Jean-Louis
Dubut de Laforest
Cabecita loca
Título original: Tête à l’envers
© Jean-Louis Dubut de Laforest.
Charpentier editor. París 1882.
© Por la traducción:
José M. Ramos González. Pontevedra 2015
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I
–Te digo, mujer, que Rosette nos va a comer por los pies
con lo que gasta.
El hombre que pronunciaba estas palabras era un pequeño
aldeano cuyo cuerpo, debido a su trabajo, se doblaba en ángulo
recto y parecía rendir un continuo homenaje a la tierra a la que
debía su fortuna.
¿Su nombre? François Bérias.
Rozaba la cincuentena. Cuando quiso sentar cabeza eligió
a una compañera pragmática, una muchacha de amplia sonrisa,
labios rojos y unas caderas sólidamente establecidas para permi-
tirle parir hijos con gallardía.
François y Jeanneton no tenían vida para sí mismos: solo
vivían para su hija, la señorita Rosette, que acaba de obtener el
título de institutriz en el pensionado de las damas Castel de
Saint-Cyprien.
La señorita Rosette había salido del internado hacía apenas
dos meses y le surgían pretendientes por todas partes.
¡Hombre! Es que los Bérias eran unos ricachones.
Los Bérias, apodados «Gran-Cartera», eran los reyes del
pueblo de la Croix-du-Jarry. Ese sobrenombre, que se explica
prácticamente solo, procedía de que François tenía por costum-
bre introducir sus escudos en una inmensa cartera de cuero.
Su casa estaba situada en lo alto del pueblo. El mes de ju-
lio tocaba a su fin, y la vivienda adoptaba un coqueto aspecto
rodeada por las vides seculares que la enlazaban con vigoroso
abrazo. Esas ramas verdes son bebedoras de sol; tal vez estén
brutalmente enamorados; no tienen ese aspecto lánguido de las
plantas ornamentales de follaje barnizado; no saben adoptar el
aire de los arbustos con flores carentes de vigor; pero se puede
sentir su intensidad vital; están vivas como su amo, y, al igual
que su amo, no temen las quemaduras del sol.
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Los grandes jardines, entre cuyos setos recortados se
muestran aquí y allá los nísperos de un verdor primaveral, esa
extensión de terreno antaño cubierto de brezos, hoy plantado de
viñas en su totalidad, es todo propiedad de los Bérias, los ricos
campesinos que habitan sobre el margen izquierdo de la carrete-
ra provincial.
¿Y los escudos? 50.000 francos al menos, invertidos en
todos los bancos de la región.
La infancia de Rosette transcurrió en su pueblo. Asistió a
la escuela de las hijas de la Croix-du-Jarry antes de convertirse
en la vivaracha pensionista de las damas Castel.
Antaño era una insignificante aldeanita: en la época de las
cosechas seguía a los jornaleros y cazaba a pedradas los pajari-
llos que venían a robar los granos de trigo. Durante el verano,
pinchaba por la cabeza a las pobres mariposas y quedaba impa-
sible ante el doloroso estremecimiento de las blancas alas que se
descomponían sobre el empapelado de su habitación.
La hija de los Bérias era cruel.
Entre otros detalles, se recordaba que a menudo, en lugar
de ir a la escuela, se detenía ante los puestos de los estañadores
ambulantes, cuyas visitas tenían lugar cada seis meses.
Durante varias horas le gustaba ver fundir los calderos de
estaño, escuchando los golpes de martillo que resonaban sobre
los yunques de cobre.
Desde el carromato de los vendedores de feria, la vieja ca-
rretilla de dos ruedas cubierta por una tela gris, hasta los calde-
ros deteriorados que se amontonaban en la tartana, resultado de
los intercambios con los cobres nuevos, Rosette lo había visto y
observado todo.
La mayoría de esos estañadores eran alemanes que, una
vez acabado el trabajo, se iban a las tabernas cercanas a la igle-
sia a bailar al son de los tambores y de los trombones para con-
seguir algunos centavos.
A la chiquilla le resultaba divertido ver a las mujeres con
vestidos multicolores y a los hombres con largas barbas brillan-
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tes como la cerveza dorada, ponerse a bailar en la plaza de la
Croix, mientas la música sonaba.
Cierto día se divertía contemplando a un joven y apuesto
estañador tumbado al sol. Los mercaderes, llamados para almor-
zar, la dejaron sola en compañía de un perro gordo, Porthos, que
dormía al calor de los carbones de la estufa. El estaño permanec-
ía líquido. Rosette se adelantó, miró en torno suyo y no vio a
nadie. Una sonrisa iluminó su rostro: levantó el cucharón repleto
de líquido ardiente y lo arrojó a la cabeza del chucho.
El pobre perro se despertó emitiendo unos aullidos espan-
tosos: ella se fue a refugiar a casa de su padre.
Pero por la noche, habiendo trascendido el incidente, Ro-
sette recibió unos azotes.
Miró a todo el mundo, con los ojos fijos, sin turbarse, con
una risa beatífica:
–Quería comprobar lo que ocurriría.
Las viejas del pueblo sacudieron la cabeza con tristeza; y,
como no podían creer en una crueldad reflexiva, la niña fue tra-
tada de inocente. Se quería decir que la chiquilla no tenía con-
ciencia de sus actos y que había actuado bajo el impulso de un
genio malsano.
En otra ocasión, las hijas del guardia la habían sorprendido
robando fruta en su jardín, ella les golpeó y mordió en la mejilla
a la mayor.
Tantos hechos denotaban un carácter indomable, un deseo
imperioso de observación y de dominación, una sed de venganza
y de crueldad poco común.
Con todo eso, era mimosa, zalamera, bonita como un amor
y dispuesta a echar toda la carne en el asador para hacer perdo-
nar sus escapadas.
Pero el paso de los años amortiguó sensiblemente los ma-
los instintos de la campesina, y la antigua pensionista de las da-
mas Castel, que ojea en este momento un álbum, nada tiene que
ver con la aldeana de antaño.
La señorita Rosette Bérias es hija única. Algún día se le
llamará señora, pues se casará con un caballero.
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La madre Jeanneton no ha sentido ira cuando el hijo de Pi-
tois, un pequeño granjero, un trabajador, se ha tomado la liber-
tad de pedir la mano de su hija. Desde luego los Bérias no des-
precian a los aldeanos: ellos mismos los son; pero son de la opi-
nión que en este mundo uno debe tratar de prosperar, de elevar-
se; esperan un partido conveniente.
Penetremos en el interior de la casa. Todo está limpio y
muy bien ordenado. Ramas de boj bendecidas cuelgan en la
chimenea de la cocina y rodean un grupo de fotografías. Dos
grandes camas al estilo duquesa, recubiertas de cortinas en cre-
tona roja, ocupan las esquinas de la cocina; Rosette no dará nin-
guna tregua a su madre en tanto las camas permanezcan allí:
Una cocina es una cocina y no un dormitorio.
He aquí una gran habitación de invitados al lado del cuarto
de la señorita Bérias. La pensionista de las damas Castel ha diri-
gido ella misma las recientes reparaciones: las paredes están
tapizadas de papel blanco con flores de prados entre las que des-
tacan peonías y rosas.
La joven es robusta, morena y fresca como el nombre que
le dio su madrina. Sus manos están un poco rojas: ha empleado
todos los polvos y todos los jabones de los perfumistas más re-
nombrados, pero las manos, por desgracia, no pierden su color.
Rosette es bonita y ella lo sabe.
Hoy, sábado, es día de mercado en Saint-Cyprien.
La señorita deja de ver su álbum para ponerse el traje de
los días de fiesta.
La Jeanneton ya está lista, y el padre Bérias se impacienta
al ver que su hija todavía no ha acabado de acicalarse.
–No puedo salir vestida como una criada… Madre, no en-
cuentro mi chal.
–Hace mucho calor; no lo necesitas.
–Te repito que no quiero ir de cualquier manera.
–Aquí están las llaves del armario de la ropa.
La joven abre las puertas del armario, sube a una silla y se
alza para encontrar el chal.
–Está arriba, muy arriba, a lado de los sacos de trigo.
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–¿Cómo es posible guardar un chal al lado de los sacos de
trigo?...
Y Rosette, impaciente, arroja por tierra los sacos y las
sábanas de la cama que la madre vuelve a doblar sobre la mesa
sin ni siquiera emitir una queja.
La señorita tiene un vestido gris claro, un sombrero de pa-
ja con flores azules y un pequeño velo blanco. Echa una última
ojeada al espejo, sonríe y mira a su madre:
–¿Vas a vestirte, no? ¿mamita?
–Para ir al mercado no… no vale la pena…
–¿Y tu vestido violeta?
–Lo reservo para tu boda…
–Hoy veremos a mucha gente… ¿Madre, hazme caso y
pon el vestido violeta!
–Rosette…
–¡Te lo ruego!
–Bueno, dado que lo exiges…
Y la madre Jeanneton se viste.
–Siempre con esos zapatos planos…
–¡Ah! por favor, no me obligues a poner mis botines… No
estoy acostumbrada… me quedan los pies desollados durante
una semana.
–¿Vais a acabar de una vez? – acaba de decir François
Bérias que ha tomado su chaqueta, su bonita chaqueta de boto-
nes de cobre para hacer honor a su hija.
El jumento está atado a la jardinera del patio; el criado de
la granja ayuda a sus amos a subir al coche, y la buena de Pou-
lotte parte a trote lento.
Siguen la ruta bordeada de grandes robles, y el padre está
feliz de mostrar a su hija sus propiedades. Le da explicaciones
sobre tal fosa que va a llenar, sobre tal terreno que separa la viña
de un vecino de su plantación de alfalfa y que pronto será reco-
lectada a medias.
–Desde que estudias, Rosette, hemos comprado este ro-
bledal al Sr. Beaugrand, así como ese bosque que bordea el
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río… ¿Ves ese prado, al lado del gran roquedal de Ropescia,
donde jugabas con tus amigas cuando eras niña?...
–¡Ah! sí, el Ropescia; habrá que hacer allí un cenador.
–¿Qué es eso?
–¡Cómo! ¿No sabes lo que es un cenador?... Un abrigo
contra la lluvia y el sol… un lugar de diversión.
–¿Algo así como una cabaña?
–Más bonito que una cabaña… Se venden ya hechos en
París por mil francos… El de la señorita Levallois cuesta esa
cantidad…
–¡Mil francos!, pero eso es lo que vale un buen par de
bueyes de labor… el Gran Rojo y Billia ya valen novecientos
ochenta y cinco, e incluso no los vendería… El prado, que tiene
más de cuarenta áreas, no cuesta ni mil francos…
A Rosette no le gustaban los números, y ya no escuchaba a
su padre.
Jeanneton, que se había encasquetado un gorro florido y
tan almidonado como la mitra de un obispo, tomó la palabra:
–Y además, necesitaremos dinero para tu dote cuando en-
contremos alguien como Dios manda… El hijo de los Pitois ha
venido ayer: lo he recibido de buenos modos.
La joven trataba de ponerse unos guantes un poco estre-
chos:
–Debería comprender de una vez que no seré para él…
Llegaban a la cima del Puy-des-Reinetes.
Bérias puso pie en tierra pasando las riendas a la madre
Jeanneton.
–Vamos Rosette, ¿me prometes ser razonable? Se trata de
un partido para ti…
–¿Un aldeano?
–No, no… Escucha. Hablemos en voz baja… Un caballe-
ro… un notario….
La hija de los Bérias quedó deslumbrada.
–¿Un notario? cuéntame, mamita, te lo ruego…
–¿Conoces al Sr. Faure?
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–Sí, el hombre que lleva los negocios de la señora
Dupré… el gestor de bienes… Oh!... continúa… estoy impa-
ciente…
–Pues bien, quiere que te cases con el Sr. Prosper Parent,
el joven que debe comprar el estudio del viejo notario Cour-
net… Lo malo es que el Sr. Prosper no tiene fortuna; pero es
prudente, ordenado y es todo un tiparrón….
–No es guapo.
–La belleza no es para los hombres… es de una buena fa-
milia.
–Será notario…
–Y, como dices, será notario… en Saint-Cyprien, muy
cerca de nosotros…
–¡Eso consumiría de envidia a la Blanchette, que se ha ca-
sado embarazada!...
–Sí; pero me temo que tu padre se niegue a consentir ese
matrimonio… El Sr. Parent no tiene fortuna.
El jumento se detuvo antes de tomar el descenso.
–Qué bien conoce Poulotte mis costumbres. – dijo Bérias
estrechando la mano a tres o cuatro paisanos que conducían
unos bueyes tirados de una cuerda… – Os invitaría a subir…
Pero, ya veis, somos tres…
–Gracias, señor Bérias, gracias,
¡Señor Bérias!...
Se comenzaba a decir señor Bérias.
François se henchía de satisfacción:
–¡Lo que es la fortuna!... Hace veinticinco años yo era un
mozo en la granja del conde de Galleur… Me llamaban François
a secas… Más tarde, los envidiosos me pusieron el mote de
Gran-Cartera… Hoy, se dirigen a mí como señor Bérias. ¡Lo
que es la fortuna!...
–Papá, no deberías recordar siempre que has sido mozo de
granja… Pueden escucharnos…
–Pero, hijita, al contrario, estoy muy orgulloso de haberlo
sido… No he robado lo que tengo… Te garantizo que lo he ga-
nado.
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–Tu hija tiene razón. – interrumpió con viveza la madre…
– No vale la pena hablar siempre de lo mismo… Está bien que
todo el mundo se acostumbre a decir «¡Señor Bérias!».
–Adiós, Gran-Cartera y señoras, – exclamó un jinete que
pasaba al galope y cuyo caballo cubrió de polvo los rostros de
los viajeros.
–Es ese maleducado de Benoist – dijo Rosette… – Una
educación de aprendiz de carnicero…
François frunció las cejas:
–Tiene una deuda con Mouvy: la asumiré y me encargaré
de hacerlo bailar… Eso le enseñará educación a ese antiguo arti-
llero.
Llegaban a Saint-Cyprien, un bonito pueblo con un cam-
panario puntiagudo, de calles bien alineadas, casas muy blancas
y jardines llenos de sol y verdor.
Las señoras se apearon delante del pensionado de las da-
mas Castel, situado frente al hotel El Carro de Oro.
–Bien, hemos llegado – dijo Bérias; – id a hacer vuestras
visitas; yo subo a la feria… ¿A qué hora acabaréis vuestros re-
cados?
–Hacia las cinco.
–¿Las cinco?... eso es muy tarde… Si Girou y la Fanchon
olvidan dar de comer a los bueyes…
–Siempre estás preocupado, – dijo Rosette con acritud…–
Das la impresión de que es imposible servirte a tu gusto.
–Hija mía, lo digo más por ti que por nosotros… Es por tu
bien por lo que vigilo y desconfío…. No hay porque reprochár-
melo.
Decía eso con frases cortadas, siempre desenganchando su
jumento con precauciones infinitas, con el collar nuevo y los
arneses de cuero encerados.
Su hija lo miraba.
–Llama al criado sin tantos miramientos… Las personas
que pasan van a pensar que tú mismo haces el trabajo para evitar
dar propinas.
Rosette cambió el tono enseguida, y con voz dulce:
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–¿Papito, no te enfadarás si mamá me compra un vestido
en la tienda de la señora Julie?... ¿Quieres que te deje quedar
bien, verdad?
Bérias se dejaba engatusar; su rudeza desaparecía:
–Ella tiene la cartera.
–¡Ah! ves mamá, papi está contento de que me haga con
un vestido parecido al de Gabrielle Levallois…
Y mientras el mozo del albergue echaba una mano a
Bérias, las señoras entraron en el patio de las damas Castel.
Terminada su tarea, – pues lejos de su hija no hubiese que-
rido por nada del mundo dejar a Poulotte al cuidado de otra per-
sona, – François subió al campo de la feria, tanteó los bueyes
más gordos y distribuyó saludos entre los viejos conocidos.
Su hija le hacía honores, sin duda; pero él se sentía in-
cómodo en su presencia: no era su mundo; no había aprendido
los buenos modales en esos librejos que él hubiese querido saber
a todo trance. Lamentablemente, comprendía perfectamente cual
debía ser su actitud: conversar poco, mostrarse lo menos posi-
ble; su lenguaje grosero, su espalda arqueada, sus manos arruga-
das y callosas, todo eso no estaba hecho para llevar caballeros a
su casa.
La Jeanneton aún se mantenía en forma: esas diablesas de
mujeres siempre se las arreglaban con sus « antifaces » y, por lo
demás, la burguesa todavía era hermosa, aunque se había vuelto
triste. Todavía podía pasear por la calle con su hija: las había
mucho más feas.
Bérias era rico. Preocupado por que su hija estuviese bien
situada, no miraba demasiado la fortuna: por lo demás, un hom-
bre sin un centavo jamás se atrevería a presentarse.
En el campo de la feria se encontró con Mouvy, un tende-
ro retirado de los negocios, el que había prestado dinero al inso-
lente Benoist.
Mouvy, que había colocado en una mala inversión unos
fondos de Bérias y que había obtenido sus pequeños beneficios,
no escatimaba en cumplidos.
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El pez gordo de la Croix-du-Jarry dudaba. Sentía que iba a
hacer una mala acción; pero, de repente, su frente se iluminó y
recordó que su hija, cuando lo había dejado, le había recordado
su promesa en relación con la deuda de Benoist.
–¿Usted hizo un préstamo a Benoist?
–Sí, señor Bérias.
–¿Desde cuándo?
–Venció hace ocho días, e iba al banco del Sr. Lechamps a
protestar el pagaré… Ese Benoist es un mal pagador…
–Yo le compro el pagaré.
Mouvy creyó haber escuchado mal y le hizo repetir la fra-
se.
–¡Oh! con mucho gusto… cuatrocientos veinte francos
con los intereses… Incluso le perdono los ocho días.
Los dos hombres se apartaron de la vista de todo el mun-
do, y Bérias extrajo su cartera, su famosa cartera ennegrecida
por el tiempo.
Contó cuatro billetes de cien francos y entregó el resto en
monedas.
Bérias dobló el pagaré.
Algunos minutos después de esa entrevista, Benoist se en-
contraba con su acreedor:
–Mire usted, ya no tengo su valor.
–¿Cómo?
–Necesitaba dinero y se lo he vendido a Gran-Cartera.
–Pero, usted me había prometido…
–Querido, arrégleselas con Gran-Cartera.
Bérias ya había encargado a un alguacil vengar a Rosette.
Jeanneton y su hija se encontraban todavía con las damas
Castel.
Rosette había ido al patio a reunirse con sus viejas amigas.
–Y bien, señora Bérias, ¿estará pensando en casar pronto a
su hija? – acababa de decir la señora Armantine Castel, una vie-
ja dama con gafas.
–Dios mío, sí, habrá que ver, pero no hay prisa… Siempre
es demasiado pronto si se va a hacer mal.
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–Eso sería una lástima, señora… Rosette es una muchacha
encantadora que hará muy feliz a su marido… ¿Entonces, no ha
hecho usted ninguna elección?
Jeanneton inclinó la cabeza sin responder.
–Vamos, vamos, me está ocultando algo… Eso no está
bien, señora Bérias: usted sabe que yo soy una segunda madre
para su hija.
–Es que no hay nada decidido, señora… El Sr. Faure…
–¡Ah! El Sr. Faure, un excelente hombre… Tiene muy
buena mano.
–Señora Castel, sea discreta. Se trata del Sr. Parent…
–El Sr. Prosper Parent, ese joven que nos seguía en nues-
tros paseos dominicales… Pero, no tiene fortuna…
–En eso está la dificultad… Sin embargo se dice que es un
muchacho muy serio y responsable…
–Muy serio y muy bueno… Se dejará llevar por la punta
de la nariz.
–De hecho no hay nada decidido, señora.
–Entonces Rosette vendría a vivir a Saint-Cyprien… El Sr.
Cournet dejaría el estudio a su yerno… Eso sería estupendo…
Hay que ver eso, señora Bérias… Usted sabe el interés que ten-
go por mi antigua pensionista… Si nos necesita para algo, mi
hermana y yo estamos por entero a su disposición.
Los gritos de «¡Rosette! ¡Rosette!» resonaban en el patio.
Unas muchachas en vestido negro y delantal gris acompañaban a
su amiga a la sala de visitas.
Cuando las damas hubieron salido, la señora Castel no pu-
do guardar el secreto.
–Señoritas, Rosette se casa.
–¡Rosette se casa!... ¿Con quién?
–Misterio, señoritas…
–¡Oh! señora Armantine, – dijo dulcemente la señorita
Chambreau, la hija del consejero general del municipio… –
dígamelo solo a mí.
–No, señorita Clémence, ni a usted ni a las demás.
–Seré muy discreta…
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–No, no, no…
–Rosette se casa. La «Gran Cartera» va a ser señora…
¡Oh! ¡qué contenta estará!
Esas señoritas, que habían formado un círculo, pasaron re-
vista a todos los jóvenes del pueblo.
La Señorita Clémence murmuró un nombre.
¿El Sr. Prosper Parent?
La Señora Castel dejó a las jóvenes muchachas riendo; y,
desde ese instante, el próximo matrimonio de Rosette fue sabido
por todo el pensionado.
Las dos mujeres habían seguido por la calle Froide que
conducía a la plaza de la Halle.
Rosette caminaba recta, con pie firme, y la Jeanneton se
arrastraba tratando de imitar los andares de su hija. La buena
voluntad de la campesina no detenía las observaciones de la
señorita:
–Mamá, no te mantengas tan cerca de mí… No es así co-
mo se anda… Haces que me avergüence.
La madre Jeanneton acababa de entrar en la tienda de la
señora Julie.
Había mucha gente. Tres o cuatro empleados interinos cir-
culaban en medio de la multitud. Uno de ellos se presentó. Era
un recién llegado, con rostro turbado, un muchacho honesto que
alimentaba a su madre con su trabajo y cuya maliciosa mirada
brilló con la idea de que iba a realizar una buena venta.
–No – dijo Rosette – Llame al Sr. Antoine.
–Pero, señorita, el Sr. Antoine está ocupado en su sec-
ción…
–¿Qué más te da que sea este u otro? – observó la madre.
–Me importa mucho… los nuevos siempre te atienden
mal…
–¡Sr. Antoine! – gritó el empleado con voz estrangulada.
–Ya viene.
Ese Antoine era pura zalamería.
En la tienda del pueblo de Saint-Cyprien, los empleados
recibían un sueldo fijo y un porcentaje sobre el precio de las
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ventas que hacían personalmente. El patrón, antiguo empleado
de un gran almacén de París, había importado el sistema de la
capital.
El Sr. Antoine, un joven de bigotes rubios y cabellos rizos,
se presentó saludando respetuosamente a las señoras.
Es que el Sr. Antoine tenía una manera especial de ofrecer
el artículo.
Con graciosas inclinaciones y una sonrisa más graciosa
todavía, alababa las tallas más deformes y hacía cumplidos a los
corsés más vacíos.
Luego de darse cuenta de la importancia del pedido, el Sr.
Antoine llamó a su patrona la Sra. Julia, especialmente encarga-
da de la confección de los vestidos.
Se desplegaron las telas, y Rosette eligió un vestido azul
con rayas blancas destinado a hacer palidecer de envidia a todas
las señoritas de Saint-Cyprien. La madre consintió en sustituir el
viejo corsé de la pensionista y aceptó un pedido de una docena
de pañuelos con figuras que Rosette bordaría ella misma.
La madre Jeanneton vació su portamonedas. La Sra. Julie
no quería dinero; no era costumbre pagar los vestidos antes de
ser entregados.
Sobre este punto, la señora Bérias fue inflexible. Incluso
dio ocasión a los empleados de reírse al plantarse ante la caja:
–¿Deudas nosotras?... ¡Jamás!... Hay con que pagar y se
paga.
Rosette trataba de detener esa verborrea; pero, en el fondo,
no estaba en absoluto molesta al escuchar hablar de su fortuna.
El Sr. Antoine, el propio patrón, y el mozo excluido, salu-
daron ceremoniosamente a tan buenas clientas.
Jeanneton tomó el brazo de su hija.
–Si pasamos por delante del estudio del notario Cournet en
la calle del Norte, quizás veamos…
–¿Al Sr. Parent?... Es una idea… ¿Saber si siempre es tan
feo?...
–No es feo.
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–Bueno, mamá, has de reconocer que hay muchachos más
guapos que él… El hijo del marqués de Jamaye…
–Sí, pero el señor conde no es para nosotros, querida.
–Ya lo sé, – dijo Rosette con aire sombrío. – Después de
todo, más vale ser la señora Parent, esposa de un notario, que la
mujer de un imbécil ocioso.
Los aldeanos circulaban por las calles, deteniéndose en las
tiendas, y sus mujeres los seguían con grandes cestas vacías y
los bolsillos llenos de monedas. Largas carretas con aperos de
labranza, anunciando la próxima cosecha, desplegaban en el aire
sus yugos, y los vendedores de tortas calientes y pasteles de to-
das clases eran la alegría de los niños que se colgaban de las
faldas de sus madres.
Rosette no dejaba de observar:
–No me hables más… No es conveniente hablar en la ca-
lle… Las damas como Dios manda no cuchichean.
La madre y la hija llegaron al final de la calle del Norte y
advirtieron los rótulos dorados que resplandecían al sol.
El estudio estaba lleno de aldeanos, y las damas Bérias no
vieron al Sr. Prosper.
–En cualquier caso, – dijo Rosette – no seré yo quien viva
en este edificio.
–Sin embargo la casa no está mal, y si la boda tiene lugar
creo que sería bueno entenderse con el Sr. Courdet.
–A ti no te sería difícil.
La madre Jeanneton y Rosette regresaban al hotel El Carro
de Oro, llenas de pequeños paquetes envueltos en papel amari-
llo.
–Aquí están sus damas. – dijo al padre Bérias el Sr. Faure,
que gesticulaba detrás de la larga fila de carretas y carromatos
de la feria.
El Sr. Faure, el abogado del pueblo del Puy, era un viejo
bajito, sano y esbelto. Era querido y estimado en la región. Fue
el primero en pensar en hacer del pasante de notario un marido
para la señorita Rosette.
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Saludó a la señora Bérias con una fina sonrisa que daba a
entender que François no había cedido a sus razones.
–¡No hay medio de convencer a nuestro hombre!
–¿Un muerto de hambre?... Nunca jamás – decía Bérias –
prefiero un aldeano.
–Vamos, vamos, papá, ya arreglaremos eso mañana. Re-
gresemos a la Croix-du-Jarry.
Rosette jugaba con su sombrilla detrás del coche y partici-
paba poco en la conversación.
–Hablaremos mañana, – dijo el Sr. Faure – Trataremos un
pequeño asunto a la que no es ajena del todo la señorita Rosette.
–¿Lo qué, Sr. Faure? – preguntó la joven.
–Nada… Lo verás más adelante… No te digo más que
eso… ¿Es que la oreja izquierda no te ha pitado esta mañana?
–No…
–Sin embargo, yo conozco alguien que habla muy bien de
la señorita Bérias… Me haces ser un charlatán…
El padre Bérias estaba rojo como un gallo, y permaneció
durante un buen rato sobre el pescante del coche sin despegar
los labios.
–¿Qué le ocurre a nuestro hombre? – preguntó Jeanneton.
–¿Qué me pasa? Que el Sr. Faure es un canalla o un imbé-
cil.
–¿El Sr. Faure?...
–A mí me gusta mucho; tiene un gran corazón, – observó
Rosette.
El aldeano continuó:
–¿Lo que me pasa?... Faure quiere nuestra desgracia…
nuestra ruina… Pero yo soy el que manda, yo… Eso no ocu-
rrirá…
–¿Lo qué?... Habla… ¿Qué te ocurre?...
–Quiere casar a nuestra única hija con un joven que no
tiene un pataco… que no tiene ni un metro cuadrado de tierra…
Ese Parent…
–El Sr. Parent es un joven muy formal. – dijo Rosette.
–Sí, muy formal – repitió la madre Jeanneton.
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–¿Entonces, tú lo sabías?
–Sabíamos todo y nos proponíamos comentártelo esta no-
che.
–Pues bien, vive Dios que no se hará.
Él, el hombrecillo encorvado, tan cariñoso de ordinario
con su Poulotte, la fustigó con un golpe de látigo tal, que el po-
bre animal se encabritó y a punto estuvo de caer hacia atrás.
–¿Es que has perdido la cabeza, esposo?
–Mamá, toma las riendas.
Pasaron ante las tierras de Bérias, y el campesino tuvo el
corazón encogido con la idea de que un yerno los arruinaría a
todos un día.
François era religioso, y se dijo que el buen Dios lo casti-
gaba por su mala acción en relación con el asunto de Benoist.
Y mientras la madre y la hija charlaban en voz baja en el
umbral de la puerta después de la cena, él se fue a la cama pen-
sando en voz alta.
–Sí, vale cien veces más tener por yerno un campesino que
un hombre sin un centavo… Es imposible que un hombre que
nunca ha tenido dinero sea capaz de conservar el que se le da…
¡Oh! sería muy bonito que un trabajador que ha sufrido toda su
vida tenga por yerno un manirroto que dilapide lo que tanto es-
fuerzo le costó conseguir…
Sin duda pensaba en medrar, en mirar más allá, en una
persona bien educada; pero al menos era necesario que esa per-
sona no ignorase lo que valía una moneda de cien centavos….
Decididamente, la Jeanneton estaba loca… ¿Acaso Rosette no
era bastante joven y bastante bonita para esperar un buen espo-
so? Apenas salidas del pensionado, las jóvenes deseaban situar-
se, poseer hermosos vestidos e incrementar sus ajuares… Desde
luego, él no se oponía a que su hija recibiese instrucción; pero
cometía un error al tener ideas propias de otras gentes y querer
convertirse en una dama… Lo que él quería era que su familia
fuese feliz; que sus nietos – si Dios se los daba – no tuviesen
que soportar escaseces… Rosette se casaría con el hijo de los
Pitois, un mozo bien plantado que se valdría por su cuenta. Har-
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ía las mejoras que él había soñado toda su vida: se cambiarían
las tierras de la Rouclée por las viñas de la Fontaine-du-Prince;
se ampliaría la casa, y cada uno tendría su propia vivienda… No
había necesidad de ir a buscar la felicidad en la ciudad…. ¿Ro-
sette, la esposa de un notario de Saint-Cyprien? … Jamás,
jamás…Él era el cabeza de familia; él, Bérias, lo demostraría….
Las dos mujeres estaban solas en el pueblo prolongando la
velada durante un buen rato.
Los aldeanos – los que no habían ido a la feria –habían
hecho bailar los mayales sobre las balas de trigo durante toda la
jornada. Las casas blancas estaban dormidas, y sobre ese reposo
del pueblo, fruto de las duras labores que solamente turbaban las
canciones de los grillos, atravesaba como una tormenta de sue-
ños diciendo a todos que el vino sería generoso y que una buena
vendimia haría ceder con su peso las tablas de los graneros.
–Mamá, me gusta el Sr. Faure.
–Tienes razón, hija mía; hay que ser agradecidos con
aquellos que se interesan por nosotros… ¿Entonces, el Sr. Parent
no te disgustaría demasiado?
–No… Tiene un aspecto dulce; creo que sería feliz con
él… Pero, madre, yo no puedo vivir en el campo; necesito code-
arme en sociedad…
–¿Pero no temes que las damas de Saint-Cyprien tengan
hacia ti todo tipo de reticencias?... Cuando paseamos por la calle
algunas personas se burlan de nosotras…
–Sí, personas envidiosas… Pero yo las haré callar…
–Después de todo, hija mía, no te lo puedo reprochar…
Haces bien en aprovecharte de tu fortuna… yo no podría acos-
tumbrarme a ser una señora… Tú, en cambio, eres otra cosa; has
recibido educación… eres una señorita…
Se hacía tarde, Jeanneton volvió a meter las sillas en la co-
cina, y Rosette ya se había acostado cuando su madre todavía
daba una última vuelta por la casa para asegurarse de que el fue-
go quedaba bien apagado.
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Por la noche, la madre soñó con la felicidad de su hija. La
veía convertida en una gran dama de Saint-Cyprien, recibiendo
al alcalde, al subprefecto; y la mujer sonreía con la idea de tener
un día nietos que serían unos perfectos caballeros.
Rosette también pensaba en su futuro. Se decía que, una
vez casada, su felicidad no conocería límites… Se reía de Saint-
Cyprien, de los días de mercado, cuando estrenaba vestidos nue-
vos; demostraría a todos que una dama tiene derecho a vestirse
como le plazca cuando tiene fortuna y su marido es un caballe-
ro… ¿La señora Parent?... No era un apellido feo, no; sonaba
mejor que Bérias… Todo se reducía a una cuestión de observa-
ción y paciencia. Durante los primeros tiempos se encontraría un
poco incómoda adquiriendo los modales de las damas de la alta
sociedad, pero se habituaría poco a poco mirando como se com-
portaban las demás.
23
II
Al día siguiente del mercado de Saint-Cyprien, el pasante
del estudio del Sr. Cournet parecía ansioso.
–Y bien, mi querido Prosper, esta mañana tienes aspecto
soñador. – le dijo el notario al joven muchacho que reflexionaba
con la frente entre sus manos.
Prosper levantó la cabeza. Parecía, en efecto, salir de un
sueño. Sus ojos se encontraron con los de su patrón y pareció
avergonzado de haberse dejado sorprender.
–¡Oh!, tranquilo muchacho… Es lícito relajarse un poco
durante algunos minutos cuando uno está a punto de casarse…
¿No es así?... ¿Acaso hay que ocultarlo?... Tienes suerte, ¡qué
diablos!... Y además hay parné… La Sra. Cournet y yo estamos
muy contentos, ya lo creo; el estudio no podía caer en mejores
manos… Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para pa-
gar…. El padre François tiene recursos… La señorita Bérias es
algo aldeana… ¡Bah! ha estado interna; se formará…. Bonita
como un ramo de flores y rosadita…Mi buen Prosper, vas a ser
feliz como un gallito tratado a cuerpo de rey…
El joven no intentó interrumpir. El Sr. Cournet era un de-
rroche de palabras. Lleno de tacto, fuerte en derecho, pero elo-
cuente hasta no poder más; de talla corta, ventrudo, un rostro
afeitado y provisto de unos quevedos de oro, ropa muy blanca y
un chaleco oscuro, ejercía su profesión hacía veinticinco años, y
en ese momento era el presidente de la Cámara de Notarios. Una
vez vendido su estudio, estaba seguro de ser nombrado juez de
24
paz del cantón de Saint-Cyprien, y, como no tenía hijos, iría a
vivir muy tranquilo con su esposa a su propiedad del Retol, si-
tuada a tan solo algunos cientos de metros de la ciudad. Una
audiencia por semana y el resto del tiempo para ocuparse de la
agricultura; sería magnífico.
Desde hacía tiempo, el Sr. Cornudet había querido ceder
su estudio a su pasante; pero Parent deseaba darle garantías y se
mantenía en sus trece aunque el notario lo interrumpía a cada
instante:
–Vamos ya, hombre… ¿Acaso la señora Parent y yo tene-
mos herederos?... Ya podrás pagarme algún día, mi buen Pros-
per…
Gracias a la combinación ideada por el Sr. Faure, al casar-
se Parent con la señorita Bérias, este pagaría el estudio con la
dote y ya no conservaría esos escrúpulos.
Prosper Parent era el hijo de un viejo maestro muerto de
pena. No había conocido a su madre, y el Sr. Cournet, que, en su
calidad de notable, lo había coronado doce veces con motivo del
premio de la escuela comunal, se convirtió en su protector. El
joven aprendiz era inteligente y ahorrador, y las buenas mujeres
decían de él:
–Es un muchacho decente; morirá rico.
Un grave acontecimiento había estrechado los lazos de
amistad que unían al notario con el laureado de la escuela. Un
día, el caballo del Sr. Cournet se había encabritado en el mo-
mento de la partida; el notario iba a ser irremediablemente des-
pedido de su cabalgadura contra una pared, cuando el joven pa-
sante se arrojó valientemente a la cabeza del caballo entre las
aclamaciones de toda la multitud.
Prosper había salvado la vida a su patrón.
Era un gran muchacho, incluso demasiado alto, de fiso-
nomía tímida y dulce; sus ojos azules denotaban bondad y recti-
tud, sus manos huesudas revelaban una fuerza física poco
común. Su porte era un poco pesado; y, – cosa singular, – sus
hombros, hombros de atleta, parecían debilitarse bajo el peso de
25
algún fardo invisible. Se hubiese dicho que el gigante intentaba
disimular su ruda musculatura.
Las mejillas estaban intensamente coloreadas; la barba era
rala. Por encima de unos grandes dientes blancos aparecía sola-
mente un fino bigote castaño del mismo color que el de los ca-
bellos cortados a cepillo.
Prosper tenía veintiséis años, y desde su salida de la escue-
la trabajaba en el estudio en compañía del viejo Clapier, un mo-
delo de puntualidad y abnegación. Clapier estaba allí hacía die-
ciocho años; quería mucho a Prosper y juraba a sus grandes dio-
ses que desearía servirlo como amo.
Eran aproximadamente las tres de la tarde, cuando el Sr.
Faure se presentó en el estudio del Sr. Cournet.
Prosper estaba solo. Mientras escribía sobre el papel tim-
brado, recordó la conversación de la mañana y se sumió por
completo en sus recuerdos. Volvía a ver la iglesia y la plaza
donde podía contemplar a la señorita Bérias. Pensaba en los pa-
seos de las internas de la pensión Castel, durante los que seguía
a las jóvenes que se dirigían en fila por el sendero del bosque de
los Eglaniers. Y entre todos aquellos vestidos y movimientos de
sombrillas que arrojaban al sol sus deslumbrantes matices, lo-
graba distinguir el objeto de sus sueños. ¡Cuántas veces, una vez
que la larga hilera de vestidos había desaparecido en el camino
polvoriento y que ella parecía confundirse con la negrura de los
sauces, él se había sentado tembloroso sobre el talud de una cu-
neta!... De regreso, se alzaba sobre los verdes montículos para
ver, una vez más y desde la lejanía, los ojos de su adorada, bri-
llantes como zafiros y profundos como el azul del cielo.
Lamentablemente, no tenía suerte. Su sueño era una locu-
ra.
Por todo ello, su emoción se intensificó cuando el Sr. Fau-
re se sentó a su lado con aire serio y benevolente a la vez.
–Prosper, puedes ponerme una vela… El asunto va sobre
ruedas.
Parent se puso pálido.
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–¿Entonces no me encuentra demasiado feo, ni demasiado
alto… ni demasiado pobre?
–¿Demasiado feo?... Estás soberbio. ¿Demasiado alto?...
Ya me gustaría a mí tener tu talla. ¿Demasiado pobre?... Ga-
narás diez mil francos anuales… Mi querido notario, la boda
tendrá lugar dentro de seis semanas. Bérias dará el brazo a tor-
cer…
–¡Ah! ¿El Sr. Bérias no me quiere de yerno?...
–No he dicho eso… François solamente objeta que no tie-
nes fortuna; pero la señora Jeanneton y yo le haremos ver que tu
profesión de notario reporta más que sus tierras… En cuanto a
Rosette, no cabe en sí de gozo…
–¡Pero la señorita Rosette no me conoce!...
–Te conoce como su bolsillo; te ha visto cien veces en la
iglesia…
–Creo que podría hacerla feliz…
–¡Caramba!
El viejo Clapier acababa de entrar.
–Hombre, Clapier, asistirá a la boda, ¿verdad?
–¿Así que es cierto lo que se dice en Saint-Cyprien?....
¡Oh! ¡Estupendo! ¡mil veces estupendo!...
En toda su vida, Clapier jamás había sido tan elocuente;
estrechó vigorosamente la mano de su futuro jefe y se entregó a
su tarea, alienando las minutas en los gruesos archivadores de
madera de castaño, sintiéndose tranquilo, pues temía ver el estu-
dio pasar a manos extrañas.
El Sr. Faure y Prosper Parent charlaron algunos minutos
más y se citaron para el día siguiente en la Croix-du-Jarry.
Bérias se había calmado un poco. Su mujer le había dicho
tantas cosas durante la noche, insistiendo sobre el dinero que
reportaría la notaría y sobre la vida ordenada del Sr. Prosper,
que François no encontraba nada que responder. Jeanneton le
recordaba que el Sr. Cournet daría toda su fortuna a su sucesor.
¿Todos estarían celosos?... ¿Qué es lo que él podía hacer?...
Después de todo, ella tenía derecho a hablar, ella, la mujer que
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durante toda subida había ahorrado para dar un porvenir a su
hija. ¿Quién podría calcular todo lo que había obtenido con las
ventas de aves, de huevos, de frutas, de legumbres del pequeño
huerto, todas esas cosas que en el campo constituyen el premio
de los campesinos a su trabajo? En lugar de dedicar ese dinero a
sus vestidos, como lo hacían varias vecinas, lo había ahorrado a
plazo fijo. Sería la sorpresa del contrato… El Sr. Faure era un
hombre de orden y si el partido no fuese conveniente no lo
hubiese propuesto. El Sr. Faure sabía de eso más que ellos y se
le consideraba siempre como un experto en transiciones comer-
ciales y en las estimaciones del capital… Por lo demás, la pe-
queña no se atrevía a confesarlo, pero estaba encaprichada de
Prosper: ella quería a este y no a otro. Bérias no tenía más que
esa hija, y no era hombre para dejarla morir de amor como la
hija de Mathurin… La hija de Mathurin se había prendado de un
criado de la granja y, en una noche fría de invierno, el padre
había echado de su casa a los dos enamorados. ¡Pobre Blanchet-
te! había arrastrado su fardo durante seis meses, y luego acudió
furtivamente a casa de la Binchoune, la abortista, y había muerto
por falta de cuidados!... ¡Ah! A Dios gracias, no era el caso de
Rosette; su Rosette era una muchacha decente y su galán digno
de ella… No habría que educarla como señorita si no quisiera
casarse con alguien de su rango… Por añadidura, les darían la
dote y tanto peor para los casados si no eran ahorradores…
Todos esos razonamientos, unidos a los de Rosette, habían
vencido la resistencia de Bérias.
Tanto fue así, que al día siguiente, cuando el Sr. Faure y
Prosper llegaron a la Casa-Blanca, quedaron felizmente sor-
prendidos de la calurosa acogida del dueño de la granja.
Se les esperaba para el almuerzo del mediodía.
Los cubiertos se habían dispuesto en la habitación que
precedía al apartamento de Rosette, y esta alineaba flores sobre
la mesa mientras los hombres se calentaban la espalda en la
enorme llama que hacía resplandecer las lozas y los viejos co-
bres de las alacenas.
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La joven llegó a la cocina con un hermoso vestido, la mi-
rada modestamente baja; el Sr. Faure la besó en la frente y Pa-
rent la saludó sonrojándose.
Se sentaron. Bérias habló mucho del oídium que arrasaba
las viñas. El Sr. Faure dio indicaciones precisas sobre los trata-
mientos con fosfatos y los numerosos modos de mejorar la ferti-
lidad en los suelos calcáreos. En los postres, el Sr. Faure ofreció
unos cigarrillos, y François tomó uno.
–Papá, eso te hará daño… ¿Usted no fuma, Sr. Parent?
–No, señorita.
–Ya ve usted, – dijo el Sr. Faure;– ni un defecto.
Bérias miraba su cigarro.
–Esto cuesta un centavo… Un centavo es un centavo…
Los dos jóvenes se paseaban por el jardín.
–¿Usted trabaja mucho en casa del Sr. Cournet?
–¡Oh! sí, señorita.
–¿Y la señora Cournet ofrece veladas?
–No, señorita. La señora Cournet vive muy retirada.
–¿Fue usted al último baile de la subprefectura?... ¿Se di-
virtió?
–No me gusta bailar, señorita.
La ropa de la colada estaba extendida sobre los setos del
jardín, y la madre Jeanneton recogía por aquí y por allá una ca-
misa, un pantalón, una blusa.
–¡Qué olor más agradable!...
–¿Le gusta, señor?
–¡Oh! sí, señorita.
Y Prosper se embriagaba de la fragancia de la ropa recién
lavada, y cerrando a medias los ojos, se decía que sus anhelos de
felicidad comenzaban a realizarse y que su novia era tan dulce
como hermosa.
Llegaron así hasta el gran roble cuyo ramaje bajo formaba
un lecho de descanso. Era el orgullo del pueblo ese roble secular
que el padre Bérias había dispuesto de ese modo podándolo gra-
dualmente año tras año con paciencia y esmero.
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Rosette hizo sentar a Prosper sobre las verdes ramas y el
joven se dedicó a contarle sus sueños, tímidamente al principio,
hasta que los grandes ojos de su novia lo enardecieron.
En el umbral de la puerta, Bérias masticaba su cigarro que
había vuelto a encender diez veces sin éxito y que finalmente
decidió tirar.
Jeanneton recogió el cigarro:
–Esto ahuyenta las polillas.
–Pues bien, mi viejo François, – decía el Sr. Faure – ya
ves que esto irá por sí solo.
–¡Habrá que ver, qué diablos!... El Sr. Prosper tiene un
buen tipo, pero no se le conoce a pie levantado.
Detrás de los setos del jardín, se oían las voces de los dos
jóvenes cuya conversación se animaba.
Regresaron todos a la cocina.
La madre Jeanneton vertió un dedo de licor de grosella in-
clinándose hacia su esposo.
–Invítale al menos a regresar…. La petición está en regla.
–Siempre será un placer cuando quiera volver a visitarnos,
señor Parent.
Prosper se volcó en agradecimientos, y los Bérias acom-
pañaron a los visitantes hasta la Croix-du-Jarry. Era muy antigua
esa cruz de roble colocada en la encrucijada de cuatro caminos,
pero el pueblo le debía su nombre y por eso era respetada.
El pasante del Sr. Cournet regresó a menudo a la Croix-
du-Jarry, y cierta tarde se encontró allí con el cura de la parro-
quia y sus testigos.
Acababa de ser titulado notario y las amonestaciones hab-
ían sido hechas.
Ahora se trataba de decidir las invitaciones para la boda.
Rosette convenció a su madre de que no podían invitar a todos
los aldeanos del pueblo, y se restringió el compromiso a algunas
familias íntimas de Saint-Cyprien.
Esta boda sería legendaria en la región al quedar excluidos
hermanos, tíos y sobrinos. François quiso protestar: se le dijo
que las burdas chaquetas de pana no formaban parte del mundo
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al que pertenecían el subprefecto y su esposa, el consejero gene-
ral del cantón, el alcalde de Saint-Cyprien, las damas Castel, el
comandante Benjamin y el arcipreste Lambert.
El hermano de Bérias, Pierre, padrino de Rosette y exclui-
do de la lista de invitados, apenas pudo contener su rabia.
El tiempo, que había aparecido magnífico esa mañana, se
tornó de repente en una lluvia torrencial y retrasó la salida del
cortejo.
François Bérias, en levita estrecha ajustada a su cuerpo
delgado y nervioso, y la madre Jeanneton, obligada en esta oca-
sión a llevar un sombrero de dama, daban sus órdenes. ¡Cuántas
protestas cuando Émilie la modista trajo el sombrero!
–¡Jamás me atreveré a llevar eso!
–Pero, señora, es la moda.
Ella se burlaba de la moda, la valiente mujer que de ordi-
nario vestía con pañuelos de color. Si cedió a las súplicas de la
recién casada, no fue más que por condescendencia hacia la so-
ciedad de abolengo: se quitaron las plumas de avestruz y se sus-
tituyó el terciopelo rosa por una banda sencilla de seda negra, y
no quedó del tocado más que una sombra de sombrero cuyos
lazos anudados en el cuello se desplegaban a modo de inmensas
mariposas pinchadas en un marco.
Llegaron los coches de alquiler con sus grandes caballos
percherones que se hundían en los surcos. El Sr. Faure condujo
al novio en un coche de capota que había pedido prestado para
la ocasión a un médico de la ciudad.
La alcaldía estaba situada sobre un montículo, a la derecha
del camino departamental y solamente a algunos cientos de me-
tros del pueblo. Se hizo observar que no valía la pena subir en
coche; pero el aire compungido de Rosette fue motivo de los
reproches de Bérias, y todo el mundo comprendió que se debía
un cierto respeto al vestido inmaculadamente blanco de la novia.
Prosper vestía un traje. El Sr. Cournet había tomado en su
armario un viejo frac cuyas arrugas cuidadosamente planchadas
todavía conservaban el recuerdo de las viejas alegrías de su ju-
ventud.
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Todos estaban engalanados y lustrosos. La granja había
sido decorada con telas blancas sobre las que se destacaban las
guirnaldas de boj. Los grandes bueyes habían sido llevados a
otros establos, y las ovejas, cansadas del ruido, balaban como
jamás habían balado. Una mesa con patas de hierro rodeaba las
grandes bodegas. En la entrada aparecían dos toneles tapados,
ellos también con un paño inmaculado, y coronados de ramas
verdes.
En toda esta puesta en escena había un aire de fiesta que
contrastaba singularmente con las caras de mal humor de los
habitantes del pueblo. Aquí y allá se formaban grupos, y se di-
rigían las bromas más crueles a esa Rosette a la que los viejos
habían hecho bailar en sus rodillas y que ahora los miraba como
si fuesen perros. En la fuente, las mujeres hablaban acerca de la
injustica del destino; y a veces, delante la granja abierta, iban a
instalarse jóvenes muchachos de gran vientre, con la camisa por
fuera del pantalón, que permanecían absortos ante todo ese ele-
gante mundo.
Se llegó a la alcaldía en coche. La novia en su largo vesti-
do blanco, con los ojos llenos de llamaradas, estaba feliz. Sobre
todo se felicitaba de no haber hecho el trayecto a pie: se habría
visto obligada a dar el brazo a su padre. Desde luego no era en
absoluto que no quisiese a su viejo padre, pero temía parecer
ridícula del brazo de un anciano encorvado, y se decía que ya
era suficiente con tener que atravesar la iglesia en su compañía.
En la alcaldía, el Sr. Fouquel, grueso granjero de la familia
de los Jamaye, se mantenía serio, con la cinta tricolor y henchi-
do de dignidad. La joven pronunció el sí sacramental con tono
firme, y, una vez consagrada la unión, salió tan deslumbrante
que el alcalde no se atrevió a reclamar sus derechos. Se dirigie-
ron a la iglesia. Las campanas repicaban por doquier, y los críos
colgados de las cuerdas se elevaban en el coro de la iglesia a
alturas prodigiosas. La señorita Levallois, una amiga de Rosette,
tocaba el armonio, un viejo armonio cuyo teclado de tan usado
que estaba no producía más que piadosos quejidos.
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El regalo de los novios consistía en dos sofás de flores ro-
sas y fondo azul. La madre Jeanneton quería dar al cura un man-
tel de altar; pero Rosette, previsora en todo, jamás hubiese con-
sentido en sentarse sobre las viejas sillas tapizadas de la parro-
quia.
El cura dirigió algunas palabras a los recién casados, y
eran las doce cuando salieron de la iglesia. Los coches estaban
esperando a los novios, rodeados de algunas mujeres curiosas.
De regreso a la casa, los invitados se dispersaron unos por
el jardín, otros por los campos donde los vecinos se ocupaban de
la cosecha. Solo las damas tomaron posesión de las habitaciones
para ordenar sus equipajes, y tuvieron que responder a las pre-
guntas de Rosette sobre los muebles que debía comprar y las
reparaciones que se proponía realizar para decorar conveniente-
mente la casa del Sr. Cournet.
La novia repetía a cada instante que había convenido con
su marido que se haría construir una casa para recibir a la socie-
dad.
Jeanneton iba y venía en la cocina, y François tomaba
desvíos, avergonzado de atravesar el pueblo con los dignos ca-
balleros que lo acompañaban.
Las parrillas se combaban bajo el peso que soportaban; las
marmitas silbaban sus canciones, y las criadas de mejillas escar-
latas, arremangadas, con un gran delantal de tela, servían al jefe
de cocina que fumaba cigarrillos y era, con su uniforme blanco,
la admiración de los muchachos plantados en las encrucijadas.
Los cubiertos estaban dispuestos sobre un mantel de da-
masco, un regalo de la familia Cournet. Las damas deshojaban
cuadernos de papel de cartas y escribían los nombres de los invi-
tados por edad, por situación social o más bien según el buen
criterio de una de las damas Castel. Durante la comida, se con-
versó suavemente, y el champán fue impotente en reanimar los
espíritus. No había baile: hubiese sido necesario bailar en la sala
del albergue del pueblo, y Rosette quería que todos aconteciese
como en el gran mundo. Se jugó al tute, y aquellas damas que no
comprendían nada de los triunfos, las cuarenta y las diez de
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últimas, se pasearon silenciosamente detrás de los árboles del
jardín, divirtiéndose mucho con las bromas de la novia.
Al día siguiente de la boda, se celebró un desayuno tras el
cual se asistió a una misa de Difuntos y los invitados volvieron a
tomar los coches de alquiler.
En cuanto a los novios, todavía permanecieron dos días en
la Croix-du-Jarry, dos días que les parecieron muy largos: a ella,
que quería estar por completo en su nuevo domicilio de Saint-
Cyprien; a él, que, ardiendo de amor, deseaba con toda su alma
encontrarse a solas con su compañera. Rosette era amable con su
marido, que la precedía paso a paso como un perro temeroso.
Cuando paseaban, Prosper tomaba la delantera para evitar que
las zarzas, que ella conocía mejor que él, no obstaculizasen su
paso.
En sus proyectos de organización, la recién casada plan-
teaba cien ideas a cada cual más loca, que provocaban las expre-
siones de asombro de su madre. Parent intervenía.
–Tú eres la ama de casa.
Entonces ella lo miraba con complacencia y él le tomaba
las manos sintiéndose el más feliz de los hombres. Sus ojos se
agrandaban en su brillo y venían a su recuerdo esas horas dema-
siado cortas de la gran misa de Saint-Cyprien y de los paseos de
la pensión Castel.
Él se decía que su sueño se había hecho realidad, y en la
profundidad del cielo azul dejaba subir una mirada llena de re-
conocimiento y de amor.
Por fin, la gran carriola salió de la granja: se amontaban
las maletas de la esposa, las sábanas de cama de Rouen que se
habían comprado para la novia y una infinidad de objetos que la
madre de Rosette acababa de colocar ella misma con una solici-
tud emocionante: eran botes de confitura de pavo, conservas de
legumbres, quesos de Jamaye muy bien empaquetados.
La dama protestaba, pero la madre siempre tenía razón.
–Sé lo que es la ciudad y lo caro que es todo.
La arrojada campesina sabía mejor que nadie los precios
del mercado al que había asistido durante veinte años, haciendo
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a pie la larga ruta y regresando por la tarde, con telas blancas
que amontonaba en sus cajones con una sonrisa de legítimo or-
gullo.
El Sr. Faure había ido a buscar a los recién casados en el
coche de bodas, y la carriola del padre Bérias los seguía hacien-
do crujir los guijarros del camino. Jeanneton subió hasta el alto
de la colina de la Gruta, y cuando perdió de vista a su hija se
dijo que ese era su trabajo y al que debía consagrarse, y se feli-
citó pensando que Rosette se convertiría en una gran dama.
La carriola marchaba siempre al trote: era todo lo que pod-
ía hacer Poulotte con la enorme carga que llevaba.
Rosette tenía prisa por llegar. Deslizó algunas palabras al
oído de Parent. Este pareció resistirse:
–¡Oh! no, eso le apenaría demasiado.
–No es así como debemos entrar en Saint-Cyprien.
Y sin detenerse ante las objeciones del Sr. Faure, ella
gritó:
–Padre, vamos a tomar la delantera… Preparemos la cena
para cuando llegues… ¿No te importa verdad?
La garganta del viejo se vio un poco oprimida en su res-
puesta:
–No, no… Tienes razón, hija mía… Seguiré al paso…
El Sr. Faure fustigó su caballo, y Bérias hizo frenar a su
Poulotte. Su frente se ensombreció; y luego, tranquilamente,
como buen aldeano, soltó las riendas y bajó para aliviar a su
animal.
El notario alquilaba su casa con los muebles, y Rosette
debió conformarse con las cortinas de calicó como velas y las
camas pasadas de moda de las habitaciones. No iba a ser por
mucho tiempo, pues Prosper acababa de adquirir un magnífico
terreno situado en uno de los sitios más hermosos de la ciudad.
Mientras tanto, la recién casada se hizo un nidito para ella en la
habitación más bonita de la casa, y, confiada en el futuro, se
dispuso a realizar sus sueños.
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III
Transcurrieron cuatro años. Una encantadora niñita llama-
da Andrée – un nombre elegido por la madre – había venido a
alegrar el matrimonio de los Parent.
El notario adoraba a su esposa; buscaba toda ocasión de
escapar de sus clientes para subir rápidamente la escalera y sor-
prenderla, si la puerta de su habitación estaba abierta, con un
prolongado beso de amor. A menudo era bien acogido; pero
como Rosette a veces lo rechazaba, él bajaba a su estudio de un
modo sombrío, y Clapier comprendía que su joven patrón co-
menzaba a no ser feliz.
Se tenía gran confianza en Parent; su matrimonio le daba
crédito; su carácter serio lo ayudaba a conquistar todas las sim-
patías. Cada domingo, los paisanos acudían al estudio portando
sumas para depositar, y concedían todo el poder al nuevo nota-
rio. El Sr. Cournet había sido nombrado juez de paz del cantón
de Saint-Cyprien, y después de las audiencias del jueves, si dis-
ponía de tiempo antes de regresar a su casa de campo, se dirigía
al estudio para saludar los viejos legajos que dormían en sus
archivos de madera.
Los esposos Parent estaban instalados en su nueva resi-
dencia.
La casa de construcción moderna, al estilo turco, con una
única ala adelantándose al cuerpo de la edificación, estaba aho-
gada en las sombras y el verdor. Habían tenido la buena idea de
elegir un terreno donde los árboles ya estaban completamente
desarrollados, donde los setos del camino estaban plantados y
donde bajo el ramaje se extendían inmensas praderas.
El plano había sido ejecutado según un modelo que había
obtenido un premio en la Exposición Universal de 1855. Pero si
los paisanos admiraban la entrada de piedra con columnas es-
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culpidas, si permanecían absortos ante la balaustrada de hierro
que precedía al invernadero de flores de todos los matices, se
reían entre ellos de ese castillo que todavía no estaba terminado.
–¡Una única ala en una casa, es como un perro con tres pa-
tas!...
Un arroyo discurría al fondo del jardín y, del lado opuesto
al arroyo, una única casa ocupada por el alcalde de la ciudad, Sr.
Loudois.
Los cedros del Líbano, las tuyas doradas y plateadas, los
macizos de rododendros, las yucas de espinas puntiagudas, los
geranios de abigarrados colores, todas las plantaciones tenían
muy buen aspecto y esperaban la llegada de la primavera para
exhibirse. A lo lejos, perdido a medias entre los árboles de resis-
tente follaje, un cenador construido al estilo de una mezquita.
La vida real de Rosette comenzó cuando se sintió bien en
su casa en medio del lujo que la embriagaba.
El notario no articulaba palabra cuando los pesados coches
de los camioneros llevaban los muebles encargados a los más
prestigiosos carpinteros de París. Bérias estaba estupefacto; en
cuanto a Jeanneton, decía que Rosette tenía razón; que no había
de que preocuparse; que los notarios ganaban dinero a espuertas.
Rosette se prodigaba en dulces zalamerías para convencer
a su marido cuando por casualidad este trataba de resistirse.
–Pero querida, ya tienes un armario de espejo y un chifo-
nier…
–Prosper, deja hacer a tu mujercita a su guisa… Podemos
recibir a la gente de alcurnia; no debemos permitir que nuestros
invitados estén peor sentados que en un albergue…
En los primeros tiempos, la habitación de los esposos era
común; pero la señora Parent había hecho observar que era con-
veniente que una mujer tuviese una estancia privada. Las lectu-
ras de algunas novelas le calentaban la imaginación, y sobre
todo experimentaba un intenso placer con las aventuras de la
reina Margot, que recibía a sus amantes por todos los rincones
de la casa ante las propias narices de su esposo.
Se amuebló una habitación para el señor.
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Esa noche, la señora Parent ofrecía una cena a algunas
personas. En el gran salón que daba frente el invernadero, se
observaban dos cuadros debidos al pincel de un amigo de la ca-
sa, el Sr. Moulineau, que se dedicaba a la pintura en sus horas
libres: una de las telas representaba un peregrino caminando
hacia el desierto: una copia bastante mala del «El Naufragio de
la Medusa »1
.
El fuego ardía sin crepitar como conviene a un fuego con
buena compañía. Los criados, ambos nuevos – se les cambiaba a
menudo – colocaban sobre la mesa unos candelabros sin estilo
cuya luz se reflejaba en los cristales y en los rostros de los invi-
tados.
Parent quiso saber si se invitaría a la familia Bérias.
Rosette zanjó la cuestión:
–Mi padre y mi madre se sentirían molestos en presencia
de personas que no conocen.
El Sr. Parent no insistió más, y Rosette convenció a los
Bérias de que el invierno era riguroso y que, en su interés, har-
ían bien permaneciendo en casa.
Transcurría el mes de enero. La nieve caía hacía algunos
minutos, y el polvo de blanca escarcha danzando en el aire que-
daba adherido a los cristales de los altos ventanales, cuando
Lavérie, un muchacho que había servido en uno de los primeros
hoteles de Burdeos, vino a anunciar:
–La Señora está servida.
La conversación, un poco apagada al principio de la cena,
pareció animarse a los postres.
Prosper, sentado frente a su esposa, tenía a su diestra a la
señora Gavier, la esposa del subprefecto; a su izquierda, una
vecina, la señora Loudois. Luego se encontraban el Sr. Cournet,
el Sr. Faure, el comandante Benjamin, un anciano retirado que
1
Óleo realizado por Géricault entre 1818 y 1819, que encarna a la perfección
la corriente romántica por el tema elegido (el naufragio de la fragata Medusa)
y el carácter dramático de la representación. (Nota del T.)
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había obtenido la autorización para llevar su uniforme militar a
cualquier hora y en cualquier lugar. A ambos lados de Rosette,
el subprefecto de Saint-Cyprien, el alcalde Sr. Loudois, el Sr.
Victor Moulineau, pintor y poeta, y finalmente un joven alto,
pálido y rubio que había acudido, sin ceremonia, en chaqueta
azul, pantalón gris y pañuelo de seda por encima del bolsillo.
Era el Sr. Georges, el hijo del alcalde. Su familia le había rogado
que se pusiese algo más formal: se había conformado con res-
ponder que uno no se aburría en casa de los Parent.
El joven hablaba mucho y, siempre acariciando su fino bi-
gote, había tratado varias veces de cruzar su mirada con la de
Rosette; pero esta, completamente volcada en los trasiegos del
servicio, había evitado sonreír. El Sr. Georges mantenía una
conversación muy animada con la esposa del subprefecto, bas-
tante orgullosa de sentirse cortejada de ese modo. El diálogo
tenía lugar por encima de los hombros del comandante, que se
bajaba de vez en cuando para dejar pasar las lisonjeras palabras
que él también trataba de comprender.
–Los negocios parecen repuntar – acababa de decir el Sr.
Faure.
–Sí, – dijo el Sr. Moulineau– pero estamos invadidos por
la producción extranjera.
–Es el progreso – añadió el notario.
–El mercado libre – exclamó el subprefecto – no hay otra
cosa… El mercado libre es la gran idea del siglo… Su Majestad
el emperador…
El café estaba servido.
Pasaron al salón, y la propia señora Parent hizo los hono-
res con una gracia encantadora.
El Sr. Victor Moulineau pronunciaba a cada instante unos
juegos de palabras para regocijo del comandante Benjamín.
El alcalde de Saint-Cyprien era un anciano serio, un gigan-
te de la estatura de Prosper. Su hijo decía de él:
–Tiene todo lo que hace falta para actuar. Lo importante es
imponerse por la altura.
En el comedor, los criados charlaban:
41
–Buena casa,– decía uno de los criados vaciando los fon-
dos de las botellas… – Son ricos, pero no son del mundo chic…
Fijaos, cuando yo estaba en Burdeos…
–Son buena gente, – respondía Léonard, un infeliz joven
que Prosper había recogido en la calle…– La Señora es un poco
brusca, pero es buena…
–¿Léonard, no tienes hambre?
–Vamos a comer a la cocina…
–Sí, pero eso no impide… Esos trocitos de turrón…
Sonó un timbre.
–Ya voy yo…
Y, ampuloso, el criado se dirigió a la llamada de su ama.
–Me has hecho esperar.
Como un profesional, Lavérie permaneció impasible.
–Prepara las mesas de juego. Que te ayude Léonard.
En el corredor los dos criados conversaban a frases cortas:
–Siento frío en la espalda cuando la señora Parent me mi-
ra… ¿Y el padre?... Completamente jorobado…
–Un buen hombre…
–Sí, un buen hombre, pero aldeano, ¿no?...
Al ver las costumbres de la señora no hay duda… Hay que
ver lo rápido que se acuesta… Como para pasar un buen invier-
no…. Aquí se acuestan a la misma hora que las gallinas…
Se propusieron varios juegos, pero finalmente se decidie-
ron por el bacarrá.
Las damas también intervinieron en el juego.
Moulineau, que llevaba la banca, sacaba ocho o nueve a
cada mano y la señora Gavier, roja de pesar, hacía chasquear sus
dedos, pedía dinero prestado a derecha e izquierda. El subpre-
fecto se divertía excitando los nervios de su esposa.
–Blanche, vas a arruinar a la administración.
La velada continuó con juegos inocentes que divirtieron
enormemente a los asistentes.
La conversación entre la servidumbre continuaba, y Mar-
guerite, la cocinera, tomaba parte en ella.
–¿Así que la Croix-du-Jarry no está lejos?
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–Una hora y media caminando.
–¿Los viejos vienen a menudo a Saint-Cyprien?
–Parece que no: la señora se avergüenza de ellos… –
murmuró Léonard.
–Escuchad, – decía Marguerite – es que hay de qué aver-
gonzarse… Es irritante tener aldeanos en la mesa… pero se
equivocan en no tener aquí a la pequeña Andrée.
–¿La hija de la señora?
–Sí, a la señora no le gusta oír gritos, y la niña está con los
Bérias desde hace ocho días, con su criada…
–¿Una princesa?...
–Lavérie, tienes una mala lengua… Se volverán contra ti
todas esas ideas.
–En Burdeos…
–Tú, y tu Burdeos….
–Marguerite, ¿el alcalde da propinas?
–¡Oh! un cáncer… diez centavos.
–¿Y el subprefecto?
–Una miseria, cinco… seis centavos…
–¿Y el Sr. Georges?
–Cuando está lleno es muy gentil, y si yo fuese joven…
–¿Y Faure?... ¿El comandante?
–Jamás dan nada.
–¡Ah!...
–Aquí las propinas no son cuantiosas… Conformémonos
con atrapar algunos centavos… Dorinde, la ama de llaves del Sr.
Berck de Villemont, dice que en París los invitados nunca dan
nada… ¡Que estúpidos son los parisinos!...
–¡Qué descarada es esa vieja Loudois!...
–No me hables de ella; ha cambiado cuatro veces de sir-
vienta en dos meses; va a condenar al Sr. Georges.
–Es fea y vieja; si no fuese así no tendría que envidiar a
los demás, el Sr. alcalde…
–El parece más joven que ella.
El ruido del piano llegaba hasta la cocina.
–¿Bailan?
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–¿Quién toca?
–La Señora Gavier…
–¿La reciben a menudo?
–Cada ocho días.
–¿Y nuestros amos salen alguna vez?
–Sí, van a casa del alcalde, a la del subprefecto…
–Bueno…. a la primera de cambio organizamos una parti-
da con los vecinos….
–¡Caramba! incluso podríamos distraernos… Tendremos a
Léveillé, Bernireayu, Cavantou…. Nuestra amiga Marguerite
asará una buena gallina… Yo me encargo de los dulces… y unas
botellas…
Las damas tomaron sus abrigos, y Rosette, que tenía nece-
sidad de aire, las acompañó.
Georges tomó del brazo a la señora Parent, que había in-
sistido en ir hasta la subprefectura.
–¿No teme usted al frío, señora?
–No, señor…
–Su velada fue deliciosa.
–Es usted demasiado indulgente.
–Su vestido le sienta de maravilla.
Diciendo eso, él la estrechaba de cerca y ella se sentía
temblar.
–No vaya más lejos, señora Parent, – dijo la señora Lou-
dois… – Hace un tiempo espantoso… Está comenzando a ne-
var…
Rosette tomó el brazo de Prosper y ganó rápidamente la
puerta.
–¡Qué desorden! – observó el Sr. Parent cuando atravesó
el comedor.
–Siempre has de quejarte de algo.
Él la siguió hasta su habitación, y mientras ella se desanu-
daba los cabellos, él quiso besarla en el cuello.
–No me molestes… Estoy cansadísima…
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Él se había sentado humildemente sobre el sofá, admiran-
do los largos cabellos que caían en cascada sobre el camisón
bordado.
–¡Qué hermosa eres!
–Por favor.
–Anda, bésame… aquí, en la frente…
–Se razonable. Vete ya.
Él salió y de inmediato ella giró dos veces la llave en la
cerradura.
Durmió mal, o más bien no durmió. La vela se consumió
sobre su mesilla de noche mientras el viento hacía temblar los
marcos de la ventana y la nieve se convertía en lluvia que caía
con un fuerte crepitar. Apoyada sobre una almohada de encajes,
Rosette leía un folletín y, tras haber vuelto la página, volvía a
poner sus manos bajo la cubierta. Su pequeño gorro de dormir,
de un rojo intenso, le daba el aspecto de una de esas madonas
que se ven en las iglesias italianas; y, al igual que las mandonas,
su mirada trascendía más allá de las cosas de este mundo y as-
cendía más alto que las pinturas del techo donde unos ángeles
desplegaban sus alas en una nube de oro. Su imaginación se
colmaba de aventuras galantes que había leído, desde la leyenda
de la admirable Safo hasta las novelas contemporáneas. No hab-
ía sospechado que su vida habría de ser tan tranquila, y casi la-
mentaba haberse casado.
La joven mujer volvió entonces a recordar los años pasa-
dos en su pueblo, cuando iba por los caminos sombríos, ignoran-
te aún de las cosas que ahora la turbaban.
Se volvía a ver, vestida con su vestido de indiana, con un
gran sombrero de paja de Italia, sentándose en el borde de un
prado, con la mirada perdida en las altas ramas de los robles,
escuchando las canciones de los cuidadores de bueyes interrum-
pidas por el rodar de las grandes carretas; oía las risas alegres de
su viejo padre, cuando la cosecha amenazaba con hundir las
tablas de los graneros y el vino desbordaba de los barriles.
Ahora era mujer y otras quimeras embargaban su alma…
Le hubiese gustado sin embargo revivir el pasado…
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Escuchó unos pasos.
–¿Eres tú, Prosper?
–Sí; he visto luz en tu habitación; casi es día… ¿te encuen-
tras mal?
–No… ya pasó… ¿Quieres entrar?...
Se levantó, puso su bata de terciopelo azul, calzó sus zapa-
tillas y entreabrió la puerta.
El ruido de la bata arrojada al suelo y el roce del edredón,
advirtieron a Prosper que ya podía entrar en la habitación de su
esposa. Entró, embriagado por ese olor que se desprende del
cuerpo de la mujer.
Prosper no había dormido nada, y mil ideas confusas hab-
ían bullido en su cerebro. Ya no era el mismo hombre. Desde
hacia tiempo su gorro de algodón de doble fondo había desapa-
recido; de ordinario, ponía un fular de seda. En este momento se
presentaba con los cabellos largos, la raya en medio de la cabe-
za, en chaqueta de franela blanca, después de haberse mirado
veinte veces en el espejo.
Llegó al lado de la cama, recogió la bata, la depositó sobre
un sillón y encendió una vela para reemplazar la que acababa de
consumirse.
–Da la sensación de que te doy miedo – suspiró Rosette
pasando sus brazos alrededor del cuello de su marido.
–¡No me detestas, entonces!
–Pero, amigo mío…
–Es que tengo que confesarte algo… ¿Me perdonarás? He
escuchado a tu puerta… Hablabas con mucha exaltación…
–¿Yo?... No me acuerdo.
–Mira, Rosette, la vida no es tal como la describen los li-
bros; todas las novelas están escritas a placer… todas mien-
ten…. La existencia feliz es la que se pasa junto a una esposa
amada y a la que se ama siempre… una compañera que tiene
derecho al respeto de la gente… Hay que ser decente y arrojar
los sueños insensatos… En eso consiste todo…
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–Es cierto, Prosper. Leo demasiadas novelas; mi imagina-
ción se dispara… Tú eres el mejor de los esposos y me arrepien-
to de haberte echado tan bruscamente…
–Hay que dejar a un lado las novelas y retomar el piano;
eso te distraerá…
–Estoy un poco oxidada con la música…
–Las damas Castel dicen que tienes muy buena disposi-
ción…. Sería conveniente tomar algunas lecciones…. A la seño-
rita Millaud no le importaría venir aquí…y además, te verías
obligada a impartir lecciones a nuestra pequeña Andrée.
–Lo intentaré si es lo que quieres.
–Tu marido no es despreciable, Rosette; harías mal en
preocuparle. ¡Hemos sido felices durante cuatro años!...
–Seguiremos siéndolo…
–¿Qué quieres? Dime. Yo siempre he estado ocupado con
los papeles y no se adoptar buenos modales.
–Te quiero como eres, Prosper.
–¿En serio?
–Claro.
Y ella lo abrazó con una irritación súbita que se disipó en-
seguida.
–Todavía no me encuentro muy bien, Prosper… No es
culpa mía, vete… Adiós, el sueño me vence; adiós…
–Adiós; te quiero.
Él se retiró con pasos lentos, volviéndose de ven en cuan-
do para contemplarla en su abandono. La mujer se había ador-
mecido, con los brazos indolentemente caídos, la cabeza amoro-
samente inclinada, la boca sonriente: Prosper se dirigió a su es-
tudio con el corazón tranquilo y lleno de ardor por el trabajo.
Desde que el matrimonio Parent habitaba en su nueva ca-
sa, los Bérias raramente acudían a Saint-Cyprien. François no
podía olvidar que cierto día de mercado, su hija Rosette le había
llevado suavemente a la mesa de la cocina diciéndole que esta-
ban en los postres, que había invitados y que no sería de buen
gusto para todo el mundo ver reaparecer la sopa. El campesino
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se había sentado con los criados y se le había reservado una es-
quina de la mesa cubierta con un mantel.
La Jeanneton enrojecía por el modo en que trataban a su
esposo.
–¡Eres un cobarde! Habrías debido presentarte en el salón
y montar una escena a todos esos caballeros y a todas esas bellas
damas. ¡Esto es una infamia! ¡Nosotros, que nos hemos arranca-
do los mendrugos de la boca para dar un futuro a nuestra hija!
Es por ella que quien nos hemos deslomado, esposo mío. El
buen Dios la castigará…
Pero Rosette volvió a la Croix-du-Jarry, y la cólera de su
madre se disipó.
El instinto de la maternidad había introducido razón en las
fogosas aspiraciones de la joven mujer. Adoraba a su hija, era
feliz al vestirla ella misa y de representar su rol de madre. En el
pueblo llevaba vestidos muy sencillos, abotonados hasta el cue-
llo, y las gallinas que la gran dama había abandonado se encon-
traban con la amiga de antaño y luchaban con aleteos y cacare-
os.
Rosette hacía preguntas a Andrée, daba ella misma las re-
puestas con voz infantil; y, feliz de haberse evadido del estrépito
de la ciudad, las conversaciones, las visitas, en esa Casa-Blanca
que contrastaba con el lujo de su apartamento de Saint-Cyprien,
no veía más allá del canto de los pájaros que excitaba y las flo-
res de los campos con las que hacía su collar.
La señora Parent recibía cada mañana unas palabras de
amor de su marido, privado de su ausencia pero feliz de saberla
dichosa. Las cartas de ese hombre honrado le hacían bien: ella
prometía volverse ahorradora, ocuparse de la educación de su
hija… Bastaba una invitación a un baile para que todos su pro-
yectos de mujer honesta se desvaneciesen: escribió diez cartas a
Paris para su vestido, inquieta de saber como serían los vestidos
de las damas, con la única intención de brillar en la primera fila
de las asistentes.
–Nuestra hija sienta cabeza. – decía Bérias a su esposa.
–¿Tú crees?... Mira.
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Y el viejo aldeano miraba, en efecto, a su hija Rosette, que
corría ante ellos febril:
–Regreso a Saint-Cyprien… Va a celebrarse un baile; y si
faltase esas damas estarían muy satisfechas.
49
IV
Llevando indistintamente la blusa negra o la chaqueta con
botones de cobre, el Sr. Faure era reputado a dos leguas a la re-
donda por su habilidad en las ventas de bienes. Los notarios lo
invitaban a su mesa y tomaban precauciones muy particulares
con su nerviosa persona. Tenía negocios en Marny, en Lamète,
pero reservaba los más importantes para el estudio de Saint-
Cyprien. El Sr. Cournet le había gustado por su eficacia y ama-
bilidad; en cuanto a Prosper, era sabido el afecto que le profesa-
ba el jefe de la cinta negra.
Siempre por montes y por valles, alentando los intercam-
bios de terrenos, excitando a los vendedores, reclutando a los
compradores, pero actuando siempre con lealtad, el Sr. Faure era
una excepción a esa horda poco respetada que va a través de los
campos engañando a los aldeanos crédulos sobre las condiciones
de las ventas.
Por añadidura, no actuaba por sí mismo: tenía mucha con-
fianza en su hombre de negocios Le Challier, que se veía obli-
gado, en todos los aspectos, a moderar sus ardores.
El Sr. Faure había vendido tierras a François Bérias, y se
había hecho rápidamente amigo de la Casa-Blanca. Animó a la
familia a ingresar a Rosette en la pensión de las damas Castel.
Además, la señorita, al haberle parecido inteligente y bonita,
había decidido que sería la esposa de Parent, el hijo del querido
camarada que él había perdido y del que decía:
–El instructor ha muerto, pero Parent tiene dos padres: el
Sr. Cournet y yo.
En el estudio, Rosette encontró al Sr. Faure que venía a
anunciar al notario que la venta de las Thermettes tendría lugar
al día siguiente, en al Châtre des Vergnes.
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–¿Es un buen negocio para nosotros, señor Faure?
–Ya lo creo, pequeña… señora. Perdón…
–¡Oh! Llámeme «pequeña Rosette» como lo hacía antaño,
cuando yo bailaba sobre sus rodillas… Desde luego, me horrori-
zan las familiaridades sin razón, pero estaría muy disgustada que
un viejo amigo no las tuviese conmigo.
Ella le tendió graciosamente la mano:
–A la inglesa… Es la moda ahora…
–¿Cuánto nos reportará la venta?
–Mil doscientos francos, al menos, ¿no es así, Prosper?
–Sí, si alcanzamos el precio que usted espera…
–Todo irá bien con Le Challier, un vivo este muchacho, un
valiente: no sabe leer ni escribir, pero no hay otro como él para
ganarse a los aldeanos. Yo lo vigilo porque tengo que velar que
todo el mundo nos estime… pero Le Challier es una inteligen-
cia… tiene una elocuencia…
–Dígale a Le Challier que no haga beber a los aldeanos an-
tes del mercado – observó el Sr. Parent… –Las personas se exci-
tan, y luego lamentan…
–Le Challier jamás ha engañado a nadie.
–¿Es divertida una venta? – preguntó Rosette.
–Eso depende de los gustos – respondió el Sr. Faure; yo
me siento feliz en medio de los griteríos, cuando veo a mi com-
padre manos a la obra… ¡qué verborrea!…
–Tengo ganas de ir con usted. ¿Es en la Chatre-des-
Vergnes, verdad?... Aprovecharé el viaje para visitar a las damas
Duméniaux…
–Pero, – interrumpió el notario – regresaremos de noche…
Eso sería exponerte…
–Tengo que salir; eso arroja mis ideas negras… No hay
más que hablar; estaré lista para partir.
–Lo decía en interés de tu salud tan frágil… Partiremos un
poco más tarde, hacia las once…
–Muy bien.
–Los Moreau, los Girou, los Jeandinet, el Sr. Poltin, los
Leuïnard, los Puichou… ¡vamos a ver a un montón de gente!...
51
Era un domingo. Después de la misa principal se debía
vender la propiedad del Sr. de Lornant, la hermosa propiedad de
las Thermettes. Todos los ricos de la comarca se habían dado
cita en casa de Legrand, el propietario del albergue de la
Châptre-des-Vergnes. El patio estalla lleno de aldeanos: habían
llegado de todos los pueblos vecinos, de Mersay, de Charmeuil,
de Narvon, de Ninard, de los Oseraies, de la Tremblade. Se hab-
ían formado ya grupos cuando el notario, con el portafolio lleno
de papeles timbrados, hizo su entrada. Rosette se había apeado
ante la iglesia para rezar una oración antes de dirigirse a casa de
las damas Duméniaux.
Al lado del Sr. Faure, Le Challier – el famoso Le Challier
– peroraba sobre una mesa con los planos de los terrenos a ven-
der desplegados ante él. Todas las líneas, todas las letras, todos
los números de los planos, constituían otros tantos misterios
para el paisano analfabeto. Sin embargo, él lo pasaba por alto, y
mientras el Sr. Faure se entretenía con los Mathurin y los Jean-
dou, grandes de los pueblos, Le Challier tomaba aparte a los
pequeños particulares. Uno por uno los arrastraba a las esquinas
del patio; y con palabras lentas y mesuradas, miradas de descon-
fianza arrojadas a derecha y a izquierda, decía a Pichou que
Leuïnard quería la tierra de los Néfliers y que había que antici-
parse. Cuando había acabado con Pichou, se acercaba a Morea-
yu, alabándole las ventajas del prado de los Rebières, alabando
bien alto los quintales de nueces que se recogían en el paraíso
del Breuil.
Las granjeras habían acompañado a sus maridos, y monta-
ban una gran algarabía conversando sobre las probables conse-
cuencias de la venta, sobre los precios de los terrenos y sobre las
causas que motivaban al señor a deshacerse de su propiedad.
Era una auténtica fiesta. Los hombres bebían vino y las
muchachas limonada gaseosa cuyos tapones volaban por el aire
para gran regocijo de los niños. El sol que se ponía hacía res-
plandecer a las Jeanettes de oro, las faldas blancas atrevidamen-
te arremangadas sobre los variopintos vestidos.
52
Azules, blancos, amarillos, verdes, rojos, según las cabe-
zas y según las edades, las telas pasaban y volvían a pasar en
medio de los gorros de seda negra de los viejos parroquianos, de
las boinas de lana de los aldeanos y los amplios sombreros de
los abogados del pueblo.
–Por la noche habrá que cenar, – pensaban los muchachos
más vigorosos.
–El Sr. Faure y Le Challier pagan la comida, pero ganan
bastante con los 500 por adelantado, – decían a coro los paisa-
nos.
Aquellas mujeres que no eran maliciosas deploraban la
ruina del propietario Sr. de Lornat.
–¡Era un hombre tan generoso!
–¡Sí, pero gastaba demasiado en París!
–Cuando venía al castillo de Lornant arrojaba desde lo alto
de su terraza monedas de veinte centavos a los hijos de los jor-
naleros.
–¿Cómo ha podido arruinarse este hombre que tenía tantas
rentas?
–Se dice que se divertía con mujeres de mal vivir, con ac-
trices.
–La condesa es bella como el día y dulce como un corderi-
llo.
–Bien tiene de que lamentarse la pobre mujer; está con su
madre en el castillo de Champyans.
–¿Y él?
–La verdad es que no lo sé… Ha dado el poder para la
venta al Sr. Faure.
–He aquí lo que ocurre por gastar demasiado, y el Sr. Pa-
rent es afortunado ganando oro a manos llenas… Su mujer lo
desangra.
–No me hables de esa… La «Gran Cartera» adopta aires
de dama, una don nadie a la que he dado más de cien collejas
porque siempre molestaba a mi cabra… Esa Rosette ya ni si-
quiera se atreve a mirar a su anciano padre… ¡descasta-
da!...¡bah!...
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–Acabará mal porque tiene menos corazón que nuestro pe-
rro Lulú… ¡Cuando pienso que ha estado meses enteros sin ver
a su hija!... ¡Si fuese hija mía, la abofetearía!
Mientras el Sr. Parent, ayudado por su pasante, daba ex-
plicaciones a sus clientes, Le Challier continuaba con su perora-
ta en la reunión de aldeanos.
–Yo os digo: un día la tierra pertenecerá a los que la traba-
jan. Hoy, los terratenientes no quieren hacer nada: son menos
ricos y se preocupan menos que sus padres… Se os aconsejará
tal vez invertir vuestro dinero en Tesoro público. No escuchéis a
los que hablan así: los plazos fijos sin duda son sólidos; pero no
es lo mismo que la tierra… Esa es la verdad, la pura verdad…
La tierra se toca; se pisa; los límites están bien defini-
dos…Puede llegar una revolución… la tierra permanece…. Con
los bancos siempre hay un montón de dificultades: Nada hay
más sólido que la tierra… ¡Oh, la tierra!...
Y Le Challier, con su voz más suave se dirigía a Jeandinet,
aquél al que pensaba venderle el lote más importante:
–Tú, Jeandinet, que eres tan rico, si añades los calveros a
tu monte de los Georges, eso te proporcionaría unas fincas sin
par. Estarás feliz al salir el sol y ver tus campos y tus prados
acostándose con el astro… Cuando cases a tu hija, la señorita
Aglaé, darás los calveros y tu yerno no querrá otra cosa que
venderlos a peso de oro…
Continuaba su charla, guiñando el ojo aquí y allá, hablan-
do en voz baja.
–¡Amigos míos, comprad tierras!.... Vamos a comenzar
por los viñedos.
–¿Y los prados?
–Los prados llegarán en su momento.
Se produjo un dédalo de explicaciones sobre los caminos,
sobre los límites.
–He aquí el sendero del Barrage, la ruta de los Trembles,
el antiguo paso de los Corbeaux… Tío Jeandinet, decídase.
Jeandinet consultaba con sus hijos, con su esposa, con su
futuro yerno.
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–¿Mil francos de descuento?
–De eso nada.
–Entonces no hay trato…. Los Moreau…
Los edificios estaban vendidos.
–Esto marcha, esto marcha – exclamaba Le Challier
frotándose las manos, mientras el pasante plegaba en cuatro las
hojas de papel timbrado, las elevaba a la claridad del día para
comprobar su ajuste y fijaba el margen con un golpe de uña de
una precisión matemática.
El Sr. Parent estaba triste. De vez en cuando, miraba hacia
la gran puerta entreabierta.
–¿Qué te ocurre, Prosper? – dijo el Sr. Faure – sudas como
si hubieses caminado tres horas seguidas.
–¡Oh!, nada.
–Venga…
–Bueno, estoy preocupado… Rosette no regresa… Son las
cinco: ya no tengo la cabeza en las actas.
–Tu esposa estará merendando con las damas Duméniaux.
–Tengo un mal presentimiento…. sus malditas migrañas
han vuelto…
–¿Qué dice el doctor?
–Como siempre aconseja bromuro de potasio… pero Ro-
sette no está mejor… Me mata saberla enferma…
–¿La quieres mucho, eh?
–¡Sí, la amo!
Todavía se oía la sonora voz de Le Challier.
–Esta plantación de castaños da tanto al año… La tomáis o
la dejáis…. Os dejo las viñas por la mitad de su valor.
–¿Y el oídium?...
–El oídium se irá como el mal de las manzanas.
–Apúntame…
–¿No queréis el prado de la Rouchonnieère?.... Oro en lin-
gotes…
–Apúntame… apúntame…
55
Rosette acababa de aparecer, sostenida por las damas
Duméniaux. Estaba muy pálida, y se dejó caer sobre la silla que
le presentaba el Sr. Faure.
Una de las damas contó al notario que su esposa había su-
frido un desmayo, pero que se había recuperado enseguida con
un vaso de agua azucarado con flor de azahar…. Se le ofreció
una cama en la casa, pero ella se negó.
Parent no quiso escuchar más.
–Vámonos, vámonos de inmediato señor Faure, se lo rue-
go, ordene enganchar.
–¿Y la venta?
–¿La venta?... Me da igual… Mi mujer, mi pobre mujer…
Y ante los desconcertados aldeanos que retorcían sus
grandes sombreros entre sus dedos, él mojó su pañuelo en un
vaso de vinagre y, arrodillándose, frotó las sienes de Rosette.
–Vayan a buscar si quieren otro notario; nosotros nos va-
mos.
Rosette pasó la jornada del día siguiente en su habitación,
en bata, con las cortinas bajadas, en esa semioscuridad que para
ella tenía tantos encantos. Se presentaron varias damas de Saint-
Cyprien. Se negó a recibirlas a excepción de la señora Loudois,
la esposa del alcalde.
Cuando la amiga se fue, un golpe seco sonó en la puerta.
Se inclinó dulcemente sobre el alfeizar: era el Sr. Georges que
veía a ver como se encontraba. Ella miró al joven. Nunca le hab-
ía parecido tan guapo. Iba hacia ella como uno de los héroes de
los que estaba poblada su imaginación, y lo comparó con el
hombre sin gracia que trabajaba en el estudio. Cerró los ojos
para continuar con su visión, y le pareció que algo desconocido
turbaba sus sentidos. La enferma se dirigió a paso lento hacia el
espejo de su habitación: su frente estaba pálida, pero sus ojos
negros y profundos le hicieron comprender que era digna de ser
amada. No fue más que un momento de claridad. Luego, todo su
pensamiento se dirigió hacia su marido, y la virgen en vestido
azul que se encontraba en medio de la chimenea le dijo, por su
sonrisa, que no había dejado de ser una mujer decente.
56
Al salir de esta ensoñación, le trajeron una gran caja que
procedía de París.
Ella gritó:
–¡Mi vestido!
En efecto, era el vestido que había elegido la semana ante-
rior y que el propio Prosper había encargado.
–Marguerite, te lo ruego, di al Sr. Parent que suba.
La criada no hizo más que dar un paso. Prosper esperaba
detrás de la puerta para gozar con la sorpresa de su esposa.
–¡Oh! ya me siento mejor… Qué bueno eres; estoy muy
contenta, pero… ¿te arruino?...
–No te preocupes, mi Rosette; he tenido unos ingresos con
los que no contaba…. La liquidación de los hermanos Vanneau
me ha ayudado especialmente…. Tendrás tus albornoces de ca-
chemira; quiero que mi mujercita no tenga nada que envidiar a
las demás.
Ella le tomó las manos y las llevó a sus labios.
Algunos días después, se vio a Prosper, con la cabeza des-
nuda, atravesar la plaza con gestos febriles, golpeando a las
puertas de los vecinos para pedir prestado el dinero que debía
entregar para el registro de sus actas.
Clapier lloraba en el estudio:
–¡Esta mujer será su desgracia!
57
V
Como ya se ha dicho, la casa del Sr. Loudois era contigua
a la del notario. Los jardines estaban separados, por un lado por
un pequeño arroyo y, por el otro, por unos muros muy antiguos.
Los Parent mantenían tan buenas relaciones con los Loudois,
que no pensaban en absoluto en levantar nuevos muros, aunque
en un cierto lugar la lluvia u otra cosa hubiese disuelto el morte-
ro y provocada una considerable brecha. Nadie se quejaba; al
contrario. Antaño, para pasar los unos una velada en casa de los
otros, se veían obligados a dar la vuelta por la calle, muy fría
durante el invierno. Georges había dado el primer paso escalan-
do el muro para ir a fumar un cigarrillo con Prosper en el jardín.
Poco a poco, las piedras desaparecían como por arte de
magia, los senderos acabaron unidos, y la damas, eso sí, protes-
tando, se felicitaron de poder aprovechar la accidental apertura.
El Sr. Parent ahorraba mucho tiempo cuando tenía que acudir al
alcalde para legalizar firmas.
–¿El muro es compartido, verdad? – decía el notario.
–Creo que es nuestro, – decía el Sr. Loudois– debo tener
una declaración de su vendedor el Sr. Planchetain.
–Si es suyo, señor alcalde, – respondía Rosette – hágalo
reparar.
–Pero no hemos sido nosotros solos los que lo hemos de-
molido, – añadía Georges: – la lluvia, el viento y todos los pe-
queños genios perezosos que por la noche corren entre las tuyas
y los sicomoros se han dedicado a ello…
La señora Loudois intervenía en la discusión:
58
–Por añadidura, no hay ninguna ventaja en afirmar que el
muro es de uno…. Hay que enlucirlo, repararlo.
–Perdón, señora,–concluía Prosper – se tienen algunas
ventajas; si por ejemplo se quisiera construir o adosar alguna
edificación nueva…
Se conversaba, se discutía, y el muro permanecía siempre
con su gran brecha, y las largas ramas de las glicinas y de las
viñas vírgenes que crecían sobre las piedras dispersas, perma-
necían insensibles a las cuestiones acerca de la titularidad de la
medianera.
Georges Loudois, acostumbrado a la vida parisina, se
aburría a menudo en Saint-Cyprien, y el notario decía a su ami-
go:
–Ven a verme al estudio; eso te distraerá… Acabarás que-
riendo poco a poco nuestra pequeña ciudad.
El otro escuchaba y pensaba en sí mismo.
–Tiene razón; iré a charlar con él… Mis malas ideas se
calmarán; es sana la conversación de un hombre cabal; es rela-
jante.
Un domingo del mes de abril, durante las vísperas, Roset-
te, aún delicada, se encontró con el hijo del alcalde en el fondo
del jardín. Ella había acudido allí para respirar la fragancia de
las lilas que comenzaban a florecer y sobre todo para huir del
tumulto de palabras y el estrépito del estudio.
Apoyado al muro, Georges leía un periódico cuando los
pasos de Rosette hicieron crujir la arena del sendero.
–¡Oh! Dios mío, no sabía que estaba usted aquí… ¡Qué
susto me ha dado!
El joven sonrió:
–Señora, no he hecho nada para ello.
–¿Ha ido su madre a la iglesia?
–Sí, señora, mi padre, mi madre, los criados, toda la casa.
–¿Y usted?
–¡Oh!¡yo, no!
–¿Cómo dice usted eso? ¿Piensa qué usted valdría menos
si rezase cada día una oración? Mire usted, es un error de los
59
jóvenes creer que pueden ser mejores que sus mayores…
Perdón, no tengo derecho a decirle estas cosas.
–Claro que sí, señora… Tan solo que la oración es un
homenaje de gratitud o una súplica interesada que se dirige a
Dios; para rezar hay que ser feliz; yo no lo soy… para rezar hay
que solicitar algo; yo no puedo esperar que se me conceda…
–¿Y de que carece usted? ¿No estaban con usted sus ami-
gos la semana pasada, y no pasaron dos jornadas encantadoras
tocando música, cantando?...
–Estoy triste a rabiar.
–¿A su edad?
En ese momento, él levantó los ojos hacia Rosette. El ros-
tro de la joven mujer estaba tranquilo, y bajo el gorro blanco que
enmarcaba su perfil de madona, él entrevió seductoras prome-
sas.
–No es vida la que se lleva en el campo; es una carga que
se arrastra.
–Eso no es halagador para mí que he pasado toda mi ju-
ventud en un pueblo.
–Creo que la vida es odiosa cuando nadie te ama.
–Debe usted casarse.
–¿Casarme?... ¿casarme?...
–Sin duda. ¿Acaso la juventud no debe tener un fin?... Su
madre estaría muy contenta, ya lo creo, de tener una bonita nue-
ra…. Pero, a propósito, ya se comenta algo de su boda.
–¿Y con quién?
–Con su encantadora prima, la señorita Varennes…
–¿Marie?... Pobre niña, ella no tiene nada que hacer con-
migo.
–¿Teme usted no amarla?
–Nunca ha habido entre nosotros más que una amistad de
primo a prima… El amor es otra cosa.
–Siempre se acaba por amar.
–¿Usted cree? – dijo él palideciendo.
60
–Sí lo creo, señor… Estoy segura – respondió ella
apoyándose en una gran rama de lilas cuyas flores casi marchi-
tas se dispersaron a sus pies.
–¿Por qué no toca usted el piano, señora Parent? Nos gusta
tanto escucharla…
–En primer lugar porque he estado enferma y he interrum-
pido mis lecciones, y luego, cuando el Sr. Parent trabaja, no le
resulta demasiado agradable oír escalas.
–Quizá no le guste la música.
–Claro que sí. Le gusta la música cuando tiene tiempo pa-
ra escucharla.
Un ruido de voces de paisanos llegó hasta ellos.
–Parece que discuten.
–Todos los domingos es la misma historia.
–El Sr. Parent tiene mucha paciencia.
–Es que tiene que ganar dinero.
–El dinero, siempre el dinero… ¡Qué cosa más estúpida!
Me gustaría que no existiese.
–No diga eso, usted, que es tan rico…
Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar.
–Es la hora de la bendición… Hasta luego, señor Loudois.
–Hasta luego, señora. – murmuró Georges rompiendo en-
tre sus dedos un tallo de nogal que acababa de arrancar unos
minutos antes.
Georges no se había atrevido a confesar su amor. ¿Acaso
ella no veía que él la adoraba? ¿Le estaba permitido ignorar que
él permanecía largas horas en su habitación, muy triste, cuando
veía brillar la luz en los ventanales de Parent? Cuando esa luz se
apagaba, los celos le torturaban el corazón, y se decía que otro
hombre no tenía el derecho de poseer a la que él amaba con toda
su alma… Razonaba de ese modo largas horas, y su madre, por
la mañana, trataba en vano de consolarlo.
Rosette había tenido la audacia de hablarle de su matrimo-
nio con su prima. ¡Cómo si no supiese que precisamente ella era
un obstáculo para esa unión deseada por su familia! ¡Cómo si
durante esa conversación tan corta, los ojos turbados de Geor-
61
ges, su voz alterada, el embarazo de su actitud, no hubiesen sido
un indicio evidente de su dolor y de su desesperación!...
Georges atravesaba rápidamente la gran avenida del
jardín. En un instante tuvo la idea de regresar al lado de la rama
de lilas y recoger las flores que una mano adorada había disper-
sado.
Esa mujer, esa aldeana de la que se había burlado antes, le
atraía con su mirada de bonito demonio.
Georges era honesto. La idea de engañar al hombre que
era su amigo y confidente le pareció de repente como la más
horrible de las monstruosidades. Se sintió despreciable, y, en su
imaginación desbocada, se presentó Marie, su novia dulce y
bella, adornada con todas las cualidades. ¿Cómo había podido
comparar a Marie Varennes, una señorita distinguida, con la
«Gran-Cartera», de la que todos los paisanos se burlaban?
Esa misma noche, se confió a sus padres: quería acabar
con su vida de soltero; sería feliz casándose con su prima lo an-
tes posible.
La señora Loudois estaba radiante:
–Mi Georges, mi querido hijo, eres bueno… Ya sabía yo
que no había que desesperar contigo.
El padre apretaba las manos de su hijo.
–¡Es Marie la que va a ser feliz!
–Pero, os lo ruego, que se haga todo pronto.
–¡Eh! ¡eh! tienes buenas disposiciones, mi Georges… Pero
has de dar tiempo para publicar las amonestaciones… ¡A partir
de mañana, iremos juntos a las Bastides para ver a la tía Sim-
éon!... Las cosas irán rápidas… Cuenta con ello.
–Bien, no hablemos más de ello ahora. Esta seria determi-
nación me ha turbado un poco aunque al mismo tiempo me re-
gocija… No me siento cómodo.
La señora Loudois se confió a Rosette:
–Georges se casa.
–¿Con la señorita Varennes?
–Sí, querida, estamos en una nube… Se ha decidido brus-
camente… Imagínese usted que desde hace algunas semanas, mi
62
hijo tenía en la cabeza ideas descabelladas… Quería ir a la India
y expatriarse para siempre… Una palabra mía lo ha traído al
buen camino…. ¡Bravo Georges! es un corazón de oro… Mi
sobrina Marie es encantadora… y de una dulzura... Un que-
rubín… Partimos esta tarde para las Bastides… Avise al Sr. Pa-
rent. El contrato…. dentro de algunos días… ¡Oh! qué feliz es-
toy, señora Rosette… ¡Si supiese todo lo que he sufrido cuando
veía a mi Georges agitado, febril, permaneciendo horas enteras
sin hablar!
Rosette se entregó a la oración. Buscaba una alternativa a
sus penas en los oficios, mientras los órganos inundaban las
bóvedas de armonía. En la iglesia, el olor del incienso, la vista
del mantel del altar, completamente bordado, el amplio púlpito
de madera donde unos ángeles de la guarda desplegaban sus
alas, semejantes a guardianes vigilantes, relajaba su desbordante
imaginación.
Pero no se concentraba en nada. Hacia mediados de mayo
se cansó de los sermones; no quiso mezclarse con la masa de
fieles que llenaban la iglesia; le parecía que sus éxtasis secretos
se veían turbados por la vista de los vestidos y las miradas de los
asistentes. Y por la tarde, al caer la noche, cuando el jardín esta-
ba lleno de sombras y silencio, se encaminaba lentamente hasta
el macizo de árboles verdes donde su Mes de María estaba dis-
puesto.
La joven se arrodillaba ante la gran virgen de yeso, y
mientras las llamas arrojaban su luz a través de los musgos en-
guirnaldados y las ramas verdes, pedía a la Virgen que le diese
fuerzas para amar a su marido y arrojar las locas ideas que ven-
ían a acosarla hasta en su ruego.
Prosper, preocupado por la desaparición de su esposa,
abandonaba bruscamente el estudio y llegaba hasta la pequeña
capilla: ella se levantaba, tomaba dulcemente el brazo de su ma-
rido y lo arrastraba a través de los senderos.
Y entonces le hablaba de la paz del hogar, del consuelo
que proporciona la oración, del peligro que supone para las mu-
63
jeres jóvenes leer novelas; planteaba proyectos para el futuro de
su pequeña hija. Ya no estaba enferma… Muy alegre, se colgaba
del cuello de Prosper con risas de chiquilla, y en sus ojos se ve-
ían brillar lágrimas de paz.
Pero lamentablemente no eran más que destellos de pru-
dencia, y su desordenada existencia volvía a comenzar al cabo
de algunas semanas.
Cada sábado, el comedor de los Parent se transformaba en
mesa de invitados. Entre estos, el juez de paz, Sr. Faure, el co-
mandante Benjamin, el marqués de Jamaye, un rico cliente del
despacho y el Sr. Victor Moulineau, el pintor-poeta que, con
voz soberbia, recitaba las fábulas en verso del abad Foucauld.
Ese Moulineau era un tipo sin parangón. En el colegio, su
indisciplina le había atraído desengaños, y como había tomado
la costumbre de decir a cada castigo: Pigé…Pigé…, le quedó el
sobrenombre de Pigé.
Su principal ocupación consistía en presidir la fanfarria de
Saint-Cyprien; y lo hacía de una manera muy concienzuda.
Un poco bajito, un poco ventrudo y con cabeza de rey; era
el retrato vivo de Leopoldo II, rey de los belgas. Se creía amado
por bellas mujeres, comprometía a algunas casadas giñando el
ojo a todas y afirmando con imperturbable aplomo que la señora
de Mersay, la propietaria de un castillo vecino, había querido
pagar a su sustituto por razones de amor y por no haber conse-
guido de él sus favores.
Antiguo militar, afirmaba que no había más que una glo-
ria, la de las armas, y que si había llegado al grado de cabo era
porque su coronel sospechaba que cortejaba a su esposa, una
rubia desbordante de pasión. No decía que su mala conducta lo
había hecho expulsar tres veces de su grado y que sus jefes se
consideraban felices de verlo llegar al final de sus permisos. A
decir verdad, en todos sus chismes, había más vanidad que mala
fe, pues no se daba cuenta en absoluto de las sonrisas de su audi-
torio poco crédulo.
El presidente de la fanfarria llevaba pantalones ajustados y
botines de charol. Su chaqueta dejaba ver una camisa de peque-
64
ños pliegues bombeada como una coraza en lo alto de la cual
destacaba su barba, su hermosa barba brillando al sol meridio-
nal.
Se decía que llevaba una lista de sus conquistas y que las
damas más respetadas de Saint-Cyprien estaban allí consigna-
das.
El orgullo le dominaba hasta tal punto, que se arruinaba
para hacer creer que era rico: había que verlo en su habitación,
de pie sobre una silla, mirándose en el espejo y clamando con
trágico gesto:
«¡Oh, naturaleza, dos pulgadas más, y tu obra estará com-
pleta!»
Tal vez podamos asombrarnos de que Parent admitiese tal
personaje entre sus íntimos; pero hay que saber que Prosper y
Moulineau se conocían desde hacía veinte años, y que la vieja
dama Gertrude Moulineau, que nunca se dejaba ver, había sido
muy buena con el hijo del antiguo profesor de Saint-Cyprien.
Rosette odiaba a Moulineau: lo encontraba mezquino, feo,
vanidoso, maleducado; pero temía su mala lengua y evitaba de-
mostrar su odio. Un día tan solo, el antiguo cabo, que estaba
borracho, habiéndole declarado su pasión, ella lo había inte-
rrumpido de modo tal que no le permitió recomenzar.
Por añadidura, Moulineau, apodado Pigé, tenía cualidades:
era tan buen músico como mal pintor, y no ahorraba en serena-
tas.
En cuanto al marqués de Jamaye, era un viejo niño que se
dedicaba a mirar por la noche los retratos de sus antepasados:
odiaba el imperio, y esperaba el día en el que le fuese permitido
revestir el jubón y ceñir su afilada espada. Vivía en el campo, le
gustaba vivir bien, conversaba poco, no se ocupaba de nada y
amontaba pilas de escudos: en definitiva, un personaje insignifi-
cante.
El padre Bérias, al que espantaba el lujo de la casa del no-
tario, había sido invitado varias veces a sentarse en el salón con
la gente de alta alcurnia; pero algunas observaciones hechas en
voz baja por Rosette, para impedirle poner sus codos sobre la
65
mesa y hacer girar su sombrero entre sus dedos, le habían dis-
gustado. En esta ocasión, se había exiliado voluntariamente a la
cocina.
En medio de los criados se sentía a sus anchas, y se burla-
ba de que el gran Lavérie de Burdeos tuviese nauseas cuando él
vertía vino en su plato sopero y lo vaciaba.
Los ruidos del salón llegaban hasta él. Con aspecto beato,
los codos sobre la mesa, el sombrero en la cabeza, oía las can-
ciones y las fábulas de Moulineau; y luego, por distracción, se
dedicaba a beber y salía de allí un poco ebrio para regresar al
campo de la feria, donde los bueyes rubios resplandecían bajo
los rayos del sol.
Fue un sábado cuando se enteró de la boda del hijo de
Loudois.
En el salón se conversaba:
–El Sr. Loudois – decía Rosette – se ha casado con su
prima, la rubia Marie Varennes… Y no ha sido sin tira y aflojas.
–La señora Loudois está muy contenta – observó la señora
Cournet… – Se dice que el Sr. Georges no puede vivir en pro-
vincias…
–¡Basta! – interrumpió Moulineau – uno se acostumbra a
todo. Tal como me veis, soy un antiguo parisino; he recitado mis
poesías ante el emperador… He tenido éxitos literarios y teatra-
les… Y bien, ahora aspiro a descansar. Siendo joven, soñaba
con plantar mi tienda en alguna tierra lejana… Hoy, quiero mo-
rir en mi agujero…
–Saint-Cyprien es una ciudad encantadora, – observó el
marqués de Jamaye.
–Sí, marqués; pero para un hombre joven…
Los hombres sonrieron.
–¿Parece agradable, la recién casada?
–La belleza del diablo, querida…
–Dos ojos de novio fijos… un indicio de locura casi segu-
ro y a corto plazo…
–¿Quién dice eso?
–El doctor Ramon.
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–Pobre mujer… ¿Y los ojos viajan en este momento?...
–Sí, viajan por Italia… Hay personas que tienen suerte…
Nosotros abusamos de los viajes.
Parent bajó la cabeza.
Las damas continuaban:
–¿Entonces, usted no estuvo en la boda?
–Dios mío, no.
–¿Había muy poca gente?
–Tan solo la familia… Prosper cenó allí la noche del con-
trato.
–La Señora será una buena adquisición para Saint-
Cyprien.
–Sí, siempre que pueda entenderse con su suegra.
–¿Piensa usted?...
–Me parece que la familia no podrá impedir tener algunas
discusiones relativas a la autoridad en el hogar… A los viejos no
les gusta ceder ante los jóvenes.
–¿Y sabe cuándo estarán de regreso los recién casados?
–Dentro de un mes.
–Se lo toman con calma.
–¡Cuando se tiene fortuna!...
Bérias se frotó las manos, Georges Loudois se había casa-
do; lo que ponía término a los despreciables rumores que circu-
laban sobre su hija. Rosette tenía una sangre decente; no podía
mentir. A partir de ahora, se acabaron los chismes, y el viejo
aldeano no escucharía más las ridículas maledicencias de los
habitantes de la Croix-du-Jarry.
El Sr. Parent no se percataba de los enormes gastos de su
hogar, y le gustaba recibir a la alta sociedad porque eso halagaba
su amor propio. Él, que jamás había poseído tierras, se sentía
feliz de tener en su mesa vino procedente de la propiedad que un
día le pertenecería. Con total buena fe, pretendía que si los vinos
de la Croix-du-Jarry no tenían tanto color y aroma como los
caldos de Burdeos, eran menos rudos al tragar y estaban más
cargados de tanino. Cuando llegaban los postres, se le veía diri-
girse a pasos lentos a la bodega, con las llaves en la mano. Traía
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una botella polvorienta, del 47, del vino del año de nacimiento
de su esposa; la descorchaba con infinitas precauciones, y, una
vez vertido el vino, elevaba el licor rojo a la claridad del día. Y
cuando un nuevo invitado se sentaba a su mesa, él estaba allí,
espiando con su mirada la impresión producida, reteniendo su
aliento y lleno de reconocimiento hacia el aficionado que vana-
gloriaba su vino.
En varias ocasiones, el notario se había visto obligado a
recurrir a préstamos, y su suegro estaba decidido a negarle a
partir de ahora todo tipo de ayuda. A pesar de eso, él buscaba
toda ocasión para satisfacer los caprichos de Rosette:
–Mira lo que he encontrado – decía, mostrándole la mano
llena de oro.
Al escucharle, le eran debidas sumas considerables, más
de sesenta mil francos, y todavía no tenía más que cinco años de
ejercicio. Los adelantos del registro eran ruinosos; pero el dinero
estaba bien colocado; había que esperar… Siempre se había pa-
gado. Prosper no confesaba que tenía miedo de sus libros conta-
bles y que su pasante, el viejo Clapier, le daba duras lecciones.
La boda de Georges Loudois se había decidido en princi-
pio antes incluso de que el Sr. Faure hubiese pensado en casar a
Prosper con la hija de los Bérias. Marie Varennes todavía era
una niña en la época en la que fue novia de su primo, de su Ge-
orget, como ella le llamaba al jugar con él al volante sobre la
soleada terraza de las Bastides. Era huérfana, y su tía, la señora
viuda de Varennes, la hermana de su padre, se había encargado
de su educación.
Cuando el joven hombre llegaba a la casa familiar era toda
una fiesta, y la casta novia no podía evitar apreciar los latidos de
su corazón, ni su rostro enrojecer a la vista de Georges, pues
sabía muy bien que él no podía ser más que de ella, ya que el
buen Dios se lo había prometido.
Los Loudois tenían una fortuna considerable, y el joven
hombre vivía en París. Inteligente y trabajador, había probado de
todo, derecho, medicina, ciencias, artes, viajes; conocía Inglate-
68
rra, Alemania, Suiza, Rusia, Dinamarca, Italia, y era este último
país el que había elegido para su luna de miel.
–Casamos a George. – había dicho en varias ocasiones la
mujer del alcalde.
Pero, para gran asombro de todos, las visitas a las Bastides
habían comenzado a disminuir desde hacía algunos meses.
Georges estaba muy raro, y cada vez que su madre le
hablaba de su prima, él la miraba con tristeza:
–No puedo casarme.
Se habían propuesto cien hipótesis más o menos verosími-
les, y se tendía a creer que Georges tenía en París alguna rela-
ción oculta. A esto había seguido una desavenencia en la familia
Varennes, y la tía estaba dispuesta a consentir el matrimonio de
su sobrina con un capitán de caballería acuartelado en Pensol,
cuando recibió la buena noticia.
El Sr. Loudois, que se creía un experto, zanjó la cuestión:
–Entre nosotros, Georges, tú tienes alguna enamorada y
debes librarte de ella… He dicho.
Los jóvenes esposos regresaron a Saint-Cyprien después
de su luna de miel; Georges estaba enamorado de su esposa.
Marie era de estatura media, blanca y ligera como un rosal
después de una tormenta: una rubia de ojos azules, y en la mira-
da no sé que de virginal y celestial.
Hicieron las visitas de costumbres y recibieron tantas
otras.
–La Señora Parent es muy amable, – había observado la
joven esposa.
–Sí, pero poco distinguida… una aldeana…
–Es la primera vez que te escucho decir algo negativo de
alguien, mi Georges.
–¡Me he equivocado, perdóname, Marinette!
Por conveniencia mutua, habían reconstruido el muro del
jardín, y las lilas y clemátides embalsamadas se extendían por
encima de las dalas de piedra, y, tan discretas como fragantes,
las verdes hojas y las flores ponían a cada cual en su casa.
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Georges y Marie se prodigaban largos besos de amor,
mientras los cisnes retozaban en los estanques del jardín.
–¡Qué felices son!– murmuraba Prosper.
–¿Tú crees? – comentaba sardónica Rosette – Todo es co-
lor de rosa al principio.
–No digas eso; sabes cuánto me apena no poder darte todo
lo que deseas…
–No empieces con tus tontas historias.
–¡Rosette!...
–Sí, ya estoy harta de tus quejas… Me niegas las cosas
más necesarias… Este vestido…
–Reflexiona… mil francos; es una suma, ya sabes… No
somos ricos… piensa en lo que duraría la Croix-du-Jarry si
tomásemos…
–No somos ricos… De verdad, estoy harta de escuchar esa
monserga… Es mi fortuna, es mi dinero el que has…
–Yo trabajo…
–¿Trabajas? Querrás decir que tus colegas se burlan de
ti… Te han quitado esa venta de los Cerniers…
–Se necesitaban unos adelantos considerables para regis-
trar las actas.
–¿Y no podías pagarlos?.... ¿En qué se han convertido tus
promesas respecto a las sumas que nos debían?
–Te mentí…
–¿Me mentiste?
–Para satisfacer tus gustos me vi obligado a pedir presta-
do… Ten piedad de mí, Rosette; estamos en una mala situa-
ción…
–Eso es culpa tuya, imbécil… Me das pena.
Y con su mano le produjo un rasguño en la mejilla.
–¡Oh! – exclamó él con un gran suspiro de niño.
Esta escena acontecía en la habitación de Rosette.
Prosper se sentó, completamente avergonzado, sobre la
cama, y gruesas lágrimas quemaron su rostro.
Ella lo encontró estúpido y cobarde al llorar de ese modo.
Si realmente la amaba, ¿por qué no habría ya pedido dinero a los
70
Bérias? En la Croix-du-Jarry no faltaba el dinero; pero el señor
temía las humillaciones… Un amor verdadero no retrocedía ante
nada… No, no, él no la amaba… él no la amaba…
Entonces, él se levantó suavemente, enjugó sus lágrimas;
prometió ir a ver a la madre de Rosette, exponerle la situación.
