al cuerpo de Gabrielle durante horas. Su mente estaba en blanco, su alma
desgajada. No alcanzaba a comprender y todo el aturdimiento de una vida llena de violencia y dudas
escupió a su corazón. Qué había hecho. Esperó una respuesta, esperó una alternativa, esperó y nada
llegó. Esperaba un reto, esperaba una condición, una prueba, algo que lo explicara. Lo superaría, la
aceptaría, la llevaría a cabo. Todo con tal de entenderlo.
Pero nada ni nadie vino, y pronto desapareció el sosiego de su alma, y la paz de su espíritu borró su
nombre de ella. Qué había hecho.
Pensó que si se trataba de un castigo pagaría, pero no con la vida de ella.
Pensó que si querían que sufriera lo haría, pero no con ella por motivo.

Pensó que si era la estratagema de un dios maldito para enloquecerla... lo estaba haciendo muy bien.
Le esperaría al final del camino para hacérselo pagar.
Pero nada ni nadie vino a darle una respuesta.
Pasó la noche y en ella se fue configurando un mapa de dolor como nunca antes había conocido.
Templó su alma al fuego de la aflicción y todo tormento fue poco. Al filo del amanecer comprendió.
Que ella, y sólo ella, la había matado.
Al filo del amanecer intentó quitarse la vida por primera vez.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 7ª parte.
Autora: Elxena

—¡No! –Ares rugió, alcanzando a Rojo en dos zancadas. Se materializó súbitamente de la nada,
iracundo. Agarró del cuello al dios púrpura y señaló la escena a sus pies, a través del manto de nubes
— Así no debe ser, dios estúpido y borracho. ¡Con qué necedad cumpliste mi encargo que ella actúa de
este modo!
Rojo fijó su atención en la guerrera y se encogió de hombros, encarándose a Ares.

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—Yo dispuse las condiciones. Ella, el resultado.

Ares lo elevó como si fuera una pluma, los ojos inyectados en sangre.
—No fue eso lo que acordamos –susurró fieramente.
—Sí lo fue, Ares –dijo una voz femenina.

El dios de la guerra se giró, soltando bruscamente a su presa, que levitó hasta posarse suavemente
sobre un jirón de nubes.
–¡Actia! –dijo con desprecio.

—Ares –inclinó ella la cabeza.

—Diosa impertinente –siseó, acercándose peligrosamente a ella —Intercediste.
—Sí –admitió ella con calma.
—Lo pagarás caro.

—Tu ira te confunde, Ares –replicó ella tranquilamente —. Sabes muy bien que es una prerrogativa de
los dioses menores auxiliar a sus devotos.
—No puedes malograr un plan divino y lo sabes –la voz de Ares estaba estrangulada por la ira.

—Sé que no puedo hacerlo y sabes que no lo he hecho. Sólo he estado al lado de una fiel seguidora.
Además, ya está muerta.
—Podría haberlo desvelado todo –replicó él.

—¿Con esa herida en su corazón? Sabes que no tenía mucho tiempo. Sólo quería devolverle un poco
de su tributo a mí. Darle su último sosiego.

Por un momento Ares pareció expandir su ira más allá de sus límites y que ésta avanzaba
peligrosamente hacia la diosa Azul, pero Zeus no lo permitiría y Ares lo sabía. Aniquilar a un dios, por
muy menor que fuera, hubiera sido excesivo incluso para él. Curvó, pues, su boca en un deje
despectivo y la fulminó con la mirada.
—Ella volverá a mí.

Actia inspiró profundamente. El castigo había sido conjurado.
—Puede que así ocurra, sí
Ares emitió un gruñido de triunfo.

—Mi hija volverá. Jamás se perdonará lo que ha hecho. Su corazón me pertenece.
—Su corazón está a punto de dejar de latir, Ares –y Actia señaló hacia sus pies.
Xena se había abierto el cuello con el filo de su espada.
Un rugido inhumano atronó más allá de los confines del mundo conocido.
—¡Rojo! –gritó Ares, furioso —Alivia mi decepción. –señaló a Xena, moribunda, tumbándose al lado de
Gabrielle —. ¡Ahora!
Rojo miró a Actia y sonrió bobamente. "No lo hagas", modularon los labios de la diosa Azul.
Pero lo hizo.

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Era el dios loco y, sobre todo, temía a Ares.

Extendió su aliento a sus pies y supo que con ello había cerrado las puertas a la mortalidad a Xena,
congraciándose de paso con Ares. Éste miraba con satisfacción cómo Xena recuperaba el sentido,
atónita. Actia agitó su cabeza con pesar.
—Ella ya había elegido, Ares —le dijo.
Él se revolvió con furia.

—¡No! Xena nunca haría eso, nunca se rendiría –pronunció con desprecio la última palabra —. Y menos
aún por algo así. Ha matado a cientos como ella.
—Entonces deberías pensar por qué esta vez es diferente. Por qué le ha afectado de ese modo.
—Acalla tus palabras, diosa Azul, aún guardo ira suficiente para dioses impertinentes como tú.
—El plan se ha cumplido y ella no ha retornado a ti. Ha elegido otro camino.
—¡Equivocado! –rugió él —Sólo está confusa. Sabrá hallarme en su interior.
—Quizás ya ha hallado su interior y tú no estás en él.

—Te equivocas, Actia –siseó él —. Yo siempre estaré en ella. Como la piedra lanzada al arroyo que
aguarda agitar las aguas de nuevo.
—Quizás haya sido esa misma piedra quien le haya dictado su elección.
Ares agitó los puños con frustración.

—¡Calla de una vez! Ella volverá a mí –y dirigió su mirada a través de las nubes —. Tarde lo que tarde.

Asistieron a sus tres intentos de suicidio posteriores y Actia no pudo por menos que asombrarse de la
tenacidad de esa mortal. Había algo que mantenía la esperanza en Actia de que todo podría tomar un
rumbo bien diferente al trazado por el dios de la guerra. La oscuridad aún no había aparecido en ella,
la ira no había roído su alma. Sólo percibía en ella una inmensa pena y un aterrador vacío. Era una
reacción insólita, pensó Actia, en una guerrera con su pasado, donde la delgada línea de la
abominación había sido traspasada una y otra vez. Ahora sólo le quedaban lágrimas.
En ese momento, por pura inercia, la última parte del plan de Rojo se cumplió.
Xena mató a Argo.
Actia vio los ojos de Ares resplandecer de satisfacción, pero ella sabía que el dios lo había interpretado
erróneamente. El airado dios pensó que ese gesto demostraba el acercamiento de Xena hacia la
oscuridad, pero ella sabía leer más allá. Aunque ni la misma Xena fuera plenamente consciente del por
qué de su acción, Actia supo leer en su corazón.
Lo hizo para no dejar sola a Gabrielle.
Le dio entonces lo único que aún quedaba en su vida que amaba: su preciosa yegua. Sólo ella debía
estar sola, no su bardo, no Gabrielle.
Le vieron sepultar a ambas, Ares con un rictus de sardónico desprecio.
Rojo hipaba.

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Todo estaba hecho ya, ahora sólo quedaba esperar. Ares cruzó sus brazos, arrogante.
—Volverá a mí –dijo —. Tarde lo que tarde.

Gabrielle notó el frío en su propio corazón. Se despertó bruscamente. Aturdida, miró a su alrededor.
Poco a poco se serenó.

Seguía en el claro, todavía no había amanecido. Qué había sido esa mano helada en su alma, esa
desgarradora sensación de pérdida. Miró a Xena y tocó su piel, seguía fría, el latido dormido. Sentía
ella una extraña opresión en el pecho. Le dolía.
Entonces la vio.

Una lágrima surcando el rostro de Xena.

Una tumultuosa tempestad de sensaciones la asaltó durante unos breves segundos, como una
secuencia enloquecida. Un agudo dolor en su pecho, confusión,incredulidad, el dolor de su alma.
Xena atormentada.

Una esperanza susurrada.
"Azul".

La oscuridad.

Y una pena infinita. Pero no en ella, sino en...

—Xena... —musitó con asombro, mirándola. Recogió la lágrima con el dorso de su dedo y la deshizo
entre sus yemas, notando su calidez —Qué está pasando aquí...
Temió estar perdiendo la razón.

Deseó perder la razón, fue lo primero que pensó tras terminar de cerrar la sepultura de Gabrielle. Así
sería todo más fácil. Podría olvidar. Podría dejar de ser ella y con ello todo lo que comportaba. Podría
construir un mundo de alucinaciones donde todo volviera a ser como antes.
"¿Antes? ¿Cuándo?", se preguntó a sí misma.
Cuando lo supo se permitió sonreír por primera vez... desde que había matado a Gabrielle.
Antes era precisamente Gabrielle. Gabrielle y ella.
Pareció retornar a una cierta complejidad mental tras sus devaneos aleatorios en torno a una única
idea: su soledad, el vacío, la pena, el horror de su acto. Al principio trató de hallar una explicación a
todo. Rememoró una y otra vez las horas precedentes que las condujeron a aquella aldea. El aldeano
que golpeó a Gabrielle. La enloquecida desaparición de la aldea, su pérdida de consciencia.
¿Tuvovisiones? Su hermano, la niña. La muerte de Gabrielle. La muerte de Argo. Su muerte, en
definitiva.
"No por mí".
Le dijo que buscara.

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—¿Qué, Gabrielle? –musitó — ¿Qué he de buscar cuando ya nada queda?
Miró su cuerpo marchito, despojado de ilusión, su pelo enmarañado, el desencanto de su cuero roído
por la intemperie y la dejadez. La vacuidad de su alma.
Sólo se sentía cansada, ansiosa del sueño definitivo que ya no le sería concedido.
Rememoró de nuevo. Era ya lo único que le quedaba. Recordar.

Había abandonado aquel lugar por fin hacía un invierno, tras permanecer en él no sabía cuánto
tiempo. Se había sentido incapaz de alejarse del lugar donde yacía Gabrielle.
Los primeros días habían transcurrido de forma inconexa, confusa. Sólo recordaba estar junto a la
sepultura de Gabrielle, sin saber qué hacer. Al principio trató de buscar desesperadamente una razón,
una sola, que explicara el por qué de su acción. Ella no podía haber matado a Gabrielle. Sabía que
jamás, de forma consciente, le haría daño, mucho menos matarla. No, ella no había sido. Quizás sí el
instrumento, pero no el deseo. Se reconcilió así consigo misma.

Rememorando de forma obsesiva una y otra vez los acontecimientos supo que la aldea imposible, la
pérdida de conocimiento, esas visiones, el lugar donde estuvo y la muerte de Gabrielle estaban
relacionados. Era vital para ella la convicción de que jamás, nunca, podría haber hecho daño a
Gabrielle estando en su sano juicio. Por eso ahora no le quedaba nada. No tenía deseos de vivir, pero
tampoco de matar. La ira que debería haber implosionado en su alma se trastocó en tristeza y en
inmenso vacío. Había quedado desarmada por completo. No había nada en su interior, ningún
sentimiento con un tono superior al de la pena.
Pasó así largo tiempo y un día, en aquel desolador lugar, recordó las palabras de Gabrielle.
"Busca".

Y, sin saber realmente qué y por qué lo hacía, emprendió el camino.
Buscaría.

Recorrió cien tierras, decenas de reinos, pero todas aquellas y aquellos con los que se cruzaba
parecían respirar el mismo aliento de la ladea imposible, pues no halló en ellos más que el silencio y el
desentendimiento.
Incluso una vez probó a retar a un fornido guerrero y se dejó atravesar por su espada.
Por supuesto, no murió.

Fue así como se convenció a sí misma de que, finalmente, había hallado su castigo definitivo.

Asumió que su pasado le había dado alcance y le había hecho pagar sus cuentas pendientes. Había
vivido lo suficiente como para asistir a su propio arrepentimiento, y padecer las consecuenciasde los
remordimientos y la tortura del recuerdo de sus actos. Había vivido lo suficiente para conocer la
amistad verdadera y la esperanza de la redención. Y así, en elmomento en que todo podría ser más
doloroso, lo fue.
Mató a Gabrielle, mató su esperanza. Se mató a sí misma sin poder morir y ahora estaba condenada a
vagar con ello por toda la eternidad de su indeseada inmortalidad. Entendió que los asesinados de su
pasado habían logrado el modo de vengar su infausta muerte y habían aunado en un único y
poderosísimo castigo su deuda. Hubiera sido demasiado fácil castigarla con la muerte, pues en ella
sólo hallaría un final, y sus muertos acreedores querrían algo más.
"Lo habían conseguido", pensó cuando la idea terminó de formarse en su mente, y fue así como
decidió entonces dejar de buscar aquello que no podía encontrar.

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Se adentró por ello en un umbroso bosque sembrado de hojas muertas, lejos de la gente, lejos de sí
misma, y el mundo dejó de estar pintado de los colores del arco iris para embadurnarse del color de
las hojas marchitas.

Gabrielle terminó la parihuela y comprobó su resistencia. Aguantaría el peso de Xena. La miró y una
sombra de preocupación cruzó su rostro. Xena estaba empeorando. Todo color había desaparecido de
su rostro, sus otrora torneados músculos se habían reducido a simple piel sobre huesos, su rostro se
estaba afilando y Gabrielle apenas conseguía humedecer sus resecos labios,

Lo había intentado todo, pero Xena no despertaba. Vigilaba constantemente su ritmo cardíaco, pero
éste permanecía imperturbable en su lentitud. Había arrasado con todo alimento alrededor del
campamento, no se atrevía a alejarse demasiado de Xena. Una de las veces que lo había hecho
descubrió con horror al regresar que unas alimañas estaban atacando el cuerpo inerte de la guerrera.
Las espantó con furia y gimió al ver la profunda herida que habían abierto en el flanco de la pierna
izquierda de Xena. Estaba desesperada. No contaba con medicinas, Argo no había aparecido, Xena no
despertaba y ahora aquella herida. La limpió como pudo y la cubrió con un jirón de su camisa. Era
todo lo que podía hacer.
Ya hacía tres días que estaban allí, ningún otro viajero había cruzado el lugar. No lo entendía. Había
logrado encender un par de fuegos como aviso, pero vuelto a apagarlos, temerosa de los asaltantes y
de complicar aún más la situación.

No temía por ella, sino por Xena. Temía que alguien le hiciera daño en su indefenso estado y durante
esos tres días se había visto envuelta en uno y mil pensamientos, ciendecisiones distintas. Al principio
albergaba la esperanza de que Xena despertaría, sea lo que fuere lo que la había arrastrado a esa
inquietante inconsciencia, pero conforme pasaban los días esa esperanza se fue apagando.
Intentó alimentarla masticando ella misma pequeñas porciones de frutas y bayasque introducía
despacio en la boca de Xena, pero ésta no las tragaba y una vez estuvo a punto de ahogarla cuando
uno de los bocados obturó la garganta de la dormida guerrera.
Ahora su estado parecía haber llegado al límite. Su organismo no podría aguantar más. A ella misma
se le estaban agotando las fuerzas, así que decidió hacer algo antes de perderlas del todo.
Sacaría de allí a Xena como fuese.

Se le ocurrió la idea de la parihuela, buscó y ató ramas resistentes utilizando hilachas fibrosas de los
árboles.
Acomodó a Xena en la improvisada camilla y se ajustó las correas que había ideado para tirar de ella.
Emprendió el camino.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 8ª parte.
Autora: Elxena

Ares enarcó una ceja y a Actia no se le escapó el gesto. El dios estaba, si no asombrado, sí al menos
ligeramente sorprendido.
—Parece que hay alguien a quien le importa Xena aparte de a ti –le dijo, con toda intención.

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Ares se giró hacia ella. Se notaba el fastidio en sus ojos. No era paciente y las cosas no sucedían con
la celeridad que él había pensado. Aunque para Gabrielle, en Realidad, sólo habían pasado tres días,
en el sueño inducido por Rojo, Pesadilla, había pasado un año desde los acontecimientos de la aldea
(un suspiro para un dios) y Ares había visto cómo Xena no reaccionaba como él había esperado. La
sanguinaria Destructora de Naciones que debería haber surgido de la ira de su crimen se había diluido
en aquel despojo de sí misma que vagaba sin rumbo por el bosque, deseando nada más que la muerte
y el olvido, mientras lloriqueaba la desaparición de la pequeña entrometida. Distraía el dios su espera
con guerras aquí y allá, con otros guerreros y aniquiladores, pero no podía evitar la comparación y sólo
ella había sido absoluta en su odio y su violencia. Sólo ella podría hacer del mundo un infierno y de él
un dios ahíto de placer.
Y, en vez de ello, tenía a una guerrera carcomida en una pesadilla y a una rubia cabezota en la
realidad.

—Es un esfuerzo estúpido y baldío —gruñó, viendo cómo Gabrielle arrastraba penosamente la
parihuela —Jamás alcanzará los límites del bosque. Desfallecerá y perderá esa vana esperanza.
Agotará de tal modo sus fuerzas y sentirá tanto el apremio del hambre que no dudará en dejar a Xena
en el bosque y alcanzar su propia salvación.
—Gabrielle no la abandonará, Ares

Ares bufó con impaciencia antes de girarse hacia Actia.
—¿Otra vez aquí, diosa de la ñoñería?

—Tengo aún a una devota fiel viva, ¿recuerdas? Y parece muy empeñada en lo que hace.
—Bah, pronto se cansará. Es débil. Xena siempre tiene que estar protegiéndola.

—Ares, no lo entiendes –dijo Actia —. Hay un profundo anhelo en ella, agazapado en su alma, aunque
ni ella misma podría darle nombre. ¿Conoces la leyenda del principio de los tiempos, cuando los seres
humanos tenían dos cabezas y cuatro piernas? ¿La separación y esa infinita búsqueda? –señaló a
Gabrielle allá bajo —Ellas se encontraron, por mucho que lo ignoren, y cuando Gabrielle murió en
Pesadilla mataste algo dentro de Xena. No aguardes su ira, porque ya no yace en su interior. Se ha
disuelto entre tanta pena y dolor.

—Tonterías –replicó Ares —. Esa niña la abandonará cuando ya no pueda más y Xena lo sabrá –
entornó los ojos con malicia —. Todo sentimiento atraviesa mundos paralelos si tiene la fuerza
suficiente, Actia, y ese abandono llegará hasta el alma de Xena, lo sabrá, configurándose en una
desazón que se tornará ira y su ira la conducirá a mí. No sabrá por qué o qué, pero sí sentirá. El
desengaño, la traición... Esto ysólo esto es lo que sucederá.
Actia apenas parpadeó cuando replicó. Algo de lo que había dicho Ares había despertado
inmediatamente su atención. Podría haber una solución.

—No, Ares, no será así –dijo serenamente —. Serán dos las cosas que pasen –señaló a la esforzada
Gabrielle en Realidad —. Una, ella no le abandonará y, dos –señaló a Xena en Pesadilla —, ella no se
deslizará hacia la oscuridad de nuevo.
La risotada de Ares se dejó oír por entre la infinitud del Olimpo.
—Muy segura estás tú de ambas cosas –escupió.
—Tú pareces estarlo también.
—No conoces a Xena –siseó —. Me pertenece y volverá a mí.
—Pareces un viejo soldado de fortuna que repite una y otra vez la misma cantinela. Te diré una cosa,
Ares, tú crees conocer a la antigua Xena, no a la que ahora es. Son dos personas muy distintas. Y una
de ellas, estoy segura, jamás traicionará a la otra.
Ares vaciló un instante, pero mordió sin titubear el anzuelo que le había tendido Actia.
—Lanza tus dados, diosa de la serenidad –dijo, arrogante y despectivo —. Crucemos nuestras apuestas
y gozaré con tu humillación y mi victoria definitiva.

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Actia asintió, satisfecha. "Necio arrogante, acabas de abrir una puerta a la esperanza de ambas".

—De acuerdo –le dijo —. Si Gabrielle no la abandona permitirás que todo termine, que tu plan se
marchite y que sus destinos se retomen allá donde quedaron estancados.
Ares barboteó una lúgubre risa.

—¿Por qué los dioses menores seréis tan, tan irritantes? Sea –concedió —. Si ello es así, Xena
despertará junto a su ratón rubio –sonrió aviesamente —. Cosa que jamás sucederá.
Actia inclinó la cabeza, sonriendo. Una puerta abierta.

Asistieron a sus tres intentos de suicidio posteriores y Actia no pudo por menos que asombrarse de la
tenacidad de esa mortal. Había algo que mantenía la esperanza en Actia de que todo podría tomar un
rumbo bien diferente al trazado por el dios de la guerra. La oscuridad aún no había aparecido en ella,
la ira no había roído su alma. Sólo percibía en ella una inmensa pena y un aterrador vacío. Era una
reacción insólita, pensó Actia, en una guerrera con su pasado, donde la delgada línea de la
abominación había sido traspasada una y otra vez. Ahora sólo le quedaban lágrimas.
En ese momento, por pura inercia, la última parte del plan de Rojo se cumplió.
Xena mató a Argo.

Actia vio los ojos de Ares resplandecer de satisfacción, pero ella sabía que el dios lo había interpretado
erróneamente. El airado dios pensó que ese gesto demostraba el acercamiento de Xena hacia la
oscuridad, pero ella sabía leer más allá. Aunque ni la misma Xena fuera plenamente consciente del por
qué de su acción, Actia supo leer en su corazón.
Lo hizo para no dejar sola a Gabrielle.

Le dio entonces lo único que aún quedaba en su vida que amaba: su preciosa yegua. Sólo ella debía
estar sola, no su bardo, no Gabrielle.
Le vieron sepultar a ambas, Ares con un rictus de sardónico desprecio.
Rojo hipaba.

Todo estaba hecho ya, ahora sólo quedaba esperar. Ares cruzó sus brazos, arrogante.
—Volverá a mí –dijo —. Tarde lo que tarde.
Le dolían los hombros y desde ellos el dolor se expandía por el resto de su cuerpo, azotándolo con
eléctricos latigazos que parecían convertir su sangre en arena. Notaba el entumecimiento de todos sus
miembros, de vez en cuando debía abrir y cerrar de forma espasmódica los dedos de las manos, pues
los notaba hinchados y agarrotados. Se giraba de tanto en tanto para comprobar que Xena estuviera
bien. Ese movimiento le había provocado una fea rozadura en el cuello, al friccionar éste con la correa
de su hombro cada vez que giraba la cabeza, pero no parecía importarle. Estaba desfallecida,
hambrienta y cansada. Hacía dos horas que arrastraba sin interrupción su preciada carga por el
bosque y éste no parecía tener fin. Sólo su tozudez y su devoción por Xena la mantenían en pie.
Quería avanzar todo lo posible antes de que anocheciera. Sólo entonces se detendría, cuando no
aguantara más. No cayó en la cuenta de que, realmente, ya no podía más.

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La continua presión de las correas y el peso de Xena le habían abierto heridas en hombros y costados.
Su cara, sus manos y sus piernas estaban llenas de roces y magulladuras, y en sus pies prefería no
pensar. El agotamiento la derrumbó unos 50 metros después, tras subir una pequeña loma que en su
situación asemejó cordillera inalcanzable. Al remontarla cayó redonda como una bala de heno, ni
siquiera tuvo fuerzas para ladear la cara y respirar mejor. Apoyó su frente en la húmeda tierra y trató
de apaciguar el dolorido latido de su acelerado corazón. La sangre se agolpaba en sus sienes y en
todas y cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo hubo una razón para gritar de dolor,
pero ni siquiera para eso tenía fuerzas. Escupió una saliva blanca y espesa y al toser sintió como si un
caballo hubiera alcanzado su pecho con una coz.

Al cabo de unos minutos pudo pensar con la claridad suficiente como para saber que quería quitarse
las correas. Quizás no lo pensó bien, porque cuando lo hizo amplias porciones de su piel se fueron tras
ellas. No se había dado cuenta de las ampollas y, aunque lo hubiera hecho, no le hubiera importado.
Miró a Xena. Esa mujer había recibido peores heridas en su vida y desde que la acompañaba siempre
había procurado su bienestar. Se acercó a ella y se apoyó con fatigado esfuerzo en uno de los laterales
de la parihuela. Comprobó que el hato con la armadura y la espada de Xena seguían a los pies de la
inconsciente guerrera. La pequeña pero afilada daga pectoral de Xena la llevaba Gabrielle encima, por
si acaso.
—Por si acaso qué –musitó para sí la bardo, con una sonrisa desganada para consigo misma —. Si
algún bandido se hallara por aquí se debería más al producto de la desorientación que de la intención –
fue quitando briznas de hierbas y pequeños rastros de tierra del cuerpo de Xena —. Seguramente se
asustaría tanto como yo y echaría a correr —arregló un mechón del cabello de Xena —. O quizás no,
quizás se quedaría, reclamaríamos estas tierras y fundaríamos un imperio que... –se detuvo. Estaba
desvariando —Desvarío –se dijo a sí misma, sonriendo —. Mira, Xena, mírame –posó la palma de la
mano sobre la mejilla de la guerrera con gesto fatigado —. Creo que me volveré loca si no abres ahora
mismo esos magníficos ojos azules y alzas irónica la ceja, y sonríes de lado y me dices "Gabrielle,
cállate" –reprimió un fatigado sollozo —. Cállate de una vez –Miró a su alrededor con angustia. Aún
quedaba suficiente día antes de que la noche se acercara, pero Gabrielle sabía que por hoy no podría
continuar. Miró de nuevo a Xena —. Tú sí, tú sí continuarías, ¿verdad? –susurró —. Es más, ni siquiera
te habrías detenido. Si la situación fuese a la inversa ya habrías hallado un remedio para este mal, un
saco de alimentos, una aldea y un curandero. Soy una inútil –suspiró —Un completa inútil. Ojalá yo
estuviera en tu lugar.

Ares miró a Actia, Actia dibujó una firme negativa con la cabeza, Rojo hipó, mirándolos a los dos.

—Hubiera sido divertido –dijo Ares —. Un giro más, algo más retorcido, algo más lejos –sonrió sin
ganas —. La pequeña rubia harta mi divina paciencia con su pureza, qué placer su inconsciencia, su
silencio. Sus palabras y sus actos confunden a mi hija. Es un viento pernicioso en su camino.
—Es todo lo contrario –replicó Actia.
Ares entornó los ojos.

—Todo depende del lado del prisma con el que lo valores, ¿no crees, divina Azul?
—Recuerda la apuesta, Ares.
Rojo empezó a hipar descontroladamente.
Gabrielle se estremeció, producto de una súbita brisa. Frunció el ceño. Algo había asaltado su mente.
Recordó un pacto. O no. Porque no podía recordar aquello que jamás había conocido. ¿Qué pacto?
Sintió frío. Se acercó más aún a Xena, de manera inconsciente. Aún en ese estado de indefensión Xena
le proporcionaba seguridad. Avivó el fuego y por enésima vez comprobó que Xena, en la medida de lo
posible, estuviera cómoda. Qué pacto. Hizo un esfuerzo por recordar. Qué pacto.
Con Xena.
¿Un pacto con Xena?
Una promesa.

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No, dos promesas. La de ella a Xena y la de Xena a ella. Qué promesas, qué pacto. Se sintió
absolutamente confusa. Miró a Xena. No recordaba haber hecho con ella ningún pacto, ninguna
promesa. No al menos pronunciada en voz alta. Estaba muy cansada. Su cuerpo, al enfriarse,
empezaba a recordarle el terrible esfuerzo que había hecho. Notaba cada rozadura, cada llaga, cada
milímetro de músculo, piel y órgano castigado. La poco agua que había podido recoger la había
gastado en Xena. Ella sólo había podido alimentarse con un par de frutos que había encontrado.
"Rompería tu amistad en un instante sin dudar".

Gabrielle dio un respingo involuntario al formarse esas palabras, la voz de Xena, en su interior. No lo
entendía, no comprendía. ¿Cuándo Xena había dicho eso? Y entonces, para su propia sorpresa, se
encontró musitando:
—Quiero que me prometas una cosa, Gabrielle. Abandóname.

Ares estaba confundido. Se dirigió a Rojo.

—¿Qué ocurre, loco? —lo miró con suspicacia —Esas promesas fueron hechas en tu sueño inducido,
¿cómo es que las recuerda?

Rojo hipó, ahíto de licor fermentado. Actia fue la primera en comprenderlo. No se lo podía creer. Ese
miserable borracho iba a cambiar las cosas sin saberlo. Sonrió. Hipo divino. El aliento distorsionado del
dios menor vagaba errabundo sobre los mortales allá abajo. "Miserable adorable borracho", pensó
Actia, "miserable adorable borracho". Sin pretenderlo Rojo estaba alterando las condiciones de su
propio plan. El aliento del delirio encerraba ese don, esa maldición. Con su aliento había arrebatado la
mortalidad a Xena en el sueño inducido. Ahora ese aliento entrecortado por los vapores etílicos
mellaba a trazos la construcción de su mentira, en la Realidad.
Ares lo comprendió en ese momento.

—Necio, majadero, estúpido –barboteó, iracundo, avanzando hacia él —. Cierra tu boca, aplasta tu
aliento o lo haré yo por ti muy gustosamente.
Rojo bizqueó. "¿Por qué le estaba gritando este hombrecillo con perilla?". Se sintió flotar. "Aquí arriba
todos flotamos", pensó, y rió de forma inconexa.
Ares se enfadaba más y más por momentos.

Actia decidió no intervenir. Una puerta... y ahora una ventana. Siempre pasaba lo mismo con estos
diosecillos inestables. Nunca se podía saber por dónde iban a salir, cómo iba a acabar.
Y Rojo, pletórico y espesito, suspiró largamente.

Gabrielle escuchó en su interior la voz de Xena decir "tu bien es mi bien" y a ella misma replicarle a su
vez, y supo en ese momento que abandonar nunca sería una opción a considerar entre ambas. Ya lo
sabía, desde el primer día que la vio en aquel bosque luchar contra los esclavistas que pretendían
llevársela a ella y a las aldeanas; desde sus primeras jornadas juntas, cuando descubrió el
atormentado interior de la guerrera; desde que supo de sus dudas y sus oscuros miedos, de su
debilidad oculta, de su atroz lucha consigo misma.
¿Abandonarla?
Sólo en la muerte lo haría, y ni aún así.
Besó la helada sien de la dormida Xena, la acomodó en la parihuela, buscó hojas para proteger la
castigada piel de sus hombros, ajustó una tea a uno de los extremos de la parihuela, tomó otra en una
de sus manos, se ciñó las correas y emprendió el camino.

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Sólo en la muerte.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 9ª parte.
Autora: Elxena

Ares quiso matar a Rojo, pero trotaba el descarado y ebrio dios por entre los jirones vaporosos del
Olimpo sin muros y Actia, divertida, observaba el infructuoso esfuerzo de un Ares furioso por entre el
celaje de algodón, deseoso de alcanzar la testuz del loco y rebanarla de un certero tajo.

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Actia aún no cantó victoria. Todo y nada podía ser, pues del mismo modo que se hacía y se deshacía,
las cosas podían retornar o acabar. Al fin y al cabo nada había sido trastocado de modo irreversible. La
muchacha rubia tan sólo había tenido noción de unos susurros, de un sentimiento, pero estos, que se
supiera, no alimentaban ni ahuyentaban comas profundos. Admiraba ahora, y sentía a la vez profunda
curiosidad, a la bardo que arrastraba, testaruda e infatigable, lo que ella consideraba una preciada e
insustituible carga. La vio avanzar con dificultad por entre los árboles, apenas el camino iluminado por
el par de teas que había improvisado. Seguía girando su cabeza de vez en cuando para comprobar el
estado de la guerrera, y de buena gana Actia hubiera acabado con todo de una vez. Sintió vergüenza
por el modo en que algunos dioses jugaban con los mortales. Sobretodo con mortales como ésta. El
deseo de Ares parecía tener que ver más con una represalia que con el afán de recuperar a una
guerrera extraviada. Parecía yacer en el fondo una furibunda venganza, unida al anhelo del retorno a
su lado de la Destructora de Naciones. Sintió cierto alivio por haber susurrado la verdad en el último
momento a la bardo en el sueño inducido de la aldea y haber notado en ella al hacerlo un reposo en su
alma agitada. Si todo salía mal, si todo salía de acuerdo a lo planeado por Ares, al menos, pensó, una
de las dos Gabrielle habría muerto en paz.
Suspiró profundamente.

Ares había alcanzado a Rojo y le estaba dando una buena tunda con una corona dorada de laurel.

Se incorporó bruscamente, llevándose una mano febril a un pecho agitado. ¿Había soñado? Seguía
apoyada en aquel árbol, la espada a sus pies, los recuerdos a flor de piel.
Inspiró profundamente.

Sintió una fuerza inusitada, pero no provenía de ella. Irguió su barbilla al viento, confusa.
Una luz en su interior.

Sintió una emoción familiar, un ímpetu conocido. El nombre de alguien susurrado a su corazón.

Agitó su cabeza. Seguía en aquel bosque, seguía derrotada. No había tomado el camino de la ira y sólo
su pensamiento le daba náuseas. Su ira había sido el cauce utilizado (no sabía quién, no sabía por
qué) para arrebatarle la vida a Gabrielle y no quedaba desde entonces en su alma ni un ápice de ella.
Sólo quería enterrarla, y enterrarse ella misma, lo más profundo posible. Intuía que la oscuridad que
anidaba en su alma había sido utilizada de algún modo contra quien más quería y no deseaba más que
desterrar de sí cualquier vestigio que se la recordara.
Otra vez. La luz.

Ahogó un grito. Presionó su frente con las yemas de sus dedos y se levantó como un resorte sin saber
por qué. Giró su cabeza a la derecha, giró su cabeza a la izquierda, hizo un gesto brusco con la mano
hacia la nada. Se notaba agitada, incluso nerviosa, sin saber de dónde o cómo habían nacido en ella
esas emociones.
"Busca".
—Qué... –giró sobre sí misma. Los árboles parecían susurrar.
Volvió a sentir esa fuerza que sabía no provenía de ella, pero que reconocía familiar. Gabrielle.
—Gabrielle... –musitó.
La luz en su interior.
Sonrió, por segunda vez en un año de dolor, pues al fin había comprendido.
"No por mí".

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Lo había cumplido. No había hecho de ella su excusa, no la había condenado al lodazal de dolor en el
que se revolcaba el espíritu de Lyceus. Había mantenido su palabra. ¿Se la llegó a dar? Gabrielle no
padecería por sus actos más allá de su muerte, Gabrielle no se reuniría con Lyceus en aquel averno de
horror. Susurró de nuevo una petición de perdón dirigida a su hermano menor. No era la primera vez
que lo hacía, no era la primera vez que volvía su pensamiento a la condena que debía padecer Lyceus
en aquel lugar de pesadilla. ¿Recordaba? ¿Lo estaba recordando todo?
Tesón. Fuerza. Devoción.

Xena se agitó con la nueva oleada de emociones que parecían llegarle desde el exterior de su alma.
¿Qué era todo aquello?
Algo estaba pasando.
La luz.

Escuchó rumores de caballos en la lejanía.

