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LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44
(Producto de aprendizaje 1)
EJERCICIO DE CREACIÓN LITERARIA
Con los elementos estudiados en éste y en los bloques anteriores (tema e historia, secuencias básicas, narrador y
personajes, etc.), escribe un cuento corto. En la construcción de tus personajes y el desenlace de la historia debes
considerar las siguientes preguntas:
 ¿cuáles son sus cualidades físicas (prosopografía, retrato) y emocionales (etopeya)?,
 ¿en qué época y lugar viven?,
 ¿qué se proponen, es decir, cuál es su objeto?,
 ¿qué obstáculos deben vencer para conseguir lo que desean?,
 ¿quién cuenta la historia y dónde se ubica?
 ¿qué desea el narrador expresarle al lector?, ¿cuál es su intención?
ESCRIBETU CUENTO CORTO
PLANTEAMIE
NTO
Tal vez no fue su culpa nacer en esa época, y no es que justifiquelo que hiso,no fue uno
de los mejores periodos de presidentes en México. Llego a este mundo Lenin Said Taxilaga
Umaña, en el periodo de Echeverría Alvares y parte de su infancia con López Portillo,fue
un niño muy tímido, diferente a todos, quería encajar en la sociedad,pero nada le
ayudaba.Y así se puede describir lainfanciadel afortunado Lenin
Su familia era muy humilde, a muy temprana edad, diariamente se despertaba antes de
que cantaran los gallos, tenía que cumplir una seriede tareas,tales como alimentar a los
animales,ir por la leña,traer agua del pozo, encargarsede sus hermanos,y todo esto
antes de ir a la escuela.Su padre, así lo consideraba, porquevió por el desde que nació y
Le tenía gran afecto, Lenin nunca conoció a su padre biológico y nunca tuvo la más mínima
Curiosidad por saber algo deél. Su dureza se fue forjando poco a poco, golpe a golpe, era
Castigado severamente por su madre, variasveces lequemaron las manos y pies en el
Comal de las tortillas,otras lo dejaron inconscientea leñazos,hubo ocasiones quele golpe-
Aba con el látigo de los burros y su piel de Lenin era reventada, sangraba y nadielehacia
Caso.El, al tomar conciencia sepropuso no llorar, más o menos a la edad de 8 años,cada
Vez que lo golpeaban,solo miraba con ira y odio.Pues esto fue la preparación para lo que
seria después.
Ala edad de 14 años quiso alejarsedesu casa,quería superación,entro ala HENM el maxi -
Mo plantel de formación,ahí vivió cosas queno tan peores como en su casa,pero se forjo
Un excelente cadete, con doctrina.Estudió para ser IMP y salió graduado como Premio.
RUPTURA DEL
EQUILIBRIO
Durante cinco años sepreparó arduamente para ser el mejor, llego a ser Fuerzas
Especiales,Comando,Tirador selecto, FUSPAR, y lo más importante KAIBIL (máquinas de
Matar). Pero se enamoró de una chica bellísima,a su parecer la más hermosa sobre la tie-
rra,perdido enamorado por ella,a pesar de que él era muy duro, con ella fue el más cari-
ñoso, la amaba intensamente, pero ella no correspondía a la misma intensidad,lo menos
preciaba,el creía que era porque nunca le falto ese cariño que a él sí, ella lo desprecio
Muchas veces, lo peor que le puede hacer una mujer a un hombre perdidamente enamo-
rado es menos preciarlo, porqueestá acabando con todo lo bueno que había generado.
DESARROLLO
Así sucedió,él se cansó de esto, por despecho le dijo que solo leatraía su físico,después
De haberledicho tantas veces que la amaba,por su alma.Dijo que el ya no aceptaría
Limosnas de cariño.La dejo, pero al parecer ella sin importancia como siempre,no le
Importo arreglar las cosas,el en su interior moría por lo que había hecho, la amaba con tal
Intensidad,pero demostró dureza, fue firme y tal vez no tan sincero con ella,el soñaba
Por la nochecon esos hermosos ojos que vio por tanto tiempo y que siempre lefueron
Indiferentes, decía y deliraba con ella.
Prometió que nunca más volverían a jugar con él , y corto todo tipo de sentimiento débil
Volvió a ser como antes, no sonreía, le eran indiferentes todos, solo pensaba en aquella
Mujer que le cambio la vida para bien, pero que poco a poco con sus acciones fue matan-
Do todo lo bueno que existía en él, lo único que lo sostenía en pie era su rudeza y su ama-
Da doctrina, que a seguía a pie de cañón como un verdadero Caballero de Mar.
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(Producto de aprendizaje 2)
EJERCICIO DE LECTURA, INTERPRETACIÓN CONTEXTUAL Y REDACCIÓN
a) Lee con atención el siguiente texto.
Tomo muchos cursos más para olvidar a aquella mujer que no quería que se pronunciara
Tan solo su nombre, “Isis” como la diosa de la fertilidad.
Por ser unos de los hombres más preparados dentro de México y de pertenecer al mejor
Cuerpo, ser un KAIBIL, la ONU lo convoca para apoyar en siria donde estaba aquella guerra
Tan sangrienta,donde vio morir a tanta gente inocente, aun mas así,se volvió una diaman-
te de dureza, no se volvió a enamorar por que no creía encontrar otra mujer como
Aquella que no tomo importancia de lo que sentía.
Regreso a México después de 3 años, ya acostumbrado a matar para sobrevivir, se volvió
Más agresivo, era menos tolerante con todos, no salía de casa, solo entrenaba y leía
Era lo que lo mantuvo cuerdo por un tiempo.
En una ocasión el entrenaba en su casa, era ya muy tarde, le gustaba su casa por que
Estaba en Cancún, porque era tranquilo todo, entro un ladrón ala casa, fue grave error del
ratero, lo amenazo con un arma, pero el inmediatamente saco una Cold 45 y le disparo en
La cabeza. Fue ante la justicia pero quedo libre por que fue en defensa propia dentro de su
Propiedad.
Una ocasión de compras una señora lo desespero, pues él ya era menos paciente, mas
Violento, no sabía que pasaba en el mundo, ver tanta sangre lo volvió un hombre sin pala -
bras, quiso la señora alegar con él por algo mínimo, cuando termino ella de hablar, la
Levanto del cuello y le azoto contra el suelo, hasta destrozar su cráneo sangro tanto, pero
El solo se alejó del lugar, para él era normal esto, tal vez pensaba que seguía en zona de
Guerra,
Huyo para su tierra natal en la Sierra chontal, ahí se refugió por mucho tiempo, pero tam-
bien ya era incontrolable su ira, sin ese amor que sentía por aquella dama de sus sueños,
Aquella que el denominaba diosa o musa hermosa, no se controlaba, se volvió practica -
Mente un animal salvaje.
En su pueblo mato a dos hombres que se quisieron pasar de listos, les corto la nariz con
Sus machetes, los degolló lentamente para que sintieran todo el dolor posibles,
Gritaban igual que cuando matan una vaca, su cara de satisfacción de Lenin después de
Haber hecho sus sacrificios, él ya era buscado por la policía, y por el tribunal de justicia
Militar, estaba fichado.
DESENLACE
Después de que ya no recibía sueldo como Marino, comenzó a robar para comer, era
Muy hábil y todas las cosas que ya sabía le ayudaron.
Una vez entro a un minisúper, quiso robar, salió huyendo pero hombres como el estaban
Tras sus pasos, fue llevado hasta un callejón donde fue emboscado y lo acribillaron a
balazos. Y así muere un hombre por despecho y desprecio de una bella dama, nunca supo
más de Isis, es increíble la forma en que se pierde un gran hombre como Lenin Said
Taxilaga Umaña.
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b) Con ayuda de los diferentes instrumentos de investigación documental, investiga la vida y el contexto del
autor.
c) Redacta un comentariosobre cómopudo haber influidoel contextode producción de Ricardo Güiraldes en
el contenido de su novela.
d) En el mismocomentario, incluye un subcapítulodonde respondas a lassiguientes preguntas:¿cuáles sonlos
valores que se ponende manifiesto enel relatode donSegundo Sombra yde qué manera podemos aplicarlos
a nuestro contexto de recepción?, ¿qué enseñanza desea transmitir el autor?, ¿por qué crees que sea
necesarioconocer una novela como ésta?, ¿cómo relacionaríasel contenidodel textoconla realidad actual?
DON SEGUNDO SOMBRA
(Ricardo Güiraldes, fragmento)
CAPÍTULO XXI
Del día ya noquedaba más que una barra de nubes iluminadasenel horizonte, cuando, por una lomada, enfrentamos
los paraísos viejos de una tapera.
Don Segundo, revisandoel alambrado, vio que podía dar paso en unlugar enque dos hilos habían sido cortados.
Tal vez una tropa de carros eligió el sitio, con el fin de hacer noche, aprovechando un robito de pastoreo para sus
animales. No se veía a la redonda ninguna población, de suerte que el campo era como de q uien lo tomara, y los
arbolitos, aunque ennúmerode cuatro solamente, debían haber volteadouna rama o gajoque nos sirviera para hacer
fuego.
Hicimos pasar nuestras tropillas al campo y, luego de haber desensillado, juntamos unas biznagas secas, unos
manojos de hojarasca, unos palitos y un tronco de buen grueso. Prendimos fuego, arrimamos la pavita, en que
volcamos el agua de unchifle para yerbear, y, tranquilos, armamos unpar de cigarrillos de la guayaca, que prendimos
en las primeras llamaradas.
Como habíamos hechoel fogóncerca de untronco de tala caído, tuvimos donde sentarnos, yya nos decíamos que
la vida de resero, con todo, tiene sus partes buenas como cualquiera. Creo que la afición de mi padrino a la soledad
debía influir en mí; la cosa es que, rememorando episodios de mi andar, esas perdidas libertades en la pampa me
parecíanlo mejor. Noimportaba que el pensamientolo tuviera medio dolorido, empapadoen pesimismo, comoqueda
empapada de sangre la matra que ha chupado el dolor de una matadu ra.
De grande y tranquilo que era el campo, algo nos regalaba de su grandeza y su indiferencia. Asamos carne y la
comimos sin hablar. Pusimos sobre las brasasla pavita ycebé unos amargos. DonSegundome dijo, con suvoz pausada
y como distraída:
—Te vi’a contar un cuento, para que se lo repitás a algún amigo cuando éste ande en la mala.
Cebé con más lentitud. Mi padrino comenzó el relato:
“Esto era en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles.”
Quedé unrato a la espera. Don Segundo nos dejaba ca er, así, enun reinode ficción. Íbamos a vivir enel hilode un
relato. Saldríamos de una parte a otra. ¿De dónde y para dónde?
“Nuestro Señor, que según dicen jue el creador de la bondá, sabía andar de pueblo en pueblo y de rancho en
rancho, por Tierra Santa, enseñando el Evangelio ycurandoconpalabras. En estos viajes, lollevaba de asistente a San
Pedro, al que lo quería mucho, por creyente y servicial.
“Cuentanque en unode esos viajes, que por demás veces eranduros como los del resero, como jueran por llegar
a un pueblo, a la mula en que iba Nuestro Señor se le perdió una herradura y dentró a manquiar.
“—Fijate —le dijoNuestroSeñor a SanPedro—si noves una herrería, que ya estamos dentrando al poblao.
“San Pedro, que iba mirando con atención, divisó un rancho viejo de paredes rajadas, que tenía encima de una
puerta unletreroque decía: «ERRERÍA». Sobre el pucho, se lo contó al Maistro y pararon delante del corralón.
“—¡Ave María! —gritaron. Y juntocon uncuzquito ladrador, salióunancianoharapiento que los convidó a pasar.
“—Güenas tardes —dijoNuestro Señor—. ¿Podría herrar mi mula que ha perdido la herradura de una mano?
“—Apiensén y pasen adelante —contestó el viejo—. Voy a ver si puedo servirlos.
“Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unassillasde patas quebradas ytorcidas, NuestroSeñor le preguntó
al herrero:
“—¿Y cuál es tu nombre?
“—Me llaman Miseria —respondió el viejo, y se jue a buscar lo necesario pa servir a los forasteros.
“Con mucha pacencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada.
Acobardaoiba a golverse pa pedir disculpa a los que estabanesperando, cuando regolviendo con la bota un montón
de basura y desperdicios, vido una argolla de plata gradota.
“—¿Qué haceh’aquí vos? —le dijo, y recogiéndola se jue pa donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la
argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mula de Nuestro Señor. ¡Viejo sagaz y ladino!
“—¿Cuánto te debemos, güen hombre? —preguntó Nuestro Señor.
“Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo:
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“—Por lo que veo, ustedes sontan pobres comoyo. ¿Qué diantre les vi’a cobrar?Vayanenpaz por el mundo, que
algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta.
“—Así sea —dijoNuestro Señor y, después de haberse despedido, montaronlos forasteros ensus mulas ysalieron
al sobrepaso.
“Cuando iban ya retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo:
“—Verdá, Señor, que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herraola mulacon una herradura’e plata,
no noh’a cobrao nada por más que es repobre ynosotros nos vamos sin darle siquiera una prenda de amistá.
“—Decís bien —contestóNuestro Señor—. Volvamos hasta sucasa pa concederle tres Gracias, que él eligirá a su
gusto.
“Cuando Miseria los vido llegar de güelta, creyó que se había desprendido la herradura y los hizo pasar como
endenantes. NuestroSeñor le dijoa qué veníanyel hombre lo miróde soslayo, medio con ganitas de rairse, mediocon
ganitas de disparar.
“—Pensá bien —dijo Nuestro Señor— antes de hacer tu pedido.
“San Pedro, que se había acomodado atrás de Miseria, le sopló:
“—Pedí el Paraíso.
“—Cayate, viejo —le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:
“—Quiero que el que se siente en mi silla, no se pueda levantar della sin mi permiso.
“—Concedido —dijo Nuestro Señor—. ¿A ver la segunda Gracia? Pensala con cuidado.
“—¡Pedí el Paraíso, porfiao! —le sopló de atrás San Pedro.
“—Cayate, viejo metido —le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor.
“—Quiero que el que suba a mis nogales, no se pueda bajar dellos sin mi permiso.
“—Concedido —dijo Nuestro Señor—. Y aura, la tercera y última Gracias. No te apurés.
“—Pedí el Paraíso, porfiao! —le sopló de atrás San Pedro.
“—¿Te querés callar, viejo idiota? —le contestó Miseria enojao, pa después decirle a Nuestro Señor:
“—Quiero que el que se meta en mi tabaquera no pueda salir sin mi permiso.
“—Concedido —dijo Nuestro Señor, y después de despedirse, se jue.
“Ni bien Miseria quedósolo, comenzóa cavilar y, pocoa poco, jue dentrándole rabia de nohaber sabidosacar más
ventaja de las tres Gracias concedidas.
“—También, seré zonzo —gritó, tirando contra el sueloel chambergo—. Lo que es, si aurita mesmose presentara
el demonio, le daría mi alma con tal de poderle pedir veinte años de vida y plata a discreción.
“En ese mesmo momento, se presentó a la puerta’el rancho un caballero que de dijo:
“—Si querés,Miseria, yo te puedopresentar uncontrato, dándote loque pedís—. Y ya sacóunrollo de papel con
escrituras y numeritos, lo más bien acondicionado, que traiba en el bolsillo. Y allí las leyeron juntos a las letras y,
estando conformes en el trato, firmaron los dos con muchos pulso, arriba de un sello que traiba el rol lo.”
—¡Reventó la yegua el lazo! —comenté.
