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EL PODER DE LOS MERCADOS. 
Manfred Nolte 
El pasado 13 de Octubre la Real Academia Sueca de las Ciencias concedió el 
premio nobel de economía 2014 al francés Jean Tirole de la Universidad de 
Toulouse por sus análisis acerca del poder de los mercados, la competitividad y 
la necesidad de una regulación eficaz por parte de los estamentos públicos. 
Tirole ha contribuido de igual forma al uso sistemático de la teoría de los juegos 
en la organización industrial pero, según subraya la Academia, su investigación 
ha penetrado sobremanera en los temas centrales de los oligopolios y de la 
información asimétrica haciéndose así acreedor del prestigioso premio. 
El nobel Jean Tirole pertenece a esa saga de economistas en la que se incluye su 
compatriota Thomas Piketty, para los que, una vez subsanadas las 
vulnerabilidades y desviaciones del mercado, falseado por el ejercicio irregular 
de las distintas posiciones dominantes de los lobbies y grupos de interés, el 
restablecimiento del libre mercado cobra nuevo brío y valor operacional. Como 
Piketty, el látigo intelectual de moda en la denuncia de las desigualdades 
extremas e injustas, Tirole invoca la intervención pública, pero nunca desde el 
revanchismo o la nostalgia de pretéritas y fracasadas economías de plan 
central, que abogarían por la abolición del capitalismo. Muy al contrario. Se 
trata de depurar el modo de funcionamiento de los mercados para que sean 
eficientes al mismo tiempo que rindan tributo al principio de la igualdad de 
oportunidades y en último término a la justicia. La eficiencia de los mercados en 
la asignación de recursos no es discutible y así, sin reserva mental, en sus 
recientes intervenciones publicas Tirole no ha dudado, por ejemplo, en 
recomendar profundas reformas laborales en el mercado francés o la contención 
de su crónico déficit público, excesivo incluso en épocas de bonanza, debido en 
parte a la falta de determinación de los políticos galos para acometer las 
imprescindibles reformas estructurales. Francia genera en su opinión, “cargas 
insostenibles para el Estado y también para los empresarios”. “Resulta” – 
agrega- “muy difícil ganar competitividad en estas circunstancias”.
Pero Tirole es, sobre todo, el inquisidor inmisericorde de los abusos 
monopolistas. Cuando rememora con espanto, por ejemplo, la oleada de 
privatizaciones de Margaret Tatcher en la década de los 80 donde la 
desaparición -por venta- de los monopolios estatales dio lugar, para pasmo 
general, a la constitución de otros tantos monopolios privados. Entonces y 
ahora, la información de los grandes monopolios era y es superior a la 
información que poseen los poderes públicos encargados de regularlos. Y con la 
información deficitaria llega el abuso del poder y la ruptura de las reglas de la 
competencia. 
Según Tirole, las grandes corporaciones socavan el funcionamiento de la 
economía de mercado influyendo en los precios y en las cantidades de los 
productos vendidos. Consiguientemente, ello afecta al bienestar de los 
individuos y a la sociedad en su conjunto. Las ineficiencias surgen como 
resultado del abandono de un estado ideal de los mercados descrito como 
‘competencia perfecta’. 
Los manuales universitarios nos recuerdan que en un mundo de competencia 
perfecta el mercado se caracteriza por la existencia de numerosos compradores 
y vendedores perfectamente informados, que entran y salen del mismo sin 
obstáculos ni barreras en igualdad de oportunidades y en el que ambos – 
compradores y vendedores- carecen de control sobre el precio de los productos, 
que constituye para ellos un dato fijo. Según los proponentes de este modelo 
ideal cualquier situación que se desvíe de sus postulados se considera como 
‘sub-óptima’ para el bienestar de los consumidores, lo que hace recomendable la 
intervención de las instancias públicas. 
Cuan ajustada sea esta propuesta a la realidad del día a día parece conceder 
pocas probabilidades a la duda. En ello coincide con otro liberal convertido 
paulatinamente a la exigencia de la tutela pública para la preservación del 
mercado y de los valores colectivos, Martin Wolf, director asociado y 
Economista Jefe del Financial Times. Para Wolf, aunque crea en la superioridad 
funcional de la economía de mercado, “Lo que hemos aprendido -y aun tenemos 
que aprender- de la crisis”, título literal de su último y reciente libro, desmonta 
las posiciones intransigentes de los fundamentalistas del mercado. Según Wolf, 
y en relación a la Banca, la gran crisis nacida con la quiebra de Lehman Brothers 
ha mostrado a las claras que una liberalización a ultranza de los mercados 
financieros, la globalización de las finanzas, las innovaciones que animaron a la 
creación de productos financieros cada vez más complejos, el aumento del 
apalancamiento y los incentivos que empujaron a la adopción de riesgos 
irresponsables, todo ello con la injustificable ausencia de los guardianes del 
interés público, de las instancias supervisoras y reguladoras, están en la causa 
de los estragos producidos por la presente crisis. 
El bochornoso espectáculo destapado en fechas recientes relativo a la actuación 
temeraria y presuntamente delictiva en materia crediticia por parte de los 
equipos directivos de entidades financieras hoy ya intervenidas, se acumula a 
las espuertas de millones de euros provistas anteriormente por el contribuyente 
para su rescate y reflotamiento. 
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También aquí nos hallamos ante un tambaleante y nauseabundo oligopolio 
donde la política y los dadores de prebendas han impuesto sus conductas, 
mutilando el mercado y hurtando la información de los supervisores. 
