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MORFINA
Jean Louis Dubut de Laforest
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Título original.- Morphine.
© Jean-Louis Dubut de Laforest. París 1891
© José Manuel Ramos González por la traducción del francés.
Pontevedra 2013
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AL PROFESOR CESARE LOMBROSO
Al ilustre autor de « l’Uomo delinquente » y de « Genio e
Follia »
Al maestro que me ha dado la más grande fortuna y la más
hermosa gloria que pueda soñar un escritor, comentando mis libros, y especialmente: «Le Gaga» en sus lecciones de antropología
criminal.
Yo dedico esta novela.
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I
Una noche de noviembre de 1889.
En el café de la Paz, en una de las pequeñas salas, cálidas y acogedoras, cuyas
puertas dan a la plaza de la Ópera, el reloj de péndulo marcaba las once, cuando Jean de Fayolle, golpeando el mármol con su última ficha, la de la victoria, anunció:
«¡Dominó!»
Fayolle, capitán del décimo quinto batallón de coraceros, un joven y apuesto
mozo de bigotes pelirrojos, ocupaba una esquina de la banqueta de rojo terciopelo, y
a su derecha y delante de él, se encontraban sus adversarios: el mayor Edgard Lapouge, un rubio alto, de un rubio pajizo, con grandes ojos azules muy expresivos,
detrás de un binóculo de oro; – Arnould-Castellier, director de la Revue militaire,
con unos cabellos canos adquiridos en los estratos inferiores, siempre bajo órdenes,
y a pesar de la timba y las mejillas rubicundas, tratando de luchar contra el abotargamiento civil y dándose aires de mantenerse activo mediante sus gestos bruscos, su
voz agria y sus bigotes blancos y relucientes.
–¿Y Pontaillac, vendrá, sí o no? – preguntó el mayor.
–Vendrá, – respondió Fayolle.
–¡Nunca!... ¡Olvidaos de Pontaillac! – intervino desde la mesa contigua el lugarteniente Léon Darcy, moreno y gentil coracero, igualmente del decimo quinto batallón, que fumaba un sherry-glober, escuchando las divertidas historias de dos prostitutas sentadas a su lado.
–¿Qué sabes tú, Darcy? – dijo el capitán.
–Pontaillac está en la Ópera, y no se aburre, en un palco entre columnas,
¡acompañado de una mujer encantadora!
–¿La marquesa de Montreu? – preguntó Arnould-Castellier.
–¡Exactamente!
El capitán de Fayolle encendió un cigarro:
–¡Estás loco, Darcy! Nuestro bravo Pontaillac no tiene más que ojos y oídos
para la Stradowska, y tiene buenas razones: la gran artista rusa es un bocado de reyes, ¡quiero decir de capitán de coraceros!
–¡Pontaillac tiene agallas para mantener dos amores! – insistió el lugarteniente.
–¡Tres!– gruñó el mayor Lapouge.
–¿Cómo, tres?
–Olvidan, caballeros, la más querida de sus amantes, la más pérfida y la más
peligrosa.
–¿Qué es…?
–¡La morfina!
A esa palabra de «morfina», las dos mujeres que divertían a Léon Darcy, se
acercaron a los jugadores, pero el mayor no quiso dar ninguna explicación.
Pronto, la partida volvió a comenzar, y no se oyó otra cosa que voces graves y
altisonantes, con los comentarios de los jugadores y el ruidoso choque de las fichas
de dominó sobre la mesa de mármol.
Léon Darcy dedicaba palabras galantes a las dos prostitutas de alto nivel, para
alegría de la morena Thérèse de Roselmont y la rubia Luce Molday, ambas muy
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amables y cariñosas, la primera vestida de rojo, la segunda de azul, deslumbrantes
con profusión de diamantes.
El joven oficial y las cortesanas hablaron de la Stradowska, de la que todos los
periódicos constataban el éxito como mujer y como artista. Venía de San Petersburgo, de su país; allí, acababa de seducir a grandes duques, y poseía unos tesoros inestimables en su palacete de la Villa-Saïd: tal era la leyenda que circulaba por París.
–¿Y el capitán de Pontaillac es el amante de esa mujer? – susurró Thérèse al
oído de Léon.
–¡Claro que sí!
–¿Entonces es muy rico?– dijo Luce.
–Bastante… Doscientas mil libras de renta.
–¿Es guapo?
–¡Mira y juzga! –concluyó Darcy, señalando al hombre que entraba.
–¡Ah! ¡Aquí está Pontaillac! – exclamaron Fayolle y Arnould-Castellier.
Y mientras el conde Raymond de Pontaillac estrechaba las manos de sus amigos, las dos prostitutas lo observaron, invadidas por una sensación inédita que las
sacudía en su sopor de comerciantes venales y las pinchaba con un deseo lujurioso,
arrojándolas fuera de sí mismas.
Tenía treinta años; era alto, con amplios hombros, un torso sólido, un rostro
bronceado, cabellos morenos y cortos, de negros y voluptuosos bigotes, una nariz
evocando el recuerdo de los Valois, labios de carne rosada, bonitos dientes y unas
extremidades delicadas para un cuerpo tan robusto: bajo sus espesas cejas, sus grandes ojos castaños brillaban como dos tizones, y, tanto era así que se inmovilizaban
en un rayo ardiente y fijo, en la casi sobrenatural luz de los hipnotizados. Debajo de
una pelliza de rico forro, el traje, el chaleco a medida y el pantalón negro revelaban
formas de atleta, y el blanco cuello de la camisa – la fina coraza mundana – hacía
soñar a las damas con otra coraza de metal en las deslumbrantes blancuras de las
sábanas.
Todo en él denotaba la piel y el alma de un macho, y sin embargo la maravillosa musculatura se agitaba y temblaba bajo un imperceptible tic nervioso, no como
un joven arbusto al empuje de la savia, sino como un árbol antaño bien plantado,
bien florido, y que devoran los gusanos en su primavera.
Sentado cerca del camarada Fayolle, Raymond de Pontaillac permanecía serio,
indiferente al juego de dominó y a todas las proposiciones de francachelas nocturnas.
–¿Una partida a cuatro? – le dijo el mayor; – ¡yo gano todo lo que quiero!
–¿Qué es lo que me propones? ¡No me interesa tu dichosa partida!
Un camarero se acercó, preguntando que deseaba.
–¡Nada!... ¡Ah! sí… un vaso de agua!... ¡Me muero de sed!
Cuando el capitán de Pontaillac hubo dado cuenta del vaso de agua, se sumergió en la lectura de Le Soir, y las dos prostitutas no pudieron impedir decir al lugarteniente:
–¡No es muy divertido, tu amigo!
–¡Parece que no!
Una vez la partida se terminó, Jean de Fayolle quiso divertir a Pontaillac. Le
indicaba una sala vecina y detrás de un espejo esmerilado, a un viejo caballero, muy
conocido entre los oficiales y, según su costumbre, poniendo al día el Annuaire militaire.
–¡Qué paciencia, eh!
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–Me dan ganas de estrangularlo.
–¡Oh! ¡Raymond!
–¡Una desagradable historia que nosotros contaríamos!– dijo Thérèse, riendo.–
¡Mi capitán, usted se comería de un solo bocado a ese hombre!
–Y estarías equivocado, Pontaillac – declaró Arnould-Castellier. El corrector
es uno de nuestros mejores amigos…
–¿Qué quieres? Estoy de un humor de perros que no puedo contener y cuya
causa ignoro.
–Yo la conozco – afirmó el mayor, que erigía las fichas del dominó en forma
de torre Eiffel.
–¡Tonterías!... ¿La morfina, no?
–Pues bien, sí, ¡la morfina!... ¡La morfina te está matando, Pontaillac!
–¿Matarme? ¡Vamos, hombre! Cuando eso me haga daño, lo dejaré de inmediato…
–Será demasiado tarde; ¡ya no podrás parar!
–Es posible, porque lo que hace sufrir no es tomarla, sino no tomarla.
–¿Lo ves?
Jean de Fayolle pidió champán, y, a pesar de las invitaciones de los compañeros y las sonrisas de Thérèse y de Luce, Raymond se dedicó a vaciar dos vasos de
agua.
Bruscamente, la torre de ébano y marfil del mayor Lapouge se desmoronó, y
las fichas rodaron con estrépito sobre el mármol.
–¡Eres estúpido!–gritó Pontaillac.
–Gracias, capitán… ¡Muy amable, en verdad!
–Perdón, mayor, perdón, amigo mío, estoy tan enervado que el menor ruido
me exaspera…
–¡Ah!¡las consecuencias de la morfina! ¡Es ella la que te irrita!... ¡Pontaillac,
acabarás enfermando!
–Te equivocas, mayor. ¡Necesito mi inyección, eso es todo!
–Toma una copa de champán, eso será mejor – dijo Fayolle.
–¡Claro! ¡claro que sí! – animaron los demás.
–¡Brindemos por nuestros amores, capitán!–suspiró Thérèse.
Con un gesto, Raymond apartó la mano de Luce, que le tendía una copa espumosa.
Thérèse había tomado maquinalmente unos periódicos ilustrados y contemplaba un retrato de Christine Stradowska, la diva ilustre, la bella amante de Pontaillac. Este, cansado de luchar contra una obsesión, se había agachado, y tras levantar
la pernera de su pantalón y bajar un calcetín de seda, se inyectó en la pierna una dosis de morfina.
Cuando se levantaba, Luce Molday vio un objeto brillar en su mano, y se apoderó de él, muy risueña.
–¡Ah! ¡qué bonita jeringuilla!
–¡Dame eso!
–¡No! ¡no!
Y pasó al doctor la pequeña jeringa de Pravaz1 cuya aguja todavía estaba adherida.
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Jeringa de Pravaz Se trata de la primera jeringa inventada para la administración de inyecciones hipodérmicas, en la que el tallo del émbolo estaba graduado. Se llama así en honor a su inventor, el doctor
Charles Gabriel Pravaz (1791-1855)
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–¡No voy a devolvértela, capitán! – ¡Voy a destrozarla bajo mi talón! –
vociferó Lapouge, de pie.
–No te molestes mayor; ¡la dosis ya está inyectada! ¡Hay otra Pravaz en mi
bolsillo y tengo catorce en casa!
Entonces, Lapouge observó a Pontaillac. Le parecía metamorfoseado, pues si
para las demás miradas, el capitán había conservado, bajo las apariencias de un pesar amoroso, un porte extraordinario, – solo la mirada del mayor acababa de advertir
los temblores furtivos del morfinómano. Al mismo tiempo que los ojos perdían su
inquietante fijeza, la voz, antes muy ronca, sonaba en vibraciones de puro cristal; el
gesto, antes incierto, como incierto el caminar, recuperaba su mesura, su fuerza, su
encanto.
–¡Maravillosa! –balbuceaba el mayor que no se atrevía a destruir la Pravaz.
Raymond hizo los honores de una nueva botella de champán; bebió como un
auténtico cosaco. Luego, a ruego de Thérèse de Roselmont, explicó como se había
convertido en morfinómano.
Con motivo de las guerras del Tonkin, nuestros cirujanos calmaban los dolores
de los heridos con inyecciones de morfina, así como antaño los doctores alemanes
en Sadowa y en Gravelotte.
Uno de los camaradas de Pontaillac, un oficial de artillería, horriblemente mutilado, había sido aliviado por la Pravaz, y cuando Pontaillac, herido en duelo, recibió la visita del oficial de artillería, este le alabó el método estupefaciente, las inyecciones hipodérmicas de Wood, médico inglés: Raymond las usó, se encontró bien, y
ahora empleaba la morfina contra toda sensación anormal.
–No comía, no dormía, no bebía: ¡Una inyección! Como, duermo y bebo…
Estaba triste; ¡estoy alegre!
–¿Y… el amor? – preguntó tímidamente Luce Molday.
–¡Oh! querida, el amor, en eso como lo demás, ¡se ha calumniado a mi diosa!
Explicó el origen del veneno y la manera de no servirlo liquido, extrajo de su
bolsillo un pequeño joyero donde, sobre un lecho de terciopelo negro, dormía la
Pravaz, una hermana de la amiga confiscada por el mayor Lapouge: al lado de ella,
paralelamente, brillaban dos agujas de acero, y en el fondo de la caja se enrollaba un
ovillo de hilo de plata tan tenue como un cabello; a continuación, mostró el pequeño
frasco, el guardián del incomparable tesoro.
Luce preguntó:
–¿La aguja hace mucho daño?
–No. – respondió el capitán.
Y como se encontraba solo con sus amigos, y en las otras salas los camareros
alineaban sobre las mesas de mármol, las sillas desiertas, Pontaillac obedeció a ese
típico ardor de apologista que caracteriza a todos los morfinómanos:
–¡Vais a ver!
El joven se puso un nudo en su brazo de Hércules, aquí y allá marcado con bizarros tatuajes, y, de un golpe seco, hundió la aguja en plena carne. Se deslizó en los
tejidos; fue retirada sin que se escapase una gota de sangre y sin que el rostro del
capitán manifestase la menor inquietud.
Esta experiencia tuvo el poder de arrancar gritos de admiración en las dos
prostitutas.
–Lo ven, señoras, ¡lo hago yo mismo!
Iba a rellenar la jeringa.
-¿Quién quiere?
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–¡Ni por cien luises!–aulló Thérèse.
–¡Loca, es el Paraíso!
–Y bien, puesto que eso no hace daño y después da tanto placer, lo intentaré! –
declaró Luce Molday.
Sobre el bulevar de los italianos, se separaron. El mayor Lapouge y ArnouldCastellier caminaban a pie hacia sus domicilios respectivos; Jean de Fayolle y Léon
Darcy insistieron para arrastrar a Raymond a un restaurante nocturno donde cenaban
con las putas; pero, el amante de la Pravaz tomó un coche y dio la orden de ser conducido a casa de su otra amante, la Stradowska.
¿Tenía o no razón, el mayor Lapouge? ¿Realmente Pontaillac, ese macho soberbio, estaba dominado, violentado, para siempre destrozado por la morfina?
¿Quién lo alejaría de la bella Stradowska o de la Pravaz? Ni la una ni la otra, tal vez,
o bien un tercer ídolo, pues ya, con el ardiente recuerdo de la marquesa Blanche de
Montreu – de la gran dama que acababa de saludar en la Opera, de la patricia deseada – el conde de Pontaillac olvidaba sus dos otras amantes encantadas y vencidas,
para irse a soñar con una nueva y más difícil conquista, en su palacete, de la calle
Boissy-d’Anglas.

Morphinomanes ou le plumet . Grabado de Paul Albert Besnadr (1887)
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II

Hacía quince meses que Pontaillac estaba bajo la influencia del veneno mundano, sus ideas se mezclaban en mundos de sueño y de realidad.
Se producía en él un desdoblamiento especial de la personalidad. A diferencia
de las histéricas de primer nivel en las que los fenómenos de segunda condición excluyen el libre arbitrio, Raymond vivía y razonaba en los dos estados: lejos de abolir
el sentido intelectual, la morfina lo sobrexcitaba, y uno se encontraba en presencia
de un hombre libre, y no ante un loco.
Natural de Limoges, antiguo alumno de la academia Saint-Cyr, capitán de la
Escuela de guerra, el conde de Pontaillac amaba su oficio. Tenía gran estima por los
jefes y camaradas, y por los propios soldados, sobre todo los pobres apreciaban al
brillante oficial de generoso corazón.
Pero, en el magnífico palacete de la calle Boissy-d’Anglas, como en el círculo
vecino, la Unión artística, circulo llamado: l’Epatant, como el cuarto de caballería,
como en casa de su amante la Stradowska y en casa de los Montreu, sus nobles amigos del bulevar Malesherbes, por todas partas en definitiva, se podían observar los
bruscos cambios de los efectos de la Pravaz, sus múltiples estados y los síntomas de
una intoxicación progresiva.
El no veía nada y se enorgullecía de vencer el dolor. Del mismo modo que tras
un duelo sin motivo grave, se había pinchado para anestesiar una herida ligera, así él
recurría a la morfina, a la menor tontería, siempre aguijoneado por la necesidad, al
margen de todo sufrimiento caracterizado.
Al acostarse, dormía mal, los insomnio venían de una mala digestión o de una
irregularidad del corazón. Se descubría lesiones mórbidas y justificaba el diagnóstico confundiendo la tortura de las privaciones con enfermedades imaginarias, tan
pronto dsaparecidad al renovar la droga.
Al principio fueron sentimientos de bienestar y de beatitud, una embriaguez
delicioso, un Nirvana búdico, éxtasis, todo un horizonte de voluptuosidades, un despertar del espíritu, una aceleración del pensamiento, una doble vida.
Cuando el hábito aminoró los efectos del veneno, el morfinómano tuvo una
personalidad, no enteramente desdoblada como la de algunos neurópatas, sino diversa y siempre consciente, en plena identidad del yo. No alienaba su personalidad
para revestir otra; no se sumía en ningún yo exterior y permanecía siendo él mismo,
triste o alegre.
Si el valor del amor parecía disminuir, en razón directa a las dosis morfínicas,
él atribuía ese decrescendo a su demasiada larga frecuentación de la Stradowska, jurando reverdecer cerca de la marquesa de Montreu. Sí, la Pravaz tenía todas las virtudes, y se le acusaba injustamente de alterar las facultades genésicas!
Al día siguiente de la modesta fiesta, en el café de la Paz, Raymond se levantó, desde las ocho, y montó a caballo para dirigirse al cuartel de caballería.
En el frio intenso, trotaba, con el quepí sobre los ojos, las botas espoloneadas
y brillantes, la túnica ciñendo su figura, bajo el gran capote de paño azul, el sable
cliqueando – y el jinete estaba alerta y alegre, a lo largo de las calles, gracias a la
aguja embrujadora.
Sobre el puente del Alma, contempló el Sena, todo negro, en medio de sus orillas blanquecidas por la nieve; y más lejos, los remolcadores arrastrando contenedores de madera o de carbón, los barcos-mosca desiertos, los marineros gruñendo con-
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tra la niebla. En la Avenida de Orsay, vio un ejército de barrenderas, casi todas viejas mujeres cuyas faldas rezumaban la horrible basura, venidas allí, como en un
Sabbat, ocupadas en apartar, con sus escobas de brujas, los montones de nieve; y
desfilaron a continuación delgados empelados con rostros de pobres y largas narices
que el frio enrojecía y hacia idénticos; luego unos obreros, luego unos golfos, luego
unas muchachas con el cabello recogido, con sus dedos pinchados de alfileres; luego
pájaros tiritando en la cima de los árboles desnudos, y piando la miseria.
Él hubiese querido calentar a todos esos seres helados, todas esas cosas muertas, hubiese querido resucitarlas con su misericordia, darles un poco de alegría. Los
mendigos lo reconocieron y rodearon al jinete – y Raymond, más feliz, hizo su distribución cotidiana más larga.
Un funcionario le presentó armas; él saludó, y pasando cerca del cuerpo de
guardia, se dirigió hacia el patio del cuartel.
–¡El capitán esta en uno de sus buenos días! –dijo el suboficial que comandaba el puesto.
–No se fíe, – replicó el brigadier. – Con ese dichoso Pontaillac, nunca se sabe
si es tocino o cerdo.
–Yo sé el por qué, – comentó un simple coracero hijo de buena familia.
–¿Es cornudo?
–No.
–¿Se emborracha?
–No.
El mariscal de las casetas y sus hombres, con la pipa en la boca, se agruparon
alrededor de la estufa, y el coracero, instruido, les explicó los fenómenos de la morfina.
Esos seres simples manifestaron:
–¡Mejor habría bebiendo bocks!
–¡E incluso champán!
–E incluso absenta!
Tras haber escuchado la relación, el capitán hizo llamar al mayor Lapouge a la
sala de visita.
–¿Quiere, querido amigo, escribirme unas palabras?… Tengo necesidad de
una solución al sesenta por cien…
–¡Jamás, capitán!
–¡Iré entonces a un doctor civil!
–¡Vaya! ¡Yo no soy un asesino!
Y giró los talones.
De vuelta a su palacete, Pontaillac se aseó y almorzó con buen apetito.
Clémente, el ordenanza, un enorme y rubicundo normando, recibió la orden de
hacer enganchar el cupé.Pero Raymond consideró que todavía le quedaban algunos minutos, y, con el
cigarro en los dientes, observó el palacete, animado del deseo de amueblarlo de
nuevo para una hora bendita, aquella en la que la marquesa de Montreu se dignase a
aparecer allí.
¡Oh! ese día, quería una restauración completa, desde los asientos y las colgaduras hasta las maderas, los espejos y las camas, y todo sería puesto patas arriba, en
este domicilio construido en el pasado siglo por un financiero, amante de una bailarina de la Ópera: todo brillaría de unan nueva virginidad, los salones, las habitaciones, el fumadero, la biblioteca, la oficina, las cuadras, los jardines y – y solo, puesto
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que tenían derecho a la inmortalidad, vivirían siempre jóvenes, las admirables pinturas de Boucher.
A las dos, el capitán subía en coche, y ordenaba, temblando de amor:
–¡Al palacete de Montreu!
Cuando Pontaillac entró en la biblioteca del marqués Olivier, este estaba de
pie y pálido ante el hogar que iluminaba con sus oros los mármoles, los bronces, los
cueros de Cordoue, las preciosas encuadernaciones y el doble blasón de los Montreu
y de los La Croze.
–¿Qué ocurre, Olivier?– preguntó Raymond, antes incluso de haber estrechado
la mano del marqués.
–Estoy preocupado; mi mujer se encuentra mal.
–Nada grave, supongo – balbuceó el visitante, al que una angustia invadía.
–¡Eso espero!... Aubertot está con ella; él me ha hecho salir y espero.
Raymond no se atrevía a mirar al amigo al que quería traicionar, al simpático
aristócrata de cabellos rubios, de mirada dulce y soñadora, barba espesa cortada en
punta, cuya frágil y elegante silueta, cubierta por una bata de terciopelo negro, muy
sencilla, contrastaba con el físico poderoso del apuesto soldado.
–Ayer aún, en la Opera, –dijo el capitán. – la marquesa estaba alegre, sonriente.
–Sí, pero, esta mañana, almorzando, Blanche ha sido presa de un violento dolor de cabeza, y después los dolores se han vuelto intolerables.
–Te dejo, amigo mío.
–¡No, quédate! El doctor va a bajar en un instante, y estaré más cómodo si estas cerca de mí.
Una puerta se abrió, y el doctor Étienne Aubertot, profesor en la Facultad y
miembro de la Academia de medicina, entró. Ese gran médico tenía una buena figura, completamente afeitado y que llevaba encima de su frente muy alta, verdadera
frente de pensador y artista, una cabellera gris de bucles sedosos.
–¿Y bien? – dijo Olivier.
–¿Y bien? – repitió Pontaillac, a su pesar, bajo el visible esfuerzo de disimular
una creciente inquietud.
–¡La marquesa no está en peligro, pero sufre atrozmente una neuralgia que
voy a combatir con antipirina! François ha ido a buscarla.
–¿Usted cree, doctor, – preguntó el aristócrata, – que la antipirina la curara?
–Al menos tendrá un alivio, mi querido marqués.
–Dese prisa… ¡Blanche está martirizada!
–Es cierto. La neuralgia suborbitaria se produce en numerosos males humanos, los más dolorosos; pero en una media hora…
–¿Y usted la dejará sufrir una media hora, todavía? ¡Eso es imposible!
–¿Y qué quiere que haga? Espero que la antipirina actué, y, además, no hay
mejor remedio.
El Sr. de Pontaillac se atrevió a intervenir:
–Os pido perdón, señor doctor, pero hay un remedio poderoso, radical, infalible.
–¿Y podría yo conocer esa bella panacea?
–¡La morfina, querido maestro, la morfina!
El profesor Aubertot reflexionó un instante y observó al capitán con sus ojos
azules muy claros:
–A fe mía que tiene usted razón, y le agradezco que me lo haya recordado.
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Se volvió hacia el Sr. de Montreu:
–Voy a escribir una receta.
–Inútil, doctor,–continuó Raymond, – yo tengo aquí lo que hace falta para curarla.
Pontaillac tendió al médico un minúsculo frasco y un joyero de lo más elegante.
–¡No, no! ¡Eso no! ¡eso no!–dio Aubertot. – No conozco la dosis, y quiero una
solución muy diluida; pero acepto el instrumento. ¡Es usted nuestra Providencia, mi
querido capitán!
El oficial se despidió del Sr. de Montreu y del doctor Aubertotl, y, algunos
minutos más tarde, el marido y el médico penetraron en la habitación de la enferma.
Sobre una alta y amplia cama, en un cúmulo de encajes, la marquesa Blanche
de Montreu, nacida de La Corze, apretaba nerviosamente su cabeza con sus dos manos de dedos ligeros, y a lo largo de los hombros, un poco delgados y los brazos
desnudos, los bellos cabellos pelirrojos se expandían con fulgores metálicos. Se adivinaba a través de la camisa de surah y se veía por la dilatación de la garganta, una
piel rosada de una sangre roja; el cuerpo era joven y cálido, y las formas juveniles,
en sus castas envolturas, estaban llenas de gracia y de sugestiones voluptuosas.
Ella cayó sobre la almohada, ahogando un grito de dolor; sus bellos ojos de
terciopelo moreno se perlaban de lágrimas, la naricilla de delicadas fosas, los labios
que dejaban ver una hilera de encantadores dientes, el cuello esbelto, todo ese encantador rostro, en fin toda esa adorable juventud, luchaba, valiente, para no afligir
al esposo adorado.
Aubertot se adelantó, con la cabeza descubierta, y dijo:
–Señora, ¡le traemos alivio!
El doctor llenaba la Pravaz con una solución de morfina al treinta por ciento, y
Olivier se sentía temblar con la idea de que la aguja hiriese las carnes rosas y dulces.
Pontaillac, el amigo Pontaillac, el coracero-hercúleo, podía soportar una punción incluso terrible – pero ella, tan frágil, tan impresionable, ¿tendría fuerzas?
Y, en su ignorancia del remedio, como si adivinase lo que iba a ocurrir, Olivier detuvo bruscamente el brazo del doctor:
–No… se lo ruego.
–¿Por qué?
–¡Tengo miedo… por ella!
–Ningún daño, ningún peligro, señor.
–¿Me lo jura?
–¡Marqués, se lo juro!
Se produjo un silencio.
–Pero yo no tengo miedo, Olivier, – dijo la marquesa, presentando su brazo.
Tras el pinchazo, Aubertot dijo a su cliente:
–¿Le he hecho daño?
–No del todo; pero continúo sufriendo.
–¡Espere!
Los dos hombres se alejaron al fondo de la habitación, y Blanche comenzó
pronto a sumirse en el efecto del estupefaciente.
Inmóvil, con una mirada velada, observaba el Cristo de plata colgado sobre un
oscuro terciopelo, la pila de agua bendita de marfil, el oratorio, el espejo de Venecia,
los bibelots, los retratos, el vitral de las altas ventanas, y esos objetos se animaban y
vivían.
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El doctor y el marido se acercaron, observando a la mujer. En un momento, su
respiración muy tranquila pareció detenerse por completo; el médico sacudió suavemente a la Sra. de Montreu, y la respiración se recuperó de inmediato, franca, regular.
Blanche no dormía; ya no sufría; no respondía a las palabras que Olivier le dirigía; pero las escuchaba, por así decir, inacabadas, sin precisión humana, al igual
que esas voces que en el sueño, zumban en nuestras oídos con sus armonías confusas. Ella no se movía, pero sus labios entreabiertos sonreían con una sonrisa beatifica – y toda la mujer se transportaba hacia un más allá donde gozaba secretos e incomparable s éxtasisAl cabo de una hora de calma persistente, el médico se retiró.
–Usted debe velarla, – dijo al marido – pues hay que sacudir a la Sra. Marquesa, si la respiración se detiene.
Él se mantuvo allí, no queriendo añadir que a menudo, después de una pinchazo, se produce en ciertas personas un estado comatoso cuyas consecuencias pueden ser graves.
La noche había caído, y Olivier permanecía solo junto a la señora, cuando una
llamada se dejó oír en la puerta.
–Entra, mi buena Catissou, – autorizó el marqués.
Una mujer se adelantó, muy erguida, a pesar de su mucha edad, con un vestido
de tela negra, tocada con una cofia de seda roja, al estilo de los bordeleses; caminaba recogida, pero no servil: dos mechas de cabellos blancos ornaban su frente surcada por profundas arrugas, y su boca mostraba una sonrisa de infinita bondad.
Esta vieja sirvienta había visto nacer y crecer a Olivier, en Limousin, en el
dominio ancestral de los Montreu; lo había educado, cuidado, a la muerte de sus padres, bajo la tutela de un tío hoy desaparecido; y cuando el aristócrata, casado con la
única heredera de una noble casa, dejó la Alta-Viena para ir a París, ella quiso seguirle, servirle aún, con toda su devoción de perra maternal amada y respetada.
En este palacete del bulevar Malesherbes, en medio de los sirvientes a los que
ella ordenaba, de toda esa parafernalia doméstica, le gustaba tricotar medias, por la
noche, cerca de los hornos de la cocina, constituidos por vastas chimeneas señoriales
y llamas enormes.
Olivier veía en ella a una amiga, casi una pariente, y, a sus órdenes, ella le tuteaba como antaño, la época en la que desnudaba al pequeño, bordaba la cama, se
enorgullecía de ser la humilde mamá de su “señor”.
Ella dijo en su dialecto patois:
–Olivier, acabo de acostar a la pequeña Jeanne. ¿Cómo se encuentra nuestra
“dama”?
–Mucho mejor, – sonrió el aristócrata.
La anciana añadió:
–No puedes quedar aquí toda la noche… Tu vieja está aquí… Vamos, tienes
que acostarte!... No seas cabezota!...
El SR. de Montreu, bastante altivo con los demás sirvientes, reía con las familiaridades de Catherine, y, lejos de combatirlas, las alentaba mediante sus respuestas
en patois y la evocación de la tierra natal.
–¡Velaré solo!
–¡No! ¡no!
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Sin brusquedad, él empujó a la mujer hacia la puerta, corría a besar en la habitación contigua a Jeanne, su hija, una rubita de cuatro años; luego se instaló en un
gran sillón.
Pero antes del amanecer, Blanche lo invitó con su mirada a deslizarse a su lado, y se amaron.
La joven marquesa olvidaba su maldita neuralgia, y nunca se había mostrado
tan amorosa, ni tan deseable. Conservaba el recuerdo del dolor, pero bajo el embrujo
de la morfina, en el apaciguamiento de todo su ser, este dolor la abandonaba para
encarnizarse con otra mujer, y ella lamentaba el sufrimiento de la sustituta inmaterial.
Al despertar, otros fenómenos se manifestaron con el colorido exacto de las
visiones: su habitación de enferma se transformó en un parque magnífico, y la marquesa volvió a ver el castillo paterno, las Tejeras, en la hermosa estación de vacaciones. Muy joven, se divertía con sus dos mejores amigas del Sagrado Corazón de
Limoges: una prima pobre, Mathilde de Chastenet, hoy Sra. de Gouillèras, la esposa
de un rico comerciante de maderas, siempre exiliada en su agujero de provincias; la
otra, Geneviève Saint-Phar, ¡oh! esta, una señorita a la última moda, una pionera,
una doctora parisina a la que Blanche hubiese llamado a su lecho de dolor, si no fuese por el temor a herir en su amor propio al ilustre doctor Aubertot.
Además, la dama, encantada, se retrotraía a los días en los que el Sr. Montreu
emprendía su campaña amorosa. Ambos se adoraban; la unión de los La Croze y los
Montreu combinaba las ventajas del pedigrí y la fortuna. Pero había un rival, un joven igualmente bien nacido y más rico que Olivier – un vecino, el dueño del castillo
de los Ormes, el conde Raymond de Pontaillac, entonces lugarteniente de coraceros.
La señorita de La Croze no dudaba: el gran Raymond la espantaba, y ella eligió a Olivier, tal vez a pesar de las preferencias de su padre.
Las relaciones entre los Montreu-La Croze y los Pontaillac, se debilitaron cada
vez más. Sin embargo, después del nacimiento de Jeanne, el oficial de permiso se
presentó en las Tejeras, y a partir de ese momento, toda nube se desvaneció: Raymond trataba a Blanche amigablemente y hablaba a Olivier de sus amantes.
En París, el fuego se había despertado, abrasando el corazón y los sentidos del
capitán, y el hombre debió ocultar su irresistible pasión, bajo las apariencias de un
violento amor, de un amor de ostentación por la Stradowska.
19
III
En Villa Saïd, en una amplia estancia de techo de cristal y paredes tapizadas
en satén rojo, adornadas con objetos extraños, trofeos, porcelanas, puñales, fusiles,
lanzas, hachas, fustas de caza, cabezas de animales, cuernos, antorchas, escudos,
alabardas, sombras chinas, máscaras, sombreros mejicanos, sables rusos, Christine,
tumbada sobre una montaña de pieles de animales, acariciaba tiernamente a sus dos
grandes galgos negros, Bog y Tolgo.
Estaba tapada con un albornoz cachemira, abierto a partir de la cintura sobre
un paño de satén color azufre bordado de crisantemos; se levantó, tomó su espejo, y
ante su rostro de una irregular y fresca belleza, ante su rubia y magnífica cabellera,
sus ojos azules, de un azul zafiro, su graciosa nariz, sus labios rojos y sus bonitos
dientes, sonrió con una sonrisa que delataba a la vez el orgullo de encontrarse hermosa y el temor de no ser amada.
Por encima de ella, un dosel de seda rosa estampada de blancas margaritas,
con estandartes que terminaban en cabezas de dragón en bronce, le proporcionaba
una luz suave, en la fantasmagoría de las telas, un estallido de oros, plumas y flores.
Aquí y allá, unas palmeras, ramos de lilas blancas, abanicos de plumas de avestruz,
pavos y águilas, jazmines de España, camelias, primaveras, una orgía de rosas, toda
una cornucopia de verdor, y a lo largo de todo la estancia, pieles de animales, conservando apariencias vivas de leones, de tigres, de jaguares, de castores, de zorros,
de lobos, de osos, de hienas y de cocodrilos.
Los estantes de ébano soportaban un número infinito de artísticas riquezas, curiosidades de todas las épocas y de todos los pueblos: esmaltes, figuras de Saxe,
marfiles, lacas, bibelots de mármol, de serpentina, de bronce, de plata y oro.
Frente a la monumental chimenea de granito, una inmensa pajarera de barrotes
dorados y cascadas multicolores, como las fontanas luminosas de la Exposición
Universal de 1889, daba asilo a un mundo de pájaros.
Si las variadas panoplias recordaban a las riquezas de los reyes francos, los
cuadros, los mármoles y los bronces, todas las obras maestras de los antiguos y modernos maestros ofrecían un pintoresco conjunto: los Rubens, los Benvenuto Celline
se mezclaban con los Carpeaux, los Rodin y los Meissonier; una cabeza de Ribot
tenía a su derecha un retrato de Carrière, a su izquierda, una acuarela de Forain, y
más allá, sobre una estrada de terciopelo blanco, se encontraba un piano de cola, el
último grito de Erard. Finalmente una caja deslúmbrate de joyas, liras, collares, brazaletes, jarras, miniaturas, camafeos, palmas de plata, flores de rubíes, coronas de
oro, – recuerdos de príncipes, de reyes, de emperadores, de tantos homenajes, de
tantas líricas victorias.
Ahora, la Stradowska iba y venía, febril, releyendo una carta de Pontaillac,
una carta de banales excusas en las que Raymond trataba de justificar su ausencia.
–¡Miente!– farfullaba – ¡miente!... ¡miente!
Su imponente talla se erigía en un viento de cólera, y sus pequeños dedos
chasqueaban, rabiosos. Se detuvo cerca de un velador repleto de libros, de periódicos, de partituras, de revistas ilustradas. Se veían allí varias dedicatorias de músicos
y de autores ilustres, artículos elogiosos, retratos del último rol, cartas de Gounod,
de Massenet, de Saint-Saëns, entusiastas felicitaciones de los grandes compositores
rusos, Cui, Rimsky-Korsakoff, Glazounow, Liadow, Lavroff, Beleff, una auténtica
siembra de gloria – y Christine, desolada, envío, de una patada, toda esa montaña al
otro extremo de la habitación.
20
Hija de un oficial ruso, huérfana educada en Moscú, en el Instituto Catalina la
Grande, que es para las grandes señoritas de ese país, lo que son nuestras casas de la
Legión de honor para las hijas de los legionarios, Christine tenía alma de artista; encantaba a directores y compañías con su voz cálida y vibrante, y, al salir del Instituto, recorrió Europa. Los éxitos en San Petersburgo, Milán, Viena y Londres la llamaban a Francia, y fue, tras un memorable triunfo en la Ópera, cuando el brillante
capitán le dijo las primeras palabras de amor.
Ella amaba a Raymond: lo amaba con toda su juventud, con toda su sangre; se
había entregado por completo a él, y lo quería solo para ella. Sus otros amantes – los
amores de paso – estaban olvidados, rejuvenecida con fe nueva.
¿Por qué la abandonaba? Al principio, atribuyó la causa de los nervios del joven oficial al siniestro licor que ella trataba en vano prohibirle, pero, la pasada noche, viendo a Raymond en el palco de la Sra. de Montreu, la Stradowska pensó en la
existencia de una rival. Mientras que, en la escena ella representaba para él, indiferente a los bravos y al fuego de las mejillas, Pontaillac se sentaba a la derecha de la
marquesa Blanche, y no miraba a Christine más que cuando el marqués Olivier miraba a la Sra. de Montreu. Él, tan elegante, tomaba allí arriba aspecto de un colegial,
y lo vio temblar cuando el marqués ayudó a su esposa a ponerse una rosa al salir del
baile.
¿Se había consumado la traición o solamente estaba en vías de esperanza?
Christine aún lo ignoraba. ¿Qué podía reprocharle él a su fiel amante? ¿Acaso ella le
costaba demasiado dinero? No, pues aparte de los emolumentos en la Ópera y los
honorarios por las veladas mundanas que aseguraban el mantenimiento del palacete,
la diva poseía algunas rentas. Pontaillac la colmaba de flores y joyas, y, si ella ponía
cara de rechazarlas, él se ofendía. Ella lo amaba, lo adoraba, millonario, y lo amaría
igualmente, lo adoraría mañana, si los millones comenzasen a desvanecerse.
Y lo que demostraba el desinterés absoluto de Christine, es que no pensaba en
absoluto casarse con Raymond: como mujer, lo prefería a un estatus social; como
artista, lo prefería a su arte.
–El señor Rajileff está aquí, – señora – anunció uno de los sirvientes.
–¡Que entre!
De nuevo, acostada sobre el montón de pieles, Christine alejó sus galgos y
tendió la mano al visitante.
–Me aburro, Loris.
Muy respetuosamente, el hombre, un alto y delgado anciano de patillas grisáceas, habló del ensayo cotidiano.
–No, no cantaré hoy, y tal vez no cante jamás, – declaró Crhistine encendiendo un cigarrillo.
–Por las Santas Imágenes, ¡eso es imposible! –dijo el acompañante de la diva.
–¿Loris?
–¿Señora?
–¿Soy lo bastante bonita para los parisinos?
–¡Más que bella! ¡Y todo París es unánime en celebrar vuestro talento y vuestra belleza!... ¿Habéis leído los periódicos?
–¡Me burlo de ellos!
–Las revistas ilustradas publican vuestro retrato, unas en negro, otras en color
y yo os recomiendo un artículo del Rabelais.
–¡Bah! ¡Me da igual!
21
–Debéis distraeros, señora; hay que trabajar. Vamos, ¡dadme la satisfacción de
escucharos!
–Aún no, mi buen Rajileff.
Evocaron su país, las inmensas estepas, los ríos, las ciudades, las maravillas
del Kremlin, y como al recuerdo de las cosas lejanas y benditas, la calma renació
sobre el rostro de la joven rusa. El timbre de la antecámara sonó.
Christine escuchó y no pudo reprimir el efecto de una desilusión.
–Señora – dijo la criada entrando, – hay un caballero que insiste en veros Señora. He aquí su tarjeta.
La Stradowska leyó sobre el cartón: «César Houdrequin, redactor del Rabelais.»
–No conozco a este caballero; ¡no recibo! ¿Pregúntele lo que desea?
–Ha hablado de una entrevista.
–¡Entrevistas… ya he concedido bastantes!
Pero la diva reflexionó y, animada con la idea de que, tal vez, a base de notoriedad llegaría a reconquistar a su amante, rogó a Loris Rojileff que esperara en un
salón contiguo y recibió al periodista.
César Houdrequin, joven engominado con monóculo, cabello negro y rizado,
con una raíz en forma de lama de sable y una barbita, se inclinaba como hombre que
era de mundo.
–Señora, le manifiesto de entrada el agradecimiento del Rabelais.
–Su periódico, caballero, – respondió la diva, – siempre es amable y yo le estoy muy agradecida… Pero, siéntese!
Y llena de benevolencia, ofreció un cigarrillo oriental al entrevistador, que,
entre dos bocanadas, comenzó:
–Querida señora, se ha escrito mucho sobre usted, sobre sus encantos, sobre su
talento artístico; se saben las propuestas que le han sido hechas cada día por los más
grandes empresarios de América; uno no ignora su negativa más rotunda en ir a cantar a Alemania; usted, siendo rusa, ¡se ha mostrado más francesa que muchos franceses! Pero, este no es el motivo de nuestra entrevista. Hoy, el público tiene exigencias considerables, y yo diría que el Rabelais puede satisfacerlas, si se me permite la
falsa modestia. Un periódico bien informado se debe a sus lectores… Así pues,
perdóneme, señora, y dígnese a responderme: ¿Es cierto que uno de los grandes duques de Rusia a almorzado con usted esta mañana, y que…
La Stradowska lo interrumpió vivamente:
–No he recibido la visita de ningún duque, caballero, y no comprendo su pregunta, cuando menos bizarra; yo vivo aquí como me place ¡y mi vida privada no interesa a nadie!
–¡Ah! señora, ¡no se ofenda! Se lo repito y usted lo sabe, el Rabelais está
obligado por sus lectores…
–¡Tanto peor para sus lectores!
–Pero la visita de un gran duque no tiene nada de ofensivo, al contrario, y su
celebridad ganaría con ello.
–¡Basta, caballero!
Houdrequín murmuró unas palabras corteses. ¡Oh! ¡Consideraba no estar abusando! Sometería a Christine su entrevista, antes de entregarla al periódico. Realmente, no se revelarían cosas galantes, y el público vería allí un simple homenaje
rendido por una imperial alteza a una ilustre compatriota.
–¡Me ofende, caballero! Nunca he tenido relaciones con los grandes duques!
22
–¿Ni siquiera… platónicas?
–Incluso platónicas.
–¿Y el príncipe de Gales?
–¿Qué le pasa al príncipe de Gales?
–¿No ha cenado el viernes con Su Alteza en el pabellón chino?
–¡Jamás!
–Entonces el director del Rabelais va a franquearme la puerta!
–¿Y eso por qué?
–Porque por informaciones de un colega, le he prometido revelaciones rusas e
inglesas.
–Su colega se ha burlado de usted.
–¡Y me lo pagará! Hasta luego, señora.
–Adiós, señor.
Al quedar sola, Christine llamó a Rajileff y, furiosa por la visita del reportero,
distendió sus nervios, a los acordes del piano, con unos gorgoritos.
Hacia las cuatro, un landau, enganchado con una magnifica pareja de caballos,
se detuvo ante el palacete de la Villa Saïd, y el capitán Pontaillac se apeó.
–¡Ah! ¡por fin estás aquí! – gimió la Stradowska, arrojándose en los brazos de
Raymond.
Permanecieron abrazados un momento. El oficial inventaba excusas, pero
Christine le cerró la boca con un beso.
–¡No mientas!... Tú ya no me amas… ¿Amas a otra mujer?
–Te juro…
–¡No mientas!
El recuerdo de la marquesa de Montreu le quemaba el corazón y los labios, pero ella se sintió con el valor de dominarse, dispuesta a todos los perdones, a todas
las grandezas.
–¿Ámame un poquito?
–¡Te adoro!
Pasaron el fin de la jornada en el Bois, en el coche del conde, y por la noche,
tras una cena juntos, Raymond quiso dar a Christine la limosna de un aparente amor.
¡Qué mal la conocían, aquellos que sospechaban que traicionaba a su amante,
a su ídolo!
–¿Quieres que abandone el teatro?
–¿A qué viene eso?
–Yo solo te quiero a ti…
–¿Y la gloria, oh Christine?
–La gloria, la dicha, eres tú, tú, ¡nada más que tú!
Ella le rodeaba con sus bellos brazos, lo calentaba con todo el ardiente calor
de su juventud, y él, con el ánimo derrotado, soñaba con la gran dama.
–¡Déjame!…
–¿Raymond?
–¡Me agobias!
–¿Mi bien amado?
–¡Me molestas!... Necesito mi inyección.
–¡La morfina te mata!
–¡Me hace vivir!
–Mañana, Raymond…
–No… ¡Rápido, mi Pravaz!
23
Por la mañana, de regreso a su domicilio, el capitán encontró una amable nota
del marqués de Montreu y un pequeño paquete conteniendo una de sus Pravaz tan
graciosamente ofrecida al doctor Aubertot para su uso en la marquesa Blanche.
La nota decía:
«Mi viejo Pontaillac,
«Gracias a la morfina, mi querida esposa ha visto desaparecer su rebelde neuralgia. Te proclamamos el primer médico de Francia, y lo celebraremos, si quieres,
el lunes por la noche a las siete.
«Habrá perdices, becadas y una liebre del Limousin, una caza soberbia de mi
suegro La Croze.
«Tu amigo,
«OLIVIER.»
Raymond fue a cenar al palacete del bulevar Malesherbes, y no se atrevió aún
a confesar la pasión que le devoraba.
Los días, las semanas, transcurrían iguales.
En febrero, en marzo, en abril, la marquesa de Montreu sufrió sus crisis
neurálgicas. Se llamó al profesor Aubertot, pero este, a pesar de los ruegos de su
cliente, se opuso a nuevas inyecciones de morfina. Él indicaba el peligro y, a espaldas del doctor y de su marido, Blanche compró una Pravaz y se hizo expedir recetas
por otro médico.
Secretamente, recurría a las inyecciones hipodérmicas; llegó a hacerse fabricar
jeringuillas de plata y de oro, grabadas con sus iníciales e incrustadas de piedras
preciosas.
25
IV

–¿El doctor Aubertot?
–Entre, señora, – respondió a la visitante un criado en traje negro y corbata
blanca, erguido y rígido, solemne.
Y abrió a la prostituta Luce Molday la puerta de un gran salón en el que algunas personas estaban sentadas, unas cerca de la mesa pasando las páginas de unos
libros y álbumes, otras, aisladas en amplios sillones, bajo las sombras crepusculares.
La consulta iba a acabar pronto, pero el timbre del vestíbulo todavía sonaba, y
apareció un joven, un habitual.
–Es muy tarde, señor Lagneau, – observó el criado.
–Necesito pasar, Baptiste.
El caballero ya le había deslizado una moneda de dos francos al doméstico;
éste le hizo penetrar en un saloncito, y como el doctor acompañaba a la salida a una
dama, el turno de Lagneau no se hizo esperar.
–Le saludo, profesor.
–Siéntese, señor Lagneau.
A la claridad de las lámparas, Aubertot examinó a su enfermo, le tomó el pulso, recomendó la continuación de la prescripción anterior: bromuro de potasio, baños eléctricos, y terminó con estas palabras:
–Ni fatigas, ni emociones… y vuelva a verme dentro de ocho días.
Lagneau depositó dos luises sobre la mesa y salió.
Otros clientes de ambos sexos, afligidos de enfermedades nerviosas, entraron
y desaparecieron con la misma rapidez, provistos de recetas casi idénticas.
Luce Molday, en traje gris rata, mangas de pelusa, con un chaleco rayado en
blanco y oro, con un velo blanco y penacho gris, con un broche a la última moda, un
pájaro con alas desplegadas – Luce bajaba la mirada. Se recogía, dominada por el
lujo severo de la gran sala cuyas ocho ventanas daban sobre la avenida de la Ópera;
imitaba las actitudes serias de las demás personas y no podía imaginar que Baptiste,
en ese lugar de ciencia, intercambiase favores por monedas de cuarenta centavos.
Se movían sillas en salones contiguos, y alguien dijo:
–Esta noche hay un baile en casa del doctor.
Quedaban en el salón Luce, dos hombres maduros y tres mujeres jóvenes.
Baptiste les informó que la consulta se había terminado y les entregó unos
números de orden para la próxima visita al gran medico de las neurosis.
–¡Esto es asombroso! ¡Estoy muy enferma! – murmuró la prostituta que salía
la última.
Extrajo de su bolso en filigranas doradas, una moneda de cinco francos.
–¿Podría pasar con esto?
–¡Venga, rápido, señora! – dijo el criado, tomando el metal.
Como todos sus ilustres colegas, el doctor Aubertot desconocía las buenas
propinas del doméstico, o bien cerraba los ojos.
–No reciba a nadie más hoy – ordenó el médico a Baptiste.
E indicando una silla a su nueva y agradable clienta, dijo:
–La escucho, señora.
–Señor doctor, hace un mes que tomo morfina en inyecciones.
–¿Y por qué toma usted morfina?
–La primera vez me pinché por diversión, y luego…
26
–Porque usted tenía necesidad de inyectarse
–Sí, señor.
Étienne Aubertot, en chaleco negro con la roseta de la Legión de honor, apoyó
sobre su puño su bella cabeza pensativa:
–¿Fue un médico quién le aconsejó las inyecciones de morfina?
–No, señor doctor, fue un capitán.
–¿De quién se trata?
–Un capitán de coraceros, uno de mis buenos amigos, el conde de Pontiallac.
–¡Desgraciado!
–He comprado la pequeña jeringa y las soluciones a un farmacéutico de la calle de Gomorra, llamado Hornuch.
–¿Y el farmacéutico le entrega morfina libremente?
–¡Caramba! ¡no!... ¡Pagando!
–¿Cuántos días hace que no se pincha?
–Tres días.
–¿Y que experimenta?
–Un abatimiento y ganas de inyectarme. ¡Era delicioso, pero creo que eso no
me beneficia!
–¡Yo estoy seguro de ello! ¿Desea curarse?
–¡Oh! ¡sí!
–Pues bien, ¡nada de morfina! Pues en usted la supresión total no ofrece peligro alguno: todavía no es morfinómana; está a lo sumo morfinizada, y va a depender
de usted, solo de usted, recuperar la energía y la salud.
–Gracias, señor doctor. ¿Cuánto le debo?
–Veinte francos, señora.
Por la noche, numerosos carruajes estacionaron ante la casa del doctor.
Por la escalera de mármol blanco, los trajes negros y los vestidos de baile afluían al primer piso, y todo un mundo de ilustres parisinos, sabios, hombres de negocios, oficiales, escritores y artistas, acudían a saludar al Sr. y a la Sra. Aubertot; él,
muy amable, ella muy graciosa en su vestido de lilas, con su perfil de medalla griega
y sus cabellos empolvados a lo mariscal.
Tres salones alineados resplandecían de luz; un buffet se había dispuesto en el
comedor, y al fondo, a la izquierda del despacho del doctor, se percibía una cúpula
de cristal protegiendo el jardín de invierno.
En el salón del medio, contra la pared, se elevaba una estrada en la que Cadet
recitaba el monólogo del Caballo. Sobre una fila de sillas, las damas sentadas manejaban sus abanicos de encajes o de plumas; los fuegos de las lámparas realzaban sus
hombros desnudos, las pedrerías de sus collares y de sus brazaletes, las telas de los
vestidos brillantes, los diamantes de las orejas y del cabello, y detrás de ellas, la
línea oscura de fracs negros, aquí y allá rota por algunos uniformes.
En un grupo, el Sr. Arnoud-Castellier, el mayor Lapouge, Jean de Fayolle y
Léon Darcy, los camaradas de Pontaillac; en primera línea las damas, la marquesa
Blanche de Montreu y su amiga, la doctora Genevève Saint-Phar, una delgada morena, no bonita, pero deslumbrante de inteligencia; a derecha y de pie, el capitán de
Pontaillac, el marqués de Montreu; a izquierda, César Houdrequin, del Rabelais, entrevistando al profesor Emile Pascal sobre la linfa del doctor Koch.
Se aplaudió el monólogo; se escucharon diversas canciones de artistas de la
Ópera Cómica y de los Bouffes, una poesía de Alfred de Musset recitada por Sarah
Bernhardt, un solo de violonchelo ejecutado por la señorita Galitzin, y, hacia las on-
27
ce, se vio aparecer a la Stradowska, en vestido de satén blanco, ampliamente enguantada de negro, con los hombros desnudos, y sin otro aderezo que un collar de
zafiros.
Al piano, Loris Rajileff preludió, y la voz de Christine se oyó, llenando la sala
con sus vibraciones de una gran ternura o de una extrema potencia. Cantaba un himno ruso, y en el fragor lírico, en el eco lejano de la patria, la artistas se estremecía
con unas voluptuosidades que parecían envolverlo todo.
La Stradowska dominaba a la atenta multitud y, dirigiendo a un solo hombre
el fuego de su mirada de águila, imploraba una sonrisa del ser adorado; pero Raymond había visto alejarse a la Sra. de Montreu, y, mientras Christine vocalizaba aún,
él seguía a Blanche, a su pesar.
Jean de Fayolle, Léon Darcy, el mayor Lapouge y Arnould-Castellier lo detuvieron al paso.
–¡Un auténtico éxito!
–¡Admirable, la Stradowska!
–¡Uno se haría derretir por ella!
–¡Debes estar orgulloso, amigo mío!
–Y bien,– respondió Pontaillac desprendiéndose de ellos, – ¡id a tomar viento
y dejadme tranquilo!
Él se alejó y los otros dijeron:
–¡La morfina lo enerva!
–¡Lo envenena!
–¡Lo vuelve loco!
–¡Lo mata!
–¡Un muchacho tan bueno!... ¡Qué lástima!
El director de la Revue militaire concluyó:
–¡Este animal es un apologista! ¿Se pueden creer que me propuso pincharme
una noche por un dolor de muelas?... He tenido mal el corazón – ¡y la morfina me
disgusta!
Bajo el estruendo de los aplausos, la Sra. Aubertot y su marido obtuvieron de
la diva un canto francés, y todo el mundo hizo silencio. Nadie se percató de la desaparición de la Sra. de Montreu y del conde de Pontaillac.
Blanche se había dirigido hacia el «servicio» de la damas; pero, encontrando
la puerta cerrada, llegó al pequeño jardín de invierno donde unas enredaderas crecían a lo largo de un tallo de oro. En ese lugar maravilloso, quedó encantada al no
encontrarse con nadie. Muy cerca de ella, una gruta, donde florecían mimosas y que
rodeaban unas plantas gigantes, atrajo su atención. Precisamente, una antorcha de
cobre con diez boquillas eléctricas dejaba la gruta en una sombra relativa, y los armoniosos ruidos provenientes del salón hacían desvanecer el temor a posibles peligros.
Entonces, detrás del follaje, Blanche levantó bruscamente sus faldas, y en medio de los tesoros de lujo íntimo, bajando su media de seda gris perla, descubrió una
pantorrilla de carne rosada. Para cargar la Pravaz, hizo girar el engaste de diamante
de uno de sus brazaletes, desatornilló un minúsculo frasco, y hundió en él la aguja –
y sin vacilar, pinchó su pierna de marquesa.
Habitualmente, en su domicilio, la Sra. de Montreu, preocupada de sus encantos, se pinchaba en la región lumbar.
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La Morphinomane (1897) litografía a color de Eugene Grasset