—Aura verás, dejate estar callao para aprender cómo sigue el cuento.
Miramos alrededor la noche comopara noperder contactocon nuestra existencia actual, ymi padrinoprosiguió:
“Ni bien el Diablo se jue y Miseria quedó solo, tantió la bolsa de oro que le había dejao Mandinga, se miró en el
bañadero de los patos, donde vidoque estaba mozo, yse jue al pueblopa comprar ropa, pidiópieza enla onda como
señor, y durmió esa noche contento.
“¡Amigo! Había de ver cómocambió la vida d’este hombre. TercióconPríncipesygobernadores yalcaldes, jugaba
como ninguno en las carreras, viajó por todo el mundo, tuvo trato con hijas de reyes y marqueses…
“Pero, bien dicen que prontose pasanlos años cuando se empleande estomodo, de suerte que se cumplióel año
vigésimo y en un momento casual en que Miseria había venido a rairse de su rancho, se presentó el Diablo con el
nombre de caballero Lilí, como vez pasada, y peló el contrato pa exigir que se le pagara con convenido.
“Miseria, que era hombre honrao, aunque mediotristónle dijo a Lilí que loesperara, que iba a lavarse yponerse
güena ropa pa presentarse al Infierno, como era debido. Así lo hizo, pensando que al fin todo lazo se corta y que su
felicidá había terminao.
“Al golver lo halló a Lilí sentao en su silla aguardando, con pacencia.
“—Ya estoy acomodao —le dijo—, ¿vamos yendo?
“—¡Cómo hemos de irnos —contestó Lilí— si estoy pegao con esta silla como por encanto!
“Miseriase acordóde lasvirtudes que le había concedidoel hombre’e la mula y le dentró una risa tremenda.
“—Enderezate, pues, maula, si sos diablo —le dijo a Lilí.
“Al ñudo éste hizo bellaquear la silla. No pudo alzarse ni un chiquito y sudaba, mirándolo a Miseria.
“—Entonces—le dijoel que fue herrero—, si querésdirte, firmame otros veinte años de vida yplata a discreción.
“El demonio hizo lo que le pedía Miseria, y éste le dio permiso pa que se juera.
“Otra vez el viejo, remozado y platudo, se golvió a correr el mundo: terció con príncipes y manates, gastó plata
como naides, tuvo trato con hijos de reyes y de comerciantes juertes…
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“Pero los años, pa’l que se divierte, juyenpronto, de suerte que, cumplidoel vigésimo, Miseria quisodar fincabal
a su palabra y rumbió al pago de su herrería.
“A todo estoLilí, que era mediolenguarás y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto’e la silla.
“—Hayque andar conojoalerta —había dichoLucifer—. Este viejo está protegidoyes ladino. Dos seránlos que lo
van a buscar al fin del trato.
“Por eso jue que al apiarse en el rancho, Miseriavido que loestaban esperandodos hombre, yunode ellos era Lilí.
“—Pasenadelante;sientesén —les dijo—, mientras yo me lavo yme vistopa dentrar el Infierno, comoes debido.
“—Yo no me siento —dijo Lilí.
“—Como quieran. Pueden pasar al patio y bajar unas nueces, que seguramente serán las mejores que habrán
comido en su vida’e diablos.
“Lilí no quiso saber nada;pero, cuandose hallaronsolos, sucompañero le dijoque iba a dar una güelta por debajo
de los nogales, a ver si podía recoger del suelo alguna nuez caida yprobarla. Al ratonomás golvió, diciendo que había
hallao una yuntita y que, en comiéndolas, naide podía negar que jueran las más ricas del mundo.
“Juntos se jueron p’adentro y comenzaron a buscar sin hallar nada.
“Pa esto, al diabloamigo de Lilí se le había calentaola boca ydijoque se iba a subir a la planta, pa seguir pegándole
al manjar. Lilí le advirtió que había que desconfiar, peroel goloso nohizocaso ysubióa los árboles, donde comenzóa
tragar sin descanso, diciéndole de tiempo en tiempo:
“—¡Cha que son güenas! ¡Cha que son güenas!
“—Tirame unas cuantas —le gritó Lilí, de abajo.
“—Allí va una —dijo el de arriba.
“—Tirame otras cuantas —golvió a pedirle Lilí, no bien se comió la primera.
“—Estoy muy ocupao —le contestó el tragón—. Si querés más, subite al árbol.
“Lilí, después de cavilar un rato, se subió.
“cuando Miseria salió de la pieza y vido a los dos diablos en el nogal, le dentró un risa tremenda.
“—Aquí estoy a su mandao —les gritó—. Vamos cuando ustedes gusten.
“—Es que nonos podemoh’abajar —le contestaron los diablos, que estaban como pegaos a las ramas.
“—Lindo —lesdijoMiseria—. Entonces firmenménotra vezel contrato, dándome otros veinte años de vida yplata
a discreción.
“Los diablos hicieron lo que Miseria les pedía y éste les dio permiso pa que bajaran.
“Miseriagolvióa correr mundoyterciócon gente copetuda ytiró plata y tuvo amores con damas de primera.
“Pero los años dentraron a disparar, como denantes, de suerte que al llegar al año vigésimo, Miseria, queriendo
dar pago a su deuda se acordó de la herrería en que había sufrido.
“A todo esto, los diablos en el infiernole habíancontao a Lucifer lo sucedidoyéste, enojadazo, les había dicho:
“—¡Conejo! ¿Noles previne de que anduvieran con esmero, porque ese hombre era por demás ladino? Esta güelta
que viene, vamoh’a dir toditos a ver si se nos escapa.
“Por esto jue que Miseria, al llegar a su rancho, vidomás gente riunida que enuna jugada’e taba. Peroesa gente,
acomodada como un ejército, parecía estar a la orden de un mandón con corona. Miseria pensó que el mesmito
Infierno se había mudadoa su casa, yllegó, mirando comopatoel arriador, a esa pueblada de diablos. «Si escapod’esta
—se dijo— en fija que ya nunca la pierdo.» Pero haciéndose el muy templao, preguntó a aquella gente:
“—¿Quieren hablar conmigo?
“—Sí —contestó juerte el de la corona.
“—A usté —le retrucó Miseria— nole he firmaocontratoninguno, pa que venga tomandovelaseneste entierro.
“—Pero me vah’a seguir —gritó el coronao—, porque yo soy el Ray de loh’Infiernos.
“—¿Y quiénme da el certificao? —alegó Miseria—. Si usté es loque dice, ha de poder hacer de fijoque todos los
diablos dentren en su cuerpo y golverse una hormiga.
“Otro hubiera desconfiao, pero dicen que a los malos los sabe perder la rabia y el orgullo, de modo que Lucifer,
ciego de juror, dio ungritoyen el momentomesmose pasóa la forma de una hormiga, que llevaba adentro a todos
los demonios del Infierno.
“Sin dilación, Miseriaagarró el bichito que caminaba sobre los ladrillos del piso, lometió ensu tabaquera, se jue a
la herrería, la colocósobre el yunque y, con un martillo, se arrastró a pegarle con todita el alma, hasta que la camiseta
se le empapó de sudor.
“Entonces, se refrescó, se mudó y salió a pasiar por el pueblo.
“¡Bien haiga, viejitoSagaz! Todos los días, colocaba la tabaquera sobre el yunque yle pegaba tamaña paliza, hasta
empapar la camiseta pa después salir a pasiar por el pueblo.
“Y así se fueron los años.
“Y resultóque ya en elpueblo nohubo peleas, ni plaitos, ni alegaciones. Los maridos nolascastigabana las mujeres,
ni las madresa los chicos. Tíos, primos yentenaos se entendían como Dios manda;no salía la viuda, ni el chancho;no
se veían luces malas y los enfermos sanaron todos; los viejos no acababan de morirse y hasta los perros fueron
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virtuosos. Los vecinos se entendíanbien, los baguales nocorcoviabanmás que de alegría ytodo andaba comorelóde
rico. Qué, si ni había que baldiar los pozos porque toda agua era güena.”
—¡Ahahá” —apoyé alegremente.
—Sí —arguyó mi padrino—, no te me andéh’apurando.
“Ansina como no hay caminos sin repechos, no hay suerte sin desgracias, y vino a suceder que abogaos,
procuradores, jueces de paz, curanderos, médicos y todos los que son autoridá y viven de la desgracia y vicios de la
gente, comenzaron a ponerse chacones de hambre y jueron muriendo.
“Y un día, asustaos los que quedabande esta morralla, se endilgaronpa lodel gobernador, a pedirle ayuda por lo
que lessucedía. Y el gobernador, que también dentraba enla partida de los castigaos, lesdijoque nada podía remediar
y les dioua plata del Estao, advirtiéndoles que era la única vez que lohacía,porque noera obligacióndel Gobierno el
andarlos ayudando.
“Pasaronunos meses, yya los procuradores, jueces yotros bichos ibanmermando por haber pasao los mása mejor
vida, cuando unode ellos, el más pícaro, vinoa maliciar la verdá ylos invitó a todos a que golvierana lodel gobernador,
dándoles la promesa de que ganarían el plaito.
“Así jue. Y cuando estuvieron frente al manate, el procurador le dijo a Suecelencia que todah’esas calamidades
sucedían porque el herrero Miseria tenía encerraos en su tabaquera a los diablos del Infierno.
“Sobre el pucho, el mandón lo mandó trair a Miseria y, en presencia de todos, le largó un discurso:
“—¿Ahá, sos vos?¡Bonitoandásponiendoal mundocon tus brujerías yencantos, viejoindino! Aurita vah’a dejar
las cosas como estaban, sin meterte a redimir culpas ni castigar diablos. ¿No ves que siendo el mundo como es, no
puede pasarse del mal yque las leyes ylah’enfermedades ytodos los que vivend’ellas, que son muchos, precisande
que los diablos anden por la tierra? En este momento vah’al trote y largás loh’Infiernos de tu tabaquera.
“Miseriacomprendióque el gobernador tenía razón, confesó la verdá yjue pa su casa pa cumplir lo mandao.
“Ya estaba por demás viejo y aburrido del mundo, de suerte que irse dél poco le importaba.
“En su rancho, antes de largar los diablos, puso la tabaquera en el yunque, como era su costumbre, y por última
vez le dio una güena sobada, hasta que la camiseta quedó empapada de sudor.
“—¿Si yo los largo van a andar embromando por aquí? —les preguntó a los mandingas.
“—No, no —gritaban éstos de adentro—. Larganos y te juramos no golver por tu casa.
“Entonces Miseria abrió la tabaquera y los licenció pa que se jueran.
“Saliólas hormiguita ycreció hasta ser el Malo. Comenzarona brotar del cuerpode Lucifer todos los demonios y
derepente, en un tropel, tomóesta diablada por esas callesde Dios, levantandouna polvareda como nube’e tormenta.
“Y aura viene el fin.
“Ya Miseria estaba enlas últimas humeadas del pucho, porque a todocristianole llega el momentode entregar la
osamenta y él bastante la había usado.
“Y Miseria, pensando hacerlomejor, se jue a echar sobre sus jergas a esperar la muerte. Allá, en supiecita de pobre,
se halló tan aburrido y desganao, que ni se levantaba siquiera pa comer ni tomar agua. Despacito no más se jue
consumiendo, hasta que quedó duro y como secao por los años.
“Y aura es que, enhabiendodejaoel cuerpo pa los bichos, Miseria pensó loque le quedaba por hacer y, sindilación
porque no era zonzo el hombre enderezó pa’l Cielo y, después de un viaje largo, golpió en la puerta d’éste.
“Cuantito se abrió la puerta, San Pedro y Miseria se reconocieron, pero al viejo pícaro no le convenían esos
recuerdos y, haciéndose el chancho rengo, pidió permiso pa pasar.
“—¡Hum! —dijoSanPedro—. Cuandoyo estuve entu herrería con Nuestro Señor, pa concederte tres Gracias, te
dije que pidieras elParaisoyvos me contestastes:«Callate viejoidiota». Y noes que te la guarde, pero no puedodejarte
pasar aura, porque en habiéndote afrecido tres veces el cielo, vos te negaste a acetarlo.
“Y como ahí no más el portero del Paraisocerró la puerta, Miseria, pensandoque de dos males hayque elegir el
menos pior, rumbió pa’l Purgatorio a probar cómo andaría.
“Pero amigo, allíle dijeron que sólopodían dentrar las almas destinadas al Cieloyque comoél nunca podía llegar
a esa gloria, por haberla denegaoen la oportunidá, nopodíanguardarlo. Las penas eternas le tocaba cumplirlas en el
Infierno.
“Y Miseria enderezó al Infierno y golpió en la puerta, como antes golpeaba en la tabaquera sobre el yunque,
haciendo llorar a los diablos. Y le abrieron, ¡pero qué rabia no le daría cuandose encontró cara a cara con el mesmo
Lilí!
“—¡Maldita mi suerte —gritó—, que andequiera he de tener conocidos!
“Y Lilí, acordándose de las palizas, salió que quemaba, con la cola comobandera’e comisaría, yno paró hasta los
pieses mesmos de Lucifer, al que contó quién estaba de visita.
“Nunca los diablos se habíaspegao tantamañosusto, yel mesmo Rayde loh’Infiernos, recordandotambiénel rigor
del martillo, se pusoa gritar como gallina culeca, ordenandoque cerraranbientoditas laspuertas, no juera a dentrar
semejante cachafás.
LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44
“Ahí quedóMiseria sindentrada a ningunlao, porque ni en el Cielo, ni enel Purgatorio, ni enel Infiernoloquerían
como socio;ydicen que es por esoque, desde entonces, Miseria yPobreza soncosas de este mundoynunca se irána
otra parte, porque en ninguna quieren almitir su existencia.”
Una hora habría duradoel relato yse había acabado el agua. Nos levantamos ensilencio para acomodar nuestras
prendas.
—¡Pobreza! —dije estirando mi manta donde iba a echarme.
—¡Miseria! —dije acomodando el cojinillo que me serviría de almohada.
Y me largué sobre este mundo, perosin sufrir, porque al ratito estaba como tronco volteado a h achazos.1
(Producto de aprendizaje 3)
EJERCICIO DE LECTURA, INVESTIGACIÓN, ANÁLISIS Y REDACCIÓN
a) Lee con atención el siguiente texto.
b) Dibuja un mapa conceptual o mapa cognitivo de agua malaen el que clasifiques a los personajes del relato
(principales, secundarios, incidentales), señalando el rol actancial que desempeñan y sus características de
personalidad(problemática que debenenfrentar, deseos, aspiraciones, traumas, valores y antivalores).
c) Investiga el contexto enel que se escribióla novelaycomprueba si los personajes revelan la ideología ylas
costumbres de la época (es decir, si pudieran tener una correspondencia con la realidad objetiva). Expresa
tus opiniones en fichas de comentario.
d) Lista los recursos utilizados por el narrador para poner en evidencia la interioridad de los personajes.
e) Redacta un comentario personal sobre la impresión que te causaron los personajes principales: Charles
Bovary y sus padres.
MADAME BOVARY
(Gustave Flaubert, fragmento)
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director, seguido de un «novato» con atuendo pueblerino y de un
celador cargadocon un gran pupitre. Los que dormitabanse despertaron, ytodos se fueron poniendo de pie comosi
los hubieran sorprendido en su trabajo.
El director nos hizoseña de que volviéramos a sentarnos;luego, dirigiéndose alprefectode estudios, le dijoa media
voz:
—Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si por su aplicación y su conducta lo
merece, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a su edad.