Gabrielle recuperó el conocimiento y deseó no haberlo hecho. Le dolía todo, absolutamente todo,
desde la punta de los pies a la raíz del cabello. Debía haberse desmayado de puro cansancio al rayar el
alba, no recordaba siquiera cómo había llegado hasta el claro donde se encontraba caída de bruces.
Con un ahogo se giró, buscando a Xena. Estaba en la parihuela. Se deshizo de las correas y se acercó
a ella. Estaba rota de dolor pero hizo un esfuerzo y comprobó el corazón de su amiga. Seguía
desacelerado, moroso, como si se tuviera que replantear a cada latido dar el siguiente. El cuerpo de
Xena era una sombra de lo que había sido. Gabrielle no sabía cuánto más aguantaría sin alimento ni
apenas agua. Pero era cabezota, testaruda, y seguiría adelante. Con tesón, con la poca fuerza que le
quedara, por ella. La miró. Descansaría un rato y volvería a emprender la marcha cuando lograra
acompasar su respiración al bombeo de su corazón. No pararía hasta salir de ese bosque, hasta
encontrar a un sanador, hasta ver abrir los ojos a Xena. Costase lo que costase.
Fue entonces cuando escuchó el pesado trote de unos caballos acercarse a toda velocidad.

—¡Ares! –el tono de Actia era de sorpresa y furia, mientras señalaba al grupo bajuun que
desembocaba al galope en el claro del bosque donde se hallaban Gabrielle y Xena en Realidad —. No
puedes hacerlo. No debes intervenir.
Ares le mostró los dientes en una cruel sonrisa.

—¿Por qué no habría de hacerlo? –dijo —. Rojo trastocó el plan con su estúpida borrachera. Lo que yo
haga o deje de hacer no te incumbe.
—No lo hagas, Ares, tu palabra...
—¡Mi palabra soy yo! –le atajó él —Y yo ahora digo que esto sea así.

Actia vio cómo el grupo esclavista, convocado sin duda por Ares, cerraba el círculo en torno a las dos
mujeres en el claro y cómo Gabrielle se levantaba pesadamente, agarrando torpe pero firmemente la
espada de Xena con las dos manos.
—¡No! –Actia se acercó a Ares, furiosa. "No ahora que estaba a punto de conseguirlo. No ahora que
Xena parecía haber conectado con la Gabrielle real a través de los muros sin materia de la irrealidad, a
través de los sentimientos".
—Sí –replicó Ares, deteniéndola con un gesto de su mano —. Ahora la abandonará, conocerá el miedo
y Xena será mía.
Actia irguió su barbilla, desafiante.
—Has cometido un grave error.

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—Sólo la queremos a ella –el que parecía el cabecilla del grupo señaló con un sucio dedo a la
inconsciente Xena —. Tú puedes irte.
Gabrielle lo miró sin pestañear.

—No –dijo con firmeza, si bien una pesada bola de hierro parecía haber anidado contra su estómago.

Un par de esbirros rieron. El jefe los acalló con un gesto. Se inclinó en su caballo y apretó los dientes.

—Sólo te lo diré una vez más, pequeña estúpida –señaló a Xena —. Esa guerrera es nuestra. Y tú
puedes irte. No hagas que me arrepienta de ello.

Gabrielle dirigió una rápida mirada al cuerpo inerte de Xena, aferró con más fuerza la espada y centró
toda su atención en el cabecilla.
—No.

El guerrero sonrió lobunamente.
—Sea –y espoleó su caballo.

—La matará, Ares —dijo Actia —y tú habrás pervertido tu palabra.

—El mortal me obedecerá –dijo el dios, irritado —. Sólo debe asustarla.
—Ella permanecerá al lado de tu guerrera, Ares, no la abandonará.
Ares se revolvió.

—¡Lo hará! –rugió —. Los mortales son débiles, temerá ver la muerte tan cerca.

—Ya la ha visto otras veces –replicó Actia —. Y sí, la teme, lo leo en su corazón, y sí, los mortales son
débiles, pero recuerda que también a veces tan vigorosos en su empeño que tronos invencibles han
caído a sus pies. En ese estado son capaces de cualquier cosa y tú deberías saberlo. Esta muchacha
teme la muerte, su muerte, pero no tanto como otra muerte.
—La de Xena –adivinó, despectivo, Ares.

—La de su amiga, sí. Ares, has forzado tu propia conjura y ese ha sido tu error.
—¿Osas acaso amenazarme?

—No, Ares, tú eres tu propia amenaza. Tu propio aliento consume tu interior, quizás ni siquiera seas
consciente de cómo y por qué es así. Por ello eres el dios de la guerra, el turbador de la paz, tus
sueños son pesadillas y tus anhelos terror. Todo lo que hay en ti es sangre, sangre ajena, vertida por
tu ira. Tus acciones te destruirán, Ares.
—Yo soy un dios –pronunció él lentamente, recalcando cada palabra.
—Y yo una diosa –replicó Actia serenamente.
Y, alzando la palma de su mano, susurró al viento.
Ares adivinó demasiado tarde sus intenciones y para cuando reaccionó, la diosa Azul ya se había
evaporado.

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El cabecilla del grupo la golpeó violentamente con la planta del pie en la cabeza, sin que ella pudiera
evitarlo. La pesada espada que con tanta fuerza pretendía sostener cayó de sus manos como una
pluma. Sintió un fogonazo en el centro del impacto y, por un momento, sólo pudo sentir calor, un
doloroso calor que se expandía por toda su cabeza. El golpe había sido severo y notaba la sangre fluir
de su ceja. Estaba aturdida y todavía le rechinaban los dientes. Parpadeó con fuerza para despejar sus
ojos de las súbitas lágrimas que el dolor había hecho aflorar en ellos. Se incorporó, pues el golpe le
había hecho doblar las rodillas. De su alrededor le llegaba el sordo rumor de los caballos inquietos y a
los bajuun (había reconocido sus enseñas) solazándose. Miró a Xena. No la habían tocado. Recogió la
espada, temblándole la mano al hacerlo, y volvió a blandirla frente a sí, apuntando en dirección al jefe
bajuun. Éste rió.
—¡Por todos los demonios del Inframundo! –se dirigió a sus hombres, divertido —¡La pequeña se
atreve a desafiarme!

Gabrielle no le replicó. Quería concentrar sus escasas fuerzas en hacer frente al próximo ataque.
Volvió a dirigir su mirada hacia Xena. Hubiese querido...

La luz.

Un susurro.

Xena, por fin, halló.

"Busca", e había dicho Gabrielle, y ella no sabido hacerlo.>

No debía buscar fuera dentro. No debía buscar en tierras, valles, caminos ni lugares, sino... en ella.
La luz y el susurro.

La fuerza que sintió era la de Gabrielle, lo sabía, la reconocía. Esa luz en su interior era la devoción de
Gabrielle... y su propia devoción.
Recordó a un gato obeso, los recuerdos eran como una bruma que se despejaba lentamente, ¿un gato
obeso?, su ceguera, sus oídos sin vida, su mirada interior. Lo que allí encontró. Por qué se sintió
irracionalmente feliz, por qué Gabrielle era tan importante para ella. Un aluvión de reconocimiento la
inundó. Reconoció en Gabrielle a sí misma, a sí misma en Gabrielle. Supo que ella era el aliento de sus
actos, el impulso de su camino. Buscaba siempre su mirada de forma inconsciente tras una
escaramuza, tras una decisión, y encontraba en ella la aprobación, la confirmación de su permanencia
a su lado y entonces Xena notaba un relax imperceptible en su alma, un nudo menos, una espina
desclavada.

Comprendió ahora que la mirada de Gabrielle siempre estaba allí cuando la buscaba, como si la
esperara, como si adivinara su necesidad, su ansiedad, y esos ojos verdes jamás, nunca, la juzgaron o
reprobaron, también lo comprendió ahora, porque, bien o mal, acertada o no, ella siempre estaría a su
lado. Se lo había demostrado una y otra vez.
No había ninguna duda.
La había encontrado.
que

no

fuera

demasiado

tarde.

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Actia
deseó
Que no lo fuera.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 10ª parte.
Autora: Elxena

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Gabrielle escuchó el feo crack y el dolor le sobrevino una milésima de segundo después, un dolor
lacerante, intenso, que atravesó su cuerpo y la hizo caer al suelo aullando de dolor. El mundo giró
velozmente en torno suyo y una violenta arcada sacudió su cuerpo. Se sintió muy débil y a punto de
perder el conocimiento. Apenas sí reparó en el bajuun que se alejaba de ella. La había atacado por la
espalda con un brutal golpe en su pierna. Intentó ver el alcance del golpe, girándose con cuidado. Le
había partido la rodilla. Se sintió desvanecer y apretó con furia los dientes. Los bajuun parecían
haberse olvidado ya de ella, tirada como un guiñapo en la tierra, doblada sobre sí misma, y centraban
toda su atención en Xena. Vio que la abofeteaban un par de veces.
—Dejadla... –consiguió musitar, por encima del dolor y las náuseas — No la toquéis.

Xena percibió un rumor, unas susurrantes palabras articuladas entre una niebla de dolor, palabras que
le llegaron como un susurro y apenas sí pudo descifrarlas..."no la toquéis".
Y, entonces, la luz en su interior.

Actia cerró los ojos, musitando.

Centraban toda su atención en Xena, por lo que no vieron a Gabrielle incorporarse dolorosamente. A
duras penas podía soportar el dolor de su rodilla, el peso de la espada, su propio cuerpo erguido, las
náuseas, el temblor a flor de piel. Pensar en Xena indefensa.

Cojeó hasta donde los bajuun alzaban sin miramientos a la guerrera de la parihuela para subirla a uno
de los caballos.

Echó a correr. Todo lo rápido que pudo, todo lo veloz que supo. El camino guiado por esa luz, por ese
tesón, por esa devoción.

Actia sonrió, dejando de musitar.

—Dejadla –trató de imprimir firmeza a su voz pero no lo consiguió. Trató de levantar la pesada espada
y tampoco lo consiguió.
Cuatro hombres cruzaron a la inconsciente Xena sobre un caballo. Otro se giró hacia ella, sonriendo
con fastidio.
—Pequeño ratón... –escupió, avanzando hacia ella con una daga en su diestra.
Gabrielle se preparó.
Sólo en la muerte.

La luz tornó su color en un azul intenso que bañó su corazón y su entendimiento, se sintió por fin
regresar a una vida que voluntariamente había abandonado en pos de su propio penar y su alma casi
rugió de placer al constatar el regreso a la esperanza. Corría como jamás nunca lo había hecho, como
jamás nunca pensó que podría hacerlo, guiada su consciencia por esa luz ahora añil que no tenía más
que un nombre.

—¡Gabrielle! –gritó y, al tiempo, una cegadora luz barrió las formas arbóreas del entorno y trastocó el
mundo inducido, aquel en el que, sin saberlo, había habitado durante lo que creía un año como un
alma en pena, purgando su aflicción, su lamento, su imposible crimen, llorando una pérdida que jamás
había tenido lugar y que jamás, juró, tendría lugar.
Porque la había encontrado.
Una cegadora luz azul se expandió tras ella y surgió concentrada en un látigo luminoso desde lo
profundo del bosque, una estría de color que silbó sobre sus cabezas e impactó de lleno en el cuerpo
de Xena, derribándolo violentamente.
—¡Xena! –gritó Gabrielle.
El bajuun que estaba a punto de atacarla se revolvió. Jirones de un intenso azul flotaban por todo el
claro.

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Un profundo silencio.

Los esclavistas se miraron los unos a los otros.

—¡Qué demonios...! –empezó a exclamar el jefe, exclamación que quedó abruptamente cortada
cuando...
—Xena... –musitó Gabrielle, abriendo los ojos como platos.
...se incorporó del suelo, agitando su cabeza.

En el Olimpo, dos líneas paralelas se fundieron en una sola con un siseo, cerrándose de este modo los
espacios abiertos en el celaje divino.
Ares apretó con furia los puños y su ira se expandió como una burbuja demoníaca que asoló campos
de labranza y espíritus volubles, asustó a infantes y removió viejas heridas en viejos guerreros.

Rojo dormitaba su borrachera en una esquina del Tiempo, agazapado tras dos siglos de locura y un par
de años de demencia desgarrada.

Xena sobrepuso su instinto a su confusión y dejó para más adelante las preguntas cuyas respuestas
ansiaba como agua un sediento, y así se incorporó de un salto, flexionando sus músculos, que halló
dolorosamente agarrotados, y alertando sus sentidos, que halló adormecidos. Rotó 180 grados para
evaluar el lugar, la situación... y a punto estuvo de ver su ímpetu desfallecer cuando la vio.
—Gabrielle... –articuló, notando su voz rota, seca, triste.

A unos quince metros de ella, pálida, los ojos como platos. Herida.

Inspiró dolorosamente, el corazón desbocado en un latido perdido que tardó en recuperar toda una
vida, cuando todos sus deseos, el único, fue correr hacia ella, pero...
—¡Cogedla! –bramó el jefe bajuun.
... no pudo.

Le costó arrancar su mirada de la de Gabrielle y se encontró con que media docena de mercenarios
avanzaban hacia ella. "Bajuun", pensó, reconociendo la enseña que portaban, y un recuerdo ahora
lejano e impreciso que no llegó a cuajar la invadió. Lo apartó de su pensamiento y tanteó su espalda
en un acto reflejo, pero no halló allí su familiar espada. Ni siquiera llevaba armadura. Miró a Gabrielle.
La espada trazó un arco de duración agónica para ambas a través de los quince metros que las
separaban, lanzada por Gabrielle. Hasta que la empuñadura halló la mano de su dueña y ésta gruñó
con satisfacción al encajar sus dedos en torno al familiar puño metálico. La hizo girar es aspa frente a
sí, en un veloz movimiento que detuvo momentáneamente a sus agresores, ahora más cautos al verla
armada.
—¡Cogedla he dicho! –rugió el jefe —O vuestra piel adornará mi tienda.
Los gritos de guerra se confundieron con el entrechocar de los primeros envites, los susurros de las
botas contra el suelo, los golpes sordos de la carne contra la carne, el chillido agudo del herido.
Xena cortó, pateó, saltó, hirió y esquivó. Forzó su cuerpo y su disciplina al máximo, al límite del
desfallecimiento, pues había notado el anquilosamiento de sus músculos y la torpeza de sus
movimientos, como si su cuerpo hubiera despertado de un largo letargo de inactividad, y quería forzar
el enfrentamiento para acabar cuanto antes, si podía, pues más allá de un período de tiempo
prolongado no creía poder resistir, débil como su sangre navegaba por sus venas. Sin embargo, ni un
solo momento mientras tanto dejó de pensar, en un pequeño rincón de su mente, en la presencia de
Gabrielle que se había arrastrado cojeando, a una indicación suya, para cobijarse junto a un gran
árbol.

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Diezmó, con mejor o peor suerte, uno a uno a sus atacantes, sus músculos tensos hasta el dolor, su
aliento entrecortado, el cuero de su traje empapado de su propia transpiración y de la sangre de sus
oponentes. No tuvo noción del tiempo transcurrido, pero supo que todo estaba a punto de acabar
cuando uno de los bajuun, en vez de avanzar hacia ella, retrocedió y otro, indeciso, no levantó a
tiempo su hierro para defenderse y pereció con el pecho atravesado. Un par más, directamente,
corrieron hacia sus caballos.
Xena paseó una arrogante mirada sobre los tres que aún quedaban en pie y eso fue suficiente, para su
alivio. Se hallaba al límite.

Ya sólo quedaba el cabecilla del grupo, que plantó su caballo a escasos metros de ella, atravesando
una furibunda mirada a los tres últimos de los suyos que galopaban a la escapada, para después
dejarla descansar en los ojos de Xena. Le apuntó con su espada.
—Luchas con arrojo, con nobleza y valor pero, ¿sabes una cosa? –le mostró una feroz sonrisa —No
todos lo hacemos.
Y, en un súbito giro, enfiló su caballo hacia su trasera.
Hacia Gabrielle.

Xena vio cómo, en una milésima de segundo, una flecha saltaba disparada desde la ballesta que
empuñaba el jefe esclavista y avanzaba mortalmente hacia Gabrielle.
Lanzó su chakram recuperado medio segundo tarde. No logró su objetivo.
Eso lo hizo Ares.

Atónito, el bajuun vio cómo su flecha desviaba su rumbo abruptamente y acababa estrellada y partida
en dos contra un árbol. Fue suficiente para él notar los rápidos pasos de Xena corriendo hacia su
posición. Espoleó a su caballo con rudeza y, sin mirar atrás, abandonó el claro con un grito de rabia.
Xena llegó casi hasta Gabrielle, pero todavía no pudo acercarse a ella. Ares, imponente, se interponía
en su camino.

—¡Tú! –exclamó Xena, al tiempo que hacía un gesto con la mano a Gabrielle para que permaneciera en
su sitio, viendo que ésta intentaba incorporarse. Centró su atención en el dios de la guerra —¿Por qué
lo has hecho? –Xena notó en él un fiero palpitar, un enojo ilimitado.
El dios curvó sus labios.

—Pequeños ratones entrometidos, grandes guerreras redimidas –casi escupió la frase, vapuleando
cada palabra —. Su devoción –y señaló a Gabrielle —... atravesó tu delirio e hizo añicos mi deseo,
Xena. Anhelo tu regreso a mi diestra, pero ni siquiera a los hijos del Olimpo nos sonríe eternamente la
fortuna. Ella ha vencido otra vez. Pero habrá otras.
Y, con un destello fugaz, desapareció.

Xena parpadeó, confusa. "¿Qué había sido esa retahíla?!". Agitó su cabeza. Demasiados hechos
extraños, demasiados interrogantes, demasiadas preguntas...
—Xena...
Gabrielle musitó su nombre, ahogada la voz por la emoción y el dolor. Xena la miró. Todo el cansancio,
toda la confusión. Toda la alegría. Se olvidó de Ares y su absurda parrafada y se acercó rápidamente a
la bardo, tendida junto al árbol. Cuando llegó a su lado sus rodillas le traicionaron, flaqueando, y esto
le hizo caer rodilla en suelo frente a Gabrielle. Se miraron intensamente. Ninguna de las dos lo supo,
pero a partir de ese momento Xena empezó a olvidar lo que había vivido en la pesadilla inducida por el
dios demente, y los escasos residuos que pudieron poblar su subconsciente, hallados esporádicamente
por destellos de vaga e imprecisa reminiscencia, fueron relegados a la región de lo perdido, sin que
ella nada pudiera hacer.El bosque umbrío, por no recordado, jamás había existido.
—Gabrielle –musitó una Xena con un cuerpo agotado, consumido y herido, pero con un alma pletórica,
luminosa de un inexplicable campaneo que la hacía sentirse irracionalmente feliz.
Gabrielle ahogó un sollozo y extendió sus dedos hacia la cara de Xena. Esta vez la guerrera no se
apartó, como era su costumbre, y dejó que la joven trazara una caricia, atrapando ella misma su
pequeña mano entre las suyas.

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—Creí que... tú... –dijo Gabrielle —... no despertarías. Yo...
Xena acarició la mano de Gabrielle y la hizo callar.

—Sea como sea, ya pasó –le dijo —No has de preocuparte, se acabó.

No sabía por qué, no sabía cómo, pero de nuevo Gabrielle estaba allí. Sintió un intenso júbilo en todos
y cada uno de los rincones de su ser, un alborozo tal de sus emociones que temió estallar en los mil
colores de su rastro. No podía apartar su mirada de la de Gabrielle, no podía siquiera hablar. Aún su
mente retenía la razón de su alegría, aún el manto del olvido no había embozado del todo el por qué
de su gozo, y pudo así regocijarse, durante escaso pero insondable tiempo, de la verdad que
acaparaba sin palabras su corazón, su interior. Después, más tarde, diluida entre las sombras la
pesadilla y su certeza, restó en ella el poso de la única verdad, y a partir de ella construyó su
sentimiento.
Gabrielle, por su parte, derivaba su mirada entre los azules ojos y el rostro demacrado, la piel
marchita, el agotamiento de los músculos de Xena, y si extraño había sido el mal que había arrebatado
su consciencia, más singular aún era la súbita recuperación, pues no aventuraba a comprender la
razón del instantáneo despertar y menos aún la de la súbita y férrea fuerza que le había permitido
luchar como lo había hecho.
—Tu rodilla, Gabrielle –le oyó decir, pero no supo que se refería a su rodilla hasta que no se la rozó
con la yema de sus dedos, haciendo que respingara de dolor —... Por todos los dioses... –se lamentó
Xena, mirándola —. Hay que devolver este hueso a su sitio.
Gabrielle asintió, sin dudar. Xena sonrió con un gesto suave. Le acercó una pequeña rama para que la
mordiera.
—Sólo será un momento –dijo Xena.

Gabrielle volvió a asentir confiadamente. Xena situó sus manos donde pudiera ejercer la presión
adecuada y miró a Gabrielle. Esta le sonrió levemente y se llevó la ramita a la boca. Xena le devolvió
la sonrisa y presionó con un movimiento seco y preciso. El agudo dolor impulsó hacia atrás a Gabrielle,
pero no perdió el conocimiento. Rápidamente y con destreza, Xena ajustó una recia rama a la pierna
de Gabrielle y la fijó con jirones de tela arrancados de los ropajes de un bajuun muerto.

—¿Mejor? –preguntó Xena, tras acomodarla contra el árbol.

El rostro de Gabrielle estaba pálido, pero su mirada era firme.
—Mucho mejor... ahora que has despertado.
Xena le sonrió.

—Me refería a tu rodilla.

—Estaré bien, no te preocupes.
Ambas se quedaron en silencio.
—¿Qué pasó? –musitó Gabrielle.
Xena dibujó un gesto de desconcierto.
—No lo sé, estoy algo confusa —pasó su mano por su sien derecha. Pareció caer en la cuenta de algo,
como si hubiera estado pensando en ello hasta ese momento y ahora no pudiera nombrarlo. Frunció el
ceño —. Tengo recuerdos borrosos, más bien sensaciones. Lo último que recuerdo fue subir a Argo y...
ya está –extendió la palma de la mano, impotente.
Gabrielle dibujó una sonrisa cansada.
—Los dioses deben estar locos –dijo, sin saber ciertamente por qué.
Xena asintió pesadamente.

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—Eso debe ser... –y pensó en Ares y su confusa retahíla.

Ares enfrentó a Actia quien, serena, aguantó su mirada.
No hubo palabras.

Ares le señaló con su dedo índice, amenazador, pero Actia sabía que no haría nada. En el fondo, Ares
era un tahúr nato. Le gustaba el juego, pero también la trampa. Le gustaban los desafíos. Por eso no
deshizo la inmortalidad de la diosa Azul con la supremacía de su privilegio como dios mayor. Intuía la
intervención de la diosa serena. Sabía que su susurro había ayudado a Xena en la pesadilla inducida,
sabía que Actia había enviado los sentimientos de Gabrielle hacia el corazón marchito de la guerrera
perdida, abriéndole el camino hacia Realidad. Sin embargo, nada hizo. Quería seguir jugando.

Se lo dijo a Xena. Habría más ocasiones.

Y, además, Zeus prohibía aniquilar a cualquier tipo de dios.
Por muy menor que fuera.

Actia las vio partir. La parihuela servía ahora a Gabrielle. Argo, simplemente, había aparecido tan
súbitamente como se había evaporado y Gabrielle se limitó a repetir su sentencia acerca del divino
desequilibrio mental.
Después de eso, Azul se transmutó en un susurro y vagó feliz por entre las copas de los árboles, la
superficie de los arroyos y las simas de las montañas.
Se reconcilió con su divina condición.

A veces no era tan malo ser una diosa.

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A LOS OJOS DE UN DIOS BORRACHO. 11ª parte.
Autora: Elxena

El fuego crepitaba con minúsculos estallidos, dorando con su luz apenas un par de metros alrededor
suyo. Acababan de abandonar la aldea donde el sanador no había podido hacer más que elogiar el
trabajo de Xena con la rodilla de Gabrielle. Procuró, eso sí, un remedio para la herida de la pierna
izquierda de Xena, herida que, según propia expresión de Gabrielle ante el requerimiento de Xena
acerca de su origen, había sido hecha por " bichitos asquerosos de esos que pululan por los bosques".

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No habían podido hablar mucho de lo que había sucedido, pero no por falta de ocasión, sino por puro y
simple desconocimiento.
Porque antes de salir de aquel claro Xena había olvidado ya por completo todo lo acontecido en el
sueño inducido, sin llegar a saber siquiera que lo había sido, borrado de su memoria todo rastro del
infeliz e irreal año como infausta asesina de aquello que más amaba, borrado todo rastro del triste y
vencido despojo de sí misma en su abandono.

Sólo quedaban vagas sensaciones, susurros inconexos en su alma que le hablaban de dignidad,
devoción, miedo, remordimientos, ira, dolor, vulnerabilidad... un manojo de emociones que le
confundían... pero que desaparecían con tan sólo mirar a Gabrielle.
"La llave de todas tus cárceles".

Sintió una súbita quemazón en su interior. Esa extraña frase que su mente construía, cuando sabía que
ella jamás la había escuchado ni pronunciado.
El fuego crepitaba.

Había acomodado a Gabrielle junto a la lumbre, había incluso condimentado para ella una pequeña
liebre. "No seas boba, Gabrielle" –le había dicho al ver la perplejidad dibujada en su rostro —. "Sé
cocinar alimentos perfectamente. ¿Acaso crees que en mi condición de guerrera no hube de procurar
mi comida y mi condimento lejos de un cocinero? No te enfades pero, dime si me equivoco cuando digo
que cualquiera prefiere alejarse de la engorrosa tarea de la lumbre, ¿no? Y, además, tu cocina es
exquisita". Gabrielle sólo aceptó su confesión ("¡por todos los dioses, Xena1 He cocinado para las dos,
dada tu pretendida torpeza con el fogón, ¿y ahora me sales con esto?") cuando Xena prometió, bajo
solemne promesa, que ella se encargaría de la lumbre y el guiso "por los tiempos de los tiempos".

Xena se sentía... serena, sentimiento absolutamente inaudito en alguien como ella. La ira había nacido
en su ser desde aquel ataque a su aldea, desde la muerte de Lyceus, desde la traición de César, y
desde entonces la progresión de esa cólera había crecido en ella como hiedra venenosa que halla el
alimento en su propio aliento. Sabía que estaba cansada. Mucho. Y que su cuerpo tardaba ahora en
responder, lejos de la felina respuesta de antes de esa incomprensible inconsciencia suya. Tampoco ella
se explicaba de dónde o cómo pudo sacar la fuerza para enfrentarse como lo hizo a los bajuun en aquel
claro, ni mucho menos acertaba a explicarle a Gabrielle, pese a su insistencia,la razón de su súbito
despertar. Gabrielle le había hablado de un resplandor azulado, pero Xena había encogido sus
hombros, "mucho hay en este mundo que desconocemos, Gabrielle", y se había limitado a aceptar el
misterio como aceptaba casi todo lo que pasaba en su vida. Estaba allí y eso era todo.

Su serenidad iba acompañada de un sentimiento cuasi doloroso que le ponía al borde del desasosiego.
Había echado mucho de menos a Gabrielle, mucho, y no sabía explicárselo a sí misma y mucho menos
a Gabrielle, por lo que no compartió con ella esa sensación. El desasosiego provenía de su confusión,
pues notaba que ese extrañamiento había sido profundo y... total, como si el alejamiento hubiera
tomado los tintes de lo definitivo. Eso la confundía totalmente, porque... ¿cuándo la había echado de
menos, cómo, por qué? ¿En su letargo sin sueño, en esa inconsciencia extraña que la había postrado?
No recordaba nada. Sólo... nada.

Gabrielle, por su parte, poco más le podía decir, pues tampoco ella recordaba sus propios jirones
inducidos, su papel tristemente protagonista en la peripecia de Xena. Al fin y al cabo, había sido la
pesadilla de Xena, el castigo a Xena, su penitencia. El escaso instante en que todo lo supo, susurrada la
verdad en el color del mar, ya no formaba parte de ella, ya no le pertenecía. Su propia muerte, su
último conocimiento del plan de Ares, volaba ya camino de lo perdido, y sólo fue suyo mientras fue una
muchacha agonizante, herida por su mejor amiga. Ahora, en esta realidad de todos los días que
siempre había sido, volvía a ser completamente Gabrielle, aldeana de Poteidea, compañera de Xena
guerrera de Amphípolis, bardo ocasional y vocacional, mitad de un todo que sólo junto a la otra
quedaba completo. Así era feliz, lo sentía y lo intuía. Porque muchas veces el respaldo de sus
emociones lo obtenía con una simple mirada, que venía sobre ella o ella dirigía, y sabía que todo estaba
bien, mientras la realidad que siempre había sido fuera como era, mientras siguiera saliendo el sol... y
ambas siguieran juntas. Jamás lo podría expresar con palabras, no al menos ahora y aquí, pero yacía
en su interior, reposando no por cansancio, sino por serenidad, pues nada temería... mientras siguieran
juntas.
Así pues nada que no fuera la realidad que siempre había sido recordaba y sólo pudo relatar
sucintamente a Xena los hechos desde que ésta cayó pesadamente de Argo, y Xena adivinó más allá de
sus palabras, pues había visto las llagas en su piel, las feas rozaduras que empezaban a sanar. Su
rodilla.

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Sintió entonces una profunda admiración, una pulgada más allá de la que ya sentía por la bardo,
medida que la llevó súbita y ferozmente al camino de otro sentimiento hermanado con aquel, un afecto
extremo cuyo nombre la aturdió y vulneró, golpeándola como ola que encuentra su dique
desprevenido. Brotó este afecto limpio y rápido, como si agazapado hubiera estado hasta encontrar su
oportunidad, y no pudo por menos que sentirse débil y fuerte, plena y vacía. Miró entonces a Gabrielle
a la luz de la lumbre y se detuvo en las facciones de un rostro que empezaba a dejar atrás el filo suave
de la adolescencia. Gabrielle había crecido, se había hecho más fuerte... y lo había hecho por ella. La
había arrastrado hasta la extenuación, sin importarle el miedo ni la noche de lo desconocido,
intentando protegerla (a ella, la guerrera) de infames que la doblaban en furia y fuerza, arriesgando
con ello su vida, todo lo que tenía.
Su pecho ahogó un vahído y frunció el ceño ante el arrebato de su propio cuerpo, recriminándose la
debilidad de su descontrol. Gabrielle la miró en ese momento y entonces su alma dijo que sí a lo que
siempre había dicho que no, y las palabras de sus sentimientos los tuvo que escuchar una y otra vez,
porque no lograron ya callar lo que tanto tiempo habían querido decir.
"No por mí".

El pensamiento brotó por sorpresa dentro de ella y de igual modo desapareció, dejándola si cabe aún
más confusa, pues había sido la voz de Gabrielle quien lo había formulado y no recordaba, tampoco en
esta ocasión, habérselo oído decir. Todo convergía en ella, Gabrielle. Esas frases que aleteaban en su
mente sin saber de dónde, cómo, por qué, quién. La voz de sus sentimientos.
—¿Estás bien? –la voz de Gabrielle. No en su cabeza.

Tuvo que hacer un esfuerzo para contestarle sin que le temblara la voz.
—No es nada, Gabrielle –le sonrió.

Se acercó a ella y se acomodó a su lado. Comprobó la tablilla de su pierna y hubiera dado lo que fuera
por tener cien y una cosas más que comprobar, pues temía a las palabras que sus sentimientos
vociferaban sin descanso y deseaba la distracción de los hechos para ocultar la desazón de su alma.
—Está bien, Xena –oyó decir a Gabrielle, con el tono paciente de quien ha tenido que decir eso mismo
muchas veces antes.

—Sólo me aseguraba... –chasqueó los labios —Deberíamos habernos quedado en la aldea hasta que
sanaras del todo —se reprochó Xena.

—¿Dónde quedó tu espíritu aventurero, princesa? –dijo Gabrielle con viveza, enfatizando la última
palabra y sonriendo pícaramente.
Xena entrecerró los ojos, en un remedo de enfado.

—Acabaré colgándote de las copas de los árboles, mi joven bardo –gruñó, sin atisbo alguno de
malhumor —... A cachitos.
Gabrielle rió suavemente y Xena agradeció el silencio que vino a continuación. Debía serenarse, porque
no lo estaba en absoluto. Había un nombre en sus labios que su voz deseaba pronunciar sin descanso,
pero sabía que no debía hacerlo y habría de condenarlo al silencio. Lamentó su felicidad, pues ya sabía
lo que vendría después. La completa renuncia. Ahora que le había dado un nombre a aquello que jamás
se había atrevido a considerar, debía sepultarlo profundamente, cercenarlo de raíz, pues su pasado, su
incierto futuro y ella misma, acabarían devorándolo sin piedad.
No podía amar aquello que podía destruir. No podía permitirse el lujo de mantener a Gabrielle a su
lado, ahora lo veía claro. Acabaría destruyéndola, cambiándola. Conocía su alma, el oscuro pozo sin
fondo, y sabía que todavía no estaba en paz, que todavía se arrastraba en busca de la redención, y que
ese camino era siniestro, pues aunque lo hacía a través del bien, seguía existiendo intacta en ella la
capacidad de matar, la sed de la sangre. Mataba la maldad en otros para redimir la suya propia y no
estaba muy segura de que aquello no fuera una espiral infernal que acabaría atrapándola en una
telaraña de excusas. Iba a continuar durante mucho tiempo más por los caminos, y ella, y sólo ella,
sabía que así sería hasta el final. No podía detenerse porque, si lo hacía, empezarían las preguntas, sus
propias preguntas, y acabaría sabiendo la única verdad: que jamás habría redención, nunca, pues el
pasado era inamovible para ella. Sintió un absoluto vacío bajo su piel y gimió. "Por todos los dioses",
gritó en silencio, "por todos los dioses, Xena,¿ qué has hecho de ti?".

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—Estás temblando... –notó la calidez de la mano de Gabrielle sobre su brazo, antes que oyó su voz —
¿Te ocurre algo?
Habían pasado mil años y ahora era mucho más vieja. Había logrado acallar la alegre voz que, tan sólo
unos instantes antes, le gritaba un único nombre y la hacía feliz; había logrado aplastar con la amarga
bota de la realidad su ilusión y su esperanza. Ahora ya estaba todo bien, como debía ser. No había más
que una única realidad. Ella había sido Xena, la Destructora de Naciones, una sanguinaria y despiadada
asesina que había conducido sus ejércitos en pos de la inocencia, para aniquilarla. Ahora sí se cerraba
el círculo maldito de su castigo. Esa inocencia había aparecido en su vida para mostrarle la magnitud
de su daño, todo aquello que alguna vez había destruido llevaba el rostro y el nombre de Gabrielle, no
hubiera habido otro modo más doloroso y certero de hacérselo ver. Había matado a cientos de
Gabrielle y ahora esa inocencia había retornado para que comprendiera, para que viera, para que
supiera.
Y, una vez que lo había comprendido, ya nada quedaba. Sólo la dolorosa certeza.
—¿Xena?

La dolorosa certeza de lo que había hecho y a quién. A gente como Gabrielle, a gente que nada le hizo
para merecer su ira, aldeanas y aldeanos que murieron por su espada, que vieron truncados su futuro,
por ella.
—Xena, por favor.

