Durante el siglo XIX, España sufre un declive caracterizado por inestabilidad política e incapacidad para desarrollarse económicamente de forma constante, lo que le hace perder sus colonias. El país se ve envuelto en guerras como la Guerra de Independencia y las Guerras Carlistas, así como luchas entre facciones absolutistas y liberales que generan incontables cambios de gobierno. Como resultado, España pierde su imperio colonial mientras otros países construyen los suyos, y se queda rezagada industrialmente debido a sus problemas internos.