El «novato», que se había quedadoenla esquina, detrás de la puerta, de modo que apenas se le veía, era unmozo
del campo, de unos quince años, y de una estatura mayor que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo cortado en
flequillo comoun sacristánde pueblo, yparecía formal ymuyazorado. Aunque noera anchode hombros, suchaqueta
de paño verde con botones negros debía de molestarle en las sisas, y por la abertura de las bocamangas se le veían
unas muñecas rojas de ir siempre remangado. Las piernas, embutidas en medias azules, salían de un pantalón
amarillento muy estirado por los tirantes. Calzaba zapatones, no muy limpios, guarnecidos de clavos.
Comenzaron a recitar las lecciones. El muchacho las escuchó con toda atención, como si estuviera en el sermón,
sin ni siquiera atreverse a cruzar las piernas ni apoyarse enel codo, ya las dos, cuando sonó la campana, el prefecto
de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en la fila.
Teníamos costumbre al entrar enclase de tirar lasgorras al suelopara tener después las manos libres;había que
echarlas desde el umbral para que cayeran debajo del banco, de manera que pegasen contra la pared levantando
mucho polvo; era nuestro estilo.
Pero, bien porque no se hubiera fijado en aquella maniobra o porque no quisiera someterse a ella, ya se había
terminadoel rezoyel «novato» aúnseguía conla gorra sobre las rodillas. Era unode esos tocados de orden compuesto,
en el que se encuentran reunidos los elementos de la gorra de granadero, del chapska, del sombrero redondo, de la
gorra de nutria y del gorro de dormir; en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de
expresión comoel rostrode unimbécil. Ovoide yarmada de ballenas, comenzaba por tres molduras circulares;después
se alternaban, separados por una banda roja, unos rombos de terciopelocon otros de pelode conejo;venía después
1 GÜIRALDES, Ricardo, Don Segundo Sombra. Prólogo deMaría EdméeÁlvarez; México, Porrúa, 1998 (“Sepancuantos…”,169), pp. 98-104.
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una especie de saco que terminaba enun polígono acartonado, guarnecido de un bordadoen trencilla complicada, y
de la que pendía, al cabode unlargocordónmuyfino, un pequeño colgante de hilos de oro, comouna bellota. Era una
gorra nueva y la visera relucía.
—Levántese —le dijo el profesor.
El «novato» se levantó; la gorra cayó al suelo. Toda la clase se echó a reír.
Se inclinópara recogerla. El compañero que tenía al lado se la volvióa tirar de uncodazo, él volvió a recogerla.
—Deje ya en paz su gorra —dijo el profesor, que era hombre de chispa.
Los colegiales estallaronenuna carcajada que desconcertóal pobre muchacho, de tal modoque nosabía si había
que tener la gorra enla mano, dejarlaenel sueloo ponérsela enla cabeza. Volvió a sentarse yla pusosobre las rodillas.
—Levántese —le ordenó el profesor—, y dígame su nombre.
El «novato», tartajeando, articuló un nombre ininteligible:
—¡Repita!
Se oyó el mismo tartamudeodesílabas, ahogadopor los abucheos de la clase. «¡Más alto!», gritó elprofesor, «¡más
alto!».
El «novato», tomando entonces una resolución extrema, abrió una boca desmesurada, y a pleno pulmón, como
para llamar a alguien, soltó esta palabra: Charbovari.
Súbitamente se armóun jaleo, que fue in crescendo, con gritos agudos (aullaban, ladraban, pataleaban, repetíana
coro: ¡Charbovari, Charbovari!) que luego fue rodando ennotasaisladas, ycalmándose a duras penas, resurgiendo a
veces de prontoenalgúnbancodonde estallaba aisladamente, comounpetardomal apagado, alguna risa ahogada.
Sin embargo, bajola lluvia de amenazas, pocoa poco se fue restableciendoel ordenen la clase, yel profesor, que
por fin logró captar el nombre de Charles Bovary, después de que éste se lo dictó, deletreó y releyó, ordenó
inmediatamente al pobre diabloque fuera a sentarse en el banco de los desaplicados al pie de la tarima delprofesor.
El muchacho se puso en movimiento, pero antes de echar a andar, vaciló.
—¿Qué busca? —le preguntó el profesor.
—Mi go... —repuso tímidamente el «novato», dirigiendo miradas inquietas a su alrededor.
—¡Quinientos versos a toda la clase! —pronunciado con voz furiosa, abortó, como el Quos ego, una nueva
borrasca—. ¡A ver si se callan de una vez! —continuó indignado el profesor, mientras se enjugaba la frente con un
pañuelo que se había sacado de sugorro—:yusted, «el nuevo», me va a copiar veinte veces el verbo ridiculus sum.
Luego, en tono más suave:
—Ya encontrará su gorra: no se la han robado.
Todo volvióa la calma. Las cabezas se inclinaronsobre las carpetas, yel «novato» permanecióduran te dos horas
en una compostura ejemplar, aunque, de vez encuando, alguna bolita de papellanzada desde la punta de una pluma
iba a estrellarse en su cara. Pero se limpiaba con la mano y permanecía inmóvil con la vista baja.
Por la tarde, enel estudio, sacósus manguitos del pupitre, pusoen ordensus cosas, rayó cuidadosamente el papel.
Le vimos trabajar a conciencia, buscando todas las palabras enel diccionario yhaciendo ungran esfuerzo. Gracias, sin
duda, a la aplicación que demostró, no bajó a la cl ase inferior, pues, si sabía bastante bien las reglas, carecía de
elegancia en los giros. Había empezado el latín con el cura de su pueblo, pues sus padres, por razones de economía,
habían retrasado todo lo posible su entrada en el colegio.
Su padre, el señor Charles-Denis-Bartholomé Bovary, antiguo ayudante de capitán médico, comprometido hacia
1812 en asuntos de reclutamiento yobligadopor aquellaépoca a dejar el servicio, aprovechó sus prendas personales
para cazar al vuelouna dote de setenta mil francos que se le presentaba en la hija de uncomerciante de géneros de
punto, enamorada de sutipo. Hombre guapo, fanfarrón, que hacía sonar fuerte sus espuelas, conunas patillasunidas
al bigote, los dedos llenos de sortijas, tenía el aire de unvalentóny la vivacidaddesenvuelta de unviajante de comercio.
Ya casado, vivió dos o tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose tarde, fumando en grandes
pipas de porcelana, ypor la noche noregresaba a casa hasta después de haber asistido a los espectáculos yfrecuentado
los cafés. Muriósu suegroydejópoca cosa;el yernose indignóyse metió a fabricante, perdióalgúndinero, yluegose
retiró al campodonde quisoexplotar sus tierras. Pero, como entendía de agricultura tantocomode fabricante de telas
de algodón, montaba sus caballos en lugar de enviarlos a labrar, bebía la sidra de su cosecha en botellas en vez de
venderla por barricas, se comía las más hermosas aves de su corral y engrasaba sus botas de caza con tocino de sus
cerdos, no tardó nada en darse cuenta de que era mejor abandonar toda especulación.
Por doscientos francos alaño, encontró enunpueblo, enlos confinesdelPaís de Caux, yde laPicardía, para alquilar
una especie de vivienda, mitad granja, mitad casa señorial; y despechado, consumido de pena, envidiando a todo el
mundo, se encerró a los cuarenta y cinco años, asqueado de los hombres, decía, y decidido a vivir en paz.
Su mujer, en otro tiempo, había estadoloca por él;lo había amadocon mil servilismos, que le apartarontodavía
más de ella.
En otra época jovial, expansiva y tan enamorada, se había vuelto, al envejecer, como el vino destapado que se
convierte en vinagre, de humor difícil, chillona ynerviosa. ¡Había sufrido tanto, sinquejarse, al principio, cuando le veía
correr detrás de todas las mozas del pueblo yregresar de noche de veinte lugares de perdición, hastiado yapestando
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a vino! Después, suorgullo se había rebelado. Entonces se callótragándose la rabiaenunestoicismo mudo que guardó
hasta su muerte.
Siempre andaba de comprasyde negocios. Iba a visitar a los procuradores, al presidente de la audiencia, recordaba
el vencimiento de lasletras, obtenía aplazamientos, yen casa planchaba, cosía, lavaba, vigilaba los obreros, pagaba las
cuentas, mientrasque, sin preocuparse de nada, el señor, continuamente embotadoenuna somnolenciagruñona de
la que no se despertaba más que para decirle cosas desagradables, permanecía fumandoal ladodel fuego, escupiendo
en las cenizas.
Cuandotuvo un niño, huboque buscarle una nodriza. Vuelto a casa, el críofue mimadocomo un príncipe. Sumadre
lo alimentaba congolosinas;su padre le dejaba corretear descalzo, ypara dárselas de filósofo, decía que inclusopodía
muy bien ir completamente desnudo, como las crías de los animales. Contrariamente a las tendencias maternas, él
tenía en la cabeza unciertoideal viril de la infancia segúnel cual trataba de formar a suhijo, deseandoque se educase
duramente, a la espartana, para que adquiriese una buena constitución. Le hacía acostarse enuna cama sin calentar,
le daba a beber grandes tragos de ron yle enseñaba a hacer burlade las procesiones. Perode naturaleza apacible, el
niño respondía mal a los esfuerzos paternos. Sumadre le llevaba siempre pegadoa sus faldas, le recortaba figurasde
cartón, le contaba cuentos, conversaba con él en monólogos interminables, llenos de alegrías melancólicas y de
zalamerías parlanchinas. En la soledadde su vida, trasplantóa aquella cabeza infantil todas sus frustraciones. Soñaba
con posiciones elevadas, le veía ya alto, guapo, inteligente, situado, ingeniero de caminos, canales y puertos o
magistrado. Le enseñóa leer e incluso, con unviejopianoque tenía, aprendióa cantar dos o tres pequeñasromanzas.
Pero a todo esto el señor Bovary, poco interesado por las letras, decía que todo aquello no valía la pena.
¿Tendrían algún día con qué mantenerle en las escuelas del estado, comprarle un cargo o un traspaso de una
tienda? Por otra parte, un hombre con tupé triunfa siempre en el mundo. La señora Bovary se mordía los labios
mientras que el niño andaba suelto por el pueblo.
Se iba conlos labradores yespantaba a terronazos los cuervos que volaban. Comía moras a lolargode las cunetas,
guardaba los pavos conuna vara, segaba las mieses, corría por el bosque, jugaba a la rayuela enel pórticode la iglesia
y en las grandes fiestas pedía al sacristánque le dejase tocar lascampanas, para colgarse contodo supesode lacuerda
grande y sentirse transportado por ella en su vaivén.
Así creció como un roble, adquiriendo fuertes manos y bellos colores.
A los doce años, su madre consiguió que comenzara sus estudios. Encargaron de ellos al cura. Pero las lecciones
eran tancortas ytan mal aprovechadas, que no podíanservir de grancosa. Era enlos momentos perdidos cuando se
las daba, en la sacristía, de pie, deprisa, entre un bautizo y un entierro; o bien el cura mandaba buscar a su alumno
despuésdel Ángelus, cuandonotenía que salir. Subíana sucuarto, se instalabanlos dos juntos:los moscardonesylas
mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de la luz. Hacía calor, el chico se dormía, y el bueno del preceptor,
amodorrado, con las manos sobre el vientre, no tardaba en roncar con la boca abierta. Otras veces, cuando el señor
cura, al regresar de llevar el viático a un enfermode los alrededores, veía a Carlos vagandopor el campo, le llamaba,
le sermoneaba un cuarto de hora y aprovechaba la ocasión para hacerle conjugar un verbo al pie de un árbol. Hasta
que venía a interrumpirles la lluvia o un conocidoque pasaba. Por lodemás, el cura estaba contento de sudiscípulo e
incluso decía que tenía buena memoria.
Carlos no podía quedarse así. La señora Bovarytomó una decisión. Avergonzado, o más bien cansado, sumarido
cedió sin resistencia y se aguardó un año más hasta que el chico hiciera la Primera Comunión.
Pasaron otros seis meses, y al año siguiente, por fin, mandaron a Carlos al Colegio de Rouen, adonde le llevó su
padre en persona, a finales de octubre, por la feria de San Román.
Hoyningunode nosotros podría recordar nada de él. Era unchicode temperamentomoderado, que jugaba enlos
recreos, trabajaba enlas horas de estudio, estaba atentoenclase, dormía bien enel dormitoriogeneral, comía bien en
el refectorio. Tenía por tutor a unferreteromayorista de la calle Ganterie, que le sacaba una vez al mes, los domingos,
después de cerrar su tienda, le hacía pasearse por el puerto para ver los barcos y después le volvía a acompañar al
colegio, antesde la cena. Todos los jueves por la noche escribía una larga carta a sumadre, continta roja ytres lacres;
despuésrepasaba sus apuntes de historia, o bien unviejo tomode Anacharsis que andaba por la sala de estudios. En
el paseo charlaba con el criado, que era del campo como él.
A fuerza de aplicación, se mantuvo siempre haciala mitadde la clase; una vez inclusoganóun primer accéssit de
historia natural. Pero, al terminar el tercer año, sus padres le retiraron del colegio para hacerle estudiar medicina,
convencidos de que podía por sí solo terminar el bachillerato.
Su madre le buscóuna habitaciónenuncuarto piso, que daba a l'Eau-de-Robec, encasade un tintoreroconocido.
Ultimó los detalles de la pensión, se procuró unos muebles, una mesa y dos sillas, mandó buscar a su casa una vieja
cama de cerezo silvestre ycompró además una pequeña estufa de hierro juntoconla leña necesaria para que supobre
hijo se calentara. Al cabo de una semana se marchó, después de hacer mil recomendaciones a su hijo para que se
comportase bien, ahora que iba a «quedarse solo».
El programa de asignaturasque leyóen el tablónde anuncios le hizoel efectode un mazazo:clases de anatomía,
patología, fisiología, farmacia, química ybotánica, yde clínica yterapéutica, sincontar la higiene yla materia médica,
nombres todos cuyas etimologías ignoraba yque eranotras tantaspuertas de santuarios llenos de augustas tinieblas.
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No se enteró de nada de todo aquello por más que escuchaba, no captaba nada. Sinembargo, trabajaba, tenía los
cuadernos forrados, seguía todas lasclases, no perdía una solavisita. Cumplía con su tarea cotidiana comoun caballo
de noria que da vueltas con los ojos vendados sin saber lo que hace.
Para evitarle gastos, su madre le mandaba cada semana, por el recadero, un trozode te rnera asada al horno, con
lo que comía a mediodía cuandovolvía del hospital dandopatadas a la pared. Después había que salir corriendo para
las lecciones, al anfiteatro, al hospicio, yvolver a casa recorriendotodaslas calles. Por la noche, después de la frugal
cena de supatrón, volvía a suhabitación yreanudaba sutrabajo con lasropas mojadas que humeaban sobre sucuerpo
delante de la estufa al rojo.
En las hermosastardes de verano, a la hora enque las calles tibias están vacías, cuando las criadas jueganal volante
en el umbral de las puertas, abría la ventana yse asomaba. El río que hace de este barriode Rouen como una innoble
pequeña Venecia, corría allá abajo, amarillo, violeta o azul, entre puentes, y algunos obreros agachados a la orilla se
lavaban los brazos en el agua.
De lo alto de los desvanes salían unas varas de las que colgaban madejas de algodón puestas a secar al aire.
Enfrente, por encima de los tejados, se extendía el cieloabiertoypuro, con el sol rojizo delocaso. ¡Qué biense debía
de estar allí! ¡Qué frescor bajo el bosque de hayas! Y el muchachoabría las ventanasde la narizpara aspirar los buenos
olores del campo, que no llegaban hasta él.