Una sombra se interpuso entre la mujer y la claridad, y la Sra. de Montreu vio
de pie ante ella al Sr. de Pontaillac observándola.
Indignada, herida en su pudor, se levantó pálida y tan altiva que el oficial se
estremeció.
29
–Señor, ¿con qué derecho me está espiando?... Eso lo convierte en un…
El insulto expiró en sus labios.
–Señora, – dijo Raymond,– la he visto salir; parecía encontrase mal…
–¿Y que le importa a usted, señor?
Él le tomó las manos y la rozó con un beso:
–Blanche, Blanche, la amo…
Atónita, la marquesa quería huir y, bajo el ardor del veneno, una fuerza misteriosa la retenía allí, y violentos deseos le subían al cerebro. El brillo de sus ojos se
mezclaba con la llama de la mirada del hombre, y pugnaban en ella dos criaturas: la
casta esposa, madre inmaculada, y la otra, la nueva, una morfinómana cuyo cuerpo
se estremecía de amor.
–Señor… señor…
–¡Blanche, la amo!... Blanche, desde su matrimonio, desde su negativa a casarse conmigo, lucho contra mi pasión… ¿Dónde estamos?... Lo ignoro… ¡No veo
más que sus ojos!
Raymond la arrastraba, y ella arrojaba a su alrededor esas miradas dolorosas
del viajero al que encanta y aterroriza el abismo.
Finalmente, recobrada, detuvo al hombre, desapareció, y la soledad despertó a
la morfinómana a la realidad.
Ahora, se bailaba por todas partes, y el marqués Olivier preguntaba dulcemente a su esposa:
–¿Te encuentras mal?
–Tengo un poco de migraña.
–¿Nos vamos?
–No… todavía no… Quiero bailar…
Los bailarines giraban al son de una orquesta rumana; la Stradowska aceptaba
el brazo de Léon Darcy, estudiando a la marquesa; Jean de Fayolle invitó a Blanche.
La Sra. de Montreu se levantó y, desde los primeros compases, sintió el parqué flotar bajo ella.
–¿Qué le ocurre, señora?
–Nada, señor… No me apriete demasiado, se lo ruego.
Unos grupos bailaban, ligeros. Blanche, con los ojos muy abiertos, tropezó, y
Fayolle creyó que se iba a desmayar.
–¡Usted me agarra demasiado, señor! – repitió ella, irritada.
–Marquesa, yo…
–Su mano es dura como una mano de hierro…
A una imperiosa orden, el caballero debió abandonar la mano y la cintura – y
Blanche cayó hacia atrás, entre los brazos de su marido que corría en su ayuda.
En medio del tumulto de invitados y de criados, el marqués Olivier, ayudado
por la Sra. Aubertot, Jean de Fayolle y del mayor Lapouge, transportó a su esposa al
despacho del doctor.
Durante cuarenta minutos, la Sra. de Montreu permaneció sin noción exacta
de lo que pasaba a su alrededor; personas circulaban, de blanco o de negro, parecían
fantasmas. La enferma, tumbada sobre un diván, no podía decir ni una palabra, ni
hacer un gesto.
La mayoría de los invitados ya acababa de retirarse, y permanecían solamente
cerca de su amiga de pensión, la doctora Genevieve Saint-Phar, el mayor Lapouge,
los doctores Aubertot y Pascal, uno y otro profesores de la Facultad de París.
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Los cuatro médicos examinaron las diferentes funciones; el corazón, muy lento, latía a cincuenta, los movimientos respiratorios descendían por debajo de lo
normal. Unos sobresaltos agitaban el cuerpo.
El Sr. Emile Pascal, un hombre de alta talla, joven aún, de bigotes espesos y
grisáceos, ajustó sus anteojos y dijo a Olivier:
–¿Es la primera vez que la señora marquesa experimenta estos trastornos nerviosos?
–Sí, doctor, la primera vez.
–Habitualmente, este tipo de espasmos no persisten.
Y dirigiéndose a su colega Aubertot:
–¿No está sorprendido como yo, de la dilatación de las pupilas?
–¡Sin duda!
Aunque médico de los Montreu, Aubertot quiso cambiar de tema ante su ilustre colega, y preguntó al aristócrata:
–¿Qué ha comido esta noche?
–Ningún plato que no haya probado yo mismo.
–Veamos los brazos, las piernas – continuó Pascal, rogando a la Sra. Aubertot
que acompañase al marqués a otra habitación.
Percibió en las nalgas y en las pantorrillas numerosos pinchazos, y declaró:
–Nos encontramos en presencia de una intoxicación aguda por un envenenamiento grave de morfina.
–¡Ya me parecía a mí!– afirmó el mayor.
Y él mismo murmuró:
–¡Pontaillac está detrás de esto!
–Debo admitir, – dijo Aubertot – que en diciembre, he dado una inyección a la
Sra. de Montreu, pero un solo pinchazo destinado a combatir sus dolores neurálgicos. Recientemente, la marquesa me solicitó, por las mismas causas, nuevas inyecciones; temí que le crease dependencia y me negué.
–Otros médicos habrán sido menos escrupulosos, – comentó la doctora.
–No es el momento de agitar esta cuestión, – consideró Pascal – Hay que desvestir a la enferma.
No se tenía ni el tiempo ni la posibilidad de situar el termómetro en la axila; la
mujer desnuda permanecía en estado casi catatónico; la sensibilidad sensitivosensorial estaba abolida; el reflejo patalear y el reflejo plantar no existían, y una
aguja, hundida a través de la piel, no provocó ninguna reacción.
Los doctores se encontraban ante un estado caracterizado por el coma y el colapso. Se produjeron en la enferma unos intentos de vomitar, y los movimientos respiratorios, al principio muy acelerados, descendieron a diez por minuto. Otras particularidades interesantes se mostraron en la pupila y la cornea, y a la dilatación pupilar sucedió una abolición absoluta de reflejo; la abertura y la oclusión alternativa de
los párpados no hacían mover el iris excitado, y la aproximación de una vela no le
permitió reaccionar.
Finalmente, bajo la influencia del tanino y sobre todo del café en altas dosis, la
respiración comenzó a hacerse más amplia; los latidos del corazón se volvieron
igualmente poco a poco más claros y más acelerados, y con fricciones y masajes, la
temperatura subió.
Todo peligro estaba conjurado.
31
La Sra. de Montreu, no aceptando los amables ofrecimientos de la Sra. Aubertort, quiso regresar a su casa. Unas mujeres la ayudaron a vestirse, mientras los cuatro médicos se reunían, en el jardín de invierno, con el marqués Olivier.
Surgió una discusión entre el mayor, los profesores y la doctora.
¿Era conveniente, en presencia de ese caso de intoxicación crónica por la morfina, emplear la supresión brusca?
Pascal, Aubertort y la Srta. Saint-Phar abogaban por el método de los doctores
Ball, Zambacco, Lancereaux, etc., que consiste en la disminución progresiva de las
inyecciones; el cirujano militar, aunque buen francés, se declaraba partidario de la
supresión inmediata y radical, de la que el doctor alemán Levinstein era el apóstol.
–¡Pero mi esposa no toma morfina! – clamaba Olivier.
–¡La toma, a sus espaldas!– respondió Pascal.
La Srta. Saint-Phar añadió:
–¡Todos los morfinómanos, sobre todo las mujeres, saben disimularlo!
Ante la autoridad de los profesores, Lapouge cedió, y los médicos adoptaron
el método Erlenmeyer, progresivo decreciente, del cual explicaban el proceso, exhortando al marido a vigilar a su esposa.
Blanche, presa del miedo, escuchó los consejos de la doctora; le confesó su
pasión morfínica; le mostró el brazalete que encerraba el licor, jurando seguir las
órdenes de los médicos y de obedecer a su amado esposo.
Transcurridos algunos días, el Sr. y la Sra. de Montreu partieron para el castillo de los Tejares – y Raymond de Pontaillac durmió su pena de amor.
33
V
Era primavera, y todo se tornaba verde en el valle de Saint-Martin-l’Eglise
que domina el castillo de los Tejares.
El Sr. y la Sra. de La Croze, padre y madre de Blanche de Montreu vivían allí,
bendecidos por los pobres, amados y respetados por sus criados, sus aparceros y sus
vecinos.
Si el viejo castillo de sus ancestros fue reemplazado por una habitación moderna, si la hierba crece sobre antiguos fosos, y si una torre desmantelada evoca la
historia, los descendientes no han perdido nada de valor de sus antepasados, e incluso han ganado en caridad social.
La fachada del castillo da sobre un patio de armas, en medio del cual se encuentra un castaño célebre; a la derecha, las cuadras, luego los jardines, el parque y,
hacia la izquierda, un amplio estanque que baña las murallas.
Desde la terraza resplandeciente de flores, se perciben los veinte dominios de
la propiedad, las casas blancas, las praderas, los densos bosquecillos, los profundos
macizos, el castillo de los Ormes, el edificio señorial de Pontaillac, y más lejos aún,
el pueblo de Saint-Martin-l’Eglise y su campanario puntiagudo de tejas rojas.
Un arroyo vagabundo, a lo largo de los prados, y en lo alto del camino, aquí y
allá, en las inmensas landas, unos bloques grises, unos dólmenes, unos túmulos, interesaban a los miembros de las sociedades arqueológicas, como el amueblamiento
del castillo hubiese podido interesar y apasionar a un anticuario: tapicerías antiguas,
viejos arcones con fantásticas esculturas, grandes lechos con sus cortinajes estampados con personajes, lozas, relojes, y el propio billar con sus primitivas redes a guisa
de troneras, todas esas cosas tenían su historia y testimoniaban el respeto y los esmeros de la noble familia.
Sí, todo era alegre, por ese sol; los pájaros cantaban la eternidad de la creación; una brisa cargada de perfume de los tomillos y las lavandas corría por la tierra
yendo a parar a las aguas del estanque de las Falettes, donde duermen las flores nadadoras; ¡todo era alegre! Pero, en el invierno, cuando bajo un cielo gris, los árboles
despojados de sus hojas gemían al viento y los lobos vienen a aullar hasta el parque,
hay que bendecir la tierra natal o buscar intensas emociones para no desertar. Y los
suegros del marqués no desertaban, y resistían los inviernos mundanos, tan alabados
por su yerno y su hija.
En el castillo de los Tejares, con motivo de la estancia de los Montreu, se recibía a aristócratas de la vecindad, y especialmente a Pontaillac, cuando se encontraba de permiso; pero la intimidad habitual de los La Croze estaba restringida al
abad Boussarie, cura de Saint-Martin-l’Église, y a los Gouillèras – El Sr. Adolphe
Gouillèras, rico propietario y gran comerciante de maderas, habiéndose casado con
Mathilde de Chastenet, la prima pobre de Blanche.
Ese día, después de almorzar, el marqués Olivier, su esposa y su hija Jeanne,
se paseaban por los jardines con los La Croze.
La niña caminaba entre el padrino Pierre, un apuesto viejo de barba canosa, y
la madrina Amélie, una anciana en vieja en papillotes grises.
Para juzgar a los de La Croze, ¿no bastaba remontarse a la guerra de los 70, a
las batallas en las que el aristócrata mandaba una compañía de móviles, mientras
que la dama de los Tejares distribuía el pan a las humildes mujeres de los campesinos-soldados?
34
Consejero general del cantón, lugarteniente de los voluntarios del distrito, el
Sr. de La Croze hubiese querido ceder la consejería a Olivier. Al yerno no le preocupaba demasiado: él amaba más a su esposa y a París.
Desde la llegada a los Tejares, el Sr. de Montreu había impuesto – al menos
así lo creía – la disminución progresiva de la morfina. Los primeros días, Blanche se
rebeló, al descubrir los artificios de agua mezclada, éter sulfúrico, cloroformo o alcohol. ¡Necesitaba morfina! Lloraba, se lamentaba, insultaba, amenazaba, luego se
tranquilizó, pareció renunciar al estupefaciente y a todas las sustituciones diluidas,
mucho antes del plazo fijado por los médicos.
Blanche se consideraba salvada, absolutamente curada, hablaba con asco de su
antigua y ridícula pasión; tocaba el piano, el arpa, cantaba, reía, montaba a caballo –
y el marqués escribió unas cartas entusiastas al doctor Aubertot. Este respondió:
«¡Muy bien! Pero, tenga cuidado! ¡Continúe vigilando!»
Y le indicaba casos insólitos entre los morfinómanos para disimular.
En el paseo de los tilos, el Sr. de la Croze y el marqués encendían sus cigarrros; Blanche, madre celosa, cogió a la pequeña Jeanne de los brazos de la abuela, y
la cubrió de locos besos.
–¡Le haces daño!– exclamó la Sra. Amélie… – Mira: ¡está llorando!
Jeanne dijo, vertiendo lágrimas:
–¡Mala, mamita!
La marquesa estalló en sollozos, y se puso a caminar muy aprisa. Oliver preguntó, preocupado:
–Blanche, ¿a dónde vas?
–Regreso a mi habitación; ¡necesito llorar!
Corría tan rápido que los La Croze y el marqués tuvieron miedo y fueron tras
ella. Blanche gritó:
–¡Dejadme! ¡Me fastidiáis!
En su camino, se encontró con la vieja Catherine que quiso detenerla:
–¿Señora?...
–¡Déjame!... ¡déjame!
Ante ese espectáculo, el Sr. de Montreu se vio invadido de una gran angustia… ¿Acaso renacía la terrible pasión?
Y, pronunciando la consigna, golpeó la puerta de su esposa.
La marquesa fue a abrir; afirmó:
–¡Ya estoy mejor!
Él habló tímidamente de la morfina, y Blanche le saltó al cuello, muy alegre!
–¿La morfina?... ¡Oh! ¡no, Olivier!... ¿Crees que voy a morir?... Ya he sufrido
demasiado… ¿No hemos roto todas las siniestras Pravaz?
La joven mujer, enteramente calmada, había recuperado su alegría.
Cada día, la marquesa iba a cumplir con sus devociones en una pequeña capilla situada al final de los jardines, en medio de un denso follaje.
Por la puerta enrejada, se veía sobre el altar una Virgen de mármol blanco,
unos candelabros de oro y jarrones con flores recién cortadas; cuatro oratorios de
terciopelos se alineaban, entre las dos ventanas ojivales, cuyo sombrío y artístico vitral brillaba a la luz de una lámpara de iglesia.
Una mañana, el marqués y la pequeña Jeanne acompañaron a la Sra. de Montreu hasta la capilla. La mamá y la criatura se habían arrodillado, y Olivier, de pie,
observó los ojos de Blanche que, desde hacía algunos minutos, exploraban la alfombra, en una búsqueda infructuosa.
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La Sra. de Montreu se quedó en la pradera. Olivier llevó a la niña, feliz de verla saltar y reir. En un momento, Jeanne se bajó para recoger violetas.
–¡Oh! ¡papá, mira qué bonita joya!
En sus dedos brillaba al sol una Pravaz de oro.
El marqués recogió el objeto vivamente:
–¡Jeanne, no digas a mamá que has encontrado esto!
–¿Por qué?
–¡Porque me harías, mucho, mucho daño!
–Pero, no quiero que te apenes, papaíto….¡Chsss!... ¡Aquí viene mamá!
Blanche iba hacia ellos, con la mirada registrando la hierba, las rocas, y todo
su rostro revelaba una profunda inquietud.
Olivier creyó generoso y prudente no arriesgar con alguna alusión.
Durante la jornada, el marido y la esposa se dirigieron a Saint-Martin-l’Église,
a casa de sus parientes, los Gouillèras, y el Sr. de Montreu, dejando a Blanche con la
prima Mathilde, se acercó a la farmacia.
Cerca de la puerta, el Sr. Teissier, el farmacéutico, liaba un cigarro.
–Señor, – dijo Olivier – me haría el favor de concederme unos minutos.
–Con mucho gusto, señor marqués.
Se sentaron en un saloncito, detrás de la oficina.
El aristócrata expuso:
–El Dr. Vaussanges está de viaje; espero su regreso para preguntarle, si eso es
útil, lo que no creo. Él mismo me ha manifestado desde hace tiempo que la Sra. de
Montreu no tenía ya necesidad de morfina; por otro lado, estoy seguro de que mi esposa no ha recibido ningún envío desde París. Por lo tanto, es usted, señor, quién,
sin receta, está vendiendo morfina a la Sra. de Montreu.
–¡Esa es una acusación injusta, señor marqués! Yo jamás he vendido morfina
sin receta.
–¿Me da usted su palabra de honor?
–¡Palabra de honor!... Y deseo demostrarlo…
–¡No es necesario!
–Sí, quiero.
Corrió a la oficina y regresó, llevando consigo un libro y un frasco.
–Señor marqués, en nuestro pueblo se consume muy poca morfina. He recibido de París cincuenta gramos, y, con motivo del tratamiento seguido por la Sra.
marquesa, bajo diversas recetas del Dr. Vaussanges, han sido retirados cinco gramos, luego dos gramos, receta de otro médico, el Sr. Thavet, de Labrousse. Deben
quedarme cuarenta y tres gramos. ¡Vamos a ver!
Teissier depositó el frasco sobre una balanza, hizo un cálculo mental y exclamó:
–¡Catorce gramos solamente!... Por el amor de D… ¡me han robado!
De inmediato, llamó: «¡Víctor! ¡Víctor!»
Un hombre muy joven de cabello pelirrojo que apilaba quinquina en el laboratorio, entró y dio un respingo, asustado, ante los testimonios de su incorrección.
–¿Fuiste tú quien cogió la morfina de aquí? – gruño el farmacéutico. ¡No
mientas o te estrangulo!
–Sí, patrón. La he vendido en varias ocasiones, y voy a buscar el dinero ahora
mismo.
–¡Maldito! ¡canalla!... ¡Sal de aquí!
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Pero, a ruego del Sr. de Montreu, el farmacéutico se resignó a escuchar las razones de Víctor.
Él, hijo del Sr. Abel, el hermano arruinado del Sr. Adolphe Gouillèras, ¿en
qué se hubiese convertido sin la asistencia del tío rico? Esta asistencia la debía sobre
todo a la tía Mathilde, pues el tío Adolphe no lo quería demasiado. ¿Qué más natural
que expresar esa gratitud a la Sra. Mathilde, proporcionándole unos gramos de morfina que ella pagaba?
–Mi único error, – añadió el mancebo – es no haber puesto el dinero en la caja,
pero se habría descubierto la venta y la Sra. Mathilde quería mantener el secreto.
–¡Más que idiota! ¡más que bruto! – continúo el farmacéutico, tal vez hayas
envenenado a tu benefactora.
–No, porque la morfina no era para ella – replicó el Sr. de Montreu – ¿no es
así, Víctor?
–Yo no sé nada, señor marqués.
Desde que obtuvo del Sr. Teissier el perdón de Víctor y recomendado el silencio al patrón y al mancebo, el Sr. de Montreu regresó a casa de los primos Gouillèras. No deseaba una explicación inmediata con Blanche, en presencia de Mathilde;
temía encararse a las mentiras de las dos mujeres.
En el momento de partir, Blanche dijo a su prima:
–¡No lo olvides!
–No temas. Se lo entregaré al cartero.
En la calesa, a lo largo del camino, la Sra. de Montreu sonreía a su esposo.
Preguntó:
–¿Verdad, Olivier, que Mathilde embellece todos los días?
–No opino del mismo modo. ¡Es demasiado rubia, está demasiado pálida, demasiado delgada, demasiado alta!
–Tal vez, ¡pero es muy distinguida!
–Lo importante es que sea feliz, y si el Sr. Gouillèras no es la distinción personificada, tiene todas las cualidades de un hombre íntegro.
La noche transcurrió tranquila. Por la mañana, sobre la carretera, Olivier
acechó el paso del cartero:
–¿Tiene algo para mí?
–Sí, señor marqués, – respondió el cartero. – Tengo cartas y periódicos.
–¿Nada más?
–Un paquete para la Sra. marquesa, de parte de la Sra. Gouillèras.
–Deme el paquete.
El Sr. de Montreu regresó a su habitación, y, obligado por su amor a desempeñar un papel de vigilante conyugal, muy a pesar de su costumbre y su voluntad, el
marido desató el paquete. Se encontró dos ovillos de lana azul, y estos contenían en
su interior una carta, una pequeña botella y una Pravaz.
Era un deber leer, y Olivier rompió el sobre:
«Mi querida Blanche, en Limoges, en el Sagrado Corazón, tú rica, compartías
con la pobre prima Mathilde, las comidas que te enviaban desde el castillo de los
Tejares.
«Y, hoy, tengo la dicha de enviarte la mitad de las riquezas que poseo y de cuyo misterioso y soberano poder me has informado.
«Mezcla el divino licor, pues, por desgracia, la fuente se va a agotar. Ayer, en
efecto, mi sobrino Víctor me anunció que no podría seguir proporcionándomela, al
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prohibirle el patrón su venta y por razones que desconozco. Esas razones, las atribuyo a una visita de tu marido a la farmacia, visita que he sabido del propio testimonio
de la Sra. Teissier.
«¡Oh, querida, hay que ser cuidadosa! ¡Hay que ocultar este supremo tesoro!
Blanche, ¡no hay cajones lo suficientemente discretos ni cajas bastante fieles, contra
los ojos de un marido como el tuyo, un hombre que te adora y no es capaz de ver
que la privación es mortal!
«Mi marido a mí – ese bueno y sencillo hombre de campo– me deja libre, y,
por lo demás, yo lo domino con toda la altura de mi pobre nobleza.
«Te envío una Pravaz, menos elegante que la que has perdido, pero también
generosa. La Pravaz y la solución, continúa poniéndola bajo la salvaguarda de tu
pequeña Jeanne. El Sr. marqués jamás las encontrará: ¡un ángel las protege!
«Mil besos de tu:
«MATHILDE GOUILLÈRAS,
«NACIDA DE CHASTENET.»

«P.S.- Vuelvo a abrir esta nota. Tengo una idea. ¿Por qué no escribes a nuestra
amiga Geneviève Saint-Phar? Probablemente la doctora nos enviase morfina. Si se
niega, iré a Limoges y obtendré recetas de un doctor y tal vez soluciones, directamente, de los farmacéuticos.»
El Sr. de Montreu trataba de ahondar en el misterio de estas palabras: « La
Pravaz y la solución, continúa poniéndolas bajo la salvaguarda de tu pequeña Jeanne… »
¿Era una idea simbólica o el claro enunciado de un hecho?
Mientras la sirvienta vestía a Jeanne, Olivier inspeccionó la cama de la niña y
descubrió, en el fondo del somier, un frasco de morfina vacío en sus tres cuartas partes. No quiso seguir por la senda de las hipocresías burguesas, y por la tarde, a la
hora de la siesta, dijo a Blanche:
–A pesar de tus juramentos, vuelves a comenzar con las mismas locuras, y te
envenenas con la horrible morfina…
–¡Eso no es cierto!
–¡Blanche!
–¡No es cierto! ¡no es cierto! ¡No, eso no es cierto!
Él le mostró los dos frascos y la Pravaz:
–¿Para qué mentir?
–¿Dónde has cogido eso?
–Tuve que registrar la cama de Jeanne e inspeccionar el envío de Mathilde.
–¿Ha abierto usted una carta dirigida a su mujer? ¿Ha roto el sobre?
–Sí.
–¡Es usted un canalla!
–Amor mío…
–¡Cállese, señor! ¡Debería enrojecer!... Vamos, ¡entrégueme esos objetos!
–No.
–¡Yo así lo quiero!
–No.
–Señor, ¡entrégueme eso!
–¡Jamás!
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Nerviosa, ella se arrojaba sobre él, tratando de apoderarse de la Pravaz y los
pequeños frascos; él resistía; ella se colgaba de él, mezclando sus sollozos con promesas de amor, en ardientes ruegos y él necesitaba mucho coraje para resistir.
–¡Olivier, la Pravaz es mi vida!
–¡Eso será tu muerte!
Deseoso de poner término a una lucha tan dolorosa, arrojó la Pravaz y los
frascos por la ventana abierta, en el estanque de los Falettes.
Ambos oyeron el chapoteo del agua, y Blanche gritó:
–¡Me has matado!... ¡me has matado!
Olivier se arrodilló ante ella, implorando el perdón del sacrificio. Ella lo rechazó, quería estar sola.
¿Y si ella se arrojaba por la ventana? Él estaba allí; observaba; con sus brazos
agarrando las faldas.
E, inclinada en la ventana, Blanche miraba el cielo de un azul intenso y las
constelaciones. Veía temblar las estrellas sobre las aguas, y, entre ellas, dos más brillantes cuyo estallido iluminaba las profundidades que se abrían. Eran los frascos de
morfina: descansaban en un lecho de gladiolos y nenúfares, un joyero de herivas
verdes y rosas diamantadas. Los frascos se rompieron, el licor se vertió, abundante,
siempre más abundante, infinito. Y hete aquí que Blanche, se encontró en el paroxismo del delirio a la visión de un mar de morfina. Se acordó de un bonito espectáculo de viaje – ¡de su viaje de bodas! – y para ella la morfina circulaba en el
estanque, como en el Ródano, en Ginebra, y atravesaba el Leman sin confundir sus
aguas.
Todo lo demás era borroso, y solo el licor triunfaba y brillaba luminoso, inmaculado.
Escuchó voces celestiales que le prometían en el Paraíso amores inmortales.
Blanche iba a caer; iba a morir; él estaba allí, él la tomaba contra su pecho:
–¡Mi adorada!
–¡Yo no os conozco! ¡Váyase!... ¡váyase!... ¡Me produce horror!
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VI
El capitán Pontaillac se encontraba en un estado físico relativamente satisfactorio, y todavía mantenía representando al lado de la Stradowska una extraña comedia amorosa.
En esa ruda musculatura, entraba el veneno, se deslizaba, y al igual que el rayo
quema la espada de acero, sin dañar el forro de terciopelo, consume los huesos del
cuerpo, sin afectar la carne que los cubre – así, la morfina mataba el espíritu, la resistente llama, sin casi tocar la envoltura orgánica.
Cosa notable, no había para Raymond ningún elemento coexistente de un estado de degeneración mental hereditaria, ninguna apetencia mórbida, ninguna tendencia malsana que fuese el acto de una naturaleza ya debilitada e incapaz de resistirse a las solicitaciones.
Desde el principio, el cerebro estaba indemne de taras: desde el punto de vista
médico-legal, la herencia no ejercía no su rol habitual de factor etiológico, y no se
podían advertir más los fenómenos del morfinismo y del alcoholismo asociado.
Desaparecida Blanche, el joven oficial buscó el olvido en las tareas militares y
las pequeñas reuniones con sus camaradas, Jean de Fayolle, Léon Darcy y ArnouldCastellier; en cuanto al mayor Lapouge, fue víctima de los arrepentimientos del
morfinómano.
Pero, después de tres semanas, aparte de las horas en las que el servicio lo
llamaba al cuartel, Pontaillac era invisible. No se le encontraba ni en el Epatant, ni
en el café de la Paz, ni en la Ópera, ni en el Circo, ni en el Bois, y las cartas, los telegramas de Christine permanecían sin respuesta.
Comenzó una vida bizarra.
Algunas veces, en su casa, con su revólver en la mano, se detenía ante un espejo, con la idea de reventarse el cerebro, y luego, regenerado por una inyección,
colmado de deseo por Blanche, caminaba hacia un saloncito.
Admiraba un retrato de cuerpo entero de la Sra. de Montreu, una obra maestra,
cuya ejecución acababa de supervisar y de dictar los menores detalles, según una fotografía y la religión del recuerdo – así como se hace con las imágenes de los muertos.
Aquí y allá, por todas partes, cosas de ella: un abanico roto, un zapato de baile, un corsé, guantes, ramos; todos esos objetos sin valor, se los había comprado a
Angèle, la dama de compañía de la marquesa, y el corsé florido de encajes exhalaba
todavía el delicioso perfume de la dama pelirroja.
Con mirada suplicante, tendía las manos hacia el retrato, y Blanche parecía
animarse y descender de su marco; él la cubría de besos, la mimaba, la transportaba,
la poseía por entero. Y, acabada la alucinación, repentinamente, se volvía a encontrar cerca de un espejo y manejaba el gatillo de una pistola.
Ahora bien, un día, como todos los días, Raymond evocaba a su bien amada.
La puerta se abrió, y Christine que entraba, se detuvo, impactada.
–¡Raymond!
–¿Qué desea de mí, señora? ¿Qué viene a hacer aquí? ¡Salga!
–¿Ya no me amas?
–¡Yo jamás la he amado!
–¡Oh! – gimió ella, abrumada de dolor.
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–Esa es a quién amo, a quién adoro – exclamó, señalando el retrato de Blanche
– ¡Esa es! ¡Fue para ocultar a todos los ojos un amor culpable que se apoderó de
mi!... ¡Mire!... ¡Dios mío, qué bella es!... ¡Déjenos solos!
De sus dedos temblorosos, buscaba las formas maravillosas en un espacio geométrico indefinido, estrechaba sus brazos, y suspiraba:
–¡Blanche! ¡Oh, Blanche!... ¡Oh, mujer!.... ¡Toma! ¡sobre tus labios!
Pero, de pronto, se tambaleó, despertado:
–¡Estoy loco, mi buena Christine!
–Y yo vengo a consolarte; vengo a curarte… a hablarte de ella…
Había tanta sencillez y heroísmo en esa inmolación de la mujer ultrajada que
Raymond se arrodilló ante su amante.
Ella lo levantó, y besándolo en la frente:
–¿Quieres que sea tu hermana a partir de ahora?
–Entonces, – dijo él, sin entrever la grandeza del sacrificio, – entonces, ¿no
estás celosa?
–No… nada de celos.
–¿De verdad?
–De verdad.
Y hablaron de la ausente toda la jornada, toda la noche.
–¿Por qué no pides un permiso? Irías a verla… allá…
–Tengo miedo…
–¡No seas bobo!
Una noche, Crhistine condujo a Raymond a la estación de Orleans, y la valiente regresó a su casa, llena de angustia.
En los Tejares, la marquesa Blanche entraba en el último periodo del
«síndrome de abstinencia.»
El doctor Vaussanges, un hombre de barba gris de lo más honorable, trataba
de engañar a su noble clienta:
–Señora, le traigo morfina.
–¡No, doctor, eso es agua!
–Morfina y agua.
–¡No lo quiero!
Ante la imposibilidad de procurarse dosis de estupefaciente, la Sra. de Montreu, que ya no recibía cartas de la Sra. Gouilléras, se dirigió a los criados. Todos se
negaron a obedecer a su ama, bajo las órdenes del marqués.
Nada que esperar de la doctora Geneviève Saint-Phar.
Enloquecida de odio, Blanche rechazó a su marido en el lecho conyugal; evitó
las menores ternuras, los menores besos.
Él, dominando sus escrúpulos de hombre noble y queriendo por encima de todo la curación de su esposa, había hecho fabricar unas llaves; inspeccionaba el secreter, el escritorio, los cajones, los cofres, las bolsas, las cajas de guantes, los objetos más delicados, los más íntimos, y, si la marquesa lo sorprendía en sus bárbaras
pesquisas, le decía con desdén:
–¡No se moleste! ¡Verifique mis camisas, mis medias!
Y se estremecía de ganas de escupirle en el rostro.
En la marquesa Blanche, el sistema nervioso por entero, cerebro-espinal y
ganglionar, estaba profundamente afectado por la desaparición de la morfina en el
organismo: la joven mujer incriminaba moralmente a Ollivier, su salvaje guardián;
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el sistema nervioso se rebelaba físicamente contra el acto de violencia que le sustraía lo indispensable, y cada nervio manifestaba su trastorno, en su propio ámbito.
En virtud de leyes ignoradas, la fuerza del deseo fisiológico desarrollaba el
campo intelectual y permitía a la Sra. de Montreu analizar todas sus sensaciones.
Tenía hambre de morfina; tenía, no impulsos de golosa, sino una auténtica necesidad de alimento: ¡le faltaba un elemento!
Sentada o acostada, experimentaba una intensa agitación de las piernas, – en
sus piernas martirizadas, pues se había pinchado en las piernas – y se veía obligada a
ejecutar con ellas movimientos regulares; esta agitación se exageraba hasta tal punto
que se hubiese dicho un redoble de tambor. Los ligeros abscesos de la región lumbar
y de los muslos producidos por los pinchazos se cicatrizaban; el rostro conservaba
todo su frescor; la piel permanecía indemne a esa coloración purpura habitual en los
morfinómano sanguíneos; los ojos no revelaban ningún trastorno de acomodación, y
solo, los dolores en la región cardíaca, una tos nerviosa y una sed inextinguible
constituían los principales síntomas de la abstinencia.
–¡Olivier, me muero!... ¡Olivier, ten piedad de mí!
El Sr. de Montreu apartaba la mirada, temiendo sucumbir:
–Blanche, mi querida esposa, ten todavía un poco de valor… Te vas a curar;
no pensarás más en el horrible licor, y nos amaremos…
–¡Jamás, señor, jamás!
A fin de distraer a la enferma, Olivier se servía de Jeanne para enviarle regalos
encantadores.
–Mamá, es de papá… ¡Oh! ¡qué brazalete más bonito! ¡Oh, qué bonito collar!... Y esas flores, estas verbenas, estas rosas…
Blanche besaba la cabecita rubia y la alejaba – sin una sonrisa.
El Sr. y la Sra. de la Croze animaban a su yerno a salvar a la madre de Jeanne.
Se citaba a la Sra. de Montreu los ejemplos de algunos morfinómanos arrepentidos;
se le citaba el caso de Mathilde Gouilléras, que tras haber sufrido mucho, lanzaba
anatemas contra la morfina; Blanche no escuchaba nada, y siempre enamorada del
veneno, iba hacia el final de sus consumidores.
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VII
Ese día, Raymond de Pontaillac, llegado la víspera a su castillo de los Ormes,
montó a caballo para dirigirse a los Tejares.
Al principio puso su animal al galope, luego al trote, por último al paso, bajo
los grandes castañoss que le cubrían de sombra: en su deseo de volver a ver a Blanche se mezclaba una pena, como si realmente no estuviese seguro de encontrar allí
toda la dicha que iba a buscar.
Ante la verja del castillo, el capitán estuvo a punto de girar las bridas, pero
había sido visto por el Sr. de la Croze que le dijo:
–¡Caramba! ¡Qué sorpresa, amigo mío!... ¿Y desde cuando está usted en los
Ormes?
–Desde ayer, señor Pierre… Me he detenido en Limoges para saludar a mi tío.
–Podrías decir: «Monseñor»… ¿Cómo está nuestro obispo?
–¡Pontificalmente!
Un criado llevó el caballo del capitán a las cuadras, y el Sr. de la Croze y Pontaillac caminaron hacia la casa.
–Capitán, ha hecho bien en venir a vernos… ¡Uno se aburre mortalmente
aquí!... ¿Cuántos meses de permiso?
–No tengo meses; tengo días… quince.
–¡Diablos, eso es poco!
El viejo noble introdujo a Raymond en el gran salón, llamó a la Sra. de la Croze y envío a Catherine a advertir a la marquesa.
Olivier estaba en el parque, supervisando la instalación de los conductos del
agua. Se le llamó; acudió, y los dos amigos se abrazaron, mientras la marquesa hacía
su entrada.
Evocando la escena del jardín de invierno, en casa del doctor Aubertot, Raymond se decía: «¿Me ha perdonado?» Por el contrario Blanche se estremecía con esta idea: «Él tiene morfina; ¡me la dará!»
Ambos hablaban ahora de un modo indiferente de cosas parisinas y mundanas,
de los últimos bailes, de las últimas habladurías, de los últimos escándalos, y nada,
en su voz ni en sus gestos, traicionaba sus profundas emociones.
Se recibió la visita del abad Boussarie, el cura de Saint-Martin-l’Église, un
amable y paternal anciano de largos cabellos blancos, el antiguo preceptor del Sr. de
Pontaillac. Él recordó que Blanche, Olivier y Raymond habían sido bautizados por
él y que habían hecho su primera comunión en Saint-Martin. Solo, el capitán estaba
soltero. ¿En qué pensaba? ¡Vamos, el sobrino de Monseñor Aymard de Pontaillac,
el heredero de un linaje ilustre, debía predicar pronto con el ejemplo!
Y con su bastón, con empuñadura de plata, el viejo sacerdote amenazaba cariñosamente a Raymond.
Una esperanza animaba a la Sra. de Montreu. Era a Pontaillac a quién debía su
primer pinchazo y, en su horrible desamparo de hambrienta, el gran iniciador acudiría en su ayuda… ¿Cómo dirigir la petición, en qué lugar, con qué ardides? Aquí,
nada se podía intentar bajo la mirada del marido. ¿Escribir al capitán, enviar una
carta por un criado? Nadie en el castillo aceptaría el recado. Por otro lado, Blanche
no olvidaba la declaración de amor del joven oficial, y se sentía al respecto con la
más grande reserva. Y sin embargo, necesitaba la morfina, le hacía falta una Pravaz
– ¡solo, Raymond podía impedirle morir!
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Enseguida, nació la idea en el Sr. de Montreu de que su esposa habría recurrido a Pontaillac, y, como él buscase un medio de afirmar su papel de vigilante, fue el
propio Raymond quien le sacó de apuros:
–¿Sabes, Olivier? ¡Por fin he renunciado a mi estúpida dependencia por la
morfina!
–Ya no hay esperanza; ¡me mataré! – gruñó la marquesa.
Pero levantó los ojos y creyó leer una mentira y una promesa en la mirada del
hombre.
–¿Realmente, – interrogó el marqués, – has roto con la odiosa Pravaz?
–¡Sí, he roto!
Una nueva mirada desmintió la nueva afirmación, y esta vez Blanche mostró
una sonrisa. ¿Es que, por otra parte, podía olvidarse el embrujo? ¡Si Pontaillac acababa de traicionar la verdad, es que comprendía los dolores de la abstinencia y se
protegía del esposo, a fin de socorrer mejor a la desdichada mujer!
Tras la partida del cura y de Raymond, la marquesa subió a sus aposentos y
volvió a bajar, a la hora de la cena. Había cambiado de vestuario y, en vestido primaveral, con sus bellos cabellos pelirrojos adornados con un racimo de lilas, parecía
tranquila, casi alegre.
El marido iba a acusar a la morfina de esta agradable metamorfosis, pero
Blanche adivinó su pensamiento, y con un gran talento de disimulo, dijo:
–Olivier, sospechas que me he pinchado. ¡Pues bien, te equivocas! El Sr. de
Pontaillac se ha curado; ¿Por qué no podría hacerlo yo?
Creaba «el estado de esperanza» que ayuda a soportar «el estado de necesidad».
Al día siguiente, Raymond salió de los Ormes para un paseo matinal. Caminaba, con el corazón alegre, y, gracias a unos especiales razonamientos que las bienhechoras soluciones le inspiraban, llegando a convencerse de que era urgente procurar morfina a la gran dama y excusable el hacerse amante de la esposa de un amigo,
de su mejor amigos.
Pontaillac circulaba por un camino sombrío y, a través de las ramas, el sol le
besaba el rostro, le iluminaba sus entorchados; una brisa tibia y dulce lo impregnaba
de vivificantes fragancias de los bosques.
Se detuvo ante el parque de los Tejares, cerca de una brecha reciente hecha
por los obreros empelados en los conductos del agua. La verja de la capilla estaba
abierta y, en la mujer arrodillada, el hombre reconoció a la Sra. de Montreu.
La marquesa salía de la capilla, y las dos víctimas de la Pravaz se miraron.
–Señora, –comenzó Raymond, – el azar me ha traído aquí, y bendigo al
azar…¡Qué pálida y temblorosa estáis!... Habéis llorado…
–He llorado, porque sufro, porque me muero!
Decididamente, contó sus dolores, el suplicio que le imponía el Sr. de Montreu, privándola del licor vital; contó la escena nocturna en la que el marido arrojó al
estanque las soluciones y la Pravaz. Todo el mundo la abandonaba, sí, todo el mundo, incluso Mathilde, su antigua prosélita!
–Lo sabía, – replicó el oficial con aplomo; – lo sabía y he venido. Ayer, debí
ocultar bajo la mentira mi deseo de seros útil, pues, señora, mejor que nadie, yo conozco vuestro mal. Yo también lo he padecido y también he llorado. No hay tortura
comparable a la de la necesidad de morfina! Los médicos pretenden que el licor nos
mata! ¡Imbéciles! ¡Pero, la muerte odiosa, terrorífica, es la privación!
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Extrajo de su bolsillo un neceser de viaje en seda azul que contenía la solución
y una aristocrática Pravaz:
–Tomad, señora… no lloréis más… Enjuagad vuestros bellos ojos… El infierno va a desaparecer…. para vos!
–¡Gracias, oh! ¡gracias, señor de Pontaillac! ¡Usted me salva!
El capitán saludó a la Sra. de Montreu y regresó por el camino de los Ormes.
Bajo la energía del pinchazo, Blanche experimentó un extraño malestar: la solución de Pontaillac era una dosis un grado mayor del que la joven víctima todavía
no había alcanzado.
Se produjo un trastorno espantoso en los órganos, al mismo tiempo que una
sobreexcitación del cerebro. La sangre afluyó al corazón, y unas imágenes – por los
ojos y por el pensamiento – reemplazaron a la vez las ideas exactas y los cuadros de
la realidad; así, la habitación de Blanche se transformaba en un amplio estanque, el
estanque de las Falettes; una barca se balanceaba sobre las aguas; el Sr de Montreu
encarnaba al Sr. de Pontaillac, y Blanche adoraba la nueva encarnación. En una lucha de la luz y las tinieblas, el espíritu establecía un contraste odioso entre los dos
nobles, entre el esposo severo, tal como un carcelero, y el enamorado soberbio, como un príncipe encantador. Blanche disminuís la pequeña talla del marido, cuando
el marido conducía los ponis de la victoria; ella le sustraía toda su belleza, su distinción, para apostar por el gran Raymond al que veía correr a caballo, resplandeciente
con casco y coraza, en un deslumbramiento de astro.
Al despertar, la decente mujer expulsó la mala idea y fue presa de un terror,
como si realmente hubiese sido responsable de las veleidades de lujuria sugeridas
por el alma del veneno.
Los días siguientes, se mostró fría con el Sr. de Pontaillac, afectando ante él
una gran ternura conyugal por Olivier; pero, cierta noche, el capitán cenó en las Tejares con el abad Boussarie, los Gouillèreas, y, cuando el marido de Mathilde, un
buen y grueso vecino de Limoges, de barba rojiza, aburría al invitado con sus preguntas sobre la pólvora sin humo y la Triple Alianza, Blanche, pasando, rozó a
Raymond con un roce voluptuoso.
El Sr. de Pontaillac se estremeció de alegría; la Sra. de Montreu balbuceó, antes de refugiarse cerca del ángel guardián, su hija.
Esos ardores inconscientes de la casta esposa justificaban uno de los más curiosos fenómenos de la intoxicación morfínica y de su resultados absolutamente
contrarios para los dos sexos. En efecto, mientras que el hombre sufría algunas veces un estado de depresión de las vías genésicas, el sistema llegaba en la mujer a un
alto grado de ninfomanía. La fuerza moral de Blanche, aunque muy debilitada por el
abuso de la morfina, la preservaba todavía contra el adulterio, pero no le impedía librarse a movimientos desordenados y de origen puramente mecánico donde se apagaban su mirada lasciva, donde se calmaba su excesiva sobreexcitación.
La Sra. de Montreu gemía con este triste estado; no quería mantener más relaciones con su marido; pero se revolvía contra las tendencias bestiales, y se sentía
humillada y herida durante las invisibles metamorfosis del licor.
Una tarde, el marqués Olivier, el Sr. de La Croze y el cura Boussarie jugaban
una partida de billar, y arriba, en su habitación, la marquesa se inyectaba una nueva
solución, – un regalo de Pontaillac.
El sol de junio arrojaba sobre la gleba una polvareda de oro y de fuego. Se oía
el canto de los grillos que se agudizaba, el rodamiento de los carros, las llamadas a
la siega, y a veces el mugido de los bueyes. Un pueblo de trabajadores, hombres y
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mujeres, cortaban o amontonaban las hierbas, – los machos tostados y velludos, con
el torso delgado, las viejas todavía más negras; y aquí y allá, con un guadaña en la
mano, algunas bonitas mozas en falda oscura y camiseta clara, se estiraban, con poses amorosas, bajo el incendio del cielo.
Por un fenómeno de doble conciencia y de doble visión, la marquesa permanecía siendo la Sra. de Montreu, pero en ella vivía otra mujer dominando a la primera e imaginando esperar a Raymond, haberle concedido una cita en su habitación.
Ella podía percibirlo, allá, en los Ormes; él subía al caballo; ella lo seguía por la ruta
polvorienta, a lo largo de los olmos de Italia. Se detuvo ante la verja del castillo, No
había nadie para recibirlo, y la vidente distinguía claramente a los criados ocupados
en diversas faenas; estos ayudaban a los jornaleros; aquellos limpiaban el parqué del
gran salón; uno de los palafreneros dormía en un rincón de la granja; Catissou desangraba las aves.
–El Sr. de Pontaillac entra en el vestíbulo, y helo aquí en el comedor! – soñaba
en voz alta la morfinómana… –No encuentra a los caballeros jugando al billar…
¿Por qué Olivier y mi padre no lo oyen caminar?... ¿Por qué no lo llaman?...Yo lo
oigo… Lo veo… ¡Raymond! ¡Oh, Raymond!...
Esta vez, el joven entraba realmente; abría la puerta del corredor; subía por la
escalera, y Blanche, le tendía los brazos con pasión. El la besaba, lleno de amor, pero cuando la sintió resistir, luchar contra sí misma, contra la otra mujer, «la extraña», se apartó:
–¡Señora, yo os amo, os adoro! ¡Oh! ¡os deseo con toda mi alma, y sin embargo no quiero tomaros así!... ¡Blanche, adorada mía, te quiero libre, y no lo eres!
Ocho días más tarde, la Sra. de Montreu se entregó al Sr. de Pontaillac.
Ella murmuraba, bajo los efectos de la morfina:
–¡Tú no me has conquistado odiosamente, y te agradezco haberme esperado,
después de haberme encantado! ¡Oh, amor mío, amémonos!
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VIII
Olivier de Montreu había relajado su rigurosa vigilancia, y la marquesa abusaba de ello, dando como pretextos sus paseos diarios de caridad: visita a los pobres
del vecindario, a los niños enfermos, a las embarazadas.
Blanche y Raymond se veían en una cabaña perdida en un bosquecillo o bien
en un kiosco aislado que el Sr. de la Croze hizo amueblar para la estación de pesca.
Esos dos lugares, tan diferentes el uno del otro, exaltaban sus deseos: tanto la cabaña parecía rústica con su camastro de hojas; tanto el kiosco recordaba, por sus amplios aparadores y sus mullidos divanes, el lujo y el buen gusto de los nobles.
Los amantes siempre tenían una semejante y seductora dueña, la Pravaz, pero
se inyectaban el veneno mundano, sin darle importancia, como si él se fumase un
habano, como si ella se empolvase la nariz o se perfumase.
Ella lo encontraba radiante en su traje azul marino, bajo un sombrero de viaje;
él la juzgaba adorable en vestido de tela cruda y zapatos amarillos, guantes de Suecia y tocada con un sombrero de paja deslumbrante con flores del campo.
Eran jóvenes; eran hermosos; se amaban – y eso es decirlo todo.
Hacia las dos, la Sra. de Montreu bajaba de su habitación; Jeanne la seguía:
–¡Mamita, ¿me llevas contigo?
–No, querida.
–¡Me portaré bien!
–¡No!... voy a visitar a los pobres el Sr. cura, ya sabes, esa mujer alta, La Gire
y ese gran anciano, Le Guillout… Tendrías miedo… ¡Vamos, déjame!
Pero la pequeña se colgaba de las faldas maternas:
–¡Ah, mamita, ya no eres tan amable como antes!
–Tengo prisa… ¡Vete!
Blanche apresuraba el paso. Un grito de Jeanne la hizo volverse de pronto, y
rodeó con sus brazos a la dulce niña que acababa de golpearse contra un árbol del
parque y le caían las lágrimas, con el rostro todo ensangrentado.
–¡Oh, querida!
Infiel amante y santa madre, Blanche olvidó la cita.
Una carta de Raymond, llevada a las Tejeras por una cridada de los Ormes, solicitaba una reparación amorosa, y al día siguiente, los amantes se reencontraron en
la cabaña.
–¡Aquí estás! ¡aquí estás por fin! – exclamó el oficial, encendido de deseo.
–Amigo mío, tengo que hablaros de cosas serias.
Pero, él no la escuchaba, y sus ardientes besos apagaban la voz de su amante.
–Raymond…
–¡Tus labios!... ¡Quiero tus labios!
–¡Te lo suplico!
–¡Te quiero toda!... Allí, un beso en tus ojos, sobre tu boca, siempre, siempre,
siempre!...
–¡Raymond!... ¡Raymond!... ¡Raymond!...
Tras la batalla de amor, Blanche regresó aprisa, atajando a través de las praderas y las landas. Una angustia la agitaba, la trastornaba, y unos aparceros la oyeron
gemir: «¡Mi hija está muerta!»
Ella la sabía curada, y nada expulsaba la idea de «la otra» en esta doble persona.
–Sí, sí, ¡ha muerto!
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Bajo el peristilo del castillo, Jeanne jugaba a la pelota, y fue necesaria una visión clara y precisa para disipar las quimeras del espíritu confuso.
–¡Mi Jeanne, oh, mi tesoro, no te abandonaré más!
Fue en vano que Pontaillac esperase a su amante en el kiosco o en la cabaña;
en vano, dirigió cartas; en vano, merodeó cerca de la capilla, jamás tuvo el orgullo
de temblar al frufrú de las faldas ligeras y adoradas.
Obtuvo una prolongación de su permiso; le quedaban dos semanas de esperanza – de placer o de dolor – y aceptó una última vez ir a cenar con los Montreu.
–¿En que os habéis convertido?– preguntó a Blanche.
Ella levantó los ojos y dijo:
–¡En una mujer decente!
La altiva y glacial frase respuesta indicaba una ruptura definitiva, y Raymond
partió para París donde la Stradowska lo lloraba, en la villa Saïd.
Siempre enervada por la morfina de la que debía una abundante provisión a su
antiguo amante, Blanche de Montreu quiso regresar a su marido. Un escrúpulo la
detuvo. Le parecía miserable haberse arrojarse entre los brazos de Olivier, aún caliente de sus devaneos galantes, y juró vivir algunos días de arrepentimiento y purificación. Al final del mes, experimentó un extraño malestar, unas irresistibles ganas;
luego sobrevinieron unas nauseas matinales.
–Entonces, Blanche, – dijo Mathilde Gouilléras, – un día de estos voy a bordar
una bonita canastilla.
–¿Tú crees?... ¡Oh!...
–¿Dónde está el mal? Tú no tienes más que una hija, y yo tengo tres bebés.
–¡Cállate!... ¡cállate!
–Será un muchacho, marquesa; leo eso en tus bonitos ojos.
Un horrible pensamiento atravesó el cerebro de Blanche. Si ella estaba encinta, no lo estaba más que de un mes y, desde seis semanas, el marqués había sido excluido del lecho conyugal. ¡La obra pertenecía a Pontaillac!
Brava ante el peligro, la Sra. de Montreu afirmó, riendo:
–¡Querida prima, ¡te diviertes! No hay heredero en perspectiva; estoy segura
de ello; tengo la prueba. ¡Vamos, Mathilde, deja ya esas tonterías un poco…. burguesas!
¡Carencia total de rocío sangriento y mensual! ¡Hete aquí la espantosa verdad!
¡Encinta, sí, la Sra. de Montreu estaba encinta, y de un hombre que no era su
marido! ¡La patricia, la esposa venerada de un leal noble, la madre de Jeanne llevaba
en sus entrañas el fruto del adulterio, el crimen vivo de la traición! ¡Qué tristeza!
¡Qué vergüenza!
A pesar de la intoxicación progresiva de la morfina, Blanche podía medir toda
la extensión de su desgracia. ¿Cómo librarse de eso? Caramba, había un medio muy
natural: volver a seducir al marido, autorizarlo a entrar en su vida y abrirle las sábanas legítimas. ¡Vamos, señora marquesa, un poco de coraje!
–¿Se ha acabado mi exilio? – preguntó Olivier, penetrando, una noche, en la
habitación nupcial.
–Sí, – respondió tiernamente la adorada del capitán.
Sus labios se unieron, y un rayo de luna que atravesaba los cristales de la ventana, los tiñó a ambos de una deslumbrante palidez.
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¡Oh Blanche! ¡Oh, noble víctima de un veneno delicioso! Todavía algunos
minutos, algunos segundos, y, bendita sea la naturaleza, ¡el sacrificio se va a cumplir! ¡Tu marido siempre ignorará el adulterio, y, esposa, vivirás en paz, esperando
la hora de tu liberación!
Y, bruscamente, la marquesa se escapó de los brazos del esposo. Asqueada
contra la innoble mentira que su falta le imponía, gritó en llantos:
–¡Jamás! ¡no, jamás!
–¿Me sigues odiando? – gimió Olivier. – ¿Qué te he hecho? ¿Por qué me colmas de desprecio?
Ella dijo, a través de sus sollozos:
–¡Eres el mejor de los hombres!
Él se enfureció:
–¡Basta, señora! ¡Soy vuestro marido y tengo derechos!
–Más tarde, Olivier… más tarde… Mira… no tengo fuerzas… ¡Me matarías!
Doce noches después, la esposa adúltera opuso la misma resistencia; ella quería, ella no quería, hundida y vendida en el recuerdo del pecado.
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IX
La Sra. de Montreu se lamentaba, en presencia del terrible dilema, y nunca
noble mujer alguna comprendió tan claramente la situación.
O bien, aún debía engañar al esposo, atraerlo, padecer una vida de mentiras,
generar hipócritamente la obra fraudulenta, mancillar la casa de honor, con el ser
maldito de sus entrañas – o bien, debía suicidarse.
Ideas criminales corrían por su cerebro, brillando al aliento exasperado de la
morfina que multiplicaba por diez su entendimiento, y el envenenamiento del cuerpo
y del alma atravesaba alternativas de alegría y desesperación.
Blanche hubiese querido confiarse a una amiga, a una hermana; consideraba a
su prima, la Sra. Gouilléras, demasiado charlatana y a su madre, la Sra. de La Croze,
demasiado beata.
¡Y la obra crecía! ¡Y el vientre pronto iba a aumentar, para mayor gloria de la
creación!
La ex amante de Pontaillac tenía que ocultar su ropa íntima a la mirada de los
sirvientes, rechazar echarla a la colada general; tenía que aparentar movimientos ligeros, su secreto le provocaba muchos dolores. Se creía descubierta, y las miradas
del marido, siempre tan dulces, la penetraban como espadas.
Una mañana, delante del espejo de su habitación, exhaló un grito de terror:
–¡Tengo la solución!
Rápido, tomó un frasco de morfina, la llevó a sus labios, besando con los ojos
las cosas familiares y amadas, los retratos de Olivier y de Jeanne, los retratos de los
La Croze y de Mathilde.
Luego miró, por la ventana abierta, el estanque de los Falettes, iluminado de
sol y cubierto de nenúfares. Vacilaba entre el veneno y el agua florida; pero allá abajo, sobre el camino, vio aparecer al cura de Saint-Martin-l’Église. Caminaba con el
tricornio bajo el brazo, y la gran dama, despertada a las creencias religiosas, bajó y
encontró al anciano.
–¡Vuestro humilde servidor, señora marquesa! – dijo el abad Boussarie, saludando. ¿Se encuentra un poco mejor?
Muy pálida y agitada, la joven mujer buscaba sus frases y guardaba silencio.
–Señora, –continuó él – estoy en el camino que depende del castillo y ¿tal vez
le moleste que lea en él mi breviario?
–¡No, señor cura! Estamos felices, siempre felices de veros… Escuchadme…
Deseo hablaros… secretamente.
Ella temblaba; él no se percató de ello y preguntó, llego de ingenuidad:
–¿Se trata de una confesión?
–Sí, padre.
–Puedo escucharos en el castillo si estáis demasiado enferma para venir a la
iglesia.
–Quisiera hablar aquí, padre.
–¡Bien!
Realmente, él no la animaba con su gran sotana, su enorme rostro, su gorda
nariz de esnifador de rapé, sus dedos velludos, sus pobres ojos con ojeras rojas y su
voz trémula. ¿Estaba a la altura de la misión que una confesión terrible iba a serle
impuesta? ¿No invocaría a las únicas leyes de Dios y de la Iglesia? ¿Sería flexible?
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La Sra. de Montreu dudaba, espantada con la idea de que, todos los días, vería al
confesor de su adulterio.
–¡Hija mía, contadme vuestro acto de contrición!
–Pero, señor cura, se trata de una limosna…
–¡Ah!...
–¿Queréis acompañarme al castillos y yo os entregaré la ofrenda de un voto…
–¿A la Santa Virgen?
–No. A Santa Magdalena.
La marquesa decidió contar todo a su madre, y el espanto de las aflicciones
que le causaría la palarizó.
–Blanche, – preguntaba la Sra. de la Croze,– Blanche, ¿te apena algo?
Ella inclinaba la cabeza, sorprendida aún de mantener el secreto a las miradas
maternales. ¿Cómo era posible que su madre no viese la máscara del embarazo? A
la menor alusión, Blanche se arrodillaba, y la Sra. de la Croze trataba de tranquilizarla con dulces e inútiles palabras.
–¿Te aburres en los Tejares?
–¡No!
–¿Deseas que Olivier te compre algún vestido?
–No del todo. Olivier es muy generoso, tú lo sabes bien.
–Hay que distraerse, hija mía. ¿Y si fuésemos a pasear algún día a Limoges?
–Con mucho gusto.
La Sra. de Montreu había pensado que, allí, podría solicitar los consejos de un
hombre digno de escucharle y tal vez lo bastante humano para protegerla en su infortunio: pensaba en el tío de Raymond, en Monseñor Aymard de Pontaillac.
Dos días más tarde, un coche se detuvo a la puerta del arzobispado de Limoges; Blanche se apeó, dejando a la Sra. de La Croze en el cupé.
–No te preocupes, mamá. Se trata de una buena obra, y la discreción es el
honor de las almas caritativas.
Monseñor Aymard de Pontaillac trabajaba con su gran vicario, cuando se le
anunció la visita de la Sra. de Montreu.
La joven castellana de los Tejares no era una desconocida en el palacio episcopal; con motivo de sus campañas evangélicas, el prelado había aceptado la invitación de la familia de La Croze y recibido muy buenas limosnas. No dudó en interrumpir el dictado de un mandamiento y despedir al subordinado.
Blanche entró en el despacho, menos penitente que mundano, y en medio del
austero decorado, se puso de rodillas:
–Monseñor… monseñor… ¡tened piedad de mí!... ¡vengo a confesar una falta… un crimen!
Lloraba, con la frente entre sus manos y farfullaba ruegos.
El obispo dijo:
–¡Hablad, señora, hablad sin temor! ¡La misericordia de Dios es infinita!
–Monseñor… padre, he pecado… he pecado…
Fatigada de tanto sollozar, jadeante, invocaba a la Virgen, a los santos; pero,
con los ánimos del gran pastor de almas, pareció encontrar un poco de esperanza en
Dios:
–Cuando gestaba a mi pequeña Jeanne, una gran alegría invadía mi ser,
haciéndome olvidar todos los dolores; y, hoy, la obra sacrílega es para mí un objeto
de maldiciones! Si estuviese sola en esto, esperaría, me ocultaría y me iría, de inmediato tras la liberación, expiar, en el fondo de un convento, los amores horribles. Pe-
53
ro, monseñor, vos no lo ignoráis, tengo un marido que tiene derecho a mi respeto!
¡Estoy cansada de mentir, cansada de sonreír, cansada de vivir!... He tratado de llevar a mi esposo hacia la habitación conyugal, de donde lo mantenía alejado antes del
adulterio, y, con él presente, mis agotadas fuerzas han traicionado mi valor… Jamás
amaré al bastardo que llevo en mis entrañas, entendéis, monseñor, jamás! ¡Ya me
hace sufrir más de lo que he sufrido en el nacimiento de mi querida Jeanne! Me
quema, me desgarra, tiene en él veneno!... ¡Mancillará nuestra casa!... ¿Qué ordenáis padre mío? ¿Debo llevarme el secreto a la tumba?... ¡Ah! ¡estoy dispuesta a morir, a destrozar la prueba viviente y ya tan dolorosa del crimen!... Sea cual sea el castigo que vos me inflijáis, sean cuales sean las tinieblas donde arrojeís a mi pobre
razón, obedeceré!... Monseñor, padre mío, ¿me está permitido destruir el germen de
la vergüenza? ¿Puedo provocar un accidente, a riesgo de peligrar mi vida? Os lo juro: ¡sucumbo bajo el germen aborrecido, bajo el fardo de la desgracia!
Monseñor de Pontaillac se hundía en graves reflexiones, y la conciencia del
sacerdote luchaba contra las ideas del hombre. Esta ley nueva del divorcio, que reprueba la Iglesia, daba una solución lógica, humana, caritativa. Sí, pero había allí
otro hijo legítimo! Por lo demás, ¿para qué retrasarse más? ¡Los dogmas no se discuten! Y, por otro lado, invitar a la esposa al acercamiento sexual con el marido, ¿no
era agravar con una nueva mentira la traición cometida?
–¡Levantaos, señora! Hay que implorar la misericordia divina, y sin miramientos, poco a poco, decir toda la verdad a vuestro marido.
De pie, asustada, preguntó:
–¿Contárselo todo?
–Sí.
–¿Incluso el nombre de mi amante?
–Ese nombre es inútil. La confesión del crimen basta.
–Prefiero eso, y perdono al culpable, a uno de los vuestros, al Sr. de Pontaillac…
–¿Mi sobrino?... ¿Raymond?
–Sí, padre.
Una intensa agitación se apoderó del obispo, y el tío de Raymond se puso a
caminar, muy ofendido, muy irritado, muy humillado.
–Señora, – concluyó – ¡las amistades desaparecen ante el deber! Le repito: ¡es
necesario confesar el adulterio a vuestro marido, y, si las sospechas de aquel al que
habéis ultrajado, recaen sobre otro, vos deberéis nombrar a mi sobrino!
–¡Eso sería una cobardía, monseñor!
–¡No, señora, no tenéis el derecho de dejar de castigar o batirse a un inocente!
–¡Pero, yo seré la única castigada!
–No lo olvidéis: vuestras angustias son las mías, y si Dios nos juzga indignos
de su clemencia, me golpeará no solamente en el amor de mi sobrino, de mi único
pariente, sino aún en mi persona, pues abandonaré, si es necesario, un cargo sagrado, divino.
–Monseñor…
–¡Dirigíos a Dios, señora!
Con los ojos mojados por dos gruesas lágrimas, él hizo la señal de la cruz, imponiendo sus temblorosas manos sobre la mujer inclinada:
–¡Qué la paz sea con vos!
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X
De regreso a su palacete de la calle Boissy-d’Anglas, Raymond de Pontaillac
pasó sus últimos días de permiso sufriendo en soledad; luego volvió a ver a Christine, y la devota amante se conformó con murmurar, abriéndole los brazos: «¡Te esperaba!»
Esta exquisita criatura no trataba en absoluto de penetrar en los secretos galantes; no interrogaba al viajero sobre los misterios del castillo de los Ormes y del dominio de Montreu: el ausente regresaba, frío, destrozado, triste, y la diva lo rodeaba
de cuidados, poniendo a su alrededor un poco de su juventud, de su calor y de su
luz.
¿Pero qué pueden las sonrisas y las alegrías de una amiga contra los desórdenes de la pasión?
El joven oficial toleraba a Christine, y amaba a Blanche; la amaba con todo el
furor del enfermo.
Al principio, veló con un crespón el retrato de la marquesa; hizo desaparecer
de la habitación las reliquias de la adorada, y pronto, se arrodilló ante esos mismos
objetos de un ídolo lejano y siempre presente. Al salir de las evocaciones pasionales,
entre las tareas militares y a pesar de dichas tareas, Raymond doblaba, triplicaba,
cuadriplicaba la dosis de morfina: había comenzado con una media de veinticinco,
treinta, cuarenta, sesenta centigramos, y ya se inyectaba un gramo y medio, y algunas veces dos gramos al día.
Una mañana de agosto, Pontaillac recibía en su casa a almorzar a la Stradowska y a sus amigos Jean de Fayolle, Edgard Lapouge, Léon Darcy y ArnouldCastellier.
Estaban en los postres. El criado se acercó a Raymond, informándole de que
su ordenanza lo esperaba en la antecámara.
–¿Qué ocurre Clément? –preguntó al oficial, de mal humor. ¡Te he prohibido
que me molestases!
–Mi capitán, se trata de una dama… Parecía muy afectada; me ha ordenado
advertiros, añadiendo que cometeríais un error si no obedecéis.
–¿Ha dado su nombre? ¿Ha dejado una carta?
–No, mi capitán; pero es una dama de la alta sociedad; eso se ve enseguida.
Aunque había escuchado decir en los Tejares que el regreso de los castellanos
tendría lugar solo en noviembre, Raymond se estremeció con la idea de que se tratase de Blanche, y rápidamente fue a despedir a su amante e invitados.
–¿No me das un beso? – imploró Christine.
Y, temblorosa, bajo el beso:
–¿Un duelo, tal vez?
–¡Oh, no!
–¡Si es un duelo, estaremos allí! – dijeron los camaradas.
–No se trata de un duelo, caballeros… o al menos… no todavía.
–¡Ah! ¡ah! –exclamó Darcy… –¿Y quién es el ciudadano?
–¡Guillermo II, o Bismarck, o Crispi, querido!
–¡Ya quisieras!
–¡Ya veremos!
Prorrumpió a reír y desapareció.
La Sra. de Montreu esperaba en un salón del palacete, y como Pontaillac suspiraba amorosamente: «¡Qué orgullo! ¡Qué dicha!», ella retrocedió un paso.
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–Señor, confundís el objetivo de mi visita. Ya no soy una amante enloquecida,
soy una esposa indigna, una madre llena de vergüenza y de remordimientos, la que
está ante vos; ¡es la más desgraciada de las mujeres!
Ella desfallecía; él la sostuvo.
–Señora, adivino la causa de vuestra desesperación. Se os ha privado de nuestro licor; se os deja morir; ¡pero yo os salvaré una vez más!
–Señor…
–¡Oh, Blanche!, puesto que la privación con la que te obsesionas te ha inspirado el valor de venir a mí, ¡bendita sea! Por ti, por tus labios, por tus ojos, camino
hacia todos los sacrificios, hacia todas las valentías… ¡hacia todas las canalladas!...
Por ti, robaría; por ti, mataría!... ¡Haz de mí lo que quieras!
Se sentaron, y la Sra. de Montreu declaró en un gemido de oprobio y terror:
–¡Raymond, estoy encinta!
El oficial de entrada no vio el alcance de esa revelación, pero desde que Blanche le afirmó que él era el padre del niño y que ninguna duda podía subsistir sobre el
origen del ser en germen, él dio rienda suelta a sus sueños, a su delirante alegría:
–Lo amaremos, lo adoraremos, ¡nuestro querido bebé!
–Cállese, señor; vuestras palabras me hacen daño…
Entonces ella contó su terrible existencia, desde el día en el que se dio cuenta
de su embarazo, contó la visita al obispo de Limoges, y el consejo – la orden religiosa – de confesar todo al marido, incluso, si era necesario, el nombre del amante.
–¡Pues bien, sea! – respondió con altivez Pontaillac,– ¡nómbreme, pero a condición de que será mi esposa si mato a Olivier!
–No seré tan cobarde, señor, y, sola, afrontaré la cólera de mi marido!
–¡No quiero! ¡Os lo prohíbo!
Él estaba fuera de sí, amenazaba con vigilar él mismo la salud de su querida
amante, y Blanche lloraba, inquieta de la bravura del hombre.
Más tranquilo, Raymond exhortó a la Sra. de Montreu a partir con él; iba a
enviar su dimisión de oficial… Se adorarían en cualquier lugar, en la espera del fruto de sus amores.
–¿Y Jeanne, y mi pequeña Jeanne, piensa usted en ella?
–¡También la amaré!
–Pero él… Olivier…
–¡Eh! ¿qué nos importa? Si te da miedo, yo lo insulto… Se produce un duelo a
muerte, y, si las armas me son favorables, ¡oh, querida! nos casaremos en Austria,
en Egipto, en Italia, ante el Papa, donde quieras!... ¡Soy lo bastante rico para que mi
esposa no tenga nada que envidiar a una reina!
–¿Cree usted que me casaría alguna vez con el asesino del padre de Jeanne?
Diciendo eso, la marquesa se dirigió a la puerta.
Él corrió hacia ella.
–¡Blanche!
–¡Adiós!
Un coche trasladó a la pobre gran dama al domicilio de la señorita Geneviève
Saint-Phar, en la plaza de la Madeleine.
Era la hora de la consulta, y Geneviève recibía a su habitual clientela de mujeres en un despacho artístico y severo.
Con modales de burguesa. Ni cuello masculino, ni monóculo, nada de atrevidamente viril. Con un vestido negro sin escote, de donde surgía una cabeza morena
y distinguida con su frente pálida y sus grandes ojos brillantes de inteligencia.
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Conseguida la fortuna y la celebridad, la señorita Saint-Phar permanecía siendo dulce y sencilla, y sus antiguos maestros, los profesores Aubertot y Pascal se
enorgullecían de su alumna. Pero ¡cuánto valor y trabajo, antes de obtener el diploma! ¡Cuántos esfuerzos para vencer los prejuicios!
Huérfana a los ocho años, había sido alumna en el Sagrado Corazón de Limoges, donde su tía, una de las religiosas, la destinaba a tomar los hábitos y a secundarla en la enseñanza. Geneviève crecía con otras ambiciones.
Siendo joven, recibió lecciones de gramática y comenzó a estudiar medicina
en la Escuela de la ciudad y, tras dos años, se hizo inscribir en la Facultad de Medicina de Paris. Con motivo de un concurso del internado, se produjeron polémicas
entre profesores y algunos periódicos para saber si se admitiría a una joven mujer a
concurrir al mismo título que los hombres. Una oleada de ironía se desencadenó
contra la estudiante. «¡Acomodad las medias! ¡Poned la olla al fuego!» vociferaban
algunos periodistas; otros apoyaban a Geneviève, y a pesar del favor de los Sres.
Pascal y Aubertot, la señorita Saint-Phar se encontró fuera de concurso.
Desde el año siguiente, continuó el mismo debate de un modo más acuciante.
«¿Cómo, se decía, no ven ustedes las contradicción de sus actos? Autorizan a las
mujeres a inscribirse, a seguir las clases, a examinarse, y luego les cierran las puertas del triunfo!» A lo que los profesores respondían: «Tememos promiscuidades
enojosas en los hospitales, entre estudiantes masculinos y femeninos.» – «¡Venga
ya!, tronaban los abogados de la mujer, ¡las que trabajan saben hacerse respetar!»
La Facultad admitió a Geneviève y, laureada en distintos concursos, Geneviève obtuvo rápidamente el título de doctor.
Se instaló en la calle de Miromesnil. Antes, como hoy, no cuidaba más que a
damas, pero la envida la acechaba, y un día, en los bulevares, unos charlatanes distribuyeron unos panfletos:
LA SEÑORITA SAINT-PHAR:
ENFERMEDADES SECRETAS DE LOS DOS SEXOS.

