EL  REY  MIDAS
Midas en la mitología Griega fue un rey que gobernaba el país de Frigia, quien poseía una gran fortuna, vivía en un castillo con un hermoso jardín de rosas. El tenía una hija a la que amaba profundamente de nombre Zoe.
Lo que lo hacía más feliz era la posesión de oro, todos los días contaba sus monedas de oro por diversión. Un día se encontró con Dioniso, el dios del vino, y le solicitó la concesión de un deseo. Dioniso otorgó al rey la grata, aunque inútil, facultad de elegir el don que prefiriera. Y el rey, sin saber aprovecharse de aquella gracia, le dijo que hiciera que todo lo que él tocase con su cuerpo se convirtiera en resplandeciente oro.
 
Gozoso se fue el héroe del Berecinto y placiéndose en su mal comprobó la efectividad de la promesa tocando toda clase de objetos. Y dándose apenas crédito a sí mismo, arrancó de una encina de poca altura una rama verdeante de follaje: la vara se hizo de oro; levantó de la tierra una piedra: también la piedra tomó el color pálido del oro; tocó un terrón: por el poderoso contacto el terrón se convirtió en un lingote; cogió de un árbol una fruta y la sujetó en la mano: se diría que es un regalo de las Hespérides. Y también cuando se lavó las manos en las ondas cristalinas, las ondas que se deslizaban por sus manos podrían haber engañado a Dánae. Apenas pudo dar cabida en su alma a las esperanzas que concibió al imaginarlo todo de oro.
Le prepararon sus servidores la mesa donde se apilaban los majares y no faltaba el trigo tostado. Y entonces, lo mismo si con su boca tocaba los frutos de Deméter, estos se endurecían, que si se disponía a desgarrar los manjares con sus dientes ávidos, una dorada lámina cubría, tan pronto como les aplicaba los dientes, los manjares. Si mezclaba con agua pura al dador del privilegio, podía verse fluir el metal fundido por su boca abierta. Espantado por lo inesperado de la desgracia, y rico y desdichado a la vez, quería escapar de sus riquezas y odiaba lo que poco antes anhelaba. No había abundancia que pudiera mitigar su hambre; una sed desértica le abrasaba la garganta y merecidamente le torturaba el oro aborrecido. Y levantando al cielo las manos y los brazos resplandecientes, pidió perdón y ayuda.
 
Dioniso restablecía en su ser natural a quien confesaba su falta y anulaba el privilegio que otorgaba en cumplimiento de lo acordado. Dioniso le dijo que para no seguir recubierto de ese oro que para su mal desató, tenía que ir al río vecino de la gran Sardes y, siguiendo las alturas de la orilla en sentido contrario a la corriente de sus ondas, caminara hasta que llegara al nacimiento del río; y sumergiendo su cabeza en el espumoso manantial, donde más abundante manaba, tenía que lavar su cuerpo y su falta. El rey penetró en el agua conforme a lo que le ordenó Dioniso; la áurea facultad tiñó el río y del cuerpo de un hombre se trasladó a la corriente.
El rey, odiando la opulencia, habitó las selvas y campos y adoraba a Pan, el que frecuenta siempre las cuevas de los montes.
JAVIER HERNÁNDEZ GARCÍA

EL REY MIDAS

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    EL REY MIDAS
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    Midas en lamitología Griega fue un rey que gobernaba el país de Frigia, quien poseía una gran fortuna, vivía en un castillo con un hermoso jardín de rosas. El tenía una hija a la que amaba profundamente de nombre Zoe.
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    Lo que lohacía más feliz era la posesión de oro, todos los días contaba sus monedas de oro por diversión. Un día se encontró con Dioniso, el dios del vino, y le solicitó la concesión de un deseo. Dioniso otorgó al rey la grata, aunque inútil, facultad de elegir el don que prefiriera. Y el rey, sin saber aprovecharse de aquella gracia, le dijo que hiciera que todo lo que él tocase con su cuerpo se convirtiera en resplandeciente oro.
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    Gozoso se fueel héroe del Berecinto y placiéndose en su mal comprobó la efectividad de la promesa tocando toda clase de objetos. Y dándose apenas crédito a sí mismo, arrancó de una encina de poca altura una rama verdeante de follaje: la vara se hizo de oro; levantó de la tierra una piedra: también la piedra tomó el color pálido del oro; tocó un terrón: por el poderoso contacto el terrón se convirtió en un lingote; cogió de un árbol una fruta y la sujetó en la mano: se diría que es un regalo de las Hespérides. Y también cuando se lavó las manos en las ondas cristalinas, las ondas que se deslizaban por sus manos podrían haber engañado a Dánae. Apenas pudo dar cabida en su alma a las esperanzas que concibió al imaginarlo todo de oro.
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    Le prepararon susservidores la mesa donde se apilaban los majares y no faltaba el trigo tostado. Y entonces, lo mismo si con su boca tocaba los frutos de Deméter, estos se endurecían, que si se disponía a desgarrar los manjares con sus dientes ávidos, una dorada lámina cubría, tan pronto como les aplicaba los dientes, los manjares. Si mezclaba con agua pura al dador del privilegio, podía verse fluir el metal fundido por su boca abierta. Espantado por lo inesperado de la desgracia, y rico y desdichado a la vez, quería escapar de sus riquezas y odiaba lo que poco antes anhelaba. No había abundancia que pudiera mitigar su hambre; una sed desértica le abrasaba la garganta y merecidamente le torturaba el oro aborrecido. Y levantando al cielo las manos y los brazos resplandecientes, pidió perdón y ayuda.
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    Dioniso restablecía ensu ser natural a quien confesaba su falta y anulaba el privilegio que otorgaba en cumplimiento de lo acordado. Dioniso le dijo que para no seguir recubierto de ese oro que para su mal desató, tenía que ir al río vecino de la gran Sardes y, siguiendo las alturas de la orilla en sentido contrario a la corriente de sus ondas, caminara hasta que llegara al nacimiento del río; y sumergiendo su cabeza en el espumoso manantial, donde más abundante manaba, tenía que lavar su cuerpo y su falta. El rey penetró en el agua conforme a lo que le ordenó Dioniso; la áurea facultad tiñó el río y del cuerpo de un hombre se trasladó a la corriente.
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    El rey, odiandola opulencia, habitó las selvas y campos y adoraba a Pan, el que frecuenta siempre las cuevas de los montes.
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