D E

T O D A S

L A S

C Á R C E L E S .

Autora: Elxena
 
Es bardo.
Lo sabes por su ropaje, la bolsa de pergaminos, el cayado y la cinta verde anudada en el extremo del mismo, que la
identifica inexcusablemente como estudiante de la Academia de Atenas. También deberías saberlo por el brillo de sus
ojos, pues todo narrador de historias lleva el fuego de la pasión escrito en ellos.

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Pero ella no.
Los ojos de ella están muertos, sólo los utiliza para ver, no para transmitir. No, al menos, la pasión o la luz.
Gabrielle de Poteidea sólo cuenta cuentos oscuros.

Cuentos a la oscuridad que nacen de su roto corazón.
 

*

 

Es una guerrera.

Todo su ser lo grita.

A pesar de su túnica de algodón y la falta de armas de afilado acero o de armadura protectora sobre su cuerpo.
Sus ojos están muertos por obligación, una cinta de tela los cubre para ocultar al mundo la negrura de su vacío, por
mucho que no haya mundo que la pueda ver, aislada como único habitante en su remota fortaleza de piedra.
También tiene el corazón roto. Roto y enfermo.
No le queda mucho tiempo de vida.

Tiempo atrás rompió un pacto sagrado y el pago de sus consecuencias se está llevando su vida gota a gota.
Pero eso a Xena de Amphípolis no le importa ya.

Murió en el mismo instante en el que renunció al amor de Gabrielle de Poteidea.

Mató a su alma, que arrastra por segundos con ella en su inexorable camino la vida de su cuerpo físico, construido
de carne y sangre mortal.
Pero eso, a Xena de Amphípolis, ya no le importa.
 

*

 

El posadero depositó con brusquedad la jarra de sidra sobre la mesa sin apenas reparar en la meditabunda joven de
cabellos rubios acodada en ella y se marchó a servir al resto de ruidosos clientes. La posada estaba a rebosar esa
noche y no sólo se notaba en la abigarrada y ruidosa  multitud, sino también en la fuerte mezcla de olores que
parecía destilar de las propias paredes del establecimiento: sudor humano, sudor de caballería, cuero mojado, vino
barato y tabaco rancio. Gabrielle miró el recipiente goteante que el posadero casi había lanzado sobre ella y lo
apartó indolentemente con el dorso de la mano. No quería sidra, y sin embargo la había pedido.
Pero tampoco quería vivir ya, y seguía respirando.
No quería rememorar, y se ahogaba en recuerdos.
O no quería pensar, y enloquecía por sus pensamientos.
Su particular Tártaro. Despertaba, dormía, respiraba y vivía con él, pegado a su piel, desparramado por sus venas,
hundido en lo más profundo. Agazapado y preparado. Siempre dispuesto a recordarle el fuego de su agonía.
Se sentía vacía. Como una fruta a la que hubieran rebanado y despojado de carne y simiente, arrojada a un lado.
Algo había muerto en su interior.
Actia había tratado de explicárselo y ahora odiaba a Actia.
También odiaba a Xena, por fin lo había conseguido.
Ningún acto de sangre por su parte hubiera podido hacer que ella la odiara, pero la voluntad de Xena, su deseo, lo
había conseguido.
Y ahora lo recordaba una y otra vez, aunque no quisiese:
 

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Su mano acarició suavemente la cabeza de Gabrielle. Sus manos se cerraron sobre su rostro y la obligó gentilmente
a alzarlo. Sus pulgares detectaron las lágrimas que Gabrielle derramaba. Sus dedos trazaron su rostro. Se inclinó
hacia ella y la besó. Puso en ese beso todo su amor, todo su futuro, toda su esperanza. Quiso explicárselo todo con
ese beso. Ese beso fue su sello. Ese beso fue el último.
—Actia —susurró, con sus labios acariciando aún los de Gabrielle.

Un resplandor azul. Una sombra luminosa. La Diosa se situó tras una Gabrielle absolutamente desconcertada.
—Xena, ¿qué…? —la bardo cerró sus manos en torno a las muñecas de Xena.

—Te quiero, Gabrielle —el susurro de Xena fue toda una renuncia. Una declaración de amor y dolor en una sola —
Por tu bien y el mío, te lo juro, lo hago.
Actia se acercó aún más a Gabrielle.

—Xena, quizás… —la Diosa hizo un último intento.
—No —la guerrera apretó los dientes —Hazlo.

—¿Hacer qué? —Gabrielle se giró para ver a la Diosa situada a su espalda —¿La Diosa de la Serenidad? —volvió su
atención a Xena de nuevo —¿Qué…?
Actia posó su mano sobre el hombro de Gabrielle y el mismo resplandor que la rodeaba empezó a engullir a la
bardo.
 

El resplandor desapareció y Gabrielle se sintió ligeramente mareada. La mano de la Diosa Azul todavía permanecía
sobre su hombro, pero ella casi ni la notaba. Estaba muy aturdida. Alzó la vista pero Xena ya no estaba allí. En
realidad, nada estaba allí. Se giró hacia Actia.
—¿Qué ocurre? ¿Qué has hecho?

La Diosa se separó de ella unos centímetros. Altos árboles de frondosas copas las rodeaban. Pero no era el bosque
que ocultaba a la cabaña. "¿Qué has hecho?".
—Xena me pidió que te pusiera a salvo.

—¿Xena pidió ayuda a una Diosa? —Gabrielle no entendía nada.
—Quería que estuvieras a salvo —repitió la Diosa.
—¿Y ella? ¿Ella qué? ¿La vas a traer ahora?
—No.

—¡¿Por qué?!

—No lo desea.

—¿Cómo que no lo desea? —Gabrielle estaba empezando a ponerse muy nerviosa —¡Está ciega! ¡Grupos de
mercenarios la buscan!
—No lo desea, Gabrielle.
—Llévame de vuelta con ella. ¡Ahora! —exigió.
—No puedo.
—Ella pidió ponerme a salvo, ¿no es así?
—Sí.
—Bien. Yo te pido ahora que me lleves de vuelta con ella.
—No puedo, Gabrielle.
—¿¡Por qué!?
—No es su deseo.
—¡Maldita sea! —la desesperación empezaba a invadirla – Actia, te lo ruego, por favor —su tono era de súplica.
—Gabrielle, Xena acudió a mí. Yo ya había detectado en su alma una predisposición hacia la serenidad, aún frágil,
pequeña, pero valiente. Ella me pidió que te pusiera a salvo y aunque tú eres devota mía prevalece su voluntad.
—¿Por qué?
—Es un acto de amor. No hay maldad ninguna en su deseo de verte a salvo. No puedo contravenir su deseo.

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—¿Si su deseo me dañara, podrías deshacerlo?
—Gabrielle, no. Sé que te es doloroso, pero su intención es pura.

—Pero me daña en estos momentos —insistió Gabrielle – Estar lejos de ella me hace daño —musitó.
—Lo sé, Gabrielle.

—Actia, por favor.

—No puedo hacer nada, Gabrielle.
—¿Qué hará ella?
—...

—¿Actia?

—Cuando anochezca, partirá.

Gabrielle recordó lo que Xena le había dicho.
—Un refugio.
—Sí.

—¿Sabes dónde?
—Gabrielle…

—¡No intervendrías! No sería contravenir su deseo. Sólo dime dónde se halla ese refugio.
—Ella no te lo dijo, por lo tanto, ésa era también su voluntad.

—Actia, cuando se ponga a salvo, cuando llegue a ese refugio, también lo podría ser para mí. ¿Comprendes? Su
deseo de verme a salvo seguiría siendo respetado. Estaría a salvo, junto a ella.
—Gabrielle, no lo entiendes. No quiere que estés a su lado.
—¿Qué?

—Teme que al final acabes dañada.

—Ya hemos pasado por eso. ¡Ya hemos pasado por eso!

—Gabrielle, por favor, intenta comprenderla. Nada le haría más daño que verte dañada por su culpa. Quiere que
seas feliz.
—Conseguí serlo —dijo con un hilo de voz —Cuando me dijo que me amaba, cuando me besó —el acto, renacido en
sus palabras, cobró entonces para ella toda su intensidad, su significado.
—Fue su regalo.

—Fue su condena —replicó Gabrielle, con un deje amargo – Estoy encadenada a ella, Actia, con cada fibra de mi ser
—Gabrielle se sentó sobre un tronco caído, abatida —Cuando confirmó la reciprocidad de nuestro amor, me sentí
una sola con ella, supe que ella era todo mi camino, todo mi hogar. Y lo rechazó.
—No es así exactamente, Gabrielle. Ella aún te quiere.
—¿Y eso me sirve de algo ahora? —levantó unos ojos llenos de lágrimas —Dime, Actia, ¿me sirve?
La Diosa se inclinó hacia ella.
—Gabrielle, si en algo los mortales os diferenciáis del resto de las criaturas que habitan los diferentes mundos es por
esto: la esperanza. No abandones, no la pierdas. Yo no tengo todas las respuestas, y soy una Diosa —apostilló —,
pero sois vosotros quienes las buscáis con ahínco, más allá de toda lógica o mesura, y sólo sois humanos. Y lo
conseguís; no siempre, bien es cierto, pero cuando así sucede, tiráis abajo todos los muros, todos los imposibles,
todos los caminos cerrados.
—¿Todavía hay un camino?
—Depende de ti. Depende de ella.
—Pues ella no lo tomará, no querrá entrar en ese camino —Gabrielle agitó la cabeza con determinación —La conozco.
Va a hacer prevalecer mi bien sobre el suyo, y no sabe lo equivocada que está. Sólo hay un único bien ahora, que
nos incluye a ambas.
—Si tú hubieses estado en su lugar…

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Gabrielle cabeceó con amargura.
—Sí, Actia, hubiese hecho lo mismo que ella. Por eso me duele tanto. Porque seguiría hasta el final. Lo que significa
que no la volveré a ver.
—Lo siento. Pero no olvides que los imposibles sólo existen si tú les das aliento.
Gabrielle la miró entre lágrimas.

—Yo haré todo lo posible, eso lo sé. Pero ella…ella cerrará ese camino porque estará convencida de que así habrá de
ser —Gabrielle se llevó distraídamente una mano al pecho —Me duele —susurró.
Actia suspiró.

—¿Conoces la historia de las almas gemelas?
 

*

 

Gabrielle no sonrió. Ni siquiera permitió que Actia terminara de desgranar la historia de las almas gemelas. Claro
que la conocía. ¡Por los dioses, ella se la había contado a Xena!
Qué cruel ironía. La leyenda se había hecho carne en ellas…y esa carne se había desgarrado. Cuán presente había
tenido siempre esa historia. Cuántas veces la soñaba entre ellas. ¿Cómo si no explicar lo extraordinario de su unión?
¿Cómo si no una aldeana ignorante de todo lo que no fuera hogar y labor podría haber sido compañera de un Señor
de la Guerra? ¿Qué si no impulsó a Xena a extender su brazo y subirla a la grupa?
Sí, Gabrielle creyó en las almas gemelas durante todo el tiempo, en silencio, para sí. Y ahora, cuando se alzó la voz
en un mágico instante (no de ella, por los dioses, no de ella, ¡la voz de la propia Xena!) y la leyenda tomó sus
nombres, entonces, abruptamente, sin dar tiempo siquiera a que dejara la huella de su sombra bajo el sol, se
desvaneció.
Se acabó.

Y dejó tras de sí dolor, frustración…y una incipiente ira.
¿Contra Xena?
Aún no.

Sólo contra el destino, que no era poco.

Tanta espera. Tanta esperanza. Al final, la ansiada respuesta. La tuvo, de sus mismísimos labios. Un beso, un te
quiero. Y la desesperación.
No podía soportarlo. No podía permitírselo, ahora lo sabía. Desbordaba toda razón, pues había invadido por completo
el sentimiento cualquier opción que nunca hubiera pensado tener de dominar el dolor de la separación.
No. No podía ser. No así, no ahora, cuando lo había escuchado de sus propios labios. No podía hacerle eso, no se lo
podía hacer a las dos.
Conocía a Xena. Su lucha tenía muchos frentes, a cada cual más insoportable. Entendía lo que había hecho, pero eso
no significaba que se mostrase de acuerdo.
Por eso no dejó que Actia terminara de contar la historia. Ella sería quien contara el final de la historia, de su
historia.
Rogó a la Diosa que la dejara sola, si bien ésta se mostró reticente. Aún así, se plegó a la voluntad de la bardo.
Antes, sin embargo, le dio la bolsa de cuero que Xena le había dado para ella. Gabrielle la movió entre sus dedos
unos instantes antes de abrirla. Dentro, un generoso puñado de monedas de oro, una pequeña fortuna, y una
escueta nota cuya caligrafía, pese a la inseguridad perceptible provocada por la ceguera, señalaba directamente a
Xena en su innata elegancia y firmeza. Una elegancia y firmeza plasmada en dos únicas palabras: "Por favor".
—Atenas está tras estos árboles —dijo Actia —Sé que su deseo sería que completaras tu formación como bardo…
—¿Paga por deshacerse de mí? —la interrumpió Gabrielle sin apartar los ojos de las exiguas palabras escritas —¿Es
el pago de su adiós?
—No, Gabrielle, por favor, no te tortures así. Ella sólo quiere…
—Acallar su conciencia —la cortó.
—No. Que estés bien. Y Atenas era uno de tus sueños.

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—Ella era mi único sueño —replicó Gabrielle con intensidad —No me importa ser bardo si no estoy a su lado.
—Ahora quizás pienses así, pero más tarde te serenarás y…

—La Diosa de la Serenidad desplegando su fe —la voz de Gabrielle se desgranaba con sarcasmo —Supongo que
justifica tu existencia.
—Gabrielle, comprendo tu dolor. Pero ella sólo desea que estés bien.

Gabrielle desparramó las monedas sobre su palma volcando la boca de la bolsa.

—No estaré bien; sin ella, no —con un movimiento de su mano dejó que las monedas cayeran a la tierra húmeda del
bosque. Un sordo tintineo cada vez que entrechocaban entre sí. Gabrielle resguardó el trozo de pergamino
manuscrito en su otra mano —Déjame ahora, por favor.
Actia la miró una última vez.

—Si me necesitas… —y se desvaneció.

Gabrielle observó las monedas sobre la tierra. Su brillo las hacía resaltar poderosamente sobre el oscuro ocre
terroso. Se llevó ambas manos a la cara y la cubrió con ellas. Se balanceó levemente allí, en mitad de un bosque a
las afueras de Atenas, como si recitara un mantra sólo conocido por ella. Se ahogaba de pena. Sentía un dolor sordo
y constante que marcaba cada respiración. El mundo acababa de hacerse inmenso. Inmenso y vacío. Permaneció así
largo rato. Después, como si hubiera tomado una decisión, se agachó, recogió una a una las monedas y las volvió a
meter en la bolsa de cuero.
Giró hacia la derecha.
 

*

 

Gabrielle entró en la posada. Su suelo estaba sucio, las paredes enmohecidas, era ruidosa y olía a caballo. Como
todas las tabernas que jalonaban los caminos y aldeas de cada uno de los reinos que había recorrido junto a Xena.
Trató de apartar esa imagen de su cabeza. Ella y Xena entrando juntas.
Estaba agotada. No tanto físicamente por el viaje como emocionalmente por los últimos acontecimientos. Debía
serenarse. Debía pensar.
Encontraría a Xena. Estaba enfadada con ella y por los dioses que daría con ella para demostrárselo. La sentaría
frente a sí y le expondría sus pensamientos: "Sí, Xena, tú consideraste que mi bien era prioritario y dedujiste que
era la mejor forma de hacer las cosas. No, no es eso lo que te reprocho. Mi reproche es por no contar conmigo, por
no valorar lo que yo hubiera podido aportar, ¡POR HACER QUE UNA DIOSA MENOR ME EVAPORARA DE TU LADO!".
"Tranquila", se dijo. "Serénate".

La determinación de Xena no la detendría. Las palabras de Actia tampoco. Debía ir poco a poco.

Llamó la atención del posadero. Atenas era una gran urbe. Mucha gente. Querrían distracción. Ya había hecho antes
eso, con ella. Alojamiento y comida a cambio de historias.
No los encontró en esa primera posada, pero en la segunda, igual de sucia, apestosa y ruidosa, el dueño fue más
receptivo. Una noche de prueba y ya vería. Gabrielle sonrió. Tenía asegurados un techo y comida por largo tiempo.
Empezaba a sentirse mejor. Se había serenado y pensaba mucho mejor, con menos ira y más claridad. Había
empezado a urdir un plan. Nadie la separaría de Xena, ni aún la propia Xena.
Aprisionó la bolsita de cuero con las monedas que Actia le había dado.
No tocaría ni una sola.
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Pertenecían a otra persona.

Y se las devolvería, junto con su descomunal enfado.

 

Sigue -->
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2 ª E N T R E G A

Autora: Elxena
 

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Gabrielle observó la noche a través de la ventana de la habitación de la posada. Atenas se extendía iluminada bajo
el manto de estrellas, perdidos sus límites en el horizonte. En verdad era una gran urbe. Con grandes recursos. Y
muy variados.
Por ejemplo, el Archivo Judicial, abierto a todo ciudadano y ciudadana que quisiera consultarlo. Había llegado a él
tras una serie de pesquisas y se había lanzado de lleno a un día entero de búsqueda entre sus cientos de
pergaminos. Afortunadamente, sabía qué buscar. Afortunadamente, los funcionarios atenienses tenían una alta
noción del orden y la clasificación. Buscó en los pliegos dedicados a delincuentes, asesinos y saqueadores. Cómo no,
encontró las crónicas del pasado horror de Xena. Iba a recopilar toda la información posible acerca de ella. De su
pasado.
No buscaba a cuántos, ni aún por qué o cómo. Quiénes o qué.
Sólo dónde.

Rutas de ataque, perímetros de sus incursiones, zonas devastadas. Áreas de coincidencia, rutas de escape.
Testimonios. De víctimas. De mercenarios a su servicio. Actas de juicios contra sus esbirros. Periodos de tiempo
entre un ataque y otro. Tiempos de reagrupación. Tiempos de silencios. Todo aquello que pudiera arrojar alguna luz
sobre ese refugio en el que ahora pudiera encontrarse.
Pudiera.

Porque ése era otro temor incrustado muy profundamente en ella: ¿había logrado ponerse a salvo? ¿Ciega? ¿Sola?
No quiso pensar en ello. Quiso pensar, por el contrario, en alguna Diosa menor que la protegiera en todo lo posible.
En una guerrera con suficientes recursos como para superar el escollo de su ceguera.
En toda la suerte del mundo.
Primero, para ella, Xena.

Después, para ella, Gabrielle.
Para las dos. Por las dos.

Apartó la mirada de la noche ateniense y regresó al interior. Se sentó sobre el sencillo camastro y echó un vistazo al
revoltijo de pergaminos que había acumulado hasta ahora. No había podido sacar, evidentemente, los originales del
Archivo, pero se le había permitido copiar lo que quisiera. Por ahora, la punta del iceberg. Pero había mucho más.
Demasiado. Había, deliberadamente, pasado de puntillas por los actos en sí, no queriendo detenerse en ello. Sólo
necesitaba ciertos datos puntuales, que había ido anotando escrupulosamente en los pergaminos. Con ello pretendía
conformar un mapa de los ataques de Xena de sus tiempos de Señor de la Guerra, si bien todavía la información era
más maraña que hilo a seguir. Pero estaba en el buen camino, debía creerlo.
Estaba contenta. Agotada, pero contenta.

Mañana regresaría al Archivo. Ahora, debía prepararse para su actuación nocturna.

 

*

 
Gabrielle sonrió al funcionario del Archivo, dirigiendo sus pasos sin detenerse hacia las grandes salas de consulta.
Sin embargo, percibió un movimiento en su dirección y pronto fue interceptada por un hombre grueso con la túnica
funcionarial.
—¿Sí? —inquirió.
—Disculpad, pero necesito ver vuestro permiso, señora.
—¿Mi permiso?
—Para la consulta de los archivos.
—¿Qué permiso? —preguntó, confusa. No sabía que necesitara uno.
—Acompañadme, por favor —la cogió delicadamente del codo y la obligó amable pero firmemente a seguirla.
Pasaron delante del funcionario al que había sonreído, quien le hizo un gesto de impotencia. El segundo funcionario
la hizo sentar frente a una pequeña mesa donde se acumulaban los pergaminos. Él mismo se sentó al otro lado y
recogió sus manos como si estuviera a punto de rezar.
—¿Podría explicarme…? —pidió ella.

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—Por supuesto. Verás… —al parecer, había decidido que era lo suficientemente joven como para tutearla. Hizo una
pausa mientras leía una línea de uno de los pergaminos que tenía delante de sí —…Gabrielle, ¿no? – ella asintió —De
Poteidea —ella volvió a asentir —Mmmm… ¿Xena de Amphípolis atacó tu aldea?
—¡No! —quizás se excedió en su vehemencia. Trató de rebajar el tono – No, no lo hizo.

—¿No? Entonces, ¿qué buscas en los archivos? Normalmente cuando un ciudadano realiza una consulta sobre un
delito es por implicación directa o indirecta en él —el funcionario reparó en la expresión confusa de Gabrielle –
Quiero decir… ¿preparas alguna acusación contra esa guerrera, precisas de alguna información pertinente para juicio
o defensa? —imprimió un leve deje incrédulo a la última palabra que no pasó por alto para Gabrielle.
La bardo vaciló.
—No.

El funcionario se inclinó afablemente hacia ella.

—¿No? Pues no lo entiendo. Verás, Gabrielle, bien es cierto que los archivos de la urbe están abiertos a la consulta
de cualquier ciudadano libre, pero nuestro funcionario de entrada —y aquí alzó ligeramente la voz de forma
intencionada para que el aludido, situado unos metros delante, le escuchara. Éste se encogió ligeramente al hacerlo
—omitió comunicarte un pequeño detalle. Los archivos que consultas están sujetos a causa pendiente, esto es, la
autora de los mismos se halla libre y aún no ha resuelto sus asuntos con la justicia. Su acceso, por tanto, es
restringido y precisa de un permiso especial.
—Pero Xena se apartó hace tiempo del camino de la delincuencia, sin duda habrás oído escuchar las historias de su
redención —de nuevo el tono vehemente.
Esto último pareció avivar la curiosidad del funcionario.
—Historias, mmm… ¿Eres bardo?

Una idea cruzó rápidamente por la mente de Gabrielle.
—Sí.

Él asintió brevemente, sonriendo.

—Haber empezado por ahí, pequeña. Tu licencia —solicitó.
—¿Cómo?

—¿Estás licenciada, no?

La expresión de ella anticipó la respuesta.
—No.

—Bueno, eso lo vuelve a complicar. ¿Estás recopilando información para escribir historias?

—Si —su cabeza trabajaba a toda velocidad —Las de Xena, en particular, son muy demandadas, sobre todo en las
aldeas.
—¿Y te documentas para ello? —preguntó, evidentemente perplejo.
—Sí.
Él rió suavemente.
—Debo decir que me resulta inaudito. Invéntalas, es más fácil. Cualquier acto horrible que inventes, seguramente lo
habrá hecho.
Gabrielle trató de ocultar su indignación, aún así no pudo por menos que salir en defensa de la guerrera.
—Ha cambiado. Lleva a cabo buenas acciones.
—¿La conoces? —un leve destello de sospecha en los ojos del funcionario.
¿Era una pregunta peligrosa?
—No —mintió. Lo decidió en una milésima. Y acertó.
—Ah. Bien. No quisiera pensar que una documentación tan valiosa estuviera en manos de la persona equivocada.
Gabrielle se lanzó de lleno a la mentira.
—Sólo quiero escribir historias interesantes. Hay mucha competitividad entre los bardos. Y creo que las historias de
Xena me darán buenos argumentos.
El funcionario pareció meditar.

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—Bueno, sea como sea, has de disponer de una licencia para acceder a ellos. Lo siento. Sin ánimo de ofenderte, no
podemos fiarnos de la primera persona que entre aquí y rebusque en archivos con causas pendientes. Si se tratara
de otro tipo…pero con las causas de sangre debemos ser cuidadosos.
—Lo entiendo, por supuesto. ¿Cómo podría conseguir esa licencia?

—Siendo letrado, en parte de defensa o acusación; víctima de un acto cometido por la acusada o…licenciada por la
Academia, en tu caso. No vienen muchos bardos por aquí para documentarse, incluso debes de ser la primera que
veo en toda mi carrera. Así pues, si una institución como la Academia de Atenas te respaldara, creo que sería
suficiente.
¿Le estaba dando una solución?

—¿No tendría que estar licenciada? —preguntó, esperanzada.
—Por el momento, inscrita. Pero te licenciarías, ¿no?
Ella sonrió.

—Por supuesto.

—Bien —suspiró —pues esto es lo que has de hacer. Inscríbete en la Academia. Cuando te hayan admitido y
expedido el pergamino ven aquí y preséntalo. Yo mismo te extenderé el permiso.
 Gabrielle no cabía en sí de gozo. Se levantó, al tiempo que ofrecía ambas manos para estrechar las del funcionario.
—Gracias, muchas gracias.
—De nada. Suerte.

Gabrielle abandonó el archivo, pasando ante un avergonzado funcionario de entrada.
Se dirigió directamente hacia la Academia.
 

*

 

—Temo desilusionarte, pero creo que va a ser imposible.

Gabrielle sintió una enorme contrariedad. ¡Maldita sea! No podía entrar en la Academia, el curso estaba iniciado.
Trató de razonar con la mujer de la entrada.
—Por favor, vengo de muy lejos.

—Todos venís de muy lejos —le replicó, sin dejar de escribir en unos pergaminos.
—Es muy importante para mí —dejó que la tristeza traspasara sus palabras.

Buena táctica. Escuchó cómo la mujer suspiraba y dejaba lo que estaba haciendo.
—Mira, bonita, quizás haya una pequeña posibilidad, pero yo que tú no me haría muchas ilusiones. Ocasionalmente
se ha permitido la incorporación tardía de alumnos si demuestran una valía excepcional —la miró con todo el
escepticismo del mundo en sus ojos —¿Tú…?
—¿Qué hay que hacer? —la interrumpió ella con entusiasmo.
La mujer suspiró de nuevo.
—Presenta tus pergaminos con historias aquí y yo las haré llegar al encargado de admisiones. Si superas esa
primera prueba deberás hacer otra de declamación. ¿Entiendes?
—Sí —Gabrielle sonrió.
—Pues hala, viento —y la despidió con un ademán de su mano, volviendo a enfrascarse en la escritura.
Gabrielle regresó a la posada. Debía escoger bien de entre todas sus historias. Sólo habían pasado un par de
semanas desde que Xena no estaba con ella y sentía la urgencia de que la situación no se prolongara demasiado en
el tiempo.
Temía por ella.
 

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Gabrielle sonrió, satisfecha. Contempló la selección de pergaminos con sus historias y sabía que era una buena
elección. Allí estaban las mejores. Entraría en la Academia. Aún tenía tiempo antes de que oscureciera para llevarlos.
Así lo hizo. La mujer con la que había hablado antes alzó las cejas en un gesto de reconocimiento, pero nada más.
Eso no la amilanó. Le preguntó cuándo sabría algo y ella apuntó su nombre y dónde se alojaba. Le comunicó que
enviarían a alguien con el resultado de la resolución, aconsejándole que no cambiara de alojamiento hasta entonces.
"Y nada de visitas diarias preguntando, por favor", le exhortó.
Bueno, pues esperaría. Se encaminó a la posada. Aún era de día. A pesar del dolor constante que le perseguía
desde la separación de Xena, se mostraba optimista. Necesitaba saber que ese dolor tenía un fin. Que servía a un
propósito. Mientras le doliera, Xena seguiría con ella, era una intuición. Creía en ello.
Entró en la posada y, excepcionalmente, pidió un vaso de sidra. Cuando lo terminó subió a su habitación. Contempló
el desorden que reinaba temporalmente en ella, con varios pergaminos desperdigados aquí y allá y recogió uno al
azar. Era una historia muy corta, tan sólo la descripción de dos personas tumbadas sobre sus petates bajo las
estrellas y el silencio que decía más que las palabras. Sonrió.
"Xena".

Depositó el pergamino en el suelo y volvió su atención a la ventana.

Quiso asomarse, trazar un camino hasta el corazón de la guerrera y decirle que todo volvería a estar bien.
Pero entonces…
 

...Gabrielle se llevó una mano al pecho, atravesada por un rabioso y súbito dolor. Las paredes de la habitación de la
posada se desdibujaron durante un instante ante sus ojos. Un regusto amargo le subió por la garganta y se sintió sin
aire en los pulmones. Cayó al suelo, sin fuerzas. Sintió náuseas y apoyó la cabeza sobre el frío suelo de piedra. Se
abrazó a sí misma, pero el dolor la traspasaba de parte a parte. Empezó a gemir quedamente. El dolor la invadía por
oleadas, de forma incansable, arrasador. Se sintió morir. Antes de perder la consciencia, una sola palabra cruzó su
mente:
"No."
 

*

 

Gabrielle recobró la consciencia poco a poco, como si regresara de un mal sueño que no quisiera aún abandonarla.
Sus primeros pensamientos se derivaron en una maraña confusa. ¿Dónde estaba?
Le llegaban algunos sonidos, ruidos, como en sordina. Jaleo de taberna, gritos. Alguien de voz ruda que se
desgañitaba reclamando no sabía qué pago.
La posada. Atenas.
Notaba la boca reseca y una gran confusión. Tardó un poco aún en centrar sus pensamientos. Notaba algo, una
sensación, en su interior. Trató de incorporarse. Cuando lo hizo, sintió un vahído. La habitación fluctuó levemente.
Cerró los ojos con fuerza y se llevó las manos a la cabeza. Tragó saliva repetidamente.
Abrió los ojos de golpe.
De súbito, un pensamiento cruzó su cabeza.
No recordaba su propio nombre.
 

*
 
Se llevó las manos a la cabeza y tuvo que desistir de la idea de incorporarse, porque a su cabeza no le hacía
ninguna gracia el esfuerzo. Trató de afianzar la escasa lucidez conseguida.
Una posada. Atenas.
Y el terror: no sabía cómo se llamaba.
El miedo tomó una presencia casi física en ella. ¿Cómo no podía recordar su propio nombre?

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Echó un vistazo a su alrededor. Un gran desorden en forma de pergaminos esparcidos por doquier. ¿Ella trabajaba
con pergaminos?
Sintió un sudor frío estrujándole la piel. Inspiró hondamente. Un nombre regresó a ella.
Gabrielle.

Se llamaba Gabrielle.

Pero tras ese nombre ya no había nada más.
Todos sus recuerdos habían desaparecido.
 

*

 

"Gabrielle".

Xena despertó. Había yacido acurrucada en el suelo de la cueva, doblada sobre sí misma. Sus labios resecos se
entreabrieron y lo primero que sintió fue miedo. Un profundo e insondable miedo.
Y dolor.

Un dolor insoportable. Como si un demonio enloquecido hurgara en sus entrañas y las extirpara a dentelladas. Como
el miedo lacerante ante una merma inevitable e insoportable en su absoluto.
Reconocía el veneno que estaba inundando sus venas, camino de su corazón. En el castigo estaba la lucidez de
todo.
La pérdida y la ausencia.

Sus dos únicos temores en la infancia, cuando aún había luz en su vida. Lo único que en verdad había temido de la
vida.
Siempre había estado segura, ya en su etapa adulta, de que jamás volverían, tras Lyceus. Nada, tras la muerte de
Lyceus, podría ya invocar a sus mayores enemigas. Ella se había asegurado de ello. Ella, la Destructora de Naciones.
Nada.
Hasta que ella entró en su vida.
Gabrielle.

Y, sin embargo, acababa de hacerlo.

Renunció conscientemente al amor de Gabrielle, lo dejó marchar. Lo acunó una última vez en su interior, lo
contempló y le dijo adiós.
Lo había hecho. Había invocado a sus principales demonios, había dejado entrar ese veneno en su corazón,
conscientemente.
No pasaba nada, estaba bien. Lo había hecho por bien.
Todo por Gabrielle; lo que fuese, por Gabrielle.
Respirar le dolía. Pensar le dolía. Su nombre, su recuerdo. Todo le dolía.
Pero el dolor en sí no era lo peor, no era lo terrible.
Lo único terrible, en verdad, lo único que la estaba matando por dentro, era la innegable realidad. Por fin había
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llegado.

Estaba sola.

Sola de nuevo en el camino.

 

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3 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

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Meses. Hacía ya meses. De la renuncia. De la separación. Del fin de todo. Del principio de este fin. De tanto dolor. El
tiempo inmediato, su tiempo con Gabrielle, había pasado a conformarse como una bruma en su mente. Y ya tan sólo
deseaba eso, recordar los días junto a Gabrielle. Las pesadillas de sus actos pasados podían seguir asolándola en
sueños, pero su consciencia y su voluntad eran de Gabrielle. Ahora ya todo daba igual; ahora, aquí, en una fortaleza
aislada, remota e inexpugnable, todo podía tomar su nombre verdadero. El amor en su plenitud, ahora que le había
permitido manar. Imposible de controlar una vez admitido. Tanto tiempo manteniéndolo a raya. Todo era como un
sueño, un sueño consciente y maravilloso que ella procuraba atesorar con celo. Todo lo relacionado con el tiempo
pasado con Gabrielle. Nada más que un sueño. Pero un hermoso sueño. Un sueño para ella.
Había logrado llegar a su refugio, secreto y desconocido. Había sido difícil y doloroso. El dolor que ahora ya nunca le
abandonaba la destrozaba.
La pérdida y la ausencia.

El dolor era su recordatorio constante.
Y la soledad… tras Gabrielle.

Al principio trató de rechazar su recuerdo, pero pronto supo que iba a ser inútil. Conquistando naciones enteras
tendría ya que haber reconocido el inmenso poder de lo incontrolable. Así que, para qué. Era una tarea de titanes y
no conducía más que al agotamiento. Actia se lo había advertido.
"La poderosa corriente de amor mutada en dolor seguirá ahí. En una de vosotras. La que renuncie."
Y ella aceptó.

Y albergó todo el dolor.

Y el amor no correspondido.

Su titánica voluntad generó la renuncia suficiente como para romper el pacto que unía sus almas a través de los
tiempos, mas esa misma alma suya la estaba matando por ello.
Se había convertido en un escorpión herido por su propio veneno. Deliciosa ironía, pensó.

Sólo tuvo una duda y convocó por ello a Actia, una sola vez desde que estaba allí. Desde entonces, la Diosa menor
no había vuelto a aparecer.
—¿Ella siente este dolor? —le preguntó.
—No.

—¿Mientes?

—No —hizo una pausa —Xena, ella no te recuerda. Tu nombre y tu rastro han sido borrados de su alma.
Quiso echarse a llorar, pero recordó a tiempo que ni siquiera se merecía eso.
—¿Sufre? —preguntó, con un hilo de voz.

—No del modo como la mayoría describiría el sufrimiento —explicó lentamente Actia —Te advertí que no podía
calibrar las consecuencias de algo que jamás había tenido lugar. Así, al renunciar al amor que sientes por ella, al
parecer, ha producido un desequilibrio en Gabrielle. No padece dolor, pero quizás sea peor. No siente nada, Xena.
Ningún tipo de emoción. No recuerda nada de una vida anterior, pero no le importa. Nada le asusta. Nada le
inquieta. Se ha instalado en un aséptico presente. Lo siento, Xena. La Gabrielle que tú conocías ya no está.
Fu peor que una puñalada directa a su corazón, peor que si la propia Gabrielle le hubiera escupido a la cara. Xena
gimió quedamente. Todo estaba mal. Nada había salido bien. Y no había vuelta atrás. La venganza definitiva de los
dioses o el punto y final adecuado para ella. Morir matando. Destruyendo hasta el último momento. Sintió la propia
traición removerse en sus venas. Había traicionado a Gabrielle hasta el último instante de sus vidas. Se recreó en el
sabor de la amargura que regurgitaba su maltrecha alma. Ojalá pudiera morir ya. Pero no se lo permitió. Debía sufrir
hasta el último momento, con todas las horas, todos lo segundos, a cada instante. Pero no halló consuelo. Sólo
dolor.
Y la convicción de que era del todo merecido.
Ya daba igual. Era una sombra de sí misma confinada voluntariamente en una inexpugnable fortaleza. Por un
instante pensó, "saldré y la buscaré. Lo arreglaré." Pero enseguida desechó la idea. Ella nunca arreglaba nada. Ella
era un instrumento de destrucción. Hasta el último momento. Hasta cuando quería hacer el bien.
Así que resignó su suerte y no hizo nada. Sólo pensar, recordar. A Gabrielle. Consumía las lentas horas
recordándola. Como ahora.
Un latigazo en el costado. Frunció el ceño. Ni siquiera podía anticipar el pensamiento de Gabrielle sin que el dolor
hiciera acto de presencia. Adelantó la mano y la cerró sobre la copa de droga destilada. El único remedio a su dolor.
Por ahora.
Dejó que el líquido amargo se deslizara garganta abajo e hiciera su trabajo. Siempre le dejaba un regusto desabrido
en los labios, magnífica e irónica metáfora de su vida.

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"Gabrielle".

Recordar. Recordarla a ella. Su nombre daba paso a su rostro, a su voz, a su forma de caminar, a todos y cada uno
de los recuerdos. Ya todo le daba igual, salvo tener intacta la capacidad de recordar, de recordarla.
Aislada en una fortificación perdida entre montañas, inaccesible a nadie que pudiera continuar todavía vivo de su
época de Señor de la Guerra, imposible de conocer por ajenos a ella. Su refugio. Su postrero hogar.
Una fortificación excavada en roca viva que le había servido de nido de reposo entre incursiones, que nadie conocía
y a donde a nadie había llevado nunca.
A Gabrielle le hubiera gustado. Sonrió tenuemente, ebria de su recuerdo. Sí, a ella le gustaría. No vería lo austero de
la construcción, sino su sencillez. No vería un reducto de lobo, sino un refugio de retiro. Amaría tumbarse bajo la
majestuosidad de las montañas circundantes e incluso vería belleza en el paisaje de piedra y el bosque milenario. La
cúspide abierta del monte donde estaba excavada permitía la entrada de un torrente de luz y aún en aquellas
estancias donde no llegaba, siempre había procurado una permanente iluminación a base de antorchas y un
intrincado laberinto de pequeños espejos que reflejaban la luz exterior.
Gabrielle lo encontraría romántico.

Gabrielle siempre veía la luz en todo.
Incluso en ella.

Xena de Amphípolis, Destructora de Naciones, guerrera moribunda.
 

*

 

Gabrielle traspasó el umbral del Archivo Judicial con paso resuelto. Saludó con una leve inclinación de cabeza al
funcionario de la entrada y se encaminó al área de consulta que había sido casi su hogar (junto con la Academia)
durante los últimos meses. Sin vacilar se acercó a la mesa que ya había hecho suya (los escasos usuarios de esa
zona ya se habían habituado a su constante presencia) y descargó sus brazos de los pergaminos nuevos que
acababa de adquirir en el mercado. La mesa estaba plagada de documentos oficiales y de pergaminos con sus
propias anotaciones. Era tal su constancia y su rutina que se le había concedido, excepcionalmente, la potestad de
conservar los documentos que solicitaba sin que fuese necesaria la diaria comprobación de su licencia y el tedioso
trámite de guardar y volver a sacar los documentos de los arcones donde se archivaban. Simplemente, permanecían
sobre su ahora mesa hasta que ella daba por concluida la tarea sobre ellos y empezaba con otros nuevos.
No siempre había sido así.

Meses atrás había despertado conmocionada en la habitación de una posada, terriblemente desorientada y sin
recordar su nombre. Esta aterradora circunstancia había pasado inmediatamente, pero el hecho de saber que se
llamaba Gabrielle no había constituido un gran adelanto. Poco más sobre sí misma sabía…y no es que le preocupara
lo más mínimo. Si alguien que la hubiera conocido antaño se cruzara con ella en la gran urbe no podría dar crédito a
ello. No la reconocería. Sí físicamente, por supuesto, pues no había cambiado en ese aspecto, pero no reconocerían
en la austera bardo aspirante de la Academia de Atenas a la impetuosa y cálida joven que había sido. Era muy seria,
apenas sonreía; no obstante nunca regateaba una leve sonrisa de cortesía, pero ya no brillaba. Carecía del
vehemente entusiasmo que formaba parte intrínseca de su ser y éste había sido sustituido por una terca tenacidad y
empeño en todo lo que acometía. En definitiva, no ponía el corazón en lo que hacía, sólo disciplina. Y no era tan sólo
eso. Sus emociones, sus sentimientos, antaño siempre torrente a punto de desbordarse, se habían diluido,
congelado, apenas despuntaban en una personalidad sobria y frugal, parca, rayana en la frialdad. Por eso se
conformó únicamente con su nombre. No buscó nada más. No quiso averiguar su procedencia. No le importaba. Ella
no podía saberlo, pues no había recuerdo con el que comparar, pero había perdido mucho. No echaba de menos
ninguna familia que quisiera recordar, ni ningún pasado que pudiera rememorar.

Sólo una cosa.
Un sueño.
Una mujer de pelo oscuro y ojos azules. Esa mujer era un sueño recurrente desde entonces. No sabía quién era, ni
por qué soñaba con ella. En sus sueños, a veces, esa mujer se inclinaba sobre ella con una sonrisa. Otras, la miraba
con un destello de sufrimiento que asolaba su mirada añil. Se había convertido en su desasosiego perenne. No podía
obviar su presencia en su vida onírica, pero no pasaba de allí. Nunca pronunciaba palabra, nunca tenía mayor
información que su mirada azul. No sabía quién era ni qué podía significar.

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Ese era uno de los pocos aspectos que le producían desasosiego desde que despertó aquella mañana en la posada,
pero había otro. Tras hacer un exhaustivo repaso de todas las pertenencias que había en esa habitación de posada,
había descubierto un gran número de pergaminos, que después supo escritos por ella, ya que su escritura coincidía.
Pero no reconocía las historias descritas, le eran completamente ajenas. Ni siquiera había sido capaz de establecer la
conexión entre la guerrera que protagonizaba la mayoría de ellas con la misteriosa y muda mujer de sus sueño. Y
había algo más que la desconcertaba. Encontró una bolsa de cuero con monedas de oro y una escueta nota en su
interior.
"Por favor".

Quién lo había escrito. Por qué. Para quién. ¿Estaba dirigida a ella?

Todas las preguntas se agolpaban en su mente, sin respuesta por ahora. Pero sólo le provocaban eso, un leve
desasosiego, una curiosidad meramente intelectual.
Ella no lo sabía, pero ese era su precio a pagar.

Xena se había quedado con todo el dolor, y ella con la nada.
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4 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

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Gabrielle deslizó la yema de sus dedos sobre las líneas del pergamino y frunció el ceño. La crónica del ataque a la
aldea de Cirra se desgranaba fríamente en él. Pavor, desolación, sangre y horror. Dejó de leer y se echó hacia atrás,
como si inconscientemente quisiera dejar espacio entre ella y esos horribles actos. ¿Por qué seguía haciéndolo? ¿Qué
le impulsaba a seguir investigando en esos pergaminos? Cuando despertó de su extraña conmoción meses atrás el
recuerdo de su búsqueda en el Archivo también se había perdido, junto con su pasado, y nada le hubiera impulsado
a reencontrarlo, como no hacía con todo lo demás, si no hubiesen convergido dos circunstancias que le pusieron
sobre su pista. Una, a los pocos días del incidente, cuando un mensajero de la Academia de Atenas fue a buscarla.
Supo así que, al parecer, había solicitado el ingreso en la misma y que se reclamaba su presencia para la prueba de
declamación. Inopinadamente, se presentó. Carecía de recuerdos emocionales (familia, amigos, un pasado de
recuerdos junto a otras personas, olor a hogaza de pan recién hecha, amaneceres de desvelo, baños en lagos de
aguas frías, la caricia al lomo de un caballo. Nada.), pero parecían haber sido sustituidos por un impulso intelectual,
frío, preciso, testarudo, que la llevaba a seguir caminos que parecían haber sido abiertos antes de su conmoción.
Así, se presentó a la prueba de declamación y la superó ampliamente, pero no lo hizo como lo hubiera hecho la
Gabrielle de antes, la dulce Gabrielle. Si los pergaminos que presentó eran historias luminosas, fruto de experiencias
que su yo actual no recordaba ni parecía echar de menos, el poema que escogió para declamar sorprendió a los
académicos por su oscuridad. Y fue tal vez eso, y no otra cosa, la inesperada mezcla de luz y sombra en una sola, lo
que le abrió las puertas de la Academia, un sueño hecho realidad para una Gabrielle perdida en otro mundo.

La segunda circunstancia que le había hecho permanecer en el estudio de los pergaminos fue, en realidad, doble. Por
una parte, el encuentro fortuito con el funcionario del Archivo en el mercado, sorprendido de que hubiese dejado de
acudir y al que acribilló entonces a preguntas acerca de su interés sin que el otro, desconcertado, supiera
responderle. "Xena, Xena de Amphípolis", le dijo, extrañado. "Eso es lo único que querías". Por otra parte, al citarle
a Xena Gabrielle recordó el puñado de pergaminos con anotaciones que había encontrado junto con el de sus
escritos en la habitación de la posada, en los que aparecía el nombre de esa mujer. Movida por su inagotable
impulso averiguó quién era esa tal Xena y su descubrimiento la llenó de desconcierto. ¿Por qué averiguaba acerca
de un Señor de la Guerra?
Por todo ello, volvió al Archivo y reinició la labor desde el principio. No sabía qué estaba buscando, pero cotejando
sus propias notas empezó a hacerse una idea.
Buscaba un lugar.
 

*

 

Xena inspiró profundamente. Sabía que ahí fuera hacía un día difícil, con el viento ululando entre las oquedades de
las rocas y el olor de la inminente lluvia impregnándolo todo. Sería una buena tormenta. Siempre había disfrutado
con ellas, y sonrió para sí. "Perfectamente adecuado al perfil", pensó. Nadie se imagina a un buen Señor de la
Guerra disfrutando de soleados y luminosos días.
Pero eso era mentira.

Ella lo había hecho. Cuando estaba con Gabrielle. Si bien, que lloviera, hiciese sol, viento inclemente o día ambiguo,
no importaba, todo era hermoso junto a ella. Todo era perfecto.
Se regañó a sí misma. Como un viejo combatiente desgrana su incierta memoria y todo lo pule, y todo lo embellece.
Así, puede que nada fuese perfecto, pero que ahí residiera la base de todo. Que nada fuese perfecto, ni siquiera
ellas mismas.
No, ellas no. Sólo ella. Gabrielle, lejos e inalcanzable ya, lo era. Perfecta.

Por siempre jamás.
Sólo había tenido un momento de duda, un instante fugaz en el que se replanteó lo que había hecho. ¿Y si había
otro camino? ¿Y si se había equivocado?
Pero después pensó en dioses, guerreros, maldad e inquina. Pensó en lo incontrolable, en lo que no podía solucionar,
en todo lo que estaba fuera de su alcance y después pensó en Gabrielle.
Entonces se convenció, definitivamente, de que no podía haber otro camino.
Y que el camino acababa ahí, entre los gruesos muros de su fortaleza.
Por siempre jamás.
 

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Gabrielle frunció el ceño. No podía ser. Repasó minuciosamente el pergamino y sintió una leve conmoción. No podía
ser. Reconocía esa letra. Pergamino 23, prueba 13: un mensaje manuscrito de la propia Xena, durante la batalla de
Termante. Un mensaje cifrado interceptado a uno de sus guerreros. A Gabrielle no le había llamado la atención su
contenido, sino otra cosa más simple. La caligrafía. La había reconocido inmediatamente. La misma que la de la
extraña nota que obraba en su poder. Por primera vez en meses, sintió algo. Una turbadora inquietud que la
desasosegó profundamente. A ella, la bardo oscura. Su nombre empezaba a ser considerado en los círculos de
poetas de Grecia. No como a la otra Gabrielle, la de los recuerdos intactos, le hubiera gustado. No escribía a la luz,
precisamente. Había empaquetado los pergaminos con sus anteriores escritos y los había relegado al olvido, tan
fácilmente como su vida anterior se había esfumado sin una lágrima. No era culpa suya, evidentemente, Xena ya se
consumía por ello en su aislada fortaleza, pero seguía siendo perturbador cómo nada le afectaba. Había leído esos
pergaminos antes de guardarlos pero, a pesar de que los reconocía como propios, no le decían nada. Atribuía su
creación únicamente a la imaginación, pues sólo ella podía ser la culpable de ciertas cosas que en ellos se narraban.
Pues en ellos aparecía la Xena de sus investigaciones, pero no la Xena que ella, ahora, consideraba real, sino otra
incongruente con los actos descritos en los pergaminos judiciales. Y rechazó conscientemente a esa otra Xena, como
un borrón, como algo equivocado. Ni siquiera se planteó por qué o cómo. Por qué ella había escrito eso, cómo había
sido posible, por qué la hacía protagonista de actos de redención, cómo había llegado a ese camino. Por lo que allí
se describía parecía haber estado muy cerca de la guerrera, pero lo encontró tan absurdo e irreal que su mente lo
rechazó sin más. No, esos tontorrones pergaminos sólo podían deberse a su imaginación. Así que los leyó por
encima y los guardó, sin ningún sentimiento de pérdida, sin mirar atrás ni plantearse dudas.
Pero ahora, esa caligrafía la conectaba directamente con la sanguinaria guerrera.

¿Por qué tenía en su poder una nota manuscrita de la guerrera junto a un puñado de monedas de oro? Y esa súplica
en ella. "Por favor".
Era lo que más le inquietaba. Y ese atardecer salió del Archivo y no se encaminó directamente a la posada, como
siempre hacía, ni siquiera fue a la plaza donde se reunían espontáneamente algunos estudiantes de la Academia
para desafiarse a declamar. No paseó por los aún abiertos y vociferantes tenderetes que ofrecían sus mercancías a
los atenienses, atenta a las voces, los rasgos, las trifulcas, absorbiendo como una esponja todo lo que la gran urbe
le ofrecía. Su interés era, no obstante, desapasionado, lejos de la maravillada fruición con que a antaño todo se
acercaba. No, ese atardecer, en contra de todo lo que sobre sí misma hubiera pensado, al menos sobre la sí misma
que actualmente conocía, Gabrielle se acercó a las afueras de la ciudad, a las lindes del bosque y permaneció en él
por largo tiempo, atenta a la inquietud y la zozobra que había anidado en su interior. La caligrafía de esa guerrera
golpeaba algo en su interior, recordó los pergaminos que había guardado olvidados en un rincón y su mente se pobló
de extrañas imágenes. Sintió una profunda desazón allí, en el silencio del bosque y de pronto le pareció triste o lo
identificó con algo triste, como si ya hubiera estado allí antes y no hubiera sido una buena experiencia.
Entonces, cuando regresó a su habitación en la posada, cuando la noche le tomó el nombre al día y los ruidos se
escabulleron, se cernió sobre ella un manto de extrañeza que se apoderó de su cercenada alma y atrajo sus
recuerdos perdidos. Pasó gran parte de la noche bajo un inquietante sueño. En él, la mujer de pelo oscuro y ojos
azules la llamaba insistentemente, con una súplica impregnando su voz y su mirada. Su mirada azul la ahogaba de
un modo que no consideraría amenazador, aunque sí temible en su intensidad. Parecía susurrarle un camino común,
un reconocimiento tácito, que ella tendría que haber sentido también. Se removía inquieta en su sueño intranquilo,
inconscientemente insegura, con un leve atisbo de reproche para consigo misma. ¿Debía esa mirada decirle algo?
¿Debía ella ser dueña a su vez de una segunda mirada? El camino de ese sueño concreto la llevó a unas puertas que
no pensó que existieran, tal y como se desarrollaba su identidad actual. La llevó a su propia mirada, la que en
verdad debía replicar a la mujer de su sueño.
Y entonces, al despertar, su pasado la alcanzó tras haber caminado agazapado tras ella, y su certeza la partió en
dos.
La mujer de pelo oscuro era Xena. La mujer de la mirada suplicante, la mujer que la llamaba sin voz, que parecía
esperarla sin esperanza. La de los profundos ojos azules. La mujer que vivía en su interior.
Y, lo supo así, ella había amado a Xena.
Esa certeza fue la que la descolocó completamente, la que zarandeó todo su mundo actual. La que la llevó hacia
atrás, tirando de ella como una niña pequeña, la que la volvió a partir en dos, lo que le hizo daño, pues los
recuerdos empezaron a gotear como ácido sobre ella.
Al filo de esa mañana ya distinta, cuando la conexión establecida en el sueño varió el recorrido impertérrito de su
mente, Gabrielle se perdió infinitud de veces. Negó una y otra vez el reconocimiento, pero ya no había puertas que
detuvieran el torrente. Empezó a caminar el sentimiento en su fría emotividad y ya no lo pudo negar.
Ella y Xena. Juntas. El dolor, la esperanza, la admiración, el amor. La pérdida, la renuncia.
Xena la había apartado de su lado justo en el mismo instante en el que le dejaba entrever un amor correspondido.
Sintió furia.
Sintió dolor.
Los recuerdos de siempre volvían a ser suyos de nuevo. Era dueña otra vez de su vida anterior. Pero también de la
actual. Dos Gabrielle en una sola. La que fue abandonada por Xena, la que surgió de la renuncia de Xena. La que
perdió su alma gemela. La que surgió sin alma.
La bardo oscura, la Gabrielle dolida.

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Entonces, sí, continuó su búsqueda ya de forma consciente. Entendía el por qué del estudio de los Archivos
Judiciales. Tenía una meta bien clara. Encontraría a Xena. Aún no sabía exactamente para qué, pero probablemente
en ella subyacía aún, recóndito, el anhelo de su presencia, el desmedido afán por tenerla a su lado. La ruta de sus
almas se había hecho añicos, pero quizás sus fragmentos permanecían latiendo débilmente. Sea como fuese,
Gabrielle dobló sus esfuerzos. Volvió al Archivo Judicial, pero su búsqueda se convirtió en algo desapasionado,
impersonal. Se acercaba al pasado de Xena y a su nombre de forma totalmente aséptica, indiferente. Sabía,
intelectualmente, que la había amado con locura, pero nada más. Su corazón no lo recordaba. Sentimentalmente y
emocionalmente, el amor de Xena no existía. Sólo un enorme vacío. Vivir con esa dualidad (la indiferencia  y el
anhelo) abrió un nuevo camino en su emociones. Un latente rencor, ya presente cuando fue arrancada de los brazos
de Xena por Actia por orden de ésta, se fue instalando en ella. Tal y como ya lo consideró en el bosque a las afueras
de Atenas donde Actia la llevó, guardó la bolsa de monedas con la nota manuscrita y la llevaba siempre encima.
Encontraría a Xena.
Aún cuando no supiera todavía para qué.
 

*

 

El resplandor de un rayo atravesó la habitación oscura, iluminándola por completo durante unos segundos, pero,
obviamente, Xena no lo percibió. Sin embargo, su desarrollado instinto sí la hizo despertar de su ligero sueño. Algo
ocurría, y no era precisamente a causa de un solitario rayo. Se incorporó en la austera litera y dejó que el frescor
del suelo la llenara a través de las plantas desnudas de sus pies. Fue un alivio momentáneo, pues al instante sintió
una ligera inquietud. ¿Intrusos  en la fortaleza? No, casi imposible. Ella se había asegurado un escondite
impenetrable. Sin embargo, seguía percibiendo una inquietud difícil de apaciguar. Su instinto seguía indicándole una
intrusión, pero le molestaba su indefinición. Se alzó y se acercó al ventanal, agudizando el oído. Nada. Trató de
concentrarse y apoyó la barbilla en su pecho. Completo silencio.
Sin embargo, con una premonición, halló al intruso de la fortaleza.
Gabrielle.

En su corazón.
 

*

 

Eureka.

Gabrielle se inclinó bruscamente sobre la alfombra de pergaminos que plagaba la mesa. Ahí estaba. El hilo a través
del cual tirar. Escudriñó detenidamente las nuevas conclusiones que había dispuesto.
Ahí estaba.

A través de la maraña de información que había extraído pacientemente podía adivinar, débilmente, ciertos patrones
en las rutas de sus ataques. Cualquiera que echara un vistazo general a todo aquello podría ver que sus incursiones
muchas veces comportaban una especie de lote territorial. Escogía una zona, se afincaba en una determinada parte
de ella y desde allí dirigía los ataques a toda ella. Permanecía allí el tiempo que consideraba suficiente y una vez
esquilmada toda esa zona, pasaba a la siguiente. A veces este ritmo se mantenía durante meses, pasaba de una
zona territorial a otra sin descanso pero…había encontrado ya un par de lagunas. En dos ocasiones había disuelto
provisionalmente su ejército. Así aparecía en dos crónicas, el testimonio de uno de sus propios hombres y el diario
de un general griego que había sido puesto tras su captura. Según ambos, en sendas ocasiones Xena reunió a sus
hombres, repartió el botín y los despidió, emplazándoles a un futuro reagrupamiento bajo su llamamiento. En ambas
ocasiones Xena partió sola, sin que nadie pudiera seguirla (el diario del general hablaba del asesinato de unos de sus
espías enviado tras ella). En ambas ocasiones, igualmente, tras un lapso de tiempo, mayor o menor, Xena había
vuelto, reagrupando a sus soldados y reanudando sus ataques.
El lapso de tiempo era lo que le importaba a Gabrielle.
Dónde iba.
Sabía que a Amphípolis no, con total seguridad.
¿Entonces?
Pudiera ser que se retirara a ese refugio del que le había hablado. El refugio donde ahora querría que se hallase, a
salvo.
Tal vez.

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Volvió a estudiar el pergamino que ella había llenado de líneas, cruces, nombres y anotaciones.
El testimonio del hombre de Xena y el del general tenían una pequeña coincidencia que hacía prender una esperanza
en ella: aunque ambos encuadraban cada una de las disoluciones del ejército cuando éste se hallaba en distintos
lotes territoriales, Gabrielle podía ver que ambos eran limítrofes.
Xena había desaparecido, en esas dos ocasiones, en una zona geográfica de gran extensión, pero dentro de un área
común. Tenía que reconocerlo: hallar el punto exacto donde pudiera estar ese refugio sería una tarea ardua, pero no
creía que imposible.
Imposible había sido que sus caminos fuesen uno sólo y así había sido.
Todo lo demás, consideraba Gabrielle, era factible.
 

*

 

Lo había encontrado. No el punto exacto, sólo un área acotada con posibilidades. Pero era suficiente para ella. Lo
había repasado todo una y mil veces, había contemplado todas las hipótesis posibles. Partiría hacia ese territorio en
concreto en cuanto se aprovisionara. No pasaría nada si no encontraba allí lo que buscaba. Volvería y empezaría de
nuevo.
Estaba decidida a encontrar a Xena.

Una madrugada gris y fría Atenas la vio partir a lomos de un corcel resistente.
También los ojos de un dios furibundo.
 

*

 

Xena lo percibió. Esa madrugada era gris pero no tan fría donde ella se hallaba. El desasosiego penetró su sueño y la
desveló. Un manto frío recubrió su piel con dolorosa precisión. La recorrió de punta a punta. Se levantó y paseó
como un animal enjaulado, molesta por no poder darle un nombre a la zozobra que la agitaba.
Y, de pronto, un nombre y un rostro.
La intrusa en su corazón.

Gabrielle venía hacia ella.
 

sigue -->
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T O D A S L A S C Á R C E L E S .
5 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

*
 
Dos meses. Hacía que viajaba dos meses ya.

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Sólo su férrea determinación hacía que continuara. Había dejado atrás hacía mucho el último núcleo de población
cercano a donde ahora se encontraba, fuese donde quiera que fuese, pues en la poca cartografía que había hallado
de la zona había mucho territorio que no aparecía en los mapas. Había pasado hambre y peligros. Sus preguntas no
siempre eran bien recibidas o entendidas. En más de una ocasión había tenido que huir de un lugar a lomos de su
caballo.
Pero ella seguía adelante. No iba a regresar aún a Atenas. Sabía que estaba en el buen camino.
Lo intuía.
 

