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Libro Complementario | Capítulo 12 | Jerusalén Jerusalén | Escuela Sabática

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  1. 1. «Jerusalén, Jerusalén» 12 A uschwitz. Su sola mención constituye un tétrico recuerdo de hasta dónde puede llegar la infamia humana. Es sinónimo de infierno, condenación, muerte, dolor, sufrimiento. Su lugar en la historia des­ taca por haber sido el principal centro de exterminio de la Alemania nazi, en el que más de un millón de personas, mayormente de ascendencia judía, perecieron entre sus ominosos muros. Aunque para nosotros entrar a Aus­ chwitz es como haber traspasado las fronteras del imperio de la muerte, entre 1940 y 1943 nadie tenía claro qué sucedía en ese lugar. ¡Cómo saber­ lo si el que entraba no volvía a salir! Para poder averiguar qué ocurría allí, alguien hubiera tenido que ingresar, enfrentar lo desconocido y, finalmen­ te, dar un informe sobre lo que había visto y oído. ¿Quién podría haberse animado? ¿Quién podría haber querido enfrentar el riesgo que conllevaba ser prisionero en Auschwitz? Aunque parezca descabellado, sí hubo una per­ sona que se atrevió. Witold Pilecki, un miembro del Ejército Secreto Polaco, cansado de ver que miles de judíos eran llevados a Auschwitz y que nadie sabía qué suce­ día con ellos, se propuso entrar y averiguarlo. Para cumplir su objetivo se empeñó en conseguir una tarjeta de identificación que lo hiciera pasar por judío. ¿Por qué quería que lo confundieran con un judío? Porque pretendía que lo detuvieran en alguna de las redadas antisemitas orquestadas por la Gestapo. Y lo logró. El 19 de septiembre de 1940 fue encarcelado en Varso- via junto con otras dos mil personas. Tras haber sido sometido a las más macabras torturas, las autoridades alemanas le tatuaron el número 4859 en su antebrazo y lo enviaron a Auschwitz. Allí descubrió que los horrores del infiemo descritos por Dante en La divina comedia parecían haber alcanzado
  2. 2. 134 • Lucas: El Evangelio de la gracia el mundo de los vivos. Piledd fue maltratado, humillado, torturado. El ama­ necer de cada día conllevaba para él una batalla campal contra el más feroz de los enemigos: la muerte. En el campo de concentración, se convirtió en un reportero clandestino. Desde allí informó a sus superiores acerca de las monstruosidades perpetra­ das por los alemanes en aquel siniestro lugar y sacó a relucir la hermética verdad de lo que ocurría en Auschwitz: diariamente miles de seres huma­ nos eran asesinados. Sus informes eran tan vividos, tan deprimentes, que sus superiores creyeron que Pilecki había enloquecido, ya que eran incapa­ ces de concebir las barbaridades que narraba en sus cartas. Llegaron al pun­ to de ni siquiera creerle. Como se sintió abandonado por sus jefes, decidió exponer su propia versión de los hechos, y el 26 de abril de 1943 se escapó llevando bajo la ropa «documentos que probaban las atrocidades deAschwitz».1 Su arriesgado sacrificio, que sirvió para despertar la conciencia del mundo en cuanto a lo que realmente sucedía en los campos de concentración, ayu­ dó a salvar las vidas de miles de personas. Rebasando las distancias históricas y emocionales, cuando Jesús traspa­ só los muros de la ciudad de Jerusalén durante la Pascua del año 31, era como si hubiera entrado a una especie de lugar de exterminio o campo de concentración controlado por el enemigo de la humanidad. En Jerusalén le arrebatarían la vida al Señor de la vida. Sin embargo, a diferencia de Pilecki, que ignoraba lo que efectivamente pasaba en Auschwitz, Cristo sí conocía a la perfección cuál sería su destino tras su llegada a «la ciudad del gran Rey» (Mat. 5: 35). Como los demás Evangelios, Lucas pone de manifiesto que Jesús sabía de buena tinta que su misión en la tierra concluiría con una muerte atroz. Con antelación, advirtió a sus discípulos de que era inevitable que «el Hijo del hombre padezca muchas cosas y sea desechado por los ancianos, los princi­ pales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto y resucite al tercer día» (9: 22). Con Moisés y Elias entabló una conversación sobre su «partida», que se «iba cumplir en Jerusalén» (9: 31) cuando «el Hijo del hombre será entre­ gado en manos de hombres» (9: 44). «Tengo que pasar por una terrible prue­ ba, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!», dijo en cierta ocasión (12: 50, DHH). Más adelante, declaró: «Cuando lleguemos a Jerusalén se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre, pues será