Adelgazó, creció y su cara tomó una especie de expresión doliente que le hizo casi interesante.
Naturalmente, por pereza, llegó a desligarse de todas las resoluciones que había tomado. Un día faltó a la visita, al
siguiente a clase, y saboreando la pereza poco a poco, no volvió más.
Se aficionóa la taberna conla pasión del dominó. Encerrarse cada noche enunsucioestablecimiento público, para
golpear sobre mesasde mármol con huesecitos de cordero marcados con puntos negros, le parecía unacto precioso
de su libertad que le aumentaba su propia estimación. Era como la iniciación en el mundo, el acceso a los placeres
prohibidos, y al entrar ponía la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual.
Entonces muchas cosas reprimidas en él se liberaron; aprendió de memoria coplas que cantaba en las fiestas de
bienvenida. Se entusiasmó por Béranger, aprendió también a hacer ponche y conoció el amor.
Gracias a toda esa actuación, fracasópor completo en suexamende «oficial de sanidad». Aquella misma noche le
esperaban en casa para celebrar su éxito.
Marchó a pie yse detuvo a la entrada del pueblo, donde mandó a buscar a sumadre, a quien contótodo. Ella le
consoló, achacandoel suspensoa la injusticia de los examinadores, yle tranquilizóun poco encargándose de arreglar
las cosas. Sólocincoaños despuésel señor Bovarysupo la verdad;como ya había pasadomuchotiempo, la aceptó, ya
que no podía suponer que un hijo suyo fuese un tonto.
Carlos volvió al trabajo y preparó sin interrupción las materias de su examen cuyas cuestiones se aprendió
previamente de memoria. Aprobócon bastante buena nota. ¡Qué día tanfeliz para sumadre! Hubo una gran cena.
¿Adónde iría a ejercer su profesión?A Tostes. Allí nohabía más que un médicoya viejo. Desde hacía muchotiempo
la señora Bovary esperaba su muerte, y aún no se había ido al otro barrio el buen señor cuando Carlos estaba
establecido frente a su antecesor.
Pero la misiónde la señora Bovaryno terminóconhaber criadoa suhijo, haberle hecho estudiar medicina yhaber
descubierto Tostes para ejercerla:necesitaba una mujer. Y le buscó una:la viuda de unescribanode Dieppe, que tenía
cuarenta y cinco años y mil doscientas libras de renta.
Aunque era fea, seca como unpalo ycon tantos granos enla cara como brotes en una primavera, la verdades que
a la señora Dubuc nole faltabanpartidos para escoger. Para conseguir su propósito, mamá Bovarytuvo que espantarlos
a todos, y desbarató muy hábilmente las intrigas de un chacinero que estaba apoyado por los curas.
Carlos había vislumbradoenel matrimoniola llegada de una situación mejor, imaginandoque sería más libre yque
podría disponer de supersona yde su dinero. Pero sumujer fue el ama;delante de todoel mundoél tenía que decir
esto, no decir aquello, guardar abstinencia los viernes, vestirse como ella quería, apremiar, siguiendo sus órdenes, a
los clientes morosos. Ella le abría las cartas, le seguía los pasos y le escuchaba a través del tabique dar sus consultas
cuando tenía mujeres en su despacho.
Había que servirle suchocolate todaslas mañanas, ynecesitaba cuidados sin fin. Se quejaba continuamente de los
nervios, del pecho, de sus humores. El ruidode pasos le molestaba;si se iban, nopodía soportar la soledad;volvían a
su lado y era para verla morir, sin duda. Por la noche, cuando Carlos regresaba a su casa, sacaba por debajo de sus
ropas sus largos brazos flacos, se los pasaba alrededor del cuello yhaciéndole que se sentara enel borde de la cama se
ponía a hablarle de sus penas: ¡la estaba olvidando, amaba a otra! Ya le habían advertido que sería desgraciada; y
terminaba pidiéndole algún jarabe para su salud y un poco más de amor.2
2 FLAUBERT, Gustave,Madame Bovary. Edición y traducción deGermán Palacios; México, REI, 1990 (Letras Universales, 44), pp. 79-89.
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(Producto de aprendizaje 4)
EJERCICIO DE LECTURA, ANÁLISIS RETÓRICO Y COMENTARIO
a) Lee con atención el siguiente texto.
b) Lista algunos de los rasgos que caracterizanel lenguaje del texto (palabrascultas, populares, frases coloquiales,
complejidad o sencillez de las oraciones, etcétera).
c) En un cuadroclasificador, cita algunasde lasfiguras retóricas utilizadaspor el narrador yespecifica la finalidad
con la que las utiliza (caracterización de personajes, ambientación, etc.).
d) Redacta un comentario personal sobre la impresión que te causó la lectura, considerando aspectos como el
mensaje del autor, la relaciónentre el contenidoyla realidad histórica del país, las condiciones sociales de los
personajes, entre otros.
LOS DE ABAJO
(Mariano Azuela, fragmento)
I
Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano.
La mujer fijaba sus pupilas en la oscuridad de la sierra.
—¿Y que fueran siendo federales?—repusoun hombre que, encuclillas, yantaba enun rincónuna cazuelaen la
diestra y tres tortillas en taco en la otra mano.
La mujer no le contestó; sus sentidos estaban puestos fuera de la casuca.
Se oyó un ruido de pezuñas en el pedregal cercano y el Palomo ladró con más rabia.
—Sería bueno que, por sí o por no, te escondieras, Demetrio.
El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó un cántaro y, levantándolo a dos manos, bebió agua a
borbotones. Luego se puso en pie.
—Tu rifle está debajo del petate —pronunció ella en voz muy baja.
El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descasaban un yugo, un arado, un otate y otros
aperos de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre
mantas y desteñidas hilachas dormía un niño.
Demetriociñó la cartuchera a sucintura ylevantóel fusil. Alto, robusto, de faz bermeja, sin pelode barba, vestía
camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate y huaraches.
Salió paso a paso, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche.
El Palomo, enfurecido, había saltado la cerca del corral.
De pronto se oyó un disparo, el perro lanzó un gemido sordo y no ladró más.
Unos hombres a caballollegaronvociferando ymaldiciendo. Dos se apearonyotro quedó cuidando las bestias.
—Mujeres…, algo de cenar…Blanquillos, leche, frijoles, lo que tengan, que venimos muertos de hambre.
Personajes de
Madame Bovary
personajes
primarios
personajes
secundarios
personajes
LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44
—¡Maldita sierra! ¡Sólo el diablo no se perdería!
—Se perdería, mi sargento, si viniera de borracho como tú…
Uno llevaba galones en los hombros, el otro, cintas rojas en las mangas.
—¿En dónde estamos, vieja?… ¡Pero con una…! ¿Esta casa está sola?
—¿Y entonces, esaluz?…¿Yese chamaco?…¡Vieja, queremos cenar, yque sea pronto! ¿Sales o te hacemos salir?
—¡Hombres malvados, me hanmatado mi perro!… ¿Qué les debía ni qué les comía mi pobrecito Palomo?
La mujer entró llevandoa rastras al perro, muyblancoymuygordo, con los ojos claros ya y el cuerpo suelto.
—¡Mira nomásque chapetes, sargento!…Mi alma, note enojes;yo te juro volverte tu casaun palomar, pero ¡por
Dios!…
No me mires airada…
No más enojos…
Mírame cariñosa,
luz de mis ojos.
acabó cantando el oficial con voz aguardentosa.
—Señora, ¿cómo se llama este ranchito?
—Limón —contestó hosca la mujer, ya soplando las brasas del fogón y arrimando la leña.
—¿Conque aquíes Limón?…¡La tierra delfamosoDemetrioMacías!… ¿Lo oye, mi teniente? Estamos en Limón.
—¿En Limón?…Bueno, para mí…¡plin!…Ya sabes, sargento,si he de irme al infierno, nunca mejor que ahora…que
voy en buen caballo. ¡Mira nomás qué cachetitos de morena!… ¡Un perón para morderlo!…
—Usted ha de conocer al bandido ese, señora… Yo estuve junto con él en la Penitenciaría de Escobedo.
—Sargento, tráeme la botella de tequila;he decididopasar la noche enamable compañía con esta morenita…¿El
coronel?… ¿Qué me hablas tú del coronel a estas horas?… ¡Que vaya mucho a…! Y si se enoja, pa mi… ¡plin!… Anda,
sargento;dile al caboque desensille yeche de cenar. Yo aquí me quedo…Oye, chatita, deja a mi sargentoque fría los
blanquillos y caliente las gordas; tú ven acá conmigo. Mira, esta carterita apretada de billetes es sólo para ti. Es mi
gusto. ¡Figúrate! Andounpoco borrachitopor eso, ypor eso tambiénhablounpocoronco…¡Comoque enGuadalajara
dejé la mitaddela campanilla ypor el caminovengo escupiendolaotra mitad…! ¿Y quéle hace…?Es mi gusto. Sargento,
mi botella de tequila. Chata, estás muy lejos; arrímate a echar un trago… ¿Cómo que no?… ¿Le tienes miedo a tu…
marido… o loque sea?…Si está metido en algúnagujerodile que salga…Pa mi ¡plin!…Te aseguroque lasratas nome
estorban.
Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta.
—¡Demetrio Macías! —clamó el sargento despavorido, dando unos pasos atrás.
El teniente se pudo de pie y enmudeció, quedóse frío e inmóvil como una estatua.
—¡Mátalos! —exclamó la mujer con la garganta seca.
—¡Ah, dispense, amigo!… Yo no sabía… Pero yo respeto a los valientes de veras.
Demetrio se quedó mirándolos y una sonrisa i nsolente y despreciativa plegó sus líneas.
—Y no sólo los respeto, sino que también los quiero… aquí tiene la mano de un amigo… Está bueno, Demetrio
Macías; usted me desaira… Es porque no me conoce, es porque me ve en este perro y maldito oficio… ¡Qué quiere,
amigo!…¡Es uno pobre, tiene familia numerosa que mantener! Sargento, vámonos;yo respetosiempre la casa de un
valiente, de un hombre de veras.
Luego que desaparecieron, la mujer abrazó estrechamente a Demetrio.
—¡Madre mía de Jalpa! ¡Qué susto!… ¡Creí que a ti te habían tirado el balazo!
—Vete luego a la casa de mi padre —dijo Demetrio.
Ella quiso detenerlo; suplicó, lloró; pero él, apartándola dulcemente, repuso sombrío:
—Me late que van a venir todos juntos.
—¿Por qué no los mataste?
—¡Seguro que no les tocaba todavía!
Salieron juntos, ella con el niño en los brazos.
Ya a la puerta se apartaron en opuesta dirección.
La luna poblaba de sombras vagas la montaña.
En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer, con su niño en los
brazos.
Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañón, cerca del río, se levantaban
grandes llamaradas.
Su casa ardía…
II
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Todo era sombra todavía cuandoDemetrioMacíascomenzóa bajar al fondo delbarranco. El angosto talud de una
escarpa era vereda entre el peñascal veteado de enormes resquebrajaduras y la vertiente de centenares de metros,
cortada como de un solo tajo.
Descendiendo con agilidad y rapidez, pensaba:
“Seguramente ahora sí van a dar con nuestrorastrolos federales, yse nos vienenencima comoperros. La fortuna
es que nosabenveredas, entradas ni salidas. Solo que algunode Moyahua anduviera con ellos de guía, porque los del
Limón, Santa Rosa y demás ranchitos de la sierra son gente segura y nunca nos entregarían… En Moyahua está el
cacique que me trae corriendopor los cerros, yéste tendría muchogusto en verme colgado de unposte del telégrafo
y con tamaña lengua de fuera…”
Y llegóal fondodel barrancocuandocomenzaba a clarear el alba. Se tiróentre las piedras y se quedó dormido.
El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas, los pajaritos piabanescondidos enlos pitayos ylas chicharras
monorrítmicas llenaban de misterio la soledad de la montaña.
Demetrio despertó sobresaltado, vadeó el río y tomó la vertiente opuesta del cañón. Como hormiga arriera
ascendióla crestería, crispadas lasmanos enlaspeñas yramazones, crispadas las plantas sobre las guijasde la vereda.
Cuandoescaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en unlagode oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes
rebanadas; prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de
coloso;árboles tendidos haciael fondodel abismo. Y enla aridez de las peñas yde las ramassecas albeabanlas frescas
rosas de SanJuancomouna blanca ofrenda al astro que amenazaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.
Demetriose detuvo enla cumbre: echó su diestra hacia atrás, tiródel cuernoque pendía de suespalda, lo llevó a
sus labios, gruesos, y por tres veces, inflando los carrillos, sopló en él. Tres silbidos contaron la señal, más allá de la
crestería frontera.
En la lejanía, de entre un cónicohacinamiento de cañas ypaja podrida, salieron, unos tras otros, muchos hombres
de pechos y piernas desnudas, oscuros y repullidos como viejos bronces.
Vinieron presurosos el encuentro de Demetrio.
—¡Me quemaron mi casa! —respondió a las miradas interrogadoras.
Hubo imprecaciones, amenazas, insolencias.
Demetriolos dejódesahogar;luego sacó de sucamisa una botella, bebióun tanto, limpióla con eldorso de sumano
y la pasóa su inmediato. La botella, enuna vuelta de boca enboca, se quedó vacía. Los hombres se relamieron.
—Si Dios nos da licencia —dijoDemetrio—, mañana o esta misma noche leshemos de mirar la cara otra vez a los
federales. ¿Qué dicen, muchachos; los dejamos conocer estas veredas?
Los hombres semidesnudos saltaron, dando grandes alaridos de alegría. Y luego redoblaron las injurias, las
maldiciones y las amenazas.
—No sabemos cuántos serán ellos —observó Demetrio, escudriñando los semblantes—. Julián Medina, en
Hostotipaquillo, conmediadocena de pelados ycon cuchillos afilados enel metate, les hizofrente a todos los cuicos y
federales del pueblo, y se los echó.
—¿Qué, tendrán algolos Medina que a nosotros nos falte? —dijo uno de barba ycejas espesas ymuynegras, de
mirada dulzona, hombre macizo y robusto.
—Yo sólo lessé decir —agregó— que dejode llamarse AnastasioMontañéssi mañana nosoydueño de un máuser,
cartuchera, pantalones y zapatos. ¡De veras!… Mira, Codorniz, ¿voy que no me lo crees? Yo traigo media docena de
plomos dentrode mi cuerpo…Ai que diga mi compadre Demetriosi no es cierto…Pero a mí me dan tantomiedolas
balas como una bolita de caramelo. ¿A que no me lo crees?
—¡Que viva Anastasio Montañés! —gritó el Manteca.
—No —repuso aquél—;que viva Demetrio Macías, que esnuestrojefe, yque vivanDios yel cielo yMaría Santísima.
—¡Viva Demetrio Macías! —gritaron todos.
Encendieron lumbre con zacate yleños secos, ysobre los carbones encendidos tendieron trozos de carne fresca.
Se rodearonen torno de las llamas, sentados en cuclillas, olfateandocon apetito la carne que se retorcía ycrepitaba
en las brasas.
Cerca de ellos estaba, enmontón, la piel dorada de una res, sobre la tierra húmeda de sangre. De uncordel, entre
dos huizaches, pendía la carne hecha cecina, oreándose al sol y al aire.
—Bueno —dijo Demetrio—; ya ven que, aparte de mi treinta-treinta, no contamos más que con veinte armas. Si
son pocos, les damos hasta no dejar uno; si son muchos, aunque sea un buen susto les hemos de sacar.