Si se negaba a escucharlo se las arreglaría de otro modo; pero
tendría su bonito vestido para la velada de la subprefectura.
Prosper ganó su habitación. Mientras se desvestía, Rosette
levantó las cortinas de muselina de su ventana; pudo percibir
entre las sombras un cuerpo de hombre inmóvil y de pie contra
el gran nogal del jardín; la mujer había desaparecido.
Miró un momento, y luego sintió vergüenza de sentirse
observada; su mano dejó caer la transparente muselina bordada a
mano y recogió sobre el marco de la ventana las pesadas corti-
nas de seda azul.
Rosette había reconocido a Georges Loudois.
71
VI
Al día siguiente, el Sr. Parent se dirigió a la Croix-du-
Jarry. El viejo Bérias estaba en los campos con sus criados, ocu-
pado en hacer cargar las primeras balas de su alfalfa. Solamente
la madre Jeanneton había quedado en casa, en zuecos y con un
pañuelo en la cabeza, dedicando el día a poner en orden la cola-
da desplegada sobre las mesas y todavía oliendo intensamente a
lejía.
Estaba de pie sobre una silla recogiendo un par de sábanas
blancas destinadas al primer cajón del armario, cuando el ruido
del picaporte la hizo volverse.
–¡Caramba, nuestro yerno!... ¿Cómo estás?... ¿Está enfer-
ma Rosette?... ¿Y la pequeña?... Tienes muy mal aspecto y estás
más pálido que esta ropa…
–¡Madre, soy muy desgraciado!
Se sentaron ambos al lado del fregadero.
Jeanneton advirtió que el armario había quedado entre-
abierto y se levantó para cerrarlo:
–¡Esos malditos gatos!... Habla, Prosper, te escucho.
Entonces, con las mayores precauciones, procurando no
irritarla, procedió a contarle sus dificultades económicas: los
gastos de la casa excedían en mucho a los ingresos del despa-
cho: en este momento, estaba retrasado en su pago al registro, y
un inspector podía sorprenderle: rogaba a la familia que acudie-
se en su ayuda una vez más. Él se confesaba el responsable; Ro-
sette no era en absoluto censurable… Era de él la responsabili-
dad de velar por su hogar; a partir de ahora, sería más cuidado-
so… Actuaría para compensar su deficiente gestión…
Jeanneton inclinaba la cabeza:
72
–Pero, hombre, quieres dinero; ya no tenemos más.
Él la miró con aspecto aturdido.
–¿Sabes que nos debes ya veintiocho mil francos?... Ya no
tenemos más… Rosette no sabe nada… Esto no puede durar…
Sé razonable, te lo ruego; nosotros hemos ahorrado mucho; pero
¡cuánto trabajo y cuántas privaciones durante veinte años!... Si
te contase… Estaría muy mal que nos hicieseis desgraciados los
pocos días que nos quedan… Hemos hecho todo lo que podía-
mos… ¡Veintiocho mil francos!... Sin contar la dote; nuestros
cajones están vacíos… ¿Quieres verlos?... Y además, hay que
pensar en la pequeña Andrée… ¿Cómo está esa niña? ¿Por qué
no la has traído?... Ella solo es feliz en nuestra casa… Tú y Ro-
sette no venís a visitarnos más que para pedir dinero prestado…
Dichas esas palabras, la madre se levantó, tomó sus llaves
y abrió el armario de la ropa: alineó las sábanas y las servilletas
pila sobre pila, mientras él permanecía allí, con la frente perlada
de sudor y completamente abatido.
En el fondo la madre no era mala.
Bajando de la silla, lo vio tan pálido que durante un instan-
te se quedó muda.
Jeanneton se acercó al notario y apartó sus manos, con las
que él acababa de cubrirse el rostro.
–¡Qué aspecto tienes, mi dulce Jesús!... Tal vez haya sido
un poco desagradable… Con François todo se arreglará… Te
prestaremos el dinero… Sí, sé que eres ahorrador; todo el mun-
do lo reconoce… Es culpa de Rosette; son esas arpías de damas
que la han echado a perder… A ella le gustaba lo bueno en la
pensión Castel; pero nunca se hubiera dicho que yendo allí… se
le envenenara la moral…
–Es usted muy buena.
–Vamos, ahora ayúdame a doblar mi chal; está arrugado
en el fondo del armario… ¿Y el sombrero?... Ahí está dormido
desde la boda, y por mí puede seguir durmiendo todavía; me
daba la impresión de llevar sobre la cabeza un caldero…
Extendieron el chal como una mortaja, levantaron los fle-
cos y se dobló a lo largo, se tendió la tela, se quitaron algunos
73
alfileres que estaban clavados aquí y allá, y la madre lo depositó
al lado del sombrero de la boda.
–Tú también puedes dormir mi viejo amigo; prefiero mi
capa… Con ella no hay de que preocuparse, siempre va bien y
da más calor en invierno.
Prosper estaba absolutamente cariacontecido.
–¡Deja ya de preocuparte!... Pediremos prestado a los
Mathurin… Mira, ya está aquí François… Ve a tomar algo con
él… Debes estar muerto de sed…
–Gracias, pero necesito regresar de inmediato a Saint-
Cyprien… Tenemos unas actas urgentes.
Bérias, que había regresado de los prados, limpiaba sus
zuecos en el umbral de la puerta:
–¡Eh, Sr. Parent!...
Algunas veces se olvidaba y llegaba a llamarle a su yerno
« señor ».
–…¿Qué buen viento te trae por aquí?... ¿Y Andrée?... ¿Y
Rosette?...
–Ven aquí; tienes calor; va a cogerte el frío.
–Es cierto, madre; ya no soy robusto como antaño; ahora
estoy reducido a hacer el trabajo de las muchachas, a segar, yo
que cortaba mi finca de alfalfa en un día… El cansancio me ha
doblado…
Y, cris cras, haciendo resonar los guijarros de la cocina ba-
jo los zuecos en los que sus flacos pies bailaban, el buen hombre
dejó su rastrillo en un rincón del fregadero:
–Uno se va haciendo viejo… Ya solo tomo los aperos de
damisela…
Se humedeció la frente con su gran pañuelo de cuadros, y
se puso a horcajadas sobre una silla, dando la espalda a la chi-
menea donde se quemaban algunos sarmientos.
–¿Qué hay de nuevo, yerno?
La madre Jeanetton fue al lado de su hombre, y, ayudán-
dole a pasar su batín, que acababa de calentar al fuego, mientras
él estiraba sus manos secas y nerviosas, le explicó en voz baja la
petición del yerno, su imperiosa necesidad de dinero.
74
François movía las piernas nerviosamente, arrojando de
vez en cuando miradas irritadas hacia el notario, hacia ese gi-
gante que se hacía tan pequeño y que temblaba en su asiento.
–Lo mismo de siempre… ¡Ah! ¡ya decía yo que acabaría-
mos por maldecir este matrimonio! ¡Uno no quiere entregar su
hija a un campesino!... Uno quiere convertirse en un burgués, en
caballero, y luego el trabajo de toda la vida se disipa como el
humo… Esas damas y esos caballeros gastan en un día lo que a
nosotros nos sirve para vivir durante tres meses…Se invita a la
gente… Se tienen divertimentos, se canturrea a los postres… Y
nosotros, nosotros nos cocemos al sol… Se toma nuestro oro;
nuestros buenos ahorros desaparecen de nuestros cajones, y el
artillero Benoist que se ha equivocado al querer ofendernos, se
toma la revancha… Ahora me llama « Pequeña-Cartera ». Los
vecinos se ríen de nosotros, y la familia desvía la mirada a nues-
tro paso, como lo ha hecho antes mi hermano que conversaba
con los Pichou delante de su forja… Señor Parent, yo no quiero
arruinarme… Ya no estoy en edad de trabajar… He comenzado
como ayudante de granja en la Tremblade, no quiero volver a
ello. No, no quiero volver a ello… No quiero…
Diciendo esto, su voz estaba alterada y sus ojos, rojos co-
mo brasas, arrojaban resplandores.
Parent balbuceaba algunas palabras; la madre trataba de
disculpar la irreflexión de su hija:
Rosette se había creído más rica de lo que era en reali-
dad… Los años la harían volver en razón… Había que perdonar-
la…
El viejo continuaba:
–Las mujeres no se dan cuenta del valor del dinero…
Cuando las tierras están hipotecadas se acabó… Es la ruina…
No queremos hacer como el Sr. de Lornant, que ha vendido sus
bienes… No podemos dar nada… nada… ¿Tú no querrás sumir-
nos en la miseria?...
El notario replicó que todavía no estaba para mendigar…
El año anterior había hecho quinientas actas a veinte francos;
eso suponía diez mil francos… Este año sería todavía mejor…
75
Ya no insistía: se le debían unos honorarios; obligaría a devolver
lo que se le adeudaba.
Dicho eso, el Sr. Parent se levantó para despedirse de los
Bérias.
–Espera, que te acompaño un tramo de camino… ¿No te
irás sin beber un trago?
–Gracias, padre.
–Vamos pues…
–No, gracias igualmente…
Y como el notario había tomado su bastón y abierto la
puerta, François lo interpeló de nuevo:
–Aprovechando que estás aquí, tengo que consultarte algo
en relación con una disputa que tengo con Béjeu el cardador por
los linderos de la Charrière… Un minuto solamente…
Arrastró a su yerno a la granja, abrió la puerta que daba a
la cuadra de los bueyes y se puso a exponer ampliamente su
asunto que Prosper escuchó y comentó hasta que se hizo de no-
che cerrada.
Parent regresó a Saint-Cyprien y entró en la habitación de
su esposa, que estaba desvistiendo a la pequeña Andrée.
–¡Qué bonita es nuestra hijita!
–¡Tienes calor, papi!
Rosette tomó la palabra:
–¿No te han puesto dificultades, no?
–No han querido escuchar nada.
–¿Cómo?
–Aquí está la suma.
–Y…
–He tenido unos ingresos bastante importantes.
–¿Puedo encargar el vestido?
–Desde luego.
–Eres bueno, Prosper; quieres que tu esposa no sea tratada
como una cocinera… No temas: estaré hermosa…
–¡Eres hermosa! – suspiró él cruzando aún sus largas ma-
nos y fijando sobre ella sus ojos, ojos azules muy grandes y
76
abiertos, buenos y enormes ojos de un hombre cabal que aman y
nunca engañan.
–Adulador… todavía no me has besado.
–¡Mi Rosette!...
–Créeme, Prosper… Las mejores parejas son aquellas que
discuten de vez en cuando… Se discute y se perdona…. ¿Dónde
está el mal?
–Temo que tu migraña…
–¡Oh! esta noche no la tendré… El baile será soberbio…
Va a ser un desfile de modelos… Estarás orgulloso de tu mujer-
cita.
77
VII
El jueves, 6 de junio, tuvo lugar el gran baile dado en la
subprefectura con ocasión del consejo de revisión.
Reinaba una cierta agitación en Saint-Cyprien. Aunque la
mayoría de los trajes de las damas viniesen de París, la necesi-
dad de retoques, la ropa interior, los mil aderezos del vestuario
femenino, habían supuesto unos buenos ingresos para las modis-
tas, costureras y lenceras de la ciudad: unas recaderas se dirigían
apresuradamente a la casa de sus patronas con faldas vaporosas,
pantalones de campana y bordados, camisas largas y finas, me-
dias de seda, coloretes; todo metido en inmensas cestas de mim-
bre; tras ellas venían los aprendices de sombrerero, corriendo
como locos y no siendo suficientes para tanta tarea; y por todas
partes flores, verdor, ocultaban a los transeúntes antes de deco-
rar los salones de recepción.
Rosette se había puesto un soberbio vestido de punto de
Inglaterra, y pinchaba unas rosas de té en su blusa, antes de
echar una última ojeada al espejo:
La puerta se había entreabierto y Parent, en frac, con cor-
bata blanca, permanecía en el umbral:
–¡Qué hermosa estás!
–¿Te parece? – dijo ella con una risa cristalina.
Y aproximándose al espejo donde ella se veía de cuerpo
entero, la tomó dulcemente por el brazo y le dio un gran beso
sobre el cuello.
–Un hombre no necesita ser guapo, ¿verdad? Tan solo de-
be ser bueno.
–Pero tú eres como todo el mundo, Prosper; más guapo
que feo… Nuestra Andrée se te parece un poco…
–¿Andrée?... La pequeña duerme… Mira…
78
Con su mano enguantada, Rosette apartó las cortinas de
muselina de la pequeña cama, situada al lado de la alcoba.
–¡Qué bonita es una niña que duerme!
La cabeza de Andrée, rubia y sedosa, descansaba sobre
una almohada de encajes, y la boca rosada, en la que una sonrisa
se había dormido, llamaba a ser besada.
Prosper, respetuoso del sueño, besó a su hija en la frente, y
tapó con las sabanas de seda los bracitos de la niña siempre son-
riente.
–Rosette, una casa está bendecida cuando tiene un ángel
que vela por ella.
–Amigo mío, creo que es hora de irse.
–Voy a besarte por nuestra hija.
–Vamos, no fastidies; uno no está enamorado así a todas
las horas del día; es irritante.
–¡Te quejas de ser amada!
–¿Yo?...
Ella sonrió con aspecto contrariado.
–No estaría bien llegar los primeros.
–Ni pronto ni tarde.
Caía la noche, pero una noche llena de estrellas. Rosette
descendía por la gran escalera, y Prosper se mantenía atrás tres o
cuatro escalones, temiendo pisar la cola del vestido cuyas ondu-
laciones enardecían su cerebro. La esposa del notario, con su
rostro enmarcado de blanco cubierto por un magnífico velo de
encajes y su sombrero azabache donde se posaban unas rosas de
té semejantes a las de la blusa, estaba admirablemente bella.
Cuando hizo su entrada en el salón, se produjo un murmullo de
aprobación en el grupo de hombres y como una agria sorpresa
en los labios de las damas de la galería.
–El notario se arruina.
–Los Bérias, llamados «Gran-Cartera» deben estar furio-
sos.
La Señora de Carreuse, la suegra del subprefecto, hacía los
honores de la velada. Sus cabellos grises recogidos en rizos, su
tez de viejo marfil, su complexión delgada, sus manos arruga-
79
das, el cameo que portaba en el cuello, el adorno de oro que lle-
vaba en la cintura, los encajes amarillos de su blusa y de sus
mangas le daban un aspecto de mueble pasado de moda del pri-
mer imperio. Pero la sonrisa benevolente que animaba sus ojos
rodeados de numerosas arrugas, y su boca fina y todavía joven,
la hacían adorable a los ojos de los administrados de su yerno.
La pequeña Andrée, que había ido de visita a la subprefec-
tura con su madre y que no olvidaba las golosinas con las que la
vieja la había colmado, había encontrado la frase exacta para
definirla al llamarla: «El hada buena Carreuse.»
La esposa del subprefecto, en vestido rosa-primavera tenía
una frase amable para cada invitado. Buena y dulce tanto como
modesta y risueña, intentaba apartarse de su madre, y la señora
de Carreuse preguntaba a veces a su yerno si ella no le había
entregado la mujer más amable del mundo.
Los salones se llenaban poco a poco, y el prefecto en traje
de gala charlaba con el diputado de la provincia, un apuesto jo-
ven, sobrino de un ministro que llevaba uno de los grandes ape-
llidos de Francia.
Algunos electores influyentes tomaron parte en la conver-
sación: se temía la presencia de un adversario para el diputado
en la persona de un médico importante, y se le preguntaba si él
no podía detener esa candidatura.
–¡La cruz, caramba! – concluyó el diputado Berck de Vi-
llemont.
–Sí, la cruz, no hay otra cosa.
–¿La aceptará?...
–A manos llenas, y se volverá más bonapartista que usted
y yo…
El comandante Benjamin, cuya pechera brillaba de conde-
coraciones valientemente conquistadas, discutía con el cirujano
mayor sobre las modificaciones a aportar en las cartucheras de
los soldados. El doctor había publicado unos folletos, escritos en
varias revistas y esperaba una solución satisfactoria.
El pequeño doctor hablaba con animación, mientras las
hijas del subprefecto, dos encantadoras señoritas, una muy mo-
80
rena, la otra dorada como los maíces maduros, hacían circular
unas cestas de bizcochos, precediendo a los criados en librea
encargados de las grandes bandejas de plata.
–¿Señor prefecto?
–¿Mi general?
–¿Señor consejero?
Se inclinaban saludándose, y los uniformes de los miem-
bros del consejo de revisión se cruzaban y entrecruzaban en el
comedor; el oro, la seda y la planta de las túnicas bordadas pro-
vocaban la admiración de la multitud impaciente y curiosa que
se había agrupado al borde de las ventanas.
El comandante Benjamin, embutido en un uniforme nue-
vo, marcada la pechera por fuertes ballenas, se sofocaba desde el
comienzo de la velada; y sin decir palabra, misterioso y perple-
jo, había arrastrado a su colega el comandante de reclutamiento
por una puerta de servicio que llevaba al parque de la subprefec-
tura. Siempre silencioso, había hecho sentar a su camarada y
exponía unas teorías personales que el otro escuchaba con oído
discreto, ocupado como estaba de registrar a cada instante en sus
bolsillos para extraer la hoja del itinerario, marcar las horas de
partida y llegada, martilleándose la cabeza para no olvidar nada
de las prescripciones del excelente general Villette.
Ambos estaban allí sentados, con la cabeza descubierta,
uno mudo, el otro conversador infatigable, cuando el pequeño
doctor los observó y fue a tomar parte en la discusión, un modo
honesto de vengar las mofas del general y de sus colegas del
ejército.
En los salones, la animación era grande, y el diputado
Berck de Villemont dirigía sus más respetuosos homenajes a
Rosette, que se sentía reina en medio de sus rivales y se lo agra-
decía con una graciosa sonrisa.
Finalizaba el primer vals: las damas se abanicaban; los
hombres se dirigían al buffet. Por unas ventanas entreabiertas se
oían las canciones de los reclutas que pasaban desfilando en fila
de a dos con la bandera en cabeza y grandes ramos de cintas
multicolores en el ojal: un tambor los precedía, un desdichado
81
tamborilero llamado Carnaval, jorobado, pies planos, obligado, a
la edad de sesenta años, a golpear el instrumento. El desgraciado
había sido abandonado por su familia y decía a cada instante que
era una locura educar hijos y que mejor sería engordar una piara
de cerdos.
Esa noche, Carnaval estaba radiante, pues el diputado aca-
baba de entregarle una moneda de cien centavos.
Hacia las diez, se encendieron unas linternas colgadas en
los árboles, brillando con una luz bajo oriflamas multicolores.
Se anunció la fanfarria: Los Hijos de Saint-Cyprien, y la multi-
tud que se encontraba ante las ventanas del salón se situó en
círculo alrededor del estandarte donde las medallas se balancea-
ban.
Los sones de Partant pour la Syrie fueron brillantemente
ejecutados por los golpes del contrabajo y los solos de la trom-
peta.
–¿No piensan ustedes – decía el prefecto – que ese himno
es más patriota y francés que la Marsellesa?... Ya no estamos en
la época en la que se tenía miedo de los soldados que bramaban
y ya no pedimos que los surcos se llenen con la sangre de nues-
tros adversarios políticos… El himno revolucionario ya ha teni-
do su tiempo… Hoy, la nación quiere la paz, y no tenemos que
componer himnos odiosos que inciten al desorden y a la guerra
civil…
Todos los funcionarios presentes subrayaban por gestos
sus vivos sentimientos de aprobación, y Berck de Villemont, que
se las daba de tener alguna noción musical, hacía observar que
el himno imperial, desacreditado por algunos espíritus de mala
fe, era más bello que el God save the Queen y mejor orquestado
que la famosa marcha húngara.
En medio de los aplausos de la multitud, el Sr. Victor
Moulineau, presidente de la fanfarria, se dirigió al prefecto, se
descubrió y desplegó solemnemente una larga hoja de papel:
«Señor prefecto,
82
»Un gran y legítimo orgullo ha colmado nuestros corazo-
nes con la noticia de que venía usted a visitar nuestra ciudad.
Personas más autorizadas que yo ya le han dicho –mejor de lo
que yo sabría hacerlo – lo sincera que es nuestra lealtad a las
instituciones imperiales, lo sagrado que es nuestro amor por
S.M. el emperador y por esa gran reina que no teme afrontar la
muerte para aportar a sí misma, mediante su augusta presencia,
la palabra de paz y de consuelo en nuestros desolados hospitales.
»Cuán ingratos aquellos que puedan olvidar esta grandiosa
señal de solicitud y que no sientan su corazón conmoverse de
reconocimiento a la vista de tanta grandeza y buenas acciones.
»Hace varios años, señor prefecto, que usted administra
nuestra provincia, y esta respetuosa multitud que ha tenido a
bien brindarle aquí el humilde testimonio de su gratitud, ya le ha
demostrados por sus vítores, en una libre expansión de corazo-
nes, todo lo que siente de devoción, de respeto y de simpatía por
el primer magistrado de nuestra provincia.
»Bajo sus auspicios, señor prefecto, fue fundada la socie-
dad de los Hijos de Saint-Cyprien; y gracias a usted ha podido
crecer y prosperar. La armonía que se impone en nuestras lec-
ciones no ha cesado nunca de reinar en el seno de nuestra fanfa-
rria, y nuestros jóvenes ocupados en diversas profesiones, se
encuentran por las tardes animados de un celo y un espíritu de
solidaridad que honran nuestro arte.
» La música es hija de la alegría, dijo Hegel.
» Que se me permita añadir, señor prefecto, que la música
es el consuelo de los dolores y la más sublime expresión del
sentir general.
» Santa Cecilia es nuestra patrona; cada año celebramos
dignamente su festividad en la humilde basílica dotada con nue-
vos cuadros religiosos debidos a su magnificencia.
» Es por todo ello, señor prefecto, por lo que hemos veni-
do a saludarlo, y personalmente estoy muy orgulloso y feliz de
ser el portavoz de los sentimientos que animan a nuestra juven-
tud, tan estudiosa como fiel y abnegada.
» ¡Viva el Sr. prefecto! »
83
Los vítores se multiplicaron; las boinas y sombreros se
agitaban en lo alto, y las damas inclinadas en las ventanas mez-
claron a los vivas y a los aplausos unos suaves golpecitos de
manos, pero sinceros.
El prefecto respondió que estaba profundamente emocio-
nado de ese acto, que demostraba sobre todo hasta que punto el
apellido de la augusta familia era bendecido y venerado por las
poblaciones meridionales. Habló con elogio del diputado al que
la fanfarria había ido a saludar con motivo de las últimas elec-
ciones, de esa juventud que, no habiendo podido con su voto dar
una señal de simpatía al dingo representante de todos, había te-
nido a bien asociarse al veredicto de sus padres. Se pronunciaron
unas palabras amables por su querido colaborador, el Sr. Gavier,
hacia la municipalidad de Saint-Cyprien, para todos los funcio-
narios presentes en la reunión, y sobre todo para el presidente de
la fanfarria, el Sr. Victor Moulineau.
El prefecto terminó su alocución diciendo que el acto era
un noble ejemplo y que no estaba lejano el día en el que el impe-
rio podría, disminuyendo los impuestos, aligerar el fardo de los
penosos sacrificios de las poblaciones rurales.
« Sí, señores, es gracias a los aciertos del Estado a lo que
debemos esta era de prosperidad que es el asombro y admiración
de Europa. Desde luego, la nación es fuerte y viril, y si el ex-
tranjero amenazase su suelo, un millón de hombres de levantar-
ían para defenderla. Pero, gracias a Dios, la hora del peligro está
conjurada para siempre: nuestra existencia es respetada desde el
exterior, y las pasiones subversivas de los partidos hostiles no
nos dan miedo. Vivimos en una seguridad perfecta, y la prospe-
ridad pública extiende cada día su red sobre este noble país de
Francia, tierra generosa y fecunda que ha visto nacer a tantos
genios ilustres.
» Y, caballeros, déjenme finalizar este discurso con una
frase que permanecerá por siempre en los anales de la historia:
el imperio, es la paz.
84
» Es en vuestra tierra y antes las poblaciones agrícolas
procedentes de todos lados, donde han sido pronunciadas esas
palabras por nuestro augusto soberano, como si Su Majestad
hubiese querido daros una prueba deslumbrante y absolutamente
particular de su augusta y soberana solicitud.
» Caballeros, vuestros gritos de alegría van a resonar hasta
los confines del mundo civilizado y encontrarán eco en todos los
corazones auténticamente franceses.
» ¡Viva el emperador! ¡Viva la emperatriz! ¡Viva el
príncipe imperial! »
Una tormenta de aplausos acogió esas vehementes pala-
bras y la sociedad de los Hijos de Saint-Cyprien entró en el co-
medor donde una gigantesca ponchera arrojaba sus brillos.
La señora Gavier fue a servir ella misma a todos los jóve-
nes, y la fanfarria se retiró tocando una marcha triunfal.
Solo el presidente quedó en la velada, colmado de felicita-
ciones, y el comandante Benjamin que había dejado el parque a
la llegada de la fanfarria también acudió a cumplimentarlo.
–Asombroso, mi querido Moulineau, asombroso… palabra
de honor; se parece usted a S. M. Léopold II.
–¿Verdad? – exclamó Moulineau acariciando su barba
mientras todas las personas presentes que tenían la palabra re-
petían:
–Es cierto, ese caballero tiene algo del rey de los belgas.
El prefecto, que había abierto el baile con la señora Ga-
vier, se retiró.
Era mayor, enfermizo, y tenía que redactar unos informes
para los alcaldes del cantón de Lamète, adonde el consejo debía
dirigirse al día siguiente.
–Además, señoras y señores, – murmuró con sonrisa de
burócrata y una fina sonrisa que no decía ni sí ni no – les dejo a
mi querido consejero que les compensará ampliamente… ¡Ah!
señor consejero, usted es joven y si quiere promocionar en la
administración debe tener entusiasmo…. Qué nunca le falte…
señoras…
85
–¡Que encanto de hombre!...
–E inteligente, querida, – dijo la señora Gavier a la señora
Loudois… – Es autor de un trabajo muy apreciado sobre los
caminos vecinales… No hay un consejero general que sea capaz
de discutir una cuestión con él… Controla el consejo… Cada
sesión le vale un nuevo triunfo…
–¡Ah!
–Y es de una gran benevolencia… – añadió el consejero…
– No es un jefe para nosotros; es el mejor de los amigos.
–¿La señora de Lagadie es joven? – preguntó el Sr. Lou-
dois cuya mala salud siempre lo mantenía retenido en Saint-
Cyprien.
–Apenas treinta y cinco años, señor alcalde.
–No se le echa esa edad – dijo el Sr. Cournet.
–Su hijo, mi amigo Georges de Lagadie, tiene dieciocho
años.
–¿Y eso qué importa? – respondió Moulineau, que nunca
perdía la ocasión de decir una tontería.
–¿Y ella da recepciones? – preguntó la señora Parent sin
tener en cuenta la interrupción del presidente de la fanfarria.
–Este invierno hemos disfrutado de unas veladas magnífi-
cas, señora.
La señora Gavier tomó la palabra:
–El señor consejero en el gran anfitrión de las ceremonias
en la prefectura de Pensol.
–Mis colegas y yo lo hacemos lo mejor que podemos, se-
ñora Gavier.
–Y mejor que bien, por cierto – dijo el subprefecto golpe-
ando ligeramente el hombro del joven consejero.
–Señor, – intervino la señora de Carreuse, – su excelente
prefecto acaba de decirme que con ocasión del concurso regio-
nal se dará un magnífico baile en la prefectura… Estoy encarga-
da de informar de ello a la sociedad de Saint-Cyprien… La se-
ñora Parent tendrá allí una ocasión estupenda para escuchar ar-
tistas de primer nivel.
86
–Soy yo, señoras, – murmuró el diputado, – quién se debe
ocupar del reclutamiento de los artistas, y ruego a la señora Pa-
rent, que es una buena pianista, que cuente con ello.
Rosette hizo una adorable mueca de agradecimiento a
Berck de Villemont.
¡Por fin la tomaban por algo!
Los militares se habían instalado en una mesa del salonci-
to vecino y jugaban al bacarrá en compañía de algunos invitados
poco afectos al baile.
La señora Lugeol, la esposa del recaudador de impuestos,
estaba al piano cuando George Loudois ofreció su brazo a la
señora Parent; el subprefecto invitó a la señora Loudois, y el
consejero se dirigió hacia la señorita Blanche, la mayor de las
hijas del Sr. Gavier: lo que hizo comentar a las viejas damas de
la galería que podía verse una boda en el horizonte. Los demás
grupos se mezclaban en el momento en el que la señora Lugeol
comenzó a ejecutar el vals de Fausto.
–¡Qué admirable música! – murmuró Georges Loudois.
–¡Oh! sí, – respondió Rosette.
–Me parece vivir en un mundo mejor… Uno se siente
transportado en una ensoñación que se desearía eterna… Todo
lo que nos rodea desaparece…
–Señor Loudois, eso es insultante para su encantadora mu-
jercita… Un hombre casado…
–No destroce mi sueño…
–Soy yo a quien debe usted su felicidad…. no debería ol-
vidarlo…
–No lo olvido, señora, – continuaba Georges con voz tem-
blorosa.
–Me aprieta demasiado, señor, me hace daño…
–¡Perdón!... ¡perdón!... señora…
–¿Y mi marido? No veo al Sr. Parent…
–Juega en el salón con algunos caballeros.
–Una vez más, señor, relájese… me va a romper la ma-
no…
87
El vals continuaba, ondulante, embriagador. Al principio
era como una especie de invitación lánguida, un rumor amoroso;
luego pasaba sobre los corazones una tormenta de armonía tras
la cual todo se apaciguaba: los sonidos se volvían melancólicos
y tiernos y sumían a los danzantes en una dulce embriaguez.
La intérprete era una gran artista, y esa noche estaba inspi-
rada.
–Qué poeta, ese Gounod – dijo Rosette, que se sentía ob-
servada al pasar cerca de la señora Loudois.
–Sí… y además un buen camarada…
–¿Lo conoce?
–Mucho… Lo encontré en Nápoles hace dos años….en
París el año pasado… Usted tiene razón, señora, no es un músi-
co, es un poeta. Y usted, ¿por qué no toca más a menudo?... Us-
ted también es una artista…
–Se burla usted, sin duda.
–Claro que no, señora…
–¿Y cómo lo puede saber?
–Yo la escucho por las noches.
–No hablemos más, señor… Podría parecer inconvenien-
te…
–Todos saben que somos vecinos y amigos.
Georges la estrechaba más de cerca, siempre pareciendo
relajar el abrazo para volver a apretarla de nuevo, arrastrado por
una fuerza invisible.
El pantalón negro se aproximaba a los encajes del vestido;
los pechos se tocaban, y la joven mujer inconsciente se abando-
naba por completo al ritmo embriagador. Fuera de sí, sentía el
techo confundirse con el parqué en ese vals infernal: las medidas
se agrandaban, la gran lámpara la deslumbraba; las rosas de té
temblaban en su cintura. Ya no marchaba: la cadencia la trans-
portaba y se deslizaba con movimientos de todo su ser, semejan-
te a una culebra enamorada del sol. Pequeñas gotas de sudor
perlaban su frente; sus narinas estremecidas se dilataban como a
la exhalación de una fragancia esperada durante mucho tiempo.
Su boca, tan fresca de ordinario, reseca por el calor del salón, se
88
abría de vez en cuando, ardiente, irritada. La humedad de todo
su cuerpo se le subía a la cara: se sentía incómoda. A menudo la
danzante se echaba hacia atrás, con la cintura doblada, la pierna
extendida, el pecho jadeante, como para resistir al fatal arrastre.
Se abandonó enseguida.
Todo giraba a su alrededor; los muebles, las damas senta-
das sobre sus asientos, parecían saludar al paso en un movimien-
to de cadencia; los espejos deslumbrantes de luz se descolgaban
suavemente de las paredes y tomaban parte en el baile.
–Debo decírselo de una vez… He luchado… No puedo
más… Usted me mata… La amo…
–¡Señor!... ¡señor!...
–Sí, he querido olvidarla… Me he casado por sus conse-
jos… No la amo… Es siempre su imagen la que me persigue y
me obsesiona…
–¡Por favor!...
–Soy muy infeliz.
–¡En nombre del cielo!...
–Perdone… la adoro… No amo a nadie más que a usted…
Rosette, te amo…
–Es muy cobarde de su parte comprometer a una mujer…
–Señora…
De vez en cuando, se oían algunas voces sofocadas proce-
dentes de la sala de juego: el bacarrá discurría animado.
–Ahí van veinticinco luises.
–Banca.
–Nueve.
–Banca para Su Majestad… ¡Viva Pigé! ¡Viva Léopold!
Moulineau estaba radiante.
Los torbellinos pasaban aún y las olas de encajes se levan-
taban como alas de grandes pájaros blancos que planean, se ele-
van poco a poco y descienden hasta que se pierden en el aire.
Algunas damas cuchicheaban entre ellas: no era conveniente
bailar de ese modo… La Señora Parent se creía sin duda en un
baile de su aldea… Estaba chiflada…
–¡Oh! no puedo más… Mi cabeza… ¡Oh!... estoy muerta.
89
El vals había acabado. Georges llevó a Rosette a su lugar,
y cuando esta se sentó, se echó hacia atrás y fue presa de un des-
lumbramiento. Puso la mano sobre sus ojos en un supremo goce
y, casi perdida, desfalleciente, pareció sumirse en la nada en un
sueño encantador.
Ya no se bailaba. Las damas habían formado un círculo al-
rededor del piano, y los danzantes se habían dirigido al salonci-
to.
–¿El Sr. Parent no baila nunca? – preguntó a Rosette la es-
posa del subprefecto.
–Nunca, señora.
–Por el contrario, señora Loudois, su marido es un exce-
lente bailarín.
–Sí,– añadió la señora de Carreuse, – el Sr. Georges es uno
de los pocos hombres que todavía saben bailar… Antaño, en los
bailes de las fiestas patronales de Narvon – oh, señoras, hablo de
hace mucho tiempo – todos los caballeros adoraban el baile… El
marqués de Jamaye… El Sr. Moulineau padre… El Sr. Alfred
Villiers… el Sr. de Château Sonnier… el Sr. de la Catillière…
Hoy todo ha cambiado… Se quiere ser serio antes de tiempo…
–Es usted una gran artista, señora Lugeol, – observó Ro-
sette.
–Adoro la música; pero usted también, señora Parent.
–Es usted demasiado indulgente, señora…
–La señora Lugeol tiene razón, – continuó la esposa de
Georges; a veces tenemos el placer de escucharla desde el
jardín…
El consejero estaba muy solícito con la señora de Carreu-
se:
–Yo conservaré el mejor recuerdo de esta excelente vela-
da, señora… La revisión es penosa, pero estoy compensado más
allá de toda medida cuando se tiene la dicha de venir a Saint-
Cyprien… Adorable reunión… adorable música…
–Cuando se case, señor consejero, elija a una mujer que
sea músico.
90
–¿La música?... Pero, como dice la señora de Sevigné,
es…
Las conversaciones continuaron aún algunos instantes: se
organizó un pequeño cotillón entre los jóvenes, y luego, habién-
dose levantado los caballeros de la mesa de juego, se comenza-
ron a despedir de la familia Gavier.
–Una velada muy agradable, – concluía Moulineau, que
había ganado unos cien luises a su diputado Berck de Ville-
mont…
–Tiene usted mucha suerte, Pigé – dijo el comandante
Benjamin,– debería ir al casino de Bade…
–Váyase al diablo.
–¿Sir?... ¿Mi Leopold?... ¿Pigé?...
–Su mujer ha bailado por usted – decía el subprefecto a
Parent.
–Yo jamás he bailado en mi vida… Y si lo intentase, estoy
seguro de que mi cabeza daría vueltas como cuando subía a los
tiovivos siendo niño… Ese Georges es el alma de la fiesta. Pare-
ce que nunca vaya a envejecer…
–Un gran corazón…
–¿A quién se lo va a decir?... Todos lo queremos mucho
aquí… Y mire usted, desde que se ha casado con su prima la
señorita Varennes, no piensa ya en abandonar Saint-Cyprien…
Incluso creo que su padre le cedería de buen grado la alcaldía…
Las damas se introducían en los coches que esperaban ante
la verja del parque.
Eran las tres de la mañana cuando Moulineau y el coman-
dante Benjamin fueron arrastrados por algunos jóvenes de la
velada al café de los Italianos situado en la plaza del Hotel de la
villa.
Se encargó una sopa de cebolla y los gritos de: ¡Viva Pigé!
¡viva Léopold! volvieron a oírse de nuevo.
Por el día, Benjamin estaba ebrio. Fatigado de los aires de
importancia que se daba Moulineau, que se vanagloriaba de
haber realizado las proezas más extraordinarias, el comandante
intentó apabullarlo:
91
–Tomemos una absenta.
–¿En dónde, padrecito?
–En tu bota, sin duda.
–Con mucho gusto, papá.
Y, para estupefacción de sus amigos, el presidente de la
fanfarria vació varias veces su bota. Hecho lo cual, se puso a
ridiculizar a las damas de Saint-Cyprien, especialmente a la hija
de «Gran-Cartera », que había bailado casi una media hora sin
parar y que a punto estuvo de desmayarse en brazos de Georges
Loudois, un imbécil que desatendía a su pequeña Marie.
Georges y su esposa conversaban en su habitación:
–¿Por qué estás triste, Georges?
–¡Yo!... – dijo soñador, como si respondiese a una persona
que se encontraba lejos.
–¿Te encuentras mal?
–No.
–Te encuentro pálido. ¿Quieres que te haga un té?
–No, Marie; estoy muy bien…
–¡Oh! esas veladas oficiales!... No te gustan, ¿verdad?...
–¡Dios mío!...
–Son mucho más agradables nuestras reuniones íntimas…
–Hay que acostumbrarse a todo, Marie.
–¿Tú me quieres, mi pequeño Georges?
–¿Y esa pregunta?... Claro que te amo con todo mi co-
razón, mi querida mujercita…
–Bésame. No me has besado desde que hemos regresado.
Pero, mi Gorget, tus manos están heladas… tu corazón late…
–No es nada…
–Y tu mirada está como extraviada…
–Necesito descansar, querida…
–¡Ah! Georges, si me engañases…
–¡Anda, loquita!...
Al día siguiente, Rosette se quejaba de unos violentos do-
lores de cabeza. Ordenó que no se la molestase, y cuando Pros-
92
per fue a interesarse por ella, le rogó que no permaneciese allí
mucho tiempo; necesitaba estar sola. Por lo más mínimo se irri-
taba: echó a la hija de su criada porque era tuerta: una mujer
tuerta le horrorizaba.
Algunos pálidos reflejos de sol acababan de iluminar las
alfombras, y la luz tamizada por las persianas hacia resplandecer
la decoración dorada de la chimenea donde destacaba el retrato
al pastel de Rosette y en dos marcos disimulados bajo unos tin-
teros con sus plumas las fotografías del padre Bérias y de la ma-
dre Jeanneton. El aldeano estaba de pie, con la mano posada
sobre el hombro de su compañera sentada, ella, sobre una silla
cuyo respaldo le llegaba al cuello; las manos desocupadas de la
mujer colgaban en una especie de mortal apuro.
La pequeña Andrée fue llevada a la cama de su madre; la
niña la observó durante un buen rato, confesando en su inocente
lenguaje que jamás le había parecido tan pálida y tan guapa.
–No, nadie, –dijo Rosette – quiero estar sola.
Y rechazó brutalmente a su hija.
En la habitación había como un olor a éter y opio. Se hab-
ían retirado las flores del cuarto de baño: las grandes palmeras,
las yucas, los rododendros, habían sido relegados a la galería:
solamente quedaba un pequeño ramo de violetas sencillas que
había sido enviado discretamente por Georges.
La niña no se había equivocado; Rosette estaba extraordi-
nariamente hermosa.
La migraña animaba su rostro: sus ojos brillaban con un
fuego extraño; tenía todos los síntomas de la mujer enferma de
amor: poses indolentes, mirada llena de seductoras y misteriosas
promesas. Su gorrito blanco se había perdido bajo las mantas; y
los cabellos, los hermosos cabellos conservando su lustre de
jade, brillaban como un montón de ébano pulido. Bajo su cami-
sa bordada, castamente entreabierta, sus senos blancos y rosados
parecían brincar atemorizados… Su frente palidecía; sus sienes
estaban surcadas por venillas de un azul suave, y sus manos
completamente endebles hacían chasquear sus dedos como unas
tenazas forjadas de acero y de amor.
93
Se revolvía moviendo las sábanas que acariciaban su cuer-
po, y se sumía en una visión extática.
Rosette pensaba en el baile en el que había atraído todas
las miradas, en las amables palabras de Georges, en el estreme-
cimiento, hasta ese momento desconocido, que había hecho
temblar su cuerpo cuando él la arrastraba entre los torbellinos
del vals. Sus recuerdos acudían a la noche en la que había tenido
el valor de permanecer fría ante esas ardientes declaraciones. Se
decía que allí, en el fondo del jardín, ante el muro roto, había
sido ella quien había aconsejado a Georges que se casara con su
prima, quién le había hablado maravillas de una pareja unida y
legal; y ahora, estremecida aún por los recuerdos que la obsesio-
naban en su fiebre de enamorada, se acordaba que después del
vals, cuando ella había regresado a su asiento, cegada por los
brillos de la lámpara, había concebido embriagueces y goces
ignorados, y que por primera vez en su vida algo de su ser se
había ido. Atormentada por un deseo que nadie podía satisfacer,
se sentía celosa de la otra joven mujer, flor de sentido común y
razón, sin pasión y sin fuego e indigna de compartir una dicha
que nunca podría comprender.
Y después de esa jornada febril, escuchó cantar canciones
místicas. Era como una tormenta de armonía que llenaba su ce-
rebro. No había visto nada: su imaginación en delirio le hacía
adivinar todo. Más allá del cielo de su cama, entreveía mujeres
acostadas en graciosas poses, y hombres de cuerpos delicados
que avanzaban hacia sus diosas con impulsos de los que se esca-
paban perfumes embriagadores. Las mujeres dejaban caer los
péplum con los que estaban tapadas y desanudaban sus cabelle-
ras negras o doradas como los rayos del sol: los cuerpos se con-
fundían en un divino abrazo.
Su sueño se complacía en buscar una semejanza con su
Georges, y la encontraba en el hombre más guapo, aquél al que
las mujeres desnudas buscaban con más avidez y que, mediante
su mágica mirada, las contenía en un sublime éxtasis.
Bruscamente, su imaginación se calmó; la invadió la reali-
dad y comparó a su marido, ese hombre sin gracia, con el ideal
94
de su sueño. Prosper quería ser galante y era grotesco. No veía
en él más que un animal ávido de goce, sin chispa y sin amor.
El final de la noche resultó más tranquilo. Por la mañana
se le anunció que la familia Loudois, que había ido a las Basti-
des a casa de la señora Varennes, había lamentado intensamente
no poder expresarle sus deseos de que se recuperase.
Esa noticia le hizo bien. Marguerite la ayudó a vestirse y
como la jornada era soleada, bajó al jardín.
Los geranios se abrían al sol, y el césped inglés, perlado
aún del rocío matinal, emitía brillos de luz. Las violetas frescas
bajo su sombrero de rocío, esparcían por el aire suaves emana-
ciones. Al otro lado del arroyo se percibían las praderas verdes y
radiantes bajo los brotes de oro y las margaritas: la brisa que
hacía vibrar los árboles verdes llegaba fresca y embalsamada,
los insectos zumbaban entre los rayos del sol, al lado de los
grandes naranjos cuyas flores, semejantes a vestidos de novias,
se libraban a las caricias de los abejorros y las avispas.
Sentada a la sombra de los sauces del jardín, sencillamente
vestida con un batín de rayas azules, la cabeza apoyada sobre un
banco de arpillera, Rosette se divertía contemplando la jaula en
la que sus bonitas tórtolas arrullaban su canción de amor. Esa
jaula era una de sus mayores delicias. Se esmeraba mucho en
llevar a los pequeños prisioneros agua muy clara en un vaso bien
limpio, extender fina arena sobre las planchas posadas sobre
alambres. Y como una niña grande, con risa sonora que dejaba
ver a los pájaros sus dientes blancos, se hacía morder los dedos
por los picos rosados, y emitía grititos sofocados.
Además, cuando bajo los ardores del sol meridional, el
canto del palomo se hacía más apresurado y perseguía a la tórto-
la que al principio trataba de evadirse para al final dejarse coger;
cuando después de los besos de amor repetidos, el macho, su-
cumbiendo a los honores de su victoria galante, quedaba apoya-
do sobre los barrotes, batiendo las alas, con la mirada apagada,
ella se acercaba a la jaula y, bendiciendo la naturaleza, feliz de
vivir, le parecía que las violetas exhalaban su olor para excitar a
los tórtolos.
95
Este apaciguamiento del ser solamente era ficticio.
Rosette se sofocaba bajo los efluvios amorosos que hin-
chaban su corazón enfermo, y se preguntaba si debía esperar.
Pero, de regreso a su habitación, fue presa de un repentino
temblor nervioso: se puso a llorar y a gritar muy fuerte. Margue-
rite acudió de inmediato a su lado y trató de consolarla con bue-
nas palabras.
En un momento, la crisis la sacudió tan violentamente que
sus sollozos fueron oídos en el estudio. Prosper acudió.
Ante ese rostro descompuesto, ante esa boca crispada, ante
ese cuerpo que tenía espasmos y amenazaba con romperse, el
hombre se retorcía las manos de dolor:
–Te lo suplico, Rosette, no hagas eso.
–Déjame sola… sola.
En medio del silencio, ella se sintió más fuerte y mejor
armada:
–Quiero permanecer siendo una mujer decente, – murmu-
raba con los dientes apretados…– es lo que quiero… ¡Ah! ¡Po-
bre cabeza!… ¡pobre cabeza!…
97
VIII
Las veladas teatrales eran escasas en Saint-Cyprien, y el
viejo hotel de la ciudad que servía de refugio a las compañías de
paso permanecía varios meses sin abrir sus ventanas. Tan solo,
la sala de deliberaciones del consejo municipal tomaba vida
cuando la voz de Moulineau hacía temblar los yesos de la pared
que se caían, fragmento tras fragmento, y se desmigajaban sobre
el suelo con toda la tenacidad de una protesta.
Resultó todo un acontecimiento la llegada de una compañ-
ía de gira veraniega que representaba indistintamente ópera,
drama, comedia y vaudeville. Hasta ese momento, en los días
más afortunados, solo se había podido escuchar alguna noche a
los actores de Pensol que venían alguna tarde dominical, ahítos
de fatiga, cortando los diálogos, suprimiendo las canciones, re-
presentando dos actos de cuatro y con prisa para irse después de
la representación. Penosos actores que se reclutaban entre las
sobras que el final del invierno arroja por los cuatro costados de
Francia y para los que no existe, como las golondrinas, la patria
verde y florida que han soñado.
Por fin podría verse una troupe capaz de rivalizar con to-
dos los colegas de la capital.
El director Couty era un hijo del país que el demonio del
arte había tentado hacia otros cielos. Regresaba de Lyon, de
Marsella y de Burdeos, pobre aún, pero con la convicción de que
pasaría algunos días felices en su ciudad natal. Si bien su com-
pañía era excelente, era poco numerosa: sus dos hijas, las señori-
tas Clairette y Noémi, rubias y elegantes como dos Gretches
auténticas; dos camaradas de infortunio; tres aficionados, dos
debutantes muy bonitas y el viejo tío Julien componían todo el
personal.
98
Pero Couty, que hacía a la vez las funciones de director y
representaba el papel principal de todas las obras, sabía que en
Saint-Cyprien encontraría auxiliares dispuestos a prestarle su
colaboración sin remuneración.
Se había formado, en efecto, una sociedad de jóvenes que
cantaban operetas y representaban comedias y dramas. Georges
Loudois que recitaba los versos de un modo soberbio, estaba en
la cabeza de esos artistas aficionados y en algunas veladas ínti-
mas ya se habían revelado algunos talentos que no pedían otra
cosa que mostrarse. Desde hacía tiempo se deseaba abordar las
tablas ante el gran público: solo se necesitaba un director.
Se representaron varias piezas del repertorio en las que los
jóvenes de Saint-Cyprien se mezclaron con los artistas de la
compañía, y, con algunos cortes, se autorizó la puesta en escena
de Hernani.
Los papeles fueron distribuidos del siguiente modo:
Couty hacía de Ruy Gomez; Dona Sol fue la encantadora
Clairette, y Georges Loudois se convirtió en Hernani. Los demás
roles estaban repartidos entre los actores de la troupe y los com-
pañeros de Georges.
Por esa vez la velada había sido a beneficio de los pobres.
Llovía.
Desde las siete de la tarde, la muchedumbre se apresuró
hacia el teatro brillantemente iluminado. La sala estaba repleta.
Moulineau extrajo sus gafas del estuche y se instaló en el
palco del alcalde, el gran palco decorado con paños rojos y cres-
pones dorados, tal vez un poco pasado de moda y ajado pero
retomando su lustre bajo los resplandores de las llamas que el
lampista todavía no hacía acabado de encender.
La señora de Carreuse, el marqués de Jamaye, el Sr. y la
señora Lugeol, la señora Gavier, tomaron asiento en el palco
frente al cual el presidente de la fanfarria se relajaba. Entre los
primeros asientos, unas señoritas de vestidos blancos agitaban
sus abanicos para disipar los rubores que emociones de todo tipo
hacían subir hacia sus mejillas vírgenes de pecado; en las se-
gundas galerías, algunos aldeanos venidos de Nègre-Combe, de
99
Jamaye y de Mersay, hacían señales a sus compañeros del parte-
rre y parecían dar consejos al lampista que ya terminaba su ta-
rea.
Cuando los músicos de la ciudad ocuparon sus puestos en
la orquesta, arrastrando a su paso el olor cálido y polvoriento de
los corredores, la lámpara resplandeció y el lampista se llevo la
escalera.
Era el momento en que las señoras Loudois, acompañadas
de Rosette, hacían su entrada en el palco municipal. Moulineau
se inclinó, dejó su asiento, y las dos jóvenes mujeres se sentaron
sobre los dos primeros sillones de la ante escena. Saludaron al
palco de enfrente, y la señora Parent reposó su cabeza sobre la
palma de su mano, mientras la cortina se levantaba suavemente
sobre el primer decorado de la escena.
Rosette apenas escuchó el diálogo de Dona Josepha y de
Don Carlos; su atención no se despertó en realidad hasta que
apareció Hernani. La entrada de Georges levantó unánimes
aplausos. Llevaba orgullosamente su gran capa, bajo la cual se
ocultaba un vestido de montañés de Aragón con una coraza de
cuero, una espada, un puñal y un cuerno en la cintura.
Estaba pálido; pero su mirada, que arrojaba dulces llamas,
se perdía a menudo en el palco de su familia, y Rosette, la aman-
te deseada que vigilaba los movimientos de su vecina, sentía
estallar su corazón. Marie, embriagada de dicha, hacía partícipe
a su compañera de sus pasadas alarmas:
–¡Oh! temía tanto que no se emocionase!
El padre Loudois sentía gruesas lágrimas inundar sus ojos,
mientras que Moulineau, de pie, con la mirada atenta, sonreía al
actor:
–Bravo… Muy bien… Ha nacido para eso… Es el único
que sabe su rol… Bravo…
De vez en cuando, la puerta del palco municipal se abría
para dar paso a los amigos que acudían a felicitar al alcalde por
el éxito de Georges.
Rosette no perdía de vista los ojos de Hernani. Había leído
la obra cien veces; pero jamás se había sentido con ella tan
100
grande emoción. Se encontraba entre sus lecturas nocturnas…
Don Carlos estaba allí… De pronto la ventana de Dona Sol se
iluminaba: se veía su sombra dibujarse sobre los luminosos cris-
tales; la luz desapareció; la puerta se abrió, y Dona Sol, con una
lámpara en la mano, su manta sobre los hombros, iba a buscar a
su amante… Se había confundido: ese no era su paso; esa no era
su voz… Finalmente, Hernani aparecía detrás del rey, inmóvil,
con los brazos cruzados y los ojos arrojando fulgores… Dona
Sol emitió un grito, corrió hacia Hernani y lo envolvió entre sus
brazos… Hernani miró orgullosamente a Don Carlos.
–Bien, mi Georges, – decía a su vez la señora Loudois.
–Caramba con Georges, – murmuraba Parent al final del
segundo acto, – juraría que sale del Conservatorio… y además,
pone un ardor… ¿Habéis visto las miradas que arrojaba hacia
nosotros?... Su Dona Sol, es usted, señora Marie… Cuando re-
presenta no piensa más que en usted…
–Cállate – dijo Rosette impaciente. – ya comienza.
El público admiraba los retratos de familia de los Silva ro-
deados de coronas y escudos dorados, mientras Moulineau, que
encontraba por todas partes semejanzas, interrumpía de vez en
cuando a los actores:
–¡Anda! el comandante de reclutamiento… ¡Ah! el mar-
qués de Jamaye… el consejero de la prefectura…
–¿Dónde? – preguntaba el Sr. Loudois.
–Al lado del retrato de don Silvius… el de Christoval… y
de don Jorge… El mismo corte de barba… Es el marqués, pala-
bra de honor… es el marqués de Jamaye…
Una vez finalizada la escena, Rosette se sintió en otro
mundo. La voz de George le cantaba en el corazón, y se decía
con Dona Sol que ella también prefería una vida llena de esco-
llos y de tormentas a la monótona existencia que la mataba…
¡Oh! ¡cómo se había equivocado al alejar de sí a Georges! Era a
ella, solo a ella, a quien dedicaba su representación… Ella lle-
vaba las palabras de amor de Dona Sol inscritas en sus grandes
ojos; él podía leerlas allí… Se veía en algún país lejano reprodu-
ciendo con Georges la escena de amor en la que Hernani aconse-
101
ja a Dona Sol alejarse. Con los ojos llenos de lágrimas, le pare-
ció que ella se identificaba con la dama cuando los dos amantes,
en brazos el uno del otro, se miraban con éxtasis, sin ver, sin
escuchar y como absorbidos en sus miradas… No, ya no había
otro hombre más adorado que Georges… Se sintió temblar, pero
permaneció tan indiferente a la presencia de Prosper como a la
aparición del duque Gómez petrificado sobre el umbral de la
puerta.
Prosper se inclinó dulcemente hacia ella:
–¿Es guapo, verdad?
–Sí.
–¡Qué calor!… – decía Moulineau… – ¡Uno se cuece
aquí!…
La señora Parent ya no escuchaba.
–¿Te encuentras bien? – preguntó Prosper.
–Sí… salgamos… Me sofoco…
Se dejó caer sobre el diván del salón que precedía al palco,
y las damas Loudois se apresuraron a su alrededor… La sala
retumbaba bajo los bravos.
–Ya me siento mejor.
La señora de Carreuse, que había acudido con premura
con su hija, le hizo respirar unas sales. Rosette suplicó a esas
damas y caballeros que retomaran sus asientos: por la puerta
entreabierta, pudo escuchar aún la voz de Hernani.
Insistieron para que volviese al palco; pero respondió que
el calor de la sala le resultaba muy sofocante. Prosper no quiso
abandonarla: se había sentado de nuevo a su lado y tomaba una
de sus manos entre las suyas.
–Te lo ruego, Prosper…
–¿Quieres volver a casa, Rosette?
–Todavía no.
Sin embargo no quiso quedar hasta el final del quinto acto:
sabía que Georges iría a su palco y que no podría impedir pare-
cer cariñoso con su esposa: ella no podía asistir a esa entrevista.
Hizo una seña a Prosper quién, por lo demás, no la perdía
de vista:
102
–Vamos.
–¡Oh! señora – dijo Moulineau, – puesto que se encuentra
mejor… espere el desenlace… la escena del envenenamiento…
la muerte del duque… es la obra maestra del gran e inmortal
Victor Hugo, ¡qué genio! ¡qué gran corazón!... Tengo una her-
mosa carta suya… ¿No lo cree usted, señor alcalde?
–Claro que sí… claro que sí – respondió el padre de Geor-
ges.
–Yo siempre llevo conmigo ese precioso manuscrito; es un
talismán… Voy a leerles la carta…
–Ya me la ha leído…
Moulineau tomó en su cartera un trozo de papel cuidado-
samente doblado, que llevó religiosamente a sus labios.
–Comienzo.
–Escucho, – dijo el Sr. Loudois, – gran admirador del poe-
ta, pero muy molesto en tener que escuchar, quizá por centésima
vez, la más benevolente de las repuestas.
–¡Hum! ¡es precioso esto! – observaba Moulineau a cada
frase y casi a cada palabra… Mi querido colega… Es que yo soy
un poeta, un poeta auténtico… Yo había dicho « maestro: se me
responde: colega… ».
La señora Parent se había levantado; las damas Loudois
quisieron acompañarla.
Ella se lo agradeció con una amable sonrisa.
Prosper la ayudó a ponerse sobre los hombros su magnífi-
ca capa de satén blanco y ambos descendieron por la vieja esca-
lera de piedra del hotel-de-ville. No había nadie en los corredo-
res, y el notario aprovechó el silencio para decir que Georges era
muy audaz y que, en cuanto a él, jamás se hubiese atrevido a
subir a un escenario, y que si lo hacía, sus clientes se le reirían
en sus barbas… ¿Opinas lo mismo, verdad Rosette?
–Sí – respondió ella sin haber escuchado ni una sola pala-
bra de la pregunta. Subieron al coche.
Solamente la vieja Marguerite dormía cerca del hogar.
Prosper besó a Rosette. Ese beso impregnado de la sobrecargada
103
atmósfera del teatro, cayó sobre su boca, graso, espeso, dema-
siado ardiente.
–No puedo amar a este hombre – pensó ella arrojándose
sobre su cama, ahíta de lasitud y desagrado.
Parent se retiró y ella emitió un suspiro de alivio al encon-
trarse sola en su habitación.
… Era noche.
La pequeña Andrée dormía, y el Sr. Parent, que acababa
de partir con su pasante para recibir el testamento de un enfermo
de Mersay, había previsto que no regresaría hasta tarde. Los
criados estaban acostados hacía rato, y Rosette, que se sentía
mejor, se paseaba silenciosamente bajo las enredaderas del
jardín, cuando de repente una sombra se mostró detrás del muro
y la hizo dar un respingo.
–¿Señora Rosette?
Ella no respondió.
La voz más clara, casi estridente en la gran calma de la
noche, repitió:
–¿Señora Rosette?...
Ella quiso hablar, quiso huir: se sintió clavada en el sitio.
Georges estaba ante ella. Él le tomó las manos y las llevó
a sus labios. Una palabra le vino a la boca; ella la pronunció sin
tener conciencia de ello:
–¡Desdichado!
–¡Oh! no, soy feliz… muy feliz…
–Por el amor de Dios… déjeme… Si me quiere no lleve la
desgracia a una familia… Piense que soy madre…
–He combatido durante mucho tiempo mi insensata pa-
sión… No puedo más… Señora, fue aquí mismo donde me
aconsejó casarme… El medio de curarme, decía usted… Uno
siente la decencia… el deber… Todas esas palabras que se arro-
jan a la cara y se espera… pero la locura llega un día… ¿Dice
usted que Marie es bella? Yo no la conozco; no la he visto…
Rosette, eres tú la única a la que amo… Cuando hablo con ella,
es contigo con quien creo estar hablando… Sus besos me que-
104
man… Sus palabras de amor me hacen daño… Tú, tú, nada más
que tú…
Hablaba con voz estrangulada y la arrastraba hasta el le-
cho de ramas verdes donde las hojas de los árboles dibujaban
caprichosos perfiles.
–Mi familia está en las Bastides… Los he dejado allí a to-
dos… He pretextado un viaje… Hace dos horas que estoy aquí
como un insensato y he tenido un presentimiento… Qué Dios
tenga piedad de mí… ¡Oh! Rosette, ven… estamos solos… está
oscuro… Ven, te adoro…
–Georges… te adoro.
Y la joven se inclinó sobre su hombro, y anegada en
lágrimas, con las manos juntas, la carne estremecida, los labios
húmedos, se abandonó… Los reflejos de la luna vinieron a ilu-
minar su rostro: estaba pálida y como transfigurada, cuando su
cabeza hizo temblar las clemátides y las madreselvas y un largo
estremecimiento recorrió los árboles verdes.
Nada turbaba el silencio de esa noche.
En un momento le pareció oír un ruido.
–Alguien viene, estamos perdidos.
–No temas, adorada mía; es el viento que hace temblar las
hojas… Te amo…
Y ella respondía.
–Yo también te amo y no tengo miedo…
… El cielo se había oscurecido y las hojas de los árboles
ya no se movían. Unos vapores de un dorado bruñido se desple-
gaban en el horizonte sobre las altas colinas, y los robles de las
praderas se cubrían de sombras movedizas.
Poco a poco, la llanura se iluminó; se oían a lo lejos los
cantos del labrador y como gritos de un pájaro al que nada res-
pondía.
La vida en calma manifestaba su despertar.
–¿Me amarás siempre?
–¡Oh! sí.
–¿Con toda tu alma?
–¡Con toda mi alma!
105
Georges la acompañó a través de los senderos bordeados
por macizos; iban tomados de la mano, buscando mitigar el rui-
do de sus pasos. La puerta estaba entreabierta. Antes de despe-
dirlo ella lo estrechó entre sus brazos:
–¡Mi Georges!...
–¡Mi Rosette!...
Ella se volvió una vez más, lo miró fijamente, y, besando
violentamente su mano, extendió el brazo en una convulsión
suprema; y radiante, sonriente al amor, olvidando todo, envió un
sonoro beso al aire como el adiós de un pinzón.
Al día siguiente, al mediodía, el Sr. Parent regresó de
Mersay; encontró a su esposa ocupada en recortar unas verbenas
en los macizos que daban al comedor. En vestido gris claro, con
un gran sombrero de paja sobre la cabeza, un delantal negro gra-
ciosamente anudado a la cintura, iba y venía con unas pequeñas
tijeras de podar en la mano, y embriagada del aire libre, presentó
su frente a besar a su marido.
¡Qué feliz estaba, él que había estado tan desolado por au-
sentarse en lo más álgido de la migraña de su mujer! Pasó como
un rayo de dicha en su mirada un poco turbada.
Ella le sonreía, mostrando sus dedos llenos de tierra fres-
ca. Andrée, que jugaba en el vestíbulo, acudió a recibir a su
papá.
Prosper estaba radiante. Su noche había sido dura a la ca-
becera del enfermo, pero había cumplido concienzudamente con
su deber y había sido recompensado con el afecto de los suyos.
–Los negocios marchan – decía. – El Sr. Faure me prome-
tió dos importantes ventas en Mersay… Todavía tendré un exce-
lente contrato de matrimonio… Mi Rosette, pronto podremos
librarnos de nuestras pequeñas deudas y ya no necesitaremos
importunar más a nuestra familia.
Ella lo vio tan contento que se sintió mal.
–Tienes calor, amigo mío, no quedes fuera… vamos,
ven…
Rosette le tomó por el brazo, la pequeña Andrée se colgó
de su chaqueta, y él se dejó arrastrar, ebrio de dicha.
106
La velada fue encantadora. El Sr. Faure, el juez de paz, el
Sr. Moulineau, el comandante Benjamin, vinieron a contar sus
impresiones sobre los nuevos actores de teatro.
Se habló de los Loudois, que no debían divertirse dema-
siado en los Bastides, y de Georges al que la enfermedad de uno
de sus primos acababa de llamar a Pensol. Georges, en efecto,
había partido la misma mañana para la capital de la provincia,
aprovechando una carta de la que había exagerado los términos;
su familia creía que no se detendría en Saint-Cyprien.
Rosette escuchó, conversó, y todo el mundo le hizo cum-
plidos por su buen humor.
A partir de ese día, Georges y Rosette se vieron a menudo,
pues encontraban el medio de decirse una frase al paso, una pa-
labra que no tenía más que sentido para ellos. Se intercambiaron
fotografías. Ella guardó la que él le dio en su armario de espejo,
entre los pliegues de sus camisas: era su retrato de estudiante. La
joven encontraba a Georges más guapo ahora, más hombre y, a
pesar de eso, prefería esa fotografía a otra más reciente, porque
le parecía que le había pertenecido desde hacía más tiempo.
Cuando estaba sola, tomaba la imagen de su amante y la
devoraba a besos; ese era su Georges, el Georges de ella, su
amante.
Cierto día en el que esperaban la hora dichosa en la que las
damas Loudois irían de visita al castillo de Mersay, Rosette tuvo
una fantasía: advirtió a Georges que quería ir a verlo a su propia
habitación.
A plena claridad del día, y mientras Prosper trabajaba en
el estudio, ella escaló el muro con la ayuda de una silla, atravesó
el jardín y se dirigió hacia la puerta de la casa del alcalde.
–¿Georges?
–Rosette…
Loudois esperaba en lo alto de la escalera.
–Mi padre está en su habitación… No escuchará nada…
Ella echó un vistazo a la ventana del corredor, quitó sus
pantuflas y subió suavemente:
–¡Oh! mi corazón está a punto de romperse…
107
–Mi mujercita…
Ella se dejó conducir a la habitación, la estancia del ma-
trimonio, decorada totalmente con telas azules, y se sentó sobre
una silla, muy cerca de la chimenea laminada de plata con ribe-
tes dorados.
–¿Es aquí donde te dejas querer por Marie?
–No pienso en ella.
–Aquí están las sortijas que le has regalado de novios – di-
jo ella vertiendo en su mano el contenido de una cesta de cris-
tal… – Pobre Marie… Aspecto inglés… un poco delgada… mi-
rada de novia… Francamente querido, esa no es la mujer de tus
sueños… Es incapaz de subirle a la cabeza a un hombre… No
parece vivir…
Rosette rodeó con sus brazos el cuello de su amante.
–Me gustaría dormir contigo… soy tu amante, Hernani
mío… te pertenezco por completo, y ayer por la noche era yo
quién miraba tu ventana…
–¡Ángel mío!...
Ella se quedó algunos minutos y luego regresó a su jardín
donde jugó a ser madre con su pequeña hija hasta llegada la no-
che.
La madre y la hija hacían de mamá por turnos. Se daban
nombres. La madre se llamaba: « mamá Grondin ». La chiquilla
se llamaba: « señorita Lili ».
–Ahora, mi Andrée, ahora te toca a ti.
Entonces la niña, imitando a su madre, tomaba un aspecto
serio y sacudiendo sus pequeños dedos:
–Señorita Lili, no has sido prudente… Has comido un ta-
rro de mermelada que estaba reservado para la cena… Serás
castigada…
–Mamá… perdón, mamá Grondin.
–Ta…ta…ta… Siempre dices lo mismo.
–Mamita… mamita…
–Bueno, por esta vez te perdono… Ven a besarme, Lili.
Y Rosette ofrecía sus labios, abriendo los brazos, avan-
zando hacia su hija, semejante a uno de esos bebes sonrosados
108
que se muestran en los escaparates de juguetes para regalo. Se
dejaba tomar y devoraba a Andrée con caricias infantiles.
–Mamá… yo zoy tu Lili… mamita… te quero… te quero
con todo mi corazón, mamá Grondin.
El juego se terminaba con grandes risas.
Prosper seguía todas esas escenas con un vivo interés. Se
divertía mucho con ellas.
A veces, Clapier las veía hacer a ambas, y como pensaba
en el desorden del hogar Parent, murmuraba con voz sorda,
apretando los puños:
–Tan infantil una como otra… ¡Qué mujer!... ¡Dios santo,
qué mujer!
…Durante los buenos días de verano, las damas y los ca-
balleros daban largos paseos por la sombría ruta del bosque de
Lamète.
El Sr. Parent, el Sr. Faure, el juez de paz, el comandante
Benjamin, el Sr. Moulineau, mantenían discusiones filosóficas y
puntos de vista; se hablaba de Darwin y de su sistema; se expon-
ían teorías sobre la formación del globo terrestre y Moulineau
sostenía que, mediante el examen de ciertas rocas erosionadas
por las olas del mar, los sabios habían llegado a concluir que el
mundo existía desde hacia millones de años.
–Bromas de los periódicos, – interrumpía el Sr. Faure. –
Hoy cualquiera dice ser periodista…
–Señor, no me insulte.
–¿Cómo?
–Sí, señor, también yo me llamo Victor Moulineau, soy
periodista y me vanaglorio de ello… ¿No ha leído usted mi so-
neto a la Virgen en Le Figaro?
–No.
–¿Y usted, señor Cournet?
–No.
–Pues bien, caballeros, es que no leen ustedes nada.
109
Las damas Loudois, la esposa del subprefecto, la señora
Lugeol y Rosette habían llegado a lo alto de la avenida de los
robles.
Georges jugaba con Andrée, tomaba a la niña sobre su es-
palda, corría con su perro Médor que ladraba alegremente ante
ellos.
–Más aprisa, Geor,– gritaba la chiquilla.
Ella le llamaba Geor; nunca de otro modo.
La madre se destacaba algunas veces del grupo de las da-
mas.
–Señor Loudois… señor Loudois… va a caer… Andrée…
mi hija, tenga cuidado.
Rosette tenía con su amante frases entrecortadas que la
inocente niña no podía comprender.
–Geor, levántame; Geor, tú no corres bastante aprisa…
Geor… Vamos, Geor…
–¡Qué simpática es nuestra Andrée!
–¡Y qué lástima que no sea nuestra, de ambos!
–Otra vez…
–¿Geor, me comprarás una sombrilla parecida a la de
mamá?
–Sí, querida.
–Bordada, ¿verdad?
–Sí, sí, sí.
–Mi pequeño Geor… Llévame ahora… llévame…
Georges la subía a sus espaldas y llevaba a la pequeña
Andrée que reía y gritaba mientras el viejo Médor, el perro de
Loudois, que se metía siempre por medio, le lamía las manos y
el rostro.
¡Pobre Médor! su pelaje color marrón se había convertido
en el terror de los carniceros y su glotonería le había atraído más
de un correctivo cuando se arrojaba con todas su fuerza para
atrapar al paso un cuarto de cabrito recién sacrificado. Sin darle
tiempo a gozar del pillaje, regresaba a casa, con las orejas bajas
y aires de conspirador, para vigilar la gallina que se cocinaba en
el asador; espiaba con la mirada a la vieja Babet; y de vez en
110
cuando, si la llama no era demasiado viva y se lo permitía, lamía
suavemente la espalda del ave y bebía un poco de jugo de la
gran olla de hierro.
Tenía recursos tan arteros e hipócritas de cometer su latro-
cinio que casi nunca era descubierto por los criados. Por añadi-
dura, Babet adoraba en general a todos los perros y a Médor en
particular. También, en las mañanas de invierno, los perros del
barrio acudían a calentarse en la cocina de la casa de los Lou-
dois: grandes y bohemios canes, dogos, españoles y pequineses,
perrillos negros de cura y grandes mastines de carnicero, e in-
cluso los judíos errantes fraternizaban ante las llamas; la vieja
impedía las riñas, y si toda la raza canina tenía lugar en el hogar,
una vez se habían ido los camaradas, no había atención con la
que ella no colmase a su Médor, un viejo baboso, enfermizo por
la edad pero risueño y buen muchacho que se dejaba mimar so-
bre las rodillas de la buena mujer.
–¡Pobre perrillo!... ¡pobre perrillo!…
Babet incluso le daba la mitad de su chocolate y también
algunas pastillas para el reuma.
Andrée jugaba continuamente con Médor, que lamía bas-
tante a menudo las gallinas del notario.
Los caballeros exponían tesis sociales: en ese momento se
trataba de la situación de la mujer en el hogar, desde el punto de
vista de la autoridad.
–Mire usted, – decía Moulineau, – la mayor cualidad cere-
bral es el espíritu de generalización… Usted, notario, cuando
tiene una liquidación que hacer, toma el toro por los cuernos;
procedencia de bienes, partes aferentes, informes, activos, pasi-
vos; examina los detalles; aprecia en términos de comparación;
usted generaliza… Mi comandantes, cuando usted está en cabe-
za de un batallón, no se ocupa ya más de tal compañía que de tal
otra: lo que usted desea tener es un conjunto, y no hubiese esta-
do satisfecho con ver una compañía en desbandada y la otra ad-
mirablemente conducida; usted, señor Faure, en sus ventas de
bienes, le da igual saber si tal pradera alcanzará tal cifra; lo que
usted quiere es un resultado, un conjunto… En mi fanfarria me
111
enfurezco si las trompetas se tocan correctamente pero los clari-
netes no están afinados… Yo también quiero el conjunto… Así
pues, todos somos generalizadores…
El orador se secó el rostro y continuó:
–Si yo pido que la mujer quede en el hogar y sea indife-
rente a las grandes cuestiones que afectan a los hombres, es por-
que la mujer no conlleva en sí el espíritu de generalización; su
propia naturaleza la absorbe en el detalle, y su delicado tempe-
ramento le incita a mil finuras, mil sutilezas que a nosotros se
nos escapan y, por otra parte, deben escapársenos. Un espíritu
vigoroso y robusto no es fino. Un hombre fino es una mujer en
ciernes. Además sus trabajos ordinarios son indicativos del
carácter femenino: la tapicería, los bordados, la atención hacia
las lanas y sus matices, las discusiones relativas a las sedas, a los
diseños, todo eso la arrastra al detalle, a la aplicación, a la minu-
cia… Ideas de conjunto y de generalización sobre la manera de
contar los hilos, de llevar una trama, de analizar un bosquejo…
¡Venga ya! Que las mujeres se queden con sus telares de caoba,
con sus bonitos costureros, que den puntadas a 5 o a 4 3/4, pero
que, ¡por Dios!, que se alejen de la política, las finanzas, la filo-
sofía y las demás ciencias humanas en las que su entendimiento
nada tiene que ver ni esperar… Una mujer en pantalones es una
pareja perdida… La marimacho es un monstruo… ¡Cabecita
loca!... ¡cabecita loca!...
–Muy bien – exclamó el Sr. Faure. – ¿pero, y si el marido
es un imbécil?
–Entonces, querido, yo lo dejo en manos de la mujer, de
sus pompas y de sus obras.
Se sentaron sobre los taludes del camino, y las damas to-
maron parte en la conversación.
–Henos ya a finales de septiembre, señoras, – dijo Rosette
– y dentro de algunas semanas el espantoso invierno nos ence-
rrará en nuestras habitaciones. Tengo una idea…
–Escuchamos.
112
–Se acaba de publicar el bando de la vendimia; la cosecha
será soberbia. Con autorización de mi esposo, les invito a todos
a mi pueblo, a la Croix-du-Jarry… ¿Quieres, Prosper?
–Sí, si eso es lo que te place…
–Queda convenido… señoras, caballeros… vamos a ven-
dimiar…
–¿Cuándo nos vamos? – preguntó la esposa del subprefec-
to.
–Les daré la respuesta mañana… Nos desmelenaremos…
¡Ah! sin ceremonias… a corazón abierto… Nada de lujos, ni
confortabilidad; eso es todo…
Todos fueron unánimes:
–Aceptamos agradecidos.
–El Sr. Moulineau encargará buen tiempo y el Sr. Loudois
será el organizador de la fiesta.
Regresaron a Saint-Cyprien.
113
IX
El padre Bérias arreglaba sus barriles. Los portales de la
granja estaban abiertos de par en par, y el buen hombre, arre-
mangado, con un delantal de cuero atado a la espalda, un gorro
de lana sobre la cabeza, colocaba los aros en los toneles con su
cincel de hierro y su mazo. Habiéndose debilitado su vista, lle-
vaba gafas, y los duros golpes que daba a los toneles hacían
temblar los cristales sobre su nariz obligándole a acomodarlos a
cada instante.
Las mimbres se mojaban en un balde; aquí y allá, unos
aros de roble, el compás, la tiza, la sierra, todo lo que hacía falta
para medir, marcar y cortar los fondos de las barricas alineadas
en un montón al lado del banco del carpintero.
En el momento en que Rosette, encantadora en un vestido
de cretona gris, se adelantaba, se sintió presa de una especie de
muda admiración por ese anciano que no podía perder el hábito
del trabajo. Lo miró durante un buen rato mientras medía la di-
mensión de un círculo, y fue solamente cuando levantó los ojos
para tomar la sierra colgada encima de su banco cuando se deci-
dió a hablar:
–Hola, padre.
–¿Eres tú, pequeña? ¿Cómo va esa salud?
–Muy bien, padre… Y tú, ¿siempre trabajando?.
Bérias besó cariñosamente a su hija.
–Tengo que trabajar… Me aburro cuando no hago nada…
¿Y el yerno? ¿Y Andrée? ¿Y la casa?
–Gracias… Han quedado todos con muy buena salud.
Si el padre Bérias hablaba a su hija con una inhabitual ter-
nura, era porque desde hacía varios meses no había surgido nin-
114
guna cuestión de interés que debatir entre ellos, ningún dinero
que desembolsar. Todavía no había recibido las sumas que les
había adelantado, pero desde la negativa que le había manifesta-
do a la señora Parent no había vuelto a recibir ninguna peti-
ción… Los negocios marchaban mejor, sin duda, y los jóvenes
habían sentando cabeza… En definitiva, los hijos se bastaban y
eso era todo lo que pedía François.
–Te has vestido como una princesa, hija.
–¡Bah! – exclamó ella tocando su vestido – es tela de cre-
tona a treinta centavos el metro…
La criada, que salía de la cocina, con una cesta de provi-
siones que la madre de Rosette acababa de llenar, miraba en un
campo de alfalfa recién segada a unos jóvenes que se esforzaban
para levantar el eje de una carreta. Allí estaban Pichou, los
grand-Bissac, los Mérinon, todos mozos vigorosos y bien plan-
tados, cuyos bíceps denotaban una sólida musculatura.
–Cómo los miras, – observó Rosette – parece que quieres
comértelos.
– ¡Señora! – respondió la criada, que tan solo hacía dos
días que se encontraba al servicio de la señora Parent – es que
tienen muy buen tipo esos chicos… y son guapos…
–Lo que sucede es que falta educación – añadió Rosette; –
he aquí una muchacha que se imagina que un hombre es guapo
porque es fuerte…
–Hija, en ese aspecto no debes quejarte… Nuestro yerno
tumbaría un buey de un puñetazo…
–Pues yo creo que más vale ser delicado.
–¡Ah! resulta ahora que eres de la ciudad – dijo el padre –
y prefieres a tus empleados débiles, muertos de hambre, no más
fuertes que una mosca, antes que a nuestros muchachos que ser-
ían capaces de levantarlos al peso con un solo brazo… A noso-
tros nos gusta la fuerza… ¿Qué haríamos sin ella?... Se dice que
la fuerza es para los caballos… ¡una estupidez, una estupidez!
La fuerza también es para los hombres; sirve para trabajar y
hacerse respetar… Por muy jorobado que estuviese nadie me
115
miraba al revés cuando era joven y cortejaba a mi mujer… ¡Ah!
ya lo creo que no…
Al recuerdo de sus mejores años el aldeano se sentía revi-
vir, lleno de orgullo. Antaño, había sido criado en una mala ex-
plotación; hoy se sabía que era el propietario de una gran granja
adquirida a base de mucho sacrificio, sudor y vigilias.
–Más adelante tendréis aquí un bonito emplazamiento –
decía a su hija.. –Siempre os gustará poseer tierra… Sé bien que
cuando uno no la trabaja por sí mismo no aporta tanto como los
plazos de las hipotecas, pero eso no supone nada… Uno está
contento de saberse dueño de lo suyo y de poder respirar a sus
anchas.
–¿El año es bueno para el vino, verdad padre?
–Fíjate, ya comienzas a preocuparte de la cosecha… Creía
que habías olvidado todo eso.
–Claro que no… Y la prueba es que vengo a pedir permiso
para traer a todo el mundo el lunes próximo.
–¿Todo el mundo?
–Sí. Las damas estarán muy contentas de vendimiar, de sa-
lir un poco.
Jeanneton entraba en la granja.
–Y si mi madrecita fuese amable, nos autorizaría a hacer
crepes para cenar.
–¿Crepes?... Pero es que no piensas, hija mía… Con todos
los jornaleros que tendremos que alimentar, la cocina estará
atestada.
–Entonces en mi habitación…
–¿En tu habitación?... La chimenea no es lo bastante gran-
de.
–¿Qué es lo que te pasa?... Encenderemos menos fuego…
–Mira, haz lo que quieras… Vamos a tener una dura ven-
dimia.
–Puedes contar con ello.
Por fin llego la esperada jornada de la vendimia. Las da-
mas habían querido hacer el camino a pie, pero pensaron que la
ruta sería demasiado larga y todo el mundo tomó un coche.
116
Nadie faltó a la cita.
El sol estaba ya en lo alto y las viñas se llenaron de voces
de hombres, de mujeres, de niños, todos activos en la tarea.
Bérias, con la chaqueta baja y un cinturón rojo alrededor de los
riñones daba órdenes; la madre Jeanneton había quedado en la
cocina, ayudada en su labor por sus primas cuyos maridos traba-
jaban en la vendimia.
En ese momento se encontraban en la viña de los Cailloux,
así llamada a causa de la sílice que daba al vino un regusto a
piedra. Unos hombres con grandes sombreros de paja y pesados
zuecos pasaban y volvían a pasar, portando inmensas cestas de
mimbre que dejaban caer y vaciaban, alegres, en los toneles si-
tuados en los extremos de la viña. Cuando los recipientes se
llenaban, unos mozos – aquellos que la semana precedente tra-
taban de levantar el eje de la carreta – removían las uvas, las
aplastaban con largos bastones mientras las avispas embriagadas
con el olor zumbaban en torno a los racimos, cantando también
las alegrías de la buena cosecha. Unas muchachas frescas y son-
rosadas, agachadas al pie de las viñas, cortaban las uvas retiran-
do los granos podridos mientras vigilaban a sus enamorados.
Las damas se habían sentado al lado de la viña, muy cerca
de un estanque que dormía bajo las fragancias de los nenúfares,
a la sombra de los olmos y los sauces.
Sobre el talud del camino, erosionado por las lluvias in-
vernales, medio perdidas entre los verdes setos, aparecían las
pesadas carretas donde se cargaban los toneles llenos y donde
los niños, suprema alegría, se subían para parecer más altos que
sus padres.
Rosette, a la que todos sus invitados preguntaban sobre el
modo de fabricar el vino, cuál era el tiempo necesario de perma-
necer en el barril, acerca de los datos de la prensa, estaba feliz
de proporcionar esas explicaciones. Hacía cuatro años tan solo,
hubiese enrojecido de parecer aldeana, y ahora sentía por ello
una especie de orgullo. Se decía que si las mujeres de los fun-
cionarios no sabían distinguir un roble de un nogal era porque
jamás habían poseído una granja. Se la escuchaba con una admi-
117
ración no exenta de envidia. Después de todo le daba igual – por
fin lo comprendía – saber si descendía de una estirpe ilustre o de
una mala rama de campesinos. Lo importante era poder pagarse
sus caprichos, sentirse dueña de lo suyo, como decía su padre, y
de pensar que todos esos hombres dispersos por las tierras traba-
jaban para el dueño y que se podía recoger la cosecha sin traba-
jo.
Y la señora Parent miraba con aires condescendientes a las
esposas de los empleados que estaban a expensas de un denun-
ciador influyente, a esas pobres mujercitas que el diputado to-
maba del mentón y tocaba donde le parecía, como si fuese su
dueño.
También esperaba el bendito momento en el que Prosper y
ella fuesen a vivir en una hermosa casa de campo, un castillo
que se haría construir sobre las colinas de la Mare-aux-Herbes.
El sol radiante había alejado de su corazón todas sus locas aspi-
raciones, y con aire indiferente miró a Georges que, indolente-
mente, estaba tumbado sobre la hierba, mientras ella lo tapaba
con su sombrilla.
En verdad había sido una insensata: su marido era un
hombre como los demás.
Hacia las tres, a invitación de Rosette, todas las damas se
pusieron a vendimiar para gran regocijo de los hombres y de las
mujeres que descansaban en las viñas.
Los caballeros encendieron cigarros y se tumbaros al pie
de los robles.
–Vamos, vamos, señoras – exclamaba Rosette.
–¡Oh! ¡esos malditos sarmientos! – decía la señora Gavier.
–¡Ah! se nota que no tiene usted costumbre.
La vieja señora de Carreuse caminaba suavemente dando
la mano a Andrée, muy feliz de poder charlar con su buena ami-
ga, bajo el parasol de algodón azul recogido en la granja.
Moulineau recitaba versos en los que comparaba a esas
damas con cigarras ociosas cuyo canto resonaba en la sombra de
los bosques, y apenas dudaba de la inconveniencia de esas com-
paraciones. No lo escuchaban, y él acariciaba su barba regia con
118
insensatos furores, creyendo encontrar en la textura de sus pelos
una inspiración poética.
De pronto, se dirigió al comandante que descansaba a sus
anchas, con el chaleco desabotonado, sin corbata, con un ciga-
rrillo en la boca y la mirada perdida en el cielo azul.
–¿Mi comandante?
–¿Qué desea?
–¿A qué no sabe en lo que pienso?
–No; déjeme dormir.
–Solo un minuto… tengo una idea…
–Venga, suéltelo; pero no se extienda demasiado.
–¿Ve a esas dos mujeres: una de azul y la otra de rosa?
–¿Dónde?
–En las viñas.
–¡Ah! sí… la señora Parent… la señora Loudois…
–Eso es.
–¿Y bien?...
Los ojos del comandante comenzaban a desvelarse.
–Prosigo: Usted está como yo hastiado de algunas cosas;
pero hay otras que siempre serán objeto de nuestra admiración.
Hace un instante me decía: Mi pensamiento rechaza en admirar
la fuerza sin la gracia… Un hombre desnudo me horroriza… Si
fuese tan buen escultor como pintor, músico y poeta, ejecutaría
la obra maestra de las obras maestras… Mis modelos están ante
mí.
–¿Dónde? – preguntó todavía el Sr. Benjamin.
–En las viñas… Mire esas dos mujeres: la señora Marie; la
señora Rosette. La primera es del tipo inglés; es rubia, delgada,
nerviosa; la otra es morena, llena de vida; las uniría en un blo-
que de mármol; las haría inmortales mediante poses estáticas…
Marie suavemente tumbada a los pies de su rival, que la domina
con su soberbia frente y le abre sus brazos blancos de nieve…
Están como absorbidas en su mirada; parecen amarse y adorarse;
una representa la vida; la otra, es la gracia…
El comandante se levantó:
–Moulineau, es usted un cerdo.
119
Y como el sol horizontal que atravesaba las ramas de los
robles deslumbraba los ojos, apoyó la cabeza sobre su brazo.
–¡Oh! ¡qué hermosas uvas!... ¡qué hermosas uvas!...
Era la señora Georges que conocía bien las viñas y admi-
raba una cepa repleta de racimos blancos. La señora Parent acu-
dió con la señora Luegeol, la esposa del recaudador de impues-
tos, y las tres jóvenes y bellas, frescas y rosadas, se bajaron para
recoger los racimos: sus faldas estaban ligeramente levantadas, y
el blanco de la enagua se podía percibir a través de las hojas
bajo los ojos de Moulineau y del comandante que ya no dormía.
Las jóvenes de tez pálida, con los brazos desnudos y pa-
ñuelos en la cabeza graciosamente ajustados, habían descansado
algunos instantes; y, antes de reemprender sus trabajos, estira-
ban los brazos bajo las ardientes miradas del sol, con ondulacio-
nes en todo el cuerpo y guiños de ojos, crispaciones de manos y
oscilaciones de pecho capaces de dar vértigo a los mozos disper-
sos por las viñas.
–Pobres chicas… Están fatigadas, – había dicho la señora
Georges.
Usted no las conoce – respondió Rosette… –Seguirán sin
reposo hasta la noche… ¿Verdad Miette? ¿no es así, Aglaé?...
La señora Parent, que a pesar de sus aires de superioridad
había conservado algunas buenas amistades en el pueblo, espe-
cialmente con las dos muchachas a las que solía dar vestidos que
ya no se podía poner, esperaba el cumplido de costumbre.
–¡Oh! sí… señora: siempre a su servicio…
Y tímidas y sonrojadas de haber hablado tanto, las mozas
se libraron a la tarea, mientras la compañía que había dado algu-
nas monedas a los niños de pantalón corto y grueso vientre, se
encaminaba hacia el pueblo.
–¡Las crepes!... ¡las crepes!...–decía Andrée aplaudiendo.
– ¡Qué contenta estoy!... Geor… mi pequeño Geor… tú harás
las crepes y daremos de comer a Médor… Té, Médor… mi viejo
Médor… Té… Pobre perrillo… Pobre perrillo…
120
La niña acariciaba al perro marrón, tratando de imitar a la
vieja Babet.
Se instalaron en la vieja habitación de la antigua pensio-
nista de las damas Castel y todas las señoras, arremangadas,
ofrecieron sus servicios. Los maridos y los solteros, cegados por
la humareda, se paseaban a lo largo del patio examinando las
pesadas carretas que llevaban los toneles a la granja.
La sartén se encontraba sobre la fogata de abedul, y podía
oírse el crepitar del aceite de nuez que se consumía al hervir.
La esposa del subprefecto, con un gran delantal de cocina,
agarraba la sartén mientras la señora Loudois, encargada de la
distribución de aceite, dispersaba el fondo con un trozo de trapo
ajustado en el extremo de un tenedor. Mientras tanto, Rosette
estaba ocupada en romper los sarmientos y atizar el fuego de la
chimenea.
Se trataba de cocinar la primera crepe.
La harina y los huevos ya habían mezclado, y la obra ma-
estra ya tomaba forma con tintes dorados y tostados; había que
dar ese color de oro al otro lado de la crepe.
–Esperen – dijo la señora Gavier… – Uno, dos, tres…
¡Uff!... La crepe voló por el aire y cayó hecha trizas en las
cenizas.
La bonita cocinera quedó consternada, con los brazos col-
gando y por un momento se creyó que la sartén iba a seguir a la
crepe.
Fue el turno de la señora Loudois.
Cuando se bajó para tomar impulso, sus bellos cabellos de
oro se desanudaron:
–Qué encantadora está, – murmuró Rosette.
–¿Quién? – preguntó el Sr. Parent que acababa de entrar.
–Mira.
Él contempló a Marie que se puso colorada:
–Sí que es bonita… ¡Ese afortunado de Georges!...
Marie no tuvo más éxito que la señora Gavier, y las crepes
rodaban por el suelo, para gran desesperación de la pequeña
121
Andrée, cuando la madre Jeanneton apareció y se puso a la ta-
rea.
En menos de un cuarto de hora, la colación fue servida y
se dio cuenta de las crepes bien enrolladas y azucaradas.
Hubo que pensar en el regreso; pero antes de subir a los
coches, los invitados asistieron a la llegada de las últimas carre-
tas que se llevaban triunfalmente al pueblo. Ante la granja, unos
barriles llenos bajaban, y dos hombres los conducían a las bode-
gas haciéndolos girar sobre su base.
Una vez terminado el trabajo, los mozos y las mozas, co-
ronadas con ramas verdes, esperando la comida luchaban
huyendo como sombras detrás de los grandes robles.
El sol, en su declinar, mostraba tintes de un rojo oscuro.
Sobre el camino se encontraron carretas que acompañaban las
alegres canciones, y los viejos que tiraban de los bueyes sonre-
ían entre ellos de los mil ruidos que se escapaban de los indis-
cretos ramajes y dejaban adivinar la dicha de los enamorados del
pueblo.
Habían tomado sitio con un poco de precipitación en los
coches, y el azar quiso que Georges y Rosette se encontrasen
reunidos. Se miraron durante un buen rato y luego, sin decir
palabra, mientras el cielo oscurecía, sus piernas se entrelazaron.
Se escuchaban las risas desde el otro coche; se hablaba: ellos
respondían, pero todo su espíritu, toda su alma estaban absorbi-
dos en su mirada.
Rosette ya había olvidado su tranquila jornada, y todas sus
promesas mentales se habían desvanecido. Con la cabeza indo-
lentemente reclinada sobre el reposa cabezas del coche, la joven
respiraba la brisa de la noche: el suave mecer de la marcha ra-
lentizada, las palabras que acudían a su corazón y que los labios
no podían pronunciar, el gran silencio que pesaba sobre ellos,
los sauces que huían como locos sobre la ruta blanca, todo eso le
producía una mágica embriaguez; se inclinaba por completo
sobre el cuerpo de su amante; era feliz; se sentía amada; se sent-
ía bien con él.
122
Rosette colmaba de dulzura y deferencias a su esposo.
Cuando este regresaba de viaje, el Sr. Parent encontraba un cha-
leco de franela y un pijama junto a la gran chimenea de la coci-
na. Y no era precisamente la sirvienta quién se encargaba de esa
tarea, era Rosette quien llevaba la plancha hasta la habitación de
su marido y quien le decía por la puerta entreabierta:
–¿Está caliente tu chaleco de franela?... He elegido un pi-
jama muy suave para que estés cómodo.
El notario bajaba de su habitación con unas bellas pantu-
flas bordadas y un gorro griego de color azul. Veía a su mujerci-
ta preparando algunos manjares azucarados que a él le encanta-
ban, y, lleno de gratitud, miraba a su compañera, con los ojos
húmedos por dulces lágrimas de emoción… ¡Qué cambio!...
¡Qué dicha ignorada!... ¡Dios era bueno… ¡Ah! el doctor no se
había equivocado; las malditas migrañas desaparecerían con la
edad… ¿Rosette derrochadora?... ¡Venga ya!... Él había calcula-
do los gastos y sabía que su mujer se había vuelto muy razona-
ble… ¿Las facturas de los suministradores?... Pero él las conocía
mejor que nadie… Rosette sabía comprar, eso es todo… Ella se
dirigía a las grandes casas de París, y, aunque no conocía la ca-
pital, no podían engañarla, pues sabía perfectamente el precio de
los artículos que estos le vendían… Sí, era ahorradora y ordena-
da… Los amigos podían venir ahora, entre otros el juez de paz y
el Sr. Faure; podían expresar sus idiotas reflexiones… Él sabía
que de seguir así no tendría necesidad del consejo de nadie.
La Señora Parent soportaba sus caricias. Él no abusaba de
ello, al menos, y desde que ella parecía desearlo, se empeque-
ñecía, dispuesto a obedecer sus menores caprichos… Vamos…
vamos… Cournet con sus consejos era un asno; el Sr. Faure, un
asno; el cura, un asno… Todas sus palabras estaban inspiradas
por los celos… Su Rosette era la reina de Saint-Cyprien como
había sido la reina de la Croix-du-Jarry… Ellos no comprendían
eso; no la amaban como él.
La verdad, es que Georges Loudois adelantaba enormes
sumas a su amante.
Al principio, la joven se había indignado:
123
–La que me propones es vergonzoso… No quiero ser una
mujer mantenida… Si me entrego a ti… es porque te amo…
–Estás loca… no me entiendes… ¿Para quién te pones be-
lla, mi Rosette?
–Para ti, Georges… Para ti solamente…
–Pues bien… no hay necesidad de arruinar a tu marido…
Si el destino lo hubiese querido, nosotros estaríamos casados…
Así pues, solo es a mí a quien compete tu bienestar… Tal vez un
día…
–¡Oh!...
–¿Te gustaría, verdad?...
Ella tomaba las manos de George, y con una sonrisa feroz:
–No me digas eso…
–Tienes razón, mi Rosette… Me he equivocado… No hay
que desear la muerte de nadie… Amémonos en secreto, puesto
que no podemos hacerlo abiertamente. Pero, por favor, no me
niegues lo que me hace tan feliz ofrecerte… No temas moles-
tarme… Soy muy rico…
–¿Y tu mujer?
–Ella tiene su propia fortuna… Mi dinero es solo mío… Y
todo lo que poseo te pertenece, mi bien amada…
La señora Parent escribía a París, encargaba magníficos
vestidos cuyo precio disimulaba a su marido. A pesar de eso, el
tren de vida de la casa Parent sobrepasaba con mucho los ingre-
sos del estudio, y todo el mundo estaba engañado, gracias a los
cálculos erróneos del notario.
Nadie le pagaba… Se le debían tantos y tantos miles de
francos… Todas esas sumas se recuperarían algún día… Ese
diablo de recaudador del registro no acababa nunca con sus de-
mandas…
El viejo pasante Clapier, que mantenía los libros, no deja-
ba de reprochárselo:
–Le afirmo, señor Prosper, que sigue usted un mal cami-
no… Sé que no debo hablarle así, pero me hierve la sangre al
ver que se arruina.
124
–¡Oh! te lo ruego, amigo mío, no sigas con tu cantinela…
Te equivocas…
–Le digo que no me equivoco… ¿Quiere mirar los libros?
–Sin embargo tenemos menos gastos…
–Bueno, señor Parent, está usted advertido.
Y Clapier, ante la mirada fulminante de su patrón, retoma-
ba su trabajo, no habiéndose atrevido a decir todo lo que tenía
dentro. Desde luego no ignoraba que en la ciudad comenzaban a
murmurar sobre Rosette y Georges Loudois, pero no podía atre-
verse a llevar la desgracia a un hombre decente, desvelándole la
horrible verdad. El notario no creería en sus palabras y lo despe-
diría de la notaría. Sin embargo, de vez en cuando, participaba al
Sr. de Cournet de sus alarmas al salir de la audiencia y, este,
mientras se dirigía al despacho, trataba de convencer con am-
plios discursos al Sr. Clapier de que sus temores eran vanos.
–¿Cómo van los negocios, mi querido Parent?
–Todo va bien… El Sr. Faure me ha procurado una buena
venta en Ligueil…
–Yo creía que se había producido una cierta ralentiza-
ción…
–No… la gente está absorbida por los trabajos del campo;
pero es lo de siempre… A propósito, ¿y sus intereses? ¿ya ha
pensado en ello?
–No seas bromista, mi buen Prosper… Nosotros jamás le
pediremos nada… Vivimos muy tranquilos allá…
–Pero…
–¿Usted quiere hacerse el afectado conmigo?...
Y el buen hombre que no había recibido más que un pobre
adelanto sobre el precio de su estudio, olvidaba reclamar los
intereses de su dinero, no recordando ni siquiera que Parent hab-
ía ido varias veces a pedirle prestado.
–¿Qué quiere usted? Quiero a ese muchacho… lo conozco
como a mi bolsillo; es un corazón de oro… soy yo quién lo ha
formado.
La señora Cournet aprobaba la conducta de su marido:
125
–Tanto hacer bien aquí y allá, y además Prosper y Rosette
nos quieren mucho… Últimamente, cuando he tenido mi ciática,
Rosette ha pasados dos noches en blanco cuidándome…
–Es una mujer excelente… Todas esas habladurías son
odiosas.
–¿Tú no crees una palabra, verdad Cournet?
–No… Georges, un amigo íntimo de Prosper… camaradas
de infancia… hermanos…
–Los habitantes de Saint-Cyprien no saben más que coti-
llear, y he tenido que discutir con la señora de Mersay, la esposa
del alcalde de Lamète…
–¿Acaso la señora de Mersay sospecha…?
–Ya lo creo.
–Pues bien, yo afirmo como la señora de Carreuse: « Las
mujeres decentes no creen en la mala conducta de las demás ».
La familia Loudois estaba obligada a frecuentes viajes a
las Bastides, a causa de la enfermedad de la señora Varennes, y
Marie había visto disipadas sus sospechas al observar a Rosette
muy cariñosa y diligente con Prosper.
La joven mujer se colgaba del cuello de su marido.
–Mi Georges… te disgusté el otro día con mis tontas pre-
guntas… Perdona…
Y sin darle tiempo a responder lo besaba y lo dejaba para
ir a cumplir sus deberes al lado de su tía.
Georges y Rosette podían amarse con entera libertad.
Siempre era a la misma hora, por la tarde, sus encuentros
tenían lugar bajo la pérgola del jardín. Los cantos de los pájaros
en los árboles, el viento que estremecía las hojas amarillentas
por el otoño, no les daban miedo. Se decían que tenían derecho a
ser el uno del otro, y su delirante cerebro creaba ficciones para
servirles de excusa. Hacían mil proyectos, soñando con partir
para un país lejano, vivir para ellos y solamente para ellos.
En esos momentos de expansión, Rosette se levantaba
muy rígida, movida como por un resorte mágico, y dejaba caer
estas palabras con una lentitud medida que producía escalofríos
en el corazón de su amante:
126
–¡Ah! si no tuviese una hija…
Tenía una sonrisa terrible cuando dirigía sus ojos hacia la
casa de Georges, a esa casa antaño tan triste y desolada y que
había tomado un aire festivo desde el matrimonio de la señorita
Varennes. La prima se había convertido en esposa, y la jovencita
había producido el efecto de una golondrina que entra en una
clase de escolares en una bella mañana primaveral.
Marie tenía dieciocho años y era risueña como una cole-
giala. Lejos de haberse mitigado la innata dulzura de su carácter,
el aislamiento en el que vivía en las Bastidas le producía como
un secreto deseo de no parecer triste. También solía arrastrar a
su marido al bosque donde ella tenía por costumbre sentarse
cuando era jovencita; le hacía pasear por los cerros en los que
tan a menudo ella había descansado, con un libro en la mano, y
mientras los pájaros se decían dulces cosas en las altas ramas de
los sauces y las melazas, ellos se dirigían alegremente hacia un
claro donde había alfombras de césped, fuentes cantarinas y ni-
dos en los árboles.
Cada rincón sombrío tenía un recuerdo para ella; era allí,
muy cerca de los grandes robles, como ella percibía a Georges
cuando la había acometido en campaña amorosa en casa de la tía
Varennes… Jamás le había parecido tan guapo; una voz secreta
murmuraba en su alma que era por ella a por quien él venía ese
día, y desde ese momento se había sentido absolutamente ena-
morada.
Pobre chiquilla tonta, durante la noche del baile se había
imaginado que Georges hacía la corte a la señora Parent, y había
sido toda la noche presa de las más crueles angustias. Por fortu-
na Georges no había tenido que decir ni una palabra al darle un
beso para expulsar sus horribles penas. Sus miedos procedían
sin duda de que no estaba habituada a las relaciones sociales, y
se decía que estaba mal sospechar de una buena madre y una
esposa cristiana.
En las Bastides, cuando el rumor de la bonita villa se había
dormido entre los borboteos del río y en los estremecimientos de
los árboles del camino, a los esposos les gustaba conversar de su
127
viaje a Italia y de las obras maestras que habían admirado bajo
el radiante cielo. Los mil objetos vistos en las excursiones, las
vistas fotográficas eran para ellos unos embriagadores recuer-
dos. Aún les parecía escuchar las voces de los vendedores que
anunciaban con una encantadora pereza: Movimento; se habían
divertido ellos también repitiendo el grito y Marie lo decía de un
modo asombrosamente similar. Luego, volvían a recordar Vene-
cia con sus paseos en góndola sobre el mar eternamente brillan-
te: sus recuerdos los transportaban a Nápoles, bajo los pórticos
de las espléndidas iglesias, llenas de pedigüeños de sórdidos
harapos; en Roma, en la villa bendita donde habían hecho una
pausa para dar rienda suelta a su amor.
Si Georges la quisiera, él permanecería siempre en las
Bastides; la tía estaría tan feliz de recibirlos. Doblemente abri-
gados por la calma del campo y por la sencilla vida de la casa,
podrían amarse aún mejor entre las coloridas praderas y entre las
rutas sombrías de los grandes bosques.
Rosette sabía todo eso, y no perdonaba.
129
X
–No estás contenta, hija mía – decía a Marie la madre de
Georges.
–Hace algunos días que no me encuentro bien.
El padre Loudois emitió una carcajada:
–¡Hé! ¡hé!... un heredero… ¿Quién sabe?... Un bonito mo-
coso para mí…
Y el viejo se frotaba las manos.
No, no era eso solamente.
La joven había estado sonriente y alegre, y luego, de re-
pente, algún misterioso suceso había acontecido en su vida.
¿Tenía alguna queja de Georges? Jamás había parecido tan ena-
morado y tan afectuoso.
–Tal vez, hija mía –continuaba la suegra – el aire de Saint-
Cyprien no te sienta bien… Allá, en las Bastidas, vives en las
alturas… Nuestra ciudad es pantanosa… Tu salud ante todo,
Marie.
…Comenzaba el invierno. Los árboles de los jardines hab-
ían perdido sus hojas en el baile mortal que las había arrastrado
como locas. Las flores habían sido relegadas a los invernaderos;
aquí y allá, entre los macizos desnudos, los tornasoles y los rici-
nos sorprendidos por las heladas nocturnas mostraban sus hojas
quemadas y negras. Las enredaderas dejaban escapar sus fila-
mentos enrojecidos por el sol de otoño y las verbenas y los ge-
ranios que antes deslumbraban, permanecían yacentes en el
suelo, al lado de los grandes árboles verdes. Solamente los jaz-
mines de España, flores adoradas del invierno, brillaban como
esmeraldas sobre sus frágiles tallos, en medio de las inmortales
y los crisantemos, esos revividos de la muerte.
130
En los huertos, la tristeza era aún más grande: los árboles
frutales extendían hacia el cielo sus ramas secas como para im-
plorar una resurrección, y a lo largo de los muros blancos los
hilos de hierro que habían soportado las enredaderas azules hac-
ían oír un tintineo de amargura bajo los empujes de un impetuo-
so viento.
Todo el mundo estaba triste en Saint-Cyprien.
La señora de Carreuse había regresado a París con la pri-
mera partida de las golondrinas, y la señora Gavier, la esposa del
subprefecto, se encontraba a tratamiento en una estación inver-
nal; las pocas damas que todavía permanecían en Saint-Cyprien
se encerraban en sus domicilios esperando días mejores.
Desde la mañana, Georges Loudois estaba de caza en el
castillo de Jamaye.
Marie, dispuesta para salir, envuelta en un gran abrigo ne-
gro, ponía sus guantes arrojando inquietas miradas al cielo. Unas
gruesas lágrimas anegaban sus ojos y parecía encontrarse bajo el
peso de una dolorosa angustia.
De soltera había sido muy feliz con su tía Varennes, y
desde su matrimonio su vida había sido tan tranquila que llegaba
a pensar que su marido la había abandonado. Por la noche,
cuando Loudois regresaba del casino, ella lo esperaba en su
habitación, él hablaba de su felicidad; y ayer, por tercera vez, le
había parecido que el espíritu de Georges estaba fuera de la con-
versación. Algo muy grave debía estar atormentándolo para que
respondiese de una manera tan distraída a las confidencias más
íntimas y que pretextase un malestar para quedar solo. Ella se
había retirado al vestíbulo y por los espejos esmerilados de la
puerta había podido percibir una sombra que pasaba rápido, se
detenía bruscamente, se dejaba caer sobre un rincón del sofá,
abatida y desesperada.
Hacía frío. Comenzaba a caer la escarcha. La joven esposa
se recogió algunos instantes y se dirigió al cuarto de su suegra
anunciándole que iba a salir.
–¡Oh!... no voy muy lejos – dijo…– A casa de la vecina, la
señora Parent…
131
–Cometes un error exponiéndote a esta horrible temperatu-
ra…
–Estoy bien abrigada.
–Se prudente, hija mía.
Tomó por la calle de las Falettes, una callejuela pavimen-
tada con gruesos guijarros, y atravesando el puente de la Loutre,
donde se veía una gran cruz plantada, se santiguó. El viento la
empujaba tan fuerte durante ese trayecto de algunos minutos que
a punto estuvo veinte veces de caerse sobre la ruta blanca de
escarcha.
Marie llamó a la puerta del notario. Marguerite fue a abrir:
–¡Oh! señora, entre aprisa; hace un frío horroroso… La
señora Parent está arriba, en el salón…
Rosette acogió graciosamente a la visitante:
–¿A qué debo la amabilidad, querida señora, de que haya
pensado en mí… Acérquese a la chimenea... La llama es poco
intensa... ¿quiere una estufilla?... Aquí tiene una pantalla…
Las dos jóvenes mujeres tomaron asiento alrededor del
hogar:
–Parece muy triste, señora Georges.
Marie repitió « muy triste » sin saber lo que decía.
–Está muy pálida… ¿No tiene frío? El salón está bien ce-
rrado…
–Señora Parent, debo hablarle de un asunto serio.
–¿Un asunto serio?... con mi marido, sin duda… Cuente
conmigo; estoy a su disposición… Sí, entiendo, alguna cuestión
de interés con el Sr. Loudois… Entre mujeres se es más libre
para charlar…
Rosette se inclinó suavemente sobre el sofá, adelantó su
pie admirablemente calzado con unas pequeñas zapatillas de
armiño hacia un taburete y permaneció con la cabeza apoyada
sobre la mano derecha, mostrando una benevolente sonrisa.
Se produjo un silencio.
Las palabras se detenían ahogadas en la garganta de Ma-
rie. En un instante se sintió más fuerte:
132
–La situación se hace insoportable… Me siento humilla-
da… rota de vergüenza… He venido a usted…
–Créame, señora…
–Se lo ruego… He venido a decirle sin odio, fríamente,
apelando a sus sentimientos de madre, de esposa y de cristiana,
que usted es la causa de mi infortunio… señora… mi marido la
ama… y usted lo ama…
Marie se había levantado, con los labios temblorosos, es-
perando una explosión de cólera.
Una sonora risa le respondió.
–En verdad, la cosa es divertida… ¿Pero quién le ha con-
tado esa estúpida historia?
–Nadie me lo ha dicho… Lo he visto.
–¿Qué usted lo ha visto?... Ah… ah… ah… Hi… hi…
hi… hi…
–No me insulte, desgraciada… No trate de fingir… Usted
le ha hablado a Georges durante el inconveniente baile de la
subprefectura… Georges ya no es el mismo… Su espíritu está
ausente de la casa… Y si todavía pronuncia algunas dulces pa-
labras, su corazón no está conmigo… Parece buscar una imagen
ausente, esa imagen es la suya. Esta noche, durante su sueño,
susurraba su nombre… ¡Maldita sea, señora!
La esposa de Georges cayó a las rodillas de Rosette:
–¡Oh! señora, tenga piedad de mi… No soy más que una
niña… No soy fuerte… En nombre de lo que más sagrado le sea,
de su pequeña Andrée, en el nombre del Dios en el que cree,
tenga piedad de mi debilidad… Sé que fue usted quién aconsejó
a Georges que se casara conmigo. Usted no me conocía; no pod-
ía odiarme… Piedad, usted me mata, señora, no tengo fuerzas
para maldecirla.
La señora Parent la levantó con una mirada de conmisera-
ción.
–Usted está enferma… Cálmese… su cerebro se puebla de
fantasmas… Vamos, permanezca sentada… Ahí… su cabecita
contra el respaldo… Voy a secar esos bonitos ojos… Prométame
callarse un momento…
133
–Sufro mucho…
–Es usted una niña grande, una colegiala… Voy a traer un
poco de azúcar disuelto en agua de melisa… Si no tuviese por
usted un profundo afecto me sentiría muy ofendida… Ha dicho
todo eso sin pensar, ¿verdad?... Ahora está arrepentida…
Marie la miró durante un largo rato, con una especie de
extraña intensidad: la mirada de la hija de los Bérias era tan leal,
la expresión de sus ojos tan dulce y tan maternal, que la señora
Georges prorrumpió en sollozos:
–Sí, tiene razón… estoy enferma… estoy loca… Perdón,
señora, yo lo amo tanto… A veces hay personas despreciables
en las ciudades pequeñas… Son palabras que habré escuchado,
sin duda… Esos sueños de los que acabo de hablar no existen…
Por la noche, las caricias de George son para mí, solo para mí…
Soy yo quien se equivoca… Usted no estaría ahí ante mí con
tanta bondad y tan abnegada… Perdón, señora, perdón…
Rosette se sintió conmovida:
–Cuando se ama es muy normal tener un poco de celos…
¿Es esa una razón para sospechar de los amigos más fieles, para
acusar injustamente a una honrada madre de familia?... Vamos,
niña grande y pequeña mujer, permítame que la bese… ahí, so-
bre esa frente sombría que antes ardía de odio y a la que quiero
procurar sosiego…
Conversaron varias horas tratando diversos temas. La se-
ñora Parent le hacía confidencias: Saint-Cyprien estaba lejos de
ser una ciudad divertida; no se reunían bastante a menudo…
Habría que remediar eso; ella invitaría a unas amigas de pensión
que vivían en el campo. En cuanto a Marie, no le gustaba mucho
rodearse de gente. Su tía la había apodado «señorita Cenicien-
ta», y en los días más alegres Georges todavía la llamaba así…
–¿Lee usted mucho? – preguntó Rosette.
–Muy poco… Las revistas de modo y aún…
–Si quiere distraerse, tengo unas novelas encantadoras…
–Sí, pero las novelas…
–Ya… el señor cura no quiere que se lea.
–Mi tía siempre me ha aconsejado evitar esas lecturas…
134
–¡Qué error, querida amiga!… Siendo rigurosos entiendo
que una señorita se abstenga… Puede calentarse la cabeza…
Pero una mujer debe conocer todo… Y sepa usted que las nove-
las dan ideas… Es tal vez el medio, el único medio, de hacerse
amar, de hacerse adorar…
–¿Usted cree? – interrumpió Marie con un ligero embara-
zo.
–Desde luego… Hay que ser selectivos en la novela… no
imaginarse que todo lo que allí acontece es la expresión de la
pura realidad… Los libros educan el espíritu más allá de lo ordi-
nario, de lo banal, de lo convenido… Se encuentran mil cosas
agradables a retener… Uno se forma… se modela… Fíjese, yo
estuve mucho tiempo sin abrir un libro; he vuelto a mis lecturas
de antaño y le afirmo que me encuentro mucho mejor… No es
una razón para desatender su hogar… No… pero, por la noche,
cuando se está sola, cuando el marido va al casino… pues yo
creo que el Sr. Georges va al casino, no?...
–Sí… pero solo desde hace unas semanas.
–… Una se acomoda en un buen sofá junto al fuego y allí
puede soñar a sus anchas… De soltera yo leía novelas. Debo
confesárselo, había muchas frases que me parecían ininteligi-
bles… Hoy vuelvo a retomar mis lecturas con un placer nue-
vo… En la pensión de las damas Castel teníamos una vieja vigi-
lante, la señorita Laure, que nos prestaba novelas de portadas
amarillas… hermosas novelas de la editorial Charpentier… Le-
íamos en el dormitorio, mientras las vigilantes dormían en sus
camas de cortinas blancas.
–¿No las castigaban?
–Solo nos poníamos a leer durante la ronda de la señorita
Castel, la directora del pensionado, que tenía lugar a las ocho y
media… La señorita Castel… todavía la veo con su amplio
sombrero de terciopelo con lazos caídos sobre los hombros pa-
sando al lado de cada pensionista y diciendo: « Señoritas, está
prohibido leer en el dormitorio; voy a confiscar todas las nove-
las »… Cuando la directora desaparecía, retomábamos nuestras
135
obras… Charlo mucho… Volvamos a nuestro tema: Usted no ha
leído novelas, pero ¿su tía no le dejaba libros?
–Me daba historias de viajes… libros de la Biblioteca ro-
sa: Memorias de un asno… los dos simplones… los Buenos ni-
ños… Las Vacaciones de Camille…
–Cuentos para dormirse de pie… Eso está bien para una
chica joven; pero una mujer casada, se lo he dicho, tiene el dere-
cho y el deber de no parecer ignorante… precisamente acabo de
recibir un estudio sobre las costumbres de provincias… Unas
damitas como nosotras… Hay una escena de amor que me ha
conmovido hasta lo más profundo de mi ser… ¿Quiere que le
preste algunos libros uno de estos días?... Mañana, por ejemplo,
pues creo que la señora Lugeol tiene ese volumen.