  3. 3. 12. «Jerusalén, Jerusalén» • 135 entregado a los gentiles, se burlarán de él, lo insultarán y le escupirán» (18: 31, 32). A lo largo de su trayecto, la cruz cernía sobre él su mortífera sombra.2 Cuando Herodes hizo público su deseo de matarlo antes de que llegara a Jerusalén, Jesús se mostró confiado de que su muerte habría de ocurrir en el Calvario y no en Galilea (Luc. 13: 31-33). Este episodio con Herodes cons­ tituye una irrefutable prueba de que ningún agente humano, por poderoso que sea, es capaz de revertir el plan que Dios tiene para cada uno de sus hijos; y eso incluye los planes que él trazado para usted, mi estimado lector. No hay «Herodes» en este mundo que pueda destruir el ideal que Dios se ha propuesto alcanzar en la vida de todos nosotros. Como bien lo dijo Elena G. de White, en esta tierra solo permanecerá de pie «lo que está ligado al propósito divino» (La educación, cap. 19, p. 165). Jerusalén en el Evangelio de Lucas Mientras que en conjunto Marcos y Mateo nada más dedican tres capí­ tulos al viaje de Jesús hacia Jerusalén, Lucas abordó ese asunto en diez ca­ pítulos (9: 51-19: 46). No hay dudas de que dicha travesía constituye «uno de los aspectos más distintivos de su Evangelio».3 De acuerdo con Lucas, Jerusalén ocupaba un lugar muy significativo en el plan de Dios. La historia de la salvación no comenzó en Nazaret, sino en Jeru­ salén, donde ocurrió el primer episodio narrado en su libro: la anunciación de Juan el Bautista. Allí también concluirá su Evangelio cuando dice que los discípulos «estaban siempre en el templo», que se hallaba en Jerusalén (Luc. 24: 53). En los tiempos del Nuevo Testamento Jerusalén era el centro de la devoción judía y se hallaba vinculada con «la presencia del nombre divino, el trono del verdadero Rey, el lugar del verdadero sacrificio, el centro de la vida de Israel y el punto clave de su esperanza escatológica; por tanto, era inevitable que la misión del Mesías de Israel estuviera conectada con esa singular ciudad».4 En Lucas, Jerusalén será el epicentro de la trama que pondrá fin a la vida del Hijo de Dios, pero también es el lugar donde se consumará la fase terrenal del plan de salvación (Luc. 9: 31; 13: 33, 34). La ciudad donde la fe parecerá haber sido derrotada, se convertirá en un escenario de victoria en el que miles creerán y aceptarán a Jesús como el Mesías prometido; la ciudad que acarreará
  4. 4. 136 • Lucas: El Evangelio de la gracia sobre sí la destrucción también llegará a ser el centro desde el cual se procla­ mará la salvación a la humanidad. Para Lucas, Jemsalén es la ciudad de un nuevo comienzo, pues allá resucitará Jesús, se derramará el Espíritu Santo y el mensaje de redención saldrá y llegará hasta «las partes más lejanas del planeta» (Hech. 1: 8, DHH).5 Consciente del trascendental papel que desempañaría la ciudad en la expansión del mensaje redentor, Cristo no cejó ni un ápice en su deseo de salvarla de la ruina venidera. El evangelista hace referencia a «los que espe­ raban la redención en Jerusalén» (Luc. 2: 38). Los jerosolimitanos acudían con frecuencia a los lugares donde el Maestro se encontraba, porque ellos también deseaban escucharlo (Luc. 5: 17; 6: 17) y «muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía» (Juan 2: 23). Jemsalén vio al Señor sanar al paralítico de Betesda (Juan 5); sus ciudadanos contemplaron su misericordia cuando perdonó a la mujer adultera de Juan 8; también fue­ ron testigos de cómo el Maestro curó a un ciego de nacimiento (Juan 9). Sin embargo, ignorando todas estas manifestaciones del poder de Dios, los di­ rigentes judíos siempre acababan