Se la insultaba, se la mancillaba; ella permaneció altiva, animosa, y ante el renombre creciente que iba adquiriendo, los detractores callaron, y una rica clientela
se benefició de una gran doctora.
¿El amante? ¿Tenía un amante? ¡Tal vez! Geneviève era joven; era mujer; pero, si ardía con el deseo de todas las personas jóvenes, evitaba el escándalo, y, en
Francia, el pecado no escandaloso no es pecado.
La Srta. Saint-Phar recibió cordialmente a la Sra. de Montreu.
–¡Buenos días, mi bella marquesa! ¡Esto resulta un agradable receso en mi
consulta! ¿Vienes a ver a la amiga, no a la doctora, cierto?
–A las dos, mi buena Geneviève.
–¡Tanto peor!
E indicando un sillón a su visitante, la doctora afirmó:
–¡La culpable es la morfina!
–No…
–¡Sí!
–Bueno, sí, enervada por el licor, he perdido el sentido moral… he… y estoy
encinta, y…
–¡Felicidades!–interrumpió Geneviève.– ¡El Sr. de Montreu debe estar encantado!
–Él lo ignora.
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–¿Irás a apresurarte a decirle la feliz noticia?
–Geneviéve, no me escuchas… ¡Estoy encinta de un hombre que no es mi marido!
–¡Ay!... ¿Tú?
–¡Yo!... Vengo a solicitar de tu amistad un gran favor… ¡Tienes que salvarme! ¡Necesito que me liberes!
–Te asistiré con mucho gusto el día de tu parto; ,pero tenemos tiempo de pensar en ello.
–Quiero… ¡de inmediato!
–¿Estás loca? ¿De cuántas semanas estás embarazada?
–De dos meses.
–¿Y quieres?
–¡Te suplico que me ayudes a silenciar la prueba de mi adulterio!
–¿Sabes el crimen que me estás proponiendo?
–Crimen o no, exijo la liberación.
La señorita Saint-Phar declaró con voz indignada:
–¡Me niego!
–¿Incluso… por veinte mil francos?
–¡Me insulta en mi casa, señora!
Pero, viéndola tan pálida y tan acabada, Geneviéve la besó en la frente, y
Blanche insistió:
–El ser que deshonra mi cuerpo sería una fuente de angustia, y no lo pariré. ¡Si
para las leyes es un crimen destruirlo, para mi conciencia es un acto de elevada justicia!
–¡Has perdido la cabeza!
–¡Geneviéve, en nombre de nuestra amistad!
–¡No! ¡no!
–¡Geneviéve!
–¡No!
–¿Quieres que muera?
–Señora, viviréis… Blanche, ¡vivirás y amarás a tu hijo!
Todos los ruegos, todas las amenazas de la marquesa fueron impotentes para
decidir a Geneviève a realizar maniobras abortivas, y la Sra. de Montreu salió.
–¿A dónde vamos, señora? – preguntó el cochero, muy sorprendido de ver que
su clienta olvidaba la dirección de costumbre.
Ella balbuceaba una dirección cualquiera.
–¡Eso está en Montmartre!
–¡Sí… a Montmartre!
En la plaza de Anvers, la marquesa abandonó su coche y, caminando al azar,
llegó a la calle Tres Hermanos donde vio una placa de tela pintarrajeada, con estas
palabras: «Señora Xavier, comadrona» – y debajo, la gran col tradicional, rellena
con un recién nacido.
Iba a entrar; vaciló y se perdió en las sombras de la noche.
Unas ideas de muerte la invadieron. Corrió, se detuvo bruscamente, y en la calle de Maubeuge, unas personas le gritaron: «¡Cuidado! ¡Está ciega o es imbécil!
¡Casi es atropellada por tres coches que la han rozado al pasar!» Ella agradeció el
aviso con una triste sonrisa y continuó su paseo sofocando el llanto.
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Al día siguiente por la mañana, una joven sirvienta en batín de cuadros negros
y violetas, con un delantal blanco y gorro de tela, subió las escaleras de la comadrona.
En el entresuelo, preguntó humildemente:
–¿La señora Xavier, por favor?
–Soy yo, señorita, – respondió una gruesa mujer con mirada sarcástica y con
un poco de bigote en el labio superior. ¿En qué puedo servirla?
–Desearía hablar con usted.
–¡Muy bien, hija mía, muy bien!... Pase por favor…
Ambas se dirigieron hacia un saloncito tapizado y amueblado de madera de
acajú, y una sonrisa de la matrona incitó a la joven a las confidencias.
–¡Encinta de dos meses! ¡Caramba, si que viene usted temprano!... ¡Tiene
razón, y si todas las demás la imitasen, habría que deplorar muchos menos accidentes!
La visitante expuso los motivos de su precipitación. Ella servía como dama de
compañía en casa de una honesta familia burguesa, y todo el mundo ignoraba su estado, todo el mundo, excepto el amo.
–¿Entonces es el burgués quién os ha hecho ese pequeño regalo?
–Sí, señora.
–¡El muy cerdo!... ¿Y él la amedrenta?
–No, señora… me da el dinero…
–¡Muy bien! ¡muy bien! Yo la recibiré aquí, y, puesto que tiene parné, encontraremos una buena nodriza para el bebé.
–Es que, señora…
–¿Qué?
–Si mi ama, la esposa del señor, se diese cuenta…
–¡Muy bien! ¡muy bien! Voy a alquilarle una habitación: viviremos juntas;
iremos al teatro; le echaré las cartas… ¿Quiere la habitación azul?... ¡Son trescientos
francos al mes!
–Señora… yo… yo… deseo… ocultar mi falta.
–¡Perfectamente! Dentro de algunos meses, usted acabará aquí…
–Yo había pensado… Yo esperaba…
–¿Dar a luz mañana?
Y, adivinando casi todo, la señora Xavier le deslizó al oído:
–¡Muy bien! ¡muy bien!¡... ¡Tiene miedo… pero hay que mantenerse firme!
Con sus dedos simuló una extraña operación, como si hubiese penetrado en el
vientre de la desdichada para anular la obra de la naturaleza.
–¡Con el pulgar y el índice… Pffff… ut!... ¡Listo! ¡Ni visto, ni tocado, yo te
despachurro!... Pfff… ut!
–¿Qué pide usted, señora?
–¿Su patrón es rico?
–Sí.
–¿Tres mil francos?
–Yo le daré cinco, diez, pero… ¿el secreto?
–Habla usted con mucha dureza para ser una dama de compañía.
–He estado en un internado.
–¿Con las monjas?
–Sí… con las monjas.
–¿Su nombre, señorita?
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–Antoinette Mathieu.
–¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Eso no impide que lleve en las orejas unos pendientes de veinte mil francos?
–¡Oh! ¡no! ¡Son falsos!
–¡Pequeña mentirosa, a mi no me engañas! Si te liberó antes de cuentas, me
arriesgo a ir a juicio, y quiero saber con quién trabajo… ¡Date a conocer, o bien,
déjame en paz!
–Soy la marquesa de Montreu.
Obsequiosamente, la matrona acompañó hasta la puerta a su noble visitante:
–¡Veinte mil francos!
–Sí, señora, veinte mil… ¿Mañana?
–Mañana… A vuestro servicio, señora marquesa.
–¡Chsss!...
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XI
–¡Poneos ahí, señora marquesa; tumbaos sobre ese diván y no os mováis!
–¡Máteme, si quiere!
Pálida como una muerta, Blanche abandonaba su ser en los dedos profanadores de la Xavier; pero fue presa del asco y se levantó:
–¡Quédese con el dinero!
–¿Tenéis miedo? ¿Os falta estómago? – dijo la comadrona que acababa de
guardar cinco billetes de mil y debía recibir quince, una vez finalizada la operación.
–No… no… ¡no tengo miedo!
–¡Calmaos, entonces!
–Sí… sí, señora.
–Se me conoce, señora marquesa… He hecho abortar a más de doscientas mujeres, y jamás he matado a nadie… salvo a los fetos.
–¡Es usted un monstruo!
–Gracias.
–¡Ah! ¡no me mire!... ¡No me hable!
Y, entregada sin defensa al terrible examen, la marquesa de Montreu gemía:
«Máteme! ¡Pero, máteme!» Y sus pobres ojos pestañeaban y se desviaban, yendo de
las mangas remangadas de la carnicera humana a la ventana cerrada, y de las cortinas amarillentas a la mesa del sacrificio donde se veían largas agujas brillantes, escalpelos y esponjas, frascos de fenol y cloroformo, todos los utensilios modernos y
bárbaros de una obstétrica criminal.
–¡No os mováis!
Y la Xavier realizó la operación.
Algunas horas más tarde, la Sra. de Montreu bajó del coche en el patio de su
palacete y, completamente lívida, tuvo que apoyarse en el brazo de una dama de
compañía para dirigirse a sus aposentos.
–Informe al señor de que no cenaré.
–Sí, señora marquesa.
El marido encontró a su mujer rezando.
–¿Te encuentras mal, Blanche?
–No, amigo mío.
–¿Por qué no has aparecido en la cena?
–Ayuno.
–Los médicos te prohíben esas peligrosas mortificaciones.
–Los médicos no son los directores de mi alma.
–¡Me preocupas, Blanche!
–Olivier, deseo estar sola.
Con las dosis de morfina que tenía de Raymond y que ocultaba en unos botes
de maquillaje, en agujas huecas y en bobinas de seda, Blanche pudo ahogar todas las
crisis de su desgarrado ser. Sus jornadas las pasaba sobre un sillón, en medio de las
flores; leía novelas, movía el abanico, pero el abanico y el libro caían de las manos
inertes, y el sueño desplegaba las velas de la beatitud; sus noches, las vivía siempre
sola, feliz de que el aislamiento impidiese al marido descubrir el misterio de las maniobras realizadas en su cuerpo.
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Desde que hubo recuperado un poco de sangre y energía, exhortó a Olivier a
realizar un gran viaje. Quería huir de Pontaillac, el padre del muerto; quería huir de
la Sra. Xavier, la asesina; quería huir de la señorita Saint-Phar, su confidente; quería
huir de los rostros amigos o enemigos, del testigo y los posibles conocedores de su
crimen.
–¿A dónde iremos, Blanche?
–¡Lejos… muy lejos!
Catissou, la vieja criada, acompañó a la pequeña Jeanne al castillo de los Tejares, y los Montreu se pusieron en camino hacia Suecia y Noruega.
En Estocolmo, en Christiania, en Drontheim, a lo largo de los glaciares y fiordos, el marqués se regocijaba con los hermosos colores de su esposa; pero Blanche
conservaba una provisión de morfina, y se inyectaba bajo el sol de medianoche, como Raymond se pinchaba, con toda libertad, bajo el sol parisino.
Alejados el uno del otro, los dos morfinómanos caminaron hacia la ruina cerebral y física, en la acción paralela de su desmoronamiento, con las diferencias de
sexo y de vigor.
El capitán, cuyo cuerpo estaba lleno de abscesos muy dolorosos, tenía lagunas
de memoria. Una nube le envolvía el cerebro, y algunas veces veía círculos y triángulos luminosos y brillantes en lugar de seres y cosas. Llegó a ignorar el nombre de
su Círculo, de su calle, de sus amigos, de sus criados, e incluso llegó a llamar a
Christine «Louise, Thérèse o Andrée». En el cuartel daba órdenes extrañas, castigaba duramente a los hombres o los felicitaba sin razón.
Soldado, artista, letrado, se interesaba en los descubrimientos de la ciencia militar y en las manifestaciones de la literatura y de las artes; pero un paisaje le revelaba una batalla; las estrategias tomaban a sus ojos las formas de cuadros, y el mapa
del estado mayor se idealizaba adoptando poses de damas voluptuosas. Admiraba la
escuela de los simbolistas, la música y el color de las palabras traduciendo la a por
negro, la e por blanco, la i por azul, la o por rojo y la u por amarillo; sabía que el negro es el órgano; el blanco, la arpa; el azul, el violón; el rojo, la trompeta; el amarillo, la flauta; – y, lejos de conformarse con ese lenguaje establecido, buscaba una
orquestación general del arpa que es la serenidad, del órgano que es la duda, del
violón que es la oración, de la flauta que es la sonrisa, de la trompeta – el instrumento divino – que es la gloria.
Y todas esas músicas lo colmaban de una armonía bizarra y funesta. Cantaba
un artículo del periódico, vistiendo las consonantes de colores nuevos e imponiéndoles tonos plenos o medios. Creía eso, y estaba radiante: «La letra H era violeta;
era una corchea; la M era gris; era un bemol.» Así, para los movimientos: la cabeza
hacia atrás encarnaba una O; el brazo derecho plegado una K, y seguían otros cálculos, otras cifras: la W un 8; la L, un 3, etc.
Pronto, abandonaba esos ejercicios dignos de un interno de Bicêtre2. A fin de
olvidar a la Sra. de Montreu y la confidencia de maternidad – para él tan incierta –
revoloteó de Christine a otras estrellas, tuvo una colección de variedades galantes, y
el debilitamiento de su estado sexual lo desesperó hasta el momento en el que nuevos horizontes lo embriagaron.
Pontaillac buscaba «la euforia» del principio: aumentaba las dosis del licor – y
mediante la ligadura de los miembros – mediante el masaje – mediante la inyección
practicada en la vena mediana, se rehízo una virginidad morfínica.
2

Hospital psiquiátrico, situado a 500 metros de Paris. (N. del T.)
63
–Mi buena amiga, – decía a su amante…– ¡Veo todo color de rosa! ¡Veo maravillas!
Fijando una flor situada sobre la chimenea, veía esa flor tornarse en un pequeño ramo; ese ramo se desarrollaba, alcanzaba proporciones colosales; a continuación, aparecían jardines inmensos. Y la sensación no se limitaba a un único objeto;
y, en otros puntos, el mismo fenómeno se presentaba con las mismas características.
Una mariposa artificial pinchada en lo alto de un espejo le parecía animada de movimientos reales; esa mariposa no solamente pasaba por colores diversos, sino que
revoloteaba sin cesar de un mueble al otro, antes de regresar a su punto de partida
donde el hombre desengañado la consideraba finalmente tal como era en realidad, es
decir hecha de papel y con una armadura de hierro.
A las ilusiones se añadieron auténticas alucinaciones de la vista: personajes
imaginarios rodeaban la cama de Pontaillac, y uno de ellos, que él reconocía, se
colgó de él en varias ocasiones. Avanzó hacia Raymond lentamente, le tomó las
manos y se alejó, en una onda luminosa. Para obtener las mismas apariciones, las
mismas actitudes, bastaba al morfinómano desearlo con intensidad y, en términos
de ciencia oculta, evocar.
Raymond era violento, celoso; se volvió apático. Un sopor invencible lo dominó desde que ya no estaba bajo el embrujo inmediato de la Pravaz; y, cuando se
levantaba, farfullaba:
–¡Tengo la cabeza de plomo y los brazos de caucho!
Voluntariamente confinado en su palacete, y no saliendo del edificio excepto
para dirigirse al cuartel de la Escuela Militar, cerraba su puerta a todo el mundo.
Cuando por casualidad, o más bien por sorpresa, Jean de Fayolle, Léon Darcy y Arnould-Castellier franqueaban el umbral del apartamento, quedaban aturdidos ante la
cantidad de frascos dispuestos alrededor de una balanza: al capitán le gustaba pesar
su morfina y hacer él mismo sus soluciones.
Deseoso de curarse o tal vez de experimentar nuevas embriagueces, complicó
el morfinismo con cocainismo; pero abusaba siempre y sobre todo de la morfina, y
la afección hibrida abrió un campo ilimitado a los trastornos psico-sensoriales y a
las alucinaciones terroríficas.
Cierta noche, el mayor Lapouge y los demás amigos llevaron a cenar al enfermo al Círculo militar.
A petición del invitado, y a pesar de la mueca del Sr. Arnould-Castellier que le
gustaban los pequeños rincones, se sentaron en una de las grandes mesas. Raymond
se encontró situado entre Jean de Fayolle y el mayor; frente a ellos, Léon Darcy y el
director de la Revue militaire ocupaban la derecha y la izquierda de un capitán de infantería de marina que llevaba la cruz de la Legión de honor. Los doce invitados tenían trajes burgueses, a excepción del capitán condecorado y de un joven lugarteniente de artillería.
–Mira, – dijo Pontaillac al oído de Fayolle, señalando a un joven de bigotes
rubios, – mira: ¡ese desgraciado no tiene más que un brazo!
–Es un sublugarteniente del 111 batallón que fue herido en Tonkin.
–¡Pobre diablo!
Y Raymond hizo un saludo dulce y triste al herido.
Por las puertas grandes abiertas sobre el salón central, se distinguían en las
otras estancias a dos o trescientos comensales instalados en pequeñas mesas.
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Unos soldados en traje negro y corbata blanca llevaban el servicio; un caballero de barba gris, el gerente, les ordenaba, y, bajo el incendio azulado de las luces
eléctricas, Pontaillac admiraba, alababa todas esas cosas:
–¡He aquí una establecimiento honorable! No se juega, no se roba: ¡nada de
timbas!
Él, oficial millonario, no frecuentaba nunca el Círculo; no cenaba jamás por
tres francos, y solamente había aparecido en los amplios salones, una noche de gala.
Pero, lejos de quejarse, como algunos de sus colegas, de las reuniones de los oficiales de reserva y de la territorial en los graduados del ejército activo, él las juzgaba
excelentes y fraterns, con la idea de acudir y participar en ellas.
El capitán de infantería de marina se levantó de la mesa y ayudó a otro joven a
ponerse sobre sus muletas; Raymond se estremeció. Antes un herido, ahora un mutilado: ¡el otro tenía un brazo amputado, y este una pierna de madera!
–¡La guerra es infame, y, sin embargo, me gustaría mucho romper cabezas!
Lanzaba furiosas diatribas contra Alemania y las desgracias de Alsacia y Lorena. Jean de Fayolle lo acompañó a la biblioteca; luego visitaron las habitaciones
del Círculo, y Pontaillac, maravillado, dijo a la dama encargada del alquiler:
–Un día, bajaré aquí.
Raymond se detuvo y se puso una inyección.
A continuación, los oficiales, tras haber explorado la magnífica sala de armas,
se reunieron con sus amigos en el café del primer piso.
Pontaillac hablaba, reía, hacia bromas.
Los unos y los otros se alegraron de ver al enfermo de tan buen humor, pero el
conde pidió champán.
–¡No… no esta noche! – intervino suavemente el mayor Lapouge.
–¡Tengo sed!... ¡Vamos a beber algunas botellas!
Bebió desaforadamente, obligó a Darcy, Castellier y Fayolle a acompañarle, y
como Lapouge lo exhortaba a la sobriedad, él respondió:
–¡He visto en Colonia y Berlín a los oficiales alemanes bebiendo nuestro
champán, y no quisiera que quedase ni una gota!
De pie, gritó: «¡Champán! ¡champán!» e invitó a beber a todos los colegas del
activo y a un grupo de oficiales del 129 regimiento territorial de infantería.
Bajo los efluvios del vino, y en la borrachera del veneno, el morfinococainómano examinaba unas armas colgadas de las paredes y sobre todo una gigantesca panoplia hecha de sables y de diversos fusiles. Ese círculo de metal le interesó,
recordándole ciertas teorías; pero ya el cerebro del hombre se nublaba de nieblas, y
su inteligencia ya no era más que la caricatura de sí misma.
Nadie reía ya ante sus incoherentes frases y sus raros gestos. Se dejó conducir
a un saloncito desierto, contiguo a la gran sala, y se hundió en un canapé.
–Trata de dormir, amigo mío, – le dijo Lapouge – Regresaremos a buscarte.
Y el mayor salió, tras haber girado el conmutador de los globos eléctricos.
Pontaillac no dormía, y de pronto, en medio del silencio y la oscuridad, tuvo
una horrible visión.
–¿Dónde estoy?... ¡Oigo los clarines de la derrota!... ¡Mi caballo, un sable!...
¡Ah! ¡En nombre de D… ¡ ¡Heme aquí prisionero!
Todas sus palabras se velaban, debilitadas; creía aullar, pero balbucía menos
fuerte que un niño. Maquinalmente, encontró y remontó el sistema de iluminación,
y, bajo el deslumbrante mantel, vio su sombra que, proyectada en plena pared, se
mantenía inmóvil y negra.
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Empuñando el revólver, caminó hacia ella, y la sombra crecía desmesuradamente, a medida que él avanzaba. ¡Extraño delirio! Él consideraba normal la reproducción de su imagen, pero juzgaba sobrenatural y peligroso que la silueta cambiase
de forma y repitiese sus gestos. Y puesto que – a diferencia del hombre de Goethe –
él no había vendido su sombra al diablo, quiso castigar al invisible bromista. Él
amenazaba – la sombra amenazaba; él se ajustaba – la sombra se ajustaba; el pobre
capitán se puso a gritar: «¡Toma, miserable!» Y descargó tres veces su revólver.
Pero antes de que los amigos y los oficiales del 129 regimiento territorial tuviesen tiempo de acudir, se sugestionaba con una auténtica idea de loco:
–¡La sombra, soy yo mismo, y, para verla desaparecer, debo disparar sobre
mi!
Diez brazos lo atenazaron en el momento en que llevaba el arma a su pecho y,
algunos minutos más tarde, Lapouge, Darcy, Fayolle y Arnould-Castellier lo condujeron en coche a la calle Boissy-d’Anglas.
Se previno a Christine que, alarmada, encontró al doctor Aubertot y al mayor
a la cabecera de Raymond.
Tenía la cara abotargada, vértigos, estupor, las pupilas excesivamente reducidas y fuertes pulsaciones en las carótidas, un pulso a 92, una respiración a 24. Aubertot le puso una inyección de un miligramo y medio de atropina y renovó esta dosis dos veces, a intervalos regulares. Las pupilas comenzaban a dilatarse, pero se
produjo un aumento de atontamiento y somnolencia; la palabra era lenta, difícil, vacilante, el rostro rojo, y los ojos brillaban con un intenso fulgor.
Los doctores aplicaron sobre la cabeza del enfermo una bolsa llena de hielo,
una sanguijuela en la apófisis mastoidea y otra sobre la mucosa nasal, pero sin resultado notable. Era imprescindible a cualquier precio, romper la somnolencia. Se sumergió a Raymond en un baño con afusiones frías, y, a continuación, se le obligó a
pasear, mientras era sostenido por sus amigos Darcy y Fayolle.
Como las respiraciones habían caído a 4 por minuto, Aubertot practicó, siguiendo el método de Levinstein, la faradización del frénico. El enfermo no parecía
percibir ni las llamadas, ni las excitaciones producidas a su alrededor, y sus camaradas lo metieron en la cama, donde se sumió en un profundo sueño. Al cabo de una
media hora, la respiración descendió a 3 por minuto, y Aubertot practicó de nuevo la
faradización. Bajo el efecto de la electricidad, Raymond se despertó sonriendo, con
rostro más pálido, las pupilas más dilatadas, y pronto volvió a dormirse. Tras unos
vómitos repentinos y un alegre delirio, el hombre recuperó el conocimiento por
completo.
Durante quince días, el capitán estuvo muy débil, con vértigos, pereza intelectual y dificultad para caminar; luego, se libró de nuevo y con más furia que nunca a
su terrible e hibrida pasión.
–¡Déjame, déjame, querida! – ordenaba a la Stradowska, – ¡ya no soy un
hombre, ya no soy un oficial, no soy más que un esclavo!
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XII
Desde luego, hacía falta mucha energía a la Sra. de Montreu para correr los
riesgos de un largo viaje, máxime cuando, destrozada por la comadrona de la calle
de las Tres Hermanas, disimulaba sus espantosos dolores bajo una falsa alegría de
redención.
Gracias a un arsenal de mentiras, Olivier siempre era engañado por su esposa.
–¡Voy a recuperarme, y nos amaremos!
–¡Te adoro!
–¡Sé prudente!
Naturalmente, era la morfina a quien el hombre acusaba de haber producido
esa gran frialdad, la morfina sacrílega, la morfina, extintor de amores. Él ignoraba,
como la mayoría de las personas, que el veneno tiene efectos contrarios sobre el sistema del hombre y de la mujer, y que en el bello sexo – en estado de abstinencia –
las voluptuosidades aumentan en lugar de disminuir.
Si la viajera no conoció los espantos de la privación en Suecia y Noruega, en
Dinamarca se vio ante la imposibilidad de renovar su provisión, y apresuró el regreso a París.
El deseo la corroía hasta el punto de hacerle olvidar su crimen.
Y, desde el día de su llegada – el 15 de octubre – la Sra. de Montreu salió del
palacete y se presentó en una farmacia del bulevar Malesherbes. El farmacéutico no
quiso venderle la solución sin receta, y sus colegas de las calles vecinas y de los bulevares se negaron igualmente, a pesar de los ofrecimientos y la ira de la rica clienta.
La marquesa erró, insegura, durante horas.
Durante la cena, el marqués le dijo:
–¡Ese pobre Pontaillac, estuvo a punto de matarse!
–¿Un accidente? – preguntó muy pálida.
–No, una tentativa de suicidio.
Le contó los fenómenos de la sombra en el Círculo militar.
Blanche lo escuchaba con oído distraído; él pensaba que la estaba aterrorizando; ella se echó a reir:
–¿Crees que me dan miedo tus historias de morfina?
–¡Eh! ¡es un ejemplo!
–Yo estoy curada.
Durante cinco días seguidos, la joven mujer trató de enternecer o de corromper
a los farmacéuticos. Merodeaba a través de la ciudad, llena de angustia, indiferente a
las noticias de su pequeña Jeanne. Debió guardar cama y, una mañana, el marqués
acudió a su cabecera:
–Blanche,–le dijo– tu amiga Geneviève desea verte.
Espantada por el recuerdo de las prácticas abortivas, la Sra. de Montreu se levantó:
–¡No la recibiré! ¡No recibiré a nadie!
Despavorida, presentaba trastornos de la palabra, y no habiendo comido en
cuarenta y ocho horas, exhalaba un olor dulzón; deliraba, hablaba de sí misma a una
tercera persona, se imaginaba estar muerta y asistir a su entierro:
–¡Oh! ¡el ataúd está frío!... ¡Es negro!
Geneviève se acercó, y las dos amigas quedaron solas.
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Entre los intervalos de demencia y de razón, la marquesa balbucía como una
mujer ebria:
–Tú sabes, la ha… ha…. Ha… cedora de ángeles, la Sra. Xa… xa…xa…
Xaviert, en Montmartre, la pr…pr…pr… providencia de las esposas
cul…cul…cul…culpables, me ha li…li… liberado…
–Desdichada, ¡cállate!
La doctora le hizo comprender que guardaría el secreto, y la Sra. de Montreu
solicitó violentamente la morfina. Decía entre gemidos que su corazón estaba perforado; se quejaba de tener los muslos helados y el sexo ardiendo; sentía una agua glacial donde estaban las sábanas o una llama incendiar sus labios y su tesoro íntimo;
veía imágenes amenazadoras y un vampiro; un murciélago, con unas alas negras que
medían más de dos metros, se posaba sobre ella y le succionaba toda la sangre.
–¡Por piedad, Geneviève, dame morfina! ¡morfina! ¡morfina!
Por la tarde, la señorita Saint-Phar le inyectó una dosis de cuarenta y cinco
centigramos, y Blanche consintió en tomar un caldo y un vaso de oporto. Los espasmos musculares se agravaron, degenerando en convulsiones clónicas del tronco y
de las extremidades.
Entonces, Geneviève ordenó llamar a los doctores Aubertot y Pascal, reservándose pedirles el secreto profesional, si descubrían el aborto y los trastornos
derivados de la fraudulenta obstétrica.
Se esperaba a los dos profesores. Llegaron por la noche, en el momento en que
la enferma, pálida y amarilla, se agitaba presa del delirium tremens morfínico. Se
levantaba completamente recta, sobre su cama, volvía a caer, gritaba, trataba de desprenderse de las manos de sus guardianes, blasfemaba, y, en su proximidad, un racimo de uvas, una naranja, incluso el aire, tenía olor a almizcle.
–Blanche,–suspiraba Olivier, – ¡piensa en nuestra hija, en nuestra bella Jeanne!
Delante de los doctores, ella tembló, no respondiendo a las preguntas y aullando: «No quiero ser examinada! ¡Dejadme! ¡Voy a rezar a Dios!» Habló de gatos
que la arañaban, de su estómago dividido en mil fragmentos, de serpientes y buitres
que le devoraban la cabeza y las entrañas; se imaginaba estar sentada en el jardín de
los Tejares; seguía elvuelo de los gorriones; a continuación unos esquimales la abrazaban; decía ser italiana, luego húngara, luego reina de Inglaterra y emperatriz de las
Indias.
Con la cabeza inclinada sobre el pecho, la cara cianótica, espuma en sus labios, experimentaba la misma sensación que si tuviese una cuerda enrollada alrededor del cuerpo, a la altura del ombligo; suplicaba que se lee quitase la ropa de la cama y, observando al doctor Aubertot, se volvía hacia Geneviève: «¿Quién es ese
hombre? Es tan alto que su frente llega a las estrellas!... ¡Eh! ¡hola, querida princesa,
me alegro mucho de vuestra augusta visita!...»
Hacia medianoche, se levantó, miró a su alrededor, extendió las manos para
defenderse, y gritó con voz ansiosa: «¿Qué queréis?... ¡Aquí está la aparición!»
A instancias de los profesores que habían alejado al Sr. de Montreu, Catissou,
la vieja sirvienta y las damas de compañía transportaron a la enferma al cuarto de
baño.
Calmada por las afusiones frias y veinticinco centigramos de morfina, Blanche
durmió tres horas. Por la mañana, tuvo vómitos y abundantes episodios diarreicos;
una nueva dosis de veinticinco centigramos, sinapismo, inyecciones de éter sulfúri-
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co, compresas heladas en la cabeza, le devolvieron el libre albedrío, y el séptimo
día, comió con buen apetito.
–«¡Hay que velarla!»
Tal era la única receta de Geneviève y de los profesores.
El marqués Olivir montaba la guardia. Blanche lo abrazaba, juraba ser sumisa,
trataba de ahogar los remordimientos del adulterio, avergonzada de sus caderas criminales.
Él la velaba, sentado en un sillón, pero una noche de noviembre, el sueño lo
venció y, cuando sus ojos enloquecidos contemplaron la cama desierta, el batín e incluso las chinelas rosas de la ausente, exhaló unos gritos desgarradores: «¡Mi mujer!
¡mi mujer! ¡mi mujer!»
Al ruido de sus sollozos, todos los criados acudieron; amos y sirvientes iban y
venían, personas llevando lámparas de mano, y el espectáculo era tan cruel que los
más maliciosos de los domésticos no se atrevían a reir.
–¡Busquemos!... ¡Ah! ¡está muerta!... ¡Mi mujer! ¡mi mujer! ¡mi mujer!
En el bulevar Malesherbes, la marquesa de Montreu, en camisa y descalza,
corría bajo el viento glacial y, cual blanco fantasma, pisaba las aceras. Se detuvo ante una farmacia y tiró hasta romperla, la campanilla de noche:
–¡Levántese! ¡levántese! ¡Me muero!
Sus bellos cabellos pelirrojos desplegados sobre los hombros estremecidos,
sus pies doloridos, todo su ser agitado, convulso, con la fina batista a la deriva, soberbia de impudor, murmuraba de rodillas, con los brazos al cielo:
–¡Dios mío, ten piedad de mí!
Dos guardias municipales, que salían de las sombras, se precipitaron brutalmente hacia ella y la esposaron:
–¡A comisaría!
Los agentes habían detenido un coche para meter en él a la Sra. de Montreu,
desvanecida, y todo un mundo de mirones y de putas galopó, bramando, detrás del
coche.
Se rodeaba la entrada de la comisaría de la calle Astorg; se insultaba a la moribunda.
–¡Seguro que es una apuesta!
–¡Ella ha ganado!
–¿De dónde viene?
–¡De una casa de putas!
–¡No! La muchacha ha sido sorprendida en casa de su amante.
–Yo la conozco! Es Tulipa, una pensionista de la casa de Clarisse, ya sabéis,
la nueva casa… allá abajo…
–¡Muy chic!
–¡Muy fin de siglo!
–Os aseguro que es una prostituta, una debutante; ¡mañana será célebre y cobrará veinte luises!
–¿Qué quiere usted? ¡El comercio de estas mujeres va tan mal, desde la clausura de la Exposición!
–¡Ohé, Tulipa, ohé!
En comisaría, se había cubierto a la marquesa con su abrigo, y la pobre mujer,
acurrucada en un banco, miraba a su alrededor.
–¿Quién es usted? – preguntó el brigadier.
No hubo respuesta.
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–¡Está loca! – observó el jefe.
Alguien golpeaba la puerta.
–Aquí – dijo un agente – está el marido de la Señora!
–¿Su marido? ¿su marido? – gruñeron las voces de fuera.
–¡Tiene una buena cabeza!
–¡Una cabeza de cornudo!
Olivier de Montreu se presentó; luego entraron el comisario de policía y un
médico, – y la vieja Catherine que había traído unas prendas de ropa. Blanche fue
conducida al palacete, con la innoble escolta del grupo de curiosos.
Un estado de calma aparente sucedió a la terrible crisis que Blanche acababa
de atravesar; pero sus rabias morfínicas se exasperaban.
Los doctores Pascal y Aubertot debieron instar al marido a que encerrase a su
esposa en un hospital donde la vigilancia ofrecería auténticas garantías. Lamentaban
sin embargo que no existiesen establecimientos especiales, como en Londres o en
Amércia (the morphines accustame) y en Alemania (Heilanstaltflur morphiumsuchtige).
Además estos establecimientos tienen la doble ventaja de no permitir que se
confunda, a su salida, a sus enfermos con los alienados, y hacer menos arbitraria la
violación de la libertad individual.
Hoy, no está permitido tratar la morfinomanía en cantidad despreciable. Hay
en Francia miles de víctimas, y el número es infinitament superior en Inglaterra, en
Alemania y en América. Al principio consumida en los ámbitos profesionales –
médicos, farmaceuticos, estudiantes, ayudantes de laboratorio y enfermeros – la enfermedad de extendió a las diversas clases, desde las mundanas hasta las prostitutas,
luego los magistrados, los abogados y los artistas hasta los religiosos, sacerdotes,
industriales, obreros y simples cultivadores.
Fue el sueño y la embriaguez de los brutos sucediendo a todas las alucinaciones de los locos de la Edad Media; si tiene miedo de vivir y de luchar; se quiere aletargar, caer y dormir al igual que los puercos – ¡y «la Señora Pravaz» es la Circé3 de
nuestra decadencia!
Sin duda, el contagio no es el mismo en todos los medios, y según las estadísticas del doctor Irka, en Washington, por ejemplo, no se encuentran más de doce negociantes contra setenta y cinco médicos y farmacéuticos, tres rentistas contra treinta y dos médicos y dos empleados contra trece mujeres de clase media.
A los consejos y órdenes de los médicos, el Sr. de Montreu respondió:
–¡A mi esposa la cuido yo!
Y llamó a la Sra. de La Croze para que estuviera al lado de Blanche. Madre y
yerno velaban el piadoso desorden de su querida enferma; se imponían el valor de
prohibir el veneno, y Blanche continuaba exasperante y amenazadora:
–¡Mamá, lo necesito!... ¡Sufro mucho!... ¡No tienes corazón!
–Olivier, ¡la morfina, la morfina!
Geneviève Saint-Phar los ayudaba con valentía, y con la esperanza de que la
pequeña Jeanne fuese de gran auxilio, se la hizo venir de los Tejares, y presentó su
joven frente a los maternales besos; pero la envenenada rechazaba a su criatura, y
nada – ni las imágenes de los horribles peligros evocados por la doctora, ni las
lágrimas de la madre, ni las sonrisas del marido, ni los llantos lastimeros de Jeanne –
nada hacia descender una aurora en ese cerebro de condenada en vida.
3