–Acepto… Usted me ha hablado de la pensión… ¿Todavía
ve a sus antiguas maestras, las damas Castel?
–¿Las damas Castel? No… Las he invitado en dos ocasio-
nes; me han parecido deprimentes… Las veo lo menos que pue-
do… lo que no me impide hacerles de vez en cuando algún rega-
lo… ¿Ya se levanta?
–Sí, señora, Georges no tardará en regresar… Estaba muy
triste al venir aquí y me voy muy alegre… ¿Me permite que la
bese una vez más?
–Con mil amores…
–Es usted muy buena.
–Ya ve lo equivocada que estaba dando rienda suelta a sus
malos pensamientos… Vamos, no llore más… Los celos son un
mal defecto.
–Es usted la mejor de las mujeres…
Georges regresó de Jamaye. Marie lo recibió con la alegría
en el rostro.
–No vuelvas a dejarme sola tanto tiempo.
–Marie…
–¡Oh! Georges, déjame hablarte… He actuado mal… In-
justas sospechas… Debes perdonarme…
–¿Perdonarte?
136
–Sí, he cometido un error, un gran error… He pecado…
Ella había hablado con los ojos calmados y la boca son-
riente.
–¿Me perdonas?
–Pero para perdonarte, querida, debería de entrada saber
que falta has podido cometer… ¿Quieres ponerme a prueba? Te
advierto que no lo conseguirás… Yo que siempre tengo tanta
confianza…
–¡Ah!... Pues bien, era yo quien no tenía confianza en mi
marido…
Georges tuvo un sobresalto que reprimió de inmediato
tendiendo la mano a Marie, que comenzó a contarle sus temores.
–¡Pobre ángel, como has debido sufrir! – decía Georges
interrumpiéndola a cada frase…–¡Oh! es espantoso… Que daño
te hace ser tan celosa…
La joven continuaba hablando y, ante las protestas de su
marido, sus ojos llenos de amor se iluminaban con un brillo ra-
diante.
–Es que no soy del todo tuya, mi Georges, y cuando tú no
estás, ya ves, me parece que mi corazón me abandona y te
acompaña… ¡Es tan bueno amar honestamente!... Recuerda que
cuando venías a las Bastides, las dulces confidencias que inter-
cambiábamos entre los grandes macizos de robles verdes… ¿Y
nuestra luna de miel?... ¿Te acuerdas?... Una noche nos queda-
mos mirándonos amplios instantes sin hablar…
–Eres encantadora – suspiró Georges besándola en la fren-
te.
–No, así no… ¿Es que te doy miedo?
–No seas tonta, va.
Ella se apoyó largo rato sobre el pecho de Georges, invo-
cando en su cerebro turbado la paz del hogar, avergonzada de
sus recientes temores y todavía pidiendo perdón.
Georges no pudo resistir a tanto amor y a tanta gracia, y le
tomó la mano, jurándose a sí mismo que el recuerdo de Rosette
estaba expulsado para siempre de su corazón.
137
–Seré padre – se dijo – y me convertiré en un hombre de-
cente.
Rosette se puso extraordinariamente bella con los prime-
ros fríos de invierno; estaba pálida, con esa palidez marmórea
que da tanta majestad lasciva a las estatuas italianas. Apenas
tenía visibles esas pequeñas manchas sonrosadas que por oposi-
ción destacan la blancura de la piel. Bajo su graciosa sonrisa, el
esmalte de sus dientes parecía iluminar los hoyuelos de las meji-
llas; pero la extraña belleza del rostro se reflejaba por completo
en la mirada de la joven mujer: los ojos, los grandes ojos negros,
adoptaban variaciones de color que les producían un encanto
indefinible; bajo los ardores de la fiebre amorosa, surgían tonos
azules como el cielo; con la cólera, se veía en ellos mezclarse
una especie de fulgor rojo oscuro y como una diáfana película
moviéndose en la superficie del iris; luego, cuando todos los
ardores habían desaparecido, los párpados bajaban y los ojos
lentamente abiertos permanecían negros y profundos. De ordina-
rio, los cabellos estaban recogidos con una rejilla de seda; pero
sobre la blancura del cuello y las serpenteantes venillas azules
de las sienes, se veían flotar unos bucles ondulantes y sedosos,
vagabundos amados por Prosper. Las narinas rosadas y casi
transparentes parecían dilatarse en el móvil sonrojo de sus im-
presiones, y la boca tenía esa sonrisa de esfinge que Leonardo
da Vinci supo pintar tan bien en los labios de la Gioconda.
Indolente como una criolla, Rosette pasaba la mayor parte
de su jornada medio acostada en un sillón, con un pañuelo de
batista en la mano. Si la perezosa mano dejaba escapar el pañue-
lo, ella lo contemplaba con una sonrisa, se volvía, se giraba y lo
dejaba allí donde había caído.
Hacia mitad de la jornada, Andrée se reunía con su madre,
que disponía camelias y ramos de primaveras en los jarrones del
salón que el jardinero había cortado en los invernaderos del
jardín.
–Mamá, Geor acaba de pasar por la calle… Regresa a su
casa… No ha querido llevarme… Es muy malo, Geor… Ya no
jugaré más con él…
138
–¿Quieres leer un poco, Andrinette?
La niña fue a buscar un gran alfabeto colorido, un regalo
de la señora Loudois.
–¿Ahí?...– dijo Rosette mostrando una letra.
–A.
–¿Aquí?...
–A…
–No… Andrée… B…
–B.
Andrée levantó la cabeza.
–Mira, Geor viene…
–¿Dónde?
–Allí… mira… al lado del puente…
La madre levantó las cortinas del ventanal:
–Está bien… Ve con tu padre… al estudio… o con tu ni-
ñera…
Georges estaba en medio de la calle. Ella le hizo una se-
ñal. Él se detuvo frente a la casa de Moulineau, parecía haber
olvidado algo y regresó a su casa.
Rosette, con la cabeza alterada, pasó por el jardín y llegó
al mismo tiempo que George a su habitación.
–Tu mujer está embarazada y enferma, Georges, ya lo sa-
bes…
–Es cierto.
–¿Está en las Bastides?
–Sí.
–¿Por varios días?
–Por varios días.
–Está bien.
–¿Por qué esas preguntas, Rosette?... ¿Por qué esa frial-
dad?
–Tengo mis razones.
–¡Ah!...
–Entonces, – continuó ella haciendo caso omiso de la ex-
clamación de su amante, – ¿tu madre ha acompañado a tu espo-
139
sa?... ¿Estás solo con tu padre que no puede moverse de su sillón
donde está atado por los reumatismos?
–Así es.
–Eso es más o menos lo que quería saber.
Giró la llave en la cerradura de la puerta y se sentó en un
sofá. Georges permaneció de pie apoyado contra el mármol de la
chimenea.
–Esta alfombra es de mal gusto… flores rosas sobre fondo
azul… ¡es de un vulgar!... Y además cordones de lana sobre
cortinas de cretona… Tu mujer es ridícula, querido.
Georges no respondió.
La señora Parent examinó en todos sus detalles la habita-
ción que no había vuelto a ver desde que Marie había aportado
algunas modificaciones.
–¿No es divertida, tu mujercita?... divertida del todo…
Ella resume en su conjunto la figurilla en barro del Aburrimien-
to… una flor de tedio… Debe beber té y leer la Biblia… A
propósito, ¿le ha echado un vistazo a las novelas que le envié?
–No lo sé.
–¡Cómo! ¿no lo sabes? Pero, querido, un marido debe sa-
berlo todo.
–Te amo… no amo a nadie más que a ti…–dijo Georges
aproximándose a Rosette.
–¡Ah!... – dijo ella a su vez con una risa cantarina.
Y sin darle tiempo a acercarse, ella continuó con su paseo
a través de la estancia, abriendo los cajones de los muebles, cri-
ticando la blancura de la ropa, respirando con gestos de desagra-
do el olor de los frascos del baño, sentándose sobre la cama
nupcial y desplegando con voluptuosidad todas esas mil nader-
ías que hacen las delicias de las mujeres.
Sobre unos estantes de acajú, se encontraban unas antor-
chas minúsculas de loza, unos jarrones de cobre, lámparas de
vidrio en miniatura, perros de porcelana de Saxe, cestas de ga-
lletas, amorcillos de níquel, fotografías de Niza, un servicio de
té sobre una mesa de muñecas, un termómetro montado sobre
140
una pieza de tela verde y bordada por la señora Loudois para la
fiesta de aniversario de su marido.
Rosette tocaba todo, alteraba la armonía de las estanterías
y, aprovechando que Georges la contemplaba sin decir palabra,
ella le planteaba las preguntas más extrañas sobre sus costum-
bres, riendo a carcajadas de las tonterías que la pareja debía con-
tarse por las noches.
Georges exclamaba: ¡Oh! ¡oh! a cada pregunta indiscreta,
y la hija de los Bérias continuaba hablando del modo más grose-
ro, con brutalidades de campesina enardecida.
En un momento, habló con más reserva:
–Veamos, afirmas que me amas y que no amas a nadie
más que a mi… ¿Qué prueba me das de tu amor? ¿Acaso te cre-
es que estoy celosa de tu mujer?... ¡Pobre muchacho!... Si ella
me molestase la aplastaría como a una mosca… No, tu Marie
me deja muy tranquila; no es a ella a la que temo sino a esas
mujeres más bellas que has dejado en París y con las que sue-
ñas…
–¿Rosette?
–¿Esperas engañarme?... Tu esposa no se queja, pues pien-
sa que tú le perteneces por completo… Yo soy otra cosa… En-
tregándome a ti he hecho dejación de mi honor… Me he burlado
de la vergüenza, y si soy una mujer perdida no tengo nada que
lamentar… Lo he querido… Vamos, háblame de tus bellas da-
mas de la capital, de sus espléndidos vestidos y de sus magnífi-
cos apartamentos… Tenemos tiempo para hablar… Mi marido
está en el estudio; el pobre gana dinero… Dime, ¿cómo son las
parisinas?... ¿Mejores que yo, verdad?... Sin embargo fíjate: este
vestido de lana azul ha sido fabricado en París por uno de los
más grandes modistos… ¿O es que mi modo de andar no es gra-
cioso?... ¿qué soy morena en lugar de ser rubia?... Pero mira: no
tengo polvos de arroz, mis cabellos aguantan en mi cabeza… no
utilizo lápiz negro para agrandar mis ojos… Tú no me amas…
–¿Qué no te amo?... ¡Oh, Dios mío!...
–No… no; cuando se ama a una mujer se sacrifica todo
por ella… ¿Acaso no reflexiono cuando vengo a tu casa a todas
141
horas?... Pueden sorprendernos: sería una conquista para ti… ¿y
para mí?... ¡Oh! si me amases…
–Acaba de una vez... ¿Qué hay que hacer para demostrarte
mi amor? Te adoro, Rosette… – dijo Georges dándole un beso
en su boca húmeda y roja como una flor de cactus.
–Quiero irme… Llévame lejos de aquí… Ya no me es po-
sible representar una comedia infame con esa que lleva tu ape-
llido… Esto es demasiado… Me avergüenzo de mi misma…
Marchémonos, Georges… Llévame a ese gran Paris, donde vivi-
remos ignorados por todos… Seré tan bella como las más cele-
bradas…
–¿Y tu hija, Rosette?...
–Más adelante la llevaremos con nosotros… ¿Dudas?...
¡Oh! ¡desgraciada, desgraciada!...
–Sería la desesperación de nuestras familias… la muerte
de mi madre…
–¿Reproches?... En verdad, parece que solo tú hicieses sa-
crificios…
–Tú sueñas con nuestra desgracia…
–Pues bien, rompamos… Me mataré; ¿qué puedo hacer?...
–No puedo vivir sin ti.
–¿Y crees que voy a continuar llevando esta vida de con-
denación?... Tengo corazón y me hace daño engañar a mi mari-
do en sus narices… Georges, me has tomado y me has destroza-
do. Yo tenía una religión… Por ti he abandonado la oración, ese
consuelo de las almas turbadas… Por ti, el amor maternal que
hace estremecer el corazón de las mujeres descarriadas casi ha
desaparecido de mi alma… Estoy maldita…
–No puedo partir…
–¿Es a causa de tu bebé?... Dios quiera que muera antes de
venir al mundo… Si vive, Georges, regresaré, y por ti se lo
arrancaré a su madre…
–Loca… loca…
–Las hienas aman a sus cachorros y jamás los abando-
nan… Pues bien… cuando tú estás ante mí, adorado mío, mis
ojos velados no ven más que tu rostro. No oigo más que tu
142
voz… Estoy dispuesta a abandonar a mi hija. No valgo más que
las hienas…
Estaba hermosa hablando de ese modo.
Georges, con el rostro desencajado, se sometía inconscien-
temente a la fascinación de la mirada cuyo rojo oscuro se apaci-
guaba y retomaba poco a poco tintes azulados y profundos. Ella
estaba allí, con las manos tendidas, los ojos anegados en lágri-
mas. Su pecho se levantaba en lentas y profundas oscilaciones;
ya no era un ruego, sino una orden…
–Estoy vencido… te pertenezco… ¡Oh, Rosette!...
Su cabeza rubia se inclinó sobre el seno de la joven mujer,
y aquella, sin doblarse bajo el peso, lo levantó entre sus brazos
como a un niño pequeño.
Y orgullosa de haber vencido los escrúpulos de Georges,
Rosette continuó hablando con él de un modo menos imperioso,
intentando, por así decirlo, mitigar los aires autoritarios que la
debilidad de su amante le había impelido a adoptar.
¡Él era suyo, ese ser al que ella sabía volver tan humilde y
tan débil!...
–¡Qué guapo eres, mi Georges!...
Algunas pálidas estrellas brillaban en el cielo, y los árbo-
les verdes tomaban formas fantásticas, cuando Rosette, dirigién-
dose hacia el invernadero, se encontró cara a cara con el Sr. Fau-
re.
–Buenas tardes, señora Parent; que susto me ha dado.
–Vaya… Sr. Faure… ¿Hace tiempo que está usted aquí? –
preguntó ella sin poder disimular un cierto embarazo.
–Dios mío, sí… casi una media hora… Prosper todavía
está en el estudio… Hace un calor de todos los diablos… Pero
usted, señora, ¿no teme al frío?
–¿Yo?... No… Señor Faure, ¿por qué no me tutea ya?...
Eso no está bien… usted me ha conocido de pequeña…
–¡Caramba! se crece.
–¿Y eso qué importa?
–No lo sé… Las costumbres no son las mismas…
143
–Está usted equivocado… Yo siempre he tenido por usted
mucho afecto.
Habían entrado en el comedor. Parent vino y se unió a
ellos. Invitaron al Sr. Faure a cenar.
Decididamente, el negociador de bienes tenía alguna pre-
ocupación. Después de la comida dejó a Prosper reunirse con
sus clientes en el estudio y quedó solo con Rosette.
Durante un instante dudó en hablar, luego, de repente, se
levantó:
–Rosette… déjeme llamarla así, puesto que usted me lo
autoriza… Rosette… lo que usted hace está mal…
–Señor Faure…
–Sí… está mal…
–¡Oh! Dios mío.
– Es la ruina a corto plazo… la ruina de su familia… la
bancarrota… ¿entiende?...
–¿Cómo dice?
Él la tomó por el brazo y la estrechó violentamente:
–Yo la quiero como a mi hija y le repito que el señor Pa-
rent se encamina a la bancarrota…
–Está usted exagerando, señor Faure.
Y como ella esperaba otra revelación, retomó su compos-
tura, mirando apenas al buen hombre alterado.
–Pues bien, sí, no me atrevía a decirlo… Me meto en co-
sas que no me llaman… Pero es por usted, Rosette, por Prosper,
por Andrée, por lo que le suplico que me escuche… Es absolu-
tamente necesario reducir el tren de vida de su casa; sus criados
le cuestan los ojos de la cara… ¡Ah! si usted quisiera, tal vez
antes de un año se pondría al día… ¿Usted ama a su marido,
verdad?
–Desde luego…
–¡Caramba! no hay un mozo de su temple en la provin-
cia… Rosette, sea razonable… sea ahorradora… Prosper será el
más feliz de los hombres…
144
–¿Ya ha acabado? – dijo ella bruscamente. – Usted puede
decir a Prosper que duerma tranquilo… Seré la menos derrocha-
dora de las mujeres…
El Sr. Faure se equivocaba al decir a Rosette que bastaría
un año de ahorros para poner en orden la economía familiar de
los Parent.
Los ingresos del estudio no se efectuaban tras el trabajo
del notario, y el viejo Bérias, que se había endeudado por las
caricias de su hija, sabía que su hermano, el herrero de la Croix-
du-Jarry, no se refrenaba en absoluto al decir que la pareja se
arruinaba y que no duraría mucho.
Obligado a pedir prestado a sus vecinos, Prosper firmaba
pagarés afirmando a los prestamistas que el dinero era para unos
hijos de la familia que estudiaban derecho en la Facultad de
París. Poco a poco, se sirvió de los fondos depositados en el
despacho por los clientes a plazo fijo. La señora Parent siempre
estaba a la búsqueda de nuevos modelos, y si su marido vacilaba
en satisfacerla, se ponía muy violenta.
–Esa es mi dote…
Un día deseaba un collar para asistir a la boda de una ami-
ga de la pensión Castel. Parent se negaba abiertamente.
–No, no – decía – Eso es una locura… Quiero hacer honor
a mi profesión… Tenemos una hija… Te lo suplico, Rosette, no
insistas…
Ella se levantó de su silla, le arrojó lo que estaba bordando
a la cara y se encerró dos días en su habitación, presa de violen-
tos ataques de nervios.
Entonces fue él quién acudió a implorar su perdón, acom-
pañado de la señora Cournet, a la cual había contado sus penas.
Pero desde que el notario comenzó a tomar los fondos del
estudio, la prodigalidad de Rosette no conoció límites.
Un piano de cola reemplazó el piano de pared; las cortinas
de las habitaciones fueron renovadas; se cambió el mobiliario
del gran salón por otro completamente nuevo. Vendieron un
caballo que estaba en la cuadra, y Jusseau, el chalán de Lamète,
llevó dos hermosos alazanes dorados que salían de las caballeri-
145
zas del conde de la Durantière. En cuanto al gastado coche de
capota que databa de los tiempos en los que el Sr. Cournet re-
gentaba el estudio, se relegó a un rincón de la bodega para los
paseos por el campo, y ahora se paseaban en un landau con ca-
pota azul que era la envidia de los habitantes de Saint-Cyprien.
Andrée estaba vestida a la última moda, como una auténtica
parisina; y el padre, en cuya cabeza no había más que cifras, se
enorgullecía del gusto de su esposa.
–Has nacido para dirigir un castillo.
–¿Y crees que me iría mal? – decía ella esbozando con la
mano derecha un gesto de vanidad.
A veces el notario llegaba a la habitación de su mujer, ra-
diante, caminando subrepticiamente para sorprender a Rosette
sumida en la lectura de un folletín.
–Mira lo que tengo, Rosette.
Esa misma mañana, ella había manifestado el deseo de te-
ner algún dinero para una nueva compra, y era ese dinero lo que
él le traía muy alegre.
–¿Qué tengo aquí?... ¡Adivina!...
Ella siempre lo adivinaba, pues él tenía por hábito esos di-
vertimentos, haciendo pasar la suma de la mano derecha a la
izquierda y depositándola a continuación suavemente entre las
páginas del periódico que ella continuaba leyendo, feliz cuando
ella dejaba caer estas palabras:
–Gracias, Prosper… gracias…
A pesar de todo, él no se atrevía a aventurarse a las cari-
cias. Varias veces ella lo había rechazado… Se encontraba
mal… Él le hacía daño… Podían amarse sin niñerías como esas.
Ella sonreía.
Él se sentaba a su lado, comenzaba a dar largas explica-
ciones sobre el origen de ese dinero que le había caído como un
pan del cielo. Un reputado cliente poco solvente había venido a
verle en el momento en que menos se lo esperaba… Era una
deuda de tres años que había sido omitida en el libro de contabi-
lidad… Y él tenía muchos clientes como ese en la comarca que
se hacían un poco de rogar y que siempre acababan por pagar.
146
Rosette se sentía conmovida por tantas bondades y le pa-
gaba con un beso en la mejilla:
–Otro más… otro más. – murmuraba él; – la mejilla iz-
quierda está celosa.
El notario regresaba al estudio haciendo chasquear sus
dedos y poniendo cara de hombre contento con su suerte. Se
sentaba ante su escritorio, reía muy fuerte, se frotaba las manos
y para subrayar su suprema satisfacción imitaba, con un dedo en
la boca, el ruido de un tapón de champán que sale despedido por
el aire.
Ese niño grande se sentía renacer a la alegría.
Por el contrario, al pasante no podían engañarlo. Muy a
menudo había regresado del despacho del registro con la oreja
baja, con las actas que le habían rechazado por falta de dinero.
Clapier sabía el número de acreedores del despacho y el mon-
tante de las sumas depositadas, y temblaba con todo su cuerpo
cuando el patrón, al dictarle un acta, abría el cajón del escritorio
donde se encontraban los fondos. Parent tosía muy fuerte para
mitigar el ruido de la cerradura, e inflaba la voz, mientras su
mano acostumbrada registraba entre los fajos de papel donde
guardaba el metálico, disimulando la extracción.
El viejo con gafas no ignoraba nada de todo eso, y cierta
tarde, el cuerpo del viejo, que había tomado al contacto con los
documentos su inmovilidad y su color apergaminado, se levantó:
–Señor Parent… señor Parent…
–¿Sí?
–Señor Parent… Todo esto acabará mal… Ese dinero no
le pertenece… Su esposa lo está arruinando…
No pudo decir más. La voz se le cortó: el cuerpo retomó
su curvatura y su placidez ordinaria; los ojos arrojaron miradas
consternadas sobre la pluma que se le había caído violentamente
de los dedos.
–Clapier, no puedo tolerar semejantes observaciones… Yo
sé perfectamente lo que puedo tomar…
Clapier bajó la cabeza, recogió su pluma y no añadió ni
una palabra más, demasiado leal para abandonar a su amigo en
147
semejante momento, y tal vez convencido por los buenos razo-
namientos de Prosper.
Las cosas continuaron así hasta el día en el que el Sr. Pa-
rent fue a decir al Sr. Faure:
–Mi mujer se ha vuelto ahorradora; tiene cosas magníficas
que no cuestan casi nada… Esto es lo que ha encargado en
París… No lo hay más que en París…
Georges Loudois se hacía cargo de todos los gastos de su
amante y no se le reclamaban a Prosper más que sumas insigni-
ficantes.
Rosette tenía una frase horrible:
–¡Pobre hombre!... Le hacemos pagar… para salvar su
honor.
¡Qué comedia es la vida!...
149
XI
Algunos días después, Rosette miraba a través de las cor-
tinas de su habitación. A pesar del fuego que brillaba en la chi-
menea, la escarcha se había adherido a los cristales de las venta-
nas, y por los espacios que la mano de la joven mujer había tra-
zado sobre la blanca superficie, podía percibir el fondo del
jardín. Una puerta se abrió y un hombre apreció sobre el muro
apartando las ramas de las glicinas y de las enredaderas.
Apenas eran las cuatro y el cielo gris de noviembre ya ex-
tendía sus sombras sobre las grandes paredes de las casas. La
tierra seca por la helada estaba negra y brillaba aquí y allá con
los brillos del rocío solidificado en lo alto de los arbustos y se-
mejantes a diamantes falsos.
La joven había bajado de su habitación. Loudois la espe-
raba a algunos pasos de la puerta. Ella se precipitó en sus bra-
zos.
–Ven… ¡Oh! ven, mi Georges, mi amor… Prosper no re-
gresará hasta mañana… Los criados han partido… Estoy sola…
¿Y tú, adorado mío?
–Solo…
–Ven…
Rosette se apoyó en su brazo, y ambos subieron lentamen-
te la escalera, deteniéndose de vez en cuando para darse prolon-
gados besos de amor.
–¿Loca?... ¡Oh! sí, estoy loca… tu ausencia me mata… He
sido una mala esposa… soy una mala madre, una mala cristia-
na… He intentado tener el amor maternal por mi hija de todas
las madres… No puedo… Antes, en mis momentos de pesar, iba
a arrodillarme a los pies de la Virgen y le contaba mis penas; me
150
parecía que algo bueno y consolador hacía descansar mi turbada
conciencia… Ahora tú me posees por completo… Marchémonos
de una vez, mi adorado Georges; vamos a amarnos abiertamen-
te, a la luz del día… no he pensado en otra cosa… Solamente
tengo miedo de que no me encuentres bella…
–¡Mi amante adorada!..
Ella se calmó bruscamente:
–Escucha; no nos engañemos… No soy una mujer como
las demás… estoy enferma… A veces mi razón se extravía… Es
una pasión insensata la que me arrastra hacia ti, y tomo a Dios
por testigo de que no tengo fuerzas para combatirla… He enga-
ñado a mi marido y no me he preguntado si hacía mal… Si tu
corazón no me pertenece por completo debes decírmelo… Con-
venceré a Prosper para que compre otro estudio en otra ciudad y
no tendré que reprocharme el haber provocado tanta desgracia…
–Querida… Mañana seremos libres.
–¿No lamentas nada? – preguntó ella con una mirada sos-
pechosa.
–Nada.
–¿Todo está dispuesto entonces?
–Sí.
–¿Y Marie?… ¿Y tu esposa?...
Georges palideció un poco. Esa pregunta que le arrojaba a
la cara, en semejante momento, le hizo daño.
–Marie está en las Bastides… Parece contenta… Ya tendrá
tiempo de llorar…
–Estás temblando. Te he apenado… Ven, lo siento.
Lo enlazó amorosamente entre sus brazos.
–¿Ya no me quieres?
–No… no… Después de todo, eres tú quién hace los ma-
yores sacrificios…
–¡Oh! no hablemos de eso. Se hace tarde. Hasta mañana.
–Hasta mañana.
La señora Parent reunió aprisa algunos objetos que colocó
en una pequeña maleta que Georges fue a recoger al jardín; y,
por la mañana, hacia las tres, se levantó de la cama.
151
En la casa todo dormía.
La lámpara que había encendido arrojaba su claridad sobre
la pequeña cama de Andrée. Por la noche, la niña se había dor-
mida muy alegre con los besos que su madre le había dado con
una ternura inhabitual. La respiración era regular y de la boca
entreabierta subía un leve vaho.
De pronto, la madre se sintió estremecer. Encima de la cu-
na la Virgen de yeso mantenía en sus brazos a su hijo, y cuando
Rosette se volvió para ver una vez más a su hija, le pareció que
una expresión de dolor contraía el rostro de la madre de Cristo.
Esa imagen la persiguió hasta el momento que advirtió la pre-
sencia del coche y los caballos que se mantenían inmóviles al
principio del puente de la Loutre.
En la calle el silencio la envolvía y las casas que arrojaban
sus sombras a su paso jamás le habían parecido tan negras. El
coche estaba allí, al lado derecho del puente, muy cerca del gran
árbol de la Libertad, – un alto chopo, de corteza enfermiza, plan-
tado por los jóvenes en 1848 – que esperaba días mejores para
reconquistar su verde aspecto. Rosette llevó la mano a su co-
razón para mitigar los latidos; y, sin decir palabra, tomó asiento
al lado de Georges que dio la señal de partida.
A algunos cientos de metros, sobre lo alto de las colinas
que se dibujaban en el horizonte, observó el pueblo de la Croix-
du-Jarry – su pueblo, – envuelto en un inmenso velo negro que
agujereaban aquí y allí unos pájaros nocturnos que llenaban el
aire con sus siniestros gritos y el estrépito de sus alas.
No habían intercambiado ni una sola palabra. Georges
respetaba el silencio y el recogimiento de Rosette y mantenía
sus manos entre las suyas que estaban frías, muy turbado, él
también, pensando en lo desconocido hacia el que se encamina-
ban.
En el horno de cal de Neuil-la-Grande se encontraron con
el correo que hacía el servicio entre Thaviat y Saint-Cyprien; el
conductor fustigó sus caballos; y como el hombre que llevaba el
correo estaba sumido en un medio sueño fue el propio animal
quién se apartó a un lado de la carretera.
152
–Ya no estoy triste ahora – suspiró Rosette… – Dime co-
sas dulces…
… El Sr. Parent había ido a Pensol por un negocio muy
importante. Había partido con el corazón alegre. Rosette nunca
se había mostrado tan afectuosa con él; lo había acompañado
hasta la diligencia, y ella, que de ordinario evitaba toda muestra
de efusión en público, lo había abrazado con fuerza, haciéndole
todo tipo de recomendaciones sobre las precauciones a tomar en
su viaje y no disimulando la tristeza que le iba a causar esa sepa-
ración.
Al día siguiente, hacia las once, la diligencia se detuvo an-
te el despacho del notario. El Sr. Parent se apeó. Solo él ignora-
ba la noticia. Se había visto un coche al galope sobre la carretera
deThaviat y se habían reconocido a las personas que se encon-
traban en él. La señora Georges había acudido con el rostro lívi-
do, y, emitiendo un gran grito, había caído en medio de la habi-
tación de la señora Parent. Las personas que la habían visto así,
con los ojos extraviados, las manos crispadas, e inmóvil como
una estatua, se habían descubierto respetuosamente al igual que
se hace al paso de un cortejo fúnebre.
En las calles los vecinos se hacían mil comentarios; se
creía en un suicidio que se tenía interés en ocultar, y unos ros-
tros inquietos pasaban, a lo largo de los muros de los jardines,
hablando en voz baja de los incidentes que los criados acababan
de contar.
A la llegada de Prosper, varios amigos acudieron silencio-
samente a estrecharle la mano. Solo, el juez de paz, el Sr. Cour-
net, intentaba dar explicaciones… Había que esperar… ¿Por qué
acusar así a dos personas conocidas sin tener pruebas fehacien-
tes?... Moulienau no había hecho más que aparecer y había ido
por toda la ciudad, pretendiendo a derecha y a izquierda que
nada de lo que había pasado podía sorprenderle: él lo había adi-
vinado todo. Se le veía enfático, la fisonomía alcoholizada, con-
versando y repitiendo con risa tonta: « El amor, no hay quien lo
amanse… no lo hay…» En cuanto a Clapier, permanecía en el
153
despacho; con la frente inclinada sobre las minutas y de vez en
cuando de sus ojos sin brillo caían unas gruesas lágrimas.
Parent miraba la habitación vacía y la cama deshecha, los
objetos arrojados aquí y allá en la precipitación, los cajones
abiertos, el armario abierto de par en par, el edredón azul tirado
sobre la alfombra; aquí una camisa, unas medias; más allá, un
vestido colgado en una contra de la ventana; una falda de color
arrugada en un montón sobre un sofá y tibia todavía con las fra-
gancias de la carne…
Una sonrisa de sufrimiento crispó sus labios; fue hacia la
chimenea, apoyó su cabeza ardiente contra el mármol haciendo
signos con la mano para que lo dejasen solo.
Andrée abrió la puerta; su padre se volvió. La niña lo vio
tan pálido que quedó muda y tan pálida como él.
Prosper la tomó en sus brazos y la contempló con sus ojos
vacíos:
–Pobre hijita, ya no tienes madre.
–Mamá…
–Tu madre ha muerto…
–¿Muerto?...
Y la niña se fundió en lágrimas.
–Solo te quedo yo.
–¡Mamá…mamá!...
–No llores.
–¡Mamá ha muerto!... ¡Oh! me gustaría verla una vez
más… Debe estar blanca como el Sr. Julien que me dio tanto
miedo con el velo verde que cubría su rostro… Estaba en el gran
salón… la señora Berthe estaba allí… Tuve mucho miedo.
Mamá… Pobre mamá… Ayer por la noche me besó muchas
veces… Georges también. ¿Dónde está? … Papá, quiero a
mamá… ¡Mamá… mamá!...
–Andrée, mi querida hija… baja con Marguerite… No
enojes a tu papá… Ya es muy desgraciado… muy desgracia-
do…
154
Los Bérias, advertidos por el Sr. Faure, habían acudido a
toda prisa. El Sr. Cournet todavía intentaba vislumbrar alguna
llama de esperanza.
–No… no… –decía François… – Rosette es una desver-
gonzada y su Loudois es un canalla… Por viejo que sea, les
arrancaré los hígados un día u otro… Con esto, henos casi arrui-
nados… Y ahora el deshonor… Por supuesto no sobreviviré a
esto… Prosper, le retorceremos el cuello a ese ladrón y seré feliz
de dárselo a comer a los cerdos… ¡Miserable!...
Se sentó, y sus ojos enrojecieron:
–No vale la pena romperse el cuerpo trabajando para aca-
bar así… Dios no es justo… No, Dios no es justo.
–Cállate, hombre – dijo Jeanneton… – Rosette está loca…
Ese caballero la ha embrujado… Pero regresará… Más bien iré
a buscarla al fin del mundo… Pobre pequeña Andrée… ¡Qué
desgracia!... ¡Dios mío, qué desgracia!...
–Te protege la ley, Prosper – dijo el juez de paz.
–¿La ley?... Sí, ya lo sé.
–Puedes obligar a que vuelva…
–Jamás… jamás… está muerta para mí.
–Iré a París – continuaba Jeanneton. – Rosette está en
París, estoy segura de ello… Siempre hablaba de esa maldita
ciudad…
–No… no… –suspiraba Prosper–… No me habléis más de
ella… Me matáis… ¿No veis que me matáis?...
–Vamos, Prosper, ten valor… Piensa en tu hija que llora y
que te quiere con todo su corazón.
–Tendré valor… Ante todo soy padre… ¡Oh! Dios mío,
como sufro… ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Andrée?... ¿Por qué
estáis aquí?... ¿He cometido un crimen?... ¿No, verdad? Pues
bien… ¡Oh!... voy a volverme loco…
Andrée había regresado, y la madre Jeanneton la acaricia-
ba con lágrimas en la voz:
–Vendrás a nuestra casa, pequeña… Te cuidaré bien… Me
dirás lo que quieres…
155
–Abuela… Necesitaré un vestido negro como el que lleva-
ba Lucie Berger cuando perdió a su papá…
En la cocina se conversaba:
–¿Cómo es posible, Marguerite, que no se hubiese usted
dado cuenta de nada?
–No.
–Disimulaban muy bien sus citas – continuaba Lavérie, el
criado llegado de Burdeos.
–Cuando una desgracia tiene que llegar…
–¿Llama usted a eso una desgracia?...
–Cállese Laverie, no tiene usted alma – exclamó Margue-
rite – Si hubiese visto el rostro del señor cuando ha entrado en la
habitación y el juez de paz le contó el asunto… Parecía un resu-
citado… Blanco como un sudario… y además, unos ojos que le
salían de las órbitas… ¡Qué día, Dios mío! ¡Qué día!... por la
noche, no he oído nada… Había tomado opio por mis dientes;
parece que hizo efecto… Y esa damita que ha querido ver la
habitación y que ha caído como una piedra… Tan joven, tan
bonita… Hay hombres que están locos…
La señora Loudois había recuperado la consciencia, y la
amplitud de su desgracia se le aparecía más grande aún. Su vida,
por desgracia, había sido tan dulce en las Bastides. En ese mo-
mento solemne, volvía a ver como en un espejo los grandes
plátanos donde los pájaros que ella había acostumbrado a querer
le cantaban dulces canciones. ¡Cuántos bonitos proyectos bajo
las sombras para la vida que había soñado! También pensaba en
la conversación con la señora Parent, de donde ella había salido
con el corazón apaciguado por las palaras de la infame… Y
pronto sería madre… Su hijo vendría al mundo con el estigma
de la desgracia y nunca aprendería el nombre de su padre excep-
to para maldecirle.
La tía, la señora Varennes, no se atrevía a consolar a su
sobrina. Era ella quién la había animado al matrimonio y no
encontraba palabras para expresar toda su desesperación.
Hubiese querido llevar a Marie a las Bastides; pero, ¿podría
abandonar su sobrina al padre y a la madre de Georges?... la
156
vieja dama Loudois, que había pasado toda la jornada rezando,
aconsejó partir a su nuera:
–La visión de la casa vacía te matará lentamente… Tú eres
nuestra hija… Nosotros te queremos… iremos a llorar contigo…
Por la noche, Marie pidió ver al Sr. Parent. Se sentía fuer-
te; se decía que tenía el deber de consolar al pobre loco que
quería matarse.
Prosper aceptó la invitación, solo, al caer la noche. No
atreviéndose a atravesar la calle, tomó el camino tan conocido
por los amantes. Llegó con la frente curvada hacia el suelo; y
cuando Marie tomó sus manos entre las suyas con un respeto
filial, las lágrimas que oprimían su garganta salieron con sollo-
zos ahogados; y él quedó allí, tímido y avergonzado, como un
niño grande injustamente castigado y que no tiene derecho a
quejarse.
157
XII
Era el momento del año en que los parisinos de todas las
regiones se reúnen en la capital. Los trenes estaban repletos de
viajeros y Georges y Rosette nunca tuvieron ocasión de estar
solos en el compartimento. Georges se apeó en la estación de
Legean. Se dirigió al restaurante, compró algunas provisiones, y
almorzaron juntos en el vagón, silenciosamente. Rosette arroja-
ba de vez en cuando miradas asustadas a través de los cristales
de las portezuelas. Legean se encontraba situado solamente a
algunas leguas de Saint-Cyprien y era posible encontrarse con
personas conocidas.
No fue así. Por la noche, hacia las seis, los viajeros llega-
ron a la estación de Orleans. Las salas estaban llenas de gente, y,
en las ventanillas enrejadas donde el público hace cola, unas
voces se interpelaban mientras la muchedumbre se precipitaba a
la salida para llamar a los taxis que estacionaban en la plaza
Walhubert. Un frío intenso penetraba por las puertas abiertas, y
Rosette, aturdida por el ruido, no soltaba el brazo de Georges
que la arrastraba a la sala de equipajes.
Sobre largas tablas de madera los equipajes estaban apila-
dos en un batiburrillo con sus etiquetas de diversos colores. Un
factor llamó:
–¿Mozo, por favor?... Mozo…
Un hombrecillo vestido con un uniforme verde de rayas
amarillas y tocado con un gorro con galones se adelantó: tenía
en la mano un trozo de tiza de la que se servía para marcar las
maletas verificadas.
–¿No tiene nada que declarar?
–No.
–Está bien, pude llevárselo.
158
Y el hombre con el gorro de galones trazó una señal sobre
la maleta y se dirigió a otra demanda, después de haber arrojado
una mirada a los viajeros.
–Aquí está señor, el número de su coche – acababa de de-
cir a Georges Loudois un empleado de la Compañía… ¿El equi-
paje?
–Aquí.
–¿Eso es todo?
–Eso es todo.
El mozo cargó sobre sus amplias espaldas la maleta de
Rosette y tomó en la mano la de Georges.
–¡Cuánta gente! – comentó la señora Parent… – se puede
perder la cabeza en esta estación y compadezco a las pobres
mujeres que se ven obligadas a viajar solas. El año pasado fui a
Pensol con Prosper… Habíamos tomado el tren de Thaviat…
Creí que nunca llegaría… Contigo, querido, es mucho más agra-
dable…
–Espero que sea más que eso…
–¡Oh! Sé que no te gustan los cumplidos – dijo la joven
mujer inclinándose sobre el hombro de Georges.
–Debes estar muerta de cansancio…
–No… Me siento bien… puesto que estoy contigo…
Se instalaron en el coche.
–A la calle Notre-Dame-des-Victoires, 17 – indicó Geor-
ges dando una monedas al mozo de la estación.
El cochero colocó la maleta a su lado sobre el asiento y el
caballo partió a trote lento.
–¿Tienes hambre, querida?
–No, amigo mío.
–Pareces triste.
–Todo ese gentío que se apresuraba a la salida de la esta-
ción me ha agobiado un poco. En todo momento temía perder-
te… ¿Qué hubiese hecho sola?... Ya ves, no puedes abandonar-
me. No estoy acostumbrada a viajar, y a la menor dificultad
siento que mi cabeza se va.
159
–No te preocupes. No te abandonaré, mi Rosette… Ahora
estamos solos para amarnos y protegernos, y tú me has dado tal
prueba de amor… Iremos a un hotel muy conveniente a dos pa-
sos de la Bolsa, en el centro de la ciudad…
–Contigo iría al fin del mundo.
El coche pasó a lo largo del Jardín Botánico. Había caído
un poco de nieve durante el día y los copos que colgaban de las
verjas doradas se descolgaban de vez en cuando con amplias
crepitaciones.
–Las damas de Saint-Cyprien me hablaron a menudo del
Jardín Botánico… Debe ser muy frecuentado.
–Ya ha pasado de moda… Los paseos están reservados a
los militares y a las cuidadoras de niños y como no somos ni
militares…
–¿Te aburro con mis preguntas?
–Claro que no… claro que no… Al contrario, debes tener
mucho que preguntar… Es la primera vez que vienes a París y
es muy natural que no lo sepas todo…
–Entonces charlaré a menudo, mi pequeño Georges.
Llegaron al hotel de las Colonias.
El portero se acercó a los viajeros.
–¿Vienen buscando una habitación, señor?
–Sí.
–Si es tan amable de entrar… Voy a llamar a un botones.
Atravesaron un patio en medio del cual se encontraba un
estanque iluminado por dos pajes de bronce que portaban antor-
chas de gas: el chorro de agua se extendía en abanico empurpu-
rado de luz y caía con un ruido sonoro sobre las cabezas de unas
esfinges talladas en granito. Unas urnas, llenas de plantas acuá-
ticas y recubiertas de musgos, se encontraban a los pies de unos
arbustos verdes, y la palidez de su mármol constataba con los
rincones sombríos del jardín y los luminosos brillos del agua
que se dispersaba en una nube de rocío.
Una joven señorita sentada en un kiosco de cristal tomaba
notas sobre un gran libro de registro. Saludó graciosamente a los
recién llegados.
160
–La señora debe tener frío… Entre en el salón de lectura
mientras se prepara el apartamento.
Georges se inclinó:
–¿El hotel ha cambiado de propietarios últimamente, seño-
rita?
–Sí, señor… Mi familia ha adquirido el establecimiento..
–Yo era muy conocido por los anteriores propietarios…
Sr. y señora Legris.
–Perfectamente, señor… ¿A quién tengo el honor de diri-
girme?
–Al señor y la señora de Magnac, de Civray (Viena).
–Si el señor quiere inscribirse él mismo…
Georges quitó sus guantes y escribió sobre una hoja prepa-
rada a tal efecto el apellido y la dirección que acababa de indi-
car.
–¿Desea pasar al salón de lectura?
El salón daba frente a la puerta acristalada del patio. Sobre
una larga mesa de peral ennegrecido, unos libros, unos periódi-
cos y mapas de ferrocarril. Dos damas estaban sentadas junto a
la mesa, hablaban inglés y miraban de vez en cuando a una chi-
quilla que dormía sobre un diván envuelta en una manta de via-
je.
De la calle subían los ruidos de los coches y el crepitar del
fuego no impedía escuchar las conversaciones que se mantenían
en el patio del hotel.
–¡Qué diferencia con nuestro agujero provinciano!–decía
Rosette.
–¡Oh! Esto no es nada todavía… Cuando estemos en los
grandes bulevares… A propósito, querida, tienes compras que
hacer; ya me dirás el horario; te acompañaré a los almacenes.
–Debería haber traído mis maletas… Voy a arruinarte con
mis adquisiciones.
–¿Acaso crees que te he traído a París para someterte a
privaciones?
–Siempre tan bueno…
161
Las damas, que habían guardado silencio durante algunos
minutos, retomaron su conversación, y la mayor, que llevaba
largas rizos negros pegadas a las sienes, extrajo una pequeña
obra de ganchillo de una cesta.
–Ves,–continuó Georges– estamos en un auténtico hotel
con ambiente familiar.
Un botones vino a anunciarles que el fuego estaba prepa-
rado en el apartamento.
–Señor y señora al 15… Es un apartamento completo que
da a la calle…
Siguieron al botones hasta el segundo piso, atravesaron un
corredor un poco oscuro y llegaron a la puerta del apartamento
indicado.
–¿El restaurante está abierto?– preguntó Georges.
–Sí, señor, y la hora de la mesa de huéspedes va a ser
pronto.
–¿La mesa de huéspedes?... No… Diga que nos sirvan
aquí.
–Señor, hay un saloncito al lado de la habitación… Si el
señor quiere verlo…
–Muy bien…
–¿A qué hora desea cenar el señor?
–¿Rosette?...
_Pero, amigo mío, cuando tú quieras… No tengo mucha
hambre…
–Dentro de un cuarto de hora, tráiganos la carta.
–Bien, señor.
–Ves, mi Rosette, no estaremos demasiado mal aquí mien-
tras esperamos nuestra instalación definitiva,… tres estancias…
cuarto de baño… buenas alfombras… ¡Ah¡, a pesar de todo,
echarás de menos tu saloncito tan coquetos… tus grandes sillo-
nes de terciopelo donde te he besado tantas veces… Esto no es
más que provisional, señora de Magnac… Pero lo que es eterno,
es esto.
Y la tomó entre sus brazos, besando con ardor los sedosos
bucles que invadían el rostro de la joven mujer.
162
–¿Señora de Magnac?... ¿Por qué ese nombre y no otro?...
¿Por qué ennoblecernos?
–Querida, es una tontería, pero una partícula no hace daño
al paisaje… No podías seguir siendo señora Parent: me era im-
posible hacerme llamar Sr. Loudois: necesitaba un apellido; he
encontrado el de Sr. y Sra. de Magnac. ¿Qué más da? … Suena
rítmico y bien.
Comieron rápidamente y como era demasiado tarde para
tomar localidades en un teatro decidieron pasearse por los bule-
vares como dos burgueses que vuelven a unirse de nuevo.
Hablaron mucho del pasado, de las horas maravillosas que hab-
ían estado bajo las sombras de los jardines de Saint-Cyprien y
proyectaron mil detalles de cara al futuro. De entrada, tratarían
de tener noticias del país sin despertar curiosidades malsanas;
Rosette conocía una modistilla en la que confiaba como en sí
misma; le escribiría a menudo.
La nueva señora de Magnac caminaba del brazo de su
amante, asombrada de la claridad de los bulevares y de esa mul-
titud que pasaba y volvía a pasar siempre nueva y siempre rui-
dosa. Se estrechaba contra Georges confesando que temía ser
reconocida por los transeúntes; pasaba tanta gente del Perigord,
que se estremecía con la idea de que una de sus amigas pudiese
reconocerla al pasar.
Georges la tranquilizaba diciéndole que nadie se preocu-
paría por ella y que siempre encontrarían el medio de evadirse
de los curiosos.
Loudois peroraba: hay que acostumbrarse al ruido, es de-
cir a la vida. Solo sería cuestión de soportarlo algunos días. Ci-
taba a compañeros suyos que no podían dormir sin el ruido del
rodar de los coches y cuya estancia en el campo hacía muy des-
graciados. Antaño, cuando vivía en el bulevar Saint-Michel, en
calidad de estudiante, los clamores y los gritos lo mecían mucho
más que la horrible calma de las callejuelas de Saint-Cyprien.
Rosette lo escuchaba con arrobo.
–Hubiese querido ser tu amante cuando estudiabas dere-
cho… Te hubiese querido mucho.
163
Así llegaron hasta uno de los grandes cafés del bulevar de
Montmartre. Rosette objetó era reticente en entrar, pero se dejó
convencer por los razonamientos de Georges que afirmaba que
en París todo está permitido.
Tomaron asiento, uno enfrente del otro, muy cerca de una
mesa donde unos hombres de amplia barba jugaban al dominó.
–Felizmente nadie nos conoce. – murmuró Loudois, pi-
diendo dos cafés americanos.
Las voces se entremezclaban:
–Caso el cuatro doble.
–Dos cigarros al seis blanco… ¡Bum!...
La Señora de Magnac estaba soñadora. Pensaba en las pa-
labras de Georges.
–¿Qué divertidas son esas damas – dijo señalando a un
grupo de clientes.
Unas mujeres instaladas sobre el diván de enfrente bebían
cerveza en compañía de unos jóvenes. Rosette seguía en el espe-
jo las bocanadas de humo que salían de sus labios, y quedaba
atónita ante los gestos que hacían con las manos enguantadas.
Las mujeres tuteaban a los hombres, hablaban en voz alta, reían
a carcajadas, todas esas cosas que tanto escandalizaban a la se-
ñora de Magnac. Entre las damas había una cuya cabellera des-
plegada, la frente baja y los labios rojos, excitaba singularmente
su curiosidad. Le llamaban Clorinde, y parecía la alegre líder del
grupo. En ese momento Clorinde distribuía sobre un tapete unas
cartas que tenía en la mano. La mujer estaba feliz.
–As de trébol… eso significa dinero… Trifolium praten,
como dice ese tonto colegial del Instituto Louis-le-Grand.
–El rey de rombos… un caballero rubio que hace la corte a
una dama morena que está aquí…
–La dama de picas… llega un joven moreno que da una ci-
ta a la dama morena… Jota de corazones…
–Ocho de rombos… Se aman al cabo de ocho días…
–Tréboles… más dinero todavía…
Sus amigos perdían la paciencia.
–¡Esto es tedioso!
164
–Cállate, Clorinde.
–Rey de corazones y rey de picas… Un duelo, señoras, un
duelo…
–¿Clorinde?
–Basta… basta…
Una voz de hombre cortó las conversaciones:
–¿Y si nos fuésemos al Alcazar, amigos?
–¿Al Alcázar?... Es aburrido, querido…
–Quedemos aquí.
Clorinde continuaba interrogando a la suerte, recolocando
de vez en cuando sobre su enorme cabellera una especie de
sombrero verde cuyas plumas caían como alas de pájaro golpea-
do por la muerte.
–Es sorprendente – decía en voz baja Rosette – cuanto más
miro a esa Clorinde, más parecido le encuentro con Marguerite
Fornel, mi amiga de pensión… La misma voz… los mismos
ojos… Y si no fuese porque estoy segura de que Marguerite es
la esposa de un abogado de Pensol…
Georges la interrumpió dulcemente:
–Mi Rosette, tienes un aspecto demasiado serio… Hay que
reír un poco… Tienes una sonrisa tan bonita… ¡Vamos, Réret-
te!...
–He aquí – respondió la mujer del notario, – lo que una
gana al no haber visto nada… ¿Parezco triste, verdad? Esas da-
mas deben burlarse de mí y de mi tristeza…
–Claro que no…
–Necesitaré tiempo para adaptarme a la idiosincrasia pari-
sina… No a la de estas mujeres… ¡Dios me libre!...
–¡Pequeña provinciana!
Hablaban en voz baja, con los codos apoyados en la mesa
de mármol, mientras sus vecinos, los jugadores de dominó, se
sumían en sus reflexiones bajo los secos y ruidosos golpes de las
fichas de marfil.
Uno de los jugadores acababa de pronunciar estas pala-
bras:
165
–Ese pobre Berck, en el pecado encontró la penitencia…
Quién a hierro mata…
–¡Ah! sí… La historia de su mujer – contestó el compañe-
ro que todavía no había abierto la boca.
–¿Un diputado?... La cierto es que es vergonzoso.
–¿Acaso es su culpa si su esposa lo ha dejado?
–Sí, es su culpa… un libertino que pernoctaba fuera de su
casa tres de cada cuatro noches… que frecuentaba a las más
bonitas actrices de la Comedia Francesa… Camarero, ¡una caña!
La conversación interrumpida concernía al conde Berck de
Villemont, el diputado de la provincia de Saint-Cyprien. Rosette
era todo oídos.
–No debemos parecer escuchar… Disimulemos hablando,
escucharemos mejor… Esos caballeros no desconfiarán de noso-
tros…
Se continuó con la partida de dominó.
Encendiendo un cigarrillo, el caballero que había conde-
nado la conducta del diputado dejaba escapar fragmentos de
frase:
–El tío, el ministro, debería haberse ocupado del asunto…
–¡Bah! el señor ministro tiene muchos otros gatos que fus-
tigar.
–Sin embargo es grave… ¿Así que ha sido en la represen-
tación del Pájaro Azul donde la historia ha comenzado?
–Sí… entre la lluvia de ramos enviados al actor protago-
nista, una pequeña serpiente se había ocultado entre las flores.
–¿Es bonita?
–¡Pfff!... una rubia… Demasiado gruesa, demasiadas gra-
sas…
–¿Y han partido al día siguiente de la representación?
–¡Dios mío! sí… estación de Lyon…
–¡Berck debe estar furioso!
–¿Él?... se mofa de eso como de una minucia… La noche
misma de la partida de su mujer, cenó con el príncipe René en
alegre compañía.
–¿El príncipe de Alemania?...
166
–Sí.
–¿Un juerguista?
–Un hombre muy amable, en mi opinión.
–¿Y galante?... ¿Libertino?...
–El ser príncipe no lo hace menos hombre.
–¡Ya!... ¡He aquí todas mis fichas casadas!... ¡Estáis derro-
tados… y contentos.
–Como el amigo Berck de Villemont.
Las manos volvieron a mezclar rápidamente las fichas.
–Dime, Fulbert, ¿crees en la virtud de las mujeres?
–Querido, he estado mucho tiempo con una chiquita de
Normandie, bien gordita y bien dotada…
Georges llamó al camarero y pagó las consumiciones:
–¡Cuando tú quieras, querida!
–Estoy lista.
Georges ayudó a Rosette a ponerse su abrigo y se confun-
dieron entre la muchedumbre que circulaba por el bulevar de
Montmartre.
Loudois comenzó a reírse:
–Increíble… increíble…
–Ese pobre Sr. de Villemont…
–Querida, esto es una plaga… tú, yo, él…
–Su esposa era muy amable.
–Precisamente por eso.
–Sí, pero un cantante… un actor…
–Parece que estaba loca por él.
–¿El secuestrador es de Burdeos?...
–Sí, y un apuesto muchacho…
–Lo he visto en Pensol en el teatro… No siento ninguna
pasión por esas cabezas de cera…
–¿Estás temblando, Rosette? Si quieres regresamos al
hotel… Aquí hay una parada de coches…
–No, prefiero caminar… Ese olor del café…
–No abusaremos de los cafés, pero no me molesta mostrar-
te los diferentes aspectos de París… Has de reconocer que no
esperábamos la revelación de los jugadores del dominó…
167
–Desgraciada mujer, si le llega a ocurrir algo…
–Vamos Rosette, al decir eso piensas en ti…. ¿Temes a los
gendarmes?...
–¿Miedo de los gendarmes, yo?... ¡Oh! no. Prosper no se
atrevería.
–Ta, ta, ta.
–Georges, tienes razón, soy una gran miedosa.
Los amantes dedicaron la mayor parte de la semana a visi-
tar los almacenes de Paris. La señora de Magnac parecía a me-
nudo vacilante.
–Es demasiado dinero… son demasiados gastos…
Georges insistía:
–No es para ti; es para mí para quien has de estar bella.
Pasaban sus veladas en el teatro, y Rosette, radiante de be-
lleza y de amor, atraía las miradas de todos los asiduos. En el
hotel de las Colonias ya se había hecho amiga de la señorita que
atendía el kiosco de cristal: se había arreglado una existencia a
su gusto y le gustaba comentar todo el afecto con el que rodeaba
a su marido. Era casi una luna de miel de lo que disfrutaban… la
Señora de Magnac entraba en íntimas descripciones de la pareja
y, ayudándose de sus recuerdos, concedía a su interlocutora la
plaza de la desdichada mujer que se moría en el castillo de las
Bastides.
Una mañana advirtió a su amiga que pronto se vería obli-
gada a abandonarla: quería tener muebles propios y un nidito
para los dos. Pero sus buenas relaciones no quedarían ahí: alqui-
larían en un barrio cercano y no dejarían de quererse.
Acostumbrada a la vida terriblemente extenuante de la ca-
pital, Rosette volvía a convertirse en la mujer autoritaria de an-
taño, y cada día arrastraba a Georges a excéntricas compras a
través de la ciudad, prometiéndose encantadores excursiones
para la próxima primavera.
Eligió ella misma una vivienda.
El apartamento estaba situado en una antigua casa de la
calle Saint-Honoré, en el centro de Paris, muy cerca del Palacio
Real. Había sido habitado por una actriz de la Comedia France-
168
sa, la señora Targuet, que acababa de casarse en segundas nup-
cias con un célebre periodista y se había refugiado en Asnières.
Alquilaron todo el primer piso; habían sido hechas repara-
ciones recientes en el apartamento y los yesos apenas estaban
secos. La casa, un gran edificio de seis pisos y cincuenta venta-
nas en la fachada, la única de la calle pintada de blanco, conten-
ía cerca de doscientos inquilinos con siete escaleras diferentes.
Un patio cuadrado, negro y profundo, daba acceso a un jardín
cuyos árboles privados de sol y de luz se veían impotentes en
rejuvenecer sus ramas podridas y envejecidas. Si Georges había
aconsejado a Rosette a refugiarse en esa especie de sepulcro, era
porque sabía, por mediación de un amigo, que la casa era tran-
quila y no corrían ningún riesgo de ser molestados. Después de
todo, poco importaba el lujo exterior de la vivienda; lo principal
era que se estuviese a gusto en casa y que se encontrase cerca de
los teatros y bulevares.
–El interior – decía Rosette, – compensará la fealdad de la
fachada de la casa.
–Este balcón es encantador, – añadía Georges cuidando las
plantas que se morían en unas macetas verdes.
En unos días, un tapicero hábil habría dispuesto las corti-
nas, las alfombras y decorado la casa con suntuosos muebles.
Bronces, estatuillas, antiguos cobres, lozas se amontonaban po-
co a poco en el apartamento, y los vendedores de antigüedades
de la calle Sainte-Anne y la calle Rivoli, felices de haber encon-
trado unos clientes principescos, se prodigaban en descubrirles
nuevos tesoros. Y Rosette sentía por adelantado la alegría que
experimentaría ante la admiración de los visitantes que, subien-
do una estrecha escalera, quedarían deslumbrados ante el mara-
villoso salón.
La señora de Magnac frecuentaba las tiendas de antigua-
llas y en el palacete de la calle Drouot los subastadores se mos-
traban absolutamente deferentes hacia la elegante visitante. Ge-
orges se sentaba a su lado en el primer banco que daba enfrente
de las mesas expositoras; y allí, con un binóculo de concha en la
mano ella examinaba con despreocupación los mil objetos que la
169
voz de los subastadores indicaban a la atención del público. Los
judíos también, avezados anticuarios, se sentían a sus anchas
ante la aparición de la dama, al saber por adelantado que hala-
gando su gusto conseguirían siempre venderle alguna pieza im-
portante.
–¡Oh! si la señora hubiese estado allí, no hubiésemos per-
mitido…
–Una urna antigua… una maravilla…
–Dos paneles comprados en una vieja iglesia de Bruges…
–Una copa de Corea que provenía del pillaje del palacio de
Verano… La baronesa de Rothschild no tiene la pareja en su
museo…
Los judíos se inclinaban al paso de Rosette; y era raro que
una contrariedad crispase sus labios mercantiles.
El dormitorio de la señora de Magnac era una maravilla de
gusto y elegancia. Una cama de roble esculpido portando en los
paneles de fondo las armas de Jacques Coeur, con sus altas co-
lumnas decoradas y sus baldaquines sobre un pedestal igualmen-
te en roble y trabajado al estilo de la época. Las paredes estaban
cubiertas de antiguas tapicerías de Beauvais en las que figuraban
pavos y pájaros del paraíso en todo el estallido de sus colores,
árboles con follajes de seda y oro, jinetes montados sobre caba-
llos blancos, y unas ruinas en perspectiva de un gris oscuro que
no hacían más que destacar la intensidad de los tonos y la deli-
cadeza de la trama. La chimenea, un hallazgo de Rosette, estaba
formada por altas columnas semejantes a las de la cama, y la
parte superior estaba recubierta con un terciopelo azul en armon-
ía con el color de los asientos.
Frente a la chimenea, un espejo enmarcado en mármol de
Carrara coronado con una Diana cazadora con todas las delica-
dezas escultóricas que revelaba el péplum con sus armoniosos
pliegues. Sobre un zócalo de ébano, un reloj de péndulo de
Alemania de porcelana y dos copas de Sevres. El tapiz era de
Aubusson; y, como si se hubiesen querido reunir todas las rique-
zas del arte antiguo y moderno, el techo desaparecía bajo una
inmensa tela de un gran maestro húngaro, Hans Mackart, y unas
170
estatuillas de Saxe se superponían encima del espejo y se refle-
jaban en las grandes cristaleras del fondo.
El cuarto de baño contenía una bañera de mármol rosa re-
matado en un cuello de cisne, semejante a un barco sin vela. El
suelo era de porcelana de Limoges.
Rosette se encontraba cada mañana en ese buen retiro, y
allí olvidaba los veranos ya lejanos, donde, siendo una chiquilla
salvaje, se bañaba en el río de la Croix-du-Jarry…
Pero en medio de todas esas maravillas artísticas, al lado
de los mármoles y los bronces y los bibelots de todo tipo, entre
el montón de lozas y viejos cobres, se encontraba un cuadro que
la condesa no podía dejar de mirar sin profunda emoción.
Era una joven mujer sentada sobre una roca, con los pies
calzados con pesados zuecos; apoyada en su seno, una niña de la
edad de Andrée. La mujer, muy bien proporcionada, de tez páli-
da, falda gris ceñida en las caderas, interrogaba el horizonte es-
perando el regreso del esposo. Era una auténtica madre, preocu-
pada por la suerte de su marido, el audaz pescador: había aban-
donado todo para ser la primera en la orilla.
La tela estaba firmada por Feyen-Perrin, y el artista había
plasmado en ella todo el encanto de su arte.
Una oleada de melancolía pasaba por la frente de la va-
liente mujer, y su mirada se animaba de algo temible y respetuo-
so que prende en el corazón de aquellos que se sienten soñado-
res y entristecidos ante la majestad del Océano.
La mujer, a la que el recuerdo de los peligros conjurados
conmovía, parecía defender a su pequeña contra imaginarias
tormentas y suplicar a la inmensidad que no se llevase a su ma-
rido.
Y la hija de los Bérias sentía su alma encogerse y un es-
tremecimiento correr a través de sus venas: no podía desviar sus
ojos del cuadro, y se decía que de todas las mujeres de este
mundo ella era la única que había abandonado a su hija. En esos
momentos quería regresar al pueblo, y luego, todos sus deseos
se difuminaban de súbito. La campesina había desaparecido;
171
solamente quedaba la gran dama, avergonzada de los prejuicios
de la burguesa sentimental.
La señora de Magnac olvidaba todo en medio de su lujo y
de la febril agitación de la capital.
Una joven modista de Saint-Cyprien, con la cual se había
portado muy bien antaño, le escribía de vez en cuando: ella sab-
ía que su hija estaba en la Croix-du-Jarry; que Parent había re-
gresado al trabajo; que la esposa de Georges vivía en las Basti-
des, y no deseaba saber más. Esas damas podían criticar su con-
ducta… ¿Qué le importaban las acusaciones y las venganzas?...
No volvería a ver nunca la maldita ciudad. ¿Andrée?... La traería
a vivir con ella cuando fuese mayor. ¿Tal vez Parent se opusie-
se?.... ¿Acaso un hombre puede cuidar de una jovencita?... Se le
haría comprender al notario la situación; se emplearía la persua-
sión, la fuerza si fuese necesario.
Se entregaba por completo al placer obligando a Georges a
renunciar a antiguos conocidos, a acompañarla al bosque,
burlándose del rigor de la temperatura: quería ver todo, conocer
todo. Era el único medio para poder desprenderse de su aire
burgués y sobre todo de ese acento meridional que provocaba
sonrisas burlonas. Y la dama se observaba en su lenguaje: unía
los labios, retraía la lengua y llegaba a emitir unos fonemas que
parecía extranjera.
¿Extranjera? Le gustaba evitar que se le notara su naciona-
lidad; prefería pasar por inglesa, alemana o rusa, que ser consi-
derada aldeana de Francia.
Cierta noche, Georges y Rosette se dirigieron al teatro del
Palacio Real para asistir a la representación de una obra de ac-
tualidad. Deseosa de no parecer provinciana, Rosette hubiese
debido evitar las largas colas ante las taquillas de las galerías y
las alegres exclamaciones que todavía le arrancaba la vista de
los brillantes abalorios femeninos a través de los cristales: no
podía estar en todo.
Georges, sin embargo, no vacilaba nunca en satisfacer los
caprichos de la señora de Magnac, y esta se lo agradecía a su
amante con efusión:
172
–No… no… otra vez… Hay que guardar algo para des-
pués.
–Te lo suplico, Rosette.
–Puesto que lo quieres…
… El Palacio Real es la providencia de las buenas gentes
de provincias. Hacia las seis de la tarde, se ven circular amplios
chalecos coronados por rostros satisfechos de terratenientes en
gabán, damas encintadas con jovencitas llenas de pudor ante el
vuelo de los vestidos de las señoritas en ruptura de inocencia. La
galería Montpensier rebosa de curiosos, admiradores apasiona-
dos de los collares de diamantes, de los brazaletes de oro, de los
rubís, las esmeraldas, topacios, cruces de honor, cintas empurpu-
radas, órdenes blancas, amarillas, verdes, azules, violetas, rojas,
que arrojan a la luz del gas el estallido de sus piedras preciosas y
de sus deslumbrantes colores.
A veces, unas pobres chicas en falda rosa y en sombrero
claro cuando el tiempo es sombrío y la tierra está húmeda, se
detienen, con mirada febril, buscando una cena entre la sonrisa
del provinciano que se detiene: ellas pasan, vuelven a pasar,
pasan de nuevo, huyen de los agentes, observan a los hombres y,
casi resignadas, se van a otra parte para volver de nuevo, heladas
y agotadas.
El hambre aprieta… Bonitas señoritas atraen la mirada en
las tiendas y sonríen a los amables bromistas, estudiantes, que
ponen cara de elegir con sus manos algún rico toisón de oro que
defienden unos muros de cristal.
La galería Montpensier es donde se dan cita las familias
con la promesa de ir a cenar juntos a un buen restaurante a la
carta. En cualquier escaparate que se elija, se ven grupos de per-
sonas que se impacientan, frentes que secan el sudor, manos que
no abandonan el bolsillo donde se encuentra la cartera, mientras
rostros inquietos arrojan miradas furtivas a todos lados.
Las personas se saludan efusivamente, a veces se oyen so-
noros besos que atraen sonrisas en los labios de las muchachas
que continúan con su eterno viaje. Allí, los provincianos están
173
como en su casa, pueden mostrarse tal cual son: las bóvedas de
piedra no tienen oídos.
El Sr. y la señora de Magnac, que, por esa noche no eran
ya provincianos, atravesaban rápidamente la galería Montpen-
sier; una mano se apoyó sobre el hombro de Georges.
–¿Villemont?
–Yo mismo.
Rosette, ruborizada, saludó al interlocutor que no era otro
que el conde Berck de Villemont, el diputado de la provincia de
Saint-Cyprien.
–¡Perdón! no me equivoco… ¿señora Prosper Parent?...
Señora…
La hija de los Bérias enrojeció todavía más y dejó caer su
brazo que retenía el de Georges.
Villemont, que estaba lejos de sospechar la inquietud de
sus amigos, continuó:
–¿Y el querido notario está en París?...
–Sí, señor… Está un poco indispuesto esta tarde… Ha
quedado en el hotel…
–¿Y tu esposa? Me he enterado de que esperas un herede-
ro… ¿Para cuándo?...
–¡Oh! dentro de algunos meses, en mayo o junio…
–¡Mi más cordial enhorabuena!
Conversaban los tres mientras caminaban, y Rosette, un
poco repuesta de su emoción, volvió a tomar el brazo de Lou-
dois con ganas mal contenidas de partir.
–¿Cómo es eso, Georges? ¿No crees que Guernier tenga
alguna oportunidad de triunfar?... ese maldito revolucionario de
Ladouze…
–No.
–El país está caliente allá abajo.
–Se te quiere mucho.
–Hago lo que puedo; pero si escuchase a mi tío el minis-
tro, sucumbiría de pena… Y pensándolo mejor: puesto que est-
áis todos en París, ¿seríais tan amables de aceptar almorzar o
cenar conmigo?... El Sr. Parent incluido, por supuesto… ¡Ah! ya
174
sabéis, en el restaurante… Me alojo en el ministerio y allí las
comidas no son alegres… Bueno, os retraso. ¿Vais al teatro?...
Fijad vosotros mismos el día… ¿No respondes, Georges?... Sin
embargo sabes lo feliz que me hacía aceptar tus invitaciones en
Saint-Cyprien…
–Villemont, – dijo de pronto Georges Loudois, arrastrando
al diputado bajo uno de los arcos que dan frente al jardín… –
¿Villemont, tu eres un hombre serio?...¿muy serio?...
–¡Caramba! – exclamó el diputado.
–Pues bien, en dos palabras, voy a contarte nuestra histo-
ria… Pero te pido que me des tu palabra de honor…
Rosette se sentía desfallecer y no encontró ni una palabra
para impedir hablar a su amante.
–Escucho. – dijo Villemont con la mayor calma.
–No me extenderé. Hemos partido con nocturnidad de
Saint-Cyprien… Vivimos en París… ¡Nos amamos!... Ahora ya
sabes nuestro secreto…
Berck de Villemont sintió el rojo purpurar su rostro. Era la
historia de su esposa la que le acababan de contarle. Le parecía
que en ese momento le ascendían sus espantosas cóleras al ros-
tro, y mostró una mala sonrisa mirando a su amigo.
–Está bien– dijo lentamente, – conozco el valor de un se-
creto… Después de todo yo también necesito distraerme … La
vida política me disgusta… ¿Queréis divertiros?... Divirtámonos
y que el diablo me lleve si algún día revelo esto.
–Villemont, eres un amigo, un verdadero amigo; jamás lo
olvidaré…
–Vamos, la bala está disparada… Os invito a los dos el
jueves por la noche… Estaremos en una compañía encantado-
ra… Señora…
–Señora Rosette de Magnac, – interrumpió Loudois.
–Pero…
–Señor y señora de Magnac…
–Entiendo… Muy chic…
175
Se separaron, y Georges y Rosette entraron en el teatro del
Palacio Real al final del primer acto de El Viaje del Sr. Perri-
chon.
–Que encuentro más inoportuno… Un día se podrá escri-
bir nuestro viaje, – murmuró Loudois instalándose al lado de su
amante.
Rosette estuvo triste durante toda la representación.
Georges se lo comentó.
–¿Qué quieres? – respondió la hija de los Bérias – es más
fuerte que yo… He sentido vergüenza ante ese hombre… Antes
incluso me dirigía exhortaciones; me decía a mí misma: « Mi
pequeña Rosette, tu conducta está mal… Debes dejar a tu aman-
te e ir a reunirte con tu marido y tu hija… Si rezases a Dios…»
Pues bien, no he escuchado ni una palabra de lo que se decía en
la escena; hoy he rezado en un teatro, con piedad, con fervor,
aunque no fuese de rodillas, como antaño lo hacía en la iglesia,
como todo el día de ayer, he rezado en mi habitación… Es como
si cantase… Es más fuerte que yo…
177
XIII
El conde Berck de Villemont no había quedado tan sor-
prendido como pudiese parecer con la confidencia de Loudois.
No era en absoluto ajeno a las historias que se contaban en
Saint-Cyprien, y se felicitaba enormemente de la ocasión que se
le había presentado para renovar sus relaciones con la seductora
señora Parent. Con motivo del último consejo de revisión, ya
había comenzado un cortejo asiduo que interrumpía a cada ins-
tante Georges Loudois con sus galanterías. En París eran más
libres que en Saint-Cyprien, y como la sonrisa de Rosette no
había perdido nada de su misterioso encanto, y las profundida-
des de sus ojos siempre parecían contener adorables promesas,
el diputado se alegró mucho de encontrarla y se prometió ir des-
de el día siguiente a visitar los objetos de arte de la calle Saint-
Honoré de la que la señora Magnac ya le había hablado.
Casado con la sobrina de un ministro, pero separado amis-
tosamente, Villemont recuperaba la alegría de vivir de antaño.
Lo cierto es que las cosas habían acontecido del modo más civi-
lizado del mundo. El propio ministro ignoraba las causas de la
ruptura, y en cuanto al secuestro de su sobrina por un actor, los
ardores de la política lo ocupaban con demasiada intensidad para
que tuviese tiempo de detenerse en los cotilleos de los periódi-
cos. Para él, la señora de Villemont simpatizaba poco con su
marido y estaba en tratamiento en una estación invernal para
regresar a comienzos de verano. Berck no tenía ninguna razón
de desengañar al ministro y, por lo demás, no estaba seguro de
que su esposa, un ángel de virtud, hubiese pisoteado de ese mo-
do sus deberes conyugales.
Lo que sin embargo habría podido hacerle sospechar era la
vida disipada que él llevaba desde su elección, no apareciendo a
las sesiones del Cuerpo legislativo más que en raras ocasiones,
178
pasando sus noches jugando y en los bailes públicos, arrastrando
por el lodo su título de conde y su mandato de diputado.
Recibido en la corte, se le señalaba como el héroe de los
bailes de las Tullerías, el organizador de las cenas de Compièg-
ne, el hábil inventor de los divertimentos más íntimos de Napo-
león III y sus familiares.
Entre las damas de la corte, la señora de Lesnick, la esposa
de un secretario de la embajada alemana, admiraba mucho a
Bismarck, y Berck la atormentaba amenazándola por los auda-
ces elogios que ella prodigaba hacia el gran hombre. Una noche
de juerga, Villemont pintó y luego recortó una cabeza de un
gran parecido con la del Sr. de Bismarck, y, llegada la noche,
Sus Majestades entraron en la habitación de la bonita teutona.
Dispusieron la cabeza sobre la cama; un cojín bajo las sábanas
para representar el bulto formado por un cuerpo humano; luego,
la emperatriz Eugenia añadió a la frente un pañuelo dispuesto
como un gorro de dormir.
En la media penumbra de la habitación la ilusión era com-
pleta. Cuando Sus Majestades se retiraron del salón, Berck de
Villemont y el gran literato Merimée, que asistía a esta escena,
retuvieron durante algún tiempo a la señora de Lesnick para que
el emperador y la emperatriz fuesen a apostarse al fondo del
corredor; luego, cada uno de ellos hizo ademán de desaparecer.
La Señora de Lesnick, cuyo marido estaba en Alemania, entró
en su habitación, luego salió precipitadamente gritando con la-
mentable voz: «¡Hay un hombre en mi cama… hay un hombre
en mi cama…»
–Sí – murmuró una voz que parecía proceder de la habita-
ción… Es el Sr. de Bismarck que te adora…
Berck era un poco ventrílocuo, y la broma hubiese resulta-
do muy exitosa sin las enloquecidas risas de la emperatriz. Pero
las grandes diversiones habían tenido lugar en el castillo de
Compiègne. Fue allí donde el Sr. de Villemont inventó el juego
llamado la Serpentina. Consistía en lo siguiente:
Después de cenar, y cuando se encontraban entre familia-
res en el salón de los espejos, se hacían traer grandes cestas lle-
179
nas de sortijas, de collares, de brazaletes y de todo tipo de pie-
dras preciosas. El emperador, que fumaba su cigarrillo en un
rincón, hacía una señal a Villemont. Este llamaba a las damas
presentes, todas jóvenes y bonitas, las situaba en dos filas, les
vendaba los ojos, y luego, golpeando tres veces sus manos, or-
denaba a las mujeres ponerse de rodillas y arrastrarse reptando,
sin apoyar las manos, hasta la cesta: una vez llegadas allí, tras
haber avanzado como serpientes voluptuosas bajo los brillos de
los espejos que reflejaban sus bizarras contorsiones, las damas
tenían el derecho de tomar con sus dientes todo lo que su boca
podía contener. Era una especie de palo de cucaña, pero sobre
un plano horizontal: se hacían mil bromas a las hermosas ciegas,
y el príncipe René de Alemania se divertía en ridiculizar las po-
ses de las encantadoras concurrentes, bajo la complaciente mira-
da de los maridos.
No era solamente a esas innumerables bromas a lo que Vi-
llemont debía el afecto y estima de la que estaba rodeado en la
corte imperial.
También tenía esa palidez de mármol que Rosette había
tardado tanto tiempo en conseguir. De complexión fornida y
miembros delicados, sus cabellos rubios y rizados enmarcaban
su rostro, y no hacían más que resaltar la blancura de su tez. Un
fino bigote sombreaba sus labios un poco pálidos, y sus miradas
lánguidamente amorosas emitían brillos cuando hablaba a una
mujer deseada. Su voz era como un timbre de oro, y cuando se
dignaba a subir a la tribuna de oradores del Cuerpo legislativo,
realzaba con la belleza de su palabra las banalidades trilladas y
los tópicos que, ante la multitud de representantes corruptos,
dejaba caer de su boca con desdén, como un señor arroja una
filípica a sus lacayos.
Entre todos los diputados él era el que más enorgullecía al
imperio. Hijo de un embajador de Carlos X, de tan antigua no-
bleza que el rey ya no reinaba, se imponía en su mundo y gol-
peaba, bajo su mirada dominante, a los chambelanes, falsos no-
bles y falsos devotos, que se disputaban en halagos ante la ma-
180
jestad coronada. Si lo hubiese deseado, hubiese podido preten-
der a la mano de una hija de la antigua nobleza.
Esas rarezas de carácter, esas inconsecuencias inexplica-
bles, ese deseo imperioso de ordenar todo y de servirse de todo,
hacían de él uno de los hombres de moda.
Cuando fue nombrado diputado, su pariente el ministro
echó un vistazo sobre el mapa de Francia. Consideró con aten-
ción las provincias donde la instrucción pública se encontraba en
un estado lamentable.
El candidato ya tenía su circunscripción.
Allá, entre las gargantas del Limousin y del Périgord,
donde la ignorancia hacía ondear su bandera, en ese país llama-
do la « Córcega continental », llegó, desconocido, en una bella
mañana de otoño. El camino era casi intransitable y la calesa
levantaba nubes de polvo que ocultaban los rayos del sol. Era un
domingo, tal vez un mes antes de las elecciones generales.
Los paisanos salían de la misa. El candidato almorzó en el
hotel de la Carreta de oro y luego, simplemente, sin prisas,
acompañó al alcalde Sr. Loudois que abrió todas las puertas de
la alcaldía.
Los paisanos no se atrevían a entrar; prácticamente se les
obligó.
Entonces el candidato les recordó el nombre del gran em-
perador. En un magnífico lenguaje, destacó los beneficios del
imperio, la paz de la que gozaban las poblaciones. Supo halagar
el patriotismo local hablando de esa tierra tan bendecida por el
sol, de las doradas uvas de Saint-Cyprien que producían un vino
tan generoso como el corazón de los habitantes de esa tierra. Se
le aclamó. Su voz llena de fuerza o de dulzura ponía la piel de
gallina cuando contaba que él, descendiente de una raza ilustre,
se había entregado a la causa del liberalismo y que mantendría al
emperador con todas sus fuerzas y toda su alma.
Su único adversario político liberal, que podía tener opor-
tunidades en la lucha, era un abogado de los más mediocres: se
le dio un puesto de presidente de un tribunal civil. Más tarde, un
181
médico influyente pareció aspirar a la candidatura: se le conde-
coró y consintió en dejar el campo libre.
François Bérias fue uno de los más entusiastas en saludar
al candidato oficial. Moulineau, al que se nombró oficial de aca-
demia, se convirtió en agente electoral: la elección fue dictami-
nada en asamblea, y el Sr. Gavier, el subprefecto de Saint-
Cyprien, obtuvo una segunda clase personal.
Por añadidura resultó ser de una abnegación sin límites pa-
ra sus electores. Distribuidor autorizado de revólveres, de con-
decoraciones, de medallas, de fotografías de los tres miembros
de la familia imperial, bustos de Napoleón III, concesiones de
administraciones de lotería, de estancos de venta de tabaco, de
percepciones, de dinero incluso, el conde de Villemont pronto
adquirió una inmensa popularidad. Era a él a quien se debía el
definitivo proyecto del ferrocarril de Saint-Cyprien a Pensol, así
como la exención del servicio militar de varios jóvenes de la
comarca.
Fraternal con los maridos, galante con las damas, el apues-
to diputado fue el ídolo del país. Se disputaban el honor de des-
ensillar sus caballos cuando iba a hacerle una visita al hijo de
Loudois, del que se había hecho un íntimo camarada. La Socie-
dad de socorros mutuos le debió su estandarte, y el presidente de
la fanfarria estaba allí para recordar que el nombre del diputado
figuraba en cabeza de las lista de miembros honorarios de la
Sociedad con una aportación anual de quinientos francos.
–Es usted muy afortunado, Berck, de contar con las sim-
patías de su circunscripción – decía el ministro… – ¡Ah! no ocu-
rre así en todas partes…
–Es que todos mis colegas son unos perezosos y despre-
ocupados… Hablar y dar, esas son las claves de toda candidatu-
ra… Señor ministro, cámbieme de circunscripción: le prometo
conseguir más, pero necesito una provincia más culta…
El gran ministro inclinaba la cabeza y pasaba su mano por
la frente ensombrecida, como si presagiase una tormenta:
–Tiene razón, Berck… Ruego al cielo que la causa impe-
rial cuente con tan buenos defensores como usted.
182
Y Berck de Villemont, orgulloso de los cumplidos de su
tío, retomaba su alegre vida de soltero mientras su esposa, una
germana, arrancada a los vapores del Rin, se moría de amor en
los brazos de un artista de veraneo.
Al día siguiente del encuentro en el Palacio Real, el dipu-
tado llamó al apartamento de la calle Saint-Honoré. Le habían
entregado una carta en el ministerio; y al subir la escalera tanteó
su bolsillo para ver si todavía se encontraba allí.
La criada de Rosette, una joven uniformada, le abrió.
–¿La señora de Magnac?
–Sí, señor… Si el señor es tan amable de entregarme su
tarjeta…
–¡Diablos! – pensó Villemont…– la señora Parent lo dis-
pone todo con elegancia.
–Aquí está.
La criada regresó de inmediato.
–Si el señor conde quiere seguirme…
El diputado a punto estuvo de caer ante el lujo que surgió
ante él: el salón era azul y plateado; el techo, un firmamento
nuboso con ángeles y flores, mobiliario de príncipe; en la chi-
menea un protector de chispas de plata maciza, flores en todos
los rincones; y en medio de una dulce luz, Rosette, sonriente en
una elegante bata, descansaba sobre un sofá con un abanico de
plumas de colibrí en la mano.
Él se inclinó profundamente y se excusó por presentarse a
una hora tan intempestiva del día.
Ella le hizo una señal.
Él se sentó.
–Phrosine, avise al Sr. de Magnac de la visita de un amigo.
Intercambiaron algunas palabras, y Loudois apareció en-
seguida.
–¿Trabajabas?
–Sí, me dedico a estudiar un poco de antropología.
–¡Vaya!
–Georges se ha vuelto formal, señor conde.
183
–Mi enhorabuena, querido; y a usted, señora, mis respe-
tuosas felicitaciones por las maravillas de este salón.
–Muy amable.
–Por cierto, le traigo noticias del país.
–¿Cuáles? – preguntó vivamente Rosette, que sintió des-
pertar en ella el instinto maternal.
–¡Oh! nada importante… una carta del Sr. Léopold, apo-
dado Pigé…
–¿El Sr. Victor Moulineau?...
–… Que me anuncia su llegada a París para las fiestas de
Navidad… Esta misma mañana he recibido su carta… Un tipo
genial… Me habla mucho de Georges y me pregunta si lo he
visto…
–Hay que cambiar de barrio. – exclamó la señora de Mag-
nac.
–¿Acaso teme, señora, que yo vaya a traicionarles?
–No… El Sr. Moulineau es un hombre maleducado al que
no quiero ver, eso es todo…
–¡Nada tiene que temer! – dijo el diputado; –Permaneceré
mudo como un muerto…
Georges reflexionaba, acodado sobre el mármol blanco de
la chimenea:
–Conozco a Pigé… Removerá Roma con Santiago para
encontrarnos… No lo conseguirá y contará un montón de infa-
mias respecto de nosotros… Más valdría tenerlo de nuestro la-
do… aunque…
Rosette tomó la palabra:
–Sí, eso será lo más prudente… Nos las arreglaremos para
impedirle hablar… ¿Le va a responder, señor conde?
–Esta misma noche, señora.
–¿Le puedo hacer un ruego?... tenga la amabilidad de no
hablarle de nosotros en su carta… Cuando llegue a París, le avi-
saremos.
–Señora, puede usted contar con mi discreción.
Rosette se había repuesto y se animaba a conversar. Se
habló de literatura y bellas artes, incluso de política, y el diputa-
184
do, que era uno de los líderes de la causa napoleónica, se dejó
llevar por su entusiasmo hacia el régimen que en todo momento,
manteniendo su autoridad, abandonaba los usos y costumbres de
otras épocas.
Sin duda, los reyes, con sus catorce siglos de gloria, hab-
ían legado a Francia recuerdos imperecederos; pero el empera-
dor era hoy la única representación de la unidad nacional, el
auténtico elegido de la patria.
Georges escuchaba al brillante orador, y la señora de
Magnac dejaba caer estas palabras con un encanto adorable:
–Señor diputado, solicito una invitación para entrar en la
sesión del Cuerpo legislativo con motivo de su próximo discur-
so.
–Me comprometo a conseguírsela, señora.
Berck de Villemont echó una mirada al reloj de péndulo:
–¡Oh! ¡perdón!... Van a ser las dos… Tengo una cita de
negocios…
Tomó asiento en el coche que lo esperaba en la puerta y se
hizo conducir a la Bolsa.
Era el momento en el que todo París enfebrecido se lanza-
ba a la especulación, en el que pasa por encima de la ciudad de
la luz como una nube que oscurece los cerebros y sume en la
noche a las almas generosas. El deseo de obtener algo grande
alcanzaba a los más humildes; fortunas edificadas en algunos
días o catástrofes decididas en algunas horas.
En este último año del segundo imperio, las necesidades
de un lujo insaciable favorecían la especulación, y la fiebre de
hacerse millonario tenía eco en las noticias. Bajo cualquier pre-
texto se producía un alza desordenada de los fondos públicos y
de los valores de todo tipo cuyas numerosas emisiones inunda-
ban el mercado bursátil.
Todo el mundo jugaba.
La Bolsa, enorme matadero, era el campo de batalla de to-
dos. El fin de un reino hacía germinar las alegrías delirantes y
espantosas para hacer nacer el olvido o al menos la indiferencia.
De todas partes, personas laboriosas que siempre se habían man-
185
tenido al margen de los asuntos de la Bolsa, venían también a
mezclarse en el combate.
Fue vertiginoso, un delirio. Había que mantener la manera
de vivir; había que ser y hacer siempre algo grande.
El millón, el bello millón, el millón-dios apareció por en-
cima de París, soberbio, deslumbrante, y se extendió por la capi-
tal como un gigantesco meteoro.
Ese mismo día, una animación extraordinaria reinaba en la
Bolsa.
Por los escalones pasaban y volvían a pasar, con tarjetas
en la mano, los portadores de órdenes y los mensajeros de ope-
raciones hechas a instancias de unos clientes a los que una falsa
vergüenza mantenía en las mesas interiores de los cafés de la
plaza. Aquí y allá, unos grupos discutían las compras, las recog-
ían al vuelo, unos los fondos de banco, otros inversiones en ca-
minos…
A lo largo de las verjas, una muralla de coches y taxis; to-
dos los cocheros, con la fusta en la mano, dispuestos a partir,
pues, en cualquier minuto los amos podían descender parar co-
rrer a buscar información.
Más de un pequeño cupé ocultaba a unas mundanas disi-
muladas bajo la capota azul: de vez en cuando sacaban sus cabe-
citas fuera del nido, como pajarillos mostrando el pico. Hoy,
esos pájaros del paraíso terrenal se conformaban con recibir las
compras y anotarlas en sus pequeñas agendas. Sus mensajeros,
galantes caballeros de las finanzas, saltaban los escalones de dos
en dos a riesgo de romperse el cuello: venían corriendo con la
cabeza descubierta, todavía cálida del roce de los sombreros de
moda, la chaqueta ceñida al talle, el ojal cubierto con un fresco
ramito de violetas. De pie, ante las puertas cuyos cristales se
bajaban suavemente, cuchicheaban con las damas, comentaban
las compras, prometían el alza, siempre el alza, hacían entrever
que sus adoradas pronto estarán cubiertas de oro y volvían a
subir, ligeros y flamantes, con guiños de ojos llenos de misterio
y fatuidad.
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Una conversación acababa de producirse entre dos jóvenes
mujeres indolentemente sentadas en un coche.
–¿Y Berck, no viene hoy?
–Ya vendrá.
–¡Hum!... Empiezo a preocuparme… Se comenta que está
tocado por una damita…
–¡Ah! sí… una mujer de provincias… La señora de… no
sé qué…
–De Magnac… condesa de Magnac…
–Bueno, ¿y una provinciana te da miedo?
–No… pero…
–Schhhh… aquí llega…
Berck de Villemont apareció y apretó las dos pequeñas
manos que se tendían hacia él.
–Conde, nos ha hecho esperar.
–Mi querida Léa…
–¿Un nuevo amor, sin duda?
El diputado se alzó ligeramente de hombros.
–Sabes que solo voy en serio contigo.
–¿De verdad?
–La prueba…
–Rápido, la prueba, – pidió la amiga de Léa.
–Una de estas noches, si sois prudentes, os presentaré a ti
y a Alice a dos amigos: un caballero…
–¿Y una dama?
–Exacto.
–¿La dama es bonita?
–Ya la veréis.
–¿Cuándo nos la presentará?
–Ya os avisaré.
–Muy bien… ¿Son príncipes?
–Todavía no.
–¿Millonarios?
–Más bien sí.
–Estupendo…estupendo…
–Ahora, mis niñas, me voy.
187
–Hasta luego, querido conde…Hemos venido para verlo y
ya nos vamos… No somos jugadoras como todas esas remilga-
das que toman notas en sus coches…
El pequeño cupé se alejó. Villemont subió lentamente los
escalones del peristilo de la casa. Tomó la galería exterior de la
izquierda, distribuyó algunos saludos estrechando la mano a
viejos amigos sentados en círculo sobre sillas de paja que segu-
ían, sin excitación aparente, los movimientos del mercado.
En medio de uno de esos grupos reinaba una ruidosa alegr-
ía. Se charlaba de mujeres de moda, literatura, obras de teatro
recientes, actrices y chismes de entre bambalinas, cotilleos im-
periales, trucos electorales. Oyendo esa conversación, uno
hubiese creído estar a cien leguas de la Bolsa.
El conde coloreó con su espíritu parisino la conversación
de la que dos cronistas tomaban notas destinadas a ser publica-
das en los periódicos del día siguiente.
En el reloj sonaron las dos. Era el momento de las respues-
tas de los beneficios. Hasta ese momento el mercado permanecía
estable, sin gran fluctuación, y los compradores abandonaban
los beneficios para acudir al efectivo. El diputado sabía de buena
fuente que el alza sería muy acentuada en el cierre y continuaría
en las sesiones siguientes.
En efecto, el plebiscito decidido para el mes de mayo si-
guiente se esperaba por adelantado, y las informaciones confi-
denciales proporcionadas por los prefectos en el ministerio del
interior no dejaban ninguna duda sobre el previsto éxito.
Había que comprar de inmediato para no verse desbordado
por el movimiento una vez comenzado.
El diputado del Périgord no era un jugador en toda la
acepción del término, pero pertenecía a su época, y el demonio
de la especulación lo tentaba a veces: era una buena manera de
aumentar su dinero y hacer frente a los considerables gastos
ocasionados por sus amantes y sus marchantes de caballos con
los que él actualizaba su cuadra tres o cuatro veces al año.
Siempre despreocupado, bien enguantado, con los labios
en permanente sonrisa, llegó al interior de la Bolsa y logró, a
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base de codazos, hacerse camino hasta el mercado al lado de los
paneles. De inmediato, un joven se acercó a él, y tras el pequeño
saludo de costumbre muy reservado, se puso a su disposición. El
conde dio sus órdenes de compra y recibió su ficha de operación
con una fría indiferencia.
Era la hora. De pronto, un inmenso clamor se hizo oír, y
una animación vecina enloquecedora dio a esa multitud ya au-
llante una fisonomía de agitados que se rebelan contra la camisa
de fuerza.
El conde conocía demasiado bien esas compras furiosas,
ese desencadenamiento de gritos y de gestos, como para que le
afectase esa danza macabra de los manipuladores del dinero.
Permaneció apoyado a una columna, impasible y mudo.
En un momento, la multitud parecía zozobrar del lado de
los paneles.
–Vendo.
–Compro.
Esas dos palabras se cruzaban, se entrecruzaban, agudas,
sonoras, estridentes.
–Compro 10… Vendo 25… Compro 50…
Las ofertas y las demandas partían a la señal de las manos
levantadas.
La lucha era encarnizada.
¡Y qué lucha!... Los rostros, hasta ese momento apacibles,
se iluminaron de súbitos brillos, las frentes se arrugaban, los
brazos se extendían en el aire cálido y polvoriento, llenos de
fiebre, irritados, haciendo oscilar fichas que arrojaban al vue-
lo…
–25… 50… 100… 200…
–Vendidos… vendidos– resonaba bajo las bóvedas.
Un vaho de humo negruzco, desprendido de todos esos
pechos de hombre, flotaba con pesadez sobre esa masa viva,
agitada, para oscurecer todavía más el día que se apagaba.
Muy cerca de Villemont, apoyado también a una columna,
se encontraba un anciano que seguía la batalla desde su puesto
de observación: una barba completamente gris, gafas de montura
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de oro, un gran chaleco abotonado hasta el mentón. Era el repre-
sentante del mayor barón de las finanzas. El también tenía in-
formación privilegiada y compraba paquetes de renta. Muy a
menudo, su rostro se iluminaba bajo una sonrisilla seca y ner-
viosa que reprimía de inmediato para responder a las preguntas
de sus vecinos. La mayoría de aquellos eran agentes de cambio
dimisionarios que el eco de la Bolsa recordaba cada día, y cuya
impenitencia final mantenía aún clavados sobre las losas, espe-
culadores por cuenta propia tras haber sido afortunados interme-
diarios.
El ruido crecía ensordecedor hasta el momento en que la
campana dio la señal del cierre bajo el vigoroso golpeo de un
ujier.
Berck de Villemont abandonó la Bolsa, y el murmullo
ahogado de los clamores, cantando victorias o gimiendo bajo el
peso de los fracasos, le persiguió hasta su cupé, cuyo criado
acababa de cerrar la portezuela.
–A casa – suspiró un poco cansado y respirando muy fuer-
te para expulsar las densas exhalaciones de la gran ciudad indus-
trial.
Y el diputado de frente pálida, perseguidor de actrices,
chanchullero de elecciones, se sintió feliz y orgulloso de no
haber comentado en el mercado ciertas noticias que hubiese
puesto en cuestión su crédito. Una palabra suya podía bastar
para arrojar espanto en medio de la especulación: la enfermedad
del emperador, una veleidad bélica nueva, por ejemplo. El conde
quería jugar, pero no de esa manera. En su escandalosa vida,
mantenía el alma altiva y sentía gran desprecio por los familia-
res de las Tullerias que inventaban a placer historias falsas.
También, en la corte, no se le encontraba «muy fuerte», y una de
sus fulminantes respuestas había quedado como un estigma so-
bre la frente del gran financiero:
–Señor senador, no puedo estrechar la mano de un hombre
al que haría detener esta misma noche si fuese el jefe de la segu-
ridad.
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… Desde la fuga de su esposa el Sr. Parent ya no era el
mismo hombre. El coloso se había derrumbado. Por la noche,
ante su hija, le gustaba cortar corchos que ennegrecía al fuego
de la lámpara, o formar figuritas de personas con migas de pan,
hacer muñecas con papel, dibujar vasos, botellas, todo tipo de
cosas que la niña acogía con grandes risas y que él ejecutaba con
una atención enfermiza.
Prosper hacía también de madre.
–Tú eres mi papá y mi mamá, – decía Andrée – los dos,
¿verdad?
–Sí… sí…
Él articulaba las palabras lentamente, muy lentamente: las
palabras se helaban en sus labios y tenía frío el corazón.
–Debo reemplazar a la madre – pensaba él con el alma ro-
ta.
Y a instancias de la pequeña, el viejo niño reía, hacía
muecas, incluso cantaba, salvo temblar de miedo cuando se
acercaba al espejo del salón y sus ojos desmesuradamente abier-
tos y su boca crispada le gritaban, los dos al unísono, que su
razón pendía de un hilo.
… La madre que abandona el hogar es como la noche su-
cediendo al día: todo ha cambiado. Uno se sume en la tristeza
para siempre.
Ella muerta o ausente, se encuentra por aquí y por allá al-
go de su escritura, un bordado comenzado con lanas de color en
una cesta, una tarea de tapicería, una joya pasada de moda,
guantes, un velo. Se ve sin mirar la pequeña silla azul, su encan-
tadora obra.
Era ella, la mamá, quién daba sus órdenes para poner la
mesa, quién peinaba los cabellos de su pequeña hija, quién pre-
sidía todos los actos festivos de la familia. Cuando estaba en-
ferma descansaba en el gran sofá después de cenar: todos cami-
naban muy suavemente temiendo despertarla… Parecía tan dul-
ce y tan bella en su sueño de madona…
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Cuando el padre y la hija se había divertido juntos, cuando
los múltiples dibujos llenaban las hojas dispersas por la mesa,
cuando los hombrecillos de miga de pan y las muñecas de papel
ya no sabían dónde colocarse, la niña, un poco cansada, se
dormía dulcemente, esperando que la anciana Marguerite vinie-
se a llevársela a su cama.
Prosper se levantaba bruscamente: veía su dicha hundida,
su vida desierta para siempre; pensaba que ese recogimiento en
el domicilio maldito era un castigo inmerecido. Se paseaba fe-
brilmente por el salón, deteniéndose de vez en cuando, con la
mirada irritada, los brazos extendidos hacia delante como para
tomar al paso un objeto que siempre desparecía y que él creía
destrozar entre sus poderosas manos; y entonces le parecía que
Dios tenía piedad de él al privarle de su razón. En esas horas de
sufrimiento, el hombre roto bajo el peso de sus angustias presta-
ba atención a una voz misteriosa que atravesaba ese desolador
silencio y que decía:
« PARENT, Y TU HIJITA, PODEIS ARMAR UN GRAN
ESCÁDALO: LA MADRE HA PARTIDO, LA CASA ESTÁ
MUERTA!... »
…Los suministradores de la ciudad había ido en gran
número a llevar sus facturas. Rosette había suscrito valores, y
Prosper se encontraba ante la imposibilidad de pagarlos. Los
acreedores se habían compadecido de él y, de común acuerdo,
consintieron en concederle unos plazos que él tomaría a cargo.
–He sido demasiado débil, eso es todo… Habría debido
vigilar más…
–En su lugar, – decía Clapier – no pagaría… Es la ruina,
señor Prosper.
–Prefiero mil veces estar arruinado que deshonrado, –
respondía el notario con gran serenidad.
Al principio se había aconsejado a Parent que abandonase
Saint-Cyprien y comprase otro estudio en la provincia. Eso era
imposible. El estudio iba de capa caída; por el contrario, era
192
necesario ganar tiempo y tratar de disipar la tormenta que estaba
cayendo.
Los Bérias permanecían en la Croix-du-Jarry. No veían a
casi nadie. Pierre, el herrero, no cesaba en sus burlas, y ante los
campesinos reunidos que iban a herrar sus bueyes y afilar sus
aperos, el hermano de François, con los brazos desnudos, a la
claridad de la forja, mientras las chispas volaban por el aire y los
martillos golpeaban con fuerza, dominaba todo ese ruido con
voz robusta y decía que estaba cercano el día en el que los veci-
nos de la Casa-Blanca morirían como perros entre la paja de los
establos.
–¡Condenación! se hace justicia… Unos campesinos que
quisieron hacerse los altivos entregando su hija a un caballero…
Ellos, los Gran-Pierre, estaban contentos con su suerte: su hija,
la Catissou, había contraído matrimonio con el molinero, y los
recién casados tenían hijos y ahorraban buenos dineros, mientras
la Rosette se pavoneaba por la gran ciudad.
Y los campesinos, que no habían olvidado los insultos de
la boda, el deslumbramiento de los coches, los aires de reina de
la novia, reían de todo ese mal previsto.
–¡Ah!– se decía – el dinero ganado por ese idiota de Fran-
çois no le ha valido de nada.
Las tierras de la Rouclée habían sido vendidas a Philippe
el curtidor, y las viñas de la Fontaine-du-Prince se habían con-
vertido en propiedad del viejo marqués de Jamaye. A los Bérias
no le quedaban más que las dos fincas del margen izquierdo de
la carretera provincial que estaban hipotecadas por los acreedo-
res.
Bérias pensaba, con la frente baja, trabajando todavía, y
apenas encontraba algunas manos que estrechar el domingo en
la misa principal.
La pequeña Andrée acudía a menudo a la Croix-du-Jarry;
en cuanto a Prosper, no salía nunca de su estudio.
–Sí – decía Bérias – fue nuestro estúpido orgullo lo que ha
ocasionado nuestra ruina… ¡El Sr. Faure nos la ha hecho bue-
193
na!... Ya podrá ir ahora a otra parte para engañar a los idiotas
con sus bellas frases.
La madre Jeanneton recibía novedades de su hija por Lu-
cette, la modista de Saint-Cyprien, pero jamás había podido ob-
tener su dirección en París.
–¿Me dirás la dirección cuando mi hija esté muerta, ver-
dad? – murmuraba Jeanneton con gestos de cólera.
–Señora Bérias, no se enfade. Soy leal a la señora Parent
en cuerpo y alma; sé que no ha actuado bien abandonando al Sr.
Prosper; pero esas cosas no me incumben… Dígame lo que
quiere que le diga… lo haré en conciencia… Pero no le daré la
dirección… Sé guardar un secreto.
La pobre mujer no insistía; su marido y su yerno ignora-
ban que recibía noticias; una palabra podía comprometerlo todo;
ella lo ocultaba. Era preferible sufrir sola y llorar por las noches
ante los pesebres al dar de comer a los bueyes… También,
cuando Lucette venía a leerle las cartas, ella la arrastraba miste-
riosamente a algún rincón de la granja, y allí, mientras los gran-
des bovinos levantaban al cielo sus humeantes hocicos y sus
enormes ojos de bestias que la veían siete veces más grande de
lo que era en realidad, Jeanneton se hacía repetir frase tras frase
las líneas trazadas por Rosette. Esta afirmaba que vivía feliz con
Georges Loudois y que si su madre necesitaba algo no tenía más
que pedirlo.
–¡Dinero ganado de ese modo!... ¡Jamás!
Y con esa actitud serena – una especie de aparente somno-
lencia – que adoptaba frecuentando los animales de la granja,
escuchaba inmóvil, contenta de saber que su hija no estaba en-
ferma y diciéndose que no había que renunciar a la esperanza.
Esos días, Bérias encontraba a su mujer más alegre que de
costumbre. No comprendía nada. El mes de diciembre era terri-
ble; la simiente estaba retrasada y los campos inundados por las
lluvias necesitaban estiércol nuevo.
–¿Qué le vamos a hacer, hombre?... Por mucho que nos
demos cabezazos contra la pared, nada va a cambiar…. Espere-
194
mos; tal vez un día la pequeña Andrée vuelva a ver a su ma-
dre…
–Si viene por aquí le rompo mi azada en la cabeza.
–¡Oh!... cállate… Dios dice que perdonemos…
–¡Dios!... Dios que se meta en sus cosas… Corren un
montón de rumores acerca de nuestro yerno. Le acusan de mirar
para otro lado…
–¿Tú puedes creer eso de nuestro Prosper?...
–Todo lo que quieras – continuaba el buen hombre incli-
nado la cabeza… – eso no impide que atravesando el camino de
los Halliers, haya escuchado a Fiofnou, el yerno de Mathaly que
hablaba del tema… Allí… tuve una mala idea…
–François, tú sabes perfectamente que Parent es honra-
do… Cuando le han traído las facturas de Rosette, ha pagado
todo de su bolsillo.
–¡Caramba!... Tal vez deberíamos festejarlo… ¿Y con qué
podríamos hacerles frente?... Si hubiese vigilado mejor a su mu-
jer…
–También nosotros somos algo culpables… Tú querías a
nuestra Rosette tan bien vestida los domingos… Eso se le subió
a la cabeza… Se creyó más rica de lo que era en realidad… En
fin… hemos sido tan felices… Lástima.
–¡Ah! bueno, ahora vas a llorar…
Y el viejo cabizbajo se levantó para abrazar a su mujer.
Y así acontecía cada noche en la gran cocina en la que los
vecinos ya no se reunían. Jeanneton hilaba con su rueca; Bérias
fabricaba escobas y cestas que vendía en el mercado; y si alguna
vez un vecino miraba por encima de la puerta acristalada, podía
advertir a dos seres taciturnos y viejos, con la mirada vacía, las
manos encartonadas y arrugadas por la dureza del azadón y el
polvo de las granjas, que pasaban su vejez sin fuerza y sin áni-
mo, sin esperanza y sin deseo, al igual que dos personajes de
cera a los que un mecanismo automático haría actuar de vez en
cuando.
Durante este tiempo de duelo y de sufrimiento para la fa-
milia Bérias, Rosette, un poco cansada de los placeres, sintió
195
despertar en ella sus ardores religiosos. Se dirigía todas las ma-
ñanas a San Roque; allí escuchaba la misa y frecuentaba sin co-
nocerlas a unas actrices devotas y a unas damas de las altas fi-
nanzas.
La señora de Magnac permanecía en su silla, con las ma-
nos sobre su frente y como sumida en una especie de dolorosa
meditación. Se volvía a ver en la Croix, escuchando cantar los
ruiseñores, embriagada de sol y de verdor, recogiendo margari-
tas, bebiendo leche, en definitiva alegre. Le parecía que allí, el
Dios misericordioso le perdonaba su amor fatal… Su pensa-
miento la llevaba al jardín de Saint-Cyprien, al mes de María, en
el que la Virgen de yeso estaba en medio de los arbustos marchi-
tos y las flores ajadas… ¡Ah! allí, al menos hubiese salido victo-
riosa de la lucha y hubiese bastado una mirada de Prosper para
expulsar de ella sus malas tentaciones… Y ahora, nada… ya
nada.
La suerte estaba echada. Las dulces voces que antes canta-
ban a su oído se habían exiliado para siempre. Ya no había espe-
ranza: en lugar de lamentarse había que reír; en lugar de rezar,
había que maldecir.
Sin embargo no era culpable y a menudo se había pregun-
tado si tenía conciencia de sus actos y si no estaba actuando bajo
el impulso de una fuerza invisible… Tal vez. A su espíritu acud-
ía lo que las viejas mujeres le habían dado a entender cuando,
siendo pequeña, sin razón y con una risa de loca, había arrojado
el estaño y quemó la cabeza de un desgraciado perro dormido.
¡Ah! sí… la chiquilla era inocente, pero la dama de hoy, la que
hacía que un hombre de bien estuviese desesperado, la que había
abandonado a su hija. ¡Oh! esa, la Gran-Cartera que se divertía
con un amante, esa era indigna de perdón.
¿Entonces, para qué rezar?...
Su cerebro oscurecido y su conciencia turbada se veían
impotentes en ver la luz, y se arrojó de nuevo a la vida, burlán-
dose de sus alarmas y de sus terrores.
197
XIV
El barrio se disponía a celebrar alegremente la Nochebue-
na. Del bulevar Saint-Germain que comenzaba en la calle Car-
dinal-Lemoine, los transeúntes avanzaban en ingente cantidad, y
algunos coches con linternas verdes seguían a la cola, arrastra-
dos por caballos que resbalaban sobre el pavimento helado; ale-
gres canciones llenaban el aire.
Unos jóvenes vestidos con amplios abrigos daban los bra-
zos a unas mujeres encapuchadas, y todos entraban ateridos en
las tiendas de alimentación que estaban deslumbrantes.
Hacía frío, pero el tiempo era bueno y claro. Un grupo de
mujeres se inclinaba en los balcones de las grises casas, con las
mejillas sonrosadas y los rostros sonrientes, la nariz al viento, el
moño un poco descolocado y los ojos llenos de dulces llamas.
Se producían llamadas sucesivas entre vecinos; se preguntaban
sobre los menús de la cena, y de piso en piso y de ventana en
ventana, durante esa noche se vivía en familia:
–Amélie, Amélie… un paté de foie, una langosta…
–Hector… un besugo… ¡eh! ¡eh!...
Un niño vestido de harapos pasó. Miró silbando a una de
las bellas damas:
–¿Cariño, quieres dos centavos?
–Claro…
Y el chiquillo continuó silbando.
Muy cerca de las verjas de la avenida Monge, se encontra-
ban temblando y muy encogidas unas mujeres que pedían li-
mosna con lágrimas en la voz. También habían sido peripuestas
y alegres; tenían su parte de juventud, pero de repente algún
acontecimiento imprevisto había ocurrido en su vida, y habían
huido del placer, encontrando en el presente, en el sonido de las
198
campanas, en el vuelo de los vestidos y en las sonoras risas, el
recuerdo de las alegrías perdidas.
Un grupo pasó: tres mujeres y tres hombres. Una de las
mujeres se detuvo y entregó algunas monedas en las manos que
se tendían aún finas y blancas, como para presentar ellas mismas
el humilde testimonio de dicha pérdida.
–Bien, mi Rosette – dijo un joven alto y rubio, con fiso-
nomía dulce y distinguida.
–Hemos visitado el barrio, señoras; si quieren podemos
entrar en el Hotel de las Tres Reinas, teniendo en cuenta que Léa
y Alice no deben tener demasiado calor vestidas así.
Dos voces contestaron al unísono al conde de Villemont:
–No, no… querido Berck, no tenemos frío… Nuestros
abrigos de piel nos preservan, y además… Si nos los quitáramos
todos los mozos nos seguirían.
Llegaban al bulevar Saint-Germain y entraban en un her-
moso hotel situado en la esquina de la calle Monge.
–¡Por fin, el hotel de Las Tres Reinas! – exclamó el Sr.
Victor Moulineau, de Saint-Cyprien.
–¡Oh! tengo miedo – murmuraba Rosette, y con movi-
miento de gata dolorida se colgaba del brazo de Georges Lou-
dois.
Cuando llegaron al salón donde la cena estaba servida,
Moulineau se dejó caer pesadamente en un sofá:
–¡Qué mala idea, Dios mío! venir al barrio latino a cele-
brar la Nochebuena... Con lo bien que estábamos al otro lado del
río… A quién se le ocurre: nada de coches… un paseo a pie en
compañía de encantadores jóvenes vestidas para el teatro… Una
aventura de salvajes… Mis piernas parecen que se introducen en
mi vientre.
Y mientras las mujeres dejaban sus abrigos y los abando-
naban a la vigilancia de un botones, Moulineau se mantenía de
pie ante un espejo, excitando las risas de la compañía con estas
palabras que tan a menudo recitaba en Saint-Cyprien:
«Oh naturaleza, dos pulgadas más, y tu obra estaría com-
pleta.»
199
La comida comenzó.
Sobre la mesa brillaban gelatinas de color ámbar claro,
patés de doradas cortezas, y, colocados sobre cubiertos de plata,
callos asados y brochetas a la reina. En medio de los platos, dos
becadas desplegaban sus plumas y sus ojos de jade: bajo el brillo
de los cristales el champán burbujeaba en su delicado contene-
dor de cristal.
–¡Diablos!, mi querido Georges, tú sí que haces bien las
cosas – murmuró el diputado.
Las botellas habían hecho sonar sus borboteos y Mouline-
au, trasformado ya en poeta, recitaba sus improvisaciones:
Cuando bebiendo me paso,
Veo perlas y rubís
Brillar en el fondo del vaso,
Brillar en el fondo del vaso.
Las copas llenas sucedían a más copas llenas y el presi-
dente, antes de vaciar su vaso, dirigía al licor una afectuosa ex-
hortación:
«Oh, vino, de tu salvador entra en el vientre; no le hagas
daño a quien te quiere; ponte a la fila porque habrá mucha gen-
te».
Y Moulineau bebía y bebía, bebía sin tino.
La señora de Magnac estaba harta de todo, de los teatros,
de las veladas, de las compras, de las iglesias: necesitaba alguna
novedad. Suplicó a Georges que la iniciase en la vida de estu-
diante que él había llevado antaño; se invitaría a cenar a actrices,
amigas de Villemont que vendrían vestidas de forma teatral.
–De acuerdo – había dicho Georges.
Y la mujer del notario había satisfecho sus deseos más allá
de toda medida.
Las señoritas Alice Laporte y Léa, figurantes de los
«Bouffes-Parisinos», estaban felices aprovechando la invitación
de Berck de Villemont.
200
Alice, con su naricilla delgada y sus sonrosadas narinas, su
boca roja como una flor de cactus, no tenía ningún pudor con los
besos del carmín, habiéndole concedido la naturaleza ese rojo
que los melocotones y las jóvenes llevan a sus frescas mejillas.
Su vestimenta: un pantalón de satén blanco con bandas doradas
que dejaba ver unas medias bien tensas bajo unas altas ligas que
se abrochaban en lo alto; una blusa celeste con broches de plata
envejecida y un gorro de terciopelo de donde caían los cabellos
sobre los hombros, tiznados de un polvo rubio y luminoso como
si unos colibrís volasen y hubiesen dejado caer allí sus plumas.
–Bonita como un amor, – decía Villemont sin percatarse
de las miradas irritadas de su amante que, envuelta en un inmen-
so péplum de terciopelo cereza con cordeles de oro, tomaba po-
ses plásticas bajo un amplio sombrero tirolés.
Rosette examinaba a las actrices con una curiosa atención,
comentaba con ellas los menores detalles de los trajes y, sofoca-
da por la conversación, vaciaba sin darse cuenta su copa de
champán, ella, que antaño no bebía más que agua teñida con
unas gotas de vino tinto. En un momento le pareció que todo
daba vueltas en la habitación: olvidaba el pasado, reía y le gus-
taba mucho que sus nuevas amigas le recompusieran el peinado.
–Y bien, querida – decía Georges – ¿no echas de menos la
vida banal de Saint-Cyprien?
–¡Oh! no… estoy alegre… muy alegre… Es una velada
muy divertida…
–Tendremos más.
Berck de Villemont, sentado entre Léa y Alice, discutía
con Moulineau sobre el modo de aclimatar al asfalto de los bu-
levares a los burgueses de todos los países. Se continuaba char-
lando y bebiendo cuando Moulineau, tambaleante, se levantó de
su asiento, con el rostro iluminado, la servilleta anudada alrede-
dor del cuello:
–Se está mejor aquí que en Saint-Cyprien, señora Parent.
–¿Qué dice?–murmuró Alice.
–Nada, – respondió dulcemente Rosette… – Está borra-
cho.
201
Moulineau se encogió de hombros y dejó escapar algunas
palabras que se perdieron entre el murmullo de voces.
Las mujeres escuchaban.
–… Señora Parent… ¿recuerda usted nuestra Navidad, el
pasado año?... Qué divertido era ver todas esas cabezas… Allí
estaba el padre Bérias, la madre Jeanneton…
–¿Has acabado, Pigé? – gritó Georges invadido por la
cólera.
–…¿Te molesta que continúe, mi pequeño Georges?...
Tenías que invitarme… Cuando estoy borracho tengo que
hablar… Allí estaba el padre Bérias, la madre Béeerias… Lue-
go, unos budines… unas salchichas de la casa Galluret… Un
marrullero… el Sr. Cournet, el juez de paz que había cantado en
la Misa del Gallo… ¿Es necesario seguir?... El Sr. Papa… Pa…
Parent… el marido de la señora aquí presente…
Loudois tuvo un gesto de piedad:
–Señoras, no crean ni una palabra de lo que este animal va
a decirles… está loco… loco de atar.