ingeniándoselas para tratar de poner fin al ministerio de Cristo. No obstante, dejando de lado la tozudez de la nación, Jesús no se rindió y consideró como una imperiosa necesidad llevar a cabo una última visita a la impenitente ciudad. Su amor por ella lo indujo a sacar este lamento desde lo más profundo de su alma: «¡Jemsalén, Jemsalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, pero no quisiste!» (Luc. 13: 34). Al leer estas palabras uno puede entrever la calidez del amor que Cristo sentía por la ciudad; pero también revela la terquedad humana, nues­ tra determinación de resistimos e ignorar la apelación divina.6 Quiero llamar su atención a dos aspectos de este pasaje: 1) la actitud de la ciudad y 2) la conducta divina ante la actitud de la ciudad. Históricamen­ te, Jemsalén fue notoria por su empeño en rechazar a los enviados del Se­ ñor (2 Rey. 21: 16; 2 Crón. 24: 21; Jer. 26: 20). Pero ahora, según Jesús, la ciu­ dad no solo rechaza, sino que además apedrea a los profetas. En Israel la muerte por apedreamiento recaía sobre los blasfemos, los que tomaran el nombre de Dios en vano (Lev. 24: 14, 16, 23), los idólatras (Deut. 17: 2-7), los bmjos (Ixv. 20: 27), los hijos rebeldes (Deut. 21: 18-21) y los trasgreso- res del cuarto mandamiento (Núm. 15: 32-36). Al apedrear a los mensaje­
  5. 5. 12. «Jerusalén, Jerusalén» • 137 ros del cielo, Jerusalén estaba impartiendo sobre ellos el castigo que, de he­ cho, le correspondía a ella. La ciudad tuvo el descaro de condenar a los pro­ fetas y establecer «sus propias definiciones de lo que es fidelidad aun cuando estas definiciones contradigan a los propios agentes de Dios».7Al pervertir la aplicación de la ley, Jerusalén «se engaña totalmente y de ciudad santa se convierte en una ciudad pecadora».8 Ahora bien, mientras Jerusalén mataba a los siervos de Dios, ¿cómo reac­ cionaba el Señor? ¿Cómo reaccionamos nosotros ante los que aprovechan cada oportunidad para herimos, lastimamos y menospreciar nuestras pala­ bras? No es necesario que me diga lo que usted acaba de pensar. Nos vendría mejor fijar en nuestra mente que, a pesar de la indiferencia que la ciudad manifiesta hacia el llamamiento divino, el Señor la trató con misericordia una y otra vez. Amar sin reservas es la respuesta divina al rechazo humano. Sin duda alguna el «cuántas veces juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas» de Lucas 13: 34 hace manifiesto que fueron muchas las ocasiones en las que Jesús hizo todo lo posible por librar a la ciudad de la inminente destrucción. La imagen de un Dios que reúne a sus polluelos evoca el éxodo de Israel, cuando el Señor cuidó a su pueblo mientras cruzaban el desierto y viajaban a Canaán (Deut. 32: 10, 11). Estar bajo las alas divinas es sinónimo de pro­ tección (Rut. 2: 12; Sal. 17: 8).9 El salmista oró: «En la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos» (Sal. 57: 1). El sueño de Je­ sús era proteger a Jerusalén de los quebrantos que sobrevendrían sobre la ciudad, tal y como lo había expresado Isaías: «Como el ave que protege su nido volando encima de él, así protegerá el Señor todopoderoso a Jerusa­ lén; la cuidará, la salvará, la defenderá, la librará» (Isa. 31: 8). Cada vez que leo y releo Lucas 13: 34 se afirma en mi corazón lo que dice el Comentario bíblico adventista sobre este pasaje: «Nunca se oyó de labios de Jesús una expresión más conmovedora ni de más fiema solicitud».10Elena G. deWhi- te destacó que «en el lamento de Cristo, se exhala el anhelo del corazón de Dios. Es la misteriosa despedida del amor longánime de la Divinidad» (El Deseado de todas las gentes, cap. 67, p. 587). En tanto que Jerusalén mataba a los profetas, Dios quería protegerla. Aunque la ciudad revelaba su desprecio hacia el Señory sus representantes, Dios seguía manifestando su generoso amor. Más que una declaración de juicio ante la inevitable caída de la ciudad, la declaración de Jesús es una súplica de amor.11Sí, Jerusalén beberá la sangre del Hijo de Dios, pero