En la mitología griega, Circé es una maga muy poderosa, experta en múltiples drogas o venenos, dispuestos a operar transformaciones.
71
Rota, deshecha, la Sra. de Montreu huía de la luz del día, y quería tanto la oscuridad profunda, como velas y lámaparas. Recordaba su embarazo, pero olvidaba el
trágico medio que había empleado para destruirlo; se creía siempre encinta, y la
nueva supresión de la menstruación (una de las resultantes del abuso morfínico) le
hacía más verosímil esa alucinación. A continuación, ignoró sus adulterios con el Sr.
de Pontaillac y atribuyó la ilusoria paternidad a su marido – una paternidad de seis
meses – aunque el marido, desde ocho meses, no había mantenido relaciones conyugales.
Esa noche, ella dijoa la Sra. de La Croze:
–Deseo dar a luz en los Tejares.
La doctora intervino:
–Blanche, estás soñando;¡no estás encinta!
Y con voz más baja, más fraternal:
–¡Silencio, desgraciada!
–¿Por qué?
–¡Silencio!
La Sra. de Montreu continuó delante de su marido:
–¡Geneviève está rara! No quiere que tenga un bebé… ¡Celosa infame!... Olivier, siento al pequeño ser agitándose en mi interior… Será un niño… Yo lo alimentaré… ¿Cómo lo llamaremos?
La Srta. Saint-Phar arrastraba al marqués, jurándole que Blanche era víctima
de una obsesión, y el hombre replicaba:
–¡Caramba! ¡ya lo sé!
73
XIII
Raymond de Pontaillac, en permiso de convalecencia, vivía como un prisionero en su palacete de la calle Boissy-d’Anglas, y solo Christine se atrevía a turbar el
delirio del morfinómano.
¡Pobre Christine! Ella soportaba todas las locuras del hombre sin entrever ni
un destello de luz; había rescindido su contrato con la Ópera; rechazaba los homenajes del mundo, y su florida juventud se marchitaba, como una flor privada de agua y
de sol.
Jamás un gesto de disgusto, jamás una queja.
Y él, antaño tan encantador, la trataba como un burgués libertino y duro trata a
su criada, cuando la mujer lo cuidaba y estaba reducida a las obras domésticas; la ultrajaba con el recuerdo inmortal de sus amores con la Sra. de Montreu y establecía
contrastes y paralelismos insultantes hacia la gran artista.
–Vamos, Christine, ¿qué significan esos modales?... Te crees que estás siempre en la Ópera, sobre la escena… ¡Careces de gusto!... ¡Tu traje es ridículo!... ¡Ah!
¡si hubieses visto a la Sra. de Montreu en el baile de la embajada inglesa!... ¡Qué
elegancia! ¡qué distinción!
Se vestía de payaso, se coronaba con rosas, obligaba a la diva a vestirse con
un traje de payasa, intentaba yacer con ella, y, desolado por su impotencia, aterrorizaba a la joven y valiente artista:
–¿Quién diablos te ha enseñado el amor? ¡Pero, querida, tú dejarías helado a
un toro!... ¡Ve a buscar una puta, Roselmont o Luce Molday!... ¡Ponte en camino, o
te rompo la cabeza con mi sable!
La Stradowska se juraba no volver la casa del poseído por la morfina, pero
siempre regresaba, y Loris Rajileff se asombraba al verla caer tan bajo, a ella que
era tan altanera.
En el palacete de la villa Saïd, ella lloraba:
–¡Me hace sufrir; y yo lo amo, lo adoro!... ¡Quiero salvarlo!
Un viernes, en pleno día, con las ventanas cerradas, Pontaillac exigió que
Christine se desnudase por completo ante él, desnudo también.
–¡Soy Adán, – exclamaba, -– y tú, tú eres Eva! Comencemos el mundo, ¡un
mundo nuevo!
Megalómano, se imaginaba crear una especie: en lugar de brazos, los hombres
tenían alas y, las mujeres, cuernos en lugar de ojos; luego los distintos sexos se confundían, y de un millar de seres brotaba un solo tipo con un pecho de virgen, una cola de serpiente, patas de perro y un ojo que le servía de boca, orejas humanas, lengua
y manos; – y, desparecido el monstruo, nacieron infinitas variedades de bestias espantosas, todos los horrores del Apocalipsis, todos los obscenos sueños de un viejo
erótico.
En paraísos artificiales, ideales dónde, según palabras de Baudelaire, «se vierten las mortales embriagueces», Raymond rodaba por el infierno de las lujurias; pero si la Pravaz – a dos o tres gramos por día – no le devolvía sus agotadas fuerzas, lo
iluminaba con una extraña inteligencia, casi genial.
Encontraba la conciencia del yo, la conciencia absoluta; sentía su razón crecer
y su memoria desarrollarse; establecía curiosas estrategias, abordaba difíciles problemas sobre los mapas del Estado Mayor; escribía libros de guerra, anotando, componiendo y desgarrando su obra, a su vez llena de luces y sombras.
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La idea de la Sra. de Montreu todavía lo dominaba; pero lo había detenido la
aventura nocturna de Blanche, la loca carrera a la farmacia de la que los periódicos
informaron, consignando las iniciales de la marquesa – iniciales transparentes como
tarjetas de visita. Realmente no se atrevía a reaparecer en el palacete del bulevar
Malesherbes; temía los legítimos reproches de Olivier. ¿No permanecía siendo, a
ojos del marido y de la esposa, a los propios ojos del doctor Aubertot, el instigador
de la morfina, el iniciador del pinchazo inicial? Olivier tendría el derecho de decirle:
«¡Has traído el caos y la desgracia a nuestra casa!» Por otra lado, Pontaillac se alarmaba al no saber nada sobre el estado del embarazo de su antigua amante. ¿Acaso
Blanche había mentido, diciéndose madre? ¿Por qué lo habría engañado?
Uno de los criados del oficial preguntó muy hábilmente a Angéle, la dama de
compañía de la marquesa, y esta respondió:
–La señora se imagina estar encinta; no lo está; ¡nunca lo ha estado desde el
nacimiento de la señorita Jeanne!
Al principio, indignado por la comedia, arrojó una blasfemia; a continuación,
atribuyendo la mentira al delirio morfínico, exclamó: «Tanto mejor! ¡una vergüenza
menos!» El amor y el respeto con el que rodeaba a Blanche alejaron una sospecha
criminal, y lloró por las angustias que estaba padeciendo su bien amada.
De vez en cuando, Pontaillac enviaba a su criado a comprar una gran provisión de morfina en una farmacia de la calle Boissy-d’Anglas.
Un día, Clément regresó con las manos vacías.
–Mi capitán, – dijo – el farmacéutico no quiere daros morfina sin receta.
Pontaillac respondió:
–¡El farmacéutico es un imbécil! ¡Ve a otro lugar!... ¡No… ya voy yo!
El capitán se vistió, salió y, pronto exasperado por las negativas de los numerosos farmacéuticos y drogueros, pidió explicaciones al director de una oficina del
bulevar Haussmann.
–Señor, – le respondió el interpelado, – según la ley del 19 de julio de 1845, y
según la real orden del 29 de octubre de 1846, los farmacéuticos están obligados a
transcribir las prescripciones médicas en un registro, y sin ningún vacío y no estregarlas más que acuñadas con su sello y tras haber indicado el día en que las sustancias han sido entregadas; – los farmacéuticos, señor, no deben expedir «las sustancias venenosas, más que en virtud de una prescripción especial y particular del
médico, indicando las cantidades y la dosis a proporcionar». Les está prohibido
aportar la menor modificación en la ejecución de la receta y renovar una receta de
morfina.
Raymond sonrió con sonrisa de millonario espiritual:
–Lo he escuchado con gran interés, señor, pero hay otras soluciones… ¡Soy el
conde de Pontaillac, capitán del 15 batallón de coraceros, y usted me encontrará dispuesto a pagar un precio de nabab!
–Es inútil, caballero. – respondió el farmacéutico – ¡Usted me ofende!
–¿Qué arriesga usted?
–¡La cárcel, la prisión tal vez, la prohibición de explotar mi título. El año pasado, un farmacéutico ha sido condenado y aunque no arriesgase nada, no quiero
deshonrar mi profesión en favor de mi caja y en detrimento de su salud y de su
razón!
–¡Charlatán!
Entonces, el capitán tomó la lista de médicos, y obtuvo las recetas que los
farmacéuticos naturalmente expidieron, los unos a espaldas de los otros. ¿Qué pod-
75
ían hacer los doctores contra ese cliente de paso? Los farmacéuticos, del primero al
último, afirmaban no recibir las recetas más que de un solo médico. Los doctores
creían estar tratando a un morfinómano, según el método progresivo decreciente de
Erlenmeyer; algunos rehusaban; ¡pero hay tres mil médicos en París, y Pontaillac
poseía doce caballos!
Gracias a las generosas propinas distribuidas a los criados, él no languidecía
en los salones de espera, las preguntas semejantes, el enojo de subir escaleras, la
obligación de mentir, todo eso lo enervaba.
Cuál no fue su sorpresa, una noche, en un restaurante, al ver a Thérèse de Roselment y a Luce Molday, dos prosélitas ardientes! No has había visto desde la escena del café de la Paz; le parecieron bastante feas, con los rostros muy maquillados,
enrojecidos, los ojos apagados, y las hubiese ignorado si las prostitutas no se hubiesen acercado a él:
–¿Sabes? – dijo Luce –¡me pincho!
–Y yo también, me pravazino, –murmuró Thérèse. ¡Y hay muchas otras!
–¡Vais a contarme vuestras historias!
Se sentaron en una mesa aislada, muy lejos de los grupos ruidosos y del mercado de los amores.
Se sirvió una cena – ostras, perdices frías, cangrejos, helado y frutas – pero
Raymond y las putas solamente comieron unas mandarinas y unas naranjas, bebiendo té.
Las cortesanas solicitaron noticias de sus antiguos enamorados, Darcy y Fayolle, de quienes guardaban un buen recuerdo. Pontaillac dijo:
–No tengo noticias; estoy de permiso; no voy ya al cuartel; ¡vivo como un
oso!
–¿Y tu bella marquesa? – preguntó Roselmont.
–¿Y la Stradowska? – dijo Molday.
–¡Ya…nada!
–¿Eres nuestro esta noche?
–¡Tal vez!
–¡Te llevaremos con nosotras! ¡Seremos muy amables!
–¿Amables?... ¿Podréis serlo?... ¡La morfina me vacía!
Thérèse afirmó voluptuosamente:
–¡A nosotras nos excita!
–¿Siempre?
–No, no siempre, – declaró Luce.– Escucha: a consecuencia de unas molestias
generales, consulté con el gran Aubertot. He pagado un luís y cien centavos al muy
ladrón. El doctor me dijo: «¡Suprima la morfina!» Era muy sencillo. Así pues, me
privé de ella una semana, y volví. Mi amante, un tipo importante de la Bolsa – no te
preocupes querido; está de viaje – mi amante sufría de un reumatismo articular: lo
pinché; se pinchó y ya no sufre. Thérèse tenía unas migrañas atroces; se inyectó
ochenta centigramos por día, y las migrañas han desaparecido tan rápido como el
reumatismo de mi amigo. ¿Verdad, Thérèse?
–Es cierto.
–Félix, nuestro peluquero, consume un gramo.
–¿Y tú? – preguntó el capitán.
–Yo, dos.
–¿Quién es tu farmacéutico?
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–Uno llamado Hornuch, en el número 11 de la calle de Gomorra, muy cerca
de nuestra casa, en el barrio de Europa. ¡Ah! hay que pagarle de inmediato; ¡él hace
su agosto con la morfina!
Raymond escribió la dirección.
–Mi pequeña Luce, hablabas de tus apetencias de amor… ¡no creo ni una palabra!
–Thérèse y yo tenemos necesidad de amar, durante la abstinencia.
–¿Os abstenéis?
–Algunas veces… Nunca más de veinticuatro horas…
–¿Y qué experimentáis?
Ellas revelaron que ambas experimentaban, al salir de la embriaguez morfínica
y durante la abstinencia, un irresistible deseo de hombre. Pero había que apresurarse, pues pronto la sed del veneno las atenazaba.
–En cuanto a mí – dijo Luce Molday, – la rabia de amor calmada o no, siento
un vacío en el estómago; tengo estremecimientos, calores, sudores. Tumbada en mi
sofá, toco la tela que es de terciopelo granate, y el terciopelo me parece ser de bronce o de cobre. Tengo hormigueos en las plantas de los pies y en los dedos. ¡Bailo y
salto como una mujer-torpedo! ¡Si eso te divierte, bebé, no tomaré morfina esta noche, y así juzgarás mañana por la mañana!
A su vez, Thérèse comenzó su confesión encendiendo un cigarrillo:
–La abstinencia me vuelve loca: como carbón, vidrio apilado; ¡ardo! Dejaría
extenuados a veinte hombres, pero de un modo mecánico, sin el menor placer! En el
momento que me pincho, duermo, dormiría siempre!... Una noche, en las Montañas
Rusas, conocí a un caballero. Llegamos a mi habitación, y, una vez terminadas las
abluciones, me pinché. Él preguntó: «¿Qué te provoca la morfina?» Yo respondí:
«¡Me hace dormir!» Él continúo interrogándome: «Pero… ¿antes del sueño?» Yo lo
besé: «¡Oh! ¡antes!... me hace esto… hum!» Eso no era cierto!... Él me habló, me
sacudió: «¿Duermes?» Yo lo veía, lo escuchaba, y no podía precisar el lugar donde
estaba, ni lo que quería. Bajó de la cama, se vistió y puso la mano sobre mi reloj, el
dinero, todas mis joyas… y se fue! Yo tenía ganas de gritar: «¡Al ladrón!» Juraría
que lo hice, pero con voz de moribunda… Tan es así que, cuando llevo un extraño a
mi casa, a un desconocido, me privo, ayuno… ¡Oh! ¡es muy duro!
El capitán, al que las confesiones de sus prosélitas interesaban mucho, las siguió al barrio de Europa.
En la calle de Moscú, se instaló en el apartamento de la Molday.
En vano, Luce y Thérèse se las ingeniaron para destruir y reanimar a Pontaillac; el morfinómano agotado las dejó, arrojándoles algunos billetes azules:
– ¡Pobrecillas, sois absurdas, idiotas! ¡Olvidad a vuestro instructor! ¡Olvidad
la Pravaz!
Él pensaba:
–¡He llevado el dolor y la locura a estas extrañas como a mi adorada Blanche;
pero iré en busca del vendedor de veneno, del Hornuch de la calle de Gomorra, ¡y
eso me basta para morir!
77

XIV
Desde Saint-Martin-L’Église, la Sra. Gouilléras, la morfinómana desenganchada y antes tan entusiasta, escribía cartas afectuosas para exhortar a Blanche a
vencer su dependencia: por otra parte, la Sra. de La Croze y el Sr. de Montreu seguían vigilando al pobre juguete de la Pravaz.
–¡La salvaremos! – declaró Geneviève Saint-Phar.
Todo parecía concurrir en la paz de la noble familia.
El capitán vivía lejos de su víctima; la comadrona de la calle de las Tres Hermanas no intentaba un chantaje peligroso y banal, y la fuerte suma ganada le permitió extender el círculo de sus maniobras. Ahora bien, la Sra. de Monbreu quería
morfina, y la buscaba por todas partes. Un día, enervada, por las negativas de los
doctores y los farmacéuticos, obedeciendo a una irresistible impulsión, trató de robar el licor divino que un mancebo de farmacia expedía a un cliente con una receta.
–¡Esta morfina es mía! – decía ella, fuera de sí. – ¡Es mía! ¡Yo la he pagado!
¡La quiero!
Solo, una dama de compañía, la misma criada que había prestado las ropas a la
Sra. de Montrey, con motivo de la operación abortiva, solo Angèle permacía siendo
la esclava dócil e interesada por su ama.
–Angèle, – dijo una noche la marquesa, – lleva esta carta al Sr. de Pontaillac;
solo se la entregarás a él, y esperarás respuesta.
Y añadió mentalmente:
–¡El sabe donde encontrar morfina!
Angèle, una alta y delgada rubia, hizo el recado y regresó, trayendo consigo
esta nota:
«Señora,
«Me resulta muy doloroso negarme – pero me muero por el veneno, y tras
haber sido la causa de vuestras desgracias, no quiero ser el asesino de la persona a la
que adoro.
«Perdonadme, Blanche, y, si vuestro amor es a este precio, prefiero sufrir y
llorar.
« RAYMOND.»
La Sra. de Montreu, furiosa, ordenó a la criada:
–Ve a casa de la Xavier, calle de las Tres Hermanas, en Montmartre!
Una idea germinaba en su cerebro, y, abrumada por el recuerdo del crimen,
Blanche bajó los ojos:
–¡Es inútil!
–¿Por qué, señora? – dijo la sirvienta.
–¡Basta!
La criada se fue mascullando:
–Calle de las Tres Hermanas… La Xavier… ¿Quién puede ser?... ¿Una alcahueta?... ¡Eh! sí… ¡Allá, la señora iba a divertirse con su capitán! Pero, ¿calle de los
Tres Hermanos, en Montmartre? … ¡En fin, hoy las grandes damas tienen unos gustos tan raros!... ¡Habrá que ver!
78
Se producían enemistades, discusiones entre Catherine, la vieja sirvienta, y la
dama de compañía. La Sra. de Montreu apoyaba a Angéle, y los demás callaban.
Desde el día siguiente, la criada enemiga se dirigió a la casa de la calle de los
Tres Hermanos y, ante el cartel, tuvo una agradable sorpresa.
–¡Oh! ¡era cierto!
Angéle subió, llamó, simulando estar asustada. La Sra. Xavier, en un vestido
nuevo, deslumbrante de joyas, la recibió en estos términos:
–Buenos días, señorita… Siéntese, por favor…. ¿De cuánto está usted?
–¿Eh?
–¿De cuánto?
–¿Perdón?
–¿De cuántos meses?
–¿Qué?
La Sra. Xavier sonrió e indicó el vientre de la visitante:
–¡Eso!
–¡Usted quiere reir!
–Entonces, ¿a qué c… viene usted aquí?
La criada le preguntó brutalmente, a bocajarro:
–¿Conoce a la marquesa de Montreu?
–¡No del todo!
–¿De verdad?
–¡De verdad!
–Yo soy su dama de compañía.
–¡Ah!
–Y fui yo quién presté las ropas a la señora, el día en que la señora vino a
hacerse…
–¡Chsss! – interrumpió la comadrona, que estrechaba el brazo de Angèle.
–¡Déjeme! – dijo la sirvienta, – ¡me está haciendo daño!... Usted ha abor…
–¡Chsss! – continuó la Sra. Xavier, cuya robusta mano atenazaba los huesos
de la delgada rubia.
–¡Suélteme o la abofeteo!
Y, una vez desprendida, las dos mujeres se miraban de arriba abajo, mientras
la comadrona gruñía con voz baja:
–O eres una chivata, y te vigilaré, o eres una imbécil, y te ordeno…
–¡Yo no recibo órdenes de usted!
–¡Señorita!
–¡Señora!
–¡Idiota!
–¡Vieja chocha!
–¡Arrastrada!
La Sra. Xavier echaba espuma; Angéle le arrojó:
–¡Mis felicitaciones!... ¡Un buen trabajo! La Señora está muy enferma… Se la
ha destrozado demasiado pronto, sin duda…
–¿Quién eres tú?
–Se lo repito: estoy al servicio de la Sra. de Montreu.
–¡No la conozco!
–¡Miente!
–¡Y tú, ya me estás irritando con tus preguntas! ¡Ten cuidado, pequeña: tengo
paciencia, pero, cuando me agobian veo todo de color rojo!
79
Con un gesto, indicó la puerta:
–¡Vía!
–Esta bien, ya me voy… Iré a la Policía.
–¡Inténtalo!... ¡Mañana estarás destripada en tu cama de andrajosa!
–¡No tengo miedo! ¡Esta noche dormirá usted en una celda!
Ambas se detuvieron, animadas por un deseo de reconciliación.
–Señora, ¿podríamos entendernos?
–No pido otra cosa, señorita.
Gentilmente, la comadrona ofreció un sofá a Angéle y ella se sentó en una silla.
–¡Hable!
–Disculpe usted mi vivacidad, querida señora. Si yo hubiese entrado por la
puerta preguntando: «¿Ha practicado un aborto a la marquesa de Montreu?» usted
me hubiese dada con la puerta en las narices, o con su pie en alguna parte; pero,
aunque sirviente, una no es tonta y he empleado el sistema intimidatorio… Usted se
ha puesto desaforada y los que se enfadan algo ocultan.
–¡Ah! ¡diablesa!
–¿Y qué quiere usted? ¡Necesito hacer mi juego!
–¿Ejerciendo un chantaje?
–Sí.
–¡Al menos es usted sincera!
–Muy sincera.
–¿Tu nombre?
–Angèle.
–Yo, Ravida… Ravida Xavier… ¿Es muy rica la Sra. de Montreu?
–Archimillonaria.
–¡Le hubiese podido exigir más!
–¡Desde luego!... ¿Cuánto le ha cobrado?... ¿Dos mil?
–¡Un poco más, curiosa!
–¿Veinte?
La Xavier estalló en carcajadas:
–¡Ah, mosquita muerta!... ¡Tu ama no está enferma!
–Sí, lo está.
–Pero, no por la operación, pues ha sido perfecta!... Yo estoy segura y, si tú
algún día lo necesitas ven verme!.... Yo soplo encima… ¡uno…dos…Ffff…ut! y el
mocoso tiene alas.
–¡Gracias… no tengo prisa!
–¿Un vaso de ron?
–¡Con mucho gusto!
La comadrona llenó dos vasos.
–¡A tu salud, Angèle!
–¡A la vuestra, señora Ravida!
Bebieron.
–¿Un cigarrillo? – dijo la anfitriona
–No fumo.
–¡Yo fumo en pipa!
Con una Gambier, Ravida se ensimismaba, exhalando vapores negruzcos.
–¿Cuál es el mal de la señora?
–La señora padece un síndrome de abstinencia de morfina.
80
–¡Vaya! ¡una morfinómana! Habría debido darme cuenta… ¿Quién la trata?
–Los doctores Aubertot y Pascal.
–¡Caramba!
–Y una doctora, una amiga, la señorita Saint-Phar.
–¿Saint-Phar, en la plaza de la Madeleine?
–Sí
–¿Y los médicos le prohíben la morfina a su clienta?
–¡Eso es! Una noche, la señora se levantó…
–… Completamente desnuda, para correr a casa de un farmaceutico del bulevar Malesherbes…
–¿Cómo sabe usted eso?
–Leí esa historia en los periódicos, bajo las iniciales B. de M… ¿La B.?
–Blanche.
–Blanche de Montreu… ¡Pobre señora!... Pero, ¿por qué desearía abortar?
–El niño no era del señor.
–¡Muy bien¡ ¡muy bien!... ¿Y de quién era?
–¡Misterio!
–¡Tú lo sabes, Angéle!
–¡No!... ¡Además, paremos aquí!... ¡Ya sé todo lo que me hace falta!
–¡Yo no!
–¡Peor para usted!... ¿Quiere procurarme morfina?
–Solo pueden hacerlo los farmacéuticos y los drogueros…
–¡Imposible! He recorrido Paris y los alrededores… ¡Consígame morfina, Ravida, y yo le daré su peso en oro!
–¿A fin de revender su peso en diamantes? No me trates de «usted»… Tuteemonos, querida… ¡Me caes bien!... Yo te traeré morfina…Pero vamos a partes iguales, ¿de acuerdo?
–Acepto.
–¿No me engañarás?
–No.
Alguien llamaba.
–Voy a abrir. – dijo la Xavier.
Y como Ravida charlaba en el umbral de la antesala, Angèle escuchó la conversación de la matrona con una obrera.
–Quiero librarme de esto, señora – dijo la visitante… – ya tengo cuatro pequeños.
–Son doscientos francos.
–¡Oh! ¡señora!... ¡El año pasado usted le cobró veinte francos a una modista!
–Los precios bajos me arruinan. ¡Cinco luises o nada!
–¡Me mataré!
–¡Mátate!
Luego la abortista llamó a su clienta que bajaba:
–¿Cincuenta francos?
–Cuarenta, señora; empeñaré mi ropa y mi alianza en el Monte de Piedad.
–¡Cuarenta! ¡de acuerdo! Ven esta noche a las once.
Al regreso de la señora Xavier, Angèle se desternillaba:
–Se arruina… ¡Dos luises! ¡es usted un ángel!
–¿Me espías, condenada?
–¡Te admiro!
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–¡Bah! Eres mi cómplice in partibus.
–¿De verdad?
–¿Hay que envenenar a la Sra. de Montreu? ¿sí o no?
–¿Envenenarla?
–A la larga, querida; pues debes saber que la morfina es un veneno.
Angèle vaciló. El secreto de las maniobras abortivas le entregaba a los dos
culpables, pero, ¿un chantaje brusco y una denuncia valían la amistad de su ama?
Entrevía un montón de oro, una recogida diaria – la gran dama encantada con la
morfina y aterrorizada por el temor a las leyes por su aborto.
–¡Oh¡– dijo la sirvienta – no quiero ser tu cómplice! Tengo órdenes de comprar un medicamento; te lo compro. ¿Dónde está el mal? ¡Ravida, yo te tengo en mi
poder y tú no me tienes aún!
–Si me denuncias…
–¡Ningún peligro! Tu haces negocios; yo hago los míos. ¡Soy seria!
Ese mismo día, gracias a la Xavier, Angéle llevaba una Pravaz y una solución
de morfina, y mientras la Sra. de la Croze, el Sr. de Montreu y la pequeña Jeanne
cenaban, ella entró en la habitación de su ama.
Tras el pinchazo, Blanche se vio iluminada de una alegría tan intensa que
tomó a la joven criada entre sus brazos y la cubrió de besos.
La Sra. de Montreu murmuró con suspiros de goce:
–¡Gracias! ¡gracias! ¡Me salvas!
–Fue una de las buenas amigas de la Señora quién ha ido a la farmacia… La
Xavier… en la calle de los Tres Hermanos…
La marquesa palideció, con una palidez de muerte:
–¿Conoces a esa mujer?
–Mucho, señora marquesa.
–Y…
–Vamos, no os preocupéis… Soy una tumba… ¿No os traicionaré por culpa
del capitán?
–¿El capitán?
–¡Sí, el señor conde de Pontaillac!
–¡Explícate!
–¡Dios mío, como habéis sufrido el día del aborto!
–¡Silencio y respondo de tu fortuna!
–Una no sabe ni quién vive, ni quien muere.
La marquesa se dirigió hacia un chifonier y tomó un fajo de billetes de banco:
–¡Toma!
–¿Qué es eso?
Blanche estaba sin fuerzas, ante el cajón:
–¡Tómalos tú misma!
Y la sirvienta llenó sus bolsillos, alegre de ejercer un maravilloso chantaje.
Nuevas embriagueces y nuevas torturas vinieron a prolongar la involución de
la enferma.
Angèle – la sirvienta del Infierno y del Paraiso de los Artificios – iba y venía,
y bajo mil pretextos, deslizaba a la Sra. de Montreu la jeringa de muerte. Algunas
veces, practicaba ella misma los pinchazos, se bajaba, apartaba las prendas íntimas
con sus dedos criminales e incitaba con sus palabras:
–¡En verdad, esto es un placer!
–¡Así! ¡así! – suspiraba Blanche, radiante.
82
–¡Tanto como queráis, señora, ¡pero estaría bien no olvidar a vuestra pequeña
Angèle!
La Sra. de Montreu la colmaba de dinero, de joyas, y luego, pedía al marqués:
–¡Para mis pobres!
Él estaba feliz con las peticiones caritativas, y la criada, nunca satisfecha, infiltraba con el veneno alusiones pérfidas: «¿El señor de Pontaillac conocía el embarazo de la señora?... ¿El capitán ayudó a la señora para abortar?...»
–¡Cállate, Angéle, cállate!
–Tengo que contentar a la tía Xavier… ¡La señora no es bastante generosa!
La ama siempre daba; y a la hora de las voluptuosidades artificiales, la sirvienta la sacaba de su letargo, murmurando frases de vendida: «Se ha condenado a una
abortada… ¡Dos años, señora!... ¡Estáis pendiente de un hilo!... ¡Sed generosa o os
enviaremos a Saint-Lazare!...»
Al recuerdo de los adulterios y del crimen de la obstétrica, cuyas imágenes le
aparecían, reales, Blanche sentía todo su sangre bullir; se libraba, inconscientemente, a los tocamientos de su criada, y a las masturbaciones de Angèle, y las demás
maniobras de lujuria, se unía el licor para extenuar y destruir a la noble dama.
83

XV
En la calle de Gomorra, en el barrio de Europa, el Sr. Sosthène Hornuch, farmacéutico de segunda clase, atraía a una clientela numerosa.
Alto y delgado, con los ojos azules, afeitado, unas patillas en abanico, una cinta violeta en el ojal, ofrecía toda la apariencia de un gran imbécil – y era un gran miserable. Se decía miembro de varias sociedades filantrópicas e incluso fundador de
una obra: eso le costaba algunos luises, cada año, y le valía, además, la estima del
vecindario, un reclamo general y productivo.
El escaparate de Hornuch no tenía nada de especial. Se veían allí, como en todas las farmacias, enormes jarrones rojos y verdes, pieles de gato contra los dolores,
collares, sortijas y medallas contra las migrañas, y luego botes, frascos; pero Hornuch poseía dos laboratorios, uno destinado a la ejecución de las recetas, el otro reservado a los tejemanejes del establecimiento.
Parisino, de cincuenta años, el Sr. Hornouch permanecía viudo, a cargo de tres
hijas, Annette, Irma y Zélie, tres rubias gordas en estado casadero. Al principio, había inventado unos siropes y pastillas para el reuma, unos ungüentos higiénicos, pero
sea porque le faltaba la publicidad suficiente o que sus descubrimientos no eran serios, veía como crecía el fracaso.
–¡Oh! papa, ¡acaberemos por vestir a Santa Catalina! – gemían las señoritas
Hornuch.
–¡Seguro que no, queridas!
Y Sosthène lanzó al cielo su «eureka» de boticario: acababa de descubrir no la
luz, ni la gravitación universal, ni la pólvora sin humo; acababa de descubrir el medio de conseguir oro, echando por tierra sus escrúpulos de hombre honrado.
–Hijas mías – dijo, – voy a despedir a mi mancebo y trabajaremos en familia.
El farmacéutico y sus tres criaturas se pusieron a fabricar morfina, según los
procedimientos de Robertson, de Robiquet y Grégory.
En el laboratorio, por la noche, las señoritas Hornuch se ganaban su dote, bajo
el gas, a la siniestra claridad del horno: Annette instalaba los alambiques y las probetas, hacía macerar el opio en un vaso de agua a 38º, para extraer todos los principios solubles; Irma evaporaba la solución al baño maría, tras haber añadido carbonato cálcico en polvo para neutralizar los ácidos libres; Zélie, estando concentrado el
líquido, le mezclaba cloruro de calcio – y el papá terminaba los demás precipitados,
las otras concentraciones, las diversas metamorfosis del más importante de los alcaloides del opio.
Esas químicas rubias sudaban y se aplicaban, extrañas en su inmenso delantal
negro; –pero, ¡qué riqueza! ¡qué alegría!
Casi todos los colegas, espantados por los suicidios y los asesinatos perpetrados por los adeptos a la morfina, desdeñaban los beneficios del veneno, y una clientela afluyó a la calle de Gomorra. Sin la menor receta, se vendían dosis considerables a los enfermos: no se preocupaban ni de la personalidad del cliente, ni de su situación, ni de las causas que lo impelían al consumo excesivo de la terrible sustancia; se les vendía Pravaz; se distribuía misteriosamente folletos elogiosos sobre el
Nirvana. Zélie murió; su padre y sus hermanas continuaron viviendo de ello.
Annette e Irma estaban muy bien casadas, y Hornuch fabricaba y vendía el
veneno, con ayuda de algunos alumnos. Desde luego, no ignoraba que, el año pasado, el tribunal del Sena había condenado a un vendedor de morfina a dos mil francos
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de multa. ¡Dos mil francos! ¡Gran negocio para un hombre que gana tres, cuatro,
quinientos francos al día!
Una francmasonería se estableció entre Luce Molday, Thérèse de Roselmont y
otras morfinómanas galantes. Unas pagaban con su cuerpo al envenenador; otras con
joyas, mobiliario, robaban a los hombres para satisfacer la irresistible necesidad. Y
el contagio llegó a las costureras y las modistas de esas mujeres, las amigas, viejas y
feas, como a las más jóvenes y amables.
Hornuch acababa de inaugurar en su trastienda un verdadero instituo de pinchazos, con un salón para los hombres y otro para las mujeres. Se entraba allí, con
los ojos sombríos, la cara lívida; se salía con los ojos brillantes, los labios púrpura –
y todos esos seres se pasaban el veneno, amenazando con viciar la generosa sangre
de Francia.
Thérèse y Luce tenían gran fama entre los engominados y los rastas: se las seguía al teatro, al circo, en los mercados femeninos, y los aficionados las distinguían,
esperando sensaciones inéditas.
–¡Aquí están las Pravaz!
Reclamos vivos de Hornuch, se enorgullecían de mostrar la jeringuilla; se pinchaban, exageraban las embriagueces del mal de Wood; pero, una noche, desaparecieron, y el capitán leyó, en el Rabelais, la historia de su internamiento en SainteAnne.
Horrorizado por las imágenes, quería detenerse; ya no podía y se convirtió en
el gran cliente del alquimista.
Fue entonces que, bajo la dominación absoluta del estupefaciente y bajo el deliro de la abstinencia, en medio de las rabias de su desmoronamiento moral y físico,
el conde de Pontaillac escribió un diario íntimo:
París, 4 de diciembre de 1890.

Ayer, me presenté en el palacete del bulevar Malesherbes. Angèle, la dama de
compañía, iba a introducirme en casa de su ama, cuando Olivier entró en el salón:
«Mi esposa está enferma, dijo con los ojos rojos. Discúlpanos, Raymond; somos
muy desgraciados… » ¡Me entraron ganas de estrangularlo!...
5 de diciembre

Christine está llena de grandes intenciones voluptuosas; pero el asado de la
Villa Saïd ya no me exalta. Debo dejar la Pravaz, pues tendré demasiada vergüenza
en el renacimiento de los amores de mi bien amada… Blanche va a curar; embellecerse; y la poseeré de nuevo, por todos los diablos!
16 de diciembre

Once días de ayuno… Me suben sudores fríos, y mis dientes castañean convulsivamente… Imposible escri…
17 de diciembre.

Lucho… lucho… ¡Oh! ¡qué suplicio!... Tanner, Merlatti, todos los ayunadores
se divertían!
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La noche del mismo día.

Una idea de suicido me invade… ¡Salgamos!
La noche, a las cuatro.

Regreso del casino donde casi he hecho saltar la banca… La cartera está repleta; el oro hace romper mis bolsillos!... ¡Ah! innoble batalla!... Envío todo este dinero
a la Asistencia pública…
18 de diciembre.

¡No! ¡No! ¡No más veneno!... ¡Viviré, amaré!
19 de diciembre.

Hornuch miente; miente cuando declara que unos seres superiores toman morfina a fin de salir de un estado de equilibrio inestable… ¡miente, lo juro! La morfinomanía es una embriaguez –¡y no otra cosa!
20 de diciembre.

En el casino, he perdido todo lo que había ganado, todo lo que di a los pobres,
y mil luises más. ¡Tanto mejor!
21 de diciembre.

¿Cuál es la naturaleza de mis sueños, en mi locura pasional? ¿Cuál es para mí
el ideal de la felicidad? Me lo pregunto y, buscando el sentido oculto, quiero, si me
decido a matarme, que Blanche sucumba conmigo, de tal modo que nuestros cuerpos enamorados se desprendan al mismo tiempo las llamas de nuestros espíritus y
que esas luces gemelas vivan juntas, en los Limbos sin fin de la eternidad. ¡Es la vida unitiva! ¡Es el hermoso sueño de Platón, el dogma inmutable de los desheredados
del amor, aquí abajo!
22 de diciembre

Quisiera haberla matado – y morir…
23 de diciembre.

¿Acaso no es así como uno se vuelve loco? Me parece que mi cabeza se retuerce y mi cerebro se dilata…
24 de diciembre.

Mis ojos se ahuecan, mi rostro está lívido… Miro con espanto lo que me rodea… Temo la muerte; pienso en la muerte, y no puedo comprender esas ideas que
me siguen por todas partes, en medio de mis camaradas, y cerca de Christine, y en la
soledad de la noche. Sé que eso es locura, y no podré alejar esa locura juzgándola
como tal.
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25 de diciembre

Oigo silbar las balas y tengo miedo, yo, ¡un soldado!
26 de diciembre.

Los accesos de pavor son menos intensos; consigo reír… ¡Qué me lleven al
campo de batalla y se verá si el Sr. de Pontaillac es un cobarde!
27 de diciembre.

Mi ordenanza me ha revelado… Estaba completamente mojado…
Por la noche

Lloro de vergüenza…
28 de diciembre.

He visitado las catacumbas; he tocado cabezas de muerto, y después ya no he
soñado con fosas y cementerios…
29 de diciembre.

Bajo un impulso irresistible del que me daba cuenta, sin poder vencerlo, he
ido a arrojarme a una fosa recientemente abierta del cementerio de Saint-Ouen. En
el fondo del agujero, grité: «Dios mío, ten piedad de mi!...» Interpelado sobre mi
posición, dije que había caído por accidente, y un guardián comentó: «Este caballero
debe ser inglés, un fantástico…»
30 de diciembre.

Unas voces me ordenan matar a Blanche y matarme a continuación, y como
me resisto, las voces repiten en una tormenta espantosa: «¡Mata! ¡mata!... necesitamos corazones; tenemos absoluta necesidad de corazones; ¡consíguenoslos!» En la
mesa, esas voces salen de mi plato; en la cama, de mi almohada: «¡Mata! ¡mata!...
¡necesitamos corazones!...»
31 de diciembre.

Me interesa la psicología de mi locura. Tomo por realidad bien productos de
mi imaginación, bien recuerdos revestidos de una forma material, y concedo a ciertas realidades apariencias absolutamente diferentes de lo que son.
Verifico la exactitud notable de esta síntesis del Dr. Lasègue: «La ilusión es a
la alucinación lo que la murmuración es a la calumnia. La ilusión se apoya en la realidad; la alucinación inventa toda su estructura: no dice ni una palabra cierta.»
Ahora bien, yo tengo ilusiones «exteriores»: el ruido del viento es la voz de
Christine; las nubes son fantasmas; los árboles, espectros; mi perro, un montañés, se
convierte en buey, en león, en elefante; luego, cuando el perro no está, la alucinación me muestra un búho de alas largas de unos quince metros. No ignoro que un
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buhó no alcanza esa envergadura, y sin embargo miro al animal y lo escucho ulular…
¿Estoy más loco que esas mil personas reunidas en un baile parisino, la noche
de la ejecución del mariscal Ney? Un caballero está ahí: se llama Mariscal aîné; el
criado anuncia: «El mariscal Ney!» Entonces toda la reunión se estremece, y Daniel
Tuke pronuncia estas palabras del Dr. Wigan, uno de los invitados: «¡A pesar nuestro, la semejanza de ese caballero con el Príncipe permanecía siendo perfecta!»
¿Influencia de la imaginación sobre las sensaciones o locura, cuál es el límite?
¿Dónde está la verdad?
1 de enero de 1891.

Sufro un trastorno de acomodación, y la diplopía se encuentra en un grado
elevado. Cuando coloco un vaso rojo ante mis ojos, la diplopía parece variar en su
naturaleza e intensidad.
¿A qué atribuir este fenómeno? ¿Se debe a mi estado de debilidad? ¿Es uno de
los resultados obligados de la abstinencia morfínica?
Experimento un intenso dolor en todo el sistema nervioso; pero, si creo en los
patólogos, es la señal precursora del despertar!
3 de enero.

Mi estómago está afectado de una parálisis intermitente. ¿Llegaré a no poder
digerir ya? Claude Bernard ha visto la secreción de la glándula submaxilar detenerse
en un perro morfinizado.
4 de enero.

A propósito de perros, intentamos experiencias sobre los animales. ¡Recordemos al pequeño Pasteur, al pequeño Levinstein!
21 de enero.

EXPERIENCIAS: 1º he inyectado tres veces al día, bajo la piel de una paloma, 5 centigramos de morfina durante diez días, y el décimo día, el animal ha muerto, catorce minutos después de la última inyección.
2º Durante siete días he puesto a mi perra Myrrha, una inyección de 45 centigramos, y, justo a los cuarenta y cinco minutos, rodó por el suelo con ojos de loco…
y murió…
22 de enero.

En mi estado apasionado, llego a creerme condenado a muerte, y sufro tanto
como el prisionero de la Grande-Roquette que ve acercarse la hora de la guillotina.
Mi sufrimiento no es imaginario, y me comparo con un metal oscilando entre
el polo «positivo y verdadero» del dolor y el polo «negativo y falso» de la causa.
23 de enero.
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He pasado todo el día merodeando cerca del palacete de los Montreu… Pensar
en Blanche me tortura. Veo a la marquesa, tal como se me apareció el día del baile,
en casa del Dr. Aubertot, en el jardín de invierno… Ella se bajaba y revelaba sus
faldas bordadas… ¡Ah! ¡la media de seda gris perla!... ¡ah! ¡la liga con engastes de
diamantes!
24 de enero.

El hambre de morfina me atenaza… Hay algo en mí que a veces se me clava y
me desgarra, como si largas puntas al rojo vivo surgiesen de mi cuerpo y revoloteasen encima de mis ojos, en haces de luminosidad.
25 de enero.

Blanche me ha engañado, afirmando que estaba encinta; y me duele esa mentira.
Para aturdirme, para olvidarme, he jugado tres noches enteras en el Épatant, en
los Deux Mondes, e incluso en las timbas… He perdido numerosas partidas, un total
de cuatrocientas mil… Deseo arruinarme…
26 de enero.

Esta noche, en un baile, erraba solo y lamentable, con una nariz postiza; y
unos pierrots, arlequines, colombinas y polichinelas pasaban y comentaban: «¡Qué
tipo más raro!... ¡Tiene ojos de ladron!...» Vigilaban mis dedos…
27 de enero.

¡Maldita morfina! ¡Admito que Blanche esté allí, viva y enamorada! ¿Tendré
la fuerza de testimoniarle mi amor? ¡No, estoy vacío, hueco, j…o!... ¡Preguntad a
Christie!
28 de enero.

Un coche con las cortinillas bajadas me ha paseado dos horas por la carretera
de Versalles. Tenía una compañera galante, una puta magnífica, experta… ¡Ningún
resultado!
Once de la noche.

Otro coche me ha conducido desde Helder a una casa de putas y allí, ¡nada
también!
2 de febrero.

¿Cuánto tiempo es necesario para resucitar? Algunos autores dicen que tres o
cuatro meses… No podré resistir…
3 de febrero.

¡Sí!
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4 de febrero.

Acabo de llenar una Pravaz, vacilo…
El mismo día, a las tres.

Falloye, Darcy y Arnould-Castellier me suplican que les abra la puerta; el mayor Lapouge se une a ellos. Me niego. El coronel del 10º, un jefe inteligente y dulce,
me ha enviado unas palabras amables. ¡No recibiré a nadie!; ¡no escribiré a nadie!...
¡Ah! ¡qué banal es la vida!
7 de febrero.

Odio a los psicólogos que reducen el amor a un juego de estambres y pistilos,
y a la idea de un simple movimiento de moléculas… Encuentro ridículo los amores
platónicos… ¡Despertémonos!... ¿Cantáridas o sulfuro de carbono, cuál de los
dos?... ¡Ambos!
8 de febrero.

¡Bravo!... Una hermosa noche, con la bailarina Weg… ¡Oh, Blanche! ¡oh,
querida! ¡oh, mi tesoro!
9 de febrero.

«¿A dónde vas, Raymond?» me ha preguntado Christine. Y yo he respondido:
«¡A su lado!»
En el bulevar Malesherbes, el portero me dijo que sus amos están en Niza.
Partiré esta noche.
Medianoche.

La Sra. de Montreu está en París, y el portero se atrevió a echarme, bajo órdenes del amo, ¡cómo a un delincuente!
10 de febrero.

¡Olivier, te mataré!
11 de febrero.

¿Para qué sufrir todos los horrores de la abstinencia, puesto que una curación
no será bendecida por los amores de la adorada? Me inyecto un gramo de morfina.
12 de febrero.

Un gramo y medio.
14 de febrero.
90
2 gramos.
15 de febrero.

Dos gramos y medio… He dejado la aguja clavada en el pezón derecho…
16 de febrero.

Todo es rojo y amarillo; todo es sangre y oro – los colores de España… Hace
más de una hora que no he dejado de reír…
17 de febrero.

Vivo en una atmósfera de luz y fuego… Absorbo cantáridas y sulfuro de carbono… ¡Oh! ¡el singular duelo!... ¿Quién será vencedor, los afrodisíacos o la imposibilidad de amar?
18 de febrero.

Un fiasco con Christine; un fiasco con Weg; un fiasco con doce prostitutas…
¡La morfina triunfa, y el asesino Hornuch es el rey del mundo!
19 de febrero.

Quería continuar las experiencias sobre mis caballos. Me detuve. La muerte de
la paloma y la muerte del conejo me han dejado insensible; la agonía de mi perra ha
sido dolorosa; la muerte de mis caballos me resultaría muy dura.
Explico mis diversas ideas. Amaba a mi perra y amo a mis caballos; no conocía demasiado al conejo y a la paloma. Pero, ¿por qué los hombres que viven al margen de los trastornos morfínicos, por qué esos hombres se indignan al ver golpear a
un caballo o inmolar a un toro, cuando ellos matan una liebre, un corzo, un jabalí,
un lobo, hierren una perdiz, degüellan aves y corderos, acogotan bueyes? Todos los
animales, todos los insectos, todos los seres organizados tienen sensaciones de gozo
y de dolor. ¿Por qué no es sagrada una mosca?... ¿Por qué?
20 de febrero.

¡Al diablo, la ciencia! ¡al diablo, la filosofía, y viva la gran juerga!
21 de febrero.

Llego reventado. En la palestra, ocho damas, y ocho fiascos. ¡Me saca de quicio!
22 de febrero.

¿La autopsia? ¡Tengo una idea!
Habiendo abandonada las cantáridas y el sulfuro de carbono, y habiendo recuperado su energía intelectual, gracias a la morfina, Pontaillac termina su diario mediante una carta, un folio lacrado con sus armas.
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«PARA ABRIR EL DÍA DE MI MUERTE»

A los señores profesores Etienne Auberto y Emile Pascal, miembros de la
Academia de medicina.
«Caballeros,
«La Facultad de la que sois dos ilustres maestros, está obligada, por sus trabajos, a investigar sobre cadáveres humanos, y se ve, en cada ejecución, ese espectáculo bizarro de un capellán de la Grande-Roquette que os disputa, en nombre del ejecutado, el doble lote de una cabeza, un tronco y unos miembros.
«De ese modo, el capellán priva a la ciencia y disminuye su apostolado.
«Generalmente, caballeros, operáis sobre despojos del hospital y algunas veces sobe ahogados o víctimas del revólver y de numerosos modos del exilio terrestre. Pero es bastante raro, creo yo, que un vivo os entregue su cadáver: ¿queréis
aceptar el mío en recuerdo de nuestra amistad y de vuestra elevada benevolencia?
«Deseo que la autopsia tenga lugar en el gran anfiteatro, en presencia de vuestros colegas, del mayor Lapouge y de los otros doctores militares o civiles, internos
y estudiantes, que vos juzguéis útiles en esa labor suprema.
«¡Caballeros, vuestros estudios pueden iluminar a los adictos a la morfina!
Poned mi ejemplo y vuestras lecciones para destruir por siempre esta fuente de
horrores – ¡esa plaga vulgar y más mortal que las batallas!
«Vuestro admirador y amigo,
«Conde Raymond de PONTAILLAC,
Capitán en 15º de coraceros.
«En París, 23 de febrero de 1891.»
93

XVI
Los farmacéuticos no querían expedir más morfina, sin receta, a la matrona de
la calle de los Tres Hermanos, y como la Sra. Xavier y Angéle ignoraban la existencia de la farmacia de Hornuch, la Sra. de Montreu – privada del elemento vital –
atravesó nuevas crisis.
Aullaba, gritaba, bajaba de su cama, rodaba por la alfombra de la habitación,
se levantaba, caminaba, corría, rompía en añicos los vaos, los jarrones, los platos,
los péndulos, los espejos – y tres vigorosos sirvientes debían impedirle romperse la
cabeza contra las paredes.
Opresiones y latidos del corazón la agitaban, la trastornaban; sensaciones de
ardor en la faringe le arrancaban sollozos y lágrimas, y los dolores del bajo vientre,
siendo excesivos, tomaban el carácter de dolores uterinos.
Blanche estaba muy pálida, pero bonita y deseable aún con su rostro irritado,
sus encantadores dientes castañeantes, sus párpados ojerosos, sus ojos brillantes y la
voluptuosidad ardiente de sus cabellos pelirrojos. Cuando se arrastraba, casi desnuda, mordiendo los encajes de su camisa o los pompones de los asientos, a pesar de la
fatiga, exhalaba de ella una lujuria; cuando se detenía, en cuclillas, sacando un poco
su lengua rosa y ávida, como hacen los perros, se hubies dicho que con sus brazos
nerviosos estaban abrazando a un hombre, lo abatía, lo poseía, en el todopoderoso
ardor de una bacante.
Apenas dormida, se despertaba con la disnea que llegaba casi al ahogamiento;
sentía sus miembros desgarrarse, la piel estallar, la sangre hervir, su vientre dilatarse
y – fenómeno producido por la morfina y no por las maniobras abortivas – vivía una
horrible alucinación: creía estar preñada siempre, siempre, siempre.
Insensible al martirio de su ama, la dama de compañía le murmuraba:
–¿Se olvida de su pequeña Angéle?
Pronto, la sirvienta no se molestó más, y, una mañana, dijo:
–¡Es necesario que la señora marquesa se aclare! La Xavier me presiona, y
necesito dinero; necesito una suma importante… Me caso… ¡Cincuenta mil, señora,
o os denuncio al procurador de la República!
–No tengo esa cantidad, – respondió la marquesa; la pediré esta noche a mi
madre o al Sr. de Montreu, so pretexto de una obra de caridad.
–Pedidla enseguida; estáis muy exaltada, y podéis…
–¿…Morir?
–¡Es posible!
–¡Que Dios te oiga!
–¿El dinero?... ¿El dinero, por favor?
–Venderé mis joyas y te daré una buena dote, pero con una condición…
–¿Cuál?
–Irás al domicilio del Sr. de Pontaillac.
–¡Me enojáis! ¡Vuestras sucias historias pueden comprometerme!
–¡Quisiera… Quiero morfina!
–¡Ya no hay más!
–El Sr. de Pontaillac tiene, ¡estoy segura!
Tras haber visto el dinero de las joyas, la sirviente llevó esta nota al capitán:
94
«Te he amado; te he adorado! Me dejas sufrir; ¡me dejas morir!... ¡Oh, Raymond! Ten piedad del triste estado al que se me ha reducido! Ten piedad de tu desgraciada, muy desgraciada Blanche!... ¡Dame el licor divino!... ¡Te amaré, te adoraré!
«BLANCHE.»

No hubo respuesta.
Un domingo, la Sra. de la Croze, que salía de San Agustín, donde había escuchado misa con su hija, permaneció espantada al no ver a Blanche a su lado. En vano, preguntó al cochero y al criado, y, regresando a la iglesia, exploró el templo casi
desierto, los confesionarios, la sacristía.
Unos curas, unos religiosos ayudaron a la pobre dama en sus búsquedas inútiles, pues ya un coche trasladaba a la Sra. de Montreu hacia el palacete de la calle
Boissy-d’Anglas.
–¿El señor de Pontaillac? – gimió la visitante.
–El señor está a la mesa, – respondió el ordenanza Clément.
–¿Solo?
–No, señora.
–¡Anuncie a la marquesa de Montreu!
La Stradowska almorzaba con Raymond. El capitán se levantó; ella lo siguió
al salón y, ante la rival, no se contuvo y dijo a la marquesa:
–¡Sois una puta!
–¡Y tú, una insolente! –aulló Pontaillac. – ¡Te echo!
Christine iba a abofetear a la marquesa; pero al verlos, a él tan turbado y a ella
tan enloquecida, el uno y el otro tan horriblemente perdidos, la joven mujer se alejó
de la casa del desdichado.
Blanche y Raymond intercambiaron un beso de amor.
–¿Y la morfina, amigo mío? ¡Me vuelvo loca!... ¿La morfina?
–¡No!
–¡Por piedad!
–¡No! ¡no!
–¿Un pinchazo?
–¡Jamás!... Mira: ¡el veneno me devora!
La Sra. de Montreu no lo escuchaba; los cabellos en desorden, los ojos enloquecidos, se colgaba del hombre, metía sus dedos en el bolsillo del pantalón, del
chaleco. Despreocupada de todo pudor, se movía por todas partes, enervando al
enamorado, excitándolo con lujuria de cortesana:
–¡Ah! ¡Aquí hay una Pravaz!
Ella tenía una aguja de oro; él se la quitó y la rompió, pero pronto vencido por
las lágrimas de la amante, por los suspiros falsos, debió encontrar otra aguja y preparar él mismo la solución.
Extendida sobre un diván, desabrochada, como ofrecida a los goces de la carne, Blanche murmuraba:
–¡Pínchame!... ¡pinchame!... ¡pínchame!
Raymond obedeció. Ella le sonreía voluptuosamente:
–¡Me despierto!... ¡Oh! ¡qué bueno!... ¡Sigue!...¡sigue!... ¡Embríagame!... ¡te
amo!... ¡te amo!... ¡Esto es el Paraíso!... ¡Oh, mi salvador, te amo!
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¿A dónde huir? ¿dónde ocultarse?
La marquesa no habría podido soportar las fatigas de un gran viaje; pero el capitán tenía una villa, en Fontainebleau, y esa misma noche los amantes se dirigieron
allí.
Desde hacía tres días, llevaban una verdadera existencia de posesos, huyendo
del sol, los dos macilentos y marchitos, ambos viejos, él con treinta y un años, ella
con veinticuatro!
En esta villa situada a orillas del Sena, vivían en un encanto que iluminaban,
tanto de noche como de día, unas velas – una habitación de duelo, una habitación de
muerte – y todas las gestiones del Sr. de Montreu para encontrar a su esposa eran infructuosas.
Gracias a Hornuch, el farmacéutico de la calle de Gomorra, los amantes se infiltraban el veneno en altas dosis, bien decididos a morir juntos. Sus cuerpos – los
brazos, el pecho, el vientre, las piernas – toda la piel desaparecía bajo extraños arabescos, rojos como rubies, amarillos como topacios – y, desnudos, se admiraban,
iluminados por visiones sobrenaturales, y se amaban, glorificándose de no ser semejantes a los humanos.
El ordenanza que los servía, Clément, único criado allí, no se atrevía a mirarlos, de tal modo sus ojos se iluminaban con llamas extrañas, tanto sus labios balbuceaban locuras y amenazas.
Una mañana, el capitán dio la orden al servidor de traer de París uno de sus
caballos y uno de sus grandes uniformes de oficial. Por la noche, dijo:
–Me despertarás a las cinco, para la revista.
–¿Qué revista, mi capitán?
–¡La revista de mañana, imbécil!
La noche.– Las tres.
En el salón, los amantes se abrazaban, cuando Pontaillac, desolado por su impotencia absoluta, vociferó:
–¡Si estoy muerto para el amor, no lo estoy para la patria!
Entonces, a ruego del hombre, Blanche se pudo al piano, y el capitán entonó el
himno de las batallas:
Ved como brilla al sol el acero.
A esos soldados entre el humo pasar.
Van a morir – y para al ejército salvar,
¡Dad la sangre del último coracero!
Ebrio de morfina, con fuego en la mirada, daba mandobles de sable a dos manos, a izquierda y derecha, y, presa del miedo, Blanche se alejaba.
–¿Quién vive? – gritó tomándola de la cabellera. ¿Quién vive? ¡En nombre de
Dios! ¿Quién vive?
–Raymond… He matado a nuestro… pequeño… ¡Perdóname! – suplicaba
Blanche.
–¿Quién vive?
Él la sacudía espantosamente:
–¿Quién vive? ¿quién vive? ¿quién vive?
De pronto, se detuvo para recibir entre sus brazos a su amante expirante y
acostarla sobre la alfombra.
–La he matado… ¡Oh!... ¡oh!...
96
Raymond quiso gritar; las palabras se estrangularon en su garganta; quiso llamar; sus dedos rígidos no pudieron moverse.
De rodillas, llamaba a su amante bien amada; se cayó y se durmió.
Al despertar, lloró de horror y, dirigiéndose a la habitación contigua, se dijo:
«¡Estoy soñando!»
Delante de la puerta del salón que él cerraba, la imagen de Blanche y todas las
fúnebres realidades se desvanecieron. Y al igual que en medio de los sueños, desgarramos ciertos velos, a la luz más deslumbrante de otros misterios – así el morfinómano se sumía en nuevas alucinaciones.
Las cinco.