La Señora de Magnac tomó del brazo a Moulineau.
–En el nombre del cielo… señor Victor…
–Cállate, Rosette, o lo digo todo… No tengo secretos,
yo… entre amigos… En nuestra Nochebuena también había un
pequeño Noël… pero no como el que aparece entre las fresas
después de que se lo ha descolgado del árbol… A ese pequeño
Noël lo querían enviar a acostar…Él no quería… Era… huy qué
misterio… era Andrée… un querubín… la hijita de la señora
Parent… Un ángel que miraba la luna…
Y Moulineau cantaba a plena voz:
Has visto la luna,
Mi niño?
¿Has visto la luna?...
La señora Rosette, la esposa de un notario de provincias,
una bien casada…una burguesa de pura cepa… Alice y Léa, a
las que se le había ya contado esa historia, creían que se trataba
202
de una broma… Se produjo un torbellino de preguntas, de ver-
dades y de mentiras en las que la señora de Magnac, visiblemen-
te afectada, perdió el ánimo.
El presidente de la fanfarria, enardecido por las sorpresas
que sus indiscreciones provocaban en Alice y Léan, continuaba
hablando, deteniéndose de vez en cuando y cortando su chácha-
ra con su monótono estribillo:
¿Has visto la lnuna,
Mi niño?
¿Has visto la luna?...
El conde de Villemont interrumpió brutalmente al narra-
dor sacudiéndole la cabeza:
–¡Señoras, tengo una idea!
–¿Una idea de los Villemont?... Raro… raro… – conti-
nuaba Moulineau.
–Basta, charlatán… o me obligarás a meterte una bala en
tu cerebro demasiado ligero…
El presidente de la fanfarria se mantuvo en su rincón y el
conde continuó:
–Si Georges no pone inconveniente, propondría a la seño-
ra Rosette intercambiar sus ropas con Alice… en el cuarto de
baño, por supuesto… Esa sería la mejor ocasión para ella de
prepararse para el gran baile de disfraces de nuestro amigo San-
ta-Molès…
Rosette miró a Georges:
–Eres libre de decidir, querida.
Y Loudois pensó: « Va a negarse amablemente. »
Se despidió al camarero de servicio ordenándole regresar
solamente cuando se le llamase.
Las tres mujeres salieron riendo. Se escucharon risas aho-
gadas, frufrús de ropa, sonoros besos, y, algunos minutos más
tarde, la señora de Magnac apareció con el vestido de Alice.
La mujer del notario estaba muy bonita. Se miraba orgu-
llosamente ante el espejo, retocaba su gorro negro, hacía resta-
203
llar el talón, volvía a sentarse sobre el diván, se meneaba en su
pantalón de satén de bandas doradas con castas vacilaciones y
movimientos llenos de gracia.
Rosette era un poco más alta que la señorita Alice, y se
percibía bajo el pantalón bordado las grandes medias rosas que
dejaban adivinar unas piernas maravillosas, delgadas en los tobi-
llos y gradualmente redondeadas. Bajo la túnica azul de botones
plateados, el pecho blanco se agitaba, arrastrando movimientos
de gasa y encajes.
–¡Qué adorable está! – decía Alice, que se había puesto el
vestido negro de la señora de Magnac y se daba aires de burgue-
sa.
–¡Viva Rosette! – gritó Léa…– Antes de dos meses, nues-
tra amiga hará palidecer de envidia a las mujeres más bonitas de
París…
–¡Viva Rosette!...
Moulineau se acercó a la dama.
–Caramba… Sí que estás bonita, señora Parent… Canalla
de Georges… Bésame… Tienes que besar a tu papaíto… Ahora
eres parisina…
Mostraba su mejilla enrojecida. Rosette estaba confusa y
no se atrevía a rechazar las galanterías de su paisano.
Alice intervino y dirigiéndose altivamente a Moulineau:
–¡Ah! no, eres demasiado feo, gordito mío… No es una
razón ser parisina para besar a todo el mundo…
–Vamos, Moulineau, no haga estupideces – dijo el diputa-
do.
–¿Rosette?...
–No.
–¿Rosette? ¿mi Rosette?...
–No… no… no…
Continuaron riendo y bebiendo hasta el amanecer.
…El presidente de la fanfarria no se dio por vencido.
Yendo a Paris no había tenido más que una idea, un objetivo: ser
el amante de Rosette. Él, el viejo escéptico al que enloquecían
todas las mujeres y que, escuchándole hablar, se burlaba de to-
204
das las mujeres, se había sentido muy excitado con la noticia de
la partida de la señora Parent y de Georges Loudois. En su fatui-
dad jamás se hubiese atrevido a sospechar que la bella señora
Parent, que había desdeñado sus galanterías, se entregaba a otro
antes que a él. Ausente ella, él había recuperado por entero todos
sus sueños de loco: le gustaba pensar que una mujer que tiene un
amante no se detiene nunca.
Esa noche de Navidad, pasada en orgía, constituía según él
un indicio evidente de las disposiciones galantes de la señora de
Magnac, y no desesperaba de obtener una pronta solución.
Había encontrado la ocasión. La hija de los Bérias estaría
feliz de conocer de él noticias del país, de saber lo que pasaba en
ese Saint-Cyprien, donde las damas decían tantas cosas necias
en relación con la fugitiva; se haría defensor de la mujer adúltera
con ese ardor que su imaginación de poeta sabría inspirarle.
También, desde el día siguiente de Navidad, Moulineau,
que acababa de comprar un vestido nuevo y botines lustrosos, se
presentó en el apartamento de la calle Saint-Honoré. Georges
había salido con Villemont, y la señora de Magnac recibió muy
cordialmente al visitante. Victor Moulineau se había sentado
sobre el taburete de terciopelo azul que se le había designado; su
primer acto fue llevar sus labios a las manos de Rosette que se
desesperezaba en su canapé…
–Señor Victor… señor Victor…
Moulineau tomaba confianza; y, charlando, la señora de
Magnac se alejó un poco del visitante.
–¿Qué velada más divertida, verdad?... Nos hemos reído
mucho… Esas damas eran encantadoras… ¿Le gustan las actri-
ces?
Él le tomó de nuevo la mano; ella se desprendió:
–¡Qué hermosa está usted!
La dama prorrumpió en una carcajada que no turbó al pre-
sidente de la fanfarria de Saint-Cyprien:
–Señor Moulineau…
–Aquí no hay ningún señor… Hay un hombre que la ado-
ra…
205
–Se lo ruego, señor, – dijo Rosette levantándose–… No
estoy acostumbrada… Vamos, usted está de broma, como lo
hace en Saint-Cyprien… Mire, no es muy amable de su parte
hacer semejantes chanzas…
–La amo…
–¿Aún sigue con eso?...
–Sí, todavía… siempre…
–Se lo suplico, señor…
–Mi Rosette…
–Basta… o llamo – dijo Rosette con voz estridente.
–Vamos, hermosa, nada de escenas… Era bueno antes,
cuando tú eras la señora Parent… Hoy…
–Hoy…
–…Me perteneces…
–¿Pertenecerle a usted?... ¿Yo?...
–Sí, me perteneces… ¿por qué no?... ¿Es que no soy un
hombre como los demás? Eso sí, distinto de tu Loudois… Escu-
cha: en Saint-Cyprien te adoraba y no me atrevía… Solo por ti
he hecho este viaje… ¿Un beso, Rosette?...
–Usted me horroriza.
–¿Te horrorizo?... ¿Yo, el hijo del Sr. Lucien Moulineau…
yo horrorizo a la hija de los Bérias?... ¿a la Gran-Cartera?...
–¡Insolente!... ¡Basta!...
–No, no basta… No quieres nada de mí… Puedo decirte la
verdad en la cara… Puedes llamar; hablaré delante de tus cria-
dos… Infame, que abandonas a tu hija como a un perro… mala
madre… canalla, que morirás podrida como una perra en un
estercolero…
–Es usted un cobarde y un imbécil… Me da asco.
–¡Ah!... te doy asco… te horrorizo… pronto te encontraré
muerta de hambre por los bulevares… ramera…
Moulineau estaba empapado en sudor, y Rosette que se
había levantado de su asiento, lo miraba fijamente:
–Sí, seré de todo el mundo si es necesario… De usted,
jamás.
–Ya verás…
206
–¡Oh! no temo su cólera… Puede decir a Saint-Cyprien
que soy una mujer perdida, una puta, pero usted jamás se vana-
gloriará de haberme poseído, señor Moulineau.
–¿Es esa tu última palabra?
–Sí.
–Muy bien… ¡prepárate para el bombazo!
–Es usted despreciable.
–Hazte la orgullosa… Hazte la mojigata… Espera, hermo-
sa, espera…
El hombre salió furioso y, algunos días después de esta es-
cena, uno de los periódicos más importantes de la capital conta-
ba ampliamente las aventuras galantes de la que decía ser señora
de Magnac. En esta ocasión, el periodista se conformaba con
poner iniciales; pero eran de esperar más extensos detalles sobre
la gran aventurera de provincias.
Loudois estaba desesperado:
–¿Quién será el cobarde?...
–¿El cobarde?... – exclamó Rosette…– es Pigé…
–¿Moulineau?...
–El mismo…
–¡Canalla!...
A algunas semanas de ahí, el azar hizo que la señora de
Magnac se encontrase con su difamador en el paseo de los Pano-
ramas. Rosette acababa de despedir a su cupé y se disponía a
realizar algunas compras. Estaba sola. De repente, la sangre le
subió al rostro; los instintos de la campesina, cuya educación los
había adormecido, se despertaron. Quitó los guantes y se preci-
pitó sobre Moulineau tirándole de la barba. Este, cegado por los
arañazos que ella le propinaba en el rostro, prorrumpía en gritos
de animal salvaje:
–¡Si no fueses una mujer!
–Pues bien, sí, es una mujer a quién has insultado, misera-
ble… Yo era una esposa dulce y tímida cuando tú me amenaza-
bas con las cóleras de mi marido… Hoy tengo un amante; tendré
diez… Pero tú, jamás… ¿me entiendes? jamás…
207
Ella saltaba sobre él como antaño cuando mordía a las
hijas del guardia, y las mejillas de Moulineau estaban sangran-
do… Las pequeñas manos eran tijeras… El hombre trataba en
vano de liberarse. Aullaba…
La muchedumbre se amontonó en gran número en el paseo
de los Panoramas; algunos hombres agarraron a Moulineau, y la
dama retomó su calma:
–Este es el hombre que me ha calumniado… Le he gol-
peado… Es un hombre indecente…
Dicho eso, atravesó el grupo con el rostro relajado, la mi-
rada altiva, sin que Moulineau encontrase ni una sola palabra
que decir y sin que nadie pensase en preguntarle.
… Un mes más tarde, Rosette era la amante del conde
Berck de Villemont.
Georges Loudois se había desengañado de repente. Su vi-
da le producía horror y había aprovechado una discusión para
romper definitivamente con Rosette. Escribió a su padre, rogán-
dole en una afectuosa carta que le perdonase, al igual que Marie:
regresó contrito y arrepentido; había sido un loco; ya no lo vol-
vería a hacer. Por un momento quiso abofetear a Villemont, del
que entendía que lo había engañado; pero enseguida tan solo
pensó en su familia y en que iba a volver a ver a su joven esposa
que había sido tan cruelmente vapuleada.
La vieja señora Loudois se encargó de todo. Una mañana,
llegó al castillo de las Bastides y le confío la noticia a la buena
tía que casi se desmaya de sorpresa y de dicha. Se advirtió dul-
cemente a Marie. Encontes fue convenido entre las dos familias
que Georges elegiría una casa en Niza y que abandonaría Saint-
Cyprien para siempre.
–La visión del Sr. Parent me vuelve loca – había dicho la
joven mujer.
El conde de Villemont adoraba a Rosette, y esta se decía
que por fin había encontrado un hombre de mundo, un auténtico
parisino. Iba a conocer todos los pequeños secretos de los minis-
208
terios, iniciarse en la tenebrosa vida de los personajes políticos.
En definitiva, era para la señora de Magnac una nueva existencia
la que tenía ante sí. Lo comprendió tan bien que, emocionada
ante lo desconocido, desdeñó sus frívolas lecturas y comenzó
estudios de historia general y política actual. Por ella, el diputa-
do abandonó a sus otras amantes, la Bolsa y el círculo.
–Su sobrino se ha vuelto loco. – le decían al ministro.
Y el ministro respondía:
–Tiene razones para ello… ¡Si yo pudiese!...
Rosette se convirtió en un personaje influyente.
En Saint-Cyprien se habían enterado de sus relaciones con
el diputado provincial, y a su dirección, desvelada por Mouline-
au, llegaban cantidades considerables de cartas. Un día, era una
petición para abrir un estanco; otro, un cartero rural solicitaba un
traslado más conveniente; luego, un obrero rogaba a la buena
dama que se le concediese una gratificación; hoy, era una sus-
cripción para los pobres; mañana, dones a una iglesia. La señora
de Magnac quería satisfacer a todos los solicitantes, y el diputa-
do no dejaba de hacerle las gestiones en todos los ministerios.
Esta vez, su tío el gran ministro decía:
–Mi Berck se sitúa… Su elección está asegurada.
Y era bien cierto que el diputado jamás se había prodigado
tanto en servir a los electores de su circunscripción.
–Tú eres el diputado, Rosette.
La señora de Magnac se hacía conducir al Cuerpo legisla-
tivo en el mismo coche de su amante.
–¡A la tribuna de los ministros!...– decía la condesa con
voz clara.
Y los ujieres del Palacio Borbón se inclinaban ante la gran
dama que pasaba, altiva y desdeñosa.
Era ella quién ahora animaba a Villemont a trabajar y le
rogaba que tomase a menudo la palabra en la tribuna.
–Si supieses, Villemont, ¡qué orgullosa estoy de ti!
–Tú harás de mí alguien, Rosette.
–¡Ministro!...– exclamaba ella besándole con su alien-
to…–¡ministro!...
209
–¿Ministro?
–Tienes que ser ministro… Pero temo por todos voso-
tros… El emperador está de capa caída: la oposición gana terre-
no día a día…
Se interesaba por los asuntos del Senado y del Cuerpo le-
gislativo, dejando caer en la conversación ideas viriles de las
que el diputado no podía evitar influenciarse. A pesar de eso, no
dejaba de divertirse. Su sueño era ser invitada en las Tullerías…
¿Qué se podría decir?... La tonta historia de Moulineau estaba
olvidada: ella iría a la corte bajo el nombre de la señora viuda de
Magnac, una prima de Berck; nadie miraría tan de cerca. Ville-
mont no sabía negarse a nada, y Rosette tuvo el honor de ser
recibida por la emperatriz Eugenia en uno de los más bellos bai-
les de invierno de 1870.
Un día, entre la voluminosa correspondencia de Rosette,
se encontró una carta cuya escritura deforme no resultaba des-
conocida a la señora de Magnac.
–¡Es de mamá!
Leyó suavemente para sí misma:
« Mi querida hija,
» El Sr. Victor Moulineau, que ha regresado a la comarca,
me ha dado tu dirección y estoy muy contenta de escribirte yo
misma lo que tenía que decir y no verme obligada a contar nues-
tros asuntos a Lucette, la modista de Saint-Cyprien, una moza en
quien no deberías confiar.
» En primer lugar he de decirte que hemos sabido que el
Sr. Georges se había vuelto a vivir con su esposa y que los Lou-
dois se han mudado para siempre a Niza. Tú no nos das noticias
tuyas y estamos muy preocupados, tanto tu padre como yo…
Esperamos verte regresar a la buena senda de una honesta madre
de familia; deberías compadecerte de nosotros y regresar; todo
se arreglará ahora que los Loudois han partido.
» Nos dijeron que tenías amores y que tu conducta, desde
todos los puntos de vista, era muy inadecuada. No podías hacer-
nos sufrir más, pues los Bérias siempre han sido personas decen-
210
tes, así como los Gran-Bras de donde yo provengo. ¡Tu marido
es muy infeliz!... Siempre está triste. Nos hemos enfadado con
casi todo el mundo, sin contar que nuestra vaca, la Brigitte, ha
tomado frío en la finca de los Rauges y está a punto de morir…
Me lamento como nunca lo he hecho, hija mía… No, jamás
hubiésemos esperado esto de ti; han sido las compañías de las
grandes damas que te han obnubilado al punto de acabar siendo
lo que eres… Eso me da mucha pena, y sobre todo me da pena
decirte todas estas cosas; pero es la verdad… El cura de la pa-
rroquia, el viejo Chaumeil, viene a vernos alguna vez; nos trata
bien. Pierre, el herrero, es despiadado y se ríe de nosotros con
los demás, y si yo no contuviese a tu padre, ten por seguro que
cometería una locura.
» Vuelve… Si no es por nosotros, Rosette, que al menos
sea por tu pequeña Andrée que te cree muerta… Regresa, Roset-
te; iré a buscarte a la estación de Thaviat con tu padre… Te que-
darás con nosotros; nadie sabrá nada… Ahora me hago vieja;
todo lo que ha ocurrido de un año a esta parte me ha apresurado
las digestiones y no está bien hacer lo que haces.
» Ruego al buen Dios y a la Virgen que te decidan, y te
abrazaremos todos, tu padre, la pequeña y yo llorando mucho.
» Tu madre que te quiere y te querrá siempre.
» JENNETON BÉRIAS,
de soltera GRAND-BRAS. »
–¿Es de tu madre?...– preguntó Berck… – ¿Qué cuenta esa
valiente mujer?
–¡Oh! nada.
–¿Cómo que nada?
–Sí, le gustaría que regresase.
–¡Ah! ¡bah! y…
–Y no iré.
–Muy bien.
–Sí, me quedo. Sin embargo pongo una condición: que
veré a mi hija el verano que viene…
211
–De acuerdo.
–Eres bueno, amigo mío… Cuando una es madre, tiene
necesidad de piedad.
Dijo esas palabras de una manera tan dulce que el conde
se conmovió.
–Mi Rosette, puedes contar conmigo. Te amo con todo mi
corazón; tu marido y el propio Georges no te comprendían…
Eres mi ídolo… ¿Sabes que desde que estás en París, todas las
mujeres bonitas están celosas?... Ayer aún, en la Ópera, se te
admiraba en tu deslumbrante vestido… Mi esposa me odiaba…
Ha partido… ¡Oh! ¡si el destino quisiera que la muerte!...
–Berck, no se debe desear la muerte de nadie… Yo no
siempre he sido así, pero la vida se me ha presentado como un
desafío. He caído muy bajo en el placer y también en la ver-
güenza… A veces me decía que era inútil reflexionar, que todo
lo que sucede está predeterminado. En mis horas de lucidez,
tiemblo de miedo y tengo una ligera idea de que seré castigada
de un modo terrible… Sí, sí, tengo muy malos presentimientos.
–Me he equivocado al hablar de la muerte; pero quisiera
poder tenerte sin necesidad de esconderte y mostrarte ante todos
como mi esposa legítima… Tú y solo tú eres el ángel dorado y
consolador que soñamos aquellos, cuya vida anclada a la políti-
ca se dispersa por todos los vientos… Y cuando estoy a tu lado,
Rosette, no pienso ya ni en mi mujer ni en la mancilla que arrojó
sobre mi apellido. Siento que mi odio se desvanece… Por tu
amor, olvido y perdono.
Villemont la tomaba por el cuello y sus labios se unían; y
mientras el pecho de la joven mujer se agitaba bajo los efluvios
amorosos, él dejaba caer suavemente su cabeza rubia sobre el
seno de Rosette.
Ella se desprendía vivamente.
–No, no… Esto no está bien; mi amor no debe ser un
obstáculo en tu porvenir… ¿Te gustaría, dices, que yo pueda
adorarte más aún de lo que he adorado a Georges?... Yo lo de-
seo… Lo deseo con toda mi alma… Pero tengo que estar orgu-
llosa de ti… Tú tienes un apellido ilustre… ¡Oh! cuanto te amar-
212
ía si te convirtieras en un ministro poderoso… Todos los demás,
Prosper, Georges, no son más que seres vulgares que pasan des-
apercibidos entre la multitud; tú, Villemont, tu lugar está en
primera línea… Ánimo, conde, ánimo…
Ella le estrechaba las manos:
–Es hermoso, la gloria, la gloria, el poder. Tener por deba-
jo personas que se inclinan a tu paso; ser la mano a la que se
teme o que se bendice, eso es lo que puede tentar el amor de una
mujer… Trabaja… Yo estaré ahí para apoyarte, para sostener-
te… No es suficiente para una mujer amar a un hombre; es ne-
cesario que la mujer esté orgullosa de su marido o de su aman-
te… que sienta latir su corazón con las esperanzas de aquel al
que adora y que llora de rabia con él en las horas bajas… Ese es
nuestro rol, y no queremos débiles ni impotentes, por eso dejé
mi hogar… Allí, la mediocridad y una monotonía desesperante
me destrozaban… No me sentía vivir… Mi existencia transcurr-
ía sin sacudidas y también sin esperanza… La esposa de un no-
tario de provincias… La amante de un plebeyo cuyo dinero hue-
le a trabajo y a servilismo… ¡Ah! estaba loca… Contigo, Ville-
mont, es el poder, es el orgullo, la celebridad; es la gloria… Tú
me entiendes, debes luchar y que todas las mujeres repten a mis
pies y envidien mi dicha…
Rosette lo estrechaba en una pasión insensata; y él la con-
templaba con ojos tranquilos que contrastaban con la exaltación
de la joven mujer.
Era esa voz, esa voz de oro que seducía a los electores pe-
rigourdinos, que regresaba a esa hora de amor, un poco debilita-
da, pero siempre desdeñosa y siempre plena de encantos.
–La gloria, dices, ¿qué es eso? Una bandera que uno ondea
o que se deja ondear… La política, una bandera azul, blanca o
roja, según el viento. El arte oratorio; palabras huecas y sonoras
que se pronuncian con desdén… Nada de reposo, nada de fija-
ción. ¿La familia? Por desgracia nosotros lo sabemos mejor que
nadie… una cadena, un despotismo. La religión, de la que tú
hablas a menudo como una consoladora eterna, es una hipocres-
ía. La fortuna, con la que no sabemos que hacer, una injusticia…
213
Créeme, Rosette, somos jóvenes, nos amamos: todo consiste en
eso… Y sin embargo no hace falta volver a recomenzar la vi-
da… La juventud, decía Fausto, ese es el sueño… Error: volver-
se joven sería una renovación de las estupideces, de las ilusiones
perdidas… Ser o no ser, vivir, morir, tal vez soñar… interroga-
ciones inútiles… Hamlet estaba loco… Rosette, más vale juzgar
la vida que vivirla. Es la cita de un filósofo que creo justa.
–¡Oh! ¡mis ilusiones se van!... Estaba tan orgullosa de ti
durante tu discurso sobre los derechos de los hijos naturales;
¡defendías tan bien a los pobres y los desheredados!...
–¡Desde luego!... ¿Pero pensaba lo que decía?... Te veía en
el palco de los ministros y eso me bastaba… Veamos, Rosette,
quieres que sea ambicioso, que me convierta en ministro como
mi tío… Ministro, ¿y para hacer qué?... Pronunciar hermosos
discursos vacíos de contenido, amontonar en la cabeza banalida-
des; bajarse los pantalones para conservar una cartera… Locu-
ras…
–Eres diputado, te debes a tus electores.
–Mis electores son fáciles de satisfacer… estancos, conde-
coraciones, empleos lucrativos, galones y más galones, frusler-
ías de todo tipo, se les anestesia con eso; no piensan… Y tú,
Rosette, una mujer superior, ¿quisieras obligarme a convertirme
en un polichinela articulado, una marioneta cubierta de bordados
que se cosen con hilos administrativos?... No, no, digo que te
equivocas… Emperador, ministros, diputados, senadores, tantos
villanos como jabones se ven impotentes en limpiar; son el fra-
caso del espíritu humano, máquinas inconscientes que no valen
el agua que las hace mover, ni la mano que atiza el carbón…
¡Falsos histriones y lacayos!... Ese pobre emperador al que ad-
miras… si supieses lo mezquino que es en la intimidad… Un
pollo, un pollo enfermo, querida… Me produce hilaridad con
sus bigotes y su uniforme de general… Mi tío lo desprecia y mi
tío guarda silencio… Todos unos canallas… Pobre emperador…
Cree en la gloria, en la posteridad, él, y tú quieres que yo crea en
las mismas cosas que él... eso sería grotesco…
–Amigo mío…
214
–Rosette, escúchame: No valgo ni más ni menos que los
demás; pero, en cuanto a ambición, mi razonamiento está hecho.
Jamás seré el orador de las encrucijadas que va contra viento y
marea a predicar cruzadas en las que no cree… Los aplausos
vienen y se van… Un hombre imbuido de prejuicios, un hombre
que cree en la sinceridad de los halagos es un imbécil… ¡Qué
hacer!... Dejarse vivir… Tomar las grandes rutas a pleno sol
porque son seguras y poco penosas… picarse la frente con los
espinos del camino, tener los pies ensangrentados y el corazón
lleno de odio o de asco por las torpezas humanas, ser un refor-
mador de un siglo que persigue una evolución regulada por ade-
lantado!... Quimeras y mentiras… Te lo digo, Rosette, soy de los
que ya no creen: la Revolución nos ha arrojado a los pies de
nuestros tronos y somos hombres muertos… La dicha la he en-
contrado a tu lado; me dejo vivir…
–Te hubiese querido más audaz, más fuerte…
–¿Es que acaso mi amor sería mayor?...
Ella no se atrevió a responder, en tanto él mostraba su gra-
cia y abandono pronunciando esas palabras. Él estaba allí, sin
fuerza y sin valor. No pensaba más que en el placer, y ese hom-
bre, al que ella había soñado poderoso y soberbio, no veía más
que el amor de una mujer. Ella miraba con piedad a ese descen-
diente de una raza ilustre tan débil como un chiquillo de su pue-
blo, y se decía que una patria debe desesperar viéndose tan po-
bremente representada.
La señora de Magnac mantenía su salón literario. Cada
miércoles, hacia las diez, unos hombres reclutados en la política,
en las letras, en las artes, todos familiares de la corte imperial, se
daban cita en el apartamento de la calle Saint-Honoré. Al princi-
pio se habían preguntado cuál podía ser la verdadera situación
de la dueña de aquello. El choque de ciertas maneras, la afecta-
ción del lenguaje, la inexperiencia del mundo, el desbordamien-
to del lujo, todo eso había atraído sonrisas. Pero se sabía que el
sobrino del ministro, que llevaba uno de los grandes apellidos de
Francia, ocupaba el lugar del dueño de la casa, y se conformaron
215
con la historia pergeñada por Villemont sobre la vida ordinaria
de su querida prima.
Entre los asiduos, el general Dumont de Lives; el poeta
Raulet, célebre por sus cánticos patrióticos; el gran compositor
Cernilli, los senadores Kuppler y de la Géronnais, el periodista
Ballande, unos colegas de Villemont; financieros, artistas, pre-
fectos jubilados; un mundo capaz de apagar de despecho los
lustres del noble barrio. Una cantante admirable, la Malti, se
dejó escuchar; jóvenes poetas leyeron unos versos: uno recitó la
Provenza en un magnífico lenguaje; otros las viriles poesías del
Norte. El salón tuvo su hora de celebridad.
Era una especie de antesala, a la vez política, artística y li-
teraria. Entre diputados y senadores se hablaban de los inciden-
tes de las sesiones; entre pintores observaciones sobre la in-
fluencia de los artes desde el punto de vista moral de una na-
ción; se vapuleaba a Jean-Jacques Rousseau y sus teorías filosó-
ficas; se descubrían los pequeños secretos de las Tullerías, y
Villemont contaba los divertimientos del castillo de Compiègne.
Se estaba entre íntimos, aunque devotos a la causa imperial;
solo, tal vez, el Sr. de Mottin, un viejo periodista de binóculo y
cabellos desordenados, pasaba por liberal, pero como era sospe-
choso de codiciar una plaza en el Senado, no se ponía en duda
su vinculación al imperio.
El diputado de Saint-Cyprien no experimentaba más que
un mediocre placer en medio de esas pretenciosas reuniones;
pero amaba tanto a Rosette que no sabía negarle nada. Por aña-
didura, la joven mujer, mediante hábiles estratagemas, le había
dicho que tenía el deber de mostrarse de vez en cuando, de
hablar, de dirigir, que hiciese todo del modo más natural del
mundo. Una noche, él parecía radiante:
–Estarás contenta, Rosette... Una sorpresa…
–¡Dime, aprisa!...
–Después de cenar te presentaré a un príncipe…
–¿Un príncipe de verdad?
–Sí.
–¿Quién?
216
–Su Alteza real príncipe René, presunto heredero de un
gran ducado de Alemania.
–¿Estás seguro de que vendrá?
–Tengo una cita con él en casa de mi tío, en el ministe-
rio… Creo que cena en la embajada alemana, pero sin ceremo-
nia oficial… A las diez, el príncipe es mío.
–¡Oh! ¡qué contenta estoy!
La hija de los Bérias, en efecto, se sentía feliz al recibir un
príncipe, un futuro Rey… ¡Esa velada sería el orgullo de su vi-
da!...
–El príncipe René es muy sencillo, pero un vividor… Ci-
tron es un niño a su lado…
Esa misma noche, el conde de Villemont llevó al príncipe
al salón, decorado para la circunstancia con las plantas más ra-
ras. Las lámparas iluminaron las colgaduras, encendiendo con
tintes dorados el servicio de Sèvres donde se bebía té.
–Un regalo de nuestro tío el ministro. – dijo el diputado.
Su Alteza levantó su taza a la altura de las lámparas y pa-
reció examinar con atención la belleza de los temas y la delica-
deza de los colores. Cada taza estaba pintada en negro con dos
medallones al lado que representaban las efigies de dos famosas
amantes de Luís XIV.
–No es protocolario ofrecer un regalo a un príncipe de
sangre; pero, señor, si Su Alteza se dignase a hacer una excep-
ción a favor de nuestra casa, sería para mí un honor…
–En París, mi querido conde, desdeño el protocolo; acepto
con gratitud su magnífico presente; a mi vez, estaría encantado
de añadir a su colección algunas lozas alemanas.
–Su museo, Alteza, – afirmó el senador Kuppler – es sim-
plemente admirable. Cuando estaba en Alemania…
El príncipe René era un joven de treinta y ocho años, fren-
te amplia, cabellos rubios, ojos azul cielo. Visitaba Francia des-
de los últimos diez años, y conocía a casi todos los asiduos del
salón de la señora Magnac.
–¿Y Su Alteza se propone visitar las grandes ciudades de
Francia? – preguntó Rosette.
217
–Sí, señora, quiero ver Lyon, Marsella, Toulouse… pero
de incógnito. Me encantan los viajes en esas condiciones. Re-
cientemente he ido a Burdeos, y si no fuera por la indiscreción
de un periodista, hubiese pasado absolutamente desapercibido.
–¡La grandeza en la sencillez! – observó juiciosamente el
general Dumont de Lives.
El príncipe observaba a Rosette y estaba asombrado del
esplendor de los ojos de la dama. Del modo que Villemont le
había descrito a su pretendida prima, él había adivinado entre
líneas, y el diputado le había suplicado que simulase ignorarlo.
Con una sonrisa que dejaba ver unos largos dientes bajo su bigo-
te rubio oscuro, dejaba caer sobre su frente sus largos cabellos y
no dejaba de lanzar miradas provocativas a la indolente señora
de Magnac.
–Definitivamente, su salón es maravilloso, señora – dijo
de repente dirigiéndose graciosamente a su asiento.
Entonces la conversación de los invitados giró en torno a
la política cotidiana, acerca de las innovaciones liberales del
imperio; de ahí, se pasó a los estudios de costumbres y a las di-
ferencias existentes entre Francia y Alemania.
–Su Alteza es demasiado indulgente – murmuraba Rosette
a cada frase amable del príncipe.
Y este, con los ojos medio velados, dejaba caer estas pala-
bras:
–En Francia, los hombres no saben amar.
Se hablaba de la enfermedad de Napoleón III que había
tenido una influencia desastrosa sobre los negocios bursátiles.
–El emperador es sólido como un puente – afirmó Berck.
–Sin embargo se dice…
–¡Caramba! rumores sin fundamento… personas interesa-
das… la canallesca – exclamó el general recién llegado de
México.
–He visto a Su Majestad esta mañana – dijo el príncipe…–
El emperador fumaba y reía alegremente.
–¡Estupendo! ¡Mejor!
218
Entonces el senador Kuppler comenzó a elogiar de forma
extraordinaria al emperador… Era demasiado bueno, eso era
todo; pero, gracias a Dios, Francia le había dado, mediante un
plebiscito reciente, una autoridad que nada ni nadie podría cues-
tionar… Napoleón tenía amigos y defensores capaces de luchar
contra los propagadores de doctrinas peligrosas.
El periodista y poeta Richard Ballande pareció confiar al-
guna gran noticia a Berck de Villemont:
–Si me atreviese a hacerle un ruego, Alteza…
–Diga, querido…
–Está aquí uno de mis viejos amigos, el Sr. Ballande, que
ha compuesto un poema en honor de Su Alteza…
–Escucharé el poema.
–Jamás me atrevería – dijo Ballende ruborizándose.
–¿Quiere que lo lea yo mismo, señor?
El príncipe tomó el papel que le tendía el poeta y recorrió
rápidamente la primera estrofa:
–¡Ah!... muy bien…
–Solo es un bosquejo, Alteza…
–Usted me halaga… Todavía no soy un César deslumbran-
te… ni un astro de bondad… Sea lo que sea, se lo agradezco,
señor… sus versos son muy bellos…
–Si Su Alteza me autoriza a dedicarle el humilde homena-
je de mi último libro…
–Se lo autorizo, señor… Y como no soy ingrato, me per-
mitirá ofrecerle la condecoración de «la orden del Águila Roja.»
–¡Oh! Alteza… Gracias… No la merezco…
–Hipócrita…–murmuró Kuppler – Es lo que busca desde
hace dos años… Si no fuese ya comandante… en fin…
–A mi vez, Alteza – dijo la señora de Magnac – le voy a
hacer un pequeño ruego.
El príncipe se inclinó.
–Le pediría su opinión sobre una pequeña discusión que
mantuve el otro día con mi primo. Yo afirmaba, Alteza, que un
hombre debe ser ambicioso y que el rol de las mujeres es per-
219
manecer en el hogar y alentar a nuestros dueños en las luchas
viriles… ¿Tengo razón, Alteza?
–Tiene usted toda la razón, señora. Se debe ser ambicioso,
sobre todo cuando uno está servido, por nacimiento, de inteli-
gencia y fortuna… No se puede permanecer inmóvil. Un pueblo
que no conquista – esto no es nuevo, pero es cierto – es un pue-
blo conquistado; un hombre que no crece es proclive a descen-
der…
Decía eso en un buen francés, con un ligero acento de más
allá del Rhin y de un modo absolutamente burgués que lo hacía
muy simpático entre sus interlocutores.
Rosette tenía a su servicio una cocinera, un ama de llaves
y un criado. Este último, llamado Baptiste, era un paisano de la
señora de Magnac. Llegado a París sin un centavo ni sin equipa-
je, el joven había sido muy desgraciado durante algunos años, y
luego había entrado como mayordomo en casa de un banquero
del barrio Saint-Honoré. Demasiado familiar con sus amos, sus
intemperancias de lenguaje le atraían a veces crueles reprimen-
das, pero el esmero con el que cuidaba su uniforme, su perfecta
manera de colocar una mesa, sobre todo la confianza que sabía
inspirar, excusaban sus numerosas inconveniencias.
Por añadidura, la señora de Magnac no le importaba tener
un intendente honesto que vigilase los intereses de la casa y pu-
diese hablarle del país de vez en cuando.
Esa noche, el meridional estaba orgulloso: servía a un
príncipe.
–Alteza, – dijo Berck – tenemos un champán de primer
orden.
Baptiste se dispuso a escanciar.
El príncipe lo rechazó.
–Su Alteza se equivoca – murmuró Baptiste – pues está
muy bueno.
Rosette hizo un gesto tan brusco y tan amenazador, que el
criado empequeñeció y desapareció bajo la fulminante mirada
de su ama. Ella, enrojeciendo, se disculpó por el incivilizado
Baptiste y tomó ella misma la botella de cristal.
220
En esta ocasión, el príncipe René tendió su copa:
–He reflexionado mejor… mil gracias, señora.
Entonces el príncipe se levantó de su asiento, su rostro se
iluminó, sus dientes blancos se mostraron bajo sus gruesos la-
bios y paseó una mirada misteriosa sobre los invitados.
–Caballeros, en nombre de Alemania, declaro la guerra a
Francia.
Se produjo un movimiento de sorpresa y terror. No sabían
si debían molestarse o reír por la broma real; se tomó partido por
la sonrisa.
–¡Oh! compréndanme – continuó con gesto de serenidad –
no se trata de una lucha de hombre a hombre a la que les insto.
Una batalla entre nuestras naciones sería odiosa, y, si hace un
instante les dije que un pueblo no debe dejar nunca de conquis-
tar, no pensaba lógicamente en nuestras dos potencias amigas.
En lo que a mí respecta, si admiro nuestros cañones Krupp es
porque estoy seguro que durante mucho tiempo resultarán inúti-
les. Sí, caballeros, el otro día le decía a Napoleón III que Ale-
mania desea la paz con todas las potencias, sobre todo con Fran-
cia. Nuestro bien amado rey Guillermo no piensa de otro modo,
y ha estado muy satisfecho con que el asunto de Luxemburgo no
hubiese tenido lamentables consecuencias… Dicho esto, si de-
claro la guerra a Francia, me dirijo, no a sus soldados sino a sus
sabios, a sus filósofos, a sus juriconsultos, a sus médicos, a sus
ingenieros, a sus diplomáticos, en definitiva, ¡es la guerra a la
ciencia francesa!... ¡Brindo por Francia y Alemania!...
El senador de la Guéronnais se levantó a su vez:
–Alteza, en nombre de la vieja Alsacia, yo le saludo.
–Es una guerra cortés – dijo la señora de Magnac.
Ballande tomó la palabra:
–Si su Alteza Real me digna con su permiso, redactaré sus
palabras en la prensa francesa; tendrán un saludable eco… Y
Francia, que desea la paz, bendecirá al nombre del príncipe
René…
–Hágalo, señor.
221
Entonces el príncipe se inclinó suavemente sobre su asien-
to:
–Fíjese, caballero, me venía a la mente la canción de su
poeta Alfred de Musset, y encontraba en él como una peligrosa
exhortación a la guerra:
Nosotros hemos tenido vuestro Rhin alemán…
–Perdón, Alteza – interrumpió Villemont…– Nuestro gran
poeta no comenzó el ataque… Se limitó a responder al canto de
Becker…
–Así es… Pero en cualquier caso son historias de poetas…
e historias mal comprendidas… El poeta debe predicar la cle-
mencia y la paz, y no debe servirse de su voz más que para
anunciar la llegada del amanecer, del reverdecer de los prados,
de cómo nos regocija la primavera. Así pues, ¡a la ciencia!
–¡A la ciencia!
–…¡Y a Su Alteza real, el príncipe René de Alemania!
Los dos brindis se mezclaron demasiado bien para no con-
fundirlos.
–¿Tiene sesión mañana en el Cuerpo legislativo, mi queri-
do Berck?
–Sí, Alteza… ¿Nos honrará con su presencia?
–Tal vez…
Un landau esperaba en la puerta. El príncipe subió en
compañía del senador Kuppler, y desde la calle Saint-Honore al
Gran Hotel, la conversación estuvo de lo más animada.
–Alteza, es usted el mejor de los franceses.
El príncipe René iba muy a menudo a París; pero, deseoso
de conservar su libertad, había rechazado la hospitalidad que le
ofrecía el emperador. Ocupaba la mitad del primer piso del Gran
Hotel con una suite de criados de los que le gustaba mucho eva-
dirse. Educado en la escuela de Moltke, trabajador infatigable,
era adorado en el ducado de su padre, y a primera vista se hacía
imposible creer que bajo esta envoltura de alemán, pesado, tan
grueso como rubio, se escondía una inteligencia muy viva y un
222
don de asimilación de lo más maravilloso. El rey, su padre, lo
había mantenido el menor tiempo posible en su reino, y el joven
príncipe había pasado toda su juventud viajando a través de Eu-
ropa.
Hombre galante, espíritu aventurero, enamorado a sus
horas, soldado cuando su patria lo requería, iba a Francia para
estudiar sus costumbres, su organización militar, sin ninguna
reserva, y le gustaba visitar los fuertes, las ciudadelas, los asti-
lleros.
De igual modo lo hacía Pedro el Grande en Saardam.
Le gustaba Francia, era uno de los pocos príncipes de este
mundo que era muy sincero hablando en las cortes de Europa.
En las Tullerías, mientras la alegría reinaba por doquier, cuando
los pantalones cortos y las medias de seda se mezclaban en el
estallido de los dorados; mientras las joyas arrojaban sus brillos
a los fuegos de los lustres y el goce estaba inscrito en la frente
de todos, el príncipe de Alemania, dominando desde su alta esta-
tura algunas cabezas, charlaba en un rincón del salón. Su au-
diencia estaba compuesta por mariscales de Francia con brillan-
tes condecoraciones, senadores, embajadores extranjeros; y allí,
para gran asombro de sus interlocutores, comentaba que nuestra
organización militar era defectuosa, que nuestros arsenales esta-
ban vacíos; que desde el punto de vista defensivo, las líneas de
ferrocarril construidas en la orilla derecha del Loira deberían
haberse instalado en la orilla izquierda… Las cosas no se hacían
así en Alemania.
Pero desde el momento en que veía las frentes ensombre-
cerse, tenía piedad de los uniformes destellantes y terminaba
afirmando que creía en la paz y que solo su sinceridad le obliga-
ba a hablar de ese modo. En la corte se había acabado por reír
sus bromas, y cuando Su Alteza real regresaba a Alemania, el
conde de Bismarck arrugaba su frente desmesuradamente amplia
y, con los ojos brillantes, le decía:
–Alteza, es usted un gran observador, pero un demasiado
buen francés.
223
–¡Eh! mi querido conde, en París el senador Kuppler va
más allá: a menudo me repite que soy el mejor de los franceses.
–Ante todo, usted es un príncipe alemán.
–Sin duda; pero adoro a los franceses.
–De lo que me congratulo mucho, Alteza, – decía el conde
inclinándose.
Al día siguiente de la velada, hacia las dos de la tarde, el
príncipe René se hizo conducir a casa de la señora de Magnac.
Rosette estaba sola en el salón.
Retomaron la conversación de la víspera:
–En Francia no se sabe amar… se ama demasiado aprisa,
se olvida más aprisa todavía… Nosotros somos más reservados
y nos acordamos… Fíjese, señora, yo voy a abandonar París
muy pronto y no he querido partir sin dejarle un pequeño re-
cuerdo.
Tomó de su bolsillo un rico joyero.
–Es el trabajo de Samuel, el primer orfebre de mi reino…
El collar es único en Europa y aún así no es todo lo bonito que
usted se merece… Es usted tan bella…
–Alteza…
–Señora, la amo; no he podido decírselo ayer, pero usted
me ha comprendido… es usted hermosa… ¡muy hermosa!
El príncipe se arrodilló ante la hija de los Bérias, y ella tu-
vo el goce de inclinar su cabeza sobre una frente regia, y le pa-
reció que las caricias que él le prodigaba tenían un desconocido
encanto.
–Usted vendrá a Alemania; le entregaré un palacio magní-
fico… Seremos felices…
–Alteza…
–No me llames más así: Llámame « René ».
…El conde de Villemont regresó del Cuerpo legislativo.
Rosette sonreía a sueños deseados. Muy cómodamente sentada
sobre un diván, apenas escuchó los pasos de su amante, y cuan-
do él la besó en la frente y murmuró a su oído dulces palabras,
224
ella cerró a medias los ojos para creer que todavía era el príncipe
quién le hablaba en su cálido y colorido lenguaje.
Se veía en la corte real, mimada entre todas las mujeres,
amante poderosa y respetada, y se decía que en el libro del amor
de las mujeres célebres tendría un lugar al lado de las Mainte-
non, de las La Vallières y de las Du Barry.
–Ha venido el príncipe René – suspiró.
–¡Ah!...
–Sí, esperaba que lo hubieses esperado para ir al bosque.
–Yo le había dicho…
–¿Va a partir pronto?
–Dentro de algunos días, se va a Lyon.
–Lo sé… Mira, este es su regalo… un recuerdo…
–Soberbio…
–Un regalo real.
–Te lo ha dado igual…
–¿Cómo dices?
–Nada.
–Sí… Dijiste: Te lo ha dado igual…
–A la duquesa de Lornani, la prima del emperador.
–Mientes.
–¿Yo?
–Sí.
–Perdón…
–Berck… ¿A quién le ha ofrecido el príncipe otro collar?
–¿Qué te importa?
–Quiero saberlo.
–Bien, creo que… a la Clénery.
–¿La amante del duque de Lenguès?
–Eso es.
–Tu príncipe es un personaje grosero… Mira lo que haga
con su regalo real… Canalla de alemán…
Las lágrimas le subían a los ojos. Tomó el collar y lo
arrojó al suelo con desprecio.
–Rosette…
–Soy la dueña de lo que se me da…
225
–Sin duda… Pero si Su Alteza supiese…
–Dirás a esa Alteza que es un hombre maleducado…y,
además un espía a sueldo de Prusia…
–En verdad, estás loca… El príncipe ama a Francia con
toda su alma.
–¿Tú crees eso?... Mira que eres tonto.
Y se puso a reír frenéticamente con una risa nerviosa en-
trecortada por los sollozos:
–Vas a enfermar…
–Villemont, dirás a Su Alteza real que he adivinado su
juego… Es un espía… Y tú, señor diputado, tu senador Kupller,
tu general de cartón y el infame periodista Ballande, sois unos
crédulos… ¡Ah! tu príncipe me trata como a una bailarina, como
a la Clènery, una indecente prostituta… Si hubiese sabido…
–Y bien…
–Le hubiese escupido a la cara a tu alemán y le hubiese
llevado eso a Bismarck… No soy más que una mujer, una al-
deana; pero veo más claro que todos vosotros… Os digo que os
observa… Está bien… Seguidle lamiendo las botas al prínci-
pe… El príncipe os devorará.
–Vamos, querida, no te exaltes de ese modo… El príncipe
se ha equivocado… Yo he pensado en ti y el regalo que te desti-
no no es menos… A Su Alteza le ha faltado tacto…
Esa noche recibió un magnífico collar de diamantes, y se
recobró la paz en la pareja.
Berck de Villemont pasó la velada con la señora de Mag-
nac, y esta aprovechó para hablarle de los pequeños asuntos de
los que ella se ocupaba.
–Tus electores nunca dejan de pedir, querido…
–¿Qué es ahora?
–Cartas de Saint-Cyprien… El director del instituto que
solicita palmas académicas…
–Bueno… ¿Cómo lo ves tú?
–El Sr. Rougier… un buen hombre… Me dio clases duran-
te las vacaciones cuando yo estaba internada en la casa de las
damas Castel…
226
–¿Y es devoto a la causa?
–¿Él?... Se dejaría matar por el emperador.
–Muy bien… Tendrá las palmas… ¿Y luego?...
–Esto – dijo ella descifrando una horrorosa escritura – es
de un tal Bélor…
–Nombre de moneda.
–…Que suplica… que suplica… le gustaría una pensión.
–¿Quién es ese Bélor?
–Un viejo suboficial retirado… Un imbécil, pero que te
aprecia mucho.
–Se le concederá.
–¡Ah!... la viuda del albañil de casa Ninard… La casa ha
ardido… tres hijos de corta edad… una excelente mujer que me
daba cerezas cuando yo era pequeña…
–Bien… anótamelo… « ministerio de agricultura »…
–Una carta de Mayeux… Un puesto cualquiera, no impor-
ta dónde con tal de que sea bueno…
–¿Qué sabe hacer?
–¡Eh!...
–¿Te interesas por ese Mayeux?
–Sí, es un viejo criado de la granja… un hombre digno…
–¿Sabe leer?
–No.
–¡Diablos!...
–Tú tienes buena relación con el barón de Lorquin; quizás
podrías colocarlo en su compañía.
–Es difícil… sin instrucción… en fin… anota: «Mayeux
de Saint-Cyprien… Norte…» Eso es…
–Perfecto.
–¿Sabes, Rosette, que tú preparas mi futura elección?
–Me van a exprimir… Pero no me importa… Amo mi al-
dea… La hija de los Bérias es una buena hija…
–Sí… Mi tío me decía el otro día que estaba satisfecho
conmigo… No dejo de pedir; parece que es la cuota para un
buen representante… Por cierto, ¿has escrito a tu madre?
227
–No… Para tener que leer tonterías… Lucette me mantie-
ne al corriente… Mi Andrée está encantadora, eso es todo lo que
deseo saber…
–¿Y tu marido?
–Siempre igual… ¡pobre hombre! Basta… Hablemos de
otra cosa, ¿quieres?... Cuando pienso en Saint-Cyprien, me abu-
rro y me pongo de mal humor.
Charlaron durante mucho tiempo; y, al acostarse, Ville-
mont convino que el príncipe mantenía actitudes sospechosas y
que su amante era realmente una mujer superior.
229
XV
Se produce como una especie de extraña fascinación que
deslumbra, en el momento de los dolores intensos, a los provin-
cianos poco afortunados y parece impulsarles a que se dirijan a
París. Es, en efecto, en las familias que han sido afectadas por la
desgracia, donde se manifiestan estas veleidades de partir que
nada justifica, excepto tal vez el deseo de sustraerse a la vista y
comentarios de los vecinos maledicentes.
París, la gran ciudad, es el refugio sagrado; es ahí sola-
mente donde se puede esperar la revancha de una existencia
perdida. Nuestras pequeñas ciudades de provincia ven partir
cada año varios de sus habitantes, y no son precisamente lo más
felices los que se van. Si se sabe que una pareja se ha visto mez-
clada en asuntos turbios, se sabe casi de inmediato que esa pare-
ja gastará lo poco que le queda para vivir en París, en algún
rincón ignorado, lejos de los amigos con los que han conocido
las alegrías pasadas, lejos de los indiferentes que podrían ente-
rarse.
Suelen ser mujeres, sobre todo viudas quienes llevan con
ellas el testimonio de su dicha desvanecida. Se cuentan por cen-
tenas en la gran ciudad esas desdichadas mujeres cuyos cabellos
han encanecido tan solo en unos meses de dolor; se refugian en
barrios de trabajadores, en los Batignolles, en Montmartre; al-
quilan un estanco, se ocupan de bordar, a veces también de tra-
bajos más penosos con los que hubiesen enrojecido al realizarlos
en su pueblo.
Trabajan para vivir; tienen fe en el porvenir, y se les enco-
ge el corazón cuando el azar o la piedad las pone en vuestra pre-
sencia. Uno recuerda entonces que se las ha conocido jóvenes y
risueñas; que su padre, trabajador infatigable, había amasado
230
una fortuna; que esa fortuna, después de un funesto matrimonio,
se había ido a los cuatro vientos. El padre ha muerto. Las cosas
no hubieses acontecido de ese modo si estuviera vivo, y allá, en
el viejo cementerio donde ha necesitado tan poco lugar para el
descanso eterno, no sabe que su casa pertenece hoy a unos ex-
traños, que sus tierras han sido vendidas a un vil precio y que
sus viñas, orgullo de su vida, se han convertido en el objetivo de
aldeanos usureros.
Así pues, cuando la desgracia, tras el fallecimiento del
amo, se abate sobre una familia, lo que queda de la casa se va y
tiene razones para partir… Allá, en la gran ciudad, no hay bur-
las, ni preguntas indiscretas, ni sonrisas de conmiseración que os
encogen el corazón, ni lamentos hipócritas que os envenenan;
uno está perdido entre la muchedumbre, se vive como se quiere,
como se puede; se gasta lo menos posible, se trabaja y uno per-
manece siendo honrado.
Valientes mujeres, son dignas del respeto de todos y se
comprenden las lágrimas que suben a sus ojos al recuerdo de su
dicha que se ha dispersado como las hojas muertas en el frío
viento del exilio.
La señora viuda de Belloir era una de esas mujeres. Anta-
ño, hace quince años de eso, era una de las más ricas herederas
de Saint-Cyprien; la casaron con un muchacho de corazón de-
masiado altivo y un poco manirroto. La ruina había sobrevenido
en algunos años; el marido había muerto, y la viuda con un hijo
había tomado el camino de la capital. Ella también tenía que
trabajar para vivir. Había alquilado un estanco en el bulevar de
los Batignolles, y su cuñada, una infortunada también, le ayuda-
ba en su trabajo.
Mientras solucionaba algunos asuntos de interés que la
habían llamado a Saint-Cyprien, había sabido la fuga de Geor-
ges Loudois y la señora Parent, así como la reciente relación de
esta última con el conde de Villemont. En su juventud, la señori-
ta Lamoureux – hoy señora Belloir – había tenido una estrecha
relación con la señorita Bérias; y sin embargo, dudó mucho
tiempo en renovar sus relaciones con la señora de Magnac. Pero
231
la cuñada se puso enferma y ella se encontraba al límite de sus
recursos; y, una mañana, la señora Bellior debió resignarse a
golpear la puerta de la señora Parent. Esta la recibió muy amis-
tosamente, se interesó por sus desgracias y le prometió la todo-
poderosa protección del tío de Villemont. Poco tiempo después
de esta entrevista, la viuda era nombrada titular de un despacho
de tabacos de París. Fue la propia señora de Magnac quien le fue
a llevar la buena noticia a la casa del bulevar de los Batignolles.
La interesada casi se desmaya por la sorpresa; besaba con
respeto las manos de su antigua amiga, exclamando entre sollo-
zos que sería muy feliz de serle útil a su vez.
–¡Oh! ¿qué puedo hacer?
–Algo muy sencillo – dijo Rosette.
–Dígame, señora; soy toda suya.
–Voy a confiarle una misión muy delicada… ¿Usted co-
noce a mi hija?
–¿La pequeña Andrée?... Sí, señora, la he visto en su casa,
en la Croix, hace un año… Con motivo de mi último viaje a
Saint-Cyprien.
–Bien… Se trata de partir e ir a buscar a mi hija.
–¿Pero, y su familia?... ¿Su marido?..
–¡Basta!... soy rica… Parent jamás ha amado a su hija…
mi padre es avaro y estará feliz de no tener la niña a su cargo.
–Entonces, ¿Andrée me seguiría a París?
–Sí, yo iré a esperar a la estación de Orleáns… Habría po-
dido hacer yo misma el viaje… pero después de todo lo que ha
sucedido…
–Mi cuñada está un poco mejor… partiré esta noche.
–Aquí está el dinero.
Y Rosette tendió una pequeña bolsa de seda azul a la seño-
ra Belloir; la dama vacilaba, pero la necesidad la forzó a aceptar.
–Gracias, señora… Espero poder traer a su hija.
–No olvidaré su lealtad.
Al día siguiente, la señora de Magnac recibía un telegrama
de Saint-Cyprien: ni los Bérias, ni el Sr. Parent consentían en la
marcha de Andrée. El notario amenazaba incluso con denunciar
232
ante el procurador imperial, según una carta más explícita que
llegó después del telegrama.
–¿Cómo sacarla de ahí, mi querido Berck?
–¿Eh?
–¿No se puede dar la orden?…
–No, querida. La ley es formal.
–¿Y qué dice la ley?
–Que solo el tribunal puede decidir, en caso de separación
de hecho, a quién pertenece la custodia de los hijos… Tú todav-
ía estás unida al Sr. Parent, y en este caso debo decirte que al
estar la separación pronunciada contra ti…
–¿Tu tío el ministro no puede hacer nada?
–No.
–Está bien… Dentro de algunos meses sabré que hacer…
La señora Belloir es una imbécil; podía tomar a la niña sin que
nadie se diese cuenta… Bueno, no hablemos más de eso…
¿Tienes un palco para el teatro?
–Sí.
–Vas a acompañarme.
Llamó al servicio.
–Baptiste, vaya esta noche al bulevar de los Batignolles
para saber si la señora Belloir ha regresado de su viaje… En ese
caso, le dirá que la espero aquí mañana a las dos.
–Sí, señora.
Cuando la viuda Belloir se presentó, la señora de Magnac,
vestida con una bata blanca de bandas de terciopelo azul marino,
hojeaba unas revistas de moda, indiferente a lo que pasaba a su
alrededor.
Baptiste anunció: ¡La señora Belloir!
–¡Ah! es usted, señora, buenos días… Siéntese…
Y Rosette le indicó un sillón a la visitante sin levantar los
ojos de su revista.
–Y bien… ¿qué me cuenta?... Andrée, mi hija, sigue en la
Croix… No ha habido un medio… ¿Está bonita?
–Como un ángel, señora, y he llorado mucho por no haber-
le dado la alegría de volver a verla…
233
–Gracias… Me constan sus buenas intenciones… Lo debe
haber pasado mal en la diligencia de Thaviat… Por cierto, ¿está
todo el mundo bien, por allá?
–Señora…
–Me responde usted un poco triste. ¿Ha ocurrido alguna
desgracia?...
Esta vez, la amante del conde cerró las revistas donde se
podían ver croquis de encajes.
–No me atrevía a decírselo, señora. Usted ha sido tan bue-
na con nosotros… Mi carta no podía decir…
–Acabe, señora... Por favor… No me angustie con tantas
medias palabras.
–El Sr. Parent…
–¡Ah! ¿Se trata de mi marido?...
–El Sr. Parent está al límite de la bancarrota…
–¿Bancarrota?...
–Sí, señora. Al principio no quería creerlo… Pero los ve-
cinos… El Sr. Parent tal vez esté detenido en este momento…
–¡Oh! Dios mío… ¿Necesita dinero?... Yo se lo daré…
¡Pobre hombre!... Phrosine…Phrosine…
–¿Llamaba la señora?
–Rápido… mi vestido… mi sombrero… ¿Piensa usted que
cincuenta mil francos… Doscientos mil tal vez? Venderé mis
joyas… Pues al fin y al cabo yo he sido la causa… ¿Qué suma
hará falta?
–No lo sé.
–¿No lo sabe?... Debería haber preguntado…
Berck de Villemont acababa de regresar.
–¡Ah!, estamos salvadas… Querido, soy muy desgracia-
da… Necesito una fuerte suma.
–¿Un nuevo collar?... He visto precisamente uno en la ca-
lle de la Paz.
–No se trata de eso… Mi marido ha quebrado… Lo van a
detener…
–¿Al Sr. Parent?... pobre Parent…
234
–Vamos, no perdamos tiempo… Hoy mismo le envío los
veinticinco mil francos que están en el secreter…Voy a escri-
bir…
–¿Tu marido los aceptará?
–¡Caramba!... ¿por qué no crees que aceptará?
–Es que… es que…
Ella se encogió de hombros:
–No tendrá tantos miramientos…
El Sr. Parent abrió la carta de Rosette, la volvió a doblar,
la hizo llevar al correo con su contenido, diciendo a Clapier:
–La hija de los Bérias me hace más daño que el día en el
que me humilló.
Los habitantes de Saint-Cyprien corrían por las calles co-
mo locos.
–¿Ya lo sabes?
–¿Qué?
–El Sr. Parent.
–¿Y bien?
–Está en bancarrota…
–¡Oh!...
En ocasiones, el hombre al que contaban la noticia se en-
contraba entre los acreedores del notario y quedaba petrificado
sobre el umbral de su puerta.
Una bancarrota en una pequeña ciudad es un duelo, una
desgracia pública, un descalabro general… ¿Qué banquero, no-
tario, hombre de negocios, sea cual sea, no se ha despertado
sobresaltado durante un mal sueño con la idea de que estaba
arruinado y que por la mañana una multitud furiosa se dirigiría
amenazante a su casa?... Aquél que sueña así – y todos los po-
seedores de fondos públicos deben soñar – percibe rostros des-
esperados bajo el hundimiento de sus esperanzas; tiene ante sí el
espectáculo de los dolores mudos y resignados; oye los llantos y
gritos desesperados, y una voz vengativa prorrumpe entre las
demás para gritarle que él es el maldito de la ciudad.
Ser el maldito del país natal es el castigo más terrible que
pueda caer sobre un hombre.
235
Se recordará durante mucho tiempo en Saint-Cyprien la
profunda impresión que causa la ruina del Sr. Parent. Cayó un
fulminante rayo, pero con la diferencia de que no solo las altas
cimas fueron alcanzadas. Los clientes del notario habían tenido
una confianza ilimitada en su probidad, y Prosper se había dicho
que a base de trabajo y ahorros llegaría a reparar la brecha
enorme hecha a su fortuna. Había aceptado sumas de las más
modestas bolsas, y, como pagaba regularmente los intereses, los
campesinos, obreros, criados e incluso las viejas sirvientas, to-
das personas de bajos ingresos y muy modestas rogaban al nota-
rio que aceptase sus escasos ahorros.
Al final, el Sr. Parent se vio desbordado. Tras haber paga-
do todas las deudas de Rosette, tras haber retirado todas las le-
tras suscritas por su mujer, su crédito se agotó y acogió fríamen-
te la muerte. Era un sábado y día de feria.
La víspera por la tarde, un zapatero, de nombre Buisson,
había ido al estudio en uniforme de trabajo y se había sentado en
un banco que daba frente a la biblioteca mientras el Sr. Parent
ordenaba unos registros.
–¿Qué desea, Buisson? – preguntó el notario.
–Desearía decirle algo en privado. – comenzó Buisson
rascándose la cabeza, como si dudase hablar ante Clapier.
–Bien… pasemos a mi despacho.
El hombre adoptó modales afectuosos: su voz grave se
había endulzado ante la tranquila mirada del notario y confesaba
humildemente que se arrepentía de haber ido.
–Es lo siguiente. Se ha corrido el rumor de que está usted
en bancarrota…
Parent no tuvo ni un sobresalto.
–¿No responde?... No he debido hablarle así… Mi esposa
no quería dejarme venir… Ha sido más fuerte que yo… Esos
seis mil francos, mire usted, es toda nuestra pequeña fortuna…
Miento… Hay todavía ochocientos francos de los ahorros de la
casa… ¡Oh! yo sabía que usted era un buen hombre, valiente,
animoso, incapaz de engañar a alma viviente… Usted no quisie-
236
ra ver morir de hambre a mi Etiennette y a nuestros pequeños…
¡Pobrecillos!... El mayor tiene la edad de su Andrée…
El notario tomó las manos de Buisson:
–Escuche. Le han engañado… No estoy tan cerca de la
ruina como dicen… Pero tal vez me haya equivocado en guardar
en caja demasiado dinero… Voy a entregarle sus seis mil fran-
cos, eso me hará un favor…
Hablaba con la garganta oprimida, desviando su mirada
que no sabía mentir.
–Claro que no… claro que no – decía el zapatero… –
Ahora estoy tranquilo, muy tranquilo…
–Insisto… Por lo demás ya no quiero admitir más depósi-
tos… No nos está permitido a los notarios hacer de banco… Le
ruego que acepte su dinero…
–¿Yo?... No… Al contrario, tengo aquí mis ochocientos
francos y va usted a añadirlos a los seis mil.
Y el zapatero, que acababa de tomar asiento en una silla,
depositó sobre sus rodillas unos rollos de billetes. Contaba las
monedas de cinco francos y de dos francos alineándolas por
pilas sobre un rincón de la chimenea:
–¿Así que la bancarrota?... vamos pues… montón de cana-
llas… el primero que me repita esa difamación le rompo la boca.
Prosper permanecía con los brazos cruzados ante el zapa-
tero y trataba de luchar contra la emoción que lo embargaba. Se
preguntaba si la suma de seis mil francos todavía se encontraría
en el estudio…. Pero pagar a este supondría robar a los demás…
Al menos no tomaría más dinero, era bien sencillo…
Buisson continuaba:
–Aquí…un, dos, tres, cuatro, cinco… luego los dos bille-
tes… uno y dos…uno… ocho cientos… exacto…
–No lo acepto.
–¿Lo rechaza?
–Sí.
–¿Pero por qué, misericordia divina?... Es dinero bien ga-
nado!... ¡Ah! se necesitan muchos remiendos… ¡Condenación!
uno se levanta por la mañana y trabaja hasta bajo la luz de la
237
lámpara… Mi pobre Etiennette ha bordado y rebordado zapatos
y zuecos… incluso le ha producido una tos… Tome… tome
señor Parent…
–No… no… he dicho que no…
–Si usted no lo quiere se lo prestaré a mi cuñado que me
los pide hace ocho días… Pero hubiese preferido…
–Eso es, présteselos a Grosgurain, al hermano de su espo-
sa… Es un muchacho honrado… eso le hará un favor…
–Siempre le estaré agradecido… Usted salva a la fami-
lia…
El hombre recogió su dinero:
–Qué estúpido he sido, Dios mío… La gente es tan malva-
da…. ¿El Sr. Prosper, arruinado?... En el nombre de Dios, qué
no lo repitan ante mí…
Eran las tres. De la plaza ascendían los gritos de los ven-
dedores ambulantes, los redobles de tambor, las mil voces que
se confundían en un monótono murmullo. El mercado de bueyes
estaba casi terminando y los aldeanos bajaban por la calle de los
Leones Rampantes, conduciendo corderos asustados que entra-
ban desordenadamente en los establos del Carro de oro. Las
campesinas regresaban a sus casas con las faldas ondeando y
aire alegre contando los centavos obtenidos con la venta de las
gallinas y los huevos. Bérias y Jeannetton ya habían marchado.
De repente, a algunos pasos de la fuente de la Cahue, se
produjo una aglomeración y un clamor pasó por la ciudad.
El zapatero Buisson gesticulaba, aturdido en medio de la
plaza.
–¡Maldito!... ¡miserable!... Esta mañana aún… estamos
arruinados, Dios mío, Dios mío…
–¿Qué ha ocurrido? – se preguntaba por todas partes.
–¡El notario está en bancarrota!...
Buisson acababa de saber la terrible noticia por paisanos
que habían acudido en masa a reclamar sus depósitos y sus títu-
los.
238
Se oían los agudos sonidos que salían del pecho de las mu-
jeres estranguladas por la catástrofe; algunos aldeanos levanta-
ban en el aire sus bastones de acebo; pero la multitud permanec-
ía todavía silenciosa. No hizo falta más que la llegada de una
decena de hombres que habían encontrado la puerta del estudio
atrancada para disipar toda esperanza. Fue como un reguero de
pólvora encendida, los rostros se iluminaron y los sollozos aho-
gados estallaron por todas partes. Cada uno se decía que era la
ruina… ¿Y las ventas?... ¿Y los contratos? ¿Y los testamentos?
Se hablaba de malversaciones, se gritaba, se lloraba y la muche-
dumbre se atropellaba en la plaza pública.
Cuando la tormenta amenaza y un sol de fuego cae sobre
un recinto ferial, sucede a veces que los bueyes son presa de una
especie de furiosa locura.
Los compradores pasan, tantean a los animales que se de-
jan hacer, dirigiéndoles dulces palabras.
–¡Bravo Billia!... ¡Pobre Chabrô!...
Las bestias sacuden la testuz ante esas llamadas bien com-
prendidas.
Pero, bruscamente, el cielo se vuelve más negro, el sol
muerde con más fuerza.
Un buey se ha girado: golpea con la pata, sigue golpeando.
En vano su amo trata de calmarle aflautando la voz:
–Shoooo, Billia… shooooo, Billia…
El animal se revuelve; su pelaje se eriza; su hocico está
inundado por una blanca espuma; se estremece como si una pun-
ta de acero se hundiese en sus carnes; su cuello se hincha; gira
unos ojos inyectados en sangre y realiza mil esfuerzos para des-
prenderse del yugo que le ata a su compañero.
Su pezuña, que continúa levantando tierra, está ensangren-
tada. Luego, un sordo mugido al que responde un cúmulo de
clamores. El sonido repercute y encuentra un eco hasta en los
rediles más alejados.
Se intenta liberar al animal. Vano esfuerzo. El compañero
también presenta veleidades de rebelión.
239
Es entonces cuando la danza comienza en medio de los
gruñidos de los truenos.
El primer buey ha roto su yugo; arrastra tras él largas co-
rreas de cuero que frenan su marcha. Corre perdidamente en
medio de las filas todavía tranquilas; cornea a los otros bueyes y
estos se vuelven violentamente contra el agresor. Un hombre
valiente se ha puesto tras él para detenerlo en su loca carrera. El
animal voltea al hombre hasta que el desgraciado cae bajo las
pezuñas asesinas, impotente, a veces destrozado.
El pánico está en todo su furor.
Los bastones se levantan, las voces estallan. Todos los
bueyes están en danza: ¡Billia!... ¡Chabrô!... ¡Gran Rojo!...
¡Poumeui!...
Los rayos iluminan la negra confusión y el trueno domina
todo ese ruido.
El implacable sol introduce plomo fundido en las venas de
los enloquecidos bueyes; los hocicos vomitan vapores ardientes;
los ojos ven rojo. Todo el redil danza y danza… Las cuerdas
rompen; los yugos quiebran; la cálida tierra se eleva en forma de
polvo cegador; los cuernos se hunden en las costillas o se aten-
úan bajo los bastonazos de los hombres perdidos entre el rebaño.
La tierra está roja de sangre y sudor, y el sol, – el gran sol ful-
mina con sus llamas todos esos enormes ojos de bestias.
Los viejos aldeanos – aquellos que ya han visto la cosa –
se precipitan imitando con sus brazos el movimiento de las olas.
Esta especie de vaivén da alguna vez razón de los pánicos. Na-
die hace nada. Las mujeres aterradas descienden de los taludes,
y la masa humana que se ha formado en el camino vecino del
campo de la feria tiende hacia el cielo las manos suplicantes. Se
advierte el padre cuyo cuerpo está tirado en el suelo, y el Billia,
tan dócil la víspera, tiene una pata sobre el pecho de su amo;
más allá, el hermano mayor que, solo, con el varal en la mano,
puede hacer frente a tres luchadores… Sucumbe; por hoy, la
bestia domina al hombre.
240
La danza continúa… los mugidos se prolongan; un buey
se rompe la testuz contra un árbol; otro salta las barreras y las
destroza bajo su peso…
Por todas partes se han juntado armas para tratar de liberar
a las víctimas. Pero los animales no temen nada. Se han arranca-
do los ejes de las carretas amontonadas a lo largo de los caminos
y los muchachos más audaces se precipitan hacia delante. Los
bueyes reculan para volver a embestir, irritados, insaciables,
masacrando con sus patas el cuerpo del amo que los ha cuidado
con amor.
Van, van, destruyendo todo a su paso.
Vas, van, los bueyes rabiosos; tienen el sol para ellos y se
burlan de los enormes golpes de garrote que llueven sobre ellos
copiosamente como un granizo; van, hasta que la tormenta esta-
lla y una lluvia torrencial pone término a ese espantoso fre-
nesí…
Es la ruina de los paisanos, es el sol de fuego del campo de
la feria.
Unas ventanas se abrían desde todos los puntos de la plaza
ante la masa de hombres conducida por el zapatero Buisson:
–¡Muerte al miserable!... ¡Muerte!
Una lluvia de piedras se abatió sobre las ventanas de la ca-
sa Parent y unas manos callosas sacudieron la puerta de hierro
que mostraba entrelazadas las iniciales de los esposos.
En un café vecino del estudio de Parent, unos jóvenes de
la ciudad comentaban fríamente la escena que se desarrollaba
ante sus ojos. Moulineau, sentado delante de la ventana, con un
taco de billar entre las piernas, el cigarrillo en los dientes, conta-
ba bromas de Rosette y del diputado.
En mitad de la calle, unas mujeres excitaban a sus mari-
dos.
–El notario no podía habérselo llevado todo; tal vez tuvie-
se aún algo que pudiese devolver.
Por fin se escuchó como un sordo gruñido y la puerta ce-
dió bajo el empuje de los paisanos. Los más atrevidos entraron
en el estudio.
241
El Sr. Parent estaba de pie; iba a entregarse a los furiosos
paisanos cuando una mano le empujó violentamente hacia atrás.
Perdió el equilibrio diciendo:
–Podéis matarme… Matadme, os lo suplico.
Una voz gritó:
–Voy a aplastarte…
Y un aldeano, más grande y más fuerte que los demás,
tomó la cabeza de la revuelta.
Era un coloso, un luchador de feria, el molinero de Lamè-
te.
Los asiduos del café que se habían amontonado en las ven-
tanas, no parecieron especialmente conmovidos.
Entonces pudo verse al viejo Clapier armado de un fusil de
caza que acababa de descolgar de la panoplia de la chimenea;
era la mano del pasante la que había apartado al notario y lo
había obligado a abandonar el lugar. Él, el viejo, que había ser-
vido bajo el Sr. Boulestan y bajo el Sr. Cournet sin sentir un solo
día la cólera, se levantó por fin y jamás pareció tan grande:
–Retiraos o tumbo a dos.
–¡A muerte! ¡A muerte a quien nos ha llevado a la ruina!...
–Os juro que voy a aplastarle – gruñó el coloso.
Clapier habló entonces con voz firme y la mirada en lo al-
to:
–Al primero que dé un paso más lo mato como a un perro.
Sonó como amartillaba el fusil.
El molinero retrocedió.
Y el hombre, empujando todavía a Prosper que quería
arrancarle su arma, permaneció allí, con los dientes apretados y
los ojos fijos dispuesto a hacer fuego.
–¡Parent, eres un ladrón!
–¡Eres un miserable!
–Por tu culpa nuestros hijos van a mendigar.
–¡Oh! por piedad… ¡matadme!…
Se produjo un movimiento. La gendarmería llegaba a ca-
ballo bajo las órdenes de su lugarteniente, precedida por el al-
calde Sr. Lérie, el sucesor del Sr. Loudois.
242
–Insto a los buenos ciudadanos a que se retiren.
–¡A muerte!... – exclamó Buisson.
El comisario puso la mano sobre el hombro del zapatero:
–Lo arresto en nombre de la ley.
–No, no – decía Parent – es a mí a quien hay que arres-
tar… Déjeme morir… déjeme morir…
La muchedumbre se retiró.
–Ahora, señor, – dijo el comisario – he aquí un mandato
de detención del juez de instrucción… Venga conmigo…
Clapier, con la cabeza descubierta, fiel como un perro, si-
guió a su jefe hasta la prisión, escoltado por una nube de chiqui-
llos a quienes todo ese ruido divertía enormemente.
La prisión estaba situada al lado de la comisaría. Se con-
dujo a Parent a un cuarto con rejas que daba a un gran patio ro-
deado de muros blancos. Cuando se sintió allí completamente
solo recordó que tenía una hija… Trató de levantarse, luego
abrió sus grandes ojos y volvió a caer.
Por la noche, el juez de paz fue a verlo:
–¿Usted me estrecha las manos?
–Sí, y de muy buen grado, mi pobre muchacho…
Hablaron en voz baja mientras el carcelero se paseaba
gravemente por el corredor.
–¿Cuál es su pasivo?
–Más de doscientos mil francos… Cuando Rosette se
marchó estábamos así… Los intereses han absorbido todos mis
ahorros… todos mis honorarios… Me ocultaba de usted…
Mentía… ¡Oh! ¡estoy perdido!...
–No.
–¿Cómo?
–Mi esposa y yo venderemos todo si es necesario.
–No puedo aceptar…
–¿Acaso rechacé su ayuda cuando mi caballo me arrastra-
ba contra la pared de la calle?... Esta mañana, el juez de instruc-
ción me ha hecho llamar. He suplicado, he llorado… Ha estado
obligado a cumplir la ley… Pero detendremos el asunto… tengo
243
unos valores en cartera… Es mi mujer quien me envía aquí…
Usted es nuestro heredero…
–No… no…
–Yo digo que sí…
Por la mañana, en la Croix-du-Jarry, algunos aldeanos que
herraban sus bueyes conversaban en la forja de Pierre acerca de
la catástrofe de la víspera. El herrero, en mangas de camisa, re-
movía en el horno los hierros al rojo que iluminaban el taller.
–No me dan pena – decía Pierre…–yo ya lo sabía… La
muy zorrona siempre ha llevado los pantalones y le ha puesto un
buen par de cuernos… Afortunadamente nosotros no teníamos
allí nada. Y qué aires de importancia se daban en la boda… Ca-
nallas…
–Si hubieses visto a Bérias, ayer por la tarde, no hablarías
así… Lloraba como una mujer…
–A mí no me enternecen las lágrimas – respondió el herre-
ro acercándose al yunque – y la pájara merecería que se le pasa-
se este hierro candente por las pantorrillas.
Pierre echó una ojeada a la Casa-Blanca:
–¡Ah! duermen… qué se den a la buena vida… acabarán
muertos de hambre, y yo antes que a ellos daría de comer a un
perro rabioso…
–Eres mezquino, Pierre, y eso no te reportará nada bueno–
exclamó el gran Jeandinet… – Tú sabes perfectamente que si
François no va a los campos este mañana es porque tiene ver-
güenza a salir…
–Ta, ta, ta, esas son tonterías… No me gustan los lloro-
nes… Después de todo no tengo porque ocuparme de esas per-
sonas… Ya no forman parte de mi familia…
El herrero retornaba el hierro al yunque: su ayudante gol-
peaba con el martillo.
–Trabajé toda mi vida y me burlo de los que se arruinan…
Mi hermano es un asno y un orgulloso; y si no tiene nada que
llevarse a la boca no seré yo quien le dé pan… Con todo eso, la
Rosette gana oro por las calles de París y la Andrée va siempre
peripuesta como una princesa… Nosotros somos gente sencilla,
244
trabajadores; cuando los hijos tengan edad se pondrán a la ta-
rea… Mientras tanto nos burlamos de los demás…
–Pierre, tienes un mal corazón – dijo el Sr. Gringet, el más
anciano del pueblo.
–¿Un mal corazón?... tonterías…
–Sí, un mal corazón… y no sé lo que me detiene para no
irme con mi conversación a otra parte…
El Sr. Gringet era un buen cliente; el herraje de sus anima-
les y las reparaciones de sus carretas reportaban, año malo o año
bueno, diez pistolas al herrero, sin contar un saco de trigo de
gran tamaño.
Pierre se dulcificó.
–¡Oh! usted no haría eso, mi buen señor Gringet…
–Sí, y desde esta tarde me dirás lo que te debo… ¡Léo-
nard, lleva los bueyes! Se te ha visto ayer como un vulgar gam-
berro excitando a la multitud contra el notario…
–¿A mí?
–Te digo que no vales nada.
–Después de todo ya estaba harto de sus lecciones, viejo
tacaño.
–Está bien; pero ten cuidado… Si vuelves a azuzar a los
vecinos contra tu hermano te hago detener por la gendarmería…
El procurador general está advertido…
Al pasar delante de la puerta de los Bérias, cerrado como
un día de duelo, a Gringet se le encogió el corazón. Era allí don-
de había pasado tan buenas veladas jugando a las cartas con los
vecinos. ¡Ah! los encontraba sin duda un poco orgullosos, los
Gran-Cartera, pero siendo él también un aldeano enriquecido,
tenía un respeto saludable por aquellos que habían ganado su
sustento bajo las mordeduras del sol. Muy a menudo había acon-
sejado a François a reducir los gustos desordenados de Rosette:
Bérias era de su opinión; era con la madre Jeanneton con la que
tenía interminables discusiones. Él tenía un sobrino, un cultiva-
dor, que hubiese sido feliz casándose con Rosette; cuando les
planteó la cuestión del matrimonio, Jeanneton lo detuvo en seco.
245
Era la historia del hijo de Pitois que le volvían a propo-
ner… A este mundo se venía para ascender de posición…
Todo eso eran locuras, pensaba Gringet; y mientras Léo-
nard, su criado en la granja, tiraba de los bueyes que se atasca-
ban en los matorrales del camino, él miraba la casa du su sobri-
no Louis Baudru. Su sobrina, una muchacha de mejillas sonro-
sadas, erguida como un roble, sólida como una catedral, se man-
tenía en el umbral roedada de las gallinas que picoteaban las
hojas de verdura y se disputaban los granos de maíz que la joven
aldeana les arrojaba con llamadas de inmediato comprendidas
por las aves.
–Buenos días, tío.
–Adiós, hijita… ¿y Louis?
–Después de levantarse ha ido a la finca de los Brennes.
¿Si quiere mandarle alguna cosa?
–No, Toinette… ¿Sabes la noticia?
–Sí… estaba en el mercado…
–¡Pobre gente!...
–No me hable… La madre Jeanneton todavía no ha abierto
su puerta… Tengo miedo de una desgracia…
Muy cerca de la Mare-aux-Herves, el tío Gringet se en-
contró con el Sr. Faure, que regresaba de una venta de Lamète y
que regresando a su casa se había enterado de la desgracia del
Sr. Parent.
–¡François!...
–Mire usted, la casa está cerrada…
–Lo dejo… ¡Qué desgracia!... ¡Dios mío!... ¡qué desgra-
cia!...
El Sr. Faure penetró en la Casa-Blanca.
Ante la chimenea apagada, los dos aldeanos parecían dor-
mir.
–Sr. Faure…–murmuró Jeanneton, apenas atreviéndose a
mirar al negociante de bienes.
–¡Eh! sí, soy yo… Hubiese venido antes… Pero estaba au-
sente… No sabía…
246
–¡Ah! todo se sabe demasiado pronto – suspiró François
sacudiendo la cabeza.
–Tengo una buena noticia…
–¿Qué ocurre?
–El Sr. Cournet.
–¿Y bien?
–El Sr. Cournet va a pagar a los acreedores…
–¿Y con qué?... él no tiene nada de nada…
–Sí… El Sr. Cournet tiene su fortuna…
–No se puede aceptar eso – dijo Jeanneton, – el desdicha-
do se arruinaría… Doscientos mil francos…
–Doscientos mil francos – repitió François – La quiebra es
de doscientos mil francos… ¡Ah! ¡pájara! ¡maldito sea el día en
que nació!...
–François…
–Es cierto, tengo razón. ¡De qué sirven ahora los lamen-
tos!... ¿De modo que usted dice que el Sr. Cournet quiere pa-
gar?...
–Sí… Prosper es su hijo adoptivo…
–Sin duda, pero…
Bérias se interrumpió, y luego se levantó:
–Es bueno eso… ¡Sí! el Sr. Cournet es un hombre digno…
Pues bien, nosotros también ayudaremos a pagar a los acreedo-
res… Somos viejos, tanto peor… Hemos entregado nuestro su-
dor al sol, pero seguiremos trabajando… Se venderá… Los Ri-
beau comprarán la finca de los Oseraies… Los Pichou tendrán
los Borderages… Pero el Sr. Parent no irá a prisión… Si hay que
volver a ser mozo de granja volveré a la Tremblade… El hijo de
la casa no me golpeará más de lo que lo ha hecho su padre du-
rante diez años… ¡Ah! sí… pero la chiquilla…
La niña dormía en la cama de cortinajes rojos de la coci-
na…
–No hay madre que abandone así a una hija… – dijo tris-
temente Bérias.
–¿Rosette?... no he querido decírselo, pero ha enviado
veinticinco mil francos a Prosper…
247
–Y Prosper…
–Su yerno ha rechazado la suma.
–Ha actuado bien… No ha tomado el dinero del des-
honor… Por desgracia hemos sido nosotros los que hemos
hecho todo el daño… nosotros y ese bribón de Loudois que vive
ahora tan tranquilo en Niza… ¡Ah! ella se divierte con nuestro
diputado… ¡Qué venga ahora a pedirme mi voto: lo sorprenderé.
Señor Faure, es usted un gran hombre… El Sr. Cournet tam-
bién… Usted vale más que yo…
–François, no llore más… No es necesario que los veci-
nos…
–¡Ah! sí, los vecinos… Mi hermano…
–Su hermano es un idiota… Ha sido reprendido seriamen-
te por el tío Gringet… Al menos es algo… Hablaba tan mal de
usted… En fin, no hablemos de eso… Vamos a pagar… se reti-
rarán las denuncias… Prosper quedará blanco como la nieve…
… Dos meses más tarde, el Sr. Parent era trasladado a los
tribunales de Pensol, y, cosa sorprendente, la mayoría de los
habitantes de Saint-Cyprien se manifestaban a su favor.
Jamás se olvidará en la comarca como la amante de un di-
putado, normalmente citada en las causas, se le dispensa a com-
parecer gracias a un alto personaje del imperio. A pesar de todo,
el notario fue absuelto. Regresó a Saint-Cyprien, y, por un giro
extraño de los acontecimientos, la población lo acogió con entu-
siasmo.
Prosper había sido golpeado de muerte.
–Es un mártir – se decía por todas partes.
Martir, esa palabra incluso estaba en las excusas con las
que se cubría la que había envenenado su vida, haciendo esfuer-
zos de memoria para recordar ciertos hechos que daban que pen-
sar que Rosette actuaba bajo el imperio de la locura histérica…
Gracias al Sr. Cournet, al Sr. Faure y al padre Bérias, to-
dos los acreedores cobraron.
Un día, Prosper les dijo:
248
–Amigos míos, voy a dejarles… Soy padre y tengo el de-
ber de compensar una vida fracasada.
Y hete aquí que después de haber besado a su hija, el Sr.
Parent se dirigió a Burdeos y se convirtió en el primer pasante
del notario Jules de l’Étang.
La noche de la marcha de su padre, Andrée que se acorda-
ba de lo que había ocurrido con su madre Rosette, creyó que se
le quería ocultar una muerte; y mientras el cielo se llenaba de
estrellas blancas, la niña volvió su rostro lastimero hacia la igle-
sia, y en el lejano murmullo del campo que comenzaba a dormir,
escuchó como un triste sonido de campanas.
249
XVI
Si la señora de Magnac pensaba algunas veces en el hom-
bre al que la fatalidad acababa de acercarlo a dos pasos de la
cárcel, sin embargo no le perdonaba haber rechazado su ayuda.
Desde hacia tiempo Prosper estaba muerto para ella y se decía
que desde que se hubiese instalado en el palacete de la avenida
de Villiers, ejecutado según las órdenes de su amante, iría a la
Croix-du-Jarry a buscar personalmente a su hija.
Mientras esperaba, Rosette se erigía en gran rival de las
grandes damas de antaño y el moderno palacete de Rambouillet
daba asilo a una multitud de poetas en decadencia y de periodis-
tas desesperados. Jean Ménard recitó por primera vez allí su
balada la «Decadencia de los poetas», Sullick hizo escuchar la
«Cantata de las Victorias», el gran escritor Dussol declamó allí
un soberbio drama: «Los pesebres de Belén»; y de tanto en
cuanto, varios espíritus escépticos se pasaron bajo cuerda los
poemas de los exiliados del imperio.
Los periodistas escribían unas crónicas encantadoras sobre
las recepciones de la señora de Magnac; y si los más fieles deja-
ban deslizar subrepticiamente al amante, nunca se habían moles-
tado en investigar al marido.
No obstante, Rosette no era feliz. Todo ese mundo era fic-
ticio y una sorda envidia le corroía el corazón.
Pensaba en su primer amante, Georges, perdido para
siempre bajo los soleados árboles de Niza y se decía que nunca
había amado a nadie como a ese hombre al que todavía amaba.
Por lo demás, si el conde de Villemont era siempre afectuoso
con ella, sus ardores amorosos se habían mitigado y sabía que su
amante se entretenía con actrices de la Ópera y que se había
convertido en uno de los asiduos de la señorita Clénery.
250
Ella estaba hecha de ese modo. Los días de recepción se
sentía arrastrada por la vivacidad de las conversaciones, las his-
torias de bambalinas, las indiscreciones de los familiares de las
Tullerías, y luego, de pronto, ya no escuchaba, ya no hablaba;
todo su pensamiento se hundía en la insensata idea que torturaba
su corazón y permanecía allí, insensible y muda, deslumbrada
como ante un espejo.
Amaba a Georges y no desesperaba de volver a conseguir-
lo.
En la hermosa villa de los Lauriers de Niza, un bebé son-
rosado había venido a cimentar la paz del hogar de los esposos
Loudois. Vivían felices bajo un cielo eternamente azul.
Las tierras de Saint-Cyprien y de las Bastides habían sido
arrendadas a unos vecinos, y Georges, dedicado por entero a su
Marie, dejaba a su padre el cuidado de velar por sus intereses y
no deseaba regresar al país. Realizaban encantadoras excursio-
nes a Montecarlo, a Mónaco. Georges adoraba a su esposa, y ni
una sombra venía a teñir su vida de dicha.
Hacía una bella noche. Georges y Marie se habían sentado
en la terraza de arcadas moriscas y observaban los jardines de la
villa, los chorros de agua en la sombra y en el verdor, los bos-
quecillos de olivos, y a lo lejos el mar brillante. Desde hacía
algunos minutos los esposos no hablaban. Parecían sumirse en
sus miradas, dulcemente envueltos de esa atmósfera de honesti-
dad y de amor que la joven mujer había sabido llevar al desola-
do hogar.
Marie recordaba los días de verano en los que Georges la
llevaba con él muy lejos del campo; el colegial tenía una audacia
asombrosa para conquistar la admiración de su prima. Era en
esas horas benditas en las que la naturaleza, con su maternal
indulgencia, cuenta a las almas que la comprenden el secreto de
sus misteriosas armonías; ambos recogían ramas de pinos y flo-
res que se colocaban a continuación en grandes jarrones verdes.
En la estación de los trigos, cogían juntos espigas largas y abun-
dantes barbas; se mezclaban con las grandes hierbas, amapolas,
251
margaritas, y con todo eso formaban unos ramos tricolores que
se llevaban triunfalmente a la casa.
La tía Varennes los creía perdidos. Iba y venía por el pa-
tio, por el jardín, llamando a los niños con voz preocupada: ellos
se escondían en un rincón, se hacían los muertos, y en el mo-
mento en que la tía entristecida se disponía a llamar a un criado,
se acercaban dulcemente con sus coronas, y los rizos de la vieja
se desparramaban bajo las flores y los sonoros besos.
Una vez, la noche los había sorprendido ante la gran cruz
de piedra donde los plumeros desplegaban sus blancos pena-
chos. Estaban solos. Ante ellos, la ruta que se oscurecía; a su
lado, el camino donde los robles del talud adoptaban fantásticas
formas. Georges había crecido, y el amor cantaba en su corazón
por primera vez; en cuanto a Marie, niña de quince años, com-
pletamente inocente, amaba a su primo más que a su bonita mu-
ñeca que hablaba sola y que ya comenzaba a ser abandonada por
bonitos libros.
–¿Recuerdas, George, como me mirabas al besarme: tu co-
razón latía; tus ojos despedían brillos… Me apretabas muy fuer-
te, tan fuerte que me ponía a temblar… Me preguntaste si me
dabas miedo y yo respondí…
–Respondiste: Claro que no. Me besaste y te fuiste rien-
do… Solo más tarde confesaste que habías tenido miedo…
–¡Oh! sí, mucho miedo.
–¿Si me acuerdo?... Tenías un vestido azul y un gran som-
brero blanco donde habíamos puesto unas guirnaldas de flores;
tenías unos botines amarillos como un pequeño cazador, y luego
estabas tan bonita… Ahora eres bella…
–¿Tú crees? – dijo ella emocionada… – No tengo orgullo,
pero me gusta saber que me encuentras bella; ya no tienes ideas
perniciosas…
–Me has curado para siempre, Marie… Los hombres están
locos: huyen de su felicidad.
–Es dulce amarse ante la naturaleza dormida… Mira, ab-
soluto reposo, las voces se callan, los fuegos se apagan lenta-
mente… Todavía queda el aire embalsamado que nos embriaga
252
y las estrellas del buen Dios con sus suaves luces… ¡Oh! te amo,
Georges… Háblame, tu voz colma mi corazón de un goce celes-
tial… ¡Es tan bueno ser dos y hablar durante tiempo!...
–Eres todo inocencia y todo gracia, mi bien amada… ¡te
amo!
–¡Oh! soy feliz…
Al día siguiente de esta velada, Georges Loudois recibió
una carta de Rosette. La condesa de Magnac le contaba que des-
de su marcha no vivía. Al principio, para aturdirse, se había
arrojado en las fiestas mundanas; pero, harta de todo, volvía a
ser la amante de antaño… Adoraba a su Georges… Que fuese a
París. Ella no lo retendría durante mucho tiempo, pero quería
verlo por última vez, tomarlo entre sus brazos y embriagarlo
todavía con su amor de mujer enferma, teniendo quizá horror de
su pasión, pero impotente para dominarla.
Georges volvía a leer la carta que acababan de entregarle
mientras el sol inundaba con su luz la villa de los Lauriers. Le
parecía que cada palabra de la carta le inflamaba el corazón; era
ahora la penetrante voz de Rosette que murmuraba a su oído, y
la conversación de la víspera ya se había desvanecido… Escu-
chaba las voluptuosas llamadas de su amante y volvía a recrear
las escenas de Saint-Cyprien; allá, bajo el cenador, el cielo era
azul, el jazmín fragante, las enredaderas estaban floridas; los
insectos dorados zumbaban en el aire cálido… Todo cantaba
amor, un amor violento, irritado, caótico, estúpido, donde los
corazones, atraídos por misteriosas afinidades, latían hasta rom-
perse, donde las carnes se estremecían, donde se deseaba hasta
morir, luego una suprema lasitud en un delirio de espasmos y
goces comprados a precio de sangre y horas de vida. Agitado,
febril, caminando a grandes pasos sobre la terraza, ya no veía…
ya no escuchaba… Permanecía deslumbrado, y su corazón brin-
caba bajo los efluvios amorosos… La visión estaba allí… Los
ojos de la mujer amada se volvían más dulces, la boca más
húmeda y más rosada… Era como un abrazo infernal que lo
oprimía hasta hacerle gritar.
–¿Georges?... – dijo una voz temblorosa.
253
–¡Marie!... ¡Ah! perdón… No sé donde tengo la cabeza…
un asunto urgente me llama en París… Soy barbista2
… Me debo
a los barbistas… Jules Marcklay de Saint-Pardoux me necesi-
ta… Es imprescindible…
–¿No me engañas?... – murmuró la joven mujer con súbito
sonrojo.
–¿Yo?... no… ¿Por qué crees que te engaño?... Marcklay,
el amigo Marcklay…un compañero… Pero, ¡tú lo conoces! Lo
hemos encontrado en Nápoles… visitando el palacio de los pa-
pas.
–¿Un duelo, tal vez?
–No, querida… una cuestión de dinero… Jules ha perdido
mucho en la Bolsa. Vamos, tengo tiempo; el tren sale a las cua-
tro. No puedo abandonar a un camarada de escuela, a un ami-
go…
–¿Georges?...
–Te lo ruego, Marie.
–Está bien.
–¡Dios mío! qué niña eres. Estaré de vuelta el jueves por la
mañana a más tardar. Voy a solucionar este asunto; es bueno
hacer favores. Volveré más cariñoso todavía, querida.
–¿De verdad?
–De verdad.
–Deja que te bese.
Tendió su frente y su cuerpo se plegó con una gracia ex-
quisita.
–Otra vez… sobre la orejita rosa, ahí. ¿Ves como te quie-
ro?… ¿Dónde está Nanette, que te bese el pequeño?... Se pru-
dente, Georges; si me engañases, moriría…
En París, Loudois se hizo conducir al hotel de las Colo-
nias.
2
Los barbistas son los ex alumnos del colegio Saint-Barbe de París. (Nota del
T.)
254
La señora de Magnac había hecho todo lo posible para re-
servar el mismo apartamento que habían ocupado por primera
vez; y en esa habitación de hotel cuyas paredes, bajo los cuida-
dos de Rosette, desaparecían bajo enormes ramos de camelias y
rosas, siempre se encontraba la presencia de la mujer amada que
tomaba a Georges.
Rosette lo esperaba.
En el hotel nada había cambiado. Siempre la señorita sen-
tada en su kiosco de cristal; las mismas estatuas en medio del
patio, los mismos árboles verdes en la sombra, las mismas luces
de gas iluminando el rocío del chorro de agua…
Y sin embargo, cuantos sucesos habían acontecido en la
vida de la joven mujer…
Rosette había acudido en vestido sencillo negro, con un
sombrero oscuro con cintas de muaré anudadas alrededor del
cuello. Sus cabellos estaban separados por una raya perfecta-
mente recta en medio de la cabeza: una verdadera burguesa fres-
ca y sonrosada. Su incipiente gordura había desaparecido; su
orgullo se había ido, y para su Georges se convertía en la mujer
de antaño, con su mirada plena de dulces llamas y sus labios
mojados donde, según la expresión de uno de sus admiradores
con singular lenguaje, el periodista-poeta Sr. Ballande, « sus
dientes brillaban como perlas de luz en el fondo del cáliz de las
rosas ». Había recuperado su dulce voz que tanto atraía a las
tórtolas de la jaula verde perdida en la sombra del cenador de
Saint-Cyprien; todo ese revoltijo de expresiones mundanas, de
gestos estudiados, con los que había saturado su memoria, des-
aparecía como por encanto; se dejaba vivir.
–Habla otra vez, mi Rosette, como lo hacías antaño cuan-
do me contabas cosas dulces… Ya lo sabes… en mi habita-
ción… ¡Oh! quiero quedar contigo… siempre… siempre…
–No, Georges.
–Pero él, Berck… tú no lo amas…
–No.
–¿Entonces?
255
–No quiero ser tu desgracia… tu esposa me maldice… Mi
marido está arruinado por mi culpa. ¡Estoy condenada!...
–Rosette…
–Es así, Georges; la vida es un continuo suplicio… Quería
olvidarte entre fiestas y orgías… Por desgracia, ¡pobre loca!, he
visto poderosos príncipes a mis pies y en lugar de amor he sen-
tido nauseas… Berck me horroriza cuando me toca con sus ma-
nos manchadas por el contacto de mujeres infames… Las intri-
gas de la política, las bajezas, las mentiras, las mediocridades,
las ignominias… todo eso me divierte y me dan ganas de reír…
Ha llegado la hora en la que me he sentido agobiada… Tenía
necesidad de verte…
–¡Querida Rosette!...
–¡Ah!... si no me hubiese creído bastante fuerte para resis-
tir al deseo de conservarte mucho tiempo no te hubiese llama-
do… ¿Acaso es culpa mía si hago daño? Estoy enferma… en-
ferma desde la infancia… Un remordimiento cruel me desga-
rra… Vuelvo a ver nuestros primeros años… Prosper me cree
completamente suya… Mi hija descansa en su cunita riendo…
Yo hablo del futuro con mi anciano padre… entonces, una idea
loca provoca un incendio en mi cerebro… Quiero luchar… no
puedo… Y es así desde el comienzo de mi vida… Mis sueños se
pueblan de imágenes decentes y luego todo ese horizonte dorado
se desvanece… y tengo miedo… tengo miedo… Pobre cabeza…
Fíjate bien, Georges, tu Rosette está condenada… El mal, siem-
pre el mal… ¡Oh! llevo la desgracia a todo lo que amo… Escu-
cha: Os veía allá, los dos sentados en la sombra, meciéndoos con
dulces palabras de amor… Era por la noche… todo estaba tran-
quilo… Os amabais… Llegué yo y os arranqué las almas… Me
parecía que tu voz murmuraba en mi oído, adorado mío… Ya no
tengo conciencia de mis actos… No, no, no sería tan desprecia-
ble… La alegría de los demás me hace daño… Es que estoy
enferma…
Rosette volvió varias veces al hotel, y luego obligó a su
amante a regresar a Niza:
–Volverás… No quiero que tu mujercita muera de pena…
256
Georges no regresó a París. Y si las cartas de Rosette que-
daron sin respuesta, fue porque habían contado a Loudois la
historia del príncipe de Alemania. Tenía vergüenza de sí mismo;
enrojecía por haber sacrificado su dicha a una aventurera de la
que los ecos de París cantaban su escandalosa vida, una mujer
perdida de la que más tarde se sospecharía que había sido una
espía a sueldo de Prusia.
Marie escuchaba la confesión del enfermo y no perdía del
todo la esperanza.
De nuevo, la señora de Magnac asombró Paris por su au-
dacia y desenfreno.
Él volvió a la realidad.
Era el día de la declaración de guerra a Prusia. Mientras la
muchedumbre, tomada por la fiebre patriótica, se agolpaba en el
palacio del Congreso, un cupé con capota azul hizo su entrada
entre la oleada humana.
Apareció Rosette. Entre los corredores la agitación era ex-
trema; los senadores pasaban con la cabeza descubierta, exalta-
dos. Kuppler y de la Guéronnais se dirigieron al encuentro de la
señora de Magnac.
–La guerra; es la guerra con Prusia…
La sesión fue levantada a los gritos de «Viva el emperador
» y los familiares de la calle Saint-Honoré se apresuraron a lle-
var la noticia a la dama, a la que una súbita indisposición había
obligado a abandonar la sala. Kuppler llegó en frac, con el cue-
llo atravesado por el cordón de comandante de la legión de
honor; estaba deslumbrante; su mirada tenía tintes salvajes. Co-
mo miembro del buró, se le había encargado redactar un mani-
fiesto para el emperador, y desplegaba solemnemente un papel
lleno de trazos:
–Pero lea. – dijo Rosette impacientada.
El senador sacó pecho:
257
–Esta noche partimos para Saint-Cloud; seremos recibidos
por el emperador y su augusta familia y yo he sido encargado de
dirigirles la palabra. Escuche:
« Gracias a sus desvelos, sir, Francia está lista…»
–Cree usted eso – interrumpió la señora de Magnac…
–Sin duda… antes de tres días, seiscientos mil hombres es-
tarán en la frontera…
La dama sonrió. Entonces, los hombres que más se irrita-
ban con ella la consideraban una casquivana y mala francesa.
–Continúe Kuppler…
–Comienzo:
« Gracias a sus desvelos, sir, Francia está lista. Que el em-
perador retome con un justo orgullo y una noble confianza la
jefatura de sus legiones; que conduzca sobre los campos de bata-
lla a la élite de esta gran nación...»
Kuppler engoló la voz:
« Si ha llegado la hora de los peligros, la hora de la victo-
ria está próxima. Pronto, la patria agradecida concederá a sus
hijos los honores del triunfo; pronto la Alemania liberada de la
dominación que la oprime, obtenida la paz para Europa por la
gloria de nuestras armas, Su Majestad que, hace dos meses, re-
cibía para ella y para su dinastía una nueva fuerza de la volun-
tad nacional, Su Majestad se volcará de nuevo en esa gran obra
de mejoras y de reformas cuya realización, – Francia lo sabe y el
genio del emperador se lo garantiza – no sufrirá más demora que
el tiempo necesario para vencer. ¡Viva Francia! ¡Viva el empe-
rador!»
–¡Bravo! – exclamó Villemont;– senador Kuppler, es ad-
mirable.
Los dos hombres se estrecharon las manos mientras Roset-
te los contemplaba con una sonrisa sardónica:
–¿No aplaude, señora? – preguntó de la Guèronnais.
–No aplaudo la ruina de mi país…
Y añadió en voz baja:
–Debería haber seguido al príncipe a Alemania.
258
Las bromas recomenzaron sobre la mala patriota, sobre la
pesimista.
Desde algunos meses, el viejo Kuppler sabía a qué atener-
se respecto a la supuesta señora de Magnac.
Una noche de juerga, Berk se había confiado al senador y
éste ya no se molestaba.
–Vamos, mi pequeño Berck, es magnífico; el ataque va a
comenzar… una cuestión resuelta en tres semanas… Obligare-
mos al príncipe René a abrirnos su bodega… Fíjese, no es más
difícil que esto. La Guèronnais, en guardia, uno, dos… Es usted
el prusiano; ¡en guardia, en guardia! Una… dos… Ulano… ula-
no… ulano…
Y Kuppler golpeaba violentamente el pecho de su colega,
bajándose y subiendo con una agilidad extraordinaria para su
edad.
–En guardia, la Guèronnais… A mí Alsacia… uno…
dos… Está muerto… ¡Viva el emperador!... ¡viva el empera-
dor!...
Los hombres reían a carcajadas, mientras que desde la ca-
lle se oía ¡A berlin! ¡a Berlin!... y la multitud estremecida seguía
las sombras de las blusas blancas y se confundía en una gigan-
tesca algarabía.
Sobre los bulevares, los gritos pasaban desgarrados, frené-
ticos: «¡Abajo Prusia! ¡Abajo Prusia! ¡Viva el Emperador!»...
De pronto, del Palacio Real se elevó un inmenso clamor y el
pueblo febril entonó la Marsellesa…
…
–Y bien, ¿qué decides, querida? – preguntó Villemont…–
La guerra es cuestión de tres semanas y en última instancia,
podrías quedar en París.
–No, marcho… Voy a ver a mi hija…
–Nos volveremos a ver después de la victoria… Y cuando
regreses, tu Villemont estará condecorado… Es bueno ser con-
decorado en el campo de batalla; festejaremos mi cruz en nues-
tro palacete de la avenida Villiers.
259
El conde de Villemont bajó y se mezcló con la multitud.
Toda la noche París estuvo enfebrecida, y el pueblo, ese
gran pueblo, dulce león irritado, se dejó llevar por esa embria-
guez que iba a enardecer toda Francia.
260
XVII
Rosette había llegado a Thaviat. Al no querer esperar al
transporte público que partía solamente a las cinco de la tarde,
se hizo conducir a la Croix-du-Jarry en un pobre carricoche de
un relojero ambulante. Sus numerosas maletas quedaron en la
estación, y uno de los empleados prometió entregárselas a un
carretero que hacía servicios de mensajería.
Daba pena verla así en su bello vestido de viaje cubierta
de un cubre polvo de seda gris, con su sombrero adornado de
encajes y rosas, sus guantes claros abotonados en lo alto, ex-
puesta a los vaivenes del coche cuyos ejes chirriaban a cada em-
puje.
El camino era blanco y polvoriento, y los sauces se veían
muy frondosos jugando con los rayos del sol.
Era un hermoso día de julio.
Más allá de los taludes, las hierbas con color esmeralda se
aprestaban brillantes; las amapolas dispersas entre el trigo des-
plegaban sus brillos escarlatas, y las mariposas, en traje de fies-
ta, pasaban y volvían a pasar en un alegre caos.
La dicha se dispersaba por todas partes. Los trigos tenían
ondulaciones de olas doradas, los setos surgían verdes entre las
sombras y, sobre las laderas, las vides mostraban sus cepas su-
cumbiendo bajo las esperanzas. A lo lejos, en la llanura florida,
torbellinos de insectos zumbaban, semejantes a manteles de gasa
en movimiento; los torbellinos parecían elevarse, subir más y
más y perderse en un espejismo de luz. Había en el aire murmu-
llos de alas, cantos de amor, como una armonía mística cuya
monotonía hacía latir el corazón de Rosette; esta hermosa natu-
raleza transportaba sus tristezas, y ella se decía que iba a volver
261
a ver a su hija y llevársela para siempre cuando la guerra victo-
riosa hiciese resonar los clarines sobre nuestras plazas públicas.
Las primeras noticias no eran buenas, pero una victoria
haría olvidar todo.
En pleno mediodía, los campesinos araban los prados; se
escuchaban los golpes del acero sobre la forja en tierra y el olor
de la hierba cortada. Las robustas mozas ataban los haces, y los
hombres, retrasados por la mala estación de lluvias, iban con
alegría al trabajo.
Inclinada sobre uno de los lados del carricoche, Rosette
escuchaba las voces que se perdían entre los setos de donde se
escapaban, al ruido de los cascabeles, vuelos de pájaros con tri-
nos y movimiento de alas.
El carretero no la conocía.
–¿La señora es del país?
–¡Oh! sí – dijo ella con un leve embarazo.
–Hemos llegado pronto.
–Allí.
–¿La casa blanca de las contraventanas verdes?
–Sí.
El hombre no preguntó más.
Se introdujeron entre el ramaje de robles que precedía a la
casa de los Bérias. Allí era donde, de joven, ella había ido tan
risueña los días de vendimia, mientras los pesados carros reple-
tos de barriles hacían crujir las piedras del camino y su padre,
con voz ruda, conducía los gruesos bueyes jadeantes bajo la car-
ga. Ella contaba los robles que bordeaban el talud y le parecía
que los árboles habían crecido mucho, que las ramas jamás hab-
ían sido tan verdes y que los cantos de los pájaros que la saluda-
ban desde las altas ramas jamás habían tenido tanta dulzura. Al
borde del camino había una charca donde los nenúfares extend-
ían sus hojas de terciopelo. Allí era, donde niña, una auténtica
niña salvaje, se miraba apartando las plantas. Después de la
charca y precediendo a las grandes praderas, se veía un mantel
verde que no se podía cortar a causa del crecimiento de sauces
que lo invadían. Era allí donde, ya moza, escuchando los mil
262
ruidos de la soleada pradera, los cantos de los grillos, el murmu-
llo de los arroyos, las canciones de las hojas, le gustaba tumbar-
se con las manos en la hierba y los ojos dirigidos al cielo azul.
Por fin, percibió la casa blanca, la alta chimenea que arro-
jaba al cielo una espesa humareda. La viña que la rodeaba con
verdores hasta entonces desconocidos y los almendros plantados
a lo largo de los muros se curvaban bajo el peso de los frutos.
El coche se detuvo. Una figura apareció en la ventana en-
tre ramas de viña que entraban como locas sorteando las vigas.
–¡Madre!...
–¡Rosette!... ¡Mi Rosette!
Se abrazaron y permanecieron mudas, mientras el hombre
que desenganchaba su jamelgo murmuraba:
–¿Su madre?... Su madre nodriza, sin duda…
Sobre el umbral de la puerta, Andrée se divertía con unos
platitos de estaño que llenaba de arena; era su cenita.
La niña miró, vaciló y, como la dama la tomaba en sus
brazos, se puso a llorar:
–Andrée, mi niña… hija mía… ¿No me reconoces?...
–¡Mamá!...
–Rosette, aquí está tu padre.
–¿Rosette?... ¡oh! no… ¿Ella aquí?... No… no… no…
Bérias retrocedió.
Ella quiso abrazarle; él la rechazó.
–Había jurado matarte – gruñó él con voz sorda.
Y luego, como abría los ojos que había ocultado entre sus
manos, la vio tan aterrorizada, que se puso a llorar tendiéndole
los brazos. Ella se arrojó en ellos con el corazón hinchado por
gruesos suspiros… El buen hombre vacilaba… El rozamiento de
la seda, el contacto de las joyas y encajes, los perfumes que se
desprendían de las prendas de la dama, todo eso lo irritaba por-
que le recordaba la espantosa catástrofe. Sin embargo, no encon-
traba ni una palabra amarga a pesar del recuerdo de las cosas
pasadas y la tristeza de las horas presentes. Se puso a contar que
a los primeros clamores de guerra, Prosper se había enrolado.
263
Una tarde, al caer la noche – apenas hacía ocho días – el
yerno había ido a la Casa-Blanca con el comandante Blondy.
Habían cenado juntos, el juez de paz, el Sr. Faure, el Sr.
Gringet, los Mathurin y luego, en los postres, el comandante,
brindando por Francia, había anunciado que se llevaba a Prosper
al 97 de infantería y que regresarían pronto ambos si no tenían
una indigestión de metralla…
Rosette escuchaba silenciosa con el corazón encogido. Su
madre le ayudó a desprenderse del sombrero, que depositó con
cuidado sobre una de las camas de la cocina:
–Todavía tienes tu habitación.
Y en el momento en que Bérias se dirigía a las cuadras pa-
ra dar la avena al caballo del carretero, la madre condujo a Ro-
sette a su habitación de soltera.
Los cuadros de santos todavía estaban colgados en las pa-
redes; los premios de la pensión Castel estaban alineados sobre
la chimenea, al lado de labores de la pensionista. Era la misma
cama de acajú, las mismas sillas de terciopelo, las mismas corti-
nas azules con transparencias blancas, el mismo crucifijo de
marfil, el mismo papel decorado de rosas y peonias.
Andrée, no atreviéndose aún a aventurarse con su mamá,
se colgaba de las faldas de la abuela. Por la noche, la niña fue
cubierta de caricias; su madre la desvistió, su mamá, la que olía
tan bien y que tenía tantas sortijas y un bonito collar de oro.
Andrée se enardeció. Dijo que su papá había llorado mucho
dejándoles; que al día siguiente ella lo había buscado por todas
partes sin poder encontrarlo y que se lo habían llevado muy lejos
de los prados, para que ella no escuchase las campanas… Su
papá estaba muerto; pero él haría como su mamá que se decía
muerta: regresaría… Uno no moría para siempre… No era co-
mo Geor que no había regresado… eso no le afectaba… Era
demasiado mayor ahora para montar a caballito sobre el viejo
Médor.
…Los habitantes de las tierras meridionales, y especial-
mente aquellos que fueron tan valientes en Coulmiers, permane-
264
cerion insensibles a nuestros primeros reveses. Forbach, Reis-
choffen… Todavía se esperaba, siempre se esperaba. Pero la
fisonomía de las poblaciones alejadas del teatro de la guerra
cambió por completo hacia la segunda mitad del mes de agosto.
En Saint-Cyprien, la noticia de la derrota de Gravelotte
cayó como una bomba. El 97 de infantería había sido masacra-
do, el comandante Jules Blondy muerto de un balazo bajo una
lluvia de metralla. Esta vez, se había tocado el corazón y casi
todos los mozos de la ciudad que se habían enrolado habían se-
guido al comandante en su gloriosa muerte.3
Los despachos oficiales llegaban a la subprefectura; y en
medio de la plaza pública, Victor Moulineau, subido sobre una
piedra, daba conocimiento de ellos al público. La voz del orador
se apagaba entre protestas… Se decía que los despachos estaban
inventados a placer por los enemigos del emperador y que era
imposible que Prusia resistiese.
Moulineau abundaba en el sentido popular; hablaba del
gran emperador y de nuestros ejércitos tan a menudo victorio-
sos:
–No… no podemos ser derrotados… Nuestros soldados
son invencibles… ¡Viva el emperador!...
Pero cierta tarde, todos los rostros se habían ensombreci-
do; lloraban sus muertos… Y, como dice un orgulloso patriota:
« se estaba serio, lo que es el modo viril de estar triste.»
Y ante esa población afligida que saludaba los nombres de
aquellos que morían por la patria, Moulineau gritaba con todas
sus fuerzas… ¡A Berlin! ¡a Berlín! ¡a Berlín!... ¡Abajo Prusia!...
¡Viva el emperador!
3
En la guerra de 1870-1871, los antiguos alumnos del Instituto de Périgueux
que estaban en edad de portar armas se condujeron valientemente. Quince de
ellos cayeron en el campo de batalla. El autor es feliz de recordar aquí los
nombres de sus queridos camaradas: Albert Coly – Edmond Lacombe – Mau-
rice Lacombe (los dos hermanos) Henri de Langlade – Armand Parrot –
Émile Rouchard –Gabriel Roussely – Joseph Boursat – Armand Desmaison –
Martial Dufour – Joseph Fourgeaud – Yrieix Fricout – Alphonse Jamain –
Delphin Marty – de Touchebouef-Beaumontj. (Nota del autor)
265
Fue el viejo pasante Clapier quien se encargó de llevar la
noticia a la Croix-du-Jarry.