  6. 6. 138 • Lucas: El Evangelio de la gracia su pecado no la hizo menos amada ante los ojos de la Deidad. Incluso, con tal de librar a la ciudad de la destrucción, Jesús hará lo que no había permi­ tido durante su ministerio terrenal. ¿Quiere usted saber qué fue lo que hizo? Siga leyendo. La entrada «triunfal» a Jerusalén Estando cerca de la ciudad, la gente salió a recibir a Jesús. Luego de que los discípulos «subieron a Jesús encima» del pollino, cuando él iba pasando la gente «tendían sus mantos por el camino» y «toda la multitud de los discípu­ los, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las mara­ villas que habían visto. Dedan: "¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el délo y gloria en las alturas!"» (Luc. 19: 35, 36, 37, 38). Analicemos brevemente el relato. Lucas es el único Evangelio en decir que fueron los mismos disdpulos los que «subieron a Jesús endma» del asno y colocaron mantos delante de él. Tales acdones poseen una connotadón regia. Por ejemplo, Salomón fue montado sobre un animal cuando lo iban a ungir como rey de Israel (1 Rey. 1: 33), y delante de Jehú colocaron mantos el día de su enuonización (2 Rey. 9: 13). Jesús está siendo redbido como lo que es: un rey.12 Ese día, «los gloriosos tro- feos de su obra de amor por los pecadores» no paraban de gritar: «¡Paz en el délo y gloria en las alturas!». Las palabras de la multitud rememoran el canto angelical de 2: 14. En tanto que en Lucas 2: 14 el canto se inicia en el délo e implora paz para los que viven en la tierra, en Lucas 19 el canto se origina en la tierra y solícita paz para los que habitan en el cielo. La obra de Cristo lo abarca todo tanto en el cielo como en la tierra; nada queda fuera de su poder para salvar y dar paz. Con la entrada triunfal ha llegado el momento «para el cual él había na­ cido y por el cual Israel había estado esperando».13Ahí están los que habían sido cautivos de los poderes satánicos, los enfermos que fueron sanados por el toque de sus manos, «aquellos a quienes su voz había despertado del sue­ ño la muerte estaban entre la multitud» (El Deseado de todas las gentes, cap. 63 p. 540). Todos exaltan a Jesús por «las maravillas que habían visto» (Luc. 19: 37). Esta multitud constituía un ejemplo contundente de la veracidad de su
  7. 7. 12. «Jerusalén, Jerusalén» • 139 ministerio mesiánico. ¿Qué más tenía que hacer Jesús para conseguir la acep­ tación de los jerosolimitanos? Al entrar con aires de triunfo en la ciudad y recibir los loores de sus habi­ tantes, Cristo aceptó lo que siempre había rehusado: el reconocimiento pú­ blico de su labor mesiánica. Si lo que Jerusalén quería era un mesías rey, ¡ahí lo tienen! Ha llegado «el Rey que viene en nombre del Señor» (Luc. 19: 38). Los acontecimientos descritos por Lucas nos remontan a varios pasajes del Antiguo Testamento. Haré referencia a dos de ellos que están conectados con la realeza del Mesías.14 En Génesis 49: 11, 12 se dice que Judá, a quien le fue dado el reino en Israel, ataría a la vid «su pollino». Zacarías 9: 9 todavía es más explícito: «¡Alégrate mucho, hija de Sion! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, pero humilde, cabal­ gando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna». En la figura de Jesús ese rey acaba de entrar a Jerusalén, para dar cumpli­ miento a lo dicho por el profeta. Y Cristo lo hace sabiendo que tal acción, como bien lo indica Elena G. de White, «lo llevaría a la cruz» (ibíd., p. 539). El teólogo E. P. Sanders lo expresó con las siguientes palabras: «La entrada y la crucifixión corresponden exactamente la una con la otra».15 Quizá por ello el «triunfo» de la entrada triunfal no duraría mucho. Al final de esa misma sema­ na, la indeferencia espiritual de los líderes de Israel se impuso sobre la emoción de la multitud, y muchos de los que victoreaban a Cristo llegaron a ser sus principales acusadores. Y cuando pidieron sobre él la pena capital, lo hicieron lanzando esta acusación: «Afirma que él es el Mesías, el Rey» (Luc. 23:2, DHH). La destrucción de Jerusalén Finalmente, a causa de la dureza del corazón de los jerosolimitanos, Je­ sús tuvo que emitir la sentencia: «Vuestra casa os es dejada desierta» (Luc. 13: 35). Cuando «llegó cerca de Jerusalén, al ver la ciudad, Jesús lloró por ella, diciendo: "¡Si en este día tú también entendieras lo que puede darte paz!"» (Luc. 19: 41, 42, DHH). En Lucas 21: 20 declaró: «Pero cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha lle­ gado». Solo uno que era igual a Dios podría tener la autoridad de decir esas cosas, puesto que en esa época se creía que el reino mesiánico se asentaría en la ciudad de Jerusalén, y que desde allí se gobernaría el mundo. En lugar