El ordenanza entró:
–Mi capitán, el caballo está ensillado.
–¡Bien!... Voy a vestirme… ¡Ayúdame!
Las seis.

El Sr. de Pontaillac, en uniforme de gala, montó a caballo. Galopó sobre la ruta. Se levantó una polvareda; unos clarines sonaron, y el oficial, saludando con el
sable a un regimiento de zapadores, tuvo ante sí el cuadro de la guerra, de los cañones, de la metralla, de los estandartes desplegados al viento de la victoria. A la cabeza de las tropas, gritó:
–¡Adelante, y viva Francia!
A la orden de: «¡Alto!» oficiales, suboficiales y jinetes, inmóviles, miraron un
caballo furioso transportar una sombra de hombre: la cabeza bailaba dentro del casco blanco y oro con penacho negro; el pecho flotaba bajo la coraza de blanco metal;
las piernas colgaban, extraordinariamente delgadas y lasas, y Pontaillac, con su rostro anguloso, su larga nariz, sus ojos huecos, sus bigotes afilados, su armadura tintineante, – él, tan bravo, antaño tan robusto, tan apuesto, tan inteligente – Pontaillac
parecía un Don Quijote siniestro y moderno.
Fueron a auxiliarle. Cayó bajo la luz del alba primaveral; cayó, agotado; cayó
muerto, con el sable en la mano, emitiendo una llamada a la carga gloriosa:
–¡Ved como brilla al sol el acero!

FIN
97

Esta novela se acabó de traducir en Pontevedra, el 3 de enero de 2014.