En el pueblo todo iba mal. La difteria se había abatido so-
bre la región: los niños morían como moscas. Andrée estuvo
gravemente enferma. Rosette pasó diez noches seguidas a la
cabecera de su hija. La que había reinado en París, en medio de
los grandes personajes que la adoraban, la que había arrancado
el alma a dos seres misericordiosos, volvió a ser la amorosa ma-
dre de antaño. Andrée estaba acostada en la habitación de soltera
de Rosette. Ella se conformó con una manta; y por la noche,
cuando inclinada sobre el lecho de su hija, escuchaba, jadeante,
la respiración opresiva del pequeño pecho y le parecía que ella
expiaba su vida.
La chiquilla entraba en convalecencia, pero la madre había
sucumbido bajo los abrazos de una meningitis, cuando se supo
la muerte de Parent.
Rosette se sentía morir y, una noche, después de una vio-
lenta crisis nerviosa, expresó su última voluntad: quería ver a la
señora de Georges Loudois antes de dejar este mundo y obtener
el perdón de la misma mujer a la que ella había ultrajado.
Al principio se dudó en acceder a los ruegos de la enfer-
ma; pero Rosette insistió tanto en su demanda, que, sin gran
esperanza de éxito, la madre Jeanneton encargó a Clapier escri-
bir a la señora Loudois.
Andrée miraba a su madre con ojos temerosos:
–Papá ha muerto para siempre ahora… Mamá, ¿me
querrás siempre?
–¡Oh, mi niña!... ¡Oh, mi Andrée!...
Poco a poco, las ideas de la señora Parent se oscurecieron,
y se imaginó que era su hija la que estaba muerta. Su cabeza se
extravió, su pecho blanco se hundió bajo su camisa; sus ojos se
volvieron hacia lo alto. Gritaba tan fuerte que las buenas muje-
res que la velaban, habiendo pretendido que estaba poseída por
el demonio, enviaron a buscar al cura para exorcizarla. El cura
se rindió a la petición de sus parroquianos; pero la vista de la
sotana negra y de todo el protocolo de la muerte produjeron tales
266
crisis a la enferma que el sacerdote se vio obligado a irse sin
haber administrado los últimos sacramentos.
Se le mostró a su hija y ella no la reconoció. ¡Oh! lo sabía
perfectamente: querían engañarla… Su Andrée había muerto.
Era otra niña la que le presentaban. Su hija era mucho más boni-
ta que esa y sus cabellos más sedosos. No… no…esa no era su
hija…
El día nacía.
Después de una serie de estremecimientos convulsivos pi-
dió agua bendita, mojó sus dedos en el líquido consagrado tra-
tando en vano de hacer la señal de la cruz: sus miembros tem-
blaban; se contraía con sus brazos levantados y permanecía allí,
con la mirada fija, bajo el peso de una incomprensible angustia.
En un momento, extendió su brazo sobre su rostro más pálido
que las sábanas que la cubrían; una nube pasó sobre sus ojos y
una sonrisa que no era humana contrajo sus labios. Pareció a
punto de desfallecer y unas palabras incoherentes salieron de su
pecho como un sordo estertor:
–¡Andrée… Andrée… mi pobre pequeña!... Está allí, entre
cuatro tablones clavada para la eternidad… Y yo soy la causa de
su muerte… Sufro pensando en todo eso… Dios puede conde-
narme ahora si quiere: en el infierno no hay torturas semejan-
tes… Mi hija… Quisiera verla aún extendida en su sudario de
seda azul… Está tan bonita… Su boca tiene una sonrisa tan gra-
ciosa… La veo… ahí… ahí… Sus cabellos rubios están desple-
gados sobre sus hombros y tiene alas como un ángel… ¿Por qué
ese ruido?... ¡Oh! el coche fúnebre… la sábana negra con sus
cabezas de muertos y sus lágrimas de plata… No quiero morir…
no quiero morir…
Se habían llevado la pila de agua bendita y el crucifijo que
le hacían daño al verlos.
–Mamá – decía Andrée, cruzando sus manitas – yo soy tu
hija… Vamos, mamá, háblame…
La madre prorrumpía en carcajadas:
–Mentirosa, vete…
267
A ciertas horas del día, las crisis la sacudían tan violenta-
mente, que para clamarla Jeanneton la obligaba a respirar éter.
Eran órdenes del médico.
La enferma había tomado el frasco con horror y cada vez
que su madre se acercaba a ella, la amenaza sobre sus labios, se
volvía humilde y suplicante:
–El frasco… el frasco… no… no… no…
–Vamos – decía Jeanneton anegada en lágrimas – se pru-
dente.
La cambiaron de habitación, y como se temía que tuviese
frío, se la envolvió en una colcha muy cálida, y, sin arrugarse
bajo el peso, el viejo Bérias transportó a su hija a una de las
grandes camas de la cocina.
Durante tres días, Rosette estuvo un poco más tranquila.
–Señora Georges… aquí está la señora de Loudois – mur-
muraron una mañana las viejas que velaban a la moribunda.
En efecto, era la señora de Loudois que, al recibo de la
carta de Clapier, había dejado de inmediato Niza para rendirse a
las súplicas de la que había destrozado su vida. Habiendo sido
George llamado a filas, ella había venido en compañía de su
suegra, que se dirigió al castillo de las Bastides.
Desde su llegada a Saint-Cyprien, donde la señora Varen-
nes la esperaba, la joven mujer, sin preocuparse de las fatigas
del viaje, se hizo conducir a la Croix-du-Jarry. Marie era madre
hacia apenas dos meses y se acercó al lecho de Rosette, confusa,
un poco debilitada por la reciente maternidad, pero apelando a
todas sus energías para cumplir hasta el final lo que consideraba
un deber de mujer honrada y cristiana.
–Ella no quiere morir sin haber sido perdonada por usted –
dijo la madre de Rosette a la señora Loudois.
Y la vieja aldeana añadió inclinándose al oído de su hija:
–Es la señora Georges que viene a verte…
Rosette miró y su rostro fue invadido por una dolorosa
crispación: quiso llorar; no pudo.
–Gracias… señora… gracias…
268
Marie la besó en la frente y tomó sus manos entre las su-
yas. Durante un momento, pareció que al contacto de la esposa
fiel la mancilla desaparecía poco a poco de ese cuerpo torturado:
la boca tenía menos amargura, los ojos estaban menos irritados.
–Le he hecho mucho daño… Perdóneme… A mí también
me gustaría ser una mujer decente. No pude… no pude…
Sacudía la cabeza:
–Si se supiese… si se supiese…
La señora de Loudois se sentó en un sillón y sentó sobre
sus rodillas a la hija de la señora Parent, a la que acarició con
una ternura completamente maternal.
Era mediodía. Los pájaros cantaban. Se oían las campanas
de la iglesia donde los fieles estaban reunidos para la oración.
Los rayos del sol acababan de iluminar el rostro de Rosette.
La enferma hizo una señal con la cabeza de que el día la
molestaba, y como no tenía nada bajo la mano, se extendió por
encima de las cortinas de cretona de la ventana el gran chal de la
madre Jeanneton. La habitación desapareció bajo la sombra de
la noche con trazos de luz pálida en las esquinas del techo, unas
luces de oro bruñidas por el negro del chal que el viento que
batía los cristales hacia vacilante como fuegos fatuos danzando
al claro de luna.
Una de las vecinas venía de llevar a Andrée a su casa.
De repente, Rosette se levantó en la oscuridad profunda, y
aplicó sus ojos sobre los de Marie con una espantosa expresión
de confusión:
–¿Por qué está usted aquí, dígamelo?... ¿Qué quiere usted
de mí, señora?... ¡Ah! ya sé, viene a buscar a Georges… él es
mío, Geor, el pequeño Geor, como le llamaba mi Andrée… Us-
ted no lo tendrá… Yo lo cuido… Váyase… Váyase… váyase…
tonta celosa.
Marie se había levantado y, llena de espanto, extendía sus
brazos hacia la moribunda como a la aparición de un espectro.
Jeanneton presentó el frasco de éter. Rosette rechazó brus-
camente a su madre y, con el cuerpo extendido, inmóvil, gritó:
269
–Sí, él es mío. Mi bendito Georges… yo soy su Rosette…
La Rérette a la que él tanto amaba… la Rérette… Usted no lo
ama hasta morir… Yo lo estrecho entre mis brazos… es gua-
po… guapo…
La voz se hizo estridente:
–¡La guerra!... ¡Gravelotte!... ¡Oh! el príncipe alemán con
su malvada risa!... Ten cuidado, Prosper… ¡Muerto! ¡Está muer-
to para la patria!... ¡Mi cabeza arde… Es horrible! ¡Oh! las viles
mariposas negras!... Georges… ven… Sufro demasiado… ¡Pie-
dad!... piedad… ¡Ah!...
Las campanas repicaban sones lúgubres; el tiempo había
cambiado y como iba a llover las golondrinas volaban a ras de
suelo con sus ligeros aleteos.
Rosette cayó como un fardo.
La habitación estaba llena de gente.
De pie, con la cabeza descubierta, el viejo pasante Clapier
observaba ese rostro de mármol sobre el que acababa de posarse
la máscara de la nada: los ojos estaban cerrados para siempre,
pero la boca conservaba una sonrisa de burlona voluptuosidad.
… Cierta noche del año terrible, a la hora donde el sol po-
niente extendía sobre el cielo manteles dorados y rojos oscuros
que – para los habitantes de los campos – son las señales profé-
ticas de las batallas y las desgracias venideras, Clapier volvió a
ver como en un espejo la existencia tan atormentada de la señora
Parent. Se acordó que un día Rosette, estremecida de horror al
recuerdo de las cosas pasadas, le había confesado que después
de cada falta cometida había llorado mucho.
El pasante era un buen hombre. Sintió su corazón abrirse
al perdón y murmuró:
–Pobre mujer… Cabecita loca… Cabecita loca…
FIN

Cabecita loca

  • 3.
    Jean-Louis Dubut de Laforest Cabecitaloca Título original: Tête à l’envers © Jean-Louis Dubut de Laforest. Charpentier editor. París 1882. © Por la traducción: José M. Ramos González. Pontevedra 2015
  • 5.
    5 I –Te digo, mujer,que Rosette nos va a comer por los pies con lo que gasta. El hombre que pronunciaba estas palabras era un pequeño aldeano cuyo cuerpo, debido a su trabajo, se doblaba en ángulo recto y parecía rendir un continuo homenaje a la tierra a la que debía su fortuna. ¿Su nombre? François Bérias. Rozaba la cincuentena. Cuando quiso sentar cabeza eligió a una compañera pragmática, una muchacha de amplia sonrisa, labios rojos y unas caderas sólidamente establecidas para permi- tirle parir hijos con gallardía. François y Jeanneton no tenían vida para sí mismos: solo vivían para su hija, la señorita Rosette, que acaba de obtener el título de institutriz en el pensionado de las damas Castel de Saint-Cyprien. La señorita Rosette había salido del internado hacía apenas dos meses y le surgían pretendientes por todas partes. ¡Hombre! Es que los Bérias eran unos ricachones. Los Bérias, apodados «Gran-Cartera», eran los reyes del pueblo de la Croix-du-Jarry. Ese sobrenombre, que se explica prácticamente solo, procedía de que François tenía por costum- bre introducir sus escudos en una inmensa cartera de cuero. Su casa estaba situada en lo alto del pueblo. El mes de ju- lio tocaba a su fin, y la vivienda adoptaba un coqueto aspecto rodeada por las vides seculares que la enlazaban con vigoroso abrazo. Esas ramas verdes son bebedoras de sol; tal vez estén brutalmente enamorados; no tienen ese aspecto lánguido de las plantas ornamentales de follaje barnizado; no saben adoptar el aire de los arbustos con flores carentes de vigor; pero se puede sentir su intensidad vital; están vivas como su amo, y, al igual que su amo, no temen las quemaduras del sol.
  • 6.
    6 Los grandes jardines,entre cuyos setos recortados se muestran aquí y allá los nísperos de un verdor primaveral, esa extensión de terreno antaño cubierto de brezos, hoy plantado de viñas en su totalidad, es todo propiedad de los Bérias, los ricos campesinos que habitan sobre el margen izquierdo de la carrete- ra provincial. ¿Y los escudos? 50.000 francos al menos, invertidos en todos los bancos de la región. La infancia de Rosette transcurrió en su pueblo. Asistió a la escuela de las hijas de la Croix-du-Jarry antes de convertirse en la vivaracha pensionista de las damas Castel. Antaño era una insignificante aldeanita: en la época de las cosechas seguía a los jornaleros y cazaba a pedradas los pajari- llos que venían a robar los granos de trigo. Durante el verano, pinchaba por la cabeza a las pobres mariposas y quedaba impa- sible ante el doloroso estremecimiento de las blancas alas que se descomponían sobre el empapelado de su habitación. La hija de los Bérias era cruel. Entre otros detalles, se recordaba que a menudo, en lugar de ir a la escuela, se detenía ante los puestos de los estañadores ambulantes, cuyas visitas tenían lugar cada seis meses. Durante varias horas le gustaba ver fundir los calderos de estaño, escuchando los golpes de martillo que resonaban sobre los yunques de cobre. Desde el carromato de los vendedores de feria, la vieja ca- rretilla de dos ruedas cubierta por una tela gris, hasta los calde- ros deteriorados que se amontonaban en la tartana, resultado de los intercambios con los cobres nuevos, Rosette lo había visto y observado todo. La mayoría de esos estañadores eran alemanes que, una vez acabado el trabajo, se iban a las tabernas cercanas a la igle- sia a bailar al son de los tambores y de los trombones para con- seguir algunos centavos. A la chiquilla le resultaba divertido ver a las mujeres con vestidos multicolores y a los hombres con largas barbas brillan-
  • 7.
    7 tes como lacerveza dorada, ponerse a bailar en la plaza de la Croix, mientas la música sonaba. Cierto día se divertía contemplando a un joven y apuesto estañador tumbado al sol. Los mercaderes, llamados para almor- zar, la dejaron sola en compañía de un perro gordo, Porthos, que dormía al calor de los carbones de la estufa. El estaño permanec- ía líquido. Rosette se adelantó, miró en torno suyo y no vio a nadie. Una sonrisa iluminó su rostro: levantó el cucharón repleto de líquido ardiente y lo arrojó a la cabeza del chucho. El pobre perro se despertó emitiendo unos aullidos espan- tosos: ella se fue a refugiar a casa de su padre. Pero por la noche, habiendo trascendido el incidente, Ro- sette recibió unos azotes. Miró a todo el mundo, con los ojos fijos, sin turbarse, con una risa beatífica: –Quería comprobar lo que ocurriría. Las viejas del pueblo sacudieron la cabeza con tristeza; y, como no podían creer en una crueldad reflexiva, la niña fue tra- tada de inocente. Se quería decir que la chiquilla no tenía con- ciencia de sus actos y que había actuado bajo el impulso de un genio malsano. En otra ocasión, las hijas del guardia la habían sorprendido robando fruta en su jardín, ella les golpeó y mordió en la mejilla a la mayor. Tantos hechos denotaban un carácter indomable, un deseo imperioso de observación y de dominación, una sed de venganza y de crueldad poco común. Con todo eso, era mimosa, zalamera, bonita como un amor y dispuesta a echar toda la carne en el asador para hacer perdo- nar sus escapadas. Pero el paso de los años amortiguó sensiblemente los ma- los instintos de la campesina, y la antigua pensionista de las da- mas Castel, que ojea en este momento un álbum, nada tiene que ver con la aldeana de antaño. La señorita Rosette Bérias es hija única. Algún día se le llamará señora, pues se casará con un caballero.
  • 8.
    8 La madre Jeannetonno ha sentido ira cuando el hijo de Pi- tois, un pequeño granjero, un trabajador, se ha tomado la liber- tad de pedir la mano de su hija. Desde luego los Bérias no des- precian a los aldeanos: ellos mismos los son; pero son de la opi- nión que en este mundo uno debe tratar de prosperar, de elevar- se; esperan un partido conveniente. Penetremos en el interior de la casa. Todo está limpio y muy bien ordenado. Ramas de boj bendecidas cuelgan en la chimenea de la cocina y rodean un grupo de fotografías. Dos grandes camas al estilo duquesa, recubiertas de cortinas en cre- tona roja, ocupan las esquinas de la cocina; Rosette no dará nin- guna tregua a su madre en tanto las camas permanezcan allí: Una cocina es una cocina y no un dormitorio. He aquí una gran habitación de invitados al lado del cuarto de la señorita Bérias. La pensionista de las damas Castel ha diri- gido ella misma las recientes reparaciones: las paredes están tapizadas de papel blanco con flores de prados entre las que des- tacan peonías y rosas. La joven es robusta, morena y fresca como el nombre que le dio su madrina. Sus manos están un poco rojas: ha empleado todos los polvos y todos los jabones de los perfumistas más re- nombrados, pero las manos, por desgracia, no pierden su color. Rosette es bonita y ella lo sabe. Hoy, sábado, es día de mercado en Saint-Cyprien. La señorita deja de ver su álbum para ponerse el traje de los días de fiesta. La Jeanneton ya está lista, y el padre Bérias se impacienta al ver que su hija todavía no ha acabado de acicalarse. –No puedo salir vestida como una criada… Madre, no en- cuentro mi chal. –Hace mucho calor; no lo necesitas. –Te repito que no quiero ir de cualquier manera. –Aquí están las llaves del armario de la ropa. La joven abre las puertas del armario, sube a una silla y se alza para encontrar el chal. –Está arriba, muy arriba, a lado de los sacos de trigo.
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    9 –¿Cómo es posibleguardar un chal al lado de los sacos de trigo?... Y Rosette, impaciente, arroja por tierra los sacos y las sábanas de la cama que la madre vuelve a doblar sobre la mesa sin ni siquiera emitir una queja. La señorita tiene un vestido gris claro, un sombrero de pa- ja con flores azules y un pequeño velo blanco. Echa una última ojeada al espejo, sonríe y mira a su madre: –¿Vas a vestirte, no? ¿mamita? –Para ir al mercado no… no vale la pena… –¿Y tu vestido violeta? –Lo reservo para tu boda… –Hoy veremos a mucha gente… ¿Madre, hazme caso y pon el vestido violeta! –Rosette… –¡Te lo ruego! –Bueno, dado que lo exiges… Y la madre Jeanneton se viste. –Siempre con esos zapatos planos… –¡Ah! por favor, no me obligues a poner mis botines… No estoy acostumbrada… me quedan los pies desollados durante una semana. –¿Vais a acabar de una vez? – acaba de decir François Bérias que ha tomado su chaqueta, su bonita chaqueta de boto- nes de cobre para hacer honor a su hija. El jumento está atado a la jardinera del patio; el criado de la granja ayuda a sus amos a subir al coche, y la buena de Pou- lotte parte a trote lento. Siguen la ruta bordeada de grandes robles, y el padre está feliz de mostrar a su hija sus propiedades. Le da explicaciones sobre tal fosa que va a llenar, sobre tal terreno que separa la viña de un vecino de su plantación de alfalfa y que pronto será reco- lectada a medias. –Desde que estudias, Rosette, hemos comprado este ro- bledal al Sr. Beaugrand, así como ese bosque que bordea el
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    10 río… ¿Ves eseprado, al lado del gran roquedal de Ropescia, donde jugabas con tus amigas cuando eras niña?... –¡Ah! sí, el Ropescia; habrá que hacer allí un cenador. –¿Qué es eso? –¡Cómo! ¿No sabes lo que es un cenador?... Un abrigo contra la lluvia y el sol… un lugar de diversión. –¿Algo así como una cabaña? –Más bonito que una cabaña… Se venden ya hechos en París por mil francos… El de la señorita Levallois cuesta esa cantidad… –¡Mil francos!, pero eso es lo que vale un buen par de bueyes de labor… el Gran Rojo y Billia ya valen novecientos ochenta y cinco, e incluso no los vendería… El prado, que tiene más de cuarenta áreas, no cuesta ni mil francos… A Rosette no le gustaban los números, y ya no escuchaba a su padre. Jeanneton, que se había encasquetado un gorro florido y tan almidonado como la mitra de un obispo, tomó la palabra: –Y además, necesitaremos dinero para tu dote cuando en- contremos alguien como Dios manda… El hijo de los Pitois ha venido ayer: lo he recibido de buenos modos. La joven trataba de ponerse unos guantes un poco estre- chos: –Debería comprender de una vez que no seré para él… Llegaban a la cima del Puy-des-Reinetes. Bérias puso pie en tierra pasando las riendas a la madre Jeanneton. –Vamos Rosette, ¿me prometes ser razonable? Se trata de un partido para ti… –¿Un aldeano? –No, no… Escucha. Hablemos en voz baja… Un caballe- ro… un notario…. La hija de los Bérias quedó deslumbrada. –¿Un notario? cuéntame, mamita, te lo ruego… –¿Conoces al Sr. Faure?
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    11 –Sí, el hombreque lleva los negocios de la señora Dupré… el gestor de bienes… Oh!... continúa… estoy impa- ciente… –Pues bien, quiere que te cases con el Sr. Prosper Parent, el joven que debe comprar el estudio del viejo notario Cour- net… Lo malo es que el Sr. Prosper no tiene fortuna; pero es prudente, ordenado y es todo un tiparrón…. –No es guapo. –La belleza no es para los hombres… es de una buena fa- milia. –Será notario… –Y, como dices, será notario… en Saint-Cyprien, muy cerca de nosotros… –¡Eso consumiría de envidia a la Blanchette, que se ha ca- sado embarazada!... –Sí; pero me temo que tu padre se niegue a consentir ese matrimonio… El Sr. Parent no tiene fortuna. El jumento se detuvo antes de tomar el descenso. –Qué bien conoce Poulotte mis costumbres. – dijo Bérias estrechando la mano a tres o cuatro paisanos que conducían unos bueyes tirados de una cuerda… – Os invitaría a subir… Pero, ya veis, somos tres… –Gracias, señor Bérias, gracias, ¡Señor Bérias!... Se comenzaba a decir señor Bérias. François se henchía de satisfacción: –¡Lo que es la fortuna!... Hace veinticinco años yo era un mozo en la granja del conde de Galleur… Me llamaban François a secas… Más tarde, los envidiosos me pusieron el mote de Gran-Cartera… Hoy, se dirigen a mí como señor Bérias. ¡Lo que es la fortuna!... –Papá, no deberías recordar siempre que has sido mozo de granja… Pueden escucharnos… –Pero, hijita, al contrario, estoy muy orgulloso de haberlo sido… No he robado lo que tengo… Te garantizo que lo he ga- nado.
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    12 –Tu hija tienerazón. – interrumpió con viveza la madre… – No vale la pena hablar siempre de lo mismo… Está bien que todo el mundo se acostumbre a decir «¡Señor Bérias!». –Adiós, Gran-Cartera y señoras, – exclamó un jinete que pasaba al galope y cuyo caballo cubrió de polvo los rostros de los viajeros. –Es ese maleducado de Benoist – dijo Rosette… – Una educación de aprendiz de carnicero… François frunció las cejas: –Tiene una deuda con Mouvy: la asumiré y me encargaré de hacerlo bailar… Eso le enseñará educación a ese antiguo arti- llero. Llegaban a Saint-Cyprien, un bonito pueblo con un cam- panario puntiagudo, de calles bien alineadas, casas muy blancas y jardines llenos de sol y verdor. Las señoras se apearon delante del pensionado de las da- mas Castel, situado frente al hotel El Carro de Oro. –Bien, hemos llegado – dijo Bérias; – id a hacer vuestras visitas; yo subo a la feria… ¿A qué hora acabaréis vuestros re- cados? –Hacia las cinco. –¿Las cinco?... eso es muy tarde… Si Girou y la Fanchon olvidan dar de comer a los bueyes… –Siempre estás preocupado, – dijo Rosette con acritud…– Das la impresión de que es imposible servirte a tu gusto. –Hija mía, lo digo más por ti que por nosotros… Es por tu bien por lo que vigilo y desconfío…. No hay porque reprochár- melo. Decía eso con frases cortadas, siempre desenganchando su jumento con precauciones infinitas, con el collar nuevo y los arneses de cuero encerados. Su hija lo miraba. –Llama al criado sin tantos miramientos… Las personas que pasan van a pensar que tú mismo haces el trabajo para evitar dar propinas. Rosette cambió el tono enseguida, y con voz dulce:
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    13 –¿Papito, no teenfadarás si mamá me compra un vestido en la tienda de la señora Julie?... ¿Quieres que te deje quedar bien, verdad? Bérias se dejaba engatusar; su rudeza desaparecía: –Ella tiene la cartera. –¡Ah! ves mamá, papi está contento de que me haga con un vestido parecido al de Gabrielle Levallois… Y mientras el mozo del albergue echaba una mano a Bérias, las señoras entraron en el patio de las damas Castel. Terminada su tarea, – pues lejos de su hija no hubiese que- rido por nada del mundo dejar a Poulotte al cuidado de otra per- sona, – François subió al campo de la feria, tanteó los bueyes más gordos y distribuyó saludos entre los viejos conocidos. Su hija le hacía honores, sin duda; pero él se sentía in- cómodo en su presencia: no era su mundo; no había aprendido los buenos modales en esos librejos que él hubiese querido saber a todo trance. Lamentablemente, comprendía perfectamente cual debía ser su actitud: conversar poco, mostrarse lo menos posi- ble; su lenguaje grosero, su espalda arqueada, sus manos arruga- das y callosas, todo eso no estaba hecho para llevar caballeros a su casa. La Jeanneton aún se mantenía en forma: esas diablesas de mujeres siempre se las arreglaban con sus « antifaces » y, por lo demás, la burguesa todavía era hermosa, aunque se había vuelto triste. Todavía podía pasear por la calle con su hija: las había mucho más feas. Bérias era rico. Preocupado por que su hija estuviese bien situada, no miraba demasiado la fortuna: por lo demás, un hom- bre sin un centavo jamás se atrevería a presentarse. En el campo de la feria se encontró con Mouvy, un tende- ro retirado de los negocios, el que había prestado dinero al inso- lente Benoist. Mouvy, que había colocado en una mala inversión unos fondos de Bérias y que había obtenido sus pequeños beneficios, no escatimaba en cumplidos.
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    14 El pez gordode la Croix-du-Jarry dudaba. Sentía que iba a hacer una mala acción; pero, de repente, su frente se iluminó y recordó que su hija, cuando lo había dejado, le había recordado su promesa en relación con la deuda de Benoist. –¿Usted hizo un préstamo a Benoist? –Sí, señor Bérias. –¿Desde cuándo? –Venció hace ocho días, e iba al banco del Sr. Lechamps a protestar el pagaré… Ese Benoist es un mal pagador… –Yo le compro el pagaré. Mouvy creyó haber escuchado mal y le hizo repetir la fra- se. –¡Oh! con mucho gusto… cuatrocientos veinte francos con los intereses… Incluso le perdono los ocho días. Los dos hombres se apartaron de la vista de todo el mun- do, y Bérias extrajo su cartera, su famosa cartera ennegrecida por el tiempo. Contó cuatro billetes de cien francos y entregó el resto en monedas. Bérias dobló el pagaré. Algunos minutos después de esa entrevista, Benoist se en- contraba con su acreedor: –Mire usted, ya no tengo su valor. –¿Cómo? –Necesitaba dinero y se lo he vendido a Gran-Cartera. –Pero, usted me había prometido… –Querido, arrégleselas con Gran-Cartera. Bérias ya había encargado a un alguacil vengar a Rosette. Jeanneton y su hija se encontraban todavía con las damas Castel. Rosette había ido al patio a reunirse con sus viejas amigas. –Y bien, señora Bérias, ¿estará pensando en casar pronto a su hija? – acababa de decir la señora Armantine Castel, una vie- ja dama con gafas. –Dios mío, sí, habrá que ver, pero no hay prisa… Siempre es demasiado pronto si se va a hacer mal.
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    15 –Eso sería unalástima, señora… Rosette es una muchacha encantadora que hará muy feliz a su marido… ¿Entonces, no ha hecho usted ninguna elección? Jeanneton inclinó la cabeza sin responder. –Vamos, vamos, me está ocultando algo… Eso no está bien, señora Bérias: usted sabe que yo soy una segunda madre para su hija. –Es que no hay nada decidido, señora… El Sr. Faure… –¡Ah! El Sr. Faure, un excelente hombre… Tiene muy buena mano. –Señora Castel, sea discreta. Se trata del Sr. Parent… –El Sr. Prosper Parent, ese joven que nos seguía en nues- tros paseos dominicales… Pero, no tiene fortuna… –En eso está la dificultad… Sin embargo se dice que es un muchacho muy serio y responsable… –Muy serio y muy bueno… Se dejará llevar por la punta de la nariz. –De hecho no hay nada decidido, señora. –Entonces Rosette vendría a vivir a Saint-Cyprien… El Sr. Cournet dejaría el estudio a su yerno… Eso sería estupendo… Hay que ver eso, señora Bérias… Usted sabe el interés que ten- go por mi antigua pensionista… Si nos necesita para algo, mi hermana y yo estamos por entero a su disposición. Los gritos de «¡Rosette! ¡Rosette!» resonaban en el patio. Unas muchachas en vestido negro y delantal gris acompañaban a su amiga a la sala de visitas. Cuando las damas hubieron salido, la señora Castel no pu- do guardar el secreto. –Señoritas, Rosette se casa. –¡Rosette se casa!... ¿Con quién? –Misterio, señoritas… –¡Oh! señora Armantine, – dijo dulcemente la señorita Chambreau, la hija del consejero general del municipio… – dígamelo solo a mí. –No, señorita Clémence, ni a usted ni a las demás. –Seré muy discreta…
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    16 –No, no, no… –Rosettese casa. La «Gran Cartera» va a ser señora… ¡Oh! ¡qué contenta estará! Esas señoritas, que habían formado un círculo, pasaron re- vista a todos los jóvenes del pueblo. La Señorita Clémence murmuró un nombre. ¿El Sr. Prosper Parent? La Señora Castel dejó a las jóvenes muchachas riendo; y, desde ese instante, el próximo matrimonio de Rosette fue sabido por todo el pensionado. Las dos mujeres habían seguido por la calle Froide que conducía a la plaza de la Halle. Rosette caminaba recta, con pie firme, y la Jeanneton se arrastraba tratando de imitar los andares de su hija. La buena voluntad de la campesina no detenía las observaciones de la señorita: –Mamá, no te mantengas tan cerca de mí… No es así co- mo se anda… Haces que me avergüence. La madre Jeanneton acababa de entrar en la tienda de la señora Julie. Había mucha gente. Tres o cuatro empleados interinos cir- culaban en medio de la multitud. Uno de ellos se presentó. Era un recién llegado, con rostro turbado, un muchacho honesto que alimentaba a su madre con su trabajo y cuya maliciosa mirada brilló con la idea de que iba a realizar una buena venta. –No – dijo Rosette – Llame al Sr. Antoine. –Pero, señorita, el Sr. Antoine está ocupado en su sec- ción… –¿Qué más te da que sea este u otro? – observó la madre. –Me importa mucho… los nuevos siempre te atienden mal… –¡Sr. Antoine! – gritó el empleado con voz estrangulada. –Ya viene. Ese Antoine era pura zalamería. En la tienda del pueblo de Saint-Cyprien, los empleados recibían un sueldo fijo y un porcentaje sobre el precio de las
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    17 ventas que hacíanpersonalmente. El patrón, antiguo empleado de un gran almacén de París, había importado el sistema de la capital. El Sr. Antoine, un joven de bigotes rubios y cabellos rizos, se presentó saludando respetuosamente a las señoras. Es que el Sr. Antoine tenía una manera especial de ofrecer el artículo. Con graciosas inclinaciones y una sonrisa más graciosa todavía, alababa las tallas más deformes y hacía cumplidos a los corsés más vacíos. Luego de darse cuenta de la importancia del pedido, el Sr. Antoine llamó a su patrona la Sra. Julia, especialmente encarga- da de la confección de los vestidos. Se desplegaron las telas, y Rosette eligió un vestido azul con rayas blancas destinado a hacer palidecer de envidia a todas las señoritas de Saint-Cyprien. La madre consintió en sustituir el viejo corsé de la pensionista y aceptó un pedido de una docena de pañuelos con figuras que Rosette bordaría ella misma. La madre Jeanneton vació su portamonedas. La Sra. Julie no quería dinero; no era costumbre pagar los vestidos antes de ser entregados. Sobre este punto, la señora Bérias fue inflexible. Incluso dio ocasión a los empleados de reírse al plantarse ante la caja: –¿Deudas nosotras?... ¡Jamás!... Hay con que pagar y se paga. Rosette trataba de detener esa verborrea; pero, en el fondo, no estaba en absoluto molesta al escuchar hablar de su fortuna. El Sr. Antoine, el propio patrón, y el mozo excluido, salu- daron ceremoniosamente a tan buenas clientas. Jeanneton tomó el brazo de su hija. –Si pasamos por delante del estudio del notario Cournet en la calle del Norte, quizás veamos… –¿Al Sr. Parent?... Es una idea… ¿Saber si siempre es tan feo?... –No es feo.
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    18 –Bueno, mamá, hasde reconocer que hay muchachos más guapos que él… El hijo del marqués de Jamaye… –Sí, pero el señor conde no es para nosotros, querida. –Ya lo sé, – dijo Rosette con aire sombrío. – Después de todo, más vale ser la señora Parent, esposa de un notario, que la mujer de un imbécil ocioso. Los aldeanos circulaban por las calles, deteniéndose en las tiendas, y sus mujeres los seguían con grandes cestas vacías y los bolsillos llenos de monedas. Largas carretas con aperos de labranza, anunciando la próxima cosecha, desplegaban en el aire sus yugos, y los vendedores de tortas calientes y pasteles de to- das clases eran la alegría de los niños que se colgaban de las faldas de sus madres. Rosette no dejaba de observar: –No me hables más… No es conveniente hablar en la ca- lle… Las damas como Dios manda no cuchichean. La madre y la hija llegaron al final de la calle del Norte y advirtieron los rótulos dorados que resplandecían al sol. El estudio estaba lleno de aldeanos, y las damas Bérias no vieron al Sr. Prosper. –En cualquier caso, – dijo Rosette – no seré yo quien viva en este edificio. –Sin embargo la casa no está mal, y si la boda tiene lugar creo que sería bueno entenderse con el Sr. Courdet. –A ti no te sería difícil. La madre Jeanneton y Rosette regresaban al hotel El Carro de Oro, llenas de pequeños paquetes envueltos en papel amari- llo. –Aquí están sus damas. – dijo al padre Bérias el Sr. Faure, que gesticulaba detrás de la larga fila de carretas y carromatos de la feria. El Sr. Faure, el abogado del pueblo del Puy, era un viejo bajito, sano y esbelto. Era querido y estimado en la región. Fue el primero en pensar en hacer del pasante de notario un marido para la señorita Rosette.
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    19 Saludó a laseñora Bérias con una fina sonrisa que daba a entender que François no había cedido a sus razones. –¡No hay medio de convencer a nuestro hombre! –¿Un muerto de hambre?... Nunca jamás – decía Bérias – prefiero un aldeano. –Vamos, vamos, papá, ya arreglaremos eso mañana. Re- gresemos a la Croix-du-Jarry. Rosette jugaba con su sombrilla detrás del coche y partici- paba poco en la conversación. –Hablaremos mañana, – dijo el Sr. Faure – Trataremos un pequeño asunto a la que no es ajena del todo la señorita Rosette. –¿Lo qué, Sr. Faure? – preguntó la joven. –Nada… Lo verás más adelante… No te digo más que eso… ¿Es que la oreja izquierda no te ha pitado esta mañana? –No… –Sin embargo, yo conozco alguien que habla muy bien de la señorita Bérias… Me haces ser un charlatán… El padre Bérias estaba rojo como un gallo, y permaneció durante un buen rato sobre el pescante del coche sin despegar los labios. –¿Qué le ocurre a nuestro hombre? – preguntó Jeanneton. –¿Qué me pasa? Que el Sr. Faure es un canalla o un imbé- cil. –¿El Sr. Faure?... –A mí me gusta mucho; tiene un gran corazón, – observó Rosette. El aldeano continuó: –¿Lo que me pasa?... Faure quiere nuestra desgracia… nuestra ruina… Pero yo soy el que manda, yo… Eso no ocu- rrirá… –¿Lo qué?... Habla… ¿Qué te ocurre?... –Quiere casar a nuestra única hija con un joven que no tiene un pataco… que no tiene ni un metro cuadrado de tierra… Ese Parent… –El Sr. Parent es un joven muy formal. – dijo Rosette. –Sí, muy formal – repitió la madre Jeanneton.
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    20 –¿Entonces, tú losabías? –Sabíamos todo y nos proponíamos comentártelo esta no- che. –Pues bien, vive Dios que no se hará. Él, el hombrecillo encorvado, tan cariñoso de ordinario con su Poulotte, la fustigó con un golpe de látigo tal, que el po- bre animal se encabritó y a punto estuvo de caer hacia atrás. –¿Es que has perdido la cabeza, esposo? –Mamá, toma las riendas. Pasaron ante las tierras de Bérias, y el campesino tuvo el corazón encogido con la idea de que un yerno los arruinaría a todos un día. François era religioso, y se dijo que el buen Dios lo casti- gaba por su mala acción en relación con el asunto de Benoist. Y mientras la madre y la hija charlaban en voz baja en el umbral de la puerta después de la cena, él se fue a la cama pen- sando en voz alta. –Sí, vale cien veces más tener por yerno un campesino que un hombre sin un centavo… Es imposible que un hombre que nunca ha tenido dinero sea capaz de conservar el que se le da… ¡Oh! sería muy bonito que un trabajador que ha sufrido toda su vida tenga por yerno un manirroto que dilapide lo que tanto es- fuerzo le costó conseguir… Sin duda pensaba en medrar, en mirar más allá, en una persona bien educada; pero al menos era necesario que esa per- sona no ignorase lo que valía una moneda de cien centavos…. Decididamente, la Jeanneton estaba loca… ¿Acaso Rosette no era bastante joven y bastante bonita para esperar un buen espo- so? Apenas salidas del pensionado, las jóvenes deseaban situar- se, poseer hermosos vestidos e incrementar sus ajuares… Desde luego, él no se oponía a que su hija recibiese instrucción; pero cometía un error al tener ideas propias de otras gentes y querer convertirse en una dama… Lo que él quería era que su familia fuese feliz; que sus nietos – si Dios se los daba – no tuviesen que soportar escaseces… Rosette se casaría con el hijo de los Pitois, un mozo bien plantado que se valdría por su cuenta. Har-
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    21 ía las mejorasque él había soñado toda su vida: se cambiarían las tierras de la Rouclée por las viñas de la Fontaine-du-Prince; se ampliaría la casa, y cada uno tendría su propia vivienda… No había necesidad de ir a buscar la felicidad en la ciudad…. ¿Ro- sette, la esposa de un notario de Saint-Cyprien? … Jamás, jamás…Él era el cabeza de familia; él, Bérias, lo demostraría…. Las dos mujeres estaban solas en el pueblo prolongando la velada durante un buen rato. Los aldeanos – los que no habían ido a la feria –habían hecho bailar los mayales sobre las balas de trigo durante toda la jornada. Las casas blancas estaban dormidas, y sobre ese reposo del pueblo, fruto de las duras labores que solamente turbaban las canciones de los grillos, atravesaba como una tormenta de sue- ños diciendo a todos que el vino sería generoso y que una buena vendimia haría ceder con su peso las tablas de los graneros. –Mamá, me gusta el Sr. Faure. –Tienes razón, hija mía; hay que ser agradecidos con aquellos que se interesan por nosotros… ¿Entonces, el Sr. Parent no te disgustaría demasiado? –No… Tiene un aspecto dulce; creo que sería feliz con él… Pero, madre, yo no puedo vivir en el campo; necesito code- arme en sociedad… –¿Pero no temes que las damas de Saint-Cyprien tengan hacia ti todo tipo de reticencias?... Cuando paseamos por la calle algunas personas se burlan de nosotras… –Sí, personas envidiosas… Pero yo las haré callar… –Después de todo, hija mía, no te lo puedo reprochar… Haces bien en aprovecharte de tu fortuna… yo no podría acos- tumbrarme a ser una señora… Tú, en cambio, eres otra cosa; has recibido educación… eres una señorita… Se hacía tarde, Jeanneton volvió a meter las sillas en la co- cina, y Rosette ya se había acostado cuando su madre todavía daba una última vuelta por la casa para asegurarse de que el fue- go quedaba bien apagado.
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    22 Por la noche,la madre soñó con la felicidad de su hija. La veía convertida en una gran dama de Saint-Cyprien, recibiendo al alcalde, al subprefecto; y la mujer sonreía con la idea de tener un día nietos que serían unos perfectos caballeros. Rosette también pensaba en su futuro. Se decía que, una vez casada, su felicidad no conocería límites… Se reía de Saint- Cyprien, de los días de mercado, cuando estrenaba vestidos nue- vos; demostraría a todos que una dama tiene derecho a vestirse como le plazca cuando tiene fortuna y su marido es un caballe- ro… ¿La señora Parent?... No era un apellido feo, no; sonaba mejor que Bérias… Todo se reducía a una cuestión de observa- ción y paciencia. Durante los primeros tiempos se encontraría un poco incómoda adquiriendo los modales de las damas de la alta sociedad, pero se habituaría poco a poco mirando como se com- portaban las demás.
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    23 II Al día siguientedel mercado de Saint-Cyprien, el pasante del estudio del Sr. Cournet parecía ansioso. –Y bien, mi querido Prosper, esta mañana tienes aspecto soñador. – le dijo el notario al joven muchacho que reflexionaba con la frente entre sus manos. Prosper levantó la cabeza. Parecía, en efecto, salir de un sueño. Sus ojos se encontraron con los de su patrón y pareció avergonzado de haberse dejado sorprender. –¡Oh!, tranquilo muchacho… Es lícito relajarse un poco durante algunos minutos cuando uno está a punto de casarse… ¿No es así?... ¿Acaso hay que ocultarlo?... Tienes suerte, ¡qué diablos!... Y además hay parné… La Sra. Cournet y yo estamos muy contentos, ya lo creo; el estudio no podía caer en mejores manos… Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para pa- gar…. El padre François tiene recursos… La señorita Bérias es algo aldeana… ¡Bah! ha estado interna; se formará…. Bonita como un ramo de flores y rosadita…Mi buen Prosper, vas a ser feliz como un gallito tratado a cuerpo de rey… El joven no intentó interrumpir. El Sr. Cournet era un de- rroche de palabras. Lleno de tacto, fuerte en derecho, pero elo- cuente hasta no poder más; de talla corta, ventrudo, un rostro afeitado y provisto de unos quevedos de oro, ropa muy blanca y un chaleco oscuro, ejercía su profesión hacía veinticinco años, y en ese momento era el presidente de la Cámara de Notarios. Una vez vendido su estudio, estaba seguro de ser nombrado juez de
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    24 paz del cantónde Saint-Cyprien, y, como no tenía hijos, iría a vivir muy tranquilo con su esposa a su propiedad del Retol, si- tuada a tan solo algunos cientos de metros de la ciudad. Una audiencia por semana y el resto del tiempo para ocuparse de la agricultura; sería magnífico. Desde hacía tiempo, el Sr. Cornudet había querido ceder su estudio a su pasante; pero Parent deseaba darle garantías y se mantenía en sus trece aunque el notario lo interrumpía a cada instante: –Vamos ya, hombre… ¿Acaso la señora Parent y yo tene- mos herederos?... Ya podrás pagarme algún día, mi buen Pros- per… Gracias a la combinación ideada por el Sr. Faure, al casar- se Parent con la señorita Bérias, este pagaría el estudio con la dote y ya no conservaría esos escrúpulos. Prosper Parent era el hijo de un viejo maestro muerto de pena. No había conocido a su madre, y el Sr. Cournet, que, en su calidad de notable, lo había coronado doce veces con motivo del premio de la escuela comunal, se convirtió en su protector. El joven aprendiz era inteligente y ahorrador, y las buenas mujeres decían de él: –Es un muchacho decente; morirá rico. Un grave acontecimiento había estrechado los lazos de amistad que unían al notario con el laureado de la escuela. Un día, el caballo del Sr. Cournet se había encabritado en el mo- mento de la partida; el notario iba a ser irremediablemente des- pedido de su cabalgadura contra una pared, cuando el joven pa- sante se arrojó valientemente a la cabeza del caballo entre las aclamaciones de toda la multitud. Prosper había salvado la vida a su patrón. Era un gran muchacho, incluso demasiado alto, de fiso- nomía tímida y dulce; sus ojos azules denotaban bondad y recti- tud, sus manos huesudas revelaban una fuerza física poco común. Su porte era un poco pesado; y, – cosa singular, – sus hombros, hombros de atleta, parecían debilitarse bajo el peso de
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    25 algún fardo invisible.Se hubiese dicho que el gigante intentaba disimular su ruda musculatura. Las mejillas estaban intensamente coloreadas; la barba era rala. Por encima de unos grandes dientes blancos aparecía sola- mente un fino bigote castaño del mismo color que el de los ca- bellos cortados a cepillo. Prosper tenía veintiséis años, y desde su salida de la escue- la trabajaba en el estudio en compañía del viejo Clapier, un mo- delo de puntualidad y abnegación. Clapier estaba allí hacía die- ciocho años; quería mucho a Prosper y juraba a sus grandes dio- ses que desearía servirlo como amo. Eran aproximadamente las tres de la tarde, cuando el Sr. Faure se presentó en el estudio del Sr. Cournet. Prosper estaba solo. Mientras escribía sobre el papel tim- brado, recordó la conversación de la mañana y se sumió por completo en sus recuerdos. Volvía a ver la iglesia y la plaza donde podía contemplar a la señorita Bérias. Pensaba en los pa- seos de las internas de la pensión Castel, durante los que seguía a las jóvenes que se dirigían en fila por el sendero del bosque de los Eglaniers. Y entre todos aquellos vestidos y movimientos de sombrillas que arrojaban al sol sus deslumbrantes matices, lo- graba distinguir el objeto de sus sueños. ¡Cuántas veces, una vez que la larga hilera de vestidos había desaparecido en el camino polvoriento y que ella parecía confundirse con la negrura de los sauces, él se había sentado tembloroso sobre el talud de una cu- neta!... De regreso, se alzaba sobre los verdes montículos para ver, una vez más y desde la lejanía, los ojos de su adorada, bri- llantes como zafiros y profundos como el azul del cielo. Lamentablemente, no tenía suerte. Su sueño era una locu- ra. Por todo ello, su emoción se intensificó cuando el Sr. Fau- re se sentó a su lado con aire serio y benevolente a la vez. –Prosper, puedes ponerme una vela… El asunto va sobre ruedas. Parent se puso pálido.
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    26 –¿Entonces no meencuentra demasiado feo, ni demasiado alto… ni demasiado pobre? –¿Demasiado feo?... Estás soberbio. ¿Demasiado alto?... Ya me gustaría a mí tener tu talla. ¿Demasiado pobre?... Ga- narás diez mil francos anuales… Mi querido notario, la boda tendrá lugar dentro de seis semanas. Bérias dará el brazo a tor- cer… –¡Ah! ¿El Sr. Bérias no me quiere de yerno?... –No he dicho eso… François solamente objeta que no tie- nes fortuna; pero la señora Jeanneton y yo le haremos ver que tu profesión de notario reporta más que sus tierras… En cuanto a Rosette, no cabe en sí de gozo… –¡Pero la señorita Rosette no me conoce!... –Te conoce como su bolsillo; te ha visto cien veces en la iglesia… –Creo que podría hacerla feliz… –¡Caramba! El viejo Clapier acababa de entrar. –Hombre, Clapier, asistirá a la boda, ¿verdad? –¿Así que es cierto lo que se dice en Saint-Cyprien?.... ¡Oh! ¡Estupendo! ¡mil veces estupendo!... En toda su vida, Clapier jamás había sido tan elocuente; estrechó vigorosamente la mano de su futuro jefe y se entregó a su tarea, alienando las minutas en los gruesos archivadores de madera de castaño, sintiéndose tranquilo, pues temía ver el estu- dio pasar a manos extrañas. El Sr. Faure y Prosper Parent charlaron algunos minutos más y se citaron para el día siguiente en la Croix-du-Jarry. Bérias se había calmado un poco. Su mujer le había dicho tantas cosas durante la noche, insistiendo sobre el dinero que reportaría la notaría y sobre la vida ordenada del Sr. Prosper, que François no encontraba nada que responder. Jeanneton le recordaba que el Sr. Cournet daría toda su fortuna a su sucesor. ¿Todos estarían celosos?... ¿Qué es lo que él podía hacer?... Después de todo, ella tenía derecho a hablar, ella, la mujer que
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    27 durante toda subidahabía ahorrado para dar un porvenir a su hija. ¿Quién podría calcular todo lo que había obtenido con las ventas de aves, de huevos, de frutas, de legumbres del pequeño huerto, todas esas cosas que en el campo constituyen el premio de los campesinos a su trabajo? En lugar de dedicar ese dinero a sus vestidos, como lo hacían varias vecinas, lo había ahorrado a plazo fijo. Sería la sorpresa del contrato… El Sr. Faure era un hombre de orden y si el partido no fuese conveniente no lo hubiese propuesto. El Sr. Faure sabía de eso más que ellos y se le consideraba siempre como un experto en transiciones comer- ciales y en las estimaciones del capital… Por lo demás, la pe- queña no se atrevía a confesarlo, pero estaba encaprichada de Prosper: ella quería a este y no a otro. Bérias no tenía más que esa hija, y no era hombre para dejarla morir de amor como la hija de Mathurin… La hija de Mathurin se había prendado de un criado de la granja y, en una noche fría de invierno, el padre había echado de su casa a los dos enamorados. ¡Pobre Blanchet- te! había arrastrado su fardo durante seis meses, y luego acudió furtivamente a casa de la Binchoune, la abortista, y había muerto por falta de cuidados!... ¡Ah! A Dios gracias, no era el caso de Rosette; su Rosette era una muchacha decente y su galán digno de ella… No habría que educarla como señorita si no quisiera casarse con alguien de su rango… Por añadidura, les darían la dote y tanto peor para los casados si no eran ahorradores… Todos esos razonamientos, unidos a los de Rosette, habían vencido la resistencia de Bérias. Tanto fue así, que al día siguiente, cuando el Sr. Faure y Prosper llegaron a la Casa-Blanca, quedaron felizmente sor- prendidos de la calurosa acogida del dueño de la granja. Se les esperaba para el almuerzo del mediodía. Los cubiertos se habían dispuesto en la habitación que precedía al apartamento de Rosette, y esta alineaba flores sobre la mesa mientras los hombres se calentaban la espalda en la enorme llama que hacía resplandecer las lozas y los viejos co- bres de las alacenas.
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    28 La joven llegóa la cocina con un hermoso vestido, la mi- rada modestamente baja; el Sr. Faure la besó en la frente y Pa- rent la saludó sonrojándose. Se sentaron. Bérias habló mucho del oídium que arrasaba las viñas. El Sr. Faure dio indicaciones precisas sobre los trata- mientos con fosfatos y los numerosos modos de mejorar la ferti- lidad en los suelos calcáreos. En los postres, el Sr. Faure ofreció unos cigarrillos, y François tomó uno. –Papá, eso te hará daño… ¿Usted no fuma, Sr. Parent? –No, señorita. –Ya ve usted, – dijo el Sr. Faure;– ni un defecto. Bérias miraba su cigarro. –Esto cuesta un centavo… Un centavo es un centavo… Los dos jóvenes se paseaban por el jardín. –¿Usted trabaja mucho en casa del Sr. Cournet? –¡Oh! sí, señorita. –¿Y la señora Cournet ofrece veladas? –No, señorita. La señora Cournet vive muy retirada. –¿Fue usted al último baile de la subprefectura?... ¿Se di- virtió? –No me gusta bailar, señorita. La ropa de la colada estaba extendida sobre los setos del jardín, y la madre Jeanneton recogía por aquí y por allá una ca- misa, un pantalón, una blusa. –¡Qué olor más agradable!... –¿Le gusta, señor? –¡Oh! sí, señorita. Y Prosper se embriagaba de la fragancia de la ropa recién lavada, y cerrando a medias los ojos, se decía que sus anhelos de felicidad comenzaban a realizarse y que su novia era tan dulce como hermosa. Llegaron así hasta el gran roble cuyo ramaje bajo formaba un lecho de descanso. Era el orgullo del pueblo ese roble secular que el padre Bérias había dispuesto de ese modo podándolo gra- dualmente año tras año con paciencia y esmero.
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    29 Rosette hizo sentara Prosper sobre las verdes ramas y el joven se dedicó a contarle sus sueños, tímidamente al principio, hasta que los grandes ojos de su novia lo enardecieron. En el umbral de la puerta, Bérias masticaba su cigarro que había vuelto a encender diez veces sin éxito y que finalmente decidió tirar. Jeanneton recogió el cigarro: –Esto ahuyenta las polillas. –Pues bien, mi viejo François, – decía el Sr. Faure – ya ves que esto irá por sí solo. –¡Habrá que ver, qué diablos!... El Sr. Prosper tiene un buen tipo, pero no se le conoce a pie levantado. Detrás de los setos del jardín, se oían las voces de los dos jóvenes cuya conversación se animaba. Regresaron todos a la cocina. La madre Jeanneton vertió un dedo de licor de grosella in- clinándose hacia su esposo. –Invítale al menos a regresar…. La petición está en regla. –Siempre será un placer cuando quiera volver a visitarnos, señor Parent. Prosper se volcó en agradecimientos, y los Bérias acom- pañaron a los visitantes hasta la Croix-du-Jarry. Era muy antigua esa cruz de roble colocada en la encrucijada de cuatro caminos, pero el pueblo le debía su nombre y por eso era respetada. El pasante del Sr. Cournet regresó a menudo a la Croix- du-Jarry, y cierta tarde se encontró allí con el cura de la parro- quia y sus testigos. Acababa de ser titulado notario y las amonestaciones hab- ían sido hechas. Ahora se trataba de decidir las invitaciones para la boda. Rosette convenció a su madre de que no podían invitar a todos los aldeanos del pueblo, y se restringió el compromiso a algunas familias íntimas de Saint-Cyprien. Esta boda sería legendaria en la región al quedar excluidos hermanos, tíos y sobrinos. François quiso protestar: se le dijo que las burdas chaquetas de pana no formaban parte del mundo
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    30 al que pertenecíanel subprefecto y su esposa, el consejero gene- ral del cantón, el alcalde de Saint-Cyprien, las damas Castel, el comandante Benjamin y el arcipreste Lambert. El hermano de Bérias, Pierre, padrino de Rosette y exclui- do de la lista de invitados, apenas pudo contener su rabia. El tiempo, que había aparecido magnífico esa mañana, se tornó de repente en una lluvia torrencial y retrasó la salida del cortejo. François Bérias, en levita estrecha ajustada a su cuerpo delgado y nervioso, y la madre Jeanneton, obligada en esta oca- sión a llevar un sombrero de dama, daban sus órdenes. ¡Cuántas protestas cuando Émilie la modista trajo el sombrero! –¡Jamás me atreveré a llevar eso! –Pero, señora, es la moda. Ella se burlaba de la moda, la valiente mujer que de ordi- nario vestía con pañuelos de color. Si cedió a las súplicas de la recién casada, no fue más que por condescendencia hacia la so- ciedad de abolengo: se quitaron las plumas de avestruz y se sus- tituyó el terciopelo rosa por una banda sencilla de seda negra, y no quedó del tocado más que una sombra de sombrero cuyos lazos anudados en el cuello se desplegaban a modo de inmensas mariposas pinchadas en un marco. Llegaron los coches de alquiler con sus grandes caballos percherones que se hundían en los surcos. El Sr. Faure condujo al novio en un coche de capota que había pedido prestado para la ocasión a un médico de la ciudad. La alcaldía estaba situada sobre un montículo, a la derecha del camino departamental y solamente a algunos cientos de me- tros del pueblo. Se hizo observar que no valía la pena subir en coche; pero el aire compungido de Rosette fue motivo de los reproches de Bérias, y todo el mundo comprendió que se debía un cierto respeto al vestido inmaculadamente blanco de la novia. Prosper vestía un traje. El Sr. Cournet había tomado en su armario un viejo frac cuyas arrugas cuidadosamente planchadas todavía conservaban el recuerdo de las viejas alegrías de su ju- ventud.
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    31 Todos estaban engalanadosy lustrosos. La granja había sido decorada con telas blancas sobre las que se destacaban las guirnaldas de boj. Los grandes bueyes habían sido llevados a otros establos, y las ovejas, cansadas del ruido, balaban como jamás habían balado. Una mesa con patas de hierro rodeaba las grandes bodegas. En la entrada aparecían dos toneles tapados, ellos también con un paño inmaculado, y coronados de ramas verdes. En toda esta puesta en escena había un aire de fiesta que contrastaba singularmente con las caras de mal humor de los habitantes del pueblo. Aquí y allá se formaban grupos, y se di- rigían las bromas más crueles a esa Rosette a la que los viejos habían hecho bailar en sus rodillas y que ahora los miraba como si fuesen perros. En la fuente, las mujeres hablaban acerca de la injustica del destino; y a veces, delante la granja abierta, iban a instalarse jóvenes muchachos de gran vientre, con la camisa por fuera del pantalón, que permanecían absortos ante todo ese ele- gante mundo. Se llegó a la alcaldía en coche. La novia en su largo vesti- do blanco, con los ojos llenos de llamaradas, estaba feliz. Sobre todo se felicitaba de no haber hecho el trayecto a pie: se habría visto obligada a dar el brazo a su padre. Desde luego no era en absoluto que no quisiese a su viejo padre, pero temía parecer ridícula del brazo de un anciano encorvado, y se decía que ya era suficiente con tener que atravesar la iglesia en su compañía. En la alcaldía, el Sr. Fouquel, grueso granjero de la familia de los Jamaye, se mantenía serio, con la cinta tricolor y henchi- do de dignidad. La joven pronunció el sí sacramental con tono firme, y, una vez consagrada la unión, salió tan deslumbrante que el alcalde no se atrevió a reclamar sus derechos. Se dirigie- ron a la iglesia. Las campanas repicaban por doquier, y los críos colgados de las cuerdas se elevaban en el coro de la iglesia a alturas prodigiosas. La señorita Levallois, una amiga de Rosette, tocaba el armonio, un viejo armonio cuyo teclado de tan usado que estaba no producía más que piadosos quejidos.
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    32 El regalo delos novios consistía en dos sofás de flores ro- sas y fondo azul. La madre Jeanneton quería dar al cura un man- tel de altar; pero Rosette, previsora en todo, jamás hubiese con- sentido en sentarse sobre las viejas sillas tapizadas de la parro- quia. El cura dirigió algunas palabras a los recién casados, y eran las doce cuando salieron de la iglesia. Los coches estaban esperando a los novios, rodeados de algunas mujeres curiosas. De regreso a la casa, los invitados se dispersaron unos por el jardín, otros por los campos donde los vecinos se ocupaban de la cosecha. Solo las damas tomaron posesión de las habitaciones para ordenar sus equipajes, y tuvieron que responder a las pre- guntas de Rosette sobre los muebles que debía comprar y las reparaciones que se proponía realizar para decorar conveniente- mente la casa del Sr. Cournet. La novia repetía a cada instante que había convenido con su marido que se haría construir una casa para recibir a la socie- dad. Jeanneton iba y venía en la cocina, y François tomaba desvíos, avergonzado de atravesar el pueblo con los dignos ca- balleros que lo acompañaban. Las parrillas se combaban bajo el peso que soportaban; las marmitas silbaban sus canciones, y las criadas de mejillas escar- latas, arremangadas, con un gran delantal de tela, servían al jefe de cocina que fumaba cigarrillos y era, con su uniforme blanco, la admiración de los muchachos plantados en las encrucijadas. Los cubiertos estaban dispuestos sobre un mantel de da- masco, un regalo de la familia Cournet. Las damas deshojaban cuadernos de papel de cartas y escribían los nombres de los invi- tados por edad, por situación social o más bien según el buen criterio de una de las damas Castel. Durante la comida, se con- versó suavemente, y el champán fue impotente en reanimar los espíritus. No había baile: hubiese sido necesario bailar en la sala del albergue del pueblo, y Rosette quería que todos aconteciese como en el gran mundo. Se jugó al tute, y aquellas damas que no comprendían nada de los triunfos, las cuarenta y las diez de
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    33 últimas, se pasearonsilenciosamente detrás de los árboles del jardín, divirtiéndose mucho con las bromas de la novia. Al día siguiente de la boda, se celebró un desayuno tras el cual se asistió a una misa de Difuntos y los invitados volvieron a tomar los coches de alquiler. En cuanto a los novios, todavía permanecieron dos días en la Croix-du-Jarry, dos días que les parecieron muy largos: a ella, que quería estar por completo en su nuevo domicilio de Saint- Cyprien; a él, que, ardiendo de amor, deseaba con toda su alma encontrarse a solas con su compañera. Rosette era amable con su marido, que la precedía paso a paso como un perro temeroso. Cuando paseaban, Prosper tomaba la delantera para evitar que las zarzas, que ella conocía mejor que él, no obstaculizasen su paso. En sus proyectos de organización, la recién casada plan- teaba cien ideas a cada cual más loca, que provocaban las expre- siones de asombro de su madre. Parent intervenía. –Tú eres la ama de casa. Entonces ella lo miraba con complacencia y él le tomaba las manos sintiéndose el más feliz de los hombres. Sus ojos se agrandaban en su brillo y venían a su recuerdo esas horas dema- siado cortas de la gran misa de Saint-Cyprien y de los paseos de la pensión Castel. Él se decía que su sueño se había hecho realidad, y en la profundidad del cielo azul dejaba subir una mirada llena de re- conocimiento y de amor. Por fin, la gran carriola salió de la granja: se amontaban las maletas de la esposa, las sábanas de cama de Rouen que se habían comprado para la novia y una infinidad de objetos que la madre de Rosette acababa de colocar ella misma con una solici- tud emocionante: eran botes de confitura de pavo, conservas de legumbres, quesos de Jamaye muy bien empaquetados. La dama protestaba, pero la madre siempre tenía razón. –Sé lo que es la ciudad y lo caro que es todo. La arrojada campesina sabía mejor que nadie los precios del mercado al que había asistido durante veinte años, haciendo
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    34 a pie lalarga ruta y regresando por la tarde, con telas blancas que amontonaba en sus cajones con una sonrisa de legítimo or- gullo. El Sr. Faure había ido a buscar a los recién casados en el coche de bodas, y la carriola del padre Bérias los seguía hacien- do crujir los guijarros del camino. Jeanneton subió hasta el alto de la colina de la Gruta, y cuando perdió de vista a su hija se dijo que ese era su trabajo y al que debía consagrarse, y se feli- citó pensando que Rosette se convertiría en una gran dama. La carriola marchaba siempre al trote: era todo lo que pod- ía hacer Poulotte con la enorme carga que llevaba. Rosette tenía prisa por llegar. Deslizó algunas palabras al oído de Parent. Este pareció resistirse: –¡Oh! no, eso le apenaría demasiado. –No es así como debemos entrar en Saint-Cyprien. Y sin detenerse ante las objeciones del Sr. Faure, ella gritó: –Padre, vamos a tomar la delantera… Preparemos la cena para cuando llegues… ¿No te importa verdad? La garganta del viejo se vio un poco oprimida en su res- puesta: –No, no… Tienes razón, hija mía… Seguiré al paso… El Sr. Faure fustigó su caballo, y Bérias hizo frenar a su Poulotte. Su frente se ensombreció; y luego, tranquilamente, como buen aldeano, soltó las riendas y bajó para aliviar a su animal. El notario alquilaba su casa con los muebles, y Rosette debió conformarse con las cortinas de calicó como velas y las camas pasadas de moda de las habitaciones. No iba a ser por mucho tiempo, pues Prosper acababa de adquirir un magnífico terreno situado en uno de los sitios más hermosos de la ciudad. Mientras tanto, la recién casada se hizo un nidito para ella en la habitación más bonita de la casa, y, confiada en el futuro, se dispuso a realizar sus sueños.
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    37 III Transcurrieron cuatro años.Una encantadora niñita llama- da Andrée – un nombre elegido por la madre – había venido a alegrar el matrimonio de los Parent. El notario adoraba a su esposa; buscaba toda ocasión de escapar de sus clientes para subir rápidamente la escalera y sor- prenderla, si la puerta de su habitación estaba abierta, con un prolongado beso de amor. A menudo era bien acogido; pero como Rosette a veces lo rechazaba, él bajaba a su estudio de un modo sombrío, y Clapier comprendía que su joven patrón co- menzaba a no ser feliz. Se tenía gran confianza en Parent; su matrimonio le daba crédito; su carácter serio lo ayudaba a conquistar todas las sim- patías. Cada domingo, los paisanos acudían al estudio portando sumas para depositar, y concedían todo el poder al nuevo nota- rio. El Sr. Cournet había sido nombrado juez de paz del cantón de Saint-Cyprien, y después de las audiencias del jueves, si dis- ponía de tiempo antes de regresar a su casa de campo, se dirigía al estudio para saludar los viejos legajos que dormían en sus archivos de madera. Los esposos Parent estaban instalados en su nueva resi- dencia. La casa de construcción moderna, al estilo turco, con una única ala adelantándose al cuerpo de la edificación, estaba aho- gada en las sombras y el verdor. Habían tenido la buena idea de elegir un terreno donde los árboles ya estaban completamente desarrollados, donde los setos del camino estaban plantados y donde bajo el ramaje se extendían inmensas praderas. El plano había sido ejecutado según un modelo que había obtenido un premio en la Exposición Universal de 1855. Pero si los paisanos admiraban la entrada de piedra con columnas es-
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    38 culpidas, si permanecíanabsortos ante la balaustrada de hierro que precedía al invernadero de flores de todos los matices, se reían entre ellos de ese castillo que todavía no estaba terminado. –¡Una única ala en una casa, es como un perro con tres pa- tas!... Un arroyo discurría al fondo del jardín y, del lado opuesto al arroyo, una única casa ocupada por el alcalde de la ciudad, Sr. Loudois. Los cedros del Líbano, las tuyas doradas y plateadas, los macizos de rododendros, las yucas de espinas puntiagudas, los geranios de abigarrados colores, todas las plantaciones tenían muy buen aspecto y esperaban la llegada de la primavera para exhibirse. A lo lejos, perdido a medias entre los árboles de resis- tente follaje, un cenador construido al estilo de una mezquita. La vida real de Rosette comenzó cuando se sintió bien en su casa en medio del lujo que la embriagaba. El notario no articulaba palabra cuando los pesados coches de los camioneros llevaban los muebles encargados a los más prestigiosos carpinteros de París. Bérias estaba estupefacto; en cuanto a Jeanneton, decía que Rosette tenía razón; que no había de que preocuparse; que los notarios ganaban dinero a espuertas. Rosette se prodigaba en dulces zalamerías para convencer a su marido cuando por casualidad este trataba de resistirse. –Pero querida, ya tienes un armario de espejo y un chifo- nier… –Prosper, deja hacer a tu mujercita a su guisa… Podemos recibir a la gente de alcurnia; no debemos permitir que nuestros invitados estén peor sentados que en un albergue… En los primeros tiempos, la habitación de los esposos era común; pero la señora Parent había hecho observar que era con- veniente que una mujer tuviese una estancia privada. Las lectu- ras de algunas novelas le calentaban la imaginación, y sobre todo experimentaba un intenso placer con las aventuras de la reina Margot, que recibía a sus amantes por todos los rincones de la casa ante las propias narices de su esposo. Se amuebló una habitación para el señor.
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    39 Esa noche, laseñora Parent ofrecía una cena a algunas personas. En el gran salón que daba frente el invernadero, se observaban dos cuadros debidos al pincel de un amigo de la ca- sa, el Sr. Moulineau, que se dedicaba a la pintura en sus horas libres: una de las telas representaba un peregrino caminando hacia el desierto: una copia bastante mala del «El Naufragio de la Medusa »1 . El fuego ardía sin crepitar como conviene a un fuego con buena compañía. Los criados, ambos nuevos – se les cambiaba a menudo – colocaban sobre la mesa unos candelabros sin estilo cuya luz se reflejaba en los cristales y en los rostros de los invi- tados. Parent quiso saber si se invitaría a la familia Bérias. Rosette zanjó la cuestión: –Mi padre y mi madre se sentirían molestos en presencia de personas que no conocen. El Sr. Parent no insistió más, y Rosette convenció a los Bérias de que el invierno era riguroso y que, en su interés, har- ían bien permaneciendo en casa. Transcurría el mes de enero. La nieve caía hacía algunos minutos, y el polvo de blanca escarcha danzando en el aire que- daba adherido a los cristales de los altos ventanales, cuando Lavérie, un muchacho que había servido en uno de los primeros hoteles de Burdeos, vino a anunciar: –La Señora está servida. La conversación, un poco apagada al principio de la cena, pareció animarse a los postres. Prosper, sentado frente a su esposa, tenía a su diestra a la señora Gavier, la esposa del subprefecto; a su izquierda, una vecina, la señora Loudois. Luego se encontraban el Sr. Cournet, el Sr. Faure, el comandante Benjamin, un anciano retirado que 1 Óleo realizado por Géricault entre 1818 y 1819, que encarna a la perfección la corriente romántica por el tema elegido (el naufragio de la fragata Medusa) y el carácter dramático de la representación. (Nota del T.)
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    40 había obtenido laautorización para llevar su uniforme militar a cualquier hora y en cualquier lugar. A ambos lados de Rosette, el subprefecto de Saint-Cyprien, el alcalde Sr. Loudois, el Sr. Victor Moulineau, pintor y poeta, y finalmente un joven alto, pálido y rubio que había acudido, sin ceremonia, en chaqueta azul, pantalón gris y pañuelo de seda por encima del bolsillo. Era el Sr. Georges, el hijo del alcalde. Su familia le había rogado que se pusiese algo más formal: se había conformado con res- ponder que uno no se aburría en casa de los Parent. El joven hablaba mucho y, siempre acariciando su fino bi- gote, había tratado varias veces de cruzar su mirada con la de Rosette; pero esta, completamente volcada en los trasiegos del servicio, había evitado sonreír. El Sr. Georges mantenía una conversación muy animada con la esposa del subprefecto, bas- tante orgullosa de sentirse cortejada de ese modo. El diálogo tenía lugar por encima de los hombros del comandante, que se bajaba de vez en cuando para dejar pasar las lisonjeras palabras que él también trataba de comprender. –Los negocios parecen repuntar – acababa de decir el Sr. Faure. –Sí, – dijo el Sr. Moulineau– pero estamos invadidos por la producción extranjera. –Es el progreso – añadió el notario. –El mercado libre – exclamó el subprefecto – no hay otra cosa… El mercado libre es la gran idea del siglo… Su Majestad el emperador… El café estaba servido. Pasaron al salón, y la propia señora Parent hizo los hono- res con una gracia encantadora. El Sr. Victor Moulineau pronunciaba a cada instante unos juegos de palabras para regocijo del comandante Benjamín. El alcalde de Saint-Cyprien era un anciano serio, un gigan- te de la estatura de Prosper. Su hijo decía de él: –Tiene todo lo que hace falta para actuar. Lo importante es imponerse por la altura. En el comedor, los criados charlaban:
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    41 –Buena casa,– decíauno de los criados vaciando los fon- dos de las botellas… – Son ricos, pero no son del mundo chic… Fijaos, cuando yo estaba en Burdeos… –Son buena gente, – respondía Léonard, un infeliz joven que Prosper había recogido en la calle…– La Señora es un poco brusca, pero es buena… –¿Léonard, no tienes hambre? –Vamos a comer a la cocina… –Sí, pero eso no impide… Esos trocitos de turrón… Sonó un timbre. –Ya voy yo… Y, ampuloso, el criado se dirigió a la llamada de su ama. –Me has hecho esperar. Como un profesional, Lavérie permaneció impasible. –Prepara las mesas de juego. Que te ayude Léonard. En el corredor los dos criados conversaban a frases cortas: –Siento frío en la espalda cuando la señora Parent me mi- ra… ¿Y el padre?... Completamente jorobado… –Un buen hombre… –Sí, un buen hombre, pero aldeano, ¿no?... Al ver las costumbres de la señora no hay duda… Hay que ver lo rápido que se acuesta… Como para pasar un buen invier- no…. Aquí se acuestan a la misma hora que las gallinas… Se propusieron varios juegos, pero finalmente se decidie- ron por el bacarrá. Las damas también intervinieron en el juego. Moulineau, que llevaba la banca, sacaba ocho o nueve a cada mano y la señora Gavier, roja de pesar, hacía chasquear sus dedos, pedía dinero prestado a derecha e izquierda. El subpre- fecto se divertía excitando los nervios de su esposa. –Blanche, vas a arruinar a la administración. La velada continuó con juegos inocentes que divirtieron enormemente a los asistentes. La conversación entre la servidumbre continuaba, y Mar- guerite, la cocinera, tomaba parte en ella. –¿Así que la Croix-du-Jarry no está lejos?
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    42 –Una hora ymedia caminando. –¿Los viejos vienen a menudo a Saint-Cyprien? –Parece que no: la señora se avergüenza de ellos… – murmuró Léonard. –Escuchad, – decía Marguerite – es que hay de qué aver- gonzarse… Es irritante tener aldeanos en la mesa… pero se equivocan en no tener aquí a la pequeña Andrée. –¿La hija de la señora? –Sí, a la señora no le gusta oír gritos, y la niña está con los Bérias desde hace ocho días, con su criada… –¿Una princesa?... –Lavérie, tienes una mala lengua… Se volverán contra ti todas esas ideas. –En Burdeos… –Tú, y tu Burdeos…. –Marguerite, ¿el alcalde da propinas? –¡Oh! un cáncer… diez centavos. –¿Y el subprefecto? –Una miseria, cinco… seis centavos… –¿Y el Sr. Georges? –Cuando está lleno es muy gentil, y si yo fuese joven… –¿Y Faure?... ¿El comandante? –Jamás dan nada. –¡Ah!... –Aquí las propinas no son cuantiosas… Conformémonos con atrapar algunos centavos… Dorinde, la ama de llaves del Sr. Berck de Villemont, dice que en París los invitados nunca dan nada… ¡Que estúpidos son los parisinos!... –¡Qué descarada es esa vieja Loudois!... –No me hables de ella; ha cambiado cuatro veces de sir- vienta en dos meses; va a condenar al Sr. Georges. –Es fea y vieja; si no fuese así no tendría que envidiar a los demás, el Sr. alcalde… –El parece más joven que ella. El ruido del piano llegaba hasta la cocina. –¿Bailan?
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    43 –¿Quién toca? –La SeñoraGavier… –¿La reciben a menudo? –Cada ocho días. –¿Y nuestros amos salen alguna vez? –Sí, van a casa del alcalde, a la del subprefecto… –Bueno…. a la primera de cambio organizamos una parti- da con los vecinos…. –¡Caramba! incluso podríamos distraernos… Tendremos a Léveillé, Bernireayu, Cavantou…. Nuestra amiga Marguerite asará una buena gallina… Yo me encargo de los dulces… y unas botellas… Las damas tomaron sus abrigos, y Rosette, que tenía nece- sidad de aire, las acompañó. Georges tomó del brazo a la señora Parent, que había in- sistido en ir hasta la subprefectura. –¿No teme usted al frío, señora? –No, señor… –Su velada fue deliciosa. –Es usted demasiado indulgente. –Su vestido le sienta de maravilla. Diciendo eso, él la estrechaba de cerca y ella se sentía temblar. –No vaya más lejos, señora Parent, – dijo la señora Lou- dois… – Hace un tiempo espantoso… Está comenzando a ne- var… Rosette tomó el brazo de Prosper y ganó rápidamente la puerta. –¡Qué desorden! – observó el Sr. Parent cuando atravesó el comedor. –Siempre has de quejarte de algo. Él la siguió hasta su habitación, y mientras ella se desanu- daba los cabellos, él quiso besarla en el cuello. –No me molestes… Estoy cansadísima…
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    44 Él se habíasentado humildemente sobre el sofá, admiran- do los largos cabellos que caían en cascada sobre el camisón bordado. –¡Qué hermosa eres! –Por favor. –Anda, bésame… aquí, en la frente… –Se razonable. Vete ya. Él salió y de inmediato ella giró dos veces la llave en la cerradura. Durmió mal, o más bien no durmió. La vela se consumió sobre su mesilla de noche mientras el viento hacía temblar los marcos de la ventana y la nieve se convertía en lluvia que caía con un fuerte crepitar. Apoyada sobre una almohada de encajes, Rosette leía un folletín y, tras haber vuelto la página, volvía a poner sus manos bajo la cubierta. Su pequeño gorro de dormir, de un rojo intenso, le daba el aspecto de una de esas madonas que se ven en las iglesias italianas; y, al igual que las mandonas, su mirada trascendía más allá de las cosas de este mundo y as- cendía más alto que las pinturas del techo donde unos ángeles desplegaban sus alas en una nube de oro. Su imaginación se colmaba de aventuras galantes que había leído, desde la leyenda de la admirable Safo hasta las novelas contemporáneas. No hab- ía sospechado que su vida habría de ser tan tranquila, y casi la- mentaba haberse casado. La joven mujer volvió entonces a recordar los años pasa- dos en su pueblo, cuando iba por los caminos sombríos, ignoran- te aún de las cosas que ahora la turbaban. Se volvía a ver, vestida con su vestido de indiana, con un gran sombrero de paja de Italia, sentándose en el borde de un prado, con la mirada perdida en las altas ramas de los robles, escuchando las canciones de los cuidadores de bueyes interrum- pidas por el rodar de las grandes carretas; oía las risas alegres de su viejo padre, cuando la cosecha amenazaba con hundir las tablas de los graneros y el vino desbordaba de los barriles. Ahora era mujer y otras quimeras embargaban su alma… Le hubiese gustado sin embargo revivir el pasado…
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    45 Escuchó unos pasos. –¿Erestú, Prosper? –Sí; he visto luz en tu habitación; casi es día… ¿te encuen- tras mal? –No… ya pasó… ¿Quieres entrar?... Se levantó, puso su bata de terciopelo azul, calzó sus zapa- tillas y entreabrió la puerta. El ruido de la bata arrojada al suelo y el roce del edredón, advirtieron a Prosper que ya podía entrar en la habitación de su esposa. Entró, embriagado por ese olor que se desprende del cuerpo de la mujer. Prosper no había dormido nada, y mil ideas confusas hab- ían bullido en su cerebro. Ya no era el mismo hombre. Desde hacia tiempo su gorro de algodón de doble fondo había desapa- recido; de ordinario, ponía un fular de seda. En este momento se presentaba con los cabellos largos, la raya en medio de la cabe- za, en chaqueta de franela blanca, después de haberse mirado veinte veces en el espejo. Llegó al lado de la cama, recogió la bata, la depositó sobre un sillón y encendió una vela para reemplazar la que acababa de consumirse. –Da la sensación de que te doy miedo – suspiró Rosette pasando sus brazos alrededor del cuello de su marido. –¡No me detestas, entonces! –Pero, amigo mío… –Es que tengo que confesarte algo… ¿Me perdonarás? He escuchado a tu puerta… Hablabas con mucha exaltación… –¿Yo?... No me acuerdo. –Mira, Rosette, la vida no es tal como la describen los li- bros; todas las novelas están escritas a placer… todas mien- ten…. La existencia feliz es la que se pasa junto a una esposa amada y a la que se ama siempre… una compañera que tiene derecho al respeto de la gente… Hay que ser decente y arrojar los sueños insensatos… En eso consiste todo…
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    46 –Es cierto, Prosper.Leo demasiadas novelas; mi imagina- ción se dispara… Tú eres el mejor de los esposos y me arrepien- to de haberte echado tan bruscamente… –Hay que dejar a un lado las novelas y retomar el piano; eso te distraerá… –Estoy un poco oxidada con la música… –Las damas Castel dicen que tienes muy buena disposi- ción…. Sería conveniente tomar algunas lecciones…. A la seño- rita Millaud no le importaría venir aquí…y además, te verías obligada a impartir lecciones a nuestra pequeña Andrée. –Lo intentaré si es lo que quieres. –Tu marido no es despreciable, Rosette; harías mal en preocuparle. ¡Hemos sido felices durante cuatro años!... –Seguiremos siéndolo… –¿Qué quieres? Dime. Yo siempre he estado ocupado con los papeles y no se adoptar buenos modales. –Te quiero como eres, Prosper. –¿En serio? –Claro. Y ella lo abrazó con una irritación súbita que se disipó en- seguida. –Todavía no me encuentro muy bien, Prosper… No es culpa mía, vete… Adiós, el sueño me vence; adiós… –Adiós; te quiero. Él se retiró con pasos lentos, volviéndose de ven en cuan- do para contemplarla en su abandono. La mujer se había ador- mecido, con los brazos indolentemente caídos, la cabeza amoro- samente inclinada, la boca sonriente: Prosper se dirigió a su es- tudio con el corazón tranquilo y lleno de ardor por el trabajo. Desde que el matrimonio Parent habitaba en su nueva ca- sa, los Bérias raramente acudían a Saint-Cyprien. François no podía olvidar que cierto día de mercado, su hija Rosette le había llevado suavemente a la mesa de la cocina diciéndole que esta- ban en los postres, que había invitados y que no sería de buen gusto para todo el mundo ver reaparecer la sopa. El campesino
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    47 se había sentadocon los criados y se le había reservado una es- quina de la mesa cubierta con un mantel. La Jeanneton enrojecía por el modo en que trataban a su esposo. –¡Eres un cobarde! Habrías debido presentarte en el salón y montar una escena a todos esos caballeros y a todas esas bellas damas. ¡Esto es una infamia! ¡Nosotros, que nos hemos arranca- do los mendrugos de la boca para dar un futuro a nuestra hija! Es por ella que quien nos hemos deslomado, esposo mío. El buen Dios la castigará… Pero Rosette volvió a la Croix-du-Jarry, y la cólera de su madre se disipó. El instinto de la maternidad había introducido razón en las fogosas aspiraciones de la joven mujer. Adoraba a su hija, era feliz al vestirla ella misa y de representar su rol de madre. En el pueblo llevaba vestidos muy sencillos, abotonados hasta el cue- llo, y las gallinas que la gran dama había abandonado se encon- traban con la amiga de antaño y luchaban con aleteos y cacare- os. Rosette hacía preguntas a Andrée, daba ella misma las re- puestas con voz infantil; y, feliz de haberse evadido del estrépito de la ciudad, las conversaciones, las visitas, en esa Casa-Blanca que contrastaba con el lujo de su apartamento de Saint-Cyprien, no veía más allá del canto de los pájaros que excitaba y las flo- res de los campos con las que hacía su collar. La señora Parent recibía cada mañana unas palabras de amor de su marido, privado de su ausencia pero feliz de saberla dichosa. Las cartas de ese hombre honrado le hacían bien: ella prometía volverse ahorradora, ocuparse de la educación de su hija… Bastaba una invitación a un baile para que todos su pro- yectos de mujer honesta se desvaneciesen: escribió diez cartas a Paris para su vestido, inquieta de saber como serían los vestidos de las damas, con la única intención de brillar en la primera fila de las asistentes. –Nuestra hija sienta cabeza. – decía Bérias a su esposa. –¿Tú crees?... Mira.
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    48 Y el viejoaldeano miraba, en efecto, a su hija Rosette, que corría ante ellos febril: –Regreso a Saint-Cyprien… Va a celebrarse un baile; y si faltase esas damas estarían muy satisfechas.
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    49 IV Llevando indistintamente lablusa negra o la chaqueta con botones de cobre, el Sr. Faure era reputado a dos leguas a la re- donda por su habilidad en las ventas de bienes. Los notarios lo invitaban a su mesa y tomaban precauciones muy particulares con su nerviosa persona. Tenía negocios en Marny, en Lamète, pero reservaba los más importantes para el estudio de Saint- Cyprien. El Sr. Cournet le había gustado por su eficacia y ama- bilidad; en cuanto a Prosper, era sabido el afecto que le profesa- ba el jefe de la cinta negra. Siempre por montes y por valles, alentando los intercam- bios de terrenos, excitando a los vendedores, reclutando a los compradores, pero actuando siempre con lealtad, el Sr. Faure era una excepción a esa horda poco respetada que va a través de los campos engañando a los aldeanos crédulos sobre las condiciones de las ventas. Por añadidura, no actuaba por sí mismo: tenía mucha con- fianza en su hombre de negocios Le Challier, que se veía obli- gado, en todos los aspectos, a moderar sus ardores. El Sr. Faure había vendido tierras a François Bérias, y se había hecho rápidamente amigo de la Casa-Blanca. Animó a la familia a ingresar a Rosette en la pensión de las damas Castel. Además, la señorita, al haberle parecido inteligente y bonita, había decidido que sería la esposa de Parent, el hijo del querido camarada que él había perdido y del que decía: –El instructor ha muerto, pero Parent tiene dos padres: el Sr. Cournet y yo. En el estudio, Rosette encontró al Sr. Faure que venía a anunciar al notario que la venta de las Thermettes tendría lugar al día siguiente, en al Châtre des Vergnes.
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    50 –¿Es un buennegocio para nosotros, señor Faure? –Ya lo creo, pequeña… señora. Perdón… –¡Oh! Llámeme «pequeña Rosette» como lo hacía antaño, cuando yo bailaba sobre sus rodillas… Desde luego, me horrori- zan las familiaridades sin razón, pero estaría muy disgustada que un viejo amigo no las tuviese conmigo. Ella le tendió graciosamente la mano: –A la inglesa… Es la moda ahora… –¿Cuánto nos reportará la venta? –Mil doscientos francos, al menos, ¿no es así, Prosper? –Sí, si alcanzamos el precio que usted espera… –Todo irá bien con Le Challier, un vivo este muchacho, un valiente: no sabe leer ni escribir, pero no hay otro como él para ganarse a los aldeanos. Yo lo vigilo porque tengo que velar que todo el mundo nos estime… pero Le Challier es una inteligen- cia… tiene una elocuencia… –Dígale a Le Challier que no haga beber a los aldeanos an- tes del mercado – observó el Sr. Parent… –Las personas se exci- tan, y luego lamentan… –Le Challier jamás ha engañado a nadie. –¿Es divertida una venta? – preguntó Rosette. –Eso depende de los gustos – respondió el Sr. Faure; yo me siento feliz en medio de los griteríos, cuando veo a mi com- padre manos a la obra… ¡qué verborrea!… –Tengo ganas de ir con usted. ¿Es en la Chatre-des- Vergnes, verdad?... Aprovecharé el viaje para visitar a las damas Duméniaux… –Pero, – interrumpió el notario – regresaremos de noche… Eso sería exponerte… –Tengo que salir; eso arroja mis ideas negras… No hay más que hablar; estaré lista para partir. –Lo decía en interés de tu salud tan frágil… Partiremos un poco más tarde, hacia las once… –Muy bien. –Los Moreau, los Girou, los Jeandinet, el Sr. Poltin, los Leuïnard, los Puichou… ¡vamos a ver a un montón de gente!...
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    51 Era un domingo.Después de la misa principal se debía vender la propiedad del Sr. de Lornant, la hermosa propiedad de las Thermettes. Todos los ricos de la comarca se habían dado cita en casa de Legrand, el propietario del albergue de la Châptre-des-Vergnes. El patio estalla lleno de aldeanos: habían llegado de todos los pueblos vecinos, de Mersay, de Charmeuil, de Narvon, de Ninard, de los Oseraies, de la Tremblade. Se hab- ían formado ya grupos cuando el notario, con el portafolio lleno de papeles timbrados, hizo su entrada. Rosette se había apeado ante la iglesia para rezar una oración antes de dirigirse a casa de las damas Duméniaux. Al lado del Sr. Faure, Le Challier – el famoso Le Challier – peroraba sobre una mesa con los planos de los terrenos a ven- der desplegados ante él. Todas las líneas, todas las letras, todos los números de los planos, constituían otros tantos misterios para el paisano analfabeto. Sin embargo, él lo pasaba por alto, y mientras el Sr. Faure se entretenía con los Mathurin y los Jean- dou, grandes de los pueblos, Le Challier tomaba aparte a los pequeños particulares. Uno por uno los arrastraba a las esquinas del patio; y con palabras lentas y mesuradas, miradas de descon- fianza arrojadas a derecha y a izquierda, decía a Pichou que Leuïnard quería la tierra de los Néfliers y que había que antici- parse. Cuando había acabado con Pichou, se acercaba a Morea- yu, alabándole las ventajas del prado de los Rebières, alabando bien alto los quintales de nueces que se recogían en el paraíso del Breuil. Las granjeras habían acompañado a sus maridos, y monta- ban una gran algarabía conversando sobre las probables conse- cuencias de la venta, sobre los precios de los terrenos y sobre las causas que motivaban al señor a deshacerse de su propiedad. Era una auténtica fiesta. Los hombres bebían vino y las muchachas limonada gaseosa cuyos tapones volaban por el aire para gran regocijo de los niños. El sol que se ponía hacía res- plandecer a las Jeanettes de oro, las faldas blancas atrevidamen- te arremangadas sobre los variopintos vestidos.
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    52 Azules, blancos, amarillos,verdes, rojos, según las cabe- zas y según las edades, las telas pasaban y volvían a pasar en medio de los gorros de seda negra de los viejos parroquianos, de las boinas de lana de los aldeanos y los amplios sombreros de los abogados del pueblo. –Por la noche habrá que cenar, – pensaban los muchachos más vigorosos. –El Sr. Faure y Le Challier pagan la comida, pero ganan bastante con los 500 por adelantado, – decían a coro los paisa- nos. Aquellas mujeres que no eran maliciosas deploraban la ruina del propietario Sr. de Lornat. –¡Era un hombre tan generoso! –¡Sí, pero gastaba demasiado en París! –Cuando venía al castillo de Lornant arrojaba desde lo alto de su terraza monedas de veinte centavos a los hijos de los jor- naleros. –¿Cómo ha podido arruinarse este hombre que tenía tantas rentas? –Se dice que se divertía con mujeres de mal vivir, con ac- trices. –La condesa es bella como el día y dulce como un corderi- llo. –Bien tiene de que lamentarse la pobre mujer; está con su madre en el castillo de Champyans. –¿Y él? –La verdad es que no lo sé… Ha dado el poder para la venta al Sr. Faure. –He aquí lo que ocurre por gastar demasiado, y el Sr. Pa- rent es afortunado ganando oro a manos llenas… Su mujer lo desangra. –No me hables de esa… La «Gran Cartera» adopta aires de dama, una don nadie a la que he dado más de cien collejas porque siempre molestaba a mi cabra… Esa Rosette ya ni si- quiera se atreve a mirar a su anciano padre… ¡descasta- da!...¡bah!...
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    53 –Acabará mal porquetiene menos corazón que nuestro pe- rro Lulú… ¡Cuando pienso que ha estado meses enteros sin ver a su hija!... ¡Si fuese hija mía, la abofetearía! Mientras el Sr. Parent, ayudado por su pasante, daba ex- plicaciones a sus clientes, Le Challier continuaba con su perora- ta en la reunión de aldeanos. –Yo os digo: un día la tierra pertenecerá a los que la traba- jan. Hoy, los terratenientes no quieren hacer nada: son menos ricos y se preocupan menos que sus padres… Se os aconsejará tal vez invertir vuestro dinero en Tesoro público. No escuchéis a los que hablan así: los plazos fijos sin duda son sólidos; pero no es lo mismo que la tierra… Esa es la verdad, la pura verdad… La tierra se toca; se pisa; los límites están bien defini- dos…Puede llegar una revolución… la tierra permanece…. Con los bancos siempre hay un montón de dificultades: Nada hay más sólido que la tierra… ¡Oh, la tierra!... Y Le Challier, con su voz más suave se dirigía a Jeandinet, aquél al que pensaba venderle el lote más importante: –Tú, Jeandinet, que eres tan rico, si añades los calveros a tu monte de los Georges, eso te proporcionaría unas fincas sin par. Estarás feliz al salir el sol y ver tus campos y tus prados acostándose con el astro… Cuando cases a tu hija, la señorita Aglaé, darás los calveros y tu yerno no querrá otra cosa que venderlos a peso de oro… Continuaba su charla, guiñando el ojo aquí y allá, hablan- do en voz baja. –¡Amigos míos, comprad tierras!.... Vamos a comenzar por los viñedos. –¿Y los prados? –Los prados llegarán en su momento. Se produjo un dédalo de explicaciones sobre los caminos, sobre los límites. –He aquí el sendero del Barrage, la ruta de los Trembles, el antiguo paso de los Corbeaux… Tío Jeandinet, decídase. Jeandinet consultaba con sus hijos, con su esposa, con su futuro yerno.
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    54 –¿Mil francos dedescuento? –De eso nada. –Entonces no hay trato…. Los Moreau… Los edificios estaban vendidos. –Esto marcha, esto marcha – exclamaba Le Challier frotándose las manos, mientras el pasante plegaba en cuatro las hojas de papel timbrado, las elevaba a la claridad del día para comprobar su ajuste y fijaba el margen con un golpe de uña de una precisión matemática. El Sr. Parent estaba triste. De vez en cuando, miraba hacia la gran puerta entreabierta. –¿Qué te ocurre, Prosper? – dijo el Sr. Faure – sudas como si hubieses caminado tres horas seguidas. –¡Oh!, nada. –Venga… –Bueno, estoy preocupado… Rosette no regresa… Son las cinco: ya no tengo la cabeza en las actas. –Tu esposa estará merendando con las damas Duméniaux. –Tengo un mal presentimiento…. sus malditas migrañas han vuelto… –¿Qué dice el doctor? –Como siempre aconseja bromuro de potasio… pero Ro- sette no está mejor… Me mata saberla enferma… –¿La quieres mucho, eh? –¡Sí, la amo! Todavía se oía la sonora voz de Le Challier. –Esta plantación de castaños da tanto al año… La tomáis o la dejáis…. Os dejo las viñas por la mitad de su valor. –¿Y el oídium?... –El oídium se irá como el mal de las manzanas. –Apúntame… –¿No queréis el prado de la Rouchonnieère?.... Oro en lin- gotes… –Apúntame… apúntame…
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    55 Rosette acababa deaparecer, sostenida por las damas Duméniaux. Estaba muy pálida, y se dejó caer sobre la silla que le presentaba el Sr. Faure. Una de las damas contó al notario que su esposa había su- frido un desmayo, pero que se había recuperado enseguida con un vaso de agua azucarado con flor de azahar…. Se le ofreció una cama en la casa, pero ella se negó. Parent no quiso escuchar más. –Vámonos, vámonos de inmediato señor Faure, se lo rue- go, ordene enganchar. –¿Y la venta? –¿La venta?... Me da igual… Mi mujer, mi pobre mujer… Y ante los desconcertados aldeanos que retorcían sus grandes sombreros entre sus dedos, él mojó su pañuelo en un vaso de vinagre y, arrodillándose, frotó las sienes de Rosette. –Vayan a buscar si quieren otro notario; nosotros nos va- mos. Rosette pasó la jornada del día siguiente en su habitación, en bata, con las cortinas bajadas, en esa semioscuridad que para ella tenía tantos encantos. Se presentaron varias damas de Saint- Cyprien. Se negó a recibirlas a excepción de la señora Loudois, la esposa del alcalde. Cuando la amiga se fue, un golpe seco sonó en la puerta. Se inclinó dulcemente sobre el alfeizar: era el Sr. Georges que veía a ver como se encontraba. Ella miró al joven. Nunca le hab- ía parecido tan guapo. Iba hacia ella como uno de los héroes de los que estaba poblada su imaginación, y lo comparó con el hombre sin gracia que trabajaba en el estudio. Cerró los ojos para continuar con su visión, y le pareció que algo desconocido turbaba sus sentidos. La enferma se dirigió a paso lento hacia el espejo de su habitación: su frente estaba pálida, pero sus ojos negros y profundos le hicieron comprender que era digna de ser amada. No fue más que un momento de claridad. Luego, todo su pensamiento se dirigió hacia su marido, y la virgen en vestido azul que se encontraba en medio de la chimenea le dijo, por su sonrisa, que no había dejado de ser una mujer decente.
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    56 Al salir deesta ensoñación, le trajeron una gran caja que procedía de París. Ella gritó: –¡Mi vestido! En efecto, era el vestido que había elegido la semana ante- rior y que el propio Prosper había encargado. –Marguerite, te lo ruego, di al Sr. Parent que suba. La criada no hizo más que dar un paso. Prosper esperaba detrás de la puerta para gozar con la sorpresa de su esposa. –¡Oh! ya me siento mejor… Qué bueno eres; estoy muy contenta, pero… ¿te arruino?... –No te preocupes, mi Rosette; he tenido unos ingresos con los que no contaba…. La liquidación de los hermanos Vanneau me ha ayudado especialmente…. Tendrás tus albornoces de ca- chemira; quiero que mi mujercita no tenga nada que envidiar a las demás. Ella le tomó las manos y las llevó a sus labios. Algunos días después, se vio a Prosper, con la cabeza des- nuda, atravesar la plaza con gestos febriles, golpeando a las puertas de los vecinos para pedir prestado el dinero que debía entregar para el registro de sus actas. Clapier lloraba en el estudio: –¡Esta mujer será su desgracia!
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    57 V Como ya seha dicho, la casa del Sr. Loudois era contigua a la del notario. Los jardines estaban separados, por un lado por un pequeño arroyo y, por el otro, por unos muros muy antiguos. Los Parent mantenían tan buenas relaciones con los Loudois, que no pensaban en absoluto en levantar nuevos muros, aunque en un cierto lugar la lluvia u otra cosa hubiese disuelto el morte- ro y provocada una considerable brecha. Nadie se quejaba; al contrario. Antaño, para pasar los unos una velada en casa de los otros, se veían obligados a dar la vuelta por la calle, muy fría durante el invierno. Georges había dado el primer paso escalan- do el muro para ir a fumar un cigarrillo con Prosper en el jardín. Poco a poco, las piedras desaparecían como por arte de magia, los senderos acabaron unidos, y la damas, eso sí, protes- tando, se felicitaron de poder aprovechar la accidental apertura. El Sr. Parent ahorraba mucho tiempo cuando tenía que acudir al alcalde para legalizar firmas. –¿El muro es compartido, verdad? – decía el notario. –Creo que es nuestro, – decía el Sr. Loudois– debo tener una declaración de su vendedor el Sr. Planchetain. –Si es suyo, señor alcalde, – respondía Rosette – hágalo reparar. –Pero no hemos sido nosotros solos los que lo hemos de- molido, – añadía Georges: – la lluvia, el viento y todos los pe- queños genios perezosos que por la noche corren entre las tuyas y los sicomoros se han dedicado a ello… La señora Loudois intervenía en la discusión:
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    58 –Por añadidura, nohay ninguna ventaja en afirmar que el muro es de uno…. Hay que enlucirlo, repararlo. –Perdón, señora,–concluía Prosper – se tienen algunas ventajas; si por ejemplo se quisiera construir o adosar alguna edificación nueva… Se conversaba, se discutía, y el muro permanecía siempre con su gran brecha, y las largas ramas de las glicinas y de las viñas vírgenes que crecían sobre las piedras dispersas, perma- necían insensibles a las cuestiones acerca de la titularidad de la medianera. Georges Loudois, acostumbrado a la vida parisina, se aburría a menudo en Saint-Cyprien, y el notario decía a su ami- go: –Ven a verme al estudio; eso te distraerá… Acabarás que- riendo poco a poco nuestra pequeña ciudad. El otro escuchaba y pensaba en sí mismo. –Tiene razón; iré a charlar con él… Mis malas ideas se calmarán; es sana la conversación de un hombre cabal; es rela- jante. Un domingo del mes de abril, durante las vísperas, Roset- te, aún delicada, se encontró con el hijo del alcalde en el fondo del jardín. Ella había acudido allí para respirar la fragancia de las lilas que comenzaban a florecer y sobre todo para huir del tumulto de palabras y el estrépito del estudio. Apoyado al muro, Georges leía un periódico cuando los pasos de Rosette hicieron crujir la arena del sendero. –¡Oh! Dios mío, no sabía que estaba usted aquí… ¡Qué susto me ha dado! El joven sonrió: –Señora, no he hecho nada para ello. –¿Ha ido su madre a la iglesia? –Sí, señora, mi padre, mi madre, los criados, toda la casa. –¿Y usted? –¡Oh!¡yo, no! –¿Cómo dice usted eso? ¿Piensa qué usted valdría menos si rezase cada día una oración? Mire usted, es un error de los
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    59 jóvenes creer quepueden ser mejores que sus mayores… Perdón, no tengo derecho a decirle estas cosas. –Claro que sí, señora… Tan solo que la oración es un homenaje de gratitud o una súplica interesada que se dirige a Dios; para rezar hay que ser feliz; yo no lo soy… para rezar hay que solicitar algo; yo no puedo esperar que se me conceda… –¿Y de que carece usted? ¿No estaban con usted sus ami- gos la semana pasada, y no pasaron dos jornadas encantadoras tocando música, cantando?... –Estoy triste a rabiar. –¿A su edad? En ese momento, él levantó los ojos hacia Rosette. El ros- tro de la joven mujer estaba tranquilo, y bajo el gorro blanco que enmarcaba su perfil de madona, él entrevió seductoras prome- sas. –No es vida la que se lleva en el campo; es una carga que se arrastra. –Eso no es halagador para mí que he pasado toda mi ju- ventud en un pueblo. –Creo que la vida es odiosa cuando nadie te ama. –Debe usted casarse. –¿Casarme?... ¿casarme?... –Sin duda. ¿Acaso la juventud no debe tener un fin?... Su madre estaría muy contenta, ya lo creo, de tener una bonita nue- ra…. Pero, a propósito, ya se comenta algo de su boda. –¿Y con quién? –Con su encantadora prima, la señorita Varennes… –¿Marie?... Pobre niña, ella no tiene nada que hacer con- migo. –¿Teme usted no amarla? –Nunca ha habido entre nosotros más que una amistad de primo a prima… El amor es otra cosa. –Siempre se acaba por amar. –¿Usted cree? – dijo él palideciendo.
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    60 –Sí lo creo,señor… Estoy segura – respondió ella apoyándose en una gran rama de lilas cuyas flores casi marchi- tas se dispersaron a sus pies. –¿Por qué no toca usted el piano, señora Parent? Nos gusta tanto escucharla… –En primer lugar porque he estado enferma y he interrum- pido mis lecciones, y luego, cuando el Sr. Parent trabaja, no le resulta demasiado agradable oír escalas. –Quizá no le guste la música. –Claro que sí. Le gusta la música cuando tiene tiempo pa- ra escucharla. Un ruido de voces de paisanos llegó hasta ellos. –Parece que discuten. –Todos los domingos es la misma historia. –El Sr. Parent tiene mucha paciencia. –Es que tiene que ganar dinero. –El dinero, siempre el dinero… ¡Qué cosa más estúpida! Me gustaría que no existiese. –No diga eso, usted, que es tan rico… Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar. –Es la hora de la bendición… Hasta luego, señor Loudois. –Hasta luego, señora. – murmuró Georges rompiendo en- tre sus dedos un tallo de nogal que acababa de arrancar unos minutos antes. Georges no se había atrevido a confesar su amor. ¿Acaso ella no veía que él la adoraba? ¿Le estaba permitido ignorar que él permanecía largas horas en su habitación, muy triste, cuando veía brillar la luz en los ventanales de Parent? Cuando esa luz se apagaba, los celos le torturaban el corazón, y se decía que otro hombre no tenía el derecho de poseer a la que él amaba con toda su alma… Razonaba de ese modo largas horas, y su madre, por la mañana, trataba en vano de consolarlo. Rosette había tenido la audacia de hablarle de su matrimo- nio con su prima. ¡Cómo si no supiese que precisamente ella era un obstáculo para esa unión deseada por su familia! ¡Cómo si durante esa conversación tan corta, los ojos turbados de Geor-
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    61 ges, su vozalterada, el embarazo de su actitud, no hubiesen sido un indicio evidente de su dolor y de su desesperación!... Georges atravesaba rápidamente la gran avenida del jardín. En un instante tuvo la idea de regresar al lado de la rama de lilas y recoger las flores que una mano adorada había disper- sado. Esa mujer, esa aldeana de la que se había burlado antes, le atraía con su mirada de bonito demonio. Georges era honesto. La idea de engañar al hombre que era su amigo y confidente le pareció de repente como la más horrible de las monstruosidades. Se sintió despreciable, y, en su imaginación desbocada, se presentó Marie, su novia dulce y bella, adornada con todas las cualidades. ¿Cómo había podido comparar a Marie Varennes, una señorita distinguida, con la «Gran-Cartera», de la que todos los paisanos se burlaban? Esa misma noche, se confió a sus padres: quería acabar con su vida de soltero; sería feliz casándose con su prima lo an- tes posible. La señora Loudois estaba radiante: –Mi Georges, mi querido hijo, eres bueno… Ya sabía yo que no había que desesperar contigo. El padre apretaba las manos de su hijo. –¡Es Marie la que va a ser feliz! –Pero, os lo ruego, que se haga todo pronto. –¡Eh! ¡eh! tienes buenas disposiciones, mi Georges… Pero has de dar tiempo para publicar las amonestaciones… ¡A partir de mañana, iremos juntos a las Bastides para ver a la tía Sim- éon!... Las cosas irán rápidas… Cuenta con ello. –Bien, no hablemos más de ello ahora. Esta seria determi- nación me ha turbado un poco aunque al mismo tiempo me re- gocija… No me siento cómodo. La señora Loudois se confió a Rosette: –Georges se casa. –¿Con la señorita Varennes? –Sí, querida, estamos en una nube… Se ha decidido brus- camente… Imagínese usted que desde hace algunas semanas, mi
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    62 hijo tenía enla cabeza ideas descabelladas… Quería ir a la India y expatriarse para siempre… Una palabra mía lo ha traído al buen camino…. ¡Bravo Georges! es un corazón de oro… Mi sobrina Marie es encantadora… y de una dulzura... Un que- rubín… Partimos esta tarde para las Bastides… Avise al Sr. Pa- rent. El contrato…. dentro de algunos días… ¡Oh! qué feliz es- toy, señora Rosette… ¡Si supiese todo lo que he sufrido cuando veía a mi Georges agitado, febril, permaneciendo horas enteras sin hablar! Rosette se entregó a la oración. Buscaba una alternativa a sus penas en los oficios, mientras los órganos inundaban las bóvedas de armonía. En la iglesia, el olor del incienso, la vista del mantel del altar, completamente bordado, el amplio púlpito de madera donde unos ángeles de la guarda desplegaban sus alas, semejantes a guardianes vigilantes, relajaba su desbordante imaginación. Pero no se concentraba en nada. Hacia mediados de mayo se cansó de los sermones; no quiso mezclarse con la masa de fieles que llenaban la iglesia; le parecía que sus éxtasis secretos se veían turbados por la vista de los vestidos y las miradas de los asistentes. Y por la tarde, al caer la noche, cuando el jardín esta- ba lleno de sombras y silencio, se encaminaba lentamente hasta el macizo de árboles verdes donde su Mes de María estaba dis- puesto. La joven se arrodillaba ante la gran virgen de yeso, y mientras las llamas arrojaban su luz a través de los musgos en- guirnaldados y las ramas verdes, pedía a la Virgen que le diese fuerzas para amar a su marido y arrojar las locas ideas que ven- ían a acosarla hasta en su ruego. Prosper, preocupado por la desaparición de su esposa, abandonaba bruscamente el estudio y llegaba hasta la pequeña capilla: ella se levantaba, tomaba dulcemente el brazo de su ma- rido y lo arrastraba a través de los senderos. Y entonces le hablaba de la paz del hogar, del consuelo que proporciona la oración, del peligro que supone para las mu-
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    63 jeres jóvenes leernovelas; planteaba proyectos para el futuro de su pequeña hija. Ya no estaba enferma… Muy alegre, se colgaba del cuello de Prosper con risas de chiquilla, y en sus ojos se ve- ían brillar lágrimas de paz. Pero lamentablemente no eran más que destellos de pru- dencia, y su desordenada existencia volvía a comenzar al cabo de algunas semanas. Cada sábado, el comedor de los Parent se transformaba en mesa de invitados. Entre estos, el juez de paz, Sr. Faure, el co- mandante Benjamin, el marqués de Jamaye, un rico cliente del despacho y el Sr. Victor Moulineau, el pintor-poeta que, con voz soberbia, recitaba las fábulas en verso del abad Foucauld. Ese Moulineau era un tipo sin parangón. En el colegio, su indisciplina le había atraído desengaños, y como había tomado la costumbre de decir a cada castigo: Pigé…Pigé…, le quedó el sobrenombre de Pigé. Su principal ocupación consistía en presidir la fanfarria de Saint-Cyprien; y lo hacía de una manera muy concienzuda. Un poco bajito, un poco ventrudo y con cabeza de rey; era el retrato vivo de Leopoldo II, rey de los belgas. Se creía amado por bellas mujeres, comprometía a algunas casadas giñando el ojo a todas y afirmando con imperturbable aplomo que la señora de Mersay, la propietaria de un castillo vecino, había querido pagar a su sustituto por razones de amor y por no haber conse- guido de él sus favores. Antiguo militar, afirmaba que no había más que una glo- ria, la de las armas, y que si había llegado al grado de cabo era porque su coronel sospechaba que cortejaba a su esposa, una rubia desbordante de pasión. No decía que su mala conducta lo había hecho expulsar tres veces de su grado y que sus jefes se consideraban felices de verlo llegar al final de sus permisos. A decir verdad, en todos sus chismes, había más vanidad que mala fe, pues no se daba cuenta en absoluto de las sonrisas de su audi- torio poco crédulo. El presidente de la fanfarria llevaba pantalones ajustados y botines de charol. Su chaqueta dejaba ver una camisa de peque-
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    64 ños pliegues bombeadacomo una coraza en lo alto de la cual destacaba su barba, su hermosa barba brillando al sol meridio- nal. Se decía que llevaba una lista de sus conquistas y que las damas más respetadas de Saint-Cyprien estaban allí consigna- das. El orgullo le dominaba hasta tal punto, que se arruinaba para hacer creer que era rico: había que verlo en su habitación, de pie sobre una silla, mirándose en el espejo y clamando con trágico gesto: «¡Oh, naturaleza, dos pulgadas más, y tu obra estará com- pleta!» Tal vez podamos asombrarnos de que Parent admitiese tal personaje entre sus íntimos; pero hay que saber que Prosper y Moulineau se conocían desde hacía veinte años, y que la vieja dama Gertrude Moulineau, que nunca se dejaba ver, había sido muy buena con el hijo del antiguo profesor de Saint-Cyprien. Rosette odiaba a Moulineau: lo encontraba mezquino, feo, vanidoso, maleducado; pero temía su mala lengua y evitaba de- mostrar su odio. Un día tan solo, el antiguo cabo, que estaba borracho, habiéndole declarado su pasión, ella lo había inte- rrumpido de modo tal que no le permitió recomenzar. Por añadidura, Moulineau, apodado Pigé, tenía cualidades: era tan buen músico como mal pintor, y no ahorraba en serena- tas. En cuanto al marqués de Jamaye, era un viejo niño que se dedicaba a mirar por la noche los retratos de sus antepasados: odiaba el imperio, y esperaba el día en el que le fuese permitido revestir el jubón y ceñir su afilada espada. Vivía en el campo, le gustaba vivir bien, conversaba poco, no se ocupaba de nada y amontaba pilas de escudos: en definitiva, un personaje insignifi- cante. El padre Bérias, al que espantaba el lujo de la casa del no- tario, había sido invitado varias veces a sentarse en el salón con la gente de alta alcurnia; pero algunas observaciones hechas en voz baja por Rosette, para impedirle poner sus codos sobre la
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    65 mesa y hacergirar su sombrero entre sus dedos, le habían dis- gustado. En esta ocasión, se había exiliado voluntariamente a la cocina. En medio de los criados se sentía a sus anchas, y se burla- ba de que el gran Lavérie de Burdeos tuviese nauseas cuando él vertía vino en su plato sopero y lo vaciaba. Los ruidos del salón llegaban hasta él. Con aspecto beato, los codos sobre la mesa, el sombrero en la cabeza, oía las can- ciones y las fábulas de Moulineau; y luego, por distracción, se dedicaba a beber y salía de allí un poco ebrio para regresar al campo de la feria, donde los bueyes rubios resplandecían bajo los rayos del sol. Fue un sábado cuando se enteró de la boda del hijo de Loudois. En el salón se conversaba: –El Sr. Loudois – decía Rosette – se ha casado con su prima, la rubia Marie Varennes… Y no ha sido sin tira y aflojas. –La señora Loudois está muy contenta – observó la señora Cournet… – Se dice que el Sr. Georges no puede vivir en pro- vincias… –¡Basta! – interrumpió Moulineau – uno se acostumbra a todo. Tal como me veis, soy un antiguo parisino; he recitado mis poesías ante el emperador… He tenido éxitos literarios y teatra- les… Y bien, ahora aspiro a descansar. Siendo joven, soñaba con plantar mi tienda en alguna tierra lejana… Hoy, quiero mo- rir en mi agujero… –Saint-Cyprien es una ciudad encantadora, – observó el marqués de Jamaye. –Sí, marqués; pero para un hombre joven… Los hombres sonrieron. –¿Parece agradable, la recién casada? –La belleza del diablo, querida… –Dos ojos de novio fijos… un indicio de locura casi segu- ro y a corto plazo… –¿Quién dice eso? –El doctor Ramon.