Aflojó el ceñidor de su cintura y desató un nudo, ofreciendo del contenido a sus compañeros.
—¡Sal! —exclamaron con alborozo, tomando ca da uno con la punta de los dedos algunos granos.
Comieronconavidez, ycuandoquedaronsatisfechos, se tiraronde barriga al sol ycantaroncanciones monótonas
y tristes, lanzando gritos estridentes después de cada estrofa.3
3 AZUELA, Mariano, Los de abajo, enLa novela de laRevolución Mexicana. Selección, introducción general, cronología histórica, prólogos,
censo depersonajes, índicede lugares, vocabularioy bibliografía por AntonioCastroLeal;México, Aguilar, 1981(Colección Obras Eternas,
s/n), pp. 53-56.
LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44

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Activiades 4 parcial literatura

  • 1. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 (Producto de aprendizaje 1) EJERCICIO DE CREACIÓN LITERARIA Con los elementos estudiados en éste y en los bloques anteriores (tema e historia, secuencias básicas, narrador y personajes, etc.), escribe un cuento corto. En la construcción de tus personajes y el desenlace de la historia debes considerar las siguientes preguntas:  ¿cuáles son sus cualidades físicas (prosopografía, retrato) y emocionales (etopeya)?,  ¿en qué época y lugar viven?,  ¿qué se proponen, es decir, cuál es su objeto?,  ¿qué obstáculos deben vencer para conseguir lo que desean?,  ¿quién cuenta la historia y dónde se ubica?  ¿qué desea el narrador expresarle al lector?, ¿cuál es su intención? ESCRIBETU CUENTO CORTO PLANTEAMIE NTO Tal vez no fue su culpa nacer en esa época, y no es que justifiquelo que hiso,no fue uno de los mejores periodos de presidentes en México. Llego a este mundo Lenin Said Taxilaga Umaña, en el periodo de Echeverría Alvares y parte de su infancia con López Portillo,fue un niño muy tímido, diferente a todos, quería encajar en la sociedad,pero nada le ayudaba.Y así se puede describir lainfanciadel afortunado Lenin Su familia era muy humilde, a muy temprana edad, diariamente se despertaba antes de que cantaran los gallos, tenía que cumplir una seriede tareas,tales como alimentar a los animales,ir por la leña,traer agua del pozo, encargarsede sus hermanos,y todo esto antes de ir a la escuela.Su padre, así lo consideraba, porquevió por el desde que nació y Le tenía gran afecto, Lenin nunca conoció a su padre biológico y nunca tuvo la más mínima Curiosidad por saber algo deél. Su dureza se fue forjando poco a poco, golpe a golpe, era Castigado severamente por su madre, variasveces lequemaron las manos y pies en el Comal de las tortillas,otras lo dejaron inconscientea leñazos,hubo ocasiones quele golpe- Aba con el látigo de los burros y su piel de Lenin era reventada, sangraba y nadielehacia Caso.El, al tomar conciencia sepropuso no llorar, más o menos a la edad de 8 años,cada Vez que lo golpeaban,solo miraba con ira y odio.Pues esto fue la preparación para lo que seria después. Ala edad de 14 años quiso alejarsedesu casa,quería superación,entro ala HENM el maxi - Mo plantel de formación,ahí vivió cosas queno tan peores como en su casa,pero se forjo Un excelente cadete, con doctrina.Estudió para ser IMP y salió graduado como Premio. RUPTURA DEL EQUILIBRIO Durante cinco años sepreparó arduamente para ser el mejor, llego a ser Fuerzas Especiales,Comando,Tirador selecto, FUSPAR, y lo más importante KAIBIL (máquinas de Matar). Pero se enamoró de una chica bellísima,a su parecer la más hermosa sobre la tie- rra,perdido enamorado por ella,a pesar de que él era muy duro, con ella fue el más cari- ñoso, la amaba intensamente, pero ella no correspondía a la misma intensidad,lo menos preciaba,el creía que era porque nunca le falto ese cariño que a él sí, ella lo desprecio Muchas veces, lo peor que le puede hacer una mujer a un hombre perdidamente enamo- rado es menos preciarlo, porqueestá acabando con todo lo bueno que había generado. DESARROLLO Así sucedió,él se cansó de esto, por despecho le dijo que solo leatraía su físico,después De haberledicho tantas veces que la amaba,por su alma.Dijo que el ya no aceptaría Limosnas de cariño.La dejo, pero al parecer ella sin importancia como siempre,no le Importo arreglar las cosas,el en su interior moría por lo que había hecho, la amaba con tal Intensidad,pero demostró dureza, fue firme y tal vez no tan sincero con ella,el soñaba Por la nochecon esos hermosos ojos que vio por tanto tiempo y que siempre lefueron Indiferentes, decía y deliraba con ella. Prometió que nunca más volverían a jugar con él , y corto todo tipo de sentimiento débil Volvió a ser como antes, no sonreía, le eran indiferentes todos, solo pensaba en aquella Mujer que le cambio la vida para bien, pero que poco a poco con sus acciones fue matan- Do todo lo bueno que existía en él, lo único que lo sostenía en pie era su rudeza y su ama- Da doctrina, que a seguía a pie de cañón como un verdadero Caballero de Mar.
  • 2. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 (Producto de aprendizaje 2) EJERCICIO DE LECTURA, INTERPRETACIÓN CONTEXTUAL Y REDACCIÓN a) Lee con atención el siguiente texto. Tomo muchos cursos más para olvidar a aquella mujer que no quería que se pronunciara Tan solo su nombre, “Isis” como la diosa de la fertilidad. Por ser unos de los hombres más preparados dentro de México y de pertenecer al mejor Cuerpo, ser un KAIBIL, la ONU lo convoca para apoyar en siria donde estaba aquella guerra Tan sangrienta,donde vio morir a tanta gente inocente, aun mas así,se volvió una diaman- te de dureza, no se volvió a enamorar por que no creía encontrar otra mujer como Aquella que no tomo importancia de lo que sentía. Regreso a México después de 3 años, ya acostumbrado a matar para sobrevivir, se volvió Más agresivo, era menos tolerante con todos, no salía de casa, solo entrenaba y leía Era lo que lo mantuvo cuerdo por un tiempo. En una ocasión el entrenaba en su casa, era ya muy tarde, le gustaba su casa por que Estaba en Cancún, porque era tranquilo todo, entro un ladrón ala casa, fue grave error del ratero, lo amenazo con un arma, pero el inmediatamente saco una Cold 45 y le disparo en La cabeza. Fue ante la justicia pero quedo libre por que fue en defensa propia dentro de su Propiedad. Una ocasión de compras una señora lo desespero, pues él ya era menos paciente, mas Violento, no sabía que pasaba en el mundo, ver tanta sangre lo volvió un hombre sin pala - bras, quiso la señora alegar con él por algo mínimo, cuando termino ella de hablar, la Levanto del cuello y le azoto contra el suelo, hasta destrozar su cráneo sangro tanto, pero El solo se alejó del lugar, para él era normal esto, tal vez pensaba que seguía en zona de Guerra, Huyo para su tierra natal en la Sierra chontal, ahí se refugió por mucho tiempo, pero tam- bien ya era incontrolable su ira, sin ese amor que sentía por aquella dama de sus sueños, Aquella que el denominaba diosa o musa hermosa, no se controlaba, se volvió practica - Mente un animal salvaje. En su pueblo mato a dos hombres que se quisieron pasar de listos, les corto la nariz con Sus machetes, los degolló lentamente para que sintieran todo el dolor posibles, Gritaban igual que cuando matan una vaca, su cara de satisfacción de Lenin después de Haber hecho sus sacrificios, él ya era buscado por la policía, y por el tribunal de justicia Militar, estaba fichado. DESENLACE Después de que ya no recibía sueldo como Marino, comenzó a robar para comer, era Muy hábil y todas las cosas que ya sabía le ayudaron. Una vez entro a un minisúper, quiso robar, salió huyendo pero hombres como el estaban Tras sus pasos, fue llevado hasta un callejón donde fue emboscado y lo acribillaron a balazos. Y así muere un hombre por despecho y desprecio de una bella dama, nunca supo más de Isis, es increíble la forma en que se pierde un gran hombre como Lenin Said Taxilaga Umaña.
  • 3. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 b) Con ayuda de los diferentes instrumentos de investigación documental, investiga la vida y el contexto del autor. c) Redacta un comentariosobre cómopudo haber influidoel contextode producción de Ricardo Güiraldes en el contenido de su novela. d) En el mismocomentario, incluye un subcapítulodonde respondas a lassiguientes preguntas:¿cuáles sonlos valores que se ponende manifiesto enel relatode donSegundo Sombra yde qué manera podemos aplicarlos a nuestro contexto de recepción?, ¿qué enseñanza desea transmitir el autor?, ¿por qué crees que sea necesarioconocer una novela como ésta?, ¿cómo relacionaríasel contenidodel textoconla realidad actual? DON SEGUNDO SOMBRA (Ricardo Güiraldes, fragmento) CAPÍTULO XXI Del día ya noquedaba más que una barra de nubes iluminadasenel horizonte, cuando, por una lomada, enfrentamos los paraísos viejos de una tapera. Don Segundo, revisandoel alambrado, vio que podía dar paso en unlugar enque dos hilos habían sido cortados. Tal vez una tropa de carros eligió el sitio, con el fin de hacer noche, aprovechando un robito de pastoreo para sus animales. No se veía a la redonda ninguna población, de suerte que el campo era como de q uien lo tomara, y los arbolitos, aunque ennúmerode cuatro solamente, debían haber volteadouna rama o gajoque nos sirviera para hacer fuego. Hicimos pasar nuestras tropillas al campo y, luego de haber desensillado, juntamos unas biznagas secas, unos manojos de hojarasca, unos palitos y un tronco de buen grueso. Prendimos fuego, arrimamos la pavita, en que volcamos el agua de unchifle para yerbear, y, tranquilos, armamos unpar de cigarrillos de la guayaca, que prendimos en las primeras llamaradas. Como habíamos hechoel fogóncerca de untronco de tala caído, tuvimos donde sentarnos, yya nos decíamos que la vida de resero, con todo, tiene sus partes buenas como cualquiera. Creo que la afición de mi padrino a la soledad debía influir en mí; la cosa es que, rememorando episodios de mi andar, esas perdidas libertades en la pampa me parecíanlo mejor. Noimportaba que el pensamientolo tuviera medio dolorido, empapadoen pesimismo, comoqueda empapada de sangre la matra que ha chupado el dolor de una matadu ra. De grande y tranquilo que era el campo, algo nos regalaba de su grandeza y su indiferencia. Asamos carne y la comimos sin hablar. Pusimos sobre las brasasla pavita ycebé unos amargos. DonSegundome dijo, con suvoz pausada y como distraída: —Te vi’a contar un cuento, para que se lo repitás a algún amigo cuando éste ande en la mala. Cebé con más lentitud. Mi padrino comenzó el relato: “Esto era en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles.” Quedé unrato a la espera. Don Segundo nos dejaba ca er, así, enun reinode ficción. Íbamos a vivir enel hilode un relato. Saldríamos de una parte a otra. ¿De dónde y para dónde? “Nuestro Señor, que según dicen jue el creador de la bondá, sabía andar de pueblo en pueblo y de rancho en rancho, por Tierra Santa, enseñando el Evangelio ycurandoconpalabras. En estos viajes, lollevaba de asistente a San Pedro, al que lo quería mucho, por creyente y servicial. “Cuentanque en unode esos viajes, que por demás veces eranduros como los del resero, como jueran por llegar a un pueblo, a la mula en que iba Nuestro Señor se le perdió una herradura y dentró a manquiar. “—Fijate —le dijoNuestroSeñor a SanPedro—si noves una herrería, que ya estamos dentrando al poblao. “San Pedro, que iba mirando con atención, divisó un rancho viejo de paredes rajadas, que tenía encima de una puerta unletreroque decía: «ERRERÍA». Sobre el pucho, se lo contó al Maistro y pararon delante del corralón. “—¡Ave María! —gritaron. Y juntocon uncuzquito ladrador, salióunancianoharapiento que los convidó a pasar. “—Güenas tardes —dijoNuestro Señor—. ¿Podría herrar mi mula que ha perdido la herradura de una mano? “—Apiensén y pasen adelante —contestó el viejo—. Voy a ver si puedo servirlos. “Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unassillasde patas quebradas ytorcidas, NuestroSeñor le preguntó al herrero: “—¿Y cuál es tu nombre? “—Me llaman Miseria —respondió el viejo, y se jue a buscar lo necesario pa servir a los forasteros. “Con mucha pacencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada. Acobardaoiba a golverse pa pedir disculpa a los que estabanesperando, cuando regolviendo con la bota un montón de basura y desperdicios, vido una argolla de plata gradota. “—¿Qué haceh’aquí vos? —le dijo, y recogiéndola se jue pa donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mula de Nuestro Señor. ¡Viejo sagaz y ladino! “—¿Cuánto te debemos, güen hombre? —preguntó Nuestro Señor. “Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo:
  • 4. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 “—Por lo que veo, ustedes sontan pobres comoyo. ¿Qué diantre les vi’a cobrar?Vayanenpaz por el mundo, que algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta. “—Así sea —dijoNuestro Señor y, después de haberse despedido, montaronlos forasteros ensus mulas ysalieron al sobrepaso. “Cuando iban ya retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo: “—Verdá, Señor, que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herraola mulacon una herradura’e plata, no noh’a cobrao nada por más que es repobre ynosotros nos vamos sin darle siquiera una prenda de amistá. “—Decís bien —contestóNuestro Señor—. Volvamos hasta sucasa pa concederle tres Gracias, que él eligirá a su gusto. “Cuando Miseria los vido llegar de güelta, creyó que se había desprendido la herradura y los hizo pasar como endenantes. NuestroSeñor le dijoa qué veníanyel hombre lo miróde soslayo, medio con ganitas de rairse, mediocon ganitas de disparar. “—Pensá bien —dijo Nuestro Señor— antes de hacer tu pedido. “San Pedro, que se había acomodado atrás de Miseria, le sopló: “—Pedí el Paraíso. “—Cayate, viejo —le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor: “—Quiero que el que se siente en mi silla, no se pueda levantar della sin mi permiso. “—Concedido —dijo Nuestro Señor—. ¿A ver la segunda Gracia? Pensala con cuidado. “—¡Pedí el Paraíso, porfiao! —le sopló de atrás San Pedro. “—Cayate, viejo metido —le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor. “—Quiero que el que suba a mis nogales, no se pueda bajar dellos sin mi permiso. “—Concedido —dijo Nuestro Señor—. Y aura, la tercera y última Gracias. No te apurés. “—Pedí el Paraíso, porfiao! —le sopló de atrás San Pedro. “—¿Te querés callar, viejo idiota? —le contestó Miseria enojao, pa después decirle a Nuestro Señor: “—Quiero que el que se meta en mi tabaquera no pueda salir sin mi permiso. “—Concedido —dijo Nuestro Señor, y después de despedirse, se jue. “Ni bien Miseria quedósolo, comenzóa cavilar y, pocoa poco, jue dentrándole rabia de nohaber sabidosacar más ventaja de las tres Gracias concedidas. “—También, seré zonzo —gritó, tirando contra el sueloel chambergo—. Lo que es, si aurita mesmose presentara el demonio, le daría mi alma con tal de poderle pedir veinte años de vida y plata a discreción. “En ese mesmo momento, se presentó a la puerta’el rancho un caballero que de dijo: “—Si querés,Miseria, yo te puedopresentar uncontrato, dándote loque pedís—. Y ya sacóunrollo de papel con escrituras y numeritos, lo más bien acondicionado, que traiba en el bolsillo. Y allí las leyeron juntos a las letras y, estando conformes en el trato, firmaron los dos con muchos pulso, arriba de un sello que traiba el rol lo.” —¡Reventó la yegua el lazo! —comenté. —Aura verás, dejate estar callao para aprender cómo sigue el cuento. Miramos alrededor la noche comopara noperder contactocon nuestra existencia actual, ymi padrinoprosiguió: “Ni bien el Diablo se jue y Miseria quedó solo, tantió la bolsa de oro que le había dejao Mandinga, se miró en el bañadero de los patos, donde vidoque estaba mozo, yse jue al pueblopa comprar ropa, pidiópieza enla onda como señor, y durmió esa noche contento. “¡Amigo! Había de ver cómocambió la vida d’este hombre. TercióconPríncipesygobernadores yalcaldes, jugaba como ninguno en las carreras, viajó por todo el mundo, tuvo trato con hijas de reyes y marqueses… “Pero, bien dicen que prontose pasanlos años cuando se empleande estomodo, de suerte que se cumplióel año vigésimo y en un momento casual en que Miseria había venido a rairse de su rancho, se presentó el Diablo con el nombre de caballero Lilí, como vez pasada, y peló el contrato pa exigir que se le pagara con convenido. “Miseria, que era hombre honrao, aunque mediotristónle dijo a Lilí que loesperara, que iba a lavarse yponerse güena ropa pa presentarse al Infierno, como era debido. Así lo hizo, pensando que al fin todo lazo se corta y que su felicidá había terminao. “Al golver lo halló a Lilí sentao en su silla aguardando, con pacencia. “—Ya estoy acomodao —le dijo—, ¿vamos yendo? “—¡Cómo hemos de irnos —contestó Lilí— si estoy pegao con esta silla como por encanto! “Miseriase acordóde lasvirtudes que le había concedidoel hombre’e la mula y le dentró una risa tremenda. “—Enderezate, pues, maula, si sos diablo —le dijo a Lilí. “Al ñudo éste hizo bellaquear la silla. No pudo alzarse ni un chiquito y sudaba, mirándolo a Miseria. “—Entonces—le dijoel que fue herrero—, si querésdirte, firmame otros veinte años de vida yplata a discreción. “El demonio hizo lo que le pedía Miseria, y éste le dio permiso pa que se juera. “Otra vez el viejo, remozado y platudo, se golvió a correr el mundo: terció con príncipes y manates, gastó plata como naides, tuvo trato con hijos de reyes y de comerciantes juertes…