Escuchaba su ruego y notaba su preocupación. Por ella. Sacudió la cabeza con amargura.
—¿Por qué lloras? –la voz era una dolida súplica.
¿Llorar. ¿Estaba llorando?

Se giró bruscamente hacia ella y notó esa lágrima que había nacido sin saberlo. Ella nunca lloraba y
quiso decirlo, pero lo reconoció absurdo y calló. Gabrielle no apartó sus ojos de ella.

— ¿Sabes qué es lo que, una y otra vez, viene a mí desde que esto sucedió? –le preguntó suavemente
Gabrielle. Xena no contestó, pero siguió mirándola, aferrándose a ella —Un pacto. Un pacto entre las
dos. No podría explicarte su origen, pues sé que nunca lo sellamos con palabras, pero su contenido me
es susurrado a través de sensaciones, como creo que tú también tienes, y no alcanzo a comprender del
todo, y puede que nunca lo haga, qué pasó o dejó de pasar con tu inconsciencia, pero hay una absoluta
convicción en mi interior, Xena, en la cual no hay cabida duda alguna. Jamás te abandonaré. Aún
cuando esté lejos de ti, aún cuando ni siquiera recuerdes ya mi rostro, no lo haré. Podré vivir otra vida
lejos de ti, podré no ser ya la persona que camina junto a ti, pero siempre estaré, por muy
desconocidas que nos haga la vida, por muy lejos que nos separe, siempre recordaré el camino, el
sonido de los cascos de Argo, el timbre de tu voz, el calor de la lumbre y el silencio de la noche. Jamás
olvidaré lo que me has enseñado.
Xena entreabrió los labios, profundamente afectada. Taladró a Gabrielle con su mirada azul y percibió
su miedo. Miedo a no seguir, miedo a que la dejara. Comprendió lo que Gabrielle quería decirle,
debería asustarle esa absoluta conexión entre sus almas, pero, por una vez, no dio un paso atrás y lo
aceptó. De acuerdo, no la apartaría de su lado, no la devolvería a una vida que no quería, ella era tan
libre como ella y dueña de su destino, y de sobra le había demostrado su capacidad para desenvolverse
en el camino. Gabrielle le miraba como la niña que teme perder el regalo de su vida, pero también
como la mujer que aceptaría su pérdida. Quién era ella para procurar su infelicidad. Sólo debía ser más
fuerte, más cauta, menos feliz, más embustera. Lo ocultaría, lo relegaría a lo más profundo de sí,
mentiría a su corazón y lo calmaría con la resignación, ya no escucharía esas voces que le gritaban un
único nombre, o sí, pero no respondería a su requerimiento. Así debía ser. Fuerza para no arrastrar a
Gabrielle hacia la oscuridad,cautela para no forzar una situación violenta e incómoda entre ambas,
infelicidad para darle un nombre a su renuncia yembuste para, siempre, siempre, decir amiga y nunca,
nunca, decir amante. De acuerdo. Inspiró profundamente, dejó que la lágrima muriera en su barbilla y
sonrió, dispuesta a mentir, dispuesta a renunciar. Dispuesta a seguir.

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—¿Un pacto? –le dijo, sepultando la voz, sepultando el nombre, sepultando las preguntas, sepultando
lo que apenas había empezado a nacer —¿Bulle acaso en tu cabeza la idea de cambiar tus pergaminos
por mi espada y tu camisa por mi cuero? –el tono ligero que pasaba de puntillas sobre las palabras de
Gabrielle, para no detenerse en ellas, para no paladearlas y acunarlas en su corazón delante de ella, ya
lo haría después, en su soledad, en su interior. La había oído perfectamente y esas palabras habían
cauterizado su corazón. Nunca nadie, jamás, se había entregado a ella con esa devoción, ni siquiera
aquellos y aquellas que compartieron fugazmente su lecho, quizás porque nunca nadie, jamás, pudo
llegar a saber que bajo la coraza de la guerrera latía un pozo de sentimiento que ella misma se había
ocupado muy bien de estigmatizar y desangrar, relegándolo al cuasi olvido, escupiendo a conciencia
sobre él con cada uno de sus actos, arrancándolo de sí hasta la extenuación. Sin embargo, y para su
propia sorpresa, había logrado sobrevivir a su propia desidia, a todo su odio, al magma de su ira y
suauto flagelo, y ahora había resurgido intacto y doloroso en su esplendor. Ahora. Con ella. Se obligó a
seguir sonriendo —¿Ese tipo de pacto?
Ojalá Gabrielle no hubiera hecho lo que hizo a continuación, ojalá. Esta vez el gesto lo acogió en toda
su magnitud, con otro significado, con la sensación apropiada al nombre de su sentimiento. Lo hizo por
primera y última vez. Gabriellese inclinó hacia ella y, con suavidad, recogió con la yema de su pulgar la
lágrima que había ido a morir a la barbilla de Xena. La miró y la deshizo entre sus dedos, como había
hecho cuando Xena estaba inconsciente.
—Sí, Xena –le respondió, con dulzura, con firmeza, sonriendo tenuemente —. Ese tipo de pacto.

La guerrera asintió. El momento había pasado. No hacía falta decir ni hacer nada más. Gabrielle no la
acompañaría en ese camino, pero sí en todos los demás. Era suficiente para ella y esperaba que
también para la propia Gabrielle. Muy bien, había que seguir. Recogió una ramita del suelo y atizó con
ella el fuego, haciendo que saltaran pequeñas chispas.
—Dime, Gabrielle. Si acaso hubiera un pacto –la miró —, ¿cuál desearías?

Gabrielle frunció el ceño imperceptiblemente. Sabía perfectamente qué pacto sellaría con Xena, pero si
expusiera sus términos de viva voz haría replegarse a la guerrera, pues aún no había logrado horadar
la pétrea coraza que recubría el corazón de Xena. "Poder llegar a tu alma", pensó, "yacunarla; poder
defenderte de ti misma, de todos tus demonios interiores; poder llegar a ti, plenamente".
Pero sólo dijo:

—No lo sé. ¿Cuál querrías tú?

Xena sonrió. Le costó mucho menos de lo que pensaba el decirlo en voz alta:
—No dañarte jamás. A cambio de lo que fuera –sentenció con seguridad.

Gabrielle sintió una cálida oleada. El calor de la lumbre era demasiado intenso o la noche lo estaba
siendo, o lo habían sido los últimos acontecimientos o lo estaba sintiendo ella así. Xena estaba
comportándose de manera singular. Si extraños habían sido los días precedentes, desconcertantes eran
los instantes presentes para ella. Desde que Xena había despertado de su extraño sueño, había
percibido sin descanso un cambio, una corriente subterránea que parecía conectarla, aún más, con ella,
corriente que había ido en aumento e implosionado alrededor del fuego de esta noche. Había habido un
momento, un instante fugaz, en que sus sentidos se habían visto literalmente saturados de una
indescriptible emoción cuyo origen le había sido desconocido pero, en ese mismo instante, había
mirado a Xena, su rostro, su expresión, y supo de dónde y de quién, aunque su razón lo rechazara.
Había sacudido imperceptiblemente su cabeza y entonces la vio. Su lágrima. Y su alma se desgajó y
percibió un dolor intenso y después se fue apagando, amortiguando, como si una madre arropara a su
hija con un manto de olvido y sintió, supo, que estaba perdiendo, que alguien la estaba dejando ir, que
abría su mano para que cayera de ella, y acabó por romperse en mil pedazos, porque no era eso lo que
quería aunque no había sido hecho ni dicho. Y fue entonces cuando el nombre de un pacto le fue
susurrado, azul, y había dicho lo que dijo y era totalmente sincera al hacerlo. Jamás podría olvidar a
Xena, pasase lo que pasase. Y cuando Xena le replicó, supo que la mano había vuelto a cerrarse sobre
ella, acogedora, y dejó de sentir el miedo, más no así el débil rumor de un dolor que aún yacía latente,
pero no en ella. Miró a Xena.
—Tú nunca me haces daño, Xena –susurró —. Nunca. Y sé que nunca me lo harás.
Xena aguantó su mirada.
—Quizás descuidé tu atención, quizás por no hacer más hice menos, quizás tú echas de menos...
Gabrielle la atajó con un gesto.
—Nada hay en esta vida que ahora llevo que no me satisfaga plenamente, Xena. Es una de las pocas
cosas de las que estoy completamente segura.
Xena inspiró. No habría ese camino entre ambas, pero Gabrielle debía, se merecía, saber cuánto le
debía, cuánto significaba para ella.

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—Eres... –titubeó —... un gran bien en mi vida, Gabrielle. Yo... no sabría, ahora, sin ti, qué... –y se
enredó en sus propias palabras, perdida.
— Lo sé –dijo Gabrielle, acercando su mano al brazo de Xena, el brazo donde aún podían verse ligeros
trazos de cicatrices hechas por una daga de triple hoja. El contacto volvió a estremecer a Xena. Era una
ingenua si pensaba que no iba a ser así todas y cada una de las veces que ella le volviera a tocar en el
futuro. Iba a necesitar mucha fuerza, mucha.
—Lo sabes –repitió Xena, sintiéndose aún más perdida.

Los labios de Gabrielle se curvaron en una sonrisa. Xena la imitó al cabo de un instante.

—Pequeña bardo arrogante –musitó, los ojos brillantes, la risa en la garganta. Necesitaba esa ligereza,
necesitaba reír.
—No soy tan pequeña –protestó Gabrielle, también en un susurro.
—Ni arrogante –concedió Xena.

—Pero sí bardo –advirtió Gabrielle.
—Sí, bardo sí –admitió Xena.
Volvió el silencio.

—Pero nunca te lo he dicho –dijo Xena.

—No hacía falta. Tus ojos me hablan –sonrió —. Hasta tu ceja lo hace –dijo con sorna.
—Ya.

—Sé ahora la parte del pacto que querría –dijo Gabrielle.
Xena la miró.

—¿Y es...? –inquirió.

—Tú –dijo sin titubear.
—¿Yo?

—Así es. Tú, tu interior. No me dejes fuera, Xena –pidió.

—No entiendo qué... –pero sí lo entendía y se lo debía. Claudicó y asintió muy lentamente — De
acuerdo, Gabrielle –miró su brazo, cruzado por pequeños cortes —. No más heridas sin nombre. Pero
deberás tener paciencia, no es fácil para mí. Yo no soy fácil.
—Lo sé. Y yo soy muy paciente.
—Sí, debes serlo –curvó una sonrisa —. Por eso creo que no acabaré colgándote de los árboles.
—¿Por muchas princesa que pronuncie?
—Por muchas eso que pronuncies, sí.
Gabrielle torció el gesto y una nube de seriedad nubló su expresión.
—Tuve miedo, Xena. Mucho. Creí que jamás despertarías.
Xena inspiró y asintió lentamente. Posó con suavidad la yema de sus dedos sobre una de las llagas del
hombro de Gabrielle. Magnitud.
—Lo hiciste muy bien.

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—Tú lo hubieras hecho mejor.

—Naturalmente –dijo falsamente arrogante Xena, queriendo ahuyentar la nube oscura de la expresión
de Gabrielle —Al fin y al cabo, soy una eso guerrera, qué te has creído.

Logró arrancar una corta risa de la bardo.
—Xena.
—¿Sí?

—No me dejes nunca.

Ahora fue Xena la que enmudeció y mudó su rostro a la seriedad.
—Por qué habría de hacerlo.

—Por qué no –replicó Gabrielle, alzándose de hombros con humildad.
"Porque eres mi bien".

—Porque... te necesito –susurró.
Gabrielle sonrió levemente.
—¿Tú a mí?

—Ajá... –Xena sonrió —¿Quién si no me arrastraría como una posesa con una parihuela a través de
todos los bosques del mundo conocido si ello fuera necesario?

Y sus risas, aunque suaves, llegaron hasta la esquina del Tiempo, donde un dios inferior, loco y
borracho, despertó... para volver a dormir, saturado de alcohol.

A los ojos de un dios borracho la vida podía ser una y mil o ninguna y nada. Siempre bajo la helada
pátina de la indiferencia de quien nada pierde cuando arriesga y nada teme cuando busca.

Para ellas, sin embargo, esa vida era la única que ambas poseían, una vida llena de riesgos y
búsquedas, miedo y dolor, pero también de dicha y bonanza, de lluvia y sol, de compañía y
comprensión. Sólo había una búsqueda que jamás emprenderían, pero no por temor, sino porque ya
habían hallado aquello que algún día, con anhelo, hubieran buscado de haberlo echado en falta.
Esa búsqueda ya no era necesaria, puesto que ambas, aunque lo ignoraran, se habían encontrado, y un
círculo se había cerrado en el Libro de los Perdidos.
Esa noche, para alguien como Xena, la vida empezaba a tener nombre propio, pese a sus temores.
Para alguien como Gabrielle, simplemente, la tuvo desde el primer momento.
Quedaba mucho camino aún por recorrer.
FIN.

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Esta historia CONTINÚA en TIYAH.