*

 

Ahora ya la presentía nítidamente. Como si un hilo tirara de ella. Se acercaba, aunque jamás la encontraría. Ella se
había asegurado de que su fortaleza fuese incógnita y a fe que así había permanecido hasta entonces. Pero la
tenacidad de Gabrielle era inagotable.
Había empezado a percibirla tenuemente dos semanas atrás. Ya había notado su puesta en marcha hacía dos meses,
pero la percepción se había fortalecido hacía tan sólo quince días, cuando al parecer había empezado a acercarse
físicamente a la fortaleza. Gabrielle se estaba adentrando en terreno muy peligroso, ya no porque alguien pudiera
atacarla, pues nadie hasta allí había osado llegar, sino por la orografía misma del territorio. No había caminos
señalizados, los barrancos eran traicioneros, el aire a veces insano, la luz del sol apenas penetraba unas horas al día
a través de las frondosas copas de los árboles y toda la Naturaleza parecía haberse aliado para hacer retroceder
hasta el más pintado.
Sólo no lo había logrado en dos ocasiones.
Con Xena.

Y ahora, temía, con Gabrielle.
 

*

 

El calor y la extrema humedad empezaban a hacer mella en ella. El frondoso bosque apenas dejaba pasar la luz,
mucho menos el aire. Bajo aquellas gigantescas copas crecía un conjunto caótico y multitudinario de vegetación
enroscada a los gruesos troncos y la temperatura, elevada y húmeda, hacía que su ropa se pegara
desagradablemente a su piel. Hacía poco que se había dado cuenta de que el terreno empezaba a convertirse en un
lodazal y que cada vez que debía tomar una bocanada de aire (y cada  vez lo necesitaba más y con mayor premura)
el oxígeno que llegaba a sus pulmones parecía excesivamente cálido y viciado. Ahora las paradas que se veía
obligada a hacer eran cada vez más frecuentes y tampoco es que le sirvieran de mucho. Continuaba agotada y
parecía ser un estado que se había apoderado de sus músculos. Bien es cierto que había tenido que empezar a
racionar la escasa comida que le quedaba, no digamos el agua, que ya no encontraba limpia y potable por ninguna
parte desde hacía horas. Aún así, pese a todo, continuaba.
Caminó, o más bien, peleó con la agresiva vegetación y apenas logró avanzar un poco. Hacía días que había tenido
que dejar ir a su montura, lo accidentado del terreno hacía impracticable el paso de un caballo. Una decisión
arriesgada, pues significaba quedarse a merced de sus propias fuerzas para regresar. Pero sabía que estaba en el
camino correcto, lo intuía.
El entorno parecía cada vez más inaccesible y cerrado, como si preparara una trampa para que incautos viajeros
cayeran en ella. Por fin, el destino decidió por ella. Cuando trataba de salvar el obstáculo formado por una bulbosa
raíz externa, tropezó fruto del cansancio y su pie se enredó en una oquedad formada por el capricho de la Naturaleza
en el dibujo de la cepa. De este modo, y sin poder evitarlo, cayó hacia delante, con tal mala fortuna que su cabeza
tropezó con la superficie rugosa y dura del tronco del árbol. El golpe fue muy doloroso, ya que abrió una de sus
cejas, pero lo peor fue que le hizo perder el equilibrio, lanzando su cuerpo hacia su izquierda, donde apenas sí tuvo
tiempo de darse cuenta de que había un cortado semioculto bajo el espeso boscaje que no aguantó el peso de su
cuerpo y que hizo que se deslizara hacia abajo como un saco de harina. Trató de agarrarse a las raíces que
asomaban por la ladera del cortado, pero sólo consiguió arañarse y cortarse. La superficie resbalosa de la tierra por
la que caía imprimía a su cuerpo cada vez más velocidad y vio, con desesperación, unos segundos antes del
impacto, que una enorme raíz sobresalía del terreno y se hallaba en la trayectoria de su incontrolado descenso.
Trató de esquivarla pero no tuvo tiempo y lo único que consiguió fue variar la posición de su cuerpo en el descenso y
ofrecer su costado al golpe.
Este la dejó sin aliento y boqueó de dolor y agonía. Por fin, el cortado pareció terminar abruptamente y el vacío se
materializó bajo ella, haciendo que el pánico recorriera como un latigazo todo su ser. ¿Qué altura tenía ese cortado?
 

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Xena se llevó una mano al pecho, incorporándose bruscamente. Algo no iba bien.
Gabrielle.
 

*

 

Despertó de golpe. La consciencia le regresó como una noticia urgente, como algo que no se espera pero ya está
allí. Abrió los ojos y no supo dónde se hallaba. Estaba en semipenumbra, pero no sabía si se debía a que era de
noche o porque algo tapaba la luz. Percibía un pequeño punto luminoso en alguna parte, pero le estaba costando
situarse. Trató de girar la cabeza pero desistió por las náuseas que le acometieron nada más iniciar el movimiento.
—¿Gabrielle? —un tono de voz vacilante.
Pero dolorosamente reconocible.

No estaba sola. Y esa voz era la de ella.
Xena.

Fin del viaje.
O no.

—¿Gabrielle? —esta vez el tono era más vacilante aún.
El susurro de unos pasos. Se acercaba a ella.

—Sí —fue estúpido, pero lo único que se le ocurrió decir. Su afirmación hizo que los pasos se detuvieran.
—Soy Xena.

Inopinadamente, le hizo sonreír.

—Lo sé —su propia voz era algo rasposa, notaba la garganta seca. ¿Cuánto tiempo...? —Agua. —pidió —Por favor.
Los pasos volvieron a reanudar su cuidadoso camino. Ahora ya notaba el borde de una figura silueteándose a su
izquierda. Y entonces supo que no estaba preparada para volver a verla. Que jamás lo estaría.
—¿Estás incorporada? —la voz de Xena era tan vacilante como sus pasos, insegura. A Gabrielle le extrañó que le
hiciera esa pregunta, pero solo hasta el momento en el que la figura de Xena llenó por completo el espacio ante ella.
—Estás ciega... —susurró. Desde luego, no estaba siendo muy brillante.
—Sí —respondió lacónicamente la guerrera, un tanto extrañada por la aseveración de la bardo. Se acercó despacio,
como dando tiempo a Gabrielle a cambiar de opinión acerca de su presencia allí. Como si le diera una oportunidad
de echarla de su lado. Pero Gabrielle no dijo nada y Xena llegó hasta el borde del camastro donde yacía Gabrielle.
Tanteó a su derecha y se hizo con un vaso  y una jarra. Sin apenas vacilar, llenó el vaso hasta el borde guiándose
con el tacto.
—¿Estás  incorporada? —volvió a preguntar Xena. Aguardaba con el vaso en  la mano.

Gabrielle apenas sí pudo girarse levemente hacia ella, Xena no se había situado en el mejor ángulo de visión posible,
cuando volvieron a acometerle las náuseas.
—Intentaré... Intentaré levantarme —dijo, algo mareada.
—Puedo ayudarte, si quieres —Xena depositó el vaso sobre la mesilla y aguardó la respuesta de Gabrielle.
Gabrielle suspiró profundamente. Ahora que estaba aquí, ahora que la había encontrado, ahora, no sabía qué hacer.
Ni con la situación...ni probablemente con los extraños sentimientos que le provocaba. No sabía a ciencia cierta qué
estaba sintiendo, aunque sí percibía claramente la tensión entre ambas. Pero lo que más le estaba desconcertando
era el angustioso vacío que horadaba su alma. Su alma estaba vacía, a pesar de estar junto a Xena. Nunca lo
hubiera pensado.
—¿Gabrielle? —de nuevo la voz de Xena sonaba vacilante.
—Sí, claro. Ayúdame. Por favor.

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Xena dio un paso hacia ella y se inclinó. Gabrielle tuvo un momentáneo acceso de pánico, no supo por qué o no
quiso planteárselo. Xena alargó lentamente su mano derecha, como buscando. Tocó levemente el hombro de
Gabrielle.
—Cuando quieras.

Estaban tan cerca que Gabrielle pudo percibir la palidez de la piel de la guerrera. Había una pequeña vela
iluminando tenuemente la estancia, el foco de luz del que antes no había podido precisar el origen, pero aún así,
percibió la claridad de su piel, casi traslúcida.
—Pasaré mi brazo por tu espalda y te levantaré. Cuando estés preparada.

¡Había miedo en la voz de Xena! Eso sí que lo percibió y lo registró claramente. ¿Miedo? Incluso notó el levísimo
temblor que sacudía imperceptiblemente el brazo de la guerrera cuando lo pasó por su espalda.
—Cuando quieras.

Con algo de esfuerzo, Xena semi incorporó a la bardo y, casi sin darle tiempo a ver su movimiento, Xena ya se
había retirado a un lado. Volvió a tantear y cogió el vaso con agua. Se lo acercó y Gabrielle lo cogió.
—Si tienes hambre, sobre esa mesa —y señaló de forma imprecisa delante de los pies del camastro —hay una
bandeja con pan, aceitunas y fruta. Tienes una herida en la cabeza, pero no es grave. He hecho lo que he podido,
pero no creo que se infecte o empeore. El golpe en el costado es fuerte, pero no ha roto ninguna costilla. Lo tendrás
magullado largo tiempo, y dolorido, pero no irá a peor. 
Gabrielle ni siquiera había bebido el agua. Se había limitado a mirar fijamente a Xena. Casi ni había captado el
significado de sus palabras. El tono era impersonal, aunque no estaba tan atontada como para no detectar el temblor
en el timbre de su voz.
—¿Gabrielle? —de nuevo había dejado pasar demasiado tiempo en silencio. La incertidumbre en el tono de Xena le
hizo sentir mal, incómoda. No podía ver, así que debía basar su actuación en lo que ella le decía. Y ella sólo le
estaba ofreciendo silencios.
—Te dejaré sola —Xena inició el movimiento de retirarse —Si quieres...— hubo un brevísimo momento de vacilación.
Pareció querer decir algo, pero decidirse por otra cosa en el último momento —Si necesitas algo, por favor, sólo
tienes que golpear la pared. Lo escucharé. Hay un candil junto a la jarra de agua para que te ilumines y ropa limpia
al lado de la comida —Xena empezó a dirigirse hasta la puerta. Gabrielle pensó por un instante que debía detenerla,
hacer que se quedara. Pero no supo encontrar una buena razón para hacerlo. La vio desaparecer tras la puerta de
madera y su cuerpo se estremeció involuntariamente. Pensó que debido a una ráfaga fría que entró al abrir la
puerta.
Eso pensó.
 

*

 

El silencio lo dominaba todo.

Desde que había llegado, Gabrielle había sentido ese omnipresente silencio pesar como una losa sobre ella. Era
capaz de percibir hasta el más mínimo ruido que perturbara la atmósfera muda  de toda la fortaleza.
Llevaba casi una semana allí y no había vuelto a ver a Xena. No quería, o no se atrevía. Por su parte, Xena tampoco
había hecho nada por volver a acercarse a ella. No había actuado en ningún momento como dueña y señora del
castillo. No había expresado de forma explícita una prohibición a que Gabrielle merodeara por todas las estancias, ni
había mostrado la más leve inquietud por que pudiera hacerlo. Al principio, durante los dos primeros días, su estado
anímico y sus heridas no habían permitido a la otrora curiosa Gabrielle advertir que se hallaba en un poderoso
espacio en el que merecía la pena adentrarse. Durante esas cuarenta y ocho horas no se movió de la habitación,
presa del cansancio, el dolor y, por qué no, de la aprensión de enfrentarse a Xena. Más de una vez deseó no haber
emprendido este estúpido viaje, pero sabía, como solía saber todo lo que concernía a ambas, que se había tratado
de un viaje ineludible. Tarde o temprano lo hubiera emprendido. Con o sin voluntad.
Pero su temor a encontrase con la guerrera se fue amortiguando conforme pasaban los días. Lo único inquietante era
que tras quedarse dormida, siempre encontraba comida y agua en la habitación. Al principio receló por el hecho de
que Xena entrara en la habitación mientras ella no era consciente, pero sus temores se diluyeron ante la lógica de la
situación. No estaba muy segura de que quisiera que sucediera de otro modo. Todavía no podía enfrentarse a ella,
no podía enfrentar nada de lo que le había empujado a venir hasta aquí, por mucho que ése hubiese sido el motivo
de su viaje.

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Una vez se decidió a salir de la habitación  recorrió cautelosamente gran parte de la fortaleza. Toda ella tenía un
diseño intrincado, supuso que ex profeso, dirigido a desorientar al intruso.  Salvo las tres estancias más grandes (un
salón destinado como comedor, lo que parecía una antigua armería y lo que su intuición le decía que eran los
aposentos de Xena tras una gran puerta de madera tallada con el símbolo del chackram y de la que había huido
apresuradamente sin ni siquiera acercarse) el resto de piezas eran una miríada de pasillos cortos, endiablados giros
en la pared excavada y recodos con final ciego con los que el ocasional caminante se encontraba de sopetón. A
veces un pasillo terminaba en la roca de la montaña, una habitación no lo era tal y una salida quedaba convertida en
una trampa al exterior.
Gabrielle descubrió todo esto en el curso de la primera semana de su estancia allí. Todo su ser le hacía levantarse
cada mañana con el apremiante pensamiento de irse de allí, de dejar atrás todo aquello, el presente, el pasado y el
improbable futuro.
Pero cada día se acostaba con el mismo pensamiento: mañana, mañana me iré.

Xena había llegado a convertirse en parte de ese mismo silencio que todo lo impregnaba. Apenas salía de sus
habitaciones y no hubieran coincidido en la austera fortaleza de no ser por la voluntad de Gabrielle de acercarse a
ella. Xena parecía estar dándole la libertad de elección que, irónicamente, no le había otorgado al decidir sobre el
futuro de ambas y que las había llevado hasta esa mismísima situación. Le estaba diciendo con su fantasmal
presencia que podía hacer lo que quisiera, incluso marcharse sin decir adiós. Al cuarto día, junto a la comida y el
agua, Gabrielle encontró todo lo que un viajero podría necesitar para un largo viaje. Ropa de abrigo, mantas, sacas
de viaje con comida seca y agua, yesca y una indicación acerca de donde podría encontrar las caballerizas. Tan sólo
por curiosidad, o eso mismo se dijo a sí misma, Gabrielle bajó hasta donde le indicaban las señas. Su corazón dio un
vuelco cuando se encontró a la mismísima Argo ensillada y preparada para un largo viaje. Sobre ella Xena (y tenía
que suponer a estas alturas que sólo ella habitaba la fortaleza) había dispuesto unas alforjas con los enseres que
todo viajero apreciaría: un hato de leña seca y fina por si no hallaba en el camino o debía refugiarse en una cueva
por la lluvia; un cuchillo afilado arropado por una vaina de cuero de intrincado grabado que Gabrielle, con otro
vuelco en su corazón, reconoció como la daga personal de la guerrera; y una serie de útiles para la pesca y la caza
menor. Suficiente para la supervivencia hasta encontrar un lugar habitado. Pero lo que le causó más dolor fue, y no
por el contenido, sino por el sencillo hecho de estar escrito de su puño y letra, una concisa nota que encontró y en la
que figuraba una sola frase: "ella te guiará". Gabrielle se giró entonces hacia el noble animal y éste atrapó su
mirada en sus enorme ojos brillantes. Y entonces hizo algo que pensó que jamás haría con el animal que siempre le
había atemorizado: se acercó a la yegua y la abrazó, palmeándola suavemente mientras ésta resoplaba sobre su
cabeza. Al cabo de un tiempo que pareció eterno deshizo el abrazo, guardó la nota en su vestido y salió del establo.
Justo en ese momento alcanzó a percibir por el rabillo del ojo una figura recortada en el ventanal que supuso
pertenecía a las habitaciones de Xena: el perfil de la guerrera permaneció tras los cristales unos instantes, de lado,
como si tratara de agudizar el oído, y Gabrielle supo que esperaba el trote de un caballo alejándose. La idea la
mortificó. No sabía qué sentir, qué hacer.
 Al principio todo había sido extraño. Durante sus primeras horas de consciencia allí sus emociones habían recorrido
una amplia gama de estados. Ira y reproche, sin cabida a la razón, mucho menos al sentimiento. Delante de sí no
veía a Xena, la amiga (¿o era la amada?). Delante de sí, Gabrielle sólo podía ver el dolor. Su propio dolor. Por ello
tardó tanto en percibir la otra parte de ese dolor. La parte que habitaba en Xena como una feroz alimaña.
Durante el breve instante que había visto a Xena había notado el deterioro físico, la languidez que se había
apoderado de todo su ser y que parecía emanar de todos y cada uno de los poros de la piel de la guerrera. Pero
Gabrielle había desplazado esa percepción hacia un lugar recóndito en su interior, porque todavía  no estaba
preparada para ella. Para la amiga, el ser humano.
Algo fallaba en su corazón. Lo intuía. Su alma no debía ser esa, la que ahora marcaba todos sus actos.
Intelectualmente podía reconocerlo. Recordaba quién y de qué modo había sido.
Pero su atemperada alma ahora refrenaba cualquier comparación y ya tan sólo se reconocía en lo que veía cada
mañana en el espejo al levantarse. Gabrielle, la bardo oscura.
Pero ese silencio que lo dominaba todo...
El silencio lo empezó todo. El señor de la nada entre las piedras y los muros se acercó a ella y la rodeó, permitiendo
la serenidad necesaria para que empezaran las preguntas.
Por qué.
Recordó la cabaña, a la Diosa Azul, la decisión de Xena.
Se recordó a sí misma, a pesar de no reconocerse.
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Y así, en el silencio, empezó a hablarse.

Al octavo día tomó la decisión.

 

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T O D A S L A S C Á R C E L E S .
6 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

*
La habitación estaba en semi penumbra. Gabrielle tuvo que detenerse unos segundos hasta que los ojos se
acostumbraron a esa media luz. En un principio no supo distinguir a Xena del resto de sombras que moteaban la
habitación, pero pronto captó su respiración entrecortada.

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—¿Xena? —inició un movimiento para acercarse a ella, pero un gesto seco de la mano de la guerrera la detuvo.
—Gabrielle —su voz sonaba agotada. Gabrielle apenas podía distinguir sus rasgos con la leve luz de la luna que se
filtraba a través del arco de la ventana —¿Te falta algo para el viaje?
—No.

Xena pareció cabecear, como asintiendo para sí misma.
—¿Entonces?

—¿Tanto deseas que desaparezca? —no lo había planeado, cuando tomó la decisión de entrar en los aposentos de
Xena, pero se estaba enfadando. No quería ir a ella para enfadarse.
—No —hizo una pausa —No es lo que deseo. Pensé que querrías irte tras reponerte.
—¿Crees que he hecho un viaje tan largo para irme nada más llegar?
—No lo sé —replicó la guerrera con sinceridad.

—Muy bien —dio unos cuantos pasos algo vacilantes hacia ella, sin importarle si se lo permitía o no. No sabía por
qué, pero temía su cercanía. No obstante, al mismo tiempo, algo la impulsaba a acercarse —Me gustaría que
hablásemos.
—Como quieras.

—¿Tú no quieres hablar? —de nuevo estaba enfadándose, y tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir su ira.

—No quiero hacer que te enfades, Gabrielle —un sexto sentido parecía haberla alertado —Sólo que no sé qué
decirte.
—Podrías empezar por un por qué. Por qué lo hiciste.
Escuchó el apenas perceptible suspiro de la guerrera.

—No sé qué razón querrías escuchar que te satisfaciera —susurró.
—La verdad, Xena, sólo la verdad.
—No hay una única verdad.

—No estoy para juegos verbales, Xena. No creo que sea tan difícil. Me apartaste de tu lado justo en el momento...
—su voz se estranguló por un instante y después pareció recobrar la compostura —Soy una persona adulta capaz de
tomar mis propias decisiones.
—Lo sé.

—No, no lo sabes. Por el modo como actuaste no lo tuviste en cuenta. Tú tomaste la decisión, tú lo hiciste. Y me
arrastraste a mí en esa decisión, Xena —su voz y sus gestos cobraron vigor conforme hablaba, incapaz de
atemperarlos —Me obligaste a entrar en una cueva oscura y fría donde ni siquiera te hallé a ti. ¿Sabes lo que eso
significó? — hizo una pausa cuando el recuerdo del bosque a las afueras de Atenas la asoló. Cuando fue consciente
de lo que Xena había hecho —Tomaste una decisión que nos afectaba a las dos, pero que nos dejó solas ante sus
consecuencias. ¿Lo entiendes? Sé que piensas que hiciste lo que debías hacer, pero yo hubiera esperado que
hicieras lo imposible, que buscaras el camino inexistente, que lo crearas para mí, para ti, para ambas.
—Te he decepcionado.
—No. Sólo me dijiste que me amabas. Y, después, me lo arrebataste. Sólo eso —su tono era amargo — Fue tu
renuncia, Xena, sólo tuya.
—No merecía ese amor —susurró la guerrera.
—¿Y por que tú no lo merecieras no debía merecerlo yo? ¿Tu renuncia había de ser también la mía? Dime Xena,
¿quién te ha otorgado tanto poder sobre mi vida, sobre mi libre albedrío?
Xena pareció conmocionada por las palabras de Gabrielle.
—Lo siento, Gabrielle.
—¿Y ya está? ¿Así acaba todo?
—¿Qué más quieres?
—¿Quieres oír lo que en verdad ocurrió? —hizo una pausa y se acercó más a ella. Había dejado que el enfado se
apoderara de su voz, pero no iba a reprimirlo —Nunca creíste en mí.
—¿Cómo puedes decir eso? —había dolor en la voz de Xena —Jamás dejé a nadie que se acercara como lo hiciste tú
—susurró.

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—¿Esa es tu táctica? ¿Dejar que se te acerquen hasta quedar atrapados y después aplastarles apartándolos de tu
lado?
—¡No! Gabrielle, por favor…

—Debes conocer muy bien tu poder. Sabes cómo manipular a las personas a tu antojo.
—No, Gabrielle…

—Y a una estúpida aldeana. Tuvo que resultarte muy fácil —había amargura en el tono de Gabrielle.
—Nunca te vi así.

—¿No? ¿No viste en mí a alguien a quien manipular?

—Nunca —hizo una leve pausa y una débil sonrisa transformó su rostro — Tenías luz —por un instante, un recuerdo
fugaz intentó asirse a los pensamientos de Xena. "Busca la luz". Pero se desvaneció tan pronto como nació. No supo
desentrañar qué significaba esa frase.
—Intentas enredarme.

—No, Gabrielle —de pronto, todo el cansancio del mundo se acumuló sobre sus hombros —Sólo quiero lo mejor para
ti.
—Sin preguntarme mi opinión.

—No es eso, yo… —notaba la fatiga apoderarse de ella. Mientras permaneció sola y aislada de cualquier contacto
humano no pudo calibrar hasta qué punto estaba afectada. Ahora, ni siquiera parecía ser  capaz de mantener una
conversación.
—Lo hiciste porque jamás pudiste creer en ello de verdad; porque jamás tuviste una fe auténtica. Sólo podías creer
en tu propio temor. Sólo para ello tenías fe —la voz de Gabrielle era un filo cortante sobre el corazón de la guerrera.
—¿Qué temor?

—Perderme. Que te abandonara. Es lo que siempre esperaste.
—No.

—Sí. Aunque no fuese conscientemente. Pero siempre lo tuviste presente. Esa es la diferencia entre tú y yo.

—Creo que hay más de una diferencia entre tú y yo, Gabrielle —suspiró Xena —Afortunadamente. Esa diferencia es
que tú haces del mundo un lugar mejor y yo no.
—No pensé que caerías en la autocompasión, Xena.
—Quizás es lo único que  me quede.

—Yo jamás dejé de creer en ambas. Jamás dejé de creer que el futuro era nuestro. Sin embargo tú viste el final.
Creíste verlo. Y lo hiciste realidad. Porque jamás dejaste de pensar que así habría de ser, tarde o temprano. Si yo
habría de abandonarte, por qué no abandonarme tú, ¿verdad? Tu miedo provocó tu propia servidumbre.
—No siento que las cosas fuesen así.

—Porque todavía no estás dispuesta a verlo así. Creíste tener la excusa perfecta: mi propio bien. ¿Sabes, Xena? Sólo
me dejaste rondar la periferia de tu corazón y nunca fue suficiente. No para mí. No soy un lobo, no soy una alimaña.
No quiero tu alma para hacerla añicos, pero tú la defiendes como si así fuese. ¿No sabes distinguir, Xena? ¿Nada en
esta vida te lo ha mostrado? ¿La Conquistadora acaso teme esta conquista definitiva? Dime si temes mi amor. ¿Es
así? ¿Lo temes? ¿Hasta el punto de dejarlo perder, de diluirlo en tu memoria? Y si es así, ¿por qué?
—Lo siento, Gabrielle —parecía que nunca iba a dejar de pronunciar esas dos palabras — Creí que era lo correcto.
—Lo correcto —repitió la bardo con ira —¿Desde cuándo una asesina sabe qué es lo correcto? —e, inmediatamente,
se arrepintió de lo que había dicho. Ni siquiera sabía que lo iba a decir hasta que las palabras salieron a borbotones
de su boca. Abrió mucho los ojos y se mordió el labio, incapaz de rectificar.
Xena acusó el golpe, de forma tan nítida, que todo su cuerpo lo reflejó. Los hombros se hundieron y la barbilla tocó
su pecho. Sus manos se aferraron a los brazos ornamentados de la silla. Sin embargo, no dijo nada. Un
incomodísimo silencio se instaló entre ambas.
—No quería decir eso —musitó Gabrielle al cabo de unos segundos.
—Sí, querías —replicó Xena con un hilo de voz —Porque es la verdad. No importa.
—Sí, sí que importa —Gabrielle dio un paso adelante, pero se detuvo de inmediato al ver el gesto de la guerrera
echándose ligeramente hacia atrás en el respaldo —Lo siento, no debí decirlo.

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—No importa —repitió la guerrera. El tono de Xena se convirtió en un débil susurro fatigado, casi de renuncia.
Notaba que bordeaba el colapso, físico y emocional. La conversación, el reproche de Gabrielle, la habían agotado, la
habían herido profundamente. Pero consideraba que se lo merecía. Le hubiera gustado decirle que ella, esa asesina,
sí había aprendido qué era lo correcto. A su lado. Pero no lo hizo. El reproche de Gabrielle era merecido – Gabrielle,
no quiero que me malinterpretes, pero estoy algo cansada —musitó. Sus dedos se enroscaban en el brazo de la silla,
los nudillos blancos por la fuerza que imprimía. Sentía un lacerante dolor en todo su cuerpo y tan solo deseaba
quedarse a solas de una vez.

"Díselo", pensó en ese momento. "Dile que te estás muriendo, dile que es la consecuencia directa de tu decisión. Dile
que te arrancaste un pedazo de alma y que ahora tu espíritu se lo está cobrando a tu cuerpo. Dile que vas a morir
por quererla demasiado, por hacer lo que creías correcto, por no convertir el mundo en un sueño para ambas, por no
luchar contra lo imposible. Díselo y muérete".
Sin embargo, solo alargó el brazo y su mano rodeó la copa de droga destilada que cada vez precisaba con más
urgencia. La atrapó entre sus manos y la acercó a sus labios. Un pequeño sorbo y el dolor menguaría. Un gran trago
y todo dolor desaparecería, incluida ella de la faz de la tierra. Deseaba que esa posibilidad la aliviara, pero no. Y el
no era Gabrielle. Una y otra vez, Gabrielle. No podía vivir, no podía morir.
Bebió un pequeño sorbo y reclinó la cabeza sobre el respaldo de la silla. Su cara se contrajo en una mueca de dolor
y apoyó la cabeza sobre el respaldo. No podía seguir con esa conversación ahora. Estaba al límite de sus fuerzas.
—Si no te importa, quisiera descansar un poco.

—¿Ocurre algo? —la reciente ira de Gabrielle se empezaba a diluir, dejándola con un poso amargo que aguijoneaba
su alma. No había querido decir esas palabras. No habían sido justas, pero ahora no sabía cómo enmendarlas.
Estudió atentamente el rostro de Xena, tenso y cansado.
—No, es que… —pero un brusco acceso de tos la interrumpió.

La mirada severa de Gabrielle se diluyó, sustituida por un ligero matiz de alarma.
—¿No te encuentras bien? Tu salud parece…

—Estoy bien —la atajó Xena. Gabrielle no debía saber nada —Sólo es cansancio.

Gabrielle mantuvo la mirada sobre ella unos segundos, intentando tomar una decisión. La incomodidad de sus
palabras flotaba todavía entre ellas, y sobre todo en su interior, dejándola indecisa con respecto a qué hacer. Hizo
ademán de marcharse. Sin embargo, en el último momento, cambió de parecer.
—El día que recobré el conocimiento, noté tu palidez. ¿Cuánto tiempo llevas con ese cansancio?
—No mucho.
—Mientes.

Por un fugaz instante, Xena sonrió al reconocer la terquedad de la bardo.
—No importa, Gabrielle.

—Te examinaré —dijo, acercándose.
—¿Qué?

—Poseo los suficientes conocimientos médicos…
—No —Xena alzó su mano, pero su débil gesto, si acaso, decidió aún más a la bardo. Ésta llegó junto a ella y tuvo
un mínimo segundo de vacilación. Al final, alargó la mano y rodeó la muñeca de la guerrera con la intención de
tomarle el pulso.
Para Xena fue como un latigazo. Si no estaba preparada para volver a estar junto a Gabrielle, mucho menos para su
contacto. Ya le había costado horrores sobreponerse a su primer acercamiento, cuando la encontró inconsciente en
el bosque. Había sabido perfectamente cómo hallarla, ni siquiera planteándose cómo era posible. Hacía tiempo ya
que había dejado de buscar una explicación. Simplemente, del mismo modo que supo que la bardo había
emprendido su búsqueda, la halló. Cuando lo hizo y comprobó el pulso y las heridas sintió pánico cuando se dio
cuenta de que debía cogerla en brazos para llevarla hasta la fortaleza. Lo hizo plenamente consciente de que tal vez
iba a ser la última ocasión de tocarla, de tenerla de ese modo. Así que pasó delicadamente los brazos en torno a ella
y se permitió mantener el cuerpo exánime contra sí unos minutos, arrasada por el brutal anhelo con el que su
cuerpo reclamaba y recibía ese contacto. Acabó completamente exhausta, dado que apenas sí tenía las suficientes
fuerzas como para mantenerse a sí misma, pero logró llevar a Gabrielle hasta una habitación y atenderla de sus
heridas. No sabía si estaba preparada para sentir su contacto de nuevo así que, en un gesto puramente reflejo,
apartó bruscamente la mano.
—No voy a dañarte —dijo Gabrielle, vacilando.
Ahora que estaba a su lado, a una distancia tan corta, la bardo pudo darse cuenta de que algo no iba bien. El rostro
de Xena, pálido, parecía estar surcado de dolor controlado. Notaba su respiración pesada y tuvo una súbita y
desasosegante sensación.

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—Por favor —su ruego quedó en el aire, hasta que Xena, vacilando, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
Gabrielle volvió a tomar su muñeca y midió el pulso. Lento e irregular. Además, la temperatura de la piel era
elevada y notó la languidez de los otrora firmes músculos de Xena. Tomó una decisión. Por pura humanidad, se dijo.

—Debes reposar.

—Eso trataba de decirte —Xena esbozó una cansada sonrisa.

Gabrielle echó un vistazo a la estancia y reparó en una segunda puerta.

—¿Dónde está tu habitación? —al entrar en la estancia tras la puerta labrada Gabrielle se había dado cuenta de que
estaban en una especie de antesala.
—No muy lejos. No te preocupes, estaré bien.
—Debes tumbarte. Y tomar algo caliente.
—Lo haré.

—Vamos, indícame el camino.
Xena pareció dudar.

—Puedo ir yo sola. No te preocupes, estaré bien —repitió.

—Tienes el aspecto de un ladrón aplastado por una turbamulta. Sólo quiero acompañarte a tu habitación. Sólo eso.
—No es necesario.

—A juzgar por tu aspecto, sí —un pensamiento se desplegó repentinamente en la mente de Gabrielle, azorándola
más de lo que ella hubiese esperado. La idea le dolió por la imagen que se formó en su cabeza de una Xena
indefensa —¿Te…hirieron en la cabaña? –la sola mención de aquel lugar la estremeció, no sabía hasta qué punto
había enterrado esos recuerdos muy dentro de sí —¿Los mercenarios…?
—No. Salí y llegué aquí sana y salva —a Gabrielle no se le escapó el deje amargo en sus palabras que ni siquiera se
preocupó de ocultar.
—¿Entonces? —la pregunta de Gabrielle flotó en el aire.

—Entonces, nada. Sólo es cansancio —Xena apenas podía reprimir el impulso de alargar la mano y agarrar la copa
de droga —Siento insistir en que necesito estar sola. Por favor.
Había algo, en el tono de desesperación apenas disimulada, que inquietó a Gabrielle, si bien se sorprendió a sí
misma atajando su incipiente inquietud con un crudo "no es asunto mío" que cruzó todo su pensamiento.
Xena ya no era asunto suyo.
—Como quieras.

Sin mediar ninguna palabra más volvió sobre sus pasos y abandonó la habitación. La agotada mente de Xena la
siguió hasta que desapareció tras la gran puerta, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado para asegurarse así
de poder captar el más mínimo roce de sus pies sobre la piedra. No podía verla, pero su mente sí. Cuando notó que
la puerta se cerraba tras ella, y sólo entonces, se permitió un leve quejido y alargar la mano hacia la copa de droga.
Bebió con ansia, casi con la voluntad de envenenarse de una maldita vez. Quería que todo acabara, si bien, pensó
en un momento de amarga lucidez, sólo acabaría aquí. Era muy consciente de lo que le esperaba tras la muerte. El
Tártaro y su eternidad de sufrimientos. Casi sintió lástima de sí misma. Lástima por todo. Su mano dejó caer la
copa, casi sin darse cuenta, y ésta cayó al suelo rebotando con un metálico tintineo. Se preparó para el esfuerzo de
levantar su agotado cuerpo y, por un instante, se planteó la idea de quedarse allí, así, para siempre. Total, qué más
daba todo ya. Pero se dijo que sólo tenía que aguantar hasta que ella, Gabrielle, se marchara. Igual que con un
presentimiento supo que la buscaba y que llegaría hasta ella, sabía ahora también que la bardo iba a marcharse,
definitivamente. Por su propia elección, esta vez. "Bien", pensó. "Así acabará todo".
No encontró ningún alivio en ello, ningún atisbo de que se le pudiera permitir morir con un poco de paz. Tampoco se
la merecía, ¿verdad?
Obligó a sus débiles músculos a hacer el esfuerzo de ayudarla a levantarse de allí y llegar hasta la habitación.
Necesitaba tumbarse y descansar. Descansar, descansar. Dio un paso hacia delante…
… y entonces la estancia entera pareció precipitarse sobre ella.
Cayó de bruces como un fardo inerte sobre el frío suelo.
 

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T O D A S L A S C Á R C E L E S .
7 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

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Estaban en lo alto de una loma. ¿Estaban? Sí, no estaba sola allí. Gabrielle estaba a su lado. Notaba su presencia
como los pulmones notan el aire que les permite funcionar. Como algo natural, como lo que debe ser. Era feliz, todo
lo feliz que siempre se permitía poder ser. Era algo muy sencillo. Sólo el mundo y ellas. Tan simple. Ahora, por fin,
lo entendía. Qué gran cobarde. Ella, la Destructora. Gran, gran cobarde. Sólo hacía falta amor. Amor. En su delirio,
sonrió. Estúpida palabra inconmensurable. Inodora, incolora e insípida. Incapaz e insuficiente. Estúpido amor que la
colmaba y reconfortaba. Estúpido amor que por fin la había alcanzado en toda su plenitud. Maldito estúpido amor.
Giró la cabeza. Sí, allí estaba ella. Gabrielle. El paisaje de la loma la había cautivado. Era su propósito, ¿no? No se lo
digas con palabras, muéstrale a través de la belleza del mundo la belleza que tú te crees incapaz de hacerle ver en
ti.
La sonrisa de Gabrielle. La perfección del silencio. ¿Cómo había podido llegar a edad tan adulta sin conocer esa
perfección?
Porque no se lo merecía. Sí, eso era lo único que siempre parecía estar claro. Ella no merecía la felicidad, y mucho
menos a alguien como Gabrielle. Sin embargo, había aparecido. Se había quedado. Volvió a prender la mirada sobre
la rubia bardo, con admiración.
—A pesar de todo —murmuró.

—¿Qué? —Gabrielle acercó su rostro al de Xena —¿Qué has dicho?

Xena sintió una mortificante desorientación. ¿Dónde estaba? Notó algo fresco sobre la frente y que ese algo era
deslizado suavemente por su cara y su cuello. No, no estaban en la loma. Y, evidentemente, no podía ver.

—Xena —el llamamiento era firme. Unos dedos fríos presionaban suavemente su barbilla. No, no es que estuvieran
fríos, es que ella ardía —Xena —otra vez la llamada. La loma se fue desdibujando de su subconsciente y empezó a
ser sustituida por la sensación de un lugar cerrado. Estaba en su habitación. Tumbada en la cama. Y Gabrielle estaba
allí —¿Xena?
—El paisaje desde la loma… —murmuró.
—¿Cómo?

—El maldito y estúpido amor…

—Xena, no entiendo lo que dices. Necesito que me ayudes. Quiero que te incorpores, ¿de acuerdo?
—¿Estamos en la loma? —su voz era débil y vacilante.
Gabrielle hizo un gesto de extrañeza.
—¿Qué loma?

—Cualquier loma, Gabrielle —y sonrió débilmente.

— Escucha, Xena, haz un esfuerzo. Tiraré de ti para incorporarte, ¿de acuerdo? Ayúdame. Respiras mal y necesito
que te incorpores. Vamos. A la de tres.
No sin esfuerzo Gabrielle logró incorporarla, apoyando la espalda de la guerrera sobre un gran almohadón. Con un
pequeño empujón más la colocó en la postura que consideró más cómoda. Xena emitió un leve gemido y Gabrielle la
miró con preocupación. "Maldita seas si te vas a morir, Xena", pensó. "Maldita más allá de tu propia maldición".
No sabía si sentir rabia, preocupación o ira consigo misma. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso le importaba? Había
escuchado primero el tintineo de algo metálico rebotando en el suelo y después el golpe sordo de algo más pesado
cayendo. Volvió a entrar y encontró a la guerrera tirada sobre el suelo y, en un primer momento, que no le importó
reconocerse a sí misma con pánico, pensó que estaba muerta, dado su estado absolutamente inerte. Le costó
encontrarle el pulso. Mucho más arrastrarla hasta la habitación que había tras la puerta que antes había visto. La
fiebre había empezado tras tumbarla en la cama y le costaba mucho bajársela. Había estado completamente quieta
durante horas. Sólo ahora, al caer la noche, había empezado a dar muestras de recuperar el sentido. Si es que lo
había tras sus murmullos incomprensibles. Un gemido la arrancó de sus cavilaciones. Posó su mirada sobre la de
Xena. Parecía indefensa. Parecía estar aún lejos de allí. Perdida. Como una niña pequeña.
Entonces lo supo. Supo que algo era distinto, ahora. Ahora, algo había cambiado en su interior. No sabía cuándo
había empezado el proceso, pero era consciente de que no era muy lejos de la mujer que tenía tumbada en la cama.
Al entrar en esa fortaleza y verla, algo había empezado a salir de su interior, a irse. Su mente había intentado
resistirse, pero su propia e innata naturaleza, que había crecido en la bondad, se había rebelado por fin de tanto
tiempo de amargura y rencor. Había intentado resistirse, pero había sido vencida por sí misma. Por eso quería estar
enfadada, enojarse consigo misma. ¡Maldita sea, había llegado hasta allí para…!
¿Para qué? Ahora ya no tenía nada claro. Absolutamente nada. Era como si sus reproches, una vez los había volcado
sobre Xena, la hubieran dejado vacía, como una cáscara hueca. ¿Era para eso para lo que había llegado hasta allí?
¿Solo para eso?

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Notó un leve movimiento de Xena y vio cómo ésta se llevaba una vacilante mano al rostro para tocar la venda de
tela que cubría sus ojos. Gabrielle creyó notar un ligero alivio cuando los dedos de la guerrera percibieron la tela. 
Eso intrigó a Gabrielle. No se le había ocurrido examinar sus ojos. Tal vez hubiera podido hacer algo. En la Academia
fue instruida en conocimientos básicos de medicina. Que Xena se negara a que la examinara sólo podía deberse a su
tozudez. Tomó nota mentalmente: a la próxima oportunidad que tuviera le echaría un vistazo a sus ojos. E incluso
cuando este pensamiento pasó por su cabeza no recaló en el evidente hecho que implicaba: que se preocupaba por
ella, por Xena. Algo era distinto, sí. La guerrera se removió ligeramente en su postura. Gabrielle alargó la mano y
apoyó la palma sobre el hombro de Xena.
—No intentes levantarte. No estás bien.

Xena, al notar la cálida palma de Gabrielle sobre ella, aún atenuada por la tela que la cubría, había detenido
instantáneamente todo movimiento. Todavía no se acostumbraba a su cercanía física y ello la aturdía y paralizaba.
Se pasó la lengua por unos resecos labios.
—¿Qué ha pasado?

—Te encontré caída en el suelo y te traje hasta aquí —Xena asintió —¿Cómo estás?

—Necesito… —la voz quebrada apenas sí era lo suficientemente clara como para que Gabrielle la entendiera.
—¿Sí?

Xena agitó con desesperación la cabeza y su mano se movió en una dirección. Gabrielle siguió su movimiento y se
fijó en una jarra sobre uno de los escasos muebles que había en la habitación. Gabrielle pareció comprender. Volvió
su mirada sobre ella.
—Eso es droga, Xena. La he examinado —la guerrera asintió levemente —No te cura, ¿lo entiendes? —otro
asentimiento de Xena, esta vez acompañado de un gesto de dolor.
 Gabrielle suspiró. Sin decir nada, se acercó hasta el mueble, cogió un vaso metálico que había junto a la jarra y lo
llenó de la droga. Volvió a la cama y ayudó a Xena a beber. La guerrera lo bebió con fruición y estuvo a punto de
atragantarse.
—De acuerdo, ya está —Gabrielle alejó el vaso del alcance de Xena. La respiración de Xena era bronca, fatigosa.
—Mejor.

—¿Cómo? —había sido apenas un susurro y Gabrielle se obligó a acercarse más a ella.

—Estaré mejor —repitió Xena con gran esfuerzo —Puedes…irte. —la guerrera parecía tratar de ejercer un control
inhumano sobre todo su cuerpo.
La bardo observó la tensión en cada poro del cuerpo de Xena. En ese preciso instante, como una continuidad al
cambio que había empezado a experimentar hacia su situación con Xena, toda ira, todo rencor, empezó a escapar de
ella, no sin resistencia. Fuese cual fuese el lugar donde nació ese resentimiento que había ocupado todo su corazón
durante los meses precedentes, empezaba a encontrar el camino de su disolución. Sintió flaquear las piernas y tuvo
que llevarse las manos a la cara, tras sentir un repentino desfallecimiento. Cuando el instante pasó, fijó su atención
en la quebrantada guerrera. Seguía respirando de forma fatigosa y ronca, pero parecía haber sido capturada de
nuevo por el sopor. Mantuvo la mirada durante largo rato sobre ella, el cincel de sus facciones ahora abatidas, su
rostro tan conocido y memorizado, lo que sabía que había significado en su corazón y no, no.

No sintió rebrotar el amor dentro de sí, esa corriente poderosa que la había unido al alma de la guerrera oscura.
No sentía nada por Xena, más allá del pesar que le causaba su actual estado.
Se sintió absoluta y desgarradoramente vacía.
 

*
 
La luz entraba a raudales en la habitación. Gabrielle había descorrido los pesados cortinajes que velaban la luz de la
habitación. Supuso que Xena los había echado, como si, por el hecho de no poder verla, la luz ya no existiese.
Se detuvo a observarla detenidamente. Dormía profundamente, otra de esas cosas que jamás hubiera imaginado en
ella. Aunque, recordó, ya la había notado cansada desde aquel asunto de los bajuun. Pero esto era distinto, lo intuía.
Era como si una repentina enfermedad la hubiera infectado y corriera salvajemente por sus venas. Nunca la había
visto así. Sintió una punzada de dolor, que le llegó nítido y sin tapujos. Se hallaba inmersa en un torbellino de
sensaciones.  No encontraba su amor por Xena dentro de sí, ese único amor, que la había acompañado durante
tanto tiempo que se había solidificado en su interior como una pieza más de su organismo. Sin embargo, desde
hacía unas horas, algo había empezado a despertar en ella, algo que empezaba a conectarla con Xena de nuevo. Era
algo vago, difuso, al que todavía no podía nombrar, pero que estaba allí, entre ambas. Al principio pensó que era
piedad, pena por el estado en el que Xena se encontraba, pero sabía distinguir ese sentimiento perfectamente y su
naturaleza no encajaba con lo que estaba sintiendo exactamente.
No quería plantearse que pudiera ser otra cosa.
No quería.

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Suspiró y se acercó al lecho donde yacía inmóvil la guerrera. No se había ido de la habitación, como le pidió Xena.
Se había quedado, no sabía muy bien por qué, y velado durante toda la noche. Sabía que no estaba bien, y no podía
ser tan sólo cansancio. El sopor en que se había sumido era insano. Después comprobó que tenía mucha fiebre. Ya
no pudo dejarla sola.
Algo agitó a Xena en su sueño. Posó la palma de su mano sobre su frente y la encontró caliente, pero no tanto como
las horas precedentes. La noche había sido un infierno para Xena. La fiebre había subido mucho y Gabrielle sólo
tenía agua fresca para combatirla. En un principio era reticente a darle la droga, pero los evidentes dolores que
atravesaban a Xena la persuadieron. Durante horas Xena se había agitado entre una febril consciencia en la que
parecía vagar emitiendo murmullos irreconocibles, y una profunda inconsciencia que había hecho que Gabrielle se
levantara de tanto en tanto para comprobar, con un escalofrío, si la guerrera todavía respiraba.
Ella estaba agotada, pero era reticente a dejar allí a Xena sola. Ya ni siquiera se planteaba irse. Ya no podía. No, al
menos, se dijo, hasta que la viera restablecida. Tan sólo abandonó la habitación para ir hasta la biblioteca que había
visto en sus paseos por la fortaleza. Era impresionante. Su corazón se había encogido al ver los miles y miles de
pergaminos que atesoraba. Muchos eran de tipo técnico y militar: estrategias, listados de armas, mapas, etc…Pero
los había también sobre multitud de disciplinas: poesía, prosa, medicina, historia… En cualquier otro momento, otro
lugar y otras circunstancias, el lugar la habría hechizado. Aún así, la conmocionó. En otro momento, otro lugar y
otras circunstancias se habría enterrado durante horas allí, tan sólo limitándose a contemplar tamaño tesoro. Pero
allí y ahora, tan sólo le interesaban los escritos sobre medicina. La colección era soberbia y se sorprendió cada vez
que halló manuscritos de los mejores galenos que ella tan sólo conocía por sus legendario nombres. Todo contribuyó
a añadir un aspecto más a la insondable historia de Xena. ¿Cómo una cruel y sanguinaria Señor de la Guerra como
ella había sido atesoraba semejante biblioteca?

Suspiró y se obligó a apartar esos pensamientos. Se centró en lo que había ido a buscar. Escogió varios pergaminos
que pensó podrían ayudarla y cargó con ellos hasta la habitación. En último  momento cogió uno que hacía mención
a los distintos tipos de ceguera y sus posibles curas. Había pasado toda la noche leyéndolos, durante el tiempo que
no atendía a la guerrera. Había pasado también por la cocina y ya no se extrañó de encontrar una despensa bien
equipada, incluso con fruta fresca. En sus paseos por la fortaleza había visto la zona de huertos y los establos con
animales de crianza. La guerrera debió hacer un gran esfuerzo, dado su estado físico, para aprovisionar la despensa.
Ahora comía distraídamente una manzana, mientras leía un tratado sobre infecciones. Todavía no había encontrado
nada que describiera los síntomas que hallaba en Xena, pero le quedaba mucho por leer aún. Terminó de leer el
pergamino, dejó sin hambre la manzana empezada a un lado y cogió el siguiente pergamino.
El tratado sobre la ceguera.

Alzó la vista y comprobó que Xena dormía. Todavía no había examinado sus ojos. Tendría que saber qué tipo de
herida los había dañado, aunque leyó que también podrían haberse visto infectados por una enfermedad…
"Me sacaron los ojos…"

Gabrielle sintió náuseas.

Acababa de recordar el motivo de la ceguera de Xena. ¿Cómo había podido olvidarlo? Xena se lo dijo en la cabaña.
Todavía tenía lagunas en sus recuerdos. O quizás es que inconscientemente no quería regresar a aquellos días en la
cabaña porque, sencillamente, había guardado esos recuerdos como un tesoro. A pesar de las circunstancias, a
pesar de todo, lo recordaba bajo un manto de calidez. Había sido inusual en la historia de ambas compartir una
rutina de ese tipo, las dos solas, establecidas en un sitio, un hogar, y le daba miedo el sentimiento de esperanza
que había despertado. ¿Esperanza de qué?, se preguntó. Con un esfuerzo consciente rechazó esos pensamientos.
Ahora otra cosa ocupaba su mente.
Xena no podría volver a ver.
Un opaco manto de desesperación la arrasó por completo y se llevó las manos a  la cara. Xena, ciega. ¿Podría vivir
así? ¿Cómo? ¿Quizás había escogido la fortaleza para retirarse por completo? Tal vez la enfermedad que la asolaba
partía de su alma, no de su cuerpo. Tal vez quisiera rendirse ante su discapacidad, aunque no le convencía la idea.
Xena no se dejaría vencer por eso.
Trató de desembarazarse de tales pensamientos y centrarse en el ahora. Echó otra mirada al lecho y vio que Xena
seguía profundamente dormida. Sabía que tenía que examinar sus ojos. Quizás, pensó casi a la desesperada, el
daño no sería tan absoluto. Tal vez Xena escogió decirle eso para que no hiciera más preguntas. Conocía su talante.
Se armó de valor y se acercó a ella. Respiraba con algo de dificultad pero estaba dormida. Tuvo un momento de
aprensión cuando acercó su mano a la venda para retirarla, pero lo superó y retiró delicadamente el trozo de tela
que cubría los ojos de Xena.
Tuvo que taparse la boca para no gritar.
 

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Gabrielle tomaba su rostro entre sus manos y sonreía. A ella. Xena sintió una oleada de calidez inundando todo su
ser. Por un instante, fue feliz. Gabrielle estaba a su lado, y no sólo eso. Era consciente de que la amaba. De que la
amaba a ella. Había conquistado naciones enteras y ahora, ahora, sabía que la plenitud era ser conquistada. Todo
llegaba siempre tarde a su vida. Nada era comparable, nada antes de Gabrielle. Ninguno de sus amantes, ninguno
de los que ella consideraba haber amado.
Sólo Gabrielle y, lo sabía, siempre Gabrielle.
Entonces su consciencia apareció y lo negó.
No siempre. Ya no.

Escuchó un llanto apagado y supo que el sueño había terminado y volvía a la consciencia.
—¿Gabrielle? —murmuró. Notaba la garganta seca y dolorida. En realidad, todo le dolía.

No obtuvo ninguna respuesta. Pensó que quizás no estaba completamente despierta. Trató de despejar su mente de
la bruma de abotargamiento que ralentizaba sus procesos mentales. Se sentía más débil de lo usual y temió que ese
fuese ahora su límite de capacidad. Sabía que iría a peor y no guardaba esperanzas de mejorar. Pero no soportaba
la idea de deslizarse progresivamente en una decadencia física hasta quedar atrapada dentro de su propio cuerpo.
Ya había pensado en eso. Hacía tiempo que lo tenía planeado. Pero no lo había puesto en práctica por una única
razón: Gabrielle. Aislada allí, en su fortaleza, enferma y débil, conservó la esperanza de volver a verla, aunque fuese
una sola vez.
Esa ocasión había llegado.

Cuando Gabrielle partiera, y no albergaba ninguna duda de que así sería, Xena cumpliría lo que se había prometido
a sí misma.
No acabaría como un completo deshecho. En cierto modo, sentía alivio por saber que sería así. Se lo debía  a sí
misma.
—Xena —la voz de Gabrielle. No había notado su presencia. La tenía muy cerca.
—Sí —notaba la voz rota.

—¿Cómo estás? —percibía cierta tensión en su voz.
—Bien.

—Mientes.

Xena sonrió.

—Estoy mejor. ¿Y tú?

—¿Qué? —Gabrielle pareció sorprenderse por la pregunta.
—¿Cómo estás tú?

Hubo un largo silencio.

—Bien —otro silencio —Gracias.

Xena cabeceó. Notaba la cabeza pesada y sus movimientos eran torpes. Intentó incorporarse, sin éxito.
—Será mejor que te quedes acostada. La noche ha sido larga. Ya no tienes mucha fiebre, al menos.
Xena pensó en lo que había dicho Gabrielle.
—¿Has pasado aquí la noche?
—Sí.
—No tendrías que haberlo hecho, no era necesario.
—Yo creo que sí —la voz de Gabrielle también sonaba cansada.
—Ya estoy mejor. Creo que deberías irte a descansar.
—Vine aquí para darte una cosa y después marcharme —dijo bruscamente Gabrielle —Pero ahora ya no estoy tan
segura.
—Un largo viaje. Debería preguntarte cómo lograste llegar hasta aquí. Quizás no sea un sitio tan inexpugnable como
yo pensaba —pero sabía que no era así. Intuía que algo había intervenido en su hallazgo. La misma línea invisible
que parecía conectarlas, incluso en la distancia — ¿Qué ibas a darme?
— Tu dinero —ahora parecía ridículo pero entonces le pareció importante —Mi ira.
—Supongo que me merezco ambas cosas.

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—Me sentí insultada.

—¿Por qué, Gabrielle?

—Pensé que pagabas por librarte de mí.
—No…

Xena inició una protesta, pero Gabrielle la interrumpió.

—Lo sé, ahora lo sé. Pero estaba muy enfadada. Estaba…dolida.
—Lo siento. No supe hacerlo mejor. Sólo quería…
—Mi bien —terminó Gabrielle.

—Sí —susurró Xena —Solo tu bien.
—Mi bien eras tú, Xena.

El corazón de Xena dio un vuelco. No sabía si por lo que había dicho Gabrielle o por cómo lo había dicho. Había
hablado en pasado.
—Tú lo eres para mí, Gabrielle. Desde el primer día, aunque no quisiera admitirlo —al fin lo había dicho —Mi vida sin
ti… —no terminó la frase.
—Y, sin embargo, me apartaste de tu lado. Si hubiera sido tu igual, habrías contado conmigo. Habríamos sido dos
adultas…
—No —Gabrielle se sorprendió por la vehemencia de la voz de Xena —Sé que te he hecho daño, lo sé. Sé que
piensas que me deshice de ti como alguien que no me importara. Pero estás equivocada. Si te lo hubiera planteado,
te hubieras negado…
—Por supuesto.

—… y el dolor habría sido inconmensurable, Gabrielle. Piensa en una cosa: te amo —hubo un  leve momento de
vacilación, pero no iba a desdecirse —Y sólo yo sé de qué modo te amo. Y sólo yo sé cómo reaccionaría si te pasara
algo por permanecer a mi lado. Qué pasaría a continuación —hizo una pausa, le faltaba el aliento —Gabrielle, la
Xena oscura volvería. Xena, la Conquistadora, arrasaría el mundo. En tu nombre. Por ti —evidentemente, Xena no
podía recordar lo que había sucedido mientras permaneció sumida en aquel insano letargo provocado por el Dios
Rojo, cuando en él lo que más temía se materializó, y cómo reaccionó a ello. Tal vez sucediera en un contexto irreal,
pero los sentimientos y la vivencia fueron auténticos. No, Xena se equivocaba, pero no tenía forma de saberlo.
—¡No!

—Me conociste cuando ya había virado en mi camino oscuro, Gabrielle, cuando había tomado una decisión. Aunque…
aunque permanecía en mí, esa oscuridad, no era en absoluto tan… devastadora  —tuvo que hacer una pequeña
pausa, agotada — Tú eres la luz y yo la oscuridad. Sin ti, esa oscuridad volverá. Te dije en cierta ocasión que hay un
monstruo dentro de mí que sólo tú podías apaciguar. Y si tú faltaras…
— No —esta vez su voz sonó más débil. A pesar de su fe ciega en la guerrera,  de su firme creencia en su camino de
redención Gabrielle temía que, en el fondo, hubiera algo de verdad en sus palabras.
—Sí, Gabrielle. Así sería. De este modo, acaba aquí —hizo un gesto vago –. Todo acaba aquí —pronunció tan bajo la
última frase que apenas Gabrielle sí la oyó.
Gabrielle estaba atravesada por las emociones. De nuevo había escuchado esas dos palabras de boca de Xena: "te
amo". De nuevo, no como podría haber imaginado en sus sueños. Había algo de derrota en las palabras de Xena y
no sabía cómo sentirse ante eso. ¿Xena se había dado por vencida? Recordó algo.
—¿Por favor, qué? —preguntó.
Xena no sabía  a qué se refería.
—En tu nota, junto al dinero. Había algo escrito: "por favor".
Xena tomó aire. El tono de Gabrielle era retador, instándole, casi obligándole a una explicación. Suspiró, dejando
escapar el aire de sus pulmones muy lentamente. Por qué no. No tenía ya ningún sentido callar. Estaba cansada,
muy cansada, y sus palabras se desgranaron como una letanía, como un suspiro prolongado en el tiempo más allá
de lo imaginable. Tanto tiempo esperando decirlas.
—Por favor, acepta —susurró —Por favor, perdóname. Por favor, olvídame; por favor, no me olvides. Por favor,
recuerda que te dije que te quiero; por favor, olvídalo. Por favor, sigue adelante; por favor, búscame, vuelve a mí.
Por favor. Por favor.

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Un imperceptible temblor agitó las mejillas de Gabrielle, al tiempo que sus ojos centellearon brevemente. De nuevo
algo mordió su alma, virándola hacia el lado contrario al que hasta ahora había estado dirigida, untada de rencor y
distancia. Sintió una opresión poderosa en el pecho, más allá de lo físico, y sus rodillas flaquearon. No sabía cómo
enfrentarse a eso, qué hacer, así que murmuró una excusa ininteligible y salió apresuradamente de la habitación.
 

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D E

T O D A S L A S C Á R C E L E S .
8 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

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Se dirigió a los jardines interiores de la fortaleza, presa de una turbadora agitación. Se dejó caer en la hierba que
crecía salvaje y ocultó el rostro bajo su brazo. Allí, echada, Gabrielle meditó sobre las palabras de Xena. Cuanto más
lo hacía, más perdida se hallaba. No podía olvidarlas, se le habían clavado a fuego en el alma, tanto por la sinceridad
de las  mismas como por lo que significaban. Su pérdida de rumbo, su confusión, se debía a lo que había empezado
a germinar de nuevo en su corazón. Algo que podría estar restañando las heridas provocadas por la abrupta ruptura,
el daño inflingido por su propia aceptación e interpretación del acto de Xena.
Intuía ahora que en la gelidez de su corazón para con la guerrera intervenían otros factores que el mero dolor y
resentimiento de haber sido apartada de su lado sin haber tenido en cuenta sus deseos. Recordaba de forma
imprecisa lo que ocurrió en la habitación de la posada, cuando casi perdió la memoria de su nombre y lo que era o
había sido, cómo fue recordándolo todo y cómo sus recuerdos carecían de las emociones correspondientes a su
germinación.
Estaba realmente confundida.

Pasó un par de marcas de vela en ese jardín, meditando. Solo cuando sintió que su mente y su corazón se
sosegaban, pudo incorporarse y salir de él. No se dirigió hacia los aposentos de Xena, no podía aún. Se limitó a
vagar por la fortaleza, y se encontró divagando sobre cómo había debido ser la vida de Xena en ella. Qué hacía en
esos lapsos de tiempo en los que se refugiaba allí tras una campaña. Si se retiraba a solas o por el contrario alguien
la acompañaba. No obstante, intuía que era la soledad lo que la guerrera buscaba allí, como último refugio. Un fugaz
pensamiento la atravesó cuando consideró que, tal vez, ella era la primera persona ajena al entorno sanguinario de
Xena que entraba allí. O, simplemente, la primera persona que jamás hollara ese espacio aparte de la guerrera. Pasó
la mano por la rugosa y fría superficie de los muros del castillo, y pensó que así era la propia Xena. Pero que si te
molestabas en ahondar, lograbas alcanzar su calidez. Las palabras de reproche que le había escupido retornaron
entonces ahora a ella con toda su magnitud. Estaba arrepentida, aunque habían surgido de una necesidad incrustada
muy dentro de ella. Quizás tuvo que pronunciarlas para desprenderse al fin de ellas.
Sin darse cuenta transcurrieron largas horas, sumida en sus pensamientos, meditando, intentando hallar el modo de
poner algo de orden en su confuso corazón.  Ni siquiera percibió que su errático paseo la había llevado, sin ella
darse cuenta de hacia dónde realmente la llevaban sus pasos, a la puerta de los aposentos de Xena. Se quedó
plantada allí, indecisa, dudando en dar media vuelta y marcharse.
Pero su mano se dirigió al tirador de la pesada puerta y lo giró resueltamente.