  • 5. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 “Pero los años, pa’l que se divierte, juyenpronto, de suerte que, cumplidoel vigésimo, Miseria quisodar fincabal a su palabra y rumbió al pago de su herrería. “A todo estoLilí, que era mediolenguarás y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto’e la silla. “—Hayque andar conojoalerta —había dichoLucifer—. Este viejo está protegidoyes ladino. Dos seránlos que lo van a buscar al fin del trato. “Por eso jue que al apiarse en el rancho, Miseriavido que loestaban esperandodos hombre, yunode ellos era Lilí. “—Pasenadelante;sientesén —les dijo—, mientras yo me lavo yme vistopa dentrar el Infierno, comoes debido. “—Yo no me siento —dijo Lilí. “—Como quieran. Pueden pasar al patio y bajar unas nueces, que seguramente serán las mejores que habrán comido en su vida’e diablos. “Lilí no quiso saber nada;pero, cuandose hallaronsolos, sucompañero le dijoque iba a dar una güelta por debajo de los nogales, a ver si podía recoger del suelo alguna nuez caida yprobarla. Al ratonomás golvió, diciendo que había hallao una yuntita y que, en comiéndolas, naide podía negar que jueran las más ricas del mundo. “Juntos se jueron p’adentro y comenzaron a buscar sin hallar nada. “Pa esto, al diabloamigo de Lilí se le había calentaola boca ydijoque se iba a subir a la planta, pa seguir pegándole al manjar. Lilí le advirtió que había que desconfiar, peroel goloso nohizocaso ysubióa los árboles, donde comenzóa tragar sin descanso, diciéndole de tiempo en tiempo: “—¡Cha que son güenas! ¡Cha que son güenas! “—Tirame unas cuantas —le gritó Lilí, de abajo. “—Allí va una —dijo el de arriba. “—Tirame otras cuantas —golvió a pedirle Lilí, no bien se comió la primera. “—Estoy muy ocupao —le contestó el tragón—. Si querés más, subite al árbol. “Lilí, después de cavilar un rato, se subió. “cuando Miseria salió de la pieza y vido a los dos diablos en el nogal, le dentró un risa tremenda. “—Aquí estoy a su mandao —les gritó—. Vamos cuando ustedes gusten. “—Es que nonos podemoh’abajar —le contestaron los diablos, que estaban como pegaos a las ramas. “—Lindo —lesdijoMiseria—. Entonces firmenménotra vezel contrato, dándome otros veinte años de vida yplata a discreción. “Los diablos hicieron lo que Miseria les pedía y éste les dio permiso pa que bajaran. “Miseriagolvióa correr mundoyterciócon gente copetuda ytiró plata y tuvo amores con damas de primera. “Pero los años dentraron a disparar, como denantes, de suerte que al llegar al año vigésimo, Miseria, queriendo dar pago a su deuda se acordó de la herrería en que había sufrido. “A todo esto, los diablos en el infiernole habíancontao a Lucifer lo sucedidoyéste, enojadazo, les había dicho: “—¡Conejo! ¿Noles previne de que anduvieran con esmero, porque ese hombre era por demás ladino? Esta güelta que viene, vamoh’a dir toditos a ver si se nos escapa. “Por esto jue que Miseria, al llegar a su rancho, vidomás gente riunida que enuna jugada’e taba. Peroesa gente, acomodada como un ejército, parecía estar a la orden de un mandón con corona. Miseria pensó que el mesmito Infierno se había mudadoa su casa, yllegó, mirando comopatoel arriador, a esa pueblada de diablos. «Si escapod’esta —se dijo— en fija que ya nunca la pierdo.» Pero haciéndose el muy templao, preguntó a aquella gente: “—¿Quieren hablar conmigo? “—Sí —contestó juerte el de la corona. “—A usté —le retrucó Miseria— nole he firmaocontratoninguno, pa que venga tomandovelaseneste entierro. “—Pero me vah’a seguir —gritó el coronao—, porque yo soy el Ray de loh’Infiernos. “—¿Y quiénme da el certificao? —alegó Miseria—. Si usté es loque dice, ha de poder hacer de fijoque todos los diablos dentren en su cuerpo y golverse una hormiga. “Otro hubiera desconfiao, pero dicen que a los malos los sabe perder la rabia y el orgullo, de modo que Lucifer, ciego de juror, dio ungritoyen el momentomesmose pasóa la forma de una hormiga, que llevaba adentro a todos los demonios del Infierno. “Sin dilación, Miseriaagarró el bichito que caminaba sobre los ladrillos del piso, lometió ensu tabaquera, se jue a la herrería, la colocósobre el yunque y, con un martillo, se arrastró a pegarle con todita el alma, hasta que la camiseta se le empapó de sudor. “Entonces, se refrescó, se mudó y salió a pasiar por el pueblo. “¡Bien haiga, viejitoSagaz! Todos los días, colocaba la tabaquera sobre el yunque yle pegaba tamaña paliza, hasta empapar la camiseta pa después salir a pasiar por el pueblo. “Y así se fueron los años. “Y resultóque ya en elpueblo nohubo peleas, ni plaitos, ni alegaciones. Los maridos nolascastigabana las mujeres, ni las madresa los chicos. Tíos, primos yentenaos se entendían como Dios manda;no salía la viuda, ni el chancho;no se veían luces malas y los enfermos sanaron todos; los viejos no acababan de morirse y hasta los perros fueron
  • 6. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 virtuosos. Los vecinos se entendíanbien, los baguales nocorcoviabanmás que de alegría ytodo andaba comorelóde rico. Qué, si ni había que baldiar los pozos porque toda agua era güena.” —¡Ahahá” —apoyé alegremente. —Sí —arguyó mi padrino—, no te me andéh’apurando. “Ansina como no hay caminos sin repechos, no hay suerte sin desgracias, y vino a suceder que abogaos, procuradores, jueces de paz, curanderos, médicos y todos los que son autoridá y viven de la desgracia y vicios de la gente, comenzaron a ponerse chacones de hambre y jueron muriendo. “Y un día, asustaos los que quedabande esta morralla, se endilgaronpa lodel gobernador, a pedirle ayuda por lo que lessucedía. Y el gobernador, que también dentraba enla partida de los castigaos, lesdijoque nada podía remediar y les dioua plata del Estao, advirtiéndoles que era la única vez que lohacía,porque noera obligacióndel Gobierno el andarlos ayudando. “Pasaronunos meses, yya los procuradores, jueces yotros bichos ibanmermando por haber pasao los mása mejor vida, cuando unode ellos, el más pícaro, vinoa maliciar la verdá ylos invitó a todos a que golvierana lodel gobernador, dándoles la promesa de que ganarían el plaito. “Así jue. Y cuando estuvieron frente al manate, el procurador le dijo a Suecelencia que todah’esas calamidades sucedían porque el herrero Miseria tenía encerraos en su tabaquera a los diablos del Infierno. “Sobre el pucho, el mandón lo mandó trair a Miseria y, en presencia de todos, le largó un discurso: “—¿Ahá, sos vos?¡Bonitoandásponiendoal mundocon tus brujerías yencantos, viejoindino! Aurita vah’a dejar las cosas como estaban, sin meterte a redimir culpas ni castigar diablos. ¿No ves que siendo el mundo como es, no puede pasarse del mal yque las leyes ylah’enfermedades ytodos los que vivend’ellas, que son muchos, precisande que los diablos anden por la tierra? En este momento vah’al trote y largás loh’Infiernos de tu tabaquera. “Miseriacomprendióque el gobernador tenía razón, confesó la verdá yjue pa su casa pa cumplir lo mandao. “Ya estaba por demás viejo y aburrido del mundo, de suerte que irse dél poco le importaba. “En su rancho, antes de largar los diablos, puso la tabaquera en el yunque, como era su costumbre, y por última vez le dio una güena sobada, hasta que la camiseta quedó empapada de sudor. “—¿Si yo los largo van a andar embromando por aquí? —les preguntó a los mandingas. “—No, no —gritaban éstos de adentro—. Larganos y te juramos no golver por tu casa. “Entonces Miseria abrió la tabaquera y los licenció pa que se jueran. “Saliólas hormiguita ycreció hasta ser el Malo. Comenzarona brotar del cuerpode Lucifer todos los demonios y derepente, en un tropel, tomóesta diablada por esas callesde Dios, levantandouna polvareda como nube’e tormenta. “Y aura viene el fin. “Ya Miseria estaba enlas últimas humeadas del pucho, porque a todocristianole llega el momentode entregar la osamenta y él bastante la había usado. “Y Miseria, pensando hacerlomejor, se jue a echar sobre sus jergas a esperar la muerte. Allá, en supiecita de pobre, se halló tan aburrido y desganao, que ni se levantaba siquiera pa comer ni tomar agua. Despacito no más se jue consumiendo, hasta que quedó duro y como secao por los años. “Y aura es que, enhabiendodejaoel cuerpo pa los bichos, Miseria pensó loque le quedaba por hacer y, sindilación porque no era zonzo el hombre enderezó pa’l Cielo y, después de un viaje largo, golpió en la puerta d’éste. “Cuantito se abrió la puerta, San Pedro y Miseria se reconocieron, pero al viejo pícaro no le convenían esos recuerdos y, haciéndose el chancho rengo, pidió permiso pa pasar. “—¡Hum! —dijoSanPedro—. Cuandoyo estuve entu herrería con Nuestro Señor, pa concederte tres Gracias, te dije que pidieras elParaisoyvos me contestastes:«Callate viejoidiota». Y noes que te la guarde, pero no puedodejarte pasar aura, porque en habiéndote afrecido tres veces el cielo, vos te negaste a acetarlo. “Y como ahí no más el portero del Paraisocerró la puerta, Miseria, pensandoque de dos males hayque elegir el menos pior, rumbió pa’l Purgatorio a probar cómo andaría. “Pero amigo, allíle dijeron que sólopodían dentrar las almas destinadas al Cieloyque comoél nunca podía llegar a esa gloria, por haberla denegaoen la oportunidá, nopodíanguardarlo. Las penas eternas le tocaba cumplirlas en el Infierno. “Y Miseria enderezó al Infierno y golpió en la puerta, como antes golpeaba en la tabaquera sobre el yunque, haciendo llorar a los diablos. Y le abrieron, ¡pero qué rabia no le daría cuandose encontró cara a cara con el mesmo Lilí! “—¡Maldita mi suerte —gritó—, que andequiera he de tener conocidos! “Y Lilí, acordándose de las palizas, salió que quemaba, con la cola comobandera’e comisaría, yno paró hasta los pieses mesmos de Lucifer, al que contó quién estaba de visita. “Nunca los diablos se habíaspegao tantamañosusto, yel mesmo Rayde loh’Infiernos, recordandotambiénel rigor del martillo, se pusoa gritar como gallina culeca, ordenandoque cerraranbientoditas laspuertas, no juera a dentrar semejante cachafás.
  • 7. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 “Ahí quedóMiseria sindentrada a ningunlao, porque ni en el Cielo, ni enel Purgatorio, ni enel Infiernoloquerían como socio;ydicen que es por esoque, desde entonces, Miseria yPobreza soncosas de este mundoynunca se irána otra parte, porque en ninguna quieren almitir su existencia.” Una hora habría duradoel relato yse había acabado el agua. Nos levantamos ensilencio para acomodar nuestras prendas. —¡Pobreza! —dije estirando mi manta donde iba a echarme. —¡Miseria! —dije acomodando el cojinillo que me serviría de almohada. Y me largué sobre este mundo, perosin sufrir, porque al ratito estaba como tronco volteado a h achazos.1 (Producto de aprendizaje 3) EJERCICIO DE LECTURA, INVESTIGACIÓN, ANÁLISIS Y REDACCIÓN a) Lee con atención el siguiente texto. b) Dibuja un mapa conceptual o mapa cognitivo de agua malaen el que clasifiques a los personajes del relato (principales, secundarios, incidentales), señalando el rol actancial que desempeñan y sus características de personalidad(problemática que debenenfrentar, deseos, aspiraciones, traumas, valores y antivalores). c) Investiga el contexto enel que se escribióla novelaycomprueba si los personajes revelan la ideología ylas costumbres de la época (es decir, si pudieran tener una correspondencia con la realidad objetiva). Expresa tus opiniones en fichas de comentario. d) Lista los recursos utilizados por el narrador para poner en evidencia la interioridad de los personajes. e) Redacta un comentario personal sobre la impresión que te causaron los personajes principales: Charles Bovary y sus padres. MADAME BOVARY (Gustave Flaubert, fragmento) PRIMERA PARTE CAPITULO PRIMERO Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director, seguido de un «novato» con atuendo pueblerino y de un celador cargadocon un gran pupitre. Los que dormitabanse despertaron, ytodos se fueron poniendo de pie comosi los hubieran sorprendido en su trabajo. El director nos hizoseña de que volviéramos a sentarnos;luego, dirigiéndose alprefectode estudios, le dijoa media voz: —Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si por su aplicación y su conducta lo merece, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a su edad. El «novato», que se había quedadoenla esquina, detrás de la puerta, de modo que apenas se le veía, era unmozo del campo, de unos quince años, y de una estatura mayor que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo cortado en flequillo comoun sacristánde pueblo, yparecía formal ymuyazorado. Aunque noera anchode hombros, suchaqueta de paño verde con botones negros debía de molestarle en las sisas, y por la abertura de las bocamangas se le veían unas muñecas rojas de ir siempre remangado. Las piernas, embutidas en medias azules, salían de un pantalón amarillento muy estirado por los tirantes. Calzaba zapatones, no muy limpios, guarnecidos de clavos. Comenzaron a recitar las lecciones. El muchacho las escuchó con toda atención, como si estuviera en el sermón, sin ni siquiera atreverse a cruzar las piernas ni apoyarse enel codo, ya las dos, cuando sonó la campana, el prefecto de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en la fila. Teníamos costumbre al entrar enclase de tirar lasgorras al suelopara tener después las manos libres;había que echarlas desde el umbral para que cayeran debajo del banco, de manera que pegasen contra la pared levantando mucho polvo; era nuestro estilo. Pero, bien porque no se hubiera fijado en aquella maniobra o porque no quisiera someterse a ella, ya se había terminadoel rezoyel «novato» aúnseguía conla gorra sobre las rodillas. Era unode esos tocados de orden compuesto, en el que se encuentran reunidos los elementos de la gorra de granadero, del chapska, del sombrero redondo, de la gorra de nutria y del gorro de dormir; en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión comoel rostrode unimbécil. Ovoide yarmada de ballenas, comenzaba por tres molduras circulares;después se alternaban, separados por una banda roja, unos rombos de terciopelocon otros de pelode conejo;venía después 1 GÜIRALDES, Ricardo, Don Segundo Sombra. Prólogo deMaría EdméeÁlvarez; México, Porrúa, 1998 (“Sepancuantos…”,169), pp. 98-104.