Morfina

  • 1.
  • 2.
  • 3.
    3 Título original.- Morphine. ©Jean-Louis Dubut de Laforest. París 1891 © José Manuel Ramos González por la traducción del francés. Pontevedra 2013
  • 5.
    5 AL PROFESOR CESARELOMBROSO Al ilustre autor de « l’Uomo delinquente » y de « Genio e Follia » Al maestro que me ha dado la más grande fortuna y la más hermosa gloria que pueda soñar un escritor, comentando mis libros, y especialmente: «Le Gaga» en sus lecciones de antropología criminal. Yo dedico esta novela.
  • 7.
    7 I Una noche denoviembre de 1889. En el café de la Paz, en una de las pequeñas salas, cálidas y acogedoras, cuyas puertas dan a la plaza de la Ópera, el reloj de péndulo marcaba las once, cuando Jean de Fayolle, golpeando el mármol con su última ficha, la de la victoria, anunció: «¡Dominó!» Fayolle, capitán del décimo quinto batallón de coraceros, un joven y apuesto mozo de bigotes pelirrojos, ocupaba una esquina de la banqueta de rojo terciopelo, y a su derecha y delante de él, se encontraban sus adversarios: el mayor Edgard Lapouge, un rubio alto, de un rubio pajizo, con grandes ojos azules muy expresivos, detrás de un binóculo de oro; – Arnould-Castellier, director de la Revue militaire, con unos cabellos canos adquiridos en los estratos inferiores, siempre bajo órdenes, y a pesar de la timba y las mejillas rubicundas, tratando de luchar contra el abotargamiento civil y dándose aires de mantenerse activo mediante sus gestos bruscos, su voz agria y sus bigotes blancos y relucientes. –¿Y Pontaillac, vendrá, sí o no? – preguntó el mayor. –Vendrá, – respondió Fayolle. –¡Nunca!... ¡Olvidaos de Pontaillac! – intervino desde la mesa contigua el lugarteniente Léon Darcy, moreno y gentil coracero, igualmente del decimo quinto batallón, que fumaba un sherry-glober, escuchando las divertidas historias de dos prostitutas sentadas a su lado. –¿Qué sabes tú, Darcy? – dijo el capitán. –Pontaillac está en la Ópera, y no se aburre, en un palco entre columnas, ¡acompañado de una mujer encantadora! –¿La marquesa de Montreu? – preguntó Arnould-Castellier. –¡Exactamente! El capitán de Fayolle encendió un cigarro: –¡Estás loco, Darcy! Nuestro bravo Pontaillac no tiene más que ojos y oídos para la Stradowska, y tiene buenas razones: la gran artista rusa es un bocado de reyes, ¡quiero decir de capitán de coraceros! –¡Pontaillac tiene agallas para mantener dos amores! – insistió el lugarteniente. –¡Tres!– gruñó el mayor Lapouge. –¿Cómo, tres? –Olvidan, caballeros, la más querida de sus amantes, la más pérfida y la más peligrosa. –¿Qué es…? –¡La morfina! A esa palabra de «morfina», las dos mujeres que divertían a Léon Darcy, se acercaron a los jugadores, pero el mayor no quiso dar ninguna explicación. Pronto, la partida volvió a comenzar, y no se oyó otra cosa que voces graves y altisonantes, con los comentarios de los jugadores y el ruidoso choque de las fichas de dominó sobre la mesa de mármol. Léon Darcy dedicaba palabras galantes a las dos prostitutas de alto nivel, para alegría de la morena Thérèse de Roselmont y la rubia Luce Molday, ambas muy
  • 8.
    8 amables y cariñosas,la primera vestida de rojo, la segunda de azul, deslumbrantes con profusión de diamantes. El joven oficial y las cortesanas hablaron de la Stradowska, de la que todos los periódicos constataban el éxito como mujer y como artista. Venía de San Petersburgo, de su país; allí, acababa de seducir a grandes duques, y poseía unos tesoros inestimables en su palacete de la Villa-Saïd: tal era la leyenda que circulaba por París. –¿Y el capitán de Pontaillac es el amante de esa mujer? – susurró Thérèse al oído de Léon. –¡Claro que sí! –¿Entonces es muy rico?– dijo Luce. –Bastante… Doscientas mil libras de renta. –¿Es guapo? –¡Mira y juzga! –concluyó Darcy, señalando al hombre que entraba. –¡Ah! ¡Aquí está Pontaillac! – exclamaron Fayolle y Arnould-Castellier. Y mientras el conde Raymond de Pontaillac estrechaba las manos de sus amigos, las dos prostitutas lo observaron, invadidas por una sensación inédita que las sacudía en su sopor de comerciantes venales y las pinchaba con un deseo lujurioso, arrojándolas fuera de sí mismas. Tenía treinta años; era alto, con amplios hombros, un torso sólido, un rostro bronceado, cabellos morenos y cortos, de negros y voluptuosos bigotes, una nariz evocando el recuerdo de los Valois, labios de carne rosada, bonitos dientes y unas extremidades delicadas para un cuerpo tan robusto: bajo sus espesas cejas, sus grandes ojos castaños brillaban como dos tizones, y, tanto era así que se inmovilizaban en un rayo ardiente y fijo, en la casi sobrenatural luz de los hipnotizados. Debajo de una pelliza de rico forro, el traje, el chaleco a medida y el pantalón negro revelaban formas de atleta, y el blanco cuello de la camisa – la fina coraza mundana – hacía soñar a las damas con otra coraza de metal en las deslumbrantes blancuras de las sábanas. Todo en él denotaba la piel y el alma de un macho, y sin embargo la maravillosa musculatura se agitaba y temblaba bajo un imperceptible tic nervioso, no como un joven arbusto al empuje de la savia, sino como un árbol antaño bien plantado, bien florido, y que devoran los gusanos en su primavera. Sentado cerca del camarada Fayolle, Raymond de Pontaillac permanecía serio, indiferente al juego de dominó y a todas las proposiciones de francachelas nocturnas. –¿Una partida a cuatro? – le dijo el mayor; – ¡yo gano todo lo que quiero! –¿Qué es lo que me propones? ¡No me interesa tu dichosa partida! Un camarero se acercó, preguntando que deseaba. –¡Nada!... ¡Ah! sí… un vaso de agua!... ¡Me muero de sed! Cuando el capitán de Pontaillac hubo dado cuenta del vaso de agua, se sumergió en la lectura de Le Soir, y las dos prostitutas no pudieron impedir decir al lugarteniente: –¡No es muy divertido, tu amigo! –¡Parece que no! Una vez la partida se terminó, Jean de Fayolle quiso divertir a Pontaillac. Le indicaba una sala vecina y detrás de un espejo esmerilado, a un viejo caballero, muy conocido entre los oficiales y, según su costumbre, poniendo al día el Annuaire militaire. –¡Qué paciencia, eh!
  • 9.
    9 –Me dan ganasde estrangularlo. –¡Oh! ¡Raymond! –¡Una desagradable historia que nosotros contaríamos!– dijo Thérèse, riendo.– ¡Mi capitán, usted se comería de un solo bocado a ese hombre! –Y estarías equivocado, Pontaillac – declaró Arnould-Castellier. El corrector es uno de nuestros mejores amigos… –¿Qué quieres? Estoy de un humor de perros que no puedo contener y cuya causa ignoro. –Yo la conozco – afirmó el mayor, que erigía las fichas del dominó en forma de torre Eiffel. –¡Tonterías!... ¿La morfina, no? –Pues bien, sí, ¡la morfina!... ¡La morfina te está matando, Pontaillac! –¿Matarme? ¡Vamos, hombre! Cuando eso me haga daño, lo dejaré de inmediato… –Será demasiado tarde; ¡ya no podrás parar! –Es posible, porque lo que hace sufrir no es tomarla, sino no tomarla. –¿Lo ves? Jean de Fayolle pidió champán, y, a pesar de las invitaciones de los compañeros y las sonrisas de Thérèse y de Luce, Raymond se dedicó a vaciar dos vasos de agua. Bruscamente, la torre de ébano y marfil del mayor Lapouge se desmoronó, y las fichas rodaron con estrépito sobre el mármol. –¡Eres estúpido!–gritó Pontaillac. –Gracias, capitán… ¡Muy amable, en verdad! –Perdón, mayor, perdón, amigo mío, estoy tan enervado que el menor ruido me exaspera… –¡Ah!¡las consecuencias de la morfina! ¡Es ella la que te irrita!... ¡Pontaillac, acabarás enfermando! –Te equivocas, mayor. ¡Necesito mi inyección, eso es todo! –Toma una copa de champán, eso será mejor – dijo Fayolle. –¡Claro! ¡claro que sí! – animaron los demás. –¡Brindemos por nuestros amores, capitán!–suspiró Thérèse. Con un gesto, Raymond apartó la mano de Luce, que le tendía una copa espumosa. Thérèse había tomado maquinalmente unos periódicos ilustrados y contemplaba un retrato de Christine Stradowska, la diva ilustre, la bella amante de Pontaillac. Este, cansado de luchar contra una obsesión, se había agachado, y tras levantar la pernera de su pantalón y bajar un calcetín de seda, se inyectó en la pierna una dosis de morfina. Cuando se levantaba, Luce Molday vio un objeto brillar en su mano, y se apoderó de él, muy risueña. –¡Ah! ¡qué bonita jeringuilla! –¡Dame eso! –¡No! ¡no! Y pasó al doctor la pequeña jeringa de Pravaz1 cuya aguja todavía estaba adherida. 1 Jeringa de Pravaz Se trata de la primera jeringa inventada para la administración de inyecciones hipodérmicas, en la que el tallo del émbolo estaba graduado. Se llama así en honor a su inventor, el doctor Charles Gabriel Pravaz (1791-1855)
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    10 –¡No voy adevolvértela, capitán! – ¡Voy a destrozarla bajo mi talón! – vociferó Lapouge, de pie. –No te molestes mayor; ¡la dosis ya está inyectada! ¡Hay otra Pravaz en mi bolsillo y tengo catorce en casa! Entonces, Lapouge observó a Pontaillac. Le parecía metamorfoseado, pues si para las demás miradas, el capitán había conservado, bajo las apariencias de un pesar amoroso, un porte extraordinario, – solo la mirada del mayor acababa de advertir los temblores furtivos del morfinómano. Al mismo tiempo que los ojos perdían su inquietante fijeza, la voz, antes muy ronca, sonaba en vibraciones de puro cristal; el gesto, antes incierto, como incierto el caminar, recuperaba su mesura, su fuerza, su encanto. –¡Maravillosa! –balbuceaba el mayor que no se atrevía a destruir la Pravaz. Raymond hizo los honores de una nueva botella de champán; bebió como un auténtico cosaco. Luego, a ruego de Thérèse de Roselmont, explicó como se había convertido en morfinómano. Con motivo de las guerras del Tonkin, nuestros cirujanos calmaban los dolores de los heridos con inyecciones de morfina, así como antaño los doctores alemanes en Sadowa y en Gravelotte. Uno de los camaradas de Pontaillac, un oficial de artillería, horriblemente mutilado, había sido aliviado por la Pravaz, y cuando Pontaillac, herido en duelo, recibió la visita del oficial de artillería, este le alabó el método estupefaciente, las inyecciones hipodérmicas de Wood, médico inglés: Raymond las usó, se encontró bien, y ahora empleaba la morfina contra toda sensación anormal. –No comía, no dormía, no bebía: ¡Una inyección! Como, duermo y bebo… Estaba triste; ¡estoy alegre! –¿Y… el amor? – preguntó tímidamente Luce Molday. –¡Oh! querida, el amor, en eso como lo demás, ¡se ha calumniado a mi diosa! Explicó el origen del veneno y la manera de no servirlo liquido, extrajo de su bolsillo un pequeño joyero donde, sobre un lecho de terciopelo negro, dormía la Pravaz, una hermana de la amiga confiscada por el mayor Lapouge: al lado de ella, paralelamente, brillaban dos agujas de acero, y en el fondo de la caja se enrollaba un ovillo de hilo de plata tan tenue como un cabello; a continuación, mostró el pequeño frasco, el guardián del incomparable tesoro. Luce preguntó: –¿La aguja hace mucho daño? –No. – respondió el capitán. Y como se encontraba solo con sus amigos, y en las otras salas los camareros alineaban sobre las mesas de mármol, las sillas desiertas, Pontaillac obedeció a ese típico ardor de apologista que caracteriza a todos los morfinómanos: –¡Vais a ver! El joven se puso un nudo en su brazo de Hércules, aquí y allá marcado con bizarros tatuajes, y, de un golpe seco, hundió la aguja en plena carne. Se deslizó en los tejidos; fue retirada sin que se escapase una gota de sangre y sin que el rostro del capitán manifestase la menor inquietud. Esta experiencia tuvo el poder de arrancar gritos de admiración en las dos prostitutas. –Lo ven, señoras, ¡lo hago yo mismo! Iba a rellenar la jeringa. -¿Quién quiere?
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    11 –¡Ni por cienluises!–aulló Thérèse. –¡Loca, es el Paraíso! –Y bien, puesto que eso no hace daño y después da tanto placer, lo intentaré! – declaró Luce Molday. Sobre el bulevar de los italianos, se separaron. El mayor Lapouge y ArnouldCastellier caminaban a pie hacia sus domicilios respectivos; Jean de Fayolle y Léon Darcy insistieron para arrastrar a Raymond a un restaurante nocturno donde cenaban con las putas; pero, el amante de la Pravaz tomó un coche y dio la orden de ser conducido a casa de su otra amante, la Stradowska. ¿Tenía o no razón, el mayor Lapouge? ¿Realmente Pontaillac, ese macho soberbio, estaba dominado, violentado, para siempre destrozado por la morfina? ¿Quién lo alejaría de la bella Stradowska o de la Pravaz? Ni la una ni la otra, tal vez, o bien un tercer ídolo, pues ya, con el ardiente recuerdo de la marquesa Blanche de Montreu – de la gran dama que acababa de saludar en la Opera, de la patricia deseada – el conde de Pontaillac olvidaba sus dos otras amantes encantadas y vencidas, para irse a soñar con una nueva y más difícil conquista, en su palacete, de la calle Boissy-d’Anglas. Morphinomanes ou le plumet . Grabado de Paul Albert Besnadr (1887)
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    13 II Hacía quince mesesque Pontaillac estaba bajo la influencia del veneno mundano, sus ideas se mezclaban en mundos de sueño y de realidad. Se producía en él un desdoblamiento especial de la personalidad. A diferencia de las histéricas de primer nivel en las que los fenómenos de segunda condición excluyen el libre arbitrio, Raymond vivía y razonaba en los dos estados: lejos de abolir el sentido intelectual, la morfina lo sobrexcitaba, y uno se encontraba en presencia de un hombre libre, y no ante un loco. Natural de Limoges, antiguo alumno de la academia Saint-Cyr, capitán de la Escuela de guerra, el conde de Pontaillac amaba su oficio. Tenía gran estima por los jefes y camaradas, y por los propios soldados, sobre todo los pobres apreciaban al brillante oficial de generoso corazón. Pero, en el magnífico palacete de la calle Boissy-d’Anglas, como en el círculo vecino, la Unión artística, circulo llamado: l’Epatant, como el cuarto de caballería, como en casa de su amante la Stradowska y en casa de los Montreu, sus nobles amigos del bulevar Malesherbes, por todas partas en definitiva, se podían observar los bruscos cambios de los efectos de la Pravaz, sus múltiples estados y los síntomas de una intoxicación progresiva. El no veía nada y se enorgullecía de vencer el dolor. Del mismo modo que tras un duelo sin motivo grave, se había pinchado para anestesiar una herida ligera, así él recurría a la morfina, a la menor tontería, siempre aguijoneado por la necesidad, al margen de todo sufrimiento caracterizado. Al acostarse, dormía mal, los insomnio venían de una mala digestión o de una irregularidad del corazón. Se descubría lesiones mórbidas y justificaba el diagnóstico confundiendo la tortura de las privaciones con enfermedades imaginarias, tan pronto dsaparecidad al renovar la droga. Al principio fueron sentimientos de bienestar y de beatitud, una embriaguez delicioso, un Nirvana búdico, éxtasis, todo un horizonte de voluptuosidades, un despertar del espíritu, una aceleración del pensamiento, una doble vida. Cuando el hábito aminoró los efectos del veneno, el morfinómano tuvo una personalidad, no enteramente desdoblada como la de algunos neurópatas, sino diversa y siempre consciente, en plena identidad del yo. No alienaba su personalidad para revestir otra; no se sumía en ningún yo exterior y permanecía siendo él mismo, triste o alegre. Si el valor del amor parecía disminuir, en razón directa a las dosis morfínicas, él atribuía ese decrescendo a su demasiada larga frecuentación de la Stradowska, jurando reverdecer cerca de la marquesa de Montreu. Sí, la Pravaz tenía todas las virtudes, y se le acusaba injustamente de alterar las facultades genésicas! Al día siguiente de la modesta fiesta, en el café de la Paz, Raymond se levantó, desde las ocho, y montó a caballo para dirigirse al cuartel de caballería. En el frio intenso, trotaba, con el quepí sobre los ojos, las botas espoloneadas y brillantes, la túnica ciñendo su figura, bajo el gran capote de paño azul, el sable cliqueando – y el jinete estaba alerta y alegre, a lo largo de las calles, gracias a la aguja embrujadora. Sobre el puente del Alma, contempló el Sena, todo negro, en medio de sus orillas blanquecidas por la nieve; y más lejos, los remolcadores arrastrando contenedores de madera o de carbón, los barcos-mosca desiertos, los marineros gruñendo con-
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    14 tra la niebla.En la Avenida de Orsay, vio un ejército de barrenderas, casi todas viejas mujeres cuyas faldas rezumaban la horrible basura, venidas allí, como en un Sabbat, ocupadas en apartar, con sus escobas de brujas, los montones de nieve; y desfilaron a continuación delgados empelados con rostros de pobres y largas narices que el frio enrojecía y hacia idénticos; luego unos obreros, luego unos golfos, luego unas muchachas con el cabello recogido, con sus dedos pinchados de alfileres; luego pájaros tiritando en la cima de los árboles desnudos, y piando la miseria. Él hubiese querido calentar a todos esos seres helados, todas esas cosas muertas, hubiese querido resucitarlas con su misericordia, darles un poco de alegría. Los mendigos lo reconocieron y rodearon al jinete – y Raymond, más feliz, hizo su distribución cotidiana más larga. Un funcionario le presentó armas; él saludó, y pasando cerca del cuerpo de guardia, se dirigió hacia el patio del cuartel. –¡El capitán esta en uno de sus buenos días! –dijo el suboficial que comandaba el puesto. –No se fíe, – replicó el brigadier. – Con ese dichoso Pontaillac, nunca se sabe si es tocino o cerdo. –Yo sé el por qué, – comentó un simple coracero hijo de buena familia. –¿Es cornudo? –No. –¿Se emborracha? –No. El mariscal de las casetas y sus hombres, con la pipa en la boca, se agruparon alrededor de la estufa, y el coracero, instruido, les explicó los fenómenos de la morfina. Esos seres simples manifestaron: –¡Mejor habría bebiendo bocks! –¡E incluso champán! –E incluso absenta! Tras haber escuchado la relación, el capitán hizo llamar al mayor Lapouge a la sala de visita. –¿Quiere, querido amigo, escribirme unas palabras?… Tengo necesidad de una solución al sesenta por cien… –¡Jamás, capitán! –¡Iré entonces a un doctor civil! –¡Vaya! ¡Yo no soy un asesino! Y giró los talones. De vuelta a su palacete, Pontaillac se aseó y almorzó con buen apetito. Clémente, el ordenanza, un enorme y rubicundo normando, recibió la orden de hacer enganchar el cupé.Pero Raymond consideró que todavía le quedaban algunos minutos, y, con el cigarro en los dientes, observó el palacete, animado del deseo de amueblarlo de nuevo para una hora bendita, aquella en la que la marquesa de Montreu se dignase a aparecer allí. ¡Oh! ese día, quería una restauración completa, desde los asientos y las colgaduras hasta las maderas, los espejos y las camas, y todo sería puesto patas arriba, en este domicilio construido en el pasado siglo por un financiero, amante de una bailarina de la Ópera: todo brillaría de unan nueva virginidad, los salones, las habitaciones, el fumadero, la biblioteca, la oficina, las cuadras, los jardines y – y solo, puesto
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    15 que tenían derechoa la inmortalidad, vivirían siempre jóvenes, las admirables pinturas de Boucher. A las dos, el capitán subía en coche, y ordenaba, temblando de amor: –¡Al palacete de Montreu! Cuando Pontaillac entró en la biblioteca del marqués Olivier, este estaba de pie y pálido ante el hogar que iluminaba con sus oros los mármoles, los bronces, los cueros de Cordoue, las preciosas encuadernaciones y el doble blasón de los Montreu y de los La Croze. –¿Qué ocurre, Olivier?– preguntó Raymond, antes incluso de haber estrechado la mano del marqués. –Estoy preocupado; mi mujer se encuentra mal. –Nada grave, supongo – balbuceó el visitante, al que una angustia invadía. –¡Eso espero!... Aubertot está con ella; él me ha hecho salir y espero. Raymond no se atrevía a mirar al amigo al que quería traicionar, al simpático aristócrata de cabellos rubios, de mirada dulce y soñadora, barba espesa cortada en punta, cuya frágil y elegante silueta, cubierta por una bata de terciopelo negro, muy sencilla, contrastaba con el físico poderoso del apuesto soldado. –Ayer aún, en la Opera, –dijo el capitán. – la marquesa estaba alegre, sonriente. –Sí, pero, esta mañana, almorzando, Blanche ha sido presa de un violento dolor de cabeza, y después los dolores se han vuelto intolerables. –Te dejo, amigo mío. –¡No, quédate! El doctor va a bajar en un instante, y estaré más cómodo si estas cerca de mí. Una puerta se abrió, y el doctor Étienne Aubertot, profesor en la Facultad y miembro de la Academia de medicina, entró. Ese gran médico tenía una buena figura, completamente afeitado y que llevaba encima de su frente muy alta, verdadera frente de pensador y artista, una cabellera gris de bucles sedosos. –¿Y bien? – dijo Olivier. –¿Y bien? – repitió Pontaillac, a su pesar, bajo el visible esfuerzo de disimular una creciente inquietud. –¡La marquesa no está en peligro, pero sufre atrozmente una neuralgia que voy a combatir con antipirina! François ha ido a buscarla. –¿Usted cree, doctor, – preguntó el aristócrata, – que la antipirina la curara? –Al menos tendrá un alivio, mi querido marqués. –Dese prisa… ¡Blanche está martirizada! –Es cierto. La neuralgia suborbitaria se produce en numerosos males humanos, los más dolorosos; pero en una media hora… –¿Y usted la dejará sufrir una media hora, todavía? ¡Eso es imposible! –¿Y qué quiere que haga? Espero que la antipirina actué, y, además, no hay mejor remedio. El Sr. de Pontaillac se atrevió a intervenir: –Os pido perdón, señor doctor, pero hay un remedio poderoso, radical, infalible. –¿Y podría yo conocer esa bella panacea? –¡La morfina, querido maestro, la morfina! El profesor Aubertot reflexionó un instante y observó al capitán con sus ojos azules muy claros: –A fe mía que tiene usted razón, y le agradezco que me lo haya recordado.
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    16 Se volvió haciael Sr. de Montreu: –Voy a escribir una receta. –Inútil, doctor,–continuó Raymond, – yo tengo aquí lo que hace falta para curarla. Pontaillac tendió al médico un minúsculo frasco y un joyero de lo más elegante. –¡No, no! ¡Eso no! ¡eso no!–dio Aubertot. – No conozco la dosis, y quiero una solución muy diluida; pero acepto el instrumento. ¡Es usted nuestra Providencia, mi querido capitán! El oficial se despidió del Sr. de Montreu y del doctor Aubertotl, y, algunos minutos más tarde, el marido y el médico penetraron en la habitación de la enferma. Sobre una alta y amplia cama, en un cúmulo de encajes, la marquesa Blanche de Montreu, nacida de La Corze, apretaba nerviosamente su cabeza con sus dos manos de dedos ligeros, y a lo largo de los hombros, un poco delgados y los brazos desnudos, los bellos cabellos pelirrojos se expandían con fulgores metálicos. Se adivinaba a través de la camisa de surah y se veía por la dilatación de la garganta, una piel rosada de una sangre roja; el cuerpo era joven y cálido, y las formas juveniles, en sus castas envolturas, estaban llenas de gracia y de sugestiones voluptuosas. Ella cayó sobre la almohada, ahogando un grito de dolor; sus bellos ojos de terciopelo moreno se perlaban de lágrimas, la naricilla de delicadas fosas, los labios que dejaban ver una hilera de encantadores dientes, el cuello esbelto, todo ese encantador rostro, en fin toda esa adorable juventud, luchaba, valiente, para no afligir al esposo adorado. Aubertot se adelantó, con la cabeza descubierta, y dijo: –Señora, ¡le traemos alivio! El doctor llenaba la Pravaz con una solución de morfina al treinta por ciento, y Olivier se sentía temblar con la idea de que la aguja hiriese las carnes rosas y dulces. Pontaillac, el amigo Pontaillac, el coracero-hercúleo, podía soportar una punción incluso terrible – pero ella, tan frágil, tan impresionable, ¿tendría fuerzas? Y, en su ignorancia del remedio, como si adivinase lo que iba a ocurrir, Olivier detuvo bruscamente el brazo del doctor: –No… se lo ruego. –¿Por qué? –¡Tengo miedo… por ella! –Ningún daño, ningún peligro, señor. –¿Me lo jura? –¡Marqués, se lo juro! Se produjo un silencio. –Pero yo no tengo miedo, Olivier, – dijo la marquesa, presentando su brazo. Tras el pinchazo, Aubertot dijo a su cliente: –¿Le he hecho daño? –No del todo; pero continúo sufriendo. –¡Espere! Los dos hombres se alejaron al fondo de la habitación, y Blanche comenzó pronto a sumirse en el efecto del estupefaciente. Inmóvil, con una mirada velada, observaba el Cristo de plata colgado sobre un oscuro terciopelo, la pila de agua bendita de marfil, el oratorio, el espejo de Venecia, los bibelots, los retratos, el vitral de las altas ventanas, y esos objetos se animaban y vivían.
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    17 El doctor yel marido se acercaron, observando a la mujer. En un momento, su respiración muy tranquila pareció detenerse por completo; el médico sacudió suavemente a la Sra. de Montreu, y la respiración se recuperó de inmediato, franca, regular. Blanche no dormía; ya no sufría; no respondía a las palabras que Olivier le dirigía; pero las escuchaba, por así decir, inacabadas, sin precisión humana, al igual que esas voces que en el sueño, zumban en nuestras oídos con sus armonías confusas. Ella no se movía, pero sus labios entreabiertos sonreían con una sonrisa beatifica – y toda la mujer se transportaba hacia un más allá donde gozaba secretos e incomparable s éxtasisAl cabo de una hora de calma persistente, el médico se retiró. –Usted debe velarla, – dijo al marido – pues hay que sacudir a la Sra. Marquesa, si la respiración se detiene. Él se mantuvo allí, no queriendo añadir que a menudo, después de una pinchazo, se produce en ciertas personas un estado comatoso cuyas consecuencias pueden ser graves. La noche había caído, y Olivier permanecía solo junto a la señora, cuando una llamada se dejó oír en la puerta. –Entra, mi buena Catissou, – autorizó el marqués. Una mujer se adelantó, muy erguida, a pesar de su mucha edad, con un vestido de tela negra, tocada con una cofia de seda roja, al estilo de los bordeleses; caminaba recogida, pero no servil: dos mechas de cabellos blancos ornaban su frente surcada por profundas arrugas, y su boca mostraba una sonrisa de infinita bondad. Esta vieja sirvienta había visto nacer y crecer a Olivier, en Limousin, en el dominio ancestral de los Montreu; lo había educado, cuidado, a la muerte de sus padres, bajo la tutela de un tío hoy desaparecido; y cuando el aristócrata, casado con la única heredera de una noble casa, dejó la Alta-Viena para ir a París, ella quiso seguirle, servirle aún, con toda su devoción de perra maternal amada y respetada. En este palacete del bulevar Malesherbes, en medio de los sirvientes a los que ella ordenaba, de toda esa parafernalia doméstica, le gustaba tricotar medias, por la noche, cerca de los hornos de la cocina, constituidos por vastas chimeneas señoriales y llamas enormes. Olivier veía en ella a una amiga, casi una pariente, y, a sus órdenes, ella le tuteaba como antaño, la época en la que desnudaba al pequeño, bordaba la cama, se enorgullecía de ser la humilde mamá de su “señor”. Ella dijo en su dialecto patois: –Olivier, acabo de acostar a la pequeña Jeanne. ¿Cómo se encuentra nuestra “dama”? –Mucho mejor, – sonrió el aristócrata. La anciana añadió: –No puedes quedar aquí toda la noche… Tu vieja está aquí… Vamos, tienes que acostarte!... No seas cabezota!... El SR. de Montreu, bastante altivo con los demás sirvientes, reía con las familiaridades de Catherine, y, lejos de combatirlas, las alentaba mediante sus respuestas en patois y la evocación de la tierra natal. –¡Velaré solo! –¡No! ¡no!
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    18 Sin brusquedad, élempujó a la mujer hacia la puerta, corría a besar en la habitación contigua a Jeanne, su hija, una rubita de cuatro años; luego se instaló en un gran sillón. Pero antes del amanecer, Blanche lo invitó con su mirada a deslizarse a su lado, y se amaron. La joven marquesa olvidaba su maldita neuralgia, y nunca se había mostrado tan amorosa, ni tan deseable. Conservaba el recuerdo del dolor, pero bajo el embrujo de la morfina, en el apaciguamiento de todo su ser, este dolor la abandonaba para encarnizarse con otra mujer, y ella lamentaba el sufrimiento de la sustituta inmaterial. Al despertar, otros fenómenos se manifestaron con el colorido exacto de las visiones: su habitación de enferma se transformó en un parque magnífico, y la marquesa volvió a ver el castillo paterno, las Tejeras, en la hermosa estación de vacaciones. Muy joven, se divertía con sus dos mejores amigas del Sagrado Corazón de Limoges: una prima pobre, Mathilde de Chastenet, hoy Sra. de Gouillèras, la esposa de un rico comerciante de maderas, siempre exiliada en su agujero de provincias; la otra, Geneviève Saint-Phar, ¡oh! esta, una señorita a la última moda, una pionera, una doctora parisina a la que Blanche hubiese llamado a su lecho de dolor, si no fuese por el temor a herir en su amor propio al ilustre doctor Aubertot. Además, la dama, encantada, se retrotraía a los días en los que el Sr. Montreu emprendía su campaña amorosa. Ambos se adoraban; la unión de los La Croze y los Montreu combinaba las ventajas del pedigrí y la fortuna. Pero había un rival, un joven igualmente bien nacido y más rico que Olivier – un vecino, el dueño del castillo de los Ormes, el conde Raymond de Pontaillac, entonces lugarteniente de coraceros. La señorita de La Croze no dudaba: el gran Raymond la espantaba, y ella eligió a Olivier, tal vez a pesar de las preferencias de su padre. Las relaciones entre los Montreu-La Croze y los Pontaillac, se debilitaron cada vez más. Sin embargo, después del nacimiento de Jeanne, el oficial de permiso se presentó en las Tejeras, y a partir de ese momento, toda nube se desvaneció: Raymond trataba a Blanche amigablemente y hablaba a Olivier de sus amantes. En París, el fuego se había despertado, abrasando el corazón y los sentidos del capitán, y el hombre debió ocultar su irresistible pasión, bajo las apariencias de un violento amor, de un amor de ostentación por la Stradowska.
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    19 III En Villa Saïd,en una amplia estancia de techo de cristal y paredes tapizadas en satén rojo, adornadas con objetos extraños, trofeos, porcelanas, puñales, fusiles, lanzas, hachas, fustas de caza, cabezas de animales, cuernos, antorchas, escudos, alabardas, sombras chinas, máscaras, sombreros mejicanos, sables rusos, Christine, tumbada sobre una montaña de pieles de animales, acariciaba tiernamente a sus dos grandes galgos negros, Bog y Tolgo. Estaba tapada con un albornoz cachemira, abierto a partir de la cintura sobre un paño de satén color azufre bordado de crisantemos; se levantó, tomó su espejo, y ante su rostro de una irregular y fresca belleza, ante su rubia y magnífica cabellera, sus ojos azules, de un azul zafiro, su graciosa nariz, sus labios rojos y sus bonitos dientes, sonrió con una sonrisa que delataba a la vez el orgullo de encontrarse hermosa y el temor de no ser amada. Por encima de ella, un dosel de seda rosa estampada de blancas margaritas, con estandartes que terminaban en cabezas de dragón en bronce, le proporcionaba una luz suave, en la fantasmagoría de las telas, un estallido de oros, plumas y flores. Aquí y allá, unas palmeras, ramos de lilas blancas, abanicos de plumas de avestruz, pavos y águilas, jazmines de España, camelias, primaveras, una orgía de rosas, toda una cornucopia de verdor, y a lo largo de todo la estancia, pieles de animales, conservando apariencias vivas de leones, de tigres, de jaguares, de castores, de zorros, de lobos, de osos, de hienas y de cocodrilos. Los estantes de ébano soportaban un número infinito de artísticas riquezas, curiosidades de todas las épocas y de todos los pueblos: esmaltes, figuras de Saxe, marfiles, lacas, bibelots de mármol, de serpentina, de bronce, de plata y oro. Frente a la monumental chimenea de granito, una inmensa pajarera de barrotes dorados y cascadas multicolores, como las fontanas luminosas de la Exposición Universal de 1889, daba asilo a un mundo de pájaros. Si las variadas panoplias recordaban a las riquezas de los reyes francos, los cuadros, los mármoles y los bronces, todas las obras maestras de los antiguos y modernos maestros ofrecían un pintoresco conjunto: los Rubens, los Benvenuto Celline se mezclaban con los Carpeaux, los Rodin y los Meissonier; una cabeza de Ribot tenía a su derecha un retrato de Carrière, a su izquierda, una acuarela de Forain, y más allá, sobre una estrada de terciopelo blanco, se encontraba un piano de cola, el último grito de Erard. Finalmente una caja deslúmbrate de joyas, liras, collares, brazaletes, jarras, miniaturas, camafeos, palmas de plata, flores de rubíes, coronas de oro, – recuerdos de príncipes, de reyes, de emperadores, de tantos homenajes, de tantas líricas victorias. Ahora, la Stradowska iba y venía, febril, releyendo una carta de Pontaillac, una carta de banales excusas en las que Raymond trataba de justificar su ausencia. –¡Miente!– farfullaba – ¡miente!... ¡miente! Su imponente talla se erigía en un viento de cólera, y sus pequeños dedos chasqueaban, rabiosos. Se detuvo cerca de un velador repleto de libros, de periódicos, de partituras, de revistas ilustradas. Se veían allí varias dedicatorias de músicos y de autores ilustres, artículos elogiosos, retratos del último rol, cartas de Gounod, de Massenet, de Saint-Saëns, entusiastas felicitaciones de los grandes compositores rusos, Cui, Rimsky-Korsakoff, Glazounow, Liadow, Lavroff, Beleff, una auténtica siembra de gloria – y Christine, desolada, envío, de una patada, toda esa montaña al otro extremo de la habitación.
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    20 Hija de unoficial ruso, huérfana educada en Moscú, en el Instituto Catalina la Grande, que es para las grandes señoritas de ese país, lo que son nuestras casas de la Legión de honor para las hijas de los legionarios, Christine tenía alma de artista; encantaba a directores y compañías con su voz cálida y vibrante, y, al salir del Instituto, recorrió Europa. Los éxitos en San Petersburgo, Milán, Viena y Londres la llamaban a Francia, y fue, tras un memorable triunfo en la Ópera, cuando el brillante capitán le dijo las primeras palabras de amor. Ella amaba a Raymond: lo amaba con toda su juventud, con toda su sangre; se había entregado por completo a él, y lo quería solo para ella. Sus otros amantes – los amores de paso – estaban olvidados, rejuvenecida con fe nueva. ¿Por qué la abandonaba? Al principio, atribuyó la causa de los nervios del joven oficial al siniestro licor que ella trataba en vano prohibirle, pero, la pasada noche, viendo a Raymond en el palco de la Sra. de Montreu, la Stradowska pensó en la existencia de una rival. Mientras que, en la escena ella representaba para él, indiferente a los bravos y al fuego de las mejillas, Pontaillac se sentaba a la derecha de la marquesa Blanche, y no miraba a Christine más que cuando el marqués Olivier miraba a la Sra. de Montreu. Él, tan elegante, tomaba allí arriba aspecto de un colegial, y lo vio temblar cuando el marqués ayudó a su esposa a ponerse una rosa al salir del baile. ¿Se había consumado la traición o solamente estaba en vías de esperanza? Christine aún lo ignoraba. ¿Qué podía reprocharle él a su fiel amante? ¿Acaso ella le costaba demasiado dinero? No, pues aparte de los emolumentos en la Ópera y los honorarios por las veladas mundanas que aseguraban el mantenimiento del palacete, la diva poseía algunas rentas. Pontaillac la colmaba de flores y joyas, y, si ella ponía cara de rechazarlas, él se ofendía. Ella lo amaba, lo adoraba, millonario, y lo amaría igualmente, lo adoraría mañana, si los millones comenzasen a desvanecerse. Y lo que demostraba el desinterés absoluto de Christine, es que no pensaba en absoluto casarse con Raymond: como mujer, lo prefería a un estatus social; como artista, lo prefería a su arte. –El señor Rajileff está aquí, – señora – anunció uno de los sirvientes. –¡Que entre! De nuevo, acostada sobre el montón de pieles, Christine alejó sus galgos y tendió la mano al visitante. –Me aburro, Loris. Muy respetuosamente, el hombre, un alto y delgado anciano de patillas grisáceas, habló del ensayo cotidiano. –No, no cantaré hoy, y tal vez no cante jamás, – declaró Crhistine encendiendo un cigarrillo. –Por las Santas Imágenes, ¡eso es imposible! –dijo el acompañante de la diva. –¿Loris? –¿Señora? –¿Soy lo bastante bonita para los parisinos? –¡Más que bella! ¡Y todo París es unánime en celebrar vuestro talento y vuestra belleza!... ¿Habéis leído los periódicos? –¡Me burlo de ellos! –Las revistas ilustradas publican vuestro retrato, unas en negro, otras en color y yo os recomiendo un artículo del Rabelais. –¡Bah! ¡Me da igual!
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    21 –Debéis distraeros, señora;hay que trabajar. Vamos, ¡dadme la satisfacción de escucharos! –Aún no, mi buen Rajileff. Evocaron su país, las inmensas estepas, los ríos, las ciudades, las maravillas del Kremlin, y como al recuerdo de las cosas lejanas y benditas, la calma renació sobre el rostro de la joven rusa. El timbre de la antecámara sonó. Christine escuchó y no pudo reprimir el efecto de una desilusión. –Señora – dijo la criada entrando, – hay un caballero que insiste en veros Señora. He aquí su tarjeta. La Stradowska leyó sobre el cartón: «César Houdrequin, redactor del Rabelais.» –No conozco a este caballero; ¡no recibo! ¿Pregúntele lo que desea? –Ha hablado de una entrevista. –¡Entrevistas… ya he concedido bastantes! Pero la diva reflexionó y, animada con la idea de que, tal vez, a base de notoriedad llegaría a reconquistar a su amante, rogó a Loris Rojileff que esperara en un salón contiguo y recibió al periodista. César Houdrequin, joven engominado con monóculo, cabello negro y rizado, con una raíz en forma de lama de sable y una barbita, se inclinaba como hombre que era de mundo. –Señora, le manifiesto de entrada el agradecimiento del Rabelais. –Su periódico, caballero, – respondió la diva, – siempre es amable y yo le estoy muy agradecida… Pero, siéntese! Y llena de benevolencia, ofreció un cigarrillo oriental al entrevistador, que, entre dos bocanadas, comenzó: –Querida señora, se ha escrito mucho sobre usted, sobre sus encantos, sobre su talento artístico; se saben las propuestas que le han sido hechas cada día por los más grandes empresarios de América; uno no ignora su negativa más rotunda en ir a cantar a Alemania; usted, siendo rusa, ¡se ha mostrado más francesa que muchos franceses! Pero, este no es el motivo de nuestra entrevista. Hoy, el público tiene exigencias considerables, y yo diría que el Rabelais puede satisfacerlas, si se me permite la falsa modestia. Un periódico bien informado se debe a sus lectores… Así pues, perdóneme, señora, y dígnese a responderme: ¿Es cierto que uno de los grandes duques de Rusia a almorzado con usted esta mañana, y que… La Stradowska lo interrumpió vivamente: –No he recibido la visita de ningún duque, caballero, y no comprendo su pregunta, cuando menos bizarra; yo vivo aquí como me place ¡y mi vida privada no interesa a nadie! –¡Ah! señora, ¡no se ofenda! Se lo repito y usted lo sabe, el Rabelais está obligado por sus lectores… –¡Tanto peor para sus lectores! –Pero la visita de un gran duque no tiene nada de ofensivo, al contrario, y su celebridad ganaría con ello. –¡Basta, caballero! Houdrequín murmuró unas palabras corteses. ¡Oh! ¡Consideraba no estar abusando! Sometería a Christine su entrevista, antes de entregarla al periódico. Realmente, no se revelarían cosas galantes, y el público vería allí un simple homenaje rendido por una imperial alteza a una ilustre compatriota. –¡Me ofende, caballero! Nunca he tenido relaciones con los grandes duques!
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    22 –¿Ni siquiera… platónicas? –Inclusoplatónicas. –¿Y el príncipe de Gales? –¿Qué le pasa al príncipe de Gales? –¿No ha cenado el viernes con Su Alteza en el pabellón chino? –¡Jamás! –Entonces el director del Rabelais va a franquearme la puerta! –¿Y eso por qué? –Porque por informaciones de un colega, le he prometido revelaciones rusas e inglesas. –Su colega se ha burlado de usted. –¡Y me lo pagará! Hasta luego, señora. –Adiós, señor. Al quedar sola, Christine llamó a Rajileff y, furiosa por la visita del reportero, distendió sus nervios, a los acordes del piano, con unos gorgoritos. Hacia las cuatro, un landau, enganchado con una magnifica pareja de caballos, se detuvo ante el palacete de la Villa Saïd, y el capitán Pontaillac se apeó. –¡Ah! ¡por fin estás aquí! – gimió la Stradowska, arrojándose en los brazos de Raymond. Permanecieron abrazados un momento. El oficial inventaba excusas, pero Christine le cerró la boca con un beso. –¡No mientas!... Tú ya no me amas… ¿Amas a otra mujer? –Te juro… –¡No mientas! El recuerdo de la marquesa de Montreu le quemaba el corazón y los labios, pero ella se sintió con el valor de dominarse, dispuesta a todos los perdones, a todas las grandezas. –¿Ámame un poquito? –¡Te adoro! Pasaron el fin de la jornada en el Bois, en el coche del conde, y por la noche, tras una cena juntos, Raymond quiso dar a Christine la limosna de un aparente amor. ¡Qué mal la conocían, aquellos que sospechaban que traicionaba a su amante, a su ídolo! –¿Quieres que abandone el teatro? –¿A qué viene eso? –Yo solo te quiero a ti… –¿Y la gloria, oh Christine? –La gloria, la dicha, eres tú, tú, ¡nada más que tú! Ella le rodeaba con sus bellos brazos, lo calentaba con todo el ardiente calor de su juventud, y él, con el ánimo derrotado, soñaba con la gran dama. –¡Déjame!… –¿Raymond? –¡Me agobias! –¿Mi bien amado? –¡Me molestas!... Necesito mi inyección. –¡La morfina te mata! –¡Me hace vivir! –Mañana, Raymond… –No… ¡Rápido, mi Pravaz!
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    23 Por la mañana,de regreso a su domicilio, el capitán encontró una amable nota del marqués de Montreu y un pequeño paquete conteniendo una de sus Pravaz tan graciosamente ofrecida al doctor Aubertot para su uso en la marquesa Blanche. La nota decía: «Mi viejo Pontaillac, «Gracias a la morfina, mi querida esposa ha visto desaparecer su rebelde neuralgia. Te proclamamos el primer médico de Francia, y lo celebraremos, si quieres, el lunes por la noche a las siete. «Habrá perdices, becadas y una liebre del Limousin, una caza soberbia de mi suegro La Croze. «Tu amigo, «OLIVIER.» Raymond fue a cenar al palacete del bulevar Malesherbes, y no se atrevió aún a confesar la pasión que le devoraba. Los días, las semanas, transcurrían iguales. En febrero, en marzo, en abril, la marquesa de Montreu sufrió sus crisis neurálgicas. Se llamó al profesor Aubertot, pero este, a pesar de los ruegos de su cliente, se opuso a nuevas inyecciones de morfina. Él indicaba el peligro y, a espaldas del doctor y de su marido, Blanche compró una Pravaz y se hizo expedir recetas por otro médico. Secretamente, recurría a las inyecciones hipodérmicas; llegó a hacerse fabricar jeringuillas de plata y de oro, grabadas con sus iníciales e incrustadas de piedras preciosas.
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    25 IV –¿El doctor Aubertot? –Entre,señora, – respondió a la visitante un criado en traje negro y corbata blanca, erguido y rígido, solemne. Y abrió a la prostituta Luce Molday la puerta de un gran salón en el que algunas personas estaban sentadas, unas cerca de la mesa pasando las páginas de unos libros y álbumes, otras, aisladas en amplios sillones, bajo las sombras crepusculares. La consulta iba a acabar pronto, pero el timbre del vestíbulo todavía sonaba, y apareció un joven, un habitual. –Es muy tarde, señor Lagneau, – observó el criado. –Necesito pasar, Baptiste. El caballero ya le había deslizado una moneda de dos francos al doméstico; éste le hizo penetrar en un saloncito, y como el doctor acompañaba a la salida a una dama, el turno de Lagneau no se hizo esperar. –Le saludo, profesor. –Siéntese, señor Lagneau. A la claridad de las lámparas, Aubertot examinó a su enfermo, le tomó el pulso, recomendó la continuación de la prescripción anterior: bromuro de potasio, baños eléctricos, y terminó con estas palabras: –Ni fatigas, ni emociones… y vuelva a verme dentro de ocho días. Lagneau depositó dos luises sobre la mesa y salió. Otros clientes de ambos sexos, afligidos de enfermedades nerviosas, entraron y desaparecieron con la misma rapidez, provistos de recetas casi idénticas. Luce Molday, en traje gris rata, mangas de pelusa, con un chaleco rayado en blanco y oro, con un velo blanco y penacho gris, con un broche a la última moda, un pájaro con alas desplegadas – Luce bajaba la mirada. Se recogía, dominada por el lujo severo de la gran sala cuyas ocho ventanas daban sobre la avenida de la Ópera; imitaba las actitudes serias de las demás personas y no podía imaginar que Baptiste, en ese lugar de ciencia, intercambiase favores por monedas de cuarenta centavos. Se movían sillas en salones contiguos, y alguien dijo: –Esta noche hay un baile en casa del doctor. Quedaban en el salón Luce, dos hombres maduros y tres mujeres jóvenes. Baptiste les informó que la consulta se había terminado y les entregó unos números de orden para la próxima visita al gran medico de las neurosis. –¡Esto es asombroso! ¡Estoy muy enferma! – murmuró la prostituta que salía la última. Extrajo de su bolso en filigranas doradas, una moneda de cinco francos. –¿Podría pasar con esto? –¡Venga, rápido, señora! – dijo el criado, tomando el metal. Como todos sus ilustres colegas, el doctor Aubertot desconocía las buenas propinas del doméstico, o bien cerraba los ojos. –No reciba a nadie más hoy – ordenó el médico a Baptiste. E indicando una silla a su nueva y agradable clienta, dijo: –La escucho, señora. –Señor doctor, hace un mes que tomo morfina en inyecciones. –¿Y por qué toma usted morfina? –La primera vez me pinché por diversión, y luego…
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    26 –Porque usted teníanecesidad de inyectarse –Sí, señor. Étienne Aubertot, en chaleco negro con la roseta de la Legión de honor, apoyó sobre su puño su bella cabeza pensativa: –¿Fue un médico quién le aconsejó las inyecciones de morfina? –No, señor doctor, fue un capitán. –¿De quién se trata? –Un capitán de coraceros, uno de mis buenos amigos, el conde de Pontiallac. –¡Desgraciado! –He comprado la pequeña jeringa y las soluciones a un farmacéutico de la calle de Gomorra, llamado Hornuch. –¿Y el farmacéutico le entrega morfina libremente? –¡Caramba! ¡no!... ¡Pagando! –¿Cuántos días hace que no se pincha? –Tres días. –¿Y que experimenta? –Un abatimiento y ganas de inyectarme. ¡Era delicioso, pero creo que eso no me beneficia! –¡Yo estoy seguro de ello! ¿Desea curarse? –¡Oh! ¡sí! –Pues bien, ¡nada de morfina! Pues en usted la supresión total no ofrece peligro alguno: todavía no es morfinómana; está a lo sumo morfinizada, y va a depender de usted, solo de usted, recuperar la energía y la salud. –Gracias, señor doctor. ¿Cuánto le debo? –Veinte francos, señora. Por la noche, numerosos carruajes estacionaron ante la casa del doctor. Por la escalera de mármol blanco, los trajes negros y los vestidos de baile afluían al primer piso, y todo un mundo de ilustres parisinos, sabios, hombres de negocios, oficiales, escritores y artistas, acudían a saludar al Sr. y a la Sra. Aubertot; él, muy amable, ella muy graciosa en su vestido de lilas, con su perfil de medalla griega y sus cabellos empolvados a lo mariscal. Tres salones alineados resplandecían de luz; un buffet se había dispuesto en el comedor, y al fondo, a la izquierda del despacho del doctor, se percibía una cúpula de cristal protegiendo el jardín de invierno. En el salón del medio, contra la pared, se elevaba una estrada en la que Cadet recitaba el monólogo del Caballo. Sobre una fila de sillas, las damas sentadas manejaban sus abanicos de encajes o de plumas; los fuegos de las lámparas realzaban sus hombros desnudos, las pedrerías de sus collares y de sus brazaletes, las telas de los vestidos brillantes, los diamantes de las orejas y del cabello, y detrás de ellas, la línea oscura de fracs negros, aquí y allá rota por algunos uniformes. En un grupo, el Sr. Arnoud-Castellier, el mayor Lapouge, Jean de Fayolle y Léon Darcy, los camaradas de Pontaillac; en primera línea las damas, la marquesa Blanche de Montreu y su amiga, la doctora Genevève Saint-Phar, una delgada morena, no bonita, pero deslumbrante de inteligencia; a derecha y de pie, el capitán de Pontaillac, el marqués de Montreu; a izquierda, César Houdrequin, del Rabelais, entrevistando al profesor Emile Pascal sobre la linfa del doctor Koch. Se aplaudió el monólogo; se escucharon diversas canciones de artistas de la Ópera Cómica y de los Bouffes, una poesía de Alfred de Musset recitada por Sarah Bernhardt, un solo de violonchelo ejecutado por la señorita Galitzin, y, hacia las on-
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    27 ce, se vioaparecer a la Stradowska, en vestido de satén blanco, ampliamente enguantada de negro, con los hombros desnudos, y sin otro aderezo que un collar de zafiros. Al piano, Loris Rajileff preludió, y la voz de Christine se oyó, llenando la sala con sus vibraciones de una gran ternura o de una extrema potencia. Cantaba un himno ruso, y en el fragor lírico, en el eco lejano de la patria, la artistas se estremecía con unas voluptuosidades que parecían envolverlo todo. La Stradowska dominaba a la atenta multitud y, dirigiendo a un solo hombre el fuego de su mirada de águila, imploraba una sonrisa del ser adorado; pero Raymond había visto alejarse a la Sra. de Montreu, y, mientras Christine vocalizaba aún, él seguía a Blanche, a su pesar. Jean de Fayolle, Léon Darcy, el mayor Lapouge y Arnould-Castellier lo detuvieron al paso. –¡Un auténtico éxito! –¡Admirable, la Stradowska! –¡Uno se haría derretir por ella! –¡Debes estar orgulloso, amigo mío! –Y bien,– respondió Pontaillac desprendiéndose de ellos, – ¡id a tomar viento y dejadme tranquilo! Él se alejó y los otros dijeron: –¡La morfina lo enerva! –¡Lo envenena! –¡Lo vuelve loco! –¡Lo mata! –¡Un muchacho tan bueno!... ¡Qué lástima! El director de la Revue militaire concluyó: –¡Este animal es un apologista! ¿Se pueden creer que me propuso pincharme una noche por un dolor de muelas?... He tenido mal el corazón – ¡y la morfina me disgusta! Bajo el estruendo de los aplausos, la Sra. Aubertot y su marido obtuvieron de la diva un canto francés, y todo el mundo hizo silencio. Nadie se percató de la desaparición de la Sra. de Montreu y del conde de Pontaillac. Blanche se había dirigido hacia el «servicio» de la damas; pero, encontrando la puerta cerrada, llegó al pequeño jardín de invierno donde unas enredaderas crecían a lo largo de un tallo de oro. En ese lugar maravilloso, quedó encantada al no encontrarse con nadie. Muy cerca de ella, una gruta, donde florecían mimosas y que rodeaban unas plantas gigantes, atrajo su atención. Precisamente, una antorcha de cobre con diez boquillas eléctricas dejaba la gruta en una sombra relativa, y los armoniosos ruidos provenientes del salón hacían desvanecer el temor a posibles peligros. Entonces, detrás del follaje, Blanche levantó bruscamente sus faldas, y en medio de los tesoros de lujo íntimo, bajando su media de seda gris perla, descubrió una pantorrilla de carne rosada. Para cargar la Pravaz, hizo girar el engaste de diamante de uno de sus brazaletes, desatornilló un minúsculo frasco, y hundió en él la aguja – y sin vacilar, pinchó su pierna de marquesa. Habitualmente, en su domicilio, la Sra. de Montreu, preocupada de sus encantos, se pinchaba en la región lumbar.
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    28 La Morphinomane (1897)litografía a color de Eugene Grasset Una sombra se interpuso entre la mujer y la claridad, y la Sra. de Montreu vio de pie ante ella al Sr. de Pontaillac observándola. Indignada, herida en su pudor, se levantó pálida y tan altiva que el oficial se estremeció.
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    29 –Señor, ¿con quéderecho me está espiando?... Eso lo convierte en un… El insulto expiró en sus labios. –Señora, – dijo Raymond,– la he visto salir; parecía encontrase mal… –¿Y que le importa a usted, señor? Él le tomó las manos y la rozó con un beso: –Blanche, Blanche, la amo… Atónita, la marquesa quería huir y, bajo el ardor del veneno, una fuerza misteriosa la retenía allí, y violentos deseos le subían al cerebro. El brillo de sus ojos se mezclaba con la llama de la mirada del hombre, y pugnaban en ella dos criaturas: la casta esposa, madre inmaculada, y la otra, la nueva, una morfinómana cuyo cuerpo se estremecía de amor. –Señor… señor… –¡Blanche, la amo!... Blanche, desde su matrimonio, desde su negativa a casarse conmigo, lucho contra mi pasión… ¿Dónde estamos?... Lo ignoro… ¡No veo más que sus ojos! Raymond la arrastraba, y ella arrojaba a su alrededor esas miradas dolorosas del viajero al que encanta y aterroriza el abismo. Finalmente, recobrada, detuvo al hombre, desapareció, y la soledad despertó a la morfinómana a la realidad. Ahora, se bailaba por todas partes, y el marqués Olivier preguntaba dulcemente a su esposa: –¿Te encuentras mal? –Tengo un poco de migraña. –¿Nos vamos? –No… todavía no… Quiero bailar… Los bailarines giraban al son de una orquesta rumana; la Stradowska aceptaba el brazo de Léon Darcy, estudiando a la marquesa; Jean de Fayolle invitó a Blanche. La Sra. de Montreu se levantó y, desde los primeros compases, sintió el parqué flotar bajo ella. –¿Qué le ocurre, señora? –Nada, señor… No me apriete demasiado, se lo ruego. Unos grupos bailaban, ligeros. Blanche, con los ojos muy abiertos, tropezó, y Fayolle creyó que se iba a desmayar. –¡Usted me agarra demasiado, señor! – repitió ella, irritada. –Marquesa, yo… –Su mano es dura como una mano de hierro… A una imperiosa orden, el caballero debió abandonar la mano y la cintura – y Blanche cayó hacia atrás, entre los brazos de su marido que corría en su ayuda. En medio del tumulto de invitados y de criados, el marqués Olivier, ayudado por la Sra. Aubertot, Jean de Fayolle y del mayor Lapouge, transportó a su esposa al despacho del doctor. Durante cuarenta minutos, la Sra. de Montreu permaneció sin noción exacta de lo que pasaba a su alrededor; personas circulaban, de blanco o de negro, parecían fantasmas. La enferma, tumbada sobre un diván, no podía decir ni una palabra, ni hacer un gesto. La mayoría de los invitados ya acababa de retirarse, y permanecían solamente cerca de su amiga de pensión, la doctora Genevieve Saint-Phar, el mayor Lapouge, los doctores Aubertot y Pascal, uno y otro profesores de la Facultad de París.
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    30 Los cuatro médicosexaminaron las diferentes funciones; el corazón, muy lento, latía a cincuenta, los movimientos respiratorios descendían por debajo de lo normal. Unos sobresaltos agitaban el cuerpo. El Sr. Emile Pascal, un hombre de alta talla, joven aún, de bigotes espesos y grisáceos, ajustó sus anteojos y dijo a Olivier: –¿Es la primera vez que la señora marquesa experimenta estos trastornos nerviosos? –Sí, doctor, la primera vez. –Habitualmente, este tipo de espasmos no persisten. Y dirigiéndose a su colega Aubertot: –¿No está sorprendido como yo, de la dilatación de las pupilas? –¡Sin duda! Aunque médico de los Montreu, Aubertot quiso cambiar de tema ante su ilustre colega, y preguntó al aristócrata: –¿Qué ha comido esta noche? –Ningún plato que no haya probado yo mismo. –Veamos los brazos, las piernas – continuó Pascal, rogando a la Sra. Aubertot que acompañase al marqués a otra habitación. Percibió en las nalgas y en las pantorrillas numerosos pinchazos, y declaró: –Nos encontramos en presencia de una intoxicación aguda por un envenenamiento grave de morfina. –¡Ya me parecía a mí!– afirmó el mayor. Y él mismo murmuró: –¡Pontaillac está detrás de esto! –Debo admitir, – dijo Aubertot – que en diciembre, he dado una inyección a la Sra. de Montreu, pero un solo pinchazo destinado a combatir sus dolores neurálgicos. Recientemente, la marquesa me solicitó, por las mismas causas, nuevas inyecciones; temí que le crease dependencia y me negué. –Otros médicos habrán sido menos escrupulosos, – comentó la doctora. –No es el momento de agitar esta cuestión, – consideró Pascal – Hay que desvestir a la enferma. No se tenía ni el tiempo ni la posibilidad de situar el termómetro en la axila; la mujer desnuda permanecía en estado casi catatónico; la sensibilidad sensitivosensorial estaba abolida; el reflejo patalear y el reflejo plantar no existían, y una aguja, hundida a través de la piel, no provocó ninguna reacción. Los doctores se encontraban ante un estado caracterizado por el coma y el colapso. Se produjeron en la enferma unos intentos de vomitar, y los movimientos respiratorios, al principio muy acelerados, descendieron a diez por minuto. Otras particularidades interesantes se mostraron en la pupila y la cornea, y a la dilatación pupilar sucedió una abolición absoluta de reflejo; la abertura y la oclusión alternativa de los párpados no hacían mover el iris excitado, y la aproximación de una vela no le permitió reaccionar. Finalmente, bajo la influencia del tanino y sobre todo del café en altas dosis, la respiración comenzó a hacerse más amplia; los latidos del corazón se volvieron igualmente poco a poco más claros y más acelerados, y con fricciones y masajes, la temperatura subió. Todo peligro estaba conjurado.
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    31 La Sra. deMontreu, no aceptando los amables ofrecimientos de la Sra. Aubertort, quiso regresar a su casa. Unas mujeres la ayudaron a vestirse, mientras los cuatro médicos se reunían, en el jardín de invierno, con el marqués Olivier. Surgió una discusión entre el mayor, los profesores y la doctora. ¿Era conveniente, en presencia de ese caso de intoxicación crónica por la morfina, emplear la supresión brusca? Pascal, Aubertort y la Srta. Saint-Phar abogaban por el método de los doctores Ball, Zambacco, Lancereaux, etc., que consiste en la disminución progresiva de las inyecciones; el cirujano militar, aunque buen francés, se declaraba partidario de la supresión inmediata y radical, de la que el doctor alemán Levinstein era el apóstol. –¡Pero mi esposa no toma morfina! – clamaba Olivier. –¡La toma, a sus espaldas!– respondió Pascal. La Srta. Saint-Phar añadió: –¡Todos los morfinómanos, sobre todo las mujeres, saben disimularlo! Ante la autoridad de los profesores, Lapouge cedió, y los médicos adoptaron el método Erlenmeyer, progresivo decreciente, del cual explicaban el proceso, exhortando al marido a vigilar a su esposa. Blanche, presa del miedo, escuchó los consejos de la doctora; le confesó su pasión morfínica; le mostró el brazalete que encerraba el licor, jurando seguir las órdenes de los médicos y de obedecer a su amado esposo. Transcurridos algunos días, el Sr. y la Sra. de Montreu partieron para el castillo de los Tejares – y Raymond de Pontaillac durmió su pena de amor.
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    33 V Era primavera, ytodo se tornaba verde en el valle de Saint-Martin-l’Eglise que domina el castillo de los Tejares. El Sr. y la Sra. de La Croze, padre y madre de Blanche de Montreu vivían allí, bendecidos por los pobres, amados y respetados por sus criados, sus aparceros y sus vecinos. Si el viejo castillo de sus ancestros fue reemplazado por una habitación moderna, si la hierba crece sobre antiguos fosos, y si una torre desmantelada evoca la historia, los descendientes no han perdido nada de valor de sus antepasados, e incluso han ganado en caridad social. La fachada del castillo da sobre un patio de armas, en medio del cual se encuentra un castaño célebre; a la derecha, las cuadras, luego los jardines, el parque y, hacia la izquierda, un amplio estanque que baña las murallas. Desde la terraza resplandeciente de flores, se perciben los veinte dominios de la propiedad, las casas blancas, las praderas, los densos bosquecillos, los profundos macizos, el castillo de los Ormes, el edificio señorial de Pontaillac, y más lejos aún, el pueblo de Saint-Martin-l’Eglise y su campanario puntiagudo de tejas rojas. Un arroyo vagabundo, a lo largo de los prados, y en lo alto del camino, aquí y allá, en las inmensas landas, unos bloques grises, unos dólmenes, unos túmulos, interesaban a los miembros de las sociedades arqueológicas, como el amueblamiento del castillo hubiese podido interesar y apasionar a un anticuario: tapicerías antiguas, viejos arcones con fantásticas esculturas, grandes lechos con sus cortinajes estampados con personajes, lozas, relojes, y el propio billar con sus primitivas redes a guisa de troneras, todas esas cosas tenían su historia y testimoniaban el respeto y los esmeros de la noble familia. Sí, todo era alegre, por ese sol; los pájaros cantaban la eternidad de la creación; una brisa cargada de perfume de los tomillos y las lavandas corría por la tierra yendo a parar a las aguas del estanque de las Falettes, donde duermen las flores nadadoras; ¡todo era alegre! Pero, en el invierno, cuando bajo un cielo gris, los árboles despojados de sus hojas gemían al viento y los lobos vienen a aullar hasta el parque, hay que bendecir la tierra natal o buscar intensas emociones para no desertar. Y los suegros del marqués no desertaban, y resistían los inviernos mundanos, tan alabados por su yerno y su hija. En el castillo de los Tejares, con motivo de la estancia de los Montreu, se recibía a aristócratas de la vecindad, y especialmente a Pontaillac, cuando se encontraba de permiso; pero la intimidad habitual de los La Croze estaba restringida al abad Boussarie, cura de Saint-Martin-l’Église, y a los Gouillèras – El Sr. Adolphe Gouillèras, rico propietario y gran comerciante de maderas, habiéndose casado con Mathilde de Chastenet, la prima pobre de Blanche. Ese día, después de almorzar, el marqués Olivier, su esposa y su hija Jeanne, se paseaban por los jardines con los La Croze. La niña caminaba entre el padrino Pierre, un apuesto viejo de barba canosa, y la madrina Amélie, una anciana en vieja en papillotes grises. Para juzgar a los de La Croze, ¿no bastaba remontarse a la guerra de los 70, a las batallas en las que el aristócrata mandaba una compañía de móviles, mientras que la dama de los Tejares distribuía el pan a las humildes mujeres de los campesinos-soldados?
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    34 Consejero general delcantón, lugarteniente de los voluntarios del distrito, el Sr. de La Croze hubiese querido ceder la consejería a Olivier. Al yerno no le preocupaba demasiado: él amaba más a su esposa y a París. Desde la llegada a los Tejares, el Sr. de Montreu había impuesto – al menos así lo creía – la disminución progresiva de la morfina. Los primeros días, Blanche se rebeló, al descubrir los artificios de agua mezclada, éter sulfúrico, cloroformo o alcohol. ¡Necesitaba morfina! Lloraba, se lamentaba, insultaba, amenazaba, luego se tranquilizó, pareció renunciar al estupefaciente y a todas las sustituciones diluidas, mucho antes del plazo fijado por los médicos. Blanche se consideraba salvada, absolutamente curada, hablaba con asco de su antigua y ridícula pasión; tocaba el piano, el arpa, cantaba, reía, montaba a caballo – y el marqués escribió unas cartas entusiastas al doctor Aubertot. Este respondió: «¡Muy bien! Pero, tenga cuidado! ¡Continúe vigilando!» Y le indicaba casos insólitos entre los morfinómanos para disimular. En el paseo de los tilos, el Sr. de la Croze y el marqués encendían sus cigarrros; Blanche, madre celosa, cogió a la pequeña Jeanne de los brazos de la abuela, y la cubrió de locos besos. –¡Le haces daño!– exclamó la Sra. Amélie… – Mira: ¡está llorando! Jeanne dijo, vertiendo lágrimas: –¡Mala, mamita! La marquesa estalló en sollozos, y se puso a caminar muy aprisa. Oliver preguntó, preocupado: –Blanche, ¿a dónde vas? –Regreso a mi habitación; ¡necesito llorar! Corría tan rápido que los La Croze y el marqués tuvieron miedo y fueron tras ella. Blanche gritó: –¡Dejadme! ¡Me fastidiáis! En su camino, se encontró con la vieja Catherine que quiso detenerla: –¿Señora?... –¡Déjame!... ¡déjame! Ante ese espectáculo, el Sr. de Montreu se vio invadido de una gran angustia… ¿Acaso renacía la terrible pasión? Y, pronunciando la consigna, golpeó la puerta de su esposa. La marquesa fue a abrir; afirmó: –¡Ya estoy mejor! Él habló tímidamente de la morfina, y Blanche le saltó al cuello, muy alegre! –¿La morfina?... ¡Oh! ¡no, Olivier!... ¿Crees que voy a morir?... Ya he sufrido demasiado… ¿No hemos roto todas las siniestras Pravaz? La joven mujer, enteramente calmada, había recuperado su alegría. Cada día, la marquesa iba a cumplir con sus devociones en una pequeña capilla situada al final de los jardines, en medio de un denso follaje. Por la puerta enrejada, se veía sobre el altar una Virgen de mármol blanco, unos candelabros de oro y jarrones con flores recién cortadas; cuatro oratorios de terciopelos se alineaban, entre las dos ventanas ojivales, cuyo sombrío y artístico vitral brillaba a la luz de una lámpara de iglesia. Una mañana, el marqués y la pequeña Jeanne acompañaron a la Sra. de Montreu hasta la capilla. La mamá y la criatura se habían arrodillado, y Olivier, de pie, observó los ojos de Blanche que, desde hacía algunos minutos, exploraban la alfombra, en una búsqueda infructuosa.
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    35 La Sra. deMontreu se quedó en la pradera. Olivier llevó a la niña, feliz de verla saltar y reir. En un momento, Jeanne se bajó para recoger violetas. –¡Oh! ¡papá, mira qué bonita joya! En sus dedos brillaba al sol una Pravaz de oro. El marqués recogió el objeto vivamente: –¡Jeanne, no digas a mamá que has encontrado esto! –¿Por qué? –¡Porque me harías, mucho, mucho daño! –Pero, no quiero que te apenes, papaíto….¡Chsss!... ¡Aquí viene mamá! Blanche iba hacia ellos, con la mirada registrando la hierba, las rocas, y todo su rostro revelaba una profunda inquietud. Olivier creyó generoso y prudente no arriesgar con alguna alusión. Durante la jornada, el marido y la esposa se dirigieron a Saint-Martin-l’Église, a casa de sus parientes, los Gouillèras, y el Sr. de Montreu, dejando a Blanche con la prima Mathilde, se acercó a la farmacia. Cerca de la puerta, el Sr. Teissier, el farmacéutico, liaba un cigarro. –Señor, – dijo Olivier – me haría el favor de concederme unos minutos. –Con mucho gusto, señor marqués. Se sentaron en un saloncito, detrás de la oficina. El aristócrata expuso: –El Dr. Vaussanges está de viaje; espero su regreso para preguntarle, si eso es útil, lo que no creo. Él mismo me ha manifestado desde hace tiempo que la Sra. de Montreu no tenía ya necesidad de morfina; por otro lado, estoy seguro de que mi esposa no ha recibido ningún envío desde París. Por lo tanto, es usted, señor, quién, sin receta, está vendiendo morfina a la Sra. de Montreu. –¡Esa es una acusación injusta, señor marqués! Yo jamás he vendido morfina sin receta. –¿Me da usted su palabra de honor? –¡Palabra de honor!... Y deseo demostrarlo… –¡No es necesario! –Sí, quiero. Corrió a la oficina y regresó, llevando consigo un libro y un frasco. –Señor marqués, en nuestro pueblo se consume muy poca morfina. He recibido de París cincuenta gramos, y, con motivo del tratamiento seguido por la Sra. marquesa, bajo diversas recetas del Dr. Vaussanges, han sido retirados cinco gramos, luego dos gramos, receta de otro médico, el Sr. Thavet, de Labrousse. Deben quedarme cuarenta y tres gramos. ¡Vamos a ver! Teissier depositó el frasco sobre una balanza, hizo un cálculo mental y exclamó: –¡Catorce gramos solamente!... Por el amor de D… ¡me han robado! De inmediato, llamó: «¡Víctor! ¡Víctor!» Un hombre muy joven de cabello pelirrojo que apilaba quinquina en el laboratorio, entró y dio un respingo, asustado, ante los testimonios de su incorrección. –¿Fuiste tú quien cogió la morfina de aquí? – gruño el farmacéutico. ¡No mientas o te estrangulo! –Sí, patrón. La he vendido en varias ocasiones, y voy a buscar el dinero ahora mismo. –¡Maldito! ¡canalla!... ¡Sal de aquí!