Xena la había percibido y aguardado expectante a que se decidiera a entrar. Debía guardar muy bien para sí la
decepción que sabía sentiría si no lo hacía. Aunque fuera para llenarla de reproches. La joven bardo entró vacilante
en la estancia.
—Xena.
—¿Sí?

Gabrielle vaciló. No sabía qué decir, cómo empezar. Quería desesperadamente establecer un puente, algo que les
permitiera empezar, poco a poco. Tal vez, en él, los reproches ya no tendrían cabida.
—He pensado… —vaciló, con la mente en blanco. ¿Cómo empezar, como establecer un comienzo? —He pensado en
hacer algo caliente para comer —terminó, indecisa — ¿Podrás comer algo sólido?
Si eso era lo que esperaba o no oír la guerrera, no lo expresó. Cabeceó levemente.
—Tal vez. Algo ligero. Si no te importa hacerlo.
—No, no me importa. Tardaré un poco.
—Gracias —murmuró.
Había pasado todas esas horas, desde que Gabrielle había abandonado la habitación abruptamente, en una dolorosa
zozobra. Llegó a pensar que la bardo partiría de un momento a otro. Y, sin embargo, había vuelto. Con una petición
extraña, pero allí estaba. "Cada segundo", se prometió a sí misma. Disfrutaría cada maldito segundo de la presencia
de Gabrielle allí. Aunque fuera a través de más dolor.
La bardo regresó al poco con una sopa de trigo, la ayudó a acomodarse y comieron en silencio. Gabrielle fue incapaz
de encontrar las palabras que las ayudaran, algo que silenciosamente se reprochaba, ella, la que bardo se
consideraba. Pero era el actual un inmenso reto, que comprometía todo lo que había sido y, lo sabía, lo que había de
ser. Impotente y frustrada, tras acabar la sopa aún sumida en el silencio, Gabrielle le dijo que estaba cansada y que
se retiraba a su habitación. Xena lo aceptó sin más, sin preguntar, sin decir una sola palabra tampoco. Y aunque
escuchar su voz hubiera supuesto un bálsamo para ella, no renegó de ese silencio pues, por primera vez, lo había
percibido ausente de reproches.
Y sintió un leve resplandor de esperanza donde hasta ese momento solo había habido dolor y desesperación.
 

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Lo excepcional pronto se convirtió en rutina. La salud de Xena no mejoró sustancialmente pero sí lo suficiente como
para permitirle levantarse y descansar en la antesala. Gabrielle permanecía tiempo a su lado, pero nunca de forma
prolongada. Le dolía estar junto a ella, porque era como estar diciéndose adiós a cada momento, en silencio. No
había tomado aún ninguna decisión, no podía decidir si marcharse o quedarse y tampoco se planteaba ningún futuro,
inmediato o lejano.  Simplemente, dejaba transcurrir los días, incapaz de hallar el camino que albergara un punto de
unión, un nuevo comienzo. Xena, por su parte, no le hacía preguntas, parecía aceptar su presencia allí como si cada
minuto transcurrido fuese un regalo para ella. Gabrielle pasaba también largo tiempo en la biblioteca de Xena.
—Tienes una magnífica biblioteca aquí —le comentó una mañana.
—Sí.

—¿Producto de saqueos?

—La mayoría —admitió —Es tuya, si la quieres.

—No deseo nada robado —el tono fue más acre de lo que hubiera querido, pero ya no podía volverse atrás.
—Restitúyelo. Cuando… cuando te vayas de aquí. Llévate lo que quieras.

—Eres muy generosa con lo que no es tuyo —esta vez atemperó el tono y logró que sonara ecuánime.
Xena no contestó.

—¿Por qué lo hacías?
—¿El qué?

—Apoderarte de todo esto. No sacabas beneficio con ello.
Xena se alzó de hombros.

—Porque era una ladrona.
—No, no lo creo.

—Porque era, entonces, la única forma de tener algo noble junto a mí —confesó suavemente.

A Gabrielle le sorprendió la sinceridad y sobre todo la soledad oculta tras sus palabras. El Señor de la Guerra que se
rodeaba de poesía y conocimientos mientras masacraba a personas. Era incongruente. Y triste.
—Me gustaría saber si tuviste otra opción.
—¿Otra opción?

—Que la de convertirte en Señor de la Guerra.

Xena cabeceó, pero no contestó a su pregunta.
 

*

 
—¿Vas a abandonarla?
—¡Actia! —Gabrielle se giró asustada hacia la voz de la Diosa.
— Hola, Gabrielle —la figura de la Diosa menor oscilaba fantasmagórica frente a ella. Su corporeidad no era
completa y dejaba traslucir los libros y pergaminos tras ella. Había aparecido de repente  en mitad de la biblioteca.
Gabrielle había ido allí como era costumbre cada mañana. Había notado que le reconfortaba muchísimo.
—¿Qué haces aquí?
—Pensé que recibirías con mayor alegría mi presencia.
—Ya no sé qué sentir, Actia —dijo con amargura.
—¿Qué ocurre, Gabrielle?
La bardo la miró con asombro.
—¿Y tú lo preguntas?
—Estás junto a Xena.
—Estoy aquí, sí.
—La has encontrado.

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—No sé qué quieres decir con eso, Actia. Sólo he venido para… —y entonces vaciló. En realidad, ¿para qué había
venido?
—Sólo tú tienes la respuesta, Gabrielle.

—¿Qué quieres que diga, Actia? ¿Que ahora que estoy aquí todo se borra de un plumazo y volvemos a empezar?
—¿Y no es eso lo que deseas? —la Diosa esbozó una ligera sonrisa.

—¡No! —su propia vehemencia la sorprendió. Estaba muy confusa, todos sus sentimientos estaban convulsionados.
—Creo que deberías saber algo, Gabrielle. Intenté convencerla, de que intentara otro camino. Pero la decisión que
tomó, créeme, la tomó también desde el corazón.
—Qué corazón destroza a otro conscientemente, Actia, dímelo, tomando el amor como excusa.
La Diosa Azul sacudió su cabeza.

—Un corazón que pagó un alto precio por ello, créeme, Gabrielle —dijo suavemente —La decisión que tomó fue la
más dura de su vida, y sabrás que hablamos de una vida que ha estado plagada de ellas. ¿No la vas a perdonar por
hacer lo que ella creía tu bien?
Gabrielle se alzó y empezó a pasear nerviosamente por la silenciosa estancia.

—He estado pensando estos días en algo, Actia. No sé qué ocurrió, Actia, no sé qué pasó, pero el tiempo que
transcurrió desde que fui arrancada de su lado hasta que llegué aquí… —la miró con perplejidad, como si en ese
momento hubiese caído en al cuenta de ello —No era yo. En Atenas no era yo. No sé cómo explicártelo, pero he
releído cosas que escribí entonces y…. —se alzó de hombros —No me reconozco en esas líneas, Actia. Y me da
miedo de que un acto así, sufrir su rechazo, lo que ocurrió, sea tan poderoso como hacer que mi alma entera se
turbe y mude.
La Diosa no vaciló en sus siguientes palabras.

—Gabrielle —la llamó. La bardo se giró hacia ella. La mirada que encontró en la joven terminó de decidirla, aunque
quería escuchar sus palabras —¿Crees en las almas gemelas? —sonrió al decirlo, porque sabía que no era la primera
vez que le hacía esa pregunta.
 

*

 

Gabrielle se detuvo ante la puerta de los aposentos de Xena. Ahora que había llegado hasta allí parecía necesitar
más tiempo. Su corazón volvió a palpitar apresuradamente, cuando ya había creído sosegarlo. Todavía estaba bajo
la fuerte impresión que le habían causado las revelaciones de Actia en la biblioteca apenas una marca de vela atrás.
—¿Crees en las almas gemelas, Gabrielle? —le había preguntado la Diosa. Y se encontró con que ni siquiera debía
pensar una respuesta. Entonces la Diosa se acercó a ella y posó su mano a la altura de su corazón —Yo sí creo en
vosotras, Gabrielle —le susurró.
Xena supo exactamente el preciso instante en que Gabrielle fue llevada a otro lugar porque, simplemente, se sintió
morir. Cuando el resplandor azul aún permanecía en tenues jirones a su alrededor Xena hincó la rodilla en tierra,
enferma de dolor y remordimientos. Sabía que era lo correcto; no la forma, pero sí el fondo. En su camino de sangre
no había sitio para Gabrielle.
Ahora, sólo debía acostumbrarse al inmenso dolor que eso suponía.
 
Gabrielle respingó ante la fuerza del dolor que percibió en Xena, pero no se retiró, sino que rodeó con decisión con
su mano la muñeca de la Diosa. Esta asintió.
 
El segundo día de viaje, mientras permanecía escondida en una cueva esperando la caída de la noche, Actia hizo
acto de presencia.
—¿Ella está bien? —le preguntó a bocajarro.
—No —Actia tampoco se detuvo en consideraciones que se lo hicieran más fácil —Le has roto el corazón. Podría
haber entendido que no la amaras, pero no lo que hiciste. Para ella ha supuesto una traición.
—Es por su bien —insistió Xena, como una letanía que se repetía a sí misma una y otra vez.
—Eso dices tú. Pero ella no comparte tu opinión. Ella confía ciegamente en el poder del amor que os une.

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—Almas gemelas —susurró Xena.
—Ahora lo reconoces, ¿verdad?

—Sí. Tenías razón, tengo un alma. La suya. Creía estar vacía por dentro, pero ella me colmaba.
—Y tú la colmabas a ella.

De pronto, un pensamiento atravesó a Xena como un rayo.
—¿Ella siente lo mismo que yo en estos momentos?
—Sí.

—Estará destrozada —susurró.
—Sí.

—¿Puedes hacer algo?

—Puedes hacerlo tú. Vuelve con ella.

—No —le costó decirlo, aunque la tentación era inmensa. Había sido su decisión definitiva. No había vuelta atrás —
Sigo pensando que es lo mejor para ella.
—Pero no para ambas.
—Yo no importo.

—Tú lo eres todo para ella —la Diosa se planteó no seguir hablando pero lo hizo —Escucha, Xena, ese primer besó
selló vuestras almas, vuestro viaje a través del tiempo. Os habéis encontrado, y eso no ocurre siempre. Hay almas
gemelas que jamás se encuentran y penan por ello toda su vida, llegando a su fin incompletas y perdidas. Gabrielle
y tú lo habéis conseguido. Nunca lograrás entender del todo la magnitud de lo que eso significa. El beso fue la unción
de vuestra unión. Gabrielle lo inició y tú respondiste con la misma verdad. Ya estáis unidas de por vida. Sin
embargo, acabas de hacer algo que jamás había tenido lugar a lo largo de los tiempos. La has rechazado. Has roto
el pacto. Has asestado una puñalada a un pacto sagrado. Y el dolor ha entrado en él. Lo que otrora fue amor se ha
trastocado en dolor. Para ambas. Para siempre.
—¡Pero ella no tiene la culpa! —protestó Xena.

—Sí, la tiene. Tú lo decidiste por ambas. Recuérdalo, estáis unidas.
—Yo no quería causarle ese daño —gimió.
—Ya es demasiado tarde.

—Tiene que haber algo que pueda hacer. No quiero que sufra, Actia.

Actia se planteó no continuar. Callar lo que sabía. Pero consideró tres cosas: una, Xena no cambiaría su decisión de
volver a Gabrielle, pensando que había hecho lo correcto; dos, Gabrielle no había sido quién había tomado esa
decisión y, por último, Xena parecía ser más fuerte. Así que le dijo:
—Hay un modo de paliar el dolor, al menos en una de vosotras.
Xena alzó la cabeza ansiosa hacia la voz de la Diosa.
—Te escucho.
—Si una de vosotras renuncia voluntariamente al amor de la otra, si pide que la otra deje de amarla, el dolor podría
desaparecer.
—¿Podría?
—No hay ninguna seguridad en nada, Xena. Ya te lo he dicho, es la primera vez que algo así sucede.
—Está bien.
—Aguarda. No es todo. No alcanzo a saber qué repercusiones podría haber para la que renuncie, o aún para las dos,
entiéndelo. Ni siquiera si funcionará.
—Lo entiendo.
—La poderosa corriente de amor mutada en dolor seguirá ahí. En una de vosotras. La que renuncie.
Xena cabeceó.
—Entiendo —susurró —Yo renunciaré.

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—Albergarás  todo el dolor.
—Está bien, Actia. Lo soportaré.

—También quedará amor, pero ahora no correspondido, huérfano. Si pides su renuncia, tú seguirás amándola.
¿Alcanzas a comprender lo que eso significa?
Xena apenas podía articular palabra.

—Sí —susurró —Haz mío su dolor. Lo merezco. ¿Qué he de hacer?
—Una renuncia consciente y voluntaria. Desde tu corazón.
—¿Cómo?

—No hay ninguna regla para eso.

Xena calló durante unos segundos. Al cabo, gimió, impotente.
—Mi corazón se niega, Actia.

—¿Y te sorprende? Tu corazón jamás renunciará a ella. Tu alma reconoció esa verdad y ahora está grabada
indeleblemente en ti.
—Por favor, Actia, percibo su dolor. Ayúdame; por ella.

La Diosa suspiró. Se acercó a la guerrera y posó su mano sobre su pecho.

—De acuerdo, Xena. Sigue pagando tus errores a tu manera. Por tu voluntad. Hazlo ahora.

Y Xena lo hizo. Renunció conscientemente al amor de Gabrielle, lo dejó marchar. Lo acunó una última vez en su
interior, lo contempló y le dijo adiós.
Su nombre y su rastro fueron borrados del alma de Gabrielle.
Todo por Gabrielle; lo que fuese, por Gabrielle.

Gabrielle reaccionó con violencia y se apartó  de la Diosa. Una oleada de angustia la desbordó, al reconocer el
mismo dolor que la había atravesado a ella en la habitación de la posada de Atenas y ahora, para su mayor dolor, lo
entendía todo. Miró con desesperación  a la Diosa, que le confirmó el doloroso sacrificio de la guerrera por ella.

Después miró en su propio interior, hacia lo que sentía.

Y supo que, definitivamente, algo acababa de morir y algo acaba de renacer.
 

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T O D A S L A S C Á R C E L E S .
9 ª E N T R E G A

Autora: Elxena

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Se decidió y empujó con firmeza la puerta. La vio de inmediato, porque ahora ya no la buscaba sólo con los ojos de
la razón, sino también con los del corazón. La guerrera debió percibir algo también, porque inmediatamente se giró
hacia ella. Pero algo la hizo desfallecer y buscó apoyo en el sitial de piedra del gran ventanal junto al que había
estado de pie.
—¿Gabrielle? —inquirió. Era absurdo que preguntara por quién era, lo sabía, pero lo hacía porque pronunciar su
nombre era un bálsamo para ella.
—Sí —avanzó hacia ella lentamente, aunque con la resolución implantada serenamente en su interior. Sabía lo que
iba a hacer y sabía que debía ser cuidadosa. Ahora, la mirada que posaba en la guerrera estaba preñada de dolor,
dolor por su dolor, por su cuerpo enfermo, por su alma alcanzada por el anhelo no correspondido. Cuando estuvo
junto a su lado posó su  mano con delicadeza sobre el antebrazo de la guerrera, que pareció estremecerse bajo su
contacto —¿Quieres que te ayude?
—Hasta la silla, por favor.

La bardo la ayudó a acomodarse. Xena percibía su inquietud, si bien estaba tan débil y abotargada por el dolor, que
no supo darle nombre a lo que convulsionaba a la bardo.
—¿Necesitas algo? —preguntó suavemente Gabrielle.
—No, gracias.

—¿Te importa que me quede un rato?

La guerrera apenas disimuló su sorpresa.

—No, claro que no. Sabes que eres bienvenida siempre que quieras.
—¿No estás cansada?

Xena se alzó de hombros.
—No demasiado.

Gabrielle paseó la vista por la amplia estancia. Pese a sus grandes dimensiones era austera y parca en ostentación.
Muy a la medida de la guerrera, pensó. En ese instante, la soledad de Xena la impactó como una piedra. Tenía que
haberse sentido muy sola aislada en esa fortaleza, sintiendo lo que sentía, enferma. Sin darle tiempo siquiera a
pensar lo que estaba haciendo, Gabrielle alargó una mano para acariciar levemente el antebrazo de la guerrera. Ésta
dio un respingo ante el contacto.
—Xena —Gabrielle sabía que había llegado la hora de avanzar por ese puente. De ahondar en él, en su camino. Y se
sentía completamente en paz ante ello, despojada ya de ira y reproches.
—¿Sí?

—Perdí mi nombre por ti, ¿sabes? —dijo suavemente. La joven asió una pequeña manta que había cerca de la silla y
cubrió con ella las rodillas de la guerrera.
—No te entiendo, Gabrielle —Xena cabeceó. Percibía un cambio, un cambio sustancial, en la joven, pero era incapaz
de asirlo y precisarlo, agotada como estaba. Estaba aturdida, por lo que no estaba muy segura de que lo que había
sentido antes como una caricia lo fuese en realidad.
—Durante el tiempo que estuve en Atenas, Xena, dejé de ser yo.

—Lo siento, Gabrielle —Xena empezó a disculparse por lo que consideraba el enésimo reproche de la joven para
ella, pero Gabrielle la atajó.
—No, yo no. Ahora sé, habiendo sido quien nunca pensé que sería, quién soy. Quién quiero ser.
La guerrera no entendía qué le estaba diciendo Gabrielle, y aún cuando no estaba convencida del todo de que no se
trataba de un reproche, su mera presencia siempre la colmaba, pese al dolor. Había llegado a ese punto en el que
cada día empezaba a ser un regalo.
Entonces fue cuando escuchó las palabras de Gabrielle.
—Soy tú, Xena. Soy yo y soy tú.
Susurró con firmeza las palabras a la guerrera, en cuyo rostro se delimitaron perfectamente las líneas de la
confusión.
—No…, no entiendo, Gabrielle.
Xena estaba sumida en el desconcierto. No percibía animadversión en la bardo pero sus palabras la inquietaban,
pese a la serenidad con la que las pronunciaba, lejos del tono frío y de reproche con el que antaño se había dirigido
a ella.
—Lo entiendo. Entiendo tu acto, Xena, lo que hiciste, y lo recibo como lo que fue. Un acto de amor, de renuncia en
el amor. Siento haber venido a ti con ira y desprecio, pero espero que perdones mi frustración.
Pese al desconcierto, una pequeña luz de esperanza se encendió en el interior de la guerrera.

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—¿Lo entiendes?
—Sí, Xena.

—¿Me perdonas, entonces? —preguntó indecisa.

—No, Xena —replicó Gabrielle dulcemente —Eres tú la que debes perdonarme a mí. Vine a ti con la extrañeza de mi
nombre perdido, pero lo he recuperado, gracias a ti.
—Lo perdiste también por mí —replicó.

—No. Sólo fue una consecuencia indeseada de un acto que entonces consideré erróneo. Pero ya no lo creo así.
—¿Cómo...?

—Actia ha estado aquí.

Xena asintió. Su capacidad de percepción había mermado muchísimo con su deterioro físico, y por eso no había
podido percibir su presencia en la fortaleza.
—¿Podrás perdonarme, Xena? No soporto la idea de haberme comportado como lo he hecho contigo estos días.
—No creo que tú hayas hecho nada que yo deba perdonarte, Gabrielle. Todos es culpa mía.

—No. Y ya está bien, Xena, de que siempre quieras cargar con la culpa  de todo. Una parte de la aceptación de mi
madurez ha de ser que reconozcas mis decisiones como tales, mías y sólo mías. Yo sabía lo que hacía cuando decidí
acompañarte y abandonar mi aldea. Y aún hoy, sigo firme en esa convicción.
Una cansada sonrisa lució en el rostro de Xena.

—Lo hago, Gabrielle. Pero no puedo evitar intentar… protegerte.

—Y yo te lo agradezco, Xena, pero querría que aceptaras esa reciprocidad. Que yo desee protegerte también a ti.
Xena asintió en silencio.

—Lo sé, y ya lo has hecho. Lo has hecho cuidando de mi alma oscura y lo has hecho cuidando de mí cuando lo
necesité. Me resguardaste en mi inconsciencia, cuidaste de mí cuando yo no podía valerme por mí misma y te
enfrentaste a la penuria, el cansancio y las armas —Gabrielle sabía que se refería al episodio de su letargo y el
ataque bajuun —Pero eso mordió mi corazón, Gabrielle, porque vi en mi vulnerabilidad la tuya. Todo podría haber
salido tan mal…
—Pero no fue así.

—No, no entonces. Gabrielle, —hizo una pausa e inspiró — no volveré a ver. Jamás. ¿Lo entiendes?
La bardo aumentó la protectora caricia sobre su brazo.
—Sí —respondió con un nudo en la garganta.

—Y mi nombre es Xena, y mi pasado es el que es. Vendrían a por mí. Todos querrían arrogarse la fama de mi
muerte.
—Eso sería de cobardes.
—¿Y? —Xena elevó ligeramente los hombros —Lo único que importaría es el resultado. Podría luchar con algunos, no
sé cuántos, pero la realidad es que llegaría un momento…. —no terminó la frase. Suspiró  —Y ésta es la alternativa.
Meterme en este agujero y quedarme aquí.
La guerrera escuchó inspirar a la bardo. Era dolorosamente consciente del tacto de su mano sobre su piel y no
deseaba nada más que posar allí la suya para sentirla con mayor plenitud. Pero no se atrevía.
—No es ningún agujero.
—¿Qué?
—La fortaleza. Es magnífica.
Xena cabeceó, sonriendo levemente.
—Cualquiera querría vivir aquí —dijo suave pero firmemente —Yo querría.
Xena frunció el ceño, segura de lo que había escuchado, pero no tanto de lo que implicaba. Sentía la alegría
desparramarse en su interior, pese a su debilidad. ¿Era posible, entonces, que el perdón estuviera otorgado? La
había perdonado, al fin.
Gabrielle había vuelto.

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 La Gabrielle que conocía.

Pero un pensamiento sombrío cruzó su alma al instante: "demasiado tarde".

Ese pensamiento la fustigó con su crueldad. Notaba el agotamiento de su cuerpo, su vida abandonarle lentamente y
maldijo profundamente la tristeza de su sino. Encontrar. Perder. Reencontrar. Volver a perder.
Pero lo que más lamentaba, por encima de todo, era no verla, una última vez, no posar sus ojos en su rostro, pese a
la viveza de sus recuerdos, donde Gabrielle estaba grabada a fuego. Hubiera dado todo lo que tenía por ese
instante.
—¿Qué ocurre, Xena? —la preocupación traspasaba las palabras de la bardo. Había notado el abatimiento en la
actitud de Xena.
—¿Puedo pedirte algo?
—Claro.

—Quédate conmigo un rato más, ¿quieres?

—Por supuesto —dijo suavemente Gabrielle.
 

*

 

Esa noche Xena entró en coma.

Gabrielle la había estado acompañando durante todo el día, incapaz de alejarse de ella si no era para traer agua o
comida. Habían hablado, cautelosamente, pues el puente que cruzaban era aún frágil y lleno de los ecos del pasado
más reciente, pero empezando a reforzarse con la renacida viveza que iban cobrando los recuerdos más antiguos,
aquellos que las situaban a lomos de Argo, en el camino, juntas. Pero conforme el día consumía las horas Gabrielle
percibió una progresiva lasitud en la guerrera, su conversación era cada vez más fatigosa y la había obligado por
ello, pese a sus protestas, a tumbarse en su cama. En poco tiempo, y ante la alarma de Gabrielle, la fiebre apareció
y aceleró su presencia con avidez adueñándose del organismo de la guerrera, sumiéndola en un intranquilo letargo.
La guerrera pareció intuir antes que Gabrielle lo que iba a pasar. Durante unos segundos despertó del sopor para
solicitar la cercanía de la bardo, aferrando con debilidad su mano. Cuando estuvo junto a ella, cuando sintió la
calidez de su aliento pegado a su piel, susurró a su oído:
—Gracias por la vida que me has dado, Gabrielle.

—Xena, no. Te pondrás bien —la voz de la bardo era tensa, adivinando una despedida en las palabras de la
guerrera.
—Mi vida empezó contigo. Siento paz en mi corazón, Gabrielle —dijo entrecortadamente.

—Amor mío… —susurró desesperadamente Gabrielle, ya libre de cualquier barrera que hubiera levantado en su
corazón. Notó que la presión de la mano de la guerrera sobre la suya se perdía y el pecho de ésta trataba de tomar
aire con desesperación.
—í, amor —fue lo último que dijo Xena, con voz nítidamente maravillada.
Después, el silencio absoluto, solo punteado dolorosamente por la respiración agónica de Xena. Su mano yacía laxa
acunada entre las de Gabrielle.
Ésta parpadeó un par de veces. Miró intensamente a la guerrera postrada. Y se echó a llorar sobre su pecho.
Su desgarrado llanto encontró eco entre la piedra del castillo, sus pasadizos, su techumbre y habitaciones. Salió al
exterior, a la fría noche, y se perdió entre el frondoso bosque que arropaba la fortaleza escondida, diluyéndose entre
las estrellas.
Gabrielle hizo todo lo posible por despertarla, por arrancarla de la antesala de la muerte, por devolverla a la vida
que debía ser suya, de ambas. Pero no lo logró. La noche parecía querer consumir cualquier resto de vida que
quedara en la guerrera, llevándosela poco a poco.
Hacia la medianoche, Actia hizo acto de presencia.
—Gabrielle —la llamó dulcemente.
—Dime que estás aquí para salvarla —Gabrielle notaba la presencia de la Diosa tras ella, pero sus ojos arrasados
por las lágrimas permanecían aferrados al rostro macilento de Xena.

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—No. No puedo —dijo apesadumbrada. Le explicó que el acto de renuncia de Xena en su alma había sido el primero
de esa naturaleza que había presenciado, y desconocía la cura del mal que la asolaba. Posando una piadosa mano
sobre el hombro de Gabrielle, no obstante, le dijo: —Haz lo que te dicte tu corazón. No hay nada que esté en mi
mano que pueda hacer. Nada ni nadie puede interferir. Lo siento —y se desvaneció en una bruma azul.
Gabrielle sintió la desesperación apoderarse de ella. Intentó mitigar los efectos de la fiebre arrasadora refrescándola
con paños húmedos. Intentó que tomara algo de sopa o agua, pero le fue imposible. Se maldijo por el tiempo
perdido en zaherirla y por el rencor que llevó a la fortaleza. En momentos de desesperación gritó al viento que el
mal que consumía a Xena se posara en ella, ya que su propia alma estaba implicada. Ruego que quedó sin
contestación. Se volcó, entonces, en tratar de consolar a la guerrera de la única forma que conocía, ya que ningún
desvelo físico parecía servir de remedio. Le habló. Le pidió perdón una y mil veces. Por haber venido a ella con ira,
por haberla llamado asesina cuando sabía que eso ya no era así. Por haberle dañado con sus palabras y sus actos.
Se lo susurró una y otra vez, cogiendo su mano entre las suyas, impotente para nada más. La abrazó, liberada ya de
cualquier cautela, y le habló muy suavemente. Palabras que albergaba desde hacía tiempo en su corazón y que se
desparramaron como un torrente liberado de su presa. Lloró sobre su pecho una y mil veces a lo largo de la larga
noche y, hacia el filo del amanecer, agotada, con la luz anaranjada asomando tímidamente, tomó delicadamente el
rostro de la guerrera entre sus manos, buscó su boca y lentamente la besó con todo el amor de su corazón.
 

*

 

No supo que se había desvanecido hasta que la consciencia le llegó entre las brumas de la confusión. Parpadeó,
momentáneamente perdida, con la cabeza apoyada en el pecho de la guerrera. Algo la había devuelto a la
consciencia, pero no supo identificarlo inmediatamente.
El segundo gemido sí. Ese sí lo identificó perfectamente.

—¿Xena? —la bardo se despejó inmediatamente de la bruma que la envolvía. Acarició el dorso de la mano de la
guerrera y lo notó menos febril. Fijó su atención en el rostro de la guerrera —¿Xena? —repitió, incapaz de no sentir
una leve esperanza.
Vio cómo la guerrera luchaba por hablar. Algo explotó dentro de ella. La esperanza, en todo su esplendor.
—Está…bien —musitó Xena.

—¿Qué? —Gabrielle llevó su mano a la frente de la guerrera. La fiebre había menguado. Sintió que el alivio la
inundaba como una oleada.
—Todo está bien, Gabrielle. Todo. Lo pasado y lo vivido —susurró con voz entrecortada.

Gabrielle inspiró con fuerza, atenazada por la emoción. Apresuradamente acercó un vaso de agua y trató de que la
guerrera lo bebiera. La bardo casi sollozó al percibir un leve atisbo de fuerza en Xena cuando lo hizo. Dejó el vaso a
un lado y abrazó delicadamente a la guerrera. Ésta pasó un debilitado brazo por su espalda en respuesta. Casi
inmediatamente, la bardo se convulsionó en llanto.
—No llores, Gabrielle —susurró Xena.

—Has estado muy enferma, Xena —le dijo —Lo siento, no sabía qué hacer.
—No importa, Gabrielle. Ya no importa.
 Y a partir de ese momento, la salud de Xena empezó a mejorar lentamente.
 

*
 
Los días transcurrieron en la fortaleza. La inicial esperanza de Gabrielle desde que la guerrera se despertara se
convirtió en una certeza con el transcurso del tiempo. Fue como si el virus que infectaba el alma de Xena hubiera
estado luchando contra el remedio que la habría, al fin, de liberar. Las palabras de Gabrielle, su amor implícito.
Pero pese a esa certeza Gabrielle debía atemperar su entusiasmo en atención al delicado estado de salud de la
guerrera que todavía persistía.
La recuperación fue lenta pero consistente. Gabrielle tomó la responsabilidad del tratamiento de Xena. Lo primero
que hizo fue, tras consultarlo previamente con ella, restringir gradualmente la toma de la droga destilada que
calmaba los dolores de Xena. Fue una decisión arriesgada, que tomó muchas noches y días velándola, y que la
guerrera soportó con estoicismo y una fuerza renacidas de la esperanza.

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El ánimo de la guerrera también se fortaleció. Ahora que sabía que la bardo la había perdonado todo volvía  a ser
posible. Había ocasiones en las que el dolor era tan insoportable que Gabrielle debía tumbarse junto a ella y rodearla
con los brazos al tiempo que le susurraba al oído, nunca recordaba qué, pero que obraba el milagro de atenuar lo
suficiente la agonía como para permitirle la bendición del sopor de la inconsciencia.
Gabrielle se solazaba con los evidentes progresos en la salud de Xena y dio unas silenciosas gracias a lo que fuera
que había obrado la recuperación.
El tiempo pasaba en la silenciosa fortaleza en una rutina instaurada en la que ambas parecían sentirse cómodas.
Desde que Xena había despertado pasaban mucho tiempo juntas, a veces en completo silencio, algo que no parecía
molestar a ninguna.
Así fue como poco a poco se restañaron las heridas y se posó entre ellas la serenidad.

Cuando recuperó algo de sus mermadas fuerzas, Gabrielle ayudó a Xena a dar cortos paseos. Primero fueron por sus
aposentos, después más allá y, por último, los que mayor bien obraron, por los jardines y huertos interiores. La
maleza y la naturaleza crecía salvaje y a su aire en esos jardines y Gabrielle los encontró extremadamente bellos y
pensó que Xena no podía tener otros jardines que no fuesen de ese modo.
Durante el transcurso de esos días hablaron mucho y casi retornaron al punto de intimidad del pasado. Una noche
de tiempo cálido, Gabrielle se presentó en los aposentos de Xena.
—¿Estás lista, Xena?
—¿Lista? ¿Para qué?
—Ven conmigo.

La bardo la guió hasta uno de los jardines interiores. Allí había preparado una hermosa hoguera y traído a Argo. La
bardo percibió la explosión de emotividad que embargó  a la guerrera cuando se dio cuenta de la presencia del noble
animal y lo abrazó. Gabrielle se limitó a sentarse junto  a la hoguera y, por primera vez en mucho tiempo, sacó sus
instrumentos de escritura y los desplegó frente a ella. Echó un vistazo a la olla de hierro con el guiso que había
dejado en el fuego y después a Xena. Ésta permanecía de pie junto a la yegua, tratando de captar, estaba segura,
todo lo que había a su alrededor. Se giró en su dirección cuando Gabrielle rasgó con la pluma unas líneas en el
pergamino y notó su pecho henchirse feliz. Se acercó con pasos cautelosos hacia donde provenía el sonido pero
tropezó con algo en el suelo. Xena se agachó para averiguar qué era.
Su traje de cuero. Su espada. Su chackram. Su daga personal.
Todo estaba allí.

Tuvo que hincar la rodilla en tierra ante la embestida de la emoción, vigilada en todo momento muy de cerca por la
mirada de Gabrielle. Con manos temblorosas Xena tanteó y encontró la piedra de afilar, los aceites con los que
cuidaba el cuero de su traje, todo ello tan familiar a ella como el aire que respiraba.
Frunció los labios intentando reprimir un sollozo, lo que provocó las silenciosas lágrimas de una atentísima bardo. La
guerrera se quedó unos instantes en silencio, los precisos para calmar su acelerado corazón, que ahora, y desde los
cuidados de la bardo, latía con mayor firmeza.
Después suspiró y se acomodó cerca de sus cosas, junto al fuego. Cogió su espada y pasó delicadamente la yema
de sus dedos por su filo. Tanteó en busca de la piedra de afilar y el sonido, que a los oídos de la bardo sonó familiar
y acogedor, llenó la noche.
Pasaron la noche en silencio, algo que no incomodó a ninguna, sino todo lo contrario. Cenaron y Gabrielle devolvió a
Argo a los establos. Cuando regresó a por Xena ésta cogió su mano y la llevó junto a su pecho.
—Gracias —le dijo llanamente.
Gabrielle replicó recogiendo la mano de la guerrera con la que aprisionaba la suya y se la llevó, osada, a los labios.
—A ti, Xena.
Sintió el estremecimiento de la guerrera.
 
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D E

T O D A S
1 0 ª

L A S C Á R C E L E S .
E N T R E G A

Autora: Elxena

*
Ninguna de las dos fue consciente del momento en que los sentimientos se afianzaron y agrandaron, ocupadas como
estaban en todo momento de la recuperación de la guerrera, pero ocurrió como suelen suceder estas cosas: porque
así tenía que ser.

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La salud de Xena cobró ánimo y cada día que pasaba se sentía mejor, con más brío. Comía como lo haría una
persona sana, y había empezado a bajar a los jardines para ejercitarse físicamente, al principio muy suavemente,
pero aumentando los ejercicios conforme iba encontrándose mejor. Estaba convencida que, más que los cuidados
meramente físicos, el milagro de su recuperación tenía que ver más con la luz en el corazón de Gabrielle que ella
podía percibir ahora más nítidamente, en un camino de conexión que enlazaba de nuevo sus almas.
Una noche, Xena la buscó en la biblioteca. La bardo escribía en sus pergaminos.

—Ahora lo sé, Xena —le dijo Gabrielle cuando la vio acercarse a ella, dejando de escribir.
—¿El qué, Gabrielle?

—Que no tuviste otra opción como yo tampoco la tuve.
—¿Acerca de qué?

—En tu destino estaba escrito que te convirtieras en Señor  de la Guerra del mismo modo que en el mío estaba la
capacidad de escribir. Ambos eran inevitables.
—Supongo que hay que reconciliarse con ello.
—Eso espero, Xena.
La guerrera asintió.

—Empiezo a estar en paz conmigo misma, Gabrielle, y aunque sé que eso no enmienda del todo el mal causado en
mi pasado, empiezo a saber vivir con ello.
—Me alegro.

—Y también sé que en parte es gracias a ti.

—No creo que yo… —empezó a protestar la bardo.

—Sí, Gabrielle. Lo es. Y tú también debes saber vivir con ello.
—No es una carga, desde luego.

—Eso espero. Perdona que te haya interrumpido.
—Nunca lo haces.

—Venía a decirte que la cena ya está lista.
—¿La cena? ¿Has cocinado?
—Te lo prometí.

—¿Qué me prometiste?

—Que en compensación cocinaría para ti.

La bardo recordó entonces esa promesa, después del asunto con los esclavistas, y se sorprendió ante la intensidad
de la alegría que sintió al ver que Xena había rescatado esa parte del pasado de ambas.
Quizás empezaba a ser tiempo de reconciliación a todos los niveles.
 

*
 
El tiempo pasó, Xena estaba cada vez más recuperada y Gabrielle más inquieta. Todo iba bien, obviamente, pero
había algo que rondaba  a la joven bardo cada vez con más insistencia. Habían avanzado muchísimo en el trato
entre ambas, habiendo alcanzado el grado de confianza que tenían antes de los acontecimientos que las habían
llevado hasta allí.
Pero para Gabrielle no era suficiente. Su interior bullía y temía explotar de emoción siempre ante la guerrera. Casi le
resultaba inconcebible el estado con el que su corazón se había acercado a Xena en la fortaleza, cuando llegó allí,
llena de ira y reproche, y todo se había deslizado naturalmente hasta el arco emocional que no sólo las había unido,
sino que había sido esbozado, muy brevemente, pero ella lo recordaba nítidamente.
¿Todavía tendría presente ese amor confesado Xena?

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Por su parte sí, bien lo sabían los dioses, y desaparecida o atenuada la primordial preocupación por la salud de Xena,
algo dentro de ella empezaba a pedir paso cada vez con mayor insistencia. Sabía que iba a tener que ser ella la que
diera el paso, por todo  lo que había pasado, Xena probablemente se estaría consumiendo en la duda. Era muy
cuidadosa en sus contactos físicos con Gabrielle. Ni los rechazaba ni los rehuía, incluso en ocasiones tomaba la
iniciativa, casi siempre para agradecerle algo a la joven, pero parecían todos tener una pátina de aprensión, como si
temiera ver su gesto rechazado o reprochado.
Gabrielle era entonces la que se reprochaba por no demostrárselo más claramente, pero en el fondo temía que la
guerrera hubiera cambiado de opinión, si es que el amor podía ser un objeto de raciocinio.
El desasosiego de Gabrielle era tal que empezaba a afectar su sueño, turbado en la noche ante el miedo de la
perspectiva de hablar con Xena de sus auténticos sentimientos. Y sabía que no podría obviarlo, ni dejarlo pasar
fácilmente, ni ya, tampoco, retrasarlo por más tiempo.
Así que una de esas noches en blanco decidió que, sanado en parte el cuerpo de Xena, ahora debía ocuparse de su
corazón. Del de ambas.
—Salgamos a dar un paseo, ¿es posible? —le preguntó a la mañana siguiente temprano.
—¿Por el exterior? —inquirió la guerrera, curiosa.
—Sí.

—Bueno, los alrededores de la fortaleza no son precisamente unos jardines, Gabrielle. No escogí esta ubicación por
su entorno apacible.
—Entiendo.

La guerrera percibió el desánimo en ella y una duda la asaltó.

—Quizás desees… tal vez es ya demasiado el tiempo que llevas aquí encerrada. Si lo deseas, Argo está a tu
disposición.
—No me apetece trotar yo sola por ahí con Argo —dijo con gracia.
—Tal vez quieras regresar a Atenas… —dijo cautelosamente Xena.

—¿Qué Hades estás diciendo, Xena? —Gabrielle la atajó al ver la derivación que tomaba la conversación. Y después,
más suavemente: —No, no quiero partir. No, al menos que sea lo que tú quieres. ¿Quieres…quieres me vaya, Xena?
—No. Por supuesto que no.

Gabrielle sonrió ante la vehemencia de la guerrera. Bien. Ahora le tocaba a ella de nuevo.
—Yo sólo quiero que demos un paseo, Xena, pero si no es posible, no importa.

—Espera, Gabrielle —la guerrera meditó —Hay un camino que podemos tomar al exterior y que circunda la fortaleza
por su parte trasera. Va a morir a un pequeño lago de agua dulce, que abastece el castillo. Pero tendremos que
hacer el camino a caballo.
—Bien —"mucho mejor", pensó la bardo, sonriendo —¿Cuándo crees que estarás lista?
—¿Ahora?

—Ahora, si quieres.
—De acuerdo. Ahora.
—Bien, déjame prepararlo todo y vendré a por ti.
Menos de una marca de vela después Gabrielle y Xena descendían hacia el lago montadas en Argo. Xena había dado
instrucciones a la yegua y ésta sabía perfectamente dónde debía dirigirse. La bardo montó  a la grupa y ciñó
inmediatamente sus brazos alrededor de la cintura de la guerrera, como descuidadamente, pero perfectamente
consciente del contacto con la otra mujer. El estar así, subidas en Argo, la transportó emocionalmente hacia atrás en
el tiempo, un tiempo que le parecía en ese momento irrealmente lejano. Todos sus nervios estaban a flor de piel y lo
estaban desde que le propuso la idea del paseo a Xena, sabiendo cuáles eran sus verdaderas intenciones.
Esperaba hacerlo bien.
 

*
 
El lago era pequeño, pero su caudal constante gracias al aporte de agua de los arroyos montaña arriba. Estaba
rodeado de altos árboles y frondosa vegetación, y el sol penetraba generosamente reflejándose en la superficie
plácida del agua. Gabrielle se dolió de que la guerrera no pudiera disfrutar de ello.

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Descabalgaron y Gabrielle colocó el harto con provisiones que había preparado cerca de la orilla del lago. Recogió
leña y la dejó preparada para la hoguera. Se dio cuenta del silencio en el que se había sumido la guerrera desde que
habían salido.
—¿Estás bien, Xena? —se acercó a ella, colocándole la mano en la espalda. La guerrera estaba de pie frente al lago,
como si pudiera contemplarlo.
—El sol se reflejará sobre la superficie, ¿verdad? —le preguntó.
—Sí, lo hace.

—¿Ves en la orilla opuesta un enorme tronco caído que va a morir dentro del agua?
Gabrielle oteó la otra orilla.
—Sí, dos pies a la derecha.

—Mira encima de  él, a la altura de dos cabezas.

Gabrielle así lo hizo. Lo que vio la maravilló. Detrás del tronco, enredada entre los ramales caídos de un enorme
ejemplar de árbol, crecía exuberante una extraña planta llena de flores. Lo extraordinario era la conjunción en una
única planta de media docena de flores diferentes, por lo que pudo observar Gabrielle. Cada una de estas flores
parecían competir entre sí por ofrecer la gama más poderosa, pura y llamativa de colores.
—¿Qué es?

—No tiene nombre. La hallé en uno de mis viajes, muy lejos de aquí. La traje conmigo y arraigó. Sólo florece en esta
época del año y sólo durante ocho días. Debe estar a punto de morir.
Gabrielle desvió su mirada hacia Xena. Primero la biblioteca y ahora esa planta. Un Señor de la Guerra sin un ápice
de conciencia no se hubiera molestado en rodearse de semejante belleza. Con ello, la otrora Xena tal vez estuviera
reclamando en silencio la parte de humanidad que se hallaba enterrada muy dentro de sí. Su pechó recibió una
oleada de calidez.
—Es muy hermosa.

—Cuando me retiraba aquí, en las ocasiones en que la temporada coincidía, solía bajar a contemplarla —dijo con un
leve atisbo de melancolía.
Gabrielle percibió su tristeza y cogió su mano. La guerrera aceptó con naturalidad el gesto.
—Daría lo que fuera porque pudieras ver de nuevo, Xena.

—No importa, Gabrielle. Está bien así —Xena disimuló perfectamente la zozobra que sintió. No era un tema del que
quisiera hablar. No quería que en su mente se materializara el momento en que el demonio le hizo eso. No quería
ver así a Gabrielle.
—No, no está bien —protestó la bardo —No creo que te lo merezcas, como sé que piensas.
Xena giró la cabeza hacia ella.

—Sea así o no, Gabrielle, no hay vuelta atrás —dijo suavemente, aunque con un tono que daba a entender que
zanjaba el tema.
Gabrielle lo aceptó porque hoy no era día para tristezas, no era lo que pretendía.
—¿Tienes hambre, Xena?
La guerrera sonrió.
—Apuesto a que tú sí.
—Nadie debería renunciar a los placeres de una buena comida, Xena.
—Por supuesto.
—Voy a prepararlo todo —dijo Gabrielle desprendiéndose de la mano de Xena.
—Gabrielle —la llamó Xena, requiriendo de nuevo su agarre.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por darte de comer? —inquirió burlonamente.
—Por haber llegado hasta aquí —replicó.
—¿Hasta un lago de agua dulce con una exótica planta de nombre desconocido?

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—Hasta mi corazón de nuevo.

Gabrielle dio un respingo. La miró con intensidad, atenta a cualquier signo del rostro de la guerrera.
¿Lo aceptas, Xena? —dijo con voz estrangulada.

—¿Me preguntas si acepto todo lo que hasta ahora me has dado? —replicó suavemente —Por supuesto que sí.
—Pero te he hecho daño. Vine aquí llena de recriminaciones.

—Que consideré justas, Gabrielle. Tenías todo el derecho del mundo a ello. Piensa sólo en todo el bien que has
traído a mi vida y que lo compensa, jamás podrías dañarme más de lo que yo me pueda dañar a mí misma. No
quieras competir con un corazón de pasado tan oscuro como el mío, Gabrielle —dijo con una fugaz mueca de auto
reproche —Tú eres la única persona en mi vida que ha creído en mí —terminó casi en un susurro —Y eso es un
mundo entero, y todo un universo. No, Gabrielle, nunca me has dañado. Todo lo contrario. Te lo dije. Todo, lo
pasado y lo vivido, está bien.
Gabrielle sintió en esas palabras una aceptación superior, algo que la embargaba. La bardo había llevado a Xena a
esa salida con la idea de mostrarle sus sentimientos abiertamente, hacerle saber que su amor por ella seguía allí y
que deseaba intentarlo. Y he aquí que la propia Xena estaba abordando la periferia de las emociones de las que
Gabrielle quería hablarle. Se acercó unos pasos a ella.
—Yo te amo, Xena —dijo sencillamente —¿Puedes aceptar eso también?

Aguardó tensa la respuesta, porque a pesar de todo lo que le había dicho Xena, tanto en la cabaña donde había
sucedido el infausto hecho que las había llevado hasta allí, como durante estos días en la fortaleza y la sinceridad de
la guerrera con ella, todo, de repente parecía tan frágil como la más débil de las ramitas de un árbol.
Xena no dudó ni un instante en responder, con voz algo temblorosa.

—¿Podría acaso rechazar el aliento que me da la vida? He estado toda la vida esperándote, Gabrielle, aún
desconociendo tu nombre. Sólo sé que llegaste a mí y todo cambió. He tratado de luchar contra ello, estúpidamente,
porque pensaba que no me lo merecía, porque pensaba que tú no lo merecías, pero creo que eso sólo nos ha
llevado hasta el peor error que he cometido nunca, porque nunca debí permitir ahogar tu consentimiento y tu libre
albedrío. Lo siento, Gabrielle, perdóname, porque no puedo dejar de amarte, y no puedo impedir que tú lo hagas y
porque ni siquiera sé si sabré amarte como tú te mereces.
Gabrielle salvó entonces la escasa distancia que las separaba y tomó sus manos, que temblaban.
—Dime entonces, Xena —pidió con voz estrangulada —¿Me amas?

—Te amo —las palabras se derramaron cono miel sobre el alma de Gabrielle —Te amo, te amo, te amo —repitió en
un susurro que amenazaba, dulcemente, con ahogarlas a ambas.
Gabrielle se abrazó a ella, casi con desesperación, como si temiera que todo volviera a repetirse, la cabaña, el beso
y el fatídico adiós. Pero nada de eso ocurrió y Gabrielle sintió la caricia reconfortante de Xena en su espalda. Se
sintió inmensamente feliz, y algo en su interior brotó con fuerza y lo notó brotar también en el interior de Xena. Una
última conexión que completaba los días pasados. Un susurro tenue y suave acarició sus almas y su piel y ambas
fueron plenamente conscientes del preciso instante, un escaso segundo, en el que sus almas gemelas se sellaron de
nuevo definitivamente. Y fue tal la emoción que las embargó que Xena hubo de hacer un esfuerzo para evitar que
ambas cayeran al suelo de la debilidad que sintieron repentinamente en cada parte de su cuerpo. Gabrielle fue la
primera en recuperarse, con los sentidos a flor de piel, y ya no pudo esperar más y se elevó de puntillas para
atrapar los labios de Xena, al principio delicadamente, pero después ya con el deseo liberado que tanto tiempo había
estado aguardando dentro de ella, y besó sus labios y recorrió su rostro, y Xena se sintió morir y deshacerse en
miles de gotitas y atrapó a su vez los labios de Gabrielle y los mordió suavemente, aceptando como un regalo
inconmensurable el gemido de la bardo. Sus manos recorrían ávidas el cuerpo de Gabrielle y Gabrielle recorría el
suyo deseosa de aprenderse cada parte, cada trocito de él. En un momento dado Xena bajó el ritmo, lo detuvo, y
cogió el rostro de Gabrielle entre sus enfebrecidas manos, sujetándolo frente a ella como si perfectamente pudiera
verlo con sus propios ojos. Sus labios temblaban y su pecho se agitaba con la excitación. Sin mediar palabra,
después de permanecer unos eternos segundos así, la guerrera la soltó y se echó hacia atrás, temblando.
Gabrielle sintió miedo, pero lo desechó de inmediato. No se asustó tanto como creía por la reacción de Xena porque,
de repente, fue como si toda la sabiduría de lo que tenía que hacer se aposentara en ella. Sabía, por su lenguaje
corporal, que Xena dudaba. Para ella, para la guerrera, era la entrega definitiva de todo lo que era. Sabía que
luchaba entre su deseo y el miedo a echarlo todo a perder. Gabrielle se admiró de la fuerza de su voluntad, porque a
ella le habría sido imposible alejar físicamente a la guerrera de su lado, en el estado de excitación en el que se
encontraba. Por eso quería llegar cuanto antes hasta ella, para besarla y atraparla y despejar sus dudas, porque
sabía, meridianamente, qué era lo que la guerrera estaba pensando en ese momento, y lo supo por la conexión
entre sus almas, tan claramente como si Xena lo hubiera pronunciado en voz alta.
Gabrielle volvió a acercarse a ella. Muy despacio. Tanto para darse tiempo a sí misma como a ella. El corazón le
latía apresuradamente y sabía que los escasos pasos que las separaban, una vez salvados, lo cambiaría todo. Y que
no habría vuelta atrás entre ellas.

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Sólo dos pasos. Xena aguardaba con la cabeza ligeramente ladeada, en ese gesto que había aprendido,
dolorosamente, en ella. Desechó inmediatamente la piedad de su corazón, porque era con amor, y no con
conmiseración, con lo que se acercaba a ella, y debía dejárselo claro.
Sólo dos pasos, y un beso. Ese beso debía decírselo, contárselo como lo harían sus palabras de bardo, dejárselo
claro, y no tener opción a ignorarlo o echarse atrás.
Ningún paso, ningún espacio. Era el momento del beso.

Apoyó las palmas abiertas de sus manos sobre el pecho agitado de la guerrera. La notó febril, ella misma estaba
febril. Se contagió de su respiración agitada, de su ansiedad y nerviosismo. Trató de calmarse, de dominar la furia
de su deseo, porque no quería que todo se desbordara y se perdiera en la precipitación. Quería retener, para
recordar, quería tener estas imágenes, estas sensaciones, para el resto de su vida.
Movió una de su manos y acarició suavemente la tela que ocultaba los ojos de la guerrera. Xena quiso apartar la
cara, pero ella se lo impidió.
—Déjame. Por favor —le pidió Gabrielle.

La guerrera se plegó a su deseo, pero aún mantuvo el rostro postrado hasta que Gabrielle la obligó a levantarlo
dulcemente con el pulgar. La yema de su dedo resiguió la línea de la basta tela, se alzó y besó a la guerrera en la
sien. Notó su sobresalto cuando lo hizo. Xena pareció buscar apoyo físico en ella. Gabrielle la abrazó. Los papeles
habían  cambiado, la guerrera era la indefensa, la bardo, la fuerte. Pasó delicadamente las manos por su espalda,
intentando confortarla. Notaba su debilidad y sintió que iba a estallar por sus propias emociones. Quería mantenerla
abrazada y besarla infinitamente y protegerla y permanecer hasta el fin de los tiempos en ese abrazo, ese beso, esa
dulzura. Definitivamente, los papeles habían cambiado.

Calmarla, acunarla con sus palabras, que dejara de temblar. Nunca hubiera pensado que tendría a Xena temblando
entre sus brazos, que la hallaría tan indefensa. Buscó delicadamente su boca y la besó como un ave rozaría con su
ala una corriente de aire cálido. Después volvió a besarla con mayor profundidad, hasta que el beso las dejó a
ambas sin respiración. Xena enterró su cara en la curva de su cuello y allí latió su corazón. Acarició su cabeza, y la
línea de sus hombros, la piel de su cuello, el hueco de su  garganta. Sintió desatarse su deseo, aún bajo los dictados
de su razón, pero sabía que cada vez estaba más lejos de poder sujetarlo y sí, en cambio, cercana a  la más
absoluta liberación. Sólo la contenía el  miedo y la debilidad que percibía  en ella, en Xena, y quería calmarla y
apaciguarla antes. Que ella también se dejara llevar como ella lo hacía.
Percibió también, para su extrañeza, una súbita tensión en Xena, un latigazo emocional que la dejó anonadada, pero
fue breve, muy breve, y pronto fue sepultado y superado por la aceptación y ella lo olvidó. Si alguna vez lo
recordara lo atribuiría a lo extraordinario del momento y el vaivén de las emociones que las envolvían y no, como así
fue fugazmente, a ciertos perros traicioneros que asolaron por un segundo la mente de la guerrera, perros que
quisieron situarla muy lejos de allí, cautiva en la tienda de un demonio. Pero Xena había jurado que esa noche
aciaga jamás existiría para ambas y aunque su voluntad pudiera aceptarlo, restaba aún el advenimiento de su alma
para que fuera totalmente cierto. Y su alma se avino a ello, y lo aceptó, quizás incluso para su íntima sorpresa.
Gabrielle besó su cabeza y todo se diluyó en ese instante.
—Ven —le dijo, tomando su mano.

—Gabrielle —su voz sonó temblorosa e indecisa —Gabrielle —insistió, en un susurro.
La bardo no vaciló. Sabía lo que Xena estaba pensando.

—Estoy absolutamente segura de esto, amor mío. Todo irá bien, y si algo habrá de cambiar entre nosotras será para
bien, te lo juro.
Fue lo que Xena necesitaba oír, la respuesta precisa a su mayor temor. Había experimentado el vértigo de hallarse
en el borde de un peligroso precipicio, en cuya caída arrastraría a Gabrielle, pero era ahora la voz de Gabrielle la
que la apartaba de allí. Y supo que sí, que todo iría bien.
Gabrielle la oyó suspirar y supo que ya podía dejarse llevar. La acarició lentamente, deteniéndose en cada
centímetro de su piel, sujetando al tiempo su mano suave pero firmemente. Sabía que ella estaba débil aún y no
quería forzar nada. Sólo quería tenerla y, teniéndola, amarla a través de sus besos. Quería, más que nada, que lo
supiera, y no lo olvidara jamás.
—Pasaría toda la eternidad tocándote, amor —notó el latido apresurado en el cuello de la guerrera —Conociendo tu
piel.
—No sabré —Xena se apartó ligeramente de ella.
—¿Qué no sabrás, Xena? —Gabrielle no dejó que se alejara de ella, pasándole la mano libre por la espalda. Empezó
a acariciarla lentamente, en pequeños círculos.
—No sabré, Gabrielle, no sabré dártelo.
—No hay nada en esta vida, en cualquier vida, que tú no pudieras darme, Xena, ¿qué temes?
—No sabré darte el amor que te mereces. No he sido más que una guerrera en todo lo concerniente al amor,
Gabrielle, y ha sido siempre un amor egoísta y brusco…

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—Schistt —Gabrielle posó un dedo sobre sus labios —Sí sabrás, amor, lo sé, lo harás. Confía en mí.
—Mi pasado…

—Tu pasado empezó hace unos segundos, Xena. No lo olvides.

Xena inspiró profundamente, sus labios temblaron y algo dentro de ella pareció claudicar.
—Abrázame —rogó.

Gabrielle la atrajo hacia sí y la recogió entre sus brazos.
—Ven.

La guerrera se dejó llevar y Gabrielle hizo que se sentara en el suelo, besándola en todo momento. Gabrielle seguía
percibiendo en ella un ligero temblor.

—Me gustaría abrazarte —le susurró la bardo, acariciando su cabello azabache —Túmbate a mi lado. —se situó a su
lado y la solicitó atrayéndola con una leve presión en el hombro. Xena se giró y se dejó caer lentamente sobre el
lecho de hojas caídas. Gabrielle sonrió y la rodeó con sus brazos. Acomodó su cabeza en el cuello de la guerrera  y
pasó el brazo por encima de su cintura, dejándolo reposar sobre el terso estómago de la otra mujer.
—Así era el mejor de mis sueños —le susurró al oído.
—¿El mejor de tus sueños?
—Estar así junto a ti.

—Siempre es un riesgo hacerlos realidad, ¿no?

—No. Esta vez no. Sigue siendo un sueño. Estoy dentro de un sueño.

Xena alcanzó el antebrazo de la bardo y empezó a acariciarla distraídamente.
—Nunca podré comprender el por qué de tu amor por mí, Gabrielle, nunca.
—No es necesario. Es amor.
—Pero...

—Schssit…, hablas demasiado.

—Lo hago cuando estoy asustada, Gabrielle —dijo Xena sin vacilar.
—¿Yo te asusto?

—Sí —Gabrielle se relajó al ver la tenue sonrisa que esbozó Xena —Sí. Y es la primera vez que el miedo me causa
estas sensaciones.
—Te abrazaré, pues, más —dijo Gabrielle.

Xena frotó suavemente su mejilla sobre el pelo de la bardo.

—Soy tan estúpida que no logro recordar cuándo te convertiste en una mujer tan maravillosa —le dijo.
Gabrielle trazó el estómago de la guerrera con su dedo índice. Inmediatamente notó la reacción de la guerrera.
—No importa —se estiró para besar su mentón. Xena respondió acercándose más a ella. La bardo volvió a besarla,
pasando del mentón al cuello y la clavícula. Xena se removió inquieta y la caricia distraída sobre el brazo de
Gabrielle se volvió más consciente. Gabrielle posó la palma de su mano sobre el estómago de la guerrera y notó su
convulsión. Cada vez se sentía más segura y sabía que no había error alguno en ello. La palma de su mano empezó
a trazar círculos cada vez más amplios sobre la piel de la guerrera, cuidando de que las yemas de sus dedos
hablaran también por ella. —Cuánto te quiero, mi amor —le susurró, febril, sintiendo el delicioso abandono del placer
nacer en su interior. No había yacido nunca con nadie, pero sabía perfectamente qué hacer. Xena era todo su saber,
en ese momento, todo lo que necesitaba.
La guerrera respondió como si se hubiera desatado un cataclismo en su interior. Se giró para encararse con Gabrielle
y alzó su mano buscando su rostro.
—Yo te amo, Gabrielle, como jamás pensé que podría hacerlo. Y te estoy infinitamente agradecida por ello —palpó
sus labios y se acercó para besarla. El beso fue pausado al principio, pero estalló al final con un jadeo de Xena –
Dímelo, dime por favor que esto es lo que en verdad quieres —dijo con el rostro pegado al de la bardo.
 Gabrielle sabía que no se estaba refiriendo únicamente a ese momento. Le estaba preguntando por el resto de su
vida. Detectó el miedo y la aprensión en su voz y supo que había de ser en ese momento, y no en ningún otro,
cuando debía apartar de su corazón cualquier duda.