A los ojos de un dios borracho de Elxena

  • 1.
    A L O S OJ O S D E U N D I O S p a r t e . B O R R A C H O . 1 ª Autora: Elxena VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L — "BUSCA". LA LUZ. Una leve brisa barrió suavemente el piso de hojas secas que alfombraba el umbrío bosque. La guerrera presintió la llegada de un nuevo invierno, agazapado tras la leve brisa, pero no sintió emoción alguna en ello. Le daba igual la llegada de ese invierno, de la siguiente primavera, del estío, o del próximo otoño que vendría a sustituir al que ahora moría. Le daban igual las estaciones, el viento, el agua, la tierra, los dioses, los mortales. Su propia vida carecía de importancia. Un rictus amargo torció su gesto y sus ojos se entrecerraron, no queriendo recordar, no queriendo permitírselo, no deseándolo. Temiéndolo. Temió abrir las puertas al dolor, el único sentimiento que todavía le acompañaba, cuando ya sus otras emociones habían cesado bruscamente un día de un invierno como el que ahora se anunciaba, este invierno que antaño deseara, no más, ni menos, que por la excusa de buscar calor en cuerpo amigo. "Amiga". La palabra la golpeó con brusquedad, súbito dolor, y sacudió su cabeza para apartarla de sí, de lo que implicaba, de lo que escondía, de la puerta que abriría tras ella. De su significado. Lanzó una patada al aire, y un remolino de hojas secas danzó sobre sus desgastadas botas de cuero. Inició un gesto fiero e iracundo, y de buen grado se hubiera dejado llevar y podría así haber destrozado ese árbol, ese bosque, este mundo, esta vida. Que ya no le importaban. Ya no gozaba con la promesa de un nuevo día, porque ya no tenía junto a quién cumplirla; ya no disfrutaba con los simples actos, los simples gestos, porque ya no tenía sobre quién prodigarlos o de quién recibirlos. Hubiera deseado ahora no haber sido tan... distante. Hubiera deseado ahora el trazo de sus dedos sobre su mejilla, la mano en su brazo, la cercanía física que siempre le había rehuido. "Amiga". Agitó la cabeza de nuevo. Esa palabra. Esa sensación. Le dolía. Era una palabra afilada, intocable, una herida abierta, una llaga, un oscuro pozo sin fondo al cual asomarse con el terror aleteando en lo más profunda del alma. Esa hermosa palabra que antaño lo había sido, que tan llena de significados había estado, que tanto y tantas cosas habían sugerido, que tanto le había dado, que había tocado su corazón. Hacía tanto tiempo. Un año. Toda una vida. Suspiró con desasosiego. Notaba cómo el aplastante manto de la tristeza empezaba a posarse sobre ella. Una tristeza densa, profunda, insondable, un fiero dolor que laceraba su alma y que se alimentaba, voraz, de aquellos recuerdos que no se permitía tener. Al menos no de forma consciente.
  • 2.
    Porque sabía quehabía soñado con ella. Muchas veces, desde entonces. Alzó bruscamente la cabeza, echándola hacia atrás, dejando escapar un suave gemido surgido desde lo más profundo de su ser. Cerró los ojos con fuerza, consciente del hecho de que de nuevo había permitido abrir las puertas al torrente de dolor que anidaba de forma permanente en su interior, dolorosa intangibilidad que había pasado a formar parte de su ser desde el día que ella murió. Ya está. Estaba alcanzando su punto álgido. El dolor iba en aumento, se convertía poco a poco en algo físico, le aplastaba el pecho, asfixiaba su garganta, como si un fiero diosecillo la atenazara con su garra inmortal. No disponía de la menor barrera de defensa para combatir ese dolor y no la deseaba. Era lo que se merecía. Por seguir viva, por respirar de forma regular, por poder caminar, ver, oler, tocar... cuando ella ya no podía hacerlo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L "Amiga". Una y otra vez. Lo dijo, lo susurró, una y otra vez. Como un castigo, como un látigo azotando su corazón, haciéndolo trizas, obligándose a pronunciar la palabra, una y otra vez, la cabeza enterrada en el pecho, los ojos arrasados por las lágrimas, la mirada perdida en las hojas secas, su mano sujetando con fuerza la espada desenvainada. Podría hacerlo. Una vez más. Podría alzar esa espada y cercenarse con ella el cuello, las venas, la femoral de su muslo, y la sangre empezaría a manar abundantemente, a borbotones, engañándola así porque, cuando ya débil se sintiera, la esperanza de la muerte al fin en su interior brotando como una certeza, volvería a suceder. Cuando su cuerpo, agonizante, débil, vacío de esa sangre derramada, creyera poder traspasar el umbral del Tártaro (pues era ésa, y sólo ésa, la última morada que se merecía. Incluso en la eternidad no podrían estar juntas) entonces, en el último momento, de un plumazo, una risa cruel y errática, pastosa, le devolvería a la vida, secaría su sangre, restañaría su herida. Sólo quedaría una cicatriz, otra más, en su cuerpo ya marcado, mapa de dolor por mano ajena y por la suya propia. No podía morir. No lo entendía, pero así era. Supuso ése su castigo, su penitencia, la sinrazón dentro de la sinrazón. Ya hacía tiempo que había dejado de pensar en ello, de buscar una explicación. Simplemente, se lo merecía. Vivir eternamente con los remordimientos y el recuerdo de lo que había hecho. De súbito, su alma calló. El dolor seguía ahí, agazapado, como siempre, pero esta vez se había retirado pronto, magnánimo. Esta vez sólo había deseado morir una vez más, sólo una. Su cuerpo se resintió del castigo de su alma atormentada. Estaba cansada, muy cansada. Dejó resbalar la espada hacia la tierra húmeda y su cuerpo se reclinó sobre la rugosa superficie de un árbol. No había encendido fuego, no desde entonces. Había llegado a ser un acto tan... íntimo... con ella... que no quería reproducirlo nunca más, porque nunca más volvería a ser lo mismo... sin ella. Su alma gemía, agotada. Estaba demasiado cansada para nada, para moverse, para pensar, hasta para respirar. Se quedó allí, recostada sobre el árbol, viendo anochecer, y no encendió fuego alguno, ni deseó hacerlo, pese al frío, porque le dolía saber que la luz de sus llamas no se reflejaría más que sobre ella; que su rojiza luz no lo haría también sobre el sereno rostro de una muchacha rubia a su lado, siempre a su lado, y que no jugarían los destellos del dios del fuego sobre las líneas de ese rostro y ya ninguna rodilla rozaría la suya y ninguna palabra oiría al calor de la lumbre. Gabrielle sonrió traviesamente y, con un rápido gesto, arrojó la pequeña piedra contra el cuerpo de Xena. La guerrera se giró, intentando mantener la calma. Alzó una ceja. —Gabrielle —le dijo, pausadamente —, si vuelves a hacer eso te degollaré, te trocearé y te colgaré, cachito a cachito, de las copas de todos y cada uno de estos árboles —y, con un gesto, abarcó el perímetro tachonado de árboles centenarios. Gabrielle frunció el ceño, tratando de no reír abiertamente, y miró a su alrededor, estirando el cuello.
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    —¿De veras subiríasahí arriba por mí, Xena? —preguntó, risueña, señalando las copas de los árboles. Silbó con admiración. —Veinte metros nos contemplan, princesa. Xena reprimió un gesto de impaciencia. —Aquí la única princesa que hay eres tú —dijo, apretando los dientes —. No me llames eso o, además de degollarte y trocearte, te daré de comer a los carroñeros. Gabrielle sopló por la comisura de sus labios, apartando así un mechón rebelde que caía sobre sus ojos, al tiempo que alzaba sus manos en son de paz. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Vale, vale —dijo en tono suave —, sólo que... en vez de dar de comer a los carroñeros —suspiró, conciliadora —podrías darme de comer a mí... —y ladeó la cabeza en una cómica súplica. Xena se palmeó el costado con impaciencia. —¡No me lo puedo creer! —dijo, exasperada —Mira, Gabrielle, no sé qué malvado encantamiento se apoderó de tu estómago, pero deberías intentar luchar contra él. –hizo una pausa, remarcando cada palabra: —"con-todas-tus-fuerzas". ¿Entendido? Gabrielle sonrió, mirándola a los ojos. Sólo con ese gesto ya sabía que se había ganado un suculento primer plato. Era vagamente consciente del poder (no, influencia. Poder no era un calificativo apropiado para una relación de amistad), de la influencia que ejercía sobre la guerrera, temida por muchos, odiada por más. Y ella, con una sola mirada, borraba de un plumazo toda resistencia. Xena suspiró. —Venga. —le instó Gabrielle, sabiéndola prácticamente convencida —Así, de paso, curaré esos cortes —y señaló el brazo de Xena, marcado con tres incisiones paralelas que lo atravesaban —. Además — añadió —, no tardará en caer la noche y hará frío y el camino será difícil y lleno de peligros... —Basta —Xena alzó una mano —. Es suficiente –claudicó —. Iré a ver qué encuentro para comer. Tú enciende ese fuego –se giraba ya para adentrarse entre los árboles cuando se detuvo, mostrando su brazo —. Y mi brazo ni tocarlo, ¿entendido? Gabrielle asintió. Vio cómo Xena desaparecía entre la espesura del bosque y no pudo evitar un cálido sentimiento impregnado, paradójicamente, de una pátina de tristeza. No era justo, se dijo, que el nombre de Xena todavía fuera maldito en pequeñas aldeas y extensos reinos, susurrado con odio y pronunciado con desprecio, pues ella la había llegado a conocer muy bien en el poco tiempo que llevaban viajando juntas y sabía, lo intuía, que un día llegaría en que ese nombre dejaría de representar el terror y la maldad. Xena se encontraba ahora en ese camino y ella no podía por menos que acompañarla en él. La había visto matar, sí, pero nunca asesinar. Su espada, sí, había atravesado certeramente el corazón de muchos, pero nunca en un acto injustificado o gratuito. Y su resolución en el momento de decidir la lucha, sí, era firme e irrenunciable, pero jamás precipitada o caprichosa. No era justo, pues, haber presenciado el desprecio y la ira soterrada de aldeas enteras a su paso, ahora que su corazón ya no pertenecía a Ares ni a la guerra, ahora que había decidido enmendar el rastro de sangre dejado tras de sí. Xena se limitaba a marcharse de esas aldeas sin intentar justificarse, ni su ayer ni su hoy, y aguantaba en silencio el desprecio y los insultos. Incluso prohibía a Gabrielle intervenir en su defensa y solía decirle que aquellas palabras y aquellos insultos no podrían herirla más que sus propios recuerdos. No, Xena ya no era la Destructora de Naciones. Ya no era una asesina. Ningún ejército mortal e impío la secundaba. Sólo ella, sólo Gabrielle. Xena estaba sola cuando la conoció y ahora lo único que anhelaba era deshacer la coraza de maldad que en sí misma había contribuido a conformar, sangre a sangre, y Gabrielle estaría para ello a su lado. Quería ayudarla porque había intuido, cuando la vio por primera vez y salió en su defensa, que ello era posible. Su redención. Porque leía en sus claros ojos azules que así podía ser, si al menos alguien, una sola persona, lo creía, creía en ella. Y esa persona era Gabrielle.
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    "Gabrielle". Se despertó bruscamente,un frío temblor recorriendo de golpe todo su ser. Se sintió aturdida y súbitamente descorazonada. Había vuelto a pasar, había vuelto a soñar con ella. Y, como en anteriores ocasiones, el despertar le había devuelto a la desesperanzada realidad. Gabrielle no volvería. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Se había quedado dormida junto al árbol sin darse cuenta, como sucedía ahora tan a menudo. No había vuelto a tener una noción precisa del paso del tiempo desde aquel día, desde el día que ella murió. Desde entonces no había pretendido volver a considerar los días y las noches como parte de un ciclo esperanzador, donde la luz podía traer la vitalidad y la noche el sosiego. No deseaba el amanecer de un nuevo día, porque ello le obligaba a enfrentarse al hecho de que el tiempo, con extremada crueldad, proseguía su camino sin reparar en el hecho de la pérdida, vital para ella, brutal, de la persona que compartía sus amaneceres antaño; la persona por la cual había empezado a pensar en sí misma como en alguien digno, la que había iniciado el camino de la desintegración del muro de vergüenza que acompañaba su nombre y su persona. La que había empezado a convertirla en un ser humano. Trató de precisar el momento justo del inicio de esa transformación, el punto de inflexión en el paso del monstruo a la persona, pero no obtuvo la respuesta en forma de fecha o lugar, sino en forma de sensación. La sonrisa de Gabrielle, su bondad. Gimió suavemente. Era de noche, debería tener frío, de hecho lo tenía, pero no le importaba. Había sobrevivido a un primer invierno sin el calor del fuego, no entendía cómo, aunque lo intuía. Nada dañaría su mortalidad. Ni el frío, ni el fuego, ni la sangre. No podía morir, no debía morir. Ni por acción, ni por omisión, ni por su propia mano ni por la de otros. Podría dejar de comer, podría dormir desnuda a la intemperie durante una nevada, podría su cuerpo ser atravesado por cien espadas, que no moriría. Podía, sí, sentir el dolor, el dolor físico, la mordedura del frío, la agonía del calor extremo, la fatiga del hambre. Su cuerpo se había consumido, tanto por el castigo físico al que ella misma lo sometía como por el psíquico que constantemente la atormentaba. Tenía la esperanza de que, con el tiempo, su organismo acabaría colapsándose, desintegrándose de pura desidia, sin más, harto de continuar, incapaz de volver a regenerarse por sí mismo sin la pasión de vivir necesaria que lo haría reaccionar, sin la esperanza que lo mantuviera funcionando. Sólo deseaba eso, acabar, terminar, huir definitivamente de tanto sufrimiento sin esperanza, sin una finalidad, sin nada por lo que luchar. Sin nadie por quién hacerlo. Junto a Gabrielle eso había sido exactamente lo contrario. Junto a ella luchaba por una razón, por un anhelo, por sí misma. También por Gabrielle, ahora lo sabía. Gabrielle representaba en cierto modo toda la inocencia y toda la bondad arrasadas bajo el filo de su espada, bajo el yugo de su odio; todos aquellos seres a los cuales jamás había dado la oportunidad de progresar, de vivir, de contarle su verdad. Pero ahora... ¿ahora qué? Todo esto había quedado sepultado junto a Gabrielle, toda la esperanza, todo el bien, todo deseo, su propia vida. Se sentía marchita, perdida, vacía. Traidora. Porque sabía que la estaba traicionando, traicionando su memoria, todo aquello por lo que había luchado, que la había motivado. Sabía que tendría que recuperarse de su pérdida, asumirla, vivir con ello y contribuir a su memoria continuando aquella labor a la que Gabrielle siempre la impulsaba, le inspiraba. Pero no podía. Se sentía incapaz, inerte, vencida, muerta más allá de lo físico, vacía. Ese devastador vacío en su interior, eso era lo único que era capaz de sentir, junto con la tristeza y el horror de seguir viva. El dolor. Se había convertido en un deshecho, un ser sin esperanza ni ilusión, repleta de ira latente que no quería descubrir, el monstruo dormido de sueño ligero que volvería a llamarla por su nombre en cualquier momento. Ya tardaba. Ni ella misma se lo explicaba. La muerte de Gabrielle no había retornado su corazón hacía la ira, sólo hacia el infinito cansancio, la dejadez. La nada.
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    Quería tener lafuerza suficiente para afrontar con dignidad lo que había pasado. Pero, simplemente, no podía. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L sigue -->
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 2ª parte. Autora: Elxena. —¿Podrás tú solita con todo eso? –inquirió Xena enarcando una ceja y señalando el grueso muslo asado que Gabrielle sostenía entre sus manos. —Pod fupuesto –logró decir Gabrielle entre bocado y bocado —¿Acafo lo dudas? Xena agitó la cabeza. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Ni por un momento. Serías capaz de comer mucho más allá de tu propio límite, estoy segura. Siguieron cenando en silencio un largo rato. El fuego crepitaba, sereno, en la fogata que habían encendido. Gabrielle se fijó en el brazo de Xena, en los surcos de sangre seca que pintaban dolorosamente su piel. —Oye, Xena. —¿Mm? —Oye... —Oigo, Gabrielle –la miró fijamente y siguió la mirada de la bardo hasta su brazo. Gruñó ligeramente —. No. Ni lo pienses. No me vas a tocar el brazo. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Gabrielle suspiró. —¡Pero mira que eres cabezota! Sólo será un momento –dibujó una sonrisa traviesa —No te dolerá. Xena volvió a gruñir. —Sé que no me dolerá, Gabrielle. Son unos cortes pequeños, no moriré por ello. Gabrielle se mordió el labio inferior. —¿Y lo de la espalda? –preguntó tentativamente. Xena se irguió de forma inconsciente, recordando el corte de machete en su dorsal. —No. —Cabezota –sentenció Gabrielle. —Como quieras. Come, o lo harán las bestias del bosque por ti. Gabrielle lo intentó, pero ya no podía tragar bocado. Estaba preocupada por Xena. Parecía irritada, evasiva y muy lejos de allí desde lo del valle, esa mañana. Desde el encuentro con el grupo bajuun. Era una milicia de renegados esclavistas y salteadores que habían visto avanzando hacia el Norte. Transportaban una carga humana, esclavos cuyo destino sería el mercado de Poozah Dobra, a una legua del punto donde los interceptaron. —Familias –había susurrado Xena al verlos. Gabrielle había fruncido el ceño y agudizado la vista. Comprobó por sí misma la afirmación de Xena. Familias enteras de aldeanos, por lo que pudo deducir. —Se llevan más de los que quieren para garantizar una mínima venta en el mercado –Xena no apartaba la mirada del grupo bajuun, y Gabrielle ya sabía qué significaba esa mirada calculadora y fría. Esos bajuun no avanzarían su próxima legua sin una sorpresa. A pesar de su confianza ciega en Xena, Gabrielle se preguntó si la treintena de esclavistas no sería excesiva hasta para ella. Pero la respuesta la encontró poco después. Habían estado siguiéndolos a distancia y, en un determinado momento, el
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    que parecía ellíder silbó y la milicia se desgajó en cuatro grupos. Tres de ellos, el grueso, partió en tres direcciones diferentes. El cuarto grupo quedó como custodia de las familias de aldeanos. —Es el momento –le oyó decir a Xena —, van a acampar. El resto habrá partido en batida de pillaje. Gabrielle contó ocho bajuun. Asintió para sí misma. "Asequible", pensó. —Mientras yo les distraigo, conduce a las familias a aquel bosque. Me reuniré allí contigo cuando termine. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Gabrielle bufó. Quiso protestar, pero carecía de fundamento. Por supuesto, ella no sería capaz de levantar una daga contra un ser humano. Admitía su papel, pero se dijo que tarde o temprano la guerrera debería instruirle en algo más que los simples golpes de autodefensa que le había enseñado. No quería ser ni una carga ni una mera comparsa, no quería quedarse siempre viendo cómo Xena luchaba sola, si bien, se admitió a sí misma, era perfectamente capaz de ello. Pero no olvidaría comentárselo. Sumida en sus pensamientos ni siquiera se dio cuenta del momento en que Xena se había apartado de su lado y, cuando quiso hacerlo, la vio acercándose sigilosamente al grupo centinela. Agazapada tras unos arbustos la buscó con la mirada. Gabrielle trató de reprimir la ansiedad que sentía y asintió enérgicamente al gesto de Xena. Vio cómo sacaba su espada y Gabrielle no pudo reprimir un escalofrío. No se acostumbraba, no aún. El filo de una espada y la violencia eran dos cosas muy distintas a una azada y la rutina de Poteidea. Y como sabía que Xena no lo haría, fue ella la que rogó a los dioses porque todo saliera bien. Vio a Xena erguirse de golpe en su escondite. Se irguió todo lo larga que era y, adelantando su espada y su cuerpo, saltó junto a los bajuun. Al primero de ellos lo sorprendió totalmente, derribándolo de una fuerte patada en los riñones, pero al segundo y al tercero se los encontró armados y dispuestos. Los dos milicianos se abalanzaron sobre ella y Xena los desarmó fácilmente haciendo un barrido en arco con la espada a dos manos. Abatió al primero golpeando su cuello con el dorso de la mano, pero el segundo la alcanzó de lleno en el estómago con un puñetazo. Se resintió del golpe, pero reaccionó mecánicamente y lo atravesó con su espada. Quedaban aún cinco bajuun más, que la rodearon blandiendo pequeñas hachas, machetes y espadas. Xena anotó mentalmente en ese momento un pequeño triunfo. Habían dejado a las familias sin custodia. "Al bosque, Gabrielle", pensó. Los cinco esclavistas sonreían fieramente, deleitándose anticipadamente con lo que consideraban una diversión. Sólo era una guerrera. Uno de ellos lanzó su hacha hacia el costado izquierdo de Xena y ésta tuvo que descuidar su atención para desviarla, momento que fue aprovechado por dos de ellos para atacarla por el lado contrario. Xena se revolvió con premura y noqueó a uno de ellos con una patada justo en la tráquea. El crack que se escuchó anticipó la segura muerte del bajuun, que ya había dejado de respirar antes de tocar suelo. Aprovechando el impulso de la patada, Xena giró sobre sí misma haciendo que la fuerza centrífuga del movimiento se concentrara en sus brazos y su espada. Cercenó así de este modo la cabeza del segundo atacante, pero dejó su espalda desprotegida y un doloroso roce le confirmó su error. Un machete curvo había abierto una hendidura en su traje de cuero, desgajando una línea roja en su espalda. Maldiciendo por lo bajo giró su muñeca, cambiando la dirección de su espada 360º y, sin girarse, la hizo pasar junto a su costado, atravesando por sorpresa al esclavista del machete curvo, que murió sin llegar a comprender la maniobra. Xena extrajo con celeridad la espada, apoyando el talón a modo de puntal en el cuerpo muerto de su atacante, aprovechando la caída de éste para imprimir a su movimiento mayor rapidez. Quedaban dos bajuun intactos y los dos derribados al iniciar la refriega, que estaban recuperando poco a poco la consciencia. Uno de los primeros se adelantó hacia ella, mirándola fijamente. Había un extraño brillo en sus ojos y Xena no pudo evitar un leve estremecimiento, como una corriente de... ¿empatía?, como si reconociera en él algo de lo que ella antaño había sido. Desechó irritada el sentimiento y tensó los músculos, alerta. El bajuun le sonreía, blandiendo una pesada espada en la mano derecha y un estilete de triple filo en la izquierda. —¿Quién eres? –le espetó, con voz ronca. No inquiría, exigía. Xena vio su rostro cruzado por una telaraña de cicatrices —Pocas mujeres luchan así. Xena percibió por el rabillo del ojo cómo uno de los esclavistas derribados trataba de incorporarse. Lo
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    envió de nuevoa la inconsciencia con un seco y poderoso patadón. —¿Acaso importa quién sea yo? –le replicó. Le dolía el estómago por el puñetazo, y el corte en la espalda le ardía. Controló su deseo de mirar hacia donde Gabrielle debería estar. Al menos, pensó, tenía a todos los bajuun controlados a su alrededor. Los vivos y los muertos. —Querría añadir tu nombre a mi larga lista de vencidos. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Qué arrogancia. ¿Qué te hace pensar que seré vencida por ti? El bajuun torció su gesto en lo que parecía una sonrisa. —¿Qué te hace pensar a ti que no lo serás? —Que hablas demasiado. El bajuun balanceó pesadamente el hierro afilado, como si jugara. —Pensé que querrías vivir un poco más, mujer. —¿Pensaste? –dijo ella, sonriendo —Lo dudo mucho. El bajuun dejó de balancear la espada y soltó una carcajada sin alegría. —Únete a mí, mujer –le dijo —. Me gusta tu estilo. —Cuando los dioses sean uno, ése será el día que, puede que me lo plantee. —Es una lástima. Morirás. –sentenció. —Todos los días muere alguien, bajuun, pero no siempre aquel que uno desea. —Ahora eres tú la que hablas demasiado –alzó su espada —. Dime tu nombre y prepara tu hato para ir al Tártaro, mujer. —Prepáralo tú, hombre –gruñó ella, flexionando su cuerpo. El bajuun atacó, alternando certeros golpes de espada y estilete. Xena replicaba con fuerza a diestra y siniestra y reconoció vagamente en la furia del hombre una fuerza superior, una pujanza sobrehumana. En un momento dado el segundo bajuun que aún quedaba en pie intervino en la lucha pero, sorprendentemente, su propio compañero lo dejó fuera de combate reventando su cara con la parte plana de su espada. —Es mía –siseó al guiñapo yaciente a sus pies —. Eres mía –le dijo a Xena, mirándola. Atacó con renovada furia, consiguiendo que Xena retrocediera unos pies, incluso a punto estuvo de hacerle caer en un momento dado. El bajuun atacaba con inusitada fiereza y Xena tuvo que forzar al máximo su cuerpo para responder al ataque. En ese momento el esclavista reparó en un movimiento en el extremo del campamento. Furioso, vio cómo Gabrielle guiaba al último de los aldeanos hacia el bosque. Xena también lo vio. Aprovechó el momentáneo descuido de él para adelantar su cuerpo al ataque. El bajuun se revolvió y bloqueó con su espada el golpe y, en un rápido movimiento de su mano izquierda, la hirió en el brazo con el estilete de triple filo. Xena se separó un paso de él y desdeñó la tríada de dolor que surcaba su brazo. Furiosa, se revolvió y logró desarmarlo de una patada, atacó su tobillo segando el suelo con su espada y logró hacer que el bajuun trastabillara. Aprovechó la momentánea ventaja y descargó tres golpes consecutivos que fueron sucesivamente contrarrestados por la espada de él. El choque de las pesadas armas y la fuerza de los golpes repercutían como latigazos en sus brazos y en su cuerpo, haciéndole apretar con fuerza los dientes. El
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    bajuun sudaba copiosamentepero la fuerza de su mirada no había perdido ni un ápice de su amenaza. —Necesitaré... dos... nombres –barboteó el bajuun, haciendo un leve gesto hacia la posición de Gabrielle —¿Crees que ella... gritará el suyo? Xena inspiró profundamente. Amenazar a Gabrielle era una insana costumbre entre sus enemigos. Se arriesgó a entrar demasiado cerca del radio de acción de su espada, pero debía acercarse a él para neutralizarlo. Se agachó hacia la izquierda, esquivó la hoja de la espada de su contrincante y, cogiendo impulso, con un rápido y contundente golpe, alcanzó con la empuñadura de su espada la barbilla de su oponente y escuchó con claridad el crujido de su mandíbula. Esto enfureció sobremanera al bajuun y cegó su estrategia. Ese fue el error que lo envió directamente al Tártaro. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Su ira anuló su táctica y atacó sólo guiado por la cólera, y ésta era compañera del descuido y la torpeza. El esclavista centró toda su fuerza en sus brazos, guiando su espada directamente hacia el pecho de Xena. Éstaaguantó medio, un segundo... y, cuando ya la punta del hierro silbaba cercana a su piel, se inclinó repentinamente hacia un lado, alzando su espada en un arco ascendente. El movimiento desvió la espada de su contrincante y lo dejó desprotegido. Xena lo atravesó limpiamente. Al caer el bajuun la miró con fijeza, con los ojos desorbitados, no con espanto, no con dolor. Xena lo reconoció, pues ella misma había llevado toda su vida esa mirada. Era odio. Puro y directo. Se estremeció involuntariamente. El bajuun cayó pesadamente al suelo, salpicando con su sangre las botas de Xena. Ella agitó con cansancio la cabeza. Siempre era lo mismo, ¿siempre sería así? Estaba cansada de la sangre, del hierro, del miedo, del odio. Los tres bajuun que aún quedaban se encararon con ella. Xena se mordió el labio inferior y volvió a alzar su espada manchada de sangre. Pero no hizo falta. Los tres esclavistas miraron al bajuun caído, la miraron a ella y retrocedieron sobre sus pasos, echando a correr hacia sus caballos. "Bendita cobardía", pensó. Miró al bajuun muerto a sus pies y volvió a sentir ese sentimiento de reconocimiento recorrer todo su cuerpo, sus huesos, su piel... y su memoria. No pudo desgranar el camino de ese familiar sentimiento pues notó movimiento a su espalda. No hizo ningún gesto para defenderse. Reconocería la presencia de Gabrielle en cualquier circunstancia. Se giró hacia ella, cansada, dolorida. Gabrielle le sonrió levemente. —¿Están a salvo? –preguntó Xena, haciendo un gesto hacia el bosque. Gabrielle asintió. —¿Tú estás bien? –le preguntó ésta a su vez. Xena se alzó de hombros y dibujó un gesto vago con la cabeza. Pensó si en verdad algún día estaría bien. Miró el cuerpo asus pies y la sangre en sus botas, en el filo de su espada, en su propia alma. La sangre, para ella, tenía el rastro de la herrumbre, su peculiar olor a óxido. —Sí –dijo lacónicamente —, lo estoy. Gabrielle se fijó en las heridas de su brazo y trazó con suavidad un gesto hacia ellas, frunciendo el ceño con angustia. Nunca se acostumbraría a verla herida, nunca. —Más tarde –la atajó Xena, al ver su gesto —. Ahora hemos de alejarnos de aquí. Vuelve con esa gente y reúnelos en el claro del bosque. Prepararé un par de carretas y caballos para que les sirvan de transporte –pareció entonces reparar en algo. Sabía que no era precisamente una persona accesible tras una contienda, cuando todavía la sangre le hervía y los tendones de todo su cuerpo reclamaban más; cuando la energía zigzagueaba por sus venas y la huella de la muerte y la violencia todavía
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    asomaban a susojos; cuando su cuerpo y su alma aún se estremecían con los estertores de la guerrera portadora de desolación en la que se transfiguraba, por mucho que ahora lo hiciera para bien. Procuró suavizar el tono de su voz y llamó a... —Gabrielle... —¿Sí? –se giró ésta. —Estoy bien –le dijo, intentando sonreír —Ve con ellos. Enseguida estaré allí. Gabrielle asintió, expandiendo su sonrisa. Conocía a Xena más de lo que ni ella misma parecía conocerse. Se lo agradeció silenciosamente. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Xena se reunió con ella y los aldeanos más tarde. Fue entonces cuando al parecer pasó lo que había estado ensombreciendo el carácter de Xena todo el día. Cuando la guerrera se acercó a las familias llevando de las riendas uno de los caballos que había preparado, uno de los niños empezó a llorar, reflejándose en su rostro un pánico aterrador. Xena apartó al caballo, pero no logró con ello calmar al niño, ni nadie lo pudo hacer, hasta que Xena se dio cuenta de a qué, con tanto pavor, estaba mirando el niño. La miraba a ella. Hipaba incontroladamente, a pesar de los esfuerzos de la madre por calmarlo, y no apartaba una mirada febril de la guerrera. Xena hizo un gesto a Gabrielle y le indicó que ayudara a los aldeanos con los caballos y que les urgiera a partir. Los tres huidos no tardarían en contactar con el resto del grupo y debían estar lejos de allí lo más pronto posible. Ella prepararía rastros falsos para despistarlos. Dicho esto, se internó en la maleza, llevando a Argo consigo. Cuando Gabrielle se reunió con ella la encontró de pie ante la yegua, con la mirada perdida en el suelo. —¿Xena? No le contestó. Gabrielle llegó hasta ella y tocó su costado. —¿Xena? –repitió. La guerrera le prestó atención. —¿Qué, Gabrielle? —¿Estás bien? —Lo estoy –miró por encima de su hombro —¿Y las familias? —Están bien, no te preocupes. —No me preocupo –su tono era bajo, inusualmente átono en ella. –Me dijeron que te transmitiera su agradecimiento por lo que hiciste. Querrían haberlo hecho en persona, pero... ¡hop!... desapareciste –Gabrielle agitó las manos, como si estuviera haciendo magia. Notó la tensión en Xena, su abatimiento —. ¿Ocurre algo? –inquirió —Fue todo bien, ¿no? –se fijó de nuevo en las heridas de su brazo y reparó en ese momento en la de la espalda —Por todos los dioses, Xena, tienes un enorme tajo aquí –bordeó cuidadosamente con las yemas de sus dedos la herida. Xena se apartó con un gesto rápido. —Sólo es un corte. Se curará solo. Gabrielle la miró fijamente. La opacidad en la mirada de Xena había desaparecido, pero no una sombra de ¿preocupación? —¿Hay algo que yo debería saber, Xena?
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    La guerrera agitóla cabeza, mirándola a los ojos. —Que también debemos poner tierra por medio. Si he de enfrentarme al resto de ese grupo quiero hacerlo en condiciones. Caminaron durante todo el día, salvo al principio, que habían cabalgado para poder ampliar la distancia. Mientras lo hacían, Gabrielle, a la grupa, había podido sentir la tensión en Xena. Sabía que no cabalgaba apremiada por el temor a un enfrentamiento, pues ése, que Gabrielle supiera, era un sentimiento desconocido para Xena. No, la tensión que notaba en Xena parecía proceder de otra fuente, de algo profundo en su interior y que ahora parecía haber aflorado a ras de su piel. Sólo cuando frenaron el ritmo y pudieron seguir el camino con más calma pudo Gabrielle retomar la conversación. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Te preocupa el grupo bajuun? –le preguntó. Xena caminaba unos pasos por delante de ella. No se giró para contestarle. —No. —¿Las familias? Hubo un instante de silencio. —No. —¿Te preocupo yo? Xena se detuvo y la encaró, con un gesto de extrañeza pintadoen el rostro. —¿Por qué dices eso? –inquirió. Gabrielle suspiró. Era una cuestión que se había planteado a sí misma desde que empezara a acompañar a Xena y notado que ésta a veces descuidaba su propia seguridad por ella. Su atención parecía estar de forma permanente en dos frentes y eso hacía temer a Gabrielle que algún día provocara un descuido mortal en la guerrera. Volvió a suspirar. —Bueno, quizás yo no sea la mejor compañía. Quiero decir... –carraspeó —, que debes tener mejores cosas que hacer que cuidar de alguien como yo. Xena frunció el ceño. —No digas tonterías –dijo, con tono brusco. Pareció darse cuenta de ello e intentó suavizarlo —. No me molesta tu compañía, en absoluto —e inició un gesto para volver a andar. —¿Entonces? –insistió Gabrielle. Xena se detuvo. —¿Entonces, qué? —Hay algo que te está molestando y no me lo quieres decir —dijo Gabrielle cautelosamente. Xena no parecía dispuesta a un interrogatorio. La guerrera pareció querer decir algo, sus ojos brillaron durante una milésima de segundo, pero pareció optar por el silencio. —Déjalo. Gabrielle suspiró. —Mira, Xena, no sé qué pensarás tú al respecto, pero yo no creo ser simplemente una bardo que te acompaña sin más. Creo que... –trató de encontrar las palabras adecuadas —... que puedo considerarme amiga tuya, ¿no?
  • 12.
    Xena parecía incómodaal contestar. —Eso creo, sí. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Gabrielle sonrió fugazmente. Sabía que para Xena no era fácil aludir a ningún tipo de afecto o intimidad. Por lo que había vivido junto a ella hasta ahora, sabía que Xena había levantado todo un muro impenetrable a su alrededor que no dejaba entrar, ni salir, fácilmente los sentimientos. Era algo que había intuido en Xena al poco de estar a su lado. Su capacidad de aislamiento afectivo, su coraza. La guerrera de Amphipolis parecía caminar sin problemas sobre el filo de la frialdad, pero Gabrielle sabía que no era así. En su interior Xena resguardaba, probablemente de sí misma, un ser humano distinto del que mostraba ante los demás. Gabrielle intuyó su desazón y su tormento, la naturaleza intrínseca de Xena. Un ser atrapado por su pasado con un enorme potencial para hacer el bien que, sabía Gabrielle, se hallaba en su interior. A veces era muy difícil llegar a ese interior, que éste se mostrara en plenitud, pero cuando así había sido Gabrielle había notado un significativo cambio en Xena, a veces sólo por unos segundos. Sus facciones se relajaban, la dureza de su mirada se diluía, y algo parecido a la paz se posaba sobre todo su ser. Era entonces cuando Xena se podía permitir un instante de relajación, algo de sosiego. Pero enseguida sacudía de sí ese sentimiento y volvía a ponerse en camino, a la búsqueda de la próxima reparación, en búsqueda de la paz definitiva. Sólo que, Gabrielle lo intuía, el carácter atormentado de Xena podría convertir esa búsqueda en algo perdurable más allá de su propia existencia. Nunca estaba satisfecha, nunca nada arrancaba de ella el alivio definitivo, la reconciliación con su pasado, como si el conjunto del mismo fuese algo demasiado terrible como para poder ser reparado en una sola vida de bondad. Por ello Gabrielle la seguía ciegamente, porque había reconocido en ella a un ser puro por el cual merecía la pena pasar por cualquier tipo de fatiga o peligro, dolor o penuria. La miró. Su aspecto era, probablemente, fiero a ojos de extraños, y su estatura y su helada mirada azul, seguramente, intimidaba a aquellos y aquellas a los que encaraba. Pero Gabrielle había tenido la paciencia de descubrir en ella otra mirada, una mirada algo perdida en su búsqueda, una mirada suave y desconcertada, que asomaba a los ojos de Xena en los escasos momentos en que la guerrera, a veces por puro cansancio, bajaba la guardia. Por esa mirada Gabrielle la seguía. Por todo el mundo interior de Xena que se asomaba tras ella. Volvió a sonreírle. —Si así es, Xena –le dijo suavemente —, si me consideras tu amiga, puedes confiar en mí, lo sabes. —Lo hago, Gabrielle. —Sé que lo haces, pero a veces... –extendió una mano —es como si estuvieras a mil leguas de aquí y de mí. Xena encaró los ojos verdes de Gabrielle y se sintió muy apesadumbrada. Era su propio interior el que siempre le impedía mostrarse más abierta, opción que, hoy por hoy, únicamente era posible con Gabrielle, la única que había sabido acercarse a ella de ese modo. Y ello, en cierto modo, la asustaba. La dependencia afectiva mataba. O te hacía morir. Eso ya lo había aprendido. Su alma estaba rastrillada con esa verdad. Nadie cuya vida continuamente transitara por la vía de la muerte podía permitirse el lujo de sentir nada por nadie. Porque la Muerte, infatigable, reclamaba constantemente su peaje. Su pesadumbre era debida al hecho de que sí, ciertamente, consideraba a Gabrielle su amiga, un sentimiento nuevo para ella, pues en su tiempo de Destructora de Naciones toda amistad y toda lealtad fijaban siempre su precio. Nunca había encontrado a nadie a quien considerar un amigo, una amiga. Hasta ahora. Y esa persona estaba ahora junto a ella y se esforzaba por demostrarle, muchas veces desde el silencio, su amistad totalmente desinteresada, y era eso algo a lo que Xena querría acostumbrarse, lo deseaba, luchando constantemente contra su abrupto y endurecido interior. Pero le costaba muchísimo. —Gabrielle... –empezó a decir —No es fácil para mí hablar, lo sabes. Debes tener paciencia. Gabrielle esperó a que Xena continuara, pero la guerrera sostuvo su mirada un par de segundos más y, acto seguido, se giró, tirando suavemente de Argo. Gabrielle suspiró. Siempre era así con Xena. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 3ª parte. Autora: Elxena VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L El fuego crepitaba suavemente. Habían terminado de cenar en silencio y en silencio habían continuado. Gabrielle sabía cuándo Xena quería hablar y cuándo no, y este largo día había sido todo un no constante. El carácter de Xena se había mostrado taciturno desde lo del grupo bajuun y ningún intento de Gabrielle por perforar el manto de hosquedad de Xena había dado sus frutos. Xena incluso se había negado reiteradamente a que Gabrielle curara sus heridas y ahora la veía sentada algo alejada de ella, con la mirada perdida en el fuego. Gabrielle sufría por ella. Sabía que algo la atormentaba, que algo había sido activado durante o después del enfrentamiento con los esclavistas y deseaba saber qué era. Sólo sabiendo podría ayudar. Deseaba conjurar ese sentimiento que oscurecía la mirada de Xena. Ésta podía ser exasperante a menudo, muchas veces demasiado, con su terco autoaislamiento. Gabrielle sabía que había llegado más lejos que cualquier otra persona en la intimidad de Xena, y, aún así, sentía que estaba a mil años luz de poder decir que estaba lo suficientemente cerca. Su frustración alcanzaba hasta el aspecto físico. Al menos, pensaba Gabrielle, si las palabras no podían reconfortarla podría ser la cercanía quien lo lograra. Allí donde una palabra no podía reparar una herida podría hacerlo una caricia, un abrazo. Sin embargo, una y otra vez, Gabrielle chocaba con las reticencias de Xena. La guerrera parecía rehuir su contacto, aún siendo Gabrielle la única a la que le hubiera permitido acercarse de ese modo. Muchas veces hubiera deseado acariciar su oscura cabeza para tratar de reconfortarla cuando algo la atormentaba, como hoy, y hacerle ver que ella estaba allí, a su lado, y que seguiría estándolo pasase lo que pasase. Pero el único contacto que Xena permitía era cuando cabalgaban juntas, o cuando Gabrielle lograba convencerla para que le dejara curar alguna herida. Cosa que ni siquiera había logrado esta vez. Inspiró profundamente y, para su sorpresa, Xena la miró. Parecía estar muy lejos de allí en sus pensamientos. —¿Tienes frío, Gabrielle? –le preguntó. —No, no te preocupes, estoy bien... –"quizás", pensó, "sería un buen momento para intentarlo otra vez" —¿Y tú? La guerrera negó con la cabeza y volvió a fijar su mirada en el fuego. "Fugaz intento, bardo", se dijo a sí misma Gabrielle. Entonces, de nuevo sorprendentemente, Xena habló. —A veces no tiene sentido. Gabrielle se mordió el labio inferior. —¿El qué? –inquirió cautelosamente. No quería hacer que Xena se replegara de nuevo en su interior por la torpeza de sus palabras. Xena la miró. —¿Por qué sigues conmigo? –le preguntó, con tono cansado. Gabrielle respondió sin titubear. —Porque merece la pena. —Qué merece la pena. ¿Ver morir a gente? —No –dijo Gabrielle con vehemencia —, no se trata de eso. Yo no veo morir a gente. Yo veo a gente que se salva. Que se salva gracias a ti. Xena sonrió con amargura. —El punto de vista optimista. —El punto de vista real, Xena –replicó Gabrielle. Deseaba acercarse a ella, pues el latido de su angustia era bien palpable; acercarse y calmarla, pero temió que el gesto provocara una reacción negativa en Xena —¿No lo ves? ¿No lo notas? Tú haces que pasen cosas buenas, Xena.