  8. 8. 140 • Lucas: El Evangelio de la gracia de destrucción, los escritos apocalípticos judíos auguraban un período en que la ciudad sería purificada de la contaminación de los gentiles. A partir de entonces Jerusalén sería «una edificación perdurable».16Ningún profeta de la época se hubiera atrevido a lanzar presagios que pusieran en duda la permanencia del templo de Herodes.17 Sí, los ciudadanos de Jerusalén no quisieron entender que Cristo era el único que podía darle paz. Al rechazar a Cristo estaban invocando sobre sí mismos guerras, pestes, hambre, destrucción. Y la historia confirma el cum­ plimiento de las palabras del Señor. Él quería protegerla, pero Jerusalén no quiso recibir protección.18 Como bien lo declaró I. Howard Marshall, «la culpa de Jerusalén es la culpa de sus habitantes que rehusaron responder al mensaje» proclamado por Jesús. Paradójicamente, aunque anunció la mina inaplazable de la ciudad, Je­ sús siguió enseñando, predicando, sanando en sus polvorientas calles. Esa última semana la pasó en actividad constante. Purificó el templo, presentó varios discursos, selló el pacto con sus seguidores. Sí, es verdad que él había profetizado la caída de la ciudad; pero Jesús no es el profeta de la catástrofe, sino el mensajero del amor. Él siguió tratando de salvar a Jerusalén y su obra produjo grandes resultados. Su muerte logró que miles y miles de je- rosolimitanos creyeran en él y garantizó la salvación de todos nosotros. ¡Qué bueno es saber que el corazón de Jesús «no se recrea en la venganza», sino en la compasión.20 Es cierto que en el año 70 d. C. la «ciudad del gran rey» fue destruida por los ejércitos romanos; pero no porque sobre ella recayera una maldición di­ vina, sino porque ella no quiso aceptar al único agente divino que podía li­ brarla de tal condenación. Dios esperó casi cuarenta años. La iglesia primitiva le dio prioridad a Jerusalén. Los apóstoles «todos los días, en el Templo y por las casas, incesantemente, enseñaban y predicaban a Jesucristo» (Hech. 5: 42). Pero la ciudad no quiso escuchar. Usó su libre albedrío y escogió la destrucción. Jerusalén y nosotros Así como Jesús lloró por Jerusalén, también llora por aquellos que ig­ noran las manifestaciones de su amor. Las palabras de Cristo en Lucas 13: 34, ya no van dirigidas a Jerusalén, sino a usted y a mí, a los que vivimos
  9. 9. 12. «Jerusalén, Jerusalén» • 141 en el siglo XXI. Fíjese en esta declaración de Elena G. de White a propó­ sito del llanto de Cristo: «Sus palabras se aplican a toda alma que desprecia las súplicas de la misericor­ dia divina. Oh, escarnecedor de su amor, él se dirige hoy a ti. Ati, aun a ti, que debieras conocer las cosas que pertenecen a tu paz. Cristo está derramando amargas lágrimas por ti, que no las tienes para ti mismo. Ya se está manifes­ tando en ti aquella fatal dureza de corazón que destruyó a los fariseos. Y toda evidencia de la gracia de Dios, todo rayo de la luz divina, enternece y subyuga el alma, o la confirma en una impenitencia sin esperanza» (El Deseado de todas las gentes, cap. 64, p. 553). Con respecto a nuestra salvación todo se resume en «querer» o «no querer» ser salvos. ¿Qué haremos nosotros? La historia de Jerusalén es mi historia. ¿Puedo yo escuchar la voz quebrada de mi Señor diciéndome: «Vladimir, Vla- dimir...». ¿Cuántas veces he despreciado el llamado de mi Señor? Ahora Jesús, como lo hizo con Jerusalén, ha venido a visitamos, ¿hemos conocido el tiem­ po de «nuestra visitación»? He aquí sus