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—Eres lo que siempre había deseado. Lo que nunca fui capaz de imaginar —le dijo, en un susurro —Te beso, y
encuentro en tu piel el nombre de todo lo que me hace feliz.
Ira. Una ira brutal y sin freno. Un odio cercano al paroxismo que se extendió como una pestilente burbuja más allá
del Inframundo.
Ares lo había percibido, y supo que había perdido. Definitivamente.
No. No iba a acabar así. Él haría que no terminara así.
Cerró los ojos.

Y fue a por ellas.

Xena fue la primera en percibirlo, pero no pudo hacer nada. El dios se materializó en el lago rodeado de dolor y
frustración, y el veneno de la venganza inoculado en su divina sangre. La guerrera percibió el rugido de su alma y
apenas sí tuvo tiempo para semi incorporarse cuando Ares se plantó frente a ellas. Un envite de energía estalló en el
pecho de Xena y la lanzó varios metros lejos de Gabrielle. La bardo gritó y trató de iniciar una defensa, pero Ares
salvó la distancia que les separaba en un suspiro y atenazó su garganta  con una fuerza inhumana.
—Pequeña furcia —escupió, viendo con satisfacción cómo la bardo boqueaba desesperada en busca de aliento,
aferrada a sus muñecas —No necesito a ningún estúpido e inútil dios menor. Conoce ahora —siseó, inclinándose
hasta casi tocar el rostro de Gabrielle —, la podredumbre de tu alma.
El dios airado posó una mano como una garra helada sobre la frente de Gabrielle y ésta se sintió inmediatamente
atravesada por un maremágnum de penetrantes sentimientos, como si todo dentro de ella estuviera siendo
removido y cambiado de lugar. Intentó resistirse, pero la garra de oscuridad la mantenía inmóvil bajo su poder.
Percibía perfectamente la oleada de oscuridad del alma inmortal del dios de la guerra y toda su suciedad y
mezquindad, partiendo su consciencia en dos como un hacha de hierro partiría un débil cráneo. Era una oscuridad, y
sintió más dolor aún por ello, similar a la que siempre había percibido en Xena, si bien más intensa en su
tenebrosidad, más fuerte en su origen, más definitiva y absoluta en su fin. Sintió náuseas, pero no podía liberarse
del agarre del dios. Las rodillas le flaquearon y tocó tierra con ellas. Notaba espesarse la sangre en sus venas y la
debilidad pronto se tragó todos sus intentos. Los brazos le pesaban como vigas de recia madera y el frío caló en sus
huesos, haciéndola tiritar.
Cuando el dios trasvasó a su mente, cuando el dios infame sembró su cabeza de esas imágenes, su alma,
sencillamente, reventó, se hizo añicos.
Cuando el dios partió dejándola extenuada en el suelo, Gabrielle se sintió morir, llena de pavor y asco, temblando
como una hoja perdida en el viento, agotada, queriendo morir.
Y sabiéndolo, ahora, todo.

Ares, inmisericorde, plantó en ella los recuerdos perdidos del demonio llamado Usmah.
 

sigue -->
D E

T O D A S
1 1 ª

L A S C Á R C E L E S .
E N T R E G A

Autora: Elxena

*

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Xena empezó a notarlo segundos antes incluso antes de que su cuerpo recuperara del todo la consciencia. Y, al
hacerlo, supo inmediatamente el terrible alcance de lo que el dios airado había hecho. Notó la absoluta devastación
en lo más profundo de su alma y supo al instante que la parte de su alma que sentía así era la parte perteneciente a
Gabrielle. E, inmediatamente, tuvo miedo. Miedo por la joven bardo. La sangre en sus venas se aceleró y su corazón
empezó a latir  con urgencia. Algo explosionó en su pecho al percatarse del alcance del daño inflingido y odió y lloró
al mismo tiempo. Odió a su padre maldito, por lo que había hecho, y lloró por Gabrielle, aunque sólo se permitió
hacerlo durante un segundo, porque ahora debía ponerse en movimiento.
Se sentía débil, aún más si cabe después de lo que había percibido, pero trató de hostigar hasta el último milímetro
de su cuerpo para que le obedeciera. Reunir la suficiente fuerza para levantarse y llegar hasta la bardo cuanto antes,
percibiendo dolorosamente el quebranto en el alma de Gabrielle que amenazaba por cubrirla por completo.
Gabrielle yacía postrada en el suelo, respirando agónicamente. La raíz de las uñas de sus manos sangraban porque
en su desesperación había arañado el terroso suelo, y sus ojos estaban arrasados por las lágrimas. Se sentía morir,
de un modo que, para alguien que había pasado por tantas situaciones, tenía todos los visos de ser definitivo.
Porque lo que estaba muriéndose era su alma, todo aquello por lo que se había guiado, lo único en lo que siempre
había creído ciegamente.
Ella no podía haber hecho eso.

Cuando Xena llegó hasta ella, la joven había entrado en una semiinconsciencia agitada. Murmuraba palabras
incomprensibles y cada centímetro de su piel ardía. No logró que volviera a la consciencia, así que tuvo que hacer
un esfuerzo sobrehumano para cargarla sobre Argo y llevarla de nuevo a la fortaleza.
Allí la llevó a sus aposentos y la acostó en su lecho. Por mucho que lo intentó no logró que Gabrielle superara el
estado de shock en el que había caído. Pasó las primeras horas sumida en un agitado estado que las agotaba a
ambas. No bebía, no comía y de vez en cuando gritaba lastimeramente, transpiraba profusamente y lo más que
conseguía la guerrera de ella era murmullos incoherentes e ininteligibles. Aún siendo como era una desgracia la
guerrera tuvo la fortuna de no llegar a ver la mirada de Gabrielle en el par de ocasiones en las que ésta había
abierto temporalmente los ojos, pues era una mirada tan destrozada, tan cercana al más absoluto pavor y
abandono, que le hubiera partido en dos el corazón.
Pero lo que realmente la asustó, asustó a la curtida guerrera de mil batallas y pasado oscuro, fue cuando en una de
las ocasiones volvió a la habitación tras un breve lapso de tiempo ausente en búsqueda de alguna medicina o hierba
que pudiera sosegar el estado de la bardo y no la halló en el lecho. Su agudizado instinto la situó junto al ventanal,
a escasa distancia del espejo de cobre que ocupaba uno de los laterales de la habitación. Xena percibió el acre olor
de la sangre antes de llegar hasta ella y su corazón dio un vuelco. Cuando llegó hasta la bardo ésta estaba
inconsciente, apoyada la cabeza exánime sobre la superficie bruñida del espejo, respirando agitadamente. Xena
palpó su muñeca y su cuello y después todo su cuerpo, en busca de la herida, algo más tranquila al saber que
respiraba. Halló la sangre, abundante, que caía desde su hombro derecho y empapaba todo su costado y parte de la
espalda. Tanteó delicadamente en busca de la herida y gimió al darse cuenta del alcance de lo que Gabrielle se había
hecho. Con premura empezó a tantear alrededor de su cuerpo buscando el arma con la que se había hecho eso y se
calmó a tocarla con los dedos cerca de la mano abierta de Gabrielle. Era una de las dagas que guardaba en sus
aposentos y se maldijo por su falta de previsión. Guardó el cuchillo y cogió a Gabrielle en brazos, llevándola hasta la
cama. Se aseguró de que su inconsciencia era profunda y salió presurosamente de la habitación. Se dirigió primero
al almacén de donde acababa de regresar y se agenció tela, ungüentos, más hierbas, hilo medicinal y agujas.
Después pasó por la despensa y se aprovisionó de abundante agua y comida. No volvería a dejarla sola ni un
momento, y se negaba a inmovilizarla de ningún modo para evitar que se hiciera daño. Le asustó pensar que podría
no haber sido el hombro lo que la bardo cortara y no iba a permitir que la ocasión se repitiera.
Cuando regresó a la habitación trató de subsanar en lo posible el estrago que Gabrielle se había auto inflingido.
Restañó la hemorragia y limpió los bordes de la herida. Cosió delicadamente el desgarro para procurar dejar la
menor cicatriz posible, ayudándose del tacto y la experiencia en mil heridas, y lo tapó con una mezcla de hierbas
que sabía ayudarían a cicatrizar.
Después se tumbó a su lado y la abrazó delicadamente.
Durante la estancia de ambas en la cabaña, mientras Gabrielle estuvo inconsciente, Xena tuvo mucho cuidado en
borrar el infame tatuaje de Usmah en el hombro de la joven y sabía perfectamente que no había quedado ni rastro,
porque se había asegurado muy bien de ello.
Sólo que no había podido borrarlo de los recuerdos implantados por Ares y del delirio de la pobre bardo. Besó
suavemente el hombro herido y pasó una mano por sus cabellos ahora descuidados.
Xena sabía perfectamente qué es lo que había hecho Ares y lo maldijo en lo más profundo de su alma. Se maldijo a
sí misma una y otra vez por llevar a la bardo, sin saberlo, hasta el escenario de aquella batalla donde la halló el
demonio; se maldijo por no haber sabido encontrar una solución que hubiera impedido el presente dolor de la bardo,
porque no la hubiera encontrado antes de que, como demonio, llevara  a cabo tantas atrocidades y se maldijo,
también, por dejar llevarse por la autocompasión. No era lo que Gabrielle necesitaba en ese momento. Lo había
temido, y quizás muy en el fondo de sí sabía que este día tenía que llegar, que no podía permanecer enterrado
eternamente y que tarde o temprano había que afrontarlo.
Bien, entonces lo haría. Lo haría ella y ayudaría a Gabrielle a superarlo. Se había acabado el tiempo de los
reproches. Lo que había pasado en el lago había empapado cada fibra de su ser más íntimo, haciendo que sintiera
cosas que jamás había imaginado poder sentir. Las semanas que habían  pasado en la fortaleza, el camino que las
había conducido hasta ese momento, sus días pasados también, todo el recuerdo emocional que ambas llevaban
sobre sí, había implantado en ella la absoluta convicción de que nada podría separarlas.

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Se lo juró a su bardo en su lecho de dolor susurrándoselo al oído, y como supo que nada físico curaría a Gabrielle,
que su dolor y sus heridas pertenecían al territorio de su alma y que necesitaría una ayuda muy especial si quería
que saliera de su estado invocó, por segunda vez en su vida, a un dios.
Ares no iba a lograrlo, no ahora, nunca.
Invocó a Actia.
 

*

 

Notó su presencia entre los delirios de su inmenso dolor, pero esta vez no sintió náuseas, pues aunque percibió el
hálito de lo inmortal supo que no se trataba de Ares otra vez. Abrió ligeramente los ojos enrojecidos y vio que
estaba en una estancia irreal, de espacio diáfano y luminoso. La Diosa Azul estaba allí, con ella.
—Actia —la llamó con un hilo de voz.
—Aquí estoy, Gabrielle.

—¿Los ves, los ves? —Gabrielle se rasguñó la cara con desesperación, cerrando de nuevo los ojos.

La Diosa lo vio, tal y como Gabrielle lo veía. Sólo en su cabeza, pero tan real que podría enloquecer al guerrero más
curtido. Cadáveres despedazados, el olor nauseabundo de la sangre y las entrañas en descomposición, los cuerpos
mutilados y desmembrados. El maldito Ares había implantado con terrible nitidez los recuerdos del demonio en la
mente ahora adolecida y sufriente de Gabrielle.
—Sólo están en tu cabeza, Gabrielle. No están aquí.

—Sí, lo están —gimió ella, exhausta —, lo están, lo están, lo están – gritó mientras se mesaba los cabellos.
La Diosa agitó su mano y una suave brisa tocó la piel de la bardo. Esta se calmó ligeramente.
—Ven conmigo, Gabrielle. Hay alguien que te espera.

—¡No! —ahora, una oleada de escenas sexuales arrasó su pensamiento. Ella, con decenas de hombres y mujeres.
Ella… y lo que le hizo a Xena. Vomitó violentamente y empezó a gemir —Mátame, mátame, mátame.
La Diosa salvó la distancia entre ambas y se inclinó hacia la bardo postrada. Posó la palma de su mano sobre su
cabeza, pero el primer intento se frustró ante la fuerza del acto de Ares. Volvió a intentarlo, posando esta vez ambas
manos.
Al principio Gabrielle ni siquiera fue consciente, arrasada como estaba por las imágenes que asolaban su mente, pero
el empeño de la Diosa logró penetrar ligeramente el oscuro telón de horror que Ares había instalado en su
subconsciente y el alma herida de Gabrielle, desesperada, la detectó, lo suficiente como percibir una pequeña
esperanza.
—Actia… —gimió.

—Escucha, Gabrielle.  Te hallas ahora a salvo en el lecho de Xena, en la fortaleza. Estás sumida en el sopor, pues tu
mente es incapaz de enfrentarse conscientemente a esto, pero deberás hacerlo. He penetrado en tu subconsciente y
te he traído a este limbo, pero aquí no está la solución. Debes enfrentarte a esto conscientemente. Debes superarlo.
—Quiero morir.
—No. Sientes que quieres morir, pero eso no ocurrirá. Debes saber quién era el demonio y quién eres tú. Tú nunca
hiciste nada, Gabrielle.
Ella gimió, gimió.
—¡Era yo! ¡Fui yo!
—No —replicó la Diosa con firmeza —Y esa es la meta ahora de tu camino.
—Ya no tengo camino. Jamás podré enmendar el daño que he inflingido. El daño que…. Xena —las palabras murieron
en su garganta y sintió el acometido violento de las arcadas otra vez.
—Ella estaba allí —dijo Actia —Gabrielle casi no podía soportar esa idea y maldijo a la Diosa por recordárselo, pero
las intenciones de la Diosa serena eran otras —Y aquí está, junto a ti —terminó.
—No, no, no —se lamentó Gabrielle.
—Quiero que pienses detenidamente en ello, Gabrielle. ¿Crees que ella estaría aquí de hacerte culpable de los actos
de ese demonio?

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La cabeza de Gabrielle era un maremágnum de sentimientos encontrados. Sentía horror, asco de sí misma, pero no
podía dejar de atender a las palabras de esperanza de la Diosa.
—Tendría que haberme matado. Ella debería haber sabido que esto lo haría, que conocer lo que hice me mataría. —
dijo con resquemor.
—No, Gabrielle, no podía matar a una inocente. No eras tú.

—¡Sí era yo, sí lo era! ¡Fueron mis propias manos quienes la atacaron, yo quien le arrancó los ojos, por todos lo
dioses! —gritó enloquecidamente. Estaba fuera de sí.
—Fue Usmah, Gabrielle. Sólo él.

—No —pero ahora su negación fue más débil.

—Mira dentro de ti, Gabrielle, más allá del horror implantado por Ares, y lo sabrás. No hay nada dentro de ti que
pertenezca a esa oscuridad. Sólo debes creer en ello.
—No —repitió.

—Regresa y enfréntate a ello, Gabrielle. Debes hacerlo de forma consciente.
—Xena debería odiarme.

—Odia a Usmah, pero no está aquí. Ya lo mató. No está aquí.
—Xena debería odiarme –repitió tercamente la bardo.

—Xena aguarda ahora impaciente a tu lado, Gabrielle. Sufre porque piensa que toda la culpa es suya.
—¿Por qué piensa eso?
—Pregúntaselo tú.

—Debería odiarme —repitió como una letanía.

—No lo hace. Y deberías preguntarte por qué es así.

—Siempre supe que Xena era infinitamente mejor que yo en todos los sentidos —dijo con cansancio.
—¿Y por eso vas a rechazarla?

—¡Yo no hago eso! —replicó vehementemente.

—Es lo que piensa. Que no supo protegerte y por eso sucedió.

—¡No! —y Gabrielle, en ese instante, percibió el dolor de Xena, tan nítidamente que la traspasó como un rayo —Por
todos los dioses —susurró.
—Ayúdate, Gabrielle, y la estarás ayudando a ella.

Gabrielle permaneció en silencio por largo tiempo. El asco y el horror seguía allí, como una pátina repugnante que
cubría el exterior de su alma. Actia lo percibía nítidamente.
 

*
 
Xena había asistido a todo el proceso con suma inquietud. Había percibido a la Diosa acercándose a la postrada 
Gabrielle y aunque no vio cómo posaba sus manos sobre ella y el delicado halo de luz que en ese momento las
envolvió sabía que Actia haría todo lo que estuviera en su mano.
Durante todo el tiempo que permanecieron en letargo Xena notó los periodos de agitación por los que pasaba la
bardo, y escuchó sus incoherentes murmullos.
Aguardó impaciente a que Actia terminara, aunque no podía evitar una creciente agitación nacer en su interior. Iba a
necesitar de toda su fuerza interior para hacer que Gabrielle superara aquello, para que ambas lo hicieran.
Súbitamente percibió un cambio. No lo pudo ver, pero el halo de luz se desvaneció y la Diosa se agitó. Parpadeó un
par de veces y se alejó del lecho donde yacía Gabrielle. Se acercó a la nerviosa guerrera y posó en silencio la mano
sobre el costado de su cabeza. La guerrera reclinó la cara cuando notó el contacto. Casi saltó cuando la Diosa le
trasvasó todo lo que había acontecido en el limbo al que había dirigido la consciencia de Gabrielle para entablar
contacto con ella y se rebeló contra el dolor que poseía a la bardo. Sin embargo, logró serenarse lo suficiente como
para percibir también la esperanza.
Cuando la Diosa rompió el contacto, asintió en silencio.

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La Diosa se desvaneció con una leve sonrisa.
Ahora le tocaba a ella.
A ambas.
 

*

 

Gabrielle tardó varias marcas de vela en despertar y cuando lo hizo pronunció su nombre.
—Xena —la llamó débilmente.

—Gabrielle —la guerrera percibió el miedo en su voz —Estoy aquí.
—No quería volver —dijo entrecortadamente.

Xena no le preguntó de dónde, pero supuso que del lugar donde había replegado su conciencia para no verse
atormentada por los recuerdos de alguien que no había sido ella.
—Él estuvo aquí —Xena sabía perfectamente a quién se refería. Se admiró de que la bardo empezara a afrontarlo
inmediatamente. Hubiera querido que ella siguiera ignorante toda su vida, que jamás lo hubiera sabido, pero la
venganza del dios de la guerra era incuestionable —Xena –volvió a repetir Gabrielle.
—Sí, Gabrielle.

—Yo lo hice. Hice todo eso.

—No —respondió con firmeza Xena —Lo hizo el demonio, Usmah.

Gabrielle tomó aire y las palabras que pronunció a continuación parecieron surgir de algún sitio muy lejano dentro de
ella.
—Yo te hice eso.

En su voz había horror, había asco, había derrota.

—No, Gabrielle —trató de coger su mano, pero la bardo la apartó con presteza. Trató de imprimir a  su voz todo el
amor que llevaba dentro —Tú eres Gabrielle. Gabrielle. Tú no hiciste nada.
—¿Cómo puedes….?  —la voz de la bardo voz desfalleció momentáneamente — ¿Cómo puedes siquiera soportar la
idea de mi presencia aquí? —su voz era un grito ahogado, un lamento infinito. Había odio en ella, sí, pero un odio
hacia sí misma.
—Gabrielle. Tú no eras…

—¡¿No era la que te violó?! ¡¿No era la que te arrancó los ojos?! ¡¿No era yo, Xena!? —su asco la golpeó
directamente. Gabrielle estaba asqueada de sí misma.
—Hablemos de eso, Gabrielle, por favor —le suplicó directamente, porque el tono de voz de la joven bardo  le decía
que la estaba perdiendo. Que al mismo tiempo que lo intentaba, pensaba en la derrota.
—Ojalá estuviera muerta —dijo con desprecio —Deberías haberme arrancado la vida, Xena. Ni siquiera deberías
estar soportando mi voz ni mi presencia — pareció caer en la cuenta de algo, horrorizada —¿Cómo has podido
soportar siquiera que yo te tocara?
—Ayúdame —le dijo entonces todo lo firmemente que pudo —Por favor, ayúdame, Gabrielle —sabía perfectamente
que la sensible Gabrielle estaba en shock, que no podría superar esto tan fácilmente.
—No puedo ayudarte, Xena. Soy un monstruo.
—No lo eres, Gabrielle. Él…., ¿él te lo mostró todo?
—Dioses, sí —Gabrielle casi escupió las palabras.
—Entonces sabes que no fuiste tú, Gabrielle. Lo sabes.
—Si esa cosa entró en mí, si me convertí en ese demonio…. Algo ha de haber en mi alma que lo permitió, algo…
—¡No! —Xena la atajó vehementemente —No, Gabrielle. Simplemente estabas allí. Nadie puede tener la culpa de
eso. No puedes ser culpable de existir, Gabrielle. Y te lo dice alguien que sabe lo que es la culpa.
—No lo soporto, Xena. Me iré. No sabrás nunca más de mí.

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—¿Así es como quieres dañarme, Gabrielle? —le dijo suavemente.

—¿Dañarte? —la bardo se sobresaltó —Debería vivir cien vidas para resarcirte del daño que te he inflingido.
—Y aun así deseas marcharte.

—¡Xena, te dañé! —casi gritó —Tú… tú estabas allí, tú…. —pero ese pensamiento fue demasiado para la bardo y la
idea cayó sobre ella como una losa. Se derrumbó lentamente, hasta que quedó postrada en el silencio —Siento odio
de mí misma —sollozó al fin —Entiendo que me abandonaras en la cabaña, hiciste bien en apartarme de tu lado.
—¡No! ¿No lo entiendes? Si el demonio te atacó, si todo sucedió… fue por mi culpa. Yo tengo toda la culpa, Gabrielle.
Nada te hubiera ocurrido si nunca me hubieras conocido.
—¿Cómo puedes decir eso? —dijo Gabrielle con voz apagada.

—El camino que has compartido conmigo te llevó hasta allí. Jamás me lo perdonaré. Pensé que tendrías una
oportunidad de vivir el resto de tu vida ignorándolo, pero subestimé la ira de mi padre. Lo siento, Gabrielle, lo siento
terriblemente. Pensé que bastaba con alejarte, con darte la oportunidad de que comenzaras una nueva vida.
— Mi vida siempre has sido tú, Xena, desde que te conocí, aún en el tiempo que lo ignoraba conscientemente —la
voz de la bardo sonaba extenuada, aún así, el sentimiento atravesó a la guerrera en toda su magnitud. La sencillez
con que la bardo lo enunció no restó ni un ápice de intensidad a su significado.
— Lo sé, Gabrielle. No me lo merezco.

—Soy yo la que nada merece ya, Xena. Creo que ha sido mi camino el que te ha postrado aquí, ¿no crees? No
entiendo por qué no me odias.
—Porque no entiendes que fue otro ser quien cometió esos actos y no tú. Tú nunca estuviste allí, Gabrielle.
—¿Cómo puedes disociarlo, Xena, cómo lo logras? —se lamentó Gabrielle con desesperación.

Xena tanteó para coger de nuevo su mano y, pese a la inicial reticencia de la bardo, logró que no la soltara.

—Porque jamás te hallé a ti en él, Gabrielle —Xena lo dijo firmemente, aún cuando un destello muy preciso le
recordó esa noche en la tienda del demonio, cuando dejó que su deseo la perdiera y a punto estuvo de dejarse
arrastrar por el placer de Usmah encarnado en el físico de Gabrielle. Cuando escuchó ese "ayúdame" que la retornó 
a la cordura, cuando se impuso su única e inamovible voluntad. También recordó las palabras del demonio, la
amenaza de que se arrepentiría toda su vida, pero todo lo superó la idea, en ella desde entonces, de que nada,
absolutamente nada, las separaría, tal y como enunció ante el demonio errante. Juró no rendirse aquella noche, y
hoy día seguía pensando igual. Aquella noche jamás existió entre Xena y Gabrielle, porque aquella noche,
sencillamente, Gabrielle no estaba allí. Rogó por tener el acierto suficiente como para saber transmitirle esa verdad
a la bardo herida.
—No puedo, Xena. No sé si podré.

—Gabrielle –la llamó dulcemente —¿Me amas?

Xena notó el respingo de la bardo, pero no pudo ver la expresión estupefacta de la joven.
—¿Cómo puedes….? —sacudió la cabeza, aturdida —No creo que desees mi amor.
—Es lo único que jamás querría desear.
—No, Xena, no puedo… —Gabrielle tartamudeó.
—¿Sabes cuándo fue el preciso instante en que mi alma gritó tu nombre?  

No dejó que la bardo replicara. Sujetó con más fuerza la mano de Gabrielle y despejó el camino para la conexión
entre sus almas. Ese había sido el regalo de Actia antes de irse, cuando posó su mano sobre ella y le hizo ver lo que
había sucedido en el limbo. Le otorgó al tiempo la facultad de enlazar su alma con la de Gabrielle, la potestad de
trasvasarle todo lo que sentía su corazón. Xena regresó emocionalmente a esa noche alrededor del fuego, cuando
abandonaron la aldea del sanador que había sumado su saber al de Xena para terminar de curar la rodilla maltrecha
de Gabrielle  tras los acontecimientos con los bajuun,  y empezó a cosechar de su interior todo aquello que deseaba
poder decir con palabras a Gabrielle, incluso utilizando los propios sentimientos de la bardo que la Diosa le había
permitido ver. Sabía que su alma encontraría las palabras precisas. Los sentimientos, las emociones, empezaron a
conformarse dentro de ella y, casi al instante, en el interior de Gabrielle :
 
Ahora, en esta realidad de todos los días que siempre había sido, volvía a ser completamente Gabrielle, aldeana de
Poteidea, compañera de Xena guerrera de Amphípolis, bardo ocasional y vocacional, mitad de un todo que sólo junto
a la otra quedaba completo. Así era feliz, lo sentía y lo intuía. Porque muchas veces el respaldo de sus emociones lo
obtenía con una simple mirada, que venía sobre ella o ella  dirigía, y sabía que todo estaba bien, mientras la
realidad que siempre había sido fuera como era, mientras siguiera saliendo el sol... y ambas siguieran juntas. Jamás
lo podría expresar con palabras, no al menos ahora y aquí, pero yacía en su interior, reposando no por cansancio,
sino por serenidad, pues nada temería... mientras siguieran juntas.

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Notó el sobresalto en Gabrielle, cómo recibió aquello que Xena le estaba dando. Pero percibía aún una gran
resistencia. Siguió buscando en su interior y buscó de nuevo el camino al alma de Gabrielle.
Su pecho ahogó un vahído y frunció el ceño ante el arrebato de su propio cuerpo, recriminándose la debilidad de su
descontrol. Gabrielle la miró en ese momento y entonces su alma dijo que sí a lo que siempre había dicho que no, y
las palabras de sus sentimientos los tuvo que escuchar una y otra vez, porque no lograron ya callar lo que tanto
tiempo habían querido decir.

 

Escuchó sollozar a la bardo y notó su temblor. Se acercó más a ella y logró que aceptara su abrazo. La acunó así
durante el tiempo en que la bardo se sumió en el sueño y no dejó de vigilarla en un sueño plagado de sobresaltos
durante toda la noche.
—Xena —la bardo la llamó en un susurro entrecortado. Apenas acababa de amanecer.

—Aquí estoy, amor —Xena se reclinó sobre ella inmediatamente. Pasó las yemas de sus dedos por los labios de
Gabrielle y los halló resecos. Se giró para alcanzar una pequeña vasija de agua y semi incorporó a la joven para que
bebiera —Despacio.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó cuando apuró el último trago.
—¿El qué?

—Mostrarme tu amor de ese modo.

—Porque tú no parecías creer en él.
—Sí que creo, Xena, pero ahora…

—Ahora, ¿qué? Ahora precisamos más aún de ese amor.

—No puede haber amor en mí. No puedes querer ese amor.
—Lo quiero, lo deseo, lo anhelo. Tu amor, mi amor.
—No logro…, no puedo superarlo.
—Me lo prometiste.
—¿Te lo prometí?

—En la cabaña. Me prometiste que olvidarías y seguirías adelante.

La confusión se apoderó momentáneamente de la joven bardo. Estaba agotada y no recordaba haber hecho esa
promesa.
—No lo recuerdo, Xena.

—El pasado está ahí y no podemos cambiarlo —le recordó suavemente a Gabrielle sus propias palabras, dirigidas a
una Xena al borde de la amargura, cuando se lamentó por haber arrastrado a la bardo en su camino —Olvido y
principio.
Gabrielle recordó entonces, recordó a una Xena inquieta empeñada en hacerle jurar algo que desconocía. Ahora
pudo entenderlo, y un escalofrío recorrió todo su ser.
—¿Cómo has podido vivir con todo ello, Xena, cómo has podido…?
—Del mismo modo que tú podrás, Gabrielle, porque lo harás. Y yo estaré a tu lado para ayudarte, juntas lo
lograremos.
—El demonio…
—El demonio está muerto, Gabrielle —le dijo con firmeza —No regresará jamás.
—¿Estás segura? —se giró hacia ella con aprehensión.
—Segurísima, amor mío. Yo misma lo maté.
Gabrielle no quería continuar, pero se obligó a hacerlo. Porque, en el fondo, su alma poseía la suficiente fortaleza
para superar aquello.
—Cuéntame —dijo vacilante —Cuéntamelo todo tú. Si puedes.

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Xena sonrió tenuemente y dio las gracias mentalmente por la disposición de Gabrielle. Antes se acercó más a ella y
se situó a su espalda, cogiendo dos grandes almohadas para apoyarse en ellas. Cogió delicadamente  a la bardo y la
conminó a que se recostara sobre ella. La bardo emitió un entrecortado suspiro cuando Xena cerró el abrazo ciñendo
su cuerpo con sus brazos y notó su temblor.
Sólo entonces, cuando la sabía a salvo en el refugio de sus brazos y su voluntad, empezó a contárselo todo.

La siguiente marca de vela fue la más dura que ambas habrían de padecer en su vida, pues no fueron pocas las
ocasiones en las que la bardo se derrumbó, pero el amor de Xena fue conduciéndola poco a poco a través del horror,
porque muy bien sabía ella que para desprenderse de algo había antes que enfrentarlo abiertamente.
No le ocultó nada, aunque obvió ciertos detalles que sabía que desgraciadamente estarían en la mente de Gabrielle.
Llegó al momento crucial de la trampa al demonio en la cueva, cómo el demonio herido y creído agonizante llegó
hasta ella atraído por la presencia percibida de Xena. Esa parte de la historia era la que desconocía Gabrielle, pues la
consciencia del demonio había empezado a languidecer entonces.
Le explicó el sentido del ritual, cómo el demonio inmediatamente se dirigió hacia ella, intentando utilizarla como
nuevo receptáculo, cegado por la ira al reencontrarla. Cómo  llegó hasta ella y atenazó su cuello en una violenta
garra, pese a sus heridas y el engaño en su organismo que provocó la flecha lanzada por Corice. Cómo tuvo que
aguardar el momento preciso, el instante mismo en que supo que el alma corrupta del demonio empezaba a
abandonar el cuerpo cada vez más débil de Gabrielle en busca del suyo y cómo notó entonces la poderosa corriente
de magia chamán que creó un cerco inmaterial a su alrededor. Cómo logró asir la daga escondida en su costado y
elevar el brazo hasta que la sostuvo frente al demonio que empezaba a materializarse frente a ella, unos escasos
segundos durante los cuales la transmutación del demonio se hacía momentáneamente carne para enseguida
introducirse inmaterialmente en el nuevo cuerpo. Y Xena lo vio, lo pudo ver perfectamente, la verdadera identidad
del maldito y es algo que jamás podrá olvidar, como jamás olvidaría el momento en el que lanzó su mano armada
con todas sus fuerzas contra el pecho de Usmah y lo atravesó con su furia, al tiempo que el ritual chamán alcanzaba
su punto álgido.
Cómo el demonio se desintegró definitivamente ante sus ojos. Cómo no sólo ella sino las chamanes y las amazonas
en el exterior lo percibieron. Cómo el propio ejército del demonio lo supo y empezó a huir.
Y después se quedaron solas en la cueva, y Xena se apresuró a despinzar el punto de presión que había activado la
flecha de Corice y a hacer una cura de urgencia allí mismo para restañar sus otras heridas.
Cómo fueron trasladadas lejos de los ojos del resto de amazonas a las afueras del poblado y se le procuraron a
Gabrielle las atenciones necesarias para estabilizarla lo suficiente como para resistir el viaje.
Y cómo partieron después acompañadas de Corice.
Y llegaron  a la cabaña.

Y Gabrielle despertó.
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D E

T O D A S
1 2 ª

L A S C Á R C E L E S .
E N T R E G A

Autora: Elxena

*
Xena acunaba a la agotada Gabrielle entre sus brazos. La hora precedente había sido muy dura para ambas, pero
empezaba a creer en la recuperación de la bardo. Había sufrido mucho con su relato, sí, pero era lo que necesitaba.
Creía en ello, y sabría transmitirle esa creencia a ella, estaba convencida.

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Acarició su cabello y besó su sien enfebrecida. El más absoluto silencio las rodeaba y ella pudo sentir, pese a todo, la
paz.
Acarició suavemente su antebrazo, maravillándose todavía de que un gesto tan sencillo la colmara de ese modo, y
suspiró anonadada ante la intensidad de lo que sentía.
Se prometió no volver a arrepentirse jamás, no volver a los reproches por haber traído a Gabrielle a su vida.
Acomodó un lugar en su interior para conciliarse con su oscuro pasado, si bien sabía que siempre le acompañaría,
pero ahora debía servir de ejemplo a Gabrielle, y sabría que podría con ello.
La bardo se agitó intranquila en su sueño y Xena afianzó su abrazo, susurrándole suavemente. Eso la calmó
inmediatamente y Xena supo que la primera barrera de oscuridad y negación, la maltrecha conciencia de Gabrielle,
había sido superada.
Sólo necesitaban tiempo.

Y sus almas reencontradas.
 

*

 

—Me lo amputé yo misma.
—¿Qué, Gabrielle?

Xena se giró hacia el sonido de su voz. Estaban en el jardín, recogiendo fruta. La bardo alzó la mano incompleta,
aquella en la que le faltaba un dedo, aunque sabía que Xena no podría verla. Era, la ceguera de Xena por la mano
del demonio (ya podía referirse a él en tercera persona, un gran avance), lo que peor llevaba la joven. Podría
superar todo lo demás, lo sabía, gracias en gran medida a la presencia de Xena, pero sus ojos muertos le
recordaban perennemente la desgracia acontecida en sus vidas. Xena había percibido su inquietud respecto al tema
y había tratado de apaciguarla por activa y por pasiva, hasta que decidieron no sacar nunca más el tema.
—Yo me corté el dedo, Xena. Sólo porque sí —frunció el ceño y se estremeció ante la ingratitud del recuerdo que
acababa de asaltarla. Le ocurría cada vez en menor medida, pero de vez en cuando recordaba cosas. Algunas
terribles, pero siempre contaba con la presencia de Xena para afrontarlas y la disposición de su propia alma
bendecida por la luz.
—Lo siento —le dijo Xena.

La bardo se alzó de hombros, la mirada fija en su mano.

—Bueno, como tú bien dijiste, —la miró, iniciando una sonrisa —tendré que valerme de mis pies para contar hasta
diez.
Xena también sonrió, porque detectó en su voz la sonrisa de ella. Aguantó la tentación de acercarse a ella y
abrazarla, como había hecho hasta hacía poco en cada ocasión que la joven se angustiaba con un nuevo recuerdo,
porque ahora sabía que necesitaba afrontarlo a su manera. Siguió cogiendo fruta, aunque anotó mentalmente ese
abrazo en la cuenta de debidos. Ahora que se había permitido dar rienda suelta a sus sentimientos le resultaba
sumamente difícil la lejanía física de Gabrielle, inauditos los tiempos en que no la tocaba, atónita en lo más recóndito
de su aún latente alma de guerrera ante su propia disposición a ello. Una Xena enamorada y abierta a una relación
íntima era lo que más asombro causaba a la propia Xena. Pero lo aceptaba, por los dioses, sí, y lo acunaba y lo
cuidaba, porque ya no imaginaba un día sin la presencia de Gabrielle en su vida bajo el prisma de su intimidad
conjunta.
Habían pasado cerca de cuatro semanas y poco a poco la nube insana que el maldito Ares había creado fue
evaporándose de sus vidas. Nunca desaparecería del todo, pero Xena sabía que podrían vivir con ella, que Gabrielle
podría hacerlo.
Ares no volvió a aparecer. Xena juró en su momento que hallaría el modo de matar a un dios y que él sería el
primero y eso Ares lo tenía muy presente. Cuando comprobó el fracaso de su plan, de todos los planes que había
intentado, por su mano o intermediación de otros, se retiró, furioso.
Aunque jamás lo olvidaría y el rencor se enquistaría en su alma inmortal como un cáncer royendo sus entrañas.
 

*
 
—¿No está bueno el guiso? —preguntó Xena. Había escuchado el roce distraído de la cuchara sobre el plato desde
hacía un rato. Y Gabrielle estaba muy callada.

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La bardo miró su escudilla.

—Sí, lo siento —en realidad se había pasado toda la cena mirando a Xena, inquieta. Y reconocía el origen de esa
inquietud, algo que no se había permitido sentir tras…tras lo que hizo Ares con su mente. Cabeceó, tratando de
sacudirse de encima la sensación.
—¿Seguro? Tal vez quieras relevarme de mi promesa.

—Cada vez que lo intento me lo niegas —protestó Gabrielle.
—Porque yo nunca rompo una promesa.

—Pues al menos sé flexible. Déjame a mí hacerme cargo de vez en cuando.
—Hecho.

—¿Hecho? ¿Ya está, así de fácil? —era una cuestión por la que había discutido amigablemente con Xena y ahora,
repentinamente, había tomado  la decisión.

—Sí, sin ningún problema. La cocina es toda tuya, si lo deseas.

Gabrielle sonrió. Sintió henchirse su pecho de una paz y una felicidad inconmensurable, no por la nimiedad del
asunto que habían tratado, sino por todo lo que las rodeaba y lo que significaba. Estaban allí, viviendo juntas bajo
un techo sólido en una hermosa rutina a la que, ni en los más inauditos de sus sueños, hubiera pensado que se
amoldarían tan bien. Sobre todo Xena, que siempre había tenido aversión a instalarse permanentemente en un
lugar, siempre urgida por el imperativo de su camino.
Y habían sobrevivido a toda la oscuridad que se había cernido sobre ellas, incluso la más feroz y reciente.

Ahora, después de tantas penurias, de todo lo que habían pasado juntas, allí estaban, más unidas que nunca,
colmadas.
¿O no? Algo faltaba. Algo que había empezado a renacer en la bardo y que sabía que Xena guardaba dentro de sí,
paciente.
Últimamente con mayor asiduidad recordaba sus besos, el momento en el lago, cómo se tocaron, todo lo que se
dijeron.
Dormían juntas y la guerrera la llenaba de abrazos y sus besos eran tiernos y cuidadosos y no iba más allá y lo
hacía así porque intuía las reticencias de Gabrielle, porque era en Gabrielle donde se albergaba el temor.
La bardo temía alcanzar la total intimidad porque creía que Xena no lo soportaría, aunque en el fondo sabía que ella
lo aceptaría, libre de cualquier recuerdo, y que el error, el miedo, estaba en ella, la bardo, que no podía quitarse de
la cabeza el encuentro insano del demonio con la guerrera.
Pero poco a poco todo eso había ido diluyéndose, en el tiempo, en el espacio, en su subconsciente, arrinconado y
sepultado por los nuevos días.
Y cada vez más habitualmente tenía esos momentos de intensa distracción, cuando no podía apartar la mirada de
Xena y la inquietud, el deseo, brotaba en su interior.
Pero luchaba consigo misma, porque no sabía cómo hacerlo, qué hacer para que todo fluyera tan naturalmente
como lo había hecho en el lago.
Hasta que esa noche, dejada de lado la cena, inquieta, le dijo a Xena que iba a acostarse.
Recogió su plato y su cuchara y los depositó en el barreño de agua. Se acercó a Xena y se inclinó sobre ella para
besar sus labios, como hacía cada noche. La guerrera acarició su brazo con ternura, lo que hizo que la bardo se
erizara por completo.
—¿Tardarás mucho? —logró preguntarle.
—Iré enseguida.
Cuando Gabrielle abandonó la sala Xena exhaló profundamente. Lo había sentido. Había aguardado pacientemente
este momento, y se había asombrado de haberlo logrado, ella, una persona tan sexual en su pasado, que jamás se
había preocupado lo más mínimo de refrenar su deseo.
Pero en ese pasado no había tenido cabida el amor, este amor que ahora por fin le había alcanzado en toda su
plenitud, y sabía que el amor obraba inconmensurables milagros.
Y  mientras se levantaba de la mesa, dio gracias por ese amor en su vida y rogó porque esa noche todo saliera bien.
 

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Encontró a Gabrielle asomada al ventanal. Siempre sabía dónde hallarla, siempre percibía nítidamente su presencia.
Y si hubiera podido ver, si la hubiera visto, su figura recortada en contraste con la luz de la luna y las velas del
interior, si hubiera podido, hubiera sido una imagen que jamás habría podido borrar de ella. Porque atesoraba
muchas imágenes de la bardo de antes, pero esta Gabrielle actual, una vez renacida del horror pasado, era una
Gabrielle sin igual, hermosa por amor y por pasión. La joven se giró ligeramente cuando notó que Xena entraba en
la habitación y aguardó inquieta a que la guerrera se uniera a ella. Estaba desbordada por la maraña de
sentimientos y emociones que la atravesaban y se sentía como justo antes del momento en el lago, aunque ahora
había perdido parte de su confianza y se lo reprochaba, porque sabía que no podría continuar así eternamente. Xena
llegó hasta ella y ciñó por detrás su cintura, acercándola. La guerrera aspiró con deleite el aroma de Gabrielle y ésta
sonrió tenuemente, acariciando el dorso de las manos que la abrigaban.
—¿Hay luna hoy, Gabrielle? —le preguntó.

—Sí. Pero aún le falta parte para alcanzar la plenitud.
—Aun así, será hermosa.

—Lo es —suspiró Gabrielle.

—Tú eres hermosa —susurró la guerrera junto a su oído.

Gabrielle cerró los ojos y reposó su cabeza sobre el pecho de Xena. Ésta la besó con dulzura. Sin poder evitarlo,
unas silenciosas lágrimas empezaron a rodar sobre el rostro de la bardo.
—Tú lo eres, Xena. Eres hermosa en lo que respecta a tu aspecto, bien lo sabes, pero lo eres aún más por el mundo
interior que se asoma en tus gestos y tus palabras. ¿Sabes que fue el principal motivo por el que te seguí y te
seguiría por toda la eternidad? —no quiso mencionarle que era un mundo interior cuya primera pista se la dio su
mirada, y así quiso apartar de inmediato cualquier sombra en su alma por todo lo que implicaba. Aciagamente, su
mayor temor cuando empezó a viajar con la guerrera se había materializado de la forma más infausta: había sido
herida por su causa, por mucho que ya hubiera aprendido a distanciarse de los actos del demonio y considerarlos
ajenos. Pero siempre le quedaría la amargura de lo ocurrido, por mucho que lograra enterrarla profundamente en su
interior.
—Tú lo has obrado, Gabrielle. Tú me has convertido en hierba, en junco y en aire, algo que, sin saberlo, siempre
había anhelado. Gracias por dejar que me acerque a ti y gracias por darme tu intimidad.
Las silenciosas lágrimas de Gabrielle arreciaron y aunque intentó que no fueran detectadas, no lo logró.
—Espero que esas lágrimas no sean de pena.

—No lo son, mi amor —cabeceó suavemente —Soy feliz, más de lo que considero me merezco, y mi felicidad, Xena,
lleva tu nombre inscrito en ella.
La guerrera volvió a besar su rubio cabello. Soltó una de sus manos y la alzó para acariciarlo con el dorso de la
misma. Le maravillaba la suavidad y la levedad del mismo, como si tocara la materia de un sueño. Recogió un
mechón entre las yemas de los dedos.
—Entonces no me preocuparé.
—No lo hagas —Gabrielle se giró levemente y acomodó su costado sobre el pecho de Xena —¿Sabes cuánto tiempo
he aguardado para decirte que te quería? ¿Recuerdas el claro en el que te enfrentaste a los bajuun, cuando
despertaste de aquel extraño letargo?
—Recuerdo a las más valiente y hermosa de las mujeres haciéndoles frente.
Gabrielle sonrió. Acarició con su mano el costado de Xena.
—Cuando pensaba que todo estaba perdido, cuando ni siquiera podía sospechar que despertarías, sólo desee
haberte podido decir cuánto te amaba.
Xena sintió un bálsamo de calor inundar toda su alma. Como un rayo fugaz pasó por su mente el instante en el que
despertó maltrecha en la tienda del demonio, tras haber sido forzada por él y en cómo la esperanza superó al temor
de que llegara un futuro en el que habría de arrepentirse si Gabrielle llegaba a tener conocimiento de lo que allí
había sucedido. Bien, eso ya había ocurrido y ambas seguían allí y sabía que profundizarían más en sus
sentimientos. Y reconoció en esa convicción la esperanza que Gabrielle había traído a su vida.

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—Siempre lo temí, ¿sabes?, tu amor —notó la tensión en Gabrielle —Porque intuía que entre ambas todo habría de
ser absoluto. —trató de calmarla acariciando su espalda —Que era especial, tan especial, que descarnaría mi alma y
la desnudaría ante ti. Temía que la alcanzaras con tu luz y sintieras rechazo por lo que en ella hallaras —las últimas
palabras de la guerrera apaciguaron la tensión de Gabrielle —Actia me dijo que debía buscar, que ya lo había hecho
una vez. No supe a qué se refería entonces y aún ahora lo ignoro. Pero sé que ya no debo hacerlo, porque siento
que ya he encontrado lo que siempre había deseado. Y eres tú, Gabrielle —la bardo se estremeció —¿Recuerdas
cuando respondiste a mi beso, en la cabaña? Ese beso está grabado a fuego en mí, Gabrielle, y también las palabras
que pronunciaste. Creo en ti, y creo que ésta es nuestra única verdad. Siento haber cometido tantos errores en lo
que respecta a nosotras, lo siento, Gabrielle.
Gabrielle había dejado de llorar. Las palabras de Xena habían conjurado sus lágrimas y ahora lo único que sentía era
la poderosísima conexión latente entre ambas. De pronto, todas las barreras, todo el temor, se diluyeron en un
torrente de amor y deseo. Se distanció ligeramente de Xena y la encaró, acariciando sus antebrazos.
—No logro imaginar ningún otro momento en el que mi amor hacia ti sea tan poderoso, Xena —susurró, embargada
por la emoción —Te amo, mi vida entera es tuya, mi alma y todos mis deseos.

Los labios de Xena temblaron e inclinó lentamente el rostro hacia la bardo. Gabrielle no vaciló. Fue al encuentro de
su boca y sus labios se fundieron en una caricia eterna. Ambas se exploraron con lentitud y pasión contenida, hasta
que ya no pudieron más y la urgencia las arrastró hasta el lecho. No hubo ninguna vacilación cuando Gabrielle tomó
la mano de Xena y la llevó hasta su pecho y la guerrera se sintió desfallecer cuando notó a la bardo arquearse bajo
su contacto. Su respiración agitada la enardeció y empezó a recorrerla con caricias apasionadas. Invocó a la
eternidad, deseosa de que el momento se congelara en el tiempo, seguir sintiendo el resto de su vida el sabor de la
piel de Gabrielle en sus labios.  La bardo respondía a cada una de sus caricias como si fuera la última que hubiera de
recibir en su vida y sus suspiros cada vez más profundos le hacían temer perder el control. Quería ir despacio, darle
tiempo, dárselo a ambas, pero la transición parecía que iba a ser más rápida de lo que pensaba. Gabrielle respondía
a sus caricias con pasión, intentando igualarlas y el deseo de Xena se agitaba al límite. Recogió los labios de
Gabrielle entre los suyos y los besó con avidez, la bardo gimió y urgió a la guerrera a que se desprendiera de la
túnica de algodón, mientras forcejeaba por desprenderse de la suya. No soportaba más la lejanía de su piel con la
de la guerrera y pronto ambas yacieran desnudas sobre el lecho.
—Te quiero, te quiero, te quiero —susurró una y otra vez Gabrielle sobre el cuerpo febril de la guerrera, palabras
que la hacían enloquecer de amor y pasión.
Xena tapó su boca con la suya, bebió de sus labios, como si quisiera absorber cada parte de Gabrielle, se colocó
encima de ella y la acarició largamente, tocando cada rincón de su cuerpo una y otra vez. Gabrielle se arqueaba bajo
la dulce presión de Xena y jamás creyó que podría sentir así, y creer llegar al final de ese sentimiento y avanzar aún
más en él, como si fuese una espiral infinita de exaltación. Empezó a gemir quedamente y fue la señal que
necesitaba Xena para sellar el amor que sentían. Sus caricias se incrementaron en pasión y osadía, sus manos se
acercaron lentamente hasta la zona más delicada de Gabrielle, atentas ante cualquier vacilación de la bardo. Pero no
hubo ninguna vacilación, ninguna traba y los dedos febriles de Xena acariciaron los suaves muslos de la bardo, su
piel delicada y hasta entonces desconocida, se demoraron con pereza y casi hicieron reventar de agonía a la joven.
Xena la besó apasionadamente, tanteó con su lengua sus labios temblorosos de pasión, lamió su deseo y lo hizo
suyo. Sintió un momentáneo pánico por lo que estaba a punto de hacer, por traspasar la barrera que iban a cruzar,
pero sabía que no había error ninguno en ello, porque su alma no podía equivocarse en lo que estaba sintiendo. Y
fue su alma la que guió sus actos, sus besos, sus manos. Llenó de besos hasta saciarse la piel de Gabrielle, aunque
era consciente de que jamás podría estar ahíta de ella, llevó su boca hasta su cuello y allí le susurró cuánto y cuánto
y cuánto la quería. La penetró dulcemente, poco a poco, con la suficiente osadía como para arrancar un gemido
gutural de la garganta de Gabrielle. La bardo quiso poder tener el suficiente control sobre su cuerpo para responder
a las palabras de Xena y decirle cuánto también ella la amaba, pero las palabras se le habían quedado prisioneras
del deseo, del poderoso vaivén de excitación que la estaba inundando y sólo pudo gemir, gemir, y aquellas fueron
todas las palabras que pudo pronunciar. Xena dejó sus dedos dentro de ella unos instantes, maravillándose de la
sensación, hasta que la bardo empezó a agitarse inquieta y reclamó su continuidad. Empezó a mover sus dedos con
ritmo ascendente y creyó no poder aguantar los gemidos de Gabrielle y su evidentísimo estado de excitación.
Hubiese deseado poder verla, mirarla a la cara en ese momento, porque sabía que resplandecería hermosa, pero lo
vio en su corazón y fue suficiente.
La bardo se agitaba ahora cada vez con más premura y Xena tocó con su dedo pulgar la zona palpitante de la joven,
masajeándola al mismo ritmo que tomaban sus dedos dentro de ella. Tomó su otra mano para acariciar el estómago
desnudo de Gabrielle y ésta reaccionó de inmediato a ambos estímulos, dando un respingo. Su respiración se hizo
más profunda, al tiempo que su garganta emitía ronroneos de puro placer.
Xena decidió no esperar más y acrecentó el ritmo súbitamente, provocando con ello una nueva alteración en la
joven, que pareció quedarse momentáneamente sin respiración. A los pocos segundos, el orgasmo alcanzó a la
bardo en toda su plenitud, notó la explosión de calor repartirse por cada nervio de su ser y pensó que jamás volvería
a recuperar el control de su cuerpo. Su garganta pronunció el nombre de Xena, ahogada, todo su cuerpo se tensó en
el momento culminante y después se dejó llevar lánguidamente, arrastrada por los ecos de la excitación.
Xena la besó en la boca, una, dos, tres veces. Lamió sus labios y atrapó su lengua, mientras posaba su mano sobre
el pecho agitado de la bardo. Acarició los pezones tersos y la delicada piel y después volvió a recorrer todo su cuerpo
otra vez. La respuesta de la bardo fue inmediata, y su cuerpo empezó a reclamar más caricias. Ella misma estaba
asombrada de su pronta excitación de nuevo, pero sumida como estaba en un estado de éxtasis erótico, dejó sus
pensamientos a un lado y se centró sólo en sentir.
Xena estaba recorriendo con lengua cada centímetro de su cuerpo y Gabrielle estaba a punto de explotar. Con
audacia se estiró y reclamó la boca de la guerrera, que obedeció inmediatamente.
Bebió de sus labios, su lengua exploró aquel territorio tan dulce y sus caderas se pegaron al cuerpo de Xena como
una segunda piel. Besó su cuello, allí donde era excepcionalmente suave, y no pudo detener su lujuria, la explosión
de emociones que la estaban embargando, y se lanzó a besarla profundamente, atrapando su boca en un beso
infinito que no parecía tener fin. Escuchó el jadeo de Xena sobre sus labios, pero no quiso dejarla ir e inició otro
beso eterno y la guerrera gimió dentro de ella y la notó febril y a punto de saltar en pedazos.

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Entonces toda barrera se desdibujó por completo en ella y acercó su mano al centro de Xena y ésta gimió
quedamente y Gabrielle ya no pudo parar. Acarició la piel suave del interior de sus muslos, acercándose con cada
caricia a aquello que tanto anhelaba y una vez lo tocó, ya no pudo dejar de hacerlo.
La guerrera respondió con una explosión de placer que hizo que el vello se le erizara y se unió a su propio goce,
cercano ya a la culminación. Ni siquiera se había detenido a pensar si podría o no hacerlo, pero allí estaba y era
todo lo que siempre parecía haber deseado. La comunión completa con Xena. Con su mano libre aferró la barbilla de
la guerrera y le susurró en la boca un "te quiero" que la convulsionó por completo, acelerando su orgasmo y, con él
el de ella, el de la propia Gabrielle.
Ambas cayeron exhaustas y abrazadas. Gabrielle notaba el ritmo aceleradísimo de su corazón, acompasado al de
Xena, y todo le pareció hermoso y la única verdad. Cubrió de pequeños besos el rostro de Xena y ésta se dejó
hacer, sumida en la más absoluta languidez.
—Te quiero, Gabrielle —susurró Xena.

—Te quiero, te quiero —las palabras de Gabrielle eran como un eco de su propia alma desparramadas sobre la piel
de Xena.
—¿Estás…bien? —preguntó súbitamente preocupada la guerrera.

—No encuentro palabras para lo que siento, para cómo me he sentido. Ha sido… —suspiró, dejando sin terminar la
frase.
—Lo tomaré como un sí.

—Hazlo —Gabrielle sonrió, acariciando con un dedo la barbilla de Xena.

Parecía que sus ojos veían bajo una luz distinta a Xena, que volvían a aprendérsela, una vez ya había sido conocida,
creía ella, bajo todas las circunstancias. Pero ahora era distinto, algo había cambiado. Ahora miraba a la guerrera y
el eco de su deseo reverberaba entre las paredes de su mirada. Era como si la viera por primera vez. Y algo de ello
había, en efecto, porque ahora a quien miraba era a su amante. "Amante", la palabra se hizo luz y color en su
interior, sobresaltándola. Se sintió plena, absolutamente completa en su esencia.
—¿Qué ocurre, Gabrielle? Estás muy callada.
—¿Tú estás bien? ¿Para ti ha sido…?

—Especial. Maravilloso. Único —con cada palabra Xena depositaba un delicado beso en el rostro de Gabrielle.
—No te arrepientes, entonces.
—Jamás. ¿Y tú?

—Jamás —Gabrielle se acurrucó más aún cerca de Xena y ésta aumentó su abrazo.

—Creo que el camino… que el camino hasta aquí ha sido largo, y duro, pero ha merecido completamente la pena.
Todo. Lo que ha sido y lo que haya de ser.
Gabrielle comprendió qué le estaba diciendo Xena y supo que para ella también era así.

—Todo —repitió —Lo que fue y lo que haya de ser —lo pronunció como una promesa y notó que una leve tensión en
la guerrera se diluyó ante sus palabras. Gabrielle aceptaba todo lo que había ocurrido. Y aceptaba el futuro.
—¿Y ahora qué, mi bardo?
—Ahora, la vida —respondió con convicción Gabrielle —Y tú y yo en ella, amor mío.
—Sí —Xena suspiró sobre su cabello —Sí.
Gabrielle se adormeció entre su brazos, deslizándose suavemente en un sueño libre de pesadillas y lleno de
esperanza.

Por eso Gabrielle no estaba despierta cuando Xena lo percibió, incrédula al principio, pero más agitada conforme la
realidad iba penetrando en la certeza.  La guerrera se removió inquieta y se deshizo del abrazo de Gabrielle con
cuidado, procurando no despertarla. Abandonó el lecho y, palpitando precipitadamente, se acercó al ventanal,
aguantando hasta llegar a él para alzar sus, descubrió entonces, temblorosas manos. Sus trémulos dedos se
acercaron entonces muy lentamente hasta la venda de tela que cubría sus ojos muertos y empezaron a
desembarazarlos de ella.
Cuando la tela cayó al suelo, perdido su agarre por la ferocidad de los temblores, la cabeza de la guerrera
permaneció gacha, súbitamente asustada, el mentón apoyado en el pecho.
—¿Xena? —la voz preocupada de la bardo llegó tras ella —¿Ocurre algo?
Xena no se atrevía, porque sabía que todo podía ser vana esperanza, pero no podía ocultar la absoluta certeza que
había sentido.

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—¿Xena? —ahora Gabrielle sonaba asustada. Había despertado movida por la inquietud, notando perfectamente la
ausencia de Xena a su lado. Se alzó del lecho, dispuesta a ir hasta ella, pero algo la retuvo.
Xena se había girado hacia su voz. Había levantado el rostro hacia ella.

Y eran sus hermosos ojos azules quienes la estaban mirando en ese momento con todo el amor del mundo reflejado
en ellos.
Las rodillas de la bardo flaquearon en ese momento, y ahogó un grito en su pecho. Pero se repuso y salvó la
distancia entre ambas enseguida. Se plantó ante Xena, atónita, insegura de avanzar sus manos hacia su rostro,
prendada de su mirada.
—Por todos los dioses, amor, ¿cómo es posible?

Los ojos de Xena se llenaron de lágrimas, incapaz de pronunciar palabra. Gabrielle se rehizo del aturdimiento y la
abrazó, susurrando gratitud.
—Amor mío —el susurro de Xena la sacó de su letanía. Xena la apartó suavemente y sujetó su barbilla, mirándola a
través de las lágrimas. La bardo las enjugó con uno de sus dedos —Hermoso amor mío.
Ambas quedaron sujetas por la fuerza inconmensurable de sus miradas, prendidas en su eternidad.
—¿Cómo?...

—No lo sé, Gabrielle —susurró Xena —Sólo que así es.
"La llave de todas tus cárceles".

La frase la atravesó limpiamente, dejando un poso de serenidad en ella. Xena la reconoció, y ya no se detuvo ante
extrañezas ni dudas, sino simplemente la aceptó y la acunó en su interior.

Cuando invocó a Actia en la cabaña, decidida a alejar de allí a Gabrielle  para ponerla  salvo, le preguntó si podía
curar su ceguera y ella le dijo que no, pero que había otros caminos.
Sus almas, al parecer, eran el camino. Su absoluta conexión.

Y estaba íntimamente convencida, lo sabía, de que la luz en el interior de Gabrielle era esa llave, esa llave que
abriría las cárceles que aprisionaban su alma herida.
—Toda mi fortuna en mi absoluta existencia, Gabrielle, ha sido conocerte. Creo que nací para llegar hasta ti.