  • 14.
    —Pero muere gente. Gabrielleasintió gravemente. —Sí, así es, muere. Pero es el juego de los dioses, lo sabes, ni siquiera tú puedes contra eso. Además –hizo una leve pausa —, a los que veo morir son a aquellos a los que el hierro marcó su corazón, que eligieron la espada y por ella murieron. Xena la miró fijamente. —De ese modo, Gabrielle, yo también debería morir. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¡No! –sin poder evitarlo se acercó a ella —No, Xena, tú no lo mereces, no digas eso. Tú haces el bien. Un rictus amargo serpenteó por el rostro de Xena. —Eso no ha sido así durante mucho tiempo, demasiado. Gabrielle acercó su mano y la posó sobre el brazo de Xena. Casi podía palpar su amargura. —Xena, por favor, escúchame. Yo te conozco. Cualquier hecho pasado puede ser purgado por los actos del presente, por lo que puedas hacer mañana, pasado mañana. Nada es definitivo, ¿comprendes? —El niño no parecía comprenderlo. —¿Qué niño? –preguntó Gabrielle, confusa. —El aldeano. —¿El niño, el que lloraba? –Xena asintió —Bueno, no era más que un niño. Estaba asustado, eso era todo. Acababa de pasar por una experiencia terrible y estaba... —A ti no te tuvo miedo —la interrumpió Xena. —Bueno, no. Pero digamos que tú... eres más alta –y terminó la frase con una sonrisa, tratando de aliviar la carga de amargura que emanaba de Xena. Nunca la había visto así, tan... vulnerable. Deseó poder abrazarla para calmarla, para espantar de ella el pozo de dolor que se asomaba a sus ojos azules —. Xena, ¿qué ocurre? Salvaste a ese niño, salvaste a su familia y a todos los demás. —Pero él me tuvo miedo. Había algo en el tono terco de Xena que hizo que Gabrielle sintiera una punzada de dolor en todo su ser. Nunca antes había visto esa mirada atormentada en los ojos de Xena, ni esa pátina de dolor que cubría su cansada voz. Deseó más que nunca poder abrazarla y temió hacerlo por si el gesto la incomodaba y terminaba con sus ganas de hablar. —Sí, Xena –dijo Gabrielle suavemente —, puede que sintiera miedo al verte, al ver tu figura, tu espada, sí. Pero es porque alguien le mostró el miedo como único camino, la espada para él no es más que un instrumento de horror, es lo único que habrá podido ver en su corta vida. Pero —dijo pausadamente —puede que a partir de hoy, cuando ya se encuentre a salvo en su aldea y sus padres le cuenten la historia y oiga referirse a ti como la persona que procuró el bien de su familia, entonces, eso cambiará, ya no habrá un único camino en su vida como alternativa. Conocerá respeto y valor y bondad –presionó suavemente el brazo de Xena. Ésta la miraba con un algo indefinido en sus ojos que Gabrielle no supo descifrar —¿De acuerdo, Xena? Transcurrieron un par de segundos antes de que la guerrera hiciera o dijera nada. —No –murmuró, e hizo que Gabrielle soltara su brazo —. No, Gabrielle, y nunca lo entenderías –Xena miraba la fogata —. Ya nada de lo que pueda hacer cambiará todas las miradas de terror que merezco. Nada. Gabrielle quiso replicarle pero Xena la hizo callar con un gesto. —Estoy cansada, Gabrielle –su voz era átona, pesada, y su mirada, triste azul —. Descansa tú también
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    –y se tumbóde costado, dándole la espalda. Gabrielle abrió la boca para replicarle, pero miró a su amiga tumbada, ligeramente encogida, como una niña pequeña con frío, y sólo deseó poder sosegarla de su tormenta interior, aunque sólo fuera con un gesto, aunque sólo fuera con la nada, su silencio. Acercó su hato, extrajo la manta de viaje y tapó con ella a Xena. Ésta se agitó levemente —Usa la manta para ti, Gabrielle, yo no la necesito –la oyó murmurar. —Si no te importa, Xena, la compartiremos. ¿Te importa que duerma a tu lado? Xena tardó un instante en contestar. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Sabes que no –dijo al fin. Gabrielle se tumbó junto a ella, ambas cerca del fuego, y la bardo procuró que una parte de su cuerpo tocara el de Xena. Recordaba que, siendo pequeña, su madre calmaba así sus pesadillas. Deseó poder obrar el mismo efecto en Xena, que su cuerpo confiara en la calidez del suyo, que lograra acunarlo en su cercanía, en su intención, silenciar así los gritos de su oculto interior. Al principio temió que Xena rechazara su contacto pero no fue así. Permitió tanto su cercanía como su roce y, poco a poco, Gabrielle notó cómo la tensión iba desapareciendo del cuerpo de la guerrera, hasta quedarse sumida en un intranquilo sueño que agitaba de tanto en tanto su inconsciencia. Permaneció largo tiempo despierta, atenta a la inquietud del letargo de Xena, procurando aliviarla cuando la notaba agitarse, murmurando palabras y dulces melodías rescatadas de su infancia. Gabrielle recordaría siempre esa noche con una mezcla de tristeza e infinita ternura. Se formó un viento helado que hizo estremecer a Gabrielle en su sueño y que le hizo buscar de forma inconsciente la cercanía del cuerpo de Xena para abrigar su frío. No escuchó ni notó nada más. Los demonios del Inframundo eran silenciosos. Silenciosos y efectivos. No sabía si echar a andar o quedarse allí. Tampoco le importaba demasiado. El mundo ya no guardaba para ella ninguna nueva promesa; de igual modo, ya no deseaba cruzar palabra o mirada alguna con nadie, se sentía bien así, sola, vagando por montañas y valles, alejada de aldeas y enclaves poblados, todo lo bien que podía sentirse un alma rota, vacía, sin rumbo, sin ánimo ni querencia, sin nada, con todo el dolor. Había matado a Argo. Recordaba haber estado junto al cuerpo de Gabrielle aún sin sepultar durante horas, tal vez un día entero. Al filo del siguiente amanecer intentó suicidarse por primera vez. No lo consiguió. Se abrió el cuello conel filo de su espada y no murió. Lo intentó tres veces más a lo largo de las siguientes horas, hasta que su cuerpo, exhausto, casi sin ni una gota de sangre, se rindió, mucho antes que su voluntad. Así, permaneció sin aliento junto al cuerpo de Gabrielle hasta la llegada de la siguiente noche. Argo hozaba cerca de ella, silenciosa. A medianoche Xena se incorporó pesadamente, aún abiertas las heridas auto inflingidas, ayudándose de su espada a modo de bastón. Se acercó a la yegua y acarició su robusto cuello. Dejó apoyada su mejilla enfebrecida sobre el pelaje canela del noble animal durante unos minutos y rogó interiormente por tener la fuerza suficiente como para hacerlo rápido y sin dolor.
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    La degolló deun profundo y certero corte y la yegua cayó pesadamente al suelo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Tardó cuatro horas en hacer un agujero lo suficientemente grande. A duras penas sí consiguió hacer caer al noble animal en él. Después se acercó a Gabrielle, se arrodilló a su lado y acarició su rubia cabeza inerte. Quiso hablarle, pero apenas podía susurrar. Se inclinó sobre ella y besó suavemente su mejilla. La notó fría y le dolió pensar que Gabrielle tuviera frío allá donde se encontrara. Acercó el hato de su amiga y sacó su manta de viaje, arropando con ella el cuerpo de Gabrielle. Recordó cuántas veces ella había hecho lo propio con ella cuando la creía dormida y se acercaba y la tapaba con esa misma manta. Se mordió el labio inferior, sintiéndose absolutamente desolada. Se inclinó sobre Gabrielle hasta dejar reposar la cabeza sobre el pecho de la bardo y permaneció así largo rato, murmurando un "lo siento" surgido de lo más profundo de su corazón ahora enfermo. Después, la alzó suavemente y la sostuvo abrazada contra sí. La llevó hasta la sepultura y la depositó con cuidado junto al cuerpo de Argo. Antes de cubrirlas con tierra fijó la vista en Gabrielle y siguió haciéndolo hasta que ya no pudo soportarlo más. Cubrió la tumba, se sentó en el suelo y allí se quedó. Mucho más tarde cayó en la cuenta de que no había podido llorar. Tampoco ahora, en aquel oscuro bosque, un año después, podía hacerlo. Por primera vez en su vida había algo que no se sentía capaz de afrontar. Se sentía perdida, rota, vacía. Había sido una guerrera feroz, decidida, sabía que cruel e impía, nunca había vacilado ante nada, sus recuerdos y su cuerpo estaban llenos de mil batallas y su conciencia quizás sólo hubiera podido llegar a estar limpia y tranquila si su vida hubiera seguido por el camino trazado... gracias a Gabrielle. Desde que la joven bardo había salido en su defensa cuando todos estaban en su contra algo en su interior había logrado despertar, había logrado abrirse paso por entre la maraña de furia y dolor que ella en sí misma había constituido. Sólo una persona en el mundo había sido capaz de entrever ese interior oculto y ahora esa persona estaba muerta, y ella con ella, y toda su vida, y todo lo que habría podido desear o anhelar, querer o atesorar. Porque ahora ya el todo y la nada eran una sola cosa, un solo molde, un solo camino que ella, Xena, estaba obligada a transitar, por mucho que lo odiara, por mucho que no deseara estar allí, por mucho y tanto que tan sólo deseara cerrar los ojos y no volver abrirlos nunca más. Ella, la Destructora de Naciones. —Destructora de Naciones. Gabrielle la oyó susurrar, pero no entendió lo que dijo. Se acababan de despertar y Xena no parecía encontrarse mejor que el día anterior. Se había levantado con la idea de acercarse hasta Istoidea, donde le dijo que vivía un antiguo compañero de armas suyo, un mercenario que había conocido y al cual, con el tiempo, había salvado la vida, aunque no sus piernas. Caprus Sencam, el mercenario, se había retirado a un lugar llamado Istoidea, donde, al parecer, regentaba una posada. Xena quería preguntarle sobre las rutas bajuun. Estaba dispuesta a acabar con esa milicia esclavista. Gabrielle se fijó en el brazo y la espalda de Xena, donde las heridas empezaban a sanar. Ahora conocía la razón de por qué Xena se negara tercamente a que se las curara. Se lo había dicho al alba cuando, ya despiertas, ella le había insistido por última vez al verle hacer un gesto de dolor al levantarse. —Deja estas heridas, Gabrielle –le había dicho —. Quiero levantarme con ellas y ser lo último que note cuando me duerma. Quiero que me lo recuerden. Quiero que me digan una y otra vez que nunca será suficiente, que siempre quedará el dolor de lo que hice y que nada de lo que haga podrá repararlo. Deja estas heridas. Gabrielle se había sentido profundamente afectada. Xena seguía atormentada por su pasado, ligada a él por lazos de sangre, por el remordimiento, por la conciencia despertada. El camino emprendido hacia la redención podía ser, y lo estaba siendo, peligrosamente afilado para Xena, un doble filo que podría agotarla, vencerla y devolverla al lado oscuro. Gabrielle quería estar a su lado para evitarlo, para apoyarla, para ayudarla y para, se estaba dando cuenta, fundir su destino con aquella enigmática guerrera cuyo interior quedaba aún encerrado bajo las pesadas llaves de un pasado de odio, sangre y dolor. En Gabrielle había ido consolidándose poco a poco un sentimiento desde que acompañaba a Xena, desde que la vio por primera vez. Algo nuevo, cálido, una seguridad impregnada, paradójicamente, de incertidumbre. Mirando a Xena muchas veces Gabrielle se había preguntado la
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    razón de porqué ésta había permitido su compañía. La guerrera parecía más del tipo solitario, autosuficiente, capaz de transitar por el mundo sin ayuda de nadie, menos de la de ella, una inexperta aldeana cuyo mundo había sido tan reducido como su aldea y el arroyo que la cruzaba a cien pasos de distancia. No había nada más allá que Gabrielle conociera y en no pocas ocasiones se había consumido por el deseo de hacerlo. Era una egoísta, lo sabía. Su ansia de conocer se encontraba también tras su decisión de acompañar a Xena, al menos en un primer momento. Después, poco a poco, con el sigilo de un felino, un nuevo sentido a su acto se había ido hilvanando. No había egoísmo, sino admiración. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Admiraba a Xena, la admiraba en su silencio, en su terquedad, en su furia incluso. Amaba el nuevo camino que la guerrera había asumido, aún existiendo una feroz lucha en su interior, entre el monstruo y la persona. Gabrielle quería estar allí, junto a la persona, e impedir que el monstruo aflorara y se llevara con él a Xena. Confiaba ciegamente en el triunfo de la persona y sabía que sólo era cuestión de tiempo que ello sucediera, aunque también sabía (o al menos así se había convencido a sí misma, para justificar su presencia junto a Xena) que el camino estaba lleno de peligros, peligros en forma de debilidad, de dudas, de ira que arrastraba como una furiosa tromba de agua; de miedos insondables que sabía anidaban en el alma de Xena. Porque Xena no temía lo físico, sino lo psíquico, las trampas de su mente, de su alma, las pequeñas fieras agazapadas tras todos y cada uno de sus terribles recuerdos. De súbito, como un vahído, Gabrielle tuvo una fugaz visión: vio a Xena de pie en mitad de un campo de batalla sembrado de cuerpos ensangrentados, mutilados en su mayoría. Era una visión espeluznante, pero no fue eso lo que llamó su atención. Era Xena, allí de pie, entre los cuerpos, su espada ensangrentada pendiendo inerte a lo largo de su costado, la armadura agitada por los irregulares latidos de su agitada respiración. Tenía la frente perlada de sudor y pequeñas heridas moteaban su piel allá donde el cuero y el metal no la cubrían. Tenía el cuerpo embarrado, la batalla se había librado bajo una furiosa lluvia y los rugidos de la tormenta aún se dejaban oír, entremezclados con el ruido del choque de metales, el desgarro de la carne y los gritos, de los que morían y de los que mataban. Xena permanecía con la cabeza inclinada sobre su pecho agitado y parecía fijar su mirada sobre un cuerpo a sus pies. La visión de Gabrielle se lo mostró. Era el cuerpo de una guerrera que yacía con los ojos abiertos en mudo dolor, pero no era eso lo que atraía la mirada de Xena, sino la profunda herida abierta en su abdomen... y el feto que asomaba por ella, con el cuello seccionado en una horrenda hendidura. Con brusquedad Gabrielle sintió un punzante rechazo ante la visión y, como si un agudo sonido la hubiera alertado, la Xena de su visión giró su cabeza hacia la mirada de Gabrielle. Miró a Gabrielle, a través de una imposible conexión, y entonces ésta leyó en sus ojos el dolor, la confusión... y el miedo. Miedo a sí misma. Xena por fin había encontrado un enemigo de su talla: su propia alma corrupta, el satánico émbolo que impulsaba todas sus acciones, su patria muerta. Súbitamente, igual que había llegado, la visión desapareció y Gabrielle notó de nuevo un ligero vahído que la aturdió, haciéndola llevar una mano a un pecho donde su corazón latía apresuradamente. Sin que ella se diera cuenta, Xena ya se había situado a su lado, el rostro pintado de preocupación. —¿Gabrielle? –musitó, alerta, tocándole el codo. La bardo levantó su mirada hacia ella y, sin pensarlo siquiera, acarició con el dorso de su dedo índice la mejilla de la guerrera, queriendo consolar no a esta Xena frente a sí, sino a la dolida y perdida Xena de su visión. La confusión se dibujó en los ojos de Xena y, de forma imperceptible, apartó la cara. —¿Te ocurre algo? –inquirió, insegura. Gabrielle rememoró apenas durante una fracción de segundo la imagen del niño que nunca nacería ( "niña", pensó Gabrielle, sin saber por qué, "era una niña") y trató de responderle.
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    —No, ¿y ati? Eso aumentó la confusión de Xena, que se removió inquieta. —Por todos los dioses, Gabrielle, has sido tú la que has gritado como una niña asustada. —¿Yo? —Sí, tú. ¿Se puede saber qué te pasa? –Xena parecía molesta. —No te enfades, Xena. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —No me enfado –dijo Xena pausadamente —No lo hago. Gabrielle sonrió. —Me alegra oírtelo decir –le dijo Gabrielle —, pues temería que alguien de tu tamaño estuviera en mi contra. Xena parecía a cada momento más y más confundida. En ocasiones se sentía desarmada frente a la joven aldeana y aún no se había explicado a sí misma la razón última de su decisión de dejar que le acompañara. Muchas veces desde aquel día que la subió a la grupa de Argo se había cuestionado lo acertado de su decisión. No por Gabrielle en sí pues, con sorpresa, había descubierto que su compañía no la incomodaba. No, su temor era su integridad física... y, por qué no, moral. Un Señor de la guerra con su pasado no era la mejor compañía para ella. "Te reconforta", fue su propia respuesta y parecía la solución, pero sólo se trataba de una consecuencia, no de una causa en sí misma. Apartó de sí esos pensamientos y miró a Gabrielle. —Siempre pareces jugar –le dijo —, y el mundo no es siempre un cuarto de juegos. Gabrielle asintió. —Lo sé, Xena, pero sea lo que sea el mundo no puedo verlo eternamente como un abismo o un teatro de muerte. El mundo tiene tantas caras como anillos el árbol más viejo. Y tú —añadió, alcanzando con la yema de sus dedos el antebrazo de Xena —deberías darte la oportunidad de verlo con otros ojos. Por un momento pareció que la confusión haría tanta mella en Xena que bloquearía cualquier intento de respuesta por su parte; sin embargo, se rehizo y, elevando ligeramente los hombros, replicó: —Eres una joven inquietante. Gabrielle esbozó una ligera sonrisa y, en el momento en que Xena giraba sobre sus talones para atrapar las riendas de Argo, la llamó, al tiempo que la alcanzaba. —Oye, Xena. —Qué, Gabrielle. —¿Puedo cabalgar contigo? Xena frunció el ceño en un gesto de extrañeza. —¿Superaste acaso ya tu miedo a montar en Argo? Gabrielle hizo un mohín. —Pero tú iras conmigo. —Por supuesto, no querría ver tu cuerpo morder el polvo delcamino. Ven, te ayudaré a montar. Deberías hacerlo más a menudo, agotas tus fuerzas yendo a pie.
  • 19.
    —Me gusta caminar. —Esopensaba –Xena montó en Argo y le tendió una mano a Gabrielle —. Arriba. Cuando Gabrielle se acomodó tras Xena ciñó a propósito con fuerzala cintura de la guerrera, aunque sabía que sería imposible caerse de Argo. Lo hizo para que ella notara que estaba ahí. El viento helado. El viento helado y el susurro de un demonio. Lo hizo para que la Xena que conducía la montura y la Xena de su visión supieran que ella siempre estaría allí. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L La guerrera azuzó a Argo. El viento helado. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 4ª parte. Autora: Elxena Era una aldea pequeña, sucia, maloliente y perturbadoramente abigarrada. Las estrechas construcciones de madera parecían competir entre sí por hallar un hueco y de los tejados bien podría decirse tres cuartos de lo mismo. De entre el sinfín de aldeas que ambas habían tenido ocasión de visitar era con mucho ésta la más caótica, desmañada... y cualquier cosa. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Gabrielle había arrugado la nariz y Xena alzado una de sus cejas. Ambas se miraron y compartieron un gesto de resignación. Xena desmontó y ayudó a Gabrielle a hacerlo. Se encontraban justo en la linde de la aldea con el bosque y por la cabeza de ambas cruzó el pensamiento de girar sobre sus talones y dar un inmenso rodeo. Pero, Gabrielle suspiró, habían llegado allí con un propósito. Entraron en la aldea y Xena localizó un establo donde cobijar a Argo a cambio de un par de monedas. Antes de salir del cobertizo Xena se acercó a la dorada yegua y acarició su cuello, murmurando suaves palabras. Gabrielle sonrió ante ello. Nadie que desplegara un amor así por un animal podría no desplegarlo igualmente por el resto de la humanidad. Xena captó su sonrisa y ladeó ligeramente la cabeza, frunciendo el ceño. No le gustaba que momentos como éste tuvieran testigos. La hacía sentirse vulnerable, en cierto modo descubierta, como pillada en falta. Si bien momentos como éste sólo ocurrían cuando estaba a solas o, como mucho, delante de Gabrielle. Tenía, en torno a ello, sentimientos contradictorios. Por un lado ansiaba la rutinaria soledad a la que su espíritu se había acostumbrado, cuando era una guerrera al servicio de Ares. Por otro, en cierto modo, en lo más profundo de su ser, un infinito agotamiento agazapado tras su pétrea coraza de guerrera le instaba, cada vez más, de forma persistente y urgente, a caminar hacia la cercanía, hacia la intimidad con otra persona. Una intimidad que le permitiera relajarse, bajar los escudos, suspirar de vez en cuando. Una intimidad (una persona) a la cual poder acudir cuando la tensión, el miedo (miedo, sí) o el simple agotamiento le empujaran hacia el cenit de una dolorosa crisis. Ya no deseaba ser únicamente el hielo, la piedra, el muro o la montaña. Deseaba descansar. Ser hierba o junco. Aire. Inclinar de vez en cuando su alma hacia la percepción de una lánguida dejadez, dejarse atrapar por ella, envolverse en ella. Sólo descansar. Esa intimidad, esa persona, lo sabía, lo intuía, llevaban el nombre de esta testigo que ahora, a su lado mientras salían del establo y caminaban por la aldea, acompasaba su paso al suyo, procurando no alejarse más de una pulgada de ella. Recordaba sus palabras (de hecho, lo hacía a menudo) cuando le preguntó si no echaba de menos a su familia y la joven, sonriendo, le contestó que no si estaba con ella. Cuando la defendió ante aquellos aldeanos que la acusaban de asesinato. Cuando regresó a pesar de haberla golpeado. Recordaba cada palabra, cada acto... y cada pulsación de emoción que la había embargado. Había guardado con sumo cuidado esas emociones, las había acunado en su corazón, pues halló que fueron las primeras en su vida provocadas por la pura bondad y la amistad desinteresada. Y ésta era, pese a su irracional temor por los riesgos que podría entrañar, por su posible vulnerabilidad, una sensación poco cuantificable en medida de mercader o recaudador, una sensación seductora, atractiva y golosa por la miríada de sensaciones secundarias que la acompañaban. Deseaba reposar su alma de una vez. —... y preguntar. ¿Tú qué dices? –Gabrielle se había detenido y parecía aguardar una respuesta. Xena frunció el ceño, algo confusa. —Lo siento, Gabrielle, no estaba escuchando. —Vaya –resopló ésta divertida —, habré de mejorar mi discurso si quiero que algún día alguien me escuche —punteó con un dedo el antebrazo de la guerrera, que parecía mirarla sin verla —¿Xena? —Sí. —¿Sí a qué? –preguntó Gabrielle. —¿Qué?
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    Gabrielle se mordióel labio inferior. Esperaba que el carácter taciturno de la última jornada no se acentuara justo ahora. —¿Estás bien? –le preguntó. Xena pareció caer en la cuenta de su lapsus y agitó la cabeza. —Claro, ¿qué decías? Gabrielle reflexionó un instante, intentando averiguar la naturaleza del estado de Xena, pero decidió, con un suspiro, que sería esa tarea demasiado ardua como para acometerla en este momento. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Te decía que probablemente muramos de cansancio en alguna de estas tortuosas calles antes de encontrar la posada de tu amigo Caprus. ¿Te has fijado? –giró sobre sus talones, barriendo con la mano el espacio a su alrededor. Decenas de casas se amontonaban sin ton ni son, convirtiendo las calles en estrechas y serpenteantes sendas en las cuales no le apetecía nada aventurarse sin rumbo fijo —Lo mejor será preguntar y que alguna alma caritativa nos guíe hasta él. —Parece lógico –admitió Xena. —Lo es –sentenció la joven sonriendo. —Claro, Gabrielle –Xena se permitió sonreír tenuemente. "Para ser una muchacha que hace gala de una lógica tan aplastante, no acierto a entender qué insensatez te arrastra a seguir junto a mí". Pero esto Gabrielle no lo oyó, se quedó en los abismos del pensamiento de Xena, junto a tantos otros. De súbito, Xena percibió que algo no iba bien. Sintió hielo en sus venas, hielo en su corazón. Agitó la cabeza y miró a su alrededor. Nada. Aldeanos transitando las polvorientas calles. Miró a Gabrielle. Un viento helado. La joven griega se acercó a uno de los aldeanos para preguntar por la posada. Antes de que todo ocurriera tuvo tiempo de escuchar por lo bajo cómo Gabrielle musitaba divertida un "a ver si éste me escucha". No pudo hacer nada. Cuando Gabrielle estuvo junto a él, un rápido y violento movimiento del aldeano con el brazo la golpeó en el tórax, con un efecto devastador: lanzó a Gabrielle cuatro pasos atrás y apenas sí la guerrera pudo sujetarla antes de que cayera al suelo, flexionando las rodillas para absorber el impacto del peso de su cuerpo. —¡Gabrielle! –gritó. Un gesto de dolor cruzaba el rostro de la bardo al tiempo que la joven intentaba llevarse una mano al pecho dolorido — No, no, no, espera... –le dijo Xena, cogiéndole la mano. Con un rápido vistazo a su alrededor comprobó la situación del atacante y registró con estupor que éste no se hallaba en su campo de visión. Es más, no había nadie en su campo de visión. La aldea estaba vacía y opresivamente silenciosa. Un gemido de Gabrielle reclamó toda su atención —Espera, Gabrielle, no te toques. Déjame ver qué tienes... –y, suavemente, le apartó la mano, al tiempo que volvía a echar una rápida mirada a su alrededor. No había nadie. No se escuchaba a nadie. Nada. Centró su atención en el pecho de Gabrielle, apartando a un lado la tela de su camisa. Una fea contusión empezaba a dibujarse en el tórax, una contusión que pronto reveló algo más: estaba oscureciéndose aceleradamente y Xena intuyó que el golpe había sido tan fuerte como para provocarle una hemorragia interna, pero no lo suficiente como para desgarrar la piel y permitir así una vía de escape a la sangre. Sabía lo que podría pasar si esa sangre no era liberada. Tendría que hacerlo ella misma. Se inclinó sobre ella y, al tiempo que cogía la pequeña daga de su pecho, le susurró suavemente al oído : —No te preocupes, Gabrielle, no te dolerá... –la joven asintió débilmente, con los ojos cerrados. Empezaba a no respirar bien. Xena debía darse prisa. Su mano izquierda sujetó con fuerza la frente de Gabrielle y su mano derecha, con un gesto firme y preciso de la daga, desgarró la piel en la zona de la contusión. De inmediato un borbotón de sangre manó de la incisión y Gabrielle, Xena lo notó bajo la presión de su mano sobre su cabeza, se relajó perceptiblemente. Xena se tensó durante un instante y después se dejó ir, suspirando hondamente. Acarició levemente la mejilla de la joven, notando que estaba enfebrecida. —¿Gabrielle? –musitó —¿Gabrielle?
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    La joven abriólos ojos y parpadeó un par de veces antes de enfocar su mirada en Xena. Ésta le sonrió. —¿Mejor? —...ena –la voz de Gabrielle era débil, entrecortada. —Estoy aquí. No te preocupes, estarás mejor dentro de nada. —...tacó –intentó decir —Ese hombre... VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Shist... no hagas esfuerzos. No te preocupes ahora por eso. Ya pasó... –Xena volvió a mirar a su alrededor. Nadie. Nada. Todos sus sentidos estaban en alerta. No quería más sorpresas. No quería pensar en el brusco silencio en el que se había sumido de repente el pueblo. En ese viento helado. Ni el canto de un ave aquietaba el denso vacío. Volvió a centrarse en la herida de Gabrielle. La sangre había dejado de manar y el pecho de la bardo subía y bajaba de forma acompasada. Notó, sin embargo, que su piel ardía bajo su contacto. Temió que el golpe hubiera causado algún daño interno al cual no pudiera acceder, y un súbito temor mordió entonces su corazón, arrasándolo. Un miedo absoluto ante la mortalidad. De Gabrielle. La miró detenidamente, con un sordo martilleo asolando su sien. Se sintió desesperadamente débil, casi enferma, todo en un segundo. Notó que Gabrielle la miraba. —¿Xena? –musitó. Intentó sonreírle. —Bueno, mi joven amiga. Empiezas tu propio mapa —y le señaló la pequeña incisión en su pecho, intentando parecer despreocupada —No te preocupes, cerrará bien. ¿Cómo te sientes? Gabrielle intentó tragar. —Tengo sed... –susurró. —Bien, beberás –le sonrió. Miró en derredor suyo, con un atisbo de inquietud. Allí, en el centro de la plaza, lo habría jurado, tendría que haber un pozo. "Maldición", se dijo, "mald...". pero ni siquiera pudo seguir pensando cuando, al volver a girar la cabeza hacia Gabrielle, vio un odre húmedo junto a ésta. Primero abrió muchos los ojos, después los entrecerró con desconfianza. Un nuevo barrido a su alrededor volvió a confirmar lo que ya sabía: estaban solas. Tanteó el odre, llevándoselo a los labios. Bebió un trago y paladeó el líquido. Agua, sólo agua. Se resistía, no obstante, a acercárselo a Gabrielle. Todo era muy extraño, demasiado. Pero Gabrielle tenía sed, sus labios estaban resecos. Rogó en su interior porque en verdad ese líquido fuese tan sólo agua, tal y como había comprobado. Acomodó a Gabrielle sobre su regazo y mantuvo su cabeza erguida, apoyándola en el hueco de su hombro. —Toma, Gabrielle, es agua –le dijo, acercándole el odre a los labios —. Bebe despacio. La joven tragó el agua, al principio con ansia, después más tranquila. Cuando terminó, se llevó una tentativa mano al pecho dolorido. —Uf... –se quejó, torciendo el gesto —, esto duele. ¿Qué tengo? Xena se maldijo silenciosamente." Estúpida guerrera. De qué te sirve tu pasado si no logras salvar el presente en base a esa experiencia". E incluso ella misma, a pesar de haber sido dueña de ese pensamiento, se conmocionó con él, por todo lo que implicaba. En este presente ella no estaba sola, como en su turbulento pasado. En este presente que ahora construía Gabrielle ocupaba un lugar central, cada vez más, cada vez mayor. Ese pensamiento la turbó... y la llenó de una paz hasta ahora desconocida para su alma. Antes de que pudiera seguir con el hilo de sus pensamientos sintió agitarse a Gabrielle en su regazo. —¿Xena? La guerrera la miró. Si Gabrielle percibió el brillo en sus ojos nada dijo.
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    —Últimamente eres unaprincesa muy perdida en tus ensoñaciones –le espetó la joven, sonriendo levemente. Xena correspondió a su sonrisa. —Y tú una bardo muy afortunada. No te colgaré del árbol más alto por volver a llamarme eso.. Gabrielle sonrió más aún. —¿Xena? —¿Mm? VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Agradezco tu cuidado, pero... –arqueó levemente el cuello —... esta armadura pectoral tuya me está machacando la oreja. —Oh. Xena la ayudó a incorporase, siendo absolutamente consciente en ese momento de cómo su cuerpo echaba de menos el cálido peso del de Gabrielle. Se sintió repentinamente... desamparada. Agitó con decisión su cabeza. Maldito día. Malditos sentidos. Había pasado todo el día anterior revolcándose en la amargura de su propio pasado, viéndose azotada por los oscuros designios que veía en un ayer trazado a base de sangre y fuego; convenciéndose hasta la médula de que su vida no merecía continuar o, en todo caso, de así hacerlo, que tomara ésta el rumbo del continuo dolor, del tormento de un oscuro pasado esculpido con ira y odio sobre cada fibra de su ser. Y he aquí que, en el tiempo de un suspiro, un golpe había hecho saltar en pedazos la preeminencia de sí misma sobre todo lo demás. Ahora sólo importaba Gabrielle. Pero, y aún temió hacerse a sí misma esa pregunta, " ¿por qué era tan importante Gabrielle?". "No", se corrigió a sí misma, "¿ por qué lo era tanto para ella?". Notó moverse a la bardo. —Ooops... –Gabrielle sujetó con fuerza la muñeca de Xena, lamentándose al incorporarse —Esto duele, duele, duele... –gruñó entre dientes. Xena se obligó a clavar sus sentidos en la realidad. —Espera Gabrielle, no hagas movimientos bruscos –y pensó: "no los hagas, porque todavía no estoy segura del alcance de tu herida. No lo hagas, porque temo que una hemorragia masiva que no pueda controlar arrase tu pecho. No lo hagas, porque entonces yo no sabría qué hacer". Pero ni ella misma tuvo muy claro si eso último hacía referencia sólo a la herida de la bardo o realmente al resto de su propia vida. Estaba dispersándose mucho en sus pensamientos... y en sus sentidos. Colocó su mano en la espalda de Gabrielle y se incorporó levemente, flexionando las rodillas —Lo haremos poco a poco, ¿de acuerdo? –sujetó con su mano libre el antebrazo de Gabrielle — Si al alzarte notas algún vahído dímelo y pararemos. Gabrielle pareció divertida. —No es para tanto –protestó —Sólo es un golpe en el pecho. —Obedece. Gabrielle asintió, mirándola. —Por supuesto. Nadie en su sano juicio osaría jamás desobedecer el mandato de un... – "Señor de la Guerra" estuvo a punto de pronunciar, pero se detuvo a tiempo —... una guerrera. Xena enarcó una de sus cejas en su característico gesto, pero no replicó. —¿Lista? —Ajá... –asintió Gabrielle. Y se sintió levantada suavemente, como una pluma. Los músculos y la envergadura de Xena le hacían parecer casi siempre una desmañada aldeana a su lado pero, dioses, ambos eran bien recibidos y de
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    agradecer en segúnqué circunstancias. Sintió una leve punzada cuando por fin estuvo plantada sobre sus pies, pero nada más. Inspiró con cautela y expulsó el aire con la misma diligencia. Sólo notó un leve malestar. —Creo que va bien –informó a Xena, que aguardaba expectante a su lado. —¿Seguro? —Sí, claro, muy bien –le sonrió —. Tranquila, no fue más que ungolpe. Xena ladeó la cabeza. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Un feo golpe. —Bah... –Gabrielle sacudió una mano, quitándole importancia —Pero tú estabas aquí. Gabrielle notó la conmoción en Xena cuando una sombra permutó sus rasgos de la inquietud al desencanto. —Ni lo estaba tanto ni fui tan rápida como tú hubieras necesitado. –dijo sombríamente. Gabrielle notó el pesar en su voz. —Vamos Xena —dijo con vehemencia —, no eres una diosa omnipresente y omnipotente –dijo esto último con un leve toque de ligereza —. Y, además, no has de cargar sobre tus hombros el peso de mi cuidado. Cuando decidí marchar contigo lo hice bajo mi propia responsabilidad y no deseo convertirme en... –vaciló —... una molestia para ti –encaró con inseguridad los ojos de Xena, un azul que tenía más de mar que de metal para ella. Suspiró. Siempre esa incertidumbre, esa duda. No deseaba ser una carga para Xena, un obstáculo que acabara convirtiendo su compañía en indeseable, que alentara la decisión de Xena en el camino de la separación. Al fin y al cabo, no era más que una aldeana con más debilidades que ventajas. Pero al parecer Xena no pensaba así. Y, en todo caso, si algún día ella tomara esa decisión, separar sus caminos, no lo haría en razón de las infundadas incapacidades de Gabrielle, sino todo lo contrario. Enviaría a la bardo de regreso a Poteidea para preservar la riqueza que representaba. Jamás había encontrado un ser tan puro en toda su vida. O tal vez sí, y seguramente acabó atravesándolo con su espada antes de que pudiera demostrárselo. Gabrielle malinterpretó el nuevo gesto de desagrado que se dibujó en el rostro de Xena. Le costó un terrible esfuerzo decir lo que dijo a continuación: —Me iré si así lo deseas –dijo débilmente. Xena se agitó. "¿Cómo, por todos los dioses, había Gabrielle engarzado sus palabras con su propia inquietud interior?". Era como si hubiera seguido el hilo de sus pensamientos. —No –dijo claramente, quizás con demasiado ímpetu —. No –volvió a decir, esta vez más sosegadamente —... Quiero decir –vaciló —, no si tú no lo deseas –parecía turbada, insegura, y Gabrielle lo notó. Antes de que pudiera replicarle, la voz interior de Xena ya había elaborado toda una ruta de pensamientos. Se dijo a sí misma que estaba siendo egoísta. Profundamente egoísta. Se había acostumbrado demasiado a esa rutina dual, a hacer las cosas junto a alguien, ella que tan autosuficiente había sido siempre. Y por mucho que a veces su otrora alma solitaria reclamara puntualmente una soledad egoísta, era éste con mucho un egoísmo mayor. Deseaba que la bardo continuara junto a ella. Pensar en lo contrario le provocaba un aturdidor vacío que jamás antes había sentido. Y éste era su nuevo egoísmo. Era consciente de que su pasado iba a perseguirle siempre, todos los días de su vida, y era un pasado con muchos filos. Había cambiado el sentido de su espada, convirtiéndola en instrumento de justicia y no de maldad, y sabía que tendría que seguir usándola, pues cientos, y no uno, eran los corazones oscuros que todavía asolaban el mundo. Y Gabrielle, suspiró, siempre estaría allí. Cada vez que se cruzara con una milicia renegada, con un grupo esclavista; cada vez que alguien la buscara para ganar su nombre, para hacerle pagar su pasado, cada vez que... por eso era egoísta. Deseaba la compañía de Gabrielle, pues temía la soledad tras haber conocido la sincera compañía. Pero también sabía los riesgos que ello entrañaba. Inspiró profundamente y encaró la mirada de Gabrielle —. Hagamos un pacto –le dijo súbitamente. Gabrielle arqueó una ceja, extrañada.