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    66 –Pobre mujer… ¿Ylos ojos viajan en este momento?... –Sí, viajan por Italia… Hay personas que tienen suerte… Nosotros abusamos de los viajes. Parent bajó la cabeza. Las damas continuaban: –¿Entonces, usted no estuvo en la boda? –Dios mío, no. –¿Había muy poca gente? –Tan solo la familia… Prosper cenó allí la noche del con- trato. –La Señora será una buena adquisición para Saint- Cyprien. –Sí, siempre que pueda entenderse con su suegra. –¿Piensa usted?... –Me parece que la familia no podrá impedir tener algunas discusiones relativas a la autoridad en el hogar… A los viejos no les gusta ceder ante los jóvenes. –¿Y sabe cuándo estarán de regreso los recién casados? –Dentro de un mes. –Se lo toman con calma. –¡Cuando se tiene fortuna!... Bérias se frotó las manos, Georges Loudois se había casa- do; lo que ponía término a los despreciables rumores que circu- laban sobre su hija. Rosette tenía una sangre decente; no podía mentir. A partir de ahora, se acabaron los chismes, y el viejo aldeano no escucharía más las ridículas maledicencias de los habitantes de la Croix-du-Jarry. El Sr. Parent no se percataba de los enormes gastos de su hogar, y le gustaba recibir a la alta sociedad porque eso halagaba su amor propio. Él, que jamás había poseído tierras, se sentía feliz de tener en su mesa vino procedente de la propiedad que un día le pertenecería. Con total buena fe, pretendía que si los vinos de la Croix-du-Jarry no tenían tanto color y aroma como los caldos de Burdeos, eran menos rudos al tragar y estaban más cargados de tanino. Cuando llegaban los postres, se le veía diri- girse a pasos lentos a la bodega, con las llaves en la mano. Traía
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    67 una botella polvorienta,del 47, del vino del año de nacimiento de su esposa; la descorchaba con infinitas precauciones, y, una vez vertido el vino, elevaba el licor rojo a la claridad del día. Y cuando un nuevo invitado se sentaba a su mesa, él estaba allí, espiando con su mirada la impresión producida, reteniendo su aliento y lleno de reconocimiento hacia el aficionado que vana- gloriaba su vino. En varias ocasiones, el notario se había visto obligado a recurrir a préstamos, y su suegro estaba decidido a negarle a partir de ahora todo tipo de ayuda. A pesar de eso, él buscaba toda ocasión para satisfacer los caprichos de Rosette: –Mira lo que he encontrado – decía, mostrándole la mano llena de oro. Al escucharle, le eran debidas sumas considerables, más de sesenta mil francos, y todavía no tenía más que cinco años de ejercicio. Los adelantos del registro eran ruinosos; pero el dinero estaba bien colocado; había que esperar… Siempre se había pa- gado. Prosper no confesaba que tenía miedo de sus libros conta- bles y que su pasante, el viejo Clapier, le daba duras lecciones. La boda de Georges Loudois se había decidido en princi- pio antes incluso de que el Sr. Faure hubiese pensado en casar a Prosper con la hija de los Bérias. Marie Varennes todavía era una niña en la época en la que fue novia de su primo, de su Ge- orget, como ella le llamaba al jugar con él al volante sobre la soleada terraza de las Bastides. Era huérfana, y su tía, la señora viuda de Varennes, la hermana de su padre, se había encargado de su educación. Cuando el joven hombre llegaba a la casa familiar era toda una fiesta, y la casta novia no podía evitar apreciar los latidos de su corazón, ni su rostro enrojecer a la vista de Georges, pues sabía muy bien que él no podía ser más que de ella, ya que el buen Dios se lo había prometido. Los Loudois tenían una fortuna considerable, y el joven hombre vivía en París. Inteligente y trabajador, había probado de todo, derecho, medicina, ciencias, artes, viajes; conocía Inglate-
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    68 rra, Alemania, Suiza,Rusia, Dinamarca, Italia, y era este último país el que había elegido para su luna de miel. –Casamos a George. – había dicho en varias ocasiones la mujer del alcalde. Pero, para gran asombro de todos, las visitas a las Bastides habían comenzado a disminuir desde hacía algunos meses. Georges estaba muy raro, y cada vez que su madre le hablaba de su prima, él la miraba con tristeza: –No puedo casarme. Se habían propuesto cien hipótesis más o menos verosími- les, y se tendía a creer que Georges tenía en París alguna rela- ción oculta. A esto había seguido una desavenencia en la familia Varennes, y la tía estaba dispuesta a consentir el matrimonio de su sobrina con un capitán de caballería acuartelado en Pensol, cuando recibió la buena noticia. El Sr. Loudois, que se creía un experto, zanjó la cuestión: –Entre nosotros, Georges, tú tienes alguna enamorada y debes librarte de ella… He dicho. Los jóvenes esposos regresaron a Saint-Cyprien después de su luna de miel; Georges estaba enamorado de su esposa. Marie era de estatura media, blanca y ligera como un rosal después de una tormenta: una rubia de ojos azules, y en la mira- da no sé que de virginal y celestial. Hicieron las visitas de costumbres y recibieron tantas otras. –La Señora Parent es muy amable, – había observado la joven esposa. –Sí, pero poco distinguida… una aldeana… –Es la primera vez que te escucho decir algo negativo de alguien, mi Georges. –¡Me he equivocado, perdóname, Marinette! Por conveniencia mutua, habían reconstruido el muro del jardín, y las lilas y clemátides embalsamadas se extendían por encima de las dalas de piedra, y, tan discretas como fragantes, las verdes hojas y las flores ponían a cada cual en su casa.
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    69 Georges y Mariese prodigaban largos besos de amor, mientras los cisnes retozaban en los estanques del jardín. –¡Qué felices son!– murmuraba Prosper. –¿Tú crees? – comentaba sardónica Rosette – Todo es co- lor de rosa al principio. –No digas eso; sabes cuánto me apena no poder darte todo lo que deseas… –No empieces con tus tontas historias. –¡Rosette!... –Sí, ya estoy harta de tus quejas… Me niegas las cosas más necesarias… Este vestido… –Reflexiona… mil francos; es una suma, ya sabes… No somos ricos… piensa en lo que duraría la Croix-du-Jarry si tomásemos… –No somos ricos… De verdad, estoy harta de escuchar esa monserga… Es mi fortuna, es mi dinero el que has… –Yo trabajo… –¿Trabajas? Querrás decir que tus colegas se burlan de ti… Te han quitado esa venta de los Cerniers… –Se necesitaban unos adelantos considerables para regis- trar las actas. –¿Y no podías pagarlos?.... ¿En qué se han convertido tus promesas respecto a las sumas que nos debían? –Te mentí… –¿Me mentiste? –Para satisfacer tus gustos me vi obligado a pedir presta- do… Ten piedad de mí, Rosette; estamos en una mala situa- ción… –Eso es culpa tuya, imbécil… Me das pena. Y con su mano le produjo un rasguño en la mejilla. –¡Oh! – exclamó él con un gran suspiro de niño. Esta escena acontecía en la habitación de Rosette. Prosper se sentó, completamente avergonzado, sobre la cama, y gruesas lágrimas quemaron su rostro. Ella lo encontró estúpido y cobarde al llorar de ese modo. Si realmente la amaba, ¿por qué no habría ya pedido dinero a los
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    70 Bérias? En laCroix-du-Jarry no faltaba el dinero; pero el señor temía las humillaciones… Un amor verdadero no retrocedía ante nada… No, no, él no la amaba… él no la amaba… Entonces, él se levantó suavemente, enjugó sus lágrimas; prometió ir a ver a la madre de Rosette, exponerle la situación. Si se negaba a escucharlo se las arreglaría de otro modo; pero tendría su bonito vestido para la velada de la subprefectura. Prosper ganó su habitación. Mientras se desvestía, Rosette levantó las cortinas de muselina de su ventana; pudo percibir entre las sombras un cuerpo de hombre inmóvil y de pie contra el gran nogal del jardín; la mujer había desaparecido. Miró un momento, y luego sintió vergüenza de sentirse observada; su mano dejó caer la transparente muselina bordada a mano y recogió sobre el marco de la ventana las pesadas corti- nas de seda azul. Rosette había reconocido a Georges Loudois.
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    71 VI Al día siguiente,el Sr. Parent se dirigió a la Croix-du- Jarry. El viejo Bérias estaba en los campos con sus criados, ocu- pado en hacer cargar las primeras balas de su alfalfa. Solamente la madre Jeanneton había quedado en casa, en zuecos y con un pañuelo en la cabeza, dedicando el día a poner en orden la cola- da desplegada sobre las mesas y todavía oliendo intensamente a lejía. Estaba de pie sobre una silla recogiendo un par de sábanas blancas destinadas al primer cajón del armario, cuando el ruido del picaporte la hizo volverse. –¡Caramba, nuestro yerno!... ¿Cómo estás?... ¿Está enfer- ma Rosette?... ¿Y la pequeña?... Tienes muy mal aspecto y estás más pálido que esta ropa… –¡Madre, soy muy desgraciado! Se sentaron ambos al lado del fregadero. Jeanneton advirtió que el armario había quedado entre- abierto y se levantó para cerrarlo: –¡Esos malditos gatos!... Habla, Prosper, te escucho. Entonces, con las mayores precauciones, procurando no irritarla, procedió a contarle sus dificultades económicas: los gastos de la casa excedían en mucho a los ingresos del despa- cho: en este momento, estaba retrasado en su pago al registro, y un inspector podía sorprenderle: rogaba a la familia que acudie- se en su ayuda una vez más. Él se confesaba el responsable; Ro- sette no era en absoluto censurable… Era de él la responsabili- dad de velar por su hogar; a partir de ahora, sería más cuidado- so… Actuaría para compensar su deficiente gestión… Jeanneton inclinaba la cabeza:
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    72 –Pero, hombre, quieresdinero; ya no tenemos más. Él la miró con aspecto aturdido. –¿Sabes que nos debes ya veintiocho mil francos?... Ya no tenemos más… Rosette no sabe nada… Esto no puede durar… Sé razonable, te lo ruego; nosotros hemos ahorrado mucho; pero ¡cuánto trabajo y cuántas privaciones durante veinte años!... Si te contase… Estaría muy mal que nos hicieseis desgraciados los pocos días que nos quedan… Hemos hecho todo lo que podía- mos… ¡Veintiocho mil francos!... Sin contar la dote; nuestros cajones están vacíos… ¿Quieres verlos?... Y además, hay que pensar en la pequeña Andrée… ¿Cómo está esa niña? ¿Por qué no la has traído?... Ella solo es feliz en nuestra casa… Tú y Ro- sette no venís a visitarnos más que para pedir dinero prestado… Dichas esas palabras, la madre se levantó, tomó sus llaves y abrió el armario de la ropa: alineó las sábanas y las servilletas pila sobre pila, mientras él permanecía allí, con la frente perlada de sudor y completamente abatido. En el fondo la madre no era mala. Bajando de la silla, lo vio tan pálido que durante un instan- te se quedó muda. Jeanneton se acercó al notario y apartó sus manos, con las que él acababa de cubrirse el rostro. –¡Qué aspecto tienes, mi dulce Jesús!... Tal vez haya sido un poco desagradable… Con François todo se arreglará… Te prestaremos el dinero… Sí, sé que eres ahorrador; todo el mun- do lo reconoce… Es culpa de Rosette; son esas arpías de damas que la han echado a perder… A ella le gustaba lo bueno en la pensión Castel; pero nunca se hubiera dicho que yendo allí… se le envenenara la moral… –Es usted muy buena. –Vamos, ahora ayúdame a doblar mi chal; está arrugado en el fondo del armario… ¿Y el sombrero?... Ahí está dormido desde la boda, y por mí puede seguir durmiendo todavía; me daba la impresión de llevar sobre la cabeza un caldero… Extendieron el chal como una mortaja, levantaron los fle- cos y se dobló a lo largo, se tendió la tela, se quitaron algunos
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    73 alfileres que estabanclavados aquí y allá, y la madre lo depositó al lado del sombrero de la boda. –Tú también puedes dormir mi viejo amigo; prefiero mi capa… Con ella no hay de que preocuparse, siempre va bien y da más calor en invierno. Prosper estaba absolutamente cariacontecido. –¡Deja ya de preocuparte!... Pediremos prestado a los Mathurin… Mira, ya está aquí François… Ve a tomar algo con él… Debes estar muerto de sed… –Gracias, pero necesito regresar de inmediato a Saint- Cyprien… Tenemos unas actas urgentes. Bérias, que había regresado de los prados, limpiaba sus zuecos en el umbral de la puerta: –¡Eh, Sr. Parent!... Algunas veces se olvidaba y llegaba a llamarle a su yerno « señor ». –…¿Qué buen viento te trae por aquí?... ¿Y Andrée?... ¿Y Rosette?... –Ven aquí; tienes calor; va a cogerte el frío. –Es cierto, madre; ya no soy robusto como antaño; ahora estoy reducido a hacer el trabajo de las muchachas, a segar, yo que cortaba mi finca de alfalfa en un día… El cansancio me ha doblado… Y, cris cras, haciendo resonar los guijarros de la cocina ba- jo los zuecos en los que sus flacos pies bailaban, el buen hombre dejó su rastrillo en un rincón del fregadero: –Uno se va haciendo viejo… Ya solo tomo los aperos de damisela… Se humedeció la frente con su gran pañuelo de cuadros, y se puso a horcajadas sobre una silla, dando la espalda a la chi- menea donde se quemaban algunos sarmientos. –¿Qué hay de nuevo, yerno? La madre Jeanetton fue al lado de su hombre, y, ayudán- dole a pasar su batín, que acababa de calentar al fuego, mientras él estiraba sus manos secas y nerviosas, le explicó en voz baja la petición del yerno, su imperiosa necesidad de dinero.
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    74 François movía laspiernas nerviosamente, arrojando de vez en cuando miradas irritadas hacia el notario, hacia ese gi- gante que se hacía tan pequeño y que temblaba en su asiento. –Lo mismo de siempre… ¡Ah! ¡ya decía yo que acabaría- mos por maldecir este matrimonio! ¡Uno no quiere entregar su hija a un campesino!... Uno quiere convertirse en un burgués, en caballero, y luego el trabajo de toda la vida se disipa como el humo… Esas damas y esos caballeros gastan en un día lo que a nosotros nos sirve para vivir durante tres meses…Se invita a la gente… Se tienen divertimentos, se canturrea a los postres… Y nosotros, nosotros nos cocemos al sol… Se toma nuestro oro; nuestros buenos ahorros desaparecen de nuestros cajones, y el artillero Benoist que se ha equivocado al querer ofendernos, se toma la revancha… Ahora me llama « Pequeña-Cartera ». Los vecinos se ríen de nosotros, y la familia desvía la mirada a nues- tro paso, como lo ha hecho antes mi hermano que conversaba con los Pichou delante de su forja… Señor Parent, yo no quiero arruinarme… Ya no estoy en edad de trabajar… He comenzado como ayudante de granja en la Tremblade, no quiero volver a ello. No, no quiero volver a ello… No quiero… Diciendo esto, su voz estaba alterada y sus ojos, rojos co- mo brasas, arrojaban resplandores. Parent balbuceaba algunas palabras; la madre trataba de disculpar la irreflexión de su hija: Rosette se había creído más rica de lo que era en reali- dad… Los años la harían volver en razón… Había que perdonar- la… El viejo continuaba: –Las mujeres no se dan cuenta del valor del dinero… Cuando las tierras están hipotecadas se acabó… Es la ruina… No queremos hacer como el Sr. de Lornant, que ha vendido sus bienes… No podemos dar nada… nada… ¿Tú no querrás sumir- nos en la miseria?... El notario replicó que todavía no estaba para mendigar… El año anterior había hecho quinientas actas a veinte francos; eso suponía diez mil francos… Este año sería todavía mejor…
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    75 Ya no insistía:se le debían unos honorarios; obligaría a devolver lo que se le adeudaba. Dicho eso, el Sr. Parent se levantó para despedirse de los Bérias. –Espera, que te acompaño un tramo de camino… ¿No te irás sin beber un trago? –Gracias, padre. –Vamos pues… –No, gracias igualmente… Y como el notario había tomado su bastón y abierto la puerta, François lo interpeló de nuevo: –Aprovechando que estás aquí, tengo que consultarte algo en relación con una disputa que tengo con Béjeu el cardador por los linderos de la Charrière… Un minuto solamente… Arrastró a su yerno a la granja, abrió la puerta que daba a la cuadra de los bueyes y se puso a exponer ampliamente su asunto que Prosper escuchó y comentó hasta que se hizo de no- che cerrada. Parent regresó a Saint-Cyprien y entró en la habitación de su esposa, que estaba desvistiendo a la pequeña Andrée. –¡Qué bonita es nuestra hijita! –¡Tienes calor, papi! Rosette tomó la palabra: –¿No te han puesto dificultades, no? –No han querido escuchar nada. –¿Cómo? –Aquí está la suma. –Y… –He tenido unos ingresos bastante importantes. –¿Puedo encargar el vestido? –Desde luego. –Eres bueno, Prosper; quieres que tu esposa no sea tratada como una cocinera… No temas: estaré hermosa… –¡Eres hermosa! – suspiró él cruzando aún sus largas ma- nos y fijando sobre ella sus ojos, ojos azules muy grandes y
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    76 abiertos, buenos yenormes ojos de un hombre cabal que aman y nunca engañan. –Adulador… todavía no me has besado. –¡Mi Rosette!... –Créeme, Prosper… Las mejores parejas son aquellas que discuten de vez en cuando… Se discute y se perdona…. ¿Dónde está el mal? –Temo que tu migraña… –¡Oh! esta noche no la tendré… El baile será soberbio… Va a ser un desfile de modelos… Estarás orgulloso de tu mujer- cita.
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    77 VII El jueves, 6de junio, tuvo lugar el gran baile dado en la subprefectura con ocasión del consejo de revisión. Reinaba una cierta agitación en Saint-Cyprien. Aunque la mayoría de los trajes de las damas viniesen de París, la necesi- dad de retoques, la ropa interior, los mil aderezos del vestuario femenino, habían supuesto unos buenos ingresos para las modis- tas, costureras y lenceras de la ciudad: unas recaderas se dirigían apresuradamente a la casa de sus patronas con faldas vaporosas, pantalones de campana y bordados, camisas largas y finas, me- dias de seda, coloretes; todo metido en inmensas cestas de mim- bre; tras ellas venían los aprendices de sombrerero, corriendo como locos y no siendo suficientes para tanta tarea; y por todas partes flores, verdor, ocultaban a los transeúntes antes de deco- rar los salones de recepción. Rosette se había puesto un soberbio vestido de punto de Inglaterra, y pinchaba unas rosas de té en su blusa, antes de echar una última ojeada al espejo: La puerta se había entreabierto y Parent, en frac, con cor- bata blanca, permanecía en el umbral: –¡Qué hermosa estás! –¿Te parece? – dijo ella con una risa cristalina. Y aproximándose al espejo donde ella se veía de cuerpo entero, la tomó dulcemente por el brazo y le dio un gran beso sobre el cuello. –Un hombre no necesita ser guapo, ¿verdad? Tan solo de- be ser bueno. –Pero tú eres como todo el mundo, Prosper; más guapo que feo… Nuestra Andrée se te parece un poco… –¿Andrée?... La pequeña duerme… Mira…
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    78 Con su manoenguantada, Rosette apartó las cortinas de muselina de la pequeña cama, situada al lado de la alcoba. –¡Qué bonita es una niña que duerme! La cabeza de Andrée, rubia y sedosa, descansaba sobre una almohada de encajes, y la boca rosada, en la que una sonrisa se había dormido, llamaba a ser besada. Prosper, respetuoso del sueño, besó a su hija en la frente, y tapó con las sabanas de seda los bracitos de la niña siempre son- riente. –Rosette, una casa está bendecida cuando tiene un ángel que vela por ella. –Amigo mío, creo que es hora de irse. –Voy a besarte por nuestra hija. –Vamos, no fastidies; uno no está enamorado así a todas las horas del día; es irritante. –¡Te quejas de ser amada! –¿Yo?... Ella sonrió con aspecto contrariado. –No estaría bien llegar los primeros. –Ni pronto ni tarde. Caía la noche, pero una noche llena de estrellas. Rosette descendía por la gran escalera, y Prosper se mantenía atrás tres o cuatro escalones, temiendo pisar la cola del vestido cuyas ondu- laciones enardecían su cerebro. La esposa del notario, con su rostro enmarcado de blanco cubierto por un magnífico velo de encajes y su sombrero azabache donde se posaban unas rosas de té semejantes a las de la blusa, estaba admirablemente bella. Cuando hizo su entrada en el salón, se produjo un murmullo de aprobación en el grupo de hombres y como una agria sorpresa en los labios de las damas de la galería. –El notario se arruina. –Los Bérias, llamados «Gran-Cartera» deben estar furio- sos. La Señora de Carreuse, la suegra del subprefecto, hacía los honores de la velada. Sus cabellos grises recogidos en rizos, su tez de viejo marfil, su complexión delgada, sus manos arruga-
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    79 das, el cameoque portaba en el cuello, el adorno de oro que lle- vaba en la cintura, los encajes amarillos de su blusa y de sus mangas le daban un aspecto de mueble pasado de moda del pri- mer imperio. Pero la sonrisa benevolente que animaba sus ojos rodeados de numerosas arrugas, y su boca fina y todavía joven, la hacían adorable a los ojos de los administrados de su yerno. La pequeña Andrée, que había ido de visita a la subprefec- tura con su madre y que no olvidaba las golosinas con las que la vieja la había colmado, había encontrado la frase exacta para definirla al llamarla: «El hada buena Carreuse.» La esposa del subprefecto, en vestido rosa-primavera tenía una frase amable para cada invitado. Buena y dulce tanto como modesta y risueña, intentaba apartarse de su madre, y la señora de Carreuse preguntaba a veces a su yerno si ella no le había entregado la mujer más amable del mundo. Los salones se llenaban poco a poco, y el prefecto en traje de gala charlaba con el diputado de la provincia, un apuesto jo- ven, sobrino de un ministro que llevaba uno de los grandes ape- llidos de Francia. Algunos electores influyentes tomaron parte en la conver- sación: se temía la presencia de un adversario para el diputado en la persona de un médico importante, y se le preguntaba si él no podía detener esa candidatura. –¡La cruz, caramba! – concluyó el diputado Berck de Vi- llemont. –Sí, la cruz, no hay otra cosa. –¿La aceptará?... –A manos llenas, y se volverá más bonapartista que usted y yo… El comandante Benjamin, cuya pechera brillaba de conde- coraciones valientemente conquistadas, discutía con el cirujano mayor sobre las modificaciones a aportar en las cartucheras de los soldados. El doctor había publicado unos folletos, escritos en varias revistas y esperaba una solución satisfactoria. El pequeño doctor hablaba con animación, mientras las hijas del subprefecto, dos encantadoras señoritas, una muy mo-
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    80 rena, la otradorada como los maíces maduros, hacían circular unas cestas de bizcochos, precediendo a los criados en librea encargados de las grandes bandejas de plata. –¿Señor prefecto? –¿Mi general? –¿Señor consejero? Se inclinaban saludándose, y los uniformes de los miem- bros del consejo de revisión se cruzaban y entrecruzaban en el comedor; el oro, la seda y la planta de las túnicas bordadas pro- vocaban la admiración de la multitud impaciente y curiosa que se había agrupado al borde de las ventanas. El comandante Benjamin, embutido en un uniforme nue- vo, marcada la pechera por fuertes ballenas, se sofocaba desde el comienzo de la velada; y sin decir palabra, misterioso y perple- jo, había arrastrado a su colega el comandante de reclutamiento por una puerta de servicio que llevaba al parque de la subprefec- tura. Siempre silencioso, había hecho sentar a su camarada y exponía unas teorías personales que el otro escuchaba con oído discreto, ocupado como estaba de registrar a cada instante en sus bolsillos para extraer la hoja del itinerario, marcar las horas de partida y llegada, martilleándose la cabeza para no olvidar nada de las prescripciones del excelente general Villette. Ambos estaban allí sentados, con la cabeza descubierta, uno mudo, el otro conversador infatigable, cuando el pequeño doctor los observó y fue a tomar parte en la discusión, un modo honesto de vengar las mofas del general y de sus colegas del ejército. En los salones, la animación era grande, y el diputado Berck de Villemont dirigía sus más respetuosos homenajes a Rosette, que se sentía reina en medio de sus rivales y se lo agra- decía con una graciosa sonrisa. Finalizaba el primer vals: las damas se abanicaban; los hombres se dirigían al buffet. Por unas ventanas entreabiertas se oían las canciones de los reclutas que pasaban desfilando en fila de a dos con la bandera en cabeza y grandes ramos de cintas multicolores en el ojal: un tambor los precedía, un desdichado
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    81 tamborilero llamado Carnaval,jorobado, pies planos, obligado, a la edad de sesenta años, a golpear el instrumento. El desgraciado había sido abandonado por su familia y decía a cada instante que era una locura educar hijos y que mejor sería engordar una piara de cerdos. Esa noche, Carnaval estaba radiante, pues el diputado aca- baba de entregarle una moneda de cien centavos. Hacia las diez, se encendieron unas linternas colgadas en los árboles, brillando con una luz bajo oriflamas multicolores. Se anunció la fanfarria: Los Hijos de Saint-Cyprien, y la multi- tud que se encontraba ante las ventanas del salón se situó en círculo alrededor del estandarte donde las medallas se balancea- ban. Los sones de Partant pour la Syrie fueron brillantemente ejecutados por los golpes del contrabajo y los solos de la trom- peta. –¿No piensan ustedes – decía el prefecto – que ese himno es más patriota y francés que la Marsellesa?... Ya no estamos en la época en la que se tenía miedo de los soldados que bramaban y ya no pedimos que los surcos se llenen con la sangre de nues- tros adversarios políticos… El himno revolucionario ya ha teni- do su tiempo… Hoy, la nación quiere la paz, y no tenemos que componer himnos odiosos que inciten al desorden y a la guerra civil… Todos los funcionarios presentes subrayaban por gestos sus vivos sentimientos de aprobación, y Berck de Villemont, que se las daba de tener alguna noción musical, hacía observar que el himno imperial, desacreditado por algunos espíritus de mala fe, era más bello que el God save the Queen y mejor orquestado que la famosa marcha húngara. En medio de los aplausos de la multitud, el Sr. Victor Moulineau, presidente de la fanfarria, se dirigió al prefecto, se descubrió y desplegó solemnemente una larga hoja de papel: «Señor prefecto,
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    82 »Un gran ylegítimo orgullo ha colmado nuestros corazo- nes con la noticia de que venía usted a visitar nuestra ciudad. Personas más autorizadas que yo ya le han dicho –mejor de lo que yo sabría hacerlo – lo sincera que es nuestra lealtad a las instituciones imperiales, lo sagrado que es nuestro amor por S.M. el emperador y por esa gran reina que no teme afrontar la muerte para aportar a sí misma, mediante su augusta presencia, la palabra de paz y de consuelo en nuestros desolados hospitales. »Cuán ingratos aquellos que puedan olvidar esta grandiosa señal de solicitud y que no sientan su corazón conmoverse de reconocimiento a la vista de tanta grandeza y buenas acciones. »Hace varios años, señor prefecto, que usted administra nuestra provincia, y esta respetuosa multitud que ha tenido a bien brindarle aquí el humilde testimonio de su gratitud, ya le ha demostrados por sus vítores, en una libre expansión de corazo- nes, todo lo que siente de devoción, de respeto y de simpatía por el primer magistrado de nuestra provincia. »Bajo sus auspicios, señor prefecto, fue fundada la socie- dad de los Hijos de Saint-Cyprien; y gracias a usted ha podido crecer y prosperar. La armonía que se impone en nuestras lec- ciones no ha cesado nunca de reinar en el seno de nuestra fanfa- rria, y nuestros jóvenes ocupados en diversas profesiones, se encuentran por las tardes animados de un celo y un espíritu de solidaridad que honran nuestro arte. » La música es hija de la alegría, dijo Hegel. » Que se me permita añadir, señor prefecto, que la música es el consuelo de los dolores y la más sublime expresión del sentir general. » Santa Cecilia es nuestra patrona; cada año celebramos dignamente su festividad en la humilde basílica dotada con nue- vos cuadros religiosos debidos a su magnificencia. » Es por todo ello, señor prefecto, por lo que hemos veni- do a saludarlo, y personalmente estoy muy orgulloso y feliz de ser el portavoz de los sentimientos que animan a nuestra juven- tud, tan estudiosa como fiel y abnegada. » ¡Viva el Sr. prefecto! »
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    83 Los vítores semultiplicaron; las boinas y sombreros se agitaban en lo alto, y las damas inclinadas en las ventanas mez- claron a los vivas y a los aplausos unos suaves golpecitos de manos, pero sinceros. El prefecto respondió que estaba profundamente emocio- nado de ese acto, que demostraba sobre todo hasta que punto el apellido de la augusta familia era bendecido y venerado por las poblaciones meridionales. Habló con elogio del diputado al que la fanfarria había ido a saludar con motivo de las últimas elec- ciones, de esa juventud que, no habiendo podido con su voto dar una señal de simpatía al dingo representante de todos, había te- nido a bien asociarse al veredicto de sus padres. Se pronunciaron unas palabras amables por su querido colaborador, el Sr. Gavier, hacia la municipalidad de Saint-Cyprien, para todos los funcio- narios presentes en la reunión, y sobre todo para el presidente de la fanfarria, el Sr. Victor Moulineau. El prefecto terminó su alocución diciendo que el acto era un noble ejemplo y que no estaba lejano el día en el que el impe- rio podría, disminuyendo los impuestos, aligerar el fardo de los penosos sacrificios de las poblaciones rurales. « Sí, señores, es gracias a los aciertos del Estado a lo que debemos esta era de prosperidad que es el asombro y admiración de Europa. Desde luego, la nación es fuerte y viril, y si el ex- tranjero amenazase su suelo, un millón de hombres de levantar- ían para defenderla. Pero, gracias a Dios, la hora del peligro está conjurada para siempre: nuestra existencia es respetada desde el exterior, y las pasiones subversivas de los partidos hostiles no nos dan miedo. Vivimos en una seguridad perfecta, y la prospe- ridad pública extiende cada día su red sobre este noble país de Francia, tierra generosa y fecunda que ha visto nacer a tantos genios ilustres. » Y, caballeros, déjenme finalizar este discurso con una frase que permanecerá por siempre en los anales de la historia: el imperio, es la paz.
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    84 » Es envuestra tierra y antes las poblaciones agrícolas procedentes de todos lados, donde han sido pronunciadas esas palabras por nuestro augusto soberano, como si Su Majestad hubiese querido daros una prueba deslumbrante y absolutamente particular de su augusta y soberana solicitud. » Caballeros, vuestros gritos de alegría van a resonar hasta los confines del mundo civilizado y encontrarán eco en todos los corazones auténticamente franceses. » ¡Viva el emperador! ¡Viva la emperatriz! ¡Viva el príncipe imperial! » Una tormenta de aplausos acogió esas vehementes pala- bras y la sociedad de los Hijos de Saint-Cyprien entró en el co- medor donde una gigantesca ponchera arrojaba sus brillos. La señora Gavier fue a servir ella misma a todos los jóve- nes, y la fanfarria se retiró tocando una marcha triunfal. Solo el presidente quedó en la velada, colmado de felicita- ciones, y el comandante Benjamin que había dejado el parque a la llegada de la fanfarria también acudió a cumplimentarlo. –Asombroso, mi querido Moulineau, asombroso… palabra de honor; se parece usted a S. M. Léopold II. –¿Verdad? – exclamó Moulineau acariciando su barba mientras todas las personas presentes que tenían la palabra re- petían: –Es cierto, ese caballero tiene algo del rey de los belgas. El prefecto, que había abierto el baile con la señora Ga- vier, se retiró. Era mayor, enfermizo, y tenía que redactar unos informes para los alcaldes del cantón de Lamète, adonde el consejo debía dirigirse al día siguiente. –Además, señoras y señores, – murmuró con sonrisa de burócrata y una fina sonrisa que no decía ni sí ni no – les dejo a mi querido consejero que les compensará ampliamente… ¡Ah! señor consejero, usted es joven y si quiere promocionar en la administración debe tener entusiasmo…. Qué nunca le falte… señoras…
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    85 –¡Que encanto dehombre!... –E inteligente, querida, – dijo la señora Gavier a la señora Loudois… – Es autor de un trabajo muy apreciado sobre los caminos vecinales… No hay un consejero general que sea capaz de discutir una cuestión con él… Controla el consejo… Cada sesión le vale un nuevo triunfo… –¡Ah! –Y es de una gran benevolencia… – añadió el consejero… – No es un jefe para nosotros; es el mejor de los amigos. –¿La señora de Lagadie es joven? – preguntó el Sr. Lou- dois cuya mala salud siempre lo mantenía retenido en Saint- Cyprien. –Apenas treinta y cinco años, señor alcalde. –No se le echa esa edad – dijo el Sr. Cournet. –Su hijo, mi amigo Georges de Lagadie, tiene dieciocho años. –¿Y eso qué importa? – respondió Moulineau, que nunca perdía la ocasión de decir una tontería. –¿Y ella da recepciones? – preguntó la señora Parent sin tener en cuenta la interrupción del presidente de la fanfarria. –Este invierno hemos disfrutado de unas veladas magnífi- cas, señora. La señora Gavier tomó la palabra: –El señor consejero en el gran anfitrión de las ceremonias en la prefectura de Pensol. –Mis colegas y yo lo hacemos lo mejor que podemos, se- ñora Gavier. –Y mejor que bien, por cierto – dijo el subprefecto golpe- ando ligeramente el hombro del joven consejero. –Señor, – intervino la señora de Carreuse, – su excelente prefecto acaba de decirme que con ocasión del concurso regio- nal se dará un magnífico baile en la prefectura… Estoy encarga- da de informar de ello a la sociedad de Saint-Cyprien… La se- ñora Parent tendrá allí una ocasión estupenda para escuchar ar- tistas de primer nivel.
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    86 –Soy yo, señoras,– murmuró el diputado, – quién se debe ocupar del reclutamiento de los artistas, y ruego a la señora Pa- rent, que es una buena pianista, que cuente con ello. Rosette hizo una adorable mueca de agradecimiento a Berck de Villemont. ¡Por fin la tomaban por algo! Los militares se habían instalado en una mesa del salonci- to vecino y jugaban al bacarrá en compañía de algunos invitados poco afectos al baile. La señora Lugeol, la esposa del recaudador de impuestos, estaba al piano cuando George Loudois ofreció su brazo a la señora Parent; el subprefecto invitó a la señora Loudois, y el consejero se dirigió hacia la señorita Blanche, la mayor de las hijas del Sr. Gavier: lo que hizo comentar a las viejas damas de la galería que podía verse una boda en el horizonte. Los demás grupos se mezclaban en el momento en el que la señora Lugeol comenzó a ejecutar el vals de Fausto. –¡Qué admirable música! – murmuró Georges Loudois. –¡Oh! sí, – respondió Rosette. –Me parece vivir en un mundo mejor… Uno se siente transportado en una ensoñación que se desearía eterna… Todo lo que nos rodea desaparece… –Señor Loudois, eso es insultante para su encantadora mu- jercita… Un hombre casado… –No destroce mi sueño… –Soy yo a quien debe usted su felicidad…. no debería ol- vidarlo… –No lo olvido, señora, – continuaba Georges con voz tem- blorosa. –Me aprieta demasiado, señor, me hace daño… –¡Perdón!... ¡perdón!... señora… –¿Y mi marido? No veo al Sr. Parent… –Juega en el salón con algunos caballeros. –Una vez más, señor, relájese… me va a romper la ma- no…
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    87 El vals continuaba,ondulante, embriagador. Al principio era como una especie de invitación lánguida, un rumor amoroso; luego pasaba sobre los corazones una tormenta de armonía tras la cual todo se apaciguaba: los sonidos se volvían melancólicos y tiernos y sumían a los danzantes en una dulce embriaguez. La intérprete era una gran artista, y esa noche estaba inspi- rada. –Qué poeta, ese Gounod – dijo Rosette, que se sentía ob- servada al pasar cerca de la señora Loudois. –Sí… y además un buen camarada… –¿Lo conoce? –Mucho… Lo encontré en Nápoles hace dos años….en París el año pasado… Usted tiene razón, señora, no es un músi- co, es un poeta. Y usted, ¿por qué no toca más a menudo?... Us- ted también es una artista… –Se burla usted, sin duda. –Claro que no, señora… –¿Y cómo lo puede saber? –Yo la escucho por las noches. –No hablemos más, señor… Podría parecer inconvenien- te… –Todos saben que somos vecinos y amigos. Georges la estrechaba más de cerca, siempre pareciendo relajar el abrazo para volver a apretarla de nuevo, arrastrado por una fuerza invisible. El pantalón negro se aproximaba a los encajes del vestido; los pechos se tocaban, y la joven mujer inconsciente se abando- naba por completo al ritmo embriagador. Fuera de sí, sentía el techo confundirse con el parqué en ese vals infernal: las medidas se agrandaban, la gran lámpara la deslumbraba; las rosas de té temblaban en su cintura. Ya no marchaba: la cadencia la trans- portaba y se deslizaba con movimientos de todo su ser, semejan- te a una culebra enamorada del sol. Pequeñas gotas de sudor perlaban su frente; sus narinas estremecidas se dilataban como a la exhalación de una fragancia esperada durante mucho tiempo. Su boca, tan fresca de ordinario, reseca por el calor del salón, se
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    88 abría de vezen cuando, ardiente, irritada. La humedad de todo su cuerpo se le subía a la cara: se sentía incómoda. A menudo la danzante se echaba hacia atrás, con la cintura doblada, la pierna extendida, el pecho jadeante, como para resistir al fatal arrastre. Se abandonó enseguida. Todo giraba a su alrededor; los muebles, las damas senta- das sobre sus asientos, parecían saludar al paso en un movimien- to de cadencia; los espejos deslumbrantes de luz se descolgaban suavemente de las paredes y tomaban parte en el baile. –Debo decírselo de una vez… He luchado… No puedo más… Usted me mata… La amo… –¡Señor!... ¡señor!... –Sí, he querido olvidarla… Me he casado por sus conse- jos… No la amo… Es siempre su imagen la que me persigue y me obsesiona… –¡Por favor!... –Soy muy infeliz. –¡En nombre del cielo!... –Perdone… la adoro… No amo a nadie más que a usted… Rosette, te amo… –Es muy cobarde de su parte comprometer a una mujer… –Señora… De vez en cuando, se oían algunas voces sofocadas proce- dentes de la sala de juego: el bacarrá discurría animado. –Ahí van veinticinco luises. –Banca. –Nueve. –Banca para Su Majestad… ¡Viva Pigé! ¡Viva Léopold! Moulineau estaba radiante. Los torbellinos pasaban aún y las olas de encajes se levan- taban como alas de grandes pájaros blancos que planean, se ele- van poco a poco y descienden hasta que se pierden en el aire. Algunas damas cuchicheaban entre ellas: no era conveniente bailar de ese modo… La Señora Parent se creía sin duda en un baile de su aldea… Estaba chiflada… –¡Oh! no puedo más… Mi cabeza… ¡Oh!... estoy muerta.
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    89 El vals habíaacabado. Georges llevó a Rosette a su lugar, y cuando esta se sentó, se echó hacia atrás y fue presa de un des- lumbramiento. Puso la mano sobre sus ojos en un supremo goce y, casi perdida, desfalleciente, pareció sumirse en la nada en un sueño encantador. Ya no se bailaba. Las damas habían formado un círculo al- rededor del piano, y los danzantes se habían dirigido al salonci- to. –¿El Sr. Parent no baila nunca? – preguntó a Rosette la es- posa del subprefecto. –Nunca, señora. –Por el contrario, señora Loudois, su marido es un exce- lente bailarín. –Sí,– añadió la señora de Carreuse, – el Sr. Georges es uno de los pocos hombres que todavía saben bailar… Antaño, en los bailes de las fiestas patronales de Narvon – oh, señoras, hablo de hace mucho tiempo – todos los caballeros adoraban el baile… El marqués de Jamaye… El Sr. Moulineau padre… El Sr. Alfred Villiers… el Sr. de Château Sonnier… el Sr. de la Catillière… Hoy todo ha cambiado… Se quiere ser serio antes de tiempo… –Es usted una gran artista, señora Lugeol, – observó Ro- sette. –Adoro la música; pero usted también, señora Parent. –Es usted demasiado indulgente, señora… –La señora Lugeol tiene razón, – continuó la esposa de Georges; a veces tenemos el placer de escucharla desde el jardín… El consejero estaba muy solícito con la señora de Carreu- se: –Yo conservaré el mejor recuerdo de esta excelente vela- da, señora… La revisión es penosa, pero estoy compensado más allá de toda medida cuando se tiene la dicha de venir a Saint- Cyprien… Adorable reunión… adorable música… –Cuando se case, señor consejero, elija a una mujer que sea músico.
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    90 –¿La música?... Pero,como dice la señora de Sevigné, es… Las conversaciones continuaron aún algunos instantes: se organizó un pequeño cotillón entre los jóvenes, y luego, habién- dose levantado los caballeros de la mesa de juego, se comenza- ron a despedir de la familia Gavier. –Una velada muy agradable, – concluía Moulineau, que había ganado unos cien luises a su diputado Berck de Ville- mont… –Tiene usted mucha suerte, Pigé – dijo el comandante Benjamin,– debería ir al casino de Bade… –Váyase al diablo. –¿Sir?... ¿Mi Leopold?... ¿Pigé?... –Su mujer ha bailado por usted – decía el subprefecto a Parent. –Yo jamás he bailado en mi vida… Y si lo intentase, estoy seguro de que mi cabeza daría vueltas como cuando subía a los tiovivos siendo niño… Ese Georges es el alma de la fiesta. Pare- ce que nunca vaya a envejecer… –Un gran corazón… –¿A quién se lo va a decir?... Todos lo queremos mucho aquí… Y mire usted, desde que se ha casado con su prima la señorita Varennes, no piensa ya en abandonar Saint-Cyprien… Incluso creo que su padre le cedería de buen grado la alcaldía… Las damas se introducían en los coches que esperaban ante la verja del parque. Eran las tres de la mañana cuando Moulineau y el coman- dante Benjamin fueron arrastrados por algunos jóvenes de la velada al café de los Italianos situado en la plaza del Hotel de la villa. Se encargó una sopa de cebolla y los gritos de: ¡Viva Pigé! ¡viva Léopold! volvieron a oírse de nuevo. Por el día, Benjamin estaba ebrio. Fatigado de los aires de importancia que se daba Moulineau, que se vanagloriaba de haber realizado las proezas más extraordinarias, el comandante intentó apabullarlo:
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    91 –Tomemos una absenta. –¿Endónde, padrecito? –En tu bota, sin duda. –Con mucho gusto, papá. Y, para estupefacción de sus amigos, el presidente de la fanfarria vació varias veces su bota. Hecho lo cual, se puso a ridiculizar a las damas de Saint-Cyprien, especialmente a la hija de «Gran-Cartera », que había bailado casi una media hora sin parar y que a punto estuvo de desmayarse en brazos de Georges Loudois, un imbécil que desatendía a su pequeña Marie. Georges y su esposa conversaban en su habitación: –¿Por qué estás triste, Georges? –¡Yo!... – dijo soñador, como si respondiese a una persona que se encontraba lejos. –¿Te encuentras mal? –No. –Te encuentro pálido. ¿Quieres que te haga un té? –No, Marie; estoy muy bien… –¡Oh! esas veladas oficiales!... No te gustan, ¿verdad?... –¡Dios mío!... –Son mucho más agradables nuestras reuniones íntimas… –Hay que acostumbrarse a todo, Marie. –¿Tú me quieres, mi pequeño Georges? –¿Y esa pregunta?... Claro que te amo con todo mi co- razón, mi querida mujercita… –Bésame. No me has besado desde que hemos regresado. Pero, mi Gorget, tus manos están heladas… tu corazón late… –No es nada… –Y tu mirada está como extraviada… –Necesito descansar, querida… –¡Ah! Georges, si me engañases… –¡Anda, loquita!... Al día siguiente, Rosette se quejaba de unos violentos do- lores de cabeza. Ordenó que no se la molestase, y cuando Pros-
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    92 per fue ainteresarse por ella, le rogó que no permaneciese allí mucho tiempo; necesitaba estar sola. Por lo más mínimo se irri- taba: echó a la hija de su criada porque era tuerta: una mujer tuerta le horrorizaba. Algunos pálidos reflejos de sol acababan de iluminar las alfombras, y la luz tamizada por las persianas hacia resplandecer la decoración dorada de la chimenea donde destacaba el retrato al pastel de Rosette y en dos marcos disimulados bajo unos tin- teros con sus plumas las fotografías del padre Bérias y de la ma- dre Jeanneton. El aldeano estaba de pie, con la mano posada sobre el hombro de su compañera sentada, ella, sobre una silla cuyo respaldo le llegaba al cuello; las manos desocupadas de la mujer colgaban en una especie de mortal apuro. La pequeña Andrée fue llevada a la cama de su madre; la niña la observó durante un buen rato, confesando en su inocente lenguaje que jamás le había parecido tan pálida y tan guapa. –No, nadie, –dijo Rosette – quiero estar sola. Y rechazó brutalmente a su hija. En la habitación había como un olor a éter y opio. Se hab- ían retirado las flores del cuarto de baño: las grandes palmeras, las yucas, los rododendros, habían sido relegados a la galería: solamente quedaba un pequeño ramo de violetas sencillas que había sido enviado discretamente por Georges. La niña no se había equivocado; Rosette estaba extraordi- nariamente hermosa. La migraña animaba su rostro: sus ojos brillaban con un fuego extraño; tenía todos los síntomas de la mujer enferma de amor: poses indolentes, mirada llena de seductoras y misteriosas promesas. Su gorrito blanco se había perdido bajo las mantas; y los cabellos, los hermosos cabellos conservando su lustre de jade, brillaban como un montón de ébano pulido. Bajo su cami- sa bordada, castamente entreabierta, sus senos blancos y rosados parecían brincar atemorizados… Su frente palidecía; sus sienes estaban surcadas por venillas de un azul suave, y sus manos completamente endebles hacían chasquear sus dedos como unas tenazas forjadas de acero y de amor.
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    93 Se revolvía moviendolas sábanas que acariciaban su cuer- po, y se sumía en una visión extática. Rosette pensaba en el baile en el que había atraído todas las miradas, en las amables palabras de Georges, en el estreme- cimiento, hasta ese momento desconocido, que había hecho temblar su cuerpo cuando él la arrastraba entre los torbellinos del vals. Sus recuerdos acudían a la noche en la que había tenido el valor de permanecer fría ante esas ardientes declaraciones. Se decía que allí, en el fondo del jardín, ante el muro roto, había sido ella quien había aconsejado a Georges que se casara con su prima, quién le había hablado maravillas de una pareja unida y legal; y ahora, estremecida aún por los recuerdos que la obsesio- naban en su fiebre de enamorada, se acordaba que después del vals, cuando ella había regresado a su asiento, cegada por los brillos de la lámpara, había concebido embriagueces y goces ignorados, y que por primera vez en su vida algo de su ser se había ido. Atormentada por un deseo que nadie podía satisfacer, se sentía celosa de la otra joven mujer, flor de sentido común y razón, sin pasión y sin fuego e indigna de compartir una dicha que nunca podría comprender. Y después de esa jornada febril, escuchó cantar canciones místicas. Era como una tormenta de armonía que llenaba su ce- rebro. No había visto nada: su imaginación en delirio le hacía adivinar todo. Más allá del cielo de su cama, entreveía mujeres acostadas en graciosas poses, y hombres de cuerpos delicados que avanzaban hacia sus diosas con impulsos de los que se esca- paban perfumes embriagadores. Las mujeres dejaban caer los péplum con los que estaban tapadas y desanudaban sus cabelle- ras negras o doradas como los rayos del sol: los cuerpos se con- fundían en un divino abrazo. Su sueño se complacía en buscar una semejanza con su Georges, y la encontraba en el hombre más guapo, aquél al que las mujeres desnudas buscaban con más avidez y que, mediante su mágica mirada, las contenía en un sublime éxtasis. Bruscamente, su imaginación se calmó; la invadió la reali- dad y comparó a su marido, ese hombre sin gracia, con el ideal
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    94 de su sueño.Prosper quería ser galante y era grotesco. No veía en él más que un animal ávido de goce, sin chispa y sin amor. El final de la noche resultó más tranquilo. Por la mañana se le anunció que la familia Loudois, que había ido a las Basti- des a casa de la señora Varennes, había lamentado intensamente no poder expresarle sus deseos de que se recuperase. Esa noticia le hizo bien. Marguerite la ayudó a vestirse y como la jornada era soleada, bajó al jardín. Los geranios se abrían al sol, y el césped inglés, perlado aún del rocío matinal, emitía brillos de luz. Las violetas frescas bajo su sombrero de rocío, esparcían por el aire suaves emana- ciones. Al otro lado del arroyo se percibían las praderas verdes y radiantes bajo los brotes de oro y las margaritas: la brisa que hacía vibrar los árboles verdes llegaba fresca y embalsamada, los insectos zumbaban entre los rayos del sol, al lado de los grandes naranjos cuyas flores, semejantes a vestidos de novias, se libraban a las caricias de los abejorros y las avispas. Sentada a la sombra de los sauces del jardín, sencillamente vestida con un batín de rayas azules, la cabeza apoyada sobre un banco de arpillera, Rosette se divertía contemplando la jaula en la que sus bonitas tórtolas arrullaban su canción de amor. Esa jaula era una de sus mayores delicias. Se esmeraba mucho en llevar a los pequeños prisioneros agua muy clara en un vaso bien limpio, extender fina arena sobre las planchas posadas sobre alambres. Y como una niña grande, con risa sonora que dejaba ver a los pájaros sus dientes blancos, se hacía morder los dedos por los picos rosados, y emitía grititos sofocados. Además, cuando bajo los ardores del sol meridional, el canto del palomo se hacía más apresurado y perseguía a la tórto- la que al principio trataba de evadirse para al final dejarse coger; cuando después de los besos de amor repetidos, el macho, su- cumbiendo a los honores de su victoria galante, quedaba apoya- do sobre los barrotes, batiendo las alas, con la mirada apagada, ella se acercaba a la jaula y, bendiciendo la naturaleza, feliz de vivir, le parecía que las violetas exhalaban su olor para excitar a los tórtolos.
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    95 Este apaciguamiento delser solamente era ficticio. Rosette se sofocaba bajo los efluvios amorosos que hin- chaban su corazón enfermo, y se preguntaba si debía esperar. Pero, de regreso a su habitación, fue presa de un repentino temblor nervioso: se puso a llorar y a gritar muy fuerte. Margue- rite acudió de inmediato a su lado y trató de consolarla con bue- nas palabras. En un momento, la crisis la sacudió tan violentamente que sus sollozos fueron oídos en el estudio. Prosper acudió. Ante ese rostro descompuesto, ante esa boca crispada, ante ese cuerpo que tenía espasmos y amenazaba con romperse, el hombre se retorcía las manos de dolor: –Te lo suplico, Rosette, no hagas eso. –Déjame sola… sola. En medio del silencio, ella se sintió más fuerte y mejor armada: –Quiero permanecer siendo una mujer decente, – murmu- raba con los dientes apretados…– es lo que quiero… ¡Ah! ¡Po- bre cabeza!… ¡pobre cabeza!…
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    97 VIII Las veladas teatraleseran escasas en Saint-Cyprien, y el viejo hotel de la ciudad que servía de refugio a las compañías de paso permanecía varios meses sin abrir sus ventanas. Tan solo, la sala de deliberaciones del consejo municipal tomaba vida cuando la voz de Moulineau hacía temblar los yesos de la pared que se caían, fragmento tras fragmento, y se desmigajaban sobre el suelo con toda la tenacidad de una protesta. Resultó todo un acontecimiento la llegada de una compañ- ía de gira veraniega que representaba indistintamente ópera, drama, comedia y vaudeville. Hasta ese momento, en los días más afortunados, solo se había podido escuchar alguna noche a los actores de Pensol que venían alguna tarde dominical, ahítos de fatiga, cortando los diálogos, suprimiendo las canciones, re- presentando dos actos de cuatro y con prisa para irse después de la representación. Penosos actores que se reclutaban entre las sobras que el final del invierno arroja por los cuatro costados de Francia y para los que no existe, como las golondrinas, la patria verde y florida que han soñado. Por fin podría verse una troupe capaz de rivalizar con to- dos los colegas de la capital. El director Couty era un hijo del país que el demonio del arte había tentado hacia otros cielos. Regresaba de Lyon, de Marsella y de Burdeos, pobre aún, pero con la convicción de que pasaría algunos días felices en su ciudad natal. Si bien su com- pañía era excelente, era poco numerosa: sus dos hijas, las señori- tas Clairette y Noémi, rubias y elegantes como dos Gretches auténticas; dos camaradas de infortunio; tres aficionados, dos debutantes muy bonitas y el viejo tío Julien componían todo el personal.
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    98 Pero Couty, quehacía a la vez las funciones de director y representaba el papel principal de todas las obras, sabía que en Saint-Cyprien encontraría auxiliares dispuestos a prestarle su colaboración sin remuneración. Se había formado, en efecto, una sociedad de jóvenes que cantaban operetas y representaban comedias y dramas. Georges Loudois que recitaba los versos de un modo soberbio, estaba en la cabeza de esos artistas aficionados y en algunas veladas ínti- mas ya se habían revelado algunos talentos que no pedían otra cosa que mostrarse. Desde hacía tiempo se deseaba abordar las tablas ante el gran público: solo se necesitaba un director. Se representaron varias piezas del repertorio en las que los jóvenes de Saint-Cyprien se mezclaron con los artistas de la compañía, y, con algunos cortes, se autorizó la puesta en escena de Hernani. Los papeles fueron distribuidos del siguiente modo: Couty hacía de Ruy Gomez; Dona Sol fue la encantadora Clairette, y Georges Loudois se convirtió en Hernani. Los demás roles estaban repartidos entre los actores de la troupe y los com- pañeros de Georges. Por esa vez la velada había sido a beneficio de los pobres. Llovía. Desde las siete de la tarde, la muchedumbre se apresuró hacia el teatro brillantemente iluminado. La sala estaba repleta. Moulineau extrajo sus gafas del estuche y se instaló en el palco del alcalde, el gran palco decorado con paños rojos y cres- pones dorados, tal vez un poco pasado de moda y ajado pero retomando su lustre bajo los resplandores de las llamas que el lampista todavía no hacía acabado de encender. La señora de Carreuse, el marqués de Jamaye, el Sr. y la señora Lugeol, la señora Gavier, tomaron asiento en el palco frente al cual el presidente de la fanfarria se relajaba. Entre los primeros asientos, unas señoritas de vestidos blancos agitaban sus abanicos para disipar los rubores que emociones de todo tipo hacían subir hacia sus mejillas vírgenes de pecado; en las se- gundas galerías, algunos aldeanos venidos de Nègre-Combe, de
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    99 Jamaye y deMersay, hacían señales a sus compañeros del parte- rre y parecían dar consejos al lampista que ya terminaba su ta- rea. Cuando los músicos de la ciudad ocuparon sus puestos en la orquesta, arrastrando a su paso el olor cálido y polvoriento de los corredores, la lámpara resplandeció y el lampista se llevo la escalera. Era el momento en que las señoras Loudois, acompañadas de Rosette, hacían su entrada en el palco municipal. Moulineau se inclinó, dejó su asiento, y las dos jóvenes mujeres se sentaron sobre los dos primeros sillones de la ante escena. Saludaron al palco de enfrente, y la señora Parent reposó su cabeza sobre la palma de su mano, mientras la cortina se levantaba suavemente sobre el primer decorado de la escena. Rosette apenas escuchó el diálogo de Dona Josepha y de Don Carlos; su atención no se despertó en realidad hasta que apareció Hernani. La entrada de Georges levantó unánimes aplausos. Llevaba orgullosamente su gran capa, bajo la cual se ocultaba un vestido de montañés de Aragón con una coraza de cuero, una espada, un puñal y un cuerno en la cintura. Estaba pálido; pero su mirada, que arrojaba dulces llamas, se perdía a menudo en el palco de su familia, y Rosette, la aman- te deseada que vigilaba los movimientos de su vecina, sentía estallar su corazón. Marie, embriagada de dicha, hacía partícipe a su compañera de sus pasadas alarmas: –¡Oh! temía tanto que no se emocionase! El padre Loudois sentía gruesas lágrimas inundar sus ojos, mientras que Moulineau, de pie, con la mirada atenta, sonreía al actor: –Bravo… Muy bien… Ha nacido para eso… Es el único que sabe su rol… Bravo… De vez en cuando, la puerta del palco municipal se abría para dar paso a los amigos que acudían a felicitar al alcalde por el éxito de Georges. Rosette no perdía de vista los ojos de Hernani. Había leído la obra cien veces; pero jamás se había sentido con ella tan
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    100 grande emoción. Seencontraba entre sus lecturas nocturnas… Don Carlos estaba allí… De pronto la ventana de Dona Sol se iluminaba: se veía su sombra dibujarse sobre los luminosos cris- tales; la luz desapareció; la puerta se abrió, y Dona Sol, con una lámpara en la mano, su manta sobre los hombros, iba a buscar a su amante… Se había confundido: ese no era su paso; esa no era su voz… Finalmente, Hernani aparecía detrás del rey, inmóvil, con los brazos cruzados y los ojos arrojando fulgores… Dona Sol emitió un grito, corrió hacia Hernani y lo envolvió entre sus brazos… Hernani miró orgullosamente a Don Carlos. –Bien, mi Georges, – decía a su vez la señora Loudois. –Caramba con Georges, – murmuraba Parent al final del segundo acto, – juraría que sale del Conservatorio… y además, pone un ardor… ¿Habéis visto las miradas que arrojaba hacia nosotros?... Su Dona Sol, es usted, señora Marie… Cuando re- presenta no piensa más que en usted… –Cállate – dijo Rosette impaciente. – ya comienza. El público admiraba los retratos de familia de los Silva ro- deados de coronas y escudos dorados, mientras Moulineau, que encontraba por todas partes semejanzas, interrumpía de vez en cuando a los actores: –¡Anda! el comandante de reclutamiento… ¡Ah! el mar- qués de Jamaye… el consejero de la prefectura… –¿Dónde? – preguntaba el Sr. Loudois. –Al lado del retrato de don Silvius… el de Christoval… y de don Jorge… El mismo corte de barba… Es el marqués, pala- bra de honor… es el marqués de Jamaye… Una vez finalizada la escena, Rosette se sintió en otro mundo. La voz de George le cantaba en el corazón, y se decía con Dona Sol que ella también prefería una vida llena de esco- llos y de tormentas a la monótona existencia que la mataba… ¡Oh! ¡cómo se había equivocado al alejar de sí a Georges! Era a ella, solo a ella, a quien dedicaba su representación… Ella lle- vaba las palabras de amor de Dona Sol inscritas en sus grandes ojos; él podía leerlas allí… Se veía en algún país lejano reprodu- ciendo con Georges la escena de amor en la que Hernani aconse-
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    101 ja a DonaSol alejarse. Con los ojos llenos de lágrimas, le pare- ció que ella se identificaba con la dama cuando los dos amantes, en brazos el uno del otro, se miraban con éxtasis, sin ver, sin escuchar y como absorbidos en sus miradas… No, ya no había otro hombre más adorado que Georges… Se sintió temblar, pero permaneció tan indiferente a la presencia de Prosper como a la aparición del duque Gómez petrificado sobre el umbral de la puerta. Prosper se inclinó dulcemente hacia ella: –¿Es guapo, verdad? –Sí. –¡Qué calor!… – decía Moulineau… – ¡Uno se cuece aquí!… La señora Parent ya no escuchaba. –¿Te encuentras bien? – preguntó Prosper. –Sí… salgamos… Me sofoco… Se dejó caer sobre el diván del salón que precedía al palco, y las damas Loudois se apresuraron a su alrededor… La sala retumbaba bajo los bravos. –Ya me siento mejor. La señora de Carreuse, que había acudido con premura con su hija, le hizo respirar unas sales. Rosette suplicó a esas damas y caballeros que retomaran sus asientos: por la puerta entreabierta, pudo escuchar aún la voz de Hernani. Insistieron para que volviese al palco; pero respondió que el calor de la sala le resultaba muy sofocante. Prosper no quiso abandonarla: se había sentado de nuevo a su lado y tomaba una de sus manos entre las suyas. –Te lo ruego, Prosper… –¿Quieres volver a casa, Rosette? –Todavía no. Sin embargo no quiso quedar hasta el final del quinto acto: sabía que Georges iría a su palco y que no podría impedir pare- cer cariñoso con su esposa: ella no podía asistir a esa entrevista. Hizo una seña a Prosper quién, por lo demás, no la perdía de vista:
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    102 –Vamos. –¡Oh! señora –dijo Moulineau, – puesto que se encuentra mejor… espere el desenlace… la escena del envenenamiento… la muerte del duque… es la obra maestra del gran e inmortal Victor Hugo, ¡qué genio! ¡qué gran corazón!... Tengo una her- mosa carta suya… ¿No lo cree usted, señor alcalde? –Claro que sí… claro que sí – respondió el padre de Geor- ges. –Yo siempre llevo conmigo ese precioso manuscrito; es un talismán… Voy a leerles la carta… –Ya me la ha leído… Moulineau tomó en su cartera un trozo de papel cuidado- samente doblado, que llevó religiosamente a sus labios. –Comienzo. –Escucho, – dijo el Sr. Loudois, – gran admirador del poe- ta, pero muy molesto en tener que escuchar, quizá por centésima vez, la más benevolente de las repuestas. –¡Hum! ¡es precioso esto! – observaba Moulineau a cada frase y casi a cada palabra… Mi querido colega… Es que yo soy un poeta, un poeta auténtico… Yo había dicho « maestro: se me responde: colega… ». La señora Parent se había levantado; las damas Loudois quisieron acompañarla. Ella se lo agradeció con una amable sonrisa. Prosper la ayudó a ponerse sobre los hombros su magnífi- ca capa de satén blanco y ambos descendieron por la vieja esca- lera de piedra del hotel-de-ville. No había nadie en los corredo- res, y el notario aprovechó el silencio para decir que Georges era muy audaz y que, en cuanto a él, jamás se hubiese atrevido a subir a un escenario, y que si lo hacía, sus clientes se le reirían en sus barbas… ¿Opinas lo mismo, verdad Rosette? –Sí – respondió ella sin haber escuchado ni una sola pala- bra de la pregunta. Subieron al coche. Solamente la vieja Marguerite dormía cerca del hogar. Prosper besó a Rosette. Ese beso impregnado de la sobrecargada
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    103 atmósfera del teatro,cayó sobre su boca, graso, espeso, dema- siado ardiente. –No puedo amar a este hombre – pensó ella arrojándose sobre su cama, ahíta de lasitud y desagrado. Parent se retiró y ella emitió un suspiro de alivio al encon- trarse sola en su habitación. … Era noche. La pequeña Andrée dormía, y el Sr. Parent, que acababa de partir con su pasante para recibir el testamento de un enfermo de Mersay, había previsto que no regresaría hasta tarde. Los criados estaban acostados hacía rato, y Rosette, que se sentía mejor, se paseaba silenciosamente bajo las enredaderas del jardín, cuando de repente una sombra se mostró detrás del muro y la hizo dar un respingo. –¿Señora Rosette? Ella no respondió. La voz más clara, casi estridente en la gran calma de la noche, repitió: –¿Señora Rosette?... Ella quiso hablar, quiso huir: se sintió clavada en el sitio. Georges estaba ante ella. Él le tomó las manos y las llevó a sus labios. Una palabra le vino a la boca; ella la pronunció sin tener conciencia de ello: –¡Desdichado! –¡Oh! no, soy feliz… muy feliz… –Por el amor de Dios… déjeme… Si me quiere no lleve la desgracia a una familia… Piense que soy madre… –He combatido durante mucho tiempo mi insensata pa- sión… No puedo más… Señora, fue aquí mismo donde me aconsejó casarme… El medio de curarme, decía usted… Uno siente la decencia… el deber… Todas esas palabras que se arro- jan a la cara y se espera… pero la locura llega un día… ¿Dice usted que Marie es bella? Yo no la conozco; no la he visto… Rosette, eres tú la única a la que amo… Cuando hablo con ella, es contigo con quien creo estar hablando… Sus besos me que-
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    104 man… Sus palabrasde amor me hacen daño… Tú, tú, nada más que tú… Hablaba con voz estrangulada y la arrastraba hasta el le- cho de ramas verdes donde las hojas de los árboles dibujaban caprichosos perfiles. –Mi familia está en las Bastides… Los he dejado allí a to- dos… He pretextado un viaje… Hace dos horas que estoy aquí como un insensato y he tenido un presentimiento… Qué Dios tenga piedad de mí… ¡Oh! Rosette, ven… estamos solos… está oscuro… Ven, te adoro… –Georges… te adoro. Y la joven se inclinó sobre su hombro, y anegada en lágrimas, con las manos juntas, la carne estremecida, los labios húmedos, se abandonó… Los reflejos de la luna vinieron a ilu- minar su rostro: estaba pálida y como transfigurada, cuando su cabeza hizo temblar las clemátides y las madreselvas y un largo estremecimiento recorrió los árboles verdes. Nada turbaba el silencio de esa noche. En un momento le pareció oír un ruido. –Alguien viene, estamos perdidos. –No temas, adorada mía; es el viento que hace temblar las hojas… Te amo… Y ella respondía. –Yo también te amo y no tengo miedo… … El cielo se había oscurecido y las hojas de los árboles ya no se movían. Unos vapores de un dorado bruñido se desple- gaban en el horizonte sobre las altas colinas, y los robles de las praderas se cubrían de sombras movedizas. Poco a poco, la llanura se iluminó; se oían a lo lejos los cantos del labrador y como gritos de un pájaro al que nada res- pondía. La vida en calma manifestaba su despertar. –¿Me amarás siempre? –¡Oh! sí. –¿Con toda tu alma? –¡Con toda mi alma!
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    105 Georges la acompañóa través de los senderos bordeados por macizos; iban tomados de la mano, buscando mitigar el rui- do de sus pasos. La puerta estaba entreabierta. Antes de despe- dirlo ella lo estrechó entre sus brazos: –¡Mi Georges!... –¡Mi Rosette!... Ella se volvió una vez más, lo miró fijamente, y, besando violentamente su mano, extendió el brazo en una convulsión suprema; y radiante, sonriente al amor, olvidando todo, envió un sonoro beso al aire como el adiós de un pinzón. Al día siguiente, al mediodía, el Sr. Parent regresó de Mersay; encontró a su esposa ocupada en recortar unas verbenas en los macizos que daban al comedor. En vestido gris claro, con un gran sombrero de paja sobre la cabeza, un delantal negro gra- ciosamente anudado a la cintura, iba y venía con unas pequeñas tijeras de podar en la mano, y embriagada del aire libre, presentó su frente a besar a su marido. ¡Qué feliz estaba, él que había estado tan desolado por au- sentarse en lo más álgido de la migraña de su mujer! Pasó como un rayo de dicha en su mirada un poco turbada. Ella le sonreía, mostrando sus dedos llenos de tierra fres- ca. Andrée, que jugaba en el vestíbulo, acudió a recibir a su papá. Prosper estaba radiante. Su noche había sido dura a la ca- becera del enfermo, pero había cumplido concienzudamente con su deber y había sido recompensado con el afecto de los suyos. –Los negocios marchan – decía. – El Sr. Faure me prome- tió dos importantes ventas en Mersay… Todavía tendré un exce- lente contrato de matrimonio… Mi Rosette, pronto podremos librarnos de nuestras pequeñas deudas y ya no necesitaremos importunar más a nuestra familia. Ella lo vio tan contento que se sintió mal. –Tienes calor, amigo mío, no quedes fuera… vamos, ven… Rosette le tomó por el brazo, la pequeña Andrée se colgó de su chaqueta, y él se dejó arrastrar, ebrio de dicha.
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    106 La velada fueencantadora. El Sr. Faure, el juez de paz, el Sr. Moulineau, el comandante Benjamin, vinieron a contar sus impresiones sobre los nuevos actores de teatro. Se habló de los Loudois, que no debían divertirse dema- siado en los Bastides, y de Georges al que la enfermedad de uno de sus primos acababa de llamar a Pensol. Georges, en efecto, había partido la misma mañana para la capital de la provincia, aprovechando una carta de la que había exagerado los términos; su familia creía que no se detendría en Saint-Cyprien. Rosette escuchó, conversó, y todo el mundo le hizo cum- plidos por su buen humor. A partir de ese día, Georges y Rosette se vieron a menudo, pues encontraban el medio de decirse una frase al paso, una pa- labra que no tenía más que sentido para ellos. Se intercambiaron fotografías. Ella guardó la que él le dio en su armario de espejo, entre los pliegues de sus camisas: era su retrato de estudiante. La joven encontraba a Georges más guapo ahora, más hombre y, a pesar de eso, prefería esa fotografía a otra más reciente, porque le parecía que le había pertenecido desde hacía más tiempo. Cuando estaba sola, tomaba la imagen de su amante y la devoraba a besos; ese era su Georges, el Georges de ella, su amante. Cierto día en el que esperaban la hora dichosa en la que las damas Loudois irían de visita al castillo de Mersay, Rosette tuvo una fantasía: advirtió a Georges que quería ir a verlo a su propia habitación. A plena claridad del día, y mientras Prosper trabajaba en el estudio, ella escaló el muro con la ayuda de una silla, atravesó el jardín y se dirigió hacia la puerta de la casa del alcalde. –¿Georges? –Rosette… Loudois esperaba en lo alto de la escalera. –Mi padre está en su habitación… No escuchará nada… Ella echó un vistazo a la ventana del corredor, quitó sus pantuflas y subió suavemente: –¡Oh! mi corazón está a punto de romperse…
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    107 –Mi mujercita… Ella sedejó conducir a la habitación, la estancia del ma- trimonio, decorada totalmente con telas azules, y se sentó sobre una silla, muy cerca de la chimenea laminada de plata con ribe- tes dorados. –¿Es aquí donde te dejas querer por Marie? –No pienso en ella. –Aquí están las sortijas que le has regalado de novios – di- jo ella vertiendo en su mano el contenido de una cesta de cris- tal… – Pobre Marie… Aspecto inglés… un poco delgada… mi- rada de novia… Francamente querido, esa no es la mujer de tus sueños… Es incapaz de subirle a la cabeza a un hombre… No parece vivir… Rosette rodeó con sus brazos el cuello de su amante. –Me gustaría dormir contigo… soy tu amante, Hernani mío… te pertenezco por completo, y ayer por la noche era yo quién miraba tu ventana… –¡Ángel mío!... Ella se quedó algunos minutos y luego regresó a su jardín donde jugó a ser madre con su pequeña hija hasta llegada la no- che. La madre y la hija hacían de mamá por turnos. Se daban nombres. La madre se llamaba: « mamá Grondin ». La chiquilla se llamaba: « señorita Lili ». –Ahora, mi Andrée, ahora te toca a ti. Entonces la niña, imitando a su madre, tomaba un aspecto serio y sacudiendo sus pequeños dedos: –Señorita Lili, no has sido prudente… Has comido un ta- rro de mermelada que estaba reservado para la cena… Serás castigada… –Mamá… perdón, mamá Grondin. –Ta…ta…ta… Siempre dices lo mismo. –Mamita… mamita… –Bueno, por esta vez te perdono… Ven a besarme, Lili. Y Rosette ofrecía sus labios, abriendo los brazos, avan- zando hacia su hija, semejante a uno de esos bebes sonrosados
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    108 que se muestranen los escaparates de juguetes para regalo. Se dejaba tomar y devoraba a Andrée con caricias infantiles. –Mamá… yo zoy tu Lili… mamita… te quero… te quero con todo mi corazón, mamá Grondin. El juego se terminaba con grandes risas. Prosper seguía todas esas escenas con un vivo interés. Se divertía mucho con ellas. A veces, Clapier las veía hacer a ambas, y como pensaba en el desorden del hogar Parent, murmuraba con voz sorda, apretando los puños: –Tan infantil una como otra… ¡Qué mujer!... ¡Dios santo, qué mujer! …Durante los buenos días de verano, las damas y los ca- balleros daban largos paseos por la sombría ruta del bosque de Lamète. El Sr. Parent, el Sr. Faure, el juez de paz, el comandante Benjamin, el Sr. Moulineau, mantenían discusiones filosóficas y puntos de vista; se hablaba de Darwin y de su sistema; se expon- ían teorías sobre la formación del globo terrestre y Moulineau sostenía que, mediante el examen de ciertas rocas erosionadas por las olas del mar, los sabios habían llegado a concluir que el mundo existía desde hacia millones de años. –Bromas de los periódicos, – interrumpía el Sr. Faure. – Hoy cualquiera dice ser periodista… –Señor, no me insulte. –¿Cómo? –Sí, señor, también yo me llamo Victor Moulineau, soy periodista y me vanaglorio de ello… ¿No ha leído usted mi so- neto a la Virgen en Le Figaro? –No. –¿Y usted, señor Cournet? –No. –Pues bien, caballeros, es que no leen ustedes nada.
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    109 Las damas Loudois,la esposa del subprefecto, la señora Lugeol y Rosette habían llegado a lo alto de la avenida de los robles. Georges jugaba con Andrée, tomaba a la niña sobre su es- palda, corría con su perro Médor que ladraba alegremente ante ellos. –Más aprisa, Geor,– gritaba la chiquilla. Ella le llamaba Geor; nunca de otro modo. La madre se destacaba algunas veces del grupo de las da- mas. –Señor Loudois… señor Loudois… va a caer… Andrée… mi hija, tenga cuidado. Rosette tenía con su amante frases entrecortadas que la inocente niña no podía comprender. –Geor, levántame; Geor, tú no corres bastante aprisa… Geor… Vamos, Geor… –¡Qué simpática es nuestra Andrée! –¡Y qué lástima que no sea nuestra, de ambos! –Otra vez… –¿Geor, me comprarás una sombrilla parecida a la de mamá? –Sí, querida. –Bordada, ¿verdad? –Sí, sí, sí. –Mi pequeño Geor… Llévame ahora… llévame… Georges la subía a sus espaldas y llevaba a la pequeña Andrée que reía y gritaba mientras el viejo Médor, el perro de Loudois, que se metía siempre por medio, le lamía las manos y el rostro. ¡Pobre Médor! su pelaje color marrón se había convertido en el terror de los carniceros y su glotonería le había atraído más de un correctivo cuando se arrojaba con todas su fuerza para atrapar al paso un cuarto de cabrito recién sacrificado. Sin darle tiempo a gozar del pillaje, regresaba a casa, con las orejas bajas y aires de conspirador, para vigilar la gallina que se cocinaba en el asador; espiaba con la mirada a la vieja Babet; y de vez en
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    110 cuando, si lallama no era demasiado viva y se lo permitía, lamía suavemente la espalda del ave y bebía un poco de jugo de la gran olla de hierro. Tenía recursos tan arteros e hipócritas de cometer su latro- cinio que casi nunca era descubierto por los criados. Por añadi- dura, Babet adoraba en general a todos los perros y a Médor en particular. También, en las mañanas de invierno, los perros del barrio acudían a calentarse en la cocina de la casa de los Lou- dois: grandes y bohemios canes, dogos, españoles y pequineses, perrillos negros de cura y grandes mastines de carnicero, e in- cluso los judíos errantes fraternizaban ante las llamas; la vieja impedía las riñas, y si toda la raza canina tenía lugar en el hogar, una vez se habían ido los camaradas, no había atención con la que ella no colmase a su Médor, un viejo baboso, enfermizo por la edad pero risueño y buen muchacho que se dejaba mimar so- bre las rodillas de la buena mujer. –¡Pobre perrillo!... ¡pobre perrillo!… Babet incluso le daba la mitad de su chocolate y también algunas pastillas para el reuma. Andrée jugaba continuamente con Médor, que lamía bas- tante a menudo las gallinas del notario. Los caballeros exponían tesis sociales: en ese momento se trataba de la situación de la mujer en el hogar, desde el punto de vista de la autoridad. –Mire usted, – decía Moulineau, – la mayor cualidad cere- bral es el espíritu de generalización… Usted, notario, cuando tiene una liquidación que hacer, toma el toro por los cuernos; procedencia de bienes, partes aferentes, informes, activos, pasi- vos; examina los detalles; aprecia en términos de comparación; usted generaliza… Mi comandantes, cuando usted está en cabe- za de un batallón, no se ocupa ya más de tal compañía que de tal otra: lo que usted desea tener es un conjunto, y no hubiese esta- do satisfecho con ver una compañía en desbandada y la otra ad- mirablemente conducida; usted, señor Faure, en sus ventas de bienes, le da igual saber si tal pradera alcanzará tal cifra; lo que usted quiere es un resultado, un conjunto… En mi fanfarria me
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    111 enfurezco si lastrompetas se tocan correctamente pero los clari- netes no están afinados… Yo también quiero el conjunto… Así pues, todos somos generalizadores… El orador se secó el rostro y continuó: –Si yo pido que la mujer quede en el hogar y sea indife- rente a las grandes cuestiones que afectan a los hombres, es por- que la mujer no conlleva en sí el espíritu de generalización; su propia naturaleza la absorbe en el detalle, y su delicado tempe- ramento le incita a mil finuras, mil sutilezas que a nosotros se nos escapan y, por otra parte, deben escapársenos. Un espíritu vigoroso y robusto no es fino. Un hombre fino es una mujer en ciernes. Además sus trabajos ordinarios son indicativos del carácter femenino: la tapicería, los bordados, la atención hacia las lanas y sus matices, las discusiones relativas a las sedas, a los diseños, todo eso la arrastra al detalle, a la aplicación, a la minu- cia… Ideas de conjunto y de generalización sobre la manera de contar los hilos, de llevar una trama, de analizar un bosquejo… ¡Venga ya! Que las mujeres se queden con sus telares de caoba, con sus bonitos costureros, que den puntadas a 5 o a 4 3/4, pero que, ¡por Dios!, que se alejen de la política, las finanzas, la filo- sofía y las demás ciencias humanas en las que su entendimiento nada tiene que ver ni esperar… Una mujer en pantalones es una pareja perdida… La marimacho es un monstruo… ¡Cabecita loca!... ¡cabecita loca!... –Muy bien – exclamó el Sr. Faure. – ¿pero, y si el marido es un imbécil? –Entonces, querido, yo lo dejo en manos de la mujer, de sus pompas y de sus obras. Se sentaron sobre los taludes del camino, y las damas to- maron parte en la conversación. –Henos ya a finales de septiembre, señoras, – dijo Rosette – y dentro de algunas semanas el espantoso invierno nos ence- rrará en nuestras habitaciones. Tengo una idea… –Escuchamos.
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    112 –Se acaba depublicar el bando de la vendimia; la cosecha será soberbia. Con autorización de mi esposo, les invito a todos a mi pueblo, a la Croix-du-Jarry… ¿Quieres, Prosper? –Sí, si eso es lo que te place… –Queda convenido… señoras, caballeros… vamos a ven- dimiar… –¿Cuándo nos vamos? – preguntó la esposa del subprefec- to. –Les daré la respuesta mañana… Nos desmelenaremos… ¡Ah! sin ceremonias… a corazón abierto… Nada de lujos, ni confortabilidad; eso es todo… Todos fueron unánimes: –Aceptamos agradecidos. –El Sr. Moulineau encargará buen tiempo y el Sr. Loudois será el organizador de la fiesta. Regresaron a Saint-Cyprien.
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    113 IX El padre Bériasarreglaba sus barriles. Los portales de la granja estaban abiertos de par en par, y el buen hombre, arre- mangado, con un delantal de cuero atado a la espalda, un gorro de lana sobre la cabeza, colocaba los aros en los toneles con su cincel de hierro y su mazo. Habiéndose debilitado su vista, lle- vaba gafas, y los duros golpes que daba a los toneles hacían temblar los cristales sobre su nariz obligándole a acomodarlos a cada instante. Las mimbres se mojaban en un balde; aquí y allá, unos aros de roble, el compás, la tiza, la sierra, todo lo que hacía falta para medir, marcar y cortar los fondos de las barricas alineadas en un montón al lado del banco del carpintero. En el momento en que Rosette, encantadora en un vestido de cretona gris, se adelantaba, se sintió presa de una especie de muda admiración por ese anciano que no podía perder el hábito del trabajo. Lo miró durante un buen rato mientras medía la di- mensión de un círculo, y fue solamente cuando levantó los ojos para tomar la sierra colgada encima de su banco cuando se deci- dió a hablar: –Hola, padre. –¿Eres tú, pequeña? ¿Cómo va esa salud? –Muy bien, padre… Y tú, ¿siempre trabajando?. Bérias besó cariñosamente a su hija. –Tengo que trabajar… Me aburro cuando no hago nada… ¿Y el yerno? ¿Y Andrée? ¿Y la casa? –Gracias… Han quedado todos con muy buena salud. Si el padre Bérias hablaba a su hija con una inhabitual ter- nura, era porque desde hacía varios meses no había surgido nin-
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    114 guna cuestión deinterés que debatir entre ellos, ningún dinero que desembolsar. Todavía no había recibido las sumas que les había adelantado, pero desde la negativa que le había manifesta- do a la señora Parent no había vuelto a recibir ninguna peti- ción… Los negocios marchaban mejor, sin duda, y los jóvenes habían sentando cabeza… En definitiva, los hijos se bastaban y eso era todo lo que pedía François. –Te has vestido como una princesa, hija. –¡Bah! – exclamó ella tocando su vestido – es tela de cre- tona a treinta centavos el metro… La criada, que salía de la cocina, con una cesta de provi- siones que la madre de Rosette acababa de llenar, miraba en un campo de alfalfa recién segada a unos jóvenes que se esforzaban para levantar el eje de una carreta. Allí estaban Pichou, los grand-Bissac, los Mérinon, todos mozos vigorosos y bien plan- tados, cuyos bíceps denotaban una sólida musculatura. –Cómo los miras, – observó Rosette – parece que quieres comértelos. – ¡Señora! – respondió la criada, que tan solo hacía dos días que se encontraba al servicio de la señora Parent – es que tienen muy buen tipo esos chicos… y son guapos… –Lo que sucede es que falta educación – añadió Rosette; – he aquí una muchacha que se imagina que un hombre es guapo porque es fuerte… –Hija, en ese aspecto no debes quejarte… Nuestro yerno tumbaría un buey de un puñetazo… –Pues yo creo que más vale ser delicado. –¡Ah! resulta ahora que eres de la ciudad – dijo el padre – y prefieres a tus empleados débiles, muertos de hambre, no más fuertes que una mosca, antes que a nuestros muchachos que ser- ían capaces de levantarlos al peso con un solo brazo… A noso- tros nos gusta la fuerza… ¿Qué haríamos sin ella?... Se dice que la fuerza es para los caballos… ¡una estupidez, una estupidez! La fuerza también es para los hombres; sirve para trabajar y hacerse respetar… Por muy jorobado que estuviese nadie me
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    115 miraba al revéscuando era joven y cortejaba a mi mujer… ¡Ah! ya lo creo que no… Al recuerdo de sus mejores años el aldeano se sentía revi- vir, lleno de orgullo. Antaño, había sido criado en una mala ex- plotación; hoy se sabía que era el propietario de una gran granja adquirida a base de mucho sacrificio, sudor y vigilias. –Más adelante tendréis aquí un bonito emplazamiento – decía a su hija.. –Siempre os gustará poseer tierra… Sé bien que cuando uno no la trabaja por sí mismo no aporta tanto como los plazos de las hipotecas, pero eso no supone nada… Uno está contento de saberse dueño de lo suyo y de poder respirar a sus anchas. –¿El año es bueno para el vino, verdad padre? –Fíjate, ya comienzas a preocuparte de la cosecha… Creía que habías olvidado todo eso. –Claro que no… Y la prueba es que vengo a pedir permiso para traer a todo el mundo el lunes próximo. –¿Todo el mundo? –Sí. Las damas estarán muy contentas de vendimiar, de sa- lir un poco. Jeanneton entraba en la granja. –Y si mi madrecita fuese amable, nos autorizaría a hacer crepes para cenar. –¿Crepes?... Pero es que no piensas, hija mía… Con todos los jornaleros que tendremos que alimentar, la cocina estará atestada. –Entonces en mi habitación… –¿En tu habitación?... La chimenea no es lo bastante gran- de. –¿Qué es lo que te pasa?... Encenderemos menos fuego… –Mira, haz lo que quieras… Vamos a tener una dura ven- dimia. –Puedes contar con ello. Por fin llego la esperada jornada de la vendimia. Las da- mas habían querido hacer el camino a pie, pero pensaron que la ruta sería demasiado larga y todo el mundo tomó un coche.
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    116 Nadie faltó ala cita. El sol estaba ya en lo alto y las viñas se llenaron de voces de hombres, de mujeres, de niños, todos activos en la tarea. Bérias, con la chaqueta baja y un cinturón rojo alrededor de los riñones daba órdenes; la madre Jeanneton había quedado en la cocina, ayudada en su labor por sus primas cuyos maridos traba- jaban en la vendimia. En ese momento se encontraban en la viña de los Cailloux, así llamada a causa de la sílice que daba al vino un regusto a piedra. Unos hombres con grandes sombreros de paja y pesados zuecos pasaban y volvían a pasar, portando inmensas cestas de mimbre que dejaban caer y vaciaban, alegres, en los toneles si- tuados en los extremos de la viña. Cuando los recipientes se llenaban, unos mozos – aquellos que la semana precedente tra- taban de levantar el eje de la carreta – removían las uvas, las aplastaban con largos bastones mientras las avispas embriagadas con el olor zumbaban en torno a los racimos, cantando también las alegrías de la buena cosecha. Unas muchachas frescas y son- rosadas, agachadas al pie de las viñas, cortaban las uvas retiran- do los granos podridos mientras vigilaban a sus enamorados. Las damas se habían sentado al lado de la viña, muy cerca de un estanque que dormía bajo las fragancias de los nenúfares, a la sombra de los olmos y los sauces. Sobre el talud del camino, erosionado por las lluvias in- vernales, medio perdidas entre los verdes setos, aparecían las pesadas carretas donde se cargaban los toneles llenos y donde los niños, suprema alegría, se subían para parecer más altos que sus padres. Rosette, a la que todos sus invitados preguntaban sobre el modo de fabricar el vino, cuál era el tiempo necesario de perma- necer en el barril, acerca de los datos de la prensa, estaba feliz de proporcionar esas explicaciones. Hacía cuatro años tan solo, hubiese enrojecido de parecer aldeana, y ahora sentía por ello una especie de orgullo. Se decía que si las mujeres de los fun- cionarios no sabían distinguir un roble de un nogal era porque jamás habían poseído una granja. Se la escuchaba con una admi-
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    117 ración no exentade envidia. Después de todo le daba igual – por fin lo comprendía – saber si descendía de una estirpe ilustre o de una mala rama de campesinos. Lo importante era poder pagarse sus caprichos, sentirse dueña de lo suyo, como decía su padre, y de pensar que todos esos hombres dispersos por las tierras traba- jaban para el dueño y que se podía recoger la cosecha sin traba- jo. Y la señora Parent miraba con aires condescendientes a las esposas de los empleados que estaban a expensas de un denun- ciador influyente, a esas pobres mujercitas que el diputado to- maba del mentón y tocaba donde le parecía, como si fuese su dueño. También esperaba el bendito momento en el que Prosper y ella fuesen a vivir en una hermosa casa de campo, un castillo que se haría construir sobre las colinas de la Mare-aux-Herbes. El sol radiante había alejado de su corazón todas sus locas aspi- raciones, y con aire indiferente miró a Georges que, indolente- mente, estaba tumbado sobre la hierba, mientras ella lo tapaba con su sombrilla. En verdad había sido una insensata: su marido era un hombre como los demás. Hacia las tres, a invitación de Rosette, todas las damas se pusieron a vendimiar para gran regocijo de los hombres y de las mujeres que descansaban en las viñas. Los caballeros encendieron cigarros y se tumbaros al pie de los robles. –Vamos, vamos, señoras – exclamaba Rosette. –¡Oh! ¡esos malditos sarmientos! – decía la señora Gavier. –¡Ah! se nota que no tiene usted costumbre. La vieja señora de Carreuse caminaba suavemente dando la mano a Andrée, muy feliz de poder charlar con su buena ami- ga, bajo el parasol de algodón azul recogido en la granja. Moulineau recitaba versos en los que comparaba a esas damas con cigarras ociosas cuyo canto resonaba en la sombra de los bosques, y apenas dudaba de la inconveniencia de esas com- paraciones. No lo escuchaban, y él acariciaba su barba regia con
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    118 insensatos furores, creyendoencontrar en la textura de sus pelos una inspiración poética. De pronto, se dirigió al comandante que descansaba a sus anchas, con el chaleco desabotonado, sin corbata, con un ciga- rrillo en la boca y la mirada perdida en el cielo azul. –¿Mi comandante? –¿Qué desea? –¿A qué no sabe en lo que pienso? –No; déjeme dormir. –Solo un minuto… tengo una idea… –Venga, suéltelo; pero no se extienda demasiado. –¿Ve a esas dos mujeres: una de azul y la otra de rosa? –¿Dónde? –En las viñas. –¡Ah! sí… la señora Parent… la señora Loudois… –Eso es. –¿Y bien?... Los ojos del comandante comenzaban a desvelarse. –Prosigo: Usted está como yo hastiado de algunas cosas; pero hay otras que siempre serán objeto de nuestra admiración. Hace un instante me decía: Mi pensamiento rechaza en admirar la fuerza sin la gracia… Un hombre desnudo me horroriza… Si fuese tan buen escultor como pintor, músico y poeta, ejecutaría la obra maestra de las obras maestras… Mis modelos están ante mí. –¿Dónde? – preguntó todavía el Sr. Benjamin. –En las viñas… Mire esas dos mujeres: la señora Marie; la señora Rosette. La primera es del tipo inglés; es rubia, delgada, nerviosa; la otra es morena, llena de vida; las uniría en un blo- que de mármol; las haría inmortales mediante poses estáticas… Marie suavemente tumbada a los pies de su rival, que la domina con su soberbia frente y le abre sus brazos blancos de nieve… Están como absorbidas en su mirada; parecen amarse y adorarse; una representa la vida; la otra, es la gracia… El comandante se levantó: –Moulineau, es usted un cerdo.
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    119 Y como elsol horizontal que atravesaba las ramas de los robles deslumbraba los ojos, apoyó la cabeza sobre su brazo. –¡Oh! ¡qué hermosas uvas!... ¡qué hermosas uvas!... Era la señora Georges que conocía bien las viñas y admi- raba una cepa repleta de racimos blancos. La señora Parent acu- dió con la señora Luegeol, la esposa del recaudador de impues- tos, y las tres jóvenes y bellas, frescas y rosadas, se bajaron para recoger los racimos: sus faldas estaban ligeramente levantadas, y el blanco de la enagua se podía percibir a través de las hojas bajo los ojos de Moulineau y del comandante que ya no dormía. Las jóvenes de tez pálida, con los brazos desnudos y pa- ñuelos en la cabeza graciosamente ajustados, habían descansado algunos instantes; y, antes de reemprender sus trabajos, estira- ban los brazos bajo las ardientes miradas del sol, con ondulacio- nes en todo el cuerpo y guiños de ojos, crispaciones de manos y oscilaciones de pecho capaces de dar vértigo a los mozos disper- sos por las viñas. –Pobres chicas… Están fatigadas, – había dicho la señora Georges. Usted no las conoce – respondió Rosette… –Seguirán sin reposo hasta la noche… ¿Verdad Miette? ¿no es así, Aglaé?... La señora Parent, que a pesar de sus aires de superioridad había conservado algunas buenas amistades en el pueblo, espe- cialmente con las dos muchachas a las que solía dar vestidos que ya no se podía poner, esperaba el cumplido de costumbre. –¡Oh! sí… señora: siempre a su servicio… Y tímidas y sonrojadas de haber hablado tanto, las mozas se libraron a la tarea, mientras la compañía que había dado algu- nas monedas a los niños de pantalón corto y grueso vientre, se encaminaba hacia el pueblo. –¡Las crepes!... ¡las crepes!...–decía Andrée aplaudiendo. – ¡Qué contenta estoy!... Geor… mi pequeño Geor… tú harás las crepes y daremos de comer a Médor… Té, Médor… mi viejo Médor… Té… Pobre perrillo… Pobre perrillo…
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    120 La niña acariciabaal perro marrón, tratando de imitar a la vieja Babet. Se instalaron en la vieja habitación de la antigua pensio- nista de las damas Castel y todas las señoras, arremangadas, ofrecieron sus servicios. Los maridos y los solteros, cegados por la humareda, se paseaban a lo largo del patio examinando las pesadas carretas que llevaban los toneles a la granja. La sartén se encontraba sobre la fogata de abedul, y podía oírse el crepitar del aceite de nuez que se consumía al hervir. La esposa del subprefecto, con un gran delantal de cocina, agarraba la sartén mientras la señora Loudois, encargada de la distribución de aceite, dispersaba el fondo con un trozo de trapo ajustado en el extremo de un tenedor. Mientras tanto, Rosette estaba ocupada en romper los sarmientos y atizar el fuego de la chimenea. Se trataba de cocinar la primera crepe. La harina y los huevos ya habían mezclado, y la obra ma- estra ya tomaba forma con tintes dorados y tostados; había que dar ese color de oro al otro lado de la crepe. –Esperen – dijo la señora Gavier… – Uno, dos, tres… ¡Uff!... La crepe voló por el aire y cayó hecha trizas en las cenizas. La bonita cocinera quedó consternada, con los brazos col- gando y por un momento se creyó que la sartén iba a seguir a la crepe. Fue el turno de la señora Loudois. Cuando se bajó para tomar impulso, sus bellos cabellos de oro se desanudaron: –Qué encantadora está, – murmuró Rosette. –¿Quién? – preguntó el Sr. Parent que acababa de entrar. –Mira. Él contempló a Marie que se puso colorada: –Sí que es bonita… ¡Ese afortunado de Georges!... Marie no tuvo más éxito que la señora Gavier, y las crepes rodaban por el suelo, para gran desesperación de la pequeña
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    121 Andrée, cuando lamadre Jeanneton apareció y se puso a la ta- rea. En menos de un cuarto de hora, la colación fue servida y se dio cuenta de las crepes bien enrolladas y azucaradas. Hubo que pensar en el regreso; pero antes de subir a los coches, los invitados asistieron a la llegada de las últimas carre- tas que se llevaban triunfalmente al pueblo. Ante la granja, unos barriles llenos bajaban, y dos hombres los conducían a las bode- gas haciéndolos girar sobre su base. Una vez terminado el trabajo, los mozos y las mozas, co- ronadas con ramas verdes, esperando la comida luchaban huyendo como sombras detrás de los grandes robles. El sol, en su declinar, mostraba tintes de un rojo oscuro. Sobre el camino se encontraron carretas que acompañaban las alegres canciones, y los viejos que tiraban de los bueyes sonre- ían entre ellos de los mil ruidos que se escapaban de los indis- cretos ramajes y dejaban adivinar la dicha de los enamorados del pueblo. Habían tomado sitio con un poco de precipitación en los coches, y el azar quiso que Georges y Rosette se encontrasen reunidos. Se miraron durante un buen rato y luego, sin decir palabra, mientras el cielo oscurecía, sus piernas se entrelazaron. Se escuchaban las risas desde el otro coche; se hablaba: ellos respondían, pero todo su espíritu, toda su alma estaban absorbi- dos en su mirada. Rosette ya había olvidado su tranquila jornada, y todas sus promesas mentales se habían desvanecido. Con la cabeza indo- lentemente reclinada sobre el reposa cabezas del coche, la joven respiraba la brisa de la noche: el suave mecer de la marcha ra- lentizada, las palabras que acudían a su corazón y que los labios no podían pronunciar, el gran silencio que pesaba sobre ellos, los sauces que huían como locos sobre la ruta blanca, todo eso le producía una mágica embriaguez; se inclinaba por completo sobre el cuerpo de su amante; era feliz; se sentía amada; se sent- ía bien con él.
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    122 Rosette colmaba dedulzura y deferencias a su esposo. Cuando este regresaba de viaje, el Sr. Parent encontraba un cha- leco de franela y un pijama junto a la gran chimenea de la coci- na. Y no era precisamente la sirvienta quién se encargaba de esa tarea, era Rosette quien llevaba la plancha hasta la habitación de su marido y quien le decía por la puerta entreabierta: –¿Está caliente tu chaleco de franela?... He elegido un pi- jama muy suave para que estés cómodo. El notario bajaba de su habitación con unas bellas pantu- flas bordadas y un gorro griego de color azul. Veía a su mujerci- ta preparando algunos manjares azucarados que a él le encanta- ban, y, lleno de gratitud, miraba a su compañera, con los ojos húmedos por dulces lágrimas de emoción… ¡Qué cambio!... ¡Qué dicha ignorada!... ¡Dios era bueno… ¡Ah! el doctor no se había equivocado; las malditas migrañas desaparecerían con la edad… ¿Rosette derrochadora?... ¡Venga ya!... Él había calcula- do los gastos y sabía que su mujer se había vuelto muy razona- ble… ¿Las facturas de los suministradores?... Pero él las conocía mejor que nadie… Rosette sabía comprar, eso es todo… Ella se dirigía a las grandes casas de París, y, aunque no conocía la ca- pital, no podían engañarla, pues sabía perfectamente el precio de los artículos que estos le vendían… Sí, era ahorradora y ordena- da… Los amigos podían venir ahora, entre otros el juez de paz y el Sr. Faure; podían expresar sus idiotas reflexiones… Él sabía que de seguir así no tendría necesidad del consejo de nadie. La Señora Parent soportaba sus caricias. Él no abusaba de ello, al menos, y desde que ella parecía desearlo, se empeque- ñecía, dispuesto a obedecer sus menores caprichos… Vamos… vamos… Cournet con sus consejos era un asno; el Sr. Faure, un asno; el cura, un asno… Todas sus palabras estaban inspiradas por los celos… Su Rosette era la reina de Saint-Cyprien como había sido la reina de la Croix-du-Jarry… Ellos no comprendían eso; no la amaban como él. La verdad, es que Georges Loudois adelantaba enormes sumas a su amante. Al principio, la joven se había indignado:
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    123 –La que mepropones es vergonzoso… No quiero ser una mujer mantenida… Si me entrego a ti… es porque te amo… –Estás loca… no me entiendes… ¿Para quién te pones be- lla, mi Rosette? –Para ti, Georges… Para ti solamente… –Pues bien… no hay necesidad de arruinar a tu marido… Si el destino lo hubiese querido, nosotros estaríamos casados… Así pues, solo es a mí a quien compete tu bienestar… Tal vez un día… –¡Oh!... –¿Te gustaría, verdad?... Ella tomaba las manos de George, y con una sonrisa feroz: –No me digas eso… –Tienes razón, mi Rosette… Me he equivocado… No hay que desear la muerte de nadie… Amémonos en secreto, puesto que no podemos hacerlo abiertamente. Pero, por favor, no me niegues lo que me hace tan feliz ofrecerte… No temas moles- tarme… Soy muy rico… –¿Y tu mujer? –Ella tiene su propia fortuna… Mi dinero es solo mío… Y todo lo que poseo te pertenece, mi bien amada… La señora Parent escribía a París, encargaba magníficos vestidos cuyo precio disimulaba a su marido. A pesar de eso, el tren de vida de la casa Parent sobrepasaba con mucho los ingre- sos del estudio, y todo el mundo estaba engañado, gracias a los cálculos erróneos del notario. Nadie le pagaba… Se le debían tantos y tantos miles de francos… Todas esas sumas se recuperarían algún día… Ese diablo de recaudador del registro no acababa nunca con sus de- mandas… El viejo pasante Clapier, que mantenía los libros, no deja- ba de reprochárselo: –Le afirmo, señor Prosper, que sigue usted un mal cami- no… Sé que no debo hablarle así, pero me hierve la sangre al ver que se arruina.
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    124 –¡Oh! te loruego, amigo mío, no sigas con tu cantinela… Te equivocas… –Le digo que no me equivoco… ¿Quiere mirar los libros? –Sin embargo tenemos menos gastos… –Bueno, señor Parent, está usted advertido. Y Clapier, ante la mirada fulminante de su patrón, retoma- ba su trabajo, no habiéndose atrevido a decir todo lo que tenía dentro. Desde luego no ignoraba que en la ciudad comenzaban a murmurar sobre Rosette y Georges Loudois, pero no podía atre- verse a llevar la desgracia a un hombre decente, desvelándole la horrible verdad. El notario no creería en sus palabras y lo despe- diría de la notaría. Sin embargo, de vez en cuando, participaba al Sr. de Cournet de sus alarmas al salir de la audiencia y, este, mientras se dirigía al despacho, trataba de convencer con am- plios discursos al Sr. Clapier de que sus temores eran vanos. –¿Cómo van los negocios, mi querido Parent? –Todo va bien… El Sr. Faure me ha procurado una buena venta en Ligueil… –Yo creía que se había producido una cierta ralentiza- ción… –No… la gente está absorbida por los trabajos del campo; pero es lo de siempre… A propósito, ¿y sus intereses? ¿ya ha pensado en ello? –No seas bromista, mi buen Prosper… Nosotros jamás le pediremos nada… Vivimos muy tranquilos allá… –Pero… –¿Usted quiere hacerse el afectado conmigo?... Y el buen hombre que no había recibido más que un pobre adelanto sobre el precio de su estudio, olvidaba reclamar los intereses de su dinero, no recordando ni siquiera que Parent hab- ía ido varias veces a pedirle prestado. –¿Qué quiere usted? Quiero a ese muchacho… lo conozco como a mi bolsillo; es un corazón de oro… soy yo quién lo ha formado. La señora Cournet aprobaba la conducta de su marido:
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    125 –Tanto hacer bienaquí y allá, y además Prosper y Rosette nos quieren mucho… Últimamente, cuando he tenido mi ciática, Rosette ha pasados dos noches en blanco cuidándome… –Es una mujer excelente… Todas esas habladurías son odiosas. –¿Tú no crees una palabra, verdad Cournet? –No… Georges, un amigo íntimo de Prosper… camaradas de infancia… hermanos… –Los habitantes de Saint-Cyprien no saben más que coti- llear, y he tenido que discutir con la señora de Mersay, la esposa del alcalde de Lamète… –¿Acaso la señora de Mersay sospecha…? –Ya lo creo. –Pues bien, yo afirmo como la señora de Carreuse: « Las mujeres decentes no creen en la mala conducta de las demás ». La familia Loudois estaba obligada a frecuentes viajes a las Bastides, a causa de la enfermedad de la señora Varennes, y Marie había visto disipadas sus sospechas al observar a Rosette muy cariñosa y diligente con Prosper. La joven mujer se colgaba del cuello de su marido. –Mi Georges… te disgusté el otro día con mis tontas pre- guntas… Perdona… Y sin darle tiempo a responder lo besaba y lo dejaba para ir a cumplir sus deberes al lado de su tía. Georges y Rosette podían amarse con entera libertad. Siempre era a la misma hora, por la tarde, sus encuentros tenían lugar bajo la pérgola del jardín. Los cantos de los pájaros en los árboles, el viento que estremecía las hojas amarillentas por el otoño, no les daban miedo. Se decían que tenían derecho a ser el uno del otro, y su delirante cerebro creaba ficciones para servirles de excusa. Hacían mil proyectos, soñando con partir para un país lejano, vivir para ellos y solamente para ellos. En esos momentos de expansión, Rosette se levantaba muy rígida, movida como por un resorte mágico, y dejaba caer estas palabras con una lentitud medida que producía escalofríos en el corazón de su amante:
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    126 –¡Ah! si notuviese una hija… Tenía una sonrisa terrible cuando dirigía sus ojos hacia la casa de Georges, a esa casa antaño tan triste y desolada y que había tomado un aire festivo desde el matrimonio de la señorita Varennes. La prima se había convertido en esposa, y la jovencita había producido el efecto de una golondrina que entra en una clase de escolares en una bella mañana primaveral. Marie tenía dieciocho años y era risueña como una cole- giala. Lejos de haberse mitigado la innata dulzura de su carácter, el aislamiento en el que vivía en las Bastidas le producía como un secreto deseo de no parecer triste. También solía arrastrar a su marido al bosque donde ella tenía por costumbre sentarse cuando era jovencita; le hacía pasear por los cerros en los que tan a menudo ella había descansado, con un libro en la mano, y mientras los pájaros se decían dulces cosas en las altas ramas de los sauces y las melazas, ellos se dirigían alegremente hacia un claro donde había alfombras de césped, fuentes cantarinas y ni- dos en los árboles. Cada rincón sombrío tenía un recuerdo para ella; era allí, muy cerca de los grandes robles, como ella percibía a Georges cuando la había acometido en campaña amorosa en casa de la tía Varennes… Jamás le había parecido tan guapo; una voz secreta murmuraba en su alma que era por ella a por quien él venía ese día, y desde ese momento se había sentido absolutamente ena- morada. Pobre chiquilla tonta, durante la noche del baile se había imaginado que Georges hacía la corte a la señora Parent, y había sido toda la noche presa de las más crueles angustias. Por fortu- na Georges no había tenido que decir ni una palabra al darle un beso para expulsar sus horribles penas. Sus miedos procedían sin duda de que no estaba habituada a las relaciones sociales, y se decía que estaba mal sospechar de una buena madre y una esposa cristiana. En las Bastides, cuando el rumor de la bonita villa se había dormido entre los borboteos del río y en los estremecimientos de los árboles del camino, a los esposos les gustaba conversar de su
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    127 viaje a Italiay de las obras maestras que habían admirado bajo el radiante cielo. Los mil objetos vistos en las excursiones, las vistas fotográficas eran para ellos unos embriagadores recuer- dos. Aún les parecía escuchar las voces de los vendedores que anunciaban con una encantadora pereza: Movimento; se habían divertido ellos también repitiendo el grito y Marie lo decía de un modo asombrosamente similar. Luego, volvían a recordar Vene- cia con sus paseos en góndola sobre el mar eternamente brillan- te: sus recuerdos los transportaban a Nápoles, bajo los pórticos de las espléndidas iglesias, llenas de pedigüeños de sórdidos harapos; en Roma, en la villa bendita donde habían hecho una pausa para dar rienda suelta a su amor. Si Georges la quisiera, él permanecería siempre en las Bastides; la tía estaría tan feliz de recibirlos. Doblemente abri- gados por la calma del campo y por la sencilla vida de la casa, podrían amarse aún mejor entre las coloridas praderas y entre las rutas sombrías de los grandes bosques. Rosette sabía todo eso, y no perdonaba.
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    129 X –No estás contenta,hija mía – decía a Marie la madre de Georges. –Hace algunos días que no me encuentro bien. El padre Loudois emitió una carcajada: –¡Hé! ¡hé!... un heredero… ¿Quién sabe?... Un bonito mo- coso para mí… Y el viejo se frotaba las manos. No, no era eso solamente. La joven había estado sonriente y alegre, y luego, de re- pente, algún misterioso suceso había acontecido en su vida. ¿Tenía alguna queja de Georges? Jamás había parecido tan ena- morado y tan afectuoso. –Tal vez, hija mía –continuaba la suegra – el aire de Saint- Cyprien no te sienta bien… Allá, en las Bastidas, vives en las alturas… Nuestra ciudad es pantanosa… Tu salud ante todo, Marie. …Comenzaba el invierno. Los árboles de los jardines hab- ían perdido sus hojas en el baile mortal que las había arrastrado como locas. Las flores habían sido relegadas a los invernaderos; aquí y allá, entre los macizos desnudos, los tornasoles y los rici- nos sorprendidos por las heladas nocturnas mostraban sus hojas quemadas y negras. Las enredaderas dejaban escapar sus fila- mentos enrojecidos por el sol de otoño y las verbenas y los ge- ranios que antes deslumbraban, permanecían yacentes en el suelo, al lado de los grandes árboles verdes. Solamente los jaz- mines de España, flores adoradas del invierno, brillaban como esmeraldas sobre sus frágiles tallos, en medio de las inmortales y los crisantemos, esos revividos de la muerte.
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    130 En los huertos,la tristeza era aún más grande: los árboles frutales extendían hacia el cielo sus ramas secas como para im- plorar una resurrección, y a lo largo de los muros blancos los hilos de hierro que habían soportado las enredaderas azules hac- ían oír un tintineo de amargura bajo los empujes de un impetuo- so viento. Todo el mundo estaba triste en Saint-Cyprien. La señora de Carreuse había regresado a París con la pri- mera partida de las golondrinas, y la señora Gavier, la esposa del subprefecto, se encontraba a tratamiento en una estación inver- nal; las pocas damas que todavía permanecían en Saint-Cyprien se encerraban en sus domicilios esperando días mejores. Desde la mañana, Georges Loudois estaba de caza en el castillo de Jamaye. Marie, dispuesta para salir, envuelta en un gran abrigo ne- gro, ponía sus guantes arrojando inquietas miradas al cielo. Unas gruesas lágrimas anegaban sus ojos y parecía encontrarse bajo el peso de una dolorosa angustia. De soltera había sido muy feliz con su tía Varennes, y desde su matrimonio su vida había sido tan tranquila que llegaba a pensar que su marido la había abandonado. Por la noche, cuando Loudois regresaba del casino, ella lo esperaba en su habitación, él hablaba de su felicidad; y ayer, por tercera vez, le había parecido que el espíritu de Georges estaba fuera de la con- versación. Algo muy grave debía estar atormentándolo para que respondiese de una manera tan distraída a las confidencias más íntimas y que pretextase un malestar para quedar solo. Ella se había retirado al vestíbulo y por los espejos esmerilados de la puerta había podido percibir una sombra que pasaba rápido, se detenía bruscamente, se dejaba caer sobre un rincón del sofá, abatida y desesperada. Hacía frío. Comenzaba a caer la escarcha. La joven esposa se recogió algunos instantes y se dirigió al cuarto de su suegra anunciándole que iba a salir. –¡Oh!... no voy muy lejos – dijo…– A casa de la vecina, la señora Parent…
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    131 –Cometes un errorexponiéndote a esta horrible temperatu- ra… –Estoy bien abrigada. –Se prudente, hija mía. Tomó por la calle de las Falettes, una callejuela pavimen- tada con gruesos guijarros, y atravesando el puente de la Loutre, donde se veía una gran cruz plantada, se santiguó. El viento la empujaba tan fuerte durante ese trayecto de algunos minutos que a punto estuvo veinte veces de caerse sobre la ruta blanca de escarcha. Marie llamó a la puerta del notario. Marguerite fue a abrir: –¡Oh! señora, entre aprisa; hace un frío horroroso… La señora Parent está arriba, en el salón… Rosette acogió graciosamente a la visitante: –¿A qué debo la amabilidad, querida señora, de que haya pensado en mí… Acérquese a la chimenea... La llama es poco intensa... ¿quiere una estufilla?... Aquí tiene una pantalla… Las dos jóvenes mujeres tomaron asiento alrededor del hogar: –Parece muy triste, señora Georges. Marie repitió « muy triste » sin saber lo que decía. –Está muy pálida… ¿No tiene frío? El salón está bien ce- rrado… –Señora Parent, debo hablarle de un asunto serio. –¿Un asunto serio?... con mi marido, sin duda… Cuente conmigo; estoy a su disposición… Sí, entiendo, alguna cuestión de interés con el Sr. Loudois… Entre mujeres se es más libre para charlar… Rosette se inclinó suavemente sobre el sofá, adelantó su pie admirablemente calzado con unas pequeñas zapatillas de armiño hacia un taburete y permaneció con la cabeza apoyada sobre la mano derecha, mostrando una benevolente sonrisa. Se produjo un silencio. Las palabras se detenían ahogadas en la garganta de Ma- rie. En un instante se sintió más fuerte:
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    132 –La situación sehace insoportable… Me siento humilla- da… rota de vergüenza… He venido a usted… –Créame, señora… –Se lo ruego… He venido a decirle sin odio, fríamente, apelando a sus sentimientos de madre, de esposa y de cristiana, que usted es la causa de mi infortunio… señora… mi marido la ama… y usted lo ama… Marie se había levantado, con los labios temblorosos, es- perando una explosión de cólera. Una sonora risa le respondió. –En verdad, la cosa es divertida… ¿Pero quién le ha con- tado esa estúpida historia? –Nadie me lo ha dicho… Lo he visto. –¿Qué usted lo ha visto?... Ah… ah… ah… Hi… hi… hi… hi… –No me insulte, desgraciada… No trate de fingir… Usted le ha hablado a Georges durante el inconveniente baile de la subprefectura… Georges ya no es el mismo… Su espíritu está ausente de la casa… Y si todavía pronuncia algunas dulces pa- labras, su corazón no está conmigo… Parece buscar una imagen ausente, esa imagen es la suya. Esta noche, durante su sueño, susurraba su nombre… ¡Maldita sea, señora! La esposa de Georges cayó a las rodillas de Rosette: –¡Oh! señora, tenga piedad de mi… No soy más que una niña… No soy fuerte… En nombre de lo que más sagrado le sea, de su pequeña Andrée, en el nombre del Dios en el que cree, tenga piedad de mi debilidad… Sé que fue usted quién aconsejó a Georges que se casara conmigo. Usted no me conocía; no pod- ía odiarme… Piedad, usted me mata, señora, no tengo fuerzas para maldecirla. La señora Parent la levantó con una mirada de conmisera- ción. –Usted está enferma… Cálmese… su cerebro se puebla de fantasmas… Vamos, permanezca sentada… Ahí… su cabecita contra el respaldo… Voy a secar esos bonitos ojos… Prométame callarse un momento…
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    133 –Sufro mucho… –Es usteduna niña grande, una colegiala… Voy a traer un poco de azúcar disuelto en agua de melisa… Si no tuviese por usted un profundo afecto me sentiría muy ofendida… Ha dicho todo eso sin pensar, ¿verdad?... Ahora está arrepentida… Marie la miró durante un largo rato, con una especie de extraña intensidad: la mirada de la hija de los Bérias era tan leal, la expresión de sus ojos tan dulce y tan maternal, que la señora Georges prorrumpió en sollozos: –Sí, tiene razón… estoy enferma… estoy loca… Perdón, señora, yo lo amo tanto… A veces hay personas despreciables en las ciudades pequeñas… Son palabras que habré escuchado, sin duda… Esos sueños de los que acabo de hablar no existen… Por la noche, las caricias de George son para mí, solo para mí… Soy yo quien se equivoca… Usted no estaría ahí ante mí con tanta bondad y tan abnegada… Perdón, señora, perdón… Rosette se sintió conmovida: –Cuando se ama es muy normal tener un poco de celos… ¿Es esa una razón para sospechar de los amigos más fieles, para acusar injustamente a una honrada madre de familia?... Vamos, niña grande y pequeña mujer, permítame que la bese… ahí, so- bre esa frente sombría que antes ardía de odio y a la que quiero procurar sosiego… Conversaron varias horas tratando diversos temas. La se- ñora Parent le hacía confidencias: Saint-Cyprien estaba lejos de ser una ciudad divertida; no se reunían bastante a menudo… Habría que remediar eso; ella invitaría a unas amigas de pensión que vivían en el campo. En cuanto a Marie, no le gustaba mucho rodearse de gente. Su tía la había apodado «señorita Cenicien- ta», y en los días más alegres Georges todavía la llamaba así… –¿Lee usted mucho? – preguntó Rosette. –Muy poco… Las revistas de modo y aún… –Si quiere distraerse, tengo unas novelas encantadoras… –Sí, pero las novelas… –Ya… el señor cura no quiere que se lea. –Mi tía siempre me ha aconsejado evitar esas lecturas…
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    134 –¡Qué error, queridaamiga!… Siendo rigurosos entiendo que una señorita se abstenga… Puede calentarse la cabeza… Pero una mujer debe conocer todo… Y sepa usted que las nove- las dan ideas… Es tal vez el medio, el único medio, de hacerse amar, de hacerse adorar… –¿Usted cree? – interrumpió Marie con un ligero embara- zo. –Desde luego… Hay que ser selectivos en la novela… no imaginarse que todo lo que allí acontece es la expresión de la pura realidad… Los libros educan el espíritu más allá de lo ordi- nario, de lo banal, de lo convenido… Se encuentran mil cosas agradables a retener… Uno se forma… se modela… Fíjese, yo estuve mucho tiempo sin abrir un libro; he vuelto a mis lecturas de antaño y le afirmo que me encuentro mucho mejor… No es una razón para desatender su hogar… No… pero, por la noche, cuando se está sola, cuando el marido va al casino… pues yo creo que el Sr. Georges va al casino, no?... –Sí… pero solo desde hace unas semanas. –… Una se acomoda en un buen sofá junto al fuego y allí puede soñar a sus anchas… De soltera yo leía novelas. Debo confesárselo, había muchas frases que me parecían ininteligi- bles… Hoy vuelvo a retomar mis lecturas con un placer nue- vo… En la pensión de las damas Castel teníamos una vieja vigi- lante, la señorita Laure, que nos prestaba novelas de portadas amarillas… hermosas novelas de la editorial Charpentier… Le- íamos en el dormitorio, mientras las vigilantes dormían en sus camas de cortinas blancas. –¿No las castigaban? –Solo nos poníamos a leer durante la ronda de la señorita Castel, la directora del pensionado, que tenía lugar a las ocho y media… La señorita Castel… todavía la veo con su amplio sombrero de terciopelo con lazos caídos sobre los hombros pa- sando al lado de cada pensionista y diciendo: « Señoritas, está prohibido leer en el dormitorio; voy a confiscar todas las nove- las »… Cuando la directora desaparecía, retomábamos nuestras
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    135 obras… Charlo mucho…Volvamos a nuestro tema: Usted no ha leído novelas, pero ¿su tía no le dejaba libros? –Me daba historias de viajes… libros de la Biblioteca ro- sa: Memorias de un asno… los dos simplones… los Buenos ni- ños… Las Vacaciones de Camille… –Cuentos para dormirse de pie… Eso está bien para una chica joven; pero una mujer casada, se lo he dicho, tiene el dere- cho y el deber de no parecer ignorante… precisamente acabo de recibir un estudio sobre las costumbres de provincias… Unas damitas como nosotras… Hay una escena de amor que me ha conmovido hasta lo más profundo de mi ser… ¿Quiere que le preste algunos libros uno de estos días?... Mañana, por ejemplo, pues creo que la señora Lugeol tiene ese volumen. –Acepto… Usted me ha hablado de la pensión… ¿Todavía ve a sus antiguas maestras, las damas Castel? –¿Las damas Castel? No… Las he invitado en dos ocasio- nes; me han parecido deprimentes… Las veo lo menos que pue- do… lo que no me impide hacerles de vez en cuando algún rega- lo… ¿Ya se levanta? –Sí, señora, Georges no tardará en regresar… Estaba muy triste al venir aquí y me voy muy alegre… ¿Me permite que la bese una vez más? –Con mil amores… –Es usted muy buena. –Ya ve lo equivocada que estaba dando rienda suelta a sus malos pensamientos… Vamos, no llore más… Los celos son un mal defecto. –Es usted la mejor de las mujeres… Georges regresó de Jamaye. Marie lo recibió con la alegría en el rostro. –No vuelvas a dejarme sola tanto tiempo. –Marie… –¡Oh! Georges, déjame hablarte… He actuado mal… In- justas sospechas… Debes perdonarme… –¿Perdonarte?