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    36 Pero, a ruegodel Sr. de Montreu, el farmacéutico se resignó a escuchar las razones de Víctor. Él, hijo del Sr. Abel, el hermano arruinado del Sr. Adolphe Gouillèras, ¿en qué se hubiese convertido sin la asistencia del tío rico? Esta asistencia la debía sobre todo a la tía Mathilde, pues el tío Adolphe no lo quería demasiado. ¿Qué más natural que expresar esa gratitud a la Sra. Mathilde, proporcionándole unos gramos de morfina que ella pagaba? –Mi único error, – añadió el mancebo – es no haber puesto el dinero en la caja, pero se habría descubierto la venta y la Sra. Mathilde quería mantener el secreto. –¡Más que idiota! ¡más que bruto! – continúo el farmacéutico, tal vez hayas envenenado a tu benefactora. –No, porque la morfina no era para ella – replicó el Sr. de Montreu – ¿no es así, Víctor? –Yo no sé nada, señor marqués. Desde que obtuvo del Sr. Teissier el perdón de Víctor y recomendado el silencio al patrón y al mancebo, el Sr. de Montreu regresó a casa de los primos Gouillèras. No deseaba una explicación inmediata con Blanche, en presencia de Mathilde; temía encararse a las mentiras de las dos mujeres. En el momento de partir, Blanche dijo a su prima: –¡No lo olvides! –No temas. Se lo entregaré al cartero. En la calesa, a lo largo del camino, la Sra. de Montreu sonreía a su esposo. Preguntó: –¿Verdad, Olivier, que Mathilde embellece todos los días? –No opino del mismo modo. ¡Es demasiado rubia, está demasiado pálida, demasiado delgada, demasiado alta! –Tal vez, ¡pero es muy distinguida! –Lo importante es que sea feliz, y si el Sr. Gouillèras no es la distinción personificada, tiene todas las cualidades de un hombre íntegro. La noche transcurrió tranquila. Por la mañana, sobre la carretera, Olivier acechó el paso del cartero: –¿Tiene algo para mí? –Sí, señor marqués, – respondió el cartero. – Tengo cartas y periódicos. –¿Nada más? –Un paquete para la Sra. marquesa, de parte de la Sra. Gouillèras. –Deme el paquete. El Sr. de Montreu regresó a su habitación, y, obligado por su amor a desempeñar un papel de vigilante conyugal, muy a pesar de su costumbre y su voluntad, el marido desató el paquete. Se encontró dos ovillos de lana azul, y estos contenían en su interior una carta, una pequeña botella y una Pravaz. Era un deber leer, y Olivier rompió el sobre: «Mi querida Blanche, en Limoges, en el Sagrado Corazón, tú rica, compartías con la pobre prima Mathilde, las comidas que te enviaban desde el castillo de los Tejares. «Y, hoy, tengo la dicha de enviarte la mitad de las riquezas que poseo y de cuyo misterioso y soberano poder me has informado. «Mezcla el divino licor, pues, por desgracia, la fuente se va a agotar. Ayer, en efecto, mi sobrino Víctor me anunció que no podría seguir proporcionándomela, al
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    37 prohibirle el patrónsu venta y por razones que desconozco. Esas razones, las atribuyo a una visita de tu marido a la farmacia, visita que he sabido del propio testimonio de la Sra. Teissier. «¡Oh, querida, hay que ser cuidadosa! ¡Hay que ocultar este supremo tesoro! Blanche, ¡no hay cajones lo suficientemente discretos ni cajas bastante fieles, contra los ojos de un marido como el tuyo, un hombre que te adora y no es capaz de ver que la privación es mortal! «Mi marido a mí – ese bueno y sencillo hombre de campo– me deja libre, y, por lo demás, yo lo domino con toda la altura de mi pobre nobleza. «Te envío una Pravaz, menos elegante que la que has perdido, pero también generosa. La Pravaz y la solución, continúa poniéndola bajo la salvaguarda de tu pequeña Jeanne. El Sr. marqués jamás las encontrará: ¡un ángel las protege! «Mil besos de tu: «MATHILDE GOUILLÈRAS, «NACIDA DE CHASTENET.» «P.S.- Vuelvo a abrir esta nota. Tengo una idea. ¿Por qué no escribes a nuestra amiga Geneviève Saint-Phar? Probablemente la doctora nos enviase morfina. Si se niega, iré a Limoges y obtendré recetas de un doctor y tal vez soluciones, directamente, de los farmacéuticos.» El Sr. de Montreu trataba de ahondar en el misterio de estas palabras: « La Pravaz y la solución, continúa poniéndolas bajo la salvaguarda de tu pequeña Jeanne… » ¿Era una idea simbólica o el claro enunciado de un hecho? Mientras la sirvienta vestía a Jeanne, Olivier inspeccionó la cama de la niña y descubrió, en el fondo del somier, un frasco de morfina vacío en sus tres cuartas partes. No quiso seguir por la senda de las hipocresías burguesas, y por la tarde, a la hora de la siesta, dijo a Blanche: –A pesar de tus juramentos, vuelves a comenzar con las mismas locuras, y te envenenas con la horrible morfina… –¡Eso no es cierto! –¡Blanche! –¡No es cierto! ¡no es cierto! ¡No, eso no es cierto! Él le mostró los dos frascos y la Pravaz: –¿Para qué mentir? –¿Dónde has cogido eso? –Tuve que registrar la cama de Jeanne e inspeccionar el envío de Mathilde. –¿Ha abierto usted una carta dirigida a su mujer? ¿Ha roto el sobre? –Sí. –¡Es usted un canalla! –Amor mío… –¡Cállese, señor! ¡Debería enrojecer!... Vamos, ¡entrégueme esos objetos! –No. –¡Yo así lo quiero! –No. –Señor, ¡entrégueme eso! –¡Jamás!
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    38 Nerviosa, ella searrojaba sobre él, tratando de apoderarse de la Pravaz y los pequeños frascos; él resistía; ella se colgaba de él, mezclando sus sollozos con promesas de amor, en ardientes ruegos y él necesitaba mucho coraje para resistir. –¡Olivier, la Pravaz es mi vida! –¡Eso será tu muerte! Deseoso de poner término a una lucha tan dolorosa, arrojó la Pravaz y los frascos por la ventana abierta, en el estanque de los Falettes. Ambos oyeron el chapoteo del agua, y Blanche gritó: –¡Me has matado!... ¡me has matado! Olivier se arrodilló ante ella, implorando el perdón del sacrificio. Ella lo rechazó, quería estar sola. ¿Y si ella se arrojaba por la ventana? Él estaba allí; observaba; con sus brazos agarrando las faldas. E, inclinada en la ventana, Blanche miraba el cielo de un azul intenso y las constelaciones. Veía temblar las estrellas sobre las aguas, y, entre ellas, dos más brillantes cuyo estallido iluminaba las profundidades que se abrían. Eran los frascos de morfina: descansaban en un lecho de gladiolos y nenúfares, un joyero de herivas verdes y rosas diamantadas. Los frascos se rompieron, el licor se vertió, abundante, siempre más abundante, infinito. Y hete aquí que Blanche, se encontró en el paroxismo del delirio a la visión de un mar de morfina. Se acordó de un bonito espectáculo de viaje – ¡de su viaje de bodas! – y para ella la morfina circulaba en el estanque, como en el Ródano, en Ginebra, y atravesaba el Leman sin confundir sus aguas. Todo lo demás era borroso, y solo el licor triunfaba y brillaba luminoso, inmaculado. Escuchó voces celestiales que le prometían en el Paraíso amores inmortales. Blanche iba a caer; iba a morir; él estaba allí, él la tomaba contra su pecho: –¡Mi adorada! –¡Yo no os conozco! ¡Váyase!... ¡váyase!... ¡Me produce horror!
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    39 VI El capitán Pontaillacse encontraba en un estado físico relativamente satisfactorio, y todavía mantenía representando al lado de la Stradowska una extraña comedia amorosa. En esa ruda musculatura, entraba el veneno, se deslizaba, y al igual que el rayo quema la espada de acero, sin dañar el forro de terciopelo, consume los huesos del cuerpo, sin afectar la carne que los cubre – así, la morfina mataba el espíritu, la resistente llama, sin casi tocar la envoltura orgánica. Cosa notable, no había para Raymond ningún elemento coexistente de un estado de degeneración mental hereditaria, ninguna apetencia mórbida, ninguna tendencia malsana que fuese el acto de una naturaleza ya debilitada e incapaz de resistirse a las solicitaciones. Desde el principio, el cerebro estaba indemne de taras: desde el punto de vista médico-legal, la herencia no ejercía no su rol habitual de factor etiológico, y no se podían advertir más los fenómenos del morfinismo y del alcoholismo asociado. Desaparecida Blanche, el joven oficial buscó el olvido en las tareas militares y las pequeñas reuniones con sus camaradas, Jean de Fayolle, Léon Darcy y ArnouldCastellier; en cuanto al mayor Lapouge, fue víctima de los arrepentimientos del morfinómano. Pero, después de tres semanas, aparte de las horas en las que el servicio lo llamaba al cuartel, Pontaillac era invisible. No se le encontraba ni en el Epatant, ni en el café de la Paz, ni en la Ópera, ni en el Circo, ni en el Bois, y las cartas, los telegramas de Christine permanecían sin respuesta. Comenzó una vida bizarra. Algunas veces, en su casa, con su revólver en la mano, se detenía ante un espejo, con la idea de reventarse el cerebro, y luego, regenerado por una inyección, colmado de deseo por Blanche, caminaba hacia un saloncito. Admiraba un retrato de cuerpo entero de la Sra. de Montreu, una obra maestra, cuya ejecución acababa de supervisar y de dictar los menores detalles, según una fotografía y la religión del recuerdo – así como se hace con las imágenes de los muertos. Aquí y allá, por todas partes, cosas de ella: un abanico roto, un zapato de baile, un corsé, guantes, ramos; todos esos objetos sin valor, se los había comprado a Angèle, la dama de compañía de la marquesa, y el corsé florido de encajes exhalaba todavía el delicioso perfume de la dama pelirroja. Con mirada suplicante, tendía las manos hacia el retrato, y Blanche parecía animarse y descender de su marco; él la cubría de besos, la mimaba, la transportaba, la poseía por entero. Y, acabada la alucinación, repentinamente, se volvía a encontrar cerca de un espejo y manejaba el gatillo de una pistola. Ahora bien, un día, como todos los días, Raymond evocaba a su bien amada. La puerta se abrió, y Christine que entraba, se detuvo, impactada. –¡Raymond! –¿Qué desea de mí, señora? ¿Qué viene a hacer aquí? ¡Salga! –¿Ya no me amas? –¡Yo jamás la he amado! –¡Oh! – gimió ella, abrumada de dolor.
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    40 –Esa es aquién amo, a quién adoro – exclamó, señalando el retrato de Blanche – ¡Esa es! ¡Fue para ocultar a todos los ojos un amor culpable que se apoderó de mi!... ¡Mire!... ¡Dios mío, qué bella es!... ¡Déjenos solos! De sus dedos temblorosos, buscaba las formas maravillosas en un espacio geométrico indefinido, estrechaba sus brazos, y suspiraba: –¡Blanche! ¡Oh, Blanche!... ¡Oh, mujer!.... ¡Toma! ¡sobre tus labios! Pero, de pronto, se tambaleó, despertado: –¡Estoy loco, mi buena Christine! –Y yo vengo a consolarte; vengo a curarte… a hablarte de ella… Había tanta sencillez y heroísmo en esa inmolación de la mujer ultrajada que Raymond se arrodilló ante su amante. Ella lo levantó, y besándolo en la frente: –¿Quieres que sea tu hermana a partir de ahora? –Entonces, – dijo él, sin entrever la grandeza del sacrificio, – entonces, ¿no estás celosa? –No… nada de celos. –¿De verdad? –De verdad. Y hablaron de la ausente toda la jornada, toda la noche. –¿Por qué no pides un permiso? Irías a verla… allá… –Tengo miedo… –¡No seas bobo! Una noche, Crhistine condujo a Raymond a la estación de Orleans, y la valiente regresó a su casa, llena de angustia. En los Tejares, la marquesa Blanche entraba en el último periodo del «síndrome de abstinencia.» El doctor Vaussanges, un hombre de barba gris de lo más honorable, trataba de engañar a su noble clienta: –Señora, le traigo morfina. –¡No, doctor, eso es agua! –Morfina y agua. –¡No lo quiero! Ante la imposibilidad de procurarse dosis de estupefaciente, la Sra. de Montreu, que ya no recibía cartas de la Sra. Gouilléras, se dirigió a los criados. Todos se negaron a obedecer a su ama, bajo las órdenes del marqués. Nada que esperar de la doctora Geneviève Saint-Phar. Enloquecida de odio, Blanche rechazó a su marido en el lecho conyugal; evitó las menores ternuras, los menores besos. Él, dominando sus escrúpulos de hombre noble y queriendo por encima de todo la curación de su esposa, había hecho fabricar unas llaves; inspeccionaba el secreter, el escritorio, los cajones, los cofres, las bolsas, las cajas de guantes, los objetos más delicados, los más íntimos, y, si la marquesa lo sorprendía en sus bárbaras pesquisas, le decía con desdén: –¡No se moleste! ¡Verifique mis camisas, mis medias! Y se estremecía de ganas de escupirle en el rostro. En la marquesa Blanche, el sistema nervioso por entero, cerebro-espinal y ganglionar, estaba profundamente afectado por la desaparición de la morfina en el organismo: la joven mujer incriminaba moralmente a Ollivier, su salvaje guardián;
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    41 el sistema nerviosose rebelaba físicamente contra el acto de violencia que le sustraía lo indispensable, y cada nervio manifestaba su trastorno, en su propio ámbito. En virtud de leyes ignoradas, la fuerza del deseo fisiológico desarrollaba el campo intelectual y permitía a la Sra. de Montreu analizar todas sus sensaciones. Tenía hambre de morfina; tenía, no impulsos de golosa, sino una auténtica necesidad de alimento: ¡le faltaba un elemento! Sentada o acostada, experimentaba una intensa agitación de las piernas, – en sus piernas martirizadas, pues se había pinchado en las piernas – y se veía obligada a ejecutar con ellas movimientos regulares; esta agitación se exageraba hasta tal punto que se hubiese dicho un redoble de tambor. Los ligeros abscesos de la región lumbar y de los muslos producidos por los pinchazos se cicatrizaban; el rostro conservaba todo su frescor; la piel permanecía indemne a esa coloración purpura habitual en los morfinómano sanguíneos; los ojos no revelaban ningún trastorno de acomodación, y solo, los dolores en la región cardíaca, una tos nerviosa y una sed inextinguible constituían los principales síntomas de la abstinencia. –¡Olivier, me muero!... ¡Olivier, ten piedad de mí! El Sr. de Montreu apartaba la mirada, temiendo sucumbir: –Blanche, mi querida esposa, ten todavía un poco de valor… Te vas a curar; no pensarás más en el horrible licor, y nos amaremos… –¡Jamás, señor, jamás! A fin de distraer a la enferma, Olivier se servía de Jeanne para enviarle regalos encantadores. –Mamá, es de papá… ¡Oh! ¡qué brazalete más bonito! ¡Oh, qué bonito collar!... Y esas flores, estas verbenas, estas rosas… Blanche besaba la cabecita rubia y la alejaba – sin una sonrisa. El Sr. y la Sra. de la Croze animaban a su yerno a salvar a la madre de Jeanne. Se citaba a la Sra. de Montreu los ejemplos de algunos morfinómanos arrepentidos; se le citaba el caso de Mathilde Gouilléras, que tras haber sufrido mucho, lanzaba anatemas contra la morfina; Blanche no escuchaba nada, y siempre enamorada del veneno, iba hacia el final de sus consumidores.
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    43 VII Ese día, Raymondde Pontaillac, llegado la víspera a su castillo de los Ormes, montó a caballo para dirigirse a los Tejares. Al principio puso su animal al galope, luego al trote, por último al paso, bajo los grandes castañoss que le cubrían de sombra: en su deseo de volver a ver a Blanche se mezclaba una pena, como si realmente no estuviese seguro de encontrar allí toda la dicha que iba a buscar. Ante la verja del castillo, el capitán estuvo a punto de girar las bridas, pero había sido visto por el Sr. de la Croze que le dijo: –¡Caramba! ¡Qué sorpresa, amigo mío!... ¿Y desde cuando está usted en los Ormes? –Desde ayer, señor Pierre… Me he detenido en Limoges para saludar a mi tío. –Podrías decir: «Monseñor»… ¿Cómo está nuestro obispo? –¡Pontificalmente! Un criado llevó el caballo del capitán a las cuadras, y el Sr. de la Croze y Pontaillac caminaron hacia la casa. –Capitán, ha hecho bien en venir a vernos… ¡Uno se aburre mortalmente aquí!... ¿Cuántos meses de permiso? –No tengo meses; tengo días… quince. –¡Diablos, eso es poco! El viejo noble introdujo a Raymond en el gran salón, llamó a la Sra. de la Croze y envío a Catherine a advertir a la marquesa. Olivier estaba en el parque, supervisando la instalación de los conductos del agua. Se le llamó; acudió, y los dos amigos se abrazaron, mientras la marquesa hacía su entrada. Evocando la escena del jardín de invierno, en casa del doctor Aubertot, Raymond se decía: «¿Me ha perdonado?» Por el contrario Blanche se estremecía con esta idea: «Él tiene morfina; ¡me la dará!» Ambos hablaban ahora de un modo indiferente de cosas parisinas y mundanas, de los últimos bailes, de las últimas habladurías, de los últimos escándalos, y nada, en su voz ni en sus gestos, traicionaba sus profundas emociones. Se recibió la visita del abad Boussarie, el cura de Saint-Martin-l’Église, un amable y paternal anciano de largos cabellos blancos, el antiguo preceptor del Sr. de Pontaillac. Él recordó que Blanche, Olivier y Raymond habían sido bautizados por él y que habían hecho su primera comunión en Saint-Martin. Solo, el capitán estaba soltero. ¿En qué pensaba? ¡Vamos, el sobrino de Monseñor Aymard de Pontaillac, el heredero de un linaje ilustre, debía predicar pronto con el ejemplo! Y con su bastón, con empuñadura de plata, el viejo sacerdote amenazaba cariñosamente a Raymond. Una esperanza animaba a la Sra. de Montreu. Era a Pontaillac a quién debía su primer pinchazo y, en su horrible desamparo de hambrienta, el gran iniciador acudiría en su ayuda… ¿Cómo dirigir la petición, en qué lugar, con qué ardides? Aquí, nada se podía intentar bajo la mirada del marido. ¿Escribir al capitán, enviar una carta por un criado? Nadie en el castillo aceptaría el recado. Por otro lado, Blanche no olvidaba la declaración de amor del joven oficial, y se sentía al respecto con la más grande reserva. Y sin embargo, necesitaba la morfina, le hacía falta una Pravaz – ¡solo, Raymond podía impedirle morir!
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    44 Enseguida, nació laidea en el Sr. de Montreu de que su esposa habría recurrido a Pontaillac, y, como él buscase un medio de afirmar su papel de vigilante, fue el propio Raymond quien le sacó de apuros: –¿Sabes, Olivier? ¡Por fin he renunciado a mi estúpida dependencia por la morfina! –Ya no hay esperanza; ¡me mataré! – gruñó la marquesa. Pero levantó los ojos y creyó leer una mentira y una promesa en la mirada del hombre. –¿Realmente, – interrogó el marqués, – has roto con la odiosa Pravaz? –¡Sí, he roto! Una nueva mirada desmintió la nueva afirmación, y esta vez Blanche mostró una sonrisa. ¿Es que, por otra parte, podía olvidarse el embrujo? ¡Si Pontaillac acababa de traicionar la verdad, es que comprendía los dolores de la abstinencia y se protegía del esposo, a fin de socorrer mejor a la desdichada mujer! Tras la partida del cura y de Raymond, la marquesa subió a sus aposentos y volvió a bajar, a la hora de la cena. Había cambiado de vestuario y, en vestido primaveral, con sus bellos cabellos pelirrojos adornados con un racimo de lilas, parecía tranquila, casi alegre. El marido iba a acusar a la morfina de esta agradable metamorfosis, pero Blanche adivinó su pensamiento, y con un gran talento de disimulo, dijo: –Olivier, sospechas que me he pinchado. ¡Pues bien, te equivocas! El Sr. de Pontaillac se ha curado; ¿Por qué no podría hacerlo yo? Creaba «el estado de esperanza» que ayuda a soportar «el estado de necesidad». Al día siguiente, Raymond salió de los Ormes para un paseo matinal. Caminaba, con el corazón alegre, y, gracias a unos especiales razonamientos que las bienhechoras soluciones le inspiraban, llegando a convencerse de que era urgente procurar morfina a la gran dama y excusable el hacerse amante de la esposa de un amigo, de su mejor amigos. Pontaillac circulaba por un camino sombrío y, a través de las ramas, el sol le besaba el rostro, le iluminaba sus entorchados; una brisa tibia y dulce lo impregnaba de vivificantes fragancias de los bosques. Se detuvo ante el parque de los Tejares, cerca de una brecha reciente hecha por los obreros empelados en los conductos del agua. La verja de la capilla estaba abierta y, en la mujer arrodillada, el hombre reconoció a la Sra. de Montreu. La marquesa salía de la capilla, y las dos víctimas de la Pravaz se miraron. –Señora, –comenzó Raymond, – el azar me ha traído aquí, y bendigo al azar…¡Qué pálida y temblorosa estáis!... Habéis llorado… –He llorado, porque sufro, porque me muero! Decididamente, contó sus dolores, el suplicio que le imponía el Sr. de Montreu, privándola del licor vital; contó la escena nocturna en la que el marido arrojó al estanque las soluciones y la Pravaz. Todo el mundo la abandonaba, sí, todo el mundo, incluso Mathilde, su antigua prosélita! –Lo sabía, – replicó el oficial con aplomo; – lo sabía y he venido. Ayer, debí ocultar bajo la mentira mi deseo de seros útil, pues, señora, mejor que nadie, yo conozco vuestro mal. Yo también lo he padecido y también he llorado. No hay tortura comparable a la de la necesidad de morfina! Los médicos pretenden que el licor nos mata! ¡Imbéciles! ¡Pero, la muerte odiosa, terrorífica, es la privación!
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    45 Extrajo de subolsillo un neceser de viaje en seda azul que contenía la solución y una aristocrática Pravaz: –Tomad, señora… no lloréis más… Enjuagad vuestros bellos ojos… El infierno va a desaparecer…. para vos! –¡Gracias, oh! ¡gracias, señor de Pontaillac! ¡Usted me salva! El capitán saludó a la Sra. de Montreu y regresó por el camino de los Ormes. Bajo la energía del pinchazo, Blanche experimentó un extraño malestar: la solución de Pontaillac era una dosis un grado mayor del que la joven víctima todavía no había alcanzado. Se produjo un trastorno espantoso en los órganos, al mismo tiempo que una sobreexcitación del cerebro. La sangre afluyó al corazón, y unas imágenes – por los ojos y por el pensamiento – reemplazaron a la vez las ideas exactas y los cuadros de la realidad; así, la habitación de Blanche se transformaba en un amplio estanque, el estanque de las Falettes; una barca se balanceaba sobre las aguas; el Sr de Montreu encarnaba al Sr. de Pontaillac, y Blanche adoraba la nueva encarnación. En una lucha de la luz y las tinieblas, el espíritu establecía un contraste odioso entre los dos nobles, entre el esposo severo, tal como un carcelero, y el enamorado soberbio, como un príncipe encantador. Blanche disminuís la pequeña talla del marido, cuando el marido conducía los ponis de la victoria; ella le sustraía toda su belleza, su distinción, para apostar por el gran Raymond al que veía correr a caballo, resplandeciente con casco y coraza, en un deslumbramiento de astro. Al despertar, la decente mujer expulsó la mala idea y fue presa de un terror, como si realmente hubiese sido responsable de las veleidades de lujuria sugeridas por el alma del veneno. Los días siguientes, se mostró fría con el Sr. de Pontaillac, afectando ante él una gran ternura conyugal por Olivier; pero, cierta noche, el capitán cenó en las Tejares con el abad Boussarie, los Gouillèreas, y, cuando el marido de Mathilde, un buen y grueso vecino de Limoges, de barba rojiza, aburría al invitado con sus preguntas sobre la pólvora sin humo y la Triple Alianza, Blanche, pasando, rozó a Raymond con un roce voluptuoso. El Sr. de Pontaillac se estremeció de alegría; la Sra. de Montreu balbuceó, antes de refugiarse cerca del ángel guardián, su hija. Esos ardores inconscientes de la casta esposa justificaban uno de los más curiosos fenómenos de la intoxicación morfínica y de su resultados absolutamente contrarios para los dos sexos. En efecto, mientras que el hombre sufría algunas veces un estado de depresión de las vías genésicas, el sistema llegaba en la mujer a un alto grado de ninfomanía. La fuerza moral de Blanche, aunque muy debilitada por el abuso de la morfina, la preservaba todavía contra el adulterio, pero no le impedía librarse a movimientos desordenados y de origen puramente mecánico donde se apagaban su mirada lasciva, donde se calmaba su excesiva sobreexcitación. La Sra. de Montreu gemía con este triste estado; no quería mantener más relaciones con su marido; pero se revolvía contra las tendencias bestiales, y se sentía humillada y herida durante las invisibles metamorfosis del licor. Una tarde, el marqués Olivier, el Sr. de La Croze y el cura Boussarie jugaban una partida de billar, y arriba, en su habitación, la marquesa se inyectaba una nueva solución, – un regalo de Pontaillac. El sol de junio arrojaba sobre la gleba una polvareda de oro y de fuego. Se oía el canto de los grillos que se agudizaba, el rodamiento de los carros, las llamadas a la siega, y a veces el mugido de los bueyes. Un pueblo de trabajadores, hombres y
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    46 mujeres, cortaban oamontonaban las hierbas, – los machos tostados y velludos, con el torso delgado, las viejas todavía más negras; y aquí y allá, con un guadaña en la mano, algunas bonitas mozas en falda oscura y camiseta clara, se estiraban, con poses amorosas, bajo el incendio del cielo. Por un fenómeno de doble conciencia y de doble visión, la marquesa permanecía siendo la Sra. de Montreu, pero en ella vivía otra mujer dominando a la primera e imaginando esperar a Raymond, haberle concedido una cita en su habitación. Ella podía percibirlo, allá, en los Ormes; él subía al caballo; ella lo seguía por la ruta polvorienta, a lo largo de los olmos de Italia. Se detuvo ante la verja del castillo, No había nadie para recibirlo, y la vidente distinguía claramente a los criados ocupados en diversas faenas; estos ayudaban a los jornaleros; aquellos limpiaban el parqué del gran salón; uno de los palafreneros dormía en un rincón de la granja; Catissou desangraba las aves. –El Sr. de Pontaillac entra en el vestíbulo, y helo aquí en el comedor! – soñaba en voz alta la morfinómana… –No encuentra a los caballeros jugando al billar… ¿Por qué Olivier y mi padre no lo oyen caminar?... ¿Por qué no lo llaman?...Yo lo oigo… Lo veo… ¡Raymond! ¡Oh, Raymond!... Esta vez, el joven entraba realmente; abría la puerta del corredor; subía por la escalera, y Blanche, le tendía los brazos con pasión. El la besaba, lleno de amor, pero cuando la sintió resistir, luchar contra sí misma, contra la otra mujer, «la extraña», se apartó: –¡Señora, yo os amo, os adoro! ¡Oh! ¡os deseo con toda mi alma, y sin embargo no quiero tomaros así!... ¡Blanche, adorada mía, te quiero libre, y no lo eres! Ocho días más tarde, la Sra. de Montreu se entregó al Sr. de Pontaillac. Ella murmuraba, bajo los efectos de la morfina: –¡Tú no me has conquistado odiosamente, y te agradezco haberme esperado, después de haberme encantado! ¡Oh, amor mío, amémonos!
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    47 VIII Olivier de Montreuhabía relajado su rigurosa vigilancia, y la marquesa abusaba de ello, dando como pretextos sus paseos diarios de caridad: visita a los pobres del vecindario, a los niños enfermos, a las embarazadas. Blanche y Raymond se veían en una cabaña perdida en un bosquecillo o bien en un kiosco aislado que el Sr. de la Croze hizo amueblar para la estación de pesca. Esos dos lugares, tan diferentes el uno del otro, exaltaban sus deseos: tanto la cabaña parecía rústica con su camastro de hojas; tanto el kiosco recordaba, por sus amplios aparadores y sus mullidos divanes, el lujo y el buen gusto de los nobles. Los amantes siempre tenían una semejante y seductora dueña, la Pravaz, pero se inyectaban el veneno mundano, sin darle importancia, como si él se fumase un habano, como si ella se empolvase la nariz o se perfumase. Ella lo encontraba radiante en su traje azul marino, bajo un sombrero de viaje; él la juzgaba adorable en vestido de tela cruda y zapatos amarillos, guantes de Suecia y tocada con un sombrero de paja deslumbrante con flores del campo. Eran jóvenes; eran hermosos; se amaban – y eso es decirlo todo. Hacia las dos, la Sra. de Montreu bajaba de su habitación; Jeanne la seguía: –¡Mamita, ¿me llevas contigo? –No, querida. –¡Me portaré bien! –¡No!... voy a visitar a los pobres el Sr. cura, ya sabes, esa mujer alta, La Gire y ese gran anciano, Le Guillout… Tendrías miedo… ¡Vamos, déjame! Pero la pequeña se colgaba de las faldas maternas: –¡Ah, mamita, ya no eres tan amable como antes! –Tengo prisa… ¡Vete! Blanche apresuraba el paso. Un grito de Jeanne la hizo volverse de pronto, y rodeó con sus brazos a la dulce niña que acababa de golpearse contra un árbol del parque y le caían las lágrimas, con el rostro todo ensangrentado. –¡Oh, querida! Infiel amante y santa madre, Blanche olvidó la cita. Una carta de Raymond, llevada a las Tejeras por una cridada de los Ormes, solicitaba una reparación amorosa, y al día siguiente, los amantes se reencontraron en la cabaña. –¡Aquí estás! ¡aquí estás por fin! – exclamó el oficial, encendido de deseo. –Amigo mío, tengo que hablaros de cosas serias. Pero, él no la escuchaba, y sus ardientes besos apagaban la voz de su amante. –Raymond… –¡Tus labios!... ¡Quiero tus labios! –¡Te lo suplico! –¡Te quiero toda!... Allí, un beso en tus ojos, sobre tu boca, siempre, siempre, siempre!... –¡Raymond!... ¡Raymond!... ¡Raymond!... Tras la batalla de amor, Blanche regresó aprisa, atajando a través de las praderas y las landas. Una angustia la agitaba, la trastornaba, y unos aparceros la oyeron gemir: «¡Mi hija está muerta!» Ella la sabía curada, y nada expulsaba la idea de «la otra» en esta doble persona. –Sí, sí, ¡ha muerto!
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    48 Bajo el peristilodel castillo, Jeanne jugaba a la pelota, y fue necesaria una visión clara y precisa para disipar las quimeras del espíritu confuso. –¡Mi Jeanne, oh, mi tesoro, no te abandonaré más! Fue en vano que Pontaillac esperase a su amante en el kiosco o en la cabaña; en vano, dirigió cartas; en vano, merodeó cerca de la capilla, jamás tuvo el orgullo de temblar al frufrú de las faldas ligeras y adoradas. Obtuvo una prolongación de su permiso; le quedaban dos semanas de esperanza – de placer o de dolor – y aceptó una última vez ir a cenar con los Montreu. –¿En que os habéis convertido?– preguntó a Blanche. Ella levantó los ojos y dijo: –¡En una mujer decente! La altiva y glacial frase respuesta indicaba una ruptura definitiva, y Raymond partió para París donde la Stradowska lo lloraba, en la villa Saïd. Siempre enervada por la morfina de la que debía una abundante provisión a su antiguo amante, Blanche de Montreu quiso regresar a su marido. Un escrúpulo la detuvo. Le parecía miserable haberse arrojarse entre los brazos de Olivier, aún caliente de sus devaneos galantes, y juró vivir algunos días de arrepentimiento y purificación. Al final del mes, experimentó un extraño malestar, unas irresistibles ganas; luego sobrevinieron unas nauseas matinales. –Entonces, Blanche, – dijo Mathilde Gouilléras, – un día de estos voy a bordar una bonita canastilla. –¿Tú crees?... ¡Oh!... –¿Dónde está el mal? Tú no tienes más que una hija, y yo tengo tres bebés. –¡Cállate!... ¡cállate! –Será un muchacho, marquesa; leo eso en tus bonitos ojos. Un horrible pensamiento atravesó el cerebro de Blanche. Si ella estaba encinta, no lo estaba más que de un mes y, desde seis semanas, el marqués había sido excluido del lecho conyugal. ¡La obra pertenecía a Pontaillac! Brava ante el peligro, la Sra. de Montreu afirmó, riendo: –¡Querida prima, ¡te diviertes! No hay heredero en perspectiva; estoy segura de ello; tengo la prueba. ¡Vamos, Mathilde, deja ya esas tonterías un poco…. burguesas! ¡Carencia total de rocío sangriento y mensual! ¡Hete aquí la espantosa verdad! ¡Encinta, sí, la Sra. de Montreu estaba encinta, y de un hombre que no era su marido! ¡La patricia, la esposa venerada de un leal noble, la madre de Jeanne llevaba en sus entrañas el fruto del adulterio, el crimen vivo de la traición! ¡Qué tristeza! ¡Qué vergüenza! A pesar de la intoxicación progresiva de la morfina, Blanche podía medir toda la extensión de su desgracia. ¿Cómo librarse de eso? Caramba, había un medio muy natural: volver a seducir al marido, autorizarlo a entrar en su vida y abrirle las sábanas legítimas. ¡Vamos, señora marquesa, un poco de coraje! –¿Se ha acabado mi exilio? – preguntó Olivier, penetrando, una noche, en la habitación nupcial. –Sí, – respondió tiernamente la adorada del capitán. Sus labios se unieron, y un rayo de luna que atravesaba los cristales de la ventana, los tiñó a ambos de una deslumbrante palidez.
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    49 ¡Oh Blanche! ¡Oh,noble víctima de un veneno delicioso! Todavía algunos minutos, algunos segundos, y, bendita sea la naturaleza, ¡el sacrificio se va a cumplir! ¡Tu marido siempre ignorará el adulterio, y, esposa, vivirás en paz, esperando la hora de tu liberación! Y, bruscamente, la marquesa se escapó de los brazos del esposo. Asqueada contra la innoble mentira que su falta le imponía, gritó en llantos: –¡Jamás! ¡no, jamás! –¿Me sigues odiando? – gimió Olivier. – ¿Qué te he hecho? ¿Por qué me colmas de desprecio? Ella dijo, a través de sus sollozos: –¡Eres el mejor de los hombres! Él se enfureció: –¡Basta, señora! ¡Soy vuestro marido y tengo derechos! –Más tarde, Olivier… más tarde… Mira… no tengo fuerzas… ¡Me matarías! Doce noches después, la esposa adúltera opuso la misma resistencia; ella quería, ella no quería, hundida y vendida en el recuerdo del pecado.
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    51 IX La Sra. deMontreu se lamentaba, en presencia del terrible dilema, y nunca noble mujer alguna comprendió tan claramente la situación. O bien, aún debía engañar al esposo, atraerlo, padecer una vida de mentiras, generar hipócritamente la obra fraudulenta, mancillar la casa de honor, con el ser maldito de sus entrañas – o bien, debía suicidarse. Ideas criminales corrían por su cerebro, brillando al aliento exasperado de la morfina que multiplicaba por diez su entendimiento, y el envenenamiento del cuerpo y del alma atravesaba alternativas de alegría y desesperación. Blanche hubiese querido confiarse a una amiga, a una hermana; consideraba a su prima, la Sra. Gouilléras, demasiado charlatana y a su madre, la Sra. de La Croze, demasiado beata. ¡Y la obra crecía! ¡Y el vientre pronto iba a aumentar, para mayor gloria de la creación! La ex amante de Pontaillac tenía que ocultar su ropa íntima a la mirada de los sirvientes, rechazar echarla a la colada general; tenía que aparentar movimientos ligeros, su secreto le provocaba muchos dolores. Se creía descubierta, y las miradas del marido, siempre tan dulces, la penetraban como espadas. Una mañana, delante del espejo de su habitación, exhaló un grito de terror: –¡Tengo la solución! Rápido, tomó un frasco de morfina, la llevó a sus labios, besando con los ojos las cosas familiares y amadas, los retratos de Olivier y de Jeanne, los retratos de los La Croze y de Mathilde. Luego miró, por la ventana abierta, el estanque de los Falettes, iluminado de sol y cubierto de nenúfares. Vacilaba entre el veneno y el agua florida; pero allá abajo, sobre el camino, vio aparecer al cura de Saint-Martin-l’Église. Caminaba con el tricornio bajo el brazo, y la gran dama, despertada a las creencias religiosas, bajó y encontró al anciano. –¡Vuestro humilde servidor, señora marquesa! – dijo el abad Boussarie, saludando. ¿Se encuentra un poco mejor? Muy pálida y agitada, la joven mujer buscaba sus frases y guardaba silencio. –Señora, –continuó él – estoy en el camino que depende del castillo y ¿tal vez le moleste que lea en él mi breviario? –¡No, señor cura! Estamos felices, siempre felices de veros… Escuchadme… Deseo hablaros… secretamente. Ella temblaba; él no se percató de ello y preguntó, llego de ingenuidad: –¿Se trata de una confesión? –Sí, padre. –Puedo escucharos en el castillo si estáis demasiado enferma para venir a la iglesia. –Quisiera hablar aquí, padre. –¡Bien! Realmente, él no la animaba con su gran sotana, su enorme rostro, su gorda nariz de esnifador de rapé, sus dedos velludos, sus pobres ojos con ojeras rojas y su voz trémula. ¿Estaba a la altura de la misión que una confesión terrible iba a serle impuesta? ¿No invocaría a las únicas leyes de Dios y de la Iglesia? ¿Sería flexible?
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    52 La Sra. deMontreu dudaba, espantada con la idea de que, todos los días, vería al confesor de su adulterio. –¡Hija mía, contadme vuestro acto de contrición! –Pero, señor cura, se trata de una limosna… –¡Ah!... –¿Queréis acompañarme al castillos y yo os entregaré la ofrenda de un voto… –¿A la Santa Virgen? –No. A Santa Magdalena. La marquesa decidió contar todo a su madre, y el espanto de las aflicciones que le causaría la palarizó. –Blanche, – preguntaba la Sra. de la Croze,– Blanche, ¿te apena algo? Ella inclinaba la cabeza, sorprendida aún de mantener el secreto a las miradas maternales. ¿Cómo era posible que su madre no viese la máscara del embarazo? A la menor alusión, Blanche se arrodillaba, y la Sra. de la Croze trataba de tranquilizarla con dulces e inútiles palabras. –¿Te aburres en los Tejares? –¡No! –¿Deseas que Olivier te compre algún vestido? –No del todo. Olivier es muy generoso, tú lo sabes bien. –Hay que distraerse, hija mía. ¿Y si fuésemos a pasear algún día a Limoges? –Con mucho gusto. La Sra. de Montreu había pensado que, allí, podría solicitar los consejos de un hombre digno de escucharle y tal vez lo bastante humano para protegerla en su infortunio: pensaba en el tío de Raymond, en Monseñor Aymard de Pontaillac. Dos días más tarde, un coche se detuvo a la puerta del arzobispado de Limoges; Blanche se apeó, dejando a la Sra. de La Croze en el cupé. –No te preocupes, mamá. Se trata de una buena obra, y la discreción es el honor de las almas caritativas. Monseñor Aymard de Pontaillac trabajaba con su gran vicario, cuando se le anunció la visita de la Sra. de Montreu. La joven castellana de los Tejares no era una desconocida en el palacio episcopal; con motivo de sus campañas evangélicas, el prelado había aceptado la invitación de la familia de La Croze y recibido muy buenas limosnas. No dudó en interrumpir el dictado de un mandamiento y despedir al subordinado. Blanche entró en el despacho, menos penitente que mundano, y en medio del austero decorado, se puso de rodillas: –Monseñor… monseñor… ¡tened piedad de mí!... ¡vengo a confesar una falta… un crimen! Lloraba, con la frente entre sus manos y farfullaba ruegos. El obispo dijo: –¡Hablad, señora, hablad sin temor! ¡La misericordia de Dios es infinita! –Monseñor… padre, he pecado… he pecado… Fatigada de tanto sollozar, jadeante, invocaba a la Virgen, a los santos; pero, con los ánimos del gran pastor de almas, pareció encontrar un poco de esperanza en Dios: –Cuando gestaba a mi pequeña Jeanne, una gran alegría invadía mi ser, haciéndome olvidar todos los dolores; y, hoy, la obra sacrílega es para mí un objeto de maldiciones! Si estuviese sola en esto, esperaría, me ocultaría y me iría, de inmediato tras la liberación, expiar, en el fondo de un convento, los amores horribles. Pe-
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    53 ro, monseñor, vosno lo ignoráis, tengo un marido que tiene derecho a mi respeto! ¡Estoy cansada de mentir, cansada de sonreír, cansada de vivir!... He tratado de llevar a mi esposo hacia la habitación conyugal, de donde lo mantenía alejado antes del adulterio, y, con él presente, mis agotadas fuerzas han traicionado mi valor… Jamás amaré al bastardo que llevo en mis entrañas, entendéis, monseñor, jamás! ¡Ya me hace sufrir más de lo que he sufrido en el nacimiento de mi querida Jeanne! Me quema, me desgarra, tiene en él veneno!... ¡Mancillará nuestra casa!... ¿Qué ordenáis padre mío? ¿Debo llevarme el secreto a la tumba?... ¡Ah! ¡estoy dispuesta a morir, a destrozar la prueba viviente y ya tan dolorosa del crimen!... Sea cual sea el castigo que vos me inflijáis, sean cuales sean las tinieblas donde arrojeís a mi pobre razón, obedeceré!... Monseñor, padre mío, ¿me está permitido destruir el germen de la vergüenza? ¿Puedo provocar un accidente, a riesgo de peligrar mi vida? Os lo juro: ¡sucumbo bajo el germen aborrecido, bajo el fardo de la desgracia! Monseñor de Pontaillac se hundía en graves reflexiones, y la conciencia del sacerdote luchaba contra las ideas del hombre. Esta ley nueva del divorcio, que reprueba la Iglesia, daba una solución lógica, humana, caritativa. Sí, pero había allí otro hijo legítimo! Por lo demás, ¿para qué retrasarse más? ¡Los dogmas no se discuten! Y, por otro lado, invitar a la esposa al acercamiento sexual con el marido, ¿no era agravar con una nueva mentira la traición cometida? –¡Levantaos, señora! Hay que implorar la misericordia divina, y sin miramientos, poco a poco, decir toda la verdad a vuestro marido. De pie, asustada, preguntó: –¿Contárselo todo? –Sí. –¿Incluso el nombre de mi amante? –Ese nombre es inútil. La confesión del crimen basta. –Prefiero eso, y perdono al culpable, a uno de los vuestros, al Sr. de Pontaillac… –¿Mi sobrino?... ¿Raymond? –Sí, padre. Una intensa agitación se apoderó del obispo, y el tío de Raymond se puso a caminar, muy ofendido, muy irritado, muy humillado. –Señora, – concluyó – ¡las amistades desaparecen ante el deber! Le repito: ¡es necesario confesar el adulterio a vuestro marido, y, si las sospechas de aquel al que habéis ultrajado, recaen sobre otro, vos deberéis nombrar a mi sobrino! –¡Eso sería una cobardía, monseñor! –¡No, señora, no tenéis el derecho de dejar de castigar o batirse a un inocente! –¡Pero, yo seré la única castigada! –No lo olvidéis: vuestras angustias son las mías, y si Dios nos juzga indignos de su clemencia, me golpeará no solamente en el amor de mi sobrino, de mi único pariente, sino aún en mi persona, pues abandonaré, si es necesario, un cargo sagrado, divino. –Monseñor… –¡Dirigíos a Dios, señora! Con los ojos mojados por dos gruesas lágrimas, él hizo la señal de la cruz, imponiendo sus temblorosas manos sobre la mujer inclinada: –¡Qué la paz sea con vos!
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    55 X De regreso asu palacete de la calle Boissy-d’Anglas, Raymond de Pontaillac pasó sus últimos días de permiso sufriendo en soledad; luego volvió a ver a Christine, y la devota amante se conformó con murmurar, abriéndole los brazos: «¡Te esperaba!» Esta exquisita criatura no trataba en absoluto de penetrar en los secretos galantes; no interrogaba al viajero sobre los misterios del castillo de los Ormes y del dominio de Montreu: el ausente regresaba, frío, destrozado, triste, y la diva lo rodeaba de cuidados, poniendo a su alrededor un poco de su juventud, de su calor y de su luz. ¿Pero qué pueden las sonrisas y las alegrías de una amiga contra los desórdenes de la pasión? El joven oficial toleraba a Christine, y amaba a Blanche; la amaba con todo el furor del enfermo. Al principio, veló con un crespón el retrato de la marquesa; hizo desaparecer de la habitación las reliquias de la adorada, y pronto, se arrodilló ante esos mismos objetos de un ídolo lejano y siempre presente. Al salir de las evocaciones pasionales, entre las tareas militares y a pesar de dichas tareas, Raymond doblaba, triplicaba, cuadriplicaba la dosis de morfina: había comenzado con una media de veinticinco, treinta, cuarenta, sesenta centigramos, y ya se inyectaba un gramo y medio, y algunas veces dos gramos al día. Una mañana de agosto, Pontaillac recibía en su casa a almorzar a la Stradowska y a sus amigos Jean de Fayolle, Edgard Lapouge, Léon Darcy y ArnouldCastellier. Estaban en los postres. El criado se acercó a Raymond, informándole de que su ordenanza lo esperaba en la antecámara. –¿Qué ocurre Clément? –preguntó al oficial, de mal humor. ¡Te he prohibido que me molestases! –Mi capitán, se trata de una dama… Parecía muy afectada; me ha ordenado advertiros, añadiendo que cometeríais un error si no obedecéis. –¿Ha dado su nombre? ¿Ha dejado una carta? –No, mi capitán; pero es una dama de la alta sociedad; eso se ve enseguida. Aunque había escuchado decir en los Tejares que el regreso de los castellanos tendría lugar solo en noviembre, Raymond se estremeció con la idea de que se tratase de Blanche, y rápidamente fue a despedir a su amante e invitados. –¿No me das un beso? – imploró Christine. Y, temblorosa, bajo el beso: –¿Un duelo, tal vez? –¡Oh, no! –¡Si es un duelo, estaremos allí! – dijeron los camaradas. –No se trata de un duelo, caballeros… o al menos… no todavía. –¡Ah! ¡ah! –exclamó Darcy… –¿Y quién es el ciudadano? –¡Guillermo II, o Bismarck, o Crispi, querido! –¡Ya quisieras! –¡Ya veremos! Prorrumpió a reír y desapareció. La Sra. de Montreu esperaba en un salón del palacete, y como Pontaillac suspiraba amorosamente: «¡Qué orgullo! ¡Qué dicha!», ella retrocedió un paso.
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    56 –Señor, confundís elobjetivo de mi visita. Ya no soy una amante enloquecida, soy una esposa indigna, una madre llena de vergüenza y de remordimientos, la que está ante vos; ¡es la más desgraciada de las mujeres! Ella desfallecía; él la sostuvo. –Señora, adivino la causa de vuestra desesperación. Se os ha privado de nuestro licor; se os deja morir; ¡pero yo os salvaré una vez más! –Señor… –¡Oh, Blanche!, puesto que la privación con la que te obsesionas te ha inspirado el valor de venir a mí, ¡bendita sea! Por ti, por tus labios, por tus ojos, camino hacia todos los sacrificios, hacia todas las valentías… ¡hacia todas las canalladas!... Por ti, robaría; por ti, mataría!... ¡Haz de mí lo que quieras! Se sentaron, y la Sra. de Montreu declaró en un gemido de oprobio y terror: –¡Raymond, estoy encinta! El oficial de entrada no vio el alcance de esa revelación, pero desde que Blanche le afirmó que él era el padre del niño y que ninguna duda podía subsistir sobre el origen del ser en germen, él dio rienda suelta a sus sueños, a su delirante alegría: –Lo amaremos, lo adoraremos, ¡nuestro querido bebé! –Cállese, señor; vuestras palabras me hacen daño… Entonces ella contó su terrible existencia, desde el día en el que se dio cuenta de su embarazo, contó la visita al obispo de Limoges, y el consejo – la orden religiosa – de confesar todo al marido, incluso, si era necesario, el nombre del amante. –¡Pues bien, sea! – respondió con altivez Pontaillac,– ¡nómbreme, pero a condición de que será mi esposa si mato a Olivier! –No seré tan cobarde, señor, y, sola, afrontaré la cólera de mi marido! –¡No quiero! ¡Os lo prohíbo! Él estaba fuera de sí, amenazaba con vigilar él mismo la salud de su querida amante, y Blanche lloraba, inquieta de la bravura del hombre. Más tranquilo, Raymond exhortó a la Sra. de Montreu a partir con él; iba a enviar su dimisión de oficial… Se adorarían en cualquier lugar, en la espera del fruto de sus amores. –¿Y Jeanne, y mi pequeña Jeanne, piensa usted en ella? –¡También la amaré! –Pero él… Olivier… –¡Eh! ¿qué nos importa? Si te da miedo, yo lo insulto… Se produce un duelo a muerte, y, si las armas me son favorables, ¡oh, querida! nos casaremos en Austria, en Egipto, en Italia, ante el Papa, donde quieras!... ¡Soy lo bastante rico para que mi esposa no tenga nada que envidiar a una reina! –¿Cree usted que me casaría alguna vez con el asesino del padre de Jeanne? Diciendo eso, la marquesa se dirigió a la puerta. Él corrió hacia ella. –¡Blanche! –¡Adiós! Un coche trasladó a la pobre gran dama al domicilio de la señorita Geneviève Saint-Phar, en la plaza de la Madeleine. Era la hora de la consulta, y Geneviève recibía a su habitual clientela de mujeres en un despacho artístico y severo. Con modales de burguesa. Ni cuello masculino, ni monóculo, nada de atrevidamente viril. Con un vestido negro sin escote, de donde surgía una cabeza morena y distinguida con su frente pálida y sus grandes ojos brillantes de inteligencia.
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    57 Conseguida la fortunay la celebridad, la señorita Saint-Phar permanecía siendo dulce y sencilla, y sus antiguos maestros, los profesores Aubertot y Pascal se enorgullecían de su alumna. Pero ¡cuánto valor y trabajo, antes de obtener el diploma! ¡Cuántos esfuerzos para vencer los prejuicios! Huérfana a los ocho años, había sido alumna en el Sagrado Corazón de Limoges, donde su tía, una de las religiosas, la destinaba a tomar los hábitos y a secundarla en la enseñanza. Geneviève crecía con otras ambiciones. Siendo joven, recibió lecciones de gramática y comenzó a estudiar medicina en la Escuela de la ciudad y, tras dos años, se hizo inscribir en la Facultad de Medicina de Paris. Con motivo de un concurso del internado, se produjeron polémicas entre profesores y algunos periódicos para saber si se admitiría a una joven mujer a concurrir al mismo título que los hombres. Una oleada de ironía se desencadenó contra la estudiante. «¡Acomodad las medias! ¡Poned la olla al fuego!» vociferaban algunos periodistas; otros apoyaban a Geneviève, y a pesar del favor de los Sres. Pascal y Aubertot, la señorita Saint-Phar se encontró fuera de concurso. Desde el año siguiente, continuó el mismo debate de un modo más acuciante. «¿Cómo, se decía, no ven ustedes las contradicción de sus actos? Autorizan a las mujeres a inscribirse, a seguir las clases, a examinarse, y luego les cierran las puertas del triunfo!» A lo que los profesores respondían: «Tememos promiscuidades enojosas en los hospitales, entre estudiantes masculinos y femeninos.» – «¡Venga ya!, tronaban los abogados de la mujer, ¡las que trabajan saben hacerse respetar!» La Facultad admitió a Geneviève y, laureada en distintos concursos, Geneviève obtuvo rápidamente el título de doctor. Se instaló en la calle de Miromesnil. Antes, como hoy, no cuidaba más que a damas, pero la envida la acechaba, y un día, en los bulevares, unos charlatanes distribuyeron unos panfletos: LA SEÑORITA SAINT-PHAR: ENFERMEDADES SECRETAS DE LOS DOS SEXOS. Se la insultaba, se la mancillaba; ella permaneció altiva, animosa, y ante el renombre creciente que iba adquiriendo, los detractores callaron, y una rica clientela se benefició de una gran doctora. ¿El amante? ¿Tenía un amante? ¡Tal vez! Geneviève era joven; era mujer; pero, si ardía con el deseo de todas las personas jóvenes, evitaba el escándalo, y, en Francia, el pecado no escandaloso no es pecado. La Srta. Saint-Phar recibió cordialmente a la Sra. de Montreu. –¡Buenos días, mi bella marquesa! ¡Esto resulta un agradable receso en mi consulta! ¿Vienes a ver a la amiga, no a la doctora, cierto? –A las dos, mi buena Geneviève. –¡Tanto peor! E indicando un sillón a su visitante, la doctora afirmó: –¡La culpable es la morfina! –No… –¡Sí! –Bueno, sí, enervada por el licor, he perdido el sentido moral… he… y estoy encinta, y… –¡Felicidades!–interrumpió Geneviève.– ¡El Sr. de Montreu debe estar encantado! –Él lo ignora.
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    58 –¿Irás a apresurartea decirle la feliz noticia? –Geneviéve, no me escuchas… ¡Estoy encinta de un hombre que no es mi marido! –¡Ay!... ¿Tú? –¡Yo!... Vengo a solicitar de tu amistad un gran favor… ¡Tienes que salvarme! ¡Necesito que me liberes! –Te asistiré con mucho gusto el día de tu parto; ,pero tenemos tiempo de pensar en ello. –Quiero… ¡de inmediato! –¿Estás loca? ¿De cuántas semanas estás embarazada? –De dos meses. –¿Y quieres? –¡Te suplico que me ayudes a silenciar la prueba de mi adulterio! –¿Sabes el crimen que me estás proponiendo? –Crimen o no, exijo la liberación. La señorita Saint-Phar declaró con voz indignada: –¡Me niego! –¿Incluso… por veinte mil francos? –¡Me insulta en mi casa, señora! Pero, viéndola tan pálida y tan acabada, Geneviéve la besó en la frente, y Blanche insistió: –El ser que deshonra mi cuerpo sería una fuente de angustia, y no lo pariré. ¡Si para las leyes es un crimen destruirlo, para mi conciencia es un acto de elevada justicia! –¡Has perdido la cabeza! –¡Geneviéve, en nombre de nuestra amistad! –¡No! ¡no! –¡Geneviéve! –¡No! –¿Quieres que muera? –Señora, viviréis… Blanche, ¡vivirás y amarás a tu hijo! Todos los ruegos, todas las amenazas de la marquesa fueron impotentes para decidir a Geneviève a realizar maniobras abortivas, y la Sra. de Montreu salió. –¿A dónde vamos, señora? – preguntó el cochero, muy sorprendido de ver que su clienta olvidaba la dirección de costumbre. Ella balbuceaba una dirección cualquiera. –¡Eso está en Montmartre! –¡Sí… a Montmartre! En la plaza de Anvers, la marquesa abandonó su coche y, caminando al azar, llegó a la calle Tres Hermanos donde vio una placa de tela pintarrajeada, con estas palabras: «Señora Xavier, comadrona» – y debajo, la gran col tradicional, rellena con un recién nacido. Iba a entrar; vaciló y se perdió en las sombras de la noche. Unas ideas de muerte la invadieron. Corrió, se detuvo bruscamente, y en la calle de Maubeuge, unas personas le gritaron: «¡Cuidado! ¡Está ciega o es imbécil! ¡Casi es atropellada por tres coches que la han rozado al pasar!» Ella agradeció el aviso con una triste sonrisa y continuó su paseo sofocando el llanto.
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    59 Al día siguientepor la mañana, una joven sirvienta en batín de cuadros negros y violetas, con un delantal blanco y gorro de tela, subió las escaleras de la comadrona. En el entresuelo, preguntó humildemente: –¿La señora Xavier, por favor? –Soy yo, señorita, – respondió una gruesa mujer con mirada sarcástica y con un poco de bigote en el labio superior. ¿En qué puedo servirla? –Desearía hablar con usted. –¡Muy bien, hija mía, muy bien!... Pase por favor… Ambas se dirigieron hacia un saloncito tapizado y amueblado de madera de acajú, y una sonrisa de la matrona incitó a la joven a las confidencias. –¡Encinta de dos meses! ¡Caramba, si que viene usted temprano!... ¡Tiene razón, y si todas las demás la imitasen, habría que deplorar muchos menos accidentes! La visitante expuso los motivos de su precipitación. Ella servía como dama de compañía en casa de una honesta familia burguesa, y todo el mundo ignoraba su estado, todo el mundo, excepto el amo. –¿Entonces es el burgués quién os ha hecho ese pequeño regalo? –Sí, señora. –¡El muy cerdo!... ¿Y él la amedrenta? –No, señora… me da el dinero… –¡Muy bien! ¡muy bien! Yo la recibiré aquí, y, puesto que tiene parné, encontraremos una buena nodriza para el bebé. –Es que, señora… –¿Qué? –Si mi ama, la esposa del señor, se diese cuenta… –¡Muy bien! ¡muy bien! Voy a alquilarle una habitación: viviremos juntas; iremos al teatro; le echaré las cartas… ¿Quiere la habitación azul?... ¡Son trescientos francos al mes! –Señora… yo… yo… deseo… ocultar mi falta. –¡Perfectamente! Dentro de algunos meses, usted acabará aquí… –Yo había pensado… Yo esperaba… –¿Dar a luz mañana? Y, adivinando casi todo, la señora Xavier le deslizó al oído: –¡Muy bien! ¡muy bien!¡... ¡Tiene miedo… pero hay que mantenerse firme! Con sus dedos simuló una extraña operación, como si hubiese penetrado en el vientre de la desdichada para anular la obra de la naturaleza. –¡Con el pulgar y el índice… Pffff… ut!... ¡Listo! ¡Ni visto, ni tocado, yo te despachurro!... Pfff… ut! –¿Qué pide usted, señora? –¿Su patrón es rico? –Sí. –¿Tres mil francos? –Yo le daré cinco, diez, pero… ¿el secreto? –Habla usted con mucha dureza para ser una dama de compañía. –He estado en un internado. –¿Con las monjas? –Sí… con las monjas. –¿Su nombre, señorita?
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    60 –Antoinette Mathieu. –¡Ta! ¡ta!¡ta! ¿Eso no impide que lleve en las orejas unos pendientes de veinte mil francos? –¡Oh! ¡no! ¡Son falsos! –¡Pequeña mentirosa, a mi no me engañas! Si te liberó antes de cuentas, me arriesgo a ir a juicio, y quiero saber con quién trabajo… ¡Date a conocer, o bien, déjame en paz! –Soy la marquesa de Montreu. Obsequiosamente, la matrona acompañó hasta la puerta a su noble visitante: –¡Veinte mil francos! –Sí, señora, veinte mil… ¿Mañana? –Mañana… A vuestro servicio, señora marquesa. –¡Chsss!...
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    61 XI –¡Poneos ahí, señoramarquesa; tumbaos sobre ese diván y no os mováis! –¡Máteme, si quiere! Pálida como una muerta, Blanche abandonaba su ser en los dedos profanadores de la Xavier; pero fue presa del asco y se levantó: –¡Quédese con el dinero! –¿Tenéis miedo? ¿Os falta estómago? – dijo la comadrona que acababa de guardar cinco billetes de mil y debía recibir quince, una vez finalizada la operación. –No… no… ¡no tengo miedo! –¡Calmaos, entonces! –Sí… sí, señora. –Se me conoce, señora marquesa… He hecho abortar a más de doscientas mujeres, y jamás he matado a nadie… salvo a los fetos. –¡Es usted un monstruo! –Gracias. –¡Ah! ¡no me mire!... ¡No me hable! Y, entregada sin defensa al terrible examen, la marquesa de Montreu gemía: «Máteme! ¡Pero, máteme!» Y sus pobres ojos pestañeaban y se desviaban, yendo de las mangas remangadas de la carnicera humana a la ventana cerrada, y de las cortinas amarillentas a la mesa del sacrificio donde se veían largas agujas brillantes, escalpelos y esponjas, frascos de fenol y cloroformo, todos los utensilios modernos y bárbaros de una obstétrica criminal. –¡No os mováis! Y la Xavier realizó la operación. Algunas horas más tarde, la Sra. de Montreu bajó del coche en el patio de su palacete y, completamente lívida, tuvo que apoyarse en el brazo de una dama de compañía para dirigirse a sus aposentos. –Informe al señor de que no cenaré. –Sí, señora marquesa. El marido encontró a su mujer rezando. –¿Te encuentras mal, Blanche? –No, amigo mío. –¿Por qué no has aparecido en la cena? –Ayuno. –Los médicos te prohíben esas peligrosas mortificaciones. –Los médicos no son los directores de mi alma. –¡Me preocupas, Blanche! –Olivier, deseo estar sola. Con las dosis de morfina que tenía de Raymond y que ocultaba en unos botes de maquillaje, en agujas huecas y en bobinas de seda, Blanche pudo ahogar todas las crisis de su desgarrado ser. Sus jornadas las pasaba sobre un sillón, en medio de las flores; leía novelas, movía el abanico, pero el abanico y el libro caían de las manos inertes, y el sueño desplegaba las velas de la beatitud; sus noches, las vivía siempre sola, feliz de que el aislamiento impidiese al marido descubrir el misterio de las maniobras realizadas en su cuerpo.
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    62 Desde que huborecuperado un poco de sangre y energía, exhortó a Olivier a realizar un gran viaje. Quería huir de Pontaillac, el padre del muerto; quería huir de la Sra. Xavier, la asesina; quería huir de la señorita Saint-Phar, su confidente; quería huir de los rostros amigos o enemigos, del testigo y los posibles conocedores de su crimen. –¿A dónde iremos, Blanche? –¡Lejos… muy lejos! Catissou, la vieja criada, acompañó a la pequeña Jeanne al castillo de los Tejares, y los Montreu se pusieron en camino hacia Suecia y Noruega. En Estocolmo, en Christiania, en Drontheim, a lo largo de los glaciares y fiordos, el marqués se regocijaba con los hermosos colores de su esposa; pero Blanche conservaba una provisión de morfina, y se inyectaba bajo el sol de medianoche, como Raymond se pinchaba, con toda libertad, bajo el sol parisino. Alejados el uno del otro, los dos morfinómanos caminaron hacia la ruina cerebral y física, en la acción paralela de su desmoronamiento, con las diferencias de sexo y de vigor. El capitán, cuyo cuerpo estaba lleno de abscesos muy dolorosos, tenía lagunas de memoria. Una nube le envolvía el cerebro, y algunas veces veía círculos y triángulos luminosos y brillantes en lugar de seres y cosas. Llegó a ignorar el nombre de su Círculo, de su calle, de sus amigos, de sus criados, e incluso llegó a llamar a Christine «Louise, Thérèse o Andrée». En el cuartel daba órdenes extrañas, castigaba duramente a los hombres o los felicitaba sin razón. Soldado, artista, letrado, se interesaba en los descubrimientos de la ciencia militar y en las manifestaciones de la literatura y de las artes; pero un paisaje le revelaba una batalla; las estrategias tomaban a sus ojos las formas de cuadros, y el mapa del estado mayor se idealizaba adoptando poses de damas voluptuosas. Admiraba la escuela de los simbolistas, la música y el color de las palabras traduciendo la a por negro, la e por blanco, la i por azul, la o por rojo y la u por amarillo; sabía que el negro es el órgano; el blanco, la arpa; el azul, el violón; el rojo, la trompeta; el amarillo, la flauta; – y, lejos de conformarse con ese lenguaje establecido, buscaba una orquestación general del arpa que es la serenidad, del órgano que es la duda, del violón que es la oración, de la flauta que es la sonrisa, de la trompeta – el instrumento divino – que es la gloria. Y todas esas músicas lo colmaban de una armonía bizarra y funesta. Cantaba un artículo del periódico, vistiendo las consonantes de colores nuevos e imponiéndoles tonos plenos o medios. Creía eso, y estaba radiante: «La letra H era violeta; era una corchea; la M era gris; era un bemol.» Así, para los movimientos: la cabeza hacia atrás encarnaba una O; el brazo derecho plegado una K, y seguían otros cálculos, otras cifras: la W un 8; la L, un 3, etc. Pronto, abandonaba esos ejercicios dignos de un interno de Bicêtre2. A fin de olvidar a la Sra. de Montreu y la confidencia de maternidad – para él tan incierta – revoloteó de Christine a otras estrellas, tuvo una colección de variedades galantes, y el debilitamiento de su estado sexual lo desesperó hasta el momento en el que nuevos horizontes lo embriagaron. Pontaillac buscaba «la euforia» del principio: aumentaba las dosis del licor – y mediante la ligadura de los miembros – mediante el masaje – mediante la inyección practicada en la vena mediana, se rehízo una virginidad morfínica. 2 Hospital psiquiátrico, situado a 500 metros de Paris. (N. del T.)
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    63 –Mi buena amiga,– decía a su amante…– ¡Veo todo color de rosa! ¡Veo maravillas! Fijando una flor situada sobre la chimenea, veía esa flor tornarse en un pequeño ramo; ese ramo se desarrollaba, alcanzaba proporciones colosales; a continuación, aparecían jardines inmensos. Y la sensación no se limitaba a un único objeto; y, en otros puntos, el mismo fenómeno se presentaba con las mismas características. Una mariposa artificial pinchada en lo alto de un espejo le parecía animada de movimientos reales; esa mariposa no solamente pasaba por colores diversos, sino que revoloteaba sin cesar de un mueble al otro, antes de regresar a su punto de partida donde el hombre desengañado la consideraba finalmente tal como era en realidad, es decir hecha de papel y con una armadura de hierro. A las ilusiones se añadieron auténticas alucinaciones de la vista: personajes imaginarios rodeaban la cama de Pontaillac, y uno de ellos, que él reconocía, se colgó de él en varias ocasiones. Avanzó hacia Raymond lentamente, le tomó las manos y se alejó, en una onda luminosa. Para obtener las mismas apariciones, las mismas actitudes, bastaba al morfinómano desearlo con intensidad y, en términos de ciencia oculta, evocar. Raymond era violento, celoso; se volvió apático. Un sopor invencible lo dominó desde que ya no estaba bajo el embrujo inmediato de la Pravaz; y, cuando se levantaba, farfullaba: –¡Tengo la cabeza de plomo y los brazos de caucho! Voluntariamente confinado en su palacete, y no saliendo del edificio excepto para dirigirse al cuartel de la Escuela Militar, cerraba su puerta a todo el mundo. Cuando por casualidad, o más bien por sorpresa, Jean de Fayolle, Léon Darcy y Arnould-Castellier franqueaban el umbral del apartamento, quedaban aturdidos ante la cantidad de frascos dispuestos alrededor de una balanza: al capitán le gustaba pesar su morfina y hacer él mismo sus soluciones. Deseoso de curarse o tal vez de experimentar nuevas embriagueces, complicó el morfinismo con cocainismo; pero abusaba siempre y sobre todo de la morfina, y la afección hibrida abrió un campo ilimitado a los trastornos psico-sensoriales y a las alucinaciones terroríficas. Cierta noche, el mayor Lapouge y los demás amigos llevaron a cenar al enfermo al Círculo militar. A petición del invitado, y a pesar de la mueca del Sr. Arnould-Castellier que le gustaban los pequeños rincones, se sentaron en una de las grandes mesas. Raymond se encontró situado entre Jean de Fayolle y el mayor; frente a ellos, Léon Darcy y el director de la Revue militaire ocupaban la derecha y la izquierda de un capitán de infantería de marina que llevaba la cruz de la Legión de honor. Los doce invitados tenían trajes burgueses, a excepción del capitán condecorado y de un joven lugarteniente de artillería. –Mira, – dijo Pontaillac al oído de Fayolle, señalando a un joven de bigotes rubios, – mira: ¡ese desgraciado no tiene más que un brazo! –Es un sublugarteniente del 111 batallón que fue herido en Tonkin. –¡Pobre diablo! Y Raymond hizo un saludo dulce y triste al herido. Por las puertas grandes abiertas sobre el salón central, se distinguían en las otras estancias a dos o trescientos comensales instalados en pequeñas mesas.
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    64 Unos soldados entraje negro y corbata blanca llevaban el servicio; un caballero de barba gris, el gerente, les ordenaba, y, bajo el incendio azulado de las luces eléctricas, Pontaillac admiraba, alababa todas esas cosas: –¡He aquí una establecimiento honorable! No se juega, no se roba: ¡nada de timbas! Él, oficial millonario, no frecuentaba nunca el Círculo; no cenaba jamás por tres francos, y solamente había aparecido en los amplios salones, una noche de gala. Pero, lejos de quejarse, como algunos de sus colegas, de las reuniones de los oficiales de reserva y de la territorial en los graduados del ejército activo, él las juzgaba excelentes y fraterns, con la idea de acudir y participar en ellas. El capitán de infantería de marina se levantó de la mesa y ayudó a otro joven a ponerse sobre sus muletas; Raymond se estremeció. Antes un herido, ahora un mutilado: ¡el otro tenía un brazo amputado, y este una pierna de madera! –¡La guerra es infame, y, sin embargo, me gustaría mucho romper cabezas! Lanzaba furiosas diatribas contra Alemania y las desgracias de Alsacia y Lorena. Jean de Fayolle lo acompañó a la biblioteca; luego visitaron las habitaciones del Círculo, y Pontaillac, maravillado, dijo a la dama encargada del alquiler: –Un día, bajaré aquí. Raymond se detuvo y se puso una inyección. A continuación, los oficiales, tras haber explorado la magnífica sala de armas, se reunieron con sus amigos en el café del primer piso. Pontaillac hablaba, reía, hacia bromas. Los unos y los otros se alegraron de ver al enfermo de tan buen humor, pero el conde pidió champán. –¡No… no esta noche! – intervino suavemente el mayor Lapouge. –¡Tengo sed!... ¡Vamos a beber algunas botellas! Bebió desaforadamente, obligó a Darcy, Castellier y Fayolle a acompañarle, y como Lapouge lo exhortaba a la sobriedad, él respondió: –¡He visto en Colonia y Berlín a los oficiales alemanes bebiendo nuestro champán, y no quisiera que quedase ni una gota! De pie, gritó: «¡Champán! ¡champán!» e invitó a beber a todos los colegas del activo y a un grupo de oficiales del 129 regimiento territorial de infantería. Bajo los efluvios del vino, y en la borrachera del veneno, el morfinococainómano examinaba unas armas colgadas de las paredes y sobre todo una gigantesca panoplia hecha de sables y de diversos fusiles. Ese círculo de metal le interesó, recordándole ciertas teorías; pero ya el cerebro del hombre se nublaba de nieblas, y su inteligencia ya no era más que la caricatura de sí misma. Nadie reía ya ante sus incoherentes frases y sus raros gestos. Se dejó conducir a un saloncito desierto, contiguo a la gran sala, y se hundió en un canapé. –Trata de dormir, amigo mío, – le dijo Lapouge – Regresaremos a buscarte. Y el mayor salió, tras haber girado el conmutador de los globos eléctricos. Pontaillac no dormía, y de pronto, en medio del silencio y la oscuridad, tuvo una horrible visión. –¿Dónde estoy?... ¡Oigo los clarines de la derrota!... ¡Mi caballo, un sable!... ¡Ah! ¡En nombre de D… ¡ ¡Heme aquí prisionero! Todas sus palabras se velaban, debilitadas; creía aullar, pero balbucía menos fuerte que un niño. Maquinalmente, encontró y remontó el sistema de iluminación, y, bajo el deslumbrante mantel, vio su sombra que, proyectada en plena pared, se mantenía inmóvil y negra.