Gabrielle no podía apartar los ojos de los de Xena, incrédula aún de no encontrarse ante un espejismo que pronto se
diluiría. Atónita, pletórica, feliz. Las palabras de Xena la alcanzaron en toda su plenitud. Su respuesta fue besarla, un
acto sencillo que ahora añoraba cada vez que concluía, anhelando empezar una y otra vez.
—¿Sabes, amor? —susurró —Intenta imaginar un mundo. Un mundo donde no existe la injusticia, donde no halla
cobijo la insania o el terror, el abuso, la violencia… —la abrazó con fuerza —Bien, Xena, ese es mi mundo. El mundo
donde quiero habitar. El mundo donde quiero que tú habites. Por eso te seguí, por eso fui a ti. Por mí…y por ti. No
me preguntes por qué, ni cómo. No lo sé. En ese mundo, Xena, puedes permitirte la debilidad. Y mi fortaleza. Y el
miedo ante ambas cosas. Puedes habitar en ese mundo, Xena, puedes. Yo estaré contigo en él, amor, y también
estoy convencida de que nuestros destinos se sellaron en el mismo instante de nuestro nacimiento.
—Es un mundo hermoso, Gabrielle. Y quizás mi alma lo anhela más aún por haber habitado en otros mundos,
oscuros y perdidos.
—¿Aceptas ese mundo, esa vida?
—Acepto lo que sea, junto a ti.
Gabrielle volvió a alzar la mirada. Los limpios ojos de Xena la aguardaban. Acarició sus párpados, como si tuviese
que cerciorarse físicamente de que estaban allí. Al hacerlo, una herida se cerró definitivamente en su interior. El mal
provocado por el demonio había sido conjurado por partida doble esa noche.
Pasaron la mayor parte de la noche en vela, Xena aún temerosa de cerrar los ojos y despertar a la ceguera de
nuevo, como si sólo hubiese tenido la tregua de una noche. Pasó las horas contemplando el rostro de Gabrielle, que
ya creía perdido salvo en sus recuerdos, y volvieron a hacer el amor, mirándose mutuamente, llenándose con los
cinco sentidos. Gabrielle también se resistía a dormir aunque el agotamiento las atrapó a ambas al filo de la
madrugada, una vez contemplaron juntas el amanecer.
Xena fue la primera en despertar. Besó a Gabrielle suavemente. Y la miró.
Gabrielle se despertó a su vez. Jamás olvidaría esa mirada.
—Buenos días, amor —susurró Xena.
—Buenos días, princesa —replicó Gabrielle, sonriendo.
Xena arqueó una ceja, fingiendo amenaza.

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—Aquí dentro no hay árboles —replicó Gabrielle, divertida.
—Siempre puedo colgarte de la torre.

—Puedes —concedió graciosamente. El alma de la bardo se regocijó al sentir la conciliación entre su pasado como
amigas y su presente como amantes y sintió que todo encajaba en su sitio.
—El día es hermoso —dijo Xena.

Gabrielle se giró hacia el ventanal. Espesos nubarrones preñados de lluvia se amontonaban sobre un cielo plomizo.
Sonrió.
—Sí, lo es.

—¿Qué quieres hacer hoy? —Xena la abrazó, acariciándola.
—Besarte —replicó sin dudar.

—Es una opción. ¿Y después?
—Más aún.

—¿Besarme más aún?
—Sí.

—Creo que no me disgusta.
—Eso pensaba.
—Gabrielle.

—¿Humm? —la bardo se perdía en su abrazo.
—Te quiero.

Y esa eran las dos palabras, lo sabía, que iba a pronunciar cada mañana nada más abrir los ojos durante el resto de
su vida.