Por ello, hay que respaldar a Jean Tirole, al defender que el auténtico poder de 
los mercados reside en su valor y efectividad social en favor de las mayorías. Y 
los reguladores y supervisores están ahí para garantizarlo. 
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(231)el poder de los mercados

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    1 EL PODERDE LOS MERCADOS. Manfred Nolte El pasado 13 de Octubre la Real Academia Sueca de las Ciencias concedió el premio nobel de economía 2014 al francés Jean Tirole de la Universidad de Toulouse por sus análisis acerca del poder de los mercados, la competitividad y la necesidad de una regulación eficaz por parte de los estamentos públicos. Tirole ha contribuido de igual forma al uso sistemático de la teoría de los juegos en la organización industrial pero, según subraya la Academia, su investigación ha penetrado sobremanera en los temas centrales de los oligopolios y de la información asimétrica haciéndose así acreedor del prestigioso premio. El nobel Jean Tirole pertenece a esa saga de economistas en la que se incluye su compatriota Thomas Piketty, para los que, una vez subsanadas las vulnerabilidades y desviaciones del mercado, falseado por el ejercicio irregular de las distintas posiciones dominantes de los lobbies y grupos de interés, el restablecimiento del libre mercado cobra nuevo brío y valor operacional. Como Piketty, el látigo intelectual de moda en la denuncia de las desigualdades extremas e injustas, Tirole invoca la intervención pública, pero nunca desde el revanchismo o la nostalgia de pretéritas y fracasadas economías de plan central, que abogarían por la abolición del capitalismo. Muy al contrario. Se trata de depurar el modo de funcionamiento de los mercados para que sean eficientes al mismo tiempo que rindan tributo al principio de la igualdad de oportunidades y en último término a la justicia. La eficiencia de los mercados en la asignación de recursos no es discutible y así, sin reserva mental, en sus recientes intervenciones publicas Tirole no ha dudado, por ejemplo, en recomendar profundas reformas laborales en el mercado francés o la contención de su crónico déficit público, excesivo incluso en épocas de bonanza, debido en parte a la falta de determinación de los políticos galos para acometer las imprescindibles reformas estructurales. Francia genera en su opinión, “cargas insostenibles para el Estado y también para los empresarios”. “Resulta” – agrega- “muy difícil ganar competitividad en estas circunstancias”.
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    Pero Tirole es,sobre todo, el inquisidor inmisericorde de los abusos monopolistas. Cuando rememora con espanto, por ejemplo, la oleada de privatizaciones de Margaret Tatcher en la década de los 80 donde la desaparición -por venta- de los monopolios estatales dio lugar, para pasmo general, a la constitución de otros tantos monopolios privados. Entonces y ahora, la información de los grandes monopolios era y es superior a la información que poseen los poderes públicos encargados de regularlos. Y con la información deficitaria llega el abuso del poder y la ruptura de las reglas de la competencia. Según Tirole, las grandes corporaciones socavan el funcionamiento de la economía de mercado influyendo en los precios y en las cantidades de los productos vendidos. Consiguientemente, ello afecta al bienestar de los individuos y a la sociedad en su conjunto. Las ineficiencias surgen como resultado del abandono de un estado ideal de los mercados descrito como ‘competencia perfecta’. Los manuales universitarios nos recuerdan que en un mundo de competencia perfecta el mercado se caracteriza por la existencia de numerosos compradores y vendedores perfectamente informados, que entran y salen del mismo sin obstáculos ni barreras en igualdad de oportunidades y en el que ambos – compradores y vendedores- carecen de control sobre el precio de los productos, que constituye para ellos un dato fijo. Según los proponentes de este modelo ideal cualquier situación que se desvíe de sus postulados se considera como ‘sub-óptima’ para el bienestar de los consumidores, lo que hace recomendable la intervención de las instancias públicas. Cuan ajustada sea esta propuesta a la realidad del día a día parece conceder pocas probabilidades a la duda. En ello coincide con otro liberal convertido paulatinamente a la exigencia de la tutela pública para la preservación del mercado y de los valores colectivos, Martin Wolf, director asociado y Economista Jefe del Financial Times. Para Wolf, aunque crea en la superioridad funcional de la economía de mercado, “Lo que hemos aprendido -y aun tenemos que aprender- de la crisis”, título literal de su último y reciente libro, desmonta las posiciones intransigentes de los fundamentalistas del mercado. Según Wolf, y en relación a la Banca, la gran crisis nacida con la quiebra de Lehman Brothers ha mostrado a las claras que una liberalización a ultranza de los mercados financieros, la globalización de las finanzas, las innovaciones que animaron a la creación de productos financieros cada vez más complejos, el aumento del apalancamiento y los incentivos que empujaron a la adopción de riesgos irresponsables, todo ello con la injustificable ausencia de los guardianes del interés público, de las instancias supervisoras y reguladoras, están en la causa de los estragos producidos por la presente crisis. El bochornoso espectáculo destapado en fechas recientes relativo a la actuación temeraria y presuntamente delictiva en materia crediticia por parte de los equipos directivos de entidades financieras hoy ya intervenidas, se acumula a las espuertas de millones de euros provistas anteriormente por el contribuyente para su rescate y reflotamiento. 2
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    También aquí noshallamos ante un tambaleante y nauseabundo oligopolio donde la política y los dadores de prebendas han impuesto sus conductas, mutilando el mercado y hurtando la información de los supervisores. Por ello, hay que respaldar a Jean Tirole, al defender que el auténtico poder de los mercados reside en su valor y efectividad social en favor de las mayorías. Y los reguladores y supervisores están ahí para garantizarlo. 3