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    65 Empuñando el revólver,caminó hacia ella, y la sombra crecía desmesuradamente, a medida que él avanzaba. ¡Extraño delirio! Él consideraba normal la reproducción de su imagen, pero juzgaba sobrenatural y peligroso que la silueta cambiase de forma y repitiese sus gestos. Y puesto que – a diferencia del hombre de Goethe – él no había vendido su sombra al diablo, quiso castigar al invisible bromista. Él amenazaba – la sombra amenazaba; él se ajustaba – la sombra se ajustaba; el pobre capitán se puso a gritar: «¡Toma, miserable!» Y descargó tres veces su revólver. Pero antes de que los amigos y los oficiales del 129 regimiento territorial tuviesen tiempo de acudir, se sugestionaba con una auténtica idea de loco: –¡La sombra, soy yo mismo, y, para verla desaparecer, debo disparar sobre mi! Diez brazos lo atenazaron en el momento en que llevaba el arma a su pecho y, algunos minutos más tarde, Lapouge, Darcy, Fayolle y Arnould-Castellier lo condujeron en coche a la calle Boissy-d’Anglas. Se previno a Christine que, alarmada, encontró al doctor Aubertot y al mayor a la cabecera de Raymond. Tenía la cara abotargada, vértigos, estupor, las pupilas excesivamente reducidas y fuertes pulsaciones en las carótidas, un pulso a 92, una respiración a 24. Aubertot le puso una inyección de un miligramo y medio de atropina y renovó esta dosis dos veces, a intervalos regulares. Las pupilas comenzaban a dilatarse, pero se produjo un aumento de atontamiento y somnolencia; la palabra era lenta, difícil, vacilante, el rostro rojo, y los ojos brillaban con un intenso fulgor. Los doctores aplicaron sobre la cabeza del enfermo una bolsa llena de hielo, una sanguijuela en la apófisis mastoidea y otra sobre la mucosa nasal, pero sin resultado notable. Era imprescindible a cualquier precio, romper la somnolencia. Se sumergió a Raymond en un baño con afusiones frías, y, a continuación, se le obligó a pasear, mientras era sostenido por sus amigos Darcy y Fayolle. Como las respiraciones habían caído a 4 por minuto, Aubertot practicó, siguiendo el método de Levinstein, la faradización del frénico. El enfermo no parecía percibir ni las llamadas, ni las excitaciones producidas a su alrededor, y sus camaradas lo metieron en la cama, donde se sumió en un profundo sueño. Al cabo de una media hora, la respiración descendió a 3 por minuto, y Aubertot practicó de nuevo la faradización. Bajo el efecto de la electricidad, Raymond se despertó sonriendo, con rostro más pálido, las pupilas más dilatadas, y pronto volvió a dormirse. Tras unos vómitos repentinos y un alegre delirio, el hombre recuperó el conocimiento por completo. Durante quince días, el capitán estuvo muy débil, con vértigos, pereza intelectual y dificultad para caminar; luego, se libró de nuevo y con más furia que nunca a su terrible e hibrida pasión. –¡Déjame, déjame, querida! – ordenaba a la Stradowska, – ¡ya no soy un hombre, ya no soy un oficial, no soy más que un esclavo!
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    67 XII Desde luego, hacíafalta mucha energía a la Sra. de Montreu para correr los riesgos de un largo viaje, máxime cuando, destrozada por la comadrona de la calle de las Tres Hermanas, disimulaba sus espantosos dolores bajo una falsa alegría de redención. Gracias a un arsenal de mentiras, Olivier siempre era engañado por su esposa. –¡Voy a recuperarme, y nos amaremos! –¡Te adoro! –¡Sé prudente! Naturalmente, era la morfina a quien el hombre acusaba de haber producido esa gran frialdad, la morfina sacrílega, la morfina, extintor de amores. Él ignoraba, como la mayoría de las personas, que el veneno tiene efectos contrarios sobre el sistema del hombre y de la mujer, y que en el bello sexo – en estado de abstinencia – las voluptuosidades aumentan en lugar de disminuir. Si la viajera no conoció los espantos de la privación en Suecia y Noruega, en Dinamarca se vio ante la imposibilidad de renovar su provisión, y apresuró el regreso a París. El deseo la corroía hasta el punto de hacerle olvidar su crimen. Y, desde el día de su llegada – el 15 de octubre – la Sra. de Montreu salió del palacete y se presentó en una farmacia del bulevar Malesherbes. El farmacéutico no quiso venderle la solución sin receta, y sus colegas de las calles vecinas y de los bulevares se negaron igualmente, a pesar de los ofrecimientos y la ira de la rica clienta. La marquesa erró, insegura, durante horas. Durante la cena, el marqués le dijo: –¡Ese pobre Pontaillac, estuvo a punto de matarse! –¿Un accidente? – preguntó muy pálida. –No, una tentativa de suicidio. Le contó los fenómenos de la sombra en el Círculo militar. Blanche lo escuchaba con oído distraído; él pensaba que la estaba aterrorizando; ella se echó a reir: –¿Crees que me dan miedo tus historias de morfina? –¡Eh! ¡es un ejemplo! –Yo estoy curada. Durante cinco días seguidos, la joven mujer trató de enternecer o de corromper a los farmacéuticos. Merodeaba a través de la ciudad, llena de angustia, indiferente a las noticias de su pequeña Jeanne. Debió guardar cama y, una mañana, el marqués acudió a su cabecera: –Blanche,–le dijo– tu amiga Geneviève desea verte. Espantada por el recuerdo de las prácticas abortivas, la Sra. de Montreu se levantó: –¡No la recibiré! ¡No recibiré a nadie! Despavorida, presentaba trastornos de la palabra, y no habiendo comido en cuarenta y ocho horas, exhalaba un olor dulzón; deliraba, hablaba de sí misma a una tercera persona, se imaginaba estar muerta y asistir a su entierro: –¡Oh! ¡el ataúd está frío!... ¡Es negro! Geneviève se acercó, y las dos amigas quedaron solas.
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    68 Entre los intervalosde demencia y de razón, la marquesa balbucía como una mujer ebria: –Tú sabes, la ha… ha…. Ha… cedora de ángeles, la Sra. Xa… xa…xa… Xaviert, en Montmartre, la pr…pr…pr… providencia de las esposas cul…cul…cul…culpables, me ha li…li… liberado… –Desdichada, ¡cállate! La doctora le hizo comprender que guardaría el secreto, y la Sra. de Montreu solicitó violentamente la morfina. Decía entre gemidos que su corazón estaba perforado; se quejaba de tener los muslos helados y el sexo ardiendo; sentía una agua glacial donde estaban las sábanas o una llama incendiar sus labios y su tesoro íntimo; veía imágenes amenazadoras y un vampiro; un murciélago, con unas alas negras que medían más de dos metros, se posaba sobre ella y le succionaba toda la sangre. –¡Por piedad, Geneviève, dame morfina! ¡morfina! ¡morfina! Por la tarde, la señorita Saint-Phar le inyectó una dosis de cuarenta y cinco centigramos, y Blanche consintió en tomar un caldo y un vaso de oporto. Los espasmos musculares se agravaron, degenerando en convulsiones clónicas del tronco y de las extremidades. Entonces, Geneviève ordenó llamar a los doctores Aubertot y Pascal, reservándose pedirles el secreto profesional, si descubrían el aborto y los trastornos derivados de la fraudulenta obstétrica. Se esperaba a los dos profesores. Llegaron por la noche, en el momento en que la enferma, pálida y amarilla, se agitaba presa del delirium tremens morfínico. Se levantaba completamente recta, sobre su cama, volvía a caer, gritaba, trataba de desprenderse de las manos de sus guardianes, blasfemaba, y, en su proximidad, un racimo de uvas, una naranja, incluso el aire, tenía olor a almizcle. –Blanche,–suspiraba Olivier, – ¡piensa en nuestra hija, en nuestra bella Jeanne! Delante de los doctores, ella tembló, no respondiendo a las preguntas y aullando: «No quiero ser examinada! ¡Dejadme! ¡Voy a rezar a Dios!» Habló de gatos que la arañaban, de su estómago dividido en mil fragmentos, de serpientes y buitres que le devoraban la cabeza y las entrañas; se imaginaba estar sentada en el jardín de los Tejares; seguía elvuelo de los gorriones; a continuación unos esquimales la abrazaban; decía ser italiana, luego húngara, luego reina de Inglaterra y emperatriz de las Indias. Con la cabeza inclinada sobre el pecho, la cara cianótica, espuma en sus labios, experimentaba la misma sensación que si tuviese una cuerda enrollada alrededor del cuerpo, a la altura del ombligo; suplicaba que se lee quitase la ropa de la cama y, observando al doctor Aubertot, se volvía hacia Geneviève: «¿Quién es ese hombre? Es tan alto que su frente llega a las estrellas!... ¡Eh! ¡hola, querida princesa, me alegro mucho de vuestra augusta visita!...» Hacia medianoche, se levantó, miró a su alrededor, extendió las manos para defenderse, y gritó con voz ansiosa: «¿Qué queréis?... ¡Aquí está la aparición!» A instancias de los profesores que habían alejado al Sr. de Montreu, Catissou, la vieja sirvienta y las damas de compañía transportaron a la enferma al cuarto de baño. Calmada por las afusiones frias y veinticinco centigramos de morfina, Blanche durmió tres horas. Por la mañana, tuvo vómitos y abundantes episodios diarreicos; una nueva dosis de veinticinco centigramos, sinapismo, inyecciones de éter sulfúri-
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    69 co, compresas heladasen la cabeza, le devolvieron el libre albedrío, y el séptimo día, comió con buen apetito. –«¡Hay que velarla!» Tal era la única receta de Geneviève y de los profesores. El marqués Olivir montaba la guardia. Blanche lo abrazaba, juraba ser sumisa, trataba de ahogar los remordimientos del adulterio, avergonzada de sus caderas criminales. Él la velaba, sentado en un sillón, pero una noche de noviembre, el sueño lo venció y, cuando sus ojos enloquecidos contemplaron la cama desierta, el batín e incluso las chinelas rosas de la ausente, exhaló unos gritos desgarradores: «¡Mi mujer! ¡mi mujer! ¡mi mujer!» Al ruido de sus sollozos, todos los criados acudieron; amos y sirvientes iban y venían, personas llevando lámparas de mano, y el espectáculo era tan cruel que los más maliciosos de los domésticos no se atrevían a reir. –¡Busquemos!... ¡Ah! ¡está muerta!... ¡Mi mujer! ¡mi mujer! ¡mi mujer! En el bulevar Malesherbes, la marquesa de Montreu, en camisa y descalza, corría bajo el viento glacial y, cual blanco fantasma, pisaba las aceras. Se detuvo ante una farmacia y tiró hasta romperla, la campanilla de noche: –¡Levántese! ¡levántese! ¡Me muero! Sus bellos cabellos pelirrojos desplegados sobre los hombros estremecidos, sus pies doloridos, todo su ser agitado, convulso, con la fina batista a la deriva, soberbia de impudor, murmuraba de rodillas, con los brazos al cielo: –¡Dios mío, ten piedad de mí! Dos guardias municipales, que salían de las sombras, se precipitaron brutalmente hacia ella y la esposaron: –¡A comisaría! Los agentes habían detenido un coche para meter en él a la Sra. de Montreu, desvanecida, y todo un mundo de mirones y de putas galopó, bramando, detrás del coche. Se rodeaba la entrada de la comisaría de la calle Astorg; se insultaba a la moribunda. –¡Seguro que es una apuesta! –¡Ella ha ganado! –¿De dónde viene? –¡De una casa de putas! –¡No! La muchacha ha sido sorprendida en casa de su amante. –Yo la conozco! Es Tulipa, una pensionista de la casa de Clarisse, ya sabéis, la nueva casa… allá abajo… –¡Muy chic! –¡Muy fin de siglo! –Os aseguro que es una prostituta, una debutante; ¡mañana será célebre y cobrará veinte luises! –¿Qué quiere usted? ¡El comercio de estas mujeres va tan mal, desde la clausura de la Exposición! –¡Ohé, Tulipa, ohé! En comisaría, se había cubierto a la marquesa con su abrigo, y la pobre mujer, acurrucada en un banco, miraba a su alrededor. –¿Quién es usted? – preguntó el brigadier. No hubo respuesta.
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    70 –¡Está loca! –observó el jefe. Alguien golpeaba la puerta. –Aquí – dijo un agente – está el marido de la Señora! –¿Su marido? ¿su marido? – gruñeron las voces de fuera. –¡Tiene una buena cabeza! –¡Una cabeza de cornudo! Olivier de Montreu se presentó; luego entraron el comisario de policía y un médico, – y la vieja Catherine que había traído unas prendas de ropa. Blanche fue conducida al palacete, con la innoble escolta del grupo de curiosos. Un estado de calma aparente sucedió a la terrible crisis que Blanche acababa de atravesar; pero sus rabias morfínicas se exasperaban. Los doctores Pascal y Aubertot debieron instar al marido a que encerrase a su esposa en un hospital donde la vigilancia ofrecería auténticas garantías. Lamentaban sin embargo que no existiesen establecimientos especiales, como en Londres o en Amércia (the morphines accustame) y en Alemania (Heilanstaltflur morphiumsuchtige). Además estos establecimientos tienen la doble ventaja de no permitir que se confunda, a su salida, a sus enfermos con los alienados, y hacer menos arbitraria la violación de la libertad individual. Hoy, no está permitido tratar la morfinomanía en cantidad despreciable. Hay en Francia miles de víctimas, y el número es infinitament superior en Inglaterra, en Alemania y en América. Al principio consumida en los ámbitos profesionales – médicos, farmaceuticos, estudiantes, ayudantes de laboratorio y enfermeros – la enfermedad de extendió a las diversas clases, desde las mundanas hasta las prostitutas, luego los magistrados, los abogados y los artistas hasta los religiosos, sacerdotes, industriales, obreros y simples cultivadores. Fue el sueño y la embriaguez de los brutos sucediendo a todas las alucinaciones de los locos de la Edad Media; si tiene miedo de vivir y de luchar; se quiere aletargar, caer y dormir al igual que los puercos – ¡y «la Señora Pravaz» es la Circé3 de nuestra decadencia! Sin duda, el contagio no es el mismo en todos los medios, y según las estadísticas del doctor Irka, en Washington, por ejemplo, no se encuentran más de doce negociantes contra setenta y cinco médicos y farmacéuticos, tres rentistas contra treinta y dos médicos y dos empleados contra trece mujeres de clase media. A los consejos y órdenes de los médicos, el Sr. de Montreu respondió: –¡A mi esposa la cuido yo! Y llamó a la Sra. de La Croze para que estuviera al lado de Blanche. Madre y yerno velaban el piadoso desorden de su querida enferma; se imponían el valor de prohibir el veneno, y Blanche continuaba exasperante y amenazadora: –¡Mamá, lo necesito!... ¡Sufro mucho!... ¡No tienes corazón! –Olivier, ¡la morfina, la morfina! Geneviève Saint-Phar los ayudaba con valentía, y con la esperanza de que la pequeña Jeanne fuese de gran auxilio, se la hizo venir de los Tejares, y presentó su joven frente a los maternales besos; pero la envenenada rechazaba a su criatura, y nada – ni las imágenes de los horribles peligros evocados por la doctora, ni las lágrimas de la madre, ni las sonrisas del marido, ni los llantos lastimeros de Jeanne – nada hacia descender una aurora en ese cerebro de condenada en vida. 3 En la mitología griega, Circé es una maga muy poderosa, experta en múltiples drogas o venenos, dispuestos a operar transformaciones.
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    71 Rota, deshecha, laSra. de Montreu huía de la luz del día, y quería tanto la oscuridad profunda, como velas y lámaparas. Recordaba su embarazo, pero olvidaba el trágico medio que había empleado para destruirlo; se creía siempre encinta, y la nueva supresión de la menstruación (una de las resultantes del abuso morfínico) le hacía más verosímil esa alucinación. A continuación, ignoró sus adulterios con el Sr. de Pontaillac y atribuyó la ilusoria paternidad a su marido – una paternidad de seis meses – aunque el marido, desde ocho meses, no había mantenido relaciones conyugales. Esa noche, ella dijoa la Sra. de La Croze: –Deseo dar a luz en los Tejares. La doctora intervino: –Blanche, estás soñando;¡no estás encinta! Y con voz más baja, más fraternal: –¡Silencio, desgraciada! –¿Por qué? –¡Silencio! La Sra. de Montreu continuó delante de su marido: –¡Geneviève está rara! No quiere que tenga un bebé… ¡Celosa infame!... Olivier, siento al pequeño ser agitándose en mi interior… Será un niño… Yo lo alimentaré… ¿Cómo lo llamaremos? La Srta. Saint-Phar arrastraba al marqués, jurándole que Blanche era víctima de una obsesión, y el hombre replicaba: –¡Caramba! ¡ya lo sé!
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    73 XIII Raymond de Pontaillac,en permiso de convalecencia, vivía como un prisionero en su palacete de la calle Boissy-d’Anglas, y solo Christine se atrevía a turbar el delirio del morfinómano. ¡Pobre Christine! Ella soportaba todas las locuras del hombre sin entrever ni un destello de luz; había rescindido su contrato con la Ópera; rechazaba los homenajes del mundo, y su florida juventud se marchitaba, como una flor privada de agua y de sol. Jamás un gesto de disgusto, jamás una queja. Y él, antaño tan encantador, la trataba como un burgués libertino y duro trata a su criada, cuando la mujer lo cuidaba y estaba reducida a las obras domésticas; la ultrajaba con el recuerdo inmortal de sus amores con la Sra. de Montreu y establecía contrastes y paralelismos insultantes hacia la gran artista. –Vamos, Christine, ¿qué significan esos modales?... Te crees que estás siempre en la Ópera, sobre la escena… ¡Careces de gusto!... ¡Tu traje es ridículo!... ¡Ah! ¡si hubieses visto a la Sra. de Montreu en el baile de la embajada inglesa!... ¡Qué elegancia! ¡qué distinción! Se vestía de payaso, se coronaba con rosas, obligaba a la diva a vestirse con un traje de payasa, intentaba yacer con ella, y, desolado por su impotencia, aterrorizaba a la joven y valiente artista: –¿Quién diablos te ha enseñado el amor? ¡Pero, querida, tú dejarías helado a un toro!... ¡Ve a buscar una puta, Roselmont o Luce Molday!... ¡Ponte en camino, o te rompo la cabeza con mi sable! La Stradowska se juraba no volver la casa del poseído por la morfina, pero siempre regresaba, y Loris Rajileff se asombraba al verla caer tan bajo, a ella que era tan altanera. En el palacete de la villa Saïd, ella lloraba: –¡Me hace sufrir; y yo lo amo, lo adoro!... ¡Quiero salvarlo! Un viernes, en pleno día, con las ventanas cerradas, Pontaillac exigió que Christine se desnudase por completo ante él, desnudo también. –¡Soy Adán, – exclamaba, -– y tú, tú eres Eva! Comencemos el mundo, ¡un mundo nuevo! Megalómano, se imaginaba crear una especie: en lugar de brazos, los hombres tenían alas y, las mujeres, cuernos en lugar de ojos; luego los distintos sexos se confundían, y de un millar de seres brotaba un solo tipo con un pecho de virgen, una cola de serpiente, patas de perro y un ojo que le servía de boca, orejas humanas, lengua y manos; – y, desparecido el monstruo, nacieron infinitas variedades de bestias espantosas, todos los horrores del Apocalipsis, todos los obscenos sueños de un viejo erótico. En paraísos artificiales, ideales dónde, según palabras de Baudelaire, «se vierten las mortales embriagueces», Raymond rodaba por el infierno de las lujurias; pero si la Pravaz – a dos o tres gramos por día – no le devolvía sus agotadas fuerzas, lo iluminaba con una extraña inteligencia, casi genial. Encontraba la conciencia del yo, la conciencia absoluta; sentía su razón crecer y su memoria desarrollarse; establecía curiosas estrategias, abordaba difíciles problemas sobre los mapas del Estado Mayor; escribía libros de guerra, anotando, componiendo y desgarrando su obra, a su vez llena de luces y sombras.
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    74 La idea dela Sra. de Montreu todavía lo dominaba; pero lo había detenido la aventura nocturna de Blanche, la loca carrera a la farmacia de la que los periódicos informaron, consignando las iniciales de la marquesa – iniciales transparentes como tarjetas de visita. Realmente no se atrevía a reaparecer en el palacete del bulevar Malesherbes; temía los legítimos reproches de Olivier. ¿No permanecía siendo, a ojos del marido y de la esposa, a los propios ojos del doctor Aubertot, el instigador de la morfina, el iniciador del pinchazo inicial? Olivier tendría el derecho de decirle: «¡Has traído el caos y la desgracia a nuestra casa!» Por otra lado, Pontaillac se alarmaba al no saber nada sobre el estado del embarazo de su antigua amante. ¿Acaso Blanche había mentido, diciéndose madre? ¿Por qué lo habría engañado? Uno de los criados del oficial preguntó muy hábilmente a Angéle, la dama de compañía de la marquesa, y esta respondió: –La señora se imagina estar encinta; no lo está; ¡nunca lo ha estado desde el nacimiento de la señorita Jeanne! Al principio, indignado por la comedia, arrojó una blasfemia; a continuación, atribuyendo la mentira al delirio morfínico, exclamó: «Tanto mejor! ¡una vergüenza menos!» El amor y el respeto con el que rodeaba a Blanche alejaron una sospecha criminal, y lloró por las angustias que estaba padeciendo su bien amada. De vez en cuando, Pontaillac enviaba a su criado a comprar una gran provisión de morfina en una farmacia de la calle Boissy-d’Anglas. Un día, Clément regresó con las manos vacías. –Mi capitán, – dijo – el farmacéutico no quiere daros morfina sin receta. Pontaillac respondió: –¡El farmacéutico es un imbécil! ¡Ve a otro lugar!... ¡No… ya voy yo! El capitán se vistió, salió y, pronto exasperado por las negativas de los numerosos farmacéuticos y drogueros, pidió explicaciones al director de una oficina del bulevar Haussmann. –Señor, – le respondió el interpelado, – según la ley del 19 de julio de 1845, y según la real orden del 29 de octubre de 1846, los farmacéuticos están obligados a transcribir las prescripciones médicas en un registro, y sin ningún vacío y no estregarlas más que acuñadas con su sello y tras haber indicado el día en que las sustancias han sido entregadas; – los farmacéuticos, señor, no deben expedir «las sustancias venenosas, más que en virtud de una prescripción especial y particular del médico, indicando las cantidades y la dosis a proporcionar». Les está prohibido aportar la menor modificación en la ejecución de la receta y renovar una receta de morfina. Raymond sonrió con sonrisa de millonario espiritual: –Lo he escuchado con gran interés, señor, pero hay otras soluciones… ¡Soy el conde de Pontaillac, capitán del 15 batallón de coraceros, y usted me encontrará dispuesto a pagar un precio de nabab! –Es inútil, caballero. – respondió el farmacéutico – ¡Usted me ofende! –¿Qué arriesga usted? –¡La cárcel, la prisión tal vez, la prohibición de explotar mi título. El año pasado, un farmacéutico ha sido condenado y aunque no arriesgase nada, no quiero deshonrar mi profesión en favor de mi caja y en detrimento de su salud y de su razón! –¡Charlatán! Entonces, el capitán tomó la lista de médicos, y obtuvo las recetas que los farmacéuticos naturalmente expidieron, los unos a espaldas de los otros. ¿Qué pod-
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    75 ían hacer losdoctores contra ese cliente de paso? Los farmacéuticos, del primero al último, afirmaban no recibir las recetas más que de un solo médico. Los doctores creían estar tratando a un morfinómano, según el método progresivo decreciente de Erlenmeyer; algunos rehusaban; ¡pero hay tres mil médicos en París, y Pontaillac poseía doce caballos! Gracias a las generosas propinas distribuidas a los criados, él no languidecía en los salones de espera, las preguntas semejantes, el enojo de subir escaleras, la obligación de mentir, todo eso lo enervaba. Cuál no fue su sorpresa, una noche, en un restaurante, al ver a Thérèse de Roselment y a Luce Molday, dos prosélitas ardientes! No has había visto desde la escena del café de la Paz; le parecieron bastante feas, con los rostros muy maquillados, enrojecidos, los ojos apagados, y las hubiese ignorado si las prostitutas no se hubiesen acercado a él: –¿Sabes? – dijo Luce –¡me pincho! –Y yo también, me pravazino, –murmuró Thérèse. ¡Y hay muchas otras! –¡Vais a contarme vuestras historias! Se sentaron en una mesa aislada, muy lejos de los grupos ruidosos y del mercado de los amores. Se sirvió una cena – ostras, perdices frías, cangrejos, helado y frutas – pero Raymond y las putas solamente comieron unas mandarinas y unas naranjas, bebiendo té. Las cortesanas solicitaron noticias de sus antiguos enamorados, Darcy y Fayolle, de quienes guardaban un buen recuerdo. Pontaillac dijo: –No tengo noticias; estoy de permiso; no voy ya al cuartel; ¡vivo como un oso! –¿Y tu bella marquesa? – preguntó Roselmont. –¿Y la Stradowska? – dijo Molday. –¡Ya…nada! –¿Eres nuestro esta noche? –¡Tal vez! –¡Te llevaremos con nosotras! ¡Seremos muy amables! –¿Amables?... ¿Podréis serlo?... ¡La morfina me vacía! Thérèse afirmó voluptuosamente: –¡A nosotras nos excita! –¿Siempre? –No, no siempre, – declaró Luce.– Escucha: a consecuencia de unas molestias generales, consulté con el gran Aubertot. He pagado un luís y cien centavos al muy ladrón. El doctor me dijo: «¡Suprima la morfina!» Era muy sencillo. Así pues, me privé de ella una semana, y volví. Mi amante, un tipo importante de la Bolsa – no te preocupes querido; está de viaje – mi amante sufría de un reumatismo articular: lo pinché; se pinchó y ya no sufre. Thérèse tenía unas migrañas atroces; se inyectó ochenta centigramos por día, y las migrañas han desaparecido tan rápido como el reumatismo de mi amigo. ¿Verdad, Thérèse? –Es cierto. –Félix, nuestro peluquero, consume un gramo. –¿Y tú? – preguntó el capitán. –Yo, dos. –¿Quién es tu farmacéutico?
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    76 –Uno llamado Hornuch,en el número 11 de la calle de Gomorra, muy cerca de nuestra casa, en el barrio de Europa. ¡Ah! hay que pagarle de inmediato; ¡él hace su agosto con la morfina! Raymond escribió la dirección. –Mi pequeña Luce, hablabas de tus apetencias de amor… ¡no creo ni una palabra! –Thérèse y yo tenemos necesidad de amar, durante la abstinencia. –¿Os abstenéis? –Algunas veces… Nunca más de veinticuatro horas… –¿Y qué experimentáis? Ellas revelaron que ambas experimentaban, al salir de la embriaguez morfínica y durante la abstinencia, un irresistible deseo de hombre. Pero había que apresurarse, pues pronto la sed del veneno las atenazaba. –En cuanto a mí – dijo Luce Molday, – la rabia de amor calmada o no, siento un vacío en el estómago; tengo estremecimientos, calores, sudores. Tumbada en mi sofá, toco la tela que es de terciopelo granate, y el terciopelo me parece ser de bronce o de cobre. Tengo hormigueos en las plantas de los pies y en los dedos. ¡Bailo y salto como una mujer-torpedo! ¡Si eso te divierte, bebé, no tomaré morfina esta noche, y así juzgarás mañana por la mañana! A su vez, Thérèse comenzó su confesión encendiendo un cigarrillo: –La abstinencia me vuelve loca: como carbón, vidrio apilado; ¡ardo! Dejaría extenuados a veinte hombres, pero de un modo mecánico, sin el menor placer! En el momento que me pincho, duermo, dormiría siempre!... Una noche, en las Montañas Rusas, conocí a un caballero. Llegamos a mi habitación, y, una vez terminadas las abluciones, me pinché. Él preguntó: «¿Qué te provoca la morfina?» Yo respondí: «¡Me hace dormir!» Él continúo interrogándome: «Pero… ¿antes del sueño?» Yo lo besé: «¡Oh! ¡antes!... me hace esto… hum!» Eso no era cierto!... Él me habló, me sacudió: «¿Duermes?» Yo lo veía, lo escuchaba, y no podía precisar el lugar donde estaba, ni lo que quería. Bajó de la cama, se vistió y puso la mano sobre mi reloj, el dinero, todas mis joyas… y se fue! Yo tenía ganas de gritar: «¡Al ladrón!» Juraría que lo hice, pero con voz de moribunda… Tan es así que, cuando llevo un extraño a mi casa, a un desconocido, me privo, ayuno… ¡Oh! ¡es muy duro! El capitán, al que las confesiones de sus prosélitas interesaban mucho, las siguió al barrio de Europa. En la calle de Moscú, se instaló en el apartamento de la Molday. En vano, Luce y Thérèse se las ingeniaron para destruir y reanimar a Pontaillac; el morfinómano agotado las dejó, arrojándoles algunos billetes azules: – ¡Pobrecillas, sois absurdas, idiotas! ¡Olvidad a vuestro instructor! ¡Olvidad la Pravaz! Él pensaba: –¡He llevado el dolor y la locura a estas extrañas como a mi adorada Blanche; pero iré en busca del vendedor de veneno, del Hornuch de la calle de Gomorra, ¡y eso me basta para morir!
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    77 XIV Desde Saint-Martin-L’Église, laSra. Gouilléras, la morfinómana desenganchada y antes tan entusiasta, escribía cartas afectuosas para exhortar a Blanche a vencer su dependencia: por otra parte, la Sra. de La Croze y el Sr. de Montreu seguían vigilando al pobre juguete de la Pravaz. –¡La salvaremos! – declaró Geneviève Saint-Phar. Todo parecía concurrir en la paz de la noble familia. El capitán vivía lejos de su víctima; la comadrona de la calle de las Tres Hermanas no intentaba un chantaje peligroso y banal, y la fuerte suma ganada le permitió extender el círculo de sus maniobras. Ahora bien, la Sra. de Monbreu quería morfina, y la buscaba por todas partes. Un día, enervada, por las negativas de los doctores y los farmacéuticos, obedeciendo a una irresistible impulsión, trató de robar el licor divino que un mancebo de farmacia expedía a un cliente con una receta. –¡Esta morfina es mía! – decía ella, fuera de sí. – ¡Es mía! ¡Yo la he pagado! ¡La quiero! Solo, una dama de compañía, la misma criada que había prestado las ropas a la Sra. de Montrey, con motivo de la operación abortiva, solo Angèle permacía siendo la esclava dócil e interesada por su ama. –Angèle, – dijo una noche la marquesa, – lleva esta carta al Sr. de Pontaillac; solo se la entregarás a él, y esperarás respuesta. Y añadió mentalmente: –¡El sabe donde encontrar morfina! Angèle, una alta y delgada rubia, hizo el recado y regresó, trayendo consigo esta nota: «Señora, «Me resulta muy doloroso negarme – pero me muero por el veneno, y tras haber sido la causa de vuestras desgracias, no quiero ser el asesino de la persona a la que adoro. «Perdonadme, Blanche, y, si vuestro amor es a este precio, prefiero sufrir y llorar. « RAYMOND.» La Sra. de Montreu, furiosa, ordenó a la criada: –Ve a casa de la Xavier, calle de las Tres Hermanas, en Montmartre! Una idea germinaba en su cerebro, y, abrumada por el recuerdo del crimen, Blanche bajó los ojos: –¡Es inútil! –¿Por qué, señora? – dijo la sirvienta. –¡Basta! La criada se fue mascullando: –Calle de las Tres Hermanas… La Xavier… ¿Quién puede ser?... ¿Una alcahueta?... ¡Eh! sí… ¡Allá, la señora iba a divertirse con su capitán! Pero, ¿calle de los Tres Hermanos, en Montmartre? … ¡En fin, hoy las grandes damas tienen unos gustos tan raros!... ¡Habrá que ver!
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    78 Se producían enemistades,discusiones entre Catherine, la vieja sirvienta, y la dama de compañía. La Sra. de Montreu apoyaba a Angéle, y los demás callaban. Desde el día siguiente, la criada enemiga se dirigió a la casa de la calle de los Tres Hermanos y, ante el cartel, tuvo una agradable sorpresa. –¡Oh! ¡era cierto! Angéle subió, llamó, simulando estar asustada. La Sra. Xavier, en un vestido nuevo, deslumbrante de joyas, la recibió en estos términos: –Buenos días, señorita… Siéntese, por favor…. ¿De cuánto está usted? –¿Eh? –¿De cuánto? –¿Perdón? –¿De cuántos meses? –¿Qué? La Sra. Xavier sonrió e indicó el vientre de la visitante: –¡Eso! –¡Usted quiere reir! –Entonces, ¿a qué c… viene usted aquí? La criada le preguntó brutalmente, a bocajarro: –¿Conoce a la marquesa de Montreu? –¡No del todo! –¿De verdad? –¡De verdad! –Yo soy su dama de compañía. –¡Ah! –Y fui yo quién presté las ropas a la señora, el día en que la señora vino a hacerse… –¡Chsss! – interrumpió la comadrona, que estrechaba el brazo de Angèle. –¡Déjeme! – dijo la sirvienta, – ¡me está haciendo daño!... Usted ha abor… –¡Chsss! – continuó la Sra. Xavier, cuya robusta mano atenazaba los huesos de la delgada rubia. –¡Suélteme o la abofeteo! Y, una vez desprendida, las dos mujeres se miraban de arriba abajo, mientras la comadrona gruñía con voz baja: –O eres una chivata, y te vigilaré, o eres una imbécil, y te ordeno… –¡Yo no recibo órdenes de usted! –¡Señorita! –¡Señora! –¡Idiota! –¡Vieja chocha! –¡Arrastrada! La Sra. Xavier echaba espuma; Angéle le arrojó: –¡Mis felicitaciones!... ¡Un buen trabajo! La Señora está muy enferma… Se la ha destrozado demasiado pronto, sin duda… –¿Quién eres tú? –Se lo repito: estoy al servicio de la Sra. de Montreu. –¡No la conozco! –¡Miente! –¡Y tú, ya me estás irritando con tus preguntas! ¡Ten cuidado, pequeña: tengo paciencia, pero, cuando me agobian veo todo de color rojo!
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    79 Con un gesto,indicó la puerta: –¡Vía! –Esta bien, ya me voy… Iré a la Policía. –¡Inténtalo!... ¡Mañana estarás destripada en tu cama de andrajosa! –¡No tengo miedo! ¡Esta noche dormirá usted en una celda! Ambas se detuvieron, animadas por un deseo de reconciliación. –Señora, ¿podríamos entendernos? –No pido otra cosa, señorita. Gentilmente, la comadrona ofreció un sofá a Angéle y ella se sentó en una silla. –¡Hable! –Disculpe usted mi vivacidad, querida señora. Si yo hubiese entrado por la puerta preguntando: «¿Ha practicado un aborto a la marquesa de Montreu?» usted me hubiese dada con la puerta en las narices, o con su pie en alguna parte; pero, aunque sirviente, una no es tonta y he empleado el sistema intimidatorio… Usted se ha puesto desaforada y los que se enfadan algo ocultan. –¡Ah! ¡diablesa! –¿Y qué quiere usted? ¡Necesito hacer mi juego! –¿Ejerciendo un chantaje? –Sí. –¡Al menos es usted sincera! –Muy sincera. –¿Tu nombre? –Angèle. –Yo, Ravida… Ravida Xavier… ¿Es muy rica la Sra. de Montreu? –Archimillonaria. –¡Le hubiese podido exigir más! –¡Desde luego!... ¿Cuánto le ha cobrado?... ¿Dos mil? –¡Un poco más, curiosa! –¿Veinte? La Xavier estalló en carcajadas: –¡Ah, mosquita muerta!... ¡Tu ama no está enferma! –Sí, lo está. –Pero, no por la operación, pues ha sido perfecta!... Yo estoy segura y, si tú algún día lo necesitas ven verme!.... Yo soplo encima… ¡uno…dos…Ffff…ut! y el mocoso tiene alas. –¡Gracias… no tengo prisa! –¿Un vaso de ron? –¡Con mucho gusto! La comadrona llenó dos vasos. –¡A tu salud, Angèle! –¡A la vuestra, señora Ravida! Bebieron. –¿Un cigarrillo? – dijo la anfitriona –No fumo. –¡Yo fumo en pipa! Con una Gambier, Ravida se ensimismaba, exhalando vapores negruzcos. –¿Cuál es el mal de la señora? –La señora padece un síndrome de abstinencia de morfina.
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    80 –¡Vaya! ¡una morfinómana!Habría debido darme cuenta… ¿Quién la trata? –Los doctores Aubertot y Pascal. –¡Caramba! –Y una doctora, una amiga, la señorita Saint-Phar. –¿Saint-Phar, en la plaza de la Madeleine? –Sí –¿Y los médicos le prohíben la morfina a su clienta? –¡Eso es! Una noche, la señora se levantó… –… Completamente desnuda, para correr a casa de un farmaceutico del bulevar Malesherbes… –¿Cómo sabe usted eso? –Leí esa historia en los periódicos, bajo las iniciales B. de M… ¿La B.? –Blanche. –Blanche de Montreu… ¡Pobre señora!... Pero, ¿por qué desearía abortar? –El niño no era del señor. –¡Muy bien¡ ¡muy bien!... ¿Y de quién era? –¡Misterio! –¡Tú lo sabes, Angéle! –¡No!... ¡Además, paremos aquí!... ¡Ya sé todo lo que me hace falta! –¡Yo no! –¡Peor para usted!... ¿Quiere procurarme morfina? –Solo pueden hacerlo los farmacéuticos y los drogueros… –¡Imposible! He recorrido Paris y los alrededores… ¡Consígame morfina, Ravida, y yo le daré su peso en oro! –¿A fin de revender su peso en diamantes? No me trates de «usted»… Tuteemonos, querida… ¡Me caes bien!... Yo te traeré morfina…Pero vamos a partes iguales, ¿de acuerdo? –Acepto. –¿No me engañarás? –No. Alguien llamaba. –Voy a abrir. – dijo la Xavier. Y como Ravida charlaba en el umbral de la antesala, Angèle escuchó la conversación de la matrona con una obrera. –Quiero librarme de esto, señora – dijo la visitante… – ya tengo cuatro pequeños. –Son doscientos francos. –¡Oh! ¡señora!... ¡El año pasado usted le cobró veinte francos a una modista! –Los precios bajos me arruinan. ¡Cinco luises o nada! –¡Me mataré! –¡Mátate! Luego la abortista llamó a su clienta que bajaba: –¿Cincuenta francos? –Cuarenta, señora; empeñaré mi ropa y mi alianza en el Monte de Piedad. –¡Cuarenta! ¡de acuerdo! Ven esta noche a las once. Al regreso de la señora Xavier, Angèle se desternillaba: –Se arruina… ¡Dos luises! ¡es usted un ángel! –¿Me espías, condenada? –¡Te admiro!
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    81 –¡Bah! Eres micómplice in partibus. –¿De verdad? –¿Hay que envenenar a la Sra. de Montreu? ¿sí o no? –¿Envenenarla? –A la larga, querida; pues debes saber que la morfina es un veneno. Angèle vaciló. El secreto de las maniobras abortivas le entregaba a los dos culpables, pero, ¿un chantaje brusco y una denuncia valían la amistad de su ama? Entrevía un montón de oro, una recogida diaria – la gran dama encantada con la morfina y aterrorizada por el temor a las leyes por su aborto. –¡Oh¡– dijo la sirvienta – no quiero ser tu cómplice! Tengo órdenes de comprar un medicamento; te lo compro. ¿Dónde está el mal? ¡Ravida, yo te tengo en mi poder y tú no me tienes aún! –Si me denuncias… –¡Ningún peligro! Tu haces negocios; yo hago los míos. ¡Soy seria! Ese mismo día, gracias a la Xavier, Angéle llevaba una Pravaz y una solución de morfina, y mientras la Sra. de la Croze, el Sr. de Montreu y la pequeña Jeanne cenaban, ella entró en la habitación de su ama. Tras el pinchazo, Blanche se vio iluminada de una alegría tan intensa que tomó a la joven criada entre sus brazos y la cubrió de besos. La Sra. de Montreu murmuró con suspiros de goce: –¡Gracias! ¡gracias! ¡Me salvas! –Fue una de las buenas amigas de la Señora quién ha ido a la farmacia… La Xavier… en la calle de los Tres Hermanos… La marquesa palideció, con una palidez de muerte: –¿Conoces a esa mujer? –Mucho, señora marquesa. –Y… –Vamos, no os preocupéis… Soy una tumba… ¿No os traicionaré por culpa del capitán? –¿El capitán? –¡Sí, el señor conde de Pontaillac! –¡Explícate! –¡Dios mío, como habéis sufrido el día del aborto! –¡Silencio y respondo de tu fortuna! –Una no sabe ni quién vive, ni quien muere. La marquesa se dirigió hacia un chifonier y tomó un fajo de billetes de banco: –¡Toma! –¿Qué es eso? Blanche estaba sin fuerzas, ante el cajón: –¡Tómalos tú misma! Y la sirvienta llenó sus bolsillos, alegre de ejercer un maravilloso chantaje. Nuevas embriagueces y nuevas torturas vinieron a prolongar la involución de la enferma. Angèle – la sirvienta del Infierno y del Paraiso de los Artificios – iba y venía, y bajo mil pretextos, deslizaba a la Sra. de Montreu la jeringa de muerte. Algunas veces, practicaba ella misma los pinchazos, se bajaba, apartaba las prendas íntimas con sus dedos criminales e incitaba con sus palabras: –¡En verdad, esto es un placer! –¡Así! ¡así! – suspiraba Blanche, radiante.
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    82 –¡Tanto como queráis,señora, ¡pero estaría bien no olvidar a vuestra pequeña Angèle! La Sra. de Montreu la colmaba de dinero, de joyas, y luego, pedía al marqués: –¡Para mis pobres! Él estaba feliz con las peticiones caritativas, y la criada, nunca satisfecha, infiltraba con el veneno alusiones pérfidas: «¿El señor de Pontaillac conocía el embarazo de la señora?... ¿El capitán ayudó a la señora para abortar?...» –¡Cállate, Angéle, cállate! –Tengo que contentar a la tía Xavier… ¡La señora no es bastante generosa! La ama siempre daba; y a la hora de las voluptuosidades artificiales, la sirvienta la sacaba de su letargo, murmurando frases de vendida: «Se ha condenado a una abortada… ¡Dos años, señora!... ¡Estáis pendiente de un hilo!... ¡Sed generosa o os enviaremos a Saint-Lazare!...» Al recuerdo de los adulterios y del crimen de la obstétrica, cuyas imágenes le aparecían, reales, Blanche sentía todo su sangre bullir; se libraba, inconscientemente, a los tocamientos de su criada, y a las masturbaciones de Angèle, y las demás maniobras de lujuria, se unía el licor para extenuar y destruir a la noble dama.
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    83 XV En la callede Gomorra, en el barrio de Europa, el Sr. Sosthène Hornuch, farmacéutico de segunda clase, atraía a una clientela numerosa. Alto y delgado, con los ojos azules, afeitado, unas patillas en abanico, una cinta violeta en el ojal, ofrecía toda la apariencia de un gran imbécil – y era un gran miserable. Se decía miembro de varias sociedades filantrópicas e incluso fundador de una obra: eso le costaba algunos luises, cada año, y le valía, además, la estima del vecindario, un reclamo general y productivo. El escaparate de Hornuch no tenía nada de especial. Se veían allí, como en todas las farmacias, enormes jarrones rojos y verdes, pieles de gato contra los dolores, collares, sortijas y medallas contra las migrañas, y luego botes, frascos; pero Hornuch poseía dos laboratorios, uno destinado a la ejecución de las recetas, el otro reservado a los tejemanejes del establecimiento. Parisino, de cincuenta años, el Sr. Hornouch permanecía viudo, a cargo de tres hijas, Annette, Irma y Zélie, tres rubias gordas en estado casadero. Al principio, había inventado unos siropes y pastillas para el reuma, unos ungüentos higiénicos, pero sea porque le faltaba la publicidad suficiente o que sus descubrimientos no eran serios, veía como crecía el fracaso. –¡Oh! papa, ¡acaberemos por vestir a Santa Catalina! – gemían las señoritas Hornuch. –¡Seguro que no, queridas! Y Sosthène lanzó al cielo su «eureka» de boticario: acababa de descubrir no la luz, ni la gravitación universal, ni la pólvora sin humo; acababa de descubrir el medio de conseguir oro, echando por tierra sus escrúpulos de hombre honrado. –Hijas mías – dijo, – voy a despedir a mi mancebo y trabajaremos en familia. El farmacéutico y sus tres criaturas se pusieron a fabricar morfina, según los procedimientos de Robertson, de Robiquet y Grégory. En el laboratorio, por la noche, las señoritas Hornuch se ganaban su dote, bajo el gas, a la siniestra claridad del horno: Annette instalaba los alambiques y las probetas, hacía macerar el opio en un vaso de agua a 38º, para extraer todos los principios solubles; Irma evaporaba la solución al baño maría, tras haber añadido carbonato cálcico en polvo para neutralizar los ácidos libres; Zélie, estando concentrado el líquido, le mezclaba cloruro de calcio – y el papá terminaba los demás precipitados, las otras concentraciones, las diversas metamorfosis del más importante de los alcaloides del opio. Esas químicas rubias sudaban y se aplicaban, extrañas en su inmenso delantal negro; –pero, ¡qué riqueza! ¡qué alegría! Casi todos los colegas, espantados por los suicidios y los asesinatos perpetrados por los adeptos a la morfina, desdeñaban los beneficios del veneno, y una clientela afluyó a la calle de Gomorra. Sin la menor receta, se vendían dosis considerables a los enfermos: no se preocupaban ni de la personalidad del cliente, ni de su situación, ni de las causas que lo impelían al consumo excesivo de la terrible sustancia; se les vendía Pravaz; se distribuía misteriosamente folletos elogiosos sobre el Nirvana. Zélie murió; su padre y sus hermanas continuaron viviendo de ello. Annette e Irma estaban muy bien casadas, y Hornuch fabricaba y vendía el veneno, con ayuda de algunos alumnos. Desde luego, no ignoraba que, el año pasado, el tribunal del Sena había condenado a un vendedor de morfina a dos mil francos
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    84 de multa. ¡Dosmil francos! ¡Gran negocio para un hombre que gana tres, cuatro, quinientos francos al día! Una francmasonería se estableció entre Luce Molday, Thérèse de Roselmont y otras morfinómanas galantes. Unas pagaban con su cuerpo al envenenador; otras con joyas, mobiliario, robaban a los hombres para satisfacer la irresistible necesidad. Y el contagio llegó a las costureras y las modistas de esas mujeres, las amigas, viejas y feas, como a las más jóvenes y amables. Hornuch acababa de inaugurar en su trastienda un verdadero instituo de pinchazos, con un salón para los hombres y otro para las mujeres. Se entraba allí, con los ojos sombríos, la cara lívida; se salía con los ojos brillantes, los labios púrpura – y todos esos seres se pasaban el veneno, amenazando con viciar la generosa sangre de Francia. Thérèse y Luce tenían gran fama entre los engominados y los rastas: se las seguía al teatro, al circo, en los mercados femeninos, y los aficionados las distinguían, esperando sensaciones inéditas. –¡Aquí están las Pravaz! Reclamos vivos de Hornuch, se enorgullecían de mostrar la jeringuilla; se pinchaban, exageraban las embriagueces del mal de Wood; pero, una noche, desaparecieron, y el capitán leyó, en el Rabelais, la historia de su internamiento en SainteAnne. Horrorizado por las imágenes, quería detenerse; ya no podía y se convirtió en el gran cliente del alquimista. Fue entonces que, bajo la dominación absoluta del estupefaciente y bajo el deliro de la abstinencia, en medio de las rabias de su desmoronamiento moral y físico, el conde de Pontaillac escribió un diario íntimo: París, 4 de diciembre de 1890. Ayer, me presenté en el palacete del bulevar Malesherbes. Angèle, la dama de compañía, iba a introducirme en casa de su ama, cuando Olivier entró en el salón: «Mi esposa está enferma, dijo con los ojos rojos. Discúlpanos, Raymond; somos muy desgraciados… » ¡Me entraron ganas de estrangularlo!... 5 de diciembre Christine está llena de grandes intenciones voluptuosas; pero el asado de la Villa Saïd ya no me exalta. Debo dejar la Pravaz, pues tendré demasiada vergüenza en el renacimiento de los amores de mi bien amada… Blanche va a curar; embellecerse; y la poseeré de nuevo, por todos los diablos! 16 de diciembre Once días de ayuno… Me suben sudores fríos, y mis dientes castañean convulsivamente… Imposible escri… 17 de diciembre. Lucho… lucho… ¡Oh! ¡qué suplicio!... Tanner, Merlatti, todos los ayunadores se divertían!
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    85 La noche delmismo día. Una idea de suicido me invade… ¡Salgamos! La noche, a las cuatro. Regreso del casino donde casi he hecho saltar la banca… La cartera está repleta; el oro hace romper mis bolsillos!... ¡Ah! innoble batalla!... Envío todo este dinero a la Asistencia pública… 18 de diciembre. ¡No! ¡No! ¡No más veneno!... ¡Viviré, amaré! 19 de diciembre. Hornuch miente; miente cuando declara que unos seres superiores toman morfina a fin de salir de un estado de equilibrio inestable… ¡miente, lo juro! La morfinomanía es una embriaguez –¡y no otra cosa! 20 de diciembre. En el casino, he perdido todo lo que había ganado, todo lo que di a los pobres, y mil luises más. ¡Tanto mejor! 21 de diciembre. ¿Cuál es la naturaleza de mis sueños, en mi locura pasional? ¿Cuál es para mí el ideal de la felicidad? Me lo pregunto y, buscando el sentido oculto, quiero, si me decido a matarme, que Blanche sucumba conmigo, de tal modo que nuestros cuerpos enamorados se desprendan al mismo tiempo las llamas de nuestros espíritus y que esas luces gemelas vivan juntas, en los Limbos sin fin de la eternidad. ¡Es la vida unitiva! ¡Es el hermoso sueño de Platón, el dogma inmutable de los desheredados del amor, aquí abajo! 22 de diciembre Quisiera haberla matado – y morir… 23 de diciembre. ¿Acaso no es así como uno se vuelve loco? Me parece que mi cabeza se retuerce y mi cerebro se dilata… 24 de diciembre. Mis ojos se ahuecan, mi rostro está lívido… Miro con espanto lo que me rodea… Temo la muerte; pienso en la muerte, y no puedo comprender esas ideas que me siguen por todas partes, en medio de mis camaradas, y cerca de Christine, y en la soledad de la noche. Sé que eso es locura, y no podré alejar esa locura juzgándola como tal.
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    86 25 de diciembre Oigosilbar las balas y tengo miedo, yo, ¡un soldado! 26 de diciembre. Los accesos de pavor son menos intensos; consigo reír… ¡Qué me lleven al campo de batalla y se verá si el Sr. de Pontaillac es un cobarde! 27 de diciembre. Mi ordenanza me ha revelado… Estaba completamente mojado… Por la noche Lloro de vergüenza… 28 de diciembre. He visitado las catacumbas; he tocado cabezas de muerto, y después ya no he soñado con fosas y cementerios… 29 de diciembre. Bajo un impulso irresistible del que me daba cuenta, sin poder vencerlo, he ido a arrojarme a una fosa recientemente abierta del cementerio de Saint-Ouen. En el fondo del agujero, grité: «Dios mío, ten piedad de mi!...» Interpelado sobre mi posición, dije que había caído por accidente, y un guardián comentó: «Este caballero debe ser inglés, un fantástico…» 30 de diciembre. Unas voces me ordenan matar a Blanche y matarme a continuación, y como me resisto, las voces repiten en una tormenta espantosa: «¡Mata! ¡mata!... necesitamos corazones; tenemos absoluta necesidad de corazones; ¡consíguenoslos!» En la mesa, esas voces salen de mi plato; en la cama, de mi almohada: «¡Mata! ¡mata!... ¡necesitamos corazones!...» 31 de diciembre. Me interesa la psicología de mi locura. Tomo por realidad bien productos de mi imaginación, bien recuerdos revestidos de una forma material, y concedo a ciertas realidades apariencias absolutamente diferentes de lo que son. Verifico la exactitud notable de esta síntesis del Dr. Lasègue: «La ilusión es a la alucinación lo que la murmuración es a la calumnia. La ilusión se apoya en la realidad; la alucinación inventa toda su estructura: no dice ni una palabra cierta.» Ahora bien, yo tengo ilusiones «exteriores»: el ruido del viento es la voz de Christine; las nubes son fantasmas; los árboles, espectros; mi perro, un montañés, se convierte en buey, en león, en elefante; luego, cuando el perro no está, la alucinación me muestra un búho de alas largas de unos quince metros. No ignoro que un
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    87 buhó no alcanzaesa envergadura, y sin embargo miro al animal y lo escucho ulular… ¿Estoy más loco que esas mil personas reunidas en un baile parisino, la noche de la ejecución del mariscal Ney? Un caballero está ahí: se llama Mariscal aîné; el criado anuncia: «El mariscal Ney!» Entonces toda la reunión se estremece, y Daniel Tuke pronuncia estas palabras del Dr. Wigan, uno de los invitados: «¡A pesar nuestro, la semejanza de ese caballero con el Príncipe permanecía siendo perfecta!» ¿Influencia de la imaginación sobre las sensaciones o locura, cuál es el límite? ¿Dónde está la verdad? 1 de enero de 1891. Sufro un trastorno de acomodación, y la diplopía se encuentra en un grado elevado. Cuando coloco un vaso rojo ante mis ojos, la diplopía parece variar en su naturaleza e intensidad. ¿A qué atribuir este fenómeno? ¿Se debe a mi estado de debilidad? ¿Es uno de los resultados obligados de la abstinencia morfínica? Experimento un intenso dolor en todo el sistema nervioso; pero, si creo en los patólogos, es la señal precursora del despertar! 3 de enero. Mi estómago está afectado de una parálisis intermitente. ¿Llegaré a no poder digerir ya? Claude Bernard ha visto la secreción de la glándula submaxilar detenerse en un perro morfinizado. 4 de enero. A propósito de perros, intentamos experiencias sobre los animales. ¡Recordemos al pequeño Pasteur, al pequeño Levinstein! 21 de enero. EXPERIENCIAS: 1º he inyectado tres veces al día, bajo la piel de una paloma, 5 centigramos de morfina durante diez días, y el décimo día, el animal ha muerto, catorce minutos después de la última inyección. 2º Durante siete días he puesto a mi perra Myrrha, una inyección de 45 centigramos, y, justo a los cuarenta y cinco minutos, rodó por el suelo con ojos de loco… y murió… 22 de enero. En mi estado apasionado, llego a creerme condenado a muerte, y sufro tanto como el prisionero de la Grande-Roquette que ve acercarse la hora de la guillotina. Mi sufrimiento no es imaginario, y me comparo con un metal oscilando entre el polo «positivo y verdadero» del dolor y el polo «negativo y falso» de la causa. 23 de enero.
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    88 He pasado todoel día merodeando cerca del palacete de los Montreu… Pensar en Blanche me tortura. Veo a la marquesa, tal como se me apareció el día del baile, en casa del Dr. Aubertot, en el jardín de invierno… Ella se bajaba y revelaba sus faldas bordadas… ¡Ah! ¡la media de seda gris perla!... ¡ah! ¡la liga con engastes de diamantes! 24 de enero. El hambre de morfina me atenaza… Hay algo en mí que a veces se me clava y me desgarra, como si largas puntas al rojo vivo surgiesen de mi cuerpo y revoloteasen encima de mis ojos, en haces de luminosidad. 25 de enero. Blanche me ha engañado, afirmando que estaba encinta; y me duele esa mentira. Para aturdirme, para olvidarme, he jugado tres noches enteras en el Épatant, en los Deux Mondes, e incluso en las timbas… He perdido numerosas partidas, un total de cuatrocientas mil… Deseo arruinarme… 26 de enero. Esta noche, en un baile, erraba solo y lamentable, con una nariz postiza; y unos pierrots, arlequines, colombinas y polichinelas pasaban y comentaban: «¡Qué tipo más raro!... ¡Tiene ojos de ladron!...» Vigilaban mis dedos… 27 de enero. ¡Maldita morfina! ¡Admito que Blanche esté allí, viva y enamorada! ¿Tendré la fuerza de testimoniarle mi amor? ¡No, estoy vacío, hueco, j…o!... ¡Preguntad a Christie! 28 de enero. Un coche con las cortinillas bajadas me ha paseado dos horas por la carretera de Versalles. Tenía una compañera galante, una puta magnífica, experta… ¡Ningún resultado! Once de la noche. Otro coche me ha conducido desde Helder a una casa de putas y allí, ¡nada también! 2 de febrero. ¿Cuánto tiempo es necesario para resucitar? Algunos autores dicen que tres o cuatro meses… No podré resistir… 3 de febrero. ¡Sí!
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    89 4 de febrero. Acabode llenar una Pravaz, vacilo… El mismo día, a las tres. Falloye, Darcy y Arnould-Castellier me suplican que les abra la puerta; el mayor Lapouge se une a ellos. Me niego. El coronel del 10º, un jefe inteligente y dulce, me ha enviado unas palabras amables. ¡No recibiré a nadie!; ¡no escribiré a nadie!... ¡Ah! ¡qué banal es la vida! 7 de febrero. Odio a los psicólogos que reducen el amor a un juego de estambres y pistilos, y a la idea de un simple movimiento de moléculas… Encuentro ridículo los amores platónicos… ¡Despertémonos!... ¿Cantáridas o sulfuro de carbono, cuál de los dos?... ¡Ambos! 8 de febrero. ¡Bravo!... Una hermosa noche, con la bailarina Weg… ¡Oh, Blanche! ¡oh, querida! ¡oh, mi tesoro! 9 de febrero. «¿A dónde vas, Raymond?» me ha preguntado Christine. Y yo he respondido: «¡A su lado!» En el bulevar Malesherbes, el portero me dijo que sus amos están en Niza. Partiré esta noche. Medianoche. La Sra. de Montreu está en París, y el portero se atrevió a echarme, bajo órdenes del amo, ¡cómo a un delincuente! 10 de febrero. ¡Olivier, te mataré! 11 de febrero. ¿Para qué sufrir todos los horrores de la abstinencia, puesto que una curación no será bendecida por los amores de la adorada? Me inyecto un gramo de morfina. 12 de febrero. Un gramo y medio. 14 de febrero.
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    90 2 gramos. 15 defebrero. Dos gramos y medio… He dejado la aguja clavada en el pezón derecho… 16 de febrero. Todo es rojo y amarillo; todo es sangre y oro – los colores de España… Hace más de una hora que no he dejado de reír… 17 de febrero. Vivo en una atmósfera de luz y fuego… Absorbo cantáridas y sulfuro de carbono… ¡Oh! ¡el singular duelo!... ¿Quién será vencedor, los afrodisíacos o la imposibilidad de amar? 18 de febrero. Un fiasco con Christine; un fiasco con Weg; un fiasco con doce prostitutas… ¡La morfina triunfa, y el asesino Hornuch es el rey del mundo! 19 de febrero. Quería continuar las experiencias sobre mis caballos. Me detuve. La muerte de la paloma y la muerte del conejo me han dejado insensible; la agonía de mi perra ha sido dolorosa; la muerte de mis caballos me resultaría muy dura. Explico mis diversas ideas. Amaba a mi perra y amo a mis caballos; no conocía demasiado al conejo y a la paloma. Pero, ¿por qué los hombres que viven al margen de los trastornos morfínicos, por qué esos hombres se indignan al ver golpear a un caballo o inmolar a un toro, cuando ellos matan una liebre, un corzo, un jabalí, un lobo, hierren una perdiz, degüellan aves y corderos, acogotan bueyes? Todos los animales, todos los insectos, todos los seres organizados tienen sensaciones de gozo y de dolor. ¿Por qué no es sagrada una mosca?... ¿Por qué? 20 de febrero. ¡Al diablo, la ciencia! ¡al diablo, la filosofía, y viva la gran juerga! 21 de febrero. Llego reventado. En la palestra, ocho damas, y ocho fiascos. ¡Me saca de quicio! 22 de febrero. ¿La autopsia? ¡Tengo una idea! Habiendo abandonada las cantáridas y el sulfuro de carbono, y habiendo recuperado su energía intelectual, gracias a la morfina, Pontaillac termina su diario mediante una carta, un folio lacrado con sus armas.
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    91 «PARA ABRIR ELDÍA DE MI MUERTE» A los señores profesores Etienne Auberto y Emile Pascal, miembros de la Academia de medicina. «Caballeros, «La Facultad de la que sois dos ilustres maestros, está obligada, por sus trabajos, a investigar sobre cadáveres humanos, y se ve, en cada ejecución, ese espectáculo bizarro de un capellán de la Grande-Roquette que os disputa, en nombre del ejecutado, el doble lote de una cabeza, un tronco y unos miembros. «De ese modo, el capellán priva a la ciencia y disminuye su apostolado. «Generalmente, caballeros, operáis sobre despojos del hospital y algunas veces sobe ahogados o víctimas del revólver y de numerosos modos del exilio terrestre. Pero es bastante raro, creo yo, que un vivo os entregue su cadáver: ¿queréis aceptar el mío en recuerdo de nuestra amistad y de vuestra elevada benevolencia? «Deseo que la autopsia tenga lugar en el gran anfiteatro, en presencia de vuestros colegas, del mayor Lapouge y de los otros doctores militares o civiles, internos y estudiantes, que vos juzguéis útiles en esa labor suprema. «¡Caballeros, vuestros estudios pueden iluminar a los adictos a la morfina! Poned mi ejemplo y vuestras lecciones para destruir por siempre esta fuente de horrores – ¡esa plaga vulgar y más mortal que las batallas! «Vuestro admirador y amigo, «Conde Raymond de PONTAILLAC, Capitán en 15º de coraceros. «En París, 23 de febrero de 1891.»
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    93 XVI Los farmacéuticos noquerían expedir más morfina, sin receta, a la matrona de la calle de los Tres Hermanos, y como la Sra. Xavier y Angéle ignoraban la existencia de la farmacia de Hornuch, la Sra. de Montreu – privada del elemento vital – atravesó nuevas crisis. Aullaba, gritaba, bajaba de su cama, rodaba por la alfombra de la habitación, se levantaba, caminaba, corría, rompía en añicos los vaos, los jarrones, los platos, los péndulos, los espejos – y tres vigorosos sirvientes debían impedirle romperse la cabeza contra las paredes. Opresiones y latidos del corazón la agitaban, la trastornaban; sensaciones de ardor en la faringe le arrancaban sollozos y lágrimas, y los dolores del bajo vientre, siendo excesivos, tomaban el carácter de dolores uterinos. Blanche estaba muy pálida, pero bonita y deseable aún con su rostro irritado, sus encantadores dientes castañeantes, sus párpados ojerosos, sus ojos brillantes y la voluptuosidad ardiente de sus cabellos pelirrojos. Cuando se arrastraba, casi desnuda, mordiendo los encajes de su camisa o los pompones de los asientos, a pesar de la fatiga, exhalaba de ella una lujuria; cuando se detenía, en cuclillas, sacando un poco su lengua rosa y ávida, como hacen los perros, se hubies dicho que con sus brazos nerviosos estaban abrazando a un hombre, lo abatía, lo poseía, en el todopoderoso ardor de una bacante. Apenas dormida, se despertaba con la disnea que llegaba casi al ahogamiento; sentía sus miembros desgarrarse, la piel estallar, la sangre hervir, su vientre dilatarse y – fenómeno producido por la morfina y no por las maniobras abortivas – vivía una horrible alucinación: creía estar preñada siempre, siempre, siempre. Insensible al martirio de su ama, la dama de compañía le murmuraba: –¿Se olvida de su pequeña Angéle? Pronto, la sirvienta no se molestó más, y, una mañana, dijo: –¡Es necesario que la señora marquesa se aclare! La Xavier me presiona, y necesito dinero; necesito una suma importante… Me caso… ¡Cincuenta mil, señora, o os denuncio al procurador de la República! –No tengo esa cantidad, – respondió la marquesa; la pediré esta noche a mi madre o al Sr. de Montreu, so pretexto de una obra de caridad. –Pedidla enseguida; estáis muy exaltada, y podéis… –¿…Morir? –¡Es posible! –¡Que Dios te oiga! –¿El dinero?... ¿El dinero, por favor? –Venderé mis joyas y te daré una buena dote, pero con una condición… –¿Cuál? –Irás al domicilio del Sr. de Pontaillac. –¡Me enojáis! ¡Vuestras sucias historias pueden comprometerme! –¡Quisiera… Quiero morfina! –¡Ya no hay más! –El Sr. de Pontaillac tiene, ¡estoy segura! Tras haber visto el dinero de las joyas, la sirviente llevó esta nota al capitán:
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    94 «Te he amado;te he adorado! Me dejas sufrir; ¡me dejas morir!... ¡Oh, Raymond! Ten piedad del triste estado al que se me ha reducido! Ten piedad de tu desgraciada, muy desgraciada Blanche!... ¡Dame el licor divino!... ¡Te amaré, te adoraré! «BLANCHE.» No hubo respuesta. Un domingo, la Sra. de la Croze, que salía de San Agustín, donde había escuchado misa con su hija, permaneció espantada al no ver a Blanche a su lado. En vano, preguntó al cochero y al criado, y, regresando a la iglesia, exploró el templo casi desierto, los confesionarios, la sacristía. Unos curas, unos religiosos ayudaron a la pobre dama en sus búsquedas inútiles, pues ya un coche trasladaba a la Sra. de Montreu hacia el palacete de la calle Boissy-d’Anglas. –¿El señor de Pontaillac? – gimió la visitante. –El señor está a la mesa, – respondió el ordenanza Clément. –¿Solo? –No, señora. –¡Anuncie a la marquesa de Montreu! La Stradowska almorzaba con Raymond. El capitán se levantó; ella lo siguió al salón y, ante la rival, no se contuvo y dijo a la marquesa: –¡Sois una puta! –¡Y tú, una insolente! –aulló Pontaillac. – ¡Te echo! Christine iba a abofetear a la marquesa; pero al verlos, a él tan turbado y a ella tan enloquecida, el uno y el otro tan horriblemente perdidos, la joven mujer se alejó de la casa del desdichado. Blanche y Raymond intercambiaron un beso de amor. –¿Y la morfina, amigo mío? ¡Me vuelvo loca!... ¿La morfina? –¡No! –¡Por piedad! –¡No! ¡no! –¿Un pinchazo? –¡Jamás!... Mira: ¡el veneno me devora! La Sra. de Montreu no lo escuchaba; los cabellos en desorden, los ojos enloquecidos, se colgaba del hombre, metía sus dedos en el bolsillo del pantalón, del chaleco. Despreocupada de todo pudor, se movía por todas partes, enervando al enamorado, excitándolo con lujuria de cortesana: –¡Ah! ¡Aquí hay una Pravaz! Ella tenía una aguja de oro; él se la quitó y la rompió, pero pronto vencido por las lágrimas de la amante, por los suspiros falsos, debió encontrar otra aguja y preparar él mismo la solución. Extendida sobre un diván, desabrochada, como ofrecida a los goces de la carne, Blanche murmuraba: –¡Pínchame!... ¡pinchame!... ¡pínchame! Raymond obedeció. Ella le sonreía voluptuosamente: –¡Me despierto!... ¡Oh! ¡qué bueno!... ¡Sigue!...¡sigue!... ¡Embríagame!... ¡te amo!... ¡te amo!... ¡Esto es el Paraíso!... ¡Oh, mi salvador, te amo!
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    95 ¿A dónde huir?¿dónde ocultarse? La marquesa no habría podido soportar las fatigas de un gran viaje; pero el capitán tenía una villa, en Fontainebleau, y esa misma noche los amantes se dirigieron allí. Desde hacía tres días, llevaban una verdadera existencia de posesos, huyendo del sol, los dos macilentos y marchitos, ambos viejos, él con treinta y un años, ella con veinticuatro! En esta villa situada a orillas del Sena, vivían en un encanto que iluminaban, tanto de noche como de día, unas velas – una habitación de duelo, una habitación de muerte – y todas las gestiones del Sr. de Montreu para encontrar a su esposa eran infructuosas. Gracias a Hornuch, el farmacéutico de la calle de Gomorra, los amantes se infiltraban el veneno en altas dosis, bien decididos a morir juntos. Sus cuerpos – los brazos, el pecho, el vientre, las piernas – toda la piel desaparecía bajo extraños arabescos, rojos como rubies, amarillos como topacios – y, desnudos, se admiraban, iluminados por visiones sobrenaturales, y se amaban, glorificándose de no ser semejantes a los humanos. El ordenanza que los servía, Clément, único criado allí, no se atrevía a mirarlos, de tal modo sus ojos se iluminaban con llamas extrañas, tanto sus labios balbuceaban locuras y amenazas. Una mañana, el capitán dio la orden al servidor de traer de París uno de sus caballos y uno de sus grandes uniformes de oficial. Por la noche, dijo: –Me despertarás a las cinco, para la revista. –¿Qué revista, mi capitán? –¡La revista de mañana, imbécil! La noche.– Las tres. En el salón, los amantes se abrazaban, cuando Pontaillac, desolado por su impotencia absoluta, vociferó: –¡Si estoy muerto para el amor, no lo estoy para la patria! Entonces, a ruego del hombre, Blanche se pudo al piano, y el capitán entonó el himno de las batallas: Ved como brilla al sol el acero. A esos soldados entre el humo pasar. Van a morir – y para al ejército salvar, ¡Dad la sangre del último coracero! Ebrio de morfina, con fuego en la mirada, daba mandobles de sable a dos manos, a izquierda y derecha, y, presa del miedo, Blanche se alejaba. –¿Quién vive? – gritó tomándola de la cabellera. ¿Quién vive? ¡En nombre de Dios! ¿Quién vive? –Raymond… He matado a nuestro… pequeño… ¡Perdóname! – suplicaba Blanche. –¿Quién vive? Él la sacudía espantosamente: –¿Quién vive? ¿quién vive? ¿quién vive? De pronto, se detuvo para recibir entre sus brazos a su amante expirante y acostarla sobre la alfombra. –La he matado… ¡Oh!... ¡oh!...
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    96 Raymond quiso gritar;las palabras se estrangularon en su garganta; quiso llamar; sus dedos rígidos no pudieron moverse. De rodillas, llamaba a su amante bien amada; se cayó y se durmió. Al despertar, lloró de horror y, dirigiéndose a la habitación contigua, se dijo: «¡Estoy soñando!» Delante de la puerta del salón que él cerraba, la imagen de Blanche y todas las fúnebres realidades se desvanecieron. Y al igual que en medio de los sueños, desgarramos ciertos velos, a la luz más deslumbrante de otros misterios – así el morfinómano se sumía en nuevas alucinaciones. Las cinco. El ordenanza entró: –Mi capitán, el caballo está ensillado. –¡Bien!... Voy a vestirme… ¡Ayúdame! Las seis. El Sr. de Pontaillac, en uniforme de gala, montó a caballo. Galopó sobre la ruta. Se levantó una polvareda; unos clarines sonaron, y el oficial, saludando con el sable a un regimiento de zapadores, tuvo ante sí el cuadro de la guerra, de los cañones, de la metralla, de los estandartes desplegados al viento de la victoria. A la cabeza de las tropas, gritó: –¡Adelante, y viva Francia! A la orden de: «¡Alto!» oficiales, suboficiales y jinetes, inmóviles, miraron un caballo furioso transportar una sombra de hombre: la cabeza bailaba dentro del casco blanco y oro con penacho negro; el pecho flotaba bajo la coraza de blanco metal; las piernas colgaban, extraordinariamente delgadas y lasas, y Pontaillac, con su rostro anguloso, su larga nariz, sus ojos huecos, sus bigotes afilados, su armadura tintineante, – él, tan bravo, antaño tan robusto, tan apuesto, tan inteligente – Pontaillac parecía un Don Quijote siniestro y moderno. Fueron a auxiliarle. Cayó bajo la luz del alba primaveral; cayó, agotado; cayó muerto, con el sable en la mano, emitiendo una llamada a la carga gloriosa: –¡Ved como brilla al sol el acero! FIN
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    97 Esta novela seacabó de traducir en Pontevedra, el 3 de enero de 2014.