La herencia espiritual judeo-cristiana se desarrolló a partir de las influencias del judaísmo y el Imperio Romano. Jesús nació dentro de la civilización judía y predicó enseñanzas morales y teológicas que formaron la base de la nueva religión cristiana. Inicialmente perseguida por Roma, la cristiandad creció hasta ser reconocida oficialmente y convertirse en la religión dominante del Imperio en el siglo IV.