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T U

O P I N I Ó N

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F O R O

De todas las cárceles de Elxena

  • 1.
    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . Autora: Elxena   Es bardo. Lo sabes por su ropaje, la bolsa de pergaminos, el cayado y la cinta verde anudada en el extremo del mismo, que la identifica inexcusablemente como estudiante de la Academia de Atenas. También deberías saberlo por el brillo de sus ojos, pues todo narrador de historias lleva el fuego de la pasión escrito en ellos. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Pero ella no. Los ojos de ella están muertos, sólo los utiliza para ver, no para transmitir. No, al menos, la pasión o la luz. Gabrielle de Poteidea sólo cuenta cuentos oscuros. Cuentos a la oscuridad que nacen de su roto corazón.   *   Es una guerrera. Todo su ser lo grita. A pesar de su túnica de algodón y la falta de armas de afilado acero o de armadura protectora sobre su cuerpo. Sus ojos están muertos por obligación, una cinta de tela los cubre para ocultar al mundo la negrura de su vacío, por mucho que no haya mundo que la pueda ver, aislada como único habitante en su remota fortaleza de piedra. También tiene el corazón roto. Roto y enfermo. No le queda mucho tiempo de vida. Tiempo atrás rompió un pacto sagrado y el pago de sus consecuencias se está llevando su vida gota a gota. Pero eso a Xena de Amphípolis no le importa ya. Murió en el mismo instante en el que renunció al amor de Gabrielle de Poteidea. Mató a su alma, que arrastra por segundos con ella en su inexorable camino la vida de su cuerpo físico, construido de carne y sangre mortal. Pero eso, a Xena de Amphípolis, ya no le importa.   *   El posadero depositó con brusquedad la jarra de sidra sobre la mesa sin apenas reparar en la meditabunda joven de cabellos rubios acodada en ella y se marchó a servir al resto de ruidosos clientes. La posada estaba a rebosar esa noche y no sólo se notaba en la abigarrada y ruidosa  multitud, sino también en la fuerte mezcla de olores que parecía destilar de las propias paredes del establecimiento: sudor humano, sudor de caballería, cuero mojado, vino barato y tabaco rancio. Gabrielle miró el recipiente goteante que el posadero casi había lanzado sobre ella y lo apartó indolentemente con el dorso de la mano. No quería sidra, y sin embargo la había pedido. Pero tampoco quería vivir ya, y seguía respirando. No quería rememorar, y se ahogaba en recuerdos. O no quería pensar, y enloquecía por sus pensamientos. Su particular Tártaro. Despertaba, dormía, respiraba y vivía con él, pegado a su piel, desparramado por sus venas, hundido en lo más profundo. Agazapado y preparado. Siempre dispuesto a recordarle el fuego de su agonía. Se sentía vacía. Como una fruta a la que hubieran rebanado y despojado de carne y simiente, arrojada a un lado.
  • 2.
    Algo había muertoen su interior. Actia había tratado de explicárselo y ahora odiaba a Actia. También odiaba a Xena, por fin lo había conseguido. Ningún acto de sangre por su parte hubiera podido hacer que ella la odiara, pero la voluntad de Xena, su deseo, lo había conseguido. Y ahora lo recordaba una y otra vez, aunque no quisiese:   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Su mano acarició suavemente la cabeza de Gabrielle. Sus manos se cerraron sobre su rostro y la obligó gentilmente a alzarlo. Sus pulgares detectaron las lágrimas que Gabrielle derramaba. Sus dedos trazaron su rostro. Se inclinó hacia ella y la besó. Puso en ese beso todo su amor, todo su futuro, toda su esperanza. Quiso explicárselo todo con ese beso. Ese beso fue su sello. Ese beso fue el último. —Actia —susurró, con sus labios acariciando aún los de Gabrielle. Un resplandor azul. Una sombra luminosa. La Diosa se situó tras una Gabrielle absolutamente desconcertada. —Xena, ¿qué…? —la bardo cerró sus manos en torno a las muñecas de Xena. —Te quiero, Gabrielle —el susurro de Xena fue toda una renuncia. Una declaración de amor y dolor en una sola — Por tu bien y el mío, te lo juro, lo hago. Actia se acercó aún más a Gabrielle. —Xena, quizás… —la Diosa hizo un último intento. —No —la guerrera apretó los dientes —Hazlo. —¿Hacer qué? —Gabrielle se giró para ver a la Diosa situada a su espalda —¿La Diosa de la Serenidad? —volvió su atención a Xena de nuevo —¿Qué…? Actia posó su mano sobre el hombro de Gabrielle y el mismo resplandor que la rodeaba empezó a engullir a la bardo.   El resplandor desapareció y Gabrielle se sintió ligeramente mareada. La mano de la Diosa Azul todavía permanecía sobre su hombro, pero ella casi ni la notaba. Estaba muy aturdida. Alzó la vista pero Xena ya no estaba allí. En realidad, nada estaba allí. Se giró hacia Actia. —¿Qué ocurre? ¿Qué has hecho? La Diosa se separó de ella unos centímetros. Altos árboles de frondosas copas las rodeaban. Pero no era el bosque que ocultaba a la cabaña. "¿Qué has hecho?". —Xena me pidió que te pusiera a salvo. —¿Xena pidió ayuda a una Diosa? —Gabrielle no entendía nada. —Quería que estuvieras a salvo —repitió la Diosa. —¿Y ella? ¿Ella qué? ¿La vas a traer ahora? —No. —¡¿Por qué?! —No lo desea. —¿Cómo que no lo desea? —Gabrielle estaba empezando a ponerse muy nerviosa —¡Está ciega! ¡Grupos de mercenarios la buscan! —No lo desea, Gabrielle. —Llévame de vuelta con ella. ¡Ahora! —exigió. —No puedo. —Ella pidió ponerme a salvo, ¿no es así? —Sí. —Bien. Yo te pido ahora que me lleves de vuelta con ella.
  • 3.
    —No puedo, Gabrielle. —¿¡Porqué!? —No es su deseo. —¡Maldita sea! —la desesperación empezaba a invadirla – Actia, te lo ruego, por favor —su tono era de súplica. —Gabrielle, Xena acudió a mí. Yo ya había detectado en su alma una predisposición hacia la serenidad, aún frágil, pequeña, pero valiente. Ella me pidió que te pusiera a salvo y aunque tú eres devota mía prevalece su voluntad. —¿Por qué? —Es un acto de amor. No hay maldad ninguna en su deseo de verte a salvo. No puedo contravenir su deseo. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —¿Si su deseo me dañara, podrías deshacerlo? —Gabrielle, no. Sé que te es doloroso, pero su intención es pura. —Pero me daña en estos momentos —insistió Gabrielle – Estar lejos de ella me hace daño —musitó. —Lo sé, Gabrielle. —Actia, por favor. —No puedo hacer nada, Gabrielle. —¿Qué hará ella? —... —¿Actia? —Cuando anochezca, partirá. Gabrielle recordó lo que Xena le había dicho. —Un refugio. —Sí. —¿Sabes dónde? —Gabrielle… —¡No intervendrías! No sería contravenir su deseo. Sólo dime dónde se halla ese refugio. —Ella no te lo dijo, por lo tanto, ésa era también su voluntad. —Actia, cuando se ponga a salvo, cuando llegue a ese refugio, también lo podría ser para mí. ¿Comprendes? Su deseo de verme a salvo seguiría siendo respetado. Estaría a salvo, junto a ella. —Gabrielle, no lo entiendes. No quiere que estés a su lado. —¿Qué? —Teme que al final acabes dañada. —Ya hemos pasado por eso. ¡Ya hemos pasado por eso! —Gabrielle, por favor, intenta comprenderla. Nada le haría más daño que verte dañada por su culpa. Quiere que seas feliz. —Conseguí serlo —dijo con un hilo de voz —Cuando me dijo que me amaba, cuando me besó —el acto, renacido en sus palabras, cobró entonces para ella toda su intensidad, su significado. —Fue su regalo. —Fue su condena —replicó Gabrielle, con un deje amargo – Estoy encadenada a ella, Actia, con cada fibra de mi ser —Gabrielle se sentó sobre un tronco caído, abatida —Cuando confirmó la reciprocidad de nuestro amor, me sentí una sola con ella, supe que ella era todo mi camino, todo mi hogar. Y lo rechazó. —No es así exactamente, Gabrielle. Ella aún te quiere. —¿Y eso me sirve de algo ahora? —levantó unos ojos llenos de lágrimas —Dime, Actia, ¿me sirve? La Diosa se inclinó hacia ella. —Gabrielle, si en algo los mortales os diferenciáis del resto de las criaturas que habitan los diferentes mundos es por
  • 4.
    esto: la esperanza.No abandones, no la pierdas. Yo no tengo todas las respuestas, y soy una Diosa —apostilló —, pero sois vosotros quienes las buscáis con ahínco, más allá de toda lógica o mesura, y sólo sois humanos. Y lo conseguís; no siempre, bien es cierto, pero cuando así sucede, tiráis abajo todos los muros, todos los imposibles, todos los caminos cerrados. —¿Todavía hay un camino? —Depende de ti. Depende de ella. —Pues ella no lo tomará, no querrá entrar en ese camino —Gabrielle agitó la cabeza con determinación —La conozco. Va a hacer prevalecer mi bien sobre el suyo, y no sabe lo equivocada que está. Sólo hay un único bien ahora, que nos incluye a ambas. —Si tú hubieses estado en su lugar… V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle cabeceó con amargura. —Sí, Actia, hubiese hecho lo mismo que ella. Por eso me duele tanto. Porque seguiría hasta el final. Lo que significa que no la volveré a ver. —Lo siento. Pero no olvides que los imposibles sólo existen si tú les das aliento. Gabrielle la miró entre lágrimas. —Yo haré todo lo posible, eso lo sé. Pero ella…ella cerrará ese camino porque estará convencida de que así habrá de ser —Gabrielle se llevó distraídamente una mano al pecho —Me duele —susurró. Actia suspiró. —¿Conoces la historia de las almas gemelas?   *   Gabrielle no sonrió. Ni siquiera permitió que Actia terminara de desgranar la historia de las almas gemelas. Claro que la conocía. ¡Por los dioses, ella se la había contado a Xena! Qué cruel ironía. La leyenda se había hecho carne en ellas…y esa carne se había desgarrado. Cuán presente había tenido siempre esa historia. Cuántas veces la soñaba entre ellas. ¿Cómo si no explicar lo extraordinario de su unión? ¿Cómo si no una aldeana ignorante de todo lo que no fuera hogar y labor podría haber sido compañera de un Señor de la Guerra? ¿Qué si no impulsó a Xena a extender su brazo y subirla a la grupa? Sí, Gabrielle creyó en las almas gemelas durante todo el tiempo, en silencio, para sí. Y ahora, cuando se alzó la voz en un mágico instante (no de ella, por los dioses, no de ella, ¡la voz de la propia Xena!) y la leyenda tomó sus nombres, entonces, abruptamente, sin dar tiempo siquiera a que dejara la huella de su sombra bajo el sol, se desvaneció. Se acabó. Y dejó tras de sí dolor, frustración…y una incipiente ira. ¿Contra Xena? Aún no. Sólo contra el destino, que no era poco. Tanta espera. Tanta esperanza. Al final, la ansiada respuesta. La tuvo, de sus mismísimos labios. Un beso, un te quiero. Y la desesperación. No podía soportarlo. No podía permitírselo, ahora lo sabía. Desbordaba toda razón, pues había invadido por completo el sentimiento cualquier opción que nunca hubiera pensado tener de dominar el dolor de la separación. No. No podía ser. No así, no ahora, cuando lo había escuchado de sus propios labios. No podía hacerle eso, no se lo podía hacer a las dos. Conocía a Xena. Su lucha tenía muchos frentes, a cada cual más insoportable. Entendía lo que había hecho, pero eso no significaba que se mostrase de acuerdo. Por eso no dejó que Actia terminara de contar la historia. Ella sería quien contara el final de la historia, de su historia. Rogó a la Diosa que la dejara sola, si bien ésta se mostró reticente. Aún así, se plegó a la voluntad de la bardo. Antes, sin embargo, le dio la bolsa de cuero que Xena le había dado para ella. Gabrielle la movió entre sus dedos
  • 5.
    unos instantes antesde abrirla. Dentro, un generoso puñado de monedas de oro, una pequeña fortuna, y una escueta nota cuya caligrafía, pese a la inseguridad perceptible provocada por la ceguera, señalaba directamente a Xena en su innata elegancia y firmeza. Una elegancia y firmeza plasmada en dos únicas palabras: "Por favor". —Atenas está tras estos árboles —dijo Actia —Sé que su deseo sería que completaras tu formación como bardo… —¿Paga por deshacerse de mí? —la interrumpió Gabrielle sin apartar los ojos de las exiguas palabras escritas —¿Es el pago de su adiós? —No, Gabrielle, por favor, no te tortures así. Ella sólo quiere… —Acallar su conciencia —la cortó. —No. Que estés bien. Y Atenas era uno de tus sueños. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Ella era mi único sueño —replicó Gabrielle con intensidad —No me importa ser bardo si no estoy a su lado. —Ahora quizás pienses así, pero más tarde te serenarás y… —La Diosa de la Serenidad desplegando su fe —la voz de Gabrielle se desgranaba con sarcasmo —Supongo que justifica tu existencia. —Gabrielle, comprendo tu dolor. Pero ella sólo desea que estés bien. Gabrielle desparramó las monedas sobre su palma volcando la boca de la bolsa. —No estaré bien; sin ella, no —con un movimiento de su mano dejó que las monedas cayeran a la tierra húmeda del bosque. Un sordo tintineo cada vez que entrechocaban entre sí. Gabrielle resguardó el trozo de pergamino manuscrito en su otra mano —Déjame ahora, por favor. Actia la miró una última vez. —Si me necesitas… —y se desvaneció. Gabrielle observó las monedas sobre la tierra. Su brillo las hacía resaltar poderosamente sobre el oscuro ocre terroso. Se llevó ambas manos a la cara y la cubrió con ellas. Se balanceó levemente allí, en mitad de un bosque a las afueras de Atenas, como si recitara un mantra sólo conocido por ella. Se ahogaba de pena. Sentía un dolor sordo y constante que marcaba cada respiración. El mundo acababa de hacerse inmenso. Inmenso y vacío. Permaneció así largo rato. Después, como si hubiera tomado una decisión, se agachó, recogió una a una las monedas y las volvió a meter en la bolsa de cuero. Giró hacia la derecha.   *   Gabrielle entró en la posada. Su suelo estaba sucio, las paredes enmohecidas, era ruidosa y olía a caballo. Como todas las tabernas que jalonaban los caminos y aldeas de cada uno de los reinos que había recorrido junto a Xena. Trató de apartar esa imagen de su cabeza. Ella y Xena entrando juntas. Estaba agotada. No tanto físicamente por el viaje como emocionalmente por los últimos acontecimientos. Debía serenarse. Debía pensar. Encontraría a Xena. Estaba enfadada con ella y por los dioses que daría con ella para demostrárselo. La sentaría frente a sí y le expondría sus pensamientos: "Sí, Xena, tú consideraste que mi bien era prioritario y dedujiste que era la mejor forma de hacer las cosas. No, no es eso lo que te reprocho. Mi reproche es por no contar conmigo, por no valorar lo que yo hubiera podido aportar, ¡POR HACER QUE UNA DIOSA MENOR ME EVAPORARA DE TU LADO!". "Tranquila", se dijo. "Serénate". La determinación de Xena no la detendría. Las palabras de Actia tampoco. Debía ir poco a poco. Llamó la atención del posadero. Atenas era una gran urbe. Mucha gente. Querrían distracción. Ya había hecho antes eso, con ella. Alojamiento y comida a cambio de historias. No los encontró en esa primera posada, pero en la segunda, igual de sucia, apestosa y ruidosa, el dueño fue más receptivo. Una noche de prueba y ya vería. Gabrielle sonrió. Tenía asegurados un techo y comida por largo tiempo. Empezaba a sentirse mejor. Se había serenado y pensaba mucho mejor, con menos ira y más claridad. Había empezado a urdir un plan. Nadie la separaría de Xena, ni aún la propia Xena. Aprisionó la bolsita de cuero con las monedas que Actia le había dado. No tocaría ni una sola.
  • 6.
    V FA ER ht N SI tpF Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Pertenecían a otra persona. Y se las devolvería, junto con su descomunal enfado.   Sigue -->
  • 7.
    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 2 ª E N T R E G A Autora: Elxena   *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle observó la noche a través de la ventana de la habitación de la posada. Atenas se extendía iluminada bajo el manto de estrellas, perdidos sus límites en el horizonte. En verdad era una gran urbe. Con grandes recursos. Y muy variados. Por ejemplo, el Archivo Judicial, abierto a todo ciudadano y ciudadana que quisiera consultarlo. Había llegado a él tras una serie de pesquisas y se había lanzado de lleno a un día entero de búsqueda entre sus cientos de pergaminos. Afortunadamente, sabía qué buscar. Afortunadamente, los funcionarios atenienses tenían una alta noción del orden y la clasificación. Buscó en los pliegos dedicados a delincuentes, asesinos y saqueadores. Cómo no, encontró las crónicas del pasado horror de Xena. Iba a recopilar toda la información posible acerca de ella. De su pasado. No buscaba a cuántos, ni aún por qué o cómo. Quiénes o qué. Sólo dónde. Rutas de ataque, perímetros de sus incursiones, zonas devastadas. Áreas de coincidencia, rutas de escape. Testimonios. De víctimas. De mercenarios a su servicio. Actas de juicios contra sus esbirros. Periodos de tiempo entre un ataque y otro. Tiempos de reagrupación. Tiempos de silencios. Todo aquello que pudiera arrojar alguna luz sobre ese refugio en el que ahora pudiera encontrarse. Pudiera. Porque ése era otro temor incrustado muy profundamente en ella: ¿había logrado ponerse a salvo? ¿Ciega? ¿Sola? No quiso pensar en ello. Quiso pensar, por el contrario, en alguna Diosa menor que la protegiera en todo lo posible. En una guerrera con suficientes recursos como para superar el escollo de su ceguera. En toda la suerte del mundo. Primero, para ella, Xena. Después, para ella, Gabrielle. Para las dos. Por las dos. Apartó la mirada de la noche ateniense y regresó al interior. Se sentó sobre el sencillo camastro y echó un vistazo al revoltijo de pergaminos que había acumulado hasta ahora. No había podido sacar, evidentemente, los originales del Archivo, pero se le había permitido copiar lo que quisiera. Por ahora, la punta del iceberg. Pero había mucho más. Demasiado. Había, deliberadamente, pasado de puntillas por los actos en sí, no queriendo detenerse en ello. Sólo necesitaba ciertos datos puntuales, que había ido anotando escrupulosamente en los pergaminos. Con ello pretendía conformar un mapa de los ataques de Xena de sus tiempos de Señor de la Guerra, si bien todavía la información era más maraña que hilo a seguir. Pero estaba en el buen camino, debía creerlo. Estaba contenta. Agotada, pero contenta. Mañana regresaría al Archivo. Ahora, debía prepararse para su actuación nocturna.   *   Gabrielle sonrió al funcionario del Archivo, dirigiendo sus pasos sin detenerse hacia las grandes salas de consulta. Sin embargo, percibió un movimiento en su dirección y pronto fue interceptada por un hombre grueso con la túnica funcionarial. —¿Sí? —inquirió. —Disculpad, pero necesito ver vuestro permiso, señora.
  • 8.
    —¿Mi permiso? —Para laconsulta de los archivos. —¿Qué permiso? —preguntó, confusa. No sabía que necesitara uno. —Acompañadme, por favor —la cogió delicadamente del codo y la obligó amable pero firmemente a seguirla. Pasaron delante del funcionario al que había sonreído, quien le hizo un gesto de impotencia. El segundo funcionario la hizo sentar frente a una pequeña mesa donde se acumulaban los pergaminos. Él mismo se sentó al otro lado y recogió sus manos como si estuviera a punto de rezar. —¿Podría explicarme…? —pidió ella. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Por supuesto. Verás… —al parecer, había decidido que era lo suficientemente joven como para tutearla. Hizo una pausa mientras leía una línea de uno de los pergaminos que tenía delante de sí —…Gabrielle, ¿no? – ella asintió —De Poteidea —ella volvió a asentir —Mmmm… ¿Xena de Amphípolis atacó tu aldea? —¡No! —quizás se excedió en su vehemencia. Trató de rebajar el tono – No, no lo hizo. —¿No? Entonces, ¿qué buscas en los archivos? Normalmente cuando un ciudadano realiza una consulta sobre un delito es por implicación directa o indirecta en él —el funcionario reparó en la expresión confusa de Gabrielle – Quiero decir… ¿preparas alguna acusación contra esa guerrera, precisas de alguna información pertinente para juicio o defensa? —imprimió un leve deje incrédulo a la última palabra que no pasó por alto para Gabrielle. La bardo vaciló. —No. El funcionario se inclinó afablemente hacia ella. —¿No? Pues no lo entiendo. Verás, Gabrielle, bien es cierto que los archivos de la urbe están abiertos a la consulta de cualquier ciudadano libre, pero nuestro funcionario de entrada —y aquí alzó ligeramente la voz de forma intencionada para que el aludido, situado unos metros delante, le escuchara. Éste se encogió ligeramente al hacerlo —omitió comunicarte un pequeño detalle. Los archivos que consultas están sujetos a causa pendiente, esto es, la autora de los mismos se halla libre y aún no ha resuelto sus asuntos con la justicia. Su acceso, por tanto, es restringido y precisa de un permiso especial. —Pero Xena se apartó hace tiempo del camino de la delincuencia, sin duda habrás oído escuchar las historias de su redención —de nuevo el tono vehemente. Esto último pareció avivar la curiosidad del funcionario. —Historias, mmm… ¿Eres bardo? Una idea cruzó rápidamente por la mente de Gabrielle. —Sí. Él asintió brevemente, sonriendo. —Haber empezado por ahí, pequeña. Tu licencia —solicitó. —¿Cómo? —¿Estás licenciada, no? La expresión de ella anticipó la respuesta. —No. —Bueno, eso lo vuelve a complicar. ¿Estás recopilando información para escribir historias? —Si —su cabeza trabajaba a toda velocidad —Las de Xena, en particular, son muy demandadas, sobre todo en las aldeas. —¿Y te documentas para ello? —preguntó, evidentemente perplejo. —Sí. Él rió suavemente. —Debo decir que me resulta inaudito. Invéntalas, es más fácil. Cualquier acto horrible que inventes, seguramente lo habrá hecho. Gabrielle trató de ocultar su indignación, aún así no pudo por menos que salir en defensa de la guerrera. —Ha cambiado. Lleva a cabo buenas acciones.
  • 9.
    —¿La conoces? —unleve destello de sospecha en los ojos del funcionario. ¿Era una pregunta peligrosa? —No —mintió. Lo decidió en una milésima. Y acertó. —Ah. Bien. No quisiera pensar que una documentación tan valiosa estuviera en manos de la persona equivocada. Gabrielle se lanzó de lleno a la mentira. —Sólo quiero escribir historias interesantes. Hay mucha competitividad entre los bardos. Y creo que las historias de Xena me darán buenos argumentos. El funcionario pareció meditar. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Bueno, sea como sea, has de disponer de una licencia para acceder a ellos. Lo siento. Sin ánimo de ofenderte, no podemos fiarnos de la primera persona que entre aquí y rebusque en archivos con causas pendientes. Si se tratara de otro tipo…pero con las causas de sangre debemos ser cuidadosos. —Lo entiendo, por supuesto. ¿Cómo podría conseguir esa licencia? —Siendo letrado, en parte de defensa o acusación; víctima de un acto cometido por la acusada o…licenciada por la Academia, en tu caso. No vienen muchos bardos por aquí para documentarse, incluso debes de ser la primera que veo en toda mi carrera. Así pues, si una institución como la Academia de Atenas te respaldara, creo que sería suficiente. ¿Le estaba dando una solución? —¿No tendría que estar licenciada? —preguntó, esperanzada. —Por el momento, inscrita. Pero te licenciarías, ¿no? Ella sonrió. —Por supuesto. —Bien —suspiró —pues esto es lo que has de hacer. Inscríbete en la Academia. Cuando te hayan admitido y expedido el pergamino ven aquí y preséntalo. Yo mismo te extenderé el permiso.  Gabrielle no cabía en sí de gozo. Se levantó, al tiempo que ofrecía ambas manos para estrechar las del funcionario. —Gracias, muchas gracias. —De nada. Suerte. Gabrielle abandonó el archivo, pasando ante un avergonzado funcionario de entrada. Se dirigió directamente hacia la Academia.   *   —Temo desilusionarte, pero creo que va a ser imposible. Gabrielle sintió una enorme contrariedad. ¡Maldita sea! No podía entrar en la Academia, el curso estaba iniciado. Trató de razonar con la mujer de la entrada. —Por favor, vengo de muy lejos. —Todos venís de muy lejos —le replicó, sin dejar de escribir en unos pergaminos. —Es muy importante para mí —dejó que la tristeza traspasara sus palabras. Buena táctica. Escuchó cómo la mujer suspiraba y dejaba lo que estaba haciendo. —Mira, bonita, quizás haya una pequeña posibilidad, pero yo que tú no me haría muchas ilusiones. Ocasionalmente se ha permitido la incorporación tardía de alumnos si demuestran una valía excepcional —la miró con todo el escepticismo del mundo en sus ojos —¿Tú…? —¿Qué hay que hacer? —la interrumpió ella con entusiasmo. La mujer suspiró de nuevo. —Presenta tus pergaminos con historias aquí y yo las haré llegar al encargado de admisiones. Si superas esa primera prueba deberás hacer otra de declamación. ¿Entiendes?
  • 10.
    —Sí —Gabrielle sonrió. —Pueshala, viento —y la despidió con un ademán de su mano, volviendo a enfrascarse en la escritura. Gabrielle regresó a la posada. Debía escoger bien de entre todas sus historias. Sólo habían pasado un par de semanas desde que Xena no estaba con ella y sentía la urgencia de que la situación no se prolongara demasiado en el tiempo. Temía por ella.   * V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m   Gabrielle sonrió, satisfecha. Contempló la selección de pergaminos con sus historias y sabía que era una buena elección. Allí estaban las mejores. Entraría en la Academia. Aún tenía tiempo antes de que oscureciera para llevarlos. Así lo hizo. La mujer con la que había hablado antes alzó las cejas en un gesto de reconocimiento, pero nada más. Eso no la amilanó. Le preguntó cuándo sabría algo y ella apuntó su nombre y dónde se alojaba. Le comunicó que enviarían a alguien con el resultado de la resolución, aconsejándole que no cambiara de alojamiento hasta entonces. "Y nada de visitas diarias preguntando, por favor", le exhortó. Bueno, pues esperaría. Se encaminó a la posada. Aún era de día. A pesar del dolor constante que le perseguía desde la separación de Xena, se mostraba optimista. Necesitaba saber que ese dolor tenía un fin. Que servía a un propósito. Mientras le doliera, Xena seguiría con ella, era una intuición. Creía en ello. Entró en la posada y, excepcionalmente, pidió un vaso de sidra. Cuando lo terminó subió a su habitación. Contempló el desorden que reinaba temporalmente en ella, con varios pergaminos desperdigados aquí y allá y recogió uno al azar. Era una historia muy corta, tan sólo la descripción de dos personas tumbadas sobre sus petates bajo las estrellas y el silencio que decía más que las palabras. Sonrió. "Xena". Depositó el pergamino en el suelo y volvió su atención a la ventana. Quiso asomarse, trazar un camino hasta el corazón de la guerrera y decirle que todo volvería a estar bien. Pero entonces…   ...Gabrielle se llevó una mano al pecho, atravesada por un rabioso y súbito dolor. Las paredes de la habitación de la posada se desdibujaron durante un instante ante sus ojos. Un regusto amargo le subió por la garganta y se sintió sin aire en los pulmones. Cayó al suelo, sin fuerzas. Sintió náuseas y apoyó la cabeza sobre el frío suelo de piedra. Se abrazó a sí misma, pero el dolor la traspasaba de parte a parte. Empezó a gemir quedamente. El dolor la invadía por oleadas, de forma incansable, arrasador. Se sintió morir. Antes de perder la consciencia, una sola palabra cruzó su mente: "No."   *   Gabrielle recobró la consciencia poco a poco, como si regresara de un mal sueño que no quisiera aún abandonarla. Sus primeros pensamientos se derivaron en una maraña confusa. ¿Dónde estaba? Le llegaban algunos sonidos, ruidos, como en sordina. Jaleo de taberna, gritos. Alguien de voz ruda que se desgañitaba reclamando no sabía qué pago. La posada. Atenas. Notaba la boca reseca y una gran confusión. Tardó un poco aún en centrar sus pensamientos. Notaba algo, una sensación, en su interior. Trató de incorporarse. Cuando lo hizo, sintió un vahído. La habitación fluctuó levemente. Cerró los ojos con fuerza y se llevó las manos a la cabeza. Tragó saliva repetidamente. Abrió los ojos de golpe. De súbito, un pensamiento cruzó su cabeza. No recordaba su propio nombre.
  • 11.
      *   Se llevó lasmanos a la cabeza y tuvo que desistir de la idea de incorporarse, porque a su cabeza no le hacía ninguna gracia el esfuerzo. Trató de afianzar la escasa lucidez conseguida. Una posada. Atenas. Y el terror: no sabía cómo se llamaba. El miedo tomó una presencia casi física en ella. ¿Cómo no podía recordar su propio nombre? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Echó un vistazo a su alrededor. Un gran desorden en forma de pergaminos esparcidos por doquier. ¿Ella trabajaba con pergaminos? Sintió un sudor frío estrujándole la piel. Inspiró hondamente. Un nombre regresó a ella. Gabrielle. Se llamaba Gabrielle. Pero tras ese nombre ya no había nada más. Todos sus recuerdos habían desaparecido.   *   "Gabrielle". Xena despertó. Había yacido acurrucada en el suelo de la cueva, doblada sobre sí misma. Sus labios resecos se entreabrieron y lo primero que sintió fue miedo. Un profundo e insondable miedo. Y dolor. Un dolor insoportable. Como si un demonio enloquecido hurgara en sus entrañas y las extirpara a dentelladas. Como el miedo lacerante ante una merma inevitable e insoportable en su absoluto. Reconocía el veneno que estaba inundando sus venas, camino de su corazón. En el castigo estaba la lucidez de todo. La pérdida y la ausencia. Sus dos únicos temores en la infancia, cuando aún había luz en su vida. Lo único que en verdad había temido de la vida. Siempre había estado segura, ya en su etapa adulta, de que jamás volverían, tras Lyceus. Nada, tras la muerte de Lyceus, podría ya invocar a sus mayores enemigas. Ella se había asegurado de ello. Ella, la Destructora de Naciones. Nada. Hasta que ella entró en su vida. Gabrielle. Y, sin embargo, acababa de hacerlo. Renunció conscientemente al amor de Gabrielle, lo dejó marchar. Lo acunó una última vez en su interior, lo contempló y le dijo adiós. Lo había hecho. Había invocado a sus principales demonios, había dejado entrar ese veneno en su corazón, conscientemente. No pasaba nada, estaba bien. Lo había hecho por bien. Todo por Gabrielle; lo que fuese, por Gabrielle. Respirar le dolía. Pensar le dolía. Su nombre, su recuerdo. Todo le dolía. Pero el dolor en sí no era lo peor, no era lo terrible. Lo único terrible, en verdad, lo único que la estaba matando por dentro, era la innegable realidad. Por fin había
  • 12.
    V FA ER ht N SI tpF Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m llegado. Estaba sola. Sola de nuevo en el camino.   * sigue -->
  • 13.
    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 3 ª E N T R E G A Autora: Elxena *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Meses. Hacía ya meses. De la renuncia. De la separación. Del fin de todo. Del principio de este fin. De tanto dolor. El tiempo inmediato, su tiempo con Gabrielle, había pasado a conformarse como una bruma en su mente. Y ya tan sólo deseaba eso, recordar los días junto a Gabrielle. Las pesadillas de sus actos pasados podían seguir asolándola en sueños, pero su consciencia y su voluntad eran de Gabrielle. Ahora ya todo daba igual; ahora, aquí, en una fortaleza aislada, remota e inexpugnable, todo podía tomar su nombre verdadero. El amor en su plenitud, ahora que le había permitido manar. Imposible de controlar una vez admitido. Tanto tiempo manteniéndolo a raya. Todo era como un sueño, un sueño consciente y maravilloso que ella procuraba atesorar con celo. Todo lo relacionado con el tiempo pasado con Gabrielle. Nada más que un sueño. Pero un hermoso sueño. Un sueño para ella. Había logrado llegar a su refugio, secreto y desconocido. Había sido difícil y doloroso. El dolor que ahora ya nunca le abandonaba la destrozaba. La pérdida y la ausencia. El dolor era su recordatorio constante. Y la soledad… tras Gabrielle. Al principio trató de rechazar su recuerdo, pero pronto supo que iba a ser inútil. Conquistando naciones enteras tendría ya que haber reconocido el inmenso poder de lo incontrolable. Así que, para qué. Era una tarea de titanes y no conducía más que al agotamiento. Actia se lo había advertido. "La poderosa corriente de amor mutada en dolor seguirá ahí. En una de vosotras. La que renuncie." Y ella aceptó. Y albergó todo el dolor. Y el amor no correspondido. Su titánica voluntad generó la renuncia suficiente como para romper el pacto que unía sus almas a través de los tiempos, mas esa misma alma suya la estaba matando por ello. Se había convertido en un escorpión herido por su propio veneno. Deliciosa ironía, pensó. Sólo tuvo una duda y convocó por ello a Actia, una sola vez desde que estaba allí. Desde entonces, la Diosa menor no había vuelto a aparecer. —¿Ella siente este dolor? —le preguntó. —No. —¿Mientes? —No —hizo una pausa —Xena, ella no te recuerda. Tu nombre y tu rastro han sido borrados de su alma. Quiso echarse a llorar, pero recordó a tiempo que ni siquiera se merecía eso. —¿Sufre? —preguntó, con un hilo de voz. —No del modo como la mayoría describiría el sufrimiento —explicó lentamente Actia —Te advertí que no podía calibrar las consecuencias de algo que jamás había tenido lugar. Así, al renunciar al amor que sientes por ella, al parecer, ha producido un desequilibrio en Gabrielle. No padece dolor, pero quizás sea peor. No siente nada, Xena. Ningún tipo de emoción. No recuerda nada de una vida anterior, pero no le importa. Nada le asusta. Nada le inquieta. Se ha instalado en un aséptico presente. Lo siento, Xena. La Gabrielle que tú conocías ya no está. Fu peor que una puñalada directa a su corazón, peor que si la propia Gabrielle le hubiera escupido a la cara. Xena gimió quedamente. Todo estaba mal. Nada había salido bien. Y no había vuelta atrás. La venganza definitiva de los dioses o el punto y final adecuado para ella. Morir matando. Destruyendo hasta el último momento. Sintió la propia traición removerse en sus venas. Había traicionado a Gabrielle hasta el último instante de sus vidas. Se recreó en el sabor de la amargura que regurgitaba su maltrecha alma. Ojalá pudiera morir ya. Pero no se lo permitió. Debía sufrir hasta el último momento, con todas las horas, todos lo segundos, a cada instante. Pero no halló consuelo. Sólo dolor.
  • 14.
    Y la convicciónde que era del todo merecido. Ya daba igual. Era una sombra de sí misma confinada voluntariamente en una inexpugnable fortaleza. Por un instante pensó, "saldré y la buscaré. Lo arreglaré." Pero enseguida desechó la idea. Ella nunca arreglaba nada. Ella era un instrumento de destrucción. Hasta el último momento. Hasta cuando quería hacer el bien. Así que resignó su suerte y no hizo nada. Sólo pensar, recordar. A Gabrielle. Consumía las lentas horas recordándola. Como ahora. Un latigazo en el costado. Frunció el ceño. Ni siquiera podía anticipar el pensamiento de Gabrielle sin que el dolor hiciera acto de presencia. Adelantó la mano y la cerró sobre la copa de droga destilada. El único remedio a su dolor. Por ahora. Dejó que el líquido amargo se deslizara garganta abajo e hiciera su trabajo. Siempre le dejaba un regusto desabrido en los labios, magnífica e irónica metáfora de su vida. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m "Gabrielle". Recordar. Recordarla a ella. Su nombre daba paso a su rostro, a su voz, a su forma de caminar, a todos y cada uno de los recuerdos. Ya todo le daba igual, salvo tener intacta la capacidad de recordar, de recordarla. Aislada en una fortificación perdida entre montañas, inaccesible a nadie que pudiera continuar todavía vivo de su época de Señor de la Guerra, imposible de conocer por ajenos a ella. Su refugio. Su postrero hogar. Una fortificación excavada en roca viva que le había servido de nido de reposo entre incursiones, que nadie conocía y a donde a nadie había llevado nunca. A Gabrielle le hubiera gustado. Sonrió tenuemente, ebria de su recuerdo. Sí, a ella le gustaría. No vería lo austero de la construcción, sino su sencillez. No vería un reducto de lobo, sino un refugio de retiro. Amaría tumbarse bajo la majestuosidad de las montañas circundantes e incluso vería belleza en el paisaje de piedra y el bosque milenario. La cúspide abierta del monte donde estaba excavada permitía la entrada de un torrente de luz y aún en aquellas estancias donde no llegaba, siempre había procurado una permanente iluminación a base de antorchas y un intrincado laberinto de pequeños espejos que reflejaban la luz exterior. Gabrielle lo encontraría romántico. Gabrielle siempre veía la luz en todo. Incluso en ella. Xena de Amphípolis, Destructora de Naciones, guerrera moribunda.   *   Gabrielle traspasó el umbral del Archivo Judicial con paso resuelto. Saludó con una leve inclinación de cabeza al funcionario de la entrada y se encaminó al área de consulta que había sido casi su hogar (junto con la Academia) durante los últimos meses. Sin vacilar se acercó a la mesa que ya había hecho suya (los escasos usuarios de esa zona ya se habían habituado a su constante presencia) y descargó sus brazos de los pergaminos nuevos que acababa de adquirir en el mercado. La mesa estaba plagada de documentos oficiales y de pergaminos con sus propias anotaciones. Era tal su constancia y su rutina que se le había concedido, excepcionalmente, la potestad de conservar los documentos que solicitaba sin que fuese necesaria la diaria comprobación de su licencia y el tedioso trámite de guardar y volver a sacar los documentos de los arcones donde se archivaban. Simplemente, permanecían sobre su ahora mesa hasta que ella daba por concluida la tarea sobre ellos y empezaba con otros nuevos. No siempre había sido así. Meses atrás había despertado conmocionada en la habitación de una posada, terriblemente desorientada y sin recordar su nombre. Esta aterradora circunstancia había pasado inmediatamente, pero el hecho de saber que se llamaba Gabrielle no había constituido un gran adelanto. Poco más sobre sí misma sabía…y no es que le preocupara lo más mínimo. Si alguien que la hubiera conocido antaño se cruzara con ella en la gran urbe no podría dar crédito a ello. No la reconocería. Sí físicamente, por supuesto, pues no había cambiado en ese aspecto, pero no reconocerían en la austera bardo aspirante de la Academia de Atenas a la impetuosa y cálida joven que había sido. Era muy seria, apenas sonreía; no obstante nunca regateaba una leve sonrisa de cortesía, pero ya no brillaba. Carecía del vehemente entusiasmo que formaba parte intrínseca de su ser y éste había sido sustituido por una terca tenacidad y empeño en todo lo que acometía. En definitiva, no ponía el corazón en lo que hacía, sólo disciplina. Y no era tan sólo eso. Sus emociones, sus sentimientos, antaño siempre torrente a punto de desbordarse, se habían diluido, congelado, apenas despuntaban en una personalidad sobria y frugal, parca, rayana en la frialdad. Por eso se conformó únicamente con su nombre. No buscó nada más. No quiso averiguar su procedencia. No le importaba. Ella no podía saberlo, pues no había recuerdo con el que comparar, pero había perdido mucho. No echaba de menos ninguna familia que quisiera recordar, ni ningún pasado que pudiera rememorar. Sólo una cosa.
  • 15.
    Un sueño. Una mujerde pelo oscuro y ojos azules. Esa mujer era un sueño recurrente desde entonces. No sabía quién era, ni por qué soñaba con ella. En sus sueños, a veces, esa mujer se inclinaba sobre ella con una sonrisa. Otras, la miraba con un destello de sufrimiento que asolaba su mirada añil. Se había convertido en su desasosiego perenne. No podía obviar su presencia en su vida onírica, pero no pasaba de allí. Nunca pronunciaba palabra, nunca tenía mayor información que su mirada azul. No sabía quién era ni qué podía significar. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Ese era uno de los pocos aspectos que le producían desasosiego desde que despertó aquella mañana en la posada, pero había otro. Tras hacer un exhaustivo repaso de todas las pertenencias que había en esa habitación de posada, había descubierto un gran número de pergaminos, que después supo escritos por ella, ya que su escritura coincidía. Pero no reconocía las historias descritas, le eran completamente ajenas. Ni siquiera había sido capaz de establecer la conexión entre la guerrera que protagonizaba la mayoría de ellas con la misteriosa y muda mujer de sus sueño. Y había algo más que la desconcertaba. Encontró una bolsa de cuero con monedas de oro y una escueta nota en su interior. "Por favor". Quién lo había escrito. Por qué. Para quién. ¿Estaba dirigida a ella? Todas las preguntas se agolpaban en su mente, sin respuesta por ahora. Pero sólo le provocaban eso, un leve desasosiego, una curiosidad meramente intelectual. Ella no lo sabía, pero ese era su precio a pagar. Xena se había quedado con todo el dolor, y ella con la nada. sigue -->
  • 16.
    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 4 ª E N T R E G A Autora: Elxena *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle deslizó la yema de sus dedos sobre las líneas del pergamino y frunció el ceño. La crónica del ataque a la aldea de Cirra se desgranaba fríamente en él. Pavor, desolación, sangre y horror. Dejó de leer y se echó hacia atrás, como si inconscientemente quisiera dejar espacio entre ella y esos horribles actos. ¿Por qué seguía haciéndolo? ¿Qué le impulsaba a seguir investigando en esos pergaminos? Cuando despertó de su extraña conmoción meses atrás el recuerdo de su búsqueda en el Archivo también se había perdido, junto con su pasado, y nada le hubiera impulsado a reencontrarlo, como no hacía con todo lo demás, si no hubiesen convergido dos circunstancias que le pusieron sobre su pista. Una, a los pocos días del incidente, cuando un mensajero de la Academia de Atenas fue a buscarla. Supo así que, al parecer, había solicitado el ingreso en la misma y que se reclamaba su presencia para la prueba de declamación. Inopinadamente, se presentó. Carecía de recuerdos emocionales (familia, amigos, un pasado de recuerdos junto a otras personas, olor a hogaza de pan recién hecha, amaneceres de desvelo, baños en lagos de aguas frías, la caricia al lomo de un caballo. Nada.), pero parecían haber sido sustituidos por un impulso intelectual, frío, preciso, testarudo, que la llevaba a seguir caminos que parecían haber sido abiertos antes de su conmoción. Así, se presentó a la prueba de declamación y la superó ampliamente, pero no lo hizo como lo hubiera hecho la Gabrielle de antes, la dulce Gabrielle. Si los pergaminos que presentó eran historias luminosas, fruto de experiencias que su yo actual no recordaba ni parecía echar de menos, el poema que escogió para declamar sorprendió a los académicos por su oscuridad. Y fue tal vez eso, y no otra cosa, la inesperada mezcla de luz y sombra en una sola, lo que le abrió las puertas de la Academia, un sueño hecho realidad para una Gabrielle perdida en otro mundo. La segunda circunstancia que le había hecho permanecer en el estudio de los pergaminos fue, en realidad, doble. Por una parte, el encuentro fortuito con el funcionario del Archivo en el mercado, sorprendido de que hubiese dejado de acudir y al que acribilló entonces a preguntas acerca de su interés sin que el otro, desconcertado, supiera responderle. "Xena, Xena de Amphípolis", le dijo, extrañado. "Eso es lo único que querías". Por otra parte, al citarle a Xena Gabrielle recordó el puñado de pergaminos con anotaciones que había encontrado junto con el de sus escritos en la habitación de la posada, en los que aparecía el nombre de esa mujer. Movida por su inagotable impulso averiguó quién era esa tal Xena y su descubrimiento la llenó de desconcierto. ¿Por qué averiguaba acerca de un Señor de la Guerra? Por todo ello, volvió al Archivo y reinició la labor desde el principio. No sabía qué estaba buscando, pero cotejando sus propias notas empezó a hacerse una idea. Buscaba un lugar.   *   Xena inspiró profundamente. Sabía que ahí fuera hacía un día difícil, con el viento ululando entre las oquedades de las rocas y el olor de la inminente lluvia impregnándolo todo. Sería una buena tormenta. Siempre había disfrutado con ellas, y sonrió para sí. "Perfectamente adecuado al perfil", pensó. Nadie se imagina a un buen Señor de la Guerra disfrutando de soleados y luminosos días. Pero eso era mentira. Ella lo había hecho. Cuando estaba con Gabrielle. Si bien, que lloviera, hiciese sol, viento inclemente o día ambiguo, no importaba, todo era hermoso junto a ella. Todo era perfecto. Se regañó a sí misma. Como un viejo combatiente desgrana su incierta memoria y todo lo pule, y todo lo embellece. Así, puede que nada fuese perfecto, pero que ahí residiera la base de todo. Que nada fuese perfecto, ni siquiera ellas mismas. No, ellas no. Sólo ella. Gabrielle, lejos e inalcanzable ya, lo era. Perfecta. Por siempre jamás. Sólo había tenido un momento de duda, un instante fugaz en el que se replanteó lo que había hecho. ¿Y si había otro camino? ¿Y si se había equivocado? Pero después pensó en dioses, guerreros, maldad e inquina. Pensó en lo incontrolable, en lo que no podía solucionar, en todo lo que estaba fuera de su alcance y después pensó en Gabrielle.
  • 17.
    Entonces se convenció,definitivamente, de que no podía haber otro camino. Y que el camino acababa ahí, entre los gruesos muros de su fortaleza. Por siempre jamás.   *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle frunció el ceño. No podía ser. Repasó minuciosamente el pergamino y sintió una leve conmoción. No podía ser. Reconocía esa letra. Pergamino 23, prueba 13: un mensaje manuscrito de la propia Xena, durante la batalla de Termante. Un mensaje cifrado interceptado a uno de sus guerreros. A Gabrielle no le había llamado la atención su contenido, sino otra cosa más simple. La caligrafía. La había reconocido inmediatamente. La misma que la de la extraña nota que obraba en su poder. Por primera vez en meses, sintió algo. Una turbadora inquietud que la desasosegó profundamente. A ella, la bardo oscura. Su nombre empezaba a ser considerado en los círculos de poetas de Grecia. No como a la otra Gabrielle, la de los recuerdos intactos, le hubiera gustado. No escribía a la luz, precisamente. Había empaquetado los pergaminos con sus anteriores escritos y los había relegado al olvido, tan fácilmente como su vida anterior se había esfumado sin una lágrima. No era culpa suya, evidentemente, Xena ya se consumía por ello en su aislada fortaleza, pero seguía siendo perturbador cómo nada le afectaba. Había leído esos pergaminos antes de guardarlos pero, a pesar de que los reconocía como propios, no le decían nada. Atribuía su creación únicamente a la imaginación, pues sólo ella podía ser la culpable de ciertas cosas que en ellos se narraban. Pues en ellos aparecía la Xena de sus investigaciones, pero no la Xena que ella, ahora, consideraba real, sino otra incongruente con los actos descritos en los pergaminos judiciales. Y rechazó conscientemente a esa otra Xena, como un borrón, como algo equivocado. Ni siquiera se planteó por qué o cómo. Por qué ella había escrito eso, cómo había sido posible, por qué la hacía protagonista de actos de redención, cómo había llegado a ese camino. Por lo que allí se describía parecía haber estado muy cerca de la guerrera, pero lo encontró tan absurdo e irreal que su mente lo rechazó sin más. No, esos tontorrones pergaminos sólo podían deberse a su imaginación. Así que los leyó por encima y los guardó, sin ningún sentimiento de pérdida, sin mirar atrás ni plantearse dudas. Pero ahora, esa caligrafía la conectaba directamente con la sanguinaria guerrera. ¿Por qué tenía en su poder una nota manuscrita de la guerrera junto a un puñado de monedas de oro? Y esa súplica en ella. "Por favor". Era lo que más le inquietaba. Y ese atardecer salió del Archivo y no se encaminó directamente a la posada, como siempre hacía, ni siquiera fue a la plaza donde se reunían espontáneamente algunos estudiantes de la Academia para desafiarse a declamar. No paseó por los aún abiertos y vociferantes tenderetes que ofrecían sus mercancías a los atenienses, atenta a las voces, los rasgos, las trifulcas, absorbiendo como una esponja todo lo que la gran urbe le ofrecía. Su interés era, no obstante, desapasionado, lejos de la maravillada fruición con que a antaño todo se acercaba. No, ese atardecer, en contra de todo lo que sobre sí misma hubiera pensado, al menos sobre la sí misma que actualmente conocía, Gabrielle se acercó a las afueras de la ciudad, a las lindes del bosque y permaneció en él por largo tiempo, atenta a la inquietud y la zozobra que había anidado en su interior. La caligrafía de esa guerrera golpeaba algo en su interior, recordó los pergaminos que había guardado olvidados en un rincón y su mente se pobló de extrañas imágenes. Sintió una profunda desazón allí, en el silencio del bosque y de pronto le pareció triste o lo identificó con algo triste, como si ya hubiera estado allí antes y no hubiera sido una buena experiencia. Entonces, cuando regresó a su habitación en la posada, cuando la noche le tomó el nombre al día y los ruidos se escabulleron, se cernió sobre ella un manto de extrañeza que se apoderó de su cercenada alma y atrajo sus recuerdos perdidos. Pasó gran parte de la noche bajo un inquietante sueño. En él, la mujer de pelo oscuro y ojos azules la llamaba insistentemente, con una súplica impregnando su voz y su mirada. Su mirada azul la ahogaba de un modo que no consideraría amenazador, aunque sí temible en su intensidad. Parecía susurrarle un camino común, un reconocimiento tácito, que ella tendría que haber sentido también. Se removía inquieta en su sueño intranquilo, inconscientemente insegura, con un leve atisbo de reproche para consigo misma. ¿Debía esa mirada decirle algo? ¿Debía ella ser dueña a su vez de una segunda mirada? El camino de ese sueño concreto la llevó a unas puertas que no pensó que existieran, tal y como se desarrollaba su identidad actual. La llevó a su propia mirada, la que en verdad debía replicar a la mujer de su sueño. Y entonces, al despertar, su pasado la alcanzó tras haber caminado agazapado tras ella, y su certeza la partió en dos. La mujer de pelo oscuro era Xena. La mujer de la mirada suplicante, la mujer que la llamaba sin voz, que parecía esperarla sin esperanza. La de los profundos ojos azules. La mujer que vivía en su interior. Y, lo supo así, ella había amado a Xena. Esa certeza fue la que la descolocó completamente, la que zarandeó todo su mundo actual. La que la llevó hacia atrás, tirando de ella como una niña pequeña, la que la volvió a partir en dos, lo que le hizo daño, pues los recuerdos empezaron a gotear como ácido sobre ella. Al filo de esa mañana ya distinta, cuando la conexión establecida en el sueño varió el recorrido impertérrito de su mente, Gabrielle se perdió infinitud de veces. Negó una y otra vez el reconocimiento, pero ya no había puertas que detuvieran el torrente. Empezó a caminar el sentimiento en su fría emotividad y ya no lo pudo negar.
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    Ella y Xena.Juntas. El dolor, la esperanza, la admiración, el amor. La pérdida, la renuncia. Xena la había apartado de su lado justo en el mismo instante en el que le dejaba entrever un amor correspondido. Sintió furia. Sintió dolor. Los recuerdos de siempre volvían a ser suyos de nuevo. Era dueña otra vez de su vida anterior. Pero también de la actual. Dos Gabrielle en una sola. La que fue abandonada por Xena, la que surgió de la renuncia de Xena. La que perdió su alma gemela. La que surgió sin alma. La bardo oscura, la Gabrielle dolida. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Entonces, sí, continuó su búsqueda ya de forma consciente. Entendía el por qué del estudio de los Archivos Judiciales. Tenía una meta bien clara. Encontraría a Xena. Aún no sabía exactamente para qué, pero probablemente en ella subyacía aún, recóndito, el anhelo de su presencia, el desmedido afán por tenerla a su lado. La ruta de sus almas se había hecho añicos, pero quizás sus fragmentos permanecían latiendo débilmente. Sea como fuese, Gabrielle dobló sus esfuerzos. Volvió al Archivo Judicial, pero su búsqueda se convirtió en algo desapasionado, impersonal. Se acercaba al pasado de Xena y a su nombre de forma totalmente aséptica, indiferente. Sabía, intelectualmente, que la había amado con locura, pero nada más. Su corazón no lo recordaba. Sentimentalmente y emocionalmente, el amor de Xena no existía. Sólo un enorme vacío. Vivir con esa dualidad (la indiferencia  y el anhelo) abrió un nuevo camino en su emociones. Un latente rencor, ya presente cuando fue arrancada de los brazos de Xena por Actia por orden de ésta, se fue instalando en ella. Tal y como ya lo consideró en el bosque a las afueras de Atenas donde Actia la llevó, guardó la bolsa de monedas con la nota manuscrita y la llevaba siempre encima. Encontraría a Xena. Aún cuando no supiera todavía para qué.   *   El resplandor de un rayo atravesó la habitación oscura, iluminándola por completo durante unos segundos, pero, obviamente, Xena no lo percibió. Sin embargo, su desarrollado instinto sí la hizo despertar de su ligero sueño. Algo ocurría, y no era precisamente a causa de un solitario rayo. Se incorporó en la austera litera y dejó que el frescor del suelo la llenara a través de las plantas desnudas de sus pies. Fue un alivio momentáneo, pues al instante sintió una ligera inquietud. ¿Intrusos  en la fortaleza? No, casi imposible. Ella se había asegurado un escondite impenetrable. Sin embargo, seguía percibiendo una inquietud difícil de apaciguar. Su instinto seguía indicándole una intrusión, pero le molestaba su indefinición. Se alzó y se acercó al ventanal, agudizando el oído. Nada. Trató de concentrarse y apoyó la barbilla en su pecho. Completo silencio. Sin embargo, con una premonición, halló al intruso de la fortaleza. Gabrielle. En su corazón.   *   Eureka. Gabrielle se inclinó bruscamente sobre la alfombra de pergaminos que plagaba la mesa. Ahí estaba. El hilo a través del cual tirar. Escudriñó detenidamente las nuevas conclusiones que había dispuesto. Ahí estaba. A través de la maraña de información que había extraído pacientemente podía adivinar, débilmente, ciertos patrones en las rutas de sus ataques. Cualquiera que echara un vistazo general a todo aquello podría ver que sus incursiones muchas veces comportaban una especie de lote territorial. Escogía una zona, se afincaba en una determinada parte de ella y desde allí dirigía los ataques a toda ella. Permanecía allí el tiempo que consideraba suficiente y una vez esquilmada toda esa zona, pasaba a la siguiente. A veces este ritmo se mantenía durante meses, pasaba de una zona territorial a otra sin descanso pero…había encontrado ya un par de lagunas. En dos ocasiones había disuelto provisionalmente su ejército. Así aparecía en dos crónicas, el testimonio de uno de sus propios hombres y el diario de un general griego que había sido puesto tras su captura. Según ambos, en sendas ocasiones Xena reunió a sus hombres, repartió el botín y los despidió, emplazándoles a un futuro reagrupamiento bajo su llamamiento. En ambas ocasiones Xena partió sola, sin que nadie pudiera seguirla (el diario del general hablaba del asesinato de unos de sus espías enviado tras ella). En ambas ocasiones, igualmente, tras un lapso de tiempo, mayor o menor, Xena había
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    vuelto, reagrupando asus soldados y reanudando sus ataques. El lapso de tiempo era lo que le importaba a Gabrielle. Dónde iba. Sabía que a Amphípolis no, con total seguridad. ¿Entonces? Pudiera ser que se retirara a ese refugio del que le había hablado. El refugio donde ahora querría que se hallase, a salvo. Tal vez. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Volvió a estudiar el pergamino que ella había llenado de líneas, cruces, nombres y anotaciones. El testimonio del hombre de Xena y el del general tenían una pequeña coincidencia que hacía prender una esperanza en ella: aunque ambos encuadraban cada una de las disoluciones del ejército cuando éste se hallaba en distintos lotes territoriales, Gabrielle podía ver que ambos eran limítrofes. Xena había desaparecido, en esas dos ocasiones, en una zona geográfica de gran extensión, pero dentro de un área común. Tenía que reconocerlo: hallar el punto exacto donde pudiera estar ese refugio sería una tarea ardua, pero no creía que imposible. Imposible había sido que sus caminos fuesen uno sólo y así había sido. Todo lo demás, consideraba Gabrielle, era factible.   *   Lo había encontrado. No el punto exacto, sólo un área acotada con posibilidades. Pero era suficiente para ella. Lo había repasado todo una y mil veces, había contemplado todas las hipótesis posibles. Partiría hacia ese territorio en concreto en cuanto se aprovisionara. No pasaría nada si no encontraba allí lo que buscaba. Volvería y empezaría de nuevo. Estaba decidida a encontrar a Xena. Una madrugada gris y fría Atenas la vio partir a lomos de un corcel resistente. También los ojos de un dios furibundo.   *   Xena lo percibió. Esa madrugada era gris pero no tan fría donde ella se hallaba. El desasosiego penetró su sueño y la desveló. Un manto frío recubrió su piel con dolorosa precisión. La recorrió de punta a punta. Se levantó y paseó como un animal enjaulado, molesta por no poder darle un nombre a la zozobra que la agitaba. Y, de pronto, un nombre y un rostro. La intrusa en su corazón. Gabrielle venía hacia ella.   sigue -->
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    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 5 ª E N T R E G A Autora: Elxena *   Dos meses. Hacía que viajaba dos meses ya. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Sólo su férrea determinación hacía que continuara. Había dejado atrás hacía mucho el último núcleo de población cercano a donde ahora se encontraba, fuese donde quiera que fuese, pues en la poca cartografía que había hallado de la zona había mucho territorio que no aparecía en los mapas. Había pasado hambre y peligros. Sus preguntas no siempre eran bien recibidas o entendidas. En más de una ocasión había tenido que huir de un lugar a lomos de su caballo. Pero ella seguía adelante. No iba a regresar aún a Atenas. Sabía que estaba en el buen camino. Lo intuía.   *   Ahora ya la presentía nítidamente. Como si un hilo tirara de ella. Se acercaba, aunque jamás la encontraría. Ella se había asegurado de que su fortaleza fuese incógnita y a fe que así había permanecido hasta entonces. Pero la tenacidad de Gabrielle era inagotable. Había empezado a percibirla tenuemente dos semanas atrás. Ya había notado su puesta en marcha hacía dos meses, pero la percepción se había fortalecido hacía tan sólo quince días, cuando al parecer había empezado a acercarse físicamente a la fortaleza. Gabrielle se estaba adentrando en terreno muy peligroso, ya no porque alguien pudiera atacarla, pues nadie hasta allí había osado llegar, sino por la orografía misma del territorio. No había caminos señalizados, los barrancos eran traicioneros, el aire a veces insano, la luz del sol apenas penetraba unas horas al día a través de las frondosas copas de los árboles y toda la Naturaleza parecía haberse aliado para hacer retroceder hasta el más pintado. Sólo no lo había logrado en dos ocasiones. Con Xena. Y ahora, temía, con Gabrielle.   *   El calor y la extrema humedad empezaban a hacer mella en ella. El frondoso bosque apenas dejaba pasar la luz, mucho menos el aire. Bajo aquellas gigantescas copas crecía un conjunto caótico y multitudinario de vegetación enroscada a los gruesos troncos y la temperatura, elevada y húmeda, hacía que su ropa se pegara desagradablemente a su piel. Hacía poco que se había dado cuenta de que el terreno empezaba a convertirse en un lodazal y que cada vez que debía tomar una bocanada de aire (y cada  vez lo necesitaba más y con mayor premura) el oxígeno que llegaba a sus pulmones parecía excesivamente cálido y viciado. Ahora las paradas que se veía obligada a hacer eran cada vez más frecuentes y tampoco es que le sirvieran de mucho. Continuaba agotada y parecía ser un estado que se había apoderado de sus músculos. Bien es cierto que había tenido que empezar a racionar la escasa comida que le quedaba, no digamos el agua, que ya no encontraba limpia y potable por ninguna parte desde hacía horas. Aún así, pese a todo, continuaba. Caminó, o más bien, peleó con la agresiva vegetación y apenas logró avanzar un poco. Hacía días que había tenido que dejar ir a su montura, lo accidentado del terreno hacía impracticable el paso de un caballo. Una decisión arriesgada, pues significaba quedarse a merced de sus propias fuerzas para regresar. Pero sabía que estaba en el camino correcto, lo intuía. El entorno parecía cada vez más inaccesible y cerrado, como si preparara una trampa para que incautos viajeros cayeran en ella. Por fin, el destino decidió por ella. Cuando trataba de salvar el obstáculo formado por una bulbosa raíz externa, tropezó fruto del cansancio y su pie se enredó en una oquedad formada por el capricho de la Naturaleza en el dibujo de la cepa. De este modo, y sin poder evitarlo, cayó hacia delante, con tal mala fortuna que su cabeza
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    tropezó con lasuperficie rugosa y dura del tronco del árbol. El golpe fue muy doloroso, ya que abrió una de sus cejas, pero lo peor fue que le hizo perder el equilibrio, lanzando su cuerpo hacia su izquierda, donde apenas sí tuvo tiempo de darse cuenta de que había un cortado semioculto bajo el espeso boscaje que no aguantó el peso de su cuerpo y que hizo que se deslizara hacia abajo como un saco de harina. Trató de agarrarse a las raíces que asomaban por la ladera del cortado, pero sólo consiguió arañarse y cortarse. La superficie resbalosa de la tierra por la que caía imprimía a su cuerpo cada vez más velocidad y vio, con desesperación, unos segundos antes del impacto, que una enorme raíz sobresalía del terreno y se hallaba en la trayectoria de su incontrolado descenso. Trató de esquivarla pero no tuvo tiempo y lo único que consiguió fue variar la posición de su cuerpo en el descenso y ofrecer su costado al golpe. Este la dejó sin aliento y boqueó de dolor y agonía. Por fin, el cortado pareció terminar abruptamente y el vacío se materializó bajo ella, haciendo que el pánico recorriera como un latigazo todo su ser. ¿Qué altura tenía ese cortado?   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m *   Xena se llevó una mano al pecho, incorporándose bruscamente. Algo no iba bien. Gabrielle.   *   Despertó de golpe. La consciencia le regresó como una noticia urgente, como algo que no se espera pero ya está allí. Abrió los ojos y no supo dónde se hallaba. Estaba en semipenumbra, pero no sabía si se debía a que era de noche o porque algo tapaba la luz. Percibía un pequeño punto luminoso en alguna parte, pero le estaba costando situarse. Trató de girar la cabeza pero desistió por las náuseas que le acometieron nada más iniciar el movimiento. —¿Gabrielle? —un tono de voz vacilante. Pero dolorosamente reconocible. No estaba sola. Y esa voz era la de ella. Xena. Fin del viaje. O no. —¿Gabrielle? —esta vez el tono era más vacilante aún. El susurro de unos pasos. Se acercaba a ella. —Sí —fue estúpido, pero lo único que se le ocurrió decir. Su afirmación hizo que los pasos se detuvieran. —Soy Xena. Inopinadamente, le hizo sonreír. —Lo sé —su propia voz era algo rasposa, notaba la garganta seca. ¿Cuánto tiempo...? —Agua. —pidió —Por favor. Los pasos volvieron a reanudar su cuidadoso camino. Ahora ya notaba el borde de una figura silueteándose a su izquierda. Y entonces supo que no estaba preparada para volver a verla. Que jamás lo estaría. —¿Estás incorporada? —la voz de Xena era tan vacilante como sus pasos, insegura. A Gabrielle le extrañó que le hiciera esa pregunta, pero solo hasta el momento en el que la figura de Xena llenó por completo el espacio ante ella. —Estás ciega... —susurró. Desde luego, no estaba siendo muy brillante. —Sí —respondió lacónicamente la guerrera, un tanto extrañada por la aseveración de la bardo. Se acercó despacio, como dando tiempo a Gabrielle a cambiar de opinión acerca de su presencia allí. Como si le diera una oportunidad de echarla de su lado. Pero Gabrielle no dijo nada y Xena llegó hasta el borde del camastro donde yacía Gabrielle. Tanteó a su derecha y se hizo con un vaso  y una jarra. Sin apenas vacilar, llenó el vaso hasta el borde guiándose con el tacto. —¿Estás  incorporada? —volvió a preguntar Xena. Aguardaba con el vaso en  la mano. Gabrielle apenas sí pudo girarse levemente hacia ella, Xena no se había situado en el mejor ángulo de visión posible, cuando volvieron a acometerle las náuseas.
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    —Intentaré... Intentaré levantarme—dijo, algo mareada. —Puedo ayudarte, si quieres —Xena depositó el vaso sobre la mesilla y aguardó la respuesta de Gabrielle. Gabrielle suspiró profundamente. Ahora que estaba aquí, ahora que la había encontrado, ahora, no sabía qué hacer. Ni con la situación...ni probablemente con los extraños sentimientos que le provocaba. No sabía a ciencia cierta qué estaba sintiendo, aunque sí percibía claramente la tensión entre ambas. Pero lo que más le estaba desconcertando era el angustioso vacío que horadaba su alma. Su alma estaba vacía, a pesar de estar junto a Xena. Nunca lo hubiera pensado. —¿Gabrielle? —de nuevo la voz de Xena sonaba vacilante. —Sí, claro. Ayúdame. Por favor. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Xena dio un paso hacia ella y se inclinó. Gabrielle tuvo un momentáneo acceso de pánico, no supo por qué o no quiso planteárselo. Xena alargó lentamente su mano derecha, como buscando. Tocó levemente el hombro de Gabrielle. —Cuando quieras. Estaban tan cerca que Gabrielle pudo percibir la palidez de la piel de la guerrera. Había una pequeña vela iluminando tenuemente la estancia, el foco de luz del que antes no había podido precisar el origen, pero aún así, percibió la claridad de su piel, casi traslúcida. —Pasaré mi brazo por tu espalda y te levantaré. Cuando estés preparada. ¡Había miedo en la voz de Xena! Eso sí que lo percibió y lo registró claramente. ¿Miedo? Incluso notó el levísimo temblor que sacudía imperceptiblemente el brazo de la guerrera cuando lo pasó por su espalda. —Cuando quieras. Con algo de esfuerzo, Xena semi incorporó a la bardo y, casi sin darle tiempo a ver su movimiento, Xena ya se había retirado a un lado. Volvió a tantear y cogió el vaso con agua. Se lo acercó y Gabrielle lo cogió. —Si tienes hambre, sobre esa mesa —y señaló de forma imprecisa delante de los pies del camastro —hay una bandeja con pan, aceitunas y fruta. Tienes una herida en la cabeza, pero no es grave. He hecho lo que he podido, pero no creo que se infecte o empeore. El golpe en el costado es fuerte, pero no ha roto ninguna costilla. Lo tendrás magullado largo tiempo, y dolorido, pero no irá a peor.  Gabrielle ni siquiera había bebido el agua. Se había limitado a mirar fijamente a Xena. Casi ni había captado el significado de sus palabras. El tono era impersonal, aunque no estaba tan atontada como para no detectar el temblor en el timbre de su voz. —¿Gabrielle? —de nuevo había dejado pasar demasiado tiempo en silencio. La incertidumbre en el tono de Xena le hizo sentir mal, incómoda. No podía ver, así que debía basar su actuación en lo que ella le decía. Y ella sólo le estaba ofreciendo silencios. —Te dejaré sola —Xena inició el movimiento de retirarse —Si quieres...— hubo un brevísimo momento de vacilación. Pareció querer decir algo, pero decidirse por otra cosa en el último momento —Si necesitas algo, por favor, sólo tienes que golpear la pared. Lo escucharé. Hay un candil junto a la jarra de agua para que te ilumines y ropa limpia al lado de la comida —Xena empezó a dirigirse hasta la puerta. Gabrielle pensó por un instante que debía detenerla, hacer que se quedara. Pero no supo encontrar una buena razón para hacerlo. La vio desaparecer tras la puerta de madera y su cuerpo se estremeció involuntariamente. Pensó que debido a una ráfaga fría que entró al abrir la puerta. Eso pensó.   *   El silencio lo dominaba todo. Desde que había llegado, Gabrielle había sentido ese omnipresente silencio pesar como una losa sobre ella. Era capaz de percibir hasta el más mínimo ruido que perturbara la atmósfera muda  de toda la fortaleza. Llevaba casi una semana allí y no había vuelto a ver a Xena. No quería, o no se atrevía. Por su parte, Xena tampoco había hecho nada por volver a acercarse a ella. No había actuado en ningún momento como dueña y señora del castillo. No había expresado de forma explícita una prohibición a que Gabrielle merodeara por todas las estancias, ni había mostrado la más leve inquietud por que pudiera hacerlo. Al principio, durante los dos primeros días, su estado anímico y sus heridas no habían permitido a la otrora curiosa Gabrielle advertir que se hallaba en un poderoso espacio en el que merecía la pena adentrarse. Durante esas cuarenta y ocho horas no se movió de la habitación, presa del cansancio, el dolor y, por qué no, de la aprensión de enfrentarse a Xena. Más de una vez deseó no haber
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    emprendido este estúpidoviaje, pero sabía, como solía saber todo lo que concernía a ambas, que se había tratado de un viaje ineludible. Tarde o temprano lo hubiera emprendido. Con o sin voluntad. Pero su temor a encontrase con la guerrera se fue amortiguando conforme pasaban los días. Lo único inquietante era que tras quedarse dormida, siempre encontraba comida y agua en la habitación. Al principio receló por el hecho de que Xena entrara en la habitación mientras ella no era consciente, pero sus temores se diluyeron ante la lógica de la situación. No estaba muy segura de que quisiera que sucediera de otro modo. Todavía no podía enfrentarse a ella, no podía enfrentar nada de lo que le había empujado a venir hasta aquí, por mucho que ése hubiese sido el motivo de su viaje. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Una vez se decidió a salir de la habitación  recorrió cautelosamente gran parte de la fortaleza. Toda ella tenía un diseño intrincado, supuso que ex profeso, dirigido a desorientar al intruso.  Salvo las tres estancias más grandes (un salón destinado como comedor, lo que parecía una antigua armería y lo que su intuición le decía que eran los aposentos de Xena tras una gran puerta de madera tallada con el símbolo del chackram y de la que había huido apresuradamente sin ni siquiera acercarse) el resto de piezas eran una miríada de pasillos cortos, endiablados giros en la pared excavada y recodos con final ciego con los que el ocasional caminante se encontraba de sopetón. A veces un pasillo terminaba en la roca de la montaña, una habitación no lo era tal y una salida quedaba convertida en una trampa al exterior. Gabrielle descubrió todo esto en el curso de la primera semana de su estancia allí. Todo su ser le hacía levantarse cada mañana con el apremiante pensamiento de irse de allí, de dejar atrás todo aquello, el presente, el pasado y el improbable futuro. Pero cada día se acostaba con el mismo pensamiento: mañana, mañana me iré. Xena había llegado a convertirse en parte de ese mismo silencio que todo lo impregnaba. Apenas salía de sus habitaciones y no hubieran coincidido en la austera fortaleza de no ser por la voluntad de Gabrielle de acercarse a ella. Xena parecía estar dándole la libertad de elección que, irónicamente, no le había otorgado al decidir sobre el futuro de ambas y que las había llevado hasta esa mismísima situación. Le estaba diciendo con su fantasmal presencia que podía hacer lo que quisiera, incluso marcharse sin decir adiós. Al cuarto día, junto a la comida y el agua, Gabrielle encontró todo lo que un viajero podría necesitar para un largo viaje. Ropa de abrigo, mantas, sacas de viaje con comida seca y agua, yesca y una indicación acerca de donde podría encontrar las caballerizas. Tan sólo por curiosidad, o eso mismo se dijo a sí misma, Gabrielle bajó hasta donde le indicaban las señas. Su corazón dio un vuelco cuando se encontró a la mismísima Argo ensillada y preparada para un largo viaje. Sobre ella Xena (y tenía que suponer a estas alturas que sólo ella habitaba la fortaleza) había dispuesto unas alforjas con los enseres que todo viajero apreciaría: un hato de leña seca y fina por si no hallaba en el camino o debía refugiarse en una cueva por la lluvia; un cuchillo afilado arropado por una vaina de cuero de intrincado grabado que Gabrielle, con otro vuelco en su corazón, reconoció como la daga personal de la guerrera; y una serie de útiles para la pesca y la caza menor. Suficiente para la supervivencia hasta encontrar un lugar habitado. Pero lo que le causó más dolor fue, y no por el contenido, sino por el sencillo hecho de estar escrito de su puño y letra, una concisa nota que encontró y en la que figuraba una sola frase: "ella te guiará". Gabrielle se giró entonces hacia el noble animal y éste atrapó su mirada en sus enorme ojos brillantes. Y entonces hizo algo que pensó que jamás haría con el animal que siempre le había atemorizado: se acercó a la yegua y la abrazó, palmeándola suavemente mientras ésta resoplaba sobre su cabeza. Al cabo de un tiempo que pareció eterno deshizo el abrazo, guardó la nota en su vestido y salió del establo. Justo en ese momento alcanzó a percibir por el rabillo del ojo una figura recortada en el ventanal que supuso pertenecía a las habitaciones de Xena: el perfil de la guerrera permaneció tras los cristales unos instantes, de lado, como si tratara de agudizar el oído, y Gabrielle supo que esperaba el trote de un caballo alejándose. La idea la mortificó. No sabía qué sentir, qué hacer.  Al principio todo había sido extraño. Durante sus primeras horas de consciencia allí sus emociones habían recorrido una amplia gama de estados. Ira y reproche, sin cabida a la razón, mucho menos al sentimiento. Delante de sí no veía a Xena, la amiga (¿o era la amada?). Delante de sí, Gabrielle sólo podía ver el dolor. Su propio dolor. Por ello tardó tanto en percibir la otra parte de ese dolor. La parte que habitaba en Xena como una feroz alimaña. Durante el breve instante que había visto a Xena había notado el deterioro físico, la languidez que se había apoderado de todo su ser y que parecía emanar de todos y cada uno de los poros de la piel de la guerrera. Pero Gabrielle había desplazado esa percepción hacia un lugar recóndito en su interior, porque todavía  no estaba preparada para ella. Para la amiga, el ser humano. Algo fallaba en su corazón. Lo intuía. Su alma no debía ser esa, la que ahora marcaba todos sus actos. Intelectualmente podía reconocerlo. Recordaba quién y de qué modo había sido. Pero su atemperada alma ahora refrenaba cualquier comparación y ya tan sólo se reconocía en lo que veía cada mañana en el espejo al levantarse. Gabrielle, la bardo oscura. Pero ese silencio que lo dominaba todo... El silencio lo empezó todo. El señor de la nada entre las piedras y los muros se acercó a ella y la rodeó, permitiendo la serenidad necesaria para que empezaran las preguntas. Por qué. Recordó la cabaña, a la Diosa Azul, la decisión de Xena. Se recordó a sí misma, a pesar de no reconocerse.
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    V FA ER ht N SI tpF Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Y así, en el silencio, empezó a hablarse. Al octavo día tomó la decisión.   sigue -->
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    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 6 ª E N T R E G A Autora: Elxena * La habitación estaba en semi penumbra. Gabrielle tuvo que detenerse unos segundos hasta que los ojos se acostumbraron a esa media luz. En un principio no supo distinguir a Xena del resto de sombras que moteaban la habitación, pero pronto captó su respiración entrecortada. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —¿Xena? —inició un movimiento para acercarse a ella, pero un gesto seco de la mano de la guerrera la detuvo. —Gabrielle —su voz sonaba agotada. Gabrielle apenas podía distinguir sus rasgos con la leve luz de la luna que se filtraba a través del arco de la ventana —¿Te falta algo para el viaje? —No. Xena pareció cabecear, como asintiendo para sí misma. —¿Entonces? —¿Tanto deseas que desaparezca? —no lo había planeado, cuando tomó la decisión de entrar en los aposentos de Xena, pero se estaba enfadando. No quería ir a ella para enfadarse. —No —hizo una pausa —No es lo que deseo. Pensé que querrías irte tras reponerte. —¿Crees que he hecho un viaje tan largo para irme nada más llegar? —No lo sé —replicó la guerrera con sinceridad. —Muy bien —dio unos cuantos pasos algo vacilantes hacia ella, sin importarle si se lo permitía o no. No sabía por qué, pero temía su cercanía. No obstante, al mismo tiempo, algo la impulsaba a acercarse —Me gustaría que hablásemos. —Como quieras. —¿Tú no quieres hablar? —de nuevo estaba enfadándose, y tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir su ira. —No quiero hacer que te enfades, Gabrielle —un sexto sentido parecía haberla alertado —Sólo que no sé qué decirte. —Podrías empezar por un por qué. Por qué lo hiciste. Escuchó el apenas perceptible suspiro de la guerrera. —No sé qué razón querrías escuchar que te satisfaciera —susurró. —La verdad, Xena, sólo la verdad. —No hay una única verdad. —No estoy para juegos verbales, Xena. No creo que sea tan difícil. Me apartaste de tu lado justo en el momento... —su voz se estranguló por un instante y después pareció recobrar la compostura —Soy una persona adulta capaz de tomar mis propias decisiones. —Lo sé. —No, no lo sabes. Por el modo como actuaste no lo tuviste en cuenta. Tú tomaste la decisión, tú lo hiciste. Y me arrastraste a mí en esa decisión, Xena —su voz y sus gestos cobraron vigor conforme hablaba, incapaz de atemperarlos —Me obligaste a entrar en una cueva oscura y fría donde ni siquiera te hallé a ti. ¿Sabes lo que eso significó? — hizo una pausa cuando el recuerdo del bosque a las afueras de Atenas la asoló. Cuando fue consciente de lo que Xena había hecho —Tomaste una decisión que nos afectaba a las dos, pero que nos dejó solas ante sus consecuencias. ¿Lo entiendes? Sé que piensas que hiciste lo que debías hacer, pero yo hubiera esperado que hicieras lo imposible, que buscaras el camino inexistente, que lo crearas para mí, para ti, para ambas. —Te he decepcionado. —No. Sólo me dijiste que me amabas. Y, después, me lo arrebataste. Sólo eso —su tono era amargo — Fue tu renuncia, Xena, sólo tuya. —No merecía ese amor —susurró la guerrera. —¿Y por que tú no lo merecieras no debía merecerlo yo? ¿Tu renuncia había de ser también la mía? Dime Xena,