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    —¿Un pacto? —Sí. —¿Qué tipode pacto? Xena tomó aire. Le iba resultar difícil decir aquello. —Escucha, Gabrielle. Aprecio mucho tu compañía y valoro aún más tu amistad pero... la rompería en un instante, sin dudar, si con ello creyera que ibas a sobrevivir más allá de mí misma. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Gabrielle inició una protesta. No estaba segura de lo que Xena le estaba diciendo y tampoco estaba segura de que quisiera seguir escuchándolo. Intentó decir algo, pero Xena la acalló con un gesto. —Soy una asesina, Gabrielle. Déjame hablar... –le espetó, cuando vio que la joven iniciaba un nuevo gesto de protesta —Y lo soy tanto por acción como por omisión. Lo soy cuando permito que tú sigas a mi lado y cuando por ello te hieren –bajó fugazmente la mirada hacia el pecho contusionado de Gabrielle —. Tú pareces pagar un tanto de mis deudas con la humanidad, pues ella no distingue cuando arremete con ciega furia. Si sigues a mi lado, algún día, sin que ninguna de las dos pueda evitarlo, caerás bajo su hierro. Y tú no eres la deudora. Sólo yo lo soy. Sólo yo fui quien guió mi odio y mi furia. Así –volvió a tomar aire —, quiero que me prometas una cosa Gabrielle. Gabrielle aguardaba con expectación. —Abandóname –Xena dudó una milésima antes de continuar al percibir el súbito y fugaz dolor que ensombreció los ojos verdes de Gabrielle, pero se obligó a continuar —. Hazlo sin dudar el día que te lo pida, pues ten la seguridad que si algún día así lo hiciera, sería por muy buenas razones. No pareces creer que tus dones son mucho más valiosos de lo que puedan llegar a ser los míos, si acaso los tuviera –torció el gesto —y estimo que la continuidad de tu camino en este mundo será mucho más necesaria que la mía. Ese es el pacto que te pido. Tu compañía... –pareció vacilar en su forzada seguridad —me es muy importante y no lo voy a negar. Simplemente has traído la luz a mi vida, Gabrielle –suavizó el tono de voz, intentando sonreír —. Dudo que mi camino hacia la redención tuviera tanta firmeza si tú no estuvieras aquí para... apoyarme –pareció acallar un súbito dolor, pero se rehizo —. Prométeme que te irás de mi lado si así te lo pido, pues mis razones dirán que será por tu bien, pero créeme si te digo que, en el fondo, sería por el mío. Porque tu bien es mi bien. Gabrielle se sintió profundamente conmovida. Xena acababa de desnudar su alma ante ella, no toda, no tanta, pero sí una porción gigantesca, vital. Quiso abrazarla, quiso rodearla con sus brazos y acunar su morena cabeza en su hombro, invertir el orden por una vez y ser ella la protectora y decirle "basta, saca todo tu dolor, tu miedo, tu cólera, que nada ocurrirá. Déjate mecer por una vez, déjate proteger, muéstrame tu debilidad para que pueda conocerla y preservarla del mundo. Ven a mí de una vez". Así que la miró directamente a los ojos y, extrañamente aún para ella misma, se oyó decir con una pasmosa seguridad: —Lo haré. Y tu pacto será también el mío. Prométeme que me abandonarás cuando mi presencia ya no aporte nada a tu vida, cuando el riesgo sobre ti misma sea superior al riesgo sobre mí. Porque... –y ahora fue ella la que acalló con un gesto el intento de réplica de Xena —porque... –repitió — conozco tus dones aunque tú quieras ignorarlos y no sabes cuán valiosos son, mucho más allá de nosotras mismas. Tus dones se proyectan sobre el resto de la Humanidad y tengo la absoluta certeza de que tu propia ceguera ante ellos no impedirá su despliegue –agitó su cabeza, permitiéndose sonreír por primera vez —. Y acepto el pacto porque, Xena, tu bien también es mi bien. Por un instante reinó el más absoluto de los silencios y fue en ese micro espacio de tiempo que ambas bucearon en sus miradas y vieron más allá de las palabras, más allá del mundo descrito. Así sellaron su pacto. Fue Xena la que, por una vez, se adelantó a un abrazo. Lo hizo con delicadeza, temiendo lastimar aún más la herida de Gabrielle y ésta la rodeó también con sus brazos con una fuerza inusual. No cruzaron una sola palabra, no hacía falta. Mantuvieron el abrazo unos largos segundos, durante los cuales una, la guerrera, experimentó el alivio de un contacto ante el cual siempre se había mostrado reacia, temerosa del caudal de debilidad que podría abrir y otra, la bardo, por fin pudo materializar el consuelo que siempre había querido volcar sobre la atormentada Xena.
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    Hubo algo másdurante esos largos segundos, algo terrible. Xena se dio cuenta de que Gabrielle estaba muerta. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 5ª parte. Autora: Elxena "El corazón no le latía", musitó la guerrera, a sí misma, al mundo, agitando pesarosa la cabeza en el camino de sus recuerdos, "el corazón no le latía". VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Una fría lengua de viento volvió a levantar un puñado de hojas secas alrededor de sus gastadas botas, y volvió a rememorar aquel abrazo, aquella súbita sospecha cuando notó, extrañada, que algo no iba bien; cuando, sin explicárselo aún, dirigió su atención a la búsqueda del regular pulso que debía estar allí, en Gabrielle. Entre sus múltiples cualidades se hallaba la de un sentido de la percepción extraordinariamente desarrollado. Un sentido que la había salvado en innumerables ocasiones. Un sentido que ahora había abierto un boquete de pánico en su corazón. Recordó cómo, de forma inconsciente, colocó su mano sobre el cuello de la bardo. Y se sintió desfallecer. No podía ser. Volvió a hacerlo y el miedo mordió su corazón. Para entonces Gabrielle se había apartado ligeramente de ella, con un brillo divertido y confuso en los ojos: —"¿Se puede saber qué haces Xena?". — ¿Se puede saber qué haces, Xena? –le preguntó Gabrielle con un brillo divertido y confuso en los ojos. Brillo que se transformó en alarma cuando vio la expresión de Xena. — ¿Qué pasa? Si Xena hubiera podido responderle se hubiera encontrado con que no habría sabido qué. En vez de ello, posó la palma de su mano sobre el pecho de Gabrielle, justo donde se hallaba la contusión. Allí no latía ningún corazón. Xena respiró agitadamente. Gabrielle necesitaba una respuesta a su actitud y no deseaba en absoluto proporcionársela. — Xena, me estás asustando. ¿A qué se debe esa expresión? Por primera vez en toda su vida Xena supo lo que era el pánico. Notó con desasosiego que el silencio en el pecho de Gabrielle y el del pueblo eran dolorosamente similares y se preguntó hasta qué punto estaba relacionado con ello la súbita desaparición de sus habitantes, o del mismo pozo... o de esa casa... o de esa otra... El árbol de aquel callejón, el montón de heno acumulado a un lado, ¿el tejado de aquel comercio? Xena creyó perder la razón. Todo estaba fluctuando a su alrededor, de forma aleatoria, caprichosa, demencial. Las casuchas oscilaban de una dimensión a otra, súbitos cambios físicos en el entorno que la sumieron en un estado de espantosa irrealidad. Lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue la voz de Gabrielle que, aterrada y urgente, le preguntaba una y otra vez: "por qué, por qué, por qué..." Silencio.
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    Absoluto, sepulcral. Y unavoz: "vuelve el águila a su nido". Y otra, sarcástica: "vuelve el carroñero, el instrumento del mal". Y el silencio de nuevo. La despertó una niña, un bebé apenas. De tez pálida, ojos grandes. Con el cuello seccionado por una profunda herida. Le sonreía. — Eres tú —le espetó con voz infantil. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Y Xena, aturdida, preguntó: — ¿Quién... soy yo? — Tú eres el águila que vuelve al nido, el carroñero y el instrumento del mal. Tú eres por quién yo fui muerta. Tú fuiste la mano que detuvo el cumplimiento de mi destino. Xena se sintió desfallecer. Notaba que estaba tumbada sobre algo frío y duro, aunque la oscuridad que reinaba a su alrededor le impedía percibir nada más. — ¿Qué es esto? –y a continuación, con alarma, girando su cabeza a un lado y a otro, buscando —¿Y Gabrielle? ¿Dónde está Gabrielle? La niña sonrió. — Yo soy Gabrielle. Xena sintió un agudo ahogo en su pecho. La niña prosiguió: — Ella está ahora en mí. También murió por tu mano. Yo soy todos los que por ti murieron. Los ojos de Xena se agrandaron con horror. Se sentía débil, perdida, confusa. — Explícame, por favor... –le suplicó en un susurro, alargando una mano temblorosa hacia la niña muerta —Por favor... –sentía en su interior una helada certeza, una premonición inconclusa, el camino de una verdadque no quería recorrer. — Mira a tu alrededor –y, ante un aleteo de la niña con su mano, Xena notó que la oscuridad iba resbalando hacia una penumbra casi perceptible, donde los contornos empezaban a perfilarse, aunque aún algo difusos. Vio entonces los cuerpos mutilados, la sangre en las paredes, los restos humanos esparcidos, el humo acre, el dolor, el miedo, la ira, el absoluto terror. El pastoso olor de la muerte. El olor a óxido. Una náusea sacudió su estómago. Vio la carne sanguinolenta y mórbida, vio a mujeres y hombres convertidos en guiñapos, los labios abiertos de sus heridas, el hedor de sus cuerpos, el horror congelado en sus rostros. Vio a su propio hermano llorando en un rincón. — ¡Lyceus! –gritó, intentando ir hacia él. No pudo. Él alzó sus palmas en un gesto de muda desesperación, infinito dolor y reproche. : "¿por qué me convertiste en tu excusa?¿Por qué hiciste de mí la causa de tanto dolor?" –y, mirándola fijamente, añadió: — "Ahora vivo entre ellos y... me duele, me duele mucho, hermana". Entonces, un musculoso guerrero de fiera envergadura se materializó de la nada junto a Lyceus y, blandiendo una pesada y afilada espada, partió su cráneo en dos. Xena gritó con terror, con desesperación, pero nada pudo hacer. El guerrero de la nada remató su macabra faena propinando una violenta patada al cuerpo roto que había sido Lyceus. Xena sintió resbalar unas lágrimas y se llevó una mano al pecho, allí donde todo el dolor, toda la pena, habían anidado. Volvió a escuchar en ese momento el par de voces que habían dado la bienvenida a su
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    consciencia, la primerade ellas suave, la segunda, sarcástica: — Alimenta a tus polluelos, guerrera. — Afila la hoja de tu mal. Y algo fue lanzado rodando a sus pies. Lo miró. Era la cabeza de Gabrielle. Perdió el conocimiento. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Ahora estaba en un jardín marchito, el sol castigando sus pupilas, arrasando su lucidez. Ahora la niña estaba sentada sobre sus rodillas. No se mostraba inquieta. Sólo la miraba atentamente. Xena tomó aire profundamente, parecía haberse olvidado de hacerlo hasta ese momento. Frunció el ceño. Algo le dolía muy en su interior. — Por favor... –volvió a suplicar Xena. La niña posó una pálida manita en el pecho de Xena. — ¿Tienes miedo? Xena asintió. — Mucho. — ¿Tenías miedo antes? — ¿Antes? –replicó, confusa. — Durante tus días de Señor de la Guerra. Xena se mordió el labio inferior. Su cuerpo y su rostro estaban cubiertos por una leve pátina de sudor, el cabello húmedo pegado a la frente. — Yo siempre he tenido miedo –se oyó decir a sí misma. No lo entendía. ¿Miedo? ¿De qué? —Por favor... –volvió a pedir —Necesito saber qué... –y miró a su alrededor —... es todo esto. La niña, de repente, le besó en la barbilla. — Hace un segundo mataste a Gabrielle y ahora estás loca –le dijo con voz cantarina. Empezó a jugar a hacer palmas contra la armadura de la guerrera, siguiendo el ritmo de su propia letanía —. Loca, loca, loca. Xena se sintió morir. Quiso gritar, pero un abismo de silencio se alojó en su garganta. Intentó apartar a la niña de su regazo y, cuando lo hizo, sujetándola por las axilas, la niña se deshizo violentamente entre sus dedos, dejando un rastro de polvo sanguinolento del cual pronto estuvo llena de pies a cabeza. Volvió a suplicar. — Por favor, por favor, por favor. Durmió, pero ya no volvió a despertar. No al menos en aquel lugar. — Xena, ese cuadrado rueda hacia mí con ira y con pena, detenlo, detenlo –pedía Gabrielle. Volvía a estar ¿consciente? Abrió los ojos. No era Gabrielle. Tampoco era la niña. Era ella, con la voz de Gabrielle, con el cuerpo de la niña.
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    — Quiero morir–pidió. Y entonces un gato obeso, a su lado, moviendo el bigote, le espetó, divertido: — ¿Por qué? ¿Porque un cuadrado ruede hacia ti con ira y con pena? Xena lo miró. Y quedó ciega. Ahora ni veía ni oía. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Pensó en Gabrielle. Supo entonces por qué aquella muchacha era tan importante para ella, ahora lo comprendió. Se sintió irracionalmente feliz y absurdamente cuerda. Pero todo lo volvió a olvidar instantes después. El gato lamió su mejilla, ronroneando. Las voces graves, profundas, hablaban entre sí pausadamente. —¿Qué le habéis hecho? —preguntó una voz azul. — Hemos jugado con su mente y su corazón, con su ira y su bondad —le respondió una voz roja, algo pastosa. —¿Su bondad? –preguntó extrañada la voz azul. —La tiene, sin duda –replicó, asintiendo, la roja. —Un Señor de la Guerra bondadoso –musitó la azul. — Ya no lo es. Ya no lo era cuando empezamos a jugar con ella –dijo la voz roja —. Ya no es un Señor de la Guerra. —¿Qué le habéis hecho? –volvió a preguntar azul. —Hemos jugado. Y los juegos, juegos son. —¿Por qué? —¿Por qué qué? —¿Por qué ella? ¿Por qué jugásteis así? ¿Por qué todo lo que ha visto? —¿Por qué no? —Eres un dios cauto, pero eso te hace ser también sumamente irritante. —No te alteres. Las diosas alteradas provocan profundas y oscuras simas en el Universo. La diosa de la voz azul sonrió levemente. —Juegas con las palabras del mismo modo que juegas con los mortales. —Me gusta. Me aburro. Ellos y ellas están para eso –y el dios Rojo echó un largo trago de un odre viscoso.
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    —¿Los mortales? —Los mortales–asintió, tragando con fruición. —Volveré a preguntarte lo mismo –dijo ella —. ¿Qué le habéis hecho? El dios Rojo suspiró y en algún lugar de Anatolia un bosque entero de cedros vio quebrado sus árboles. —Xena era la favorita de Ares, era el instrumento del mal del dios de la guerra, su mejor baza, la servidora perfecta. Empezó siendo una aldeana que tan sólo quería defender su aldea. Después, la venganza anidó en su corazón. El ansia de poder llegó posteriormente. El odio fue el que venció al final. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Y ahora? —Ares sólo me pidió que lo intentáramos. Quiere desequilibrarla, arrancar de sus pies la frágil tabla de la cordura. Quiere verla tambalearse, para recogerla en el momento de la caída. Quiere que vuelva a ser suya, quiere volver a tenerlo. El corazón de Xena. El oscuro nido donde anidaban sus hambrientos polluelos, sedientos de sangre y horror. La otrora Destructora de Naciones se escapó de entre sus divinos dedos y ya no le pertenece. Giró hacia la luz. Fue un mal día para la guerra ése. Salvó a un niño. El resto es historia. Un dios Amarillo se acercó a ellos, uniéndose a la conversación. — ¿Por qué le interesa tanto a Ares? –inquirió. El dios Rojo encogió sus hombros. — Yo jamás pregunto. Nunca hay una razón que me interese –y volvió a beber de su odre. El dios Amarillo se fue a amanecer a algún lugar del mundo conocido, estelado de ocre. La diosa Azul se acercó más a Rojo. —¿Pretende Ares subyugarla a través de la locura? Rojo asintió. — Ella piensa que ha matado a la tal Gabrielle, ahora lo verás. La haremos retornar al mundo real, junto a su amiga. Este paseo por todos sus demonios interiores ha hecho mella en ella. Tiene su pasado a flor de piel. En realidad todo ha tenido su principio hace unos días, cuando atacó a una milicia esclavista. Uno de los bajuun que mató era fragmento de carne de Ares, una de sus creaciones aún en estado embrionario, un asesino cuya alma había empezado a emponzoñarse con el hálito venenoso del dios de la guerra. Todavía no estaba completo, por eso no era poderoso, por eso Xena pudo matarlo, atravesarlo con su espada y salpicar sus botas con la sangre del maldito. —¿Ella lo sabía? –inquirió Azul. — Por supuesto que no. ¿Acaso crees que los planes de los dioses son despojos prestos a ser adivinados por los mortales? –hizo un gesto de desprecio —. Sólo fue una coincidencia. Se encontró con ellos y todo acabó como acabó. Ella notó algo pero nunca sabrá qué. Estuvo a punto de reconocer el aliento de Ares en ese esclavista, un aliento que había sido el suyo propio. A Ares no le hizo ninguna gracia, debo añadir. — ¿El agua de ese odre del que bebió la muchacha estaba envenenada? –preguntó ella. — Oh, vamosss... –siseó el dios Rojo —No seas vulgar, querida, no agravies mi ingenio. Eso sería demasiado fácil, demasiado poco. No, no será el odre, no tiene nada que ver. La rubita tenía sed, yo ya había empezado a hacer desaparecer el pueblo y... pst, ¿qué quieres que te diga? –se alzó de hombros —, a veces me doy asco yo mismo de lo amable que soy. —¿Y ahora? –preguntó ella. — Bueno, ahora ella, Xena, despertará. Pero no despertará... –rió sin alegría —Verás, ella creerá despertar, pero sólo lo habrá hecho de uno de los sueños. Nos hemos tenido a bien envolver a la
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    infeliz en uncerco irreal, en una telaraña de pesadilla de la que nunca sabrá que forma parte. Hemos construido un laberinto de ensueños para ella. Ahora abrirá los ojos, creyéndose de vuelta a la realidad tras su tormentoso paso por el Averno de los Infortunados, donde ha visto a su propio hermano. Despertará, creerá hacerlo, en aquella aldea, junto a Gabrielle, junto a su cuerpo–matizó, divertido —, pero en realidad ni siquiera está en esa aldea. Es un segundo sueño. Sueños dentro de sueños. Espejismos. Delirios. —¿Podrías ser más explícito? –pidió ella. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Oh, bueno... –Rojo parecía disfrutar con la conversación, deleitándose en desentrañar la astucia de su plan. —Verás, Actia, ¿ése es tu nombre, no? Pues verás, Actia, Xena lleva tres días en coma, no se ha movido del campamento que ella y Gabrielle montaron tras la refriega con los bajuun. Ares pidió a uno de los demonios del Inframundo que musitara unas palabras al oído de su otrora hija de sangre. Ya sabes lo que ocurre cuando un demonio te susurra al oído. Ese viento helado. Se lo lleva todo. Tu pensamiento, tu entendimiento, tu recuerdo. Cierra tus ojos y agita tu respiración. Acalla los latidos de tu corazón y enfría tu piel. Xena está ahora así, yace inconsciente al cuidado de Gabrielle que, desesperada, tampoco se atreve a dejarla sola e ir en busca de ayuda. Por cierto, que su adorada Argo fue enviada a pastar a los Campos del Olvido –se rió por lo bajo —. Anda ahora masticando hierba en algún punto lejano, ni siquiera sabe que es una yegua, ni siquiera, en realidad, creo que sepa lo que es ser una yegua. Es un animal fiel a su ama y no podíamos consentir que Gabrielle pudiera acomodar a Xena en ella e ir en busca de alguna aldea, ¿verdad? Y ahora que lo pienso... –pareció reparar en algo y sonrió ampliamente, volviendo a beber —Xena adora a esa yegua. Haremos que la mate en ese primer sueño –resolvió, satisfecho —. Eso haremos. —¿Has pactado con Ares? — Así es, querida tediosa mía. El Olimpo y los mortales pueden llegar a ser muy aburridos. Y yo no estoy hecho para el aburrimiento. Ares quiere que esa Xena vuelva a él, pero sería imposible por el curso que ha tomado su corazón en los últimos tiempos. No lo hará, no en su estado actual, Ares lo sabe. No con ese espíritu de ñoña redención que arrastra tras su abdicación como reina de la desolación –rió burlonamente —. Estúpidos mortales. Esa mujer me divertía mucho más antes, créeme. Ares sabe que sólo podrá ser suya si su corazón gira de nuevo hacia la oscuridad, y no creas que no lo ha intentado. Ha tratado de atraerla una y mil veces con mil y una artimañas, pero la guerrera las ha rechazado todas. Es fuerte y lo es aún más por esa pequeña rubia que la acompaña. ¿Increíble, verdad? Toda una sanguinaria guerrera doblegada su voluntad por el anhelo de una insignificante criatura. — Pero tú mismo has dicho que hay bondad en su interior –replicó Actia. — Así es –rezongó él, despectivo —. Una bondad dormida despertada y alentada por la incansable – pronunció con retintín la última palabra. —¿Incansable? –inquirió Actia, sin comprender. — Oh, sí, la pequeña rubia. Come, habla y ama hasta el hartazgo. Actia alzó una de sus cejas. — Esa visión que tuvo... del feto y Xena, en el campo de batalla, ¿la provocaste tú? Rojo sonrió, embelesado en su propia obra. —Sí. —¿Por qué? — ¿¡Y por qué no?! –replicó él, irritado —¿No aciertas a entender la gracia del puro juego? Te he dicho que me aburro y que para eso están los mortales. Además –añadió —, que se entere la incansable de cómo se las gastaba su amiga. —Creo que ya lo sabe sin necesidad de tu ayuda. Y lo acepta. Rojo gruñó, buscando con ansia el gollete del odre viscoso. El dulzón aroma del licor fermentado llegó claramente hasta Actia.
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    —¿Cómo podría Xenaretomar su oscuridad? –inquirió ella. — Por lo pronto, matando a Gabrielle –sonrió estúpidamente —. Jamás se lo perdonará. Esa muerte le romperá de tal modo, le destrozará tanto, que su alma será un campo abonado para el retorno del monstruo. No soportará saberse el verdugo de la única persona que la había aceptado como era y que la ayudaba con su pasado. Su propia ira la conducirá de vuelta a Ares. Él se colará por entre las fisuras de su partido corazón. —¿Esa muchacha ha muerto? — Pss... –Rojo se encogió de hombros —Sí y no. Ha muerto en el sueño inducido, pero sigue viva en la realidad. Verás, tediosa y aburrida sssserenidad –ahogó un eructo —, te lo mostraré. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Agitó el manto de nubes a sus pies y abrió dos espacios en semicírculo. Señaló el primero. En él Xena yacía inconsciente junto al fuego en un claro del bosque, mientras una desesperada Gabrielle se inclinaba sobre ella. —Realidad –dijo Rojo —Xena está pero no está. Tres noches atrás el susurro helado del Inframundo penetró en su alma y preparó el camino hacia... –señaló el segundo espacio abierto. Xena inclinándose sobre Gabrielle en la aldea —... Pesadilla. Xena cree estar en una aldea, donde cree haber matado a Gabrielle. Bueno, en verdad lo ha hecho. Al menos en esa dimensión –soltó una corta carcajada —. Aquí la incansable sí ha muerto. Y, por cierto, ése podría ser su estado definitivo si Xena se deja vencer por el odio, aunque sea a sí misma, y libera el pequeño devorador que anida en su corazón. Qué pena, ¿verdad? Si así ocurre, la rubia morirá también... ahí –señaló el primer espacio, Realidad —. Y será Xena quien también la mate. Para que todo sea uno. Bonito, ¿verdad? Actia lo miró con desprecio. —¿Qué ganas tú con todo esto? — ¡Diversión! –alzó los brazos al aire —¿Qué si no? Además... –se acercó a ella, como si fuera a hacerle una confidencia, y Actia notó el agrio olor del alcohol en sus palabras —... tener a un poderoso dios de tu parte puede ser muy beneficioso, querida. Actia Azul parpadeó. —¿Hay algo más que deba saber? –le preguntó. — Oh, sí. Su amigo Caprus no existe –ahogó una risotada —. Ella piensa que sí, pero no. Fíjate, incluso recuerda batallas a su lado, piensa que le salvó la vida, que no tiene piernas y que regenta una posada en una remota aldea, en esa remota aldea. Nos indujimos ese recuerdo en ella, Nos implantamos en su mente ahora dormida los resortes del divino plan. Para ella es muy real lo que ha sucedido, lo que va a suceder. Cree que Caprus existe, cree que él le va a proporcionar información sobre los esclavistas, cree que llegó a esa aldea junto a Gabrielle y ahora, cuando chasqueemos nuestros divinos dedos, creerá que está de vuelta a esa pensada aldea, junto a esa pensada Gabrielle muerta por ella. — Eres retorcido –dijo ella fríamente. — Somos la locura –dijo él, orgulloso. Y chasqueó los dedos. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 6ª parte. Autora: Elxena Gabrielle se inclinaba sobre la figura yaciente de Xena. Tocó su piel helada, comprobó su débil latido. Acomodó las hojas con las que la había arropado, intentando hacerla entrar en calor. No comprendía nada. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Xena yacía de este modo desde hacía tres días. Nada físico parecía haber provocado su actual estado. Simplemente cayó redonda ante sus atónitos ojos, resbaló de Argo como un pesado fardo. Le había pedido cabalgar a su grupa aquella mañana, al ponerse de nuevo en camino hacia esa aldea donde Xena le había dicho que vivía su amigo; la había abrazado para que sintiera su cercanía y, dos metros más allá Xena, simplemente, cayó. Casi la arrastró en su caída. Desmontó con celeridad y se acercó a ella. No estaba consciente. Apenas podía moverla, su cuerpo estaba muy pesado. —Xena, ¿qué te ocurre? Xena, por favor... –se alzó para alcanzar el recipiente de agua de las alforjas de Argo para refrescar el rostro de Xena pero comprobó, atónita, que la yegua ya no estaba allí. Había desaparecido — Pero, pero... –empezó a musitar, aturdida —Qué está pasando. ¡Argo! –llamó. La yegua no respondió a su llamada. Centró su atención en Xena, intentó infructuosamente hacerla volver a la consciencia pero le fue imposible. Tanteó su cuerpo y su cabeza en busca de alguna herida, pero no halló ninguna. Recordó lo que habían comido la noche anterior, pero descartó la idea porque si algún mal hubiera habido en esos alimentos ella también lo habría padecido. Se sintió desesperar. No sabía qué hacer, perdida, pequeña. Miró a Xena y acarició su frente. Debía serenarse. El latido de su amiga era débil pero regular y debía hacer algo ante la baja temperatura de su cuerpo. Debía acomodarla y arroparla. Como pudo acercó el cuerpo inerte de Xena hasta los restos de la hoguera del campamento y allí la despojó de la armadura y las botas, procurando colocarla en una postura cómoda. Su traje de cuero apenas la cubría como para calentar su helada epidermis. Maldijo en su interior. Las mantas iban también en Argo. Volvió a llamarla pero esperó en vano. Miró a su alrededor, tratando de pensar con claridad. Vio un tronco caído de considerable tamaño y sopesó las posibilidades que tenía de poder arrastrarlo hasta Xena, pues donde había caído era terreno escarpado y no era posible llevar allí a la guerrera inconsciente. La miró y sintió una profunda congoja. Inspiró profundamente y se puso manos a la obra. Dos horas después había conseguido construir un remedo de cortavientos alrededor de Xena, con dos gruesos troncos tapando el lateral y el frontal de la guerrera. Gabrielle estaba agotada, con raspaduras en manos y piernas, pero aún no había terminado. Amontonó una alfombra de hojas sobre el cuerpo de Xena en un desesperado intento de apaciguar la frialdad de su piel. Cuando terminó, agotada, pensó que debía buscar agua, buscar ayuda, buscar a Argo, buscar la consciencia de Xena. Pero estaba tan cansada que lo único que hizo fue tumbarse junto a ella y abrazarla. Estaba junto a Gabrielle, abrazándola. No, no la abrazaba. La retenía. Así pudo imprimir mayor fuerza a su brazo y enterrar con profundidad su espada en el cuerpo de Gabrielle. Esta la miraba aterrada, mientras sus labios desgranaban una aterrorizada y urgente letanía: "por qué, por qué, por qué..."
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    Actia Azul contemplabalos semicírculos, Realidad y Pesadilla. En el primero vio a Gabrielle descansar junto al dormido cuerpo de Xena, cogiendo su mano. En el segundo vio cómo se consumaba el plan de Rojo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Se sintió muy disgustada. Entre los dioses menores (ella era uno de ellos) no faltaban los ignorantes, los engreídos y los irresponsables pero Rojo (otro de ellos), con mucho, era el peor. Era un dios inestable, como su propia condición, y más de una vez sus erráticos actos habían llegado a sus oídos. Le disgustaba sobremanera este último. Los mortales eran de su aprecio y lo que Rojo ignoraba por completo era que, precisamente, esa muchacha rubia que sólo le inspiraba desprecio, se encontraba entre sus favoritas. La joven la había honrado siempre con sus actos, hecho que la complacía especialmente en estos tiempos de señores de la guerra y dioses caprichosos. No le gustaba, por lo tanto, lo que estaba pasando. Ares era poderoso y sabía de su obcecación cuando se fijaba un propósito, pero Actia rechazaba el modo con el que, tan arrogantemente, pretendía aplastar dos vidas. El Olimpo estaba lleno de dioses altaneros. Pensó en hacer algo y fue entonces cuando recordó algo de la pesadilla inducida por Rojo, cuando éste introdujo a Xena camino de sus propios demonios interiores. Recordó el momento en que Xena quedó privada de todos sus sentidos y cómo en ese momento sólo pudo ver y oír su interior. Y lo que allí vio y escuchó fue a Gabrielle, teniendo constancia en ese momento de algo que después olvidaría pero que, si Actia Azul pudiera retornar, sería la llave de su libertad, la libertad de todas las cárceles que aprisionaban el alma de Xena. Volvió a mirar el semicírculo de Pesadilla. Debía hacerlo, y debía hacerlo ya. Y bien. Si extraía su espada, el filo de la misma remataría el trabajo que el arma había hecho al entrar, ahondando más aún el daño en los órganos de Gabrielle. Xena la sostenía más allá de sus fuerzas, le pesaba su cuerpo, le pesaba su alma, enganchada sin retirar la mirada (era lo menos que podía hacer, aunque le desgarrara) de unos ojos verdes aterrorizados, dolidos y confusos que perdían ese brillo, esa luz. Acompañó su caída utilizando el peso de su propio cuerpo y la depositó suavemente en el suelo. Era como un terrible déjà vu. Había hecho eso antes, había cogido a Gabrielle cuando un aldeano la había golpeado en el pecho. Temblaba de pura confusión. La aldea. Había perdido el conocimiento. La aldea que desaparecía. Un sueño, no, una pesadilla. ¿Una niña? Su hermano. El dolor. Notó, al tumbar a Gabrielle en el suelo, que la espada se movía ligeramente. La había atravesado. Maldijo su fuerza, maldijo su espada, no podía pensar, no sabía qué hacer, qué había pasado, por qué esto, ¿ella había atravesado a Gabrielle con su espada?, no había lógica en nada, no recordaba qué, no
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    recordaba cuándo nicuánto, ¿una niña? Gabrielle la miraba atónita y pequeña, desvalida, agónica. Por todos los dioses, qué había hecho. —Qué he hecho, qué he hecho... –musitó, enfebrecida. Miró su mano manchada de sangre e intentó limpiarla en el cuero de su traje, una lágrima ya cercana en su rostro. Gabrielle seguía mirándola, el ceño agotado en un asombro aterrado, quería decir algo, pero un hilo de sangre oscura ocupó el lugar de las palabras. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Gabrielle... –Xena acarició la mejilla ya pálida, el relentecido latido, el primer desvarío de su mirada, atrapada ya por la muerte. Se iba. —No, no, no... –con desesperación Xena examinó la herida pero ya lo sabía. Un Señor de la Guerra debía su nombre por algo. Sabía lo que se hacía cuando atacaba. Gabrielle ya estaba muerta desde el mismo momento que la punta de la espada tocó el tejido de su camisa, desde el mismo momento en que su mente anticipó el movimiento. Se sintió desesperar. Se sintió morir. —No por mí... Fue un susurro, pero lo escuchó. Gabrielle intentaba hablar. Se acercó a ella, inclinándose sobre su voz. —No por mí... –la oyó decir —... no hagas de mí tu excusa... Busca... Un doloroso escalofrío recorrió la espalda de Xena. Esas palabras. Lyceus. Empezó a respirar agitadamente, al tiempo que Gabrielle lo hacía más lentamente. La vio tomar aire con desesperación un par de veces. La vio cerrar los ojos con fuerza. La vio morir. La diosa Azul le susurró al oído. Sabía que la mortal le había entendido. Musitó en su alma la certeza de lo que había pasado, la ira de Ares, el plan de Rojo, la pesadilla a la que había sido arrastrada su amiga Xena. Gabrielle lo entendió. Sintió una brisa azul en su corazón y lo comprendió todo. Una diosa susurrando a su alma, un sueño inducido, ella misma en otro lugar junto a Xena, el divino plan, el dolor de Xena, su propio dolor. Sabía que se estaba muriendo y sabía por mano de quién había sido. Xena se inclinaba sobre ella, el terror y la confusión también dibujados en su rostro. Le inspiró una profunda lástima. Ella iba a sufrir más que ella, ahora lo sabía. Sólo tuvo diez segundos antes de morir para comprender y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, intentó decírselo, intentó hacérselo saber. No tenía tiempo para explicárselo todo, en realidad no tenía tiempo para nada, el susurro de una diosa puede hacerte comprender un mundo entero en un segundo. Las palabras de una mortal moribunda son, en cambio, urgentes e imprecisas. Quiso decirle que todo era un sueño, una pesadilla, la mentira a los ojos de un dios borracho. Quiso decirle que no llorara, que no sufriera, que no pasaba nada. Que ella estaría bien.
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    No moriría pensandoque Xena la había matado. No moriría con la terrible certeza de un hecho irracional. No lo haría maldiciendo su nombre. Quiso decirle tantas cosas y sólo pudo susurrar: "No por mí, no hagas de mí tu excusa". ¿Sería suficiente, lo comprendería? Entonces recordó una parte del susurro de la diosa y añadió: "Busca", pero no pudo terminar la frase. Boqueó con desesperación un par de veces y el infinito dolor cerró con fuerza sus ojos. Actia sólo una cosa no le dijo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Los dioses perversos y borrachos no suelen tejer sus planes al azar. No le dijo así que, si la guerrera no entendía la última súplica de su amiga, si Xena retornaba su corazón a la oscuridad de Ares, todo sueño, toda pesadilla, se haría realidad. Toda mentira sería verdad. Si ello sucediera Xena, la oscura Xena retornada a Ares, tomaría su vida violentamente como tributo a su dios. Xena la habría matado en el sueño y en la realidad. Lo alternativo confluiría hacia lo real y se fundiría en una sola certeza. Actia le había susurrado la verdad a Gabrielle y ésta había comprendido. Le hizo ver el interior de Xena y por ello Gabrielle, en el último momento, lo recordó y le dijo "busca", alentada por lo que allí encontró. Hubiera sido una crueldad innecesaria desvelarle el resto. Quiso que muriera con una esperanza, que pensara que la magnitud de la misma la traería de vuelta a la realidad. En verdad, el tamaño de esa posibilidad no sobrepasaba la densidad del más delgado de los filamentos. Suspiró con pena, observando la Pesadilla y a la derrumbada Xena, pero a ella no podía alcanzarla con su susurro. Ares la fulminaría. Ningún dios menor podía afectar un plan ordenado por un dios mayor. Lo poco que había hecho podría hacérsele pagar caro. A veces era muy difícil ser una diosa menor. Permaneció junto al cuerpo de Gabrielle durante horas. Su mente estaba en blanco, su alma desgajada. No alcanzaba a comprender y todo el aturdimiento de una vida llena de violencia y dudas escupió a su corazón. Qué había hecho. Esperó una respuesta, esperó una alternativa, esperó y nada llegó. Esperaba un reto, esperaba una condición, una prueba, algo que lo explicara. Lo superaría, la aceptaría, la llevaría a cabo. Todo con tal de entenderlo. Pero nada ni nadie vino, y pronto desapareció el sosiego de su alma, y la paz de su espíritu borró su nombre de ella. Qué había hecho. Pensó que si se trataba de un castigo pagaría, pero no con la vida de ella. Pensó que si querían que sufriera lo haría, pero no con ella por motivo. Pensó que si era la estratagema de un dios maldito para enloquecerla... lo estaba haciendo muy bien. Le esperaría al final del camino para hacérselo pagar. Pero nada ni nadie vino a darle una respuesta. Pasó la noche y en ella se fue configurando un mapa de dolor como nunca antes había conocido. Templó su alma al fuego de la aflicción y todo tormento fue poco. Al filo del amanecer comprendió. Que ella, y sólo ella, la había matado.