  • 8. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 una especie de saco que terminaba enun polígono acartonado, guarnecido de un bordadoen trencilla complicada, y de la que pendía, al cabode unlargocordónmuyfino, un pequeño colgante de hilos de oro, comouna bellota. Era una gorra nueva y la visera relucía. —Levántese —le dijo el profesor. El «novato» se levantó; la gorra cayó al suelo. Toda la clase se echó a reír. Se inclinópara recogerla. El compañero que tenía al lado se la volvióa tirar de uncodazo, él volvió a recogerla. —Deje ya en paz su gorra —dijo el profesor, que era hombre de chispa. Los colegiales estallaronenuna carcajada que desconcertóal pobre muchacho, de tal modoque nosabía si había que tener la gorra enla mano, dejarlaenel sueloo ponérsela enla cabeza. Volvió a sentarse yla pusosobre las rodillas. —Levántese —le ordenó el profesor—, y dígame su nombre. El «novato», tartajeando, articuló un nombre ininteligible: —¡Repita! Se oyó el mismo tartamudeodesílabas, ahogadopor los abucheos de la clase. «¡Más alto!», gritó elprofesor, «¡más alto!». El «novato», tomando entonces una resolución extrema, abrió una boca desmesurada, y a pleno pulmón, como para llamar a alguien, soltó esta palabra: Charbovari. Súbitamente se armóun jaleo, que fue in crescendo, con gritos agudos (aullaban, ladraban, pataleaban, repetíana coro: ¡Charbovari, Charbovari!) que luego fue rodando ennotasaisladas, ycalmándose a duras penas, resurgiendo a veces de prontoenalgúnbancodonde estallaba aisladamente, comounpetardomal apagado, alguna risa ahogada. Sin embargo, bajola lluvia de amenazas, pocoa poco se fue restableciendoel ordenen la clase, yel profesor, que por fin logró captar el nombre de Charles Bovary, después de que éste se lo dictó, deletreó y releyó, ordenó inmediatamente al pobre diabloque fuera a sentarse en el banco de los desaplicados al pie de la tarima delprofesor. El muchacho se puso en movimiento, pero antes de echar a andar, vaciló. —¿Qué busca? —le preguntó el profesor. —Mi go... —repuso tímidamente el «novato», dirigiendo miradas inquietas a su alrededor. —¡Quinientos versos a toda la clase! —pronunciado con voz furiosa, abortó, como el Quos ego, una nueva borrasca—. ¡A ver si se callan de una vez! —continuó indignado el profesor, mientras se enjugaba la frente con un pañuelo que se había sacado de sugorro—:yusted, «el nuevo», me va a copiar veinte veces el verbo ridiculus sum. Luego, en tono más suave: —Ya encontrará su gorra: no se la han robado. Todo volvióa la calma. Las cabezas se inclinaronsobre las carpetas, yel «novato» permanecióduran te dos horas en una compostura ejemplar, aunque, de vez encuando, alguna bolita de papellanzada desde la punta de una pluma iba a estrellarse en su cara. Pero se limpiaba con la mano y permanecía inmóvil con la vista baja. Por la tarde, enel estudio, sacósus manguitos del pupitre, pusoen ordensus cosas, rayó cuidadosamente el papel. Le vimos trabajar a conciencia, buscando todas las palabras enel diccionario yhaciendo ungran esfuerzo. Gracias, sin duda, a la aplicación que demostró, no bajó a la cl ase inferior, pues, si sabía bastante bien las reglas, carecía de elegancia en los giros. Había empezado el latín con el cura de su pueblo, pues sus padres, por razones de economía, habían retrasado todo lo posible su entrada en el colegio. Su padre, el señor Charles-Denis-Bartholomé Bovary, antiguo ayudante de capitán médico, comprometido hacia 1812 en asuntos de reclutamiento yobligadopor aquellaépoca a dejar el servicio, aprovechó sus prendas personales para cazar al vuelouna dote de setenta mil francos que se le presentaba en la hija de uncomerciante de géneros de punto, enamorada de sutipo. Hombre guapo, fanfarrón, que hacía sonar fuerte sus espuelas, conunas patillasunidas al bigote, los dedos llenos de sortijas, tenía el aire de unvalentóny la vivacidaddesenvuelta de unviajante de comercio. Ya casado, vivió dos o tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose tarde, fumando en grandes pipas de porcelana, ypor la noche noregresaba a casa hasta después de haber asistido a los espectáculos yfrecuentado los cafés. Muriósu suegroydejópoca cosa;el yernose indignóyse metió a fabricante, perdióalgúndinero, yluegose retiró al campodonde quisoexplotar sus tierras. Pero, como entendía de agricultura tantocomode fabricante de telas de algodón, montaba sus caballos en lugar de enviarlos a labrar, bebía la sidra de su cosecha en botellas en vez de venderla por barricas, se comía las más hermosas aves de su corral y engrasaba sus botas de caza con tocino de sus cerdos, no tardó nada en darse cuenta de que era mejor abandonar toda especulación. Por doscientos francos alaño, encontró enunpueblo, enlos confinesdelPaís de Caux, yde laPicardía, para alquilar una especie de vivienda, mitad granja, mitad casa señorial; y despechado, consumido de pena, envidiando a todo el mundo, se encerró a los cuarenta y cinco años, asqueado de los hombres, decía, y decidido a vivir en paz. Su mujer, en otro tiempo, había estadoloca por él;lo había amadocon mil servilismos, que le apartarontodavía más de ella. En otra época jovial, expansiva y tan enamorada, se había vuelto, al envejecer, como el vino destapado que se convierte en vinagre, de humor difícil, chillona ynerviosa. ¡Había sufrido tanto, sinquejarse, al principio, cuando le veía correr detrás de todas las mozas del pueblo yregresar de noche de veinte lugares de perdición, hastiado yapestando
  • 9. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 a vino! Después, suorgullo se había rebelado. Entonces se callótragándose la rabiaenunestoicismo mudo que guardó hasta su muerte. Siempre andaba de comprasyde negocios. Iba a visitar a los procuradores, al presidente de la audiencia, recordaba el vencimiento de lasletras, obtenía aplazamientos, yen casa planchaba, cosía, lavaba, vigilaba los obreros, pagaba las cuentas, mientrasque, sin preocuparse de nada, el señor, continuamente embotadoenuna somnolenciagruñona de la que no se despertaba más que para decirle cosas desagradables, permanecía fumandoal ladodel fuego, escupiendo en las cenizas. Cuandotuvo un niño, huboque buscarle una nodriza. Vuelto a casa, el críofue mimadocomo un príncipe. Sumadre lo alimentaba congolosinas;su padre le dejaba corretear descalzo, ypara dárselas de filósofo, decía que inclusopodía muy bien ir completamente desnudo, como las crías de los animales. Contrariamente a las tendencias maternas, él tenía en la cabeza unciertoideal viril de la infancia segúnel cual trataba de formar a suhijo, deseandoque se educase duramente, a la espartana, para que adquiriese una buena constitución. Le hacía acostarse enuna cama sin calentar, le daba a beber grandes tragos de ron yle enseñaba a hacer burlade las procesiones. Perode naturaleza apacible, el niño respondía mal a los esfuerzos paternos. Sumadre le llevaba siempre pegadoa sus faldas, le recortaba figurasde cartón, le contaba cuentos, conversaba con él en monólogos interminables, llenos de alegrías melancólicas y de zalamerías parlanchinas. En la soledadde su vida, trasplantóa aquella cabeza infantil todas sus frustraciones. Soñaba con posiciones elevadas, le veía ya alto, guapo, inteligente, situado, ingeniero de caminos, canales y puertos o magistrado. Le enseñóa leer e incluso, con unviejopianoque tenía, aprendióa cantar dos o tres pequeñasromanzas. Pero a todo esto el señor Bovary, poco interesado por las letras, decía que todo aquello no valía la pena. ¿Tendrían algún día con qué mantenerle en las escuelas del estado, comprarle un cargo o un traspaso de una tienda? Por otra parte, un hombre con tupé triunfa siempre en el mundo. La señora Bovary se mordía los labios mientras que el niño andaba suelto por el pueblo. Se iba conlos labradores yespantaba a terronazos los cuervos que volaban. Comía moras a lolargode las cunetas, guardaba los pavos conuna vara, segaba las mieses, corría por el bosque, jugaba a la rayuela enel pórticode la iglesia y en las grandes fiestas pedía al sacristánque le dejase tocar lascampanas, para colgarse contodo supesode lacuerda grande y sentirse transportado por ella en su vaivén. Así creció como un roble, adquiriendo fuertes manos y bellos colores. A los doce años, su madre consiguió que comenzara sus estudios. Encargaron de ellos al cura. Pero las lecciones eran tancortas ytan mal aprovechadas, que no podíanservir de grancosa. Era enlos momentos perdidos cuando se las daba, en la sacristía, de pie, deprisa, entre un bautizo y un entierro; o bien el cura mandaba buscar a su alumno despuésdel Ángelus, cuandonotenía que salir. Subíana sucuarto, se instalabanlos dos juntos:los moscardonesylas mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de la luz. Hacía calor, el chico se dormía, y el bueno del preceptor, amodorrado, con las manos sobre el vientre, no tardaba en roncar con la boca abierta. Otras veces, cuando el señor cura, al regresar de llevar el viático a un enfermode los alrededores, veía a Carlos vagandopor el campo, le llamaba, le sermoneaba un cuarto de hora y aprovechaba la ocasión para hacerle conjugar un verbo al pie de un árbol. Hasta que venía a interrumpirles la lluvia o un conocidoque pasaba. Por lodemás, el cura estaba contento de sudiscípulo e incluso decía que tenía buena memoria. Carlos no podía quedarse así. La señora Bovarytomó una decisión. Avergonzado, o más bien cansado, sumarido cedió sin resistencia y se aguardó un año más hasta que el chico hiciera la Primera Comunión. Pasaron otros seis meses, y al año siguiente, por fin, mandaron a Carlos al Colegio de Rouen, adonde le llevó su padre en persona, a finales de octubre, por la feria de San Román. Hoyningunode nosotros podría recordar nada de él. Era unchicode temperamentomoderado, que jugaba enlos recreos, trabajaba enlas horas de estudio, estaba atentoenclase, dormía bien enel dormitoriogeneral, comía bien en el refectorio. Tenía por tutor a unferreteromayorista de la calle Ganterie, que le sacaba una vez al mes, los domingos, después de cerrar su tienda, le hacía pasearse por el puerto para ver los barcos y después le volvía a acompañar al colegio, antesde la cena. Todos los jueves por la noche escribía una larga carta a sumadre, continta roja ytres lacres; despuésrepasaba sus apuntes de historia, o bien unviejo tomode Anacharsis que andaba por la sala de estudios. En el paseo charlaba con el criado, que era del campo como él. A fuerza de aplicación, se mantuvo siempre haciala mitadde la clase; una vez inclusoganóun primer accéssit de historia natural. Pero, al terminar el tercer año, sus padres le retiraron del colegio para hacerle estudiar medicina, convencidos de que podía por sí solo terminar el bachillerato. Su madre le buscóuna habitaciónenuncuarto piso, que daba a l'Eau-de-Robec, encasade un tintoreroconocido. Ultimó los detalles de la pensión, se procuró unos muebles, una mesa y dos sillas, mandó buscar a su casa una vieja cama de cerezo silvestre ycompró además una pequeña estufa de hierro juntoconla leña necesaria para que supobre hijo se calentara. Al cabo de una semana se marchó, después de hacer mil recomendaciones a su hijo para que se comportase bien, ahora que iba a «quedarse solo». El programa de asignaturasque leyóen el tablónde anuncios le hizoel efectode un mazazo:clases de anatomía, patología, fisiología, farmacia, química ybotánica, yde clínica yterapéutica, sincontar la higiene yla materia médica, nombres todos cuyas etimologías ignoraba yque eranotras tantaspuertas de santuarios llenos de augustas tinieblas.