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    ¿quién te haotorgado tanto poder sobre mi vida, sobre mi libre albedrío? Xena pareció conmocionada por las palabras de Gabrielle. —Lo siento, Gabrielle. —¿Y ya está? ¿Así acaba todo? —¿Qué más quieres? —¿Quieres oír lo que en verdad ocurrió? —hizo una pausa y se acercó más a ella. Había dejado que el enfado se apoderara de su voz, pero no iba a reprimirlo —Nunca creíste en mí. —¿Cómo puedes decir eso? —había dolor en la voz de Xena —Jamás dejé a nadie que se acercara como lo hiciste tú —susurró. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —¿Esa es tu táctica? ¿Dejar que se te acerquen hasta quedar atrapados y después aplastarles apartándolos de tu lado? —¡No! Gabrielle, por favor… —Debes conocer muy bien tu poder. Sabes cómo manipular a las personas a tu antojo. —No, Gabrielle… —Y a una estúpida aldeana. Tuvo que resultarte muy fácil —había amargura en el tono de Gabrielle. —Nunca te vi así. —¿No? ¿No viste en mí a alguien a quien manipular? —Nunca —hizo una leve pausa y una débil sonrisa transformó su rostro — Tenías luz —por un instante, un recuerdo fugaz intentó asirse a los pensamientos de Xena. "Busca la luz". Pero se desvaneció tan pronto como nació. No supo desentrañar qué significaba esa frase. —Intentas enredarme. —No, Gabrielle —de pronto, todo el cansancio del mundo se acumuló sobre sus hombros —Sólo quiero lo mejor para ti. —Sin preguntarme mi opinión. —No es eso, yo… —notaba la fatiga apoderarse de ella. Mientras permaneció sola y aislada de cualquier contacto humano no pudo calibrar hasta qué punto estaba afectada. Ahora, ni siquiera parecía ser  capaz de mantener una conversación. —Lo hiciste porque jamás pudiste creer en ello de verdad; porque jamás tuviste una fe auténtica. Sólo podías creer en tu propio temor. Sólo para ello tenías fe —la voz de Gabrielle era un filo cortante sobre el corazón de la guerrera. —¿Qué temor? —Perderme. Que te abandonara. Es lo que siempre esperaste. —No. —Sí. Aunque no fuese conscientemente. Pero siempre lo tuviste presente. Esa es la diferencia entre tú y yo. —Creo que hay más de una diferencia entre tú y yo, Gabrielle —suspiró Xena —Afortunadamente. Esa diferencia es que tú haces del mundo un lugar mejor y yo no. —No pensé que caerías en la autocompasión, Xena. —Quizás es lo único que  me quede. —Yo jamás dejé de creer en ambas. Jamás dejé de creer que el futuro era nuestro. Sin embargo tú viste el final. Creíste verlo. Y lo hiciste realidad. Porque jamás dejaste de pensar que así habría de ser, tarde o temprano. Si yo habría de abandonarte, por qué no abandonarme tú, ¿verdad? Tu miedo provocó tu propia servidumbre. —No siento que las cosas fuesen así. —Porque todavía no estás dispuesta a verlo así. Creíste tener la excusa perfecta: mi propio bien. ¿Sabes, Xena? Sólo me dejaste rondar la periferia de tu corazón y nunca fue suficiente. No para mí. No soy un lobo, no soy una alimaña. No quiero tu alma para hacerla añicos, pero tú la defiendes como si así fuese. ¿No sabes distinguir, Xena? ¿Nada en esta vida te lo ha mostrado? ¿La Conquistadora acaso teme esta conquista definitiva? Dime si temes mi amor. ¿Es así? ¿Lo temes? ¿Hasta el punto de dejarlo perder, de diluirlo en tu memoria? Y si es así, ¿por qué? —Lo siento, Gabrielle —parecía que nunca iba a dejar de pronunciar esas dos palabras — Creí que era lo correcto.
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    —Lo correcto —repitióla bardo con ira —¿Desde cuándo una asesina sabe qué es lo correcto? —e, inmediatamente, se arrepintió de lo que había dicho. Ni siquiera sabía que lo iba a decir hasta que las palabras salieron a borbotones de su boca. Abrió mucho los ojos y se mordió el labio, incapaz de rectificar. Xena acusó el golpe, de forma tan nítida, que todo su cuerpo lo reflejó. Los hombros se hundieron y la barbilla tocó su pecho. Sus manos se aferraron a los brazos ornamentados de la silla. Sin embargo, no dijo nada. Un incomodísimo silencio se instaló entre ambas. —No quería decir eso —musitó Gabrielle al cabo de unos segundos. —Sí, querías —replicó Xena con un hilo de voz —Porque es la verdad. No importa. —Sí, sí que importa —Gabrielle dio un paso adelante, pero se detuvo de inmediato al ver el gesto de la guerrera echándose ligeramente hacia atrás en el respaldo —Lo siento, no debí decirlo. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —No importa —repitió la guerrera. El tono de Xena se convirtió en un débil susurro fatigado, casi de renuncia. Notaba que bordeaba el colapso, físico y emocional. La conversación, el reproche de Gabrielle, la habían agotado, la habían herido profundamente. Pero consideraba que se lo merecía. Le hubiera gustado decirle que ella, esa asesina, sí había aprendido qué era lo correcto. A su lado. Pero no lo hizo. El reproche de Gabrielle era merecido – Gabrielle, no quiero que me malinterpretes, pero estoy algo cansada —musitó. Sus dedos se enroscaban en el brazo de la silla, los nudillos blancos por la fuerza que imprimía. Sentía un lacerante dolor en todo su cuerpo y tan solo deseaba quedarse a solas de una vez. "Díselo", pensó en ese momento. "Dile que te estás muriendo, dile que es la consecuencia directa de tu decisión. Dile que te arrancaste un pedazo de alma y que ahora tu espíritu se lo está cobrando a tu cuerpo. Dile que vas a morir por quererla demasiado, por hacer lo que creías correcto, por no convertir el mundo en un sueño para ambas, por no luchar contra lo imposible. Díselo y muérete". Sin embargo, solo alargó el brazo y su mano rodeó la copa de droga destilada que cada vez precisaba con más urgencia. La atrapó entre sus manos y la acercó a sus labios. Un pequeño sorbo y el dolor menguaría. Un gran trago y todo dolor desaparecería, incluida ella de la faz de la tierra. Deseaba que esa posibilidad la aliviara, pero no. Y el no era Gabrielle. Una y otra vez, Gabrielle. No podía vivir, no podía morir. Bebió un pequeño sorbo y reclinó la cabeza sobre el respaldo de la silla. Su cara se contrajo en una mueca de dolor y apoyó la cabeza sobre el respaldo. No podía seguir con esa conversación ahora. Estaba al límite de sus fuerzas. —Si no te importa, quisiera descansar un poco. —¿Ocurre algo? —la reciente ira de Gabrielle se empezaba a diluir, dejándola con un poso amargo que aguijoneaba su alma. No había querido decir esas palabras. No habían sido justas, pero ahora no sabía cómo enmendarlas. Estudió atentamente el rostro de Xena, tenso y cansado. —No, es que… —pero un brusco acceso de tos la interrumpió. La mirada severa de Gabrielle se diluyó, sustituida por un ligero matiz de alarma. —¿No te encuentras bien? Tu salud parece… —Estoy bien —la atajó Xena. Gabrielle no debía saber nada —Sólo es cansancio. Gabrielle mantuvo la mirada sobre ella unos segundos, intentando tomar una decisión. La incomodidad de sus palabras flotaba todavía entre ellas, y sobre todo en su interior, dejándola indecisa con respecto a qué hacer. Hizo ademán de marcharse. Sin embargo, en el último momento, cambió de parecer. —El día que recobré el conocimiento, noté tu palidez. ¿Cuánto tiempo llevas con ese cansancio? —No mucho. —Mientes. Por un fugaz instante, Xena sonrió al reconocer la terquedad de la bardo. —No importa, Gabrielle. —Te examinaré —dijo, acercándose. —¿Qué? —Poseo los suficientes conocimientos médicos… —No —Xena alzó su mano, pero su débil gesto, si acaso, decidió aún más a la bardo. Ésta llegó junto a ella y tuvo un mínimo segundo de vacilación. Al final, alargó la mano y rodeó la muñeca de la guerrera con la intención de tomarle el pulso. Para Xena fue como un latigazo. Si no estaba preparada para volver a estar junto a Gabrielle, mucho menos para su contacto. Ya le había costado horrores sobreponerse a su primer acercamiento, cuando la encontró inconsciente en el bosque. Había sabido perfectamente cómo hallarla, ni siquiera planteándose cómo era posible. Hacía tiempo ya
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    que había dejadode buscar una explicación. Simplemente, del mismo modo que supo que la bardo había emprendido su búsqueda, la halló. Cuando lo hizo y comprobó el pulso y las heridas sintió pánico cuando se dio cuenta de que debía cogerla en brazos para llevarla hasta la fortaleza. Lo hizo plenamente consciente de que tal vez iba a ser la última ocasión de tocarla, de tenerla de ese modo. Así que pasó delicadamente los brazos en torno a ella y se permitió mantener el cuerpo exánime contra sí unos minutos, arrasada por el brutal anhelo con el que su cuerpo reclamaba y recibía ese contacto. Acabó completamente exhausta, dado que apenas sí tenía las suficientes fuerzas como para mantenerse a sí misma, pero logró llevar a Gabrielle hasta una habitación y atenderla de sus heridas. No sabía si estaba preparada para sentir su contacto de nuevo así que, en un gesto puramente reflejo, apartó bruscamente la mano. —No voy a dañarte —dijo Gabrielle, vacilando. Ahora que estaba a su lado, a una distancia tan corta, la bardo pudo darse cuenta de que algo no iba bien. El rostro de Xena, pálido, parecía estar surcado de dolor controlado. Notaba su respiración pesada y tuvo una súbita y desasosegante sensación. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Por favor —su ruego quedó en el aire, hasta que Xena, vacilando, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Gabrielle volvió a tomar su muñeca y midió el pulso. Lento e irregular. Además, la temperatura de la piel era elevada y notó la languidez de los otrora firmes músculos de Xena. Tomó una decisión. Por pura humanidad, se dijo. —Debes reposar. —Eso trataba de decirte —Xena esbozó una cansada sonrisa. Gabrielle echó un vistazo a la estancia y reparó en una segunda puerta. —¿Dónde está tu habitación? —al entrar en la estancia tras la puerta labrada Gabrielle se había dado cuenta de que estaban en una especie de antesala. —No muy lejos. No te preocupes, estaré bien. —Debes tumbarte. Y tomar algo caliente. —Lo haré. —Vamos, indícame el camino. Xena pareció dudar. —Puedo ir yo sola. No te preocupes, estaré bien —repitió. —Tienes el aspecto de un ladrón aplastado por una turbamulta. Sólo quiero acompañarte a tu habitación. Sólo eso. —No es necesario. —A juzgar por tu aspecto, sí —un pensamiento se desplegó repentinamente en la mente de Gabrielle, azorándola más de lo que ella hubiese esperado. La idea le dolió por la imagen que se formó en su cabeza de una Xena indefensa —¿Te…hirieron en la cabaña? –la sola mención de aquel lugar la estremeció, no sabía hasta qué punto había enterrado esos recuerdos muy dentro de sí —¿Los mercenarios…? —No. Salí y llegué aquí sana y salva —a Gabrielle no se le escapó el deje amargo en sus palabras que ni siquiera se preocupó de ocultar. —¿Entonces? —la pregunta de Gabrielle flotó en el aire. —Entonces, nada. Sólo es cansancio —Xena apenas podía reprimir el impulso de alargar la mano y agarrar la copa de droga —Siento insistir en que necesito estar sola. Por favor. Había algo, en el tono de desesperación apenas disimulada, que inquietó a Gabrielle, si bien se sorprendió a sí misma atajando su incipiente inquietud con un crudo "no es asunto mío" que cruzó todo su pensamiento. Xena ya no era asunto suyo. —Como quieras. Sin mediar ninguna palabra más volvió sobre sus pasos y abandonó la habitación. La agotada mente de Xena la siguió hasta que desapareció tras la gran puerta, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado para asegurarse así de poder captar el más mínimo roce de sus pies sobre la piedra. No podía verla, pero su mente sí. Cuando notó que la puerta se cerraba tras ella, y sólo entonces, se permitió un leve quejido y alargar la mano hacia la copa de droga. Bebió con ansia, casi con la voluntad de envenenarse de una maldita vez. Quería que todo acabara, si bien, pensó en un momento de amarga lucidez, sólo acabaría aquí. Era muy consciente de lo que le esperaba tras la muerte. El Tártaro y su eternidad de sufrimientos. Casi sintió lástima de sí misma. Lástima por todo. Su mano dejó caer la copa, casi sin darse cuenta, y ésta cayó al suelo rebotando con un metálico tintineo. Se preparó para el esfuerzo de levantar su agotado cuerpo y, por un instante, se planteó la idea de quedarse allí, así, para siempre. Total, qué más daba todo ya. Pero se dijo que sólo tenía que aguantar hasta que ella, Gabrielle, se marchara. Igual que con un presentimiento supo que la buscaba y que llegaría hasta ella, sabía ahora también que la bardo iba a marcharse,
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    definitivamente. Por supropia elección, esta vez. "Bien", pensó. "Así acabará todo". No encontró ningún alivio en ello, ningún atisbo de que se le pudiera permitir morir con un poco de paz. Tampoco se la merecía, ¿verdad? Obligó a sus débiles músculos a hacer el esfuerzo de ayudarla a levantarse de allí y llegar hasta la habitación. Necesitaba tumbarse y descansar. Descansar, descansar. Dio un paso hacia delante… … y entonces la estancia entera pareció precipitarse sobre ella. Cayó de bruces como un fardo inerte sobre el frío suelo.   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m sigue -->
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    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 7 ª E N T R E G A Autora: Elxena * V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Estaban en lo alto de una loma. ¿Estaban? Sí, no estaba sola allí. Gabrielle estaba a su lado. Notaba su presencia como los pulmones notan el aire que les permite funcionar. Como algo natural, como lo que debe ser. Era feliz, todo lo feliz que siempre se permitía poder ser. Era algo muy sencillo. Sólo el mundo y ellas. Tan simple. Ahora, por fin, lo entendía. Qué gran cobarde. Ella, la Destructora. Gran, gran cobarde. Sólo hacía falta amor. Amor. En su delirio, sonrió. Estúpida palabra inconmensurable. Inodora, incolora e insípida. Incapaz e insuficiente. Estúpido amor que la colmaba y reconfortaba. Estúpido amor que por fin la había alcanzado en toda su plenitud. Maldito estúpido amor. Giró la cabeza. Sí, allí estaba ella. Gabrielle. El paisaje de la loma la había cautivado. Era su propósito, ¿no? No se lo digas con palabras, muéstrale a través de la belleza del mundo la belleza que tú te crees incapaz de hacerle ver en ti. La sonrisa de Gabrielle. La perfección del silencio. ¿Cómo había podido llegar a edad tan adulta sin conocer esa perfección? Porque no se lo merecía. Sí, eso era lo único que siempre parecía estar claro. Ella no merecía la felicidad, y mucho menos a alguien como Gabrielle. Sin embargo, había aparecido. Se había quedado. Volvió a prender la mirada sobre la rubia bardo, con admiración. —A pesar de todo —murmuró. —¿Qué? —Gabrielle acercó su rostro al de Xena —¿Qué has dicho? Xena sintió una mortificante desorientación. ¿Dónde estaba? Notó algo fresco sobre la frente y que ese algo era deslizado suavemente por su cara y su cuello. No, no estaban en la loma. Y, evidentemente, no podía ver. —Xena —el llamamiento era firme. Unos dedos fríos presionaban suavemente su barbilla. No, no es que estuvieran fríos, es que ella ardía —Xena —otra vez la llamada. La loma se fue desdibujando de su subconsciente y empezó a ser sustituida por la sensación de un lugar cerrado. Estaba en su habitación. Tumbada en la cama. Y Gabrielle estaba allí —¿Xena? —El paisaje desde la loma… —murmuró. —¿Cómo? —El maldito y estúpido amor… —Xena, no entiendo lo que dices. Necesito que me ayudes. Quiero que te incorpores, ¿de acuerdo? —¿Estamos en la loma? —su voz era débil y vacilante. Gabrielle hizo un gesto de extrañeza. —¿Qué loma? —Cualquier loma, Gabrielle —y sonrió débilmente. — Escucha, Xena, haz un esfuerzo. Tiraré de ti para incorporarte, ¿de acuerdo? Ayúdame. Respiras mal y necesito que te incorpores. Vamos. A la de tres. No sin esfuerzo Gabrielle logró incorporarla, apoyando la espalda de la guerrera sobre un gran almohadón. Con un pequeño empujón más la colocó en la postura que consideró más cómoda. Xena emitió un leve gemido y Gabrielle la miró con preocupación. "Maldita seas si te vas a morir, Xena", pensó. "Maldita más allá de tu propia maldición". No sabía si sentir rabia, preocupación o ira consigo misma. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso le importaba? Había escuchado primero el tintineo de algo metálico rebotando en el suelo y después el golpe sordo de algo más pesado cayendo. Volvió a entrar y encontró a la guerrera tirada sobre el suelo y, en un primer momento, que no le importó reconocerse a sí misma con pánico, pensó que estaba muerta, dado su estado absolutamente inerte. Le costó encontrarle el pulso. Mucho más arrastrarla hasta la habitación que había tras la puerta que antes había visto. La fiebre había empezado tras tumbarla en la cama y le costaba mucho bajársela. Había estado completamente quieta durante horas. Sólo ahora, al caer la noche, había empezado a dar muestras de recuperar el sentido. Si es que lo había tras sus murmullos incomprensibles. Un gemido la arrancó de sus cavilaciones. Posó su mirada sobre la de Xena. Parecía indefensa. Parecía estar aún lejos de allí. Perdida. Como una niña pequeña. Entonces lo supo. Supo que algo era distinto, ahora. Ahora, algo había cambiado en su interior. No sabía cuándo había empezado el proceso, pero era consciente de que no era muy lejos de la mujer que tenía tumbada en la cama. Al entrar en esa fortaleza y verla, algo había empezado a salir de su interior, a irse. Su mente había intentado
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    resistirse, pero supropia e innata naturaleza, que había crecido en la bondad, se había rebelado por fin de tanto tiempo de amargura y rencor. Había intentado resistirse, pero había sido vencida por sí misma. Por eso quería estar enfadada, enojarse consigo misma. ¡Maldita sea, había llegado hasta allí para…! ¿Para qué? Ahora ya no tenía nada claro. Absolutamente nada. Era como si sus reproches, una vez los había volcado sobre Xena, la hubieran dejado vacía, como una cáscara hueca. ¿Era para eso para lo que había llegado hasta allí? ¿Solo para eso? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Notó un leve movimiento de Xena y vio cómo ésta se llevaba una vacilante mano al rostro para tocar la venda de tela que cubría sus ojos. Gabrielle creyó notar un ligero alivio cuando los dedos de la guerrera percibieron la tela.  Eso intrigó a Gabrielle. No se le había ocurrido examinar sus ojos. Tal vez hubiera podido hacer algo. En la Academia fue instruida en conocimientos básicos de medicina. Que Xena se negara a que la examinara sólo podía deberse a su tozudez. Tomó nota mentalmente: a la próxima oportunidad que tuviera le echaría un vistazo a sus ojos. E incluso cuando este pensamiento pasó por su cabeza no recaló en el evidente hecho que implicaba: que se preocupaba por ella, por Xena. Algo era distinto, sí. La guerrera se removió ligeramente en su postura. Gabrielle alargó la mano y apoyó la palma sobre el hombro de Xena. —No intentes levantarte. No estás bien. Xena, al notar la cálida palma de Gabrielle sobre ella, aún atenuada por la tela que la cubría, había detenido instantáneamente todo movimiento. Todavía no se acostumbraba a su cercanía física y ello la aturdía y paralizaba. Se pasó la lengua por unos resecos labios. —¿Qué ha pasado? —Te encontré caída en el suelo y te traje hasta aquí —Xena asintió —¿Cómo estás? —Necesito… —la voz quebrada apenas sí era lo suficientemente clara como para que Gabrielle la entendiera. —¿Sí? Xena agitó con desesperación la cabeza y su mano se movió en una dirección. Gabrielle siguió su movimiento y se fijó en una jarra sobre uno de los escasos muebles que había en la habitación. Gabrielle pareció comprender. Volvió su mirada sobre ella. —Eso es droga, Xena. La he examinado —la guerrera asintió levemente —No te cura, ¿lo entiendes? —otro asentimiento de Xena, esta vez acompañado de un gesto de dolor.  Gabrielle suspiró. Sin decir nada, se acercó hasta el mueble, cogió un vaso metálico que había junto a la jarra y lo llenó de la droga. Volvió a la cama y ayudó a Xena a beber. La guerrera lo bebió con fruición y estuvo a punto de atragantarse. —De acuerdo, ya está —Gabrielle alejó el vaso del alcance de Xena. La respiración de Xena era bronca, fatigosa. —Mejor. —¿Cómo? —había sido apenas un susurro y Gabrielle se obligó a acercarse más a ella. —Estaré mejor —repitió Xena con gran esfuerzo —Puedes…irte. —la guerrera parecía tratar de ejercer un control inhumano sobre todo su cuerpo. La bardo observó la tensión en cada poro del cuerpo de Xena. En ese preciso instante, como una continuidad al cambio que había empezado a experimentar hacia su situación con Xena, toda ira, todo rencor, empezó a escapar de ella, no sin resistencia. Fuese cual fuese el lugar donde nació ese resentimiento que había ocupado todo su corazón durante los meses precedentes, empezaba a encontrar el camino de su disolución. Sintió flaquear las piernas y tuvo que llevarse las manos a la cara, tras sentir un repentino desfallecimiento. Cuando el instante pasó, fijó su atención en la quebrantada guerrera. Seguía respirando de forma fatigosa y ronca, pero parecía haber sido capturada de nuevo por el sopor. Mantuvo la mirada durante largo rato sobre ella, el cincel de sus facciones ahora abatidas, su rostro tan conocido y memorizado, lo que sabía que había significado en su corazón y no, no. No sintió rebrotar el amor dentro de sí, esa corriente poderosa que la había unido al alma de la guerrera oscura. No sentía nada por Xena, más allá del pesar que le causaba su actual estado. Se sintió absoluta y desgarradoramente vacía.   *   La luz entraba a raudales en la habitación. Gabrielle había descorrido los pesados cortinajes que velaban la luz de la habitación. Supuso que Xena los había echado, como si, por el hecho de no poder verla, la luz ya no existiese. Se detuvo a observarla detenidamente. Dormía profundamente, otra de esas cosas que jamás hubiera imaginado en
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    ella. Aunque, recordó,ya la había notado cansada desde aquel asunto de los bajuun. Pero esto era distinto, lo intuía. Era como si una repentina enfermedad la hubiera infectado y corriera salvajemente por sus venas. Nunca la había visto así. Sintió una punzada de dolor, que le llegó nítido y sin tapujos. Se hallaba inmersa en un torbellino de sensaciones.  No encontraba su amor por Xena dentro de sí, ese único amor, que la había acompañado durante tanto tiempo que se había solidificado en su interior como una pieza más de su organismo. Sin embargo, desde hacía unas horas, algo había empezado a despertar en ella, algo que empezaba a conectarla con Xena de nuevo. Era algo vago, difuso, al que todavía no podía nombrar, pero que estaba allí, entre ambas. Al principio pensó que era piedad, pena por el estado en el que Xena se encontraba, pero sabía distinguir ese sentimiento perfectamente y su naturaleza no encajaba con lo que estaba sintiendo exactamente. No quería plantearse que pudiera ser otra cosa. No quería. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Suspiró y se acercó al lecho donde yacía inmóvil la guerrera. No se había ido de la habitación, como le pidió Xena. Se había quedado, no sabía muy bien por qué, y velado durante toda la noche. Sabía que no estaba bien, y no podía ser tan sólo cansancio. El sopor en que se había sumido era insano. Después comprobó que tenía mucha fiebre. Ya no pudo dejarla sola. Algo agitó a Xena en su sueño. Posó la palma de su mano sobre su frente y la encontró caliente, pero no tanto como las horas precedentes. La noche había sido un infierno para Xena. La fiebre había subido mucho y Gabrielle sólo tenía agua fresca para combatirla. En un principio era reticente a darle la droga, pero los evidentes dolores que atravesaban a Xena la persuadieron. Durante horas Xena se había agitado entre una febril consciencia en la que parecía vagar emitiendo murmullos irreconocibles, y una profunda inconsciencia que había hecho que Gabrielle se levantara de tanto en tanto para comprobar, con un escalofrío, si la guerrera todavía respiraba. Ella estaba agotada, pero era reticente a dejar allí a Xena sola. Ya ni siquiera se planteaba irse. Ya no podía. No, al menos, se dijo, hasta que la viera restablecida. Tan sólo abandonó la habitación para ir hasta la biblioteca que había visto en sus paseos por la fortaleza. Era impresionante. Su corazón se había encogido al ver los miles y miles de pergaminos que atesoraba. Muchos eran de tipo técnico y militar: estrategias, listados de armas, mapas, etc…Pero los había también sobre multitud de disciplinas: poesía, prosa, medicina, historia… En cualquier otro momento, otro lugar y otras circunstancias, el lugar la habría hechizado. Aún así, la conmocionó. En otro momento, otro lugar y otras circunstancias se habría enterrado durante horas allí, tan sólo limitándose a contemplar tamaño tesoro. Pero allí y ahora, tan sólo le interesaban los escritos sobre medicina. La colección era soberbia y se sorprendió cada vez que halló manuscritos de los mejores galenos que ella tan sólo conocía por sus legendario nombres. Todo contribuyó a añadir un aspecto más a la insondable historia de Xena. ¿Cómo una cruel y sanguinaria Señor de la Guerra como ella había sido atesoraba semejante biblioteca? Suspiró y se obligó a apartar esos pensamientos. Se centró en lo que había ido a buscar. Escogió varios pergaminos que pensó podrían ayudarla y cargó con ellos hasta la habitación. En último  momento cogió uno que hacía mención a los distintos tipos de ceguera y sus posibles curas. Había pasado toda la noche leyéndolos, durante el tiempo que no atendía a la guerrera. Había pasado también por la cocina y ya no se extrañó de encontrar una despensa bien equipada, incluso con fruta fresca. En sus paseos por la fortaleza había visto la zona de huertos y los establos con animales de crianza. La guerrera debió hacer un gran esfuerzo, dado su estado físico, para aprovisionar la despensa. Ahora comía distraídamente una manzana, mientras leía un tratado sobre infecciones. Todavía no había encontrado nada que describiera los síntomas que hallaba en Xena, pero le quedaba mucho por leer aún. Terminó de leer el pergamino, dejó sin hambre la manzana empezada a un lado y cogió el siguiente pergamino. El tratado sobre la ceguera. Alzó la vista y comprobó que Xena dormía. Todavía no había examinado sus ojos. Tendría que saber qué tipo de herida los había dañado, aunque leyó que también podrían haberse visto infectados por una enfermedad… "Me sacaron los ojos…" Gabrielle sintió náuseas. Acababa de recordar el motivo de la ceguera de Xena. ¿Cómo había podido olvidarlo? Xena se lo dijo en la cabaña. Todavía tenía lagunas en sus recuerdos. O quizás es que inconscientemente no quería regresar a aquellos días en la cabaña porque, sencillamente, había guardado esos recuerdos como un tesoro. A pesar de las circunstancias, a pesar de todo, lo recordaba bajo un manto de calidez. Había sido inusual en la historia de ambas compartir una rutina de ese tipo, las dos solas, establecidas en un sitio, un hogar, y le daba miedo el sentimiento de esperanza que había despertado. ¿Esperanza de qué?, se preguntó. Con un esfuerzo consciente rechazó esos pensamientos. Ahora otra cosa ocupaba su mente. Xena no podría volver a ver. Un opaco manto de desesperación la arrasó por completo y se llevó las manos a  la cara. Xena, ciega. ¿Podría vivir así? ¿Cómo? ¿Quizás había escogido la fortaleza para retirarse por completo? Tal vez la enfermedad que la asolaba partía de su alma, no de su cuerpo. Tal vez quisiera rendirse ante su discapacidad, aunque no le convencía la idea. Xena no se dejaría vencer por eso. Trató de desembarazarse de tales pensamientos y centrarse en el ahora. Echó otra mirada al lecho y vio que Xena seguía profundamente dormida. Sabía que tenía que examinar sus ojos. Quizás, pensó casi a la desesperada, el daño no sería tan absoluto. Tal vez Xena escogió decirle eso para que no hiciera más preguntas. Conocía su talante.
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    Se armó devalor y se acercó a ella. Respiraba con algo de dificultad pero estaba dormida. Tuvo un momento de aprensión cuando acercó su mano a la venda para retirarla, pero lo superó y retiró delicadamente el trozo de tela que cubría los ojos de Xena. Tuvo que taparse la boca para no gritar.   *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Gabrielle tomaba su rostro entre sus manos y sonreía. A ella. Xena sintió una oleada de calidez inundando todo su ser. Por un instante, fue feliz. Gabrielle estaba a su lado, y no sólo eso. Era consciente de que la amaba. De que la amaba a ella. Había conquistado naciones enteras y ahora, ahora, sabía que la plenitud era ser conquistada. Todo llegaba siempre tarde a su vida. Nada era comparable, nada antes de Gabrielle. Ninguno de sus amantes, ninguno de los que ella consideraba haber amado. Sólo Gabrielle y, lo sabía, siempre Gabrielle. Entonces su consciencia apareció y lo negó. No siempre. Ya no. Escuchó un llanto apagado y supo que el sueño había terminado y volvía a la consciencia. —¿Gabrielle? —murmuró. Notaba la garganta seca y dolorida. En realidad, todo le dolía. No obtuvo ninguna respuesta. Pensó que quizás no estaba completamente despierta. Trató de despejar su mente de la bruma de abotargamiento que ralentizaba sus procesos mentales. Se sentía más débil de lo usual y temió que ese fuese ahora su límite de capacidad. Sabía que iría a peor y no guardaba esperanzas de mejorar. Pero no soportaba la idea de deslizarse progresivamente en una decadencia física hasta quedar atrapada dentro de su propio cuerpo. Ya había pensado en eso. Hacía tiempo que lo tenía planeado. Pero no lo había puesto en práctica por una única razón: Gabrielle. Aislada allí, en su fortaleza, enferma y débil, conservó la esperanza de volver a verla, aunque fuese una sola vez. Esa ocasión había llegado. Cuando Gabrielle partiera, y no albergaba ninguna duda de que así sería, Xena cumpliría lo que se había prometido a sí misma. No acabaría como un completo deshecho. En cierto modo, sentía alivio por saber que sería así. Se lo debía  a sí misma. —Xena —la voz de Gabrielle. No había notado su presencia. La tenía muy cerca. —Sí —notaba la voz rota. —¿Cómo estás? —percibía cierta tensión en su voz. —Bien. —Mientes. Xena sonrió. —Estoy mejor. ¿Y tú? —¿Qué? —Gabrielle pareció sorprenderse por la pregunta. —¿Cómo estás tú? Hubo un largo silencio. —Bien —otro silencio —Gracias. Xena cabeceó. Notaba la cabeza pesada y sus movimientos eran torpes. Intentó incorporarse, sin éxito. —Será mejor que te quedes acostada. La noche ha sido larga. Ya no tienes mucha fiebre, al menos. Xena pensó en lo que había dicho Gabrielle. —¿Has pasado aquí la noche? —Sí. —No tendrías que haberlo hecho, no era necesario.
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    —Yo creo quesí —la voz de Gabrielle también sonaba cansada. —Ya estoy mejor. Creo que deberías irte a descansar. —Vine aquí para darte una cosa y después marcharme —dijo bruscamente Gabrielle —Pero ahora ya no estoy tan segura. —Un largo viaje. Debería preguntarte cómo lograste llegar hasta aquí. Quizás no sea un sitio tan inexpugnable como yo pensaba —pero sabía que no era así. Intuía que algo había intervenido en su hallazgo. La misma línea invisible que parecía conectarlas, incluso en la distancia — ¿Qué ibas a darme? — Tu dinero —ahora parecía ridículo pero entonces le pareció importante —Mi ira. —Supongo que me merezco ambas cosas. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Me sentí insultada. —¿Por qué, Gabrielle? —Pensé que pagabas por librarte de mí. —No… Xena inició una protesta, pero Gabrielle la interrumpió. —Lo sé, ahora lo sé. Pero estaba muy enfadada. Estaba…dolida. —Lo siento. No supe hacerlo mejor. Sólo quería… —Mi bien —terminó Gabrielle. —Sí —susurró Xena —Solo tu bien. —Mi bien eras tú, Xena. El corazón de Xena dio un vuelco. No sabía si por lo que había dicho Gabrielle o por cómo lo había dicho. Había hablado en pasado. —Tú lo eres para mí, Gabrielle. Desde el primer día, aunque no quisiera admitirlo —al fin lo había dicho —Mi vida sin ti… —no terminó la frase. —Y, sin embargo, me apartaste de tu lado. Si hubiera sido tu igual, habrías contado conmigo. Habríamos sido dos adultas… —No —Gabrielle se sorprendió por la vehemencia de la voz de Xena —Sé que te he hecho daño, lo sé. Sé que piensas que me deshice de ti como alguien que no me importara. Pero estás equivocada. Si te lo hubiera planteado, te hubieras negado… —Por supuesto. —… y el dolor habría sido inconmensurable, Gabrielle. Piensa en una cosa: te amo —hubo un  leve momento de vacilación, pero no iba a desdecirse —Y sólo yo sé de qué modo te amo. Y sólo yo sé cómo reaccionaría si te pasara algo por permanecer a mi lado. Qué pasaría a continuación —hizo una pausa, le faltaba el aliento —Gabrielle, la Xena oscura volvería. Xena, la Conquistadora, arrasaría el mundo. En tu nombre. Por ti —evidentemente, Xena no podía recordar lo que había sucedido mientras permaneció sumida en aquel insano letargo provocado por el Dios Rojo, cuando en él lo que más temía se materializó, y cómo reaccionó a ello. Tal vez sucediera en un contexto irreal, pero los sentimientos y la vivencia fueron auténticos. No, Xena se equivocaba, pero no tenía forma de saberlo. —¡No! —Me conociste cuando ya había virado en mi camino oscuro, Gabrielle, cuando había tomado una decisión. Aunque… aunque permanecía en mí, esa oscuridad, no era en absoluto tan… devastadora  —tuvo que hacer una pequeña pausa, agotada — Tú eres la luz y yo la oscuridad. Sin ti, esa oscuridad volverá. Te dije en cierta ocasión que hay un monstruo dentro de mí que sólo tú podías apaciguar. Y si tú faltaras… — No —esta vez su voz sonó más débil. A pesar de su fe ciega en la guerrera,  de su firme creencia en su camino de redención Gabrielle temía que, en el fondo, hubiera algo de verdad en sus palabras. —Sí, Gabrielle. Así sería. De este modo, acaba aquí —hizo un gesto vago –. Todo acaba aquí —pronunció tan bajo la última frase que apenas Gabrielle sí la oyó. Gabrielle estaba atravesada por las emociones. De nuevo había escuchado esas dos palabras de boca de Xena: "te amo". De nuevo, no como podría haber imaginado en sus sueños. Había algo de derrota en las palabras de Xena y no sabía cómo sentirse ante eso. ¿Xena se había dado por vencida? Recordó algo. —¿Por favor, qué? —preguntó.
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    Xena no sabía a qué se refería. —En tu nota, junto al dinero. Había algo escrito: "por favor". Xena tomó aire. El tono de Gabrielle era retador, instándole, casi obligándole a una explicación. Suspiró, dejando escapar el aire de sus pulmones muy lentamente. Por qué no. No tenía ya ningún sentido callar. Estaba cansada, muy cansada, y sus palabras se desgranaron como una letanía, como un suspiro prolongado en el tiempo más allá de lo imaginable. Tanto tiempo esperando decirlas. —Por favor, acepta —susurró —Por favor, perdóname. Por favor, olvídame; por favor, no me olvides. Por favor, recuerda que te dije que te quiero; por favor, olvídalo. Por favor, sigue adelante; por favor, búscame, vuelve a mí. Por favor. Por favor. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Un imperceptible temblor agitó las mejillas de Gabrielle, al tiempo que sus ojos centellearon brevemente. De nuevo algo mordió su alma, virándola hacia el lado contrario al que hasta ahora había estado dirigida, untada de rencor y distancia. Sintió una opresión poderosa en el pecho, más allá de lo físico, y sus rodillas flaquearon. No sabía cómo enfrentarse a eso, qué hacer, así que murmuró una excusa ininteligible y salió apresuradamente de la habitación.   sigue -->
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    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 8 ª E N T R E G A Autora: Elxena * V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Se dirigió a los jardines interiores de la fortaleza, presa de una turbadora agitación. Se dejó caer en la hierba que crecía salvaje y ocultó el rostro bajo su brazo. Allí, echada, Gabrielle meditó sobre las palabras de Xena. Cuanto más lo hacía, más perdida se hallaba. No podía olvidarlas, se le habían clavado a fuego en el alma, tanto por la sinceridad de las  mismas como por lo que significaban. Su pérdida de rumbo, su confusión, se debía a lo que había empezado a germinar de nuevo en su corazón. Algo que podría estar restañando las heridas provocadas por la abrupta ruptura, el daño inflingido por su propia aceptación e interpretación del acto de Xena. Intuía ahora que en la gelidez de su corazón para con la guerrera intervenían otros factores que el mero dolor y resentimiento de haber sido apartada de su lado sin haber tenido en cuenta sus deseos. Recordaba de forma imprecisa lo que ocurrió en la habitación de la posada, cuando casi perdió la memoria de su nombre y lo que era o había sido, cómo fue recordándolo todo y cómo sus recuerdos carecían de las emociones correspondientes a su germinación. Estaba realmente confundida. Pasó un par de marcas de vela en ese jardín, meditando. Solo cuando sintió que su mente y su corazón se sosegaban, pudo incorporarse y salir de él. No se dirigió hacia los aposentos de Xena, no podía aún. Se limitó a vagar por la fortaleza, y se encontró divagando sobre cómo había debido ser la vida de Xena en ella. Qué hacía en esos lapsos de tiempo en los que se refugiaba allí tras una campaña. Si se retiraba a solas o por el contrario alguien la acompañaba. No obstante, intuía que era la soledad lo que la guerrera buscaba allí, como último refugio. Un fugaz pensamiento la atravesó cuando consideró que, tal vez, ella era la primera persona ajena al entorno sanguinario de Xena que entraba allí. O, simplemente, la primera persona que jamás hollara ese espacio aparte de la guerrera. Pasó la mano por la rugosa y fría superficie de los muros del castillo, y pensó que así era la propia Xena. Pero que si te molestabas en ahondar, lograbas alcanzar su calidez. Las palabras de reproche que le había escupido retornaron entonces ahora a ella con toda su magnitud. Estaba arrepentida, aunque habían surgido de una necesidad incrustada muy dentro de ella. Quizás tuvo que pronunciarlas para desprenderse al fin de ellas. Sin darse cuenta transcurrieron largas horas, sumida en sus pensamientos, meditando, intentando hallar el modo de poner algo de orden en su confuso corazón.  Ni siquiera percibió que su errático paseo la había llevado, sin ella darse cuenta de hacia dónde realmente la llevaban sus pasos, a la puerta de los aposentos de Xena. Se quedó plantada allí, indecisa, dudando en dar media vuelta y marcharse. Pero su mano se dirigió al tirador de la pesada puerta y lo giró resueltamente. Xena la había percibido y aguardado expectante a que se decidiera a entrar. Debía guardar muy bien para sí la decepción que sabía sentiría si no lo hacía. Aunque fuera para llenarla de reproches. La joven bardo entró vacilante en la estancia. —Xena. —¿Sí? Gabrielle vaciló. No sabía qué decir, cómo empezar. Quería desesperadamente establecer un puente, algo que les permitiera empezar, poco a poco. Tal vez, en él, los reproches ya no tendrían cabida. —He pensado… —vaciló, con la mente en blanco. ¿Cómo empezar, como establecer un comienzo? —He pensado en hacer algo caliente para comer —terminó, indecisa — ¿Podrás comer algo sólido? Si eso era lo que esperaba o no oír la guerrera, no lo expresó. Cabeceó levemente. —Tal vez. Algo ligero. Si no te importa hacerlo. —No, no me importa. Tardaré un poco. —Gracias —murmuró. Había pasado todas esas horas, desde que Gabrielle había abandonado la habitación abruptamente, en una dolorosa zozobra. Llegó a pensar que la bardo partiría de un momento a otro. Y, sin embargo, había vuelto. Con una petición extraña, pero allí estaba. "Cada segundo", se prometió a sí misma. Disfrutaría cada maldito segundo de la presencia de Gabrielle allí. Aunque fuera a través de más dolor. La bardo regresó al poco con una sopa de trigo, la ayudó a acomodarse y comieron en silencio. Gabrielle fue incapaz de encontrar las palabras que las ayudaran, algo que silenciosamente se reprochaba, ella, la que bardo se consideraba. Pero era el actual un inmenso reto, que comprometía todo lo que había sido y, lo sabía, lo que había de ser. Impotente y frustrada, tras acabar la sopa aún sumida en el silencio, Gabrielle le dijo que estaba cansada y que
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    se retiraba asu habitación. Xena lo aceptó sin más, sin preguntar, sin decir una sola palabra tampoco. Y aunque escuchar su voz hubiera supuesto un bálsamo para ella, no renegó de ese silencio pues, por primera vez, lo había percibido ausente de reproches. Y sintió un leve resplandor de esperanza donde hasta ese momento solo había habido dolor y desesperación.   *   V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Lo excepcional pronto se convirtió en rutina. La salud de Xena no mejoró sustancialmente pero sí lo suficiente como para permitirle levantarse y descansar en la antesala. Gabrielle permanecía tiempo a su lado, pero nunca de forma prolongada. Le dolía estar junto a ella, porque era como estar diciéndose adiós a cada momento, en silencio. No había tomado aún ninguna decisión, no podía decidir si marcharse o quedarse y tampoco se planteaba ningún futuro, inmediato o lejano.  Simplemente, dejaba transcurrir los días, incapaz de hallar el camino que albergara un punto de unión, un nuevo comienzo. Xena, por su parte, no le hacía preguntas, parecía aceptar su presencia allí como si cada minuto transcurrido fuese un regalo para ella. Gabrielle pasaba también largo tiempo en la biblioteca de Xena. —Tienes una magnífica biblioteca aquí —le comentó una mañana. —Sí. —¿Producto de saqueos? —La mayoría —admitió —Es tuya, si la quieres. —No deseo nada robado —el tono fue más acre de lo que hubiera querido, pero ya no podía volverse atrás. —Restitúyelo. Cuando… cuando te vayas de aquí. Llévate lo que quieras. —Eres muy generosa con lo que no es tuyo —esta vez atemperó el tono y logró que sonara ecuánime. Xena no contestó. —¿Por qué lo hacías? —¿El qué? —Apoderarte de todo esto. No sacabas beneficio con ello. Xena se alzó de hombros. —Porque era una ladrona. —No, no lo creo. —Porque era, entonces, la única forma de tener algo noble junto a mí —confesó suavemente. A Gabrielle le sorprendió la sinceridad y sobre todo la soledad oculta tras sus palabras. El Señor de la Guerra que se rodeaba de poesía y conocimientos mientras masacraba a personas. Era incongruente. Y triste. —Me gustaría saber si tuviste otra opción. —¿Otra opción? —Que la de convertirte en Señor de la Guerra. Xena cabeceó, pero no contestó a su pregunta.   *   —¿Vas a abandonarla? —¡Actia! —Gabrielle se giró asustada hacia la voz de la Diosa. — Hola, Gabrielle —la figura de la Diosa menor oscilaba fantasmagórica frente a ella. Su corporeidad no era completa y dejaba traslucir los libros y pergaminos tras ella. Había aparecido de repente  en mitad de la biblioteca. Gabrielle había ido allí como era costumbre cada mañana. Había notado que le reconfortaba muchísimo. —¿Qué haces aquí?
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    —Pensé que recibiríascon mayor alegría mi presencia. —Ya no sé qué sentir, Actia —dijo con amargura. —¿Qué ocurre, Gabrielle? La bardo la miró con asombro. —¿Y tú lo preguntas? —Estás junto a Xena. —Estoy aquí, sí. —La has encontrado. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —No sé qué quieres decir con eso, Actia. Sólo he venido para… —y entonces vaciló. En realidad, ¿para qué había venido? —Sólo tú tienes la respuesta, Gabrielle. —¿Qué quieres que diga, Actia? ¿Que ahora que estoy aquí todo se borra de un plumazo y volvemos a empezar? —¿Y no es eso lo que deseas? —la Diosa esbozó una ligera sonrisa. —¡No! —su propia vehemencia la sorprendió. Estaba muy confusa, todos sus sentimientos estaban convulsionados. —Creo que deberías saber algo, Gabrielle. Intenté convencerla, de que intentara otro camino. Pero la decisión que tomó, créeme, la tomó también desde el corazón. —Qué corazón destroza a otro conscientemente, Actia, dímelo, tomando el amor como excusa. La Diosa Azul sacudió su cabeza. —Un corazón que pagó un alto precio por ello, créeme, Gabrielle —dijo suavemente —La decisión que tomó fue la más dura de su vida, y sabrás que hablamos de una vida que ha estado plagada de ellas. ¿No la vas a perdonar por hacer lo que ella creía tu bien? Gabrielle se alzó y empezó a pasear nerviosamente por la silenciosa estancia. —He estado pensando estos días en algo, Actia. No sé qué ocurrió, Actia, no sé qué pasó, pero el tiempo que transcurrió desde que fui arrancada de su lado hasta que llegué aquí… —la miró con perplejidad, como si en ese momento hubiese caído en al cuenta de ello —No era yo. En Atenas no era yo. No sé cómo explicártelo, pero he releído cosas que escribí entonces y…. —se alzó de hombros —No me reconozco en esas líneas, Actia. Y me da miedo de que un acto así, sufrir su rechazo, lo que ocurrió, sea tan poderoso como hacer que mi alma entera se turbe y mude. La Diosa no vaciló en sus siguientes palabras. —Gabrielle —la llamó. La bardo se giró hacia ella. La mirada que encontró en la joven terminó de decidirla, aunque quería escuchar sus palabras —¿Crees en las almas gemelas? —sonrió al decirlo, porque sabía que no era la primera vez que le hacía esa pregunta.   *   Gabrielle se detuvo ante la puerta de los aposentos de Xena. Ahora que había llegado hasta allí parecía necesitar más tiempo. Su corazón volvió a palpitar apresuradamente, cuando ya había creído sosegarlo. Todavía estaba bajo la fuerte impresión que le habían causado las revelaciones de Actia en la biblioteca apenas una marca de vela atrás. —¿Crees en las almas gemelas, Gabrielle? —le había preguntado la Diosa. Y se encontró con que ni siquiera debía pensar una respuesta. Entonces la Diosa se acercó a ella y posó su mano a la altura de su corazón —Yo sí creo en vosotras, Gabrielle —le susurró. Xena supo exactamente el preciso instante en que Gabrielle fue llevada a otro lugar porque, simplemente, se sintió morir. Cuando el resplandor azul aún permanecía en tenues jirones a su alrededor Xena hincó la rodilla en tierra, enferma de dolor y remordimientos. Sabía que era lo correcto; no la forma, pero sí el fondo. En su camino de sangre no había sitio para Gabrielle. Ahora, sólo debía acostumbrarse al inmenso dolor que eso suponía.   Gabrielle respingó ante la fuerza del dolor que percibió en Xena, pero no se retiró, sino que rodeó con decisión con
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    su mano lamuñeca de la Diosa. Esta asintió.   El segundo día de viaje, mientras permanecía escondida en una cueva esperando la caída de la noche, Actia hizo acto de presencia. —¿Ella está bien? —le preguntó a bocajarro. —No —Actia tampoco se detuvo en consideraciones que se lo hicieran más fácil —Le has roto el corazón. Podría haber entendido que no la amaras, pero no lo que hiciste. Para ella ha supuesto una traición. —Es por su bien —insistió Xena, como una letanía que se repetía a sí misma una y otra vez. —Eso dices tú. Pero ella no comparte tu opinión. Ella confía ciegamente en el poder del amor que os une. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Almas gemelas —susurró Xena. —Ahora lo reconoces, ¿verdad? —Sí. Tenías razón, tengo un alma. La suya. Creía estar vacía por dentro, pero ella me colmaba. —Y tú la colmabas a ella. De pronto, un pensamiento atravesó a Xena como un rayo. —¿Ella siente lo mismo que yo en estos momentos? —Sí. —Estará destrozada —susurró. —Sí. —¿Puedes hacer algo? —Puedes hacerlo tú. Vuelve con ella. —No —le costó decirlo, aunque la tentación era inmensa. Había sido su decisión definitiva. No había vuelta atrás — Sigo pensando que es lo mejor para ella. —Pero no para ambas. —Yo no importo. —Tú lo eres todo para ella —la Diosa se planteó no seguir hablando pero lo hizo —Escucha, Xena, ese primer besó selló vuestras almas, vuestro viaje a través del tiempo. Os habéis encontrado, y eso no ocurre siempre. Hay almas gemelas que jamás se encuentran y penan por ello toda su vida, llegando a su fin incompletas y perdidas. Gabrielle y tú lo habéis conseguido. Nunca lograrás entender del todo la magnitud de lo que eso significa. El beso fue la unción de vuestra unión. Gabrielle lo inició y tú respondiste con la misma verdad. Ya estáis unidas de por vida. Sin embargo, acabas de hacer algo que jamás había tenido lugar a lo largo de los tiempos. La has rechazado. Has roto el pacto. Has asestado una puñalada a un pacto sagrado. Y el dolor ha entrado en él. Lo que otrora fue amor se ha trastocado en dolor. Para ambas. Para siempre. —¡Pero ella no tiene la culpa! —protestó Xena. —Sí, la tiene. Tú lo decidiste por ambas. Recuérdalo, estáis unidas. —Yo no quería causarle ese daño —gimió. —Ya es demasiado tarde. —Tiene que haber algo que pueda hacer. No quiero que sufra, Actia. Actia se planteó no continuar. Callar lo que sabía. Pero consideró tres cosas: una, Xena no cambiaría su decisión de volver a Gabrielle, pensando que había hecho lo correcto; dos, Gabrielle no había sido quién había tomado esa decisión y, por último, Xena parecía ser más fuerte. Así que le dijo: —Hay un modo de paliar el dolor, al menos en una de vosotras. Xena alzó la cabeza ansiosa hacia la voz de la Diosa. —Te escucho. —Si una de vosotras renuncia voluntariamente al amor de la otra, si pide que la otra deje de amarla, el dolor podría desaparecer. —¿Podría?
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    —No hay ningunaseguridad en nada, Xena. Ya te lo he dicho, es la primera vez que algo así sucede. —Está bien. —Aguarda. No es todo. No alcanzo a saber qué repercusiones podría haber para la que renuncie, o aún para las dos, entiéndelo. Ni siquiera si funcionará. —Lo entiendo. —La poderosa corriente de amor mutada en dolor seguirá ahí. En una de vosotras. La que renuncie. Xena cabeceó. —Entiendo —susurró —Yo renunciaré. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Albergarás  todo el dolor. —Está bien, Actia. Lo soportaré. —También quedará amor, pero ahora no correspondido, huérfano. Si pides su renuncia, tú seguirás amándola. ¿Alcanzas a comprender lo que eso significa? Xena apenas podía articular palabra. —Sí —susurró —Haz mío su dolor. Lo merezco. ¿Qué he de hacer? —Una renuncia consciente y voluntaria. Desde tu corazón. —¿Cómo? —No hay ninguna regla para eso. Xena calló durante unos segundos. Al cabo, gimió, impotente. —Mi corazón se niega, Actia. —¿Y te sorprende? Tu corazón jamás renunciará a ella. Tu alma reconoció esa verdad y ahora está grabada indeleblemente en ti. —Por favor, Actia, percibo su dolor. Ayúdame; por ella. La Diosa suspiró. Se acercó a la guerrera y posó su mano sobre su pecho. —De acuerdo, Xena. Sigue pagando tus errores a tu manera. Por tu voluntad. Hazlo ahora. Y Xena lo hizo. Renunció conscientemente al amor de Gabrielle, lo dejó marchar. Lo acunó una última vez en su interior, lo contempló y le dijo adiós. Su nombre y su rastro fueron borrados del alma de Gabrielle. Todo por Gabrielle; lo que fuese, por Gabrielle. Gabrielle reaccionó con violencia y se apartó  de la Diosa. Una oleada de angustia la desbordó, al reconocer el mismo dolor que la había atravesado a ella en la habitación de la posada de Atenas y ahora, para su mayor dolor, lo entendía todo. Miró con desesperación  a la Diosa, que le confirmó el doloroso sacrificio de la guerrera por ella. Después miró en su propio interior, hacia lo que sentía. Y supo que, definitivamente, algo acababa de morir y algo acaba de renacer.   sigue -->
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    D E T OD A S L A S C Á R C E L E S . 9 ª E N T R E G A Autora: Elxena * V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Se decidió y empujó con firmeza la puerta. La vio de inmediato, porque ahora ya no la buscaba sólo con los ojos de la razón, sino también con los del corazón. La guerrera debió percibir algo también, porque inmediatamente se giró hacia ella. Pero algo la hizo desfallecer y buscó apoyo en el sitial de piedra del gran ventanal junto al que había estado de pie. —¿Gabrielle? —inquirió. Era absurdo que preguntara por quién era, lo sabía, pero lo hacía porque pronunciar su nombre era un bálsamo para ella. —Sí —avanzó hacia ella lentamente, aunque con la resolución implantada serenamente en su interior. Sabía lo que iba a hacer y sabía que debía ser cuidadosa. Ahora, la mirada que posaba en la guerrera estaba preñada de dolor, dolor por su dolor, por su cuerpo enfermo, por su alma alcanzada por el anhelo no correspondido. Cuando estuvo junto a su lado posó su  mano con delicadeza sobre el antebrazo de la guerrera, que pareció estremecerse bajo su contacto —¿Quieres que te ayude? —Hasta la silla, por favor. La bardo la ayudó a acomodarse. Xena percibía su inquietud, si bien estaba tan débil y abotargada por el dolor, que no supo darle nombre a lo que convulsionaba a la bardo. —¿Necesitas algo? —preguntó suavemente Gabrielle. —No, gracias. —¿Te importa que me quede un rato? La guerrera apenas disimuló su sorpresa. —No, claro que no. Sabes que eres bienvenida siempre que quieras. —¿No estás cansada? Xena se alzó de hombros. —No demasiado. Gabrielle paseó la vista por la amplia estancia. Pese a sus grandes dimensiones era austera y parca en ostentación. Muy a la medida de la guerrera, pensó. En ese instante, la soledad de Xena la impactó como una piedra. Tenía que haberse sentido muy sola aislada en esa fortaleza, sintiendo lo que sentía, enferma. Sin darle tiempo siquiera a pensar lo que estaba haciendo, Gabrielle alargó una mano para acariciar levemente el antebrazo de la guerrera. Ésta dio un respingo ante el contacto. —Xena —Gabrielle sabía que había llegado la hora de avanzar por ese puente. De ahondar en él, en su camino. Y se sentía completamente en paz ante ello, despojada ya de ira y reproches. —¿Sí? —Perdí mi nombre por ti, ¿sabes? —dijo suavemente. La joven asió una pequeña manta que había cerca de la silla y cubrió con ella las rodillas de la guerrera. —No te entiendo, Gabrielle —Xena cabeceó. Percibía un cambio, un cambio sustancial, en la joven, pero era incapaz de asirlo y precisarlo, agotada como estaba. Estaba aturdida, por lo que no estaba muy segura de que lo que había sentido antes como una caricia lo fuese en realidad. —Durante el tiempo que estuve en Atenas, Xena, dejé de ser yo. —Lo siento, Gabrielle —Xena empezó a disculparse por lo que consideraba el enésimo reproche de la joven para ella, pero Gabrielle la atajó. —No, yo no. Ahora sé, habiendo sido quien nunca pensé que sería, quién soy. Quién quiero ser. La guerrera no entendía qué le estaba diciendo Gabrielle, y aún cuando no estaba convencida del todo de que no se trataba de un reproche, su mera presencia siempre la colmaba, pese al dolor. Había llegado a ese punto en el que cada día empezaba a ser un regalo. Entonces fue cuando escuchó las palabras de Gabrielle.
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    —Soy tú, Xena.Soy yo y soy tú. Susurró con firmeza las palabras a la guerrera, en cuyo rostro se delimitaron perfectamente las líneas de la confusión. —No…, no entiendo, Gabrielle. Xena estaba sumida en el desconcierto. No percibía animadversión en la bardo pero sus palabras la inquietaban, pese a la serenidad con la que las pronunciaba, lejos del tono frío y de reproche con el que antaño se había dirigido a ella. —Lo entiendo. Entiendo tu acto, Xena, lo que hiciste, y lo recibo como lo que fue. Un acto de amor, de renuncia en el amor. Siento haber venido a ti con ira y desprecio, pero espero que perdones mi frustración. Pese al desconcierto, una pequeña luz de esperanza se encendió en el interior de la guerrera. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —¿Lo entiendes? —Sí, Xena. —¿Me perdonas, entonces? —preguntó indecisa. —No, Xena —replicó Gabrielle dulcemente —Eres tú la que debes perdonarme a mí. Vine a ti con la extrañeza de mi nombre perdido, pero lo he recuperado, gracias a ti. —Lo perdiste también por mí —replicó. —No. Sólo fue una consecuencia indeseada de un acto que entonces consideré erróneo. Pero ya no lo creo así. —¿Cómo...? —Actia ha estado aquí. Xena asintió. Su capacidad de percepción había mermado muchísimo con su deterioro físico, y por eso no había podido percibir su presencia en la fortaleza. —¿Podrás perdonarme, Xena? No soporto la idea de haberme comportado como lo he hecho contigo estos días. —No creo que tú hayas hecho nada que yo deba perdonarte, Gabrielle. Todos es culpa mía. —No. Y ya está bien, Xena, de que siempre quieras cargar con la culpa  de todo. Una parte de la aceptación de mi madurez ha de ser que reconozcas mis decisiones como tales, mías y sólo mías. Yo sabía lo que hacía cuando decidí acompañarte y abandonar mi aldea. Y aún hoy, sigo firme en esa convicción. Una cansada sonrisa lució en el rostro de Xena. —Lo hago, Gabrielle. Pero no puedo evitar intentar… protegerte. —Y yo te lo agradezco, Xena, pero querría que aceptaras esa reciprocidad. Que yo desee protegerte también a ti. Xena asintió en silencio. —Lo sé, y ya lo has hecho. Lo has hecho cuidando de mi alma oscura y lo has hecho cuidando de mí cuando lo necesité. Me resguardaste en mi inconsciencia, cuidaste de mí cuando yo no podía valerme por mí misma y te enfrentaste a la penuria, el cansancio y las armas —Gabrielle sabía que se refería al episodio de su letargo y el ataque bajuun —Pero eso mordió mi corazón, Gabrielle, porque vi en mi vulnerabilidad la tuya. Todo podría haber salido tan mal… —Pero no fue así. —No, no entonces. Gabrielle, —hizo una pausa e inspiró — no volveré a ver. Jamás. ¿Lo entiendes? La bardo aumentó la protectora caricia sobre su brazo. —Sí —respondió con un nudo en la garganta. —Y mi nombre es Xena, y mi pasado es el que es. Vendrían a por mí. Todos querrían arrogarse la fama de mi muerte. —Eso sería de cobardes. —¿Y? —Xena elevó ligeramente los hombros —Lo único que importaría es el resultado. Podría luchar con algunos, no sé cuántos, pero la realidad es que llegaría un momento…. —no terminó la frase. Suspiró  —Y ésta es la alternativa. Meterme en este agujero y quedarme aquí. La guerrera escuchó inspirar a la bardo. Era dolorosamente consciente del tacto de su mano sobre su piel y no deseaba nada más que posar allí la suya para sentirla con mayor plenitud. Pero no se atrevía.
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    —No es ningúnagujero. —¿Qué? —La fortaleza. Es magnífica. Xena cabeceó, sonriendo levemente. —Cualquiera querría vivir aquí —dijo suave pero firmemente —Yo querría. Xena frunció el ceño, segura de lo que había escuchado, pero no tanto de lo que implicaba. Sentía la alegría desparramarse en su interior, pese a su debilidad. ¿Era posible, entonces, que el perdón estuviera otorgado? La había perdonado, al fin. Gabrielle había vuelto. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m  La Gabrielle que conocía. Pero un pensamiento sombrío cruzó su alma al instante: "demasiado tarde". Ese pensamiento la fustigó con su crueldad. Notaba el agotamiento de su cuerpo, su vida abandonarle lentamente y maldijo profundamente la tristeza de su sino. Encontrar. Perder. Reencontrar. Volver a perder. Pero lo que más lamentaba, por encima de todo, era no verla, una última vez, no posar sus ojos en su rostro, pese a la viveza de sus recuerdos, donde Gabrielle estaba grabada a fuego. Hubiera dado todo lo que tenía por ese instante. —¿Qué ocurre, Xena? —la preocupación traspasaba las palabras de la bardo. Había notado el abatimiento en la actitud de Xena. —¿Puedo pedirte algo? —Claro. —Quédate conmigo un rato más, ¿quieres? —Por supuesto —dijo suavemente Gabrielle.   *   Esa noche Xena entró en coma. Gabrielle la había estado acompañando durante todo el día, incapaz de alejarse de ella si no era para traer agua o comida. Habían hablado, cautelosamente, pues el puente que cruzaban era aún frágil y lleno de los ecos del pasado más reciente, pero empezando a reforzarse con la renacida viveza que iban cobrando los recuerdos más antiguos, aquellos que las situaban a lomos de Argo, en el camino, juntas. Pero conforme el día consumía las horas Gabrielle percibió una progresiva lasitud en la guerrera, su conversación era cada vez más fatigosa y la había obligado por ello, pese a sus protestas, a tumbarse en su cama. En poco tiempo, y ante la alarma de Gabrielle, la fiebre apareció y aceleró su presencia con avidez adueñándose del organismo de la guerrera, sumiéndola en un intranquilo letargo. La guerrera pareció intuir antes que Gabrielle lo que iba a pasar. Durante unos segundos despertó del sopor para solicitar la cercanía de la bardo, aferrando con debilidad su mano. Cuando estuvo junto a ella, cuando sintió la calidez de su aliento pegado a su piel, susurró a su oído: —Gracias por la vida que me has dado, Gabrielle. —Xena, no. Te pondrás bien —la voz de la bardo era tensa, adivinando una despedida en las palabras de la guerrera. —Mi vida empezó contigo. Siento paz en mi corazón, Gabrielle —dijo entrecortadamente. —Amor mío… —susurró desesperadamente Gabrielle, ya libre de cualquier barrera que hubiera levantado en su corazón. Notó que la presión de la mano de la guerrera sobre la suya se perdía y el pecho de ésta trataba de tomar aire con desesperación. —í, amor —fue lo último que dijo Xena, con voz nítidamente maravillada. Después, el silencio absoluto, solo punteado dolorosamente por la respiración agónica de Xena. Su mano yacía laxa acunada entre las de Gabrielle. Ésta parpadeó un par de veces. Miró intensamente a la guerrera postrada. Y se echó a llorar sobre su pecho. Su desgarrado llanto encontró eco entre la piedra del castillo, sus pasadizos, su techumbre y habitaciones. Salió al
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    exterior, a lafría noche, y se perdió entre el frondoso bosque que arropaba la fortaleza escondida, diluyéndose entre las estrellas. Gabrielle hizo todo lo posible por despertarla, por arrancarla de la antesala de la muerte, por devolverla a la vida que debía ser suya, de ambas. Pero no lo logró. La noche parecía querer consumir cualquier resto de vida que quedara en la guerrera, llevándosela poco a poco. Hacia la medianoche, Actia hizo acto de presencia. —Gabrielle —la llamó dulcemente. —Dime que estás aquí para salvarla —Gabrielle notaba la presencia de la Diosa tras ella, pero sus ojos arrasados por las lágrimas permanecían aferrados al rostro macilento de Xena. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —No. No puedo —dijo apesadumbrada. Le explicó que el acto de renuncia de Xena en su alma había sido el primero de esa naturaleza que había presenciado, y desconocía la cura del mal que la asolaba. Posando una piadosa mano sobre el hombro de Gabrielle, no obstante, le dijo: —Haz lo que te dicte tu corazón. No hay nada que esté en mi mano que pueda hacer. Nada ni nadie puede interferir. Lo siento —y se desvaneció en una bruma azul. Gabrielle sintió la desesperación apoderarse de ella. Intentó mitigar los efectos de la fiebre arrasadora refrescándola con paños húmedos. Intentó que tomara algo de sopa o agua, pero le fue imposible. Se maldijo por el tiempo perdido en zaherirla y por el rencor que llevó a la fortaleza. En momentos de desesperación gritó al viento que el mal que consumía a Xena se posara en ella, ya que su propia alma estaba implicada. Ruego que quedó sin contestación. Se volcó, entonces, en tratar de consolar a la guerrera de la única forma que conocía, ya que ningún desvelo físico parecía servir de remedio. Le habló. Le pidió perdón una y mil veces. Por haber venido a ella con ira, por haberla llamado asesina cuando sabía que eso ya no era así. Por haberle dañado con sus palabras y sus actos. Se lo susurró una y otra vez, cogiendo su mano entre las suyas, impotente para nada más. La abrazó, liberada ya de cualquier cautela, y le habló muy suavemente. Palabras que albergaba desde hacía tiempo en su corazón y que se desparramaron como un torrente liberado de su presa. Lloró sobre su pecho una y mil veces a lo largo de la larga noche y, hacia el filo del amanecer, agotada, con la luz anaranjada asomando tímidamente, tomó delicadamente el rostro de la guerrera entre sus manos, buscó su boca y lentamente la besó con todo el amor de su corazón.   *   No supo que se había desvanecido hasta que la consciencia le llegó entre las brumas de la confusión. Parpadeó, momentáneamente perdida, con la cabeza apoyada en el pecho de la guerrera. Algo la había devuelto a la consciencia, pero no supo identificarlo inmediatamente. El segundo gemido sí. Ese sí lo identificó perfectamente. —¿Xena? —la bardo se despejó inmediatamente de la bruma que la envolvía. Acarició el dorso de la mano de la guerrera y lo notó menos febril. Fijó su atención en el rostro de la guerrera —¿Xena? —repitió, incapaz de no sentir una leve esperanza. Vio cómo la guerrera luchaba por hablar. Algo explotó dentro de ella. La esperanza, en todo su esplendor. —Está…bien —musitó Xena. —¿Qué? —Gabrielle llevó su mano a la frente de la guerrera. La fiebre había menguado. Sintió que el alivio la inundaba como una oleada. —Todo está bien, Gabrielle. Todo. Lo pasado y lo vivido —susurró con voz entrecortada. Gabrielle inspiró con fuerza, atenazada por la emoción. Apresuradamente acercó un vaso de agua y trató de que la guerrera lo bebiera. La bardo casi sollozó al percibir un leve atisbo de fuerza en Xena cuando lo hizo. Dejó el vaso a un lado y abrazó delicadamente a la guerrera. Ésta pasó un debilitado brazo por su espalda en respuesta. Casi inmediatamente, la bardo se convulsionó en llanto. —No llores, Gabrielle —susurró Xena. —Has estado muy enferma, Xena —le dijo —Lo siento, no sabía qué hacer. —No importa, Gabrielle. Ya no importa.  Y a partir de ese momento, la salud de Xena empezó a mejorar lentamente.   *  
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    Los días transcurrieronen la fortaleza. La inicial esperanza de Gabrielle desde que la guerrera se despertara se convirtió en una certeza con el transcurso del tiempo. Fue como si el virus que infectaba el alma de Xena hubiera estado luchando contra el remedio que la habría, al fin, de liberar. Las palabras de Gabrielle, su amor implícito. Pero pese a esa certeza Gabrielle debía atemperar su entusiasmo en atención al delicado estado de salud de la guerrera que todavía persistía. La recuperación fue lenta pero consistente. Gabrielle tomó la responsabilidad del tratamiento de Xena. Lo primero que hizo fue, tras consultarlo previamente con ella, restringir gradualmente la toma de la droga destilada que calmaba los dolores de Xena. Fue una decisión arriesgada, que tomó muchas noches y días velándola, y que la guerrera soportó con estoicismo y una fuerza renacidas de la esperanza. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m El ánimo de la guerrera también se fortaleció. Ahora que sabía que la bardo la había perdonado todo volvía  a ser posible. Había ocasiones en las que el dolor era tan insoportable que Gabrielle debía tumbarse junto a ella y rodearla con los brazos al tiempo que le susurraba al oído, nunca recordaba qué, pero que obraba el milagro de atenuar lo suficiente la agonía como para permitirle la bendición del sopor de la inconsciencia. Gabrielle se solazaba con los evidentes progresos en la salud de Xena y dio unas silenciosas gracias a lo que fuera que había obrado la recuperación. El tiempo pasaba en la silenciosa fortaleza en una rutina instaurada en la que ambas parecían sentirse cómodas. Desde que Xena había despertado pasaban mucho tiempo juntas, a veces en completo silencio, algo que no parecía molestar a ninguna. Así fue como poco a poco se restañaron las heridas y se posó entre ellas la serenidad. Cuando recuperó algo de sus mermadas fuerzas, Gabrielle ayudó a Xena a dar cortos paseos. Primero fueron por sus aposentos, después más allá y, por último, los que mayor bien obraron, por los jardines y huertos interiores. La maleza y la naturaleza crecía salvaje y a su aire en esos jardines y Gabrielle los encontró extremadamente bellos y pensó que Xena no podía tener otros jardines que no fuesen de ese modo. Durante el transcurso de esos días hablaron mucho y casi retornaron al punto de intimidad del pasado. Una noche de tiempo cálido, Gabrielle se presentó en los aposentos de Xena. —¿Estás lista, Xena? —¿Lista? ¿Para qué? —Ven conmigo. La bardo la guió hasta uno de los jardines interiores. Allí había preparado una hermosa hoguera y traído a Argo. La bardo percibió la explosión de emotividad que embargó  a la guerrera cuando se dio cuenta de la presencia del noble animal y lo abrazó. Gabrielle se limitó a sentarse junto  a la hoguera y, por primera vez en mucho tiempo, sacó sus instrumentos de escritura y los desplegó frente a ella. Echó un vistazo a la olla de hierro con el guiso que había dejado en el fuego y después a Xena. Ésta permanecía de pie junto a la yegua, tratando de captar, estaba segura, todo lo que había a su alrededor. Se giró en su dirección cuando Gabrielle rasgó con la pluma unas líneas en el pergamino y notó su pecho henchirse feliz. Se acercó con pasos cautelosos hacia donde provenía el sonido pero tropezó con algo en el suelo. Xena se agachó para averiguar qué era. Su traje de cuero. Su espada. Su chackram. Su daga personal. Todo estaba allí. Tuvo que hincar la rodilla en tierra ante la embestida de la emoción, vigilada en todo momento muy de cerca por la mirada de Gabrielle. Con manos temblorosas Xena tanteó y encontró la piedra de afilar, los aceites con los que cuidaba el cuero de su traje, todo ello tan familiar a ella como el aire que respiraba. Frunció los labios intentando reprimir un sollozo, lo que provocó las silenciosas lágrimas de una atentísima bardo. La guerrera se quedó unos instantes en silencio, los precisos para calmar su acelerado corazón, que ahora, y desde los cuidados de la bardo, latía con mayor firmeza. Después suspiró y se acomodó cerca de sus cosas, junto al fuego. Cogió su espada y pasó delicadamente la yema de sus dedos por su filo. Tanteó en busca de la piedra de afilar y el sonido, que a los oídos de la bardo sonó familiar y acogedor, llenó la noche. Pasaron la noche en silencio, algo que no incomodó a ninguna, sino todo lo contrario. Cenaron y Gabrielle devolvió a Argo a los establos. Cuando regresó a por Xena ésta cogió su mano y la llevó junto a su pecho. —Gracias —le dijo llanamente. Gabrielle replicó recogiendo la mano de la guerrera con la que aprisionaba la suya y se la llevó, osada, a los labios. —A ti, Xena. Sintió el estremecimiento de la guerrera.  
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    D E T OD A S 1 0 ª L A S C Á R C E L E S . E N T R E G A Autora: Elxena * Ninguna de las dos fue consciente del momento en que los sentimientos se afianzaron y agrandaron, ocupadas como estaban en todo momento de la recuperación de la guerrera, pero ocurrió como suelen suceder estas cosas: porque así tenía que ser. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m La salud de Xena cobró ánimo y cada día que pasaba se sentía mejor, con más brío. Comía como lo haría una persona sana, y había empezado a bajar a los jardines para ejercitarse físicamente, al principio muy suavemente, pero aumentando los ejercicios conforme iba encontrándose mejor. Estaba convencida que, más que los cuidados meramente físicos, el milagro de su recuperación tenía que ver más con la luz en el corazón de Gabrielle que ella podía percibir ahora más nítidamente, en un camino de conexión que enlazaba de nuevo sus almas. Una noche, Xena la buscó en la biblioteca. La bardo escribía en sus pergaminos. —Ahora lo sé, Xena —le dijo Gabrielle cuando la vio acercarse a ella, dejando de escribir. —¿El qué, Gabrielle? —Que no tuviste otra opción como yo tampoco la tuve. —¿Acerca de qué? —En tu destino estaba escrito que te convirtieras en Señor  de la Guerra del mismo modo que en el mío estaba la capacidad de escribir. Ambos eran inevitables. —Supongo que hay que reconciliarse con ello. —Eso espero, Xena. La guerrera asintió. —Empiezo a estar en paz conmigo misma, Gabrielle, y aunque sé que eso no enmienda del todo el mal causado en mi pasado, empiezo a saber vivir con ello. —Me alegro. —Y también sé que en parte es gracias a ti. —No creo que yo… —empezó a protestar la bardo. —Sí, Gabrielle. Lo es. Y tú también debes saber vivir con ello. —No es una carga, desde luego. —Eso espero. Perdona que te haya interrumpido. —Nunca lo haces. —Venía a decirte que la cena ya está lista. —¿La cena? ¿Has cocinado? —Te lo prometí. —¿Qué me prometiste? —Que en compensación cocinaría para ti. La bardo recordó entonces esa promesa, después del asunto con los esclavistas, y se sorprendió ante la intensidad de la alegría que sintió al ver que Xena había rescatado esa parte del pasado de ambas. Quizás empezaba a ser tiempo de reconciliación a todos los niveles.   *  
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    El tiempo pasó,Xena estaba cada vez más recuperada y Gabrielle más inquieta. Todo iba bien, obviamente, pero había algo que rondaba  a la joven bardo cada vez con más insistencia. Habían avanzado muchísimo en el trato entre ambas, habiendo alcanzado el grado de confianza que tenían antes de los acontecimientos que las habían llevado hasta allí. Pero para Gabrielle no era suficiente. Su interior bullía y temía explotar de emoción siempre ante la guerrera. Casi le resultaba inconcebible el estado con el que su corazón se había acercado a Xena en la fortaleza, cuando llegó allí, llena de ira y reproche, y todo se había deslizado naturalmente hasta el arco emocional que no sólo las había unido, sino que había sido esbozado, muy brevemente, pero ella lo recordaba nítidamente. ¿Todavía tendría presente ese amor confesado Xena? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Por su parte sí, bien lo sabían los dioses, y desaparecida o atenuada la primordial preocupación por la salud de Xena, algo dentro de ella empezaba a pedir paso cada vez con mayor insistencia. Sabía que iba a tener que ser ella la que diera el paso, por todo  lo que había pasado, Xena probablemente se estaría consumiendo en la duda. Era muy cuidadosa en sus contactos físicos con Gabrielle. Ni los rechazaba ni los rehuía, incluso en ocasiones tomaba la iniciativa, casi siempre para agradecerle algo a la joven, pero parecían todos tener una pátina de aprensión, como si temiera ver su gesto rechazado o reprochado. Gabrielle era entonces la que se reprochaba por no demostrárselo más claramente, pero en el fondo temía que la guerrera hubiera cambiado de opinión, si es que el amor podía ser un objeto de raciocinio. El desasosiego de Gabrielle era tal que empezaba a afectar su sueño, turbado en la noche ante el miedo de la perspectiva de hablar con Xena de sus auténticos sentimientos. Y sabía que no podría obviarlo, ni dejarlo pasar fácilmente, ni ya, tampoco, retrasarlo por más tiempo. Así que una de esas noches en blanco decidió que, sanado en parte el cuerpo de Xena, ahora debía ocuparse de su corazón. Del de ambas. —Salgamos a dar un paseo, ¿es posible? —le preguntó a la mañana siguiente temprano. —¿Por el exterior? —inquirió la guerrera, curiosa. —Sí. —Bueno, los alrededores de la fortaleza no son precisamente unos jardines, Gabrielle. No escogí esta ubicación por su entorno apacible. —Entiendo. La guerrera percibió el desánimo en ella y una duda la asaltó. —Quizás desees… tal vez es ya demasiado el tiempo que llevas aquí encerrada. Si lo deseas, Argo está a tu disposición. —No me apetece trotar yo sola por ahí con Argo —dijo con gracia. —Tal vez quieras regresar a Atenas… —dijo cautelosamente Xena. —¿Qué Hades estás diciendo, Xena? —Gabrielle la atajó al ver la derivación que tomaba la conversación. Y después, más suavemente: —No, no quiero partir. No, al menos que sea lo que tú quieres. ¿Quieres…quieres me vaya, Xena? —No. Por supuesto que no. Gabrielle sonrió ante la vehemencia de la guerrera. Bien. Ahora le tocaba a ella de nuevo. —Yo sólo quiero que demos un paseo, Xena, pero si no es posible, no importa. —Espera, Gabrielle —la guerrera meditó —Hay un camino que podemos tomar al exterior y que circunda la fortaleza por su parte trasera. Va a morir a un pequeño lago de agua dulce, que abastece el castillo. Pero tendremos que hacer el camino a caballo. —Bien —"mucho mejor", pensó la bardo, sonriendo —¿Cuándo crees que estarás lista? —¿Ahora? —Ahora, si quieres. —De acuerdo. Ahora. —Bien, déjame prepararlo todo y vendré a por ti. Menos de una marca de vela después Gabrielle y Xena descendían hacia el lago montadas en Argo. Xena había dado instrucciones a la yegua y ésta sabía perfectamente dónde debía dirigirse. La bardo montó  a la grupa y ciñó inmediatamente sus brazos alrededor de la cintura de la guerrera, como descuidadamente, pero perfectamente consciente del contacto con la otra mujer. El estar así, subidas en Argo, la transportó emocionalmente hacia atrás en el tiempo, un tiempo que le parecía en ese momento irrealmente lejano. Todos sus nervios estaban a flor de piel y lo