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    Al filo delamanecer intentó quitarse la vida por primera vez. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 7ª parte. Autora: Elxena —¡No! –Ares rugió, alcanzando a Rojo en dos zancadas. Se materializó súbitamente de la nada, iracundo. Agarró del cuello al dios púrpura y señaló la escena a sus pies, a través del manto de nubes — Así no debe ser, dios estúpido y borracho. ¡Con qué necedad cumpliste mi encargo que ella actúa de este modo! Rojo fijó su atención en la guerrera y se encogió de hombros, encarándose a Ares. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Yo dispuse las condiciones. Ella, el resultado. Ares lo elevó como si fuera una pluma, los ojos inyectados en sangre. —No fue eso lo que acordamos –susurró fieramente. —Sí lo fue, Ares –dijo una voz femenina. El dios de la guerra se giró, soltando bruscamente a su presa, que levitó hasta posarse suavemente sobre un jirón de nubes. –¡Actia! –dijo con desprecio. —Ares –inclinó ella la cabeza. —Diosa impertinente –siseó, acercándose peligrosamente a ella —Intercediste. —Sí –admitió ella con calma. —Lo pagarás caro. —Tu ira te confunde, Ares –replicó ella tranquilamente —. Sabes muy bien que es una prerrogativa de los dioses menores auxiliar a sus devotos. —No puedes malograr un plan divino y lo sabes –la voz de Ares estaba estrangulada por la ira. —Sé que no puedo hacerlo y sabes que no lo he hecho. Sólo he estado al lado de una fiel seguidora. Además, ya está muerta. —Podría haberlo desvelado todo –replicó él. —¿Con esa herida en su corazón? Sabes que no tenía mucho tiempo. Sólo quería devolverle un poco de su tributo a mí. Darle su último sosiego. Por un momento Ares pareció expandir su ira más allá de sus límites y que ésta avanzaba peligrosamente hacia la diosa Azul, pero Zeus no lo permitiría y Ares lo sabía. Aniquilar a un dios, por muy menor que fuera, hubiera sido excesivo incluso para él. Curvó, pues, su boca en un deje despectivo y la fulminó con la mirada. —Ella volverá a mí. Actia inspiró profundamente. El castigo había sido conjurado. —Puede que así ocurra, sí Ares emitió un gruñido de triunfo. —Mi hija volverá. Jamás se perdonará lo que ha hecho. Su corazón me pertenece.
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    —Su corazón estáa punto de dejar de latir, Ares –y Actia señaló hacia sus pies. Xena se había abierto el cuello con el filo de su espada. Un rugido inhumano atronó más allá de los confines del mundo conocido. —¡Rojo! –gritó Ares, furioso —Alivia mi decepción. –señaló a Xena, moribunda, tumbándose al lado de Gabrielle —. ¡Ahora! Rojo miró a Actia y sonrió bobamente. "No lo hagas", modularon los labios de la diosa Azul. Pero lo hizo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Era el dios loco y, sobre todo, temía a Ares. Extendió su aliento a sus pies y supo que con ello había cerrado las puertas a la mortalidad a Xena, congraciándose de paso con Ares. Éste miraba con satisfacción cómo Xena recuperaba el sentido, atónita. Actia agitó su cabeza con pesar. —Ella ya había elegido, Ares —le dijo. Él se revolvió con furia. —¡No! Xena nunca haría eso, nunca se rendiría –pronunció con desprecio la última palabra —. Y menos aún por algo así. Ha matado a cientos como ella. —Entonces deberías pensar por qué esta vez es diferente. Por qué le ha afectado de ese modo. —Acalla tus palabras, diosa Azul, aún guardo ira suficiente para dioses impertinentes como tú. —El plan se ha cumplido y ella no ha retornado a ti. Ha elegido otro camino. —¡Equivocado! –rugió él —Sólo está confusa. Sabrá hallarme en su interior. —Quizás ya ha hallado su interior y tú no estás en él. —Te equivocas, Actia –siseó él —. Yo siempre estaré en ella. Como la piedra lanzada al arroyo que aguarda agitar las aguas de nuevo. —Quizás haya sido esa misma piedra quien le haya dictado su elección. Ares agitó los puños con frustración. —¡Calla de una vez! Ella volverá a mí –y dirigió su mirada a través de las nubes —. Tarde lo que tarde. Asistieron a sus tres intentos de suicidio posteriores y Actia no pudo por menos que asombrarse de la tenacidad de esa mortal. Había algo que mantenía la esperanza en Actia de que todo podría tomar un rumbo bien diferente al trazado por el dios de la guerra. La oscuridad aún no había aparecido en ella, la ira no había roído su alma. Sólo percibía en ella una inmensa pena y un aterrador vacío. Era una reacción insólita, pensó Actia, en una guerrera con su pasado, donde la delgada línea de la abominación había sido traspasada una y otra vez. Ahora sólo le quedaban lágrimas. En ese momento, por pura inercia, la última parte del plan de Rojo se cumplió. Xena mató a Argo. Actia vio los ojos de Ares resplandecer de satisfacción, pero ella sabía que el dios lo había interpretado erróneamente. El airado dios pensó que ese gesto demostraba el acercamiento de Xena hacia la
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    oscuridad, pero ellasabía leer más allá. Aunque ni la misma Xena fuera plenamente consciente del por qué de su acción, Actia supo leer en su corazón. Lo hizo para no dejar sola a Gabrielle. Le dio entonces lo único que aún quedaba en su vida que amaba: su preciosa yegua. Sólo ella debía estar sola, no su bardo, no Gabrielle. Le vieron sepultar a ambas, Ares con un rictus de sardónico desprecio. Rojo hipaba. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Todo estaba hecho ya, ahora sólo quedaba esperar. Ares cruzó sus brazos, arrogante. —Volverá a mí –dijo —. Tarde lo que tarde. Gabrielle notó el frío en su propio corazón. Se despertó bruscamente. Aturdida, miró a su alrededor. Poco a poco se serenó. Seguía en el claro, todavía no había amanecido. Qué había sido esa mano helada en su alma, esa desgarradora sensación de pérdida. Miró a Xena y tocó su piel, seguía fría, el latido dormido. Sentía ella una extraña opresión en el pecho. Le dolía. Entonces la vio. Una lágrima surcando el rostro de Xena. Una tumultuosa tempestad de sensaciones la asaltó durante unos breves segundos, como una secuencia enloquecida. Un agudo dolor en su pecho, confusión,incredulidad, el dolor de su alma. Xena atormentada. Una esperanza susurrada. "Azul". La oscuridad. Y una pena infinita. Pero no en ella, sino en... —Xena... —musitó con asombro, mirándola. Recogió la lágrima con el dorso de su dedo y la deshizo entre sus yemas, notando su calidez —Qué está pasando aquí... Temió estar perdiendo la razón. Deseó perder la razón, fue lo primero que pensó tras terminar de cerrar la sepultura de Gabrielle. Así sería todo más fácil. Podría olvidar. Podría dejar de ser ella y con ello todo lo que comportaba. Podría construir un mundo de alucinaciones donde todo volviera a ser como antes. "¿Antes? ¿Cuándo?", se preguntó a sí misma. Cuando lo supo se permitió sonreír por primera vez... desde que había matado a Gabrielle.
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    Antes era precisamenteGabrielle. Gabrielle y ella. Pareció retornar a una cierta complejidad mental tras sus devaneos aleatorios en torno a una única idea: su soledad, el vacío, la pena, el horror de su acto. Al principio trató de hallar una explicación a todo. Rememoró una y otra vez las horas precedentes que las condujeron a aquella aldea. El aldeano que golpeó a Gabrielle. La enloquecida desaparición de la aldea, su pérdida de consciencia. ¿Tuvovisiones? Su hermano, la niña. La muerte de Gabrielle. La muerte de Argo. Su muerte, en definitiva. "No por mí". Le dijo que buscara. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Qué, Gabrielle? –musitó — ¿Qué he de buscar cuando ya nada queda? Miró su cuerpo marchito, despojado de ilusión, su pelo enmarañado, el desencanto de su cuero roído por la intemperie y la dejadez. La vacuidad de su alma. Sólo se sentía cansada, ansiosa del sueño definitivo que ya no le sería concedido. Rememoró de nuevo. Era ya lo único que le quedaba. Recordar. Había abandonado aquel lugar por fin hacía un invierno, tras permanecer en él no sabía cuánto tiempo. Se había sentido incapaz de alejarse del lugar donde yacía Gabrielle. Los primeros días habían transcurrido de forma inconexa, confusa. Sólo recordaba estar junto a la sepultura de Gabrielle, sin saber qué hacer. Al principio trató de buscar desesperadamente una razón, una sola, que explicara el por qué de su acción. Ella no podía haber matado a Gabrielle. Sabía que jamás, de forma consciente, le haría daño, mucho menos matarla. No, ella no había sido. Quizás sí el instrumento, pero no el deseo. Se reconcilió así consigo misma. Rememorando de forma obsesiva una y otra vez los acontecimientos supo que la aldea imposible, la pérdida de conocimiento, esas visiones, el lugar donde estuvo y la muerte de Gabrielle estaban relacionados. Era vital para ella la convicción de que jamás, nunca, podría haber hecho daño a Gabrielle estando en su sano juicio. Por eso ahora no le quedaba nada. No tenía deseos de vivir, pero tampoco de matar. La ira que debería haber implosionado en su alma se trastocó en tristeza y en inmenso vacío. Había quedado desarmada por completo. No había nada en su interior, ningún sentimiento con un tono superior al de la pena. Pasó así largo tiempo y un día, en aquel desolador lugar, recordó las palabras de Gabrielle. "Busca". Y, sin saber realmente qué y por qué lo hacía, emprendió el camino. Buscaría. Recorrió cien tierras, decenas de reinos, pero todas aquellas y aquellos con los que se cruzaba parecían respirar el mismo aliento de la ladea imposible, pues no halló en ellos más que el silencio y el desentendimiento. Incluso una vez probó a retar a un fornido guerrero y se dejó atravesar por su espada. Por supuesto, no murió. Fue así como se convenció a sí misma de que, finalmente, había hallado su castigo definitivo. Asumió que su pasado le había dado alcance y le había hecho pagar sus cuentas pendientes. Había vivido lo suficiente como para asistir a su propio arrepentimiento, y padecer las consecuenciasde los remordimientos y la tortura del recuerdo de sus actos. Había vivido lo suficiente para conocer la amistad verdadera y la esperanza de la redención. Y así, en elmomento en que todo podría ser más doloroso, lo fue. Mató a Gabrielle, mató su esperanza. Se mató a sí misma sin poder morir y ahora estaba condenada a vagar con ello por toda la eternidad de su indeseada inmortalidad. Entendió que los asesinados de su
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    pasado habían logradoel modo de vengar su infausta muerte y habían aunado en un único y poderosísimo castigo su deuda. Hubiera sido demasiado fácil castigarla con la muerte, pues en ella sólo hallaría un final, y sus muertos acreedores querrían algo más. "Lo habían conseguido", pensó cuando la idea terminó de formarse en su mente, y fue así como decidió entonces dejar de buscar aquello que no podía encontrar. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Se adentró por ello en un umbroso bosque sembrado de hojas muertas, lejos de la gente, lejos de sí misma, y el mundo dejó de estar pintado de los colores del arco iris para embadurnarse del color de las hojas marchitas. Gabrielle terminó la parihuela y comprobó su resistencia. Aguantaría el peso de Xena. La miró y una sombra de preocupación cruzó su rostro. Xena estaba empeorando. Todo color había desaparecido de su rostro, sus otrora torneados músculos se habían reducido a simple piel sobre huesos, su rostro se estaba afilando y Gabrielle apenas conseguía humedecer sus resecos labios, Lo había intentado todo, pero Xena no despertaba. Vigilaba constantemente su ritmo cardíaco, pero éste permanecía imperturbable en su lentitud. Había arrasado con todo alimento alrededor del campamento, no se atrevía a alejarse demasiado de Xena. Una de las veces que lo había hecho descubrió con horror al regresar que unas alimañas estaban atacando el cuerpo inerte de la guerrera. Las espantó con furia y gimió al ver la profunda herida que habían abierto en el flanco de la pierna izquierda de Xena. Estaba desesperada. No contaba con medicinas, Argo no había aparecido, Xena no despertaba y ahora aquella herida. La limpió como pudo y la cubrió con un jirón de su camisa. Era todo lo que podía hacer. Ya hacía tres días que estaban allí, ningún otro viajero había cruzado el lugar. No lo entendía. Había logrado encender un par de fuegos como aviso, pero vuelto a apagarlos, temerosa de los asaltantes y de complicar aún más la situación. No temía por ella, sino por Xena. Temía que alguien le hiciera daño en su indefenso estado y durante esos tres días se había visto envuelta en uno y mil pensamientos, ciendecisiones distintas. Al principio albergaba la esperanza de que Xena despertaría, sea lo que fuere lo que la había arrastrado a esa inquietante inconsciencia, pero conforme pasaban los días esa esperanza se fue apagando. Intentó alimentarla masticando ella misma pequeñas porciones de frutas y bayasque introducía despacio en la boca de Xena, pero ésta no las tragaba y una vez estuvo a punto de ahogarla cuando uno de los bocados obturó la garganta de la dormida guerrera. Ahora su estado parecía haber llegado al límite. Su organismo no podría aguantar más. A ella misma se le estaban agotando las fuerzas, así que decidió hacer algo antes de perderlas del todo. Sacaría de allí a Xena como fuese. Se le ocurrió la idea de la parihuela, buscó y ató ramas resistentes utilizando hilachas fibrosas de los árboles. Acomodó a Xena en la improvisada camilla y se ajustó las correas que había ideado para tirar de ella. Emprendió el camino. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 8ª parte. Autora: Elxena Ares enarcó una ceja y a Actia no se le escapó el gesto. El dios estaba, si no asombrado, sí al menos ligeramente sorprendido. —Parece que hay alguien a quien le importa Xena aparte de a ti –le dijo, con toda intención. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Ares se giró hacia ella. Se notaba el fastidio en sus ojos. No era paciente y las cosas no sucedían con la celeridad que él había pensado. Aunque para Gabrielle, en Realidad, sólo habían pasado tres días, en el sueño inducido por Rojo, Pesadilla, había pasado un año desde los acontecimientos de la aldea (un suspiro para un dios) y Ares había visto cómo Xena no reaccionaba como él había esperado. La sanguinaria Destructora de Naciones que debería haber surgido de la ira de su crimen se había diluido en aquel despojo de sí misma que vagaba sin rumbo por el bosque, deseando nada más que la muerte y el olvido, mientras lloriqueaba la desaparición de la pequeña entrometida. Distraía el dios su espera con guerras aquí y allá, con otros guerreros y aniquiladores, pero no podía evitar la comparación y sólo ella había sido absoluta en su odio y su violencia. Sólo ella podría hacer del mundo un infierno y de él un dios ahíto de placer. Y, en vez de ello, tenía a una guerrera carcomida en una pesadilla y a una rubia cabezota en la realidad. —Es un esfuerzo estúpido y baldío —gruñó, viendo cómo Gabrielle arrastraba penosamente la parihuela —Jamás alcanzará los límites del bosque. Desfallecerá y perderá esa vana esperanza. Agotará de tal modo sus fuerzas y sentirá tanto el apremio del hambre que no dudará en dejar a Xena en el bosque y alcanzar su propia salvación. —Gabrielle no la abandonará, Ares Ares bufó con impaciencia antes de girarse hacia Actia. —¿Otra vez aquí, diosa de la ñoñería? —Tengo aún a una devota fiel viva, ¿recuerdas? Y parece muy empeñada en lo que hace. —Bah, pronto se cansará. Es débil. Xena siempre tiene que estar protegiéndola. —Ares, no lo entiendes –dijo Actia —. Hay un profundo anhelo en ella, agazapado en su alma, aunque ni ella misma podría darle nombre. ¿Conoces la leyenda del principio de los tiempos, cuando los seres humanos tenían dos cabezas y cuatro piernas? ¿La separación y esa infinita búsqueda? –señaló a Gabrielle allá bajo —Ellas se encontraron, por mucho que lo ignoren, y cuando Gabrielle murió en Pesadilla mataste algo dentro de Xena. No aguardes su ira, porque ya no yace en su interior. Se ha disuelto entre tanta pena y dolor. —Tonterías –replicó Ares —. Esa niña la abandonará cuando ya no pueda más y Xena lo sabrá – entornó los ojos con malicia —. Todo sentimiento atraviesa mundos paralelos si tiene la fuerza suficiente, Actia, y ese abandono llegará hasta el alma de Xena, lo sabrá, configurándose en una desazón que se tornará ira y su ira la conducirá a mí. No sabrá por qué o qué, pero sí sentirá. El desengaño, la traición... Esto ysólo esto es lo que sucederá. Actia apenas parpadeó cuando replicó. Algo de lo que había dicho Ares había despertado inmediatamente su atención. Podría haber una solución. —No, Ares, no será así –dijo serenamente —. Serán dos las cosas que pasen –señaló a la esforzada Gabrielle en Realidad —. Una, ella no le abandonará y, dos –señaló a Xena en Pesadilla —, ella no se deslizará hacia la oscuridad de nuevo. La risotada de Ares se dejó oír por entre la infinitud del Olimpo. —Muy segura estás tú de ambas cosas –escupió.
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    —Tú pareces estarlotambién. —No conoces a Xena –siseó —. Me pertenece y volverá a mí. —Pareces un viejo soldado de fortuna que repite una y otra vez la misma cantinela. Te diré una cosa, Ares, tú crees conocer a la antigua Xena, no a la que ahora es. Son dos personas muy distintas. Y una de ellas, estoy segura, jamás traicionará a la otra. Ares vaciló un instante, pero mordió sin titubear el anzuelo que le había tendido Actia. —Lanza tus dados, diosa de la serenidad –dijo, arrogante y despectivo —. Crucemos nuestras apuestas y gozaré con tu humillación y mi victoria definitiva. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Actia asintió, satisfecha. "Necio arrogante, acabas de abrir una puerta a la esperanza de ambas". —De acuerdo –le dijo —. Si Gabrielle no la abandona permitirás que todo termine, que tu plan se marchite y que sus destinos se retomen allá donde quedaron estancados. Ares barboteó una lúgubre risa. —¿Por qué los dioses menores seréis tan, tan irritantes? Sea –concedió —. Si ello es así, Xena despertará junto a su ratón rubio –sonrió aviesamente —. Cosa que jamás sucederá. Actia inclinó la cabeza, sonriendo. Una puerta abierta. Asistieron a sus tres intentos de suicidio posteriores y Actia no pudo por menos que asombrarse de la tenacidad de esa mortal. Había algo que mantenía la esperanza en Actia de que todo podría tomar un rumbo bien diferente al trazado por el dios de la guerra. La oscuridad aún no había aparecido en ella, la ira no había roído su alma. Sólo percibía en ella una inmensa pena y un aterrador vacío. Era una reacción insólita, pensó Actia, en una guerrera con su pasado, donde la delgada línea de la abominación había sido traspasada una y otra vez. Ahora sólo le quedaban lágrimas. En ese momento, por pura inercia, la última parte del plan de Rojo se cumplió. Xena mató a Argo. Actia vio los ojos de Ares resplandecer de satisfacción, pero ella sabía que el dios lo había interpretado erróneamente. El airado dios pensó que ese gesto demostraba el acercamiento de Xena hacia la oscuridad, pero ella sabía leer más allá. Aunque ni la misma Xena fuera plenamente consciente del por qué de su acción, Actia supo leer en su corazón. Lo hizo para no dejar sola a Gabrielle. Le dio entonces lo único que aún quedaba en su vida que amaba: su preciosa yegua. Sólo ella debía estar sola, no su bardo, no Gabrielle. Le vieron sepultar a ambas, Ares con un rictus de sardónico desprecio. Rojo hipaba. Todo estaba hecho ya, ahora sólo quedaba esperar. Ares cruzó sus brazos, arrogante. —Volverá a mí –dijo —. Tarde lo que tarde.
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    Le dolían loshombros y desde ellos el dolor se expandía por el resto de su cuerpo, azotándolo con eléctricos latigazos que parecían convertir su sangre en arena. Notaba el entumecimiento de todos sus miembros, de vez en cuando debía abrir y cerrar de forma espasmódica los dedos de las manos, pues los notaba hinchados y agarrotados. Se giraba de tanto en tanto para comprobar que Xena estuviera bien. Ese movimiento le había provocado una fea rozadura en el cuello, al friccionar éste con la correa de su hombro cada vez que giraba la cabeza, pero no parecía importarle. Estaba desfallecida, hambrienta y cansada. Hacía dos horas que arrastraba sin interrupción su preciada carga por el bosque y éste no parecía tener fin. Sólo su tozudez y su devoción por Xena la mantenían en pie. Quería avanzar todo lo posible antes de que anocheciera. Sólo entonces se detendría, cuando no aguantara más. No cayó en la cuenta de que, realmente, ya no podía más. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L La continua presión de las correas y el peso de Xena le habían abierto heridas en hombros y costados. Su cara, sus manos y sus piernas estaban llenas de roces y magulladuras, y en sus pies prefería no pensar. El agotamiento la derrumbó unos 50 metros después, tras subir una pequeña loma que en su situación asemejó cordillera inalcanzable. Al remontarla cayó redonda como una bala de heno, ni siquiera tuvo fuerzas para ladear la cara y respirar mejor. Apoyó su frente en la húmeda tierra y trató de apaciguar el dolorido latido de su acelerado corazón. La sangre se agolpaba en sus sienes y en todas y cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo hubo una razón para gritar de dolor, pero ni siquiera para eso tenía fuerzas. Escupió una saliva blanca y espesa y al toser sintió como si un caballo hubiera alcanzado su pecho con una coz. Al cabo de unos minutos pudo pensar con la claridad suficiente como para saber que quería quitarse las correas. Quizás no lo pensó bien, porque cuando lo hizo amplias porciones de su piel se fueron tras ellas. No se había dado cuenta de las ampollas y, aunque lo hubiera hecho, no le hubiera importado. Miró a Xena. Esa mujer había recibido peores heridas en su vida y desde que la acompañaba siempre había procurado su bienestar. Se acercó a ella y se apoyó con fatigado esfuerzo en uno de los laterales de la parihuela. Comprobó que el hato con la armadura y la espada de Xena seguían a los pies de la inconsciente guerrera. La pequeña pero afilada daga pectoral de Xena la llevaba Gabrielle encima, por si acaso. —Por si acaso qué –musitó para sí la bardo, con una sonrisa desganada para consigo misma —. Si algún bandido se hallara por aquí se debería más al producto de la desorientación que de la intención – fue quitando briznas de hierbas y pequeños rastros de tierra del cuerpo de Xena —. Seguramente se asustaría tanto como yo y echaría a correr —arregló un mechón del cabello de Xena —. O quizás no, quizás se quedaría, reclamaríamos estas tierras y fundaríamos un imperio que... –se detuvo. Estaba desvariando —Desvarío –se dijo a sí misma, sonriendo —. Mira, Xena, mírame –posó la palma de la mano sobre la mejilla de la guerrera con gesto fatigado —. Creo que me volveré loca si no abres ahora mismo esos magníficos ojos azules y alzas irónica la ceja, y sonríes de lado y me dices "Gabrielle, cállate" –reprimió un fatigado sollozo —. Cállate de una vez –Miró a su alrededor con angustia. Aún quedaba suficiente día antes de que la noche se acercara, pero Gabrielle sabía que por hoy no podría continuar. Miró de nuevo a Xena —. Tú sí, tú sí continuarías, ¿verdad? –susurró —. Es más, ni siquiera te habrías detenido. Si la situación fuese a la inversa ya habrías hallado un remedio para este mal, un saco de alimentos, una aldea y un curandero. Soy una inútil –suspiró —Un completa inútil. Ojalá yo estuviera en tu lugar. Ares miró a Actia, Actia dibujó una firme negativa con la cabeza, Rojo hipó, mirándolos a los dos. —Hubiera sido divertido –dijo Ares —. Un giro más, algo más retorcido, algo más lejos –sonrió sin ganas —. La pequeña rubia harta mi divina paciencia con su pureza, qué placer su inconsciencia, su silencio. Sus palabras y sus actos confunden a mi hija. Es un viento pernicioso en su camino. —Es todo lo contrario –replicó Actia. Ares entornó los ojos. —Todo depende del lado del prisma con el que lo valores, ¿no crees, divina Azul? —Recuerda la apuesta, Ares. Rojo empezó a hipar descontroladamente.
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    Gabrielle se estremeció,producto de una súbita brisa. Frunció el ceño. Algo había asaltado su mente. Recordó un pacto. O no. Porque no podía recordar aquello que jamás había conocido. ¿Qué pacto? Sintió frío. Se acercó más aún a Xena, de manera inconsciente. Aún en ese estado de indefensión Xena le proporcionaba seguridad. Avivó el fuego y por enésima vez comprobó que Xena, en la medida de lo posible, estuviera cómoda. Qué pacto. Hizo un esfuerzo por recordar. Qué pacto. Con Xena. ¿Un pacto con Xena? Una promesa. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L No, dos promesas. La de ella a Xena y la de Xena a ella. Qué promesas, qué pacto. Se sintió absolutamente confusa. Miró a Xena. No recordaba haber hecho con ella ningún pacto, ninguna promesa. No al menos pronunciada en voz alta. Estaba muy cansada. Su cuerpo, al enfriarse, empezaba a recordarle el terrible esfuerzo que había hecho. Notaba cada rozadura, cada llaga, cada milímetro de músculo, piel y órgano castigado. La poco agua que había podido recoger la había gastado en Xena. Ella sólo había podido alimentarse con un par de frutos que había encontrado. "Rompería tu amistad en un instante sin dudar". Gabrielle dio un respingo involuntario al formarse esas palabras, la voz de Xena, en su interior. No lo entendía, no comprendía. ¿Cuándo Xena había dicho eso? Y entonces, para su propia sorpresa, se encontró musitando: —Quiero que me prometas una cosa, Gabrielle. Abandóname. Ares estaba confundido. Se dirigió a Rojo. —¿Qué ocurre, loco? —lo miró con suspicacia —Esas promesas fueron hechas en tu sueño inducido, ¿cómo es que las recuerda? Rojo hipó, ahíto de licor fermentado. Actia fue la primera en comprenderlo. No se lo podía creer. Ese miserable borracho iba a cambiar las cosas sin saberlo. Sonrió. Hipo divino. El aliento distorsionado del dios menor vagaba errabundo sobre los mortales allá abajo. "Miserable adorable borracho", pensó Actia, "miserable adorable borracho". Sin pretenderlo Rojo estaba alterando las condiciones de su propio plan. El aliento del delirio encerraba ese don, esa maldición. Con su aliento había arrebatado la mortalidad a Xena en el sueño inducido. Ahora ese aliento entrecortado por los vapores etílicos mellaba a trazos la construcción de su mentira, en la Realidad. Ares lo comprendió en ese momento. —Necio, majadero, estúpido –barboteó, iracundo, avanzando hacia él —. Cierra tu boca, aplasta tu aliento o lo haré yo por ti muy gustosamente. Rojo bizqueó. "¿Por qué le estaba gritando este hombrecillo con perilla?". Se sintió flotar. "Aquí arriba todos flotamos", pensó, y rió de forma inconexa. Ares se enfadaba más y más por momentos. Actia decidió no intervenir. Una puerta... y ahora una ventana. Siempre pasaba lo mismo con estos diosecillos inestables. Nunca se podía saber por dónde iban a salir, cómo iba a acabar. Y Rojo, pletórico y espesito, suspiró largamente. Gabrielle escuchó en su interior la voz de Xena decir "tu bien es mi bien" y a ella misma replicarle a su vez, y supo en ese momento que abandonar nunca sería una opción a considerar entre ambas. Ya lo sabía, desde el primer día que la vio en aquel bosque luchar contra los esclavistas que pretendían llevársela a ella y a las aldeanas; desde sus primeras jornadas juntas, cuando descubrió el
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    atormentado interior dela guerrera; desde que supo de sus dudas y sus oscuros miedos, de su debilidad oculta, de su atroz lucha consigo misma. ¿Abandonarla? Sólo en la muerte lo haría, y ni aún así. Besó la helada sien de la dormida Xena, la acomodó en la parihuela, buscó hojas para proteger la castigada piel de sus hombros, ajustó una tea a uno de los extremos de la parihuela, tomó otra en una de sus manos, se ciñó las correas y emprendió el camino. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Sólo en la muerte. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 9ª parte. Autora: Elxena Ares quiso matar a Rojo, pero trotaba el descarado y ebrio dios por entre los jirones vaporosos del Olimpo sin muros y Actia, divertida, observaba el infructuoso esfuerzo de un Ares furioso por entre el celaje de algodón, deseoso de alcanzar la testuz del loco y rebanarla de un certero tajo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Actia aún no cantó victoria. Todo y nada podía ser, pues del mismo modo que se hacía y se deshacía, las cosas podían retornar o acabar. Al fin y al cabo nada había sido trastocado de modo irreversible. La muchacha rubia tan sólo había tenido noción de unos susurros, de un sentimiento, pero estos, que se supiera, no alimentaban ni ahuyentaban comas profundos. Admiraba ahora, y sentía a la vez profunda curiosidad, a la bardo que arrastraba, testaruda e infatigable, lo que ella consideraba una preciada e insustituible carga. La vio avanzar con dificultad por entre los árboles, apenas el camino iluminado por el par de teas que había improvisado. Seguía girando su cabeza de vez en cuando para comprobar el estado de la guerrera, y de buena gana Actia hubiera acabado con todo de una vez. Sintió vergüenza por el modo en que algunos dioses jugaban con los mortales. Sobretodo con mortales como ésta. El deseo de Ares parecía tener que ver más con una represalia que con el afán de recuperar a una guerrera extraviada. Parecía yacer en el fondo una furibunda venganza, unida al anhelo del retorno a su lado de la Destructora de Naciones. Sintió cierto alivio por haber susurrado la verdad en el último momento a la bardo en el sueño inducido de la aldea y haber notado en ella al hacerlo un reposo en su alma agitada. Si todo salía mal, si todo salía de acuerdo a lo planeado por Ares, al menos, pensó, una de las dos Gabrielle habría muerto en paz. Suspiró profundamente. Ares había alcanzado a Rojo y le estaba dando una buena tunda con una corona dorada de laurel. Se incorporó bruscamente, llevándose una mano febril a un pecho agitado. ¿Había soñado? Seguía apoyada en aquel árbol, la espada a sus pies, los recuerdos a flor de piel. Inspiró profundamente. Sintió una fuerza inusitada, pero no provenía de ella. Irguió su barbilla al viento, confusa. Una luz en su interior. Sintió una emoción familiar, un ímpetu conocido. El nombre de alguien susurrado a su corazón. Agitó su cabeza. Seguía en aquel bosque, seguía derrotada. No había tomado el camino de la ira y sólo su pensamiento le daba náuseas. Su ira había sido el cauce utilizado (no sabía quién, no sabía por qué) para arrebatarle la vida a Gabrielle y no quedaba desde entonces en su alma ni un ápice de ella. Sólo quería enterrarla, y enterrarse ella misma, lo más profundo posible. Intuía que la oscuridad que anidaba en su alma había sido utilizada de algún modo contra quien más quería y no deseaba más que desterrar de sí cualquier vestigio que se la recordara. Otra vez. La luz. Ahogó un grito. Presionó su frente con las yemas de sus dedos y se levantó como un resorte sin saber por qué. Giró su cabeza a la derecha, giró su cabeza a la izquierda, hizo un gesto brusco con la mano hacia la nada. Se notaba agitada, incluso nerviosa, sin saber de dónde o cómo habían nacido en ella esas emociones. "Busca". —Qué... –giró sobre sí misma. Los árboles parecían susurrar.
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    Volvió a sentiresa fuerza que sabía no provenía de ella, pero que reconocía familiar. Gabrielle. —Gabrielle... –musitó. La luz en su interior. Sonrió, por segunda vez en un año de dolor, pues al fin había comprendido. "No por mí". VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Lo había cumplido. No había hecho de ella su excusa, no la había condenado al lodazal de dolor en el que se revolcaba el espíritu de Lyceus. Había mantenido su palabra. ¿Se la llegó a dar? Gabrielle no padecería por sus actos más allá de su muerte, Gabrielle no se reuniría con Lyceus en aquel averno de horror. Susurró de nuevo una petición de perdón dirigida a su hermano menor. No era la primera vez que lo hacía, no era la primera vez que volvía su pensamiento a la condena que debía padecer Lyceus en aquel lugar de pesadilla. ¿Recordaba? ¿Lo estaba recordando todo? Tesón. Fuerza. Devoción. Xena se agitó con la nueva oleada de emociones que parecían llegarle desde el exterior de su alma. ¿Qué era todo aquello? Algo estaba pasando. La luz. Escuchó rumores de caballos en la lejanía. Gabrielle recuperó el conocimiento y deseó no haberlo hecho. Le dolía todo, absolutamente todo, desde la punta de los pies a la raíz del cabello. Debía haberse desmayado de puro cansancio al rayar el alba, no recordaba siquiera cómo había llegado hasta el claro donde se encontraba caída de bruces. Con un ahogo se giró, buscando a Xena. Estaba en la parihuela. Se deshizo de las correas y se acercó a ella. Estaba rota de dolor pero hizo un esfuerzo y comprobó el corazón de su amiga. Seguía desacelerado, moroso, como si se tuviera que replantear a cada latido dar el siguiente. El cuerpo de Xena era una sombra de lo que había sido. Gabrielle no sabía cuánto más aguantaría sin alimento ni apenas agua. Pero era cabezota, testaruda, y seguiría adelante. Con tesón, con la poca fuerza que le quedara, por ella. La miró. Descansaría un rato y volvería a emprender la marcha cuando lograra acompasar su respiración al bombeo de su corazón. No pararía hasta salir de ese bosque, hasta encontrar a un sanador, hasta ver abrir los ojos a Xena. Costase lo que costase. Fue entonces cuando escuchó el pesado trote de unos caballos acercarse a toda velocidad. —¡Ares! –el tono de Actia era de sorpresa y furia, mientras señalaba al grupo bajuun que desembocaba al galope en el claro del bosque donde se hallaban Gabrielle y Xena en Realidad —. No puedes hacerlo. No debes intervenir. Ares le mostró los dientes en una cruel sonrisa. —¿Por qué no habría de hacerlo? –dijo —. Rojo trastocó el plan con su estúpida borrachera. Lo que yo haga o deje de hacer no te incumbe. —No lo hagas, Ares, tu palabra... —¡Mi palabra soy yo! –le atajó él —Y yo ahora digo que esto sea así. Actia vio cómo el grupo esclavista, convocado sin duda por Ares, cerraba el círculo en torno a las dos mujeres en el claro y cómo Gabrielle se levantaba pesadamente, agarrando torpe pero firmemente la espada de Xena con las dos manos.
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    —¡No! –Actia seacercó a Ares, furiosa. "No ahora que estaba a punto de conseguirlo. No ahora que Xena parecía haber conectado con la Gabrielle real a través de los muros sin materia de la irrealidad, a través de los sentimientos". —Sí –replicó Ares, deteniéndola con un gesto de su mano —. Ahora la abandonará, conocerá el miedo y Xena será mía. Actia irguió su barbilla, desafiante. —Has cometido un grave error. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Sólo la queremos a ella –el que parecía el cabecilla del grupo señaló con un sucio dedo a la inconsciente Xena —. Tú puedes irte. Gabrielle lo miró sin pestañear. —No –dijo con firmeza, si bien una pesada bola de hierro parecía haber anidado contra su estómago. Un par de esbirros rieron. El jefe los acalló con un gesto. Se inclinó en su caballo y apretó los dientes. —Sólo te lo diré una vez más, pequeña estúpida –señaló a Xena —. Esa guerrera es nuestra. Y tú puedes irte. No hagas que me arrepienta de ello. Gabrielle dirigió una rápida mirada al cuerpo inerte de Xena, aferró con más fuerza la espada y centró toda su atención en el cabecilla. —No. El guerrero sonrió lobunamente. —Sea –y espoleó su caballo. —La matará, Ares —dijo Actia —y tú habrás pervertido tu palabra. —El mortal me obedecerá –dijo el dios, irritado —. Sólo debe asustarla. —Ella permanecerá al lado de tu guerrera, Ares, no la abandonará. Ares se revolvió. —¡Lo hará! –rugió —. Los mortales son débiles, temerá ver la muerte tan cerca. —Ya la ha visto otras veces –replicó Actia —. Y sí, la teme, lo leo en su corazón, y sí, los mortales son débiles, pero recuerda que también a veces tan vigorosos en su empeño que tronos invencibles han caído a sus pies. En ese estado son capaces de cualquier cosa y tú deberías saberlo. Esta muchacha teme la muerte, su muerte, pero no tanto como otra muerte. —La de Xena –adivinó, despectivo, Ares. —La de su amiga, sí. Ares, has forzado tu propia conjura y ese ha sido tu error. —¿Osas acaso amenazarme? —No, Ares, tú eres tu propia amenaza. Tu propio aliento consume tu interior, quizás ni siquiera seas consciente de cómo y por qué es así. Por ello eres el dios de la guerra, el turbador de la paz, tus sueños son pesadillas y tus anhelos terror. Todo lo que hay en ti es sangre, sangre ajena, vertida por tu ira. Tus acciones te destruirán, Ares. —Yo soy un dios –pronunció él lentamente, recalcando cada palabra. —Y yo una diosa –replicó Actia serenamente.
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    Y, alzando lapalma de su mano, susurró al viento. Ares adivinó demasiado tarde sus intenciones y para cuando reaccionó, la diosa Azul ya se había evaporado. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L El cabecilla del grupo la golpeó violentamente con la planta del pie en la cabeza, sin que ella pudiera evitarlo. La pesada espada que con tanta fuerza pretendía sostener cayó de sus manos como una pluma. Sintió un fogonazo en el centro del impacto y, por un momento, sólo pudo sentir calor, un doloroso calor que se expandía por toda su cabeza. El golpe había sido severo y notaba la sangre fluir de su ceja. Estaba aturdida y todavía le rechinaban los dientes. Parpadeó con fuerza para despejar sus ojos de las súbitas lágrimas que el dolor había hecho aflorar en ellos. Se incorporó, pues el golpe le había hecho doblar las rodillas. De su alrededor le llegaba el sordo rumor de los caballos inquietos y a los bajuun (había reconocido sus enseñas) solazándose. Miró a Xena. No la habían tocado. Recogió la espada, temblándole la mano al hacerlo, y volvió a blandirla frente a sí, apuntando en dirección al jefe bajuun. Éste rió. —¡Por todos los demonios del Inframundo! –se dirigió a sus hombres, divertido —¡La pequeña se atreve a desafiarme! Gabrielle no le replicó. Quería concentrar sus escasas fuerzas en hacer frente al próximo ataque. Volvió a dirigir su mirada hacia Xena. Hubiese querido... La luz. Un susurro. Xena, por fin, halló. "Busca", e había dicho Gabrielle, y ella no sabido hacerlo.> No debía buscar fuera dentro. No debía buscar en tierras, valles, caminos ni lugares, sino... en ella. La luz y el susurro. La fuerza que sintió era la de Gabrielle, lo sabía, la reconocía. Esa luz en su interior era la devoción de Gabrielle... y su propia devoción. Recordó a un gato obeso, los recuerdos eran como una bruma que se despejaba lentamente, ¿un gato obeso?, su ceguera, sus oídos sin vida, su mirada interior. Lo que allí encontró. Por qué se sintió irracionalmente feliz, por qué Gabrielle era tan importante para ella. Un aluvión de reconocimiento la inundó. Reconoció en Gabrielle a sí misma, a sí misma en Gabrielle. Supo que ella era el aliento de sus actos, el impulso de su camino. Buscaba siempre su mirada de forma inconsciente tras una escaramuza, tras una decisión, y encontraba en ella la aprobación, la confirmación de su permanencia a su lado y entonces Xena notaba un relax imperceptible en su alma, un nudo menos, una espina desclavada. Comprendió ahora que la mirada de Gabrielle siempre estaba allí cuando la buscaba, como si la esperara, como si adivinara su necesidad, su ansiedad, y esos ojos verdes jamás, nunca, la juzgaron o reprobaron, también lo comprendió ahora, porque, bien o mal, acertada o no, ella siempre estaría a su lado. Se lo había demostrado una y otra vez. No había ninguna duda. La había encontrado.