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    136 –Sí, he cometidoun error, un gran error… He pecado… Ella había hablado con los ojos calmados y la boca son- riente. –¿Me perdonas? –Pero para perdonarte, querida, debería de entrada saber que falta has podido cometer… ¿Quieres ponerme a prueba? Te advierto que no lo conseguirás… Yo que siempre tengo tanta confianza… –¡Ah!... Pues bien, era yo quien no tenía confianza en mi marido… Georges tuvo un sobresalto que reprimió de inmediato tendiendo la mano a Marie, que comenzó a contarle sus temores. –¡Pobre ángel, como has debido sufrir! – decía Georges interrumpiéndola a cada frase…–¡Oh! es espantoso… Que daño te hace ser tan celosa… La joven continuaba hablando y, ante las protestas de su marido, sus ojos llenos de amor se iluminaban con un brillo ra- diante. –Es que no soy del todo tuya, mi Georges, y cuando tú no estás, ya ves, me parece que mi corazón me abandona y te acompaña… ¡Es tan bueno amar honestamente!... Recuerda que cuando venías a las Bastides, las dulces confidencias que inter- cambiábamos entre los grandes macizos de robles verdes… ¿Y nuestra luna de miel?... ¿Te acuerdas?... Una noche nos queda- mos mirándonos amplios instantes sin hablar… –Eres encantadora – suspiró Georges besándola en la fren- te. –No, así no… ¿Es que te doy miedo? –No seas tonta, va. Ella se apoyó largo rato sobre el pecho de Georges, invo- cando en su cerebro turbado la paz del hogar, avergonzada de sus recientes temores y todavía pidiendo perdón. Georges no pudo resistir a tanto amor y a tanta gracia, y le tomó la mano, jurándose a sí mismo que el recuerdo de Rosette estaba expulsado para siempre de su corazón.
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    137 –Seré padre –se dijo – y me convertiré en un hombre de- cente. Rosette se puso extraordinariamente bella con los prime- ros fríos de invierno; estaba pálida, con esa palidez marmórea que da tanta majestad lasciva a las estatuas italianas. Apenas tenía visibles esas pequeñas manchas sonrosadas que por oposi- ción destacan la blancura de la piel. Bajo su graciosa sonrisa, el esmalte de sus dientes parecía iluminar los hoyuelos de las meji- llas; pero la extraña belleza del rostro se reflejaba por completo en la mirada de la joven mujer: los ojos, los grandes ojos negros, adoptaban variaciones de color que les producían un encanto indefinible; bajo los ardores de la fiebre amorosa, surgían tonos azules como el cielo; con la cólera, se veía en ellos mezclarse una especie de fulgor rojo oscuro y como una diáfana película moviéndose en la superficie del iris; luego, cuando todos los ardores habían desaparecido, los párpados bajaban y los ojos lentamente abiertos permanecían negros y profundos. De ordina- rio, los cabellos estaban recogidos con una rejilla de seda; pero sobre la blancura del cuello y las serpenteantes venillas azules de las sienes, se veían flotar unos bucles ondulantes y sedosos, vagabundos amados por Prosper. Las narinas rosadas y casi transparentes parecían dilatarse en el móvil sonrojo de sus im- presiones, y la boca tenía esa sonrisa de esfinge que Leonardo da Vinci supo pintar tan bien en los labios de la Gioconda. Indolente como una criolla, Rosette pasaba la mayor parte de su jornada medio acostada en un sillón, con un pañuelo de batista en la mano. Si la perezosa mano dejaba escapar el pañue- lo, ella lo contemplaba con una sonrisa, se volvía, se giraba y lo dejaba allí donde había caído. Hacia mitad de la jornada, Andrée se reunía con su madre, que disponía camelias y ramos de primaveras en los jarrones del salón que el jardinero había cortado en los invernaderos del jardín. –Mamá, Geor acaba de pasar por la calle… Regresa a su casa… No ha querido llevarme… Es muy malo, Geor… Ya no jugaré más con él…
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    138 –¿Quieres leer unpoco, Andrinette? La niña fue a buscar un gran alfabeto colorido, un regalo de la señora Loudois. –¿Ahí?...– dijo Rosette mostrando una letra. –A. –¿Aquí?... –A… –No… Andrée… B… –B. Andrée levantó la cabeza. –Mira, Geor viene… –¿Dónde? –Allí… mira… al lado del puente… La madre levantó las cortinas del ventanal: –Está bien… Ve con tu padre… al estudio… o con tu ni- ñera… Georges estaba en medio de la calle. Ella le hizo una se- ñal. Él se detuvo frente a la casa de Moulineau, parecía haber olvidado algo y regresó a su casa. Rosette, con la cabeza alterada, pasó por el jardín y llegó al mismo tiempo que George a su habitación. –Tu mujer está embarazada y enferma, Georges, ya lo sa- bes… –Es cierto. –¿Está en las Bastides? –Sí. –¿Por varios días? –Por varios días. –Está bien. –¿Por qué esas preguntas, Rosette?... ¿Por qué esa frial- dad? –Tengo mis razones. –¡Ah!... –Entonces, – continuó ella haciendo caso omiso de la ex- clamación de su amante, – ¿tu madre ha acompañado a tu espo-
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    139 sa?... ¿Estás solocon tu padre que no puede moverse de su sillón donde está atado por los reumatismos? –Así es. –Eso es más o menos lo que quería saber. Giró la llave en la cerradura de la puerta y se sentó en un sofá. Georges permaneció de pie apoyado contra el mármol de la chimenea. –Esta alfombra es de mal gusto… flores rosas sobre fondo azul… ¡es de un vulgar!... Y además cordones de lana sobre cortinas de cretona… Tu mujer es ridícula, querido. Georges no respondió. La señora Parent examinó en todos sus detalles la habita- ción que no había vuelto a ver desde que Marie había aportado algunas modificaciones. –¿No es divertida, tu mujercita?... divertida del todo… Ella resume en su conjunto la figurilla en barro del Aburrimien- to… una flor de tedio… Debe beber té y leer la Biblia… A propósito, ¿le ha echado un vistazo a las novelas que le envié? –No lo sé. –¡Cómo! ¿no lo sabes? Pero, querido, un marido debe sa- berlo todo. –Te amo… no amo a nadie más que a ti…–dijo Georges aproximándose a Rosette. –¡Ah!... – dijo ella a su vez con una risa cantarina. Y sin darle tiempo a acercarse, ella continuó con su paseo a través de la estancia, abriendo los cajones de los muebles, cri- ticando la blancura de la ropa, respirando con gestos de desagra- do el olor de los frascos del baño, sentándose sobre la cama nupcial y desplegando con voluptuosidad todas esas mil nader- ías que hacen las delicias de las mujeres. Sobre unos estantes de acajú, se encontraban unas antor- chas minúsculas de loza, unos jarrones de cobre, lámparas de vidrio en miniatura, perros de porcelana de Saxe, cestas de ga- lletas, amorcillos de níquel, fotografías de Niza, un servicio de té sobre una mesa de muñecas, un termómetro montado sobre
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    140 una pieza detela verde y bordada por la señora Loudois para la fiesta de aniversario de su marido. Rosette tocaba todo, alteraba la armonía de las estanterías y, aprovechando que Georges la contemplaba sin decir palabra, ella le planteaba las preguntas más extrañas sobre sus costum- bres, riendo a carcajadas de las tonterías que la pareja debía con- tarse por las noches. Georges exclamaba: ¡Oh! ¡oh! a cada pregunta indiscreta, y la hija de los Bérias continuaba hablando del modo más grose- ro, con brutalidades de campesina enardecida. En un momento, habló con más reserva: –Veamos, afirmas que me amas y que no amas a nadie más que a mi… ¿Qué prueba me das de tu amor? ¿Acaso te cre- es que estoy celosa de tu mujer?... ¡Pobre muchacho!... Si ella me molestase la aplastaría como a una mosca… No, tu Marie me deja muy tranquila; no es a ella a la que temo sino a esas mujeres más bellas que has dejado en París y con las que sue- ñas… –¿Rosette? –¿Esperas engañarme?... Tu esposa no se queja, pues pien- sa que tú le perteneces por completo… Yo soy otra cosa… En- tregándome a ti he hecho dejación de mi honor… Me he burlado de la vergüenza, y si soy una mujer perdida no tengo nada que lamentar… Lo he querido… Vamos, háblame de tus bellas da- mas de la capital, de sus espléndidos vestidos y de sus magnífi- cos apartamentos… Tenemos tiempo para hablar… Mi marido está en el estudio; el pobre gana dinero… Dime, ¿cómo son las parisinas?... ¿Mejores que yo, verdad?... Sin embargo fíjate: este vestido de lana azul ha sido fabricado en París por uno de los más grandes modistos… ¿O es que mi modo de andar no es gra- cioso?... ¿qué soy morena en lugar de ser rubia?... Pero mira: no tengo polvos de arroz, mis cabellos aguantan en mi cabeza… no utilizo lápiz negro para agrandar mis ojos… Tú no me amas… –¿Qué no te amo?... ¡Oh, Dios mío!... –No… no; cuando se ama a una mujer se sacrifica todo por ella… ¿Acaso no reflexiono cuando vengo a tu casa a todas
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    141 horas?... Pueden sorprendernos:sería una conquista para ti… ¿y para mí?... ¡Oh! si me amases… –Acaba de una vez... ¿Qué hay que hacer para demostrarte mi amor? Te adoro, Rosette… – dijo Georges dándole un beso en su boca húmeda y roja como una flor de cactus. –Quiero irme… Llévame lejos de aquí… Ya no me es po- sible representar una comedia infame con esa que lleva tu ape- llido… Esto es demasiado… Me avergüenzo de mi misma… Marchémonos, Georges… Llévame a ese gran Paris, donde vivi- remos ignorados por todos… Seré tan bella como las más cele- bradas… –¿Y tu hija, Rosette?... –Más adelante la llevaremos con nosotros… ¿Dudas?... ¡Oh! ¡desgraciada, desgraciada!... –Sería la desesperación de nuestras familias… la muerte de mi madre… –¿Reproches?... En verdad, parece que solo tú hicieses sa- crificios… –Tú sueñas con nuestra desgracia… –Pues bien, rompamos… Me mataré; ¿qué puedo hacer?... –No puedo vivir sin ti. –¿Y crees que voy a continuar llevando esta vida de con- denación?... Tengo corazón y me hace daño engañar a mi mari- do en sus narices… Georges, me has tomado y me has destroza- do. Yo tenía una religión… Por ti he abandonado la oración, ese consuelo de las almas turbadas… Por ti, el amor maternal que hace estremecer el corazón de las mujeres descarriadas casi ha desaparecido de mi alma… Estoy maldita… –No puedo partir… –¿Es a causa de tu bebé?... Dios quiera que muera antes de venir al mundo… Si vive, Georges, regresaré, y por ti se lo arrancaré a su madre… –Loca… loca… –Las hienas aman a sus cachorros y jamás los abando- nan… Pues bien… cuando tú estás ante mí, adorado mío, mis ojos velados no ven más que tu rostro. No oigo más que tu
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    142 voz… Estoy dispuestaa abandonar a mi hija. No valgo más que las hienas… Estaba hermosa hablando de ese modo. Georges, con el rostro desencajado, se sometía inconscien- temente a la fascinación de la mirada cuyo rojo oscuro se apaci- guaba y retomaba poco a poco tintes azulados y profundos. Ella estaba allí, con las manos tendidas, los ojos anegados en lágri- mas. Su pecho se levantaba en lentas y profundas oscilaciones; ya no era un ruego, sino una orden… –Estoy vencido… te pertenezco… ¡Oh, Rosette!... Su cabeza rubia se inclinó sobre el seno de la joven mujer, y aquella, sin doblarse bajo el peso, lo levantó entre sus brazos como a un niño pequeño. Y orgullosa de haber vencido los escrúpulos de Georges, Rosette continuó hablando con él de un modo menos imperioso, intentando, por así decirlo, mitigar los aires autoritarios que la debilidad de su amante le había impelido a adoptar. ¡Él era suyo, ese ser al que ella sabía volver tan humilde y tan débil!... –¡Qué guapo eres, mi Georges!... Algunas pálidas estrellas brillaban en el cielo, y los árbo- les verdes tomaban formas fantásticas, cuando Rosette, dirigién- dose hacia el invernadero, se encontró cara a cara con el Sr. Fau- re. –Buenas tardes, señora Parent; que susto me ha dado. –Vaya… Sr. Faure… ¿Hace tiempo que está usted aquí? – preguntó ella sin poder disimular un cierto embarazo. –Dios mío, sí… casi una media hora… Prosper todavía está en el estudio… Hace un calor de todos los diablos… Pero usted, señora, ¿no teme al frío? –¿Yo?... No… Señor Faure, ¿por qué no me tutea ya?... Eso no está bien… usted me ha conocido de pequeña… –¡Caramba! se crece. –¿Y eso qué importa? –No lo sé… Las costumbres no son las mismas…
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    143 –Está usted equivocado…Yo siempre he tenido por usted mucho afecto. Habían entrado en el comedor. Parent vino y se unió a ellos. Invitaron al Sr. Faure a cenar. Decididamente, el negociador de bienes tenía alguna pre- ocupación. Después de la comida dejó a Prosper reunirse con sus clientes en el estudio y quedó solo con Rosette. Durante un instante dudó en hablar, luego, de repente, se levantó: –Rosette… déjeme llamarla así, puesto que usted me lo autoriza… Rosette… lo que usted hace está mal… –Señor Faure… –Sí… está mal… –¡Oh! Dios mío. – Es la ruina a corto plazo… la ruina de su familia… la bancarrota… ¿entiende?... –¿Cómo dice? Él la tomó por el brazo y la estrechó violentamente: –Yo la quiero como a mi hija y le repito que el señor Pa- rent se encamina a la bancarrota… –Está usted exagerando, señor Faure. Y como ella esperaba otra revelación, retomó su compos- tura, mirando apenas al buen hombre alterado. –Pues bien, sí, no me atrevía a decirlo… Me meto en co- sas que no me llaman… Pero es por usted, Rosette, por Prosper, por Andrée, por lo que le suplico que me escuche… Es absolu- tamente necesario reducir el tren de vida de su casa; sus criados le cuestan los ojos de la cara… ¡Ah! si usted quisiera, tal vez antes de un año se pondría al día… ¿Usted ama a su marido, verdad? –Desde luego… –¡Caramba! no hay un mozo de su temple en la provin- cia… Rosette, sea razonable… sea ahorradora… Prosper será el más feliz de los hombres…
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    144 –¿Ya ha acabado?– dijo ella bruscamente. – Usted puede decir a Prosper que duerma tranquilo… Seré la menos derrocha- dora de las mujeres… El Sr. Faure se equivocaba al decir a Rosette que bastaría un año de ahorros para poner en orden la economía familiar de los Parent. Los ingresos del estudio no se efectuaban tras el trabajo del notario, y el viejo Bérias, que se había endeudado por las caricias de su hija, sabía que su hermano, el herrero de la Croix- du-Jarry, no se refrenaba en absoluto al decir que la pareja se arruinaba y que no duraría mucho. Obligado a pedir prestado a sus vecinos, Prosper firmaba pagarés afirmando a los prestamistas que el dinero era para unos hijos de la familia que estudiaban derecho en la Facultad de París. Poco a poco, se sirvió de los fondos depositados en el despacho por los clientes a plazo fijo. La señora Parent siempre estaba a la búsqueda de nuevos modelos, y si su marido vacilaba en satisfacerla, se ponía muy violenta. –Esa es mi dote… Un día deseaba un collar para asistir a la boda de una ami- ga de la pensión Castel. Parent se negaba abiertamente. –No, no – decía – Eso es una locura… Quiero hacer honor a mi profesión… Tenemos una hija… Te lo suplico, Rosette, no insistas… Ella se levantó de su silla, le arrojó lo que estaba bordando a la cara y se encerró dos días en su habitación, presa de violen- tos ataques de nervios. Entonces fue él quién acudió a implorar su perdón, acom- pañado de la señora Cournet, a la cual había contado sus penas. Pero desde que el notario comenzó a tomar los fondos del estudio, la prodigalidad de Rosette no conoció límites. Un piano de cola reemplazó el piano de pared; las cortinas de las habitaciones fueron renovadas; se cambió el mobiliario del gran salón por otro completamente nuevo. Vendieron un caballo que estaba en la cuadra, y Jusseau, el chalán de Lamète, llevó dos hermosos alazanes dorados que salían de las caballeri-
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    145 zas del condede la Durantière. En cuanto al gastado coche de capota que databa de los tiempos en los que el Sr. Cournet re- gentaba el estudio, se relegó a un rincón de la bodega para los paseos por el campo, y ahora se paseaban en un landau con ca- pota azul que era la envidia de los habitantes de Saint-Cyprien. Andrée estaba vestida a la última moda, como una auténtica parisina; y el padre, en cuya cabeza no había más que cifras, se enorgullecía del gusto de su esposa. –Has nacido para dirigir un castillo. –¿Y crees que me iría mal? – decía ella esbozando con la mano derecha un gesto de vanidad. A veces el notario llegaba a la habitación de su mujer, ra- diante, caminando subrepticiamente para sorprender a Rosette sumida en la lectura de un folletín. –Mira lo que tengo, Rosette. Esa misma mañana, ella había manifestado el deseo de te- ner algún dinero para una nueva compra, y era ese dinero lo que él le traía muy alegre. –¿Qué tengo aquí?... ¡Adivina!... Ella siempre lo adivinaba, pues él tenía por hábito esos di- vertimentos, haciendo pasar la suma de la mano derecha a la izquierda y depositándola a continuación suavemente entre las páginas del periódico que ella continuaba leyendo, feliz cuando ella dejaba caer estas palabras: –Gracias, Prosper… gracias… A pesar de todo, él no se atrevía a aventurarse a las cari- cias. Varias veces ella lo había rechazado… Se encontraba mal… Él le hacía daño… Podían amarse sin niñerías como esas. Ella sonreía. Él se sentaba a su lado, comenzaba a dar largas explica- ciones sobre el origen de ese dinero que le había caído como un pan del cielo. Un reputado cliente poco solvente había venido a verle en el momento en que menos se lo esperaba… Era una deuda de tres años que había sido omitida en el libro de contabi- lidad… Y él tenía muchos clientes como ese en la comarca que se hacían un poco de rogar y que siempre acababan por pagar.
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    146 Rosette se sentíaconmovida por tantas bondades y le pa- gaba con un beso en la mejilla: –Otro más… otro más. – murmuraba él; – la mejilla iz- quierda está celosa. El notario regresaba al estudio haciendo chasquear sus dedos y poniendo cara de hombre contento con su suerte. Se sentaba ante su escritorio, reía muy fuerte, se frotaba las manos y para subrayar su suprema satisfacción imitaba, con un dedo en la boca, el ruido de un tapón de champán que sale despedido por el aire. Ese niño grande se sentía renacer a la alegría. Por el contrario, al pasante no podían engañarlo. Muy a menudo había regresado del despacho del registro con la oreja baja, con las actas que le habían rechazado por falta de dinero. Clapier sabía el número de acreedores del despacho y el mon- tante de las sumas depositadas, y temblaba con todo su cuerpo cuando el patrón, al dictarle un acta, abría el cajón del escritorio donde se encontraban los fondos. Parent tosía muy fuerte para mitigar el ruido de la cerradura, e inflaba la voz, mientras su mano acostumbrada registraba entre los fajos de papel donde guardaba el metálico, disimulando la extracción. El viejo con gafas no ignoraba nada de todo eso, y cierta tarde, el cuerpo del viejo, que había tomado al contacto con los documentos su inmovilidad y su color apergaminado, se levantó: –Señor Parent… señor Parent… –¿Sí? –Señor Parent… Todo esto acabará mal… Ese dinero no le pertenece… Su esposa lo está arruinando… No pudo decir más. La voz se le cortó: el cuerpo retomó su curvatura y su placidez ordinaria; los ojos arrojaron miradas consternadas sobre la pluma que se le había caído violentamente de los dedos. –Clapier, no puedo tolerar semejantes observaciones… Yo sé perfectamente lo que puedo tomar… Clapier bajó la cabeza, recogió su pluma y no añadió ni una palabra más, demasiado leal para abandonar a su amigo en
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    147 semejante momento, ytal vez convencido por los buenos razo- namientos de Prosper. Las cosas continuaron así hasta el día en el que el Sr. Pa- rent fue a decir al Sr. Faure: –Mi mujer se ha vuelto ahorradora; tiene cosas magníficas que no cuestan casi nada… Esto es lo que ha encargado en París… No lo hay más que en París… Georges Loudois se hacía cargo de todos los gastos de su amante y no se le reclamaban a Prosper más que sumas insigni- ficantes. Rosette tenía una frase horrible: –¡Pobre hombre!... Le hacemos pagar… para salvar su honor. ¡Qué comedia es la vida!...
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    149 XI Algunos días después,Rosette miraba a través de las cor- tinas de su habitación. A pesar del fuego que brillaba en la chi- menea, la escarcha se había adherido a los cristales de las venta- nas, y por los espacios que la mano de la joven mujer había tra- zado sobre la blanca superficie, podía percibir el fondo del jardín. Una puerta se abrió y un hombre apreció sobre el muro apartando las ramas de las glicinas y de las enredaderas. Apenas eran las cuatro y el cielo gris de noviembre ya ex- tendía sus sombras sobre las grandes paredes de las casas. La tierra seca por la helada estaba negra y brillaba aquí y allá con los brillos del rocío solidificado en lo alto de los arbustos y se- mejantes a diamantes falsos. La joven había bajado de su habitación. Loudois la espe- raba a algunos pasos de la puerta. Ella se precipitó en sus bra- zos. –Ven… ¡Oh! ven, mi Georges, mi amor… Prosper no re- gresará hasta mañana… Los criados han partido… Estoy sola… ¿Y tú, adorado mío? –Solo… –Ven… Rosette se apoyó en su brazo, y ambos subieron lentamen- te la escalera, deteniéndose de vez en cuando para darse prolon- gados besos de amor. –¿Loca?... ¡Oh! sí, estoy loca… tu ausencia me mata… He sido una mala esposa… soy una mala madre, una mala cristia- na… He intentado tener el amor maternal por mi hija de todas las madres… No puedo… Antes, en mis momentos de pesar, iba a arrodillarme a los pies de la Virgen y le contaba mis penas; me
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    150 parecía que algobueno y consolador hacía descansar mi turbada conciencia… Ahora tú me posees por completo… Marchémonos de una vez, mi adorado Georges; vamos a amarnos abiertamen- te, a la luz del día… no he pensado en otra cosa… Solamente tengo miedo de que no me encuentres bella… –¡Mi amante adorada!.. Ella se calmó bruscamente: –Escucha; no nos engañemos… No soy una mujer como las demás… estoy enferma… A veces mi razón se extravía… Es una pasión insensata la que me arrastra hacia ti, y tomo a Dios por testigo de que no tengo fuerzas para combatirla… He enga- ñado a mi marido y no me he preguntado si hacía mal… Si tu corazón no me pertenece por completo debes decírmelo… Con- venceré a Prosper para que compre otro estudio en otra ciudad y no tendré que reprocharme el haber provocado tanta desgracia… –Querida… Mañana seremos libres. –¿No lamentas nada? – preguntó ella con una mirada sos- pechosa. –Nada. –¿Todo está dispuesto entonces? –Sí. –¿Y Marie?… ¿Y tu esposa?... Georges palideció un poco. Esa pregunta que le arrojaba a la cara, en semejante momento, le hizo daño. –Marie está en las Bastides… Parece contenta… Ya tendrá tiempo de llorar… –Estás temblando. Te he apenado… Ven, lo siento. Lo enlazó amorosamente entre sus brazos. –¿Ya no me quieres? –No… no… Después de todo, eres tú quién hace los ma- yores sacrificios… –¡Oh! no hablemos de eso. Se hace tarde. Hasta mañana. –Hasta mañana. La señora Parent reunió aprisa algunos objetos que colocó en una pequeña maleta que Georges fue a recoger al jardín; y, por la mañana, hacia las tres, se levantó de la cama.
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    151 En la casatodo dormía. La lámpara que había encendido arrojaba su claridad sobre la pequeña cama de Andrée. Por la noche, la niña se había dor- mida muy alegre con los besos que su madre le había dado con una ternura inhabitual. La respiración era regular y de la boca entreabierta subía un leve vaho. De pronto, la madre se sintió estremecer. Encima de la cu- na la Virgen de yeso mantenía en sus brazos a su hijo, y cuando Rosette se volvió para ver una vez más a su hija, le pareció que una expresión de dolor contraía el rostro de la madre de Cristo. Esa imagen la persiguió hasta el momento que advirtió la pre- sencia del coche y los caballos que se mantenían inmóviles al principio del puente de la Loutre. En la calle el silencio la envolvía y las casas que arrojaban sus sombras a su paso jamás le habían parecido tan negras. El coche estaba allí, al lado derecho del puente, muy cerca del gran árbol de la Libertad, – un alto chopo, de corteza enfermiza, plan- tado por los jóvenes en 1848 – que esperaba días mejores para reconquistar su verde aspecto. Rosette llevó la mano a su co- razón para mitigar los latidos; y, sin decir palabra, tomó asiento al lado de Georges que dio la señal de partida. A algunos cientos de metros, sobre lo alto de las colinas que se dibujaban en el horizonte, observó el pueblo de la Croix- du-Jarry – su pueblo, – envuelto en un inmenso velo negro que agujereaban aquí y allí unos pájaros nocturnos que llenaban el aire con sus siniestros gritos y el estrépito de sus alas. No habían intercambiado ni una sola palabra. Georges respetaba el silencio y el recogimiento de Rosette y mantenía sus manos entre las suyas que estaban frías, muy turbado, él también, pensando en lo desconocido hacia el que se encamina- ban. En el horno de cal de Neuil-la-Grande se encontraron con el correo que hacía el servicio entre Thaviat y Saint-Cyprien; el conductor fustigó sus caballos; y como el hombre que llevaba el correo estaba sumido en un medio sueño fue el propio animal quién se apartó a un lado de la carretera.
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    152 –Ya no estoytriste ahora – suspiró Rosette… – Dime co- sas dulces… … El Sr. Parent había ido a Pensol por un negocio muy importante. Había partido con el corazón alegre. Rosette nunca se había mostrado tan afectuosa con él; lo había acompañado hasta la diligencia, y ella, que de ordinario evitaba toda muestra de efusión en público, lo había abrazado con fuerza, haciéndole todo tipo de recomendaciones sobre las precauciones a tomar en su viaje y no disimulando la tristeza que le iba a causar esa sepa- ración. Al día siguiente, hacia las once, la diligencia se detuvo an- te el despacho del notario. El Sr. Parent se apeó. Solo él ignora- ba la noticia. Se había visto un coche al galope sobre la carretera deThaviat y se habían reconocido a las personas que se encon- traban en él. La señora Georges había acudido con el rostro lívi- do, y, emitiendo un gran grito, había caído en medio de la habi- tación de la señora Parent. Las personas que la habían visto así, con los ojos extraviados, las manos crispadas, e inmóvil como una estatua, se habían descubierto respetuosamente al igual que se hace al paso de un cortejo fúnebre. En las calles los vecinos se hacían mil comentarios; se creía en un suicidio que se tenía interés en ocultar, y unos ros- tros inquietos pasaban, a lo largo de los muros de los jardines, hablando en voz baja de los incidentes que los criados acababan de contar. A la llegada de Prosper, varios amigos acudieron silencio- samente a estrecharle la mano. Solo, el juez de paz, el Sr. Cour- net, intentaba dar explicaciones… Había que esperar… ¿Por qué acusar así a dos personas conocidas sin tener pruebas fehacien- tes?... Moulienau no había hecho más que aparecer y había ido por toda la ciudad, pretendiendo a derecha y a izquierda que nada de lo que había pasado podía sorprenderle: él lo había adi- vinado todo. Se le veía enfático, la fisonomía alcoholizada, con- versando y repitiendo con risa tonta: « El amor, no hay quien lo amanse… no lo hay…» En cuanto a Clapier, permanecía en el
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    153 despacho; con lafrente inclinada sobre las minutas y de vez en cuando de sus ojos sin brillo caían unas gruesas lágrimas. Parent miraba la habitación vacía y la cama deshecha, los objetos arrojados aquí y allá en la precipitación, los cajones abiertos, el armario abierto de par en par, el edredón azul tirado sobre la alfombra; aquí una camisa, unas medias; más allá, un vestido colgado en una contra de la ventana; una falda de color arrugada en un montón sobre un sofá y tibia todavía con las fra- gancias de la carne… Una sonrisa de sufrimiento crispó sus labios; fue hacia la chimenea, apoyó su cabeza ardiente contra el mármol haciendo signos con la mano para que lo dejasen solo. Andrée abrió la puerta; su padre se volvió. La niña lo vio tan pálido que quedó muda y tan pálida como él. Prosper la tomó en sus brazos y la contempló con sus ojos vacíos: –Pobre hijita, ya no tienes madre. –Mamá… –Tu madre ha muerto… –¿Muerto?... Y la niña se fundió en lágrimas. –Solo te quedo yo. –¡Mamá…mamá!... –No llores. –¡Mamá ha muerto!... ¡Oh! me gustaría verla una vez más… Debe estar blanca como el Sr. Julien que me dio tanto miedo con el velo verde que cubría su rostro… Estaba en el gran salón… la señora Berthe estaba allí… Tuve mucho miedo. Mamá… Pobre mamá… Ayer por la noche me besó muchas veces… Georges también. ¿Dónde está? … Papá, quiero a mamá… ¡Mamá… mamá!... –Andrée, mi querida hija… baja con Marguerite… No enojes a tu papá… Ya es muy desgraciado… muy desgracia- do…
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    154 Los Bérias, advertidospor el Sr. Faure, habían acudido a toda prisa. El Sr. Cournet todavía intentaba vislumbrar alguna llama de esperanza. –No… no… –decía François… – Rosette es una desver- gonzada y su Loudois es un canalla… Por viejo que sea, les arrancaré los hígados un día u otro… Con esto, henos casi arrui- nados… Y ahora el deshonor… Por supuesto no sobreviviré a esto… Prosper, le retorceremos el cuello a ese ladrón y seré feliz de dárselo a comer a los cerdos… ¡Miserable!... Se sentó, y sus ojos enrojecieron: –No vale la pena romperse el cuerpo trabajando para aca- bar así… Dios no es justo… No, Dios no es justo. –Cállate, hombre – dijo Jeanneton… – Rosette está loca… Ese caballero la ha embrujado… Pero regresará… Más bien iré a buscarla al fin del mundo… Pobre pequeña Andrée… ¡Qué desgracia!... ¡Dios mío, qué desgracia!... –Te protege la ley, Prosper – dijo el juez de paz. –¿La ley?... Sí, ya lo sé. –Puedes obligar a que vuelva… –Jamás… jamás… está muerta para mí. –Iré a París – continuaba Jeanneton. – Rosette está en París, estoy segura de ello… Siempre hablaba de esa maldita ciudad… –No… no… –suspiraba Prosper–… No me habléis más de ella… Me matáis… ¿No veis que me matáis?... –Vamos, Prosper, ten valor… Piensa en tu hija que llora y que te quiere con todo su corazón. –Tendré valor… Ante todo soy padre… ¡Oh! Dios mío, como sufro… ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Andrée?... ¿Por qué estáis aquí?... ¿He cometido un crimen?... ¿No, verdad? Pues bien… ¡Oh!... voy a volverme loco… Andrée había regresado, y la madre Jeanneton la acaricia- ba con lágrimas en la voz: –Vendrás a nuestra casa, pequeña… Te cuidaré bien… Me dirás lo que quieres…
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    155 –Abuela… Necesitaré unvestido negro como el que lleva- ba Lucie Berger cuando perdió a su papá… En la cocina se conversaba: –¿Cómo es posible, Marguerite, que no se hubiese usted dado cuenta de nada? –No. –Disimulaban muy bien sus citas – continuaba Lavérie, el criado llegado de Burdeos. –Cuando una desgracia tiene que llegar… –¿Llama usted a eso una desgracia?... –Cállese Laverie, no tiene usted alma – exclamó Margue- rite – Si hubiese visto el rostro del señor cuando ha entrado en la habitación y el juez de paz le contó el asunto… Parecía un resu- citado… Blanco como un sudario… y además, unos ojos que le salían de las órbitas… ¡Qué día, Dios mío! ¡Qué día!... por la noche, no he oído nada… Había tomado opio por mis dientes; parece que hizo efecto… Y esa damita que ha querido ver la habitación y que ha caído como una piedra… Tan joven, tan bonita… Hay hombres que están locos… La señora Loudois había recuperado la consciencia, y la amplitud de su desgracia se le aparecía más grande aún. Su vida, por desgracia, había sido tan dulce en las Bastides. En ese mo- mento solemne, volvía a ver como en un espejo los grandes plátanos donde los pájaros que ella había acostumbrado a querer le cantaban dulces canciones. ¡Cuántos bonitos proyectos bajo las sombras para la vida que había soñado! También pensaba en la conversación con la señora Parent, de donde ella había salido con el corazón apaciguado por las palaras de la infame… Y pronto sería madre… Su hijo vendría al mundo con el estigma de la desgracia y nunca aprendería el nombre de su padre excep- to para maldecirle. La tía, la señora Varennes, no se atrevía a consolar a su sobrina. Era ella quién la había animado al matrimonio y no encontraba palabras para expresar toda su desesperación. Hubiese querido llevar a Marie a las Bastides; pero, ¿podría abandonar su sobrina al padre y a la madre de Georges?... la
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    156 vieja dama Loudois,que había pasado toda la jornada rezando, aconsejó partir a su nuera: –La visión de la casa vacía te matará lentamente… Tú eres nuestra hija… Nosotros te queremos… iremos a llorar contigo… Por la noche, Marie pidió ver al Sr. Parent. Se sentía fuer- te; se decía que tenía el deber de consolar al pobre loco que quería matarse. Prosper aceptó la invitación, solo, al caer la noche. No atreviéndose a atravesar la calle, tomó el camino tan conocido por los amantes. Llegó con la frente curvada hacia el suelo; y cuando Marie tomó sus manos entre las suyas con un respeto filial, las lágrimas que oprimían su garganta salieron con sollo- zos ahogados; y él quedó allí, tímido y avergonzado, como un niño grande injustamente castigado y que no tiene derecho a quejarse.
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    157 XII Era el momentodel año en que los parisinos de todas las regiones se reúnen en la capital. Los trenes estaban repletos de viajeros y Georges y Rosette nunca tuvieron ocasión de estar solos en el compartimento. Georges se apeó en la estación de Legean. Se dirigió al restaurante, compró algunas provisiones, y almorzaron juntos en el vagón, silenciosamente. Rosette arroja- ba de vez en cuando miradas asustadas a través de los cristales de las portezuelas. Legean se encontraba situado solamente a algunas leguas de Saint-Cyprien y era posible encontrarse con personas conocidas. No fue así. Por la noche, hacia las seis, los viajeros llega- ron a la estación de Orleans. Las salas estaban llenas de gente, y, en las ventanillas enrejadas donde el público hace cola, unas voces se interpelaban mientras la muchedumbre se precipitaba a la salida para llamar a los taxis que estacionaban en la plaza Walhubert. Un frío intenso penetraba por las puertas abiertas, y Rosette, aturdida por el ruido, no soltaba el brazo de Georges que la arrastraba a la sala de equipajes. Sobre largas tablas de madera los equipajes estaban apila- dos en un batiburrillo con sus etiquetas de diversos colores. Un factor llamó: –¿Mozo, por favor?... Mozo… Un hombrecillo vestido con un uniforme verde de rayas amarillas y tocado con un gorro con galones se adelantó: tenía en la mano un trozo de tiza de la que se servía para marcar las maletas verificadas. –¿No tiene nada que declarar? –No. –Está bien, pude llevárselo.
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    158 Y el hombrecon el gorro de galones trazó una señal sobre la maleta y se dirigió a otra demanda, después de haber arrojado una mirada a los viajeros. –Aquí está señor, el número de su coche – acababa de de- cir a Georges Loudois un empleado de la Compañía… ¿El equi- paje? –Aquí. –¿Eso es todo? –Eso es todo. El mozo cargó sobre sus amplias espaldas la maleta de Rosette y tomó en la mano la de Georges. –¡Cuánta gente! – comentó la señora Parent… – se puede perder la cabeza en esta estación y compadezco a las pobres mujeres que se ven obligadas a viajar solas. El año pasado fui a Pensol con Prosper… Habíamos tomado el tren de Thaviat… Creí que nunca llegaría… Contigo, querido, es mucho más agra- dable… –Espero que sea más que eso… –¡Oh! Sé que no te gustan los cumplidos – dijo la joven mujer inclinándose sobre el hombro de Georges. –Debes estar muerta de cansancio… –No… Me siento bien… puesto que estoy contigo… Se instalaron en el coche. –A la calle Notre-Dame-des-Victoires, 17 – indicó Geor- ges dando una monedas al mozo de la estación. El cochero colocó la maleta a su lado sobre el asiento y el caballo partió a trote lento. –¿Tienes hambre, querida? –No, amigo mío. –Pareces triste. –Todo ese gentío que se apresuraba a la salida de la esta- ción me ha agobiado un poco. En todo momento temía perder- te… ¿Qué hubiese hecho sola?... Ya ves, no puedes abandonar- me. No estoy acostumbrada a viajar, y a la menor dificultad siento que mi cabeza se va.
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    159 –No te preocupes.No te abandonaré, mi Rosette… Ahora estamos solos para amarnos y protegernos, y tú me has dado tal prueba de amor… Iremos a un hotel muy conveniente a dos pa- sos de la Bolsa, en el centro de la ciudad… –Contigo iría al fin del mundo. El coche pasó a lo largo del Jardín Botánico. Había caído un poco de nieve durante el día y los copos que colgaban de las verjas doradas se descolgaban de vez en cuando con amplias crepitaciones. –Las damas de Saint-Cyprien me hablaron a menudo del Jardín Botánico… Debe ser muy frecuentado. –Ya ha pasado de moda… Los paseos están reservados a los militares y a las cuidadoras de niños y como no somos ni militares… –¿Te aburro con mis preguntas? –Claro que no… claro que no… Al contrario, debes tener mucho que preguntar… Es la primera vez que vienes a París y es muy natural que no lo sepas todo… –Entonces charlaré a menudo, mi pequeño Georges. Llegaron al hotel de las Colonias. El portero se acercó a los viajeros. –¿Vienen buscando una habitación, señor? –Sí. –Si es tan amable de entrar… Voy a llamar a un botones. Atravesaron un patio en medio del cual se encontraba un estanque iluminado por dos pajes de bronce que portaban antor- chas de gas: el chorro de agua se extendía en abanico empurpu- rado de luz y caía con un ruido sonoro sobre las cabezas de unas esfinges talladas en granito. Unas urnas, llenas de plantas acuá- ticas y recubiertas de musgos, se encontraban a los pies de unos arbustos verdes, y la palidez de su mármol constataba con los rincones sombríos del jardín y los luminosos brillos del agua que se dispersaba en una nube de rocío. Una joven señorita sentada en un kiosco de cristal tomaba notas sobre un gran libro de registro. Saludó graciosamente a los recién llegados.
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    160 –La señora debetener frío… Entre en el salón de lectura mientras se prepara el apartamento. Georges se inclinó: –¿El hotel ha cambiado de propietarios últimamente, seño- rita? –Sí, señor… Mi familia ha adquirido el establecimiento.. –Yo era muy conocido por los anteriores propietarios… Sr. y señora Legris. –Perfectamente, señor… ¿A quién tengo el honor de diri- girme? –Al señor y la señora de Magnac, de Civray (Viena). –Si el señor quiere inscribirse él mismo… Georges quitó sus guantes y escribió sobre una hoja prepa- rada a tal efecto el apellido y la dirección que acababa de indi- car. –¿Desea pasar al salón de lectura? El salón daba frente a la puerta acristalada del patio. Sobre una larga mesa de peral ennegrecido, unos libros, unos periódi- cos y mapas de ferrocarril. Dos damas estaban sentadas junto a la mesa, hablaban inglés y miraban de vez en cuando a una chi- quilla que dormía sobre un diván envuelta en una manta de via- je. De la calle subían los ruidos de los coches y el crepitar del fuego no impedía escuchar las conversaciones que se mantenían en el patio del hotel. –¡Qué diferencia con nuestro agujero provinciano!–decía Rosette. –¡Oh! Esto no es nada todavía… Cuando estemos en los grandes bulevares… A propósito, querida, tienes compras que hacer; ya me dirás el horario; te acompañaré a los almacenes. –Debería haber traído mis maletas… Voy a arruinarte con mis adquisiciones. –¿Acaso crees que te he traído a París para someterte a privaciones? –Siempre tan bueno…
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    161 Las damas, quehabían guardado silencio durante algunos minutos, retomaron su conversación, y la mayor, que llevaba largas rizos negros pegadas a las sienes, extrajo una pequeña obra de ganchillo de una cesta. –Ves,–continuó Georges– estamos en un auténtico hotel con ambiente familiar. Un botones vino a anunciarles que el fuego estaba prepa- rado en el apartamento. –Señor y señora al 15… Es un apartamento completo que da a la calle… Siguieron al botones hasta el segundo piso, atravesaron un corredor un poco oscuro y llegaron a la puerta del apartamento indicado. –¿El restaurante está abierto?– preguntó Georges. –Sí, señor, y la hora de la mesa de huéspedes va a ser pronto. –¿La mesa de huéspedes?... No… Diga que nos sirvan aquí. –Señor, hay un saloncito al lado de la habitación… Si el señor quiere verlo… –Muy bien… –¿A qué hora desea cenar el señor? –¿Rosette?... _Pero, amigo mío, cuando tú quieras… No tengo mucha hambre… –Dentro de un cuarto de hora, tráiganos la carta. –Bien, señor. –Ves, mi Rosette, no estaremos demasiado mal aquí mien- tras esperamos nuestra instalación definitiva,… tres estancias… cuarto de baño… buenas alfombras… ¡Ah¡, a pesar de todo, echarás de menos tu saloncito tan coquetos… tus grandes sillo- nes de terciopelo donde te he besado tantas veces… Esto no es más que provisional, señora de Magnac… Pero lo que es eterno, es esto. Y la tomó entre sus brazos, besando con ardor los sedosos bucles que invadían el rostro de la joven mujer.
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    162 –¿Señora de Magnac?...¿Por qué ese nombre y no otro?... ¿Por qué ennoblecernos? –Querida, es una tontería, pero una partícula no hace daño al paisaje… No podías seguir siendo señora Parent: me era im- posible hacerme llamar Sr. Loudois: necesitaba un apellido; he encontrado el de Sr. y Sra. de Magnac. ¿Qué más da? … Suena rítmico y bien. Comieron rápidamente y como era demasiado tarde para tomar localidades en un teatro decidieron pasearse por los bule- vares como dos burgueses que vuelven a unirse de nuevo. Hablaron mucho del pasado, de las horas maravillosas que hab- ían estado bajo las sombras de los jardines de Saint-Cyprien y proyectaron mil detalles de cara al futuro. De entrada, tratarían de tener noticias del país sin despertar curiosidades malsanas; Rosette conocía una modistilla en la que confiaba como en sí misma; le escribiría a menudo. La nueva señora de Magnac caminaba del brazo de su amante, asombrada de la claridad de los bulevares y de esa mul- titud que pasaba y volvía a pasar siempre nueva y siempre rui- dosa. Se estrechaba contra Georges confesando que temía ser reconocida por los transeúntes; pasaba tanta gente del Perigord, que se estremecía con la idea de que una de sus amigas pudiese reconocerla al pasar. Georges la tranquilizaba diciéndole que nadie se preocu- paría por ella y que siempre encontrarían el medio de evadirse de los curiosos. Loudois peroraba: hay que acostumbrarse al ruido, es de- cir a la vida. Solo sería cuestión de soportarlo algunos días. Ci- taba a compañeros suyos que no podían dormir sin el ruido del rodar de los coches y cuya estancia en el campo hacía muy des- graciados. Antaño, cuando vivía en el bulevar Saint-Michel, en calidad de estudiante, los clamores y los gritos lo mecían mucho más que la horrible calma de las callejuelas de Saint-Cyprien. Rosette lo escuchaba con arrobo. –Hubiese querido ser tu amante cuando estudiabas dere- cho… Te hubiese querido mucho.
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    163 Así llegaron hastauno de los grandes cafés del bulevar de Montmartre. Rosette objetó era reticente en entrar, pero se dejó convencer por los razonamientos de Georges que afirmaba que en París todo está permitido. Tomaron asiento, uno enfrente del otro, muy cerca de una mesa donde unos hombres de amplia barba jugaban al dominó. –Felizmente nadie nos conoce. – murmuró Loudois, pi- diendo dos cafés americanos. Las voces se entremezclaban: –Caso el cuatro doble. –Dos cigarros al seis blanco… ¡Bum!... La Señora de Magnac estaba soñadora. Pensaba en las pa- labras de Georges. –¿Qué divertidas son esas damas – dijo señalando a un grupo de clientes. Unas mujeres instaladas sobre el diván de enfrente bebían cerveza en compañía de unos jóvenes. Rosette seguía en el espe- jo las bocanadas de humo que salían de sus labios, y quedaba atónita ante los gestos que hacían con las manos enguantadas. Las mujeres tuteaban a los hombres, hablaban en voz alta, reían a carcajadas, todas esas cosas que tanto escandalizaban a la se- ñora de Magnac. Entre las damas había una cuya cabellera des- plegada, la frente baja y los labios rojos, excitaba singularmente su curiosidad. Le llamaban Clorinde, y parecía la alegre líder del grupo. En ese momento Clorinde distribuía sobre un tapete unas cartas que tenía en la mano. La mujer estaba feliz. –As de trébol… eso significa dinero… Trifolium praten, como dice ese tonto colegial del Instituto Louis-le-Grand. –El rey de rombos… un caballero rubio que hace la corte a una dama morena que está aquí… –La dama de picas… llega un joven moreno que da una ci- ta a la dama morena… Jota de corazones… –Ocho de rombos… Se aman al cabo de ocho días… –Tréboles… más dinero todavía… Sus amigos perdían la paciencia. –¡Esto es tedioso!
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    164 –Cállate, Clorinde. –Rey decorazones y rey de picas… Un duelo, señoras, un duelo… –¿Clorinde? –Basta… basta… Una voz de hombre cortó las conversaciones: –¿Y si nos fuésemos al Alcazar, amigos? –¿Al Alcázar?... Es aburrido, querido… –Quedemos aquí. Clorinde continuaba interrogando a la suerte, recolocando de vez en cuando sobre su enorme cabellera una especie de sombrero verde cuyas plumas caían como alas de pájaro golpea- do por la muerte. –Es sorprendente – decía en voz baja Rosette – cuanto más miro a esa Clorinde, más parecido le encuentro con Marguerite Fornel, mi amiga de pensión… La misma voz… los mismos ojos… Y si no fuese porque estoy segura de que Marguerite es la esposa de un abogado de Pensol… Georges la interrumpió dulcemente: –Mi Rosette, tienes un aspecto demasiado serio… Hay que reír un poco… Tienes una sonrisa tan bonita… ¡Vamos, Réret- te!... –He aquí – respondió la mujer del notario, – lo que una gana al no haber visto nada… ¿Parezco triste, verdad? Esas da- mas deben burlarse de mí y de mi tristeza… –Claro que no… –Necesitaré tiempo para adaptarme a la idiosincrasia pari- sina… No a la de estas mujeres… ¡Dios me libre!... –¡Pequeña provinciana! Hablaban en voz baja, con los codos apoyados en la mesa de mármol, mientras sus vecinos, los jugadores de dominó, se sumían en sus reflexiones bajo los secos y ruidosos golpes de las fichas de marfil. Uno de los jugadores acababa de pronunciar estas pala- bras:
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    165 –Ese pobre Berck,en el pecado encontró la penitencia… Quién a hierro mata… –¡Ah! sí… La historia de su mujer – contestó el compañe- ro que todavía no había abierto la boca. –¿Un diputado?... La cierto es que es vergonzoso. –¿Acaso es su culpa si su esposa lo ha dejado? –Sí, es su culpa… un libertino que pernoctaba fuera de su casa tres de cada cuatro noches… que frecuentaba a las más bonitas actrices de la Comedia Francesa… Camarero, ¡una caña! La conversación interrumpida concernía al conde Berck de Villemont, el diputado de la provincia de Saint-Cyprien. Rosette era todo oídos. –No debemos parecer escuchar… Disimulemos hablando, escucharemos mejor… Esos caballeros no desconfiarán de noso- tros… Se continuó con la partida de dominó. Encendiendo un cigarrillo, el caballero que había conde- nado la conducta del diputado dejaba escapar fragmentos de frase: –El tío, el ministro, debería haberse ocupado del asunto… –¡Bah! el señor ministro tiene muchos otros gatos que fus- tigar. –Sin embargo es grave… ¿Así que ha sido en la represen- tación del Pájaro Azul donde la historia ha comenzado? –Sí… entre la lluvia de ramos enviados al actor protago- nista, una pequeña serpiente se había ocultado entre las flores. –¿Es bonita? –¡Pfff!... una rubia… Demasiado gruesa, demasiadas gra- sas… –¿Y han partido al día siguiente de la representación? –¡Dios mío! sí… estación de Lyon… –¡Berck debe estar furioso! –¿Él?... se mofa de eso como de una minucia… La noche misma de la partida de su mujer, cenó con el príncipe René en alegre compañía. –¿El príncipe de Alemania?...
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    166 –Sí. –¿Un juerguista? –Un hombremuy amable, en mi opinión. –¿Y galante?... ¿Libertino?... –El ser príncipe no lo hace menos hombre. –¡Ya!... ¡He aquí todas mis fichas casadas!... ¡Estáis derro- tados… y contentos. –Como el amigo Berck de Villemont. Las manos volvieron a mezclar rápidamente las fichas. –Dime, Fulbert, ¿crees en la virtud de las mujeres? –Querido, he estado mucho tiempo con una chiquita de Normandie, bien gordita y bien dotada… Georges llamó al camarero y pagó las consumiciones: –¡Cuando tú quieras, querida! –Estoy lista. Georges ayudó a Rosette a ponerse su abrigo y se confun- dieron entre la muchedumbre que circulaba por el bulevar de Montmartre. Loudois comenzó a reírse: –Increíble… increíble… –Ese pobre Sr. de Villemont… –Querida, esto es una plaga… tú, yo, él… –Su esposa era muy amable. –Precisamente por eso. –Sí, pero un cantante… un actor… –Parece que estaba loca por él. –¿El secuestrador es de Burdeos?... –Sí, y un apuesto muchacho… –Lo he visto en Pensol en el teatro… No siento ninguna pasión por esas cabezas de cera… –¿Estás temblando, Rosette? Si quieres regresamos al hotel… Aquí hay una parada de coches… –No, prefiero caminar… Ese olor del café… –No abusaremos de los cafés, pero no me molesta mostrar- te los diferentes aspectos de París… Has de reconocer que no esperábamos la revelación de los jugadores del dominó…
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    167 –Desgraciada mujer, sile llega a ocurrir algo… –Vamos Rosette, al decir eso piensas en ti…. ¿Temes a los gendarmes?... –¿Miedo de los gendarmes, yo?... ¡Oh! no. Prosper no se atrevería. –Ta, ta, ta. –Georges, tienes razón, soy una gran miedosa. Los amantes dedicaron la mayor parte de la semana a visi- tar los almacenes de Paris. La señora de Magnac parecía a me- nudo vacilante. –Es demasiado dinero… son demasiados gastos… Georges insistía: –No es para ti; es para mí para quien has de estar bella. Pasaban sus veladas en el teatro, y Rosette, radiante de be- lleza y de amor, atraía las miradas de todos los asiduos. En el hotel de las Colonias ya se había hecho amiga de la señorita que atendía el kiosco de cristal: se había arreglado una existencia a su gusto y le gustaba comentar todo el afecto con el que rodeaba a su marido. Era casi una luna de miel de lo que disfrutaban… la Señora de Magnac entraba en íntimas descripciones de la pareja y, ayudándose de sus recuerdos, concedía a su interlocutora la plaza de la desdichada mujer que se moría en el castillo de las Bastides. Una mañana advirtió a su amiga que pronto se vería obli- gada a abandonarla: quería tener muebles propios y un nidito para los dos. Pero sus buenas relaciones no quedarían ahí: alqui- larían en un barrio cercano y no dejarían de quererse. Acostumbrada a la vida terriblemente extenuante de la ca- pital, Rosette volvía a convertirse en la mujer autoritaria de an- taño, y cada día arrastraba a Georges a excéntricas compras a través de la ciudad, prometiéndose encantadores excursiones para la próxima primavera. Eligió ella misma una vivienda. El apartamento estaba situado en una antigua casa de la calle Saint-Honoré, en el centro de Paris, muy cerca del Palacio Real. Había sido habitado por una actriz de la Comedia France-
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    168 sa, la señoraTarguet, que acababa de casarse en segundas nup- cias con un célebre periodista y se había refugiado en Asnières. Alquilaron todo el primer piso; habían sido hechas repara- ciones recientes en el apartamento y los yesos apenas estaban secos. La casa, un gran edificio de seis pisos y cincuenta venta- nas en la fachada, la única de la calle pintada de blanco, conten- ía cerca de doscientos inquilinos con siete escaleras diferentes. Un patio cuadrado, negro y profundo, daba acceso a un jardín cuyos árboles privados de sol y de luz se veían impotentes en rejuvenecer sus ramas podridas y envejecidas. Si Georges había aconsejado a Rosette a refugiarse en esa especie de sepulcro, era porque sabía, por mediación de un amigo, que la casa era tran- quila y no corrían ningún riesgo de ser molestados. Después de todo, poco importaba el lujo exterior de la vivienda; lo principal era que se estuviese a gusto en casa y que se encontrase cerca de los teatros y bulevares. –El interior – decía Rosette, – compensará la fealdad de la fachada de la casa. –Este balcón es encantador, – añadía Georges cuidando las plantas que se morían en unas macetas verdes. En unos días, un tapicero hábil habría dispuesto las corti- nas, las alfombras y decorado la casa con suntuosos muebles. Bronces, estatuillas, antiguos cobres, lozas se amontonaban po- co a poco en el apartamento, y los vendedores de antigüedades de la calle Sainte-Anne y la calle Rivoli, felices de haber encon- trado unos clientes principescos, se prodigaban en descubrirles nuevos tesoros. Y Rosette sentía por adelantado la alegría que experimentaría ante la admiración de los visitantes que, subien- do una estrecha escalera, quedarían deslumbrados ante el mara- villoso salón. La señora de Magnac frecuentaba las tiendas de antigua- llas y en el palacete de la calle Drouot los subastadores se mos- traban absolutamente deferentes hacia la elegante visitante. Ge- orges se sentaba a su lado en el primer banco que daba enfrente de las mesas expositoras; y allí, con un binóculo de concha en la mano ella examinaba con despreocupación los mil objetos que la
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    169 voz de lossubastadores indicaban a la atención del público. Los judíos también, avezados anticuarios, se sentían a sus anchas ante la aparición de la dama, al saber por adelantado que hala- gando su gusto conseguirían siempre venderle alguna pieza im- portante. –¡Oh! si la señora hubiese estado allí, no hubiésemos per- mitido… –Una urna antigua… una maravilla… –Dos paneles comprados en una vieja iglesia de Bruges… –Una copa de Corea que provenía del pillaje del palacio de Verano… La baronesa de Rothschild no tiene la pareja en su museo… Los judíos se inclinaban al paso de Rosette; y era raro que una contrariedad crispase sus labios mercantiles. El dormitorio de la señora de Magnac era una maravilla de gusto y elegancia. Una cama de roble esculpido portando en los paneles de fondo las armas de Jacques Coeur, con sus altas co- lumnas decoradas y sus baldaquines sobre un pedestal igualmen- te en roble y trabajado al estilo de la época. Las paredes estaban cubiertas de antiguas tapicerías de Beauvais en las que figuraban pavos y pájaros del paraíso en todo el estallido de sus colores, árboles con follajes de seda y oro, jinetes montados sobre caba- llos blancos, y unas ruinas en perspectiva de un gris oscuro que no hacían más que destacar la intensidad de los tonos y la deli- cadeza de la trama. La chimenea, un hallazgo de Rosette, estaba formada por altas columnas semejantes a las de la cama, y la parte superior estaba recubierta con un terciopelo azul en armon- ía con el color de los asientos. Frente a la chimenea, un espejo enmarcado en mármol de Carrara coronado con una Diana cazadora con todas las delica- dezas escultóricas que revelaba el péplum con sus armoniosos pliegues. Sobre un zócalo de ébano, un reloj de péndulo de Alemania de porcelana y dos copas de Sevres. El tapiz era de Aubusson; y, como si se hubiesen querido reunir todas las rique- zas del arte antiguo y moderno, el techo desaparecía bajo una inmensa tela de un gran maestro húngaro, Hans Mackart, y unas
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    170 estatuillas de Saxese superponían encima del espejo y se refle- jaban en las grandes cristaleras del fondo. El cuarto de baño contenía una bañera de mármol rosa re- matado en un cuello de cisne, semejante a un barco sin vela. El suelo era de porcelana de Limoges. Rosette se encontraba cada mañana en ese buen retiro, y allí olvidaba los veranos ya lejanos, donde, siendo una chiquilla salvaje, se bañaba en el río de la Croix-du-Jarry… Pero en medio de todas esas maravillas artísticas, al lado de los mármoles y los bronces y los bibelots de todo tipo, entre el montón de lozas y viejos cobres, se encontraba un cuadro que la condesa no podía dejar de mirar sin profunda emoción. Era una joven mujer sentada sobre una roca, con los pies calzados con pesados zuecos; apoyada en su seno, una niña de la edad de Andrée. La mujer, muy bien proporcionada, de tez páli- da, falda gris ceñida en las caderas, interrogaba el horizonte es- perando el regreso del esposo. Era una auténtica madre, preocu- pada por la suerte de su marido, el audaz pescador: había aban- donado todo para ser la primera en la orilla. La tela estaba firmada por Feyen-Perrin, y el artista había plasmado en ella todo el encanto de su arte. Una oleada de melancolía pasaba por la frente de la va- liente mujer, y su mirada se animaba de algo temible y respetuo- so que prende en el corazón de aquellos que se sienten soñado- res y entristecidos ante la majestad del Océano. La mujer, a la que el recuerdo de los peligros conjurados conmovía, parecía defender a su pequeña contra imaginarias tormentas y suplicar a la inmensidad que no se llevase a su ma- rido. Y la hija de los Bérias sentía su alma encogerse y un es- tremecimiento correr a través de sus venas: no podía desviar sus ojos del cuadro, y se decía que de todas las mujeres de este mundo ella era la única que había abandonado a su hija. En esos momentos quería regresar al pueblo, y luego, todos sus deseos se difuminaban de súbito. La campesina había desaparecido;
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    171 solamente quedaba lagran dama, avergonzada de los prejuicios de la burguesa sentimental. La señora de Magnac olvidaba todo en medio de su lujo y de la febril agitación de la capital. Una joven modista de Saint-Cyprien, con la cual se había portado muy bien antaño, le escribía de vez en cuando: ella sab- ía que su hija estaba en la Croix-du-Jarry; que Parent había re- gresado al trabajo; que la esposa de Georges vivía en las Basti- des, y no deseaba saber más. Esas damas podían criticar su con- ducta… ¿Qué le importaban las acusaciones y las venganzas?... No volvería a ver nunca la maldita ciudad. ¿Andrée?... La traería a vivir con ella cuando fuese mayor. ¿Tal vez Parent se opusie- se?.... ¿Acaso un hombre puede cuidar de una jovencita?... Se le haría comprender al notario la situación; se emplearía la persua- sión, la fuerza si fuese necesario. Se entregaba por completo al placer obligando a Georges a renunciar a antiguos conocidos, a acompañarla al bosque, burlándose del rigor de la temperatura: quería ver todo, conocer todo. Era el único medio para poder desprenderse de su aire burgués y sobre todo de ese acento meridional que provocaba sonrisas burlonas. Y la dama se observaba en su lenguaje: unía los labios, retraía la lengua y llegaba a emitir unos fonemas que parecía extranjera. ¿Extranjera? Le gustaba evitar que se le notara su naciona- lidad; prefería pasar por inglesa, alemana o rusa, que ser consi- derada aldeana de Francia. Cierta noche, Georges y Rosette se dirigieron al teatro del Palacio Real para asistir a la representación de una obra de ac- tualidad. Deseosa de no parecer provinciana, Rosette hubiese debido evitar las largas colas ante las taquillas de las galerías y las alegres exclamaciones que todavía le arrancaba la vista de los brillantes abalorios femeninos a través de los cristales: no podía estar en todo. Georges, sin embargo, no vacilaba nunca en satisfacer los caprichos de la señora de Magnac, y esta se lo agradecía a su amante con efusión:
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    172 –No… no… otravez… Hay que guardar algo para des- pués. –Te lo suplico, Rosette. –Puesto que lo quieres… … El Palacio Real es la providencia de las buenas gentes de provincias. Hacia las seis de la tarde, se ven circular amplios chalecos coronados por rostros satisfechos de terratenientes en gabán, damas encintadas con jovencitas llenas de pudor ante el vuelo de los vestidos de las señoritas en ruptura de inocencia. La galería Montpensier rebosa de curiosos, admiradores apasiona- dos de los collares de diamantes, de los brazaletes de oro, de los rubís, las esmeraldas, topacios, cruces de honor, cintas empurpu- radas, órdenes blancas, amarillas, verdes, azules, violetas, rojas, que arrojan a la luz del gas el estallido de sus piedras preciosas y de sus deslumbrantes colores. A veces, unas pobres chicas en falda rosa y en sombrero claro cuando el tiempo es sombrío y la tierra está húmeda, se detienen, con mirada febril, buscando una cena entre la sonrisa del provinciano que se detiene: ellas pasan, vuelven a pasar, pasan de nuevo, huyen de los agentes, observan a los hombres y, casi resignadas, se van a otra parte para volver de nuevo, heladas y agotadas. El hambre aprieta… Bonitas señoritas atraen la mirada en las tiendas y sonríen a los amables bromistas, estudiantes, que ponen cara de elegir con sus manos algún rico toisón de oro que defienden unos muros de cristal. La galería Montpensier es donde se dan cita las familias con la promesa de ir a cenar juntos a un buen restaurante a la carta. En cualquier escaparate que se elija, se ven grupos de per- sonas que se impacientan, frentes que secan el sudor, manos que no abandonan el bolsillo donde se encuentra la cartera, mientras rostros inquietos arrojan miradas furtivas a todos lados. Las personas se saludan efusivamente, a veces se oyen so- noros besos que atraen sonrisas en los labios de las muchachas que continúan con su eterno viaje. Allí, los provincianos están
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    173 como en sucasa, pueden mostrarse tal cual son: las bóvedas de piedra no tienen oídos. El Sr. y la señora de Magnac, que, por esa noche no eran ya provincianos, atravesaban rápidamente la galería Montpen- sier; una mano se apoyó sobre el hombro de Georges. –¿Villemont? –Yo mismo. Rosette, ruborizada, saludó al interlocutor que no era otro que el conde Berck de Villemont, el diputado de la provincia de Saint-Cyprien. –¡Perdón! no me equivoco… ¿señora Prosper Parent?... Señora… La hija de los Bérias enrojeció todavía más y dejó caer su brazo que retenía el de Georges. Villemont, que estaba lejos de sospechar la inquietud de sus amigos, continuó: –¿Y el querido notario está en París?... –Sí, señor… Está un poco indispuesto esta tarde… Ha quedado en el hotel… –¿Y tu esposa? Me he enterado de que esperas un herede- ro… ¿Para cuándo?... –¡Oh! dentro de algunos meses, en mayo o junio… –¡Mi más cordial enhorabuena! Conversaban los tres mientras caminaban, y Rosette, un poco repuesta de su emoción, volvió a tomar el brazo de Lou- dois con ganas mal contenidas de partir. –¿Cómo es eso, Georges? ¿No crees que Guernier tenga alguna oportunidad de triunfar?... ese maldito revolucionario de Ladouze… –No. –El país está caliente allá abajo. –Se te quiere mucho. –Hago lo que puedo; pero si escuchase a mi tío el minis- tro, sucumbiría de pena… Y pensándolo mejor: puesto que est- áis todos en París, ¿seríais tan amables de aceptar almorzar o cenar conmigo?... El Sr. Parent incluido, por supuesto… ¡Ah! ya
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    174 sabéis, en elrestaurante… Me alojo en el ministerio y allí las comidas no son alegres… Bueno, os retraso. ¿Vais al teatro?... Fijad vosotros mismos el día… ¿No respondes, Georges?... Sin embargo sabes lo feliz que me hacía aceptar tus invitaciones en Saint-Cyprien… –Villemont, – dijo de pronto Georges Loudois, arrastrando al diputado bajo uno de los arcos que dan frente al jardín… – ¿Villemont, tu eres un hombre serio?...¿muy serio?... –¡Caramba! – exclamó el diputado. –Pues bien, en dos palabras, voy a contarte nuestra histo- ria… Pero te pido que me des tu palabra de honor… Rosette se sentía desfallecer y no encontró ni una palabra para impedir hablar a su amante. –Escucho. – dijo Villemont con la mayor calma. –No me extenderé. Hemos partido con nocturnidad de Saint-Cyprien… Vivimos en París… ¡Nos amamos!... Ahora ya sabes nuestro secreto… Berck de Villemont sintió el rojo purpurar su rostro. Era la historia de su esposa la que le acababan de contarle. Le parecía que en ese momento le ascendían sus espantosas cóleras al ros- tro, y mostró una mala sonrisa mirando a su amigo. –Está bien– dijo lentamente, – conozco el valor de un se- creto… Después de todo yo también necesito distraerme … La vida política me disgusta… ¿Queréis divertiros?... Divirtámonos y que el diablo me lleve si algún día revelo esto. –Villemont, eres un amigo, un verdadero amigo; jamás lo olvidaré… –Vamos, la bala está disparada… Os invito a los dos el jueves por la noche… Estaremos en una compañía encantado- ra… Señora… –Señora Rosette de Magnac, – interrumpió Loudois. –Pero… –Señor y señora de Magnac… –Entiendo… Muy chic…
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    175 Se separaron, yGeorges y Rosette entraron en el teatro del Palacio Real al final del primer acto de El Viaje del Sr. Perri- chon. –Que encuentro más inoportuno… Un día se podrá escri- bir nuestro viaje, – murmuró Loudois instalándose al lado de su amante. Rosette estuvo triste durante toda la representación. Georges se lo comentó. –¿Qué quieres? – respondió la hija de los Bérias – es más fuerte que yo… He sentido vergüenza ante ese hombre… Antes incluso me dirigía exhortaciones; me decía a mí misma: « Mi pequeña Rosette, tu conducta está mal… Debes dejar a tu aman- te e ir a reunirte con tu marido y tu hija… Si rezases a Dios…» Pues bien, no he escuchado ni una palabra de lo que se decía en la escena; hoy he rezado en un teatro, con piedad, con fervor, aunque no fuese de rodillas, como antaño lo hacía en la iglesia, como todo el día de ayer, he rezado en mi habitación… Es como si cantase… Es más fuerte que yo…
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    177 XIII El conde Berckde Villemont no había quedado tan sor- prendido como pudiese parecer con la confidencia de Loudois. No era en absoluto ajeno a las historias que se contaban en Saint-Cyprien, y se felicitaba enormemente de la ocasión que se le había presentado para renovar sus relaciones con la seductora señora Parent. Con motivo del último consejo de revisión, ya había comenzado un cortejo asiduo que interrumpía a cada ins- tante Georges Loudois con sus galanterías. En París eran más libres que en Saint-Cyprien, y como la sonrisa de Rosette no había perdido nada de su misterioso encanto, y las profundida- des de sus ojos siempre parecían contener adorables promesas, el diputado se alegró mucho de encontrarla y se prometió ir des- de el día siguiente a visitar los objetos de arte de la calle Saint- Honoré de la que la señora Magnac ya le había hablado. Casado con la sobrina de un ministro, pero separado amis- tosamente, Villemont recuperaba la alegría de vivir de antaño. Lo cierto es que las cosas habían acontecido del modo más civi- lizado del mundo. El propio ministro ignoraba las causas de la ruptura, y en cuanto al secuestro de su sobrina por un actor, los ardores de la política lo ocupaban con demasiada intensidad para que tuviese tiempo de detenerse en los cotilleos de los periódi- cos. Para él, la señora de Villemont simpatizaba poco con su marido y estaba en tratamiento en una estación invernal para regresar a comienzos de verano. Berck no tenía ninguna razón de desengañar al ministro y, por lo demás, no estaba seguro de que su esposa, un ángel de virtud, hubiese pisoteado de ese mo- do sus deberes conyugales. Lo que sin embargo habría podido hacerle sospechar era la vida disipada que él llevaba desde su elección, no apareciendo a las sesiones del Cuerpo legislativo más que en raras ocasiones,
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    178 pasando sus nochesjugando y en los bailes públicos, arrastrando por el lodo su título de conde y su mandato de diputado. Recibido en la corte, se le señalaba como el héroe de los bailes de las Tullerías, el organizador de las cenas de Compièg- ne, el hábil inventor de los divertimentos más íntimos de Napo- león III y sus familiares. Entre las damas de la corte, la señora de Lesnick, la esposa de un secretario de la embajada alemana, admiraba mucho a Bismarck, y Berck la atormentaba amenazándola por los auda- ces elogios que ella prodigaba hacia el gran hombre. Una noche de juerga, Villemont pintó y luego recortó una cabeza de un gran parecido con la del Sr. de Bismarck, y, llegada la noche, Sus Majestades entraron en la habitación de la bonita teutona. Dispusieron la cabeza sobre la cama; un cojín bajo las sábanas para representar el bulto formado por un cuerpo humano; luego, la emperatriz Eugenia añadió a la frente un pañuelo dispuesto como un gorro de dormir. En la media penumbra de la habitación la ilusión era com- pleta. Cuando Sus Majestades se retiraron del salón, Berck de Villemont y el gran literato Merimée, que asistía a esta escena, retuvieron durante algún tiempo a la señora de Lesnick para que el emperador y la emperatriz fuesen a apostarse al fondo del corredor; luego, cada uno de ellos hizo ademán de desaparecer. La Señora de Lesnick, cuyo marido estaba en Alemania, entró en su habitación, luego salió precipitadamente gritando con la- mentable voz: «¡Hay un hombre en mi cama… hay un hombre en mi cama…» –Sí – murmuró una voz que parecía proceder de la habita- ción… Es el Sr. de Bismarck que te adora… Berck era un poco ventrílocuo, y la broma hubiese resulta- do muy exitosa sin las enloquecidas risas de la emperatriz. Pero las grandes diversiones habían tenido lugar en el castillo de Compiègne. Fue allí donde el Sr. de Villemont inventó el juego llamado la Serpentina. Consistía en lo siguiente: Después de cenar, y cuando se encontraban entre familia- res en el salón de los espejos, se hacían traer grandes cestas lle-
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    179 nas de sortijas,de collares, de brazaletes y de todo tipo de pie- dras preciosas. El emperador, que fumaba su cigarrillo en un rincón, hacía una señal a Villemont. Este llamaba a las damas presentes, todas jóvenes y bonitas, las situaba en dos filas, les vendaba los ojos, y luego, golpeando tres veces sus manos, or- denaba a las mujeres ponerse de rodillas y arrastrarse reptando, sin apoyar las manos, hasta la cesta: una vez llegadas allí, tras haber avanzado como serpientes voluptuosas bajo los brillos de los espejos que reflejaban sus bizarras contorsiones, las damas tenían el derecho de tomar con sus dientes todo lo que su boca podía contener. Era una especie de palo de cucaña, pero sobre un plano horizontal: se hacían mil bromas a las hermosas ciegas, y el príncipe René de Alemania se divertía en ridiculizar las po- ses de las encantadoras concurrentes, bajo la complaciente mira- da de los maridos. No era solamente a esas innumerables bromas a lo que Vi- llemont debía el afecto y estima de la que estaba rodeado en la corte imperial. También tenía esa palidez de mármol que Rosette había tardado tanto tiempo en conseguir. De complexión fornida y miembros delicados, sus cabellos rubios y rizados enmarcaban su rostro, y no hacían más que resaltar la blancura de su tez. Un fino bigote sombreaba sus labios un poco pálidos, y sus miradas lánguidamente amorosas emitían brillos cuando hablaba a una mujer deseada. Su voz era como un timbre de oro, y cuando se dignaba a subir a la tribuna de oradores del Cuerpo legislativo, realzaba con la belleza de su palabra las banalidades trilladas y los tópicos que, ante la multitud de representantes corruptos, dejaba caer de su boca con desdén, como un señor arroja una filípica a sus lacayos. Entre todos los diputados él era el que más enorgullecía al imperio. Hijo de un embajador de Carlos X, de tan antigua no- bleza que el rey ya no reinaba, se imponía en su mundo y gol- peaba, bajo su mirada dominante, a los chambelanes, falsos no- bles y falsos devotos, que se disputaban en halagos ante la ma-
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    180 jestad coronada. Silo hubiese deseado, hubiese podido preten- der a la mano de una hija de la antigua nobleza. Esas rarezas de carácter, esas inconsecuencias inexplica- bles, ese deseo imperioso de ordenar todo y de servirse de todo, hacían de él uno de los hombres de moda. Cuando fue nombrado diputado, su pariente el ministro echó un vistazo sobre el mapa de Francia. Consideró con aten- ción las provincias donde la instrucción pública se encontraba en un estado lamentable. El candidato ya tenía su circunscripción. Allá, entre las gargantas del Limousin y del Périgord, donde la ignorancia hacía ondear su bandera, en ese país llama- do la « Córcega continental », llegó, desconocido, en una bella mañana de otoño. El camino era casi intransitable y la calesa levantaba nubes de polvo que ocultaban los rayos del sol. Era un domingo, tal vez un mes antes de las elecciones generales. Los paisanos salían de la misa. El candidato almorzó en el hotel de la Carreta de oro y luego, simplemente, sin prisas, acompañó al alcalde Sr. Loudois que abrió todas las puertas de la alcaldía. Los paisanos no se atrevían a entrar; prácticamente se les obligó. Entonces el candidato les recordó el nombre del gran em- perador. En un magnífico lenguaje, destacó los beneficios del imperio, la paz de la que gozaban las poblaciones. Supo halagar el patriotismo local hablando de esa tierra tan bendecida por el sol, de las doradas uvas de Saint-Cyprien que producían un vino tan generoso como el corazón de los habitantes de esa tierra. Se le aclamó. Su voz llena de fuerza o de dulzura ponía la piel de gallina cuando contaba que él, descendiente de una raza ilustre, se había entregado a la causa del liberalismo y que mantendría al emperador con todas sus fuerzas y toda su alma. Su único adversario político liberal, que podía tener opor- tunidades en la lucha, era un abogado de los más mediocres: se le dio un puesto de presidente de un tribunal civil. Más tarde, un
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    181 médico influyente parecióaspirar a la candidatura: se le conde- coró y consintió en dejar el campo libre. François Bérias fue uno de los más entusiastas en saludar al candidato oficial. Moulineau, al que se nombró oficial de aca- demia, se convirtió en agente electoral: la elección fue dictami- nada en asamblea, y el Sr. Gavier, el subprefecto de Saint- Cyprien, obtuvo una segunda clase personal. Por añadidura resultó ser de una abnegación sin límites pa- ra sus electores. Distribuidor autorizado de revólveres, de con- decoraciones, de medallas, de fotografías de los tres miembros de la familia imperial, bustos de Napoleón III, concesiones de administraciones de lotería, de estancos de venta de tabaco, de percepciones, de dinero incluso, el conde de Villemont pronto adquirió una inmensa popularidad. Era a él a quien se debía el definitivo proyecto del ferrocarril de Saint-Cyprien a Pensol, así como la exención del servicio militar de varios jóvenes de la comarca. Fraternal con los maridos, galante con las damas, el apues- to diputado fue el ídolo del país. Se disputaban el honor de des- ensillar sus caballos cuando iba a hacerle una visita al hijo de Loudois, del que se había hecho un íntimo camarada. La Socie- dad de socorros mutuos le debió su estandarte, y el presidente de la fanfarria estaba allí para recordar que el nombre del diputado figuraba en cabeza de las lista de miembros honorarios de la Sociedad con una aportación anual de quinientos francos. –Es usted muy afortunado, Berck, de contar con las sim- patías de su circunscripción – decía el ministro… – ¡Ah! no ocu- rre así en todas partes… –Es que todos mis colegas son unos perezosos y despre- ocupados… Hablar y dar, esas son las claves de toda candidatu- ra… Señor ministro, cámbieme de circunscripción: le prometo conseguir más, pero necesito una provincia más culta… El gran ministro inclinaba la cabeza y pasaba su mano por la frente ensombrecida, como si presagiase una tormenta: –Tiene razón, Berck… Ruego al cielo que la causa impe- rial cuente con tan buenos defensores como usted.
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    182 Y Berck deVillemont, orgulloso de los cumplidos de su tío, retomaba su alegre vida de soltero mientras su esposa, una germana, arrancada a los vapores del Rin, se moría de amor en los brazos de un artista de veraneo. Al día siguiente del encuentro en el Palacio Real, el dipu- tado llamó al apartamento de la calle Saint-Honoré. Le habían entregado una carta en el ministerio; y al subir la escalera tanteó su bolsillo para ver si todavía se encontraba allí. La criada de Rosette, una joven uniformada, le abrió. –¿La señora de Magnac? –Sí, señor… Si el señor es tan amable de entregarme su tarjeta… –¡Diablos! – pensó Villemont…– la señora Parent lo dis- pone todo con elegancia. –Aquí está. La criada regresó de inmediato. –Si el señor conde quiere seguirme… El diputado a punto estuvo de caer ante el lujo que surgió ante él: el salón era azul y plateado; el techo, un firmamento nuboso con ángeles y flores, mobiliario de príncipe; en la chi- menea un protector de chispas de plata maciza, flores en todos los rincones; y en medio de una dulce luz, Rosette, sonriente en una elegante bata, descansaba sobre un sofá con un abanico de plumas de colibrí en la mano. Él se inclinó profundamente y se excusó por presentarse a una hora tan intempestiva del día. Ella le hizo una señal. Él se sentó. –Phrosine, avise al Sr. de Magnac de la visita de un amigo. Intercambiaron algunas palabras, y Loudois apareció en- seguida. –¿Trabajabas? –Sí, me dedico a estudiar un poco de antropología. –¡Vaya! –Georges se ha vuelto formal, señor conde.
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    183 –Mi enhorabuena, querido;y a usted, señora, mis respe- tuosas felicitaciones por las maravillas de este salón. –Muy amable. –Por cierto, le traigo noticias del país. –¿Cuáles? – preguntó vivamente Rosette, que sintió des- pertar en ella el instinto maternal. –¡Oh! nada importante… una carta del Sr. Léopold, apo- dado Pigé… –¿El Sr. Victor Moulineau?... –… Que me anuncia su llegada a París para las fiestas de Navidad… Esta misma mañana he recibido su carta… Un tipo genial… Me habla mucho de Georges y me pregunta si lo he visto… –Hay que cambiar de barrio. – exclamó la señora de Mag- nac. –¿Acaso teme, señora, que yo vaya a traicionarles? –No… El Sr. Moulineau es un hombre maleducado al que no quiero ver, eso es todo… –¡Nada tiene que temer! – dijo el diputado; –Permaneceré mudo como un muerto… Georges reflexionaba, acodado sobre el mármol blanco de la chimenea: –Conozco a Pigé… Removerá Roma con Santiago para encontrarnos… No lo conseguirá y contará un montón de infa- mias respecto de nosotros… Más valdría tenerlo de nuestro la- do… aunque… Rosette tomó la palabra: –Sí, eso será lo más prudente… Nos las arreglaremos para impedirle hablar… ¿Le va a responder, señor conde? –Esta misma noche, señora. –¿Le puedo hacer un ruego?... tenga la amabilidad de no hablarle de nosotros en su carta… Cuando llegue a París, le avi- saremos. –Señora, puede usted contar con mi discreción. Rosette se había repuesto y se animaba a conversar. Se habló de literatura y bellas artes, incluso de política, y el diputa-
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    184 do, que erauno de los líderes de la causa napoleónica, se dejó llevar por su entusiasmo hacia el régimen que en todo momento, manteniendo su autoridad, abandonaba los usos y costumbres de otras épocas. Sin duda, los reyes, con sus catorce siglos de gloria, hab- ían legado a Francia recuerdos imperecederos; pero el empera- dor era hoy la única representación de la unidad nacional, el auténtico elegido de la patria. Georges escuchaba al brillante orador, y la señora de Magnac dejaba caer estas palabras con un encanto adorable: –Señor diputado, solicito una invitación para entrar en la sesión del Cuerpo legislativo con motivo de su próximo discur- so. –Me comprometo a conseguírsela, señora. Berck de Villemont echó una mirada al reloj de péndulo: –¡Oh! ¡perdón!... Van a ser las dos… Tengo una cita de negocios… Tomó asiento en el coche que lo esperaba en la puerta y se hizo conducir a la Bolsa. Era el momento en el que todo París enfebrecido se lanza- ba a la especulación, en el que pasa por encima de la ciudad de la luz como una nube que oscurece los cerebros y sume en la noche a las almas generosas. El deseo de obtener algo grande alcanzaba a los más humildes; fortunas edificadas en algunos días o catástrofes decididas en algunas horas. En este último año del segundo imperio, las necesidades de un lujo insaciable favorecían la especulación, y la fiebre de hacerse millonario tenía eco en las noticias. Bajo cualquier pre- texto se producía un alza desordenada de los fondos públicos y de los valores de todo tipo cuyas numerosas emisiones inunda- ban el mercado bursátil. Todo el mundo jugaba. La Bolsa, enorme matadero, era el campo de batalla de to- dos. El fin de un reino hacía germinar las alegrías delirantes y espantosas para hacer nacer el olvido o al menos la indiferencia. De todas partes, personas laboriosas que siempre se habían man-
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    185 tenido al margende los asuntos de la Bolsa, venían también a mezclarse en el combate. Fue vertiginoso, un delirio. Había que mantener la manera de vivir; había que ser y hacer siempre algo grande. El millón, el bello millón, el millón-dios apareció por en- cima de París, soberbio, deslumbrante, y se extendió por la capi- tal como un gigantesco meteoro. Ese mismo día, una animación extraordinaria reinaba en la Bolsa. Por los escalones pasaban y volvían a pasar, con tarjetas en la mano, los portadores de órdenes y los mensajeros de ope- raciones hechas a instancias de unos clientes a los que una falsa vergüenza mantenía en las mesas interiores de los cafés de la plaza. Aquí y allá, unos grupos discutían las compras, las recog- ían al vuelo, unos los fondos de banco, otros inversiones en ca- minos… A lo largo de las verjas, una muralla de coches y taxis; to- dos los cocheros, con la fusta en la mano, dispuestos a partir, pues, en cualquier minuto los amos podían descender parar co- rrer a buscar información. Más de un pequeño cupé ocultaba a unas mundanas disi- muladas bajo la capota azul: de vez en cuando sacaban sus cabe- citas fuera del nido, como pajarillos mostrando el pico. Hoy, esos pájaros del paraíso terrenal se conformaban con recibir las compras y anotarlas en sus pequeñas agendas. Sus mensajeros, galantes caballeros de las finanzas, saltaban los escalones de dos en dos a riesgo de romperse el cuello: venían corriendo con la cabeza descubierta, todavía cálida del roce de los sombreros de moda, la chaqueta ceñida al talle, el ojal cubierto con un fresco ramito de violetas. De pie, ante las puertas cuyos cristales se bajaban suavemente, cuchicheaban con las damas, comentaban las compras, prometían el alza, siempre el alza, hacían entrever que sus adoradas pronto estarán cubiertas de oro y volvían a subir, ligeros y flamantes, con guiños de ojos llenos de misterio y fatuidad.
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    186 Una conversación acababade producirse entre dos jóvenes mujeres indolentemente sentadas en un coche. –¿Y Berck, no viene hoy? –Ya vendrá. –¡Hum!... Empiezo a preocuparme… Se comenta que está tocado por una damita… –¡Ah! sí… una mujer de provincias… La señora de… no sé qué… –De Magnac… condesa de Magnac… –Bueno, ¿y una provinciana te da miedo? –No… pero… –Schhhh… aquí llega… Berck de Villemont apareció y apretó las dos pequeñas manos que se tendían hacia él. –Conde, nos ha hecho esperar. –Mi querida Léa… –¿Un nuevo amor, sin duda? El diputado se alzó ligeramente de hombros. –Sabes que solo voy en serio contigo. –¿De verdad? –La prueba… –Rápido, la prueba, – pidió la amiga de Léa. –Una de estas noches, si sois prudentes, os presentaré a ti y a Alice a dos amigos: un caballero… –¿Y una dama? –Exacto. –¿La dama es bonita? –Ya la veréis. –¿Cuándo nos la presentará? –Ya os avisaré. –Muy bien… ¿Son príncipes? –Todavía no. –¿Millonarios? –Más bien sí. –Estupendo…estupendo… –Ahora, mis niñas, me voy.
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    187 –Hasta luego, queridoconde…Hemos venido para verlo y ya nos vamos… No somos jugadoras como todas esas remilga- das que toman notas en sus coches… El pequeño cupé se alejó. Villemont subió lentamente los escalones del peristilo de la casa. Tomó la galería exterior de la izquierda, distribuyó algunos saludos estrechando la mano a viejos amigos sentados en círculo sobre sillas de paja que segu- ían, sin excitación aparente, los movimientos del mercado. En medio de uno de esos grupos reinaba una ruidosa alegr- ía. Se charlaba de mujeres de moda, literatura, obras de teatro recientes, actrices y chismes de entre bambalinas, cotilleos im- periales, trucos electorales. Oyendo esa conversación, uno hubiese creído estar a cien leguas de la Bolsa. El conde coloreó con su espíritu parisino la conversación de la que dos cronistas tomaban notas destinadas a ser publica- das en los periódicos del día siguiente. En el reloj sonaron las dos. Era el momento de las respues- tas de los beneficios. Hasta ese momento el mercado permanecía estable, sin gran fluctuación, y los compradores abandonaban los beneficios para acudir al efectivo. El diputado sabía de buena fuente que el alza sería muy acentuada en el cierre y continuaría en las sesiones siguientes. En efecto, el plebiscito decidido para el mes de mayo si- guiente se esperaba por adelantado, y las informaciones confi- denciales proporcionadas por los prefectos en el ministerio del interior no dejaban ninguna duda sobre el previsto éxito. Había que comprar de inmediato para no verse desbordado por el movimiento una vez comenzado. El diputado del Périgord no era un jugador en toda la acepción del término, pero pertenecía a su época, y el demonio de la especulación lo tentaba a veces: era una buena manera de aumentar su dinero y hacer frente a los considerables gastos ocasionados por sus amantes y sus marchantes de caballos con los que él actualizaba su cuadra tres o cuatro veces al año. Siempre despreocupado, bien enguantado, con los labios en permanente sonrisa, llegó al interior de la Bolsa y logró, a
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    188 base de codazos,hacerse camino hasta el mercado al lado de los paneles. De inmediato, un joven se acercó a él, y tras el pequeño saludo de costumbre muy reservado, se puso a su disposición. El conde dio sus órdenes de compra y recibió su ficha de operación con una fría indiferencia. Era la hora. De pronto, un inmenso clamor se hizo oír, y una animación vecina enloquecedora dio a esa multitud ya au- llante una fisonomía de agitados que se rebelan contra la camisa de fuerza. El conde conocía demasiado bien esas compras furiosas, ese desencadenamiento de gritos y de gestos, como para que le afectase esa danza macabra de los manipuladores del dinero. Permaneció apoyado a una columna, impasible y mudo. En un momento, la multitud parecía zozobrar del lado de los paneles. –Vendo. –Compro. Esas dos palabras se cruzaban, se entrecruzaban, agudas, sonoras, estridentes. –Compro 10… Vendo 25… Compro 50… Las ofertas y las demandas partían a la señal de las manos levantadas. La lucha era encarnizada. ¡Y qué lucha!... Los rostros, hasta ese momento apacibles, se iluminaron de súbitos brillos, las frentes se arrugaban, los brazos se extendían en el aire cálido y polvoriento, llenos de fiebre, irritados, haciendo oscilar fichas que arrojaban al vue- lo… –25… 50… 100… 200… –Vendidos… vendidos– resonaba bajo las bóvedas. Un vaho de humo negruzco, desprendido de todos esos pechos de hombre, flotaba con pesadez sobre esa masa viva, agitada, para oscurecer todavía más el día que se apagaba. Muy cerca de Villemont, apoyado también a una columna, se encontraba un anciano que seguía la batalla desde su puesto de observación: una barba completamente gris, gafas de montura
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    189 de oro, ungran chaleco abotonado hasta el mentón. Era el repre- sentante del mayor barón de las finanzas. El también tenía in- formación privilegiada y compraba paquetes de renta. Muy a menudo, su rostro se iluminaba bajo una sonrisilla seca y ner- viosa que reprimía de inmediato para responder a las preguntas de sus vecinos. La mayoría de aquellos eran agentes de cambio dimisionarios que el eco de la Bolsa recordaba cada día, y cuya impenitencia final mantenía aún clavados sobre las losas, espe- culadores por cuenta propia tras haber sido afortunados interme- diarios. El ruido crecía ensordecedor hasta el momento en que la campana dio la señal del cierre bajo el vigoroso golpeo de un ujier. Berck de Villemont abandonó la Bolsa, y el murmullo ahogado de los clamores, cantando victorias o gimiendo bajo el peso de los fracasos, le persiguió hasta su cupé, cuyo criado acababa de cerrar la portezuela. –A casa – suspiró un poco cansado y respirando muy fuer- te para expulsar las densas exhalaciones de la gran ciudad indus- trial. Y el diputado de frente pálida, perseguidor de actrices, chanchullero de elecciones, se sintió feliz y orgulloso de no haber comentado en el mercado ciertas noticias que hubiese puesto en cuestión su crédito. Una palabra suya podía bastar para arrojar espanto en medio de la especulación: la enfermedad del emperador, una veleidad bélica nueva, por ejemplo. El conde quería jugar, pero no de esa manera. En su escandalosa vida, mantenía el alma altiva y sentía gran desprecio por los familia- res de las Tullerias que inventaban a placer historias falsas. También, en la corte, no se le encontraba «muy fuerte», y una de sus fulminantes respuestas había quedado como un estigma so- bre la frente del gran financiero: –Señor senador, no puedo estrechar la mano de un hombre al que haría detener esta misma noche si fuese el jefe de la segu- ridad.
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    190 … Desde lafuga de su esposa el Sr. Parent ya no era el mismo hombre. El coloso se había derrumbado. Por la noche, ante su hija, le gustaba cortar corchos que ennegrecía al fuego de la lámpara, o formar figuritas de personas con migas de pan, hacer muñecas con papel, dibujar vasos, botellas, todo tipo de cosas que la niña acogía con grandes risas y que él ejecutaba con una atención enfermiza. Prosper hacía también de madre. –Tú eres mi papá y mi mamá, – decía Andrée – los dos, ¿verdad? –Sí… sí… Él articulaba las palabras lentamente, muy lentamente: las palabras se helaban en sus labios y tenía frío el corazón. –Debo reemplazar a la madre – pensaba él con el alma ro- ta. Y a instancias de la pequeña, el viejo niño reía, hacía muecas, incluso cantaba, salvo temblar de miedo cuando se acercaba al espejo del salón y sus ojos desmesuradamente abier- tos y su boca crispada le gritaban, los dos al unísono, que su razón pendía de un hilo. … La madre que abandona el hogar es como la noche su- cediendo al día: todo ha cambiado. Uno se sume en la tristeza para siempre. Ella muerta o ausente, se encuentra por aquí y por allá al- go de su escritura, un bordado comenzado con lanas de color en una cesta, una tarea de tapicería, una joya pasada de moda, guantes, un velo. Se ve sin mirar la pequeña silla azul, su encan- tadora obra. Era ella, la mamá, quién daba sus órdenes para poner la mesa, quién peinaba los cabellos de su pequeña hija, quién pre- sidía todos los actos festivos de la familia. Cuando estaba en- ferma descansaba en el gran sofá después de cenar: todos cami- naban muy suavemente temiendo despertarla… Parecía tan dul- ce y tan bella en su sueño de madona…
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    191 Cuando el padrey la hija se había divertido juntos, cuando los múltiples dibujos llenaban las hojas dispersas por la mesa, cuando los hombrecillos de miga de pan y las muñecas de papel ya no sabían dónde colocarse, la niña, un poco cansada, se dormía dulcemente, esperando que la anciana Marguerite vinie- se a llevársela a su cama. Prosper se levantaba bruscamente: veía su dicha hundida, su vida desierta para siempre; pensaba que ese recogimiento en el domicilio maldito era un castigo inmerecido. Se paseaba fe- brilmente por el salón, deteniéndose de vez en cuando, con la mirada irritada, los brazos extendidos hacia delante como para tomar al paso un objeto que siempre desparecía y que él creía destrozar entre sus poderosas manos; y entonces le parecía que Dios tenía piedad de él al privarle de su razón. En esas horas de sufrimiento, el hombre roto bajo el peso de sus angustias presta- ba atención a una voz misteriosa que atravesaba ese desolador silencio y que decía: « PARENT, Y TU HIJITA, PODEIS ARMAR UN GRAN ESCÁDALO: LA MADRE HA PARTIDO, LA CASA ESTÁ MUERTA!... » …Los suministradores de la ciudad había ido en gran número a llevar sus facturas. Rosette había suscrito valores, y Prosper se encontraba ante la imposibilidad de pagarlos. Los acreedores se habían compadecido de él y, de común acuerdo, consintieron en concederle unos plazos que él tomaría a cargo. –He sido demasiado débil, eso es todo… Habría debido vigilar más… –En su lugar, – decía Clapier – no pagaría… Es la ruina, señor Prosper. –Prefiero mil veces estar arruinado que deshonrado, – respondía el notario con gran serenidad. Al principio se había aconsejado a Parent que abandonase Saint-Cyprien y comprase otro estudio en la provincia. Eso era imposible. El estudio iba de capa caída; por el contrario, era
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    192 necesario ganar tiempoy tratar de disipar la tormenta que estaba cayendo. Los Bérias permanecían en la Croix-du-Jarry. No veían a casi nadie. Pierre, el herrero, no cesaba en sus burlas, y ante los campesinos reunidos que iban a herrar sus bueyes y afilar sus aperos, el hermano de François, con los brazos desnudos, a la claridad de la forja, mientras las chispas volaban por el aire y los martillos golpeaban con fuerza, dominaba todo ese ruido con voz robusta y decía que estaba cercano el día en el que los veci- nos de la Casa-Blanca morirían como perros entre la paja de los establos. –¡Condenación! se hace justicia… Unos campesinos que quisieron hacerse los altivos entregando su hija a un caballero… Ellos, los Gran-Pierre, estaban contentos con su suerte: su hija, la Catissou, había contraído matrimonio con el molinero, y los recién casados tenían hijos y ahorraban buenos dineros, mientras la Rosette se pavoneaba por la gran ciudad. Y los campesinos, que no habían olvidado los insultos de la boda, el deslumbramiento de los coches, los aires de reina de la novia, reían de todo ese mal previsto. –¡Ah!– se decía – el dinero ganado por ese idiota de Fran- çois no le ha valido de nada. Las tierras de la Rouclée habían sido vendidas a Philippe el curtidor, y las viñas de la Fontaine-du-Prince se habían con- vertido en propiedad del viejo marqués de Jamaye. A los Bérias no le quedaban más que las dos fincas del margen izquierdo de la carretera provincial que estaban hipotecadas por los acreedo- res. Bérias pensaba, con la frente baja, trabajando todavía, y apenas encontraba algunas manos que estrechar el domingo en la misa principal. La pequeña Andrée acudía a menudo a la Croix-du-Jarry; en cuanto a Prosper, no salía nunca de su estudio. –Sí – decía Bérias – fue nuestro estúpido orgullo lo que ha ocasionado nuestra ruina… ¡El Sr. Faure nos la ha hecho bue-
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    193 na!... Ya podráir ahora a otra parte para engañar a los idiotas con sus bellas frases. La madre Jeanneton recibía novedades de su hija por Lu- cette, la modista de Saint-Cyprien, pero jamás había podido ob- tener su dirección en París. –¿Me dirás la dirección cuando mi hija esté muerta, ver- dad? – murmuraba Jeanneton con gestos de cólera. –Señora Bérias, no se enfade. Soy leal a la señora Parent en cuerpo y alma; sé que no ha actuado bien abandonando al Sr. Prosper; pero esas cosas no me incumben… Dígame lo que quiere que le diga… lo haré en conciencia… Pero no le daré la dirección… Sé guardar un secreto. La pobre mujer no insistía; su marido y su yerno ignora- ban que recibía noticias; una palabra podía comprometerlo todo; ella lo ocultaba. Era preferible sufrir sola y llorar por las noches ante los pesebres al dar de comer a los bueyes… También, cuando Lucette venía a leerle las cartas, ella la arrastraba miste- riosamente a algún rincón de la granja, y allí, mientras los gran- des bovinos levantaban al cielo sus humeantes hocicos y sus enormes ojos de bestias que la veían siete veces más grande de lo que era en realidad, Jeanneton se hacía repetir frase tras frase las líneas trazadas por Rosette. Esta afirmaba que vivía feliz con Georges Loudois y que si su madre necesitaba algo no tenía más que pedirlo. –¡Dinero ganado de ese modo!... ¡Jamás! Y con esa actitud serena – una especie de aparente somno- lencia – que adoptaba frecuentando los animales de la granja, escuchaba inmóvil, contenta de saber que su hija no estaba en- ferma y diciéndose que no había que renunciar a la esperanza. Esos días, Bérias encontraba a su mujer más alegre que de costumbre. No comprendía nada. El mes de diciembre era terri- ble; la simiente estaba retrasada y los campos inundados por las lluvias necesitaban estiércol nuevo. –¿Qué le vamos a hacer, hombre?... Por mucho que nos demos cabezazos contra la pared, nada va a cambiar…. Espere-
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    194 mos; tal vezun día la pequeña Andrée vuelva a ver a su ma- dre… –Si viene por aquí le rompo mi azada en la cabeza. –¡Oh!... cállate… Dios dice que perdonemos… –¡Dios!... Dios que se meta en sus cosas… Corren un montón de rumores acerca de nuestro yerno. Le acusan de mirar para otro lado… –¿Tú puedes creer eso de nuestro Prosper?... –Todo lo que quieras – continuaba el buen hombre incli- nado la cabeza… – eso no impide que atravesando el camino de los Halliers, haya escuchado a Fiofnou, el yerno de Mathaly que hablaba del tema… Allí… tuve una mala idea… –François, tú sabes perfectamente que Parent es honra- do… Cuando le han traído las facturas de Rosette, ha pagado todo de su bolsillo. –¡Caramba!... Tal vez deberíamos festejarlo… ¿Y con qué podríamos hacerles frente?... Si hubiese vigilado mejor a su mu- jer… –También nosotros somos algo culpables… Tú querías a nuestra Rosette tan bien vestida los domingos… Eso se le subió a la cabeza… Se creyó más rica de lo que era en realidad… En fin… hemos sido tan felices… Lástima. –¡Ah! bueno, ahora vas a llorar… Y el viejo cabizbajo se levantó para abrazar a su mujer. Y así acontecía cada noche en la gran cocina en la que los vecinos ya no se reunían. Jeanneton hilaba con su rueca; Bérias fabricaba escobas y cestas que vendía en el mercado; y si alguna vez un vecino miraba por encima de la puerta acristalada, podía advertir a dos seres taciturnos y viejos, con la mirada vacía, las manos encartonadas y arrugadas por la dureza del azadón y el polvo de las granjas, que pasaban su vejez sin fuerza y sin áni- mo, sin esperanza y sin deseo, al igual que dos personajes de cera a los que un mecanismo automático haría actuar de vez en cuando. Durante este tiempo de duelo y de sufrimiento para la fa- milia Bérias, Rosette, un poco cansada de los placeres, sintió
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    195 despertar en ellasus ardores religiosos. Se dirigía todas las ma- ñanas a San Roque; allí escuchaba la misa y frecuentaba sin co- nocerlas a unas actrices devotas y a unas damas de las altas fi- nanzas. La señora de Magnac permanecía en su silla, con las ma- nos sobre su frente y como sumida en una especie de dolorosa meditación. Se volvía a ver en la Croix, escuchando cantar los ruiseñores, embriagada de sol y de verdor, recogiendo margari- tas, bebiendo leche, en definitiva alegre. Le parecía que allí, el Dios misericordioso le perdonaba su amor fatal… Su pensa- miento la llevaba al jardín de Saint-Cyprien, al mes de María, en el que la Virgen de yeso estaba en medio de los arbustos marchi- tos y las flores ajadas… ¡Ah! allí, al menos hubiese salido victo- riosa de la lucha y hubiese bastado una mirada de Prosper para expulsar de ella sus malas tentaciones… Y ahora, nada… ya nada. La suerte estaba echada. Las dulces voces que antes canta- ban a su oído se habían exiliado para siempre. Ya no había espe- ranza: en lugar de lamentarse había que reír; en lugar de rezar, había que maldecir. Sin embargo no era culpable y a menudo se había pregun- tado si tenía conciencia de sus actos y si no estaba actuando bajo el impulso de una fuerza invisible… Tal vez. A su espíritu acud- ía lo que las viejas mujeres le habían dado a entender cuando, siendo pequeña, sin razón y con una risa de loca, había arrojado el estaño y quemó la cabeza de un desgraciado perro dormido. ¡Ah! sí… la chiquilla era inocente, pero la dama de hoy, la que hacía que un hombre de bien estuviese desesperado, la que había abandonado a su hija. ¡Oh! esa, la Gran-Cartera que se divertía con un amante, esa era indigna de perdón. ¿Entonces, para qué rezar?... Su cerebro oscurecido y su conciencia turbada se veían impotentes en ver la luz, y se arrojó de nuevo a la vida, burlán- dose de sus alarmas y de sus terrores.
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    197 XIV El barrio sedisponía a celebrar alegremente la Nochebue- na. Del bulevar Saint-Germain que comenzaba en la calle Car- dinal-Lemoine, los transeúntes avanzaban en ingente cantidad, y algunos coches con linternas verdes seguían a la cola, arrastra- dos por caballos que resbalaban sobre el pavimento helado; ale- gres canciones llenaban el aire. Unos jóvenes vestidos con amplios abrigos daban los bra- zos a unas mujeres encapuchadas, y todos entraban ateridos en las tiendas de alimentación que estaban deslumbrantes. Hacía frío, pero el tiempo era bueno y claro. Un grupo de mujeres se inclinaba en los balcones de las grises casas, con las mejillas sonrosadas y los rostros sonrientes, la nariz al viento, el moño un poco descolocado y los ojos llenos de dulces llamas. Se producían llamadas sucesivas entre vecinos; se preguntaban sobre los menús de la cena, y de piso en piso y de ventana en ventana, durante esa noche se vivía en familia: –Amélie, Amélie… un paté de foie, una langosta… –Hector… un besugo… ¡eh! ¡eh!... Un niño vestido de harapos pasó. Miró silbando a una de las bellas damas: –¿Cariño, quieres dos centavos? –Claro… Y el chiquillo continuó silbando. Muy cerca de las verjas de la avenida Monge, se encontra- ban temblando y muy encogidas unas mujeres que pedían li- mosna con lágrimas en la voz. También habían sido peripuestas y alegres; tenían su parte de juventud, pero de repente algún acontecimiento imprevisto había ocurrido en su vida, y habían huido del placer, encontrando en el presente, en el sonido de las
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    198 campanas, en elvuelo de los vestidos y en las sonoras risas, el recuerdo de las alegrías perdidas. Un grupo pasó: tres mujeres y tres hombres. Una de las mujeres se detuvo y entregó algunas monedas en las manos que se tendían aún finas y blancas, como para presentar ellas mismas el humilde testimonio de dicha pérdida. –Bien, mi Rosette – dijo un joven alto y rubio, con fiso- nomía dulce y distinguida. –Hemos visitado el barrio, señoras; si quieren podemos entrar en el Hotel de las Tres Reinas, teniendo en cuenta que Léa y Alice no deben tener demasiado calor vestidas así. Dos voces contestaron al unísono al conde de Villemont: –No, no… querido Berck, no tenemos frío… Nuestros abrigos de piel nos preservan, y además… Si nos los quitáramos todos los mozos nos seguirían. Llegaban al bulevar Saint-Germain y entraban en un her- moso hotel situado en la esquina de la calle Monge. –¡Por fin, el hotel de Las Tres Reinas! – exclamó el Sr. Victor Moulineau, de Saint-Cyprien. –¡Oh! tengo miedo – murmuraba Rosette, y con movi- miento de gata dolorida se colgaba del brazo de Georges Lou- dois. Cuando llegaron al salón donde la cena estaba servida, Moulineau se dejó caer pesadamente en un sofá: –¡Qué mala idea, Dios mío! venir al barrio latino a cele- brar la Nochebuena... Con lo bien que estábamos al otro lado del río… A quién se le ocurre: nada de coches… un paseo a pie en compañía de encantadores jóvenes vestidas para el teatro… Una aventura de salvajes… Mis piernas parecen que se introducen en mi vientre. Y mientras las mujeres dejaban sus abrigos y los abando- naban a la vigilancia de un botones, Moulineau se mantenía de pie ante un espejo, excitando las risas de la compañía con estas palabras que tan a menudo recitaba en Saint-Cyprien: «Oh naturaleza, dos pulgadas más, y tu obra estaría com- pleta.»
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    199 La comida comenzó. Sobrela mesa brillaban gelatinas de color ámbar claro, patés de doradas cortezas, y, colocados sobre cubiertos de plata, callos asados y brochetas a la reina. En medio de los platos, dos becadas desplegaban sus plumas y sus ojos de jade: bajo el brillo de los cristales el champán burbujeaba en su delicado contene- dor de cristal. –¡Diablos!, mi querido Georges, tú sí que haces bien las cosas – murmuró el diputado. Las botellas habían hecho sonar sus borboteos y Mouline- au, trasformado ya en poeta, recitaba sus improvisaciones: Cuando bebiendo me paso, Veo perlas y rubís Brillar en el fondo del vaso, Brillar en el fondo del vaso. Las copas llenas sucedían a más copas llenas y el presi- dente, antes de vaciar su vaso, dirigía al licor una afectuosa ex- hortación: «Oh, vino, de tu salvador entra en el vientre; no le hagas daño a quien te quiere; ponte a la fila porque habrá mucha gen- te». Y Moulineau bebía y bebía, bebía sin tino. La señora de Magnac estaba harta de todo, de los teatros, de las veladas, de las compras, de las iglesias: necesitaba alguna novedad. Suplicó a Georges que la iniciase en la vida de estu- diante que él había llevado antaño; se invitaría a cenar a actrices, amigas de Villemont que vendrían vestidas de forma teatral. –De acuerdo – había dicho Georges. Y la mujer del notario había satisfecho sus deseos más allá de toda medida. Las señoritas Alice Laporte y Léa, figurantes de los «Bouffes-Parisinos», estaban felices aprovechando la invitación de Berck de Villemont.
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    200 Alice, con sunaricilla delgada y sus sonrosadas narinas, su boca roja como una flor de cactus, no tenía ningún pudor con los besos del carmín, habiéndole concedido la naturaleza ese rojo que los melocotones y las jóvenes llevan a sus frescas mejillas. Su vestimenta: un pantalón de satén blanco con bandas doradas que dejaba ver unas medias bien tensas bajo unas altas ligas que se abrochaban en lo alto; una blusa celeste con broches de plata envejecida y un gorro de terciopelo de donde caían los cabellos sobre los hombros, tiznados de un polvo rubio y luminoso como si unos colibrís volasen y hubiesen dejado caer allí sus plumas. –Bonita como un amor, – decía Villemont sin percatarse de las miradas irritadas de su amante que, envuelta en un inmen- so péplum de terciopelo cereza con cordeles de oro, tomaba po- ses plásticas bajo un amplio sombrero tirolés. Rosette examinaba a las actrices con una curiosa atención, comentaba con ellas los menores detalles de los trajes y, sofoca- da por la conversación, vaciaba sin darse cuenta su copa de champán, ella, que antaño no bebía más que agua teñida con unas gotas de vino tinto. En un momento le pareció que todo daba vueltas en la habitación: olvidaba el pasado, reía y le gus- taba mucho que sus nuevas amigas le recompusieran el peinado. –Y bien, querida – decía Georges – ¿no echas de menos la vida banal de Saint-Cyprien? –¡Oh! no… estoy alegre… muy alegre… Es una velada muy divertida… –Tendremos más. Berck de Villemont, sentado entre Léa y Alice, discutía con Moulineau sobre el modo de aclimatar al asfalto de los bu- levares a los burgueses de todos los países. Se continuaba char- lando y bebiendo cuando Moulineau, tambaleante, se levantó de su asiento, con el rostro iluminado, la servilleta anudada alrede- dor del cuello: –Se está mejor aquí que en Saint-Cyprien, señora Parent. –¿Qué dice?–murmuró Alice. –Nada, – respondió dulcemente Rosette… – Está borra- cho.