  • 10. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 No se enteró de nada de todo aquello por más que escuchaba, no captaba nada. Sinembargo, trabajaba, tenía los cuadernos forrados, seguía todas lasclases, no perdía una solavisita. Cumplía con su tarea cotidiana comoun caballo de noria que da vueltas con los ojos vendados sin saber lo que hace. Para evitarle gastos, su madre le mandaba cada semana, por el recadero, un trozode te rnera asada al horno, con lo que comía a mediodía cuandovolvía del hospital dandopatadas a la pared. Después había que salir corriendo para las lecciones, al anfiteatro, al hospicio, yvolver a casa recorriendotodaslas calles. Por la noche, después de la frugal cena de supatrón, volvía a suhabitación yreanudaba sutrabajo con lasropas mojadas que humeaban sobre sucuerpo delante de la estufa al rojo. En las hermosastardes de verano, a la hora enque las calles tibias están vacías, cuando las criadas jueganal volante en el umbral de las puertas, abría la ventana yse asomaba. El río que hace de este barriode Rouen como una innoble pequeña Venecia, corría allá abajo, amarillo, violeta o azul, entre puentes, y algunos obreros agachados a la orilla se lavaban los brazos en el agua. De lo alto de los desvanes salían unas varas de las que colgaban madejas de algodón puestas a secar al aire. Enfrente, por encima de los tejados, se extendía el cieloabiertoypuro, con el sol rojizo delocaso. ¡Qué biense debía de estar allí! ¡Qué frescor bajo el bosque de hayas! Y el muchachoabría las ventanasde la narizpara aspirar los buenos olores del campo, que no llegaban hasta él. Adelgazó, creció y su cara tomó una especie de expresión doliente que le hizo casi interesante. Naturalmente, por pereza, llegó a desligarse de todas las resoluciones que había tomado. Un día faltó a la visita, al siguiente a clase, y saboreando la pereza poco a poco, no volvió más. Se aficionóa la taberna conla pasión del dominó. Encerrarse cada noche enunsucioestablecimiento público, para golpear sobre mesasde mármol con huesecitos de cordero marcados con puntos negros, le parecía unacto precioso de su libertad que le aumentaba su propia estimación. Era como la iniciación en el mundo, el acceso a los placeres prohibidos, y al entrar ponía la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual. Entonces muchas cosas reprimidas en él se liberaron; aprendió de memoria coplas que cantaba en las fiestas de bienvenida. Se entusiasmó por Béranger, aprendió también a hacer ponche y conoció el amor. Gracias a toda esa actuación, fracasópor completo en suexamende «oficial de sanidad». Aquella misma noche le esperaban en casa para celebrar su éxito. Marchó a pie yse detuvo a la entrada del pueblo, donde mandó a buscar a sumadre, a quien contótodo. Ella le consoló, achacandoel suspensoa la injusticia de los examinadores, yle tranquilizóun poco encargándose de arreglar las cosas. Sólocincoaños despuésel señor Bovarysupo la verdad;como ya había pasadomuchotiempo, la aceptó, ya que no podía suponer que un hijo suyo fuese un tonto. Carlos volvió al trabajo y preparó sin interrupción las materias de su examen cuyas cuestiones se aprendió previamente de memoria. Aprobócon bastante buena nota. ¡Qué día tanfeliz para sumadre! Hubo una gran cena. ¿Adónde iría a ejercer su profesión?A Tostes. Allí nohabía más que un médicoya viejo. Desde hacía muchotiempo la señora Bovary esperaba su muerte, y aún no se había ido al otro barrio el buen señor cuando Carlos estaba establecido frente a su antecesor. Pero la misiónde la señora Bovaryno terminóconhaber criadoa suhijo, haberle hecho estudiar medicina yhaber descubierto Tostes para ejercerla:necesitaba una mujer. Y le buscó una:la viuda de unescribanode Dieppe, que tenía cuarenta y cinco años y mil doscientas libras de renta. Aunque era fea, seca como unpalo ycon tantos granos enla cara como brotes en una primavera, la verdades que a la señora Dubuc nole faltabanpartidos para escoger. Para conseguir su propósito, mamá Bovarytuvo que espantarlos a todos, y desbarató muy hábilmente las intrigas de un chacinero que estaba apoyado por los curas. Carlos había vislumbradoenel matrimoniola llegada de una situación mejor, imaginandoque sería más libre yque podría disponer de supersona yde su dinero. Pero sumujer fue el ama;delante de todoel mundoél tenía que decir esto, no decir aquello, guardar abstinencia los viernes, vestirse como ella quería, apremiar, siguiendo sus órdenes, a los clientes morosos. Ella le abría las cartas, le seguía los pasos y le escuchaba a través del tabique dar sus consultas cuando tenía mujeres en su despacho. Había que servirle suchocolate todaslas mañanas, ynecesitaba cuidados sin fin. Se quejaba continuamente de los nervios, del pecho, de sus humores. El ruidode pasos le molestaba;si se iban, nopodía soportar la soledad;volvían a su lado y era para verla morir, sin duda. Por la noche, cuando Carlos regresaba a su casa, sacaba por debajo de sus ropas sus largos brazos flacos, se los pasaba alrededor del cuello yhaciéndole que se sentara enel borde de la cama se ponía a hablarle de sus penas: ¡la estaba olvidando, amaba a otra! Ya le habían advertido que sería desgraciada; y terminaba pidiéndole algún jarabe para su salud y un poco más de amor.2 2 FLAUBERT, Gustave,Madame Bovary. Edición y traducción deGermán Palacios; México, REI, 1990 (Letras Universales, 44), pp. 79-89.
  • 11. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 (Producto de aprendizaje 4) EJERCICIO DE LECTURA, ANÁLISIS RETÓRICO Y COMENTARIO a) Lee con atención el siguiente texto. b) Lista algunos de los rasgos que caracterizanel lenguaje del texto (palabrascultas, populares, frases coloquiales, complejidad o sencillez de las oraciones, etcétera). c) En un cuadroclasificador, cita algunasde lasfiguras retóricas utilizadaspor el narrador yespecifica la finalidad con la que las utiliza (caracterización de personajes, ambientación, etc.). d) Redacta un comentario personal sobre la impresión que te causó la lectura, considerando aspectos como el mensaje del autor, la relaciónentre el contenidoyla realidad histórica del país, las condiciones sociales de los personajes, entre otros. LOS DE ABAJO (Mariano Azuela, fragmento) I Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano. La mujer fijaba sus pupilas en la oscuridad de la sierra. —¿Y que fueran siendo federales?—repusoun hombre que, encuclillas, yantaba enun rincónuna cazuelaen la diestra y tres tortillas en taco en la otra mano. La mujer no le contestó; sus sentidos estaban puestos fuera de la casuca. Se oyó un ruido de pezuñas en el pedregal cercano y el Palomo ladró con más rabia. —Sería bueno que, por sí o por no, te escondieras, Demetrio. El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó un cántaro y, levantándolo a dos manos, bebió agua a borbotones. Luego se puso en pie. —Tu rifle está debajo del petate —pronunció ella en voz muy baja. El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descasaban un yugo, un arado, un otate y otros aperos de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas dormía un niño. Demetriociñó la cartuchera a sucintura ylevantóel fusil. Alto, robusto, de faz bermeja, sin pelode barba, vestía camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate y huaraches. Salió paso a paso, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche. El Palomo, enfurecido, había saltado la cerca del corral. De pronto se oyó un disparo, el perro lanzó un gemido sordo y no ladró más. Unos hombres a caballollegaronvociferando ymaldiciendo. Dos se apearonyotro quedó cuidando las bestias. —Mujeres…, algo de cenar…Blanquillos, leche, frijoles, lo que tengan, que venimos muertos de hambre. Personajes de Madame Bovary personajes primarios personajes secundarios personajes
  • 12. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 —¡Maldita sierra! ¡Sólo el diablo no se perdería! —Se perdería, mi sargento, si viniera de borracho como tú… Uno llevaba galones en los hombros, el otro, cintas rojas en las mangas. —¿En dónde estamos, vieja?… ¡Pero con una…! ¿Esta casa está sola? —¿Y entonces, esaluz?…¿Yese chamaco?…¡Vieja, queremos cenar, yque sea pronto! ¿Sales o te hacemos salir? —¡Hombres malvados, me hanmatado mi perro!… ¿Qué les debía ni qué les comía mi pobrecito Palomo? La mujer entró llevandoa rastras al perro, muyblancoymuygordo, con los ojos claros ya y el cuerpo suelto. —¡Mira nomásque chapetes, sargento!…Mi alma, note enojes;yo te juro volverte tu casaun palomar, pero ¡por Dios!… No me mires airada… No más enojos… Mírame cariñosa, luz de mis ojos. acabó cantando el oficial con voz aguardentosa. —Señora, ¿cómo se llama este ranchito? —Limón —contestó hosca la mujer, ya soplando las brasas del fogón y arrimando la leña. —¿Conque aquíes Limón?…¡La tierra delfamosoDemetrioMacías!… ¿Lo oye, mi teniente? Estamos en Limón. —¿En Limón?…Bueno, para mí…¡plin!…Ya sabes, sargento,si he de irme al infierno, nunca mejor que ahora…que voy en buen caballo. ¡Mira nomás qué cachetitos de morena!… ¡Un perón para morderlo!… —Usted ha de conocer al bandido ese, señora… Yo estuve junto con él en la Penitenciaría de Escobedo. —Sargento, tráeme la botella de tequila;he decididopasar la noche enamable compañía con esta morenita…¿El coronel?… ¿Qué me hablas tú del coronel a estas horas?… ¡Que vaya mucho a…! Y si se enoja, pa mi… ¡plin!… Anda, sargento;dile al caboque desensille yeche de cenar. Yo aquí me quedo…Oye, chatita, deja a mi sargentoque fría los blanquillos y caliente las gordas; tú ven acá conmigo. Mira, esta carterita apretada de billetes es sólo para ti. Es mi gusto. ¡Figúrate! Andounpoco borrachitopor eso, ypor eso tambiénhablounpocoronco…¡Comoque enGuadalajara dejé la mitaddela campanilla ypor el caminovengo escupiendolaotra mitad…! ¿Y quéle hace…?Es mi gusto. Sargento, mi botella de tequila. Chata, estás muy lejos; arrímate a echar un trago… ¿Cómo que no?… ¿Le tienes miedo a tu… marido… o loque sea?…Si está metido en algúnagujerodile que salga…Pa mi ¡plin!…Te aseguroque lasratas nome estorban. Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta. —¡Demetrio Macías! —clamó el sargento despavorido, dando unos pasos atrás. El teniente se pudo de pie y enmudeció, quedóse frío e inmóvil como una estatua. —¡Mátalos! —exclamó la mujer con la garganta seca. —¡Ah, dispense, amigo!… Yo no sabía… Pero yo respeto a los valientes de veras. Demetrio se quedó mirándolos y una sonrisa i nsolente y despreciativa plegó sus líneas. —Y no sólo los respeto, sino que también los quiero… aquí tiene la mano de un amigo… Está bueno, Demetrio Macías; usted me desaira… Es porque no me conoce, es porque me ve en este perro y maldito oficio… ¡Qué quiere, amigo!…¡Es uno pobre, tiene familia numerosa que mantener! Sargento, vámonos;yo respetosiempre la casa de un valiente, de un hombre de veras. Luego que desaparecieron, la mujer abrazó estrechamente a Demetrio. —¡Madre mía de Jalpa! ¡Qué susto!… ¡Creí que a ti te habían tirado el balazo! —Vete luego a la casa de mi padre —dijo Demetrio. Ella quiso detenerlo; suplicó, lloró; pero él, apartándola dulcemente, repuso sombrío: —Me late que van a venir todos juntos. —¿Por qué no los mataste? —¡Seguro que no les tocaba todavía! Salieron juntos, ella con el niño en los brazos. Ya a la puerta se apartaron en opuesta dirección. La luna poblaba de sombras vagas la montaña. En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer, con su niño en los brazos. Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañón, cerca del río, se levantaban grandes llamaradas. Su casa ardía… II
  • 13. LUIS GERARDO VELÁSQUEZ GARCÍA GRUPO 303 N.L. 44 Todo era sombra todavía cuandoDemetrioMacíascomenzóa bajar al fondo delbarranco. El angosto talud de una escarpa era vereda entre el peñascal veteado de enormes resquebrajaduras y la vertiente de centenares de metros, cortada como de un solo tajo. Descendiendo con agilidad y rapidez, pensaba: “Seguramente ahora sí van a dar con nuestrorastrolos federales, yse nos vienenencima comoperros. La fortuna es que nosabenveredas, entradas ni salidas. Solo que algunode Moyahua anduviera con ellos de guía, porque los del Limón, Santa Rosa y demás ranchitos de la sierra son gente segura y nunca nos entregarían… En Moyahua está el cacique que me trae corriendopor los cerros, yéste tendría muchogusto en verme colgado de unposte del telégrafo y con tamaña lengua de fuera…” Y llegóal fondodel barrancocuandocomenzaba a clarear el alba. Se tiróentre las piedras y se quedó dormido. El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas, los pajaritos piabanescondidos enlos pitayos ylas chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la soledad de la montaña. Demetrio despertó sobresaltado, vadeó el río y tomó la vertiente opuesta del cañón. Como hormiga arriera ascendióla crestería, crispadas lasmanos enlaspeñas yramazones, crispadas las plantas sobre las guijasde la vereda. Cuandoescaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en unlagode oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de coloso;árboles tendidos haciael fondodel abismo. Y enla aridez de las peñas yde las ramassecas albeabanlas frescas rosas de SanJuancomouna blanca ofrenda al astro que amenazaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca. Demetriose detuvo enla cumbre: echó su diestra hacia atrás, tiródel cuernoque pendía de suespalda, lo llevó a sus labios, gruesos, y por tres veces, inflando los carrillos, sopló en él. Tres silbidos contaron la señal, más allá de la crestería frontera. En la lejanía, de entre un cónicohacinamiento de cañas ypaja podrida, salieron, unos tras otros, muchos hombres de pechos y piernas desnudas, oscuros y repullidos como viejos bronces. Vinieron presurosos el encuentro de Demetrio. —¡Me quemaron mi casa! —respondió a las miradas interrogadoras. Hubo imprecaciones, amenazas, insolencias. Demetriolos dejódesahogar;luego sacó de sucamisa una botella, bebióun tanto, limpióla con eldorso de sumano y la pasóa su inmediato. La botella, enuna vuelta de boca enboca, se quedó vacía. Los hombres se relamieron. —Si Dios nos da licencia —dijoDemetrio—, mañana o esta misma noche leshemos de mirar la cara otra vez a los federales. ¿Qué dicen, muchachos; los dejamos conocer estas veredas? Los hombres semidesnudos saltaron, dando grandes alaridos de alegría. Y luego redoblaron las injurias, las maldiciones y las amenazas. —No sabemos cuántos serán ellos —observó Demetrio, escudriñando los semblantes—. Julián Medina, en Hostotipaquillo, conmediadocena de pelados ycon cuchillos afilados enel metate, les hizofrente a todos los cuicos y federales del pueblo, y se los echó. —¿Qué, tendrán algolos Medina que a nosotros nos falte? —dijo uno de barba ycejas espesas ymuynegras, de mirada dulzona, hombre macizo y robusto. —Yo sólo lessé decir —agregó— que dejode llamarse AnastasioMontañéssi mañana nosoydueño de un máuser, cartuchera, pantalones y zapatos. ¡De veras!… Mira, Codorniz, ¿voy que no me lo crees? Yo traigo media docena de plomos dentrode mi cuerpo…Ai que diga mi compadre Demetriosi no es cierto…Pero a mí me dan tantomiedolas balas como una bolita de caramelo. ¿A que no me lo crees? —¡Que viva Anastasio Montañés! —gritó el Manteca. —No —repuso aquél—;que viva Demetrio Macías, que esnuestrojefe, yque vivanDios yel cielo yMaría Santísima. —¡Viva Demetrio Macías! —gritaron todos. Encendieron lumbre con zacate yleños secos, ysobre los carbones encendidos tendieron trozos de carne fresca. Se rodearonen torno de las llamas, sentados en cuclillas, olfateandocon apetito la carne que se retorcía ycrepitaba en las brasas. Cerca de ellos estaba, enmontón, la piel dorada de una res, sobre la tierra húmeda de sangre. De uncordel, entre dos huizaches, pendía la carne hecha cecina, oreándose al sol y al aire. —Bueno —dijo Demetrio—; ya ven que, aparte de mi treinta-treinta, no contamos más que con veinte armas. Si son pocos, les damos hasta no dejar uno; si son muchos, aunque sea un buen susto les hemos de sacar. Aflojó el ceñidor de su cintura y desató un nudo, ofreciendo del contenido a sus compañeros. —¡Sal! —exclamaron con alborozo, tomando ca da uno con la punta de los dedos algunos granos. Comieronconavidez, ycuandoquedaronsatisfechos, se tiraronde barriga al sol ycantaroncanciones monótonas y tristes, lanzando gritos estridentes después de cada estrofa.3 3 AZUELA, Mariano, Los de abajo, enLa novela de laRevolución Mexicana. Selección, introducción general, cronología histórica, prólogos, censo depersonajes, índicede lugares, vocabularioy bibliografía por AntonioCastroLeal;México, Aguilar, 1981(Colección Obras Eternas, s/n), pp. 53-56.
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