palabras: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo» (Apoc. 3: 20). ¿Puede usted percibir la tierna voz de Dios que suplica con ter­ nura a la puerta de su corazón? Mientras escribo estas líneas los medios de comunicación están anuncian­ do al mundo la muerte del humorista mexicano Roberto Gómez Bolaños, me­ jor conocido como el Chavo del 8. De niño escuché en varias ocasiones una canción del Chavo, la busqué en YouTube y mientras revoloteaban en mi men­ te recuerdos de mi niñez, reflexioné profundamente en las sencillas letras del canto. Refiriéndole a Jesús, el coro dice: «Óyelo, escúchalo, está buscando amigos; óyelo, escúchalo, te está buscando a ü». Jerusalén pereció porque no quiso prestar atención y rechazó la amorosa súplica del Salvador. ¿Hemos aprendido la lección? ¿Estamos dispuestos a escuchar el sollozo de Jesús por cada uno de nosotros? Referencias: '«945 días en Auschwitz», publicado en http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/27/intemacio- nal/1327624946.html. Consultado el 18 de diciembre de 2014. 2Frank Stagg, «The Joumey Toward Jerusalem in Luke's Gospel», Review and Expositor, 64 (1967), p. 501. 3Frank J. Matera, «Jesús' Joumey to Jerusalem (Luke 9:51-19:46): A Conflict with Israel», Journalfor the Study ofthe New Testament, 51 (1993), pp. 57-77. 4Peter W. L. Walker, «Jerusalen» en New Dictionary of Biblical Theology, T. Desmond Alexander y Brian S. Rosner, eds. (Downers Grove, Illinois, InterVarsity, 2000), p. 590. «Jerusalén es el centro narrativo de
  10. 10. 142 • Lucas: El Evangelio de la gracia Lucas», LukeTimothy Johnson, The Gospel o f Luke, Sacra Pagina (Collegeville, Minnesota: The Liturgi- cal Press, 1991), p. 15. 5Mark L. Strauss, Four Portraits, One Jesús: A Survey of Jesús and the Gospel (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2007), p. 288; Mikeal C. Parsons, Luke: Storyteller, Interpreter, Evangelist (Peabody, Mas- sachusetts: Hendrickson Publishers, 2007), pp. 93-95. 6David L. Tiede, Luke, Augsburg Commentary on the NewTestament (Minneápolis, Minnesota: Augs- burg Publishing House, 1988), p. 256. 7Joel B. Green, The Gospel of Luke, The New International Commentary on the NewTestament (Grand Rapids, Michigan: Wm. B. Eerdmans, 1997), p. 538; C. F. Evans, Saint Luke, New Testament Com- mentaries (Londres: SCM Press, 1990), p. 564. 8Frangois Bovon, El Evangelio según San Lucas II: (Le 9: 51-14: 35) (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2002), p. 550. 9 David E. Garland, Luke, Exegetital Commentary on the New Testament (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2012), p. 560; Robert H. Stein, Luke, The New American Commentary (Nasville, Tennes- see: B&H Publishing Group, 1992), p. 384. 10Francis D. Nichold, Comentario bíblica adventista (Buenos Aires: ACES,), t. 5, p. 481. 11Francis D. Weinert, «Luke, the Temple and Jesús' Saying about Jerusalem's Abandoned House (Luke 13: 34-35)», The Catholic Biblical Quaterley 44 (1982), p. 74. 12 Douglas S. Huffman, «Receiving Jesús as Messiah King: A Synoptic Study on the Way to Luke's Triumphal Entry Account», Southern Baptist Journal ofTheology 16.3 (2012), pp. 4-17. 13R. E. Watts, «Triunfal Entry» en Dictionary of Jesús and the Gospel, Joel B. Green, ed. (Downers Grove, Illinois, InterVarsity, 2013),, p. 984. 14John Nolland, Luke 18: 35—24: 53, Word Biblical Commentary (Nasville, Tennessee: Thomas Nel- son, 1993), t. 35c, p. 928. 15Jesús y el judaismo (Madrid: Editorial Trotta, 2004) p. 438. 16Emil Schürer, Historia del pueblojudío en tiempo de Jesús, (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1985), 1 1, p. 681. 17David L. Tiede, FTophecy <&History in Luke-Acts (Filadelfia, Pensilvania: Fortress Press, 1980), p. 67. 18John Nolland, Luke 9:21—18: 34, Word Biblical Commentary (Nasville, Tennessee: Thomas Nelson, 1993), L 35b, p. 743. 19Luke: Historian & Theologian (Londres: The Paternóster Press, 1997), p. 155. 20Darrell L Bock, Lucas: del texto bíblico a una aplicación contemporánea (Miami: Editorial Vida, 2011), p. 355.

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