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    estaban desde quele propuso la idea del paseo a Xena, sabiendo cuáles eran sus verdaderas intenciones. Esperaba hacerlo bien.   *   El lago era pequeño, pero su caudal constante gracias al aporte de agua de los arroyos montaña arriba. Estaba rodeado de altos árboles y frondosa vegetación, y el sol penetraba generosamente reflejándose en la superficie plácida del agua. Gabrielle se dolió de que la guerrera no pudiera disfrutar de ello. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Descabalgaron y Gabrielle colocó el harto con provisiones que había preparado cerca de la orilla del lago. Recogió leña y la dejó preparada para la hoguera. Se dio cuenta del silencio en el que se había sumido la guerrera desde que habían salido. —¿Estás bien, Xena? —se acercó a ella, colocándole la mano en la espalda. La guerrera estaba de pie frente al lago, como si pudiera contemplarlo. —El sol se reflejará sobre la superficie, ¿verdad? —le preguntó. —Sí, lo hace. —¿Ves en la orilla opuesta un enorme tronco caído que va a morir dentro del agua? Gabrielle oteó la otra orilla. —Sí, dos pies a la derecha. —Mira encima de  él, a la altura de dos cabezas. Gabrielle así lo hizo. Lo que vio la maravilló. Detrás del tronco, enredada entre los ramales caídos de un enorme ejemplar de árbol, crecía exuberante una extraña planta llena de flores. Lo extraordinario era la conjunción en una única planta de media docena de flores diferentes, por lo que pudo observar Gabrielle. Cada una de estas flores parecían competir entre sí por ofrecer la gama más poderosa, pura y llamativa de colores. —¿Qué es? —No tiene nombre. La hallé en uno de mis viajes, muy lejos de aquí. La traje conmigo y arraigó. Sólo florece en esta época del año y sólo durante ocho días. Debe estar a punto de morir. Gabrielle desvió su mirada hacia Xena. Primero la biblioteca y ahora esa planta. Un Señor de la Guerra sin un ápice de conciencia no se hubiera molestado en rodearse de semejante belleza. Con ello, la otrora Xena tal vez estuviera reclamando en silencio la parte de humanidad que se hallaba enterrada muy dentro de sí. Su pechó recibió una oleada de calidez. —Es muy hermosa. —Cuando me retiraba aquí, en las ocasiones en que la temporada coincidía, solía bajar a contemplarla —dijo con un leve atisbo de melancolía. Gabrielle percibió su tristeza y cogió su mano. La guerrera aceptó con naturalidad el gesto. —Daría lo que fuera porque pudieras ver de nuevo, Xena. —No importa, Gabrielle. Está bien así —Xena disimuló perfectamente la zozobra que sintió. No era un tema del que quisiera hablar. No quería que en su mente se materializara el momento en que el demonio le hizo eso. No quería ver así a Gabrielle. —No, no está bien —protestó la bardo —No creo que te lo merezcas, como sé que piensas. Xena giró la cabeza hacia ella. —Sea así o no, Gabrielle, no hay vuelta atrás —dijo suavemente, aunque con un tono que daba a entender que zanjaba el tema. Gabrielle lo aceptó porque hoy no era día para tristezas, no era lo que pretendía. —¿Tienes hambre, Xena? La guerrera sonrió. —Apuesto a que tú sí. —Nadie debería renunciar a los placeres de una buena comida, Xena.
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    —Por supuesto. —Voy aprepararlo todo —dijo Gabrielle desprendiéndose de la mano de Xena. —Gabrielle —la llamó Xena, requiriendo de nuevo su agarre. —¿Sí? —Gracias. —¿Por darte de comer? —inquirió burlonamente. —Por haber llegado hasta aquí —replicó. —¿Hasta un lago de agua dulce con una exótica planta de nombre desconocido? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Hasta mi corazón de nuevo. Gabrielle dio un respingo. La miró con intensidad, atenta a cualquier signo del rostro de la guerrera. ¿Lo aceptas, Xena? —dijo con voz estrangulada. —¿Me preguntas si acepto todo lo que hasta ahora me has dado? —replicó suavemente —Por supuesto que sí. —Pero te he hecho daño. Vine aquí llena de recriminaciones. —Que consideré justas, Gabrielle. Tenías todo el derecho del mundo a ello. Piensa sólo en todo el bien que has traído a mi vida y que lo compensa, jamás podrías dañarme más de lo que yo me pueda dañar a mí misma. No quieras competir con un corazón de pasado tan oscuro como el mío, Gabrielle —dijo con una fugaz mueca de auto reproche —Tú eres la única persona en mi vida que ha creído en mí —terminó casi en un susurro —Y eso es un mundo entero, y todo un universo. No, Gabrielle, nunca me has dañado. Todo lo contrario. Te lo dije. Todo, lo pasado y lo vivido, está bien. Gabrielle sintió en esas palabras una aceptación superior, algo que la embargaba. La bardo había llevado a Xena a esa salida con la idea de mostrarle sus sentimientos abiertamente, hacerle saber que su amor por ella seguía allí y que deseaba intentarlo. Y he aquí que la propia Xena estaba abordando la periferia de las emociones de las que Gabrielle quería hablarle. Se acercó unos pasos a ella. —Yo te amo, Xena —dijo sencillamente —¿Puedes aceptar eso también? Aguardó tensa la respuesta, porque a pesar de todo lo que le había dicho Xena, tanto en la cabaña donde había sucedido el infausto hecho que las había llevado hasta allí, como durante estos días en la fortaleza y la sinceridad de la guerrera con ella, todo, de repente parecía tan frágil como la más débil de las ramitas de un árbol. Xena no dudó ni un instante en responder, con voz algo temblorosa. —¿Podría acaso rechazar el aliento que me da la vida? He estado toda la vida esperándote, Gabrielle, aún desconociendo tu nombre. Sólo sé que llegaste a mí y todo cambió. He tratado de luchar contra ello, estúpidamente, porque pensaba que no me lo merecía, porque pensaba que tú no lo merecías, pero creo que eso sólo nos ha llevado hasta el peor error que he cometido nunca, porque nunca debí permitir ahogar tu consentimiento y tu libre albedrío. Lo siento, Gabrielle, perdóname, porque no puedo dejar de amarte, y no puedo impedir que tú lo hagas y porque ni siquiera sé si sabré amarte como tú te mereces. Gabrielle salvó entonces la escasa distancia que las separaba y tomó sus manos, que temblaban. —Dime entonces, Xena —pidió con voz estrangulada —¿Me amas? —Te amo —las palabras se derramaron cono miel sobre el alma de Gabrielle —Te amo, te amo, te amo —repitió en un susurro que amenazaba, dulcemente, con ahogarlas a ambas. Gabrielle se abrazó a ella, casi con desesperación, como si temiera que todo volviera a repetirse, la cabaña, el beso y el fatídico adiós. Pero nada de eso ocurrió y Gabrielle sintió la caricia reconfortante de Xena en su espalda. Se sintió inmensamente feliz, y algo en su interior brotó con fuerza y lo notó brotar también en el interior de Xena. Una última conexión que completaba los días pasados. Un susurro tenue y suave acarició sus almas y su piel y ambas fueron plenamente conscientes del preciso instante, un escaso segundo, en el que sus almas gemelas se sellaron de nuevo definitivamente. Y fue tal la emoción que las embargó que Xena hubo de hacer un esfuerzo para evitar que ambas cayeran al suelo de la debilidad que sintieron repentinamente en cada parte de su cuerpo. Gabrielle fue la primera en recuperarse, con los sentidos a flor de piel, y ya no pudo esperar más y se elevó de puntillas para atrapar los labios de Xena, al principio delicadamente, pero después ya con el deseo liberado que tanto tiempo había estado aguardando dentro de ella, y besó sus labios y recorrió su rostro, y Xena se sintió morir y deshacerse en miles de gotitas y atrapó a su vez los labios de Gabrielle y los mordió suavemente, aceptando como un regalo inconmensurable el gemido de la bardo. Sus manos recorrían ávidas el cuerpo de Gabrielle y Gabrielle recorría el suyo deseosa de aprenderse cada parte, cada trocito de él. En un momento dado Xena bajó el ritmo, lo detuvo, y cogió el rostro de Gabrielle entre sus enfebrecidas manos, sujetándolo frente a ella como si perfectamente pudiera verlo con sus propios ojos. Sus labios temblaban y su pecho se agitaba con la excitación. Sin mediar palabra, después de permanecer unos eternos segundos así, la guerrera la soltó y se echó hacia atrás, temblando.
  • 51.
    Gabrielle sintió miedo,pero lo desechó de inmediato. No se asustó tanto como creía por la reacción de Xena porque, de repente, fue como si toda la sabiduría de lo que tenía que hacer se aposentara en ella. Sabía, por su lenguaje corporal, que Xena dudaba. Para ella, para la guerrera, era la entrega definitiva de todo lo que era. Sabía que luchaba entre su deseo y el miedo a echarlo todo a perder. Gabrielle se admiró de la fuerza de su voluntad, porque a ella le habría sido imposible alejar físicamente a la guerrera de su lado, en el estado de excitación en el que se encontraba. Por eso quería llegar cuanto antes hasta ella, para besarla y atraparla y despejar sus dudas, porque sabía, meridianamente, qué era lo que la guerrera estaba pensando en ese momento, y lo supo por la conexión entre sus almas, tan claramente como si Xena lo hubiera pronunciado en voz alta. Gabrielle volvió a acercarse a ella. Muy despacio. Tanto para darse tiempo a sí misma como a ella. El corazón le latía apresuradamente y sabía que los escasos pasos que las separaban, una vez salvados, lo cambiaría todo. Y que no habría vuelta atrás entre ellas. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Sólo dos pasos. Xena aguardaba con la cabeza ligeramente ladeada, en ese gesto que había aprendido, dolorosamente, en ella. Desechó inmediatamente la piedad de su corazón, porque era con amor, y no con conmiseración, con lo que se acercaba a ella, y debía dejárselo claro. Sólo dos pasos, y un beso. Ese beso debía decírselo, contárselo como lo harían sus palabras de bardo, dejárselo claro, y no tener opción a ignorarlo o echarse atrás. Ningún paso, ningún espacio. Era el momento del beso. Apoyó las palmas abiertas de sus manos sobre el pecho agitado de la guerrera. La notó febril, ella misma estaba febril. Se contagió de su respiración agitada, de su ansiedad y nerviosismo. Trató de calmarse, de dominar la furia de su deseo, porque no quería que todo se desbordara y se perdiera en la precipitación. Quería retener, para recordar, quería tener estas imágenes, estas sensaciones, para el resto de su vida. Movió una de su manos y acarició suavemente la tela que ocultaba los ojos de la guerrera. Xena quiso apartar la cara, pero ella se lo impidió. —Déjame. Por favor —le pidió Gabrielle. La guerrera se plegó a su deseo, pero aún mantuvo el rostro postrado hasta que Gabrielle la obligó a levantarlo dulcemente con el pulgar. La yema de su dedo resiguió la línea de la basta tela, se alzó y besó a la guerrera en la sien. Notó su sobresalto cuando lo hizo. Xena pareció buscar apoyo físico en ella. Gabrielle la abrazó. Los papeles habían  cambiado, la guerrera era la indefensa, la bardo, la fuerte. Pasó delicadamente las manos por su espalda, intentando confortarla. Notaba su debilidad y sintió que iba a estallar por sus propias emociones. Quería mantenerla abrazada y besarla infinitamente y protegerla y permanecer hasta el fin de los tiempos en ese abrazo, ese beso, esa dulzura. Definitivamente, los papeles habían cambiado. Calmarla, acunarla con sus palabras, que dejara de temblar. Nunca hubiera pensado que tendría a Xena temblando entre sus brazos, que la hallaría tan indefensa. Buscó delicadamente su boca y la besó como un ave rozaría con su ala una corriente de aire cálido. Después volvió a besarla con mayor profundidad, hasta que el beso las dejó a ambas sin respiración. Xena enterró su cara en la curva de su cuello y allí latió su corazón. Acarició su cabeza, y la línea de sus hombros, la piel de su cuello, el hueco de su  garganta. Sintió desatarse su deseo, aún bajo los dictados de su razón, pero sabía que cada vez estaba más lejos de poder sujetarlo y sí, en cambio, cercana a  la más absoluta liberación. Sólo la contenía el  miedo y la debilidad que percibía  en ella, en Xena, y quería calmarla y apaciguarla antes. Que ella también se dejara llevar como ella lo hacía. Percibió también, para su extrañeza, una súbita tensión en Xena, un latigazo emocional que la dejó anonadada, pero fue breve, muy breve, y pronto fue sepultado y superado por la aceptación y ella lo olvidó. Si alguna vez lo recordara lo atribuiría a lo extraordinario del momento y el vaivén de las emociones que las envolvían y no, como así fue fugazmente, a ciertos perros traicioneros que asolaron por un segundo la mente de la guerrera, perros que quisieron situarla muy lejos de allí, cautiva en la tienda de un demonio. Pero Xena había jurado que esa noche aciaga jamás existiría para ambas y aunque su voluntad pudiera aceptarlo, restaba aún el advenimiento de su alma para que fuera totalmente cierto. Y su alma se avino a ello, y lo aceptó, quizás incluso para su íntima sorpresa. Gabrielle besó su cabeza y todo se diluyó en ese instante. —Ven —le dijo, tomando su mano. —Gabrielle —su voz sonó temblorosa e indecisa —Gabrielle —insistió, en un susurro. La bardo no vaciló. Sabía lo que Xena estaba pensando. —Estoy absolutamente segura de esto, amor mío. Todo irá bien, y si algo habrá de cambiar entre nosotras será para bien, te lo juro. Fue lo que Xena necesitaba oír, la respuesta precisa a su mayor temor. Había experimentado el vértigo de hallarse en el borde de un peligroso precipicio, en cuya caída arrastraría a Gabrielle, pero era ahora la voz de Gabrielle la que la apartaba de allí. Y supo que sí, que todo iría bien. Gabrielle la oyó suspirar y supo que ya podía dejarse llevar. La acarició lentamente, deteniéndose en cada centímetro de su piel, sujetando al tiempo su mano suave pero firmemente. Sabía que ella estaba débil aún y no quería forzar nada. Sólo quería tenerla y, teniéndola, amarla a través de sus besos. Quería, más que nada, que lo supiera, y no lo olvidara jamás.
  • 52.
    —Pasaría toda laeternidad tocándote, amor —notó el latido apresurado en el cuello de la guerrera —Conociendo tu piel. —No sabré —Xena se apartó ligeramente de ella. —¿Qué no sabrás, Xena? —Gabrielle no dejó que se alejara de ella, pasándole la mano libre por la espalda. Empezó a acariciarla lentamente, en pequeños círculos. —No sabré, Gabrielle, no sabré dártelo. —No hay nada en esta vida, en cualquier vida, que tú no pudieras darme, Xena, ¿qué temes? —No sabré darte el amor que te mereces. No he sido más que una guerrera en todo lo concerniente al amor, Gabrielle, y ha sido siempre un amor egoísta y brusco… V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Schistt —Gabrielle posó un dedo sobre sus labios —Sí sabrás, amor, lo sé, lo harás. Confía en mí. —Mi pasado… —Tu pasado empezó hace unos segundos, Xena. No lo olvides. Xena inspiró profundamente, sus labios temblaron y algo dentro de ella pareció claudicar. —Abrázame —rogó. Gabrielle la atrajo hacia sí y la recogió entre sus brazos. —Ven. La guerrera se dejó llevar y Gabrielle hizo que se sentara en el suelo, besándola en todo momento. Gabrielle seguía percibiendo en ella un ligero temblor. —Me gustaría abrazarte —le susurró la bardo, acariciando su cabello azabache —Túmbate a mi lado. —se situó a su lado y la solicitó atrayéndola con una leve presión en el hombro. Xena se giró y se dejó caer lentamente sobre el lecho de hojas caídas. Gabrielle sonrió y la rodeó con sus brazos. Acomodó su cabeza en el cuello de la guerrera  y pasó el brazo por encima de su cintura, dejándolo reposar sobre el terso estómago de la otra mujer. —Así era el mejor de mis sueños —le susurró al oído. —¿El mejor de tus sueños? —Estar así junto a ti. —Siempre es un riesgo hacerlos realidad, ¿no? —No. Esta vez no. Sigue siendo un sueño. Estoy dentro de un sueño. Xena alcanzó el antebrazo de la bardo y empezó a acariciarla distraídamente. —Nunca podré comprender el por qué de tu amor por mí, Gabrielle, nunca. —No es necesario. Es amor. —Pero... —Schssit…, hablas demasiado. —Lo hago cuando estoy asustada, Gabrielle —dijo Xena sin vacilar. —¿Yo te asusto? —Sí —Gabrielle se relajó al ver la tenue sonrisa que esbozó Xena —Sí. Y es la primera vez que el miedo me causa estas sensaciones. —Te abrazaré, pues, más —dijo Gabrielle. Xena frotó suavemente su mejilla sobre el pelo de la bardo. —Soy tan estúpida que no logro recordar cuándo te convertiste en una mujer tan maravillosa —le dijo. Gabrielle trazó el estómago de la guerrera con su dedo índice. Inmediatamente notó la reacción de la guerrera. —No importa —se estiró para besar su mentón. Xena respondió acercándose más a ella. La bardo volvió a besarla, pasando del mentón al cuello y la clavícula. Xena se removió inquieta y la caricia distraída sobre el brazo de Gabrielle se volvió más consciente. Gabrielle posó la palma de su mano sobre el estómago de la guerrera y notó su convulsión. Cada vez se sentía más segura y sabía que no había error alguno en ello. La palma de su mano empezó a trazar círculos cada vez más amplios sobre la piel de la guerrera, cuidando de que las yemas de sus dedos hablaran también por ella. —Cuánto te quiero, mi amor —le susurró, febril, sintiendo el delicioso abandono del placer
  • 53.
    nacer en suinterior. No había yacido nunca con nadie, pero sabía perfectamente qué hacer. Xena era todo su saber, en ese momento, todo lo que necesitaba. La guerrera respondió como si se hubiera desatado un cataclismo en su interior. Se giró para encararse con Gabrielle y alzó su mano buscando su rostro. —Yo te amo, Gabrielle, como jamás pensé que podría hacerlo. Y te estoy infinitamente agradecida por ello —palpó sus labios y se acercó para besarla. El beso fue pausado al principio, pero estalló al final con un jadeo de Xena – Dímelo, dime por favor que esto es lo que en verdad quieres —dijo con el rostro pegado al de la bardo.  Gabrielle sabía que no se estaba refiriendo únicamente a ese momento. Le estaba preguntando por el resto de su vida. Detectó el miedo y la aprensión en su voz y supo que había de ser en ese momento, y no en ningún otro, cuando debía apartar de su corazón cualquier duda. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Eres lo que siempre había deseado. Lo que nunca fui capaz de imaginar —le dijo, en un susurro —Te beso, y encuentro en tu piel el nombre de todo lo que me hace feliz. Ira. Una ira brutal y sin freno. Un odio cercano al paroxismo que se extendió como una pestilente burbuja más allá del Inframundo. Ares lo había percibido, y supo que había perdido. Definitivamente. No. No iba a acabar así. Él haría que no terminara así. Cerró los ojos. Y fue a por ellas. Xena fue la primera en percibirlo, pero no pudo hacer nada. El dios se materializó en el lago rodeado de dolor y frustración, y el veneno de la venganza inoculado en su divina sangre. La guerrera percibió el rugido de su alma y apenas sí tuvo tiempo para semi incorporarse cuando Ares se plantó frente a ellas. Un envite de energía estalló en el pecho de Xena y la lanzó varios metros lejos de Gabrielle. La bardo gritó y trató de iniciar una defensa, pero Ares salvó la distancia que les separaba en un suspiro y atenazó su garganta  con una fuerza inhumana. —Pequeña furcia —escupió, viendo con satisfacción cómo la bardo boqueaba desesperada en busca de aliento, aferrada a sus muñecas —No necesito a ningún estúpido e inútil dios menor. Conoce ahora —siseó, inclinándose hasta casi tocar el rostro de Gabrielle —, la podredumbre de tu alma. El dios airado posó una mano como una garra helada sobre la frente de Gabrielle y ésta se sintió inmediatamente atravesada por un maremágnum de penetrantes sentimientos, como si todo dentro de ella estuviera siendo removido y cambiado de lugar. Intentó resistirse, pero la garra de oscuridad la mantenía inmóvil bajo su poder. Percibía perfectamente la oleada de oscuridad del alma inmortal del dios de la guerra y toda su suciedad y mezquindad, partiendo su consciencia en dos como un hacha de hierro partiría un débil cráneo. Era una oscuridad, y sintió más dolor aún por ello, similar a la que siempre había percibido en Xena, si bien más intensa en su tenebrosidad, más fuerte en su origen, más definitiva y absoluta en su fin. Sintió náuseas, pero no podía liberarse del agarre del dios. Las rodillas le flaquearon y tocó tierra con ellas. Notaba espesarse la sangre en sus venas y la debilidad pronto se tragó todos sus intentos. Los brazos le pesaban como vigas de recia madera y el frío caló en sus huesos, haciéndola tiritar. Cuando el dios trasvasó a su mente, cuando el dios infame sembró su cabeza de esas imágenes, su alma, sencillamente, reventó, se hizo añicos. Cuando el dios partió dejándola extenuada en el suelo, Gabrielle se sintió morir, llena de pavor y asco, temblando como una hoja perdida en el viento, agotada, queriendo morir. Y sabiéndolo, ahora, todo. Ares, inmisericorde, plantó en ella los recuerdos perdidos del demonio llamado Usmah.   sigue -->
  • 54.
    D E T OD A S 1 1 ª L A S C Á R C E L E S . E N T R E G A Autora: Elxena * V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Xena empezó a notarlo segundos antes incluso antes de que su cuerpo recuperara del todo la consciencia. Y, al hacerlo, supo inmediatamente el terrible alcance de lo que el dios airado había hecho. Notó la absoluta devastación en lo más profundo de su alma y supo al instante que la parte de su alma que sentía así era la parte perteneciente a Gabrielle. E, inmediatamente, tuvo miedo. Miedo por la joven bardo. La sangre en sus venas se aceleró y su corazón empezó a latir  con urgencia. Algo explosionó en su pecho al percatarse del alcance del daño inflingido y odió y lloró al mismo tiempo. Odió a su padre maldito, por lo que había hecho, y lloró por Gabrielle, aunque sólo se permitió hacerlo durante un segundo, porque ahora debía ponerse en movimiento. Se sentía débil, aún más si cabe después de lo que había percibido, pero trató de hostigar hasta el último milímetro de su cuerpo para que le obedeciera. Reunir la suficiente fuerza para levantarse y llegar hasta la bardo cuanto antes, percibiendo dolorosamente el quebranto en el alma de Gabrielle que amenazaba por cubrirla por completo. Gabrielle yacía postrada en el suelo, respirando agónicamente. La raíz de las uñas de sus manos sangraban porque en su desesperación había arañado el terroso suelo, y sus ojos estaban arrasados por las lágrimas. Se sentía morir, de un modo que, para alguien que había pasado por tantas situaciones, tenía todos los visos de ser definitivo. Porque lo que estaba muriéndose era su alma, todo aquello por lo que se había guiado, lo único en lo que siempre había creído ciegamente. Ella no podía haber hecho eso. Cuando Xena llegó hasta ella, la joven había entrado en una semiinconsciencia agitada. Murmuraba palabras incomprensibles y cada centímetro de su piel ardía. No logró que volviera a la consciencia, así que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para cargarla sobre Argo y llevarla de nuevo a la fortaleza. Allí la llevó a sus aposentos y la acostó en su lecho. Por mucho que lo intentó no logró que Gabrielle superara el estado de shock en el que había caído. Pasó las primeras horas sumida en un agitado estado que las agotaba a ambas. No bebía, no comía y de vez en cuando gritaba lastimeramente, transpiraba profusamente y lo más que conseguía la guerrera de ella era murmullos incoherentes e ininteligibles. Aún siendo como era una desgracia la guerrera tuvo la fortuna de no llegar a ver la mirada de Gabrielle en el par de ocasiones en las que ésta había abierto temporalmente los ojos, pues era una mirada tan destrozada, tan cercana al más absoluto pavor y abandono, que le hubiera partido en dos el corazón. Pero lo que realmente la asustó, asustó a la curtida guerrera de mil batallas y pasado oscuro, fue cuando en una de las ocasiones volvió a la habitación tras un breve lapso de tiempo ausente en búsqueda de alguna medicina o hierba que pudiera sosegar el estado de la bardo y no la halló en el lecho. Su agudizado instinto la situó junto al ventanal, a escasa distancia del espejo de cobre que ocupaba uno de los laterales de la habitación. Xena percibió el acre olor de la sangre antes de llegar hasta ella y su corazón dio un vuelco. Cuando llegó hasta la bardo ésta estaba inconsciente, apoyada la cabeza exánime sobre la superficie bruñida del espejo, respirando agitadamente. Xena palpó su muñeca y su cuello y después todo su cuerpo, en busca de la herida, algo más tranquila al saber que respiraba. Halló la sangre, abundante, que caía desde su hombro derecho y empapaba todo su costado y parte de la espalda. Tanteó delicadamente en busca de la herida y gimió al darse cuenta del alcance de lo que Gabrielle se había hecho. Con premura empezó a tantear alrededor de su cuerpo buscando el arma con la que se había hecho eso y se calmó a tocarla con los dedos cerca de la mano abierta de Gabrielle. Era una de las dagas que guardaba en sus aposentos y se maldijo por su falta de previsión. Guardó el cuchillo y cogió a Gabrielle en brazos, llevándola hasta la cama. Se aseguró de que su inconsciencia era profunda y salió presurosamente de la habitación. Se dirigió primero al almacén de donde acababa de regresar y se agenció tela, ungüentos, más hierbas, hilo medicinal y agujas. Después pasó por la despensa y se aprovisionó de abundante agua y comida. No volvería a dejarla sola ni un momento, y se negaba a inmovilizarla de ningún modo para evitar que se hiciera daño. Le asustó pensar que podría no haber sido el hombro lo que la bardo cortara y no iba a permitir que la ocasión se repitiera. Cuando regresó a la habitación trató de subsanar en lo posible el estrago que Gabrielle se había auto inflingido. Restañó la hemorragia y limpió los bordes de la herida. Cosió delicadamente el desgarro para procurar dejar la menor cicatriz posible, ayudándose del tacto y la experiencia en mil heridas, y lo tapó con una mezcla de hierbas que sabía ayudarían a cicatrizar. Después se tumbó a su lado y la abrazó delicadamente. Durante la estancia de ambas en la cabaña, mientras Gabrielle estuvo inconsciente, Xena tuvo mucho cuidado en borrar el infame tatuaje de Usmah en el hombro de la joven y sabía perfectamente que no había quedado ni rastro, porque se había asegurado muy bien de ello. Sólo que no había podido borrarlo de los recuerdos implantados por Ares y del delirio de la pobre bardo. Besó suavemente el hombro herido y pasó una mano por sus cabellos ahora descuidados.
  • 55.
    Xena sabía perfectamentequé es lo que había hecho Ares y lo maldijo en lo más profundo de su alma. Se maldijo a sí misma una y otra vez por llevar a la bardo, sin saberlo, hasta el escenario de aquella batalla donde la halló el demonio; se maldijo por no haber sabido encontrar una solución que hubiera impedido el presente dolor de la bardo, porque no la hubiera encontrado antes de que, como demonio, llevara  a cabo tantas atrocidades y se maldijo, también, por dejar llevarse por la autocompasión. No era lo que Gabrielle necesitaba en ese momento. Lo había temido, y quizás muy en el fondo de sí sabía que este día tenía que llegar, que no podía permanecer enterrado eternamente y que tarde o temprano había que afrontarlo. Bien, entonces lo haría. Lo haría ella y ayudaría a Gabrielle a superarlo. Se había acabado el tiempo de los reproches. Lo que había pasado en el lago había empapado cada fibra de su ser más íntimo, haciendo que sintiera cosas que jamás había imaginado poder sentir. Las semanas que habían  pasado en la fortaleza, el camino que las había conducido hasta ese momento, sus días pasados también, todo el recuerdo emocional que ambas llevaban sobre sí, había implantado en ella la absoluta convicción de que nada podría separarlas. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Se lo juró a su bardo en su lecho de dolor susurrándoselo al oído, y como supo que nada físico curaría a Gabrielle, que su dolor y sus heridas pertenecían al territorio de su alma y que necesitaría una ayuda muy especial si quería que saliera de su estado invocó, por segunda vez en su vida, a un dios. Ares no iba a lograrlo, no ahora, nunca. Invocó a Actia.   *   Notó su presencia entre los delirios de su inmenso dolor, pero esta vez no sintió náuseas, pues aunque percibió el hálito de lo inmortal supo que no se trataba de Ares otra vez. Abrió ligeramente los ojos enrojecidos y vio que estaba en una estancia irreal, de espacio diáfano y luminoso. La Diosa Azul estaba allí, con ella. —Actia —la llamó con un hilo de voz. —Aquí estoy, Gabrielle. —¿Los ves, los ves? —Gabrielle se rasguñó la cara con desesperación, cerrando de nuevo los ojos. La Diosa lo vio, tal y como Gabrielle lo veía. Sólo en su cabeza, pero tan real que podría enloquecer al guerrero más curtido. Cadáveres despedazados, el olor nauseabundo de la sangre y las entrañas en descomposición, los cuerpos mutilados y desmembrados. El maldito Ares había implantado con terrible nitidez los recuerdos del demonio en la mente ahora adolecida y sufriente de Gabrielle. —Sólo están en tu cabeza, Gabrielle. No están aquí. —Sí, lo están —gimió ella, exhausta —, lo están, lo están, lo están – gritó mientras se mesaba los cabellos. La Diosa agitó su mano y una suave brisa tocó la piel de la bardo. Esta se calmó ligeramente. —Ven conmigo, Gabrielle. Hay alguien que te espera. —¡No! —ahora, una oleada de escenas sexuales arrasó su pensamiento. Ella, con decenas de hombres y mujeres. Ella… y lo que le hizo a Xena. Vomitó violentamente y empezó a gemir —Mátame, mátame, mátame. La Diosa salvó la distancia entre ambas y se inclinó hacia la bardo postrada. Posó la palma de su mano sobre su cabeza, pero el primer intento se frustró ante la fuerza del acto de Ares. Volvió a intentarlo, posando esta vez ambas manos. Al principio Gabrielle ni siquiera fue consciente, arrasada como estaba por las imágenes que asolaban su mente, pero el empeño de la Diosa logró penetrar ligeramente el oscuro telón de horror que Ares había instalado en su subconsciente y el alma herida de Gabrielle, desesperada, la detectó, lo suficiente como percibir una pequeña esperanza. —Actia… —gimió. —Escucha, Gabrielle.  Te hallas ahora a salvo en el lecho de Xena, en la fortaleza. Estás sumida en el sopor, pues tu mente es incapaz de enfrentarse conscientemente a esto, pero deberás hacerlo. He penetrado en tu subconsciente y te he traído a este limbo, pero aquí no está la solución. Debes enfrentarte a esto conscientemente. Debes superarlo. —Quiero morir. —No. Sientes que quieres morir, pero eso no ocurrirá. Debes saber quién era el demonio y quién eres tú. Tú nunca hiciste nada, Gabrielle. Ella gimió, gimió.
  • 56.
    —¡Era yo! ¡Fuiyo! —No —replicó la Diosa con firmeza —Y esa es la meta ahora de tu camino. —Ya no tengo camino. Jamás podré enmendar el daño que he inflingido. El daño que…. Xena —las palabras murieron en su garganta y sintió el acometido violento de las arcadas otra vez. —Ella estaba allí —dijo Actia —Gabrielle casi no podía soportar esa idea y maldijo a la Diosa por recordárselo, pero las intenciones de la Diosa serena eran otras —Y aquí está, junto a ti —terminó. —No, no, no —se lamentó Gabrielle. —Quiero que pienses detenidamente en ello, Gabrielle. ¿Crees que ella estaría aquí de hacerte culpable de los actos de ese demonio? V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m La cabeza de Gabrielle era un maremágnum de sentimientos encontrados. Sentía horror, asco de sí misma, pero no podía dejar de atender a las palabras de esperanza de la Diosa. —Tendría que haberme matado. Ella debería haber sabido que esto lo haría, que conocer lo que hice me mataría. — dijo con resquemor. —No, Gabrielle, no podía matar a una inocente. No eras tú. —¡Sí era yo, sí lo era! ¡Fueron mis propias manos quienes la atacaron, yo quien le arrancó los ojos, por todos lo dioses! —gritó enloquecidamente. Estaba fuera de sí. —Fue Usmah, Gabrielle. Sólo él. —No —pero ahora su negación fue más débil. —Mira dentro de ti, Gabrielle, más allá del horror implantado por Ares, y lo sabrás. No hay nada dentro de ti que pertenezca a esa oscuridad. Sólo debes creer en ello. —No —repitió. —Regresa y enfréntate a ello, Gabrielle. Debes hacerlo de forma consciente. —Xena debería odiarme. —Odia a Usmah, pero no está aquí. Ya lo mató. No está aquí. —Xena debería odiarme –repitió tercamente la bardo. —Xena aguarda ahora impaciente a tu lado, Gabrielle. Sufre porque piensa que toda la culpa es suya. —¿Por qué piensa eso? —Pregúntaselo tú. —Debería odiarme —repitió como una letanía. —No lo hace. Y deberías preguntarte por qué es así. —Siempre supe que Xena era infinitamente mejor que yo en todos los sentidos —dijo con cansancio. —¿Y por eso vas a rechazarla? —¡Yo no hago eso! —replicó vehementemente. —Es lo que piensa. Que no supo protegerte y por eso sucedió. —¡No! —y Gabrielle, en ese instante, percibió el dolor de Xena, tan nítidamente que la traspasó como un rayo —Por todos los dioses —susurró. —Ayúdate, Gabrielle, y la estarás ayudando a ella. Gabrielle permaneció en silencio por largo tiempo. El asco y el horror seguía allí, como una pátina repugnante que cubría el exterior de su alma. Actia lo percibía nítidamente.   *   Xena había asistido a todo el proceso con suma inquietud. Había percibido a la Diosa acercándose a la postrada  Gabrielle y aunque no vio cómo posaba sus manos sobre ella y el delicado halo de luz que en ese momento las envolvió sabía que Actia haría todo lo que estuviera en su mano.
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    Durante todo eltiempo que permanecieron en letargo Xena notó los periodos de agitación por los que pasaba la bardo, y escuchó sus incoherentes murmullos. Aguardó impaciente a que Actia terminara, aunque no podía evitar una creciente agitación nacer en su interior. Iba a necesitar de toda su fuerza interior para hacer que Gabrielle superara aquello, para que ambas lo hicieran. Súbitamente percibió un cambio. No lo pudo ver, pero el halo de luz se desvaneció y la Diosa se agitó. Parpadeó un par de veces y se alejó del lecho donde yacía Gabrielle. Se acercó a la nerviosa guerrera y posó en silencio la mano sobre el costado de su cabeza. La guerrera reclinó la cara cuando notó el contacto. Casi saltó cuando la Diosa le trasvasó todo lo que había acontecido en el limbo al que había dirigido la consciencia de Gabrielle para entablar contacto con ella y se rebeló contra el dolor que poseía a la bardo. Sin embargo, logró serenarse lo suficiente como para percibir también la esperanza. Cuando la Diosa rompió el contacto, asintió en silencio. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m La Diosa se desvaneció con una leve sonrisa. Ahora le tocaba a ella. A ambas.   *   Gabrielle tardó varias marcas de vela en despertar y cuando lo hizo pronunció su nombre. —Xena —la llamó débilmente. —Gabrielle —la guerrera percibió el miedo en su voz —Estoy aquí. —No quería volver —dijo entrecortadamente. Xena no le preguntó de dónde, pero supuso que del lugar donde había replegado su conciencia para no verse atormentada por los recuerdos de alguien que no había sido ella. —Él estuvo aquí —Xena sabía perfectamente a quién se refería. Se admiró de que la bardo empezara a afrontarlo inmediatamente. Hubiera querido que ella siguiera ignorante toda su vida, que jamás lo hubiera sabido, pero la venganza del dios de la guerra era incuestionable —Xena –volvió a repetir Gabrielle. —Sí, Gabrielle. —Yo lo hice. Hice todo eso. —No —respondió con firmeza Xena —Lo hizo el demonio, Usmah. Gabrielle tomó aire y las palabras que pronunció a continuación parecieron surgir de algún sitio muy lejano dentro de ella. —Yo te hice eso. En su voz había horror, había asco, había derrota. —No, Gabrielle —trató de coger su mano, pero la bardo la apartó con presteza. Trató de imprimir a  su voz todo el amor que llevaba dentro —Tú eres Gabrielle. Gabrielle. Tú no hiciste nada. —¿Cómo puedes….?  —la voz de la bardo voz desfalleció momentáneamente — ¿Cómo puedes siquiera soportar la idea de mi presencia aquí? —su voz era un grito ahogado, un lamento infinito. Había odio en ella, sí, pero un odio hacia sí misma. —Gabrielle. Tú no eras… —¡¿No era la que te violó?! ¡¿No era la que te arrancó los ojos?! ¡¿No era yo, Xena!? —su asco la golpeó directamente. Gabrielle estaba asqueada de sí misma. —Hablemos de eso, Gabrielle, por favor —le suplicó directamente, porque el tono de voz de la joven bardo  le decía que la estaba perdiendo. Que al mismo tiempo que lo intentaba, pensaba en la derrota. —Ojalá estuviera muerta —dijo con desprecio —Deberías haberme arrancado la vida, Xena. Ni siquiera deberías estar soportando mi voz ni mi presencia — pareció caer en la cuenta de algo, horrorizada —¿Cómo has podido soportar siquiera que yo te tocara? —Ayúdame —le dijo entonces todo lo firmemente que pudo —Por favor, ayúdame, Gabrielle —sabía perfectamente que la sensible Gabrielle estaba en shock, que no podría superar esto tan fácilmente.
  • 58.
    —No puedo ayudarte,Xena. Soy un monstruo. —No lo eres, Gabrielle. Él…., ¿él te lo mostró todo? —Dioses, sí —Gabrielle casi escupió las palabras. —Entonces sabes que no fuiste tú, Gabrielle. Lo sabes. —Si esa cosa entró en mí, si me convertí en ese demonio…. Algo ha de haber en mi alma que lo permitió, algo… —¡No! —Xena la atajó vehementemente —No, Gabrielle. Simplemente estabas allí. Nadie puede tener la culpa de eso. No puedes ser culpable de existir, Gabrielle. Y te lo dice alguien que sabe lo que es la culpa. —No lo soporto, Xena. Me iré. No sabrás nunca más de mí. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —¿Así es como quieres dañarme, Gabrielle? —le dijo suavemente. —¿Dañarte? —la bardo se sobresaltó —Debería vivir cien vidas para resarcirte del daño que te he inflingido. —Y aun así deseas marcharte. —¡Xena, te dañé! —casi gritó —Tú… tú estabas allí, tú…. —pero ese pensamiento fue demasiado para la bardo y la idea cayó sobre ella como una losa. Se derrumbó lentamente, hasta que quedó postrada en el silencio —Siento odio de mí misma —sollozó al fin —Entiendo que me abandonaras en la cabaña, hiciste bien en apartarme de tu lado. —¡No! ¿No lo entiendes? Si el demonio te atacó, si todo sucedió… fue por mi culpa. Yo tengo toda la culpa, Gabrielle. Nada te hubiera ocurrido si nunca me hubieras conocido. —¿Cómo puedes decir eso? —dijo Gabrielle con voz apagada. —El camino que has compartido conmigo te llevó hasta allí. Jamás me lo perdonaré. Pensé que tendrías una oportunidad de vivir el resto de tu vida ignorándolo, pero subestimé la ira de mi padre. Lo siento, Gabrielle, lo siento terriblemente. Pensé que bastaba con alejarte, con darte la oportunidad de que comenzaras una nueva vida. — Mi vida siempre has sido tú, Xena, desde que te conocí, aún en el tiempo que lo ignoraba conscientemente —la voz de la bardo sonaba extenuada, aún así, el sentimiento atravesó a la guerrera en toda su magnitud. La sencillez con que la bardo lo enunció no restó ni un ápice de intensidad a su significado. — Lo sé, Gabrielle. No me lo merezco. —Soy yo la que nada merece ya, Xena. Creo que ha sido mi camino el que te ha postrado aquí, ¿no crees? No entiendo por qué no me odias. —Porque no entiendes que fue otro ser quien cometió esos actos y no tú. Tú nunca estuviste allí, Gabrielle. —¿Cómo puedes disociarlo, Xena, cómo lo logras? —se lamentó Gabrielle con desesperación. Xena tanteó para coger de nuevo su mano y, pese a la inicial reticencia de la bardo, logró que no la soltara. —Porque jamás te hallé a ti en él, Gabrielle —Xena lo dijo firmemente, aún cuando un destello muy preciso le recordó esa noche en la tienda del demonio, cuando dejó que su deseo la perdiera y a punto estuvo de dejarse arrastrar por el placer de Usmah encarnado en el físico de Gabrielle. Cuando escuchó ese "ayúdame" que la retornó  a la cordura, cuando se impuso su única e inamovible voluntad. También recordó las palabras del demonio, la amenaza de que se arrepentiría toda su vida, pero todo lo superó la idea, en ella desde entonces, de que nada, absolutamente nada, las separaría, tal y como enunció ante el demonio errante. Juró no rendirse aquella noche, y hoy día seguía pensando igual. Aquella noche jamás existió entre Xena y Gabrielle, porque aquella noche, sencillamente, Gabrielle no estaba allí. Rogó por tener el acierto suficiente como para saber transmitirle esa verdad a la bardo herida. —No puedo, Xena. No sé si podré. —Gabrielle –la llamó dulcemente —¿Me amas? Xena notó el respingo de la bardo, pero no pudo ver la expresión estupefacta de la joven. —¿Cómo puedes….? —sacudió la cabeza, aturdida —No creo que desees mi amor. —Es lo único que jamás querría desear. —No, Xena, no puedo… —Gabrielle tartamudeó. —¿Sabes cuándo fue el preciso instante en que mi alma gritó tu nombre?   No dejó que la bardo replicara. Sujetó con más fuerza la mano de Gabrielle y despejó el camino para la conexión entre sus almas. Ese había sido el regalo de Actia antes de irse, cuando posó su mano sobre ella y le hizo ver lo que había sucedido en el limbo. Le otorgó al tiempo la facultad de enlazar su alma con la de Gabrielle, la potestad de trasvasarle todo lo que sentía su corazón. Xena regresó emocionalmente a esa noche alrededor del fuego, cuando
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    abandonaron la aldeadel sanador que había sumado su saber al de Xena para terminar de curar la rodilla maltrecha de Gabrielle  tras los acontecimientos con los bajuun,  y empezó a cosechar de su interior todo aquello que deseaba poder decir con palabras a Gabrielle, incluso utilizando los propios sentimientos de la bardo que la Diosa le había permitido ver. Sabía que su alma encontraría las palabras precisas. Los sentimientos, las emociones, empezaron a conformarse dentro de ella y, casi al instante, en el interior de Gabrielle :   Ahora, en esta realidad de todos los días que siempre había sido, volvía a ser completamente Gabrielle, aldeana de Poteidea, compañera de Xena guerrera de Amphípolis, bardo ocasional y vocacional, mitad de un todo que sólo junto a la otra quedaba completo. Así era feliz, lo sentía y lo intuía. Porque muchas veces el respaldo de sus emociones lo obtenía con una simple mirada, que venía sobre ella o ella  dirigía, y sabía que todo estaba bien, mientras la realidad que siempre había sido fuera como era, mientras siguiera saliendo el sol... y ambas siguieran juntas. Jamás lo podría expresar con palabras, no al menos ahora y aquí, pero yacía en su interior, reposando no por cansancio, sino por serenidad, pues nada temería... mientras siguieran juntas. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Notó el sobresalto en Gabrielle, cómo recibió aquello que Xena le estaba dando. Pero percibía aún una gran resistencia. Siguió buscando en su interior y buscó de nuevo el camino al alma de Gabrielle. Su pecho ahogó un vahído y frunció el ceño ante el arrebato de su propio cuerpo, recriminándose la debilidad de su descontrol. Gabrielle la miró en ese momento y entonces su alma dijo que sí a lo que siempre había dicho que no, y las palabras de sus sentimientos los tuvo que escuchar una y otra vez, porque no lograron ya callar lo que tanto tiempo habían querido decir.   Escuchó sollozar a la bardo y notó su temblor. Se acercó más a ella y logró que aceptara su abrazo. La acunó así durante el tiempo en que la bardo se sumió en el sueño y no dejó de vigilarla en un sueño plagado de sobresaltos durante toda la noche. —Xena —la bardo la llamó en un susurro entrecortado. Apenas acababa de amanecer. —Aquí estoy, amor —Xena se reclinó sobre ella inmediatamente. Pasó las yemas de sus dedos por los labios de Gabrielle y los halló resecos. Se giró para alcanzar una pequeña vasija de agua y semi incorporó a la joven para que bebiera —Despacio. —¿Por qué lo has hecho? —preguntó cuando apuró el último trago. —¿El qué? —Mostrarme tu amor de ese modo. —Porque tú no parecías creer en él. —Sí que creo, Xena, pero ahora… —Ahora, ¿qué? Ahora precisamos más aún de ese amor. —No puede haber amor en mí. No puedes querer ese amor. —Lo quiero, lo deseo, lo anhelo. Tu amor, mi amor. —No logro…, no puedo superarlo. —Me lo prometiste. —¿Te lo prometí? —En la cabaña. Me prometiste que olvidarías y seguirías adelante. La confusión se apoderó momentáneamente de la joven bardo. Estaba agotada y no recordaba haber hecho esa promesa. —No lo recuerdo, Xena. —El pasado está ahí y no podemos cambiarlo —le recordó suavemente a Gabrielle sus propias palabras, dirigidas a una Xena al borde de la amargura, cuando se lamentó por haber arrastrado a la bardo en su camino —Olvido y principio. Gabrielle recordó entonces, recordó a una Xena inquieta empeñada en hacerle jurar algo que desconocía. Ahora pudo entenderlo, y un escalofrío recorrió todo su ser. —¿Cómo has podido vivir con todo ello, Xena, cómo has podido…? —Del mismo modo que tú podrás, Gabrielle, porque lo harás. Y yo estaré a tu lado para ayudarte, juntas lo lograremos. —El demonio…
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    —El demonio estámuerto, Gabrielle —le dijo con firmeza —No regresará jamás. —¿Estás segura? —se giró hacia ella con aprehensión. —Segurísima, amor mío. Yo misma lo maté. Gabrielle no quería continuar, pero se obligó a hacerlo. Porque, en el fondo, su alma poseía la suficiente fortaleza para superar aquello. —Cuéntame —dijo vacilante —Cuéntamelo todo tú. Si puedes. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Xena sonrió tenuemente y dio las gracias mentalmente por la disposición de Gabrielle. Antes se acercó más a ella y se situó a su espalda, cogiendo dos grandes almohadas para apoyarse en ellas. Cogió delicadamente  a la bardo y la conminó a que se recostara sobre ella. La bardo emitió un entrecortado suspiro cuando Xena cerró el abrazo ciñendo su cuerpo con sus brazos y notó su temblor. Sólo entonces, cuando la sabía a salvo en el refugio de sus brazos y su voluntad, empezó a contárselo todo. La siguiente marca de vela fue la más dura que ambas habrían de padecer en su vida, pues no fueron pocas las ocasiones en las que la bardo se derrumbó, pero el amor de Xena fue conduciéndola poco a poco a través del horror, porque muy bien sabía ella que para desprenderse de algo había antes que enfrentarlo abiertamente. No le ocultó nada, aunque obvió ciertos detalles que sabía que desgraciadamente estarían en la mente de Gabrielle. Llegó al momento crucial de la trampa al demonio en la cueva, cómo el demonio herido y creído agonizante llegó hasta ella atraído por la presencia percibida de Xena. Esa parte de la historia era la que desconocía Gabrielle, pues la consciencia del demonio había empezado a languidecer entonces. Le explicó el sentido del ritual, cómo el demonio inmediatamente se dirigió hacia ella, intentando utilizarla como nuevo receptáculo, cegado por la ira al reencontrarla. Cómo  llegó hasta ella y atenazó su cuello en una violenta garra, pese a sus heridas y el engaño en su organismo que provocó la flecha lanzada por Corice. Cómo tuvo que aguardar el momento preciso, el instante mismo en que supo que el alma corrupta del demonio empezaba a abandonar el cuerpo cada vez más débil de Gabrielle en busca del suyo y cómo notó entonces la poderosa corriente de magia chamán que creó un cerco inmaterial a su alrededor. Cómo logró asir la daga escondida en su costado y elevar el brazo hasta que la sostuvo frente al demonio que empezaba a materializarse frente a ella, unos escasos segundos durante los cuales la transmutación del demonio se hacía momentáneamente carne para enseguida introducirse inmaterialmente en el nuevo cuerpo. Y Xena lo vio, lo pudo ver perfectamente, la verdadera identidad del maldito y es algo que jamás podrá olvidar, como jamás olvidaría el momento en el que lanzó su mano armada con todas sus fuerzas contra el pecho de Usmah y lo atravesó con su furia, al tiempo que el ritual chamán alcanzaba su punto álgido. Cómo el demonio se desintegró definitivamente ante sus ojos. Cómo no sólo ella sino las chamanes y las amazonas en el exterior lo percibieron. Cómo el propio ejército del demonio lo supo y empezó a huir. Y después se quedaron solas en la cueva, y Xena se apresuró a despinzar el punto de presión que había activado la flecha de Corice y a hacer una cura de urgencia allí mismo para restañar sus otras heridas. Cómo fueron trasladadas lejos de los ojos del resto de amazonas a las afueras del poblado y se le procuraron a Gabrielle las atenciones necesarias para estabilizarla lo suficiente como para resistir el viaje. Y cómo partieron después acompañadas de Corice. Y llegaron  a la cabaña. Y Gabrielle despertó. sigue -->
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    D E T OD A S 1 2 ª L A S C Á R C E L E S . E N T R E G A Autora: Elxena * Xena acunaba a la agotada Gabrielle entre sus brazos. La hora precedente había sido muy dura para ambas, pero empezaba a creer en la recuperación de la bardo. Había sufrido mucho con su relato, sí, pero era lo que necesitaba. Creía en ello, y sabría transmitirle esa creencia a ella, estaba convencida. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Acarició su cabello y besó su sien enfebrecida. El más absoluto silencio las rodeaba y ella pudo sentir, pese a todo, la paz. Acarició suavemente su antebrazo, maravillándose todavía de que un gesto tan sencillo la colmara de ese modo, y suspiró anonadada ante la intensidad de lo que sentía. Se prometió no volver a arrepentirse jamás, no volver a los reproches por haber traído a Gabrielle a su vida. Acomodó un lugar en su interior para conciliarse con su oscuro pasado, si bien sabía que siempre le acompañaría, pero ahora debía servir de ejemplo a Gabrielle, y sabría que podría con ello. La bardo se agitó intranquila en su sueño y Xena afianzó su abrazo, susurrándole suavemente. Eso la calmó inmediatamente y Xena supo que la primera barrera de oscuridad y negación, la maltrecha conciencia de Gabrielle, había sido superada. Sólo necesitaban tiempo. Y sus almas reencontradas.   *   —Me lo amputé yo misma. —¿Qué, Gabrielle? Xena se giró hacia el sonido de su voz. Estaban en el jardín, recogiendo fruta. La bardo alzó la mano incompleta, aquella en la que le faltaba un dedo, aunque sabía que Xena no podría verla. Era, la ceguera de Xena por la mano del demonio (ya podía referirse a él en tercera persona, un gran avance), lo que peor llevaba la joven. Podría superar todo lo demás, lo sabía, gracias en gran medida a la presencia de Xena, pero sus ojos muertos le recordaban perennemente la desgracia acontecida en sus vidas. Xena había percibido su inquietud respecto al tema y había tratado de apaciguarla por activa y por pasiva, hasta que decidieron no sacar nunca más el tema. —Yo me corté el dedo, Xena. Sólo porque sí —frunció el ceño y se estremeció ante la ingratitud del recuerdo que acababa de asaltarla. Le ocurría cada vez en menor medida, pero de vez en cuando recordaba cosas. Algunas terribles, pero siempre contaba con la presencia de Xena para afrontarlas y la disposición de su propia alma bendecida por la luz. —Lo siento —le dijo Xena. La bardo se alzó de hombros, la mirada fija en su mano. —Bueno, como tú bien dijiste, —la miró, iniciando una sonrisa —tendré que valerme de mis pies para contar hasta diez. Xena también sonrió, porque detectó en su voz la sonrisa de ella. Aguantó la tentación de acercarse a ella y abrazarla, como había hecho hasta hacía poco en cada ocasión que la joven se angustiaba con un nuevo recuerdo, porque ahora sabía que necesitaba afrontarlo a su manera. Siguió cogiendo fruta, aunque anotó mentalmente ese abrazo en la cuenta de debidos. Ahora que se había permitido dar rienda suelta a sus sentimientos le resultaba sumamente difícil la lejanía física de Gabrielle, inauditos los tiempos en que no la tocaba, atónita en lo más recóndito de su aún latente alma de guerrera ante su propia disposición a ello. Una Xena enamorada y abierta a una relación íntima era lo que más asombro causaba a la propia Xena. Pero lo aceptaba, por los dioses, sí, y lo acunaba y lo cuidaba, porque ya no imaginaba un día sin la presencia de Gabrielle en su vida bajo el prisma de su intimidad conjunta. Habían pasado cerca de cuatro semanas y poco a poco la nube insana que el maldito Ares había creado fue evaporándose de sus vidas. Nunca desaparecería del todo, pero Xena sabía que podrían vivir con ella, que Gabrielle podría hacerlo.
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    Ares no volvióa aparecer. Xena juró en su momento que hallaría el modo de matar a un dios y que él sería el primero y eso Ares lo tenía muy presente. Cuando comprobó el fracaso de su plan, de todos los planes que había intentado, por su mano o intermediación de otros, se retiró, furioso. Aunque jamás lo olvidaría y el rencor se enquistaría en su alma inmortal como un cáncer royendo sus entrañas.   *   —¿No está bueno el guiso? —preguntó Xena. Había escuchado el roce distraído de la cuchara sobre el plato desde hacía un rato. Y Gabrielle estaba muy callada. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m La bardo miró su escudilla. —Sí, lo siento —en realidad se había pasado toda la cena mirando a Xena, inquieta. Y reconocía el origen de esa inquietud, algo que no se había permitido sentir tras…tras lo que hizo Ares con su mente. Cabeceó, tratando de sacudirse de encima la sensación. —¿Seguro? Tal vez quieras relevarme de mi promesa. —Cada vez que lo intento me lo niegas —protestó Gabrielle. —Porque yo nunca rompo una promesa. —Pues al menos sé flexible. Déjame a mí hacerme cargo de vez en cuando. —Hecho. —¿Hecho? ¿Ya está, así de fácil? —era una cuestión por la que había discutido amigablemente con Xena y ahora, repentinamente, había tomado  la decisión. —Sí, sin ningún problema. La cocina es toda tuya, si lo deseas. Gabrielle sonrió. Sintió henchirse su pecho de una paz y una felicidad inconmensurable, no por la nimiedad del asunto que habían tratado, sino por todo lo que las rodeaba y lo que significaba. Estaban allí, viviendo juntas bajo un techo sólido en una hermosa rutina a la que, ni en los más inauditos de sus sueños, hubiera pensado que se amoldarían tan bien. Sobre todo Xena, que siempre había tenido aversión a instalarse permanentemente en un lugar, siempre urgida por el imperativo de su camino. Y habían sobrevivido a toda la oscuridad que se había cernido sobre ellas, incluso la más feroz y reciente. Ahora, después de tantas penurias, de todo lo que habían pasado juntas, allí estaban, más unidas que nunca, colmadas. ¿O no? Algo faltaba. Algo que había empezado a renacer en la bardo y que sabía que Xena guardaba dentro de sí, paciente. Últimamente con mayor asiduidad recordaba sus besos, el momento en el lago, cómo se tocaron, todo lo que se dijeron. Dormían juntas y la guerrera la llenaba de abrazos y sus besos eran tiernos y cuidadosos y no iba más allá y lo hacía así porque intuía las reticencias de Gabrielle, porque era en Gabrielle donde se albergaba el temor. La bardo temía alcanzar la total intimidad porque creía que Xena no lo soportaría, aunque en el fondo sabía que ella lo aceptaría, libre de cualquier recuerdo, y que el error, el miedo, estaba en ella, la bardo, que no podía quitarse de la cabeza el encuentro insano del demonio con la guerrera. Pero poco a poco todo eso había ido diluyéndose, en el tiempo, en el espacio, en su subconsciente, arrinconado y sepultado por los nuevos días. Y cada vez más habitualmente tenía esos momentos de intensa distracción, cuando no podía apartar la mirada de Xena y la inquietud, el deseo, brotaba en su interior. Pero luchaba consigo misma, porque no sabía cómo hacerlo, qué hacer para que todo fluyera tan naturalmente como lo había hecho en el lago. Hasta que esa noche, dejada de lado la cena, inquieta, le dijo a Xena que iba a acostarse. Recogió su plato y su cuchara y los depositó en el barreño de agua. Se acercó a Xena y se inclinó sobre ella para besar sus labios, como hacía cada noche. La guerrera acarició su brazo con ternura, lo que hizo que la bardo se erizara por completo. —¿Tardarás mucho? —logró preguntarle.
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    —Iré enseguida. Cuando Gabrielleabandonó la sala Xena exhaló profundamente. Lo había sentido. Había aguardado pacientemente este momento, y se había asombrado de haberlo logrado, ella, una persona tan sexual en su pasado, que jamás se había preocupado lo más mínimo de refrenar su deseo. Pero en ese pasado no había tenido cabida el amor, este amor que ahora por fin le había alcanzado en toda su plenitud, y sabía que el amor obraba inconmensurables milagros. Y  mientras se levantaba de la mesa, dio gracias por ese amor en su vida y rogó porque esa noche todo saliera bien.   * V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m   Encontró a Gabrielle asomada al ventanal. Siempre sabía dónde hallarla, siempre percibía nítidamente su presencia. Y si hubiera podido ver, si la hubiera visto, su figura recortada en contraste con la luz de la luna y las velas del interior, si hubiera podido, hubiera sido una imagen que jamás habría podido borrar de ella. Porque atesoraba muchas imágenes de la bardo de antes, pero esta Gabrielle actual, una vez renacida del horror pasado, era una Gabrielle sin igual, hermosa por amor y por pasión. La joven se giró ligeramente cuando notó que Xena entraba en la habitación y aguardó inquieta a que la guerrera se uniera a ella. Estaba desbordada por la maraña de sentimientos y emociones que la atravesaban y se sentía como justo antes del momento en el lago, aunque ahora había perdido parte de su confianza y se lo reprochaba, porque sabía que no podría continuar así eternamente. Xena llegó hasta ella y ciñó por detrás su cintura, acercándola. La guerrera aspiró con deleite el aroma de Gabrielle y ésta sonrió tenuemente, acariciando el dorso de las manos que la abrigaban. —¿Hay luna hoy, Gabrielle? —le preguntó. —Sí. Pero aún le falta parte para alcanzar la plenitud. —Aun así, será hermosa. —Lo es —suspiró Gabrielle. —Tú eres hermosa —susurró la guerrera junto a su oído. Gabrielle cerró los ojos y reposó su cabeza sobre el pecho de Xena. Ésta la besó con dulzura. Sin poder evitarlo, unas silenciosas lágrimas empezaron a rodar sobre el rostro de la bardo. —Tú lo eres, Xena. Eres hermosa en lo que respecta a tu aspecto, bien lo sabes, pero lo eres aún más por el mundo interior que se asoma en tus gestos y tus palabras. ¿Sabes que fue el principal motivo por el que te seguí y te seguiría por toda la eternidad? —no quiso mencionarle que era un mundo interior cuya primera pista se la dio su mirada, y así quiso apartar de inmediato cualquier sombra en su alma por todo lo que implicaba. Aciagamente, su mayor temor cuando empezó a viajar con la guerrera se había materializado de la forma más infausta: había sido herida por su causa, por mucho que ya hubiera aprendido a distanciarse de los actos del demonio y considerarlos ajenos. Pero siempre le quedaría la amargura de lo ocurrido, por mucho que lograra enterrarla profundamente en su interior. —Tú lo has obrado, Gabrielle. Tú me has convertido en hierba, en junco y en aire, algo que, sin saberlo, siempre había anhelado. Gracias por dejar que me acerque a ti y gracias por darme tu intimidad. Las silenciosas lágrimas de Gabrielle arreciaron y aunque intentó que no fueran detectadas, no lo logró. —Espero que esas lágrimas no sean de pena. —No lo son, mi amor —cabeceó suavemente —Soy feliz, más de lo que considero me merezco, y mi felicidad, Xena, lleva tu nombre inscrito en ella. La guerrera volvió a besar su rubio cabello. Soltó una de sus manos y la alzó para acariciarlo con el dorso de la misma. Le maravillaba la suavidad y la levedad del mismo, como si tocara la materia de un sueño. Recogió un mechón entre las yemas de los dedos. —Entonces no me preocuparé. —No lo hagas —Gabrielle se giró levemente y acomodó su costado sobre el pecho de Xena —¿Sabes cuánto tiempo he aguardado para decirte que te quería? ¿Recuerdas el claro en el que te enfrentaste a los bajuun, cuando despertaste de aquel extraño letargo? —Recuerdo a las más valiente y hermosa de las mujeres haciéndoles frente. Gabrielle sonrió. Acarició con su mano el costado de Xena. —Cuando pensaba que todo estaba perdido, cuando ni siquiera podía sospechar que despertarías, sólo desee haberte podido decir cuánto te amaba.
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    Xena sintió unbálsamo de calor inundar toda su alma. Como un rayo fugaz pasó por su mente el instante en el que despertó maltrecha en la tienda del demonio, tras haber sido forzada por él y en cómo la esperanza superó al temor de que llegara un futuro en el que habría de arrepentirse si Gabrielle llegaba a tener conocimiento de lo que allí había sucedido. Bien, eso ya había ocurrido y ambas seguían allí y sabía que profundizarían más en sus sentimientos. Y reconoció en esa convicción la esperanza que Gabrielle había traído a su vida. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Siempre lo temí, ¿sabes?, tu amor —notó la tensión en Gabrielle —Porque intuía que entre ambas todo habría de ser absoluto. —trató de calmarla acariciando su espalda —Que era especial, tan especial, que descarnaría mi alma y la desnudaría ante ti. Temía que la alcanzaras con tu luz y sintieras rechazo por lo que en ella hallaras —las últimas palabras de la guerrera apaciguaron la tensión de Gabrielle —Actia me dijo que debía buscar, que ya lo había hecho una vez. No supe a qué se refería entonces y aún ahora lo ignoro. Pero sé que ya no debo hacerlo, porque siento que ya he encontrado lo que siempre había deseado. Y eres tú, Gabrielle —la bardo se estremeció —¿Recuerdas cuando respondiste a mi beso, en la cabaña? Ese beso está grabado a fuego en mí, Gabrielle, y también las palabras que pronunciaste. Creo en ti, y creo que ésta es nuestra única verdad. Siento haber cometido tantos errores en lo que respecta a nosotras, lo siento, Gabrielle. Gabrielle había dejado de llorar. Las palabras de Xena habían conjurado sus lágrimas y ahora lo único que sentía era la poderosísima conexión latente entre ambas. De pronto, todas las barreras, todo el temor, se diluyeron en un torrente de amor y deseo. Se distanció ligeramente de Xena y la encaró, acariciando sus antebrazos. —No logro imaginar ningún otro momento en el que mi amor hacia ti sea tan poderoso, Xena —susurró, embargada por la emoción —Te amo, mi vida entera es tuya, mi alma y todos mis deseos. Los labios de Xena temblaron e inclinó lentamente el rostro hacia la bardo. Gabrielle no vaciló. Fue al encuentro de su boca y sus labios se fundieron en una caricia eterna. Ambas se exploraron con lentitud y pasión contenida, hasta que ya no pudieron más y la urgencia las arrastró hasta el lecho. No hubo ninguna vacilación cuando Gabrielle tomó la mano de Xena y la llevó hasta su pecho y la guerrera se sintió desfallecer cuando notó a la bardo arquearse bajo su contacto. Su respiración agitada la enardeció y empezó a recorrerla con caricias apasionadas. Invocó a la eternidad, deseosa de que el momento se congelara en el tiempo, seguir sintiendo el resto de su vida el sabor de la piel de Gabrielle en sus labios.  La bardo respondía a cada una de sus caricias como si fuera la última que hubiera de recibir en su vida y sus suspiros cada vez más profundos le hacían temer perder el control. Quería ir despacio, darle tiempo, dárselo a ambas, pero la transición parecía que iba a ser más rápida de lo que pensaba. Gabrielle respondía a sus caricias con pasión, intentando igualarlas y el deseo de Xena se agitaba al límite. Recogió los labios de Gabrielle entre los suyos y los besó con avidez, la bardo gimió y urgió a la guerrera a que se desprendiera de la túnica de algodón, mientras forcejeaba por desprenderse de la suya. No soportaba más la lejanía de su piel con la de la guerrera y pronto ambas yacieran desnudas sobre el lecho. —Te quiero, te quiero, te quiero —susurró una y otra vez Gabrielle sobre el cuerpo febril de la guerrera, palabras que la hacían enloquecer de amor y pasión. Xena tapó su boca con la suya, bebió de sus labios, como si quisiera absorber cada parte de Gabrielle, se colocó encima de ella y la acarició largamente, tocando cada rincón de su cuerpo una y otra vez. Gabrielle se arqueaba bajo la dulce presión de Xena y jamás creyó que podría sentir así, y creer llegar al final de ese sentimiento y avanzar aún más en él, como si fuese una espiral infinita de exaltación. Empezó a gemir quedamente y fue la señal que necesitaba Xena para sellar el amor que sentían. Sus caricias se incrementaron en pasión y osadía, sus manos se acercaron lentamente hasta la zona más delicada de Gabrielle, atentas ante cualquier vacilación de la bardo. Pero no hubo ninguna vacilación, ninguna traba y los dedos febriles de Xena acariciaron los suaves muslos de la bardo, su piel delicada y hasta entonces desconocida, se demoraron con pereza y casi hicieron reventar de agonía a la joven. Xena la besó apasionadamente, tanteó con su lengua sus labios temblorosos de pasión, lamió su deseo y lo hizo suyo. Sintió un momentáneo pánico por lo que estaba a punto de hacer, por traspasar la barrera que iban a cruzar, pero sabía que no había error ninguno en ello, porque su alma no podía equivocarse en lo que estaba sintiendo. Y fue su alma la que guió sus actos, sus besos, sus manos. Llenó de besos hasta saciarse la piel de Gabrielle, aunque era consciente de que jamás podría estar ahíta de ella, llevó su boca hasta su cuello y allí le susurró cuánto y cuánto y cuánto la quería. La penetró dulcemente, poco a poco, con la suficiente osadía como para arrancar un gemido gutural de la garganta de Gabrielle. La bardo quiso poder tener el suficiente control sobre su cuerpo para responder a las palabras de Xena y decirle cuánto también ella la amaba, pero las palabras se le habían quedado prisioneras del deseo, del poderoso vaivén de excitación que la estaba inundando y sólo pudo gemir, gemir, y aquellas fueron todas las palabras que pudo pronunciar. Xena dejó sus dedos dentro de ella unos instantes, maravillándose de la sensación, hasta que la bardo empezó a agitarse inquieta y reclamó su continuidad. Empezó a mover sus dedos con ritmo ascendente y creyó no poder aguantar los gemidos de Gabrielle y su evidentísimo estado de excitación. Hubiese deseado poder verla, mirarla a la cara en ese momento, porque sabía que resplandecería hermosa, pero lo vio en su corazón y fue suficiente. La bardo se agitaba ahora cada vez con más premura y Xena tocó con su dedo pulgar la zona palpitante de la joven, masajeándola al mismo ritmo que tomaban sus dedos dentro de ella. Tomó su otra mano para acariciar el estómago desnudo de Gabrielle y ésta reaccionó de inmediato a ambos estímulos, dando un respingo. Su respiración se hizo más profunda, al tiempo que su garganta emitía ronroneos de puro placer. Xena decidió no esperar más y acrecentó el ritmo súbitamente, provocando con ello una nueva alteración en la joven, que pareció quedarse momentáneamente sin respiración. A los pocos segundos, el orgasmo alcanzó a la bardo en toda su plenitud, notó la explosión de calor repartirse por cada nervio de su ser y pensó que jamás volvería a recuperar el control de su cuerpo. Su garganta pronunció el nombre de Xena, ahogada, todo su cuerpo se tensó en el momento culminante y después se dejó llevar lánguidamente, arrastrada por los ecos de la excitación. Xena la besó en la boca, una, dos, tres veces. Lamió sus labios y atrapó su lengua, mientras posaba su mano sobre
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    el pecho agitadode la bardo. Acarició los pezones tersos y la delicada piel y después volvió a recorrer todo su cuerpo otra vez. La respuesta de la bardo fue inmediata, y su cuerpo empezó a reclamar más caricias. Ella misma estaba asombrada de su pronta excitación de nuevo, pero sumida como estaba en un estado de éxtasis erótico, dejó sus pensamientos a un lado y se centró sólo en sentir. Xena estaba recorriendo con lengua cada centímetro de su cuerpo y Gabrielle estaba a punto de explotar. Con audacia se estiró y reclamó la boca de la guerrera, que obedeció inmediatamente. Bebió de sus labios, su lengua exploró aquel territorio tan dulce y sus caderas se pegaron al cuerpo de Xena como una segunda piel. Besó su cuello, allí donde era excepcionalmente suave, y no pudo detener su lujuria, la explosión de emociones que la estaban embargando, y se lanzó a besarla profundamente, atrapando su boca en un beso infinito que no parecía tener fin. Escuchó el jadeo de Xena sobre sus labios, pero no quiso dejarla ir e inició otro beso eterno y la guerrera gimió dentro de ella y la notó febril y a punto de saltar en pedazos. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m Entonces toda barrera se desdibujó por completo en ella y acercó su mano al centro de Xena y ésta gimió quedamente y Gabrielle ya no pudo parar. Acarició la piel suave del interior de sus muslos, acercándose con cada caricia a aquello que tanto anhelaba y una vez lo tocó, ya no pudo dejar de hacerlo. La guerrera respondió con una explosión de placer que hizo que el vello se le erizara y se unió a su propio goce, cercano ya a la culminación. Ni siquiera se había detenido a pensar si podría o no hacerlo, pero allí estaba y era todo lo que siempre parecía haber deseado. La comunión completa con Xena. Con su mano libre aferró la barbilla de la guerrera y le susurró en la boca un "te quiero" que la convulsionó por completo, acelerando su orgasmo y, con él el de ella, el de la propia Gabrielle. Ambas cayeron exhaustas y abrazadas. Gabrielle notaba el ritmo aceleradísimo de su corazón, acompasado al de Xena, y todo le pareció hermoso y la única verdad. Cubrió de pequeños besos el rostro de Xena y ésta se dejó hacer, sumida en la más absoluta languidez. —Te quiero, Gabrielle —susurró Xena. —Te quiero, te quiero —las palabras de Gabrielle eran como un eco de su propia alma desparramadas sobre la piel de Xena. —¿Estás…bien? —preguntó súbitamente preocupada la guerrera. —No encuentro palabras para lo que siento, para cómo me he sentido. Ha sido… —suspiró, dejando sin terminar la frase. —Lo tomaré como un sí. —Hazlo —Gabrielle sonrió, acariciando con un dedo la barbilla de Xena. Parecía que sus ojos veían bajo una luz distinta a Xena, que volvían a aprendérsela, una vez ya había sido conocida, creía ella, bajo todas las circunstancias. Pero ahora era distinto, algo había cambiado. Ahora miraba a la guerrera y el eco de su deseo reverberaba entre las paredes de su mirada. Era como si la viera por primera vez. Y algo de ello había, en efecto, porque ahora a quien miraba era a su amante. "Amante", la palabra se hizo luz y color en su interior, sobresaltándola. Se sintió plena, absolutamente completa en su esencia. —¿Qué ocurre, Gabrielle? Estás muy callada. —¿Tú estás bien? ¿Para ti ha sido…? —Especial. Maravilloso. Único —con cada palabra Xena depositaba un delicado beso en el rostro de Gabrielle. —No te arrepientes, entonces. —Jamás. ¿Y tú? —Jamás —Gabrielle se acurrucó más aún cerca de Xena y ésta aumentó su abrazo. —Creo que el camino… que el camino hasta aquí ha sido largo, y duro, pero ha merecido completamente la pena. Todo. Lo que ha sido y lo que haya de ser. Gabrielle comprendió qué le estaba diciendo Xena y supo que para ella también era así. —Todo —repitió —Lo que fue y lo que haya de ser —lo pronunció como una promesa y notó que una leve tensión en la guerrera se diluyó ante sus palabras. Gabrielle aceptaba todo lo que había ocurrido. Y aceptaba el futuro. —¿Y ahora qué, mi bardo? —Ahora, la vida —respondió con convicción Gabrielle —Y tú y yo en ella, amor mío. —Sí —Xena suspiró sobre su cabello —Sí. Gabrielle se adormeció entre su brazos, deslizándose suavemente en un sueño libre de pesadillas y lleno de esperanza. Por eso Gabrielle no estaba despierta cuando Xena lo percibió, incrédula al principio, pero más agitada conforme la
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    realidad iba penetrandoen la certeza.  La guerrera se removió inquieta y se deshizo del abrazo de Gabrielle con cuidado, procurando no despertarla. Abandonó el lecho y, palpitando precipitadamente, se acercó al ventanal, aguantando hasta llegar a él para alzar sus, descubrió entonces, temblorosas manos. Sus trémulos dedos se acercaron entonces muy lentamente hasta la venda de tela que cubría sus ojos muertos y empezaron a desembarazarlos de ella. Cuando la tela cayó al suelo, perdido su agarre por la ferocidad de los temblores, la cabeza de la guerrera permaneció gacha, súbitamente asustada, el mentón apoyado en el pecho. —¿Xena? —la voz preocupada de la bardo llegó tras ella —¿Ocurre algo? Xena no se atrevía, porque sabía que todo podía ser vana esperanza, pero no podía ocultar la absoluta certeza que había sentido. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —¿Xena? —ahora Gabrielle sonaba asustada. Había despertado movida por la inquietud, notando perfectamente la ausencia de Xena a su lado. Se alzó del lecho, dispuesta a ir hasta ella, pero algo la retuvo. Xena se había girado hacia su voz. Había levantado el rostro hacia ella. Y eran sus hermosos ojos azules quienes la estaban mirando en ese momento con todo el amor del mundo reflejado en ellos. Las rodillas de la bardo flaquearon en ese momento, y ahogó un grito en su pecho. Pero se repuso y salvó la distancia entre ambas enseguida. Se plantó ante Xena, atónita, insegura de avanzar sus manos hacia su rostro, prendada de su mirada. —Por todos los dioses, amor, ¿cómo es posible? Los ojos de Xena se llenaron de lágrimas, incapaz de pronunciar palabra. Gabrielle se rehizo del aturdimiento y la abrazó, susurrando gratitud. —Amor mío —el susurro de Xena la sacó de su letanía. Xena la apartó suavemente y sujetó su barbilla, mirándola a través de las lágrimas. La bardo las enjugó con uno de sus dedos —Hermoso amor mío. Ambas quedaron sujetas por la fuerza inconmensurable de sus miradas, prendidas en su eternidad. —¿Cómo?... —No lo sé, Gabrielle —susurró Xena —Sólo que así es. "La llave de todas tus cárceles". La frase la atravesó limpiamente, dejando un poso de serenidad en ella. Xena la reconoció, y ya no se detuvo ante extrañezas ni dudas, sino simplemente la aceptó y la acunó en su interior. Cuando invocó a Actia en la cabaña, decidida a alejar de allí a Gabrielle  para ponerla  salvo, le preguntó si podía curar su ceguera y ella le dijo que no, pero que había otros caminos. Sus almas, al parecer, eran el camino. Su absoluta conexión. Y estaba íntimamente convencida, lo sabía, de que la luz en el interior de Gabrielle era esa llave, esa llave que abriría las cárceles que aprisionaban su alma herida. —Toda mi fortuna en mi absoluta existencia, Gabrielle, ha sido conocerte. Creo que nací para llegar hasta ti. Gabrielle no podía apartar los ojos de los de Xena, incrédula aún de no encontrarse ante un espejismo que pronto se diluiría. Atónita, pletórica, feliz. Las palabras de Xena la alcanzaron en toda su plenitud. Su respuesta fue besarla, un acto sencillo que ahora añoraba cada vez que concluía, anhelando empezar una y otra vez. —¿Sabes, amor? —susurró —Intenta imaginar un mundo. Un mundo donde no existe la injusticia, donde no halla cobijo la insania o el terror, el abuso, la violencia… —la abrazó con fuerza —Bien, Xena, ese es mi mundo. El mundo donde quiero habitar. El mundo donde quiero que tú habites. Por eso te seguí, por eso fui a ti. Por mí…y por ti. No me preguntes por qué, ni cómo. No lo sé. En ese mundo, Xena, puedes permitirte la debilidad. Y mi fortaleza. Y el miedo ante ambas cosas. Puedes habitar en ese mundo, Xena, puedes. Yo estaré contigo en él, amor, y también estoy convencida de que nuestros destinos se sellaron en el mismo instante de nuestro nacimiento. —Es un mundo hermoso, Gabrielle. Y quizás mi alma lo anhela más aún por haber habitado en otros mundos, oscuros y perdidos. —¿Aceptas ese mundo, esa vida? —Acepto lo que sea, junto a ti. Gabrielle volvió a alzar la mirada. Los limpios ojos de Xena la aguardaban. Acarició sus párpados, como si tuviese que cerciorarse físicamente de que estaban allí. Al hacerlo, una herida se cerró definitivamente en su interior. El mal provocado por el demonio había sido conjurado por partida doble esa noche. Pasaron la mayor parte de la noche en vela, Xena aún temerosa de cerrar los ojos y despertar a la ceguera de
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    nuevo, como sisólo hubiese tenido la tregua de una noche. Pasó las horas contemplando el rostro de Gabrielle, que ya creía perdido salvo en sus recuerdos, y volvieron a hacer el amor, mirándose mutuamente, llenándose con los cinco sentidos. Gabrielle también se resistía a dormir aunque el agotamiento las atrapó a ambas al filo de la madrugada, una vez contemplaron juntas el amanecer. Xena fue la primera en despertar. Besó a Gabrielle suavemente. Y la miró. Gabrielle se despertó a su vez. Jamás olvidaría esa mirada. —Buenos días, amor —susurró Xena. —Buenos días, princesa —replicó Gabrielle, sonriendo. Xena arqueó una ceja, fingiendo amenaza. V FA ER ht N SI tp F Ó :// IC N V ht O E O tp .c N RI :// os ES G vo a P IN .h te AÑ AL ol ca O , .e .c L s o m —Aquí dentro no hay árboles —replicó Gabrielle, divertida. —Siempre puedo colgarte de la torre. —Puedes —concedió graciosamente. El alma de la bardo se regocijó al sentir la conciliación entre su pasado como amigas y su presente como amantes y sintió que todo encajaba en su sitio. —El día es hermoso —dijo Xena. Gabrielle se giró hacia el ventanal. Espesos nubarrones preñados de lluvia se amontonaban sobre un cielo plomizo. Sonrió. —Sí, lo es. —¿Qué quieres hacer hoy? —Xena la abrazó, acariciándola. —Besarte —replicó sin dudar. —Es una opción. ¿Y después? —Más aún. —¿Besarme más aún? —Sí. —Creo que no me disgusta. —Eso pensaba. —Gabrielle. —¿Humm? —la bardo se perdía en su abrazo. —Te quiero. Y esa eran las dos palabras, lo sabía, que iba a pronunciar cada mañana nada más abrir los ojos durante el resto de su vida. F I N T U O P I N I Ó N E N E L F O R O