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    201 Moulineau se encogióde hombros y dejó escapar algunas palabras que se perdieron entre el murmullo de voces. Las mujeres escuchaban. –… Señora Parent… ¿recuerda usted nuestra Navidad, el pasado año?... Qué divertido era ver todas esas cabezas… Allí estaba el padre Bérias, la madre Jeanneton… –¿Has acabado, Pigé? – gritó Georges invadido por la cólera. –…¿Te molesta que continúe, mi pequeño Georges?... Tenías que invitarme… Cuando estoy borracho tengo que hablar… Allí estaba el padre Bérias, la madre Béeerias… Lue- go, unos budines… unas salchichas de la casa Galluret… Un marrullero… el Sr. Cournet, el juez de paz que había cantado en la Misa del Gallo… ¿Es necesario seguir?... El Sr. Papa… Pa… Parent… el marido de la señora aquí presente… Loudois tuvo un gesto de piedad: –Señoras, no crean ni una palabra de lo que este animal va a decirles… está loco… loco de atar. La Señora de Magnac tomó del brazo a Moulineau. –En el nombre del cielo… señor Victor… –Cállate, Rosette, o lo digo todo… No tengo secretos, yo… entre amigos… En nuestra Nochebuena también había un pequeño Noël… pero no como el que aparece entre las fresas después de que se lo ha descolgado del árbol… A ese pequeño Noël lo querían enviar a acostar…Él no quería… Era… huy qué misterio… era Andrée… un querubín… la hijita de la señora Parent… Un ángel que miraba la luna… Y Moulineau cantaba a plena voz: Has visto la luna, Mi niño? ¿Has visto la luna?... La señora Rosette, la esposa de un notario de provincias, una bien casada…una burguesa de pura cepa… Alice y Léa, a las que se le había ya contado esa historia, creían que se trataba
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    202 de una broma…Se produjo un torbellino de preguntas, de ver- dades y de mentiras en las que la señora de Magnac, visiblemen- te afectada, perdió el ánimo. El presidente de la fanfarria, enardecido por las sorpresas que sus indiscreciones provocaban en Alice y Léan, continuaba hablando, deteniéndose de vez en cuando y cortando su chácha- ra con su monótono estribillo: ¿Has visto la lnuna, Mi niño? ¿Has visto la luna?... El conde de Villemont interrumpió brutalmente al narra- dor sacudiéndole la cabeza: –¡Señoras, tengo una idea! –¿Una idea de los Villemont?... Raro… raro… – conti- nuaba Moulineau. –Basta, charlatán… o me obligarás a meterte una bala en tu cerebro demasiado ligero… El presidente de la fanfarria se mantuvo en su rincón y el conde continuó: –Si Georges no pone inconveniente, propondría a la seño- ra Rosette intercambiar sus ropas con Alice… en el cuarto de baño, por supuesto… Esa sería la mejor ocasión para ella de prepararse para el gran baile de disfraces de nuestro amigo San- ta-Molès… Rosette miró a Georges: –Eres libre de decidir, querida. Y Loudois pensó: « Va a negarse amablemente. » Se despidió al camarero de servicio ordenándole regresar solamente cuando se le llamase. Las tres mujeres salieron riendo. Se escucharon risas aho- gadas, frufrús de ropa, sonoros besos, y, algunos minutos más tarde, la señora de Magnac apareció con el vestido de Alice. La mujer del notario estaba muy bonita. Se miraba orgu- llosamente ante el espejo, retocaba su gorro negro, hacía resta-
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    203 llar el talón,volvía a sentarse sobre el diván, se meneaba en su pantalón de satén de bandas doradas con castas vacilaciones y movimientos llenos de gracia. Rosette era un poco más alta que la señorita Alice, y se percibía bajo el pantalón bordado las grandes medias rosas que dejaban adivinar unas piernas maravillosas, delgadas en los tobi- llos y gradualmente redondeadas. Bajo la túnica azul de botones plateados, el pecho blanco se agitaba, arrastrando movimientos de gasa y encajes. –¡Qué adorable está! – decía Alice, que se había puesto el vestido negro de la señora de Magnac y se daba aires de burgue- sa. –¡Viva Rosette! – gritó Léa…– Antes de dos meses, nues- tra amiga hará palidecer de envidia a las mujeres más bonitas de París… –¡Viva Rosette!... Moulineau se acercó a la dama. –Caramba… Sí que estás bonita, señora Parent… Canalla de Georges… Bésame… Tienes que besar a tu papaíto… Ahora eres parisina… Mostraba su mejilla enrojecida. Rosette estaba confusa y no se atrevía a rechazar las galanterías de su paisano. Alice intervino y dirigiéndose altivamente a Moulineau: –¡Ah! no, eres demasiado feo, gordito mío… No es una razón ser parisina para besar a todo el mundo… –Vamos, Moulineau, no haga estupideces – dijo el diputa- do. –¿Rosette?... –No. –¿Rosette? ¿mi Rosette?... –No… no… no… Continuaron riendo y bebiendo hasta el amanecer. …El presidente de la fanfarria no se dio por vencido. Yendo a Paris no había tenido más que una idea, un objetivo: ser el amante de Rosette. Él, el viejo escéptico al que enloquecían todas las mujeres y que, escuchándole hablar, se burlaba de to-
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    204 das las mujeres,se había sentido muy excitado con la noticia de la partida de la señora Parent y de Georges Loudois. En su fatui- dad jamás se hubiese atrevido a sospechar que la bella señora Parent, que había desdeñado sus galanterías, se entregaba a otro antes que a él. Ausente ella, él había recuperado por entero todos sus sueños de loco: le gustaba pensar que una mujer que tiene un amante no se detiene nunca. Esa noche de Navidad, pasada en orgía, constituía según él un indicio evidente de las disposiciones galantes de la señora de Magnac, y no desesperaba de obtener una pronta solución. Había encontrado la ocasión. La hija de los Bérias estaría feliz de conocer de él noticias del país, de saber lo que pasaba en ese Saint-Cyprien, donde las damas decían tantas cosas necias en relación con la fugitiva; se haría defensor de la mujer adúltera con ese ardor que su imaginación de poeta sabría inspirarle. También, desde el día siguiente de Navidad, Moulineau, que acababa de comprar un vestido nuevo y botines lustrosos, se presentó en el apartamento de la calle Saint-Honoré. Georges había salido con Villemont, y la señora de Magnac recibió muy cordialmente al visitante. Victor Moulineau se había sentado sobre el taburete de terciopelo azul que se le había designado; su primer acto fue llevar sus labios a las manos de Rosette que se desesperezaba en su canapé… –Señor Victor… señor Victor… Moulineau tomaba confianza; y, charlando, la señora de Magnac se alejó un poco del visitante. –¿Qué velada más divertida, verdad?... Nos hemos reído mucho… Esas damas eran encantadoras… ¿Le gustan las actri- ces? Él le tomó de nuevo la mano; ella se desprendió: –¡Qué hermosa está usted! La dama prorrumpió en una carcajada que no turbó al pre- sidente de la fanfarria de Saint-Cyprien: –Señor Moulineau… –Aquí no hay ningún señor… Hay un hombre que la ado- ra…
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    205 –Se lo ruego,señor, – dijo Rosette levantándose–… No estoy acostumbrada… Vamos, usted está de broma, como lo hace en Saint-Cyprien… Mire, no es muy amable de su parte hacer semejantes chanzas… –La amo… –¿Aún sigue con eso?... –Sí, todavía… siempre… –Se lo suplico, señor… –Mi Rosette… –Basta… o llamo – dijo Rosette con voz estridente. –Vamos, hermosa, nada de escenas… Era bueno antes, cuando tú eras la señora Parent… Hoy… –Hoy… –…Me perteneces… –¿Pertenecerle a usted?... ¿Yo?... –Sí, me perteneces… ¿por qué no?... ¿Es que no soy un hombre como los demás? Eso sí, distinto de tu Loudois… Escu- cha: en Saint-Cyprien te adoraba y no me atrevía… Solo por ti he hecho este viaje… ¿Un beso, Rosette?... –Usted me horroriza. –¿Te horrorizo?... ¿Yo, el hijo del Sr. Lucien Moulineau… yo horrorizo a la hija de los Bérias?... ¿a la Gran-Cartera?... –¡Insolente!... ¡Basta!... –No, no basta… No quieres nada de mí… Puedo decirte la verdad en la cara… Puedes llamar; hablaré delante de tus cria- dos… Infame, que abandonas a tu hija como a un perro… mala madre… canalla, que morirás podrida como una perra en un estercolero… –Es usted un cobarde y un imbécil… Me da asco. –¡Ah!... te doy asco… te horrorizo… pronto te encontraré muerta de hambre por los bulevares… ramera… Moulineau estaba empapado en sudor, y Rosette que se había levantado de su asiento, lo miraba fijamente: –Sí, seré de todo el mundo si es necesario… De usted, jamás. –Ya verás…
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    206 –¡Oh! no temosu cólera… Puede decir a Saint-Cyprien que soy una mujer perdida, una puta, pero usted jamás se vana- gloriará de haberme poseído, señor Moulineau. –¿Es esa tu última palabra? –Sí. –Muy bien… ¡prepárate para el bombazo! –Es usted despreciable. –Hazte la orgullosa… Hazte la mojigata… Espera, hermo- sa, espera… El hombre salió furioso y, algunos días después de esta es- cena, uno de los periódicos más importantes de la capital conta- ba ampliamente las aventuras galantes de la que decía ser señora de Magnac. En esta ocasión, el periodista se conformaba con poner iniciales; pero eran de esperar más extensos detalles sobre la gran aventurera de provincias. Loudois estaba desesperado: –¿Quién será el cobarde?... –¿El cobarde?... – exclamó Rosette…– es Pigé… –¿Moulineau?... –El mismo… –¡Canalla!... A algunas semanas de ahí, el azar hizo que la señora de Magnac se encontrase con su difamador en el paseo de los Pano- ramas. Rosette acababa de despedir a su cupé y se disponía a realizar algunas compras. Estaba sola. De repente, la sangre le subió al rostro; los instintos de la campesina, cuya educación los había adormecido, se despertaron. Quitó los guantes y se preci- pitó sobre Moulineau tirándole de la barba. Este, cegado por los arañazos que ella le propinaba en el rostro, prorrumpía en gritos de animal salvaje: –¡Si no fueses una mujer! –Pues bien, sí, es una mujer a quién has insultado, misera- ble… Yo era una esposa dulce y tímida cuando tú me amenaza- bas con las cóleras de mi marido… Hoy tengo un amante; tendré diez… Pero tú, jamás… ¿me entiendes? jamás…
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    207 Ella saltaba sobreél como antaño cuando mordía a las hijas del guardia, y las mejillas de Moulineau estaban sangran- do… Las pequeñas manos eran tijeras… El hombre trataba en vano de liberarse. Aullaba… La muchedumbre se amontonó en gran número en el paseo de los Panoramas; algunos hombres agarraron a Moulineau, y la dama retomó su calma: –Este es el hombre que me ha calumniado… Le he gol- peado… Es un hombre indecente… Dicho eso, atravesó el grupo con el rostro relajado, la mi- rada altiva, sin que Moulineau encontrase ni una sola palabra que decir y sin que nadie pensase en preguntarle. … Un mes más tarde, Rosette era la amante del conde Berck de Villemont. Georges Loudois se había desengañado de repente. Su vi- da le producía horror y había aprovechado una discusión para romper definitivamente con Rosette. Escribió a su padre, rogán- dole en una afectuosa carta que le perdonase, al igual que Marie: regresó contrito y arrepentido; había sido un loco; ya no lo vol- vería a hacer. Por un momento quiso abofetear a Villemont, del que entendía que lo había engañado; pero enseguida tan solo pensó en su familia y en que iba a volver a ver a su joven esposa que había sido tan cruelmente vapuleada. La vieja señora Loudois se encargó de todo. Una mañana, llegó al castillo de las Bastides y le confío la noticia a la buena tía que casi se desmaya de sorpresa y de dicha. Se advirtió dul- cemente a Marie. Encontes fue convenido entre las dos familias que Georges elegiría una casa en Niza y que abandonaría Saint- Cyprien para siempre. –La visión del Sr. Parent me vuelve loca – había dicho la joven mujer. El conde de Villemont adoraba a Rosette, y esta se decía que por fin había encontrado un hombre de mundo, un auténtico parisino. Iba a conocer todos los pequeños secretos de los minis-
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    208 terios, iniciarse enla tenebrosa vida de los personajes políticos. En definitiva, era para la señora de Magnac una nueva existencia la que tenía ante sí. Lo comprendió tan bien que, emocionada ante lo desconocido, desdeñó sus frívolas lecturas y comenzó estudios de historia general y política actual. Por ella, el diputa- do abandonó a sus otras amantes, la Bolsa y el círculo. –Su sobrino se ha vuelto loco. – le decían al ministro. Y el ministro respondía: –Tiene razones para ello… ¡Si yo pudiese!... Rosette se convirtió en un personaje influyente. En Saint-Cyprien se habían enterado de sus relaciones con el diputado provincial, y a su dirección, desvelada por Mouline- au, llegaban cantidades considerables de cartas. Un día, era una petición para abrir un estanco; otro, un cartero rural solicitaba un traslado más conveniente; luego, un obrero rogaba a la buena dama que se le concediese una gratificación; hoy, era una sus- cripción para los pobres; mañana, dones a una iglesia. La señora de Magnac quería satisfacer a todos los solicitantes, y el diputa- do no dejaba de hacerle las gestiones en todos los ministerios. Esta vez, su tío el gran ministro decía: –Mi Berck se sitúa… Su elección está asegurada. Y era bien cierto que el diputado jamás se había prodigado tanto en servir a los electores de su circunscripción. –Tú eres el diputado, Rosette. La señora de Magnac se hacía conducir al Cuerpo legisla- tivo en el mismo coche de su amante. –¡A la tribuna de los ministros!...– decía la condesa con voz clara. Y los ujieres del Palacio Borbón se inclinaban ante la gran dama que pasaba, altiva y desdeñosa. Era ella quién ahora animaba a Villemont a trabajar y le rogaba que tomase a menudo la palabra en la tribuna. –Si supieses, Villemont, ¡qué orgullosa estoy de ti! –Tú harás de mí alguien, Rosette. –¡Ministro!...– exclamaba ella besándole con su alien- to…–¡ministro!...
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    209 –¿Ministro? –Tienes que serministro… Pero temo por todos voso- tros… El emperador está de capa caída: la oposición gana terre- no día a día… Se interesaba por los asuntos del Senado y del Cuerpo le- gislativo, dejando caer en la conversación ideas viriles de las que el diputado no podía evitar influenciarse. A pesar de eso, no dejaba de divertirse. Su sueño era ser invitada en las Tullerías… ¿Qué se podría decir?... La tonta historia de Moulineau estaba olvidada: ella iría a la corte bajo el nombre de la señora viuda de Magnac, una prima de Berck; nadie miraría tan de cerca. Ville- mont no sabía negarse a nada, y Rosette tuvo el honor de ser recibida por la emperatriz Eugenia en uno de los más bellos bai- les de invierno de 1870. Un día, entre la voluminosa correspondencia de Rosette, se encontró una carta cuya escritura deforme no resultaba des- conocida a la señora de Magnac. –¡Es de mamá! Leyó suavemente para sí misma: « Mi querida hija, » El Sr. Victor Moulineau, que ha regresado a la comarca, me ha dado tu dirección y estoy muy contenta de escribirte yo misma lo que tenía que decir y no verme obligada a contar nues- tros asuntos a Lucette, la modista de Saint-Cyprien, una moza en quien no deberías confiar. » En primer lugar he de decirte que hemos sabido que el Sr. Georges se había vuelto a vivir con su esposa y que los Lou- dois se han mudado para siempre a Niza. Tú no nos das noticias tuyas y estamos muy preocupados, tanto tu padre como yo… Esperamos verte regresar a la buena senda de una honesta madre de familia; deberías compadecerte de nosotros y regresar; todo se arreglará ahora que los Loudois han partido. » Nos dijeron que tenías amores y que tu conducta, desde todos los puntos de vista, era muy inadecuada. No podías hacer- nos sufrir más, pues los Bérias siempre han sido personas decen-
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    210 tes, así comolos Gran-Bras de donde yo provengo. ¡Tu marido es muy infeliz!... Siempre está triste. Nos hemos enfadado con casi todo el mundo, sin contar que nuestra vaca, la Brigitte, ha tomado frío en la finca de los Rauges y está a punto de morir… Me lamento como nunca lo he hecho, hija mía… No, jamás hubiésemos esperado esto de ti; han sido las compañías de las grandes damas que te han obnubilado al punto de acabar siendo lo que eres… Eso me da mucha pena, y sobre todo me da pena decirte todas estas cosas; pero es la verdad… El cura de la pa- rroquia, el viejo Chaumeil, viene a vernos alguna vez; nos trata bien. Pierre, el herrero, es despiadado y se ríe de nosotros con los demás, y si yo no contuviese a tu padre, ten por seguro que cometería una locura. » Vuelve… Si no es por nosotros, Rosette, que al menos sea por tu pequeña Andrée que te cree muerta… Regresa, Roset- te; iré a buscarte a la estación de Thaviat con tu padre… Te que- darás con nosotros; nadie sabrá nada… Ahora me hago vieja; todo lo que ha ocurrido de un año a esta parte me ha apresurado las digestiones y no está bien hacer lo que haces. » Ruego al buen Dios y a la Virgen que te decidan, y te abrazaremos todos, tu padre, la pequeña y yo llorando mucho. » Tu madre que te quiere y te querrá siempre. » JENNETON BÉRIAS, de soltera GRAND-BRAS. » –¿Es de tu madre?...– preguntó Berck… – ¿Qué cuenta esa valiente mujer? –¡Oh! nada. –¿Cómo que nada? –Sí, le gustaría que regresase. –¡Ah! ¡bah! y… –Y no iré. –Muy bien. –Sí, me quedo. Sin embargo pongo una condición: que veré a mi hija el verano que viene…
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    211 –De acuerdo. –Eres bueno,amigo mío… Cuando una es madre, tiene necesidad de piedad. Dijo esas palabras de una manera tan dulce que el conde se conmovió. –Mi Rosette, puedes contar conmigo. Te amo con todo mi corazón; tu marido y el propio Georges no te comprendían… Eres mi ídolo… ¿Sabes que desde que estás en París, todas las mujeres bonitas están celosas?... Ayer aún, en la Ópera, se te admiraba en tu deslumbrante vestido… Mi esposa me odiaba… Ha partido… ¡Oh! ¡si el destino quisiera que la muerte!... –Berck, no se debe desear la muerte de nadie… Yo no siempre he sido así, pero la vida se me ha presentado como un desafío. He caído muy bajo en el placer y también en la ver- güenza… A veces me decía que era inútil reflexionar, que todo lo que sucede está predeterminado. En mis horas de lucidez, tiemblo de miedo y tengo una ligera idea de que seré castigada de un modo terrible… Sí, sí, tengo muy malos presentimientos. –Me he equivocado al hablar de la muerte; pero quisiera poder tenerte sin necesidad de esconderte y mostrarte ante todos como mi esposa legítima… Tú y solo tú eres el ángel dorado y consolador que soñamos aquellos, cuya vida anclada a la políti- ca se dispersa por todos los vientos… Y cuando estoy a tu lado, Rosette, no pienso ya ni en mi mujer ni en la mancilla que arrojó sobre mi apellido. Siento que mi odio se desvanece… Por tu amor, olvido y perdono. Villemont la tomaba por el cuello y sus labios se unían; y mientras el pecho de la joven mujer se agitaba bajo los efluvios amorosos, él dejaba caer suavemente su cabeza rubia sobre el seno de Rosette. Ella se desprendía vivamente. –No, no… Esto no está bien; mi amor no debe ser un obstáculo en tu porvenir… ¿Te gustaría, dices, que yo pueda adorarte más aún de lo que he adorado a Georges?... Yo lo de- seo… Lo deseo con toda mi alma… Pero tengo que estar orgu- llosa de ti… Tú tienes un apellido ilustre… ¡Oh! cuanto te amar-
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    212 ía si teconvirtieras en un ministro poderoso… Todos los demás, Prosper, Georges, no son más que seres vulgares que pasan des- apercibidos entre la multitud; tú, Villemont, tu lugar está en primera línea… Ánimo, conde, ánimo… Ella le estrechaba las manos: –Es hermoso, la gloria, la gloria, el poder. Tener por deba- jo personas que se inclinan a tu paso; ser la mano a la que se teme o que se bendice, eso es lo que puede tentar el amor de una mujer… Trabaja… Yo estaré ahí para apoyarte, para sostener- te… No es suficiente para una mujer amar a un hombre; es ne- cesario que la mujer esté orgullosa de su marido o de su aman- te… que sienta latir su corazón con las esperanzas de aquel al que adora y que llora de rabia con él en las horas bajas… Ese es nuestro rol, y no queremos débiles ni impotentes, por eso dejé mi hogar… Allí, la mediocridad y una monotonía desesperante me destrozaban… No me sentía vivir… Mi existencia transcurr- ía sin sacudidas y también sin esperanza… La esposa de un no- tario de provincias… La amante de un plebeyo cuyo dinero hue- le a trabajo y a servilismo… ¡Ah! estaba loca… Contigo, Ville- mont, es el poder, es el orgullo, la celebridad; es la gloria… Tú me entiendes, debes luchar y que todas las mujeres repten a mis pies y envidien mi dicha… Rosette lo estrechaba en una pasión insensata; y él la con- templaba con ojos tranquilos que contrastaban con la exaltación de la joven mujer. Era esa voz, esa voz de oro que seducía a los electores pe- rigourdinos, que regresaba a esa hora de amor, un poco debilita- da, pero siempre desdeñosa y siempre plena de encantos. –La gloria, dices, ¿qué es eso? Una bandera que uno ondea o que se deja ondear… La política, una bandera azul, blanca o roja, según el viento. El arte oratorio; palabras huecas y sonoras que se pronuncian con desdén… Nada de reposo, nada de fija- ción. ¿La familia? Por desgracia nosotros lo sabemos mejor que nadie… una cadena, un despotismo. La religión, de la que tú hablas a menudo como una consoladora eterna, es una hipocres- ía. La fortuna, con la que no sabemos que hacer, una injusticia…
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    213 Créeme, Rosette, somosjóvenes, nos amamos: todo consiste en eso… Y sin embargo no hace falta volver a recomenzar la vi- da… La juventud, decía Fausto, ese es el sueño… Error: volver- se joven sería una renovación de las estupideces, de las ilusiones perdidas… Ser o no ser, vivir, morir, tal vez soñar… interroga- ciones inútiles… Hamlet estaba loco… Rosette, más vale juzgar la vida que vivirla. Es la cita de un filósofo que creo justa. –¡Oh! ¡mis ilusiones se van!... Estaba tan orgullosa de ti durante tu discurso sobre los derechos de los hijos naturales; ¡defendías tan bien a los pobres y los desheredados!... –¡Desde luego!... ¿Pero pensaba lo que decía?... Te veía en el palco de los ministros y eso me bastaba… Veamos, Rosette, quieres que sea ambicioso, que me convierta en ministro como mi tío… Ministro, ¿y para hacer qué?... Pronunciar hermosos discursos vacíos de contenido, amontonar en la cabeza banalida- des; bajarse los pantalones para conservar una cartera… Locu- ras… –Eres diputado, te debes a tus electores. –Mis electores son fáciles de satisfacer… estancos, conde- coraciones, empleos lucrativos, galones y más galones, frusler- ías de todo tipo, se les anestesia con eso; no piensan… Y tú, Rosette, una mujer superior, ¿quisieras obligarme a convertirme en un polichinela articulado, una marioneta cubierta de bordados que se cosen con hilos administrativos?... No, no, digo que te equivocas… Emperador, ministros, diputados, senadores, tantos villanos como jabones se ven impotentes en limpiar; son el fra- caso del espíritu humano, máquinas inconscientes que no valen el agua que las hace mover, ni la mano que atiza el carbón… ¡Falsos histriones y lacayos!... Ese pobre emperador al que ad- miras… si supieses lo mezquino que es en la intimidad… Un pollo, un pollo enfermo, querida… Me produce hilaridad con sus bigotes y su uniforme de general… Mi tío lo desprecia y mi tío guarda silencio… Todos unos canallas… Pobre emperador… Cree en la gloria, en la posteridad, él, y tú quieres que yo crea en las mismas cosas que él... eso sería grotesco… –Amigo mío…
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    214 –Rosette, escúchame: Novalgo ni más ni menos que los demás; pero, en cuanto a ambición, mi razonamiento está hecho. Jamás seré el orador de las encrucijadas que va contra viento y marea a predicar cruzadas en las que no cree… Los aplausos vienen y se van… Un hombre imbuido de prejuicios, un hombre que cree en la sinceridad de los halagos es un imbécil… ¡Qué hacer!... Dejarse vivir… Tomar las grandes rutas a pleno sol porque son seguras y poco penosas… picarse la frente con los espinos del camino, tener los pies ensangrentados y el corazón lleno de odio o de asco por las torpezas humanas, ser un refor- mador de un siglo que persigue una evolución regulada por ade- lantado!... Quimeras y mentiras… Te lo digo, Rosette, soy de los que ya no creen: la Revolución nos ha arrojado a los pies de nuestros tronos y somos hombres muertos… La dicha la he en- contrado a tu lado; me dejo vivir… –Te hubiese querido más audaz, más fuerte… –¿Es que acaso mi amor sería mayor?... Ella no se atrevió a responder, en tanto él mostraba su gra- cia y abandono pronunciando esas palabras. Él estaba allí, sin fuerza y sin valor. No pensaba más que en el placer, y ese hom- bre, al que ella había soñado poderoso y soberbio, no veía más que el amor de una mujer. Ella miraba con piedad a ese descen- diente de una raza ilustre tan débil como un chiquillo de su pue- blo, y se decía que una patria debe desesperar viéndose tan po- bremente representada. La señora de Magnac mantenía su salón literario. Cada miércoles, hacia las diez, unos hombres reclutados en la política, en las letras, en las artes, todos familiares de la corte imperial, se daban cita en el apartamento de la calle Saint-Honoré. Al princi- pio se habían preguntado cuál podía ser la verdadera situación de la dueña de aquello. El choque de ciertas maneras, la afecta- ción del lenguaje, la inexperiencia del mundo, el desbordamien- to del lujo, todo eso había atraído sonrisas. Pero se sabía que el sobrino del ministro, que llevaba uno de los grandes apellidos de Francia, ocupaba el lugar del dueño de la casa, y se conformaron
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    215 con la historiapergeñada por Villemont sobre la vida ordinaria de su querida prima. Entre los asiduos, el general Dumont de Lives; el poeta Raulet, célebre por sus cánticos patrióticos; el gran compositor Cernilli, los senadores Kuppler y de la Géronnais, el periodista Ballande, unos colegas de Villemont; financieros, artistas, pre- fectos jubilados; un mundo capaz de apagar de despecho los lustres del noble barrio. Una cantante admirable, la Malti, se dejó escuchar; jóvenes poetas leyeron unos versos: uno recitó la Provenza en un magnífico lenguaje; otros las viriles poesías del Norte. El salón tuvo su hora de celebridad. Era una especie de antesala, a la vez política, artística y li- teraria. Entre diputados y senadores se hablaban de los inciden- tes de las sesiones; entre pintores observaciones sobre la in- fluencia de los artes desde el punto de vista moral de una na- ción; se vapuleaba a Jean-Jacques Rousseau y sus teorías filosó- ficas; se descubrían los pequeños secretos de las Tullerías, y Villemont contaba los divertimientos del castillo de Compiègne. Se estaba entre íntimos, aunque devotos a la causa imperial; solo, tal vez, el Sr. de Mottin, un viejo periodista de binóculo y cabellos desordenados, pasaba por liberal, pero como era sospe- choso de codiciar una plaza en el Senado, no se ponía en duda su vinculación al imperio. El diputado de Saint-Cyprien no experimentaba más que un mediocre placer en medio de esas pretenciosas reuniones; pero amaba tanto a Rosette que no sabía negarle nada. Por aña- didura, la joven mujer, mediante hábiles estratagemas, le había dicho que tenía el deber de mostrarse de vez en cuando, de hablar, de dirigir, que hiciese todo del modo más natural del mundo. Una noche, él parecía radiante: –Estarás contenta, Rosette... Una sorpresa… –¡Dime, aprisa!... –Después de cenar te presentaré a un príncipe… –¿Un príncipe de verdad? –Sí. –¿Quién?
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    216 –Su Alteza realpríncipe René, presunto heredero de un gran ducado de Alemania. –¿Estás seguro de que vendrá? –Tengo una cita con él en casa de mi tío, en el ministe- rio… Creo que cena en la embajada alemana, pero sin ceremo- nia oficial… A las diez, el príncipe es mío. –¡Oh! ¡qué contenta estoy! La hija de los Bérias, en efecto, se sentía feliz al recibir un príncipe, un futuro Rey… ¡Esa velada sería el orgullo de su vi- da!... –El príncipe René es muy sencillo, pero un vividor… Ci- tron es un niño a su lado… Esa misma noche, el conde de Villemont llevó al príncipe al salón, decorado para la circunstancia con las plantas más ra- ras. Las lámparas iluminaron las colgaduras, encendiendo con tintes dorados el servicio de Sèvres donde se bebía té. –Un regalo de nuestro tío el ministro. – dijo el diputado. Su Alteza levantó su taza a la altura de las lámparas y pa- reció examinar con atención la belleza de los temas y la delica- deza de los colores. Cada taza estaba pintada en negro con dos medallones al lado que representaban las efigies de dos famosas amantes de Luís XIV. –No es protocolario ofrecer un regalo a un príncipe de sangre; pero, señor, si Su Alteza se dignase a hacer una excep- ción a favor de nuestra casa, sería para mí un honor… –En París, mi querido conde, desdeño el protocolo; acepto con gratitud su magnífico presente; a mi vez, estaría encantado de añadir a su colección algunas lozas alemanas. –Su museo, Alteza, – afirmó el senador Kuppler – es sim- plemente admirable. Cuando estaba en Alemania… El príncipe René era un joven de treinta y ocho años, fren- te amplia, cabellos rubios, ojos azul cielo. Visitaba Francia des- de los últimos diez años, y conocía a casi todos los asiduos del salón de la señora Magnac. –¿Y Su Alteza se propone visitar las grandes ciudades de Francia? – preguntó Rosette.
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    217 –Sí, señora, quierover Lyon, Marsella, Toulouse… pero de incógnito. Me encantan los viajes en esas condiciones. Re- cientemente he ido a Burdeos, y si no fuera por la indiscreción de un periodista, hubiese pasado absolutamente desapercibido. –¡La grandeza en la sencillez! – observó juiciosamente el general Dumont de Lives. El príncipe observaba a Rosette y estaba asombrado del esplendor de los ojos de la dama. Del modo que Villemont le había descrito a su pretendida prima, él había adivinado entre líneas, y el diputado le había suplicado que simulase ignorarlo. Con una sonrisa que dejaba ver unos largos dientes bajo su bigo- te rubio oscuro, dejaba caer sobre su frente sus largos cabellos y no dejaba de lanzar miradas provocativas a la indolente señora de Magnac. –Definitivamente, su salón es maravilloso, señora – dijo de repente dirigiéndose graciosamente a su asiento. Entonces la conversación de los invitados giró en torno a la política cotidiana, acerca de las innovaciones liberales del imperio; de ahí, se pasó a los estudios de costumbres y a las di- ferencias existentes entre Francia y Alemania. –Su Alteza es demasiado indulgente – murmuraba Rosette a cada frase amable del príncipe. Y este, con los ojos medio velados, dejaba caer estas pala- bras: –En Francia, los hombres no saben amar. Se hablaba de la enfermedad de Napoleón III que había tenido una influencia desastrosa sobre los negocios bursátiles. –El emperador es sólido como un puente – afirmó Berck. –Sin embargo se dice… –¡Caramba! rumores sin fundamento… personas interesa- das… la canallesca – exclamó el general recién llegado de México. –He visto a Su Majestad esta mañana – dijo el príncipe…– El emperador fumaba y reía alegremente. –¡Estupendo! ¡Mejor!
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    218 Entonces el senadorKuppler comenzó a elogiar de forma extraordinaria al emperador… Era demasiado bueno, eso era todo; pero, gracias a Dios, Francia le había dado, mediante un plebiscito reciente, una autoridad que nada ni nadie podría cues- tionar… Napoleón tenía amigos y defensores capaces de luchar contra los propagadores de doctrinas peligrosas. El periodista y poeta Richard Ballande pareció confiar al- guna gran noticia a Berck de Villemont: –Si me atreviese a hacerle un ruego, Alteza… –Diga, querido… –Está aquí uno de mis viejos amigos, el Sr. Ballande, que ha compuesto un poema en honor de Su Alteza… –Escucharé el poema. –Jamás me atrevería – dijo Ballende ruborizándose. –¿Quiere que lo lea yo mismo, señor? El príncipe tomó el papel que le tendía el poeta y recorrió rápidamente la primera estrofa: –¡Ah!... muy bien… –Solo es un bosquejo, Alteza… –Usted me halaga… Todavía no soy un César deslumbran- te… ni un astro de bondad… Sea lo que sea, se lo agradezco, señor… sus versos son muy bellos… –Si Su Alteza me autoriza a dedicarle el humilde homena- je de mi último libro… –Se lo autorizo, señor… Y como no soy ingrato, me per- mitirá ofrecerle la condecoración de «la orden del Águila Roja.» –¡Oh! Alteza… Gracias… No la merezco… –Hipócrita…–murmuró Kuppler – Es lo que busca desde hace dos años… Si no fuese ya comandante… en fin… –A mi vez, Alteza – dijo la señora de Magnac – le voy a hacer un pequeño ruego. El príncipe se inclinó. –Le pediría su opinión sobre una pequeña discusión que mantuve el otro día con mi primo. Yo afirmaba, Alteza, que un hombre debe ser ambicioso y que el rol de las mujeres es per-
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    219 manecer en elhogar y alentar a nuestros dueños en las luchas viriles… ¿Tengo razón, Alteza? –Tiene usted toda la razón, señora. Se debe ser ambicioso, sobre todo cuando uno está servido, por nacimiento, de inteli- gencia y fortuna… No se puede permanecer inmóvil. Un pueblo que no conquista – esto no es nuevo, pero es cierto – es un pue- blo conquistado; un hombre que no crece es proclive a descen- der… Decía eso en un buen francés, con un ligero acento de más allá del Rhin y de un modo absolutamente burgués que lo hacía muy simpático entre sus interlocutores. Rosette tenía a su servicio una cocinera, un ama de llaves y un criado. Este último, llamado Baptiste, era un paisano de la señora de Magnac. Llegado a París sin un centavo ni sin equipa- je, el joven había sido muy desgraciado durante algunos años, y luego había entrado como mayordomo en casa de un banquero del barrio Saint-Honoré. Demasiado familiar con sus amos, sus intemperancias de lenguaje le atraían a veces crueles reprimen- das, pero el esmero con el que cuidaba su uniforme, su perfecta manera de colocar una mesa, sobre todo la confianza que sabía inspirar, excusaban sus numerosas inconveniencias. Por añadidura, la señora de Magnac no le importaba tener un intendente honesto que vigilase los intereses de la casa y pu- diese hablarle del país de vez en cuando. Esa noche, el meridional estaba orgulloso: servía a un príncipe. –Alteza, – dijo Berck – tenemos un champán de primer orden. Baptiste se dispuso a escanciar. El príncipe lo rechazó. –Su Alteza se equivoca – murmuró Baptiste – pues está muy bueno. Rosette hizo un gesto tan brusco y tan amenazador, que el criado empequeñeció y desapareció bajo la fulminante mirada de su ama. Ella, enrojeciendo, se disculpó por el incivilizado Baptiste y tomó ella misma la botella de cristal.
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    220 En esta ocasión,el príncipe René tendió su copa: –He reflexionado mejor… mil gracias, señora. Entonces el príncipe se levantó de su asiento, su rostro se iluminó, sus dientes blancos se mostraron bajo sus gruesos la- bios y paseó una mirada misteriosa sobre los invitados. –Caballeros, en nombre de Alemania, declaro la guerra a Francia. Se produjo un movimiento de sorpresa y terror. No sabían si debían molestarse o reír por la broma real; se tomó partido por la sonrisa. –¡Oh! compréndanme – continuó con gesto de serenidad – no se trata de una lucha de hombre a hombre a la que les insto. Una batalla entre nuestras naciones sería odiosa, y, si hace un instante les dije que un pueblo no debe dejar nunca de conquis- tar, no pensaba lógicamente en nuestras dos potencias amigas. En lo que a mí respecta, si admiro nuestros cañones Krupp es porque estoy seguro que durante mucho tiempo resultarán inúti- les. Sí, caballeros, el otro día le decía a Napoleón III que Ale- mania desea la paz con todas las potencias, sobre todo con Fran- cia. Nuestro bien amado rey Guillermo no piensa de otro modo, y ha estado muy satisfecho con que el asunto de Luxemburgo no hubiese tenido lamentables consecuencias… Dicho esto, si de- claro la guerra a Francia, me dirijo, no a sus soldados sino a sus sabios, a sus filósofos, a sus juriconsultos, a sus médicos, a sus ingenieros, a sus diplomáticos, en definitiva, ¡es la guerra a la ciencia francesa!... ¡Brindo por Francia y Alemania!... El senador de la Guéronnais se levantó a su vez: –Alteza, en nombre de la vieja Alsacia, yo le saludo. –Es una guerra cortés – dijo la señora de Magnac. Ballande tomó la palabra: –Si su Alteza Real me digna con su permiso, redactaré sus palabras en la prensa francesa; tendrán un saludable eco… Y Francia, que desea la paz, bendecirá al nombre del príncipe René… –Hágalo, señor.
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    221 Entonces el príncipese inclinó suavemente sobre su asien- to: –Fíjese, caballero, me venía a la mente la canción de su poeta Alfred de Musset, y encontraba en él como una peligrosa exhortación a la guerra: Nosotros hemos tenido vuestro Rhin alemán… –Perdón, Alteza – interrumpió Villemont…– Nuestro gran poeta no comenzó el ataque… Se limitó a responder al canto de Becker… –Así es… Pero en cualquier caso son historias de poetas… e historias mal comprendidas… El poeta debe predicar la cle- mencia y la paz, y no debe servirse de su voz más que para anunciar la llegada del amanecer, del reverdecer de los prados, de cómo nos regocija la primavera. Así pues, ¡a la ciencia! –¡A la ciencia! –…¡Y a Su Alteza real, el príncipe René de Alemania! Los dos brindis se mezclaron demasiado bien para no con- fundirlos. –¿Tiene sesión mañana en el Cuerpo legislativo, mi queri- do Berck? –Sí, Alteza… ¿Nos honrará con su presencia? –Tal vez… Un landau esperaba en la puerta. El príncipe subió en compañía del senador Kuppler, y desde la calle Saint-Honore al Gran Hotel, la conversación estuvo de lo más animada. –Alteza, es usted el mejor de los franceses. El príncipe René iba muy a menudo a París; pero, deseoso de conservar su libertad, había rechazado la hospitalidad que le ofrecía el emperador. Ocupaba la mitad del primer piso del Gran Hotel con una suite de criados de los que le gustaba mucho eva- dirse. Educado en la escuela de Moltke, trabajador infatigable, era adorado en el ducado de su padre, y a primera vista se hacía imposible creer que bajo esta envoltura de alemán, pesado, tan grueso como rubio, se escondía una inteligencia muy viva y un
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    222 don de asimilaciónde lo más maravilloso. El rey, su padre, lo había mantenido el menor tiempo posible en su reino, y el joven príncipe había pasado toda su juventud viajando a través de Eu- ropa. Hombre galante, espíritu aventurero, enamorado a sus horas, soldado cuando su patria lo requería, iba a Francia para estudiar sus costumbres, su organización militar, sin ninguna reserva, y le gustaba visitar los fuertes, las ciudadelas, los asti- lleros. De igual modo lo hacía Pedro el Grande en Saardam. Le gustaba Francia, era uno de los pocos príncipes de este mundo que era muy sincero hablando en las cortes de Europa. En las Tullerías, mientras la alegría reinaba por doquier, cuando los pantalones cortos y las medias de seda se mezclaban en el estallido de los dorados; mientras las joyas arrojaban sus brillos a los fuegos de los lustres y el goce estaba inscrito en la frente de todos, el príncipe de Alemania, dominando desde su alta esta- tura algunas cabezas, charlaba en un rincón del salón. Su au- diencia estaba compuesta por mariscales de Francia con brillan- tes condecoraciones, senadores, embajadores extranjeros; y allí, para gran asombro de sus interlocutores, comentaba que nuestra organización militar era defectuosa, que nuestros arsenales esta- ban vacíos; que desde el punto de vista defensivo, las líneas de ferrocarril construidas en la orilla derecha del Loira deberían haberse instalado en la orilla izquierda… Las cosas no se hacían así en Alemania. Pero desde el momento en que veía las frentes ensombre- cerse, tenía piedad de los uniformes destellantes y terminaba afirmando que creía en la paz y que solo su sinceridad le obliga- ba a hablar de ese modo. En la corte se había acabado por reír sus bromas, y cuando Su Alteza real regresaba a Alemania, el conde de Bismarck arrugaba su frente desmesuradamente amplia y, con los ojos brillantes, le decía: –Alteza, es usted un gran observador, pero un demasiado buen francés.
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    223 –¡Eh! mi queridoconde, en París el senador Kuppler va más allá: a menudo me repite que soy el mejor de los franceses. –Ante todo, usted es un príncipe alemán. –Sin duda; pero adoro a los franceses. –De lo que me congratulo mucho, Alteza, – decía el conde inclinándose. Al día siguiente de la velada, hacia las dos de la tarde, el príncipe René se hizo conducir a casa de la señora de Magnac. Rosette estaba sola en el salón. Retomaron la conversación de la víspera: –En Francia no se sabe amar… se ama demasiado aprisa, se olvida más aprisa todavía… Nosotros somos más reservados y nos acordamos… Fíjese, señora, yo voy a abandonar París muy pronto y no he querido partir sin dejarle un pequeño re- cuerdo. Tomó de su bolsillo un rico joyero. –Es el trabajo de Samuel, el primer orfebre de mi reino… El collar es único en Europa y aún así no es todo lo bonito que usted se merece… Es usted tan bella… –Alteza… –Señora, la amo; no he podido decírselo ayer, pero usted me ha comprendido… es usted hermosa… ¡muy hermosa! El príncipe se arrodilló ante la hija de los Bérias, y ella tu- vo el goce de inclinar su cabeza sobre una frente regia, y le pa- reció que las caricias que él le prodigaba tenían un desconocido encanto. –Usted vendrá a Alemania; le entregaré un palacio magní- fico… Seremos felices… –Alteza… –No me llames más así: Llámame « René ». …El conde de Villemont regresó del Cuerpo legislativo. Rosette sonreía a sueños deseados. Muy cómodamente sentada sobre un diván, apenas escuchó los pasos de su amante, y cuan- do él la besó en la frente y murmuró a su oído dulces palabras,
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    224 ella cerró amedias los ojos para creer que todavía era el príncipe quién le hablaba en su cálido y colorido lenguaje. Se veía en la corte real, mimada entre todas las mujeres, amante poderosa y respetada, y se decía que en el libro del amor de las mujeres célebres tendría un lugar al lado de las Mainte- non, de las La Vallières y de las Du Barry. –Ha venido el príncipe René – suspiró. –¡Ah!... –Sí, esperaba que lo hubieses esperado para ir al bosque. –Yo le había dicho… –¿Va a partir pronto? –Dentro de algunos días, se va a Lyon. –Lo sé… Mira, este es su regalo… un recuerdo… –Soberbio… –Un regalo real. –Te lo ha dado igual… –¿Cómo dices? –Nada. –Sí… Dijiste: Te lo ha dado igual… –A la duquesa de Lornani, la prima del emperador. –Mientes. –¿Yo? –Sí. –Perdón… –Berck… ¿A quién le ha ofrecido el príncipe otro collar? –¿Qué te importa? –Quiero saberlo. –Bien, creo que… a la Clénery. –¿La amante del duque de Lenguès? –Eso es. –Tu príncipe es un personaje grosero… Mira lo que haga con su regalo real… Canalla de alemán… Las lágrimas le subían a los ojos. Tomó el collar y lo arrojó al suelo con desprecio. –Rosette… –Soy la dueña de lo que se me da…
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    225 –Sin duda… Perosi Su Alteza supiese… –Dirás a esa Alteza que es un hombre maleducado…y, además un espía a sueldo de Prusia… –En verdad, estás loca… El príncipe ama a Francia con toda su alma. –¿Tú crees eso?... Mira que eres tonto. Y se puso a reír frenéticamente con una risa nerviosa en- trecortada por los sollozos: –Vas a enfermar… –Villemont, dirás a Su Alteza real que he adivinado su juego… Es un espía… Y tú, señor diputado, tu senador Kupller, tu general de cartón y el infame periodista Ballande, sois unos crédulos… ¡Ah! tu príncipe me trata como a una bailarina, como a la Clènery, una indecente prostituta… Si hubiese sabido… –Y bien… –Le hubiese escupido a la cara a tu alemán y le hubiese llevado eso a Bismarck… No soy más que una mujer, una al- deana; pero veo más claro que todos vosotros… Os digo que os observa… Está bien… Seguidle lamiendo las botas al prínci- pe… El príncipe os devorará. –Vamos, querida, no te exaltes de ese modo… El príncipe se ha equivocado… Yo he pensado en ti y el regalo que te desti- no no es menos… A Su Alteza le ha faltado tacto… Esa noche recibió un magnífico collar de diamantes, y se recobró la paz en la pareja. Berck de Villemont pasó la velada con la señora de Mag- nac, y esta aprovechó para hablarle de los pequeños asuntos de los que ella se ocupaba. –Tus electores nunca dejan de pedir, querido… –¿Qué es ahora? –Cartas de Saint-Cyprien… El director del instituto que solicita palmas académicas… –Bueno… ¿Cómo lo ves tú? –El Sr. Rougier… un buen hombre… Me dio clases duran- te las vacaciones cuando yo estaba internada en la casa de las damas Castel…
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    226 –¿Y es devotoa la causa? –¿Él?... Se dejaría matar por el emperador. –Muy bien… Tendrá las palmas… ¿Y luego?... –Esto – dijo ella descifrando una horrorosa escritura – es de un tal Bélor… –Nombre de moneda. –…Que suplica… que suplica… le gustaría una pensión. –¿Quién es ese Bélor? –Un viejo suboficial retirado… Un imbécil, pero que te aprecia mucho. –Se le concederá. –¡Ah!... la viuda del albañil de casa Ninard… La casa ha ardido… tres hijos de corta edad… una excelente mujer que me daba cerezas cuando yo era pequeña… –Bien… anótamelo… « ministerio de agricultura »… –Una carta de Mayeux… Un puesto cualquiera, no impor- ta dónde con tal de que sea bueno… –¿Qué sabe hacer? –¡Eh!... –¿Te interesas por ese Mayeux? –Sí, es un viejo criado de la granja… un hombre digno… –¿Sabe leer? –No. –¡Diablos!... –Tú tienes buena relación con el barón de Lorquin; quizás podrías colocarlo en su compañía. –Es difícil… sin instrucción… en fin… anota: «Mayeux de Saint-Cyprien… Norte…» Eso es… –Perfecto. –¿Sabes, Rosette, que tú preparas mi futura elección? –Me van a exprimir… Pero no me importa… Amo mi al- dea… La hija de los Bérias es una buena hija… –Sí… Mi tío me decía el otro día que estaba satisfecho conmigo… No dejo de pedir; parece que es la cuota para un buen representante… Por cierto, ¿has escrito a tu madre?
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    227 –No… Para tenerque leer tonterías… Lucette me mantie- ne al corriente… Mi Andrée está encantadora, eso es todo lo que deseo saber… –¿Y tu marido? –Siempre igual… ¡pobre hombre! Basta… Hablemos de otra cosa, ¿quieres?... Cuando pienso en Saint-Cyprien, me abu- rro y me pongo de mal humor. Charlaron durante mucho tiempo; y, al acostarse, Ville- mont convino que el príncipe mantenía actitudes sospechosas y que su amante era realmente una mujer superior.
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    229 XV Se produce comouna especie de extraña fascinación que deslumbra, en el momento de los dolores intensos, a los provin- cianos poco afortunados y parece impulsarles a que se dirijan a París. Es, en efecto, en las familias que han sido afectadas por la desgracia, donde se manifiestan estas veleidades de partir que nada justifica, excepto tal vez el deseo de sustraerse a la vista y comentarios de los vecinos maledicentes. París, la gran ciudad, es el refugio sagrado; es ahí sola- mente donde se puede esperar la revancha de una existencia perdida. Nuestras pequeñas ciudades de provincia ven partir cada año varios de sus habitantes, y no son precisamente lo más felices los que se van. Si se sabe que una pareja se ha visto mez- clada en asuntos turbios, se sabe casi de inmediato que esa pare- ja gastará lo poco que le queda para vivir en París, en algún rincón ignorado, lejos de los amigos con los que han conocido las alegrías pasadas, lejos de los indiferentes que podrían ente- rarse. Suelen ser mujeres, sobre todo viudas quienes llevan con ellas el testimonio de su dicha desvanecida. Se cuentan por cen- tenas en la gran ciudad esas desdichadas mujeres cuyos cabellos han encanecido tan solo en unos meses de dolor; se refugian en barrios de trabajadores, en los Batignolles, en Montmartre; al- quilan un estanco, se ocupan de bordar, a veces también de tra- bajos más penosos con los que hubiesen enrojecido al realizarlos en su pueblo. Trabajan para vivir; tienen fe en el porvenir, y se les enco- ge el corazón cuando el azar o la piedad las pone en vuestra pre- sencia. Uno recuerda entonces que se las ha conocido jóvenes y risueñas; que su padre, trabajador infatigable, había amasado
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    230 una fortuna; queesa fortuna, después de un funesto matrimonio, se había ido a los cuatro vientos. El padre ha muerto. Las cosas no hubieses acontecido de ese modo si estuviera vivo, y allá, en el viejo cementerio donde ha necesitado tan poco lugar para el descanso eterno, no sabe que su casa pertenece hoy a unos ex- traños, que sus tierras han sido vendidas a un vil precio y que sus viñas, orgullo de su vida, se han convertido en el objetivo de aldeanos usureros. Así pues, cuando la desgracia, tras el fallecimiento del amo, se abate sobre una familia, lo que queda de la casa se va y tiene razones para partir… Allá, en la gran ciudad, no hay bur- las, ni preguntas indiscretas, ni sonrisas de conmiseración que os encogen el corazón, ni lamentos hipócritas que os envenenan; uno está perdido entre la muchedumbre, se vive como se quiere, como se puede; se gasta lo menos posible, se trabaja y uno per- manece siendo honrado. Valientes mujeres, son dignas del respeto de todos y se comprenden las lágrimas que suben a sus ojos al recuerdo de su dicha que se ha dispersado como las hojas muertas en el frío viento del exilio. La señora viuda de Belloir era una de esas mujeres. Anta- ño, hace quince años de eso, era una de las más ricas herederas de Saint-Cyprien; la casaron con un muchacho de corazón de- masiado altivo y un poco manirroto. La ruina había sobrevenido en algunos años; el marido había muerto, y la viuda con un hijo había tomado el camino de la capital. Ella también tenía que trabajar para vivir. Había alquilado un estanco en el bulevar de los Batignolles, y su cuñada, una infortunada también, le ayuda- ba en su trabajo. Mientras solucionaba algunos asuntos de interés que la habían llamado a Saint-Cyprien, había sabido la fuga de Geor- ges Loudois y la señora Parent, así como la reciente relación de esta última con el conde de Villemont. En su juventud, la señori- ta Lamoureux – hoy señora Belloir – había tenido una estrecha relación con la señorita Bérias; y sin embargo, dudó mucho tiempo en renovar sus relaciones con la señora de Magnac. Pero
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    231 la cuñada sepuso enferma y ella se encontraba al límite de sus recursos; y, una mañana, la señora Bellior debió resignarse a golpear la puerta de la señora Parent. Esta la recibió muy amis- tosamente, se interesó por sus desgracias y le prometió la todo- poderosa protección del tío de Villemont. Poco tiempo después de esta entrevista, la viuda era nombrada titular de un despacho de tabacos de París. Fue la propia señora de Magnac quien le fue a llevar la buena noticia a la casa del bulevar de los Batignolles. La interesada casi se desmaya por la sorpresa; besaba con respeto las manos de su antigua amiga, exclamando entre sollo- zos que sería muy feliz de serle útil a su vez. –¡Oh! ¿qué puedo hacer? –Algo muy sencillo – dijo Rosette. –Dígame, señora; soy toda suya. –Voy a confiarle una misión muy delicada… ¿Usted co- noce a mi hija? –¿La pequeña Andrée?... Sí, señora, la he visto en su casa, en la Croix, hace un año… Con motivo de mi último viaje a Saint-Cyprien. –Bien… Se trata de partir e ir a buscar a mi hija. –¿Pero, y su familia?... ¿Su marido?.. –¡Basta!... soy rica… Parent jamás ha amado a su hija… mi padre es avaro y estará feliz de no tener la niña a su cargo. –Entonces, ¿Andrée me seguiría a París? –Sí, yo iré a esperar a la estación de Orleáns… Habría po- dido hacer yo misma el viaje… pero después de todo lo que ha sucedido… –Mi cuñada está un poco mejor… partiré esta noche. –Aquí está el dinero. Y Rosette tendió una pequeña bolsa de seda azul a la seño- ra Belloir; la dama vacilaba, pero la necesidad la forzó a aceptar. –Gracias, señora… Espero poder traer a su hija. –No olvidaré su lealtad. Al día siguiente, la señora de Magnac recibía un telegrama de Saint-Cyprien: ni los Bérias, ni el Sr. Parent consentían en la marcha de Andrée. El notario amenazaba incluso con denunciar
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    232 ante el procuradorimperial, según una carta más explícita que llegó después del telegrama. –¿Cómo sacarla de ahí, mi querido Berck? –¿Eh? –¿No se puede dar la orden?… –No, querida. La ley es formal. –¿Y qué dice la ley? –Que solo el tribunal puede decidir, en caso de separación de hecho, a quién pertenece la custodia de los hijos… Tú todav- ía estás unida al Sr. Parent, y en este caso debo decirte que al estar la separación pronunciada contra ti… –¿Tu tío el ministro no puede hacer nada? –No. –Está bien… Dentro de algunos meses sabré que hacer… La señora Belloir es una imbécil; podía tomar a la niña sin que nadie se diese cuenta… Bueno, no hablemos más de eso… ¿Tienes un palco para el teatro? –Sí. –Vas a acompañarme. Llamó al servicio. –Baptiste, vaya esta noche al bulevar de los Batignolles para saber si la señora Belloir ha regresado de su viaje… En ese caso, le dirá que la espero aquí mañana a las dos. –Sí, señora. Cuando la viuda Belloir se presentó, la señora de Magnac, vestida con una bata blanca de bandas de terciopelo azul marino, hojeaba unas revistas de moda, indiferente a lo que pasaba a su alrededor. Baptiste anunció: ¡La señora Belloir! –¡Ah! es usted, señora, buenos días… Siéntese… Y Rosette le indicó un sillón a la visitante sin levantar los ojos de su revista. –Y bien… ¿qué me cuenta?... Andrée, mi hija, sigue en la Croix… No ha habido un medio… ¿Está bonita? –Como un ángel, señora, y he llorado mucho por no haber- le dado la alegría de volver a verla…
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    233 –Gracias… Me constansus buenas intenciones… Lo debe haber pasado mal en la diligencia de Thaviat… Por cierto, ¿está todo el mundo bien, por allá? –Señora… –Me responde usted un poco triste. ¿Ha ocurrido alguna desgracia?... Esta vez, la amante del conde cerró las revistas donde se podían ver croquis de encajes. –No me atrevía a decírselo, señora. Usted ha sido tan bue- na con nosotros… Mi carta no podía decir… –Acabe, señora... Por favor… No me angustie con tantas medias palabras. –El Sr. Parent… –¡Ah! ¿Se trata de mi marido?... –El Sr. Parent está al límite de la bancarrota… –¿Bancarrota?... –Sí, señora. Al principio no quería creerlo… Pero los ve- cinos… El Sr. Parent tal vez esté detenido en este momento… –¡Oh! Dios mío… ¿Necesita dinero?... Yo se lo daré… ¡Pobre hombre!... Phrosine…Phrosine… –¿Llamaba la señora? –Rápido… mi vestido… mi sombrero… ¿Piensa usted que cincuenta mil francos… Doscientos mil tal vez? Venderé mis joyas… Pues al fin y al cabo yo he sido la causa… ¿Qué suma hará falta? –No lo sé. –¿No lo sabe?... Debería haber preguntado… Berck de Villemont acababa de regresar. –¡Ah!, estamos salvadas… Querido, soy muy desgracia- da… Necesito una fuerte suma. –¿Un nuevo collar?... He visto precisamente uno en la ca- lle de la Paz. –No se trata de eso… Mi marido ha quebrado… Lo van a detener… –¿Al Sr. Parent?... pobre Parent…
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    234 –Vamos, no perdamostiempo… Hoy mismo le envío los veinticinco mil francos que están en el secreter…Voy a escri- bir… –¿Tu marido los aceptará? –¡Caramba!... ¿por qué no crees que aceptará? –Es que… es que… Ella se encogió de hombros: –No tendrá tantos miramientos… El Sr. Parent abrió la carta de Rosette, la volvió a doblar, la hizo llevar al correo con su contenido, diciendo a Clapier: –La hija de los Bérias me hace más daño que el día en el que me humilló. Los habitantes de Saint-Cyprien corrían por las calles co- mo locos. –¿Ya lo sabes? –¿Qué? –El Sr. Parent. –¿Y bien? –Está en bancarrota… –¡Oh!... En ocasiones, el hombre al que contaban la noticia se en- contraba entre los acreedores del notario y quedaba petrificado sobre el umbral de su puerta. Una bancarrota en una pequeña ciudad es un duelo, una desgracia pública, un descalabro general… ¿Qué banquero, no- tario, hombre de negocios, sea cual sea, no se ha despertado sobresaltado durante un mal sueño con la idea de que estaba arruinado y que por la mañana una multitud furiosa se dirigiría amenazante a su casa?... Aquél que sueña así – y todos los po- seedores de fondos públicos deben soñar – percibe rostros des- esperados bajo el hundimiento de sus esperanzas; tiene ante sí el espectáculo de los dolores mudos y resignados; oye los llantos y gritos desesperados, y una voz vengativa prorrumpe entre las demás para gritarle que él es el maldito de la ciudad. Ser el maldito del país natal es el castigo más terrible que pueda caer sobre un hombre.
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    235 Se recordará durantemucho tiempo en Saint-Cyprien la profunda impresión que causa la ruina del Sr. Parent. Cayó un fulminante rayo, pero con la diferencia de que no solo las altas cimas fueron alcanzadas. Los clientes del notario habían tenido una confianza ilimitada en su probidad, y Prosper se había dicho que a base de trabajo y ahorros llegaría a reparar la brecha enorme hecha a su fortuna. Había aceptado sumas de las más modestas bolsas, y, como pagaba regularmente los intereses, los campesinos, obreros, criados e incluso las viejas sirvientas, to- das personas de bajos ingresos y muy modestas rogaban al nota- rio que aceptase sus escasos ahorros. Al final, el Sr. Parent se vio desbordado. Tras haber paga- do todas las deudas de Rosette, tras haber retirado todas las le- tras suscritas por su mujer, su crédito se agotó y acogió fríamen- te la muerte. Era un sábado y día de feria. La víspera por la tarde, un zapatero, de nombre Buisson, había ido al estudio en uniforme de trabajo y se había sentado en un banco que daba frente a la biblioteca mientras el Sr. Parent ordenaba unos registros. –¿Qué desea, Buisson? – preguntó el notario. –Desearía decirle algo en privado. – comenzó Buisson rascándose la cabeza, como si dudase hablar ante Clapier. –Bien… pasemos a mi despacho. El hombre adoptó modales afectuosos: su voz grave se había endulzado ante la tranquila mirada del notario y confesaba humildemente que se arrepentía de haber ido. –Es lo siguiente. Se ha corrido el rumor de que está usted en bancarrota… Parent no tuvo ni un sobresalto. –¿No responde?... No he debido hablarle así… Mi esposa no quería dejarme venir… Ha sido más fuerte que yo… Esos seis mil francos, mire usted, es toda nuestra pequeña fortuna… Miento… Hay todavía ochocientos francos de los ahorros de la casa… ¡Oh! yo sabía que usted era un buen hombre, valiente, animoso, incapaz de engañar a alma viviente… Usted no quisie-
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    236 ra ver morirde hambre a mi Etiennette y a nuestros pequeños… ¡Pobrecillos!... El mayor tiene la edad de su Andrée… El notario tomó las manos de Buisson: –Escuche. Le han engañado… No estoy tan cerca de la ruina como dicen… Pero tal vez me haya equivocado en guardar en caja demasiado dinero… Voy a entregarle sus seis mil fran- cos, eso me hará un favor… Hablaba con la garganta oprimida, desviando su mirada que no sabía mentir. –Claro que no… claro que no – decía el zapatero… – Ahora estoy tranquilo, muy tranquilo… –Insisto… Por lo demás ya no quiero admitir más depósi- tos… No nos está permitido a los notarios hacer de banco… Le ruego que acepte su dinero… –¿Yo?... No… Al contrario, tengo aquí mis ochocientos francos y va usted a añadirlos a los seis mil. Y el zapatero, que acababa de tomar asiento en una silla, depositó sobre sus rodillas unos rollos de billetes. Contaba las monedas de cinco francos y de dos francos alineándolas por pilas sobre un rincón de la chimenea: –¿Así que la bancarrota?... vamos pues… montón de cana- llas… el primero que me repita esa difamación le rompo la boca. Prosper permanecía con los brazos cruzados ante el zapa- tero y trataba de luchar contra la emoción que lo embargaba. Se preguntaba si la suma de seis mil francos todavía se encontraría en el estudio…. Pero pagar a este supondría robar a los demás… Al menos no tomaría más dinero, era bien sencillo… Buisson continuaba: –Aquí…un, dos, tres, cuatro, cinco… luego los dos bille- tes… uno y dos…uno… ocho cientos… exacto… –No lo acepto. –¿Lo rechaza? –Sí. –¿Pero por qué, misericordia divina?... Es dinero bien ga- nado!... ¡Ah! se necesitan muchos remiendos… ¡Condenación! uno se levanta por la mañana y trabaja hasta bajo la luz de la
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    237 lámpara… Mi pobreEtiennette ha bordado y rebordado zapatos y zuecos… incluso le ha producido una tos… Tome… tome señor Parent… –No… no… he dicho que no… –Si usted no lo quiere se lo prestaré a mi cuñado que me los pide hace ocho días… Pero hubiese preferido… –Eso es, présteselos a Grosgurain, al hermano de su espo- sa… Es un muchacho honrado… eso le hará un favor… –Siempre le estaré agradecido… Usted salva a la fami- lia… El hombre recogió su dinero: –Qué estúpido he sido, Dios mío… La gente es tan malva- da…. ¿El Sr. Prosper, arruinado?... En el nombre de Dios, qué no lo repitan ante mí… Eran las tres. De la plaza ascendían los gritos de los ven- dedores ambulantes, los redobles de tambor, las mil voces que se confundían en un monótono murmullo. El mercado de bueyes estaba casi terminando y los aldeanos bajaban por la calle de los Leones Rampantes, conduciendo corderos asustados que entra- ban desordenadamente en los establos del Carro de oro. Las campesinas regresaban a sus casas con las faldas ondeando y aire alegre contando los centavos obtenidos con la venta de las gallinas y los huevos. Bérias y Jeannetton ya habían marchado. De repente, a algunos pasos de la fuente de la Cahue, se produjo una aglomeración y un clamor pasó por la ciudad. El zapatero Buisson gesticulaba, aturdido en medio de la plaza. –¡Maldito!... ¡miserable!... Esta mañana aún… estamos arruinados, Dios mío, Dios mío… –¿Qué ha ocurrido? – se preguntaba por todas partes. –¡El notario está en bancarrota!... Buisson acababa de saber la terrible noticia por paisanos que habían acudido en masa a reclamar sus depósitos y sus títu- los.
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    238 Se oían losagudos sonidos que salían del pecho de las mu- jeres estranguladas por la catástrofe; algunos aldeanos levanta- ban en el aire sus bastones de acebo; pero la multitud permanec- ía todavía silenciosa. No hizo falta más que la llegada de una decena de hombres que habían encontrado la puerta del estudio atrancada para disipar toda esperanza. Fue como un reguero de pólvora encendida, los rostros se iluminaron y los sollozos aho- gados estallaron por todas partes. Cada uno se decía que era la ruina… ¿Y las ventas?... ¿Y los contratos? ¿Y los testamentos? Se hablaba de malversaciones, se gritaba, se lloraba y la muche- dumbre se atropellaba en la plaza pública. Cuando la tormenta amenaza y un sol de fuego cae sobre un recinto ferial, sucede a veces que los bueyes son presa de una especie de furiosa locura. Los compradores pasan, tantean a los animales que se de- jan hacer, dirigiéndoles dulces palabras. –¡Bravo Billia!... ¡Pobre Chabrô!... Las bestias sacuden la testuz ante esas llamadas bien com- prendidas. Pero, bruscamente, el cielo se vuelve más negro, el sol muerde con más fuerza. Un buey se ha girado: golpea con la pata, sigue golpeando. En vano su amo trata de calmarle aflautando la voz: –Shoooo, Billia… shooooo, Billia… El animal se revuelve; su pelaje se eriza; su hocico está inundado por una blanca espuma; se estremece como si una pun- ta de acero se hundiese en sus carnes; su cuello se hincha; gira unos ojos inyectados en sangre y realiza mil esfuerzos para des- prenderse del yugo que le ata a su compañero. Su pezuña, que continúa levantando tierra, está ensangren- tada. Luego, un sordo mugido al que responde un cúmulo de clamores. El sonido repercute y encuentra un eco hasta en los rediles más alejados. Se intenta liberar al animal. Vano esfuerzo. El compañero también presenta veleidades de rebelión.
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    239 Es entonces cuandola danza comienza en medio de los gruñidos de los truenos. El primer buey ha roto su yugo; arrastra tras él largas co- rreas de cuero que frenan su marcha. Corre perdidamente en medio de las filas todavía tranquilas; cornea a los otros bueyes y estos se vuelven violentamente contra el agresor. Un hombre valiente se ha puesto tras él para detenerlo en su loca carrera. El animal voltea al hombre hasta que el desgraciado cae bajo las pezuñas asesinas, impotente, a veces destrozado. El pánico está en todo su furor. Los bastones se levantan, las voces estallan. Todos los bueyes están en danza: ¡Billia!... ¡Chabrô!... ¡Gran Rojo!... ¡Poumeui!... Los rayos iluminan la negra confusión y el trueno domina todo ese ruido. El implacable sol introduce plomo fundido en las venas de los enloquecidos bueyes; los hocicos vomitan vapores ardientes; los ojos ven rojo. Todo el redil danza y danza… Las cuerdas rompen; los yugos quiebran; la cálida tierra se eleva en forma de polvo cegador; los cuernos se hunden en las costillas o se aten- úan bajo los bastonazos de los hombres perdidos entre el rebaño. La tierra está roja de sangre y sudor, y el sol, – el gran sol ful- mina con sus llamas todos esos enormes ojos de bestias. Los viejos aldeanos – aquellos que ya han visto la cosa – se precipitan imitando con sus brazos el movimiento de las olas. Esta especie de vaivén da alguna vez razón de los pánicos. Na- die hace nada. Las mujeres aterradas descienden de los taludes, y la masa humana que se ha formado en el camino vecino del campo de la feria tiende hacia el cielo las manos suplicantes. Se advierte el padre cuyo cuerpo está tirado en el suelo, y el Billia, tan dócil la víspera, tiene una pata sobre el pecho de su amo; más allá, el hermano mayor que, solo, con el varal en la mano, puede hacer frente a tres luchadores… Sucumbe; por hoy, la bestia domina al hombre.
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    240 La danza continúa…los mugidos se prolongan; un buey se rompe la testuz contra un árbol; otro salta las barreras y las destroza bajo su peso… Por todas partes se han juntado armas para tratar de liberar a las víctimas. Pero los animales no temen nada. Se han arranca- do los ejes de las carretas amontonadas a lo largo de los caminos y los muchachos más audaces se precipitan hacia delante. Los bueyes reculan para volver a embestir, irritados, insaciables, masacrando con sus patas el cuerpo del amo que los ha cuidado con amor. Van, van, destruyendo todo a su paso. Vas, van, los bueyes rabiosos; tienen el sol para ellos y se burlan de los enormes golpes de garrote que llueven sobre ellos copiosamente como un granizo; van, hasta que la tormenta esta- lla y una lluvia torrencial pone término a ese espantoso fre- nesí… Es la ruina de los paisanos, es el sol de fuego del campo de la feria. Unas ventanas se abrían desde todos los puntos de la plaza ante la masa de hombres conducida por el zapatero Buisson: –¡Muerte al miserable!... ¡Muerte! Una lluvia de piedras se abatió sobre las ventanas de la ca- sa Parent y unas manos callosas sacudieron la puerta de hierro que mostraba entrelazadas las iniciales de los esposos. En un café vecino del estudio de Parent, unos jóvenes de la ciudad comentaban fríamente la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Moulineau, sentado delante de la ventana, con un taco de billar entre las piernas, el cigarrillo en los dientes, conta- ba bromas de Rosette y del diputado. En mitad de la calle, unas mujeres excitaban a sus mari- dos. –El notario no podía habérselo llevado todo; tal vez tuvie- se aún algo que pudiese devolver. Por fin se escuchó como un sordo gruñido y la puerta ce- dió bajo el empuje de los paisanos. Los más atrevidos entraron en el estudio.
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    241 El Sr. Parentestaba de pie; iba a entregarse a los furiosos paisanos cuando una mano le empujó violentamente hacia atrás. Perdió el equilibrio diciendo: –Podéis matarme… Matadme, os lo suplico. Una voz gritó: –Voy a aplastarte… Y un aldeano, más grande y más fuerte que los demás, tomó la cabeza de la revuelta. Era un coloso, un luchador de feria, el molinero de Lamè- te. Los asiduos del café que se habían amontonado en las ven- tanas, no parecieron especialmente conmovidos. Entonces pudo verse al viejo Clapier armado de un fusil de caza que acababa de descolgar de la panoplia de la chimenea; era la mano del pasante la que había apartado al notario y lo había obligado a abandonar el lugar. Él, el viejo, que había ser- vido bajo el Sr. Boulestan y bajo el Sr. Cournet sin sentir un solo día la cólera, se levantó por fin y jamás pareció tan grande: –Retiraos o tumbo a dos. –¡A muerte! ¡A muerte a quien nos ha llevado a la ruina!... –Os juro que voy a aplastarle – gruñó el coloso. Clapier habló entonces con voz firme y la mirada en lo al- to: –Al primero que dé un paso más lo mato como a un perro. Sonó como amartillaba el fusil. El molinero retrocedió. Y el hombre, empujando todavía a Prosper que quería arrancarle su arma, permaneció allí, con los dientes apretados y los ojos fijos dispuesto a hacer fuego. –¡Parent, eres un ladrón! –¡Eres un miserable! –Por tu culpa nuestros hijos van a mendigar. –¡Oh! por piedad… ¡matadme!… Se produjo un movimiento. La gendarmería llegaba a ca- ballo bajo las órdenes de su lugarteniente, precedida por el al- calde Sr. Lérie, el sucesor del Sr. Loudois.
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    242 –Insto a losbuenos ciudadanos a que se retiren. –¡A muerte!... – exclamó Buisson. El comisario puso la mano sobre el hombro del zapatero: –Lo arresto en nombre de la ley. –No, no – decía Parent – es a mí a quien hay que arres- tar… Déjeme morir… déjeme morir… La muchedumbre se retiró. –Ahora, señor, – dijo el comisario – he aquí un mandato de detención del juez de instrucción… Venga conmigo… Clapier, con la cabeza descubierta, fiel como un perro, si- guió a su jefe hasta la prisión, escoltado por una nube de chiqui- llos a quienes todo ese ruido divertía enormemente. La prisión estaba situada al lado de la comisaría. Se con- dujo a Parent a un cuarto con rejas que daba a un gran patio ro- deado de muros blancos. Cuando se sintió allí completamente solo recordó que tenía una hija… Trató de levantarse, luego abrió sus grandes ojos y volvió a caer. Por la noche, el juez de paz fue a verlo: –¿Usted me estrecha las manos? –Sí, y de muy buen grado, mi pobre muchacho… Hablaron en voz baja mientras el carcelero se paseaba gravemente por el corredor. –¿Cuál es su pasivo? –Más de doscientos mil francos… Cuando Rosette se marchó estábamos así… Los intereses han absorbido todos mis ahorros… todos mis honorarios… Me ocultaba de usted… Mentía… ¡Oh! ¡estoy perdido!... –No. –¿Cómo? –Mi esposa y yo venderemos todo si es necesario. –No puedo aceptar… –¿Acaso rechacé su ayuda cuando mi caballo me arrastra- ba contra la pared de la calle?... Esta mañana, el juez de instruc- ción me ha hecho llamar. He suplicado, he llorado… Ha estado obligado a cumplir la ley… Pero detendremos el asunto… tengo
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    243 unos valores encartera… Es mi mujer quien me envía aquí… Usted es nuestro heredero… –No… no… –Yo digo que sí… Por la mañana, en la Croix-du-Jarry, algunos aldeanos que herraban sus bueyes conversaban en la forja de Pierre acerca de la catástrofe de la víspera. El herrero, en mangas de camisa, re- movía en el horno los hierros al rojo que iluminaban el taller. –No me dan pena – decía Pierre…–yo ya lo sabía… La muy zorrona siempre ha llevado los pantalones y le ha puesto un buen par de cuernos… Afortunadamente nosotros no teníamos allí nada. Y qué aires de importancia se daban en la boda… Ca- nallas… –Si hubieses visto a Bérias, ayer por la tarde, no hablarías así… Lloraba como una mujer… –A mí no me enternecen las lágrimas – respondió el herre- ro acercándose al yunque – y la pájara merecería que se le pasa- se este hierro candente por las pantorrillas. Pierre echó una ojeada a la Casa-Blanca: –¡Ah! duermen… qué se den a la buena vida… acabarán muertos de hambre, y yo antes que a ellos daría de comer a un perro rabioso… –Eres mezquino, Pierre, y eso no te reportará nada bueno– exclamó el gran Jeandinet… – Tú sabes perfectamente que si François no va a los campos este mañana es porque tiene ver- güenza a salir… –Ta, ta, ta, esas son tonterías… No me gustan los lloro- nes… Después de todo no tengo porque ocuparme de esas per- sonas… Ya no forman parte de mi familia… El herrero retornaba el hierro al yunque: su ayudante gol- peaba con el martillo. –Trabajé toda mi vida y me burlo de los que se arruinan… Mi hermano es un asno y un orgulloso; y si no tiene nada que llevarse a la boca no seré yo quien le dé pan… Con todo eso, la Rosette gana oro por las calles de París y la Andrée va siempre peripuesta como una princesa… Nosotros somos gente sencilla,
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    244 trabajadores; cuando loshijos tengan edad se pondrán a la ta- rea… Mientras tanto nos burlamos de los demás… –Pierre, tienes un mal corazón – dijo el Sr. Gringet, el más anciano del pueblo. –¿Un mal corazón?... tonterías… –Sí, un mal corazón… y no sé lo que me detiene para no irme con mi conversación a otra parte… El Sr. Gringet era un buen cliente; el herraje de sus anima- les y las reparaciones de sus carretas reportaban, año malo o año bueno, diez pistolas al herrero, sin contar un saco de trigo de gran tamaño. Pierre se dulcificó. –¡Oh! usted no haría eso, mi buen señor Gringet… –Sí, y desde esta tarde me dirás lo que te debo… ¡Léo- nard, lleva los bueyes! Se te ha visto ayer como un vulgar gam- berro excitando a la multitud contra el notario… –¿A mí? –Te digo que no vales nada. –Después de todo ya estaba harto de sus lecciones, viejo tacaño. –Está bien; pero ten cuidado… Si vuelves a azuzar a los vecinos contra tu hermano te hago detener por la gendarmería… El procurador general está advertido… Al pasar delante de la puerta de los Bérias, cerrado como un día de duelo, a Gringet se le encogió el corazón. Era allí don- de había pasado tan buenas veladas jugando a las cartas con los vecinos. ¡Ah! los encontraba sin duda un poco orgullosos, los Gran-Cartera, pero siendo él también un aldeano enriquecido, tenía un respeto saludable por aquellos que habían ganado su sustento bajo las mordeduras del sol. Muy a menudo había acon- sejado a François a reducir los gustos desordenados de Rosette: Bérias era de su opinión; era con la madre Jeanneton con la que tenía interminables discusiones. Él tenía un sobrino, un cultiva- dor, que hubiese sido feliz casándose con Rosette; cuando les planteó la cuestión del matrimonio, Jeanneton lo detuvo en seco.
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    245 Era la historiadel hijo de Pitois que le volvían a propo- ner… A este mundo se venía para ascender de posición… Todo eso eran locuras, pensaba Gringet; y mientras Léo- nard, su criado en la granja, tiraba de los bueyes que se atasca- ban en los matorrales del camino, él miraba la casa du su sobri- no Louis Baudru. Su sobrina, una muchacha de mejillas sonro- sadas, erguida como un roble, sólida como una catedral, se man- tenía en el umbral roedada de las gallinas que picoteaban las hojas de verdura y se disputaban los granos de maíz que la joven aldeana les arrojaba con llamadas de inmediato comprendidas por las aves. –Buenos días, tío. –Adiós, hijita… ¿y Louis? –Después de levantarse ha ido a la finca de los Brennes. ¿Si quiere mandarle alguna cosa? –No, Toinette… ¿Sabes la noticia? –Sí… estaba en el mercado… –¡Pobre gente!... –No me hable… La madre Jeanneton todavía no ha abierto su puerta… Tengo miedo de una desgracia… Muy cerca de la Mare-aux-Herves, el tío Gringet se en- contró con el Sr. Faure, que regresaba de una venta de Lamète y que regresando a su casa se había enterado de la desgracia del Sr. Parent. –¡François!... –Mire usted, la casa está cerrada… –Lo dejo… ¡Qué desgracia!... ¡Dios mío!... ¡qué desgra- cia!... El Sr. Faure penetró en la Casa-Blanca. Ante la chimenea apagada, los dos aldeanos parecían dor- mir. –Sr. Faure…–murmuró Jeanneton, apenas atreviéndose a mirar al negociante de bienes. –¡Eh! sí, soy yo… Hubiese venido antes… Pero estaba au- sente… No sabía…
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    246 –¡Ah! todo sesabe demasiado pronto – suspiró François sacudiendo la cabeza. –Tengo una buena noticia… –¿Qué ocurre? –El Sr. Cournet. –¿Y bien? –El Sr. Cournet va a pagar a los acreedores… –¿Y con qué?... él no tiene nada de nada… –Sí… El Sr. Cournet tiene su fortuna… –No se puede aceptar eso – dijo Jeanneton, – el desdicha- do se arruinaría… Doscientos mil francos… –Doscientos mil francos – repitió François – La quiebra es de doscientos mil francos… ¡Ah! ¡pájara! ¡maldito sea el día en que nació!... –François… –Es cierto, tengo razón. ¡De qué sirven ahora los lamen- tos!... ¿De modo que usted dice que el Sr. Cournet quiere pa- gar?... –Sí… Prosper es su hijo adoptivo… –Sin duda, pero… Bérias se interrumpió, y luego se levantó: –Es bueno eso… ¡Sí! el Sr. Cournet es un hombre digno… Pues bien, nosotros también ayudaremos a pagar a los acreedo- res… Somos viejos, tanto peor… Hemos entregado nuestro su- dor al sol, pero seguiremos trabajando… Se venderá… Los Ri- beau comprarán la finca de los Oseraies… Los Pichou tendrán los Borderages… Pero el Sr. Parent no irá a prisión… Si hay que volver a ser mozo de granja volveré a la Tremblade… El hijo de la casa no me golpeará más de lo que lo ha hecho su padre du- rante diez años… ¡Ah! sí… pero la chiquilla… La niña dormía en la cama de cortinajes rojos de la coci- na… –No hay madre que abandone así a una hija… – dijo tris- temente Bérias. –¿Rosette?... no he querido decírselo, pero ha enviado veinticinco mil francos a Prosper…
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    247 –Y Prosper… –Su yernoha rechazado la suma. –Ha actuado bien… No ha tomado el dinero del des- honor… Por desgracia hemos sido nosotros los que hemos hecho todo el daño… nosotros y ese bribón de Loudois que vive ahora tan tranquilo en Niza… ¡Ah! ella se divierte con nuestro diputado… ¡Qué venga ahora a pedirme mi voto: lo sorprenderé. Señor Faure, es usted un gran hombre… El Sr. Cournet tam- bién… Usted vale más que yo… –François, no llore más… No es necesario que los veci- nos… –¡Ah! sí, los vecinos… Mi hermano… –Su hermano es un idiota… Ha sido reprendido seriamen- te por el tío Gringet… Al menos es algo… Hablaba tan mal de usted… En fin, no hablemos de eso… Vamos a pagar… se reti- rarán las denuncias… Prosper quedará blanco como la nieve… … Dos meses más tarde, el Sr. Parent era trasladado a los tribunales de Pensol, y, cosa sorprendente, la mayoría de los habitantes de Saint-Cyprien se manifestaban a su favor. Jamás se olvidará en la comarca como la amante de un di- putado, normalmente citada en las causas, se le dispensa a com- parecer gracias a un alto personaje del imperio. A pesar de todo, el notario fue absuelto. Regresó a Saint-Cyprien, y, por un giro extraño de los acontecimientos, la población lo acogió con entu- siasmo. Prosper había sido golpeado de muerte. –Es un mártir – se decía por todas partes. Martir, esa palabra incluso estaba en las excusas con las que se cubría la que había envenenado su vida, haciendo esfuer- zos de memoria para recordar ciertos hechos que daban que pen- sar que Rosette actuaba bajo el imperio de la locura histérica… Gracias al Sr. Cournet, al Sr. Faure y al padre Bérias, to- dos los acreedores cobraron. Un día, Prosper les dijo:
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    248 –Amigos míos, voya dejarles… Soy padre y tengo el de- ber de compensar una vida fracasada. Y hete aquí que después de haber besado a su hija, el Sr. Parent se dirigió a Burdeos y se convirtió en el primer pasante del notario Jules de l’Étang. La noche de la marcha de su padre, Andrée que se acorda- ba de lo que había ocurrido con su madre Rosette, creyó que se le quería ocultar una muerte; y mientras el cielo se llenaba de estrellas blancas, la niña volvió su rostro lastimero hacia la igle- sia, y en el lejano murmullo del campo que comenzaba a dormir, escuchó como un triste sonido de campanas.
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    249 XVI Si la señorade Magnac pensaba algunas veces en el hom- bre al que la fatalidad acababa de acercarlo a dos pasos de la cárcel, sin embargo no le perdonaba haber rechazado su ayuda. Desde hacia tiempo Prosper estaba muerto para ella y se decía que desde que se hubiese instalado en el palacete de la avenida de Villiers, ejecutado según las órdenes de su amante, iría a la Croix-du-Jarry a buscar personalmente a su hija. Mientras esperaba, Rosette se erigía en gran rival de las grandes damas de antaño y el moderno palacete de Rambouillet daba asilo a una multitud de poetas en decadencia y de periodis- tas desesperados. Jean Ménard recitó por primera vez allí su balada la «Decadencia de los poetas», Sullick hizo escuchar la «Cantata de las Victorias», el gran escritor Dussol declamó allí un soberbio drama: «Los pesebres de Belén»; y de tanto en cuanto, varios espíritus escépticos se pasaron bajo cuerda los poemas de los exiliados del imperio. Los periodistas escribían unas crónicas encantadoras sobre las recepciones de la señora de Magnac; y si los más fieles deja- ban deslizar subrepticiamente al amante, nunca se habían moles- tado en investigar al marido. No obstante, Rosette no era feliz. Todo ese mundo era fic- ticio y una sorda envidia le corroía el corazón. Pensaba en su primer amante, Georges, perdido para siempre bajo los soleados árboles de Niza y se decía que nunca había amado a nadie como a ese hombre al que todavía amaba. Por lo demás, si el conde de Villemont era siempre afectuoso con ella, sus ardores amorosos se habían mitigado y sabía que su amante se entretenía con actrices de la Ópera y que se había convertido en uno de los asiduos de la señorita Clénery.
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    250 Ella estaba hechade ese modo. Los días de recepción se sentía arrastrada por la vivacidad de las conversaciones, las his- torias de bambalinas, las indiscreciones de los familiares de las Tullerías, y luego, de pronto, ya no escuchaba, ya no hablaba; todo su pensamiento se hundía en la insensata idea que torturaba su corazón y permanecía allí, insensible y muda, deslumbrada como ante un espejo. Amaba a Georges y no desesperaba de volver a conseguir- lo. En la hermosa villa de los Lauriers de Niza, un bebé son- rosado había venido a cimentar la paz del hogar de los esposos Loudois. Vivían felices bajo un cielo eternamente azul. Las tierras de Saint-Cyprien y de las Bastides habían sido arrendadas a unos vecinos, y Georges, dedicado por entero a su Marie, dejaba a su padre el cuidado de velar por sus intereses y no deseaba regresar al país. Realizaban encantadoras excursio- nes a Montecarlo, a Mónaco. Georges adoraba a su esposa, y ni una sombra venía a teñir su vida de dicha. Hacía una bella noche. Georges y Marie se habían sentado en la terraza de arcadas moriscas y observaban los jardines de la villa, los chorros de agua en la sombra y en el verdor, los bos- quecillos de olivos, y a lo lejos el mar brillante. Desde hacía algunos minutos los esposos no hablaban. Parecían sumirse en sus miradas, dulcemente envueltos de esa atmósfera de honesti- dad y de amor que la joven mujer había sabido llevar al desola- do hogar. Marie recordaba los días de verano en los que Georges la llevaba con él muy lejos del campo; el colegial tenía una audacia asombrosa para conquistar la admiración de su prima. Era en esas horas benditas en las que la naturaleza, con su maternal indulgencia, cuenta a las almas que la comprenden el secreto de sus misteriosas armonías; ambos recogían ramas de pinos y flo- res que se colocaban a continuación en grandes jarrones verdes. En la estación de los trigos, cogían juntos espigas largas y abun- dantes barbas; se mezclaban con las grandes hierbas, amapolas,
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    251 margaritas, y contodo eso formaban unos ramos tricolores que se llevaban triunfalmente a la casa. La tía Varennes los creía perdidos. Iba y venía por el pa- tio, por el jardín, llamando a los niños con voz preocupada: ellos se escondían en un rincón, se hacían los muertos, y en el mo- mento en que la tía entristecida se disponía a llamar a un criado, se acercaban dulcemente con sus coronas, y los rizos de la vieja se desparramaban bajo las flores y los sonoros besos. Una vez, la noche los había sorprendido ante la gran cruz de piedra donde los plumeros desplegaban sus blancos pena- chos. Estaban solos. Ante ellos, la ruta que se oscurecía; a su lado, el camino donde los robles del talud adoptaban fantásticas formas. Georges había crecido, y el amor cantaba en su corazón por primera vez; en cuanto a Marie, niña de quince años, com- pletamente inocente, amaba a su primo más que a su bonita mu- ñeca que hablaba sola y que ya comenzaba a ser abandonada por bonitos libros. –¿Recuerdas, George, como me mirabas al besarme: tu co- razón latía; tus ojos despedían brillos… Me apretabas muy fuer- te, tan fuerte que me ponía a temblar… Me preguntaste si me dabas miedo y yo respondí… –Respondiste: Claro que no. Me besaste y te fuiste rien- do… Solo más tarde confesaste que habías tenido miedo… –¡Oh! sí, mucho miedo. –¿Si me acuerdo?... Tenías un vestido azul y un gran som- brero blanco donde habíamos puesto unas guirnaldas de flores; tenías unos botines amarillos como un pequeño cazador, y luego estabas tan bonita… Ahora eres bella… –¿Tú crees? – dijo ella emocionada… – No tengo orgullo, pero me gusta saber que me encuentras bella; ya no tienes ideas perniciosas… –Me has curado para siempre, Marie… Los hombres están locos: huyen de su felicidad. –Es dulce amarse ante la naturaleza dormida… Mira, ab- soluto reposo, las voces se callan, los fuegos se apagan lenta- mente… Todavía queda el aire embalsamado que nos embriaga
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    252 y las estrellasdel buen Dios con sus suaves luces… ¡Oh! te amo, Georges… Háblame, tu voz colma mi corazón de un goce celes- tial… ¡Es tan bueno ser dos y hablar durante tiempo!... –Eres todo inocencia y todo gracia, mi bien amada… ¡te amo! –¡Oh! soy feliz… Al día siguiente de esta velada, Georges Loudois recibió una carta de Rosette. La condesa de Magnac le contaba que des- de su marcha no vivía. Al principio, para aturdirse, se había arrojado en las fiestas mundanas; pero, harta de todo, volvía a ser la amante de antaño… Adoraba a su Georges… Que fuese a París. Ella no lo retendría durante mucho tiempo, pero quería verlo por última vez, tomarlo entre sus brazos y embriagarlo todavía con su amor de mujer enferma, teniendo quizá horror de su pasión, pero impotente para dominarla. Georges volvía a leer la carta que acababan de entregarle mientras el sol inundaba con su luz la villa de los Lauriers. Le parecía que cada palabra de la carta le inflamaba el corazón; era ahora la penetrante voz de Rosette que murmuraba a su oído, y la conversación de la víspera ya se había desvanecido… Escu- chaba las voluptuosas llamadas de su amante y volvía a recrear las escenas de Saint-Cyprien; allá, bajo el cenador, el cielo era azul, el jazmín fragante, las enredaderas estaban floridas; los insectos dorados zumbaban en el aire cálido… Todo cantaba amor, un amor violento, irritado, caótico, estúpido, donde los corazones, atraídos por misteriosas afinidades, latían hasta rom- perse, donde las carnes se estremecían, donde se deseaba hasta morir, luego una suprema lasitud en un delirio de espasmos y goces comprados a precio de sangre y horas de vida. Agitado, febril, caminando a grandes pasos sobre la terraza, ya no veía… ya no escuchaba… Permanecía deslumbrado, y su corazón brin- caba bajo los efluvios amorosos… La visión estaba allí… Los ojos de la mujer amada se volvían más dulces, la boca más húmeda y más rosada… Era como un abrazo infernal que lo oprimía hasta hacerle gritar. –¿Georges?... – dijo una voz temblorosa.
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    253 –¡Marie!... ¡Ah! perdón…No sé donde tengo la cabeza… un asunto urgente me llama en París… Soy barbista2 … Me debo a los barbistas… Jules Marcklay de Saint-Pardoux me necesi- ta… Es imprescindible… –¿No me engañas?... – murmuró la joven mujer con súbito sonrojo. –¿Yo?... no… ¿Por qué crees que te engaño?... Marcklay, el amigo Marcklay…un compañero… Pero, ¡tú lo conoces! Lo hemos encontrado en Nápoles… visitando el palacio de los pa- pas. –¿Un duelo, tal vez? –No, querida… una cuestión de dinero… Jules ha perdido mucho en la Bolsa. Vamos, tengo tiempo; el tren sale a las cua- tro. No puedo abandonar a un camarada de escuela, a un ami- go… –¿Georges?... –Te lo ruego, Marie. –Está bien. –¡Dios mío! qué niña eres. Estaré de vuelta el jueves por la mañana a más tardar. Voy a solucionar este asunto; es bueno hacer favores. Volveré más cariñoso todavía, querida. –¿De verdad? –De verdad. –Deja que te bese. Tendió su frente y su cuerpo se plegó con una gracia ex- quisita. –Otra vez… sobre la orejita rosa, ahí. ¿Ves como te quie- ro?… ¿Dónde está Nanette, que te bese el pequeño?... Se pru- dente, Georges; si me engañases, moriría… En París, Loudois se hizo conducir al hotel de las Colo- nias. 2 Los barbistas son los ex alumnos del colegio Saint-Barbe de París. (Nota del T.)
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    254 La señora deMagnac había hecho todo lo posible para re- servar el mismo apartamento que habían ocupado por primera vez; y en esa habitación de hotel cuyas paredes, bajo los cuida- dos de Rosette, desaparecían bajo enormes ramos de camelias y rosas, siempre se encontraba la presencia de la mujer amada que tomaba a Georges. Rosette lo esperaba. En el hotel nada había cambiado. Siempre la señorita sen- tada en su kiosco de cristal; las mismas estatuas en medio del patio, los mismos árboles verdes en la sombra, las mismas luces de gas iluminando el rocío del chorro de agua… Y sin embargo, cuantos sucesos habían acontecido en la vida de la joven mujer… Rosette había acudido en vestido sencillo negro, con un sombrero oscuro con cintas de muaré anudadas alrededor del cuello. Sus cabellos estaban separados por una raya perfecta- mente recta en medio de la cabeza: una verdadera burguesa fres- ca y sonrosada. Su incipiente gordura había desaparecido; su orgullo se había ido, y para su Georges se convertía en la mujer de antaño, con su mirada plena de dulces llamas y sus labios mojados donde, según la expresión de uno de sus admiradores con singular lenguaje, el periodista-poeta Sr. Ballande, « sus dientes brillaban como perlas de luz en el fondo del cáliz de las rosas ». Había recuperado su dulce voz que tanto atraía a las tórtolas de la jaula verde perdida en la sombra del cenador de Saint-Cyprien; todo ese revoltijo de expresiones mundanas, de gestos estudiados, con los que había saturado su memoria, des- aparecía como por encanto; se dejaba vivir. –Habla otra vez, mi Rosette, como lo hacías antaño cuan- do me contabas cosas dulces… Ya lo sabes… en mi habita- ción… ¡Oh! quiero quedar contigo… siempre… siempre… –No, Georges. –Pero él, Berck… tú no lo amas… –No. –¿Entonces?
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    255 –No quiero sertu desgracia… tu esposa me maldice… Mi marido está arruinado por mi culpa. ¡Estoy condenada!... –Rosette… –Es así, Georges; la vida es un continuo suplicio… Quería olvidarte entre fiestas y orgías… Por desgracia, ¡pobre loca!, he visto poderosos príncipes a mis pies y en lugar de amor he sen- tido nauseas… Berck me horroriza cuando me toca con sus ma- nos manchadas por el contacto de mujeres infames… Las intri- gas de la política, las bajezas, las mentiras, las mediocridades, las ignominias… todo eso me divierte y me dan ganas de reír… Ha llegado la hora en la que me he sentido agobiada… Tenía necesidad de verte… –¡Querida Rosette!... –¡Ah!... si no me hubiese creído bastante fuerte para resis- tir al deseo de conservarte mucho tiempo no te hubiese llama- do… ¿Acaso es culpa mía si hago daño? Estoy enferma… en- ferma desde la infancia… Un remordimiento cruel me desga- rra… Vuelvo a ver nuestros primeros años… Prosper me cree completamente suya… Mi hija descansa en su cunita riendo… Yo hablo del futuro con mi anciano padre… entonces, una idea loca provoca un incendio en mi cerebro… Quiero luchar… no puedo… Y es así desde el comienzo de mi vida… Mis sueños se pueblan de imágenes decentes y luego todo ese horizonte dorado se desvanece… y tengo miedo… tengo miedo… Pobre cabeza… Fíjate bien, Georges, tu Rosette está condenada… El mal, siem- pre el mal… ¡Oh! llevo la desgracia a todo lo que amo… Escu- cha: Os veía allá, los dos sentados en la sombra, meciéndoos con dulces palabras de amor… Era por la noche… todo estaba tran- quilo… Os amabais… Llegué yo y os arranqué las almas… Me parecía que tu voz murmuraba en mi oído, adorado mío… Ya no tengo conciencia de mis actos… No, no, no sería tan desprecia- ble… La alegría de los demás me hace daño… Es que estoy enferma… Rosette volvió varias veces al hotel, y luego obligó a su amante a regresar a Niza: –Volverás… No quiero que tu mujercita muera de pena…
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    256 Georges no regresóa París. Y si las cartas de Rosette que- daron sin respuesta, fue porque habían contado a Loudois la historia del príncipe de Alemania. Tenía vergüenza de sí mismo; enrojecía por haber sacrificado su dicha a una aventurera de la que los ecos de París cantaban su escandalosa vida, una mujer perdida de la que más tarde se sospecharía que había sido una espía a sueldo de Prusia. Marie escuchaba la confesión del enfermo y no perdía del todo la esperanza. De nuevo, la señora de Magnac asombró Paris por su au- dacia y desenfreno. Él volvió a la realidad. Era el día de la declaración de guerra a Prusia. Mientras la muchedumbre, tomada por la fiebre patriótica, se agolpaba en el palacio del Congreso, un cupé con capota azul hizo su entrada entre la oleada humana. Apareció Rosette. Entre los corredores la agitación era ex- trema; los senadores pasaban con la cabeza descubierta, exalta- dos. Kuppler y de la Guéronnais se dirigieron al encuentro de la señora de Magnac. –La guerra; es la guerra con Prusia… La sesión fue levantada a los gritos de «Viva el emperador » y los familiares de la calle Saint-Honoré se apresuraron a lle- var la noticia a la dama, a la que una súbita indisposición había obligado a abandonar la sala. Kuppler llegó en frac, con el cue- llo atravesado por el cordón de comandante de la legión de honor; estaba deslumbrante; su mirada tenía tintes salvajes. Co- mo miembro del buró, se le había encargado redactar un mani- fiesto para el emperador, y desplegaba solemnemente un papel lleno de trazos: –Pero lea. – dijo Rosette impacientada. El senador sacó pecho:
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    257 –Esta noche partimospara Saint-Cloud; seremos recibidos por el emperador y su augusta familia y yo he sido encargado de dirigirles la palabra. Escuche: « Gracias a sus desvelos, sir, Francia está lista…» –Cree usted eso – interrumpió la señora de Magnac… –Sin duda… antes de tres días, seiscientos mil hombres es- tarán en la frontera… La dama sonrió. Entonces, los hombres que más se irrita- ban con ella la consideraban una casquivana y mala francesa. –Continúe Kuppler… –Comienzo: « Gracias a sus desvelos, sir, Francia está lista. Que el em- perador retome con un justo orgullo y una noble confianza la jefatura de sus legiones; que conduzca sobre los campos de bata- lla a la élite de esta gran nación...» Kuppler engoló la voz: « Si ha llegado la hora de los peligros, la hora de la victo- ria está próxima. Pronto, la patria agradecida concederá a sus hijos los honores del triunfo; pronto la Alemania liberada de la dominación que la oprime, obtenida la paz para Europa por la gloria de nuestras armas, Su Majestad que, hace dos meses, re- cibía para ella y para su dinastía una nueva fuerza de la volun- tad nacional, Su Majestad se volcará de nuevo en esa gran obra de mejoras y de reformas cuya realización, – Francia lo sabe y el genio del emperador se lo garantiza – no sufrirá más demora que el tiempo necesario para vencer. ¡Viva Francia! ¡Viva el empe- rador!» –¡Bravo! – exclamó Villemont;– senador Kuppler, es ad- mirable. Los dos hombres se estrecharon las manos mientras Roset- te los contemplaba con una sonrisa sardónica: –¿No aplaude, señora? – preguntó de la Guèronnais. –No aplaudo la ruina de mi país… Y añadió en voz baja: –Debería haber seguido al príncipe a Alemania.
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    258 Las bromas recomenzaronsobre la mala patriota, sobre la pesimista. Desde algunos meses, el viejo Kuppler sabía a qué atener- se respecto a la supuesta señora de Magnac. Una noche de juerga, Berk se había confiado al senador y éste ya no se molestaba. –Vamos, mi pequeño Berck, es magnífico; el ataque va a comenzar… una cuestión resuelta en tres semanas… Obligare- mos al príncipe René a abrirnos su bodega… Fíjese, no es más difícil que esto. La Guèronnais, en guardia, uno, dos… Es usted el prusiano; ¡en guardia, en guardia! Una… dos… Ulano… ula- no… ulano… Y Kuppler golpeaba violentamente el pecho de su colega, bajándose y subiendo con una agilidad extraordinaria para su edad. –En guardia, la Guèronnais… A mí Alsacia… uno… dos… Está muerto… ¡Viva el emperador!... ¡viva el empera- dor!... Los hombres reían a carcajadas, mientras que desde la ca- lle se oía ¡A berlin! ¡a Berlin!... y la multitud estremecida seguía las sombras de las blusas blancas y se confundía en una gigan- tesca algarabía. Sobre los bulevares, los gritos pasaban desgarrados, frené- ticos: «¡Abajo Prusia! ¡Abajo Prusia! ¡Viva el Emperador!»... De pronto, del Palacio Real se elevó un inmenso clamor y el pueblo febril entonó la Marsellesa… … –Y bien, ¿qué decides, querida? – preguntó Villemont…– La guerra es cuestión de tres semanas y en última instancia, podrías quedar en París. –No, marcho… Voy a ver a mi hija… –Nos volveremos a ver después de la victoria… Y cuando regreses, tu Villemont estará condecorado… Es bueno ser con- decorado en el campo de batalla; festejaremos mi cruz en nues- tro palacete de la avenida Villiers.
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    259 El conde deVillemont bajó y se mezcló con la multitud. Toda la noche París estuvo enfebrecida, y el pueblo, ese gran pueblo, dulce león irritado, se dejó llevar por esa embria- guez que iba a enardecer toda Francia.
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    260 XVII Rosette había llegadoa Thaviat. Al no querer esperar al transporte público que partía solamente a las cinco de la tarde, se hizo conducir a la Croix-du-Jarry en un pobre carricoche de un relojero ambulante. Sus numerosas maletas quedaron en la estación, y uno de los empleados prometió entregárselas a un carretero que hacía servicios de mensajería. Daba pena verla así en su bello vestido de viaje cubierta de un cubre polvo de seda gris, con su sombrero adornado de encajes y rosas, sus guantes claros abotonados en lo alto, ex- puesta a los vaivenes del coche cuyos ejes chirriaban a cada em- puje. El camino era blanco y polvoriento, y los sauces se veían muy frondosos jugando con los rayos del sol. Era un hermoso día de julio. Más allá de los taludes, las hierbas con color esmeralda se aprestaban brillantes; las amapolas dispersas entre el trigo des- plegaban sus brillos escarlatas, y las mariposas, en traje de fies- ta, pasaban y volvían a pasar en un alegre caos. La dicha se dispersaba por todas partes. Los trigos tenían ondulaciones de olas doradas, los setos surgían verdes entre las sombras y, sobre las laderas, las vides mostraban sus cepas su- cumbiendo bajo las esperanzas. A lo lejos, en la llanura florida, torbellinos de insectos zumbaban, semejantes a manteles de gasa en movimiento; los torbellinos parecían elevarse, subir más y más y perderse en un espejismo de luz. Había en el aire murmu- llos de alas, cantos de amor, como una armonía mística cuya monotonía hacía latir el corazón de Rosette; esta hermosa natu- raleza transportaba sus tristezas, y ella se decía que iba a volver
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    261 a ver asu hija y llevársela para siempre cuando la guerra victo- riosa hiciese resonar los clarines sobre nuestras plazas públicas. Las primeras noticias no eran buenas, pero una victoria haría olvidar todo. En pleno mediodía, los campesinos araban los prados; se escuchaban los golpes del acero sobre la forja en tierra y el olor de la hierba cortada. Las robustas mozas ataban los haces, y los hombres, retrasados por la mala estación de lluvias, iban con alegría al trabajo. Inclinada sobre uno de los lados del carricoche, Rosette escuchaba las voces que se perdían entre los setos de donde se escapaban, al ruido de los cascabeles, vuelos de pájaros con tri- nos y movimiento de alas. El carretero no la conocía. –¿La señora es del país? –¡Oh! sí – dijo ella con un leve embarazo. –Hemos llegado pronto. –Allí. –¿La casa blanca de las contraventanas verdes? –Sí. El hombre no preguntó más. Se introdujeron entre el ramaje de robles que precedía a la casa de los Bérias. Allí era donde, de joven, ella había ido tan risueña los días de vendimia, mientras los pesados carros reple- tos de barriles hacían crujir las piedras del camino y su padre, con voz ruda, conducía los gruesos bueyes jadeantes bajo la car- ga. Ella contaba los robles que bordeaban el talud y le parecía que los árboles habían crecido mucho, que las ramas jamás hab- ían sido tan verdes y que los cantos de los pájaros que la saluda- ban desde las altas ramas jamás habían tenido tanta dulzura. Al borde del camino había una charca donde los nenúfares extend- ían sus hojas de terciopelo. Allí era, donde niña, una auténtica niña salvaje, se miraba apartando las plantas. Después de la charca y precediendo a las grandes praderas, se veía un mantel verde que no se podía cortar a causa del crecimiento de sauces que lo invadían. Era allí donde, ya moza, escuchando los mil
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    262 ruidos de lasoleada pradera, los cantos de los grillos, el murmu- llo de los arroyos, las canciones de las hojas, le gustaba tumbar- se con las manos en la hierba y los ojos dirigidos al cielo azul. Por fin, percibió la casa blanca, la alta chimenea que arro- jaba al cielo una espesa humareda. La viña que la rodeaba con verdores hasta entonces desconocidos y los almendros plantados a lo largo de los muros se curvaban bajo el peso de los frutos. El coche se detuvo. Una figura apareció en la ventana en- tre ramas de viña que entraban como locas sorteando las vigas. –¡Madre!... –¡Rosette!... ¡Mi Rosette! Se abrazaron y permanecieron mudas, mientras el hombre que desenganchaba su jamelgo murmuraba: –¿Su madre?... Su madre nodriza, sin duda… Sobre el umbral de la puerta, Andrée se divertía con unos platitos de estaño que llenaba de arena; era su cenita. La niña miró, vaciló y, como la dama la tomaba en sus brazos, se puso a llorar: –Andrée, mi niña… hija mía… ¿No me reconoces?... –¡Mamá!... –Rosette, aquí está tu padre. –¿Rosette?... ¡oh! no… ¿Ella aquí?... No… no… no… Bérias retrocedió. Ella quiso abrazarle; él la rechazó. –Había jurado matarte – gruñó él con voz sorda. Y luego, como abría los ojos que había ocultado entre sus manos, la vio tan aterrorizada, que se puso a llorar tendiéndole los brazos. Ella se arrojó en ellos con el corazón hinchado por gruesos suspiros… El buen hombre vacilaba… El rozamiento de la seda, el contacto de las joyas y encajes, los perfumes que se desprendían de las prendas de la dama, todo eso lo irritaba por- que le recordaba la espantosa catástrofe. Sin embargo, no encon- traba ni una palabra amarga a pesar del recuerdo de las cosas pasadas y la tristeza de las horas presentes. Se puso a contar que a los primeros clamores de guerra, Prosper se había enrolado.
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    263 Una tarde, alcaer la noche – apenas hacía ocho días – el yerno había ido a la Casa-Blanca con el comandante Blondy. Habían cenado juntos, el juez de paz, el Sr. Faure, el Sr. Gringet, los Mathurin y luego, en los postres, el comandante, brindando por Francia, había anunciado que se llevaba a Prosper al 97 de infantería y que regresarían pronto ambos si no tenían una indigestión de metralla… Rosette escuchaba silenciosa con el corazón encogido. Su madre le ayudó a desprenderse del sombrero, que depositó con cuidado sobre una de las camas de la cocina: –Todavía tienes tu habitación. Y en el momento en que Bérias se dirigía a las cuadras pa- ra dar la avena al caballo del carretero, la madre condujo a Ro- sette a su habitación de soltera. Los cuadros de santos todavía estaban colgados en las pa- redes; los premios de la pensión Castel estaban alineados sobre la chimenea, al lado de labores de la pensionista. Era la misma cama de acajú, las mismas sillas de terciopelo, las mismas corti- nas azules con transparencias blancas, el mismo crucifijo de marfil, el mismo papel decorado de rosas y peonias. Andrée, no atreviéndose aún a aventurarse con su mamá, se colgaba de las faldas de la abuela. Por la noche, la niña fue cubierta de caricias; su madre la desvistió, su mamá, la que olía tan bien y que tenía tantas sortijas y un bonito collar de oro. Andrée se enardeció. Dijo que su papá había llorado mucho dejándoles; que al día siguiente ella lo había buscado por todas partes sin poder encontrarlo y que se lo habían llevado muy lejos de los prados, para que ella no escuchase las campanas… Su papá estaba muerto; pero él haría como su mamá que se decía muerta: regresaría… Uno no moría para siempre… No era co- mo Geor que no había regresado… eso no le afectaba… Era demasiado mayor ahora para montar a caballito sobre el viejo Médor. …Los habitantes de las tierras meridionales, y especial- mente aquellos que fueron tan valientes en Coulmiers, permane-
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    264 cerion insensibles anuestros primeros reveses. Forbach, Reis- choffen… Todavía se esperaba, siempre se esperaba. Pero la fisonomía de las poblaciones alejadas del teatro de la guerra cambió por completo hacia la segunda mitad del mes de agosto. En Saint-Cyprien, la noticia de la derrota de Gravelotte cayó como una bomba. El 97 de infantería había sido masacra- do, el comandante Jules Blondy muerto de un balazo bajo una lluvia de metralla. Esta vez, se había tocado el corazón y casi todos los mozos de la ciudad que se habían enrolado habían se- guido al comandante en su gloriosa muerte.3 Los despachos oficiales llegaban a la subprefectura; y en medio de la plaza pública, Victor Moulineau, subido sobre una piedra, daba conocimiento de ellos al público. La voz del orador se apagaba entre protestas… Se decía que los despachos estaban inventados a placer por los enemigos del emperador y que era imposible que Prusia resistiese. Moulineau abundaba en el sentido popular; hablaba del gran emperador y de nuestros ejércitos tan a menudo victorio- sos: –No… no podemos ser derrotados… Nuestros soldados son invencibles… ¡Viva el emperador!... Pero cierta tarde, todos los rostros se habían ensombreci- do; lloraban sus muertos… Y, como dice un orgulloso patriota: « se estaba serio, lo que es el modo viril de estar triste.» Y ante esa población afligida que saludaba los nombres de aquellos que morían por la patria, Moulineau gritaba con todas sus fuerzas… ¡A Berlin! ¡a Berlín! ¡a Berlín!... ¡Abajo Prusia!... ¡Viva el emperador! 3 En la guerra de 1870-1871, los antiguos alumnos del Instituto de Périgueux que estaban en edad de portar armas se condujeron valientemente. Quince de ellos cayeron en el campo de batalla. El autor es feliz de recordar aquí los nombres de sus queridos camaradas: Albert Coly – Edmond Lacombe – Mau- rice Lacombe (los dos hermanos) Henri de Langlade – Armand Parrot – Émile Rouchard –Gabriel Roussely – Joseph Boursat – Armand Desmaison – Martial Dufour – Joseph Fourgeaud – Yrieix Fricout – Alphonse Jamain – Delphin Marty – de Touchebouef-Beaumontj. (Nota del autor)
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    265 Fue el viejopasante Clapier quien se encargó de llevar la noticia a la Croix-du-Jarry. En el pueblo todo iba mal. La difteria se había abatido so- bre la región: los niños morían como moscas. Andrée estuvo gravemente enferma. Rosette pasó diez noches seguidas a la cabecera de su hija. La que había reinado en París, en medio de los grandes personajes que la adoraban, la que había arrancado el alma a dos seres misericordiosos, volvió a ser la amorosa ma- dre de antaño. Andrée estaba acostada en la habitación de soltera de Rosette. Ella se conformó con una manta; y por la noche, cuando inclinada sobre el lecho de su hija, escuchaba, jadeante, la respiración opresiva del pequeño pecho y le parecía que ella expiaba su vida. La chiquilla entraba en convalecencia, pero la madre había sucumbido bajo los abrazos de una meningitis, cuando se supo la muerte de Parent. Rosette se sentía morir y, una noche, después de una vio- lenta crisis nerviosa, expresó su última voluntad: quería ver a la señora de Georges Loudois antes de dejar este mundo y obtener el perdón de la misma mujer a la que ella había ultrajado. Al principio se dudó en acceder a los ruegos de la enfer- ma; pero Rosette insistió tanto en su demanda, que, sin gran esperanza de éxito, la madre Jeanneton encargó a Clapier escri- bir a la señora Loudois. Andrée miraba a su madre con ojos temerosos: –Papá ha muerto para siempre ahora… Mamá, ¿me querrás siempre? –¡Oh, mi niña!... ¡Oh, mi Andrée!... Poco a poco, las ideas de la señora Parent se oscurecieron, y se imaginó que era su hija la que estaba muerta. Su cabeza se extravió, su pecho blanco se hundió bajo su camisa; sus ojos se volvieron hacia lo alto. Gritaba tan fuerte que las buenas muje- res que la velaban, habiendo pretendido que estaba poseída por el demonio, enviaron a buscar al cura para exorcizarla. El cura se rindió a la petición de sus parroquianos; pero la vista de la sotana negra y de todo el protocolo de la muerte produjeron tales
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    266 crisis a laenferma que el sacerdote se vio obligado a irse sin haber administrado los últimos sacramentos. Se le mostró a su hija y ella no la reconoció. ¡Oh! lo sabía perfectamente: querían engañarla… Su Andrée había muerto. Era otra niña la que le presentaban. Su hija era mucho más boni- ta que esa y sus cabellos más sedosos. No… no…esa no era su hija… El día nacía. Después de una serie de estremecimientos convulsivos pi- dió agua bendita, mojó sus dedos en el líquido consagrado tra- tando en vano de hacer la señal de la cruz: sus miembros tem- blaban; se contraía con sus brazos levantados y permanecía allí, con la mirada fija, bajo el peso de una incomprensible angustia. En un momento, extendió su brazo sobre su rostro más pálido que las sábanas que la cubrían; una nube pasó sobre sus ojos y una sonrisa que no era humana contrajo sus labios. Pareció a punto de desfallecer y unas palabras incoherentes salieron de su pecho como un sordo estertor: –¡Andrée… Andrée… mi pobre pequeña!... Está allí, entre cuatro tablones clavada para la eternidad… Y yo soy la causa de su muerte… Sufro pensando en todo eso… Dios puede conde- narme ahora si quiere: en el infierno no hay torturas semejan- tes… Mi hija… Quisiera verla aún extendida en su sudario de seda azul… Está tan bonita… Su boca tiene una sonrisa tan gra- ciosa… La veo… ahí… ahí… Sus cabellos rubios están desple- gados sobre sus hombros y tiene alas como un ángel… ¿Por qué ese ruido?... ¡Oh! el coche fúnebre… la sábana negra con sus cabezas de muertos y sus lágrimas de plata… No quiero morir… no quiero morir… Se habían llevado la pila de agua bendita y el crucifijo que le hacían daño al verlos. –Mamá – decía Andrée, cruzando sus manitas – yo soy tu hija… Vamos, mamá, háblame… La madre prorrumpía en carcajadas: –Mentirosa, vete…
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    267 A ciertas horasdel día, las crisis la sacudían tan violenta- mente, que para clamarla Jeanneton la obligaba a respirar éter. Eran órdenes del médico. La enferma había tomado el frasco con horror y cada vez que su madre se acercaba a ella, la amenaza sobre sus labios, se volvía humilde y suplicante: –El frasco… el frasco… no… no… no… –Vamos – decía Jeanneton anegada en lágrimas – se pru- dente. La cambiaron de habitación, y como se temía que tuviese frío, se la envolvió en una colcha muy cálida, y, sin arrugarse bajo el peso, el viejo Bérias transportó a su hija a una de las grandes camas de la cocina. Durante tres días, Rosette estuvo un poco más tranquila. –Señora Georges… aquí está la señora de Loudois – mur- muraron una mañana las viejas que velaban a la moribunda. En efecto, era la señora de Loudois que, al recibo de la carta de Clapier, había dejado de inmediato Niza para rendirse a las súplicas de la que había destrozado su vida. Habiendo sido George llamado a filas, ella había venido en compañía de su suegra, que se dirigió al castillo de las Bastides. Desde su llegada a Saint-Cyprien, donde la señora Varen- nes la esperaba, la joven mujer, sin preocuparse de las fatigas del viaje, se hizo conducir a la Croix-du-Jarry. Marie era madre hacia apenas dos meses y se acercó al lecho de Rosette, confusa, un poco debilitada por la reciente maternidad, pero apelando a todas sus energías para cumplir hasta el final lo que consideraba un deber de mujer honrada y cristiana. –Ella no quiere morir sin haber sido perdonada por usted – dijo la madre de Rosette a la señora Loudois. Y la vieja aldeana añadió inclinándose al oído de su hija: –Es la señora Georges que viene a verte… Rosette miró y su rostro fue invadido por una dolorosa crispación: quiso llorar; no pudo. –Gracias… señora… gracias…
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    268 Marie la besóen la frente y tomó sus manos entre las su- yas. Durante un momento, pareció que al contacto de la esposa fiel la mancilla desaparecía poco a poco de ese cuerpo torturado: la boca tenía menos amargura, los ojos estaban menos irritados. –Le he hecho mucho daño… Perdóneme… A mí también me gustaría ser una mujer decente. No pude… no pude… Sacudía la cabeza: –Si se supiese… si se supiese… La señora de Loudois se sentó en un sillón y sentó sobre sus rodillas a la hija de la señora Parent, a la que acarició con una ternura completamente maternal. Era mediodía. Los pájaros cantaban. Se oían las campanas de la iglesia donde los fieles estaban reunidos para la oración. Los rayos del sol acababan de iluminar el rostro de Rosette. La enferma hizo una señal con la cabeza de que el día la molestaba, y como no tenía nada bajo la mano, se extendió por encima de las cortinas de cretona de la ventana el gran chal de la madre Jeanneton. La habitación desapareció bajo la sombra de la noche con trazos de luz pálida en las esquinas del techo, unas luces de oro bruñidas por el negro del chal que el viento que batía los cristales hacia vacilante como fuegos fatuos danzando al claro de luna. Una de las vecinas venía de llevar a Andrée a su casa. De repente, Rosette se levantó en la oscuridad profunda, y aplicó sus ojos sobre los de Marie con una espantosa expresión de confusión: –¿Por qué está usted aquí, dígamelo?... ¿Qué quiere usted de mí, señora?... ¡Ah! ya sé, viene a buscar a Georges… él es mío, Geor, el pequeño Geor, como le llamaba mi Andrée… Us- ted no lo tendrá… Yo lo cuido… Váyase… Váyase… váyase… tonta celosa. Marie se había levantado y, llena de espanto, extendía sus brazos hacia la moribunda como a la aparición de un espectro. Jeanneton presentó el frasco de éter. Rosette rechazó brus- camente a su madre y, con el cuerpo extendido, inmóvil, gritó:
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    269 –Sí, él esmío. Mi bendito Georges… yo soy su Rosette… La Rérette a la que él tanto amaba… la Rérette… Usted no lo ama hasta morir… Yo lo estrecho entre mis brazos… es gua- po… guapo… La voz se hizo estridente: –¡La guerra!... ¡Gravelotte!... ¡Oh! el príncipe alemán con su malvada risa!... Ten cuidado, Prosper… ¡Muerto! ¡Está muer- to para la patria!... ¡Mi cabeza arde… Es horrible! ¡Oh! las viles mariposas negras!... Georges… ven… Sufro demasiado… ¡Pie- dad!... piedad… ¡Ah!... Las campanas repicaban sones lúgubres; el tiempo había cambiado y como iba a llover las golondrinas volaban a ras de suelo con sus ligeros aleteos. Rosette cayó como un fardo. La habitación estaba llena de gente. De pie, con la cabeza descubierta, el viejo pasante Clapier observaba ese rostro de mármol sobre el que acababa de posarse la máscara de la nada: los ojos estaban cerrados para siempre, pero la boca conservaba una sonrisa de burlona voluptuosidad. … Cierta noche del año terrible, a la hora donde el sol po- niente extendía sobre el cielo manteles dorados y rojos oscuros que – para los habitantes de los campos – son las señales profé- ticas de las batallas y las desgracias venideras, Clapier volvió a ver como en un espejo la existencia tan atormentada de la señora Parent. Se acordó que un día Rosette, estremecida de horror al recuerdo de las cosas pasadas, le había confesado que después de cada falta cometida había llorado mucho. El pasante era un buen hombre. Sintió su corazón abrirse al perdón y murmuró: –Pobre mujer… Cabecita loca… Cabecita loca… FIN