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    que no fuera demasiado tarde. VE FA R SI N FI ÓN C O ENR IG ES I N PA A L, Ñ O L Actia deseó Que no lo fuera. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 10ª parte. Autora: Elxena VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Gabrielle escuchó el feo crack y el dolor le sobrevino una milésima de segundo después, un dolor lacerante, intenso, que atravesó su cuerpo y la hizo caer al suelo aullando de dolor. El mundo giró velozmente en torno suyo y una violenta arcada sacudió su cuerpo. Se sintió muy débil y a punto de perder el conocimiento. Apenas sí reparó en el bajuun que se alejaba de ella. La había atacado por la espalda con un brutal golpe en su pierna. Intentó ver el alcance del golpe, girándose con cuidado. Le había partido la rodilla. Se sintió desvanecer y apretó con furia los dientes. Los bajuun parecían haberse olvidado ya de ella, tirada como un guiñapo en la tierra, doblada sobre sí misma, y centraban toda su atención en Xena. Vio que la abofeteaban un par de veces. —Dejadla... –consiguió musitar, por encima del dolor y las náuseas — No la toquéis. Xena percibió un rumor, unas susurrantes palabras articuladas entre una niebla de dolor, palabras que le llegaron como un susurro y apenas sí pudo descifrarlas..."no la toquéis". Y, entonces, la luz en su interior. Actia cerró los ojos, musitando. Centraban toda su atención en Xena, por lo que no vieron a Gabrielle incorporarse dolorosamente. A duras penas podía soportar el dolor de su rodilla, el peso de la espada, su propio cuerpo erguido, las náuseas, el temblor a flor de piel. Pensar en Xena indefensa. Cojeó hasta donde los bajuun alzaban sin miramientos a la guerrera de la parihuela para subirla a uno de los caballos. Echó a correr. Todo lo rápido que pudo, todo lo veloz que supo. El camino guiado por esa luz, por ese tesón, por esa devoción. Actia sonrió, dejando de musitar. —Dejadla –trató de imprimir firmeza a su voz pero no lo consiguió. Trató de levantar la pesada espada y tampoco lo consiguió. Cuatro hombres cruzaron a la inconsciente Xena sobre un caballo. Otro se giró hacia ella, sonriendo con fastidio. —Pequeño ratón... –escupió, avanzando hacia ella con una daga en su diestra. Gabrielle se preparó. Sólo en la muerte. La luz tornó su color en un azul intenso que bañó su corazón y su entendimiento, se sintió por fin regresar a una vida que voluntariamente había abandonado en pos de su propio penar y su alma casi rugió de placer al constatar el regreso a la esperanza. Corría como jamás nunca lo había hecho, como jamás nunca pensó que podría hacerlo, guiada su consciencia por esa luz ahora añil que no tenía más que un nombre. —¡Gabrielle! –gritó y, al tiempo, una cegadora luz barrió las formas arbóreas del entorno y trastocó el mundo inducido, aquel en el que, sin saberlo, había habitado durante lo que creía un año como un alma en pena, purgando su aflicción, su lamento, su imposible crimen, llorando una pérdida que jamás
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    había tenido lugary que jamás, juró, tendría lugar. Porque la había encontrado. Una cegadora luz azul se expandió tras ella y surgió concentrada en un látigo luminoso desde lo profundo del bosque, una estría de color que silbó sobre sus cabezas e impactó de lleno en el cuerpo de Xena, derribándolo violentamente. —¡Xena! –gritó Gabrielle. El bajuun que estaba a punto de atacarla se revolvió. Jirones de un intenso azul flotaban por todo el claro. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Un profundo silencio. Los esclavistas se miraron los unos a los otros. —¡Qué demonios...! –empezó a exclamar el jefe, exclamación que quedó abruptamente cortada cuando... —Xena... –musitó Gabrielle, abriendo los ojos como platos. ...se incorporó del suelo, agitando su cabeza. En el Olimpo, dos líneas paralelas se fundieron en una sola con un siseo, cerrándose de este modo los espacios abiertos en el celaje divino. Ares apretó con furia los puños y su ira se expandió como una burbuja demoníaca que asoló campos de labranza y espíritus volubles, asustó a infantes y removió viejas heridas en viejos guerreros. Rojo dormitaba su borrachera en una esquina del Tiempo, agazapado tras dos siglos de locura y un par de años de demencia desgarrada. Xena sobrepuso su instinto a su confusión y dejó para más adelante las preguntas cuyas respuestas ansiaba como agua un sediento, y así se incorporó de un salto, flexionando sus músculos, que halló dolorosamente agarrotados, y alertando sus sentidos, que halló adormecidos. Rotó 180 grados para evaluar el lugar, la situación... y a punto estuvo de ver su ímpetu desfallecer cuando la vio. —Gabrielle... –articuló, notando su voz rota, seca, triste. A unos quince metros de ella, pálida, los ojos como platos. Herida. Inspiró dolorosamente, el corazón desbocado en un latido perdido que tardó en recuperar toda una vida, cuando todos sus deseos, el único, fue correr hacia ella, pero... —¡Cogedla! –bramó el jefe bajuun. ... no pudo. Le costó arrancar su mirada de la de Gabrielle y se encontró con que media docena de mercenarios avanzaban hacia ella. "Bajuun", pensó, reconociendo la enseña que portaban, y un recuerdo ahora lejano e impreciso que no llegó a cuajar la invadió. Lo apartó de su pensamiento y tanteó su espalda en un acto reflejo, pero no halló allí su familiar espada. Ni siquiera llevaba armadura. Miró a Gabrielle. La espada trazó un arco de duración agónica para ambas a través de los quince metros que las separaban, lanzada por Gabrielle. Hasta que la empuñadura halló la mano de su dueña y ésta gruñó con satisfacción al encajar sus dedos en torno al familiar puño metálico. La hizo girar es aspa frente a sí, en un veloz movimiento que detuvo momentáneamente a sus agresores, ahora más cautos al verla armada. —¡Cogedla he dicho! –rugió el jefe —O vuestra piel adornará mi tienda. Los gritos de guerra se confundieron con el entrechocar de los primeros envites, los susurros de las
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    botas contra elsuelo, los golpes sordos de la carne contra la carne, el chillido agudo del herido. Xena cortó, pateó, saltó, hirió y esquivó. Forzó su cuerpo y su disciplina al máximo, al límite del desfallecimiento, pues había notado el anquilosamiento de sus músculos y la torpeza de sus movimientos, como si su cuerpo hubiera despertado de un largo letargo de inactividad, y quería forzar el enfrentamiento para acabar cuanto antes, si podía, pues más allá de un período de tiempo prolongado no creía poder resistir, débil como su sangre navegaba por sus venas. Sin embargo, ni un solo momento mientras tanto dejó de pensar, en un pequeño rincón de su mente, en la presencia de Gabrielle que se había arrastrado cojeando, a una indicación suya, para cobijarse junto a un gran árbol. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Diezmó, con mejor o peor suerte, uno a uno a sus atacantes, sus músculos tensos hasta el dolor, su aliento entrecortado, el cuero de su traje empapado de su propia transpiración y de la sangre de sus oponentes. No tuvo noción del tiempo transcurrido, pero supo que todo estaba a punto de acabar cuando uno de los bajuun, en vez de avanzar hacia ella, retrocedió y otro, indeciso, no levantó a tiempo su hierro para defenderse y pereció con el pecho atravesado. Un par más, directamente, corrieron hacia sus caballos. Xena paseó una arrogante mirada sobre los tres que aún quedaban en pie y eso fue suficiente, para su alivio. Se hallaba al límite. Ya sólo quedaba el cabecilla del grupo, que plantó su caballo a escasos metros de ella, atravesando una furibunda mirada a los tres últimos de los suyos que galopaban a la escapada, para después dejarla descansar en los ojos de Xena. Le apuntó con su espada. —Luchas con arrojo, con nobleza y valor pero, ¿sabes una cosa? –le mostró una feroz sonrisa —No todos lo hacemos. Y, en un súbito giro, enfiló su caballo hacia su trasera. Hacia Gabrielle. Xena vio cómo, en una milésima de segundo, una flecha saltaba disparada desde la ballesta que empuñaba el jefe esclavista y avanzaba mortalmente hacia Gabrielle. Lanzó su chakram recuperado medio segundo tarde. No logró su objetivo. Eso lo hizo Ares. Atónito, el bajuun vio cómo su flecha desviaba su rumbo abruptamente y acababa estrellada y partida en dos contra un árbol. Fue suficiente para él notar los rápidos pasos de Xena corriendo hacia su posición. Espoleó a su caballo con rudeza y, sin mirar atrás, abandonó el claro con un grito de rabia. Xena llegó casi hasta Gabrielle, pero todavía no pudo acercarse a ella. Ares, imponente, se interponía en su camino. —¡Tú! –exclamó Xena, al tiempo que hacía un gesto con la mano a Gabrielle para que permaneciera en su sitio, viendo que ésta intentaba incorporarse. Centró su atención en el dios de la guerra —¿Por qué lo has hecho? –Xena notó en él un fiero palpitar, un enojo ilimitado. El dios curvó sus labios. —Pequeños ratones entrometidos, grandes guerreras redimidas –casi escupió la frase, vapuleando cada palabra —. Su devoción –y señaló a Gabrielle —... atravesó tu delirio e hizo añicos mi deseo, Xena. Anhelo tu regreso a mi diestra, pero ni siquiera a los hijos del Olimpo nos sonríe eternamente la fortuna. Ella ha vencido otra vez. Pero habrá otras. Y, con un destello fugaz, desapareció. Xena parpadeó, confusa. "¿Qué había sido esa retahíla?!". Agitó su cabeza. Demasiados hechos extraños, demasiados interrogantes, demasiadas preguntas... —Xena... Gabrielle musitó su nombre, ahogada la voz por la emoción y el dolor. Xena la miró. Todo el cansancio, toda la confusión. Toda la alegría. Se olvidó de Ares y su absurda parrafada y se acercó rápidamente a la bardo, tendida junto al árbol. Cuando llegó a su lado sus rodillas le traicionaron, flaqueando, y esto
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    le hizo caerrodilla en suelo frente a Gabrielle. Se miraron intensamente. Ninguna de las dos lo supo, pero a partir de ese momento Xena empezó a olvidar lo que había vivido en la pesadilla inducida por el dios demente, y los escasos residuos que pudieron poblar su subconsciente, hallados esporádicamente por destellos de vaga e imprecisa reminiscencia, fueron relegados a la región de lo perdido, sin que ella nada pudiera hacer.El bosque umbrío, por no recordado, jamás había existido. —Gabrielle –musitó una Xena con un cuerpo agotado, consumido y herido, pero con un alma pletórica, luminosa de un inexplicable campaneo que la hacía sentirse irracionalmente feliz. Gabrielle ahogó un sollozo y extendió sus dedos hacia la cara de Xena. Esta vez la guerrera no se apartó, como era su costumbre, y dejó que la joven trazara una caricia, atrapando ella misma su pequeña mano entre las suyas. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Creí que... tú... –dijo Gabrielle —... no despertarías. Yo... Xena acarició la mano de Gabrielle y la hizo callar. —Sea como sea, ya pasó –le dijo —No has de preocuparte, se acabó. No sabía por qué, no sabía cómo, pero de nuevo Gabrielle estaba allí. Sintió un intenso júbilo en todos y cada uno de los rincones de su ser, un alborozo tal de sus emociones que temió estallar en los mil colores de su rastro. No podía apartar su mirada de la de Gabrielle, no podía siquiera hablar. Aún su mente retenía la razón de su alegría, aún el manto del olvido no había embozado del todo el por qué de su gozo, y pudo así regocijarse, durante escaso pero insondable tiempo, de la verdad que acaparaba sin palabras su corazón, su interior. Después, más tarde, diluida entre las sombras la pesadilla y su certeza, restó en ella el poso de la única verdad, y a partir de ella construyó su sentimiento. Gabrielle, por su parte, derivaba su mirada entre los azules ojos y el rostro demacrado, la piel marchita, el agotamiento de los músculos de Xena, y si extraño había sido el mal que había arrebatado su consciencia, más singular aún era la súbita recuperación, pues no aventuraba a comprender la razón del instantáneo despertar y menos aún la de la súbita y férrea fuerza que le había permitido luchar como lo había hecho. —Tu rodilla, Gabrielle –le oyó decir, pero no supo que se refería a su rodilla hasta que no se la rozó con la yema de sus dedos, haciendo que respingara de dolor —... Por todos los dioses... –se lamentó Xena, mirándola —. Hay que devolver este hueso a su sitio. Gabrielle asintió, sin dudar. Xena sonrió con un gesto suave. Le acercó una pequeña rama para que la mordiera. —Sólo será un momento –dijo Xena. Gabrielle volvió a asentir confiadamente. Xena situó sus manos donde pudiera ejercer la presión adecuada y miró a Gabrielle. Esta le sonrió levemente y se llevó la ramita a la boca. Xena le devolvió la sonrisa y presionó con un movimiento seco y preciso. El agudo dolor impulsó hacia atrás a Gabrielle, pero no perdió el conocimiento. Rápidamente y con destreza, Xena ajustó una recia rama a la pierna de Gabrielle y la fijó con jirones de tela arrancados de los ropajes de un bajuun muerto. —¿Mejor? –preguntó Xena, tras acomodarla contra el árbol. El rostro de Gabrielle estaba pálido, pero su mirada era firme. —Mucho mejor... ahora que has despertado. Xena le sonrió. —Me refería a tu rodilla. —Estaré bien, no te preocupes. Ambas se quedaron en silencio. —¿Qué pasó? –musitó Gabrielle.
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    Xena dibujó ungesto de desconcierto. —No lo sé, estoy algo confusa —pasó su mano por su sien derecha. Pareció caer en la cuenta de algo, como si hubiera estado pensando en ello hasta ese momento y ahora no pudiera nombrarlo. Frunció el ceño —. Tengo recuerdos borrosos, más bien sensaciones. Lo último que recuerdo fue subir a Argo y... ya está –extendió la palma de la mano, impotente. Gabrielle dibujó una sonrisa cansada. —Los dioses deben estar locos –dijo, sin saber ciertamente por qué. Xena asintió pesadamente. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Eso debe ser... –y pensó en Ares y su confusa retahíla. Ares enfrentó a Actia quien, serena, aguantó su mirada. No hubo palabras. Ares le señaló con su dedo índice, amenazador, pero Actia sabía que no haría nada. En el fondo, Ares era un tahúr nato. Le gustaba el juego, pero también la trampa. Le gustaban los desafíos. Por eso no deshizo la inmortalidad de la diosa Azul con la supremacía de su privilegio como dios mayor. Intuía la intervención de la diosa serena. Sabía que su susurro había ayudado a Xena en la pesadilla inducida, sabía que Actia había enviado los sentimientos de Gabrielle hacia el corazón marchito de la guerrera perdida, abriéndole el camino hacia Realidad. Sin embargo, nada hizo. Quería seguir jugando. Se lo dijo a Xena. Habría más ocasiones. Y, además, Zeus prohibía aniquilar a cualquier tipo de dios. Por muy menor que fuera. Actia las vio partir. La parihuela servía ahora a Gabrielle. Argo, simplemente, había aparecido tan súbitamente como se había evaporado y Gabrielle se limitó a repetir su sentencia acerca del divino desequilibrio mental. Después de eso, Azul se transmutó en un susurro y vagó feliz por entre las copas de los árboles, la superficie de los arroyos y las simas de las montañas. Se reconcilió con su divina condición. A veces no era tan malo ser una diosa. Sigue — —>
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    A LOS OJOSDE UN DIOS BORRACHO. 11ª parte. Autora: Elxena El fuego crepitaba con minúsculos estallidos, dorando con su luz apenas un par de metros alrededor suyo. Acababan de abandonar la aldea donde el sanador no había podido hacer más que elogiar el trabajo de Xena con la rodilla de Gabrielle. Procuró, eso sí, un remedio para la herida de la pierna izquierda de Xena, herida que, según propia expresión de Gabrielle ante el requerimiento de Xena acerca de su origen, había sido hecha por " bichitos asquerosos de esos que pululan por los bosques". VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L No habían podido hablar mucho de lo que había sucedido, pero no por falta de ocasión, sino por puro y simple desconocimiento. Porque antes de salir de aquel claro Xena había olvidado ya por completo todo lo acontecido en el sueño inducido, sin llegar a saber siquiera que lo había sido, borrado de su memoria todo rastro del infeliz e irreal año como infausta asesina de aquello que más amaba, borrado todo rastro del triste y vencido despojo de sí misma en su abandono. Sólo quedaban vagas sensaciones, susurros inconexos en su alma que le hablaban de dignidad, devoción, miedo, remordimientos, ira, dolor, vulnerabilidad... un manojo de emociones que le confundían... pero que desaparecían con tan sólo mirar a Gabrielle. "La llave de todas tus cárceles". Sintió una súbita quemazón en su interior. Esa extraña frase que su mente construía, cuando sabía que ella jamás la había escuchado ni pronunciado. El fuego crepitaba. Había acomodado a Gabrielle junto a la lumbre, había incluso condimentado para ella una pequeña liebre. "No seas boba, Gabrielle" –le había dicho al ver la perplejidad dibujada en su rostro —. "Sé cocinar alimentos perfectamente. ¿Acaso crees que en mi condición de guerrera no hube de procurar mi comida y mi condimento lejos de un cocinero? No te enfades pero, dime si me equivoco cuando digo que cualquiera prefiere alejarse de la engorrosa tarea de la lumbre, ¿no? Y, además, tu cocina es exquisita". Gabrielle sólo aceptó su confesión ("¡por todos los dioses, Xena1 He cocinado para las dos, dada tu pretendida torpeza con el fogón, ¿y ahora me sales con esto?") cuando Xena prometió, bajo solemne promesa, que ella se encargaría de la lumbre y el guiso "por los tiempos de los tiempos". Xena se sentía... serena, sentimiento absolutamente inaudito en alguien como ella. La ira había nacido en su ser desde aquel ataque a su aldea, desde la muerte de Lyceus, desde la traición de César, y desde entonces la progresión de esa cólera había crecido en ella como hiedra venenosa que halla el alimento en su propio aliento. Sabía que estaba cansada. Mucho. Y que su cuerpo tardaba ahora en responder, lejos de la felina respuesta de antes de esa incomprensible inconsciencia suya. Tampoco ella se explicaba de dónde o cómo pudo sacar la fuerza para enfrentarse como lo hizo a los bajuun en aquel claro, ni mucho menos acertaba a explicarle a Gabrielle, pese a su insistencia,la razón de su súbito despertar. Gabrielle le había hablado de un resplandor azulado, pero Xena había encogido sus hombros, "mucho hay en este mundo que desconocemos, Gabrielle", y se había limitado a aceptar el misterio como aceptaba casi todo lo que pasaba en su vida. Estaba allí y eso era todo. Su serenidad iba acompañada de un sentimiento cuasi doloroso que le ponía al borde del desasosiego. Había echado mucho de menos a Gabrielle, mucho, y no sabía explicárselo a sí misma y mucho menos a Gabrielle, por lo que no compartió con ella esa sensación. El desasosiego provenía de su confusión, pues notaba que ese extrañamiento había sido profundo y... total, como si el alejamiento hubiera tomado los tintes de lo definitivo. Eso la confundía totalmente, porque... ¿cuándo la había echado de menos, cómo, por qué? ¿En su letargo sin sueño, en esa inconsciencia extraña que la había postrado? No recordaba nada. Sólo... nada. Gabrielle, por su parte, poco más le podía decir, pues tampoco ella recordaba sus propios jirones inducidos, su papel tristemente protagonista en la peripecia de Xena. Al fin y al cabo, había sido la pesadilla de Xena, el castigo a Xena, su penitencia. El escaso instante en que todo lo supo, susurrada la verdad en el color del mar, ya no formaba parte de ella, ya no le pertenecía. Su propia muerte, su último conocimiento del plan de Ares, volaba ya camino de lo perdido, y sólo fue suyo mientras fue una muchacha agonizante, herida por su mejor amiga. Ahora, en esta realidad de todos los días que siempre había sido, volvía a ser completamente Gabrielle, aldeana de Poteidea, compañera de Xena
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    guerrera de Amphípolis,bardo ocasional y vocacional, mitad de un todo que sólo junto a la otra quedaba completo. Así era feliz, lo sentía y lo intuía. Porque muchas veces el respaldo de sus emociones lo obtenía con una simple mirada, que venía sobre ella o ella dirigía, y sabía que todo estaba bien, mientras la realidad que siempre había sido fuera como era, mientras siguiera saliendo el sol... y ambas siguieran juntas. Jamás lo podría expresar con palabras, no al menos ahora y aquí, pero yacía en su interior, reposando no por cansancio, sino por serenidad, pues nada temería... mientras siguieran juntas. Así pues nada que no fuera la realidad que siempre había sido recordaba y sólo pudo relatar sucintamente a Xena los hechos desde que ésta cayó pesadamente de Argo, y Xena adivinó más allá de sus palabras, pues había visto las llagas en su piel, las feas rozaduras que empezaban a sanar. Su rodilla. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Sintió entonces una profunda admiración, una pulgada más allá de la que ya sentía por la bardo, medida que la llevó súbita y ferozmente al camino de otro sentimiento hermanado con aquel, un afecto extremo cuyo nombre la aturdió y vulneró, golpeándola como ola que encuentra su dique desprevenido. Brotó este afecto limpio y rápido, como si agazapado hubiera estado hasta encontrar su oportunidad, y no pudo por menos que sentirse débil y fuerte, plena y vacía. Miró entonces a Gabrielle a la luz de la lumbre y se detuvo en las facciones de un rostro que empezaba a dejar atrás el filo suave de la adolescencia. Gabrielle había crecido, se había hecho más fuerte... y lo había hecho por ella. La había arrastrado hasta la extenuación, sin importarle el miedo ni la noche de lo desconocido, intentando protegerla (a ella, la guerrera) de infames que la doblaban en furia y fuerza, arriesgando con ello su vida, todo lo que tenía. Su pecho ahogó un vahído y frunció el ceño ante el arrebato de su propio cuerpo, recriminándose la debilidad de su descontrol. Gabrielle la miró en ese momento y entonces su alma dijo que sí a lo que siempre había dicho que no, y las palabras de sus sentimientos los tuvo que escuchar una y otra vez, porque no lograron ya callar lo que tanto tiempo habían querido decir. "No por mí". El pensamiento brotó por sorpresa dentro de ella y de igual modo desapareció, dejándola si cabe aún más confusa, pues había sido la voz de Gabrielle quien lo había formulado y no recordaba, tampoco en esta ocasión, habérselo oído decir. Todo convergía en ella, Gabrielle. Esas frases que aleteaban en su mente sin saber de dónde, cómo, por qué, quién. La voz de sus sentimientos. —¿Estás bien? –la voz de Gabrielle. No en su cabeza. Tuvo que hacer un esfuerzo para contestarle sin que le temblara la voz. —No es nada, Gabrielle –le sonrió. Se acercó a ella y se acomodó a su lado. Comprobó la tablilla de su pierna y hubiera dado lo que fuera por tener cien y una cosas más que comprobar, pues temía a las palabras que sus sentimientos vociferaban sin descanso y deseaba la distracción de los hechos para ocultar la desazón de su alma. —Está bien, Xena –oyó decir a Gabrielle, con el tono paciente de quien ha tenido que decir eso mismo muchas veces antes. —Sólo me aseguraba... –chasqueó los labios —Deberíamos habernos quedado en la aldea hasta que sanaras del todo —se reprochó Xena. —¿Dónde quedó tu espíritu aventurero, princesa? –dijo Gabrielle con viveza, enfatizando la última palabra y sonriendo pícaramente. Xena entrecerró los ojos, en un remedo de enfado. —Acabaré colgándote de las copas de los árboles, mi joven bardo –gruñó, sin atisbo alguno de malhumor —... A cachitos. Gabrielle rió suavemente y Xena agradeció el silencio que vino a continuación. Debía serenarse, porque no lo estaba en absoluto. Había un nombre en sus labios que su voz deseaba pronunciar sin descanso, pero sabía que no debía hacerlo y habría de condenarlo al silencio. Lamentó su felicidad, pues ya sabía lo que vendría después. La completa renuncia. Ahora que le había dado un nombre a aquello que jamás se había atrevido a considerar, debía sepultarlo profundamente, cercenarlo de raíz, pues su pasado, su incierto futuro y ella misma, acabarían devorándolo sin piedad.
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    No podía amaraquello que podía destruir. No podía permitirse el lujo de mantener a Gabrielle a su lado, ahora lo veía claro. Acabaría destruyéndola, cambiándola. Conocía su alma, el oscuro pozo sin fondo, y sabía que todavía no estaba en paz, que todavía se arrastraba en busca de la redención, y que ese camino era siniestro, pues aunque lo hacía a través del bien, seguía existiendo intacta en ella la capacidad de matar, la sed de la sangre. Mataba la maldad en otros para redimir la suya propia y no estaba muy segura de que aquello no fuera una espiral infernal que acabaría atrapándola en una telaraña de excusas. Iba a continuar durante mucho tiempo más por los caminos, y ella, y sólo ella, sabía que así sería hasta el final. No podía detenerse porque, si lo hacía, empezarían las preguntas, sus propias preguntas, y acabaría sabiendo la única verdad: que jamás habría redención, nunca, pues el pasado era inamovible para ella. Sintió un absoluto vacío bajo su piel y gimió. "Por todos los dioses", gritó en silencio, "por todos los dioses, Xena,¿ qué has hecho de ti?". VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Estás temblando... –notó la calidez de la mano de Gabrielle sobre su brazo, antes que oyó su voz — ¿Te ocurre algo? Habían pasado mil años y ahora era mucho más vieja. Había logrado acallar la alegre voz que, tan sólo unos instantes antes, le gritaba un único nombre y la hacía feliz; había logrado aplastar con la amarga bota de la realidad su ilusión y su esperanza. Ahora ya estaba todo bien, como debía ser. No había más que una única realidad. Ella había sido Xena, la Destructora de Naciones, una sanguinaria y despiadada asesina que había conducido sus ejércitos en pos de la inocencia, para aniquilarla. Ahora sí se cerraba el círculo maldito de su castigo. Esa inocencia había aparecido en su vida para mostrarle la magnitud de su daño, todo aquello que alguna vez había destruido llevaba el rostro y el nombre de Gabrielle, no hubiera habido otro modo más doloroso y certero de hacérselo ver. Había matado a cientos de Gabrielle y ahora esa inocencia había retornado para que comprendiera, para que viera, para que supiera. Y, una vez que lo había comprendido, ya nada quedaba. Sólo la dolorosa certeza. —¿Xena? La dolorosa certeza de lo que había hecho y a quién. A gente como Gabrielle, a gente que nada le hizo para merecer su ira, aldeanas y aldeanos que murieron por su espada, que vieron truncados su futuro, por ella. —Xena, por favor. Escuchaba su ruego y notaba su preocupación. Por ella. Sacudió la cabeza con amargura. —¿Por qué lloras? –la voz era una dolida súplica. ¿Llorar. ¿Estaba llorando? Se giró bruscamente hacia ella y notó esa lágrima que había nacido sin saberlo. Ella nunca lloraba y quiso decirlo, pero lo reconoció absurdo y calló. Gabrielle no apartó sus ojos de ella. — ¿Sabes qué es lo que, una y otra vez, viene a mí desde que esto sucedió? –le preguntó suavemente Gabrielle. Xena no contestó, pero siguió mirándola, aferrándose a ella —Un pacto. Un pacto entre las dos. No podría explicarte su origen, pues sé que nunca lo sellamos con palabras, pero su contenido me es susurrado a través de sensaciones, como creo que tú también tienes, y no alcanzo a comprender del todo, y puede que nunca lo haga, qué pasó o dejó de pasar con tu inconsciencia, pero hay una absoluta convicción en mi interior, Xena, en la cual no hay cabida duda alguna. Jamás te abandonaré. Aún cuando esté lejos de ti, aún cuando ni siquiera recuerdes ya mi rostro, no lo haré. Podré vivir otra vida lejos de ti, podré no ser ya la persona que camina junto a ti, pero siempre estaré, por muy desconocidas que nos haga la vida, por muy lejos que nos separe, siempre recordaré el camino, el sonido de los cascos de Argo, el timbre de tu voz, el calor de la lumbre y el silencio de la noche. Jamás olvidaré lo que me has enseñado. Xena entreabrió los labios, profundamente afectada. Taladró a Gabrielle con su mirada azul y percibió su miedo. Miedo a no seguir, miedo a que la dejara. Comprendió lo que Gabrielle quería decirle, debería asustarle esa absoluta conexión entre sus almas, pero, por una vez, no dio un paso atrás y lo aceptó. De acuerdo, no la apartaría de su lado, no la devolvería a una vida que no quería, ella era tan libre como ella y dueña de su destino, y de sobra le había demostrado su capacidad para desenvolverse en el camino. Gabrielle le miraba como la niña que teme perder el regalo de su vida, pero también como la mujer que aceptaría su pérdida. Quién era ella para procurar su infelicidad. Sólo debía ser más fuerte, más cauta, menos feliz, más embustera. Lo ocultaría, lo relegaría a lo más profundo de sí, mentiría a su corazón y lo calmaría con la resignación, ya no escucharía esas voces que le gritaban un único nombre, o sí, pero no respondería a su requerimiento. Así debía ser. Fuerza para no arrastrar a Gabrielle hacia la oscuridad,cautela para no forzar una situación violenta e incómoda entre ambas,
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    infelicidad para darleun nombre a su renuncia yembuste para, siempre, siempre, decir amiga y nunca, nunca, decir amante. De acuerdo. Inspiró profundamente, dejó que la lágrima muriera en su barbilla y sonrió, dispuesta a mentir, dispuesta a renunciar. Dispuesta a seguir. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Un pacto? –le dijo, sepultando la voz, sepultando el nombre, sepultando las preguntas, sepultando lo que apenas había empezado a nacer —¿Bulle acaso en tu cabeza la idea de cambiar tus pergaminos por mi espada y tu camisa por mi cuero? –el tono ligero que pasaba de puntillas sobre las palabras de Gabrielle, para no detenerse en ellas, para no paladearlas y acunarlas en su corazón delante de ella, ya lo haría después, en su soledad, en su interior. La había oído perfectamente y esas palabras habían cauterizado su corazón. Nunca nadie, jamás, se había entregado a ella con esa devoción, ni siquiera aquellos y aquellas que compartieron fugazmente su lecho, quizás porque nunca nadie, jamás, pudo llegar a saber que bajo la coraza de la guerrera latía un pozo de sentimiento que ella misma se había ocupado muy bien de estigmatizar y desangrar, relegándolo al cuasi olvido, escupiendo a conciencia sobre él con cada uno de sus actos, arrancándolo de sí hasta la extenuación. Sin embargo, y para su propia sorpresa, había logrado sobrevivir a su propia desidia, a todo su odio, al magma de su ira y suauto flagelo, y ahora había resurgido intacto y doloroso en su esplendor. Ahora. Con ella. Se obligó a seguir sonriendo —¿Ese tipo de pacto? Ojalá Gabrielle no hubiera hecho lo que hizo a continuación, ojalá. Esta vez el gesto lo acogió en toda su magnitud, con otro significado, con la sensación apropiada al nombre de su sentimiento. Lo hizo por primera y última vez. Gabriellese inclinó hacia ella y, con suavidad, recogió con la yema de su pulgar la lágrima que había ido a morir a la barbilla de Xena. La miró y la deshizo entre sus dedos, como había hecho cuando Xena estaba inconsciente. —Sí, Xena –le respondió, con dulzura, con firmeza, sonriendo tenuemente —. Ese tipo de pacto. La guerrera asintió. El momento había pasado. No hacía falta decir ni hacer nada más. Gabrielle no la acompañaría en ese camino, pero sí en todos los demás. Era suficiente para ella y esperaba que también para la propia Gabrielle. Muy bien, había que seguir. Recogió una ramita del suelo y atizó con ella el fuego, haciendo que saltaran pequeñas chispas. —Dime, Gabrielle. Si acaso hubiera un pacto –la miró —, ¿cuál desearías? Gabrielle frunció el ceño imperceptiblemente. Sabía perfectamente qué pacto sellaría con Xena, pero si expusiera sus términos de viva voz haría replegarse a la guerrera, pues aún no había logrado horadar la pétrea coraza que recubría el corazón de Xena. "Poder llegar a tu alma", pensó, "yacunarla; poder defenderte de ti misma, de todos tus demonios interiores; poder llegar a ti, plenamente". Pero sólo dijo: —No lo sé. ¿Cuál querrías tú? Xena sonrió. Le costó mucho menos de lo que pensaba el decirlo en voz alta: —No dañarte jamás. A cambio de lo que fuera –sentenció con seguridad. Gabrielle sintió una cálida oleada. El calor de la lumbre era demasiado intenso o la noche lo estaba siendo, o lo habían sido los últimos acontecimientos o lo estaba sintiendo ella así. Xena estaba comportándose de manera singular. Si extraños habían sido los días precedentes, desconcertantes eran los instantes presentes para ella. Desde que Xena había despertado de su extraño sueño, había percibido sin descanso un cambio, una corriente subterránea que parecía conectarla, aún más, con ella, corriente que había ido en aumento e implosionado alrededor del fuego de esta noche. Había habido un momento, un instante fugaz, en que sus sentidos se habían visto literalmente saturados de una indescriptible emoción cuyo origen le había sido desconocido pero, en ese mismo instante, había mirado a Xena, su rostro, su expresión, y supo de dónde y de quién, aunque su razón lo rechazara. Había sacudido imperceptiblemente su cabeza y entonces la vio. Su lágrima. Y su alma se desgajó y percibió un dolor intenso y después se fue apagando, amortiguando, como si una madre arropara a su hija con un manto de olvido y sintió, supo, que estaba perdiendo, que alguien la estaba dejando ir, que abría su mano para que cayera de ella, y acabó por romperse en mil pedazos, porque no era eso lo que quería aunque no había sido hecho ni dicho. Y fue entonces cuando el nombre de un pacto le fue susurrado, azul, y había dicho lo que dijo y era totalmente sincera al hacerlo. Jamás podría olvidar a Xena, pasase lo que pasase. Y cuando Xena le replicó, supo que la mano había vuelto a cerrarse sobre ella, acogedora, y dejó de sentir el miedo, más no así el débil rumor de un dolor que aún yacía latente, pero no en ella. Miró a Xena. —Tú nunca me haces daño, Xena –susurró —. Nunca. Y sé que nunca me lo harás.
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    Xena aguantó sumirada. —Quizás descuidé tu atención, quizás por no hacer más hice menos, quizás tú echas de menos... Gabrielle la atajó con un gesto. —Nada hay en esta vida que ahora llevo que no me satisfaga plenamente, Xena. Es una de las pocas cosas de las que estoy completamente segura. Xena inspiró. No habría ese camino entre ambas, pero Gabrielle debía, se merecía, saber cuánto le debía, cuánto significaba para ella. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Eres... –titubeó —... un gran bien en mi vida, Gabrielle. Yo... no sabría, ahora, sin ti, qué... –y se enredó en sus propias palabras, perdida. — Lo sé –dijo Gabrielle, acercando su mano al brazo de Xena, el brazo donde aún podían verse ligeros trazos de cicatrices hechas por una daga de triple hoja. El contacto volvió a estremecer a Xena. Era una ingenua si pensaba que no iba a ser así todas y cada una de las veces que ella le volviera a tocar en el futuro. Iba a necesitar mucha fuerza, mucha. —Lo sabes –repitió Xena, sintiéndose aún más perdida. Los labios de Gabrielle se curvaron en una sonrisa. Xena la imitó al cabo de un instante. —Pequeña bardo arrogante –musitó, los ojos brillantes, la risa en la garganta. Necesitaba esa ligereza, necesitaba reír. —No soy tan pequeña –protestó Gabrielle, también en un susurro. —Ni arrogante –concedió Xena. —Pero sí bardo –advirtió Gabrielle. —Sí, bardo sí –admitió Xena. Volvió el silencio. —Pero nunca te lo he dicho –dijo Xena. —No hacía falta. Tus ojos me hablan –sonrió —. Hasta tu ceja lo hace –dijo con sorna. —Ya. —Sé ahora la parte del pacto que querría –dijo Gabrielle. Xena la miró. —¿Y es...? –inquirió. —Tú –dijo sin titubear. —¿Yo? —Así es. Tú, tu interior. No me dejes fuera, Xena –pidió. —No entiendo qué... –pero sí lo entendía y se lo debía. Claudicó y asintió muy lentamente — De acuerdo, Gabrielle –miró su brazo, cruzado por pequeños cortes —. No más heridas sin nombre. Pero deberás tener paciencia, no es fácil para mí. Yo no soy fácil. —Lo sé. Y yo soy muy paciente. —Sí, debes serlo –curvó una sonrisa —. Por eso creo que no acabaré colgándote de los árboles.
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    —¿Por muchas princesaque pronuncie? —Por muchas eso que pronuncies, sí. Gabrielle torció el gesto y una nube de seriedad nubló su expresión. —Tuve miedo, Xena. Mucho. Creí que jamás despertarías. Xena inspiró y asintió lentamente. Posó con suavidad la yema de sus dedos sobre una de las llagas del hombro de Gabrielle. Magnitud. —Lo hiciste muy bien. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Tú lo hubieras hecho mejor. —Naturalmente –dijo falsamente arrogante Xena, queriendo ahuyentar la nube oscura de la expresión de Gabrielle —Al fin y al cabo, soy una eso guerrera, qué te has creído. Logró arrancar una corta risa de la bardo. —Xena. —¿Sí? —No me dejes nunca. Ahora fue Xena la que enmudeció y mudó su rostro a la seriedad. —Por qué habría de hacerlo. —Por qué no –replicó Gabrielle, alzándose de hombros con humildad. "Porque eres mi bien". —Porque... te necesito –susurró. Gabrielle sonrió levemente. —¿Tú a mí? —Ajá... –Xena sonrió —¿Quién si no me arrastraría como una posesa con una parihuela a través de todos los bosques del mundo conocido si ello fuera necesario? Y sus risas, aunque suaves, llegaron hasta la esquina del Tiempo, donde un dios inferior, loco y borracho, despertó... para volver a dormir, saturado de alcohol. A los ojos de un dios borracho la vida podía ser una y mil o ninguna y nada. Siempre bajo la helada pátina de la indiferencia de quien nada pierde cuando arriesga y nada teme cuando busca. Para ellas, sin embargo, esa vida era la única que ambas poseían, una vida llena de riesgos y búsquedas, miedo y dolor, pero también de dicha y bonanza, de lluvia y sol, de compañía y comprensión. Sólo había una búsqueda que jamás emprenderían, pero no por temor, sino porque ya habían hallado aquello que algún día, con anhelo, hubieran buscado de haberlo echado en falta. Esa búsqueda ya no era necesaria, puesto que ambas, aunque lo ignoraran, se habían encontrado, y un círculo se había cerrado en el Libro de los Perdidos. Esa noche, para alguien como Xena, la vida empezaba a tener nombre propio, pese a sus temores. Para alguien como Gabrielle, simplemente, la tuvo desde el primer momento. Quedaba mucho camino aún por recorrer.
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    FIN. VE FA R SI N FI ÓN C O ENR IG ES I N PA A L, Ñ O L Esta historia CONTINÚA en TIYAH.